Iltroppo Pieno Dell'obesità
Iltroppo Pieno Dell'obesità
2. El exceso de hambre
3. Exhibicionismo de la fealdad
La evidencia anoréxica del cuerpo delgado no posee un valor unívoco. Podemos, en efecto,
diferenciar al menos dos diferentes declinaciones de la imagen del cuerpo delgado en la anorexia.
En un primer caso el cuerpo delgado resta un significante de la belleza femenina y se mantiene en
conexión con el deseo del Otro, aunque, diferente de la belleza femenina, y como tal está
estructuralmente en relación a la castración, lo absoluto que el cuerpo delgado de la anoréxica
encarna, tiende a negar la castración del sujeto. La segunda versión es en cambio la del cuerpo-
delgado como cuerpo-monstruo.8 Aquí en primer plano no está el reclamo al deseo del Otro sino a
su angustia, en el sentido que el cuerpo-monstruo no apuesta al surgimiento del deseo en el Otro,
sino a sacudir, en lo profundo al Otro, a empujar al Otro en el vértigo de la angustia.
2
convierte en objeto que causa angustia en el Otro. En el exhibicionismo, en efecto, eso que da valor
al exhibirse, al mostrarse -el goce del mostrarse- no es simplemente dado por el gustarse, por estar,
como se dice, enamorado de la propia imagen, sino en el realizar una estrategia de captura de la
mirada del Otro: Exhibirse es robar la mirada del Otro y, en el caso del exhibicionismo de la
fealdad, robarle, precisamente, la mirada como índice de la angustia causada en el Otro.
Sin embargo en la clínica de la obesidad neurótica también muy grave, podemos encontrar
un uso subjetivo del cuerpo-gordo como una modalidad de interrogación histérica del deseo del
Otro. En una paciente mía histérica y gravemente obesa, por ejemplo, el surgimiento de la
obesidad se produjo en el curso de su iniciación al discurso amoroso. A la edad de 17 años vivió un
enamoramiento apasionado con un muchacho que además mostraba un excesivo interés por las
formas delgadas de su cuerpo. Engordar ha significado para esta joven mujer verificar su valor de
sujeto en el deseo del Otro, más allá de la función de objeto de su cuerpo. ”¿Me Amás lo mismo si
no tengo más un cuerpo delgado?”. “¿Me amas por cómo soy o por mis formas? ”. Pregunta radical
que conduce al sujeto hacia una obesidad progresiva como efecto de la decisión de no querer
reducir el propio ser a un puro objeto de goce fálico del hombre.
10
Consecuencias cardiovasculares, respiratorias, sobre el hígado, sobre el aparato músculo-esquelético.
Estudios recientes muestran la correlación con la aparición del cáncer. En particular el tumor de colon y a la
próstata en el hombre y de mamas y ovarios en la mujer. IstitutoAuxologico Italiano, Secondo rapporto suu
´obesitá in Italia, Franco Angeli, Milano 2000.
11
J. Mc Dougall, Teatri del corpo, Cortina, Milano 2000.
12
En la institución donde trabajo (ABA. Associazione per lo studio e la ricerca sull’anoressia, la bulimia e i
disordini alimentari) está en curso un trabajo clínico y teórico sobre la obesidad, en particular sobre el
tratamiento en pequeños grupos monosintomáticos.
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“Las palabras son inútiles. No sirven para curar. Hablar, hablar, hablar en terapia es
inútil para mí, porque es como si hablara otro, un yo que finge creer eso que dice. Mas las
palabras no son nada”
Esta especie de neutralización del poder expresivo del cuerpo y de la palabra se genera
como el efecto de una irrupción de goce en exceso respecto al cual el sujeto se encuentra sin
recursos simbólicos suficientes para metabolizarlo. La dificultad del metabolismo simbólico
consiste en la dificultad del sujeto de reabsorber un goce que resiste y supera la acción mediadora
del significante. El cuerpo no ha podido traducir un conflicto psíquico en un síntoma pero ha como
neutralizado el encuentro traumático con el goce separándose, por así decir, del sujeto,
convirtiéndose en una cosa, en una masa informe, en un objeto separado. En este sentido el cuerpo
lleno de la obesidad, distinto del histérico, no explota la facultad productiva del símbolo, no es un
cuerpo que habla, más bien es un cuerpo que sofoca. Si el cuerpo histérico habla, el cuerpo obeso es
un cuerpo imposibilitado de hablar por lo desbordante de goce que es lo que lo marca. La palabra
no incide sobre el cuerpo, pero está como separada del cuerpo, así como, a su vez, el sujeto se
percibe paradojalmente como separado netamente de su mismo cuerpo. La palabra no incide sobre
el cuerpo porque es el cuerpo mismo el que parece caído fuera del sujeto. Esta es una experiencia
del cuerpo del cual la clínica nos ofrece numerosos testimonios. No es raro, en efecto, escuchar a
los sujetos obesos describir el propio cuerpo como una masa de carne extraña, maquinal, como un
peso exterior al ser auténtico del sujeto. Este carácter de ajenidad del cuerpo es reforzado por la
dificultad del sujeto obeso de moverse, de alcanzar algunas zonas de su cuerpo, de percibir los
límites mismos de la propia imagen corpórea. La imposibilidad de hacer intervenir eficazmente la
acción del significante sobre lo real del cuerpo, parece por lo tanto depender de una dificultad más
estructural, de tipo narcisista, que concierne al reconocimiento del cuerpo obeso como propio.
Mucho más que lo que se observa es la creencia - de por sí no delirante en el sentido psicótico pero
presente en la obesidad neurótica- de que el propio cuerpo estuviese como escondido o
radicalmente más allá de la evidencia obscena del cuerpo gordo, o también que el cuerpo sea una
especie de maquina totalmente ajena al ser del sujeto:
“Cuando me quedo inmóvil, llego a olvidar mi cuerpo, me libero de él. Salgo fuera y lo
considero exterior. Está allá como una masa, una carcasa, una clase de máquina cansada, un gran
carro armado con un motor a dos caballos. Ese cuerpo no soy yo. Yo soy liviano, impalpable, voy
donde quiero, hago lo que quiero”13.
La obesidad ofrece una demostración clínica de que el sujeto no es un cuerpo, pero tiene
un cuerpo -según la célebre separación cartesiana que para Lacan instituye el sujeto de la ciencia-
ya que viviendo el propio cuerpo como de otro, como una ajenidad, como una masa externa, el
sujeto demuestra que el cuerpo físico se puede efectivamente separar del ser del sujeto. Este
alejamiento del cuerpo del sujeto puede generar también la producción fantasma tica de un cuerpo
virtual, narcisístico, idealizado, una clase de yo ideal totalmente descarnado en el cual el sujeto
obeso se refugia. En otros términos, el defecto estructural en la especularización narcisística de la
imagen del propio cuerpo, da lugar a una escisión particular, en la cual el cuerpo es de un lado
representado como un ideal virtual investido narcisísticamente -investidura que compensa
imaginariamente el defecto de la especularización- y, del otro, vivido como una masa de carne
amorfa totalmente separada del sujeto. En esta escisión sea del yo ideal como de la dimensión del
cuerpo-desecho, parece, no obstante, que no sea capaz de producir una identificación simbólica
efectiva para el sujeto que se vive a sí mismo como radicalmente otro, sea desde el yo ideal (como
tal fantaseado pero inalcanzable), sea desde el estatuto de objeto-desecho del propio cuerpo con el
cual no se siente coincidir.
13
Henri, 34 años, con un exceso ponderal del 30% citado en G. Apfeldorfer, Mangio, dunque
sono,Marsilio, Venezia 1995, p 50.
4
5. La imposibilidad del rechazo
6. Alienación y separación
5
negación como poder separador que puede introducir al sujeto a la dialéctica de la separación. Sin
embargo la anorexia es una separación patológica porque es absoluta, no-dialéctica, unilateralmente
está dirigida a la exclusión y al rechazo del Otro; y la bulimia, no obstante, prueba a tener juntos
la separación y la alienación, ella también termina por quedar prisionera de una alternativa
imposible: o la adherencia al Otro o su rechazo. En la obesidad constatamos en cambio, todavía
mas patológicamente, el peso del sujeto en cuanto objeto del Otro, es decir una alienación en un
sentido único que nos ilumina sobre la obesidad como patología estructuralmente infantil.
7. Devoración y compensación
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ilusión que en esta consumición infinita la "falta en ser" del sujeto pueda ser mágicamente resuelta.
Por eso el discurso capitalista para funcionar no debe sólo prometer la resolución de la falta sino
crear continuamente seudo faltas que puedan alimentar el circuito del consumo. En este sentido la
oferta maníaca del objeto para consumir toma el lugar de prohibición del Amo. El objeto (a) es
tergiversado en su estatuto de objeto perdido siendo puesto a disposición del mercado en una
metamorfosis espectacular que mueve aquella veleta de los gadgets que del objeto (a) constituye
solo su aspecto “falso”16. El encuentro con el Otro sexo es evitado, como es evitada la búsqueda de
la marca de amor que suspendería inevitablemente el seguro de goce garantizado por el consumo
del objeto a la contingencia del deseo del Otro. En este modo el olvido contemporáneo de la marca,
favorece el empuje indiscriminado al consumo del objeto. Hay, por lo tanto, una tendencia de la
Civilización actual a producir obesidad como posición imaginariamente autárquica del sujeto sobre
el fondo de la caída del valor de la marca en el torbellino del consumo siempre renovado del objeto.
Al contrario de la bulimia en la obesidad no parece haber una nostalgia de la marca de
amor, sino un rechazo absoluto respecto de la pérdida del goce mítico de la Cosa impuesta desde el
Otro. En el rumiar continuo de la obesidad, no hay tiempo para nostalgia porque el objeto está
siempre al alcance de la boca. La acumulación obesa, en efecto, no es de peso pero sí de objetos, es
una acumulación que llega a transformar el cuerpo en un verdadero contenedor de desechos17. No
hay aquí nostalgia por la ausencia de la marca por la marca de la falta del Otro, solo un cierre
autístico respecto del Otro, una exigencia de cultivar el goce de la boca sin interrupción. En la
época del discurso del capitalista lo que más cuenta no es la relación con el Otro -la espera de la
marca de su falta- sino más bien la envidia hacia el goce del Otro, el sufrimiento de ser excluido
del goce y no de la marca. La lógica de la compensación a la cual Lacan reconducía el
comportamiento bulímico parece sufrir una alteración profunda: no pido más al objeto compensar
la ausencia de la marca del Otro -el que mantendría al sujeto en una conexión con el Otro- no sufro
más a causa de una frustración de amor, pero exijo realizar en un estado de absoluto dominio, el
goce infinito del objeto en un régimen de desconexión del Otro. El consumo del objeto no
compensa más una ausencia, porque no hay experiencia posible de la ausencia; el consumo es
consumo del objeto presente en la anticipación del próximo. La compensación contemporánea, no
es entre objeto y marca sino solamente entre objeto y objeto.
8. Angustia de sofocamiento
En la obesidad hay una dificultad del sujeto a rechazar, a ejercitar el poder del rechazo en
su confrontación con el Otro. El sujeto obeso no accede al poder del “no!”. En este sentido ya que
no accede al poder el rechazo, transforma su cuerpo en un desecho. El cuerpo del obeso es un
cuerpo que asume los caracteres del objeto desecho, es un cuerpo letrina, es cuerpo que se desforma
y se transforma en indigno. Es un cuerpo que se disocia de su imagen narcisística en el sentido que
el sujeto obeso tiende a idealizarse a sí mismo como otro distinto de la masa física adiposa en la
que se concretiza su cuerpo físico, terminando no obstante, como hemos visto, por no percibir más
el cuerpo como propio. Acá podemos encontrar una forma de separación particular, profundamente
narcisística, o también una separación no del Otro sino del propio cuerpo en tanto cuerpo-letrina,
cuerpo-descartable, cuerpo-desecho. El anillo del imaginario no une más el real del cuerpo al Otro
simbólico. Es como si el sujeto separase el Yo (representado como Ideal), de la imagen de su
cuerpo. La imagen del cuerpo-gordo no es simplemente una imagen desinvestida narcisísticamente,
16
J. Lacan, Il Seminario XVII, cit., p. 97
17
Refiuti: significa desechos, pero también significa rechazos.
7
degradada a desecho, pero puede funcionar como envoltura, como fortaleza que rodea al Yo "sin
carne" del sujeto preservando así su valor abstractamente ideal18. Es lo que se deduce del sueño de
una paciente mía que se ve volviendo a casa recubierta de una pesada armadura medioeval y que se
acuesta tranquila en su cama después de haber depuesto la armadura sobre el sillón 19. En este sueño
la imagen del cuerpo se suelta del anudamiento imaginario-narcisístico que debería permitir al
sujeto reconocerse para aparecer como una armadura que defiende al sujeto pero no lo representa.
En estas formas de obesidad llamadas egodistónica -la egosintonía se verifica, cuando un
sujeto obeso puede disfrutar de su imagen- el sentimiento de la angustia juega una presencia
crucial. La angustia de la obesidad es una angustia de sofocamiento que puede a veces asumir la
forma extrema de la angustia de ser sofocado por el peso del propio cuerpo. En estos casos la
angustia no surge de la ausencia o de la perdida del objeto, no está asociada a la falta del objeto,
sino que fluye más desde un estorbo, desde un desborde, de una imposibilidad de movimiento, de
una presencia en exceso del objeto. La angustia es aquí angustia de lo desbordante, del exceso de
objeto, porque en este exceso de presencia, en este demasiado de objeto, el sujeto termina por
desaparecer por sentirse deglutido20.
Si en la clínica clásica de la neurosis la angustia puede manifestarse en relación a la falta, a
la separación, a la pérdida de objeto, en la obesidad la angustia no es en relación a la falta, como en
la psicosis a la "falta de la falta". De aquí la percepción perturbante que tenía una paciente mía de
su propio cuerpo:
"Siento mi cuerpo como una trampa, una trampa que me impide moverme, porque cada
movimiento me pone en peligro. Mi cuerpo no es mío … Soy una prisionera de un cuerpo que no
reconozco como mío porque yo me siento más allá de este cuerpo. Pero mi angustia es por no
lograr separarme de esta trampa".
En estos casos la angustia de sofocamiento se traduce en una verdadera y propia angustia
de encierro, de entrampamiento, porque como teoriza Lacan, es la falta misma que viene a faltar.
Entonces la disociación del sujeto del cuerpo es una tentativa de tratar esta angustia abriendo otro
lugar donde intentar hacer un lugar al deseo aniquilado por la demanda. ¿No estamos tal vez frente
al espectáculo social actual donde la compulsión al goce y la presencia difusa de la angustia entran
con dificultad en la dialéctica entre la falta y el deseo?. La angustia como respuesta del sujeto a la
imposibilidad de preservar la falta desde la cual se anima el deseo 21 encuentra, en efecto, en la
angustia de sofocamiento de la obesidad una encarnación ejemplar.
9. Obesidad generalizada
8
mediante la oferta de objetos, la obesidad indica una posición de pasividad del sujeto que no es
capaz de promover ninguna forma de destete de esta oferta ilimitada y asfixiante del Otro.
La obesidad se ofrece entonces como paradigma clínico de la civilización contemporánea
allí donde la caída de la marca parece corresponder a un aumento progresivo del empuje al
consumo del objeto. La abolición de la marca de parte del objeto-superfluo genera en el sujeto un
empuje al llenado inmediato -sin diferimento alguno- del vacío. La tendencia de la Civilización
contemporánea a producir obesidad es una tendencia generalizada que se focaliza inevitablemente
de modo particular en la edad evolutiva: el niño occidental vive la experiencia de la muerte de la
marca como agujero sobre la falta (del Otro) y puede hacer solo experiencia de un vacío insensato
que, como tal, debe ser lo más rápidamente posible apagado. Nada, en cambio, justifica la
renuncia. Esta muerte del vacío es secundaria a una reducción, desclasamiento, metamorfosis
antropológica, de la falta a vacío que sucede como una transformación fundamental típica de la
incomodidad actual de la Civilización. La caída de la marca y la afirmación del objeto del consumo
se configuran como dos efectos de esta transformación fundamental.
La exposición de los niños al riesgo de la obesidad está promovida por el discurso social
en la medida en que éstos alimentan una demanda convulsiva de objetos como efecto de una
decadencia del Ideal respecto a la promoción del objeto de goce 23. El discurso social actual sostiene
la necesidad de una saturación del vacío, o, más precisamente la saturación del vacío como
modalidad de supresión de la falta y del deseo. La obesidad es el fenómeno psicopatológico que tal
vez, más que ninguno, ilustra los efectos devastadores de esta saturación: el cuerpo es reducido a un
mero contenedor de objetos, contenedor cuyas capacidades de recolección aparecen como
ilusoriamente infinitas. El obeso identificando literalmente el vacío con el vacío del estomago
cumple efectivamente un error topológico que revela además una verdad de estructura: el sujeto
actual es reducido a una máquina de goce.
La difusión epidémica de la anorexia y de la obesidad en la sociedad del capitalismo
avanzado demuestran, por lo tanto, las dos caras de la medalla del malestar contemporáneo de la
Civilización: por un lado una obesidad generalizada que marca el empuje al llenado del vacío y la
muerte de la falta, y por otro la anorexización del sujeto como única maniobra posible de
separación, de operar una castración del Otro ‘engullante’ del mercado.
llamado, “predictivo” de una obesidad en edad adulta está ampliamente sufragada como, más en general, el
aumento considerable en los ultimos años de la obesidad infantil. Istituto Auxologico Italiano, Primo e
Secondo rapporto sull´obesitá in Italia, Franco Angeli, Milano 1999 y 2000, y O. Bosello, Obesitá: un
trattato multidimensionale, Kurtis, Milano 1998. Un estudio conducido en varias escuelas maternas de
Roma ha revelado una condición de obesidad del 6,5% de los sujetos por debajo de los 6 años. AA.VV.
Indagine nutrizionale su bambini di etá prescolare che usufruiscono della refezione scolastica, in Rivista
della Stá italiana de Scienza dell´alimentazione, n° 21, 1992.
23
Sobre estos temas, J.A. Miller y E. Laurent, L´Autre qui n´existe pas et ses comités d´éthique, Curso que
dieron en el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII, 1996-97. Para los lectores
italianos una sintesis se puede encontrar en AA.VV, Il rifiuto dellÁltro nell´anoressia. Studi de psicoanalisi
(a cargo de S. Bonifati e F. Galimberti), Franco Angeli Milano 2001.
9
juego del objeto. Este fantasma responde a la lógica fálica del fantasma masculino. Lo que orienta
fantasmaticamente al hombre en la relación con el Otro sexo es efectivamente el goce de un objeto
parcial, recogido del cuerpo del Otro, al cual el fantasma adjudica un carácter insustituible, por lo
tanto lógicamente fetichístico. El fantasma femenino en cambio no es un fantasma de apropiación
del objeto porque el centro del discurso femenino es el ser y no el tener el falo. Si el fantasma
masculino es un fantasma de apropiación, el fantasma femenino es más bien una defensa del propio
ser del sujeto por la voluntad de apropiación fálica: ¿cómo puedo ser objeto permaneciendo
sujeto?. También por esta razón la anorexia se configura como una elección electivamente afín a la
femineidad. Separándose de cada demanda la anoréxica apunta en efecto a valorizar, aunque en
modo absoluto (por lo tanto fatalmente errado), el ser del sujeto. Entre la satisfacción de la
demanda y la satisfacción del deseo hay efectivamente, para una mujer, un abismo. Por el contrario
el fantasma masculino parece ir hacia una convergencia de demanda y deseo: Gozar del Otro como
objeto fetichizado. Aquí se puede notar la similitud entre el fantasma fundamental del hombre con
el empuje a la incorporación propia de la obesidad, como modalidad subjetiva de acumulación
progresiva de objetos24. Desde este punto de vista el fantasma masculino parece más próximo a la
obesidad que el femenino porque privilegia la apropiación y el goce del objeto a la búsqueda de la
falta en el Otro25.
Otro tema fundamental para considerar a propósito del nexo obesidad-femineidad tiene en
cuenta la incidencia de la depresión, o bien la incapacidad o la dificultad particular del sujeto
femenino a simbolizar la pérdida del objeto. La depresión es estructuralmente afín a la femineidad
porque la depresión no está tan ligada al empuje hacia la posesión del objeto sino a un sentimiento
profundo de desvalorización del propio ser, a un sentimiento de vacío, a una caída del revestimiento
narcisístico de la imagen de sí.
En las mujeres la obesidad puede en efecto configurarse como una defensa a la depresión:
el coleccionismo paradojal de la obesidad, puede ser efectivamente una reacción depresiva del
sujeto por una pérdida de objeto que no puede ser simbolizada. La sensación permanente del vacío,
tan típica de la obesidad y de los llamados “disturbios de la alimentación” en general, debe ser
relacionada al carácter enigmático de la pérdida del objeto así como Freud lo especifica: el sujeto
melancólico vive dramáticamente la experiencia de la pérdida del objeto sin saber cual objeto está
verdaderamente en juego. Es eso que Freud lo define como una “pérdida desconocida”, como una
“pérdida de objeto que escapa a la conciencia”26. En este sentido a la certeza de la pérdida
corresponde siempre una indeterminación del objeto perdido. De aquí que, en la obesidad, el
empuje al consumo indiscriminado del objeto-comida vaya al lugar del objeto perdido pero sin
producir alguna sublimación: no se trata de un objeto que es elevado a la dignidad de la Cosa -
según la definición lacaniana de la sublimación- sino más bien a una farmacologización del objeto
24
Se puede pensar a la obesidad como una forma particular de coleccionismo psicosomático, con la
diferencia que el objeto no viene coleccionado en el sentido de una conservación acumuladora –como
adviene en el procedimiento del coleccionismo clásico- sino acumulado por devoración inmediato. Como el
objeto-fetiche se desfallece inmediatamente en el mismo goce.
25
J. Lacan, Il Seminario, Libro XX, Ancora (1972-73) a cargo de G.B. Contri, traducción italiana de S.
Benvenuto y M. Contri, Einaudi, Torino 1983. e J. A: Miller, Logiche della vita amorosa, Astrolabio,
Roma1996, “Une répartitoire sexuelle”, en Revue de La Cause Freudienne, n° 40, París 1998.
26
“Retengamos –escribe Freud- que debemos atenernos a la hipótesis de una pérdida de esta clase, pero no
sabemos individualizar con claridad que cosa se ha perdido”. S. Freud, “Lutto e melancolia”, en Obras
completas Vol VIII, p. 104
10
que asume el carácter de objeto-analgésico en condiciones de tratar esa clase de nostalgia
melancólica indeterminada que puede afligir al sujeto obeso. La devoración continua del objeto
manifiesta así el gesto paradojal de la oralidad melancólica: la abolición del objeto realiza una
extrema fidelidad al objeto perdido 27. Comer es efectivamente una absorción del objeto que llega en
la forma de su destrucción. La insistencia de Abraham sobre la existencia de un estadio sádico-oral
de tipo canibalístico como fundamento de la posición melancólica del sujeto -son más en general
las observaciones psiquiátricas clásicas sobre la relación entre canibalismo y melancolía- señalan
cómo el acto mismo del comer -que la compulsión oral extrema- es en el fondo de por sí una
contra tendencia a la pérdida del objeto introducida por la acción del Otro. Es eso que está en la
escena en el célebre film La gran comilona de Marco Ferreri, donde el empuje a la incorporación
del objeto manifiesta su relación profunda con el empuje a la muerte: el deseo es chupado por un
goce que no es más filtrado y moderado por la castración. En ciertos casos extremos de obesidad la
explosión del cuerpo puede en efecto ser pensado como la realización dramática de una regresión
del sujeto a la identificación primaria con la Cosa. El goce devastante que se desencadena, más allá
del límite fálico, arrastra el cuerpo del sujeto a un torbellino que lo confunde con el horror primario
de la Cosa28.
El binomio obesidad-depresión es clínicamente central sobretodo en la obesidad femenina
porque en la masculina la obesidad puede tender mas frecuentemente a sintonizarse con la
estructura caracterial del sujeto, a convertirse más fácilmente egosintónica, o bien a realizar un goce
puro del objeto. La idea de Freud según la cual “ por mas tiempo que el niño haya sido
amamantado, de todos modos, una vez destetado, se persuadirá de haberlo sido demasiado poco o
por un período de tiempo demasiado breve 29” pone en efecto en evidencia la disposición
estructural del ser humano al rechazo de la perdida de la Cosa o, como afirma Freud, a la dificultad
de superar la “ nostalgia de la madre”. En la obesidad este rechazo puede ser teorizado como
rechazo del trauma del destete solo pero se debe considerar también cómo en el discurso social
actual el Otro del mercado se propone como Otro mágicamente capaz de subrogar esta
insatisfacción que la separación de la Cosa sedimenta en el sujeto. La obesidad tiende a
especificarse como un no querer ceder el goce necesario al intercambio simbólico con el Otro sexo.
El sujeto obeso manifiesta un goce del Uno del cuerpo refractario al Otro. De este modo se evita la
angustia relativa al encuentro con el deseo del Otro construyendo un verdadero y propio universo
donde todo el goce está concentrado sobre el objeto-comida y la dimensión contingente del
encuentro totalmente anulada. El binomio hiperfagia-telefagia puede servir para ilustrar
sintéticamente las características de encierro de este universo: la asimilación del objeto( imágenes y
comida), aparece en modo continuo y parece reducir el mundo mismo a esta consumación recíproca
infinita. El sujeto absorbe las imágenes televisivas como absorbe el objeto-comida pero en esta
absorción se encuentra él mismo siendo absorbido. Esta estructuración especular de la relación con
el objeto define efectivamente el universo cerrado del obeso. El goce tiende a realizarse como
cierre de la pulsión sobre el objeto. Pero este cierre como tal es estructuralmente imposible en
cuanto la pulsión es un movimiento constante que no puede volverse a cerrar sobre un objeto. De
aquí el efecto catastrófico sobre el cuerpo: la obesidad muestra en qué cosa puede transformarse el
cuerpo allí donde se sostenga la ilusión -como lo sostiene el discurso capitalista- de que la pulsión
puede encerrarse sobre un objeto. El cuerpo explota llenándose de objetos cada uno de los cuales en
el instante del consumo ofrece la extinción provisoria del vacío generando no obstante
paradojalmente, un desborde que antes que extinguir el vacío lo genera todavía más intensamente.
El cuerpo del obeso es un desborde que el sujeto vive como un vacío infinito.
.
27
Sobre este punto ver la espléndida página de G. Agamben, L´oggetto perduto, in Stanze. La parola e il
fantasma nella cultura occidentale, Einaudi, torino 1993, pp. 24-27.
28
Con acentos diversos es eso lo que se reencuentra en Brusset cuando escribe “el acto alimentario realiza la
identificación primaria a la madre, actualiza el fantasma de identificación sobre el modelo primario de la
realización alucinatoria...”, B. Brusset, Psychopatologie de l´anorexie mentale, Dunod, París 1998 p.68.
29
S. Freud, Il compendio de psicoanalisi, en Obras Completas
11
12. El escudo de la obesidad en la psicosis
Muchas obesidades graves revelan una estructura de tipo psicótica. En estos casos
asistimos a un retorno de lo real de la libido directamente sobre el cuerpo. En otras palabras, la
libido no es más investida sobre el objeto (o recortada, como diría Lacan, desde el objeto), pero está
en un movimiento de retorno sobre el cuerpo del sujeto. Este regreso de la libido es un regreso
efectivo del goce que retorna compactadamente, sin mostrar ninguna incidencia de la castración
significante. La pulsión de devoración aparece como completamente sin reglas al punto de
confundir en la realidad el sujeto con el objeto: el sujeto come, pero no sabe nunca si come o es
comido. El sujeto asume mucho más el carácter el objeto: se hace él mismo inmóvil, lleno, pesado,
sin pensamientos, inactivo, inerte. Es un objeto. En un sueño de un paciente psicótico, gravemente
obeso, el espejo mas que reflejar la imagen del sujeto refleja la de un pollo engordado enormemente
para ser comido. Si esta inversión pulsional (comer-ser comido), se reencuentra también en las
formas neuróticas de anorexia-bulimia o de obesidad, en el caso de la obesidad de estructura
psicótica el sujeto se transforma literalmente en un objeto devorado.
Desde un punto de vista fenomenológico, a diferencia de la bulimia, en la obesidad no
encontramos el pico de la comilona, la discontinuidad del goce, pero sí una tendencia al
movimiento continuo al consumo del objeto. Este movimiento continuo debemos concebirlo como
manifestación de un retorno del goce que no siendo recortado de la castración, no localizado en las
zonas erógenas pero amontonado en el Uno del cuerpo, puede conducir literalmente al cuerpo
mismo a explotar. La ausencia de límite típico de la hiperfagia debe ser asumida en estos casos
como una manifestación de un retorno en lo real de la pulsión de muerte que al colmo su empuje
transforma el consumo del objeto en una irrupción mortal de sustancia gozante que fragmenta el
cuerpo.
Pero la obesidad –como lo demuestra en particular el psicoanálisis infantil- puede
mostrarse también como un medio de tratamiento de la psicosis misma de parte del sujeto. En este
caso ella no se configura más como la defensa del encuentro con el Otro sexo, ni como el tentativo
de subrogar el objeto perdido, sino como una operación de separación del goce maligno del Otro.
Es como colocar entre sí y el Otro malo, persecutorio, la masa adiposa como baluarte o como
anestesiante del cuerpo. Entre el sujeto y el Otro persecutorio (no el Otro sexo) se introduce la
gordura. Eso que se verifica es una suerte de desensibilización del cuerpo como defensa respecto al
goce del Otro. Esta función de barrera de la obesidad respecto a la psicosis se evidenciaba en el
caso de una joven adolescente en quien la obesidad se había desarrollado después de la separación
entre sus padres. Vivir sola con una madre incapaz de limitar su propio goce, incestuosa, dedicada
a intercambios sexuales promiscuos que realizaba sin ningún pudor frente al hijo hasta el fin de la
primera infancia, ha conducido al sujeto a reemplazar por así decir el padre real -totalmente
sometido al goce perverso de la madre y, luego de la separación conyugal también ausente en la
realidad- con una obesidad que introducía, entre el goce materno y el sujeto, un escudo protector.
En otro caso el engordar del cuerpo era visto por una joven mujer psicótica como un dique contra la
violencia intrusiva del goce del Otro. “ Aunque le provoca fuertes dolores de estomago, comer,
para ella, es como un calmante que le permite no sentir nada más, no tener más miedo. La joven
engorda hasta el punto límite en el que tiene la impresión de perder sus formas…. Ser gorda es un
tentativo de construir una barrera contra la potencia maléfica de los hombres, contra la amenaza de
dispersión, de explosión”. Para no ser “tragada por la mirada” ávida y voraz de los hombres, de los
cuales un hermano se revela traumaticamente incestuoso constituye la matriz, esta mujer adopta la
12
estrategia de hacer el cuerpo gordo mismo “una barrera construida contra el huracán del deseo
masculino30”.
30
C. Quenardel, “La bulimia, partner-sintomo in un caso de psicosi”, en AA.VV., Il rifiuto dell´Altro nell
´anoressia, cit., pp119-123.
31
En la clínica de la obesidad con estructura psicótica es dificil no notar como en ciertos sujetos la operación
quirurgica es vivida como un verdadero y propio acto de mutilación -que a diferencia de los pasajes al acto
violentos y autodestructivos adviene con el consenso de la Ley- a traves del cual el sujeto busca reducir el
goce abusivo y en exceso del cuerpo sin poder hacer uso de la castración simbólica.
13
goce), también para el sujeto obeso, cercenar el órgano (reducir el estomago), no significa
recuperar la función simbólica (forcluída) de la significación fálica. Error macroscópico en el
transexualismo: eso que instituye la sexuación no es el dato anatómico sino la función significante
del falo, por lo tanto cambiar órganos genitales, no significa para nada cambiar de sexo. Error mas
oculto en la obesidad: la corrección del metabolismo del cuerpo parece arrastrar todo lo que
dependa del metabolismo simbólico.
Pero mientras en el transexualismo psicótico domina el “empuje a la mujer” como
alternativa a la función fálica de la castración -el cambio de sexo culmina con la realización de un
goce más allá del falo, al goce del Otro, con la identificación delirante a la mujer-, en la obesidad
prevalece en cambio la necesidad de reducción, de exteriorización, de evacuación del goce. En los
casos transexuales la operación quirúrgica introduce el goce, en el sentido que permite al sujeto
realizar el empuje delirante a la mujer, mientras en los de obesidad lo sustrae. Pero este es el
problema, buscando de localizar el goce (restringiendo la abstención somática del estomago), el
sujeto obeso tiene el riesgo de extraviar la identidad imaginaria que la expansión de su cuerpo le
había conseguido.
Riego de perderse, de no encontrarse más, de disociarse de la imagen especular misma que
hasta el momento, de todos modos, le había garantizado un nombre.
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