El Segundo Sexo, Simone de Beauvoir
El Segundo Sexo, Simone de Beauvoir
SIMONE DE BEAUVOIR.
El segundo sexo Simone de Beauvoir
EL SEGUNDO SEXO I.
(LE DEUXIÈME SEXE I)
A JACQUES BOST.
Existe un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo
que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer.
PITÁGORAS.
Todo cuanto sobre las mujeres han los hombres debe tenerse por sospechoso, puesto
que son juez y parte a la vez.
POULAN DE LA BARRE.
NOTA: Este libro ha sido escrito durante los años 1948-1949. Cuando empleo las
palabras ahora, recientemente, etc., me refiero a ese período. Ello explica también
que no cite ninguna obra publicada después de 1949.
INTRODUCCIÓN.
DURANTE mucho tiempo dudé en escribir un libro sobre la mujer. El tema es irritante, sobre todo
para las mujeres; pero no es nuevo. La discusión sobre el feminismo ha hecho correr bastante tinta;
actualmente está punto menos que cerrada: no hablemos más de ello. Sin embargo, todavía se
habla. Y no parece que las voluminosas estupideces vertidas en el curso de este último siglo hayan
aclarado mucho el problema. Por otra parte, ¿es que existe un problema? ¿En qué consiste? ¿Hay
siquiera mujeres? Cierto que la teoría del eterno femenino cuenta todavía con adeptos; estos adeptos
cuchichean: «Incluso en Rusia, ellas siguen siendo mujeres.» Pero otras gentes bien informadas
-incluso las mismas algunas veces- suspiran: «La mujer se pierde, la mujer está perdida.» Ya no se
sabe a ciencia cierta si aún existen mujeres, si existirán siempre, si hay que desearlo o no, qué lugar
ocupan en el mundo, qué lugar deberían ocupar. «¿Dónde están las mujeres?», preguntaba
recientemente una revista no periódica 1 . Pero, en primer lugar, ¿qué es una mujer? «Tota mulier in
utero: es una matriz», dice uno [TOTA MULIER EST IN UTERO: «Toda la mujer consiste en el útero».
Para indicar que la mujer está condicionada por su constitución biológica.] Sin embargo, hablando de
ciertas mujeres, los conocedores decretan: «No son mujeres», pese a que tengan útero como las
otras. Todo el mundo está de acuerdo en reconocer que en la especie humana hay hembras;
constituyen hoy, como antaño, la mitad, aproximadamente, de la Humanidad; y, sin embargo, se nos
dice que «la feminidad está en peligro»; se nos exhorta: «Sed mujeres, seguid siendo mujeres,
convertíos en mujeres.» Así, pues, todo ser humano hembra no es necesariamente una mujer; tiene
que participar de esa realidad misteriosa y amenazada que es la feminidad. Esta feminidad ¿la
secretan los ovarios? ¿O está fijada en el fondo de un cielo platónico? ¿Basta el frou-frou de una
falda para hacer que descienda a la Tierra? Aunque ciertas mujeres se esfuerzan celosamente por
encarnarla, jamás se ha encontrado el modelo. Se la describe de buen grado en términos vagos y
espejeantes que parecen tomados del vocabulario de los videntes. En tiempos de Santo Tomás,
aparecía como una esencia tan firmemente definida como la virtud adormecedora de la adormidera.
Pero el conceptualismo ha perdido terreno: las ciencias biológicas y sociales ya no creen en la
existencia de entidades inmutablemente fijas que definirían caracteres determinados, tales como los
de la mujer, el judío o el negro; consideran el carácter como una reacción secundaria ante una
situación. Si ya no hay hoy feminidad, es que no la ha habido nunca. ¿Significa esto que la palabra
«mujer» carece de todo contenido? Es lo que afirman enérgicamente los partidarios de la filosofía de
las luces, del racionalismo, del nominalismo: las mujeres serían solamente entre los seres humanos
aquellos a los que arbitrariamente se designa con la palabra «mujer»; las americanas en particular
piensan que la mujer, como tal, ya no tiene lugar; si alguna, con ideas anticuadas, se tiene todavía
por mujer, sus amigas le aconsejan que consulte con un psicoanalista, para que se libre de semejante
1
Desaparecida hoy; se llamaba Franchise.
2
El segundo sexo Simone de Beauvoir
obsesión. A propósito de una obra, por lo demás irritante, titulada Modern Woman: a lost sex, Dorothy
Parker ha escrito: «No puedo ser justa con los libros que tratan de la mujer en tanto que tal... Pienso
que todos nosotros, tanto hombres como mujeres, quienes quiera que seamos, debemos ser
considerados como seres humanos.»
Pero el nominalismo es una doctrina un poco corta; y a los antifeministas les es muy fácil demostrar
que las mujeres no son hombres. Desde luego, la mujer es, como el hombre, un ser humano; pero tal
afirmación es abstracta; el hecho es que todo ser humano concreto está siempre singularmente
situado. Rechazar las nociones de eterno femenino, de alma negra, de carácter judío, no es negar
que haya hoy judíos, negros, mujeres; esa negación no representa para los interesados una
liberación, sino una huida inauténtica. Está claro que ninguna mujer puede pretender sin mala fe
situarse por encima de su sexo. Una conocida escritora rehusó hace unos años permitir que su
retrato apareciese en una serie de fotografías consagradas precisamente a las mujeres escritoras:
quería que se la situase entre los hombres; mas, para obtener ese privilegio, tuvo que recurrir a la
influencia de su marido. Las mujeres que afirman que son hombres, no reclaman por ello menos
miramientos y homenajes masculinos. Me acuerdo también de aquella joven trotskista de pie en una
tribuna, en medio de un mitin borrascoso, que se aprestaba a dar un puñetazo sobre el tablero, a
pesar de su evidente fragilidad; ella negaba su debilidad femenina, pero lo hacía por amor a un
militante del cual se quería igual. La actitud de desafío en que se crispan las americanas demuestra
que están obsesionadas por el sentimiento de su feminidad.
Y en verdad basta pasearse con los ojos abiertos para comprobar que la Humanidad se divide en dos
categorías de individuos cuyos vestidos, rostro, cuerpo, sonrisa, porte, intereses, ocupaciones son
manifiestamente diferentes. Acaso tales diferencias sean superficiales; tal vez estén destinadas a
desaparecer. Lo que sí es seguro es que, por el momento, existen con deslumbrante evidencia.
Si su función de hembra no basta para definir a la mujer, si rehusamos también explicarla por «el
eterno femenino» y si, no obstante, admitimos que, aunque sea a título provisional, hay mujeres en la
Tierra, tendremos que plantearnos la pregunta: ¿qué es una mujer?
El mismo enunciado del problema me sugiere inmediatamente una primera respuesta. Es significativo
que yo lo plantee. A un hombre no se le ocurriría la idea de escribir un libro sobre la singular situación
que ocupan los varones en la Humanidad 2 . Si quiero definirme, estoy obligada antes de nada a
declarar: «Soy una mujer»; esta verdad constituye el fondo del cual se extraerán todas las demás
afirmaciones. Un hombre no comienza jamás por presentarse como individuo de un determinado
sexo: que él sea hombre es algo que se da por supuesto. Es solo de una manera formal, en los
registros de las alcaldías y en las declaraciones de identidad, donde las rúbricas de masculino y
femenino aparecen como simétricas. La relación de los dos sexos no es la de dos electricidades, la
de dos polos: el hombre representa a la vez el positivo y el neutro, hasta el punto de que en francés
se dice «los hombres» para designar a los seres humanos, habiéndose asimilado la acepción singular
de la palabra «vir» a la acepción general de la palabra «homo». La mujer aparece como el negativo,
ya que toda determinación le es imputada como limitación, sin reciprocidad. A veces, en el curso de
discusiones abstractas, me ha irritado oír que los hombres me decían: «Usted piensa tal cosa porque
es mujer.» Pero yo sabía que mi única defensa consistía en replicar: «Lo pienso así porque es
verdad», eliminando de ese modo mi subjetividad. No era cosa de contestar: «Y usted piensa lo
contrario porque es hombre», ya que se entiende que el hecho de ser hombre no es una singularidad;
un hombre está en su derecho de serlo; es la mujer la que está en la sinrazón. Prácticamente, lo
mismo que para los antiguos había una vertical absoluta con relación a la cual se definía la oblicua,
así también hay un tipo humano absoluto que es el tipo masculino. La mujer tiene ovarios, un útero;
he ahí condiciones singulares que la encierran en su subjetividad; se dice tranquilamente que piensa
con sus glándulas. El hombre se olvida olímpicamente de que su anatomía comporta también
hormonas, testículos. Considera su cuerpo como una relación directa y normal con el mundo que él
cree aprehender en su objetividad, mientras considera el cuerpo de la mujer como apesadumbrado
por todo cuanto lo especifica: un obstáculo, una cárcel. «La mujer es mujer en virtud de cierta falta de
cualidades -decía Aristóteles-. Y debemos considerar el carácter de las mujeres como adoleciente de
una imperfección natural.» Y, a continuación, Santo Tomás decreta que la mujer es un «hombre
fallido», un ser «ocasional». Eso es lo que simboliza la historia del Génesis, donde Eva aparece como
extraída, según frase de Bossuet, de un «hueso supernumerario» de Adán. La Humanidad es macho,
y el hombre define a la mujer no en sí misma, sino con relación a él; no la considera como un ser
autónomo. «La mujer, el ser relativo...», escribe Michelet. Y así lo afirma Benda en el Rapport d'Uriel:
«El cuerpo del hombre tiene sentido por sí mismo, abstracción hecha del de la mujer, mientras este
2 El informe Kinsey, por ejemplo, se limita a definir las características sexuales del hombre norteamericano, lo cual es completamente
diferente.
3
El segundo sexo Simone de Beauvoir
último parece desprovisto de todo sentido si no se evoca al macho... El hombre se piensa sin la
mujer. Ella no se piensa sin el hombre.» Y ella no es otra cosa que lo que el hombre decida que sea;
así se la denomina «el sexo», queriendo decir con ello que a los ojos del macho aparece
esencialmente como un ser sexuado: para él, ella es sexo; por consiguiente, lo es absolutamente. La
mujer se determina y se diferencia con relación al hombre, y no este con relación a ella; la mujer es lo
inesencial frente a lo esencial. El es el Sujeto, él es lo Absoluto; ella es lo Otro 3 .
La categoría de lo Otro es tan original como la conciencia misma. En las sociedades más primitivas,
en las mitologías más antiguas, siempre se encuentra un dualismo que es el de lo Mismo y lo Otro;
esta división no se puso en un principio bajo el signo de la división entre los sexos, no depende de
ningún dato empírico: eso es lo que resalta, entre otros, en los trabajos de Granet sobre el
pensamiento chino, y en los de Dumézil sobre la India y Roma. En las parejas Varuna-Mitra,
Urano-Zeus, Sol-Luna, Día-Noche no está involucrado en principio ningún elemento femenino, como
tampoco lo está en la oposición entre el Bien y el Mal, entre principios fastos y nefastos, entre la
derecha y la izquierda, entre Dios y Lucifer; la alteridad es una categoría fundamental del
pensamiento humano. Ninguna colectividad se define jamás como Una sin colocar inmediatamente
enfrente a la Otra. Bastan tres viajeros reunidos por azar en un mismo compartimiento, para que el
resto de los viajeros se conviertan en «otros» vagamente hostiles. Para el aldeano, todos los que no
pertenecen a su aldea son «otros», de quienes hay que recelar; para el nativo de un país, los
habitantes de los países que no son el suyo aparecen como «extranjeros»; los judíos son «otros»
para el antisemita, los negros lo son para los racistas norteamericanos, los indígenas para los
colonos, los proletarios para las clases poseedoras. Al final de un profundo estudio sobre las diversas
figuras de las sociedades primitivas, Lévi-Strauss ha podido concluir: «El paso del estado de
naturaleza al estado de cultura se define por la aptitud del hombre para considerar las relaciones
biológicas bajo la forma de sistemas de oposición: dualidad, alternancia, oposición y simetría, ora se
presenten bajo formas definidas, ora lo hagan bajo formas vagas, constituyen no tanto fenómenos
4
que haya que explicar como los datos fundamentales e inmediatos de la realidad social» . Estos
fenómenos no se comprenderían si la realidad humana fuese exclusivamente un mitsein basado en la
solidaridad y la amistad. Se aclaran, por el contrario, si, siguiendo a Hegel, se descubre en la
conciencia misma una hostilidad fundamental con respecto a toda otra conciencia; el sujeto no se
plantea más que oponiéndose: pretende afirmarse como lo esencial y constituir al otro en inesencial,
en objeto. Pero la otra conciencia le opone una pretensión recíproca; cuando viaja, el nativo se
percata, escandalizado, de que en los países vecinos hay nativos que le miran, a su vez, como
extranjero; entre aldeas, clanes, naciones, clases, hay guerras, potlatchs, negociaciones, tratados,
luchas, que despojan la idea de lo Otro de su sentido absoluto y descubren su relatividad; de buen o
mal grado, individuos y grupos se ven obligados a reconocer la reciprocidad de sus relaciones.
¿Cómo es posible, entonces, que esta reciprocidad no se haya planteado entre los sexos, que uno de
los términos se haya afirmado como el único esencial, negando toda relatividad con respecto a su
correlativo, definiendo a este como la alteridad pura? ¿Por qué no ponen en discusión las mujeres la
soberanía masculina? Ningún sujeto se plantea, súbita y espontáneamente, como lo inesencial; no es
lo Otro lo que, al definirse como Otro, define lo Uno, sino que es planteado como Otro por lo Uno, al
plantearse este como Uno. Mas, para que no se produzca el retorno de lo Otro a lo Uno, es preciso
que lo Otro se someta a este punto de vista extraño. ¿De dónde le viene a la mujer esta sumisión?
Existen otros casos en que, durante un tiempo más o menos prolongado, una categoría consigue
dominar completamente a otra. Es la desigualdad numérica la que, con frecuencia, confiere ese
privilegio: la mayoría impone su ley a la minoría o la persigue. Pero las mujeres no son, como los
negros de Norteamérica, o los judíos, una minoría: en la Tierra hay tantas mujeres como hombres.
Sucede también, a menudo, que los dos grupos en presencia han sido independientes al principio: en
otros tiempos se ignoraban, o cada cual admitía la autonomía del otro; ha sido un acontecimiento
3 Esta idea ha sido expresada en su forma más explícita por E. Lévinas en su ensayo sobre Le Temps et l'Autre. Se expresa así: «¿No
habría una situación en la cual la alteridad fuese llevada por un ser a un titulo positivo, como esencia? ¿Cuál es la alteridad que no entra
pura y simplemente en la oposición de las dos especies del mismo género? Creo que lo contrario absolutamente contrario, cuya
contrariedad no es afectada en absoluto por la relación que puede establecerse entre él y su correlativo, la contrariedad que permite al
término permanecer absolutamente otro, es lo femenino. El sexo no es una diferencia específica cualquiera... La diferencia de los sexos
tampoco es una contradicción...; no es tampoco la dualidad de dos términos complementarios, porque dos términos complementarios
suponen un todo preexistente... La alteridad se cumple en lo femenino. Término del mismo rango, pero de sentido opuesto a la
conciencia.» Supongo que el señor Lévinas no olvida que la mujer es también, para sí, conciencia. Sin embargo, es chocante que adopte
deliberadamente un punto de vista de hombre, sin señalar la reciprocidad entre el sujeto y el objeto. Cuando escribe que la mujer es
misterio, sobrentiende que es misterio para el hombre. De tal modo que esta descripción, que se quiere subjetiva, es en realidad una
afirmación del privilegio masculino.
4 Véase C. LÉVI-STRAUSS: Les Structures élémentaires de la Parenté. Agradezco a C. Lévi-Strauss la gentileza de haberme dado a
conocer las pruebas de su tesis, que, entre otras, he utilizado ampliamente en la parte segunda, págs. 83-102.
4
El segundo sexo Simone de Beauvoir
histórico el que ha subordinado el más débil al más fuerte: la diáspora judía, la introducción de la
esclavitud en América, las conquistas coloniales son hechos acaecidos en fecha conocida. En tales
casos, para los oprimidos ha habido un antes; tienen en común un pasado, una tradición, a veces una
religión, una cultura. En este sentido, el acercamiento establecido por Bebel entre las mujeres y el
proletariado sería el mejor fundado: tampoco los proletarios se hallan en inferioridad numérica y
jamás han constituido una colectividad separada. Sin embargo, a falta de un acontecimiento, es un
desarrollo histórico lo que explica su existencia como clase y lo que informa respecto a la distribución
de esos individuos en esa clase. No siempre ha habido proletarios, pero siempre ha habido mujeres;
estas lo son por su constitución fisiológica; por mucho que remontemos el curso de la Historia,
siempre las veremos subordinadas al hombre: su dependencia no es resultado de un acontecimiento
o de un devenir; no es algo que haya llegado. Y, en parte, porque escapa al carácter accidental del
hecho histórico, la alteridad aparece aquí como un absoluto. Una situación que se ha creado a través
del tiempo puede deshacerse en otro tiempo: los negros de Haití, entre otros, lo han probado
cumplidamente; por el contrario, parece como si una condición natural desafiase al cambio. En
verdad, la Naturaleza, lo mismo que la realidad histórica, no es un dato inmutable. Si la mujer se
descubre como lo inesencial que jamás retorna a lo esencial, es porque ella misma no realiza ese
retorno. Los proletarios dicen «nosotros»; los negros, también. Presentándose como sujetos,
transforman en «otros» a los burgueses, a los blancos. Las mujeres -salvo en ciertos congresos, que
siguen siendo manifestaciones abstractas- no dicen «nosotras»; los hombres dicen «las mujeres» y
estas toman estas palabras para designarse a sí mismas; pero no se sitúan auténticamente como
Sujeto. Los proletarios han hecho la revolución en Rusia; los negros, en Haití; los indochinos luchan
en Indochina: la acción de las mujeres no ha sido jamás sino una agitación simbólica, y no han
obtenido más que lo que los hombres han tenido a bien otorgarles; no han tomado nada: simplemente
5
han recibido . Y es que las mujeres carecen de los medios concretos para congregarse en una
unidad que se afirmaría al oponerse. Carecen de un pasado, de una historia, de una religión que les
sean propios, y no tienen, como los proletarios, una solidaridad de trabajo y de intereses; ni siquiera
existe entre ellas esa promiscuidad espacial que hace de los negros de Norteamérica, de los judíos
de los guetos y de los obreros de Saint-Denis o de las fábricas Renault, una comunidad. Viven
dispersas entre los hombres, atadas por el medio ambiente, el trabajo, los intereses económicos, la
condición social, a ciertos hombres -padre o marido- más estrechamente que a las demás mujeres.
Burguesas, son solidarias de los burgueses y no de las mujeres proletarias; blancas, lo son de los
hombres blancos y no de las mujeres negras. El proletariado podría proponerse llevar a cabo la
matanza de la clase dirigente; un judío o un negro fanáticos podrían soñar con acaparar el secreto de
la bomba atómica y hacer una Humanidad enteramente judía o enteramente negra: la mujer, ni
siquiera en sueños puede exterminar a los varones. El vínculo que la une a sus opresores no es
comparable a ningún otro. La división de los sexos es, en efecto, un hecho biológico, no un momento
de la historia humana. Ha sido en el seno de un mitsein original donde su oposición se ha dibujado, y
ella no la ha roto. La pareja es una unidad fundamental cuyas dos mitades están remachadas una
con otra: no es posible ninguna escisión en la sociedad por sexos. Eso es lo que caracteriza
fundamentalmente a la mujer: ella es lo Otro en el corazón de una totalidad cuyos dos términos son
necesarios el uno para el otro.
Podría imaginarse que esta reciprocidad facilitase su liberación; cuando Hércules hila la lana a los
pies de Onfalia, su deseo le encadena: ¿por qué no logra Onfalia adquirir un poder duradero? Para
vengarse de Jasón, Medea mata a sus hijos; esa salvaje leyenda sugiere que del vínculo que la une
al niño la mujer habría podido extraer un temible ascendiente. Aristófanes ha imaginado jocosamente,
en Lisístrata, una asamblea de mujeres donde estas intentan explotar, en común y con fines sociales,
la necesidad que de ellas tienen los hombres; pero solo se trata de una comedia. La leyenda que
pretende que las sabinas raptadas opusieron a sus raptores una obstinada esterilidad cuenta
igualmente que, al azotarlas con correas de cuero, los hombres doblegaron mágicamente su
resistencia. La necesidad biológica -deseo sexual y deseo de posteridad- que sitúa al macho bajo la
dependencia de la hembra, no ha liberado socialmente a la mujer. El amo y el esclavo también están
unidos por una necesidad económica recíproca, que no libera al esclavo. Y es que, en la relación
entre el amo y el esclavo, el amo no se plantea la necesidad que tiene del otro: detenta el poder de
satisfacer esa necesidad y no le mediatiza; por el contrario, el esclavo, en su dependencia, esperanza
o temor, interioriza la necesidad que tiene del amo; pero, aunque la urgencia de la necesidad fuese
igual en ambos, siempre actúa en favor del opresor frente al oprimido. Ello explica que la liberación
de la clase obrera, por ejemplo, haya sido tan lenta. Ahora bien, la mujer siempre ha sido, si no la
esclava del hombre, al menos su vasalla; los dos sexos jamás han compartido el mundo en pie de
igualdad; y todavía hoy, aunque su situación está evolucionando, la mujer tropieza con graves
desventajas. En casi ningún país es idéntico su estatuto legal al del hombre; y, con frecuencia, su
5
Véase parte segunda, capítulo V.
5
El segundo sexo Simone de Beauvoir
desventaja con respecto a aquel es muy considerable. Incluso cuando se le reconocen en abstracto
algunos derechos, una larga costumbre impide que encuentre en los usos corrientes su expresión
concreta. Económicamente, hombres y mujeres casi constituyen dos castas distintas; en igualdad de
condiciones, los primeros disfrutan situaciones más ventajosas, salarios más elevados, tienen más
oportunidades de éxito que sus competidoras de fecha reciente; en la industria, la política, etc.,
ocupan un número mucho mayor de puestos, y son ellos quienes ocupan los más importantes.
Además de los poderes concretos que poseen, están revestidos de un prestigio cuya tradición
mantiene toda la educación del niño: el presente envuelve al pasado, y en el pasado toda la Historia
la han hecho los varones. En el momento en que las mujeres empiezan a participar en la elaboración
del mundo, ese mundo es todavía un mundo que pertenece a los hombres: ellos no lo dudan, ellas lo
dudan apenas. Negarse a ser lo Otro, rehusar la complicidad con el hombre, sería para ellas
renunciar a todas las ventajas que puede procurarles la alianza con la casta superior. El hombre
soberano protegerá materialmente a la mujer-ligia y se encargará de justificar su existencia: junto con
el riesgo económico evita ella el riesgo metafísico de una libertad que debe inventar sus fines sin
ayuda. En efecto, al lado de la pretensión de todo individuo de afirmarse como sujeto, que es una
pretensión ética, también hay en él la tentación de huir de su libertad para constituirse en cosa; es
ese un camino nefasto, en cuanto que pasivo, alienado y perdido; resulta entonces presa de
voluntades extrañas, cercenado de su trascendencia, frustrado de todo valor. Pero es un camino fácil:
así se evitan la angustia y la tensión de una existencia auténticamente asumida. El hombre que
constituye a la mujer en un Otro, hallará siempre en ella profundas complicidades. Así, pues, la mujer
no se reivindica como sujeto, porque carece de los medios concretos para ello, porque experimenta el
lazo necesario que la une al hombre sin plantearse reciprocidad alguna, y porque a menudo se
complace en su papel de Otro.
Y he aquí que surge inmediatamente esta pregunta: ¿cómo ha empezado toda esa historia? Se
comprende que la dualidad de los sexos, como toda dualidad, se halla manifestado mediante un
conflicto. Y se comprende que si uno de los dos logra imponer su superioridad, esta se establezca
como absoluta. Pero queda por explicar que fuera el hombre quien ganase desde el principio. Pudiera
haber ocurrido que las mujeres obtuviesen la victoria, o que jamás se hubiera resuelto la contienda.
¿De dónde proviene que este mundo siempre haya pertenecido a los hombres y que solamente hoy
empiecen a cambiar las cosas? Y este cambio ¿es un bien? ¿Traerá o no traerá un reparto equitativo
del inundo entre hombres y mujeres?
Estas preguntas distan mucho de ser nuevas, y ya se les ha dado numerosas respuestas; pero
precisamente el solo hecho de que la mujer sea lo Otro refuta todas las justificaciones que de ello
puedan haber presentado jamás los hombres, ya que, evidentemente, les eran dictadas por su propio
interés. «Todo cuanto sobre las mujeres han escrito los hombres debe tenerse por sospechoso,
puesto que son juez y parte a la vez», dijo en el siglo XVII Poulain de la Barre, feminista poco
conocido. Por doquier, en todo tiempo, el varón ha ostentado la satisfacción que le producía sentirse
rey de la Creación. «Bendito sea Dios nuestro Señor y Señor de todos los mundos, por no haberme
hecho mujer», dicen los judíos en sus oraciones matinales; mientras sus esposas murmuran con
resignación: «Bendito sea el Señor, que me ha creado según su voluntad.» Entre los beneficios que
Platón agradecía a los dioses, el primero era que le hubiesen creado libre y no esclavo, y el segundo,
hombre y no mujer. Pero los varones no habrían podido gozar plenamente de ese privilegio si no lo
hubiesen considerado fundado en lo absoluto y en la eternidad: del hecho de su supremacía han
procurado derivar un derecho. «Siendo hombres quienes han hecho y compilado las leyes, han
favorecido a su sexo, y los jurisconsultos han convertido las leyes en principios», añade Poulain de la
Barre. Legisladores, sacerdotes, filósofos, escritores y eruditos, todos ellos se han empeñado en
demostrar que la condición subordinada de la mujer era voluntad del Cielo y provechosa para la
Tierra. Las religiones inventadas por los hombres reflejan esa voluntad de dominación: han sacado
armas de las leyendas de Eva, de Pandora; han puesto la filosofía y la teología a su servicio, como se
ha visto por las frases de Aristóteles y de Santo Tomás que hemos citado. Desde la Antigüedad,
satíricos y moralistas se han complacido en trazar el cuadro de las flaquezas femeninas. Conocidas
son las violentas requisitorias que contra ellas se han dirigido a través de toda la literatura francesa:
Montherlant recoge, con menos inspiración, la tradición de Jean de Meung. Semejante hostilidad
parece a veces fundada, a menudo gratuita; en verdad, recubre una voluntad de autojustificación más
o menos hábilmente enmascarada. «Es más fácil acusar a un sexo que excusar al otro», dice
Montaigne. En ciertos casos, el proceso es evidente. Resulta significativo, por ejemplo, que, para
limitar los derechos de la mujer, el código romano invoque «la imbecilidad, la fragilidad del sexo» en
el momento en que, por debilitamiento de la familia, aquella se convierte en un peligro para los
herederos varones. Resulta chocante que en el siglo XVI, para mantener bajo tutela a la mujer
casada, se apele a la autoridad de San Agustín, declarando que «la mujer es una bestia que no es ni
firme ni estable», en tanto que a la soltera se la reconoce con capacidad para administrar sus bienes.
Montaigne comprendió perfectamente lo arbitrario e injusto de la suerte asignada a la mujer: «Las
6
El segundo sexo Simone de Beauvoir
mujeres no dejan de tener razón en absoluto cuando rechazan las normas que se han introducido en
el mundo, tanto más cuanto han sido los hombres quienes las han hecho sin ellas. Naturalmente,
entre ellas y nosotros hay intrigas y querellas.» Pero Montaigne no llega hasta el extremo de erigirse
en su campeón. Solamente en el siglo XVIII hombres profundamente demócratas encaran la cuestión
con objetividad. Diderot, entre otros, se propone demostrar que la mujer es un ser humano igual que
el hombre. Un poco más tarde, Stuart Mill la defiende con ardor. Pero estos filósofos son de una
imparcialidad excepcional. En el siglo XIX, la cuestión del feminismo se convierte nuevamente en una
cuestión de partidos; una de las consecuencias de la Revolución Industrial fue la participación de la
mujer en el trabajo productor: en ese momento las reivindicaciones feministas se salen del dominio
teórico, encuentran bases económicas; sus adversarios se vuelven más agresivos; aunque la
propiedad de bienes raíces fuera en parte destronada, la burguesía se aferra a la vieja moral, que ve
en la solidez de la familia la garantía de la propiedad privada, y reclama a la mujer en el hogar tanto
más ásperamente cuanto su emancipación se vuelve una verdadera amenaza; en el seno mismo de
la clase obrera, los hombres intentaron frenar esa liberación, puesto que las mujeres se les
presentaban como peligrosas competidoras, tanto más cuanto que estaban habituadas a trabajar por
6
bajos salarios . Para demostrar la inferioridad de la mujer, los antifeministas apelaron entonces, no
solo a la religión, la filosofía y la teología, como antes, sino también a la ciencia: biología, psicología
experimental, etc. A lo sumo, se consentía en conceder al otro sexo «la igualdad en la diferencia».
Esta fórmula, que ha hecho fortuna, es muy significativa: es exactamente la que utilizan a propósito
de los negros de Norteamérica las leyes Jim Crow. Ahora bien, esta segregación supuestamente
igualitaria no ha servido más que para introducir las discriminaciones más extremadas. Esta
coincidencia no tiene nada de casual; ya se trate de una raza, de una casta, de una clase, de un
sexo, reducidos a una situación de inferioridad, los procesos de justificación son los mismos. «El
eterno femenino» es homólogo del «alma negra» y del «carácter judío». Por otro lado, el problema
judío, en su conjunto, es muy diferente de los otros dos: para el antisemita, el judío no es tanto un ser
inferior como un enemigo, y no le reconoce en este mundo ningún lugar que le sea propio; más bien
lo que desea es aniquilarlo. Sin embargo, hay profundas analogías entre la situación de las mujeres y
la de los negros: unas y otros se emancipan hoy de un mismo paternalismo, y la en otros tiempos
casta de amos quiere mantenerlos en «su lugar», es decir, en el lugar que ha elegido para ellos; en
ambos casos, se deshace en elogios más o menos sinceros sobre las virtudes del «buen negro» de
alma inconsciente, pueril, reidora, del negro resignado y de la mujer «verdaderamente mujer», es
decir, frívola, pueril, irresponsable: la mujer sometida al hombre. En ambos casos, extrae argumentos
del estado de hecho que ha creado. Conocida es la ocurrencia de Bernard Shaw: «El norteamericano
blanco -dice en sustancia- relega al negro a la condición de limpiabotas, y de ello deduce que solo
sirve para limpiar las botas.» Se tropieza con este círculo vicioso en todas las circunstancias
análogas: cuando un individuo o grupo de individuos es mantenido en situación de inferioridad, el
hecho es que es inferior; pero sería preciso entenderse sobre el alcance de la palabra ser; la mala fe
consiste en darle un valor sustancial cuando tiene el sentido dinámico hegeliano: ser es haber
devenido, es haber sido hecho tal y como uno se manifiesta; sí, las mujeres, en conjunto, son hoy
inferiores a los hombres, es decir, que su situación les ofrece menos posibilidades: el problema
consiste en saber si semejante estado de cosas debe perpetuarse.
Muchos hombres así lo desean: no todos han arrojado todavía las armas. La burguesía conservadora
sigue viendo en la emancipación de la mujer un peligro que amenaza su moral y sus intereses.
Ciertos varones temen la competencia femenina. En el Hebdo-Latin, un estudiante declaraba el otro
día: «Toda estudiante que logra el título de médica o abogada nos roba un puesto de trabajo.» Este
joven no pone en duda sus derechos sobre este mundo. No son exclusivamente los intereses
económicos los que intervienen en el asunto. Uno de los beneficios que la opresión asegura a los
opresores es que el más humilde de ellos se siente superior: un «pobre blanco» del sur de Estados
Unidos tiene el consuelo de decirse que no es un «sucio negro», y los blancos más afortunados
explotan hábilmente ese orgullo. De igual modo, el más mediocre de los varones se considera un
semidiós ante las mujeres. Le era mucho más fácil al señor de Montherlant considerarse un héroe
cuando se encaraba con mujeres (por lo demás elegidas a propósito) que cuando tenía que
desempeñar el papel de hombre entre hombres, papel que muchas mujeres han representado mejor
que él. Así, en septiembre de 1948, en uno de sus artículos en el Figaro Littéraire, Claude Mauriac
7
-cuya poderosa originalidad todo el mundo admira- ha podido escribir a propósito de las mujeres:
«Escuchamos con un tono (sic!) de cortés indiferencia... a la más brillante de ellas, sabiendo
perfectamente que su espíritu refleja de manera más o menos deslumbrante ideas que provienen de
nosotros.» Evidentemente, no son las ideas de Claude Mauriac las que refleja su interlocutora, ya que
no se le conoce ninguna; que ella refleje ideas provenientes de los hombres, es posible: entre los
7
El segundo sexo Simone de Beauvoir
mismos varones, más de uno hay quien tiene por suyas opiniones que no ha inventado; podría uno
preguntarse si Claude Mauriac no tendría interés en conversar con un buen reflejo de Descartes, de
Marx, de Gide, antes que consigo mismo; lo notable es que, por el equívoco del nosotros, se
identifique con San Pablo, Hegel, Lenin, Nietzsche, y que desde lo alto de la grandeza de estos
considere con desdén al rebaño de mujeres que osan hablarle en pie de igualdad; a decir verdad,
conozco a más de una que no tendría la paciencia de conceder al señor Mauriac un «tono de cortés
indiferencia».
He insistido en este ejemplo, porque en el mismo la ingenuidad masculina desarma a cualquiera. Hay
otras muchas maneras más sutiles para que los hombres aprovechen la alteridad de la mujer. Para
todos aquellos que padecen complejo de inferioridad, hay ahí un linimento milagroso: con respecto a
las mujeres, nada hay más arrogante, agresivo o desdeñoso que un hombre inquieto por su virilidad.
Aquellos a quienes no intimidan sus semejantes están también mucho más dispuestos a reconocer
en la mujer un semejante; aun a estos, sin embargo, el mito de la Mujer, de lo Otro, les es caro por
muchas razones 8 (1); no podría censurárseles por no sacrificar de buen grado todos los beneficios
que extraen de ello: saben lo que pierden al renunciar a la mujer tal y como la sueñan; pero ignoran lo
que les aportará la mujer tal y como será mañana. Se precisa mucha abnegación para negarse a
aparecer como Sujeto único y absoluto. Por otra parte, la inmensa mayoría de los hombres no asume
explícitamente esa pretensión. No sitúan a la mujer como un ser inferior: hoy día están demasiado
penetrados del ideal democrático para no reconocer como iguales a todos los seres humanos. En el
seno de la familia, la mujer aparece a los ojos del niño, del muchacho, como revestida de la misma
dignidad social que los adultos varones; después, ese niño, ya mayor, ha experimentado en el deseo
y el amor la resistencia y la independencia de la mujer deseada y amada; casado, respeta en su
mujer a la esposa, a la madre, y, en la experiencia concreta de la vida conyugal, ella se afirma frente
a él como una libertad. Así, pues, el hombre puede persuadirse de que ya no existe entre los sexos
una jerarquía social, y de que, en conjunto, a través de las diferencias, la mujer es una igual. Como,
no obstante, observa ciertas inferioridades -la más importante de las cuales es la incapacidad
profesional-, las atribuye a la naturaleza. Cuando observa respecto a la mujer una actitud de
colaboración y benevolencia, tematiza el principio de la igualdad abstracta; pero la desigualdad
concreta que observa no la plantea. Sin embargo, cuando entra en conflicto con ella, la situación se
invierte: tematizará la desigualdad concreta y ello le autorizará incluso para negar la igualdad
9
abstracta
Es así como muchas mujeres afirman con una cuasi buena fe que las mujeres son las iguales del
hombre y que no tienen nada que reivindicar; pero al mismo tiempo sostienen que las mujeres jamás
podrán ser las iguales del hombre y que sus reivindicaciones son vanas. Y es que al hombre le
resulta difícil calibrar la extrema importancia de las discriminaciones sociales que desde fuera
parecen insignificantes y cuyas repercusiones morales e intelectuales son tan profundas en la mujer
que pueden parecer tener sus fuentes en una naturaleza originaria 10 . El hombre que sienta la mayor
simpatía por la mujer, jamás conoce bien su situación concreta. Por eso no ha lugar a creer a los
varones cuando se esfuerzan por defender privilegios cuya extensión no logran calibrar en su
totalidad. Por tanto, no nos dejaremos intimidar por el número y la violencia de los ataques dirigidos
contra las mujeres; ni tampoco nos dejaremos embaucar por los elogios interesados que se prodigan
a la «verdadera mujer»; ni permitiremos que nos gane el entusiasmo que suscita su destino entre los
hombres, que por nada del mundo querrían compartirlo.
Sin embargo, no debemos considerar con menos desconfianza los argumentos de los feministas: con
mucha frecuencia la preocupación polémica les priva de todo valor. Si la «cuestión de las mujeres» es
tan ociosa, es porque la arrogancia masculina la ha convertido en una «disputa»; cuando uno disputa,
ya no razona bien. Lo que se ha tratado incansablemente de demostrar es que la mujer es superior,
inferior o igual al hombre: creada después de Adán, es evidentemente un ser secundario, dicen unos;
por el contrario afirman otros, Adán no era sino un boceto, y Dios logró el ser humano en toda su
perfección cuando creó a Eva; su cerebro es más pequeño, pero relativamente es más grande; Cristo
se hizo hombre, tal vez por humildad. Cada argumento atrae inmediatamente a su contrario, y con
frecuencia los dos llevan a la sinrazón. Si se quiere intentar ver claro en el problema, hay que
8 El artículo de Michel Carrouges sobre este tema, aparecido en el número 292 de Cahiers du Sud, es significativo. Escribe Carrouges con
indignación: «¡Quisieran que no existiese en absoluto el mito de la mujer, sino solamente una cohorte de cocineras, comadronas,
rameras, escritorcillas, en funciones de placer o de utilidad!» Es tanto como decir que, según él, la mujer no tiene existencia por si misma;
considera solamente su función en el mundo de los varones. Su finalidad está en el hombre; entonces, en efecto, puede preferirse su
«función» poética a cualquier otra. La cuestión consiste precisamente en saber por qué hay que definirla con relación al hombre.
9 El hombre declara, por ejemplo, que no encuentra a su mujer en nada disminuida porque carezca de un oficio: los quehaceres del hogar
son tan nobles, etc. No obstante, en la primera disputa, exclama: «¡Sin mí, serias incapaz de ganarte la vida!»
10 Describir ese proceso será precisamente el objeto del segundo volumen de este estudio.
8
El segundo sexo Simone de Beauvoir
abandonar esos caminos trillados; hay que rechazar las vagas nociones de superioridad, inferioridad
o igualdad que han alterado todas las discusiones, y empezar de nuevo.
Pero, entonces, ¿cómo plantear la cuestión? Y, en primer lugar, ¿quiénes somos nosotros para
plantearla? Los hombres son juez y parte; las mujeres, también. ¿Dónde hallar un ángel? En verdad,
un ángel estaría mal calificado para hablar, puesto que ignoraría todos los datos del problema; en
cuanto al hermafrodita, se trata de un caso muy singular: no es a la vez hombre y mujer, sino más
bien ni hombre ni mujer. Creo que para dilucidar la situación de la mujer son ciertas mujeres las que
están mejor situadas. Es un sofisma pretender encerrar a Epiménides en el concepto de cretense y a
los cretenses en el de mentiroso: no es una esencia misteriosa la que dicta a hombres y mujeres la
buena o la mala fe; es su situación la que los dispone más o menos para la búsqueda de la verdad.
Muchas mujeres de hoy, que han tenido la suerte de ver cómo se les restituían todos los privilegios
del ser humano, pueden permitirse el lujo de la imparcialidad: incluso experimentamos la necesidad
de ello. Ya no somos combatientes, como nuestras mayores; en general, hemos ganado la partida; en
las últimas discusiones sobre el Estatuto de la Mujer, la ONU no ha dejado de reclamar
imperiosamente que termine de realizarse la igualdad de los sexos, y ya muchas de nosotras no
hemos tenido nunca que sentir nuestra feminidad como un estorbo o un obstáculo; muchos
problemas nos parecen más esenciales que los que nos conciernen de manera singular, y ese mismo
desprendimiento nos permite abrigar la esperanza de que nuestra actitud será objetiva. No obstante,
conocemos más íntimamente que los hombres el mundo femenino, porque en él tenemos nuestras
raíces; aprehendemos de manera más inmediata lo que significa para un ser humano el hecho de ser
femenino, y nos preocupamos más de saberlo. He dicho que hay problemas más esenciales, lo cual
no impide que este conserve a nuestros ojos cierta importancia: ¿en qué habrá afectado a nuestra
existencia el hecho de ser mujeres? ¿Qué oportunidades, exactamente, nos han sido dadas y cuáles
nos han sido negadas? ¿Qué suerte pueden esperar nuestras hermanas más jóvenes y en qué
sentido hay que orientarlas? Es chocante que el conjunto de la literatura femenina esté animado en
nuestros días mucho menos por una voluntad de reivindicación que por un esfuerzo de lucidez; al
salir de una era de desordenadas polémicas, este libro es una tentativa, entre otras, de recapitular la
cuestión.
Pero, sin duda, tal vez sea imposible tratar ningún problema humano sin tomar partido: la manera
misma de plantear las cuestiones, las perspectivas adoptadas, suponen jerarquías de intereses; toda
cualidad implica valores; no hay descripción supuestamente objetiva que no se levante sobre un
segundo término ético. En lugar de tratar de disimular los principios que más o menos explícitamente
se sobrentienden, es preferible plantearlos en seguida; de ese modo no nos veremos obligados a
precisar en cada página qué sentido se da a las palabras: superior, inferior, mejor, peor, progreso,
regresión, etc. Si pasamos revista a algunas de las obras dedicadas a la mujer, vemos que uno de los
puntos de vista más frecuentemente adoptados es el del bien público, del interés general: en verdad
cada cual entiende por ello el interés de la sociedad tal y como desea conservarla o establecerla. En
cuanto a nosotros, estimamos que no existe otro bien público que el que asegura el bien privado de
los ciudadanos; juzgamos las instituciones desde el punto de vista de las oportunidades concretas
ofrecidas a los individuos. Pero tampoco confundimos la idea del interés privado con la de la felicidad:
he ahí otro punto de vista que también se encuentra a menudo; ¿no son más dichosas las mujeres
del harén que las electoras? El ama de casa ¿no es más feliz que la obrera? No se sabe demasiado
bien lo que significa la palabra dicha, y aún menos qué valores auténticos recubre; no hay ninguna
posibilidad de medir la dicha de otro, y siempre resulta fácil declarar dichosa la situación que se le
quiere imponer: aquellos a quienes se condena al estancamiento, en particular, son declarados
felices, so pretexto de que la dicha es inmovilidad. Se trata, pues, de una noción a la que no nos
referiremos. La perspectiva que adoptamos es la de la moral existencialista. Todo sujeto se plantea
concretamente a través de proyectos, como una trascendencia; no alcanza su libertad sino por medio
de su perpetuo avance hacia otras libertades; no hay otra justificación de la existencia presente que
su expansión hacia un porvenir infinitamente abierto. Cada vez que la trascendencia recae en
inmanencia, hay degradación de la existencia en «en sí», de la libertad en facticidad; esta caída es
una falta moral si es consentida por el sujeto; si le es infligida, toma la figura de una frustración y de
una opresión; en ambos casos es un mal absoluto. Todo individuo que tenga la preocupación de
justificar su existencia, experimenta esta como una necesidad indefinida de trascenderse. Ahora bien,
lo que define de una manera singular la situación de la mujer es que, siendo como todo ser humano
una libertad autónoma, se descubre y se elige en un mundo donde los hombres le imponen que se
asuma como lo Otro: se pretende fijarla en objeto y consagrarla a la inmanencia, ya que su
trascendencia será perpetuamente trascendida por otra conciencia esencial y soberana. El drama de
la mujer consiste en ese conflicto entre la reivindicación fundamental de todo sujeto que se plantee
siempre como lo esencial y las exigencias de una situación que la constituye como inesencial. ¿Cómo
puede realizarse un ser humano en la situación de la mujer? ¿Qué caminos le están abiertos?
¿Cuáles desembocan en callejones sin salida? ¿Cómo encontrar la independencia en el seno de la
9
El segundo sexo Simone de Beauvoir
dependencia? ¿Qué circunstancias limitan la libertad de la mujer? ¿Puede esta superarlas? He aquí
las cuestiones fundamentales que desearíamos dilucidar. Es decir, que, interesándonos por las
oportunidades del individuo, no definiremos tales oportunidades en términos de felicidad, sino en
términos de libertad.
Es evidente que este problema carecería de todo sentido si supusiéramos que sobre la mujer pesa un
destino fisiológico, psicológico o económico. Así, pues, empezaremos por discutir los puntos de vista
adoptados por la biología, el psicoanálisis y el materialismo histórico sobre la mujer. Trataremos de
mostrar en seguida, positivamente, cómo se ha constituido la «realidad femenina», por qué la mujer
ha sido definida como lo Otro y cuáles han sido las consecuencias desde el punto de vista de los
hombres. Luego descubriremos, desde el punto de vista de las mujeres, el mundo tal y como se les
propone 11 ; y podremos comprender con qué dificultades tropiezan en el momento en que, tratando de
evadirse de la esfera que les ha sido asignada hasta el presente, pretenden participar del mitsein
humano.
10
El segundo sexo Simone de Beauvoir
PARTE PRIMERA.
DESTINO.
CAPITULO PRIMERO.
¿La mujer? Es muy sencillo, afirman los aficionados a las fórmulas simples: es una matriz, un ovario;
es una hembra: basta esta palabra para definirla. En boca del hombre, el epíteto de «hembra» suena
como un insulto; sin embargo, no se avergüenza de su animalidad; se enorgullece, por el contrario, si
de él se dice: «¡Es un macho!». El término «hembra» es peyorativo, no porque enraíce a la mujer en
la Naturaleza, sino porque la confina en su sexo; y si este sexo le parece al hombre despreciable y
enemigo hasta en las bestias inocentes, ello se debe, evidentemente, a la inquieta hostilidad que en
él suscita la mujer; sin embargo, quiere encontrar en la biología una justificación a ese sentimiento. La
palabra hembra conjura en su mente una zarabanda de imágenes: un enorme óvulo redondo atrapa y
castra al ágil espermatozoide; monstruosa y ahíta, la reina de los termes impera sobre los machos
esclavizados; la mantis religiosa y la araña, hartas de amor, trituran a su compañero y lo devoran; la
perra en celo corretea por las calles, dejando tras de sí una estela de olores perversos; la mona se
exhibe impúdicamente y se hurta con hipócrita coquetería; y las fieras más soberbias, la leona, la
pantera y la tigra, se tienden servilmente bajo el abrazo imperial del macho. Inerte, impaciente, ladina,
estúpida, insensible, lúbrica, feroz y humillada, el hombre proyecta en la mujer a todas las hembras a
la vez. Y el hecho es que la mujer es una hembra. Pero, si se quiere dejar de pensar por lugares
comunes, dos cuestiones se plantean inmediatamente: ¿Qué representa la hembra en el reino
animal? ¿Qué singular especie de hembra se realiza en la mujer?
***
En la Naturaleza, nada está nunca completamente claro: los tipos, macho y hembra, no siempre se
distinguen con nitidez; a veces se observa entre ellos un dimorfismo -color del pelaje, disposición de
las manchas y mezclas cromáticas- que parece absolutamente contingente; sucede, por el contrario,
que no sean discernibles y que sus funciones apenas se diferencien, como se ha visto en los peces.
Sin embargo, en conjunto, y, sobre todo, en el nivel más alto de la escala animal, los dos sexos
representan dos aspectos diversos de la vida de la especie. Su oposición no es, como se ha
pretendido, la de una actividad y una pasividad: no solamente el núcleo ovular es activo, sino que el
desarrollo del embrión es un proceso vivo, no un desenvolvimiento mecánico. Sería demasiado
simple definirla como la oposición entre el cambio y la permanencia: el espermatozoide sólo crea
porque su vitalidad se mantiene en el huevo; el óvulo no puede mantenerse sino superándose; de lo
contrario hay regresión y degenera. No obstante, es verdad que en estas operaciones de mantener y
crear, activas ambas, la síntesis del devenir no se realiza de la misma manera. Mantener es negar la
dispersión de los instantes, es afirmar la continuidad en el curso de su brote; crear es hacer surgir en
el seno de la unidad temporal un presente irreducible, separado; y también es cierto que en la hembra
es la continuidad de la vida lo que trata de realizarse a despecho de la separación, en tanto que la
separación en fuerzas nuevas e individualizadas es suscitada por iniciativa del macho; a este le está
permitido entonces afirmarse en su autonomía; la energía específica la integra él en su propia
existencia; la individualidad de la hembra, por el contrario, es combatida por el interés de la especie;
aparece como poseída por potencias extrañas: enajenada. Por ello, cuando la individualidad de los
organismos se afirma más, la oposición de los sexos no se atenúa: todo lo contrario. El macho
encuentra caminos cada vez más diversos para utilizar las fuerzas de que se ha adueñado; la hembra
siente cada vez más su esclavización; el conflicto entre sus intereses propios y el de las fuerzas
generadoras que la habitan se exaspera. El parto de las vacas y las yeguas es mucho más doloroso y
peligroso que el de las ratonas y conejas. La mujer, que es la más individualizada de las hembras,
aparece también como la más frágil, la que más dramáticamente vive su destino y la que más
profundamente se distingue de su macho.
11
El segundo sexo Simone de Beauvoir
En la Humanidad, como en la mayor parte de las especies, nacen aproximadamente tantos individuos
de uno como de otro sexo (100 niñas por 104 niños); la evolución de los embriones es análoga; sin
embargo, el epitelio primitivo permanece neutro durante más tiempo en el feto hembra; de ello resulta
que está sometido más tiempo a la influencia del medio hormonal y que su desarrollo se encuentra
invertido con mayor frecuencia; la mayoría de los hermafroditas serían sujetos genotípicamente
femeninos que se habrían masculinizado ulteriormente: diríase que el organismo macho se define de
repente como macho, en tanto que el embrión hembra vacila en aceptar su feminidad; empero, estos
primeros balbuceos de la vida fetal son todavía muy poco conocidos para poder atribuirles un sentido.
Una vez constituidos, los órganos genitales son simétricos en los dos sexos; las hormonas de uno y
otro pertenecen a la misma familia química, la de los esteroles, y en último análisis todas se derivan
de la colesterina; son ellas las que rigen las diferenciaciones secundarias del soma. Ni sus fórmulas,
ni las singularidades anatómicas, definen a la hembra humana como tal. Lo que la distingue del
macho en su evolución funcional. Comparativamente, el desarrollo del hombre es simple. Desde el
nacimiento hasta la pubertad, crece casi regularmente; hacia los quince o dieciséis años empieza la
espermatogénesis, que se efectúa de manera continua hasta la vejez; su aparición se acompaña de
una producción de hormonas que precisa la constitución viril del soma. Desde entonces, el macho
tiene una vida sexual, que normalmente está integrada en su existencia individual: en el deseo, en el
coito, su superación hacia la especie se confunde con el momento subjetivo de su trascendencia: él
es su cuerpo. La historia de la mujer es mucho más compleja. A partir de la vida embrionaria, queda
definitivamente constituida la provisión de oocitos; el ovario contiene unos cincuenta mil óvulos
encerrados cada uno de ellos en un folículo, de los cuales llegarán a la maduración unos
cuatrocientos; desde su nacimiento, la especie ha tomado posesión de ella y procura afirmarse: al
venir al mundo, la mujer atraviesa una suerte de primera pubertad; los oocitos aumentan súbitamente
de tamaño; luego, el ovario se reduce en una quinta parte aproximadamente: diríase que se ha
concedido un respiro a la criatura; mientras su organismo se desarrolla, su sistema genital permanece
más o menos estacionario: ciertos folículos se hinchan, pero sin llegar a madurar; el crecimiento de la
niña es análogo al del niño: a edades iguales incluso es con frecuencia más alta y pesa más que él.
Pero, en el momento de la pubertad, la especie reafirma sus derechos: bajo la influencia de las
secreciones ováricas, aumenta el número de folículos en vías de crecimiento, el ovario se
congestiona y agranda, uno de los óvulos llega a la madurez y se inicia el ciclo menstrual; el sistema
genital adquiere su volumen y su forma definitivos, el soma se feminiza, se establece el equilibrio
endocrino. Es de notar que este acontecimiento adopta la figura de una crisis, no sin resistencia deja
el cuerpo de la mujer que la especie se instale en ella, y ese combate la debilita y pone en peligro:
antes de la pubertad, mueren aproximadamente tantos niños como niñas; desde los catorce hasta los
dieciséis años, mueren 128 niñas por cada 100 niños, y entre los dieciocho y veinte años, 105
muchachas por cada 100 muchachos. Es en ese momento cuando frecuentemente hacen su
aparición clorosis, tuberculosis, escoliosis, osteomielitis, etc. En ciertos individuos, la pubertad es
anormalmente precoz: puede producirse hacia los cuatro o cinco años de edad. En otros, por el
contrario, no se declara: el individuo es entonces infantil, padece amenorrea o dismenorrea. Algunas
mujeres presentan signos de virilidad: un exceso de secreciones elaboradas por las glándulas
suprarrenales les da caracteres masculinos. Tales anomalías no representan en absoluto victorias del
individuo sobre la tiranía de la especie: no hay medio alguno de escapar de esta, porque, al mismo
tiempo que esclaviza la vida individual, la alimenta; esta dualidad se expresa al nivel de las funciones
ováricas; la vitalidad de la mujer tiene sus raíces en el ovario, así como la del hombre está en los
testículos: en ambos casos, el individuo castrado no solo es estéril, sino que sufre una regresión y
degenera; no «formado», mal formado, todo el organismo se empobrece y desequilibra; el organismo
no se desarrolla más que con el desarrollo del sistema genital; y, no obstante, muchos fenómenos
genitales no interesan a la vida singular del sujeto e incluso la ponen en peligro. Las glándulas
mamarias que se desarrollan en el momento de la pubertad no desempeñan ningún papel en la
economía individual de la mujer: en no importa qué momento de su vida, puede efectuarse su
ablación.
Los anglosajones llaman a la menstruación the curse, es decir, «la maldición»; y, en efecto, en el ciclo
menstrual no hay ninguna finalidad individual. En tiempos de Aristóteles se creía que cada mes fluía
una sangre destinada a constituir, en caso de fecundación, la sangre y la carne del niño; la verdad de
esta vieja teoría radica en que la mujer esboza sin respiro el proceso de la gestación. Entre los demás
mamíferos, ese ciclo menstrual sólo se desarrolla durante una estación del año, y no va acompañado
de flujo sanguíneo: únicamente entre los monos superiores y en la mujer se cumple cada mes en el
12
El segundo sexo Simone de Beauvoir
dolor y la sangre 12 . Durante catorce días aproximadamente, uno de los folículos de Graaf que
envuelven a los óvulos aumenta de volumen y madura mientras el ovario secreta la hormona situada
al nivel de los folículos y llamada foliculina. En el decimocuarto día se efectúa la puesta: la pared del
folículo se rompe (lo que acarrea a veces una ligera hemorragia) y el huevo cae en las trompas,
mientras la cicatriz evoluciona de manera que constituye el cuerpo amarillo. Comienza entonces la
segunda fase o fase luteínica, caracterizada por la secreción de la hormona llamada progestina, que
actúa sobre el útero. Este se modifica: el sistema capilar de la pared se congestiona, y esta se pliega,
se abarquilla, formando a modo de encajes; así se construye en la matriz una cuna destinada a recibir
el huevo fecundado. Siendo irreversibles estas transformaciones celulares, en el caso en que no haya
fecundación ese edificio no se reabsorbe: tal vez en los otros mamíferos los despojos inútiles sean
arrastrados por los vasos linfáticos. Pero en la mujer, cuando los encajes endometrales se
desmoronan, se produce una exfoliación de la mucosa, los capilares se abren y al exterior rezuma
una masa sanguínea. Después, mientras el cuerpo amarillo degenera, la mucosa se reconstruye y
comienza una nueva fase folicular. Este complejo proceso, todavía bastante misterioso en sus
detalles, trastorna a todo el organismo, puesto que se acompaña de secreciones hormonales que
reaccionan sobre el tiroides y la hipófisis, sobre el sistema nervioso central y el sistema vegetativo, y,
por consiguiente, sobre todas las vísceras. Casi todas las mujeres -más del 85 por 100- presentan
trastornos durante este período. La tensión arterial se eleva antes del comienzo del flujo sanguíneo y
disminuye a continuación; aumentan las pulsaciones y frecuentemente la temperatura: los casos de
fiebre menudean; el abdomen se hace dolorosamente sensible; se observa a menudo una tendencia
al estreñimiento, seguido de diarreas; también suele aumentar el volumen del hígado y producirse
retención de la urea, albuminuria; muchas mujeres presentan una hiperemia de la mucosa pituitaria
(dolor de garganta), y otras, trastornos del oído y la vista; aumenta la secreción de sudor, que va
acompañada al principio de las reglas por un olor sui generis que puede ser muy fuerte y persistir
durante toda la menstruación. Aumenta el metabolismo basal. Disminuye el número de glóbulos rojos;
sin embargo, la sangre transporta sustancias generalmente conservadas en reserva en los tejidos,
particularmente sales de calcio; la presencia de esas sales reacciona sobre el ovario, sobre el
tiroides, que se hipertrofia; sobre la hipófisis, que preside la metamorfosis de la mucosa uterina y
cuya actividad se ve acrecentada; esta inestabilidad de las glándulas provoca una gran fragilidad
nerviosa: el sistema central es afectado; a menudo hay cefalea, y el sistema vegetativo reacciona con
exageración: hay disminución del control automático por el sistema central, lo que libera reflejos,
complejos convulsivos, y se traduce en un humor muy inestable; la mujer se muestra más emotiva,
más nerviosa, más irritable que de costumbre, y puede presentar trastornos psíquicos graves.
En ese período es cuando siente más penosamente a su cuerpo como una cosa opaca y enajenada;
ese cuerpo es presa de una vida terca y extraña que todos los meses hace y deshace en su interior
una cuna; cada mes, un niño se dispone a nacer y aborta en el derrumbamiento de los rojos encajes;
la mujer, como el hombre, es su cuerpo 13 : pero su cuerpo es algo distinto a ella misma.
La mujer experimenta una alienación más profunda cuando el huevo fecundado desciende al útero y
allí se desarrolla; verdad es que la gestación es un fenómeno normal que, si se produce en
condiciones normales de salud y nutrición, no es nocivo para la madre: incluso entre ella y el feto se
establecen ciertas interacciones que le son favorables; sin embargo, y contrariamente a una optimista
teoría cuya utilidad social resulta demasiado evidente, la gestación es una labor fatigosa que no
ofrece a la mujer un beneficio individual 14 y le exige, por el contrario, pesados sacrificios. Durante los
primeros meses, va acompañada a menudo de falta de apetito y vómitos, que no se observan en
ninguna otra hembra doméstica y que manifiestan la rebelión del organismo contra la especie que de
él se posesiona; se empobrece en fósforo, en calcio, en hierro, carencia esta última que luego será
muy difícil de subsanar; la superactividad del metabolismo exalta el sistema endocrino; el sistema
nervioso vegetativo se halla en estado de exacerbada excitabilidad; en cuanto a la sangre, disminuye
su peso específico, está anémica, es análoga «a la de los que ayunan, los desnutridos, las personas
que han sufrido repetidas sangrías, los convalecientes» 15 .
Todo cuanto una mujer sana y bien alimentada puede esperar después del parto es la recuperación
de tales derroches sin demasiadas dificultades; pero frecuentemente se producen en el curso del
12 «El análisis de estos fenómenos ha podido ser fomentado en estos últimos años, relacionando los fenómenos que tienen lugar en la
mujer con los que se observan en los monos superiores, especialmente en los del género Rhesus. Evidentemente es más fácil
experimentar con estos últimos animales», escribe Louis Gallien (La Sexualité).
13 «Así, pues, yo soy mi cuerpo, al menos en la medida en que tengo uno, y, recíprocamente, mi cuerpo es como un sujeto natural, como
13
El segundo sexo Simone de Beauvoir
La mujer se hurta al dominio de la especie por medio de una crisis igualmente difícil; entre los
cuarenta y cinco y los cincuenta años, se desarrollan los fenómenos de la menopausia, inversos a los
de la pubertad. La actividad ovárica disminuye y hasta desaparece: esta desaparición comporta un
empobrecimiento vital del individuo. Se supone que las glándulas catabólicas, tiroides e hipófisis, se
esfuerzan por suplir las insuficiencias del ovario; así se observa, junto a la depresión que acompaña a
la menopausia, fenómenos de sobresalto: sofocos, hipertensión, nerviosidad; a veces se produce un
recrudecimiento del instinto sexual. Ciertas mujeres fijan entonces grasa en sus tejidos; otras se
virilizan. En muchas de ellas se restablece un equilibrio endocrino. Entonces la mujer se halla libre de
las servidumbres de la hembra; no es comparable a un eunuco, porque su vitalidad está intacta, pero
ya no es presa de potencias que la desbordan, y coincide consigo misma. Se ha dicho, a veces, que
las mujeres de cierta edad constituían un «tercer sexo», y, en efecto, no son machos, pero ya no son
hembras tampoco; y frecuentemente esta autonomía fisiológica se traduce en una salud, un equilibrio
y un vigor que no poseían antes.
A las diferenciaciones propiamente sexuales se superponen en la mujer singularidades que son, más
o menos directamente, consecuencia de las mismas; son acciones hormonales las que determinan su
soma. Por término medio, la mujer es más pequeña que el hombre, tiene menos peso, su esqueleto
es más frágil, la pelvis es más ancha, adaptada a las funciones de la gestación y el parto; su tejido
conjuntivo fija grasas y sus formas son más redondeadas que las del hombre; el aspecto general:
morfología, piel, sistema piloso, etc., es netamente diferente en los dos sexos. La fuerza muscular es
mucho menor en la mujer: aproximadamente, los dos tercios de la del hombre; tiene menos
capacidad respiratoria: los pulmones, la tráquea y la laringe son también más pequeños; la diferencia
de la laringe comporta igualmente la diferencia de voz. El peso específico de la sangre es menor en
las mujeres: hay menos fijación de hemoglobina; por tanto, son menos robustas y están más
predispuestas a la anemia. Su pulso late con mayor velocidad, su sistema vascular es más inestable:
se ruborizan fácilmente. La inestabilidad es un rasgo notable de su organismo en general; entre otras
cosas, en el hombre hay estabilidad en el metabolismo del calcio, mientras la mujer fija mucho menos
las sales de calcio, que elimina durante las reglas y los embarazos; parece ser que, en lo tocante al
calcio, los ovarios ejercen una acción catabólica; esta inestabilidad provoca desórdenes en los
ovarios y en el tiroides, que está más desarrollado en ella que en el hombre: y la irregularidad de las
secreciones endocrinas reacciona sobre el sistema nervioso vegetativo; el control nervioso y
muscular está imperfectamente asegurado. Esta falta de estabilidad y de control afecta a su
emotividad, directamente ligada a las variaciones vasculares: palpitaciones, rubor, etc., razón por la
cual están sujetas a manifestaciones convulsivas: lágrimas, risas locas, crisis nerviosas.
14
El segundo sexo Simone de Beauvoir
más tiempo, pero están enfermas con mucha mayor frecuencia y hay numerosos períodos durante los
cuales no disponen de sí mismas.
Estos datos biológicos son de suma importancia: representan, en la historia de la mujer, un papel de
primer orden; son elemento esencial de su situación: en todas nuestras descripciones ulteriores
tendremos que referirnos a ellos. Porque, siendo el cuerpo el instrumento de nuestro asidero en el
mundo, este se presenta de manera muy distinta según que sea asido de un modo u otro. Por esa
razón los hemos estudiado tan extensamente; constituyen una de las claves que permiten
comprender a la mujer. Pero lo que rechazamos es la idea de que constituyan para ella un destino
petrificado. No bastan para definir una jerarquía de los sexos; no explican por qué la mujer es lo Otro;
no la condenan a conservar eternamente ese papel subordinado.
CAPITULO II.
A Freud no le preocupó mucho el destino de la mujer; está claro que calcó su descripción de la del
destino masculino, algunos de cuyos rasgos se limitó a modificar. Antes que él, había declarado el
sexólogo Marañón: «En tanto que energía diferenciada, puede decirse que la libido es una fuerza de
sentido viril. Y otro tanto diremos del orgasmo.» Según él, las mujeres que logran el orgasmo son
mujeres «viriloides»; el impulso sexual es «de dirección única», y la mujer está solamente a mitad de
camino 16 . Freud no llega a tanto: admite que la sexualidad de la mujer está tan evolucionada como la
del hombre; pero apenas la estudia en sí misma. Escribe: «La libido, de manera constante y regular,
es de esencia masculina, ya aparezca en el hombre o en la mujer.» Rehusa situar en su originalidad
la libido femenina: por consiguiente, se le aparecerá necesariamente como una compleja desviación
de la libido humana en general. Esta se desarrolla en principio, piensa él, de idéntica manera en
ambos sexos: todos los niños atraviesan una fase oral que los fija en el seno materno; después, una
fase anal y, finalmente, llegan a la fase genital; en ese momento es cuando se diferencian. Freud ha
puesto en claro un hecho cuya importancia no había sido reconocida plenamente antes de él: el
erotismo masculino se localiza definitivamente en el pene, mientras que en la mujer hay dos sistemas
eróticos distintos: clitoridiano uno, que se desarrolla en el estadio infantil; vaginal el otro, que no se
desarrolla hasta después de la pubertad; cuando el niño llega a la fase genital, su evolución ha
terminado; será preciso que pase de la actitud autoerótica, donde el placer apunta a su subjetividad, a
una actitud heteroerótica que ligará el placer a un objeto, normalmente la mujer; esta transición se
producirá en el momento de la pubertad a través de una fase narcisista: pero el pene seguirá siendo,
como en la infancia, el órgano erótico privilegiado. También la mujer deberá objetivar en el hombre su
libido a través del narcisismo; pero el proceso será mucho más complejo, ya que será preciso que del
placer clitoridiano pase al placer vaginal. Para el hombre no hay más que una etapa genital, mientras
que hay dos para la mujer; esta corre mucho mayor peligro de no coronar su evolución sexual,
permanecer en el estadio infantil y, por consiguiente, contraer padecimientos neuróticos.
Ya en el estadio autoerótico, el niño se adhiere más o menos fuertemente a un objeto: el niño varón
se aferra a la madre y desea identificarse con el padre; le espanta semejante pretensión y teme que,
para castigarle, su padre le mutile; del «complejo de Edipo» nace el «complejo de castración»; se
desarrollan entonces en el niño sentimientos de agresividad con respecto al padre, pero, al mismo
tiempo, interioriza su autoridad: así se constituye el superyó, que censura las tendencias incestuosas;
estas tendencias son rechazadas, el complejo es liquidado y el hijo queda liberado del padre, a quien
de hecho ha instalado en sí mismo bajo la figura de normas morales. El superyó es tanto más fuerte
cuanto más definido ha sido el complejo de Edipo y más rigurosamente combatido. En primer lugar,
Freud ha descrito de manera completamente simétrica la historia de la niña; a continuación, ha dado
a la forma femenina del complejo infantil el nombre de complejo de Electra; pero está claro que lo ha
definido menos en sí mismo que a partir de su figura masculina; admite, no obstante, entre los dos
una diferencia muy importante: la niña efectúa primero una fijación maternal, mientras que el niño no
se siente en ningún momento atraído sexualmente por el padre; esta fijación es una supervivencia de
la fase oral; la criatura se identifica entonces con el padre; pero, hacia la edad de cinco años, la niña
descubre la diferencia anatómica de los sexos y reacciona ante la ausencia de pene con un complejo
de castración: se imagina que ha sido mutilada y sufre por ello; debe entonces renunciar a sus
pretensiones viriles, se identifica con la madre y trata de seducir al padre. El complejo de castración y
16 Es curioso encontrar esta teoría en D. H. Lawrence. En La serpiente emplumada, don Cipriano se cuida de que su amante no logre
jamás el orgasmo: ella debe vibrar al unísono con el hombre, no individualizarse en el placer.
15
El segundo sexo Simone de Beauvoir
Los dos reproches esenciales que pueden hacerse a esta descripción provienen del hecho de que
Freud la calcó sobre un modelo masculino. Supone que la mujer se siente hombre mutilado: pero la
idea de mutilación implica una comparación y una valoración; muchos psicoanalistas admiten hoy que
la niña echa de menos el pene sin suponer, no obstante, que la han despojado del mismo; incluso
ese pesar no es tan general, y no podría nacer de una simple confrontación anatómica; muchísimas
niñas no descubren sino tardíamente la constitución masculina; y, si la descubren, lo hacen
exclusivamente por medio de la vista; el niño tiene de su pene una experiencia viva, que le permite
sentirse orgulloso, pero ese orgullo no tiene un correlativo inmediato en la humillación de sus
hermanas, porque estas no conocen el órgano masculino más que en su exterioridad: esa
excrecencia, ese frágil tallo de carne, puede no inspirarles sino indiferencia y hasta disgusto; la
codicia de la niña, cuando aparece, resulta de una valoración previa de la virilidad: Freud la da por
17
supuesta, cuando sería preciso explicarla . Por otra parte, al no inspirarse en una descripción
original de la libido femenina, la noción del complejo de Electra es sumamente vaga. Ya entre los
niños varones la presencia de un complejo de Edipo de orden propiamente genital está lejos de ser
general; pero, salvo rarísimas excepciones, no se podría admitir que el padre sea para su hija una
fuente de excitación genital; uno de los grandes problemas del erotismo femenino consiste en que el
placer clitoridiano se aísla: solamente hacia la pubertad, en alianza con el erotismo vaginal, se
desarrollan en el cuerpo de la mujer cantidad de zonas erógenas; afirmar que en una niña de diez
años los besos y las caricias del padre poseen una «aptitud intrínseca» para desencadenar el placer
clitoridiano es una aseveración que en la mayoría de los casos no tiene ningún sentido. Si se admite
que el «complejo de Electra» no tiene sino un carácter afectivo muy difuso, se plantea entonces toda
la cuestión de la afectividad, cuestión que el freudismo no nos proporciona medios para definirla, ya
que se la distingue de la sexualidad. De todos modos, no es la libido femenina la que diviniza al
padre: la madre no es divinizada por el deseo que inspira al hijo; el hecho de que el deseo femenino
recaiga en un ser soberano le da un carácter original; pero ella no es constitutiva de su objeto, lo
padece. La soberanía del padre es un hecho de orden social, y Freud fracasa al explicarlo; confiesa
que es imposible saber qué autoridad ha decidido, en un momento dado de la Historia, el triunfo del
padre sobre la madre: esta decisión representa, según él, un progreso, pero cuyas causas se
desconocen. «No puede tratarse aquí de autoridad paterna, puesto que esa autoridad no le ha sido
18
conferida precisamente al padre sino por el progreso», escribe en su última obra .
17Esta discusión volverá a abordarse mucho más ampliamente en el volumen II, capítulo [Link]
18Véase Moïse et son peuple, trad. A. Bermann, pág. 177. (Hay traducción española: Obras completas, 3 vols. Editorial Biblioteca
Nueva.)
16
El segundo sexo Simone de Beauvoir
masculina. Más adelante, en el curso de las relaciones sexuales, la postura misma del coito, que sitúa
a la mujer debajo del hombre, representa una nueva humillación. Reacciona por medio de una
«protesta viril»; o bien trata de masculinizarse, o bien, con armas femeninas, entabla la lucha contra
el hombre. A través de la maternidad, puede reencontrar en el hijo un equivalente del pene. Pero ello
supone que empiece por aceptarse íntegramente como mujer, que asuma, por tanto, su inferioridad.
La mujer está dividida contra sí misma mucho más profundamente que el hombre.
No ha lugar a insistir aquí sobre las diferencias teóricas que separan a Adler de Freud, ni sobre las
posibilidades de una reconciliación: jamás son suficientes ni la explicación por el móvil, ni la
explicación por el motivo; todo móvil plantea un motivo, pero este no es aprehendido nunca sino a
través de un móvil; así, pues, parece realizable una síntesis del adlerismo y el freudismo. En realidad,
al hacer intervenir nociones de objeto y finalidad, Adler conserva íntegramente la idea de una
causalidad psíquica; está un poco con respecto a Freud en la relación de lo energético a lo mecánico:
ya se trate de choque o de fuerza atractiva, el físico admite siempre el determinismo. He ahí el
postulado común a todos los psicoanalistas: la historia humana se explica, según ellos, por un juego
de elementos determinados. Todos asignan a la mujer el mismo destino. Su drama se refiere al
conflicto entre sus tendencias «viriloides» y «femeninas»; las primeras se realizan en el sistema
clitoridiano; las segundas, en el erotismo vaginal; infantilmente, se identifica con el padre; después,
experimenta un sentimiento de inferioridad con respecto al hombre y se sitúa en la alternativa, o bien
de conservar su autonomía, de virilizarse -lo que, sobre el fondo de un complejo de inferioridad,
provoca una tensión que puede resolverse en neurosis-, o bien de hallar en la sumisión amorosa una
feliz realización de sí misma, solución que le es facilitada por el amor que sentía hacia el padre
soberano; es a este a quien busca en el amante o el marido, y el amor sexual va acompañado en ella
por el deseo de ser dominada.
Será recompensada por la maternidad, que le restituye una nueva especie de autonomía. Ese drama
aparece como dotado de un dinamismo propio; trata de desarrollarse a través de todos los accidentes
que lo desfiguran, y cada mujer lo sufre pasivamente.
En todos los psicoanalistas se observa un rechazo sistemático de la idea de elección, así como de la
noción de valor que le es correlativa; en eso radica la debilidad intrínseca del sistema. Habiendo
cortado pulsiones y prohibiciones de la elección existencial, Freud no logra explicarnos su origen: los
da simplemente por supuestos. Ha intentado reemplazar la noción de valor por la de autoridad; pero
en Moisés y la religión monoteísta conviene en que no hay medio alguno de explicar esa autoridad. El
incesto, por ejemplo, está prohibido porque así lo ha prohibido el padre; pero ¿a qué se debe esa
prohibición? Es un misterio. El superyó interioriza órdenes y prohibiciones que emanan de una tiranía
arbitraria; las tendencias instintivas están ahí, no se sabe por qué; esas dos realidades son
heterogéneas, porque se ha planteado la moral como algo extraño a la sexualidad; la unidad humana
aparece como rota, no hay tránsito del individuo a la sociedad: para reunirlos, Freud se ve obligado a
inventar extrañas novelas 19 . Adler ha considerado que el complejo de castración no podía explicarse
más que en un contexto social; ha abordado el problema de la valorización, pero no se ha remontado
a la fuente ontológica de los valores reconocidos por la sociedad y no ha comprendido que había
valores comprometidos en la sexualidad propiamente dicha, lo cual le llevó a desconocer su
importancia.
Desde luego, la sexualidad representa en la vida humana un papel considerable: puede decirse que
la penetra por entero; ya la fisiología nos ha demostrado que la vida de los testículos y la del ovario
se confunden con la del soma. El existente es un cuerpo sexuado; en sus relaciones con los otros
existentes, que también son cuerpos sexuados, la sexualidad, por consiguiente, está siempre
comprometida; pero si cuerpo y sexualidad son expresiones concretas de la existencia, también a
partir de esta se pueden descubrir sus significaciones: a falta de esta perspectiva, el psicoanálisis da
por supuestos hechos inexplicados. Por ejemplo, nos dice que la niña tiene vergüenza de orinar en
cuclillas, con las nalgas desnudas; pero ¿qué es la vergüenza? Del mismo modo, antes de
preguntarse si el varón está orgulloso porque posee un pene, o si su orgullo se expresa en ese pene,
preciso es saber qué es el orgullo y cómo puede encarnarse en un objeto la pretensión del sujeto. No
hay que tomar la sexualidad como un dato irreducible; en el existente hay una «búsqueda del ser»
más original; la sexualidad no es más que uno de esos aspectos. Eso es lo que demuestra Sartre en
El Ser y la Nada, es también lo que dice Bachelard en sus obras sobre la tierra, el aire y el agua: los
psicoanalistas consideran que la verdad primera del hombre es su relación con su propio cuerpo y el
de sus semejantes en el seno de la sociedad; pero el hombre siente primordial interés por la
sustancia del mundo natural que le rodea y al cual trata de descubrir en el trabajo, el juego y en todas
las experiencias de «la imaginación dinámica»; el hombre pretende reunirse concretamente con la
17
El segundo sexo Simone de Beauvoir
existencia a través del mundo entero, aprehendido este de todas las maneras posibles. Amasar la
tierra, abrir un agujero son actividades tan originales como el abrazo y el coito: se engaña quien vea
en ellas solamente símbolos sexuales; el agujero, lo viscoso, la muesca, la dureza, la integridad, son
realidades primarias; el interés del hombre por ellas no está dictado por la libido, sino más bien es la
libido la que será coloreada por la manera en que ellas se le hayan descubierto. La integridad no
fascina al hombre porque simbolice la virginidad femenina, pero es su amor por la integridad lo que
hace preciosa a sus ojos la virginidad. El trabajo, la guerra, el juego y el arte definen maneras de
estar en el mundo que no se dejan reducir a ninguna otra; descubren cualidades que interfieren con
las que revela la sexualidad; a través de ellas y a través de estas experiencias eróticas es como se
elige el individuo. Pero solamente un punto de vista ontológico permite restituir la unidad a esa
elección.
Esta noción de elección es la que más violentamente rechaza el psicoanalista en nombre del
determinismo y del «inconsciente colectivo»; este inconsciente proporcionaría al hombre imágenes
completamente formadas y un simbolismo universal; ese inconsciente explicaría las analogías de los
sueños, de los actos fallidos, de los delirios, de las alegorías y de los destinos humanos; hablar de
libertad sería tanto como rechazar la posibilidad de explicar tan turbadoras concordancias. Sin
embargo, la idea de libertad no es incompatible con la existencia de ciertas constantes. Si el método
psicoanalítico es con frecuencia fecundo, pese a los errores de la teoría, se debe a que en toda
historia singular hay datos cuya generalidad nadie piensa negar: las situaciones y las conductas se
repiten; el momento de la decisión brota en el seno de la generalidad y la repetición. «La anatomía es
el destino», decía Freud; a esta frase le hace eco la de Merleau-Ponty: «El cuerpo es la generalidad.»
La existencia es una a través de la separación de los existentes: se manifiesta en organismos
análogos; así, pues, habrá constantes en la vinculación de lo ontológico y lo sexual. En una época
determinada, las técnicas y la estructura económica y social de una colectividad descubren a todos
sus miembros un mundo idéntico: habrá también una relación constante de la sexualidad con las
formas sociales; individuos análogos, situados en condiciones análogas, extraerán del dato
significados análogos; esta analogía no funda una rigurosa universalidad, pero permite hallar tipos
generales en las historias individuales. El símbolo no se nos aparece como una alegoría elaborada
por un misterioso inconsciente: es la aprehensión de un significado a través de un análogo del objeto
significante; en virtud de la identidad de la situación existencial a través de todos los existentes y de la
identidad de lo artificioso que han de afrontar, las significaciones se desvelan de la misma manera a
muchos individuos; el simbolismo no cae del cielo ni surge de profundidades subterráneas: ha sido
elaborado, como el lenguaje, por la realidad humana, que es mitsein al mismo tiempo que separación;
y ello explica que la invención singular también tenga allí su sitio: prácticamente, el método
psicoanalista está obligado a admitirlo, lo autorice o no la doctrina. Esta perspectiva nos permite, por
20
ejemplo, comprender el valor generalmente otorgado al pene . Es imposible explicarlo sin partir de
un hecho existencial: la tendencia del sujeto a la alienación; la angustia de su libertad lleva al sujeto a
buscarse en las cosas, lo cual es una manera de hurtarse; se trata de una tendencia tan fundamental,
que inmediatamente después del destete, cuando está separado del Todo, el niño se esfuerza por
aprehender su existencia alienada en los espejos, en la mirada de sus padres. Los primitivos se
alienan en el maná, en el totem; los civilizados, en su alma individual, en su yo, en su nombre, en su
propiedad, en su obra: he ahí la primera tentación de la inautenticidad. El pene es singularmente
adecuado para representar a los ojos del niño ese papel de «doble»: es para él un objeto extraño al
mismo tiempo que es él mismo; es un juguete, un muñeco y es su propia carne; los padres y las
nodrizas lo tratan como a una personita. Se concibe así que se convierta para el niño en «un alter ego
por lo general más ladino, más inteligente y más diestro que el individuo 21 »; por el hecho de que la
función urinaria y más tarde la erección se encuentran a medio camino entre los procesos voluntarios
y los procesos espontáneos, por el hecho de que constituye una fuente caprichosa y cuasi extraña de
un placer subjetivamente experimentado, el pene es considerado por el sujeto como sí mismo y
distinto de sí mismo, simultáneamente; la trascendencia específica se encarna en él de manera
aprehensible, y es fuente de orgullo; puesto que el falo está separado, el hombre puede integrar en
su individualidad la vida que le desborda. Se concibe entonces que la longitud del pene, la potencia
del chorro urinario, de la erección, de la eyaculación, se conviertan para él en la medida de su propio
valor 22 . Así, es constante que el falo encarne físicamente la trascendencia; como también es
constante que el niño se sienta trascendido, es decir, frustrado en su trascendencia, por el padre, se
hallará, por tanto, la idea freudiana de «complejo de castración». Privada de ese alter ego, la niña no
se aliena en una cosa aprehensible, no se recupera: de ese modo, es llevada a convertirse
20 Volveremos a ocuparnos más ampliamente de este tema en el volumen II, capítulo primero.
21 ALICE BALINT: La Vie intime de l'enfant, pág. 101.
22 Me han citado el caso de niños campesinos que se divertían organizando concursos de excrementos: el que tenía las nalgas más
voluminosas y más sólidas gozaba de un prestigio que ningún otro éxito, ni en los juegos, ni siquiera en la lucha, podía compensar. El
mojón representaba aquí el mismo papel que el pene: también aquí había alienación.
18
El segundo sexo Simone de Beauvoir
enteramente en objeto, a plantearse como lo Otro; la cuestión de saber si se compara o no con los
chicos resulta secundaria; lo importante es que, incluso sin saberlo, la ausencia de pene la impide
hacerse presente a si misma en tanto que sexo; de ello resultarán muchas consecuencias. Pero esas
constantes que señalamos no definen, sin embargo, un destino: el falo adquiere tanto valor porque
simboliza una soberanía que se realiza en otros dominios. Si la mujer lograse afirmarse como sujeto,
inventaría equivalentes del falo: la muñeca donde se encarna la promesa del hijo puede convertirse
en una posesión más preciosa que el pene. Hay sociedades de filiación uterina donde las mujeres
detentan las máscaras en las que se aliena la colectividad; el pene pierde entonces mucho de su
gloria. Solo en el seno de la situación captada en su totalidad funda el privilegio anatómico un
verdadero privilegio humano. El psicoanálisis no podría encontrar su verdad más que en el contexto
histórico.
CAPITULO III.
En El origen de la familia, Engels rastrea la historia de la mujer de acuerdo con esta perspectiva:
dicha historia dependería esencialmente de las de las técnicas. En la Edad de Piedra, cuando la tierra
era común a todos los miembros del clan, el carácter rudimentario de la laya y la azada primitivas
limitaba las posibilidades agrícolas: las fuerzas femeninas se adecuaban al trabajo exigido por la
explotación de los huertos. En esta división primitiva del trabajo, los dos sexos constituyen ya, de
algún modo, dos clases; entre estas clases hay igualdad; mientras el hombre caza y pesca, la mujer
permanece en el hogar; pero las tareas domésticas entrañan una labor productiva: fabricación de
vasijas de barro, tejidos, faenas en el huerto; y por ello la mujer tiene un importante papel en la vida
económica. Con el descubrimiento del cobre, del estaño, del bronce, del hierro, y con la aparición del
arado, la agricultura extiende su dominio: para desmontar los bosques, para hacer fructificar los
campos, es necesario un trabajo intensivo. Entonces el hombre recurre al servicio de otros hombres a
los cuales reduce a esclavitud. Aparece la propiedad privada: dueño de los esclavos y de la tierra, el
hombre se convierte también en propietario de la mujer. Es «la gran derrota histórica del sexo
femenino». Esta derrota se explica por la convulsión producida en la división del trabajo como
consecuencia de la invención de los nuevos instrumentos. «La misma causa que había asegurado a
19
El segundo sexo Simone de Beauvoir
la mujer su anterior autoridad en la casa (su empleo exclusivo en las labores domésticas), aseguraba
ahora la preponderancia del hombre: el trabajo doméstico de la mujer desaparecía desde entonces
junto al trabajo productivo del hombre; el segundo lo era todo, y el primero un accesorio
insignificante.» El derecho paterno sustituye entonces al derecho materno: la transmisión del dominio
se efectúa de padre a hijo, y ya no de la mujer a su clan. Es la aparición de la familia patriarcal
fundada en la propiedad privada. En semejante familia, la mujer está oprimida. El hombre reina como
soberano y, entre otros, se permite caprichos sexuales: se acuesta con esclavas o con hetairas, es
polígamo. Tan pronto como las costumbres hacen posible la reciprocidad, la mujer se venga por la
infidelidad: el matrimonio se completa naturalmente con el adulterio. Es la única defensa de la mujer
contra la, esclavitud doméstica en que se la mantiene: la opresión social que sufre es consecuencia
de su opresión económica. La igualdad solo puede restablecerse cuando ambos sexos gocen de
derechos jurídicamente iguales; pero esta liberación exige la vuelta de todo el sexo femenino a la
industria pública. «La emancipación de la mujer no es posible sino cuando esta puede tomar parte en
vasta escala en la producción social, y el trabajo doméstico no la ocupe sino un tiempo insignificante.
Y esta condición sólo ha podido realizarse en la gran industria moderna, que no solamente admite el
trabajo de la mujer en gran escala, sino que hasta lo exige formalmente...»
Así, la suerte de la mujer y la del socialismo están íntimamente ligadas, como se ve también en la
vasta obra consagrada por Bebel a la mujer. «La mujer y el proletario -dice- son dos oprimidos.» Será
el mismo desarrollo de la economía a partir de la revolución provocada por el maquinismo el que
libere a ambos. El problema de la mujer se reduce al de su capacidad de trabajo. Poderosa en los
tiempos en que las técnicas estaban adaptadas a sus posibilidades, destronada cuando se mostró
incapaz de explotarlas, la mujer encuentra de nuevo en el mundo moderno su igualdad con el
hombre. Son las resistencias del viejo paternalismo capitalista las que impiden en la mayoría de los
países que esa igualdad se cumpla concretamente: se cumplirá el día en que esas resistencias sean
destruidas. Ya se ha cumplido en la URSS, afirma la propaganda soviética. Y cuando la sociedad
socialista sea una realidad en el mundo entero, ya no habrá hombres y mujeres, sino solamente
trabajadores iguales entre sí.
Pese a que la síntesis esbozada por Engels señale un progreso respecto a las que hemos examinado
anteriormente, no por ello deja de decepcionarnos: los problemas más importantes son
escamoteados. El pivote de toda la historia es el paso del régimen comunitario a la propiedad privada,
y no se nos indica en absoluto cómo ha podido efectuarse. Engels confiesa incluso que «hasta el
presente nada sabemos de ello» 23 ; no solo ignora el detalle histórico de la cuestión, sino que no
sugiere ninguna interpretación. Del mismo modo, tampoco está claro que la propiedad privada haya
comportado fatalmente la servidumbre de la mujer. El materialismo histórico da por supuestos hechos
que sería preciso explicar: plantea, sin discutirlo, el lazo de interés que vincula al hombre a la
propiedad; pero ¿dónde tiene su origen ese interés, fuente de instituciones sociales? Así, pues, la
exposición de Engels es superficial y las verdades que descubre resultan contingentes. Y es porque
resulta imposible profundizarlas sin desbordar el materialismo histórico. Este no podría aportar
soluciones a los problemas que hemos indicado, porque estos interesan al hombre todo entero y no a
esa abstracción que es el homo oeconomicus.
Está claro, por ejemplo, que la idea misma de posesión singular no puede adquirir sentido más que a
partir de la condición originaria del existente. Para que aparezca, es preciso, en primer lugar, que
exista en el sujeto una tendencia a situarse en su singularidad radical, una afirmación de su
existencia en tanto que autónoma y separada. Se comprende que esta pretensión haya permanecido
subjetiva, interior, sin veracidad, mientras el individuo carecía de los medios prácticos para
satisfacerla objetivamente: a falta de útiles adecuados, no percibió al principio su poder sobre el
mundo, se sentía perdido en la Naturaleza y en la colectividad, pasivo, amenazado, juguete de
oscuras fuerzas; sólo identificándose con el clan todo entero, se atrevía a pensar: el totem, el maná,
la tierra, eran realidades colectivas. Lo que el descubrimiento del bronce ha permitido al hombre ha
sido descubrirse como creador en la prueba de un trabajo duro y productivo; al dominar a la
Naturaleza, ya no la teme; frente a las resistencias vencidas, tiene la audacia de captarse como
24
actividad autónoma, de realizarse en su singularidad . Pero esa realización jamás se habría logrado
si el hombre no lo hubiese querido originariamente; la lección del trabajo no se ha inscrito en un
sujeto pasivo: el sujeto se ha forjado y conquistado a sí mismo al forjar sus útiles y conquistar la
20
El segundo sexo Simone de Beauvoir
Tierra. Por otra parte, la afirmación del sujeto no basta para explicar la propiedad: en el desafío, en la
lucha, en el combate singular, cada conciencia puede intentar elevarse hasta la soberanía. Para que
el desafío haya adoptado la forma de un potlatch, es decir, de una rivalidad económica, para que a
partir de ahí primero el jefe y luego los miembros del clan hayan reivindicado bienes privados, preciso
es que en el hombre anide otra tendencia original: ya hemos dicho en el capítulo precedente que el
existente no logra captarse sino alienándose; se busca a través del mundo bajo una figura extraña, la
cual hace suya. En el totem, en el maná, en el territorio que ocupa, es su existencia alienada lo que
encuentra el clan; cuando el individuo se separa de la comunidad, reclama una encarnación singular:
el maná se individualiza en el jefe, luego en cada individuo; y, al mismo tiempo, cada cual trata de
apropiarse un trozo de suelo, unos instrumentos de trabajo, unas cosechas. En esas riquezas que
son suyas, el hombre se encuentra a sí mismo, porque se ha perdido en ellas: se comprende
entonces que pueda concederles una importancia tan fundamental como a su propia vida. Entonces
el interés del hombre por su propiedad se convierte en una relación inteligible. Pero se ve que no es
posible explicarlo solamente por el útil: es preciso captar toda la actitud del hombre armado con un
útil, actitud que implica una infraestructura ontológica.
Del mismo modo, resulta imposible deducir de la propiedad privada la opresión de la mujer. También
aquí es manifiesta la insuficiencia del punto de vista de Engels. Ha comprendido este perfectamente
que la debilidad muscular de la mujer no se ha convertido en una inferioridad concreta más que en su
relación con el útil de bronce y de hierro; pero no ha visto que los límites de su capacidad de trabajo
no constituían una desventaja concreta más que en cierta perspectiva. Porque el hombre es
trascendencia y ambición es por lo que proyecta nuevas exigencias a través de todo útil nuevo: una
vez que hubo inventado los instrumentos de bronce, no se contentó ya con explotar los huertos, sino
que quiso desmontar y cultivar extensos campos. Esa voluntad no brotó del bronce mismo. La
incapacidad de la mujer ha comportado su ruina, porque el hombre la ha aprehendido a través de un
proyecto de enriquecimiento y expansión. Y ese proyecto no basta para explicar que haya sido
oprimida: la división del trabajo por sexos pudiera haber sido una amistosa asociación. Si la relación
original del hombre con sus semejantes fuese exclusivamente una relación de amistad, no se podría
explicar ningún tipo de servidumbre: este fenómeno es una consecuencia del imperialismo de la
conciencia humana, que trata de cumplir objetivamente su soberanía. Si no hubiese en ella la
categoría original del Otro, y una pretensión original de dominar a ese Otro, el descubrimiento del útil
de bronce no habría podido comportar la opresión de la mujer. Engels tampoco explica el carácter
singular de esta opresión. Ha tratado de reducir la oposición entre los sexos a un conflicto de clases;
por otra parte, lo ha hecho sin mucha convicción: la tesis no es sostenible. Verdad es que la división
del trabajo por sexos y la opresión que de ello resulta, evocan en algunos aspectos la división en
clases; pero no se deben confundir: no hay ninguna base biológica en la escisión entre las clases; en
el trabajo, el esclavo adquiere conciencia de sí mismo frente al amo; el proletario siempre ha
comprobado su condición en la revuelta, regresando por ese medio a lo esencial, constituyéndose en
una amenaza para sus explotadores; y a lo que apunta es a su desaparición en tanto que clase.
Hemos dicho en la introducción hasta qué punto es diferente la situación de la mujer, singularmente a
causa de la comunidad de vida y de intereses que la hace solidaria del hombre, así como por la
complicidad que este encuentra en ella: ella no abriga ningún deseo de revolución, no sabría
suprimirse en tanto que sexo; únicamente pide que sean abolidas ciertas consecuencias de la
especificación sexual. Lo que aún resulta más grave es que, sin mala fe, no se podría considerar a la
mujer únicamente como trabajadora; tan importante como su capacidad productiva es su función
reproductora, tanto en la economía social como en la vida individual; hay épocas en que es más útil
hacer niños que manejar el arado. Engels ha escamoteado el problema; se limita a declarar que la
comunidad socialista abolirá la familia, lo cual es una solución bastante abstracta; ya se sabe con
cuánta frecuencia y tan radicalmente ha tenido que cambiar la URSS su política familiar, según el
diferente equilibrio entre las necesidades inmediatas de la producción y las de la repoblación; por lo
demás, suprimir no supone necesariamente liberar a la mujer: los ejemplos de Esparta y del régimen
nazi demuestran que no por estar directamente vinculada al Estado puede la mujer ser menos
oprimida por los varones. Una ética verdaderamente socialista, es decir, que busque la justicia sin
suprimir la libertad, que imponga cargas a los individuos, pero sin abolir la individualidad, se hallará
en grave aprieto por los problemas que plantea la condición de la mujer. Es imposible asimilar lisa y
llanamente la gestación a un trabajo o a un servicio, tal como el servicio militar, por ejemplo. Se
produce una fractura más profunda en la vida de una mujer al exigirle hijos que al reglamentar las
ocupaciones de los ciudadanos: jamás ha habido ningún Estado que osase instituir el coito
obligatorio. En el acto sexual, en la maternidad, la mujer no compromete solamente tiempo y
energías, sino también valores esenciales. En vano pretende ignorar el materialismo racionalista este
carácter dramático de la sexualidad: no se puede reglamentar el instinto sexual; no es seguro que no
lleve en sí mismo un rechazo de su satisfacción, decía Freud; lo que sí es seguro es que no se deja
integrar en lo social, puesto que hay en el erotismo una revuelta del instante contra el tiempo, de lo
individual contra lo universal; al querer canalizarlo y explotarlo, se corre el riesgo de matarlo, ya que
21
El segundo sexo Simone de Beauvoir
22
El segundo sexo Simone de Beauvoir
PARTE SEGUNDA.
HISTORIA.
I.
Este mundo siempre ha pertenecido a los varones, pero ninguna de las razones propuestas para
explicar el fenómeno nos ha parecido suficiente. Volviendo a tomar a la luz de la filosofía existencial
los datos de la Prehistoria y de la etnografía, es como podremos comprender de qué modo se ha
establecido la jerarquía de los sexos. Ya hemos planteado que, cuando se hallan en presencia dos
categorías humanas, cada una quiere imponer a la otra su soberanía; si las dos se empeñan en
sostener esa reivindicación, se crea entre ellas, ora en la hostilidad, ora en la amistad, pero siempre
en la tensión, una relación de reciprocidad; si una de las dos es privilegiada, se impone a la otra y se
dedica a mantenerla en la opresión. Se comprende, pues, que el hombre haya tenido la voluntad de
dominar a la mujer; pero ¿qué privilegio le ha permitido realizar esa voluntad?
Los informes que aportan los etnógrafos sobre las formas primitivas de la sociedad humana son
terriblemente contradictorios, y tanto más cuanto mejor informados estén y menos sistemáticos sean.
Resulta singularmente difícil formarse una idea de la situación de la mujer en el período que precedió
al de la agricultura. Ni siquiera se sabe si, en condiciones de existencia tan diferentes de las de hoy,
la musculatura de la mujer y su aparato respiratorio no estarían tan desarrollados como en el hombre.
Le estaban confiados duros trabajos, y en particular era ella quien transportaba los fardos; sin
embargo, este último hecho es muy ambiguo: probablemente, si se le asignaba esa función, sería
para que el hombre tuviese las manos libres en la caravana, con objeto de defenderse contra posibles
agresores, bestias u hombres; así, pues, su papel era el más peligroso y el que más vigor exigía. No
obstante, parece ser que en numerosos casos las mujeres eran lo bastante robustas y resistentes
para participar en las expediciones de los guerreros. Según los relatos de Herodoto, y de acuerdo con
las tradiciones concernientes a las amazonas del Dahomey y con otros muchos testimonios antiguos
y modernos, ha sucedido que las mujeres tomasen parte en guerras o en sangrientas vendettas;
desplegaban en tales aventuras tanto valor y tanta crueldad como los hombres: se cuenta de algunas
que mordían ferozmente el hígado de sus enemigos. A pesar de todo, es verosímil que entonces
como ahora los hombres tuviesen el privilegio de la fuerza física; en la era de la clava y de las fieras,
en la era en que las resistencias de la Naturaleza se hallaban en su apogeo y los útiles eran los más
rudimentarios, semejante superioridad debió de tener extremada importancia. En todo caso, y por
robustas que fuesen entonces las mujeres, en la lucha contra un mundo hostil las servidumbres de la
reproducción representarían para ellas una terrible desventaja: se cuenta que las amazonas se
mutilaban los senos, lo cual significa que, al menos durante el período de su vida guerrera, rehusaban
la maternidad. En cuanto a las mujeres normales, el embarazo, el parto, la menstruación disminuían
su capacidad de trabajo y las condenaban a largos períodos de impotencia; para defenderse contra
los enemigos, para asegurarse el sustento y el de su progenie, necesitaban la protección de los
guerreros y los productos de la caza y de la pesca, a las que se dedicaban los hombres; como
evidentemente no existía control alguno de los nacimientos, como la Naturaleza no asegura a la
mujer períodos de esterilidad como a las otras hembras mamíferas, las repetidas maternidades
absorberían la mayor parte de sus energías y de su tiempo; tampoco podían asegurar la vida de las
criaturas que traían al mundo. He ahí un primer hecho preñado de consecuencias: los comienzos de
la especie humana han sido difíciles; los pueblos recolectores, cazadores y pescadores no
arrancaban del suelo más que míseras riquezas, y a costa de un duro esfuerzo; nacían demasiados
niños con respecto a los recursos de la colectividad; la absurda fecundidad de la mujer le impedía
participar activamente en el acrecentamiento de tales recursos, en tanto que creaba indefinidamente
nuevas necesidades. Necesaria para la perpetuación de la especie, la perpetuaba con excesiva
abundancia, y era el hombre quien aseguraba el equilibrio entre la reproducción y la producción. Así,
la mujer ni siquiera tenía el privilegio de conservar la vida frente al varón creador; no representaba el
papel del óvulo con respecto al espermatozoide, de la matriz con relación al falo; únicamente le
correspondía una parte en el esfuerzo de la especie humana para perseverar en su ser; y gracias al
hombre ese esfuerzo llegaba concretamente a su fin.
23
El segundo sexo Simone de Beauvoir
Las hordas primitivas apenas se interesaban por su posteridad. No estando afincadas en un territorio,
no poseyendo nada, no encarnándose en ninguna cosa estable, no podían formarse ninguna idea
concreta de la permanencia; no tenían la preocupación de sobrevivir y no se reconocían en su
descendencia; no temían a la muerte y no reclamaban herederos; los niños constituían para ellas una
carga y no una riqueza; la prueba de ello es que los infanticidios siempre fueron numerosos entre los
pueblos nómadas; y muchos de los recién nacidos a quienes no se mataba, morían faltos de higiene
en medio de la indiferencia general. Así, pues, la mujer que engendraba no conocía el orgullo de la
creación; se sentía juguete de oscuras fuerzas pasivas, y el parto doloroso era un accidente inútil y
hasta inoportuno. Más tarde, se dio mayor valor al niño. Pero, de todas formas, engendrar,
amamantar, no constituyen actividades, son funciones naturales; ningún proyecto les afecta; por eso
la mujer no encuentra en ello el motivo de una altiva afirmación de su existencia; sufre pasivamente
su destino biológico. Las faenas domésticas a que está dedicada, puesto que son las únicas
conciliables con las cargas de la maternidad, la confinan en la repetición y la inmanencia; son faenas
que se reproducen día tras día, bajo una forma idéntica que se perpetúa casi sin cambios siglo tras
siglo; no producen nada nuevo. El caso del hombre es radicalmente diferente: no alimenta a la
colectividad a la manera de las abejas obreras mediante un simple proceso vital, sino a través de
actos que trascienden su condición animal. El homo faber es un inventor desde el origen de los
tiempos: ya el palo y la clava, con que arma su brazo para varear los frutos y abatir a los animales,
son instrumentos con los cuales ensancha su presa sobre el mundo; no se limita a transportar al
hogar los peces capturados en el seno del mar: primero es preciso que conquiste el dominio de las
aguas construyendo piraguas; para apropiarse las riquezas del mundo, se anexiona el mundo mismo.
En esa acción experimenta su poder; se plantea fines, proyecta caminos hacia ellos: se realiza como
existente. Para mantener, crea; desborda el presente, abre el futuro. Por eso las expediciones de
caza y pesca tienen un carácter sagrado. Se celebran sus éxitos con fiestas y triunfos; el hombre
reconoce en ello su humanidad. Ese orgullo aún lo manifiesta hoy cuando ha construido una presa,
un rascacielos, una pila atómica. No solo ha trabajado para conservar el mundo dado: ha hecho
estallar las fronteras de este, ha echado los cimientos de un nuevo porvenir.
Tenemos aquí la clave de todo el misterio. Al nivel de la biología, solamente creándose de nuevo se
mantiene una especie; pero esta creación no es más que una repetición de la misma Vida bajo
formas diferentes. Al trascender la Vida por la Existencia es como el hombre asegura la repetición de
la Vida: en virtud de esa superación, crea valores que niegan todo valor a la pura repetición. En el
caso del animal, la gratuidad y la variedad de las actividades del macho son vanas porque no las
informa ningún proyecto; cuando no sirve a la especie, lo que hace no es nada; en cambio, al servir a
la especie, el macho humano modela la faz del mundo, crea instrumentos nuevos, inventa, forja el
porvenir. Al erigirse en soberano, encuentra la complicidad de la mujer, porque también ella es una
existente, está habitada por la trascendencia y su proyecto no es la repetición, sino su superación
hacia otro porvenir; la mujer encuentra en lo más íntimo de su ser la confirmación de las pretensiones
24
El segundo sexo Simone de Beauvoir
masculinas. Se asocia a los hombres en las fiestas que celebran los éxitos y las victorias de los
varones. Su desgracia consiste en haber sido biológicamente destinada a repetir la Vida, cuando a
sus ojos la Vida no lleva en sí sus razones de ser y cuando esas razones son más importantes que la
vida misma.
Las instituciones y el derecho aparecen cuando los nómadas se fijan en el suelo y se hacen
agricultores. El hombre ya no se limita a debatirse duramente contra fuerzas hostiles; empieza a
expresarse concretamente a través de la figura que impone al mundo, a pensar en ese mundo y a
pensar en sí mismo; en ese momento, la diferenciación sexual se refleja en la estructura de la
colectividad; adopta un carácter singular: en las comunidades agrícolas, la mujer está revestida a
menudo de un extraordinario prestigio. Este prestigio se explica esencialmente por la importancia
completamente nueva que adquiere el niño en una civilización basada en el trabajo de la tierra; al
instalarse en un territorio, los hombres realizan la apropiación del mismo; aparece la propiedad bajo
una forma colectiva, que exige de sus poseedores una posteridad; la maternidad se convierte en una
función sagrada.
Muchas tribus viven en régimen comunitario, lo cual no significa que las mujeres pertenezcan a todos
los hombres de la colectividad; hoy apenas se cree que jamás se haya practicado el matrimonio
promiscuo; pero hombres y mujeres no tienen existencia religiosa, social y económica más que en
tanto que grupo: su individualidad sigue siendo un puro hecho biológico; también el matrimonio, sea
cual fuere su forma -monogamia, poligamia, poliandria- no es más que un accidente profano que no
crea ningún vínculo místico. No es fuente de ninguna servidumbre para la esposa, que sigue estando
integrada en su clan. El conjunto del clan, reunido bajo un mismo totem, posee místicamente el
mismo maná y materialmente el goce común de un mismo territorio. Según el proceso de alienación
del que he hablado, el clan se fija en ese territorio bajo una figura objetiva y concreta; mediante la
permanencia en el suelo, se realiza como una unidad cuya identidad persiste a través de la dispersión
del tiempo. Únicamente este paso existencial permite comprender la identificación, que ha subsistido
hasta nuestros días, entre el clan, la gens, la familia y la propiedad. La concepción de las tribus
nómadas, para las cuales no existe más que el instante, es sustituida en las comunidades agrícolas
por la de una vida enraizada en el pasado y que se anexiona el porvenir: se venera al antepasado
totémico, que da su nombre a los miembros del clan; y el clan concede a sus descendientes un
profundo interés, ya que sobrevivirá a través del suelo que les lega y que ellos explotarán. La
comunidad piensa en su unidad y quiere su existencia más allá del presente: se reconoce en los
niños, los reconoce como suyos, en ellos se realiza y se supera.
Sin embargo, muchos primitivos ignoran la parte que el padre tiene en la procreación de los niños;
consideran a estos como reencarnación de larvas ancestrales que flotan en torno a ciertos árboles,
ciertas rocas, en ciertos lugares sagrados, y que descienden al cuerpo de la mujer; a veces se estima
que esta no debe ser virgen, para que dicha infiltración sea posible, pero otros pueblos creen que
también se produce a través de las narices o de la boca; de todos modos, la desfloración es aquí
secundaria y, por razones místicas, raras veces es patrimonio del marido. La madre es
evidentemente necesaria para el nacimiento del niño; ella es quien conserva y nutre al germen en su
seno y, por consiguiente, es a través de ella como se propaga en el mundo visible la vida del clan. Así
es como ella se ve representando un papel de primer orden. Con mucha frecuencia los hijos
pertenecen al clan de la madre, llevan su nombre, participan de sus derechos y, en particular, del
goce de la tierra que el clan ocupa. La propiedad comunitaria se transmite entonces por intermedio de
las mujeres: por ellas se aseguran los campos y las cosechas a los miembros del clan, e,
inversamente, a través de sus madres, estos son destinados a tal o cual dominio. Así, pues, puede
considerarse que místicamente la tierra pertenece a las mujeres, que ejercen un dominio a la vez
religioso y legal sobre la gleba y sus frutos. El lazo que los une es más estrecho todavía que el de
una pertenencia; el régimen de derecho materno se caracteriza por una verdadera asimilación de la
mujer a la tierra; en ambas se cumple, a través de sus avatares, la permanencia de la vida, la vida
que es esencialmente generación. Entre los nómadas, la procreación apenas parece otra cosa que un
accidente y las riquezas del suelo permanecen desconocidas; el agricultor, en cambio, admira el
misterio de la fecundidad que grana en los surcos y en el vientre materno; sabe que él mismo ha sido
engendrado como el ganado y las cosechas, y quiere que su clan engendre otros hombres que le
perpetuarán al perpetuar la fertilidad de los campos; la Naturaleza entera se le representa como una
26
madre; la tierra es mujer; y la mujer está habitada por las mismas oscuras potencias que la tierra .
Por esta razón, en parte, le es confiado el trabajo agrícola: capaz de llamar a su seno a las larvas
26 «Salve, Tierra, madre de los hombres; hazte fértil bajo el abrazo de Dios y cólmate de frutos para uso del hombre», dice un viejo
conjuro anglosajón.
25
El segundo sexo Simone de Beauvoir
ancestrales, la mujer tiene también poder para hacer brotar de los campos sembrados los frutos y las
espigas. En uno y otro casos, no se trata de una operación creadora, sino de un mágico conjuro. En
ese estadio, el hombre no se limita ya a recolectar los productos del suelo, pero todavía no conoce su
potencia; vacila entre las técnicas y la magia; se siente pasivo y dependiente de la Naturaleza, que
dispensa al azar la existencia y la muerte. Cierto que reconoce más o menos la utilidad del acto
sexual y de las técnicas que domestican el suelo; pero no por eso niños y cosechas parecen menos
dones sobrenaturales; y son los misteriosos efluvios que emanan del cuerpo femenino los que atraen
a este mundo las riquezas sepultadas en las misteriosas fuentes de la vida. Tales creencias todavía
siguen vivas hoy entre numerosas tribus indias, australianas y polinesias 27 ; su importancia era tanto
mayor cuanto que armonizaban con los intereses prácticos de la colectividad. La maternidad destina
a la mujer a una existencia sedentaria; mientras el hombre caza, pesca o guerrea, ella permanece en
el hogar. Pero, entre los pueblos primitivos, apenas se cultiva otra cosa que huertos de modestas
dimensiones y contenidos en los límites del poblado; su explotación es una faena doméstica; los
instrumentos de la Edad de Piedra no exigen un esfuerzo intensivo; economía y mística están de
acuerdo para dejar el trabajo agrícola en manos de las mujeres. En la medida en que empieza a
nacer, la industria doméstica es también cosa suya: tejen alfombras y mantas, fabrican vasijas de
barro. Con frecuencia son ellas quienes presiden el intercambio de mercancías: el comercio está en
sus manos. Así, pues, a través de ellas la vida del clan se conserva y propaga; de su trabajo y de sus
mágicas virtudes dependen niños, rebaños, cosechas, utensilios y toda la prosperidad del grupo del
cual son alma. Tanto poder inspira a los hombres un respeto mezclado de terror, que se refleja en su
culto. En ellas se resumirá toda la Naturaleza extraña y misteriosa.
Ya queda dicho que el hombre no se piensa jamás a sí mismo sino pensando en lo Otro; él capta el
mundo bajo el signo de la dualidad, que en principio no tiene un carácter sexual. Pero siendo
naturalmente distinta del hombre, que se plantea como el Mismo, la mujer es clasificada en la
categoría de lo Otro, y esto Otro es lo que abarca a la mujer; al principio, no es esta lo bastante
importante para encarnarlo sola, de tal modo que se dibuja en el corazón de lo Otro una subdivisión:
en las antiguas cosmogonías, un mismo elemento contiene a menudo una encarnación macho y
hembra a la vez; así, entre los babilonios, el océano y la mar son la doble encarnación del caos
cósmico. Cuando el papel de la mujer crece en importancia, absorbe casi en su totalidad la región de
lo Otro. Entonces aparecen las divinidades femeninas, a través de las cuales se adora la idea de la
fecundidad. Se ha encontrado en Susa la imagen más antigua de la Gran Diosa, la Gran Madre de
larga túnica y alto tocado, a la cual otras estatuas nos muestran coronada de torres; las excavaciones
de Creta han suministrado varias efigies de la misma. Ora aparece esteatopígica y en cuclillas, ora se
nos presenta más esbelta y de pie, a veces vestida y con frecuencia desnuda, con los brazos
cruzados bajo los senos henchidos. Es la reina del cielo, con figura de paloma; también es emperatriz
de los infiernos, de donde sale reptando, y la simboliza una serpiente. Se manifiesta en las montañas,
en los bosques, en el mar, en los manantiales. Crea la vida por doquier; si mata, también resucita.
Caprichosa, lujuriosa cruel como la Naturaleza misma, a la vez propicia y temible: reina sobre toda la
Egeida, la Frigia, Siria, Anatolia; en fin, sobre toda Asia occidental. Se llama Istar en Babilonia,
Astarté entre los pueblos semíticos, y entre los griegos es Gea, Rhea o Cibeles; la reencontramos en
Egipto bajo los rasgos de Isis; las divinidades masculinas le están subordinadas. Supremo ídolo en
las lejanas regiones del cielo y los infiernos, la mujer está en la tierra rodeada de tabúes como todos
los seres sagrados; ella misma es un tabú; a causa de los poderes que ostenta, es considerada como
una maga, una hechicera; se la asocia a las oraciones, a veces se convierte en sacerdotisa, como las
druidas de los antiguos celtas; en algunos casos, participa en el gobierno de la tribu e incluso sucede
que lo ejerce sola. Esas remotas edades no nos han legado ninguna literatura. En cambio, las
grandes épocas patriarcales conservan en su mitología, en sus monumentos y en sus tradiciones el
recuerdo de un tiempo en que las mujeres ocupaban una posición muy elevada. Desde el punto de
vista femenino, la época brahmánica es una regresión respecto a la del Rig Veda, y esta lo es
respecto al estadio primitivo que la precedió. Las beduinas de la época preislámica gozaban de un
estatuto muy superior al que les asignaba el Corán. Las grandes figuras de Niobe, de Medea evocan
una era en que las madres consideraban a sus hijos como un bien propio y se enorgullecían de ello.
Y en los poemas homéricos, Andrómaca y Hécuba tienen una importancia que la Grecia clásica no
reconoce ya a las mujeres escondidas en la sombra del gineceo.
27 En Uganda, y entre los bhanta de la India, una mujer estéril es considerada peligrosa para el huerto. En Nicobar se cree que la cosecha
será más abundante si la realiza una mujer encinta. En Borneo son las mujeres quienes eligen y conservan las semillas. «Al parecer se
percibe en ellas una afinidad natural con los granos de los cuales dicen estar encinta. A veces las mujeres van a pasar la noche en los
arrozales cuando la planta germina» (Hose y Mac Dougall). En la India anterior, mujeres desnudas llevan de noche el arado alrededor del
campo. Los indios del Orinoco dejaban a las mujeres el cuidado de sembrar y plantar, porque «así como las mujeres sabían concebir y
traer niños al mundo, así los granos y raíces que ellas plantaban producían frutos mucho más abundantes que si hubiesen sido plantados
por la mano de los hombres» (Frazer). Encontramos en Frazer gran abundancia de ejemplos análogos.
26
El segundo sexo Simone de Beauvoir
Tales hechos han llevado a suponer que, en los tiempos primitivos, existió un verdadero reinado de
las mujeres; esta hipótesis, propuesta por Baschoffen, la adoptó Engels; el paso del matriarcado al
patriarcado se le aparece como «la gran derrota histórica del sexo femenino». Pero, en verdad, esa
edad de oro de la mujer no es más que un mito. Decir que la mujer era lo Otro equivale a decir que no
existía entre los sexos una relación de reciprocidad: Tierra, Madre o Diosa, no era para el hombre una
semejante; donde su poder se afirmaba era más allá del reino humano: así, pues, estaba fuera de
ese reino. La sociedad siempre ha sido masculina; el poder político siempre ha estado en manos de
los hombres. «La autoridad pública o simplemente social pertenece siempre a los hombres», afirma
Lévi-Strauss al final de su estudio sobre las sociedades primitivas. El semejante, el otro, que es
también el mismo, con el cual se establecen relaciones de reciprocidad, es siempre, para el varón, un
individuo varón. La dualidad que se descubre bajo una forma u otra en el corazón de las
colectividades opone un grupo de hombres a otro grupo de hombres: pero las mujeres forman parte
de los bienes que estos poseen y que entre ellos constituyen un instrumento de cambio. El error
proviene de que se han confundido dos figuras de la alteridad que se excluyen rigurosamente. En la
medida en que la mujer es considerada como lo Otro absoluto, es decir -cualquiera que sea su
28
magia- como lo inesencial, resulta imposible considerarla como otro sujeto . De modo que las
mujeres no han constituido jamás un grupo separado que se situase por sí frente al grupo masculino;
nunca han tenido una relación directa y autónoma con los hombres. «El lazo de reciprocidad que
funda el matrimonio no se establece entre hombres y mujeres, sino entre hombres por medio de
mujeres que solo son la principal ocasión del mismo», dice Lévi-Strauss 29 . La condición concreta de
la mujer no resulta afectada por el tipo de filiación que impera en la sociedad a la que pertenece; que
el régimen sea patrilineal, matrilineal, bilateral o indiferenciado (no siendo nunca rigurosa la
indiferenciación), la mujer siempre se halla bajo la tutela de los hombres; la única cuestión consiste
en saber si después del matrimonio permanece sometida a la autoridad de su padre o de su hermano
mayor -autoridad que se extiende también a sus hijos- o si pasa a quedar bajo la del marido. En todo
caso,, «la mujer no es jamás sino el símbolo de su linaje..., la filiación matrilineal, y es la mano del
padre o del hermano de la mujer la que se extiende hasta la aldea del hermano» 30 . No es más que
una mediadora del derecho, no quien lo ejerce. En realidad, son las relaciones de los dos grupos
masculinos las que son definidas por el régimen de filiación, y no la relación de ambos sexos.
Prácticamente, la situación concreta de la mujer no está ligada de una manera estable a tal o cual tipo
de derecho. Sucede que, en régimen matrilineal, ocupa la mujer una posición muy elevada; sin
embargo, preciso es advertir que la presencia de una mujer-jefe, de una reina, a la cabeza de la tribu,
no significa en absoluto que las mujeres sean soberanas de la misma: el advenimiento de Catalina de
Rusia en nada modificó la suerte de las campesinas rusas; y no por ello es menos frecuente que viva
en la abyección. Por otro lado, los casos en que la mujer permanece en su clan y al marido no se le
admite sino para que efectúe rápidas visitas, incluso clandestinas, son muy raros. Casi siempre ella
va a vivir bajo el techo de su esposo, lo cual basta para manifestar la primacía del varón. «Detrás de
las oscilaciones del modo de filiación -dice Lévi-Strauss-, la permanencia de la residencia patrilocal
atestigua la relación fundamental de asimetría entre los sexos que caracteriza a la sociedad
humana.» Como la mujer conserva a sus hijos con ella, resulta que la organización territorial de la
tribu no coincide con su organización totémica: esta está rigurosamente fundada, aquella es
contingente; pero prácticamente es la primera la que tiene más importancia, porque el lugar donde las
gentes trabajan y viven cuenta más que su pertenencia mística. En los regímenes de transición, que
son los más extendidos, hay dos clases de derechos: uno, religioso; otro, basado en la ocupación y el
trabajo de la tierra; ambos se penetran mutuamente. No por ser una institución laica tiene el
matrimonio menos importancia social, y la familia conyugal, aunque privada de significación religiosa,
existe vigorosamente en el plano humano. Incluso en las colectividades en que existe una gran
libertad sexual conviene que la mujer que trae un hijo al mundo esté casada; ella no logra constituir,
sola con su progenie, un grupo autónomo; y la protección religiosa de su hermano no es suficiente; se
exige la presencia de un esposo. Este tiene a menudo grandes responsabilidades con respecto a los
hijos; no pertenecen estos a su clan, pero, sin embargo, es él quien los alimenta y cuida; entre marido
y mujer, entre padre e hijos se crean lazos de cohabitación, de trabajo, de intereses comunes, de
ternura. Entre esta familia laica y el clan totémico las relaciones son muy complejas, como lo
testimonia la diversidad de ritos del matrimonio. Primitivamente, el marido compra una mujer al clan
extraño, o, al menos, hay entre uno y otro clan un intercambio de prestaciones, entregando el primero
a uno de sus miembros, cediendo el segundo ganado, frutos, trabajo. Pero, como el marido toma a su
cargo a la mujer y a los hijos de esta, sucede también que recibe de los hermanos de la desposada
una retribución. Entre las realidades místicas y económicas, el equilibrio es inestable. El hombre
28 Se verá que esa distinción se ha perpetuado. Las épocas que consideran a la mujer como lo Otro son las que más agriamente se
niegan a integrarla en la sociedad a título de ser humano. Hoy en día, solo perdiendo su aura mística se convierte en una otra semejante.
Los antifeministas siempre se han aprovechado de este equívoco. Aceptan de buen grado la exaltación de la mujer en tanto que Otro, de
manera que se constituya su disimilitud como absoluta, irreducible, y se le rehuse el acceso al mitsein humano.
29 Véase LÉVI-STRAUSS: Les Structures élémentaires de la Parenté.
30 Ibídem.
27
El segundo sexo Simone de Beauvoir
siente a menudo mucho más afecto por sus hijos que por sus sobrinos; precisamente en tanto que
padre será como él optará por afirmarse cuando tal afirmación sea posible. He ahí por qué toda
sociedad tiende hacia una forma patriarcal, cuando su evolución lleva al hombre a tomar conciencia
de sí mismo y a imponer su voluntad. Sin embargo, importa subrayar que, incluso en los tiempos en
que aún se sentía confuso ante los misterios de la Vida, la Naturaleza y la Mujer, jamás se sintió
destituido de su poder; cuando, espantado por la peligrosa magia que encierra la mujer, la sitúa como
lo esencial, es él quien la sitúa, y así se realiza él mismo como lo esencial en esa alienación que
consiente; pese a las fecundas virtudes que la penetran, el hombre sigue siendo su amo, del mismo
modo que es amo de la tierra fértil; la mujer está destinada a ser sometida, poseída, explotada, como
lo es también la Naturaleza cuya mágica fertilidad ella encarna. El prestigio de que goza a los ojos de
los hombres es de ellos de quienes lo recibe; los hombres se arrodillan ante lo Otro, adoran a la
Diosa Madre. Mas, por poderosa que esta parezca, solo es captada a través de las nociones creadas
por la conciencia masculina. Todos los ídolos inventados por el hombre, por terroríficos que los haya
forjado, están de hecho bajo su dependencia, y por ello le será posible destruirlos. En las sociedades
primitivas, esa dependencia no es ni reconocida ni planteada, pero existe inmediatamente, en sí
misma; y será fácilmente mediatizada tan pronto como el hombre adquiera una conciencia más clara
de sí mismo, tan pronto como ose afirmarse y oponerse. Y, en verdad, incluso cuando el hombre se
ve como un ente dado, pasivo, que sufre los azares de la lluvia y el sol, se realiza también como
trascendencia, como proyecto; ya en él se afirman el espíritu y la voluntad contra la confusión y la
contingencia de la vida. El antepasado totémico, cuyas múltiples encarnaciones la mujer asume, es
más o menos nítidamente, bajo su nombre de animal o de árbol, un principio viril; la mujer perpetúa la
existencia carnal del mismo, pero su papel es exclusivamente nutricio, no creador; ella no crea en
ningún dominio; conserva la vida de la tribu dándole hijos y pan, nada más: permanece consagrada a
la inmanencia; de la sociedad no encarna más que el aspecto estático, encerrado en sí mismo.
Mientras que el hombre continúa acaparando las funciones que abren esa sociedad a la Naturaleza y
al conjunto de la colectividad humana; los únicos trabajos dignos de él son la guerra, la caza, la
pesca; conquista presas extranjeras y las anexiona a la tribu; guerra, caza y pesca representan una
expansión de la existencia, su superación hacia el mundo; el varón sigue siendo la sola encarnación
de la trascendencia. Todavía no dispone este de los medios prácticos para dominar totalmente a la
MujerTierra, todavía no se atreve a alzarse contra ella: pero ya quiere liberarse. En mi opinión, es en
esta voluntad donde hay que buscar la razón profunda de la famosa costumbre de la exogamia, tan
extendida en las sociedades de filiación uterina.
Incluso si el hombre ignora el papel que representa en la procreación, el matrimonio tiene para él una
gran importancia: a través del mismo es como accede a la dignidad de adulto y recibe en
participación una parcela del mundo; por su madre está ligado al clan, a los antepasados y a todo
cuanto constituye su propia sustancia; pero en todas esas funciones laicas, trabajo, matrimonio,
pretende evadirse de ese círculo, afirmar la trascendencia contra la inmanencia, abrirse un porvenir
diferente del pasado donde hunde sus raíces; según el tipo de pertenencia reconocido en las
diferentes sociedades, la prohibición del incesto adopta formas diferentes, pero desde las épocas
primitivas hasta nuestros días conserva el mismo sentido: lo que el hombre desea poseer es aquello
que no es; se une a lo que se le aparece como Otro distinto de él. Así, pues, no es preciso que la
esposa participe del maná del esposo; lo que hace falta es que le sea extraña, y, por tanto, extraña a
su clan. El matrimonio primitivo se funda a veces en un rapto, ya sea real o simbólico, porque la
violencia hecha a otro es la afirmación más evidente de su alteridad. Al conquistar a su mujer por
medio de la fuerza, el guerrero demuestra que ha sabido anexionarse una riqueza forastera y hacer
saltar los límites del destino que le había asignado su nacimiento; la compra, bajo sus diferentes
formas -tributo pagado, prestación de servicios-. manifiesta con menos esplendor la misma
31
significación .
31 En la ya citada tesis de Lévi-Strauss, y bajo una forma un poco diferente, encontramos confirmación de esta idea. De su estudio se
desprende que la prohibición del incesto no es en modo alguno el hecho primitivo del que procede la exogamia; pero refleja, bajo una
forma negativa, una positiva voluntad de exogamia. No hay ninguna razón inmediata para que una mujer sea inadecuada para el
comercio eón los hombres de su clan; pero resulta socialmente útil que forme parte de las prestaciones en virtud de las cuales cada clan,
en lugar de encerrarse dentro de sí, establece con el otro unas relaciones de reciprocidad: «La exogamia tiene un valor menos negativo
que positivo... Prohibe el matrimonio endógamo... no porque haya un peligro biológico en el matrimonio consanguíneo, ciertamente, sino
porque de un matrimonio exógamo resulta un beneficio social.» Es preciso que el grupo no consuma a título privado las mujeres que
constituyen uno de sus bienes, sino que las convierta en instrumento de comunicación; si se prohibe el matrimonio con una mujer del
clan, «la única razón para ello consiste en que ella es lo mismo cuando debe (y, por tanto, puede) convertirse en lo otro... Las mujeres
vendidas en esclavitud pueden ser las mismas que las que primitivamente fueron ofrecidas. A unas y a otras no les falta más que el signo
de la alteridad, que es consecuencia de cierta posición en una estructura y no de un carácter innato.»
28
El segundo sexo Simone de Beauvoir
32 Bien entendido que esta condición es necesaria, pero no suficiente: hay civilizaciones patrilineales que se han estancado en un estadio
primitivo; otras, como la de los mayas, han degenerado. No existe una jerarquía absoluta entre las sociedades de derecho materno y las
de derecho paterno; pero solo estas últimas han evolucionado técnica e ideológicamente.
33 Es interesante observar (de acuerdo con M. BEGOUEN: Journal de Psychologie, año 1934) que en la época auriñaciense se
encuentran numerosas estatuillas que representan a mujeres con los atributos sexuales exageradamente realzados: son notables por sus
formas rollizas y por la importancia que se concede a la vulva. Además, se encuentran igualmente en las cavernas vulvas aisladas,
toscamente dibujadas. En los períodos solutrense y magdaleniense, esas efigies desaparecieron. En el auriñaciense, las estatuillas
masculinas son muy raras y nunca se representa en ellas el órgano viril. En el magdaleniense, todavía se encuentra la figuración de
algunas vulvas, pero en escaso número, mientras que, por el contrario, se ha descubierto gran cantidad de falos.
29
El segundo sexo Simone de Beauvoir
Así, pues, el triunfo del patriarcado no fue ni un azar ni el resultado de una revolución violenta. Desde
el origen de la Humanidad, su privilegio biológico ha permitido a los varones afirmarse
exclusivamente como sujetos soberanos; jamás han abdicado de ese privilegio; en parte han alienado
su existencia en la Naturaleza y en la mujer; pero en seguida la han reconquistado; condenada a
representar el papel del Otro, la mujer estaba igualmente condenada a no poseer más que un poder
precario: esclava o ídolo, jamás ha sido ella misma quien ha elegido su suerte. «Los hombres hacen
a los dioses; las mujeres los adoran», ha dicho Frazer; son ellos quienes deciden si sus divinidades
supremas serán hembras o machos; el puesto de la mujer en la sociedad es siempre el que ellos le
asignan; en ningún tiempo ha impuesto ella su propia ley.
Tal vez, sin embargo, si el trabajo productor hubiese seguido estando al alcance de sus fuerzas, la
mujer habría realizado con el hombre la conquista de la Naturaleza; la especie humana se habría
afirmado contra los dioses a través de los individuos masculinos y femeninos; pero ella no ha podido
hacer suyas las promesas del útil. Engels ha explicado incompletamente ese fracaso: no basta decir
que la invención del bronce y del hierro ha modificado profundamente el equilibrio de las fuerzas
productivas y que así se ha realizado la inferioridad de la mujer; esa inferioridad no basta por sí sola
para explicar la opresión que ha sufrido. Lo que le ha sido nefasto ha sido que, al no convertirse para
el obrero en una compañera de trabajo, ha quedado excluida del mitsein humano: el que la mujer sea
débil y de inferior capacidad productiva no explica esa exclusión; como ella no participaba en su
manera de trabajar y de pensar, como permanecía sometida a los misterios de la vida, el varón no
reconoció en ella a un semejante; desde el momento que no la adoptaba y que ella conservaba a sus
ojos la dimensión de lo otro, el hombre no podía sino convertirse en su opresor. La voluntad
masculina de expansión y de dominación ha transformado la incapacidad femenina en una maldición.
El hombre ha querido agotar las nuevas posibilidades abiertas por las nuevas técnicas: ha recurrido a
una mano de obra servil; ha reducido a esclavitud a su semejante. El trabajo de los esclavos era
mucho más eficaz que el que la mujer podía proporcionar, y ello le hizo perder el papel económico
que desempeñaba en la tribu. En sus relaciones con el esclavo, el amo encontró además una
confirmación de su soberanía mucho más radical que en la mitigada autoridad que ejercía sobre la
mujer. Venerada y temida por su fecundidad, siendo otra que el hombre y participando del inquietante
carácter de lo otro, la mujer tenía en cierto modo al hombre bajo su dependencia desde el momento
mismo en que dependía de él; la reciprocidad de la relación amo-esclavo existía realmente para ella
y, en su virtud, escapaba a la esclavitud. El esclavo no está protegido por ningún tabú; no es más que
un hombre esclavizado, no diferente, pero sí inferior: el juego dialéctico de sus relaciones con el amo
tardará siglos en actualizarse; en el seno de la sociedad patriarcal organizada, el esclavo no es más
que una bestia de carga con rostro humano: el amo ejerce sobre él una autoridad tiránica; ello exalta
su orgullo, que lo vuelve contra la mujer. Todo cuanto gana lo gana contra ella; cuanto más poderoso
se hace, más decae ella.
En los tiempos primitivos, no hay revolución ideológica más importante que la que sustituye la filiación
uterina por la agnación; a partir de entonces, la madre es rebajada al rango de nodriza, de sirviente,
mientras se exalta la soberanía del padre, que es quien ostenta los derechos y los transmite. En Las
Euménides, de Esquilo, Apolo proclama estas nuevas verdades: «No es la madre quien engendra lo
que se llama su hijo: ella no es más que la nodriza del germen vertido en su seno; quien engendra es
el padre. La mujer recibe el germen como una depositaria extraña y, si place a los dioses, lo
conserva.» Es evidente que tales afirmaciones no resultan de un descubrimiento científico: son una
profesión de fe. Sin duda, la experiencia de la causalidad técnica, de donde el hombre extrae la
35 Del mismo modo que la mujer estaba asimilada a los surcos, se asimila entonces el falo al arado, y a la inversa. En un dibujo de la
época kassita, que representa un arado, están trazados los símbolos del acto generador; posteriormente, se ha reproducido con
frecuencia plásticamente la identidad falo-arado. La palabra Iak designa en algunas lenguas austroasiáticas el falo y la laya al mismo
tiempo. Existe una oración asiría dirigida a un dios cuyo «arado ha fecundado la tierra».
30
El segundo sexo Simone de Beauvoir
seguridad de su poder creador, le ha llevado a reconocer que era tan necesario como la mujer para la
procreación. La idea ha guiado a la observación; pero esta se limita a conceder al padre un papel
igual al de la madre, y ello llevaba a suponer que, en el plano natural, la condición de la concepción
era el encuentro del semen y el menstruo; la idea que expresa Aristóteles: la mujer es solamente
materia, «el principio del movimiento, que es masculino en todos los seres que nacen, es mejor y más
divino», esa idea traduce una voluntad de poder que sobrepasa a todo conocimiento. Al atribuirse
exclusivamente su posteridad, el hombre se desprende definitivamente de la influencia de la
feminidad y conquista contra la mujer la dominación del mundo. Consagrada a la procreación y a
faenas secundarias, despojada de su importancia práctica y de su prestigio místico, la mujer no
aparece ya sino como sirviente.
II.
***
Es el conflicto entre la familia y el Estado lo que define la historia de la mujer romana. Los etruscos
constituían una sociedad de filiación uterina, y es probable que, en tiempos de la realeza, Roma
conociese todavía la exogamia vinculada al régimen de derecho materno: los reyes latinos no se
transmitían hereditariamente el poder. Lo cierto es que, después de la muerte de Tarquino, se afirma
el derecho patriarcal: la propiedad agrícola, el dominio privado y, por tanto, la familia, constituyen la
célula de la sociedad. La mujer va a quedar estrechamente sometida al patrimonio y, por
consiguiente, al grupo familiar: las leyes la privan incluso de todas las garantías que les eran
reconocidas a las mujeres griegas; su existencia transcurre en la incapacidad y la servidumbre. Bien
entendido, está excluida de los asuntos públicos, todo «oficio viril» le está rigurosamente prohibido; y
en su vida civil es una eterna menor. No se le niega directamente su parte en la herencia paterna,
pero le impiden disponer de ella por un medio indirecto: se la somete a la autoridad de un tutor. «La
tutela ha sido establecida en interés de los mismos tutores -dice Gayo-, con objeto de que la mujer de
la cual son presuntos herederos no pueda arrebatarles su herencia por medio de testamento, ni
empobrecerla mediante enajenaciones o deudas.» El primer tutor de la mujer es su padre; en su
defecto, los agnados paternos cumplen esa función. Cuando la mujer se casa, pasa «a manos» de su
esposo; hay tres formas de matrimonio: la conferratio, en la cual los esposos ofrecen a Júpiter
Capitolino un pastel de espelta en presencia del flamen dial; la coemptio, venta ficticia por medio de la
cual el padre plebeyo «mancipaba» su hija al marido, y el usus, que resultaba de la cohabitación
durante un año; las tres formas son con «manu», es decir, que el esposo sustituye al padre o a los
tutores agnados; su mujer es asimilada a una de sus hijas, y es él quien desde entonces tiene todo
poder sobre su persona y sus bienes. Sin embargo, desde la época de la ley de las XII Tablas, el
hecho de que la romana perteneciese a la vez a la gens paterna y a la gens conyugal dio nacimiento
a conflictos que están en el origen de su emancipación legal. En efecto, el matrimonio con «manu»
despoja a los tutores agnados. Para defender los intereses de los parientes paternos aparece
entonces el matrimonio sine manu; en este caso, los bienes de la mujer permanecen bajo la
dependencia de los tutores, el marido sólo tiene derechos sobre su persona; e incluso ese poder lo
comparte con el pater familias, que conserva sobre su hija una autoridad absoluta. El tribunal
doméstico está encargado de solventar los desacuerdos que puedan surgir entre padre y marido:
semejante institución permite a la mujer recurrir al marido frente al padre y al padre frente al marido;
no es ya cosa de un solo individuo. Por otro lado, aunque la gens sea extremadamente fuerte, como
31
El segundo sexo Simone de Beauvoir
lo prueba la existencia misma de ese tribunal independiente de los tribunales públicos, el padre de
familia, que es su jefe, es ante todo un ciudadano: su autoridad es ilimitada, gobierna absolutamente
a su esposa y a sus hijos; pero estos no son propiedad suya; más bien lo que hace es administrar su
existencia con vistas al bien público; la mujer que trae al mundo los hijos, y cuyo trabajo doméstico
abarca con frecuencia faenas agrícolas, es utilísima para el país y profundamente respetada. Se
observa aquí un hecho muy importante, que volvemos a encontrar en todo el curso de la Historia: el
derecho abstracto no basta para definir la situación concreta de la mujer; esta depende en gran parte
del papel económico que represente; y frecuentemente, incluso, la libertad abstracta y los poderes
concretos varían en sentido inverso. Legalmente más sojuzgada que la griega, la mujer romana está
más profundamente integrada en la sociedad; en la casa, se sienta en el atrio, que es el centro de la
morada, en lugar de estar relegada al secreto del gineceo, ella es quien preside el trabajo de los
esclavos; dirige la educación de los hijos y a menudo ejerce su influencia sobre ellos hasta edad
avanzada; comparte los trabajos y preocupaciones de su esposo, y es considerada copropietaria de
sus bienes; la fórmula del matrimonio «Ubi tu Gaïus, ego Gaïa», no es una fórmula huera; se llama
«dómina» a la matrona; es dueña del hogar y está asociada al culto; no es esclava, sino compañera
del hombre; el lazo que a él, la une es tan sagrado, que en cinco siglos no se conoce un solo divorcio.
No está confinada en sus habitaciones: asiste a las comidas, a las fiestas, va al teatro; en la calle los
hombres le ceden el paso, cónsules y lictores la saludan al pasar. Las leyendas le otorgan en la
Historia un papel eminente: conocídas son las de las sabinas, Lucrecia y Virginia; Coriolano cede
ante las súplicas de su madre y de su esposa; la ley de Lucinio, que consagra el triunfo de la
democracia romana, le habría sido inspirada por su mujer; fue Cornelia quien forjó el alma de los
Gracos. «Los hombres gobiernan a las mujeres por doquier -decía Catón-, y nosotros, que
gobernamos a todos los hombres, somos gobernados por nuestras mujeres.»
Sin embargo, en la historia del derecho romano se observa un movimiento que contradice lo que
acabamos de exponer: al independizar a la mujer de la familia, el poder central la toma bajo su tutela
y la somete a diversas incapacidades legales.
En efecto, la mujer adquiriría una importancia inquietante si lograse ser, a la vez, rica e
independiente; de modo que van a esforzarse para quitarle con una mano lo que le conceden con la
otra. La ley Oppia, que prohibía el lujo a las romanas, fue votada en el momento en que Aníbal
amenazaba a Roma; una vez pasado el peligro, las mujeres exigieron su derogación; Catón, en un
célebre discurso, exigió que fuese mantenida; pero la manifestación de matronas reunidas en la plaza
pública les dio la victoria sobre él. A renglón seguido, se propusieron diferentes leyes, tanto más
severas cuanto más se relajaban las costumbres, pero sin gran éxito: apenas hicieron otra cosa que
suscitar fraudes. Solamente triunfó el senado-consulto veleyano, que prohibía a la mujer «interceder»
por otro 36 , privándola de casi toda capacidad civil. En el momento en que la mujer ha logrado
32
El segundo sexo Simone de Beauvoir
Es cierto que las matronas no hicieron muy buen uso de su nueva libertad; pero también es cierto que
les fue prohibido sacar un partido positivo de ella. De estas dos corrientes contrarias -una corriente
individualista que arrebata la mujer a la familia, otra estatista que la molesta como individuo-, resulta
que su situación carece de equilibrio. Es heredera, tiene los mismos derechos legales que el padre
con respecto a los hijos, hace testamento, escapa a la opresión conyugal gracias a la institución de la
dote, puede divorciarse y volverse a casar como se le antoje; pero solo se emancipa de una manera
negativa, ya que nadie le propone ningún empleo concreto de sus fuerzas. La independencia
económica tiene un carácter abstracto, puesto que no engendra ninguna capacidad política; así, no
pudiendo actuar, las romanas se manifiestan: se extienden tumultuosamente por la ciudad, asedian a
los tribunales, fomentan conjuraciones, dictan proscripciones, atizan las guerras civiles; van en
procesión a buscar la estatua de la Madre de los Dioses y la escoltan a lo largo del Tíber,
introduciendo así en Roma las divinidades orientales; en 114 estalla el escándalo de las vestales,
cuyo colegio es suprimido. Siéndoles inasequibles la vida y las virtudes públicas, cuando la disolución
de la familia hace inútiles y caducas las virtudes privadas de antaño, ya no queda ninguna moral que
proponer a las mujeres. Estas tienen que elegir entre dos soluciones: u obstinarse en respetar los
mismos valores que sus abuelos o no reconocer ya ningún otro. A finales del siglo primero y
comienzos del segundo, se ve a muchas mujeres que siguen siendo compañeras y asociadas de sus
esposos como en tiempos de la República: Plotina comparte la gloria y las responsabilidades de
Trajano; Sabina se hace tan célebre por sus buenas acciones, que se erigen estatuas que la divinizan
en vida; bajo Tiberio, Sextia se niega a sobrevivir a Emilio Escaurro, y Pascea a Pomponio Labeo;
Paulina se abre las venas al mismo tiempo que Séneca; Plinio el Joven ha hecho célebre el «Poete,
non dolet» de Arria; Marcial admira en Claudia Rufina, en Virginia, en Sulpicia, a esposas
irreprochables y madres abnegadas. Pero hay multitud de mujeres que rehusan la maternidad y
multiplican los divorcios; las leyes siguen prohibiendo el adulterio: ciertas matronas llegan incluso a
37
inscribirse como prostitutas, con objeto de no ser molestadas en sus orgías . Hasta entonces, la
literatura latina siempre se había mostrado respetuosa con las mujeres: a partir de ese momento, los
escritores satíricos se desencadenan contra ellas. Por lo demás, atacan, no a la mujer en general,
sino esencialmente a sus contemporáneas. Juvenal les reprocha su lujuria, su glotonería; las censura
por pretender dedicarse a las ocupaciones de los hombres: se interesan por la política, se hunden en
legajos de procesos, discuten con los gramáticos y los retóricos, se apasionan por la caza, las
carreras de carros, la esgrima, la lucha. El hecho es que rivalizan con los hombres, sobre todo por su
afición a las diversiones y por sus vicios; para aspirar a fines más elevados carecen de una educación
suficiente; y, por otra parte, nadie les propone ningún fin; la acción les sigue estando prohibida. La
romana de la antigua República tiene un lugar en la Tierra, pero está encadenada a ella, privada de
derechos abstractos y de independencia económica; la romana de la decadencia es el tipo de la falsa
emancipada que, en un mundo del que los únicos dueños siguen siendo los hombres, no posee más
que una libertad vacía: es libre «para nada».
III.
La evolución de la situación femenina no ha tenido una progresión continuada. Con las grandes
invasiones, la civilización toda entera fue puesta de nuevo en tela de juicio. El propio Derecho romano
sufre la influencia de una nueva ideología: el cristianismo; y, durante los siglos siguientes, los
bárbaros hacen triunfar sus leyes. La situación económica, social y política queda trastornada; la de la
mujer sufre las consecuencias de ello.
La ideología cristiana ha contribuido no poco a la opresión de la mujer. Sin duda hay en el Evangelio
un soplo de caridad que se extiende tanto a las mujeres como a los leprosos; son las gentes
humildes, los esclavos y las mujeres quienes más apasionadamente se adhieren a la nueva ley. En
los primeros tiempos del cristianismo, a las mujeres, cuando se sometían al yugo de la Iglesia, se las
honraba relativamente; daban testimonio de mártires al lado de los hombres; sin embargo, no podían
37 Roma, como Grecia, tolera oficialmente la prostitución. Había dos clases de cortesanas: unas vivían encerradas en burdeles. Las otras,
las «bonae meretrices», ejercían libremente su profesión; no tenían derecho a llevar la ropa de las matronas; ejercían cierta influencia en
materia de modas, vestidos y arte; pero jamás ocuparon una posición tan elevada como la de las hetairas de Atenas.
33
El segundo sexo Simone de Beauvoir
participar en el culto sino a título secundario; las «diaconesas» solo estaban autorizadas para
desempeñar tareas laicas: cuidados a los enfermos, socorros a los indigentes. Y si el matrimonio es
considerado como una institución que exige recíproca fidelidad, parece evidente que la esposa estará
totalmente subordinada en el mismo al esposo: a través de San Pablo se afirma la tradición judía,
ferozmente antifeminista. San Pablo ordena a las mujeres recogimiento y discreción; fundamenta en
el Antiguo y en el Nuevo Testamento el principio de la subordinación de la mujer al hombre. «Porque
el varón no es de la mujer, sino la mujer del varón; y porque tampoco el varón fue criado por causa de
la mujer, sino la mujer por causa del varón.» Y en otro lugar: «Así como la Iglesia está sometida a
Cristo, así sea sumisa en todas las cosas la mujer al marido.» En una religión donde la carne es
maldita, la mujer aparece como la más temible tentación del demonio. Tertuliano escribe: «Mujer,
eras la puerta del diablo. Has persuadido a aquel a quien el diablo no osaba atacar de frente. Por tu
culpa {101} ha debido morir el Hijo de Dios; deberías ir siempre vestida de luto y harapos.» San
Ambrosio: «Adán fue inducido al pecado por Eva, y no Eva por Adán. Aquel a quien la mujer ha
inducido al pecado, justo es que sea recibido por ella como soberano.» Y San Juan Crisóstomo:
«Entre todas las bestias salvajes, no hay ninguna más dañina que la mujer.»
A estas leyes se yuxtaponen, en los territorios ocupados por los bárbaros, las tradiciones germánicas.
Las costumbres de los germanos eran singulares. Solo durante las guerras reconocían jefes; en
tiempo de paz, la familia era una sociedad autónoma; al parecer, fue intermediaria entre los clanes
fundados en la filiación uterina y la gens patriarcal; el hermano de la madre tenía el mismo poder que
el padre, y ambos ejercían sobre su sobrina e hija, respectivamente, una autoridad igual a la del
marido. En una sociedad donde toda capacidad tenía su origen en la fuerza bruta, la mujer era en
realidad completamente impotente; se le reconocían, sin embargo, derechos que la dualidad de los
poderes domésticos, de los cuales dependía, le garantizaban; esclavizada, era no obstante
respetada; su marido la compraba: pero el precio de esa compra constituía una viudedad que era su
propiedad; por otra parte, su padre la dotaba; recibía también su parte de la sucesión paterna y, en
caso de asesinato de sus padres, percibía una parte de la indemnización pagada por el asesino. La
familia era monógama, el adulterio estaba severamente castigado y se respetaba el matrimonio. La
mujer seguía estando bajo tutela; pero estaba estrechamente asociada al marido. «En la paz y en la
guerra comparte su suerte; con él vive, con él muere», escribe Tácito. Asistía a los combates, llevaba
comida a los guerreros y los alentaba con su presencia. Viuda, le era transmitida una parte del poder
de su esposo difunto. Aunque su incapacidad tenía sus raíces en su debilidad física, no se
consideraba que expresase una inferioridad moral. Había mujeres sacerdotisas y profetisas, lo cual
lleva a suponer que poseían una instrucción superior a la de los hombres. En las sucesiones, entre
los objetos que volvían de derecho a las mujeres se incluyeron más tarde las joyas y los libros.
Esa tradición es la que se perpetúa en el curso de la Edad Media. La mujer se halla bajo la absoluta
dependencia del padre y del marido: en tiempos de Clodoveo, el mundium pesa sobre ella durante
toda su vida; pero los francos han renunciado a la castidad germánica; bajo los merovingios y los
carolingios reina la poligamia; la mujer es casada sin su consentimiento, repudiada según los
caprichos del marido, que tiene sobre ella derecho de vida y muerte; se la trata como a una sirviente.
Está protegida por las leyes, pero solo en tanto que propiedad del hombre y madre de sus hijos.
Llamarla «prostituta», sin pruebas de ello, es una injuria que se paga quince veces más caro que todo
34
El segundo sexo Simone de Beauvoir
insulto dirigido a un hombre; el rapto de una mujer casada equivale al asesinato de un hombre libre;
estrechar la mano o el brazo de una mujer casada comporta una multa de quince a treinta y cinco
sueldos; el aborto está prohibido bajo pena de una multa de cien sueldos; el asesinato de una mujer
encinta cuesta cuatro veces más que el de un hombre libre; una mujer que haya dado pruebas de
fecundidad vale tres veces más que un hombre libre, pero pierde todo su valor cuando ya no puede
ser madre; si se desposa con un esclavo, es puesta fuera de la ley, y sus padres están autorizados
para matarla. No tiene ningún derecho como persona. Sin embargo, cuando el Estado se hace
poderoso, se esboza la evolución que hemos visto realizarse en Roma: la tutela de los incapaces,
niños y mujeres, deja de ser un derecho de familia para convertirse en una carga pública; a partir de
Carlomagno, el mundium que pesa sobre la mujer va a pertenecer al rey; este no interviene al
principio más que en los casos en que la mujer está privada de sus tutores naturales; después,
acapara poco a poco los poderes familiares; pero ese cambio no lleva consigo la emancipación de la
mujer franca. El mundium se convierte en una carga para el tutor, que tiene el deber de proteger a su
pupila: pero esa protección comporta para ella la misma esclavitud que antaño.
Cuando, al salir de las convulsiones de la alta Edad Media, se organiza el feudalismo, la condición de
la mujer aparece muy incierta. Lo que caracteriza al derecho feudal es la confusión entre el derecho
de soberanía y el de propiedad, entre los derechos públicos y los derechos privados. Eso explica que
la mujer se encuentre alternativamente ensalzada y rebajada por ese régimen En primer lugar, se le
niegan todos los derechos privados, porque no tiene ninguna capacidad política. En efecto, hasta el
siglo XI, el orden se funda exclusivamente en la fuerza, y la propiedad, en el poder de las armas. Un
feudo, dicen los juristas, es «una tierra que se tiene con cargo de servicio militar»; la mujer no podría
detentar el dominio feudal, porque es incapaz de defenderlo. Su situación cambia cuando los feudos
se hacen hereditarios y patrimoniales; ya se ha visto que en el derecho germánico subsistían algunas
supervivencias del derecho materno: en ausencia de herederos masculinos, la hija podía heredar. De
ahí proviene que el feudalismo admita también, hacia el siglo XI, la sucesión femenina. Sin embargo,
a los vasallos se les sigue exigiendo el servicio militar; y la suerte de la mujer no mejora por el hecho
de que se convierta en heredera: necesita un tutor masculino; el marido es quien representa este
papel: él es quien recibe la investidura, quien lleva el feudo, quien posee el usufructo de los bienes. Al
igual que la epictera griega, la mujer es el instrumento mediante el cual se transmite el dominio, no
quien lo ejerce; no por ello está emancipada; en cierto modo, es absorbida por el feudo, forma parte
de los bienes inmuebles. El dominio ya no es cosa de la familia, como en tiempos de la gens romana:
es propiedad del soberano; y la mujer también pertenece al soberano. Es este quien elige un esposo
para ella; cuando tiene hijos, es a él más que a su marido a quien se los da, puesto que serán los
vasallos que defenderán sus bienes. Así, pues, es esclava del dominio y del dueño de ese dominio, a
través de la «protección» de un marido que le han impuesto: hay pocas épocas en las que su suerte
haya sido más dura. Una heredera es una tierra y un castillo: los pretendientes se disputan la presa, y
la joven no tiene a veces más que doce años o menos cuando su padre o su señor se la entregan
como regalo a cualquier varón. Multiplicar los matrimonios representa para un hombre multiplicar sus
dominios; de modo y manera que las repudiaciones abundan; la Iglesia las autoriza hipócritamente;
estando prohibido el matrimonio entre parientes hasta el séptimo grado y definiéndose el parentesco
por relaciones espirituales tales como la de padrino-madrina, tanto como por los vínculos sanguíneos,
siempre se encuentra algún pretexto para la anulación; en el siglo XI es grande el número de mujeres
repudiadas cuatro o cinco veces. Viuda, la mujer debe aceptar inmediatamente un nuevo dueño. En
las canciones de gesta se ve a Carlomagno casando de nuevo, y en bloque, a todas las viudas de
sus barones muertos en España; en Girard de Vienne, la duquesa de Borgoña acude ella misma a
reclamar al rey un nuevo esposo. «Mi marido acaba de morir, pero ¿de qué sirve el luto?... Buscadme
un marido que sea poderoso, porque lo necesito para defender mis tierras.» Multitud de epopeyas
nos muestran al rey o al soberano disponiendo tiránicamente de las jóvenes y las viudas. También se
comprueba en ellas que el esposo trataba sin ningún miramiento a la mujer que le habían dado como
regalo; la maltrataba, la abofeteaba, la arrastraba por los cabellos, la apaleaba; todo cuanto exige
Beaumanoir de las costumbres de Beauvaisis es que el marido «castigue razonablemente» a su
esposa. Esta civilización guerrera no tiene para la mujer más que desprecio. Al caballero no le
interesan las mujeres: su caballo le parece un tesoro mucho más valioso; en las canciones de gesta,
siempre son las jóvenes quienes se insinúan a los jóvenes; una vez casadas, se les exige una
fidelidad sin reciprocidad; el hombre no las asocia a su existencia. «Maldito sea el caballero que va a
solicitar consejo de una dama cuando ha de intervenir en un torneo.» Y en Renaud de Montauban se
lee este apóstrofe: «Volved a vuestros aposentos pintados y dorados, sentaos en la sombra, bebed,
comed, bordad, teñid la seda; pero no os ocupéis de nuestros asuntos. Nuestro asunto es luchar con
la espada y el acero. ¡Callad!» La mujer comparte a veces la ruda existencia de los hombres. De
joven, es instruida en todos los ejercicios del cuerpo, monta a caballo, caza con halcón; apenas
recibe ninguna instrucción y es criada sin pudor: ella es quien recibe a los huéspedes del castillo,
quien se ocupa de sus comidas, de sus baños, quien los «tantea» para ayudarles a dormirse; una vez
mujer, tiene que perseguir animales salvajes y realizar largas y difíciles peregrinaciones; cuando el
35
El segundo sexo Simone de Beauvoir
marido está lejos, es ella quien defiende el señorío. Se admira a estas castellanas a quien se aplica el
nombre de «virago», porque se comportan exactamente como los hombres: son ávidas, pérfidas,
crueles, oprimen a sus vasallos. La Historia y la leyenda nos han legado el recuerdo de varias de
ellas: la castellana Aubie hizo construir una torre más alta que cualquier otro torreón; e
inmediatamente después mandó cortar la cabeza al arquitecto, con objeto de que su secreto quedase
bien guardado; echó a su marido de sus dominios, pero este volvió a escondidas y la mató. Mabille,
esposa de Roger de Montgomerri, se complacía en reducir a la mendicidad a los nobles de su
señorío: estos se vengaron decapitándola. Juliana, hija bastarda de Enrique I de Inglaterra, defendió
contra este el castillo de Breteuil y lo atrajo a una emboscada, por lo que su padre la castigó
duramente. No obstante, tales hechos son excepcionales. Por lo común, la castellana pasa sus
jornadas hilando, orando, esperando a su esposo y aburriéndose.
***
El estatuto legal de la mujer ha permanecido más o menos inmutable desde comienzos del siglo XV
hasta el XIX; pero, en las clases privilegiadas, su situación concreta evoluciona. El Renacimiento
italiano es una época de individualismo que se muestra propicio a la eclosión de todas las
personalidades fuertes, sin distinción de sexos. Se encuentran en el mismo mujeres que son
poderosas soberanas, como Juana de Aragón, Juana de Nápoles, Isabel de Este; otras fueron
aventureras «condottieras», que tomaron las armas igual que los hombres: así, la mujer de Giralomo
Riario luchó por la libertad de Forli; Hippolita Fioramenti mandó las tropas del duque de Milán, y
durante el sitio de Pavía condujo a las murallas a una compañía de grandes damas. Para defender a
su ciudad contra Montluc, las sienesas constituyeron tres tropas de tres mil mujeres cada una,
mandadas por mujeres. Otras italianas se hicieron célebres por su cultura o su talento, tales como
Isara Nogara, Verónica Gambara, Gaspara Stampara, Vittoria Colonna (que fue amiga de Miguel
Ángel) y, sobre todo, Lucrecia Tornabuoni, madre de Lorenzo y Juliano de Médicis, que escribió,
entre otras cosas, himnos y una vida de San Juan Bautista y de la Virgen. Entre aquellas mujeres
distinguidas están en mayoría las cortesanas; uniendo a la libertad de las costumbres la del espíritu y,
asegurándose con el ejercicio de su oficio una autonomía económica, muchas de ellas eran tratadas
por los hombres con deferente admiración; protegían las artes, se interesaban por la literatura, la
filosofía, y frecuentemente ellas mismas escribían o pintaban: Isabel de Luna, Catarina di San Celso,
Imperia, que era poetisa y música, renuevan la tradición de Aspasia y de Friné. Para muchas, sin
embargo, la libertad solo toma todavía la figura de la licencia: las orgías y los crímenes de las
grandes damas y de las cortesanas italianas son legendarios.
Esta licencia es también la principal libertad que se encuentra en los siglos siguientes entre las
mujeres a quienes su rango o su fortuna emancipan de la moral al uso, la cual sigue siendo en
general tan rigurosa como en la Edad Media.
En cuanto a las realizaciones positivas, todavía no le son posibles más que a un número muy
reducido. Las reinas siempre son mujeres privilegiadas: Catalina de Médicis, Isabel de Inglaterra,
Isabel la Católica son grandes soberanas. También se hacen venerar algunas grandes figuras de
santas. El asombroso destino de Santa Teresa de Jesús se explica más o menos de la misma
manera que el de Santa Catalina: de su confianza en Dios extrae una sólida confianza en sí misma; al
llevar al punto más elevado las virtudes que convienen a su estado, se asegura el apoyo de sus
confesores y del mundo cristiano: puede superar la condición común de una religiosa; funda
monasterios, los administra, viaja, emprende, persevera con el denuedo aventurero de un hombre; la
sociedad no le opone obstáculos; ni siquiera escribir es una audacia: sus confesores se lo ordenan.
Santa Teresa pone brillantemente de manifiesto que una mujer puede subir tan alto como un hombre
cuando, por un sorprendente azar, se le presentan las mismas oportunidades que a un hombre.
Pero de hecho tales oportunidades siguen siendo muy desiguales; en el siglo XVI las mujeres son
todavía poco instruidas. Ana de Bretaña llama a muchas mujeres a la corte, donde en otro tiempo
solamente se veían hombres; se esfuerza por formar un cortejo de damas de honor, pero se
preocupa de su educación más que de su cultura. Entre las mujeres que poco más tarde se
distinguen por su inteligencia, su influencia intelectual, sus escritos, la mayor parte de ellas son
grandes damas: la duquesa de Retz, madame de Lignerolle, la duquesa de Rohan y su hija Anne; las
más célebres son princesas: la princesa Margot y Margarita de Navarra. Perette du Guillet parece ser
que fue una burguesa; pero Louise Labbé fue sin duda una cortesana: en todo caso, era mujer de una
gran libertad de costumbres.
36
El segundo sexo Simone de Beauvoir
disponen del ocio suficiente para dedicarse a la conversación, a las artes, a las letras; su instrucción
no está organizada, pero a través de pláticas, lecturas, enseñanza de preceptores privados o
conferencias públicas, logran adquirir conocimientos superiores a los de sus esposos: mademoiselle
de Gournay, madame de Rambouillet, mademoiselle de Scudéry, madame de La Fayette, madame
de Sévigné, gozan en Francia de una vasta reputación; y fuera de Francia, parecido renombre
acompaña a los nombres de la princesa Elisabeth, de la reina Cristina, de mademoiselle de
Schurman, que mantiene correspondencia con todo el mundo sabio. Merced a esta cultura y al
prestigio que les confiere, las mujeres logran inmiscuirse en el universo masculino; del terreno de la
literatura, de la casuística amorosa, muchas mujeres ambiciosas se deslizan al de las intrigas
políticas. En 1623 el nuncio del papa escribía: «En Francia, todos los grandes acontecimientos, todas
las intrigas de importancia, dependen frecuentemente de las mujeres.» La princesa de Condé
fomenta la «conspiración de las mujeres»; Ana de Austria está rodeada de mujeres cuyos consejos
sigue de buen grado; Richelieu presta complaciente oído a la duquesa D'Aiguillon; sabido es el papel
que representaron, en el curso de la Fronda, madame de Montbazon, la duquesa de Chevreuse,
mademoiselle de Montpensier, la duquesa de Longueville, Anne de Gonzague y tantas otras. En fin,
madame de Maintenon dio un deslumbrante ejemplo de la influencia que puede ejercer en los
asuntos de Estado una diestra consejera. Animadoras, consejeras, intrigantes, las mujeres se
aseguran el papel más eficaz de una manera indirecta: la princesa de los Ursinos gobierna en España
con más autoridad, pero su carrera es breve. Al lado de estas grandes damas, en el mundo se
afirman algunas personalidades que escapan a las coacciones burguesas; se ve aparecer una
especie desconocida: la actriz. En 1545 es cuando se señala por primera vez la presencia de una
mujer en un escenario; todavía en 1592 no se conocía más que a una; al comienzo del siglo XVII, la
mayor parte de ellas son esposas de actores; pero en seguida se independizan en su carrera, al igual
que en su vida privada. En cuanto a la cortesana, después de haber sido Friné e Imperia, halla su
más acabada encarnación en Ninon de Lenclos: al explotar su feminidad, la supera; al vivir entre los
hombres, adquiere cualidades viriles; la independencia de sus costumbres la inclina a la
independencia del espíritu: Ninon de Lenclos ha llevado la libertad al punto más extremo que a la
sazón le era permitido llevarla a una mujer.
En el siglo XVIII, la libertad y la independencia de la mujer aumentan aún más. Las costumbres
siguen siendo en principio severas: la joven no recibe más que una educación somera; se la casa o
se la mete en un convento sin consultarla. La burguesía, clase en ascenso y cuya existencia se
consolida, impone a la esposa una moral rigurosa. Pero, a modo de desquite, la descomposición de la
nobleza permite a las mujeres de mundo las más grandes licencias, y hasta la alta burguesía resulta
contaminada por tales ejemplos; ni los conventos ni el hogar conyugal logran contener a la mujer.
Una vez más, para la mayoría, esa libertad sigue siendo negativa y abstracta: se limitan a buscar el
placer. Pero las que son inteligentes y ambiciosas se crean posibilidades de acción. La vida de salón
adquiere nuevos vuelos: bastante conocido es el papel representado por madame Geoffrin, madame
Du Deffand, mademoiselle de Lespinasse, madame d'Epinay, madame de Tencin; protectoras,
inspiradoras, las mujeres constituyen el público preferido del escritor; se interesan personalmente por
la literatura, la filosofía, las ciencias: al igual que madame de Châtelet, tienen su gabinete de física, su
laboratorio de química: experimentan, disecan; intervienen más activamente que nunca en la vida
política: sucesivamente, madame de Prie, madame de Mailly, madame de Châteauneuf, madame de
Pompadour, madame Du Barry gobiernan a Luis XV; apenas hay ministro que no tenga su Egeria;
entonces es cuando Montesquieu estima que en Francia todo se hace por las mujeres, que
constituyen, dice él, «un nuevo Estado dentro del Estado»; y Collé escribe, en vísperas de 1789: «Se
han impuesto de tal modo a los franceses, los han subyugado de tal manera, que estos solo piensan
y sienten a través de ellas.» Al lado de las mujeres de la buena sociedad hay también actrices y
mujeres galantes que gozan de vasto renombre: Sophie Arnould, Julie Talma, Adrienne Lecouvreur.
Así, pues, durante todo el Antiguo Régimen, el dominio cultural es el más asequible para las mujeres
que tratan de afirmarse. Ninguna, empero, ha llegado a las cimas de un Dante o un Shakespeare;
este hecho se explica por la mediocridad general de su condición. La cultura no ha sido jamás sino
patrimonio de una elite femenina, no de la masa; y es de la masa de donde han surgido con
frecuencia los genios masculinos; las mismas privilegiadas encontraban a su alrededor obstáculos
que les cerraban el paso a las grandes cimas. Nada podía detener el vuelo de una Santa Teresa, de
una Catalina de Rusia; pero mil circunstancias se concitaban contra la mujer escritora. En su obrita A
room of one's own, Virginia Woolf se ha divertido al imaginar el destino de una supuesta hermana de
Shakespeare; mientras él aprendía en el colegio un poco de latín, gramática, lógica, ella permanecía
en el hogar sumida en completa ignorancia; mientras él cazaba furtivamente, recorría los campos, se
acostaba con las mujeres de la vecindad, ella fregaba y remendaba bajo la vigilancia de sus padres;
si hubiese partido audazmente, como él, para buscar fortuna en Londres, no habría llegado a
convertirse en una actriz que se ganase libremente la vida; o bien habría sido devuelta a su familia,
que la casaría a la fuerza, o bien, seducida, abandonada, deshonrada, se habría matado de
37
El segundo sexo Simone de Beauvoir
desesperación. También podemos imaginarla convertida en una alegre prostituta, una Moll Flanders,
como la pintada por Daniel de Foe; pero en ningún caso habría dirigido una compañía de cómicos o
escrito dramas. En Inglaterra, observa V. Woolf, las mujeres escritoras siempre han suscitado
hostilidad. El doctor Johnson las comparaba a «un perro que camina sobre las patas traseras: no lo
hacen bien, pero es asombroso». Los artistas se preocupan más que cualquier otro por la opinión de
los demás; las mujeres dependen de ella en grado sumo, y así se concibe qué fuerza necesita una
mujer artista para atreverse a prescindir de ella; a menudo se agota en la lucha. A finales del siglo
XVII, lady Winhilsea, noble y sin hijos, intenta la aventura de escribir; algunos pasajes de su obra
demuestran que poseía una naturaleza sensible y poética; pero se consumió en el odio, la cólera y el
temor:
Casi toda su obra está consagrada a indignarse ante la condición de las mujeres. El caso de la
duquesa de Newcastle es análogo: gran dama ella también, al escribir provoca el escándalo. «Las
mujeres viven como cucarachas o como lechuzas, y mueren como gusanos», escribe con furor.
Insultada, ridiculizada, tuvo que encerrarse en sus dominios; y, pese a su generoso temperamento,
casi medio loca, no produjo más que extravagantes lucubraciones. Solamente en el siglo XVIII, una
burguesa, la señora Aphra Behn, después de enviudar, vivió de su pluma como un hombre; otras
siguieron su ejemplo; pero incluso en el siglo XIX se veían obligadas a menudo a ocultarse; ni
siquiera disponían de un «aposento propio»; es decir, que no gozaban de esa independencia material
que es una de las condiciones necesarias de la libertad interior.
Ya se ha visto que, a causa del desarrollo de la vida mundana y de su estrecha vinculación con la
vida intelectual, la situación de las francesas ha sido un poco más favorable. No obstante, la opinión,
en gran parte, es hostil a las bas bleus. Durante el Renacimiento, nobles damas y mujeres de
inteligencia suscitan un movimiento en favor de su sexo; las doctrinas platónicas importadas de Italia
espiritualizan tanto al amor como a la mujer. Numerosos literatos se emplean en su defensa.
Aparecen la Nef des Dames vertueuses, el Chevalier des Dames, etc. Erasmo, en El pequeño
Senado, concede la palabra a Cornelia, quien expone con aspereza los agravios de su sexo: «Los
hombres son unos tiranos... Nos tratan como a juguetes... Nos convierten en sus lavanderas y sus
cocineras.» Exige que se permita a las mujeres instruirse. Cornelius Agrippa, en una obra que fue
muy célebre, Déclamation de la Noblesse et de l'Excellence du Sexe féminin, se aplica a demostrar la
superioridad femenina. Para ello recurre a los viejos argumentos cabalísticos: Eva quiere decir Vida, y
Adán, Tierra. Creada después que el hombre, la mujer está mejor terminada que él. Ella ha nacido en
el Paraíso; él, fuera del mismo. Cuando ella cae en el agua, sobrenada; el hombre se hunde. Está
hecha de una costilla de Adán y no de barro. Sus menstruaciones curan todas las enfermedades.
Eva, ignorante, no hizo más que errar; fue Adán quien pecó; por eso Dios se hizo hombre; y, por lo
demás, después de su resurrección, a quienes se apareció fue a unas mujeres. A continuación,
Agrippa declara que las mujeres son más virtuosas que los hombres. Enumera las «esclarecidas
damas» de quienes puede enorgullecerse el sexo, lo cual es también un lugar común de estas
apologías. Finalmente, dirige una requisitoria contra la tiranía masculina: «Obrando contra todo
derecho, violando impunemente la igualdad natural, la tiranía del hombre ha privado a la mujer de la
libertad que recibe al nacer.» Y, sin embargo, la mujer engendra hijos, es tan inteligente y hasta más
sutil que el hombre; resulta escandaloso que se limiten sus actividades, «lo cual no se hace, sin duda,
por orden de Dios, ni por necesidad o por razón, sino por la fuerza de la costumbre, por la educación,
por el trabajo y principalmente por la violencia y la opresión.» Ciertamente, no pide la igualdad de
sexos, pero quiere que se trate a las mujeres con respeto. La obra tuvo un inmenso éxito. Como
igualmente Le Fort inexpugnable, otra apología de la mujer, y la Parfaite Amye, de Héroët,
impregnada de un misticismo platónico. En un curioso libro que anuncia la doctrina sansimoniana,
Postel anuncia la llegada de una nueva Eva, madre regeneradora del género humano: incluso cree
haberla encontrado; ella ha muerto, pero tal vez se ha reencarnado en él. Con más moderación,
Margarita de Valois, en su Docte et subtil discours, proclama que hay en la mujer algo de divino. Pero
la escritora que mejor sirvió la causa de su sexo fue Margarita de Navarra, que propuso contra la
licencia de las costumbres un ideal de misticismo sentimental y de castidad sin mojigatería, tratando
de conciliar amor y matrimonio para honor y dicha de las mujeres. Bien entendido, los adversarios de
la mujer no se rinden. Entre otros, en la Controverse des sexes masculins et féminins, que es una
réplica a Agrippa, se encuentran de nuevo los viejos argumentos de la Edad Media. Rabelais se
divierte en el Libro Tercero haciendo del matrimonio una viva sátira que vuelve a tomar la tradición de
Mathieu y Deschamps; sin embargo, serán las mujeres quienes en la dichosa abadía de Thélème
harán la ley. El antifeminismo adquiere renovada virulencia en 1617 con el Alphabet de l'imperfection
et malice des femmes, de Jacques Olivier; en la cubierta se ve un grabado que representa a una
38
El segundo sexo Simone de Beauvoir
mujer con manos de arpía, recubierta con las plumas de la lujuria, encaramada en unas patas de
gallina, porque, al igual que la gallina, es mala ama de casa: debajo de cada letra del alfabeto se
inscribía uno de sus defectos. Una vez más, era un hombre de iglesia quien atizaba la vieja querella;
mademoiselle de Gournay replicó con su Égalité des hommes et des femmes. A renglón seguido,
toda una literatura libertina, Parnasses et cabinets satyriques, ataca las costumbres de las mujeres,
en tanto que para menospreciarlas los devotos citaban a San Pablo, los Padres de la Iglesia, el
Eclesiastés. La mujer proporcionaba también un tema inagotable a las sátiras de Mathurin Régnier y
sus amigos. En el otro campo, los apologistas vuelven a tomar y comentan a porfía los argumentos
de Agrippa. El padre Du Boscq, en la Honnête Femme, exige que se permita instruirse a las mujeres.
L'Astrée y toda una literatura galante celebran sus méritos en letrillas, sonetos, elegías, etc.
Los mismos éxitos obtenidos por las mujeres suscitan contra ellas nuevos ataques; las «preciosas»
han indispuesto a la opinión; se aplaude Les précieuses ridicules y un poco más tarde Les femmes
savantes. Sin embargo, no es que Molière sea enemigo de las mujeres: lo que hace es atacar
vivamente los matrimonios impuestos y exigir para la joven la libertad sentimental, y para la esposa,
el respeto y la independencia. Por el contrario, Bossuet las trata con pocos miramientos en sus
sermones. La primera mujer, predica, no era más que «una porción de Adán y una especie de
diminutivo; y en cuanto al espíritu, la proporción era más o menos la misma». La sátira de Boileau
contra las mujeres apenas es otra cosa que un ejercicio de retórica, pero suscita una protesta
general: Pradon, Regnard, Perrault replican fogosamente. La Bruyère y Saint-Évremond se muestran
favorables a las mujeres. El feminista más decidido de la época es Poulain de la Barre, que publica
en 1673 una obra de inspiración cartesiana, De l'égalité des deux sexes. Estima que, siendo los
hombres más fuertes, han favorecido a su sexo por doquier, y que las mujeres aceptan por costumbre
esta dependencia. Jamás han tenido su oportunidad; han carecido de libertad y de instrucción. Así,
pues, no sería justo juzgarlas de acuerdo con lo que han hecho en el pasado. Nada indica que sean
inferiores al hombre. La anatomía revela diferencias, pero ninguna de ellas constituye un privilegio
para el varón. Y Poulain de la Barre concluye exigiendo una sólida instrucción para las mujeres.
Fontenelle escribe para ellas el Traité de la Pluralité des Mondes. Y si Fénelon, siguiendo a madame
de Maintenon y al abate Fleury, se muestra muy tímido en su programa de educación, el universitario
jansenista Rollin quiere, por el contrario, que las mujeres realicen estudios serios.
El siglo XVIII también se muestra dividido. En 1744, en Amsterdam, el autor de la Controversia sobre
el alma de la mujer declara que «la mujer, creada únicamente para el hombre, cesará de ser al
término del mundo, porque dejará de ser útil para el objeto con que fue creada, de donde se infiere
necesariamente que su alma no es inmortal». De una manera un poco menos radical, Rousseau, que
se hace aquí intérprete de la burguesía, consagra la mujer a su marido y a la maternidad. «Toda la
educación de la mujer debe ser relativa al hombre... La mujer está hecha para ceder al hombre y para
soportar sus injusticias», afirma. Sin embargo, el ideal democrático e individualista del siglo XVIII es
favorable a las mujeres, que para la mayoría de los filósofos son seres humanos iguales a los del
sexo fuerte. Voltaire denuncia la injusticia de su suerte. Diderot considera que su inferioridad ha sido
en gran parte hecha por la sociedad. «¡Mujeres, os compadezco!», escribe. Considera que: «En todas
las costumbres, la crueldad de las leyes civiles se ha concitado con la crueldad de la Naturaleza
contra las mujeres, que han sido tratadas como seres imbéciles.» Montesquieu estima,
paradójicamente, que las mujeres deberían estar subordinadas al hombre en la vida del hogar, pero
que todo las dispone para una acción política. «Es contrario a la razón y la Naturaleza que las
mujeres sean amas de casa... No lo es que gobiernen un imperio.» Helvecio sostiene que es lo
absurdo de su educación lo que crea la inferioridad de la mujer, y D'Alambert comparte esa opinión.
En una mujer, madame de Ciray, se ve apuntar tímidamente un feminismo económico. Mas, aparte
de Mercier en su Tableau de Paris, apenas hay otro que se indigne ante la miseria de las obreras y
que aborde así la cuestión fundamental del trabajo femenino. Condorcet quiere que las mujeres
tengan acceso a la vida política. Las considera como iguales al hombre y las defiende contra los
ataques clásicos: «Se ha dicho que las mujeres... carecían de un adecuado sentimiento de la justicia,
que más bien obedecían a sus sentimientos que a su conciencia... [Pero] la educación y la existencia
social son las causantes de esa diferencia, no la Naturaleza.» Y en otro lugar: «Cuanto más
esclavizadas han sido las mujeres por las leyes, más peligroso ha sido su imperio... Ese imperio
disminuiría si las mujeres tuviesen menos interés en conservarlo, si dejase de ser para ellas el único
medio de defenderse y escapara la opresión.»
IV.
Hubiera cabido esperar que la Revolución cambiase la suerte de la mujer. Pero no fue así. Esa
revolución burguesa se mostró respetuosa con las instituciones y los valores burgueses, y fue hecha
39
El segundo sexo Simone de Beauvoir
casi exclusivamente por los hombres. Importa subrayar que, durante todo el Antiguo Régimen, fueron
las mujeres de las clases trabajadoras quienes conocieron, en tanto que sexo, la mayor
independencia. La mujer tenía derecho a regentar un comercio y poseía todas las condiciones
necesarias para el ejercicio autónomo de su oficio. Participaba en la producción a título de costurera,
lavandera, pulidora, revendedora, etc.; trabajaba a domicilio y en pequeñas empresas; su
independencia material le permitía una gran libertad de costumbres: la mujer del pueblo puede salir,
frecuentar las tabernas, disponer de su cuerpo más o menos como un hombre; es la asociada de su
marido y su igual. La opresión la padece en el plano económico, no en el sexual. En el campo, la
campesina toma parte considerable en el trabajo rural; es tratada como una sirviente; a menudo no
come en la misma mesa que el marido y los hijos, trajina más duramente que ellos, y las cargas de la
maternidad aumentan sus fatigas. Pero, siendo necesaria para el hombre, lo mismo que en las
antiguas sociedades agrícolas, es también respetada; los bienes de todos ellos, sus intereses, sus
preocupaciones, son comunes; la mujer ejerce en la casa una gran autoridad. Fueron estas mujeres
quienes, desde el seno de su dificil existencia, hubieran podido afirmarse como personas y exigir
derechos; pero una tradición de timidez y sumisión pesaba sobre ellas: los cahiers de los Estados
Generales no presentan sino un número casi insignificante de reivindicaciones femeninas; tales
reivindicaciones se limitaban a lo siguiente: «Que los hombres no puedan ejercer los oficios que son
patrimonio de las mujeres.» Y, ciertamente, se ve a las mujeres al lado de sus hombres en las
manifestaciones y motines; son ellas quienes van a buscar a Versalles «al panadero, a la panadera y
al pinche». Pero no ha sido el pueblo quien ha dirigido la empresa revolucionaria, y no es él quien
recoge sus frutos. En cuanto a las burguesas, algunas se unen con ardor a la causa de la libertad:
madame Roland, Lucile Desmoulins, Théroigne de Méricourt; una de ellas influyó profundamente en
el curso de los acontecimientos: Charlotte Corday al asesinar a Marat. Hubo algunos movimientos
feministas. Olympe de Gouges propuso, en 1789, una «Declaración de los Derechos de la Mujer»
simétrica a la «Declaración de los Derechos del Hombre», en la cual pedía que fuesen abolidos todos
los privilegios masculinos. En 1790 se encuentran las mismas ideas en la Motion de la pauvre Jacotte
y en otros libelos análogos; pero, a pesar del apoyo de Condorcet, tales esfuerzos abortan, y Olympe
perece en el cadalso. Junto al periódico L'Impatient fundado por ella, aparecen otras hojas, pero su
duración es efímera. Los clubs femeninos se fusionan en su mayor parte con los clubs masculinos y
son absorbidos por ellos. Cuando el 28 brumario de 1793 la actriz Rose Lacombe, presidente de la
Sociedad de Mujeres Republicanas y Revolucionarias, acompañada por una diputación de mujeres,
fuerza la entrada en el Consejo general, el procurador Chaumette hace resonar en la asamblea
palabras que parecen inspiradas en San Pablo y Santo Tomás:
«¿Desde cuándo está permitido a las mujeres abjurar de su sexo y convertirse en hombres?... [La
Naturaleza] ha dicho a la mujer: "Sé mujer. Los cuidados de la infancia, los detalles domésticos, las
diversas inquietudes de la maternidad: he ahí tus labores".» Se les prohibe la entrada en el Consejo e
incluso en los clubs donde ellas hacían su aprendizaje político. En 1790 se suprimen el derecho de
primogenitura y el privilegio de masculinidad; los jóvenes de ambos sexos se han hecho iguales en
materia de sucesión; en 1792 una ley establece el divorcio y, en su virtud, atenúa el rigor de los lazos
matrimoniales; pero estas no fueron más que exiguas conquistas. Las mujeres de la burguesía
estaban demasiado integradas en la familia para conocer entre ellas una solidaridad concreta; no
constituían una casta separada susceptible de imponer reivindicaciones: económicamente, su
existencia era parasitaria. De modo que mientras las mujeres que, pese a su sexo, hubieran podido
participar en los. acontecimientos, se veían impedidas de hacerlo en tanto que clase; las de la clase
actuante estaban condenadas a permanecer apartadas en tanto que mujeres. Solo cuando el poder
económico caiga en manos de los trabajadores, le será posible a la mujer trabajadora conquistar
funciones que la mujer parásita, noble o burguesa, no ha logrado jamás.
40
El segundo sexo Simone de Beauvoir
al domicilio conyugal, y solamente en ese caso puede la mujer obtener el divorcio contra él. Es el
hombre quien fija el domicilio conyugal y tiene sobre los hijos muchos más derechos que la madre; y,
salvo en el caso en que la mujer dirija una empresa comercial, su autorización es necesaria para que
ella pueda obligarse. El poder marital se ejerce rigurosamente sobre la persona de la esposa y sobre
sus bienes al mismo tiempo.
Durante todo el siglo XIX, la jurisprudencia no hace más que reforzar los rigores del código, privando
a la mujer, entre otros, de todo derecho de enajenación. En 1826, la Restauración abolió el divorcio;
la Asamblea constituyente de 1848 se negó a restablecerlo, y no reapareció hasta 1884; todavía es
muy difícil de obtener. Esto se debe a que la burguesía nunca ha sido tan poderosa, y, sin embargo,
comprende las amenazas que implica la Revolución Industrial; por eso se afirma con inquieta
autoridad. La libertad de espíritu heredada del siglo XVIII no lesiona la moral familiar, que sigue
siendo igual que la definían en los comienzos del siglo XIX los pensadores reaccionarios Joseph de
Maistre y Bonald. Fundan estos en la voluntad divina el valor del orden y reclaman una sociedad
rigurosamente jerarquizada; la familia, célula social indisoluble, será el microcosmos de la sociedad.
«El hombre es para la mujer lo que la mujer es para el niño; o el poder es para el ministro lo que el
ministro es para el individuo», dice Bonald. Así, pues, el marido gobierna, la mujer administra y los
hijos obedecen. El divorcio, por supuesto, está prohibido, y la mujer es confinada al hogar. «Las
mujeres pertenecen a la familia y no a la sociedad política, y la Naturaleza las ha hecho para los
cuidados domésticos y no para las funciones públicas», agrega Bonald. En la familia, que Le Play
definió hacia mediados de siglo, esas jerarquías son respetadas.
De manera un poco diferente, Auguste Comte reclama también la jerarquía de los sexos; existen
entre ellos «diferencias radicales, físicas y morales a la vez, que en todas las especies animales, y
sobre todo en la raza humana, los separan profundamente». La feminidad es una especie de
«infancia continua» que aleja a la mujer del «tipo ideal de la raza». Ese infantilismo biológico se
traduce en una debilidad intelectual; el papel de ese ser puramente afectivo es el de esposa y ama de
casa; no podría competir con el hombre: «ni la dirección ni la educación le convienen». Como en el
caso de Bonald, la mujer está confinada a la familia, y, en esta sociedad en miniatura, el padre
gobierna, porque la mujer es «incapaz de todo gobierno, incluso del doméstico»; administra
solamente y aconseja. Su instrucción debe ser limitada. «Las mujeres y los proletarios no pueden ni
deben convertirse en autores, tanto más cuanto que no lo quieren.» Y Comte prevé que la evolución
de la sociedad llevará a la supresión total del trabajo femenino fuera de la familia. En la segunda
parte de su obra, Comte, influido por su amor hacia Clotilde de Vaux, exalta a la mujer hasta
convertirla casi en una divinidad, la emancipación del gran ser; será a ella a quien, en el templo de la
Humanidad, la religión positivista propondrá a la adoración del pueblo; pero solo por su moralidad
merece ella ese culto; en tanto que el hombre actúa, ella ama: la pureza y el amor la hacen aquí
superior al hombre; es más profundamente altruista que él. Pero, de acuerdo con el sistema
positivista, no por ello permanece menos encerrada en la familia; el divorcio le está prohibido, y hasta
seria deseable que su viudedad fuese eterna; no tiene ningún derecho económico ni político; no es
más que esposa y educadora.
De una manera más cínica, Balzac expresa el mismo ideal. «El destino de la mujer y su gloria única
consisten en hacer latir el corazón de los hombres -escribe en su Physiologie du mariage-. La mujer
es una propiedad que se adquiere por contrato; es un bien mobiliario, porque la posesión vale título;
en fin, hablando con propiedad, la mujer no es sino un anexo del hombre.» Aquí se hace Balzac
portavoz de la burguesía, cuyo antifeminismo redobla su virulencia como reacción contra las licencias
del siglo XVIII y contra las ideas progresistas que la amenazan. Después de exponer luminosamente
en el comienzo de la Physiologie du mariage que la institución del matrimonio, de la que está excluido
el amor, conduce necesariamente a la mujer al adulterio, Balzac exhorta al esposo a mantenerla en
una sujeción total si quiere evitar el ridículo del deshonor. Hay que negarle la instrucción y la cultura,
prohibirle todo cuanto podría permitirle desarrollar su individualidad, imponerle ropas incómodas,
animarla para que siga un régimen conducente a la anemia. La burguesía sigue exactamente ese
programa; las mujeres quedan esclavizadas en la cocina, en la casa, se vigila celosamente sus
costumbres; se las encierra en los ritos de un saber vivir que traba toda tentativa de independencia.
En compensación, se les rinden honores, se las rodea de las más exquisitas cortesías. «La mujer
casada es una esclava a quien hay que saber sentar en un trono», dice Balzac; está convenido que,
en toda circunstancia insignificante, el hombre debe desaparecer discretamente ante ellas, debe
cederles el primer puesto; en lugar de hacerles transportar fardos, como en las sociedades primitivas,
se procura solícitamente descargarlas de toda tarea penosa y de toda preocupación, lo cual equivale
también a librarlas de toda responsabilidad. Se espera que, así burladas y seducidas por la
comodidad de su posición, acepten el papel de madres y amas de casa al que se las quiere reducir. Y
el hecho es que la mayoría de las mujeres de la burguesía capitulan. Como su educación y su
situación parasitaria las colocan bajo la dependencia del hombre, ni siquiera se atreven a presentar
41
El segundo sexo Simone de Beauvoir
reivindicaciones, y las que tienen audacia suficiente para hacerlo, apenas encuentran eco. «Es más
fácil cargar de cadenas a las gentes que quitárselas si esas cadenas proporcionan alguna
consideración», ha dicho Bernard Shaw. La mujer burguesa se atiene a sus cadenas, porque se
atiene a sus privilegios de clase. Se le explica incansablemente, y ella lo sabe, que la emancipación
de las mujeres sería un debilitamiento de la sociedad burguesa; liberada del varón, estaría
condenada al trabajo; puede que lamente no tener sobre la propiedad privada más que derechos
subordinados a los de su marido, pero aún deploraría más el que esa propiedad privada fuese
abolida; no siente ninguna solidaridad con respecto a las mujeres de la clase obrera: está mucho más
cerca de su marido que de las trabajadoras de la industria textil. Y hace suyos sus intereses.
En general, el movimiento reformista que se desarrolla en el siglo XIX es favorable al feminismo por el
hecho de que busca la justicia en la igualdad. Hay una notable excepción: la de Proudhon. Sin duda a
causa de sus raíces campesinas, reacciona violentamente contra el misticismo sansimoniano; se
muestra partidario de la pequeña propiedad y, al mismo tiempo, confina a la mujer en el hogar. «Ama
de casa o cortesana», he ahí el dilema en que la encierra. Hasta entonces, los ataques contra el
feminismo habían partido de los conservadores, que combatían al socialismo con la misma aspereza:
el Charivari, entre otros, encontraba en ese campo una inagotable fuente de cuchufletas; y es
Proudhon quien rompe la alianza entre el feminismo y el socialismo; protesta contra el banquete de
mujeres socialistas presidido por Leroux, fulmina rayos y centellas contra Jeanne Decoin. En la obra
titulada La justice, sostiene que la mujer debe permanecer bajo la dependencia del hombre;
solamente este cuenta como individuo social; en la pareja no existe una asociación, lo que supondría
la igualdad, sino una unión; la mujer es inferior al hombre, primero, porque su fuerza física solo
representa los dos tercios de la del varón, y, luego, porque es intelectual y moralmente inferior en la
42
El segundo sexo Simone de Beauvoir
misma medida: su valor, en conjunto, es de 2 x 2 x 2 frente a 3 x 3 x 3, es decir, lbs 8/27 del valor del
sexo fuerte. Dos mujeres, madame Adam y madame D'Héricourt, le replicaron, una con firmeza, la
segunda con exaltación menos afortunada, y Proudhon aprovehó la ocasión para contestar con su
Pornocratie ou la femme dans les temps modernes. Sin embargo, como todos los antifeministas,
dirige ardientes letanías a la «verdadera mujer», esclava y espejo del hombre; a despecho de esta
devoción, él mismo tuvo que reconocer que la vida que impuso a su propia esposa no la hizo feliz: las
cartas de madame Proudhon no son más que un largo lamento.
Sin embargo, no son estos debates teóricos los que influyen en el curso de los acontecimientos: más
bien los reflejan con vacilación. La mujer reconquista una importancia económica que había perdido
desde las épocas prehistóricas, ya que se escapa del hogar y desempeña en la fábrica una parte
específica en la producción. Es la máquina la que permite esta revolución, puesto que la diferencia de
fuerza física entre trabajadores masculinos y femeninos se encuentra anulada en gran número de
casos. Como el brusco impulso de la industria exige una mano de obra más considerable que la que
proporcionan los trabajadores masculinos, la colaboración de las mujeres se hace necesaria. He ahí
la gran revolución que transforma en el siglo XIX la suerte de la mujer y abre para ella una nueva era.
Marx y Engels miden todo el alcance de la misma y prometen a las mujeres una liberación implícita
en la del proletariado. En efecto, «la mujer y el trabajador tienen en común que ambos son
oprimidos», dice Bebel. Y ambos escaparán juntos a la opresión gracias a la importancia que
adquirirá su trabajo productor a través de la evolución técnica. Engels demuestra que la suerte de la
mujer está estrechamente ligada a la historia de la propiedad privada; una catástrofe ha sustituido el
régimen de derecho materno por el patriarcado y ha esclavizado a la mujer al patrimonio; pero la
Revolución Industrial es la contrapartida de ese fracaso y desembocará en la emancipación femenina.
Escribe Engels: «La mujer no puede ser emancipada más que cuando participe en gran medida social
en la producción y no sea ya reclamada por el trabajo doméstico sino en una medida insignificante. Y
esto no ha sido posible más que en la gran industria moderna, que no solo admite en gran escala el
trabajo de la mujer, sino que lo exige formalmente.»
En los comienzos del siglo XIX, la mujer era más vergonzosamente explotada que los trabajadores
del sexo contrario. El trabajo a domicilio constituía lo que los ingleses llaman el sweating system; a
despecho de una labor continua, la obrera no ganaba lo suficiente para subvenir a sus necesidades.
Jules Simon, en L'ouvrière, e incluso el conservador Leroy-Beaulieu, en Le travail des femmes au
XIXe, publicado en 1873, denuncian odiosos abusos; este último declara que más de doscientas mil
obreras francesas no ganaban cincuenta céntimos por día. Se comprende que se apresurasen a
emigrar a las manufacturas; por lo demás, pronto no les quedó, fuera de los talleres, más oficios que
los de la aguja, el lavado de ropa y las faenas domésticas, todos ellos oficios de esclavas pagados
con salarlos de hombre; hasta los encajes, los géneros de punto, etc., son acaparados por la fábrica;
como desquite, hay ofertas de empleo masivo en las industrias del algodón, la lana y la seda; las
mujeres son utilizadas, sobre todo, en los talleres de hilado y tejido. Los patronos las prefieren
frecuentemente a los hombres. «Trabajan mejor y más barato.» Esta cínica fórmula esclarece el
drama del trabajo femenino. Porque ha sido a través del trabajo como la mujer ha conquistado su
dignidad de ser humano; pero fue una conquista singularmente dura y lenta. Los trabajos de hilado y
tejido se realizan en condiciones higiénicas lamentables. «En Lyon -escribe Blanqui-, en los talleres
de pasamanería, algunas mujeres se ven obligadas a trabajar casi suspendidas de correas,
sirviéndose a la vez de las manos y los pies.» En 1831, las obreras de la seda trabajaban en verano
desde las tres de la mañana hasta la noche, y en invierno desde las cinco de la madrugada hasta las
once de la noche, es decir, dieciocho horas por día, «en talleres frecuentemente insanos -dice
Norbert Truquin-, donde jamás penetran los rayos del sol. La mitad de esas jóvenes enferman del
38
pecho antes que termine su aprendizaje. Y cuando se quejan, las acusan de hacer muecas» .
Además, los encargados abusan de las jóvenes obreras. «Para conseguir sus propósitos, recurrían a
los medios más repulsivos: la necesidad y el hambre», dice el autor anónimo de La vérité sur les
événements de Lyon. Sucede también que las mujeres añaden el trabajo agrícola al de la fábrica. Se
las explota cínicamente. Cuenta Marx en una nota de El capital: «El fabricante M. E. me hizo saber
que en sus telares mecánicos solamente empleaba mujeres, y que daba preferencia a las casadas, y,
entre estas, a las que tenían en casa una familia que mantener, porque ponían mucha más atención y
mostraban más docilidad que las solteras, ya que tenían que trabajar hasta el agotamiento de sus
fuerzas para procurar a los suyos los medios de subsistencia indispensables. Así es -añade Marx-
cómo son falsedades las cualidades propias de la mujer en detrimento suyo y cómo todos los
elementos morales y delicados de su naturaleza se transforman en medios para esclavizarla y
hacerla sufrir.» Resumiendo El capital y comentando a Bebel, escribe G. Derville: «Animal de lujo o
animal de carga, he ahí lo que es casi exclusivamente hoy la mujer. Entretenida por el hombre
cuando no trabaja, sigue siéndolo también cuando se mata trabajando.» La situación de la obrera era
38 N. TRUQUIN: Mémoires et aventures d'un prolétaire. Citado según E. DOLLÉANS: Histoire du Mouvernent ouvrier, tomo I.
43
El segundo sexo Simone de Beauvoir
tan lamentable, que Sismondi y Blanqui piden que se prohiba a las mujeres el acceso a los talleres.
La causa de ello, en parte, consiste en que las mujeres no supieron en principio defenderse y
organizarse en sindicatos. Las «asociaciones» femeninas datan de 1848, y, al principio, eran
asociaciones de producción. El movimiento progresó con extremada lentitud, como se ve por las
siguientes cifras:
En 1920 hay 239.016 obreras y empleadas sindicadas sobre un total de 1.580.967 trabajadores, y
entre las trabajadoras agrícolas solamente 36.193 sindicadas de 1.083.957, es decir, en total 292.000
sindicadas en un conjunto de 3.076.585 trabajadores sindicados. Es una tradición de resignación y
sumisión, una falta de solidaridad y de conciencia colectiva, que las deja desarmadas ante las nuevas
posibilidades que se abren ante ellas.
De esta actitud resulta que el trabajo femenino no ha sido reglamentado sino lenta y tardíamente. Hay
que esperar hasta 1874 para que la ley intervenga; y aun así, a despecho de las campañas
desarrolladas bajo, el Imperio, solo hay dos disposiciones relativas a las mujeres; una de ellas
prohibe el trabajo nocturno a las menores de edad y exige que se les conceda descanso los
domingos y días feriados; su jornada de trabajo queda limitada a doce horas; en cuanto a las mujeres
de más de veintiún años, la ley se limita a prohibirles el trabajo subterráneo en las minas y canteras.
La primera carta del trabajo femenino data del 2 de noviembre de 1892; prohibe el trabajo nocturno y
limita la jornada en las fábricas, pero deja la puerta abierta a todos los fraudes. En 1900 se limita la
jornada a diez horas; en 1905 se hace obligatorio el descanso semanal; en 1907 la trabajadora
obtiene la libre disposición de sus ingresos; en 1909 se garantizan vacaciones pagadas a las mujeres
embarazadas; en 1911 se vuelven a poner en vigor imperativamente las disposiciones de 1892; en
1913 se reglamentan las modalidades concernientes al reposo de las mujeres antes y después del
parto, y se les prohiben los trabajos peligrosos y excesivos. Poco a poco, se va formando una
legislación social y el trabajo femenino se rodea de garantías de higiene: se exigen asientos para las
vendedoras, se prohibe la prolongada permanencia en los mostradores exteriores, etc. La Oficina
Internacional del Trabajo ha logrado convenios internacionales relativos a las condiciones sanitarias
del trabajo femenino, los permisos a otorgar en caso de embarazo, etc.
Una segunda consecuencia de la resignada inercia de las trabajadoras fueron los salarios con que
debieron contentarse. La razón de que los salarios femeninos hayan sido fijados a un nivel tan bajo
es un fenómeno respecto al cual se han propuesto diversas explicaciones y que depende de un
conjunto de factores. No basta decir que las necesidades de las mujeres son menores que las de los
hombres: eso no es más que una justificación posterior. Más bien, como se ha visto, las mujeres no
han sabido defenderse contra sus explotadores; tenían que afrontar la competencia de las prisiones
que lanzaban al mercado productos fabricados sin gastos de mano de obra, y también se hacían
competencia unas a otras. Preciso es tener en cuenta, además, que en el seno de una sociedad en la
que subsiste la comunidad conyugal es donde la mujer trata de emanciparse por el trabajo: ligada al
hogar del padre, del marido, lo más frecuente es que se contente con llevar a la casa una ayuda;
trabaja fuera de la familia, mas para la familia; y, como no se trata para la obrera de subvenir a la
totalidad de sus necesidades, se ve obligada a aceptar una remuneración muy inferior a la que exige
un hombre. Al contentarse un importante número de mujeres con esos salarios rebajados, todo el
conjunto del salario femenino se ha alineado de acuerdo con ese nivel, que es el más ventajoso para
el empresario.
En Francia, según la encuesta llevada a cabo en 1889-1893, por una jornada de trabajo igual a la del
hombre, la obrera no percibía más que la mitad del salario masculino. De acuerdo con la encuesta de
1908, los ingresos más elevados de las obreras a domicilio no sobrepasaban los veinte céntimos por
hora y descendían hasta los cinco céntimos: a una mujer así explotada le era imposible vivir sin una
limosna o un protector. En Norteamérica, en 1918, la mujer solo percibe la mitad del salario
masculino. Hacia esa época, por la misma cantidad de carbón extraída de las minas alemanas, la
mujer ganaba, aproximadamente, un 25 por 100 menos que el hombre. Entre 1911 y 1943, los
salarios femeninos en Francia subieron algo más rápidamente que los masculinos, pero siguieron
siendo netamente inferiores.
Si los empresarios acogieron diligentemente a las mujeres a causa de los bajos salarios que estas
aceptaban, ese mismo hecho provocó resistencias por parte de los trabajadores masculinos. Entre la
44
El segundo sexo Simone de Beauvoir
causa del proletariado y la de las mujeres, no existe una solidaridad tan inmediata como pretendían
Bebel y Engels. El problema se ha presentado un poco de la misma manera que en Estados Unidos
de América a propósito de la mano de obra negra. Las minorías más oprimidas de una sociedad son
gustosamente utilizadas por los opresores como un arma contra la totalidad de la clase a la cual
pertenecen aquellas; al mismo tiempo, aparecen al principio como enemigas, y hace falta una
conciencia más profunda de la situación para que los intereses de los negros y los blancos, de las
obreras y los obreros, lleguen a coaligarse en vez de oponerse los unos a los otros. Se comprende
que los trabajadores masculinos hayan visto, al principio, en esta competencia barata, una temible
amenaza y que se hayan mostrado hostiles. Solo cuando las mujeres se han integrado en la vida
sindical, han podido defender sus propios intereses y dejar de poner en peligro los de la clase obrera
en general.
A despecho de todas estas dificultades, la evolución del trabajo femenino ha proseguido. En 1900
todavía se contaban en Francia 900.000 obreras a domicilio, que fabricaban vestidos, artículos de piel
y de cuero, coronas fúnebres, sacos, abalorios, artículos de París; pero ese número ha disminuido
considerablemente. En 1906, el 42 por 100 de las mujeres en edad de trabajar (entre los dieciocho y
los sesenta años) estaban empleadas en la agricultura, la industria, el comercio, la banca, los
seguros, las oficinas, las profesiones liberales. Ese movimiento fue precipitado en el mundo entero
por la crisis de la mano de obra de 1914-1918 y por la última guerra mundial. La pequeña burguesía y
la burguesía media se han decidido a seguirlo, y las mujeres han invadido también las profesiones
liberales. Según uno de los últimos censos elaborados antes de la última guerra, de la totalidad de
mujeres comprendidas entre los dieciocho y los sesenta años de edad, alrededor del 42 por 100
trabajan en Francia; el 37, en Finlandia; el 34'2, en Alemania; el 27'7, en la India; el 26'9, en
Inglaterra; el 19'2, en los Países Bajos, y el 17'7 por 100, en Estados Unidos. En Francia y en la India
las cifras son tan elevadas a causa de la importancia del trabajo rural. Si se exceptúa a las
campesinas, hay en Francia, en 1940, alrededor de quinientas mil encargadas de establecimientos,
un millón de empleadas, dos millones de obreras, millón y medio de retiradas o en paro forzoso. Entre
obreras, hay 650.000 domésticas; 1.200.000 trabajan en las industrias de transformación, de ellas
440.000 en la industria textil; 315.000, en la del vestido; 380.000, a domicilio como costureras. En
cuanto al comercio, las profesiones liberales y los servicios públicos, Francia, Inglaterra y Estados
Unidos ocupan más o menos el mismo lugar.
Uno de los problemas esenciales que se plantean a propósito de la mujer, según hemos visto ya, es
el de la conciliación de su papel reproductor con su trabajo productivo. La razón profunda que en el
origen de la Historia consagra a la mujer a las faenas domésticas y le prohibe participar en la
construcción del mundo, es su sometimiento a la función generadora. En las hembras de los animales
hay un ritmo entre el celo y las estaciones que asegura la economía de sus fuerzas; por el contrario,
entre la pubertad y la menopausia, la Naturaleza no limita la capacidad de gestación de la mujer.
Ciertas civilizaciones prohiben las uniones precoces; se citan tribus indias donde se exige que se
asegure a las mujeres un reposo de dos años, por lo menos, entre parto y parto; pero en conjunto, y
durante numerosos siglos, la fecundidad femenina no ha sido reglamentada. Existen desde la
Antigüedad 39 prácticas anticonceptivas, generalmente para uso de la mujer: pociones, supositorios,
tampones vaginales; sin embargo, tales prácticas constituían un secreto de prostitutas y médicos;
quizá ese secreto fuera conocido por aquellas romanas de la decadencia a quienes los escritores
satíricos reprochaban su esterilidad. Sin embargo, la Edad Media las ignoró; no se halla traza de ellas
hasta el siglo XVIII. Para multitud de mujeres, la vida en aquella época era una ininterrumpida serie
de embarazos; hasta las mujeres de costumbres alegres pagaban con numerosas maternidades sus
licencias amorosas. En ciertas épocas, la Humanidad ha experimentado la acuciante necesidad de
reducir el número de la población; pero, al mismo tiempo, las naciones temían debilitarse; en las
épocas de crisis y de miseria, se lograba una disminución del índice de nacimientos mediante el
retraso de la edad de los solteros para contraer matrimonio. La regla general era casarse joven y
tener tantos hijos como la mujer pudiese traer al mundo; únicamente la mortalidad infantil reducía el
40
número de los hijos vivos. Ya en el siglo XVII, el abate De Pure protesta contra «la hidropesía
amorosa» a la que están condenadas las mujeres; y madame de Sévigné recomienda a su hija que
evite embarazos demasiado frecuentes. Pero es en el siglo XVIII cuando se desarrolla en Francia la
tendencia malthusiana. Primero las clases acomodadas y luego el conjunto de la población estiman
razonable limitar el número de hijos de acuerdo con los recursos de los padres, y los procedimientos
39 «La más antigua mención conocida respecto a procedimientos anticonceptivos sería un papiro egipcio del segundo milenio antes de
nuestra Era, que recomienda la aplicación vaginal de una extraña mezcla compuesta por excrementos de cocodrilo, miel, natrón y una
sustancia gomosa.» (P. ARIÈS: Histoire des populations françaises.) Los médicos persas de la Edad Media conocían treinta y una
recetas, de las cuales solamente nueve eran para el hombre. Soranos, en la época de Adriano, explica que, en el momento de la
eyaculación, la mujer que no desea tener hijos debe «contener la respiración, echar un poco el cuerpo hacia atrás, con objeto de que el
semen no penetre en el os uteri, levantarse inmediatamente, ponerse en cuclillas y provocar estornudos».
40 En la Précieuse, 1656
45
El segundo sexo Simone de Beauvoir
La práctica del coitus interruptus se extiende primeramente entre la burguesía, después en las
poblaciones rurales y entre los obreros; el preservativo, que ya existía como antivenéreo. se convierte
en un anticonceptivo que se propaga ampliamente, sobre todo después del descubrimiento de la
vulcanización, hacia 1840 41 . En los países anglosajones, se autoriza oficialmente el birth control, y se
han descubierto multitud de métodos que permiten disociar estas dos funciones en otro tiempo
inseparables: la función sexual y la función reproductora. Los trabajos de la medicina vienesa, al
establecer con precisión el mecanismo de la concepción y las condiciones que le son favorables, han
sugerido también las maneras de evitarla. En Francia están prohibidas la propaganda anticonceptiva
y la venta de pesarios, tampones vaginales, etc.; mas no por eso está menos difundido el birth
control.
En cuanto al aborto, no está autorizado en ninguna parte por las leyes. El Derecho romano no
acordaba protección especial a la vida embrionaria; no consideraba al nasciturus como un ser
humano, sino como una parte del cuerpo materno. Partus antequam edatur mulieris portio est vel
viscerum 42 . En tiempos de la decadencia, el aborto era una práctica normal, y, cuando el legislador
quiso estimular los nacimientos, no se atrevió a prohibirlo. Si la mujer rehusaba el hijo contra la
voluntad del marido, este podía hacer que la castigasen: pero era su desobediencia lo que constituía
delito. En el conjunto de la civilización oriental y grecorromana, el aborto es admitido por la ley.
Ha sido el cristianismo el que ha trastocado en este aspecto las ideas morales, al dotar de un alma al
embrión; entonces el aborto se convirtió en un crimen contra el feto mismo. «Toda mujer que hace de
modo que no pueda engendrar tantos hijos como podría tener, se hace culpable de otros tantos
homicidios, lo mismo que la mujer que trata de herirse después de la concepción», dice San Agustín.
En Bizancio, el aborto no comportaba sino la relegación temporal; entre los bárbaros, quien
practicaba el infanticidio no era censurado más que en el caso de que hubiera sido perpetrado con
violencia, contra la voluntad de la madre: se le redimía mediante el pago del precio de la sangre. Los
primeros Concilios, sin embargo, decretan contra este «homicidio» las penas más severas, cualquiera
que sea la edad presunta del feto. Se plantea, no obstante, una cuestión que fue objeto de infinitas
discusiones: ¿en qué momento penetra el alma en el cuerpo? Santo Tomás y la mayor parte de los
autores fijaron la animación hacia los cuarenta días para los niños y hacia los ochenta para las niñas;
entonces se introdujo una distinción entre el feto animado y el feto inanimado. En el curso de la Edad
Media, el libro penitencial declara: «Si una mujer encinta hace perecer su fruto antes de los cuarenta
y cinco días, sufrirá una penitencia de un año. Si lo hace al cabo de sesenta días, será de tres años.
En fin, si el niño ya está animado, deberá ser tratada como homicida.» No obstante, el libro añade:
«Existe gran diferencia entre la mujer pobre que destruye a su hijo por las dificultades que le cuesta
alimentarlo y la que no persigue otra finalidad que ocultar el crimen de fornicación.» En 1556, Enrique
II publicó un célebre edicto sobre el encubrimiento del embarazo; el simple encubrimiento era
castigado con la muerte, y de ello se deducía que, con mayor motivo, la pena debería aplicarse a las
maniobras abortivas; en realidad, el edicto se dirigía contra el infanticidio, pero fue aprovechado para
dictar pena de muerte contra los autores y cómplices del aborto. La distinción entre feto animado e
inanimado desapareció hacia el siglo XVIII. Al finalizar el siglo, Beccaria, cuya influencia fue
considerable en Francia, postuló en favor de la mujer que rehusa tener hijos. El código de 1791
excusa a esta, pero castiga a sus cómplices a «veinte años de hierro». La idea de que el aborto es un
homicidio desaparece en el siglo XIX, cuando más bien se le considera un crimen contra el Estado.
La ley de 1810 lo prohibe rotundamente, so pena de reclusión y de trabajos forzados para la mujer y
sus cómplices; de hecho, los médicos lo practican siempre que se trata de salvar la vida de la madre.
Por lo mismo que la ley es demasiado severa, los propios jurados cesan de aplicarla hacia finales de
siglo; no había más que un número ínfimo de arrestos, y se absolvía a las cuatro quintas partes de los
acusados. En 1923, una nueva ley prevé todavía los trabajos forzados para los cómplices y autores
de la intervención, pero castiga a la mujer solamente con prisión o multa; en 1939, un nuevo decreto
se dirige especialmente contra los técnicos, a quienes no les será ya concedido ningún
sobreseimiento. En 1941, el aborto ha sido declarado crimen contra la seguridad del Estado. En los
demás países, es un delito sancionado con una pena correccional; en Inglaterra, empero, es un
crimen de felony castigado con prisión o trabajos forzados. En general, códigos y tribunales se
muestran mucho más indulgentes con la mujer que con los cómplices. La Iglesia, sin embargo, no ha
41 «Hacia 1930, una firma norteamericana vendía veinte millones de preservativos al año. Quince manufacturas norteamericanas
producían millón y medio de preservativos por día» (P. Ariès).
42 «Antes de nacer, el niño es una porción de la mujer, una especie de víscera.»
46
El segundo sexo Simone de Beauvoir
Solo durante un breve período ha estado oficialmente autorizado el aborto en Alemania antes del
nazismo y en la URSS antes de 1936 44 . Sin embargo, y pese a la religión y las leyes, ocupa en todos
los países un lugar considerable. En Francia se cuentan todos los años de ochocientos mil a un millón
-o sea, tantos como nacimientos-, siendo casadas los dos tercios de las mujeres que los sufren,
muchas de las cuales ya han tenido uno o dos hijos. A despecho de los prejuicios, las resistencias y
las supervivencias de una moral caduca, se ha asistido, pues, al paso de una fecundidad libre a una
fecundidad dirigida por el Estado o los individuos.
Los progresos de la obstetricia han disminuido considerablemente los riesgos del parto; los dolores
del alumbramiento están en camino de desaparecer; en estos días -marzo de 1949-, se ha decretado
en Inglaterra el empleo obligatorio de ciertos métodos de anestesia; dichos métodos ya son
generalmente aplicados en Estados Unidos y empiezan a difundirse en Francia. Por medio de la
inseminación artificial se corona la evolución que permitirá a la Humanidad dominar la función
reproductora. Tales cambios tienen inmensa importancia, sobre todo para la mujer, que puede reducir
el número de sus embarazos, integrarlos racionalmente en su vida, en lugar de ser su esclava. A su
vez, la mujer, en el curso del siglo XIX, se emancipa de la Naturaleza, conquista el dominio de su
cuerpo. Sustraída en gran parte a las servidumbres de la reproducción, puede asumir el papel
económico que se le ofrece y que le asegurará la conquista de su persona toda entera.
43 En el volumen segundo volveremos a ocuparnos de la discusión sobre esta actitud. Señalemos únicamente que los católicos están muy
lejos de tomar al pie de la letra la doctrina de San Agustín. El confesor susurra a la joven novia, en la víspera de la boda, que puede hacer
con su marido no importa qué, siempre que el coito termine «como debe ser»; están prohibidas las prácticas positivas del birth control
-comprendido el coitus interruptus-, pero se tiene derecho a utilizar el calendario establecido por los sexólogos vieneses y perpetrar el
acto cuyo solo objeto reconocido es el de la generación, en los días en que la concepción le es imposible a la mujer. Hay directores
espirituales que incluso comunican este calendario a su grey. La realidad es que hay multitud de «madres cristianas» que solo tienen dos
o tres hijos, pese a no haber interrumpido sus relaciones conyugales después del último parto.
44 Hoy lo está nuevamente (1967).
47
El segundo sexo Simone de Beauvoir
En cuanto a los derechos políticos, no sin considerables esfuerzos, se han conquistado en Francia,
Inglaterra y Estados Unidos. En 1867, Stuart Mill pronunciaba en el Parlamento inglés el primer
alegato en favor del voto de la mujer que jamás se haya pronunciado oficialmente. Reclamaba
imperiosamente en sus escritos la igualdad de la mujer y el hombre en el seno de la familia y la
sociedad. «Estoy convencido de que las relaciones sociales de ambos sexos, que subordinan un
sexo al otro en nombre de la ley, son malas en sí mismas y constituyen uno de los principales
obstáculos que se opondrán al progreso de la Humanidad; estoy convencido de que deben ceder el
sitio a una igualdad perfecta.» A continuación, las inglesas se organizan políticamente bajo la
dirección de mistress Fawcett; las francesas se agrupan detrás de María Deraismes, que entre 1868 y
1871 estudia, en una serie de conferencias públicas, la situación de la mujer; sostiene una viva
controversia con Alejandro Dumas, hijo, quien aconsejaba al marido traicionado por una esposa infiel:
«Mátala.» El verdadero fundador del feminismo fue León Richier, que creó en 1869 los «Droits de la
Femme» y organizó el Congreso Internacional de los Derechos de la Mujer, celebrado en 1878.
Todavía no se abordó la cuestión del derecho al voto; las mujeres se limitaron a reclamar derechos
civiles; durante treinta años, el movimiento siguió siendo tan tímido en Francia como en Inglaterra. Sin
embargo, una mujer, Hubertine Auclert, inició una campaña sufragista, creó una agrupación
denominada el «Sufragio de las Mujeres» y un diario titulado La Citoyenne. Bajo su influencia, se
constituyeron numerosas sociedades, pero su acción apenas fue eficaz. Esta debilidad del feminismo
tiene su origen en sus divisiones intestinas; a decir verdad, y como ya se ha señalado, las mujeres no
son solidarias como sexo: ante todo están ligadas a su clase; los intereses de las burguesas y los de
las mujeres proletarias no coinciden. El feminismo revolucionario toma de nuevo la tradición
sansimoniana y marxista; preciso es notar, por otra parte, que Louise Michel se pronuncia contra el
feminismo porque ese movimiento no hace sino desviar fuerzas que deberían emplearse por entero
en la lucha de clases; mediante la abolición del capital, se resolverá favorablemente la suerte de la
mujer.
En 1879, el Congreso Socialista proclamó la igualdad de los sexos y, desde entonces, ya no volverá a
ser denunciada la alianza feminismo-socialismo; pero, puesto que las mujeres esperan la libertad de
la emancipación de los trabajadores en general, no se adherirán a su propia causa más que de un
modo secundario. Por el contrario, las burguesas reclaman nuevos derechos en el seno de la
sociedad tal cual es y se prohiben a si mismas el ser revolucionarias; desean introducir en las
costumbres reformas virtuosas: supresión del alcoholismo, de la literatura pornográfica, de la
prostitución. En 1892 se reunió el llamado Congreso Feminista, que dio su nombre al movimiento; de
él no salió gran cosa. No obstante, en 1897 se aprueba una ley que permite a la mujer ser testigo
ante los tribunales, pero una doctora en Derecho que pretende inscribirse en el Colegio de Abogados
ve denegada su solicitud. En 1898 las mujeres obtienen el electorado en el Tribunal de Comercio, el
electorado y la elegibilidad en el Consejo Superior del Trabajo, la admisión en el Consejo Superior de
Asistencia Pública y en la Escuela de Bellas Artes. En 1900, un nuevo congreso reúne a las
feministas; tampoco llega a grandes resultados. Sin embargo, en 1901, Viviani plantea por primera
vez en la Cámara la cuestión del voto femenino; por lo demás, propone limitar el sufragio a las
solteras y las divorciadas. En ese momento crece la importancia del movimiento feminista. En 1909
se funda la Unión Francesa para el Sufragio de las Mujeres, cuya animadora es madame Brunschwig;
organiza conferencias, mítines, congresos, manifestaciones. En 1909, Buisson da un informe sobre
una proposición de Dussausoy concediendo a las mujeres derechos electorales para las asambleas
locales. En 1910, Thomas presenta una propuesta en favor del sufragio femenino; renovada en 1918,
triunfa en 1919 en la Cámara, pero fracasa en 1922 ante el Senado. La situación es bastante
compleja. Al feminismo revolucionario, al llamado feminismo independiente de madame Brunschwig,
se adjunta un feminismo cristiano: Benedicto XV se pronuncia en favor del voto femenino, en 1919;
monseñor Baudrillart y el padre Sertillanges desarrollan una ardiente propaganda en este sentido; los
católicos piensan, en efecto, que las mujeres representan en Francia un elemento conservador y
religioso; eso es precisamente lo que temen los radicales: la verdadera razón de su oposición estriba
en que temen un desplazamiento de votos si permiten votar a las mujeres. En el Senado, muchos
católicos, el grupo de Unión Republicana y, por otro lado, los partidos de extrema izquierda, son
favorables al voto de las mujeres; pero la mayoría de la asamblea está en contra. Hasta 1932 recurre
a procedimientos dilatorios y se niega a discutir las proposiciones relativas al sufragio femenino; en
1932, sin embargo, al aprobar la Cámara, por trescientos diecinueve votos a favor y uno en contra, la
enmienda que otorgaba a las mujeres los derechos electorales y la elegibilidad, el Senado abre un
debate que dura varias sesiones, al término de las cuales se rechaza la enmienda. El informe
publicado en el Officiel es de lo más significativo; en él se encuentran todos los argumentos que los
antifeministas han desarrollado durante medio siglo en obras cuya sola enumeración sería fastidiosa.
En primer lugar, vienen los argumentos galantes del género «amamos demasiado a la mujer para
permitir que las mujeres voten»; se exalta a la manera de Proudhon a la «verdadera mujer» que
acepta el dilema «cortesana o ama de casa»: la mujer perdería su encanto al votar; se halla sobre un
pedestal, que no descienda; tiene todo que perder y nada que ganar si se convierte en electora; ya
48
El segundo sexo Simone de Beauvoir
gobierna a los hombres sin necesidad de papeleta electoral, etc. De manera más seria, se invoca el
interés de la familia: el lugar de la mujer está en la casa; las discusiones políticas provocarían la
discordia entre los esposos. Algunos confiesan un antifeminismo moderado. Las mujeres son
diferentes de los hombres. No hacen el servicio militar. ¿Votarán las prostitutas? Otros afirman con
arrogancia su superioridad masculina: votar es una carga, no un derecho, y las mujeres no son
dignas de ello. Son menos inteligentes y menos instruidas que el hombre. Si ellas votasen, los
hombres se afeminarían. Su educación política no está acabada. Votarían de acuerdo con las
órdenes de sus maridos. Si quieren ser libres, que se libren primeramente de su costurera. También
se propone el siguiente argumento de soberbia ingenuidad: en Francia hay más mujeres que
hombres. A despecho de la pobreza de todas estas objeciones, ha sido preciso esperar hasta 1945
para que la francesa adquiera todos sus derechos políticos.
Nueva Zelanda había concedido a la mujer la plenitud de sus derechos desde 1893; siguió Australia
en 1908. Pero en Inglaterra y Norteamérica, la victoria ha sido difícil. La Inglaterra victoriana
confinaba imperiosamente la mujer al hogar; Jane Austen se ocultaba para escribir; hacía falta mucho
valor o un destino excepcional para convertirse en una George Eliot, una Emily Brontë; en 1818, un
sabio inglés escribía: «Las mujeres no solamente no son la raza, ni siquiera la mitad de la raza, sino
una subespecie destinada únicamente a la reproducción.» Hacia finales de siglo, mistress Fawcett
funda el movimiento sufragista; pero, al igual que en Francia, es un movimiento tímido. Hacia 1903 es
cuando las reivindicaciones femeninas adoptan un giro singular. La familia Pankhurst crea en Londres
la «Woman Social and Political Union», adherida al partido laborista, y que emprende una acción
resueltamente militante. Es la primera vez en la Historia que se ve en las mujeres intentar un esfuerzo
como tales mujeres, y eso es lo que presta un particular interés a la aventura de las «sufragistas» en
Inglaterra y Norteamérica. Durante quince años, desarrollan una política de presión que en ciertos
aspectos recuerda la actitud de un Gandhi: rechazan la violencia, pero inventan sucedáneos más o
menos ingeniosos. Invaden el Albert Hall en el curso de mítines celebrados allí por el partido liberal,
enarbolando pancartas en donde se leen las palabras: «El voto para la mujer»; penetran a viva fuerza
en el despacho de lord Asquith, celebran mítines en Hyde Park o en Trafalgar Square, desfilan por las
calles portando pancartas, organizan conferencias; en el curso de las manifestaciones, insultan a los
policías o los atacan a pedradas, con objeto de provocar procesos; una vez en la cárcel, adoptan la
táctica de la huelga de hambre; recaudan fondos, congregan a su alrededor a millones de mujeres y
de hombres; conmueven a la opinión tan certeramente, que en 1907, doscientos miembros del
Parlamento constituyen un comité para el sufragio de la mujer; a partir de entonces, todos los años
algunos de ellos presentan un proyecto de ley en favor del sufragio femenino, proyecto que es
rechazado todos los años con los mismos argumentos. En 1907 es cuando la W.S.P.U. organiza la
primera marcha sobre el Parlamento, en la que participan multitud de trabajadoras con mantones y
algunas damas de la aristocracia; la Policía las rechaza; pero al año siguiente, al surgir la amenaza
de prohibir a las mujeres casadas el trabajo en ciertas galerías de las minas de Lancashire, aquellas
son convocadas por la W.S.P.U. para celebrar en Londres un gran mitin. Se producen nuevas
detenciones, a las que las sufragistas detenidas replican en 1909 con una prolongada huelga de
hambre. Una vez puestas en libertad, organizan nuevas manifestaciones: una de las mujeres,
montada en un caballo al que han embadurnado de cal, representa a la reina Isabel. El 18 de julio de
1910, día en que va a presentarse en la Cámara el proyecto de ley sobre el sufragio femenino, se
organiza un desfile de nueve kilómetros de longitud por las calles de Londres; rechazado el proyecto
de ley, se organizan nuevos mítines. En 1912 las mujeres adoptan una táctica más violenta:
incendian casas deshabitadas, dañan cuadros, pisotean arriates, arrojan piedras contra la Policía; al
mismo tiempo, envían delegación tras delegación a Lloyd George, a sir Edmond Grey; se ocultan en
el Albert Hall e intervienen ruidosamente durante los discursos de Lloyd George. La guerra interrumpe
sus actividades. Resulta muy difícil saber en qué medida esta acción ha precipitado los
acontecimientos. El voto les fue concedido a las inglesas, primero, en 1918 bajo una forma
restringida, y, luego, en 1928, sin restricciones: en parte fueron los servicios prestados durante la
guerra los que les valieron ese éxito.
La mujer norteamericana se había hallado al principio más emancipada que la europea. Al comienzo
del siglo XIX las mujeres tuvieron que participar en el duro trabajo de pionero emprendido por los
hombres; lucharon a su lado; eran mucho menos numerosas que ellos, y este hecho determinó que
alcanzasen un valor muy elevado. Sin embargo, poco a poco, su situación se ha ido acercando a la
de las mujeres del Viejo Continente; se ha conservado la galantería con respecto a ellas; han
conservado privilegios culturales y una posición dominante en el seno de la familia; las leyes les
concedían de buen grado un papel religioso y moral; sin embargo, no por ello dejaban de estar todos
los mandos de la sociedad en manos masculinas. Algunas comenzaron hacia 1830 a reivindicar sus
derechos políticos. También emprendieron una campaña en favor de los negros. Habiéndole sido
impedida la asistencia al Congreso antiesclavista celebrado en Londres, en 1840, la cuáquera
Lucretia Mott fundó una asociación feminista. El 18 de julio de 1840, en una convención reunida en
49
El segundo sexo Simone de Beauvoir
Séneca Falls, redactan un manifiesto en el que reina la inspiración cuáquera y que da el tono a todo
el feminismo norteamericano. «El hombre y la mujer han sido creados iguales, dotados por el Creador
de derechos inalienables... El Gobierno sólo está hecho para salvaguardar esos derechos... El
hombre convierte a la mujer casada en una muerta cívica... Usurpa las prerrogativas de Jehová, único
que puede asignar a los hombres su esfera de acción.» Tres años después, la señora Beecher-Stowe
escribió La cabaña del tío Tom, que había de levantar a la opinión en favor de los negros. Emerson y
Lincoln apoyan el movimiento feminista. Al estallar la guerra de Secesión, las mujeres participan
ardientemente en la misma; pero en vano reclaman que la enmienda que otorga a los negros el
derecho de votar sea redactada de la siguiente manera: «Ni el color ni el sexo... son obstáculos para
ejercer el derecho electoral.» Sin embargo, uno de los artículos de la enmienda era ambiguo, y la
señorita Anthony, destacada dirigente feminista, lo toma como pretexto para votar en Rochester con
catorce de sus camaradas; fue condenada a pagar una multa de cien dólares. En 1869 funda la
Asociación Nacional para el Sufragio Femenino, y en ese mismo año el Estado de Wyoming concede
el derecho de voto a la mujer. Pero hasta 1893 no es seguido ese ejemplo por el Estado de Colorado,
y luego, en 1896, por Idaho y Utah. Después, los progresos son muy lentos. En el plano económico,
empero, las mujeres marchan mucho mejor que en Europa. En 1900 hay en Estados Unidos cinco
millones de mujeres que trabajan, de las cuales 1.300.000 lo hacen en la industria y 500.000 en el
comercio; se cuenta un número muy elevado de ellas en el comercio, la industria, los negocios y
todas las profesiones liberales. Hay abogadas, médicas y 3.373 mujeres pastoras de almas. La
célebre Marie Baker Eddy funda la «Christian Scientist Church». Las mujeres adoptan la costumbre
de reunirse en clubs, los cuales agrupan unos dos millones de miembros.
Sin embargo, solo nueve Estados han concedido el voto a la mujer. En 1913, el movimiento sufragista
se organiza según el modelo del movimiento militante inglés. Lo dirigen dos mujeres: la señorita
Stevens y una joven cuáquera llamada Alice Paul. Obtienen de Wilson autorización para desfilar en
una gran manifestación con banderas e insignias; organizan a continuación una campaña de
conferencias, mítines, desfiles, toda suerte de manifestaciones. Las electoras de los nueve Estados
donde está admitido el voto femenino se trasladan con gran pompa al Capitolio, exigiendo el voto de
la mujer para toda la nación. En Chicago se ve por primera vez a las mujeres reunirse en un partido
con objeto de liberar a su sexo; esa asamblea se convierte en el «Partido de las Mujeres». En 1917,
las sufragistas inventan una nueva táctica: se instalan a la puerta de la Casa Blanca, enarbolando sus
banderas y a menudo encadenadas a las verjas, para que no las puedan dispersar. Al cabo de seis
meses son detenidas y enviadas a la penitenciaría de Oxcaqua; se declaran en huelga de hambre y
terminan por ser puestas en libertad. Nuevas manifestaciones callejeras degeneran en brotes de
motines. El Gobierno termina por consentir el nombramiento de una comisión de sufragio en la
Cámara. El Comité Ejecutivo del Partido de las Mujeres celebra una conferencia en Washington; a la
salida, la enmienda en favor del voto femenino es presentada en la Cámara y votada el 10 de enero
de 1918. Pero falta por conseguir el voto del Senado. Como Wilson no parece estar dispuesto a
ejercer suficiente presión, las sufragistas empiezan de nuevo a manifestarse, y celebran un mitin ante
las puertas de la Casa Blanca. El presidente se decide a dirigir un llamamiento al Senado, pero la
enmienda es rechazada por dos votos de mayoría. Será un congreso republicano el que vote la
enmienda en junio de 1919. A continuación, y durante diez años, prosigue la lucha por la completa
igualdad de ambos sexos. En la sexta conferencia de las Repúblicas americanas celebrada en La
Habana, en 1928, las mujeres obtienen la creación de un comité interamericano de mujeres. En 1933,
los tratados de Montevideo elevan la condición de la mujer por medio de una convención
internacional. Diecinueve repúblicas americanas firman la convención que otorga a la mujer la
igualdad de todos los derechos.
En Suecia existe también un movimiento feminista de gran importancia. En nombre de las viejas
tradiciones, las suecas reivindican el derecho «a la instrucción, el trabajo y la libertad». Son, sobre
todo, las mujeres de letras quienes llevan adelante la lucha, y es el aspecto moral del problema el que
les interesa ante todo; después, agrupadas en poderosas asociaciones, se captan a los liberales,
pero tropiezan con la hostilidad de los conservadores. En 1907 las noruegas, y en 1906 las
finlandesas, obtienen el sufragio que las suecas esperarán todavía durante años.
Los países latinos, como los países de Oriente, oprimen a la mujer por el rigor de las costumbres aún
más que por el de las leyes. En Italia, el fascismo frenó sistemáticamente la evolución del feminismo.
Al buscar la alianza con la Iglesia, respetar la familia y prolongar una tradición de esclavitud femenina,
la Italia fascista esclavizó doblemente a la mujer: a los poderes públicos y a su marido. La situación
ha sido muy diferente en Alemania. En 1790 el estudiante Hippel había lanzado el primer manifiesto
del feminismo alemán. En los comienzos del siglo XIX floreció un feminismo sentimental análogo al
de George Sand. En 1848, la primera feminista alemana, Luisa Otto, reclamaba para la mujer el
derecho a contribuir a la transformación de su país: su feminismo era esencialmente nacionalista.
Fundó en 1865 la «Asociación General de Mujeres Alemanas». Los socialistas alemanes, empero,
50
El segundo sexo Simone de Beauvoir
reclamaban con Bebel la abolición de la desigualdad de los sexos. En 1892, Clara Zetkin entra en los
Consejos del partido. Aparecen asociaciones obreras femeninas y sindicatos de mujeres socialistas
agrupados en una Federación. Las alemanas no consiguen en 1914 la constitución de un ejército
nacional de mujeres, pero participan ardientemente en el esfuerzo de guerra. Tras la derrota
alemana, obtienen el derecho de voto y toman parte en la vida política: Rosa Luxemburgo lucha en el
grupo espartaquista al lado de Carlos Liebknecht y muere asesinada en 1919. La mayoría de las
alemanas se ha pronunciado por el partido del orden; varias de ellas ocupan escaños en el
Reichstag. Así, pues, es a mujeres emancipadas a quienes Hitler impone de nuevo el ideal
napoleónico: «Küche, Kirche, Kinder.» «La presencia de una mujer en el Reichstag lo deshonraría»,
declara. Como el nazismo era anticatólico y antiburgués, da a la mujer un lugar privilegiado; la
protección concedida a las madres solteras y a los hijos naturales emancipa, en gran parte, a la mujer
del matrimonio; al igual que en Esparta, depende del Estado mucho más que de ningún individuo, lo
cual le da al mismo tiempo más y menos autonomía que a una burguesa que viviese bajo un régimen
capitalista.
El artículo 122 de la Constitución de 1936 estipula que: «En la URSS, la mujer goza de los mismos
derechos que el hombre en todos los dominios de la vida económica, oficial, cultural, pública y
política.» Y estos principios han sido precisados por la Internacional Comunista, que reclama:
«Igualdad social de la mujer y del hombre ante la ley y en la vida práctica. Radical transformación del
derecho conyugal y del código de la familia. Reconocimiento de la maternidad como función social.
Los cuidados y la educación de los niños y adolescentes correrán por cuenta de la sociedad. Lucha
civilizadora organizada contra la ideología y las tradiciones que hacen de la mujer una esclava.» En el
dominio económico, las conquistas de la mujer han sido deslumbrantes. Ha obtenido la igualdad de
salarios con los trabajadores masculinos y ha participado intensamente en la producción; en virtud de
todo ello, ha adquirido una considerable importancia política y social. En el folleto recientemente
editado por la Asociación Francia-URSS se dice que en las elecciones generales de 1939 había
457.000 mujeres diputadas en los Soviets regionales, de distrito, de ciudad y de aldea, 1.480 en los
Soviets superiores de las Repúblicas socialistas, 227 tenían escaños en el Soviet Supremo de la
URSS. Cerca de diez millones de mujeres son miembros de los sindicatos. Constituían el 40 por 100
del contingente de obreros y empleados de la URSS; entre los stajanovistas se contaba gran número
de obreras. Sabida es la participación que la mujer rusa ha tenido en la última guerra; las mujeres
rusas han realizado un enorme trabajo hasta en las ramas de producción donde predominaban las
profesiones masculinas: metalurgia y minas, transporte fluvial de madera, ferrocarriles, etc. Se han
distinguido como aviadoras, paracaidistas, han formado ejércitos de guerrilleras.
El respeto concedido a la libre unión, la facilidad del divorcio, la reglamentación legal del aborto,
aseguraban la libertad de la mujer ante el hombre; las leyes sobre vacaciones por embarazo,
guarderías infantiles, jardines de la infancia, etc., aliviaban las cargas de la maternidad. A través de
testimonios apasionados y contradictorios, resulta difícil discernir cuál era su situación concreta; pero
lo cierto es que hoy las exigencias de la repoblación han conducido a una política familiar diferente: la
51
El segundo sexo Simone de Beauvoir
familia aparece como la célula social elemental, y la mujer es a la vez trabajadora y ama de casa 45 .
Estrechamente subordinada al Estado, como todos los trabajadores, estrechamente ligada al hogar,
pero teniendo acceso a la vida política y a la dignidad que confiere el trabajo productor, la mujer rusa
se halla en una situación singular.
En la sesión que acaba de celebrar en la ONU la Comisión para el estudio de la situación de la mujer,
ha reclamado que la igualdad de derechos para ambos sexos sea reconocida a través de todas las
naciones, y ha aprobado varias mociones tendentes a transformar en realidad concreta ese estatuto
legal. Así, pues, parece que la partida está ganada. El porvenir no puede por menos que conducir a
una asimilación cada vez más profunda de la mujer en el seno de una sociedad otrora masculina.
***
Si echamos una ojeada de conjunto a esta historia, vemos que de ella se desprenden varias
conclusiones. Y, en primer lugar, la siguiente: toda la historia de las mujeres la han hecho los
hombres. Al igual que en Norteamérica no hay problema negro, sino un problema blanco 46 , y que «el
antisemitismo no es un problema judío, sino nuestro problema» 47 , así también el problema de la
mujer siempre ha sido un problema de hombres. Ya se ha visto por qué causas han tenido ellos, al
principio, junto con la fuerza física, el prestigio moral; ellos han creado los valores, las costumbres, las
religiones, y jamás las mujeres les han disputado ese imperio. Algunas mujeres aisladas -Safo,
Christine de Pisan, Mary Wollstonescraft, Olympe de Gouges- han protestado contra la dureza de su
destino, y a veces se han producido manifestaciones colectivas; pero las matronas romanas que se
coaligaban contra la ley Oppia o las sufragistas anglosajonas han conseguido ejercer alguna presión
solo porque los hombres estaban dispuestos a sufrirla. Siempre han sido ellos quienes han tenido en
sus manos la suerte de la mujer, y nunca han decidido en función de su interés, sino que siempre han
tenido en cuenta sus propios proyectos, sus temores y sus necesidades. Cuando han reverenciado a
la diosa-madre ha sido porque la Naturaleza los atemorizaba; tan pronto como el útil de bronce les ha
permitido afirmarse frente a ella, han instituido el patriarcado; el estatuto de la mujer lo define
entonces el conflicto entre la familia y el Estado; la actitud del cristiano ante Dios, el mundo y su
propia carne es lo que se refleja en la condición que le ha asignado; lo que en la Edad Media se
denominó «querella de mujeres», fue una querella entre clérigos y laicos a propósito del matrimonio y
el celibato; lo que ha acarreado la tutela de la mujer casada ha sido el régimen social fundado en la
propiedad privada, y la revolución técnica realizada por los hombres es lo que ha emancipado a las
mujeres de hoy. Ha sido una evolución de la ética masculina lo que ha determinado la reducción de
las familias numerosas mediante el birth control y ha liberado parcialmente a la mujer de las
servidumbres de la maternidad. El propio feminismo no ha sido jamás un movimiento autónomo: en
parte fue un instrumento en manos de los políticos, en parte un epifenómeno que reflejaba un drama
social más profundo. Las mujeres nunca han constituido una casta separada, y en verdad tampoco
han tratado de representar un papel en la Historia como sexo. Las doctrinas que reclaman el
advenimiento de la mujer en tanto que es carne, vida, inmanencia, que es lo Otro, son ideologías
masculinas que no expresan de ninguna manera las reivindicaciones femeninas. La mayoría de las
mujeres se resignan a su suerte sin intentar ninguna acción; las que han intentado cambiarla no han
pretendido encerrarse en su singularidad para hacerla triunfar, sino superarla. Cuando han
intervenido en el curso del mundo, ha sido de acuerdo con los hombres, según las perspectivas
masculinas.
Esta intervención, en conjunto, ha sido secundaria y episódica. Las clases en que las mujeres
gozaban de cierta autonomía económica y participaban en la producción eran las clases oprimidas, y,
en tanto que trabajadoras, eran aún más esclavas que los trabajadores masculinos. En las clases
dirigentes, la mujer era un parásito y, como tal, sometida a las leyes masculinas: en ambos casos, la
acción le era punto menos que imposible. El Derecho y las costumbres no siempre coincidían, y entre
ellos el equilibrio se establecía de manera que la mujer no fuese nunca concretamente libre. En la
antigua República romana, las condiciones económicas dan a la matrona poderes concretos, pero no
tiene ninguna independencia legal; con frecuencia sucede lo mismo en las civilizaciones campesinas
y en la pequeña burguesía comerciante; ama-sirviente en el interior de la casa, la mujer es
socialmente una menor. A la inversa, en las épocas en que la sociedad se disgrega, la mujer se
emancipa; pero, al cesar de ser vasalla del hombre, pierde su feudo; no le queda más que una
45 Olga Michakova, secretaria del Comité Central de la Organización de la Juventud Comunista, ha declarado en 1944 en el curso de una
entrevista: «Las mujeres soviéticas deben tratar de hacerse tan atractivas como permitan la Naturaleza y el buen gusto. Después de la
guerra, deberán vestirse como mujeres y caminar con porte femenino... Se dirá a las muchachas que se comporten y anden como
muchachas, y, por esta razón, adoptarán faldas probablemente muy estrechas que las obligarán a caminar graciosamente.»
46 Véase MYRDALL: American dilemma.
47 Véase J. P. SARTRE: Reflexiones sobre la cuestión judía.
52
El segundo sexo Simone de Beauvoir
libertad negativa que no halla donde traducirse, salvo en la licencia y la disipación: así sucede
durante la decadencia romana, el Renacimiento, el siglo XVIII y el Directorio. O bien encuentra donde
emplearse, pero está esclavizada; o bien se emancipa, pero ya no tiene nada que hacer consigo
misma. Entre otras cosas, es notable que la mujer casada haya tenido su lugar en la sociedad, pero
sin gozar en esta de ningún derecho, mientras que la soltera, muchacha honesta o prostituta,
disfrutaba de todas las capacidades del hombre; sin embargo, hasta el siglo presente ha estado más
o menos excluida de la vida social. De esta oposición entre el Derecho y las costumbres ha resultado,
entre otras cosas, esta curiosa paradoja: el amor libre no está prohibido por la ley, mientras que el
adulterio es un delito; con frecuencia, sin embargo, la muchacha que comete una «falta» queda
deshonrada, en tanto que la mala conducta del esposo se mira con indulgencia: multitud de mujeres,
desde el siglo XVII hasta nuestros días, se han casado con objeto de poder tomar libremente un
amante. Mediante este ingenioso sistema, la gran masa de las mujeres ha sido tenida a raya: se
precisan circunstancias excepcionales para que una personalidad femenina logre afirmarse entre
esas dos series de restricciones. Las mujeres que han realizado obras comparables a las de los
hombres son aquellas a quienes la fuerza de las instituciones sociales ha exaltado por encima de
toda diferenciación sexual. Isabel la Católica, Isabel de Inglaterra y Catalina de Rusia no eran ni varón
ni hembra: eran soberanas. Es curioso que, socialmente abolida su feminidad, ya no constituyera
inferioridad: la proporción de reinas que tuvieron grandes reinados es infinitamente superior a la de
los grandes reyes. La religión opera la misma transformación: Catalina de Siena y Santa Teresa están
por encima de toda condición fisiológica de las almas santas; su vida secular y su vida mística, sus
actos y sus escritos se elevan a alturas que pocos hombres han alcanzado jamás. Hay razones para
pensar que, si las demás mujeres no lograron dejar una profunda huella en el mundo, se debe a que
estaban limitadas en su condición. Apenas han podido intervenir de otra manera que no fuese
negativa o indirecta. Judit, Charlotte Corday y Vera Zassulich asesinan; las mujeres de la Fronda
conspiran; en el curso de la Revolución, durante la Comuna, las mujeres luchan al lado de los
hombres contra el orden establecido; a una libertad sin derechos, sin poder, le es permitido erguirse
en el rechazo y la revuelta, mientras se le prohibe participar en una construcción positiva; todo lo
más, logrará inmiscuirse por caminos desviados en las empresas masculinas. Aspasia, madame de
Maintenon y la princesa de los Ursinos fueron consejeras escuchadas; pero, aun así, preciso ha sido
que se consintiera en escucharlas. Los hombres exageran de buen grado la importancia de tales
influencias, cuando desean convencer a la mujer de que le ha correspondido la mejor parte; pero, en
realidad, las voces femeninas se callan allí donde comienza la acción concreta; ellas han podido
provocar guerras, pero no sugerir la táctica de una batalla; apenas han orientado la política más que
en la medida en que la política se ha reducido a mera intriga: los verdaderos mandos del mundo
jamás han estado en manos femeninas; ellas no han actuado sobre las técnicas ni sobre la
economía; no han hecho y deshecho Estados, no han descubierto mundos. Ciertos acontecimientos
se han desencadenado por ellas, pero más que agentes han sido pretexto. El suicidio de Lucrecia
solo ha tenido un valor simbólico. El martirio le sigue siendo permitido al oprimido; durante las
persecuciones cristianas, después de derrotas sociales o nacionales, las mujeres han representado
un papel de testigos; pero jamás un mártir ha cambiado la faz del mundo. Incluso las manifestaciones
e iniciativas femeninas han carecido de valor hasta que una decisión masculina las ha prolongado
eficazmente. Las norteamericanas agrupadas en torno a la señora Beecher-Stowe sublevan
violentamente a la opinión contra la esclavitud; pero los verdaderos motivos de la guerra de Secesión
no fueron de orden sentimental. La «jornada de las mujeres», del 8 de marzo de 1917, tal vez
precipitase la Revolución rusa; pero, no obstante, no fue más que una señal. La mayor parte de las
heroínas femeninas son de una especie extravagante: aventureras, mujeres originales no tanto por la
importancia de sus actos como por lo singular de sus destinos; así, si se compara a Juana de Arco,
madame Roland y Flora Tristan con Richelieu, Danton o Lenin, se ve que su grandeza es, sobre todo,
subjetiva: son figuras ejemplares antes que {153} agentes históricos. El gran hombre surge de la
masa y es llevado por las circunstancias: la masa de las mujeres está al margen de la Historia, y las
circunstancias son para cada una de ellas un obstáculo y no un trampolín. Para cambiar la faz del
mundo, es preciso en primer lugar estar sólidamente anclado en el mismo; pero las mujeres
sólidamente enraizadas en la sociedad son aquellas que le están sometidas; a menos de haber sido
designadas para la acción por derecho divino -y en tal caso se han mostrado tan capaces como los
hombres-, la ambiciosa, la heroína, son extraños monstruos. Solo después de que las mujeres
empiezan a sentirse en esta tierra como en su casa, se ve aparecer una Rosa Luxemburgo, una
madame Curie. Ellas demuestran deslumbrantemente que no es la inferioridad de las mujeres lo que
ha determinado su insignificancia histórica, sino que ha sido su insignificancia histórica lo que las ha
48
destinado a la inferioridad .
48Es notable que en París, de cada mil estatuas (exceptuando las de las reinas que, por razón puramente arquitectónica, se encuentran
en el Luxemburgo), no haya nada más que diez erigidas en honor de mujeres. Tres están consagradas a Juana de Arco. Las otras son las
de madame de Ségur, George Sand, Sarah Bernhardt, madame Boucicaut y la baronesa de Hirsch, María Deraismes y Rosa Bonheur.
53
El segundo sexo Simone de Beauvoir
El hecho es flagrante en el dominio donde mejor han logrado afirmarse, es decir, en el dominio
cultural. Su suerte ha estado estrechamente ligada a la de las letras y las artes; ya entre los
germanos las funciones de profetisa y sacerdotisa recaían en las mujeres; puesto que están al
margen del mundo, los hombres van a volverse hacia ellas cuando traten de franquear los límites de
su universo y acceder a otro por medio de la cultura. El misticismo cortesano, la curiosidad
humanística, el gusto por la belleza que se propaga en el Renacimiento italiano, el preciosismo del
siglo XVII, el ideal progresista del XVIII, comportan, bajo formas diversas, una exaltación de la
feminidad. La mujer es entonces el principal polo de la poesía, la sustancia de la obra de arte; los
ocios de que dispone le permiten consagrarse a los placeres del espíritu: inspiradora, juez y público
del escritor, se convierte en émulo suyo; con frecuencia es ella quien hace prevalecer un mundo de
sensibilidad, una ética que alimenta los corazones masculinos y así interviene en su propio destino: la
instrucción de la mujer es una conquista en gran parte femenina. Y, sin embargo, si este papel
colectivo representado por las mujeres intelectuales es importante, sus aportaciones individuales son,
en general, de menos valor. Porque no está comprometida en la acción es por lo que la mujer ocupa
un lugar privilegiado en los dominios del pensamiento y del arte; pero el arte y el pensamiento tienen
en la acción sus fuentes vivas. Estar situada al margen del mundo no es una situación favorable para
quien pretenda recrearlo: también aquí, para emerger más allá del dato, es preciso primero estar
profundamente enraizado en el mismo. Las realizaciones personales son casi imposibles en las
categorías humanas colectivamente mantenidas en situación inferior. «Con faldas, ¿dónde queréis
que se vaya?», preguntaba Marie Bashkirtseff. Y Stendhal decía: «Todos los genios que nacen
mujeres se pierden para la dicha del público.» A decir verdad, no se nace genio: se llega a serlo; y la
condición femenina ha hecho imposible ese devenir hasta el presente.
Los antifeministas extraen del examen de la Historia dos argumentos contradictorios: 1.º Las mujeres
nunca han creado nada grande. 2.º La situación de la mujer no ha impedido nunca la floración de
grandes personalidades femeninas. Hay mala fe en tales afirmaciones; los éxitos de algunas
privilegiadas no compensan ni excusan el rebajamiento sistemático del nivel colectivo; y el que esos
éxitos sean raros y limitados prueba precisamente que las circunstancias les son desfavorables.
Como han sostenido Christine de Pisan, Poulain de la Barre, Condorcet, Stuart Mill y Stendhal, en
ningún dominio ha tenido nunca la mujer su oportunidad. Por eso hoy gran número de ellas reclaman
un nuevo estatuto; y una vez más su reivindicación no consiste en ser exaltadas en su feminidad:
quieren que en ellas mismas, como en el conjunto de la Humanidad, la trascendencia se imponga a la
inmanencia; quieren que, por fin, se les concedan los derechos abstractos y las posibilidades
concretas sin cuya conjugación la libertad no es más que un engaño 49 .
Esta voluntad está en camino de cumplirse. Pero el período que estamos atravesando es un período
de transición; este mundo, que siempre ha pertenecido a los hombres, todavía se halla en sus manos;
sobreviven en gran parte las instituciones y los valores de la civilización patriarcal. Los derechos
abstractos están muy lejos de ser en todas partes integralmente reconocidos a la mujer: en Suiza,
todavía no votan las mujeres; en Francia, la ley de 1942 mantiene en forma atenuada las
prerrogativas del esposo. Y acabamos de decir que los derechos abstractos jamás han bastado para
asegurar a la mujer una aprehensión concreta del mundo: entre ambos sexos, todavía no existe hoy
una verdadera igualdad.
En primer lugar, las cargas del matrimonio siguen siendo mucho más pesadas para la mujer que para
el hombre. Ya se ha visto que las servidumbres de la maternidad han quedado reducidas por el uso
-confesado o clandestino- del birth control; pero la práctica del mismo no está universalmente
extendida ni es rigurosamente aplicada; como el aborto está oficialmente prohibido, muchas mujeres
comprometen su salud con maniobras abortivas incontroladas o se encuentran abrumadas por el
número de sus maternidades. El cuidado de los niños y el mantenimiento del hogar son todavía
soportados casi exclusivamente por la mujer. En Francia, particularmente, la tradición antifeminista es
tan tenaz, que un hombre creería fracasar si participase en tareas reservadas en otro tiempo a las
mujeres. Resulta de ello que la mujer puede conciliar más difícilmente que el hombre su vida familiar
y su papel de trabajadora. En el caso de que la sociedad le exija ese esfuerzo, su existencia es
mucho más penosa que la de su esposo.
Consideremos, por ejemplo, la suerte de las campesinas. En Francia, constituyen la mayor parte de
las mujeres que participan en el trabajo productivo, y generalmente están casadas. Lo más frecuente
es que la soltera, en efecto, permanezca como sirviente en la casa paterna o en la de un hermano o
49 También aquí juegan los antifeministas con un equivoco. Tan pronto, dándoseles un ardite la libertad abstracta, se exaltan respecto al
importante papel concreto que la mujer esclavizada puede representar en el mundo -¿qué es lo que reclama entonces?-, como
desconocen el hecho de que la licencia negativa no abre ninguna posibilidad concreta, y reprochan a las mujeres abstractamente
emancipadas el no haber realizado sus pruebas.
54
El segundo sexo Simone de Beauvoir
una hermana; sólo aceptando la dominación de un marido se convierte en ama de casa; costumbres
y tradiciones le asignan papeles diversos de una región a otra: la campesina normanda preside la
comida, mientras la mujer corsa no se sienta a la misma mesa que los hombres; pero, en todo caso,
desempeñando en la economía doméstica un papel de los más importantes, participa en las
responsabilidades del hombre, está asociada a sus intereses, comparte la propiedad con él; es
respetada y frecuentemente es ella quien gobierna de manera efectiva: su situación recuerda la que
ocupaba en las antiguas comunidades agrícolas. A menudo tiene tanto prestigio moral o más que su
marido, pero su condición concreta es mucho más dura. Los cuidados del huerto, del corral, de las
ovejas y de los cerdos le incumben exclusivamente; también toma parte en las faenas más
importantes: cuidado de los establos, distribución del estiércol, sementeras, labranza, escarda,
henaje; cava, arranca las malas hierbas, cosecha, vendimia y a veces ayuda a cargar y descargar las
carretas de paja, de heno, de leña, y a extender la paja en los establos, etc. Además, prepara las
comidas, hace las faenas de la casa: colada, planchado... Atiende a las duras cargas de la
maternidad y al cuidado de los niños. Se levanta al rayar el día, da de comer a las aves de corral y al
ganado menor, sirve el desayuno a los hombres, arregla a los niños y se va a trabajar a los campos o
al bosque o al huerto; acarrea agua de la fuente, sirve la comida, lava la vajilla, vuelve a trabajar en
los campos hasta la hora de la cena; después de esta última, emplea la velada para repasar la ropa,
limpiar, desgranar maíz, etc. Como no tiene tiempo para ocuparse de su propia salud, ni siquiera
durante los embarazos, se deforma en seguida y se marchita y consume rápidamente, roída de
enfermedades. Las pocas compensaciones que el hombre encuentra de vez en cuando en la vida
social le son negadas a ella; el hombre va a la ciudad los domingos y días de feria, se encuentra con
otros hombres, va al café, bebe, juega a los naipes, caza, pesca. La mujer permanece en la granja y
no conoce el descanso. Solamente las campesinas acomodadas, que se hacen ayudar por sirvientas
o que están dispensadas del trabajo en los campos, llevan una vida que se equilibra felizmente: son
socialmente honradas y gozan en el hogar de una gran autoridad, sin que las abrumen sus labores.
Pero, en la mayoría de los casos, el trabajo rural reduce a la mujer a la condición de bestia de carga.
La comerciante, la patrona que regenta un pequeño negocio, siempre ha sido privilegiada; son las
únicas a quienes el código ha reconocido desde la Edad Media ciertas facultades civiles; la tendera,
la hostelera, la estanquera tienen una posición equivalente a la del hombre; solteras o viudas,
constituyen por sí solas una razón social; casadas, poseen la misma autonomía que su respectivo
marido. Tienen la suerte de que su trabajo se ejerza en el mismo lugar en que se halla su hogar y de
que no sea generalmente demasiado absorbente.
La situación es muy distinta para la obrera, la empleada, la secretaria, la vendedora, que trabajan
fuera de casa. A estas les resulta mucho más difícil conciliar su oficio con el cuidado de la casa (la
compra, la preparación de las comidas, la limpieza, la conservación de la ropa exigen por lo menos
tres horas y media de trabajo cotidiano y seis horas los domingos, lo cual representa un número
considerable cuando se suma al de las horas de oficina o de fábrica). En cuanto a las profesiones
liberales, incluso si ahogadas, médicas o profesoras, se hacen ayudar un poco en las faenas
domésticas, el hogar y los hijos también representan para ellas cargas y preocupaciones que son un
duro handicap. En Norteamérica, el trabajo doméstico se ha simplificado mediante ingeniosas
técnicas; pero el aspecto y la elegancia que se exige a la mujer que trabaja le imponen una nueva
servidumbre; y, además, sigue siendo responsable de la casa y de los hijos. Por otro lado, la mujer
que busca su independencia en el trabajo tiene muchas menos oportunidades que sus competidores
masculinos. En muchos oficios, su salario es inferior al de los hombres; sus tareas son menos
especializadas, y, por consiguiente, están peor pagadas que las de un obrero calificado; por lo
demás, a igualdad de trabajo, es menos remunerada. Por el hecho de ser una recién llegada en un
universo masculino, tiene menos posibilidades de éxito que los hombres. Repugna por igual a
hombres y mujeres estar bajo las órdenes de una mujer; siempre testimonian más confianza en un
hombre; ser mujer es, si no una tara, al menos una singularidad. Para «llegar», a una mujer le es útil
asegurarse un apoyo masculino. Son los hombres quienes ocupan los lugares más ventajosos,
quienes desempeñan los puestos más importantes. Es esencial subrayar que hombres y mujeres
50
constituyen económicamente dos castas .
50 En Norteamérica, las grandes fortunas terminan frecuentemente por caer en manos de las mujeres: más jóvenes que el marido, le
sobreviven y heredan; pero entonces ya son mayores, y raras veces toman la iniciativa de nuevas inversiones; actúan como
usufructuarias más que como propietarias. Son los hombres, en realidad, quienes disponen de los capitales. De todos modos, esas ricas
privilegiadas no constituyen más que una pequeña minoría. En Norteamérica, mucho más que en Europa, a una mujer le es punto menos
que imposible alcanzar como abogada, doctora, etc., una elevada posición.
55
El segundo sexo Simone de Beauvoir
ofrecen, o que solo ven en esas oportunidades peligrosas tentaciones. La verdad es que su situación
carece de equilibrio, y por esa razón le resulta muy difícil adaptarse a ella. Se abren a las mujeres las
puertas de las fábricas, las oficinas, las Facultades; pero se continúa considerando que el matrimonio
es para ellas una de las carreras más honorables, una carrera que las dispensa de toda otra
participación en la vida colectiva.
Al igual que en las civilizaciones primitivas, el acto amoroso es en ellas un servicio que tienen
derecho a hacerse pagar más o menos directamente. Excepto en la URSS 51 , en todas partes le está
permitido a la mujer moderna considerar su cuerpo como un capital para explotarlo. La prostitución es
tolerada 52 , y la galantería, estimulada. Y la mujer casada está autorizada para hacerse mantener por
su marido; además, está revestida de una dignidad social muy superior a la de la soltera. Las
costumbres están muy lejos de otorgarle posibilidades sexuales equivalentes a las del hombre
soltero; en particular la maternidad le está punto menos que prohibida, puesto que la madre soltera es
piedra de escándalo. ¿Cómo no ha de conservar todo su valor el mito de la Cenicienta? 53 . Todo
estimula todavía a la joven soltera a esperar del «príncipe azul» fortuna y felicidad antes que a
intentar sola la difícil e incierta conquista. En particular, gracias a él podrá tener la esperanza de
acceder a una casta superior a la suya, milagro que no recompensará el trabajo de toda su vida. Pero
semejante esperanza es nefasta, porque divide sus energías y sus intereses 54 ; se trata de una
división que tal vez sea para la mujer la más grave desventaja. Los padres aún educan a la hija con
vistas al matrimonio más que propician su desarrollo personal, y la hija ve en ello tantas ventajas ,
que llega a desearlo ella misma; resulta así que, a menudo, está menos especializada, menos
sólidamente formada que sus hermanos, se entrega menos totalmente a su profesión; de ese modo,
se condena a permanecer inferior; y el círculo vicioso se cierra: esa inferioridad refuerza su deseo de
hallar marido. Todo beneficio tiene siempre la contrapartida de una carga; pero si las cargas son
demasiado pesadas, el beneficio solo se presenta como una servidumbre; para la mayoría de los
trabajadores, el trabajo es una ingrata prestación personal de tipo feudal, y para la mujer no está
compensado por una conquista concreta de su dignidad social, de su libertad de costumbres, de su
autonomía económica; por tanto, es natural que multitud de obreras y empleadas no vean en el
derecho al trabajo más que una obligación de la cual las libraría el matrimonio. No obstante, por el
hecho de que haya adquirido conciencia de sí misma y de que también pueda emanciparse del
matrimonio por medio del trabajo, la mujer ya no acepta dócilmente la sujeción. Lo que ella desearía
es que la conciliación de la vida familiar con un oficio no le exigiese agotadoras acrobacias. Aun así, y
en tanto que subsistan las tentaciones de la facilidad -en virtud de la desigualdad económica que
proporciona ventajas a ciertos individuos y del derecho reconocido a la mujer de venderse a uno de
esos privilegiados-, necesitará un esfuerzo moral más grande que el hombre para elegir el camino de
la independencia. Todavía no se ha comprendido lo suficiente que la tentación es también un
obstáculo, y uno de los más peligrosos. Aquí la mujer, además, se engaña, porque de hecho solo
habrá una ganadora entre millares en la lotería del matrimonio ideal. La época actual invita a las
mujeres al trabajo, incluso las obliga a ello, pero hace brillar a sus ojos verdaderos paraísos de
ociosidad y delicias, exaltando a las elegidas muy por encima de las que permanecen clavadas a este
mundo terrestre.
Los privilegios económicos detentados por los hombres, su valor social, el prestigio del matrimonio, la
utilidad de un apoyo masculino, todo empuja a las mujeres a desear ardientemente agradar a los
hombres. En conjunto, todavía se hallan en situación de vasallaje. De ello se deduce que la mujer se
conoce y se elige, no en tanto que existe por sí, sino tal y como el hombre la define. Por consiguiente,
tenemos que describirla en principio tal y como los hombres la sueñan, ya que su
ser-para-los-hombres es uno de los factores esenciales de su condición concreta.
56
El segundo sexo Simone de Beauvoir
PARTE TERCERA.
MITOS.
La Historia nos muestra que los hombres siempre han ejercido todos los poderes concretos; desde
los primeros tiempos del patriarcado, han juzgado útil mantener a la mujer en un estado de
dependencia; sus códigos se han establecido contra ella; y de ese modo la mujer se ha constituido
concretamente como lo Otro. Esta condición servía los intereses económicos de los varones; pero
también convenía a sus pretensiones ontológicas y morales. Desde que el sujeto busca afirmarse, lo
Otro que le limita y le niega le es, no obstante, necesario, pues no se alcanza sino a través de esa
realidad que no es él. Por ese motivo, la vida del hombre no es jamás plenitud y reposo, es carencia y
movimiento, lucha.
Frente a sí, el hombre tiene a la Naturaleza; tiene poder sobre ella, trata de apropiársela. Pero ella no
podría satisfacerlo; o bien no se realiza sino en tanto que oposición puramente abstracta, es
obstáculo y permanece extraña, o bien sufre pasivamente el deseo del hombre y se deja asimilar por
él; este no la posee más que consumiéndola, es decir, destruyéndola. En ambos casos, permanece
solo; está solo cuando toca una piedra, solo cuando digiere un fruto. No hay presencia de lo otro nada
más que si lo otro está presente ante sí mismo: es decir, que la verdadera alteridad es la de una
conciencia separada de la mía e idéntica a ella. Es la existencia de los otros hombres la que arranca
cada hombre a su inmanencia y le permite cumplir la verdad de su ser, cumplirse como
trascendencia, como escapada hacia el objeto, como proyecto. Pero esa libertad extraña, que
confirma mi libertad, entra también en conflicto con ella: es la tragedia de la conciencia desdichada;
cada conciencia pretende plantearse sola como sujeto soberano. Cada una procura realizarse
reduciendo a esclavitud a la otra. Pero, en el trabajo y el miedo, el esclavo también se experimenta
como esencial, y, por un viraje dialéctico, es el amo quien aparece como inesencial. El drama puede
superarse mediante el libre reconocimiento de cada individuo en el otro, planteándose cada cual a sí
mismo y al otro, a la vez, como objeto y como sujeto en un movimiento recíproco. Pero la amistad y la
generosidad, que realizan concretamente ese reconocimiento de las libertades, no son virtudes
fáciles; seguramente son la más excelsa realización del hombre, y, por eso mismo, este se encuentra
en su verdad: pero esta verdad es la de una lucha incesantemente abolida, que exige que el hombre
se supere a cada instante.
Puede decirse también, en otro lenguaje, que el hombre alcanza una actitud auténticamente moral
cuando renuncia a ser para asumir su existencia; en virtud de esa conversión, renuncia también a
toda posesión, ya que la posesión es un modo de buscar el ser; pero la conversión mediante la cual
alcanza la verdadera sabiduría no está nunca realizada: hay que realizarla sin cesar, exige una
tensión constante. De tal modo que, incapaz de realizarse en la soledad, el hombre está
continuamente en peligro en sus relaciones con sus semejantes: su vida es una empresa difícil cuyo
éxito no está jamás asegurado.
Pero no le gustan las dificultades y teme al peligro. Aspira contradictoriamente a la vida y al reposo, a
la existencia y al ser; sabe bien que la «inquietud del espíritu» es el rescate que paga por su
desarrollo, que su distancia al objeto es el rescate de su presencia en sí mismo; pero sueña con la
quietud en la inquietud y con una plenitud opaca que habitaría, no obstante, la conciencia. Ese sueño
encarnado es justamente la mujer; esta es la intermediaria deseada entre la Naturaleza extraña al
hombre y lo semejante que le es demasiado idéntico 55 . Ella no le opone ni el silencio enemigo de la
Naturaleza, ni la dura exigencia de un recíproco conocimiento; por un privilegio único, ella es una
conciencia y, no obstante, parece posible poseerla en su carne. Gracias a ella, hay medio de escapar
a la implacable dialéctica del amo y el esclavo, que tiene su origen en la reciprocidad de libertades.
Ya se ha visto que no hubo en principio mujeres emancipadas a quienes los hombres hubiesen
esclavizado, y que la división de sexos jamás ha fundado una división en castas. Asimilar la mujer a
la esclava es un error; entre los esclavos ha habido mujeres, pero siempre han existido mujeres
55«... La mujer no es la inútil repetición del hombre, sino el lugar encantado donde se cumple la viva alianza entre el hombre y la
Naturaleza. Que desaparezca ella, y los hombres se quedarán solos, extranjeros sin pasaporte en un mundo glacial. La mujer es la tierra
misma transportada a la cima de la vida, la tierra convertida en sensible y gozosa; y, sin ella, la tierra está muda y muerta para el
hombre», escribe Michel Carrouges. («Les pouvoirs de la femme», Cahier du Sud, núm. 292).
57
El segundo sexo Simone de Beauvoir
libres, es decir, revestidas de una dignidad religiosa y social: aceptaban la soberanía del hombre y
este no se sentía amenazado por una revuelta que pudiese transformarle, a su vez, en objeto.
Aparecía así la mujer como lo inesencial que no retorna jamás a lo esencial, como lo Otro absoluto,
sin reciprocidad. Todos los mitos de la creación expresan esta convicción preciosa para el varón, y,
entre otros, la leyenda del Génesis, que, a través del cristianismo, se ha perpetuado en la civilización
occidental. Eva no fue moldeada al mismo tiempo que el hombre; no fue fabricada con una sustancia
diferente, ni del mismo barro que sirvió para modelar a Adán: fue extraída del flanco del primer varón.
Su mismo nacimiento no fue autónomo; Dios no optó espontáneamente por crearla como un fin en sí
misma y para que, a cambio, le adorase directamente: la destinó al hombre; fue para salvar a Adán
de su soledad por lo que se la dio; ella tiene en su esposo su origen y su fin, es su complemento.
sobre el modo de lo inesencial. Así aparece como una presa privilegiada. Es la Naturaleza elevada a
lo translúcido de la conciencia, es una conciencia naturalmente sumisa. Y esa es la maravillosa
esperanza que a menudo ha puesto el hombre en la mujer: espera realizarse como ser al poseer
carnalmente a un ser, al mismo tiempo que se hace confirmar en su libertad por una libertad dócil.
Ningún hombre consentiría en ser mujer, pero todos desean que haya mujeres. «Demos gracias a
Dios por haber creado a la mujer.» «La Naturaleza es buena, puesto que ha dado la mujer a los
hombres.» En estas frases y otras análogas, el hombre afirma una vez más, con ingenua arrogancia,
que su presencia en este mundo es un hecho ineluctable y un derecho, mientras que la de la mujer es
un mero accidente, aunque un accidente afortunado. Al aparecer como lo Otro, la mujer aparece al
mismo tiempo como una plenitud de ser por oposición a esta existencia cuya nada experimenta el
hombre en sí mismo; al plantearse como objeto a los ojos del sujeto, lo Otro se plantea como en sí y,
por consiguiente, como ser. En la mujer se encarna positivamente la carencia que el existente lleva
en su corazón, y, tratando de encontrarse a través de ella, es como el hombre espera realizarse.
Todo mito implica un Sujeto que proyecta sus esperanzas y sus temores hacia un cielo trascendente.
Al no plantearse las mujeres a sí mismas como Sujeto, no han creado un mito viril en el cual se
reflejarían sus proyectos; carecen de religión y de poesía que les pertenezca por derecho propio:
todavía sueñan a través de los sueños de los hombres. Adoran a los dioses fabricados por los
hombres. Estos han forjado para su propia exaltación las grandes figuras viriles: Hércules, Prometeo,
Parsifal; en el destino de esos héroes, la mujer solo representa un papel secundario. Sin duda,
existen imágenes estilizadas del hombre en tanto se le tome en sus relaciones con la mujer: el padre,
el seductor, el marido, el celoso, el buen hijo, el mal hijo; pero también han sido los hombres quienes
los han fijado, y ellas no llegan a la dignidad del mito; apenas son otra cosa que clichés. La mujer, en
cambio, es exclusivamente definida en su relación con el hombre. La asimetría de ambas categorías,
varón y hembra, se manifiesta en la constitución unilateral de los mitos sexuales. A veces se dice «el
sexo» para designar a la mujer; ella es la carne, sus delicias y sus peligros: que para la mujer sea el
hombre el sexuado y el carnal es una verdad jamás proclamada, porque no hay nadie para
proclamarla. La representación del mundo, como el mundo mismo, es operación de los hombres;
ellos lo describen desde el punto de vista que les es propio y que confunden con la verdad absoluta.
Siempre es difícil describir un mito; no se deja asir ni cercar; asedia a las conciencias sin jamás
haberse plantado ante ellas como un objeto fijo. Es tan ondulante, tan contradictorio, que al principio
no se descubre su unidad: Dalila y Judit, Aspasia y Lucrecia, Pandora y Atenea, la mujer es al mismo
tiempo Eva y la Virgen María. Es un ídolo, una sirvienta, la fuente de la vida, una potencia de las
58
El segundo sexo Simone de Beauvoir
«Ser mujer -dice Kierkegaard 56 - es algo tan extraño, tan mezclado, tan complicado, que ningún
predicado llega a expresarlo, y los múltiples predicados que se quisiera emplear se contradirían de tal
modo, que solo una mujer podría soportarlos.» Eso proviene de que no está considerada
positivamente, tal cual es para sí, sino negativamente, tal y como se le aparece al hombre. Porque si
hay otros Otro que no sean la mujer, esta no deja nunca por ello de ser definida como lo Otro. Y su
ambigüedad es la misma de la idea de lo Otro: es la de la condición humana en tanto se define en su
relación con lo Otro. Ya se ha dicho que lo Otro es el Mal; pero necesario para el Bien, retorna al
Bien; mediante él, accedo yo al Todo, pero es él quien me separa de ello; él es la puerta de lo infinito
y la medida de mi finitud. Y por ese motivo, la mujer no encarna ningún concepto fijo; a través de ella,
se cumple sin tregua el paso de la esperanza al fracaso, del odio al amor, del bien al mal, del mal al
bien. Bajo cualquier aspecto que se la considere, lo que primero sorprende es esa ambivalencia.
El hombre busca en la mujer lo Otro en tanto que Naturaleza y como su semejante. Pero ya es sabido
qué sentimientos ambivalentes inspira la Naturaleza al hombre. El la explota, pero ella le aplasta; él
nace de ella y en ella muere; ella es la fuente de su ser y el reino que él somete a su voluntad; es una
ganga material en la cual está prisionera el alma, y es la realidad suprema; es la contingencia y la
Idea, la finitud y la totalidad; es lo que se opone al Espíritu y a él mismo.
Alternativamente aliada y enemiga, se presenta como el tenebroso caos de donde brota la vida, como
esa vida misma y como el más allá hacia el cual tiende: la mujer resume la Naturaleza en tanto que
Madre, Esposa e Idea; estas figuras tan pronto se confunden como se oponen; y cada una de ellas
tiene una doble faz.
El hombre hunde sus raíces en la Naturaleza; ha sido engendrado como los animales y las plantas;
sabe muy bien que solo existe mientras vive. Pero, desde el advenimiento del patriarcado, la Vida ha
revestido a sus ojos un doble aspecto: es conciencia, voluntad, trascendencia, es espíritu; y es
materia, pasividad, inmanencia, es carne. Esquilo, Aristóteles e Hipócrates han proclamado que tanto
en la tierra como en el Olimpo es el principio masculino el verdaderamente creador: de él han nacido
la forma, el número y el movimiento; por Deméter se multiplican las espigas, pero el origen de la
espiga y su verdad están en Zeus; la fecundidad de la mujer solo se considera como una virtud
pasiva. Ella es la tierra; y el hombre, la simiente; ella es el Agua y él es el Fuego.
La creación ha sido a menudo imaginada como un matrimonio entre el fuego y el agua; es la cálida
humedad la que da nacimiento a los seres vivos; el Sol es esposo de la Mar; Sol y Fuego son
divinidades masculinas; y la Mar es uno de los símbolos maternales que más universalmente se
encuentran. Inerte, el agua sufre la acción de los flamígeros rayos que la fertilizan. De igual modo, la
tierra roturada por el labrador recibe, inmóvil, los granos en sus surcos. Sin embargo, su papel es
necesario: es ella la que nutre al germen, lo abriga y le hace subsistir. Por eso, incluso una vez
destronada la Gran Madre, el hombre ha seguido rindiendo culto a las diosas de la fertilidad 57 , y debe
a Cibeles sus cosechas, sus rebaños, su prosperidad. Le debe su propia vida. Exalta el agua lo
mismo que el fuego. «¡Gloria a la mar! ¡Gloria a sus ondas rodeadas de fuego sagrado! ¡Gloria a la
onda! ¡Gloria al fuego! ¡Gloria a la extraña aventura!», escribe Goethe en el Segundo Fausto. Venera
a la tierra: «The matron Clay», como la denomina Blake. Un profeta indio aconseja a sus discípulos
que no caven la tierra, porque «es un pecado herir o cortar, desgarrar a nuestra madre común por
medio de labores agrícolas... ¿Tomaría yo un cuchillo para hundirlo en el seno de mi madre?...
¿Mutilaría yo sus carnes para llegar hasta sus huesos?... ¿Cómo osaría cortar los cabellos de mi
madre?» En la India central, los baija también consideran pecado «desgarrar el seno de su
tierra-madre con el arado». En cambio, Esquilo dice de Edipo que «ha osado sembrar el surco
sagrado donde él se ha formado». Sófocles habla de los «surcos paternos» y del «labrador, amo de
un campo lejano que solo visita una vez en la época de la sementera». La bien amada de una
canción egipcia declara: «¡Yo soy la tierra!» En los textos islámicos, a la mujer se la llama «campo ...
viñedo». San Francisco de Asís, en uno de sus himnos, habla de «nuestra hermana, la tierra, nuestra
madre, que nos conserva y nos cuida, que produce los frutos más variados con las flores multicolores
y las hierbas». Michelet, mientras toma baños de légamo en Acqui, exclama: «¡Querida madre
común! Somos uno. ¡De ti vengo, a ti vuelvo!...» Y hasta hay épocas en las cuales se afirma un
59
El segundo sexo Simone de Beauvoir
romanticismo vitalista que desea el triunfo de la Vida sobre el Espíritu: entonces la mágica fertilidad
de la tierra, de la mujer, parece más maravillosa que las operaciones concertadas del varón; entonces
el hombre sueña con volver a confundirse con las tinieblas maternas para encontrar allí las
verdaderas fuentes de su ser. La madre es la raíz hundida en las profundidades del cosmos cuyos
jugos extrae, es el manantial de donde brota el agua viva que también es leche nutricia, un manantial
cálido, un barro hecho de tierra y agua, rico en fuerzas regeneradoras 58 .
Pero más general es en el hombre su revuelta contra su condición carnal; se considera un dios
fracasado: su maldición consiste en haber caído desde un cielo luminoso y ordenado a las caóticas
tinieblas del vientre materno. Ese fuego, ese soplo activo y puro en el cual desea reconocerse, es la
mujer que le aprisiona en el barro de la tierra. El se querría necesario como una pura Idea, como el
Uno, el Todo, el Espíritu absoluto; y se halla encerrado en un cuerpo limitado, en un lugar y un tiempo
que no ha elegido, adonde no ha sido llamado: inútil, embarazoso, absurdo. La contingencia carnal es
la de su ser mismo, al que sufre en su desamparo, en su injustificable gratuidad. También le consagra
ella a la muerte. Esa gelatina trémula que se elabora en la matriz (la matriz secreta y cerrada como
una tumba) evoca demasiado la muelle viscosidad de las carroñas para que él no se aparte de ella
con un estremecimiento. Por dondequiera que la vida está en vías de hacerse, germinación,
fermentación, provoca repugnancia, porque no se hace sino deshaciéndose; el viscoso embrión abre
el ciclo que se cierra con la podredumbre de la muerte. Porque tiene horror a la gratuidad y a la
muerte, el hombre se horroriza de haber sido engendrado; desearía renegar de sus ataduras
animales; por el hecho de su nacimiento, la Naturaleza asesina tiene poder sobre él. Entre los
primitivos, el parto está rodeado de los más severos tabúes; en particular, la placenta debe ser
cuidadosamente quemada o arrojada al mar, porque cualquiera que de ella se apoderase tendría en
sus manos el destino del recién nacido; esa ganga donde se ha formado el feto es el signo de su
dependencia; al aniquilarla, se permite al individuo arrancarse al magma vivo y realizarse como ser
autónomo. La mancilla del nacimiento recae sobre la madre. El Levítico y todos los códigos antiguos
imponen a la parturienta ritos purificadores; y en muchos medios rurales la ceremonia religiosa de
purificación conserva esa tradición. Sabida es la espontánea turbación, turbación que se enmascara
frecuentemente con risas, que experimentan los niños, las muchachitas, los hombres, ante el vientre
de una mujer encinta y los senos henchidos de una madre lactante. En los museos de Dupuytren, los
curiosos contemplan los embriones de cera y los fetos en conserva con el morboso interés con que
asistirían a la violación de una sepultura. A pesar de todo el respeto con que la rodea la sociedad, la
función de la gestación inspira una repulsión espontánea. Y si en su primera infancia el niño
permanece sensualmente adherido a la carne materna, cuando crece, cuando se socializa y adquiere
conciencia de su existencia individual, esa carne le atemoriza; quiere ignorarla y no ver en su madre
más que una persona moral; si se obstina en pensarla pura y casta, es menos por celos amorosos
que por la negativa a reconocerle un cuerpo. Un adolescente se desconcierta y ruboriza si,
paseándose con sus camaradas, se encuentra con su madre, sus hermanas, algunas mujeres de su
familia: esa confusión se debe a que la presencia de ellas le llama hacia las regiones de la
inmanencia de donde quiere escapar, porque descubre las raíces de las que quiere arrancarse. La
irritación del muchacho cuando su madre le besa y acaricia tiene el mismo significado: reniega de la
familia, de la madre, del seno materno. Querría, al modo de Atenea, haber venido al mundo ya adulto.
59
armado de pies a cabeza, invulnerable . Haber sido concebido, parido, he ahí la maldición que pesa
sobre su destino, la impureza que mancilla su ser. Y es el anuncio de su muerte. El culto de la
germinación siempre ha estado asociado al culto de los muertos. La Tierra-Madre engulle en su seno
las osamentas de sus hijos. Son mujeres -Parcas y Moiras- las que tejen el destino humano; pero
también son ellas quienes cortan los hilos. En la mayor parte de las representaciones populares, la
Muerte es mujer, y a las mujeres corresponde llorar a los muertos, puesto que la muerte es obra
suya 60 .
Así, la Mujer-Madre tiene un rostro de tinieblas: ella es el caos de donde todo ha surgido y adonde
todo debe volver algún día; ella es la Nada. En la noche se confunden los múltiples aspectos del
mundo que revela el día: noche del espíritu encerrado en la generalidad y la opacidad de la materia,
noche del sueño y de la nada. En el corazón del mar es de noche: la mujer es la Mare tenebrarum
temida por los antiguos navegantes; es de noche en las entrañas de la Tierra. Esa noche, en la que el
hombre está amenazado de hundirse y que es lo contrario de la fecundidad, le espanta. El aspira al
cielo, a la luz, a las cimas soleadas, al frío puro y cristalino de lo azul; y bajo sus pies se abre un
58 «Literalmente, la mujer es Isis, la Naturaleza fecunda. Ella es el río y el lecho del río, la raíz y la rosa, la tierra y el cerezo, la cepa y la
sangre. «Las cabezas de tus hijos que han sido muertos recientemente penden de tu cuello como un collar... Tu forma es bella como las
nubes tormentosas, tus pies están manchados de sangre», le dice un poeta hindú.
60
El segundo sexo Simone de Beauvoir
abismo húmedo, cálido y oscuro, dispuesto a tragárselo; multitud de leyendas nos muestran al héroe
que se pierde para siempre al caer en las tinieblas maternas: caverna, abismo, infierno.
En todas las civilizaciones, y todavía en nuestros días, la mujer inspira horror al hombre: es el horror
de su propia contingencia carnal que proyecta en ella. La niña todavía impúber no encierra amenaza,
no es objeto de ningún tabú y no posee un carácter sagrado. En muchas sociedades primitivas, su
mismo sexo aparece como inocente: desde la infancia se permiten los juegos eróticos entre niños y
niñas de ambos sexos. Solo cuando es susceptible de engendrar, la mujer se hace impura. Se han
descrito con frecuencia los severos tabúes que en las sociedades primitivas rodean a la muchacha en
el día de su primera menstruación; incluso en Egipto, donde se trataba a la mujer con singulares
miramientos, permanecía confinada durante todo el tiempo que duraban sus reglas 62 . A menudo la
exponen sobre el tejado de una casa, se la relega a una cabaña situada fuera de los límites de la
aldea, no debe vérsela, ni tocarla: más aún, ni siquiera ella debe tocarse con la mano; en los pueblos
donde despiojarse es una práctica cotidiana, le envían un bastoncillo con el cual puede rascarse; no
debe tocar los alimentos con las manos; en ocasiones, se le prohibe tajantemente comer; en otros
casos, la madre y la hermana son autorizadas para alimentarla por medio de un instrumento; pero
todos los objetos que han entrado en contacto con ella durante ese período deben ser quemados.
Pasada esa primera prueba, los tabúes menstruales son un poco menos severos, pero siguen siendo
rigurosos. Se lee, en particular, en el Levítico: «Y cuando la mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo
fuere en su carne, siete días estará apartada; y cualquiera que tocare en ella, será inmundo hasta la
tarde. Y todo aquello sobre que ella se acostare mientras su separación, será inmundo: también todo
aquello sobre que se sentare, será inmundo. Y cualquiera que tocare su cama, lavará sus vestidos, y
después de lavarse con agua, será inmundo hasta la tarde.» Este texto es exactamente simétrico del
que trata de la impureza producida en el hombre por la gonorrea. Y el sacrificio purificador es idéntico
en ambos casos. Una vez purificada del flujo, hay que contar siete días y llevar dos tortolitas o dos
palomas jóvenes al sacrificador, quien las ofrendará al Eterno. Es de notar que, en las sociedades
matriarcales, las virtudes referidas a la menstruación son ambivalentes. Por un lado, paraliza las
actividades sociales, destruye la fuerza vital, aja las flores, hace caer los frutos; pero también produce
efectos bienhechores: los menstruos son utilizados en los filtros de amor, en los remedios,
particularmente para curar las cortaduras y las equimosis. Todavía hoy, algunos indios, cuando
parten para combatir contra los monstruos fantasmagóricos que acosan sus ríos, colocan en la proa
de la embarcación un tampón de fibras impregnado de sangre menstrual: sus emanaciones son
nefastas para sus enemigos sobrenaturales. Las jóvenes de ciertas ciudades griegas llevaban al
templo de Astarté, como homenaje, la ropa manchada con su primera sangre. Pero, desde el
advenimiento del patriarcado, ya solo se han atribuido poderes nefastos al turbio licor que fluye del
sexo femenino. En su Historia natural, dice Plinio: «La mujer que está en período de menstruación
61 Metamorfosis de la libido.
62 La diferencia entre las creencias místicas y míticas, por un lado, y las convicciones vividas de los individuos, por otro, es por lo demás
visible en el hecho siguiente: Lévi-Strauss señala que «los jóvenes nimmebago visitan a sus amantes aprovechándose del secreto a que
las condena el aislamiento prescrito durante el período de sus reglas».
61
El segundo sexo Simone de Beauvoir
arruina las cosechas, devasta los huertos, mata las semillas, hace caer los frutos, mata las abejas; si
toca el vino, lo convierte en vinagre; la leche se agría...»
*«¡Oh, mujer! Tus menstruos son un azote del que sería preciso proteger a toda la Naturaleza.»
Tales creencias se han perpetuado hasta nuestros días con mucha fuerza. En 1878, un miembro de
la Asociación Médica británica presentó una comunicación al British Medical Journal en la que
declaraba: «Es un hecho indudable que la carne se corrompe cuando la tocan mujeres que tienen la
regla», y afirmaba que conocía personalmente dos casos en que se habían estropeado unos jamones
en tales circunstancias.
Al principio de este siglo, en las refinerías del Norte, un reglamento prohibía a las mujeres entrar en la
fábrica cuando padecían lo que los anglosajones llaman la curse, la «maldición», porque entonces el
azúcar se ennegrecía. Y en Saigón no se emplean mujeres en las fábricas de opio: a causa de sus
reglas, el opio se estropea y se vuelve amargo. Estas creencias sobreviven en muchos medios
rurales de Francia. Toda cocinera sabe que le es imposible cuajar una salsa mahonesa si se halla
indispuesta o simplemente está en presencia de una mujer indispuesta. En Anjou, recientemente, un
viejo jardinero que había almacenado en una bodega la cosecha de sidra del año, escribía al dueño
de la casa: «Hay que pedir a las muchachas de la casa y a las invitadas que no pasen por la bodega
en ciertos días del mes, por que impedirían que fermentase la sidra.» Puesta al corriente de esta
carta, la cocinera se encogió de hombros y comentó: «Eso, no ha impedido nunca que la sidra
fermente; solo es malo para el tocino: no se puede salar el tocino delante de una mujer indispuesta,
63
porque se pudre» .
Sería franca ineptitud asimilar esas repugnancias a las que suscita la sangre en todos los casos;
ciertamente, la sangre es en sí misma un elemento sagrado, impregnado más que ningún otro del
misterioso maná que es a la vez vida y muerte. Pero los poderes maléficos de la sangre menstrual
son más singulares. Esa sangre encarna la esencia de la feminidad. Por eso su flujo pone en peligro
a la mujer misma cuyo maná se materializó de ese modo. Durante la iniciación de los chago, se
exhorta a las muchachas a disimular cuidadosamente su sangre menstrual. «No la muestres a tu
madre, porque moriría. No la muestres a tus compañeras, porque puede haber entre ellas una mala
que se apodere del paño con el cual te has limpiado, y entonces tu matrimonio sería estéril. No la
muestres a una mujer mala, que tomaría el paño para ponerlo en lo alto de su cabaña..., de modo que
no podrías tener hijos. No arrojes el paño al sendero o en un matorral. Una persona perversa podría
hacer cosas indignas con él. Entiérralo en el suelo. Oculta la sangre a la mirada de tu padre, de tus
64
hermanos y hermanas. Si la dejas ver, cometes un pecado» . Entre los aleutianos, si el padre ve a
su hija mientras esta tiene sus primeras reglas, la muchacha corre el riesgo de quedarse ciega o
muda. Se piensa que, durante ese período, la mujer está poseída por un espíritu y se halla en
posesión de un poder peligroso. Ciertos primitivos creen que el flujo es provocado por la mordedura
de una serpiente, pues la mujer tiene turbias afinidades con la serpiente y el lagarto: ese flujo
participaría del veneno del animal rampante. El Levítico relaciona el flujo menstrual con la gonorrea;
el sexo femenino sangrante no es solamente una herida, sino una llaga sospechosa. Y Vigny asocia
la noción de mancha con la de enfermedad cuando escribe: «La mujer, niña enferma y doce veces
impura.» Fruto de turbias alquimias internas, la hemorragia periódica que sufre la mujer está
extrañamente de acuerdo con el ciclo de la Luna: también la Luna tiene caprichos peligrosos 65 . La
mujer forma parte del temible engranaje que rige el curso de los planetas y del Sol, es presa de las
63 Un médico del Cher me dijo que en la región en que vive, el acceso a los criaderos de setas les está prohibido a las mujeres en las
mismas circunstancias. Todavía se discute hoy la cuestión de saber si existe algún fundamento para tales prejuicios. El único hecho que
aporta en favor de ellos el doctor Binet es una observación de Schink (citada por Vignes). Schink habría visto marchitarse unas flores
entre las manos de una sirviente indispuesta; las tortas de levadura hechas por la misma mujer no habrían subido más que tres
centímetros en vez de los cinco que normalmente alcanzaban. De todos modos, tales hechos son muy pobres y han sido muy vagamente
establecidos, si se tiene en cuenta la importancia y la universalidad de las creencias cuyo origen es evidentemente místico.
64 Citado según LÉVI-STRAUSS: Les Structures élémentaires de la Parenté.
65 La Luna es fuente de fertilidad; aparece como «el amo de las mujeres»; se cree a menudo que, bajo la forma de hombre o de serpiente,
se acopla con las mujeres. La serpiente es una epifanía de la Luna: muda y se regenera, es inmortal, es una fuerza que distribuye
fecundidad y ciencia. La serpiente es quien custodia las fuentes sagradas, el árbol de la vida, la Fuente de la Juventud, etc. Pero también
es ella quien ha arrebatado la inmortalidad al hombre. Se cuenta que se acopla con las mujeres. Las tradiciones persas y también las de
los medios rabínicos pretenden que la menstruación se debe a las relaciones de la primera mujer con la serpiente.
62
El segundo sexo Simone de Beauvoir
fuerzas cósmicas que regulan el destino de las estrellas, las mareas, y cuyas inquietantes radiaciones
sufren los hombres. Pero, sobre todo, resulta chocante que la acción de la sangre menstrual esté
ligada a ideas de leche que se echa a perder, de salsas mahonesas que se cortan, de fermentación,
de descomposición; también se pretende que es susceptible de provocar la ruptura de objetos
frágiles, de hacer saltar las cuerdas de los violines y las arpas; pero, sobre todo, ejerce influencia en
las sustancias orgánicas, a medio camino entre la materia y la vida; y todo ello menos porque es
sangre que porque emana de los órganos genitales; aun sin conocer su función exacta, se sabe que
está ligada a la germinación de la vida: ignorantes de la existencia del ovario, los antiguos veían en
los menstruos el complemento del semen. En verdad, no es esa sangre lo que hace de la mujer un
ser impuro, sino más bien manifiesta su impureza; aparece en el momento en que la mujer puede ser
fecundada; cuando desaparece, por lo general, vuelve a ser estéril; y brota de ese vientre en donde
se elabora el feto. A través de ella, se expresa el horror que el hombre experimenta ante la
fecundidad femenina.
Entre los tabúes que conciernen a la mujer en estado de impureza, ninguno hay tan riguroso como la
prohibición de todo comercio sexual con ella. El Levítico condena a siete días de impureza al hombre
que viola esta regla. Las Leyes de Manú son más severas: «La sabiduría, la energía, la fuerza y la
vitalidad de un hombre que se acerca a una mujer mancillada de excreciones menstruales perecen
definitivamente.» Los penitentes ordenaban cincuenta días de penitencia a los hombres que habían
tenido relaciones sexuales con mujeres en período de menstruación. Puesto que se considera que el
principio femenino alcanza entonces el máximo de su fuerza, se teme que, en un contacto íntimo,
triunfe sobre el principio masculino. De manera más imprecisa, al hombre le repugna hallar en la
mujer poseída la esencia temida de la madre; se afana por disociar esos dos aspectos de la
feminidad, y por ello la prohibición del incesto, bajo la forma de la exogamia o de figuras más
modernas, es una ley universal. Por esa razón, el hombre se aleja sexualmente de la mujer en los
momentos en que ella está más particularmente entregada a su papel reproductor: durante sus
reglas, cuando se halla encinta, cuando está amamantando. El complejo de Edipo -cuya descripción,
por otra parte, sería preciso revisar- no contradice esta actitud, sino que, por el contrario, la implica. El
hombre se defiende contra la mujer en tanto que esta es fuente confusa del mundo y turbio devenir
orgánico.
Sin embargo, es también bajo esta figura como ella permite a la sociedad, que se ha separado del
cosmos y de los dioses, que permanezca en comunicación con ellos. Todavía hoy asegura entre los
beduinos y los iroqueses la fecundidad de los campos; en la Grecia antigua, percibe las voces
subterráneas; capta el lenguaje del viento y de los árboles: es Pitia, Sibila, profetisa; los muertos y los
dioses hablan por su boca. Ha conservado en nuestros días esos poderes de adivinación: es médium,
quiromántica, echadora de cartas, vidente, inspirada; oye voces y tiene apariciones. Cuando los
hombres experimentan la necesidad de hundirse nuevamente en el seno de la vida vegetal y animal
-tal un Anteo, que tocaba la tierra para recuperar fuerzas-, apelan a la mujer. A través de las
civilizaciones racionalistas de Grecia y de Roma, subsisten los cultos chtonios. Por lo general, se
realizan al margen de la vida religiosa oficial; incluso terminan, como en Eleusis, por adoptar la forma
de misterios: su sentido es inverso al de los cultos solares en que el hombre afirma su voluntad de
separación y de espiritualidad; pero son su complemento; el hombre trata de salir de su soledad
mediante el éxtasis: he ahí el fin de los misterios, de las orgías, de las bacanales. En el mundo
reconquistado por los hombres, es un dios masculino, Dionisio, quien usurpa las virtudes mágicas y
salvajes de Istar y Astarté; pero vuelven a ser mujeres las que se desencadenan en torno a su
imagen: ménades, tíades, bacantes, llaman los hombres a la embriaguez religiosa, a la locura
sagrada. El papel de la prostitución sagrada es análogo: se trata a la vez de desencadenar y de
canalizar las potencias de la fecundidad. Todavía hoy las fiestas populares se caracterizan por
explosiones de erotismo; la mujer no aparece en ellas simplemente como un objeto de placer, sino
como medio de alcanzar esa hybris en que el individuo se supera. «Lo que un ser posee en el fondo
de sí mismo de perdido y de trágico, la «maravilla cegadora», ya no puede encontrarse sino en un
lecho», escribe G. Bataille.
63
El segundo sexo Simone de Beauvoir
surcos; la hace suya como hace suya la tierra que trabaja; labora, planta, siembra: estas imágenes
son tan viejas como la escritura; desde la Antigüedad hasta nuestros días, podrían citarse mil
ejemplos: «La mujer es como el campo y el hombre como la simiente», dicen las Leyes de Manú. En
un dibujo de André Masson, se ve a un hombre, con una pala en la mano, que cava el huerto de un
sexo femenino 66 . La mujer es la presa de su esposo, su bien.
La vacilación del varón entre el temor y el deseo, entre el miedo a ser poseído por fuerzas
incontrolables y la voluntad de captarlas, se refleja de manera impresionante en los mitos de la
Virginidad. Tan pronto temida por el varón, tan pronto deseada o incluso exigida, la virginidad se
presenta como la forma más acabada del misterio femenino; así, pues, es su aspecto más inquietante
y más fascinante a la vez. Según que el hombre se sienta aplastado por las potencias que le cercan o
que se crea orgullosamente capaz de anexionárselas, rehusa o reclama que su esposa le sea
entregada virgen. En las sociedades más primitivas, en las cuales se exalta el poder de la mujer, es el
temor el que sale vencedor; conviene que la mujer haya sido desflorada antes de la noche de bodas.
Marco Polo decía de los tibetanos que «ninguno de ellos querría tomar por esposa a una muchacha
virgen». A veces se ha explicado esta negativa de una manera racional: el hombre no quiere una
esposa que no haya suscitado ya deseos masculinos. El geógrafo árabe El Bekri, hablando de los
eslavos, informa que «si un hombre se casa y encuentra que su mujer es virgen, le dice: "Si valieses
algo, otros hombres te habrían amado y alguno de ellos habría tomado tu virginidad", y a continuación
la echa de su lado y la repudia». Se pretende incluso que ciertos primitivos no aceptan casarse más
que con una mujer que ya haya sido madre, habiendo dado de ese modo prueba de su fecundidad.
Pero los verdaderos motivos de la tan extendida costumbre de la desfloración son míticos. Ciertos
pueblos se imaginan que en la vagina hay una serpiente que morderá al esposo en el momento de la
ruptura del himen; se atribuyen terroríficas virtudes a la sangre vaginal, emparentada con la sangre
menstrual y susceptible también ella de arruinar el vigor masculino. A través de estas imágenes, se
expresa la idea de que el principio femenino tiene más fuerza y contiene más amenazas cuando está
67
intacto . Hay casos en que la cuestión de la desfloración ni siquiera se plantea; por ejemplo, entre
los indígenas descritos por Malinowski, el hecho de que los juegos sexuales sean autorizados desde
la infancia determina que las muchachas no sean nunca vírgenes. A veces la madre, la hermana
mayor o alguna matrona desfloran sistemáticamente a la niña y, a lo largo de toda su infancia,
ensanchan el orificio vaginal. Sucede también que la desfloración se practique en el momento de la
pubertad por parte de las mujeres con ayuda de un palo, de un hueso o de una piedra, y que no se la
considere sino como una operación quirúrgica. En otras tribus, cuando llega a la pubertad, la
muchacha es sometida a una salvaje iniciación: los hombres se la llevan fuera del poblado y la
desfloran con ayuda de instrumentos o violándola. Uno de los ritos más frecuentes es el que consiste
en entregar las vírgenes a forasteros de paso, ya sea porque se considere que no son sensibles a
ese manú solamente peligroso para los varones de la tribu, ya sea porque les tienen sin cuidado los
males que se desencadenen contra aquellos. Más frecuente aún es que el sacerdote, el curandero, el
cacique o jefe de la tribu sea quien desflore a la muchacha la noche anterior a su boda; en la costa de
Malabar, los brahmanes están encargados de esta operación, que, al parecer, ejecutan sin gozo y por
la cual exigen un salario considerable. Sabido es que todos los objetos sagrados son peligrosos para
el profano, pero que los individuos consagrados pueden manejarlos sin riesgo; se comprende, pues,
que sacerdotes y jefes sean capaces de domeñar a las fuerzas maléficas contra las cuales debe
protegerse al esposo. En Roma solo quedaba de tales costumbres una ceremonia simbólica: se
sentaba a la novia sobre el falo de un Príapo de piedra, lo cual tenía el doble objeto de aumentar su
fecundidad y absorber los fluidos demasiado poderosos, y por eso mismo nefastos, de que estaba
cargada. El marido aún se defiende de otra manera: desflora él mismo a la virgen, pero lo hace en el
curso de ceremonias que, en ese momento crítico, lo hacen invulnerable; por ejemplo, opera en
presencia de todo el poblado con ayuda de un palo o un hueso. En Samoa usa el dedo previamente
rodeado de un paño blanco, cuyos jirones manchados de sangre distribuye después a los asistentes.
También sucede que sea autorizado a desflorar normalmente a su mujer, pero no debe eyacular en
ella antes de que hayan transcurrido tres días, de manera que el germen generador no sea
manchado por la sangre del himen.
En virtud de un clásico viraje en el dominio de las cosas sagradas, la sangre virginal se convierte en
símbolo propicio en las sociedades menos primitivas. Todavía hay en Francia aldeas donde, a la
mañana siguiente de la boda, se exhibe ante padres y amigos la sábana ensangrentada. Es que en el
régimen patriarcal, el hombre se ha convertido en amo de la mujer, y las mismas virtudes que
espantaban en las bestias o en los elementos no domados, se convierten en preciosas cualidades
para el propietario que ha sabido domesticarlas. De la fogosidad del caballo salvaje, de la violencia
66 Rabelais llama al sexo masculino «el labrador de la Naturaleza». Ya se ha visto el origen religioso e histórico de la asimilación falo-reja
de arado, mujer-surco.
67 De ahí proviene el poder que se atribuye a la virgen en los combates: las walkirias, la Doncella de Orleáns, por ejemplo.
64
El segundo sexo Simone de Beauvoir
del rayo y las cataratas, el hombre ha hecho los instrumentos de su prosperidad. Del mismo modo
quiere anexionarse la mujer en toda su riqueza intacta. Motivos racionales representan ciertamente
un papel en la consigna de virtud impuesta a la muchacha: al igual que la castidad de la esposa, la
inocencia de la muchacha es necesaria para que el padre no corra el riesgo de legar sus bienes a un
hijo extraño. Pero la virginidad de la mujer se exige de una manera más inmediata cuando el hombre
considera a la esposa como su propiedad personal. En primer lugar, la idea de posesión es siempre
imposible de realizar positivamente; en verdad, nunca se tiene nada ni a nadie; por tanto, uno intenta
cumplirlo de un modo negativo; la manera más segura de afirmar que un bien es mío, consiste en
impedirle a otro que lo use. Por otro lado nada parece al hombre más deseable que aquello que
jamás ha pertenecido a ningún ser humano: entonces la conquista se presenta como un
acontecimiento único y absoluto. Las tierras vírgenes siempre han fascinado a los exploradores;
todos los años se matan varios alpinistas por haber querido violar una montaña intocada e incluso
simplemente por haber intentado abrir un nuevo camino en su flanco; y hay curiosos que arriesgan su
vida por descender bajo tierra hasta grutas jamás sondeadas. Un objeto ya dominado por los
hombres se convierte en instrumento; separado de sus vínculos naturales, pierde sus más profundas
virtudes: hay más promesas en el agua no domada de los torrentes que en la de las fuentes públicas.
Un cuerpo virgen tiene la frescura de los manantiales secretos, el matinal aterciopelado de una corola
cerrada, el oriente de la perla que todavía no ha acariciado jamás el sol. Gruta, templo, santuario,
jardín secreto, el hombre, al igual que el niño, se siente fascinado por los lugares umbríos y cerrados
a los que jamás ha animado conciencia alguna y que esperan que alguien les preste un alma: aquello
que únicamente él ha cogido y penetrado, parécele en verdad que él lo ha creado. Por lo demás, uno
de los objetos que persigue todo deseo es el de la consumación del objeto deseado, lo cual implica
su destrucción. Al romper el himen, el hombre posee el cuerpo femenino más íntimamente que
mediante una penetración que lo deje intacto; en esa operación irreversible hace del mismo, sin
equívocos, un objeto pasivo, afirma su toma de él. Este sentido se manifiesta muy exactamente en la
leyenda del caballero que se abre penosamente paso entre espinosos matorrales para coger una
rosa cuyo perfume no ha respirado nunca nadie; no solamente la descubre, sino que le corta el tallo,
y es entonces cuando la conquista. La imagen es tan clara, que, en lenguaje popular, «tomarle la flor»
a una dama significa destruir su virginidad, y esa expresión ha dado nacimiento a la palabra
«desfloración».
Pero la virginidad solo tiene ese atractivo erótico si se alía con la juventud; de lo contrario, el misterio
se hace inquietante. Muchos hombres de hoy experimentan una repulsión sexual ante virginidades
demasiado prolongadas; no solo por razones psicológicas se considera a las «solteronas» como
matronas amargadas y malignas. La maldición está en su carne misma, esa carne que no es objeto
para ningún sujeto, a la que ningún deseo ha hecho deseable, que ha florecido y se ha marchitado sin
hallar un lugar en el mundo de los hombres; desviada de su destino, se convierte en un objeto
extravagante y que inquieta como inquieta el pensamiento incomunicable de un loco. Con respecto a
una mujer de cuarenta años, todavía bella, pero presumida virgen, he oído comentar groseramente a
un hombre: «Está llena de telarañas allí dentro...» En efecto, las cuevas y los graneros donde ya no
entra nadie, que ya no sirven para nada, se llenan de un misterio sórdido; los fantasmas se
complacen en visitarlos tenazmente; abandonadas por la Humanidad, las casas se convierten en
morada de espíritus. A menos que la virginidad femenina haya sido consagrada a un dios, se cree de
buen grado que implica alguna coyunda con el demonio. Las vírgenes a quienes el hombre no ha
sometido, las solteronas que han escapado a su poder, son consideradas como brujas mucho más
fácilmente que las otras; porque, siendo la suerte de la mujer el ser consagrada a otro, si no sufre el
yugo del hombre, está dispuesta a aceptar el del diablo.
Exorcizada por los ritos de la desfloración o, por el contrario, purificada por su virginidad, la esposa
puede entonces aparecer como una presa deseable. Al estrecharla entre sus brazos, son todas las
riquezas de la vida las que el amante desea poseer. Ella es toda la fauna, toda la flora terrestre:
gacela, cierva, lirio y rosas, melocotón recubierto de dulce pelusilla, perfumada frambuesa; ella es
pedrerías, nácar, ágata, perla, seda, e: azul del cielo, la frescura de las fuentes, el aire, la llama, tierra
y agua. Todos los poetas de Oriente y Occidente han metamorfoseado el cuerpo de la mujer en
flores, en frutos, en aves. También aquí, a través de la Antigüedad, la Edad Media y la época
moderna, sería preciso citar toda una densa antología. Conocidísimo es el Cantar de los Cantares,
donde el bien amado dice a la bien amada:
65
El segundo sexo Simone de Beauvoir
En Arcane 17, André Breton vuelve a tomar este cántico eterno: «Mélusine en el instante del segundo
grito: ha brotado de sus caderas sin globo, su vientre es toda la cosecha de agosto, su torso se lanza
en fuego de artificio desde el talle arqueado, moldeado sobre dos alas de golondrinas, sus senos son
armiños atrapados en su propio grito, cegadores a fuerza de iluminarse con el ardiente carbunclo de
su boca incendiaria. Y sus brazos son el alma de los arroyos que cantan y perfuman...»
El hombre reencuentra en la mujer las estrellas brillantes y la luna soñadora, la luz del sol, la sombra
de las grutas; y, a su vez, las flores silvestres de los matorrales, la orgullosa rosa de los jardines, son
mujeres. Ninfas, dríadas, sirenas, ondinas, hadas, pueblan los campos, los bosques, los lagos, los
mares, las landas. Nada más anclado en el corazón de los hombres que este animismo. Para el
marino, la mar es una mujer peligrosa, pérfida, difícil de conquistar, pero a quien mima a través de su
esfuerzo para domarla. Orgullosa, rebelde, virginal y malvada, la montaña es mujer para el alpinista
que, con peligro de su vida, quiere violarla. A menudo se pretende que esas comparaciones
manifiesten una sublimación sexual; expresan más bien entre la mujer y los elementos una afinidad
tan original como la misma sexualidad. El hombre espera de la posesión de la mujer otra cosa que no
sea la satisfacción de un instinto; ella es el objeto privilegiado a través del cual somete a la
Naturaleza. Puede suceder que otros objetos representen ese papel. A veces el hombre busca la
arena de las playas, el terciopelo de las noches, el perfume de las madreselvas en el cuerpo de los
muchachos. Pero la penetración sexual no es el único medio por el cual puede realizarse una
apropiación carnal de la tierra. En su novela To an unknown God, Steinbeck muestra a un hombre
que ha elegido como mediadora entre él y la Naturaleza una roca musgosa; en La chatte, Colette
describe a un joven casado que ha depositado su amor en una gata favorita, porque, a través de ese
animal salvaje y dulce, adquiere sobre el universo sensual una presa que no logra darle el cuerpo
demasiado humano de su compañera. En el mar, en la montaña, lo Otro puede encarnarse tan
perfectamente como en la mujer; aquellos oponen al hombre la misma resistencia pasiva e imprevista
que le permita realizarse; son un rechazo que es preciso vencer, una presa que hay que poseer. Si la
68
mar y la montaña son mujeres, es porque la mujer es también para el amante la mar y la montaña .
Pero no es dado indiferentemente a no importa qué mujer el servir así de mediadora entre el hombre
y el mundo; el hombre no se contenta con hallar en su compañera órganos sexuales
complementarios de los suyos. Es preciso que encarne el maravilloso florecimiento de la vida y que,
al mismo tiempo, disimule sus turbios misterios. Así, pues, se le pedirá, antes que nada, juventud y
salud, porque, al estrechar entre sus brazos algo vivo, el hombre no puede extasiarse con ello si no
olvida que toda vida está habitada por la muerte.
Quiere aún más: que la bien amada sea bella. El ideal de la belleza femenina es variable; pero ciertas
exigencias permanecen constantes; entre otras, y puesto que la mujer está destinada a ser poseída,
es preciso que su cuerpo ofrezca las cualidades inertes y pasivas de un objeto. La belleza viril es la
adaptación del cuerpo a funciones activas, es la fuerza, la agilidad, la flexibilidad; es la manifestación
de una trascendencia animadora de una carne que jamás debe recaer sobre sí misma. El ideal
femenino no es simétrico más que en sociedades tales como Esparta, la Italia fascista y la Alemania
nazi, que destinaba la mujer al Estado y no al individuo, que la consideraban exclusivamente como
madre y no dejaban resquicio al erotismo. Pero, cuando la mujer es entregada al hombre como su
bien, lo que este reclama es que en ella la carne esté presente en su pura artificiosidad. Su cuerpo no
es tomado como la irradiación de una subjetividad, sino como algo cebado en su inmanencia; no es
preciso que ese cuerpo desplace al resto del mundo, no debe ser promesa de otra cosa fuera de sí
mismo: necesita detener el deseo. La forma más ingenua de esa exigencia es el ideal hotentote de la
Venus esteatopígica, ya que las nalgas constituyen la parte del cuerpo menos inervada, aquella en
que la carne aparece como un elemento sin destino. El gusto de los orientales por las mujeres
gruesas es de la misma especie; les encanta el lujo absurdo de esa proliferación adiposa que no
68 La frase de Samivel citada por Bachelard (La Terre et les rêveries de la Volonté) es significativa: «Había cesado, poco a poco, de
considerar a aquellas montañas acostadas en círculo a mi alrededor como enemigos a quienes combatir, como hembras a quienes
pisotear o como trofeos que conquistar con objeto de procurarme a mí mismo y proporcionar a los demás un testimonio de mi propio
valor.» La ambivalencia montaña-mujer se establece a través de la idea común de un «enemigo a quien combatir», de «trofeo», de
«testimonio» de poder. Se ve manifestarse esta reciprocidad, por ejemplo, en estos dos poemas de Senghor:
¡Mujer desnuda, mujer oscura!
Fruta madura de carne firme, sombríos éxtasis de vino tinto, boca que hace lírica mi boca.
Sabana de puros horizontes, sabana que se estremece bajo las fervientes caricias del Viento del Este.
Y:
¡Oh!, Congo acostado en tu lecho de selvas, reina sobre el África domeñada.
Que los falos de los montes enarbolen tu pabellón.
Porque eres mujer por mi cabeza, por mi lengua, porque eres mujer por mi vientre.
66
El segundo sexo Simone de Beauvoir
anima ningún proyecto, que no tiene otro sentido que el de estar ahí 69 . Incluso en las civilizaciones de
una sensibilidad más sutil, en que intervienen nociones de forma y armonía, los senos y las nalgas
siguen siendo objetos privilegiados a causa de lo gratuito y contingente de su desarrollo. Las
costumbres y las modas se han aplicado a menudo a separar el cuerpo femenino de su
trascendencia: la china de pies vendados apenas puede caminar; las uñas pintadas de la estrella de
Hollywood la privan de sus manos; los tacones altos, los corsés, los miriñaques, los verdugados, las
crinolinas, estaban destinados menos a acentuar el talle del cuerpo femenino que a aumentar su
impotencia. Entorpecido por la grasa o, por el contrario, tan diáfano que todo esfuerzo le está
prohibido, paralizado por incómodos ropajes y por los ritos del decoro, es entonces cuando se le
presenta al hombre como su cosa. El maquillaje y las joyas sirven también para esa petrificación del
cuerpo y del rostro. La función del ornato es muy compleja; entre ciertos primitivos, tiene un carácter
sagrado; pero su papel más habitual consiste en terminar la metamorfosis de la mujer en ídolo. Ídolo
equívoco: el hombre la quiere carnal, su belleza participará de la de las flores y los frutos; también
debe ser lisa, dura y eterna como un guijarro. El papel del ornato consiste, a la vez, en hacerla
participar más íntimamente de la Naturaleza y en arrancarla a la misma; consiste en prestar a la vida
palpitante la fosilizada necesidad del artificio. La mujer se hace planta, pantera, diamante, nácar, al
mezclar con su cuerpo flores, pieles, pedrerías, conchas, plumas; se perfuma para exhalar un aroma
como la rosa y el lirio: pero plumas, sedas, perlas y perfumes sirven también para disimular la
crudeza animal de su carne, de su olor. Se pinta la boca y las mejillas para darles la inmóvil solidez
de una máscara; aprisiona su mirada en el espesor del khôl y de la máscara, ya solo es ornato
tornasolado de sus ojos; trenzados, rizados, esculpidos, sus cabellos pierden su inquietante misterio
vegetal. En la mujer adornada está presente la Naturaleza, pero cautiva, modelada por una voluntad
humana según el deseo del hombre. Una mujer es tanto más deseable cuanto más se ha expandido
en ella la Naturaleza y más rigurosamente se ha esclavizado: es la mujer «sofisticada», que siempre
ha sido el objeto erótico ideal. Y el gusto por una belleza más natural no es a menudo más que una
forma especiosa de sofisticación. Remy de Gourmont desea que la mujer lleve los cabellos flotantes,
libres como los arroyos y las hierbas de las praderas: pero es en la cabellera de una Verónica Lake
donde se pueden acariciar las ondulaciones del agua y las espigas, y no en una pelambrera hirsuta
genuinamente abandonada a la Naturaleza. Cuando más joven y sana es una mujer, más parece
destinado su cuerpo nuevo y lustroso a una eterna lozanía y menos útil le es el artificio; pero siempre
hay que disimular al hombre la debilidad carnal de esta presa que él estrecha entre sus brazos y la
degradación que la amenaza. Es también porque teme el destino contingente de la mujer, porque la
sueña inmutable, necesaria, por lo que el hombre busca en el rostro femenino, en su busto y sus
piernas, la exactitud de una idea. Entre los pueblos primitivos, la idea es solamente la de la perfección
del tipo popular: una raza de labios carnosos y nariz aplastada forja una Venus de labios carnosos y
nariz aplastada; más tarde, se aplican a las mujeres los cánones de una estética más compleja. Pero,
en todo caso, cuanto más concertados parecen los rasgos y las proporciones de una mujer, más
regocija el corazón del hombre, porque parece escapar a los avatares de las cosas naturales. Se
desemboca así en la extraña paradoja de que, deseando asir en la mujer a la Naturaleza, aunque
transfigurada, el hombre consagra la mujer al artificio. Ya no es ella solamente physis, sino también y
en la misma medida antiphysis; y eso no únicamente en la civilización de las permanentes eléctricas,
de la depilación con cera, etc., sino también en el país de las negras de platillos en la boca, en China
y en todos los lugares del planeta. Swift denunció, en su célebre oda a Celia, esta mistificación;
describe con desagrado los perifollos de la coqueta y recuerda con disgusto las servidumbres
animales de su cuerpo; se indigna doblemente sin motivo, porque el hombre quiere, al mismo tiempo,
que la mujer sea bestia y planta y que se oculte detrás de una armazón fabricada; la ama cuando
surge de las ondas y cuando sale de una casa de modas, vestida y desnuda, desnuda debajo de sus
vestidos, tal y como precisamente la encuentra en el universo humano. El ciudadano busca la
animalidad en la mujer; sin embargo, para el joven campesino que hace el servicio militar, el burdel
encarna toda la magia de la ciudad. La mujer es campos y pastos, pero también es Babilonia.
Con todo, he ahí la primera mentira, la primera traición de la mujer: es la de la vida misma, que, aun
revestida de las formas más atractivas, siempre está habitada por los fermentos de la vejez y la
muerte. El uso mismo que el hombre hace de ella destruye sus más preciosas virtudes: entorpecida
por las maternidades, pierde su atractivo erótico; incluso estéril, basta el paso de los años para alterar
sus encantos. Achacosa, fea, vieja, la mujer produce horror. Se dice que está marchita, ajada, como
se diría de una planta. Ciertamente, entre los hombres también la decrepitud espanta; pero el hombre
69 «Los hotentotes, entre quienes la esteatopigia no está tan desarrollada ni es tan constante como entre las mujeres bosquimanas,
consideran estética esta conformación y amasan las nalgas de sus hijas desde la infancia para que se desarrollen. Del mismo modo, en
diversas regiones de África, se encuentra la práctica del engorde artificial de las mujeres, verdadera cebadura cuyos dos procedimientos
esenciales son la inmovilidad y la abundante ingestión de alimentos adecuados, en particular la leche. Todavía se entregan a esta
práctica los ciudadanos acomodados árabes e israelitas de Argelia, Túnez y Marruecos.» (LUQUET: Journal de Psychologie, 1934. «Las
Venus de las cavernas».)
67
El segundo sexo Simone de Beauvoir
normal no experimenta a los demás hombres en tanto que carne; no tiene con esos cuerpos
autónomos y extraños más que una solidaridad abstracta. Es sobre el cuerpo de la mujer, ese cuerpo
que le está destinado, sobre el que el hombre experimenta sensiblemente la decadencia de la carne.
La «bella yelmera» de la balada de Villon con templa la degradación de su cuerpo con los ojos
hostiles del var