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GVERRICO DE JGNY

HOMMAS
PARA EL AÑO L1TVRGICO
PADRES CISTERCIENSES
LA LUZ DE CRISTO
Padres Cistercienses N? 10
GVERRICO DE JGNV

PARA. EL AÑO L1TVRGICO


PADRES C1STERCIENSES
Coedición Monasterio Trapense de Azul
Editorial Claretiana
Buenos Aires
1983
Imprimatur:
Mons. Emilio Bianchi di Cárcano,
obispo de Azul.
Azul, 8 de diciembre de 1982

Dibujo de la portada:
Monjas benedictinas de Sta. Escolástica.

Todos los derechos reservados.


Hecho el depósito que previene la ley.
Impreso en la Argentina.
Printed in Argentina.
© Monasterio Trapense de Nuestra Señora de los Angeles, 1982.
ISBN 950-012-034-8

MONASTERIO TRAPENSE
DE NUESTRA SEÑORA DE LOS ANGELES
Casilla de Correo 34
(7300) Azul (Buenos Aires)
República Argentina

EDITORIAL CLARETIANA
Lima 1360
(1138) Buenos Aires
República Argentina
Teléfonos 26-9597 / 27-9250
CONTENIDO

ABREVIATURAS ................................................................. VIII

NOTA DE LOS EDITORES ............................................ IX

INTRODUCCION ................................................................ 1

A cargo de:
John Morson, o.c.s.o.

LA LUZ DE CRISTO. HOMILIAS PARA EL TIEMPO


Y LAS FIESTAS LITURGICAS .................................... 61

Traducción:
P. Damián Yáñez, o.c.s.o.

Revision:
Monjas benedictinas de Nuestra Señora de la
Esperanza

INDICE GENERAL ............................................................ 471


ABREV1ATU RAS

RB Regla de san Benito.

PL Patrología Latina, ed. J. B. Migne, París.

PG Patrología Griega, ed. J. B. Migne, París.

BAO Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid.

SC Colección “Sources Chrétiennes”, ed. du Cerf, París.

PC Serie “Padres Cistercicnses”, Azul - Buenos Aires, Repú­


blica Argentina.

CF “Cistercian Fathers” Series, Spencer, Massachusetts, Esta­


dos Unidos de América.
NOTA DE LOS EDITORES

LOS sermones del beato Guerrico de Igny trasuntan un


encanto del que es muy difícil sustraerse. La originalidad
de su pensamiento, destacada y analizada por el autor
de la Introducción, sólo responde parcialmente de este poder
de atracción que los lectores de habla castellana podrán com­
probar ahora directamente sobre los textos.
A nuestro parecer, la obra de Guerrico nos atrae hoy porque
abre una ventana sobre la intimidad de la vida monástica en
el siglo de oro cisterciense. Leyendo sus meditaciones, siguiendo
sus generalmente límpidos análisis de la Escritura —que cons­
tituye el motivo y el objetivo de su predicación a la vez que
le proporciona la forma—, contemplando de su mano el mis­
terio litúrgico y el sacramento de la vida de los santos, oyendo
las reconvenciones a veces irónicas, a veces duras, aunque nun­
ca desprovistas de misericordia, que el abad administra a los
suyos en la sala capitular de Igny, sentimos compartir la exis­
tencia de aquellos hombres que siguieron a Cristo en la lumi­
nosa reforma cisterciense. La palabra de Guerrico no se ve
interrumpida ni por la intromisión de la historia —como es el
caso de san Bernardo de Claraval— ni por la digresión teoló­
gica o filosófica —como sucede con Guillermo de Saint-Thierry
y san Elredo de Rieval—. Nuestro autor no es ajeno a su tiempo
ni deja de exponer un conocimiento, pero su tono es el propio
del padre de familia, y, más aún, el del padre de familia humil­
de y responsable, que no evita destacar su indignidad y sin
embargo no se arredra por las cargas de su cargo.
Las enseñanzas de Guerrico pueden sintetizarse, como he­
mos tratado de hacerlo mediante el título adoptado para esta
edición, con la exclamación jubilosa de la liturgia pascual: “¡La
luz de Cristo!’’ Bajo este resplandor el abad traza un camino
tripartito clásico (purgación, iluminación, unión), con el cual
describe el proceso de transformación en que se compromete
el monje, y todo fiel, una vez aceptado el llamado de Cristo.
¿No hemos sido elegidos “en él, antes de la fundación del
mundo, para ser santos e irreprochables en el amor” (Ef. 1,4)?
NOTA DE LOS EDITORES

Precisamente por este camino, confiado en la misericordia de


Dios, intentará el abad llevar a sus monjes. “Yo creo, dice
Guerríco, que debes caminar por estos grados, seguir por esta
senda, alma fiel, para que, desembarazada de las tinieblas de
este mundo, llegues a la patria de la claridad eterna” (Epif.
III 112],4).
Presentamos nuestra edición de los sermones de Guerríco
según una traducción realizada por el P. Damián Yáñez, o.c.s.o.,
monje de la abadía de Osera (España) y revisada por las mon­
jas benedictinas del monasterio de Nuestra Señora de la Espe­
ranza, de Rafaela (República Argentina); el trabajo se realizó
sobre el texto crítico establecido por John Morson, o.c.s.o., y
Ililarij Costello, o.c.s.o., y editado por las Editions du Cerf en
su colección “Sources Chrétiennes”. La Introducción pertenece
al difunto P. John Morson, ya mencionado, y la reproducimos
gracias a la fraterna colaboración del P. Hilary Costello. Las
notas han sido tomadas de la edición crítica, pero nos hemos
apoyado a veces en las que presenta la edición efectuada opor­
tunamente por la “Cistercian Fathers Series”.
Con este volumen nuestra colección alcanza su décima apa­
rición. Sin dar a la decena un valor mágico del que carece,
pero llenos de gratitud a Dios que nos permitió completarla,
queremos extender nuestro reconocimiento a todos los que ha­
cen posible la existencia de “Padres Clstercienses”. María, Ma­
dre de la Luz eterna, se lo recompense.
I N T R O D U C C I CN

E conoce muy poco de la vida de Guerríco de Igny. Es

S seguro que vivió en Claraval en la década iniciada en


1120 y, dado el íntimo contacto con su famoso abad,
podemos suponer que haya sufrido la influencia de las ense­
ñanzas de Bernardo. Con este último, con san Elredo y Gui­
llermo de Saint-Thierry, Guerrico constituye el grupo de los
“cuatro evangelistas de Cister”, como se los denominó poste­
riormente. Cada uno de ellos representa una faceta especial
de la Orden cisterciense; los cuatro contribuyeron a conformar
una tradición que había de afectar poderosamente la espiri­
tualidad de los siglos venideros.
Sin duda, san Bernardo fue en cierta forma el maestro de
los otros tres, pero todos conservan su punto de vista indivi­
dual. El enfoque que da Guerrico a los misterios de la salva­
ción humana es tan vigoroso y personal como el de Elredo o
Guillermo.’

1. Fuentes de información

En la documentación contemporánea

Hay pocos documentos que nos informen sobre la vida de Gue­


rrico. Tal vez deba mencionarse primeramente el Exordium
Magnum Cisterciense, recopilado por Conrado de Eberbach
hacia fines del siglo XII. No es una fuente histórica de gran
valor, pero por lo menos bosqueja con vivacidad un conjunto
de acontecimientos íntimamente relacionados con la renovación
monástica que se iba operando en aquella época, y nos revela

1. Louis Bouyer ha publicado una breve apreciación de las enseñanzas


de Guerrico en The Cistercian Heritage (Mowbray, 1958), págs. 190-
203. El estudio más completo desde el trabajo de Wilde (ver nota 8)
ha sido realizado por Dom André Louf, “Une Théologie de la Pauvreté
Monastique chez le Bx. Guerrie d’Igny”, en Collectanea Ordinis Cister-
ciensium Reformatorum, 20 (1958), págs. 207-222; 362-373. Ver tam­
bién otros artículos en la misma edición, mencionados en la nota 10,
más abajo.
2 BEATO GUERRICO DE IGNY

claramente la alta estima de que gozaban el primer abad de


Claraval y algunos de sus prosélitos. La obra dedica a Guerrico
dos capítulos de tono muy elogioso.2
La Vita Hugonis, es decir, la vida de Hugo, abad de Mar-
chienne,3 es otra fuente para la biografía de Guerrico. Ambos
fueron contemporáneos y amigos íntimos, hasta que sus cami­
nos se separaron. Contamos con una carta, perteneciente a
Hugo Foliot, en que éste se refiere a Guerrico, abad de Igny,
como persona cuya considerable influencia se ha dejado sentir
más allá incluso1 de los límites de su monasterio. En efecto,
Guerrico persuadió a los canónigos regulares de St. Denys de
Reims a fin de que pidieran el nombramiento de este Hugo
Foliot para ocupar su sede abacial.45
También san Bernardo menciona a un tal Guerrico, monje
de Claraval, en dos de sus primeras cartas6 y, aunque no lo
aseveremos categóricamente, es muy probable que estas refe­
rencias pertenezcan al futuro abad de Igny. Pero debemos
ser cautos, porque el suyo era un nombre bastante común en
Flandes y existe la posibilidad de que haya habido más de un
Guerrico en Claraval. Los restantes detalles biográficos que
poseemos son las escasas indicaciones recogidas de los sermo­
nes de nuestro autor.

2. El trabajo está dividido en diversas Distinctiones. La Dist. 2 se


ocupa extensamente de san Bernardo; las 3 y 4, de sus discípulos inme­
diatos. Todas las referencias han sido extraídas de la edición crítica de
Bruno Griesser, Exordium Magnum Cisterciense (en adelante EM), pu­
blicado por las Editiones Cistercienses (Roma, 1961). Los capítulos
dedicados’ a Guerrico son los 8 y 9 de la Dist. 3, págs. 163-166. Todas
nuestras referencias al EM lo serán de estos dos capítulos, salvo indi­
cación contraria.
3. Vita Hugonis, Abbatis Marchianensis, ed. E. Marténe y U. Durand,
en Thesaurus Novus Anecdotorum, vol. 3 (1717), cois. 1709-1736. En
adelante nos referiremos a esta obra con la sigla VH.
4. Mabillon y E. Marténe, Annales Benedictini, vol. 6 (1745), año
1149, págs. 422-423.
5. San Bernardo, Cartas 89 y 90: S. Bernardi Opera (ed. J. Leclercq
y H. Rocháis, Roma, Editiones Cistercienses, 1961-1977), vol. VII, págs.
235-238. (Esta edición será citada en adelante como Opera.) Trad. espa­
ñola por Jaime Pons, Obras Completas de san Bernardo (Barcelona,
1929), vol. VII, págs. 209-212.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 3

Historiadores modernos

En años recientes, nuestro autor conoció varios intentos bio­


gráficos. En 1890 el abate J. Beller publicó una vida de Gue­
rrico de Igny6 que se caracteriza más por el cuidadoso esfuerzo
de investigación que por la agudeza del sentido crítico. De
cualquier modo, fue un logro considerable de este autor re­
dactar diez capítulos pretendidamente históricos a pesar de la
pobreza del material existente. Al parecer, unos cinco años
más tarde la obra inspiró al P. Michael Gatterer, S.I., un artícu­
lo en que éste criticaba a Beller y sus fuentes de información;
de todas formas, el artículo adolece de falta de perspicacia
en sus juicios.7
En 1935, Dom Déodat de Wilde publicó una tesis sobre la
teología y las enseñanzas de Guerrico; sólo dedica sus prime­
ras veinticinco páginas a la biografía del autor.8
Merecen mención la historia de la abadía de Igny redactada
por el abate Péchenard 910y algunos artículos publicados en
1957 en la Collectanea O.C.R. con motivo del octavo centena­
rio de la desaparición de Guerrico.”

6. J. Beller, Le Bx. Guerric Disciple de Saint Bernard et second Abbé


du Monastére de Notre Dame dlgny de TOrdre de Cíteaux au Diocése
de Reims (Reims, 1890). En adelante nos referiremos a Beller.
7. M. Gatterer, s.i., “Der Selige Guerricus und seine Sermones”, en
Zeitschrift für Katholische Theologie, 19 (1895), págs. 35-90. En ade­
lante nos referiremos a Gatterer.
8. Déodat de Wilde, De Beato Guerrico Abbate Igniacensi Ejusque
Doctrina de Formatione Christi in Nobis (Westmalle, 1935). En adelante
nos referiremos a de Wilde.
9. P. L. Péchenard, Histoire de l’Abbaye d’Igny de l’Ordre de Citeaux
au Diocése de Reims (Reims, 1883).
10. Collectanea O.C.R., 19 (1957). Artículos históricos: Raymond
Milcamps y Alberic Dubois, “Le Bienhereux Guerric: Sa Vie, Son
Oeuvre”, págs. 207-221; Hna. M. Aleth, “L’Abbaye Du Bx. Guerric
N. D. d’Igny”, págs. 300-317.
4 BEATO GUERRICO DE IGNY

2. La vida

(a) Etapa inicial

El Exordium Magnum nos refiere que Guerrico murió “carga­


do de años”,'1 probablemente el 19 de agosto de 1157. Esto
indicaría que el abad había llegado a los setenta años, con lo
cual se fijaría su nacimiento alrededor de 1087. En un docu­
mento de 1094 hay mención de cierto acólito Guerrico) y en
otro de 1108 figura como testigo un canónigo del mismo nom­
bre. Tanto Bellcr como de Wilde consideran que se trata de
nuestro monje.1112 Pero si se toma como referencia el primer
documento, Guerrico debe de haber nacido antes de la fecha
calculada más arriba y hemos de deducir que su nacimiento
tuvo lugar en la década comprendida entre 1070 y 1080.
Nuestro abad nació en Tounai1314 y es casi seguro que estudió
15
humanidades, dialéctica y teología en la escuela catedralicia.
Difícilmente pudo haber escrito en la forma en que lo hizo
si no hubiera recibido, antes de entrar en Claraval a edad ya
bastante madura, una educación esmerada, apta para desarro­
llar plenamente sus facultades. El famoso Odo de Cambrai ‘
dirigió aquella escuela desde 1087 hasta 1092. No sabemos si
Guerrico fue realmente alumno de Odo, pero es probable que
haya experimentado indirectamente su influencia; de tal modo
habría quedado establecido un contacto con la tradición esco­
lástica proveniente de san Anselmo.”
Empleados con discreción, algunos documentos de Tournai
relativos a este período nos proporcionan ciertas precisiones
cronológicas acerca de su vida; no olvidemos, sin embargo,
que Gatterer los rechaza debido a la frecuencia con que apare­
ce en ellos el nombre Guerrico. Este autor destaca, por ejem-
11. EM, Dist. 3, cap. 9, pág. 165: 31.
12. Beller, pág. 626; de Wilde, pág. 9 y notas 4 y 5.
13. VH, No 16, col. 1723.
14. El futuro obispo de Cambrai, conocido como Odo de Tournai o
también de Orleáns, su lugar de nacimiento. Herman, Liber Restaura-
tionis Abbatiae Sanctae Martini Tornacensis, No 1; PL 180, 41.
15. H. Barré, “Saint Bernard Théologien”, Analecta S.O.C., 9 (1953),
pág. 126, aunque el autor se refiere a un punto particular de la mario-
logía. _ , ,
HOMILÍAS LITÚRGICAS 5

pío, que en 1092 se habían registrado tres personas de ese


nombre entre los benefactores de la restaurada abadía de San
Martín de Tournai.” Podemos agregar además que entre 1094
y 1141 el nombre aparece veintinueve veces en los documentos,
con las variantes de Weric, Guiric, Guirric, Geric, Gerric, Guc-
rric.16 Antes de la época en que Guerrico llega supuestamente
1718
a Claraval, figuran registrados otros veintitrés homónimos. Es
posible que alguna de estas anotaciones se refiera a nuestro
Guerrico, pero no todas, dado que el mismo nombre aparece
en algunos casos hasta dos veces en la misma cédula. Así en
1101 encontramos Guerric y Guirric.1S Por supuesto, a esta al­
tura es imposible determinar cuál de ellas se refiere a Guerrico
de Igny o si hay que identificarlo con el Weric y el Guirric
que aparecen en 1094 y 1100 respectivamente. Todo lo que
podemos afirmar es que el nombre se repite y que existen
muchas probabilidades de que uno u otro de los firmantes
sea nuestro biografiado.
Beller hace de Guerrico' un canónigo en el documento de
1100. Un estudio más cuidadoso de este documento lo demues­
tra: de ningún modo puede afirmarse con seguridad que la
Así pues,
persona que ostentaba ese nombre fuera canónigo.1920
no contamos con pruebas concluyentes de que el segundo abad
de Igny fuera un canónigo' del Capítulo de Tournai. Sin em­
bargo, leemos en la Vita Hugonis que aquél fue Magister apud
Tornaeum."" Inferimos de esto que haya estado quizás a cargo

16. Gatterer, pág. 36, nota 6. Los tres nombres aparecen registrados
con distinta ortografía por Albert D’Haenens, “Moines et Clercs á
Tournai au Debut du XII Siécle”, en La Vita Commune del Clero Nei
Secoli XI (e) XII: Atti Della Settimana di Studio Mendola, 1959 (Mi­
lán, 1962), págs. 93-94.
17. Todo lo que sabemos de las cartas capitulares de la diócesis de
Tournai es fruto de los estudios de Dom Nicholas Huyghebaert, o.s.b.,
que generosamente los puso a nuestra disposición.
18. El 9 de marzo de 1101. Documento capitular de Balderico a favor
de Santa María de Tournai, inédito; cartulario del siglo XII en los archi­
vos de la catedral.
19. El 17 de julio de 1108. Documento capitular de Balderico a favor
de su catedral; el original se perdió; se conserva una copia del siglo XII
en los archivos de la catedral, Cartulario C.
20. VH, No 16, col. 1723.
6 BEATO GUEBBICO DE IGNY

de la escuela catedralicia y posiblemente de todas las escuelas


de los monasterios y fundaciones de la diócesis.21 La frase de
la Vita Hugonis puede significar que fue maestro antes de 1116
y abandonó dicha responsabilidad, como también lo señala la
misma fuente, al retirarse a una vida de soledad y oración. En
todo caso, otra persona, de nombre Hotfrid, fue maestro en
1116, 1120 y 1126.22 De acuerdo con la evidencia a nuestra dis­
posición, existe la posibilidad de que Guerrico haya sido maes­
tro entre 1121 y 1125, pero, en última instancia, debemos admi­
tir que no tenemos ninguna certeza. Tal vez, simplemente se
haya querido indicar que enseñó en aquella escuela y hasta
es posible que los biógrafos de Hugo, escribiendo medio siglo
más tarde, hayan cometido errores o agregado detalles a las
fuentes originales.
Es probable que Odo de Tournai haya ejercido cierta influen­
cia intelectual sobre Guerrico. Deben realizarse estudios más
exhaustivos sobre las obras de Odo aún existentes,23 para de­
mostrar el grado exacto de su influencia en la doctrina de Gue­
rrico. No obstante, se lo reconoce fácilmente en la decisión
del joven de llevar una vida solitaria, porque el futuro cister-
ciense debe de haber conocido la renovación monástica en
San Martín de Tournai,24 donde Odo había sido abad desde

21. Gatterer, pág. 40; téngase en cuenta que este autor se apoyaba en
la autoridad de Du Cange para afirmarlo; el hecho no es evidente ni en
la edición maurista ni en la edición moderna del Glossarium; s.v., Magis­
ter, Scholasticus.
22. Para 1116: carta capitular de Lamberto, obispo de Tournai, a
favor de Santa Ana de Douai; archivos de Lila. Nord 1 G 194, pieza
1012; otorgado por Lamberto a Sainte Marie au-Bois; París, Bibl. nat.,
Picardie 291, ítem 61. Para 1121: archivos de la ciudad de Gante, pro­
veniente del palacio episcopal, colección de Saint-Bavon, c. IV, N? 10.
Solamente se ha publicado la última; en Miraeusfoppens, Opera Diplo­
mática IV, pág. 357.
23. Por ejemplo, en la obra principal, De Peccato Originalis, PL 160,
1071-1102.
24. Ver Ch. Dereine, “Odon de Tournai et la Crise du Cénobitisme
au XII Siede”, en Revue du Moyen Age Latin, 4, (1948), págs. 137-
154; también Albert D’Haenens, art. cit. (ver nota 16). Ch. Dereine
describe el renacimiento monástico tal como tenía lugar en Tournai;
para una visión más general consúltese a B. Lackner, Eleventh-Century
Background of Citeaux (Cistercian Studies Series, 8).
HOMILIAS LITURGICAS 7

1094 hasta su nombramiento para ocupar la sede episcopal de


Cambrai, en 1105.
Tournai nos ofrece una visión de la crisis por la que atrave­
saba el monacato de esa época. Podemos observar allí vaci­
laciones, anhelos, comienzos en falso y buscas a tientas en pos
de un ideal. Odo, con unos pocos compañeros, se hizo monje
en 1092 y adoptó la regla de san Agustín. Para proteger sus
ideales de las presiones ejercidas por los nobles de Tournai,
cambió ésta al cabo de uno o dos años por la regla plenamente
monástica de san Benito. Todavía insatisfecho', trató de llevar
una vida estrictamente eremética. En esta oportunidad también
se opusieron los obispos, dando por resultado el retorno de los
aventureros al monasterio, donde siguieron un régimen similar
al de Molesmes. También esto tuvo duración efímera y en 1095
la comunidad terminó por adoptar las observancias cluniacen-
ses.2526
El papel desempeñado por los nobles en esta crisis de la his­
toria de la abadía de San Martín indica claramente que el
asunto fue muy sonado. Al parecer, Guerrico y Odo siguieron
caminos diferentes. Aquél, como Odo, era un ermitaño de cora­
zón; pero a diferencia de éste no reunió a su alrededor un
grupo de discípulos que lo acompañaran al desierto. No sabe­
mos si continuó enseñando en la escuela, pero es seguro que
llevó vida solitaria en una casa pequeña cerca de la iglesia,
forma tradicional en Occidente de vivir la vida eremítica. Allí
se dedicó a la lectura y a la actividad literaria, a la oración y
a la meditación, interrumpidas únicamente por la visita oca­
sional de algún amigo privilegiado como Hugo.28

(b) Vocación cisterciense y vida en Claraval

Mientras tanto, la fama de Bernardo de Claraval iba tras­


cendiendo los muros del monasterio. En 1112,27 san Bernardo,

25. Herman, op. cit. (ver nota 14). D’Haenens, art. cit., pág. 97.
26. VH, ibid.
27. Esta es la fecha aceptada comúnmente: Bernard du Clairvaux
(Commision d’Histoire de l’Ordre de Citeaux, 1953), págs. 39; 572. En
adelante lo citaremos como Bernard de Clairvaux.
8 BEATO GUERRICO DE IGNY

hijo de un noble de Borgoña, había entrado en Cister con un


grupo de parientes y amigos, para abrazar la observancia re­
formada de la regla de san Benito, bajo la guía de un inglés,
el abad Esteban Harding. Poco después Cister comenzó a hacer
fundaciones y Bernardo tuvo a su cargo la cuarta, cuando con­
taba veinticuatro años, a sólo tres de su entrada en la vida
monástica.28 No hay evidencia de que Guerrico se haya encon­
trado con Bernardo cuando éste viajó a Flandes,29 pero debe
de haber sabido mucho de él a través de dos amigos íntimos
que lo conocieron en dicha ocasión. Estos amigos eran Hugo y
Oger, destinados a convertirse en abades ambos, uno en Mar-
chienne y el otro en St. Nicholas-du-Pré. En una carta escrita
a Oger,30 san Bernardo se refiere a un tal Guerrico, que es
novicio en Claraval. Es muy improbable que se trate de otro
Guerrico que no sea el futuro abad de Igny. Si nos apoyamos
en este dato, hemos de notar que la carta de Bernardo fue
escrita antes de que Oger fuera nombrado abad, en 1126. En
la misma carta existen referencias a un trabajo reciente, In
laudibus Virginis Mariae —conocido frecuentemente como las
“homilías en alabanza de la Virgen Madre”—, que con toda
probabilidad no fue escrito antes de fines de 1124.31 De tal
modo, el novicio al que se refiere la carta estuvo en Claraval
con el santo seguramentes antes de 1126 y quizás a comienzos
de 1125. Es interesante apreciar cómo se complementan estas
fechas con las evidencias de los documentos de Tournai. Hay
dos firmantes con el nombre de Guerrico (o algunas de sus
variantes) en 1116, uno en 1118, dos en 1120, posiblemente
uno en 1122. Aunque no podemos estar seguros de que alguno
de ellos fuera Guerrico de Igny, es significativo que ese nom­
bre no apareciera de nuevo durante once años.
Aun si se tuviera reparos por el carácter convencional de
las expresiones vertidas en la Vita Hugonis y el Exordium Mag-

28. Bernard de Clairvaux, pág. 572.


29. Vita Prima Sancti Bernardi, libro IV, No 16; PL 185, 331. A.
Manrique, Annales Cistercienses, vol. I, año 1131, cap. 1, No 8.
30. San Bernardo, Carta 89, 3; Opera, VII, pág. 236; Pons, pág. 211.
31. D. Van Eynde, o.f.m., “Les débuts litteraires de Saint Bemard”,
Analecta S.O.C., 19 (1963), págs. 189-298, fundamenta la fecha de
In laudibus V.M.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 9

nun, no hay razones valederas para pensar que Guerrico no


haya sido un clérigo modelo antes de su ingreso en el monas­
terio. Conrado escribía: “Con ayuda de la gracia, conservó la
vestidura de la inocencia inmaculada hasta el fin.”82 La frase
tiene por sí misma poco valor histórico. Pero tampoco se encuen­
tra ninguna que, escrita por Guerrico mismo, en primera per­
sona, pueda servir para interpretar que nuestro autor hubiera
llevado en su juventud una vida disipada. “Después de haber
sido lavado por el bautismo, toqué no sólo un muerto, sino tan­
tos cuantas obras de muerte llevé a cabo; me sucedía lo del
proverbio, según el apóstol Pedro: El perro vuelve a su vómito
y la marrana lavada, a revolcarse en el cieno.”88 Si aceptára­
mos esto como evidencia, sería fácil negar también la inocencia
bautismal de Bernardo,84 cosa que ni éste ni sus biógrafos han
pensado hacer.
La Vita Hugonis revela que Guerrico no llegó a Claraval
con la idea de quedarse. Unicamente quería recibir beneficios
espirituales del encuentro con el famoso abad; éste, a su vez
vio en Guerrico las cualidades necesarias para el desarrollo de
un buen monje, y lo instó a quedarse. El biógrafo de Guerrico
narra del modo siguiente la conclusión de aquella entrevista:
“Atrapado por la conversación del abad, [Guerrico] se sometió,
persuadido por el efecto de la misma. Había ido simplemente
a ofrecer sus respetos, sin la menor idea de abrazar la vida
monástica. Entonces, sin dilatarlo o mirar atrás, el clérigo se
convirtió en monje y el maestro en alumno.” “5
En apariencia, Bernardo demostró poca simpatía hacia la
atracción que la estricta vida eremítica ejercía sobre Guerrico.
Es muy posible que haya pronunciado las palabras que se le
atribuyen o que algunos de sus sermones la hayan sugerido:
“Pobre del que está solo, porque si cae nadie habrá para levan-

32. EM, pág. 164: 3-4.


33. Epif. IV [14], 4; ver también N? 7. Estas referencias sin nombre
remiten a los sermones de la presente obra. [El número arábigo entre cor­
chetes indica el orden de los sermones en esta edición de PC (N. del E.).]
34. San Bernardo, De diversis, 46 (In Assumptione, VI); Opera, V,
pág. 260; Obras completas de san Bernardo, BAC, 110 (Madrid, 1953),
tomo I, pág. 1064.
35. VH, N? 16, col. 1723.
10 BEATO GUERRICO DE IGNY

38 Esta doctrina no es muy concorde con la tradición de


tarlo.”36
37
los Padres del desierto, tal como lo revivió, por ejemplo, san
Pedro Damián, y la practicaron san Bruno y sus discípulos.
Por otra parte, la amistad de Bernardo con los cartujos sugiere
que su posición contraria a la vida eremítica era circunstancial,
mantenida con el propósito de atraer a Claraval a los poten­
ciales ermitaños.37
Como muchos otros miembros de la comunidad claravalen-
se, Guerrico era bastante mayor que su abad. Humanamente
hablando tenía más madurez y experiencia. Los novicios llo­
vían en el monasterio y las nuevas fundaciones comenzaron
en 1118, con Trois-Fontaines, haciéndose la sucesión de las
mismas más rápida que nunca después del nacimiento de Ignv,
en 1128.38
Entre los contemporáneos del novicio podemos reconocer a
Bernardo de Pisa, más tarde papa Eugenio III; a Henry Mur-
dach, futuro arzobispo de York, y a Humberto, a quien Ber­
nardo enviaría a fundar Igny, unos tres años después de la
llegada de Guerrico. Además de este grupo, hallamos otro,
que atraería el interés de las futuras generaciones por la con­
dición del parentesco carnal existente entre sus miembros y
san Bernardo.
Durante los aproximadamente trece años que había de durar
la permanencia de Guerrico, la administración del monasterio
ha de haber quedado en gran parte en manos del prior. Ade­
la salud de Bernardo
más de los largos períodos de ausencia,3940
se encontraba quebrantada por los ayunos excesivos y otras
austeridades, de tal suerte que tenía que vivir apartado de su

36. Ibid.; son palabras tomadas del Ecl. 4, 10. Ver san Bernardo,
In Circums. Domini.
37. J. Leclercq, “Problémes de l’érémitisme”, Studia Monástica, 5
(1963), págs. 197 ss.; J. Grillon, “Bernard et les groupments érémitiques”,
en Bernard de Clairvaux, págs. 252-262. Lettres de premiers Chartreux, I
(Sources Chrétiennes, 88), págs. 100; 103.
38. L. Janauschek, Originum Cisterciensium, Vol. I (Viena, 1877),
págs. 14 ss. En adelante citado como Janauschek.
39. Especialmente después de 1130, a causa del cisma: Bernard de
Clairvaux, págs. 583 ss. Vita Prima Sancti Bernardi, libro II; PL 185,
267-302.
40. Ibid., libro I, nn. 39; 40; PL 185, 250.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 11

comunidad.40 Pero aunque ni siquiera pudiese asistir al coro,


distaba mucho de ser inútil. Bernardo debe de haberse diri­
gido a la comunidad con frecuencia. Aun cuando sus sermo­
nes, tal como han llegado a nuestras manos, fueron escritos
con la finalidad de ser publicados,41 podemos suponer que re­
flejan la enseñanza espiritual que él impartía a sus monjes.
La época de Guerrico en Claraval coincide exactamente con
la cúspide de la madurez de Bernardo y su mejor producción
literaria.
No esperemos conocer mucho del monje Guerrico antes de
su conversión en abad de Igny. El Exordium Magnum, registra
cierta historia acerca de un ángel que habría venido a servirlo
y vestirlo en ocasión de leer las lecciones de Vigilias.42 Ten­
dríamos una referencia de primera mano si consideráramos
referidos a Guerrico dos pasajes —antes mencionados— de las
cartas de san Bernardo a Oger, canónigo regular en Mount-
Saint-Eloi, cerca de Arrás: “Me pides noticias acerca de la vida
penitencial de nuestro Guerrico; tengo que decirte que, en la
medida que podemos juzgar por los resultados, está siguiendo
un camino agradable a Dios y hace una penitencia en verdad
provechosa.”43 “Si quieres saber acerca del hermano Guerrico
—y sé que realmente eso quieres—, no es el corredor que perdió
su camino o el luchador que golpea en el aire. Por el contrario,
sabe que el problema no radica en el corredor o en el lucha­
dor, sino en la misericordia de Dios. Siendo así, pide tus ora­
ciones para que el Señor haga de él un atleta capaz de ganar
el premio y cruzar la línea del vencedor.”44

(c) Igny

En 1127 san Bernardo fue llamado a intervenir en una dispu­


ta originada entre el arzobispo Reinaldo III de Reims y sus
feligreses. Como señal de reconocimiento por el éxito de su
41. Ver el estudio de J. Leclerq sobre los sermones Super Cántica,
en Recueil d’études sur S. Bernard et ses écrits (Roma, 1962), 2» parte,
cap. 3, págs. 193-212.
42. EM, págs. 164 ss.
43. San Bernardo, Carta 89, 3, loe. cit.
44. Ibid., Carta 90, 2; Oppra, VII, pág. 238; Pons, pág. 212.
12 BEATO GUERRICO DE IGNY

gestión, el arzobispo ofreció a Bernardo un predio para la erec­


ción de un monasterio en Igny, localidad situada entre Reims
y Soissons. Así llevó a cabo Claraval su cuarta fundación.4546 El
primer abad, Humberto, que había sido benedictino durante
veinte años en Chaise-Dieu, en la diócesis de Clermont, entró a
Claraval a poco de su fundación y permaneció allí unos nueve
años.4’ Leemos en la Vita Prima Sancti Bernardo que había
sido epiléptico y se curó gracias a la oración de san Bernardo.47
Fueron necesarios solamente dos años para erigir los primeros
edificios de Igny y la iglesia fue dedicada en 1130.48 Cinco
años más tarde la comunidad se expandió lo suficiente como
para fundar Signy, que pronto albergaría a Guillermo de Saint-
Thierry.4950
52
51
Apenas realizada la fundación, Humberto consideró cumpli­
do todo lo que se esperaba de él y quiso volver a las filas de
Claraval. Bernardo se lo prohibió terminantemente, pero Hum­
berto parece haber pensado que la estadía indefinida de su
Padre inmediato en Italia le ofrecía una excusa lógica para
regresar a su casa madre. Bernardo no había de compartir en
absoluto este punto de vista y le escribió así una carta ame­
nazándolo con la excomunión, amén de los castigos eternos en
el infierno.60 Sin embargo, Humberto siguió su camino e Igny
tuvo que elegir nuevo abad. El fugitivo vivió aún otros diez
años y se reconcilió por completo con su superior. El abad de
Claraval dedicó un sermón especialmente a su alabanza.61 Los
que rodeaban a san Bernardo en su lecho de muerte contem­
plaron incluso en una visión cómo Humberto iba a buscarlo.60

45. Janauschek, pág. 14.


46. EM, Dist. 3, cap. 4, pág. 155. Péchenard, Hist. de VAbbaye d’Igny,
págs. 35 ss.
47. Vita Prima Sancti Bernardi, libro I, N<? 48, PL 185, 254. La segunda
revisión de la Vita omite el pasaje.
48. Péchenard, ibid., pág. 21 ss.
49. Ibid., pág. 45; Janauschek, págs. 33 y 34.
50. San Bernardo, Carta 141; Opera, VII, pág. 339; Pons, pág. 319.
51. Ibid., En la muerte de Dom Humberto, Opera, V, págs. 440 ss.;
BAC 110 (Madrid, 1953), pág. 84S.
52. Vita Prima Sancti Bernardi, libro V, N’ 18; PL 185, 362.
HOMILÍAS LITURGICAS 13

De esta forma, Guerrico, el monje de Claraval, se convertía


en segundo abad de Igny en 1138.63 Un pasaje de la Vita Hu-
gonis sugiere que Bernardo pudo haber influido considerable­
mente en la elección: “Fue Bernardo quien atrajo a Guerrico
a la vida monástica y favoreció su elección como abad. No co­
nociendo otro hombre más santo que Guerrico, lo declaró can­
didato único al cargo y lo instaló como servidor de Igny, dán­
dole autoridad con su testimonio.”535455
Pero esto no debe llevarnos a suponer que Guerrico haya
sido impuesto a la comunidad.. Los monjes provenientes de
Claraval debían de conocerlo de allí. Guerrico mismo se dirige
con estas palabras a la comunidad que lo ha elegido: “No soy
médico y en mi casa no hay pan. Por eso les digo desde el
comienzo: no me hagáis vuestro, guía. No es correcto que go­
bierne quien no puede ser de utilidad. ¿Y cómo puede ser
útil quien no es médico, aquel en cuya casa no hay pan, ni
posee el arte de curar almas, ni la habilidad para alimentarlas?
Yo os lo previne, pero vosotros no me escuchasteis: me conver­
tisteis en vuestro superior.”65
Guerrico podría haber hallado para rechazar el cargo razo­
nes más valederas que su pretendida incapacidad como director
espiritual. Por entonces ha de haber estado rondando los se­
senta años, pero su larga experiencia, anterior y posterior a su
ingreso en la Orden, debió pesar para que se lo considerara
un elemento muy valioso. Sin embargo, va contra su naturaleza
ordenar a otros llevar la vida que él mismo no puede seguir.
Su salud quebrantada lo incapacitaba para la vida común, y
en especial para el trabajo manual. Prosigue el sermón que
acabamos de destacar: “Sólo restaba, pues, que, no pudiendo
evadirme del peligro, acudiera al remedio y escuchara aquel
consejo del sabio, que dice: ‘Te han hecho jefe; sé entre ellos
como uno de ellos.’ Mas, ay de mí, ni siquiera esto se me ha
permitido. Pues así como mi incapacidad me imposibilita para

53. Así figura en A. Manrique, Armales, vol. I, año 1138, cap. 4, N? 5.


La fecha de 1144 se encuentra en las' Acta Sanctorum, Oct. X. III De B.
Petro Monocolo I, No 4, ed. 1883, págs. 54 ss. Esta fecha es discutida
por Gatterer, pág. 44, y de Wilde, pág. 17, nota 1.
54. VH, N<? 16, col. 1723.
55. Rogat. [36J, 1.
14 BEATO GUERRICO DE IGNY

estar al frente de otros, mi debilidad me impide estar entre los


otros. Mi espíritu carece de vigor para servir a la palabra y mis
fuerzas corporales son igualmente incapaces de dar ejemplo.”56 60
59
58
57
Todo indica que Igny floreció bajo Guerrico. Fueron nume­
rosas las vocaciones y los benefactores. Durante los primeros
veinte años de existencia el monasterio recibió muchos terre­
nos y dinero en efectivo, y se establecieron en la vecindad va­
rias propiedades, presumiblemente con granjas.67 En 1148 los
monjes fundaron la segunda hija, Valroy, en la diócesis de
Reims.68 Nada de esto había de rescatar para la posteridad el
nombre de abad, sino la enseñanza espiritual contenida en sus
sermones. El Exordium Magnum brinda una descripción de
su muerte íntimamente ligada a ciertos escrúpulos de concien­
cia motivados por el recuerdo de sus escritos.60 Al parecer, Gue­
rrico falleció el 19 de agosto de 1157.60 Después de más de
seiscientos años, sus restos fueron exhumados y sepultados bajo
el altar mayor de una iglesia nueva; luego se desató el huracán
de la Revolución Francesa. Cuando el monasterio fue restau­
rado, en 1876, se exhumaron e identificaron las reliquias. El
monasterio de Igny y la diócesis de Reims recibieron autoriza­
ción para celebrar su fiesta el 19 de agosto.61

3. ¿Predicador o escritor?

Nos restan muy pocas esperanzas de encontrar nuevos escritos


de Guerrico aparte de los cincuenta y cuatro sermones, dedi­
cados todos ellos a los tiempos litúrgicos y fiestas del año,
excepción hecha del último.62 Deseamos averiguar ahora si el
abad predicó realmente esos sermones y si tenemos los medios
como para conocer lo que auténticamente predicó.
56. Ibid. EM, pág. 164, 29 ss.
57. Péchenard, Hist. de l’Abbaye d’Igny, págs. 76-80.
58. Janauschek, pág. 117; Péchenard, ibid., págs. 70 ss.
59. EM, Dist. 3, cap. 9, págs. 165 ss.
60. Beller, pág. 323; de Wilde, pág. 19, N? 2.
61. Beller, pág. 331.
62. Es improbable que Guerrico haya escrito la obra titulada De Lan-
guore Ánimae Ámantis, publicada por de Wilde (op. cit., págs. 187-196)
La hemos vuelto a publicar a la luz de evidencia manuscrita más mo­
derna: Citeaux, 16 (1965), págs. 114-135.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 15

Era una parte importante de su tarea abacial predicar a su


comunidad.“3 Ciertamente, el Exordium Magnum, al narrar su
arrepentimiento en el lecho de muerte, sugiere una composi­
ción literaria destinada a llenar fines espirituales: “Recordaba
[Guerrico] el libro de sermones que había recopilado[..‘Hay
un libro de sermones que dicté respondiendo a vuestro pedido.
Tuve el atrevimiento y la presunción de publicarlo sin la auto­
rización del Capítulo General.’ ”04 Sin embargo, si confiamos
por completo en la autoridad del Exordium Magnum, tendre­
mos que considerar otro párrafo: “Contamos con un testimonio
claro y perdurable del encanto y la riqueza de su doctrina en
aquellos sermones que predicó en los capítulos comunitarios
con ocasión de las grandes festividades; estos sermones se dis­
tinguen por su equilibrio y valor espiritual. El chantre del mo­
nasterio los conservó por escrito.” 03
Los sermones mismos están a veces estructurados para trans­
mitir la impresión de haber sido predicados. Todo el comienzo
del sermón de rogativas da por supuesto que Guerrico se en­
cuentra simplemente cumpliendo con sus tareas abaciales. El
último de los tres sermones sobre san Pedro y san Pablo, afirma
el texto, fue pronunciado al día siguiente del segundo, pues el
abad no había explicado adecuadamente un texto de las Escri­
turas. El segundo sermón de la natividad de la Virgen men­
ciona el que había sido predicado el año anterior. A decir
verdad, ambos se complementan.
Pero estas indicaciones tienen poco valor. Sabemos que en el
siglo XII el sermón era un género literario al cual podía per­
tenecer cualquier trabajo' destinado a la publicación.““ La elec­
ción de esta forma obedece a un artificio literario del que se
echaba mano para poder remitirse a las reacciones y al ambien­
te provisto por una audiencia imaginaria.”63 67
66
65
64

63. Esto se da por entendido en la presente introducción.


64. EM, pág. 166: 3-9.
65. Ibid., pág. 164 : 26-30.
66. Gatterer no llegó a advertirlo en su estudio. En realidad, ningún
autor de su época parece haber comprendido la naturaleza de la forma
literaria del sermón. En J. Leclerq, Recueil d’études, II, ver “Les sermons
sur les Cantiques' ontils été prononcés”, págs. 193 ss.
67. Resurr. J [33], 1; Ss. Ped. y Pabl. III [46], 1.
16 BEATO GUERRICO DE IGNY

Los sermones de Guerrico difieren de los de san Bernardo


y san Elredo en que, tal como los poseemos en su conjunto,
pudieron haber sido dirigidos a los monjes en el capítulo. A
excepción de algunas referencias a “este tiempo de degenera­
ción”, que eran un lugar común de todos los predicadores,38
no encontramos las terribles denuncias de corrupción en las al­
tas esferas ni las disgresiones en torno de enredos políticos
frecuentes en los sermones de .Bernardo y Elredo.6869Todo en
Guerrico es adecuado para la edificación de una comunidad
monástica. No podemos decir lo mismo del abad de Claraval,
y esta es una razón para pensar que sus sermones constituían
una forma de publicación.70
Guerrico ofrece aún otros motivos de contraste con los mis­
mos dos abades. Poseemos pruebas considerables de que a lo
largo de los años Bernardo revisaba y pulía sus textos,71 y la
investigación reciente ha demostrado que Elredo también lo
hacía.72 No encontramos tal evidencia en el abad de Igny. Los
manuscritos exhiben tres revisiones críticas. Se las distingue
claramente, pero, con una sola excepción, las variantes son mí­

68. Adv. V [5], 2. Ver notas 91-95, págs.


69. San Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 10, 3; 23,
2. 12; 33', 14-16; 46, 2; Opera, I, págs. 49-50; 139-140; 146; 243-245; II,
págs. 56-57; BAC, 130, págs. 47-58; 144-145; 152; 247-249; 311. San
Elredo de Rieval, En la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo, ed. C. H.
Talbot, Sermones inediti, págs. 129, ss.; De oneribus, 11; PL 195, 402 s.;
Homilías litúrgicas, PC 5 (Azul, 1978), págs. 261 ss.
70. Los dos sermones sobre el Cantar de los Cantares1, 65 y 66, Opera,
II, págs. 172-188 (BAC, 130, págs. 427-444), dirigidos contra los here­
jes de Colonia, a pedido de Evervin, preboste de Steinfeld, constituyen
un ejemplo sobresaliente en el caso de san Bernardo; J. Leclercq, Recueil
d’études, JI, págs. ss.
7L Queda demostrado en ibid., “Les étapes de la rédaction”, págs.
213-244. Esto está corroborado por los hallazgos de J. Leclercq y H. Ro­
cháis en “La tradition des sermons liturgiques de Saint Bemard”, Scrip-
torium, 15 (1961), págs. 240-284. Este artículo de 1961 está más actua­
lizado que cualquiera de los trabajos reimpresos en el Recueil publicado
en 1962.
72. Comparar el sermón publicado por Aelred Squire en Cíteaux, 11
(1960), págs. 104-110, con el En la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo.
Ver también el artículo del mismo autor, “The literary evidence for the
preaching of Aelred of Rievaulx, ibid., págs. 165-177.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 17

nimas.73 Es probable que sólo la primera versión haya sido rea­


lizada por Guerrico. Aunque aparezcan una serie de variantes
dentro de ella, éstas no constituyen prueba de que el autor las
En realidad, la idea de que los sermo­
revisara por sí mismo.7475
nes son composiciones literarias elaboradas durante largo tiem­
po no está basada en ninguna evidencia manuscrita.
Si alguien quisiera sostener que se trata de sermones “en
vivo”, podría argumentar que corresponden exactamente a los
días en que, de acuerdo con las costumbres cistercienses de la
época, debía predicarse en el capítulo.76 Todos estos días están
representados, excepto la festividad de la dedicación de la igle­
sia; esta omisión es difícil de explicar, porque la iglesia de
Igny había sido dedicada ocho años antes de la llegada de
Guerrico. Además de los sermones prescritos por los Usos, te­
nemos dos para cuaresma y uno para las rogativas.
Por otro lado, puede argumentarse que, tal como han llegado
a nuestras manos, los sermones constituyen un trabajo de aca­
bada elegancia literaria. No nos es difícil imaginar que Gue-

73. La excepción es la siguiente: Alia tarnen ratione sed tarnen inef-


fabili et incomparabili felicítate princeps üle sedens in porta virginalis
Uteri panem Verbi coram Domino comedebat (Anunc. III [28], 6). Es
casi seguro que esta enmienda se haya introducido después de la muerte
de Guerrico. Todos los manuscritos de la primera versión dicen: Alia
tarnen ratione sed tarnen ineffabili beatitudine et incomparabile felicítate
verbo pascébatur anima illa, verbo ipsi in persona coniuncta, et incom-
parabili felicitóte princeps ille sedens in porta virginalis uteri panem
Verbi coram Domino comedebat. No es este el lugar indicado para dis­
cutir la cuestión teológica involucrada.
74. Los manuscritos de la primera versión son: París, Bibl. nat. latín
18169, ss. 1-136, también 5317, ss. 96-187 (de Saint-Martin-des-Champs
y Bonport, respectivamente). También se conserva otro, Lila 18, ss. 1-145
(de Loos). La última pieza pertenece a la primera versión, pero evi­
dencia cantidad de variantes. Posiblemente podría representar un texto
original sin revisar. Sería factible comentar más extensamente en otro
trabajo los nueve manuscritos, que agrupan tres revisiones críticas, sobre
las cuales estará basada la próxima edición del texto latino. Entretanto
Dom Jean Leclercq ha dado cuenta de todos los manuscritos de Guerrico
cuya existencia conoce; Recueil d’études, I, “La collection des sermons
de Guerric d’Igny”, págs. 159 ss.
75. Die Ecclesiastica Officia Cisterciensis Ordinis des Cod. 1711 von
Trient, cap. (XC) LXVII; ed. Griesser, Analecta, S.O.C., 12 (1956),
pág. 230.
18 BEATO GUERRICO DE IGNY

rrico haya pronunciado estos párrafos ante su comunidad; pero


no en la forma en que nos han llegado. A nuestro juicio, para
que un predicador mantenga el interés de su auditorio, sus
expresiones deben tener cierta espontaneidad. Aunque se haya
elegido con cuidado las ideas, por lo menos los detalles de la
expresión deben ser improvisados. Si encontramos el equilibrio,
la paronomasia y el ritmo estudiados a la perfección, entonces
no estamos ante la exposición auténtica. Pero salta a la vista
el peligro que corremos de proyectar al siglo XII nuestras ideas
y preferencias del siglo XX.
Hemos de suponer que Guerrico dirigió la palabra a su co­
munidad, si no todos los días a que se refieren sus sermones,
al menos sí la mayoría de ellos. Pero si el abad ha elaborado al
mismo tiempo un conjunto de sermones que constituye una
composición literaria refinada, podríamos arriesgar que éstos
corresponden notablemente, quizás hasta en el contenido, a lo
que haya predicado. El recopilador del Exordium Magnum era
contemporáneo de Guerrico; él habrá conocido el procedimien­
to habitual. Con lo que contarnos es con ese “libro de sermo­
nes” que Guerrico escribió “a pedido” de los suyos.76 Esto
indica que el libro fue escrito sobre tabletas de cera, dictado
por el autor a su secretario; una vez que la totalidad del tra­
bajo haya estado corregido, se lo habrá transferido a pedazos
de pergamino (quaternuli) J7 Estos no se encuadernaban mien­
tras se supusiera necesarias otras correcciones.7879Sin embargo,
hay razones como para pensar que la obra terminada difería
muy poco de lo que el abad había dicho en la sala capitular;.
Así lo creía Conrado de Eberbach; no parece que fuera otra
su intención cuando escribía: “Sus sermones, que había pro­
nunciado en la sala capitular en las fiestas principales, fueron
conservados por escrito por el chantre del monasterio.”70
No es habitual que se pueda fechar sermones de esta índole.
En el mejor de los casos, la colección de Guerrico nos ofrece
dos probables indicaciones. Al comienzo del tercer sermón de
san Pedro y san Pablo, el predicador titubea en comentar las
76. EM, págs. 166-167 ss.
77. Ibid., 11.
78. J. Leclercq, op. cit., pág. 163 y nota I.
79. EM, pág. 164; 27 ss.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 19

palabras “hasta que sople la brisa del día y huyan las som­
bras.” 80 Nos lo explica diciendo que san Bernardo —“nuestro
maestro, el intérprete del Espíritu Santo”— prometió tratarlas
en el transcurso de sus sermones sobre el Cantar de los Canta­
res. El abad de Claraval trató este tema en el sermón 221-’,
que probablemente pueda situarse antes de la discusión sobre
la doctrina trinitaria de Gilberto de la Porrée, en 1148, pero
poco después de su viaje a Tolosa, en 1145.81 De este modo,
nuestro autor debe de haber escrito su tercer sermón sobre san
Pedro y san Pablo —Doñee aspiret dies [...]. Erratis, fratres
in me— antes de esa fecha. Puede presentarse contra este argu­
mento una objeción que no es decisiva. Guerrico trata del texto
citado al final del sermón previo, y tal como se lo encuentra
en el Cantar 4, 6; Bernardo comentó las mismas palabras, pero
tomándolas de 2, 17.
Hay otra probable indicación cronológica en el sermón de
rogativas. El abad de Igny da varias interpretaciones de los
tres panes.82 Cuando se refiere al “atrevimiento inútil del here­
je” que se ha descarriado, tal vez hable de Abelardo; pero la
tendencia de todo el párrafo, circunscrito al misterio de la Tri­
nidad,8384sugiere con más propiedad a Gilberto de la Porrée. Si
esta última suposición fuera exacta, deberíamos fechar el ser­
món antes del Concilio de Reims, en 1148.81

El estilo de un autor

Como artista de la expresión, Guerrico recurrió a la mayoría


de los artificios de moda entre sus contemporáneos, tales como
aliteraciones e inversiones. Es raro que abuse de las mismas
hasta el punto de fastidiar al lector. El juego de palabras entre
80. Ss. Ped. y Pabl. III [46], 1.
81. Opera, II, págs. 225 ss. C. H. Talbot, “The archetypes oí Saint
Bernard’s sermons Super Cántica”, Scriptorium, 8 (1954), pág. 221 y nota
8. Ver J. Leclercq, Recuei d’Etudes, II, págs. 241 ss.
82. Rogat, [36], 3 ss.
83. Ibid., N<? 3.
84. Es probable que Guerrico haya hecho suyo el punto de vista de
san Bernardo sobre las enseñanzas de Gilberto. Ver san Bernardo, Sermón
80? sobre el Cantar de los Cantares, nn. 5 ss., Opera, II, págs. 280-282;
BAC, 130, págs. 532 ss.
20 BEATO GUERRICO DE IGNY

prosperare, prosper, prospera, prosperum, prosperabitur, pros-


perabuntur del segundo sermón de adviento 85 8889nos lo revela
87
86
en su humor más chispeante. Nuestro abad no tiene nada que
envidiar a_ san Bernardo ni a ningún otro en su dominio del
lenguaje de las Escrituras. Si un texto o una expresión bíblicos
corresponden a sus propósitos inmediatos, no vacilará su pluma
en recurrir a ellos.
Guerrico es lo suficientemente versátil como para pasar de
la serena meditación doctrinal que es común en él a algo
más intenso, por ejemplo, el lamento que Cristo doliente eleva
a su Padre, con la promesa consoladora que el Hijo recibe en
respuesta.88 El sermón del hijo pródigo es una obra maestra
de la literatura, con su vivida descripción de la bienvenida y
la extensa exhortación dirigida al pecador penitente a quien
aquél representa.87 En el segundo sermón de la purificación,
Simeón dirige al Niño que sostiene en sus brazos palabras de
tal ternura que nos conmueven aún hoy, sin llegar a parecer-
nos nunca intrascendentes.88. Los corazones que han soportado
la penitencia de cuaresma y el dolor del viernes santo —“nues­
tros huesos han sido humillados por la penitencia y el luto de
la cuaresma, y aun más por los dolores de su pasión”— claman
la mañana de pascua en su ardiente deseo de recibir el con­
suelo de Cristo resucitado.88 Entre todos sus sermones, el segun­
do de la asunción de nuestra Señora exhibe en su máximo es­
plendor el talento descriptivo y dramático de Guerrico, de tal
suerte que el autor, en las palabras introductorias, considera
necesario excusarse de la forma literaria elegida. María, a pun­
to de expirar, languidece de amor y declara que nada podrá

85. Adv. II [2], 2.


86. Rain. III [31], 3 s.
87. Cuar. II [21], 2 ss. Sería interesante comparar este sermón con un
pasaje que Juan de Fécamp dedica al hijo pródigo: Lessus Poenitentiae;
en J. Leclercq y J. P. Bonnes, Un maitre de la vie spirituelle au Xllé
siede: Jean de Fécamp, págs. 224-226, estrofas 29-47. Juan pone todas
las aspiraciones del penitente en primera persona, con muy escasa inter­
pretación de los detalles. La forma literaria es distinta, pero ambos sufren
la influencia de san Agustín. Guerrico está más cerca del sermón de su
maestro; Juan, de su soliloquio.
88. Purif. II [16], 3.
89. Resurr. I [33], 1.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 21

consolarla a menos que su Jesús la “bese con el beso de su


boca”. La Virgen se encuentra rodeada de ángeles llegados
para confortarla. Todo lo que éstos pueden hacer es cumplir
su misión de fieles mensajeros y contar a Jesús, aunque él ya
lo sepa, que su Madre languidece de amor.80
Pero estos párrafos son los más sobresalientes. En los sermo­
nes de Guerrico no retumban nunca, o casi nunca, los truenos
y relámpagos que encienden a veces la obra de san Bernardo.
Es cierto que Guerrico sabe usar la ironía; una vez descrita
la austeridad que el Bautista ha observado toda la vida, el
abad increpa a aquellos que buscaban atemperar la vida espi­
ritual. “Pero ahora demos gracias a Dios que nos dio —si es que
nos la dio— la victoria sin el combate, el perdón sin la peni­
tencia, la justicia sin las obras, la santidad sin la fatiga, y al
mismo tiempo la abundancia de las delicias, tanto carnales
como espirituales. Nos vestimos, si no con púrpura y lino fi­
nísimo, ciertamente con algo más suave y caliente que la púr­
pura y el lino, y a diario banqueteamos espléndidamente. Así,
hartos de manjares y entorpecidos por la bebida, ¿reposare­
mos acaso con Lázaro, en otro tiempo pobre, en el seno de
Abrahán, o más bien en el seno de Cristo con Juan?” 81
Puede ser severo, como en los párrafos finales de los ser­
mones tercero y cuarto sobre el Bautista. Denuncia el pecado
o el cristianismo puramente nominal del mundo exterior al
monasterio.82 En el primer sermón de adviento presenta una
gradación aterradora de las etapas del pecado, que comienza
con la desobediencia a los mensajeros del Señor y termina con
el pecador “sorprendido por una muerte imprevista y quebran­
tado por la condenación eterna.”03
No obstante, fluyen en todos sus sermones una moderación
que nos impresiona precisamente a causa de su ternura, y una
delicadeza que brota del sentido interés en el provecho espi­
ritual de sus hermanos. El tono condenatorio alterna repetidas
veces con la disculpa. En el segundo sermón de pascua, al
90. Asunc. II [48].
91. S. Juan Baut. IV [43], 3; S. Juan Baut. III [42], 5 s.; S. Juan Baut.
IV [43], 4.
92. Epif. IV [14], 2.
93. Adv. I [J], 3.
22 BEATO GUERRICO DE IGNY

tratar con cierta extensión de la resistencia a la gracia, añade:


“Pero en vosotros, hermanos, esperamos cosas mejores y con­
ducentes a la salvación.” 04
En el último sermón de purificación, Guerrico recalca la
necesidad de purificación en esta vida, pero prosigue: “Tam­
bién vosotros, hermanos, estuvisteis manchados de sangre, mas
habéis sido lavados y purificados.” 1,5
Finalizando, señalemos que su estilo logra mantenerse siem­
pre tan elegante sin caer jamás en lo indebidamente difuso u
oscuro, que podríamos aprobar los calificativos escogidos por
Conrado de Eberbach: Luculentissimi..discretissimi...,
vere spiritales.™

La personalidad de un monje santo

Es difícil extraer de los escritos de un autor la impresión


que pueda haber transmitido en la convivencia personal. Gue­
rrico acostumbraba a confesar su incapacidad 87 y aun dirigía
las críticas de la vida monástica contemporánea contra sí mis­
mo.”8 Por supuesto, se trata de la convención literaria más fre­
cuente en párrafos introductorios y es difícil creer que alguien
los tomara como indicio real de auténtica humildad.”” Lo que
atrae con más fuerza es el control y el equilibrio de juicios
manifestados a cada página. Resulta imposible concebir que
estos sermones hayan sido producto de una persona carac­
94. Heb. 6, 9; Resurr, II [34], 5. Ver Pent. I [38] 2, 5.
95. Purif. V [19], 5. Este es el auténtico quinto sermón de Guerrico
para la purificación. El Purif. V, como figura en PL 185, 79-89 (Adorna...
Ad nos, fratres.), es el único fraguado de dicha colección. No se encuentra
en ninguno de los manuscritos utilizados en la edición crítica. El proble­
ma ha sido discutido por J. Leclerq, Recueil d’Eludes, I págs. 167-170.
96. EM, págs. 164: 26. Ver Andre Fracheboud, “Le charme personnel
du Bx. Guerric”, Callee tanca O.C.R., 19 (1957), págs. 223-228.
97. Rogat. [36], 1; Pent. II [39], 4; S. Juan Baut. I [40], 1; Ss. Ped. y
Pahl. III [46], 1.
98. Epif. IV [14], 2 s.
99. Así lo hizo sin embargo Gatterer, págs. 86-87. De Wilde se detuvo
a considerar las gracias que Guerrico habría recibido en la oración. Este
autor ha sido mucho más realista y cauteloso en su comprensión de las
protestas de humildad que Guerrico formula en primera persona, págs.
155-156. Ver A. Fracheboud, art. cit., 228-232.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 23

terizada por el desequilibrio o la agresividad. Provienen en


verdad de un hombre que comprendió plenamente la natura­
leza y el propósito de la vida monástica, que indagó y tal vez
haya recorrido personalmente el camino de la unión con Dios.
Ya hemos visto cómo la indulgencia inducía a Guerrico a
reconocer el alto grado de virtud de sus hermanos: éstos no
necesitaban corrección. Por supuesto, sería el colmo de la
ingenuidad aceptar estas afirmaciones como testimonio histó­
rico del nivel de la observancia monástica en Igny.1 Un monje
con alguna experiencia, al escuchar semejantes alabanzas, se
preguntaría inmediatamente a qué miembro de la comunidad
habría dirigido el abad la censura pronunciada poco antes.
Bajo Guerrico, Igny era una comunidad numerosa, que al fa­
llecer el abad contaba cerca de treinta años desde su funda­
ción. No se sometía entonces a los aspirantes al noviciado a
una investigación tan rigurosa como se juzga necesario en
nuestros días. Si una comunidad, en circunstancias como las
descritas estuviera conformada sólo por santos, la naturaleza
humana no se hallaría en su actual estado de caída. Pero es
dable presumir que el nivel de espiritualidad y observancia
en Igny era alto. El abad, bajo inspiración divina, es el artí­
fice de la comunidad,. Debemos contar asimismo con la influen­
cia de Bernardo, ejercida a pesar de la distancia sobre todas
las filiales de Claraval. Añadamos a esto la existencia de mon­
jes de edad que en tiempos de la muerte de Guerrico han de
haber tenido aún presente el gobierno de Bernardo. Otros ha­
brían ingresado bajo Humberto y los más jóvenes durante el
abaciado de Guerrico. No había transcurrido todavía tanto
tiempo como para que los primitivos ideales de Cister hubie­
ran perdido vigor. Era aún la edad de oro de la Orden.
Después de estudiar la personalidad e influencia de Gue­
rrico, descubrimos una encantadora teatralidad en la narración

1. Guerrico critica duramente en el Ben. III [24], 6 a los miembros


de la comunidad malavenidos: “Mas, ¿por qué digo estas cosas?[...]
¿Acaso porque sospeche que en algunos de vosotros existe este mal? [.. .1
Digo estas cosas no porque sucedan entre vosotros, sino para que nunca
suceda.” Gatterer (pág. 47 y nota 60), quizá con una falta absoluta de
sentido del humor, aceptó esto como testimonio histórico de la caridad que
habría prevalecido entre los hermanos.
24 BEATO GUERRICO DE IGNY

de su arrepentimiento en el lecho de muerte, que nos refiere


el Exordium Magnum.2
El Capítulo General había promulgado el siguiente decreto:
“Sobre el permiso legal para escribir nuevos libros. Ningún
abad, monje o novicio estará autorizado a escribir nuevos li­
bros a menos que tenga la autorización otorgada para ese caso
particular por el Capítulo General de abades.” 3 No tenemos
evidencia de la existencia de este decreto antes de la reco­
pilación de 1151, cuando ya podrían haber sido puestos por
escrito la mayor parte de los sermones de Guerrico. iiPero es
probable que se haya conocido la disposición anteriormente.
Los abades de la vecindad, incluyendo al mismo Bernardo,
por entonces muerto desde hacía cuatro años, deben de haber
estado al tanto de las actividades literarias del abad de Igny,
pero no se levantó nunca una protesta. El relato evidencia
que Guerrico no experimentó remordimiento alguno con mo­
tivo de sus sermones antes de esa época, pero nuestro autor
no quedó conforme hasta que los hermanos trajeron el libro
de sus sermones y lo quemaron. Guerrico era anciano ya y
tal vez se encontrase demasiado alejado del quehacer cotidia­
no como para tener conocimiento de que existían otras co­
pias.45 En su condición de moribundo es improbable que pu­
diera ver qué se quemaba. Sea como fuera, el relato puede
por supuesto haber sido fraguado para justificar ante las ge­
neraciones subsiguientes la existencia de los sermones. Noso­
tros contamos con la obra de Guerrico: “Así fue como Dios
dispuso las cosas para nuestro bien. No habría él privado a
su santa Iglesia, o por lo menos a toda la Orden cisterciense,
de la gracia que mana de tal riqueza de erudición.” 4
4. La doctrina

Será oportuno exponer ahora la doctrina de Guerrico referen­


te a la vida de unión con Dios. En su mayor parte sólo podre­
2. EM, Dist., 3, cap. 9.
3. Instituto generalis capitulo, de acuerdo con el manuscrito Laibach
31, ed. Canice Noschitzka, Analecta S.O.C., 6 (1950), pág. 34.
4. EM, loe. cit.: ... in aliis quaternulis. La frase no quiere decir “en
otros manuscritos”, como supusieron Gatterer y otros autores.
5. Ibid.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 25

mos presentarla sumariamente, con notas a pie de página des­


tinadas a los lectores que deseen verificar lo afirmado o inves­
tigar antecedentes. Sólo desarrollaremos in extenso una idea
característica: el tema destacado de la iluminación. Hemos de
tratarlo más dilatadamente para lograr su correcta ubicación
en el contexto de una teología de la luz tradicional.

En las Escrituras

Nuestro autor no emprendió un comentario formal de las


Escrituras. Su finalidad era predicar sermones apropiados pa­
ra la fiesta del día, que en la práctica giran alrededor del
texto propuesto en la liturgia de la celebración. Aun así, sos­
tiene Guerrico, está más allá de sus posibilidades explicar las
Escrituras e incluso repetir dignamente las explicaciones da­
das por otros.0
La “ley del Señor” es un jardín. Comemos su antiguo fruto,
bien almacenado, o arrancamos el nuevo, según recurramos a
los profetas o a los apóstoles y evangelistas.’ Nuestra lectura
no nos servirá de nada a menos que sea asidua y perseveran­
te.6789En medio del silencio la Palabra omnipotente descenderá
de su trono real" y las aguas de Siloé, que fluyen también
silenciosamente, harán fructificar el alma pacificada.10* Ejem­
plo de este silencio es el Verbo hecho carne, silencioso en el
vientre de María, el Príncipe sentado en la puerta oriental
comiendo el pan de la palabra en presencia del Señor.11 Cuan­
do Dios viene a nuestras almas —ese “adviento intermedio”
que puede tener lugar aquí y ahora—, los pasajes de la Escri­
tura que eran especialmente áridos y secos pueden producir
súbitamente una abundante cosecha.12 Los hermanos recorda­
6. Ss. Ped. y Pabl. III [46], 3.
7. Sermón para excitar la devoción a la salmodia [54], 2.
8. Ben. [22], 5.
9. Ibid.; Adv. IV [4], 2. Ver Purif. III [17], 2.
10. Ben. I [22], 5.
1L Anunc. III [28], 5 ss. H. de Lubac, Exégése médiévale, vol. I
(París-: Aubier, 1959), pág. 599 y nota 3; Thomas Merton, The Christmas
Sermons of Bl. Guerric of Igny (Trappist, Kentucky, Gethsemani, 1959),
págs. 23 ss.
12. Adv. IV [4], 1. Ver Adv. III [3], 4.
26 BEATO GUERRICO DE IGNY

rán cómo se les ha unido Jesús mientras perseveraban en el


trabajo manual; él les ha abierto entonces las Escrituras y ellos
han lograda comprender versículos hasta entonces oscuros.13
De acuerdo con Orígenes, Guerrico reconoce en las Escri­
turas un triple sentido, histórico, alegórico' y moral,14 como lo
sugieren las tres hogazas del sermón de rogativas.15 Pero he­
mos de contar también con el llamado sentido anagógico, que
se orienta hacia la plenitud.16 En verdad, tenemos una doble
anagogía, mística y escatológica. Cristo efectúa en nosotros
la primera resurrección por medio de su propia resurrección,
sacando al alma de la muerte del pecado; esto a su vez es
signo y causa de la segunda resurrección, por la cual el cuerpo
será liberado de la corrupción.17
Si bien las Escrituras son históricas o alegóricas, en cuanto
nos enseñan lo que ha sido hecho por nuestra salvación, y
también morales, porque nos indican lo que debemos imitar
en nuestras propias vidas, no hay transición artificial entre
uno y otro sentido. El sentido moral de las Escrituras es una
“interiorización” apropiada y necesaria.18 “Este misterio orien­
tado a tu redención es también un ejemplo' propuesto a tu
imitación.”19 Los conceptos de Dom Déchanet acerca de Gui­
llermo de Saint-Thierry y sus contemporáneos se aplican muy
acertadamente al caso de Guerrico: “Por más libre que haya
sido, la interpretación moral de las Escrituras en el siglo XII
descansa sólidamente sobre los dogmas; un autor como Gui­
llermo es demasiado tradicional como para intentar separar
la experiencia de su vida mística del misterio cristiano.” 20
13. Resurr. III [35], 4. Ver Resurr. I [33], 2.
14. Rogat. [36], 4.
15. Orígenes, textos comentados por de Lubac, Exegese, I, págs. 198-
207.
16. Juan Casiano, Conferences, 14, cap. 8, Sources Chrétiennes, 54,
págs. 189 ss.,- Colaciones, II, ed. Rialp (Madrid 1962), págs. 95 ss.
17. Resurr. II [3'4], 1. Ver Purif. V [19], 5. Ver de Lubac, op. cit., 1,
págs. 624 ss.
18. De Lubac, op cit., I, pág. 555 y nota 3. Ver también págs. 586-591.
19. Amme. II [27], 4. Ver Purif. IV [18], 1.
20. En la introducción de J. M. Déchanet a la obra de Guillermo de
Saint-Thierry, Exposition on the Song of Songs, en The Works of William
of Saint-Thierry, II, Cistercian Fathers Series, 6, pág. XIV.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 27

Misterio y sacramento
Sentido alegórico o místico es el “sentido relativo al mis­
terio que es la única realidad, al principio oculta en Dios y
luego revelada al hombre en Jesucristo.”21 El corazón de este
misterio o sacramento 22 es el signo ofrecido antiguamente a
Ajaz y que ahora nos ha sido dado: Cristo concebido' de una
Virgen.23 El que había nacido en la eternidad para felicidad
de los ángeles, nació finalmente para nuestra renovación, y no
26El Anciano de días se convirtió en un infante.
para ellos.2425
Anciano porque es la Palabra eterna e inasible.28 se dice aho­
ra de él que es “una Palabra abreviada, pero de forma tal
que en ella está resumida toda palabra que exprese la sal­
vación.” 20 Es la Palabra que no necesita en la eternidad otro
alimento que la Palabra. En este tiempo presente, Cristo “de
otro modo, pero con una dicha inefable”,27 es aquel Príncipe
que se sienta a las puertas del seno virginal y come el pan
de la Palabra delante del Señor. Guerrico dice esto de Jesús
como hombre, pero, por temor a que la expresión "de otro
modo” pudiera sugerir que el Hijo es menos que el Padre,
alguien ha interpuesto como sujeto las palabras “aquella alma
que estaba unida a la persona del Verbo”.
Así como Cristo nació para nuestra renovación, también
fue crucificado para que la carne de pecado pudiera ser cru­
cificada en nosotros. “Crucificó el mundo para Pablo y a Pa­
blo para el mundo.”28 “El Redentor, a fin de obrar nuestra

21. De Lubac, op. cit., I, pág. 397. Ver también Odo Brooke, “Faith
and Mystical Experience in William of St. Thierry”, Downside Review,
82 (1964), pág. 99.
22. Epif. IV [14], 2.
23. Anunc. I [28], 1-4.
24. Nav. I [67], 1. Nav. III [8], 1. Ver Merton, op. cit., págs. 4-7.
25. Nav. I [6], 1.
26. Is. 10, 22; Rom. 9, 28; Nav. V [10], 3; ver Purif. II [16], 5. San
Elredo de Rieval, Cuando Jesús tenía doce años, II parte, 1; PC 4 (Azul,
1980), págs. 36-37. Ver de Lubac, op. cit., 2, págs. 188-197.
27. Anunc. III [28], 6.
28. Ram. II [30], 2.
28 BEATO GUERRICO DE IGNY

salvación y ofrecernos un modelo, eligió este género de pasión,


para que el misterio de la redención fuera ejemplo de justifi­
cación.” 20 Su resurrección es también causa y símbolo de lo
que nos ocurrirá, primero en el alma y luego1 en el cuerpo:
“Cristo, al resucitar de entre los muertos como primicia de
los que durmieron, por el misterio de su resurrección realizó
para nosotros la resurrección primera y, conforme al modelo1
de ésta, realizará nuestra segunda resurrección.” 29
3031“El mismo
subió sobre los querubines [...]. Sin embargo, condescendien­
do con tu debilidad, extenderá sus alas, te tomará y te llevará
sobre sus hombros.”81

El realismo de la forma
Cualquier idea de que la muerte y la resurrección de Cristo
sólo sean ejemplos de lo que nos ha de ocurrir, queda excluida
por la repetición del verbo “producir”. Por su uso en el resto
de los escritos de Guerrico, debe determinarse si el verbo “for­
mar”, que se le apareja, significa algo más que un principio
de causalidad ejemplar.
En realidad, forma, formare, informare son palabras clave
para Guerrico, sugeridas a veces por el texto de Pablo: “Hijos
míos por los cuales sufro dolores de parto hasta que Cristo
sea formado en vosotros.”32
En el segundo sermón de la natividad de María, se afirma
que ella había conocido a su Hijo, primeramente en la forma
en que lo dio a luz. Esto distaba mucho de conocerlo en la
forma en que su Padre lo engendra.33 Entre esta forma carnal
y el Verbo hay otra, una forma espiritual, manifestada en su
carne, es decir, “la forma de la vida que Cristo llevó en su
cuerpo para hacer llegar su mensaje a aquellos que habían
de creer en él.”34 Pero poco después leemos que esta forma

29. Ibid., N? 5.
30. Resurr. II [34], 1. Ver Resurr. III [37], 1.
31. Ase. [37], 4-5. Sobre el poder santificante de los misterios de Cristo,
véase de Wilde, págs. 70-94, cap. 3, “De mysteriis Christi”.
32. Gál. 4, 19. Anunc. II [27], 5; Anunc. III [28], 7; Asunc. I [47], 3.
33. Nat. de la V. M. II [52], 1
34. Ibid.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 29

intermedia sirve para ejemplo nuestro.35 Pero algo ha de tener


efecto en nosotros de acuerdo con el ejemplo; Guerrico usa
el verbo correspondiente, formare: Cristo debe formarse en
nosotros.36
Queda claro que los misterios de la vida de Cristo en su
nacimiento, pasión, resurrección y ascensión son mucho más
que ejemplos para nosotros. Puede plantearse un interrogante:
¿cuál era la intención de Guerrico al afirmar que la totalidad
de la vida de Cristo es un modelo de acuerdo con el cual él
debe formarse en nosotros?
El origen de esta terminología se encuentra sin duda en las
palabras de san Pablo a los filipenses: “Aunque la suya era
la forma de Dios, [...] tomó la forma, de siervo.” 37 Carece
de importancia que el uso de la palabra griega morphé haya
sufrido influencias de la filosofía platónica. Una frase en La
república inquiere si es posible que el Ser supremo se modi­
fique y aparezca en una forma u otra. La contestación es ne­
gativa.38 El pasaje de la carta a los filipenses casi podría ha­
berse redactado como la respuesta correcta y adecuada.
Aun cuando sea san Pablo la fuente a la que recurre Gue­
rrico, necesitamos conocer más concretamente qué significaba
para nuestro autor la palabra forma. San Agustín, más que
ningún otro autor, determinó su contenido en el latín de
Occidente. Para entender la forma agustiana debemos orien­
tarnos hacia Plotino y en última instancia hacia quien es fuen­
te de ambos, Platón.
No nos corresponde hacerlo de modo exhaustivo. En pocas
palabras, la teoría platónica de las ideas reduce toda causali­

35. Ibid.
36. Ibid.
37. Flp. 2, 6 s.
38. Platón, La república, II, trad. J. B. Bergua, Clásicos Bergua (Ma­
drid, 1966), pág. 196: “¿Consideras a Dios como un mago, capaz de
tendernos celadas y de aparecérsenos bajo las formas más diversas, unas
veces presente de verdad y cambiando su imagen en multitud de figuras
diferentes', otras no ofreciendo de sí mismo sino fantasmas engañadores y
sin realidad alguna? ¿O te parece más bien que sea un ser simple y en
absoluto incapaz de salir de la forma que le es propia?”
30 BEATO GUERRICO DE IGNY

dad a lo formal.30 En general, Plotino modifica muy poco el


sistema platónico,39
4041pero nos obliga a concluir que su aporte
agrega causalidad eficiente y final a la formal.44 Ello da por
resultado que para san Agustín las palabras forma y formare
resuman toda la causalidad divina.42 En autores como Juan
de Fécamp, y a veces en san Bernardo, puede verse cómo lle­
gó a ser corriente este concepto en la edad media.43 Es verdad
que Guerrico emplea los vocablos forma y exemplum, que
por su naturaleza no necesitan significar más que el modelo

39. Los pasajes son evidentemente muy conocidos: Eutifrón, 6, en Pla­


tón, Diálogos, Clásicos Bergua (Madrid, 1963-1968), I, págs. 150 ss.;
Fedón, 100, en ibid., IV, págs. 337-340, que introduce la prueba de la
inmortalidad del alma en las págs. 344 ss. Ver también La república, 6,
págs. 384 ss. Finalmente el mito de la caverna en ibid., 7, págs. 394-401.
Hay que admitir que la palabra usada, tanto por Platón como por Plotino,
no es morphé, como en la carta de san Pablo a los filipenses, sino eidos
o “idea”.
40. Ver, por ejemplo, Plotino, Enneadas, 6, 5, 6.
41. Ibid., 1, 8, 2. Ver W. R. Inge, The Philosophy of Plotínus, II (ed.
de 1941), págs. 118-122.
42. San Agustín, Sermón 117, 3 (sobre el Verbo de Dios), PL 38, 662-
663; BAC, 95 (Madrid, 1952), págs. 579-581; Del libre albedrío, 2, PL
32, 1264-1265; BAC, 21 (Madrid, 1951), págs. 253-255. La misma idea
subyace en el comentario sobre 2 Cor. 3, 18 que se encuentra en su Tra­
tado de la Santísima Trinidad, 15, 14, PL 42, 1068; BAC, 39 (Madrid,
1948), págs. 883-885. Rudolf Eucken exagera, sin duda, al afirmar que
Plotino ha ejercido sobre la teología cristiana más influencia que ningún
otro pensador. W. R. Inge comparte tal idea, pero añade: “.. .desde san
Pablo.” Sin embargo, las afirmaciones de ambos autores contienen una
gran parte de verdad, que subraya el argumento expresado aquí breve­
mente. Ver Inge, op. cit., vol. I, pág. 12.
43. Juan de Fécamp, Confessio theologica, I, 132-137; ed. J. Leclercq
y J. P. Bonnes, Un maitre de la vie spirituelle au XII siécle: Jean de
Fécamp (ed. de 1946), pág. 114. Para san Bernardo, ver M. Standaert,
“La doctrine de l’image chez Saint Bemard”, Univ. Cathol. Lovaina, Syl-
loge excerptorum e dissertationibus ad gradum doctoris..., vol. 14, sec­
ción 4 (1947), págs. 114-118. El P. Standaert estudia solamente textos
de san Bernardo, sin tomar en cuenta la tradición establecida por san
Agustín y anteriormente por Plotino y Platón. La conclusión de este autor
se orienta, con todo, en la misma dirección que las mencionadas más
arriba. Ver el empleo de forma, etc., con ejemplos en san Agustín, san
Bernardo, Guillermo de Saint-Thierry e Isaac de la Estrella, en André
Fracheboud, “L’Influence de S. Augustin sur le Cistércien Isaac de l’E-
toile”, Collectanea O.C.R., 11 (1949), pág. 275, nota. 4.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 31

al cual el fiel debe someterse. Pero nuestro abad utiliza ambos


términos en tal contexto y tradición, que ellos sugieren y traen
asociada la idea de una causalidad de mayor alcance. Es ló­
gico pensar que para Guerrico todas las acciones de Cristo
son eficaces en virtud, de su unión con los principales hechos
de su vida; como ellos, son sacramentos o misterios, capaces
de efectuar en nosotros lo que significan.“

Acción de María en nosotros

Probablemente, Guerrico conocía las palabras dirigidas a


María en un sermón atribuido' a san Agustín: “Si te llamo
forma de Dios, tú eres digna de ese nombre.”15 El propio
Guerrico dice de ella: “María cumplió el misterio pues, al
igual que la Iglesia, de la que es figura [forma], ella es madre
de todos los que renacen a la vida.”16 Cualquiera sea en el
pasaje analizado más arriba la causalidad que indique el voca­
blo forma —que los verbos formare e informare no hacen sino
explicitar—, es Cristo quien se la otorga a María. La doctrina
de las tres formas se encuentra en el segundo sermón de la
natividad de nuestra Señora. María, leemos allí, desea formar
a su Unigénito en todos aquellos que son hijos adoptivos de
Dios: “Si bien fueron engendrados por la palabra de verdad.
no obstante cada día los da a luz por el deseo y la solicitud
de su piedad, hasta alcanzar el estado del hombre perfecto,
en la medida de la plenitud de la edad de su Hijo, a quietn
una única vez dm a luz y trajo al mundo.”44 47
46
45

44. De Wilde arriba virtualmente a la misma conclusión mediante un


argumento de índole diversa, desarrollado en forma más completa:
“. . .Una forma espiritual que es más que una simple copia del modelo,
realmente algo más, es decir, cierto principio activo por el cual el alma
está informada.” Op. cit., pág. 37. A pesar de todas sus connotaciones
luteranas, es imposible no recordar la notable meditación sobre la forma
de Cristo en Dietrich Bonhoeffer, Ethics (Londres; SCM, 1960), págs.
17-23; 162.
45. Pseudo Agustín (¿Ambrosio Autperto?), sermón Adest... dies
naide venerabile (para la asunción de la santísima Virgen María), No 5;
PI 10 9111
46. S. Juan Baut. III [47], 2.
47. Nat. de la V. M. II [52], 3.
32 BEATO GUERRICO DE IGNY

El primer sermón para la misma festividad comienza con


el clásico contraste entre María y Eva. En el párrafo se re­
conoce la influencia de otro sermón atribuido a san Agustín,
que se leía en el oficio del día y que desarrolla el tema de la
segunda Eva.48 Nuestro autor saluda a María como a la nueva
madre que ha traído vida nueva a los que habían envejecido
en el pecado.450
“ En determinados pasajes llama a Eva “madre
de prevaricación” y a María “madre de redención”.““ El título
de “madre de todos los vivientes” otorgado a Eva corresponde
por derecho a María.51 Guerrico expone exactamente el por­
qué: “En verdad, ella es la Madre de la vida de la que todos
viven, pues al engendrarlo [a Cristo] reengendró en cierto
modo a todos los que habían de recibir de ella esa vida. Sólo
uno fue el engendrado, mas todos nosotros fuimos reengen­
drados, porque en razón del germen por el que se transmite
la regeneración, ya entonces todos estábamos con él.”52
San Pablo daba a luz continuamente a sus hijos, hasta que
Cristo fuera formado en ellos, por la predicación de la pala­
bra de verdad. María hace lo mismo, en una forma más su­
blime y que la acerca aun más a Dios, cuando da a luz. a la
mismísima Palabra.5354
La idea de que María nos regenera por haber traído al
mundo a Cristo podría ser motivo de abundante especulación.
Es suficiente para nosotros subrayar lo que está explícito en
Guerrico. Volvamos al sermón de las tres formas de Cristo.
San Bernardo limitaba la acción directa de María en nuestro
favor a su intercesión mediadora.64 El abad, de Igny, habiendo
48. Pseudo Agustín, sermón Adest. . . optatus dies (para la anuncia­
ción de la santísima Virgen María), Nl-> 1 s.; PL 39, 2105.
49. Nat. de la V. M. I [51], 1.
50. Purif. IV [18], 1.
51. Asunc. I [47], 2.
52. Ibid.
53. Ibid., N1? 3. De Wilde, págs. 95-100. Claude Bodard pone límites
precisos al significado de la maternidad espiritual de María en las ense­
ñanzas de Guerrico. “Le Christ, Marie et l’Eglise dans la prédication du
Bx. Guerric d’Igny”, Collectanea O.C.R., 19 (1957), págs. 284-288.
54. Así lo enseña especialmente en el sermón de la natividad de la
santísima Virgen María (De aquaeductu), PL 183, 437 ss.; Opera, V,
págs. 275 ss.; BAC, 110, págs'. 737 ss. Ver H. Barré, “Saint Bernard,
docteur marial”, Analecta S.O.C., 9 (1953), II, págs. 112-113.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 33

hablado con toda claridad sobre su maternidad espiritual/5


afirma que ella desea formar a su Unigénito en nosotros y
darnos a luz día tras día.66 Podemos asegurar que Guerrico
estaba por lo menos preparando el camino para una teología
que atribuirá a María una actividad real y actual en la comu­
nicación de la gracia.

Maternidad

“El esposo, repito, tiene pechos a fin de poder desempeñar


los oficios y títulos inherentes a los padres, de modo que, sien­
do padre por la creación de la naturaleza y por la regenera­
ción de la gracia o también por su autoridad sobre la educa­
ción, asimismo sea madre por el afecto de su clemencia y tam­
bién nodriza por la asiduidad en su oficio y en sus cuida­
dos.” 67 Guerrico asigna a Dios atributos de la maternidad.
Dado que las Escrituras nos enseñan que ello fue revelado
al pueblo elegido y a la Iglesia cristiana,68 es de suponer que
la maternidad de la Iglesia debió haber sido reconocida des­
de el comienzo de la tradición cristiana.69 Ello surge también
del contraste existente entre la Iglesia y la Sinagog ;,6° en es­
pecial de una interpretación alegórica de las dos prostitutas
juzgadas por Salomón,55 6162que Guerrico y san Bernardo toman
60
59
58
57
56
de san Jerónimo. La Iglesia es la madre verdadera que a toda
costa desea la vida del hijo.63 Ella nos alimenta a sus pechos.03

55. Nat. efe la V. M. I [51], 1.


56. Nat. de la V. M. II [52], 3. De Wilde escribió extensamente sobre
el papel de María en nuestra formación, págs. 100-112. Al comentar el
texto crucial, dicho autor fue lo suficientemente prudente como para limi­
tarse a la aseveración siguiente: “Como decimos, formar a Cristo en nos­
otros es expresar su forma espiritual en nuestras almas” (pág. 100).
57. Ss. Ped. v Pabl. II [45], 2.
58. Is. 54; Gál. 5, 26 s.
59. San Hipólito, De Christo et Antichristo, cap. 61; PC 10, 780 s.
San Cipriano, Carta 10, A los mártires y confesores de Jesucristo; PG 4,
254 c; BAC, 241 (Madrid, 1964), pág. 393.
60. Nav. II [7], 1 s.
61. Nav. III [8], 4.
62. Merton, op. cit., pág. 17.
63. Ss. Ped. y Pabl. II [45], 1.
34 BEATO GUERRICO DE IGNY

Los indisciplinados y los pendencieros la perturban, como los


mellizos que luchaban en las entrañas de Rebeca.04 El segundo
sermón de navidad contiene una ampliación del tema de Isaías:
“Alaba, estéril, tú que no das a luz ...”05 “Madre incorrupta,
Virgen fecunda: el Hijo que te ha sido dado, él te lo ha dado.” 00
Un tradicionalista como san Bernardo era tan consciente
de la maternidad de la Iglesia, que rechazaba reconocer en
María la maternidad espiritual con respecto a los fieles.07 No
habría temido si hubiera podido investigar la tradición aun
más atentamente. Encontramos a María, nuestra Madre, y co­
mo tal símbolo de la Iglesia, en Caná, en el Calvario, en el
Apocalipsis.08 En el primer comentario que se conoce sobre la
mujer vestida de sol, san Hipólito emplea, para hablar de la
Iglesia, palabras que en su sentido literal sólo podrían apli­
carse a María.00 Esta tradición de María como símbolo de la
Iglesia se prolonga en el medioevo o por lo menos fue enton­
ces redescubierta. Hemos visto anteriormente que Guerrico
afirma de nuestra Señora: “María, al igual que la Iglesia, de
la que es figura, es Madre de todos los que renacen a la vi­
70 Con la misma idea Guerrico presenta su invitación a
da.” 64
69
68
67
66
65
unirse a Simeón en la bienvenida brindada a Cristo, llevado
al templo por María, símbolo aquí tanto de la Iglesia como
de la gracia. “Acuda [el fiel] al templo con Simeón y reciba
en sus brazos al Niño que ofrece María, su Madre; quiero
decir, abrace con afecto al Verbo de Dios que ofrece la Ma­
dre Iglesia [...]. Y no sólo la Madre Iglesia a quien escuchas,
sino mucho más la Madre gracia te ofrecerá al Niño en la
oración para que lo abraces [...]. El mismo a quien la Iglesia
ofrece a nuestros oídos a través de la predicación, la gracia
iluminante lo introduce en nuestros corazones, tanto más pre­
64. Anunc. III [28], 7.
65. Nav. II [7], 1.
66. Ibid. Bodard, art. cit. (nota 152); págs. 289-292.
67. Ver Barré, op. cit., págs. 106 ss'., aunque atribuye el silencio del
santo sobre este punto a su devoción a María como Señora suya.
68. A. Feuillet, “Le Messie et sa Mere d’aprés le chapitre XII de
l’Apocalypse”, Revue Biblique, 66 (1959), págs. 55-86; ver especialmente
pág. 82.
69. Ver más arriba, pág. 33, nota 59.
70. Asunc. I [47], 2.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 35

senté y más suave cuanto que propone la verdad desnuda, a


las inteligencias puras. Porque la verdad —que es Cristo—,
revestida de la carne de María, ataviada del ropaje de la elo­
cuencia por la Iglesia, el Espíritu Santo la presenta escueta
para ser aceptada por la infusión de la gracia.” 71
La última palabra, y quizá la más asombrosa, pronunciada
sobre esta maternidad divina estriba en la proposición de que
nosotros hemos de compartirla con María. Es el resultado do
una antigua y larga tradición.72 Si María es el símbolo de la
Iglesia, también es símbolo del alma; pero la idea ha sido
desarrollada pocas veces con tal profundidad o con acentos
tan tiernos como en el caso de Guerrico.
El abad toma como punto de partida el juicio de Salomón
sobre las dos prostitutas: hemos de imitar a la que resultó
ser la verdadera madre. Somos madres del Niño que ha na­
cido no sólo por nosotros, sino también en nosotros. “Vigila,
Madre santa, vigila solícita sobre este recién nacido hasta que
sea formado en ti Cristo, nacido para ti; porque cuanto más
débil es, más fácilmente puede perecer para ti el que nunca
perece para sí.”737475
El tratamiento más completo de este último aspecto de
la maternidad se encuentra en la conclusión del segundo ser­
món de la anunciación.71 Guerrico enseña que la concepción
virginal de María encierra una lección moral. “Este misterio
orientado a la redención es también un ejemplo propuesto a
tu imitación.”76 Hemos de concebir a Dios en nuestros cora­
zones; el apóstol afirma incluso que debemos llevarlo en nues­
tro cuerpo. 78 “Alma fiel, abre tu seno, dilata tus afectos, no
te angusties en tu corazón, concibe al que la criatura no puede
71. Purif. III [17], 2. Ver Bodard, art. cit., págs. 289-292: “Fondamen-
talment done l’attitude de l’Eglise Mere est mariale.”
72. Basada en pasajes como Mt. 12, 46-50 y Le. 11, 28, se la encuentra
en Orígenes, Selecta in Gen., PG 12, 124c; san Agustín, sermón 192,
Para la fiesta de navidad, N1? 2, PL 38, 1012; Sobre la santa virginidad,
5, PL 40, 399; BAC, 121 (Madrid, 1954), págs. 143' ss.; Beda el Vene­
rable, Super Lucam (11, 28), 4, PL 92, 480.
73. Nav. III [8], 5.
74. Anunc. II [27], 4 s.
75. Ibid., N? 4.
76. Ibid.
36 BEATO GUERRICO DE IGNY

contener.”” Vosotras también, madres afortunadas de


tan gloriosa prole, atendeos a vosotras mismas, hasta tanto
Cristo se forme en vosotras.”77
7879

Iluminación

Los temas seleccionados y resumidos hasta este punto nos


proporcionan un contexto apto para analizar más pormenori-
zadamente la obra de Dios en el alma según la concepción
de Guerrico. Sin embargo, puede ser difícil apreciar su con­
cepción del progreso en el conocimiento de Dios, a menos
que se diga algo de su marco más amplio: la teología tradi­
cional de la iluminación.
“El alma progresa siempre y crece sin cesar perfeccionán­
dose en la sabiduría que proviene del estudio del ser. Cuanto
más avanza hacia la visión de Dios, tanto mejor entenderá
que la naturaleza divina no puede ser vista.” Si Dios está más
allá de cualquier visión, lo vemos mejor no viéndolo. Esta es
la “oscuridad resplandeciente” a que se refiere Juan: “Nadie
ha visto jamás a Dios.” ” Así hablaba san Gregorio de Nisa
en un texto extraído casi literalmente de Filón.80 En una de
sus homilías sobre el Cantar de los Cantares, san Gregorio
describía tres etapas en el conocimiento que alcanza la Es­
posa: en la luz, en la nube y en la oscuridad.81
En la tradición mística cristiana más remota encontramos
esta forma de conocer a Dios que se alcanza renunciando1 a
conocerlo; es la teología de la oscuridad, o teología negativa
(apofática), que reconoce también fundamentos en fuentes
rio cristianas tanto1 como en tradiciones cristianas e inspiradas.
Esta ciencia de Dios obtuvo su difusión en Oriente merced

77. Ibid.
78. Ibid., N? 5. Sobre el alma como madre de Cristo, ver de Wilde,
págs. 38-42; Bodard, art. cit., págs. 282 s.; Merton, op. cit., págs. 15-22.
79. San Gregorio de Nisa, Vida de Moisés, PG 44, 376 ss'.; Sources Chré-
tiennes, I bis, nn. 162 s., pág. 81.
80. Filón, De sacrificiis Abelis et Caini, 5, 14 ss.; Sources Chrétiennes,
I bis, nn. 2 y 5.
81. San Gregorio de Nisa, Comentario sobre el Cantar de los Cantares,
homilía 11; PG 44, 1000 s.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 37

a los escritos del pseudo Dionisio, extendiéndose en forma


más lenta en Occidente después que estos tratados anónimos
fueron traducidos al latín, y alcanza su desarrollo definitivo
con san Juan de la Cruz, quien la hizo clásica y conocida para
todo estudioso de la espiritualidad cristiana. Gregorio Magno,
que conoce bien la vía negativa, concluye así un pasaje so­
bresaliente entre los que dedica a la contemplación: “Y cuan­
do se gusta la dulzura interior, el alma está encendida de amor
y se esfuerza en superarse, pero vuelve a caer en las tinieblas
de su enfermedad; aumentando en virtud, advierte que no
puede ver lo que tan ardientemente ama. Pero sabe que no
lo amaría de esa manera si no lo poseyera ya de algún mo­
do.”82 Agrega un poco después: “Y si no llega a saber lo que
es [Dios], ciertamente sabe lo que no es.”83 El gran papa con­
cluye así su interpretación mística de la experiencia de Elias
en el Horeb: “Se dice que el Señor no está ni en el ‘huracán
que hendía las montañas’ ni en el fuego, pero no se niega que
esté en el ‘susurro de una brisa suave’; porque ciertamente
cuando el alma se encuentra suspendida en la cumbre de la
contemplación, aquello que alcanza perfectamente no es Dios
[...]. Sólo hay verdad entonces en lo que conocemos acerca
de Dios cuando comprendemos que nos es imposible conocer
nada acabadamente acerca de él.”84
Guerrico de Igny se acerca a la teología de la oscuridad en
su tercer sermón de epifanía. El buen cristiano, según dice,
se regocija en la luz que Dios le ha dado, pero ve cuán grande
es aún su oscuridad y pide una iluminación todavía mayor.
“Cuanto más luminosa es su antorcha, tanto más manifiesta­
mente percibe, gracias a esa luz, sus tinieblas.”85 Este párrafo
evoca el texto de Gregorio de Nisa que hemos citado en este
punto a modo de introducción, aunque Guerrico no se refiera
explícitamente al conocimiento de Dios. Han ido lejos en el
camino de la iluminación, asegura el abad, aquellos que co­
nocen lo que les falta. Cita a los sabios de este mundo — evi-
82. San Gregorio Magno, Los Morales, Libro V, N'> 58, Ed. Poblet
(Buenos Aires, 1945), tomo I, págs. 378.
83. Ibid., N? 62, pág. 382.
84. Ibid., N? 66, pág. 387.
85. Epif. III [13], 1.
40 BEATO GUERRICO DE IGNY

inmaterial.05 Como quiera que se interprete a Evagrio, la en­


señanza de Casiano adopta la forma de una oposición a la
herejía antropomórfica, que atribuye a Dios forma humana;00
esto conduce a Casiano a describir del siguiente modo la más
elevada de las oraciones: “Esta oración no es entorpecida por
ninguna imagen ni se sirve de expresiones o voces articuladas.
Brota en un arranque de fuego que parte del corazón. Es un
transporte inefable, una impetuosidad del espíritu, una ale­
gría del alma que sobrepuja todo encarecimiento. Arrebatada
de los sentidos y de todo lo visible, el alma se engolfa en
Dios con gemidos y suspiros que el Jonguaje no puede tra­
97 Esto quizá nos parezca exponente de una transición
ducir.”95
96
entre la teología de la oscuridad de Gregorio de Nisa y la teo­
logía de la luz, antigua como la anterior, que encontrará nue­
va expresión en el gran doctor latino, Agustín.
San Agustín tuvo conciencia de las limitaciones de nuestro
conocimiento contemplativo de Dios, pero subrayó y expresó
el problema de modo diferente del de sus antecesores. Te­
niendo presente tanto el esfuerzo humano cuanto la elevación
divina, Agustín concebía al alma como despedida con violencia
por el resplandor de la luz encegueced ora; vuelta a sí misma,
el alma regresa de la montaña de la contemplación al valle
de las preocupaciones humanas: “Llegué a lo que es, en un
golpe de vista trepidante. Entonces fue cuando vi tus cosas
invisibles por la inteligencia de las cosas creadas, pero no
pude fijar en ellas la vista, antes bien, herida de nuevo nñ
flaqueza, volví a las cosas ordinarias, no llevando conmigo sino
un recuerdo amoroso.” 98 La descripción y su secuela son muy
95. Ibid., No 66. Ver también nn. 4; 11; 55; 56; 57; 61; 69; 119; 120;
consultar asimismo Praktikós, PG 40, 1275 s.; trad. de Enrique Contreras,
o.s.b., bajo el título Tratado Práctico, publicación de Cuadernos Monás­
ticos (Buenos Aires, 1976), págs. 35 ss'. El mismo pensamiento subyace
en el argumento teológico que expone Evagrio en una de sus cartas, la
No 8 de las atribuidas a san Basilio; PG 32, 245-268. San Gregorio Magno,
op. cit., libro V, nn. 9 y 14, y libro VI, No 59; págs. 322 y 326 (tomo I),
y págs. 486-487,. respectivamente.
96. Juan Casiano, Colaciones, II, cap. X, nn. 2-5; Ed. Rialp (Madrid,
1962), págs. 473-483.
97. Ibid., I, cap. X, NQ 11; pág. 488.
98. San Agustín, Confesiones, VII, 17, 23; BAC, 11 (Madrid, 1963),
pág. 283.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 41

similares en la contemplación de Ostia; “Y mientras hablába­


mos y suspirábamos por la región de la abundancia indefi­
ciente, llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nues­
tro corazón, y suspirando y dejando allí prisioneras las primi­
cias de nuestro espíritu, tornamos al estrépito de nuestra boca,
donde tiene principio y fin el verbo humano.”98 Agustín se
manifiesta como un maestro de la vía de la luz y la afirmación
(catafática) especialmente en un pasaje del De Trinitate.
Después de enumerar todas las cosas que Dios no es, conduce
al alma a efectuar la siguiente comprobación: “Comprende, si
puedes, cómo Dios es verdad. Está escrito: ‘Dios es luz’. Pero
no creas que es esta luz que contemplan los ojos, sino una luz
que el corazón intuye cuando oye decir: ‘Dios es verdad.’ No
preguntes qué es la verdad, porque al momento cendales
de imágenes corpóreas y nubes de fantasmas se interponen en
tu pensamiento, velando la serenidad que brilló en el primer
instante en tu interior, cuando dije ‘verdad’. Permanece, si
puedes, en la claridad inicial de este rápido fulgor de la ver­
dad; pero, si esto no te es posible, volverás a caer en los pen­
samientos terrenos, en ti habituales.”1
En estos pasajes, san Agustín ino se preocupa por resaltar
la oscuridad, sino el carácter fugaz, momentáneo, a decir ver­
dad, de la comunicación sublime del hombre con Dios. San
Gregorio Magno había leído por supuesto a san Agustín y
parece repetir sus frases más de una vez. “Porque el alma no
permanece mucho tiempo en la suavidad de la contemplación
interior; ella vuelve a sí misma cubierta con la grandeza
inmensa de la luz.”* 123“Cuando el esfuerzo del alma apunta a
esta luz, la rechaza el resplandor que rodea su naturaleza
ilimitada [...]. Por ello el alma se vuelve prestamente a sí
misma y, como ha visto —digámoslo así— algún vestigio de la
verdad, retoma a su propia bajeza.” ’ “Este silencio se describe

99. Ibid. IX, 10, 24; pág. 509.


1. San Agustín, Tratado de la Santísima Trinidad, 8, 3; BAC, 39
(Madrid, 1948).
2. San Gregorio Magno, op. cit., libro V, N’ 58; tomo I, pág. 278.
3. Ibid., libro XXIV, N’ 12; tomo III, pág. 508.
42 BEATO GUERRICO DE IGNY

correctamente como hecho para durar ‘media hora’ y no la


totalidad, porque aquí la contemplación no es nunca perfecta,
por más ardientemente que se la haya comenzado.” *
La fugacidad de la contemplación más elevada se indica a
menudo por el uso de los vocablos raptim, rapere, rapidus*
y el símbolo de la media hora del Apocalipsis (8,1) se convir­
tió en lugar común en los siglos posteriores. En pasajes como
los que citamos de Guerrico, el lenguaje es bíblico en toda su
extensión, pero se encuentra influido en su aplicación por la
tradición establecida por los primeros Padres. Así habla, por
ejemplo, de los monjes concentrados en su salmodia: “Cuando,
aplicados a sus alabanzas con cantos de alegría y acción de
gracias, [el Esposo] os arrebata al lugar del tabernáculo admi­
rable, hasta la casa de Dios, a saber, hasta la luz inaccesible
donde él habita.”45678 También encontramos aquí el descenso o
retorno del alma a sí misma descrito por san Agustín: “Mien­
tras estamos ante el Padre de las luces, en quien no hay cam­
bio ni sombra de mudanza, ignoramos la noche, sólo disfru­
tamos de un día bienaventurado. Cuando salimos de allí,
volvemos a nuestra noche.”7 Guerrico opone el contacto efí­
mero a la visión duradera y afirma de nuestra fe que ella “se
consumará cuando la realidad verdadera, presente y desnuda,
[sea] vista por los que la contemplan cara a cara, lo cual ahora
apenas alcanzan a columbrar escasa y furtivamente en enig­
ma.”8 Y añade sobre la media hora simbólica: “Tampoco en
el momento presente —si no somos perezosos o estamos dema­
siado apegados a las cosas terrenas— faltan nubes que eleven
nuestros espíritus hacia las regiones más altas; y entonces po­
dremos estar siempre con el Señor, o por lo menos media
hora.” Como en san Agustín, esas nubes son los autores ins­
pirados y sus palabras pueden ser la ocasión para nuestra ele­
vación: “Nuestros espíritus, como llevados por las nubes, se
elevaron hacia aquellas alturas sublimes. Y algunas veces fue­
4. Ibid., libro XXX, N? 53; tomo IV, págs. 321-3'22.
5. Juan de Fécamp, Confessio theologica, 3, 6; en J. Leclercq y J.
Bonnes, Un maitre de la spirituelle au XII éme. siécle..., pág. 147.
6. Sermón para excitar la devoción a la salmodia [54], 3.
7. Ibid.
8. Epif. II [12], 5.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 43

ron arrebatados hasta contemplar, aunque sólo fuera un po­


quito, la gloria del Señor.” 8
Los Padres que acabamos de mencionar nos ayudan a expli­
car por qué predominan la luz y la afirmación en la teología
espiritual del siglo XII. Pero también se recibía entonces de
parte de Orígenes una influencia de la misma intensidad e
idéntica orientación. Se conocían especialmente sus comenta­
rios sobre las Escrituras en las versiones latinas que habían
realizado san Jerónimo y Rufino. Contamos con un informe
resumido de la biblioteca de Igny con sus manuscritos origi­
nales, tal como se la encontraba al comienzo del siglo XVIII,
y es verdad que no se menciona a Orígenes.91011 12Con todo, a
juzgar por las bibliotecas cistercienses más o menos bien con­
servadas hasta nuestros días, es de suponer que el doctor ale­
jandrino debió estar bien representado en ellas. Tenemos la
certeza de que lo poseían en Signy y es probable que los
manuscritos de este monasterio hayan sido copiados de origi­
nales pertenecientes a la casa madre, Igny.11
Orígenes enseña que los demonios tienen en su poder al
ignorante, pero sufren los peores tormentos cuando el cristiano
concentra toda su atención en la palabra de Dios.13 Si estamos
purificados, ello se debe a la luz que se nos envía desde el
cielo18 y una de las etapas de nuestro crecimiento espiritual
estriba en la comprensión de las razones que motivaron la
encarnación.14 Orígenes describe la etapa final con estas pala­

9. Adv. II [2], 3. En relación con la “media hora”, ver Ss. Ped. y Pabl.
III [461, 6.
10. E. Marténe, Voyage littéraire, vol. 1, parte 2, pág. 87. Citado por
M. Dimier, “Les prémiers cisterciens etaient-ils ennemiese des études?”,
Studia Monástica, 4 (1962), jpág. 83.
11. Sobre la existencia de libros de Orígenes en Claraval, ver A. Wil-
rnart,, “L’Ancienne Bibliothéque de Clairvaux”, Collectanea O.C.R., 11
(1949), págs. 117 ss. En Pontigny, C. H. Talbot “Notes on the Library
of Pontigny”. Analecta S.O.C., 10 (1954), págs. 114; 119; 129 s.; 148 s.
En Signy, ver J. Déchanet, The Works of William of St. Thierry, vol. 2,
Cistefcian Fathers Series, 6.
12. Orígenes, Homilías sobre el libro de los Números, Sources Chred-
tiennes, 29, pág. 531.
13. Ibid., pág. 545.
14. Ibid., págs. 543 s.
44 BEATO GUERRICO DE IGNY

bras: “Este itinerario se emprendió y se recorrió a fin de que


llegáramos al río de Dios y nos aproximásemos a la fuente de
la sabiduría para empaparnos del saber divino, y así, purifi­
cados en todo sentido, mereciéramos entrar en la tierra pro­
1819Descansar con Juan sobre el corazón de Jesús es
metida.” 15
17
16
contemplar el tesoro de sabiduría y conocimiento allí oculto;1’
recibir solaz de los pechos del Esposo es acercarse a la fuente
de sabiduría y de conocimiento.17 La santísima Trinidad es el
primer objeto del conocimiento (gnosis); el segundo, el alma
misma.18 La Esposa pide ser introducida en la bodega del
Esposo porque ese vino, cuyos ingredientes son las enseñanzas
de sabiduría y conocimiento, no se encuentra en ninguna otra
parte.1’

Sabiduría, conocimiento y amor


en los escritores cistercienses

La influencia de Orígenes nos ayuda a explicar por qué se


expresa el conocimiento de Dios más en términos de luz que
de oscuridad. También justifica una tradición que culmina en
lo que podría denominarse “el intelectualismo de los cistercien­
ses”. Esta concepción aparece en Guillermo de Saint-Thierry
(nara citar solamente uno entre incontables ejemplos) al ex­
plicar la vida espiritual: animalis, rationalis, spiritualis. Desde
este punto de vista, san Bernardo declaraba: el conocimiento
es vida; el amor, sentido.20 Lo mismo ocurre en Guerrico y sus
discípulos, quienes nunca olvidaron que la perfección en esta
vida y la felicidad en la venidera comportan una intimidad
de amor; sus frecuentes citas del Cantar de los Cantares ha­

15. Ibid., pág. 555.


16. Ibid., Comentario sobre el Cantar de los Cantares, libro I; PG 13,
87 AB.
17. Ibid.; 100 B.
18. Ibid., libro II; 126B.
19. Ibid., libro III; 155B.
20. Guillermo de Saint-Thierry, Comentario al Cantar de los Cantares,
prólogo, N<? 1; PC 6 (Azul, 1979), págs. 23 y 29; san Bernardo, De di­
versas, 116; Opera, VI, pág. 393; BAC, 110 (Madrid, 1953), tomo I,
pág. 1165.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 45

brían sido incompatibles con una noción equivocada al respec­


to. Ellos conocían bien la proposición de san Gregorio: “Por
el amor vemos y poseemos la semejanza del que se presenta a
nuestra contemplación.”21 “El amor en sí mismo es conoci­
miento.” 22 Pero correspondía al genio de Guillermo de Saint-
Thierry 2324emplear los principios gregorianos para desarrollar
el pensamiento de Orígenes. Es bien conocido el tema que
guía todo el comentario de Guillermo sobre el Cantar de los
Cantares: Amor Dei intellectus est.21 La fusión de esta ten­
dencia dual resulta obvia en la definición de sabiduría que
propone san Bernardo: conocimiento y amor a la vez.2526Un
discípulo de Guerrico afirmaba que los ojos del Esposo son
conocimiento y amor.”
Pero podemos observar que Guerrico1, como otros autores
familiarizados con los textos de Orígenes, solía contentarse con
repetir que crecer espiritualmente significa aumentar en cono­
cimiento y sabiduría; que Dios atrae un alma a sí arrojando
más luz sobre los misterios ocultos en las Sagradas Escrituras.
Nuestro abad describe de este modo la llegada de Dios al alma
que aguarda y ora con paciencia: “Si cantas sabiamente en
un camino inmaculado, vendrá de cierto aquel que ha de ilu­
minar las tinieblas para que puedas comprender los misterios
de las Escrituras que ahora desconoces.”27
Si nos preguntamos ahora qué ha tomado Guerrico de Orí­
genes, la primera respuesta lógica es que ha adquirido el hábi­
to de encontrar los más elevados dones de Dios resumidos en

21. San Gregorio Magno, op. cit., libro X, No 13; tomo II, pág. 139.
22. Ibid., Homilías sobre los Evangelios, 21, 4; BAC, 170 (Madrid,
1958), pág. 670.
23. Guillermo de Saint - Thierry, Comentario al Cantar de los Cantares,
nn. 57; 76; 144; PC 6 (Azul, 1979), págs. 69-71; 89-91; 148-150.
24. J. Décbanet, en una nota de Sources Chrétiennes, 82.
25. San Bernardo, Super Cántica, 69, 2; Opera, II, pág. 203; BAC,
(Madrid, 1955), pág. 457. Ver Kereszty, “Die Weisheit in der mys-
tichen Erfahrung Beim hl. Bernhard von Clairvaux”, Citeaux, 14 (1963'),
págs. 126-129; este importante estudio (que de ahora en adelante citare­
mos como Kereszty) ha sido publicado en tres partes en el mismo volumen
de Cíteaux, págs. 6-24; 105-134 y 185-201.
26. “Liber Amoris”, Citeaux, 16 (1965), págs. 125-126.
27. Adv. III [3], 4.
46 BEATO GUERRICO DE IGNY

dos textos de san Pablo: “[...] Cristo Jesús, en quien están


todos los tesoros de sabiduría y conocimiento."38 “Porque a
éste es dado por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, pa­
labra de ciencia, según el mismo Espíritu.”28
3031
2933
32

Iluminación y mortificación

Por supuesto, la insistencia en la iluminación espiritual no


niega que la mortificación sea esencial en la vida espiritual,
tal como la concibe Guerrico..., y como había de concebirla
para seguir con fidelidad la tradición. En los cuatro sermones
de navidad nos presenta constantemente a Juan el Bautista
como modelo de penitentes. El cuarto y el quinto sermón de
la purificación presentan un testimonio notable de su creencia
en el purgatorio, pero en ellos Guerrico trata a la vez de am­
bas purgaciones: ahora y después de la muerte.80 De acuerdo
con san Pablo, no debemos mortificar solamente la carne, sino
también los vicios que tal vez sigan reinando en el corazón.81
El precio que hemos de pagar para recibir la bendición del
ángel es, como lo fue para Jacob, renguear desde entonces
con un muslo atrofiado.83 La doctrina de Guerrico sobre la
mortificación se veía reforzada en otros tiempos por el hecho
de atribuírsele los veintiocho sermones De diversis de san Ber­
nardo.88 Fue en realidad característico del siglo XIX que los
estudiosos de Guerrico inclinaran la balanza en este sentido.
La escueta definición de Gatterer, Guerricus ist demnach ein
allgemeiner Bussprediger, no transmite una impresión muy

28. Col. 2. 3.
29. 1 Cor. 12, 8. Sobre la "mística de la luz”, sus orígenes, la forma
que adopta en Guerrico y san Bernardo, ver A. Decabooter, “L’Optimisme
de Guerric d’Igny”, Collectanea O.C.R., 19 (1957), págs. 254-256.
30. Ver de Wilde, págs. 117-118.
31. Ram. II [30], 5. Dom A. Louf ha estudiado un aspecto particular
de la doctrina de Guerrico sobre el renunciamiento: “Une théologie de la
pauvreté monastique chez le Bx. Guerric d'Igny, Collectanea O.C.R., 20
(1958), págs. 207-222; 362-373.
32. S. Juan Baut. II [41], 1.
33. Gatterer, pág. 72, nota 161.
homilías litúrgicas 47

exacta del abad de Igny.a* El erudito alemán era ciertamente


capaz de decir mucho más, pero su predilección por resaltar
la penitencia nos justifica en nuestra insistencia sobre aspectos
más positivos y, a decir verdad, más característicos de la espi­
ritualidad monástica.

Purgación, luz, contemplación

Si hemos de proseguir investigando la teología catafática de


Guerrico, será preciso que determinemos con exactitud nues­
tro centro de interés: bien la acción de Dios sobre la Iglesia,
bien su acción sobre el alma individual. En este último caso
deberemos considerar si trata de las relaciones del fiel común
con Dios o de ese estadio privilegiado que llamamos contem­
plativo. Tal vez sea preferible contestar que estamos intere­
sados en la comunicación de Dios con el hombre en términos
generales. Su acción sobre la Iglesia redunda en beneficio de
las almas individuales y se verá reflejada, con mayor o menor
claridad, en el trato que brínde a cada uno. Sí algunos están
llamados a niveles más altos de oración y a una unión más
íntima con Dios, ello no consiste sino en el desarrollo, efec­
tuado bajo la influencia especial del Señor, del don elemental
de la fe. No parece ya necesario pertrechar esta idea con todos
los resguardos requeridos en las primeras décadas del siglo.
Estaríamos ubicando a nuestro autor fuera de su época y su
contexto si nos refiriéramos a la “contemplación infusa” en
sentido técnico, y luego abandonáramos la conclusión ya al­
canzada de que Guerrico ha hablado de una invitación gene­
ral a ese estado.”

Fundamentos de las tres vías

En las páginas sagradas, tres libros inspirados se suceden:


Proverbios, Eclesiastés y el Cantar de los Cantares. San Ber­
nardo comienza sus sermones sobre este último con una refe-*
34. Ibid., pág. 75 [“Guerrico es ei predicador universal de la mortifi­
cación.” [N. del T.J
35. Esto escribió de Wilde, pág. 154; tal vez fuera necesario en los
años de 1930.
48 BEATO GUERRICO DE IGNY

renda a los tres y sugiere que ellos corresponden a las etapas


del crecimiento espiritual.36 El abad de Claraval insiste en una
tradición que se remonta a los primitivos comentadores cris­
tianos. Orígenes enseña que se deben aprender tres cosas: la
reforma moral, el conocimiento de las maravillas creadas que
nos rodean, la contemplación del Ser y el Bien supremos que
aquéllas reflejan. Estas “disciplinas”, praktiké, physiké, theo-
riké, corresponden a los tres libros de las Escrituras. El texto
“el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” se
expone seguidamente37 en términos que señalan la misma dis­
tinción triple. Tenemos aquí el fundamento de las tres vías
clásicas de la vida espiritual: purgación, iluminación y unión.
Purgación: disciplina
Aunque no las mencione expresamente, Guerrico explica que
en el primer momento la luz de Dios sigue a nuestro humilde
sometimiento a los maestros y a la corrección de nuestras fal­
tas. “Y si has progresado en el camino del Señor hasta el punto
de poseer una voluntad recta y suavidad de costumbres, mu­
cho progresaste, sí, pero aún no has llegado al término, a no
ser que la palabra de Dios sea lámpara para tus pasos y luz
No se trata de una etapa que suceda a otra
en tus senderos.”3839
40
en el tiempo. Con razón se ha afirmado que para san Bernardo
los aspectos ascético-morales y contemplativos del desarrollo
espiritual son paralelos y se apoyan mutuamente desde el co­
mienzo hasta el final del proceso.36 Para Guerrico, los dos pro­
cesos están fusionados: la vía purgativa es en sí misma ilumi­
nativa. “El precepto es una lámpara, la ley una luz y la co­
rrección de la disciplina es el camino de la vida. [... ] Inclina­
rás tu oído a los maestros, aceptarás sus correcciones y conse­
jos, y te entregarás al estudio. [... ] La ciencia de la ley libera
de los lazos.”10 En la práctica, siempre debemos recibir ins-

36. San Bernardo, Super Cántica, 1, 2; Opera, I, págs. 3 s.; BAC II,
(Madrid, 1955), pág. 6.
37. Orígenes, Comentario al Cantar de los Cantares, prólogo; PG 13,
73 s.; 76.
38. Adv. IV [4], 4.
39. Kereszty, pág. 22 y nota 68. Ver pág. 47, nota 34.
40. Adv. IV [4], 4.
homilías litúrgicas 49

tracción y ser corregidos como escolares. Una frase que se en­


cuentra a menudo en otro sermón, disciplinara sapientiae et
Christianae scholam philosophiae, pertenece al lenguaje de una
tradición aceptada desde antiguo.*1

Iluminación: scientia

Como es de esperar, el tema de la luz se destaca en los ser­


mones de epifanía: “Un niño recién nacido llora sobre la tie­
rra”, dice Guerrico; pero proseguimos leyendo del infante: “Él
crea una nueva estrella en los cielos para que dé testimonio de
42 La Iglesia, que los es­
la luz, la estrella [testimonio] del sol.”41
critores cristianos representan constantemente como la cabra
montés que escudriña desde su risco todo lo que tiene delante
—“de vista aguda para penetrar los misterios de Cristo”43—,
está representada en este segundo sermón de epifanía obede­
ciendo al llamado divino. “Levántate, ilumínate, Jerusalén, por­
que ha venido tu luz.”4445 Es decir, ha venido para la ilumina­
46
ción de su fe. Luego sigue un pensamiento paulino, ya caro a
san Ambrosio: esta Iglesia es madre de los paganos; la Jerusa­
lén que así se ilumina hará nacer para Dios los hijos de la
luz.43 La luz que procede del Padre de las luces y brilla en el
rostro de Cristo Jesús, es el comienzo de esa vida eterna que
consiste en conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo, su
enviado. El conocimiento que alcanzamos por la fe es prenda
de algo por venir.43 Guerrico vuelve a seguir a san Ambrosio
en el desarrollo de una idea paulina: el anillo colocado en el
dedo del hijo pródigo es una prenda.47 El don aun mayor que
recibiremos es el conocimiento directo por la visión. A conti­

41. Ben. I [22], 4.


42. Epif. II [12], 4.
43. Ss. Ped. y Pabl. I [44], 3. Ver Orígenes, Homilías sobre el Cantar
de los Cantares, 2, 11; Sources Chrétiennes, 37 pág. 98. Ver J. Morson,
“The English Cistercians and the Bestiary”, Bulletin of John Reyland Li­
brary, 39 (1956), págs. 161-162.
44. Epif. II [12], 1.
45. Ibid., N? 3. También ver Nav. II [7], 1.
46. Ibid.
47. Epif. II [21], 2.
50 BEATO GUERRICO DE IGNY

nuación leemos una oración introducida por la palabra inte­


rim, que se emplea con frecuencia al referirse a la vida pre­
sente, el tiempo de espera para la consumación.4849 52En la ora­
51
50
ción no se pide solamente fe y conocimiento sino también la
caridad que es su realización: “Mientras tanto, auméntanos la
fe que nos conduzca de fe en fe, de claridad en claridad, como
guiados por tu espíritu, para penetrar más profundamente, de
día en día, en los tesoros de la luz. Así se desarrollará nuestra
fe, se perfeccionará nuestra ciencia y se hará más ferviente
nuestra caridad, hasta que por la fe seamos conducidos a la
visión.”48
El siguiente sermón nos conduce a considerar las cuatro eta­
pas del crecimiento espiritual, cada una de las cuales es lla­
mada luz. Se presupone que la luz de la fe es la primera; las
otras son los equivalentes de las vías purgativa, iluminativa y
unitiva tradicionales. “Nos diste la luz de la fe, daños también
la luz de la justicia, daños la luz de la ciencia y también la de
la sabiduría.”60 De ello resultará que el alma, “desembarazada
de las tinieblas de este mundo, [llegue] a la Patria de la clari­
dad eterna donde [sus] tinieblas se convertirán en mediodía y
la noche se iluminará como el día.”01 Toda la tierra estará lle­
na de la majestad de esa “luz ilimitada” que Guerrico conoce
por medio de san Gregorio. El itinerario a través de las cuatro
etapas se describe entonces con más detalle: “Nosotros, que
ya estamos en la luz por la fe, desde ella y por ella avancemos
hacia la luz más resplandeciente y más serena, primero la de
la justicia, luego la de la ciencia y por último la de la sabidu­
ría. Lo que creemos por la fe, a continuación hemos de poner­
lo en práctica y merecerlo por la justicia; luego debemos en­
tenderlo por la ciencia y finalmente contemplarlo por la sabi­
duría.” ” Debemos creer, luego actuar, comprender y contem­
plar. Si la fe es la luz que debe ser, no tolerará la presencia
48. Lo mismo en Nav. I [61, 2 ss. Ver san Bernardo, Sermones sobre
él salmo 90, 9, 7; 10, 1; 3 (cuatro veces); 4; De Diversis, 18, 1 (tres
veces); 2 (dos veces); 3; BAC, I (Madrid, 1955), pág. 952.
49. Epif. II [12], 3.
50. Epif. III [13], 3.
51. Ibid., No 4.
52. Ibid.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 51

del pecado. Las acciones realizadas bajo esta luz son por sí
mismas “obras de la luz”. Guerrico sigue a san Gregorio cuan­
do asevera que ellas son “antorchas encendidas en las manos
de los que trabajan mientras aguardan la llegada del Esposo.” 63
La'enseñanza de Guerrico sobre la fe no puede ser presentada
aquí en toda su extensión. El abad, dedica la mayor parte de
otro sermón a comentar la definición paulina: “La fe es la ga­
rantía de los bienes que se esperan, etcétera.
Nuestro autor vuelve a identificarse con Gregorio al reco­
nocer que hay muchos en la Iglesia que poseen fe y justicia
radiantes, pero cuya capacidad de comprensión se halla oscu­
recida, cuyo conocimiento se encuentra reducido casi a nada.
Estos hombres son incapaces de presentarnos los misterios de
la fe; la Biblia está precintada para ellos, no porque no sepan
leer, sino a causa de su falta de discernimiento entre el bien
y el mal, lo verdadero y lo falso.53
55 Un texto del profeta Oseas
54
sugiere el remedio: “Sembraos semillas, de justicia, alumbraos
con la luz de la ciencia.” No lo encontraremos en nuestras bi­
blias, pues se trata de una versión de los Setenta, quizás aún
de la Vetus latina, que pudo conocer Guerrico por haberla leí­
do en san Ambrosio o san Jerónimo. El versículo significa que
la práctica y el mérito de la justicia encienden la luz del cono­
cimiento.5657De los distintos dones comprendidos por tal cono­
cimiento, un fiel recibe éste, otro aquél; lo más raro es que
sean dados todos juntos. Recurriendo a un lenguaje bíblico,
Guerrico los ordena de esta forma: “Él reparte a cada uno,
según quiere; a algunos el conocimiento de los misterios, a
otros la inteligencia de las Escrituras, a otros la interpretación
de las lenguas, a otros la discreción de los espíritus, a otros la
gracia tan necesaria para reconocer y juzgar según su valor
sobre las virtudes y los vicios, a fin de que los vicios no enga­
ñen so capa de virtud.”67

53. Ibid.
54. Heb. 11, 1; Ben. IV [25], 3 ss. Ver de Wilde, págs. 119-120.
55. Epif. III [13], 5.
56. Ibid.
57. Ibid., No 6. Para un estudio más amplio del concepto de conoci­
miento en Guerrico y su comparación con el de san Agustín y san Ber-
52 BEATO GUERRICO DE IGNY

Contemplación: sapientia

Feliz el hombre al que se le permite ir aún más allá y obte­


ner la sabiduría; Guerrico la define como sigue: “[...] La
sabiduría, es decir, el sabor y el gusto de las realidades eter­
nas para poder reposar y ver, y viendo gustar cuán suave es
el Señor; y si le es revelado por el Espíritu lo que ni el ojo
vio ni el oído oyó ni el corazón del hombre llegó a sospechar,
diré que este hombre ha sido magnífica y gloriosamente ilu­
minado, como quien contempla al descubierto la gloria del
Señor y sobre quien despunta a menudo la gloria del Señor.” °8
En él se cumple lo que el Espíritu proclama a través del pro­
feta, texto sobre el que Guerrico basa este sermón: “Leván­
tate, Jerusalén, resplandece, porque ha venido tu luz y la
gloria del Señor ha despuntado sobre ti.” ” No seremos incul­
pados si no se nos confiere este don, pero no habrá excusa
para el que no lo haya deseado. Aun cuando es un regalo, se
necesita cierta preparación de nuestra parte. Así como la luz
del conocimiento se aviva por medio de la lectura, siempre
que se la acompañe de esas buenas obras que constituyen jus­
ticia, así la luz de la sabiduría se enciende por medio de la
oración.80
La sabiduría es la culminación de una vida de fe y virtud.
Para el caso podemos citar a san Bernardo, si, como acabamos
de señalar, no nos ceñimos a una idea de sucesión cronoló­
gica estricta: “Con razón se hace proceder la sabiduría a la
fortaleza, siendo ésta como la base firme sobre la cual edifica
la sabiduría su casa.”01
Después de haber seguido a Guerrico hasta este punto, se­
ría superfino repetir que la sabiduría es iluminación. Guiller­
mo de Saint-Thierry se mantiene muy cerca de Orígenes en*58 61
60
59

nardo, ver de Wilde, págs. 122-130. Sobre la “lumiére de la science”,


ver también a Decabooter, art. cit, págs. 256-258, nota 227.
58. Ibid., Ní> 7.
59. Is. 60, 1.
60. Epif. III [13], 7.
61. San Bernardo, Super Cántico, 85, 9; Opera, II, pág. 313.
homilías litúrgicas 53

su exégesis del osculum oris sui, pero suele reemplazar illumi-


nari por sapere como palabra clave.83 Guerrico, por su parte,
cita el texto paulino, revelata faciem gloriam Domini specu-
lantes.™ Estas palabras suenan realmente fuertes aplicadas a
algo otorgado al hombre en esta vida. Aun así, Guerrico las
adopta siguiendo el lenguaje original de san Pablo, quien ha­
bla del conocimiento acordado a los cristianos que el Espíritu
transforma y libera, en contraste con la oscuridad de los judíos
incrédulos, que todavía seguían confiando en la ley. En san
Bernardo estas palabras significan a veces la visión beatífica,
pero cuando las emplea para expresar el conocimiento que el
hombre alcanza de Dios en esta vida, el abad de Claraval
juzga necesaria una explicación más completa que la elaborada
por Guerrico, o incluso por san Pablo.84 Volveremos a encon­
trar el texto en Guerrico, utilizado para describir la más su­
blime de las contemplaciones, con o sin la expresión revelata
facie:esi En el sermón de epifanía que venimos siguiendo, estas
palabras explican la función de la sabiduría.88
Es dable rastrear hasta Orígenes la asociación de los voca­
blos sabiduría y sabor,87 que tiene en realidad su fundamenta-
ción en algunos textos del Antiguo Testamento.88 Para los Pa-*
62. Guillermo de Saint - Thierry, Comentario al Cantar de los Cantares,
36; PC 6 (Azul, 1979), págs. 53-54.
63. 2 Cor. 3, 18: . .Con el rostro descubierto, reflejamos como en un
espejo la gloria del Señor...”
64. San Bernardo, De diversia 41, 11; BAC, I (Madrid, 1955), pág.
1050. Ver M. Standaert, Univ. Cathol. Lovan., etc., T. 14, fase. 4
(1947), págs. 105-107. Este autor ha estudiado el uso que Bernardo
hace de 2 Cor. 3, 18 con referencia al conocimiento de Dios, sea en
esta vida o en la venidera (por ejemplo. En la fiesta de san Víctor,
2, 4; Oficio de san Víctor; PL 183, 375C; 778D; Opera, III, pág. 506).
65. Purif. V [19], 6; Ss. Ped. y Pabl. III [46], 4.
66. Sobre las relaciones de la sabiduría con el intelecto y la voluntad
en san Agustín y san Bernardo, ver de Wilde, págs. 137-139. No siendo
un escolástico, Guerrico se interesa poco por las facultades, contrariamente
a santo Tomás, quien tratará de la sabiduría como una virtud intelectual
y como don del Espiritu Santo; Guerrico no se pregunta si ella reside en
el intelecto o bien si requiere una disposición de la voluntad. Ver ST.,
I-II, q. 57, a. 2; II-II, q. 45, a. 2.
67. Orígenes, Comentario sobre el Cantar de los Cantares, 3; PG 13,
151-152.
68. Prov. 9, 1-5; Sab. 24, 29.
54 BEATO GUERRICO DE IGNY

dies latinos que limitaron su atención a las palabras de su


propia lengua (sapere, sapor, sapientia), la conexión llegaría
a ser etimológica.89 Así, sabiduría, que para Guerrico es cla­
ramente iluminación, llega a ser también saporem et gustum
aeternorwn, esto es, amor y satisfacción del deseo en el orden
espiritual. A fin de comprender lo que esto significa para Gue­
rrico, debemos recordar que el abad conoce bien las enseñan­
zas de los Padres griegos, transmitidas por medio de san Gre­
gorio Magno: el deseo de Dios aumenta conjuntamente con la
70 Esto es lo que los griegos llaman
satisfacción de dicho deseo.69
epéktasis, nombre formado a partir del verbo al que recurre
san Pablo: “Me lanzo (epekteinómenos) hacia las cosas que
están delante de mí.”71 Guerrico expresa la misma idea en su
sermón del domingo de Ramos: “[...] Sáciate ahora, si es que
puedes saciarte del gozo inefable que de tal modo sacia el
deseo, que torna tu hambre más ávida y feliz.”72
De las palabras de Guerrico que acabamos de citar surge
claramente que la sabiduría es a la vez iluminación y satis­
facción del deseo: “La sabiduría, es decir, el sabor y el gusto
de las realidades eternas para poder reposar y ver, y viendo
gustar...”73 Guerrico tiene en común con sus contemporá­
69. San Isidoro de Sevilla, Etimologías, X, 240; PL 82, 392C; san
Bernardo, Super Cántico, 85, 8; Opera, II, pág. 312; BAC, II (Madrid,
1955), pág. 567; Guillermo de Saint - Thierry, De la naturaleza y dignidad
del alma, 28, PC 1 (Azul, 1976), págs. 131-132. Textos de Agustín y
Juan de Fécamp en J. Leclercq y J. Bonnes, op. cit. (nota 142), pág. 99,
nota 3. Ver el tratamiento dado al tema en Kereszty, art. cit., págs. 186-
189, donde se encontrarán citas y referencias adecuadas.
70. San Gregorio de Nisa, Comentario al Cantar de los Cantares, homi­
lía 6; PG 44, 885-888; Vita Moysis, II, 233; PG 44, 404A; Sources Chré-
tiennes, I bis, págs. 266-267. San Gregorio Magno, Homilías sobre el
Evangelio, hom. 36; BAC, 170 (Madrid, 1958), págs. 731 ss. Juan de
Fécamp, Confessio theologica, 3; op. cit., pág. 528 ss.; ed. J. Leclercq y
J. Bonnes, pág. 159. San Pedro Damián, Rhythmus de gloria Paradisi;
PL 145, 982C; sobre esta obra ver J. Leclercq, Cultura y vida cristiana,
Sígueme (Salamanca, 1965), págs. 79 ss. San Bernardo, Primer sermón
para todos los santos, 11; Opera, X, pág. 304; BAC, II (Madrid, 1955),
pág. 595. Guillermo de Saint - Thierry, Comentario al Cantar de los Can­
tares, 56; PC 6 (Azul, 1980), pág. 99.
71. Flp. 3, 13.
72. Ram. IV [32], 2.
73. Epif. III [13], 7.
homilías litúrgicas 55

neos la aproximación y aun la identificación aparente de la


sabiduría con el amor.’1 En otro pasaje, nuestro autor afirmaba
que el fuego que inflamó el pecho del anciano Simeón era
amor y sabiduría a la vez. Como corolario, el texto presenta
una interpretación, tomada de san Jerónimo, de Abisag, la su-
namita, aquella joven que calentó el cuerpo del anciano rey
David: “¡Oh incentivo del amor! [...] ¡Tortura que deleita
felizmente como fuego que refresca saludablemente! ¡Cuánto
más suave y saludablemente calentó este fuego a nuestro an­
ciano, que Abisag, la sunamita, al rey David! A menos que
por este fuego entendamos a la misma Abisag. Esto es, la sabi­
duría, con cuyo abrazo no sólo se reaniman los que están ate­
ridos, sino que reviven los muertos.”74
75
En el último sermón de pascua, el abad de Igny asocia, una
vez más, la imagen del calor dador de vida con la resurrec­
ción espiritual, el entendimiento (intellectus), la sabiduría
(sapientia) y la contemplación divina. Guerrico sigue aquí a
san Gregorio y un sermón atribuido a san Agustín que él co­
noció, y formula una interpretación espiritual del pasaje en
que Eliseo resucita al niño muerto. Parece claro que intellec­
tus debe tomar el lugar ocupado por scientia en los textos que
acabamos de estudiar. Al mismo tiempo encontramos una men­
ción de la charismata septiformis gratia. Esto no quiere decir
que nuestro autor posea una teología de los siete dones. Está
interesado principalmente en el par “ciencia (o entendimien­
to) y sabiduría”, al cual san Pablo y Orígenes dieron un lugar
propio en nuestra tradición espiritual. Guerrico nos recuerda
entonces que, cuando el profeta se echó sobre el jovencito,
éste bostezó siete veces y por último abrió los ojos. El calor
del cuerpo del profeta significa la primera comunicación del
Espíritu Santo dado por Cristo, el verdadero Eliseo. “Tanto
más clara y eficazmente aprovecha para la resurrección el que
comienza a bostezar frecuentemente por el deseo y cierta ham­
bre de justicia [...]; tal bostezo es esa distensión del afecto
74. San Bernardo, De divergís, 73, Opera, III, págs. 311; BAC, I
(Madrid, 1955), pág. 1099. Guillermo de Saint - Thierry, Comentario al
Cantar de los Cantares,.72; 136; PC 6 (Azul, 1979), págs. 79 y 142 s.
75. Purif. I [15], 2. Ver san Jerónimo, Carta 52, nn. 3 s.; PL 22, 528-
530. San Bruno, Carta 1, 7; Sources Chrétiennes, 88, pág. 72.
56 BEATO GUERRICO DE IGNY

para hacerlo capaz del Espíritu de vida, a fin de que después


de los otros cansinas de la gracia septifonne, infundido tam­
bién el espíritu de entendimiento y sabiduría, pueda abrir los
ojos para contemplar a Dios.”7“

Transformación en la Imagen

La teología de la luz presenta una elaboración aun mayor,


por parte de Guerrico, en sus enseñanzas sobre el “adviento
intermedio”. Es una idea que nuestro abad comparte con san
Bernardo y muchos otros autores; pero es interesante observar
cómo la desarrolla.
Cristo vino al mundo en la encarnación; debe volver para el
juicio... Pero para que su primera venida no sea en vano en
lo que a nosotros se refiere y a fin de no tener que volver con
ira, él viene a nosotros ahora.76
77 Esta venida no es menos oculta
que la primera. Tanto Bernardo como Guerrico hablan de ella
en términos tomados de Orígenes; tenemos conciencia única­
mente de la presencia del Señor, no de su venida o su partida.
“Sólo mientras está presente es luz del alma y de la inteli­
gencia, pues mediante esa luz se conoce lo invisible y se com­
prende lo ininteligible.”7879La iluminación del adviento inter­
medio culmina realmente en amor: “[...] Cuando Dios-Amor
penetra en el alma que ama, cuando el Esposo abraza a la
esposa en la unidad del Espíritu.”70 Las palabras que encon­
tramos a continuación explican lo que Guerrico entiende por
transformación en la imagen de Dios. Es la capacidad más
elevada dada al hombre en la vida presente; es una cierta vi­
sión: “Ella [la esposa, el alma] es transformada en esa misma
imagen por la que contempla como en un espejo la gloria del

76. Resurr. III [35], 5. Ver de Wilde, pág. 126 s. Sobre la sabiduría y
la contemplación como término normal del progreso en la vida monástica,
ver A. Decabooter, art. cit. (nota 227), pág. 258 s.
77. Adv. II [2], 3.
78. Ibid. No 4. Sobre las idas y venidas imperceptibles del Señor, ver
san Bernardo, Super Cántica, 74, 5; Opera, II, pág. 242; BAC, II (Madrid,
1955), pág. 497; Orígenes, Homilías sobre el Cantar de los Cantares, 1,
7; Sources Chrétiennes, 37, pág. 75.
79. Adv. II [2], 4.
homilías litúrgicas 57

Señor.”so Aparentemente, el abad de Igny se apoyó en la auto­


ridad de san Agustín para este uso del texto paulino; el obispo
de Hipona afirmaba que un espejo muestra la imagen de la
realidad, y nada más; se sigue que el propósito de la imagen
de Dios en nosotros fuera capacitarnos para recibir una visión
suya semejante a la que reproduce un espejo?1 Entre las dis­
tintas exposiciones de san Bernardo sobre la imagen de Dios
en el hombre, hay una muy cercana a este concepto agusti-
niano, tal como se lo encuentra en Guerrico: la imagen cumple
la finalidad de un medio para el conocimiento de Dios.82 Las
nociones de imagen y espejo nos obligan a tomar en conside­
ración las enseñanzas de Guerrico sobre el conocimiento de
Dios, tal como las impartió en el tercer sermón de la fiesta de
san Pedro y san Pablo. Nuestro autor comenta el texto del
Cantar: “Hasta que despunte el día y huyan las sombras.”88
La “sombra” es el medio del conocimiento mental ordinario,
que los escolásticos llamarán [Link] Se dice de estas som­
bras “que nacen en nuestro espíritu como en cierto espejo de
otras realidades.”86 Porque “el alma, en efecto, forma para sí
la sombra del objeto en que piensa.”8081Pero el medio (la som­
86
85
84
83
82
bra) representará unas veces la realidad material y mundana,

80. Ibid.
81. San Agustín, De Trinitate, I, 15, 14; BAC, V (Madrid, 1948),
pág. 155.
82. San Bernardo, De Diversis, 9, 2; Opera, I, págs. J56 s.; BAC, I
(Madrid, 1955), pág. 922. Ver Super Cántica, 24, 5; Opera, I, págs. 156
s.; BAC, II (Madrid, 1955), págs. 166; De diligencio Deo, 6; Opera, III,
págs. 123 s. La evolución de la doctrina de san Bernardo sobre la imagen
de Dios ha sido estudiada y coordinada por M. Standaert, op. cit. (nota
142); ver especialmente págs. 75; 80 y 93. Para las' enseñanzas de Gui­
llermo de Saint - Thierry sobre la “semejanza” como la perfección de la
“imagen” de Dios en nosotros, que nos capacita para conocerlo, ver Odo
Brooke, “Faith and Mystical Experience in William of Saint-Thierry”,
Downside Review, 82 (1964), págs. 92-103, especialmente pág. 98.
83. Cant. 4, 6. Para la doctrina de Guerrico sobre la “sombra”, ver de
Wilde, págs. 141-146.
84. Para la psicología del conocimiento sensible por medio de las spe-
cies, ver Guillermo de Saint - Thierry, Comentario al Cantar de los Can­
tares, 94; PC 6 (Azul, 1979), págs. 105-108.
85. Ss. Ped. y Pabl. III [46], 3.
86. Ibid.
58 BEATO GUERRICO DE IGNY

otras la divina. Nuestra idea de Dios es poco digna de con­


fianza. En verdad, no es ni siquiera una sombra del mismo
Dios, sino un sustituto, a menos que el día irrumpa en nos­
otros. “La sombra de las realidades divinas es muy incierta,
cualquiera sea la penetración adquirida por el pensamiento,
mejor dicho, no es la sombra del objeto mismo, sino otra en
lugar suyo, excepto cuando aparece el día.”87 Aun con esta
gracia especial no vemos más que una sombra. Contemplar el
rostro de la Verdad misma nunca será posible para estos ojos
corporales, ni en esta vida presente. Por eso volvemos a la
imagen y al espejo del sermón de adviento: “Si bien es lumi­
nosa, si bien es gloriosa, con todo es sombra, como cuando
sobre la superficie tersa y brillante de un espejo se refleja la
imagen luminosa de un objeto en extremo resplandeciente.”88
Guerrico prosigue citando a san Pablo: “Ahora vemos en un
espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara.”8990
Pero si vamos a mirar a través de un espejo, dos cosas son ne­
cesarias: primero, su superficie debe estar limpia de toda ima­
gen y sombra corporales. Luego el que mora en la luz inac­
cesible debe volverse y tener a bien mostrarse por medio de
la sombra de la imagen." Sin embargo, este conocimiento a
través de la imagen es una luz resplandeciente en aquel cuyo
espejo interior se encuentra limpio. Guerrico aplica este con­
cepto al mismo texto paulino que inspiró uno de sus primeros
sermones: “Todos nosotros, contemplando como en un espejo
la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen,
de claridad en claridad, como por el Espíritu del Señor.”91
Aun cuando la expresión revelata facie de san Pablo se en­
cuentre omitida en este caso, el texto es suficientemente lla­
mativo como conclusión de la reflexión sobre nuestro conoci­
miento de Dios en esta vida.
Lo que acabamos de leer sobre el medio del conocimiento
en el segundo sermón de adviento y en el tercero de san Pedro
y san Pablo corresponde a la enseñanza de Guillermo de Saint-
87. Ibid.
88. Ibid.
89. I Cor. 13, 12.
90. Ss. Ped. y Pabl. III [46], 3.
91. Ibid.
homilías litúrgicas 59

Thierry sobre imago, speculum o aenigma, siempre necesarios


en esta vida.02 Sin embargo, hablando en alguna parte del
Esposo y la esposa separados uno del otro solamente por la
pared de la mortalidad, Guillermo' emplea palabras que bien
podrían ser tomadas como paráfrasis del texto de Pablo ya ci­
tado: “A cara descubierta, contemplando la gloria del Se­
ñor ...” “Más allá del espejo y el enigma —dice Guillermo— se
muestra, en cierto modo, tal cual es en sí mismo.”83
Este tratamiento del espejo y la imagen recuerda un pasaje
de la obra de san Agustín, De Trinitate. El sermón sobre la
“sombra” trae reminiscencias de ciertos fragmentos del tercer
libro del Comentario sobre el Cantar de los Cantares de Orí­
genes. El doctor alejandrino no emplea la palabra en el sen­
tido de medio psicológico de conocimiento —como lo hace
Guerrico—, sino en conexión con el uso que similarmente ha
dado al “espejo” de 1 Cor. 13, 12. Hemos estado primero bajo
la sombra de la ley y luego bajo' la de Cristo. Aun la sombra
de Cristo es conocimiento imperfecto y apunta a un consuma­
ción. “Así que después de esto, si pasamos a través de este
camino que es Cristo, podemos llegar a ver cara a cara a quien
hemos visto previamente, como si dijéramos, en una sombra o
un enigma.”64 El tiempo de la sombra terminará con el mun­
do: “Después de la consumación del mundo, entonces veremos
la Verdad, no a través de un espejo o un enigma, sino cara a
cara.”63
Debemos considerar una última y muy significativa expre­
sión de Guerrico extraída del quinto sermón de la purifica­
ción: “[...] Aquello que rara vez y a muy contados se con­
cede contemplar como en espejo y en enigma, esto es, el poder
comparecer en Jerusalén ante el Señor.”83 Se trata de un inter­
medio entre fe y visión, como aparece claro en el párrafo inme­
diato: “[...] Progresando desde la visión por la fe hasta aque-92
96
95
94
93

92. Guillermo de Saint - Thierry, Comentario al Cantar de los Cantares,


21-23; PC 6 (Azul, 1979), pág. 37-42.
93. Ibid., 154; págs. 161-162.
94. Orígenes, Comentario al Cantar de los Cantares, 3; PG 13, 153BC.
95. Ibid., 154A.
96. Purif. V [19], 6. >
60 BEATO GUERRICO DE IGNY

lia otra por espejo y enigma, por último ascenderéis desde la


contemplación en imagen y figura a la contemplación real del
objeto, es decir, cara a cara.”07 Una vez más, por medio de la
imagen y el espejo, se nos dice que contemplamos la gloria de
Dios, todavía no “cara a cara”, pero ya a cara descubierta. Por
la fe, Dios está velado; por la contemplación se descorre el
velo de su rostro. Aquí vemos las tres etapas: “Si, pues, procu­
ráis llevar constantemente en vosotros la presencia del Señor
por la fe, aunque sea velada, algún día os será concedido tam­
bién llegar a contemplar a cara descubierta la gloria del Se­
ñor, aunque sea a través de espejos y enigmas. Mas una vez
transcurridos los días de la purificación, llegará lo más per­
fecto: poder estar muy cerca del Señor en Jerusalén, vivir en
su compañía y contemplarlo cara a cara por toda la eternidad.
A él sea la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos.”97
98

John Morson (f), o.c.s.o.,


Hilary Costello, o.c.s.o.
monjes de Mount Saint
Bernard

97. Ibid.
98. Ibid.
Homilías

para las Fiestas

Litúrgica s
60 BEATO GUERRICO DE IGNY

lia otra por espejo y enigma, por último ascenderéis desde la


contemplación en imagen y figura a la contemplación real del
objeto, es decir, cara a cara.”07 Una vez más, por medio de la
imagen y el espej'o, se nos dice que contemplamos la gloria de
Dios, todavía no “cara a cara”, pero ya a cara descubierta. Por
la fe, Dios está velado; por la contemplación se descorre el
velo de su rostro. Aquí vemos las tres etapas: “Si, pues, procu­
ráis llevar constantemente en vosotros la presencia del Señor
por la fe, aunque sea velada, algún día os será concedido tam­
bién llegar a contemplar a cara descubierta la gloria del Se­
ñor, aunque sea a través de espejos y enigmas. Mas una vez
transcurridos los días de la purificación, llegará lo más per­
fecto: poder estar muy cerca del Señor en Jerusalén, vivir en
su compañía y contemplarlo cara a cara por toda la eternidad.
A él sea la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos.”97
98

John Morson (t), o.c.s.o.,


Hilary Costello, o.c.s.o.
monjes de Mount Saint
Bernard

97. Ibid.
98. Ibid.
Ho millas

para las Fiestas

Litúrgicas
En cumplimiento de sus deberes de padre,
para lo que tan indigno se consideraba,
el bienaventurado abad Guerrico de Igny predicó
y luego recopiló los siguientes sermones,
a fin de procurar la edificación de sus hijos, los
monjes que con él se reunían en la sala
capitular del monasterio, con ocasión de los
diversos misterios del año litúrgico.
SERMON 1

Adviento i:
De la esperanza en las promesas divinas

STAMOS aguardando al Salvador.'

La feliz esperanza de los justos

En verdad, la espera de los justos es alegría, porque


esperan la bienaventurada esperanza y la venida de gloria
de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo* Y ahora, ¿cuál
es mi esperanza?, dice el justo. ¿No es acaso el Señor?* Y
volviéndose al Señor agrega: Sé que no quedará burlada mi
esperanza;12345porque en ti está todo mi bien,6 puesto que nues­
tra naturaleza asumida por ti y ofrecida por causa nuestra ya
ha sido glorificada en tu persona, dándonos la esperanza de
que toda carne vendrá a ti* y que los miembros seguirán a
su cabeza para que nada falte al holocausto.

La esperanza del monje sinceramente convertido

Sin embargo, con una confianza aun mayor, pues cuenta


con una conciencia más tranquila, puede aguardar al Señor
quien ha recibido la gracia de decir: El patrimonio de mi
pequeña heredad, Señor, lo he puesto en tus manos, porque
1. Fil. 3,20.
2. Tit. 2,13.
3. Sal 38,8
4. Sal. 118,116.
5. Sal.. 38,8.
6. Sal. 64,3.
66 BEATO GUERRICO DE IGNY

al darte mis bienes o al despreciarlos por amor de ti, he jun­


tado un tesoro en el cielo. Puse a tus pies todas mis cosas,
porque sé que eres poderoso no sólo para conservar mi depó­
sito,’ sinn' también para centuplicarlo y darme además la vida
eterna. Dichosos vosotros^ pobres de espíritu, que según el
consejo del Consejero admirable juntáis para vosotros tesoros
en el cíelo, temiendo que, si tales tesoros permanecieran en la
tierra, junto con ellos se corromperían vuestros corazones.
Porque donde está tu tesoro, dice el Señor, está tu corazón.’
Por lo tanto' sigan, sigan vuestros corazones en pos de sus teso­
ros, el pensamiento permanezca fijo en lo alto y la esperanza
puesta en el Señor, para que podáis también decir con el
Apóstol: Nuestra ciudadanía está en el cielo y de allí aguar­
damos al Salvador.6

La esperanza universal saluda la venida de Cristo

¡Oh esperanza de las naciones! No quedarán defraudados


todos los que en ti esperan.16 Te aguardaron nuestros padres;
todos los justos desde el comienzo del mundo esperaron en ti
y no fueron defraudados.11 Ya cuando tu misericordia fue reci­
bida en medio de tu templo,7 1213
11
8910coros jubilosos cantaron tus ala­
14
banzas: Bendito el que viene en nombre del Señor.15 Con an­
sia suma aguardé al Señor y él inclinó su oído bacía mí.11 Y,
reconociendo en la humildad de la carne la majestad divina,
prorrumpen: Verdaderamente éste es nuestro Dios, lo hemos
esperado y él nos salvará. Este es el Señor, pacientemente lo
hemos esperado; exultaremos y nos regocijaremos en la salva­
ción que viene de él.16

7. 2 Tim. 1,12.
8. Mt. 6,20-21.
9. Fil. 3,20.
10. Gén. 49,10; Sal. 24,3.
11. Sal. 21,5-6.
12. Sal. 47,10.
13. Mt 21,9.
14. Sal. 39,2.
15. Is. 25,9.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 67

La Iglesia espera ahora toda la plenitud de la salvación

2. Así como la Iglesia en los antiguos justos esperó la pri­


mera venida, de igual modo espera la segunda en los justos
de la Nueva Alianza. Así como en la primera estaba segura de
la eficacia de la redención, está igualmente segura de que la
segunda traerá el premio remunerador, de suerte que, tenien­
do por caducas las cosas terrenas, anhela feliz y ardientemente
las eternas. Mientras algunos, haciendo caso omiso del consejo
del Señor, corren presurosos a enriquecerse con los bienes de
este mundo, el hombre dichoso cuya esperanza está fijada en el
nombre del Señor y que no volvió los ojos a las vanidades ni
a las necedades engañosas,'11 se mantiene apartado de sus ca­
minos como quien evita las inmundicias,” sabiendo que es me­
jor ser humillado con los mansos que compartir los despojos
1819
con los soberbios,16
17 y hablando consigo mismo se consuela con
estas palabras: Mi porción es el Señor, dice mi alma, por eso
en él esperaré. Bueno es el Señor para el que en él espera,
para el alma que lo busca. Bueno es esperar en silencio la sal­
vación del Señor.10 Mi alma desfallece suspirando por la salva­
ción que viene de ti, Señor, mas espero firmemente en tu pa­
labra.20

La esperanza es para el alma fiel tiempo de conversión

En efecto, una espera prolongada —como está escrito— afli­


ge al alma;21 pero si bien se fatiga por la dilación del deseo,
descansa tranquila confiando en la promesa. Esperando en
Dios, más aún, esperando con gran ansiedad, añadiré esperan­
za a la esperanza, como sin cesar se añade tribulación a la
tribulación y demora a la demora. Porque estoy seguro que él
aparecerá al fin y no nos defraudará. Por eso, aun si se demo­
ra, lo esperaré, porque ciertamente vendrá y no tardará22 más
16. Sal. 39,5.
17. Sab. 2,16.
18. Prov. 16,19.
19. Tren. 3,24-26.
20. Sal. 118,81.
21. Prov. 13,12.
22. Hab. 2,3.
68 BEATO GUERRICO DE IGNY

allá del tiempo prefijado y oportuno. ¿Cuándo será este tiem­


po oportuno? Cuando se haya completado el número de nues­
tros hermanos,23 una vez finalizado el tiempo de la misericor­
dia concedido para el arrepentimiento. Escucha cómo Isaías,
admitido con frecuencia a sondear los designios divinos, ex­
plica con qué designio el Señor difiere el juicio: Aguardará el
Señor para hacer misericordia, y así se levantará para compa­
deceros, porque Dios de equidad es el Señor; dichosos todos
los que en él esperan.2*
3. Por eso, si eres inteligente, buscarás cómo emplear la tre­
gua en esta dilación. Si eres pecador, ella se te da para que
hagas penitencia y no para que vivas en la negligencia; si
eres santo, para que adelantes en santidad, no para que desfa­
llezcas en la fe. Porque si el siervo malo dijera en su corazón:
“Mi amo demora en venir”, y empieza a maltratar a sus con­
siervos, y a comer y a beber con los borrachos, vendrá el amo
de tal siervo en el día que no espera y que ignora, y lo sepa­
rará y le señalará su suerte entre los hipócritas; allí será el
llanto y el rechinar de dientes.2526Este lenguaje del siervo malo
e infiel parece ser aquel lenguaje lleno de tedio y desespera­
ción que leemos en Isaías cuando, al demorarse el Señor, los
incrédulos y aduladores insultan a los mensajeros que él les
envía repetidas veces: Manda, vuelve a mandar; manda, vuel­
ve a mandar; espera, vuelve a esperar; espera, vuelve a espe­
rar; un poquito aquí, otro poquito allí.
Pero el profeta no pasa en silencio la pena que alcanzará
a tales miserables, pues más abajo agrega: He aquí cuál será
la palabra del Señor para ello, o sea, para quienes se burlaban
diciendo a los profetas: Manda, vuelve a mandar; manda, vuel­
ve a mandar; espera, vuelve a esperar; espera, vuelve a espe­
rar; un poquito aquí, otro poquito allí, de suerte que vayan
y caigan hacia atrás y se quiebren, sean apresados en los lazos
y capturados.2" Van hacia atrás por la apostasía, caen come­
tiendo graves delitos, son apresados en los lazos cuando se
deleitan en placeres mortíferos o en una necesidad casi ine­
23. Apoc. 6,11.
24. Is 30,18.
25. Mt. 24,48-51.
26. Is. 28,10-13.
homilías litúrgicas 69

ludible de pecar, de modo que no pueden ni quieren arrepen­


tirse. Son capturados por una muerte imprevista y quebranta­
dos por la condenación eterna. En efecto, el hombre no conoce
el anzuelo y las aves con el lazo, del mismo modo los hombres
su fin, dice Salomón, sino que, como los peces se prenden con
son sorprendidos por la adversidad que los sobrecoge de re­
pente.2728
29
Por eso, para que la demora impuesta a la esperanza no en­
fríe nuestra fe ni haga vacilar nuestra paciencia, y comence­
mos a ser entonces de aquellos que creen por un tiempo, mas
al venir la tentación vuelven atrás,23 nos da la voz de alerta
desde el cielo el que da la fe y, después de haberla dado, la
prueba, y después de haberla probado, la corona: El que cree
no se apresure22 por ver el objeto de su fe. Pues si esperamos
lo que no vemos, lo esperamos por la paciencia.30 Y el Señor
por medio del profeta Oseas dice a su Esposa con quien se
desposó por la fe: Me esperarás durante muchos días, no co­
meterás adulterio ni tendrás trato con ningún hombre.31 Esto
es verdaderamente aguardar al Señor: conservarle nuestra fe
y, a pesar de carecer del consuelo de su presencia, no seguir
al adúltero, antes bien estar pendientes de su regreso. Así nos
lo dice el Señor por el mismo profeta: El pueblo estará pen­
diente de mi regreso.32 Se dice bellamente y con toda propie­
dad que estará pendiente como entre el cielo y la tierra, por­
que aun cuando no le sea dado todavía disfrutar las cosas del
cielo, rehúsa tocar las terrenas; y si alguna vez las toca, no lo
hace sino con la punta de los pies, esto es, con las partes infe­
riores del alma, por causa de la necesidad de nuestra natura­
leza corruptible a la cual nos vemos precisados a servir mien­
tras la creatura esté, contra su voluntad, sujeta a la vanidad.33
Dice el adagio: Mal espera el que está pendiente. Pero yo
digo: Felizmente espera el que está pendiente del Señor.

27. Ecle. 9,12.


28. Le. 8,13.
29. Is. 28,16.
30. Rom. 8,25.
31. Os. 3,3.
32. Os. 11,9.
33. Rom. 8,20.
70 BEATO GUERRICO DE IGNY

Por eso mi alma ha elegido ese estar pendiente, y mis huesos,


la muerte 34 en ese estar pendiente. Ojalá merezca permanecer
pendiente de esta cruz hasta morir en ella.

Siguiendo a Cristo, la esperanza alcanza al fin el objeto déla fe

4. Señor Jesús, cuando libremente ibas a dar tu vida y de­


pendía de tu arbitrio el género de muerte que realizaría este
don, tu alma eligió estar pendiente, para que siendo elevado
sobre la tierra nos atrajeses hacia ti3536 y nos enseñases a estar
38
37
pendientes por encima de las cosas de la tierra. Y no permi­
tiste ser bajado de la cruz antes de la muerte para que también
nosotros perseveremos en ella hasta la muerte, y desde ella,
como de un elevado escabel, nos sea más fácil remontamos al
cielo. Gracias a ti, Señor Jesús, allí estamos, allí te esperamos.
No esperamos a Elias para que venga a bajamos, sino a Eli,
es decir, a nuestro Señor, para que nos lleve consigo. Un poqui­
to aquí, otro poquito allí, si tú lo mandas y vuelves a mandar.
Yo ciertamente una vez para siempre he creído en tus manda­
mientos, pero ayuda mi incredulidad,30 para que, permanecien­
do allí inmóvil, te espere y te espere de nuevo hasta lograr ver
al fin lo que creo. Pues espero ver los bienes del Señor en la
tierra de los vivientes.31

Jesús parece tardar, pero ya ha llegado para quien lo espera en el amor

¿Lo crees también tú? Entonces espera en el Señor, sé va­


liente, ten ánimo, espera en el Señor.™ ¡Ay de aquellos que
perdieron la paciencia y se fueron por caminos malosl39 ¿Qué
responderán cuando el Señor les pida cuentas de sus obras?
Porque quien manda que se lo espere con mucha paciencia, en
otra parte promete que vendrá pronto. A veces nos educa para
la paciencia, otras, reconforta a los pusilánimes, aterra a los

34. Job. 7,15.


35. Jn. 12,32.
36. Me. 9,3.
37. Sal. 26,13.
38. Sal. 26,14.
39. Ecli. 2,16.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 71

negligentes y estimula a los perezosos. Mirad que vengo pron­


to y traigo conmigo mi galardón para dar a cada uno según
sus obras.1'1 Y dice a Jerusalén: Pronto llega tu salvación;
¿por qué te abandonas a la tristeza?40 43En verdad, el tiempo
4142
es breve,12 especialmente para cada uno de nosotros, aunque
parezca largo al que se consume, sea por la pena, sea por
el amor. Por eso ambas cosas son necesarias: temer al juez
que está próximo y, tal vez para mí, tal vez para ti, está a
la puerta;13 y si tarda, esperarlo con paciencia.
Vendrá, vendrá ciertamente44 este Señor, objeto de nues­
tro' amor y de nuestro deseo, reposo y recompensa de los que
se fatigan, ternura y abrazo de los que aman, felicidad de
todos, Jesucristo, nuestro Salvador, que vive y reina por los
siglos de los siglos. Amén.

40. Apoc. 22,12.


41. Miq. 4,9.
42. 1 Cor. 7,29.
43. Mt. 24,33.
44. Hab. 2,3.
SERMON 2

Adviento ii:
De la manera de salir al encuentro de Cristo

IRAD que viene el Rey; salgamos al encuentro de nues­


tro Salvador.

Cristo se nos entrega en el anuncio de su venida

Bien dice Salomón: Agua fresca para el alma sedienta es


el mensajero de una buena noticia que viene de una tierra
lejana.1 Buen mensajero por cierto el que anuncia la llegada
del Salvador, la reconciliación del mundo, los bienes del si­
glo venidero. ¡Qué hermoso son los pasos de los que anun­
cian la paz, los que anuncian buenas nuevas!1234En efecto, no
es uno solo el mensajero, son muchos, pero animados por un
único espíritu, toda una larga serie de mensajeros que desde
el comienzo del mundo llegaron hasta nosotros; y no tuvie­
ron sino una sola voz, un solo mensaje: Él viene; he aquí que
viene2 ¿Y de dónde vinieron tales mensajeros? Como está
escrito: de una tierra lejana, es decir de la tierra de los vi­
vientes* que una gran distancia separa de esta tierra de los
que mueren, pues entre nosotros y ellos media un abismo
insondable.5
De allí, a manera de ángeles, nos fueron enviados los pro­
fetas. Estos, si bien con el cuerpo peregrinaban en la tierra,
cuando debían ser enviados eran arrebatados en espíritu a
lo alto para escuchar y ver allí lo que debían anunciar aquí.

1. Prov. 25,25.
2. Is. 52,7.
3. Ez. 39,8.
4. Sal. 26,13.
5. Le. 16,26.
HOMILÍAS LITURGICAS 73

Tales mensajeros son un agua refrescante y una bebida de


sabiduría saludable para el alma sedienta de Dios. En verdad
quien le comunica la venida del Salvador o cualquier otro
de sus misterios, 1c da a beber de las aguas que, para ella,
él ha tomado con alegría de las fuentes del Salvador,’1 hasta
poder responder al mensajero —sea Isaías o cualquier otro
de los profetas— las palabras de Isabel al encontrarse llena
del mismo Espíritu: ¿De dónde a mí que mi Señor venga a
mí?; porque tan pronto como la voz de tu mensaje llegó a
mis oídos, mi espíritu saltó de gozo 67 en mi corazón, anhelan­
do salir al encuentro de Dios mi Salvador.

Debemos salir al encuentro de Cristo con alegría de corazón...

2. En verdad, hermanos, con gozo espiritual hemos de salir


al encuentro de Cristo que viene. Ya desde ahora hemos de
saludarlo de lejos, o, más bien, devolver el saludo a quien
manda saludos a Jacob.89 No te avergüences de saludar al
amigo," dice el sabio; cuánto menos de devolverle el saludo.
¡Oh salvación de mi rostro y Dios mío!1011Qué gran condes­
cendencia el haber saludado a tus siervos, pero cuánto mayor
que los hayas salvado. No habría habido para nosotros sal­
vación si tú mismo no nos hubieras mandado saludos, si no
nos hubieras dado la salvación.
Pero tú nos la diste, no sólo saludándonos mediante pala­
bras de paz, y después con el beso de paz, es decir, unién­
dote a nuestra carne, sino también obrando nuestra salvación
mediante tu muerte en la cruz.
Levántese nuestro espíritu rebosante de gozo, salga al en­
cuentro de su Salvador; de lejos adore y salude al que viene,
aclámelo y diga: Señor, sálvame, Señor, concédeme un prós­
pero suceso. Bendito tú que vendrás en nombre del Señor."

6. Is. 12,3.
7. Le. 1,43-44.
8. Sal. 43,5.
9. Ecli. 22,31.
10. Cf. Sal. 42,5.
11. Sal. 117,25-26.
74 BEATO GUERRICO DE IGNY

Salve a ti que vienes a salvarnos, bendito tú que vienes a


bendecirnos. Por tanto, concédenos un próspero suceso, Se­
ñor, tú que vienes a dar prosperidad y salvación al género
humano; camina, avanza prósperamente y reina.12 Que el Pa­
dre Dios de nuestra salvación1314te conceda un camino prós­
pero. Prosperará, dice, en aquellas cosas a las que yo lo en­
vié,11 no según los deseos de los hombres carnales ni según
la voluntad de Pedro a quien horrorizaba que el Señor pade­
18Y cuanto él haga prosperará."1 No conforme a los de­
ciera.1516
17
seos instintivos de los hombres, sino para su verdadera sal­
vación.

... Y con el deseo ardiente de llegar a verlo

Sin duda, vana es la salvación que se espera del hombre,'1


mientras que la salvación viene del Señor,1“ quien la llevó a
cabo por medio de su sangre al derramarla como precio de
nuestro rescate y dándonosla como bebida. Ven, Señor, sálva­
me y seré salvo,19 ven, muéstrenos tu rostro y seremos sal­
vos.2“ Hemos esperado en ti, sé nuestra salvación en el tiem­
po de la tribulación.21
Así los profetas y los justos salían al encuentro de Cristo
con tal deseo, con tan grande afecto, que anhelaban —de ha­
ber sido posible— ver con los ojos corporales lo que veían
con el espíritu. Razón tenía el Señor para decir a sus discí­
pulos: Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis;
os aseguro que muchos profetas y justos quisieron ver lo que
vosotros veis y no lo vieron.22 Nuestro padre Abrahán exultó

12. Sal. 44,5.


13. Sal. 67,20.
14. Is. 55,11.
15. Mt. 17,22.
16. Sal. 1,3.
17. Sal. 113,13.
18. Sal. 3,9.
19. Jer. 17,14.
20. Sal. 79,4.
21. Is. 33,12.
22. Le. 10,23-24.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 75

deseando ver el día de Cristo. Lo vio, pero desde el seno de


la tierra, y se regocijó en extremo.23 Deberíamos avergonzar­
nos por la tibieza de nuestro corazón si no aguardáramos en
la alegría espiritual el día aniversario del nacimiento de Cris­
to que, con el favor divino, pronto' hemos de celebrar.

La Escritura es la fuente de esa alegría y de ese deseo

3. La Escritura parece exigirnos una alegría tal que el es­


píritu, elevándose por encima de sí mismo,2425 27ansíe salir al
26
encuentro de Cristo que viene, y, adelantándose con el deseo,
se esfuerce en ver, impaciente por la tardanza, los aconteci­
mientos futuros.
Pienso que se refieren no sólo a la segunda venida, sino
también a la primera, los numerosos pasajes de la Escritura
que nos exhortan a salir a su encuentro. De qué manera,
me preguntarás. Sencillamente: así como en la segunda ve­
nida saldremos a su encuentro con el movimiento y exulta­
ción del cuerpo1, así también en la primera hemos de salir
con regocijo y afecto del corazón. Sabéis que, según enseña
el Apóstol, en la resurrección, después de haber sido reves­
tidos de cuerpos nuevos, seremos arrebatados sobre las nubes
al encuentro de Cristo en los aires y así estaremos siempre
con el Señor.23
Tampoco al presente —si no somos perezosos o estamos de­
masiado apegados a las cosas terrenas— faltan nubes que ele­
ven nuestros espíritus hacia las regiones más altas; y enton­
ces podremos estar siempre con el Señor, o por lo menos me­
dia hora.20 Si no me engaño, vuestra experiencia sabe muy
bien de lo que estoy hablando: cuando en otro tiempo las
nubes hicieron oír su voz,21 es decir, resonaron en la Iglesia
las voces de los profetas y de los apóstoles, vuestros espíritus
como llevados por las nubes se elevaron hacia aquellas altu­

23. Jn. 8,56.


24. Tren. 3,28.
25. 1 Tes. 4,16.
26. Apoc. 8,1.
27. Sal. 76,18.
76 BEATO GUEBRICO DE IGNY

ras sublimes. Y algunas veces fueron arrebatados hasta con­


templar, aunque sólo fuera un poquito, la gloria del Señor.38
Entonces, si no me equivoco, vosotros habéis conocido cuán
verdadera es aquella palabra que el Señor hizo llover de esa
nube y por la que él nos proporciona cada día un medio de
elevarnos: El sacrificio de alabanza, ése me honra, y ese es
el camino por el cual le mostraré la salvación de Dios.2"

La venida de Cristo a lo íntimo del hombre

De aquí que el Señor antes de su advenimiento venga a


nosotros, y que antes de este advenimiento para el mundo en­
tero haya venido a tratar íntima y familiarmente con vos­
otros. Ño os dejaré huérfanos, dijo, me voy y volveré a
vosotros.™ En realidad esta venida del Señor que media en­
tre la primera y la última será para nosotros de mayor o me­
nor eficacia, según el mérito y la diligencia de cada uno: nos
dispone para la primera venida y nos prepara para la última.
Con este fin ahora viene a nosotros para que su primera ve­
nida no nos resulte estéril ni en la última se vea precisado a
mostrarse airado contra nosotros. En esta venida procura re­
formar nuestro espíritu lleno de orgullo conformándolo a los
sentimientos de humildad de que nos dio ejemplo en la pri­
mera venida, para así transformar el cuerpo de nuestra hu­
milde condición y hacerlo conforme al suyo glorioso28 3132que
30
29
manifestará después cuando vuelva por segunda vez.
Hemos de desear intensamente y anhelar con amor esta
venida familiar e íntima, que nos comunica la gracia de la
primera venida y nos promete la gloria de la última. Porque
Dios ama la misericordia y la verdad, el Señor dará la gracia
y la gloria™ por su misericordia da la gracia más allá de todo
mérito, por su verdad otorga la gloria [debida a esa gracia].

28. 2 Cor. 3,18.


29. Sal. 49,23.
30. Jn. 14,18.
31. Fil . 3,21.
32. Sal. 83,12.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 77

Venida oculta, pero admirable


4. Además por su lugar en el tiempo y por analogía de
semejanza, esta venida espiritual se sitúa entre las dos veni­
das corporales, y a modo de intermediario participa de am­
bas. En efecto, la primera es humilde y oculta, la última será
manifiesta y admirable; ésta es oculta, pero admirable.
Con razón se dice oculta, no porque la ignore aquel a quien
visita, sino más bien porque acontece secretamente. Por lo
cual aquella alma gloriosa, gloriándose, se dice a sí misma:
36Pero aquel a
Mi secreto es para mí, mi secreto es para mí.3334
35
quien el Señor visita, no puede verlo antes de poseerlo, cum­
pliéndose lo que el santo Job declaraba de sí mismo: Sí viene
a mí, yo no lo veo; si se retira, no lo conozco3* No se lo ve
venir, ni se conoce cuándo se retira; sólo mientras está pre­
sente es luz del alma y de la inteligencia, mediante la cual
se conoce lo invisible y se comprende lo ininteligible.
Por lo demás, cuán admirable sea esta venida del Señor
aunque oculta, cuán suave y agradable sorpresa causará y
cómo arrebatará al alma que lo contempla, cómo todos los
huesos del hombre interior exclamarán: Señor, ¿quién es se­
mejante a ti?,33 esto lo saben quienes lo han experimentado
y ojalá lo deseen experimentar también quienes lo han hecho,
con tal de que no> sea una curiosidad temeraria lo que los
induzca a escrutar la majestad, a riesgo de ser ofuscados con
su gloria,38 sino más bien que un amor lleno de respeto los
haga suspirar por el Amado para ser acogidos por la gracia.
Pues el Señor acoge a los humildes y abate hasta el suelo a
los pecadores;37 resiste a los soberbios y da su gracia a los
humildes.33

Con esta secreta venida, Jesús nos transforma según la imagen de su gloria
Siendo, pues, la primera venida de gracia y la segunda
de gloria, ésta es a un tiempo de gracia y de gloria, en cuan­
33. Is. 24,16.
34. Job. 9,11.
35. Sal. 34,10.
36. Prov. 25,27.
37. Sal. 146,6.
38. Sant. 4,6; cf. Prov. 3,34.
78 BEATO GUERRICO DE IGNY

to que, por la gracia que nos consuela, nos procura como


un anticipo de la gloria futura. Así como en la primera ve­
nida el Dios de majestad se mostró despreciable y en la últi­
ma aparecerá temible, en esta venida intermedia aparece
admirable y amable; de suerte que la dignación de la gracia
que lo hace amable no lo torne despreciable, sino más bien
admirable, y que la magnificencia de la gloria que lo hace
aparecer admirable, no inspire terror, sino más bien consuelo.
Acerca de la primera decía el judío: Nosotros lo vimos y no
tenia prestancia ni hermosura, por lo que no hicimos ningún
caso de él.30 La última venida atemoriza aun al justo: ¿Quién
podrá estar de pie para verlo? 39 Pero de ésta afirma el Após­
4041
tol: Contemplando la gloria del Señor somos transformados
en esta misma imagen de gloria en gloria, por el Espíritu del
Señor.11 ¡Qué cosa maravillosa y amable cuando Dios-Amor
penetra en el alma que ama, cuando el Esposo abraza a la
esposa en la unidad del Espíritu, cuando ella es transforma­
da en esa misma imagen por la que contempla4243como en
un espejo la gloria del Señor!

Jesús se manifiesta en la humildad de los sencillos

Dichosos aquellos cuya ardiente caridad ya los hizo dignos


de obtener esta prerrogativa. Pero dichosos también aquellos
cuya santa simplicidad les garantiza que alcanzarán un día
la misma gracia. Aquéllos ya gozan del fruto del amor gus­
tando de sosiego en sus trabajos; éstos en cambio tendrán
tanto más mérito cuanto con menos consuelo sobrellevan él
peso dél día y del calor13 y esperan la llegada de la recom­
pensa.
Así, pues, hermanos, nosotros, que aún no hemos tenido el
consuelo de tan sublime experiencia, mientras esperamos con

39. Is. 53,2-3.


40. Mal. 3,2.
41. 2 Cor. 3,18.
42. 1 Cor. 13,12.
43. Mt. 20,12.
HOMILÍAS LITÚBGICAS 79

paciencia la venida del Salvador,“ consuélenos entre tanto


una fe firme y una conciencia pura, prorrumpiendo como Pa­
blo con tanta felicidad como fidelidad: Sé en quien he pues­
to mi confianza y estoy cierto de que es poderoso para con­
servar mi depósito hasta aquel día,i!i es decir, hasta la llegada
de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo,'“’
a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

44. Sant. 5,7.


45. 2 Tim. 1,12.
46. Tit. 2,13.
SERMON 3

Adviento ni:
El hombre debe estab siempre preparado para
recibir al Señor

REPARATE, Israel, para salir al encuentro del Señor,

P pues él viene.1

La muerte puede sorprendernos siempre,


pues desconocemos su hora

También vosotros, hermanos, estad preparados, porque a


la hora que menos penséis, vendrá el hijo del hombre.12 Nada
más cierto que su venida, pero nada más incierto que el mo­
mento de su venida. A tal punto no nos corresponde a nos­
otros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha esta­
blecido con su poder,3 que ni siquiera a los ángeles que lo
asisten se les ha dado conocer el día ni la hora.4 También, es
ciertísimo, ha de llegar para nosotros el último día, mas no'
sabemos cuándo, en qué lugar ni cómo nos sorprenderá; so­
lamente sabemos —según se nos ha dicho antes— que los
ancianos tienen a las puertas al mismo que arma asechanzas
a los jóvenes. Ojalá se apercibieran de que la muerte está
preparada para entrar, más bien, que ya la ven entrar. ¿Aca­
so no ha penetrado ya en parte, puesto que ciertas partes
del cuerpo ya están muertas? Y sin embargo en muchos de

1. Cf. Amós, 4,12.


2. Le. 12,40.
3. Hechos 1,7.
4. Mt. 24,36.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 81

estos medio muertos la codicia de este mundo aún está viva:


sus miembros están fríos, pero la avaricia, ardiente; la vida
se acaba, pero la ambición perdura.

La única cautela estriba en no creerse jamás a saleo

También nosotros, a quienes tal vez la edad, la salud o


cualquier otro motivo parecen prometernos largos años de
vida, cuanto menos la muerte aparezca a la vista, tanto más
—si somos sensatos— debemos sospechar de ella, no‘ vaya a
suceder que aquel terrible día nos acometa como ladrónü
en la noche y nos halle desprevenidos, no preparados. Tanto
más hemos de temerla cuanto que está emboscada para que
no la podamos ver ni estemos precavidos de ella. La única
seguridad, es, pues, no creernos nunca seguros. Que el temor,
velando sobre sí mismo, nos obligue a estar siempre prepa­
rados hasta que la seguridad suceda al temor y no el temor
a la seguridad. Por eso dijo el Sabio: Me guardaré con cau­
tela de mi iniquidad,56789 ya que no puedo hacer otro tanto de
mi muerte, teniendo presente que el justo, aun cuando sea
sorprendido por una muerte prematura, encontrará refrige­
rio.7 Más aún, triunfa en la muerte quien en vida no fue
vencido por la iniquidad.
Qué hermoso, hermanos, qué felicidad, llegar a la muerte
no sólo seguros, sino también triunfar gloriosos a causa del
testimonio de la conciencia; enfrentar a la bestia cruel si se
atreve a presentarse, con las mismas disposiciones y los mis­
mos términos de san Martín de Tours; abrir gozosamente
al juez que viene y llama a la puerta.8 Pero entonces, ay, se
verán hombres como yo, que tiemblan, que piden una tregua,
y no la obtienen; quieren comprar aceite para su conciencia
con gemidos de penitencia, y no les resta tiempo para ello;0
buscan apartarse de esas miradas de espectros sin poder ha­
cerlo; intentan esconderse en su cuerpo ante la cólera atro­

5. 1 Tes. 5,2.
6. Sal. 17,24.
7. Sab. 4,7.
8. Le. 12,36.
9. Mt. 25,8-10.
82 BEATO GUERRICO DE IGNY

nadora, pero se ven obligados a salir de él. Saldrá, sí, saldrá


su espíritu y el pecador volverá a la tierra de donde fue sa­
cado: ese día se desvanecerán todas sus ilusiones.101112Sé que
es propio de la condición humana turbarse ante la idea de
la muerte y del juicio subsiguiente, por cuanto hasta los per­
fectos no querrían ser despojados, sino sobrevestidos,11 y si
bien no1 les remuerde la conciencia, al no sentirse por ello
justificados,'2 necesariamente tienen que temer el día del jui­
cio, que no saben cuándo va a llegar.
Pero, dice el justo, provenga la turbación de mi alma,1314
sea del sentimiento de mi condición, sea de la carencia de
santidad o del temor del juicio, tú, Señor, acuérdate de tu
misericordia,’‘ envía tu misericordia y tu verdad, y arranca
mi alma de entre los cachorros de leones.1516 17Yo, que antes
estaba turbado, después dormiré y descansaré en paz.10
Dios llamó a la tierra y ella lo escuchó con espanto.11
Cuando resuene en el cielo la voz convocando a juicio, a su
eco se estremecerá la tierra y, una vez purificada por el te­
rror, hallará reposo.18 Dichosos los que ahora purifican en sí
toda escoria de pecado 19 para que en aquel día sólo el temor
baste para purificarlos.
En cuanto a mí —siervo inútil y perezoso—, bueno me será
si al menos soy salvado por el fuego, si una vez consumida
la madera, el heno' y la paja 20 de las imperfecciones que he
ido acumulando, salgo quemado sólo en parte. En compara­
ción con un mal mayor, es bueno salvarse aun pasando por
el fuego, pero indudablemente es mucho mejor ser totalmen­
te purificado por solo el temor, y todavía muchísimo mejor
y más excelente, no ser turbado ni aún por el temor.

10. Sal. 145,4.


11. 2 Cor. 5,4.
12. 1 Cor. 4,4.
13. Sal. 41,7.
14. Hab. 3,2.
15. Sal. 56,4-5.
16. Sal. 4,9.
17. Sal. 49,1; Bar. 3,33.
18. Sal. 75,8.
19. Is. 1,25.
20. 1 Cor. 3,12-15.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 83

La Nueva Ley de Cristo nos dispone para el encuentro final

2. Por consiguiente, prepárate, verdadero Israel, para salir


al encuentro del Señor, de modo que no sólo le abras cuando
venga y llame a la puerta,21 sino que también salgas a su en­
cuentro con ánimo pronto y alegre cuando todavía está lejos;
y teniendo por así decir plena confianza en el día del juicio,
suplícale con todo tu afecto que venga su reino.22 Si quieres
hallarte preparado en aquel momento, toma el consejo del
sabio: Antes del juicio, prepara una justicia.23 Estáte dispues­
to a ejecutar toda suerte de obras buenas,24 a soportar toda
clase de males, con el objeto de que tu boca pueda cantar
sin que tu corazón la desmienta: Mi corazón está preparado,
oh Dios, mi corazón está preparado.252629Preparado con tu ayu­
28
27
da para cumplir toda justicia y preparado para soportar toda
injusticia; preparado estoy para ambas cosas, estos es, can­
taré y entonaré salmos en mi gloria,22 o sea, que por lo> uno
y por lo otro te alabaré y me glorificaré. Y al punto el justo
prorrumpirá en estas voces: Despierta, arpa y cítara,22 es de­
cir, mi corazón y mi carne, para exultar en el Dios vivo:23
el corazón, por sus actividades espirituales, la carne, por ha­
ber tolerado los sufrimientos.
Efectivamente el corazón que saborea las cosas de lo alto
es el arpa con sus sonidos agudos; la carne que padece las
cosas de abajo es la cítara con sus sonidos graves. Por tal
motivo David dice en otra parte, ofreciendo a Dios su devo­
ción: Estoy preparado para guardar tus mandamientos,22 y
tan preparado que nada me turbará por más que la tentación
me acometa y la persecución arrecie.

21. Le. 12,36.


22. Mt. 6,10.
23. Ecli. 18,19.
24. Tit. 3,1.
25. Sal. 56,8.
26. Sal. 107,2.
27. Sal. 56,9.
28. Sal. 83,3.
29. Sal. 118,60.
84 BEATO GUERRICO DE IGNY

Cuando mi rival me perseguía, cuando me maldecía mi


siervo y mi hijo procuraba quitarme la vida/0 nada me tur­
baba ni me impedía cumplir los mandamientos de la per­
fección evangélica que ordena devolver bien por mal aun a
quien devuelva mal por bien,30 31 solícito por la salvación de
mis perseguidores, entristeciéndome de su muerte, soportan­
do las injurias del siervo, no aceptando el ser vengado por
un amigo.

Jesús, la senda y la meta

Aquí está la perfección evangélica antes del Evangelio:


una caridad paciente y benigna32 incluso con los malos, a
los que sabe soportar. Estando tan bien preparado podía
salir lleno de confianza al encuentro del Señor y decirle: He
recorrido mi camino sin iniquidad y, en cuanto dependió de
mí, enderecé a los que andaban errantes.
ven a mí que
Tú, Señor, levántate y ven a mi encuentro,3334
voy hacia ti. Pues me es imposible llegar a tu sublime gran­
deza a no ser que tú, inclinándote, extiendas tu derecha a
la obra de tus manos.11 Ven a mi encuentro y mira si en mi
sendero se advierte alguna iniquidad que ignoro, apártalo
y, conforme a tu ley, ten piedad de mí,3536
37condúceme por el
camino eterno33 es decir, por Cristo, pues él es el camino
por el que hemos de caminar, eternidad a la que llegamos,
senda inmaculada, mansión dichosa.

Jesús es también el caminante

3. Pienso no obstante que si antes de llegar a esta mansión


dichosa, has preparado al Señor una senda inmaculada, él
mismo se dignará con frecuencia poner sus pies en ella,“7

30. 1 Sam. 16-27; 2 Sam. 15-18; 16,53.


31. Sal. 7,5; 37,21.
32. 1 Cor. 13,4.
33. Sal. 58,6.
34. Job. 14,15.
35. Sal. 118,29.
36. Sal. 138,24.
37. Sal. 84,14.
homilías litúrgicas 85

y entonces tus pasos se dilatarán debajo de ti ” para correr


con el corazón dilatado por el camino de sus mandamien­
39 cuya entrada tal vez se te antojaba estrecha. Porque la
tos,38
sabiduría, según su propio testimonio, camina por sendas de
y quien observa la justicia la poseerá, y ella le sal­
justicia 4041
ará al encuentro como una madre respetable. Ella va por
todas partes buscando a los que son dignos de poseerla. Se
les muestra benévola en los caminos y les sale al encuentro
con toda prudencia.*1 Si te lamentas de que ella no salga a tu
encuentro, teme, no sea que hayas corrompido tus caminos.
Pues está escrito: El necio corrompió sus caminos y en su
corazón echó la culpa a Dios.*2 El Señor por su parte está
a la puerta y llama, por ver si alguien le abre para entrar a
cenar con él,4344a gustar los manjares de la mesa celestial.

Hemos de atraer a Cristo a la posada del corazón

Así habla la esposa: Es la voz de mi Amado que llama:


“Abreme, hermana mía, esposa,** ábreme tu corazón y lo ali­
mentaré, ábreme tu boca y la llenaré”.4546Abro la boca, dice
David, y atraigo al Espíritu,*0 porque a este Espíritu ante
nuestro rostro, que es Jesucristo el Señor,*7 no sólo hemos de
invitarlo, sino también atraerlo, por la violencia de la oración
y por la vehemencia del fervor, a la posada de nuestro cora­
zón, siguiendo el ejemplo de los dos discípulos cuya historia
narra el Evangelio.48 Muchas veces, aunque sólo sea para
probar el fervor de tu caridad, parecería querer alejarse, co­
mo sucedió con los dos ángeles a quienes Lot adoró y rogó
con insistencia que entraran, y éstos, aparentando rehusar,

38. Sal. 17,37.


39. Sal. 118,32.
40. Prov. 8,20.
41. Ecli. 15,1-2; Sab. 6,17 LXX.
42. Prov. 19,3.
43. Apoc, 3,20.
44. Cant. 5,2.
45. Sal. 80,11.
46. Sal. 118,131.
47. Tren. 4,20.
48. Le. 24,28-29.
86 BEATO GUEBBICO DE IGNY

dijeron: No, pues permaneceremos en la plaza. Pero ¿qué


dice la Escritura? Lot los obligó por la fuerza a permanecer
con élN Piadosa violencia que arrebata el reino de los cie­
los.60 Laudable importancia que nos permite tener por hués­
ped a Cristo o a los ángeles.
Pero ¿por qué, preguntas, Jesús aparenta marchar lejos? Es
aquello mismo que el Eclesiastés confiesa de sí: Llegaré a ser
sabio, mas la sabiduría se alejó de míN La esposa lo explica
más claramente al expresar nuestro lamento cotidiano: Me
levanté para abrir a mi Amado, pero él ya se había retirado
y seguido adelante. Lo busqué y no lo encontré; lo llamé y
no me respondió,495057como tampoco respondió a la cananea.
5253
5156
55
54
Tú también invocabas al Espíritu de Sabiduría, buscabas en
la oración el espíritu de la gracia; si te parece que se aleja,
no por eso desmayes, al contrario, importuna con más insis­
tencia hasta que él te responda: Grande es tu fe, que te suce­
da como has pedido.""

La humilde confesión de los pecados prepara en el corazón


un trono para Jesús

4. Ahora bien, cuando invitas a Jesús guárdate de ofrecer


al Dios de majestad un hospedaje sórdido e indigno, donde
ni tú mismo' puedes habitar con tranquilidad a causa de una
esposa amiga de querellas, o del humo o de las goteras.64 Su
morada la fija solamente en la paz,66 y las bases de su trono
son justicia y juicio.'" He aquí, dice, que cada día me requie­
ren y desean escudriñar mis consejos, como gente que hubiese
practicado la justicia y no hubiera abandonado el juicio de
Dios."7 La justicia y el juicio, dice, son las bases de su trono.

49. Gén. 19,2-3.


50. Mt. 11,12.
51. Ecle. 7,24.
52. Cant. 5,5-6.
53. Mt. 15,28.
54. Prov. 19,13; 27,15.
55. Sal. 75,3.
56. Sal. 88,15.
57. Is. 58,2.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 87

No alegues como pretexto que es demasiado costoso o que


excede las posibilidades de tu pobreza preparar una morada
a un huésped tan magnífico y poderoso. Está en tus manos
lo que debes hacer. Voy a hablar de una manera humana,
teniendo en cuenta la debilidad de tu carne 68 y más aún la
estrechez de tu espíritu. Confiesa íntegramente lo pasado; en
lo sucesivo, ten buena voluntad, pues la paz es patrimonio de
los hombres de buena voluntad ““ y con este juicio y esta jus­
ticia habrás preparado un trono para el Altísimo.
¿Quieres ver con más claridad que la confesión es necesa­
ria para preparar la venida del Señor? El justo, dice la Es­
critura, es el primero en acusarse a sí mismo, ¿Y qué dice a
continuación? Su amigo viene,“" él, que antes de la confesión
se mantenía alejado como un enemigo. Porque apenas el pe­
cador ha dicho: Confesaré contra mí mismo mi injusticia al
Señor,01 éste lo perdona. Viene, está escrito, y lo examinará“2
En efecto, lo examinará como una medicina poderosa, sondea­
rá el corazón y los riñones,02 penetrando hasta la división en­
tre el alma y el espíritu,01 vaciando de toda culpa el interior
del corazón y los repliegues más ocultos del alma, purifican­
do los afectos para que dé más fruto,00 y de este primer fruto
de la confesión el viñador, es decir, el Padre, ya se alegra.

Jesús espera la dulce violencia del arrepentimiento

Como quiera que muchas veces después de la confesión él


se hace presente aun antes que se lo invoque, otras espera
a que tú lo invites primero; y a fin de aumentar tus méritos,
con frecuencia se hace el desentendido por largo tiempo, pa­
ra que tú, salmodiando con más atención y orando con mayor
instancia, lo fuerces a entrar haciéndole dulcemente violen­
cia. De lo contrario se lamentará el profeta de que las ciuda-58
65
64
63
62
61
60
59
58. Rom. 6,14.
59. Le. 2,4.
60. Prov. 18,17.
61. Sal. 31,5.
62. Prov. 18,17.
63. Sal. 7,10.
64. Hebr. 4,12.
65. Jn. 15,2.
88 BEATO GUERRICO DE IGNY

des del mediodía estén cerradasB” y nadie entre por ellas.


Cuando puedas decir: Preparado está, Dios mío, mi corazón,
porque está vacío de todo mal, preparado está mi corazón "r
porque rebosa de santos deseos, entonces haz diligentemente
lo que sigue.- Cantaré y entonaré himnos.66
6869Y sea cual fuere
67
la melodía que cantes o salmodies, la intención de tu alma
debe ser ésta: Levántate, gloria mía,'1“ levántate, ven a mi
encuentro, porque en cuanto me fue posible, yo salí a tu en­
cuentro.
Jesús bueno, ¡cuán ligero y presto, cuán alegre y festivo
sales al encuentro de tal devoción! ¡Cuán radiante de gozo
te muestras en estos caminos!70 Tú, dice Isaías, saliste al en­
cuentro de quienes se regocijan y practican la justicia; en tus
caminos se acordarán de ti.71 Por eso, si cantas sabiamente 72
en un camino inmaculado, vendrá de cierto 7374 aquel que ilu­
75
minará tus tinieblas para que puedas comprender los miste­
rios de las Escrituras que ahora desconoces. Entonces se rea­
lizará lo que dices: Salmodiaré y comprenderé el camino in­
maculado cuando vengas a mí.7i Despierta, Señor, tu poder
que sacuda nuestra tibieza en salir a tu encuentro: y ven a
salvarnos72 Salvador del mundo que vives y reinas por los
siglos de los siglos. Amén.

66. Jer. 13,19.


67. Sal. 107,2.
68. Sal. 26,6.
69. Sal. 107,3.
70. Sab. 6,17.
71. Is. 64,5.
72. Hab. 2,3.
73. Sal. 46,8.
74. Sal. 100,2.
75. Sal. 79,3.
SERMON 4

Adviento iv:
De la vida solitaria y de la manera de preparar
LOS CAMINOS DEL SEÑOR

OZ del que clama en el desierto: preparad el camino del

V Señor.'

El desierto rebosa gracia para quienes buscan en él a Cristo solo

Pienso que hemos de reflexionar en primer lugar sobre la


gracia del desierto, la felicidad del yermo que, desde los albo­
res de la era de la gracia, mereció ser consagrada al reposo
de los santos. Ciertamente, la permanencia en el desierto fue
santificada por la voz de aquel que clamaba en el desierto,
de Juan que predicaba y administraba el bautismo de peni­
tencia en el desierto,12 si bien ya antes de él profetas santísi­
mos tuvieron a la soledad por amiga,3 en cuanto auxiliar del
Espíritu.
Sin embargo, una gracia de santificación mucho más exce­
lente y más divina se apoderó de este lugar cuando Jesús
sucedió a Juan. También aquél antes de comenzar su predi­
cación a los penitentes consideró oportuno prepararles un lu­
gar; y durante los cuarenta días que vivió en el desierto,4 que­
riendo en cierto modo purificar y consagrar para una vida
nueva este lugar renovado', venció al tirano que lo ocupaba,
junto con toda su malicia y astucia, no tanto para sí como
para los futuros moradores del yermo. Por consiguiente, si

1. Is. 40,3.
2. Me. 1,3-4.
3. 1 Re. 17,2-6; 19,3-14.
4. Mt. 4,1-2.
90 BEATO GUERRICO DE IGNY

has huido lejos y permaneces en la soledad, perserva allí


y espera a aquel que te salvará de la pusilanimidad de espí­
ritu y de la tempestad.56Por más que te acometa la tempestad
de las guerras, por más que en el desierto padezcas escasez
aun del sustento necesario, no retornes a Egipto con el pen­
samiento, cediendo a la pusilanimidad del espíritu. El desierto
te alimentará con el maná, es decir, con el pan de los ángeles,
de un modo más excelente que Egipto con sus ollas de carne.“
El mismo Jesucristo ayunó en el desierto, pero a menudo ali­
mentó admirablemente a la multitud que lo seguía en el de­
sierto.7 Pero más a menudo y más admirablemente te saciará
a ti que lo has seguido1 en el desierto, con tanto más mérito
cuanto que tu decisión ha sido más santa.

En el desierto, Dios recuerda su alianza y abre las fuentes de la Escritura

Cuando pienses que se ha olvidado de ti por largo tiempo,


él, no olvidando su bondad, te consolará y te dirá: Me acuer­
do de ti, apiadándome de tu juventud y del amor de tu alian­
za cuando me seguiste en el desierto.8910
12Entonces realmente tu
11
desierto se convertirá en paraíso de delicias ° y tú mismo pro­
clamarás que le ha sido dada la gloria del Líbano, la belleza
del Carmelo y del Sarón. "‘ Así como hoy vemos en muchos
lugares cumplirse a la letra este oráculo profético: las prade­
ras del desierto se tornarán fecundas y lozanas11 y los extran­
jeros disfrutarán de los campos desiertos convertidos en fér­
tiles campiñas,18 así también cualquier pasaje de la Escritura
que antes te parecía estéril y árido, de pronto por la bendi­
ción de Dios rebosará de una abundante y admirable riqueza
espiritual. Entonces, de la saciedad de tu espíritu brotará un
himno de alabanza: Glorifiquen al Señor por sus misericor­
dias y maravillas en favor de los hijos de los hombres, pues
5. Sal. 54,8-9.
6. Ex. 16,3-4.
7. Mt. 4,1-2; 14,13-21.
8. Jer. 2,2.
9. Is. 51,3.
10. Is. 35,2.
11. Sal. 64,13.
12. Is. 5,17.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 91

sació el alma sedienta, y al alma hambrienta la colmó de bie­


nes.1314
17
16
15

En la soledad, la comunión fraterna y la revelación divina

2. Sin duda, la divina providencia por una gracia admirable


dispuso que en estos desiertos en que habitamos tengamos la
quietud de la soledad sin carecer, no obstante, del consuelo
de una agradable y santa compañía. Cada uno puede sentarse
solitario y callar," ya que nadie le dirige la palabra; por otra
parte, no puede decir: Pobre del que está solo, porque no
tiene a nadie que lo reanime ni levante si llegara a caer.13
Vivimos rodeados de muchas personas y a pesar de ello no
estamos en medio del tumulto; vivimos como en una ciudad
y sin embargo ningún ruido nos impide oír la voz del que
clama en el desierto,13 con tal de que guardemos el silencio
interior tanto como el exterior. Las palabras de los sabios,
dice Salomón, son oídas en el silencio más que los gritos de
un príncipe entre los necios.11 Así pues, si todo tu interior
guarda el silencio de medianoche, entonces del trono del Pa­
dre la Palabra omnipotente descenderá secretamente a ti.1819
Feliz quien así se aleja huyendo del tumulto del mundo, quien
se ha retirado a la soledad más recóndita de su alma acallada,
para merecer oír no> sólo la voz del Verbo sino al mismo
Verbo, no a Juan sino a Jesús.

En la senda rectificada el Señor viene a nosotros

Entretanto, escuchemos lo que nos clama la voz del Verbo,


a fin de que un día podamos pasar de la voz al mismo Verbo.
Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.™ Prepara
el camino quien rectifica su vida; endereza la senda quien
lleva una vida más estricta. En realidad, la enmienda de la
13. Sal. 106,8-9.
14. Tren. 3,28.
15. Ecli. 4,10.
16. Is. 40,3; Me. 1,3.
17. Ecli. 9,17.
18. Sab. 17,14.
19. Is. 40,3.
92 BEATO GUERBICO DE IGNY

vida es el camino recto por el cual el Señor viene a nosotros


y aun en esto él se nos adelanta. En efecto, es eZ Señor quien
dirige los pasos del hombre20 y de tal manera le complace
su senda que, acercándosele de buen grado por ella, caminará
constantemente con él. Si él, que es el camino, la verdad y
la vida,21 no se anticipa a venir hacia nosotros, nosotros no
podríamos enderezar nuestro camino según la regla de la ver­
dad ni, por consiguiente, dirigirlo hacia la vida eterna. Porque,
¿cómo enderezará el joven su camino, sino guardando sus
palabras y siguiendo las huellas de aquel que se hizo camino
para que vayamos a él? Ojalá se enderecen mis caminos, Se­
ñor, para guardar tus caminos,22 de modo que a causa de las
palabras de tus labios pueda guardar aun caminos duros. Si
bien parecen duros a la carne que es débil, parecerán suaves
y hermosos al espíritu, si está pronto. Sus caminos, dice la
Escritura, son hermosos y todas sus sendas son pacíficas2324 27
26
25
Los
caminos de la sabiduría son no sólo apacibles, sino también
pacíficos; porque si fuere grato al Señor el camino del hom­
bre, aun a sus enemigos los convertirá a la paz.21. Si Israel
—dice— hubiese seguido mis caminos, yo hubiera reducido a
la nada a sus enemigos y vuelto mi mano contra sus adver­
sarios.23 ¿Por qué hay quebranto y calamidades en sus cami­
nos, sino porque no conocieron el camino de la paz?23

La prueba a que se nos somete

Por eso, cada vez que he visto un hombre inquieto, contu­


maz, pendenciero, vejado por una grave tentación o golpeado
por alguna tribulación, me he acordado de aquel proverbio:
El malvado anda siempre armando pendencias, pero un ángel
cruel será enviado contra él,21 al cual será entregado tal vez
para que lo pruebe en la carne, a fin de que el espíritu se

20. Sal. 36,23.


21. Jn. 14,6.
22. Sal. 118,9,5.
23. Prov. 3,17.
24. Prov. 16j7.
25. Sal. 80,14-15.
26. Sal. 13,3.
27. Prov. 17,11.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 93

salve en el día del Señor."* A veces es próspero el camino de


los impíos, pero no envidies al hombre que prospera en su
camino ni al hombre que comete injusticias,20 pues correrán
tanto más libremente hacia la muerte cuanto menos tropiezos
encuentren en el camino.28 De éstos habla el sabio: El camino
3031
29
de los pecadores está bien pavimentado, mas su fin es el in­
fierno, las tinieblas y los tormentos.''1 Pasan en delicias los días
de su vida y en un momento bajan al infierno.32
Dichosos pues, los que siguen un camino sin mancilla, los
que caminan según la ley del Señor,33 porque aun cuando en
el camino beban del torrente,34 levantarán sin embargo la
cabeza; pues por haber seguido a su Cabeza en el camino del
sufrimiento, se unirán a ella finalmente en su morada.

El camino recto y sin mancilla. La penitencia

3. Así, por más dificultades que os salieran al paso en el


camino del Señor, corred con un corazón gozoso y dilatado
por el camino de los mandamientos de Dios.35 Si bien a los
pusilánimes parece estrecho, es recto; aunque parezca duro,
es sin mancilla. Dichosos los que siguen un camino sin man­
cilla, los que atraviesan el camino de este mundo por un sen­
dero1 sin mancilla, sin manchar sus vestiduras; o si las hubie­
ran manchado, no pierden por eso un lugar secundario en la
bienaventuranza, antes bien, lavan sus vestiduras en el bau­
tismo de la penitencia con el cual Juan bautiza en el desierto
para preparar el camino del Señor.36

La verdadera castidad bienaventurada


Camino realmente sin mancilla es la castidad, camino agra­
dable por el cual se dignará acercarse el Señor de la gracia,
28. 1 Cor. 5,5.
29. Sal. 3'6,7.
30. Sal. 48,14.
31. Ecli. 21,11.
32. Job. 21,23.
33. Sal. 118,1.
34. Sal. 109,7.
35. Sal. 118,32; RB. Pról. 49.
36. Me. 1,3-4.
94 BEATO GUERRICO DE IGNY

a quien canta el profeta: Dios mío, su camino es incontami­


nado. Incontaminada es la castidad de la Virgen por la que
él descendió a su seno. Incontaminada ha de ser la castidad
del hombre para que Dios descienda a su alma. Dichosa la
conciencia a la que pueden aplicarse aquellas palabras: Dios
me ha revestido de la virtud de la continencia y ha hecho mi
camino sin mancilla. 7 Sin embargo, para que no te gloríes de
tu castidad sin poseer las otras virtudes como si ya hubieras
preparado al Señor un camino sin mancilla, ten en cuenta que
ese camino debe ser además recto y nivelado, no tenebroso
ni resbaladizo. Pues el camino de los impíos es tenebroso y
resbaladizo, y el ángel del Señor los persigue 37 41y el camino
3839
40
de los impíos está envuelto en tinieblas, no saben dónde cae­
rán.™ ¿Acaso no pensamos, hermanos, que aún hay en nos­
otros algo de depravación en la voluntad, de aspereza en las
costumbres, de tinieblas por la ignorancia del espíritu, de des­
lizamiento por la inconstancia de las obras? ¿Cómo cumpli­
remos entonces la palabra de la Escritura que nos ordena pre­
parar el camino, si no hacemos lo que en ella está escrito: Que
los caminos tortuosos sean enderezados u los ásperos nivela­
dos? 10

Rectificar la voluntad para la vida en comunidad

4. Por lo tanto, si hay algo tortuoso y torcido en nuestra vo­


luntad, es preciso en primer lugar que lo corrijamos y recti­
fiquemos según la regla de la voluntad divina. De lo contra­
rio, parecerá que decimos como los impíos: El camino del
Señor no es recto.11 Pero inmediatamente la verdad irrefraga­
ble nos desmentirá y nos reprenderá la temible severidad:
¿Acaso son mis caminos los que no son rectos?; ¡no serán más
bien los vuestros los que son depravados? 42 Tú, pues, que te
apresuras a preparar el camino1 al Señor, ten ante todo buena

37. Sal. 17,31-33.


38. Sal. 34,6.
39. Prov. 4,19.
40. Is. 40,4.
41. Ez. 33,20.
42. Ez. 18,25.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 95

voluntad, porque en un alma maligna no entrará la sabi­


duría."
Cuando de este modo hayas enderezado los caminos tortuo­
sos, ten en cuenta que no te es menos necesario nivelar los
ásperos, es decir aplanar teda aspereza en tus costumbres,
para convertirla en esa igualdad de ánimo necesaria a la vida
de comunidad, no sea que aquel viajero lleno de mansedum­
bre y dulzura, molesto por las asperezas del camino, se aparte
de él. ¿Y cómo no se apartará el que es manso y humilde de
corazón,'1 que no descansa sino en el manso y humilde,43 cuan­
4546
4452
51
50
49
48
47
do es un sentimiento propio del hombre temer y huir de un
carácter irascible e intratable?

La corrección de los hermanos. Humildad fraterna

Pero si has progresado en el camino del Señor hasta el pun­


to de poseer una voluntad recta y suavidad de costumbres,
mucho1 progresaste, sí, pero aún no has llegado al término, a
no ser que la palabra de Dios sea la lámpara para tus pasos
y luz en tus senderos,40 En el camino por donde andaba —di­
ce— me tendieron un lazo.17 Y hay caminos que al hombre
parecen rectos, pero cuyo fin conduce a lo profundo del infier-
no.'s En efecto, como dice Salomón, el camino de los impíos
es tenebroso, no saben dónde caerán1” Esto mismo afirma el
Señor: Quien anda en tinieblas, no sabe adonde va.”” Por el
contrario el precepto es una lámpara, la ley una luz y la co­
rrección de la disciplina es el camino de la vida.”1 El que se
aparta de la corrección se equivoca.”” Si deseas ser tenido por
sabio, no te constituyas en tu propio instructor y guía en un
camino por el que nunca anduviste; antes bien, inclinarás tu
43. Sab. 1,4.
44. Mt. 11,29.
45. Is. 66,2.
46. Sal. ,118,105.
47. Sal. 141,4.
48. Prov. 16,25; cf. RB. 7,58-60.
49. Prov. 4,19.
50. Jn. 12,35.
51. Prov. 6,23.
52. Prov. 10,17.
96 BEATO GUERRICO DE IGNY

oído a los maestros, aceptarás sus correcciones y consejos, y


te entregarás al estudio y a la lectura para no tener que arre-
pentirte más tarde diciendo: ¿Por qué detesté la disciplina y
mi corazón no aceptó las correcciones, ni escuché la voz de
los que me instruían, ni presté oído a mis maestros? A punto
estuve de caer en toda desgracia en medio de la asamblea y
de la comunidad?3

La ley de Dios nos purifica

Escucha a David confesar que la ciencia de la ley libera de


los lazos: Los pecadores me tendieron lazos, pero yo no me
aparté de tus mandamientos. ¿Cómo pudiste lograr esto? Re­
cibí tus testimonios por herencia53 59y me he deleitado en el
5455
58
57
56
camino de tus testimonios más que en todas las riquezas?3 Los
pecadores me acechaban para perderme, pero pude escapar
porque comprendí tus testimonios?“ La ley de Dios, dice tam­
bién, está en el corazón del justo y por esto sus pasos no vaci­
larán?3 Su hijo Salomón dijo a su vez: El hipócrita engaña a
su amigo, mas los justos se librarán gracias a la ciencia?“

La constancia de los débiles recibe como respuesta la fidelidad del Señor

5. Ojalá este camino por el que debemos recibir la salva­


ción y al Salvador, así como no es tenebroso por la ignoran­
cia de la verdad, no sea tampoco resbaladizo por la incons­
tancia en las obras. Pero como Balaam, que al caer tenía los
ojos abiertos?” así también nosotros vemos, pues la ciencia
nos ha abierto los ojos, pero caemos a causa de nuestra negli­
gencia. Pecamos voluntariamente y a sabiendas y de buena
gana nos deslizamos. Con todo, no debemos acusar al camino
de ser resbaladizo, cuanto a la decisión de nuestra voluntad,
es decir, el pie en que nos apoyamos, porque, ¿quién no ca-
53. Prov. 5,12-14.
54. Sal. 118,110-111.
55. Sal. 118,14.
56. Sal. 118,95.
57. Sal. 36,31.
58. Prov. 11,9.
59. Núm. 22,27.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 97

mina por un terreno resbaladizo mientras está en el mundo


y vive en un cuerpo de barro? No es tanto el camino el que
está en falta cuanto el pie que no está afirmado en el camino
del Señor. ¿Pero acaso el que cae no se levantará? 60 El justo
cae siete veces al día y siete veces se levanta.“1 El Señor en­
dereza a los que ya se doblan, el Señor dirige a los justos.02
Pero cuando yo decía: Mi pie ha vacilado, tu misericordia,
Señor, venía en mi ayuda.”
Empero, cuando no puedes hacer otra cosa, camina cayen­
do y levantándote, mas clamando siempre a aquel a quien de­
seas seguir y alcanzar: Afirma mis pasos en tus senderos para
que no vacilen mis pies.01 Y si hay en mí un camino de ini­
quidad, o sea, de fragilidad humana, condúceme por el cami­
no eterno 00 para que por ti, que eres camino y verdad, llegue
a ti que eres la verdad y la vida eterna.60 A ti la gloria por
los siglos eternos. Amén.*

60. Sal. 40,8.


61. Prov. 24,16.
62. Sal. 145,8.
63. Sal. 93,18.
64. Sal. 16,5.
65. Sal. 138,24.
66. Jn. 14,6.
SERMON 5

Adviento v:
CÓMO HEMOS DE PROGRESAR PREPARANDO LOS CAMINOS DEL SEÑOR

* REPARAD el camino del Señor*

Un camino que camina

El camino del Señor que se nos manda preparar, hermanos,


se prepara caminando, se camina preparándolo. Por mucho
que hayáis progresado en él, siempre faltará algo por prepa­
rar, para que desde el punto a que habéis llegado prosigáis
adelante, tendidos hacia lo que está más allá. Así, a cada pro­
greso el Señor para cuya llegada preparáis el camino os sal­
drá al encuentro, siempre nuevo, por así decir, y más exce­
lente que antes. Con razón, pues, ora el justo: Dame, Señor,
por norma el camino de tus mandamientos y lo seguiré pun­
tualmente.2
Tal vez por eso ha sido llamado camino eterno, pues si bien
la providencia ha previsto el camino de cada uno y ha fijado
un término a su progreso, sin embargo la naturaleza de la
bondad hacia la cual progresáis no tiene límite. Por tanto, el
viajero sabio y solícito, aun cuando haya alcanzado la meta,
pensará que está al comienzo, pues, olvidando lo que está de­
trás2 se dirá a sí mismo cada día: Ahora comienzo.1.234Se lanza
—como un gigante a quien nada intimida— para recorrer el
camino b de los mandamientos de Dios; como un Yedutún fá­
cilmente dejará atrás en el ardor de su carrera a los perezosos
1. Is. 40,3.
2. Sal. 118,33.
3. Fil. 3,13.
4. Sal. 76,11.
5 Sal. 18,6.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 99

que se detienen en el camino,67 y aunque llegara a la última


hora del día, habrá alcanzado la perfección en poco tiempo y
habrá cumplido una larga carrera,1 de manera que de último
se coloque el primero y reciba la corona entre los primeros,
que te detienen en el camino.“ Y aunque llegara a la última

El temor de Dios, comienzo del buen camino

2. Nosotros, empero, que hablamos de progresos en este


camino, ojalá hubiéramos comenzado ya a caminar por él. A
mi modo de ver, no es pequeño progreso el haber comenzado
a andar si es que realmente hemos comenzado y encontrado
el camino de la ciudad donde habitaremos.89 ¡Qué pocos son,
dice la Verdad, los que lo encuentran^ ’ Pero cuán numerosos
quienes vagan errantes en la soledad. Estos son todos los soli­
tarios soberbios que se imaginan estar solos. Ninguno de ellos
puede decir todavía: Ahora comienzo; de la derecha del Altí­
simo proviene este cambio.1011Están obstinados en no dejar de
ser lo, que en realidad son, porque no tienen temor de Dios,'1
siendo así que el temor de Dios es el comienzo de la sabidu­
ría.12 Si es el comienzo de la sabiduría, ciertamente lo es tam­
bién del buen camino. Porque el temor de Dios produce en
el corazón del hombre esa sabia resolución que le permite
decir: He examinado mis caminos y enderezado mis pasos
hacia tus testimonios.1314

Del temor a la justicia

El temor persuade la confesión, comienzo de toda obra bue­


na en el sentir del salmista: Comenzad [a cantar] al Señor
—dice— por la confesión11 Él inclina al orgulloso a hacer pe-
6. 1 Crón. 35,15. No es claro el motivo de Guerrico al mencionar a
este personaje.
7. Sab. 4,13.
8. Sal. 106,4.
9. Mt. 7,14.
10. Sal. 76,11.
11. Sal. 54,20.
12. Sal. 110,10.
13. Sal. 118,59.
14. Sal. 146,7.
100 BEATO GUERBICO DE IGNY

nitcncia y 1c permite oír la voz que clama en el desierto y


manda preparar el camino, insinuándole al mismo tiempo por
dónde debe comenzar: Haced penitencia porque el reino de
Dios está cerca.11 Con estas palabras concuerda la sentencia
de Salomón que instruye a los ignorantes gracias a una clara
definición: El principio del buen camino consiste en practi­
car lo que es justo."'
¿Qué significa practicar lo que es justo, sino hacer peniten­
cia, exigir de nosotros el pago de las deudas contraídas con
Dios y restituir lo que hayamos usurpado? Esta es la justicia
que marcha delante del Señor y le prepara un camino de su
agrado, según está escrito: La justicia marchará ante él y pon­
drá sus pasos en el camino.'157 Como Juan precedió a Jesús, así
16
la penitencia precede a la gracia, esta gracia por la cual, una
vez reconciliados mediante la satisfacción, somos recibidos en
el beso de paz. Seguramente en este camino de la penitencia,
la justicia y la paz, saliendo al encuentro la una de la otra
con paso grato y festivo, se besan,1819es decir, la justicia del
hombre que se castiga a sí mismo y la paz de Dios que per­
dona; y por este beso santo celebran la alianza alegre y go­
zosa de la reconciliación.

La justicia del compromiso contraído

Pero para no subestimar esta justicia del hombre que ejerce


contra sí mismo juicio y justicia, y para no poner en parangón
los mezquinos rezos y devociones de los perezosos son los traba­
jos de los penitentes, escuchad lo que sobre esto piensa Salo­
món: El principio del buen camino consiste en practicar lo
que es justo, lo cual es más agradable a Dios que inmolar
víctimas.111 Cuando veas a un hombre, obligado por su profe­
sión a la penitencia, preferir esas pobres oraciones particula­
res a los trabajos santos de la regla a que está obligado, aplí­
cale esta sentencia del sabio: El principio del buen camino

15. Mt. 3,2.


16. Prov. 16,5.
17. Sal. 84,14.
18. Sal. 84,11.
19. Prov. 16,5.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 101

consiste en practicar lo que es justo, lo cual es más agradable


a Dios que inmolar víctimas. De la misma manera, cuando
veas a un hombre, contra el que su hermano tiene algo, pre­
sentar en el altar una ofrenda de alabanza o de sacramentos,20
repítele las mismas palabras: El principio del buen camino
consiste en practicar lo que es justo —en este caso reconci­
liarte con tu hermano—, lo cual es más agradable a Dios que
inmolar víctimas. Pues también a él le atañe la sentencia se­
gún la cual antes de hacer limosna, si se ha defraudado a
alguien, se le debe restituir por lo menos el equivalente al
daño causado.
No creas tú tampoco que la ofrenda voluntaria de tus la­
bios 21 —sean salmos u oraciones privadas— será agradable a
Dios, si a causa de eso cumples con negligencia el número de
salmos establecido por la Regla. ¿Acaso no pecarás si ofreces
rectamente la víctima, pero no la divides rectamente?2223En­
derezad sus senderos vosotros que preparáis los caminos del
Señor.

La necedad del Salvador, nuestra sabiduría

3. Señor, tú nos trazaste caminos rectos.24 ¡Si al menos ca­


mináramos rectamente por ellos! Tú nos diste por ley el cami­
27por intermedio de aquel a quien
no de tus justificaciones,2526
estableciste como legislador de esta institución. Tú nos dices:
Este es el camino, andad por él, no vayáis ni a derecha ni a
izquierda.20 Este camino, como lo había prometido el profeta,
es para nosotros un camino tan recto que ni aún los insensa­
tos se extraviarían en él.21 Fui joven, ya soy viejo 28 y si mal
no recuerdo no he visto a un insensato extraviado en él, mien­
tras que apenas si he visto a un sabio que haya podido se-

20. Mt. 5,23.


21. Sal. 118,108.
22. Gén. 4,7.
23. Mt. 3,3.
24. Sal. 98,4.
25. Sal. 118,33.
26. Is. 30,21.
27. Is. 35,8.
28. Sal. 36,25.
102 BEATO GUERRICO DE IGNY

guirlo con rectitud. ¡Ay de vosotros, sabios a vuestros propios


ojos, y que os consideráis prudentes!20 Vuestra sabiduría os
hace desviaros del camino de la salvación y os impide seguir
la necedad del Salvador. No ignoraba aquel que se había he­
cho necio a causa de Cristo 2930 que esta sabiduría terrena, ani­
mal, diabólica, obra el mal, y decía: Si alguno se tiene por
sabio según el mundo, hágase necio a fin de ser sabio a los
ojos de Dios.31 Necedad deseable, la que es considerada sabi­
duría a juicio de Dios e impide al hombre extraviarse fuera del
camino. Esta necedad, si no me equivoco, es aquella sabiduría
de lo alto, llena de pudor, pacífica, modesta, dócil y abierta
al bien,32 cualidades todas que detesta —y a qué punto— el
hombre sabio a sus propios ojos. Ojalá nunca la experiencia
haya presentado esta prueba ante nuestros ojos.

Una norma de conducta

Pero si nos contrista la arrogancia y la obstinación de los


sabios, nos consuelan mucho más la paz y la modestia de nues­
tros necios, quienes cuanto menos se fían de sí mismos tanto
más dócilmente se abren al bien. Tales necios no se apartan
con facilidad del camino de Dios, sino que, como dice el pro­
feta, siempre escuchan la voz del que va tras ellos advirtién­
doles: Este es el camino, andad por él; no vayáis ni a dere­
cha ni a izquierda.33 Es decir, no abandonéis la ley prescrita,
el camino real,34 no sea que llevados del fervor vayáis más
allá de la medida, o bien os quedéis cortos a causa de vuestra
tibieza. El espíritu te inclina hacia la derecha, la carne, hacia
la izquierda; ambos son limítrofes y siempre están en oposi­
ción, y así no debemos hacer todo lo que quiere uno u otro,
ya que si seguimos al espíritu más de la cuenta, nos inclina­
remos hacia la derecha, y si concedemos demasiado a la car­
ne, nos desviaremos a la izquierda.

29. Is. 5,21.


30. 1 Cor. 4,10.
31. 1 Cor. 3,18.
32. Sant. 3,17.
33. Is. 30,21.
34. Núm. 21,22.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 103

Un camino para los extraviados

4. Este camino de las justificaciones del Señor, camino de la


verdad que habéis elegido,3536
mucho lo elogia Isaías y me agra­
37
da evocarlo con vosotros. Y habrá allí —dice—, en las antiguas
cavernas de dragones, en la tierra desierta e intransitable, ha­
brá un sendero y un camino, tal como hoy se ve, puesto que
hombres bárbaros y rudos que vivían sin ley han puesto orden
y disciplina en su vida. Y este camino —continúa— será llama­
do santo,™ porque es santificación de los pecadores y salva­
ción de los que estaban perdidos. El profeta nos prueba a
renglón seguido cuánta virtud y reverencia santa resplande­
cen en él, porque ningún hombre impuro transitará por él.3'
¡Isaías mío! Entonces, los que son impuros ¿transitarán por
otro camino? Antes bien, que todos vengan a éste, que entren
y avancen por él. Principalmente para los impuros Cristo tra­
zó este camino, él, que vino a buscar y salvar a los que se
habían perdido 38 por los caminos del mundo.
¿Entonces qué? ¿Transitará el impuro por el camino santo?
De ninguna manera; el impuro no transitará por él, porque
por el sólo hecho de pasar por él, ya no será impuro. El ca­
mino santo admite a quien está impuro. Pero apenas lo admi­
te, lo purifica de toda mancha a manera de un segundo bau­
tismo de penitencia. Aquí en verdad no es Juan, sino Jesús
quien bautiza3940con el bautismo de penitencia. Aquí se nos
hace accesible la fuente de la casa de David para la ablución
del pecador y de la mujer impura.10 Por eso este camino ad­
mite al impuro, pero no lo deja transitar en este estado, por­
que es un camino estrecho 41 y, por decirlo así, como un agu­
jero por el cual la serpiente que está renovando su piel vieja
puede entrar, pero no salir con ella; más aún, sale de este
pasaje estrecho renovada y mejor vestida con su misma des­

35. Sal. 118,27.30.


36. Is. 35,17.
37. Is. 35,1.7.
38. Le. 19,10.
39. Jn. 1,33.
40. Zac. 13,1.
41. Mt. 7,14.
104 BEATO GUERBICO DE IGNY

nudez, desembarazada de toda su antigua suciedad. Con ra­


zón, pues, se nos manda imitar la prudencia de la serpiente,42*
45
44
ya que no podemos renovarnos de otro modo que pasando por
el sendero estrecho.

Mantenerse firmes en el camino

5. Que escaparemos a las insidias de aquella antigua ser­


piente si seguimos el camino estrecho a ejemplo de esta nueva
serpiente, Isaías nos lo promete cuando agrega, refiriéndose
a ese mismo camino: No habrá allí león, ni bestia feroz tran­
sitará por él, y no se lo encontrará.*0 Estemos, pues, tranqui­
los si no nos desviamos del camino. Aquel león que ronda
buscando a quien devorar** puede poner tropiezos junto al
camino,46 esconder lazos, amedrentar con sus rugidos a los
caminantes, pero no puede dañar a los que permanecen en
el camino, pues el mismo camino es su terror y suplicio. En
efecto, el camino del Señor es la fuerza del hombre sencillo
y el terror de los que obran el malN
Por consiguiente, si estás en el camino, tu único temor sea
desviarte, ofender al Señor que te conduce por él, no sea que
te abandone dejándote errante en el camino de tu corazón.4748
Fuera de él a nadie has de temer. Si el camino te pareciera
demasiado estrecho, considera el fin hacia el cual te conduce,
pues, si ves el fin de toda perfección, inmediatamente dirás:
Tu mandamiento es amplio en extremo.49 Si no puedes verlo,
cree entonces a Isaías, el vidente, que es el ojo de tu cuerpo.
Él veía ambas cosas cuando añadía: Y caminarán por esta
senda los que fueron liberados y redimidos por el Señor; ven­
drán a Sión con cantos de alabanza y coronados de gozo sem­
piterno. Disfrutarán de gozo y alegría y huirán de ellos el
dolor y el llanto.*0
42. Mt. 10,16.
43 Is. 35,9.
44. 1 Pe. 5,8.
45. Sal. 139,6.
46. Prov. 10,29.
47. Is. 57,17.
48. Sal. 118,96.
49. Is. 35,9-10.
HOMILÍAS LITURGICAS 105

Quien medite suficientemente en este fin, pienso que no


sólo considerará espacioso el camino, sino que hasta tomará
alas, de suerte que, más que caminar, volará por él. Por tan­
to, hermanos, meditad siempre en la recompensa final y co­
rred por el camino' de los mandamientos con prontitud y ale­
gría. Que por él os conduzca y guíe el que es camino de los
que corren y premio de los que alcanzan la meta, Jesucristo,
a quien sea el honor y la gloria por todos los siglos de los
siglos. Amén.
SERMON 6

Navidad i:
Lecciones que nos da el Divino Infante

rr N niño ha nacido para nosotros.'

La navidad eterna

Niñc antiguo en días.12 Niño por el aspecto de su cuerpo y


por la edad; antiguo en días por la incomprensible eternidad
del Verbo. Si bien no es niño por la antigüedad de días, con
todo, siempre es nuevo, más aún, tan nuevo como la misma
novedad, permaneciendo siempre en sí mismo y renovando
todas las cosas.34 Todas las cosas envejecen en la medida en
que se apartan de él y se renuevan en tanto que se le acercan.
Lo que lo hace antiguo es lo que lo torna nuevo: porque en
realidad su eternidad, que ignora todo principio de origen y
no puede envejecer, es a la vez su antigua novedad y su anti­
güedad siempre nueva. Pero otra novedad resulta de su naci­
miento temporal por el cual un Niño nos ha nacido para re­
novarnos, él, que desde toda la eternidad nace como Dios
para colmar la felicidad de los ángeles. Este nacimiento es
más glorioso, pero aquél es más rico en misericordia y tuvo
lugar a causa de mí, que tenía necesidad de misericordia,
pues estaba envuelto en miseria, una miseria de la que no
podía liberarme. *

1. Is. 9,6.
2. Dan. 7,9.
3. Sab. 7,27.
4. Is. 47,11.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 107

Por la misericordia, la miseria es remedio para los miserables

Muéstranos, Señor, tu misericordia* ya que no somos capa­


ces de ver tu gloria. Que se manifieste la benignidad y huma­
nidad de Dios nuestro Salvador* para que por ella nos torne­
mos capaces y dignos de que se nos manifieste la majestad y
divinidad de Dios, nuestro Creador. Muéstranos, Señor, tu
misericordia revestida de nuestra miseria y haz de la misma
miseria un remedio para los miserables. Con este fin, el arte
de la misericordia supo combinar la felicidad de Dios y la
miseria humana en un único Mediador, de manera que en
virtud del misterio de unidad, por el poder de la resurrec­
67 la felicidad absorba la miseria, la vida devore la muerte
ción,5
y el hombre totalmente glorificado llegue a participar de la
naturaleza divina.89 La condescendencia divina asumió, pues,
todas las debilidades de la carne a las que la naturaleza hu­
mana estaba sujeta a causa de la culpa, excepto la culpa mis­
ma. Así, no rehusó las deficiencias propias de la infancia y
no quiso entrar en la existencia humana de modo diferente
del de la condición común; con la excepción de que, naciendo
inmaculado de una Madre inmaculada por obra del Espíritu
Santo, purificó la mancha de nuestro origen e instituyó el
misterio de nuestro segundo nacimiento.

Paradoja de la debilidad

2. Por eso un Niño ha nacido para nosotros” y el Dios de


la majestad, anonadándose a sí mismo,1011no sólo se revistió de
un cuerpo mortal, sino que también asumió la debilidad y
pequeñez de los niños.
Dichosa infancia cuya debilidad e, ignorancia son más fuer­
tes y más sabias que todos los hombres. En verdad, la fuerza
de Dios y la sabiduría de Dios11 realiza su obra divina a
5. Sal. 84,8.
6. Tito 3,4.
7. Fil. 3,10.
8. 2 Pe. 1,4.
9. Is. 9,6.
10. Fil. 2,7.
11. 1 Cor. 1,24-25.
108 BEATO GUERRICO DE IGNY

través de nuestras realidades humanas. La debilidad de este


Niño vence al príncipe del mundo, ata al fuerte armado,12
aprisiona al tirano cruel, rompe los lazos y nos libera de nues­
tra cautividad. La ignorancia de este Niño, que parece muda
y privada de palabras, torna elocuentes las lenguas de los
infantes,1314les hace hablar las lenguas de los hombres y de los
15
ángeles,'* repartiéndoles lenguas de fuego. Este Niño que pa­
rece ignorante es el mismo que enseña la ciencia a los hom­
bres 16 y a los ángeles, por ser verdaderamente el Dios de las
ciencias, la sabiduría de Dios y el Verbo.
Sagrada y dulce infancia, que restituye a los hombres la
verdadera inocencia, gracias a la cual toda edad puede re­
tornar a una dichosa infancia 10 y hacerse conforme a ti, no
por la pequefiez de los miembros, sino por la humildad de
corazón y la santidad de vida. En cuanto a vosotros, hijos de
Adán, que sois tan grandes a vuestros propios ojos y que por
vuestra soberbia1718habéis crecido hasta alcanzar una altura
de gigantes, si no os convertís y no os hacéis como este Niño,
no entraréis en el reino de los cielos *s Yo soy la puerta19 del
reino, dice este Niño. Si los hombres de alta estatura no se
inclinan, esta puerta humilde y pequeña no los dejará entrar.
Por tal razón quebrantará sobre la tierra gran número de ca­
bezas 20 y los que se acercan con la frente erguida serán re­
chazados y caerán hacia atrás estrellándose la cabeza.
¿Y tú? ¿Aún te enorgulleces, tierra y ceniza, después que
Dios se ha hecho humilde? ¿Aún eres grande a tus propios
ojos después que Dios se ha hecho pequeño ante tus ojos?
Se anonadó a sí mismo 21 al extremo de parecer casi ser nada,
b-jh'v
cual nada
él, sin el cea». - . . . . fue
. _ -a—hecho;
_ 22 ¿tú te hinchas sin medida y

12. Le. 11,21.


13. Sab. 10,21.
14. 1 Cor. 13,1.
15. Sal. 93,10.
16. 1 Pe. 2,2.
17. Gen. 6,4.
18. Mt. 18,4.
19. Jn. 10,9.
20. Sal. 109,6.
21. Fil. 2,7.
22. Jn. 1,3.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 109

te elevas creyéndote ser algo cuando en realidad no eres na­


da? Te engañas a ti mismo,23 te grita el Apóstol; porque aun
cuando fueras algo, y algo muy grande, tanto más deberías
humillarte. Cuanto más grande seas —dice el sabio—, más de­
bes humillarte en todo; y hallarás gracia ante Dios,24 que re­
siste a los soberbios y da su gracia a los humildes,25 y que,
para darte ejemplo, siendo el mayor de todos, se hizo el más
humilde y el más pequeño de todos. Poco era para él hacerse
inferior a los ángeles 26 tomando la condición de la naturaleza
mortal; quiso hacerse inferior a los hombres, asumiendo la
edad y la debilidad de la infancia. Que el hombre piadoso y
humilde lo vea y se congratule; que lo vea el impío y orgu­
lloso y quede confundido. Que vea, repito, al Dios inmenso
hecho Niño, un recién nacido digno de ser adorado. Misterio
admirable, redención de los buenos, gloria de los humildes,
juicio de los impíos, ruina de los soberbios.

El misterio de Belén, misterio de amor

¡Misterio adorable y temible! ¡Cuán santo y terrible es tu


nombre,2728fuente de la misericordia y abismo de los juicios!
¿Quién bebió de esta fuente y no amó? ¿Quién consideró este
abismo y no se amedrentó? El que no amó es malvado, e
impío y el que no se amedrentó es un demente e insensato.
Sin embargo, no tienen motivo para temer el juicio si no te
insolentas contra la misericordia. Él prefiere ser amado a ser
temido servilmente y aprecia más lo, que le ofrece libre y vo­
luntariamente el afecto filial que lo que el temor servil arran­
ca por fuerza. Por eso en esta primera manifestación a los
mortales, prefirió mostrarse bajo los rasgos de un niño peque­
ño y aparecer más amable que terrible; y ya que venía a
salvar y no a juzgar,23 quiso en esta ocasión suscitar el amor
y postergar para más adelante lo que podía inspirar temor.

23. Gal. 6,3.


24. Ecli. 3,20.
25. Sant. 4,6; 1 Pe. 6,5.
26. Sal. 8,6.
27. Sal. 110,9.
28. Jn. 3,17; cf. 12,47.
110 BEATO GUERRICO DE IGNY

3. Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gra­


cia, 20 nosotros que no podíamos ni siquiera pensar en el trono
de su gloria sin estremecernos. Nada hay aquí de terror, nada
de severidad que pueda infundirte temor. Al contrario, todo
es bondad y mansedumbre para inspirarte confianza. Y aun­
que el poder y el terror le son propios,2" por el momento los
disimula completamente, para perdonar al que se arrepiente
y recibir al que se acusa.

“Te basta querer al 'Niño”

No te arredre el haber pecado gravemente: el Niño que ha


sido ofendido no sabe airarse, y si se irrita, fácilmente se lo
puede aplacar. En verdad nada hay tan fácil de aplacar como
el corazón de este Niño, el cual se anticipa a determinar tus
ofrendas de paz y de satisfacción y él, el primero, envía men­
sajeros de paz a fin de que tú, el culpable, consientas en re­
conciliarte con él. Te basta quererlo verdadera y perfectamen­
te; no sólo te concederá su perdón, sino que te colmará de
su gracia. Más aún, considerando no poca ganancia haber en­
contrado la oveja perdida, celebra una fiesta con sus ángeles.29
31
30
Se da, pues, una armonía entre la mansedumbre divina y la
inocencia y suavidad de este Niño; y con mucha oportunidad
y propiedad la salvación de los pecadores comenzó en esta
edad, para que aquellos a quienes torturaban los reproches
de su propia conciencia, pudieran ser consolados con la espe­
ranza de un perdón no difícil de obtener.

El Niño, centro de la meditación cristiana

4. Niño dulcísimo, Jesús bueno, cuán grande es la abundan­


cia de tu dulzura, que escondiste a los que te temen y con la
que colmarás a los que esperan en ti,32 tú, que la manifestas­
te tan abundantemente aun a los que no te conocían. Qué
dulzura incomparable y bondad inefable: ver al Dios que me
29. Heb. 4,16.
30. Job. 25,2.
31. Le. 15,3-7.10.
32. Sal. 30,20.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 111

hecho niño, creado por amor de mí; el Dios de majestad


crecí3334
y de gloria se hace semejante a mí, no sólo asumiendo un
cuerpo verdadero, sino también mostrándose lleno de miseria
y como teniendo necesidad de ayuda humana en razón de la
debilidad de su edad. En verdad, Niño Dios, tú eres el Sal­
vador de mi rostro y mi Dios,Si y si bien eres todo dulzura y
deseo, me pareces más dulce aún por la ternura de tus miem­
bros. Ésta te pone al alcance del conocimiento y afecto de los
niños que aun no son capaces de recibirte cual alimento sólido.35
Entre tanto, cuán dulce, cuán dulce —repito— y sabroso es
pensar y meditar en el Niño Dios. Más aún, nada hay más
eficaz ni operante para curar y suavizar lo que en nosotros
pudiera haber de rencor en los espíritus, amargura en las
palabras, rigidez en las costumbres. No acierto a creer que
quien haya gustado el sabor y el recuerdo de esta dulzura
divina pueda estar triste o irritado. Por el contrario, toda in­
dignación y amargura, toda suerte de malicia se alejará de
nosotros.36 Entonces sucederá que como niños recién nacidos37
alabaremos dignamente al Señor Niño recién nacido, y de la
armonía de las voces y de las obras brotará la perfecta ala­
banza de la boca de los infantes y de los niños de pecho 38 en
honor del Señor Jesucristo, infante y niño de pecho, a quien
con el Padre y el Espíritu Santo sea la alabanza y el júbilo
por los siglos eternos. Amén.

33. Ecli. 24,12.


34. Sal. 41,6-7.
35. Heb. 5,14.
36. Ef. 4,31.
37. 1 Pe. 2,2.
38. Sal. 8,3.
SERMON 7

Navidad ii:

Del don que recibió la Iglesia, postergada la Sinagoga


N Niño ha nacido para nosotros, un Hijo nos ha sido

U dado.1

Una salvación a todos ofrecida

Se prueba que ha nacido para nosotros precisamente por­


que nos ha sido dado. Con razón se dice nacido para aque­
llos a quienes vemos que ha sido dado. A todos fue ofrecida
la gracia de su nacimiento, pero no todos la recibieron. No
todos, en efecto, tienen fe.2 Vino a los suyos y los suyos no lo
recibieron2 Ahora bien, inútil habría sido su nacimiento si
no nos hubiera sido dado; en vano se habría hecho hijo del
hombre si no lo hubieran recibido los hijos de los hombres
a quienes daría el poder de llegar a ser hijos de Dios*
¡Ay de ti, Judea incrédula, ingrata e impía! El reino de
Dios te ha sido arrebatado y entregado a otro pueblo que lo
hará fructificar2 Jesús fue arrojado de la Sinagoga," pero lo
recibió la Iglesia. Fue sustraído a las contradicciones de los
judíos y constituido cabeza de todas las naciones. Cosa admi­
rable: el pueblo que no lo conocía se hizo su vasallo, le obe­
deció tan pronto oyó hablar de él,’ mientras que sobre vos­
otros, hijos espúreos, hijos del crimen y del parricidio, recae

1. Is. 9,6.
2. 2 Tes. 3,12.
3. Jn. 1,11.
4. Jn. 1,12.
5. Mt. 21,43.
6. Le. 4,29
7. Sal. 17,44-46.
HOMILÍAS LITURGICAS 113

aquella terrible queja del Padre misericordioso: Crié y edu­


qué hijos, mas ellos me despreciaron.3 Pues bien, el que des­
precia, ¿no será él mismo despreciado?8910 11Dicen al respecto
los apóstoles: Y« que rechazasteis la palabra de Dios y vos­
otros mismos os juzgáis indignos de la vida eterna, en adelante
predicaremos a los gentiles."’
Dichosa gentilidad, mira que se te entrega a Jesús; corre
con las manos extendidas, abre tus brazos, dilata tu seno. Ma­
nifiesten tu devoción tanto tus actos como tu afecto; recibe
con fe y abraza con amor al Niño que se te ofrece, procurando
que more siempre entre tus pechos.11
Me parece estar oyendo las voces de exultación y alabanza12
de todos los rincones del orbe; oigo desde las extremidades
de la tierra las alabanzas, la gloria del Justo. Es como él ruido
de una multitud, el ruido de los ejércitos de Dios,13 la voz uná­
nime de los que alaban y dicen: 1415 Un Niño ha nacido para nos­
16
otros, un Hijo nos ha sido dado.13 Si no me equivoco, es la
Iglesia que se regocija y alaba18 en toda la tierra, porque
abraza al Hijo que ha nacido' para ella y que le ha sido dado,
aquel a quien había visto ofrecido y luego quitado a los ju­
díos infieles.

La fecundidad de la Iglesia

Alaba, estéril, tú que no das a luz; canta alabanzas y re­


gocíjate, tú que no eras fecunda,17 porque a causa de este hijo
que te ha sido dado son muchos más los hijos de la mujer
abandonada que los de la esposa, quien, desposada con Dios
por los lazos de la ley, parecía estar estrechamente unida a él.
Entonces se maravillará y se dilatará tu corazón.13 Entonces
8. Is. 1,2.
9. Is. 33,1.
10. Hech. 13,46.
11. Cant. 1,12.
12. Sal. 41,5.
13. Ez. 1,24.
14. Le. 2,13.
15. Is. 9,6.
16. Is. 35,1.
17. Is. 54,1.
18. Is. 60,5.
114 BEATO GUERRICO DE IGNY

dirás en tu corazón: ¿Quién me ha dado estos hijos? Yo era


estéril y no daba a luz; había sido deportada y estaba cautiva;
¿quién crió a éstos? Estaba abandonada y sola; y éstos, ¿dón­
de estaban?'” Madre incorrupta, virgen fecunda: el Hijo que
te ha sido dado, él te los ha dado. Pues él es el Hijo del Altí^
simo,19 para quien el Padre los ha adoptado a fin de que todos
2021
sean conformes a su imagen y él sea el primogénito entre
muchos hermanos."1 Dilata, pues, el lugar de tu tienda desde
Oriente hasta Occidente, de uno al otro mar; porque te ex­
tenderás a derecha y a izquierda y tu descendencia poseerá
en herencia las naciones.22 En verdad, este Hijo único de
María es el primogénito de toda creatura,232426a quien el Padre
25
dice: Pídeme, y te daré las naciones en herencia y extenderé
tus dominios hasta los confines del orbe.2*

La gloria de la Esposa

2. Así como la Iglesia, después de haber recibido al Hijo


de Dios, siendo estéril dio a luz a muchos hijos y se fortaleció,
su émula, la Sinagoga, que tenía muchos hijos, después de
haberlo rechazado quedó debilitada.23 Por eso mientras hoy
la Iglesia, exultante por el Hijo que le ha sido dado, llena los
cielos con su acción de gracias y su alabanza, aquélla está
sentada, muda, en tinieblas, o más bien importuna a los infier­
nos con sus gemidos. Miserable y ciega, ¿cómo no advierte
que su Dios se ha puesto manifiestamente de nuestro lado,23
que fue repudiada a todas luces quedándose sólo con el libelo
de repudio,27 es decir, con la letra de la ley que le echa en
cara sus adulterios, y que el Esposo ha pasado toda su dote
a una nueva esposa? He aquí en nuestras manos el contrato
matrimonial de ambos testamentos; he aquí el sacramento de

19. Is. 49,21.


20. Le. 1,32.
21. Rom. 8,29.
22. Is. 54,2-3.
23. Col. 1,15.
24. Sal. 2,8.
25. 1 Sam. 2,5.
26. Sal. 49,3.
27. Deut. 24,1.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 115

la unción, la dignidad real, el orden sacerdotal, el ministerio


de los levitas, el culto del templo y de los vasos sagrados, la
verdad de los sacrificios; toda su gloria le ha sido arrebata­
da 2829y nos ha sido confiada a nosotros; porque el Hijo, causa
y verdad de todo esto, nos ha sido dado. El cáliz de la ley
que está en manos del Mediador,20 él lo inclinó del lado de
los judíos al de los cristianos; y todo cuanto vino puro y ge­
nuino contenía, lo trasegó a nosotros. Sólo la hez, que no fue
apurada,30 quedó para los judíos: de ella beben, ella consti­
tuye la porción de su cáliz.31

El Niño pobre, fuente de toda riqueza

3. Pero, ¿por qué detenerme en las palabras? ¿Acaso se


puede expresar cuántas y cuán grandes cosas nos han sido
dadas cuando este Hijo nos ha sido dado? ¿Acaso toda dádiva
excelente y todo don perfecto no bajó a nosotros de él y junto
con él? 32 ¿Acaso no nos trajo consigo todas las riquezas del
cielo, todos los tesoros de Dios? Si bien éstos permanecen to­
davía ocultos en él, no obstante ya nos ha otorgado muchas
y grandes cosas como paga a los que irán al combate; pero
eso no es nada en comparación con lo que reserva a los ven­
cedores. ¿Quién podrá enumerar la abundancia de los caris-
mas, la variedad de las virtudes que son para nosotros otras
tantas armas, el auxilio de los sacramentos, el alimento de las
Escrituras, los grados y jerarquías de los ministros sagrados,
innumerables trofeos de mártires, pléyade de confesores, co­
ronas de vírgenes de toda edad, sexo y condición, nación y
lengua? Si te causa admiración, dice la Iglesia, el que siendo
yo tan pobre me veas repentinamente adornada con tal abun­
dancia de riquezas y esta inmensidad de gloria, te responderé:
el Hijo de Dios nos ha sido dado, el Dios de la gracia, el
Señor de los ejércitos y Rey de la gloria.33 Más admiración

28. 1 Sam. 4,21.


29. Gál. 3,19.
30. Sal. 74,9.
31. Sal. 10,7.
32. Sant. 1,17.
33. Sal. 23,10.
116 BEATO GUERRICO DE IGNY

debería causarte que los bienes no siguieran a su Señor, cuan­


do él mismo es todo bien. A los que buscan al Señor, está
escrito, no les faltará ningún bien.™ ¿cuánto menos a los que
lo reciben?
Si te admiras de que todas estas cosas nos hayan sido da­
das por el Hijo, añadiré, para aumentar tu admiración, que
absolutamente todo nos ha sido dado junto con él. Porque ha­
biéndonos dado el Padre a su propio Hijo por quien y en
quien todo subsiste, ¿cómo no nos iba a dar todo con él?86
Todo es nuestro,,a dice el Apóstol, porque el Creador y Señor
de todas las cosas es nuestro; de manera que aunque aparen­
temente no tengamos nada, en realidad lo poseemos todo?7
Mira, pues, cuán grande y excelente es este don del Hijo y
con cuánta propiedad podemos aplicarle las palabras de la
Sabiduría: Todos los bienes me vinieron juntamente con ella
y he recibido por su medio innumerables riquezas?8

Las tres venidas de Cristo

¿Pot qué, hermanos míos, insisto tanto en esto? ¿Por qué


sino para que aprendáis a gloriaros de que el Hijo os haya
sido dado? Y todo lo que el mundo os pueda brindar o pro­
meter, consideradlo no sólo como cosa vil e indigna en com­
paración con él, sino además como pérdida 30 a causa de él.
No como el mundo da, os da él.34 40 Solamente sed agradeci­
39
38
37
36
35
dos 41 porque os ha sido dado y esforzaos para que os sea
dado mejor y más perfectamente. El que una vez fue dado
al mundo bajo la forma de la carne, también en ciertos días
y horas se da a los fieles bajo la apariencia de pan, es de­
cir, en el banquete del sacramento; y con mucha frecuencia
a horas inciertas se da a los fervorosos en la dulzura de su

34. Sal. 33,11.


35. Rom. 8,32.
36. 1 Cor. 3,22.
37. 2 Cor. 6,10.
38. Sab. 7,11.
39. Fil. 3,8.
40. Jn. 14,27.
41. Col. 3,15.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 117

Espíritu. Lo primero es para nuestra redención, lo segundo,


para la santificación, lo tercero, para consolación. Lo pri­
mero exige una fe recta, lo segundo, una conciencia pura,
lo tercero, un fervor sincero. Éste eleva el espíritu para que
salga al encuentro de la gracia, abre el corazón para que la
reciba, dilata el afecto para que pueda recogerla lo más po­
sible. No sólo ésta, sino toda gracia haga abundar en voso­
tros 42 el Dios de toda gracia*3 el Hijo que os ha sido dado,
que es Dios bendito por los siglos de los siglos. Amén.“

42. 2 Cor. 9,8.


43. 1 Pe. 5,10.
44. Rom. 9,5.
SERMON 8

Navidad in:

Intercambio admirable entre Dios y el hombre

IT N Niño ha nacido para nosotros.'

Dios para los hombres

En verdad, para nosotros; no para sí ni para los ángeles.


No ha nacido para sí, repito, de modo que este nacimiento
no dio la existencia, ni tampoco una existencia mejor, a
aquel que antes de nacer en el tiempo existía eterna­
mente y era para sí su felicidad perfecta; porque era Dios
perfecto nacido de Dios perfecto. No nació para los ánge­
les; porque no necesitaba reparación el ángel que perma­
neció en la verdad, ni podría ser reparada la caída del que
había caído. Por eso nunca tomó una naturaleza angélica,
sino que tomó una carne del linaje de Abrahán.' Y el Dios
que había nacido para sí, nació Niño para nosotros: se dejó
a sí mismo en cierto modo y dejó de lado a los ángeles a fin
de llegar hasta nosotros y hacerse uno de los nuestros; se
anonadó a sí mismo,3 haciéndose inferior a los ángeles 1 pa­
ra hacerse igual a nosotros. El que habiendo nacido eter­
namente era su propia felicidad y la de los ángeles; naci­
do en el tiempo para nosotros se hizo nuestra redención;
porque nos veía fatigándonos solos a causa de la antigua
deuda de nuestro nacimiento.
1. Is. 9,6.
2. Heb. 2,16.
3. Fil. 2,7.
4. Sal. 8,6.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 119

En el Niño, el hombre vuelve a ser para Dios

Niño Jesús, qué feliz, qué amable es tu nacimiento que


enmienda el nacimiento de todos, restaura su condición, sal­
da nuestra deuda, anula la sentencia de condenación dicta­
da contra nuestra naturaleza,56789 a fin de que quien está tris­
te de haber nacido para la condenación, pueda renacer a
una felicidad mayor. Porque a los que te recibieron les diste
él poder de llegar a ser hijos de Dios.0 Gracias por tu gratui­
to y dichoso nacimiento, Dios, Hijo del hombre, por el cual
tenemos acceso a esta gracia en la que permanecemos y nos
gloriamos en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios.'1
Intercambio admirable ciertamente: asumes nuestra carne y
nos concedes la divinidad; intercambio, digo, contraído por
amor, no por avidez, glorioso para tu misericordia y suma­
mente provechoso para nuestra indigencia. Verdaderamente
eres un Niño misericordioso, a quien sólo la misericordia hizo
niño, si bien en ti la misericordia y la verdad se encontraron.0
Verdaderamente, repito, tú, Niño misericordioso, naciste pa­
ra nosotros, no para ti. Al nacer de nosotros buscaste nuestro
provecho, no el tuyo; porque te dignaste nacer sólo para ele­
varnos con tu descenso, para glorificarnos con tu humilla­
ción. Con tu anonadamiento nos colmaste; transladaste al hom­
bre toda la plenitud de tu divinidad.” La transpasaste, no la
mezclaste. Yo no diría que Dios se transpasó al hombre si hu­
biera oído decir que el Espíritu le había sido dado a este
hombre con medida,1011si Dios hubiera retenido de toda su
plenitud algo' que no hubiera derramado en el hombre al
cual se había unido.
2. Con razón, pues, el nombre del Dios hombre es óleo
derramado,11 ungüento que se ha vaciado por haberlo derra-

5. Col. 2,14.
6. Jn. 1,12.
7. Rom. 5,2.
8. Sal. 84,11.
9. Col. 2,9.
10. Jn. 3,34.
11. Cant. 1,3.
120 BEATO GUERRICO DE IGNY

mado Dios totalmente en el hombre, al punto que la fe del


apóstol afirma que se vació a sí mismo.12
13

Dios anonadado

No obstante, de tal modo se vació que no hubo en él dis­


minución ni mutación alguna. En su naturaleza inmutable
no pudo darse otro anonadamiento que el asumir nuestra
naturaleza, la cual es una tierra vacía y desierta.'3 Profundo
anonadamiento es éste a los ojos de quien lo contempla: [el
que es] el esplendor de la gloria y la figura de la sustancia 1415
16
del Padre tomó forma de esclavo carente de vistosidad y
hermosura.1“ Como si fuera poco anonadamiento hacerse so­
lamente hombre, también se vació de la gloria de la carne
humana, tornó necia su sabiduría, debilitó su fuerza, dismi­
nuyó su grandeza tan profundamente que en su nacimiento
se mostró el más pequeño, y en su pasión, el último de los
hombres; por eso no hicieron ningún caso de él.1"
¿Quieres ver cómo Dios se vació a sí mismo? Mira al que
He aquí a nuestro Dios,13 dice
está reclinado en el pesebre.1718
20
19
Isaías, que de tan lejos vio y conoció el pesebre de su Señor13
más aún, a Dios en el pesebre. He aquí —dice— a nuestro
Dios. ¿Dónde? pregunto. En aquel pesebre. Allí encuentro
un Niñito.3“ ¿Acaso no dices ser éste el que asegura: Yo lle­
no el cielo y la tierra,21 aquel cuya majestad no puede ser
contenida en todo el ámbito de los cielos? Lo veo envuelto
en pañales.2223¿Acaso no dices que se vistió de la gloria y del
esplendor de la luz inaccesible, el que está revestido de la luz
incircunscrita como de un manto?33 Lo oigo llorar. ¿No es

12. Fil. 2,7.


13. Gen. 1,2.
14. Heb. 1,3.
15. Is. 53,2.
16. Is. 53,3.
17. Le. 2,7.
18. Is. 25,9.
19. Is. 1,3.
20. Le. 2,12.
21. Jer. 23,24.
22. Le. 2,12.
23. Sal. 103,1-2.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 121

éste el que truena en los cielos, ante cuya voz de trueno las
26Es así, dice otro pro­
potestades angélicas pliegan sus alas? 2425
feta, respondiendo en nombre de Isaías, ciertamente es así:
Este es nuestro Dios; pero se anonadó, se vació para colmar­
te y quiso en cierto modo experimentar la indigencia,, para
poder reanimarte. Todo el coro de los profetas con una sola
vez y un solo espíritu proclama el mismo mensaje, si bien
con palabras diversas: Este es nuestro Dios; y ningún otro
será tenido por tal fuera de él,™ ni hay otro Dios fuera de él.20

De la perdición, Dios extrae salvación

Pero yo sé. dice David, sé que la generación mala y adúl­


tera de los judíos no creerá en este signo, antes lo contra­
decirá. Anunciadlo vosotros, apóstoles, a la otra generación, a
31¿Qué? Que éste a quien el pueblo judío ni si­
los gentiles 2728
30
29
quiera mira reclinado en el pesebre, a quien desprecia col­
gado en la cruz, cuyo nacimiento admirable no reconoce, cu­
yas obras maravillosas le causan envidia, de cuya pasión se
burla: éste, éste —repito— es nuestro Dios para siempre y
por los siglos de los siglos; él nos regirá eternamente.™
Y he aquí que gracias a la predicación de los apóstoles, testi­
monio de profetas, mientras el vellocino quedó -seco, toda la
planicie de la era recibió el rocío;20 aunque se secó la hiedra,
Nínive fue salvada,“0 y la pérdida de los judíos se convirtió en
riqueza del mundo y salvación de los gentiles.“1
Todos los reyes de la tierra adoran al Niño que ha nacido
para nosotros; todos los pueblos lo sirven;3'2 porque si hay al­
gunos que no lo sirven o que no lo han de servir, serán como
si no fueran en su presencia.33 El pueblo y el reino que no lo

24. Ez. 1,25.


25. Bar. 3,36.
26. Deut. 4,34.
27. Sal. 47,14.
28. Sal. 47,15.
29. Jue. 6,37-40.
30. Jonás 3,10; 4,7.
31. Rom. 11,11.15.
32. Sal. 71,11.
33. Is. 40,17.
122 BEATO GUERRICO DE IGNY

sirva, parecerá.3435
36Con todo, vemos ya —y nos alegramos de
que se haya cumplido— lo que el Padre prometió por medio
de Isaías: Hombres egregios se pasarán a ti y serán tuyos;
caminarán en pos de ti, te adorarán y te presentarán súpli­
cas. Y con razón —añade—, pues solamente en ti está Dios y
no hay Dios fuera de ti. En verdad tú eres un Dios escondi­
do, Dios de Israel, el Salvador.'1'' Si alguna vez se pudo decir
de un modo más manifiesto y más explícito que Jesús es Dios,
entonces que nunca lo crea el judío. O bien, si niega que es­
to se haya dicho de Jesús, muestre algún otro en quien esté
Dios y que sea Dios, y no haya otro Dios fuera de él; pues­
to que tampoco confiesa la Trinidad de las Personas, que le
permitiría señalar un Dios en quien está Dios y fuera del
cual no hay otro Dios.3“

Dios triunfa en la carne débil

En cambio te escandaliza, pérfido, lo que debería fomen­


tar tu piedad: es decir que Dios se haya escondido y un hom­
bre haya sido presentado ante tus ojos, como lodo mezclado
con saliva para iluminar al cielo37 y permitirle ver a Dios.
Esto, repito1, te escandaliza: que en la debilidad de la car­
ne se haya escondido la fortaleza de Dios,38 y también que
en la debilidad de la cruz se haya escondido la fuerza del
hombre Dios: que su aspecto y figura aparezcan tan despro­
vistos de gloria entre los hijos de los hombres; por eso no hi­
ciste ningún caso de él,3940antes lo consideraste como lepro­
so, herido por Dios y humillado, por haber puesto Dios so­
bre sus espaldas las iniquidades de todos los hombres.10 Tam­
bién habría cargado sobre sí tu iniquidad si tú hubieras que­
rido descargarte de ella aunque fuera en el último instante.
Pero tú, miserable, no la dejas, más bien agregas iniquidad

34. Is. 60,12.


35. Is. 45,14-15.
36. Deut. 32,39.
37. Jn. 9,6-7.
38. Hab. 3,4.
39. Is. 52,14.
40. Is. 53,3.4.6.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 123

sobre iniquidad,41 sobre la sangre de los profetas, la sangre


del Hijo de Dios y la de los apóstoles.42 Pon sobre ti, ya que
así lo quieres, pon sobre ti el yugo de tus iniquidades,4344
45pa­
ra ti y para tus hijos; en cuanto a mí, prefiero llevar el yu­
go de Cristo,11 para que él lleve mis iniquidades. Tú lleva el
cúmulo de tus prevaricaciones, los haces de tus crímenes;15 yo
llevaré el hacecillo de mirra 46 que María recogió para mí y
envuelto en pañales recostó en el pesebre.47

El Señor se ha hecho alimento de nuestra bajeza

4. En cuanto a vosotros, hermanos míos, que conocisteis el


pesebre de vuestro Señor y en el pesebre al Señor a quien Is­
rael no conoció,4849vosotros, repito, que no consideráis que el
Salvador se envileció al hacerse misericordioso, antes bien lo
amáis con tanta mayor ternura cuanto más pobre es su as­
pecto: Cantad, exultad, entonad salmos.15 Un Niño ha naci­
do para nosotros; un Hijo nos ha sido dado.50 Nació de los
judíos, pero nació para nosotros; porque les fue quitado a
ellos y nos fue dado a nosotros. Cantad al Señor un cántico
nuevo porque ha hecho maravillas. El Señor dio a conocer su
salvación51 de manera que el asno proveniente de los genti­
les reconozca en el pesebre a su Señor hecho heno para él;
pues toda carne es heno.52

La maternidad sobrenatural de la Iglesia

Ha manifestado su justicia a los ojos de las naciones53 jus­


ticia ignorada por el judío porque todavía un velo cubre su
41. Sal. 68,28.
42. Hech. 8,52.
43. Tren. 1.14.
44. Mt. 11,29-30.
45. Is. 58,6.
46. Cant. 1,12.
47. Le. 2,12.
48. Is. 1,3.
49. Sal. 97,4.
50. Is. 9,6.
51. Sal. 97,1-2.
52. Is. 1,3; 40,6.
53. Sal. 97,2.
124 BEATO GUERRICO DE IGNY

rostro. Tiene un velo porque persiste en su celo, por lo cual


no ve la verdad, y siente envidia de que un Niño haya naci­
do para nosotros, un Hijo nos haya sido dado. Siente envidia
no porque quiera poseerlo para sí, sino porque quiere que
desaparezca tanto para mí como para él. La ramera envidio­
sa y mala prefería que se matara al niño antes de que me lo
dieran vivo; pero el juicio de nuestro Salomón, cuya palabra
es más aguda que una espada de dos filosS1 y que penetra
los riñones y los corazones,85 no se equivocó al identificar a
la verdadera madre. Dad —dijo— a la Iglesia el niño vivo;
pues ella es su madre."0 En efecto, todo el que hace su vo­
luntad es su madre, su hermano y su hermana.17
Salomón, Señor mío, tú me llamas madre; yo me profeso
esclava. Yo soy la esclava de Cristo. Sin embargo, hágase en
mí según tu palabra.08 En verdad, por mi amor y solicitud
seré, en cuanto me sea posible, una madre para él, una ma­
dre amante y solícita, pero sin olvidar nunca mi propia con­
dición.

Cada cristiano es madre de este Niño

5. Hermanos míos, el nombre de madre no es exclusivo de


los prelados, aun cuando a ellos incumba ejercer los cuida­
dos de una piedad y solicitud maternal. Os compete igual­
mente a vosotros que hacéis la voluntad del Señor. Sí, tam­
bién vosotros sois madres del Niño que ha nacido para voso­
tros y en vosotros, en cuanto que por el temor del Señor ha­
béis concebido y dado a luz el espíritu de la salvación. Vi­
gila, pues, madre santa, vigila solícita sobre este recién na­
cido, hasta que sea formado en ti Cristo,00 nacido para ti;
porque cuanto más débil es, más fácilmente puede perecer
para ti el que nunca perece para sí. El espíritu que está en
ti, si se extinguiera para ti, retornará a Dios que lo dio.0054
60
59
58
57
56
55
54. Heb. 4,12.
55. Sal. 7,10.
56. 1 Re. 3,16-28.
57. Mt. 12,50.
58. Le. 1,38.
59. Gál. 4,19.
60. Ecli. 12,7.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 125

Reconvenciones monásticas. Conservemos la forma de Cristo

Vigila, repito, solícita sobre este recién nacido y recuerda


que tu rival mientras dormía ahogó al hip que le había si­
do dado. ¿Quién es ésa sino el alma carnal que extingue el
espíritu por su negligencia y desidia? Tales hombres cuando
han perdido el fervor religioso se arrogan sin embargo su
gloria y su nombre. De aquí se originan los altercados entre
los carnales y los espirituales, también en los capítulos, don­
de el verdadero Salomón preside invisiblemente como juez.
Mi hijo, dicen los carnales, vive, el tuyo es el muerto;’' yd
tengo el espíritu de Dios,02 tú no lo tienes; en mí el amor de
Dios vive, en ti ha muerto. En una palabra, ambicionan el
mando de la vida religiosa, cuya verdad es patrimonio de
los espirituales, a fin de introducir, mediante la autoridad a
éstos quitada, costumbres dictadas por sus propios antojos
y caprichos. En verdad, la madre quiere que el Niño sea da­
do vivo e íntegro a su rival, y no le envidiaría la gloria si
además la viera poseer la virtud. Pero aquélla replica: No
sea ni para mí ni para ti; que lo dividan en dos,"3 porque ella
desea retener el honor de la santidad y dejar a los otros el
trabajo. Más no se equivocó el que juzga, si bien por algún
tiempo disimula. La espada de Salomón descubre a la verda­
dera madre y le adjudica inseparablemente, con el afecto de
la caridad, el efecto del poder; con el fervor del trabajo, el
favor del mando.
Por tanto, vosotros, hermanos, en quienes la fe que obra
por el amor01 ha nacido del Espíritu Santo, protegedla, ali­
mentadla, nutridla como al Niño Jesús, hasta que sea forma­
do en vosotros el Niño que ha nacido para nosotros. Éste, en
efecto, no sólo en su nacimiento, sino en su vida y en su
muerte nos ha dado el modelo según el cual debemos con­
formarnos siempre de que si no hubiera sido para nosotros,
no habría nacido; si no hubiera sido para nosotros, no habría
querido vivir; si no hubiera sido para nosotros, no habría que­

61. 1 Re. 3,22.


62. 1 Cor. 7,40.
63. 1 Re. 3,26.
64. Gál. 5,6.
126 BEATO GUERRICO DE IGNY

rido morir —ya que no necesitaba hacerlo para sí—, a fin de


que nosotros renaciéramos por él, viviéramos conforme a él
y muriéramos en él, que vive y reina por los siglos de los si­
glos. Amén.
SERMON 9

Navidad iv:
Cumplimiento del tiempo acerca del Mesías

II
y *■ e aquí que llegó la plenitud del tiempo.1

Esta plenitud del tiempo mencionada por Pablo pue­


de referirse a la abundancia de la gracia, o al cum­
plimiento de la profecía anterior, o a la edad más perfecta
de la fe adulta. Trataremos de cada una en particular.

Cristo, plenitud de todo bien

La plenitud de todos los bienes es Cristo el Señor. En efec­


to, él está lleno de todos los tesoros de la sabiduría y de la
23 de Dios y de toda gracia, más aún, en él habita cor­
ciencia 1
poralmente toda la plenitud de la divinidad.3 Los apóstoles
lo vieron lleno de gracia y de verdad y de su plenitud todos
recibieron,45 al punto que el último de todos, que se conside­
raba un abortivo,6 Pablo, vaso de elección," de la plenitud
que recibió derramó por todas partes plenitud de gracia y
de verdad, exclamando y diciendo: He aquí que llegó la ple­
nitud del tiempo.7
Puesto que el autor del tiempo había nacido en el tiempo
lleno de todos los bienes, ¿qué pudo aportar, sino la pleni-
1. Gál. 4,4.
2. Col. 2,3.
3. Col. 2,9.
4. Jn. 1,14-16.
5. 1 Cor. 15,8.
6. Hech. 9,15.
7. Is. 45,8.
128 BEATO GUERRICO DE IGNY

tud del tiempo? Puesto que los cielos derramaron su rocío


desde lo alto y las nubes hicieron llover al justo y la tierra
germinó al Salvador,89 tanta riqueza de bendiciones celestiales
¿qué pudo procurar, sino la fecundidad a toda la tierra? Ben­
dijiste, Señor a tu tierra, diste tu benignidad y nuestra tierra
dio su fruto,° a saber, de un grano de trigo que germinó en
el seno de la Virgen, se originó una abundante cosecha de
fieles en toda la tierra.
No quiero, pues, que busques esta plenitud del tiempo en
la abundancia de los bienes temporales, sino en la de los eter­
nos, no en la cosecha de los campos, sino en la del cielo. Si
los cielos destilan su rocío desde lo alto y las nubes hacen
llover al justo, si la tierra germina al Salvador y junto con él
nace la justicia, si finalmente en los días del Señor florece no
sólo la justicia, sino también la abundancia de la paz,1011no
busques entonces tiempos más felices. El reino de Dios, en
efecto, no es otra cosa que justicia y paz y gozo en él Espíri­
tu Santo “ que de éllos procede. Aun en nuestros tiempos tal
estado es considerado como el mejor y el más hermoso: la
justicia regula las costumbres; la abundancia, junto con la paz,
procura una vida tranquila y gozosa.

Dios se ha dado como alimento de todo lo creado

En fin, la misericordia del Señor llena la tierra,'2 el Señor


corona el año con su bendición y sus campos rezuman abun­
dancia 13 de toda gracia espiritual. ¿Quién puede negar, a no
ser el ingrato, que no sea ésta la plenitud del tiempo? ¿Qué
edad de oro hubo jamás comparable a esta plenitud del tiem­
po en la que el pan de los ángeles —que contiene en sí la
suavidad de todos los sabores y deleites— 14 se ofrece inclu­
so a los animales, y no solamente los hombres, sino que aun
los animales son alimentados con este manjar celestial? Sal­
8. Sal. 84,2.13.
9. Is. 45,8.
10. Sal. 71,7.
11. Rom. 14,17.
12. Sal. 32,5.
13. Sal. 64,12.
14. Sab. 16,20.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 129

varas, Señor, a hombres y animales; ¡cómo multiplicaste tu


misericordia, oh Dios!13 Esta misericordia tuya, oh Dios, se
multiplica al infinito: tú, que eres el pan de los ángeles, no
sólo enriqueces y haces feliz la mesa de los hombres, sino
que también, hecho heno, llenas los pesebres de los anima­
les. Señor, Sabiduría misericordiosa, tú te proclamas deudor de
sabios e insensatos 10 hasta el extremo de que, siendo el crea­
dor de unos y otros, a unos y otros les procuras el alimento
necesario; tanto a los hombres como a los animales, a los es­
pirituales como a los carnales, los salvas a cada uno según
su condición y orden.
Proclamen al Señor por sus misericordias y por sus mara­
villas en favor de los hijos de los hombres,pues envió a su
Verbo hecho carne como medicina y alimento de todos, de
suerte que aun los que son incapaces de la palabra son cu­
rados y saciados con la carne de la Palabra. Coman los po­
bres y sean saciados 151819y proclamen que ha llegado la pleni­
17
16
tud del tiempo10 al encontrar en los pesebres el pan celes­
tial preparado sin el sudor de su frente.20 ¿Acaso mugirá él
buey teniendo delante el pesebre tan lleno?21 Podrá mugir,
pero únicamente por el gozo espiritual y por el júbilo de su
corazón, pues ha conocido el pesebre de su Señor,22 más aún,
aj Señor en el pesebre.

Los malos compradores

2. No obstante, conviene ver con mayor claridad cuánta


plenitud de tiempo trajo Cristo al venir del cielo y cómo qui­
so que se pueda comprar a un precio asequible y exiguo lo
que hay de más valioso [pretiosum]. Desde sus días se com­
pra el reino de los cielos por dos pequeñas monedas, o por
un vaso de agua fresca, o por la sola buena voluntad. Sin
15. Sal. 35,7.
16. Rom. 1,14.
17. Sal. 106,8.15s.
18. Sal. 21,27.
19. Gál. 4,4.
20. Gen. 3,19.
21. Job 6,5.
22. Is. 1,3.
130 BEATO GUERRICO DE IGNY

embargo, ahora apenas se encuentra un comprador entre tal


multitud de ricos. Vergüenza da decirlo: aun nosotros, que
liemos iniciado ya negociaciones para la compra, que ya fir­
mamos el contrato, que ya recibimos las arras de la heren­
cia,2324aun nosotros —repito— con frecuencia rescindimos el
contrato y casi nos lamentamos de la transacción; nos queja­
mos y murmuramos como si nos hubieran enredado en este
negocio, como si fuera mucho ese casi nada que se nos re­
clama.
Con razón la Escritura profetizó acerca de nosotros: Malo,
malo, dice todo comprador, pero cuando se ha retirado se
felicita.21 ¿Acaso no podrá felicitarse con razón quien haya
comprado ese inmenso y eterno precio de gloria por una bre­
ve y momentánea tribulación? 25 ¿Quién ha sido salvado, así,
por nada?26 Sin embargo, en el presente oirás por doquier
quejas cotidianas y lamentables murmuraciones: esto es ma­
lo, aquello es malo; esto es pesado, aquello es insoportable,
¿quién tolerará tantos y tales trabajos? De hecho no hay ca­
si nadie que, estimando esas cosas en su justo valor de acuer­
do al mérito que comportan, diga: Los sufrimientos de este
tiempo no son comparables con la gloria futura que se mani­
festará en nosotros,27 a no ser en el momento en que ella por
fin comience a revelarse. Entonces se felicitará plenamente
quien ahora regatea y se lamenta por el precio demasiado
gravoso para él. Esto será cuando, haya abandonado el mer­
cado, es decir, este mundo, donde firmó el contrato de esa
compra, y vuelva a la casa de su morada eterna llevando con­
sigo una cosa tan grande comprada a tan bajo precio.

El ejemplo de David

Era un hombre según el corazón de Dios, hombre sencillo,


sin resentimientos, ajeno a esta habilidad, mejor dicho, a es­
ta inhabilidad e infidelidad de los mercaderes; me refiero a
23. Ef. 1,14.
24. Prov. 20,14.
25. 2 Cor. 4,17.
26. Sal. 55,8.
27. Rom. 8,18.
HOMILÍAS LITURGICAS 131

David que decía: Yo no conozco los negocios, Señor, me acor­


daré solamente de tu justicia.2“ En modo alguno me acordaré
de mi justicia exagerando mis trabajos, proclamando mis mé­
ritos; más bien me acordaré sólo de tu justicia, de ti, que
gratuitamente te constituiste en mi deudor. En tu verdad,
escúchame por tu justicia y no entres en juicio con tu sier­
vo,20 que si quiero justificarme, mi boca me condenará.20 Por
eso, dice, entraré en las potencias del Señor21 pues no haré
valer mis justicias; por eso él me hará poderoso ahora en el
combate y luego en el reino, porque siempre confesaré mis
debilidades. En efecto', cuando soy débil, entonces soy fuerte.02
Así como actúa con prudencia ante Dios quien sin acordar­
se de su propia justicia se encomienda totalmente a la mise­
ricordia, así compra con prudencia quien rehúsa conocer to­
da ficción y avaricia en los negocios, quien habiendo encon­
trado la perla preciosa, no sólo da todas sus cosas,28
33 sino que
32
31
30
29
también se entrega a sí mismo espontánea y ardientemente.
Nosotros, en cambio, tibios, astutos, ingratos, faltos de devo­
ción, que amamos los placeres más que a Dios, apenas pode­
mos abstenernos de aquel lenguaje de infiel y pésima mur­
muración: Malo, malo,34 aun después de haber gustado y vis­
to, como está escrito respecto de la mujer fuerte, qué bueno
es nuestro negocio.35

La ingratitud y la gracia

3. Hasta aquí me he dejado llevar por cierto celo impla­


cable contra la ingratitud y la infidelidad de nuestros tiem­
pos; pero me reclama ahora la santa y bienaventurada ple­
nitud del tiempo de Cristo, de la que comencé a tratar y con
la que también hoy habéis de ser más abundamentemente
saciados. Sin embargo, corren conjuntamente y a la par es­

28. Sal. 70,15-16.


29. Sal. 142,1-2.
30. Job 9,20.
31. Sal. 70,16.
32. 2 Cor. 12,10.
33. Mt. 13,46.
34. Prov. 20,14.
35. Prov. 31,10.18.
132 BEATO GUEBBICO DE IGNY

tos dos tiempos tan diversos y tan opuestos entre sí, el tiem­
po de la gracia y el tiempo de la malicia; y no obstante, am­
bos pueden encontrarse en ese único tiempo. Si ahora no fue­
ra el tiempo de la gracia, no diría el Apóstol: He aquí el
tiempo favorable, he aquí el día de la salvación.3“ Y por otra
parte, si no fuera el tiempo de la malicia, no diría el mismo
Apóstol: Aprovechando el tiempo, porque los días son malos37
La gracia y la ingratitud combaten en un mismo tiempo co­
mo en un mismo estadio. Ya hace mucho que la sabiduría
lucha contra la malicia; por eso ahora desciende al escenario
de este mundo. Lucha, repito, no queriendo ser vencida por
el mal, sino queriendo vencer el mal con el bien.33 Abunda­
ba la iniquidad; y si bien la caridad humana se había hela­
do, la divina no se enfriaba.30 Grande es en verdad aquel ar­
dor de la caridad al que —como está escrito— las muchas
aguas no pueden extinguir.10 Cuando la multitud, de los pe­
cados postulaba el juicio final, Dios envió a su Hijo, no pa­
ra juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.4’

La madurez de la fe en la historia

Así, cuando la malicia del mundo había llegado casi al ex­


tremo y presagiaba el fin de los tiempos, la venida del Re­
dentor infundió a las cosas humanas una nueva e insospecha­
da plenitud de tiempo. Cuando el mundo había envejecido
y estaba a punto de perecer12 por su avanzada edad, de pron­
to, a la llegada de su Creador, fue renovado en una nueva e
inesperada juventud de su virtud y un cierto ardor juvenil
de su fe. Esa fe cuya primera etapa, a modo de infancia, se
dio en los patriarcas que vivieron en la aurora de la Iglesia
naciente; la adolescencia, en los profetas; finalmente, la ple­
nitud de su fuerza juvenil la alcanzó en los apóstoles, cuan­
do ofreció al mundo el espectáculo de su ardiente virtud en
36. 2 Cor. 6,2.
37. Ef. 5,16.
38. Rom. 12,21.
39. Mt. 24,12.
40. Cant. 8,7.
41. Jn. 3,17.
42. Heb. 8,13.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 133

los tan preclaros y fortísimos triunfos de innumerables már­


tires. A esta edad adulta y plena de la fe, el apóstol la llama
plenitud del tiempo,43 es decir, cuando los que habían teni­
do a la ley como pedagogo y en nada se diferenciaban del
siervo mientras eran niños,4445
48ya adultos recibieron la libertad
47
46
de los hijos por medio del Unigénito del Padre. El cual, pa­
ra que nada faltara a la plenitud del tiempo, vino lleno' de
gracia y de verdad,43 a fin de que por la gracia nos hiciera
capaces de cumplir los mandamientos de la ley y por la ver­
dad él mismo cumpliera lo que había prometido. Y así, todo
lo que en los siglos anteriores fue hecho y dicho en figura se
cumpla más plena y verdaderamente en esta plenitud del
tiempo. Pues este día ha mostrado tantos misterios, tantas
profecías recapituladas en un hoy tan breve, que de él se
puede decir con verdad: Consumado en breve tiempo, cum­
plió largos tiempos.1“

El día bueno, día de la salvación

4. Por eso ya que consta de tantos modos que ha llegado


la plenitud del tiempo, Salomón con razón hace enmudecer
las quejas de los ignorantes diciendo: No digas: ¿De dónde
proviene que los tiempos pasados fueron mejores que los pre­
sentes? Esta es una pregunta tonta,1,1 cuando vemos que la
gracia de Dios hizo tiempos felicísimos para los hombres,
pero la ingratitud de los hombres los tornó pésimos para sí.
¡Oh tiempo favorable!,1“ al que dio un comienzo tan feliz y
prometedor este día en el cual el Creador eterno del tiem­
po, al nacer, inició la eternidad para los mortales. Verdade­
ramente día de salvación 49 es este día en el que, habiendo
nacido la salvación del mundo, ella misma se constituyó en
bebida saludable para los enfermos. Hermanos, de este día,
si no me equivoco, hablaba el sabio a su hijo: No te prives
43. Gál. 4,4.
44. Gál. 3,25;4,1.
45. Jn. 1,14.
46. Sab. 4,13.
47. Ecle. 7,11.
48. 2 Cor. 6,2.
49. 2 Cor. 6,2.
134 BEATO GUEBBICO DE IGNY

de un día bueno. Y explicando lo que es no privarse, añade:


No dejes perder ninguna parte del don bueno.1'“
La llama día bueno porque hoy nos es dado el don bue­
no; más aún, el don óptimo, el don perfecto, que desciende
del Padre de las luces.“1 Cuál sea éste, nadie lo conoce, sino
el que lo recibe.“2

Dios se ofrece hoy en un banquete feliz

En cuanto a vosotros, hermanos, habéis recibido el espí­


ritu de Dios, para poder conocer lo que os ha sido dado por
Dios.63 Cantáis con pleno convencimiento del corazón: Un
Hijo nos ha sido dado. Este Hijo es el pan de los hijos que
hoy ofrece el bienaventurado y solemne banquete de sí mis­
mo a toda la familia del Padre.
5. Te damos gracias, Padre de las misericordias, que hoy
nos das nuestro pan de cada día 64 y con tanta generosidad
abriste tu mano para colmar de bendiciones a todos los ani­
males, que hasta sus mismos pesebres se encuentran llenos
de esa bendición.66

No nos 'privemos de este pan que se nos da

Cuán miserable, estúpido e insensato, más aún, cuán mal­


vado y hostil para consigo mismo es el animal que se priva
de este día bueno y deja perder parte del don bueno;68 es
decir, se priva de la gracia celestial que le es ofrecida y pa­
sa el día de la refección y del gozo con un corazón triste
y en ayunas, como si aún no hubiera llegado la abundantísi­
ma plenitud del tiempo ni el pan celestial hubiera llenado
los pesebres de los sencillos y humildes. A tal hombre mal­
vado y hostil para consigo mismo, ingrato e injuriador para
con Dios, tildaba la Sabiduría al decir: El ojo maligno está50 56
55
54
53
52
51

50. Ecli. 14,14.


51. Sant. 1,17.
52. Apoc. 2,17.
53. 1 Cor. 2,12.
54. Le. 11,3.
55. Sal. 144,16.
56. Ecli. 14,5-6.14.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 135

fijo en el mal y no se saciará de pan; estará famélico y me­


lancólico en la mesaó’7 Por eso —añade— su alma no se sa­
ciará de bienes," porque su ojo está fijo en el mal; y no se
vuelve para ver el bien" ni para considerar con piedad y con
fe lo que le ha sido preparado en la gran mesa del rico. Ma­
ligno es, dice, el ojo del envidioso; él aparta su rostro y des­
precia su alma.™
Sin duda, hermanos, si no apartamos nuestro rostro de la
contemplación de aquel que está reclinado en el pesebre, por
esa sola mirada podremos alimentarnos felizmente y diremos:
El Señor me alimenta y nada me faltará; en verdes praderas
me hace reposar.'" Entonces ciertamente conoceremos que ha
Pegado la tan deseada plenitud del tiempo, en la que Dios
envió a su Hijo,™ por quien desde ahora somos colmados de
tal plenitud de bienes. A él sea la bendición y la acción de
gracias ahora y en la infinidad de los siglos de los siglos.
Amén.5762
61
60
59
58

57. Ecli. 14,10.


58. Prov. 13,2.
59. Job 7,7.
60. Ecli. 14,8.
61. Sal. 22,1-2.
62. Gál. 4,4.
SERMON 10

Navidad v:
Providencia admirable de Dios en el nacimiento de Cristo

S habéis reunido, hermanos, para escuchar la palabra

O de Dios.

Ver la palabra
Pero Dios ha dispuesto algo mejor para nosotros. Hoy nos
es dado no sólo escuchar, sino también ver la Palabra de
Dios, con tal de que vayamos a Belén y veamos esta palabra
que hizo el Señor y que nos ha manifestado.1 Dios conocía la
incapacidad de los sentidos del hombre para captar las cosas
invisibles, su rebeldía respecto de las celestiales, su dificul­
tad para creer cuando el objeto de la fe no les es presentado
a los sentidos de un modo visible y convincente. Pues si bien
la fe entra por el oido,123mucho mejor y más prontamente lo
hace a través de la vista, como nos enseña el ejemplo de
aquel a quien se dice: Porque me viste, creiste,2 tú, que mien­
tras solamente oías, permaneciste incrédulo.

Tocar al Verbo

Como es más difícil creer en lo que se oye que en lo’ que


se ve, con razón es proclamada feliz la fe de aquellos que no
vieron al Señor. En efecto, dieron más crédito a la autoridad
de la palabra que a la experiencia de los propios sentidos o
de la razón. Sin embargo, Dios, queriendo adaptarse en to­
da forma a nuestra torpeza, hoy, después de haber hecho

1. Le. 2,15.
2. Rom. 10,17.
3. Jn. 20,29.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 137

oír a su Verbo, nos lo hizo también visible, más aún, palpa­


ble; de manera que algunos de nosotros pudiéramos decir: Lo
que existió desde el principio, lo que oímos, lo que vimos
con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras
manos tocante al Verbo de vida.1 Existió desde el principio
de aquella eternidad que no tiene principio; lo oímos cuando
fue prometido al comienzo del tiempo; lo vimos y lo toca­
mos con nuestras manos cuando nos fue mostrado al fin del
tiempo.

Entró la vida por donde había entrado la muerte

Pero en otros pasajes comprobarás que el Verbo de Dios


se hizo para nosotros no sólo visible y palpable, sino también
perceptible al gusto y al olfato.“ En verdad, a través de to­
dos los sentidos buscó un acceso al alma, para que así como
la muerte había entrado por los sentidos, así la vida pudiera
llegar a través de ellos. Sí el Verbo se encarnó," lo hizo para
nosotros que somos enteramente carne, para que quienes an­
tes sólo podíamos oír al Verbo de Dios, ahora, una vez he­
cho carne, podamos verlo y gustarlo y dar cita a todos nues­
tros sentidos en testimonio de lo que oímos; a fin de que to­
dos nuestros sentidos proclamen unánimes y con una sola
voz: Como lo oímos, así lo hemos visto.45678

Belén, remedio para la indolencia

Sin embargo, ahora se conoce a nuestra vista incompara­


blemente más de lo que nunca fuera dado al oído; porque
ahora vemos a la Palabra que es Dios,“ y antes se consideraba
algo grande oír alguna palabra que viniera de Dios. Algunas
veces he visto; hermanos, que la palabra de Dios era escucha­
da con indolencia. Pero la Palabra que es Dios, ¿podrá ser
vista sin alegría? Yo seré el primero’ en condenarme: desde
el momento que la Palabra que es Dios se presenta a mi vis­
4. 1 Jn. 1,1.
5. Sal. 33,9.
6. Jn. 1,14.
7. Sal. 47,9.
8. Jn. 1,1,
138 BEATO GUERRICO DE IGNY

ta en mi propia naturaleza, si no me llena de gozo, soy un


impío; si no me edifica, soy un réprobo.
2. Si se encuentra entre nosotros algún hermano indolen­
te, no quiero por más tiempo fatigar sus oídos eon nuestras
pobres palabras. Vaya a Belén y contemple allí al Verbo de
Dios, a aquel a quien los ángeles desean contemplar* a quien
Dios nos ha manifestado.'0 Que se represente en su espíritu
la Palabra de Dios viva y eficaz’1 tal como descansa allí en
el pesebre. Si la piedad ilumina el ojo del que contempla,
¿podrá verse algo más deleitable o pensarse algo más salu­
dable? ¿Qué otra cosa podrá de modo semejante edificar las
costumbres, fortalecer la esperanza, inflamar la caridad?

La Palabra nos habla en el silencio

Ciertamente palabra fiel y digna de todo crédito910 12 es tu


11
Palabra omnipotente, Señor, que, habiendo descendido en
medio del más profundo silencio, desde el trono real del Pa­
dre13 al pesebre de los animales, ahora nos habla mejor con
lo que nos
su silencio. El que tenga oídos para oír que oiga 1415
habla este piadoso y misterioso silencio de la Palabra eterna.
Si no me engaña el oído, entre las cosas que habla, habla de
paz al pueblo1617de los santos a quienes, por reverencia de él
y a causa de su ejemplo, impuso un religioso silencio. Y con
mucha razón lo impuso. En efecto, ¿qué cosa recomiendo la
disciplina del silencio con tanto peso y tanta autoridad, qué
cosa frena eon tanto terror el mal inquieto de la lengua y las
tempestades de las palabras, como la Palabra de Dios silen­
ciosa en medio de los hombres? No hay palabras en mi len­
gua,'" parece proclamar la Palabra omnipotente, mientras es­
tá sujeta a su Madre;1’ y nosotros, qué dementes somos cuan­

9. 1 Pe. 1,12.
10. Le. 2,15.
11. Heb. 4,12.
12. 1 Tim. 1,15.
13. Sab. 18,14-15.
14. Mt. 11,15.
15. Sal. 84,9.
16. Sal. 138,4.
17. Le. 2,51.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 139

do decimos: Con nuestra lengua haremos cosas grandes, so­


mos dueños de nuestros labios; ¿quién será nuestro Señor? 1819
¡Ojalá me fuera permitido enmudecer y humillarme y callar
aun de cosas buenas,10 para poder prestar un oído más aten­
to y diligente a las palabras misteriosas y a los sentidos sa­
grados de este divino silencio, aprender en la escuela de la
Palabra permaneciendo en silencio al menos tanto tiempo co­
mo ésta permaneció en silencio bajo la educación materna!

La Palabra abreviada contiene toda palabra salvadora


3. Hermanos míos, si prestamos atención con piedad y di­
ligencia a esta palabra que hizo el Señor y que nos ha mos­
trado hoy,20 cuántas cosas podremos aprender de él y con
cuánta facilidad. Ciertamente es una palabra abreviada; sin
embargo, en él se consuma toda palabra necesaria para la
salvación, porque es una Palabra que consuma y abrevia en
equidad. Y esta consumación abreviada derramó la justicia
prometida —según recordáis— por Isaías: de su plenitud des­
bordó la justicia sobre los hombres que participan de ella.21
Y así la justicia de ellos abundará más que la de los escribas
y fariseos,22 aunque aquéllos practiquen las múltiples pres­
cripciones de la ley y éstos en cambio se contenten con la
breve y sencilla palabra de la fe.
¿Por qué admirarse de que la Palabra de Dios abreviara
para nosotros todas sus palabras, cuando ella misma quiso
abreviarse y en cierta manera disminuirse al punto de haber
reducido, por así decir, su incomprensible inmensidad a la
estrechez del seno materno, y de que soportara ser conteni­
da en un pesebre, ella, que contiene todo el mundo? En el
cielo esta Palabra, por su temible grandeza, llena de estupor
a las potencias angélicas; en el pesebre alimenta a los senci­
llos y a los débiles. Allí se presenta inescrutable a las pers­
picacísimas inteligencias de los ángeles; aquí, palpable, aun
a los torpes sentidos de los hombres.
18. Sal. 11,5.
19. Sal. 38,3.
20. Le. 2,15.
21. Is. 10,22-23; cf. Rom. 9,28.
22. Mt. 5,20.
140 BEATO GUERBICO DE IGNY

La paradoja de lo despreciable asumido en Cristo

Puesto que Dios no podía hablarnos como a seres espiri­


tuales, sino como a carnales,"3 su Palabra se hizo carne,2324 a
fin de que toda carne pudiera no sólo oír, sino también ver
la palabra salida de la boca del Señor.25 Y porque el mundo
en su sabiduría no conoció la sabiduría de Dios, por una dig­
nación inefable la misma Sabiduría de Dios se hizo necedad,1'6
para poder ser entendida por los más ignorantes y rudos, y
salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación.2728
29

Pequeño para los pequeños

Yo te glorifico, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque


ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste
a los pequeños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado,'6 que
a los pequeños les fuera dado este Pequeño que ha nacido pa­
ra nosotros.20 Ciertamente la altivez de los soberbios en gran
manera desdeña la humildad de este Niño y lo que es encum­
brado ante los hombres es abominable ante aquel que siendo
verdaderamente encumbrado se hizo pequeño por nosotros.
Este Niño sólo se entiende con los niños; sólo descansa en los
humildes y apacibles. Así los pequeños, gloriándose de él,
cantan: Un Niño ha nacido para nosotros,3031 así como también
él se gloría de ellos: Heme aquí, dice, a mí y a mis niños que
Dios me dio.“1 Para dar a su Hijo Niño compañeros de su mis­
ma edad, el Padre eligió en primer lugar, de entre la inocen­
cia de los niños, las primicias gloriosas de los mártires.32 Esto
lo dio a entender el Espíritu Santo al decir que el reino de los
cielos es de aquellos que se les asemej'an.33
23. 1 Cor. 3,1.
24. Jn. 1,14.
25. Is. 40,5.
26. 1 Cor. 1,21-23.
27. 1 Cor. 1,21.
28. Mt. 11,25.
29. Is. 9,6.
30. Is. 9,6.
31. Is. 8,18; Heb. 2,13.
32. Mt. 2,16.
33. Mt. 19,14.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 141

La Sabiduría se hizo humildad

4. Si queremos tornarnos como ellos, hermanos, una y otra


vez vayamos a Belén 31 y contemplemos atentamente la Pa­
labra que se hizo carne, al Dios inmenso que se hizo pequeño,
para que en esta Palabra 343536visible y abreviada aprendamos la
Sabiduría de Dios que se hizo toda ella humildad. En esta
virtud, aquella Virtud excelsa residió cuteramente por un
tiempo; por un tiempo la sublime Sabiduría no quiso saber
otra cosa sino esa humildad de la cual después quiso procla­
marse maestra. Y éste de quien hablo —lo digo para confu­
sión mía— digna y justamente se constituyó maestro de la
humildad. Si bien no la ignoraba —por su origen la recibió de
su Madre, y por su naturaleza, de su Padre—, sin embargo la
aprendió desde el mismo seno materno por lo que tuvo que
padecer.30 Nació en un albergue de caminantes para que nos­
otros, aleccionados por su ejemplo, nos reconociéramos hués­
pedes y peregrinos en la tierra.37 Eligiendo también allí el úl­
timo lugar, fue puesto en un pesebre, para enseñarnos con
obras aquello de David: Elegí ser el último en la casa de mi
Dios, antes que habitar en la morada de los pecadores.3839 Fue
40
envuelto en pañales, para que nosotros, teniendo solamente
con qué cubrirnos, estemos contentos.™
Se contentó en todo con la pobreza materna y en todo se so­
metió a su Madre, para que ya en su nacimiento pareciera
nacer el modelo de toda la vida religiosa.

Feliz la fe sencilla

Bienaventurada por cierto la fe de los sencillos pastores: al


encontrar al Niño envuelto en pañales,10 en manera alguna
se escandalizó por incredulidad al punto de formarse de él
una baja opinión, antes bien se edificó por la piedad, tornán-

34. Le. 2,15.


35. Is. 10,23; Rom. 9,28.
36. Heb. 5,8.
37. Heb. 11,13.
38. Sal. 83,11.
39. 1 Tim. 6,8.
40. Le. 2,12.
142 BEATO GUERRICO DE IGNY

dose más agradecida ante una dignación tan grande. Cuanto


más profundamente humillada y enteramente anonadada se
les manifestó aquella majestad a causa de ellos, tanto más
fácil y plenamente —si entendemos convenientemente la rea­
lidad de los hechos— la caridad de aquel Niño reivindicó y
arrebató para sí todos sus afectos.

Encubrir para manifestar

5. Hermanos, también vosotros encontraréis hoy un Niño


envuelto en pañales, recostado en el pesebre 4142del altar. Cui­
dad que la pobreza del envoltorio no escandalice ni perturbe
la mirada de vuestra fe, cuando contempla la verdad del
cuerpo adorable bajo las especies de otras realidades. Así co­
mo María, su Madre, envolvió al Niño con unos pobres lien­
zos, así también la madre gracia nos oculta la realidad del
sagrado cuerpo bajo especies apropiadas, y así también la
madre sabiduría cubre la misteriosa majestad de la Palabra
divina con enigmas y figuras, de manera que tanto la sim­
plicidad de la fe en el primer caso, como el estudio diligen­
te en el segundo, acumulen méritos para la salvación. Por­
que también yo, hermanos, cuando os expongo con mis pala­
bras la verdad que es Cristo, ¿qué otra cosa hago, sino en­
volver a Cristo en viles pañales? Bienaventurado aquel a quien
Cristo aun envuelto en estos pañales no le resulta desprecia­
ble, así como tampoco las mercancías preciosas pierden va­
lor a los ojos del negociante prudente por estar guardadas en
bolsas viejas.
Ciertamente es a Cristo a quien deseo entregaros con nues­
tras palabras, cualesquiera que ellas sean, para que, como re­
comienda el apóstol Pedro, lo santifiquéis en vuestros corazo­
nes.43 Recibid con docilidad la palabra sembrada en vosotros
que puede salvar vuestras almas 43 y la palabra de Cristo ha­
bite en vosotros con toda su riqueza,44 es decir, el amor y el
recuerdo de la Palabra encarnada; a fin de que podáis cantar
41. Le. 2,12.
42. 1 Pe. 3,15.
43. Sant. 1,21.
44. Col. 3,16.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 143

con tanta felicidad como fidelidad: La Palabra se hizo carne


y habitó entre nosotros. '
Por lo tanto, con toda nuestra piedad pensemos en Cristo
envuelto en los pañales con que lo cubrió su Madre, a fin de
que en la felicidad eterna veamos la gloria y el esplendor 40
de que el Padre lo revistió, gloria propia del Hijo único del
Padre.1' A él, con el Hijo y con el Espíritu Santo, honor y
gloria por todos los siglos de los siglos. Amén.

45. Jn. 1,14.


46. Sal. 20,6.
47. Jn. 1,14.
SERMON 11

Epifanía i:

Dones que hemos de ofrecer al Señor

RAED al Señor, hijos de Dios, traed.1

Una abundante pobreza, una desnudez opulenta

Es mucho mejor traerlo a él que a la sanguijuela, es


decir, a la concupiscencia, cuyas dos hijas, la voluptuosidad
y la vanidad, no le dan reposo ni de día ni de noche, dicien­
do: Trae, trae.12 ¿Qué traeremos, pues, al Señor? Traed al Se­
ñor la gloria del oro y el honor del incienso; traed al Señor
la gloria de su nombre,345 la mirra para su sepultura. Pero el
discípulo de Cristo, el hijo de Pedro, me objeta: No tengo oro
ni plata,1 ni tampoco saquitos de productos exóticos como la
mirra y el incienso. ¿Comparecerás entonces en la presencia
del Señor con las manos vacías y no honrarás con ningún ob­
sequio la cuna del nuevo rey?
¡Pobreza rica, desnudez opulenta! Pero con tal que lo seas
cristiana y voluntariamente. ¿No> tienes acaso riquezas abun­
dantes, no sólo de oro, sino de oro finísimo, de oro acrisola­
do; no sólo de mirra y de incienso, sino de toda suerte de pol­
vos de perfumero? ° Más aún, ¿quiénes podrían abundar en
tales riquezas, sino los pobres de Cristo? Yo camino por las
sendas de la justicia, dice, a fin de enriquecer a los que me

1. Sal. 28,1.
2. Prov. 30,15.
3. Sal. 28,2.
4. Hech. 3,6.
5. Cant. 3,6.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 145

aman y henchir sus tesoros.0 Y no le faltan medios para obte­


nerlo: En mi mano, añade, están las riquezas y la gloria, la
opulencia y la ■justicia.67 Bienes excelentes, por cierto, son las
riquezas de la salvación, de los que uno puede enorgullecerse
sin faltar a la justicia.

Enorgullecerse de la pequenez

Hermanos, este orgullo es la gloria de los que se alegran


en el Señor y se burlan del mundo, en el cual no tiene nada
tan valioso que pueda compararse con la pobreza de los san­
tos. Vosotros, los de espíritu apocado, ¿por qué no os enor­
gullecéis conmigo de estos bienes? El Maestro de la humildad
no condena este orgullo, más bien lo recompensa, si mues­
tras un ánimo esforzado en tu desprecio del mundo, al punto
de desdeñar —como quien mira desde arriba— toda su glo­
ria a causa del amor y la gloria de tu desnudez.
Eres muy rico si te glorías de tu pobreza 89 10y también en
tu nombre dará gracias la felicitación del apóstol: Doy gra­
cias a Dios porque habéis sido enriquecidos en él con toda
clase de bienes, con los de la palabra y de la ciencia, de ma­
nera que nada os falte en ninguna gracia.0 De modo muy di­
ferente habla el Señor a quien se felicitaba de tener en abun­
dancia los bienes de este mundo: Tú dices: soy rico y no ne­
cesito de nada; y eres desdichado, miserable, pobre, ciego y
desnudo.70
2. Sin duda, entre las riquezas por las que Pablo felicita­
ba a sus discípulos, no dudo de que se encuentran el oro, el
incienso y la mirra, aptos para ser presentados como ofren­
da digna y agradable a Cristo recién nacido.

Buscar los tesoros escondidos en el corazón


Pero yo, me dirás, no tengo conciencia de haber recibido
tales cosas, ni se puede encontrar en mí algo tan precioso co­
6. Prov. 8,20-21.
7. Prov. 8,18.
8. Ecli. 10,34.
9. 1 Cor. 4,7.
10. Apoc. 3,17.
146 BEATO GUERRICO DE IGNY

mo el oro, el incienso y la mirra. Soy un hombre que ve su


pobreza,'1 apenas alcanzo a vivir pobremente mendigando el
óbolo cotidiano. ¿Tú crees que no has recibido nada de es­
to? Pregúntate más bien si no has dilapidado los bienes re­
cibidos de tu padre, viviendo lujuriosamente.1112 Pero dejemos
esto de lado, pues, como dice el sabio, no hay que reprender
al hombre que se aparta del pecado.13 Quisiera más bien que
te animes a examinar y buscar si es que todavía te ha queda­
do una mínima parte de los bienes paternos; esto significaría
para ti comenzar a recuperarlos. Quisiera que caves en ti
mismo, pues los tesoros más valiosos suelen estar escondidos
en las profundidades de la tierra. En un campo estaba escondi­
do aquel tesoro que impulsó a un hombre a vender todos sus
bienes1415por el deseo de adquirirlo. Aquellos diez israelitas
decían tener tesoros escondidos en un campo, y por este mo­
tivo escaparon de la espada homicida.16
Cuántos tesoros de buenas obras, cuántas riquezas de fru­
tos de piedad están ocultas en este campo que es el cuerpo
humano, especialmente en lo íntimo del corazón, ¡si ahora
hubiera quien lo trabajara y cavara! No me refiero al dicho
platónico según el cual el alma antes de haber sido unida a
un cuerpo habría aprendido las artes que, sepultadas por el
olvido y por el peso del cuerpo, han de ser redescubiertas
mediante la disciplina y el trabajo. Digo más bien que la ra­
zón y las disposiciones naturales del hombre son, con la ayu­
da de la gracia, un semillero de todas las virtudes. Por tan­
to, si entras en tu corazón16 y disciplinas tu cuerpo,17 no lo
dudes, encontrarás preciosos tesoros; aun cuando al comienzo
no encontraras oro ni incienso, al menos encontrarás la mirra,
no desprovista de utilidad. No consideres inútil y vil lo que
Cristo acepta como don, él, que quiso no sólo que la mirra
al serle ofrecida prefigurara su sepultura, sino también que
cuando fue ungido con ella sirviera para realizarla.
11. Tren. 3,1.
12. Le. 15,13.
13. Ecli. 8,6.
14. Mt. 13,44.
15. Jer. 41,8.
16. Is. 46,8.
17. 1 Tim. 4,8.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 147

Ascesis y dolor penitenciales

3. Por tanto, si quieres oírlo con más claridad, la mirra en


tu corazón es el dolor; la mirra en tu cuerpo es la ascesis, con
tal que uno y otra tengan carácter penitencial. Que ambos
sean verdadera mirra no sólo lo demuestran la etimología del
nombre y la calidad de su sabor, sino también la eficacia de
su virtud medicinal. La mirra, como su mismo nombre lo in­
dica, tiene sabor muy amargo; y en cuanto a sus efectos, apar­
te de otros usos, preserva de la corrupción. ¿Y qué hay más
amargo al gusto ni más saludable en sus efectos que el dolor
que entristece al pecador invitándolo a la penitencia? En la
amargura de su alma’8 examina sus años diciendo a Dios;
No me condenes.10 Pero toda esta amargura no es sino la mi­
rra que arranca de la corrupción, tanto de la lujuria en la
cual vivía encenegado, como de los gusanos que no mueren
y que él ha merecido.
¿Qué diremos de la ascesis corporal? No es tanto mirra
como un manojito de mirra, si hemos de creer a quienes ha­
ce poco que llegaron del mundo: para ellos los ayunos y las
vigilias regulares, el trabajo manual cotidiano, la aspereza de
los vestidos y casi todas las observancias, amargas —por lo
insólitas para ellos—, les son propuestas para ser llevadas ata­
das como un único manojito. Y en verdad llevarían con mu­
cha amargura este manojito de Mirra, si no fuera porque, aun
cuando todavía no gozan de participar en los sufrimientos del
Amado hasta poder decir: Manojito de mirra es mi Amado
para mi,1820 con todo estiman dulce mitigar la amargura del co­
19
razón con la amargura exterior, así como la acidez de estóma­
go se purga con el ajenjo. Pues así como el estómago, después
de haber sido sobrecargado por una excesiva ingestión de
manjares dulces, se purga mediante una porción amarga, así
la conciencia depravada de los que vivieron muellemente nun­
ca se cura mejor que por su contrario, es decir, por una vida y
costumbres austeras; y esto principalmente si a menudo se
les da a beber el vino mirrado de la pasión del Señor, es
18. Is. 38,10.
19. Job 10,2.
20. Cant. 1,12.
148 BEATO GUERRICO DE IGNY

decir, si se abrevan con el vino de la compunción,21 que cuan­


to más amargo sea por el recuerdo del pecado, tanto1 más
saludable es para el pecador. Por eso Jesucristo no quiso be-
porque no había cometido el pecado que le imputa­
berlo,2223
ba quien lo crucificaba. Le presentaban el vinagre de una
vid extranjera, pero él debía beber con sus amigos el vino
nuevo de la vid verdadera en el reino de su Padre.21

La ascesis: unión con Cristo en su sepultura

4. Por lo demás, si para los perfectos, como lo era Timo­


teo, la ascesis corporal es de poca utilidad24 en comparación
con la piedad, para los rudos c imperfectos como nosotros,
es útil. Vosotros, hermanos, sois testigos de que el rigor de
las privaciones y del trabajo libra nuestra vida de la corrup­
28Sabéis muy bien cómo se agusanarían nuestros cora­
ción.2526
27
zones, cómo se agusanarían nuestros cuerpos, si cada día la
mirra no destilara de nuestras manos laboriosas.20 ¿Acaso no
es un gusano la lujuria? No conozco otro más dañino. Entra
acariciando, muerde sonriendo, atraviesa deleitando, mata con
el consentimiento de la voluntad. ¿Acaso no son gusanos la
acedia y la tristeza? Como la polilla al vestido, dice, y el gu­
sano al madero, así daña la tristeza el corazón del hombreó'
¿Y todos los malos deseos? ¿No son gusanos también ellos?
El hombre ocioso es presa de sus deseos y los deseos matan
al perezoso.2*
Dichoso, pues, aquel cuyas manos, para hacer morir a to­
dos estos gusanos, destilan mirra por todo su ser, anticipando
así la unción de su propio cuerpo para la sepultura.29 ¿Digo
del suyo o del de Jesús? Más bien del de Jesús. Porque su
cuerpo es miembro de Jesús.30 Quienquiera sea ungido de es­
21. Sal. 59,5.
22. Mt. 27,34.
23. Mt. 26,29.
24. 1 Tim. 4,8.
25. Jonás 2,7.
26. Cant. 5,5.
27. Prov. 25,20.
28. Prov. 21,25.
29. Me. 14,8.
30. 1 Cor. 6,15.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 149

te modo no tendrá que temer el gusano que no muere,31 por­


que en él ya murió el gusano que hace nacer a aquél.
Del llanto al canto
5. Mirra, una mirra selecta y genuina 32 ofreciste al Señor
junto con los reyes, tú, que también eres rey. Si aún no pue­
des ofrecer el oro de la sabiduría ni el incienso de la devo­
ción, por lo menos santificaste para el Señor un corazón con­
trito y un cuerpo mortificado con la amargura de la peni­
tencia.
Considero, sin excluir que pueda darse una interpretación
mejor, que la mirra es la primera ofrenda, la de los princi-
' piantes; el incienso, la de los proficientes; el oro, la de los
perfectos. Por eso el evangelista las enumera según el orden
de su valor, nombrando primeramente las más dignas y va­
liosas. En otros lugares según el orden de los progresos, la
mirra es nombrada antes del incienso: Como una columnita
de humo de perfumes de mirra e incienso.™ [Afirma la Escri­
tura en otro lugar:] Subiré al monte de la mirra y al collado
del [Link]
No es poco progreso subir de la mirra al incienso, pasar de
ésta, destinada a remediar la debilidad humana, a aquél, re­
servado para los sacrificios divinos y festivos. Quien ofrecía
el sacrificio de un espíritu atribulado 30 y de un cuerpo hu­
millado, donde no faltaba la mirra de la amargura, ofrezca
ahora un sacrificio de alabanza con el incienso de la devo­
ción. Y según la promesa del Señor, tan grande consolación
se otorga a los que lloran en Sión, que se les da una corona
en lugar de ceniza, el óleo de la alegría en lugar de llanto,
un manto de alabanza en lugar de espíritu de tristeza.31 En­
tonces el que antes lloraba comenzará a cantar: Convertiste
mi luto en danza, desataste mi sayal, el espíritu de tristeza,
y me ceñiste de alegría con un manto de alabanza; a fin de
31. Me. 9,43.
32. Ecli. 24,20.
33. Sal. 50,19.
34. Cant. 3,6.
35. Cant. 4,6.
36. Sal. 50,19.
37. Is. 61,3.
150 BEATO GUERRICO DE IGNY

que mi gloria te cante y no tenga yo más penas™ Pues me


regocijo con sumo gozo en el Señor y mi alma exulta en mi
Dios; porque me ha revestido de un ropaje de salvación y me
ha ceñido con un manto de alegría.30

El manto de alabanza
6. Hermanos míos, vuestros vestidos de pobres son insu­
ficientes en la crudeza de este invierno y decís: ¿Quién po­
drá soportar este frío? 38 ¿Por qué, os pregunto, no os revestís
4041
39
de este ropaje de alegría y salvación, de este manto de ala­
banza? Si nuestra alma alaba al Señor, será alabada en el Se­
ñor,'1 y el Dios digno de toda alabanza os cubrirá con el man­
to de alabanza que él mismo lleva y os calentará como la ga­
llina cobija a sus polluelos debajo de sus alas, con tal que lo
queráis. ¡Ay, cuántas veces quiso hacerlo, pero lo rechazas-
téis!42 ¿Acaso es un manto estrecho, que no alcanza para cu­
brir a ambos? 43 No están mis entrañas cerradas para voso­
tros, dice, las vuestras sí lo están para mí. Ensanchaos tam­
y el manto se extenderá hasta vosotros. No es
bién vosotros 4445
46
tan reducido su poder que no puede salvarnos 4° ni es difícil
para él consolarnos con tal de que no lo impida nuestra per­
versidad.
¡Oh vosotros que pasáis frío! Este manto es caliente, es el
calor mismo, que puede calentar tanto interior como exterior-
mente. ¿Acaso no se calientan tus vestidos cuando sopla el
viento del mediodía sobre la tierra 40 o, mejor, cuando el fue­
go entra en tus huesos 4748y los enciendo con ardor? Sobre este
fuego haz arder tu ofrenda de incienso presentada junto con
los reyes, para que tu oración se eleve como el incienso en
38. Sal. 29,12-13.
39. Is. 61,10.
40. Sal. 147,6.
41. Sal. 33,3.
42. Mt. 23,37.
43. Is. 28,20.
44. 2 Cor. 6,12-13.
45. Is. 59,1.
46. Job 37,17.
47. Tren. 1,13.
48. Sal. 140,2.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 151

la presencia del Señor 48 y al percibir el aroma suave de tu


sacrificio,41’ te diga: El aroma de tus vestidos es como el aroma
del incienso.“0

El sabio ofrece el oro de la sabiduría

7. En cuanto al oro de la sabiduría que, como dijimos, es


la oblación de los perfectos, que nos hable de ella quien la
ha alcanzado, ya que nadie la conoce, sino el que la ha reci­
51 Quien aprendió la sabiduría, hable sabiduría entre
bido.49
50
los perfectos 52 y con el oro que posee fabrique pendientes
56para vuestras orejas. Pues yo no creo haberlo obte­
de oro 5354
55
nido, mas sigo adelante por si logro obtenerlo.™ Grande, en
verdad, y dichoso el que ha hallado la sabiduría y es rico en
prudencia. Sabiduría para la contemplación de los bienes eter­
nos, prudencia para la administración de los temporales, o con
una definición más propia: el sabio es el que sabe gobernar­
se a sí mismo y a los demás. Este oro es más precioso que
todas las riquezas, más que el incienso y la mirra. Y todo lo
que se puede desear como virtud y como gracia no puede
compararse con él. Además si el sabio —cual hombre rico en
todas las virtudes— puede ofrecer el oro de una contempla­
ción sublime o de una administración prudente, no descui­
da, sin embargo, ofrecer el incienso de su devoción en la
obra de Dios, ni la mirra de su propia mortificación.
En cuanto a nosotros, hermanos, ofrezcamos que tene­
mos, para gloria del nuevo rey. Y lo que nos falta, pidámos­
lo a aquel a quien deseamos ofrecerlo. Si alguno de vosotros
necesita sabiduría, pídala a Dios que a todos da copiosa­
mente.™ Mis dones son dádivas mías, dice el Padre de las lu­
ces, de quien desciende todo don perfecto y toda dádiva ex­
celente.™ A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

49. Gén. 8,21.


50. Cant. 4,11.
51. Apoc. 2,17.
52. 1 Cor. 2,6.
53. Cant. 1,10.
54. Fil. 3,12-13.
55. Sant. 1,5.
56. Sant. 1,17.
SERMON 12

Epifanía n:
De varias maneras como Dios nos ilumina

EVÁNTATE, Jerusalén, resplandece, porque ha venido


tu luz.1

Se revela la luz en las tinieblas

Este día de las luces lo hizo luminoso para nosotros y lo


santificó el que es luz de luz,12 porque hoy el que permane­
cía oculto y desconocido' se dignó revelarse al mundo para
iluminar a todos los pueblos. Hoy se reveló a los caldeos me­
diante el signo de una nueva estrella, cuando en estas pri­
micias inauguró la fe de todo los pueblos.3 Hoy se reveló a
los judíos, no ya por el testimonio de Juan, sino por el del
Padre y del Espíritu Santo, cuando al ser bautizado en el Jor­
dán consagró el bautismo' de todos.4 Hoy manifestó su gloria
ante sus discípulos, cuando por el cambio del agua en vino
preanunció aquel misterio inefable en el cual, por medio de
su palabra, se cambia la sustancia de las cosas.56
El Espíritu, previendo que por estas manifestaciones de
Dios sería iluminada la fe de la Iglesia, le habla en estos tér­
minos bajo la figura de Jerusalén: Levántate, Jerusalén, res­
plandece, porque ha venido tu luz. Ciertamente había veni­
do la luz; estaba en el mundo y el mundo fue hecho por ella,
pero el mundo no la conocía." El Niño había nacido, más per­
1. Is. 60,1.
2. Símbolo niceno.
3'. Mt. 2,1-12.
4. Mt. 3,13-17.
5. Jn 2,1-11.
6. Jn. 1,10.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 153

maneció desconocido hasta que este día radiante comenzó a


revelarlo. Dice, pues, el profeta: Oh, Jerusalén nueva, gran
ciudad del nuevo Rey, monte Sión, laderas del septentrión?
es decir, tú, que has de ser edificada con ambas paredes, la
de la circuncisión y de la incircuncisión: levántate, resplan­
dece, porque ha venido tu luz. Levantaos cuantos yacéis sen­
tados en las tinieblas; mirad la luz que ha nacido en las ti­
nieblas, pero que no es recibida por las tinieblas. Acercaos a
él y seréis iluminados? y en su luz veréis la luz 7
89
11y os dirán:
10
En otro tiempo fuisteis tinieblas, pero ahora sois luz en el
Señor.1“ Mirad a la luz eterna que se adaptó a vuestros ojos,
de manera que el mismo que habita una luz inaccesible11 se
tornara accesible a los ojos débiles y lagañosos. Descubrid la
luz en una antorcha de arcilla, al sol en la nube, a Dios en
el hombre, en la vasija de barro de vuestra carne, al esplen­
dor de la gloria y fulgor de la luz eterna.1213

El testimonio de las obras de Cristo

2. Oculta está la majestad en la humanidad, la fuerza en


la humanidad, pero los signos destellantes de su poder no
permiten dudar acerca de su origen. Las obras, dice, que yo
hago dan testimonio de mi.1“ Grande sobremanera fue el tes­
timonio de Juan que vino como antorcha para dar testimonio
de la luz.1415Pero mucho mayor es el testimonio celestial que
el Padre y el Espíritu Santo dieron del Hijo: el Padre a tra­
vés de su voz, el Espíritu mostrándose en figura de paloma,
porque digno de todo crédito es el testimonio emitido por
dos testigos1“
Pero si aún rehúsan este testimonio, las obras —dice— in­
numerables e irrefragables que yo hago, dan testimonio de
7. Sal. 47,3.
8. Sal. 33.6.
9. Sal. 35,10.
10. Ef. 5,8.
11. 1 Tim. 6,16.
12. Sab. 7,26.
13. Jn. 5,36.
14. Jn. 1,7.
15. Deut. 19,15; Mt. 18,16; cf. Jn. 8,17-18.
154 BEATO GUERRICO DE IGNY

mí. He aquí, pues, un testigo incorruptible e irrecusable: una


creatura insensible se torna por así decir sensible para procla­
mar al Creador, reconoce su voluntad y le obedece a la me­
nor señal. ¿Qué cosa más divina podía ser presentada a los
sentidos de los mortales que el nuevo signo de este día en­
viado por Jesús aun antes de comenzar sus signos? El Niño
recién nacido llora en la tierra y crea una nueva estrella en
los cielos, para que la luz dé testimonio de la luz, la estrella,
del sol. La estrella —no como estrella, sino como un ser do­
tado de razón— guía a los reyes, los precede en el camino, se
detiene al término de éste y les muestra por decir así con el
dedo el objeto de su busca; el brillo de su nacimiento 10 los
conduce al nacimiento mismo del esplendor eterno, los lleva
desde el oriente al verdadero Oriente, o sea, al varón cuyo
nombre es Oriente.’167
Pero detengámonos un momento: calumnie el infiel afir­
mando que esa estrella no es obra de Cristo, con tal de que
admita que es obra del Padre en testimonio de su Hijo. Con
todo, lo hará enmudecer la infinita multitud y grandeza de
los milagros manifiestamente divinos realizados, sin objeción
posible, por nuestro Jesús en la carne, mas no por virtud de
la carne.

La Iglesia. Fe y conocimiento

3. Cubran las tinieblas la tierra y la oscuridad a los pue­


blos 1819que cuando la luz vino al mundo prefirieron las tinie­
blas a la luz.1” Con tal de que al menos resplandezcas tú, Je-
rusalén, ciudad celestial que en toda la tierra y en todos los
pueblos has de engendrar hijos de la luz, a quienes la luz
verdadera transladará del poder de las tinieblas al reino de
la claridad.
Gracias a ti, Padre de las luces, por habernos llamado de
las tinieblas a tu luz admirable.20 Gracias porque dijiste que
16. Is. 60,3.
17. Zac. 6,12.
18. Is. 60,2.
19. Jn. 3,19.
20. 1 Pe. 2,9.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 155

la luz resplandeciera de entre las tinieblas y la hiciste bri­


llar en nuestros corazones para iluminarnos con el conoci­
miento del rostro de Jesucristo.21 Esta es la luz verdadera,
más aún, la vida eterna: conocerte a ti, único Dios, y a tu
enviado, Jesucristo.22 Te conocemos a ti, porque conocemos a
Jesús, pues el Padre y el Hijo son uno.23 Ciertamente te co­
nocemos por la fe y la tenemos como anticipo seguro hasta
que te conozcamos por la visión. Mientras tanto, auméntanos
la fe24 que nos conduzca de fe en fe,2526de claridad en clari­
dad, como guiados por tu Espíritu,28 para penetrar más pro­
fundamente de día en día en los tesoros de la luz. Así se
desarrollará nuestra fe, se perfeccionará nuestra ciencia y se
hará más ferviente y amplia nuestra caridad, hasta que por
la fe seamos conducidos a la visión y a modo de estrella nos
lleve hasta nuestro guía betlemita, quien nacido en Belén
apacienta a Israel27 y reina en Jerusalén, no en la que mata
a los profetas28 y al Señor de los profetas, sino en aquella en
la cual el Señor, causa, fuerza y gloria de los mártires, coro­
na a los que fueron muertos.
La fe de los magos: por la justicia a la contemplación

4. ¡Cómo rebosa de felicidad la fe de los magos al ver rei­


nar en aquella Jerusalén celestial a quien ellos adoraron cuando
lloraba en Belén! Aquí lo vieron en un albergue de pobres, allí
en el palacio de los ángeles; aquí en pañales como uno de tan­
tos niños, allí en el esplendor de los santos; aquí en el regazo
de su Madre, allí en el trono de su Padre.
La fe de los bienaventurados magos mereció ciertamente ser
recompensada con tan feliz visión, pues aun cuando no vio en
el Niño sino un ser débil y despreciable, sin embargo no se
escandalizó y no desdeñó adorar a Dios en hombre y al hom­
21. 2 Cor. 4,6.
22. Jn. 17,3.
23. Jn. 10,30.
24. Le. 17,5.
25. Rom. 1,17.
26. 2 Cor. 3,18.
27. Miq. 25,2; Mt. 2,6.
28. Mt. 23,37.
156 BEATO GUERRICO DE IGNY

bre en Dios. Sin duda había brillado en sus corazones la es­


trella nacida de Jacob,20 la estrella de la mañana, el lucero que
no conoce ocaso,293031que también había hecho brillar exterior-
mente a la estrella indicadora de su nacimiento matutino.
En este sentido se puede entender convenientemente lo que
está escrito en Salomón: La senda de los justos es como una
luz brillante que va en aumento y crece hasta el mediodía.0'
Primero los magos entraron en el camino de la justicia siguien­
do la luz del astro brillante, bajo cuya guía progresaron hasta
ver el nuevo nacimiento de la luz matutina; y finalmente lle­
garon a contemplar el rostro del sol de mediodía rutilante en
el día de su poder.
El progreso de la fe; del deseo a la posesión
5. En estas primicias de los gentiles, en estos comienzos de
la Iglesia naciente, se mostró hermosa y señaladamente el pro­
greso de la fe en cada uno: su punto de partida su progreso y
su término, para que en los hijos se reconozcan fácilmente las
huellas de sus padres. Así como aquellos comenzaron por la
visión del astro, progresaron hasta la visión del Niño y llegaron
a la visión de Dios, así en nosotros la fe nace por la predica­
ción de los astros celestiales, se fortalece por la visión de cier­
tas imágenes que nos muestran por espejo y en enigma 32 a
Dios como encarnado para nosotros, y se consumará cuando la
realidad verdadera presente y desnuda sea vista por los que la
contemplarán cara a cara 33 —lo cual ahora apenas alcanzan a
columbrar escasa y furtivamente en enigma—, cuando esa mis­
ma fe se transforme en conocimiento, la esperanza en posesión
y el deseo en fruición.

Los testigos de la luz


También para nosotros brillan estrellas, no una sino muchas;
a no ser que las muchas sean una, porque su corazón es uno

29. Núm. 24,17.


30. Pregón pascual, Exultet.
31. Prov. 4,18.
32. 1 Cor. 13,12.
33. 1 Cor. 13,12.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 157

y su alma una." Una misma fe, una misma predicación, una


misma vida. Si dudas acerca de esas estrellas, interroga a Da­
niel. Los que hayan enseñado a otros la justicia, dice, brillarán
como estrellas por toda la eternidad. '' También Pablo llama as­
tros a quienes brillan en medio de las naciones depravadas y
perversas3436 y llevan la palabra de vida como un resplandor
35
recibido de la luz eterna, gracias al cual se los ve iluminar la
noche de este mundo. Por eso el Señor, fuente y origen de la
luz, cuando ordenaba a la luna y a las estrellas que presidieran
la noche,3738les decía: Vosotros sois la luz del mundo-33 y tam­
39
bién: Brille vuestra luz ante los hombres para que vean vues­
tras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los
cielos.33 Brillan por la palabra, brillan por el ejemplo y por
este doble rayo de luz anuncian el nacimiento de la luz eterna,
manifestando por la semejanza de una vida celestial al Ser ce­
lestial que predican con sus palabras.
6. Hermanos, mirad al cielo; porque indudablemente en el
cielo está vuestra ciudadanía.40 Levantad la mirada y dirigid
los ojos de vuestra alma, si aún no podéis hacia el disco solar,
al menos hacia el fulgor de .las estrellas. Admirad el esplendor
de los santos, imitad su fe, emulad su santidad. Estas estrellas
refulgen como la llama e indican el nacimiento de la luz de las
luces. Conducen a la cuna del nuevo Rey, al aposento de la
Virgen Madre, lo cual es un impenetrable misterio de fe; más
aún, conducen al templo del Rey, al santuario de Dios Padre,
premio insospechado de la fe.

La santidad de nuestros hermanos nos lleva a nuestra santidad personal

Mientras no somos capaces de escudriñar la sabiduría de


Dios oculta en el misterio 41 ni de contemplar la majestad re­
34. Hech. 4,32.
35. Dan. 12,3.
36. Fil. 2,15.
37. Sal. 135,9.
38. Mt. 5,14.
39. Mt. 5,16.
40. Fil. 3,20.
41. 1 Cor. 2,7.
158 BEATO GUERRICO DE IGNY

servada como galardón, contentémonos con admirar la clari­


dad de los santos, e imitar su santidad.
Hijo, dice, si deseas la sabiduría, guarda los mandamientos
y el Señor te lo concederá.12 No busques lo que sobrepasa tu
capacidad, ni escudriñes lo que excede tus fuerzas, antes pien­
sa siempre en lo que Dios te ha mandado.1'' Porque el precepto
del Señor es radiante e ilumina los ojos.1* Con ellos después po­
drás contemplar al foco mismo' de la luz, si ahora te habitúas
a los rayos de la luz, es decir, a la observancia de los manda­
mientos.
Dulce en verdad es la luz, dice Salomón, y deleitable a los
ojos ver el sol.i5 Dulce y deleitable, ciertamente, pero para
aquellos que la pueden resistir. Reanima los ojos sanos, tortura
a los ojos enfermos. ¿Quién tiene una vista tan sana y penetran­
te que no quede enceguecido al contemplar aquel sol invisible?
¿Quién tratará de escudriñar su majestad sin verse oprimido
por su gloria? 42
48 Oh, señor, tu claridad es admirable tanto en
47
46
45
44
43
sí misma como en mí. En efecto, es demasiado fuerte para mí
después que la agudeza de mi mirada se debilitó en mí, y ya
no puedo alcanzarla " como lo podía Adán. Tal vez podré al­
canzar la claridad de las estrellas, yo que no puedo contem­
plar al sol mismo. Por ella recibiré un día la fuerza para
hacerlo.

En la contemplación de la santidad comienza la iluminación

¡Levántate, entonces, alma mía, resplandece, tú que estabas


sentada en las tinieblas!48 Mira los astros del cielo, levanta los
ojos hacia los montes de donde te vendrá el auxilio 4950 si temes
levantarlos a aquel que habita en el cielo,59 es decir, en los

42. Ecli. 1,33.


43. Ecli. 3,22.
44. Sal. 18,9.
45. Ecli. 11,7.
46. Prov. 25,27.
47. Sal. 138,6.
48. Is. 60,1; Le. 1,79.
49. Sal. 120,1.
50. Sal. 122,1.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 159

montes mismos. De los montes, digo, te vendrá el auxilio; por­


que la luz para ti inaccesible 51 resplandece maravillosamente
desde los montes eternos.5253
56Los montes recibieron la luz para
55
54
el pueblo 63 y de ellos desciende a los valles y campos que es­
tán a sus pies. Digo, pues, hermanos: este comienzo de ilumi­
nación es óptimo y adecuado a nuestra flaqueza, con tal de
que fijemos la mirada en los que han sido iluminados. Es un
camino rectísimo, para encontrar a Jesús, seguir la luz de los
padres que nos precedieron. La senda del justo es recta; recta
es la vereda por donde el justo camina?1 Quien sigue al justo
no camina en tinieblas, sino que tendrá, y sólo verá, la luz
de la vida?'" La verá para su consuelo en la vida presente; la
poseerá como herencia eterna.
Ciertamente la piedad posee la promesa de la vida presente
y de la futura?6 Ejercitémonos en la piedad 57 y no nos defrau­
dará ni de una ni de otra el que se hizo nuestro deudor. Ejer­
citémonos en las obras de la luz, y el que esconde la luz en
sus manos 58 y anuncia a su amigo que es posesión suya y que
puede subir hasta ella, nos la mostrará un poco ahora, como
alivio en la acción, y después nos la dará como premio, él,
nuestra luz, Jesucristo, que vive y reina por todos los siglos
de los siglos. Amén.

51. 1 Tim. 6,16.


52. Sal. 75,5.
53. Sal. 71,3.
54. Is. 26,7.
55. Jn. 8,12.
56. 1 Tim. 4,8.
57. 1 Tim. 4,7.
58. Job 36,32.
SERMON 13

Epifanía ni:
Grados por donde se llega a la luz de la sabiduría

EVÁNTATE, Jerusalén, resplance, porque ha venido

L tu luz.1
La Iglesia es fuente de iluminación

Luz bendita que viene en nombre del Señor; el Señor es


Dios, él nos iluminó;1 4y por su don, también esFe día, santifi­
23
cado por la iluminación de la Iglesia, nos ha iluminado. Gra­
cias a ti, luz verdadera, que iluminas a todo hombre que viene
a este mundo2 tú. que para esto viniste como hombre a este
mundo.
Iluminada ha sido Jerusalén nuestra madre, madre de todos
los que merecieron ser iluminados, de manera que ya brilla
para todos los que están en el mundo. Gracias a ti, luz verda­
dera, que te hiciste antorcha para iluminar a Jerusalén y hacer
de la palabra de Dios una antorcha para mis pasos.1, Gracias,
repito, porque la misma Jerusalén, una vez iluminada, se con­
virtió en antorcha para iluminar a todos los que están en la
casa 56del gran Padre de familia. No sólo fue iluminada, sino
elevada sobre aquel candelero todo de oro." La ciudad en otro
tiempo abandonada y desechada está colocada sobre la cum­
bre de los montes.78Se ha convertido en orgullo de los siglos 9

1. Is. 60,1.
2. Sal. 117,26-27.
3. Jn. 1,9.
4. Sal. 118,105.
5. Mt. 5,15.
6. Ex. 5,31.
7. Is. 2,2; Miq. 4,1.
8. Is. 60,15.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 161

para que su evangelio resplandezca en cuantas regiones abar­


caba el imperio del mundo.

La Iglesia intercede por las tinieblas

Si bien su evangelio está encubierto, lo está solamente para


aquellos que se pierden, para los incrédulos, a quienes el dios
de este mundo les ha enceguecido el entendimiento, a fin de
que no resplandezca en ellos la Iglesia de la gloria de Cristo.“
Sin embargo, en ellos no resplandece para que vean, resplan­
dece para provocar su envidia, y son atormentados por la gloria
de la Iglesia los mismos que rehúsan ser iluminados por su
gracia. Pero la Iglesia, sin orgullo por la gloría de que goza,
sin jactancia por la gracia que constituye su fuerza, también
para aquellos perseguidores a quienes soporta implora la luz
que recibió, diciendo: Tú, Señor, iluminas mi antorcha; Dios
mío, ilumina mis tinieblas.91011Míos son, tal vez, por ser predes­
tinados, pero todavía son tinieblas porque aún no han sido
llamados ni justificados.11 Llámalos también a ellos a tu admi­
rable luz12 y proclamarán conmigo tu nombre admirable.

La luz revela nuestras tinieblas

Pero si bien en la Iglesia los justos y santos se alegran de


haber sido iluminados, con todo se afligen al ver en sí tinieblas
no pequeñas; por eso, necesariamente, aunque ya han sido ilu­
minados, piden serlo aún más. Cuanto más luminosa es su an­
torcha, tanto más manifiestamente perciben, gracias a esa luz,
sus tinieblas. Y no pienses que esto es contrario a lo que la
Verdad dice en el evangelio: Antorcha de tu cuerpo es tu ojo.
Si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado.13 No
porque todas nuestras obras sean luminosas, a causa del ojo
de nuestra intención pura, se sigue que de inmediato1 sean

9. 2 Cor. 4,3-4.
10. Sal. 17,29.
11. Cf. Rom i 8,30.
12. 1 Pe. 2,9.
13. Mt. 6,22.
162 BEATO GUERR1CO DE IGNY

iluminadas todas las tinieblas de nuestros errores y nuestras


ignorancias. Hasta el presente, la medida de nuestra ilumina­
ción es tal que podemos considerarnos muy aventajados, res­
pecto a la luz de la verdad, si llegamos a conocer nuestra
imperfección y a saber cuánto nos falta. Por eso los sabios de
este mundo que más acertadamente trataron sobre la ciencia
consideraron que el primer grado de la ciencia es saber que
no se sabe nada.

El comienzo de la visión

2. Hermanos, todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del


día. No somos hijos de la noche ni de las tinieblas.11. La noche
está ya muy avanzada y va a llegar el día.14 1516Si bien en otro
tiempo fuimos tinieblas, ahora somos luz en el Señor15 Sin
embargo, aun cuando no somos tinieblas ni hijos de las tinie­
blas, si dijéramos que nada padecemos de su parte, nos enga­
ñaríamos a nosotros mismos y nos introduciríamos en las tinie­
blas de la muerte, que no merecen ser iluminadas. ¿Qué dice,
en efecto, la luz del mundo venida a este mundo para un jui­
cio, a fin de que vean los que no ven y queden ciegos los que
ven? Por lo mismo que decís —declara—¡“Nosotros vemos”,
vuestro pecado permanece.171819
Veo un poco que tú, Señor, iluminas mi antorcha; pero por
cuanto es poco lo que veo, ilumina, Señor, mis tinieblas.15 Ve­
mos a lo más por espejo y en enigma,15 pero esto está muy
lejos de la verdadera claridad y de la clara verdad que vere­
mos en el cara a cara. Tal vez por eso el ciego a quien, según
Marcos, el Señor había comenzado a iluminar, veía a los hom­
bres como árboles que caminaban, porque sólo veía por espejo
y en enigma. Pero imponiéndole la mano por segunda vez, le
restituyó la vista totalmente, de suerte que veía con claridad

14. 1 Tes. 5,5.


15. Rom. 13,12.
16. Ef. 5,8.
17. Jn. 9,39-41.
18. Sal. 17,29.
19. 1 Cor. 13,12.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 163

todas las cosas.20 Esto se realizará en nosotros, cuando nos res­


tablezca y perfeccione nuestra salud por la segunda imposi­
ción de las manos —salud iniciada en la imposición primera—,
al restituirnos la claridad perfecta.

Necesidad de conocer el propio pecado

3. Pero esta visión por espejo y en enigma, ¿a quién o cuán­


do o por cuánto puede ser dada? Cuán misericordiosamente
se obraría conmigo, cuán felizmente iluminado me vería, si
pudiera ver mis pecados que cada día me es necesario llorar.
Me hallo cercado de males sin número y no puedo uer.21 Por­
que, ¿quién podrá conocer sus pecados,22 cuando hasta el vicio,
cubriéndose con capa de virtud, nos engaña y nos mata, como
ángel de tinieblas que se transforma en ángel de luz? 23 Mucho
y en gran manera iluminado es el que puede y quiere com­
prender claramente sus pecados, ya que el negligente no pudo
ni quiso entender para obrar el bien.2*
Oh Dios, iluminador de todas las naciones, de ti se nos can­
taba: He aquí que vendrá el Señor e iluminará los ojos de sus
siervos. Ya viniste, luz mía: ilumina mis ojos para que no me
duerma en la muerte 2526 y por el deleite el pecado no cierre mis
ojos para la muerte y me arrastre al consentimiento, o encon­
trándome dormido como a Isbaal me atraviese.20 Has venido,
luz de los fieles, y hoy nos concedes alegrarnos por la ilumina­
ciónde lafe. es decir, de nuestra antorcha. Concédenos tam­
bién alegrarnos siempre por la iluminación de las tinieblas que
aún quedan en nosotros. Nos diste la luz de la fe;1 daños tam­
bién la luz jeja justicia) daños la luz de la „ciencia )y también
la deja sabiduría;

20. Me. 8,22-25.


21. Sal. 39,18.
22. Sal. 18,13.
23. 2 Cor. 11,14.
24. Sal. 35,4.
25. Sal. 12,4.
26. 2 Sam. 4,7.
164 BEATO GUERRICO DE IGNY

La fe es anticipo de la luz prometida

4. Yo creo que debes caminar por estos grados, seguir por


esta senda, alma fiel, para que, desembarazada de las tinieblas
de este mundo, llegues a la patria de la claridad eterna donde
tus tinieblas se convertirán en mediodía 31 y la noche se ilumi­
nará como el día.2S Entonces, ciertamente, entonces verás y
nadarás en la abundancia, se asombrará y se dilatará tu cora­
zón cuando toda la tierra se llene de la majestad de la luz
infinita y su gloria se deje ver en ti.10 Casa de Jacob, venid y
caminemos a la luz del Señor,31 para que caminemos como
hijos de la luz,32 de claridad en claridad, como guiados por el
Espíritu del Señor 33 y que por cada grado en la virtud penetre­
mos más en el reino' de la claridad.
Nosotros, que ya estamos en la luz por la ¡ fe^ desde ella y
por ella avancemos hacia la luz más resplandeciente y más
serena, primero [Link] la justicia,) luego la de la ciencia’y por
último la de la sabiduría)Lo que creemos por la le, a conti­
nuación hemos de ponerlo en práctica y merecerlo por la jus­
ticia, luego entenderlo por la ciencia y finalmente contemplado
por la sabiduría.
En primer lugar, pues, se enciende la antorcha de la (fe) a
cuya luz debemos obrar en la noche de este mundo. Por eso
está escrito, en alabanza de la mujer fuerte, que se levantó de
noche y, trabajando con sus manos de día y de noche, no co­
mió ociosa su pan: su antorcha no se apagará durante la no­
che31 es decir, que su fe no desfallecerá en la tentación. En
torno a esta antorcha no se hacen obras tenebrosas; en cuanto
éstas se realizan, ella se apaga. El que obra mal aborrece la
luz,33 es decir, apaga la antorcha de la fe, deja a un lado el
27. Is. 58,10.
28. Sal. 138,12.
29. Is. 60,5.
30. Is. 60,2.
31. Is. 2.5.
32. Ef. 5,8.
33. 2 Cor. 3,18.
34. Prov. 31,15.27.18.
35. Jn. 3,20.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 165

recuerdo de Dios, no hay temor de Dios ante sus ojos.30 Y se


gloría de las tinieblas que él se fabricó y de la ausencia de
testigos, diciéndose: “¿Quién hay que me vea? Rodeado estoy
de tinieblas, las paredes me encubren y no hay quien me ob­
serve. ¿A quién he de temer? El Altísimo no se acordará de
mis pecados.” Mas no comprende que el ojo de Dios está viendo
37
todas las cosas.36
Pero las obras buenas, si bien a veces se hacen ocultamente
para evitar la vanidad, se hacen no obstante bajo1 el dictamen
de la luz interna y eterna, es decir, bajo el juicio de la fe y el
testimonio de Dios por ser obras de la luz, antorchas encendi­
das en las manos de los que trabajan y aguardan la llegada del
Esposo,3839el cual sacará a plena luz tu justicia 30 a vista de los
42
41
40
hombres y de los ángeles; y así como la luz de mediodía es
radiante,10 así hará brillar tus obras porque fueron hechas en
Dios,11 de manera que a juicio de todos, Dios sea glorificado
en ti y tú en Dios. ?

La fe de los sencillos

5. Con cuánta claridad resplandece la justicia aun en el pre­


sente, con cuánta luz alegra la conciencia del justo, os lo ense­
ñará más íntima y dulcemente el testimonio de vuestra con­
ciencia que el de nuestra lengua. Pero a menudo la fe centellea
y la justicia refulge, y sin embargo la inteligencia aún está
entenebrecida, de modo que no puede explicar el misterio de
la fe 13 que venera aun teniéndolo por así decir envuelto; se­
llado está para el¡a el libro de las Escrituras como si no supie­
ra leer; tampoco tiene los sentidos ejercitados para discernir
el bien del mal,43 lo verdadero de lo falso. Hay muchos como

36. Sal. 35,2.


37. Ecli. 23,26-27.
38. Le. 12,35.
39. Sal. 36,6.
40. Is. 18,4.
41. Jn. 3,21.
42. 1 Tira. 3,9.
43. Heb. 5,14.
166 BEATO GUEBBICO DE IGNY

éstos en la Iglesia: tienen una gran fe, abundan en justicia,


pero su ciencia es casi nula.

La justicia enciende la ciencia

Que el mérito y la experiencia de la justicia encienden la


luz de la ciencia lo enseña la palabra del profeta que Había
dicho de antemano: Sembraos semillas de justicia.1* Y a fin de
mostrar qué primicias recogeremos de esta semilla, añade:
Alumbraos con la luz de la ciencia*'’ Así también el Apóstol:
Fructificad en buenas obras —dice— y creced en la ciencia de
Dios.10 Asimismo tú, David, príncipe sapientísimo sentado en
la cátedra entre los tres*' ¿cómo adquiriste más inteligencia
que los ancianos? Porque, dice, investigué tus mandamientos.*'
Ciertamente, gracias a tus mandamientos adquirí la inteligen­
cia,44
47
46
4550porque una buena inteligencia es dada a todos los que
4849
obran 00 según el temor del Señor.
También la unción que lo enseña todo,5152sabiendo qué de­
bemos aprender de ella y con qué orden debemos hacerlo,
primero enseña la bondad y la disciplina, luego la ciencia,53
pero con tal de que el discípulo ante toda crea, es decir, apren­
da los primeros elementos de la doctrina de la justicia. Por eso
aquel discípulo de la unción ordenaba su oración tan pruden-
, temente y daba la razón de ello: Enséñame, dice, la bondad,
la disciplina y la sabiduría, pues creí en tus mandamientos:”'
' Como si dijera: aprendí los primeros elementos, o sea, una fe
í sincera; a continuación enséñame la justicia, es decir, la bon­
dad y la disciplina, para que finalmente alcance la ciencia de
los santos. Me llamaste a la gracia de la fe; ahora justifícame
por la bondad del amor y la disciplina del temor casto, para

44. Os. 10,12.


45. Os. 10,12 (LXX).
46. Col. 1,10.
47. 2 Sam. 23,8.
48. Sal. 118,100.
49. Sal. 118,104.
50. Sal. 110,10.
51. 1 Jn. 2,27.
52. Sal. 118,66.
53. Sal. 118,66.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 167

después engrandecerme con el don de la ciencia espiritual. A


quienes llamó, también los justificó, y a los que justificó, tam­
bién los glorificó.''1

En la escuela del Espíritu

6. Hay que tener en cuenta que si bien esta es la ciencia de


los santos,54
55 sin embargo no se les enseña a todos los santos,
sino sólo a aquellos en quienes el esfuerzo no falta a la gracia,
ni la gracia al esfuerzo, sino que ambos cooperan ayudándose !
mutuamente. Así el hombre será discípulo dócil y el Espíritu 1
lo asistirá como maestro diligente. Si bien esta ciencia con­
tiene varios carismas, el Espíritu que los otorga no confiere
fácilmente todos a uno solo, sino que los reparte a cada uno
según, .quiere: a algunos, el conocimiento de los misterios, a
otros la inteligencia de las Escrituras, a otros la interpretación
de las lenguas, a otros la discreción de los espíritus,58 a otros
la gracia tan necesaria para reconocer [Link] según su sabor
las virtudes y los vicios, a fin de que los vicios no engañen so
capa de virtud. No dañarán, dice, ni matarán en todo mi mon­
te santo, porque la sabiduría del Señor llena la tierra."7

La iluminación: don gratuito

7. Si después de estos tres grados^ fe, justicia y ciencia, y


a través de ellos alguien llega a la Sabiduría^ es decir, al sabor
y gusto de las realidades eternas, y puede reposar y ver5657
y, viendo, gustar cuán suave es el Señor,5960
61y le es revelado por
el Espíritu lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó ni el corazón
del hombre llegó a sospechar90 diré que sin duda éste ha sido
magnífica y gloriosamente iluminado como quien contempla
al descubierto la gloria del Señor81 y sobre cpiien nace a me­
54. Rom. 8,20.
55. Sab. 10,10.
56. 1 Cor. 12,10-11.
57. Is. 11,9.
58. Sal. 45,11.
59. Sal. 33,9.
60. 1 Cor. 2,9-10.
61. 2 Cor. 3,18.
168 BEATO GUERRICO DE IGNY

nudo la gloria del Señor."2 A él le habla, no el profeta, sino el


Espíritu de los profetas: Levántate, Jerusalén, resplandece, por-
I que ha venido tu luz y la gloria del Señor ha nacido sobre ti.™
i Hermanos, no todos entendemos esta palabra, pero el que
\ pueda entender, entienda.™ No será condenado quien no en­
tiende; pero el que no desea entender será inculpado de negli­
gencia. El que lo desea, sepa que una. oración fcrvorosa/encicn-
de la luz de la sabiduría, así como la/lectura frecuente' en-
j ciende la luz de la ciencia, con tal de que cuando leas emplees
‘ una antorcha ardiente, es decir, la justicia de las /obras/ y la
experiencia de los Asentidos espirituales7
Pero tú, Señor, Padre de las luces, que enviaste a tu único
Hijo, la luz de la luz,”° a iluminar las tinieblas de los mortales,
concédenos llegar por el camino de las luces a la luz eterna,
para que te seamos gratos en la luz de los vivientes,es a ti, que
vives y reinas por todos los siglos de los siglos. Amén.6265
64
63

62. Is. 60,1.


63. Is. 60,1.
64. Mt. 19,12.
65. Símbolo niceno.
63. Sal. 55,13.
SERMON 14

Epifanía iv:
Nuestro nacimiento a una nueva vida

OY, hermanos, celebramos un segundo nacimiento que

H parece nacer del primer nacimiento como el efecto de


la causa.

Nacemos del nacimiento de Cristo

El que hemos celebrado hasta hoy es el nacimiento de Cris­


to; éste que celebramos hoy es nuestro nacimiento. En aquél
nació Cristo; en éste nace el pueblo cristiano. Siendo tres los
elementos que nos constituyen cristianos, la fe, el bautismo y
la participación del altar, el presente día inició la fe, santificó
el bautismo y prefiguró los milagros de la mesa celestial. No
es necesario enseñar ahora cómo la primera iluminación de
los paganos dio origen a nuestra fe, cómo Cristo al ser bauti­
zado santificó nuestro bautismo1, cómo aquel cambio del agua
en vino mostró por anticipado el cambio de las sustancias en
el banquete de la mesa del Señor. Pero estimo importante
amonestarnos a nosotros mismos a fin de que nuestra fe no
degenere de sus primicias, la gracia bautismal no sea estéril en
nosotros, ni la participación en el cáliz de Cristo sea para nos­
otros causa de condenación.1

La autoridad de los Padres. El cristianismo nominal

2. Y esa misma fe, tal cual hoy nos fue entregada por aque­
llos magos —los primeros en profesarla—, cómo nos insinuaron

1. 1 Cor. 11,29.
170 BEATO GUERRICO DE IGNY

mediante sus místicos y simbólicos dones el más grande miste­


rio de la fe, nuestros Padres lo han tratado suficiente y profu­
samente, de manera que a nosotros no nos queda otro trabajo
que desarrollar sus trabajos.2345
Con todo, las circunstancias, mejor diría, la ruina de nuestro
tiempo, exigen, más que disertar sobre el misterio de la fe,
que trabajemos por todos los medios para tratar, según lo re­
comienda el apóstol, con una conciencia pura ese mismo mis­
terio de la fe.2 Hoy, en efecto, si inquieres acerca del misterio
de la fe, encontrarás que casi todos son muy cristianos; si son­
deas las conciencias, encontrarás muy pocos cristianos verda­
deros. Casi todo el mundo confiesa con sus palabras que cono­
ce a Dios, pero lo niega con sus obras;* incluso aquellos que
hacen ostentación de piedad, con demasiada frecuencia des­
mienten su eficacia.67
¿Quién pensáis, hermanos míos, son aquellos aludidos en las
palabras anteriores, los que, según dije, hacen ostentación de
piedad, pero desmienten su eficacia? Si pensáis que son los
que caminan por la senda ancha de este mundo,6 ¿qué dire­
mos de los que hacen ostentación de piedad, que sólo son cris­
tianos de nombre y toman en vano el nombre ’ santo de Cristo,
puesto que se declaran libre y plenamente enemigos de su
nombre, ellos, que en toda su existencia y modo de vivir se
declaran enemigos de la cruz de Cristo?8910¿Acaso es ostenta­
ción de piedad lo que vemos en ellos: hábito y andar de rame­
ra, lenguaje chocarrero, mirada impúdica, vientre al que vene­
ran como a un dios 0 y toda una vida que es un ultraje público
y fanfarrón arrojado en pleno rostro de la piedad, por así de­
cir? Lo que hacen en secreto, [para expresarlo con palabras
de san Pablo] el pudor impide hasta decirlo?0

2. Jn. 4,38.
3. 1 Tim. 3,9.
4. Tito 1,16.
5. 2 Tim. 3,5.
6. Mt. 7,28.
7. Ex. 20,7.
8. Fil. 3,18.
9. Fil. 3,19.
10. Ef. 5,12.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 171

Esfuerzo de interiorización

Perfore su pared el que les fue enviado a profetizar y verá


abominaciones todavía mayores,11 de las cuales no se aver­
güenzan ni temen cometerlas ante la temible majestad. ¿Cómo
podré juzgar yo, un monje, a los que están fuera del monaste­
rio? 12
¡Ojalá tampoco tuviera que juzgar a los que están dentro!
Mi alma me inquieta,13 pues temo que la apariencia de piedad
que en cierto modo dejo traslucir ante vosotros, empiece a
acusarme más severamente si demuestra que abandoné esa
piedad.
3. Debo temer, hermanos —y ved si no pasa lo mismo con
vosotros—, que la profecía del apóstol acerca de los últimos
tiempos se refiera a nosotros; al describir la malicia de los
hombres de ese tiempo —malicia que puede reconocerse mani­
fiestamente en la vida y las costumbres actuales—, concluye
así su larga lista de vicios: Haciendo ostentación de piedad,
desmienten su eficacia.11 ¿Hay algo que tenga más apariencia
de piedad que nuestro aspecto exterior: la humildad de la
tonsura y del hábito, la parquedad en la comida y la bebida,
el trabajo así continuo y nuestro modo de vivir tan ordenado?
Pero la virtud de la piedad insinuada por esta apariencia ex­
terior es casi nula en mí y en mis semejantes; me avergonzaría
de confesarlo, si ello no fuera patente a todos. ¿Qué es la vir­
tud de la piedad, sino la caridad sincera,1' la humildad verda­
dera, la paciencia magnánima, la obediencia solícita?

El caso personal

En qué medida os es permitido gloriarnos en éstas y otras


virtudes semejantes, lo dejamos a vuestro criterio; en cuanto
a mí, confieso sinceramente que conozco sus nombres, pero
ignoro su sabor. Con razón el hábito religioso que llevo me
11. Ez. 8,6-15.
12. 1 Cor. 5,12.
13. Sal. 41,7.
14. 2 Tim. 3,5.
15. 2 Cor. 6,6.
172 BEATO GUERRICO DE IGNY

causa a la vez vergüenza y temor, ya que casi ningún testi­


monio de virtud lo corrobora. ¿Acaso puedo atribuirme sin
peligro el nombre y la dignidad de monje, mientras no tenga
el mérito y la virtud? Como antes ya se dijo: una santidad
simulada es doble iniquidad y el lobo sorprendido con piel de
oveja debe ser castigado más duramente.
Por eso, hermanos, para que también vosotros podáis gloria­
ros con tranquilidad de la apariencia de piedad que honra
vuestros cuerpos, poned vuestros corazones en su virtud,1“ a
fin de que la apariencia en los cuerpos y la virtud en los cora­
zones garanticen vuestra autenticidad tanto a los ángeles como
a los hombres. Entonces se cumplirá lo que está escrito: Cuan­
tos los vean los conocerán, por ser ellos el linaje bendito del
Señor.16
1718
4. Esta es, hermanos, la verdadera piedad de la fe cristia­
na; esto es poseer el misterio de la fe en una conciencia pura.'3
Así pues, para conservar fiel y dignamente incontaminado el
misterio de la fe en una conciencia pura —misterio que hoy
es evocado por los dones simbólicos de los magos—, también
hoy Cristo, bautizado no para sí, sino para nosotros, purificó,
como dice el Apóstol, nuestros corazones de la mala conciencia
y lavó nuestros cuerpos con agua limpia.19 Qué dichosa, her­
manos el alma que fue lavada para la salvación y de inmediato
siguió las huellas del Salvador y adhiriéndose a él junto con
los apóstoles mereció oír esta palabra: El que ha sido lavado,
sólo necesita lavarse los pies, porque está totalmente puro.20
Por otra parte, al que se lava después de haber tocado a un
muerto y luego lo vuelve a tocar, ¿de qué le sirve haberse lava­
do? 21 Yo, después de haber sido lavado por el bautismo, toqué
no sólo a un muerto, sino a tantos cuantas obras de muerte
hice, y me sucedió lo del proverbio, según el apóstol Pedro:
El perro vuelve a su vómito y la marrana lavada, a revolcarse

16. Sal. 47,14.


17. Is. 61,9.
18. 1 Tim. 3,9.
19. Heb. 10,22.
20. Jn. 13,10.
21. Ecli. 34,30.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 173

en el cieno.22 ¿Qué haré, entonces? ¿Con qué aguas lavaré tan­


tas manchas? Oigo que así como hay una sola fe, hay un solo
bautismo 23 y no hay lugar para un segundo bautismo; porque
cuantos somos bautizados, somos bautizados en la muerte de
El, así como murió una sola vez,26 fue bautizado tam­
Cristo.2425
bién una sola vez para prescribirnos un único modo y forma
de bautismo.

El remedio seguro de la humildad

Desconfiaría, sin duda, de poder ser purificado nuevamen­


te, si, entre los consuelos que me da la Escritura, el consejo
seguro de Eliseo' no trocara mi desesperación en esperanza,
aun cuando estuviera cubierto por toda la lepra de Naamán el
sirio y atacado por un mal incurable. Ve, dice, lávate siete
veces en el Jordán y quedarás limpio.22 Si le hubiera dicho:
“Lávate tres veces y quedarás limpio”, de inmediato yo reco­
nocería la triple inmersión con que son purificados los bauti­
zados y diría que todo aquel milagro profetizaba la gracia del
bautismo; desde ese mismo momento las aguas del Jordán, en
virtud de los méritos del Señor, habían comenzado a obrar
la salud de los paganos. Pero habiéndole dicho explícitamen­
te: Lávate siete veces en el Jordán, ¿qué significa este septe­
nario o cuál es este Jordán? Jordán, según dicen, significa “el
descenso de ellos ”. ¿De quiénes? De los que se humillan y
hacen penitencia; de aquellos que cuanto más profundamente
descienden por los grados de la humildad, tanto más comple­
tamente emergen y más plenamente son purificados por las
aguas del Jordán espiritual.
5. Mi alma se turba, oh Dios, dentro de mí, recordando sus
pecados; por eso me acordaré de ti en la tierra del Jordán27
es decir, cómo purificaste a Naamán el leproso por su humilde
descenso. Descendió, dice, y se lavó siete veces en el Jordán

22. 2 Pe. 2,22; Prov. 26,11.


23. Ef. 4,5.
24. Rom. 6,3.
25. 1 Pe. 3,18.
26. 2 Re. 5,10.
27. Sal. 41,7.
174 BEATO GUERBICO DE IGNY

según la palabra del hombre de Dios, y quedó limpio.™ Des­


ciende también tú, alma mía, del carro de tu soberbia a las
aguas saludables del Jordán, que desde la fuente de la casa
de David ya se derramó sobre todo el orbe para lavar al pe­
cador y a la mujer impura.™
Esta es realmente la humildad propia del arrepentimiento,
que, fluyendo de la gracia y del ejemplo de Cristo, es predi­
cada en todo el orbe y purifica los crímenes del mundo entero.
¡Oh vosotros!, los naamanes de Siria —pues no es uno sólo,
sino innumerables—, vosotros, repito, ricos pero leprosos, so­
berbios pero culpables, ¿por qué tan vehementemente desde­
ñáis ser lavados con esas aguas medicinales? ¿Por qué este
Jordán nuestro se ha envilecido en comparación con los ríos
de Damasco? Tal vez, si a vuestro pedido de un consejo de
salvación se os propone imitar la humildad y la pobreza de
Cristo, decís: ¿Acaso los ríos de Damasco no son superiores a
todas las aguas de Israel, para lavarme en ellos y quedar lim­
30 ¿No será mejor y más eficaz para la remisión de los pe­
pio? 28
29
cados dar limosna diariamente de la abundancia de bienes
temporales, que una vez para siempre abandonar todas las
cosas y hacerse pobre? Pero escucha, oh Naamán: Al río de
Damasco lo absorberá el Leviatán y no se asombrará; pero en
cuando al Jordán, aun cuando presumiera agotarlo,31 su intento
quedará defraudado. Poco le importa que seas rico en muchas
virtudes, si te falta la humildad cristiana; espera poder devorar
a los pobres de Cristo, pero nada podrá contra ellos el ene­
migo.32
Damasco, según la etimología de la palabra, significa “ciu­
dad de sangre”, y sus aguas están mezcladas con sangre; por­
que aun las obras buenas de los carnales y mundanos apenas
si están exentas de alguna escoria de pecado. Y ¿cómo puede
limpiar la sangre lo que está impregnado de sangre? ¿Cómo la
lepra podrá limpiar lo que es leproso? Pero nuestro Jordán es

28. 2 Re. 5,14.


29. Zac. 13,1. 4
30. 2 Re. 5,12.
31. Job 40,18.
32. Sal. 88,23.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 175

un río puro; y no podrán calumniarte los soberbios, si te su­


merges totalmente en él y por así decir te sepultas en la hu­
mildad de Cristo.

Según la humildad de Cristo

6. Escucha por lo menos, oh Naamán, a tus familiares, tus


humildes amigos, tus fieles consejeros. Naamán se retiraba in­
dignado contra el hombre de Dios a quien había consultado.
Padre —le dicen—, aun cuando el profeta te hubiera ordenado
algo gravoso, claro está que deberías hacerlo.33 Palabra fiel,
en verdad y llena de acierto y sabiduría, por ser sugerencia
de los sentidos racionales del hombre, los cuales Dios conservó
como testigos contra el mismo hombre. Padre —le dicen—, aun
cuando el profeta te hubiera ordenado algo gravoso, claro está
que deberías hacerlo. Porque no creer al profeta de Dios es
una injuria; no probar todos los medios para obtener la salud,
equivale a tenerse odio y aversión. ¿Qué puede haber de gra­
voso en la orden cuando es la salud lo que se promete? ¡Cuán­
to menos debemos tener por gravoso aprender de Jesús que
es manso y humilde de corazón,34 cuando en él se encuentra
a la vez el descanso del alma, el remedio de la presente lepra
espiritual y la prenda de la felicidad eterna! Sin embargo,
¡cuán difícilmente y a duras penas se obtiene que un pecador
soberbio descienda al Jordán y se lave en él! Si se lava siete
veces y se sumerge por entero a menudo, el efecto saludable
no tarda en confirmar la palabra del profeta.
Pero, ay, cuán grande es la miseria de este nuestro tiempo,
porque no sólo los leprosos ricos, sino también los pobres son
tan delicados que apenas soportan meter el pie en las aguas
saludables; o si se lavan una sola vez, en seguida se tienen
por enteramente limpios.

La humildad de Cristo: clasificación pedagógica

7. No piensa así Eliseo, antes ordena expresamente: Lávate


siete veces y quedarás limpio. Sabía muy bien que la humil­
33. 2 Re. 5,13.
34. Mt. 11,29.
176 BEATO GUERRICO DE IGNY

dad de Cristo, que debemos_imitar^i queremos ser perfecta­


mente purificados, tiene ¡Siete efectos. El primero, siendo rico
se hizo pobre.3'' El segundo, llevando la pobreza al extremo,
fue puesto en un pesebre.30 Tercero, se sometió a un Madre."35 7
36
Cuarto, hoy bajó la cabeza ante las manos de su siervo.38 Quin­
to, soportó a su discípulo ladrón y traidor.39 Sexto, se presentó
lleno de mansedumbre ante el juez inicuo.40 Séptimo, inter­
cedió con gran clemencia ante el Padre por los que lo cruci­
ficaban.4142
43
Seguirás las huellas de este gigante, aunque de lejos, si amas
la pobreza, si entre los pobres eliges ser el último, si permane-
se sometido a la disciplina del monasterio, si soportas tener por
superior a uno menor que tú, si sufres con ecuanimidad a los
falsos hermanos, si mediante la mansedumbre sales victorioso
del juicio,*2 si retribuyes con caridad a quienes te hacen sufrir
injustamente Esta humildad rebautiza sin hacer injuria al
único bautismo, porque no repite la muerte de Cristo, sino
que instaura la mortificación y sepultura de los pecados, y lo
que en aquel bautismo se realiza en figura, aquí se cumple
en verdad.
Esta humildad abre los cielos, restituye el espíritu de adop­
ción, el Padre reconoce al hijo, lo restablece en la inocencia y
pureza de un niño regenerado. Por eso, con razón la Escritura
recuerda que la carne de Naamán fue restablecida como la
carne de un niño recién nacido;*3 con esto indica, a mi modo
de ver, que no sólo los corazones de los que se lavan de esta
suerte recuperan la inocencia de los niños, sino que también
sus cuerpos, mediante la mortificación de los sentidos, adquie­
ren en cierto modo la pureza infantil. Así leemos en cierto

35. 2 Cor. 8,9.


36. Le. 2,16.
37. Le. 2,51.
38. Le. 3,21.
39. Le. 6,16.
40. Le. 23,3.
41. Le. 23,24.
42. Sal. 50,6.
43. 2 Re. 5,14.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 177

santo que los miembros de un difunto parecían tener la fres­


cura de un niño de siete años.4445
Hermanos, nosotros que perdimos la gracia del primer bau­
tismo revoleándonos en tantas impurezas, he aquí que hemos
encontrado al verdadero Jordán, es decir, el descenso de los
humildes, donde piadosamente podemos ser bautizados por se­
gunda vez. Esto sólo sucederá si no nos dispensamos de des­
cender día tras día más profundamente, de sumergirnos por
entero en Cristo y ser completamente sepultados con él. Dé­
mosle gracias porque su humildad santificó hoy el rito del
bautismo de los creyentes y reserva una gracia semejante para
los penitentes. A él la gloria por los siglos de los siglos.1*

44. Sulpicio Severo, carta a Bassula sobre la muerte de San Martín.


45. Apoc. 1,6.
SERMON 15

Purificación i:

De la ceremonia de las candelas empleadas en esta fiesta

ENED ceñidos vuestros lomos y lámparas encendidas en

T vuestras manos.1

Reproduzcamos en nosotros la purificación de María

Tengamos ceñidos nuestros lomos para imitar la purifica­


ción de María; tengamos en las manos lámparas encendidas
para representar en nosotros, también mediante un signo visi­
ble, el gozo de Simeón que lleva la luz en sus manos. Es decir,
seamos castos de cuerpo y puros de corazón, y habremos re­
producido la purificación de María; seamos ardientes por la
devoción y resplandecientes por las obras, y con Simeón lle­
varemos a Cristo en nuestras manos.1
Sin embargo, María, al cumplir la ley, no tanto fue purifi­
cada cuanto recomendó el misterio de la purificación, signifi­
cando la del espíritu. A decir verdad, ¿qué podía haber en ella
que necesitase ser purificado? Virgen concibió, virgen dio a
luz y permaneció virgen; más aún, esta concepción la purificó
plenamente, si es que pudo haber en ella algo menos puro.
¿Qué purificación podía necesitar aquella concepción que es
capaz de volver puro a quien fue concebido de impura si­
miente,’ que hizo brotar una fuente en la cual el mundo impuro
[mundus immundus] fue purificado, la fuente de la casa de
David abierta aun hoy y que fluye sin cesar para lavar al pe­
cador y a la mujer impura?1
1. Le. 12,35.
2. Le. 2,28.
3. Job 14,4.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 179

A pesar de ello, la Madre de toda pureza se sometió a los


ritos de la purificación legal, para hacernos comprender el
valor de la humildad plenamente obediente y la verdad de
la purificación evangélica. ¿En dónde está aquel presuntuoso
de santidad fingida que rehúsa contumazmente someterse a
la purificación de la penitencia? Admitamos que él sea santo.
¿Acaso lo será como María, la Santísima entre las santas, que
dio a luz al Santo de los santos? Ojalá, hermanos míos, ojalá
que en medio de nuestros pecados tuviéramos aquella humil­
dad que los santos tuvieron verdaderamente en medio de sus
virtudes. Pero ahora dejemos esto de lado para proseguir con
la materia comenzada.

El misterio conocido exige su puesta en práctica

En primer lugar, podríamos seguir hablando de aquella pu­


rificación espiritual que María nos recomendó al ofrecer, tanto
por sí como por su Hijo, un par de tórtolas o dos pichones de
paloma? Pero nuestros padres, como vosotros bien sabéis, ex­
pusieron todo esto claramente y explicaron con precisión cómo
la tórtola se refiere a la castidad de la carne y la paloma a la
simplicidad del alma.4567 Tampoco omitieron precisar el signifi­
cado del sacrificio de una de las tórtolas o pichones de paloma,
y el holocausto del otro. Añadiremos, sin embargo, una cosa:
cuanto más conocidos nos son los misterios, tanto más estricta
y justamente requieren de nosotros las obras que ellos recla­
man, pues quien conoce el bien que debe hacer y no lo hace,
ofende a Dios? y el siervo que conoce la voluntad de su señor
y no la hace, recibirá muchos azotes.8

El ejemplo de Simeón

2. Dejando de lado la materia expuesta con amplitud, con­


sideremos más bien, si os place, qué significa esta bellísima
4. Zac. 13,1.
5. Le. 2,24.
6. Mt. 10,16.
7. Sant. 4,17.
8. Le. 12,47.
180 BEATO GUERRICO DE IGNY

costumbre de la Iglesia de hacernos llevar hoy cirios; qué he­


cho pasado representa y qué propone para hacer, aunque esti­
mo que no os será cosa desconocida, incluso si nunca lo hu­
bierais oído. ¿Quién habrá que al llevar hoy el cirio encendido
en sus manos no recuerde al instante a aquel bienaventurado
anciano que al recibir hoy en sus brazos a Jesús, el Verbo en
la carne como luz en la cera, afirmaba ser aquél la luz que
había de iluminar a todas las gentes?* En verdad también él
era una antorcha ardiente y resplandeciente 9 12que daba testi­
1011
monio de la luz11 y para esto había venido al templo 13 guiado
por el Espíritu Santo del que estaba lleno: para recibir tu
misericordia, oh Dios, en medio de tu templo 13 y proclamar
que aquél era la misericordia y la luz de tu pueblo.
Realmente tú, anciano apacible, llevabas la luz no sólo en
tus brazos, sino también en los sentidos; estabas tan iluminado,
que viste claramente mucho antes de la iluminación de los
gentiles y ya entonces entre las tinieblas de la infidelidad ju­
daica brillaba para ti la claridad presente de nuestra fe. Alé­
grate, pues, anciano justo, ve ahora lo que antes preveías: las
tinieblas del mundo se han disipado, las naciones caminan en
toda la tierra está llena de la gloria16 de aque­
tu resplandor;1415
lla luz que abrazabas [fovebas] oculta contra tu pecho, más
aún, por la cual reanimabas [refovebas] tus sentidos.
Oh incentivo del amor, tú, el Amor mismo, suave y dulce,
que reconfortas el alma;1" suave y dulce en extremo también
cuando torturas y afliges. Tortura que deleita felizmente como
fuego que refresca saludablemente. Este fuego, hermanos, si
se escondiera en el seno, no quema los vestidos. Más aún, apa­
ga aquel otro fuego que, oculto en el seno, no sólo quema los
vestidos, sino también devora lo que está vestido, es decir,
consume al mismo tiempo el cuerpo y el alma. Nuestro Dios,

9. Le. 2,28.32.
10. Jn. 5,35.
11. Jn. 1,7.
12. Le. 2,26.
13. Sal. 47,10.
14. Is. 60,3.
15. Is. 6,3.
16. Tren. 1,11.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 181

dice, es un fuego que consume,17 pero que consume aquel otro


fuego, pues reanima el alma, deleita la inteligencia, recrea el
espíritu y restablece al que está por morir.
Simeón no ignoraba la fuerza de este fuego, gozándose de
llevarlo en su seno y de calentar su pecho senil con su calor.
¡Cuánto más suave y saludablemente calentó este fuego a nues­
tro anciano, que Abisag, la Sunamita, al rey David!1819A me­
nos que por este fuego entendamos a la misma Abisag, esto
es, la Sabiduría, con cuyo abrazo no sólo se reaniman los que
están ateridos, sino que reviven los muertos.

La Misericordia y la Madre de misericordia

3. Abraza, pues, feliz anciano, a la Sabiduría de Dios, y tus


sentidos de nuevos se calentarán y recobrarán vida. Aprieta
contra tu pecho a la Misericordia de Dios y tu ancianidad
transcurrirá en una abundancia de misericordia.1'1 Entre mis
pechos, dice, morará.20 Aun cuando yo lo devuelva a su Madre,
permanecerá conmigo; y cuando esté entre los pechos de su
Madre, no obstante morará entre mis pechos y los embriagará
de la abundancia de su misericordia, si bien no tanto como a
los de su Madre. Porque así como ella es singularmente Madre
de la excelsa misericordia, así también posee de modo exce­
lente unos pechos colmados de misericordia. Te felicito y te
doy el parabién, oh llena de gracia,21 por haber engendrado
a la misericordia que he recibido, por haber preparado el cirio
que he tenido en mis manos. Tú proporcionaste la cera a la
luz que he recibido —tú, Virgen, un cirio virgen, a la luz vir­
gen— cuando, permaneciendo Madre incorrupta, revestiste con
tu carne incorrupta al Verbo incorruptible.

Esfuerzo de interiorización
Y bien, hermanos míos, mirad cómo resplandece el cirio en
las manos de Simeón: encended también vosotros vuestros
17. Heb. 12,29.
18. 1 Re. 1,2-4.
19. Sal. 91,11.
20. Cant. 1,12.
21. Le. 1,28.
182 BEATO GUERRICO DE IGNY

cirios tomando la luz de él, quiero, decir, las antorchas que


manda el Señor tengáis en vuestras manos. Acercaos a él y
seréis iluminados.22 De este modo no seréis simples portadores
de antorchas, sino que vosotros mismos seréis antorchas que
brillarán dentro y fuera, para vosotros y para vuestros próji­
mos. Haya, pues, una antorcha en el corazón, en la mano, en
la boca. En el corazón, la antorcha brille para vosotros; en la
mano y en la boca, brille para los prójimos. La antorcha en el
corazón es la piedad de la fe; la antorcha en la mano, el ejem­
plo en las obras; la antorcha en la boca, el lenguaje edificante.
Porque es necesario que no, sólo resplandezcamos delante de
los hombres por nuestras obras y palabras, sino también de­
lante de los ángeles por la oración y delante de Dios por la
intención.
Nuestra antorcha ante los ángeles es la devoción sincera al
cantar sabiamente u orar fervorosamente en presencia de los
ángeles,23 antorcha ante Dios será la intención pura de agradar
a aquel a quien juzgamos merecedor de nuestro afecto.24

El testimonio de la Escritura

4. Y para que no creáis que en todas cuantas cosas llevamos


dichas se hayan dejado alucinar nuestros sentidos por la qui­
mera, vamos a probar cómo en todo nos hemos guiado por
testimonios de la Escritura. Que la fe sea tenida por antorcha,
nos lo asegura Salomón cuando habla de la mujer fuerte: No
se apagará su antorcha durante la noche,2526 esto es, no se apa­
gará su fe en la tentación. Acerca de la caridad —que no es
otra cosa sino la fe que obra por el amor—,28 leemos en el mis­
mo Salomón: Sus brasas, brasas ardientes y un volcán de lla­
mas. Las muchas aguas no han podido extinguir el amor ni los
ríos podrán sofocarlo.27 Respecto a las buenas obras, la misma
luz de la verdad nos atestigua que son antorcha cuando dice:

22. Sal. 33,6.


23. Sal. 46,8; 137,1.
24. 1 Tim. 2,4.
25. Prov. 31,18.
26. Gál. 5,6.
27. Cant. 8,6-7.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 183

Estad con vuestras ropas ceñidas a la cintura y tened luces en­


cendidas en vuestras manos,2829y en otro lugar: Brille vuestra luz
31
30
ante los hombres para que vean vuestras buenas obras.'8
Que la palabra edificante es antorcha, nos lo dice David:
Antorcha para mis pies es tu palabra y luz para mis sendas.38
Y el apóstol Pedro dice, refiriéndose al lenguaje profético:
Hacéis bien en mirarlo atentamente como una antorcha que
luce en lugar oscuro.'1'" La explicación de las palabras de Dios
da inteligencia a los pequeñuelos,32 bien cuando las palabras
del evangelio declaran la sombra de la ley, bien cuando las
mismas palabras tanto del evangelio como de la ley son ex­
puestas más claramente a aquellos niños a quienes se les anto­
jaban oscuras, y decimos a la luz cuanto se nos había dicho
en las tinieblas.’3 Por eso el apóstol Felipe, como figura de
todo doctor eclesiástico', fue calificado de “boca de la antor­
cha”, porque en su boca centelleó la palabra encendida del Se­
que iluminó a los oyentes.
ñor 3435
36
Ahora bien, considero lenguaje de Dios, hermanos míos,
cuanto su divino Espíritu se digna hablar en vosotros33 y,
ciertamente, toda palabra buena para edificar la fe3839 40y esti­
mular la caridad.37 Si, pues, alguno de vosotros habla, hágalo
como si Dios hablara por su boca;38 de modo que en vuestras
conversaciones privadas ninguna palabra mala salga de vues­
tra boca, sino una palabra buena para la edificación de la fe,
para comunicar un bien al que escucha,33 y éste, después de
haberla escuchado, te dé gracias diciendo: Bendito sea el len­
guaje de tu boca, porque antorcha para mis pasos es tu palabra
y la luz para mis sendas.13
28. Le. 12,35.
29. Mt. 5,16.
30. Sal. 118,105.
31. 2 Pe. 1,19.
32. Sal. 118,130.
33. Mt. 10,27.
34. Sal. 118,140.
35. Mt. 10,20.
36. Ef. 4,29.
37. Heb. 10,24.
38. 1 Pe. 4,11.
39. Ef. 4,29.
40. Sal. 118,105.
184 BEATO GUERRICO DE IGNY

Respecto a la oración, que ella sea también una antorcha,


máxime cuando se halla iluminada por la luz divina, se extrae
de aquellas palabras de Salomón: El espíritu del hombre es
una antorcha divina que penetra todos los secretos del cora­
zón.^ En efecto, la luz de lo alto que se nos comunica cuando
oramos o cantamos es un hálito de vida 41 4243en el cual respira­
mos más suavemente. De esta antorcha se acordaba —según
parece— Job cuando, angustiado por la tristeza de la tenta­
ción, recordaba con nostalgia la alegría de la consolación pa­
sada, diciendo: ¡Quién me diera volver a ser como en los tiem­
pos pasados, como en aquellos días venturosos en que Dios
me tenía bajo su custodia! Entonces su antorcha resplandecía
sobre mi cabeza y guiado por esta luz caminaba yo entre las
tinieblas.1,3
Por lo demás, si se dice que esta antorcha investiga todos
los secretos de las entrañas, es decir, de la mente, no penséis
que ello significa que el Señor amenace ir a registrar con an­
torchas,4445
46 porque esto se refiere a la gracia iluminante y aque­
llo es propio del juez exigente. Porque de una manera penetra
los secretos de las entrañas la poción de un médico y de otra,
la espada del verdugo.
Respecto de la intención, que ella sea realmente antorcha,
nadie lo pone en duda si comprende aquella sentencia evan­
gélica: Antorcha de tu cuerpo son tus ojos.13

Para recibir la luz, acercarse a la luz

5. Así, pues, para ser iluminados por tantas antorchas, acer­


caos, hermanos, a la fuente de la luz y seréis iluminados.48 Me
refiero a Jesús que brilla en los brazos de Simeón; para que
ilumine vuestra fe, haga brillar vuestras obras, os sugiera pala­
bras buenas, inflame vuestra oración, purifique vuestra inten­
ción; de modo que, bien sea en el obrar, bien en el hablar y

41. Prov. 20,27.


42. Gén. 2,7.
43. Job 29,2-3.
44. Sof. 1,12.
45. Mt. 6,22.
46. Sal. 33,6.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 185

orar, procuréis siempre agradar en la luz de los vivientes47 a


aquel que ha de escrutar a Jerusalén con sus antorchas 4849y
examinar también nuestra luz.
Una vez encendidas todas estas antorchas, hijo de la luz, ya
no caminarás en tinieblas 48 ni temerás aquella sentencia de
maldición: A quien maldiga a su padre o a su madre, se le
apagará su antorcha en medio de las tinieblas,5051 53es decir, le
52
faltará el consuelo de esta luz cuando se vea cercado por do­
quier de tinieblas, bien sean exteriores, bien interiores. Mas,
cuando la antorcha de la presente vida se extinguiera para ti,
a quien tantas antorchas iluminan interiormente, nacerá la luz
inextingible de la vida y al atardecer aparecerá para ti un res­
plandor como de mediodía, y, cuando te creas consumido, re­
nacerás cual estrella de la mañana 61 y tus tinieblas se conver­
tirán en claridad meridiana.™
No habrá más sol para brillar durante el día, ni el esplendor
de la luna te iluminará, sino que el Señor será para ti luz sem­
piterna,™ porque el Cordero es la antorcha de la nueva Jeru­
salén,5455a quien sea la bendición y la claridad por los siglos
de los siglos. Amén.™

47. Sal. 55,13.


48. Sof. 1,12.
49. Jn. 8,12. Cf. Is. 9,2.
50. Mt. 15,4; Prov. 20,20.
51. Job 11,17.
52. Is. 58,10.
53. Is. 60,19.
54. Apoc. 21,23.
55. Apoc. 7,12.
SERMON 16

Purificación ii:
Amor con que hemos de salir al encuentro de Jesús

SI como al día de Navidad, esto es, de la venida de nues­

A tro Señor, correspondió aquel canto de acción de gra­


cias y alabanza: Bendito el que viene en el nombre del
Señor/ y al día de su aparición, esto es, de nuestra ilumina­
ción, las palabras siguientes: El Señor es Dios y él nos ilumi­
na. .., aquellas otras que vienen luego: Celebrad el día solem­
ne, ordenad una procesión con ramos hasta él ángulo del altar/
creo que no será un despropósito aplicarlas al presente día
—célebre en extremo para nosotros—, por la asamblea solemne,
día de la presentación del Señor, cuando fue solemnemente
presentado a su Padre, por su Madre, ante el altar. Porque de
lo que se añade a continuación: Tú eres mi Dios y a ti tribu­
taré acciones de gracias; tú eres mi Dios y tu gloria ensalzaré;
tus alabanzas cantaré, porque me escuchaste y te hiciste mi
Salvador/ ¿qué otra cosa puede significar más apropiadamen­
te que la fe y la confesión de Simeón y Ana, quien llegando
también ella a esa misma hora, alababa al Señor y hablaba de
él a todos los que esperaban la redención de Israel? 4
Razón tenía nuestro citarista para estimular a Jerusalén a
alegrarse y congregarse en día tan solemne, cuando decía: Ce­
lebrad una procesión con ramos en el día solemne, hasta el
ángulo del altar/ No fue escasa ni poco solemne aquella asam­
blea cuando José y María fueron con una muchedumbre de
parientes que acompañaba al Niño para cumplir con él lo pres-
1. Sal. 117,26.
2. Sal. 117,27 (LXX).
3. Sal. 117,28.
4. Le. 2,38.
5. Sal. 117,27.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 187

crito por la Ley." Además Ies salieron al encuentro Simeón y


Ana con la muchedumbre de los que aguardaban la redención
de Israel, ante los cuales ambos ancianos dieron testimonio del
Niño.
Busquemos donde creeríamos no hallar
2. Nunca he creído que aludiera a esta solemnidad, en que
se reunió tan alegre y piadoso cortejo, aquella lamentable
queja del profeta: Enlutados están los caminos de Sión porque
ya no hay quien venga a las solemnidades,'1 a menos que se
refiera a los pocos que habían venido de un pueblo tan inmen­
so como el de Judea y Jerusalén. Realmente, en comparación
de tan inmensa multitud, se reunieron pocos, y de entre esos
pocos, poquísimos, a mi modo de ver, lo recibieron viendo pre­
sente a aquel por tanto tiempo esperado, según la promesa
anunciada por el Padre mediante el profeta Malaquías: He aquí
que vendrá a su templo el dominador a quien vosotros buscáis,
y el Angel del testamento tan deseado de vosotros."
[Oh judíos! Ved cómo tenéis a la vista al Dominador a quien
buscáis; ¿por qué no salís a recibir al que se ofrece a vos­
otros? Lo buscáis y no lo buscáis. Pero si buscáis, buscad, con­
vertios y venid." Buscáis a uno que os libere del poder de los
hombres, pero no buscáis a uno que os libere del poder de los
demonios. Buscáis quien os libre de la servidumbre de los
romanos, mas no buscáis quien os libre de la esclavitud de
los vicios. Si de veras buscáis la libertad, buscad al libertador
de vuestras almas, el cual salve a su pueblo de sus pecados.
Si lo buscáis encumbrado, buscadlo primero humilde, porque,
según dice Daniel, pondrá Dios sobre todos los reinos al más
humilde de los mortales.™ Si buscáis un dominador poderoso,
buscad primero un maestro de justicia, porque su trono se
afirmará sobre la justicia *11 y justicia y equidad son las bases
de su trono.12
6. Le. 2,27.
7. Tren. 1,4.
8. Mal. 3,1.
9. Is. 21,12.
10. Dan. 4,14.
11. Prov. 25,5.
12. Sal. 88,15.
188 BEATO GUERRICO DE IGNY

La busca debe surgir del deseo

Mas por cuanto no buscáis perfectamente, por lo mismo no


lo encontráis, aunque lo tengáis presente, pero no lo encontra­
rán aunque esté presente,13 porque odiaron la luz que les daba
en rostro sus malas obras,1415ya que la sabiduría no puede ser
buscada ni hallada sino por el amor. En cambio Simeón, como
lo buscaba con un deseo piadoso y fiel, lo encontró y recono­
ció a aquel a quien buscaba sin que nadie le diera señas de
él, es decir, sin ningún testimonio humano. Pues el Espíritu
es quien da testimonio de que Cristo es la verdad,16 virtud
procedente de él, unción que enseña todas las cosas y procede
en sus formas variadas de aquel que, conforme a su nom­
bre, es de manera singular el Ungido [del Señor].
3. Ahora bien, ¿qué pensar, hermanos míos, de este ungido,
el cual unge también a quienes no toca, al modo como ungió
el pecho puro y santo de nuestro anciano, cuando al recibirlo
en sus brazos.16 lo apretó contra su corazón y habría deseado,
si hubiese sido posible, introducirlo en lo más recóndito de él?
¿Qué pensar de este Cristo que, suave y humilde, se insinuaba
a sí mismo en el castísimo pecho del piadoso anciano, que de
manera tan deleitable y saludable, o más bien totalmente inex­
presable, invadía sus entrañas, se unía a sus huesos y hasta
redundaba en sus mismos sentidos?
El ungido se deshacía totalmente en unción como derretido
por le fuego a impulsos del amor de quien lo abrazaba; así
la unción enseña lo que indica la lectura, pero sólo puede
aprenderlo la dilección. ¿Qué lees? Ungüento derramado es
tu nombre.17 Este ungüento se derrama en el momento que se
anula su consistencia natural, no para hacerle perder su sus­
tancia, sino para hacerle exhalar su aroma,18 para que com­
prenda que, no teniendo nada sólido, es imposible que pueda
subsistir.

13. Prov. 1,28-29 (LXX).


14. Jn. 3,20.
15. 1 Jn. 5,6.
16. Le. 2,28.
17. Cant. 1,2 (LXX).
18. Cant. 4,16.
HOMILÍAS LITURGICAS 189

O tal vez se derretía más el alma del anciano por el abrazo


de este ungido o ungüento, que lo obligaba a exclamar: Mi
alma ha quedado derretida 19 cuando mi amado se derramó en
mí. Por lo tanto, la infusión de la unción es testimonio del
ungido. Esta unción atestiguaba al anciano acerca del Niño,
a Simeón acerca de Cristo. Siendo el Espíritu de verdad y de
caridad, enseñaba por la verdad, ungía y abrasaba por la cari­
dad, poniendo como en una ebullición de ungüentos20 todo
el interior del helado pecho del anciano.
Pero el deseo surge de Dios
El movimiento de los ungüentos en ebullición era el ardor
de los deseos; su sonido, la alegría de los afectos que prorrum­
pían todos juntos en estas exclamaciones —si es que se pue­
den expresar con palabras—: Tú eres mi Dios, yo te glorifica­
ré; tú eres mi Dios, yo te ensalzaré,21 y anunciaban que eres
la luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel33
Te glorificaré, repito, porque me escuchaste2324 cuando te decía
26
25
cada día con lágrimas: ¿Cuándo me consolarás?21 Me escu­
chaste, por fin; ahora, escuchaste a Simeón, es decir, llenaste
todos mis deseos, por cuanto te hiciste mi Salvador,22 Jesús,
hecho por mí descendiente de David según la carne22 tú, que
según tu divinidad hiciste a David y todas las cosas. Para to­
dos en general te hiciste Salvador;27 en cambio para mí de una
manera especial te hiciste salud,28 ungiendo mi pecho enfer­
mizo y restituyéndole el calor vital, recreando mi alma y alum­
brando mis ojos. Mi alma había desfallecido suspirando por la
salud procedente de ti,29 oh Señor, Padre de mi Señor Jesu­
cristo.30 Habían desfallecido mis ojos esperando tu promesa y
19. Cant. 5,6.
20. lob 41,22.
21. Sal. 117,28.
22. Le. 2,32.
23. Sal. 117,28.
24. Sal. 118,82.
25. Sal. 117,21.
26. Rom. 1,3.
27. Is. 63,8.
28. Sal. 117,21.
29. Sal. 118,81.
30. Ef. 1,3.
190 BEATO GUERRICO DE IGNY

diciendo: ¿Cuándo me consolarás? Porque me había vuelto co­


mo un odre expuesto a la escarcha," frío de cuerpo, árido de
corazón, desfallecido de espíritu, totalmente lánguido en el
deseo. Mas por haber esperado en la palabra de tu promesa,31 32
según la cual yo no había de morir sin ver a tu Cristo',33*por
eso ya veo lo que esperé, tengo lo que deseé, estrecho contra
mi pecho a quien ansié tener. Veo a Dios, Salvador mío, reves­
tido de mi carne y mi alma ha sido salvada?1
Mis ojos contemplaron la salvación de Dios;35 mis ojos inte­
riores que habían flaqueado por la indigencia,3637
39fueron ilumi­
38
nados. Al simple contacto de este Niño, de este hombre nuevo,
fue renovada enteramente mi juventud al igual que la del
águila,87 tal como poco antes se me había prometido con estas
palabras: Me acercaré al altar de Dios —donde María ofrece
a Jesús al Padre—, al Dios que llena de alegría mi ancianidad,
o mejor, que renovará mi juventud?3

El ejemplo de Ana

4. Indudablemente, no con menor gozo el corazón de Ana


exultaba en el Señor.3” A mi parecer, si se la compara con Ana,
la madre de Samuel, su mérito fue tanto más grande cuanto
más altos fueron sus designios y santo su deseo. Aquélla pen­
saba en las cosas del mundo, buscando cómo agradar a su ma­
rido; ésta, en cambio, cómo agradar a Dios;40 aquélla, buscan­
do descendencia en el consorcio de su marido; ésta, deseando
con vivas ansias al Salvador descendente del seno del Padre.
Ilustrada ésta por cierto presagio de la gracia excelente que
atesoraba en su alma, mereció en su nombre el significado de

31. Sal. 118,82-83.


32. Sal. 118,81.
33. Le. 2,26.
3'4. Job 19,26 y Gén. 32,30.
35. Le. 2,30.
36. Sal. 87,10.
37. Sal. 102,5.
38. Sal. 42,4.
39. 1 Sam. 2,1.
40. 1 Cor. 7,32-33.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 191

gracia, haciéndose acreedora a la gracia de conocer y dar tes­


timonio del Redentor, presentándose como ejemplar de verda­
dera viudez, espejo de santidad, dechado de virtudes en un
cuerpo casi inerte.
Presagiando ella el fin de la ley antigua y el inicio del Evan­
gelio, había comenzado a sustituir piadosamente los ritos ju­
daicos por los cristianos sirviendo noche y día más bien con
ayunos y oraciones que con comidas y bebidas y diversas cla­
ses de abluciones que son observancias de la carne 4142 y no del
44
43
alma. De aquí provino que, desdeñando la bendición de los
hijos —muy estimable en la ley antigua—, eligiera un nombre
mejor entre los hijos e hijas,*2 y en sus ochenta y cuatro años '3
se regocijaba de ser leño seco y de colocarse junto a un árbol
seco, a manera de tórtola que ha perdido su consorte.

Simeón y Ana, modelos de consagración religiosa

5. Aquí tienes el par de tórtolas, el anciano santo y la viuda


anciana, uno y otra castos, uno y otra suspirando en idéntico
deseo del Redentor, los cuales sin duda se ofrecieron al Señor
y en lugar suyo, cual víctima viva, santa y agradable a Dios.“
He dicho un par de tórtolas, no de cónyugues, como quienes
están unidos por el lazo de un misterio mucho más sagrado
que el matrimonio. Iguales eran en la fe, idénticos en la cas­
tidad, semejantes en la devoción, compañeros en pregonar la
gracia, ambos de edad avanzada, ambos dechados de santidad
perfecta; ellos, aun antes del Evangelio, dedicaron en ambos
sexos las primicias de la pureza y la piedad evangélica.

El claustro interior

Ambos adornaron tu tálamo, oh Sión, con diversos géneros


de virtudes para el recibimiento de Cristo rey; no las paredes
de tu templo, sino el interior de sus corazones, el retiro de sus

41. Heb. 9,10.


42. Is. 56,5.
43. Le. 2,37.
44. Fil. 4,18.
192 BEATO GUERRICO DE IGNY

aposentos donde se nos manda adorar al Padre en espíritu y


verdad,“ donde igualmente es recibido aquel de quien se
dice que no habita en moradas fabricadas por manos huma­
4849En éstos, por lo tanto, recibió la fiel Sión a Cristo; en
nas.45
47
46
éstos, gozándose y alegrándose, salió al encuentro de su Dios.
En otra ocasión él apenas tendrá donde reclinar su cabeza "
y, en sentir de Isaías, se pasmó de no encontrar quien saliera
a su encuentro.“ Con todo, bastó el encuentro de Simeón y
Ana para celebrar plenamente la fiesta con solemnidad y rego­
cijo, por cuanto una consumación abreviada hace desbordar la
justicia 40 y la justicia consumada y abundante de unos pocos
compensa fácilmente la infidelidad de muchos.
Jesús se encuentra con los que lo aman
6. Célebre sobre toda ponderación me parece esta asamblea
solemne, esta procesión rebosante de gozo festivo, en la cual
llegan por una parte el Niño y la Madre, Jesús y María; por
la otra, concurren el anciano y la viuda, Simeón y Ana; por
una parte el Señor y la Señora; por otra, el siervo y la esclava;
de aquí el Mediador y la Mediadora, el Hijo y la Madre; de
allí, tanto los fieles como los devotos testigos y ministros suyos.
En una palabra, se encontraron juntas en esta reunión la mi­
sericordia y la verdad, es decir, la misericordia de la redención
en Jesús, y la verdad de la confesión en los ancianos. En este
encuentro se besaron la justicia y la paz,5051al unirse, en beso de
afecto mutuo y gozo en el Espíritu Santo, la justicia de los
piadosos ancianos y la paz del que es la reconciliación del
mundo.
Con razón, pues, hemos cantado esta noche lo que a mi mo­
do de ver —salvo distinta interpretación de quien tenga enten­
dimiento más agudo—, constituye la alegría del presente día:
Alégrate, Jerusalén, y regocijaos con ella todos los que la
amáis.01 Como si dijera: Se alegró Nazaret de la anunciación,
45. Jn. 4,23.
46. Hech. 7,48.
47. Mt. 8,20; Cant. 1,6.
48. Is. 59,16.
49. Is. 10,22.
50. Sal. 84,11.
51. Is. 66,10.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 193

Belén de la natividad; alégrate también tú, Jerusalén, de la


purificación, porque el mismo que fue concebido en Nazaret
y nació en Belén, fue recibido y pregonado en Jerusalén. Y
haced fiesta —añade— y todos los que la amáis reunios en Je­
rusalén, es decir, concurrid al templo con alegre devoción
para recibir al Redentor todos cuantos esperáis la redención
de Israel. °2

Una interpretación práctica

7. Ahora bien, si como suele hacer vuestra piedad, herma­


nos, deseáis sacar fruto espiritual, considerad atentamente las
cuatro personas en esta procesión, cuya vida no solamente da
esplendor a las Iglesias, sino también hermosea el cielo. Me
refiero a Jesús y a María, a Simeón y Ana.
Y comenzando a tratar de las inferiores a las superiores: en
Ana, que noche y día servía al Señor con ayunos y oraciones,"3
se nos recomienda el ayuno y la oración. En Simeón, que abra­
zaba con tanta alegría a Jesús, la piedad y la devoción. En
María, que, sin estar sometida a la ley, se sometió, no obstan­
te, a la purificación, la humildad y la obediencia. En el Señor
Jesús, formado de mujer y sujeto también a la ley para redimir
a cuantos estaban bajo la ley3' la caridad y la misericordia.
Porque la fragancia de la castidad —cuya alabanza, según he
podido comprobar, atrae de continuo vuestras predilecciones-
resplandece igualmente en todos ellos, si bien en grados diver­
sos. En los ancianos es fruto de la continencia; en la joven Ma­
dre, dádiva de la gracia, y en el Niño, propiedad inherente a
su naturaleza, no de la puericia recién nacida, sino de su pu­
reza increada. En él está el origen y perfección no sólo de
ésta, sino también de todas las demás virtudes. El las distri­
buye a cada cual, él las conserva y él también las remunera.
Solicitémosle, pues, por los méritos, tanto de la Virgen como
de Simeón y Ana, que nos otorgue la virtud que nos falta, que
nos la conserve y que, finalmente, podamos con su asistencia

52. Le. 2,38.


53. Le. 2,37.
54. Gél. 4,4-5.
194 BEATO GUERRICO DE IGNY

conservar íntegro y devolverle el depósito, a fin de obtener la


remuneración del mismo, que vive y reina por los siglos de los
siglos. Amén.
SERMON 17

Purificación iii:
CÓMO HEMOS DE IMITAR AL ANCIANO SlMEON

L anciano llevaba al Niño; el anciano lleno de días 1 al

£ Niño antiguo de días.12 Dios había colmado la longevi­


dad de este anciano para mostrarle a su Salvador3 ante
nuestro rostro; más aún, colmaría la larga serie de sus días
para mostrarle, ante su mismo rostro, a su Salvador.

El paso del tiempo debe ser el paso de Cristo

En consecuencia, lleno de días temporales, llevaba al anti­


guo de días antiguos y tenía reposando en su seno la prenda
fidelísima de la esperanza eterna el cual añadiría días sobre
días a la vida del rey,45 renovando su juventud como la del
águila.6 Pero cuando se dice que el anciano Simeón, como
Abrahán, era varón lleno de días,8 yo entendería que estaba
tan lleno de virtudes como de años; por cuanto los años no
tienen ninguna consistencia, sino que, siguiendo su curso na­
tural, más bien vacían al hombre que lo llenan.
Y no es cosa grande, antes la califico de extremadamente
mala, haber vivido muchos años si no se ha envejecido en
virtudes, por cuanto él niño de cien años ha de morir y el
pecador de cien años ha de ser maldecido.7 Por lo cual, como
dijo Salomón: Aunque viva un hombre muchos años y en to­
dos ellos contento, debe, sin embargo, acordarse del tiempo
1. 1 Crón. 23,1.
2. Dan. 7,13.
3. Sal. 90,16.
4. Sal. 60,7.
5. Sal. 102,5.
6. Gén. 25,8.
7. Is. 65,20.
196 BEATO GUEBBICO DE IGNY

de tinieblas y de los largos días, llegados los cuales quedará


convencido de la vanidad de las cosas pasadas.“ Por otra parte,
no hacen venerable a la vejez los muchos días, ni los muchos
años, sino que la prudencia del hombre suple las canas y es
edad anciana la vida inmaculada.'1 Si no hubiera envejecido
Simeón en esta ancianidad, seguramente nunca habría mere­
cido llevar la corona de los ancianos, a Cristo, Sabiduría de
Dios.'0 Pues está escrito: Corona de honra es la vejez que se
encuentra en los caminos de la justicia.11 Y ¿cuál es esta vejez
que se encuentra en los caminos de la justicia, la cual merece
ser coronada, sino Cristo, Sabiduría de Dios? 12 Porque él mis­
mo otorga al mérito de las obras ejecutadas por los justos, los
cabellos blancos de la sabiduría, que luego se transforma en
corona de gloria para los justos.

Infancia y ancianidad transformadas en Cristo

El santo anciano Simeón, por consiguiente, para lograr una


ancianidad aun más santa, encontró en los caminos de la jus­
ticia, es decir, cuando vino en espíritu al templo,13 la anciani­
dad de los hombres sabios —o bien la sabiduría de los ancia­
nos— hecha Niño, y la reconoció en toda verdad: 14 la ancia­
nidad estaba en el Niño de pecho, la sabiduría en el infante,
la fortaleza en la debilidad,15 el Verbo en la carne. ¡Oh infan­
cia, oh ancianidad, qué maravillosamente os asociáis en los
sentimientos y costumbres de este Niño! No hay nadie más
inocente que él, pero tampoco más sabio; nadie más amable,
pero tampoco más maduro; nadie más humilde, pero tampoco
más justo.

8. Ecle. 11,8.
9. Sab. 4,8-9.
10. 1 Cor. 1,24.
11. Prov. 16,31.
12. 1 Cor. 1,30.
13. Le. 2,27.
14. Hech. 10,34.
15. 2 Cor. 12,9.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 197

2. A vosotros, hijos de los hombres, a vosotros hablaba ya


entonces con su silencio la Palabra de Dios 10 para que fueseis
niños en la malicia, perfectos en los sentimientos.1^ Algunos
de vosotros, cual paloma necia a quien falta el juicio13 no sa­
zonando la simplicidad con la prudencia, se hacen necios;
otros son sabios en obrar el mal, pero ignoran hacer el bien;
al no endulzar la prudencia con la bondad, se tornan duros.
A ambos les conviene en todo y es necesario el temperamento
y complexión de este Niño antiguo en días, quien en su infan­
cia manifiesta la inocencia congénita y por la ancianidad de
los días trae la sabiduría primogénita entre todas las cosas.

Maternidad de María, de la Iglesia y de la gracia

Si alguno se reconoce imperfecto en sus sentimientos o desor­


denado en las costumbres, acuda al templo con Simeón y re­
ciba en sus brazos al Niño que ofrece María, su Madre, quiero
decir, abrace con afecto al Verbo de Dios que ofrece la Madre
Iglesia. Sin duda este Verbo estrechado contra su pecho orde­
nará los sentimientos, suavizará las costumbres y, mediante su
agradable y saludable suavidad, regulará el estado de su alma
y todo el orden de la vida. Y no sólo la Madre Iglesia, a quien
escuchas, sino mucho más la Madre gracia te ofrecerá al Niño
en la oración para que lo abraces, con tal de que, orando fervo­
rosamente sin desfallecer, vengas al templo para decir a Dios
cada día: Poseído de tu santo temor, doblaré mis rodillas ante
tu santo templo13
El mismo a quien la Iglesia ofrece a nuestros oídos a través
de la predicación, la gracia iluminante lo introduce en nues­
tros corazones tanto más presente y más suave cuanto que pro­
pone la verdad desnuda a las inteligencias puras. Porque la
verdad —que es Cristo—, revestida de la carne de María, ata­
viada del ropaje de la elocuencia por la Iglesia, el Espíritu
Santo la presenta escueta para ser aceptada por la infusión de
la gracia, si bien esto acontece de diversas maneras, unas se-16 19
18
17

16. Sab. 18,14-15.


17. 1 Cor. 14,20.
18. Os. 7,11.
19. Sal. 5,8.
198 BEATO GUEBBICO DE IGNY

gún la capacidad del alma que recibe, otras por la voluntad


misericordiosa del dispensador. Aunque a decir verdad no nos
resulta fácil ver el rostro de la suma verdad y es considerado
grande aquel a quien le es dado verla como en espejo y enig­
ma,20 sin embargo, cuando el Espíritu nos penetra, sentimos
algo de ella como al desnudo y por este contacto, por así
decir desnudo, nuestra alma se abrasa en su amor. Entonces
podemos exclamar con conocimiento de causa y cantar alboro­
zados: Hemos experimentado, oh Dios, tu misericordia en me­
dio de tu templo.21

¿Cómo podremos recibir al rey si somos sólo vasallos?

¡Dichoso aquel que para recibirla más dignamente y con


más frecuencia le prepara un lugar adecuado en lo más pro­
fundo de su corazón! Bienaventurada aquella Sión que adorna
con diligencia y profusamente su tálamo para recibir con dig­
no y grato honor a Cristo rey.
3. ¡Oh Sión santa, alma escudriñadora de las cosas eternas!
Considera quién es aquella majestad que has de recibir; pien­
sa con qué cuidado y diligencia has de prepararle un lugar.
Si alguno preguntare: ¿Quién será capaz de ellos?,22 ¿qué ade­
rezo podrá ser digno de la magnificencia y gloria de tan gran
rey?, es en vano, dice David, alegar la propia pobreza. Fijó
su habitación en la paz,2324la •justicia y la equidad le preparan
un trono.21 Por haber procurado Simeón hermosear su tálamo
con tales tapicerías, se halló digno de recibir a Cristo con la
abundancia de su gracia.

El gran don de la paz

¿Quieres convencerte de cómo había encontrado en la paz


un lugar para el Señor al prepararle asiento en la justicia y la
equidad? Había en. Jerusalén —dice— un hombre justo y te-

20. 1 Cor. 13,12.


21. Sal. 47,10.
22. 2 Cor. 2,16.
23. Sal. 75,3.
24. Sal. 88,15.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 199

meroso, Uamado Simeón.2“ La casa de Simeón estaba en paz


por habitar en Jerusalén, es decir, en la visión y el amor de
la paz; acerca de esta Jerusalén había oído la promesa hecha
a David: Nunca será derrocado el morador de Jerusalén2" Y
para que sepas que era morador y amante de la paz y buscaba
la paz imperturbable de aquella estable y eterna Jerusalén, al
recibir sobre su pecho a Jesús, paz de Dios y de los hombres,
que venía a traer paz sobre paz a los hombres, la primera pa­
labra brotada de labios del anciano, que desde hacía tiempo
meditaba sobre la paz, fue ésta: Ahora, Señor, puedes dejar
ir a tu siervo en paz, conforme a tu palabra, después de haber
visto mis ojos al Salvador27 que es nuestra paz y que hizo de
dos uno,28 no sólo entre el judío y el gentil, sino también entre
Dios y los hombres, y en el hombre, entre el espíritu y la car­
ne. Sólo resta, por tanto, para colmar los deseos de tu siervo
que duerma y descanse en la paz20 y que la paz de Dios, que
excede todo sentimiento2" me absorba por completo en la ar­
monía de esta suprema y simple unidad.
Llegó la paz por tanto tiempo añorada: descanse en paz
quien buscó la paz y procuró en todo momento seguir lo que
se refiere a la paz. Pues así dice Isaías: Venga la paz; descan­
se en su morada el que la ha procurado rectamente21 Simeón
indudablemente había colocado su morada en la paz y, dejan­
do a un lado toda clase de cuidados, en su corazón meditaba
únicamente en Jesús y allí lo reclinó también al recibirlo. Ha­
bía caminado por senderos rectos el que era justo y temo-
roso, y, anhelando la consolación de Israel22 salía cada día,
por el deseo, al encuentro de aquel que estaba para llegar.
La justicia verdadera se prueba en el juicio divino
4. Por lo mismo que se lo llama justo y temoroso puedes
entender la justicia y la equidad mediante las cuales se prepara
25. Le. 2,25.
26. Sal. 124,1.
27. Le. 2,29-30.
28. Ef. 2,14.
29. Sal. 4,9.
30. Fil. 4,7.
31. Is. 57,2.
32. Le. 2,25.
200 BEATO GUERBICO DE IGNY

un trono para Dios.33 La justicia se da a conocer por su mismo


nombre; la equidad se designa con el nombre de temor, mejor
dicho, el temor debe ser considerado con el nombre de juicio
en razón de originarse tanto de la consideración de un juicio
inminente, como del efecto que produce en nosotros la senten­
cia y la ejecución de un litigio pendiente. De aquí la prohibi­
ción de juzgar al prójimo antes de tiempo3435 36y el mandato de
juzgarnos a nosotros mismos, para que juzgándonos a nosotros
mismos no seamos juzgados por el Señor.33
En consecuencia, este temor es más santo cuando sigue a la
justicia que cuando la precede, porque cuando precede se
inicia en la justicia, mientras que cuando sigue, la perfecciona
y mantiene; con otras palabras, no permite presumir en la jus­
ticia, pues hace temer al hombre que todas sus acciones, des­
pués del juicio propio, han de ser sometidas a otro más riguro­
so, diciéndose a sí mismo: El que me juzga es el Señor,30 el
cual, cuando llegue el tiempo prefijado, juzgará aun las justi­
cias.37 Quien no posee este temor no podrá ser justificado,3839
en
frase de la Escritura, pues por más que se entregue a obras
buenas, los extraños devorarán su fuerza 33 cuando, deseando
establecer su propia justicia, no se somete a la de Dios.

El temor verdadero no se aparta de Dios

5. Así pues, el Evangelio, al alabar la justicia perfecta de


Simeón, no dice: temeroso y justo, para que no pensáramos
que se trata del temor que es el inicio, de la justicia; dijo
justo y temoroso, para enseñarnos con el ejemplo de este hom­
bre que el temor es compañero inseparable de la justicia en
todos sus grados, así como promotor y defensor de la misma. Y
pienso que no sin motivo el Evangelio no dijo “miedoso” [ti-
mentem], sino “temeroso” [timoratum], para significar que tal
temor no era cosa nueva, pasajera o superficial, sino un hábito
33. Sal. 88,15
34. 1 Cor. 4,5.
35. 1 Cor. 11,31.
36. 1 Cor. 4,4.
37. Sal. 74,3.
38. Ecli. 1,28.
39. Os. 7,9.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 201

adquirido, arraigado en los más nobles afectos de su ser, el


cual poseía todo su espíritu, adornaba de modestia y gravedad
sus palabras y su rostro, llenaba de circunspección todas sus
acciones, en una palabra, regulaba todo su comportamiento
interior y exterior. Porque en vano podían satisfacer las con­
solaciones humanas el ánimo de quien aguardaba la consola­
42por cuanto constituía el colmo de su justicia
ción de Israel,4041
no sólo el estar pendiente de su propia consolación, sino tam­
bién la inquietud de la larga espera por la de todo su pueblo.

La nueva alianza recibe al Niño. No hagamos vano el amor recibido

6. Finalmente, si quieres oír más claridad cuán vistoso y au­


téntico ropaje de virtudes hermoseaban el tálamo de aquella
Sión, es decir, de Simeón, la Escritura afirma: El Espíritu San­
to moraba en él.*1 ¿Qué ornato comparable a éste podía prepa­
rar aquella Sión terrena, en toda su múltiple variedad de apo­
sentos, esto es, en toda lo soberbia magnificiencia de su tem­
plo? Aunque hubiera adornado con coronas de oro la fachada
del templo,>s ¿qué es el oro, sino lodo, comparado con la virtud?
Me atrevo a asegurar que ni Salomón con todo su esplendor
estaba ataviado como Simeón,4344por haber perdido aquél, en
su ancianidad, la sabiduría que recibió éste.
Tu tálamo infiel, Sión, profiere voces contra ti, porque a
pesar de haberte sido predicho repetidas veces: He aquí que
vendrá a su Templo el dominador a quien buscáis,“ adorna
tu tálamo, Sión, vístete de gala, ciudad del Dios Santo..., a
pesar de ello nada en absoluto añadiste el día de su venida
al aderezo cotidiano del templo: ni tapices ni coronas ni antor­
chas o víctimas suplementarias, ni otros cantos o salmos; aban­
donaste —sin la menor honra ni saludo— al mismo que venía
a salvarte. Por eso, este tu tálamo, morada de tu gloria, que-

40. Le. 2,25.


41. Le. 2,25.
42. 1 Mac. 5,57.
43. Mt. 6,29.
44. Mal. 3,1.
202 BEATO GUERRICO DE IGNY

46 digo más, no quedará de él piedra sobre pie­


dará desierto,45
dra.™
Mas para ti, Señor, la fe de la gentilidad edificará un tem­
plo mucho más augusto, grandioso y perfecto,4748 52a saber, la
51
50
49
gran Iglesia desde el oriente hasta el poniente.™ Tus alaban­
zas, oh Dios, resonará en toda la tierra, cual corresponde a
tu nombre,™ de ella brotarán hoy tus alabanzas, la gloria del
Justo,60 es decir, las voces de los que te alaban y dicen: He­
mos experimentado, oh Dios, tu misericordia en medio de tu
templo,61 o sea, en la reunión de tu pueblo santo.
Hermanos, también vosotros habéis recibido la misericordia
de Dios y más abundantemente; procurad no haberla recibido
en vano 62 para no veros privados de la gracia por vuestra
ingratitud. Exulte, pues, vuestra devoción, glorificando y lle­
vando cada día en vuestro cuerpo 5354 al mismo que hoy Simeón
mereció llevar sobre su pecho, a Jesucristo, Señor nuestro, a
quien sea dado todo honor y gloria por los siglos de los siglos.
Amén66

45. Mt. 23,38.


46. Mt. 24,2.
47. Heb. 9,11.
48. Sal. 49,1.
49. Sal. 47,11.
50. Is. 24,16.
51. Sal. 47,10.
52. 2 Cor. 6,1.
53. 1 Cor. 6,20.
54. Rom. 16,27.
SERMON 18

Purificación iv:
Cuatro clases de purificación

UMPLIDO el tiempo de la purificación de María.1

En María se cumple toda justicia para nuestro ejemplo

La Escritura Sagrada, al referir los misterios de nuestra re­


dención, de tal manera narra aquellos realizados históricamen­
te en provecho nuestro, que nos hace ver con claridad los de­
beres que ellos nos imponen. Al recordarnos en el presente día
la purificación de María Santísima, nos invita manifiestamente
a nuestra propia purificación. Porque, ¿a quién no moverá la
autoridad de un ejemplo tan estupendo, cuando veis que la
más santa entre las santas, que no tenía nada que purificar,
sin embargo no rehusó cumplir el mandamiento de la purifi­
cación legal? ¡Madre inmaculada, Madre sin mancha! ¿Acaso
no eres consciente de tu pureza, quiero decir, que ni en el
concebir ni en el dar a luz sufrió detrimento tu integridad,
antes quedó consagrada? ¿A qué, pues, te pones en el trance
de confundirte con una mujer cualquiera, al acudir como ella
en busca de los remedios previstos para la purificación? “Es
conveniente que nosotros cumplamos toda justicia12 —respon­
de—, con objeto de que, habiendo sido yo elegida Madre de
la Justicia eterna, sea también espejo y modelo de toda justicia.
Conozco la soberbia de los hijos de Eva, más prontos a ex­
cusar los delitos cometidos que a purificarlos; estimo necesario

1. Le. 2,22.
2. Mt. 3,15.
204 BEATO GUERRICO DE IGNY

hacer frente a estos vicios de origen antiguo con ejemplos pa­


tentes de la generación nueva. La madre de la transgresión
pecó y se disculpó descaradamente; la Madre de la Redención
no ha de cometer pecado y satisfará humildemente, a fin de
que los hijos de los hombres que heredaron de la primera ma­
dre la propensión al pecado, tengan ejemplos de humildad que
aprender de la segunda.”

La purificación por el fuego

2. ¡Hijos de los hombres! Llegó la hora de la purificación,


cuando la Madre de la suma pureza —cuya purificación cele­
bramos en el presente día— nos suministró a un mismo tiempo
la fuente donde poder purificarnos y el ejemplo de purifica­
ción. Hermanos, es más seguro y más suave purificarse en una
fuente que en el fuego. Por cierto, quienes no fueren purifi­
cados en la fuente, si tienen necesidad de purificación, lo se­
rán por el fuego, esto es, cuando el mismo Juez, cual fuego
que derrite, se sentará para derretir y limpiar la plata, y puri­
5Ahora Cristo es agua purificadora;
ficará a los hijos de Leví.34
entonces será fuego consumidor.1 Al presente, fuente abierta
para la ablución del pecador y de la mujer impura;3 entonces,
llama implacable y fuego devorador hasta lo más profundo
del alma. El calor de aquella ira mantendrá delante de sí un
fuego abrasador y purificante 6789y abrasará a sus enemigos en
su presencia.’’ Se levantó una gran humareda —dice— en fuerza
de su ira; un fuego devorador salía de su rostro3 Por esto cae­
rán sobre ellos, en castigo, carbones3 purificantes, sobre quie­
nes al presente rehusaron emplear carbones saludablemente pu-
rificadores, como, creo, sería aquel tomado del altar para puri­
ficar los labios del profeta.10

3. Mal. 3,2-3.
4. Heb. 12,29; Deut. 4,24.
5. Zac. 13,1.
6. Sal. 49,3.
7. Sal. 96,3.
8. Sal. 17,9.
9. Sal. 139,11.
10. Is-. 6,6.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 205

O quizá también por esos carbones puedan entenderse aque­


llos de los cuales alguien dice: Te han sido dados carbones,
mas he aquí que tú te sentarás sobre ellos y te servirán de
ayuda.11 Lo dejo a vuestro juicio. El otro, sin embargo —lo digo
plenamente convencido—, por tratarse de aquel fuego que el
Señor Jesús vino a poner en la tierra,11
12 si, como es su voluntad,
ardiera con vehemencia en nosotros, entonces aquel otro fuego
purificante —que el día del juicio purificará a los hijos de
Leví13— nada hallaría consumible en nosotros, ni leña ni heno
En verdad, uno y otro fuego poseen la virtud
ni paja alguna.1415
16
de purificar, mas de manera bien diferente: el uno> purifica
ungiendo, el otro quemando; aquí rocío refrigerante, allí espí­
ritu o soplo abrasador de juicio en el cual lavará el Señor las
iniquidades de las hijas de Sión y hará desaparecer de Jerusa­
lén todos sus crímenes.1*
La verdadera purificación
3. En esto mismo se encierra sin duda una extraordinaria
clemencia del Señor hacia las hijas de Sión; pero inmensa­
mente más clemente y tierno se mostró en purificar a aquella
a quien pregonan bienaventurada las hijas de Sión,18 como está
escrito: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altí­
simo te cubrirá con su sombra.17 Este hacer sombra el poder
divino significa la verdadera purificación de María, no esta
que por misteriosa dispensación celebramos en el presente día
tan sólo en figura. Esa fue a todas luces entera y realmente la
santificación de la Madre y del Hijo, conforme a la predicción
del ángel: Por eso el santo que nacerá de ti será llamado Hijo
de Dios.18
Para concebir a Dios, la naturaleza mortal debería ser puri­
ficada antes, no después de haberlo concebido. Siendo la suma
santificación el concebir al Santo de los santos, se comprende,
11. Is. 47,14-15.
12. Le. 12,49.
13. Mal. 3,3.
14. 1 Cor. 3,12.
15. Is. 4,4.
16. Cant. 6,8.
17. Le. 1,35.
18. Le. 1,35.
206 BEATO GUERRICO DE IGNY

ninguna creatura pudo haber más santa que aquella que fue
elevada a la maternidad de la misma Santidad.
Cuando las hijas de Sión llevan una vida muelle y disoluta,
o se dejan arrastrar del fuego de la concupiscencia, con razón
han de ser purificadas por el espíritu del juicio y el espíritu
abrasador.10 En cambio, la incomparable siempre Virgen, que
concibió al Salvador por virtud del Espíritu Santo, fue puri­
ficada por el solo Espíritu de gracia y el rocío refrigerante.
Tal purificación de la bienaventurada Virgen fue indudable­
mente la más dichosa y feliz de cuantas purificaciones pueden
realizarse en creatura mortal; la de las hijas de Sión, en cambio,
que tendrá lugar mediante el fuego purificante del juicio, por
ser la postrera, será también la más severa de todas.
El pensamiento de la primera no podrá menos de excitar en
nosotros la admiración, así como el temor, la segunda; a la pri­
mera nos es imposible aspirar; en cuanto a la segunda, si esti­
mamos las cosas en su justo valor, estaremos siempre temero­
sos de incurrir en ella. Si apreciamos las cosas como es debido,
clamaremos sin cesar más con la enmienda de nuestras cos­
tumbres que con el ruido de las palabras: Señor, no me repren­
das en medio de tu saña, ni me castigues en tu enojo.19 20
La purificación personal: cuádruple distinción pedagógica
4. Por lo tanto, entre estas dos clases de purificaciones, la
sublime a la cual no podemos llegar y la otra, que nos infunde
pavor, la bondad divina, por necesidad, y por misericordia,
proveyó otros géneros de purificaciones, proporcionándonos,
además de tiempo y lugar para la penitencia, otros muchos
remedios saludables. Aunque a decir verdad son muchos y
variados, con todo, a mi modo de ver, se pueden reducir a
cuatro, para no embarazar demasiado la memoria del auditorio
con un número excesivo. Así pues, con estos cuatro modos,
creo, será posible conseguir oportuna y convenientemente la
purificación deseada en estos santos días de purificación. Tales
son contrición de corazón, maceración del cuerpo, diversas
obras de piedad y fe, y paciencia en las adversidades.

19. Is. 4,4.


20. Sal. 6,2.
HOMILIAS LITURGICAS 207

Si te fijas bien, verás cómo generalmente Cristo emplea este


cuádruple modo para purificar el mundo y obtener la purifi­
cación de los pecados,21 a saber, el agua, la sangre, el espíritu
y el fuego. Este es —dice Juan— el que vino con agua y san­
gre.22 El es quien bautiza con el Espíritu Santo y el fuego2324
Con el agua bautizó y lavó los pies de sus discípulos,21 inau­
gurando a la vez el bautismo de lágrimas procedentes de un
corazón contrito. Derramó sangre para que también nosotros,
participando de su pasión en la mortificación del cuerpo, lave­
mos nuestras vestiduras en la sangre del Cordero.2526Otorgó el
Espíritu, para que la caridad de Dios y del prójimo, derramada
en nuestros corazones por el Espíritu Santo,2829
cubra la multitud
de nuestros pecados.27 Y si no es suficientemente perfecta como
para cubrir tantos y tan grandes extravíos, aquel fundidor apli­
cará el fuego que purifica a los hijos de Leví28 y, si aún restara
algo de herrumbre, será consumido por el fuego de la tribula­
ción, bien ahora, bien después, hasta encontrarse dispuestos pa­
ra cantar: Pasamos por fuego y por agua, más no nos has con­
ducido a un lugar de refrigerio23 Así el mundo, bautizado pri­
mero con el agua del diluvio, purificado más tarde por el fuego
del juicio, se transformará en un nuevo estado de incorrupción.

La debilidad, la misericordia y la fe

5. Finalmente seamos en cierto modo condescendientes con


los débiles y delicados; si no tienen lágrimas, si rehúyen el tra­
bajo y no pueden soportar la tribulación, ¿acaso, podrán dis­
culparse de no poder hacer lo que recomienda Salomón di­
ciendo: Los pecados se purifican mediante la misericordia y
la fe?30 ¿Qué cosa podemos encontrar más suave que la mise­

21. Heb. 1,3.


22. 1 Jn. 5,6.
23. Jn. 1,33.
24. Jn. 13,5s.
25. Apoc. 22,14.
26. Rom. 5,5.
27. 1 Pe. 4,8.
28. Mal. 3,3.
29. Sal. 65,12.
30. Prov. 15,27.
208 BEATO GUEBBICO DE IGNY

ricordia?; ¿qué más agradable que la fe? La primera es óleo de


suavidad para los miembros, la segunda, luz para los ojos. Una
es unción para el corazón, la otra, claridad para los ojos y rum­
bo para el que camina, a fin de que a su luz te manejes en la
oscuridad y contemples lo invisible mientras meditas la futu­
ra bienaventuranza que ya posees espiritualmente.
Además, es correcto decir que los pecados se purifican
mediante Ja misericordia y la fe. La misericordia ¿no da acaso
de lo propio para saldar las deudas ajenas? ¿Y no consigue
la fe gratuitamente el perdón aun sin las obras? A este pro­
pósito reclama el profeta: Redime tus pecados mediante la
misericordia con que beneficias a los pobres.3132
A su vez, el Se­
ñor de los profetas exige: Dad limosna y todo será puro pa­
36De la fe, en cambio, el Apóstol afirma que con
ra vosotros.3334
35
ella purifica el Señor nuestros corazones.33 Y el Señor de
los apóstoles, por su parte, [ordena al que hasta entonces era
ciego]: “Vete, tu fe te ha sanado”.31
Este dicho de Salomón puede interpretarse asimismo no
como una referencia a la fe mediante la cual creemos, sino a
aquella otra por la que merecemos el crédito ajeno, esto es,
la buena fe que observamos en relación con Dios y los hom­
bres. En tal caso, aseverar que los pecados se purifican me­
diante la misericordia y la fe, o asegurar [también con el
libro de los Proverbios] que la misericordia y la verdad re­
dimen la malicia33 es expresar un mismo pensamiento con
términos distintos. A justo título se asocian, pues, la miseri­
cordia y la verdad —o bien la fe—, ya que si la misericordia
y la verdad no se encuentran 30 en nuestro proceder, mucho
hemos de temer que nuestros pecados crezcan en vez de ver­
se purificados. Menciono ahora las obras de misericordia en
favor de los pobres, sin referirme a las otras obras del mis­
mo género, pues las necesidades actuales las exigen más pe­
rentoriamente, ¡pero qué de pecados no se cometerían —in­

31. Dan. 4,24.


32. Le. 11,41.
33. Cf. Hech. 15,9.
34. Me. 10,52.
35. Prov. 16,6.
36. Cf. Sal. 84,11.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 209

cluso en las mismas obras destinadas a purificarlos— si la fe


se encontrara desprovista de misericordia o la misericordia
de fe!

La purificación por el servicio

6. En vista de esto, oigan aquellos a quienes se Ies ha con­


fiado la administración de limosnas; escuchen aquellos a quie­
nes no les ha sido confiada. Los primeros, para evitar ser mi­
sericordiosos con detrimento de la fe, y los segundos, para
que no sean fieles que abandonen la misericordia. Porque hay
quienes ansian ser más fieles de lo que conviene; otros, en
cambio, prefieren ser más misericordiosos de lo debido. Quie­
nes practican una misericordia en perjuicio de la fe, escuchan
las palabras de Salomón: Muchos hombres son llamados mi­
sericordiosos, mas ¿quién hallará un hombre fiel?87 Y quienes
su color de fe se desdeñan de practicar la misericordia debida,
escuchen igualmente a quien es mayor que Salomón: Dad
limosna de lo vuestro que os sobra,373839para con vuestra super­
fluidad poder por lo menos remediar la necesidad ajena?" Ex­
tremada delicadeza ante nuestra fe débil y amortiguada tuvo
quien ordenó dar limosna a los hermanos necesitados, no de
los bienes comunes, sino de los sobrantes en la propia nece­
sidad.

Cuidado del bien común. La meta de la pobreza

Dejando a un lado otras leyes naturales, todo cuanto pro­


duce la madre tierra está destinado para ser repartido entre
todos sus moradores. Según esto, para aquellos que participan
de la misma hermandad de adopción y de una única herencia,
¿cómo no les ha de ser común el uso del pan proporcionado
por el Padre celestial? Tal derecho, no obstante, sea hijo de
una caridad bien ordenada que, conforme al mandato evan­
gélico, remedie en primer término las propias necesidades;
mas, ¿quién será capaz de medir con exactitud las propias ne­

37. Prov. 20,6.


38. Le. 11,41.
39. 2 Cor. 8,14.
210 BEATO GUERRICO DE IGNY

cesidades?; o ¿quién podrá emitir un juicio ecuánime entre lo


necesario y lo superfluo?
Prestemos atención, hermanos, no vaya a suceder que sea­
mos inculpados de la muerte de nuestros hermanos los pobres,
bien por retener lo superfluo, bien por gastar aquello que po­
día emplearse en el sustento de su vida. Y pues la fiesta pre­
sente de la purificación de la purísima y la más pobre Virgen
María nos movió a tratar de nuestra propia purificación, ten­
gamos presente que en esto consistirá de manera indubitable
la purificación: en desterrar de nosotros todo cuanto es super­
fluo, de modo que no sólo en la perfección de la castidad, sino
también en la simplicidad de la pobreza, imitemos de alguna
manera a la Madre pobre de Cristo pobre, a quien sea el po­
derío y la dominación ahora y por todos los siglos. Amén.
SERMON 19

Purificación v;
Manera de realizar la propia purificación

UMPLIDO el tiempo de purificación, llevaron a Jesús

C a Jerusalén.'

'Nuevamente el ejemplo de Simeón

¡Cuán dichoso es aquel de quien se puede decir: Se ha cum­


plido el tiempo de su purificación! No resta sino llevarlo a la
Jerusalén celestial para presentarlo al Señor. Tal era, en reali­
dad, aquel venerable anciano, nuestro Simeón, tan deseable
como lleno de deseos, cuyos días de purificación habían trans­
currido, a mi modo de ver, en otro tiempo. En el presente día
se colmaron también los de su espera, de suerte que —según
la palabra del Señor— nada le restaba después de haber visto
al Cristo del Señor, a Cristo paz de Dios y de los hombres,
sino irse en paz,12 dormir en paz,3 esto es, ser llevado a Jeru­
salén, visión de la paz eterna, y ser presentado al Señor45para
contemplar la paz que supera todo sentido.6
¡Oh Simeón, varón de deseos,“ tu deseo ha sido colmado de
bienes! ¡Dichoso anciano, tu juventud, ha sido renovada como
la del águila!7 Has penetrado ya en el altar de Dios, altar ce­
lestial, eterno, enteramente de oro, en la presencia de Dios

1. Le. 2,22.
2. Le. 2,26.29.
3. Sal. 4,9.
4. Le. 2,22.
5. Fil. 4,7.
6. Dan. 10,11.
7. Sal. 102,5.
212 BEATO GUERRICO DE IGNY

que alegra tu juventud 8 con la visión eterna de sí, el cual ale­


gró tu ancianidad en el presente día con la vista de su Cristo.
Tú mismo has sido presentado al Padre ante el altar invisible,
después de haberte presentado hoy al Hijo ante este altar vi­
sible. Allí vivirás unido para siempre en eterno e indisoluble
abrazo con ese Hijo suyo a quien llevas en tus brazos.

Necesidad de aprovechar el tiempo

2. Así, pues, colmado fue de bienes el deseo del santo ancia­


no, que vivía esperando y deseando la Esperanza de las na­
ciones y el Deseado de todas las gentes.910
11
Renovada como la del
águila fue su juventud, porque en buena vejez se cumplieron
los días de su purificación. De otra suerte, en modo alguno
habría sido acreedor a este nuevo favor, si no se hubiese puri­
ficado diligentemente de toda vejez en estos días.
Echad fuera, hermanos míos, la levadura vieja,"0 mientras
tenéis tiempo para purificaros, a fin de que una vez cumplidos
los días de vuestra purificación, también vosotros os halléis
dignos de recibir el mismo' gozo en que rebosa ya feliz el alma
de Simeón. Realmente los días otorgados para realizar nuestra
purificación, queramos o no, van pasando. ¡Ay de vosotros!,
si pasa el tiempo y la purificación no se realiza, de manera
que sea preciso purificarnos en el fuego de la otra vida, más
doloroso, ardiente y terrible de cuanto podemos encontrar en
ésta. Pero, ¿quién habrá tan perfecto, tan santo, que al salir
de esta vida no necesite ser purificado en este fuego, que de
tal manera haya desterrado hasta la escoria de pecado,11 a tal
punto que pueda gloriarse de poseer un corazón casto y poder
exclamar: Mi corazón está limpio, ¿estoy puro de pecado?12
Pocos son, ciertamente, los escogidos;13 mas entre estos pocos,
contadísimos, a mi modo de ver, tan perfectos que hayan lle­
vado a cabo la purificación recomendada por el Sabio: Puri­

8. Sal. 42,4.
9. Gén. 49,10.
10. 1 Cor. 5,7.
11. Is. 25,1.
12. Prov. 20,9.
13. Mt. 20,16.
HOMILÍAS LITURGICAS 213

fícate de tus negligencias con los pocos.14 Si nos purificáramos


enteramente de las negligencias, seríamos de esos pocos. Pero
hoy descuidamos no sólo las cosas menudas, sino también las
mayores, por eso nos hallamos muy distantes de aquellos po­
cos sobre la tierra;1516de nosotros habla quien prefiere el pe­
queño número de santos a la multitud de perezosos cuando
dice: Porque son muchos contra mí."'

La negligencia de los religiosos

3. Hoy, lo más propio y común entre aquellos a quienes


cubre el manto de la vida religiosa, ¿no es acaso la negligen­
cia? De mí mismo puedo decir: ¡cuántas veces los enemigos
se mofan de mis solemnidades!17 Cuántas veces se adormece
pasando en la inacción casi todo el día,
en el tedio mi alma,1819
20
como si el tiempo perdido se pudiera recuperar. Y ojalá el
sueño de mi alma fuese tal que con ojos abiertos y vigilantes
yo mismo, miserable, no forjase sueños vanos e ilusorios. Pero
ahora, invirtiendo hacia lo peor aquella frase, permanezco en
vela y mi corazón duerme un sueño profundo que apenas pue­
de despertar al eco de aquella voz tonante de lo alto: ¿Hasta
cuándo has de estar durmiendo tú, oh perezoso?; ¿cuándo des­
pertarás de tu sueño? Dormirás un poquito, otro poquito dor­
mitarás, otro poquito cruzarás tus manos para dormir; y vendrá
sobre ti la indigencia como un salteador de caminos y la po­
breza como un hombre armado?0

La eternidad empieza en el tiempo


Ciertamente, es deplorable que en nuestros días no se esti­
me como pérdida, sino como ganancia, que los días dados para
nuestra purificación se nos escapen mientras dormimos, trans­
curran y se esfumen sin que nos preocupemos por ello. Cuen-

14. Ecli. 7,34.


15. Sal. 16,14.
16. Sal. 54,19.
17. Tren. 1,7.
18. Sal. 118,28.
19. Cant. 5,2.
20. Prov. 6,9-11; cf. 24,33-34.
214 BEATO GUERRICO DE IGNY

tan de un pagano [el emperador Tito] que, al sentarse a la


mesa y al recordar que durante el día no había hecho cosa
importante y de digna memoria, dejando a un lado la comida,
exhaló un profundo gemido de dolor: "¡Oh, amigos, hoy he
perdido el día”. Nosotros, en cambio, parece que dijéramos:
"Hoy he ganado el día”, cuando podemos pasarlo todo él sin
hacer nada, en la inercia.
Apenas si se ve nadie que estime el tiempo en su justo valor,
reflexionando la gran importancia de un solo día para com­
prar la eternidad. ¿Piensas que habrá alguno que diariamente
se pida cuentas a sí mismo de sus días, que anote diligentemen­
te las pérdidas o ganancias habidas en él, con el fin de tomar
una justa venganza de sí mismo, en caso> de haberlo pasado
en la negligencia, y obre con más cautela en lo sucesivo? Di­
choso aquel siervo a quien al llegar el último día lo halle
obrando de esta manera.21

Vna aplicación espiritual de los preceptos referentes a la sangre

4. Seguramente esto sería purificarse de la negligencia con


los pocos, si se cumpliesen recta y provechosamente los días
destinados a la purificación, para poder lograr, al menos al­
guna vez, acceso saludable a las cosas santas. De otro modo,
mientras uno permanezca purificándose de su sangre, lo cas­
tigará la justicia eterna —según prescribió Moisés en la ley—,
privándolo de tocar nada santo y de entrar en el santuario
hasta que se cumplan los días de su purificación.22 En conse­
cuencia, quisiera ver yo con qué pudor entran en el santuario,
con qué conciencia no sólo tocan las cosas santas, sino que
aun toman en sus manos y sumen las cosas santas entre las
santas, quienes, no estando libres del flujo de sangre, a pesar
de ello no procuran purificarse. ¿Acaso no oirán la voz que
protesta y dice: Cuando levantéis las manos, yo apartaré mi
vista de vosotros, porque vuestras manos están manchadas de
sangre? 23

21. Le. 12,43.


22. Lev. 12,4.
23. Is. 1,15.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 215

¿Qué sucedería, sin embargo, si yo estuviese limpio de la


sangre ajena,2' mas viera el Señor que estoy manchado en la
propia, según dice por medio de Ezequiel refiriéndose a Je­
26 ¿De qué me aprovecha a mí —pongo por caso— que
rusalén? 24
25
mis pies no sean ligeros en derramar sangre26 de mis próji­
mos, si mis afectos son veloces para satisfacer la carne y la
sangre, de los cuales dice el apóstol: La carne y la sangre no
pueden poseer el Reino de Dios?2728 29Maldito —añade Jere­
mías— el que veda a su espada el verter sangre,23 es decir
quien es negligente en arrojar lejos de sí todo vicio de la carne.
Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios Salvador mío,22 para que
al entrar en el templo con la sangre de mi purificación o cuan­
do toque las cosas santas,30 no me halle reo de haber comido
y bebido indignamente tu cuerpo y sangre.31
No obstante, gracias te doy, oh Dios, Salvador mío, por ha­
ber derramado precisamente para esto tu preciosa sangre, para
purificar la contaminación de la nuestra, al no impedir que te
tocara una mujer pecadora con flujo de sangre; antes le pro­
porcionaste la salud,3233teniendo muy en cuenta que nadie es
capaz de volver puro a quien fue concebido de simiente impu­
ra, sino tú solo,32 y que no son los sanos, sino los enfermos
deseosos de curar quienes necesitan de médico.34 Tocar, por
lo tanto, al Santo de los santos como aquéllos, a quienes de­
leita permanecer manchados en su sangre, es tanto como con­
denarse a muerte eterna; por el contrario, para quienes de­
sean purificarse, es remedio saludable —conforme al vaticinio
de Simeón—: Este [Niño] está puesto para ruina y resurrec­
ción de muchos.35

24. Hech. 20,26.


25. Ez. 16,6.
26. Sal. 13,3.
27. 1 Cor. 15,50.
28. Jer. 48,10.
29. Sal. 50,16.
30. Lev. 12,4.
31. 1 Cor. 11,27.
32. Mt. 9,20-22.
33. Job 14,4.
34. Mt. 9,12.
35. Le. 2,34.
216 BEATO GUERBICO DE IGNY

5. También vosotros, hermanos, estuvisteis manchados en


sangre, mas habéis sido lavados, habéis sido purificados,38 a
no ser que digáis como el justo: Por más que me lave en aguas
de nieve, me tendrás como sumergido en inmundicias,36 3738
41por
40
39
estar corrompida tanto la naturaleza como la voluntad debili­
tada, hasta el extremo de que a nuevas faltas se necesita nue­
va purificación. Empero, aquella despreocupación de uno mis­
mo es digna de maravilla y de lástima en los hombres, quienes,
conscientes todos de la necesidad de purificarse, a pesar de
eso, apenas hay quien no malgaste el tiempo concedido a tal
objeto, como si ya estuviera purísimo.
Hermanos, los días del hombre son cortos,39 pero a la vez
muy preciosos, y cuanto más cortos, más preciosos, por estar
destinados a la purificación, a los cuales seguirán muy en bre­
ve otros de recompensa. Felices quienes al presente lavan y
blanquean sus vestiduras en la sangre del Cordero,30 con ob­
jeto de que después, si sus vestiduras estuvieren tal vez man­
chadas de sangre, no sean quemadas y pábulo de las llamas.™
No sólo el temor del suplicio nos debe espolear, también la
esperanza del cielo nos debe acuciar a procurar ahora con to­
da solicitud y constancia la purificación, a fin de que halle
plena realización en nosotros aquello que el Hijo de Dios se
dignó llevar a cabo hoy figurativamente. ¿A qué vienen si no
aquellas palabras: Cumplido el tiempo de la purificación, lle­
varon al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor?"' A nos­
otros también, indudablemente, una vez transcurridos los días
de nuestra purificación legal, nos tomarán los ángeles para
llevarnos a la Jerusalén celestial, en donde seremos recibidos,
cual hostia viva e inmaculada, a contemplar a Dios cara a
cara. Allí seremos purificados totalmente, tanto del pecado
como de su pena. Allí nuestra purificación hallará la consu­
mación al ser recompensada; en otras palabras, cuando aquel
fuego divino nos consuma por completo en holocauto al Señor.

36. 1 Cor. 6,11.


37. Job 9,30.
38. Job 14,5.
39. Apoc. 22,14.
40. Is. 9,5.
41. Le. 2,22.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 217

El espejo de la je

6. En verdad, ni aun hoy cesa la devoción de los santos, de


seguir con noble empeño aquel inexplicable modo de purifi­
cación, en cuanto la depravación de costumbres y la solicitud
continua en buscar las cosas temporales lo permiten, a saber,
en cuanto recorriendo en alas del pensamiento aquella Jeru­
salén celestial —verdadero lugar de oración— ofrecen en la
presencia del Señor, por sí y de sí mismos, la tórtola y la palo­
ma, inundándose de gozo el corazón y el cuerpo en la contem­
plación del Dios vivo, por haber hallado la paloma lugar don­
de guarecerse y la tórtola dónde colocar sus polluelos; tus al­
tares, Señor de los ejércitos.1'
Creo, sin embargo, que se obtiene no menos mérito —y hasta
tal vez se consiga mayor purificación— si aquello que rara vez
y a muy contados se concede contemplar como en espejo y en
enigma13 esto es, el poder comparecer en Jerusalén ante el
Señor, nos lo representamos de continuo por la fe, procurando
tenerlo siempre presente en el obrar, pensando con una fe
solícita y un temor reverente que sus ojos y juicios están de
continuo puestos en nosotros. Halle cabida, hermanos, en
vosotros esta fe, y seréis del número de los pocos; halle cabida
en vosotros este temor y os purificaréis de la negligencia con
los pocos, porque semejante temor no se descuida fácilmente.
En una palabra, pasaréis caminando —según promete el Es­
poso a la esposa— desde el comienzo del temor, de virtud en
virtud,42 de claridad en claridad como por el Espíritu del Se­
4445
43
ñor,13 progresando desde la visión por la fe hasta aquella otra
por espejo y enigma, y por último ascenderéis desde la con­
templación en imagen y figura, a la contemplación real del
objeto, es decir, cara a cara.
Si, pues, procuráis llevar constantemente en vosotros la pre­
sencia del Señor por la fe, aunque sea velada, algún día os
será concedido también llegar a contemplar a cara descubierta

42. Sal. 83,3-4.


43. 1 Cor. 13,12.
44. Sal. 83,8.
45. 2 Cor. 3,18.
218 BEATO GUERRICO DE IGNY

la gloria del Señor, aunque sea a través de espejos y enigmas.10


Mas una vez transcurridos los días de la purificación, llegará
lo más perfecto,4647 poder estar muy cerca del Señor en Jerusa­
lén, vivir en su compañía y contemplarlo cara a cara4849por
toda la eternidad. A él sea la gloria y la alabanza por los siglos
de los siglos. Amén.1"

46. Cf. 1 Cor. 13,12; 2 Cor. 3,18.


47. 1 Cor. 13,10.
48. 1 Cor. 13,12.
49. Apoc. 7,12.
SERMON 20

Cuaresma i:
De la tribulación y la consolación

ENDITO sea Dios. Padre de las misericordias y Dios de

B todo consuelo, el cual nos consuela en todas nuestras


tribulaciones.' Muchas son las tribulaciones de los jus­
tos, mas de todas los librará el Señor.2

Doble fuente del sufrimiento y su doble consecuencia

Dos clases de tribulaciones padecemos por estar compues­


tos de doble sustancia, de materia y espíritu, y también por
desarrollarse nuestra vida bajo el influjo de un doble princi­
pio: según la carne y según el espíritu. En el mundo éramos
totalmente carnales, en el cielo seremos totalmente espiritua­
les, pero ahora somos parte espirituales y parte carnales. Se­
gún progresamos en el espíritu nos hacemos más espirituales
y menos carnales, o bien permanecemos más carnales y menos
espirituales. Por tal motivo se originan en nosotros dos clases
de tribulaciones: a la parte carnal le contrista la adversidad;
a la espiritual, la iniquidad. Si nada carnal existiera en nos­
otros, nada nos contristaría; aun más, no existiría la adversi­
dad; si no existiera lo espiritual, la iniquidad no nos contris­
taría, antes nos deleitaría, según está escrito: Algunos se go­
zan del mal que han hecho y hacen gala de su maldad.2
En consecuencia, aquella tristeza de nuestra adversidad es
carnal y según el mundo; esta tristeza de la iniquidad es espi­
ritual y según Dios. La primera, si está ausente la consolación,
ocasiona la muerte; la segunda, si no falta la consolación, obra
1. 2 Cor. 1,3-4.
2. Sal. 33,20.
3. Prov. 2,14.
220 BEATO GUERRICO DE IGNY

67 Con todo, importa mucho conocer en qué consiste


la salud.45
el consuelo de los tristes en la adversidad exterior, porque el
consuelo de los ricos tiene sobre sí aquella amenaza, el ¡ay!
eterno del Señor.4 Pues quienes podían humillarse más con la
adversidad, se ensoberbecen más en la prosperidad y sus mal­
dades nacen de su grasa.0 Aun más, desafían audazmente a
Dios, siendo así que él es quien puso en sus manos todo cuanto
tienen?

La ley de la paradoja aplicada al gozo y al sufrimiento

2. Nosotros, sin embargo, cuanto más abunde el consuelo


temporal, tanto más agradecidos y humildes debemos ser, y
cuando falte, más ciertos y alegres debemos estar de la recom­
pensa eterna. Pero cuando abunde bien sea la salud corporal,
bien la tranquilidad externa o la abundancia de riquezas, he­
mos de usar de ellas y administrarlas con tal moderación, que
no sean ocasión de pecado, antes nos sirvan de acicate para
la virtud. Los bienes es mejor usarlos para hacer el bien que
por esos mismos bienes hacernos malos. Porque mi alma rehú­
sa consolarse811 0 aquel consuelo originado' en el placer o que
91en
excita la vanidad, prefiriendo más ser afligida con Moisés y
los verdaderos israelitas, a disfrutar la alegría pasajera del
pecado.0
Por consiguiente, ya seamos consolados exteriormente, ya
atribulados, bendito sea Dios que proporcionó a nuestros co­
razones el consuelo interno' y externo,1“ esto es, el gozo de la
esperanza, pues=nos exhorta a regocijarnos en medio de las
tribulaciones con la promesa de que, si padecemos con él, tam­
bién reinaremos con él.11 Realmente, aquélla tribulación sopor­
tada interiormente por nuestros pecados se nos hace tanto más
insoportable cuanto la experimentamos más peligrosa, por cau­
4. 2 Cor. 7,10.
5. Le. 6,24-26.
6. Sal. 72,7.
7. Job 12,6.
8. Sal. 76,3.
9. Heb. 11,25.
10. 2 Tes. 2,15.
11. Rom. 5,3;8,17; 2 Tim. 2,12.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 221

sa de tener a diario en peligro la vida, pudiendo decir con ver­


dad: Si el Señor no me hubiese socorrido, seguramente sería
ya mi morada el sepulcro.12 Gracias te doy, Señor Jesús, por­
que si son graves los peligros, también son fáciles los reme­
dios, pues si te decía: mi pie va a resbalar, tu misericordia
acudía a sostenerme.1314
15
Y lo que una vez quisiste que sucediera en Pedro corporal­
mente, lo realizas cada día cspiritualmente en los hijos de
Pedro. Nos mandaste ir a ti sobre las aguas11, es decir, sobre
este mar grande y dilatado-13 caminamos, es verdad, en tu
fuerza, mas sentimos el propio peso y muchas veces, al levan­
tarse un poco de viento impetuoso, somos llevados de acá
para allá, y hasta parece que empezamos a sumergirnos,'617 18
quiero decir, que estamos al borde de consentir al tentador.
Pero si nos damos cuenta pronto de que nuestro pie comienza
a resbalar, es decir, a titubear en el ánimo, e imploramos hu­
mildemente tu ayuda, al punto alargas tu mano misericordio­
sa para afianzar y guiar nuestros pasos.

La justicia en manos del Juez

3. Por eso canta a diario el justo: Empujaban, empujaban


para derribarme, mas no caí, porque me sostuvo el Señor-1"1
pero si cae, no se lastimará, pues el Señor pone su mano de­
bajo,13 a saber, aun cuando haya pecado, no será condenado
porque tiene por abogado 19 a Jesús, y por lo mismo, aunque
caiga siete veces al día, otras tantas se levantará.20 No le agra­
da permanecer en el Árelo cuando cae y revolcarse en el fan­
go; por el contrario, levantándose presto, sacude de sí el pol­
vo y lava la Suciedad por la satisfacción. Por esto precisamen­
te se hace justo, porque el justo es el primero en acusarse a sí

12. Sal. 93,17.


13. Sal. 93,17.
14. Mt. 14,28-29.
15. Sal. 103,25.
16. Mt. 14,30.
17. Sal. 117,13.
18. Sal. 36,24.
19. 1 Jn. 2,1.
20. Prov. 24,16.
222 BEATO GUERRICO DE IGNY

mismo,21 recordando aquel consejo divino: Alega tus iniqui­


dades para ser justificado.22
De esta suerte, tomándose venganza y juzgándose a sí mis­
mo, al comparecer como reo tendrá por abogado justo a aquel
Dios a quien temía como juez. Porque el Señor es justo y ama
la justicia,22 y no es posible que salga en defensa o tome a su
cargo las causas injustas aquel que, cuando llegue la hora, juz­
gará las mismas justicias.24 Con todo, el que amenaza ha de ser
juez de quienes presumen arrogantemente de justicia; él pro­
mete ser abogado de quienes confiesan humildemente sus pe­
cados; pues ante él, en cuya presencia ningún hombre puede
parecer justo,2526de ninguna otra manera podemos manifestar
nuestra causa mejor que acusándonos y castigándonos a nos­
otros mismos, ejerciendo su justicia contra nosotros, haciendo
las veces de un juez contra el reo.

La voluntad divina de salvación


4. Más aún, cuando engañados por ignorancia o vencidos
por la flaqueza incurrimos en alguna culpa leve, hasta el punto
de no poder acabar en manera alguna con nuestro jebuseo,20
antes consentimos que habite siempre en nosotros ante nues­
tros ojos sobre la tierra; aun en este caso debe consolarnos en
medio de nuestra imperfección el dicho del profeta, el cual
transfigurándonos en sí, dice: En pecado estuvimos siempre
y con todo seremos salvos.272829Todavía yo en embrión —dice el
cuerpo de Cristo—, y ya me distinguían tus ojos misericordio­
sos, y todos están escritos en tu libro,23 esto es, tanto los per­
fectos como los imperfectos están escritos de la misma manera,
pues el Señor, hablando por labios del profeta Joel, promete
perfeccionar nuestra imperfección: Y purificaré la sangre de
aquellos que no la purificaron2" A su vez Isaías, al preconizar
21. Prov. 18,17.
22. Is. 43,26.
23. Sal. 10,8.
24. Sal. 74,3.
25. Sal. 142,2.
26. 1 Re. 9,20-21.
27. Is. 64,5.
28. Sal. 138,15.
29. Joel 3,21.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 223

la perfección de la Jerusalén futura, dice: Y sucederá que to­


dos aquellos que fueron dejados en Sión y quedaron en Jeru­
salén, serán llamados santos; todo el que está escrito para la
vida en Jerusalén.30 Y como tal santidad no ha de ser perfec­
cionada en los enfermos sino* por medio de la purificación di­
vina, por eso añadió: Cuando el Señor haya limpiado las in­
mundicias de las hijas de Sión y lavado la sangre con que está
manchada Jerusalén.31 Me consuela ciertamente el lavado que
se me promete, pero me aterra el modo como se ha de reali­
zar: Mediante el espíritu de justicia y el espíritu de celo.32 Pues
el fuego mostrará la obra de cada uno. Si la obra de alguno
se quema, será suyo el daño; no obstante, él no dejará de sal­
varse —por el mérito de quien es el fundamento— si bien co­
mo a través del fuego.33

El fuego del amor

5. ¡Cuánto mejor sería arder ahora en el fuego de un amor


exultante, que después en aquel fuego aterrador!; ¡cuánto más
suavemente deberíamos purificarnos ahora en el fuego del
amor, hasta no dejar en nosotros nada mundano merecedor de
ser quemado en el incendio postrero del mundo, sino que para
nosotros, como para los tres jóvenes, el horno de Babilonia se
convirtiera en un suave viento de rocío!343536De otra suerte, si
viviendo tibia y flojamente amontonamos leña, heno y paja
contra nosotros mismos, y llevamos en nosotros tanto combus­
tible para atizar en el fuego, cuando lleguemos en tal estado
al examen de aquel purgatorio ¿quién de nosotros podrá habi­
tar en aquel fuego devorador?; o ¿quién de nosotros podrá
morar en los ardores sempiternos,33 cuando aun todo vestido
teñido en sangre será pábulo de las llamas?30
No obstante, sé ciertamente que si ardo de veras en el fuego
de la caridad, se podría decir también de mí: Le son perdo­
30. Is. 4,3.
31. Is. 4,4.
32. Is. 4,4.
33. 1 Cor. 3,13-15.
34. Dan. 3,50.
35. Is. 33,14.
36. Is. 9,5.
224 BEATO GUERRICO DE IGNY

nados muchos pecados porque ha amado mucho.™ A pesar de


ello, si no merezco aún purificarme por el fuego del amor,
ojalá lo fuera por el fuego de algún sufrimiento, y me suceda
lo que deseaba para sí el profeta: Penetre en mis huesos la
podredumbre y brote dentro de mí, a fin de que yo consiga
reposo en el día de la tribulación.33 Ojalá acabe conmigo el
que ha comenzado a herirme; deje caer su mano y corte mi
vida. Y mi consuelo sería que sin perdonarme fuese afligién­
dome con dolores.'1 Sin embargo, has conocido, Señor, la fra­
gilidad de mi ser, porque, ¿cuáles son mis fuerzas para poder
sobrellevar tantos males? ¿y cuál es mi fin, para poder sopor­
tarlos? Que no es mi firmeza como la de las peñas, ni es de
bronce mi carne.10
Esto te pido ante todo: Señor, no me reprendas en tu saña
ni me castigues en tu enojo?'1 antes bien, según te oigo decir:
Yo corrijo y castigo a quienes amo?3 y dichoso el hombre a
quien Dios corrige?3 corrígeme, Señor, en tu misericordia, no
en tu saña, para que no me reduzcas a la nada “ ni se diga de
ti: Has aniquilado su [Link] atentamente mi fla­
queza y conforme a ella descarga tu mano, no suceda que la
vehemencia del castigo quiebre la paciencia del corazón; al
contrario, que la tribulación engendre la paciencia; la pacien­
cia, la virtud probada; la esperanza?3 Desgraciado de mí si
cada día me estoy quemando y no acabo de purificarme, hasta
el punto de podérseme reprochar: Se ha trabajado con afán,
pero no se ha podido quitar su mucho sarro, ni aún con el
fuego. Digna de execración esta inmundicia, pues yo te he
querido purificar y tú no te has limpiado de tu suciedad, ni te
limpiarás hasta que yo haya desfogado en ti mi indignación.11*

37. Le. 7,47.


38. Hab. 3,16.
39. Job 6,9.10.
40. Job 6,11-12.
41. Sal. 6,2.
42. Apoc. 3,19.
43. Job 5,17.
44. Jer. 10,24.
45. Sal. 88,45.
46. Rom. 5,3.4.
47. Ez. 24,12-13.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 225

Nuevo aviso para aprovechar el tiempo

6. Horror me da que pueda caer sobre nosotros tal castigo,


ya que en la estrechez de vida, como por un fuego purificante,
somos quemados cada día y, no obstante, nunca acabamos de
estar limpios como conviene. Y tal vez no estemos limpios has­
ta que el Juez no se siente cual fuego que funde y purifica
la plata, y limpie a los hijos de Leví?a Por muy poco que me
aproveche ahora este fuego, prefiero que se me aplique ahora
a que se me reserve para aquella ocasión. Pues si los compa­
ramos entre sí, éste es medicina de un padre misericordioso,
aquél, castigo de un padre airado. Así lo sentía quien decía:
Señor, no me reprendas en tu saña ni me castigues en tu cno-

Sé muy bien que aun entonces, cuando se halle aterrada mi


alma,60 en tu ira, Señor, te acordarás de tu misericordia.51 Sé
muy bien igualmente que incluso en el llanto y en medio de
las penas me has de consolar con una esperanza alentadora,
hasta lograr responder al poder enemigo' —a quien fui entre­
gado temporalmente para ser castigado— las palabras del pro­
feta: No tienes que holgarte por mi ruina, tú, enemiga mía;
volveré a levantarme, y cuando esté en las tinieblas, el Señor
será mi luz. Yo sufriré el castigo del Señor, pues pequé contra
él, hasta tanto que él juzgue mi causa. El me volverá a la luz
y yo veré su justicia, y esto lo presenciará mi enemiga y que­
dará cubierta de confusión.™ Y diré en aquel día: Te alabaré,
Señor, porque estabas enojado conmigo y se alejó tu furor y
me has consolado.™ Sin embargo, ¿por qué he de temer en el
día aciago? 64 ¿Por qué, más bien, no gozar de los bienes en el
día bueno y precaverme contra el día malo? ¿Acaso no es
ahora el tiempo aceptable, no son éstos los días de la salva­
ción? 66 ¿Por qué no escuchar ya el consejo del sabio? Todo48 55
54
53
52
51
50
49
48. Mal. 3,2.3.
49. Sal. 6,2.
50. Sal. 41,7.
51. Hab. 3,2.
52. Miq. 7,8-10.
53. Is. 12,1.
54. Sal. 48,6.
55. 2 Cor. 6,2.
226 BEATO GUERRICO DE IGNY

cuanto puedas hacer, hazlo sin perder tiempo, puesto que ni


obra ni pensamiento ni sabiduría ni ciencia tienen lugar en el
sepulcro hacia el cual vas caminando rápidamente™ y aquello
del Apóstol: Mientras tengamos tiempo, hagamos bien a to­
dos."1

La sinceridad espiritual

Comenzamos a tratar de los consuelos, mas hemos llegado


a algo estremecedor. Porque será realmente útil el consuelo
cuando se encuentre mezclado con el terror. Entonces pe­
netraremos en tu verdad, Señor,™ cuando se alegre nuestro
corazón hasta el punto de temer tu santo nombre. De otra
suerte, si os diéramos totalmente por seguros, se nos podría
aplicar aquello de Isaías: Pueblo mío, los que te llaman di­
choso, esos mismos te engañan y destruyen el camino que de­
bes seguir.™ Entonces seremos felices de veras si reconocemos
sinceramente nuestra miseria y la lloramos arrepentidos. En­
tonces estaremos seguros a la hora de la muerte, si hemos
vivido siempre con temor y recelo de nuestra salvación.00*

56. Ecle. 9,10.


57. Gál. 6,10.
58. Sal. 85,11.
59. Is. 3,12.
60. Los dos sermones de cuaresma se destacan en la obra de Guerrico por
su brevedad y por la carencia de conclusión formal.
SERMON 21

Cuaresma ir.
En el sábado de la segunda semana de cuaresma,
SOBRE EL HIJO PRODIGO

H dichosa humildad de la de los penitentes! ¡Feliz es­

O peranza la de los que se acusan! ¡Cuán poderosa eres


ante el Omnipotente, cuán fácilmente vences al Inven­
cible, cuán presto truecas a un Juez terrible en Padre piado­
sísimo!

El poder de la humildad

Este hijo' pródigo, del cual para nuestra edificación hemos


oído hablar en el presente día, su desgraciada peregrinación,
sus lágrimas de arrepentimiento, la gloriosa acogida que se le
hizo; este pródigo, repito, tan extremadamente culpable, toda­
vía no se había confesado, sino sólo proyectaba confesarse;
aún no había reparado sus extravíos, antes solamente disponía
su ánimo para dar satisfacción, y a pesar de ello el simple
propósito de una humildad en cierne le obtuvo al instante el
perdón esperado durante tanto tiempo con ardientes ansias,
implorando con lágrimas, solicitado con instancia.

La misericordia a todo se anticipa

Al ladrón en la cruz, la sola confesión lo absolvió.1 A éste


[el hijo de la parábola], el sólo deseo de confesarse: Confe­
saré —dije— contra mí mismo al Señor mi injusticia, y tú per­
donaste la malicia de mi pecado.12 En todas partes se anticipó
la misericordia. Se anticipó a la voluntad de confesar, sugirién-

1. Lc. 23,42-43.
2. Sal. 31,5.
228 BEATO GUERRICO DE IGNY

dolé hacerlo; se anticipó 34 igualmente a la misma confesión,'


siendo indulgente con aquello que había de ser confesado.
Estando todavía lejos —dice— lo avistó su padre y se le enter­
necieron las entrañas, y corriendo a su encuentro le echó los1
brazos al cuello y lo besó* El tiempo que se tarda en pronun­
ciar estas palabras le parecía excesivo a aquel padre que de­
bía otorgar el perdón a su hijo, así como a este para recibirlo.
De tal modo se apresuraba a liberar al reo del punzante agui­
jón del remordimiento, que la compasión de la miseria ator­
mentaba al padre misericordioso', si cabe, más que la propia
miseria al hijo miserable. Y no decimos estos para fijar los
afectos humanos en la naturaleza inmutable de Dios, sino para
inundar de dulzura nuestro afecto en el amor de aquella suma
bondad, aprendiendo en esta semejanza humana cómo Dios
nos ama más a nosotros que nosotros a él.

La misericordia sobreabundante

2. Ten, pues, en cuenta cómo donde abundó el pecado so­


breabundó la gracia.56El culpable apenas podía esperar el per­
dón; el juez —mejor que juez le cuadra el nombre de aboga­
do— derrocha tesoros de gracia: Traed presto —dice— el mejor
vestido y ponédselo, ponedle un anillo en el dedo y calzadle
las sandalias; y traed un becerro cebado, matadlo y comamos
y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto
y ha resucitado.8 Pasando por alto todas estas cosas: el mejor
vestido, es decir, la santificación del Espíritu por la cual el
bautizado! es vestido y el penitente revestido; el anillo de la
fe que le es dado como arras; las sandalias con las cuales se
protege para pisotear el veneno de la serpiente o bien para
prepararse a evangelizar; el becerro cebado que se inmola pa­
ra él sobre el altar; el gozoso festín que se celebra en el cielo
entero por el retorno del hijo; pasemos por alto, repito, todas
estas cosas y dejemos a otros más doctos la tarea de comen­
tarlas.
3. Sal. 58,11.
4. Le. 15,20.
5. Rom. 5,20.
6. Le. 15,22-23.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 229

La íntima unión inimaginable

Aquel abrazo y beso del padre piadoso ¿no rebosan acaso de


gracia y dulzura, de un gozo dichosísimo, de los más santos
deleites? Le echó los brazos al cuello —dice— y lo besó. Cuan­
do de esta manera lo rodeaba de afecto, ¿qué otra cosa pre­
tendía al abrazarlo y besarlo sino introducirlo dentro de sus
entrañas o introducirse en las de aquél, hacer pasar en él su
Espíritu, a fin de que adhiriéndose a él formaran ambos un
sólo espíritu,7 así como antes, al juntarse con mujeres de mala
vida, se había hecho una sola carne con ellas? Habría sido
poco a su excelsa misericordia el no cerrar sus entrañas piado­
sas a los miserables; los atrae a esas mismas entrañas y los
inserta en sus propios miembros. No podía apretarnos más
estrechamente así, ni tenernos por más íntimos suyos que in­
corporándonos a él y uniéndonos tanto por su amor como por
su poder inefable, no sólo al cuerpo que había asumido, sino'
también a su propio espíritu.
Por lo tanto, si tan grande es la gracia de los arrepentidos,
¿cuál no será la gloria de los que han de reinar? Si tales son
los consuelos de los miserables, ¿cuáles no serán los gozos de
los bienaventurados? El que ya ofrece esto en el camino, ¿qué
no reservará para la patria? Ciertamente, lo que el corazón del
hombre nunca llegó a sospechar:8 que seremos semejantes a
él9 y que Dios será todo en todos.10

El lenguaje del corazón rebosante de dicha

3. Dime, pues, dichoso pecador —te llamo dichoso, no en


cuanto eres pecador, sino por haberte arrepentido de tu pe­
cado—: ¿qué sentimientos embargan tu pecho cuando te ha­
llabas entre los brazos y sentías los besos paternos; cuando,
estando tú al borde de la desesperación, él te restituía a su
amistad; cuando, renovado en ti un corazón puro, te devolvía
la alegría de tu salvación? ¿Y de qué manera —responde—

7. 1 Cor. 6,17.
8. 1 Cor. 2,9.
9. 1 Jn. 3,2.
10. 1 Cor. 15,28.
230 BEATO GUERRICO DE IGNY

podrá explicar el lenguaje lo que no alcanza la inteligencia?


Inenarrables fueron los gemidos e inexplicables los afectos en
que prorrumpió mi alma, como si hubiera sido transportada
a una región sublime. Angosto es el corazón del hombre para t
contenerlos, por eso se rasga y se derrama al exterior, y aquel
ardor que concibe, pero' no puede contener, lo exhala e irra­
dia de todos los modos posibles: por sus lágrimas, gemidos
y suspiros.
Nadie es capaz de entender estas cosas como quien las ha
experimentado en abundancia reiteradas veces. Vuelvo a pre­
guntarte: después de despedirte de aquellos brazos y besos,
al volver a reflexionar sobre ti mismo, acerca de tu conducta
y de cómo fue juzgada por él, advirtiendo allí la abundancia
del delito y aquí la sobreabundancia de la gracia, dime, te
ruego, ¿qué pensamientos te sobrevinieron? ¿Acaso no se en­
cendían —respondes— en mi meditación llamas de un fuego 11
insoportable, nacido por una parte del dolor y la ■ vergüenza,
por otra del gozo y el amor? No merecería llamarse hombre,
sino más bien roca, si fuera tan duro de corazón que no me
llenara de dolor y me avergonzara; o tan malo e ingrato que
no me derritiera de gozo y amor hacia aquel padre.

El poder de la humildad

4. Conserva, por lo tanto, dichoso pecador, conserva con


gran solicitud y diligencia este espíritu, este sentimiento per-
fectísimo de humildad y piedad, a fin de sentir de ti según
la humildad y del Señor según su bondad.11 1213Nada hay más
grande que esto entre los dones del Espíritu Santo, nada más
precioso en los tesoros de Dios, nada más santo entre todos
los carismas, ni más saludable entre todos los sacramentos.
Guarda —vuelvo a repetirte—, si quieres tú mismo ser guarda­
do, la humildad de aquel sentimiento y lenguaje por el cual
te confiesas al padre diciendo: Padre, ya no soy digno de lla­
marme hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros12

11. Sal. 38,4.


12. Sab. 1,1.
13. Le. 15,19.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 231

No hay nada más eficaz para obtener del Padre favores,


que este lenguaje humilde, ni nada mejor para hacer de ti un
hijo digno que siempre confesarte indigno. Esta humildad jus­
tifica no sólo a los pecadores, sino también lleva a la perfec­
ción a los justos colmándolos de justicia, con tal de que con­
fiesen ser siervos inútiles, aun cuando hubieren cumplido to­
das las cosas mandadas.1415Ten siempre delante de los ojos tu
pecado1617y, conforme el consejo del sabio, aun del pecado
perdonado no quieras estar sin temor.™ Siendo los juicios de
Dios insondables y ocultos, nada de presumir temerariamente,
pues nada tenemos por más cierto que esto: en presencia de
Dios ningún mortal puede aparecer justo,™ sino en cuanto se
considera pecador. Por lo demás, todas nuestras justicias son
como un paño manchado.18

Recomendación final de la humildad

La divina misericordia te recibió cariñosamente, te reanimó


con entrañas de piedad; teme sus juicios, no suceda que la
gracia otorgada al humilde sea quitada al soberbio. Escogiste
ser abyecto en la casa de tu padre;19 tenías en mucho llegar
a ser uno de sus jornaleros. Permanece firme en tu resolución,
de manera que si ahora obtienes un lugar más alto, todavía
seas encumbrado a dignidades más excelsas.
Ocupa siempre el último lugar o al menos deséalo; reclama
para ti la esclavitud del jornalero, no la libertad del hijo. Hon­
ra a tu Padre con afecto filial, teniendo presente tu mal com­
portamiento con él; conténtate con el humilde lugar y trabajo
del jornalero, consciente de lo que has merecido.
Jamás tengas en poca estima la humildad por la cual empe­
zaste a agradar y sin la cual comenzarías a desagradar, aun­
que poseyeras otras muchas virtudes, por muy servicial que
14. Le. 17,10.
15. Sal. 50,5.
16. Sir. 5,5.
17. Sal. 142,2.
18. Is. 64,6.
19. Sal. 83,11.
232 BEATO GUEBBICO DE IGNY

te muestres con tu Padre. La humildad es realmente la más


grande de todas las virtudes, siempre y cuando ignore que es
virtud. En efecto, ella es raíz, plantel, alimento e incentivo
de casi todas las virtudes; es, también, compendio y cima,
guardiana y modelo. De ella comienzan, por ella progresan,
en ella se consuman y por ella se conservan. Y puesto que es
ella quien da a todas el ser virtudes, si una de éstas faltara o
fuera menos perfecta, ella misma, sacando provecho de la de­
ficiencia de aquella, compensa con su propio haber esa ca­
rencia.
SERMON 22

Fiesta de san Benito i:


Morada en la sabiduría

1CHOSO el hombre que permanece en la sabiduría y


g Jy medita en la justicia, y considera en su mente la mirada
de Dios presente en todas partes.1

La felicidad de permanecer en la sabiduría

Con cuánta propiedad hayan sido cantadas estas palabras


en alabanza del bienaventurado Benito, cada uno de vosotros
se ha podido dar fácilmente cuenta, pues no ignoráis su vida
ni su doctrina. Mas con cuánta conveniencia se puedan apli­
car para nuestra enseñanza, lo demuestra el sentido de las mis­
mas palabras, que están pregonando cómo no hay en la vida
nada más útil que la sabiduría, la justicia y el temor del Señor,
por cuanto constituyen el premio de la bienaventuranza.
Dichoso —dice— el que permanece en la sabiduría. Cierta­
mente, esta es la bienaventuranza, esta la sabiduría, si perma­
neces en la sabiduría para abrazarte con perseverancia a ella,
porque no es dichoso el hombre en seguida que la encuentra,
sino cuando la retiene.1 23 Pues dice la Escritura: Dichoso el
hombre que ha encontrado la sabiduría. Mas no para ahí, antes
añade: y que abunda en prudencia.2 O sea, no basta haberla
encontrado para creerte al punto bienaventurado, sino que es
preciso que cuando la hayas encontrado, no sólo permanezcas
con ella y en ella, sino que también te deleites compartiendo
su morada y su mesa.
1. Sir. 14,22. Hasta la reciente reforma litúrgica, la fiesta de Benito
se celebrada el 21 de marzo, en tiempo de cuaresma.
2. Prov. 3,18.
3. Prov. 3,13.
234 BEATO GUERRICO DE IGNY

A la sabiduría ha de sumarse la prudencia

No te apartes de su enseñanza hasta que, a fuerza de me­


ditar en la justicia y pensando en la mirada de Dios presente
en todas partes, abundes en prudencia. Porque también Salo­
món halló la sabiduría, mas, como le escaseó la prudencia
—por haberse comportado imprudente e incautamente en el
trato con mujeres de pueblos extraños—, no sólo perdió la sabi­
duría, sino que incurrió además en el último' grado de necedad
idolátrica.45
67
También los sabios de este mundo juzgan haber hallado la
sabiduría al escudriñar las cosas ocultas de Dios —basados eu
el conocimiento de las cosas creadas de este mundo pero,
como no abundaron en prudencia y conociendo a Dios no lo
glorificaron cual debían, también ellos se tornaron necios y
se oscureció su corazón" hasta la reprobación e ignominia más
torpes.

A estas virtudes, añadir la estabilidad

2. Indudablemente la soberbia del corazón —como se ve en


estos ejemplos— aleja a unos por la sabiduría que habían ha­
llado; a otros, como lo vemos en Salomón, los aparta por los
placeres de la carne; todos, en una palabra, irritados contra
ellas, la dejan por ligereza e inconstancia de ánimo, heridos
por una leve perturbación; son aquellos que creen por un tiem­
po y a la hora de la tentación se vuelven atrás.’’ ¿Por qué se
vuelven atrás? Por carecer de raíces que los sostengan. ¿Y có­
mo podrán arraigar si no permanecen? Jamás planta alguna
pudo arraigar a no ser permaneciendo en el lugar donde fue
colocada.
De la misma manera, no es posible que el justo, plantado
en la casa del Señor,8 pueda arraigarse ni establecerse en la

4. 1 Re. 11,1-8.
5. Rom. 1,20.
6. Rom. 1,21.22.28.
7. Le. 8,13.
8. Sal. 91,14.
HOMILÍAS LITURGICAS 235

caridad ° si no se detiene y permanece estable en su lugar.


Porque si no está enraizado, no podrá florecer ni dar fruto
que permanezca.9 1011Y si pareciera vislumbrarse un comienzo
de esperanza de que va a florecer, se dirá de él: Antes de la
mies se ha ido en flor y todo brotará antes de sazón,11 o bien,
según otro profeta: Si diera fruto, se lo comerán los extraños12
Ahora bien, ¿quieres saber cuál es la estabilidad necesaria
en un lugar para permanecer en la sabiduría, a fin de poder
arraigar y fructificar a su tiempo? Pregunta a tu padre Benito
y te dirá13 que el claustro del monasterio, y la estabilidad en
la comunidad, es el lugar idóneo para producir fruto de todas
las virtudes, de las cuales en el mismo pasaje nos teje un
largo catálogo.
Acerca del inconstante, ¿qué nos dice Salomón? Así como
el pájaro que sale de su nido, así el hombre que abandona
su lugar1415La tórtola encontró nido donde colocar sus pollue-
los,13 comenzó a calentarlo y a recibir calor de él, perseveró
hasta el momento de sacar los polluelos,16 pero he aquí que
escapó volando, dejando abandonada la obra comenzada.
Porque él verá de dónde o adonde se marcha volando, bien
cuando advierta los perjuicios que de ello le sobrevienen, bien
cuando pueda excusar el motivo por el cual anuló su primera
fidelidad.17 Por mi parte jamás aconsejaría exponerse a un
perjuicio necesario por una esperanza incierta, antes al con­
trario, el aprovechamiento de no pocos me está pregonando
abstenerme de toda precipitación.

Dureza de la sabiduría

3. A decir verdad, existe mucha desemejanza entre aquellos


que por amor a la sabiduría viven desasosegados y aquellos
9. Ef. 3,17.
10. Jer. 17,8; Jn. 15,16.
11. Is. 18,5.
12. Os. 8,7.
13. Deut. 32,7.
14. Prov. 27,8.
15. Sal. 83,4.
16. Is. 37,3.
17. 1 Tim. 5,12.
236 BEATO GUERRICO DE IGNY

de quienes hace poco hemos hablado, los cuales, arrastrados


por cosas leves y frívolas, se apartan de la sabiduría. Porque
así como uno mora en la sabiduría mediante la paciencia en
la disciplina para aprender la sabiduría, así también los que fá­
cilmente pierden la paciencia18 no demoran, como está escrito,
en arrojarla. Qué cosa puede hacerlos tropezar lo advierte la
Escritura: La virtud es para éstos como una piedra de tro­
piezo que no tardarán en lanzar de sus hombros.19 Tropezaron
contra una piedra funesta, contra la piedra de escándalo,2021
cuya virtud probada corregía y enseñaba a los necios y pro­
baba las almas; en tanto, ellos comparaban la virtud de la
sabiduría con la dureza de la piedra y acusaban de duras a
todas las demás cosas: su observancia, su aspecto y su len­
guaje. Duro es este lenguaje91 se dicen. Aun suponiendo que
tal lenguaje sea duro, ¿acaso no es verdadero? La piedra de
suyo es dura, ¿no es también preciosa? ¿Por qué la verdad es
dura para ti, sino por la dureza de tu corazón? Si tu corazón
se ablandara mediante la piedad, preferirías la solidez de la
verdad a la vanidad de la mentira o al óleo de la adulación.
Duro es este lenguaje —decían—, porque la experiencia de la
sabiduría tenía para ellos la virtud de la piedra. Por eso' no
tardaron en arrojarla de sí y volvieron atrás. Ninguna otra
cosa los movió a arrojar de sí esta piedra preciosa22 y elegida
de Dios, sino haberla juzgado dura. Ciertamente la piedra era
Cristo, pero por la virtud, no por la dureza. Era piedra, pero
fácil de convertir —de hecho ya se ha convertido— en estan­
que o más bien en raudales de agua 23 cuando encuentra co­
razones dispuestos y humildes en quienes puede obrar. Por­
que quienes volvieron atrás 24 ante el menor síntoma de dure­
za, si hubieran perseverado' con los apóstoles, tal vez habrían
bebido también ellos con los apóstoles de la Piedra que los

18. Sir. 2,16.


19. Sir. 6,22.
20. Rom. 9,32-33.
21. Jn. 6,61.
22. Sal. 117,22.
23. Sal. 113,8.
24. Pn. 6,67.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 237

seguía35 habrían bebido de las corrientes de agua viva 20 de


la Piedra herida en la cruz, que brota a raudales para abre­
var aún hoy día al pueblo y a los animales,2527 y no sólo eso,
26
también habrían extraído miel de la piedra y aceite de la roca
durísima.2829

En la dureza se esconde la dulzura

4. En verdad, dichoso tú, Simón Bar-Joná, por haberte re­


velado el Padre28 la suavidad del misterio oculta, al parecer,
en la dureza del lenguaje, cuando, interrogados los doce acerca
de si también ellos querían marcharse, respondiste con ente­
reza: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida
eterna.3“
Dichoso totalmente, repito, por haber escogido permanecer en
la sabiduría y, con sus domésticos, alimentarte a su mesa del
pan del sacramento, hasta que mediante el progreso desde
la fe hasta el conocimiento se te dé para alimentarte el pan
de vida y de inteligencia, y para beber el agua saludable de
la sabiduría.3132
Dichosos igualmente vosotros, hermanos, que os habéis ins­
crito en la disciplina de la sabiduría y en la escuela de la filo­
sofía cristiana, pero sólo si permanecéis perseverantes en la
sabiduría. Aun en caso de pareceres muy duro su lenguaje,
esto es, muy duros los mandatos del que gobierna o corrige,
no haya entre vosotros ningún corazón incrédulo que quiera
separarse del Dios vivo,3334antes diga firmemente con el após­
tol: Tú tienes palabras de vida; ¿a quién iremos?33
Realmente finges poner trabajo en tu precepto,84 dureza en
las palabras, pero sabemos cuán grande es la abundancia de

25. 1 Cor. 10,4.


26. Jn. 7,38.
27. Núm. 20,11.
28. Deut. 32,13.
29. Mt. 16,17.
30. Jn. 6,68-69.
31. Sir. 15,3.
32. Heb. 3,12.
33. Jn. 6,69.
34. Sal. 93,20.
238 BEATO GUERRICO DE IGNY

tu dulzura, Señor, escondida para los que te temen.35 36 Perfec­


cionarás a cuantos esperan en ti. Aun cuando me mates, yo
esperaré siempre.30 Digo más, entonces esperaré con más vehe­
mencia, cuando me azotes, persigas, abrases o hagas desapa­
recer todo cuanto vivía en mí, con el fin de que no viva yo,
sino que Cristo viva en mí.37 No nos separaremos de ti en
manera alguna, porque aun matando nos das vida,"’3 nos sa­
42Verdaderamente dichoso el que permanece en
nas hiriendo.3940
41
la sabiduría, soportando en constancia y fe, en obediencia ge­
nerosa y fiel hasta la muerte,10 no1 abandonando su puesto toda
vez que él ánimo dél superior se muestre contrario a él, tenien­
do presente que el medicamento de la disciplina hará desa­
parecer los más grandes pecados.11

Las observancias monásticas

5. En efecto, para llegar a la sabiduría de permanecer en


la sabiduría, estimo que debemos tener presente que ni la
inquietud ni cualquier otra leve molestia nos deben hacer
abandonar fácilmente cualquier obra de sabiduría, quiero de­
cir, la salmodia solemne, la oración, la lectura santa [lectio
divina], el trabajo diario, el silencio. Así es, la sabiduría canta,
“al salir”: Exultarán mis labios, dice el santo, cuando te cante,43
y también, literalmente: Tú colmas de alegría al salir de mai­
tines y de vísperas.*3 Podéis tomar el ejemplo de la misma ora­
ción diaria: siempre el fin de la. oración es mejor que el co­
mienzo,44 para justificar aquel consejo tan reiterado del Señor,
confirmado con multitud de ejemplos, de la perseverancia en
la oración.45

35. Sal. 30,20.


36. Job 13,15.
37. Gál. 2,20.
38. Sal. 79,19.
39. Os. 6,2; Job 5,18.
40. Fil. 2,8.
41. Ecle. 10,4.
42. Sal. 70,23.
43. Sal. 64,9.
44. Ecle. 7,9.
45. Cf. Le. 18,1-8.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 239

Si tienen intención de leer un libro, pero antes de empe­


zarlo lo dejas a un lado por negligencia, es más, lo arrojas
lejos de ti, ¿qué fruto podrás sacar de él? Si no te entregas
con asiduidad al estudio de la Escritura, de manera que se te
haga familiar, ¿cómo esperas que se te revele su sentido? Al
que tiene amor a la palabra —dice—, se le dará inteligencia
y abundará; mas a quien no tiene, se le quitará aún lo que
tiene 40 por naturaleza, a causa de su negligencia.
Sobre el trabajo manual, sin duda tendréis muy en cuenta
cómo el consuelo1 está reservado para el fin de la obra, de
igual suerte que el sueldo para el jornalero.46 49Respecto del
4748
silencio, escucha la promesa del Señor por Isaías: En el si­
lencio y en la esperanza está vuestra fortaleza.™ Si, pues, prac­
ticas la justicia en el silencio y dices con Jeremías que es
bueno esperar en el silencio la salvación de Dios,40 en medio
del silencio te penetrará en lo más íntimo la palabra del Señor
omnipotente que desciende de su real solio 50 y las aguas de
regarán con agradables rau­
Siloé que se deslizan en silencio 5152
56
55
54
53
dales el valle tranquilo y pacífico de tu alma. Esto lo experi­
mentarás, no- una, sino muchas veces, con tal de que tu silen­
cio sea un culto de justicia,Ea es decir, si meditas en la justicia
para perseverar en la Escritura que te he propuesto y consi­
deras en tu mente la mirada de Dios presente en todas partes.83

Sabiduría y justicia

6. Medita esto, permanece en estas cosas de modo que tu


progreso se torne manifiesto.™ Porque si en el lecho meditas
en la iniquidad,58 esto> es, en las astucias del enemigo, en los
fantasmas urdidos en tu corazón,85 en la vana filosofía o en
46. Mt. 13,12.
47. Mt. 20,10.
48. Is. 30,15.
49. Lam. 3,26.
50. Sab. 18,15.
51. Is. 8,6.
52. Is. 3'2,17.
53. Sir. 14,22.
54. 1 Tim. 4,15.
55. Sal. 35,5.
56. Sir. 1,33.
240 BEATO GUERRICO DE IGNY

sofismas engañosos, que no son otra cosa sino delirios de en­


fermo, ¿acaso tu silencio no rendirá culto más a la injusticia
que a la justicia? 57 Pues si deseas permanecer en la sabiduría,
procura meditar en la justicia. Si deseas la sabiduría —dice—,
practica la justicia, y Dios te la concederá.58 Pero si los pensa­
mientos malos te acometen con violencia, pon a la puerta de
tu alma un centinela valeroso y fiel que custodie con toda
diligencia tu corazón.59 Me refiero al temor de Dios, que nada
descuida por negligencia 606163y no permitirá la entrada a nadie
62
sin registrarlo a fondo, preguntando de continuo —incluso al
ángel de luz—: ¿Eres tú de los nuestros o de los enemigos? "
Éste observa por todas partes, cerciorado de la omnipresencia
divina, atiende sin cesar a quien ve y escudriña los corazones
de los hombres.’2
Bellamente se ha dicho: Considera en su mente la mirada
de Dios presente en todas partes,03 porque se halla entera­
mente sin sentido' y falto de corazón quien descuida por negli­
gencia el temor del Señor, quien no experimenta el peso de
tan excelsa Majestad que lo ha de juzgar. Se dice con claridad
que hemos de ver a Dios presente, a causa de que tiene todos
las cosas presentes a sus ojos, tanto las pasadas como las fu­
turas, no que se fije en éstas y examine aquéllas, sino1 simple­
mente que mira y observa todas las cosas en derredor suyo.
De esta suerte, aquella eternidad, a manera de punto cuya
simplicidad inmóvil tiene todo presente, es el centro de todas
las cosas y de la circunferencia de los tiempos.
El temor del Señor piensa siempre en este ojo eterno, que
ve y juzga todas las cosas de continuo y solicita nuestros pen­
samientos: él aparta no sólo de las malas obras, sino también
de los malos pensamientos, enseñándonos a meditar más bien
en la justicia, reteniéndonos para que permanezcamos con la
sabiduría. De aquí procede que quien primero fue castigado
57. Is. 32,17.
58. Sir. 1,33.
59. Prov. 4,23.
60. Ecle. 7,19.
61. Jos. 5,13.
62. Prov. 15,11.
63. Sir. 14,22.
HOMILÍAS LITÚBGICAS 241

con el temor del juicio y de la pena, sea alimentado después


por el amor y la meditación de la justicia, y en definitiva
descanse y se regocije en el banquete y abrazo de la sabiduría.
Ésta no sólo arroja fuera el temor, derramando la caridad;
también arroja del ánimo el tedio y la ansiedad, infundiendo
suavidad, según lo dijo alguien que convivió con ella:“ En­
trando en mi casa hallaré en ella mi reposo, porque ni su
compañía tiene amargura, ni causa tedio su trato, sino alegría
y gozo.’5 Jesucristo, Sabiduría de Dios, que se dignó participar
de nuestra naturaleza, nos haga partícipes de estas cosas, él,
que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.64
65

64. Sab. 8,3.


65. Sab. 8,16.
SERMON 23

Fiesta de san Benito ii:


Confianza en Dios

1ENAVENTURADO el hombre que tiene puesta su con-


fianza en el Señor.1

Los santos, bendición de Dios para los hombres

Nuestro santo Padre, bendito por gracia y por nombre [gra­


fía Benedictas et nomine], cuya memoria está en bendición,12
fue indudablemente el varón bienaventurado que confió en el
Señor.3 Porque a quien Dios previno con bendiciones de dul­
zura 45 para que confiara en el Señor, ya lo había bendecido
en Cristo con toda suerte de bendiciones celestiales 3 por ha­
ber confiado en el Señor. No sólo le otorgó la bendición de
los ángeles en el cielo; también en la tierra 6 el Señor le dio
la bendición de todos los pueblos. Porque, ¿qué región habrá
donde en el presente día no sea alabado Benito, el bendito
del Señor?
Realmente la bendición del Señor descansa sobre la cabeza
del justo 7 a quien la gracia divina colmó de tantas bendicio­
nes en el cielo y en la tierra. Con todo, su bendición no fue
como la de Esaú, en la abundancia de la tierra y en el rocío
1. Jer. 17,7.
2. Sir. 45,1.
3. Jer. 17,7.
4. Sal. 20,4.
5. Ef. 1,3.
6. Sir. 44,25.
7. Prov. 10,6.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 243

del cielo,89sino en la abundancia del espíritu y en el Creador


del cielo, que dice por medio del profeta: Seré como rocío,8
La bendición
y a quien se dice: Tu rocío es un rocío de luz.1011
del Padre está en Cristo, a quien el Padre expresó este deseo:
El que te bendiga sea colmado de bendiciones.11 Con razón,
pues, es bendito en el Señor el varón que confía en el Señor,
por cuanto quien confía en el Señor se afianza en él. Donde
el árbol afianzó sus raíces, de allí extrae la savia de vida y
abundancia de jugo. En esta tierra húmeda ha puesto confia­
17el que —para usar las palabras de nues­
damente sus raíces 1213
16
15
14
tro maestro Benito— ha puesto su esperanza en Dios y bebe
en la misma fuente del sumo bien las aguas de vida 1819 de toda
bendición y gracia.

La fe, victoria y sociedad con Cristo

2. Por medio de esta confianza piadosa y fiel se perdonan


los pecados, se consiguen los remedios para la salud corporal
y, más aún, espiritual, se alejan los peligros, se desprecian los
temores, se vence al mundo; en una palabra, todo es posible
al creyente. A aquel que se hallaba en pecado se le dice: Con­
fía, hijo, tus pecados te son perdonados;11 a quienes se daba
salud de cuerpo y alma: Sucédate conforme a tu fe,18 o bien:
Tu fe te ha salvado10 A cuantos se hallaban en peligro inmi­
nente de naufragar: Tened confianza en Dios,11 y también:
¿Por qué teméis, hombres de poca fe?18 A quienes se pertre­
chaban contra la crueldad del mundo y las iras del enemigo,
se les decía: Confiad, yo he vencido al mundo.18

8. Gén. 27,40.
9. Os. 14,6.
10. Is. 26,19.
11. Gén. 27,29.
12. Jer. 17,8.
13. Apoc. 21,6.
14. Mt. 9,2.
15. Mt. 9,29.
16. Mt. 9,22.
17. Me. 11,22.
18. Mt. 8,26.
19. Jn. 16,33.
244 BEATO GUERRICO DE IGNY

Ciertamente, esta es la victoria que vence al mundo, nues­


tra fe20 con tal de que ella no sea lánguida ni titubeante, sino
firme, es decir, fe no fingida,21 esperanza sana. Por ella no
sólo se vence al mundo, sino también se posee el cielo; el
hombre fija su morada en la eternidad y se afianza en el Se­
ñor por la caridad.22 Los que confían en el Señor son como el
monte Sión, no se moverán jamás 23 quienes están cimentados
en el Eterno. Imposible resulta que pueda perecer aquel que
se hace un mismo espíritu con él.2425 ¿Quién confió en el Señor
y fue confundido, o quién perseveró adherido a sus mandatos
y fue abandonado? 26 Si dijese el infiel que abandonado estaba
aquel que clamaba en la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has abandonado?,20 pienso que Dios no lo abandonó en
modo alguno, por cuanto estaba reconciliando al mundo con
él.27 ¡Cuánto' consuelo encierra verse así desolado, cuánto amor
ser abandonado, merecer ser asociado al menos en sus sufri­
mientos, al Hijo único del Padre, al único Amado!

Dios, nuestra bienaventuranza

3. Abre, Señor, los ojos de este niño 2829


31
30rudo y novicio en el
hablar, que se cree abandonado cuando es probado. Cosa nue­
va y enteramente insólita, poder hallar un justo abandonado,
cuando canta la Iglesia: Fui joven, ahora soy viejo y jamás he
visto a un justo abandonado.20 Abre, repito, Señor, los ojos de
tu niño para que vea cómo hay muchos más con nosotros que
con nuestros adversarios.20 Sí, el Señor de los ejércitos está con
nosotros21 y con él todo el ejército de la milicia celestial; aun

20. 1 Jn. 5,4.


21. 1 Tim. 1,5.
22. Ef. 3,17.
23. Sal. 124,1.
24. 1 Cor. 6,17.
25. Sir. 2,11-12.
26. Mt. 26,46.
27. 2 Cor. 5,19.
28. 2 Re. 6,17.
29. Sal. 36,25.
30. 2 Re. 6,16.17.
31. Sal. 45,8.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 245

más, el favor de toda creatina que obedece al mandato y al


arbitrio de su Creador.
Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? 32 Y ¿quién
será capaz de hacemos mal si procuramos obrar el bien?33 El
envidioso podrá mostrarse cruel, pero esto será prestarnos un
servicio. Podrá quemar, herir, despedazar, mas esto será fa­
bricar coronas.
Te amaré, Señor, fortaleza mía,3* que en atención a mí, vi]
gusanito, vences toda fortaleza enemiga y burlas —mediante
tus ángeles enviados en nuestro auxilio 3536— la astucia del dra­
gón antiguo, el cual, intentando dañar, nos sirvió de provecho.
Te amaré, Señor, defensor poderoso', gobernador prudente, con­
solador bondadoso, remunerador espléndido. Todos mis cui­
dados los arrojo en ti,30 confiado en que tu poder no puede
ser vencido ni tu sabiduría engañada ni tu benevolencia fati­
gada sin haber satisfecho plenamente mi indigencia. ¡Cuán
cierto, cuán seguro es que él está más solícito por mí que yo
mismo! ¡Cuánto mejor es fiarse en el Señor que en los hom­
bres! 37 Con cuánta razón [se llama] maldito el hombre que
confía en otro hombre, por apoyarse en un brazo de carne y
apartar su corazón del Señor.88 Ciertamente, yo soy pobre e
indigente,38 pero si el Señor está solícito por mí,*° soy rico, soy
bienaventurado, porque todas las cosas cooperan a mi bien."
Esperen, por tanto, en ti cuantos conocen tu nombre, pues
tú, Señor, no abandonas a los que esperan en ti.*340 42Siéntese tu
41
pueblo —según está escrito— rebosante de hermosa paz y en
tabernáculos de confianza, en descanso magnífico y seguridad
sempiterna.43 Paz realmente bella y seguridad sempiterna po­
32. Rom. 8,31.
33. 1 Pe. 3,13.
34. Sal. 17,2.
35. Heb. 1,14.
36. 1 Pe. 5,7.
37. Sal. 117,8.
38. Jer. 17,5.
39. Sal. 69,6.
40. Sal. 39,18.
41. Rom. 8,28.
42. Sal. 9,11.
43. Is. 32,17.18.
246 BEATO GUEBHICO DE IGNV

seen los que habitan al amparo del Altísimo, los que moran
bajo la protección del Dios del cielo.1* Descanso totalmente
magnífico sentarse ocioso bajo la verdadera vid, bajo la higue­
ra,15*bajo el olivo, para poder saturarse de la variedad de sus
frutos y saborear en el interior del alma aquel epitalamio de
amor: Me senté a la sombra de aquel que había deseado y
su fruto es dulce a mi paladar.1" Fruto enteramente dulce al
paladar aquel que provoca tan dulce exhalación.

Temor es amor

4. Estos son, pues, los tabernáculos de la confianza, en los


cuales habita seguro el verdadero Israel, se apacienta y des­
cansa sin temor y no hay quien lo amedrente.17* Y, como pro­
metió la Sabiduría, reposará gozando de abundancia, exento
de todo terror, libre del temor de los malos1" Y con razón,
dice libre del temor de los malos, no del temor del Señor, a
fin de que no creáis que tal confianza y seguridad que reco­
mendamos sean causa de negligencia; la confianza firme 19 no
está sino en el temor del Señor. Por cuanto el temor, al par
que evita la ofensa, conserva la gracia y da lugar a la espe­
ranza, con tal de que seas consciente de no haber ofendido
al Señor. De aquí proviene que no se teme a Dios a no ser
castamente, y a nadie en absoluto se tema fuera de él. Por
consiguiente sólo la buena conciencia es capaz de anticipar
tal confianza y de dar seguridad a nuestro corazón en la pre­
sencia del Juez eterno.
Porque, ¿cómo vamos a esperar algo de él, si sabemos que
no lo amamos? En cambio, el que ama jamás desconfía, pues
aquel a quien los corazones no pueden engañar, aun cuando
pruebe y castigue,50 ama a quienes lo aman.51 Pues la disci­
plina del Padre no quita la confianza a los corazones instruidos
44. Sal. 90,1.
45. 1 Re. 4,25.
46. Cant. 2,3.
47. Sof. 3,13.
48. Prov. 1,33.
49. Prov. 14,26.
50. Prov. 3,12. Apoc. 3,19.
51. Prov. 8,17.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 247

en la sabiduría,62 antes bien la aumenta, según aquello: Di­


choso el hombre a quien Dios corrige,52 y también: Yo corrijo
y castigo a quienes amo;‘l porque se inflamó de [Link] ira,
dichosos cuantos confían en él,55 es decir, aquellos a quienes
consuela la conciencia de su propio amor, pues cuando se eno­
je se acordará de la misericordia,81’ y cuando alguien dice: Te
daré gracias, Señor, porque estabas airado contra mí, añade
a continuación: Se alejó tu furor y me has consolado5' por ha­
berse inflamado de pronto su ira, tan rápidamente aplacada
por la confesión de la culpa.

La obra interior del Espíritu

5. Así, pues, bendito el varón que confía en el Señor. Jere­


mías lo compara con el árbol plantado junto a las aguas,55 el
cual extiende las raíces de su corazón hacia la humedad del
amor, y no temerá cuando llegue el estío de la ira y de la tri­
bulación; antes, en tiempo de sequía, cuando el cielo se man­
tenga cerrado largo tiempo, sin descender de él rocío ni lluvia
de gracia,68 a pesar de ello no estará preocupado' como si Dios
lo hubiera rechazado. Sentirá, en cambio, que está plantado
en la fe, enraizado en la caridad sobre las aguas de la vida,
que, según Ezequiel, proceden del Santuario, vivifican todas
las cosas y tienen en ambas riberas toda suerte de árboles fruc­
tíferos, cuyas hojas no1 se marchitan ni carecen de fruto.88 ¿Có­
mo, pues, ha de temer el estío aquel árbol bendito o ha de
estar preocupado por la sequía él, para quien el agua viva,
esto es, la gracia del Espíritu, no cesa de suministrar en lo
más recóndito la savia vital de la esperanza y de la caridad?
Por ello también su follaje es verde, esto es, [repleto de] la5260
59
58
57
56
55
54
53

52. Sal. 89,12.


53. Job 5,17.
54. Apoc. 3,19.
55. Sal. 2,13.
56. Hab. 3,2.
57. Is. 12,1.
58. Jer. 17,8.
59. 2 Sam. 1,21.
60. Ez. 47,12.
248 BEATO GUERRICO DE IGNT

Palabra llena de gracia y de verdad,”1 y no cesa jamás de pro­


ducir toda clase de frutos de obras de piedad.
Ciertamente es agradable aquel clima primaveral de paz y
alegría, deseable aquella lluvia copiosa que Dios derramó so­
bre su heredad.82 Mas, si fuera necesario, el fuego de la tri­
bulación lo abrasará todo, conforme al testimonio de Jeremías
sobre la sequía espiritual; con todo, no temerá quien cimentó
su confianza en el Señor sobre las aguas tranquilas,83 o sea,
la gracia del Espíritu Santo. Aun cuando ella no descienda
manifiestamente hasta hacerse imperceptible, sin embargo lo
vivifica y fecundiza ocultamente [al justo] en [su] interior
mientras se conserve fiel a su propósito, lo conforta en la per­
severancia y le suministra la palabra irreprensible 84 y la obra
estable.
6. Hermanos, esté vuestro consuelo cifrado en estas cosas,
cuantas veces los designios divinos se dignen retirar otra clase
de consuelos, sean espirituales o materiales, con tal de que no
sea por negligencia vuestra. Tal vez aquella gracia oculta del
Espíritu —de la que hablamos— sea el riego inferior 85 con el
cual no se contenta Acsá, a menos que se le añada al inferior
también el riego superior, para que el Espíritu descienda des­
de lo alto, destilen los cielos y las nubes angélicas lluevan al
Justo,”” Palabra de Dios que justifica hablando al corazón de
Jerusalén.87 Y bien, que aquel riego inferior que fluye junto a
la raíz fomente la humildad, mientras el otro, superior, des­
cendente de lo alto, inunda el alma de esperanza y alegría.
Así, hermanos, si aspiráis a aquel riego superior, deseáis in­
dudablemente algo digno de alabanza; con todo, si aún no lo
habéis alcanzado, incrustad mientras tanto las raíces en la hu­
mildad, remedio saludable. Quien no se sienta con valentía
para disfrutar de la alegría de la contemplación, aspire a la
perfección de la vida activa. Así engordarán las raíces del*

61. Jn. 1,14.


62. Sal. 67,10.
63. Sal. 22,2.
64. Tit. 2,8.
65. Jos. 15,19.
66. Is. 45,8.
67. Is. 40,2.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 249

amor, se dulcificarán las costumbres y se renovará todo el


comportamiento de tal persona, de suerte que no se marchita­
rán sus hojas ni caerán, es decir, no proferirá palabra vana o
inútil ni dejará de dar fruto en la vida. Bendito el árbol cuyas
hojas sirven de medicina 6869y su fruto, para la vida; a saber,
el hombre cuya palabra otorga gracia al oyente y cuya obra
da vida a quien la cumple.

La gracia de la vida regular

7. Para esto, la regeneración divina, o mejor la mutación de


la diestra del Altísimo,“8 os ha transplantado junto a las aguas
tranquilas, a vosotros, hermanos míos, a quienes la generación
carnal y las costumbres del mundo habían plantado en tierra
árida70 y salobre.7172De este modo, quienes estabais sentencia­
dos al hacha y al fuego a causa de vuestra esterilidad, plan­
tados ahora en la casa del Señor, en los atrios de nuestro
Dios,''3 floreceréis y daréis fruto, para que vuestro fruto per­
manezca.73 ¿Acaso no son aguas tranquilas las Escrituras del
Espíritu Santo en las cuales meditamos día y noche? 74 ¿Acaso
no son aguas tranquilas las lágrimas de compunción que cons­
tituyen nuestro pan día y noche? 7576¿Por ventura no son aguas
tranquilas los sacramentos y demás auxilios espirituales, de los
cuales nos alimentamos en el altar?
Realmente en todas estas cosas la fuente de la sabiduría que
brota en medio del paraíso,70 como a través de otros tantos
Yo, dice la Sabi­
arroyos, distribuye por las plazas sus aguas:7778
duría, como acueducto, salí del paraíso. Dije: regaré los plan­
tíos de mi huerto y hartaré de aguas los frutales de mi prado.'“

68. Ez. 47,12.


69. Sal. 76,11.
70. Jer. 17,6.
71. Sal. 62,3.
72. Sal. 91,14.
73. Jn. 15,16.
74. Sal. 1,2.
75. Sal. 41,4.
76. Gen. 2,10.
77. Prov. 5,16.
78. Sir. 24,41.
250 BEATO GUERRICO DE IGNY

Por aquí podéis colegir, de boca de la misma Sabiduría que


planta y riega, que el huerto de frutales es la reunión de los
hijos. ¿Acaso yo, que doy a los otros el hacer nacer, seré esté­
ril?, dice el Señor.70 El hace nacer cuando produce en nosotros
la buena voluntad; planta cuando infunde la vida; riega cuan­
do derrama la gracia en los corazones; cultiva cuando, aplica
Ja disciplina a las costumbres.

Con las raíces en el cielo

Escuchadme vosotros, frutos divinos, y brotad como rosales


plantados junto a las corrientes de las aguas.00 Hundidas vues­
tras raíces junto a las aguas de vida, es decir, en el amor de
la tierra de los vivientes, no de esta tierra, donde todas las
cosas envejecen y se corrompen. El árbol no puede dar fruto
duradero a no ser incrustando sus raíces allá en las alturas,
donde puede buscar y saborear las cosas de arriba, no las de
la tierra.01 Dicen los médicos respecto del hombre que es un
árbol a la inversa, a causa de tener los nervios, la raíz y el
principio de vida en la cabeza;7982 yo lo interpreto en otro sen­
81
80
tido, es decir, que el hombre debe tener fija la raíz del amor
y del deseo en el cielo, en Jesucristo,83 cabeza, cima suprema
de todas las cosas. El que haya echado allí raíces y haya bebi­
do de continuo el zumo de vida y de gracia en aquella fuente
eterna, no temerá cuando llegue el ardor del juicio, antes bien
llevando y ofreciendo el fruto abundante reportado, recibirá
como recompensa florecer toda la eternidad ante el Señor, a
quien sea dado honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

79. Is. 66,9.


80. Sir. 39,17.
81. Col. 3,2.
82. Platón, Timeo, 90A. Cf. san Agustín, Enarr., sobre el salmo 48, 2-3.
83. Col. 2,6.7; Ef. 3,17.
SERMON 24

Fiesta de san Benito iii:


Buscar la amistad de Dios sobre todas las cosas

de Dios y de los hombres.1

La paradoja cristiana: la fuerza de lo débil

En estas breves palabras se resume cuán bueno y amado del


Señor fue el bienaventurado Benito. En pocas palabras —repi­
to— se resume la perfección más encumbrada, la plenitud de
gracia y de virtud, así como la bienaventuranza feliz de la glo­
ria y la consolación presente. Porque ¿qué puede faltar a la
felicidad eterna de aquel que es amado de Dios?; ¿qué puede
echar de menos en cuanto a la consolación presente quien es
amado de los hombres? Para aquel que es amado de Dios,
aun cuando* parezca que le falta algo, no le falta por otro mo­
tivo sino para que nada le falte y con su defecto se haga más
perfecto. Pues mi poder se perfecciona en la flaqueza.1 2 “Pablo,
dice el Señor, mi gracia te basta.” A quien le basta la gracia
de Dios, sin el menor detrimento, antes con lucro no pequeño,
cuantas veces nota la falta de alguna gracia, ese defecto y
flaqueza le sirven para perfeccionar más la virtud, a la vez
que hacen más abundante y estabilizan la gracia de Dios, el
mayor de todos los bienes.
Aparta, Señor, de tus siervos aquella gracia —cualquiera que
ella sea— que impida o disminuya tu gracia, esto es, aquella
por la cual uno se considera muy grande a los propios ojos y

1. Sir. 45,1.
2. 2 Cor. 12,9.
252 BEATO GUEBBICO DE IGNY

en cambio se hace odioso a los tuyos. La primera no es gracia,


sino más bien ira, digna de ser otorgada a aquellos contra
quienes te irritas, a quienes infligiste tales cosas a causa de
sus engaños, derribándolos cuando se levantaban3 y golpeán­
dolos con fuerza cuando se apoyaban sobre el viento.45 Para
que aquella única gracia —sin la cual nadie es amado de ti—
permanezca a salvo en nosotros, es preciso que tu gracia nos
sustraiga toda otra gracia o que al menos nos conceda poder
usar bien de ella. De esta suerte, teniendo la gracia que nece­
sitamos para servirte, complaciéndote con temor y reverencia,
mereceremos, mediante el don de la gracia, la gracia del Re-
munerador; y cuanto más permanezcamos en tu gracia, tanto
más te daremos gracias.

El amor de Dios: cómo se manifiesta tj por qué

2. Con un arte admirable, pero con aun más admirable cari­


dad, la prudente clemencia y la clemente prudencia de Dios
proveyó a la salvación humana de tal suerte que, amando co­
mo ama a todos los hombres, sin embargo no les da fácilmente
una certeza y seguridad de su amor. Él oculta la inmensidad
de su dulzura a los que le temen6 sólo por este motivo: con­
servándolos así siempre humildes, los mantiene siempre dig­
nos de su amor. Hay, en efecto, quienes son justos y sabios y
cuyas obras están en manos de Dios, y con todo eso no sabe
el hombre si es digno de amor o de odio; antes bien todas las
cosas permanecen inciertas para el futuro.9 El Moderador del
universo les dispensa la gracia de los dones y de las obras de
tal manera que por las cosas que les concede les da [a los
hombres] el consuelo de creerse dignos de amor, y por las co­
sas que les quita les insinúa la sospecha y el temor de ser
dignos de odio. Consuela cuando visita por la mañana; infunde
pavor cuando las pruebas 7 llegan de súbito. Unas veces prue­
ba [mortificaf], otras, vivifica; unas veces, conduce al abismo,

3. Sal. 72,18.
4. Job 30,22.
5. Sal. 30,20.
6. Ecle. 9,1.2.
7. Job 7,18.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 253

otras, saca de él-, unas veces, empobrece y enriquece, otras


humilla y ensalza.3 En tal variedad de cambios, tanto más cier­
tos podemos estar de nuestra salvación, cuanto más inciertos
estemos de ella, siempre que cooperemos con él con mucho
temor y temblor.
Porque dice Pablo : Estoy seguro de que nada me separará
de la caridad de Dios.3 Con todo, tengamos en cuenta que se
trata de Pablo, no de ti ni de mí, a quienes nos conviene que
se mantenga todo culto hasta el último día. Pablo, repito, pro­
nunció esas palabras, el mismo que diría más tarde: Vivo yo,
[pero] ya no [soy] yo, es Cristo quien vive en mi-,891011
por decirlo
así, de tal manera había sido convertido a los sentimientos de
Dios que, unido de corazón al Señor, se había hecho un mismo
espíritu con él.11
Sin embargo, vemos a este Pablo, por una parte tan seguro,
temblar por otra, inquietarse y castigar su cuerpo, no suce­
diese que, después de haber predicado a los demás, fuera en­
contrado réprobo;’2 veámoslo igualmente abofeteado por Sata­
nás 13 para que no se enorgullezca. Puedes comprobar por
tanto en Pablo cómo toda aquella certeza, fortalecida y conso­
lidada por un tiempo mediante el consuelo del Espíritu, decae
y flaquea cuando sobreviene la tentación.

El misterio del mérito

Yo, pues, miserable e indigno de la misma vida, ¿sobre qué


consuelo, sobre qué confianza me apoyaré para presumir ser
digno de amor? Todas mis obras interiores y exteriores mani­
fiestan que soy digno de odio; mi vida no es esfuerzo ni guerra
contra el pecado, sino esclavitud voluntaria al pecado.14 Tanto
por el espíritu como por la carne estoy sometido a la ley del
pecado; con la prudencia de la carne 15 y la amistad del mundo
8. 1 Sam. 2,6.7.
9. Rom. 8,38.39.
10. Gál. 2,20.
11. 1 Cor. 6,17.
12. 1 Cor. 9,27.
13. 2 Cor. 12,7.
14. Rom. 7,25.
15. Rom. 8,6.
254 BEATO GUERRICO DE IGNY

—ambas enemigas de Dios parezco haber sellado una mi­


serable alianza, verdaderamente alianza con la muerte y pacto
con el infierno. Sé, no obstante, sé quién dijo: Sera cancelada
vuestra alianza con la muerte y no subsistirá vuestro pacto con
el infierno,16
17 porque nada podrá ser amigo de los enemigos de
Dios y el celo armará, no sólo a la muerte, sino también a toda
]a creación para vengarse de estos enemigos.181920
¡Cuán dichoso será, aquel día, quien haya sido amado de
Dios!; ¡cuán dignos de alabanza aquellos que hayan recibido
la alabanza de Dios!1B A ellos dirigirá claramente este len­
guaje: Vosotros sois mis amigos porque habéis hecho lo que
yo os mandé."" Esta es, a no dudarlo, la primera virtud, este
el don excelente de la gracia, el fruto principal de la vida, ya
que es la garantía más cierta de la bienaventuranza: merecer
la amistad divina. Si Dios le es propicio, [un hombre en estas
condiciones] sufrirá la enemistad de otro, mas no podrá sor­
prenderle el enemigo y el hijo de la iniquidad ya no podrá
dañarlo.21

Subir a Dios por el amor humano

3. Por lo tanto, si después de esta gracia y mediante ella,


que es el más precioso de todos los bienes y la causa de todos
ellos, mereces asimismo que siendo amado de Dios seas tam­
bién amado de los hombres,22 qué consuelo en las miserias de
esta vida, qué descanso, qué gozo, qué delicia, especialmente
si aprovechas del favor de los hombres no para envanecerte,
sino para inflamarte más en el amor de Dios, a causa de quien
eres amado de los hombres. Por lo demás, si el amor de los
hombres tiene otro origen y se dirige a otro fin ¿qué es sino
viento asolador, brisa contaminada o pestilente, ladronzuelo
saqueador, homicida que arma asechanzas, culebra en el cami­

16. Sant. 4,4.


17. Is. 28,18.
18. Sab. 5,18.
19. 1 Cor. 4,5.
20. Jn. 15,14.
21. Sal. 88,23.
22. Sir. 45,1.
HOMILIAS LITURGICAS 255

no, serpiente en el sendero que muerde al caballo en los talo­


nes para hacer caer hacia atrás al jinete?13 Pues el hombre
vanidoso, henchido de soberbia,24 se encamina a la ruina, como
un caballo que se despeña, por la necesidad de sus sentidos.
Esta serpiente lo hiere en los pies y lo derriba mientras apa­
rentando acariciar su cabeza le procura alabanzas por sus titu­
beantes primeros pasos [en la vida espiritual].
No de otra suerte, si no me engaño, sucede al hombre que,
antes de saber amar, desea excesivamente ser amado, y antes
de ser él mismo amigo procura atraerse la amistad de todos.
Junta riquezas por medios injustos; a la mitad de sus días ten­
drá que dejarlas, y al fin de ellos se verá su insensatez,23 cuan­
do lo desprecien todos sus amigos,20 por quienes él despreció
a Dios. Entonces se cumplirán las palabras de la Escritura:
Temblarán de espanto, porque Dios esparce los huesos del
agresor, y serán derrotados porque Dios los rechaza.23 27
26
25
24

Primero, el amor de Dios

4. Hemos de buscar, pues, ante todo el amor de Dios, prin­


cipio y fin de todas las cosas, con el cual nos haremos dignos
de ser amados también de los hombres; adoctrinados por esta
experiencia aprenderemos cómo hemos de usar del amor de
los hombres. Cuando hayas adquirido esto, a saber, cuando el
amor de tu corazón esté tan bien afirmado que no quieras ser
amado sino en Dios y por Dios, entonces quiero de veras que
la suavidad de tus costumbres, la humildad de tus servicios,
la honestidad de tu entrega te recomienden ante todos los hom­
bres, a fin de que atraigas el afecto de todos, seas alabado por
boca de todos y aun la misma piadosa forma de vida que te
hace recomendable, se torne recomendable a través de ti. De
esta suerte se cumplirá también en tu persona, hijo adoptivo,
la oración del Unigénito: Padre, glorifica a tu Hijo para que

23. Gen. 49,17.


24. Job 11,12.
25. Jer. 17,11.
26. Lam. 1,2.
27. Sal. 52,6.
256 BEATO GUERRICO DE IGNY

tu Hijo te glorifique a ti,ss cuando, viendo la claridad de tus


obras, [los hombres] glorifiquen a tu Padre.28
2930
32
31
No decimos esto como si estableciéramos una sucesión en el
tiempo entre el amor de Dios y el amor del prójimo, aun cuan­
do exista sucesión en el afecto. Ya desde el principio' es nece­
sario observar el primero y no descuidar el segundo, por cuanto
no es posible amar de veras a Dios sin el prójimo, ni amar al
prójimo sin Dios. Con todo, el amor ordenado no puede ignorar
cuál de esos dos amores prevalece sobre el otro, y ése debe
asignar al otro la forma y la medida, y fijar sus límites.
Queremos decir esto: que una cosa es amar y otra preocu­
parse por ser amado. Porque así como procurarlo es peligroso
para quienes se muestran amables más por vanidad que por
caridad, no procurarlo es peligroso para aquellos que se mues­
tran severos llevados más por la soberbia que por la sabiduría.
Por eso puedo llamar dichoso a quien entre ambos vicios, es
decir, entre la vana amabilidad y ,1a soberbia severidad, acertó
a seguir el camino real de la verdad;80 esto es, quien, colmado
de verdadera caridad, no se entrega a ello por vanidad ni lo
desdeña por presunción.

El amor del prójimo


5. Tal es, sin embargo, la fuerza y naturaleza del verdadero
amor que, aun cuando no lo desee, busca con todo que se le
devuelva amor por amor, por cuanto la verdad, sin la ayuda
de nadie, fácilmente se recomienda a todos, a no ser que se le
oponga la maldad de una mente obcecada, dispuesta a inter­
pretar todo por la parte mala. Para llegar a alcanzar este amor
santo, algunos han recibido de Dios un don particular 81 que
alegra su rostro con óleo,88 infunde en ellos cierta paz y atrac­
tivo, y vuelve todas sus palabras y obras agradables a los ojos
de todos, mientras que las de otros muchos, que quizás aman
tanto, y aun tal vez más, difícilmente encuentran la misma
simpatía.
28. Jn. 17,1.
29. Mt. 5,16.
30. Núm. 21,22.
31. 1 Cor. 7,7.
32. Sal. 103,15.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 257

Por eso nos atañe a todos hacer él bien no sólo ante Dios,
sino también ante los hombres,33 y no descuidar la conciencia
por amor de la estima ni la estima fiados en la conciencia. Por
otra parte, ¿cómo puedes alegrarte de tu limpia conciencia
cuando no vives sin reproche entre tus hermanos, es más si
en tu conducta no te muestras fraternal con ellas? ¿Piensas que
es suficiente no escandalizar? Precisamente escandalizas cuan­
do no edificas, cuando teniendo buena reputación adentro y
afuera,3435conforme a tu condición, no glorificas a Dios en to­
das partes.
En cuanto a los malos, a quienes no agrada sino el mal,
quienes ni siquiera pueden ver al justo, si no te es posible
complacerles —no por negligencia, sabiendo que amas a todos
los enemigos, sino por la perversidad de los que pagan bienes
por males, odio por amor36—, te consolará aquel que dijo: Bien­
aventurados seréis cuando os odien los hombres,30 y también
el que afirmó que si agradaba a tales hombres, no podía ser
siervo de Cristo.

'Necesidad de corregir permanentemente el amor humano

6. ¡Mal en verdad deplorable, digno de llorarse con arroyos


de lágrimas! Con harta frecuencia lo experimentan no sólo los
superiores, sino también los súbditos, los cuales envidian a
sus hermanos en nombre de Dios;37 quiero decir que hay bue­
nos que —no ciertamente en cuanto buenos— odian a los
buenos. Aborrecen al que los amonestaba en la puerta,3839
40
y los
enemigos del hombre son los de su propia casa,38 de suerte
que hasta el apóstol Pablo se queja gimiendo de haberse hecho
•enemigo de los propios hijos y amigos por haberles dicho
la [Link] pasó lo mismo que dijo el poeta [ComicusJ:

33. Rom. 12,17.


34. 1 Tim. 3,7.
35. Cf. Sal. 37,21 y 108,5.
36. Le. 6,22.
37. 2 Cor. 11,2.
38. Amos. 5,10.
39. Miq. 7,6.
40. Gál. 4,16.
258 BEATO GUERBICO DE IGNY

“La verdad engendra odio”,41 y más aún lo que recuerda la


Esposa: “Los hijos de mi madre lucharon contra mí42 cuando
yo me preocupaba de la salud de ellos.”
¡Oh reina victoriosa, triunfadora magnífica!, combate, no ce­
das, no retrocedas ni te desanimes, no te dejes vencer por el
mal, antes bien, procura vencer el mal con el bien.*34445La sabi­
duría vence a la maldad" ¡cuánto más a la flaqueza y a la
imprudencia! La caridad de los hombres espirituales no achaca
a malicia la contradicción de los hombres carnales, sino más
bien lo atribuye a la ignorancia o flaqueza de su condición.
Aun los mismos apóstoles no consideraron afrentoso el ser lla­
mados “malos” por el Señor.4647
Pero, ¿por qué hablo de estas cosas, hermanos míos, amados
de Dios y de mí? ¿Acaso porque sospeche que en alguno de
vosotros existe este mal contra el cual deberíamos luchar sus
hermanos o yo mismo? ¿Habrá entre vosotros alguno, no digo
rebelde, sino duro e intratable? Menciono estas cosas no porque
sucedan entre vosotros, sino para que nunca sucedan; de ma­
nera que si en alguna ocasión aparece en vosotros alguna fla­
queza, recibáis con caridad la corrección caritativa. De este
modo, el que corrige será amado de Dios y de los hombres
igual que el corregido y la memoria de ambos permanece en
bendición.46 Dígnese concedernos esto en virtud de los méritos
de nuestro bienaventurado padre Benito aquel que es por ex­
celencia el bendito de Dios Padre, Jesucristo que es bendito
por los siglos. Amén.*7

41. Terencio, Andria, 1.68.


42. Cant. 1,5.
43. Rom. 12,21.
44. Sab. 7,30.
45. Mt. 7,11.
46. Sir. 45,1.
47. Rom. 1,25.
SERMON 25

Fiesta de san Benito iv:


Mansedumbre y fe

O santificó por medio de su fe y mansedumbre.1

Un Moisés evangélico

Estas palabras, referidas a Moisés, se aplican hoy —con gran


acierto, a mi modo de ver— al bienaventurado patriarca Beni­
to, el cual, hallándose lleno del espíritu de todos los santos,
con mucha mayor razón hemos de creer que estuvo dotado del
espíritu de Moisés. Si el Señor tomó del espíritu de Moisés y
lo infundió en aquella multitud de ancianos llamados a com­
partir su ministerio 12 en calidad de ayudantes, cuánto más lo
infundió en éste, que desempeñó en plenitud la totalidad del
ritual.
Aquel fue libertador de los cautivos de Egipto, éste lo es de
los que renuncian al mundo. El primero fue legislador, tam­
bién lo fue el segundo; aquél fue solamente ministro de la
letra que mata, éste, del espíritu que vivifica.3 Moisés, a causa
de la dureza del corazón45 de los judíos, les impuso prescrip­
ciones desprovistas de bondad, exceptuando algunos preceptos
morales;6 Benito estableció una disciplina sencilla, penetrada
toda ella de la pureza del evangelio; el primero escribió mu­
chas cosas difíciles de entender, imposibles de hacer o al me-
1. Sir. 45,4.
2. Ex. 18,24-26.
3. 2 Cor. 3,6.
4. Mt. 19,8.
5. Cf. Gál. 3,19-22; Rom. 4,14.15;5,13.20;7,7-13.
260 BEATO GUERBICO DE IGNY

nos inútiles;6 el segundo nos dejó escrita una Regla, rectísima


norma de vida, de lenguaje claro, notable por su discreción.
Finalmente, aquel jefe de los hijos de Israel, a quienes sacó
de Egipto, no logró introducirlos en la tierra prometida; nues­
tro jefe, abanderado de los ejércitos monásticos, nos precede
hoy, por un camino recto —el camino del oriente— en nuestro
andar hacia el reino de los cielos.
No es un desvarío creer que igualó en mérito a aquel a
quien superó en el ejercicio de sus funciones; de aquí que se
le puedan aplicar con toda propiedad las palabras dichas acer­
ca de Moisés: el Señor lo santificó por medio de su fe y su
mansedumbre, por cuanto en estas dos virtudes —fe y man­
sedumbre— se mostró maestro consumado, él, que no vivió de
distinta manera de lo que enseñó.

Mansedumbre de Benito
2. Porque ¿dónde poder encontrar una fe más firme que la
suya cuando en plena niñez, burlándose del mundo que le
sonreía, pisoteó con desprecio tanto la gloria del mundo como
sus atractivos personales, prefiriendo padecer por Dios males
en este mundo antes que verse colmado de bienes temporales?
¿Qué cosa puede haber más semejante a la fe de aquel Moisés
recomendada por el apóstol? Por la fe, Moisés, siendo ya gran­
de, dice Pablo, renunció a ser llamado hijo de la hija del Fa­
raón, prefiriendo ser afligido con el pueblo de Dios antes que
gozar de los placeres pasajeros del pecado.78
¿Qué cosa más santa que la mansedumbre de nuestro pa­
dre, al cual no fue capaz de irritar la malicia de los falsos her­
manos, cuando armaron asechanzas a su vida al presentarle
veneno mezclado con vino? De Moisés dice la Escritura que
fue el hombre más manso que hubo en la tierra;3 sin embargo,
¿niega que su espíritu se haya irritado alguna vez?; ¿no recuer­
da que se irritó, y se irritó mucho contra sus rivales? En cam­
bio la mansedumbre de este maestro nuestro es algo» admirable,

6. En los párrafos que siguen, Guerrico se inspirará en expresiones de


san Gregorio Magno en el segundo libro de sus Diálogos.
7. Heb. 11,24.25.
8. Núm. 12,3.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 261

y no recuerdo que se haya irritado nunca, no sólo contra los


murmuradores, ni siquiera contra los malvados. Aunque a de­
cir verdad, no hemos de tildar de defectuosa ni en éste ni en
Moisés una mansedumbre que arde en celo santo contra los
pecadores, antes bien, el proceder contrario nos parecería flo­
jedad e indolencia.
¿Cómo, pues, la mansedumbre, capaz de hacer a un hombre
santo, es condenada en Helí, también santo? 9 Hermanos, man­
tened la paz entre vosotros; así nos exhorta aquel Maestro
manso y pacífico. Con todo, primero pone delante [estas pa­
labras]: Tened sal en vosotros,1011
sabiendo que la mansedumbre
de la paz fomentaría los vicios si antes el rigor del celo no de­
rramara sobre ellos la aspereza de la sal, de la misma manera
que las carnes se agusanan con la clemencia del tiempo si
primero no las ha desecado el ardor de la sal. Por lo tanto,
tened paz entre vosotros, pero una paz condimentada con la
sal de la sabiduría; buscad con empeño la mansedumbre, mas
una mansedumbre rebosante de fe.
3. Por medio de la fe y de la mansedumbre vosotros podéis
ser también santos, y la mansedumbre no se hará sospechosa
si está precedida de la fe, con tal de que ésta sea verdadera,
no fingida,11 fe no muerta,12 sino viva y vivida. La fe de Moi­
sés no sólo era viva y vivida, sino también constante e intré­
pida, y de ella escribe Pablo: Por la fe dejó Egipto sin temer
el ardor del rey.13 Los reyes son ardorosos, pero mucho más
ardorosa es la fe, la cual ve que el poder de aquéllos es nulo
y desde un plano superior se burla de todo su furor; ella se
muestra más pronta y valerosa para soportar, que el furor de
ellos para perseguir.

La fe es un compromiso total con Cristo

Dos cosas, a mi modo de ver, recomienda el apóstol en aque­


lla memorable fe de Moisés a la cual, con ocasión de la lec­
9. 1 Sam. 2,27-36.
10. Me. 9,49.
11. 1 Tim. 1,5.
12. Sant. 2,17.
13. Heb. 11,27.
262 BEATO GUERRICO DE IGNY

tura del presente día —según queda insinuado—, se compara


la fe de nuestro padre san Benito; el mismo Moisés, conver­
tido en ejemplo de fe, despreció las cosas prósperas de este
mundo y no temió las adversas. Despreció las prósperas, esti­
mando mayor riqueza sufrir insulto de parte de los egipcios
por amor a Cristo; no temió las adversas, es decir, el ardor
del rey. Ahora bien, a una y otra añade el apóstol la causa por
la cual pudo hacer todo esto, para enseñarnos de dónde pro­
cede la flaqueza de nuestra fe: Moisés juzgaba que el oprobio
de Cristo era un tesoro más grande que todas las riquezas de
Egipto, porque fijaba su vista en la recompensa. No temió el
ardor del rey porque tuvo firme confianza en el Invisible co­
mo si lo viera.'1 De aquí procede sin duda que se tengan cu
nada las cosas temporales cuando se fijan los ojos en las eter­
nas; de aquí el que se desprecie fácilmente el poder de los
hombres cuando se teme el poder divino que siempre amenaza.

La doble función de la fe

Así, pues, ambas cosas obra la fe, cuyos ojos son tan vivos
y penetrantes que extiende la mirada con toda su fuerza a las
cosas futuras, mientras se fija perspicazmente en aquellas otras
que, si bien están presentes, permanecen sin embargo ocultas.
Esclarecida por el Espíritu eterno, la fe no puede basarse ni
en el transcurso del tiempo ni en la opacidad de los cuerpos,
sino que más bien se adelanta al tiempo para comprender por
anticipado el porvenir y sobrepasar los cuerpos para contem­
plarlos en el espíritu. Efectivamente, bajo un doble aspecto la
virtud de la fe contempla, no las realidades que se ven, sino
las que no se ven, así como por un doble motivo esas cosas
no se ven. Pues no se ven o bien porque no están presentes o
bien porque, estando presentes, son espirituales. No están pre­
sentes los bienes futuros que nos han sido prometidos. Está
presente, pero oculto por ser espíritu,14 el mismo Dios que pro­
1516
mete o amenaza. Con todo, la fe, que es el fundamento de las
cosas que se esperan,10 presiente como ya presentes los bienes
14. Heb. 11,26.27.
15. Jn. 4,24.
16. Heb. 11,1.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 263

futuros y los hace, por así decir, existir en el corazón del cre­
yente.
A su vez, siendo una prueba de las cosas que no se ven™
demuestra, persuade y convence de que Dios, aun cuando no
aparezca, está presente. Para aquel que decía: Y nos resucitó
con él y nos hizo sentar sobre los cielos en Cristo,171819la fe era
el fundamento de las cosas que se esperan; para aquel que
tuvo firme confianza en el Invisible como si ya lo viera, era
la prueba de las cosas que no se ven. El que decía: Somos
salvos en la esperanza,™ ¿no demostraba acaso que por la fe
ya existía en su corazón lo que esperaba y aguardaba por la
paciencia? El que tenía constantemente al Señor ante sus ojos,20
¿no estaría persuadido por la fe de que tenía presente al Invi­
sible?

La fe es una fuente de vida

4. Coincide a maravilla con esta fe la frase de la Escritura:


El justo vive de fe.21 Ésta constituye al justo y lo conserva y
para hacerlo vivir en la eternidad lo alimenta desde ya con el
gozo de la esperanza. ¿Qué cosa hay, si no es la fe, capaz de
apartar al hombre del pecado y a la vez de mantenerlo en la
esperanza? Pues la fe espera y observa al Invisible como si ya
lo viera? ¿Qué cosa hace gozar más en la esperanza que la
fe, la cual tiene siempre fija la mirada en el premio? Nosotros,
hermanos, ¿por qué somos tan negligentes, sino porque no pres­
tamos una atención vigilante a la presencia de nuestro Juez?
¿O por qué invade la tristeza todo nuestro ser, sino porque
pensamos con poca asiduidad en el premio prometido?
Ciertamente de estos dos males, negligencia y tristeza, ado­
lece miserablemente nuestra poca fe, porque o bien somos ne­
gligentes en la práctica de las mandamientos, o bien, obliga­
dos por la necesidad de reprimir nuestra negligencia, en ma­
nera alguna obramos alegremente ni, como pide la fe, somos
17. Heb. 11,1.
18. Ef. 2,6.
19. Rom. 8,24.
20. Sal. 15,8.
21. Rom. 1,17.
264 BEATO GUERRICO DE IGNY

consolados en nuestros trabajos con la esperanza de la recom­


pensa. Dice [la Escritura]: El que se llega a Dios, debe creer
que él existe y que es remunerador de cuantos lo buscan.22 Si
no pasamos por alto que existe, somos protegidos por el temor;
si no pasamos por alto que es remunerador de cuantos lo bus­
can, tenemos el consuelo de la esperanza. Bajo la protección
del temor, no hay lugar para la negligencia, y en el consuelo
de la esperanza no cabe la tristeza.
Ahora bien, así como de la fe, por la que creemos en la exis­
tencia de Dios, nace el temor saludable, de la misma manera
cuando falta la fe o se disimula llega el desenfreno total de
los vicios. ¿Por qué se han corrompido cometiendo execracio­
nes, sino porque dijo aquel necio —en nombre del género hu­
mano— en su corazón: No hay Dios?2324Ciertamente, ya que
no está permitido ignorar a Dios, no hay temor de Dios de­
lante de sus ojos; [este hombre necio] obra con doblez en su
presencia, pasando por alto lo que conoció contra su propia
voluntad, de modo que su iniquidad le merecerá odio.2* Con
razón es digno de odio aquel que no tiene ignorancia, sino
odio de Dios. ¿Cómo no va a odiar a Dios quien pretende
escapar de su mirada, desprecia sus mandatos y hasta desea
que no existiera el juicio? El que ignora es ignorado, pero el
que odia será odiado; el primero será reprobado en la verdad
del juicio, el segundo será castigado por la severidad del odio.

La fe insincera, él peor mal

5. Por eso, hermanos, es más peligrosa la fe fingida, la fe


dolosa que se engaña a sí misma, que la carencia total de fe.
El que no tiene fe, dice neciamente en su corazón: No hay
Dios; la fe fingida, por malicia obra engañosamente en su pre­
sencia, disimulando conocer a Dios o ser conocida de Dios,
mientras a sabiendas y deliberadamente se atreve a pecar ante
los ojos divinos con necedad y desvergüenza. Ignoro, sin em­
bargo, cómo es posible llamar fe a esto, que hace a los hom­
bres falsos y engañosos en vez de fieles. Sé ciertamente cómo
22. Heb. 11,6.
23. Sal. 52,1.2.
24. Sal. 35,2.3.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 265

está llena la tierra de la confesión de la fe y con todo oigo el


lamento del profeta: La fe desapareció de la tierra.™ ¿Piensas
que el Hijo del hombre, si ahora volviera, encontraría fe sobre
28 ¿Acaso estimaría como fe esa fe fingida de los ne­
la tierra? 25
27
26
gligentes y menospreciadores, por lo cual condena más lige­
ramente la ceguera de la infidelidad y tiene por mejor la cre­
dulidad de los mismos demonios? Los demonios creen y tiem­
blan,™ los hombres creen y no tiemblan. Los demonios reve­
rencian a aquel en quien creen; los hombres, creyendo en él,
ni le temen ni lo reverencian. De ese modo serán juzgados más
severamente por tal desprecio.

Juzgar la propia fe con severidad

No nos engañemos, pues, hermanos, con el término genérico


de fe, como si cualquier forma de fe pudiera ser reputada para
la justicia;28 antes tengamos presente la definición que el doc­
tor de las gentiles en la fe y en la verdad 2930
nos ofrece, de esa
fe con la cual podemos agradar a Dios. La fe —escribe— es
el fundamento de las cosas que se esperan y una prueba de
las cosas que no se ven.™ Esta es aquella fe que obra por el
amor,31 que, consciente de los propios méritos, da origen a la
esperanza, a la vez que es causa y fundamento sobre el cual
estriban los bienes eternos que nos esperan. Sin esta fe es
imposible agradar a Dios32 y con ella es imposible desagra­
darle. Tus ojos, Señor, están puestos en la fe,33 dijo quien es­
taba continuamente en tu presencia por la fe. Que tus ojos,
Señor, se fijen en mi fe, en justa reciprocidad, puesto que mis
ojos están puestos siempre en el Señor,34 que me dice lleno de
confianza: “Tú sabes lo que es la fe.”

25. Jer. 7,28; Miq. 7,2.


26. Le. 18,8.
27. Sant. 2,19.
28. Rom. 4,5.
29. Tim. 2,7.
30. Heb. 11,1.
31. Gál. 5,6.
32. Heb. 11,6.
33. Jer. 5,3.
34. Sal. 24,15.
266 BEATO GUERRICO DE IGNY

6. Ahora bien, nosotros, hermanos, si nos portamos como si


no tuviéramos fe, si echamos las creencias divinas a la espalda,
de suerte que dejando a un lado su temor nos entregamos fá­
cilmente a las vanidades, ¿cómo nos es posible esperar que
se fijen en nosotros sus ojos? Digo mal, nos miran, pero...,
¿de qué manera? El Señor se enfrenta con los malhechores,3536 39
38
37
mas cuán airado, cuán terrible e insoportable se mostrará en el
último día, cuando huyan de su presencia los que lo odian.33 Se­
ñor, ¿adonde huirán de tu presencia, sino a las tinieblas exte­
riores, a aquel caos y abismo de fuego1 y de oscuridad? Enton­
ces dirán a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados:
sepultadnos,3’ estimando más fácil ser absorbido por las llamas
del infierno' que soportar el rostro airado de Dios.
Entonces, a no dudarlo, los justos permanecerán constantes
en la fe.33 Entonces esta misma fe, que hasta poco antes se
hallaba solícita en conocer la voluntad del Señor, tendrá segu­
ridad plena en la contemplación de su gloria. Vigilad, herma­
nos, manteneos firmes en la fe™ Aquel cuya fe se ve sacudida
por el temor, es imposible que pueda dormitar a causa de su
negligencia; en cambio, el que ha cimentado su fe en la espe­
ranza no puede vacilar por la desconfianza. Por lo tanto, to­
das vuestras obras hacedlas por amor,40 para que la manse­
dumbre se una con la fe, a fin de que cada uno de vosotros
pueda decir [de los demás]: El Señor lo santificó por medio
de su fe y mansedumbre, gracia que os conceda el mismo San­
to de los santos que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

35. Sal. 33,17.


36. Sal. 67,2.
37. Le. 23,30.
38. Sab. 5,1.
39. 1 Cor. 16,13.
40. 1 Cor. 16,14.
SERMON 26

Anunciación de Nuestra Señora i:


El consuelo de Dios y la castidad

PORTUNAMENTE en estos días de ayuno cuaresmal nos

O llega la solemnidad de la anunciación del Señor, para


que quienes se hallan fatigados por la maceración de la
carne encuentren regocijo espiritual, y quienes se hallan hu­
millados por el dolor de la penitencia sean consolados en la
anunciación de aquel que quita los pecados del mundo.1

Una palabra empeñada por Dios

Pues está escrito: La tristeza en el corazón del hombre lo


humillará, y una buena palabra lo alegrará.12 Palabra totalmen­
te buena, palabra digna de fe y digna de toda aceptación3 la
de la buena noticia de nuestra salvación que el ángel enviado
por Dios 45anunció hoy a María, y gozosa palabra de la encar­
nación del Verbo, que el día profirió al día,6 el ángel a la
Virgen. Esta palabra, en tanto que promete un hijo a la Vir­
gen, promete el perdón a los culpables, la redención a los cau­
tivos, la liberación a los encarcelados y la vida a los muertos.
Aquella palabra, mientras proclama el reino del Hijo y anun­
cia la gloria de los justos, aterra a los infiernos, alegra a los
cielos y parece aumentar la perfección de los ángeles, así por
el conocimiento de los misterios como también por la novedad
1. Cf. Jn. 1,29. La anunciación se ha celebrado comúnmente el 25 de
marzo, aunque en ocasiones se la haya pospuesto para extraerla de
la cuaresma.
2. Prov. 12,25.
3. 1 Tim. 1,15;4.9.
4. Le. 1,26.
5. Sal. 18,3.
268 BEATO GUEBB1CO DE IGNY

del júbilo. Porque, ¿a quién no regocijará en su aflicción aque­


lla palabra, a quién no consolará en su humillación aquel men­
saje? Dice David: Recuerda la palabra que diste a tu siervo,
de la que hiciste mi esperanza, pues este es mi consuelo en la
aflicción." Había recibido solamente una palabra de promesa,
pero todavía no había indicado alguno, de sus efectos. Lo afli­
gía la dilación del deseo, pero se consolaba con la certeza de
la esperanza en la fe del (pie había prometido.

Una palabra para el que sufre

2. Ahora bien, si David se regocijaba en su espíritu con la


sola esperanza de la salvación reservada para nosotros, ¿qué
gozo, qué delicias no deberá excitar en nosotros la manifesta­
ción de la realidad misma? ¡Oh felicidad de estos tiempos!
¡Oh infelicidad de estos tiempos! ¿Acaso no es felicidad de
los tiempos el haber aparecido en ellos tanta plenitud de gra­
cia y de todos los bienes? ¿Acaso no es infelicidad de los tiem­
pos ver tanta ingratitud en los redimidos? Mirad que llegó la
plenitud de los tiempos en que Dios envió a su Hijo 6 7 para
hacerse Hijo del hombre y Salvador de los hombres, y he aquí
la magnitud de la tibieza: que el hombre pecador mire con
desdén al Salvador. Se anuncia la salvación a los que han pe­
recido y ellos la desprecian; se promete la vida a los desespe­
rados y ellos la desdeñan. Dios viene a los hombres y éstos
no se levantan. Se levanta quien con alguna devoción se dis­
pone a dar gloria a la gracia de Dios, se levanta quien al me­
nos recibe con gozo la palabra de la propia salvación.
Indudablemente sé muy bien quién se alegra con aquella
palabra buena. A mi modo de ver, aquel a quien primero aba­
tió la tristeza del corazón,89 la tristeza por la peregrinación y
el exilio, tristeza por los lazos de la muerte ” y los peligros del
infierno; aquel que en su tristeza llora cada día por verse
rodeado de lazos de muerte y peligros de condenación.10 A
6. Sal. 118,49-50.
7. Cf. Gál. 4,4.
8. Prov. 12,25.
9. Sal. 17,6.
10. Sal. 114,3.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 269

este tal le llega hoy el alegre mensaje del cielo; recibirá con
gran júbilo la palabra acerca del Hijo de Dios; a este, repito,
que llora y se entristece al verse desde un principio rodeado
de tantos males, se le anuncia con gozo el mensaje de un liber­
tador, el cual le ha de dar él óleo de la alegría en lugar del
llanto, el ropaje de gloria en lugar del espíritu de tristeza;11
es decir, dará fin a las miserias, pero a los miserables les dára
una bienaventuranza sin fin. Bienaventurados, pues, los que
lloran, porque serán consolados,11 12 bienaventurados aquellos a
quienes una piadosa tristeza humilló en su corazón, porque
se regocijarán con la buena palabra.'3

El trono de David

Buena y consoladora es a no dudarlo tu omnipotente palabra,


Señor. Ella descendió hoy desde su trono real1415al seno de
la Virgen, donde también se construyó para sí un trono real;
y si bien se sienta en él ahora en los cielos como Rey, rodeado
de los ejércitos angélicos, sin embargo es consuelo de los afli­
gidos en la tierra.
3. La Virgen fue escogida, en efecto, de estirpe real; noble
retoño descendiente de reyes, pero más noble aún por su virtud
real. De esta suerte la nobleza materna contribuyó a salva­
guardar la dignidad real del Rey eterno, Hijo del Rey, el cual,
procedente del trono real de su Padre, colocaría también su
trono real en el aula virginal de su Madre reina. En ella, sin
duda, y de ella la sabiduría se edificó una casa,ls en ella y de
ella preparó para sí, cuando tomó en ella y de ella su propia
carne,16 un trono 17 tan perfecto y adecuado para todo, que es
a un mismo tiempo casa para descansar y trono para juzgar;
el cual le sirvió primero de tabernáculo para luchar y de cáte­
dra para enseñar.

11. Is.61,3.
12. Mt. 5,5.
13. Prov. 12,25.
14. Sab. 18,15.
15. Prov. 9,1.
16. Heb. 10,5.
17. Sal. 9,8.
270 BEATO GUEBRICO DE IGNY

Mira, no obstante, si ella no será acaso el trono de David


su padre, a quien el ángel prometió 1819 que se le daría, no por­
que David se sentara en él, sino porque de la descendencia de
David había de ser tomado y fabricado. Ahora bien, si no es
el trono de David, no hay duda de que ella es tu trono, Señor,
por los siglos de los siglos.™ Si no es el trono de David, indu­
dablemente ella es un trono excelso y elevado 20 sobre toda
creatura.

Una alabanza de María

Si alguno tal vez interpretase aquel trono grande de marfil


que construyó el rey Salomón21 —aludiendo al cuerpo que
nuestro rey pacífico tomó hoy de la Virgen—, no parece que
esté lejos de la verdad, por cuanto aquellas palabras: “y lo
guareció de oro muy resplandeciente... ”,22 convienen en gran
manera al mismo cuerpo del Señor revestido de una hermosura
y un fulgor deslumbrantes. Lo guareció —dice— de oro muy
resplandeciente. Ciertamente, si preguntases a los ojos de los
apóstoles que lo contemplaron transfigurado en el monte, te
contestarán que era muy resplandeciente, más que el oro; el
brillo de su cuerpo era tan ofuscante que no lo pudieron sopor­
tar, aun cuando la costumbre de la Escritura sea tomar la par­
tícula “mucho, demasiado” [nímis] en lugar de “en extremo”
[valde],23 Fuera de esto, las demás palabras que siguen en la
Escritura respecto de la magnificencia de este trono se pueden
aplicar, a mi modo de ver, si las quisiéramos comentar, al
cuerpo de Cristo que es la Iglesia.2*
4. A mí, sin embargo, me agrada ver en este marfil tan
precioso, más aún, inapreciable, la castidad virginal de aquella
a quien el que se sienta sobre querubines25 eligió para sí como

18. Le. 1,32.


19. Sal. 44,7.
20. Is. 6,1.
21. 1 Re. 6,18.
22. 1 Re. 6,18.
23. Ex. 1,7; 9,35; etc.
24. Col. 1,24.
25. Sal. 98,2.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 271

su propio asiento diciendo: Esta es mi mansión por siempre,


aquí me sentaré porque la elegí.20 ¡Cuán nítido es aquel mar­
fil que agradó a los ojos de un Rey tan grande y tan rico, en
cuyos días el dinero carecía de valor!26
2728¡Cuán frío es! Ni aun
la concepción le hizo experimentar calor alguno. ¡Cuán sólido!
En el alumbramiento no experimentó la menor lesión. ¡Cuán
blanco y rojo a la vez! El candor de la luz eterna2S y el fuego
del Espíritu Santo lo colmaron de toda su plenitud.
De la misma manera, María es más blanca que la nieve,
más roja que el marfil antiguo,29 pues la castidad le comu­
nicó un brillo incomparable, y la caridad o el martirio, un
rubor fulgurante, mayor que el de los elegidos de la antigua
ley. Porque también su alma fue traspasada por una espa­
da,30 con objeto de que la Madre de Cristo, Virgen y Mártir
por excelencia, fuera también virgen y mártir, blanca y ro­
ja a la manera de su Amado blanco y rojo. Finalmente, así
como Salomón de entre todo sus tesoros y riquezas inmen­
sas nada prefería tanto para manifestar su grandeza como
aquella obra preciosa, esto es, aquel magnífico trono de mar­
fil, de la misma manera María halló ante Dios una gracia
singular sobre todos los elegidos, tanto ángeles como hom­
bres, a saber, la de concebir y dar a luz al Hijo de Dios,31 y
que del marfil de su cuerpo la virtud del Altísimo3233escul­
piera su trono glorioso sin intervención humana.
Glorioso y admirable es realmente aquel trono del cual ha­
bla la Escritura diciendo: En ningún otro reino se fabricó
obra semejante.22 Ello se podría probar fácilmente por el tes­
timonio de los ángeles, quienes desean contemplar34 siem­
pre de manera insaciable la gloria y hermosura del cuerpo
del Señor. En ningún otro reino se fabricó obra semejante,

26. Sal. 131,14.


27. IR. 10,21; 2 Cró. 9,20.
28. Sab. 7,26.
29. Tren. 4,7.
30. Le. 2,35.
31. Le. 1,30-31.
32. Le. 1,35.
33. 1 Re. 10,20.
34. 1 Pe. 1,12.
272 BEATO GUERRICO DE IGNY

y por eso lo que ha sido fabricado le debe doblar la rodilla


en todos los reinos: en el cielo, en la tierra y en los abis­
mos.35 Cuán dichoso, por consiguiente, aquel vientre de mar­
fil 38 de donde fue tomada la carne de marfil del Redentor,
el precio de las almas, la admiración de los ángeles, el trono
de la majestad excelsa, trono de poder, alimento de vida in­
mortal, medicina para el pecado, devolución de la salud:
Todos cuantos lo tocaban quedaban sanos de sus enferme­
dades, pues salía de él una virtud que sanaba a todos.37

Elogio y encomio de la castidad

5. Dichoso el vientre que te llevó,“3 Señor Jesús. ¡Feliz


castidad del seno virginal que suministró materia para reali­
zar esta obra! Feliz, hermanos míos, el resplandor de aquel
marfil, es decir, la blancura de la castidad, a quien ni el oro
de la sabiduría mundana ni la plata de la elocuencia ni las
piedras preciosas de alguna gracia excelente fueron preferi­
das por nuestro Salomón; antes bien, se nos recomienda la
castidad con la humildad, por cuanto el Señor miró la humi­
llación de su esclava.33 Por esto Salomón, al ponderar en su
cántico de amor la castidad virginal, bien sea de la esposa,
bien del Esposo —por cuanto1 aquellos que son un mismo es­
píritu y una misma carne en muchas, coinciden en merecer
una misma alabanza—, para dar a entender la castidad de
que debe estar adornada la esposa, y cómo también nuestra
castidad debe estar adornada de otras virtudes, dijo: Su pe­
cho es marfil cuajado de zafiros.13
A fin de que sepas que la castidad se receptáculo de las
demás virtudes o gracias, los depósitos de aromas y ungüen­
tos de nuestro Salomón son casas de marfil. Lo cantó David
en aquel epitalamio cuyo título, Cántico para el Amado,31 de-

35. Fil. 2,10.


36. Le. 11,27; Cant. 5,14.
37. Me. 6,56; Le. 6,18-19
38. Le. 11,27.
39. Le. 1,48.
40. Cant. 5,14.
41. Sal. 44,1.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 273

muestra que debe aplicárselo al Esposo de la Iglesia. A mirra,


áloe y acacia, dice, huelen tus vestidos, desde los palacios de
marfiles te deleitan las arpas. Hijas de reyes salen a tu en­
cuentro.*2 Los cuerpos marfileños de los santos son la casa
de Cristo, el ropaje de Cristo, los miembros de Cristo,“ el
templo del Espíritu Santo.4243
44 En estos ropajes de Cristo, en
estos palacios de marfil, se exhalan toda suerte de fragancias
de virtudes y gracias agradables a sus ojos, en las cuales las
hijas de los apóstoles y profetas se recrean, y honran al Rey
de los reyes.
También vosotros, hermanos, habéis experimentado esto, ya
que cada uno ha sabido usar de su cuerpo santa y honesta­
mente, no dejándose arrastrar de la pasión desenfrenada, co­
mo hacen los gentiles que no conocen a Dios.4546¡Cuántos un­
güentos, cuánto olor de divina suavidad ha sido derramado!
Vuestro cuerpo, hasta hace poco sentina de vicios, ahora se
ha transformado en sagrario venerable del Espíritu Santo; lo
que era abismo de maldad, se ha trocado en depósito de
gracias.
6. Tus vestidos, dice, huelen a mirra, áloe y acacia, desde
los palacios de marfiles.12 Realmente habitamos casas de ba­
rro,47 pero esa categoría de barro de que están hechas se true­
ca en marfil por la virtud de la castidad. De este modo, si em­
piezas a aspirar sus perfumes, aparecerá en primer lugar la
mirra en la mortificación de los apetitos; a ella seguirán las
otras especies aromáticas, exhalando gracia multiforme de
otras virtudes.4849Exhalarán sin duda agradablemente para
Cristo, como de sus vestidos; exhalarán igualmente por do­
quier para sus prójimos, como buen olor de Cristo.48 Al sen­
tir Isaac la fragancia de estos vestidos de Cristo, exclamó:

42. Sal. 44,9.


43. Ef. 5,30.
44. 1 Cor. 6,19.
45. 1 Tes. 4,4-5.
46. Sal. 44,9.
47. Job. 4,19.
48. 1 Pe. 4,10.
49. 2 Cor. 2,15.
274 BEATO GUERHICO DE IGNY

Bien se ve que el olor de mi hijo es como el olor de un campo


florido al cual bendijo el Señor.“"
Del mismo modo el Esposo habla a la esposa —que es su
cuerpo y vestido—: El olor de tus vestidos es como olor de
incienso.11 La piedad de vuestros corazones, hermanos, exha­
lará un olor de incienso gratísimo al Esposo cuando sea tan
ardiente y devota que vuestra oración se eleve en presencia
del Altísimo 52* y suba delante de él cual columna de humo
formada de perfume de mirra e incienso.™ Arda de continuo
para el Señor la mirra de vuestros cuerpos, arda también pa­
ra mí. Ojalá arda de tal suerte el incienso de vuestros cora­
zones que, reconociéndoos el Esposo castos y piadosos, se dig­
ne visitaros con más frecuencia y diga: Subiré al monte de la
mirra y al collado del incienso.™
A mi modo de ver, este sermón es una profecía del presen­
te día, predicha por Salomón en otro tiempo y cumplida hoy
por Jesús, ya que hoy vino a aquel altísimo monte de los
montes, monte no sólo de la mirra y el incienso, sino también
de todos los aromas. Me refiero a la Virgen de las vírgenes
llena de todas las gracias,55*entre las que despedían de mane­
ra especial olor agradable para el Esposo —si no me engañó­
la mirra de la castidad y el incienso de la piedad. Este olor,
hermanos, supera el de todos los aromas. Este olor atrajo e
invitó al Señor de la majestad a inclinarse desde las alturas
del cielo1 y descender,58 como nos habla la liturgia del día,
cuando el Altísimo, habiendo enviado desde el cielo un án­
gel, descendió también él al seno de su Madre, el que siem­
pre permanece en el seno del Padre con quien vive y reina
por los siglos de los siglos.

50. Gén. 27,27.


51. Cant. 4,11.
52. Sal. 140,2.
53. Cant. 3,6.
54. Cant. 4,6.
55. Le. 1,28.
56. Cant. 4,10; Sal. 143,5.
SERMON 27

Anunciación de Nuestra Señora n:


Encarnación del Verbo en María y en el alma fiel

OY el Verbo se hizo carne y comenzó a habitar entre

H nosotros,1 conforme a la regla de la sana fe que la Igle­


sia nos transmite en una definición dogmática.
La fe de los creyentes
La Iglesia sostiene con firmeza y de manera indubitable
que la carne de Cristo no fue concebida antes de asumirla el
Verbo, sino que el Verbo de Dios fue concebido al tomar
carne y que la carne fue concebida en la encamación del
Verbo. Hoy, por lo tanto, la Sabiduría comenzó a edificar
para sí la casa de nuestro cuerpo en el seno de la Virgen, y
para edificar la unidad de la Iglesia, arrancó sin intervención
de mano alguna12 una piedra angular 34del monte, cuando sin
concurso humano tomó para sí del cuerpo virginal la carne
de nuestra redención. Desde este día, por consiguiente, el Se­
ñor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el
Dios de Jacob* porque hoy Dios es nuestro escudo567 para
que su gloria habite en la tierra.3
Imágenes escriturísticas de la encarnación
Señor, hoy has bendecido a tu tierra,1 a aquella bendita en­
1. Jn. 1,14.
2. Dan. 2,34; cf. Liber adversas Origenem, canon 3?, del emperadoi
Justiniano; Casiodoro, De inst. div. litt., 2 (PL 70, lili).
3. Ef. 2,20.
4. Sal. 45,8.12.
5. Sal. 88,19.
6. Sal. 84,10.
7. Sal. 84,1.
276 BEATO GUERRICO DE IGNY

tre las mujeres.’ Hoy diste la benignidad del Espíritu Santo


para que nuestra tierra diera el fruto bendito de su vientre ”
y, al destilar los cielos desde las alturas, brotara del seno vir­
ginal el Salvador." La tierra fue maldita por la obra del preva­
ricador y aun siendo cultivada produce abrojos y espinas*11 pa­
ra los herederos de la maldición. Ahora, en cambio, es bendita
por la obra del Redentor, la cual produce para todos la remi­
sión de los pecados y el fruto de vida, quitando de los hijos
de Adán la maldición original que pesaba sobre ellos.
Bendita a todas luces aquella tierra que, hallándose total­
mente intacta, ni cavada ni sembrada, con sólo el rocío del
cielo brota al Salvador, proporcionando a los mortales el pan
de los ángeles,12 el alimento de vida eterna. Esta tierra, indu­
dablemente, por hallarse inculta parecía estar desierta, pero
se encontraba rebosante de frutos; aparentaba ser un desier­
to solitario, pero era un paraíso de felicidad. Realmente jar­
dín de delicias, desierto de Dios, cuyos campos brotaron el
vástago odorífero, desierto ubérrimo desde el cual el Padre
envió al Cordero dominador de la tierra.13
Envía —dice—, Señor, al Cordero desde la piedra del de­
sierto, es decir, separa la piedra de la piedra. Que la virgini­
dad santa e inviolada produzca al Santo e inviolable. Sin du­
da aparece en esto una relación feliz entre el nacimiento de
Cristo y su muerte, entre su concepción y su sepultura. Arran­
cado el Cordero de la piedra del desierto, debía ser depositado
en la tumba de piedra, y el mismo cuyo sepulcro debía ser
cavado en la piedra para depósito de su cuerpo, desde su con­
cepción arrancó su cuerpo de la piedra y formó el lugar para
depositarlo. Y así como no disminuyó la integridad de la pie­
dra al ser desprendido de ella tampoco lesionó la piedra se­
llada del sepulcro con su resurrección.

8. Le. 1,28.
9. Sal. 84,13' y Le. 1,42.
10. Is. 45,8.
11. Gén. 3,17-18.
12. Sal. 77,25.
13. Is. 16,1.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 277

El misterio de la puerta cerrada

2. Luego, si como dice el apóstol, la piedra es Cristo,1415 16el


Hijo no deshonró a la Madre al hacerla llamar con el nom­
bre de “piedra”. ¿Acaso no es llamada con mucha razón pie­
dra aquella que por amor de la integridad se mostró firme
en su resolución, inmutable en su afecto, y que en cuanto a
su sensibilidad respecto del pecado se hallaba totalmente in­
sensible y como de piedra? ¿Acaso no es piedra la integridad
virginal que por naturaleza no puede dar a luz, y cuando da
a luz por virtud del rocío divino no se abre ni para recibir
la concepción ni para traer al niño al mundo? Si la tierra se
abre —dice Isaías—, ábrase y brote al Salvador.
Santo Isaías, ¿qué dices: ábrase? ¿No dice acaso el Señor
a Ezequiel: Esta puerta estará cerrada y no se abrirá?10 ¿Por
ventura te fue revelado el designio de una Madre fecunda, y
ocultado el misterio de su para siempre cerrada integridad,?
Lejos de eso, dice [el profeta]; nadie es más consciente que
yo de tal secreto; porque, ¿cómo se me podría haber ocul­
tado el misterio de la virginidad perpetua, a mí, que tanto tiem­
po antes había dicho: Mirad, la virgen concebirá y dará a
luz un hijo?17 ¿Preguntas cómo yo digo: ábrase, mientras
[Ezequiel declara]: no se abrirá? No se abrirá a un hombre,
se abrirá al Señor, como allí mismo se le dice a Ezequiel: Nin­
gún hombre entrará por ella, porque el Señor Dios de Israel
ha entrado por ella.1819Se abrirá al Señor, no la integridad vir­
ginal del cuerpo, pues añade Ezequiel a renglón seguido: Ella
estará cerrada aun para el príncipe,18 pero se abrirá el oído y
la puerta del corazón, porque el Verbo penetró por el oído de
la Virgen para encarnarse, y salió encarnado por la puerta
cerrada de su cuerpo.
El Verbo de Dios omnipotente, [digamos nosotros] aunque
asumió nuestra debilidad, no se rebajó en nada de su omni-

14. 1 Cor. 10,4.


15. Is. 45,8.
16. Ez. 44,2.
17. Is. 7,14.
18. Ez. 44,2.
19. Ez. 44,2.
278 BEATO GUERRICO DE IGNY

potencia cuando su cuerpo material, contra las leyes natura­


les y por encima de la capacidad de nuestra inteligencia, pa­
só a través de una puerta dejándola intacta, de la misma ma­
nera que lo vieron entrar los discípulos en la sala estando las
puertas cerradas, cosa que la razón no puede entender.
3. Abre sin miedo, Virgen inmaculada, puerta del santua­
rio siempre cerrada, abre sin miedo al Señor Dios de Israel
que te está suplicando desde hace largo tiempo: Ábreme,
hermana mía, amiga mía.20 No tienes por qué temer por tu
integridad virginal. Dios es incapaz de violar lo que se halla
intacto, pero sí sabe consolidar la integridad violada. Si te
abres al Verbo de Dios, entonces no sólo quedarás cerrada,
aun serás sellada, como dice la Escritura: Ponme como sello
sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo.21 Efectivamente,
Jesús impreso en el corazón, manifestado en las obras, es a
todas luces sello y señal inviolable de castidad para su espo­
sa, y así como imprime su propia fisonomía, es al mismo tiem­
po defensa contra la corrupción.

María escucha la palabra y concibe al Verbo

Por lo tanto, Virgen fiel, mantón tu oído abierto para es­


cuchar y tu espíritu para creer; por el oído escucha la pala­
bra del ángel, en el corazón recibe al Verbo del Altísimo' y
en tu seno concibe al Hijo de Dios. Di también tú, oh biena­
venturada humilde y fiel: El Señor Dios me abrió el oído y
yo no> me resistí, no me volví atrás.22 He aquí la esclava del
Señor, estoy presta a cumplir su voluntad. Es más, ayudaré
con mis ruegos, si puedo: Hágase en mí según tu palabra.23
Este lenguaje, ofrecer de este modo la propia devoción, cierta­
mente equivale a abrir el corazón al Señor, y también a abrir
la boca y atraer al Espíritu.24 De la misma manera se abrió

20. Cant. 5,2.


21. Cant. 8,6.
22. Is. 50,5.
23. Le. 1,38.
24. Sal. 118,131.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 279

sin duda la tierra para que, destilando los cielos desde lo al­
to, recibiese el rocío y brotase al Salvador.2526
Germen noble, germen justo,2“ germen odorífero, germen
del Señor que posee ya magnificencia y gloria,27 pues siendo
un fruto de la tierra es sublime sobre todas las cosas, es de­
cir, Dios elevado sobre los cielos, su gloria llena la tierra.28 No
tiene importancia que lo llames germen, fruto o flor, porque
el único Cristo es todo esto e infinitas cosas más. La realidad
es única, pero multiforme es la gracia, así como múltiple es
la actuación de su único poder. Por lo mismo, si la pobreza
del lenguaje humano le ha aplicado infinitos nombres basa­
dos en la semejanza, éstos son, sin embargo, incapaces de ex­
presar la realidad.
Las diversas etapas de la vida espiritual, revelación de un mismo Cristo
Es bueno que se llame a la vez germen, flor y fruto a quien
sin progresar gradualmente en sí mismo fue perfecto en toda
virtud y gracia desde el primer instante de su concepción.
En nosotros, primeramente es germen cuando la fe prorrum­
pe en la confesión o en obras edificantes; en segundo lugar,
es flor cuando la santidad de Dios resplandece de manera ra­
diante en hermosura y virtudes en aquellos que van progre­
sando; por último, es fruto cuando la bienaventuranza eterna
sacia al hombre que ha llegado al culmen de la perfección.
Bella, verdadera y atentísimamente la providencia divina
preparó de antemano no sólo los misterios, sino también la
predicción de los misterios, de tal suerte que el lugar en que
la tierra brotó al Salvador, el germen justo, y donde la flor
creció de la rama y raíz de Jesé,29 se llamara Nazaret, es de­
cir, santidad, germen, flor, ramita. De este modo el aconte­
cimiento concuerda con el lugar y el lugar con el aconteci­
miento, por la armonía de la palabra, pues el nombre del lu­
gar alude a la cosa que se va a realizar y las cosas realizadas
revelan la razón de su nombre.
25. Is. 45,8.
26. Ter. 23,5.
27. ís. 4,2.
28. Sal. 107,2.
29. Is. 11,1.
280 BEATO GUERRICO DE IGNY

El ejemplo moral de la encarnación

4. Perdonadme, hermanos queridos, porque debiendo haber


tratado de mejorar vuestras costumbres tal vez me haya dete­
nido más de la cuenta en la admiración del anuncio de este
misterio inefable. ¿Qué tiene de admirable que me admire
yo del misterio que llena de estupor a los mismos ángeles, si
salto de gozo al predicar que los cielos pregonan la gloria de
Dios? 30 ¿Qué tiene de admirable que yo me deleite de lo que
alegra a los espíritus angélicos, justifica a los pecadores, glo­
rifica a los justos? Dudo de que pueda existir ejemplo más
eficaz y suave para las costumbres que el de este misterio, es
decir, la consideración fiel y piadosa del Verbo encarnado.
¿Qué cosa puede haber más capaz de excitar al hombre al
amor de Dios como el amor de Dios que se anticipa al hom­
bre, amor tan vehemente hacia el hombre que a causa del
hombre quiso hacerse hombre? ¿Qué puede nutrir tanto el
amor al prójimo como la naturaleza y semejanza del próji­
mo en la humanidad de Dios? Creo que no puede pensarse
ejemplo mayor de humildad que el anonadamiento de un
Dios en forma de siervo, y de esclavo más que de siervo.3132
Respecto de la castidad, ¿quién nos la puede recomendar
tanto como aquella castidad que germinó al Salvador? En
cuanto a la virtud y al mérito de la fe, la Virgen nos sirve de
modelo al concebir a Dios por la fe, por la cual mereció de
él que se cumpliera todo lo que le había prometido. Dichosa
la que ha creído, dijo, porque se han de cumplir las cosas que
le han sido dichas por el Señor?2 Y para que lo comprendas
con más claridad, el fruto de la Virgen no sólo es místico,
sino también moral: este misterio, orientado a la redención,
es también un ejemplo propuesto a tu imitación, de manera
que perderás sin duda la gracia del misterio si no imitas la
virtud de su ejemplo. Porque la que concibió a Dios por la
fe, otro tanto te promete a ti si tienes fe. Si quieres recibir
fielmente la palabra de la boca del mensajero celestial, pue­
des tú mismo concebir a Dios, a quien todo el orbe no pue­
30. Sal. 18,2.
31. Fil. 2,7.
32. Le. 1,45.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 281

de contener, concebirlo en el corazón, no en el cuerpo; y aun


en el cuerpo, aunque no de manera corpórea y tangible, pe­
ro sí conforme nos manda el apóstol glorificar y llevar a Dios
en nuestro cuerpo.3334
El alma, madre de Cristo

Por lo tanto, aplica cuidadosamente el oído?' como está es­


crito, pues la fe proviene del oír, y el oír, de la palabra de
Dios.3536Indudablemente te lo enseñará el ángel de Dios, pre­
37
dicador fiel, cuando trate contigo sobre el temor y el amor
de Dios, sin que debas dudar en absoluto de que se trata del
ángel del Señor de los ejércitos. ¡Dichosos los que pueden de­
cir: En tu temor, Señor, hemos concebido y dado a luz el es­
píritu de salvación!33 Porque en realidad este espíritu no es
otro que el espíritu del Salvador, la verdad de Jesucristo. Fí­
jate en la inefable dignación de Dios y a la vez en el poder
de este incomprensible misterio: el que te creó es creado en
ti, y por si fuera poco que lo' tengas a él por Padre, quiere
también tenerte a ti por madre. Cualquiera que haga la vo­
luntad de mi Padre, ese es mi hermano, mi hermana y mi ma­
dre.3" Alma fiel, abre tu seno, dilata tus afectos, no te angus­
concibe al que la creatura no puede con­
ties en tu corazón,3839
tener. Abre el oído para oír al Verbo de Dios; tal es el ca­
mino para concebir en espíritu en el seno de tu corazón de
tal manera que los huesos de Cristo, que son las virtudes, re­
ciban cohesión en el vientre de su madre.33
5. Gracias a ti, Espíritu, que soplas donde quieres.40 Estoy
viendo con tu ayuda, no una, sino innumerables almas de fie­
les que están grávidas de aquel generoso germen. Guarda tu
obra, no sea que haya peligro de algún aborto y quede frus­
trada la concepción del germen divino, o nazca muerto. Vos­
33. 1 Cor. 6,20.
34. Sir. 13,16.
35. Rom. 10,17.
36. Is. 26,17-18 (LXX).
37. Mt. 12,50.
38. 2 Cor. 6,12.
39. Ecle. 11,5.
40. Jn. 3,8.
282 BEATO GUERBICO DE IGNY

otros también, madres afortunadas de tan gloriosa prole, cui­


daos hasta que Cristo se forme en vosotros.*1 Cuidaos, no da­
ñe el feto tierno cualquier golpe fuerte desde el exterior, no
entre nada en vuestro seno, esto es, en el espíritu, que pueda
acabar con la vida del concebido. Tratad con delicadeza, si
no a vosotros, ciertamente al Hijo de Dios en vosotros. Tra­
tadlo con delicadeza, repito, no sólo alejando toda obra y pa­
labra mala, sino también los pensamientos nocivos, los deleites
mortales que indudablemente ahogan el germen de Dios.41 43
42
Guardad, por tanto, con todo esmero vuestros corazones,
porque de allí procederá la vida,*3 es decir, cuando se desem­
barace del parto ya maduro y la vida de Cristo —ahora es­
condida en vuestros corazones—44 se manifieste en vuestra car­
ne mortal.4546
47Habéis concebido el espíritu de salvación,43 pero
todavía estáis de parto, aún no habéis dado a luz. Cuando es
trabajoso el alumbramiento, grande es el consuelo con la es­
peranza del parto. La mujer cuando da a luz está triste por el
trabajo, pero cuando ha dado a luz un niño no se acuerda de
las angustias, por el gozo de que ha nacido un hombre, Cris­
to, en el mundo " exterior de nuestro cuerpo, llamado de or­
dinario “mundo en miniatura”.48
Por último, Dios, que ahora ha sido concebido en nuestros
corazones, configurándolos con su espíritu de amor, nacerá
entonces como hombre en nuestros cuerpos configurándolos
con la claridad de su cuerpo, en la cual vive y es glorificado
como Dios por los siglos de los siglos.

41. Gál. 4,19.


42. Mt. 13,22.
43. Prov. 4,23.
44. Col. 3,3.
45. 2 Cor. 4,11.
46. Is. 26,18.
47. Jn. 16,21.
48. Concepción frecuente en la antigüedad, que la transmitió al me­
dioevo; cf. Ruperto de Deutz, Super Eccle., 1,4 (PL 168, 1200-
1201).
SERMON 28

Anunciación de Nuestra Señora ni:


De las señales de este misterio

SCUCHA, casa de David, el Señor os dará una señal: he


aquí que la Virgen concebirá.1

Un gran signo de contradicción

En este día se ha cumplido la profecía que acabáis de oír.’


Aquel milagro inefable de la concepción virginal, cuya pro­
mesa habíais oído, hoy oísteis que se ha cumplido. Hoy la
Virgen ha concebido. Y esta señal, inaudita en los siglos
anteriores, el Señor la ha dado a nuestros tiempos. También
Jeremías predijo en un mismo espíritu y sentido: El Señor
creó algo nuevo sobre la tierra: la mujer rodeó al Varón.123 ¿Qué
significan estas palabras de Jeremías: El Señor creará algo
nuevo sobre la tierra: la mujer rodeará al Varón, sino lo mis­
mo que dice Isaías: El Señor os dará una señal, la Virgen con­
cebirá un hijo? Esto es lo que significa rodearás: no conce­
birá por contacto carnal humano, sino por sí sola dentro de
sí misma y lo rodeará sólo con su cuerpo maternal.
De otra suerte, digan, si pueden, los judíos qué signo dio
el Señor en esto si la que concibió no fue la Virgen, sino
una joven doncella, según ellos interpretan falsamente; o
qué cosa nueva creó el Señor si la mujer rodeó a un varón
concebido en su vientre por obra de varón. La iniquidad pue-

1. Is. 7,13-14.
2. Le. 4,21.
3. Jer. 9,32.
284 BEATO GUEBRICO DE IGNY

de mentirse a sí misma,45 pero según la grandeza de tu po­


der, Señor, tus enemigos te adularán,6 de modo que mientras
la malicia de unos pocos judíos niega tu poder, éste es pro­
clamado más copiosa y magníficamente por la fe de todos
los pueblos. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos
los pueblos te alaben, porque la tierra ha dado su -fruto," la
Virgen dio a luz a Jesús. Lo quieran o no los judíos, el Se­
ñor realizó la novedad de este prodigio como signo para su
incredulidad; efectivamente, es signo de contradicción7 has­
ta el día de hoy, más por obstinación obcecada, a mi modo
de ver, que por ignorancia deplorable.
2. Y bien, no están lejos de pertenecer a la descendencia
y astucia de la serpiente 89—si todavía insisten en contradecir
esta señal después que se ha cumplido— quienes desde un
principio se opusieron a que sucediese; [ los vemos ahora] en
la persona de su padre, el impío rey Ajaz, puesto que habló
el Señor a Ajaz diciendo: “Pide para ti una señal.” Y dijo
Ajaz: “No la pediré por no tentar al Señor.”0 ¡Oh religión
profana! ¡Oh piedad detestable! ¡Oh falsa humildad! Para no
tentar al Señor —según dices—, desprecias al Señor. ¿Cómo
podrías tentarle si le obedecieras fielmente? Ahora, en cam­
bio, ¿cómo no vas a tentar gravemente a quien irritas de ma­
nera clara con tu desprecio? Conocemos bien, conocemos la
falsedad y envidia de la raíz judaica, la cual ya antes de na­
cer Cristo comenzó a envidiarle su gloria. Pues este mismo
Ajaz —en cuanto nos es dado saber de su vida y costumbres-
daba culto a los ídolos.10 Cuando se le ordenó pedir una se­
ñal, rehusó no por religión ni por miedo, sino para no glo­
rificar a Dios.
Realmente sorprendente y digna de la ira divina y de los
hombres esta funesta perversidad de los judíos: cuando se
les ordena pedir señales, rehúsan hacerlo, no para no tentar

4. Sal. 26,12.
5. Sal. 65,3.
6. Sal. 66,6.7.
7. Le. 2,34.
8. Le. 3,7.
9. Is. 7,10-12.
10. 2 Re. 16,2-4; 2 Crón. 28,19-25.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 285

a Dios —como aducen—, sino por no glorificarlo. Cuando no


se les manda, tientan y piden.11 Pues los judíos por su natu­
ral son propensos a pedir señales,1112 y, cuando se las dan, con­
tradicen y procuran desmentirlas. Así manifiestan que pre­
guntaban para tentar, no para creer en aquel que las cumple.
Nación pecadora, raza malvada, hijos pervertidos,13 dice Isaías.
¿Acaso os parece poco el hacer agravio a los hombres, a mí y
a otros profetas, es más, a todo el género humano, que lo ha­
céis también a mi Dios? Por eso el mismo Señor os dará una
señal;14 por cuanto vosotros actuáis perversamente contra él,
también él —como dice el salmo— actuará perversamente con
No queréis que se dé la señal para que no sea glo­
vosotros.1516
rificado el autor del milagro, pero él la dará por esto mismo:
para que él sea glorificado y vosotros confundidos. Dame, Se­
ñor, una señal propicia, que la vean mis adversarios y se aver­
güencen^ dice el Hijo al Padre hablando de los judíos.
3. La primera señal que el Padre y el Hijo obraron para
confusión de los infieles, en testimonio de su poder y de la obra
de nuestra salvación,1718estimo que fue la concepción virginal
en el presente día. Efectivamente, después que se había anun­
ciado: El Señor dará una señal, para los que preguntan acer­
ca de esta señal, el profeta añade hablando como con los pa­
labras de un evangelista: He aquí que la Virgen concebirá y
dará a luz un hijo. De esta manera, o bien el contexto no tie­
ne continuidad ni es verdadero, o bien —lo que es más proba­
ble— la mentira de los judíos no tiene pretexto. Con razón,
pues, cuando esta generación malvada y adúltera pide una se­
ñal, no se le dará, a no ser él signo de Jonás,13 a fin de que
quienes no se edifican a causa de la perversidad de su cora­
zón ante una señal de poder, se escandalicen ante una señal
de flaqueza: la muerte y la permanencia en el sepulcro por

11. Mt. 12,38.


12. 1 Cor. 1,22.
13. Is. 1,4.
14. Is. 7,13-14.
15. Sal. 17,27.
16. Sal. 85,17.
17. Himno Pange lingua, de Venancio Fortunato.
18. Mt. 12,39; 16,4; cf. Deut. 32,5.
286 BEATO GUERRICO DE IGNY

espacio de tres días. Porque el lenguaje de la cruz y la muer­


te es escándalo para los judíos que se pierden; en cambio, pa­
ra quienes han de ser salvados, es decir, para nosotros, es po­
der de Dios.1" Para nosotros el Hijo del hombre no es menor
ni más débil cuando se halla en el seno de la tierra19 20 que
cuando está sentado a la diestra del Padre.

Cuando el signo es elevado...

Ahora bien, la señal que ellos rechazaron, sea en lo profun­


do del abismo, sea en lo más alto del cielo,21 nosotros la acata­
mos con fidelidad plena y devota veneración, reconociendo
que el Hijo que concibió la Virgen es para nosotros en lo
profundo del abismo señal de liberación y perdón, y en lo al­
to del cielo, señal de esperanza, de exultación y gloria. El
que antes había descendido a lo más bajo del abismo2223 24
a fin
de sacar con el precio de la sangre de su alianza a los que
se hallaban aherrojados en aquel profundo lago 22 sin agua,
ese mismo subió a lo más alto de los cielos para dar cumpli­
miento a todas las cosas.2* El Señor levantó su signo, prime­
ro sobre el patíbulo de la cruz, luego en el trono de su rei­
no, y enarbolará un estandarte entre las naciones25 por ha­
ber sido contradecido' por el pueblo judío, y cada día reúne
bajo este signo desde los cuatro vientos a los discípulos del
verdadero Israel.26
Oh raíz de Jesé que te alzas como signo de los pueblos, so­
bre ti los reyes ya se abstienen de hablar.“7 Sea obstruida tam­
bién la boca de cuantos hablan cosas malas,28 es decir, la de
los judíos blasfemos, los cuales todavía niegan la señal de
la concepción inmaculada y no creen al ángel Gabriel cuan­
19. 1 Cor. 1,18.23.
20. Mt. 12,40.
21. Is. 7,11.
22. Ef. 4,9.
23. Zac. 9,11.
24. Ef. 4,10.
25. Is. 11,12.
26. Mt. 24,31.
27. Is. 11,10; 52,15.
28. Sal. 62,12.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 287

do dice que nada hay imposible para Dios.29 Dichosa la que


ha creído,30 a quien satisfizo esta razón, y como preguntase
de qué manera había de tener un hijo, sin conocer varón,31
quedó segura tanto de su integridad como de la concepción
del Hijo.

El signo adorable y adorado

4. No obstante lo que puedan propalar los infieles, que la


Virgen conciba y dé a luz para nosotros a su Hijo, porque
nosotros tenemos por signo bueno tanto a la Madre como al
Hijo.32 Indudablemente, para nosotros todo en la Madre es
milagroso, por ser únicamente ella Madre y Virgen. Para
nosotros todo en el Hijo es milagroso, al ser únicamente él
Dios y hombre, y esto' de modo incomprensible. La Madre
Virgen que concibe y da a luz es señal para nosotros, porque
el hombre que ella concibe y da a luz es Dios; el Hijo, ha­
ciendo obras divinas y soportando las debilidades humanas,
es señal para nosotros, porque conduce hasta Dios al hombre
por cuya causa es concebido, nace y también padece.
Estimo que, de entre todas las flaquezas y penalidades hu­
manas que por nosotros padeció la condescendencia divina,
la primera por razón del tiempo es también la mayor por su
humillación, a saber, que aquella inmensa majestad haya si­
do concebida y haya soportado durante nueve meses, por
nosotros, el encierro en el seno materno. ¿En dónde se ano­
nadó de tal modo o cuándo se vio tan tremendamente impo­
tente como entonces? Durante todo ese tiempo nada habló
aquella sabiduría, aquel poder nada hace que se pueda ver,
la majestad encerrada y oculta no se da a conocer en nin­
gún signo visible. En la cruz no apareció tan débil, ya que
su misma debilidad se manifestó más fuerte que la de todos
los hombres cuando al morir promete la gloria al ladrón33 y

29. Le. 1,37.


30. Le. 1,45.
31. Le. 1,34.
32. Sal. 85,17.
33. Le. 23,40-43.
288 BEATO GUEBBICO DE IGNY

36cuando el dolor momentá­


al expirar inspira al centurión,3435
neo de su pasión no sólo hace que se conmuevan los elemen­
tos de la creación,33 sino que también condena las fuerzas
enemigas a los eternos padecimientos. Pero en el vientre ma­
terno está como si no existiese,33 el poder omnipotente está
inactivo como si nada pudiera, el Verbo eterno se reduce al
silencio.

El silencio sagrado

5. Pero a vosotros, hermanos, a vosotros os habla aquel si­


lencio del Verbo, a vosotros os clama, a vosotros os pregona
la observancia del silencio. En él silencio y en la esperanza
estará vuestra fortaleza,37 según promete Isaías a la vez que
define este silencio como el culto de la justicia.3839
41Porque así
40
como aquel niño concebido en el seno materno necesita de
profundo silencio para llegar a la madurez del parto, de la
misma manera la práctica del silencio nutre el espíritu del
hombre, lo modela y robustece, y cuanto más oculto, tanto
más seguro y saludable es su desarrollo. El hombre animal
no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios,33 cuál es
camino del espíritu y la manera como reciben cohesión los
miembros en el seno de la madre.10 Pero tú no desconocías
mis huesos —dice el santo a Dios— cuando me formaste en
lo oculto del corazón,11 tras el secreto del silencio.
No os está oculto este misterio, hermanos míos; de vuestra
experiencia y de vuestras confidencias soy testigo. El espíri­
tu pacífico y modesto se fortalece, crece y florece con el si­
lencio; en cambio las conversaciones, como una parálisis, lo
disipan y relaj’an, lo enflaquecen y lo desecan hasta que mue­
re de aridez. En una palabra, si la fortaleza no radicara en

34. Le. 23,47.


35. Mt. 27,45. 51
36. Cf. Is. 40,17.
37. Is. 30,15.
38. Is. 32,17.
39. 1 Cor. 2,14.
40. Ecle. 11,5.
41. Sal. 138,15.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 289

el silencio, nunca habría dicho Salomón: Como ciudad abier­


ta y sin muros, tal él hombre que de hablar no puede repri­
mir su espíritu.'’'

En el silencio, alimentarse de Cristo

Por lo demás, si preguntasen en qué se debe ocupar el alma


cuando está en silencio, no te imponemos nada pesado: come
tu pan como tu Señor te lo ejemplifica en su concepción. En
efecto, ¿qué dijo el profeta de él, al hablar de la puerta orien­
tal siempre cerrada en la casa del Señor, que no obstante dejó
entrar y salir al Dios de Israel? El príncipe mismo, dice, se
sentará en ella para comer el pan en la presencia del Señor.42 4344
Dice: Se sentará en ella porque descansará en ella, como afir­
ma en otra parte: Este es mi descanso.1* Se sentará en ella co­
mo en un trono excelso que —según dije en otro lugar— para
sí construyó en marfil el rey Salomón.4546Si se fijan en la estre­
47
chez del seno, realmente el lugar es estrecho, pero si te fijas
en la anchura del corazón, el trono es grande y gracias a esta
anchura también el seno se hizo capaz de tan excelsa majes­
tad. En ella, por tanto, se sentó el príncipe y comió del pan,
porque si alguno me abriere la puerta, entraré a él y cenaré
con él y él conmigo.*"
6. En esta cena no falta el pan, por cuanto el mismo que cena
es el pan de vida, pan que hoy descendió del cielo y da la
vida al mundo.*'' Pero es cosa maravillosa el que sean idénti­
cos el que cena y el manjar que se cena, que el que come sea
precisamente el pan que es comido por él. Verdaderamente es
cosa admirable, pero verdadera, que Cristo para alimentarse
no tenga otro pan que a sí mismo, puesto que él todo entero
es pan: en cuanto Verbo, por su misma naturaleza; en cuanto
carne, por su unión con el Verbo. De otro modo la carne no

42. Prov. 25,28.


43. Ez. 44,1-3.
44. Sal. 131,14.
45. 1 Re. 10,18. Cf. Anunc. I (26), 3s.
46. Apoc. 3,20.
47. Jn. 6,33.35.
290 BEATO GUEBRICO DE IGNY

sirve de nada, porque el espíritu es el que vivifica18 y no sólo


de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de
la boca de Dios.10 Toda palabra procedente de la boca de Dios
es la única y unigénita Palabra del Padre que, siendo de suyo
simple, contiene sin embargo en si la razón y la forma de toda
palabra divina. Pues el Verbo se apacienta del Verbo, el Hijo
vive de sí mismo, porque así como el Padre tiene en sí mismo
la vida, así también ha dado al Hijo el tener la vida en sí
mismo.™
De otro modo —pero con una dicha inefable y felicidad in­
comparable— aquel príncipe sentado a la puerta del seno vir­
ginal comía el pan del Verbo en presencia del Señor.61 Si tú
entiendes de estas cosas, también tú tratarás en tu silencio de
comer el pan del Verbo divino en presencia del Señor, con­
servando como María las cosas que se dicen de Cristo, rumián­
dolas en tu corazón.63 Cristo se regocijará de comer contigo
este pan; el que te alimenta, ese mismo se alimentará en ti, y
el mismo pan, cuanto más se come, más abundará en nuestra
mesa, por cuanto la gracia no se disminuye con el uso, antes
se acrecienta.

La Iglesia, madre que nos engendra

7. En consecuencia, sírvate de ejemplo en esto Jesús conce­


bido y llevado en el seno, para que así como aquella carga
era leve y suave 63 —si bien lo hizo grávido, no tornó gravoso el
seno de María—, así el seno de la Iglesia no te resulte pesado
ni molesto. La Iglesia, hermanos, está grávida, no como María
sólo de Jesús, sino como Rebeca de Jacor y de Esaú,64 es decir,
no sólo de hijos buenos y apacibles, sino también de díscolos “
e indisciplinados. A éstos, no obstante, a causa del nombre de48 55
54
53
52
51
50
49

48. Jn. 6,64.


49. Dut. 8,3; Mt. 4,4.
50. Jn. 5,6.
51. Ez. 44,1-3.
52. Le. 2,19.
53. Mt. 11,30.
54. Gén. 25,24-26.
55. 1 Pe. 2,18.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 291

Jesús o tal vez por algún comienzo de su presencia,5659


58
57 la Iglesia
6061
les abre las entrañas para recibirlos y abrazarlos. Pero cuando
los niños peleaban entre sí desacordes en el seno, Rebeca, que
antes había orado para obtener su concepción, experimentando
en sus entrañas el dolor y la tribulación de su infortunio,5’ casi
se arrepintió de haberlos concebido. Si esto es así, dijo, ¿qué
provecho he sacado yo de concebir? 68
Si llegase a acontecer, hermanos, que las entrañas de nues­
tra madre se quejaran de alguno de nosotros, mucho me temo
que habría sido mejor que tal hombre no hubiera sido con­
cebido,69 a no ser porque no nos permite desesperar de tales
personas el que también suscita de las piedras hijos para
Abraham.00 Si tal vez hubiera alguno, suavice el Señor su co­
razón de roca para que no lastime el seno de su madre. El
mismo [Dios] se digne consolar el corazón materno para que
no le resulte gravoso llevarlos, cualesquiera que sean, hasta
que sea formado en ellos Cristo,01 quien, siendo Dios perfecto
y hombre perfecto, vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

56. Heb. 3,14.


57. Sal. 106,39.
58. Gén. 25,22.
59. Mt. 26,24.
60. Mt. 3,9.
61. Gál. 4,19.
SERMON 29

Domingo de ramos i:
Dios se ha hecho en Cristo nuestro servidor.
Necesidad de imitarlo

ENED en vosotros los mismos sentimientos de Cristo Je­

T sús, quien siendo de condición divina...1

Un mensaje del servidor de los servidores

Escuche el siervo malo y fugitivo. Me refiero al hombre que,


siendo de naturaleza y condición servil, y por lo tanto necesa­
riamente destinado a servir, rehusando servir procuró arreba­
tar para sí la libertad propia de su Señor y la igualdad con él.
Cristo, que era de condición divina, igual a Dios no por rapiña,
sino por naturaleza —ya que comparte su omnipotencia, eter­
nidad y sustancia—, anonadándose a sí mismo no sólo tomó la
forma de siervo haciéndose semejante a los hombres,1 23sino que
también desempeñó el ministerio de siervo humillándose a sí
mismo y haciéndose obediente al Padre hasta la muerte, y
muerte de cruz.2
Pero podría parecerte poco que siendo Hijo e igual al Padre
lo sirviera en calidad de siervo, si no hubiese servido también
a su siervo más que un siervo. Ciertamente él se había hecho
hombre para servir al Creador. Y ¿qué más justo que sirvas a
aquel por quien fuiste creado, sin el cual no puedes existir?;
¿qué más feliz o sublime que servir a aquel a quien servir es

1. Fil. 2,5-6.
2. Fil. 2,7.
3. Fil. 2,8.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 293

reinar? No serviré,* dijo el hombre al Creador. “Por lo tanto,


yo te serviré a ti”, dijo el Creador al hombre. “Tú recuéstate;
yo te serviré, yo te lavaré los pies.456 Tú descansa; yo llevaré
sobre mí tus enfermedades, cargaré con tus debilidades.6 Uti­
lízame según tu voluntad en todas tus necesidades, no sólo
como siervo, sino también como jumento tuyo y peculio tuyo.
Si estás cansado o agobiado por la carga, yo te llevaré a ti y
a tu carga para cumplir, yo el primero, mi ley. Llevad los unos
las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo.7 Si
padeces hambre o sed, y no tienes a tu disposición nada me­
jor, ni tampoco un ternero cebado preparado para ti, héme
aquí dispuesto a ser inmolado para que comas mi carne y be­
bas mi sangre. Y no temas que por la muerte del siervo su
servicio sufra detrimento; aun después de ser comido y bebido
permaneceré para ti entero y vivo, y te serviré como antes. Si
eres llevado cautivo o vendido, héme aquí, véndeme y con mi
precio, o conmigo mismo como precio, rescátate. Parezco un
esclavo de poco valor, pero, si bien soy capturado de noche
y a escondidas, si bien soy comprado por los avarísimos sacer­
dotes judíos, no obstante podré ser valorado en treinta mone­
das de plata.89 Con este precio mío se podrá comprar una se­
pultura destinada a los peregrinos, y mi vida será el precio
para comprar la vida de los sepultados. Si te enfermas y temes
la muerte, yo moriré por ti, para que con mi sangre te prepares
medicamentos de vida.”

El Siervo del Señor

2. Bien, siervo bueno y fiel.0 Serviste de veras, serviste con


toda fe y verdad, serviste con toda paciencia y longanimidad.1011
No con tibieza, porque te alegraste como un gigante para re­
correr el camino 11 de la obediencia; no con fingimiento, por­
4. Jer. 2,20.
5. Jn. 13,4s.
6. Is. 53,4.
7. Gál. 6,2.
8. Mt. 27,9.
9. Mt. 25,21.
10. Col. 1,11.
11. Sal. 18,6.
294 BEATO GUERRICO DE IGNY

que después de tantas y tan grandes fatigas también diste tu


vida; no con murmuración, tú que siendo inocente no abriste
la boca al ser flagelado. Está escrito y es justo: El siervo que
conociendo la voluntad de su amo no la hace, será azotado
con muchos golpes.12 Pero este Siervo, pregunto, ¿qué hizo que
no fuera digno? ¿Qué debió hacer y no hizo? Todo lo hizo
bien, exclaman los que observaban sus acciones: hizo oír a
los sordos y hablar a los mudos.1314Todo lo que hizo fue digno.
¿Y cómo sufrió entonces todas las cosas indignas? Ofreció su
espalda a los azotes y los golpes que recibió no fueron pocos
ni suaves. Lo demuestran los arroyos de sangre que mana de
tantas partes de su cuerpo. Interrogado en medio de burlas y
tormentos, fue enjuiciado al modo de un siervo o ladrón para
arrancarle la confesión de su crimen.
Detestable soberbia del hombre que se niega a servir. No
podía ser humillada con ningún otro ejemplo que no fuera el
servicio —y qué servicio— de su Señor. Y ojalá pudiera ser
así, ojalá por lo menos ahora yo le dé gracias por tan grande
humildad y bondad. Pero, según me parece, aún escucho al
mismo Señor en Isaías, quejándose de la ingratitud del siervo
malo cuando dice: No te obligué a servirme con oblaciones
ni te he fatigado a causa del incienso, pero tú me has conver­
tido en siervo con tus pecados y me has fatigado con tus ini­
quidades.11 ¿Y qué fatiga? ¿Hasta el cansancio, el hambre y
la sed? Más aún, hasta el sudor, sudor de sangre que corre
más aún, hasta la muerte, y muerte de cruz.'"
hacia la tierra;1516
19
18
17
Ahora no me detendré en los detalles: cómo fue abofeteado,
cubierto de salivazos, coronado de espinas, atravesado con cla­
vos, traspasado por la lanza, abrevado con hiel y vinagre. Este
lagar, dice, lo pisé yo solo, sin que nadie de entre los gentiles
haya estado conmigo.1’’ Por tanto, vosotros, que estáis todo el
día ociosos,13 mirad y ved si hay dolor como mi dolor10
12. Le. 12,47.
13. Me. 7,37.
14. Is. 43,23-24.
15. Le. 22,44.
16. Fil. 2,8.
17. Is. 63,3.
18. Mt. 20,6.
19. Tren. 1,12.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 295

Tras las huellas del Servidor

3. Ciertamente mucho te fatigaste, Señor mío, sirviéndome


a mí. Es justo y equitativo que cuando menos en adelante des­
canses y que tu siervo —aunque sólo sea porque le ha llegado
el turno— te sirva a ti. A qué gran precio, Señor mío, redi­
miste mi inútil servicio, tú que ni siquiera necesitas el minis­
terio de los ángeles. Con qué suave y bondadoso arte lleno
de amor recuperaste para ti y sometiste al siervo contumaz,
venciendo el mal con el bien,20 confundiendo por la humildad
al soberbio, cubriendo de beneficios al ingrato. Así la sabidu­
ría vence a la malicia,21 así amontonaste carbones ardiendo
sobre la cabeza del contumaz,22 los cuales lo inflamarían en
deseo de hacer penitencia. Venciste, pues., Señor, venciste al
rebelde. He aquí que entrego mis manos a tus cadenas y pon­
go mi cuello bajo tu yugo. Hazme digno solamente de que te
sirva, soporta que me fatigue por ti. Recíbeme como siervo,
aunque inútil, para siempre, a menos que también ahora esté
conmigo y trabaje conmigo 2324 tu gracia que me precede y me
sigue siempre. Nos precede mostrándonos ejemplos de humil­
dad y paciencia; que ahora nos siga ayudándonos a imitar lo
que se nos ha mostrado.
Qué felices somos nosotros, hermanos míos, si acerca de
esto escuchamos el consejo del apóstol: Tened en vosotros los
mismos sentimientos de Cristo Jesús,21 el cual, lo sabéis, nos
ha precedido.
Esto es, que nadie se eleve por encima de sí mismo, antes
bien, se humille por debajo de sí; el que es mayor que sirva
a los otros; si alguno es ofendido, sea el primero' en perdonar;
cada uno obedezca hasta la muerte. Por estas huellas, sigamos
a Cristo en la forma de siervo y llegaremos a verlo en la forma
de Dios, en la que vive y reina por todos los siglos de los
siglos.

20. Rom. 12,21.


21. Cf. Sab. 7,30.
22. Prov. 24,2; Rom. 12,20.
23. Sab. 9,10.
24. Fil. 2,5.6.
SERMON 30

Domingo de ramos ii:


De la ciencia de la cruz

1 Pablo, nuestro maestro en la fe y en la verdad, viniera

8 hoy a nosotros, pienso que juzgarla no saber nada entre


nosotros sino a Jesucristo y a éste crucificado.1

La cruz, centro de la predicación

En estos días en que se celebra solemnemente la conmemo­


ración anual de la pasión y la cruz del Señor, considero que
nada se puede predicar más convenientemente que a Jesucris­
to, y a éste crucificado. Pero incluso en los otros días, ¿qué
cosa se puede predicar con más convicción, escuchar con más
provecho para la salvación, pensar con más fruto? En verdad
¿qué hay tan piadoso para los afectos de los fieles, tan medi­
cinal para las costumbres, qué cosa destruye los pecados, cru­
cifica los vicios, alimenta y fortalece las virtudes, como el re­
cuerdo del Crucificado? Que Pablo declare entre los perfectos
la sabiduría escondida en el misterio;1 2 en cuanto a mí —pues
mi imperfección la ven también los ojos de los hombres—, que
me hable de Cristo crucificado, necedad para los que se pier­
den, pero para mí y para los que se salvan ciertamente poder
de Dios,3 sabiduría de Dios. Para mí, en verdad, profunda y
nobilísima filosofía; por ella me río de la necia sabiduría, tan­
to la del mundo como la de la carne.

1. 1 Cor. 2,2.
2. 1 Cor. 2,6.7.
3. 1 Cor. 1,18.
homilías litúrgicas 297

Sabiduría, justicia, santidad, libertad, frutos de la cruz

Qué perfecto me consideraría, qué adelantado en sabiduría,


si al menos pudiera reconocerme como oyente idóneo del Cru­
cificado, a quien Dios hizo para nosotros no sólo sabiduría,
sino también justicia y santificación y redención? Ciertamen­
te, si estás clavado con Cristo en la cruz,“ eres sabio, eres justo,
eres santo, eres libre. ¿Acaso no será sabio el que, elevado de
la tierra con Cristo, saborea y busca las cosas de arriba? 0 No
será justo aquel en quien ha sido destruido el cuerpo del peca­
do, para no servir más al pecado?456789 ¿No será santo el que se
ofrece como víctima viva, santa, agradable a Dios?3 No será
verdaderamente libre aquel a quien el Hijo liberó, aquel que
consciente de su libertad espera hacer suya la palabra de li­
bertad pronunciada por el Hijo: Viene el príncipe de este
mundo, pero en mí no tiene parte alguna?" En el Crucificado
está la misericordia y la redención abundante, en el mismo que
redimió a Israel de todas sus iniquidades,10*de modo que pue­
da liberarse de las calumnias del Príncipe de este mundo.

La gran proeza de la cruz

2. Sepa, no obstante, quienquiera que sea aquel feliz y ver­


dadero Israel, que esto no es mérito de su propia perfección,
sino gracia de la redención divina; es decir, no porque él no
hubiera cometido pecado ni se hubiera encontrado dolo en su
boca,11 sino porque aquel a quien corresponde esta alabanza
—Cristo— lo purificó de sus pecados. Cristo por la sangre de
su cruz,12 después de haber realizado la purificación de los
pecados,13 triunfó eminentemente sobre los principados y po-
4. 1 Cor. 1,30.
5. Gál. 2,19.
6. Col. 3,1.2.
7. Rom. 6,6.
8. Rom. 12,1.
9. Jn. 14,30.
10. Sal. 129,7.8.
H. 1 Pe. 2,22.
12. Col. 1,20.
13. Heb. 1,3.
298 BEATO GUERRICO DE IGNY

testadles allí mismo donde su fortaleza estaba oculta.14 Estaba


oculta, pero no perdida; porque el que estaba crucificado en
su flaqueza vivía por el poder de Dios. Estaba oculta, pero no
inactiva, porque el Crucificado crucificaba al hombre viejo en
todos los elegidos. Crucificada al mundo para Pablo y a Pablo
para el mundo.15 Crucificaba al tirano de este mundo y a todos
los satélites de su antigua tiranía.
Ocultaba el anzuelo en el cebo el que escondía la fuerza en
la debilidad. Y así aquel homicida, desde el principio sediento
de sangre humana al precipitarse sobre la debilidad chocó
contra el poder. Quedó prendido en el anzuelo cuando mordió
y fue clavado cuando atacó al Crucificado.

La cruz gloriosa

3. Señor Jesús, doy gracias a tu cruz y a tus clavos. Veo


perforadas las fauces de aquel dragón, para que puedan salir
liberados los que habían sido absorbidos por él. Y el que pre­
sumía de poder tragarse el Jordán, se irrita bramando de furor
por haber perdido el río del que no poco había sorbido.16
De esas fauces vinieron a nosotros los que hoy cantan con
nosotros el noble y magnífico triunfo de la cruz. Ciertamente
fueron liberados de la boca del león,17 más aún, retornaron de
lo profundo del abismo.1819 Que se irrite, pues, aquel que brama
de furor y se consuma al ver la presa arrebatada de sus dien­
tes; Cristo se felicitará de no haber sido crucificado en vano.
Giman el infierno y la muerte, aquél mordido, ésta muerta.1’
Los cielos se alegran y exulta la Iglesia, porque Cristo despo­
ja al infierno y vence a la muerte. En la conversión de éstos,
renueva el triunfo de su pasión, reitera los milagros de la cruz.
En éstos refloreció la cruz; también ahora el árbol de la vida
lleva ese fruto valioso. Porque ¿cómo podría permanecer esté­
ril la cruz que no sólo fue regada, sino que también se tornó
vivificante por la sangre del Salvador? Él ya no se arrepentirá
14. Heb. 3,4.
15. Gál. 6,14.
16. Job 40,18.
17. 2 Tim. 4,17; cf. Sal. 21,22.
18. Jon. 2,3.
19. Os. 13,14.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 299

de haber subido a la palmera, ya que tan magnífico y valioso


fruto recogió de ella. Preveía este fruto entre los otros cuando
voluntariamente se apresuraba hacia la cruz. Decía: Dije, su­
biré a la palmera y recogeré sus frutos.20 En pocas palabras
expresaba que él sufrió por su voluntad, que fue elevado por
sus sufrimientos, que sufrió no sin fruto nuestro. Al afirmar:
dije, se demuestra su decisión libre; en la subida, la sublimi­
dad del triunfo; qn el recoger el fruto, la eficacia de la reden­
ción. Vosotros, judíos necios, clamabais: Sube, calco, sube, cal­
vo;21 pero vuestro furor no pudo sino servir a la disposición
libérrima del que espontáneamente había decidido subir. Subió
a la cruz por su voluntad, triunfó en ella por su poder, recogió
de ella el fruto de su piedad. Con una sola obra, a un tiempo
se burló de los judíos, mató al diablo y redimió al cristiano.

La cruz debe manifestarse en los que ella redime

4. Digan, pues, los que fueron redimidos por el Señor, los


que redimió de la mano del enemigo: hé aquí que los reunió
de los países.2'2 Digan, repito, con la voz y según el espíritu de
su maestro: En cuanto a mí, no me gloriaré sino en la cruz de
nuestro Señor Jesucristo.2223En ella la sabiduría de Dios tornó
necio el designio perverso, la justicia destruyó a quien tenía
el imperio sobre la muerte, la misericordia liberó al cautivo.
Con razón tú, que te glorías sabiamente, te gloriarás en la cruz
de tu Señor. Por su triunfo fuiste liberado, por su misterioi vivi­
ficado, por su ejemplo justificado, protegido por su signo. Pa­
rece lógico y razonable que el ejemplo del Crucificado se ma­
nifieste, para su justicia, en las costumbres de aquellos que
imprimen en sus frentes el signo de la cruz como defensa;
[parece lógico que] vivan según la ley de aquel que los arma
con la fe. De otro modo el soldado lleva falazmente la insignia
de un rey cuyas prescripciones no observa, y no es correcto
que se proteja con el signo de aquel a cuyo imperio no obe­
dece.
20. Cant. 7,8.
21. 2 Re. 2,23.
22. Sal. 106,2.
23. Gál. 6,14.
300 BEATO GUERRICO DE IGNY

Mira qué perversidad y qué abuso: los enemigos de la cruz


de Cristo intentan pertrecharse con el signo' de la cruz de
Cristo; mientras se sienten seguros viven lujuriosamente opo­
niéndose al amor de la cruz; cuando están en peligro, quieren
ser defendidos por el poder de la cruz. Los enemigos de la
cruz de Cristo son amigos de su vientre: su Dios es el vientre,21
su ídolo el dinero. Sepa, sin embargo, sepa todo el que ahora
usurpa falazmente el signo del Crucificado que en modo al­
guno podrá protegerse en aquella suprema necesidad, cuando,
ya no por el arbitrio de los hombres, sino por el juicio y minis­
terio de los ángeles se señalarán con una tau las frentes de los
hombres que gimen y lloran,24 25 para distinguir de la multitud
de los que se pierden a los que se han de salvar.

Llevar en nosotros el morir de Cristo

5. Pablo, guía intrépido, fiel portaestandarte de la milicia


cristiana, que llevaba los estigmas de la cruz en su cuerpo,2’
en la confusión de los verdaderos y falsos soldados también
distinguía a éstos de aquéllos con un signo manifiesto; así
decía: Los que son de Cristo han crucificado su carne con sus
vicios y concupiscencias.27 Definición cauta y circunspecta, co­
mo calcada en un modelo que lleva la impronta de esta ver­
dad. Ciertamente lo que se lleva impreso en la vida lo expresa
la lengua con mayor claridad. Por lo tanto, quien estaba cla­
vado en la cruz con Cristo sacó del modelo de su propia con­
ciencia esta fórmula: Los que son de Cristo han crucificado
su carne con sus vicios y concupiscencias. Sabía este hombre
de mucha ciencia y experiencia que había o habría muchos
que crucificarían las concupiscencias de la carne y dejarían
reinar los vicios del corazón; y muchos que, por el contrario,
tranquilizados por la confianza del corazón, descuidarían la
mortificación del cuerpo. Pero así como algunas veces la divi­
na justicia flagela el espíritu rebelde castigando a la carne no
obstnate ya afligida, así también frecuentemente el cuerpo
24. Fil. 3,18.19.
25. Ez. 9,4.
26. Gál. 6,17.
27. Gál. 5,24.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 301

muelle y regalado se rebela y suscita nuevas guerras contra el


espíritu ya pacificado. Por eso el apóstol quiere que, crucifi­
cados tanto a los vicios interiores como a las concupiscencias
exteriores, nos purifiquemos de toda mancha de la carne y del
espíritu, realizando la santidad en el temor de Dios.28
El temor de Dios, en efecto, a modo de clavos fijados pro­
fundamente,2” nos clava a la cruz y nos retiene como clavados
a la justicia, para que no ofrezcamos nuestros miembros como
armas de iniquidad, sino de justicia; [este sentimiento busca
que], aunque exista, no reine el pecado en nuestro cuerpo mor­
tal.30
Que el temor de Dios pueda compararse a clavos que suje­
tan, lo expresa David diciendo: Sujeta como con clavos mi
carne con tu temor; pues temí a tus juicios.31 Si aún no te has
superado extinguiendo tus vicios, el apóstol quiere que te con­
sueles crucificándolos. Pues no dice: Los que son de Cristo
han extinguido sus vicios, lo cual es virtud de pocos; [Pablo
señala] que los han crucificado, sin lo cual no hay salvación,
como tampoco hay redención fuera de la cruz de Cristo. Por
eso el Redentor, a fin de obrar nuestra salvación y ofrecernos
un modelo, eligió este género de pasión para que el misterio
de la redención fuera ejemplo de justificación, y así como él
crucificó la semejanza de la carne del pecado, condenando el
pecado por el pecado,32 así nosotros —mejor dicho, mucho más
nosotros— crucifiquemos la carne pecadora, crucificando si
bien no extinguiendo aun en ella el pecado.
6. Aquí puedes recordar cómo Moisés para aplacar la ira
del Señor crucificó a los príncipes israelitas;33 Josué, también
llamado Jesús, crucificó a cinco reyes amorreos.34 Por tanto, si
queremos aplacar la merecida ira del Señor, nos es necesario
crucificarnos mediante la continencia. Nuestro Jesús, que nos
ha de introducir en la tierra prometida, crucificará en nosotros

28. 2 Cor. 7,1.


29. Ecle. 12,11.
30. Rom. 6,12.13'.
31. Sal. 118,120.
32. Rom. 8,3.
33. Núm. 25,4
34. Jos. 10,26-27.
302 BEATO GUERRICO DE IGNY

los vicios de los cinco sentidos, más aun los extinguirá; pero
con tal de que, según está ordenado', permanezcamos suspen­
didos de los patíbulos hasta la tarde.35
36 El Salvador quiso ofre­
certe un ejemplo de esta perseverancia en la cruz: no quiso
consumar su obra sino en la cruz, ni ser bajado de la cruz antes
de la tarde, tanto de ese día como de toda su vida.
Balaam decía: Muera mi alma de la muerte de los justos.
Tú di: Muera mi alma de la muerte de mi Señor Jesucristo y
mis últimos momentos sean semejantes a los suyos20 Es decir,
que yo pueda pender voluntariamente de la cruz de la peni­
tencia hasta el fin de mi vida. ¡ Con cuánta confianza, desde
la cruz del Hijo, encomendarás tu espíritu en las manos del
Padre!37 Más aún, con cuánta clemencia recibirá el Padre a
quien el Hijo encomiende! Pues el Hijo que una vez en la
cruz se hizo abogado de la causa de tu alma, nunca deja de
hacerlo intercediendo siempre junto al Padre.38 Puedes ir lleno
de confianza, felicitándote porque tu juez es tu abogado; pero
que tu espíritu lleve consigo el signo de la cruz, la mortifica­
ción de Jesús que en todas partes llevas en tu cuerpo.39 El
Señor de la gloria que por vosotros, hermanos, sufrió y en vos­
otros fue glorificado, se digne haceros partícipes de su pasión
y gloria. Y a los que se glorían en la cruz los glorifique con
aquella claridad que tuvo junto al Padre antes del comienzo
del mundo y tendrá por los siglos de los siglos.40

35. Núm. 23,10.


36. Le. 23,46.
37. Heb. 7,25.
38. Cf. Heb. 7,25.
39. 2 Cor. 4,10.
40. Jn. 17,5.
SERMON 31

Domingo de bamüs ni:


Dos MANERAS DE CONSIDERAR A CRISTO

L deseado de nuestra alma,1 él más hermoso entre los

E hijos de los hombres, se ofrece en el presente día a los


hijos de los hombres 2 bajo dos aspectos bien diferentes:
en uno y otro extraordinario' en hermosura, en uno y otro de­
seado y amable, porque en ambos es Salvador de los hombres.

Miseria y misericordia

Sin embargo en uno aparece sublime, en otro humilde; en


el primero glorioso, en el segundo cubierto de oprobios; en
uno venerable, en otro miserable, si es que podemos tachar de
miserable al que por un acto sublime de compasión tomó sobre
sí la miseria para con ella otorgar misericordia a los misera­
bles, no para pedir misericordia de los miserables, ya que él
es su misma bienaventuranza. Donde quiso ser tenido por más
digno de compasión, allí se hizo más digno de veneración.
Pero dice: Esperé compasión y no la hallé, consoladores y no los
encontré.3 ¡El que llevado de una inmensa misericordia se hizo
en extremo miserable, no encontró quien se compadeciera de él!
La re-presentación litúrgica del misterio
Pero tal vez preguntes, ¿dónde lo podemos contemplar hoy
sublime y glorioso, dónde humilde y cubierto de oprobios?
~l. Cf. Sal. 41,1; Ss. 26,8.9.
2. Sal. 44,3. Guerrico jugará a lo largo de todo el sermón con los
dos momentos sobresalientes de la liturgia del domingo de ramos:
la procesión con las palmas y la solemne lectura de la pasión.
3. Sal. 68,21.
304 BEATO GUERRICO DE IGNY

Fíjate en la procesión, presta oídos a la pasión. En ellas reco­


nocerás claramente lo que dijo Isaías: Así como fue él asom­
bro de muchos, así su rostro aparecerá sin gloria entre los
hombres, y su aspecto entre los hijos de los hombres.1 Fue: el
asombro de muchos por su gloria cuando, como victorioso
triunfador, entró en Jerusalén; no obstante, poco' después su
rostro quedó desprovisto de gloria y despreciable al sufrir la
pasión. Cuando entró en Jerusalén —dice Mateo— se alborotó
toda la ciudad diciendo: ¿Quién es éste?3 Al sufrir la pasión,
la confusión cubrió su rostro hasta poder decir con verdad: A
poco de ser ensalzado me vi humillado y abatido." Lo que aquí
dice referente a verse abatido, ha de entenderse con relación
a lo que se dice en otra parte respecto de su rostro corporal:
La vergüenza cubrió mi rostro,4 11porque no dejaron de escu­
5678910
pirme, vendarme los ojos, golpearme y burlarse de mí. Su ros­
tro espiritual, que constante e inmutablemente se hallaba en
la presencia de Dios, no podía ser turbado ni abatido. El Señor
Dios, dice, es mi protector, por eso no he quedado confundido;
por eso presenté mi rostro como una piedra durísima, y sé que
no quedaré avergonzado," pues a ti, Señor, me acojo, no que­
daré nunca defraudado." Queden confundidos más bien ellos
y no quede confundido yo, teman ellos y no tema yo.r°
2. Luego, si se consideran —como decíamos al principió­
la procesión del presente día y la pasión, en la primera Jesús
aparece sublime y glorioso, en la segunda humilde y cubierto
de oprobios. En la procesión se manifiesta el honor debido al
rey, en la pasión se contempla el castigo propio del malhechor1.
En la primera lo rodea la gloria y el honor, en la segunda
aparece desfigurado y carente de hermosura.11 En una, es la
alegría de los hombres y gloria del pueblo; en otra, el oprobio

4. Is. 52,14.
5. Mt. 21,10.
6. Sal. 87,16.
7. Sal. 68,8.
8. Is. 50,7.
9. Sal. 30,2; 70,1.
10. Jer. 17,18.
11. Is. 53,2.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 305

de los hombres y él deshecho del pueblo.'2 Allí se lo aclama:


Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene, el rey do
Israel; aquí se le declara reo de muerte, mofándose de que se
haya hecho rey de Israel.12
13 En la primera salen a recibirlo con
ramos de palmas, en la segunda hieren su rostro con golpes
de [las] palmas [de las manos] y golpean su cabeza con una
caña. En una es enaltecido por las alabanzas, en otra saturado
de oprobios; allí le fue tapizado el camino con ropas ajenas
extendidas a porfía, aquí lo despojaron de las suyas propias;
en una es recibido en Jerusalén como Rey, justo y salvador,14
en otra es arrojado de Jerusalén, condenado como reo y seduc­
tor. En la primera está sentado sobre un pollino, rodeado de
honores; en la segunda es colgado del madero de la cruz, mal­
tratado con azotes, transpasado de heridas y abandonado de
los suyos.
El Job espiritual
Aquí tenemos uno superior a Job,1516a quien tan repentina­
mente, tan impetuosamente permitió Dios que todas las cosas
a un tiempo se le volvieran adversas. Habéis oído la paciencia
de Job en los sufrimientos y visto el fin del Señor,1" afirma el
apóstol Santiago, como si dijera: los sufrimientos de Job fina­
lizaron con el retorno de su hacienda, los del Señor cuando
exhaló el último suspiro. Job soportó indudablemente con pa­
ciencia los males, pero luego recibió en esta tierra bienes du­
plicados. Cristo partió de este mundo saturado de angustias y
consumido de amargura.1718 Por lo tanto, éste es superior a Job,
quien, cayendo repentinamente desde lo que se consideraba
el culmen de la felicidad, terminó en un extremo y gravísimo
infortunio. Todas las cosas he sufrido, dice, sin que la iniqui­
dad haya manchado mis manos, antes bien, ofrecí puras a
Dios mis súplicas,1" aun por los que me crucificaban, a fin de
que los perdonase.
12. Sal. 21,7.
13. Mt. 21,9; Jn. 12,13
14. Zac. 9,9.
15. Cf. Mt. 12,41.
16. Sant. 5,11.
17. Job 14,1; Tren. 3,15.
18. Job 16,18.
306 BEATO GUERRICO DE IGNY

El misterio del Dios humillado

3. ¿Acaso no aparece turbada toda la naturaleza, en tan re­


pentina mutación, cuando el Hijo dirigió al Padre aquel gemi­
do angustioso: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me han abando­
nado? 18 Realmente tus manos me hicieron y me condujiste
según tu voluntad; poco antes me recibiste con gloria, ¿y tan
repentinamente me arrojas de tu vista? 19 20 Me alzaste en vilo
y me tiraste,21 me pusiste como sobre las nubes para estrellar­
me más fuertemente.2223
26
25
24Fui ensalzado, humillado y abatido,22 y
tanto más abatido cuanto que antes había sido más ensalzado
y ahora humillado más profundamente; cuanto más alto fui
levantado entonces, tanto más pesadamente me veo aplastado
ahora.
Justo es, oh Padre, que quien se exalta sea humillado21 y
que la elevación del hombre indigno sea castigada con un
digno abatimiento. Pero, ¿era acaso justo que quien había sido
ensalzado por ti fuera así humillado de manera aplastante y
que a la gloria merecida por su humildad se siguiera tan gran­
de afrenta? ¿Por ventura estabas airado contra mí, oh Padre,
porque consentí que se me honrara acá abajo una hora? ¿O
será acaso que aquella insignificancia de bienes recibidos acá
abajo tenía que ser pagada antes de la muerte a costa de lati­
gazos y afrentas, para que después no se me pudiera echar
en cara: Hijo, tú has recibido bienes durante tu vida?22 Con
todo, lo que era honor tuyo, Padre, era a la vez honor del Hijo,
porque quien no honra al Hijo, tampoco honra al Padre que lo
envió.22
Mira que tus enemigos, Señor, me lo echan en cara, repro­
chan el fracaso de tu Ungido;27 mira que se regocijan de mis
afrentas y tormentos aquellos mismos que poco antes se irri­

19. Mat. 27,46; Sal. 21,1.


20. Sal. 72,24; Job 10,8.
21. Sal. 101,11.
22. Job 30,22.
23. Sal. 87,16.
24. Le. 14,11.
25. Le. 16,25.
26. Jn. 5,23.
27. Sal. 88,52.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 307

taban por mi gloria y honra. ¿Acaso no he de responder una


palabra a cuantos me reprochan 2e para que se sepa, al menos
una vez, por qué propósito permitiste este fracaso en tu Ungi­
do, por qué designio lo ensalzaste para luego humillarlo o lo
humillaste para luego ensalzarlo?

La lección del sacramento

4. Responderás, Señor Jesús, responderás una palabra a quie­


nes te reprochaban, una palabra áspera, cuando su soberbia
les responda a la cara y les reproche su malicia20 al ver a
aquel a quien traspasaron.2830 En efecto, cuando vean al Hijo
29
del hombre venir con gran poder y majestad sobre las nubes
del cielo,31 entonces comprenderán lo que ahora no quieren
creer: que la gloria primera, reflejada en la procesión del pre­
sente día, fue misterio y figura de aquella otra postrera, así
como las afrentas de la pasión fueron su causa y su mérito.
Entonces comprenderán por qué Cristo, ya siendo honrado, ya
escarnecido, estaba puesto como tropiezo y ruina de aquellos
que han de perecer, y también como exaltación y enseñanza
de quienes se han de salvar, porque lo que es sacramento de
nuestra redención es también enseñanza para nuestra edifica­
ción. Así lo exigían los merecimientos de los soberbios: que
el honor de Cristo sirviese de escándalo a la soberbia de ellos,
y su muerte, de ruina; que la gloria de su triunfo excitase la
envidia de estos hombres que con razón perecen, y que la
pena de su muerte los condenara.
Por lo demás, para aquellos que han de salvarse, esto es,
para nosotros,32 era de todo punto necesario que Cristo, al
pasar por el sendero de esta vida, dejara trazada una senda
para sus seguidores, tanto respecto de las cosas prósperas
como de las adversas. Al mismo tiempo, al ser enaltecido y
luego humillado, nos quiso enseñar mediante su ejemplo que
hemos de conducimos con humildad en medio de los honores

28. Sal. 118,42.


29. Os. 5,5; Jer. 2,19.
30. Zac. 12,10; Jn. 19,37.
31. Mt. 24,30; Le. 21,27.
32. 1 Cor. 1,18.
308 BEATO GUERRICO DE IGNY

y con paciencia en las afrentas y sufrimientos. Él pudo indu­


dablemente ser ensalzado, pero en manera alguna ensoberbe­
cerse; quiso ser despreciado, mas estuvo lejos de él la poque­
dad de ánimo o el arrebato de la ira. Porque así como en otras
ocasiones quisieron llevarlo por la fuerza para hacerlo rey,
al huir33 enseñó con el ejemplo lo que dijo de palabra, es
decir, que no ambicionemos ser encumbrados. De forma simi­
lar, al permitir que se le honrara por una hora —aunque man­
tenía entre los honores su acostumbrada mansedumbre natu­
ral—, conforme a otro designio dio ejemplo a quienes se hallan
revestidos de potestad. Sin embargo, para que éstos aprendie­
ran con qué discernimiento debían ser mansos por la humildad,
hasta el punto que cuando llegara el caso se sintieran sacudi­
dos por un celo santo, el Señor, no bien entró en el templo,
habiendo hecho un azote de cuerdas, reivindicó la gloria del
Padre34 y prefirió provocar la cólera de los sacerdotes que
tramarían su muerte antes de consentir en la profanación del
templo.

El rostro de Cristo, alegría y salvación


5. Por lo tanto, hermanos, para poder seguir a nuestro jefe
sin tropiezo alguno, tanto en las cosas prósperas como en las
adversas, hemos de considerarle en esta procesión cubierto de
honor, y en la pasión sometido a afrentas y dolores. No obs­
tante, en medio de tan gran cambio de circunstancias, jamás
hubo cambio en su ánimo, aun cuando cambiara de semblante
en presencia de Abimelec, es decir, del rey de los judíos,85
cuya demudación la ceguedad judaica interpreta como crimen.
Acerca de su inmutable estado de ánimo, habla la Escritura:
El hombre santo permanece en la sabiduría como el sol; en
cambio, el necio se muda como la luna.3’’ Sobre la mutación
de su semblante, dice en otra parte: La sabiduría del hombre
resplandece en su rostro y cambia la dureza de su faz.33
33. Jn. 6,15.
34. Mt. 21,12.13'.
35. 1 Sam. 21,13.
36. Sal. 88,52.
37. Sir. 27,12.
38. Ecle. 8,1.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 309

En tu rostro, Señor Jesús, por más que aparezca cambiado,


ya glorioso, ya humillado, fulgura la sabiduría; de tu rostro
irradia el candor de la luz eterna.39 Ojalá nos ilumine, Señor,
la luz de tu rostro.40 Tanto para los tristes como para los ale­
gres, tu rostro aparece constantemente apacible, sereno y ra­
diante por la secreta luz del corazón; para los justos se mues­
tra alegre y jovial, para los pecadores, clemente y misericor­
dioso.
Fijaos, hermanos, en el rostro del serenísimo Rey: él sem­
blante alegre del rey da la vida, dice la Escritura, y su cle­
mencia es como lluvia tardía.4142Su mirada se posó sobre el pri­
mer hombre y al instante fue animado con el soplo de vida;43
miró a Pedro y al instante, arrepentido, fue reanimado por el
perdón, pues tan pronto' el Señor miró a Pedro, Pedro recibió
de la piedad de su benignísimo rostro una lluvia tardía, las
lágrimas por su pecado.43 Según testimonio de Job, la luz de
tu rostro —oh luz eterna— no cae sobre la tierra,4445pues ¿qué
relación puede existir entre la luz y las tinieblas?46 Que más
bien las almas de los fieles reciban sus rayos, que inspire ale­
gría a los pacificados y medicina a los enfermos.
En verdad, el rostro de Jesús triunfante, como ha de ser visto
en la procesión, es alegría y júbilo; el rostro de Jesús agoni­
zante, como hemos de contemplar en la pasión, es remedio y
salud. Los que te temen, dice, me verán y se alegrarán-,'" los
que se afligen me verán y quedarán sanos, como aquellos que
miraban la serpiente colgada del madero, después de haber
sido mordidos por las serpientes.47 A ti, pues, gozo y salud de
todos, ya te vean montado sobre el pollino, ya colgado de la
cruz, todos te bendigan, para que cuando te vean reinando
en tu trono te alaben por los siglos de los siglos, pues te co­
rresponde el honor y la alabanza por los siglos de los siglos.
39. Sab. 7,26.
40. Sal. 4,7.
41. Prov. 16,15.
42. Gen. 2,7.
43. Le. 22,61-62.
44. Job 29,24.
45. 2 Cor. 6,14.
46. Sal. 118,74.
47. Núm. 21,8.9.
SERMON 32

Domingo de ramos iv:

De qué manera hemos de honrar a Cristo

OSANNA al Hijo de David,1 Grito de alegría y Salva­

H 2345678grito de gozo y piedad, grito de fe y amor que


ción,1
festeja la venida del Salvador y proclama con gozo
profético la alegría de la ansiada redención.
Hossana al Hijo de David, dice la familia de David: la sal­
vación procede de aquel que nació del linaje de David para
salvar a quienes participan de la fe de David. Alabad, alabad,
siervos al Señor, alabad el nombre del Señor. Añadid: Bendito
sea el nombre del Señor,’ bendito sea el que viene en el nom­
bre del Señor.1 De la boca de éstos has sacado, oh Padre, una
alabanza para tu Hijo, a fin de que por el testimonio irre­
prensible de una sincera inocencia hagas enmudecer al adver­
sario y al vengador,’ al fariseo y al pontífice vengador no de
la ley divina, porque la iniquidad se ha mentido a sí misma,“
sino de la propia envidia y furor. Pero recaiga su maldad sobre
su cabeza, baje su violencia sobre su cráneo.''

Lo voz de los simples y pequeños

Dios de mi alabanza, no estés callado —dice el Hijo al Pa­


dre—, que una boca perversa y traicionera se abre contra mí.s

1. Mt. 21,9.
2. Sal. 117,15.
3. Sal. 112.1.2.
4. Sal. 117,26.
5. Sal. 8,3.
6. Sal. 26,12.
7. Sal. 7,17.
8. Sal. 108.2.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 311

El Padre no puede negar nada al Hijo. La voz del Padre no


silenció la alabanza del Hijo, antes bien, reiteradamente fue
escuchada ésta desde el cielo;9 las creaturas tampoco callaron,
confesándole a través de multitud de signos y prodigios de la
naturaleza; los ángeles atestiguaron, los demonios confesaron,
los profetas y apóstoles le cantaron al unísono alternando con
sus voces. Porque, en definitiva, alabanza perfecta es la que no
silencia la infancia, incapaz ella misma de adulación e impo­
tente para fingir lo que el Espíritu le sugiere. En efecto, es
evidente que aquellos niños no decían ni obraban por sí mismos
cosas tan nuevas e insólitas, sino que el Espíritu Santo, ha­
blando según su costumbre por labios de los sencillos, daba
testimonio del Hijo.
2. El Espíritu Santo, consciente de las obras de Cristo, a
saber, de lo que prepararía esta venida de Cristo, del gozo y
la salvación que su pasión engendraría para el género humano,
despertaba en los corazones de los inocentes presentimientos
gozosos y se servía de esos espíritus sencillos para profetizar
al mundo la alegría de la redención. A ellos hablaba el Espí­
ritu, llamando a aquellas cosas que no son como a las que
cuando decía por medio de su profeta lo que hoy realiza
son,1011
12
por sí mismo. Entonces él mandaba, ahora son creadas.11 Alé­
grate en gran manera, hija de Sión, salta de júbilo, hija de
Jerusalén. He aquí que viene tu Rey, justo y Salvador, viene
pobre y montado en un asno.10 Es decir, alégrate en gran ma­
nera tú que hasta ahora estabas en la tristeza; sáciate ahora,
si es que puedes saciarte del gozo inefable que de tal modo
sacia el deseo que torna tu hambre más ávida y más feliz. Que
tu boca se llene de alegría y tu lengua de exultación 1314 y si ni
tu boca ni tu lengua te son suficientes, que tu júbilo haga des­
bordar lo que no cabe en tu corazón. Salta de júbilo, dice,
hija de Jerusalén; pues es dichoso el pueblo que sabe aclamar­
te.1* En verdad, dichoso el pueblo que sabe y comprende que
9. Le. 3,22; 9,35; Jn. 12,28.
10. Rom. 4,17.
11. Sal. 148,5.
12. Zac. 9,9.
13. Sal. 125,2.
14. Sal. 88,16.
312 BEATO GUERRICO DE IGNY

hoy debe alegrarse de modo inefable porque llega para él el


Salvador prometido y esperado desde el comienzo del mundo.
Feliz el pueblo que hoy sale a su encuentro con todo el entu­
siasmo de su devoción, aclamándolo con sus voces y de todo
corazón: Bendito el que viene en nombre del Señor.'0 En esto
ciertamente el Hijo es bendito por el Padre, porque quien te
bendiga será colmado de bendiciones,’s no con una sola ben­
dición, sino con varias, porque quien presta al Señor una ben­
dición la recobra acrecentada con intereses.
Ay de la nación pecadora, raza perversa, hijos pervertidos ”
a quienes hace referencia aquel terrible reproche del Señor:
Yo no he prestado ni nadie me ha prestado a mí; todos me
maldicen, dice el Señor.13 Este era el pueblo judío, el cual en
virtud de lo dado y lo recibido rehusó hacer partícipe al Se­
ñor, no queriendo bendecir al bendito de Dios Padre para ser
bendecido por él, sino que, llamándolo samaritano endemo­
1819
niado,15
17
16 perseguía a Dios con maldiciones necias y blasfemas.
Ellos maldicen y tú bendices,20 pues la bendición que rehusa­
ron se alejará de ellos para alcanzar a las naciones.21 Bendecid,
pueblos, a nuestro Dios, pues quien primero os prestó a vos­
otros previniéndoos con bendiciones de dulzura,22 restituirá a
los que le prestaron abundantes intereses de bendición y bien­
aventuranza.

Prestar a Dios, no escandalizarse de su abajamiento

3. Pero temo, hermanos míos, que tal vez atañe a estos tiem­
pos de tibieza e infidelidad aquel reproche del Señor: Yo no
he prestado ni nadie me ha prestado a mí; porque la gracia
es ofrecida, pero no recibida; se promete recompensa al tra­
bajo y apenas hay quien trabaje con la esperanza de adqui­
riría. Ciertamente el Señor presta cuando, repartiendo talen-
15. Jn. 12,13.
16. Gén. 21,29.
17. Is. 1,4.
18. 1er. 15,10-11.
19. jn. 8,48.
20. Sal. 108,28.
21. Sal. 108.18.
22. Sal. 20,4.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 313

tos a sus siervos, les otorga por anticipado la ciencia de la


palabra o la gracia de algún carisma con miras a obtener una
ganancia.2324
26
25
Presta al Señor el hombre dichoso que se apiada y presta.21
Lo dice la Escritura: Presta al Señor quien hace misericordia
a su prójimo,™ más aún, presta al Señor quienquiera trabaje
con la esperanza de la divina retribución de manera que pueda
decir: “Sé en quien me he fiado.™ Sé quien dijo: Lo' que gas­
tes por demás, yo te lo devolveré a mi regreso.”27 Y nosotros, o
no le prestamos nada, o lo hacemos tímida y fríamente, como si
fuera un acreedor infiel o no tuviera con qué retribuirnos.
Gran testimonio de fe el del pueblo hebreo; al ver al Señor,
30sentado en un asno, y por añadidura prestado, sin
pobre,2829
embargo le prestaba con toda confianza y devoción, no sólo
extendiendo para él sus vestidos en el camino, sino también
poniendo todo de su parte para tributarle honor. [Israel] co­
noció muy bien al pobre y desvalido porque el profeta había
dado como signo para reconocer al Salvador esa pobreza que
lo llevó a despreciar a los soberbios. Es pobre, dicen, y está
sentado en un asno.™ En este signo puedes reconocer que vie­
ne tu Rey, cuyo reino no es de este mundo™ él, para vencer
la soberbia que reina en el mundo, predicó la pobreza y la
humildad, tanto por la palabra como por su ejemplo.

Los que reciben q los que rechazan

4. Dichosa, por tanto, hija de Sión. Tú aprendiste a venerar


la humildad de Cristo como una armadura celestial, como dis­
tintivo del reino. Desdichada su madre infiel, aquella Sión que
al verlo humilde lo despreció, que al verlo honrado le tuvo
envidia. Dichosa, digo, la Iglesia de los primogénitos,31 que
23. Mt. 25,14-23.
24. Sal. 111,5.
25. Prov. 19,17; Sir. 29,1.
26. 2 Tim. 1,12.
27. Le. 10,35.
28. Sal. 40,2.
29. Zac. 9,9.
30. Jn. 18,36.
31. Heb. 12,23.
314 BEATO GUEBRICO DE IGNY

reconoció con tanta fe y recibió con tanta alegría al que viene


en nombre del Señor. Desgraciada la Sinagoga de los incrédu­
los, la cual, hallándose dispuesta para recibir al que venía en
su nombre,32 33 era atormentada por el honor tributado a aquel
que buscaba la gloria del Padre. “Reprende, dicen, a tus dis­
cípulos’’,33 como si su simplicidad conociera la adulación o su
pureza pudiera complacerse en vanas alabanzas. “Yo os digo,
respondió [Cristo], que si ellos callan las piedras clamarán.3*
Porque Dios no silenciará mi alabanza”.3536
Realmente es así; si ellos callaran, las piedras clamarían. En
el momento de la pasión ellos callaron, pero las piedras cla­
maron en testimonio y alabanza de Cristo que moría, las pie­
dras se partieron y los sepulcros se abrieron.33 Realmente es
así; mientras que ahora la Sinagoga calla, según aquel texto:
En la noche hice callar a tu madre37 clama la Iglesia de los
gentiles formada de piedras vivas: claman las piedras de las
cuales el que es poderoso3839suscitó hijos de Abrahán. Alabad,
dice el profeta, habitantes de la piedra, desde la cumbre de
los montes clamarán.33 He aquí que hoy en los agujeros de la
piedra, en las concavidades de la muralla40 resuena la voz de
la paloma que clama y dice: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Ben­
dito el que viene en nombre del Señor!41

Esconderse en sus llagas


5. Bendito aquel que para que yo pudiera hacer mi nido
en los agujeros de la piedra4243
soportó que sus manos, sus pies
y su costado fuesen perforados, y se me abrió todo entero para
que yo entre en el lugar del tabernáculo admirablets y sea
32. Jn. 5,43.
33. Le. 19,39.
34. Le. 19,40.
35. Sal. 108,2.
36. Mt. 27,51.
37. Os. 4,5.
38. Le. 3,8.
39. Is. 42,11.
40. Cant. 2,14.
41. Mt. 21,9.
42. Cant. 2,14.
43. Sal. 41,5.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 315

protegido en lo oculto de su tabernáculo.“ Ciertamente la pie­


dra es un refugio adecuado para los erizos40 y asimismo habi­
tación grata para las palomas; estas cavidades abiertas por tan­
tas heridas en casi todo el cuerpo [de Cristo], ofrecen perdón
a los culpables y gracia a los justos.40 Más aún, habitación se­
gura, hermanos míos, y torre fuerte frente al enemigo " es
morar mediante una piadosa y asidua meditación en las llagas
de Cristo nuestro Señor, y por la fe y el amor al Crucificado
proteger el alma contra el ardor de la carne, los torbellinos
del siglo, los asaltos del diablo. La protección de este taber­
náculo excede toda la gloria del mundo: es sombra contra el
calor del día, seguridad y refugio contra el torbellino y la llu­
via,“ para que el sol no te queme durante el día40 en la pros­
peridad, ni el torbellino te sacuda en la tempestad.
Entra, pues, en la piedra, hombre; escóndete en el agujero
de la tierra;60 pon tu refugio en el Crucificado. Él es la piedra,
él es la tierra, él, Dios y hombre; él es la piedra taladrada, la
tierra cavada: Taladraron mis manos y mis pies,61 dice. Escón­
dete en el agujero de la tierra frente al terror del Señor,62 es
decir, huye de él hacia él, del Juez al Redentor, del tribunal a
la cruz, del justo al misericordioso, de aquel que golpea la
tierra con la vara de su boca 66 a aquel que embriaga la tierra
con las gotas de su sangre, de aquel que con el espíritu de sus
■ labios mata al impío 54 a aquel que con la sangre de sus heri­
das vivifica al muerto. Más aún, no huyas sólo hacia él, sino
también en él; entra en la cavidad de la piedra, escóndete en
el agujero de la tierra, en aquellas manos transpasadas, escón­
dete en el agujero de su costado. ¿Qué es la herida en el cos­
tado de Cristo sino la puerta en el costado del arca para los

44. Sal. 26,5.


45. Sal. 103,18.
46. Cant. 2,14.
47. Sal. 60,4.
48. Is. 4,6.
49. Sal. 120,6.
50. Is. 2,10.
51. Sal. 21,17.
52. Is. 2,10.
53. Is. 11,4.
54. Is. 11,4.
316 BEATO GUERRICO DE IGNY

que habrían de ser salvados del diluvio? Pero aquello era figu­
ra, esto realidad donde no sólo se resguarda la vida mortal,
sino que se recupera la inmortal. Por eso abrió su costado el
que es piadoso y misericordioso, para que la sangre de su heri­
da te vivifique, el calor de su cuerpo te reanime, la aspiración
de su corazón te atraiga, por así decir, a través de ese orificio
abierto libremente. Allí te ocultarás a buen recaudo hasta que
pase la iniquidad;55 allí nunca padecerás frío porque en las
entrañas de Cristo no se enfría la caridad; allí rebosarás en
delicias;58 allí serás colmado' de gozos cuando finalmente tu
mortalidad y la de todos los miembros del cuerpo hayan sido
absorbidas por la vida de la Cabeza.

La voz de la paloma y él amor de los contemplativos

6. Con razón la paloma de Cristo, la hermosa de Cristo a


quien las heridas [del Señor] proporcionaron cavidades tan
seguras como agradables, hoy, llena de gozo, canta sus alaban­
zas por todas partes: del recuerdo y de la imitación de la pa­
sión, de la meditación de las llagas, como desde otras tantas
cavidades de la piedra, resuena una voz suave en los oídos del
Esposo.57
En cuanto a vosotros, hermanos míos, que habéis puesto
vuestro nido en las cavidades de la piedra, tanto más interior­
mente cuanto más ocultamente vivís en Cristo y vuestra vida
está escondida con Cristo en Dios,™ vosotros especialmente,
cuya vida es más tranquila y segura, debéis tener una devoción
más dulce; en particular hoy, ya que tanto el aniversario como
la representación [litúrgica] del hecho nos hacen participar en
cierto modo de aquel gozo solemne con que él fue recibido en
Jerusalén. Bendito el que viene como rey en nombre del Se­
ñor.™ A él la bendición, el reino y el imperio, al que es Dios
sobre todas las cosas, bendito por los siglos80 de los siglos.55
60
59
58
57
56

55. Sal. 56,2.


56. Cant. 8,5.
57. Cant. 2,14.
58. Col. 3,3.
59. Le. 19,38.
60. Rom. 9,5.
SERMON 33

En la fiesta de la Resurrección del Señor i:


Figura y realidad

LLOS anunciaron a Jacob: “José vive”. Al oírlo, revivió


su espíritu y dijo: “Me basta que mi hijo José viva. Iré
y lo veré antes de que yo muera.”1

Piadosas objeciones

Tal vez me diréis: bien, ¿pero a qué viene esto? ¿Qué tie­
ne que ver José con el gozo de este día, con la gloria de la
resurrección de Cristo? Es Pascua, ¿y de nuevo nos ofreces
temas cuaresmales? Nuestra alma, preparada ya por tan pro­
longados ayunos, tiene hambre del Cordero pascual. Nuestro
corazón arde en nuestro interior por Jesús,1
2 deseamos a Jesús,
dado que aún no merecemos verlo ni oír acerca de él. Tenemos
hambre de Jesús, no de José; del Salvador, no del soñador; del
Dominador del cielo, no del de Egipto; no del que alimenta
los cuerpos, sino del que apacienta las almas, con tal de que
estén hambrientas. Que tu sermón sirva al menos para reavivar
nuestra hambre de aquel de quien tenemos hambre. Leemos,
en efecto: Bienaventurados los que tienen hambre, porque se­
rán saciados.3
Cuando lo oímos, nuestra hambre se acrecienta. Porque el
que recomienda los manjares despierta el hambre. Si oímos
1. Gen. 45,25-28. Estos versículos componían en la época de Gue­
rrico un responsorio del tercer domingo de cuaresma, tiempo en
que la liturgia se detenía especialmente en la figura del patriarca
José. De allí lo que sigue.
2. Le. 24,32.
3. Mt. 5,6.
318 BEATO GUERRICO DE IGNY

hablar de Jesús, nuestros oídos se llenarán de gozo y alegría


y exultarán los huesos humillados* Nuestros huesos están hu­
millados por la aflicción y la tristeza cuaresmales, y más aún
por el dolor de su pasión, pero exultarán con el anuncio de su
resurrección. ¿Por qué nos pones delante a tu José, cuando fue­
ra de Jesús nada de lo que digas nos agrada, en especial hoy,
cuando se come el Cordero pascual, cuando Cristo, nuestra
Pascua, fue inmolado? 456

EZ ejemplo de la nuez

2. Hermanos, os he puesto delante un huevo o una nuez;


romped la cáscara y hallaréis alimento. Desaparezca José y en­
contraréis a Jesús, el Cordero pascual de quien tenéis hambre
y que tanto más dulcemente es comido cuanto más secreta y
diligentemente se lo busca en lo oculto, y cuando con más
dificultad se lo encuentra.
Me preguntáis: ¿qué tiene que ver José con Cristo, la his­
toria que os expuse con el presente día? Mucho, y de muchas
maneras." Recordad la historia y al punto se os revelará la
piedad del misterio, con tal de tener a Jesús por intérprete. Él,
habiendo resucitado hoy, en el camino habla a los suyos de la
Pues ¿cuál de los pa­
letra que mata y les abre las Escrituras.78910
triarcas y profetas expresa la figura del Salvador más clara y
manifiestamente que José? Y para resumirlo brevemente, se­
gún aquel texto: Da oportunidad al sabio de que se le añada
sabiduría," pensemos con fe y piedad en la interpretación de
su nombre;’ luego, que era de rostro hermoso y gallarda pre­
sencia,*" más que todos sus hermanos, inocente en sus obras,
prudente en sus juicios; cómo, habiendo sido> vendido por sus
hermanos, los salvó de la muerte; cómo primero sufrió humi­
llación hasta ser encerrado en una prisión, y desde allí ensal­

4. Sal. 50,10.
5. 1 Cor. 5,7.
6. Rom. 3,2.
7. Le. 24,32.
8. Prov. 9,9.
9. Gén. 30,24.
10, Gén. 39,6.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 319

zado hasta el trono real; cómo en recompensa por sus obras lo


llamaron los gentiles con un nombre nuevo: Salvador del mun­
do.11 Repito; si pensamos con fe y piedad en todas estas cosas,
¿acaso no reconoceremos al punto cuán cierto es lo que dice
el Señor: Por medio de los profetas me descubriré? 11
13
12

Guerrico parte la nuez

3. Ahora bien, si consideramos las palabras de la historia


que os he expuesto, pienso que no tanto necesitan de expli­
cación como que nos muevan a la admiración y al gozo. La
resurrección de Cristo ha sido manifestada con tanta eviden­
cia en la ley y los profetas13 y la historia antigua habla tan
apropiadamente de los sacramentos nuevos, que al leer las
profecías casi parece que estamos oyendo el evangelio con
nombres cambiados. Anunciaron a Jacob diciendo: “José vi­
ve.” 14 ¿Qué puedo entender aquí sino: “Anunciaron a los após­
toles diciendo: Jesús vive”? A mi modo de ver, Jacob simbo­
liza el coro de los apóstoles, y con razón, no sólo porque ellos
nacieron de Jacob, no sólo porque de Jacob pasaron a ser Is­
rael —por cuanto pasaron de la lucha de la vida activa a la
visión y descanso de la contemplativa1S16 —, sino también porque
17
son padres de la multitud de los creyentes, esto es, de los ver­
daderos israelitas, así como [el patriarca] lo es según la carne.18
Como él, éstos se afligieron inconsolablemente al pensar que
habían perdido a su José. Cuando oyeron que estaba vivo, no
lo creyeron sino con dificultad y lentitud; cuando lo recono­
cieron, se llenaron de un gozo inefable.
Anunciaron a Jacob diciendo: “José vive.” Al oírlo Jacob,
como despertándose de un sueño, no quería dar crédito a sus
palabras?’’ Me parece que aquí se halla, expresado con otras
palabras, [Link] se lee en el evangelio: Ella —sin duda María
Magdalena— fue a dar la noticia a los que habían vivido con
11. Gén. 41,45.
12. Os. 12,10.
13. Rom. 3,21.
14. Gén. 45,26.
15. Gén. 32,23-28.
16. Gén. 35,11.
17. Gén. 45,26.
320 BEATO GUERBICO DE IGNY

él y estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que estaba vivo y


que ella lo había visto, no le creyeron. Después de esto se
apareció a dos de ellos que iban de camino. También ellos
fueron a llevar la noticia, pero tampoco creyeron a éstos.1" Lo
mismo leemos en Lucas: Y volviendo del sepulcro anunciaron
todas estas cosas a los once y a todos los demás, pero todas
estas palabras les parecieron un desatino y no les creían.1“ En
efecto, se levantaban del pesado sueño de la tristeza y la deses­
peración.
Pero cuando Jacob hubo visto todo lo que José le había
enviado, su espíritu revivió y dijo: “Me basta que mi hijo
José viva. Iré y lo veré antes de que yo muera.”20 Así también
poco aprovecharon a los apóstoles las palabras hasta que reci­
bieron los dones. Pues el mismo Jesús, al hacérseles presente,
los convenció, no tanto al mostrarles su cuerpo como cuando
les insufló su Don.

El testimonio del Espíritu

4. Ya sabéis cómo cuando llegó Jesús donde ellos se halla­


ban, estando cerradas las puertas, y se presentó en medio de
[los discípulos], ellos, sobresaltados y asustados, creían ver un
espíritu.21 Pero cuando sopló sobre ellos diciendo: “Recibid el
Espíritu Santo”,22 y cuando envió desde el cielo el mismo Es­
píritu, aunque como nuevo don, esos dones fueron testimonios
y pruebas indubitables de su resurrección y retorno a la vida.
Porque el Espíritu es el que testifica, en los corazones de
los santos y por sus bocas, que Cristo es la verdad,23 la ver­
dadera resurrección y la vida. Por tal razón los apóstoles, que
en un principio dudaban, incluso después de haber visto su
cuerpo vivo, luego de haber gustado el Espíritu vivificante
con gran poder daban testimonio de la resurrección de Cris­
to.24 Es más ventajoso, pues, concebir a Jesús en el corazón
18. Me' 16,10-13.
19. Le. 24,9.11.
20. Gén. 45,27-28.
21. Jn. 20,26; Le. 24,36-37.
22. Jn. 20,22,23.
23. 1 Jn. 5,6.
24. Hech. 4,33.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 32]

que verlo con los ojos u oír hablar de él con los oídos, y la
acción del Espíritu sobre los sentidos del hombre interior es
mucho más poderosa que la impresión de los objetos corpo*
rales sobre los del hombre exterior. ¿Qué lugar queda para la
duda cuando el que da testimonio y aquel de quien se da
testimonio son un mismo espíritu? 2526 Ahora bien, si ambos son
29
28
27
un mismo' espíritu, tienen igualmente un solo sentimiento y
un solo asentimiento.
Es verdad, pues, lo que leemos acerca de Jacob: revivió su
espíritu que ya estaba casi muerto por el extremo dolor, más
aún, sepultado por la desesperación. Entonces, si no me enga­
ño, cada uno de ellos decía para sí: “Me basta que mi José
viva”, porque para mí el vivir es Cristo y el morir una ganan
cia.2" Por lo tanto iré a Galilea, al monte donde nos convocó
Jesús,2’ y lo veré y lo adoraré antes de que yo muera, para no
morir después jamás. Pues todo el que ve al Hijo y cree en
él, tiene la vida eterna,23 para que, aunque haya muerto, viva.2’

“Me basta que Jesús viva’

5. Ahora bien, hermanos míos, ¿en qué os da testimonio de


amor a Cristo la alegría de vuestros corazones? Pienso —y vos­
otros veréis si es así— que si alguna vez habéis amado a Jesús,
ya vivo, ya muerto, ya resucitado, hoy, que en la Iglesia con
tanta frecuencia y de común acuerdo resuena el anuncio de
la resurrección, vuestro corazón se regocija en vuestro interior
y dice: “Me anunciaron que Jesús, mi Dios, vive. Al oírlo,
revivió mi espíritu que se hallaba adormecido por el tedio, o
languidecía por la tibieza, o desfallecía por el abatimiento.”
Pues la voz alegre de este feliz anuncio también levanta de
la muerte a los criminales. De otro modo, en verdad ha de
desesperar y ser sepultado en el olvido aquel a quien Cristo,
al volver de los infiernos, deja en lo profundo del abismo1. En
esto conocerás sin duda que tu espíritu ha revivido plenamente

23. Cf. 1 Jn. 5,6-10.


26. Fil. 1,21.
27. Mt. 28,16.
28. Jn. 6,40.
29. Jn. 11,23.
322 BEATO GUERRICO DE IGNY

en Cristo; si puedes decir con total convencimiento: “Me bas­


ta que Jesús viva.”
¡Palabra fiel y del todo digna de los amigos de Jesús! Cas­
tísimo afecto el que así se expresa: “Me basta que Jesús viva.”
Si él vive, vivo yo, porque de él pende mi alma, es más, él es
mi vida, él sólo me basta. Pues ¿qué podría faltarme si Jesús
vive? Que me falten todas las cosas —nada me importa—, con
tal de que Jesús viva. Por tanto, si fuere de su agrado que yo
me faltara a mí mismo, me basta que él viva, aunque sólo fue­
ra para sí. Cuando el amor de Cristo haya absorbido todo el
afecto del hombre, hasta el extremo de que, despreocupado y
olvidado de sí, no tenga otro sentimiento que el de Jesucristo
y las cosas de Jesucristo, entonces, a mi modo de ver, la cari­
dad en este [hombre] es perfecta. A quien se halla penetrado
de este afecto, la pobreza no le es gravosa; no siente las inju­
rias, se ríe de los oprobios, tiene en poco los perjuicios, estima
la muerte como ganancia;30 digo más, no piensa que muere,
cuando sabe de cierto que pasa de la muerte a la vida. Por
eso asegura confiadamente: Iré y lo veré antes de que yo
muera.

Cristo, camino, pan y meta

6. Pero nosotros, hermanos, aun cuando no seamos conscien­


tes de una pureza tan grande, vayamos, no obstante, vayamos
a ver a Jesús al monte de la Galilea celestial, donde nos ha
convocado. Al ir hacia él, nuestro afecto crecerá y, al menos
cuando lleguemos, será perfecto. Al ir hacia él, el camino en
un principio estrecho y difícil se dilata, y los débiles cobran
fuerzas. En efecto, para que ni Jacob ni ninguno de la casa
de Jacob se excusase de emprender la marcha, le fueron envia­
dos al pobre anciano, entre otros dones, provisiones y vehícu­
los, de modo que así nadie pudiera alegar su pobreza o de­
bilidad.
La carne de Cristo es provisión para el camino, su Espíritu,
vehículo. Él mismo es comida, él mismo es el carro de Israel

30. Fil. 1,21.


HOMILÍAS LITÚRGICAS 323

y su cochero." Cuando llegues, serán tuyas todas las riquezas,


no las de Egipto, sino las del cielo. Tu José te ha preparado
un descanso en el mejor lugar de su reino. El que primero
envió a los ángeles, a las mujeres y a los apóstoles como testi­
gos y mensajeros de su resurrección, ese mismo clama ahora
desde el cielo: Mirad que yo, a quien llorabais como muerto
durante estos tres días, ciertamente estuvo muerto a causa de
vosotros, pero he aquí que vivo 3132 y se me ha dado todo poder
en el cielo y en la tierra.33 Venid a mí los que estáis fatigados
por el hambre, y yo os reanimaré.3435 Venid, benditos de mi Pa­
dre, poseed el reino que preparé para vosotros.™ El que allí
os llama, él mismo os conduzca adonde con el Padre y el Es­
píritu Santo vive y reina por todos los siglos.

31. 2 Re. 2,12.


32. Apoc. 1,18.
33. Mt. 28,18.
34. Mt. 11,28.
35. Mt. 25,3'4.
SERMON 34

En la fiesta de la Resurrección del Señor ii:


Dos MANERAS DE RESURRECCION

IENAVENTURADO y santo el que participa de la pri­

B mera resurrección.1

Cristo nos salva integralmente

Yo soy, dice Jesús, la resurrección y la vida.12 Él es, en efec­


to, la primera resurrección, él es también la resurrección se­
gunda. Cristo, al resucitar de entre los muertos como primicias
de los que durmieron,3 por el misterio de su resurrección rea­
lizó para nosotros la resurrección primera y, conforme al mo­
delo de ésta, realizará nuestra segunda resurrección.
La primera es la de las almas, cuando con él las resucita
para sí a una vida nueva;45la segunda será la de los cuerpos,
cuando transforme el cuerpo de nuestra humilde condición y
lo haga conforme al suyo glorioso.3 Con razón Cristo se pro­
clama resurrección y vida, dado que resucitamos por él y en
él, para vivir según él y junto a él. Ahora, ciertamente según
él en santidad y justicia; después junto a él en la bienaventu­
ranza y la gloria.
Por lo tanto, así como la resurrección primera de nuestra
cabeza, Jesucristo nuestro Señor, es causa y prueba de la se­
gunda resurrección que será la de todo su cuerpo, así para

1. Apoc. 20,6.
2. Jn. 11,25.
3. 1 Cor. 15,20.
4. Rom. 6,4.
5. Fil. 3,21.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 325

cada uno de nosotros la primera resurrección del alma —por


la que ésta revive de la muerte del pecado— es prueba y
causa de su segunda resurrección —por la que el cuerpo se
verá libre no sólo de la corrupción de la muerte, sino también
de toda corruptibilidad de la muerte—. Que la una sea prueba
y causa de la otra nos lo dice claramente el apóstol: Si el
espíritu de Cristo habita en vosotros, el que resucitó a Jesús
de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mor­
tales, en virtud de su Espíritu que habita en vosotros.’1

La derrota de la muerte y el pecado

2. Con razón, pues, se dice: Bienaventurado y santo el que


participa de la primera resurrección.69Santo a causa de la pri­
78
mera, que ya consiguió por la renovación de su alma; biena­
venturado a causa de la segunda, que aguarda con alegría en
la restitución de su cuerpo. La razón de esta bienaventuranza
nos la da la Escritura cuando añade que en aquellos que
participan de la primera resurrección, la muerte segunda no
tiene poder,3 aun cuando parezca que por un tiempo la pri­
mera muerte ejerció su dominio sobre ellos. La muerte, en
efecto, reinó desde Adán hasta Moisés aun sobre aquellos que
no habían pecado con una culpa semejante a la de Adán.3
Pero como [sucedió con] Cristo, así también el cristiano', al
resucitar de entre los muertos, ya no muere más, la muerte ya
no tendrá dominio sobre él.10
En aquellos bienaventurados ni la muerte segunda tendrá
poder ni la primera retendrá el poder que tuvo sobre ellos por
un tiempo; porque la única muerte de Cristo obtuvo el triunfo
sobre ambas, librando de la primera a los que ya se hallaban
cautivos y de la segunda a los que estaban destinados a dicha
cautividad, para que no caigamos en la segunda ni permanez­
camos en la primera.

6. Rom. 8,11.
7. Apoc. 20,6.
8. Apoc. 20,6.
9. Rom. 5,14.
10. Rom. 6,9.
326 BEATO GUERRICO DE IGNY

Cuán verdadera, cuán piadosa y magnífica es aquella ame­


naza de Cristo moribundo: Oh muerte, yo seré tu muerte.11
Cuan noble y gloriosamente triunfó aquel que, habiendo gus­
tado la muerte en favor de todos, absorbió tanto su propia
muerte como la muerte de todos en todas sus formas. La muer­
12 Todo bienaventurado que
te fue absorbida por su victoria.11
ha participado de la primera resurrección puede, con toda se­
guridad, increpar irónicamente: ¿Dónde está, oh muerte, tu
victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? 1314
Has sido con­
quistada, tú que conquistabas todas las cosas; e incluso has
perdido las armas en que confiabas, porque ¿dónde está ahora
tu aguijón?
El aguijón de la muerte es el pecado,11 el cual, habiendo
punzado una sola vez la raíz del género humano, propagó un
veneno incurable de muerte a toda su descendencia, confor­
me dice el apóstol: Así como por un solo hombre entró el pe­
cado en él mundo, y por él pecado la muerte, así la muerté\
pasó a todos los hombres.1516
La muerte reinaba victoriosa desde
el primer Adán hasta el segundo, porque el género humano,
aherrojado por los lazos del pecado original, también se halla­
ba sometido a la deuda contraída ocn la muerte.

La ganancia

3. Pero gracias sean dadas a Dios, que nos otorgó la victo­


ria, tanto sobre el pecado como sobre la muerte, por medio
de nuestro Señor Jesucristo.12 Él, hallándose totalmente inmu­
ne de pecado, y por lo mismo Ubre de la deuda contraída con
la muerte, la saldó al morir voluntariamente por nosotros, y
al resucitar nos libró del pecado'. Cristo, dice el apóstol, murió
por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.17 Al
morir saldó la pena debida por nuestros pecados y al resucitar

11. Os. 13,14.


12. 1 Cor. 15,54.
13. 1 Cor. 15,55.
14. 1 Cor. 15,56.
15. Rom. 5,12.
16. 1 Cor. 15,57.
17. 1 Cor. 15,3; Rom. 4,25.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 327

creó el modo y la causa de nuestra justificación eterna, de


suerte que, así como Cristo resucitado de entre los muertos
ya no muere más y la muerte no tendrá ya dominio sobre él,18
así el cristiano, al resucitar con Cristo, no pecará para no caer
en la muerte y el pecado no tendrá ya dominio sobre él.
Así es aquel bienaventurado y santo que participa en la
primera resurrección, sobre quien la segunda muerte no ten­
drá poder19 y en quien aun la primera muerte será absorbida
por la victoria de la resurrección de Cristo. Este es el que no
sólo conoció, sino que también experimentó el poder de la
resurrección de Cristo y la comunión en su pasión, asemeján­
dose a su muerte para poder llegar a la resurrección de los
muertos.20
No se equivocaba el apóstol que a causa de esta ganancia
consideraba todo lo que para él había sido ganancia, no sólo
como pérdida, sino también como basura con el único fin de
ser hallado en Cristo, configurándose con su muerte para lle­
gar a la resurrección.21 Lucrativo comercio es despreciar todo
lo que te mancha y se gasta, a fin de ganar a Cristo. Digo
más, si fuera necesario, no sólo debes sacrificar tus cosas, sino
también a ti mismo, para que tú mismo merezcas ser recibido
con grandes intereses de inmortalidad y gloria. ¿Quién dudará,
en efecto, de que es un comercio lucrativo sembrar un cuerpo
mortal, animal, abyecto, para resucitar inmortal, espiritual, glo­
¿morir al mundo para poder decir: Mi vivir es Cristo
rioso?;2223
y el morir una ganancia?22
Oh codiciosos, que os detenéis en el ansia de ganar, ¿por
qué no aprendéis el arte de ganar? ¿Por qué no despreciáis
lo que nada vale, más aún, lo que es pérdida y basura, para
ganar a Cristo? ¿Por qué gastáis vuestro dinero en cosas que
no son pan, vuestras fatigas en algo que no puede saciar?24

18. Rom. 6,9.


19. Apoc. 20,6.
20. Fil. 3,10-11.
21. Fil. 3,8-9.
22. 1 Cor. 15,43-46.
23. Fil. 1,21.
24. Is. 55,2.
328 BEATO GUERRICO DE IGNY

Según veo, aquel pan descendido del cielo y que da la vida


al mundo es para vosotros más vil que la plata. ¡No puede
conocer cuán grande es su precio el que no quiere gustar cuál
es su naturaleza! Ojalá el avaro considerara su persona más
valiosa que su fortuna y por amor de aquella no pusiese en
venta su misma alma, arrancándose en vida las propias entra­
ñas.20 Aquel prudente negociante y digno apreciador de las
cosas —me refiero a Pablo—, que no tenía en cuenta su alma,
esto es, su vida animal y sensual, ni la consideraba más valiosa
que a sí mismo, es decir, que a su espíritu por el cual en
estrecha unión se adhería a Cristo, estaba dispuesto a perder
su alma con tal de poder conservarla para la vida eterna.28

La riqueza del pobre

4. Por lo tanto, quienes poseen riquezas difícilmente entran


en el reino de los cielos 20 y los que atesoran plata prefieren
sopesarla en sus manos que emplearla en panes, es decir, en
los ácimos de sinceridad y verdad30 con los cuales debe ser
comido hoy el Cordero pascual. Dichosos vosotros, los pobres,
hijos del Crucificado pobre, vosotros, repito, que no tenéis dine­
ro, apresuraos, comprad y comed.11 Con más prontitud y faci­
lidad comprarán aquel bien los que no tienen nada que los
que poseen mucho.22 Cuando falta la posibilidad de comprar,
basta la buena voluntad por la cual a menudo son más ricos
quienes son más pobres en bienes temporales. Ciertamente a
éstos invita con razón la Escritura: Venid, comprad sin dinero,
y sin ninguna otra permuta, vino y leche."3
¿Ves, bienaventurado pobre? ¡Sólo se te exige la buena vo­
luntad como única paga para efectuar comercio tan ventajoso!*

25. Jn. 6,33.


26. Sir. 10,10.
27. Hech. 20,24.
28. Jn. 12,25.
29. Le. 18,24.
30. Is. 55,2; 1 Cor. 5,8.
31. Is. 55,1.
32. 2 Cor. 6,10.
33. Is. 55,1.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 329

No rehúses, ingrato, lo que tan gratuitamente se te ofrece;


digo más: no pierdas por una ingrata voluntad lo que ya ha­
bías merecido con la venturosa pobreza. Reconoce cuánta ga­
nancia es no tener parte en la ruina del mundo, para tenerla
en la resurrección de Cristo. Comprende cuánta felicidad es
no embriagarse en el lujo y locura del siglo, a trueque de be­
ber, con Cristo, el vino nuevo en el reino de su Padre.“4

La medicina inmortal

El mismo Cordero pascual invita a sus amigos al banquete


delicioso de su cuerpo y de su sangre: Comed, amigos, dice,
bebed y embriagaos, carísimos.35 Esta comida y bebida es un
misterio de vida, una medicina de inmortalidad, causa de la
primera resurrección y garantía de la segunda, por ser ella en
nosotros el comienzo de la naturaleza divina. Dice el apóstol:
Somos hechos partícipes de Cristo si conservamos inviolable­
mente hasta el fin la firme confianza del principio.33
En efecto, el que después de recibir la gracia vuelve a su
vómito,37 vomitará las riquezas que devoró y Dios las extraerá
de su vientre, y ciertamente su pan se volverá en sus entrañas
hiél de víbora en su interior-33 porque la gracia recibida se tor­
na en castigo para la conciencia cuando alguien tiene como
profana la sangre de la alianza que lo santificó y ultraja al
Espíritu de la gracia.“’ A causa de este menosprecio y náusea
se vomitan las riquezas que se había devorado, de suerte que
se puede decir de [una persona] tal: Nada quedó de su ali­
mento, y por lo mismo nada permanecerá de sus bienes.*“

Devoción hecha vida, y vida eterna

5. Pero veamos si esta terrible sentencia no alcanza también


a aquel que, después de haber sido colmado —por la gracia de
34. Mt. 26,29.
35. Cant. 5,1.
36. Heb. 3,14.
37. Prov. 26,11.
38. Job 20,14.15.
39. Heb. 10,29.
40. Job 20,21.
330 BEATO GUERRICO DE IGNY

la devoción— con los bienes de la casa de Dios, no retiene


absolutamente nada de ellos en su memoria, nada que pueda
hacer brotar para nosotros la memoria de la abundancia de la
suavidad divina/1 [Esta persona] no conserva su sabor en las
palabras [que pronuncia], como se conserva el gusto en el
paladar, ni [hay] virtud en su conducta como [hay] jugo en
las entrañas. Al contrario, mientras inmediatamente vomita to­
do en necedades y bufonadas, convierte en ira la gracia reci­
bida. Realmente incurre en ira, y en ira terrible, si recae sobre
él lo que añade la Escritura: Cuando se haya hartado, sentirá
congojas y se verá acometido de toda clase de dolor. Ojalá
acabe de llenar su vientre para que [Dios] descargue la ira
de su furor y llueva sobre él la guerra.“
En efecto, el profeta estimaba justo y admitía que la guerra
lloviera sobre los pecadores, quienes a pesar de la lluvia de
gracias no produjeron el fruto de la paz. Fuego, azufre y vien­
to huracanado sea la parte del cáliz43 de los que bebieron
indignamente el cáliz del Señor.“ Porque la tierra que bebe a
menudo la lluvia que cae sobre ella y produce hierbas prove­
chosas, recibe la bendición. Mas la que brota espinas y abro­
jos es abandonada y queda expuesta a la maldición, y su fin
será el fuego. Pero de vosotros, hermanos, esperamos cosas
mejores y conducentes a la salvación.“
Sed agradecidos por la abundante gracia de Dios, y así
como por los remedios pascuales habéis sido transformados en
una nueva creatura, caminad siempre en una nueva vida.48 Los
que fueron hechos partícipes de Cristo por la comunidad de
fe, la participación en el sacramento y la comunión en el Espí­
ritu Santo, no sólo deben mantener firme hasta el último día
el comienzo de su naturaleza," sino también procurar aumen­
tarlo diligentemente. Así vosotros cuantos comenzasteis a par­
ticipar en la primera resurrección a través de tantos privile-

41. Sal. 144,7.


42. Job 20,22.23.
43. Sal. 10,7.
44. 1 Cor. 11,27.
45. Heb. 6,7-9.
46. Rom. 6,4.
47. Heb. 3,14.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 331

gios, seguros en el día de la rendición de cuentas por la con­


fianza de tan grande premio, reclaméis con justicia el derecho
eterno a la segunda resurrección, con la ayuda de nuestro
Señor Jesucristo, nuestra resurrección y vida,48 quien, muerto
a causa de nosotros durante tres días, ahora vive y reina por
los siglos de los siglos. Amén.

48. Jn. 11,25.


SERMON 35

En la fiesta de la Resurrección del Señor iii:


Vigilancia para tener parte en la Resurrección de Cristo

IENAVENTURADO y santo él que participa en la pri­

B mera resurrección?

El sacramento de la resurrección

Cristo, primicias de los que duermen,12 primogénito de entre


los muertos 34con su resurrección, que es la primera de todas,
inauguró a un tiempo nuestra primera resurrección, la de las
almas, y la segunda, la de los cuerpos, cuando en su cuerpo
—que resucitó de entre los muertos— inició para las almas el
sacramento de la resurrección y para los cuerpos el modelo
según el cual habían de resucitar. Incluso a las mismas almas
la única resurrección de Cristo les deparó una doble resurrec­
ción: [una] cuando reviven cada día de la muerte del pecado
gracias a la acción de este misterio, y [otra en la fiesta de] hoy,
cuando resucitan más especialmente del sueño de la indolen­
cia, gracias a una devoción gozosa.
Porque ¿quién será tan perezoso y tibio que al oír hoy aque­
lla voz henchida de gozo: ¡El Señor ha resucitado!, no pro­
rrumpa en cantos de júbilo, no se reanime por completo, no
sienta inflamarse su espíritu? Aun más, también mi corazón,
dice [el salmo], y mi carne retozan por el Dios vivo? Yo, el

1. Apoc. 20,6.
2. 1 Cor. 15,20.
3. Col. 1,18.
4. Sal. 83,3.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 333

mismo que me hallaba sumergido en la tristeza y la desespe­


ración viendo a Jesús muerto.
Jesús me trae del sepulcro una ganancia no pequeña de fe y
un caudal no pequeño de alegría cuando reconozco en él al
Dios vivo, aquel que poco antes era llorado como hombre
muerto. Mi corazón se lamentaba porque lo habían matado,
pero ahora, al verlo vivo, no sólo exulta mi corazón, sino tam­
bién mi carne, segura de su propia resurrección e inmortalidad
a causa de él. “Alma mía, dice Cristo, yo dormí y me levanté.” “
Levántate también tú que duermes, y resucita de entre los
muertos y te iluminará Cristo."
Hermanos, ¿acaso no es semejante a un muerto el que aún
duerme después de haber salido el sol, el que aún está opri­
mido por la negligencia y la desidia, como sepultado en un
abismo de desesperación, cuando ya resplandece por doquier
la gracia de la resurrección? El nuevo' sol, salido del abismo,
hiere los ojos de quienes desde la mañana567 velan con él, y les
descubre el día de la eternidad. Este día no conoce ocaso
porque jamás se pone su sol.8 El que una sola vez se puso
sometiendo a sí
[occidens], una sola vez subió sobre el ocaso,910
11
la muerte. '

Buscar y encontrar por la fe vigilante

2. Hermanos, este es el día que hizo el Señor, alegrémonos


y regocijémonos en él.1" Alegrémonos en su esperanza, para que
lo veamos y nos regocijemos en su luz. Se alegró Abrahán de
ver el día de Cristo, y con razón lo vio y gozó.11
También tú, si velas a las puertas de la sabiduría y estás
observando junto a sus umbrales12 y montas la guardia velando
como la Magdalena a la puerta de su sepulcro, experimentarás

5. Sal. 3,6.
6. Ef. 5,14.
7. Is. 26,9.
8. Is. 60,20.
9. Sal. 67,5.
10. Sal. 117,24.
11. Jn. 8,56.
12. Prov. 8,34.
334 BEATO GUERBICO DE IGNY

—si no me engaño—, al igual que María, cuán cierto es lo que


se lee acerca de la Sabiduría misma, que es Cristo: Se deja
ver fácilmente por aquellos que la aman y hallar de los que
la buscan. Se anticipa a quienes la codician, poniéndoseles de­
lante ella misma. Quien madrugue en busca de ella no tendrá
que fatigarse, porque la hallará sentada a su puerta.1314Así lo
prometió [el Señor mismo] al afirmar: Yo amo a los que me
aman, y los que velan desde la mañana para buscarme, me
encuentran.11 María encontró a Jesús junto al sepulcro porque
velaba con él, porque, cuando aún era de noche, había acu­
dido a velar a su sepulcro.
Pero tú, que ya no debes conocer a Jesús según la carne,1516
sino según el espíritu, podrás encontrarlo espiritualmente si
lo buscas con idéntico deseo, si él advierte que como [Magda­
lena] velas continuamente en oración. Di, pues, al Señor Jesús
con el deseo y el afecto de María: Mi alma te desea en la no­
che, y mientras haya aliento en mi pecho me dirigiré a ti desde
que amanezca.10 Repite con los labios y con el corazón las
palabras del salmista: Dios, Dios mío, por ti madrugo, mi alma
19y mira si no te sería posible cantar con
está sedienta de ti,1718
los [que así cantan]: Por la mañana somos saciados con tu mi­
sericordia, nos alegramos y nos deleitamos.10

Jesús sale a nuestro encuentro

3. Hermanos, velad, pues, intensamente en oración, velad


con prudencia sobre vuestras acciones, porque se ha levantado
la aurora de ese día sin ocaso. La luz eterna volvió ya de los
abismos más serena y grata para nosotros, y la aurora nos de­
para un nuevo sol. Ya es hora, pues, de levantarnos del sueño,
porque la noche está muy avanzada y se acerca el día.10 Velad,
repito, a fin de que nazca para vosotros la luz matutina, esto
13. Sab. 6,13-15.
14. Prov. 8,17.
15. 2 Cor. 6,16.
16. Is. 26,9.
17. Sal. 62,2.
18. Sal. 89,14.
19. Rom. 13,11-12.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 335

es, Cristo —cuyo advenimiento está preparado como la auro­


ra 2°—, dispuesto a renovar a menudo^ el misterio de su resu­
rrección matutina para quienes lo aguardan velando. Entonces
cantarás con un corazón jubiloso: El Señor Dios ha hecho
brillar su luz sobre nosotros. Este es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en el,33 cuando permita que la
luz escondida en sus manos resplandezca para ti, anunciando
al amigo que ella es posesión suya y que él puede subir hasta
ella.
Perezoso, ¿hasta cuándo dormirás?, ¿hasta cuándo dormita­
rás? Dormirás un poquito, otro poquito dormitarás, otro po­
quito te cruzarás de brazos para dormir.2021 Y cuando, mientras
2324
2228
27
26
25
tú duermes, Cristo se levante del sepulcro y sin que te des
cuenta haga pasar su gloria, no merecerás ver ni siquiera su
espalda.23 Entonces te lamentarás con una tardía penitencia
y dirás con los malvados: Hemos caminado descarriados del
camino de la verdad, no nos ha alumbrado la luz de la justi­
cia ni ha nacido para nosotros el sol de la inteligencia.31
Pero para vosotros, que teméis mi nombre, nacerá el sol de
justicia33 quien camina en la justicia, sus ojos contemplarán
al rey en su gloria.33 Y esta es en verdad la bienaventuranza
de la vida futura, que en cierto modo se nos concede también
para consuelo de la vida presente, como lo demuestra mani­
fiestamente la resurrección de Cristo. Con múltiples pruebas,
durante cuarenta días,33 la Sabiduría nos demostró que ella
busca a los que son dignos de poseerla y en los caminos se les
muestra benévola y les sale al encuentro con toda prudencia.33
Jesús, para demostrar que él es aquella Sabiduría de la cual
se escribieron estas cosas y revelar que no deja de realizarlas
espiritualmente cada día, es decir, que [cada día] se muestra
benévolo en los caminos de la justicia, se manifestó hoy en
20. Os. 6,3.
21. Sal. 117,24.27.
22. Prov. 6,9-10.
23. Ex. 33,22-23.
24. Sab. 5,6.
25. Mal. 4,2.
26. Is. 33,15-17.
27. Hech. 1,3.
28. Sab. 6,17.
336 BEATO GUERRICO DE IGNY

forma corporal: hoy en el camino salió al encuentro de las


mujeres que volvían del sepulcro,20 en el camino se mostró
a los dos discípulos que iban a Emaús.29
30

Contemplación y acción

4. Escuchen y alégrense cuantos van por los caminos de la


justicia. Escuchen, repito, porque Jesús no sólo se digna salir
al encuentro y manifestarse a quienes se entregan a la contem­
plación, sino también a los que andan justa y piadosamente
por los caminos de la acción.
La experiencia de algunos de vosotros —si no me equívoco-
sabe que a menudo Jesús, a quien buscaron como en un se­
pulcro junto a los altares sin encontrarlo, inesperadamente les
salió al encuentro en el camino de sus trabajos. Entonces [és­
tos de quien hablo] se acercaron a él y retuvieron sus pies,3132
ya que la pereza no retuvo sus pies a causa de su deseo de
Jesús. Por lo tanto, hermano, no ahorres a tus pies las idas
y venidas de los trabajos, cuando Jesús a causa tuya no ahorró
a sus pies ni aun el dolor de los clavos, y ahora no rehúsa
recompensar y aligerar las fatigas de tus pies, dejándote abra­
zar y besar los suyos. En efecto, qué gran consuelo si él se
une a ti como compañero de camino y con el admirable de­
leite de su conversación te quita la sensación de fatiga, abrién­
dote el espíritu para que comprendas las Escrituras, que tal
vez sentado en tu casa leías y no> entendías.
Os pregunto, pues, hermanos míos a quienes algunas veces
el favor divino concedió tal experiencia: ¿acaso vuestro cora­
zón no ardía en vosotros a causa de Jesús, cuando os hablaba
en el camino y os abría el sentido de las Escrituras? 3334
Recuér­
denlo quienes han tenido esta experiencia y canten en los
caminos del Señor cuán grande es la gloria del Señor.31 Pro­
curen experimentarlo los inexpertos para que también ellos
29. Mt. 28,9.
30. Le. 24,13s.
31. Mt. 28,9.
32. Le. 24,45.
33. Le. 24,32.
34. Sal. 137,5.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 337

puedan cantar alguna vez las justicias del Señor en el lugar


de su peregrinación35 y aflicción.

La resurrección progresiva

5. En consecuencia, resucite y reviva el espíritu de todos


nosotros, sea para velar en oración, sea para perseverar en el
trabajo, a fin de mostrar con ánimo vivo y renovado que he­
mos participado una vez más de la resurrección de Cristo. La
primera señal de vida en un hombre resucitado es estar pronto
y decidido para la acción, ya que su resurrección, en cuanto
es posible en este cuerpo mortal, consiste en abrir los ojos a
la contemplación. No obstante, el entendimiento no puede ob­
tener esto mientras el afecto no se dilate con frecuentes sus­
piros y vehementes deseos, a fin de tornarlo capaz de tan ex­
celsa majestad.
Pienso que esta resurrección progresiva, efectuada como por
grados, está claramente figurada en aquel muerto resucitado
por Eliseo. Cuando comenzó a volver a la vida, [la Escritura]
dice que primero la carne del niño entró en calor, luego [re­
lata] que bostezó siete veces y por fin que abrió los ojos?637
La carne del niño es el corazón de carne del que es niño en
Cristo, en quien hay una primera esperanza de vida que lo lleva
a decir: Sentí que mi corazón se inflamaba y se enardecía en
la oración?’’ Sin embargo, sus vestidos están calientes por es­
tar su tierra expuesta al austro,3839
esto es, al Espíritu Santo que
el verdadero Eliseo', anticipándose, insufla al resucitado. Tanto
más clara y eficazmente aprovecha para la resurrección el que
comienza a bostezar con frecuencia por el deseo y cierta ham­
bre de justicia, como bostezaba quien decía: Abro la boca y
atraigo al espíritu, pues deseo tus mandamientos?* Tal bos­
tezo es esa distensión del afecto' para hacerlo más capaz del
Espíritu de vida, a fin de que, después de los otros carismas
de la gracia septiforme, infundido también el espíritu de enten­

35. Sal. 118,54.


36. 2 Re. 4,32s.
37. Sal. 38,4.
38. Job 37,17.
39. Sal. 118,131.
338 BEATO GUERBICO DE IGNY

dimiento y sabiduría40 pueda abrir los ojos para contemplar


a Dios.
El primer calor propio del que vuelve a la vida es realizar
obras buenas; el segundo progreso en la resurrección se da
cuando el afecto se dilata por la oración; la perfección se al­
canza cuando el entendimiento es iluminado para la contempla­
ción. Por estos grados de virtud, por estos progresos en una
vida santa, esforzaos, hermanos míos, por resucitar más y más
para poder llegar, como dice el apóstol, a la resurrección de
Cristo de entre los muertos.41 El que vive y reina por todos
los siglos. Amén.

40. Is. 11,2.


41. Fil. 3,11.
SERMON 36

Sermón de las rogativas:

Los TRES PANES

RESTAME tres panes porque llegaron a mi casa unos

P amigos que venían de viaje y no tengo qué darles.1

El papel del abad

No soy médico y en mi casa no hay pan. Por eso os dije


desde un principio: No me hagáis jefe,1 2 pues no debe presidir
quien no puede ser útil. ¿Cómo puede ser útil el que ni es
médico ni tiene pan en su casa, es decir, el que desconoce el
arte de curar y carece de doctrina para poder alimentar? Ya
os lo decía yo, mas, ¡ay! no me escuchasteis, me hicisteis jefe.
Sólo restaba pues que, no habiendo podido evadirme del peli­
gro, acudiera al remedio y escuchara aquel consejo del sabio
que dice: Te han hecho jefe; sé entre ellos como uno de ellos.3
Pero ay de mí, ni siquiera esto se me ha permitido. Pues así
como mi incapacidad me imposibilita para estar al frente de
otros, mi debilidad me impide estar entre los otros. Mi espí­
ritu carece de vigor para ejercer el ministerio de la palabra y
mis fuerzas corporales son igualmente incapaces de dar ejemplo.
Ahora bien, no siendo idóneo para presidir ni para la convi­
vencia, ¿dónde podré estar, sino en el último y más seguro
lugar, es decir, por debajo de todos? Esto lo puedo sintiendo

1. Le. 11,6.
2. Is. 3,7. En estos versículos, Guerrico habla de sí mismo y se re­
fiere a su supuesta indignidad para ejercer el cargo abacial.
3. Sir. 32,1.
340 BEATO GUERRICO DE IGNY

humildemente, más aún, verdaderamente de mí, y nada me


impide —antes me lo sugiere la misma verdad— estar por de­
bajo de todos en el espíritu, aun cuando por mi cargo esté
obligado a ocupar el primer lugar.

Oración pastoral

2. Tú, Señor Dios, eres quien me exhorta a estar por debajo


de todos y no obstante me mandas que esté al frente de ellos;
te pido y de ti espero con ansia que me hagas a un tiempo
humilde y útil para desempeñar el ministerio que se me ha
confiado: humilde, sintiendo de mí conforme a la verdad; útil,
hablando de ti como conviene. Infunde lo primero a mi cora­
zón, otorga lo segundo a mi boca. Dame un lenguaje recto y
bien timbrado1 cuando abra mi boca, tú que dijiste: Abre la
boca para que te la llene/ y que así tu familia se vea colmada
de bendiciones. He aquí que vinieron amigos, ciertamente ami­
gos míos, pero más aún tuyos. No tengo qué darles, a no ser
que alguien me lo proporcione.
¿Y quién más rico y liberal en dar que el Señor de todos,
rico para todos aquellos que lo invocan? ° Él abre su mano y
colma de favores a todo viviente.’ Él da copiosamente a todos
y no zahiere a nadie/ no sea, tal vez, a quien pide con negli­
gencia o retiene indignamente la gracia recibida. ¡Cuántos
jornaleros [mercenarii] en casa de este padre de familias abun­
dan en pan! ° Dado que predican a Cristo —aunque no con
sinceridad—, no se les rehúsa la gracia en atención a los oyen­
tes. Y donde los jornaleros tiene en abundancia, ¿acaso pade­
cerán hambre los hijos?

4. Est. 14,13.
5. Sal. 80,11.
6. Rom. 10,12.
7. Sal. 144,16.
8. Sant. 1,5.
9. Le. 15,17. Estos mercenarii son los miembros indignos del clero
y la jerarquía. Una apreciación crítica como la que formula Gue­
rrico ha sido corriente entre los reformadores monásticos, cuya ac­
tividad comportaba siempre la necesidad de la reforma eclesiástica.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 341

Tú, pues, Señor —no me atrevo a llamarte amigo, pero te


proclamo Señor—, préstame tres panes 1011para poder reanimar
a mis amigos, no sea que si los despido en ayunas desfallezcan
en el camino11 y entonces tenga que responder por ellos y se
me eche en cara aquello: Los niños pidieron pan y no hubo
Préstame, Señor, lo que ha de redundar
quien se lo partiera.1213
en ganancia tuya, porque cuando te agrade recibirás lo que
es tuyo con intereses. Préstame, repito, tres panes, si te agra­
da, o si no, cualquier cosa que te plazca. Por más que sea poco,
apenas un bocadito de pan1415 basta para muchos miles, sólo con
que tú lo bendigas. Sé bien que deseas que seamos importunos
contigo. Aunque parezca que no nos atiendes, aunque te ex­
cuses alegando que ya estás en el cielo y tus apóstoles se hallan
contigo en el lecho, con todo perseveraremos pidiendo, bus­
cando, llamando.1617
Sabemos que la doctrina se alcanza no sólo por la inocencia
de la vida, que nos hace amigos tuyos, sino también por un
estudio asiduo y una oración instante que nos torne importu­
nos. Sin embargo, no tengo en mi favor ni lo uno ni lo otro.
Sólo alego el mérito de quienes han de ser alimentados: ellos
merecen lo que yo no merezco.

Consideraciones sobre la Trinidad

3. Hermanos míos, para vuestro sustento y por vuestros mé­


ritos pido estos panes; ¿creéis que yo soy capaz de partirlo y
vosotros de comerlo? Temo que se me pueda echar esto en
cara: No busques lo que es superior a tu capacidad ni escu­
driñes las cosas que exceden tus fuerzas.12 Temo también que
se os diga: Habéis llegado a ser de aquellos que tienen necesi­
dad de leche, no de pan.11 Sé que en la casa del Padre de

10. Le. 11,5.


11. Me. 8,3.
12. Tren. 4,4.
13. Mt. 25,27.
14. 1 Re. 17,11.
15. Le. 11,10.
16. Sir. 3,22.
17. Heb. 5,12.
342 BEATO GUERRICO DE IGNY

familias hay panes que si nosotros, niños como somos, preten­


diéramos comer, nos romperían los dientes antes de llenar nues­
tro estómago, es decir, edificar nuestro espíritu.
¿Quién podrá comprender, quién podrá explicar o pensar
dignamente acerca del inefable misterio de la Trinidad? ¿Có­
mo tiene el Padre el ser de sí mismo [a se]? ¿Cómo procede
el Hijo del Padre? ¿Cómo el Espíritu Santo de ambos [y son
así] tres personas en unidad de sustancia? Aquella mujer necia,
la osada vanidad de los herejes, incita a quienes tienen come­
zón en los oídos a discutir este misterio, siendo así que Dios
debe ser creído, no discutido. Tomad libremente los panes
escondidos, dice.1819Como si tú, necio, fueras capaz de sondear
lo que es más sublime que los ángeles... ¿De qué me apro­
vecharía alcanzar los panes escondidos si no1 los puedo partir
o comer sin peligro? Me basta saber que existen, que son tres
panes. No me refiero a la Trinidad de personas, sino a la tri­
nidad de los términos, o más bien de los conceptos que se debe
tener respecto de las personas. Tres panes son, repito, de un
mismo tamaño y peso, de una misma forma y sabor. Porque la
grandeza y los atributos que referimos al Padre, se deben en­
tender del Hijo y del Espíritu Santo, excepto que la distinción
de las propiedades constituye el número tanto de las personas
en la Trinidad como de los conceptos por los cuales nosotros
distinguimos.

Los sentidos de la Escritura

4. Dejemos, pues, a la sublimidad de los ángeles el partir


estos panes, hasta que por nuestros progresos nos igualemos
a ellos y seamos dignos de sentarnos a su mesa. Por otra parte,
en muchos lugares de la Escritura se nos presentan tres panes
de otras clases más adecuadas a nuestra flaqueza. Por ejemplo,
para no alejarnos de aquella excelsa Trinidad, encontramos que
de él y por él y en él son todas las cosas.1’ [También se nos
enseña] que hemos sido creados por el Padre, redimidos por
el Hijo y santificados por el Espíritu Santo. Sobre este punto

18. Prov. 9,13-17 (LXX).


19. Rom. 11,36.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 343

se pueden decir tantas otras cosas que, por más hambriento


que esté el amigo que viene de viaje, si le pones delante aun­
que sólo sea la mitad, la abundancia le resulte tal vez más
peligrosa que el hambre anterior: que se vea oprimido por la
abundancia aquel a quien antes angustiaba la escasez.
En efecto, podrías describir de tres maneras no sólo a aquel
que nos creó, no sólo a nosotros 20 y las cosas que creó a causa
nuestra, sino también las cosas que fueron escritas para nos­
otros,21 a fin de que en los tres panes de la historia la alegoría
y la interpretación moral encuentre una copiosa refección. To­
do el contenido de la Escritura está dividido, en tres partes,
a modo de tres panes. Ella trata de la justicia natural, de la
justicia bajo la ley y de la justicia espiritual; quiero decir: an­
tes de la ley, bajo la le/ y después de la ley, o sea, bajo la
gracia. La naturaleza nos da una inteligencia recta, la ley nos
enseña a obrar y la gracia nos obtiene además el afecto.
El doctor y pastor de las naciones en la fe y en la verdad2223
enseña que hay que alimentar a la Iglesia con tres panes: el
que edifica la Iglesia debe hablar para edificación, exhortación
y consuelo.™ Para edificación, a fin de que conozcas lo que
debes hacer; para exhortación, a fin de que quieras el bien
que conoces; para consuelo, a fin de que aun en las circuns­
tancias adversas puedas cumplir lo que conoces y quieres.
En una palabra, no sólo, en el contenido, en los sentidos y
en las partes de la Escritura, en los géneros y modos de ex­
presión, sino, también en la finalidad de las mismas, hallarás
cierta trinidad de panes también ella muy sabrosa y saludable,
a saber, la fe, la esperanza y la caridad.2425
Todo cuanto se ha
escrito y dicho está orientado a que creamos, esperemos y ame­
mos. Sin duda, sólo, la caridad ha sido definida como fin de
la ley,2' pero también ella es en cierto modo triple, ya que

20. Sal. 99,3.


21. 1 Cor. 9,10.
22. 1 Tim. 2,7.
23. 1 Cor. 14,3.4.
24. 1 Cor. 13,13.
25. 1 Tím. 1,5.
344 BEATO GUERRICO DE IGNY

debemos practicarla con todo el corazón, con toda el alma, con


todas las fuerzas.26
Pero como un banquete demasiado prolongado y variado se
torna fastidioso, pondremos fin a nuestro discurso. A vosotros
os corresponderá recoger los fragmentos sobrantes, esto es, las
cosas más ingeniosas que se me escaparon de las manos;27 a
vosotros tanto como a mí cantar a aquel que nos alimenta a
todos: bendito sea Dios en sus dones, que vive y reina por los
siglos de los siglos.

26. Mt. 12,30.


27. Jn. 6,12.
SERMON 37

En la. fiesta de la Ascensión:


Volemos hacia Cristo junto al Padre

ADRE, mientras yo estaba con ellos, los guardaba en tu

P nombre.'

Admirable poder y amor admirable

Esta oración que el Señor elevó el día antes de su pasión


no es desatino aplicarla al día de la ascensión, esto es, al ins­
tante en que iba a separarse de los hijitos que recomendaba
al Padre. El que en los cielos creó, enseña y rige a la multitud
de los ángeles, en la tierra había reunido en torno a sí un
pequeño rebaño2 de discípulos a fin de instruirlos mientras
estaba presente en la carne, hasta que sus facultades ya un
poco más desarrolladas los capacitaran para las enseñanzas del
Espíritu. El que era grande amaba con gran amor a estos pe­
queños a quienes había segregado del amor del mundo y, ha­
biendo alejado de ellos toda esperanza terrena, veía que de­
pendían sólo de él. No obstante, mientras quiso vivir entre
ellos corporalmente no les pjodigó muchas pruebas manifies­
tas de su afecto, mostrándose más serio que tierno, como con­
venía a un maestro y padre. Pero cuando el tiempo de sepa­
rarse de ellos era inminente, pareció dejarse vencer por la
ternura de su afecto1, de modo que ya no pudo disimular más
la abundancia de la dulzura3 que hasta entonces les había
escondido.12
1. Jn. 17,11.12.
2. Le. 12,32.
3'. Sal. 30,20.
346 BEATO GUERRICO DE IGNY

De aquí que, habiendo amado a los suyos que estaban en


el mundo, los amó hasta el fin* Entonces, en efecto, derramó
sobre sus amigos toda la fuerza de su amor, antes de derra­
marse él mismo como agua, por amor de sus amigos.4 56
7Enton­
ces les entregó el sacramento de su cuerpo y sangre, e insti­
tuyó su celebración. No sé qué es más admirable aquí, si su
poder o su amor: para consolarlos de su partida, inventó una
nueva manera de estar presente, de suerte que, separándose
de ellos corporalmente, permaneciese no sólo con ellos, sino tam­
bién en ellos, en virtud del sacramento. Entonces, como olvi­
dándose de su majestad y como haciéndose injuria a sí mismo
—aunque para el que ama es un honor humillarse en favor de
sus amigos—, por una condescendencia inefable el Señor, ¡y qué
Señor!, lavó los pies de sus siervos y con este único acto les
dejó un modelo de humildad y un sacramento de perdón.

Una fórmula sintética de la salvación

2. Después de una larga exhortación, los recomendó a su


Padre y elevando' los ojos al cielo dijo entre otras cosas: Padre,
mientras yo estaba con ellos, los guardaba en tu nombre y nin­
guno de ellos se perdió si no es el hijo de la perdición. Pero
ahora voy a ti. Guarda en tu nombre a aquellos que me has
dado. No te ruego que los saques del mundo, sino que los pre­
serves del mal,'' y otras cosas que no podemos citar aquí, ni
mucho menos comentar. Esta oración, conforme al texto adu­
cido, se sintetiza en tres cosas, en las cuales también se halla
el resumen de la salvación, más aún, de la perfección, sin que
sea preciso' añadir nada más, a saber: que sean preservados
del mal, santificados en la verdad, glorificados con él. Padre,
dice, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo
estoy, para que contemplen mi gloria.''
Dichosos los que tienen por abogado al mismo juez; en su
favor ora el que debe ser adorado con idéntico honor al de

4. Jn. 13,1.
5. Sal. 21,15.
6. Jn. 17,11-15.
7. Jn. 17,24.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 347

aquel a quien ora. El Padre no le rehusará lo que piden sus


11porque tiene con él una misma voluntad y un mismo
labios,89
10
poder, por ser un solo Dios.8 Toda oración de Cristo debe cum­
plirse necesariamente, por cuanto su palabra es poder y su vo­
luntad, eficacia. En efecto, todas las cosas existen porque él
lo dijo y fueron hechas, él lo mando y fueron creadas.18 Quie­
ro, dice, que donde yo estoy, también ellos estén conmigo.11
Cuánta seguridad para los fieles, cuánta confianza para los
creyentes, con tal de que no rechacen la gracia recibida. Esta
seguridad no sólo se ofrece a los apóstoles y a sus discípulos,
sino a todos aquellos que gracias a su palabra creerán en la
Palabra de Dios. No ruego sólo por ellos, dice, sino por aque­
llos que han de creer en mí por medio de su palabra.'21314

Estrecha unión con los padecimientos de Cristo

3. Pero a vosotros, hermanos, se os ha dado, según dice el


apóstol, no sólo el creer en él, sino también el padecer por él.1’
La fe en la promesa de Cristo no os hace más negligentes por
la seguridad, sino más fervorosos por el entusiasmo, y en la
lucha cotidiana contra los vicios os merece la corona de un
martirio incesante. Incesante pero fácil, fácil pero sublime.
Fácil porque no se nos manda nada superior a las fuerzas;
sublime porque se triunfa del poder de aquel fuerte armado.11
¿Acaso no
¿Acaso no es fácil llevar el yugo suave de Cristo? 1516
es sublime tener un puesto elevado en su reino? Pregunto:
¿qué cosa más fácil que llevar alas que llevan a aquel que las
lleva?, ¿qué cosa más sublime que volar por encima de los
cielos, adonde ascendió Cristo? 18 Verdaderamente son santos
aquellos cuya juventud se renueva como el águila:17 tomarán

8. Sal. 20,3.
9. Me. 12,32.
10. Sal. 32,9.
11. Jn. 17,24.
12. Jn. 17,20.
13. Fil. 1,29.
14. Le. 11,21.
15. Mt 11,30.
16. Ef. 4,10.
17. Sal. 102,5.
348 BEATO GUERRICO DE IGNY

alas como las águilas 1819y volarán. ¿Adonde volarán? Donde­


quiera que esté el cuerpo, dice, allí se congregarán las águi­
las.1"

La metáfora del vuelo

4. Pero .. . ¿pensáis, hermanos, que podrá volar súbitamente


de la tierra al cielo quien ahora no aprende a volar mediante
el ejercicio y la práctica cotidianos? Si preguntas con qué maes­
tro, con qué guía, ¿acaso Cristo, como el águila, no incitaba
hoy a volar a sus polluelos cuando revoloteaba sobre ellos,
cuando a su vista era elevado y durante mucho tiempo ellos
lo seguían con sus ojos mientras se iba al cielo? 20 Podía sin
duda haber sido arrebatado súbitamente de su vista en un
abrir y cerrar de ojos, y llegar adonde quería. Sin embargo,
como el águila que incita a volar a sus polluelos revoloteando
sobre ellos,21 por una parte procuraba atraer hacia arriba, en
pos de sí, sus corazones a impulsos del amor, y por otra Ies
prometía, por el ejemplo de su cuerpo, que sus cuerpos po­
drían ser elevados de la misma manera. Como dice el apóstol,
conocedor del misterio eterno, también nosotros seremos arre­
batados sobre las nubes al encuentro de Cristo que viene.22 Él
mismo subió sobre los querubines y voló, voló sobre las alas
del viento,23 esto es, sobrepasó las virtudes angélicas. Sin em­
bargo, condescendiendo con tu debilidad, extenderá sus alas,
te tomará y te llevará sobre sus hombros,2425 con tal de que no
seas aguilucho degenerado, con tal de que no temas ser levan­
tado de la tierra y disfrutar de un aire más puro.
5. Algunos vuelan por la contemplación; tú al menos vuela
por el amor. Pablo fue arrebatado en espíritu y voló hasta el
tercer cielo,28 Juan hasta [aquel que] en él principio era el

18. Is. 40,31.


19. Le. 17,37.
20. Hech. 1,10-11.
21. Deut. 32,11.
22. 1 Tes. 4,17.
23. Sal. 17,11.
24. Deut. 32,11.
25. 2 Cor. 5,13; 12,2.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 349

Verbo;26 tú al menos no arrastres por tierra un espíritu dege­


nerado ni consientas que tu corazón se pudra en la tierra cu­
bierto por la indolencia. Antes bien, al que clama: “Levante­
mos los corazones”, al gran Pontífice que hoy, después de rea­
lizar una redención eterna, entró en el santuario,27 donde está
en la presencia de Dios intercediendo por nosotros, respóndele
fielmente: “Los tenemos levantados hacia el Señor.”2829
Pero si alguna vez buscaste no las cosas de arriba, sino las
de la tierra,20 repréndete ahora a ti mismo y di al Señor con el
profeta: ¿Qué hay para mí en el cielo y qué he de desear en
la tierra fuera de ti?30 ¡Pobre de mí, cuán miserablemente
erraba! ¡Tan grande es lo que me está reservado en el cielo y
yo lo- despreciaba! ¡Tan nada lo que está en la tierra, y tanto lo
deseaba! Puesto que Cristo, tu tesoro, subió al cielo, esté allí
también tu corazón.3132 De allí traes tu origen, allí tienen tu par­
te y tu herencia,82 desde allí aguardas al Salvador.33

26. Jn. 1,1.


27. Heb. 9,12.
28. Prefacio de la misa.
29. Col. 3,1.2.
30. Sal. 72,25.
31. Mt. 6,21.
32. Sir. 45,27.
33. Fil. 3,20.
SERMON 38

En la fiesta de Pentecostés i:
Demos frutos de acuerdo con el don recibido

IOS es inefable, inefable es su misericordia. Según es su

D nombre, así también su obra.

El Dios pródigo

Totalmente inefable es la condescendencia de la divina ca­


ridad para con nosotros. Poco era para el Padre haber entre­
gado a su Hijo a fin de redimir al esclavo,1 si no hubiera dado
también al Espíritu Santo a fin de adoptar al esclavo por hijo.
Dio al Hijo como precio de la redención, dio al Espíritu como
garantía de la adopción; y él mismo se reserva todo entero
como herencia para sus hijos adoptivos. ¡Oh Dios —si me es
lícito hablar así— pródigo de sí más allá del deseo del hombre!
¿Acaso no es pródigo el que da no sólo sus bienes, sino tam­
bién a sí mismo para recuperar al hombre, no tanto para sí
como para el propio hombre? ¿Acaso no es pródigo quien, así
como no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por
todos nosotros,12 tampoco perdonó al Espíritu Santo, por así
decirlo, antes lo derramó sobre toda carne con nueva y admi­
rable largueza?3 Muy dilapidador fue aquel hijo pródigo al
entregar a prostitutas tanto su patrimonio como a sí mismo;
pero mucho más dilapidador fue su padre para recobrar al
hijo perdido que él mismo para perderse,4 si se puede esta­
1. Pregón pascual, Exultet.
2. Rom. 8,32.
3. Joel 2,28.
4. Le. 15,11-32.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 351

blecer una comparación entre la gracia y el dinero, entre el


espíritu y la carne, entre Dios y el hombre.
Mira, pues, con cuánta liberalidad ha sido derramada sobre
la tierra la gracia del Espíritu, no sólo para confirmar a los
justos, sino también para justificar a los pecadores; cómo en
todas las naciones, cuando el Espíritu crea una raza nueva, se
renueva la faz de la tierra? Digo más, cuán grande mutación
se realiza a diario por la diestra del Altísimo,“ a saber, que
los hombres más pervertidos, los publicanos y las rameras pre­
cedan con mucho a los justos en el reino de Dios 5 67 y que los
últimos sean los primeros.89Verdaderamente el don no es como
el delito," porque donde abundó el delito allí sobreabundó la
la cual no sólo perdona los pecados, sino que también
gracia,1011
acumula los méritos de las virtudes. La redención a su vez,
restituye a los hombres caídos a un orden más sublime que
aquel en que los había establecido la primera creación.

La dureza del corazón humano

Realmente, en todas estas cosas, cuanto más admirable se


manifiesta la gracia de Dios, tanto más condenable se demues­
tra la dureza del hombre cuando rehúsa la gracia que se le
ofrece o no conserva la recibida. Porque ¿a quién no se le
ofrece?; ¿sobre quién no resplandece su luz?11 ¿Quién puede
escapar de su calor? 12
Dios no deja de dar testimonio a la conciencia de los hom­
bres, esclareciéndolos con el esplendor de la verdad y reani­
mándolos con el calor de su bondad, porque la luz verdadera
ilumina a todo hombre que viene a este mundo 13 y Dios hace
salir su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos y peca-

5. Sal. 103,30.
6. Sal. 76,11.
7. Mt. 21,31.
8. Mt. 19,30.
9. Rom. 5,15.
10. Rom . 5,20.
11. Job 25,3.
12. Sal. 18,7.
13. Jn. 1,9.
352 BEATO GUERBICO DE IGNY

dores.1* Pero ¡ay de aquellos que son rebeldes a la luz!14 Estos


1516
resisten al Espíritu Santo 10 y no asienten a la verdad 17 cuando
la entienden, y así como el barro se endurece por el calor del
sol, así también ellos se tornan más duros por la bondad y
beneficios de Dios, provocando audazmente a aquel que puso
todas las cosas en sus manos,

Buenos y malos: responsabilidad del cristiano

2. Pero ¿qué nos importan a nosotros los que están afuera?1819


Mi discurso se dirige a vosotros que recibisteis él Espíritu de
hijos adoptivos,1“ que tenéis como signo de esta adopción y
como garantía de vuestra herencia 20 ese mismo Espíritu quien
con un sello característico distingue los vasos de misericordia
de los vasos de ira.21 No obstante, debemos alegrarnos de nuestra
salvación, o más bien de la esperanza de nuestra salvación, de
manera que, a causa de nuestra mutabilidad, temamos en nos­
otros lo que deploramos en ellos [los malos]. En efecto, tan cruel
es desesperar de ellos, como temerario presumir de nosotros.
Conocemos el presente, tanto respecto de nosotros como res­
pecto a ellos, pero no podemos prever el futuro. Y no es leve
injuria al sumo poder en cuyas manos está el arbitrio de la
vida y de la muerte prejuzgar tan despiadadamente acerca de
ellos y tan temerariamente acerca de nosotros. En una pala­
bra: hemos sido sacados de la misma masa que ellos 22 y los
que hasta hace poco por nuestra naturaleza y conducta éramos
como ellos hijos de ira,23 de repente fuimos hechos hijos de
gracia.

14. Mt. 5,45.


15. Job 24,13.
16. Hech. 7,51.
17. Rom. 2,8.
18. 1 Cor. 5,12.
19. Rom. 8,15.
20. Ef. 1,14.
21. Rom. 9,22-23.
22. Rom. 9,21.
23. Ef. 2,3.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 353

Misericordia y justicia; su equilibrio

Seamos por tanto' para ellos ejemplo de esperanza que los


conduzca a [hacer] penitencia, y que ellos sean para nosotros
ejemplo de temor que nos incite a [predicar la] perseverancia.
En nosotros se manifiesta la misericordia [de Dios] para que
todos lo- amen; en ellos se revela el juicio para que se lo tema.
Cantaré para ti, Señor, la misericordia y el juicio,2425
dando gra­
26
cias por aquélla y haciendo oraciones por éste, tornándome
agradecido y alegre por aquélla, temeroso y prudente por
éste. Instruido en ambos, saltaré de gozo en ti con temor,23
porque entraré en tu verdad si mi corazón se alegra en el temor
de tu nombre.211 Pero este temor, que el amor hace casto-, no
quita el gozo, sino que lo conserva; no lo destruye, sino que
lo instruye; no lo torna amargo, sino que lo sazona, para que
sea tanto más durable cuanto más modesto, tanto más verda­
dero cuanto más grave, tanto más dulce cuanto más santo.
¡Gozo casto y fiel! Fiel es aquella sentencia del sabio acerca
de ti: No hay tesoro que valga más que la salud del cuerpo,
ni hay placer mayor que el gozo dél corazón27 Con este gozo
no pueden gozarse los impíos, cuyas risas necias y gozos frí­
volos detesta e increpa -el sabio: La risa, dice, la tuve por
desvarío y dije al gozo: ¡cuán vanamente te engañas!2829Mez­
clada está la risa con el dolor, el término del gozo es el duelo22

La efusión del gozo del Espíritu

3. Bienaventurado Jesús, ¡cuán distinto es el gozo tuyo con


que consuelas ahora a quienes renuncian a aquel gozo falso y
falaz! ¡Cuánto mejor es tu misericordia que la vida!30 ¡Cuánto
mejor es un día en tus atrios que mil!31 ¡Cuánto más felices

24. Sal. 100,1.


25. Sal. 2,11.
26. Sal. 85,11.
27. Sir. 30,16.
28. Ecle. 2,2.
29. Prov. 14,13.
30. Sal. 62,4.
31. Sal. 83,11.
354 BEATO GUERRICO DE IGNY

haces a tus pobres con tu pobreza 32 que lo que puede hacerlos


el mundo con tan grande afluencia de bienes, donde todo lo
que afluye se esfuma y arrastra consigo a quien le está unido!
Otras delicias eran las que se derramaban sobre la familia
pobre de Cristo, a la cual inundaba el ímpetu del río que ale­
gra la ciudad de Dios,3334cuando en este día el Espíritu, a ma­
35
nera de torrente, llenó toda la casa donde estaban sentados '*
los apóstoles. La divina Verdad cumplía lo que había prome­
tido por el profeta: Mirad que yo me derramaré sobre vos­
otros como un río de paz y como un torrente que inunda de
gloria las naciones.33 ¡Cuánta afluencia de bienes para aque­
llos en quienes se derramó un bien tan grande! ¡Qué gran to­
rrente de bienes brotaba de aquellos de cuyo seno fluían ríos
de agua viva!36 No sólo brotaba de su corazón la benevolen­
cia de la caridad, sino que también de sus labios fluía el ímpe­
tu de un torrente de elocuencia al cual no podían resistir ni
contradecir sus adversarios, según se dice de Esteban: No
podían resistir la sabiduría ni el espíritu con que hablaba.3’’
4. A estos gozos, hermanos, os invita ahora vuestro Conso­
lador. Con este torrente de sus delicias 3839
42desea saciar las al­
41
40
mas sedientas de los que lo aman. Si alguno tiene sed, dice,
venga y beba.33 ¡Oh liberalidad desbordante de Dios! ¡Inago­
table largueza de la bondad divina! Ofrece a todos el Espíritu
cuyas primicias dio hoy a los apóstoles. Abre su tesoro, la fuen­
te de aguas vivas,“ tanto a los hombres como a los jumentos,
como si él mismo fuera deudor de todos, de sabios e ignoran­
tes.11 Todos los que tenéis sed, dice, venid a las aguas.13 No
hace acepción de personas, no se fija en la condición, no busca

32. Mt. 5,3.


33. Salt. 45,5.
34. Hech. 2,2.
35. Is. 66,12.
36. Tn. 7,38.
37. Hech. 6,10.
38. Sal. 35,9.
39. Jn. 7,37.
40. Núm. 20,6.
41. Rom. 1,14.
42. Is. 55,1.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 355

méritos; sólo basta tener sed, querer ir. La gracia, en efecto,


no admite a los que están hastiados, antes, así como colma de
bienes a los hambrientos, despide a los ricos con las manos
vacías.43

El desprecio y la inconstancia del hombre

¡Oh hastío, tiña de los corazones, herrumbre de los espí­


ritus, languidez perniciosa de las almas, que nos hace detestar
la palabra buena de Dios, menospreciar el don celestial, has­
tiarnos del maná a causa de las ollas de carne!4445¡Qué epide­
mia tan pestífera, qué enfermedad tan mortal, la que hace al
hombre olvidadizo de su salvación y que es causa de que se
acerque a las puertas de la muerte4647riendo y desaprensivo!
Pregunto: ¿por qué esta epidemia contaminó tan hondamente
los apriscos de Cristo e invadió sus rebaños, de manera que a
muchos miembros de la grey del Señor el lugar de pastos don­
de fueron colocados les parece un lugar de horror y de vasta
soledad,10 y en medio de pastos ubérrimos y verdes hierbas *’
perecen miserablemente languideciendo a causa del hastío?
¿Acaso, insisto, no gustaron el don celestial y se hicieron par­
tícipes del Espíritu Santo? ¿No gustaron la palabra buena de
Dios y los prodigios del mundo futuro?4849Y si no gustaron la
palabra buena de Dios, ¿por qué tantas veces brotó de su cora­
zón una palabra buena,48 cuando del recuerdo de la abundan­
cia de su suavidad sus labios prorrumpieron en un himno? 50
Ahora asisten a las divinas alabanzas y dormitan, o bien su
imaginación se entretiene en cosas ociosas o aun perniciosas;
sentados ante el libro, bostezan; escuchan la palabra de exhor­
tación, y de sólo escucharla se cansan; pasan de unos pastos
a otros, y tanto éstos como aquéllos les causan hastío; se ha-

43. Le. 1,53.


44. Ex. 16,3.
45. Sal. 106,18.
46. Deut. 32,10.
47. Ez. 34,14.
48. Heb. 6,4.5.
49. Sal. 44,2.
50. Sal. 118,171; 144,7.
356 BEATO GUERRICO DE IGNY

lian de continuo en medio de alimentos de vida, y se mueren


de hambre.

Una grave denuncia

Después de aquella feliz experiencia, del suave gustar de


la dulzura celestial, ¿cómo se introdujo tan grande olvido, tan­
to descuido del bien, tanta languidez en el espíritu? Sólo les
resta prorrumpir en estos lamentos, si por lo menos quisieran
lamentarse: He sido cortado como el heno y mi corazón se secó,
pues me olvidé de comer mi pan?1 Sin duda corrían bien;
¿quién los fascinó para hacerlos volver atrás? Comenzaron por
el espíritu, ¿cómo es que ahora acaban por la carne? Se ali­
mentaban con manjares, ¿cómo ahora mueren en el camino? 63
5. Vean esos tales, les ruego, si el enemigo —que acostum­
bra sembrar cizaña sobre la buena simiente del padre de fa­
milias cl—, después de aquel suave alimento de Cristo, no ha­
brá impregnado con su hiel el paladar de ellos, quitándoles
no sólo el deseo, sino hasta el recuerdo del sabor gustado an­
teriormente.
De hecho el apóstol denuncia a quiénes se hallan en tal situa­
ción: No podéis beber del cáliz del Señor y del cáliz de los
demonios. No podéis participar en la mesa del Señor y en la
mesa de los demonios?1 ¿No te parece que está no sólo abre­
vado, sino embriagado del cáliz de los demonios el que se
deja arrastrar por el furor de las pasiones, la sensualidad, la
ira, la impaciencia, y otras semejantes? En cuanto a mí —para
hablar de aquellas cosas que se han tornado usuales en vez
de parecer culpables—, pienso que participa de la mesa de los
demonios, y alimentándolos es alimentado por ellos, el que
tiene una boca rebosante de malicia y una lengua urdidora de
engaños; el que se sienta a hablar contra su hermano y des­
honra escandalosamente al hijo de su madre;56 el que, aun51 56
55
54
53
52
51. Sal. 101,5.
52. Gál. 3,3.
53. Tren. 4,5.
54. Mt. 13,24s.
55. 1 Cor. 10,20-21.
56. Sal. 49,19.20.
HOMILÍAS LITURGICAS 357

cuando evita la murmuración, escucha de buen grado al que


murmura; el que con sus bufonadas y palabras burlonas disipa
a otros, haciéndolos reír a carcajadas.
Considere esta persona si es digna —después de haberse
revolcado como en sangre inmolada a los demonios y en sus
impurezas— de ser admitido de inmediato a la mesa de Cristo
y de los ángeles.
Sin embargo, lejos de mí, hermanos míos, que al decir estas
cosas pretenda acusar vuestra inocencia, de la cual me com­
plazco en extremo. Las he dicho para que os salvéis y, hacién­
doos más prudentes con el ejemplo de los otros y lavando vues­
tras manos en la sangre del pecador,57 procuréis conservar con
toda solicitud la gracia del Espíritu Santo —que otros pierden
por su negligencia— para alabanza y gloria del mismo dador
Jesucristo', Señor nuestro, que vive y reina por todos los siglos
de los siglos. Amén.

57. Sal. 57,11.


SERMON 39

En la fiesta de Pentecostés n:
Del misterio de las lenguas y del don de lágrimas

OS apóstoles hablaban en varias lenguas las maravillas de


Dios.1

Alabanza de la ley espiritual

En efecto, de la abundancia del corazón hablaban las len­


guas.1234Las alabanzas de Dios estaban en sus bocas,“ porque la
caridad de Dios se había derramado en sus corazones.1
¡Señor, Dios mío! También yo te alabaría de la misma ma­
nera si de la misma manera hubiera sido' embriagado. Como
mi alma está árida,56mi lengua está entorpecida. Pero que mi
alma se sacie como de enjundia y de manteca, y mis labios
te alabarán jubilosos.0 Mis labios prorrumpirán en un himno,
pero cuando me instruyas en tus mandatos,7 es decir, cuando
me des a gustar cuán suave eres,89para que aprenda a amarte
con todo mi corazón, con toda mi alma, con todas mis fuerzas.”
Tú eres bueno, y en tu bondad enséñame tus mandatos.10 Tu

1. Hech. 2,4.11.
2. Le. 6,45.
3. Sal. 149,6.
4. Rom. 5,5.
5. Núm. 11,6.
6. Sal. 62,6.
7. Sal. 118,171.
8. Sal. 33,9.
9. Me. 12,30.
10. Sal. 118,68.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 359

bondad es tu unción con la cual instruyes a aquellos de quie­


nes se predijo: Todos serán instruidos por Dios.“' Dichoso el
hombre a quien tú educas, Señor, y a quien enseñas tu ley.'2
La ley del Señor, inmaculada, que convierte las almas, es el
13 ley realmente ígnea, que está a su derecha,14 que está
amor: 11
12
escrita por el dedo de Dios 1516sobre la superficie del corazón,
y que hace arder ese mismo corazón con un incendio de amor
y la boca con una palabra de fuego. Desde lo alto, dice, envió
un fuego hasta mis huesos y me instruyó.“1

Lenguas de fuego para enseñar y predicar

¡Con cuánta facilidad y rapidez, con cuánta abundancia y


riqueza aquel fuego enviado por el Señor Jesús a la tierra 17
no sólo enseñó a los ignorantes, sino que también liberó a los
encadenados! Lenguas realmente de fuego repartió de sí mis­
mo aquel fuego; ellas abrasaron de tal modo, no sólo las inte­
ligencias, sino también las lenguas de los apóstoles, que aún
ahora el oyente piadoso puede inflamarse con sus palabras.
Lengua realmente de fuego la de Pedro, lengua de fuego la de
Pablo, en cuyas palabras aún ahora vive el fuego perpetuo
que centellea también sobre nuestros corazones si nos acerca­
mos a ellas, si no apartamos el oído ni el espíritu de sus dis­
cursos.
2. Si hubiera merecido recibir algunas de esas lenguas, tam­
bién yo diría: El Señor me dio en recompensa una lengua y
según está escrito de los apóstoles: Habla­
con ella lo alabaré,1819
ban en varias lenguas de las maravillas de Dios.10 Y asimismo
yo diría: El Señor me dio una lengua sabia a fin de que sepa
sostener con mis palabras al que está caído.20 Los apóstoles, y
11. Is. 54,13; Jn. 6,45.
12. Sal. 93,12.
13. Sal. 18,8.
14. Deut. 33,2.
15. Mt. 12,28; Le. 11,20; cf. Ex. 31,18; Deut. 9,10.
16. Tren. 1,13.
17. Le. 12,49.
18. Sir. 51,30.
19. Hech. 2,4.11.
20. Is. 50,4.
360 BEATO GUERRICO DE IGNY

quienes se les asemejan por el don de lenguas recibido, pu­


blican las maravillas de Dios, increpan a los tiranos, atormen­
tan a los demonios, derraman la lluvia sobre la tierra, abren
los cielos, por cuanto sus lenguas se han convertido en llaves
del cielo,21 de donde precisamente fueron enviadas las lenguas.

El Espíritu inspira palabras de exhortación y curación

En cuanto a mí, ojalá se me dé al menos una lengua de perro


para poder lamer primero las úlceras propias, después las aje­
nas,22 si tal vez hubiera algunos que me permitiesen hacerlo.
Dichosos ciertamente aquellos a quienes el amor y la dilección
por las alabanzas divinas llenan el corazón de gozo y la boca
de júbilo. Pero también llamaría dichosos a aquellos que, al
extraer la infección y purulencia de las heridas de las almas,
atraen sobre ellos el Espíritu y la gracia que sacia sus almas.
En efecto, tienen hambre y sed de justicia 23 y padecen hambre
Por eso no los hastía nada de lo que puedan
como los perros.2425
26
introducir en su cuerpo, ni tienen aversión a ningún pecador
a quien puedan convertir a la justicia. Lo que Dios ha puri­
ficado, no lo llames impuro23 se le dijo al príncipe de los após­
toles, y en él a los otros. Por esta razón, él sacrifica y come
toda clase de reptiles y aves y dice: Las cosas que primero
mi alma no quería tocar, ahora, por la angustia de un deseo
impaciente, son mi comida.21' Más aún, es de admirar que cuan­
to más amargo resulta el pecador antes de su conversión, tanto
más dulce se torna después de convertido; cuanto más deses­
peramos de él, tanto más nos alegra su salvación, porque más
admiramos la gracia del Salvador, el cual, llevando sobre sus
hombros la oveja perdida, causa más gozo a los ángeles por
un pecador que hace penitencia que por noventa y nueve jus­
tos27

21. Apoc. 4,6.


22. Le. 16,21.
23. Mt. 5,6.
24. Sal. 58,7.
25. Hech. 10,15.
26. Job 6,7.
27. Le. 15,3-7.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 361

3. Digan, pues, los que han recibido la gracia: ¡Qué dulces


a mi paladar son tus palabras, Señor! "s Pero mi alma hambrien­
ta y famélica como un perro 20 aun lo amargo lo tiene por dul­
29 y lo abominable por deseable. Que otros se deleiten en libar
3031
ce 2833
32
la miel de las Escrituras; yo en cambio me deleitaré en lamer
las úlceras de los pecadores, es decir, las mías y las de los que
se me parecen. En verdad repelente y horrible a la vista es
la úlcera del pecado, pero nadie sabe ni puede conocer cuál
es su sabor y gracia al lamerla sino aquel que tiene hambre
de la salvación de los que están en peligro, que está hambrien­
to como un perro. De [hombres como] éste se ha dicho: La
lengua de tus perros participa de [la sangre de] los enemigos.'1
Mas, ¡ay de los miserables que con tanto empeño corren a
la perdición y con tal ardor se entregan a la muerte, que cu­
bren sus llagas y rehúsan el cuidado de los perros, y conside­
ran la aspereza de la lengua que quiere curarlos como una
mordedura llena de odio mortal! Odian al que los reprende en
público y aborrecen al que habla con perfección.'2 Al que ha­
bla con perfección, digo, no tanto porque diserta sobre la per­
fección como porque reprende con amor perfecto. Pero ¿diré
con amor perfecto o con odio perfecto? Con uno y otro, no
sólo amor perfecto, sino’ también odio perfecto, por cuanto un
odio perfecto no es sino un amor perfecto, y uno y otro cons­
tituyen una única perfección que el apóstol enuncia cuando
dice [que debemos amar honradamente], odiando el mal y
adhiriéndonos al bien."'3

Las angustias del abad maestro

4. Pero volvamos al hilo del discurso. Yo deseaba una lengua


para alabar a Dios, o al menos una lengua para curar las úlce­
ras de los que confiesan sus faltas. En lo primero busco el
fruto de la devoción divina, en lo segundo el beneficio de la
28. Sal. 118,103.
29. Sal. 58,7.
30. Prov. 27,7.
31. Sal. 67,24.
32. Amos 5,10.
33. Rom. 12,9.
362 BEATO GUERRICO DE IGNY

salvación de mis hermanos, deseando seros agradable en lo


primero y útil en lo segundo. Tengamos en cuenta que, respecto
del arte y el oficio de los poetas profanos, se encuentra [esta
expresión] en uno de ellos: “Los poetas quieren aprovechar o
agradar; lo consigue aquel que sabe mezclar lo útil con lo
agradable.” 3435
36
Deseaba, repito, para mí la gracia de la palabra para poder
servir diligentemente a Dios y a vosotros, para compensar de
algún modo con la palabra lo que falta a mi ejemplo. Sin em­
bargo este consuelo es bastante endeble para mí si digo y no
hago, si abundan las recomendaciones de la lengua, pero fal­
tan los méritos de la vida. Y además tal vez deba temer que
Dios me diga como al pecador: ¿Por qué hablas de mis man­
damientos y tomas en tu boca mi alianza? 33 Pero, ¿qué haré?
Si hablo, no se mitigará mi dolor, y si guardo silencio, no por
eso me de/ara.38 Por ambas partes me invade el terror y me
hallo estrechado de ambos lados,37 porque el cargo que desem­
peño me exige hablar y mi vida contradice mi lenguaje.
Sin embargo, recuerdo las palabras del sabio: El hombre
que trabaja, para sí trabaja, que a eso lo fuerza la boca?3 Ha­
blaré, por consiguiente, no como lo requiere mi cargo, sino
según la capacidad de mis facultades o, más bien, según el
Señor me lo conceda; en sus manos estamos tanto nosotros
como nuestras palabras. Hablaré, repito, me comprometeré con
mi propia lengua, a fin de verme obligado a trabajar algunas
veces al menos por vergüenza. Y si la debilidad de mi cuerpo
me dispensa del trabajo manual, ciertamente el alma del tra­
bajador trabajará para él, a fin de decir con David: Mi gemido
era mi trabajo?” ¡Oh si me fueran dados aquellos gemidos
inefables con los cuales el Espíritu pide para los santos,40 de

34. Horacio Ars poet. (v. 3.33.343).


35. Sal. 49,16.
36. Job 16,7.
37. Fil. 1,23.
38. Prov. 16,26.
39. Sal. 6,7.
40. Rom. 8,26.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 363

manera que yo trabaje con ellos! Sin duda el trabajo de tales


gemidos compensaría ampliamente en mí el trabajo manual
cotidiano.

Nos conviene el gemido

5. También vosotros, hermanos, si habéis aprendido a desear


los carismas mejores,41 rogad al Espíritu que se digne derra­
mar en vosotros tales gemidos. No sé si entre los dones del
Espíritu hay algo más conveniente y útil para quienes están
envueltos en miseria y flaqueza. No sé si para el Espíritu Santo,
que se apareció en forma de paloma,42 puede existir un sonido
más familiar y agradable que el gemido.43 Una cosa sé, sin
embargo, y es que en ninguna otra tarea se nos ofrece materia
tan abundante y preparada como en nuestro gemido y llanto,
a no ser que nuestra soberbia disimule su propia miseria o
nuestro espíritu se endurezca por la estupidez y la demencia.
La medicina del Espíritu Santo —que es nuestra luz y salva­
— obra este primer efecto en los enfermos que toma bajo
ción 4445
su cuidado: el demente adquiere conciencia de sí, y luego,
volviendo a su corazón, dice al Señor con el profeta: Después
que me convertiste, hice penitencia; después que me ilumi­
naste, herí mi muslo1" En efecto, quien no añade nada a su
ciencia, tampoco añade a su dolor,4647y quien no se duele no
merece consuelo. Bienaventurados los que lloran, porque serán
consolados.
Pienso que el consuelo del Paráclito no habría encontra­
do hoy un lugar en los apóstoles si ellos no hubiesen llorado
al sentirse desconsolados: los hijos del Esposo no podían me­
nos de llorar cuando el Esposo les había sido quitado.48 Por

41. 1 Cor. 12,31.


42. Mt. 3,16s.
43. Is. 59,11.
44. Sal. 26,1.
45. Jer. 31,19.
46. Ecle. 1,18 (LXX).
47. Mt. 5,5.
48. Mt. 9,15.
364 BEATO GUERBICO DE IGNY

eso les decía [el Señor]: “Si yo no me voy, el Paráclito no


vendrá a vosotros.'“ Si no quedáis desconsolados al veros pri­
vados de mi presencia corporal, no os consolará mi visita es­
piritual.”
Dad, se lee [en los Proverbios], una bebida fuerte a los que
están tristes y vino a los que tienen el corazón lleno de amar­
gura,““ pero no a los que están embriagados de la alegría y los
placeres mundanos. ¿Qué hay de común entre la justicia y la
iniquidad? O1 ¿Acaso pueden beber el cáliz del Señor y el cáliz
de los demonios? 49 51
5056Beban los apóstoles, [que son] pobres, y
5253
55
54
olviden su pobreza,“2 para poder decir: [Aparecemos] como po­
bres, aunque enriquecemos a muchos.“1. Beban los que están
tristes por la ausencia del Esposo y no se acuerden ya de los
dolores/5 Si conocimos a Cristo según la carne, declaran ellos,
ahora ya no lo conocemos así.““ Y a ti mismo, si pueden decir con
el piadoso afecto del salmista: Yo soy pobre y afligido,“7 te enri­
quecerá y te alegrará la sobria embriagues de este preclaro cá­
liz."8. Así, aunque seas pobre, la pobreza no atormentará tu áni­
mo, y si te afligías por haber pecado, el remordimiento del pe­
cado ya no morderá tu conciencia.

La visita constante del Espíritu

6. Consideremos que el mismo Espíritu Santo vino al mun­


do 5960para ejercer un juicio como este, de modo que los afli­
gidos ya no se aflijan y los que se ríen se entreguen a un due­
lo eterno e inconsolable. Sí, es mejor ir a casa de duelo que
a casa de festín.““ Si bien a veces merece el consuelo que le

49. Jn. 16,7.


50. Prov. 31,6.
51. 2 Cor. 6,14.
52. 1 Cor. 10,20.
53. Prov. 31,7.
54. 2 Cor. 6,10.
55. Prov. 31,7.
56. 2 Cor. 5,16.
57. Sal. 68,30.
58. Sal. 22,5.
59. Jn. 9,39.
60. Ecle. 7,3.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 365

hace olvidar sus dolores —aquellos por los cuales recibe el


consuelo—, con todo prepara siempre lugar para nuevos con­
suelos, o sea, busca en sí nuevas causas de dolor, no lison­
jeándose como si fuera justo en todo, sino siendo acusador y
juez de sí mismo, tanto más perspicaz01 en cuanto ya comen­
zó a ser iluminado. A mi modo de ver, el Espíritu consolador
viene frecuentemente a aquel que se porta de este modo por
haberse anticipado él mismo a su venida; visita para otorgar
el consuelo, pero previene de su visita para enseñar a llorar.
El duelo santo y religioso es, entre todas las enseñanzas
del Espíritu, el primero en cuanto al orden y el principal en
cuanto a su utilidad, puesto que es la suma sabiduría de los
santos, la salvaguardia de los justos, la sobriedad de los tem­
perantes, la primera virtud de los principiantes, estímulo de
los adelantados, coronamiento de los perfectos, salvación de
los que están por perecer, puerto de los que están en peli­
gro. Este duelo tiene la promesa de los consuelos en el tiem­
po presente y de los gozos en el futuro, a los cuales se digne
conducirnos aquel que vive y reina por todos los siglos de
los siglos. Amén.

61. Prov. 18,17.


SERMON 40

En el nacimiento de san Juan Bautista i:


JUAN, MODELO DEL CRISTIANO

H, Señor Dios! Ya ves que no sé hablar, porque en cuan­

O to a la inteligencia soy un niño.1

Niñez y puerilidad

Hermanos: Si Jeremías —como oísteis en la lectura de ayer


[durante la misa de la vigilia]—, más por modestia que por
razón, alegaba la flaqueza de su edad para no asumir el mi­
nisterio de la predicación, ¡con cuánta más razón deberé yo
alegar la flaqueza de mi inteligencia! Si la falta de edad ate­
morizaba a quien había sido santificado desde el seno mater­
no 1234 y enviado por una elección manifiesta de Dios, ¿cómo
me atreveré yo a hablar cuando la conciencia no me ofrece
el menor testimonio' de santidad y carezco de ciencia sufi­
ciente para expresarme? A él le causaba temor su niñez, y a
mí ¿no me lo causará mi puerilidad?
Con todo, tíi, niño, profeta del Altísimo,’ acerca de quien
debo predicar hoy por razón de mi cargo, no admites que
ponga por excusa mi puerilidad, sin procurar al menos bal­
bucir, a manera de niño, algo acerca de ti, aunque en otras
materias más fáciles todavía no haya aprendido a formar
palabras acabadas. A ti te corresponderá, oh voz del Verbo,
voz de la Sabiduría, desatar esta lengua dedicada a ti, tú
que aun antes de saber hablar devolviste a tu padre mudo
la facultad del habla/
1. Ter. 1,6.
2. jer. 1,5.
3. Le. 1,76.
4. Le. 1,64.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 367

La gracia del Verbo se difunde

No sin gran provecho devolvió [Juan] la facultad —antes


quitada— del habla a aquel a quien fue concedida al mismo
tiempo la gracia de profetizar; así tanto el padre como la
madre se gozaron de compartir de algún modo las prerroga­
tivas otorgadas a su hijo.
2. El que había de ser profeta y más que profeta/ mejor
aún, el que había comenzado a profetizar antes de hablar y
a tener conciencia de Dios antes que de sí mismo, hacía tam­
bién profetas a sus padres, derramando la superabundancia
de su espíritu y de su gracia sobre los que le habían propor­
cionado la sustancia de su carne. La misma Isabel, cuando el
niño saltó de gozo en su seno,“ profetizó también ella llena
del Espíritu Santo/ porque el hijo que aún no podía hablar
a su madre le revelaba con un júbilo manifiesto la presencia
oculta del Señor. Saludaba al Salvador moviéndose según po­
día y como precursor diligente ansiaba lanzarse al encuentro
del Señor.
¡Gracia a todas luces incomparable, poder inestimable de
la virtud divina! Mientras resuena en los oídos de Isabel,8 la
voz de María penetra en el corazón de Juan, encerrado aún
en las entrañas maternas, anima su espíritu y lo llena de un
gozo saludable. El poder de la naturaleza apenas acababa de
infundir el alma, cuando ya el poder de la voz de María le
infundía abundantemente el espíritu de profecía; de este mo­
do, de la plenitud del hijo este espíritu se derramó copiosa­
mente sobre la madre. En verdad María fue llena de gracia.9
Era manifiesto que estaba en ella el Dios de toda gracia, de
cuya liberalidad copiosa y magníficamente manaba la abun­
dancia de la gracia, primero hacia su Madre, luego de su
Madre a Juan y de Juan a sus padres. Así del seno de María
fluían ríos de agua viva,10 y una fuente de vida y de gracia
5. Mt. 11,9.
6. Le. 1,44.
7. Le. 1,41.
8. Le. 1,44.
9. Le. 1,28.
10. Jn. 7,38.
368 BEATO GUERRICO DE IGNY

brotaba en medio del paraíso para regar los árboles del pa­
raíso.11

Juan, imagen precursora de Cristo

3. Próximo a esta fuente se alzaba un cedro famoso; me


refiero a Juan, primo y amigo del Esposo,11 12 precursor, bau­
tista y mártir del Señor. Por haber sido regado con tanta
abundancia, creció de tal manera que entre los nacidos de
mujer no es posible hallar otro más sublime.1314 16Estaba muy
15
próximo al Salvador, unido a él no sólo por la consaguinidad
e íntimo por la amistad, sino que se le aproximaba más que
cualquier otro mortal por la gloria de la anunciación, la no­
vedad de su nacimiento, su santidad casi original, su predi­
cación semejante a la del Señor, su poder de bautizar, su en­
tereza en el sufrimiento. En fin, si se pasaran por alto otras
muchas cosas, si callaran todos los vaticinios de los profetas
acerca de él, la sola gracia de su nombre, que le fue puesto
por el ángel antes de ser concebido,11 bastaría para testimo­
niar suficiente y abundantemente la gracia singular que Dios
habría de comunicarle.
En efecto, era justo que la gracia de Dios, derramada por
la llena de gracia, fuera predicada por un hombre lleno de
gracia, y que ésta brillara de una manera no común en quien
habría de separar como un límite el tiempo de la ley y el
tiempo de la gracia. Porque la ley y los profetas profetizaron
hasta Juan,™ y él fue el primero en mostrar presente a aquel
cuya venida habían prometido la ley y los profetas.

El gozo de conocer a Cristo por medio de Juan

4. Con razón alegró entonces a muchos y también a mu­


chos alegra el nacimiento de este niños’6 él, nacido en la vejez

11. Gen. 2,6.10.


12. Jn. 3,29.
13. Mt. 11,11.
14. Le. 2,21; cf. Le. 1,13.
15. Mt. 11,13; Le. 16,16.
16. Le. 1,14.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 369

de sus padres, había de predicar al mundo envejecido la gra­


cia de un nuevo nacimiento. Con razón la Iglesia venera so­
lemnemente este nacimiento que la gracia realiza de un mo­
do admirable y del cual se admira la naturaleza. Principal­
mente porque ve que por este nacimiento le es otorgada la
garantía fiel de aquel nacimiento singular cuya gracia res­
tauró la naturaleza. La Iglesia en modo alguno se muestra
ingrata u olvidadiza, antes bien reconoce fielmente con qué
devoción y acción de gracias debe recibir al precursor por
quien conoció al mismo Salvador.
A mí me causa un gozo- nuevo el nacimiento de la lámpa­
ra del mundo,17 gracias a la cual conocí a la verdadera luz
que brilla en las tinieblas, pero que las tinieblas no recibie­
ron.1819
Sí, este nacimiento me causa un gozo inefable por cuan­
to con él nacen para el mundo tantos y tan grandes bienes.
En efecto, él es el primero que catequiza a la Iglesia, la ini­
cia por la penitencia, la prepara por el bautismo; una vez
preparada, la entrega a Cristo y la une con él; después de
enseñarle a vivir con sobriedad, con su propia muerte la ani­
ma a ir con intrepidez a la muerte, y con todo esto prepara
para el Señor un pueblo perfecto.10

La exigente exhortación de Juan

5. Hermanos, vuestra intención es —según pienso y deseo-


caminar presurosamente hacia la perfección. ¡Pronto alcan­
zará la perfección quien torne su espíritu dócil a las ense­
ñanzas de este maestro! Los comienzos de su justicia aventa­
jaron la medida de la perfección humana, los rudimentos de
su primera edad superaron la sabia madurez de los ancianos.
Siendo santo antes de nacer, ¿a qué asombrarse de que en
el transcurso de su vida fuera más que santo?
Podemos admirar tu santidad, pero no podemos imitarla,
tú el más santo de los santos. Es absolutamente necesario
—ya que de publicanos y pecadores te apresuras a preparar

17. Jn. 5,35.


18. Jn. 1,5.
19. Le. 1,17.
370 BEATO GUERRICO DE IGNY

un pueblo perfecto para el Señor—20 que les hables de una


manera más humana de como vives, que les propongas un
modelo de perfección, no1 según tu forma de vida, sino se­
gún la flaqueza de las fuerzas humanas. Haced, dice, dig­
nos frutos de penitencia.21
Nosotros, hermanos, sólo podemos pavonearnos de hablar
más perfectamente de lo que vivimos; en cambio Juan, vi­
viendo de un modo más sublime de lo que los hombres pue­
den comprender, les hablaba en una lengua adaptada a ellos:
Haced, dice, dignos frutos de penitencia. “Voy a hablar en
forma humana [dice Juan] a causa de la flaqueza de vuestra
Si aún no puede darse en vosotros la plenitud de to­
carne.2223
25
24
dos los bienes, que se dé al menos verdadero arrepentimien­
to de todos los males. Si aún no lográis hacer frutos de per­
fecta justicia, vuestra perfección sea mientras tanto frutos de
penitencia.”

Frutos de vida nueva

6. Si queremos recordar, hermanos, la lectura de ayer, po­


dremos aplicar a estos dignos frutos de penitencia lo que se
le dice a Jeremías o más bien a Juan bajo la figura de Jere­
mías: Para arrancar y destruir, y arrasar y demoler; y a los
frutos de justicia: Para edificar y plantar.22 Dichoso quien pres­
ta ayuda a este extirpador, porque él mismo es ayudante de
Dios. [Juan] coopera con la palabra y la gracia de Dios en
este ejercicio y trabajo de arrancar y destruir de los afectos
y las costumbres todo renuevo que no haya plantado el Padre
celestial21 que él destruya y arrase todo el edificio de sober­
bia y confusión babilónicas, para luego edificar y plantar me­
jor, conforme está escrito: Han derrumbado los ladrillos, pero
construiremos con sillares. Cortaron los sicómoros, pero en su
lugar plantaremos cedros22 Que se alce el abeto en lugar del

20. Le. 1,17.


21. Le. 3,8.
22. Rom. 6,19.
23. Jer. 1,10.
24. Mt. 15,13.
25. Is. 9,10.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 371

espliego y el arrayán en lugar de la ortiga/" y toda la hermo­


sura y gracia de las virtudes en lugar del moho y la repug­
nancia de los vicios.
¿Quién es, a tu parecer tan perfecto entre nosotros que ten­
ga al menos este inicio de perfección? ¿Quién habrá tan dig-
> no y perfecto penitente que condene severamente los males
que hizo, que renuncie en todo momento a sus antiguos vi-
l cios, que arranque de raíz y arrase del campo de su corazón
todo germen de maldición, de manera que no vuelva a ger­
minar ningún fruto de amargura26 27 proveniente de una raíz
corrompida? ¿Quién destruirá de una vez para siempre y de­
molerá toda altanería que se eleva282930contra la humildad de
Cristo, de modo que jamás reedifique lo que ha destruido?
i ¡Qué feliz sería hoy la Iglesia de los santos, en cuánta paz
| y gracia rebosarían las comunidades de los bienaventurados
! pobres, si la penitencia de los principiantes y la justicia de
I los que quieren pasar por perfectos y santos dieran esos fru-
¡ tos que deberían producir! En cuanto a nosotros, que no te-
| nemos la justicia de los santos ni la adecuada penitencia de
• los pecadores, redimamos al menos en parte nuestra tibieza
i con la devota veneración de los santos, en especial de san Juan,
cuya santidad floreció tan magníficamente que es tenido por
el más santo de los santos. Celebremos y meditemos, herma­
nos míos, el glorioso esplendor de su santidad,20 para que nos
obtenga la remisión de nuestros pecados 20 de parte de aquel
de quien mereció ser amigo privilegiado, el Hijo de Dios que
con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por todos los si­
glos de los siglos. Amén.

26. Is. 55,13.


27. Deut. 29,18; Heb. 12,15.
28. 2 Cor. 10,5.
29. Sal. 144,5.
30. Sal. 78,9.
SERMON 41

En el nacimiento de san Juan Bautista ii:


De la violencia necesaria para arrebatar el reino
de los cielos

ESDE los días de Juan el Bautista, el reino de los cie­

D los sufre violencia y los esforzados lo arrebatan.'

El ejemplo de Jacob-Israel

Con razón es motivo de alegría para nosotros el nacimiento


de aquel cuyos tiempos son tan afortunados que desde enton­
ces el reino de Dios se nos ofrece para ser arrebatado; y se nos
ofrece a nosotros, a quienes nuestra justicia no bastaba para
merecerlo. Con razón muchos se alegran de su nacimiento/
según prometía el ángel, pues desde entonces los tiempos cam­
biaron con tanta felicidad que el reino de Dios, antes imposi­
ble de obtener por la justicia de los inocentes, ahora es in­
vadido y poseído por la violencia de los penitentes. En efec­
to, ¿cómo designar la penitencia de los pecadores, sino como
una violencia hecha al reino de los cielos? ¿Acaso no es violen­
cia arrancar por la fuerza lo que no era concedido por la na­
turaleza, o sea, que quienes por naturaleza eran hijos de ira
y del infierno, por un trabajo obstinado que todo lo vence se
introduzcan en la herencia de los santos y participen de su
gloria?
¿Acaso no fue violento con Dios aquel intrépido luchador
—el patriarca Jacob— quien, según está escrito, fue fuerte con­
tra Dios y pudo con él? 4 Habiendo luchado hasta el amane-
1. Mt. 11,12.
2. Le. 1,14.
3. Ef. 2,3.
4. Cén. 32,28.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 373

cor, constante y tenazmente tenía asido al que le rogaba que


lo soltase; [aun así], le dijo: No te dejaré ir si no me bendices."
He dicho que luchó con Dios, pues era Dios el ángel con quien
luchaba. De lo contrario el ángel no le habría dicho: ¿Por qué
me preguntas mi nombre, que es admirable?56 Ni Jacob ha­
bría exclamado [como lo hizo]: Vi al Señor cara a cara,7 ni tam­
poco el Señor habría afirmado de Jacob por medio del pro­
feta Oseas: En Betel habló con nosotros?
¡Laudable violencia que arranca una bendición! ¡Feliz lu­
cha en la cual Dios es vencido por el hombre y, vencido, en­
riquece al vencedor con la gracia de la bendición y el honor
de un nombre más santo! Por eso, ¿qué importa que le haya
tocado el nervio de la cadera, que se lo secara y, en adelante
quedara lisiado? 8911Daño leve para el cuerpo, daño poco con­
10
siderable que se vio compensado con tan gran don, sobre to­
do para quien pudo' decir: Amé la sabiduría más que la salud
y la hermosura?" Ojalá se secara en mí no sólo el nervio de la
cadera, sino también el vigor de todo el cuerpo, con tal de
merecer una sola bendición del ángel. Ojalá no sólo cojease
con Jacob, sino1 también muriese con Pablo,11 a fin de obtener
para siempre la gracia y el nombre de Israel.

El sentido nuevo de las viejas prácticas

Jacob, en efecto, tiene la cadera .seca,12 pero Pablo lleva el


signo de la muerte en su cuerpo, porque la mortificación de
los miembros corporales,13 iniciada por las primeras prácticas
de los profetas, llegó a su plenitud en el evangelio. Jacob co­
jea porque, pensando en parte en las cosas del mundo, lleva
el otro pie suspendido sobre la tierra; Pablo, pensando sólo

5. Gén. 32,23-27.
6. Gén. 32,29.
7. Gén. 32,30.
8. Os. 12,4.
9. Gén. 32,25.
10. Sab. 7,10.
11. Fil. 1,21.
12. Gén. 32,28.
13. 2 Cor. 4,10.
374 BEATO GUERRICO DE IGNY

en las cosas que son de Dios,11 sea en el cuerpo o fuera dél


cuerpo no lo sé, Dios lo sabe, tiene el espíritu totalmente li­
bre para volar al cielo.15
2. Por eso os decimos, hermanos, a vosotros que habéis co­
menzado a arrebatar el cielo, que habéis entablado combate
con el ángel encargado de custodiar el camino del árbol de la
vida,10 a vosotros, repito, decimos que os es de todo punto
necesario luchar constantemente sin desfallecer, no sólo hasta
el debilitamiento de la cadera —donde tiene su origen la pro­
pagación de la carne—, sino también hasta que todo el cuer­
po haya muerto. No obstante, vuestro esfuerzo no alcanzaría
a tanto sin el toque y el beneficio del poder divino, cuando1
[Dios] haya comprobado que vuestra constancia frente a él
es invencible.

La ascesís y la prueba

Sí, está escrito: Cuando vio que no lo podía vencer, tocó el


nervio de su cadera e inmediatamente se secó.17 ¿Acaso no te
parece estar luchando contra un ángel, incluso contra Dios,
cuando cada día él resiste a tus más ardientes deseos? Te la­
vas como con aguas de nieve para ser puro de cuerpo y de co­
razón, y él te sumerge en inmundicias.18 Dices: Llegaré a ser
sabio, y él se aleja más de ti.19 Clamas a él y no te escucha,"
quieres acercarte a él y te rechaza. Propones algo1 y te sucede
lo contrario, y en casi todas las cosas su mano se opone a ti
duramente.
¡Oh clemencia llena de astucia, que te disfrazas de dureza!
¡Con qué amor combates contra aquellos en favor de quie­
nes combates! En efecto, aun cuando ocultes esto en tu cora­
zón, sé muy bien 21 que amas a los que te aman22 e inmensa
14. 1 Cor. 7,34.
15. 2 Cor. 12,3.4.
16. Gén. 3,24.
17. Gén. 32,25.
18. Job 9,30.31.
19. Ecle. 7,24.
20. Job 30,20.
21. Job 10,13'.
22. Prov. 8,17.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 375

es la abundancia de dulzura que tienes reservada para los que


te temen.2' Por lo tanto, no desesperes, sé constante, alma di­
chosa que empezaste a luchar contra Dios; él ansia que le
hagas violencia, desea ser vencido por ti. Porque aun cuando
está airado y levanta su mano para herir, busca —como él mis­
mo confiesa— un varón semejante a Moisés que le resista; y si
no lo encuentra, se queja diciendo: No hay quien se levante y
me retenga.2* Pues si su ira es implacable y su sentencia irre­
vocable, Jeremías, que había intentado resistírsele, llorará con
esta exclamación: Fuiste más fuerte que yo y me pudiste.™

Cristo, vencido por el amor

3. Pero no os suceda, hermanos, a vosotros que pedís cosas


agradables a Dios, no suceda que se muestre fuerte contra vos­
otros 20 el que por vosotros quiso hacerse débil hasta la muer­
te.2’ Fue cubierto de tantas heridas, todo su cuerpo fue cruci­
ficado. .. ¿De dónde podía extraer fuerzas para resistir aquella
caridad que lo llevó como vencido y cautivo, a través de to­
do género de debilidades, hasta la muerte y muerte de cruz? 28
El amor ya no es fuerte como la muerte,2’ sino más fuerte que
la muerte, porque por la fuerza del amor se debilitó hasta la
muerte la fortaleza de Dios, cuya debilidad fue hallada más
fuerte que todo lo más fuerte, cuya muerte apareció claramen­
te como tu muerte, oh muerte.™
Pertréchate, por tanto, con la fuerza del amor, quienquiera
que seas, invasor piadoso que luchas por arrebatar el reino de
los cielos; ten la seguridad de que vencerás fácilmente al mismo
rey de los cielos. Si ves que te sale al paso alguna dificultad
o aspereza, no te acobardes, antes bien, entiende por qué ha-

as. Sal. 30,20.


24. Is. 64,7.
25. Jer. 20,7.
26. Gén. 32,28.
27. Fil. 2,27.
28. Fil. 2.28.
29. Cant. 13,14.
30. Os. 13,14.
376 BEATO GUERRICO DE IGNY

ce él esto: para que por la misma contrariedad se agudice tu


ánimo —esa es la reacción natural de las almas fuertes y mag­
nánimas—, para ejercitar tus fuerzas, probar tu constancia, mul­
tiplicar tus victorias y aumentar tus coronas.

Militar con las armas de Juan

4. Armaos, entonces, hijos de Israel, y sed hijos de la for­


taleza.31 Vosotros no necesitáis sino de magnanimidad y cons­
tancia para que ninguna adversidad pueda arredraros. Diga
el que es débil: “Soy fuerte”, y con la alegría de la esperanza
olvide su debilidad aquel que en un instante va a conquistar
tan fácilmente el cielo. Sin duda arrebata el cielo con violen­
cia el que saca fuerzas de su debilidad o de su edad. O, para
hablar con más propiedad, hace violencia a la propia perdi­
ción quien no se escatima al sonar la trompeta del mandato.
En efecto, como dice la Escritura, el hombre que se impone
el trabajo, para sí trabaja y hace violencia a su propia perdi­
ción.''2
Armaos, repito, hombres valientes y seguid al jefe y maes­
tro de esta dichosa milicia —me refiero a Juan el Bautista—,
desde cuyos días el cielo comenzó a ser conquistable. Este es
indudablemente aquel que, cual otro David, fue constituido
jefe de bandidos 3334
y capitán de ladronzuelos piadosos. Median­
te una violencia laudable y religiosa, él condujo en pos de sí
al reino de los cielos un ejército victorioso formado de publi-
canos y pecadores. ¿Qué hombre malvado o sacrilego, al es­
cuchar la trompeta [de la exhortación de Juan]: Haced peni­
tencia, porque se acerca el reino de los cielos,31 no se apres­
tará al momento para la guerra? Seguid, repito, a este jefe, cu­
yas banderas, enrojecidas con su propia sangre, cuyas virtu­
des y triunfos hoy habéis cantado con suma veneración. Estoy
seguro de que él mismo ayudará y favorecerá con sus ruegos
a quienes atrajo en pos de sus ejemplos, por cuanto entre los

31. 1 Mac. 3,58.


32. Prov. 16,26 (LXX).
33. 1 Sam. 22,2.
34. Mt. 3,2.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 377

nacidos de mujer no hay otro más grato al sumo Rey, Jesu­


cristo Señor nuestro, que vive y reina por todos los siglos de
los siglos. Amén.

3.5. Mt. 11,11.


SERMON 42

En el nacimiento de san Juan Bautista ni;


Nuevas alabanzas en honor del santo

NTRE los nacidos de mujer, no hay otro mayor que Juan


el Bautista.'

La alabanza del Señor. Ejemplos escriturarios

Dice Salomón: Que te alaben los labios de tu prójimo,1 2 pe­


ro ¡cuánto' más feliz y glorioso aquel a quien alaban los labios
de su Dios! Dios, en efecto, no puede ser engañado ni adu­
lar. Dios no alaba fácilmente a nadie cuando ve que va a hin­
charse con la alabanza o prevé que será reprobado en el últi­
mo día. Con razón se manda al hombre que no alabe al hom­
bre durante su vida.345 Porque así como no puede conocer su
interior, tampoco puede prever su fin último, debiendo confe­
sar también de sí mismo: Nada me remuerde la conciencia,
pero no por eso me tengo por justificado.'1 Sí, los justos y los sa­
bios y sus obras, están en manos de Dios, y con todo no sabe
el hombre si es digno de amor o de odio, sino que todo se
mantiene incierto para él futuro?
En consecuencia, dichoso quien merezca saber que es dig­
no de amor por el testimonio del mismo Juez. Pero el testi­
monio de la justicia presente no dispensa al hombre —some­

1. Mt. 11,11.
2. Prov. 27,2.
3. Sir. 11,30.
4. 1 Cor. 4,4.
5. Ecle. 9,1.2.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 379

tido a mutación— de temer y desconfiar por su porvenir. Con


todo, es señal de virtud consumada y de gran perfección que
Dios —cuyo testimonio es irrecusable— se digne tributar ala­
banzas a un hombre todavía sometido a la corrupción.
Tal fue, sin duda, el magnífico elogio de justicia que la
justicia suprema tributó a Noé con estas palabras: Te he reco­
nocido justo delante de mí." Este fue el indicio del gran mé­
rito que Dios testifica de Abrahán, en el cual se debían cum­
plir las promesas que le habían sido hechas.67 De cuánta gloria
no es digno aquel santo Job, de quien el Señor se gloría con­
tra el Envidioso: ¿Te has fijado en mi siervo Job, cómo no hay
otro semejante a él sobre la tierra, varón sencillo y recto
y temeroso de Dios, y ajeno a toda obra mala?89Cuán grandes
méritos se suponen en Moisés, cuando Dios mismo se mues­
tra celoso de su gloria y confunde a sus rivales: Si hubiese
entre vosotros, dice, algún profeta del Señor, yo me apareceré
a él en visión o le hablaré en sueños. Pero no así a mi siervo
Moisés, que es el más fiel en toda mi casa. Porque a él le ha­
blo cara a cara y abiertamente, no en enigmas, ve a Dios ¿Có­
mo os habéis atrevido a hablar mal de mi siervo Moisés8
¿Quién de entre todos se asemeja a David, del cual el Señor
se congratulaba por haber hallado en él a un hombre según su
corazón? 1011

El caso peculiar y único de Juan, digno de alabanza divina

2. Sin embargo, por más grandes que fueran los méritos de


unos y otros, ni entre ellos ni entre los otros nacidos de mujer
—según testimonio del nacido de la Virgen— hubo otro mayor
que Juan el Bautista?1 Porque aun cuando una estrella se di­
ferencia de otra en claridad 12 y en el coro de las lumbreras

6. Gén. 7,1.
7. Gén. 17; 22,17-18.
8. Job 1,18.
9. Núm. 12,6-8.
10. Hech. 13,22; 1 Sam. 13,14.
11. Mt. 11, 15,41.
12. 1 Cor. 15,41.
380 BEATO GUERRICO DE IGNY

santas —que antes de la salida del verdadero Sol iluminaron


la noche de este mundo— algunos resplandecieron con fulgor
admirable, con todo ninguna hubo mayor o más brillante que
este lucero matutino, esta lámpara ardiente y luminosa 1314que
el Padre preparó para su Cristo.11 Lucero, repito, preludio de
la luz, precursor del sol que anunció a los mortales la proxi­
midad del día, clamando a los que dormían en las tinieblas
y sombras de muerte:1516 19Haced penitencia, porque se acerca el
18
17
reino de los cielos.10 Como si dijese: La noche está muy avan­
zada y el día se acerca; arrojad las obras de las tinieblas.1'1
Despierta tú que duermes y levántate de la muerte, y te alum­
brará Cristo.10
3. Pero no pasemos adelante con ligereza. Consideremos
una y otra vez cuán sublime mérito, cuán excelente virtud y
gracia previo en él aquel ojo que no puede ser engañado. És­
te, después de haber elogiado tanto a cuantos lo habían pre­
cedido, declaró que entre los nacidos de mujer no hubo otro
mayor que [Juan], juzgando que no debía preferirse ningún
otro a él, a no ser alguien del orden de los ángeles o que hu­
biera alcanzado la semejanza angélica. Y no una vez, como
por cumplido o con pocas palabras pronunció su alabanza.
No, siempre que se le ofrecía ocasión de hablar, se detenía con
placer en enunciar sus alabanzas, según lo atestigua la histo­
ria evangélica.1"
Por eso también Marcos, Lucas y Juan le prodigan elogios
al comienzo de sus libros,20 con objeto de que poniendo1 la au­
toridad de tan grande nombre al frente de los mismos se hi­
ciese más recomendable el resto del evangelio, y la lámpara
ardiente y luminosa 21 en el mismo umbral de la obra condu-

13. Jn. 5,35.


14. Sal. 131,17.
15. Sal. 106,10; Le. 1,79.
16. Mt. 3,3.
17. Rom. 13,12.
18. Ef. 4,15.
19. Cf. Mt. 17,12.13;21,25-3'2; Le. 16,16; Jn. 5,33-35.
20. Me. 1,1-11; Le. 1,57-80; 3,1-18; Jn. 1,6-8.19-37.
21. Jn. 5,35.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 381

jera hacia la luz que brillaba en las tinieblas, pero que no po­
día ser comprendida por las tinieblas.22 En cuanto a Mateo,
que se ocupa al principio del nacimiento del Señor, en cuan­
to deja al Niño criándose en Nazaret, introduce al precursor
25estimando que sería incompleto lo que decía del
y bautista2324
Esposo si callaba algo acerca del amigo' íntimo del Esposo.21
No sólo los evangelistas que narraron estos hechos sino tam­
bién los profetas y los ángeles que los habían preanunciado se
preocuparon por presentar la lámpara de Cristo, el testigo del
Señor, de tal manera que por su esplendor y autoridad fuesen
confundidos fácilmente sus enemigos, y por su grandeza in­
comparable mostrase claramente la grandeza del Altísimo.
Cuando el mayor de los nacidos de mujer atestiguaba que el
nacido de la Virgen excedía con mucho su grandeza, hasta el
punto de reconocerse indigno de llevar su calzado,2" ¿qué
otra cosa daba a entender, sino que aquel era el Señor grande,
cuya grandeza no tiene límites?26 [Aquel era el Cristo] del
cual se dice: ¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los hijos de Dios?27

Juan, grande en todo; pero Guerrico admira su humildad

Y precisamente esta fue la grandeza de Juan, la que lo cons­


tituye grande entre los grandes: si bien sus virtudes eran gran­
des e innumerables, no teniendo par entre todos los mortales,
les añadió la mayor de todas las virtudes, la humildad. Cuan­
do' era tenido por el mayor de todos, la prefirió con tal ahín­
co que pronunció aquella sentencia llena de devoción, confe­
sándose indigno de quitarle el calzado.
4. Que otros, digo, admiren estas cosas: [Juan] fue anun­
ciado por los profetas 28 y prometido por un ángel, y por el

22. Jn. 1,5.


23. Mt. 3.
24. Jn. 3,29.
25. Mt. 3,11.
26. Sal. 144,3.
27. Sal. 88,7.
28. Is. 40,3; Mal. 3,1.
382 BEATO GUERRICO DE IGNY

mismo que anunció a Cristo —aunque Cristo lo fue en una


pequeña habitación y Juan, en el santuario20—; [Juan] nació de
tan santos y nobles padres,20 ancianos y estériles, contra el or­
den de la naturaleza, por un don de la gracia;21 fue santo an­
tes de nacer,'12 profeta antes de profetizar,2939fue más que pro­
3233
31
3038
37
36
35
34
feta,24 porque fue ángel, cumpliendo en la tierra la misión y
llevando la vida de los ángeles, viviendo en la carne como fue­
ra de la carne y, aunque inocentísimo, enseñando la peniten­
cia más con el ejemplo que con la palabra;13 fue en el espí­
ritu y virtud de Elias 20 el precursor del advenimiento del Re­
dentor, y el que le preparó los caminos en el desierto;27 vol­
vió el corazón de los padres hacia los hijos, el de los hijos
hacia los padres; 3 mereció bautizar al Hijo, oír al Padre y
ver al Espíritu Santo;20 en fin, luchó por la verdad hasta la
muerte y, para ser el precursor de Cristo también en los in­
fiernos, antes de la pasión de Cristo fue mártir de Cristo.40
Que otros admiren estas cosas, si hay alguno capaz de ad­
mirarlas dignamente. En cuanto a nosotros hermanos, se nos
propone la virtud de su humildad no sólo para ser admira­
da, sino también imitada. Por ella, no quiso ser considerado
el mayor, pudiendo hacerlo; antes bien, en cuanto estuvo de
su parte, procuró desengañar a los que lo tenían por tal.41 El
amigo fiel del Esposo,4243más amante de su Señor que de sí
mismo, deseaba disminuir para que aquél creciera,42 y se es­
forzaba para que con su abajamiento se aumentara la gloria

29. Le. 1,13-,31-33.


30. Le. 1,5-6.
31. Le. 1,7.18.
32. Jer. 1,5.
33. Le. 1,44.
34. Mal. 3,1; Mt. 11,9.10.
35. Mt. 3,1-4.
36. Mal. 4,5; Le. 1,17.
37. Mal. 3,1; ls. 40,3; Mt. 3,3.
38. Mal. 4,6; Le. 1,17.
39. Le. 3,21-22.
40. Mt. 14,3-12.
41. Jn. 3,28-30.
42. Jn. 3,29.
43. Jn. 3,30.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 383

de [Cristo], diciendo antes que el apóstol, con obras y en ver­


dad, aquella sentencia del apóstol: No nos predicamos a nos­
otros mismos, sino al Señor Jesucristo.**
Por esto su gloria es grande en tu Salvador,*5 en tu Jesús,
Señor, cuya justicia y bondad es amar a los que lo aman * 4849
47
46
4550
y
glorificar a quienes lo glorifican. Grande es su gloria en Je­
sús, grande gracias a Jesús, el cual también lo- glorificó junto
a sí con la participación de su gloria y ante los hombres con
el testimonio de su palabra.
Juan estaba persuadido de aquel consejo fiel del sabio: El
que se gloría, que se gloríe en el Señor, porque no es apro­
bado quien se recomienda a sí mismo, sino aquel a quien Dios
recomienda.*7 Prefirió gloriarse verazmente en el Señor a glo­
riarse vanamente en sí mismo; prefirió que el Señor lo reco­
mendase con verdad, que recomendarse falazmente a sí mis­
mo. Por eso fue aprobado por Dios y por los hombres,18 y su
gloria fue verdad ante los hombres y fidelidad ante Dios. Si
él se hubiera glorificado a sí mismo, su gloria habría sido
nula.

Normas de conducta

5. Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo tendréis pesado el


corazón?; ¿por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira?;*5
¿por qué amáis una gloria vana y mentirosa, y recibís y bus­
cáis gloria unos de otros, y no queréis la gloria que sólo pro­
cede de Dios?55 Pero, ¿de qué manera buscáis? ¡Ojala fuera
obrando- cosas grandes, y no hablando cosas sublimes! ¡Oja­
lá al menos hablando cosas verdaderas, aunque vanamente,
y no mintiendo manifiestamente! ¡Ojalá, en una palabra, min­
tiendo sólo acerca de vosotros, no rebajando también a los de­
más! Esto no es recibir o buscar la gloria, sino más bien ro-

41. 2 Cor. 4,5.


45. Sal. 20,6.
46. Prov. 8,17.
47. 2 Cor. 10,17-18.
48. Rom. 12,17; 2 Cor.8,21.
49. Sal. 4,3.
50. Jn. 5,44 .
384 BEATO GUERRICO DE IGNY

baria y arrebatarla. Buscar la gloria no por su camino, sino


por el contrario, o sea, no por el camino que merece gloria,
sino afrenta, es decir, no> mediante la virtud, sino por un la­
trocinio de mentira y detracción.. . ¿No es esto acaso arre­
batar y robar maliciosamente lo que torpemente deseáis? Sin
duda, si no buscas la gloria de los hombres, 61 pero recibes
la que se te ofrece, ya por esto no caminas en la verdad. Aho­
ra bien, ¿qué pasa cuando no sólo la recibes si se te ofrece,
sino que también la buscas cuando no te la ofrecen? ¿Qué
diré, en fin, cuando con lengua venenosa e insidiosa despeda­
zas a otro con objeto de arrebatarle su gloria, para aparecer
tú mejor, poniendo en evidencia sus faltas, para aparecer más
glorioso en su desprecio?
Por tanto, recibir o buscar la gloria que procede de los
hombres es necia vanidad; ¿qué significa esto, sino crueldad
inhumana? Yo admito que la primera actitud —hablando con
benevolencia— es una tentación humana, pero la segunda, ¿qué
es, sino una imitación diabólica? Manifiestamente imitan al
diablo quienes están de su parte, es decir, todos los soberbios.
En efecto, él es rey de todos los hijos de la soberbia.62
6. Preguntas cómo lo imitan... El diablo, por haberse enso­
berbecido, se creyó superior a sí mismo; envidió a Dios y, co­
mo lo envidiaba, lo calumnió. Así los hijos de la soberbia, una
vez infestados de este vicio, es decir, del amor a la propia
excelencia, envidian la ajena. Cuando comienzan a envidiar,
empiezan, si pueden, a detractar, a fin de acrecentar en ellos
lo que quitan a los demás. ¡Con cuánto mayor provecho imi­
tarían la humildad de Juan! Él se abajaba para añadir a otro
y se esforzaba en pasar por menor de lo que se lo creía,63 a
fin de que el otro comenzara a demostrar [que era] lo que no
se pensaba de él.
En una palabra, si no agrada la humildad de su vida hones­
ta y santa, que agrade al menos su utilidad. Ningún camino
es más recto y fácil hacia la gloria divina, ninguno más her-5153
52

51. 1 Tes. 2,6.


52. Job 41,25.
53. Le. 3,14-15.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 385

moso y justo ni a menudo más corto para agradar a los hom­


bres. Cuanto mayor eres, dice [la Escritura], humíllate en todo,
y hallarás gracia delante de Dios64 y de los hombres. Esta
humildad glorificó a Juan delante de Dios y de los hombres;
en este día, por su glorioso nacimiento da consuelo al mundo,
gozo al cielo y gloria a Dios, a quien sea el honor y la gloria
por los siglos de los siglos. Amén.

54. Sir. 3,20.


SERMON 43

Ex EL NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA IV:

Fortaleza y mortificación

ESUS comenzó a hablar al pueblo acerca de Juan: “¿Qué

J salisteis a ver en el desierto?”'

El amor es intercambio de bienes

Mirad cómo la esposa se felicita del esposo en el cántico de


su amor: Yo soy para mi amado y mi amado es para mí.1 23Juan
es para Jesús y Jesús para Juan. Juan predica a Jesús y Jesús
recomienda a Juan. Ambos se devuelven por igual y, por un
cambio tan amistoso como justo, la caridad mutua es estimu­
lada y recompensada. Yo amo a los que me aman2 dice Jesús,
y glorificaré a los que me glorifican. La piedad tiene la pro­
mesa de la vida presente y de la futura,4 y el Señor, que en el
futuro ha de glorificar con premios a su amado, comienza ya
ahora a glorificarlo con elogios, y aun ante los hombres, con
su propio testimonio, honra a su testigo.
¿Qué salisteis a ver en el desierto?, nos pregunta [Jesús].
Vosotros admiráis al hombre que mora en el desierto, pero1 por
él las praderas del desierto se tornarán fértiles y la soledad
florecerá cuando de todas partes surjan, por el ejemplo de
Juan, nuevos moradores del desierto. Entonces el desierto será
como las delicias del paraíso y la soledad como jardín del Se­

1. Mt. 11,7.
2. Cant. 6,2.
3. Prov. 8,17.
4. 1 Tim. 4,8.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 387

ñor“ Entonces se le dará la gloria del Líbano, la hermosura


del Carmelo y del Sarán.”
Fortaleza y valor de Juan
Pero ¿qué salisteis a ver, repito, en el desierto?; ¿una caña
agitada por el viento?' Si Juan habita en el desierto, no es en
manera alguna caña del desierto, sino cedro del paraíso, co­
lumna del cielo, gloria del género humano, milagro del mundo.
Por su virtud y mérito sobrepasa la medida de los hombres;
por su condición es poco inferior a la naturaleza angélica.
2. No es caña agitada por el ciento, sino palmera más fuerte
que todas las tempestades, a la cual ningún huracán es capaz
de abatir, o en verdad ciprés plantado en la montaña de la
Sión 8 eterna, tan alto que no teme la furia de los vientos. No
está expuesto a las tempestades de estos aires, por cuanto es
superior a todas las codicias de este mundo. Fijó su raíz en
el cielo, donde no sopla ningún viento tempestuoso, en donde
ya seguro se burla de las amenazas y acometidas de los vientos
y de todas las hostilidades de este mundo.
Brame de furor Heredes, arme asechanzas Herodías. Que del
seno de ambos brote impetuosa la tempestad y que el huracán
malvado que anida en el abismo de sus corazones ponga en
movimiento todas sus fuerzas y las argucias de su malicia;8 nada
lo aterrará, nada lo hará cambiar de parecer: seguirá repren­
diendo con libertad aquellas nupcias incestuosas. 18 ¿Cómo lo
doblegarían las adversidades, si las prosperidades no pudieron
hacerlo ceder? En un tiempo soplaron sobre él vientos suaves
y acariciadores, es decir, las brisas del favor popular,'1 pero
tampoco ellas pudieron doblegar su rectitud.
Vosotros enviasteis a preguntar a Juan, y dio testimonio de
la verdad?2 Así fue, los judíos enviaron sacerdotes y levitas5 12
11
678910

5. Is. 51,3.
6. Is. 35,2.
7. Mt. 11,7.
8. Sir. 24,17.
9. Sal. 10,7.
10. Mt. 14,3-4.
11. Le. 3,15.
12. Jn. 5,33.
388 BEATO GUERRICO DE IGNY

para preguntarle: “Tú, ¿quién eres?” Él confesó y no negó: “Yo


no soy el Cristo.”'3 Lo confesó aun cuando, soplaba para él la
brisa del favor popular y la opinión del pueblo lo animaba,
si no a proclamar que él era Cristo, a que no contradijese al
menos a los que lo, creían tal.
En otra ocasión sus discípulos le dijeron: “Maestro, aquel
de quien tú diste testimonio, he aquí que bautiza y todos acu­
den a él.” 11 ¿Lo agitó acaso este viento, se dejó arrastrar de
la envidia y la pena al ver la popularidad y la gloria del otro?
Todo lo contrario, rechazando y quebrantando este viento con
una constancia inconmovible, respondió: Vosotros mismos me
sois testigos de que he dicho: Yo no soy el Cristo, sino que he
sido enviado delante de él.'314
17
16
15

La ascesis ejemplar de Juan. Una recomendación del abad

3. Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con mo­


licie? 30 [El Señor] lo había alabado por la constancia de su
ánimo y lo alaba también por su indiferencia respecto del cuer­
po. Finalmente [lo encomienda] por la prerrogativa de la gra­
cia profética1' y por la dignidad de la misión y el nombre de
ángel [mensajero].1819
Mediante estos dos grados la humildad humana se esfuerza
por alcanzar las realidades espirituales y divinas, persistiendo
inconmovible frente a los embates de los vientos de las tenta­
ciones y afligiendo su cuerpo por el deseo de los bienes espi­
rituales. Porque así como al principio debemos castigar10 el
cuerpo para vencer las tentaciones, a fin de que no reine en él
el pecado,20 así también, una vez vencidas las tentaciones, se
ha de persistir en ello, no sólo por miedo a reincidir, sino tam­
bién por el deseo de progresar. De esta suerte, merced a la
13. Jn. 1,19-20.
14. Jn. 3,25-26.
15. Jn. 3,28.
16. Mt. 11,8.
17. Mt. 11,9.
18. Mt. 11,10; Mal. 3,1.
19. 1 Cor. 9,27.
20. Rom. 6,13.
HOMILÍAS LITURGICAS 389

mortificación de la carne, el espíritu se torna más vigoroso y,


cuanto más ligera y tenue se vuelva la cadena que lleva, tan­
to más libremente se elevará hacia las realidades espirituales.
Juan había sido santificado antes de salir del seno materno;21
a él le competía decir: Desde mi infancia creció conmigo la
santidad y desde el seno de mi madre salió conmigo;22 ningún
viento de tentación pudo agitarlo... pero no vestía con mo­
licie ni comía cosas delicadas, sabiendo que los pecadores pa­
ra llegar a ser santos y los santos para ser más santos deben vi­
vir bajo una austera disciplina.
Ahora demos gracias a Dios que nos dio23 —si es que nos
la dio— la victoria sin el combate, el perdón sin la penitencia,
la justicia sin las obras, la santidad sin la fatiga, y al mismo
tiempo la abundancia de las delicias tanto carnales como es­
pirituales. Nos vestimos, si no con púrpura y lino finísimo,
ciertamente con algo más suave y caliente que la púrpura y
el lino, y a diario banqueteamos espléndidamente... Ahitos
como estamos de manjares y entorpecidos por la bebida, ¿repo­
saremos acaso con Lázaro, otrora pobre, en el seno de Abra-
hán2425o, mejor dicho, en el seno de Cristo con Juan? 23
26
Si esto es así, se ha actuado mejor con nosotros que con los
que compraron con tanto trabajo lo que nosotros, refinados,
obtenemos gratuitamente. Si esto es así, mejor tomar a broma
que elogiar la vida de Juan, y más vale reprobar20 que imitar
a todo el pueblo de los hijos de Dios que siguieron por un
camino áspero y estrecho al Hijo único del Padre.
4. Vemos clarísimamente que no es así. Como dice la Ver­
dad, muchas tribulaciones nos son necesarias para entrar en el
reino de Dios2728 y como lo atestiguó el discípulo de la Verdad:
La viuda que vive en deleites está muerta.22 Por eso el Señor,
al alabar al amigo más fiel de toda su casa por la aspereza de

21. Cf. Jer. 1,5.


22. Job 31,18.
23. 1 Cor. 15,57.
24. Le. 16,19-22.
25. Jn. 13,23.
26. Sal. 72,15.
27. Hech. 14,22.
28. 1 Tim. 5,6.
390 BEATO GUERRICO DE IGNY

su vestido, añadió: Mirad que los que visten con molicie están
en las casas de los reyes,23 queriendo dar a entender que quienes
buscan los placeres de la carne militan para el reino del mundo,
no para el reino de Dios. ¡Oh cuán terrible sentencia escuché
del cielo contra la molicie de aquella gran ramera vestida de
púrpura: Cuanto se ha engreído y deleitado, dadle otro tanto
de tormento y de llanto!
¡Ojalá la comodidad de los refinados se conformara sólo
con estas delicias, con ropas muelles y manjares exquisitos, y
que la zarza de las voluptuosidades no produjera espinas de
otros vicios! ¡Ojalá todo su pecado fuera aquellas delicias, y
no ]a lujuria! Vean ellos mismos si aquel pestífero fuego que
Jes es congénito ha sido extinguido en su interior de tal modo
que no pueda ser reavivado con materias inflamables, sobre
todo con vientos contrarios, es decir, con palabras y risas las­
civas que provocan la tentación. Sin embargo, suelo oír que a
menudo este fuego vive incluso en el moribundo, está lleno de
vigor en el anciano, se despierta y se inflama aun sin combus­
tible, se reaviva sin que nadie lo atice.
Vean, pues, ellos mismos; a mí no me atañe el juzgar las
conciencias ajenas 81 cuando sé que muchos vivieron moderada
y castamente en medio de la abundancia y la gloria del mundo
y que por el contrario muchos, bajo un vestido áspero y con
un alimento parco, llevaron mala vida. Sé también que un rey
de Israel debajo de la púrpura llevaba un cilicio sobre su car­
32 y que algunas veces a los reyes se les servía sólo pan.
ne 29
31
30
Pero hoy los vestidos toscos de los penitentes —o mejor de los
que hacen profesión de penitencia— cubren ropas delicadísi­
mas y suaves, y a sus paladares hastiados no les bastan las ri­
quezas del mundo ni los satisfacen la industria y el arte de los
cocineros.
En semejantes casos, cada uno encuentra fácilmente una
justificación; éste, su debilidad; aquél, la costumbre del am­
biente en que vive; otro, la consideración que cree merecer.
¡Bien! Vístanse como quieran, coman como quieran, con tal
29. Mt. 11,8.
30. Apoc. 18,7.
31. Cf. 1 Cor. 5,12.
32. 2 Re. 6,30.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 391

de que este mal no pase de aquí, es decir, que no intenten


cometer lo que no quieren confesar porque no pueden encon­
trarle excusas. A estas personas se les aplicaría muy pronto el
proverbio referente a la mala mujer, la cual, después de haber
comido, limpiándose la boca dice; “Yo no he cometido mal
alguno.”"“ En efecto, de esta gran Babilonia, de cuyo centro
parecen haber salido estos delicados penitentes, me atrevo a
decir: que se vista de púrpura cuanto quiera, que viva rebo­
sando en delicias cuanto quiera, pero que no se prostituya ni
entregue su cuerpo a todo el que pasa.33 3435
36

La caña. La paciencia del Señar

5. Pero tú, hermano, si no eres capaz de imitar a Juan en


la aspereza del vestido ni en la austeridad del alimento, pro­
cura al menos imitarlo en no ser caña agitada por el viento.
No te vuelvas a todos los vientos, ni quieras ir por cualquier
camino, enseña el sabio, pues de eso se encuentra reo a todo
pecador que usa lenguaje doble; tú manténte firme en el cami­
no del Señor,3" no sea que el viento te arroje de la faz de la
tierra,30 del lugar donde has profesado o del reino para el cual
debes prepararte. Suele venir de repente, de la parte del de­
sierto, un viento vehemente que sacude las cuatro esquinas
de la casa de los hijos de Job,37 y se sigue una gran catástrofe
si [esta casa] ha sido edificada sobre arena y no sobre roca,’8
si está hecha de caña, no de piedra, o —más aún— si el que
la edifica y habita es una caña, en el exterior resplandeciente
por la hipocresía, sonoro por la jactancia o las vanas prome­
sas, y en el interior vacío de verdad.
En lo oculto de esta caña gusta dormir Behemot, que a me­
nudo y ubérrimamente crece y se multiplica en los lugares
húmedos,39 donde no faltan los deleites y abunda en cambio a
raudales todo cuanto favorece la lujuria. Si alguien se apoya
33. Prov. 13,20.
34. Ez. 16,25.
35. Sir. 5,11.12.
36. Sal. 1,4.
37. Job 1,19.
38. Mt. 7,24-27.
39. Job 40,10-16.
392 BEATO GUERRICO DE IGNY

en semejante caña, ella le perforará la mano,40 porque si la


toma como ayuda para su trabajo o> le confía alguna tarea
herirá con grave escándalo a quien había puesto en ella su
confianza.
Con todo, la paciencia del Señor no aplastará esta caña aun­
que esté quebrada.41 Él la sostendrá para que mejore. A veces
reprime aun a las fieras del cañaveral43 que con su príncipe
duermen entre la espesura de las cañas. A veces los justos,
cual chispas de aire candente, se propagan por el cañaveral 411
y a manera de carbones encendidos 44 abrasan cuanto hay de
improductivo en el bosque, preparando un lugar puro para
nuevos frutos.
Esto hacían Juan, la voz del que clama en el desierto.** Él
no era caña, sino' chispa en medio del cañaveral, y su palabra
—como está escrito— es una chispa que excita el corazón40
perezoso e insensato, a fin de preparar el camino para el Se­
ñor. Produzca lo mismo también ahora en nosotros esta voz,
con la ayuda del Verbo, de quien era la voz, Jesucristo nuestro
Señor, que vive y reina por todos los siglos de los siglos.40
46
45
44
43
42
41

40. Is. 36,6.


41. Is. 42,3; Mt. 12,20.
42. Sal. 67,31.
43. Sab. 3,7.
44. Sal. 119,4.
45. Is. 40,3; Mt. 3,3.
46. Sab. 2,2.
SERMON 44

Ex LA FESTIVIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO I:

LOS HIJOS DE LA UNCION ESPLENDOROSA

respondí, dice Zacarías, y dije al ángel que hablaba

y conmigo: “¿Qué son estos dos olivos a la derecha y a


la izquierda del candelabro?” “Estos son, respondió, los
dos hijos del aceite del esplendor que están en pie ante el
Dominador de toda la tierra.”1

Guerrico analiza la profecía

El profeta había comprendido el significado del candelabro


todo de oro que había visto, y de las siete lámparas colocadas
sobre él.123 Tampoco nosotros podemos ya dudar al respecto,
puesto que caminamos a su luz “ y en su luz vemos la luz.4 Esta
luz, que hace visibles las demás cosas, no soporta que se la igno­
re, antes da testimonio de sí misma,56 diciendo: Yo soy la luz
del mundo? Luz en razón de su divinidad, candelabro en ra­
zón de su humanidad. Y todo él es de oro, no dorado; porque
ya sea la divinidad, ya la sabiduría, ya la caridad lo que está
simbolizando por el oro, Cristo posee todas estas cosas no por
participación, sino sustancialmente. Nosotros, aunque por na­
turaleza somos de plomo, o más bien de barro, por su gracia
y por participación somos, no oro o de oro, sino a lo más do­
rados. Las siete lámparas que están sobre él significan los
1. Zac. 4,4.11.14; cf. Apoc. 11,4.
2. Zac. 4,2.
3. Is. 2,5.
4. Sal. 35,10.
5. Jn. 8,14.18.
6. Jn. 8,12.
394 BEATO GUERRICO DE IGNY

siete espíritus, los siete ojos del Señor que recorren toda la
tierra.78
El profeta, seguro de esto, pregunta quiénes son los dos oli­
vos y oye al ángel que hablaba con él: Estos son los dos hijos
del aceite del esplendor que están en pie ante el Dominador
de toda la tierra.“ Interpreten otros este pasaje como quieran
o puedan, cada cual a su manera, bien de Enoc y Elias —que
viven ocultos junto a Dios9—, bien de Moisés y Elias que
fueron vistos con él en el monte,1011o de dos órdenes de predi­
12
cadores, a saber, los del antiguo y los del nuevo testamento:
los del antiguo a la izquierda, a causa de las promesas tem­
porales, los del nuevo a la derecha, a causa de las eternas. Por
mi parte acato, venero y acepto todo cuanto no esté desacorde
con el dogma o desentone notablemente en el contexto del pa­
saje.
2. Con todo pienso —respetando cualquier otra interpreta­
ción mejor— que no es absurdo referirlo a Pedro y Pablo. Es
más, me parece absurdo que se lo quiera interpretar de otra
manera, cuando hoy la Iglesia no canta ni propone otra cosa
en toda la tierra sino las alabanzas de sus padres y doctores.
Porque si bien se puede aplicar [el texto] a otros, sin embargo
me parece que conviene particularmente a [Pedro y Pablo],
bien porque el profeta los vio como dos olivos junto al can­
delabro, bien por las palabras del ángel que los llama “los dos
hijos del aceite del esplendor”.
Esta última interpretación explica la primera, a saber, la
interpretación del ángel revela la visión del profeta: estos son
los dos olivos porque son los hijos del aceite del esplendor;
están junto al candelabro porque están en pie ante el Señor.
En efecto, como han sido regenerados por el aceite del Espí­
ritu Santo y hoy florecen y fructifican cual olivo fecundo en
la casa del Señor,11 y como también comunican al olivo salvaje
de la gentilidad —injertado en ellos ’2— la savia de su abun­
7. Zac. 4,10.
8. Zac. 4,11.
9. Gén. 5,24; 2 Re. 2,11.
10. Mt. 17,3.
11. Sal. 51,10.
12. Rom. 11,7.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 395

dante dulzura, la gentilidad hasta hace poco estéril y amarga­


da debe darles gracias. Y si bien no es desde ellos, sino a tra­
vés de ellos, [el mundo pagano] produce ahora en abundancia
frutos copiosos y estimables por toda la tierra.

La vida monástica como vida apostólica

■3. Sin embargo vosotros, hermanos, que, así como tenéis un


solo haber y una sola casa, tenéis un solo corazón y una sola
alma,1314vosotros, repito, debéis gloriaros de un modo especial
en ellos, puesto que como retoños de olivo 31 sacasteis de su
raíz no sólo la savia de la fe, sino también un modelo de vida
y un ejemplo de observancia regular. Porque si sois retoños
de olivo, ciertamente sois hijos del aceite, hijos del ungido que
es el Cristo de Dios; también se dirá de vosotros hoy, cuando
os acerquéis al altar: Tus hijos como retoños de olivo alrede­
dor de tu mesa.151617¡Oh retoños de olivos nobles!, ¡vástagos ex­
celentes de árboles frondosos y fecundos! Recuerda siempre,
te ruego, de qué tronco has brotado, de qué raíz has tomado
el crecimiento; así ni la esterilidad de tus obras ni la amargura
de tu conducta podrá reprocharte alguna corrupción o, lo que
Dios no permita, declararte inútil y sólo apto para el fuego.
Cuida, te ruego, de no ser signo de esos tiempos desdichados
que —como recordarás— anuncia el profeta: Fallará la cosecha
del olivo y los campos no darán alimento10
Pienso, sin embargo, que debes evitar dos cosas de manera
especial: que por la pereza no seas como él olivo que deja caer
sus flores11 según leemos en el profeta,' es decir, que no des
el fruto que prometías en los comienzos de tu fervor novicio;
o que en caso de darlo no lo pierdas por la soberbia, y Jere­
mías te diga: El Señor te dio el nombre de olivo fértil, bello,
fructífero, ameno, mas, oh dolor, a la voz de su palabra se
encendió un gran fuego en él, y han sido quemadas todas swf

13. Hech. 4,32.


14. Sal. 127,3.
15. Sal. 127,3.
16. Hab. 3,17.
17. Job 15,33.
396 BEATO GUERRICO DE IGNY

ramas.1819En cuanto a vosotros, amadísimos, confiamos en que


os encontráis en una situación mejor, aunque hablemos de
este modo. Confiamos porque el aceite del esplendor, o más
bien el aceite [que es] esplendor, del cual sois hijos, como
nuestros padres los apóstoles, os enseñará con su unción todas
estas cosas y no sólo os quitará la indolencia por ser aceite,
sino que también disipará todo error por ser esplendor.

La unción del Espíritu en nosotros

4. Sé que [esta expresión “hijos] del aceite del esplendor”


puede entenderse como “aceite que procede del esplendor”
que es el Hijo, o “[aceite] que derrama el esplendor de la ilu­
minación”. Pero pienso que no' hay inconveniente en interpre­
tarla como un genitivo explicativo, a saber: “[hijos] del aceite
que es esplendor”.
Sin duda el Espíritu es por naturaleza ambas cosas: unción
espiritual y esplendor invisible. Ambas cosas obra en nosotros
por su gracia: unge el corazón porque es aceite; ilumina la
inteligencia porque es esplendor. Y esto no proviene de dos
principios distintos, sino que él es uno solo, aceite y esplendor,
ya que por su unidad es absolutamente uno. Unge el corazón
porque es el amor; ilumina la inteligencia porque es la verdad.
Unge el corazón cuando otorga la devoción, ilumina la inteli­
gencia cuando revela los misterios. Cuando enseña la bondad
para que seamos sencillos como palomas, unge el corazón;
cuando enseña la ciencia para que seamos prudentes como ser­
pientes10 ilumina la inteligencia. Ilumina para que tengamos
sal en nosotros, unge para que tengamos paz entre nosotros.20
Demostrarás ser hijo del aceite del esplendor si te nos mani­
fiestas suave y ungido por la benevolencia, discreto y maduro
por la sabiduría, de suerte que la suavidad esté condimentada
con la verdad y el amor ordenado por la equidad.
Pero pienso que el Espíritu Santo ha significado esta doble
virtud o el doble efecto de su gracia —por la cual quiso' ser
llamado aceite [que es] esplendor también en aquel fuego por
18. Jer. 11,16.
19. Mt 10,16.
20. Me. 9,50.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 397

el cual él mismo, siendo invisible, se apareció visiblemente a


sus apóstoles.21 Quien fue esplendor para sus ojos, fue igual­
mente —a mi modo de ver— aceite para los sentidos de su
cuerpo, a fin de que se viera cómo fueron bautizados como
en un baño de aceite cuando se derramó sobre ellos aquel fue
go celestial. Sin embargo, cualquiera que haya sido la sensa­
ción corporal producida en ellos por aquel fuego —lo que im­
porta no es cómo se lo siente, sino cómo obra—, lo pienso, lo
digo y lo creo religiosamente, el mismo fuego que inflamó c
iluminó los corazones enfrió los cuerpos para que las almas ar­
dieran por el amor, los miembros se enfriasen por la castidad
y así cada uno pudiera repetir las palabras de Jeremías: De lo
cito envió un fuego para mis huesos,22 o las del salmista: Mi
carne se ha transformado a causa del aceite.2324
27Pero quizás el
26
25
Espíritu haya querido dejar en sus miembros algo de aquella
ley que se opone a la ley del espíritu, para que la virtud se
perfeccionara en la debilidad.21

La perfección de la disciplina monástica instaurada por Pedro y Pablo

5. Volvamos al tema enunciado'. Estos son, dice, los hijos del


aceite del esplendor que están en pie ante el Dominador de
toda la tierra.23 En el aceite tienen la bondad, en el esplendor,
la ciencia; descubre la enseñanza de lo que sigue: que están
en pie ante el Dominador de toda la tierra. Así reconocerás
que son verdaderos discípulos de aquel a quien cantamos:
Enséñame la bondad y la disciplina y la ciencia.20
Esta es, a no dudarlo, la perfección de la disciplina, tanto
de la mente como del cuerpo: tener al Señor siempre ante
nuestros ojos,2’ siempre y en todas partes estar con temor y
reverencia, con fe vigilante y devoción continua ante la ma­
jestad eterna que nos mira y nos juzga sin cesar. Así como los
ojos de los esclavos, dice, están fijos en las manos de sus seño­
21. Hech. 2,3.4.
22. Tren. 1,13.
23. Sal. 108,24.
24. 2 Cor. 12,9.
25. Zac. 4,14.
26. Sal. 118,66.
27. Sal. 85,14.
398 BEATO GUEBRICO DE IGNY

res, así están nuestros ojos en el Señor Dios nuestro,™ con máxi­
ma atención y sin tregua, observando sus indicaciones, qué
quiere, qué manda, para que nuestra devoción le obedezca
lo más pronto posible. Así Moisés se mantenía firme ante el
Invisible como si lo viera 2829 y nunca podía dejar de lado el te­
mor al juez tan cercano. Así Elias y los demás profetas que
decían: Vive el Señor en cuya presencia estoy.30 Por esto, sin
duda, recibieron la gracia y el nombre de videntes, porque
las cosas que veían de continuo por una fe no fingida 31 a
menudo merecían contemplarlas concretadas en la realidad
material.
Esta fe vigilante, no fingida, no disfrazada, es la misma que
a mi modo de ver conduce, por sí sola y por un atajo fácil, a
la perfección. Ella da la gravedad de la observancia, la so­
briedad de la modestia, tanto interior como exterior, y nos
hace estar siempre ante el Señor como servidores sujetos a
disciplina. Por esta virtud los apóstoles merecieron ser llama­
dos hijos del aceite del esplendor. Así como permanecieron
ante el Señor en la tierra contemplándolo por la fe, así. ahora
están ante él en el cielo contemplándolo por la visión, y sus
ojos ven al Rey en toda su hermosura, al Rey cuyo temor era
aquí el objeto de la meditación de su corazón.32
Seguid, hermanos, por este camino a vuestros padres en la
fe; ellos han instituido vuestro género de vida, para que, atraí­
dos por su ejemplo y ayudados por su intercesión, podáis llegar
adonde ellos nos precedieron hoy, con el auxilio de nuestro
Señor Jesucristo, que vive y reina por todos los siglos de los
siglos. Amén.

28. Sal. 122,2.


29. Heb. 11,27.
3'0. 2 Re. 5,16.
31. 1 Tim. 1,5.
32. Is. 33,17.18.
SERMON 45

En la festividad de san Pedro y san Pablo ii :


Manera como los apóstoles alimentan a los fieles

US dos pechos son como dos gamitos, mellizos de una

T corza, que se apacientan entre lirios hasta que aparezca


el día y se inclinen las sombras.1

La doctrina de Pedro y Pablo, alimento nutritivo

Procurad, hermanos, no degenerar. Dejando' de lado la no­


bleza de vuestro padre, noble es la madre que os engendró,
excelentes son los pechos a que habéis sido amamantados.
Vuestra madre es la Esposa a la cual se dirigen estas palabras
y cuyos pechos son alabados por la voz del Esposo.
Que estos dos pechos de la Iglesia sean Pedro y Pablo, nos
lo da a entender no sólo este día en el cual bebemos a rauda­
les y llenos de alegría de los pechos de su consuelo, sino tam­
bién el testimonio evidente que nos ofrecen sus obras y los
escritos que nos transmiten su doctrina. ¿En qué otros pechos,
si no, se han alimentado los hijos de la Iglesia, ya provengan
de la gentilidad, ya de la circuncisión?
A ellos se refería, a mi modo de entender, lo que en otro
tiempo el consuelo divino prometía a la Iglesia entonces pe­
queña y pobre: Reyes serán los que te alimenten12 y pechoä
de reyes te criarán.3 Pues si ella no hubiera sido alimentada
con leche tan excelente, jamás habría alcanzado esta cumbre
de virtud y gloria. Pedro invitaba a los niños pequeños a ma-
1. Cant. 4,5.6.
2. Is. 49,23.
3. Is. 60,16.
400 BEATO GUERRICO DE IGNY

mar de aquellos pechos cuando les decía: Como niños recién


nacidos apeteced la leche* Pablo había ofrecido esos pechos
a aquellos a quienes decía: Os he alimentado con lecheé y
también: Me hice en medio de vosotros como una nodriza
sentada para alimentar a sus hijos."
Cuán colmado se hallaba de esta leche espiritual lo expresó
bellamente en aquel chorro visible de leche que —según se
cuenta— brotó de su cuerpo en lugar de sangre cuando, de­
gollado este día en beneficio de aquellos a quienes amamanta­
ba, les entregó también su vida. Realmente no había en él
nada afín a la sangre, sino' que todo era lácteo, puesto que no
pensaba en nada carnal y propio, sino sólo en lo que era útil
a los demás. No tanto tenía pechos cuanto que todo él era pe­
cho del cual fluía de tal modo la misericordia, que noi sólo
deseaba exprimir para sus hijos todo su espíritu, sino también
entregar su cuerpo por ellos.

Los apóstoles nos alimentan como Cristo

2. Antes que la primitiva Iglesia de los santos en la tierra


hubiera recibido estos dos pechos, a saber Pedro y Pablo, la
Iglesia de los espíritus bienaventurados en el cielo se lamen­
taba y decía: Nuestra hermana es pequeña y no tiene pe­
chos.1 Pues cuando al volver Cristo al cielo había dejado un
pequeño rebaño4 5678 de discípulos y aún no había enviado su
Espíritu, que fecundaría las entrañas y llenaría los pechos de
los santos, pienso que aquella Iglesia del cielo estaba solícita
por los hijitos del Esposo, bien por los ya nacidos, bien por los
que habrían de nacer, y se preguntaba a quién confiaría el
cuidado de alimentarlos, porque veía a esta Iglesia pequeña
en número, en virtud y en autoridad, y desprovista de pechos
de doctrina.

4. 1 Pe. 2,2.
5. 1 Cor. 3,2.
6. 1 Tes. 2,7. La anécdota legendaria que a continuación recoge
Guerrico se remonta a una obra sobre los príncipes de los após­
toles atribuida a San Juan Crisóstomo (PG 59, 494).
7. Cant. 8,8 .
8. Le. 12,32.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 401

Porque también el mismo' Esposo en los días de su carne "


había engendrado a algunos por la palabra de la verdad 9 1011y
mientras estuvo con ellos los había alimentado con los pechos
de la edificación y del consuelo.’1 El mismo Esposo' tiene, a
no dudarlo, pechos mejores que el vino,12 es decir, mejores que
las enseñanzas de la ley o que las alegrías del mundo. El Es­
poso, repito, tiene pechos a fin de poder desempeñar todos
los oficios y títulos inherentes a los padres; de este modo, siendo
padre por la creación de la naturaleza y por la regeneración
de la gracia, o también por su autoridad sobre la educación,
es asimismo madre por el afecto de su clemencia y también
nodriza por la asiduidad en su oficio y en sus cuidados.13 Eran
párvulos aquellos a quienes alimentaba como cierto comienzo
de su creación,2 4 pero sólo un comienzo; se necesitaba después
mucha solicitud y esfuerzo para conducirlos hasta la perfec­
y que Cristo fuera formado' en ellos.10
ción 1516
18
17
Pero cuando él mismo los hubo dejado, los espíritus celes­
tiales, si bien estaban alegres por el retorno' del Unigénito,
mostraban no obstante solicitud por los nuevos hijos adopti­
vos, y en cierto modo con su afecto parecían lamentarse ante
él: “¿Quién los alimentará? Tú los has amamantado, pero los
has arrancado de tus pechos antes de tiempo. No has educa­
do a los jóvenes ni conducido a las vírgenes hasta el término
de su crecimiento, ¿quién los alimentará? Nuestra hermana
es pequeña y no tiene pechos27 Dijiste a Pedro: Apacienta,
mis corderos,28 pero él todavía no tiene leche suficiente en
sus pechos. Su piedad se secará pronto, porque todavía sien­
te más preocupación por su propia piel que por las almas de
los pequeños. Fácilmente abandonará los corderos en la ten-

9. Heb. 5.7.
10. Sant. 1,18.
11. Is. 66,11.
12. Cant. 1,1.
13. Is. 66,9.
14. Sant. 1,18.
15. Heb. 7.19.
16. Gál. 4,19.
17. Cant. 8,8.
18. Jn. 21,15.
402 BEATO GUEBBICO DE IGNY

tación quien cuando fue interrogado negó al pastor tanto su­


yo como de los otros.”
Pero he aquí que al descender repentinamente del cielo
el Espíritu Santo, como leche derramada de los propios pe­
chos de Cristo, Pedro fue llenado con leche abundante; poco
después transformó a Saulo en Pablo, al perseguidor en pre­
dicador, al atormentador en madre, al verdugo en nodriza,
para que entendamos cómo fue transformada toda su sangre
en dulzura de leche, su crueldad en piedad.
3. Con estos dos pechos fijos en su cuerpo, la Iglesia se
gloría no sólo de ser madre fecunda, sino también ciudad
fortificada:18*Yo soy, dice, un muro y mis pechos son una to­
rre.2" Mil escudos penden ya de estas torres, toda la arma­
dura de los valientes.2í También el Esposo, alabando los pe­
chos de la Esposa, se expresa simbólicamente en aquel epi­
talamio de amor: Tus clos pechos son como dos gamitas, me­
llizos de una corza.22
En este pasaje, por la corza se debe entender la Iglesia,
porque tiene una vista aguda para penetrar los misterios de
Cristo, es ágil para saltar sobre los lugares espinosos de este
mundo, poderosa para triunfar del veneno de la serpiente an­
tigua. En estos dos mellizos no impropiamente veo represen­
tados a los dos apóstoles, hermanos en la fe, semejantes en
la devoción, iguales en mérito y virtud, unánimes en el amor,
unidos también en la pasión y en la muerte. Al modo como se
amaron en vida, así en la muerte no han sido separados.22
Pero como los deseos más encumbrados se alimentan con
el progreso' en lo menos perfecto —hasta que con la ayuda
de la gracia se llega a la contemplación de las realidades
sublimes—, con mucha razón añade [el Cantar] acerca de los
gamitas: Ellos se apacientan entre lirios hasta que aparezca
el día y se inclinen las sombras.™
Los animales, cuando se apartan del calor del día, pacen

19. Jer. 1 ,18.


20. Cant. 8,10.
21. Cant. 4.4.
22. Cant. 4.5.
23. Cf. 2 Sam. 1,23.
24. Cant. 4,5.6.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 403

en los pastos sombreados de los valles, donde suelen crecer


con más profusión los lirios, hasta que, al llegar la brisa de
la tarde, se dirigen hacia los campos abiertos o hacia los mon­
tes escarpados. De la misma manera nuestros gamitos, mien­
tras no sople para ellos —a fin de llevarlos a la contempla­
ción— la brisa más clemente del día eterno, se apacientan
entre los lirios de los valles,"7' es decir, se deleitan en las vir­
tudes de los humildes, o también se ocupan en sus tareas.
Pero cuando llegue el día en que sople en sus almas aque­
lla brisa, saldrán y saltarán hacia los pastos más ubérrimos y
felices de los montes eternos. Si alguno entra por mí, dice el
que es el Pastor y la Puerta, se salvará; y entrará en la Igle­
sia y saldrá, a menudo, para contemplar, y una sola vez pa­
ra trasladarse a la patria celestial; y encontrará pastos,28 tan­
to aquí como allí. Aquí, entre los lirios del campo, allí entre
los árboles del paraíso; aquí, en las flores, allí, en los frutos;
aquí en las virtudes de los santos, allí en los gozos de los
ángeles.

La infinita riqueza de la vida en la Iglesia monástica

4. Ciertamente el Señor me ha colocado en un lugar de


pastos27 cuando me asoció a la Iglesia de los santos, cuyo
vientre es como un montón de trigo cercado de lirios,28 para
que me apaciente a la vez con el sabor del trigo y con la
contemplación de los lirios.
¿Qué es, en efecto, ese montón de trigo, sino la abundan­
cia de la palabra divina contenida en tantos libros recogidos
de todas partes? ¿Qué son los lirios, sino los justos? Ellos
germinan como lirios y florecen sin marchitarse ante el Se­
ñor,20 con tal blancura en la castidad del cuerpo y la pureza
del corazón, con tal fragancia en la buena fama, con tal vir­
tud medicinal tanto en las palabras como en las obras ... hfo
es un alimento insignificante para el alma fiel ver a su alre­

25. Cant. 2,1; 4,5.


26. Jn. 10,9.
27. Sal. 22,2.
28. Cant. 7,2.
29. Prov. 11,28; Is. 27,6; Os. 14,6.
404 BEATO GUERRICO DE IGNY

dedor tantos lirios que florecen con tanta belleza y gracia, y


de los cuales puede tomar ejemplos de todas las virtudes, di­
ferentes en cada uno de ellos. Éste se halla mejor cimentado
por la humildad, aquél por su mayor caridad. Uno es más
vigoroso para la paciencia, otro más veloz para la obedien­
cia. Éste es más parco en la comida, aquél más desenvuelto
para el trabajo. Éste es más fervoroso en la oración, aquél
más aplicado en la lectura. Éste es más prudente en la admi­
nistración, aquél más santo en el reposo. Pero si bien admi­
ras en cada uno una gracia que florece de modo más nota­
ble, sin embargo' en cada uno no hay una, sino muchas vir­
tudes, como hay muchas flores en cada [planta de] lirio. Por­
que hay tantos lirios como almas justas y tantas virtudes en
los justos como flores en los lirios. En consecuencia, quien al
ver estas flores se alegra de ellas y aprovecha gracias a ellas,
¿qué hace, sino apacentarse entre lirios?

Elogio de Pablo
5. Pablo apacentaba, pero al mismo tiempo era apacenta­
do por aquellos mismos a quienes apacentaba. Los apacen­
taba con sus palabras; era apacentado con las obras de ellos.
Alimentaba su cuerpo, más aún, él de los demás con sus pro­
pias manos; pero alimentaba su alma no tanto con los bie­
nes propios cuanto con los ajenos, pues no buscaba lo que
era útil para él mismo, sino para los demás. “Ahora vivimos,
dice, si vosotros estáis firmes en el Señor."11 ¿Cuál es, en efec­
to, mi gloria, mi alegría, mi corona? ¿Acaso no sois vosotros
ante Dios?”30 31 Por eso a menudo aparecía para él el día de
la luz eterna y lo acariciaba la brisa suave del Espíritu San­
to, cuya fuerza lo arrebataba hacia los pastos interiores, unas
veces los del paraíso, otras los del tercer cielo, “si en el cuer­
po o fuera del cuerpo, no lo sé, dice, Dios lo sabe.” 32
Era digno, por cierto, que quien apacentaba fielmente fue­
ra apacentado felizmente, y que a quien se alegraba exterior-

30. 1 Tes. 3,8.


31. 1 Tes. 2,19.
32. 2 Cor. 12,3.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 405

mente de los bienes de la familia del Señor, se le ordenara


entrar en el gozo de su Señor 23 y se lo colmase de los bie­
nes de la casa de Dios,34 no sólo de la visible, por la cual se
fatigaba, sino' también de la invisible por la cual suspiraba;
por eso el día comenzaba a aparecer para él.

Elogio de Pedro

6. En cuanto a san Pedro, creo que no se lo puede tener


en menor estima, ya que la gloria más grande de Pablo es
igualar en méritos a aquel que recibió de la divina bondad
el poder y la primacía sobre todo el mundo. Porque cuando
el Padre que está en los cielos ” reveló a Pedro la verdad
acerca del Unigénito, ¿qué otra cosa era sino que el día eter­
no aparecía para él y que el día transmitía la palabra al
día? 30 ¿A quién le pudo estar más abierto el cielo que a su
mismo portero, cuya lengua fue constituida llave del cielo?
Quien tenía poder de cerrar el cielo con nubes y de abrir
37 ¿cómo creeremos que no entrase a menudo en
sus puertas,33
36
35
34
él? En una ocasión Pedro tuvo hambre y se le abrió el cielo
cuando aún estaba en la tierra y tal abundancia de alimen­
tos le fue enviada desde lo alto que le sobró mucho, aun
después de haber matado y comido numerosos animales, cam­
biándolos de inmundos y venenosos en lirios santos y flore­
cidos.38 Así se apacentaba deliciosamente entre lirios hasta
que apareciera el día en que sería apacentado gloriosamen­
te en el cielo.
Pero he aquí que mientras os elogiamos estos dos pechos
de la Esposa pasó ya la hora en la cual deseábamos ama­
mantaros de esos mismos pechos, aun cuando podamos ha­
cer esto mismo —y de hecho lo hacemos— en otros días. Os
ofrecemos leche del pecho de los apóstoles siempre que co­
mentamos sus palabras para vuestra edificación. Ahora, por

33. Mt. 25,21.


34. Sal. 64,5.
35. Mt. 16,17.
36. Sal. 18,3.
37. Apoc. 11,6.
38. Hech. 10.
406 BEATO GUERRICO DE IGNY

la premura del tiempo, basta avisaros —si es que lo necesi­


táis— que así como amáis estos pechos, así deseéis siempre
leche de los mismos.30 De este modo creceréis por ella para
la salvación, hasta poder mostrar formado en vosotros39 40 al
Salvador Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina por todos
los siglos de los siglos.

39. 1 Pe. 2.2.


40. Gál. 4,19.
SERMON 46

En la festividad de san Pedro y san Pablo ni:


Las sombras y la luz

j» HORA trataremos acerca de lo que está escrito: Hasta


saflb que aparezca el día y se inclinen las sombras.r

Guerrico se disculpa. Homenaje a Bernardo

Os equivocáis, hermanos, respecto de mí, pero pienso que


más por amor o por humildad que por temeridad. Creéis que
tengo la ciencia de las Escrituras, cuando apenas he alcan­
zado el umbral de la ciencia. Os desagradó, según creo, que
no continuara ayer hasta el fin el capítulo de las Escrituras
sobre el cual os hablé, como si yo tuviera la facultad de po­
der explicar las Escrituras o bien de conservar en la memo­
ria digna y puntualmente las explicaciones de otros. No sue­
le ser mi propósito comentar el pasaje de la Escritura con el
cual comienzo un sermón; antes bien, sólo tomo ese texto
como tema adecuado para pronunciar el sermón correspon­
diente al día.
A esto debo añadir que nuestro maestro [san Bernardo de
Claraval], intérprete del Espíritu Santo, ha emprendido el co­
mentario de todo ese cántico nupcial [el Cantar de los can­
tares] y, por lo que ya ha escrito, nos da la esperanza de que
cuando llegue al pasaje cuya explicación deseáis: Hasta que
aparezca el día y se inclinen las sombras, él mismo ilumine
el sentido de esas sombras diciéndonos en la luz lo que le
fue o le será dicho en las tinieblas.12 Pero señaláis, y con ra-
1. Cant. 4,6.
2. Mt. 10,27.
408 BEATO GUERRICO DE IGNY

zón, que arrojaréis los frutos añejos al llegar los nuevos.’


Cuanto más insulsas y rancias sean nuestras cosas viejas, tan­
to más sabrosas y agradables serán sus cosas nuevas. Pues
hasta el mismo Jesús guarda el buen vino hasta el fin,1 sa­
biendo perfectamente cómo ha de remediar nuestro hastío.

Las sombras espirituales

2. Pero me obligáis a ello, pues os veo impacientes ante


mi demora y la esperanza incierta del futuro no es capaz de
satisfacer vuestro deseo presente. Os voy a complacer, como
de costumbre, terminando como mejor pueda el comentario
del versículo iniciado ayer.
Deseáis saber, me parece, qué significa aquello de que
cuando “aparezca el día” espiritual “se inclinarán las sombras”.
Sería más lógico decir que [en este caso las sombras] dismi­
nuyen y hasta desaparecen, no que crecen. Si nos fijamos en
la naturaleza de las palabras, crecer las sombras es lo mis­
mo que inclinarse, pues por su misma naturaleza las sombras,
cuanto más se inclinan, más se extienden y se alargan, y
cuanto más se elevan, más disminuyen y decrecen. De aquí
el dicho del poeta que alude al atardecer: “Y las sombras
mayores descienden desde los montes altos.”345 Pero hemos
de advertir que esta es una propiedad de las sombras cor­
porales, muy distinta de las espirituales de que habla aquí
indudablemente el Espíritu Santo. Porque así como para las
sombras corporales inclinarse es crecer, para las espirituales
inclinarse es abajarse, disminuir y desaparecer.
Sombras espirituales son los espíritus sombríos y detesta­
bles tanto de los demonios como de los hombres. Éstas som­
bras son las tinieblas del error. Estas sombras son las repre­
sentaciones oscuras de las figuras [religiosas] antiguas. Real­
mente las sombras de estas figuras ya se han inclinado ha­
cia su ocaso y su fin. Las sombras de los errores se van incli­
nando y disminuyen de día en día; en cuanto a las sombras
de los espíritus tenebrosos, ellas se inclinarán hacia el in-
3. Lev. 26,10.
4. Jn. 2,10.
5. Virgilio, Bucol. 1,84.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 409

fiemo y la muerte. Lo primero sucedió cuando el día eter­


no apareció revestido de carne; lo segundo sucede cada día
cuando aparece más y más iluminado con la verdad; lo ter­
cero sucederá en el último día, cuando aparezca refulgente
de majestad.
3. Con todo me parece ver otras sombras en nosotros, que
nacen en nuestro espíritu, como en cierto espejo, de otras
realidades, y nos ensombrecen a nos dejan a la sombra. Nos
ensombrecen las que nos enfrían y oscurecen; nos dejan a la
sombra las que nos refrescan e iluminan. Aquéllas, a no du­
darlo, son nocivas y gravosas; éstas, deleitosas y saludables.
Aquéllas proceden de las realidades de aquí abajo, munda­
nas; éstas, de las realidades de arriba, divinas.
El alma humana ha sido creada y colocada en el medio, de
suerte que debajo de ella está el mundo y sobre ella, Dios.
Sobre ella, aquel por quien, para quien y a causa de quien
fue hecha; debajo de ella lo que fue hecho a causa de ella.
Porque así como para el alma fue hecho el cuerpo, así para
el cuerpo fue hecha su casa, es decir, el mundo. Por lo tan­
to, cuando el alma se inclina hacia las realidades corporales
y mundanas, las sombras suben hasta ella desde abajo; cuan­
do se eleva a las realidades divinas, las sombras de lo alto se
inclinan sobre ella. El alma, en efecto, forma para sí la som­
bra del objeto en que piensa.

El conocimiento de las cosas divinas

La sombra de las realidades divinas es muy incierta, cual­


quiera sea la penetración adquirida por el pensamiento; me­
jor dicho, noi es la sombra del objeto mismo, sino otra en lu­
gar suyo, excepto cuando aparece aquel día [de que habla el
Cantar]. Porque en tal caso no se ve, a mi modo de entender,
sino la sombra que, si bien es luminosa, si bien es gloriosa,
con todo es sombra, como cuando sobre la superficie tersa y
brillante de un espejo se refleja la imagen luminosa de un
objeto resplandeciente en extremo.
Por lo demás, ver el rostro de la verdad misma, o la ver­
dad de su rostro, así como nunca será propio de este cuer­
po, así tampoco es propio de este tiempo, ni lo será jamás,
410 BEATO GUERRICO DE IGNY

hasta que la muerte disuelva el cuerpo o la inmortalidad lo


libere, cuando el tiempo sea absorbido por la eternidad y la
divinidad inmortal e inmutable eleve hacia sí y afírme en sí
el espíritu que ahora se halla gravado por el cuerpo y sujeto
a la mutación propia del tiempo.
4. Pablo distinguía con claridad el comienzo de esta gra­
cia y la perfección de aquella gloria cuando decía: Ahora
vemos como en un espejo y en enigma, pero entonces vere­
mos cara a cara.0
Sin embargo para que esto suceda, es decir, para que vea­
mos como en un espejo, es preciso no sólo que la superficie
de nuestro espejo esté exenta de toda imagen y sombra de
las cosas corporales, sino también que el [ser] sublime que
habita en una luz inaccesible 67 se digne inclinarse hasta noso­
tros y manifestársenos, al menos por la sombra de su imagen.
Cuantas veces tratemos de remontarnos de las cosas visibles,
nada captará nuestra pequeñez si aquella suprema majestad
no se abaja. Moisés subió al monte 89 y el Señor inclinó los
cielos y descendió.0 Y otro [pasaje de la Escritura dice]: Le­
vántate, ven a mi encuentro y mira.1011Por esto la sombra no
se ve si ella no se inclina, y se dice que se inclina sólo cuan­
do aparece el día, porque no podemos ver a Dios ni en es­
pejo ni en imagen si su majestad no se inclina y no aparece
el favor de su gracia.
En realidad, lo que se llama sombra en comparación con
la verdad manifiesta es, por lo ordinario, de una gloria y un
esplendor inefables, esto es, en aquellos cuya alma es un es­
pejo transparente. Pablo, consciente de esta feliz experiencia,
habla de sí mismo y de sus semejantes: Todos nosotros, con­
templando como en un espejo la gloria del Señor, somos trans­
formados en la misma imagen de claridad en claridad, como
por el Espíritu del Señor.11 Pues así estaba prometido: Col-

6. 1 Cor. 13,12.
7. 1 Tim. 6,16.
8. Ex. 24,18.
9. Sal. 17,10.
10. Sal. 58,6.
11. 2 Cor. 3,18.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 411

mará tu alma de resplandores.'2 Y si quieres saber cómo es­


tas claridades son sombras, escucha a David: Mis días, dice,
se inclinaron como la sombra23 En verdad, David pasaba de
claridad en claridad como de día en día.
Pero, ¡ay!, el invierno presente tiene días tan breves y os­
curos, noches tan largas y fatigosas, que el profeta, extenuado
de gemir y lavando cada noche su lecho con lágrimas,12 1415
1316
se la­
menta con razón: Mis días se inclinaron como la sombra.25
Ciertamente es mejor un día en tus atrios que mil1819de mis
días, porque mis días son como la sombra, aunque luminosa.
Aquel día único es una luz verdadera y pura, como sin som­
bra y sin ocaso. Mis días, en cambio, son numerosos y muy
breves, a causa de la largura de las noches que los separan.
5. Por lo demás, si preguntamos por qué se mencionan las
sombras en plural cuando el objeto del cual son sombras es
único, la respuesta estriba en que el poder del Altísimo nos
cubre con su sombra,17 a veces menos, a veces más; porque
la verdad se nos da a conocer por su sombra, unas veces más
oscura, otras más manifiestamente, y así como no aparece
siempre por igual, así tampoco produce en nosotros imágenes
semejantes. Esto lo da a entender el apóstol al decir que pasa
de claridad en claridad,18 o sea, de una claridad menor a otra
mayor; también [lo explica] el profeta, cuando promete que el
alma fiel será inundada, no de resplandor, sino de resplan­
dores.1“ Asimismo Santiago llama a Dios, Padre de las luces,20
siendo que la luz de la cual es Padre es una y única. Aunque
puede entenderse [que es] Padre de las luces de la misma
manera que [es] Padre de las misericordias.21

12. Is. 58,11.


13. Sal. 101,12.
14. Sal. 6,7.
15. Sal. 101,12.
16. Sal. 83,11.
17. Le. 1,35.
18. 2 Cor. 3,18.
19. Is. 58,11.
20. Sant. 1,17.
21. 2 Cor. 1,3.
412 BEATO GUERRICO DE IGNY

La sombra refrescante del Esposo

6. En cuanto a vosotros, hermanos, que trabajáis soportan-


tando el peso del día y del calor 22 o, como dice Isaías, medi­
táis en vuestro espíritu recio durante el calor del día, 23 me
agrada invitaros hacia esas sombras que aquel día sereno de­
sea inclinar sobre los que están abrasados, derramando el ro­
cío de su misericordia.
Escuchad al Día mismo que os invita con clemencia a re­
frigeraros bajo tales sombras: Venid a mí todos los que es­
táis fatigados y agobiados y yo os aliviaré.2* El esclavo que
trabaja al sol, como dice Job, desde la sombra,25 es decir, en
ella, se repone de su trabajo —para luego volver a él— aun­
que sea por media hora, durante la cual se hace un silencio
en el cielo.26 Cuando ha obtenido permiso de su superior, se
gloría diciendo: Me senté a la sombra del que yo deseaba.2728 30
29
Y como no sólo encuentra en esta sombra un lugar para sen­
tarse y descansar, sino también un alimento' para saciarse,
añade convenientemente: Y su fruto es dulce a mi paladar.22
Así dijo el profeta: Sentados a su sombra se convertirán, vi­
virán del trigo y germinarán como la vid.2'1
El esclavo o mercenario a quien esta sombra ha renovado,
con frecuencia esperará pacientemente el fin de su tarea, se­
gún aquello [que afirma la Escritura]: El esclavo desea la
sombra y el mercenario aguarda el fin de su tarea.20 En la
sombra, en efecto, no está el fin, sino un alto; el fin de la
tarea será también la recompensa, cuando todas las sombras
se hayan disipado y lo veamos tal cual es,31 a aquel a quien

22. Mt. 20,12.


23. Is. 27,8.
24. Mt. 11,28.
25. Job 7,2.
26. Apoc. 8,1.
27. Cant. 2,3.
28. Cant. 2,3.
29. Os. 14,8.
30. Job 7,2.
31. 1 Jn. 3,2.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 413

ahora decimos: A tu sombra viviremos entre las naciones, 32 3334


o sea, entre los ángeles, no en la sombra, sino en una luz ra­
diante.

Aviso de precaución y pedido de la luz

7. Hemos de observar, sin embargo, que cuando^ aquellas


sombras se inclinan sobre nosotros desde lo alto, las sombras
inferiores se inclinan debajo de nosotros. Efectivamente, cuan­
do nos acercamos a las realidades divinas, nos elevamos so­
bre las cosas de este mundo y en la medida en que nos acer­
camos a la sombra de la luz nos alejamos de la sombra de la
muerte. Pues la luz y la vida están en el cielo, la muerte en
el infierno y la sombra de la muerte en este lugar terrestre
y tenebroso.
Así, pues, cuando el Espíritu nos eleve hacia lo más alto,
entre el cielo y la tierra, no nos alcanzará la sombra de las
cosas terrenas; y aun cuando no gocemos todavía de la ple­
na luz de los cielos, con todo somos iluminados por las som­
bras de los montes eternos,33 o al menos por las de aquel mon­
te umbroso y espeso del cual vino el Santo de los santos.31
Sin embargo, a causa de nuestro lastre, muy pronto volvemos
a la región de las sombras de la muerte,3536donde nos vemos
coaccionados a permanecer largo tiempo hasta que seamos
consolados por la visita del Sol nacido de lo alto.38
Nos vemos coaccionados, repito, y ojalá seamos coacciona­
dos, no deleitados; ojalá esto que sufrimos provenga sola­
mente de la necesidad y no' de la voluntad o del placer. Pe­
ro, ¡ay!, que gustosamente nos dejamos caer y nos adormece­
mos bajo la sombra de la dañosa retama,37 árbol espinoso y
estéril, qué negligentes y seguros permanecemos entorpecidos
por las preocupaciones y cuidados de este mundo... Por eso

32. Tren. 4,20.


33. Sal. 75,5.
34. Hab. 3,3.
35. Is. 9,2.
36. Le. 1,78.
37. 1 Sam. 19,5.
414 BEATO GUERRICO DE IGNY

el leviatán que duerme bajo la sombra,3839si no estamos alerta,


establece su guarida en nosotros, al encontrar en nuestros pen­
samientos y afectos las sombras de este mundo que son sus
amigas. Estas sombras, según testimonio de Job, cubren su
sombra,30 porque los cuidados y deseos mundanos que hay
en nosotros nos ocultan la sombra de la condenación inmi­
nente, para que no la veamos hasta estar sumergidos en ella.
Aparece, oh Día de los días, da sombra a nuestra cabeza
el día de la batalla,40 inclina sobre nosotros la sombra de la
salud y del refrigerio, e inclínense debaj'o de nosotros las som­
bras de la torpeza y del tedio, más aún, de la ceguera y de
la muerte. Y si bien nos acometen las sombras del pensamien­
to de las cosas terrenas, que no nos cubran las tinieblas, es
decir, las sombras más espesas del amor de aquéllas, y en
cambio aspiremos siempre hacia tu amor luminoso, oh Pa­
dre de las luces 41 que vives y reinas por todos los siglos de
los siglos.

38. Job 40,16.


39. Job 40,17.
40. Sal. 139,8.
41. Sant. 1,17.
SERMON 47

En la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen i:


María, reina elegida y madre nuestra.

V IRGEN, elegida mía, y pondré en ti mi trono.1

La elección de María

Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.


Bienaventurados los que tú has elegido, Señor para que vi­
van en tus atrios.123Es más, tú habitarás en ellos, colocarás en
ellos el trono de tu reino. María es indudablemente la más
bienaventurada de todos los bienaventurados, por haber sido
elegida y preelegida entre todos ellos de una manera singu­
lar. Porque el Señor la eligió, la eligió por habitación suya, di­
ciendo: Este es mi reposo por siempre, aquí viviré porque la
elegí.2 Habitó en ella nueve meses, habitó con ella y sujeto
a ella muchos años. Habitando en ella la colmó de gracia y
carismas singulares; habitando con ella la alimentaba con la
incomparable suavidad de su vida piadosa y con la deleitable
sabiduría de sus palabras divinas.
Ahora, habitando en ella y con ella en una vida sin fin y
de un modo incomprensible, la sacia de la gloria de la visión
beatífica, manifestándole en el exterior la forma corporal de
su humanidad glorificada e imprimiendo en su interior la
forma del Verbo que glorifica.
1. Antífona de un responsorio cantado en las vigilias de una virgen.
La Liturgia de las horas propone varios párrafos de este sermón
como segunda lectura del oficio de lectura correspondiente al ofi­
cio de santa María in sabato.
2. Mt. 20,16 y Sal. 64,5.
3. Sal. 131,14.
416 BEATO GUERRICO DE IGNY

¡Oh María! En lo sucesivo, dice el Señor, ya no serás


llamada “desamparada”, ni tu tierra será llamada “desolada”,
como si por ser virgen hubieras de ser infecunda. Antes bien,
serás llamada “mi Voluntad —es decir, mi Hijo amado— en
ella”, porque el Señor ha puesto en ti sus complacencias y
tu tierra será habitada. Pues habitará el joven con la virgen
y tu Hijo habitará en ti. Más aún, si prefieres, para no apar­
tarnos de las palabras de la Escritura, tus hijos habitarán
en ti.*

La virginidad perpetua y la unidad católica, su parangón

2. ¿Y tú, hereje, por qué yergues tu cabeza? ¿Por qué en­


cuentras en el misterio de la piedad un pretexto para tu fal­
ta de fe? Ciertamente engendró un solo hijo, el cual así co­
mo es Hijo único del Padre que está en los cielos, así tam­
bién es Hijo único de la Madre en la tierra. Después no engen­
dró otros hijos —como tú impíamente blasfemas—, sino que
permanece incontaminado tanto el sello de la perpetua virgi ■
nidad en la Madre como el misterio de la unidad católica en
la descendencia. Esta única Virgen Madre, que puede glorifi­
carse de haber engendrado al Hijo único del Padre, abraza
a este mismo Hijo único en todos sus miembros y no se son­
roja de ser llamada Madre de todos aquellos en quienes re­
conoce que Cristo está ya formado o en vías de formación.

La antítesis Eva - María

La primera Eva, no tanto madre como madrastra, que en­


tregó a sus hijos una sentencia de muerte antes de darlos a
luz, es llamada madre de todos los vivientes,* pero es con
más verdad asesina de los vivientes o madre de los que mue­
ren, ya que su engendrar no es otra cosa que comunicar la
muerte. Y como la primera Eva no pudo realizar fielmente
el significado de su título, [María] cumplió el misterio1, pues
al igual que la Iglesia, de la que es figura, es madre de to­
dos los que renacen a la vida.
4. Is. 62,4.5.
5. Gén. 3,20.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 417

En verdad es la Madre de la Vida de la que todos viven,


pues al engendrarla reengendró en cierto modo a todos los
que de ella habían de vivir esa vida. Sólo uno fue el engen­
drado, pero todos nosotros fuimos reengendrados, porque, en
razón del germen por el que se trasmite la regeneración, ya
entonces todos estábamos en él [en Cristo].0 Como estába­
mos desde el principio en Adán, a causa del germen de la
generación carnal, mucho más lo estábamos en Cristo antes
del comienzo, a causa del germen de la regeneración espi­
ritual.’

Madre de misericordia

3. Ahora bien, esta bienaventurada Madre de Cristo, al


reconocerse Madre de los cristianos en razón de este miste­
rio, también se manifiesta como Madre por su solicitud y el
afecto de su piedad. No es insensible para con sus hijos, co­
mo si no fueran suyos; sus entrañas concibieron una sola vez,
pero nunca se agotan, nunca dejan de dar a luz frutos de
piedad. El fruto bendito de tu vientre,678 oh piadosa Madre,
te dejó grávida de una piedad inagotable, naciendo de ti una
sola vez, pero permaneciendo y derramándose siempre en ti
y haciendo abundar siempre en el jardín cerrado de la cas­
tidad 9 la fuente sellada de la caridad, la cual, aunque esté
sellada, salta hacia el exterior mientras sus aguas nos son
distribuidas en las plazas públicas.
En efecto, la fuente de la caridad es propia de la Iglesia
e incomunicable a los extraños. Con todo ésta se alegra en
hacer partícipes de sus beneficios incluso a sus enemigos. Y
si el servidor de Cristo engendra una y otra vez a sus hiji-
tos por su solicitud y el deseo' de su piedad, hasta que Cris­
to sea formado en ellas, ¿cuánto más la misma Madre de
Cristo? 1011Y Pablo los engendró predicándoles la palabra de
la verdad por la cual fueron reengendrados;11 pero María
6. Cf. Heb. 7,10.
7. Cf. 1 Cor. 15,22.
8. Le. 1,42.
9. Cant. 4,12.
10. Gál. 4,19.
11. Cf. Sant. 1,18.
418 BEATO GUERRICO DE IGNY

lo hace mucho más divina y santamente, engendrando' a la


Palabra misma. Por cierto alabo en Pablo el ministerio de la
predicación, pero más admiro y venero en María el misterio
de la generación.
4. Sí, también sus hijos la reconocen como Madre, lleva­
dos de modo- natural por cierta piedad proveniente de la fe,
de manera que en todas sus necesidades y peligros se refu­
gian ante todo y sobre todo en la invocación de su nombre,
como niños en el seno de su madre. Por eso no, juzgo desa­
certado que se refiera a estos hijos lo que se le prometió a
ella por el profeta: Tus hijos habitarán en ti,12 por más que
esta profecía deba referirse principalmente a la Iglesia. Aho­
ra, en efecto-, habitamos al abrigo de la Madre del Altísimo,
vivimos bajo su protección13 como bajo la sombra de sus
alas,1415
16y luego seremos abrigados como en su propio regazo
en la participación de su gloria. Entonces será una la voz
de los que se alegran y se congratulan con la Madre: Llenos
de alegría están todos cuantos habitan en ti,'5 santa Madre
de Dios.
No creas, pues, que haya más felicidad y gloria en habi­
tar en el seno de Abrahán10 que en el seno de María, ya
que en ella puso su trono el Rey de la gloria.

La recompensa de María

5. Ven, dice, elegida mía, y pondré en ti mi trono. No po­


día describir con más claridad y elegancia la prerrogativa
de su gloria que llamándola trono del Dios Rey. No parece
que haya existido alma alguna a la cual la Majestad divina
se comunicara con mayor plenitud e intimidad que aquella
a quien eligió entre todas para residir de una manera espe­
cial en ella.
A los discípulos, que se habían hecho pobres para seguir
a Cristo pobre, [el mismo Señor] les hablaba diciendo: En

12. Is. 62,5.


13. Cf. Sal. 90,1.
14. Sal. 16,8.
15. Sal. 86,7.
16. Le. 16,23.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 419

el día de la regeneración, cuando el Hijo del hombre se sien­


te en el trono de su majestad, os sentaréis también vosotros
sobre doce tronos.'7 En otro lugar, nuestro Árbitro, mirando
desde el cielo e incitando a los que combaten, les promete:
Al que venza lo haré sentar conmigo en mi trono, así como
yo vencí y me senté en el trono de mi Padre.16
Pero a su Madre, cuyo mérito es muy diferente, le pro­
mete un premio también diferente: Ven, dice, elegida mía, y
pondré en ti mi trono. Como si dijera: “Poco es para ti sen­
tarte con el Juez; tú misma serás mi trono. Así contendrás
en ti la majestad del Rey, tanto más feliz cuanto más ínti­
mamente, y podrás comprender al Incomprensible con ma­
yor perfección que los demás. Contuviste en tu seno al niño,
contendrás en tu alma al que es inmenso. Fuiste posada del
peregrino, serás palacio del rey; fuiste tienda del que venía
a combatir en este mundo, serás trono del que triunfa en el
cielo; fuiste tálamo del Esposo encarnado, serás trono del
Rey coronado.

Cristo se complace en María

6. ¡Hijo de Dios! Nada, nada seguramente te desagradó en


aquella posada tuya que tan gustosamente te dignaste bus­
car y tan abundantemente recompensar. Nada manchado ha­
llaste en ella, porque no había allí ninguna concupiscencia,
sino castidad purísima; nada ruinoso, porque no había nin­
guna soberbia, antes bien, una profunda humildad; nada os­
curo, porque estaba excluida toda infidelidad; nada estrecho,
porque estaba derramada la caridad. La Virgen prudentísi­
ma había adornado su tálamo no sólo para recibirte a ti, Cris­
to, como huésped, sino también para tenerte como Esposo.
La había adornado, repito, con la variada belleza y gloria de
las virtudes y quizá tanto más ricamente cuanto más pobre
era, tanto más segura y verdaderamente cuanto que todo
era más interior.
Tal ornato causaba admiración al que decía: Toda la glo­
ria de la hija del rey está en su interior; revestida de oro re-17
18
17. Mt. 19,28.
18. Apoc. 3,21.
420 BEATO GUERRICO DE IGNY

camodo, con un manto de variados colores.10 Y en otra par­


te: ¡Qué hermosa es la generación casta en su caridad!19 20 Se­
ñor, a tu casa le corresponde esta santidad y esta hermosu­
ra. Esta hermosura te invitó a venir a ella, y te sedujo para
hacerte volver. Al entrar, multiplicaste las gracias de la ben­
dición, pero al volver la colmaste. Cuando entraste, naciste
en ella como hombre.21 cuando regresaste, fuiste glorificado
en ella como Dios. Entonces pusiste en ella el santuario de
tu gracia; ahora, el trono de tu gloria.

Tronos de gloria

7. También hay otros a los que se llama y son en realidad


tronos, ciertos espíritus celestiales a quienes, según creemos,
la majestad del Dios soberano colma más que a las otras je­
rarquías inferiores. La Escritura no indica cuál es la prerro­
gativa de los tronos, si bien por el nombre que les da insinúa
que aquélla es estimable. Pero también el alma de cada jus­
to es llamada sede de la Sabiduría. La que ahora es sede de
la Sabiduría, entonces sin duda lo será de la gloria. Esté,
pues, el palacio celestial, lleno de sedes y de tronos, y sién­
tese Dios en todos, acomodándose y adaptándose a cada uno
según sus méritos.
No obstante, sin hacer injuria a los otros tronos ni provo­
car su envidia, con razón creemos que el Rey tiene un trono
especial, excelso y elevado22 sobre la gloria de todos los otros.
Me refiero a María, elevada sobre los coros angélicos, de tal
manera que la Madre no contempla sobre sí a ningún otro
excepto a su Hijo, que la reina no admira sobre sí a ningún
otro excepto al Rey, que nuestra Mediadora no venera sobre
sí a ningún otro excepto al Mediador. Que ella nos reconci­
lie con él mediante sus ruegos, que nos recomiende y nos re­
presente ante su único Hijo Jesucristo, a quien es el honor y
la gloria por los siglos de los siglos. Amén.23

19. Sal. 44,14-15.


20. Sab. 4,1.
21. Sal. 86,5.
22. Is. 6,1.
23. Rom. 16,27.
SERMON 48

En la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen ii:


Amor mutuo entre Jesús y María.

IJAS de Jerusalén, anunciad a mi Amado que estoy en­

H ferma de amor.'

Planteo del estilo

Estas palabras, que hemos cantado en [el oficio de] la no­


che, quisiera desarrollarlas ante vuestra consideración, para
mostrar cómo pueden aplicarse a la asunción de la bienaven­
turada María.
Pero para esto, pienso, debo emplear el género literario
utilizado no sólo por los autores profanos, sino también por
los eclesiásticos, sobre todo al interpretar el Cantar de los
cantares, de donde tales [palabras] han sido tomadas. Este
género de expresión —dejando a salvo la verdad— permite
una gran libertad de interpretación. Pues, al decir de san Je­
rónimo, una vez elegido el tema a tratar, se debe buscar me­
nos el citar exactamente los hechos y palabras, cuanto el pre­
sentar el asunto, de manera que si estos hechos y palabras
no han sucedido como se relatan, no sea despropósito pensar
que podrían haber sido tales, o que estuvieron en el afecto
del que obra o habla.

Un diálogo sublime

Así pues, María, a punto de dejar su cuerpo, estaba recos­


tada, cual lo exige la debilidad humana. Las hijas de la Je-

1. Cf. Cant. 5,8.


422 BEATO GUERRICO DE IGNY

rusalén de arriba,2 esto es, las virtudes angélicas, sabiendo


que al honrar a la Madre se congraciaban con el Hijo, visita­
ban con diligencia y celo a su Señora, la Madre de su Señor.3 Y
tal vez, habiendo tomado una apariencia humana después de
los saludos de rigor, acomodaron sus palabras a los sentimien­
tos, a la manera como suelen hacerlo los hombres, diciéndole
[lo siguiente].
2. “¿Por qué, Señora nuestra, te vemos así, enferma y des­
falleciente? ¿Por qué, contra su costumbre, estás triste y aba­
tida, y desde hace dos días no recorres, como solías hacerlo,
los santos lugares con cuya contemplación alimentabas tu
amor? Hace varios días que no te vemos subir a la roca del
Calvario para regar con tus lágrimas el lugar de la cruz, ni
encaminarte el sepulcro de tu Hijo para adorar la gloria de
su resurreción, ni visitar el monte de los Olivos para besar
las últimas huellas de sus pies, cuando ascendió al cielo.”
Por esto se cree que María había fijado su morada en el
valle de Josafat (donde se muestra su sepulcro, al decir de
san Jerónimo, en una iglesia edificada con piedras admira­
blemente ensambladas), a fin de no alejarse mucho de los
santos lugares. Así visitándolos a menudo —aunque todo lo
guardaba en la memoria—, buscaba abrazar más dulcemente
la imagen de los hechos, como grabada en esos mismos lu­
gares, y al menos consolar un poco su amor.
3. A los ángeles que le preguntaban por qué se abstenía
de esas visitas y permanecía recostada, [la Virgen] contestó:
“Estoy enferma.”
“¿Enferma? ¿Es posible que la enfermedad tenga lugar en
tu cuerpo, en donde durante tanto tiempo habitó la salud del
mundo? Del cuerpo de tu Hijo salía una virtud que sanaba
a todos,4 de suerte que hasta la orla de su manto curó a la
hemorroísa,5 y tú, que durante tanto tiempo lo llevaste en tus
entrañas, en tu seno, en tu regazo, ¿cómo después pudiste
ser víctima de alguna enfermedad o desfallecimiento?”

2. Gál. 4,26.
3. Le. 1,43.
4. Le. 6,19.
5. Mt. 9,20-22.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 423

“No debéis admiraros”, responde. “Recordad, cuál era en­


tonces la condición del cuerpo de mi Hijo. Este Hijo, a cuán­
tas debilidades, a qué extremos no se vio reducido —si bien
por propia voluntad—; lo sé yo que lo alimenté en mis entra­
ñas, lo amamanté con mis pechos, lo calenté en mi regazo.
Vi no sólo las debilidades de su infancia, sino también las
de toda su vida y procuré remediarlas en cuanto estuvo en
mi mano. Finalmente, no sin experimentar mi propia pasión,
consideré los insultos y los suplicios de la pasión y de la
cruz,“ comprendiendo en cada uno cuán verdaderamente di­
jo de él nuestro Isaías: El tomó sobre sí nuestras enfermeda­
des y cargó con nuestras dolencias.6 7 ¿Por qué, pues, me la­
mentaré de que él no haya dado a mi cuerpo lo que no dio
al suyo? No soy tan exigente y orgullosa que no pueda o no
quiera sufrir siquiera una pequeña parte de lo que él se dig­
nó sufrir. Él sufrió por su voluntad misericordiosa, yo, por
una necesidad de. la naturaleza. Porque una cosa es la salud,
otra la santidad. Él dio a mi cuerpo la santidad por el miste­
rio de la concepción de su cuerpo y le prometió que le da­
ría la salud por el ejemplo de la resurrección de su cuerpo.
Para que no os cause admiración mi enfermedad: sabed que
estoy enferma de amor. Estoy más enferma por la impacien­
cia del amor que por la fuerza del dolor. Estoy más herida
por el amor que oprimida por la debilidad.”
4. “¡Ay!”, le dicen [los ángeles], “cuán frecuentes, más aún,
cuán continuas fueron las causas de tal enfermedad. Buen
Jesús, ¿cómo es posible que esta Madre tuya, después de ha­
berte engendrado, casi nunca haya estado sin sufrimiento?
Primero languideció de temor, luego de dolor, ahora está en­
ferma de amor. De temor, desde navidad hasta la pasión,
viendo siempre la vida de su Hijo amenazada por insidias;
de dolor durante todo el tiempo de la pasión hasta que lo re­
cibió resucitado; ahora es atormentada por un deseo más fe­
liz, pero más digno de compasión, porque no posee al que
está sentado en el cielo. ¿Cómo, buen Jesús, tú, que eres fru­
to de inmenso gozo, fuiste para ella causa de tan prolonga-

6. Jn. 19,25.
7. Is. 53,4.
424 BEATO GUERRICO DE IGNY

do martirio, de suerte que tantas y tan agudas espadas8910 atra­


11
vesaron de continuo aquella alma tan querida para ti? Pero
por favor, Señora, ¿qué quieres que hagamos por ti? ¿Quie­
res al menos que este Gabriel, iniciado en el mismo misterio
que tú, permanezca aquí para asistirte y servirte, él que des­
de un principio conoció y fue ministro de tu misterio y tam­
bién mereció ser constituido guardián de tu tálamo?”
“No es necesario”, responde [la Madre de Dios]. “Me bas­
ta mi virgen, nuevo ángel revestido de carne, el discípulo a
quien Jesús amaba," de cuyo amor me dejó heredar cuando
en la cruz me confió a Juan y yo fui confiada a él.’° Nada
más agradable que sus servicios, pues nada es más casto que
su compañía y su afecto; nada más suave que su comporta­
miento, nada más sincero que su fe, nada más santo que sus
palabras.”
“Pero nosotros, ¿en qué podemos complacerte?”
“Hijas de Jerusalén”, responde ella, “anunciad al Amado que
estoy enferma de amor. Él sobe cómo se ha de remediar mi
enfermedad.”
5. ‘Tero sabes [arguyen los ángeles] que el que conoce to­
das las cosas pregunta por muchas de ellas como si las igno­
rara. ¿Qué le responderemos si pregunta qué remedio deseas
aplicar a tu herida?”
“Vosotros”, contesta [María], “sois los compañeros del Esposo;
Gabriel es mi paraninfo. Pienso que no se os debe ocultar
el misterio de mi amor. Sólo diré, para que no se me tache
de temeridad, que ambiciono un favor excesivo: Que me be­
se con el beso de su boca y Si tuviera qonciencia de] alguna
culpa, me contentaría, como María Magdalena, con el beso
de los pies, donde se obtiene el perdón de los pecados.12 pe­
ro como el corazón nada me reprocha en toda mi vida, no
considero presuntuoso suplicar la gracia de las alegrías del
beso de su boca. ¿Por qué se me tacharía de presunción si
pido el beso de la boca de aquel que la ha tomado de mí,
8. Le. 2,35.
9. Jn. 21,20.
10. Jn. 19,26-27.
11. Cant. 1,1.
12. Le. 7,38.45.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 425

el mismo que es a un tiempo criatura y Creador? Cuando


de niño, lo tenía en mis brazos, cada vez que yo deseaba
besar al más hermoso entre los hijos de los hombres,1314
15lo ha­
cía con entera libertad; él nunca apartaba su rostro, nunca
rechazaba a su Madre. Y si alguna vez me excedía en mi
deseo, él acataba, según su costumbre, la voluntad de su Ma­
dre. Gozaba en colmarla de la gracia que se derramaba en
sus labios " y de la dulzura de que estaba lleno él, que es
deleite y deseo de las almas castas.
“Por eso declara de sí mismo: Los que me comen tendrán
todavía hambre y los que beben tendrán todavía sed.16
Con cuanto mayor suavidad gusté la gracia de sus labios, con
tanto mayor ardor la pido ahora. Aumentó en él la gloria y
la majestad, pero nada ha cambiado de su mansedumbre y
bondad connaturales. Totalmente ajeno a él aquel adagio de
la soberbia humana: ‘Los honores cambian las costumbres.’
Es más sublime, pero no más soberbio; es más glorioso, pero
no más desdeñoso; no desprecia a la Madre que eligió y no
reprobará por un nuevo juicio su elección eterna.”
6. “No temas, María,” dice entonces Gabriel, según lo hizo
antes; “has hallado gracia ante Dios.13 También en las otras
creaturas que están muy por debajo de tus pies, acostumbra
a aprobar [el Señor] la audacia de sus afectos y de sus rue­
gos, porque nunca considera excesivo o injurioso lo que la
caridad espera de él, con tal de que sea verdadera.” Y vol­
viéndose a la multitud de sus compañeros, [el arcángel agre­
gó]: “¡Vayamos, vayamos! No sea que inflijamos incuria al Hi­
jo retardando la gloria de la Madre.”

La respuesta eterna de Cristo a su madre

Cuando al regresar anunciaron [los ángeles] todas estas co­


sas a su Señor, qué pudo haberles respondido Jesús sino algo
así: “Yo fui el que ordené a los hijos que honrasen a su pa­

13. Sal. 44,3.


14. Sal. 44,3.
15. Sir. 24,29.
16. Le. 1,30.
426 BEATO GUERRICO DE IGNY

dre y a su madre." Yo, para practicar lo que mandé y servir


de ejemplo a los demás, a fin de honrar a mi Padre bajé a la
tierra; pero para honrar a mi Madre ascendí al cielo. Subí y
le preparé un lugar, un trono de gloria, para que a la dere­
cha del Rey se sentara la Reina coronada, revestida de oro
recamado, con un manto de variados colores. Y no digo con
esto que su trono esté colocado en alguna parte, porque ella
misma será mi trono.
”Ven, pues, elegida mía, y pondré en ti mi trono. En ti he
de colocar la sede de mi reino, por ti dictaré, la sentencia,
por ti escucharé los ruegos. Nadie me ha servido más en mi
humillación; a nadie quiero servir más abundantemente en
mi gloria. Tú me comunicaste entre otras cosas aquello por
lo que soy hombre; yo te comunicaré aquello por lo que soy
Dios. Suplicabas por el beso de mi boca; pues bien, serás be­
sada con todo mi ser. No aplicaré mis labios a los tuyos, sino
que todo mi espíritu se unirá a tu espíritu 17
19 en un beso pe­
18
renne e indisoluble. Porque deseé tu hermosura20 aun con
más ardor que tú la mía y no me consideraré plenamente sa­
ciado hasta que tú seas glorificada conmigo.”
“Gloria a ti, Señor Jesús,” exclamó el coro de los ángeles.
¡Gloria a ti, Señor Jesús!, prorrumpa la asamblea de los fie­
les. Que la glorificación de tu Madre sea para tu gloria y a
nosotros nos alcance el perdón; concédenoslo tú, a quien co­
rresponde el honor y la gloria por todos los siglos de los si­
glos.

17. Mt. 19,19; Ex. 20,12.


18. Sal. 44,10.
19. Cf. Jn. 4,24.
20. Sal. 44,12.
SERMON 49

En la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen ui;


De la quietud espiritual.

£ N todas las cosas busqué el reposo.'

El reposo oportuno

La quietud es agradable para los que están cansados. Por


eso, grata y oportunamente os llega este día de reposo y de
fiesta a vosotros que estáis cansados, para que, a la vez que
celebramos el reposo* de la santa Madre de Dios, no sólo se
recreen nuestros cuerpos por esta quietud del trabajo de las
mieses, sino también los corazones respiren con el recuerdo
y amor de aquella quietud eterna. Sin embargo allí, herma­
nos, allí también cosecharéis, pero cosecharéis el reposo los
que ahora sembráis el trabajo de esta cosecha. El fruto de
este trabajo será aquel reposo; reposo del trabajo, recompen­
sa por el trabajo, cuyo fiel recuerdo* repara las fuerzas duran­
te el trabajo. Es sombra para los que se abrasan de calor, ali­
mento para los que padecen hambre. Así lo afirma la que ex­
presó el recuerdo de la abundancia de esta suavidad: ~Me
senté a la sombra de aquel que había deseado, y su fruto es
dulce a mi palabra.3
Oh vosotros, los que trabajáis, los que soportáis el peso del
día y del calor* A la sombra de las alas E de Jesús hallaréis:
1. Sir. 24,11.
2. Sal. 144,7.
3. Cant. 2,3.
4. Mt. 20,12.
5. Sal. 16,8.
428 BEATO GUEBBICO DE IGNY

reposo para vuestras almas,6 pues, como está escrito, es apo­


yo fuerte, protección contra el ardor del sol, sombra contra
el calor del mediodía.78 13De los sentimientos del corazón pro­
12
11
910
cederá así aquella confesión de la boca: Señor Dios, mi fuer­
te Salvador, que das sombra a mi cabeza en el día de la ba­
talla,11 en el día del calor y del trabajo, de la lucha y de la
tentación. En efecto, cuando la meditación del reposo eter­
no da sombra a las cabezas de los que trabajan, no sólo los
refresca en el calor de la tentación, sino que también renue­
va sus bríos para el trabajo, como está escrito acerca de Isa­
car, comparado a un asno vigoroso: Vio que el reposo es bue­
no y la tierra, excelente, y puso sus hombros para la carga,"
es decir, que por el deseo de aquella quietud y herencia se
sometió voluntariamente al trabajo. Y también él pudo decir:
En todas las cosas busqué el reposo, y moraré en la herencia
del Señor.70

Ocio y negocio

2. ¡Feliz el que en todos sus trabajos y caminos busca el


reposo celestial! Se apresura siempre por entrar, como exhor­
ta el apóstol, en aquel reposo,77 afligiendo su cuerpo a causa
de tal deseo, preparando y ubicando ya el alma en aquel re­
poso, teniendo paz con todos los hombres, en cuanto depen­
da de él.72 Prefiere espontáneamente el reposo y el ocio
[otium] de María, pero asume por necesidad el trabajo y las
ocupaciones [negotium] de Marta, aunque lo cumple en lo
posible con paz y quietud de espíritu, recogiéndose de las
múltiples distracciones en lo único necesario.”
Tal hombre aun cuando trabaja descansa, mientras que el
impío aun cuando descansa trabaja. Porque ¿cómo podrían

6. Mt. 11,29.
7. Sir. 34,19.
8. Sal. 139,8.
9. Gén. 49,14-15.
10. Sir. 24,11.
11. Heb. 4,11.
12. Rom. 12,18.
13. Le. 10,42.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 429

descansar aquellos a quienes Dios envía un ciclo de males,“


a quienes ha jurado en su ira: No entrarán en mi reposo?14 1516
17
Fuera de él no hay sino aflicción y miseria, y a su alrededor
tempestad violenta.™ Lo mismo sucede en la naturaleza: to­
do lo que se desvía de la simplicidad y unidad de su centro
está en movimiento y agitación. Y con tanto mayor rapidez
gira un círculo cuanto más se aparta de la inmovilidad de su
principio, es decir, de su eje. En verdad los impíos andan en
círculo, aquellos a quienes Dios envía un ciclo* de males, y
por eso no podrán entrar en aquel reposo interior y eterno.
En sus caminos habrá quebranto y desdicha, porque no co­
nocieron el camino de la paz™ porque no lo buscaron de mo­
do que pudieran decir: En todas las cosas busqué el reposo,
o sea, que en la multiplicidad de sus acciones, por las cuales
son turbados y turban a los demás, deberían considerar y
buscar lo único necesario.1819
20
Aquella voz es más bien propia de los justos, quienes asi­
mismo pueden decir: Una cosa pedí al Señor, eso buscaré™
Busqué tu rostro, Señor, buscaré tu rostro?0 Ellos trabajan
sólo por amor de su reposo, prefieren decididamente que la
podredumbre penetre en sus huesos con objeto de reposar en
el día de la tribulación,2122
lo prefieren a pasar sus días rebal­
sando prosperidad y descender en un instante al infierno"2

El reposo de María y la gratitud de Dios

3. Con todo, si alguno quisiera averiguar con mayor dili­


gencia a quién se refiere especialmente aquella voz: En to­
das las cosas busqué el reposo, respondemos que es la voz de
la Sabiduría, la voz de la Iglesia, la voz de María, la voz de
toda alma sabia.
14. Cf. Sal. 82,14.
15. Sal. 94,11.
16. Sal. 49,3.
17. Sal. 13,3.
18. Le. 10,42.
19. Sal. 26,4.
20. Sal. 26,8.
21. Hab. 3,16.
22. Job 21,13.
430 BEATO GUERRICO DE IGNY

La Sabiduría buscó el reposo en todas las cosas, pero so­


lamente lo halló en los humildes. La Iglesia buscó el reposo
en todas las naciones del mundo, pero solamente lo halló en
los creyentes. María, al igual que toda alma fiel, buscó el re­
poso en todas sus acciones, pero sólo lo halló hoy, cuando,
después de la persecución de Herodes y la huida a Egipto/3
después de tantas asechanzas y atrocidades de la impiedad
de los judíos, después de tantos sufrimientos a causa de la
pasión y muerte de su Hijo,2* después de haber sido traspa­
sada su alma con tantas y tan crueles espadas, hoy al fin le
es dado decir: Alma mía, recobra tu reposo, porque el Señor
ha sido bueno contigo.2324 26El que me creó y fue formado de
25
mi carne, reposó en la tienda20 de mi cuerpo; no podrá ne­
garme el reposo de su cielo. En efecto, el que colma de gra­
cias a los demás, ¿cómo no pagará con la misma moneda a
su Madre?
Avanza, María, avanza segura entre los bienes de tu Hijo;
obra confiadamente27 como Reina, Madre del Rey y esposa
suya. Buscabas el reposo, pero se te debe una gloria más ex­
celsa, el reino y el poder. Él desea mantener contigo el impe­
rio indiviso, él, que en una única carne y un único espíritu
compartió contigo un misterio indiviso de piedad y unidad.
Dejando a salvo la dignidad de la naturaleza divina, por un
doble don de la gracia su Madre le fue unida en matrimonio.
Reposa, pues, oh dichosa, en los brazos de tu Esposo. Él
te comentará, no lo dudo, entre abrazos y besos, cuán suave­
mente reposó en la tienda de tu cuerpo, y cuánto más sua­
vemente en el aposento secreto de tu corazón.
Dios no es injusto, hermanos, no olvida ni una sola obra
buena, tiene siempre en la memoria el recuerdo de un bene­
ficio recibido. Bienaventurado' aquel en quien Dios encontró
reposo siquiera una sola vez, en cuya tienda reposó al menos
una hora.

23. Mt. 1,13-15.


24. Jn. 19,25.
25. Sal. 144,7.
26. Sir. 24,12.
27. Sal. 11,6.
HOMILÍAS LITÚBGICAS 431

Dios reposa entre los pobres

4. Mirad que también ahora la Sabiduría clama en las pla­


31En todas las cosas busqué el reposo; golpeé y no hu­
zas: 2829
30
bo quien me abriera,20 llamé y no hubo quien respondiera.'"'
El Hijo del hombre, al decir del profeta, se hizo como un
hombre vagabundo y como un viajero que sólo se detiene
para pasar la noche y no tiene dónde reclinar la cabeza;32
permanece afuera, su cabeza está cubierta de rocío, y sus ca­
bellos, del relente de la noche.33 ¿Quién de entre nosotros se­
rá tan humano y hospitalario que se levante, le abra3435 36y lo
conduzca a su aposento, y le muestre una sala grande y pre­
parada, donde pueda comer la nueva pascua con sus discí­
pulos? 3” Os digo esto, hermanos: si él no encuentra en noso­
tros el reposo que busca, tampoco nosotros encontraremos en
él el reposo que anhelamos.
Pues dice el Señor por el profeta: Este es mi reposo: rea­
nimad al fatigado, que en esto está mi refrigerio.™ Bienaven­
turado el que piensa en el indigente y el pobre; en el día
malo el Señor37 le preparará, por una debida retribución, re­
poso y refrigerio.
Ahora bien, si Dios mira como hecho a sí mismo todo ac­
to de humanidad para con uno de sus miembros, ¿cuánto más
recordará con gratitud lo que se hace a su mismo Espíritu,
diciendo: Fui peregrino y me recibisteis?38 ¿Acaso la pobre­
za de muchos santos, que no les permite recoger a los vaga­
bundos ni alimentar a los hambrientos, podrá mostrarse in­
humana e inhospitalaria con el Señor, que acostumbra a hos­
pedarse principalmente entre los pobres? ¿En quién reposaré,

28. Prov. 1,20.


29. Apoc. 3,20.
30. Is. 66,4.
31. Jer. 14,8.9.
32. Mt. 8,20.
33. Cant. 5,2.
34. Cant. 5,5.
35. Me. 14,14.15.
36. Is. 28,12.
37. Sal. 40,2.
38. Mt. 25,35.
432 BEATO GUERRICO DE IGNY

dice, sino en el humilde y tranquilo, y que teme mis pala­


bras? 30 Oh humildad, estrecha para ti, amplia para la divi­
nidad; pobre e insuficiente para ti, suficiente para aquel a
quien el mundo no puede contener; tú alimentas abundante
y deliciosamente al que alimenta a los ángeles.
¿En quién reposaré, dice, sino en el humilde? En todas las
cosas busqué el reposo, pero lo encontré en mi humilde es­
40 por la gra­
clava. No se ha encontrado otra semejante a ella 39
cia de la humildad. Y ello hizo que en esta plenitud de hu­
mildad reposara también corporalmente toda la plenitud de
43si bien reposó de otra manera en el Hijo, por­
la divinidad,4142
que aunque la Madre es humildísima mucho más humilde es
el Hijo.
Por tanto, el Espíritu septiforme no sólo reposó sobre él,
sino que también preparó en él diversas mansiones de feli­
císima quietud para todos aquellos que aprendieron de él a
ser mansos y humildes.4’ Es más, todo él se hizo como lecho
de oro4445
46para ofrecer descanso. Parece haber pregustado al­
go del felicísimo reposo de este lecho quien mereció recos­
tarse sobre su pecho en la última cena.4"

Una alabanza del trabajo

5. Pero habría que examinar también la razón y conve­


niencia de estas palabras: ¿En quién reposaré, sino en el hu­
milde y tranquilo?40 Porque ¿cómo podría descansar sobre
lo que está agitado [inquietum]? ¿Cómo podría permanecer
inmóvil una columna sobre una base insegura y vacilante?
¿Y quién puede estar tranquilo [quietum], sino el humilde?
¿Quién, a no ser el humilde, puede poseerse a sí mismo en
la paz de un espíritu tranquilo y modesto? Al impío lo arro­

39. Is. 66,2.


40. Sir. 44,20.
41. Col. 2,9.
42. Is. 11,2.
43. Mt. 11,29.
44. Cant. 3,10.
45. ]n. 13,25.
46. Is. 66,2.
HOMILÍAS LITÚBGICAS 433

ja él viento de la faz de la tierra" y es llevado de aquí pa­


ra allí por todo viento de doctrina.™ El impío, dice el profe­
ta, es como un mar en ebullición que no puede estar tran-
quilo.“ Arde por la ira, se abrasa por la avaricia, se hincha
por la soberbia, se agita a sí mismo por una lucha interior,
se golpea contra sí mismo por una sedición interna.
Por consiguiente, para que repose en vosotros, hermanos
míos, aquel que ama y da la quietud, conforme al consejo
del apóstol, trabajad por vivir en tranquilidad.“" ¿De qué
manera conseguiréis esto? [Pablo] añade; Cumplid vuestro
deber y trabajad con nuestras manos." El trabajo es un peso
que, así como el lastre nivela a la nave, comunica descanso y
estabilidad a los corazones inquietos, y además afirma y po­
ne en orden el estado del hombre exterior.
Origen de grandes males es, como leisteis, aquella mujer
vagabunda, inquieta y revoltosa, cuyos pies no pueden pa­
rar en su casa; tanto en las calles como en las plazas, acecha
en todas las esquinas."2 No sin motivo el doctor de las gentes
desconfía de este mal de la inquietud y juzga que hay que
perseguirlo, no sólo mediante la corrección, sino también me­
diante la exclusión. Os rogamos, hermanos, dice [Pablo]: co­
rregid a los inquietos."3 De la misma manera, en su segunda
carta a los tesalonicenses, refiriéndose a los inquietos, les di­
ce entre otras cosas, a manera de trueno del cielo: Hemos
oído que andan entre vosotros algunos espíritus inquietos,
que no hacen nada y se entrometen en todo. A estos tales los
amonestamos a que, trabajando con sosiego, coman su pan...
Si alguno no obedece a lo que ordenamos en esta carta, cen­
suradlo y no tratéis con él, para que se avergüence."
6. Si tal vez se halla entre vosotros alguno de éstos —lo que
Dios no permita—, sería más hermoso y honorable que se
avergüence espontáneamente antes de que se lo censure tan
47. Sal. 1,4.
48. Ef. 4,14.
49. Is. 57,20.
50. 1 Tes. 4,11.
51. 1 Tes. 4,11.
52. Prov. 7,10-12.
53. 1 Tes. 5,14.
54. 2 Tes'. 3,11-14.
434 BEATO GUERBICO DE IGNY

grave y públicamente. Merece ser censurado, y se lo disimula;


es digno de represión, y se lo tolera... Pero su confusión ha
de ser tal que por ella se corrija, que se alegre por la correc­
ción y que nos alegre, no sólo a nosotros, sino también al Es­
píritu de Dios, el cual, habiendo dicho: En todas las cosas
busqué el reposo, no lo encuentra sino en los tranquilos y no
lo concede sino a los tranquilos. Así, por medio del profeta
llama y sosiega a los inquietos: Sí volvéis y estáis quietos, se­
réis salvos:“
Procuremos, pues, darnos todos al trabajo para vivir en
tranquilidad,5’' a fin de que en nuestro reposo nos ocupemos
en la meditación del reposo eterno, y por el deseo de él este­
mos dispuestos para todo trabajo. Que la bienaventurada Ma­
dre de Dios, cuyo reposo celebramos, nos lo obtenga de aquel
que reposó en la tienda de su cuerpo y de su corazón. Él
es el reposo eterno, Cristo Jesús, a quien sea el honor y la
gloria por todos los siglos.

55. Is. 30,15.


56. 1 Tes. 4,11.
57. Sir. 24,12.
SERMON 50

En la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen iv:


CÓMO CUMPLIÓ LA MADRE DE DlOS EL OFICIO DE MARTA.

ARIA elegió la mejor parte.'

La perfecta seguidora de Cristo

Estas palabras se refieren a María, hermana de Marta, pe­


ro hoy se han cumplido más plena y santamente en María, la
Madre del Señor. En efecto, hoy la bienaventurada Virgen
María eligió la mejor parte. Más aún, lo que en otro tiempo
había elegido la recibe hoy en posesión perpetua: [hoy] se une
ella inseparablemente al Señor, y goza para siempre del Ver­
bo de Dios.
No está fuera de lugar ni es inconveniente aplicarle [a la
Virgen] lo que se dijo de la otra María, ya que esta aplica­
ción conviene no sólo por la semejanza del nombre, sino tam­
bién por la de las obras. Ésta recibió al Señor bajo el techo
de su casa; aquélla en el tálamo de su seno. Y el que me creó,
dice, reposó en mi tienda.1234Ésta, sentada a los pies del Señor,
escuchaba su palabra;a aquélla, solícita en los cuidados de­
bidos a su condición humana, conservaba todas las palabras
referentes a él, meditándolas en su corazón.1
Además, cuando Jesús recorría —evangelizando— ciudades
y aldeas,5 María se adhería a sus pasos como compañera in-
1. Le. 10,42.
2. Sir. 24,12.
3. Le. 10,39.
4. Le. 2,19.51.
5. Mt. 9,35.
4.36 BEATO GUEBRICO DE IGNY

separable y estaba pendiente de los labios del Maestro, de


tal suerte que ni la tempestad de la persecución ni el horror
del suplicio fueron capaces de separarla del seguimiento de
su Hijo y Maestro. Junto a la cruz del Señor, estaba de pie
María, su Madre." Madre ciertamente, que no abandonaba a
su Hijo ni en los terrores de la muerte. ¿Cómo hubiera podi­
do aterrar la muerte a aquella cuyo amor era fuerte como la
muerte,*7 mejor dicho, más fuerte que la muerte? Ciertamen­
te permanecía de pie junto a la cruz de Jesús: el dolor do
esta cruz crucificaba su mente y al mismo tiempo atravesa­
ban su alma tantas espadas89 cuantas eran las heridas que
veía en el cuerpo transpasado de su Hijo. ¡Con razón fue pro­
clamada Madre y fue confiada a los cuidados de un protector
adecuado allí donde se manifestó tanto el amor sincero de la
Madre para con su Hijo como la verdad de la naturaleza hu­
mana que el Hijo había recibido de su Madre!
Pues en otras ocasiones había parecido como que Jesús ig­
noraba a su Madre. Así, en las bodas de Caná, al pedirle que
realizarse un milagro, contestó: Mujer, ¿qué nos va a ti y a
mí?B O cuando mientras predicaba el evangelio y uno le dijo;
Mira que tu madre y tus hermanos están a la puerta y te bus­
can, él preguntó: ¿Quién es mi madre? 1011
Pero debía responder
así a su Madre cuando ella le pidió el milagro, a fin de dar a
entender que el hacer milagros no procedía de su Madre; y a
quien interrumpió sus palabras para anunciarle la presencia
de sus parientes, no le pudo dar otra respuesta mejor que de­
mostrarle cómo deben anteponerse las cosas espirituales a las
de la carne. Esto mismo había dicho en otro tiempo a sus pa­
dres que lo buscaban cuando estaba ocupando en predicar el
evangelio: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debo es­
tar en las cosas de mi Padre? 11

G. Jn. 19,25.
7. Cant. 8,6.
8. Le. 2,35.
9. Jn. 2,4.
10. Mt. 12,47.48.
11. Le. 2,49.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 437

La perpetua oyente de Cristo

2. Lejos de nosotros suponer que despreciara a su Madre


quien estableció la ley de honrar con toda solicitud a los pa­
dres.12 Lejos de nosotros, repito, pensar que intentara molestar
en la tierra a la Madre cuya hermosura deseó desde el cielo'.
Lo que intentó fue ordenar en nosotros el amor,1314enseñándo­
nos —tanto por sus palabras como por sus ejemplos— a ante­
poner a los afectos de la carne, no sólo el amor de Dios, sino
también el de aquellos que hacen la voluntad de Dios.
Realmente, de todos nosotros, a quienes el Padre del cielo
se dignó adoptar, se exige un afecto del corazón que nos mue ­
va a declarar fielmente con su Hijo único: Cualquiera que
cumpla la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese
<es mi hermano, mi hermana y mi madre.1516Indudablemente
esta palabra conviene a los hijos de Dios y el testimonio más
fiel de que somos hijos de Dios10 que el Espíritu puede dar
a nuestro espíritu consiste en hacer que esta palabra del Hi­
jo único de Dios resida en nuestros corazones.
Así María, que era la Madre de Jesús según la carne, fue
reconocida por él bajo otro concepto, ya que de tal manera
cumplía la voluntad del Padre, que éste pudo decir de ella:
Tú serás llamada: “Mi-voluntad-en-ella.”17 Por lo tanto, donde
el Hijo parecía ignorarla, allí se lo ve honrarla de modo más
sublime, esto es, duplicándolo el título de su maternidad: al
mismo Hijo a quien había llevado encamado en su seno, tam­
bién lo llevó espiritualmente en su alma.

La herencia de Cristo

3. Por lo demás Jesús, habiéndola amado, la amó hasta el


fin,18 queriendo' no sólo morir junto a ella, sino también diri­

12. Ex. 20,12; Mt. 15,4-6.


13. Cant. 2,4.
14. Rom. 8,15.
15. Mt. 12,50.
16. Rom. 8,16.
17. Is. 62,4.
18. Jn. 13,1.
438 BEATO GUERRICO DE IGNY

girle sus últimas palabras. Quiso dictar, por decirlo así, su tes­
tamento, legando a su discípulo más querido el cuidado de su
Madre, de la cual se reconocía tan deudor. Así Cristo dividió
su herencia entre Pedro, que lo amaba más, y Juan, que era
el más amado: a Pedro le tocó en suerte la Iglesia; a Juan,
María.” A Juan le correspondió esta parte no sólo por dere­
cho de parentesco, sino también por un privilegio de amor y
como testimonio de su castidad.
Era conveniente que la Virgen fuera confiada a un hombre
también virgen. De este modo la bienaventurada Virgen que
estaba enferma de amor divino fue sostenida por flores de
20 y la virginidad del joven recibió ya aquí abajo como
castidad 19
premio progresar espirituahnente en compañía de tan grande
santidad. Asimismo, por haberse mostrado fiel en el servicio
de la Madre incorrupta, mereció que se le confiaran los mis­
terios de la divinidad y los arcanos del Verbo incorruptible.21
Convenía, repito, que la Madre del Señor no fuera asistida
por ningún otro más que por el amado de su Hijo. Suspirando
siempre por el Hijo, la Madre respiraba así más dulcemente
junto al amado de su Hijo, y el discípulo que se lamentaba de
que le hubieran arrebatado, tan pronto a su Maestro se goza­
ba de haber encontrado a la Maestra de toda verdad. Todo
esto fue previsto con gran acierto a fin de que quien había
de escribir un evangelio tratara más familiarmente acerca de
cada uno de los hechos con la persona que los conocía a to­
dos, porque ella había observado cuidadosamente desde un
principio todas las cosas relacionadas con su Hijo, conservan­
do todas las palabras referentes a él y meditándolas en su co­
razón."2 Así desempeñó el papel de Marta al cuidar y alimen­
tar al Niño, cumpliendo al mismo tiempo la ocupación de Ma­
ría por su asiduidad en conocer a [quien es] la Palabra.
Sin embargo,, después que su Hijo subió adonde estaba en
un principio,23 la Madre, libre de toda preocupación terrena

19. Jn. 21,15-17; 19,26-27.


20. Cant. 2,5.
21. Jn. 1,1-3.
22. Le. 2,19.51.
23. Jn. 6,63.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 439

e iluminada más plenamente por el Espíritu Santo (a quien


recibió junto con los apóstoles, además de haberlo recibido de
una manera única con las primicias de la concepción virgi­
nal), se alegraba lo indecible en contemplar y ver que Jesús
Visión ciertamente de gozo inefable y de sumo de­
es Dios.2425
28
27
26
leite para todos los que aman a Jesús,23 pero sobre todo para
aquella que engendró a Jesús. Así como ella sola recibió la
gracia de engendrar a Dios, así también sólo ella posee la pre­
rrogativa de gloriarse en aquel a quien engendró. Gloria ab­
solutamente única e incomparable la de la Virgen Madre: poder
ver a Dios, Rey de todas las cosas, llevando como diadema la
carne con que ella lo coronó,2“ de tal manera que confiesa y
adora a Dios en su propio cuerpo, y ve en Dios su propio
cuerpo glorificado.

Acción y contemplación; su unidad

Pienso que de estas contemplaciones se alimentaba María;


esta fue la “mejor parte” que eligió y que no le fue quitada,2’
antes bien, hoy le es dada en plenitud. No habiendo sido ne­
gligente ni perezosa en el oficio de Marta, en manera alguna
ha sido privada del fruto correspondiente a María. El traba­
jo es propio de la vida activa, el fruto, o la recompensa, de
la contemplación. Porque su alma trabajó, dice, verá y será
saciada.23
4. Os decimos esto, hermanos, para que, si alguno desea
esa “mejor parte” alabada en María, sepa que es el premio
de aquella [otra “parte”] que no se desaprueba en Marta. No
resulta justo pretender la recompensa antes de haberla mere­
cido. Es necesario que Jacob se una primero a Lía antes de
disfrutar de los abrazos de Raquel, como también que prime­
ro sea llamado y sea en verdad Jacob, antes que Israel.29 ¿Te
han nombrado maestresala en un banquete?, dice la Escritu-

24. Sal. 45,11.


25. 1 Cor. 2,9.
26. Cant. 3,11.
27. Le. 10,42.
28. Is. 53,11.
29. Gén. 29,24-29; 32,28.
440 BEATO GUERRICO DE IGNY

ra; pórtate como uno de tantos, cuida bien de todos y, des­


pués de cumplir a la perfección tu oficio, siéntate a la mesa a
fin de alegrarte con ellos y recibir como ornato una hermosa
corona™ Las fatigas del trabajo y los cuidados de la adminis­
tración son semillas de justicia de las cuales se cosechan go­
zos de labios de la misericordia que consuela. Así lo dice el
profeta: Sembrad para vosotros en justicia, cosechad en la
boca de la misericordia.3" Pero quien siembra poco, poco reco­
gerá, y quien siembre en bendición, cosechará también ben­
33
dición.30
32
31

Madre de bendición

Nadie jamás sembró bendición tan profusa como aquella


bendita entre las mujeres 33 de cuyo seno brotó la semilla ben­
dita.
¿Pero la llamaré semilla o fruto? Mejor de ambas formas:
el que es semilla para los que obran la justicia, será fruto pa­
ra los que cosechan la gloria. Semilla en la pasión, fruto en
la resurrección. Poderosa en la tierra 34 es esta semilla que al
caer en tierra de inmediato manifiesta su poder, de manera
que da mucho fruto;35 y en esta semilla fueron benditas to­
das las naciones.36 Por eso se añade: La generación de los jus­
tos será bendita.37
5. Coseche por tanto María de sus bendiciones; y la que
sembró la bendición para todas las naciones 3839 reciba de mo­
do singular la bendición de todas las naciones: Me llamarán
bienaventurada todas las generaciones.™ Poco es esto. Te lla­
marán bienaventurada todas las jerarquías de los espíritus

30. Sir. 32,1-3.


31. Os. 10,12.
32. 2 Cor. 9,6.
33. Le. 1,42.
34. Sal. 111,2.
35. Jn. 12,24.25.
36. Gén. 22,18; 26,4.
37. Sal. 111,2.
38. Sir. 44,25.
39. Le. 1,48.
HOMILIAS LITURGICAS 441

bienaventurados. Hoy las hijas de la Sión celestial vieron a la


que sube al cielo y la proclamaron dichosa, y las reinas la ala­
baron."1 Hoy María recoge los frutos de sus bendiciones, por­
que toda la bendición que brotó de ella sobre ella se derra­
ma espiritualmente. Dadle, dice el Espíritu Santo, del fruto
de sus entrañas, y que sea saciada de aquel que ella engendró.
¡Oh Madre de misericordia! Sáciate de la gloria de tu Hi­
jo y deja tus sobras a tus hijos pequeños/’ Tú ya estás senta­
da a la mesa, nosotros somos los cachorritos que estamos de­
bajo de la mesa.42 Como los ojos de la esclava están puestos
en las manos de su Señora,13 así esta familia famélica espera
de ti el alimento de vida. Por ti hemos participado del fruto
de vida en la mesa de los sacramentos de este tiempo presen­
te; que por ti seamos partícipes de ese mismo fruto de vida
en la mesa de los gozos eternos de Jesús, fruto bendito de tu
vientre,44 a quien sea el honor y la gloria por todos los siglos
de los siglos.

40. Cf. Cant. 6,8.


41. Sal. 16,4.
42. Mt. 15,27.
43. Sal. 122,2.
44. Ant. Salve Regina.
SERMON 51

EN LA NATIVIDAD DE LA SANTISIMA [Link] MARIA I:

Flores y frutos en la vida critiana.

O, como la vid, di un fruto de suave olor.1

La novedad

Celebramos hoy el nacimiento de la santísima Virgen Ma­


dre, de la cual nació la vida de todos. Hoy nació la Vir­
gen, de la cual quiso nacer la salvación de todos, a fin de dar
a los que habían nacido para la muerte el poder renacer a la
vida. Hoy nació la nueva Madre que destruyó la maldición
de la primera madre de suerte que por medio de aquélla po­
sean en herencia la bendición los que por esta habían nacido
sometidos a la maldición eterna. En verdad Madre nueva, que
trajo una novedad a los hijos envejecidos y sanó el vicio de
la vetustez, tanto de la congénita como de la que se le sobre­
añadió. En verdad Madre nueva, que da a luz por un prodi­
gio tan nuevo que al dar a luz permanece virgen, y da a luz
al que creó todas las cosas, y entre ellas a su propia Madre.
Admirable novedad, sin duda, la de una virginidad fecun­
da, pero mucho más admirable la novedad del Hijo dado a
luz. A nadie le resultará ya increíble que permaneciera virgen
la que dio a luz si reconoce que el que nació es Dios. De nin­
guna manera habría podido' nacer violando la integridad de
su madre quien acostumbra a restituirla a quien la ha per­
dido. La realidad del cuerpo que asumió no impidió al poder

1. Sir. 24,23.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 443

del Creador mantener para sí lo que él dio a gran número de


creaturas. Encuentras, en efecto1, muchas creaturas que nacieron
sin corromper a sus progenitores y que de algún modo con su
voz dan testimonio del parto inmaculado de su Creador.

El testimonio de la Escritura

2. Pero que hable su misma Madre, que conoce su propio


misterio, y que nos enseñe cómo y a quién engendró. Con to­
do, que hable no con el argumento de una nueva afirmación,
sino con el oráculo antiguo de una profecía; porque, como di­
ce el apóstol Pedro, el testimonio de la profecía es más firme
que el de los mismos milagros.2 ¿Qué cosa tan ajena a la con­
tienda o menos expuesta a la falsedad que el testimonio pro­
ferido1 por Dios acerca de quienes aún no nacieron? Pues
bien, mucho antes de nacer María, el Espíritu que había de
habitar en ella asumía su causa y defendía contra las blasfe­
mias de los impíos tanto la divinidad del Hijo como la inte­
gridad de la Madre (ambas su propia obra), y en nombre
de ella decía, si atendemos al sentido corriente de las pala­
bras, lo que ahora escuchasteis: Yo, como la vid, di un fruto
de suave olor.
El contexto atribuye estas palabras a la Sabiduría, es decir,
al Hijo; con todo, como sabéis muy bien por las reglas de la
interpretación de las Escrituras, nada impide a su compren­
sión el que, como en otros casos, se aplique el texto también
a la Virgen Madre. No1 ignoráis que existen asimismo otros
muchos testimonios que podrían utilizarse ahora más familiar
y manifiestamente, pero prefiero atenerme al tema propues­
to a fin de no defraudar vuestras esperanzas.

El buen olor de Cristo

3. Así, pues, que responda María a los blasfemos, tanto por


ella misma como por su Hijo, y que con una sola palabra des­
truya todas las herejías: Yo, como la vid, di un fruto de sua­
ve olor; como si dijera abiertamente: ‘Mi alumbramiento no
*2. 2 Pe. 1,19.
444 BEATO GUERRICO DE IGNY

tiene semejante entre las mujeres, aunque sí encuentra se­


mejanza en la naturaleza material.”
¿Preguntas cómo engendró la virginidad al Salvador? Como
la flor de la vid exhala su perfume. Si encuentras la flor co­
rrompida por haber exhalado su perfume, entonces cree que
la pureza de María fue violada porque dio a luz al Salvador.
¿Qué objeción puedes poner contra la exactitud de esta com­
paración? ¿Qué es la virginidad sino la flor de un cuerpo in­
violado? ¿Qué es el hijo de la virginidad, sino la suavidad de
este perfume? Con todo, cuida que este buen olor no te haga
morir. Porque para unos, es decir, para los que se han de sal­
var, este buen olor de vida da la vida; para otros, es decir,
para los que perecen,3 es olor de muerte que da la muerte,
como el olor de la viña florida para los animales emponzo­
ñados.
En la suavidad de este perfume se recreaba sin duda el es­
píritu de aquel anciano' patriarca que, tocando a su hijo y
sintiendo la fragancia de Cristo, al recuerdo de la abundancia
de su suavidad,, exclamó: El olor de mi hijo es como el olor
de un campo fértil al que bendijo el Señor.456
Dios Padre sintió la suavidad de este olor y, deleitándose
en él, perdonó al género humano cuando su Hijo se ofreció a
sí mismo a Dios como oblación y víctima en olor de suavi-
dad:'
Por este suave olor somos atraídos cuando mediante la con­
versión corremos hacia él. Por este [aroma] son atraídas las
jóvenes cuando por la devoción corren en pos de él."
Aunque uno sea el olor que se percibe por la buena fama
proveniente de la predicación, otro es el olor que proviene
de sus vestiduras o de sus ungüentos o tal vez de su mismo
cuerpo de un modo más intenso. Este olor no es otra cosa
que la virtud que sale de él.7 Ella despierta a los perezosos,

3. 2 Cor. 2,15.16.
4. Gén. 27,27.
5. Ef. 5,2.
6. Cant. 1,2.3.
7. Le. 6,19.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 445

renueva el fervor del amor y hace correr con alegría por el


sendero1 de los mandamientos.8

El fruto y las flores

4. Por cuanto dio a luz un fruto tan odorífero, gloríese


María y diga: Yo, como la vid, di un fruto de suave olor. Con
razón como la vid, porque su amado es para ella racimo de
Cipro,“ del cual no sólo el lagar de la pasión exprimió el mos­
to rojo de su preciosa sangre, cuyo cáliz preclaro embriaga,'0
sino del que también cada día una devoción santa exprime para
sí el vino que alegra el corazón del hombre*11 y lo1 embriaga
con un deleite de gozo y amor.
Pero el gusto del sabor no embriaga antes de que atraiga
la suavidad, del olor, ni tampoco alegra el gozo de la visión
si primero" no seduce la piedad de la nombradla. Si no cree­
mos, tampoco entenderemos y no gustaremos cuán suave es
el Señor.12 La fe exhala el perfume; la experiencia gusta y
disfruta. Tal vez por eso María, al describir a Jesús en cuan­
to a sus poderes y operaciones, nombra en primer lugar la
suavidad de su olor, porque Jesús comienza a existir en nos­
otros cuando nos atrae la fragancia de su santa nombradla.
A renglón seguido manifiesta cuál es el fruto de donde pro­
cede este olor y hacia dónde nos atrae: Y mis flores son fru­
tos de honor y honestidad.
Sin duda, éste es Jesús, suavidad de perfume que invita,
honestidad que santifica, honor que glorifica. Suavidad de
perfume por la que somos llevados, por decirlo así, hasta el
camino; honestidad, por lo que somos guiados; honor hacia el
cual somos conducidos. Hermosamente se dice que la hones­
tidad es como un honor estable. Porque aquel honor de su­
prema dignidad y gloria no podrá entonces ser estable en
nosotros si ahora la honestidad de vida y costumbres no le

8. Sal. 18,6; 118,32.


9. Cant. 1,13.
10. Sal. 22,5.
11. Sal. 103,15.
12. Sal. 33,9.
446 BEATO GUERRICO DE IGNY

prepara un asiento. Entonces nadie será —como se ve ahora


por todas partes— honrado sin honestidad, ni ningún hombre
honesto dejará de ser honrado.
Por tanto Jesús es, primero, suavidad de perfume para aque­
llos a quienes llama; luego, honestidad para aquellos a quie­
nes justifica; finalmente, honor para aquellos a quienes en­
grandece. Pues a los que predestinó, a éstos también los lla­
mó, y a los que llamó, también los justificó; y a los que jus­
tificó, a éstos también los engrandeció.,s
5. Tal es, pues, mi Amado, exclama María, y éste es mi
Hijo, oh hijas de Jerusalén.1* Éste es el fruto bendito de mi
vientre,13 17a éste han producido mis flores. No dice “mi flor’,
1516
14
sino “mis flores”, porque cuando la virgen es santa la flor
de la virginidad es múltiple en ella. Con todo, en María esta
flor se multiplicó, por una gracia singular, más que en todas
las otras; toda hermosa en el interior y en el exterior, ella
florecía por el brillo y belleza de su pudor.

El resultado de una vida pura

También en ti; si tu castidad, fuese perfecta, no sólo flo­


recerá tu carne, sino que también una santidad casi divina
invadirá todo tu ser. Tu porte no será petulante ni desordena­
do, sino florido por el pudor. Tu palabra no será incontinen­
te ni impropia, sino grata por el recato y sazonada de sabi­
duría. Tus oídos no sentirán comezón por la avidez de escu­
char novedades o cosas torpes, ni tu paladar por el deseo
de comer alimentos exquisitos. Tu andar no será desordenado,
sino modesto. Tu mismo hábito no será —no me atrevo a de­
cirlo— como el de una ramera, ni siquiera demasiado cuidado,
sino netamente religioso. Toda tu persona florecerá por la
gracia de la pureza, de suerte que con razón puedas decir al
Esposo cuando lo invites a entrar en tu aposento: Nuestro le­
cho está florido.11 Más aún, todo tú serás como una flor her-
13. Rom. 8,30.
14. Cant. 5,16.
15. Le. 1,42.
16. Sal. 131,18.
17. Cant. 1,15.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 447

mosisima con la cual la Esposa desea ser sostenida y reani­


mada en su desfallecimiento de amor, cuando dice: Sostened­
me con flores, recreadme con manzanas, porque desfallezco
de amor.”
Así el justo —aunque su raíz envejezca en la tierra y su tron­
co se reduzca a polvo por la muerte—, cuando perciba el olor
del agua viva en la resurrección, es decir, en el reflorecimien­
to de los justos, germinará como el lirio y florecerá para siem­
pre ante el Señor,10 Flor nacida de la flor, Hijo virgen nacido
de la Virgen, Esposo y corona de las vírgenes; Flor, repito,
con la que ha de ser coronada no sólo la integridad de las
vírgenes, sino también la castidad de los continentes. A él la
gloria por los siglos de los siglos.

18. Cant. 2,5.


19. Cf. Os. 14,6; Is. 27,6; 35,1.2.
SERMON 52

EN LA NATIVIDAD DE LA SANTISIMA VlRGEN MARÍA II:

De LA BELLEZA DEL AMOR SANTO.

O soy la madre del amor hermoso, del temor, del co­

T nocimiento y de la santa esperanza.'

La formación de Cristo en nosotros

Recordaréis cómo el año pasado explicamos la primera par­


te del texto que hemos leído hoy, aplicándolo a la bienaven­
turada Madre de Dios, no sin propósito, a mi modo de ver.
Sin embargo, dejé a salvo el sentido de las palabras que con­
ciernen propiamente al Hijo, es decir, a la Sabiduría de Dios.
Pero el pasaje que hoy os propongo alude mucho más clara­
mente a la persona y a las palabras de la Virgen. Advertid,
en efecto, cómo al decir: Yo soy la madre del amor hermoso,
etc., describe [María] bella y adecuadamente a su Hijo con
los nombres de estas virtudes.
La Madre conocía a su Hijo no menos, sin duda, que aquel
que decía: Y si conocimos a Cristo según la carne, ahora ya
no lo conocemos así.111 Primero ella lo conoció según la forma
de la carne en la cual lo engendró, pero esto está muy lejos
del conocimiento de la forma en que el Padre lo engendró.’
En la primera, se lo vio durante cierto tiempo y no tenía apa­
riencia ni hermosura.4 En la segunda, es el esplendor de la
1. Sir. 24,24.
2. 2 Cor. 5,16.
3. Fil. 2,7.
4. Is. 53,2.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 449

11en el cual no hay cam­


gloria56 y resplandor de la luz eterna8910
bio ni sombra de mutación.7 La vista de la primera forma au­
mentó el pecado de los incrédulos; la visión de la segunda
está reservada como premio para los justos.
Porque entre la forma de la carne y la forma del Verbo
existe una especie de grado intermedio, como una tercera
forma de Cristo, la espiritual, pero que se mostró claramen­
te en su carne. Tal es la forma de vida que él llevó en su
cuerpo para servir de ejemplo a los que habrían de creer.3
Pues si Cristo' fuera formado en nosotros8 según el modelo
de vida y costumbres que se nos mostró en él, entonces indu­
dablemente estaremos capacitados para ver no sólo la que fue
formada a causa nuestra, sino también aquella otra que nos
formó.

La triple forma de Cristo

2. Según esto, se dan en Cristo una forma corporal, otra


moral y otra intelectual. En la forma corporal es nuestro her­
mano; en la moral es nuestro maestro; en la intelectual es
nuestro Dios. Asumió la forma corporal para cumplir el miste­
rio; presentó la forma moral para dar ejemplo; revelará la
forma intelectual o divina a manera de recompensa. No obs­
tante, ver entonces la forma corporal que los ángeles ansian
contemplar18 no constituirá una parte mínima de la gloria.
Bienaventurado aquel que ahora ama esta forma que se nos
propone como modelo, porque será abrumado por su gloria 11
quien pretenda escrutar aquella otra que se nos reserva como
recompensa.
Se había convertido en admirador y amante de esta forma
el que decía: Eres hermoso por tu forma [speciosus forma},
más que los hijos de los hombres.12 ¿Quieres ver cómo no ala­
5. Heb. 1,3.
6. Sab. 7,26.
7. Sant. 1,17.
8. 1 Tim. 1,16.
9. Gál. 4,19.
10. 1 Pe. 1,12.
11. Prov. 25,27.
12. Sal. 44,3.
450 BEATO GUERRICO DE IGNY

baba la forma del cuerpo, sino la del corazón, no la hermosu­


ra de los miembros, sino la de las costumbres? Escucha lo que
sigue: Con tu esplendor y hermosura, camina, avanza prós­
peramente y reina. Y, por si tal vez pudiera quedar alguna
duda, añade: A causa de la verdad, de la mansedumbre y de
la justicia.1314
16Seguramente éste es tu esplendor y hermosura
15
por la que conquistaste el reino, tú, el más hermoso de los re­
yes: la verdad de tus palabras, la mansedumbre de tus obras,
la justicia de tus juicios.

El prodigioso modo de la salvación

Con esta hermosura sedujiste fácilmente y sometiste a ti


aun los corazones de tus enemigos, porque tú eres todo ama­
ble y deseable.
Admirable triunfo de la gracia, género de victoria total­
mente nuevo y hermosísimo: no destruir al enemigo matán­
dolo mediante la fortaleza, sino conquistándolo para el amor
mediante la belleza. Mirad que todo el mundo va tras él11
atraído por el esplendor de su hermosura, no porque hayan
visto su rostro, sino porque oyeron hablar de tantas cosas
amables sobre su mansedumbre, verdad y justicia. El esplen­
dor de su belleza procede de Sión13 porque de Sión salió la
ley y la palabra del Señor de Jerusalén.10 Desde allí nos fue
enviado al evangelio, en el cual se revela un rostro hermoso
de Cristo: a forma de su vida y su doctrina que nos transmi­
tió por su palabra y expresó en sí mismo por el ejemplo.
3. Conocer a Cristo bajo esta forma en el tiempo presente
es la piedad propia de los cristianos, mientras que conocerlo
en la forma de la carne fue el escándalo de los judíos.17 Co­
nocerlo en la forma de la divinidad es la felicidad y el gozo
de los ángeles. Por eso también Pablo, sabiendo que la carne
no aprovecha para nada sin el Espíritu que vivifica,18 rehú­

13. Sal. 44,5.


14. Jn. 12,19.
15. Sal. 49,2.
16. Is. 2,3.
17. 1 Cor. 1,23.
18. Jn. 6,63.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 451

sa conocer ya a Cristo según la carne,10 para volverse todo en­


tero con más empeño hacia el Espíritu vivificante.

La función de María en la formación de Cristo

Esto mismo parece saberlo también María. Deseando in­


troducir al Amado de sus deseos en los corazones de todos,
describe al Amado de su seno, no según la carne, sino según
el Espíritu, como> si también ella dijera: Aunque he conocido
a Cristo según la carne, ahora ya no lo conozco así.™ Ella tam­
bién ansia formar a su Unigénito en todos sus hijos adoptivos.
Si bien éstos fueron engendrados por la palabra de verdad,21
no obstante, [nuestra Señora] los da cada día a luz por el de­
seo y la solicitud de su piedad, hasta que alcanzan el estado
del hombre perfecto, en la medida de la plenitud de edad22
de su Hijo, a quien una única vez dio a luz y trajo al mundo.
Es más, como dice Isaías, antes de los dolores del parto dio
a luz,22 porque lo trajo al mundo sin dolor y sin experimentar
las dificultades y molestias del parto, al dar a luz el fruto del
gozo eterno.

Conocimiento, temor, esperanza y amor

4. Por tanto, formulando el elogio de este Fruto, [María]


dice: Yo soy la madre del amor hermoso, del temor, del cono­
cimiento y de la santa esperanza.2* ¿Acaso no es éste tu Hi­
jo, oh Virgen de las vírgenes? ¿No es éste tu Amado, oh la
más hermosa de las mujeres? “Ciertamente, responde ella,
tal es mi Amado, y él es mi Hijo, oh hijas de Jerusalén.2“ Mi
Amado en sí mismo es el amor hermoso. Mi Amado es el amor
hermoso, el temor, la esperanza y el conocimiento.”19
25
24
23
22
21
20

19. 2 Cor. 5,16.


20. 2 Cor. 5,16.
21. Sant. 1,18.
22. Ef. 4,13.
23. Is. 66,7.
24. Sir. 24,44.
25. Cant. 5,9.16.
452 BEATO GUERRICO DE IGNY

Porque [Cristo] no es sólo aquel a quien amamos, tememos


y conocemos y en quien esperamos. Él también realiza en
nosotros todas estas cosas 20 y por estas virtudes —como por
otros tantos miembros y partes— él se perfecciona y se for­
ma en nosotros. Entonces Cristo se habrá formado26 27 en ti
perfectamente —en cuanto es posible en esta vida—; entonces
su verdad se habrá expresado en ti si conociste la verdad
que es él mismo, si, una vez conocida, lo glorificaste en el te­
mor y la esperanza, y si la caridad, para que la esperanza no
sea confundida, ha sido derramada en tu corazón.28
Tal vez juzgues incompatible con esta interpretación el he­
cho de que uno sea el orden real de estas virtudes y de sus
progresos, y otro el orden en que fueron nombradas en este
pasaje, pues [el texto] no dice: “Yo soy la madre del conoci­
miento, del temor, de la esperanza y del amor”, sino: Yo soy
la madre del amor hermoso, del temor, del conocimiento y
de la santa esperanza. Quizás en este orden establecido se
podría encontrar cierta conveniencia y razón.
En efecto, así como del conocimiento nace el temor y pa­
ra impedir que éste caiga en la desesperación acude a con­
solarlo la esperanza, y así como para que la misma esperan­
za no sea confundida el amor viene en su ayuda, así, a la in­
versa, el amor engendra el temor casto, y el temor —junto
con el amor— ilumina el conocimiento. Lo enseña el sabio:
Los que teméis al Señor, amadlo, y serán iluminados vues­
" Cuando un corazón iluminado llega a cono­
tros corazones.230
cer mejor a Dios, tanto más confiadamente espera en él. De
ahí que esperen en ti, Señor, los que conocen tu nombre.2" La
esperanza es santa, según dijo Juan hablando de la esperan­
za de ver a Dios: Quien tiene esperanza en [Cristo] se san­
tifica a sí mismo, así como también él es santo.31

26. Jn. 1,13.


27. Gál. 4,19.
28. Rom. 5,5.
29. Sir. 2,10.
30. Sal. 9,11.
31. 1 Jn. 3,3.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 453

El amor hermoso, centro de la vida nueva

5. Bella y propiamente se ha llamado hermoso al amor, ya


que la caridad es Dios 32 y, por esto, la suma hermosura. Es­
ta virtud constituye casi toda la hermosura de la Iglesia, vir­
tud que su mismo Esposo tanto y tantas veces admira y en­
salza en ul cántico del amor. Hermoso por cierto es el amor
que brota de un corazón puro, de una buena conciencia y
Pues donde el corazón es puro no hay
de una fe no fingida.3334
36
35
ninguna arruga; donde la conciencia es buena no hay ningu­
na mancha; donde la fe es sincera no hay nada que desagra­
de a los ojos del Esposo, de manera que él puede presentar
a su Iglesia llena ahora de gracia, luego llena de gloria.
Habría que distinguir también bajo este nombre el amor
de los santos, del amor de los hombres, ya sea el amor des­
honesto, el cual no debe ni mencionarse entre los fieles, ya
el natural con que se ama a los padres, ya el amor mundano,
por el cual los hombres se aman mutuamente a causa de las
necesidades y conveniencias del mundo. Lejos, pues, lejos,
más aún, que en ninguna parte aparezca en modo alguno a
los ojos de Dios el amor deshonesto; que en esta vida se de­
je de lado el amor de parentesco o de amistad, que sólo rei­
ne el amor de la hermosura interna y eterna, por el cual los
que son verdaderamente hermosos aman sólo a Dios o a cau­
sa de Dios.
Y tú, Jesús, hermosura de los santos, el más hermoso entre
los hijos de los hombres33 y entre las potestades angélicas:
con tu esplendor y hermosura, camina, avanza prósperamen­
te y reina.33 Que el amor hermoso extienda tan dilatadamen­
te su reinado que arroje y elimine de los confines de la tie­
rra el amor deshonesto; que convierta e incline hacia sí el

32. 1 Jn. 4,8.


33. 1 Tim. 1,5.
34. Ef. 5,27.
35. Sal. 44,3.
36. Sal. 44,5.
454 BEATO GUERRICO DE IGNY

amor mundano; que gobierne y ordene bajo su imperio el


amor humano, para que el mundo te ame con aquel amor
hermoso y verdadero con que amaste al mundo,3738tú, el Sal­
vador del mundo,” que vives y reinas por los siglos de los
siglos.

37. Jn. 3,16.


38. Jn. 4,42; 1 Jn. 4,14.
SERMON 53

En la fiesta de Todos los Santos:


Pobreza de espíritu.

IENAVENTURADOS los pobres de espíritu.1

Feliz comienzo de la buena nueva

Recuerdo ahora aquel conocido y noble vaticinio que


en su propio testimonio pronunció el Hijo de Dios, aún no
nacido en la carne, y que una vez nacido, aunque no cono­
cido, enseñó y se aplicó a sí mismo: El espíritu del Señor es­
tá sobre mí, me envió a evangelizar a los pobres.123 He aquí
que los pobres son evangelizados, he aquí que el evangelio
del reino es anunciado a los pobres. Bienaventurados los po­
bres de espíritu, dice, porque de ellos es el reino de los cie­
los2 Alegre principio del nuevo testamento y lleno de una
gracia nueva: incita al hombre —aun al infiel y perezoso— a
escuchar e incluso a obrar, puesto que la bienaventuranza
es prometida a los miserables, el reino de los cielos a los des­
terrados e indigentes.
Agradable y auspicioso, repito, es el comienzo de la nueva
ley. En el comienzo mismo el legislador da las bendiciones
de tantas bienaventuranzas con objeto de que quienes son cau­

1. Mt. 5,3.
2. Le. 4,18; cf. Is. 61,1.
3. Mt. 5,3.
456 BEATO GUERRICO DE IGNY

tivados caminen de virtud en virtud 1 por estas ocho gradas


que dispuso456 en nuestro corazón el plan del evangelio, se­
gún el modelo e imagen de las realidades celestiales 0 que le
fue mostrado a Ezequiel en el monte de las visiones de Dios.
Indudablemente este conjunto de ocho virtudes, dispuestas
por su orden, manifiestan una ascensión de los corazones y
un progreso en méritos; ellas conducen gradualmente al hom­
bre desde lo profundo del abismo a las más altas cum­
bres de la perfección evangélica, hasta que, para ver al Dios
de los dioses en Sión,78entre [el hombre] al templo del que di­
ce el profeta: Y se subía por ocho gradas*

La escala de las virtudes evangélicas

2. La primera virtud de los principiantes es, en efecto, la


renuncia al mundo, por la que nos tornamos pobres de espí­
ritu. La segunda es la mansedumbre, por la que nos some­
temos y habituamos a la obediencia. Luego viene la triste­
za, por la cual se lloran los pecados o se imploran las virtu­
des. Entonces gustamos la justicia, con lo cual aumenta nues­
tra hambre y sed de ella, tanto en nosotros como en los de­
más, y comenzamos a sentir celo contra los pecadores. Y pa­
ra que un celo inmoderado no nos conduzca al vicio, sigue
la misericordia para atemperarlo. Mediante estos esfuerzos o
ejercicios, con los que el hombre había aprendido a ser jus­
to y misericordioso, tal vez esté preparado para dedicarse a
la contemplación y lograr aun corazón puro, por el que se
ve a Dios. Una vez ejercitado y probado en la acción y en la
contemplación, el que lleve el nombre y el oficio de hijo de
Dios, hecho padre y servidor de los demás en calidad de me­
diador e intermediario, se hará digno de poner paz entre
ellos y Dios,9 paz entre ellos mismos y aun paz entre ellos y
los que están fuera, como está escrito en alabanza de los san­

4. Sal. 83,8.
3. Sal. 83,6.
6. Cf. Heb. 8,5.
7. Sal. 83,8.
8. Ez. 40,34.37; cf. 31,49.
9. Deut. 5,5.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 457

tos padres: Pusieron paz en sus casas.1011Quien sea fiel y cons­


tante en el cumplimiento de este oficio, a menudo obtendrá
la virtud y el mérito propios del martirio, padeciendo perse­
cución por la justicia,11 a veces aun por parte de aquellos en
favor de quienes combate, hasta poder decir: Los hijos de mi
madre combatieron contra mí;1213con los que odiaron la paz
yo era pacífico; cuando les hablaba, me atacaban sin motivo.'"

La verdadera plenitud

3. Cuánta gloria y cuán copioso premio está reservado en


el cielo a esta perfección suma lo podemos colegir por el he­
cho de que el Señor atribuya al primer grado, propio de los
que renuncian al mundo, una tan grande felicidad: Bienaven­
turados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de
los cielos. Ciertamente son felices los que, habiendo arrojado
de sí la carga de este mundo, vil, pero pesada, no ambicio­
nan otra riqueza fuera del Creador del mundo, por cuya cau­
sa, no teniendo nada, lo poseen todo.1415¿Acaso no poseen to­
do quienes poseen al que contiene y dispone todas las co­
sas? Dios es su porción y su herencia,16 y él, para que nada
falte a los que lo temen17 (según juzgue convenirles), les
concede los otros bienes a fin de que usen de ellos y se re­
serva a sí mismo como objeto de su gozo.
Cuando el heredero de Dios y coheredero de Cristo,18 una
vez adulto y emancipado, sea introducido en la posesión ple­
na de la herencia esperada, entonces sin duda tendrá dere­
cho absoluto y libre imperio sobre todas las creaturas. Aho­
ra, mientras aún es niño, no se diferencia del esclavo, no obs­
tante ser dueño de todo, y está bajo la potestad de los tuto­
res y administradores, hasta el tiempo señalado por su pa­
10. Sir. 44,6.
11. Mt. 5,3-10.
12. Cant. 1,5.
13. Sal. 119,7.
14. 2 Cor. 6,10.
15. Sal. 118, 57; 141,6.
16. Núm. 18,20, passim.
17. Sal. 33,10.
18. Rom. 8,17. '
458 BEATO GUERRICO DE IGNY

dre.‘" Entonces el mundo reconocerá al justo y legítimo here­


dero [al hombre] como su señor, a causa de quien fue crea­
do; reconocerá, repito, que [el hombre] ya no se conforma
con el mundo, sino que está reformado en la novedad de su
20 a la imagen de Dios según la cual fue hecho.2122
espíritu,19
Pero también ahora el hombre fiel posee la riqueza de to­
do el mundo. No sólo porque para conocer y amar al autor
del mundo utiliza todas las cosas del mundo (pues para eso
le han sido dadas). No sólo porque al comprobar que la crea­
ción revela a Dios como la misma Escritura puede regocijarse
en el camino de los mandamientos de Dios, más que en todas
las riquezas. También [las posee] por haber aprendido a ser
moderado y agradecido, de tal manera que, aun cuando lle­
gase a poseer todas las cosas, serían para él como si nada
poseyera.
Por eso' con razón Salomón llamó dichosa a la Iglesia de
los santos que, habiéndose hecho pobre por Cristo, es tan
rica en Cristo: Muchas hijas reunieron riquezas, dice, pero
Algunos arrebatan las cosas que
tú has sobrepujado a todas.'2324
25
no son suyas y siempre padecen necesidades; los santos re­
parten lo que es suyo y se hacen más ricos31 Los ricos em­
pobrecen y pasan hambre, pero los que buscan al Señor no
carecen de ningún bien33

Las riquezas: su doble efecto sobre el hombre

4. El avaro, cuanto más cosas posee, más le faltan. Nada


tiene de lo que cree tener, pues al ser poseído no posee: es
siervo del dinero, esclavo de la avaricia, adorador de la bol­
sa, idólatra detestable cuyo dios es el dinero. Con razón ya
desde ahora castiga la justicia divina a los pecadores convir-
tiendo' en tormento las mismas cosas que aman y haciendo
que sus mismos vicios constituyan su suplicio. El mismo di­
19. Gál. 4,1-2.
20. Rom. 12,2.
21. Col. 3,10.
22. Sal. 118,14.
23. Prov. 31,29.
24. Prov. 11,24.
25. Sal. 33,11.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 459

ñero, que justifica más aún al justo y lo enriquece más ver­


daderamente a medida que lo va repartiendo o renuncia de
una sola vez a él, atormenta al avaro cuando lo guarda
y deshonra al pródigo1 cuando lo dilapida. Bienaventurados
por cierto los pobres de Cristo, cuya fe de tal modo se bur­
ló de la sabiduría del mundo que sólo ella supo encontrar la
mejor manera de usar de las riquezas. Porque éstas, que ha­
cen pobre y miserable al que las ama, hacen rico y bien­
aventurado al que las desprecia por Cristo.
Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque
ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes, y las revelaste
a los pequeños,=" o sea, a los humildes, que sin duda no son
sino los pobres de espíritu, cuya bienaventuranza se procla­
ma aquí.

La verdadera pobreza está en el corazón

5. Aunque sepáis muy bien todo esto, hermanos, quisiera


no obstante recordaros cómo la verdadera y bienaventurada
pobreza de espíritu se halla más en la humildad del corazón
que en la carencia de cosas materiales; ella consiste más en
arrojar de sí la soberbia que en el desprecio de los bienes. A
veces es útil poseer bienes; retener la soberbia es siempre
nefasto. El diablo nada posee ni desea poseer en el mundo, y
está condenado única y principalmente por su soberbia.
Poco aprovecha renunciar a las riquezas del siglo' si no se
renuncia también a sus costumbres. Digo más, es necio y ridícu­
lo despojarse de las riquezas y enredarse en los vicios de
los ricos; hacerse pobre de bienes y no enriquecerse de vir­
tudes; abandonar todas las cosas y no seguir a Cristo,2627 y tal
vez aun estando en el campo de Cristo ayudar al partido del
anticristo. De hecho ayuda al partido del anticristo quien mi­
lita para la soberbia e impugna con sus costumbres el nom­
bre de santo que profesa con sus palabras y su hábito. El es­
tandarte de Cristo es la humildad; el del anticristo, la sober­

26. Mt. 11,25.


27. Mt. 19,27.
460 BEATO CUERBICO DE IGNY

bia. O más bien lo es de su cabeza, el diablo, el cual reina


sobre todos los hijos de la soberbia y desde el principio peca
por soberbia.
Gloriémonos, pues, hermanos, de ser pobres por Cristo, pe­
ro trabajemos para ser humildes con Cristo. Nada hay más
detestable que un pobre soberbio, nada hay más miserable,
porque si ahora lo aflige la pobreza, la soberbia lo hará des­
graciado para siempre.
El pobre que es humilde, en cambio, aunque se queme y
purifique en el horno de la pobreza,2829exulta por el refrige­
rio de su conciencia rica y se consuela por la promesa de la
santa esperanza, sabiendo y experimentando que el reino de
Dios es suyo, que lo lleva dentro de sí20 como en germen o
raíz, esto es, en las primicias del Espíritu30 y la prenda de la
herencia eterna.31
¿Acaso este reino no es vuestro, hermanos? Vosotros lo sa­
béis bien cada vez que recogéis los frutos suavísimos y las
alegrías bienaventuradas cuyo gusto os ha tornado amarga to­
da la dulzura del mundo. Gustasteis, no me cabe duda, y vis­
teis qué bueno es vuestro negocio,32 vosotros que compras­
teis los bienes más sublimes a cambio de una cosa digna de
ser despreciada y deshechada. En una palabra, él reino de
Dios no es comida y bebida, sino justicia, paz y gozo en el
Espíritu Santo."3
Si experimentamos en nosotros todas estas cosas, ¿por qué
no hemos de decir, llenos de confianza, que el reino de Dios
está en nosotros? 34 Ahora bien, lo que está dentro de noso­
tros eso es verdaderamente nuestro', porque no nos puede ser
arrebatado contra nuestra voluntad.

28. Is. 48,10.


29. Le. 17,21.
30. Rom. 8,23.
31. Ef. 1,14.
32. Prov. 31,18.
33. Rom. 14,17.
34. Le. 17,21.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 461

La Herencia de los pobres

6. Con razón el Señor, al proclamar la bienaventuranza de


los pobres, no dice “de ellos será”, sino “de ellos es” el reino
de los cielos. No sólo lo es en virtud de un derecho firmísi­
mo, sino también por ser prenda certísima y experiencia muy
dichosa; no sólo porque les está preparado desde el comien­
zo del mundo,3536sino también porque ya tienen el tesoro ce­
lestial en vasos de barro,3839
42ya llevan a Dios en sus cuerpos
41
40
y en sus corazones.37 ¡Cuán dichoso es el pueblo cuyo Dios
es el Señor!38 ¡Cuán próximos al reino de Dios están los que
ya poseen y llevan en su corazón a ese Rey a quien servir
es reinar! “Me ha tocado un lote hermoso, dice David, mi
herencia es excelente.1"’ Litiguen otros sobre la división de la
herencia de este mundo: El Señor es el lote de mi herencia y
mi copa.‘° Peleen entre sí sobre quién será más miserable;
no envidio nada de cuanto ellos ambicionan. Mi alma y yo
nos alegraremos en el Señor”11
¡Oh excelente Herencia de los pobres!, ¡oh bienaventurada
posesión de los que nada tienen! Tú, Señor, no sólo nos abas­
teces de todo cuanto tenemos necesidad, sino que también
abundas en toda gloria y rebosas en toda alegría, colmando
lá medida sobreabundante vertida en nuestro seno.43 En ver­
dad contigo están las riquezas y la gloria, la opulencia y la
justicia.*3

La realidad de Dios supera lo fenoménico

7. Que vuestra alma se enorgullezca, oh pobres, que se


enorgullezca, oh humildes, gloriándose en su humildad; que
desprecie toda la grandeza de este mundo que yace bajo sus
35. Mt. 25,34.
36. 2 Cor. 4,7.
37. 1 Cor. 6,20.
38. Sal. 32,12.
39. Sal. 15,6.
40. Sal. 15,5.
41. Sal. 103,34.
42. Cf. Le. 6,38.
43. Prov. 8,18.
462 BEATO GUERRICO DE IGNY

pies; juzgue indigno de su gloria abajar en adelante su alte­


za hasta el punto de desear una presa vil. ¿Cómo? ¿Estás a
punto de ser llevado al cielo y ahora te sumerges en el cie­
no? ¿Te están preparados bienes eternos y elegirás los transi­
torios, semejantes a un sueño? ¿Te aguarda el ejército de los
santos y preferirás la compañía de los demonios?
¡Qué miserable es el hombre que estando en una posición
de honor no lo entendió! Por eso fue comparado a los fumen-
tos necios y hecho semejante a ellos.** Esto sucede manifies­
tamente en aquellos a quienes la bienaventurada pobreza hi­
zo dignos de ser honrados por el cielo, admirados por el mun­
do y, para no omitir nada, también temibles al propio infier­
no, pero luego, obcecados sus espíritus, juzgaron la pobreza
como miseria y la humildad como cobardía; estos hombres
quisieron hacerse ricos, y cayeron en la tentación y en los
lazos del diablo;44
4546
47siendo> dueños del universo, se vendieron
a sí mismos sin precio alguno 40 por aquello que no es nada.
¡Ay de los que perdieron la paciencia y se retiraron por ca­
minos depravados! ¿Qué harán cuando el Señor los visite?*"' Ya
verán lo que será de ellos.
A vosotros, en cambio, que tenéis por amiga a la pobreza
y os es grata la humildad de espíritu, la Verdad inmutable os
ha asegurado la posesión del reino de los cielos, aseverando
que es vuestro y guardándolos fielmente en depósito, con tal
de que también vosotros guardéis firmemente hasta el fin
esta esperanza depositada en vuestro corazón,48 con la ayuda
de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea el honor y la gloria
por los siglos de los siglos.

44. Sal. 48,21.


45. 1 Tim. 6,9.
46. Sal. 43,13.
47. Sir. 2,16-17.
48. Job 19.27.
SERMON 54

Sermón para excitar la devoción por la salmodia:


Crezcamos en oración.

L Esposo, hablando a la Esposa, insinúa que en la asam­

E blea de sus compañeros y amigos, es decir, en la Igle­


sia de los santos conviene escuchar su voz: Tú que ha­
bitas en los jardines, los amigos te escuchan, hazme oír tu
voz.1

Jardines y sepulcros morales

Me parece que esto no puede decirse de mí, que no habi­


to en los jardines. Yo soy más bien de aquellos que habitan
2 Pues ¿qué son los cuerpos de los pecadores,
en los sepulcros.1
sino sepulcros de muertos? Por tanto, los que son esclavos de
sus cuerpos no habitan en los jardines, sino en los sepulcros,
y exasperan a Dios, hasta que el que libra a los cautivos con
su poder3* clame con voz fuerte: Lázaro, sal juera, y mande
a sus discípulos: Desatadlo y dejadlo partir.1
Grande es la diferencia entre los sepulcros y los jardines.
Aquéllos están llenos de podredumbre y huesos de muertos;
éstos, de toda suavidad y gracia de flores y frutos. Pero, ¿por
qué a veces se ven sepulcros en los jardines? El Señor mis­
mo fue sepultado en un jardín."

1. Cant. 8,13.
2. Sal. 67,7; Is. 65,4-
3. Sal. 67,7.
4- Jn. 11,43.44.
5- Jn. 19,40-41.
464 BEATO GUERRICO DE IGNY

Y si hay sepulcros en los jardines, ¿hay acaso jardines en


los sepulcros? Es posible, pero en los sepulcros de los justos.
Allí ciertamente habrá una gratísima variedad de jardines
cuando llegue la primavera de su resurrección, y su carne re­
florezca. Entonces no sólo los huesos de los justos brotarán
como la hierba,6789sino que también el justo todo entero germi­
nará como lirio ij florecerá para siempre ante el Señor*
No así los impíos, no así* Ellos serán sepultados al modo
y sin ninguna esperanza de mejor suerte en la
de los asnos 1011
12
lesurrección; sometidos a esta corrupción presente, inauguran
la futura. Acerca de sus sepulcros comencé a decir que, si bien
dista mucho su podredumbre de la belleza de los jardines flo­
ridos, tanto más distancia existe (sin comparación) entre los
deleites del espíritu y la voluptuosidad de los gozos carnales.

En el jardín de la Escritura

2. Vosotros sois, si no me engaño, los que habitáis en los


jardines, los que día y noche meditáis la ley del Señor.11 Cuan­
tos libros leéis, otros tantos jardines recorréis; cuantas máxi­
mas elegís, otros tantos frutos recogéis. ¡Bienaventurados
aquellos para quienes han sido1 reservados todos los frutos nue­
vos y añejos! Os han sido reservadas las palabras tanto de los
profetas como de los evangelistas y apóstoles, a fin de que
cada uno de vosotros pueda decir lo mismo que la Esposa al
Esposo: Todos los frutos nuevos y añejos los he guardado pa­
ra ti, Amado mío'2
Escrutad, pues, las Escrituras. No sin verdad pensáis tener
la vida en ellas, vosotros que no buscáis en ellas sino a Cris­
to, del cual dan testimonio las Escrituras.13 Bienaventurados

6. Sal. 27,7.
7. Is. 66,14.
8. Cf. Os. 14,6.
9. Sal. 1,4.
10. Jer. 22,19.
11. Sal. 1,2.
12. Cant. 7,13.
13. Jn. 5,39.
HOMILIAS LITÚRGICAS 465

quienes escrutan sus preceptos y lo buscan de todo corazón.'1'


Tus preceptos, Señor, son admirables, por eso los escruta mi al­
ma.1’0 Es necesario escrutarlas no sólo para extraer el sentido
místico, sino también para beber el sentido moral. Por eso
vosotros, que recorréis los jardines de las Escrituras, no que­
ráis negligente y ociosamente pasar de modo superficial sobre
ellas; escrutando cada cosa como abejas diligentes que sacan
miel de las flores, recoged el espíritu en las palabras. Porque
mi espíritu, dice Jesús, es más dulce que la miel, y mi heren­
cia más que el panal de miel.1" Así, habiendo gustado1 el sa­
bor del maná escondido, prorrumpiréis en aquellas palabras
de David: ¡Qué dulce tu palabra a mi paladar, más que la
miel y el panal a mi boca! 141718
16
1519

La intimidad de Jesús

3. El Esposo —si no me engaño— os trasladará entonces de


estos jardines a otros donde el reposo1 es más íntimo, el delei­
te más feliz, la vista más admirable. Cuando estéis aplicados
a sus alabanzas con cantos de alegría y acción de gracias, él
os arrebatará al lugar del tabernáculo admirable, hasta la ca­
sa de Dios,’s hasta la luz inaccesible 10 donde él habita, don­
de se alimenta y siestea a mediodía.20 Porque si la devoción
de quienes salmodian y oran tiene algo de aquella piadosa
curiosidad de los que preguntaban: Maestro, ¿dónde habitas':’,
pienso que merecerán escuchar [al Señor que los invita]: “Ve­
nid y ved.” Fueron ellos, dice el evangelio, y vieron, y perma­
necieron con él aquel día.2’
Mientras estamos ante el Padre de las luces, en quien no
hay cambio ni sombra de mudanzas,22 ignoramos la noche y
sólo disfrutamos de un día bienaventurado. Cuando salimos

14. Sal. 118,2.


15. Sal. 118,129.
16. Sir. 24,27.
17. Sal. 118,103.
18. Sal. 41,5.
19. 1 Tim. 6,16.
20. Cant. 1,6.
21. Jn. 1,38-39.
22. Sant. 1,17.
466 BEATO GUEBRICO DE IGNY

de allí, volvemos a nuestra noche. ¡Pobre de mí!, ¡cuán pron­


to se deslizaron mis días/3 cuán presto me sequé como la hier­
yo, que, mientras permanecí con él en el jardín, reverde­
2425
ba,2329
28
27
26
cí y florecí como paraíso de Dios! Con él soy un j'ardín de de­
licias; 23 sin él, un lugar de horror y vasta soledad.™
A mi modo de ver, el que entra en aquel jardín se convier­
te también él en un jardín y su alma se asemeja a un jardín
bien regado.21 El Esposo la alaba entonces, diciendo: jardín
cerrado eres, hermana mía y esposa.™ ¿Acaso no son un jar­
dín aquellos en quienes se realiza lo que el mismo jardinero
dijo a la plantación hecho por su Padre? 20 Escuchadme, ex­
clama. [la Sabiduría], frutos de Dios, y fructificad como la rosa
plantada junto a las corrientes de las aguas. Esparcid suave
olor como el Líbano. Floreced como él lirio, despedid fragan­
cia y echad graciosas ramas.30

El verdadero jardinero

4. Señor Jesús, verdadero jardinero, obra en nosotros lo


que exiges de nosotros, pues sin ti nada podemos hacer.31 Tú
eres el verdadero jardinero, Creador y a la vez cultivador y
guardián de tu jardín que plantas con tu palabra, riegas con
tu espíritu y haces crecer con tu poder.32
Te equivocabas, María, al considerarlo jardinero de aquel
jardín pobre y reducido en el que fue sepultado.33 Él es el jar­
dinero’ de todo el mundo, el jardinero del cielo, el jardinero
de la Iglesia, a la que aquí planta y riega hasta que, una vez
concluido el crecimiento, la trasplante a la tierra de los vi­
vientes, junto a las corrientes de las aguas 34 de los vivientes
23. Sal. 89,9.
24. Sal. 101,12.
25. Ez. 36,35.
26. Deut. 32,10.
27. Jer. 31,12.
28. Cant. 4,12.
29. Mt. 15,13.
30. Sir. 39,17-19.
31. Jn. 15,5.
32. Cf. 1 Cor. 3,7.
33. Jn. 20,15.
HOMILÍAS LITÚBGICAS 467

donde no temerá cuando llegue el calor, antes bien, sus ho­


jas permanecerán verdes sin dejar nunca de dar fruto.™ Bien­
aventurados quienes habitan en aquellos jardines tuyos, Señor;
por los siglos de los siglos te alabarán.™

El ejemplo de Pablo

En estos jardines habitaba Pablo, cuya ciudadanía estaba


en el cielo;3' él, arrebatado a menudo en espíritu, recorrió el
paraíso 38 de la felicidad eterna, los j’ardines de las delicias de
Dios. Allí, pasando entre las rocas de los mártires y los lirios
de las vírgenes, deteniéndose a admirar la sublimidad de los
cedros de Dios, se deleitaba en recoger el fruto del árbol de
la vida que está en medio del paraíso,™ gustando en él más
plena y felizmente cuán suave es el Señor.40 Por eso, al vol­
ver de allí con profusión distribuía el recuerdo de tan abun­
dante suavidad41 a los amigos que lo escuchaban y de la
abundancia de su corazón hablaba la boca.42 Hallándose su
alma repleta como de enjundia y de manteca,43 sus labios pro­
rrumpían en palabras de júbilo. En efecto, el corazón del sa-
¡bio instruirá su boca y añadirá gracia a sus labios.lí Así, de>
su corazón brotó una palabra buena 45 y, siendo él bueno, sa­
caba cosas buenas de su buen tesoro 40 y recreaba con un can­
to agradable al Esposo mismo que lo escuchaba presente en
sus amigos.
¡Canto ciertamente agradable y suave melodía! El órgano
melodioso del Espíritu Santo, con armonía de costumbres y
palabras, con dulzura de amor, con gracia en los labios, can-
34. Sal. 1,3.
35. Jer. 17,8.
36. Sal. 83,5.
37. Fil. 3,20.
38. 2 Cor. 12,4.
39. Gen. 3,3.
40. Sal. 33,9.
41. Sal. 144,7.
42. Mt. 12,34.
43. Sal. 62,6.
44. Prov. 16,23.
45. Sal. 44,2.
46. Mt. 12,35.
468 BEATO GUERRICO DE IGNY

taba a Cristo Jesús, júbilo de su corazón. Porque si la lengua


suave on tuviera la fuerza de un poema, no se habría escrito:
La flauta y el salterio producen dulce melodía, pero la lengua
suave es superior a las dos.17 Si el salmista no supiera que con
este poema recreaba a Dios, no habría dicho: Que le sean
agradable mis palabras.1“ Tampoco el Esposo diría: Hazme
escuchar tu voz,4“ resuene tu voz en mis oídos. Pues tu voz es
suave™ porque las alabanzas de Dios en tu boca 51* son como
las del que mora en los jardines, en las delicias del paraíso.
Por el contrario, no es hermosa la alabanza en la boca del
pecador,1“ porque mora en los sepulcros.53 Quien irrita a Dios
con su vida no puede deleitarlo con su lengua y la voz divi­
na lo amenaza terriblemente: ¿Por qué recitas mis preceptos? 54*
No escucharé los cánticos de tu lira.““

Guerrico vuelve al tema y concluye su sermón

5. Pero el texto de la Escritura que tomé como excusa de


mi sermón me ha proporcionado ocasión y materia para este
sermón. Terminemos, si os parece, con el tema comenzado.
De dos maneras puede entenderse lo que dice el Esposo:
Tú que habitas en los jardines, los amigos te escuchan, hazme
oír tu voz.™ Bien porque invita al amante devoto a salmodiar
o a orar, bien porque estimula al predicador santa a hablar.
Y para mayor persuasión evoca a los amigos que escuchan,
bien a los ángeles si se trata del que ora o salmodia, bien a
los fieles si se trata del que predica.
Consideremos en primer lugar con qué disciplina de cora­
zón y de cuerpo debemos salmodiar u orar en presencia de
los ángeles.57 Porque si estamos vacíos pueden despedirnos va­
47. Sir. 40,21.
48. Sal. 103,34.
49. Cant. 8,13.
50. Cant. 2,14.
51. Sal. 149,6.
52. Sir. 15,9.
53. Is. 65,4.
54. Sal. 49,16.
55. Amós 5,23.
56. Cant. 8,13.
57. Sal. 137,1.
HOMILÍAS LITÚRGICAS 469

cíos, a nosotros que habíamos venido a ofrecer votos y reci­


bir dones. Digo más, quienes habían llegado como amigos pue­
den retornar como enemigos. Peor aún, el mismo Esposo, que
61se retirará si ninguna devoción dig­
está a la puerta y llama,5859
60
na le responde desde el interior ni le abre; se retirará entris­
tecido diciendo: Estuve atento y escuché; nadie habla cosa
buena. Nadie hay que haga penitencia de su pecado dicien­
do: “¿Qué hice?” Todos se han vuelto a su carrera como caba­
llo que corre impetuosamente a la batalla?“
Si esta exhortación se dirige en cambio al predicador, le da
confianza para hablar, ya que cuenta con la atención de los
oyentes, porque no son incrédulos que contradicen o discuten,
ni envidiosos que denigran o se burlan, ni tibios que dormi­
tan o bostezan. Son amigos que escuchan atentamente, cuyo
amor y mérito pueden obtener la palabra y la inspiración pa­
ra el que los evangeliza.
Y con razón los amigos escuchan; porque es propio del ami­
go escuchar con devoción la voz del Esposo. Como dice Juan,
el amigo del Esposo es el que está en pie, no divaga en su
ánimo ni se acuesta a dormir; escucha y exulta de alegría con
la voz del Esposo,““ que reconoce asimismo en sus servidores.
Por eso también nosotros mostrémonos amigos suyos, de ma­
nera que cuando la voz del Esposo 01 se deje oír por la boca
del que habla, lee o canta, de tal modo permanezcamos de
pie para escuchar, que por ella nuestros oídos6263se llenen de
gozo y alegría, y no sólo recibamos la palabra con gozo, si­
no que también produzcamos fruto por la paciencia.
Así INSTRUYÓ EL ABAD GUERRICO
A SU AMADA COMUNIDAD;
QUE EL ESPÍRITU NOS CONCEDA
ATENDER A NUESTROS MAESTROS
COMO AQUELLOS MONJES DE IGNY
RECIBIERON LA ENSEÑANZA DE ESTE PADRE.

58. Apoc. 3,20.


59. Jer. 8,6.
60. Jn. 3,29.
61. Cant. 2,14.
62. Sal. 50,10.
63. Le. 8,13.15.
IX DICE GEXERAI

CONTENIDO ..................................................................................... VII


ABREVIATURAS ............................................................................... VIH
NOTA DE LOS EDITORES .......................................................... IX
INTRODUCCION ............................................................................... 1
1 . Fuentes de información ............................................................... 1
En la documentación contemporánea .......................................... 1
Historiadores modernos ................................................................ 3
2. La vida ......................................................................................... 4
(a) Etapa inicial .......................................................................... 4
(b) Vocación cisterciense yvida en Claraval'............................ 7
(c) Igny ....................................................................................... 11
3. ¿Predicador o escritor? ................................................................. 14
El estilo de un autor ................................................................... 19
La personalidad de un monje santo ............................................ 22
4. La doctrina ................................................................................... 24
En las Escrituras ......................................................................... 25
Misterio y sacramento .................................................................. 27
El realismo de la forma ................................................................ 28
Acción de María en nosotros ...................................................... 31
Maternidad .................................................................................... 33'
Iluminación ................................................................................... 36
Sabiduría, conocimiento yamor en losescritores cistercienses 44
Iluminación y mortificación .......................................................... 46
Purgación, luz, contemplación .................................................... 47
Fundamentos de los trescaminos' ............................................. 47
Purgación: disciplina ................................................................ 48
Iluminación: scientia ................................................................ 49
Contemplación: sapientia ........................................................... 52
Transformación en laImagen ........................................................ 56
472 INDICE GENERAL

HOMILIAS PARA LAS FIESTAS LITURGICAS

Sermón 1:
Adviento I: De la esperanza de las promesas divinas .................... 65
Sermón 2:
Adviento II: De la manera de salir al encuentro de Cristo ........... 72
Sermón 3:
Adviento III: El hombre debe estar siempre preparado para recibir
al Señor ....................................................................................... 80
Sermón 4:
Adviento IV: De la vida solitaria y de la manera de preparar los
caminos del Señor ..................................................................... 89
Sermón S:
Adviento V: Cómo hemos de progresar preparando los caminos
del Señor ..................................................................................... 98
Sermón 6:
Navidad I: Lecciones que nos da el divino infante ...................... 106
Sermón 7:
Navidad II: Del don que recibió la Iglesia, postergada la Sinagoga 112
Sermón 8:
Navidad III: Comercio admirable entre Dios y el hombre .......... 118
Sermón 9:
Navidad IV: Cumplimiento del tiempo acerca del Mesías .......... 127
Sermón 10:
Navidad V: Providencia admirable de Dios en el nacimiento de
Cristo ............................................................................................... 136
Sermón 11:
Epifanía I: Dones que hemos de ofrecer al Señor.......................... 146
Sermón 12:
Epifanía II: De varias maneras como Dios nos ilumina................ 152
Sermón 13:
Epifanía III: Grados por donde se llega a la luz de la sabiduría . . 160
Sermón 14:
Epifanía IV: Nuestro nacimiento a una nueva vida...................... 169
Sermón IS:
Purificación I: De la ceremonia de las candelas empleadas en esta
fiesta ............................................................................................. 178
Sermón 16:
Purificación II: Amor con que hemos de salir al' encuentro de Jesús 186
INDICE GENERAL 473

Sermón 17:
Purificación III: Cómo hemos de imitar al anciano Simeón.......... 195
Sermón 18:
Purificación IV: Cuatro clases de purificación ................................ 203
Sermón 19:
Purificación V: Manera de realizar la propia purificación .......... 211
Sermón 20:
Cuaresma I: De la tribulación y la consolación ............................ 219
Sermón 21:
Cuaresma II: En el sábado de la segunda semana de cuaresma,
sobre el hijo pródigo .................................................................. 227
Sermón 22:
Fiesta de san Benito I: Morada de la sabiduría ................................ 233
Sermón 23:
Fiesta de san Benito II: Confianza en Dios .................................. 242
Sermón 24:
Fiesta de san Benito III: Buscar la amistad de Dios sobre todas
las cosas ....................................................................................... 251
Sermón 25:
Fiesta1 de san Benito IV: Mansedumbre y fe .................................. 259
Sermón 26:
Anunciación de nuestra Señora I: El Consuelo de Dios y la castidad 267
Sermón 27:
Anunciación de nuestra Señora II: Encarnación del Verbo en
María y en el alma fiel ............................................................... 275
Sermón 28:
Anunciación de nuestra Señora III: De las señales de este misterio 283
Sermón 29:
Domingo de Ramos I: Dios se ha hecho en Cristo nuestro servidor.
Necesidad de imitarlo ................................................................ 292
Sermón 30:
Domingo de Ramos II: De la ciencia de la cruz............................ 296
Sermón 31:
Domingo de Ramos III: Dos maneras de considerar a Cristo........ 303
Sermón 32:
Domingo de Ramos IV: De qué manera hemos de honrar a Cristo 310
Sermón 33:
En la fiesta de la resurrección del Señor I:
Figura y realidad ........................................................................... 317
474 INDICE GENERAL

Sermón 34:
En la fiesta de la resurrección del Señor II:
Dos maneras de resurrección .......................................................... 324
Sermón 35:
En la fiesta de la resurrección de! Señor III:
Vigilancia para tener parte en la resurrección de Cristo .......... 332
Sermón 36:
Sermón de las rogativas: Los tres panes ......................................... 339
Sermón 37:
En la fiesta de la ascensión: Volemos hacia Cristo junto al Padre 345
Sermón 38:
En la fiesta de Pentecostés 1: Demos frutos de acuerdo con el
don recibido ..................................................................................... 350
Sermón 39:
En l'a fiesta de Pentecostés II: Del misterio de las lenguas y del
don de lágrimas ............................................................................... 358
Sermón 40:
En el nacimiento de san Juan Bautista I: Juan, modelo del cristiano 366
Sermón 41:
En el nacimiento de san Juan Bautista II: De la violencia- necesaria
para arrebatar el reino de los cielos .............................................. 372
Sermón 42:
En el nacimiento de san Juan Bautista III:
Nuevas alabanzas en honor del santo............................................ 378
Sermón 43:
En el nacimiento de san Juan Bautista IV:
Fortaleza y mortificación ............................................................... 386
Sermón 44:
En la festividad de san Pedro y san Pablo I:
Los hijos de la unción esplendorosa ............................................ 393
Sermón 45:
En la festividad de san Pedro y san Pablo II:
Manera como los' apóstoles alimentan a los fieles ...................... 399
Sermón 46:
En la festividad de san Pedro y san Pablo III:
Las sombras y la luz ..................................................................... 407
Sermón 47:
En la fiesta de la asunción de la santísima Virgen I:
María, Reina elegida y Madre nuestra ........................................ 415
INDICE GENERAL 475

Sermón 48:
En la fiesta de la asunción de la santísima Virgen II:
Amor mutuo entre Jesús y María .................................................. 421
Sermón 49:
En la fiesta de la asunción de la santísima Virgen III:
De la quietud espiritual ............................................................. 427
Sermón 50:
En la fiesta de la asunción de la santísima Virgen IV:
Cómo cumplió la Madre de Dios el oficio de Marta ................. 435
Sermón 51:
En la natividad de la santísima Virgen María I:
Flores y frutos en la vida cristiana .............................................. 442
Sermón 52:
En la natividad de la santísima Virgen María II:
De la belleza del amor santo ......................................................... 448
Sermón 53:
En la fiesta de todos los santos:
Pobreza de espíritu ....................................................................... 455
Sermón 54:
Sermón para excitar la devoción por la salmodia:
Crezcamos en oración ................................................................... 463
Se terminó de imprimir el 16 de noviembre de 1983, memoria de Santa
Gertrudis la Grande, virgen, en los Talleres Gráficos Conforti S.A.,
San José 1838, Buenos Aires, Argentina.
GILBERTO DE HOVLAND

COMENTARIO AL CANTAR
DE LOS CANTARES W»
PADRES CISTERCIENSES

Common questions

Con tecnología de IA

Guerrico draws profound theological implications from God's prodigality, seeing it as the highest expression of divine love and grace. He describes God as giving not only His Son but also the Holy Spirit, indicating an unparalleled generosity exceeding human understanding. This generosity assures redemption, adoption, and the ultimate inheritance of God Himself, underscoring the boundlessness of divine love and mercy for humanity .

Guerrico emphasizes that true spiritual fulfillment necessitates aligning human will with divine will, which requires prioritizing divine love above all earthly ties and emotions. He illustrates this inseparability through the teachings and examples of Christ, encouraging believers to follow God's will to become as Christ's own siblings, fostering a holistic alignment with divine love .

Guerrico's sermon "Doñee aspiret dies" shows influence from Bernard, specifically regarding the interpretation of the Song of Songs. Bernard had promised to discuss certain sections of this text, which Guerrico mentioned and likely crafted his sermon around before Bernard's own complete exegesis. Guerrico's timing suggests an awareness of Bernard’s interpretive style, potentially aligning the sermon's chronology to his master's work prior to significant doctrinal discussions in 1148 .

Guerrico outlines four stages of spiritual growth, each associated with light: faith (first light), followed by justice, science, and wisdom. This progression involves a journey from faith through virtuous action, understanding through science, and ultimately contemplation by wisdom. This thematic light metaphor underscores the path from earthly shadows to divine clarity, aligning with traditional stages of spiritual purification, illumination, and union .

Guerrico contrasts the righteous path as peaceful and beautifully aligned with God's commandments, while the path of sin is depicted as dark and treacherous, ultimately leading to hell. He emphasizes that although the righteous path might appear challenging to the flesh, it is rewarding in spirit, whereas the path of sin is deceptively easy but ends in spiritual ruin .

In Guerrico’s understanding, chastity is central to spiritual purity and is described as a path without blemish. It is the pure way through which the Lord of grace approaches the soul. Chastity is not sufficient alone; it must be coupled with other virtues, indicating a profoundly integrated spiritual discipline. This integrative view supplements the idea of preparing a straight and level path for the Lord by rectifying personal faults and embracing divine will .

Bernard demonstrated little sympathy towards the eremitic life that attracted Guerrico. His negative stance, as suggested by his admonishing words, "Woe to him who is alone...", could be interpreted as a strategic position rather than a personal conviction. Bernard's friendship with the Carthusians and later actions indicate that his opposition to the eremitic life might have been circumstantial, intended to bring potential hermits to Clairvaux .

Guerrico describes "walking the path" as an ongoing process where spiritual progress prepares the way for divine encounter. This path is "eternal," lacking a final point of completion, rather encouraging perpetual advancement. As individuals progress spiritually, they continuously encounter the divine anew and at a higher level of excellence, thus, emphasizing the path as both journey and preparation simultaneously .

In Guerrico’s writings, light symbolizes the journey from ignorance to spiritual enlightenment. The process of spiritual transformation is seen as moving from darkness to light, from faith to wisdom. This metaphor suggests incremental progress in understanding and virtue, eventually leading to a divine realm of clarity, where earthly shadows give way to eternal brilliance .

Guerrico's sermons were focused on building up the monastic community in a constructive manner, without making the harsh denunciations of corruption or political entanglements found in the sermons of Bernard and Elred. The differences in focus imply that Guerrico's sermons were intended for monastic edification, unlike Bernard's which may have been meant for publication .

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