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Alegría y Propósito Cristiano

El documento habla sobre el propósito de la existencia humana, que es conocer y admirar el universo, amar, descubrir la belleza del ser humano, y embellecer el mundo a través de Jesucristo. También menciona que la vida es corta y debemos aprovechar el tiempo para el amor, la adoración y construir un mundo justo. Finalmente, invita a las personas a vivir de manera virtuosa y alejada del pecado mientras esperan el regreso de Jesucristo.
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Alegría y Propósito Cristiano

El documento habla sobre el propósito de la existencia humana, que es conocer y admirar el universo, amar, descubrir la belleza del ser humano, y embellecer el mundo a través de Jesucristo. También menciona que la vida es corta y debemos aprovechar el tiempo para el amor, la adoración y construir un mundo justo. Finalmente, invita a las personas a vivir de manera virtuosa y alejada del pecado mientras esperan el regreso de Jesucristo.
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Servir con alegría1

Embellecer el mundo

¿Cuál es el propósito de la existencia del hombre en el mundo? Dios nos ha puesto en


este increíble planeta para que conozcamos y admiremos el universo; para que amemos,
para que descubramos la belleza del hombre; para que realicemos el propósito de
embellecer el mundo, nuestro pequeño mundo, nuestra ciudad, nuestro pueblo. Y, sobre
todo, para que adoremos, para que aceptemos a Jesucristo, para que estemos pendientes
de Él. Para que nos preparemos a la visión indecible y eterna de Jesucristo.

La vida del hombre es gravísima, está limitada por el abismo de la eternidad. El tiempo
es corto para el amor, para la adoración, para construir un mundo justo e igualitario.

Usted, que me lee en esta humilde página, debe sentir la vocación de realizar una vida
seria, relacionada con el Infinito que se nos acerca; relacionada con Jesucristo, que vino
al mundo y que abrumó la historia y la tierra con su encarnación, con su presencia en el
planeta. La inaudita venida de Jesucristo ha abrumado con un peso indecible la historia.

No pierda usted su tiempo sin amor, no pierda su tiempo sin adoración. No pierda su
tiempo sin esperar a Jesucristo continuamente. Todo eso que lo rodea, todo esto en que
usted se interesa, todo esto que vemos, acuérdese bien, todo es transitorio, es fugaz, se va
de las manos.

Solamente hay Uno que se queda para siempre, que es bello y definitivo, que debe
penetrar toda la existencia. Que debe enamorarlo. Y es Jesucristo, que debe iluminarlo
todo, que debe polarizar toda la vida con su evangelio, con su exigencia.

Sea usted profundamente virtuoso. Apártese del pecado. El pecado lo enferma a usted, lo
mancha y lo entristece. Aléjese del odio, aléjese de la vulgaridad, aléjese de la
deshonestidad; sea correctísimo, porque usted está esperando a Jesucristo, porque usted
cree en Él. Porque Él se acerca.

Lleve la vida purísima del verdadero cristiano. Lea diariamente, por lo menos un cuarto
de hora, la Sagrada Escritura. En cierto momento, caiga de hinojos ante la inmensidad de
Dios, ante la inmensidad de Jesucristo. Haga todo el bien que pueda al hombre, aun
afectando y comprometiendo sus propios intereses. Esto es cumplir con el propósito de la
vida.

1
Tomado de García H. R. (2013) Hermano de los hombres Colección Obras Completas No. 30 Corporación
Centro Carismático Minuto de Dios Bogotá, Colombia pp. 82-111
Quiero invitarlos

Quiero invitarlos a todos ustedes a participar en la alegría de vivir. A experimentar


interiormente el gusto que produce la existencia y todas las posibilidades que ella ofrece.

Siéntase usted feliz de vivir, de poder amar, de poder servir, de poder contemplar el
universo, de mirar el sol, como decían los griegos, de ver las estrellas y las flores. De
gozar de la compañía de los amigos, de gozar de la esperanza de su resurrección.

Este año aprovéchelo usted minuciosamente. Tenga todos los días un rato de profundo
silencio, en que usted comparta la belleza del universo y la belleza de Dios. Decía Dante
que hay tres cosas que nos quedaron como herencia del paraíso: las flores, las estrellas y
los niños.

Hay muchas cosas que hacen feliz nuestra vida. Para lograr esa felicidad, tenga
diariamente momentos de profundo silencio, y siéntase fraternal con todos los hombres,
con todas las cosas. No se sienta usted solo, sin propósito en la tierra. No se sienta sin
objetivo.

Trabaje con entusiasmo por los demás. Póngale límite a su ambición de poseer y de
enriquecerse y de comprar tierra y tierra, y comprar acciones y negocios. Descubra la
belleza de ayudar a otros, de colaborar con otros.

Los colombianos tenemos una bellísima oportunidad de ayudar a Armero. Venga a El


Minuto de Dios, y vea lo que estamos comenzando a hacer en esta región. Está todavía
abierta la suscripción para Armero en El Minuto de Dios.

Ayer recibimos de la comunidad de Sapuyes, Nariño, una generosa donación; igualmente,


recibimos un aporte del Banquete del Millón de los Leones de Girardot.

Este bello año que Dios nos regala recibámoslo con alegría, con agradecimiento. Que Él
vea una conducta nueva en nuestra vida. Una conducta donde prevalezca el amor, una
conducta perfumada con la cercanía continua de Cristo.


Enero 22 de 1986.
Remedio a la tristeza

La medida de nuestro amor a Dios es nuestro amor al prójimo. Pero también, nuestro
amor a Dios es la alegría.

La alegría es la sombra que produce siempre el amor. Nuestra tristeza es siempre signo
de que estamos lejos de Dios, que algo ha sucedido que nos separa de Dios. La tristeza es
el humo negro que despide el no-amor. La tristeza no es cristiana, es pagana.

Ordinariamente la tristeza es un aspecto de la nostalgia, es decir, del dolor del pasado, de


mirar hacia atrás como algo que no volverá; mientras que el cristiano, el que cree, mira
siempre hacia delante.

Abraham, en la plenitud de su ancianidad, estaba lleno de alegría y miraba hacia delante,


a la tierra que Dios le prometió. Los que creemos, estamos siempre con la alegría del
mañana. Mañana será mejor, mañana estaremos más cerca.

Puede ser que mañana venga el Señor. Siempre que ha venido el Señor ha sido con alegría.

Al principio del mundo todo era alegre con la presencia de Dios. Cuando Cristo vino al
mundo, todo fue alegría. Es posible que la alegría que inundó el mundo se extendió en
todo el universo como una oleada inmensa de gozo que llegó hasta los lejanos planetas y
constelaciones.

Y al fin del mundo, cuando vuelva el Señor, será también la plenitud de la alegría.

Siempre que rechazamos la alegría, rechazamos a Dios. Cuando estamos tristes, estamos
lejos de Dios. El cristianismo es una religión de alegría, mientras que el paganismo es la
religión de la nostalgia y de la melancolía.

La enfermedad no tiene por qué quitarnos la alegría. La muerte es la puerta hacia la


suprema felicidad y alegría. Esto lo debemos aceptar aunque no sea humano; es
sobrenatural, es espiritual.

Rechacemos la tristeza, la tristeza es hija del egoísmo. Las personas replegadas sobre sí
mismas, las personas que no saben dar nada, ni amor ni comprensión ni ternura ni ayuda,
están condenadas a la melancolía.

Cuando yo los invito al Banquete del Millón, los invito a cavar en nuestro corazón una
fuente de alegría. Una fuente de alegría que sigue brotando durante largos años.

Sólo hay un remedio para alejarnos de la tristeza: amar. Pero no amar como aspecto de
egoísmo; amar con amor profundo, que significa que no nos buscamos a nosotros mismos,
sino que buscamos exclusivamente a nuestro prójimo.
Valor y sentido de nuestra vida

A veces nos preguntamos si nuestra vida vale la pena; si tiene sentido, significado nuestra
existencia actual. Esta es la pregunta importante: ¿Vale la pena la vida? ¿Tiene valor, en
el sentido profundo de la palabra, mi vida?

Una cosa tiene valor cuando tiene sentido. ¿Qué debemos respondernos a esta pregunta?
La respuesta es sencilla: si por nuestro medio viene al mundo un poco de amor, un poco
de bondad, un poco de luz, un poco de verdad, entonces tiene sentido nuestra vida.

Si tenemos un poco de amor: si nosotros sabemos amar, con desinterés, sin pensar en
nosotros mismos… si queremos embellecer el mundo, si sentimos algo de la fraternidad
humana, si a través de nosotros brota el amor, entonces tiene sentido nuestra vida.

Si a través nuestro llega un poco de luz: si lo que estaba oscuro y sombrío lo iluminamos
con nuestra alegría, con nuestro perdón… si donde brotaba el odio instauramos la paz, si
donde había la incomprensión llevamos la amistad, si llega un poco de luz a través nuestro
al mundo, entonces tiene sentido nuestra vida.

Si a través nuestro entra un poco de verdad al mundo: si no engañamos al hombre… si no


falseamos la existencia por medio de la hipocresía, de la burla, del disimulo, del
fingimiento… si a través nuestro viene un poco de verdad al mundo, entonces nuestra
vida tiene sentido y es bella.

A la gran pregunta que el hombre se hace, ¿vale la pena mi vida?, debemos, pues,
responder: si a través nuestro entra al mundo un poco de amor, un poco de bondad, un
poco de luz, un poco de verdad, entonces nuestra vida tiene sentido y tiene valor.

Pero si nosotros nos negamos al amor, si rechazamos persistentemente el amor al hombre,


si todo lo miramos con malicia, con malignidad, si ponemos sombra donde era claro, si
apagamos la última luz que iluminaba levemente el corredor, si nos acostumbramos a la
falsedad, si vivimos de disimulo y de hipocresía, entonces nuestra vida no tiene sentido,
nuestra vida carece de valor.

Un poco de amor, un poco de bondad, un poco de luz, un poco de verdad es lo que da


sentido y belleza a nuestra vida.
Alegría y servicio

El cristiano es fundamentalmente optimista y alegre en su vida. Él sabe que la tristeza


proviene siempre de no tener una misión que cumplir o de creer que la misión es
imposible o vana. El cristiano sabe que tiene una extraordinaria misión que realizar, sea
joven o viejo, enfermo o sano, pobre o rico.

Nuestra misión tiene un nombre propio: ¡Jesucristo! Es realizar a Jesucristo en nuestra


vida, es hacer que se cumpla la historia colectiva de Cristo en el mundo. Un mundo nuevo
y mejor donde reinen el amor y la justicia; un mundo donde no haya miseria ni ignorancia
ni grandes e injustas diferencias.

Esta es la misión de cada uno de nosotros, dentro de nuestros límites, dentro de nuestro
ámbito. Nunca antes habíamos sentido una misión, los colombianos, como ahora.

La tristeza, la melancolía de la vida procede siempre de no tener misión o de creerla ya


cumplida o de juzgarla imposible o inútil. Todos, sacerdotes y laicos, obreros y técnicos,
gobernantes y gobernados, políticos, hombres trabajadores, hombres del campo,
estudiantes y maestros, todos tenemos una perturbadora misión en esta época de juventud
y de cambio del mundo.

Como enjambres de hormigas que soportan y llevan y hacen girar una hoja en el suelo,
así somos en este momento los hombres: pequeñas hormigas, de cuyo esfuerzo unido
saldrá la dirección que tome la historia. Es nuestra la historia, de nadie más. Tuya y mía.

Podemos hacer una patria maravillosa y buena para todos, con sol y con pan para todos.
Nadie debe negar su esfuerzo, nadie debe negarse a la lucha.

Estos son minutos en que nadie puede decir: “Creo que mi misión ha terminado, ya he
cumplido con el deber”. Nadie ha cumplido ya con el deber, ninguna misión está
cumplida.
Capaces del amor

¿Por qué sufrimos el tremendo sufrimiento de la carencia de objeto y de sentido de la


vida? Simplemente porque no somos capaces del amor.

En el momento en que seamos capaces de amar a alguien sin reserva y capaces de hacer
un sacrificio por él, entonces huirá de nosotros el complejo de soledad y el sentimiento
de esterilidad de la vida.

Sólo en el amor auténtico, en la entrega, podremos rescatar el valor y el sentido de la vida.

Cuando aquí hablo de amor, no me refiero al amor por el hijo, que es una parte de uno
mismo, y que siempre se halla bajo el signo del egoísmo y no sale de la estrechez del yo;
ni al amor de pasión, sino al amor al prójimo, algo que tiene que ver con las familias sin
nombre que ven desfilar impasibles ante la televisión en este programa.

¿Cuál es el motivo por el cual sufrimos de hastío y vemos nuestra vida sin sentido y sin
grandeza? Porque no sabemos amar con un amor libre, sin retornos, sin buscarnos a
nosotros mismos en la persona que amamos.

El único modo de superar la tristeza, la nostalgia, la melancolía es amar sin buscar paga.
Ser un camino que se utiliza y se olvida.
Al servicio del hombre

La inmensa tristeza del hombre consiste en su condición efímera. El sentirse arrastrado,


sin esperanza de detenerse, por una impetuosa corriente que es el tiempo. Estamos
viajando en un tren que no se para, sino en una sola estación: ¡La última!

Esta conciencia del implacable rodar hacia el abismo es nuestra agonía sin remedio.
Somos burbujas arrebatadas por el ímpetu del torrente. ¿Qué hacer? La mayor parte de
las gentes se distraen, salen a la calle a hacer sus diligencias, y en eso se les pasa el tiempo.
¡Es horrible!

Otros, en el trabajo... Trabajan afanosos en la oficina, en el taller, en el colegio, pero todo


en vano; la nostalgia sigue amenazante. ¿Habrá solución?

Yo creo que hay una solución maravillosa: es el amor. El amor al hombre, el sentir la
belleza del hombre, el estimarlo, el servirlo, el ofrecer nuestra vida por su mejoramiento.
Prácticamente esto se realiza trabajando entusiasmados por el hombre.

En cualquier parte donde nos hallemos, podemos luchar por el hombre. Darnos cuenta de
que estamos ayudando a construir un mundo mejor. Mirar a los hombres con una mirada
distinta, profunda; una mirada de aprecio, de fraternidad, de amor, casi de adoración.

Entregarnos febrilmente a la obra de crear un mundo nuevo, un mundo justo, donde no


haya miserables ni ignorantes ni tristes.

Todos debemos dar lo que sepamos para el hombre: el que sabe cantar, que cante para el
hombre. El que sabe reír, que ría para el hombre. El que sabe hablar, el que sabe soñar, el
que sabe inventar, construir, consolar, el que sabe dar… que todos nos pongamos al
servicio del hombre. Pero no sólo del hombre o de la mujer a quien amamos, sino de todos
los que encontramos en nuestro camino.

Este es el único sendero para la alegría, para quebrantar la nostalgia inherente a la


existencia. Nuestra relación con Dios debe pasar a través del hombre.

Decir: “¡Dios mío, yo te amo!”, es una palabra fácil y ambigua. Pero decir: “¡Hombre, yo
te amo, yo te entrego mi tiempo, yo lucho por ti; eres el verdadero camino hacia Dios, y
eres el único atajo que nos saca del círculo insalvable de la melancolía!”. Esa es la palabra
definitiva.
Eternizar el tiempo

El carpintero que construye mesas y sillas para el hombre, el albañil que levanta casas
para el hombre, el mecánico que arregla máquinas para el hombre, el maestro o la maestra
que enseña a los hijos de los hombres, el gerente o el ministro que crea medios de trabajo
para el hombre… si son conscientes de que están sirviéndole al hombre, están eternizando
el tiempo y superando la melancolía de la mortalidad. Están marcando las horas con un
signo que no se borra para siempre.

Lo gravísimo es pasar el tiempo ociosamente, sólo esperando el almuerzo, la comida y el


sueño. Tal es la vida de los ociosos, los distraídos, de los que consumen horas y horas en
los bares y en los clubes, en las calles y en los cines.

Vida maravillosa la del que ama, la del que lucha, la del que trabaja, la del que piensa
íntimamente que está vivo y que debe rendir la máxima utilidad en su existencia.

Preguntémonos si algo de este día quedará para siempre, si en este día amamos al hombre
y supimos vincular su amor con el de Dios. O si, por el contrario, todo fue alienación,
olvido, distracción, inadvertencia, automatismos, palabrerías.

¿Qué hice hoy en servicio del hombre? ¿Qué resplandor dio mi llama?

Esta pregunta le da profundidad y grandeza a la vida. ¿Estaremos dejando el mundo mejor


de lo que lo encontramos?
El Minuto de Dios da alegría

Si usted está triste, si usted está solo, busque compañía, prestando servicios. Si usted se
siente inútil en la vida, empléese de algún modo en ayudar al hombre. Si usted está
desconsolado, ore. Si usted no tiene esperanza, aprenda a tener momentos de perfecto
rendimiento a Dios y hallará esperanza y sentido de la vida.

Si usted ve que hay un ambiente de pesimismo alrededor suyo, vuélvase usted alegre,
optimista y creador de alegría.

Si usted está viejo, no se deje morir. Encuentre, en el fondo de su alma, la raíz de la alegría
y de la divina esperanza. Mire para adentro. Dentro está la fuente del bien, decía Marco
Aurelio.

Si usted tiene más de lo que necesita para vivir, comparta con el prójimo. Si usted ya tiene
los hijos grandes, acoja una familia de niños pequeños y comprométase en su educación.

Si usted quiere sentirse feliz, sirva, ame, sueñe, entréguese. No se repliegue en sí mismo.
Contemple el mundo lleno de posibilidades.

El Minuto de Dios está dando inmensa alegría a muchas personas generosas, poniéndolas
en conexión con familias pobres para que las ayuden y para que les resuelvan los más
apremiantes problemas.

Qué cosa tan cristiana y cercana de lo sublime es que una familia, más o menos pudiente,
ayude seriamente a una familia desolada, a una familia que no tiene nada, a una familia
cuyos hijitos no tienen cómo estudiar ni cómo presentarse.

Dice san Pablo que hay un divino intercambio: se entregan ayudas materiales a cambio
de riquezas espirituales y de felicidad.

Más satisfactorio que un viaje a la costa o un viaje a Miami o que una comida costosa en
un restaurante de lujo es ayudar a una familia en total postración.

Colombia debe ver multitud de casos de personas generosas que se comprometen con
familias pobres para restaurarlas totalmente.

¡Si usted quiere ser feliz, ayude! Si usted está triste, comparta con los pobres. Si usted
está solo, busque la compañía de los humildes.

Si usted no sabe qué hacer en la vida, si usted se siente aburrido e inútil, hay todo un
mundo inmenso y preciosísimo que le dé plenitud, que le dé satisfacción cabal, que le dé
perfecta felicidad: el mundo del amor desinteresado, el mundo del servicio, el mundo
misterioso que posiblemente se encuentra en un ranchito humilde y destartalado.
Mi gran misión en la vida

Debemos hacer diariamente una pausa en nuestra vida, para no dejarnos atropellar
ciegamente de las cosas y ahogarnos sin pensar a dónde marchamos, y de dónde venimos.
Nuestra vida es tremendamente más importante que las cosas que nos rodean y nos
distraen. Vivir es un compromiso con Quien nos hizo brotar a la realidad y entrar a hacer
parte importante de la historia del mundo.

El auténtico vivir requiere reposo, interioridad, capacidad para oír la voz eterna de nuestro
destino. Y capacidad de aceptar la misión que se nos ha confiado.

El vivir auténtico nos llevará precisamente a constatar, con estupor, que todo eso que nos
rodea y nos absorbe y nos empuja no es muchas veces sino una evasión y frustración de
la seriedad de la misión confiada.

Todo eso nos roba la interioridad, nos aleja de la entrega necesaria; todo eso descuenta lo
fundamental, que es el amor, el comprometimiento. Pensemos; no temamos la
interioridad al pensar en nosotros mismos.

La gran pregunta es: ¿Estoy cumpliendo con la misión que se me confió al entrar en el
mundo? ¿Estoy realizando mi verdad, mi compromiso eterno? ¿O soy un desertor o un
prófugo de mi misión?

Vivir, estar actualmente en la existencia es incomparablemente más inquietante que los


menesteres de que nos ocupamos y en los que no nos queda un instante para tomar
conciencia de la gravedad del vivir.

Vivir, en el sentido profundo de conocer y cumplir una misión confiada por Dios a cada
uno. Todo esto debe ser objeto diario de una grave meditación solitaria.

Esta noche, antes de dormir, piensa en silencio: ¿Estoy cumpliendo mi gran misión en la
vida? Mi misión no son las cosas que me rodean ni lo que hago, sino, ante todo, lo que
quiero ser. Ser es lo principal.
Hacer útil nuestra vida

Debemos tener la preocupación de hacer útil nuestra vida. Debemos mirar con seriedad
nuestra existencia, y si no le hallamos utilidad, si no le hallamos objeto, debemos
alarmarnos.

Una vida que no es útil, que no es fecunda sobra en el mundo; está de más. Porque ella
entra de lleno en lo que contradice abiertamente el proyecto de Dios.

¿Nuestra vida es útil? ¿Es todo lo útil que nos es posible? ¿A quién le es útil nuestra vida?

Hay vidas terriblemente inútiles. Vidas sólo egoísmo, sólo amargura, sólo dureza, sólo
indiferencia para todo y para todos, menos para el propio yo.

Hay muchos que nunca han comprendido la dignidad y la belleza de hacer algo por los
demás, sin interés propio. Se han forjado unas cuantas ideas, fundamentalmente
equivocadas, respecto del servicio de los demás.

Creen que ser bueno es ser tonto. Tienen una idea falsa de la viveza: juzgan que ser listo
y vivo es no hacer nada por los demás. Siempre recibir, siempre lograr algo para sí solos.
Dar lo menos y pedir lo más. Creen que vivir es lo mismo que hacer negocios. Este es un
concepto erróneo e indigno de la existencia.

Hay muchos y muchas que rotulan de “jarto” todo lo que no está regido por los postulados
del placer personal, del toma y daca, de la más crasa egolatría. Que nunca han conocido
el misterioso y divino placer de dar.

Dar de la propia tranquilidad, de comprender las miserias y los dolores del prójimo, de
saber que hay muchas penas de nuestro hermano que nosotros podríamos remediar, tal
vez muy cerca. A veces solamente con una sonrisa, a veces solamente con un perdón.

Viven en sus castillos dorados, en sus mansiones inaccesibles para todo lo que no es gusto
y vanidad personal. Trapos y más trapos, viajes y más viajes… Un perpetuo esfuerzo por
hallar la alegría, cuando la alegría está más cerca y es más sencilla.

La alegría está en la paz de las conciencias y en la caridad. Hombres y mujeres que


vegetan inútilmente durante días, semanas y años: solamente se levantan y se mueven en
busca de lo que es expresión de su egoísmo.

Dicen con frecuencia que ellos tienen experiencia de lo que se saca con hacer el bien a
los demás. Que nadie agradece, que nadie paga. Y olvidan que hacer el bien, que hacer
bella la vida no debe estar condicionado a recibir recompensa de aquellos a quienes se
beneficia.

Olvidan que la caridad es esencialmente libre, que no está atada al reconocimiento de los
hombres, sino a la mirada de Dios. En esto consiste ser bueno: no en buscar interés en el
obrar bien.
Miremos nuestra vida. ¿Es ella útil? ¿O terriblemente vana, ociosa, inútil y egoísta? ¿No
te provocaría, hermano mío, hermana mía, abrir el corazón y hacer una nueva experiencia
de tu vida? ¿La experiencia del bien, sin buscar retorno?
No dejemos apagar el amor

Meditemos sobre algunas normas que nos deben acompañar en el bien obrar. La primera
de ellas es no aguardar recompensas humanas; no esperar agradecimientos, no buscarlos.
No desconcertarse ante las ingratitudes; antes, todo lo contrario: esperarlas como único
premio humano de la obra buena. Estar satisfechos con haber amado. Eso basta.

Debemos dejarnos plasmar y ennoblecer por el amor. El verdadero secreto de la grandeza


es avanzar siempre y nunca retroceder en el amor del bien.

Hay que vivir animados por un inmenso amor. Nunca aceptar la misantropía. Nunca
aceptar la experiencia dolorosa, que paraliza, de las ingratitudes humanas, que nos
inmovilizarían para volver a intentar hacer el bien. Hay que olvidar siempre las
experiencias tristes.

Debemos aprender a amar a todos los hombres. Debemos sufrir por sus fracasos, por sus
miserias, por sus dolores.

No dejemos apagar en nosotros el amor. Aunque haya momentos en que el ser amado
humanamente parece que no mereciera nuestro amor.

Hay vidas que deben aguardar mucho tiempo amando, antes de llegar a convencer, antes
de poder hacer el bien, antes de que su bien sea aceptado. Amando a pesar de repetidas e
innobles respuestas.

Sin embargo, se debe siempre persistir en el amor del bien. En el amor del prójimo y en
el amor de la vida. A pesar de que la vida y el prójimo aparentemente no prometan nada.

Debemos pensar siempre que nos aguarda algo mejor. Tener confianza en Dios, que es el
dueño de nuestro futuro. Nunca pensar que es demasiado lo que hemos sufrido por hacer
el bien, por amar.

No sabemos nosotros los caminos de Dios. Una sola cosa sabemos, que es
maravillosamente consoladora, y es que Dios nos ama. Nos ama a ti y a mí. A ti, que
sufres incomprensiones, que te sientes defraudado en lo que amaste, y que ves con tristeza
el camino recorrido con lágrimas, y que ves casi sin esperanzas el camino que sigues…

Dios nos ama… nos ama de veras… y esto es suficiente. ¡Sigamos persistiendo en el
amor!
Porque es corta

Debemos darnos cuenta de dónde estamos viviendo. Ser conscientes de que nuestro
pequeño mundo pertenece al inmenso universo. Que hay posiblemente muchos astros
habitados con hombres más o menos como nosotros. Inteligentes, e inquietos ante su
propio destino, ante su origen, ante su fin. Inquietos seguramente ante la gran pregunta
de Dios. O tal vez totalmente indiferentes, y esto sería conturbador.

Debemos llenar la vida de belleza, precipitadamente, afanosamente, porque es corta. Cada


día es exigente. Las tardes son melancólicas porque nos hacen un reclamo y un reproche.
¿Qué hiciste hoy? ¿Qué hiciste de tus horas útiles?

Hay una sola cosa que puede salvar del reclamo y de la pesadumbre el día, y es llenarlo
de un amor generoso, de un amor creador y del perdón. Hacer algo por los hombres. Algo
bello y fuerte, que signifique mucho para nuestro prójimo.

En medio de la natural impotencia que tiene casi todo para satisfacer a un hombre, parece
que hay una sola cosa digna, una cosa capaz de calmarlo y es mirar a los hombres
hondamente. Cuando miramos a un hombre, nos damos cuenta, tenemos la sensación de
que no estamos perdiendo el tiempo, de que estamos haciendo algo permanente.

Debemos mirar al hombre de la calle trabajando, mirarle los ojos, sentir un profundo
respeto por él; comprender la belleza que hay en cada hombre, en cada mujer, en cada
niño.

Mirar a los hijos así. Penetrarlos con la mirada. Mirar la belleza de su destino, de sus
posibilidades conectadas con nosotros. Mirar a la esposa con profunda ternura y aprecio,
como cocreadora de hombres.

Mirar a los empleados, a nuestros compañeros de trabajo; comprenderlos, servirlos


desinteresadamente. Entrar en una especie de adoración hacia el hombre. Este es un
aspecto auténtico del amor y de la adoración a Dios.

No dejarnos atrapar por lo insignificante, por lo banal, por lo inmediato. No dejarnos


distraer de lo inmenso que nos rodea. Leer el mensaje de todo. De las calles, de los
edificios hechos por hombres ignorados; apreciar toda su belleza, apreciar sus sudores.

Tocar nuestros muebles, nuestras herramientas, hechas por los lejanos carpinteros o
artesanos. Cuando nos sentamos a la mesa, pensar que el pan, que las frutas, que los
alimentos fueron traídos por los hombres del campo.

Ser conscientes de que estamos viviendo porque muchos hombres han trabajado por
nosotros, y que nosotros les debemos mucho. Recordar insistentemente que esta tierra,
perdida en el universo, debe ser embellecida por nuestro amor, por la justicia y por la
verdad.

Todo el mundo es maravilloso. Todo es casi divino. Todo se dirige hacia Dios. Sólo es
triste, sólo es pecaminoso el desinterés, el desamor y el pesimismo.
¿Qué estamos haciendo?

Examinémonos un instante esta tarde: ¿Qué estamos haciendo de útil en la vida? ¿De qué
modo devolvemos el beneficio de la existencia? ¿De qué modo embellecemos nuestra
presencia en el mundo y en la vida?

¿Tú has pensado en la obligación de hacer algo bello en la vida a favor de los demás?
¿Has pensado que tú tienes algo que ver con el hombre que pasa por la calle?, ¿con el
niño andrajoso que vaga por la ciudad?, ¿con la mísera mujer que pasa a tu lado, que te
sonríe con una sonrisa triste y que peca porque tiene hambre?

¿Has pensado en tu vinculación, en tu relación íntima con los demás? ¿En que eres
hermano de ese que llamas con un nombre que pretende liberarte de responsabilidades:
“los otros”?

¿Has meditado que tienes algo que ver con los otros? ¿Que estás obligado con alguien
distinto de ti mismo? ¿Diferente de tus padres, que son parte de ti mismo?; ¿diferente de
tus hijos, que son prolongación de ti mismo? ¿Que estás obligado a romper el círculo de
la familia, y a sentirte hermano de los hombres? Porque todos somos hijos de Dios.

¿Has pensado en la realidad de que somos hermanos?, ¿de que Dios es Padre de todos?
Cuando vas en tu automóvil a tus diversiones o a tus ocupaciones, ¿has recordado alguna
vez que los peatones son tus hermanos?

¿Que el carguero que va empujando su carretilla es hermano tuyo, y que por lo menos
hay que tener cuidado de no salpicarlo de barro? ¿Que el mensajero que va pedaleando
su bicicleta, cargado de paquetes, es hermano menor tuyo, a quien le tocó otra suerte más
dura, por voluntad de Dios?, ¿un papel distinto, en el drama universal que contempla
Dios?

¿Has pensado que la sirvienta que está desde las cinco de la mañana trabajando y que
tiene íntimas penas que tú no conoces ni te preocupan lo más mínimo, y que siente su
vida con la pesadumbre de no verle un porvenir despejado…? ¿Has pensado, te pregunto,
en que es tu hermana, y que hay que hacer algo por ella, distinto de pagarle con disgusto
los pocos pesos mensuales?

¿Has pensado que tu obrero o tu compañero de trabajo es hermano tuyo? ¿Que hay que
hacer algo por los demás?, ¿algo distinto de defenderse de ellos?, ¿de echarlos a un lado
o de tratar de explotarlos?

¿Qué es lo que haces útil en la vida? Tu vida se va consumiendo como un candil que
tuviera la triste propiedad de no iluminar, de no dar ninguna clase de calor.

¿Por qué no comenzamos a pensar en los demás? ¿A sentir la necesidad imperiosa de


hacer útil y bella la vida?
Misión incumplida

El cristiano es optimista. El hombre mundano es naturalmente melancólico; está


amenazado por la muerte y este pensamiento compromete cualquier alegría. El cristiano
es optimista: “Digan a gusto: qué bien”. Que no acepte otra tristeza fuera de la del pecado.

Díganle al justo: qué bien. Bien si sufre. Bien si goza. Bien si es pobre. Bien si es rico,
aunque es difícil unir riqueza y justicia.

Todos ustedes tienen la alegría de una misión que cumplir. Una misión exclusiva,
personal. La vida se nos da una sola vez para que la aprovechemos, realizando nuestra
misión. Nuestra misión es alegre y seria. Ella debe cumplirse en el ámbito del amor, del
silencio, de la serenidad.

Tú tienes una misión que realizar. Es posible que hasta ahora la hayas incumplido
totalmente, y que con tristeza tengas que decir: “Misión abandonada”, “misión
traicionada”.

El existir es lo más grave que nos ha pasado. El poder llevar nueva vida o arrastrar una
existencia vacía llena solo de paja, de heno y de ruido.

Cuando yo pienso en lo que hubiera podido hacer hoy, desde esta mañana hasta ahora, y
ayer, y la semana que pasó, y el mes que se fue, y el año y los años que no volverán
jamás… cuando pienso en lo que yo hubiera podido hacer y no quise hacer… recuerdo
esta palabra horrenda que se podrá escribir sobre mi vida y quizá sobre la tuya: “Misión
incumplida”.

Esto significa lo más grave para un hombre. Haber nacido con una finalidad
exclusivamente personal, de tipo espiritual, y morir sin haber pensado, mucho menos
cumplido lo que era la sustancia medular de nuestra presencia.

Qué desequilibrio en todo el universo cuando se lea sobre nuestra tumba, en un pedazo
de tabla: “Misión incumplida”.
Lo que nos calma

Estamos llegando a la mitad del año. La mitad del año es como el medio día, un poco
melancólico, porque aflora un sentimiento de impotencia, de incapacidad para realizar
nuestras ambiciones.

A medio día y a medio año nos damos cuenta de que ya pasó otro día, de que ya está
pasando otro año. Que en la tarde no podremos hacer casi nada más de lo que hicimos en
la mañana.

La vida es inexorable. La vida sólo nos ofrece presentir lo que pudiéramos hacer, sin
nunca lograrlo realizar.

Sólo lo que sale de nuestro campo personal y humano nos calma definitivamente: Dios y
el hombre, que son distintos de nosotros, nos sosiegan, nos apaciguan, nos serenan.

Amar al hombre, servirle, dedicarnos a su ayuda es lo único que nos tranquiliza y nos
sosiega. Sólo cuando estamos sirviendo al hombre tenemos la sensación profunda de que
no estamos perdiendo el tiempo.

El hombre es la presencia visible de Dios en el mundo. Servirlo a él es servir a Dios.


Todos tenemos oportunidad de ayudar al hombre. Todas nuestras oficinas, nuestras
fabricas, todos nuestros empleos son en servicio del hombre.

Pero hay dos modos de desempeñar el oficio a favor del hombre: uno, distraídamente,
mediocremente, a disgusto, con desmaño, con fastidio, con enojo; y hay otro modo de
servirlo: con entusiasmo, con devoción, con conciencia despierta.

El conductor que maneja el bus o el taxi debe hacerlo con todo respeto y cuidado porque
conduce hombres, obras maestras de Dios y con destino eterno.

El almacenista debe atender a los que llegan en este mismo sentido, pensando
íntimamente que está sirviendo a alguien maravilloso que es el hombre. El patrón que
emplea un obrero debe hacerlo con estos mismos sentimientos, sabiendo que está
contratando el trabajo en un hombre, un padre de familia y que su salario debe cubrir sus
necesidades.

Lo mismo el carpintero que hace sillas para el hombre, el mecánico que arregla una
máquina para un hombre o la cocinera que prepara la comida para familia o el gerente o
el maestro o el técnico. Todos debemos tener este sentimiento ante los hombres.

Esta idea generalizada transforma todas nuestras relaciones. Esta idea tendría la fuerza
suficiente para hacer la revolución pacífica, la revolución querida por Jesucristo. Tener
conciencia continua de que el hombre es maravilloso: la presencia visible de Dios en el
mundo; que el hombre es el ser magnífico y misterioso, lleno de destinos.

Esta devoción al hombre nos debe acompañar como la única puerta por donde podemos
huir de la melancolía y de la nostalgia inherente al tiempo que pasa.
Si no aman al hombre a quien ven, ¿cómo pueden amar a Dios, a quien no ven? (cf 1 Jn
4, 20).
Manos maravillosas

Todo lo que nos rodea nos recuerda que el hombre trabajó por nosotros. La silla donde
nos sentamos, la mesa donde comemos o trabajamos, el techo que nos cobija, el vestido
que nos cubre, la cama donde descansamos, los alimentos que nos nutren, el automóvil o
el bus que nos conduce, las calles que nos dan paso… todo, absolutamente todo ha sido
elaborado por los hombres.

El hombre es el cocreador del universo. Son maravillosas las manos de los hombres. Lo
más sublime que Dios ha hecho es haber puesto al hombre como cooperador suyo en la
creación. El hombre ha dejado su rastro, su impronta por todas partes.

Nuestro prójimo, nuestro hermano lo ha cocreado todo. La verja de nuestra ventana, las
materas de las flores, la puerta de nuestra casa, la máquina en que escribimos, la radio
que oímos, el televisor que miramos… todo, casi absolutamente todo lo hicieron las
manos sagradas de los hombres.

Debemos pensar en la transformación de la materia por medio del hombre. Debemos


pensar en muchas cosas inquietantes: que el carpintero muchas veces no tiene mesa ni
sillas, que el albañil no tiene casa, que el tejedor no tiene vestido, que el mecánico no
tiene automóvil. Que es todo un inmenso mundo que se debe cambiar de acuerdo con la
justicia.

Debemos amar el trabajo y al trabajador, al campesino que nos manda los frutos, al obrero
de la ciudad que nos construye la casa. Debemos recordar que nosotros no seríamos nada,
si no estuvieran los hombres trabajando por nosotros. No tendríamos casa ni vestido ni
comida, si no fuera por el trabajo de los hombres.

No basta el dinero; el dinero no sirve para nada, si no están los hombres que hacen las
cosas.

Todo un mundo por transformar, por hacer justo, por hacer ecuánime. Nuestra
santificación debe llevarse a cabo por medio de la actitud creadora. Debemos fomentar,
en todos los aspectos, el trabajo en todo orden. Dar trabajo, trabajar, crear nuevas fuentes
de trabajo, abrir pequeñas industrias.

Más cristiano que dar un pan es enseñarlo a hacer. Más cristiano que dar un vestido es
enseñar a coser. Infinitamente más cristiano que dar limosna es colaborar por construir
un mundo donde no haya pobres: a base de trabajo.
Los que siembran trigo y no tienen pan

Hoy me senté a escribir lo que estoy diciendo, delante de obreros que estaban
construyendo unas casas en el mismo barrio El Minuto de Dios. Y pensé con tristeza que
esas quizás no serían todas para ellos, sino para otros. Y después seguí discurriendo acerca
de las extrañas paradojas del mundo.

Pensé en los que siembran trigo y no tienen pan. En los tejedores de las fábricas que no
tienen tela para el humilde uniforme para sus hijos. Pensé en los que construyen las
escuelas -albañiles y maestros- que no tienen colegios para sus hijos. Pensé en los
trabajadores que abren las carreteras y nunca pueden pasear por ellas con su familia.

Reflexioné si sería posible igualar un poco el mundo. Que no fuera tan desequilibrado.
Mientras escribía esto, pasó una mujercita con una pesada carga a sus espaldas. Hubiera
querido ayudarle, pero el mal era más hondo. A su lado iba un niño sucio y sin escuela.
Hubiera querido lavarlo y enseñarle. Pero el mal era más hondo. Todo era insuficiente.

Y pensé: ¿Será posible cambiarlo todo, a lo cristiano, a lo justo, sin horrores? Nuestro
paso por el mundo, ¿no se podría marcar por el bien con un gran principio de cambio?

Ustedes, los jóvenes que me leen, ¿no sienten el deseo de comprometerse en el cambio
del mundo? ¿En descubrir la fraternidad del hombre, que una sociedad egoísta y vana nos
ha hecho olvidar?

¿Ustedes no se dan cuenta de que es todo un mundo el que hay que transformar? ¿Para
qué estudiar, para qué vivir si no es para esto? ¿No les han dado ganas de tirar los libros
con rabia, ante una situación que es necesario transformar?

Ustedes, jóvenes de familias distinguidas, muchachas soñadoras de perfección, ¿no les da


rabia haber vivido sin hambre, sin haber hecho nada en favor de su hermano el hombre?


Abril 2 de 1963.
Ganas de llorar

Me invitaron a conocer un conjunto cerrado. Me sentí en otro país, me sentí en Miami,


en Beverly Hills. Vi los caminos perfectamente demarcados y pavimentados. Vi los
espléndidos campos de golf, las lindísimas casas esparcidas por toda el área. Allí podrían
ir los estudiantes de arquitectura a conocer nuevos modelos de vivienda, donde se agota
la creatividad.

Vi los campos de golf. Vi las piscinas. Vi los yates, vi los esquiadores, arrastrados
velozmente. Vi los bellísimos jardines, el impecable aseo, las palmeras. Vi antenas
parabólicas; vi a los muchachos manejando carros americanos.

Todo me debía llevar a estar orgulloso del país. Sin embargo, se apoderó de mí una
profunda tristeza. Yo no sabía por qué. Todo el paisaje era plácido. Debía llevarme a la
alegría. Sin embargo, tenía una inmensa tristeza, que casi me provocaba llorar. ¡No sabía
por qué motivo!; todo era lindo, todo era perfecto.

Al regreso vi a los obreros, cortando piedra y pegando ladrillo. Eran magníficos artesanos
del baldosín y de los azulejos. También vi, a la puerta de las casas, a las niñas de servicio,
rociando los jardines y lavando los pisos impecables. Vi al jardinero, sembrando rosas
perfumadas. Vi al vigilante, aguardando a que los amos regresaran el sábado, mientras se
espantaba los zancudos, en un kiosco cercano a la piscina. Los amos posiblemente estaban
todavía en la ciudad, disfrutando de sus amigos y hablando de negocios.

Antes de salir de aquel conjunto cerrado, entré en la linda capillita residencial: era bella,
toda de piedra. Había en un rincón un órgano Hammond, silencioso; nadie lo tocaba
nunca. No había nadie que rezara, no estaba el Santísimo. Celebraban la misa cada mes,
para algunos turistas.

Salí de la capilla y me fui al pueblo vecino. Me dirigí a la plaza; ardía de calor por todas
partes. Allí estaba la iglesia antigua, blanqueada, limpia, adornada con flores campesinas.
Había un grupo de señoras y algunos niños. Una señorita, desde el coro, tocaba y ensayaba
un cántico carismático para el domingo. Había un grupo de señoras, rezando el santo
rosario y la novena.

En eso entró el sacerdote encargado de la feligresía. Era de edad media. Venía con una
camisa empapada de sudor, no era para menos, y con un humilde clergyman. El sacerdote
tenía su cabello, en parte, canoso.

El padre hizo la genuflexión al Santísimo y después habló a los fieles. Habló de santidad,
habló de trabajo, habló de mandar a todos los muchachos a la escuela. Las señoras lo oían
con amor.

Ese padre no dijo nada indiscreto, pero él vivía atormentado ante la pobreza de sus
vecinos. No podía hacer nada, no había podido realizar nada, ni una cooperativa ni una
caja de ahorros. Se sentía impotente.


1988.
Comprendió que lo único que podía hacer era orar y esperar. Sabía que cualquier palabra
suya la podrían tomar en el pueblo como subversiva, como peligrosa y que le formarían
un problema ante las autoridades y ante el obispo. Ya había tenido experiencias.

El padre, arrodillado en el reclinatorio, bajó la cabeza sobre la almohadilla de pana. Tenía


unas extrañas ganas de llorar, no sabía qué hacer. Rechazaba una mezcla extraña de ideas,
de resignación y de rabia. No veía solución en ninguna parte.

Se puso a mirar fijamente una antigua escultura en madera de Cristo; tampoco ella le dijo
nada. Después, se acercó cordialmente a las señoras, que seguían rezando el rosario y les
dijo: “Está bien, mis queridas viejitas, que oren por mí, porque tengo ganas gritar, porque
no me aguanto, tengo ganas de llorar”.
Todo tiene un mensaje

Debemos estar atentos a la voz y al sentido de las cosas. Debemos descubrir la


profundidad y el mensaje de lo que nos rodea. Sabemos que todo tiene un signo. Que la
exterioridad de las cosas no es todo en ellas, sino que hay algo íntimo, un trasfondo
delicadísimo que sólo lo capta el hombre silencioso y la mirada profunda. Que debemos
acostumbrarnos a mirar las cosas con ojos penetrantes.

Cuando vemos una residencia, debemos pensar inmediatamente en los obreros que la
construyeron. Ellos no tienen nada. La mayor parte de los obreros que las construyeron
no están viviendo en ellas; son otros los afortunados. Los obreros posiblemente no tienen
casa. Y construyen casas.

Todo es inquietante. En todo hay injusticias. Las cometemos a diario, pero reflexionemos
en algo más: en que todo es un signo de Dios. Por todas partes está el rastro de Dios, está
la impronta de sus manos divinas.

La más pequeña brizna de hierba es un prodigio que nos habla de Dios. La más
insignificante flor es un milagro de Dios. Una gota de rocío… No digamos nada del
maravilloso mundo de los átomos, del mundo de las constelaciones: todo es pasmoso y
sume en el éxtasis.

Pero particularmente los hombres. Todos los hombres tienen un lampo divino. Descubrir
ese aspecto divino en el hombre le da un optimismo y una alegría extraordinaria a la vida.

Si creemos que nuestro prójimo es algo divino, su bien nos debe alegrar, su triunfo nos
debe hacer felices. Así como sus penas y sus tristezas nos afectan profundamente.

La vida del hombre no es tan sencilla ni tan simple. Todo es complicado y todo tiene la
seriedad de lo divino.

Estas ideas iluminan profundamente nuestras relaciones con el hombre. No hemos sido
capaces de habituarnos a esta idea cristiana. Sin embargo, es básica en el evangelio.

Este mundo maravilloso está rodeado de signos. Resonantes de voces, todas divinas.
Pensemos en las personas que frecuentamos. Hasta ahora los teníamos como simples
amigos. De ahora en adelante, debemos pensar que son algo divino. Que son participación
de Dios. En la calle habrá aparentemente un montón de gentes, pero en realidad no son
un montón: son una multitud de misterios y de reflejos de Dios.

Y cuando veamos las aceras colmadas de personas que van a los teatros, que van a los
cafés, que van a divertirse o a trabajar o que regresan a sus hogares, pensemos que todos
ellos son algo divino. Casi dignos de adoración.

Esto no es panteísmo. Son teofanías. Participemos todos de este pensamiento profundo.


Somos una higuera plantada por Dios

Les voy a contar la historia de anoche. A la familia del Llano, con los niños enfermos y
sin conocer a nadie, la llevamos anoche a dormir a una casa, y hay una muchacha de la
sociedad que ha cogido su carro y se ha puesto en la obra de colocar los niños en algunos
internados, mientras se recuperan para llegar sanos a los Llanos.

Y al hombre de Caldas, que se metió en la montaña a abrir monte, se le ha enviado el


dinero al pueblo más cercano de Boca de Monte, para que allí le den lo necesario para
seguir su lucha por la grandeza de Colombia y por el pan de sus hijos. Así concluye la
historia de anoche.

Hay tres personajes en esa historia. Un padre de familia en medio de una inmensa lucha
por sus hijos, en una selva. Una muchacha de la sociedad, que siente intensamente el
llamado de la caridad y de la fraternidad. Y el tercer personaje del bello drama son
ustedes, cada vez que me dan quinientos pesos, para resolver una necesidad.

Hoy quiero hablarles de una parábola que se halla en el evangelio de san Mateo: un día,
volviendo el Señor a la ciudad, tuvo hambre, y viendo una higuera junto al camino, se
acercó a ella, y no hallando sino solamente hojas, la maldijo diciendo: “Jamás nazca de ti
fruto”. Y la higuera se secó al punto (cf Luc 13, 6-9).

Todos somos una higuera plantada por Dios a la orilla de un camino. ¿Cuál es nuestra
cosecha? ¿Cuáles son los frutos que nosotros producimos? ¿Qué verá Dios en nuestro
follaje?

Quizá nuestra cosecha es solamente de vanidad o de envidia o únicamente cargamos


racimos de murmuraciones. Quizá todo lo que producimos es exclusivamente fruto de la
concupiscencia. Tal vez no sepamos hacer ningún favor de balde. Hacemos pagar
demasiado caros nuestros pequeños servicios.

Piensen en esto un instante, ustedes los que tienen obreros, los que tienen mecanógrafas.
En este momento de nuestra vida, pensemos seriamente en la cosecha que hemos
producido: si hemos sido un árbol inútil, que sólo echó frutos y hojas para alimentarse él
mismo, que a nadie le ha dado sombra, que no ha sido capaz de proteger ningún nido.

Desde lejos, es decir, desde la distancia de donde Dios mira, ¿no presentamos nosotros el
aspecto de un árbol enjuto, de chamizas inútiles, donde no hay lugar ni para nidos ni para
flores ni para pájaros ni para frutos, ni siquiera una sombra acogedora para el que se
acerca…?


Febrero 21 de 1956.
Vivir apasionadamente

Debemos vivir apasionadamente. ¿Qué significa eso? Significa tener propósito de la


existencia, tener objetivo, tener finalidad, tener entusiasmo, estar comprometidos. Vivir
así es vivir realmente. Lo demás es vegetar, es irse marchitando lentamente, sin gloria y
sin pena; sin gracia y sin belleza.

Vivir apasionadamente es mirar a nuestros prójimos, a nuestros hermanos con una mirada
profunda, comprendiendo y realizando que son hermanos nuestros.

Vivir apasionadamente es dedicar al menos una hora a la semana para un servicio integral
a nuestro prójimo. Ir a una familia pobre, enseñar a leer, buscarle trabajo a una persona
cesante. Los sábados o domingos salir al campo, entrar en contacto con los campesinos
abandonados y prestarles una ayuda, sin paternalismos, sin humillaciones. Ayudarles y
enseñarles a vivir mejor.

Debemos vivir nuestra vida con una gran intensidad. Si no lo hacemos, nuestra existencia
entra en las sombras de lo insignificante, de lo inútil, de lo mediocre.

Para darle una gran intensidad a la vida, es necesaria la pasión. Si somos demasiado
cerebrales, si todo lo calculamos y evitamos todos los riesgos, si somos absolutamente
prudentes y cuidadosos, si no nos lanzamos a la aventura, nos condenamos a la impotencia
y a un perpetuo diletantismo. Estaremos siempre discutiendo, siempre criticando, siempre
contradiciendo, y no seremos capaces de crear nada.

Necesitamos inteligencia, es verdad, intuición; pero más que todo necesitamos pasión. La
razón busca el bien individual; la pasión busca ordinariamente el bien colectivo, acepta
el sacrificio y se lanza. El dinamismo pasional es una obra de Dios, es un regalo de Dios
al hombre, tanto o más que la inteligencia.

La pasión de que les hablo no es la pasión carnal; es la pasión que es capaz de sacarnos
del equilibrio tranquilo de nuestra vida y proyectarnos hacia la patria y hacia el mundo,
hacia la humanidad; que es capaz de sacarnos de nuestra pereza, de nuestra quietud, de
nuestros prejuicios, de nuestro criticismo; que nos hace viriles, que nos hace amar.

Este año debemos darle riqueza a nuestra vida. No puede ser que nos levantemos cada día
sólo para aguardar la noche. No puede ser que entremos los lunes al itinerario de la
semana, únicamente para aguardar el domingo.

Algo profundo debe penetrar en nuestra existencia: en primer lugar, la lectura diaria del
evangelio. Tres o cuatro minutos después de cada comida. Y, semanalmente, dedicar una
hora a la humanidad. Una hora para visitar a un enfermo, a una familia pobre; para enseñar
a un analfabeto, para alegrar a un triste. ¡Son tantas las cosas elementales que podemos
hacer!

El estar comprometidos es lo que le da valor a nuestra vida. Mientras un hombre no se


comprometa, se halla en una situación vaga, fluctuante, insincera; no tiene rumbo ni meta
ni sentido su existencia.
Nosotros hemos contraído dos gravísimos compromisos: el primer compromiso es con
Dios, que nos liga para siempre, que nos pide algo que se llama fidelidad, fe, entrega,
adoración, amor; el segundo compromiso es con la patria, donde Dios quiso que
naciéramos, que lucháramos.

Hay otro compromiso también que liga indeleblemente a algunos: es el compromiso


matrimonial. Este compromiso importa también una actitud maravillosa, que se llama
fidelidad.

Pero vamos a hablar del compromiso con la patria. ¿Será posible que nosotros en poco
tiempo la restauremos? ¿Será utópico pensar en una renovación profunda de ella,
desencadenada por un entusiasmo colectivo?

El hombre que se compromete se vuelve generoso y es capaz de sacrificarlo todo en favor


de lo que ama.

Necesitamos prender la candelada de amor a nuestra patria. Después vendrá la cosecha,


vendrá el equilibrio. Pero mientras llega a ese punto, es necesario abreviar las distancias,
las largas demoras, es necesario marchar a jornadas forzadas.

Tenemos que hacer brotar una llamarada de entusiasmo. Después vendrá la cosecha,
vendrá el equilibrio; pero es necesario entrar en el entusiasmo. Entusiasmarse significa
endiosarse, estar poseídos de una divinidad y de una locura por la patria. Todos los que
han leído a Platón recuerdan su página maravillosa sobre los endiosados, los
entusiasmados.

No se puede pensar en amar sin pasión. Es necesario introducir la pasión en nuestra vida.
Es necesario hacer cosas extrañas, lo que nunca se había hecho. Urge introducir la bandera
de la patria en nuestra casa, y formar tal presión colectiva, tal inquietud, que brote la
transformación anhelada.

En esta labor debemos trabajar todos, sin ninguna excepción, fuera de los apátridas. La
juventud debe ponerse en movimiento por una patria nueva, los hombres acaudalados
deben poner al servicio del país su dinero, emprendiendo nuevas industrias. Los jóvenes
deben llevar la inquietud a los colegios y deben traducirla en realidades objetivas. Los
jóvenes deben crear núcleos patrióticos en todos sus ámbitos de influencia.

Nuestra patria está dormida, con un sueño pesado, de largos años; pero la vamos a hacer
despertar. Cuando se levante, cuando se frote los ojos, cuando se desperece, se pondrá
fácilmente a la cabeza de América.

¿Será esto un sueño, una utopía, un desequilibrio, una rebeldía causada por la
comparación con otros países? No podemos resignarnos a una lentitud de siglos, mientras
todos los demás van a una velocidad de días.

De todos modos tenemos un compromiso indeclinable con la patria. Comprometerse es


lo que le da sentido a la vida, le da una belleza, y le da una extraordinaria misión.

¿Será posible entusiasmarnos? ¿Será posible despertarnos? Hasta ahora hemos sido
cerebrales, tranquilos: tranquilos con nuestra pobreza, tranquilos en nuestras carreteras
polvorientas, tranquilos con los bosques talados, tranquilos con nuestros mendigos,
tranquilos con nuestros muchachos sin estudio. Tranquilos con las muchachas ociosas de
la alta sociedad. Tranquilos con las miles de empleadas domésticas en las casas de los
burgueses.

¿No será posible transformarlo todo y que en vez de sirvientas haya obreras calificadas,
y que las señoras en vez de pasar largas horas en el salón de belleza, consigan máquinas
y ellas mismas hagan los trabajos domésticos y ahorren miles de manos inutilizadas?

Todo esto que les digo son palabras apasionadas. Pero los hijos de la pasión son los hijos
más fecundos y más transformadores. ¿Seremos capaces de salir de nuestro gran
equilibrio, de nuestra perfecta compostura y apasionarnos por nuestra patria?
Ejemplo a favor del bien común

Hoy ha llegado el señor presidente de la República de una eficaz y ardua faena. Nos ha
dado ejemplo, a todos los colombianos, de una lucha sin tregua a favor del bien común.
Este ejemplo lo debemos seguir, en la modestia de nuestro ámbito.

Debemos saber que el tiempo es precioso en nuestra vida, que perderlo es irreparable, que
el único modo de no malgastarlo es entregarlo al servicio del hombre.

Cuando estamos ayudando al hombre, cuando estamos sirviéndole, cuando estamos


apreciándolo, ese es el tiempo que se eterniza. Todo lo demás es transitorio y se marchita,
menos el tiempo que consagramos al hombre.

Nuestro servicio al hombre se mezcla misteriosamente y se convierte en servicio y amor


a Dios. En la tierra no tenemos ninguna presencia visible de Dios, sino el hombre, que es
signo y sacramento divino.

Es maravilloso existir, porque podemos servir, amar y transformar. El mejoramiento de


Colombia, de nuestro pueblo no pensemos que nos vendrá de la ayuda externa, sino de
nuestro propio esfuerzo, del impulso de cada uno de nosotros, por pequeño que sea.

Lo que necesita Colombia no son dólares, como generosidad y entrega de los propios
colombianos. Lo que se requiere es nuestro trabajo, nuestra iniciativa, nuestra
responsabilidad.

Hay pueblos, en las provincias, que vegetan en la pobreza, en la suciedad, en el abandono,


tanto en el páramo, como en las tierras cálidas. Todo porque sus habitantes no han
despertado. Porque no hay alcalde ni personero ni juventud, sólo hay entes. Porque
ninguno se ha dado cuenta de lo que es trabajar, personalmente, en favor de los demás.

Arreglar las calles, sembrar árboles, plantar frutales, todo eso son cosas sencillas que las
podemos hacer nosotros, sin gastos especiales, sin la ayuda externa. Sin que intervenga
el BID ni el AID ni la Alianza para el Progreso, pudiéramos poner pequeñas industrias
con nuestros pequeños capitales.

La proeza del señor presidente de la República nos debe enseñar a nosotros a hacer algo
por los demás. No buscar siempre, exclusivamente, nuestro propio interés o el interés de
nuestra familia.

Este ejemplo magnífico nos debe llevar a cumplir un servicio en favor de Colombia, según
nuestras posibilidades: a regalar una escuela, a montar un taller, a blanquear nuestra casa,
a arborizar nuestra cuadra, a alfabetizar a un ciudadano. Éstas serían cosas que podríamos
hacer, y que serían nuestra silenciosa respuesta a su magnífica entrega.

Toda nuestra vida es radicalmente transitoria y deleznable. Lo único que nos salva de la
transitoriedad es el amor consciente al hombre, es el despertar a la inmensa belleza del
universo. Esta actividad humanística está hondamente vinculada a Dios y a Cristo.

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