Reynolds Simon - Postpunk
Reynolds Simon - Postpunk
RO M P ER T O D O
Y E M P E ZA R DE N U E V O
SIMON REYNOLDS
A G O S T I N A MARCHI
MATÍAS BATTISTÓN
CAJA ■
NEGRfrU
SWESTHESII\
Reynolds, Simon
Postpunk: romper todo y empezar de nuevo - 1a ed. 2a reimp. -
Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Caja Negra, 2016.
560 p .; 20 xl4 cm.
A MI HIJO KIERAN
I
EN MEMORIA DE REBECCA PRESS Y BURHAN TUFAIL.
NOTA DEL AUTOR
Abordar un período tan prolongado -ele siete años, de 1978 a 1984- y con una
enorme densidad de producción en simultáneo presenta algunos problemas en
cuanto a la organización del material. Con tantas cosas sucediendo en paralelo,
organizar el libro a partir de una cronología lineal evidentemente no es una op- 9
ción. Mi solución fue dividir el período en microrrelatos, la mayoría de ellos cir
cunscriptos a una determinada geografía: escenas que se desarrollan en determi
nada ciudad (la no wave y el mutant disco de Nueva York, por ejemplo), en una
región (la escena de Cleveland-Akron, en Ohio) o incluso en países enteros
(Escocia). Otros capítulos se basan en un determinado género o sensibilidad: in
dustrial, synthpop, new pop, y así sucesivamente. Algunos están orientados alre
dedor de grupos particulares de artistas: el entorno de sellos como Rough Trade
y 2-Tone, por ejemplo. En otros casos, reuní a dos grupos basándome en algún
vínculo directo y/o en alguna afinidad: tal es el caso de The Pop Group y The
Slits, que tienen miembros en común y durante un tiempo estuvieron en el mismo
sello discográfico; o Wire y Talking Heads, que pese a no haber estrechado ese
tipo de vínculos directos, sí poseen muchos puntos en común. Debido a que el
flujo cronológico al interior de cada microrrelato es lineal y sigue el desarrollo de
cada proyecto desde sus comienzos hasta su finalización (o lo que me parecía un
punto de corte), Postpunk. Romper todo y e m p ^ r de nuevo procede dando un paso
hacia atrás para luego dar dos hacia delante. Por lo tanto, cada nuevo capítulo co
mienza en general algo después que el anterior en la línea de tiempo histórico, y
así es como al final del libro los acontecimientos tienen lugar en 1983-1984.
INTRODUCCIÓN
Al principio el punk me pasó inadvertido casi por completo. Con trece años, 11
casi catorce, de aquella época, mientras crecía en una ciudad residencial ingle
sa en la que no pasaba demasiado, solo tengo débiles reminiscencias de 1977.
Recuerdo vagamente fotos a página completa de punks con crestas puntiagu
das en una revista que venía con el diario del domingo, pero eso es todo. Sex
Pistols diciendo insultos en la televisión, “G od Save the Queen” versw el Jubileo
Real, toda una cultura entera convulsionada y estremeciéndose: yo sencilla
mente no lo noté. En cuanto a aquello que sí me gustaba y a lo que me dedi
caba en vez de a todo eso, bueno, es un poco confuso. Mil novecientos seten
ta y siete... ¿Fue el año en que quise ser humorista gráfico? O, como tal vez ya
me había pasado a la ciencia ficción, ¿estuve todo 1977 leyendo sistemática
mente cualquier cosa que encontrara de Ballard, Pohl y Dick en el catálogo de
la biblioteca local? Lo que sé con seguridad es que la música pop apenas si ejer
cía influencia alguna en mi conciencia.
Fue mi hermano menor Tim el que empezó a escuchar punk primero.
Siempre había un horroroso barullo saliendo de su cuarto, llegando al mío a
través de la pared del dormitorio. Supongo que una de las tantas veces que fui
a golpear su puerta para quejarme sencillamente debo haberme quedado ahí.
Lo primero que me retuvo fue la blasfemia: Johnny Rotten que chillaba “Fuck
this and fuck that/ fuck it ali and fuck her fucking brat” [A la mierda con esto
y a la mierda con aquello/ A la mierda con todo y a la mierda con su maldito
mocoso malcriado] (después de todo, sí tenía catorce años). Más que los in
sultos en sí mismos, lo que realmente me mantenía atento era la vehemencia
y la virulencia de la interpretación de Rotten, todos esos “fucks” percusivos, el
regocijo demoníaco de las letras r estiradas en “brrrrrrrat” . Se han expuesto
miles de tesis cuidadosamente razonadas que reconocen y convalidan la im
portancia sociocultural del movimiento, pero, si uno es realmente sincero, hay
que decir que una parte gigantesca del atractivo del punk solo tuvo que ver lisa
y llanamente con su escandalosa y monstruosa maldad. Piénsese en la enfer
medad de Devo, por ejemplo. Jamás en mi vida había escuchado algo tan te
nebroso e inmoral como su single “Jocko Horno” y su lado B, “M ongoloid”,
que aparecieron en nuestra casa por cortesía de un amigo (mucho más adelan
tado que nosotros, claramente).
Cuando empecé a escuchar a Sex Pistols y demás, en algún momento a me
diados de 1978, no tenía ni la más mínima idea de que todo eso ya estaba ofi-
12 cialmente “muerto”. Sex Pistols se había separado hacía rato. Rotten ya había
formado Public Image Ltd. Com o había estado ocupado en otras cosas y me
había perdido todo el nacimiento, la vida y la muerte del punk, también me
salteé astutamente el luto posterior, ese horrible estrellarse contra el suelo que
experimentaron en 1978 todos aquellos que habían estado “allí” durante el ex
citante pico de adrenalina de 1977. Mi descubrimiento tardío del punk coin
cidió con el momento en el que las cosas empezaban a repuntar de nuevo, con
el nacimiento de lo que, enseguida, se conoció como postpunk, el tema de este
libro. Así que estaba escuchando Germfree Adolescents de X-Ray Spex, pero
también el primer disco de PiL, Fear ofM usic de los Talking Heads y Cut de
The Slits. Todo era un brillante y explosivo arrebato de emoción.
Los historiadores de la música exaltan eso de haber estado en el lugar co
rrecto en el momento justo, esos períodos y esos em p l^ m ien to s críticos en los
que se gestan las revoluciones y los movimientos. Eso es complicado para aque
llos de nosotros que estamos y/o estuvimos atrapados en los suburbios o en te
rritorio provincial. Este libro es para, y sobre, aquellos que no estuvieron allí en
el lugar correcto en el momento justo (en el caso del punk, Londres y Nueva
York alrededor de 1976), pero que, no obstante, se negaron a creer que todo
había terminado y que todo estaba terminado antes de que pudieran sumarse.
Los jóvenes tienen un derecho biológico a estar entusiasmados respecto de
los tiempos que les tocan vivir. Si uno tiene mucha suerte, esa urgencia hor
monal es acompañada de la insurgencia de la era, y la necesidad inherente a
todo adolescente de sorprenderse y creer coincide con un período de abun
dancia objetiva. Los años de plenitud del postpunk -la media década que va
de 1978 a 1982- fueron eso: una suerte. He estado cerca de sentirme de ese
m odo desde entonces, pero nunca volví a sentirme tan emocionado como en
aquel momento. Ciertamente, nunca volví a estar tan enfocado en el presen
te. Lo que es raro, al menos tal como lo recuerdo hoy, es que durante esa época
nunca compraba discos viejos. ¿Por qué lo habría hecho? Existían tantos dis
cos nuevos para comprar que, sencillamente, no había razón alguna para in
vestigar el pasado. Tenía cassettes con compilaciones de lo mejor de los Beatles
y los Stones que había grabado de amigos y una copia de la antología de The
Doors Weird Scenes Imide the GoMmine, pero eso era todo. En parte, algo de
esto tenía que ver con el hecho de que la cultura de las reediciones que hoy
nos inunda en aquel momento no existía; las compañías discográficas de hecho
borraban discos por aquel entonces, así que había enormes franjas del pasado 13
reciente a las que era imposible acceder. Pero principalmente se trataba de que
no había tiempo para mirar hacia atrás con melancolía hacia algo que uno
nunca había vivido en carne propia. Estaba pasando demasiado ahora.
En su momento no lo pensé de este modo, pero, visto en retrospectiva, en
tanto época singular de la cultura pop, el período 1978-1982 compite con esos
legendarios años que fueron de 1963 a 1967 y son comúnmente conocidos
como los sesenta. La era postpunk soporta la comparación con los sesenta tanto
en términos de la mera cantidad de música genial que fue creada como en cuan
to al espíritu de aventura y el idealismo que la insuflaron, y en términos de la
manera en que la música parecía estar inextricablemente conectada a la turbu
lencia política y social de su tiempo. Había una mezcla parecida de expectación
y ansiedad, una manía similar por todo lo que fuera nuevo y futurista unida a
un miedo palpable y concreto respecto de lo que el futuro podía deparar.
No es que sea una persona especialmente patriótica ni nada por el estilo,
pero también es notable que tanto los sesenta como el movimiento postpunk
hayan sido períodos durante los cuales Gran Bretaña gobernó las olas de la
música pop. Que es la razón por la cual este libro se centra principalmente
en el Reino Unido. Por supuesto, también se ocupa de ciudades estadouni-
denses en las que el punk se expresó de modo irrefutable y grandioso: Nueva
York y San Francisco, las capitales bohemias; Cleveland y Akron, las terrorí
ficas zonas postindustriales de Ohio; ciudades universitarias como Boston,
Massachusetts y Athens, Georgia. Sin embargo, en los Estados Unidos, el
punk y el postpunk fueron culturas mucho más subterráneas y minoritarias
que en el Reino Unido, donde uno podía escuchar a The Fall y aJo y Division
en la radio nacional y bandas tan extremas como PiL, de hecho, tenían hits
en el Top 20 y, gracias al programa de televisión semanal Top o f the Pops, lle
gaban a más de diez millones de hogares. Lamentablemente, por cuestiones
de espacio y salud mental he decidido no meterme con el postpunk de euro
pa continental y Australia a excepción de algunas bandas clave, como D.A.F.
y The Birthday Party, que han tenido un impacto significativo en la cultura
rock anglosajona.
Tengo razones tanto personales como “objetivas” para escribir este libro.
Ante todo, entre las razones objetivas, está el hecho de que el postpunk es un
período que ha sido seriamente desatendido por los historiadores. Hay una
14 veintena de libros sobre el punk rock y todo lo que pasó entre 1975 y 1977,
pero no hay prácticamente nada acerca de lo que ocurrió después. Las histo
rias convencionales del punk siempre terminan más o menos con su “muer
te”, en 1978, cuando Sex Pistols se autodestruyó. En las versiones más extre
mas y poco serias de esta historia {los documentales televisivos sobre la historia
del rock son particularmente culpables de esto), por lo general, se da a enten
der que no pasó nada que fuese realmente relevante entre el punk rock y el
grunge, entre Never M ind the Bollocks y Nevermind. Incluso después del boom
de la nostalgia por los ochenta, esa década aún sigue tendiendo a ser conside
rada un baldío musical solo redimido por forajidos como Prince y Pet Shop
Boys o personajes dignos de respeto como R.E.M . y Springsteen. Los prime
ros años de los ochenta, en especial, todavía son considerados como una fran
ja particularmente chistosa y un tanto camp, como una era que solo estuvo ca
racterizada por pretenciosos intentos de usar el video como una forma de arte,
y vanidosos inglesitos rodeados de sintetizadores y con los ojos delineados y
cortes de pelo ridículos. Han emergido fragmentos de la historia postpunk
aquí y allá. Pero nadie ha intentado capturar la era postpunk como lo que fue,
una contracultura que, aunque fragmentada, com partió la creencia de que la
música podía cambiar el mundo.
Siendo todo lo imparcial y desapegado que me es posible, me da la sensa
ción de que el largo “después” del punk entre 1978 y 1984 fue mucho más in
teresante, musicalmente hablando, que todo lo que pasó en 1976 y 1977, cuan
do el punk montó su revival del rock ’n’ roll “de vuelta a las raíces”. Aun en
términos de su influencia cultural más general, podría discutirse tranquilamen
te que el punk tuvo sus repercusiones más provocativas mucho después de su
supuesta defunción. Parte del argumento de este libro es que los movimientos
revolucionarios al interior de la cultura pop suelen tener su mayor impacto
después de que el “momento” supuestamente ha pasado, y cuando las ideas ya
se propagaron a l exterior de las elites bohemias y las camarillas vanguardistas
metropolitanas a las que en su origen les “pertenecieron” hacia los suburbios
y las regiones periféricas.
Otra razón objetiva para este libro es que ha habido un inmenso resurgi
miento del interés por este período, con compilaciones y reediciones de dis
cos postpunk de archivo y toda una camada de bandas nuevas que se han mol
deado a partir de géneros postpunk como la no wave, el punk funk, el mutant
disco y la música industrial. Toda una nueva generación de músicos y aman- 15
tes de la música jóvenes ha alcanzado finalmente la mayoría de edad sin nin
gún recuerdo de esta era. Algunos veinteañeros ni siquiera habían nacido en
el año que este libro cierra, 1984, y en consecuencia, hallan todo este período
fascinante e inmensamente intrigante. De hecho, es precisamente por haber
sido tan desatendido durante tanto tiempo que el postpunk ofrece hoy una
veta interesantísima para la floreciente industria retro.
Dije que también había razones subjetivas para que escribiera este libro.
La razón subjetiva número uno es que recuerdo este período como súper abun
dante, como una edad de oro de lo nuevo y el ahora que creaba una sensación
de estar moviéndose a toda velocidad hacia el futuro. La razón subjetiva nú
mero dos tiene más que ver con el presente. Cuando los críticos de rock lle
gan a cierta edad se empiezan a preguntar si toda la energía mental y emocio
nal que invirtieron en esto de la música fue en realidad un movimiento tan
acertado. N o es exactamente una cuestión de falta repentina de seguridad o
confianza en uno mismo, sino, más bien, algo así como un pliegue o un do
blez en la certidumbre. En mi caso en particular, esto me llevó a preguntarme
cuándo había sido que decidí embarcarme en una vida que tuviera que ver casi
exclusivamente con tomarse la música en serio. ¿Qué me hizo creer que la mú-
sica podía importar tanto? Fue, por supuesto, el hecho de que crecí en la era
postpunk. Ese doble golpe casi simultáneo de Never M ind the Bollocks de Sex
Pistols y M etal Box de PiL fue lo que me puso en este camino en el que estoy.
También fue escribir acerca de estos discos - y acerca de otros tantos discos
como esos- en la prensa especializada lo que me formó; escribir semana tras
semana sencillamente exploró y puso a prueba la cuestión de con cuánta se
riedad uno podía tomarse la música (una conversación que continúa hasta el
día de hoy de diversas maneras y en otros espacios). Así que este libro también
es, en parte, un ajuste de cuentas con mi juventud. ¿Y a qué conclusión lle
gué? Tendrán que seguir leyendo.
16
PROLOGO
LA R EV O LUCIÓN
H IN CO N CLÜSA
l. Riffs al estilo de bandas como MC5, cuya canción “Rama Lama Fa Fa Fa” (1969)
es considerada precursora del punk. [N. de la T.]
nueva fase en la búsqueda por fuera de los estrechos parámetros del rock, hacia
la América negra y Jam aica, obviamente, pero también hacia África y otras
zonas de lo que luego sería llamado “world music”.
El postpunk también reconstruyó puentes con el propio pasado del rock,
sobre todo con amplias franjas de lo que había quedado emplazado extramu
ros cuando el punk declaró a 1976 como Año Cero. El punk instaló un mito
que todavía hoy sobrevive en algunos suburbios: la idea de que los años pre-
punk de comienzos de los setenta eran un páramo musical. En realidad, se
trata de uno de los períodos más ricos y variados de la historia del rock. De
modo tentativo, en un comienzo -después de todo, nadie quería ser acusado
de hippie encubierto o de rocker progresivo disfrazado-, los grupos postpunk
redescubrieron tales riquezas, tomando elementos del costado arty del glam
(David Bowie y Roxy Music), de excéntricos que iban más allá del rock como
Captain Beefheart, y recuperando en algunos casos las aristas más agudas del
rock progresivo (como Soft Machine, King Crimson e, incluso, Frank Zappa).
En cierto sentido, el postpunk era rock progresivo, solo que drásticamente ra
cionalizado y revigorizado, con una sensibilidad más austera, sin ostentación 23
de virtuosismo, por no mencionar sus mejores cortes de pelo.
Lo cierto es que algunos de los grupos postpunk más característicos -D evo,
Throbbing Gristle, Cabaret Voltaire, This H eat- eran en realidad entidades
prepunk, que existían de alguna u otra manera años desde antes del disco debut
de los Ramones de 1976. Cuando sobrevino el punk, la industria discográfi-
ca sufrió una gran confusión, que volvió a los grandes sellos vulnerables a la
sugestión y diluyó todas las reglas estéticas, de m odo que cualquier anormal o
extremista tenía de repente su oportunidad. A través de esta brecha abierta en
el muro de los negocios, irrumpían, como de costumbre, toda clase de freaks
sombríos que no dejaban pasar su chance de llegar a un público más amplio.
Pero el postpunk reconocía su filiación en una clase particular de art rock,
no en la pretensión del rock progresivo de fusionar guitarras eléctricas ampli
ficadas con la instrumentación clásica y las composiciones extensas del siglo
XIX, sino en la línea que va desde The Velvet Underground, por medio del
kraut rock y la vertiente más intelectual del glam (Bowie/Roxy Music), que
respetaba el principio minimalista “menos es más”. Para un cierto grupo de
hipsters, la música que los sostuvo durante el “páramo musical” de los setenta
estaba formada por un racimo de espíritus afines -L o u Reed, John Cale, Nico,
Igggy Pop, David Bowie, Brian Eno-, unidos por su procedencia o su deuda
con The Velvet Underground, que habían colaborado entre sí en diversas com
binaciones a lo largo del período.
En particular, David Bowie se asoció con casi todas estas personas en dife
rentes ocasiones, ya sea produciendo sus discos o colaborando con ellos de otra
manera. Fue el eje de conexión, el más grande diletante del rock, siempre en
movimiento, buscando constantemente el próximo límite. Más que cualquier
otro, fue Bowie la inspiración clave para el ethos postpunk del cambio cons
tante. 1977 puede haber sido el año del debut de The Clash y de Never M ind
the Bollocks de Sex Pistols, pero la verdad es que la música postpunk fue más
profundamente afectada por los cuatro discos vinculados con Bowie editados
ese año, sus propios Low y Heroes, y Lustfor Life y The Idiot de I ^ y Pop ( ^ b o s
producidos por Bowie). Grabada en Berlín Occidental, esta impresionante se
guidilla de discos impactó con fuerza en los oyentes que ya sospechaban que
el punk rock se revelaba como más de lo mismo. Los discos de Bowie e Igggy
marcaron un distanciamiento respecto de los Estados Unidos y del rock ’n’ roll
24 y un acercamiento hacia Europa y un sonido cool, controlado, modelado sobre
la base de los ritmos “motorik” teutónicos de Kraftwerk y Neu! -donde los sin-
tetizadores tenían un rol tan importante como las guitarras. En entrevistas,
Bowie habló de su traslado a Berlín com o un intento por separarse de los
Estados Unidos, tanto musical (desde el momento en que el soul y el funk ha
bían tenido influencia sobre Young Americans) como espiritualmente (un es
cape de la decadencia del rock ’n’ roll de Los Ángeles). Configurado a partir
de esta deliberada hazaña de dislocación y autoalienación, Low hada honor al
título provisorio original del álbum, New Music Night and Day, especialmen
te en su sorprendente lado dos, una suite de atmósferas instrumentales som
brías y crepusculares, con cantos semejantes a lamentos sin palabras. Low, dijo
Bowie, había sido una respuesta a la experiencia de “haber visto el Bloque
Oriental, el m odo en que Berlín Este sobrevivía en ese medio, que era algo que
yo no podía expresar en palabras. Entonces se requerían texturas". Por este mo
tivo se inclinó hacia Brian Eno, texturólogo supremo, como su mentor y mano
derecha durante la realización de Low y de Heroes. Ya influyente a causa de los
ruidos de sintetizador que desplegaba en Roxy Music y en sus álbumes solis
tas proto-new wave, Eno se convirtió, después de la trilogía berlinesa de Bowie,
en uno de los productores que definieron la era: documentó la escena no wave
de New York, y trabajó con Devo, Talking Heads y U2. ‘'Algunas bandas fue
ron a escuelas de arte -brom eó Bono en cierta ocasión-. Nosotros fuimos a
Brian Eno”.
El nuevo europeísmo de Bowie y de Eno se hallaba en sintonía con la
sensación postpunk de que los Estados Unidos --o al menos la norteamérica
blanca- eran política y musicalmente reaccionarios. A la hora de buscar ins
piración contemporánea, el postpunk miraba hacia otros lugares más allá de
la patria originaria del rock 'n’ roll, como la norteamérica negra y urbana,
Jam aica y Europa, entre otros. Para muchos postpunks, los singles más sig
nificativos de 1977 no eran “W hite Riot” ni “G od Save the Queen”, sino
“ Trans-Europe Express”, un canto fúnebre metronómico de metal sobre metal
para la era industrial com puesto por la banda alemana Kraftwerk, y el hit
eurodisco de Donna Summer “I feel love”, producido a partir de sonidos sin
téticos por Giorgio Moroder, italiano residente en Munich. La electrónica
disco de Moroder y el synth pop sereno de Kraftwerk conjugaron refulgen
tes visiones de una Neue Europa moderna, orientada hacia el futuro y autén
ticamente postrock, en el sentido de no tener prácticamente deuda alguna 25
con la música estadounidense.
Junto con la radicalización de la forma del rock con dosis de ritmo negro y
electrónica europea, los artistas postpunk estaban igualmente comprometidos
con una radicalización del contenido de la ecuación musical. El acercamiento
del punk a la política -furia cruda o protesta agit-pop- resultaba demasiado
simple, demasiado panfletario a los ojos de la vanguardia postpunk, por lo que
pretendieron desplegar técnicas más sofisticadas y oblicuas. G ang o f Four y
Scritti Politti abandonaron el estilo de denuncia directa de “decir las cosas como
son”, optando por letras que exponían y dramatizaban los mecanismos de poder
operantes en la vida cotidiana. “Cuestiona todo” era la frase del momento. Estas
bandas demostraban que “lo personal es político” al diseccionar el consumis-
mo, las relaciones sexuales, las nociones de sentido común acerca de qué es na
tural o normal y los modos en que las vivencias más espontáneas y más íntimas
se hallan en realidad determinadas de antemano por fuerzas superiores. Al mismo
tiempo, las más agudas de entre tales agrupaciones capturaron el modo en que
“lo político es personal”, ilustrando los procesos por medio de los cuales los
acontecimientos actuales y las acciones de gobierno invaden la vida cotidiana y
acechan los sueños y las pesadillas privadas de cada uno.
En lo que respecta al compromiso político entendido en su sentido con
vencional —referido al mundo de las manifestaciones, el activismo de base y la
lucha organizada—, las bandas postpunk eran más ambivalentes. En tanto bo
hemios inconformistas, se sentían incómodos con la política de la solidaridad
o las llamadas a acatar la línea del partido. Consideraban que la franqueza de
magógica de ciertos músicos abiertamente politizados de la época (como Crass
o Tom Robinson) era demasiado literal y antiestética, y creían que ese sermón
no solo resultaba condescendiente con el oyente, sino que la mayoría de las
veces se revelaba como ejercicio inútil de “prédica para conversos". Si bien mu
chos de los grupos postpunk participaron de Rock Against Racism [Rock con
tra el racismo], mantenían una actitud reticente con I^R y su colectivo her
mano, la liga antinazi, por sospechar que se trataba de frentes de la izquierda
militante del Partido de los Trabajadores Socialistas, que otorgaba valor a la
música exclusivamente en tanto herramienta de radicalización y movilización
de la juventud. Al mismo tiempo, el postpunk heredó los sueños del punk de
resucitar la música rock como fuerza de cambio, si no del mundo, al menos
26 de la conciencia de los oyentes individuales. Pero en lugar de que la música sir
viera de plataforma meramente neutral para el agit-pop, esta forma de radica
lismo se manifestaba tanto en las letras como en el sonido. Más aún, el poten
cial subversivo de las letras dependía tanto de sus propiedades estético-formales
(el grado de innovación en el nivel del lenguaje o de la narración) como del
mensaje o la crítica que transmitían.
El postpunk fue un asombroso período de experimentación letrística y
vocal. Mark E. Smith, de The Fall, inventó una suerte de realismo mágico de
Inglaterra del norte que mezclaba la mugre industrial con lo sobrenatural y lo
extraño, todo vocalizado mediante intewenciones de una sola nota que se ubi
caban en algún lugar a mitad de camino entre el monólogo motorizado por
las anfetaminas y el relato de desorientación etílica. La gestualidad agitada,
neurótica, de David Byrne encajaba perfectamente con su irónico y seco exa
men de temas tan lejanos al rock como animales, burocracia, “edificios y co
mida”. Mark Stewart, de The Pop Group, aullaba encantamientos cargados de
imágenes, como una cruza entre Artaud y James Brown. Este fue también un
gran período para la expresión propiamente femenina: perspectivas nunca es
cuchadas hasta el momento en los tonos disonantes de The Slits, Lydia Lunch,
Ludus y The Raincoats. Otros cantantes-letristas —Ian Curtis, de Joy Division,
Paul Haig, de Josef K - se habían abismado en el malestar sombrío y en la an
gustia asfixiante de Dostoievski, Kafka, Conrad y Beckett. A la manera de mi-
cronovelas de tres minutos, sus canciones lidiaban con dilemas existencialistas
clásicos: la lucha y el sufrimiento de ser un “yo”; amor contra aislamiento; el
absurdo de la existencia; la capacidad humana para la perversión y el resenti
miento; la eterna sentencia: “suicidarse: ¿por qué no?” .
Enfrentando estos aspectos atemporales d e la condición humana, el postpunk
también intervenía en el Zeitgeist político. Especialmente, en los tres años que
transcurrieron entre 1978 y 1980, las dislocaciones causadas por la mutación
económica y la agitación geopolítica generaron una tremenda sensación de
tensión y de temor. Gran Bretaña fue testigo del resurgir de la extrema dere
cha y de los partidos neofascistas, tanto en la política electoral como en las for
mas sangrientas de la violencia callejera. La Guerra Fría alcanzó un pico de
frialdad inédito. La revista musical más conocida de Inglaterra, New Musical
Express, publicaba regularmente una columna llamada “Rubias de Plutonio”,
en torno al despliegue de los misiles crucero estadounidenses en territorio bri
tánico. Singles como “Breathing” de Kate Bush y “The Earth Dies Screaming” 27
de U B40 introdujeron la angustia nuclear en el Top 20 e innumerables gru
pos postpunk -desde This H eat en su disco conceptual Deceit hasta Young
Marble Giants con su clásico single “Final Day”- le cantaban al Armagedón
como posibilidad crucial e inminente.
Parte de lo conmovedor de este período de música disidente reside en su
creciente falta de sincronía en relación con la cultura en sentido m ás amplio,
que estaba produciendo un viraje a la derecha. El período postpunk comenzó
con la parálisis, frustración y estancamiento de la política de izquierda liberal,
bajo el gobierno de centro-izquierda del primer ministro laborista Jim Callaghan
y el presidente demócrata Jimmy Carter. Callaghan y Carter fueron casi simul
táneamente desplazados por Margaret Thatcher y Ronald Reagan -líderes de
derecha populistas (y populares), que impulsaron políticas económicas mone-
taristas que resultaron en desempleo masivo y una profundización de las frac
turas sociales.
Introduciéndonos en un largo período de política conservadora que duró
doce años en los Estados Unidos y dieciséis en Inglaterra, Thatcher y Reagan
representaban un masivo contragolpe tanto para los contraculturales sesenta
como para los permisivos setenta. En respuesta, el postpunk intentó construir
una cultura alternativa con su propia infraestructura independiente de sellos,
distribuidoras y disquerías. La necesidad de “control completo” (sobre el cual
The Clash solo podía cantar amargamente, luego de haber cedido la canción
que llevaba ese título a la CBS) condujo al nacimiento de sellos independientes
pioneros tales como Rough Trade, Mute, Factory, Subterranean y SST. El con
cepto de do ityourself\haz\o tú mismo] proliferó como un virus, propagando
toda una pandemia de cultura sami^zdat:2 bandas que editaban sus propios dis
cos, promotores locales que organizaban recitales, colectivos de músicos que
creaban espacios para que las bandas pudiesen tocar, pequeñas revistas y fanzi-
nes que funcionaban como medios de comunicación alternativos. Los sellos
independientes conformaban una especie de microcapitalismo anticorporati
vo, basado menos en una ideología de izquierda que en la convicción de que
los sellos más importantes eran demasiado lentos, faltos de imaginación y orien
tados a lo comercial como para alimentar la música más crucial del momento.
El postpunk estaba comprometido con las políticas de la música misma así
como con cualquier otra cosa que sucediera en el “mundo real” . La intención
28 era sabotear la fábrica de sueños del rock, esa industria del ocio que encauza
ba la energía y el idealismo de la juventud hacia un cul-de-sac cultural mien
tras producía, al mismo tiempo, enormes masas de ganancia para el capitalis
mo corporativo. El térm ino rockism [rockismo], acuñado por el grupo de
Liverpool Wah! Heat, se diseminó com o la síntesis de todo un conjunto de ru
tinas anquilosadas que restringían la creatividad y suprimían la sorpresa. Los
canales de acción establecidos que los postpunk se negaban a perpetuar iban
desde las técnicas convencionales de producción (como el uso del reverb para
darle a los discos una sensación de sonido en vivo, grabado en un gran ambien
te) hasta los predecibles rituales de giras y recitales (algunas bandas postpunk
se rehusaban a hacer bises, mientras que otras experimentaban con el arte mul
timedia y el arte performático). Con el fin de romper el trance de normalidad
del negocio del rock y sacudir al oyente hacia una zona de lucidez, el postpunk
rebosaba de críticas metamusicales y de micromanifiestos, canciones tales como
“ PartTime Punks” de Television Personalities y “A Different Story” de Subway
POSTPUNK
CAPÍTULO 1
MI IMAGEN PÚBLICA ME PERTENECE:
JO HN LYDON Y PIL
El punk parecía estar “acabado” casi antes de que hubiera empezado real
mente. Para muchos de sus primeros militantes, la sentencia de muerte llegó
el 28 de octubre de 1977, cuando salió Never M ind the Bollocks. ¿Era a esto a
lo que había llegado la revolución? ¿A algo tan prosaico y convencional como
un LP? Bollocks era pura mercancía, una mercancía eminentemente consumi
ble. Las letras y las voces de Rotten eran incendiarias, pero el sonido contun
dente de las guitarras de Steve Jones y la soberbia producción de Chris Thomas
-m uchas capas,. sonido brillante, estructura sólida- daban como resultado un
rock duro desconcertantemente ortodoxo que contradecía la reputación de Sex
Pistols como una caótica banda de ineptos. Lydon luego culpó a McLaren de
38 conducir al resto de la banda hacia “un pulso mod reaccionario”, mientras ad
mitió que, si el disco hubiera sido grabado siguiendo sus propias ideas acerca
de cómo tenía que sonar, hubiese resultado “inescuchable para la mayoría de
la gente” porque “no habría habido ningún punto de referencia”.
El periodista Jon Savage hizo la crítica de Bollocks para la revista Sounds y
hoy recuerda haberlo sentido “como una lápida, sofocante, sin ningún espa
cio en la música”, un comentario que ubica el fracaso del disco en su caren
cia de dub. En comparación con la producción del reggae -p u ra neblina de
reverbs centelleantes, efectos desorientadores e intermitentes volutas ectoplas-
m áticas-, la gran mayoría de los discos de punk sonaban simplemente retró
grados, atascados a mediados de los monocromáticos sesenta en mono, vara
dos en algún lugar anterior a la paleta tímbrica am pliada y la brujería
estereofónica de la psicodelia. Las bandas más perspicaces de todas aquellas
que venían originalmente del punk sabían que tenían mucho por hacer para
ponerse al día. Algunas de ellas, como The Clash y The Ruts, tomaron prin
cipalmente el aspecto de protesta del roots reggae: las consignas lanzadas abier
tamente y el sermoneo de “Get Up Stand Up” de los Wailers y el chic radical
del personaje de guerrillero rasta de Peter Tosh. En el extremo opuesto, las ban
das postpunk más aventureras reaccionaron al reggae como si este fuera una
revolución puramente sonora, una psicodelia africanizada que metamorfosea-
ba los contornos y alteraba la percepción. Durante la media década que va de
1977 a 1981, fueron exactamente la producción espacializada y los ritmos so-
fin cad os pero elementales del reggae los que sentaron la base para todas las
bandas postpunk que buscaban experimentar.
En la propiaJamaica, sin embargo, la militancia del roots reggae y lo etéreo
del dub eran las dos caras de una misma moneda cultural. El pegamento que
las mantenía unidas, el rastafarianismo, es un credo milenario que, en palabras
de James A. Winders, puede describirse como “parte periodismo, parte profe
cía” . Dados sus rasgos antiliberales (tiene un desagradable tinte antifeminista)
y, principalmente, debido al hecho de que el absolutismo de sus visiones melo
dramáticas era en esencia extranjero en términos de temperamento a una ju
ventud británica secular cuya idea de religión por lo general derivaba del angli-
canismo (léase: no comprometida, tibia, lo más parecido a ser un agnóstico sin
hacer que Dios se enoje), la espiritualidad rasta no era algo que la mayoría de
los británicos blancos pudiera comprar fácilmente. De todos los cuadros del
postpunk, tal vez solo una persona alcanzó realmente una ferocidad espiritual 39
que estuviera a la altura de rivalizar con la cultura rasta: John Lydon.
Criado en Londres como el hijo de dos inmigrantes irlandeses católicos,
Lydon tuvo su propia ventana a la dislocación poscolonial de los sujetos aban
donados del ex Imperio Británico. N o es mera coincidencia que su autobiogra
fía lleve el subtítulo No Irish, No Blacks, No Dog.r [No se aceptan irlandeses, ne
gros ni perros], que es lo que muchos arrendatarios ingleses ponían en los
anuncios clasificados o en los carteles que colgaban de sus puertas cuando que
rían alquilar una habitación, antes de que el Parlamento prohibiera semejante
práctica de discriminación descarada. La identificación de Lydon con la expe
riencia de “sufferation” [resistencia] y “downpression” [opresión] de los negros
británicos y su pasión por el riddim y los graves jamaiquinos impregnaron su
música post-Pistols y desolaron el sonido de PiL introduciendo un espacio in
quietante y un terror escalofriante.
Ya convertido en un ex Sex Pistol, Lydon llegó a Gran Bretaña después de
la desastrosa gira por los Estados Unidos solo para ser inmediatamente invita
do por Richard Branson, uno de los peces gordos de Virgin Records, a abor
dar otro avión, esta vez con destino a Jamaica. Lydon, conocido como un ex
perto en la materia, debía acompañar a Branson como consultor de “artistas y
repertorio” para The Front Line, el nuevo sello de roots reggae y dub de Virgin.
Estas “vacaciones de negocios” eran la ocasión perfecta para que Lydon se de
dicara a pensar en su futuro. Lindo trabajo si los hay: pasó casi todo su tiem
po echado al lado de la pileta del Sheraton de Kingston, atiborrándose de lan
gosta y pasando el rato con la creme de La creme del reggae jam aiquino, sus
héroes personales Big Youth, U Roy, Burning Spear y Prince Far 1, incluidos.
Lydon ya había anunciado sus intenciones de formar una nueva banda que
sería “antimúsica de cualquier tipo” apenas unos días después de que los Pistols
se hubieran separado. A su vuelta de Jamaica, se dispuso a reclutar cómplices.
Aunque apenas si estaba familiarizado con el instrumento, Lydon invitó a su
am igoJohn Wardle, un habitante del East End londinense con penetrantes ojos
azules que se había reinventado como Jah Wobble, a que tocara el bajo. También
rastreó a Keith Levene, el guitarrista de la primera formación de The Clash.
Una mezcolanza incomprensible tanto en lo musical como en lo personal,
el reggae era el único punto de cruce esencial entre estos tres miembros centra
les de PiL. “La única razón por la que PiL funcionaba era que los tres éramos
40 fanáticos enfermos del dub”, dice Levene. “Siempre í b ^ o s a ‘blues'.” Los “blues”
eran fiestas reggae ilegales, algo a medio camino entre una house party y un
sound system,1 que por lo general se hadan en la casa o el departamento de al
guien y se financiaban con la venta de alcohol y, a veces, marihuana.
Coleccionista fanático de reggae desde hacía ya mucho tiempo, Lydon había
entrado en contacto con la cultura de los sound systems gracias a su amigo Don
Letts, un DJ negro que pasaba música en el legendario antro punk The Roxy, a
menudo reconocido como el responsable de haber hecho que la audiencia punk
Hay gente que con sinceridad cree que Spiral Scratch, el prim er EP de los 49
Buzzcocks, definió su época m ucho más certeramente que “Anarchy in the
U .K .” . Lanzado en enero de 1977 por New Hormones, el sello de los propios
Buzzcocks, Spiral Scratch no era ni de lejos el primer disco editado de modo
independiente, pero sí fue el primero en hacer una declaración de principios
verdaderamente polémica acerca de la independencia y, en el proceso, inspiró
a miles de personas a entrar en el juego del “hazlo-tú-mismo/edítalo-tú-mismo”.
Spiral Scratch era, a la vez, un ataque regionalista contra la capital
(Manchester versus Londres) y un ejercicio conceptual de desmitificación (el
EP se llamó “Spiral Scratch” porque eso es lo que un disco es materialmente,
un surco en espiral [spiral] rayado [scratch] sobre vinilo). La contratapa del
EP listaba detalles del proceso de grabación, como qué toma de la canción ha
bían usado y cuántas sobregrabaciones se habían hecho. El número de catá
logo del EP, ORG-1, era un chiste de rata de biblioteca de izquierda: ORG-1 =
ORG-ONE [ORG-ONE] = orgone [orgón] = la fuerza vital neurolibidinal de
Wilhelm Reich.
“Spiral Scratch era juguetón ’, dice el manager de los Buzzcocks Richard
Boon. “El juego era muy im portante.” Ese espíritu se notaba en la canción
más conocida del EP, “Boredom” [Aburrimiento], que era a un solo tiempo
una expresión de auténtico en««« (‘‘I’m living in this movie/ but it doesn’t move
me” [Estoy viviendo esta película/ Pero no me conmueve]) y un comentario
meta-pop sobre el aburrimiento como tema obligado para las canciones punk
y el discurso relacionado con el punk (un tema tan predecible que, en fin, sí
se volvía un poquito abanvdo). El solo de dos notas deliberadamente anodino
de Pete Shelley cerraba el trato conceptual: un solo “aburrido” que, con su fi
jación en negarse a ir a cualquier lado, melódicamente hablando, generaba en
realidad una ansiedad emocionante.
Aunque lo cierto es que no era un fenómeno nuevo en lo más mínimo, la
idea de editar la propia música de modo independiente se sentía, en ese m o
mento histórico en particular, fantásticamente novedosa y revolucionaria. La
tirada inicial de mil copias de SpiralScratch, financiada con préstamos varios
de familiares y amigos, se agotó asombrosamente rápido. El EP acabó por ano
tarse 16.000 ventas, con más por venir cuando fuera reeditado un par de años
más tarde. Siendo que en 1977 no existía red de distribución alguna para los
discos independientes, esto era un logro impresionante. “La venta por correo
50 jugaba un papel muy importante”, dice Boon. “Por aquellos días, Rough Trade
solo era una disquería que además vendía por correo. Y conocíamos al encar
gado del local de Virgin en Manchester, que fue quien persuadió a algunos
de sus colegas regionales para que lo compraran y lo incluyeran entre sus exis
tencias.” La gente estaba comprando Spiral Scratch por la música, pero tam
bién por el mero hecho de su existencia, por su condición de hito cultural y
presagio de cambio.
Pero, ¿por qué era tan sorprendente la idea de grabar y editar música de
m odo independiente en 1977? Después de todo, aproximadamente el 50% de
los hits de rock y R & B americanos de fines de la década del cincuenta se ha
bían editado a través de sellos independientes, como Sun y Hi. Durante los
años sesenta y los setenta, los sellos independientes florecieron en los merca
dos regionales y alrededor de géneros de nicho como el jazz (Saturn de Sun
Ra, el sello de improvisación libre Incus), el folk británico (Topic) y las im
portaciones jamaiquinas (Blue Beat). Incluso durante el boom comercial del
rock “serio”, centrado en los LP, cuando las compañías discográficas grandes
dominaban el mercado, todavía había sellos independientes “progresistas” cru
ciales, como Virgin y Island. Había una diferencia fundamental entre estos se
llos y las ediciones postpunk. “Las personas que fundaron Virgin y Island eran
emprendedoras, seguras e ‘independientes’ en términos creativos”, dice Iain
McNay, fundador del sello postpunk indie de vanguardia Cherry Red. “Pero
tenían el apoyo de las compañías discográficas importantes en términos de dis
tribución, financiamiento y marketing.”
Justo antes del punk se formaron un par de sellos que también resultaban
ser independientes en términos de financiamiento y distribución. Chiswick y
Stiff emergieron ambos de la escena del pub rock inglés. Chiswick debutó con
el R & B amplificado de los Count Bishops en noviembre de 1975; Stiff, con un
single de Nick Lowe al año siguiente. A diferencia de los futuros neófitos de
concurso para amateurs de New Hormones, sin embargo, los personajes detrás
de estos sellos independientes originalmente ligados al pub rock eran experi
mentados veteranos de la industria discográfica, “iniciados” empresarialmente
capaces. Más aún, ni Chiswick ni Stiff presumían del hecho de ser indepen
dientes. Sin dudarlo, enseguida ambos se asociaron a las distribuidoras de las
compañías discográficas grandes, y Stiff se convirtió en máquina de hacer hits
new wave detrás de Ian Dury y Elvis Costello.
Cuando apareció el punk, todas las bandas más importantes, sin excep- 51
ción, cayeron nuevamente en el m odo tradicional de hacer las cosas. “ Para
mí, lo decepcionante históricamente hablando fue que The Clash y los Sex
Pistols firmaran con compañías discográficas grandes”, dice GeoffTravis, co-
fundador de Rough Trade. Incluso los Buzzcocks fueron doblegados. Después
de que su cantante original, Howard Devoto, renunciara, Richard Boon y la
banda planearon sacar otro disco independiente a través de New Hormones,
un EP que se llamaría Love Bites. “Pero ahí vino a verme el papá del baterista
diciendo que su hijo acababa de terminar el colegio y tenía una oferta de tra
bajo como empleado en una aseguradora y que, ‘(qué vas a hacer con la banda?’,
y todas esas cosas”, recuerda Boon. “Así que ahí fue cuando tuvimos que de
cidir, ‘Dios, ¡estamos en esto en serio!’. Lo que quería decir que teníamos que
buscar otros recursos. Lo que a su vez quería decir que teníamos que firmar
con una compañía discográfica grande. Porque hacer lo que estábamos hacien
do de modo independiente ya no era sustentable a esas alturas, sencillamente
no podíamos conseguir una entrada de dinero suficiente vendiendo por co
rreo y en unos pocos locales amigos.”
Com o el manager de la banda, Boon le consiguió a los Buzzcocks un con
trato con United Artists, y Love Bites terminó siendo el título de su segundo
disco para el sello. En tanto empresario amateur, sin embargo, Boon siguió
con New Hormones como operación secundaria por varios años más, editan
do esporádicamente postpunk esotérico del estilo del proyecto paralelo de
Pete Shelley, T he Tiller Boys, y Ludus, una banda arty feminista liderada por
la carismática Linder (cuyo nombre real era Linda Sterling). Editado duran
te los últimos días de 1977, casi un año después de Spiral Scratch, O R G -2 no
era ni siquiera un disco, sino más bien un volumen de collages hechos por
Linder y Jon Savage. “N o tenía precio de tapa, así que no se vendió muy bien.
¡Nadie sabía por cuánto venderlo!”, se ríe Boon. “Pero cumplió su cometido.
El título, The Secret Public [El público secreto], se trataba casi exclusivamen
te de ese otro lado del movimiento do ityourselfintentar localizar espíritus afi
nes que ‘entenderían’ y responderían.”
En 1977, mucha gente sí “entendió” Spiral Scratch y respondió al EP tal
como si este fuera un llamado a las armas. “Mi novia Hilary me regaló una
copia y ese fue el momento clave”, dice Bob Last, fundador del sello indie de
Edimburgo Fast Product. Fast Product ya existía en su cabeza como marca,
52 pero Last no tenía ninguna idea específica respecto de cuál sería finalmente la
mercancía concreta que la acompañaría. ‘Tenía un logo y una noción de la ac
titud que la compañía encarnaría, pero fue Spiral Scratch lo que me dio la idea
de que el producto fuera la música. Entré corriendo al Banco de Escocia y dije:
‘Voy a sacar un disco, ¿me prestan dinero?’. Y, por extraño que parezca, ¡me
dieron un par de cientos de libras! N o tenía la mds mínima idea de que exis
tiera toda una historia de sellos independientes antes de eso. Spiral Scratch
transformó por completo mi manera de pensar.”
Ex estudiante de arquitectura y técnico/diseñador para un club de teatro
itinerante, Last concibió Fast Product como un híbrido entre proyecto de arte
y emprendimiento comercial renegado. El primer comunicado de prensa de
la compañía ostentaba el eslogan “Interventions in any media” [Intervenciones
en cualquier soporte] como una suerte de promesa/amenaza multipropósito.
Empezando por el single “Never Been in a Riot” de The Mekons, en enero
de 1978, los productos de Fast tenían un trabajo de diseño impresionante y
eran altamente coleccionables. En una época en la que los negocios -grandes
o pequeños- eran vistos con recelo como “el Opresor” y el consumismo era
algo de lo que sentirse culpable, Fast Product resaltaba provocativamente la
idea de la mercancía como fetiche. Fue esto lo que se convirtió en el delica-
do acto de malabarismo registrado del sello: exponer los mecanismos mani
puladores del capitalismo sin dejar de celebrar el deseo del consumidor. Fast
Product encarnaba esa incipiente sensibilidad de izquierdas que florecería re
cién en los años ochenta, un “socialismo de diseñador” purgado de toda aus
teridad puritana y todo miedo al placer que se sentía irresistiblemente atraí
do hacia las cosas hechas con estilo, pero al mismo tiempo no dejaba de estar
atento al engaño y la explotación.
Com o había hecho New Hormones con The Secret Public, Fast Product
se movió rápido para demostrar que era más que un simple sello discográfi-
co. FAST 3, The Quality o f Life, era una bolsa plástica con nueve collages fo-
tocopiados (que incluían fotografías de terroristas alemanes tomadas de la re
vista del domingo de un diario, pero con la leyenda “entretenimiento” escrita
encima) y otros tantos “desechos de consumidor” dentro. “Teníamos a alguien
que se ocupaba especialmente de pelar naranjas con cuidado para poner un
pedacito de cáscara en cada bolsa y garantizar que cada paquete fuera único,
con un patrón de descomposición distinto en cada tirita de cáscara.” Otro
lanzamiento no-musical posterior, SeXex-otra bolsa de plástico, esta vez con 53
una docena de hojas fotocopiadas, un parche y un envase de sopa vacío en su
interior- fue concebido como una campaña promocional para una empresa
completamente imaginaria. “Tanto The Quality ofLife como SeXex usaban la
estética cut-up y de fotocopias recortadas de aquellos días”, dice Last. “Pero
lo que los impulsaba era esta sensación de que eran una campaña publicita
ria perversa para un producto que en realidad no existía. Y se vendieron bas
tante bien; se comentaron y fueron tom ados com o punto de referencia de
m odo bastante extendido.”
“Fast Product fue el primer sello realmente arty e inteligente”, dice Tony
Wilson, cofundador del sello independiente de Manchester Factory Records.
“Muchísimo más arty que nosotros. Si hubiera podido poner cáscara de na
ranja en una bolsa de plástico y lanzarla al mercado con un número de catá
logo, ¡habría estado muy orgulloso de mí m ism o!”. Anfitrión y presentador
de programas en la televisión local, Wilson era un esteta/agitador educado en
Cambridge que amaba el packaging de los discos y quería que su sello tuvie
ra una estética de diseño clara. Reclutó al joven estudiante de diseño Peter
Saville para que le diera a Factory su propia identidad visual, influenciada por
la austeridad y el severo funcionalismo de los movimientos de diseño moder-
nistas de principios del siglo como la Bauhaus, De Stijl, el constructivis
mo y Die Neue Typographie. La tipografía del sello y las tapas de los discos cre
adas por Saville hacían que Factory y sus bandas -Jo y Division, Durutti
C olum n, A Certain R atio- se separaran del m ontón postpunk. La elegancia
austera era algo nuevo en el packaging del rock, un corte purificador tanto
respecto del romanticismo prepunk como de los propios clichés de la new
wave. El primer lanzamiento del sello, A Factory Sample, era un EP doble en
fundado en plateado brillante. “Se veía tan especial”, dice Paul Morley, que
por aquel entonces era corresponsal de New Musical Express en Manchester.
“ El hecho de que se viera tan hermoso mostraba de modo patente todo lo que
se podía hacer y dejaba en evidencia a la industria discográfica londinense por
ser tan aburrida.”
Enseguida, Factory estaba superando las com pilaciones coleccionables
Earcom y los bizarros paquetes de Fast Product com o The Quality ofLife con
un nuevo absurdo duchampiano: su catálogo le asignaba números a cualquier
cosa, sueños irrealizables, caprichos, proyectos frustrados, películas que nunca
54 se terminaban o que directamente nunca se habían empezado. Fac 8 era un
proyecto de Linder para construir un temporizador menstrual que en realidad
nunca se llevó a cabo. Fac 61 era una demanda del ex productor estable del
sello, Martin Hannett. Fac 99 era un recibo del dentista del codirector de
Factory, Rob Gretton, que se había reconstruido los molares.
Para Wilson, este tipo de travesuras mantenía vivo el mismo espíritu bro
mista de los situacionistas, un movimiento anarcodadaísta francés de la déca
da del sesenta cuyas ideas él admiraba. Los situacionistas creían que redescu
brir el juego era el remedio para la “pobreza de la vida cotidiana” y los
sentimientos de alienación producto de la sociedad de consumo occidental.
Por sobre todas las cosas, querían hacer pedazos el “espectáculo”, todas esas
formas de entretenimiento provistas por los medios de comunicación de masas
como la televisión que imponían la pasividad en vez de la participación. Siendo
que los situacionistas también eran feroces críticos del fetichismo de la mer
cancía, sin embargo, es poco probable que hubieran aprobado los discos sun
tuosamente diseñados de Factory.
A decir verdad, el único aspecto remotamente situacionista de Factory era
lo que Wilson describía como la “continua negación a la ganancia” del sello.
No se firmaban contratos con las bandas, que eran libres de irse cuando qui-
sieran y conservaban los derechos de propiedad sobre su propia música. “A
veces me halago a mí mismo diciéndome que el modo en el que nos compor
tábamos, que no tenía nada que ver con querer volvernos ricos, y el modo en
el que vivíamos esa actitud todos los días quizás era lo que la filosofía situacio-
nista podría haber estado sugiriendo”, dice Wilson. Combinando de modo ex
traño un perfeccionismo estético a veces ruinoso (tapas que costaban más que
los márgenes de ganancia) y un antiprofesionalismo abúlico, Factory no se
comportaba com o una empresa en lo más mínimo.
Lejos de los ingeniosos juegos posmodernos de Fast Product y Factory, la
banda punkThe Desperate Bicycles tenía un punto de vista mucho más adus
to pero probablemente más fiel respecto de la hostilidad situacionista frente
al “espectáculo”. Do ityourself, p araT he Desperate Bicycles, quería decir de
rrocar al establishment de la industria de la música gracias a la posibilidad de
que la gente se hiciera cargo de los medios de producción y creara su propio
entretenimiento, para luego vendérselo a otros espíritus igualmente creativos
y autónomos. Creyentes de los más fervientes del do ityourself,The Desperate
Bicycles coreaban, al final de su debut de principios de 1977 “Smokescreen”: 55
“It was easy, it was cheap -g o and do it” [Fue fácil, fue barato; ve y hazlo].
Ese eslogan se transformó en el estribillo de “The Medium Was Tedium”, el
segundo corte de la banda editado más tarde ese mismo año. “ No hay más
tiem po para seguir siendo un observador”, declaraban en el lado B de
“Medium”, “Don’t Back the Front”, un himno antifascista que incluía el grito
de batalla agitador, “Cut it, press it, distribute it/ Xerox music’s here at last”
[Grábalo, edítalo, distribúyelo/ Por fin llegó la música fotocopiada]. Una nota
en la contratapa revelaba que “Smokescreen” había costado solo £153 y decía
que a la banda “le encantaría saber por qué no has editado tu single todavía”.
En cuanto a la música de The Desperate Bicycles en sí misma, era casi puri
tana en su simplicidad desnuda, con un sonido de guitarra tan escuálido que
estaba al borde de la anemia. Para la banda, era como si la torpeza, lo desali
ñado y lo esquelético se hubieran convertido en los símbolos de membresía
de los verdaderos elegidos punk. La misma deficiencia de las virtudes del rock
tradicional (sonido ajustado, clima) se erguía como prueba de la autenticidad
y la pureza de sus intenciones.
Los singles de The Desperate Bicycles de 1977 tuvieron aún más impacto en
el Reino Unido que Spiral Scratch. La información “desmitifica el proceso” que
aparecía en la contratapa de “The Medium Was Tedium” y la ferviente exhorta
ción “ahora es tu turno” del grupo catalizaron toda una deshilvanada legión de
bandas. Entre ellas estaban muchas de las figuras clave de la era postpunk: Swell
Maps, Scritti Politti, Young Marble Giants, The Television Personalities, Thomas
Leer y Daniel Miller, también conocido como The Normal. “No sé si alguna va.
escuché sus discos, solo quedé infectado por la energía y la idea que los Bicycles
transmitieron en un artículo de Melody Maker acerca de cuán fácil era sacar un
disco”, dice Miller, que en 1977 era un fan de la música electrónica alemana y
un músico frustrado de veintiséis años. Después de leer el artículo de Melody
Maker, Miller salió corriendo a comprar un sintetizador Korg usado por £1 50
y luego se puso a trabajar horas extra ensuem pleo como editor de películas hasta
juntar el dinero suficiente para costear una portaestudio de cuatro canales.
Trabajando en su cuarto en North London, creó “T .V .O .D .” y “Warm
Leatherette”, los dos lados de su single debut que editó él mismo como The
Normal. “Jam ás pensé en acercarme a una compañía discográfica de las ‘gran
des"', recordaba. “N o me gustaban porque habían arruinado a varias de mis ban-
56 das preferidas, como ocurrió con Can, Faust y Klaus Schulze en Virgin.”
El sonido de The Normal era electropunk. “Warm Leatherette”, en espe
cial (puras puñaladas duras de distorsión de sintetizador analógico y letras
desapasionadamente perversas sobre el erotismo de los accidentes automovi
lísticos vía Crash de J.G . Ballard), difícilmente podría haber estado más lejos
de los arpegios sintetizados floridamente románticos de los teclados del rock
progresivo. Al single le fue inesperadamente bien: vendió treinta mil copias y
transformó involuntariamente a Miller en el director ejecutivo de su propio
sello discográfico. Mute Records era el nombre que había puesto en la contra
tapa del disco, junto con la dirección de su casa. Mucha gente asumió que
Mute era un sello discográfico hecho y derecho que se especializaba en elec-
tropop bizarro y, una semana después de que “Warm Leatherette” saliera al
mercado, Miller estaba recibiendo todo tipo de extraños demos por correo.
“Fad Gadget fue lo primero que me gustó lo suficiente como para querer edi
tarlo”, recuerda. ‘'Antes de que pudiera darme cuenta, estaba dirigiendo una
compañía discográfica (trabajando desde casa, sin staff ni nada por el estilo, sí,
pero una compañía discográfica al fin y al cabo).”
A mediados de 1978, una curiosa avalancha de sincronicidad cultural hizo
que “Warm Leatherette” apareciera más o menos al mismo tiempo que otros
varios singles electrónicos lo-fi, todos ellos editados por sellos indie: “United”
de Throbbing Gristle, el EP Extended Play de Cabaret Voltaire, “Being Boiled”,
de The Hum an League, “Paralysis” de R ob en Rental y “Private Plane” de
Thom as Leer. “Hubo una época en la que salieron todos estos discos juntos,
uno atrás del otro” , recuerda Leer. “Y era como, ‘¿De dónde están saliendo
todos estos discos rarísim os?’. N inguno de nosotros se conocía entre sí.
Obviamente, había algo cocinándose.”
En realidad, Thomas Leer y Robert Rental sís e conocían. Dos amigos es
coceses que se habían mudado a Londres durante el apogeo del punk, Leer y
Rental, como Miller, decidieron sacar sus propios discos inspirados por el ejem
plo de The Desperate Bicycles. Alquilaron una portaestudio multipistas por
cinco días, se encerraron, primero, en el departamento de Leer en Finsbury
Park para grabar sus canciones y, luego, la m udaron al otro lado del río
Támesis, a la casa de Rental en Battersea, para que este último también hi
ciera lo propio. “Los discos salieron al mismo tiempo y sonaban parecidos porque
en realidad los hicimos juntos”, dice Leer. También se veían parecidos, con las
tapas fotocopiadas y las etiquetas pegadas a mano. Leer y Rental estaban tan 57
cautivados por el ethos del do ityourself que ambos decidieron dirigir sus pro
pios sellos -O blique y Regular, respectivamente-, en vez de sacar los dos dis
cos por un sello en común. Aunque Leer solo prensó 650 copias de “Private
Plane” -con “International” en el lado B -, una de ellas halló su camino hasta
las oficinas de NME y acabó convirtiéndose en el Single de la Semana.
“Private Plane” sonaba electrónico, pero en realidad Leer no tenía un sin-
tetizador. En vez de eso, procesó su guitarra y su bajo usando una variedad de
artilugios y pasó el sonido del stylophone (un teclado electrónico por aquel en
tonces de moda que se toca con una lapicera) de Rental a través de un efecto
de eco. Todas estas diáfanas texturas arremolinadas le daban a “Private Plane”
una sensación etérea que era perfecta para su clima de serenidad lejana teñida
de melancolía, clima libremente inspirado en un programa de televisión nuevo
que trataba acerca del huraño multimillonario Howard Hughes. La voz extra-
mundana de Leer es igual de perfecta, pero también es cierto que hubo una
cuota de casualidad en eso: tuvo que susurrar porque la grabación se hizo de
noche en su departamento de un ambiente y no quería despertar a su novia.
Más que en la brigada electrónica, sin embargo, The Desperate Bicycles
ejerció su mayor influencia en el escuadrón de las guitarras noise. Adolescentes
creciendo en Solihull -u n suburbio de clase media en los márgenes de la ciu
dad industrial de Birmingham, en el área central de Inglaterra—, Swell Maps
eran un grupo de amigos nucleados alrededor de dos hermanos que odiaban
tanto su apellido (Godfrey) que se rebautizaron como Nikki Sudden y Epic
Soundtracks. Cuando salió “Smokescreen”, de hecho, Swell Maps ya existía
hacía cinco años en calidad de cierto tipo de banda de rock imaginaria que se
juntaba a grabar discos en grabadoras de cinta abierta para transformarlos luego
en cassettes con arte de tapa y booklets internos incluidos.
“'Armábamos estudios de grabación en casa cuando nuestros padres se iban
de vacaciones”, dice Sudden. “Pero no fue hasta que The Desperate Bicycles
editó su primer single que nos dimos cuenta de que en realidad sí se podía ir
a reservar un estudio profesional y hacer un disco. Pensábamos que solo las
disqueras grandes podían contratar estudios profesionales, ¡lo que ahora suena
ridículo! Tan pronto como entendimos que cualquiera podía hacerlo, reserva
mos inmediatamente este lugar en Cambridge, un estudio llamado Spaceward,
cuyas publicidades solían aparecer en la contratapa de Melody Maker, las diez
58 horas de sesión costaban ciento cincuenta libras.”
Juntando sus ahorros y pidiendo más plata prestada a los padres de los her
manos Godfrey, Swell Maps prensó dos mil copias de su single debut, “Read
About Seymour”. Editado independientemente a través su propio sello, Rather,
a menudo se dice que el single habla de Seymour Stein, el fundador de Sire, el
sello americano en la vanguardia de la new wave que había firmado con Talking
Heads y los Ramones. En rrealidad, el título hace referencia a otro Seymour Stein
com plet^ente distinto, este último t ^ b ié n conocido como “el rey de los mods”
en la Inglaterra de los sesenta. La letra, sin embargo, había sido compuesta usan
do el método cut-up. Otra canción había hallado su lírica combinando una por
ción de texto sacada de un cuento para niños de Enid Blyton con palabras to
madas de un libro sobre pilotos de combate. Los miembros de Swell Maps estaban
obsesionados con la guerra, pero de modo caprichoso e infantilmente inocuo.
“Then Poland”, “Midget Submarines” y “^mmunition Train” echaban mano a
la historia militar (especialmente a las guerras de sucesión españolas de princi
pios del siglo ^VIII) y al personaje de los cuentos de aventuras para niños Biggles,
que también era un piloto de combate. Amaban además los programas de tele
visión que Gerry Anderson había hecho en los sesenta, los shows de marionetas
Thunderbirds y Stingray. Fue un episodio de Stíngray, de hecho, el que le puso
título al álbum debut de la banda, A Trip to Marineville. “Diría que nuestras ma
yores influencias eran T. Rex, Can y Gerry Anderson”, cuenta Sudden. “Lo que
no es una mala combinación. Siempre deseamos poder usar a Barry Gray, el tipo
que hizo toda la banda sonora de Thundorbirds, para que hiciera las orquestacio
nes de nuestros temas.”
Junto con sus amigos de Television Personalities, Swell Maps inventó toda
una nueva rama del postpunk que hada de la ingenuidad un fetiche y estaba
caracterizada por voces débiles, ritmos temblorosos, monótonas líneas de bajo
rudimentarias y guitarras frenéticas y disonantes. Las bandas do ityourselfse re
godeaban en el potencial de la guitarra para generar ruido, pero tampoco es
que rockeaban y, ciertamente, no rolleaban en lo más mínimo. Para los creyen
tes, esto era la verdadera realización del ethos “acá-hay-tres-acordes-ahora-em-
pieza-una-banda”, mucho más aún que el punk pesado y acelerado de la pri
mera ola (claro que, en este caso, muchas bandas ni siquiera sabían tres acordes).
“Me llevó dos años aprender dos acordes”, le dijo Sudden a NME. “N o puedo
imaginarnos volviéndonos prolijos, afinados y todo eso jamás. Apenas si ensa
yamos (como una vez cada seis meses).” 59
Defensores fervientes del amateurismo, los miembros de Swell Maps creían
que las bandas se arruinaban cuando pasaban a depender de tocar en vivo y
editar discos para ganarse la vida. Una de las razones por las que Swell Maps
se separó apenas antes del lan^zamiento de su segundo disco, jane From Occupied
Europe, fue que se estaban volviendo demasiado exitosos, con una gira por los
Estados Unidos en ciernes. Muchas de las bandas que estaban empezando a
seguir el camino trazado por Swell Maps, de todos modos, fueron un paso más
allá e igualaron amateurismo con mera incompetencia, haciendo una bande
ra del hecho de evitar d eliberad^ente cualquier cosa que pudiera sonar a pro
fesionalismo o habilidad. El espíritu do ityourselfde'p de ser aquella liberado
ra declaración de que “cualquiera puede hacerlo” para convertirse en un
mandato restrictivo a sonar como cualquiera puede hacerlo. Swell Maps siem
pre fue más amplio y experimental que eso, sin embargo: por cada desmadre
frenético como “Let’s Build a Car”, había un inquietante instrumental metá
lico como “Big Empty Field”, un track ruidoso y repleto de vacíos cavernosos
que bien podría ser el eslabón perdido entre Neu! y Sonic Youth.
Al principio, Swell Maps tuvo problem as para difundir “ Read About
Seymour”. Pese a la tempranísima ayuda del DJ de Radio O n e,Jo h n Pee!, que
lo pasó más de una docena de veces en tres semanas en su programa noctur
no, las ventas del single debut se estancaron alrededor de las 750 copias. Al día
siguiente de haber llegado a Londres para grabar una sesión de Swell Maps
para Peel, Sudden pasó de casualidad por la puerta de la disquería Rough Trade,
que para ese entonces también era el cuartel general de la incipiente distribui
dora del mismo nombre. “Uno de los tipos de la disquería me preguntó, ‘¿Te
queda algún single?'. Y yo dije, ‘Eh, como mil’. Así que él dijo, ‘Nos quedare
mos con todo el lote'.”
La alianza que se tejería entre Rough Trade y Swell Maps es un ejemplo
perfecto del rol que el sello londinense enseguida asumiría como principal
agitador del movimiento independiente del Reino Unido. Inicialmente, Rough
Trade parecía ser solo otro sello indie más de la primera ola del postpunk, no
más importante que otros pioneros como Small Wonder, Cherry Red, Rabid,
Industrial y Step Forward. Pero, en muy poco tiempo, la nueva distribuido
ra estaba brindándoles información, ánimos y apoyo a otros sellos nuevos.
Más importante aún, Rough Trade le adelantaba dinero a las bandas para que
60 pudieran abrir sus propios sellos o editar más copias de determinado disco.
A menudo se asociaba con sellos pequeños, de una sola banda (como Rather,
de Swell M aps), y Rough Trade se hacía cargo de pagar la manufactura del
disco y de conseguir los derechos de distribución para editarlo. En cierto sen
tido, esta era una forma astuta de hacer negocios (Rough Trade ganaba casi
todo su dinero de la distribución de discos independientes), pero lo cierto es
que estos tratos de “ E & D ” (edición y distribución) también estaban carga
dos de una intensa dosis de idealismo. Rough Trade estaba ideológicamente
comprometida a ayudar a los individuos a que alcanzaran su autorrealización
a través de la autonomía creativa. Daniel Miller, por ejemplo, recibió tres mil
libras para prensar dos mil copias más de “Warm Leatherette”, que Rough
Trade luego distribuyó. También le dieron una base de operaciones para su
embrionario sello Mute. Dice Miller: “N o tenía una oficina, así que me de
jaban recibir los discos de la planta prensadora ahí y luego enviarlos por co
rreo desde sus cuarteles generales”.
Com o muchos otros sellos y distribuidoras independientes de esta época
y posteriores, Rough Trade había sido originalmente una disquería. Un gra
duado de Cambridge obsesionado con la música, GeoffTravis, pasó varios años
haciendo auto-stop por los Estados Unidos. Había comprado “literalmente
cientos de discos para cuando llegué a San Francisco”. Los envió a Londres.
En su cabeza se iba gestando la fantasía de “abrir un local en el que se pudie
ra estar todo el día escuchando discos sin que nadie te molestara demasiado”.
Com prándole todo el stock a una disquería de Cambridge que había entrado
en quiebra, Travis se instaló en Londres, en Ladbroke Grove, un barrio oscu
ro y económico que ofrecía un “tránsito potencial” suficiente gracias a su mez
cla de bohemios y rastafaris amantes del reggae (parte importante de la pobla
ción local estaba formada por inmigrantes caribeños).
Inaugurada en febrero de 1976, Rough Trade “se convirtió en un imán para
la comunidad local”, diceTravis. “ Era un lugar en el que se podía pasar el rato
y mirar los discos sin que nadie te acosara, un lugar en el que se podía escu
char música realmente fuerte todo el día. Teníamos sillas cómodas, gigantes
cos parlantes y todas las ediciones promocionales de los prelanzamientos de
reggae, que yo compraba todas las semanas en un depósito en North London.”
Com o The lOlers, la banda de Joe Strummer, tocaba ahí cerca en The Elgin
Pub, y Mick Jones vivía al lado del cruce elevado de la autopista Westway,
“Rough Trade estableció una conexión con el punk realmente temprano”, dice 61
Travis. “¡Y Steve Jones, de los Sex Pistols, venía a vender los discos que roba
ba!” Rough Trade era el único lugar en Londres donde se podían comprar im
portaciones norteamericanas como la revista Punk y los singles que Pere Ubu
y Devo habían editado en sus propios y minúsculos sellos independientes,
Hearthan y Booji Boy.
Aunque era una com pañía privada, Rough Trade era dirigida com o si
fuese propiedad colectiva de los trabajadores. Todo el m undo cobraba lo
m ism o y tenía el m ism o derecho a opinar. “Tenían un sistema de rotación,
y todos se turnaban para hacer el té o barrer”, dice Tony Fletcher, el editor
adolescente del fanzine Jamming, que solía pasar el rato en Rough Trade des
pués del colegio, todavía con el uniforme puesto. Había reuniones constan
tes, durante las cuales se discutían con igual fervor pesadas cuestiones ideo
lógicas y mundanos detalles operativos. Aunque este tipo de ethos comunal
podía ser fácilmente parodiado como una “reacción” hippie, Travis subraya
que “pese a que la gente tiene esta mirada antiizquierdista de las cooperati
vas y las ve como algo desorganizado, con un montón de gente sentada ha
ciendo nada y charlando todo el día, Rough Trade no era así en lo más mí
nimo. Durante cierta cantidad de años funcionó a la perfección e hicimos
mucho. Pero las líneas de responsabilidad estaban bastante claras: cada quien
se ocupaba de un área diferente”.
Este tipo de valores colectivistas fue parte importante de la cultura radical
de mediados de los años setenta. Tanto Libération, el diario francés de izquier
da, como Time Out, la revista de eventos bohemia de Londres, funcionaban
como cooperativas, sin jerarquías ni diferencias de sueldo. Para finales de la
década, había cerca de trescientas cooperativas en el Reino Unido, la m itad de
ellas comercios de comida integral, y el resto abarcaba todo el espectro que va
desde librerías radicales hasta locales de artesanías. Fue de hecho durante la
primera mitad de los setenta cuando las ideas de la contracultura de la década
anterior se propagaron y se implementaron de forma generalizada. La ocupa
ción de casas y departamentos, por ejemplo, era “inmensa”, recuerda Travis.
“Yo viví en departamentos ocupados por todo Londres.” Pero el movimiento
cooperativo no se trataba solamente de hippies mugrosos que vivían en comu
nidades y desertores anarquistas. Las ideas colectivistas también circulaban en
el mainstream político. En 1974, Tony Benn, un miembro del gabinete del go-
62 bierno laborista de extrema izquierda, tenía grandes planes para montar coo
perativas de trabajadores subsidiadas por el Estado para que se hicieran cargo
de compañías que habían quebrado, algo que finalmente sí pasó con el Scottish
Daily News y la fábrica de motocicletas Norton Villiers Triumph.
Además de inspirarse en la cultura socialista británica, Travis también podía
recurrir a su propia experiencia de la vida en los kibutz de Israel. “Soy judío,
y mis padres me mandaron un verano a visitar a unos parientes lejanos y pasé
algún tiempo en un kibutz. Había mucho idealismo en los primeros días del
movimiento. Los impulsos eran en gran medida realmente puros. Me gustaba
la manera en la que se organizaban -tod os desayunaban juntos, vivían en co
munidad, tomaban decisiones de m odo relativamente racional. Todo el mundo
sabía lo que estaba pasando. Parecía ser una manera más sensata de manejar
las cosas; semiutópica, pero no imposible.”
Com o ocurrió en otras disquerías devenidas sellos discográficos, la activi
dad diaria del staff de Rough Trade -revisar los nuevos lanzamientos y definir
cuáles eran buenos y cuáles no, la innumerable cantidad de pequeñas decisio
nes que tenían que tomarse respecto de cuántas copias de determinado disco
había que tener en stock o si era necesario pedir más o n o - enseguida empe
zó a requerir de una intuición similar a la de las discográficas grandes respec-
to de qué estaba “bueno” musicalmente hablando y hacia dónde iba el punk
como un todo. Aún así, pasaron dos años completos entre la inauguración del
local y la primera edición oficial del sello en febrero de 1978, “París Maquis”
de Metal Urbain. “Creíamos que eran los Sex Pistols franceses”, dice Travis.
Luego vino un single de Augustus Pablo. Sería recién ROUGH 3 (el EP Extended
Play del trío experimental de Sheffield Cabaret Voltaire), sin embargo, el que
realmente daría con la Gestalt postpunk emergente.
El mismo idealismo igualitario que le daba forma a las operaciones coti
dianas de Rough Trade también regía sus arreglos con los artistas. Los contra
tos se firmaban por un solo disco y se basaban en la división 50/50 de las ga
nancias entre la banda y el sello. “Les adelantábam os todo el dinero que
necesitaran para la grabación, la promoción, lo que fuera”, dice Travis. “Los
artistas aportaban su trabajo, su inspiración y su genio. Desde entonces, la di
visión 50/50 ha sido adoptada por innumerables sellos indie: Joy Division con
Factory, Depeche Mode con Mute, todos tenían ese arreglo.”
Una de las ventajas de estos arreglos válidos por un solo disco, en general
de palabra y basados en la confianza personal antes que en abogados y contra- 63
tos, era su capacidad de respuesta inmediata, mucho más adecuada, por lo
demás, a las veloces fluctuaciones estilísticas del universo postpunk. “Uno podía
ver a una banda increíble y decir, esa misma noche, ‘Hagamos un disco’, y en
cuatro semanas el disco estaba en la calle”, dice Travis. “Se podía ir directa
mente al grano, ponerse a trabajar inmediatamente.” Travis también cree que
estos arreglos 50/50, de un solo disco, ayudaron, además, a crear un medioam-
biente propicio para que las bandas crecieran. “Crean las condiciones psicoló
gicas necesarias para que los músicos den lo mejor de sí mismos porque están
en control de la situación, pero les brinda un socio que no es débil, que puede
ayudarlos.” Por el contrario, el sistema de las discográficas grandes seducía a
las bandas con importantísimos avances a cuenta de futuras regalías a cambio
de que estas hipotecaran sus vidas enteras por escrito y, más tarde, se vieran
forzadas a soportar inmensas presiones de parte de la compañía porque debí
an aumentar las ventas para recuperar la inversión inicial. “N o importa cuán
to ‘control creativo' se le da a una banda”, le dijo Travis a Rolling Stone. ‘Aún
así, estás bajo contrato. Los contratos a largo plazo endeudarán a una banda
con costos de grabación y gira. Y entonces, las bandas tienen que producir
cuando todavía no están listas para hacerlo. Tienen que escribir canciones cuan-
do no tienen nada para decir.” Pocas bandas sobreviven al sexto u octavo álbum
originalmente incluido en sus contratos.
De acuerdo con Nikki Sudden, sin embargo, la división 50/50 tenía una
contra. “Uno hace un montón de dinero si vende un montón de discos, pero
si uno no vende mucho o, directamente, no vende nada, uno no recibe nada."
Sin adelantos para cubrir sus gastos cotidianos, las bandas no podían dejar sus
trabajos fijos. Aun así, siempre podían trabajar en RoughTrade, como muchos
de los artistas del sello lo hicieron. “Epic y yo trabajamos ambos en la disque-
ría por algo así como un año”, dice Sudden. “Me echaron por ser descortés con
la clientela rasta. Venían y querían escuchar todos los prelanzamientos de reg-
gae enteros, cada uno de ellos de seis minutos de duración, y uno sabía que
nunca iban a comprar nada. ¡Después de un tiempo me harté y ponía todo lo
que me pedían por solo medio segundo!”
Hacer que los músicos se ensuciaran las manos como vendedores o empa
quetando los discos para su distribución cuajaba con la filosofía de Rough Trade.
Tenía un aire levemente maoísta, algo así como hacer que la inteUigentsia tra-
64 bajara en los arrozales. Ciertamente, a Travis le gustaba pensar en los músi
cos más como trabajadores culturales que como artistas o estrellas. Hablaba
de cómo Rough Trade no era ni parte del negocio de la música ni parte del
m undo del arte, sino, antes bien, un espacio de producción cultural que im
plicaba la colaboración y el apoyo mutuo. Fue esta visión pragmática y poco
glamorosa, en efecto, la que le dio al sello algo así como una imagen de “fru
galidad socialista”.
Sin embargo, Rough Trade tampoco estaba interesada en hacer románti
cas las cosas ni en preservar la mística del rock ’n' roll. Creían en la desmitifi-
cación. “La gente ejerce control a través de la mistificación”, dice Travis. “Les
gusta hacerte creer que es ineludible. Los ingenieros de grabación pueden po
nerse así en el estudio. Yo no tenía ninguna experiencia previa en el estudio,
pero produje ‘Nag Nag Nag’ para Cabaret Voltaire y coproduje discos de The
Raincoats, Stiff Little Fingers, The Fall. En realidad, no teníamos demasiada
idea de lo que estábamos haciendo, pero en ese momento histórico en parti
cular uno podía tener la confianza suficiente para ir y hacerlo de todos modos.”
Sin distribución efectiva, el ethos del do ityourselfsolo estaba gritándole al
vacío. Pero Travis se oponía rotundamente a la idea de infiltrarse en el mains-
tream y firmar con compañías grandes para poder usar su aparato de distribu-
ción. “Eso de cambiar las cosas desde adentro es una estupidez”, declaró. ¿En
dónde estaban los ejemplos históricos de cualquiera que efectivamente lo hu
biese conseguido? El logro más importante de Rough Trade fue organizar el
Cartel, una red de distribución independiente apoyada en la alianza entre
Rough Trade y Small Wonder, ambos con base en Londres, y sus colegas re
gionales Probe, Revolver y Red Rhino. Para los sellos pequeños y los discos
autogestionados, la posibilidad de una distribución de alcance nacional abría
las puertas a la chance de una verdadera comunicación, que ahora alcanzaba
a una audiencia entera de espíritus afines desperdigados por todo el país.
También significaba entonces que había más probabilidades de recuperar los
costos y seguir adelante. Poco glamorosa pero por completo vital, la red del
Cartel ofrecía la infraestructura necesaria para una cultura genuinamente al
ternativa. Hoy, Travis habla de la distribución independiente como algo “ba
sado en un principio político sonoro: si se controlan los medios de distribu
ción, se tiene mucho poder. Era obvio que los canales de la cultura estaban
controlados. Me enojaba no poder comprar literatura de izquierda decente o
la revista feminista Spare Rib en las cadenas comerciales como W HSm ith. Así 65
que ahí había una necesidad política muy clara de construir una red de cir
culación para todo lo que nos gustaba” .
“T odo lo que nos gustaba” no solo incluía discos, sino también fanzines,
la versión impresa del do ityourself. “Sniffin Glue era súper importante” , dice
Travis recordando el punkzine pionero. “Le comprábamos montones de co
pias a su fundador, M ark Perry, y también lo dejábamos usar nuestra oficina
para abrocharlas.” Para 1980, Rough Trade recibía un promedio de doce fan
zines nuevos cada semana y distribuía a nivel nacional todos los que pasaban
su riguroso escrutinio en busca de solidez ideológica. “Rough Trade de hecho
les decía a los editores de fanzines: ‘Lo leeremos y si hay cualquier cosa racis
ta o sexista lo devolveremos"', recuerda Tony Fletcher, de Jamming. También
había intervenciones no-oficiales: “ ¡Recuerdo haber recibido algunas copias
de Jam m ing de vuelta y descubrir que alguien de Swell M aps las había gara
bateado todas porque no estaba de acuerdo con mi crítica de su disco! Era
una cultura muy discutidora” .
A pocas cuadras de la base de Rough Trade en Ladbroke Grove había una
com pañía llamada Better Badges, líder en el m ercado de los parches new
wave (una forma crucial de exhibir las propias lealtades en la ropa durante
los días de apogeo del m ovim iento), Para entonces la com pañía “se había
transformado en la oficina de compensación/liquidación para los fanzines”, dice
Fletcher. El dueño de Better Badges, un hippie idealista devenido postpunker
llamado Joly, le ofrecía a los editores de fanzines algo parecido a lo que Rough
Trade le ofrecía a las bandas con sus arreglos de edición y distribución, un
servicio de “imprime ahora/paga luego” que ayudaba a los nuevos zines a des
pegar. Rough Trade, mientras tanto, se iba volviendo cada vez más y más
seria y ambiciosa, diversificándose hacia la edición de música e, incluso, ha
blando de abrir su propia revista cultural alternativa.
La idea del sello independiente y el m ovim iento do ityourseif era tan
nueva y excitante por ese entonces, dice Travis, “que la gente salía corrien
do a comprar cualquier cosa que fuese parte de eso. Eso es lo que la gente
olvida. En aquel momento, los discos solían venderse. Hoy, uno podría mover,
si tiene suerte, tal vez dos mil copias, pero en aquel entonces cualquier cosa
más o menos decente vendía entre seis y diez m il”. Algunos singles particu
larmente capaces de expresar su propia época - “W arm Leatherette” es un
66 buen ejemplo de esto- podían vender más de treinta mil copias. Pero lo que
en verdad le dio a Rough Trade un lugar en el mapa e hizo que las disco-
gráficas grandes se pusieran en guardia y empezaran a prestar atención a lo
que estaba ocurriendo fue el ascenso -sin escalas- de Inf/ammable Material,
el disco debut de la banda punk de Belfast S tiff Little Fingers editado por
el sello, hasta el puesto núm ero 14 de los charts pop nacionales del Reino
U nido en febrero de 1979.
Para este entonces, las bandas alternativas ya tenían un objetivo propio al
que apuntar: los Charts de Singles y Álbumes Independientes creados por el
jefe de Cherry Red, lain McNay, a fines de 1979, e inicialmente publicados
en la revista Record Business. “Independiente” definía a todos aquellos discos
producidos, manufacturados, promocionados, distribuidos y vendidos al por
menor de forma independiente. Las publicaciones musicales semanales ya ve
nían publicando charts indie antes de esto, pero siempre se habían basado en
lo que se vendía como pan caliente en una sola disquería. Los charts de Record
Business, en cambio, usaban ahora la información de ventas de un montón de
pequeñas disquerías de todo el país.
Sin embargo, aunque los charts independientes fortalecieron inmensa
mente el sentido de identidad que la propia escena tenía de sí misma, algu-
nos los criticaban por considerar que animaban a las bandas y a los sellos a
apuntar más bajo de lo que podían, favoreciendo en el proceso la creación
de cierto tipo de ghetto neohippie. “N o creo en eso de salirse del sistem a ni
en las culturas alternativas ni en ninguna de esas estupideces” , le dijo Bob
Last a NME. “Creo que la new wave se trata de entrar en el sistema, de pele
ar por un lugar dentro del sistema. Uno se tiene que meter ahí dentro y lu
char por un lugar.” Consecuentemente, Last animó a las cuatro bandas más
importantes de Fast Product -T h e Mekons, Gang o f Four, T he Scars y The
Human League- a que firmaran con las discográficas grandes con base en
Londres apenas tuvieran la oportunidad de hacerlo. Last le vendió todo el
catálogo de Fast Product a EMI y cerró el sello, sintiendo que su “interven
ción” ya estaba completa.
Esta cuestión de la independencia versus la infiltración, el regionalismo
versus la centralización, era un área en la que Fast Product y Factory disentí
an enfáticamente. Tony Wilson había visto cómo los primeros sellos indie de
Manchester, New Hormones y Rabid, se habían rendido ante el capital. Wilson
recuerda preguntarle a Tosh Ryan, de Rabid, en el otoño de 1977, por qué 67
había dejado que las compañías discográficas de Londres se llevaran a sus me
jores artistas, Jilted John y John Cooper Clarke. “Todavía puedo verlo-dicien-
do: ‘Ah, ser independientes solo fue un pequeño período de idealismo que
atravesamos’. Era com o si la única razón de ser de los sellos indie fuese exis
tir por unos pocos meses, solo por el tiempo necesario para que los mana-
gers pudieran conseguirles a sus bandas contratos con discográficas im por
tantes.” Wilson estaba decidido a resistirse a la atracción centrípeta de Londres
y a construir una base de poder en Manchester, la ciudad que amaba. Su fer
viente declaración de principios federalista y pro-ciudades de provincias fue
im itada por otros sellos indie en toda Gran Bretaña, especialm ente en el
Norte y en Escocia. Durante algún tiempo, el chart de álbum es indepen
dientes incluyó invariablemente dos o tres compilaciones regionales o de al
guna ciudad en particular cada semana, com o Is the War Over? de C ardiff y
Bouquet o f Steel de Sheffield.
Desde los conceptualistas preocupados por el estilo como Fast Product
y Factory hasta las operaciones más formales y serias com o Rough Trade y
Cherry Red, los sellos independientes postpunk del Reino Unido a menudo
no estaban completamente de acuerdo en lo que a música, packaging, polí-
tica -lo que fuera- se refiriera. Pero, por una breve edad de oro -u n os cinco
años entre 1977 y 1981-, estuvieron todos en el mismo bote. “Lo que nos unía
-dice Daniel Miller- ¡era que ninguno de nosotros sabía lo que estaba hacien
do! Sin embargo, éramos todos grandes amantes de la música, y teníamos ideas
fuertes respecto de lo que nos gustaba y lo que queríamos. Yo no tenía for
m ación alguna en negocios. Pero, de repente, uno se daba cuenta de que
podía tener acceso a esta industria que siempre había parecido muy miste
riosa. La industria discográfica pasó de ser muy cerrada, cosa que seguía sien
do así durante la primera ola del punk, a abrirse completamente. Y eso animó
a m ucha gente como Tony Wilson y yo -personas que nada teníamos que
ver con la industria discográfica- a involucrarse y hacer que nuestros sueños
se volvieran realidad.”
68
CAPÍTULO 3
RESURGIMIENTO TRIBAL:
THE POP GROUP Y THE SLITS
The Slits y The Pop Group también fundarían su propio sello independien- 69
te, Y Records, que sería distribuido por Rough Trade. Antes de que las dos
bandas se unieran para formar algo así como una tribu postpunk tanto The
Slits como The Pop Group hicieron sus propios intentos de “infiltrarse para
trabajar desde adentro” . Con contrato en discográficas importantes y edi
tando sus álbumes debut en 1979, The Pop G roup y The Slits eran consi
deradas dos de las bandas más excitantes e innovadoras de la primera ola
del postpunk.
La genialidad de The Pop Group residía en la intensidad de la pasión que
todos sus integrantes sentían por la música negra. Com o no podían acom o
darse sencillamente en el reggae, o solo en el funk, o simplemente en el jazz,
fueron hasta el fondo con los tres estilos en simultáneo y, aunque de hecho
sería precisamente esta crisis J e identidad la que en última instancia causaría
la ruina de la banda, mientras tanto los shows caóticos y los discos desproli-
jos pero irresistibles de The Pop Group sirvieron de faro para un sinfín de
bandas contemporáneas que estaban intentando descubrir hacia dónde había
que ir a continuación.
El funk fue una de las cosas que sostuvo a los futuros miembros de The
Pop Group durante la calma prepunk de mediados de los setenta. “Éramos el
Ejército Funk de Bristol”, dice el cantante de la banda, Mark Stewart. “Íba
mos a clubes y bailábamos al ritmo de las densas líneas de bajo de discos ame
ricanos im portados, temas de B.T. Express, Fatback Band, Ultrafunk. En
1975, yo tenía catorce años, pero me dejaban entrar porque medía dos me
tros.” Para los fanáticos del funk británicos, la ropa era tan importante como
la música. “ Usábamos cosas como zapatos abotinados en dos tonos con altas
suelas de goma, zoot suits, sandalias de plástico y sweaters de angora”, recuer
da Stewart. “Después descubrí que, antes del punk, había habido chicos pa
recidos a nosotros en todas las ciudades del Reino Unido, chicos a los que les
gustaba el funk y la ropa de los cincuenta. Y la mayoría de ellos se metió en
el punk cuando apareció.”
En cuanto al reggae, The Pop Group lo asimiló naturalmente, casi como
si se tratara del aire de Bristol que inhalaban todos los días. La ciudad tenía
una población negra significativa, en gran parte debido al influjo de inmigran
tes caribeños durante la década del cincuenta pero, también, a causa del hecho
de que Bristol había sido, en el siglo ^XVIII, uno de los puertos más importan-
70 tes de Inglaterra para el comercio de esclavos. Principalmente concentrada en
el área de St. Paul (un barrio pobre de casas adosadas en hilera y monoblocks
bajos que no parecía en realidad un ghetto, pero que, sin embargo, habría de
convertirse en el escenario de uno de los disturbios más destructivos de la his
toria del Reino Unido en abril de 1980), la población caribeña de Bristol hizo
de la ciudad una de las grandes zonas de entrecruzamiento entre el punk y el
reggae de Gran Bretaña. Stewart, Bruce Smith y Simon Underwood -estos úl
timos dos futuros baterista y bajista d eT h e Pop Group, respectivamente- so
lían aventurarse en St. Paul para merodear los “blues”: “A menudo éramos los
únicos tipos blancos del lugar, pero nunca nos molestaban”, dice Smith. “Bueno,
¡tal vez antes de que yo aprendiera un par de cosas me estafaron intentando
comprar hierba!” , se ríe. También devoraban cuanto disco de reggae fueran ca
paces de encontrar. “Cuando teníamos catorce o quince años, íbamos todos
los viernes a esta disquería llamada Revolver para escuchar los prelanzamien-
tos de reggae que acababan de llegar de Londres, los traían en camioneta”,
recuerda Stewart.
Excitados frente a la ferocidad de su expresionismo emocional abstracto,
su elevado filo intelectual y sus ambiciones cósmicas, estos jóvenes amigos
también empezaron a explorar, junto con el funk y el reggae, el jazz. Sin de-
jarse desanimar por la falta de toda técnica o conocimiento formal alrededor
de este tipo de música, The Pop Group se lanzó de lleno a la improvisación,
con los aullidos de Stewart y los estallidos del saxo de Gareth Sager desempe
ñando el rol de los elementos más evidentemente “free” de la vorágine. “Mi
recuerdo de nosotros tocando es que era o realmente fantástico y extraordi
nario o realmente horrible”, se ríe Smith. “¡No había mucho punto medio!”
The Pop Group veneraba la cultura beat que rodeaba al jazz y a poetas y es
critores como Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William S. Burroughs. La ver
sión original de la banda, cuando esta aún no era más que una fantasía en la
cabeza de Stewart, se llamaba de hecho The Wild Boys, un homenaje a la no
vela de Burroughs del mismo nombre.
Músicos funk de ojos azules, atrevidos rastas blancos, “beatniks del maña
na' (como se apodaron ellos mismos en una entrevista), The Pop Group se ne
gaba a elegir una única identidad. Cargados de referencias a la moda y mos
trando una ambición apabullante, T he Pop Group llegó a la escena postpunk
con un timing perfecto, justo cuando todo el m undo se estaba rascando la ca
beza y preguntándose: “¿Y ahora hacia dónde vamos?”. Su impacto en la pren- 71
sa especializada fue inmediato. The Pop Group apareció en la portada de NME
en septiembre de 1978, cuando todavía no habían sacado ni un solo disco. Lo
amorfo de su existencia los hada una mancha de Rorschach perfecta para la
imaginación de los críticos, un lienzo lleno de colores saturados que era ideal
para explorar la cuestión del “después del punk”. “Los periodistas más gran
des nos amaban porque podían usarnos para hablar de las cosas que realmen
te les gustaban, esas cosas que, en secreto, preferían por sobre el punk rock (el
dub, Captain Beefheart, los discos de Miles Davis de principios de los años se
tenta...)", dice Stewart.
Tam poco hacía ningún daño que The Pop Group se viera genial. Sus tra
jes evocaban tanto una elegancia atemporal, no rockera, como una sobriedad
y una seriedad vigorizantes. En las entrevistas, se veían y se oían como agita
dores intelectuales. Los primeros artículos sobre The Pop Group empezaban
típicamente con el periodista a cargo maravillándose de la erudición y la ca
pacidad argumentativa de la banda mientras se hacía referencia casi obligada
a sus impresionantes bibliotecas y colecciones de discos. “Teníamos dieciséis
o diecisiete años, nos quedábam os despiertos toda la noche charlando, fu
mando porro”, recuerda Smith. Se sacaban chispas mientras los sistemas de
pensamiento -la liberación libidinal de Wilhelm Reich, el teatro de la cruel
dad de Antonin Artaud, la revuelta del situacionismo contra la alienación-
colisionaban y entraban en contradicción. Ebrios de ideas, los integrantes de
The Pop Group se dedicaban a derribar sistemáticamente todo supuesto y
manera de pensar preestablecida. “ Empezamos a cuestionar todo, hasta lle
gar al corazón de las relaciones personales, las cosas que ocurrían entre la au
diencia y la banda”, dice Stewart. D e acuerdo con Vivien Goldm an, una pe
riodista amiga de la banda que salió con Stewart por algún tiempo, “la obsesión
de The Pop Group era estar continuamente a la vanguardia de la búsqueda
de nuevas maneras de hacer todo”.
De toda esta confusión de fuentes de inspiración y autocuestionamientos,
emergió algo así como una música de protesta dionisíaca, un torbellino de
ruido retorcido y letras que disolvía las divisiones artificiales entre política y
poesía, lujuria y espiritualidad. Stewart veía a The Pop Group como parte de
una gran tradición de artistas de vanguardia políticamente comprometidos,
un continuo que se extendía desde los salones radicales de la Revolución
72 Francesa hasta los movimientos de la década del sesenta com o Fluxus y el si
tuacionismo (que creían que el arte radical y la revolución política eran inse
parables), pasando por los dadaístas y los surrealistas, que, además, habían sido
fervientes comunistas. Así, del mismo m odo en que el situacionismo despo
tricaba contra la “pobreza de la vida cotidiana” de la próspera sociedad de con
sumo, canciones de The Pop Group como “We Are Time” ardían con una furia
vital inigualable. “No querer estar meramente vivo”, dice Stewart, “sino que
rer liberarse de toda opresión. Teníamos esta idea romántica de que había que
pasar por el nihilismo, por este intenso proceso de ‘falta de condicionamien
to’ para poder emerger luego del otro lado con algo realmente positivo”.
Com parando a The Pop Group con el síndrome de combustión espontánea
humana, por aquel entonces apenas conocido, Stewart le dijo a la revista ZigZ,ag.
“Nuestra creación artística es el resultado de una presión interna aguda”. El
fuego, de hecho, figuraba en la imaginación de T he Pop Group como un es
tado del ser ideal que evocaba tanto los disturbios en las zonas marginales como
los rituales paganos y el free jazz de la década del sesenta, ese de Fire Music de
Archie Shepp. Una de las mejores canciones de la banda, “Thief o f Fire” [Ladrón
del fuego], usaba el mito de Prometeo para hablar de la cruzada por el “cono
cimiento prohibido, yendo a lugares desconocidos”.
Y, en efecto, el ascenso de The Pop Group sí fue bastante parecido a un gran
incendio forestal. En solo un par de shows, se transformaron en el epicentro de
la escena postpunk de Bristol. Enseguida, estaban abriendo presentaciones
para artistas ya consagrados como Patti Smith, Elvis Costello y T h e Stranglers
(cuyo cantante, Hugh Cornwell, estaba tan obsesionado con la banda que
produjo y financió sus demos). A finales de la primavera de 1978, The Pop
Group acompañó a Pere Ubu, por ese entonces en el punto más alto de su ca
rrera, en su primera gira por el Reino Unido. La banda abrió a continuación
las negociaciones con Andrew Lauder, el fundador de Radar Records (que era
el sello que había editado Datapanik, el EP de Pere Ubu). Un ejecutivo disco-
gráfico de muchísima experiencia que había sobrevivido hábilmente a la tran
sición entre la música progresiva pre-punk y la new wave, Lauder ya había
sido el responsable de firmar con The Stranglers y Buzzcocks mientras traba
jaba para United Artists. Ahora estaba a la búsqueda de bandas de ultravan-
guardia para Radar, un sello cuasiautónomo que combinaba una sensibilidad
provocadora, independiente, con todos los beneficios del aparato de distri
bución de una disquera grande. 73
Finalmente editado por Radar en marzo de 1979, el single debut de The
Pop Group, “She Is Beyond G ood and Evil”, era un despilfarro emocionan
te de líneas de bajo disco, guitarras rítmicas punk funk y efectos dub tras
tornados con Stewart aullando frases como, “Our only defense is together
as an army/ I’ll hold you like a gun” [Nuestra única defensa es todos juntos
como un ejército/ Te sostendré com o una pistola]. Líricamente hablando,
dice Stewart, la canción era “un intento muy pueril de mezclar cosas poéti
cas, existencialistas, con anhelos políticos. La idea del amor incondicional
como una fuerza revolucionaria; el m odo en que éste opera casi como si en
cendiera una luz, te hace esperar un m undo mejor y te da ese idealismo y esa
energía tan particulares”.
Para grabar “She Is Beyond G ood and Evil” , T he Pop G roup se asoció
con Dennis Bovell, por ese entonces el único productor de reggae británico
lo suficientemente brillante como para soportar la comparación con los ge
nios jam aiquinos com o Lee Perry y KingTubby. Figura clave en la escena
reggae del Reino Unido, Bovell había operado el sound system Jah Sufferer
Hi Fi, había fundado la popular banda de roots reggae británica Matumbi y
había sido uno de los pioneros de ese género inmensamente exitoso llama-
do “lover’s rock” (una fusión británica entre el reggae jam aiquino y el soul
suave americano que las mujeres adoraban). Com o si todo esto no fuera su
ficiente, Bovell también había com puesto y producido la música de acom
pañam iento para los discos del poeta y activista Linton Kwesi Johnson y
había editado sus propios LP -Strictly Dub Wize, entre ellos- bajo el seudó
nimo de Blackbeard. El espectro musical de Bovell iba mucho más allá del
reggae, sin embargo. H abía sido el guitarrista líder de una banda a la The
Jim i Hendrix Experience llam ada Stonehenge y creía que había sido Jim i
quien había creado el primer track dub de todos los tiempos cuando sacó,
en \9 6 7 , “Third Stone from the Sun”.
Toda esta mezcla de salvajismo acid rock y sabiduría dub hacía de Bovell
el contraste perfecto para The Pop Group. En “ 3:38", el lado B de “ She Is
Beyond Good and Evil", Bovell tomó la música del lado A y la pasó al revés,
al estilo psicodélico, y después construyó un nuevo track rítmico para ella
junto con Bruce Smith. “Eso realmente les alucinó a todos", se ríe entre dien
tes Bovell. Aquí, de todas formas, la madre de la invención era la necesidad.
74 “Ya casi no teníamos más tiempo de estudio, es por eso que reutilicé el lado
A." Creativo y buen administrador de recursos, Bovell era el candidato ideal
para la no tan envidiable tarea de darle cierta apariencia de cohesión al revol
toso sonido de The Pop Group.
Trabajando con ellos en su álbum debut, Y, Bovell enseguida se dio cuen
ta de que era la sección rítmica la que sostenía a la banda entera. “ Simon
Underwood y Bruce Smith eran los Sly and Robbie del postpunk, ajusta
dos”, dice Bovell. “ Lo que no estaba para nada ajustado en The Pop Group
eran las guitarras de Gareth Sager y John W addington, y la voz de Mark,
que siempre iba a la deriva sin encontrar punto de apoyo estructural algu
no." Aunque la pura fuerza funk de Underwood y Smith hace que los temas
rápidos como “We Are Tim e" sean físicamente atractivos, el resto de Y; sin
em bargo, vira, con pinturas sonoras com o “ Savage Sea" y “ D on’t Sell Your
Dream s", hacia una abstracción saturada de texturas. Repleto de efectos re
bosante de creatividad, Y se ganó así una recepción am bigua. Típicamente,
el pálido elogio siempre era algo parecido al veredicto que emitió NME: “ Un
valiente fracaso. Excitante pero exasperante". Hoy, parece aún más adm ira
ble e impresionante: un caos heroico, glorioso en su intento fallido de abar
car demasiado.
The Slits surgió del mismo lugar caótico que The Pop Group. N o obstan
te, a diferencia de estos últimos, las chicas de The Slits no tenían inicialmen
te una sección rítmica sólida que anclara la anarquía; solo el skank sublimi-
nal más débil del m undo indicaba sus intenciones punky-reggae. Mientras
que otras bandas punk decían no saber tocar, pero eran secretamente compe
tentes, las integrantes de The Slits eran genuinamente ineptas. Algunas per
sonas dicen que el “verdadero” sonido de T he Slits es su cacofonía naif de los
primeros días, ese glorioso barullo producido por un grupo de chicas que se
pelean con sus instrumentos y sus cuerdas vocales y parecen estar movidas
solo por el gusto de la mera desfachatez. En realidad, las integrantes de The
Slits mejoraron una vez que lograron aprender algunas destrezas instrumen
tales básicas y cuando se consiguieron una base rítmica más firme tras la par
tida de su baterista original, Palmolive, que no podía darles el groove tipo reg
gae que buscaban. Para su clásico primer disco de 1979, Cut (en el que el
productor Dennis Bovell también jugaría un papel crucial ayudando a la banda
a convertir su alborotado bochinche en un desorden menos confuso), The
Slits reclutó a Budgie, un baterista hombre que terminaría formando parte 75
de Siouxie and the Banshees.
Al principio, sea como fuere, The Slits era una pandilla de chicas monta
races, tanto arriba como abajo del escenario. Con solo quince años en 1977,
Ari Up recuerda ser “salvaje y loca, como un animal al que soltaron de su jaula,
pero al mismo tiempo también una pequeña niña inocente”. Desde su impac
tante imagen (dreadlocks enredados, ropa interior por encima de la ropa) hasta
sus inconcebibles puestas en escena aparentemente presociales, Ari Up inspi
raba miedo y fascinación en partes iguales. En una ocasión infame, orinó en
el escenario. “N o fue para shockear a nadie”, insiste. “Necesitaba hacer pis. No
había un baño cerca. Entonces hice pis en el escenario (en el costado, pero me
vio todo el mundo). Simplemente no me importó.” La cantante venía de una
acaudalada familia alemana, pero su madre, Nora era una bohemia y una ha
bitué de la escena rock. La casa familiar servía de punto de reunión para todo
tipo de estrellas, desde el vocalista de Yes Jon Anderson hasta Joe Strummer,
l. Skank es un modo de referirse al modo de tocar la guitarra clásico del reggae, carac
terizado rítmicamente por un tipo específico de acentuación del off-beat, esto es, de los
golpes 2 y 4 de cada barra de compás. [N. de la T.]
de The Clash. La guitarrista de The Slits, Viv Albertine, iba a la escuela de arte,
y fue allí donde conoció a Mick Jones, también de The Clash. Rubia, carismá-
tica y arrastrando a una horda entera de admiradores punks tras de sí, Albertine
compartía un departamento ocupado con Keith Levene y había tocado en una
banda de cortísim a vida, Flowers o f Rom ance, con él y Sid Vicious.
Ominosamente morena y lacónica, por último, la bajista Tessa Pollitt venía de
otra banda punk de chicas que, de hecho, le ganaba a The Slits [Las Rajas] en
lo que a denominaciones se refería: The Castrators [Las Castradoras], un nom
bre ciertamente digno de la feminista radical Valerie Solanas, fundadora de la
Sociedad para la Eliminación de los Hombres.
Fan del Manifiesto SCUM de Solanas, M alcolm McLaren, viéndolas como
la versión femenina de los Sex Pistols, intentó manejar a The Slits. Cuenta
la leyenda que su avance de negocios fue: “ Quiero trabajar con ustedes por
que son chicas y hacen música. O dio la m úsica y odio a las chicas. Me ali
mento del odio” . Claro que, en vez de tener en mente ideas descabelladas
dignas de Valerie Solanas o Sid Vicious, el plan maestro de McLaren consis-
76 tía, en cambio, en artilugios en extremo sexistas y degradantes. Después de
haber atacado la industria del rock con los Sex Pistols, McLaren quería ahora
infiltrarse en el m ovimiento disco. Al principio, intentó que las chicas de
The Slits consiguieran un contrato discográfico con Hansa, un sello de m ú
sica disco alemán absolutamente kitsch. Luego, cuando Island quiso firmar
con la banda e invitó a M cLaren a hacer una película sobre ellas, este últi
mo armó un guión que las imaginaba como una banda de rock de chicas que
viaja a México solo para que todas ellas sean vendidas como esclavas y, final
mente, convertidas en estrellas porno-disco. Astutamente, las integrantes de
The Slits decidieron liberarse de las garras de McLaren. Firmaron con Island
por sí solas y empezaron a trabajar en su álbum debut con Dennis Bovell en
el verano de 1979.
Bovell era una elección obvia. The Slits, y especialmente Ari Up, eran de
monios reggae. “Solíamos encontrar los blues siguiendo el sonido de las líneas
de bajo”, dice. “Estábamos a cuadras de distancia y buscábamos las vibraciones.
En aquellos días, no había casi ninguna persona blanca en los sound systems.
Por aquel entonces, a quienes bailaban esa música se los llamaba ‘steppers’ y yo
era una gran stepper. También era la única chica con dreadlocks. De hecho, fui
la primera persona en usar el ‘tree' [árbol]: me ataba mis rastas hacia arriba, for-
mando algo así como la copa de un árbol.” A medida que Ari Up creció más
allá del chillido punk básico hacia un canto lastimero, delgado, agudo, su acen
to bávaro-cruza-con-jamaiquino empezó a hacerla sonar un poco como a una
Nico con dreadlocks, una Nico más de marihuana que de heroína.
Los defensores más acérrimos del punk dicen a veces que Dennis Bovell
pulió los bordes puntiagudos de The Slits, las domesticó. Pero las chicas de
The Slits eran ambiciosas. Querían ser estrellas pop. La cabeza de Island, Chris
Blackwell, pensó que tenían potencial a montones y le dio a Bovell todo el
tiempo de estudio que quisiera. “Las integrantes de The Slits tenían tantas ideas
que más bien se trataba de descubrir qué era lo que debía quedar y qué no”,
dijo Bovell. “Estaban repletas de material, y tuve la tarea de ordenarlo y decir
‘esto va acá’. Fue como si de repente me hubieran tirado todas las piezas de un
enorme rompecabezas en la falda.” En efecto, las canciones de Cut a menudo
suenan como engranajes y pernos polirrítmicos amontonados improvisadamen
te para formar atractivos artilugios tambaleantes. La guitarra rítmica entrecor
tada de Albertine corre como un rayo entre las sinuosas líneas de bajo de Pollitt
y las repiqueteantes baterías a tempo de Budgie. Según Bovell, Albertine “no 77
era ninguna Jimi Hendrix. H ada ocasionalmente el obligado punteo de la pri
mera guitarra, pero por lo general era más bien como una versión femenina
de Steve Cropper, de Booker T. and the M.G.'s, cosas rítmicas buenísimas.
Siempre fue muy consciente de no querer tocar la guitarra como un hombre,
siempre intentó crear su propio estilo”.
El elemento más delicioso del sonido de T he Slits en Cut es esa extraña
geometría que crean el choque y la superposición de las voces mientras Albertine
y Pollitt tejen alrededor del canturreo estridente, levemente amargo, de Ari
Up. En el tema que abre el disco, “Instant H it”, las chicas forman una redon
dilla de armonías aleatorias que la cantante describe como “una cosa medio
‘Frere Jacques"'.2 La letra, escrita por Albertine, retrata a un muchacho extre
madamente delgado que “ Don’t like himself very much/ ’Cos he has set his
self to self-destruct” [No se gusta demasiado a sí mismo/ Porque se ha predis-
2. “Frere Jacques" es una de las canciones populares para niños más conocidas en gran parte
del mundo. Aunque su origen es francés, tiene versiones en múltiples idiomas (en espa
ñol, se la conoce comúnmente como “La lechuza'’, “Martinillo" o “Fray Santiago"). Puede
ser cantada como una melodía simple o como un canon a cuatro voces. [N. de la T.]
puesto a autodestruirse] (un retrato cruel que se aplicaba tanto a Sid Vicious
como a Keith Levene, sus compañeros de banda junkies en Flowers of
Romance). “So Tough” [Tan duro], una burla frenética a la postura de macho,
le deja paso al skank de “Spend, Spend, Spend” [Gastar, gastar, gastar], con su
línea de bajo furtiva y su percusión nerviosa complementando a la perfección
la letra, un boceto de una adicta a las compras intentando sin éxito “satisfacer
esta sensación de vacío” con compras compulsivas. “Shoplifting” [Hurto] se
ocupa por su lado de invertir “Spend, Spend, Spend”: la tonta mujer consu
mista del primer tema se convierte en la rebelde ratera feminista del segundo.
Reggae-punk frenético, “Shoplifting” pone quinta y estalla de adrenalina mien
tras Ari Up, atrapada con las manos en la masa, grita: “Do a runner!” [¡Sal co
rriendo!]. La canción llega al clímax con un grito devastador que mezcla el te
rror, el júbilo y el alivio de haber conseguido escapar del detective del
supermercado, un aullido que colapsa en el jadeo y la risa nerviosa del último:
“l ’ve pissed in my snickers!” [¡Me meé encima!].
Los temas rápidos de Cut (“Shoplifting”, “Love Und Romance” -u n a pa-
78 rodia del romance como muerte cerebral-, el single “Typical Girls” -u n a dia
triba en contra de las mujeres convencionales que “no crean, no se rebelan”
y cuyas cabezas están confundidas con toda clase de ansiedades inducidas
por revistas para mujeres del tipo de “barritos, gordura, olores antinatura
les”- ) son vivificantes. Las canciones más emocionalmente perturbadoras,
sin embargo, son lentas y abatidas, siguiendo el molde de “Spend, Spend,
Spend”: “ f m ” , “ Ping Pong A ffair”, “Newtown”. Esta última toma su nom
bre de esos pueblos que se construyeron desde cero en el Reino Unido des
pués de la Segunda Guerra Mundial, algunos de ellos alrededor de Londres
y diseñados para absorber el desborde poblacional de la capital; otros senci
llamente construidos en el medio rural de la nada. Todos ellos llegaron a la
vida com o la visión utópica de un arquitecto y un planificador urbano para
terminar degenerando en cuadrículas de alienación y desesperanza sin per
sonalidad. “Newtown” traza un paralelo desconcertante entre los ciudada
nos normales, adictos a tranquilizantes culturales como “televisiono” y “fo-
otballino” , y los propios pares bohem ios de las integrantes de T h e Slits,
reventados por los narcóticos ilegales. En el track, el rasgueo nervioso de
Albertine imita el dolor aguijoneante de la abstinencia. Fue una abstinencia
de tipo emocional, por su lado, la que inspiró “ Ping Pong Affair”. Ari Up
ocupa sus noches vacías luego de una separación con masturbación (“Same
old thing yeah I know/ Everybody does it” [Lo mismo de siempre sí lo sé/
Todo el m undo lo hace]) y cigarrillos.
C on elementos dub y desoladas, las canciones lentas de Cut transmiten una
imagen espeluznante que incluye por igual a individuos atomizados adorme
ciendo el dolor con ilusiones cortesía de la cultura pop, junkies del romance y
adictos al glamour, todos ellos navegando a la deriva en medio de una nebli
na de sueños baratos. Debajo de todo eso, se puede sentir el anhelo de las chi
cas de The Slits por una vida más simple y más natural. Combinando una nos
talgia bucólica y una actitud desafiante de guerrera, la famosa tapa de Cut, que
las muestra como Amazonas embadurnadas de barro, golpea de inmediato a
cualquiera que entre distraídamente a husmear una disquería. Desnudas a ex
cepción de sus taparrabos y su pintura de guerra, las tres Slits se yerguen or-
gullosas con sus pechos descubiertos, obligando a la cámara a bajar la mirada.
Detrás de ellas se puede ver la pared de una pintoresca cabaña, zarzas y rosas
trepando por uno de los costados como si estuvieran subrayando una declara
ción de principios: “no somos delicadas rosas inglesas y lo que estamos hacien- 79
do no tiene nada que ver con coquetear”. La cabaña era Ridge Farm, el estu
dio en el que Bovell produjo Cut. Dice Ari Up: “Nos conectamos tanto con el
campo mientras hadam os el disco que terminamos revolcándonos en la tie
rra. Así que decidimos cubrirnos con lodo y mostrar que las mujeres podían
ser sexies sin vestirse de determinada manera. Sexies de un modo natural, y
desnudas sin que fuera pornografía” .
La tapa de Cut replica la foto de los H om bres Barro de Papúa Nueva
Guinea que aparece en la de Y. Com o las chicas de The Slits, The Pop Group
también suspiraba pensando en una totalidad perdida que ellos se imagina
ban había existido antes de los efectos debilitantes de la civilización. En “She
Is Beyond G ood and Evil”, Stewart había declarado: “los valores occidenta
les no significan nada para ella”. Durante su gira de 1979, el Animal Instincts
Tour, la entrada en escena de The Pop Group era precedida por una graba
ción de tambores africanos y la banda, vía una entrevista en Melody Maker,
había apelado a sus fans para que trajeran tambores y silbatos a los shows y
los transformasen en ceremonias tribales. En otra nota, Gareth Sager dijo
que las civilizaciones occidentales estaban enfermas porque, al estar “basa
das en las ciudades”, se encontraban desconectadas de los ciclos naturales,
mientras que en las tribus africanas la represión sencillamente no existía.
Proponía abolir la escuela y gastar el dinero en ayudar a la gente a desadoc
trinarse. La canción “Words Disobey Me” [Las palabras me desobedecen]
daba a entender incluso que el enemigo podía ser el lenguaje m ism o, que de
bajo de todas las capas de condicionamiento yacía, en cambio, un discurso
puro, inarticulado, del corazón. “Speak the unspoken/ First words o f a child
[...] We don't need words/ Throw them away” [Di lo no dicho/ Las prime
ras palabras de un niño [...] No necesitamos palabras/ Tíralas a la basura],
rogaba Stewart.
The Slits compartía esta idealización del buen salvaje y el puro instinto
de The Pop G roup, un cierto culto a la inocencia y a la intuición que a veces
tomaba un matiz antiintelectual. Las dos bandas “se hicieron tan íntimas que
éramos casi una tribu”, dice Ari Up. Bruce Smith reemplazó a Budgie como
baterista de The Slits y tocó en ambos sets cuando las dos bandas salieron de
gira juntas por Europa. Había hasta endogamia tribal: Sager salía con Albertine;
Sean Oliver (el último de los muchos bajistas d eT h e Pop Group) y Pollitt tu-
80 vieron un niño; Bruce Smith se casó con Neneh Cherry, una amiga de Ari Up
que se había unido a las chicas de T he Slits como bailarina y corista. La fu
sión completa de ambas bandas en una sola tribu fue formalmente ungida en
1980, cuando, juntas, fundaron Y, su propio sello independiente, que sería
administrado por el manager d eT h e Pop Group, Dick O ’Dell. Para este en
tonces, las integrantes de The Slits ya habían abandonado Island Records, y
los miembros de The Pop Group habían cortado sus relaciones con Radar
después de enterarse, horrorizados, de que la compañía matriz, WEA, estaba
asociada al conglomerado Kinney, un grupo económico involucrado en el co
mercio de armas.
Fue este sentimiento de repugnancia creciente por el capitalismo de las
grandes corporaciones y su contrapartida, el deseo de “pureza” en m edio de
un m undo corrupto, lo que inspiró el primer lanzamiento post-Radar de The
Pop Group, el single “We Are Ali Prostitutes” [Todos somos prostitutas].
Musicalmente hablando, es su grabación más poderosa. La letra, sin embar
go, abandonaba el delirio imagista de Y en pos de una crítica histriónica con
tra el consumismo, “la más bárbara de todas las religiones”. Stewart advertía:
“ O ur children shall rise up against us” [Nuestros hijos se alzarán contra
nosotros]. The Pop G roup parecía estar virando de un grupo de poetas gue-
rreros apasionados a una banda de agoreros puritanos. En entrevistas de esa
época, Sager declaró que era frívolo estar “hablando de música’’ cuando ellos
-T h e Pop Group, pero implícitamente también todas las bandas postpunk-
podían y debían estar discutiendo “cosas externas”, como la política, la actua
lidad, el hambre y la guerra. “La verdad es que no veo cuál es el punto de solo
entretener, eso es puro escapismo”, le dijo a NME. “ El rock ’n’ roll es una dis
tracción de la realidad.”
Los m iem bros de T he Pop Group no estaban solos. M uchos m úsicos
postpunk estaban dando pelea con canciones de protesta y montones de con
ciertos a beneficio. Rock Against Racism se transformó en el modelo para una
multitud de empresas colectivas en pos de motivos varios, entre ellas, Rock
Against Sexism, Rock Against Thatcher y Scrap the SUS, una campaña contra
las leyes antivagabundeo del siglo X IX que aún permitían a la policía acosar a
los jóvenes negros a su antojo aduciendo “conducta sospechosa”. T he Pop
Group participó, entre muchos otros shows a beneficio, de Scrap the SUS y
Benefit for the Cam bodia Fund. “Regalábamos prácticamente todo el dine
ro que ganábamos en los shows haciendo tantos beneficios”, dice Stewart. En 81
determinado momento, The Pop Group tuvo que hacer un recital a beneficio
¡de ellos mismos! ¡Porque se habían endeudado!
Aun así, algo de la insistencia vehemente de The Pop Group empezó a fas
tidiar a sus seguidores de antaño. La respuesta negativa definitiva llegó en marzo
de 1980, tras la edición de un single compartido que juntaba “In the Beginning
There Was Rhythm” de The Slits con “Where There’s a W ill” de T he Pop
Group. Ian Penman, de NME, se burló socarronamente de ellos llamándolos
los “Baez de Bristol”, en referencia a la santurrona fo/kie de los sesenta Joan
Baez. El segundo disco de The Pop Group, For How Much Longer Do We Tomate
Mass Murder?, fue masivamente destrozado como pura propaganda política
agitadora hipócrita y pretenciosa. La música seguía siendo intensa y, de hecho,
el disco entero estaba más enfocado si se lo comparaba con Y, pero era difícil
tener el estómago necesario para soportar el grosero dedo acusador de cancio
nes como “Blind Faith”. La banda parecía proceder metódicamente, como si
estuviera tachando cuestiones en una lista (“Justice” lidiaba con la brutalidad
policial, “How Much Longer” lidiaba con los crímenes de guerra de Nixon y
Kissinger), y el viaje de culpa autoflagelante que el disco proponía no era para
nada alentador. “There Are N o Spectators” amonestaba a los políticamente no
comprometidos y a los pasivos declarando: “There is no neutral/ N o one is
innocent” [No hay nada neutral/ Nadie es inocente]. El disco estaba insopor
tablemente atado a los datos concretos, desde el sobre interno con su collage
de recortes de diario que reportaban atrocidades tales como las de la República
Democrática de Tim or Oriental hasta las letras de canciones como “Feed the
Hungry” [Alimenten a los hambrientos], pura estadística y denuncia espeta
das de modo abrupto. Amedrentador y sermonero, For How Much Longer tenía
tanta poesía como un panfleto radical de izquierda.
Para The Pop Group y, sobre todo, para Mark Stewart -q u e siempre fue el
motor intelectual de la banda, su rata de biblioteca autodidacta—, el viraje hacia
un modo de hablar directo y asertivo era solo la respuesta a las urgencias de la
época. Thatcher había llegado al poder en mayo de 1979, conducida hasta allí
por un giro político generalizado hacia la derecha. “Fue una época intensa, uno
sentía que había algo que estaba a punto de comenzar”, dice Stewart de la at
mósfera apocalíptica de 1980. “N unca sentí que la política fuera una cosa gris
y deprimente. Cuando estábamos vociferando y despotricando era todo de co-
82 razón. Todo eso salió en medio de una velocidad frenética.” Stewart había ab
sorbido la música de The Last Poets, un grupo de negros musulmanes radica
les que a veces reciben el crédito de haber inventado el rap y que para ese
entonces ya se habían ocupado -en discos de principios de los setenta como
This Is Madness y Chastisement- de azotar por igual tanto a los “diablos blan
cos” como a los contrarrevolucionarios negros. También había estado pasan
do tiempo con Linton Kwesi Johnson, con organizaciones como la Radical
Alliance o f Black Poets and Players y el colectivo reunido en torno a la publi
cación Race Today. N o podría decirse que Linton Kwesi Johnson fuera alguien
que midiera sus palabras: su himno antifascista “Fite Dem Back” juraba. “We
gonna smash their brains in/ 'Cos they ain’t got nuffink in 'em” [Vamos a rom
perles la cabeza/ Porque no tienen nada en ella]. Aunque pese a toda la jerga
jamaiquina Johnson no era en realidad un rasta (de hecho, molestó a muchos
jamaiquinos cuando se burló del rastafarianismo como una religión basada en
la evasión de la realidad), su espeso patois y sus cadencias amenazantes carga
ban las palabras, que en la página parecían más bien simplistas, de una poten
cia y una autoridad a las que Stewart aspiraba.
Para muchos bohemios británicos blancos, sin embargo, era precisamente
el milenarismo místico del roots reggae -el imaginario rasta del “armagideon”
[Armagedón], el “crisus time” [tiempo de crisis], el castigo divino y la reden
ción- lo que más resonaba con su propia sensación de exiliados internos.
“Sentíamos que estábamos en el frente de batalla de Babylon”, recuerda Vivien
Goldman. “El rastafarianismo ofrecía este tejido de lo político, lo espiritual y
lo apocalíptico, y ayudaba a que uno pudiera definir quiénes eran sus enemi
gos.” Naturalmente, había cierta fricción entre el moderno liberalismo metro
politano y la moral y el chauvinismo sexual de Viejo Testamento de la cultu
ra rasta, pero la mera fuerza edificante de la música barría con todas las posibles
reservas. “Con la visión del mundo del roots reggae, la lógica era a menudo
muy cuestionable, pero la sensación de elevación espiritual era innegable”, dice
Stewart. “Iba a los sound systems con amigos negros, y eran como gigantescas
reuniones evangélicas; uno no podía conseguir ese tipo de energía en un reci
tal de rock. Ese tipo de anhelo por un mundo mejor, ese cuestionamiento del
sistema... Sencillamente, hacía que se me pusieran los pelos de punta.”
Mientras Stewart sentía la atracción del reggae, admirando la manera en
la que podía demoler Babylon a los gritos sin caer en la propaganda, los otros
miembros de The Pop Group estaban siendo arrasados en la dirección contra- 83
ria. Querían explorar más profundamente su lado free jazz. “N o es que no es
tuviera de acuerdo con las cosas que decía Mark”, recuerda Bruce Smith. “Solo
estaba preocupado porque todo se estaba volviendo demasiado dogmático. Era
como si Mark hubiera empezado a ver la música como un mero vehículo, como
una plataforma para impartir mensajes.” Stewart, por su lado, encontraba cada
vez más “difícil cantar sobre cosas abstractas”.
A lo largo de 1980, Stewart también se involucró cada vez más en la pro
testa organizada, dedicándose a trabajar tres meses en las oficinas de la Campaña
para el Desarme Nuclear (C D N ) ayudando a coordinar un gigantesco mitin an
tinuclear que habría de tener lugar en Trafalgar Square. Después de casi mar
chitarse por completo a principios de la década del setenta, el número de afi
liados de la C D N había despuntado de golpe, acompañando la intensificación
de los temores producto de la Guerra Fría tras la revolución iraní y la invasión
soviética a Afganistán. Cuando en diciembre de 1979 la OTAN decidió insta
lar misiles de crucero estadounidenses en el Reino Unido, muchos británicos
pasaron a estar convencidos de que su país se estaba convirtiendo en apenas
más que una plataforma de lanzamiento norteamericana. La concentración en
Trafalgar Square de octubre de 1980 fue la última vez que los integrantes de
The Pop Group tocaron juntos. “Presentamos una versión de ‘Jerusalem’ de
William Blake porque quería hacer un llamado a las armas que tocara a todos
los grupos generacionales que estaban presentes”, recuerda Stewart. “ Esa can
ción es un verdadero himno socialista, pero también es visionaria e idealista
porque Blake es un verdadero profeta.” Luego de este gran momento culmi
nante -tocaron para 250.000 personas-, The Pop Group se desmoronó. “Una
desintegración orgánica”, dice Stewart. “N o hubo mala voluntad de ninguna
de las partes.”
Mientras tanto, The Slits navegaba sin rumbo, con Ari Up sucumbiendo
a un panteísmo místico de influencias rasta. “Solo veo al Creador en todo”, le
dijo a un entrevistador. Proponiendo cierto tipo de cosmología del ritmo, “In
the Beginning There Was Rhythm” [Al principio era el Ritmo] veneraba a
todos los patrones palpitantes que estructuran la realidad: “G od is riddim [... ]
Riddim is roots and roots is riddim [...] SILENCE!/ Silence is a riddim too!”
[Dios es ritmo [...] El ritmo es origen y el origen es ritmo [...] ¡SILENCIO!/ ¡El
silencio también es un ritmo!]. Ella y Neneh Cherry habían descubierto los
84 inicios de la escena hip-hop en un viaje a Nueva York, y fue escuchar rap por
primera vez lo que inspiró el estilo percusivo, tipo cántico, de su voz en “In
the Beginning There Was Rhythm”. “Cada sonido que uno escucha es ritmo”,
explicó la cantante. “Coger es ritmo, y también lo es el planeta dando vueltas
y cada paso y cada latido del corazón. El modo de abordaje de tu música es el
modo en el que abordas tu vida... Ritmo y vida van juntos.”
Com o proyecto paralelo a The Slits, Ari Up formó New Age Steppers, una
colaboración con el productor de dub Adrian Sherwood y sus músicos sesio-
nistas, los Creation Rebel. Otro fanático blanco del reggae, Sherwood com
partía un departamento ocupado con Ari y Neneh en Battersea. “Adrian era
verdaderamente diligente”, dice Ari. “Manejaba a varios artistas de música
reggae y distribuía y vendía discos de reggae, los vendía desde la parte trasera
de su camioneta; aprendió solo cómo ser ingeniero de grabación. Nos asocia
mos y a mí se me ocurrió el nombre New Age Steppers. ‘Stepper’ en el senti
do en que se usa para nombrar a aquellos que bailan música reggae, y ‘New
Age’ porque representaba el nuevo milenio.” Editado la primera semana de
1981, el primer single de la banda, “Fade Away”, incluye una de las mejores
actuaciones vocales de Ari Up. Su fatalismo “confía en Jah” (los ávidos de poder
y aquellos que solo piensan en el dinero “desaparecerán” todos, dejando solo
al dócil y al justo para que hereden la tierra), sin embargo, sonaba desconcer-
tantemente pasivo, casi sugiriendo un retirada a la serenidad de tipo hippie.
Un tercer disco de The Slits, Return ofthe Giant Slits, hizo a la banda aban
donar la escena independiente para firmar una vez más con otra discográfica
grande, incluso aún más grande que Island: CBS. Influenciado por la música
africana, Sun Ra y Don Cherry (el padre de Neneh y uno de los pioneros del
jazz etnodélico), el experimentalismo difuso y discreto del disco cayó en un
mercado hostil. En canciones como “Animal Space”, el panteísmo de Ari Up
tom ó un giro eco-místico. “ Earthbeat”, por ejemplo, era un lamento para una
Madre Tierra en extremo maltratada y dolida (“ Even the leaves are wheezing/
Even the clouds are coughing” [Incluso las hojas jadean/ Incluso las nubes
tosen]). Luego de que la banda finalmente se separara, la cantante huyó de
Babylon (léase: el Primer M undo industrial) en busca de cualquier refugio de
naturaleza no dañada que pudiera encontrar. Saltando de la Jamaica rural a las
selvas de Belice y Borneo (donde vivió junto a las tribus aborígenes locales),
se convirtió en una verdadera madre de la tierra con una familia propia. Para
otros en el entorno Slits/Pop Group, virar hacia la world music ya bastaba; los 85
“ritmos de la resistencia” de África se transformaron en el nuevo roots reggae
para una cierta rama del postpunk.
The Pop Group se desintegró en múltiples bandas. Maximum Joy y Pigbag
estaban tras versiones ligeramente diferentes del funk. Pigbag, bajo la direc
ción de Simon Underwood y todavía asociada al sello de Dick O 'D ell, Y
Records, consiguió un enorme hit en el Reino Unido con “Papa's G ot a Brand
New Pigbag” y se convirtió en un verdadero “pop group” [grupo pop]. Bruce
Smith y Gareth Sager, los freejazzers más fervientes de The Pop Group, for
maron Rip Rig & Panic, así bautizada en honor a un viejo disco de Roland
Kirk. Sazonaban sus entrevistas con jerga beatnik com o "cat", “dig” y “out
there", mientras que su música brincaba y jugueteaba en una extravagancia
bufonesca. Rip Rig & Panic era básicamente The Pop Group sin el elemen
to reggae ni la política. “Sí, era solo la música”, dice Smith. “Ni siquiera tení
amos cantante. Sager y nuestro pianista, Mark Springer, canturreaban un po
quito de tanto en tanto, pero en realidad no tuvimos voces propiamente
hablando hasta que Neneh se nos unió un poco más tarde.” En una entrevis
ta de la primera época, con The Pop Group apenas separado, Sager denostó
de modo indirecto a su ex camarada Stewart diciendo: “Definitivamente, es
tiempo de quitarse a los llorones de encima. Me gustan los cats que se quejan,
pero que al mismo tiempo dicen ‘sí”’.
Stewart, mientras tanto, desarrolló una relación con Adrian Sherwood y
los músicos que estaban asociados a su sello On-U. Cantó en el primer disco
de New Age Steppers y luego hizo su debut solista en octubre de 1982, con
una versión esta vez sí completamente lograda del himno inglés que The Pop
Group hubiera masacrado en Trafalgar Square algunos años antes. Producido
por Sherwood y mezclando oleadas de órgano tipo iglesia con los bajos estre-
mecedores del dub, el “Jerusalem” de Stewart une la visión de Blake, esa de
Albión como tierra prometida, con el Sión del sueño rasta. Su proclama “ I
shall not cease from mental fight nor shall m ysw ord sleep at my side/ ’Til we
have built Jerusalem in England’s green and pleasant land” [No cesaré en mi
combate mental ni dormirá mi espada a mi lado/ Hasta que hayamos cons
truido Jerusalén en la verde y dulce tierra de Inglaterra] era una declaración de
objetivos para la carrera de Stewart como guerrero cultural. Asombrosamente,
Stewart sigue demoliendo Babylon a los gritos casi treinta años más tarde.
86
CAPÍTULO 4
ENTRETENIMIENTO MILITANTE:
G A N G OF FOUR,
THE M E K O N S Y LA E S C E N A DE LEEDS
En Gran Bretaña, la década del setenta se sintió como una sola gran crisis. 87
Había huelgas continuas, cortes de luz masivos, saqueos a los supermercados
a manos de amas de casa desesperadas, una tasa de criminalidad creciente, pro
testas estudiantiles y constantes disturbios en respuesta a una policía racista.
El fascismo resurgió en las calles de las grandes ciudades y la campaña terro
rista del IRA se extendió fuera de Ulster, afectando a todo el Reino Unido con
atentados en pubs y asesinatos políticos. El reino estaba desunido, hirviendo
de resentimiento. Algunos lamentaban la pérdida del rol imperial de la nación
y retrocedían ante la realidad multicultural de la Gran Bretaña moderna. Otros,
mientras tanto, presionaban a favor de la revolución, interpretando cada uno
de los logros de las huelgas sindicales como una nueva victoria de los trabaja
dores en su cruzada por acercarse un poquito más al Día Glorioso.
Para mediados de los años setenta, los sindicatos estaban en la cima abso
luta de su poder. Sus filas exigían, de modo por completo comprensible, au
mentos salariales que siguieran el ritmo a una inflación desbocada; lamenta
blemente, esto solo hacía que los precios aumentaran aún más rápido y el país
pareciera estar aún más fuera de control. Usando todas y cada una de sus armas
-huelgas por solidaridad con otras causas, piquetes-, los sindicatos consiguie
ron derrocar al gobierno conservador en 1974. Durante los años de gobierno
laborista que siguieron, muchos sintieron que el primer ministro Jim Callaghan
de hecho compartía el ejercicio del poder con el Trades Union Congress, el
congreso que reunía a la gran mayoría de los sindicatos británicos. Tomaba
impulso una inevitable reacción de la derecha. La gente especulaba acerca de
golpes supuestamente tramados por los militares y murmuraba acerca de ejér
citos privados comandados por brigadieres retirados que entrenaban en los
campos ingleses al abrigo de las penumbras. También aparecieron múltiples
grupos de presión legítimos, como la Middle Class Association y la National
Association for Freedom, ambas abocadas a apaciguar a los sindicatos, resistir
se a la “decadencia de los valores morales” y volver a ubicar la palabra “Gran”
en el lugar que le correspondía delante de “Bretaña”.
En medio de este contexto polarizado, la decisión de un grupo de estu
diantes de la Universidad de Leeds de bautizar a su banda como Gang ofFour
[La Pandilla de los Cuatro] era sin lugar a duda un gesto provocativo. El nom
bre era un m odo peyorativo de referirse a los cuatro líderes máximos de la
Revolución Cultural China que habían gobernado el país hasta apenas des-
88 pués de la muerte de Mao en septiembre de 1976, cuando fueron arrestados
por el nuevo premier de la República Popular.
La Revolución Cultural de 1965-1968 -e l maoísmo en su pico más radi
cal e intransigentemente antiburgués- estaba todavía fresca en la memoria co
lectiva. En 1977, por ejemplo, uno todavía podía encontrar grupos maoístas
activos en muchos de los campus del Reino Unido. Los futuros integrantes de
Gang o f Four no eran de hecho maoístas -n i siquiera eran, para el caso, miem
bros afiliados del Partido Com unista-, pero sí eran, con toda seguridad, pro
ducto de la cultura universitaria de izquierda de los años setenta, aún más sig
nada por la militancia estudiantil que aquella de la década anterior. Tanto en
Leeds como en todas las demás universidades del Reino Unido, los estudian
tes inflaban las filas de grupos trotskistas como el International Marxist Group
y el Socialist Workers Party, y se unían a los piquetes montados por los mine
ros y los estibadores en huelga.
Mientras los activistas comprometidos repetían la línea del Partido cual
si fuera un libro de texto, había asimismo otra cultura académica de izquier
da, más difusa, que se organizaba alrededor de un acercamiento más libre y
ecléctico a la teoría radical. Esta corriente autodidacta y “progre" se alimen
taba de libros de bolsillo usados y guías para principiantes sobre los pensa-
dores clave del siglo ^ X , todo el panteón neomarxista -G ram sci, Lukács,
Benjamín, Adorno, Althusser- incluido. Leaving the 20'h Century, una atrac
tiva antología delgada y de color verde de textos y gráficas situacionistas, era
el objeto fetiche “chic-radical” del momento. Fusionando sistemas de pen
samiento por lo general incompatibles, los compuestos resultantes no tenían
rigor teórico alguno, ni desde el austero punto de vista de los académicos se
rios ni desde la rigidez de la posición de los ideólogos. En el ám bito de la
música rock, no obstante, apenas un poquito de rigor es vigorizante y esti
mulante; demasiado rigor es sencillamente rigidez, por supuesto, pero Gang
o f Four se las ingenió para dar con el equilibrio justo. En la gran tradición
del art rock británico, la teoría ayudó a G ang o f Four a dar con el tipo de
invenciones conceptuales de las que las bandas que evolucionaron más or
gánicamente nunca fueron capaces.
El Departamento de Bellas Artes de la Universidad de Leeds, que fue el
responsable de engendrar tanto a G ang o f Four como a sus bandas gemelas
The Mekons y Delta 5, animaba este tipo de enfoque conceptual. Se conside
raba que la teoría estaba inseparablemente entrelazada con la práctica artísti- 89
ca. T.J. Clark, el director del departamento, había sido uno de los miembros
del breve capítulo británico de la Internacional Situacionista. Terry Atkinson,
el tutor del estudio de pintura que se paseaba entre los estudiantes discutien
do sus trabajos, alguna vez había formado parte del ultra riguroso colectivo
Art and Language. Echando mano al marxismo y a la teoría estética dura, Art
and Language creaba obras que combinaban materiales visuales y texto (pós-
ters políticos, filosofía, incluso partituras musicales) y, por algún tiempo, hasta
abandonó por com pleto la producción artística en pos de la crítica. Tom
Greenhalgh, de The Mekons, disfrutaba del enfoque sarcástico y combativo
de Art and Language; le divertía la manera en la que sus integrantes denosta
ban a otros críticos por ser “confusos y vagos y promover la mística del Arte”.
Absorbiendo esta sensibilidad, The Mekons y Gang o f Four crearían una es
pecie de meta-rock, un rock radicalmente autocrítico y alerta.
Leeds de hecho tenía una cantidad inusitada de estudiantes de arte. Además
de la universidad propiamente dicha, cuenta Greenhalgh, “el Politécnico de
Leeds tenía su propio departamento de arte, que era excelente; allí estaban pa
sando muchas cosas alrededor del arte performativo y el video. Y también es
taba el Leeds College o f Art”. Considérense todos los estudiantes de Leeds que
no eran alumnos de las escuelas de arte y uno tenía la receta perfecta para una
tensión sociedad-universidad considerable. “ Era una ciudad de clase trabaja
dora del norte del país con un puñado de estudiantes -la mayoría de ellos no
nacidos en Yorkshire- tirados en el medio”, dice Hugo Burnham, el baterista
de Gang ofFour. “‘¡Malditos estudiantes!’ era una expresión que uno escucha
ba bastante seguido.”
La tensión aumentó a causa de la percepción -n o del todo infundada- de
que los estudiantes se la pasaban vagueando todo el día gracias a las becas uni
versitarias cortesía del gobierno y emborrachándose todas las noches con cer
veza baratísima, también subsidiada, en sus bares de universitarios. Mientras
tanto, la gente común y corriente trabajaba duro o, cada vez más y aún peor,
subsistía con exiguos subsidios de desempleo. En las zonas industriales de
Yorkshire, al tiempo que se iniciaba el declive de las industrias pesadas tradi
cionales, los índices de desocupación crecieron más del doble entre 1973 y
1978. A medida que las expectativas de los habitantes locales más jóvenes se
estrechaban, la extrema derecha se fortalecía. Leeds se convirtió en el baluar-
90 te boreal del criptofascista National Front y en el hogar de organizaciones ex
plícitamente neonazis y decididamente activas como el British Movement y la
League o f St. George. “ En nuestro primer recital hubo un grupo de skinheads
que vino buscando pelea”, recuerda Burnham. “ El clima se puso realmente feo.
Los skins estaban insultando a Andy Gill y entonces él golpeó a uno de ellos
en la cara con su guitarra.” Irónicamente, Burnham, con su cabeza rapada, a
menudo era confundido con un skinhead. “Me veían ahí, con el pelo corto,
mis borceguíes Doc Martens y mis tiradores, y se me acercaban y me pregun
taban si me gustaba Screwdriver, la banda de punk oi!.”
Burnham, en realidad, estaba estudiando dramaturgia en la Universidad
de Leeds, indeciso entre intentar montar un grupo de teatro radical o jugar
al rugby, un deporte que le sentaba a su baja altura y su contextura fornida.
“Me sentí atraído hacia este grupo de bebedores de la Escuela de Bellas Artes,
parecían ser la gente más interesante que había por ahí en aquel entonces.”
El centro de la escena era un pub llamado T he Fenton, estratégicamente ubi
cado a m itad de camino entre la universidad y el politécnico. Un lugar de reu
nión para radicales e inconformistas ya bien establecido, sus clientes eran una
mezcla de varias generaciones de bohemios: reliquias barbudas de los años se
senta, gays, anarquistas y “la nueva cam ada’, con sus chaquetas de cuero y sus
borceguíes Doc Martens. “Siempre estaba repleto, la gente toda am ontona
da y todo el mundo de fiesta” , recuerda Greenhalgh. Fueron tanto el
Departamento de Bellas Artes de la Universidad de Leeds como la agitación
argumentativa teñida de cerveza de The Fenton los que dieron forma a Gang
o f Four y The Mekons.
Gang o f Four se alimentaba de la fricción. “Andy había llegado a dominar
a la perfección el arte del agravio”, dice Burnham. “Te sacaba de las casillas.
Uno consigue hacerse una idea de eso escuchando el m odo en el que toca la
guitarra, es súper espinoso.” Siguiendo el estilo dentado y entrecortado de las
guitarras rítmicas -q u e funcionaban como guitarras líderes- de Wilko Johnson
en Dr. Feelgood, Gill hada saltar duras arm onías y un funk astillado que
provocaban que el oyente se encogiera de m iedo ante las esquirlas que salí
an disparadas de los bafles.
Era su amor por Dr. Feelgood -su sonido despojado, su aura de violencia
apenas contenida-, de hecho lo que unía a Gill, a Burnham y a Jon King, el
cantante de G ang o f Four. Sin embargo, en algún momento entre su primer
recital, en mayo de 1977, y su primer disco, el EP Damaged Goods, de octubre 91
de 1978, ocurrió una transformación drástica. Reclutado a través de un anun
cio que apelaba a los mismos términos con los que Dr. Feelgood se describía
a sí misma (“una banda de rivvum & blues rápido”), el bajista DaveAllen em
pujó finalmente a Gang o f Four hacia el punk funk. Músico consumado que
ya había trabajado como sesionista, Allen ansiaba tener la posibilidad de hacer
música “como Stevie Wonder pero heavy” desde antes de entrar a Gang o f
Four. A cambio de esto, el resto de la banda entrenó a su nuevo bajista para
que tocara menos, usando, de acuerdo a Burnham, solo “un cuarto de las notas
que sabía tocar”. Gang o f Four mantenía su música austera y severa. Andy Gill
evitaba los efectos que espesaban el sonido, como el fu zz y la distorsión, y
Burnham le huía a los platillos estridentes. Todo lo que evitaban definía el es
tilo de la banda tanto como sus elecciones afirmativas. “En ve:z de solos de gui
tarra teníamos anti-solos, momentos en los que sencillamente parabas de tocar
y simplemente dejabas un agujero”, dice Gill. El tejido mismo del sonido de
la banda era abrasadoramente diferente. Los amplificadores valvulares esta
ban prohibidos, dice Gill. “Hoy todo guitarrista quiere un amplificador val
vular; los amplificadores valvulares son el prerrequisito para un sonido rock
‘gordo’, para ese ‘calor' del que la gente habla. Yo tenía amplificadores a tran-
sistores: un sonido más crispado y limpio, más frío. Gang o f Four estaba en
contra del ‘calor'.”
La banda también evitaba el fragor de la espontaneidad del rock, esa sol
tura intuitiva de dejar que las canciones emergieran “orgánicamente” a partir
de zapadas. “Nada de zapar; ese era nuestro único fascismo”, dice Gill. “ Todo
estaba pensado de antemano.” Burnham le encontraba la vuelta a partes de ba
tería totalmente extrañas que invertían o frustraban los movimientos rítmicos
tradicionales del rock, como el mecánico rulo de batería de “Love Like Anthrax”
o lo que el propio Burnham llama el “continuo flujo de la batería en ‘Guns
Before Butter', que suena como si alguien estuviera cayendo por las escaleras”.
En vez de apilar los instrumentos para conseguir una pared de sonido de mu
chas capas, Gang o f Four le daba a cada instrumento espacio para respirar.
Guitarra, bajo y batería existían más o menos en pie de igualdad. En sus can
ciones más electrizantes -el paroxismo tirante y geométrico de “Natural's Not
In It”, por ejemplo-, todo funcionaba como ritmo, exactamente igual que en
el funk de James Brown.
92 Este equilibrio igualitario entre todos los músicos encarnaba las creencias
colectivistas de la banda. “Es música democrática, no tenemos esa cosa de la
‘estrella’”, declaró Jon King. Dave Allen insistía: “Gang o f Four no cree en el
individuo, y creemos que cualquier cosa que uno haga es ‘política', con p mi
núscula”. Estos ideales permeaban cada aspecto de la existencia de la banda,
desde el modo en el que componían (componían los cuatro juntos) hasta la
división en cuatro de los derechos de autor y los intensos debates constantes
acerca de cuestiones tanto internas como externas al grupo. A excepción de los
roadies, que cobraban el doble cuando estaban de gira, cada miembro de la
banda y su entorno recibía, además, el mismo salario (treinta libras).
Al principio, The Mekons solo era una extensión de este colectivo intem
pestivo. ‘'Aunque sin tener papel membretado alguno que lo probara, Gang o f
Four y The Mekons eran virtualmente una cooperativa que compartía equi
pos y sala de ensayo”, dice Burnham. “Hacíamos fechas juntos y nos turnába
mos para cerrar los shows.” La versión del rock democratizado de The Mekons
no era exactamente la misma que la de Gang ofFour, sin embargo. Era menos
disciplinada y menos tensa, más caótica y desprolija. El guitarrista Kevin Lycett
listó los principios fundantes de la banda: “que cualquiera podía hacerlo; que no
queríamos ser estrellas; que no éramos una banda formada en tanto tal, que
cualquiera podía sumarse y que los instrumentos se intercambiarían a antojo;
que no habría distancia alguna entre la audiencia y la banda; que no éramos
especiales”. Mark White, otro de los miembros fundadores, nunca había toca
do el bajo y, en la primera zapada de la banda, usó una llave como púa. Lycett
tocaba una guitarra usada por completo maltrecha que solo le había costado
diez libras. Mezclando eufóricamente informalidad e ineptitud, los primeros
recitales de The Mekons eran un “completo caos art noise”, recuerda Burnharn.
“Abrieron el segundo show de Gang ofFour y pusieron un sillón en el escena
rio para representar una nave espacial. Le habían pintado la palabra ‘nave es
pacial' encima. Fue una genialidad absoluta.” Las letras, leídas de un pedazo
de papel, degeneraban en un farfulleo improvisado. Los amigos de la banda
se paseaban por arriba y por abajo del escenario. En otro show, el set entero se
desintegró de modo extraño porque alguien había escrito -sin querer- una lista
de temas distinta para cada miembro de la banda.
Tomándose aún más seriamente que los integrantes de Swell Maps el ideal
punk de que “cualquiera puede hacerlo”, The Mekons no debería haber lle
gado a ningún lado. Sorprendentemente, sin embargo, para su segundo show 93
ya tenían un contrato discográfico. Estaban abriendo para la banda escocesa
de pop-punk The Rezillos en el F-Club, el club new wave más importante de
Leeds. Bob Last estaba entre la audiencia y decidió que The Mekons era la
banda perfecta para lanzar su sello, Fast Product, que para ese entonces toda
vía era una marca sin producto que la completase. Un tanto molestos por haber
sido tan raudamente rebasados por sus supuestamente menos serios camara
das, los miembros de Gang o f Four enseguida se aplacaron cuando firmaron
contrato, también ellos, con Fast Product.
Un pandemónium de guitarras crudas y baterías cavernícolas, “Never Been
in a Riot”, el single debut de The Mekons, era un argumento sonoro a favor
de la proposición que afirmaba que el rock, en palabras de Mary Harron, de
Melody Maker, “es el único tipo de música que, en realidad, pueden hacer mejor
aquellos que no saben tocar sus instrumentos que aquellos que sí”. Al princi
pio, de cualquier manera, no todo el mundo compró el argumento. Rough
Trade, de hecho, no lo compró literalmente, negándose a recibir copias del sin
gle y diciendo que sencillamente era demasiado malo. “Apenas más tarde, sin
embargo, se transformó en el Single de la Semana en NMI!', recuerda Last. “Y
todo el mundo, incluyendo a Rough Trade, lo quería.”
La bendición de N M E era aún más significativa porque venía de parte del
punk rocker residente del semanario, Tony Parsons, que consideró la letra de
“Never Been in a Riot” [Nunca he estado en un disturbio] como una sátira
iluminada de la postura “peleador callejero” de The Clash (“W hite Riot”, la
alusión a las “ametralladoras Sten en Knightsbridge” en “ 1977”, etcétera). De
acuerdo con Greenhalgh, la canción está más cerca de ser algo así com o una
adm isión de vulnerabilidad. “ Que uno podría estar en un disturbio y estar
asustado. Ser sincero respecto de ese tipo de debilidad en vez de intentar si
mular una valentía y una dureza que no existen.” Todo esto era parte del pro
yecto modesto y humanizante de The Mekons: una negación taxativa a ser me-
gaestrellas míticas. Más tarde, todavía en 1978, Tony Parsons entrevistó a la
banda como parte de una nota especial de N M E sobre la escena de Leeds.
Coherente con sus ideales, The Mekons insistió en que “nada de fotos ni ape
llidos. ¡No queremos presentarnos como personalidades individuales!". Dice
Greenhalgh: “C om o no queríamos que N M E publicara fotos nuestras, hicimos
esta criatura, una marioneta, y le colgamos una guitarra”. D e todos modos, el
94 fotógrafo Steve Dixon les robó una instantánea.
Mientras The Mekons volteaba tanto al lenguaje melodramático del rock
tradicional como a su sucesor punk (el artilugio del “guitarrista como guerri
llero” d eT h e Clash), Gang o f Four se había ido haciendo gradualmente de
una reputación com o un cierto nuevoThe Clash mejorado, punk político agi-
tadorcon un fundamento más o menos decente en la teoría. “ Damage Goods”,
el título del tema que le daba nombre a su primer EP, mostraba que la banda
había hecho su tarea marxista y conocía cosas como el “fetichismo de la mer
cancía” y la “reificación”. “ Damage Goods” usa el lenguaje del comercio y la
industria como un prisma que ofrece percepciones desconcertantes respecto
de las cuestiones del corazón. Con un ingenio oscuro, la canción narra una se
paración en términos de reembolsos y costos emocionales: “Open the till/ Give
me the change you said would do me good [...] You said you’re cheap but you’-
re too much” [Abre la caja/ Dame el vuelto que dijiste me haría bien [...] Dijiste
ser barata péro eres demasiado].
El otro tema destacado del EP, “Love Like Anthrax”, era una disección del
romance todavía más despiadadamente fría. A decir verdad, la música ya era
lo bastante alienante por sí sola. “ Está ese beat de batería rarísimo y comple
tamente robótico junto a esa extraña línea de bajo que no es más que un loop
de dos notas, o sea que tanto el acento de la batería como el del bajo caen de
lleno y exclusivamente en el lugar menos esperado”, explica Gill. “Y encima
de todo eso entra mi guitarra haciendo un ruido improvisado y por completo
aleatorio.” La cacofonía huracanada de Gill no tenía nada que ver ni con los
maremotos de ruido blanco de T he Velvet Underground ni con el uso orgiás
tico pero a la vez controlado que Hendrix hacía del acople para ensuciar las lí
neas melódicas. En la tradición romántica del rock, el acople siempre había
significado, típicamente, ser engullido por el océano, una extática avalancha
de olvido dionisíaco. En manos de Gill, sin embargo, solo sonaba como una
migraña, lo que le calzaba a la temática de “Love Like Anthrax” (el amor como
una fiebre cerebral debilitante, algo de lo que cualquier persona racional hui
ría como de la peste) a la perfección. En la letra, King se queja de sentirse como
“un escarabajo dado vuelta”. Está paralizado y literalmente vaciado, con todos
sus pensamientos enamorados chorreando “como orina'' por la alcantarilla.
“Love Like Anthrax” está construida como si fuera cierto tipo de dueto es-
tereofónico brechtiano. Mientras King llora el lamento del amante herido desde
un parlante, Gill recita detalles áridos como el desierto acerca del proceso de 95
grabación desde el otro. Burnham una vez comparó “Love Like Anthrax” con
las técnicas de pantalla partida que Godard usó en Número dos, la película de
1975 en la que la vida diaria de una familia francesa de clase obrera se yuxta
pone con escenas más disonantes, más privadas, de esos mismos personajes.
Gill y King dirigieron el cineclub estudiantil de la Universidad de Leeds, por
lo que deben de haber estado familiarizados con el trabajo de Godard: los me
dios de producción expuestos de m odo deliberado (como la claqueta que se
cruza velozmente de tanto en tanto en La Chinoise); la desarticulación (erro
res de continuidad, igualaciones de línea de visión incorrectas, jaw p cuts, falta
de congruencia entre las imágenes y el sonido); los personajes atravesando la
“cuarta pared” para dirigirse a la audiencia; todos esos tics estilísticos diseña
dos para hacer que el espectador tome conciencia del cine como artefacto y ar-
tilugio. Gang ofF o u r y Godard mantenían ambos una actitud recelosa y aler
ta respecto de las seducciones de sus respectivas formas de arte. Godard describía
el cine como “el fraude más hermoso del mundo” y veía sus películas como
una forma de crítica activa. Colaborador de los Cahiers du Cinéma por mucho
tiempo, escribió: “Sigo siendo un crítico tanto como siempre lo he sido. La
única diferencia es que ahora, en vez de escribir crítica, la filmo”. Tanto Godard
como Gang o f Four se vieron inevitablemente forzados a enfrentar acusacio
nes similares de parte de los tradicionalistas: demasiado concepto y demasia
da teoría; falta de emoción, de sensualidad, de “calor”.
Detrás del director/provocador y de la banda de funk política y agitado
ra yacía una fuente en común: el teatro antinaturalista y descaradamente di
dáctico de Bertolt Brecht. Lo que Brecht llamaba “teatro épico” confrontaba
al espectador con una realidad arbitraria y absurda. En vez de sentir que los
infortunios del protagonista estaban en consonancia con la naturaleza ya de
cretada de la realidad (y, por lo tanto, como ocurre en la tragedia, que eran
de algún modo nobles), se suponía que uno debía sentir que “los padecimien
tos de [el protagonista] me consternan, porque son innecesarios”. Los “efec
tos de alienación” de Brecht dislocaban al espectador en relación con sus pro
pias “reacciones naturales” , tajeando el supuesto realismo, para ofrecer en
cambio un atisbo de las estructuras profundas que organizan nuestras vidas.
Por lo demás, el imperativo de Brecht - “lo que es ‘natural’ tiene que tener la
fuerza de lo que alarma”- estaba a su vez en sintonía con la obra de otro pen-
96 sador marxista, Antonio Gramsci, cuyo trabajo estaba siendo redescubierto
en los años setenta. De acuerdo con este último, la clase dominante ejercía la
“hegemonía” haciendo que los m odos en que funciona el mundo parezcan
mero “sentido común”. La crítica radical, afirmaba Gramsci, debía desenmas
carar cada pedacito aparentemente obvio y autoevidente de sentido común
como algo construido por la mano del hombre, como una “verdad” construi
da para servir a los intereses de alguien.
Fanático de Brecht hasta el punto de tener su foto pegada en una de las
paredes de su departamento de Edimburgo, Bob Last incorporó efectos de
alienación en el arte de tapa de Damage Goods. “La banda me envió una carta
que era súper precisa respecto de lo que quería en la tapa”, dice. Dentro del
sobre, junto con la carta, había un recorte de diario con una fotografía de una
torera y un toro acompañada de un diálogo. La torera explica: “Los dos esta
mos en el negocio del espectáculo, ¿sabes? Tenemos que darle a la audiencia
lo que quiere. No me gusta hacer esto, pero así gano el doble de lo que gana
ría si tuviera un trabajo de oficina cualquiera”. El toro responde con un gru
ñido: “Creo que a la corta o a la larga todos tenemos que hacernos cargo de
nuestras propias acciones”. Al final, Last ignoró los deseos de Gang o f Four
y diseñó otra tapa, pero reprodujo la carta y el trozo de diario mal cortado en
la parte trasera del sobre interno. “No podría decirse que a la banda le encan
tó que hiciera eso”, recuerda Last. “Pero estoy seguro de que supieron reco
nocer que, en tanto se suponía que estaban interesados en la deconstrucción,
¡esto era un gesto irrefutable!”
Editado en el otoño de 1978, DamagedGoods fue recibido como un descu
brimiento mayúsculo. Aquí había una banda que había hallado una manera
completamente nueva de sortear el espinoso desafío de incluir la política en el
rock. Abrasivos pero accesibles, los G ang o f Four conseguían evitar tanto la
protesta sermoneadora al estilo de Tom Robinson como el didactismo intimi-
datorio de los vanguardistas como Henry Cow. La forma era tan radical como
el contenido y, así y todo, rockeaba. Hasta se podía bailar.
Después de Dam aged Goods, los miembros de Gang o f Four, animados
por el propio Last, tomaron la controvertida decisión de abandonar la esce
na independiente para firmar con una compañía discográfica grande. Dado
el impulso propagandístico de la banda, la idea de llegar al mayor número de
personas posible tenía sentido. También estaba a tono con una de las temáti
cas centrales del grupo, el entretenim iento. Era mucho más provocativo 97
intensificar las contradicciones implícitas del caso pasando a operar justo en
el centro de la industria del entretenimiento del rock. Mientras otras bandas
políticamente comprometidas se rasgaban las vestiduras angustiadas por la
sola posibilidad de quedar vinculas a conglomerados multinacionales, Andy
Gill y sus camaradas sentían que el sueño de The Pop Group y The Slits de
“escapar de Babylon era una estupidez retorcida, por mucho que nos gusta
ran ambas bandas. Para nosotros el punto era no ser ‘puros’. Las canciones de
Gang o f Four se trataban m uy a menudo de la im posibilidad de tener ‘las
manos limpias’ . Sencillamente, no podía ser parte de nuestra agenda trabajar
para un sello de verdad independiente, como si tal cosa fuera siquiera posi
ble”. Aunque Gang o f Four fue cortejada por varias discográficas importan
tes, fue EMI la que resultó elegida, precisamente a causa de su tamaño m ono
lítico y su imagen gris. Junto con su aparato de distribución de alcance
mundial, EMI les ofrecía un sorprendente nivel de control creativo. De acuer
do con Gill, su trato con EMI era casi un arreglo de “producción y licencia” :
Gang o f Four entregaba las cintas con el álbum ya terminado, que también
había sido producido por ellos mismos. La banda diseñaba asimismo sus tapas,
sus pósters, sus anuncios de prensa y sus parches.
El segundo single de The Mekons para Fast Product, el éxito indie “Where
Were You?” , se editó hacia finales de 1978 y enseguida agotó su primera ti
rada de 27.500 copias. Igual que Gang o f Four, de todos modos, The Mekons
también sería eventualmente persuadida por su propio sello de ascender a las
ligas mayores y firmar con Virgin. “Bob Last nos convenció de que el mero
hecho de firmar con un sello independiente no conllevaba superioridad moral
alguna”, dice Greenhalgh. Emboscados por el éxito, The Mekons tenía, invo
luntariamente, una verdadera carrera profesional entre las manos; su nivel de
actividad en vivo había alcanzado tal grado de ajetreo que, de hecho, necesi
taba el tipo de financiamiento que solo una compañía discográfica grande podía
proveer. El ascenso de la banda alcanzó su punto más alto en marzo de 1979,
cuando formaron parte de lo que las publicaciones musicales apodaron (medio
en chiste, medio en serio) “el recital del siglo” : una exhibición/presentación
de “música nueva” en el Lyceum Theatre de Londres que incluía a G ang o f
Four y a una tercera banda de Fast Product, T he Human League, más The
Fall y Stiff Little Fingers. N o mucho después de este show, no obstante, el
98 intento de T he Mekons de infiltrarse en el mainstream dejaría de salir de
acuerdo a lo esperado.
El éxito masivo en realidad no terminaba de sentarle del todo bien a una
banda armada alrededor del encanto de lo amateur. Grabado en The Manor,
el prestigioso estudio de Virgin, The Quality ofMerey Is Not Strnen, el primer
LP d eT h e Mekons, terminó sonando sin vida. Para finales de 1979, el grupo
parecía estar irremediablemente confundido; en las entrevistas, negaban de
m odo tajante el hecho de haber pretendido hacer de la ineptitud una virtud
(“siempre intentamos desesperadamente tocar bien”, le dijo Greenhalgh a
Melody Maker). Aunque la banda fue abandonando de forma gradual sus poco
prácticos principios de antaño (nada de fotos, nada de culto a la personalidad),
así y todo, sus miembros eran al mismo tiempo demasiado humildes como
para aprovechar las posibilidades de la fama. “C uando empezamos, la única
razón de ser de toda nuestra existencia como banda era que habíamos hecho
este disco horrible que nunca debería haber sido un disco, pero lo fue”, dijo
Greenhalgh. “Y éramos una banda que nunca debería haber sido una banda,
pero lo fue. Ahora estamos en un momento en el que ese tipo de razones para
existir son meramente irrelevantes. Así que se trata de preguntarnos, ¿enton
ces qué somos en realidad?” Pasarían cinco años antes de que T he Mekons
descubriera un nuevo y brillante propósito para existir, todo esto tras un do
loroso proceso intermitente de reinvención.
Mientras T he Mekons se esforzaba por promocionar The Quality ofMercy
h Not Strnen, Gang of Four lanzaba su primer single editado por una disco-
gráfica grande, ‘'At Home He Feels Like a Tourist”. La letra criticaba lateral
mente al esparcimiento y el entretenimiento como sustitutos de la verdadera
satisfacción y la verdadera estimulación. Oscura líricamente hablando, la can
ción era, en términos sonoros, lo más cruelmente austero y convincente de
Gang o f Four hasta el momento. La guitarra explosiva de Gill tajeaba el teji
do robótico/hipnótico de la batería y el bajo, que sonaban, en palabras de Jon
King, como “música disco perversa”. “At Home He Feels Like a Tourist” in
cluía, sin embargo, un verso acerca de las discotecas que, de hecho, habría de
costarle su primer revés a la banda. Em pujado por una rotación constante en
la programación nocturna de Radio One, el single alcanzó los últimos pues
tos del Top 75 del Reino Unido, motivo por el cual Gang o f Four fue invita
da a aparecer en Top o f the Pops, una oportunidad de oro para entrar en el co
razón de la cultura de masas. La exposición ante una audiencia de diez millones 99
de personas aseguraba casi por completo que el single saldría disparado hasta
el Top 30 una semana más tarde. Pero, el día del programa, los productores
objetaron la línea “the rubbers you hide in your top left pocket” [los forros
que escondes en el bolsillo izquierdo de tu chaqueta], línea que era parte de
un verso que trataba acerca de las discotecas y su manera de hacer dinero ven
diendo sexo o, al menos, su promesa. Gang o f Four ofreció cambiar el ordi
nario término callejero que hacía referencia a los preservativos [rubbers] por
algo más neutral y am biguo como “packets” [gomas]. Top o f the Pops insistió
en que la palabra original fuera reemplazada por “rubbish” [basura], porque
con “packets” el cambio se notaba demasiado y no querían que nadie sospe
chase que había habido censura. Después de un debate agotador, todo a mi
nutos de que la cinta empezara a correr y la banda tuviera que salir a escena,
Gang o f Four se negó.
De todas formas, “At Home He Feels Like a Tourist” siguió subiendo en
los charts y To<p o f the Pops volvió a invitar a la banda, aunque manteniendo
las mismas condiciones. “D ecidim os morir en la nuestra”, dice Burnham.
Estuvimos todos juntos y de acuerdo en esa decisión, y se sintió genial. Pero,
visto en retrospectiva, negarnos a aparecer en Top o f the Pops básicamente mató
nuestra carrera.” Burnham está convencido de que el single se hubiese dispa
rado hasta el Top 30 después de la enérgica presentación de la banda en tele
visión. “Y además, no hubiésemos perdido el apoyo de un número importan
te de personas en EMI, que fue lo que nos pasó. ¡La cara de exasperación del
tipo del Departamento de Promoción cuando le dijimos que no íbamos a ir
a Top ofthe Pops!”
Aunque Entertainment!, su primer LP, fue relativamente bien recibido por la
crítica y vendió una cantidad razonable de copias, para los propios estándares de
Gang ofFour y considerando su ambición de infiltrarse en el mainstream el disco
fue una intervención que no había conseguido cumplir con las expectativas.
Considerado como un objeto artístico en sí mismo (y habida cuenta de su im
pacto a largo plazo), Entertainment! fue cualquier cosa menos un fracaso. Una
de las obras maestras definitorias del postpunk, todos y cada uno de los aspec
tos del disco (la letra, la música, el arte de tapa -esa famosa imagen del indio
engañado dándose un apretón de m anos con el cowboy que no puede esperar
a explotarlo—) están perfectamente alineados. El mero sonido del disco —so-
100 brio, chato, al m ism o tiempo provocador y distante— se destacaba.
Entertainment!, con su sonido en extremo “seco” (en el sentido técnico de los
ingenieros de sonido: “nada de reverb, baterías sin brillo”, dice Burnham), rom
pió con todas las convenciones respecto de cómo había que grabar música rock.
N o había intento alguno de capturar el sonido en vivo de la banda, ni un solo
gesto que indicara la intención de simular el sonido de una música que esta
ba siendo tocada en un espacio acústico real. “Visto en retrospectiva, hubiese
sido lindo poder escuchar esas canciones grabadas de m odo tal que sonaran
más fieles a nuestro sonido en vivo”, dice Burnham. Pero es precisamente eso
lo que fue parte del logro de Entertainment!, su efecto de alienación.
Entertainment! era un artefacto de estudio, una construcción a sangre fría.
Entertainment! también era “seco” en términos emocionales: usaba el es
calpelo del análisis marxista para diseccionar las mistificaciones del amor, la
“democracia capitalista” y el propio rock ’n’ roll. Las canciones retrataban re
laciones y situaciones de manera esquemática. Aunque Jon King solía cantar
en primera persona, había un elemento de despersonalización, una cierta sen
sación de que los protagonistas de las canciones eran movidos por fuerzas so
ciales impersonales. Com o sugirió Greil Marcus, uno de los primeros defen
sores de la banda, los personajes de sus canciones muchas veces parecían estar
a punto de liberarse de la “falsa conciencia’’ y aprehender las realidades estruc
turales que gobernaban sus existencias, pero, al final, nunca lo conseguían del
todo. Y así “C ontract”, uno de los temas más perturbadores del disco, redefi-
ne el matrimonio en términos de un arreglo de negocios, “un contrato de in
terés mutuo”. La canción se desplaza de los pormenores de una asociación dis
funcional -desacuerdos, sexo decepcionante- a la naturaleza guionada del
conflicto de la pareja infelizmente casada: “These social dreams/ Put in prac-
tice in the bedroom/ Is this so private?/ Our struggle in the bedroom” [Todos
estos sueños sociales/ Puestos en práctica en el dorm itorio/ ¿Son en verdad
tan privados?/ Nuestros problemas en el dormitorio]. Retrocediendo frente a
la “coerción de los sentidos” del consumismo, “N atural’s Not in It” insiste de
modo similar en que “no hay escape de la sociedad”. “N o Great Men” desafía
la historia escrita por los líderes poderosos, como los reyes y los generales, que
ignora a la gente común y corriente que construye sus palacios y pelea sus
guerras. En una nota en la revista Sounds, Garry Bushell dijo poder rastrear
la letra del tema hasta el famoso poema de Brecht “Preguntas de un obrero
que lee”, que termina con las líneas: “Cada página una victoria/ ¿Quién co- 101
cinó el festín de la victoria?/ Cada diez años un gran hombre/ ¿Quién pagó
la cuenta?” .
Tanto en ese entonces como ahora, las canciones “políticas” por lo general
sugieren, implícita o explícitamente, que el cantante y la audiencia están exi
midos de los males que están siendo reprendidos. Ya sea que se trate de una
protesta acusadora de dedo en alto o de un comentario social irónico, el pro
blema está al/d. En vez de dividir cómodamente el m undo en un “nosotros”
honrado y justo versus un “ellos” corrupto, las canciones de Gang o f Four im
plicaban a sus oyentes (y, por lo demás, a los propios miembros de la banda)
en los mismos procesos que se estaban criticando. Sin embargo, eso tampoco
quería decir que no había partidos que valiera la pena tomar o enemigos que
valiera la pena combatir. En la primavera de 1979, Gang o f Four participó del
Militant Entertainment Tour, una gira de un mes de duración que formaba
parte de los eventos a beneficio organizados por Rock Against Racism y que
consistía en una serie de recitales por todo el país junto a unas treinta bandas
más que se iban rotando en la programación. El objetivo principal de esta in
mensa campaña era el National Front, que para ese entonces estaba presentan
do candidatos para todas y cada una de las bancas del Parlamento de cara a las
inminentes elecciones generales de mayo de 1979 y, por tanto, se había gana
do el derecho a una cantidad considerable de transmisiones políticas gratuitas
en la televisión nacional. El telón de fondo de todo esto era la caída en apa
riencias inevitable del gobierno laborista de Callaghan a manos de los conser
vadores, liderados por Margaret Thatcher.
En enero de 1978, en una entrevista televisiva, Thatcher había expresa
do su preocupación por la inmigración usando la metáfora de la “inunda
ción” para describir el im pacto del m ulticulturalism o en el “carácter” y el
m odo de vida británicos. Respondiendo a una pregunta acerca del National
Front, dijo que, aunque la mayoría de la gente no estaba de acuerdo con el
punto de vista de la organización con respecto a la cuestión de la inmigra
ción y la repatriación, “por lo menos están planteando algunos de los pro
blemas”. Por el contrario, David Widgery, uno de los voceros clave de Rock
Against Racism y de la liga antinazi, imaginaba una coalición multicolor de
trabajadores y minorías uniéndose para construir una cultura británica hí
brida. “ Ella cree que estam os siendo ‘inundados' por esto”, le dijo a NME,
102 “pero yo quiero inundarla a ella”.
Leeds estaba en la vanguardia de esta guerra cultural. En parte debido a su
gran población universitaria, fue una de las primeras ciudades británicas en
fundar una filial local de Rock Against Racism. Claro que, al mismo tiempo,
una gran parte de la juventud de clase obrera de Leeds se sentía en cambio atra
ída por los grupos extremistas de derecha. El National Front, en un intento
por reclutar miembros de entre el público de The F-Club, lanzó lo que llamó
el “Frente Punk” de Leeds. Leeds t ^ b i é n fue el luugar donde nació Rock Against
Communism, un movimiento montado alrededor de bandas punk de derecha
locales como The Dentists, cuyas canciones incluían cortes com o “ Kill the
Reds” [Mata a los rojos], “M aster Race” [Raza superior] y “W hite Power”
[Supremacía blanca]. Los matones fascistas atacaban a las minorías raciales, a
los homosexuales y a los estudiantes cuyo aspecto los condenaba como de iz
quierda. En una ocasión, incluso, invadieron The Fenton. “Fue como estar en
un saloon del Lejano Oeste, las sillas volaban por todos lados, todo el mundo
estaba recibiendo golpes, las ventanas estallaban”, recuerda Andy Gill. Las pan
dillas de skinheads merodeaban el c ^ p u s de la universidad. “Cada tanto había
una batalla campal, todo el mundo lanzándole cosas a todo el m undo.”
Los skinheads fascistas también se aparecían con cierta regularidad en los
recitales de Gang o f Four, The Mekons y todos sus demás aliados, em pe^^do
peleas en medio de la audiencia, y lanzándoles insultos y proyectiles a las ban
das. La formación de Delta 5 -d o s chicos y tres chicas, todos ellos vestidos de
acuerdo con el estilo unisex del feminismo de aquellos días- parecía ofender
particularmente a la brigada skin. En un show, la bajista Ros Alien fue denun
ciada como una “bruja comunista”. Las chicas devolvían todos los golpes. En
otro show, Bethan Peters, la otra bajista de Delta 5, agarró a uno de estos jóve
nes hitlerianos y le rompió la cabeza contra el escenario.
Aunque el m ovim iento contra lo “políticam ente correcto” todavía no
había florecido del todo, The History M an, la novela de M alcolm Bradbury
de 1975 que satiriza a la academia británica, ayudó a alimentar la percep
ción cada vez más generalizada de que la educación superior era un caldo de
cultivo para agitadores izquierdistas. En lo que a los viejos conservadores res
pecta, los traficantes de teoría estaban, con toda su repugnante multitud de
“ismos” (racismo, sexismo, clasismo, etarismo, etcétera), pisoteando los ta
búes liberales tradicionales de la objetividad y el equilibrio, la verdad y la be
lleza. En efecto, al interior de la cultura política de los años setenta que le 103
dio forma a Gang o f Four, T he Mekons y Delta 5, la gente usaba expresio
nes como “ideológicamente sano” sin el menor dejo de ironía. “Cuando es
cribo intento encarecidamente asegurarme de que las palabras sean sanas,
que no haya nada sexista en ellas” , le dijo, solemne, Mark White, de The
Mekons, a la revista Sounds. “Así que muchas de nuestras primeras cancio
nes eran tímidas a propósito. ”
Las mujeres de Delta 5, por el contrario, solían escribir desde una postu
ra desafiante, indiferente, autoafirmativa e inaccesiblemente autónoma. “M ind
Your Own Business”, su single debut, era desalmado y poco amigable, negán
dole la entrada a cualquiera que estuviera desesperado por un poco de intimi
dad y compromiso. “Can I interfere in your crisis?/ No! Mind your own busi-
ness!” [¿Puedo entrometerme en tu crisis?/ ¡N o! ¡N o te metas!]. “You”, el
segundo single de la banda, era una serie de acusaciones y recriminaciones aún
más graciosas: “^ ^ o left me behind at the baker's?/ YOU, YOU, YOU!/ Who likes
sex only on Sundays?/ YOU, YOU, You!” [¿Quién me dejó abandonada en la pa
nadería?/ ¡Tú, Tú, Tú!/ ¿A quién le gusta tener sexo solo los domingos?/ ¡A TI,
A TI, A Ti!]. C om o G ang ofFour, Delta 5 insertaba efectos de distanciamien-
to en sus canciones. Por muy hostiles que fueran todos estos temas acerca de
relaciones amorosas malogradas, lo cierto es que ninguno de ellos daba la im
presión de ser exactamente confesional, lo que además se veía acentuado por
la falta de especificación de género en las letras y por el hecho de que muchas
de las voces estaban dobladas. Delta 5 creía con firmeza en el enfoque “lo per
sonal es político” . “Las relaciones personales son como un microcosmos del
m undo entero y, en ese sentido, lo que estamos haciendo es hablar de las cosas
en general”, afirmó Bethan Peters.
Genealógicamente hablando, Delta 5 se formó a partir de un rebrote de
T he Mekons. Ros Allen había sido la bajista original de estos últimos, y
Bethan Peters y Julz Sale eran ambas “novias M ekons”. El baterista de The
Mekons, Jon Langford, fue el creador del genial arte de tapa de los dos pri
meros singles del grupo. Incluso el nombre “Delta 5” surgió vía The Mekons,
vía el Delta del Río Mekong de Vietnam. Así y todo, en lo que al sonido res
pecta, Delta 5 estaba más cerca del punk funk de Gang o f Four, con la parte
“funk” de la cuestión entendida de forma limitada como una guitarra rítmi
ca entrecortada, intermitente, y unos potentes riffs de bajo que se hacían
104 cargo del elemento melódico. Delta 5 iba de hecho un paso más allá que
G ang o f Four y tenía dos bajos, el de Peters, más agudo, y el de Allen, un ru
gido gravísimo.
Otra banda de funk agitador y riffs pesados con una formación mixta y
canciones que escudriñaban la sexualidad con ojo despiadado era T he Au
Pairs. “Eran de otra ciudad, de Birmingham, pero definitivamente formaban
parte de nuestra movida”, dice Hugo Burnham. “Hicimos un montón de fe
chas con The Au Pairs, vinieron con nosotros en una gira de Gang o f Four.”
Su canción más fam osa, “C om e Again” , retrata a una pareja de ideología
igualitaria que intenta alcanzar la paridad orgásmica. Cantada com o un dueto,
es un m icrodram a en el que Paul Foad interpreta al hombre “deseoso por
com placer” que m asturba solem nemente a su sufrida com pañera, Lesley
Woods. “Is your finger aching?/ I can feel you hesitating” [¿Te duele el dedo?/
Puedo sentir que titubeas], se pregunta ella mientras la probabilidad de un
orgasmo se desdibuja hasta desaparecer por completo. Al final, a pesar de las
intenciones de todos los implicados, ella simplemente descubre “una nueva
manera de fingirlo”.
“Todo es político; todo lo que uno hace es político y el m odo en el que
uno se relaciona con las personas que lo rodean es político”, declaró Woods.
El foco del feminismo en las actitudes, en el lenguaje, en las miles de interac
ciones micropolíticas que hacen a los comportamientos cotidianos suponía
que ser “consciente” implicaba de m odo necesario ser constantemente cons
ciente de sí mismo. “H abía sin lugar a duda un elemento de politización en las
relaciones”, recuerda Burnham. “Las mujeres de nuestro círculo social eran
mucho más saludables en términos de la dinámica de poder hombre-mujer.
Todos estábamos metidos en eso de reexaminar cómo conducíamos nuestras
vidas, qué cosas uno tomaba como autoevidentes. Durante nuestra segunda
gira por los Estados Unidos, usé una de las remeras de la campaña a favor de
la ERA, la Enm ienda de Igualdad de Derechos [Equal Rights Amendment]. Al
mismo tiempo, eso no quería decir que nosotros no intentáramos llevarnos a
una chica a la cama cada vez que teníamos la oportunidad de hacerlo. ¡No
había nada puritano acerca de Gang o f Four! Había de hecho toda una acti
tud muy hedonista respecto del alcohol, pero no de m odo tal que fuera des
tructiva para con la dignidad o el espacio de alguien más. ¡La única dignidad
que sufría era la nuestra!”
Los integrantes de Gang o f Four ciertamente gustaban de beber una o 105
dos cervezas (o, en fin, veinte). Bebedores empedernidos que no disfrutaban
de nada tanto com o de una buena oportunidad para demostrar los poderes
de su razón en un combate discursivo reñido, los miembros de Gang ofFour,
más allá de toda su retórica antisexista, formaban un grupete más bien m as
culino y, de hecho, reprimido -reprim ido de un m odo que era, a la vez, tí
picamente británico y clásicamente característico de la izquierda m arxista
más dura, que tendía a fetichizar la racionalidad y a m enospreciar lo em o
cional-. Gill, en particular, era el típico británico que se guarda todo lo que
siente. “De toda la gente con la que trabajé, él es el único al que jamás vi llo
rar”, dice Burnham. “¡A menos que estuviera tan condenadamente borracho
que se lastimara!” H abía m omentos ocasionales de fragilidad en la m úsica
de Gang o f Four, sin em bargo (com o la desolación inquieta de “Glass” y el
abatimiento supino de “Paralysed”). La letra hablada de “Paralysed” (el tema
que abre el segundo disco de G ang ofFour, Solid Gold.) fue tom ada por casi
todos los críticos y comentaristas como el lamento de un hombre destroza
do por haber sido despedido. De acuerdo con Gill, que es quien la escribió
Y la recitó, se trata de hecho de algo mucho más parecido al blues en el sen
tido original del término.
La mayoría de las veces, de todas formas, Gang o f Four exaltaba la fría e
inflexible razón. Regrabada para Entertainment!, “Love Like Anthrax” ahora
incluía, saliendo de uno de los parlantes, una disertación de Gill acerca de la
canción de amor como la base de la música pop mientras, desde el otro par
lante, King gemía asolado por las pasiones románticas. Gill reflexiona acerca
de por qué las bandas pop cantan siempre sobre el amor y expresa sus dudas
respecto de la posibilidad de que todo el mundo sea capaz de esta pretendida
emoción universal. Finalmente concluye: “N o creo que estemos diciendo que
haya algo malo en el amor, solo no creemos que lo que ocurre entre dos per
sonas tenga que estar envuelto de m isterio”. La polémica da en el blanco.
Propagado por Hollywood y la canción popular, el m ito del am or romántico
reemplazó de modo gradual la religión como el opio de los pueblos del siglo
^X . Así y todo, la aridez del mundo que Gang ofFour propone -algo que uno
puede saborear en la neutralidad ronca de la voz desclasada de G ill- haría que
la mayoría de la gente saliera corriendo una vez más a los brazos de esa queri
dísima ilusión, más reconfortante, del amor como un cielo aparentemente al-
106 canzable en la Tierra.
En efecto, el problema con la desmitificación es justamente que, en cierta
medida, le quita el misterio a todo. Libera al mundo de la superstición y el
sentimentalismo, pero también elimina la intuición y otras formas no racio
nales de percepción y conciencia. La rama “unisex” del feminismo que estaba
de moda en la escena de Leeds por aquellos días suponía que las mujeres tení
an que volverse duras, nada sentimentales, asertivas y “secas”. Los hombres, no
obstante, no tenían por eso que volverse más sensibles o andróginos. Jon King,
por ejemplo, rechazaba la idea de que los hombres necesitasen desarrollar su
lado emocional femenino. “Ese tipo de recurso a las emociones es parte de la
opresión”, decía. “Si uno reacciona emocionalmente a las cosas todo el tiem
po, no va nunca a ningún lado.”
Tal vez, en el fondo, parte de lo que ocurría era que Gang o f Four en rea
lidad le temía a la música en sí misma (su poder de seducción y su energía
primitiva, su invitación a abandonar toda lógica y a rendirse a un gozo extá
tico insensato), y todos los artilugios de distanciamiento que usaban eran tam
bién mecanismos de autodefensa que “dividían” al yo en dos dimensiones al
ternativas: una involucrada, “dentro” de la m úsica, y la otra desapegada,
indiferente, mirando todo ligeramente desde afuera. G ill explica cuánto ama-
ban todos los integrantes de Gang o f Four la banda de hard rock de los se
tenta Free “porque su música era súper rítmica y despojada. Pero, al mismo
tiempo, ahí estaba Paul Rodgers cantando acerca de su auto y de su mujer.
Así que uno tenía que poder suspender sus propias creencias por un instan
te, uno podía amar a Free y así y todo ser completamente consciente de la
idiotez de sus letras. Supongo que se podría decir que Free fue una de las in
fluencias de Gang o f Four, pero nuestra manera de encarar la cuestión siem
pre fue tomar esta parte y dejar esta otra parte absurda afuera, o tomar deter
minado cliché e invertirlo”. En términos postpunk, este enfoque implicaba
algo así como un cierto tipo de hard rock “contenido”, duro pero no “macho”.
Arriba del escenario, la banda evitaba las poses fálicas estereotípicas del rock 'n'
roll, pero, como concede el propio Burnham: “S í teníamos una presencia es
cénica algo violenta; Jon, Andy y Dave corriendo de un lado para el otro y
chocándose entre sí continuamente. En términos teatrales, era súper intenso,
jugueteábamos con un trasfondo violento”. Y como la m úsica de Gang o f
Four unía, en las propias palabras de G ill, “el groove de la m úsica negra y la
dureza del rock de guitarras”, algunos periodistas la consideraron sencillamen 107
te una mera versión funkeada del heavy metal.
El costado rock de la banda, salvaje y visceral, fue capturado en Solid Gold
editado a principios de 1981. Excitante solo de a ratos, la producción y el con
secuente “sonido en vivo” del disco eran más convencionales que la austeridad
disecada de Entertainment!. Líricamente hablando, Gill y King parecían haber
perdido su toque. Las canciones viraron de la tipología cruda en tercera per
sona (las caricaturas protofascistas de “Outside theTrains Don't Run on Time”
y “He' d Send in the Army”) a la sátira torpe (el antiamericano “Cheeseburger”
[Hamburguesa con queso]). Las mejores canciones del disco, como “Paralysed”
y “What We Ali Want”, tocaban una nota de tristeza que conectaba con la at
mósfera aprensiva que impregnaba los primeros años de la década del ochen
ta, cuando las implicaciones más profundas de las victorias de Thatcher y
Reagan finalmente empezaban a apreciarse.
Juzgado como una desilusión y un disco irrelevante en el Reino Unido
(donde las tendencias de la cultura pop ya habían seguido su cam inohacia otro
lado), en los Estados Unidos, Solid Gold fue y sigue siendo considerado solo
un escalón por debajo de la talla clásica de Entertainment!. En 1980, mientras
que Gang o f Four había prácticamente desaparecido por completo de la esce-
na británica, la banda salió de gira por los Estados Unidos en dos oportunida
des. “Millones de veces durante esas giras se me acercó gente después de un
show y me dijo: ‘Leí sus entrevistas en NME y siempre pensé que serían real
mente aburridos”’, se ríe Burnham. “Se sorprendían porque nosotros realmen
te rockedbamos, no nos quedábamos ahí parados enfundados en largos imper
meables oscuros y viéndonos miserables como la típica banda postpunk. Es
por eso que nos fue tan bien en los Estados Unidos. La propensión a rockear
está más arraigada en la psiquis de la juventud norteamericana que a la europea.
Es por lo mismo por lo que a The Clash también le fue bien en Norteamérica.
Y nosotros éramos The Clash sin los trajes de cowboy.”
Aunque Gang o f Four sin lugar a duda inspiró a muchas bandas británi
cas a abrazar el hard funk com o el formato “sonoramente correcto” para la
música postpunk políticamente consciente, su mayor legado a largo plazo flo
recería en los Estados Unidos. A lo largo de los últimos veinticinco años, in
contables bandas (Pylon, The B-52s, Romeo Void, Red H ot Chili Peppers
-que reclutaron a Gill para que produjera su primer disco-, The Minutemen,
108 Fugazi, Big Black, Helmet, Rage Against the Machine, Girls Against Boys,
The Rapture y montones más) le sacaron el jugo a distintos aspectos del es
tilo de G ang ofFour, encontrando inspiración en la posibilidad abierta por
la banda de Leeds de una nueva forma de rock agresiva y violenta, sin que
esto implique una postura de m acho opresiva. H asta el día de hoy, sin em
bargo, nadie ha conseguido rivalizar con la asom brosa originalidad del soni
do y la visión de Gang o f Four.
«M UU.M
A N SIA INCONTROLABLE:
EL G R O T E S C O INDUSTRIAL
DE PERE UBU Y DEVO
1. En el jazz, el vocalese es un tipo de técnica vocal que consiste en cantar una serie de pa
labras imitando y/o reemplazando h línea melódica de alguno de los instrumentos que
forman parte de una composición o una improvisación instrumental. A diferencia del
scat, que utiliza palabras y sílabas por lo general sin sentido (como “scat, skeet, skee, do
doodle do, skeet, skuld, skoot”), el vocalese presupone una determinada letra, ya sea que
esta se improvise en el momento o haya sido escrita de antemano. [N. de la T.]
en algún lugar a mitad de camino entre lo “avant” y lo “garage”. “ En determi
nado momento, David trazó una línea dividiendo el escenario y dijo: ‘ Este es
el lado intelectual de la banda y ese es el lado ‘tanque’; ‘tanque’ como en la gue
rra” , recuerda Krauss. La sección rítm ica fue nom brada la fuerza m ilitar;
Ravenstine y el propio Thom as fueron nombrados los cerebritos enfermos;
Tom Herman quedó parado justo en el centro, en tierra de nadie.
Durante la década del setenta, entonces, Cleveland tuvo la oportunidad de
jactarse de ser la primera ciudad musicalmente sofisticada al oeste de Nueva
York. De acuerdo con el propio Thomas, la ciudad era “un verdadero inverna
dero” de c l a r i l l a s de entendidos definiéndose a sí mismos a través de gustos
inusuales. ‘T od os los que tenían bandas trabajaban en disquerías, y todas las
disquerías competían para ver quién tenía el catálogo más com pleto”, dice.
Además de poseer disquerías de vanguardia como Drome, la ciudad también
contaba con una de las estaciones de radio más progresistas de los Estados
Unidos, la WMMS. Su programación de principios de los setenta era exacta
mente igual a la del programa especial de John Lydon en Capital Radio: The
Velvet Underground, Roxy M usic, Soft Machine, .incluso la banda de Peter 113
Hammill, Van Der G raaf Generator.
M ientras aún estaba en la escuela secundaria, de hecho, los gustos de
Thomas también se inclinaban hacia lo progresivo. Era un fanático enfermo
de Zappa, en especial de los collages de cinta hechos en el estudio para Unele
Meat, y consideraba a Trout Mask Replica de Beefheart un documento sagra
do. The Stooges y The Velvet Underground, tanto por su actitud como por
la potencia cruda de su música, eran terreno común para toda la escena pre-
punk de Cleveland. “Éramos dos o tres años post-hippies, y esos dos o tres
años eran bastante significativos”, dice Thom as. “Creíamos que los hippies
eran bastante inútiles en términos de acontecimiento social, en términos de
cualquier tipo de acontecimiento social.” Esta fue la generación que trataba
a la revista Creem como la Biblia y a Lester Bangs como el profeta, la genera
ción que compraba cut-outs1 de LP de The Velvet Underground y The Stooges,
Sheffield y Manchester, los dos motores gemelos de la revolución industrial bri- 131
tánica, fueron particularmente receptivas a los sonidos sintetizados, inhóspitos
y futuristas, de Devo y Pere Ubu. A menos de setenta kilómetros una de la otra
en la parte norte de Inglaterra, a uno y otro lado de la cadena montañosa de los
Peninos, ambas ciudades compartían con Cleveland ese tipo de confianza local
arrasadora que solo se veía ligera y temporalmente ensombrecida por el hecho
de haber caído en tiempos difíciles (una cierta actitud de: “Solíamos ser gran
diosos... Pero ya verán, todavía no se ha acabado”)..Las dos ciudades también
tenían sus propios equivalentes a los Flats de Cleveland, duras zonas margina
les en las que la industria pesada chirriaba y palpitaba día y noche.
Sheffield era el hogar de innovaciones tales como el acero inoxidable y el
convertidor Bessemer (que, patentado a mediados del siglo XIX, hizo posible
la producción en masa de acero barato). A solo un viaje de diez minutos en auto
del pintoresco Parque Nacional del Distrito de los Picos y de los valles de
Derbyshire, la imagen de la ciudad que sin embargo perdura en el imaginario
colectivo es lúgubre y gris y está basada, sobre todo, en sus zonas marginales y
en el extremo este de la ciudad, el área más densamente industrializada. ‘'Ahí es
donde vivía con mis padres”, dice Richard H. Kirk, de Cabaret Voltaire. “Uno
miraba hacia el valle y lo único que veía eran edificios ennegrecidos. A la noche,
ya en la cama, uno podía escuchar las gigantescas fraguas que crujían a lo lejos.”
Martyn Ware, de The Human League, también dice haber crecido en medio
de un estridente paisaje sonoro de ciencia ficción, rodeado por todos estos ex
traños ruidos maquínicos producto de la industria siderúrgica de Sheffield.
Com o corresponde a una de las primeras ciudades británicas en industriali
zarse, Sheffield enseguida forjó su propio proletariado en el sentido más clásico
del término, un proletariado que respondía, en efecto, a la definición del mis
mísimo Karl Marx (seres humanos que son reducidos a meros apéndices de carne
anexados a una serie de maquinarias, conscientes tanto de su explotación como
de su interés común en luchar por mejores condiciones de vida). Hasta hace
poco, de hecho, la ciudad seguía siendo uno de los bastiones del viejo Laborismo,
de ese Partido Laborista pre-Tony Blair que estaba estrechamente ligado al movi
miento sindical y cuyos miembros se tomaban muy en serio el compromiso, in
cluido en la carta estatutaria laborista, de mantener las industrias importantes,
entre ellas la del acero (noventa por ciento de la cual, en 1967, estaba agrupada
en la British Steel Corporation, que todavía era una empresa pública), como pro-
132 piedad del Estado. Dada la línea férreamente socialista del Consejo Municipal de
la ciudad -que, de hecho, hacía ondear la bandera roja desde el ayuntamiento-,
la región de Sheffield fue apodada “la República Popular de Yorkshire del Sur”.
Para aquellos que se habían criado en los suburbios del sur de Inglaterra, con
vertirse en un militante de izquierda era una rebelión, una manera de autodefi-
nirse por oposición a la condición pequeño-burguesa de sus padres. En Sheffield,
sin embargo, donde la política de extrema izquierda era cosa de todos los días,
lo rebelde era hacerse artista. Para un Richard H. K.irk aún adolescente, por
ejemplo, ser miembro de la Young Com m unist League era casi como ir a misa
todos los domingos. “ En determinado m om ento mi papá era miembro del
Partido, y yo solía ir a la escuela con la insignia. Pero en realidad nunca me lo
tomé muy en serio.” En vez de eso, Kirk se sentía irremediablemente atraído
por la revuelta no constructiva y el irracionalismo tóxico del dadaísmo.
Aunque para otras partes densamente industrializadas del Reino Unido la dé
cada del setenta supuso un aumento sostenido del desempleo y el cierre forzoso
de muchas de sus fábricas, Sheffield permaneció relativamente próspera. La in
dustria siderúrgica no declinó de modo notorio hasta que Thatcher llegó al poder,
en 1979. Si había privaciones, eran privaciones de tipo cultural. Transitivamente,
la juventud disconforme de Sheffield se lanzaba hambrienta sobre cualquier fuen-
te de estímulo a la que pudiera echar mano: música pop, arte, ropa glam, ciencia
fkción o, mejor aún, una extraña combinación de todo eso junto.
Fue eso lo que hizo que La naranja mecánica -el libro de Anthony Burgess
de 1962, la película de Stanley Kubrick de 1970 y la banda de sonido electró
nica de Walter Carlos- tuviera semejante impacto en Sheffield. Ambientada en
Gran Bretaña en algún futuro cercano, La naranja mecánica gira en torno a una
pandilla de adolescentes que merodea la ciudad en busca de problemas, un
grupo de dandies sanguinarios que viven para la “ultraviolencia” gratuita. V^agando
a través de un paisaje urbano lúgubre de altísimas torres de departamentos, plan
tas de energía eléctrica y “sinys” [salas de cine] desvencijados, estos matones
“glam” asaltan a la gente mayor por diversión y se pelean sangrientamente con
pandillas rivales. Aunque Burgess dijo inspirarse específicamente en su ciudad
natal, Manchester, lo cierto es que el telón de fondo de La naranja mecánica re
sultaba familiar para cualquiera que viviera en la Gran Bretaña urbana de la dé
cada del setenta. Bloques de departamentos, puentes techados entre edificios,
oscuros pasos subterráneos: esta era la psicogeografía desolada de una nueva
Inglaterra que estaba siendo construida por planificadores urbanos y arquitec- 133
tos brutalistas desde principios de la década del sesenta. The H uman L e ^ u e le
puso nombre a su segundo EP, The Dignity o f Labour, repitiendo la consigna
del mural que aparece pintado en una de las paredes externas del altísimo
“Municipal Flatblock”, el edificio en que el antihéroe de La naranja mecánica,
Alex, visita a sus padres. Martyn Ware y lan Craig Marsh bautizarían luego a
su banda post-Human League Heaven 17, el nombre de una banda pop ima
ginaria que aparece en la novela. Adi Newton, un ex compañero de Ware y
Marsh, llamó a su banda Clock DVA, siendo “ d v a ” una referencia al número
dos en el dialecto proto-ruso que hablan Alex y sus “drugos”.
En cuanto a la banda sonora de Walter Carlos para L a naranja mecánica,
esta era sencillamente la primera vez que la gran mayoría de los chicos de
Sheffield escuchaban m úsica electrónica en verdad extrema. Habían existido
uno o dos atisbos tentadores de sonido sintetizado aquí y allá en el rock pro
gresivo de bandas como Emerson, Lake & Palmer, pero nada como esto.
“Emerson, Lake & Palmer era una basura infinita, a excepción de los momen
tos en los que Keith Emerson tocaba el Moog, ahí era sublime", dice Phil Oakey,
el cantante de The Human League. Por lo demás, casi que la única dosis más
o menos fuerte de sonido electrónico que uno podía conseguir de la música
pop a principios de los setenta era Roxy Music, que contaba con los abstrac
tos chorros de ruido sintetizado de Brian Eno.
Roxy Music era súper popular en Sheffield. Había sido la imagen extrava
gante y retrofuturista de la banda, de hecho, la que había inspirado a la gene
ración post-hippie local a cargarse de glamour y salir a bailar a clubs como The
Crazy Daisy. Y Roxy Music tocaba seguido en Sheffield. “Cuando ibas a ver
los esperabas a estar en el colectivo para ponerte la purpurina, para que tu
mamá y tu papá no te vieran”, recuerda Oakey. “Martyn era más audaz que
yo, se paseaba por las zonas más peligrosas de la ciudad enfundado en sacos de
piel verdes y zapatos de taco alto.” En las fiestas, la gente solía saludar a Ware
y a Oakey con un: “Oh, miren, son Mackay y Eno” (Andy Mackay era el pom
poso saxofonista afeminado de Roxy Music). Ambiguam ente direccionada
entre la ironía y el rom anticism o, Roxy M usic era la opción para el esteta.
“Recuerdo comprar el primer disco de Roxy M usic y escucharlo con la tapa
abierta de lado a lado, desplegada sobre el piso”, dice Ware. “T oda la atmósfe
ra alrededor del disco era tan importante como la música. Para mí, la sensa-
134 ción era que todo formaba, al unirse, una verdadera obra de arte.”
Los primeros años de la década del setenta fueron la edad de oro tanto del
rock “teatral” (artistas como David Bowie, Alice Cooper, el Genesis de Peter
Gabriel) como del “teatro rock” (musicales como The Rocky Horror Show y la
serie Rock Foliies). Así que es razonable que, en una ciudad tan perdidamen
te enamorada del glam como Sheffield, toda una futura generación de estre
llas pop locales se criara, justamente, al interior de un proyecto de teatro ju
venil. Financiado por el gobierno municipal, el colectivo Meatwhistle terminó
transformándose en una especie de espacio teatral experimental para adoles
centes brillantes. Entre sus participantes estaban muchos de los futuros gene
radores de la escena postpunk de Sheffield: Ian Craig Marsh y Martyn Ware,
de The Future/The Human League/Heaven 17, Adi Newton, de The Future y
Clock DVA, Paul Bower (el fundador del punkzine Gun Rubber y el líder de la
banda 2.3) y Glenn Gregory, que se convertiría en el cantante de Heaven 17.
“ El grupo de teatro Meatwhistle empezó en el verano de 1972, cuando tenía
unos dieciséis años”, dice Marsh. “Querían generar un espacio para que los estu
diantes adolescentes pudieran participar de las actividades de un teatro ubicado
en el centro de Sheffield, el Crucible Theatre, durante el verano.” Después de una
exitosa producción de Marat-S-Sade, el gobierno de la ciudad le dio a los organiza-
dores del proyecto/colectivo Meatwhistle -el bohemio actor y dramaturgo arty
Chris Wilkinson y su esposa, Verónica- una escuela desocupada entera para que
continuaran con su trabajo. “Era un gran edificio Victoriano viejo, de tres o cua
tro pisos, con techos altísimos”, recuerda Ware. Tras algunas otras gestiones exi
tosas, el matrimonio Wilkinson también consiguió financiamiento para comprar
luces, cámaras de video e instrumentos musicales. “Poco a poco, a medida que
todos los adolescentes afectados de Sheffield se empezaron a congregar ahí, el es
pacio se fue volviendo cada vez más experimental y creativo”, dice Marsh. “Las
bandas ensayaban en el edificio/escuela de Meatwhistle porque había montones
de cuartos vacíos. En líneas generales, todo el mundo era libre de hacer lo que
fuera que se le antojara.” La actitud de todos los involucrados estaba teñida, de
hecho, por un cierto componente “conspirativo o confabulador”, dice Marsh.
“Todos querían salirse con la suya lo más que se pudiera.” El nombre mismo
de lo que ahora ya era un espacio físico, “Meatwhistle” , era súper atrevido.
Los W ilkinson decían que era “chauceriano”, pero lo cierto es que en concre
to “meatwhistle” [pito de carne] es una referencia en jerga al miembro masculino.
C ada dom ingo, el colectivo Meatwhistle m ontaba un espectáculo que 135
podía incluir lo que fuera, desde bandas tocando en vivo hasta obras de tea
tro o sketches cómicos. Fue para una de estas varietés dominicales que Marsh
armó su primera banda, el dúo de shock rock Musical Vomit. “Saqué el nom
bre de una crítica que leí en Melody M aker sobre un show en vivo de Suicide.
Para la revista, con toda esa actitud ‘pro-rock progresivo’ que tenían, Suicide
era lisa y llanamente un insulto para los oídos, así que el periodista a cargo los
describió como un ‘vómito musical’. Pensé: ‘¡Qué gran nombre para una banda!’.
Cantaba un chico que se llamaba Mark Civico y yo me subía al escenario con
una guitarra que apenas sabía tocar y solo me dedicaba a hacer un montón de
ruidos percusivos y a hacerla acoplar.” Después de un tiempo, Marsh se fue y
Musical Vomit se transformó en algo más parecido a una banda hecha y dere
cha, aunque sin perder jamás cierto filo paródico y con una formación conti
nuamente cambiante, que a veces crecía y a veces se achicaba, que incluyó, en
distintos momentos, a Glenn Gregory, a Paul Bower y a Martyn Ware.
Para estas alturas, el colectivo Meatwhistle era una cruza entre un “club in
telectual juvenil” (como lo pone Ware) y un laboratorio pop experimental que
contaba con una interminable serie de bandas imaginarias que solo existían
para tocar en vivo una noche y tenían nombres como The Underpants [Los
calzoncillos], The Dead Daughters [Las hijas muertas] y Androids Don't Bleed
[Los androides no sangran]. “El aire que se respiraba era muy New York Dolls,
todo el mundo se vestía de modo extravagante y se rebautizaba con nombres
falsos como Eddie Brando o Dick Velero”, recuerda Marsh. Musical Vomit,
mientras tanto, ya se había “graduado” y estaba tocando en vivo, aunque de
m odo intermitente, para audiencias “reales”. Con canciones enfermas e hila
rantes acerca de la masturbación o la necrofilia y encantadoras artimañas como
que el cantante vomitara sopa de verduras sobre el escenario, la banda traba
jaba una línea en algún lugar a medio ^camino entre el shock rock de Alice Cooper
y el rock cómico, satírico-teatral de T he Tubes. Poly Styrene, de X-Ray Spex,
afirmaría luego que Musical Vomit, a quien había visto en vivo a mediados de
los años setenta, fue en realidad la primera banda punk de Gran Bretaña.
Aunque no eran parte del colectivo Meatwhistle, los integrantes de Cabaret
Voltaire sí se tomaron más de una cerveza con la gente de Musical Vomit. Una
de las cosas que tenían en común era su pasión por Roxy Music. “Fue esa época
alrededor de 1973, cuando Roxy Music estaba realmente a la vanguardia. Fue
136 eso lo que nos puso en verdad en marcha”, dice Richard H. Kirk. “Leíamos las
entrevistas de Eno y él hablaba de cómo cualquiera podía hacer música por
que uno no necesitaba aprender a tocar un instrumento, podía usar una gra
badora o un sintetizador.” La banda era tan fanática de Roxy Music que Kirk
y Chris Watson, otro miembro de Cabaret Voltaire, incluso fueron a escuchar
a Eno -firm emente aferrados a una cinta abierta con sus primeras grabacio
nes- cuando este dio una charla en el Bradford Art College. C om o no pudie
ron atraparlo después de la conferencia, lo arrinconaron en el baño de hom
bres y lo forzaron a tomar el demo entre sus manos.
Haciéndose eco de la retórica de Eno, Cabaret Voltaire no se veía en prin
cipio a sí misma como una entidad musical propiamente dicha. Más bien, dice
Kirk, la banda era algo así como un “grupo sonoro” que se dedicaba a la musi-
que concréte o, al menos, una versión garage y lo-fi de eso. “E m p e z a o s a fina
les de 1973 y primero había un montón de gente involucrada, todo un grupo
de amigos que estábamos interesados en determinados momentos del arte, de
terminadas películas y unos cuantos libros extraños.” Los más famosos de esos
“libros extraños” eran todos los de William S. Burroughs. A principios de la dé
cada del setenta, Burroughs era lisa y llanamente conocimiento esotérico. La
notoriedad que había alcanzado en los sesenta se había diluido, había desapa-
recido en la reclusión más absoluta, y sus novelas ya no eran tan fáciles de
conseguir. Los miembros de Cabaret Voltaire estaban especialmente fascinados
con las técnicas de cut-up que Burroughs había desarrollado junto con Brion
Gysin. La idea era cortar textos o sonidos y recombinados para interrumpir la
linealidad de pensamiento; cada corte y cada empalme funcionaba como una
grieta a través de la cual, en palabras de Burroughs y Gysin, “se filtra el futuro”.
La influencia de Burroughs (el retrato llano y crudo de actos de sexo y violen
cia extremos y grotescos) también se puede escuchar en las voces en o ff estilo
spoken word que acompañan a algunas de las primeras piezas de Cabaret Voltaire,
como la imaginería fétida de “Bed Tim e Stories”: “With dogs that are trained
to sniff out corpses/ Eat my remains but leave my feet/ I’ll hold a séance with
Moroccan rapists/ Masturbating end over end” [Con perros que están entrena
dos para olfatear cadáveres/ Comerse mis restos pero dejar mis pies/ Haré una
sesión espiritista con violadores marroquíes/ Masturbándose una y otra vez”].
Kirk, que había abandonado la escuela de arte después del primer año,
amaba el movimiento artístico antiarte por antonomasia, el dadaísmo. El nom
bre “Cabaret Voltaire”, de hecho, respondía al nombre del club nocturno/ga- 137
lería de Zurich en donde Tristan Tzara, Hugo Ball y compañía habían recita
do su poesía fonética mientras la Primera Guerra Mundial arrasaba Europa.
Chris Watson, en apariencia el miembro más “normal” de la banda (además
de tocar en Cabaret Voltaire, trabajaba como técnico telefónico), también era
un demonio dadaísta. Se había topado con un libro sobre el movimiento cuan
do aún era un adolescente, en 1970, y recuerda la experiencia como algo que
“sencillamente me golpeó tan fuerte que cambió mi manera de pensar desde
entonces”. Fue el ataque dadaísta al sentido y al gusto, junto con sus técnicas
de collage, lo que disparó la imaginación de la banda.
Para 1974, toda la pandilla original se había reducido a Kirk, Stephen
Mallinder y Watson, cuyo ático se transformó en el laboratorio sonoro de la
banda. “Íbamos aplicadamente todos los martes y jueves y experimentábamos
por algo así como dos horas, tiempo en el que, por lo general, armábamos tres
o cuatro composiciones”, recuerda Kirk. El trío siempre grababa directamente
en cinta todos sus collages sonoros abstractos al momento de componerlos, lo
que dio como resultado un gigantesco archivo que, tiempo más tarde, sería par
cialmente exhumado para Methodology '7’4 i’7 8: The Attic Tapes, una caja que se
editó en 2002. Destartalados, chirriantes y caseros, los primeros experimentos
de musique concréte de Cabaret Voltaire (como “Dream Sequence Number Two
Ethel’s Voice”, por ejemplo) tienen una cualidad extraña pero pintoresca. Por
su lado, los temas más feroces, como “Henderson Reversed Piece Two” -pura
percusión sintética martilleante y sucias láminas de sonido-, recuerdan a los
compositores de música electrónica avant-garde como Morton Subotnick.
Hasta este momento Cabaret Voltaire no parecía una banda de rock en lo
más mínimo. Para empezar, no tenían baterista. “N o queríamos a un tipo que
viniera del rock y quisiera presumir y lucirse y hacer solos de batería”, dice
Kirk. “Queríamos una repetición constante y estable, mecánica.” Un día, en
una disquería de Sheffield, se les acercó “un tipo de apariencia poco fiable con
un peluquín” y les vendió una caja de ritmos Farfisa que tenía en su casa. La
guitarra no entró en escena hasta bastante después. Por un tiempo, Cabaret
Voltaire ni siquiera tenía un sintetizador como Dios manda: usaban, en cam
bio, loops de cinta magnética pregrabada y un oscilador arcaico construido
por el propio Watson. El instrumento original de Kirk fue el clarinete, alimen
tado a través de toda una variedad de efectos para que sonara severamente pro-
138 cesado y escalofriante, com o puede oírse en la psicótica/bucólica “Fuse
Mountain”, que evoca la imagen de una ronda de hippies sentados en posición
de indio y tocando flautas sobre un montículo de mineral de hierro fuera de
alguna planta siderúrgica abandonada. Casi todas y cada una de las fuentes so
noras de Cabaret Voltaire -las voces de la banda, el bajo de Mallinder, el ór
gano de Watson, sonidos ready-m^ade- eran pasadas por moduladores de ani
llo o a través de una cadena de artefactos generadores de efectos que las hacían
emerger, del otro lado, indefectiblemente corrompidas y contaminadas.
Durante estos primeros años anteriores al punk, los integrantes de Cabaret
Voltaire “nunca tuvimos noción alguna de que eventualmente podíamos produ
cir y editar discos”, dice Kirk. “T odo lo que hadam os lo hadam os solo porque
nos divertía. Y eran, en realidad, cosas súper dementes -com o salir a dar vueltas
en una camioneta mientras pasábamos loops de cinta pregrabada desde el asien
to trasero o ir a pubs con una cassettera y reproducir cosas rarísimas- solo para
irritar a la gente.” El quid de la cuestión era la provocación por la provocación
misma. Cabaret Voltaire también atraía largas miradas atónitas y a veces hasta
fulminantes por cómo se veían. Eran un grupo de empedernidas víctimas de la
moda: look skinhead durante sus años de adolescencia; luego, un intermedio
glam; finalmente el estilo do ityourselfque terminarían desarrollando en base a
ropa vieja de tiendas de segunda mano, que ellos personalizaban con pintura.
Mallinder era el estilista de la banda. “Su departamento tenía dos habitaciones:
en una de ellas vivía y en la otra estaba montado su guardarropas”, recuerda el
corresponsal de N M E en Sheffield Andy Gill (que no tiene nada que ver con el
guitarrista de Gang o f Four). Tal como quedó documentado en el fanzine de
Sheffield Gun Rubber, un look típico de Mallinder podía incluir, por ejemplo,
unos pantalones de vestir plisados grises, zapatos de piel de víbora, una camisa
hawaiana roja con el cuello levantado y una chaqueta de gamuza de la Fuerza
Aérea de los Estados Unidos. Verse así de estilizado sí que era una verdadera de
claración de principios en ese momento, una época en que la mayoría de los jó
venes comunes y corrientes todavía usaba pantalones acampanados, plataformas,
patillas y el pelo todo desgreñado y largo hasta los hombros.
Sheffield era un medioambiente sorpresivamente compatible con el estilo de
vida bohemio. Gracias a los subsidios municipales al transpone público y a la
plétora de depósitos vados que se podían ocupar o alquilar a muy bajo precio,
realmente no se necesitaba demasiado dinero para vivir. Las escuelas de arte y la
Universidad de Sheffield se ocupaban de proveer la cantidad necesaria de bares 139
para estudiantes con c e r v ^ barata, y las variopintas agrupaciones estudiantiles
se encargaban, por su lado, de organizar recitales. En una ocasión, de hecho,
Cabaret Voltaire engañó a una de estas organizaciones, el colectivo Science for
the People, para que los dejaran tocar en sus fiestas de los martes por la noche:
“Ah, sí, hacemos rock”, le aseguraron al encargado de las contrataciones.
El 13 de mayo de 1975, Cabaret Voltaire dio su primer recital ante una
sala llena de estudiantes pasmados. Tristan Tzara hubiera estado orgulloso de
sus muchachos, que se las arreglaron para incitar un disturbio que nada tenía
que envidiarle a ninguno de los provocados por los dadaístas. “En lugar de
algún tipo de percusión teníamos una grabación loopeada de un martillo pilón,
y Richard tocaba un clarinete todo cubierto de parpadeantes lucecitas navide
ñas. Finalmente, todo terminó del único modo en que podía terminar, con la
audiencia invadiendo el escenario y moliéndonos a palos”, recordaba años más
tarde Watson. En medio del tumulto, Mallinder se cayó del escenario, se fisuró
un hueso de la espalda y tuvieron que llevarlo al hospital. Kirk blandía su clari
nete como un garrote para repeler a los atacantes y terminó tirándole su gui
tarra casera a la audiencia. De acuerdo con Kirk: “Al final la gente que nos
atacó fue la que terminó llevándose las heridas más feas, porque muchos de los
que sí habían venido a vernos a nosotros, muchos de ellos tipos verdaderamen
te complicados, se tomaron las agresiones personalmente y se pusieron de nues
tro lado en la pelea haciendo que la ganáramos o, al menos, que no fuésemos
los únicos en salir golpeados. Todo el mundo estaba muy borracho, y sencilla
mente se descontroló todo”.
El siguiente golpe para épater la bourgeoisie de Cabaret Voltaire también tuvo
lugar en la universidad. “Uno de los chicos que estudiaba en el Departamento
de Música nos convenció para que hiciéramos una performance interpretando
una pieza llamada Exhaust de un tal Jean-Yves Bosseur, un compositor de mú
sica contemporánea”, recuerda Kirk. “Solo pasamos una cinta loopeada sobre
música de alguien diciendo la palabra ‘exhaust', mientras reproducíamos al
mismo tiempo unos loops de cinta de video que se e m p ^ r o n a derretir. Estaban
todos horrorizados y no nos invitaron a la fiesta que había después.” Era 1976,
el mismo año en que Musical Vomit provocó una reacción similarmente nega
tiva -aunque, a decir verdad, mucho más demostrativa físicamente hablando-
de parte de la audiencia del Bath Arts Festival, de cuyo escenario tuvieron que
140 huir en medio de una lluvia de latas de cerveza.
Cuando llegó el punk, los integrantes de Cabaret Voltaire y del colectivo
Meatwhistle/Musical Vomit estaban emocionadísimos con sus efectos de shock y
sus provocaciones estéticas. “La progresión del glam al punk simplemente pare
cía natural”, recuerda Phil Oakey. “Los mismos chicos que antes usaban ropa de
piel artificial de repente comenzaron a vestirse con vinilo y alfileres de gancho. Y
sí tuve la primera remera con cierres relámpagos en Sheffield porque me la hice
yo mismo.” La primera v a que Oakey se topó con Ian Craig Marsh, este último
estaba vestido para consternar: “Tenía unos jeans achupinados, realmente ajusta
dos, con un parche de cuero cosido en la entrepierna, y, en v a de una remera, me
había puesto un par de medias largas de nylon con la entrepierna arrancada, cosa
de que pudiera pasar el cuello, sacar la cabeza por ahí y estirarlas hacia abajo para
que quedaran súper ajustadas. Y había agarrado un cigarrillo y les había quema
do agujeros por todos lados, así que estaban todas rotas y corridas. El toque final
eran los brazaletes: dos pequeñas latas -porción individual- de frijoles cocidos
que abrí por ambos lados y a continuación deslicé por mis muñecas.”
En junio de 1977, los tres miembros de Cabaret Voltaire se unieron a Marsh,
Adi Newton, Glenn Gregory, Martyn Ware y Hayden Boyes-Weston, el bate-
rista de 2.3, para un único recital como el megagrupo de punk paródico The
Studs. “Fue un evento anárquico, crudo”, recuerda Newton. “Uno de nuestros
asistentes tenía una bolsa llena de orejas de cerdo y se las tiraba a la audien
cia.” Después de unas versiones caóticas e improvisadas de “Louie Louie” de
The Kingsmen, “Vicious” de Lou Reed y “C ock in My Pocket” de Iggy Pop,
la banda tuvo que dejar el escenario en medio de aullidos e insultos.
De todas formas, The Studs eran divertidos. Mientras el punk había m o
tivado a montones de chicos a lo largo y a lo ancho de todo el Reino Unido
a agarrar guitarras y hacer basura sub-The Clash de dos acordes, los estetas
de Sheffield rechazaban la idea de volver a los orígenes y al rock 'n' roll bási
co de “garagelandia”. “N o había ni una banda punk en Sheffield”, dice Phil
Oakey. En parte a causa de una aversión cabeza dura -típica del norte de
Inglaterra- a seguir el rum bo marcado por Londres y en parte gracias a un es
píritu futurista autóctono real, las bandas locales tendieron a abrazar, antes que
a la instrumentación convencional del rock (guitarra, bajo y batería), los sin-
tetizadores, las grabadoras y las primitivas cajas de ritmos.
De cualquier manera, para finales de ese mismo verano, el punk rock ya pa
recía demodé. “Al principio lo vimos como algo que tal vez podía ser un renaci- 141
miento, pero enseguida entendimos que era más bien el final d e u n ciclo”, dice
Marsh. “ Era obvio que el punk no estaba conduciendo a nada interesante o nuevo.
Cuando a r m a o s The Future, nuestra misión definitivamente era destruir el rock
n’ roll.” Martyn Ware, miembro cofundador de The Future junto con Marsh y
Newton, ni siquiera se molestó en ir a ver a Sex Pistols o a The Clash cuando to
caron en Sheffield. En realidad, sí había in tent^b tocar la guitarra, pero desistió
indignado cuando se enteró de que, para conseguir que sus dedos dejaran de san
grar, tenía que endurecer la piel de sus yemas remojándolas en alcohol. Por for
tuna, ese mismo verano de 1977 t ^ b ié n traería consigo dos discos definitorios
que les mostrarían a Marsh y a Ware la resplandeciente autovía (pavimentada de
sintetizadores) hacia el mañana: Tram-Europe ^Express de fo ^ w e r k y el single “I
Feel Love” de Donna Summer. El dúo estaba convencido de que los sintetizado-
res y los ritmos maquínicos eran el camino a seguir. “ Estábamos absolutamente
en contra de hacer cualquier cosa con guitarras, punto final”, dice Marsh. “Se vol
vió nuestro manifiesto: nada de instrumentación convencional.”
Habiendo abandonado la escena del colectivo Meatwhistle para trabajar
como un técnico en computación, Marsh ahora tenía dinero para quemar. Vio
una publicidad de un kit “arma tu propio sintetizador” en la revista Practical
Electronics y lo compró. “En realidad, para ese entonces todavía no había ver
daderos sintetizadores comerciales en el mercado. Los primeros Moogs se ha
dan por encargo y costaban una fortuna, como unas cien mil libras o algo así.
Eran estrictamente territorio de los megagrupos progresivos. Y se necesitaba
cierta destreza técnica para soldar el kit que compré.”
Marsh empezó a pasar el rato en el edificio/escuela de Meatwhistle nue
vamente, y a veces arrastraba su máquina hasta allí y se quedaba jugueteando
con ella por algunas horas. Intrigado, Ware le propuso ayudarlo a pagar las pie
zas del sintetizador si Marsh se lo dejaba usar. “Pero era virtualmente intoca
ble, y por lo general, llevaba como media hora solo afinarlo”, dice Marsh. “En
realidad, solo estaba bueno para hacer sonidos extraños.” Entre ambos, Ware
y Marsh compraron dos máquinas superiores: un Korg 700S, un simple sin
tetizador analógico monofónico (“monofónico” hace referencia aquí al hecho
de que solo podía tocarse una nota por vez, no se podían hacer acordes), y un
Roland System 100. Este último costó £ 8 0 0 -u n a pequeña fortuna en 1977-,
pero tenía un potencial creativo infinitamente mayor. En vez de un mero te-
142 ciado con determinada cantidad de sonidos preseteados, el System 100 era un
artefacto que permitía tocar “parches”. Con todas sus entrañas a la vista, la m á
quina era un enredo de módulos, cables, enchufes y perillas. El operador cre
aba sus propios sonidos, sus propios “parches de sintetizador”, modificando y
ajustando todo tipo de variables (cambiando los módulos para utilizar, eligien
do qué cables conectar a qué enchufes y cuáles perillas girar hasta qué paráme
tros). Para recordar cómo se había conseguido algún sonido en específico, en
tonces, era necesario dibujar y anotar dónde se había enchufado todos los
cables, en qué niveles se habían seteado los diferentes “potenciómetros” (dia
les), etcétera. “Pero, sin importar cuán cuidadoso se fuera a la hora de anotar
todo, había tantas variables cruciales implicadas que, en realidad, era virtual
mente imposible conseguir el mismo sonido dos veces”, dice Marsh. “Así que
había un elemento aleatorio al que uno no podía más que entregarse.”
En The Future, Marsh usaba el System 100 para generar ruidos alienígenas y
texturas futuristas y Ware usaba el Korg para tocar líneas melódicas senciUas con
un solo dedo. La música era minimalista por defecto. Crear ritmos coherentes re
sultó ser aún más desafiante. Antes de las cajas de ritmos uno podía conseguir ge
neradores de ritmos rudimentarios o teclados con beats preseteados (tango, disco,
rock, etcétera), pero no había margen alguno para programar ritmos nuevos y
únicos. Para sortear esta dificultad, Marsh creó sonidos de percusión desde cero
a partir del System 100. Tomaba un sonido, lo filtraba y finalmente esculpía la
“envoltura” de ese sonido original ahora procesado de modo tal que adquiriera el
ataque y la caída de un tipo de tambor en particular. El ruido blanco era efectivo
para lograr hi-hats y platillos artificiales, y el denominado “ruido rosa'’, con su so
nido más opaco, podía transformarse más o menos fácilmente en algo parecido
al ruido sordo, grueso y contundente de los bombos o al golpe seco de los redo
blantes. Juntando todos estos sonidos pseudopercusivos, Marsh los secuenciaba
meticulosamente para que terminaran sonando como un crack de batería com
pleto. De modo inevitable, por supuesto, los resultados eran un tanto artificiales.
El tercer miembro de The Future, Adi Newton, era el que estaba más in
teresado en los experimentos con sonidos abstractos a partir de la utilización
de grabadoras. “Adi había ido a la escuela de arte y fue él quien me mostró por
primera vez un montón de cosas que tenían que ver con el arte moderno: Man
Ray, Duchamp... ”, dice Marsh. Newton había alquilado un par de cuartos en
una fábrica abandonada para usar como atelier y estudio de grabación. También
vivía allí. El número 21B de la calle Devonshire Lane se convirtió en “la loca- 143
ción de muchas fiestas demenciales y en una zona de experimentación psico-
trópica”, recuerda Newton. El espacio también devino el estudio y la base de
operaciones de la banda.
Al principio, The Future tuvo “la idea, bastante descabellada por cierto, de
que todos cantáramos en todas las canciones, de que hubiera tres voces”, dice
Marsh. “Nos deshicimos de nuestros nombres y solo nos U fá b a m o s mutua
mente A, B y C. Era todo muy ‘computarizado’ y con ello venía un programa
de composición de letras que habíamos creado y que se llamaba ^CARLOS: Cyclic
and Random Lyric Organization System [Sistema de Organización Cíclico y
Aleatorio de Letras].” Una versión cibernética de los cut-ups de Burroughs y
Gysin y de la escritura automática surrealista, según Ware, ^CARLOS era algo así
como una máquina tragamonedas: “Uno metía, digamos, cien sustantivos, ver
bos, adjetivos, preposiciones, lo que fuera, y la máquina sacaba letras aleato
rias” . Se le asignaban líneas o palabras específicas a cada una de las voces indi
viduales (A, B o C). “Al final, terminamos abandonando todo ese sistema en
pos de letras más simples y directas, que, por lo general, eran obra de Adi”, dice
Marsh con cierta melancolía. “Blank Clocks”, uno de los pocos tracks “escri
tos” por ^CARLOS que tuvo algún éxito y, además, sobrevivió, mezcla un núme-
ro limitado de sustantivos, adjetivos, pronombres y artículos, y los ordena en
cierta cantidad de combinaciones apenas diferentes: “Your heart the thigh my
pain blank time your face the dock my mind/ Blank heart your thigh the pain/
My time blank face your dock/ The mind my heart blank thigh your pain the
time my face” [Tu corazón el muslo mi dolor tiempo en blanco tu cara el reloj
mi mente/ Corazón en blanco tu muslo el dolor/ Mi tiempo cara en blanco tu
reloj/ La mente mi corazón muslo en blanco tu dolor el tiempo mi cara].
Para ese entonces, The Future tenía un sesgo decididamente más progresi
vo que pop. Se puede escuchar a Tangerine Dream en los lúgubres paisajes men
tales techno-góticos de “Future Religion”, y las inhóspitas vistas panorámicas
electrónicas de “Last Man on Earth” son solo diez minutos extraídos de una
pieza que originalmente duraba una hora y treinta y siete minutos. Nada po
dría haber estado más lejos de los dos acordes y los dos minutos sancionados
por la nueva norma punk de 1977. Así y todo, en agosto de ese mismo año,
The Future se acercó a todas las compañías discográficas grandes con base en
Londres en busca de un contrato. Enviaron un llamativo folleto atiborrado de
144 gráficas de computadora a quince sellos. “N o había mucha gente con acceso a
una computadora por aquel entonces, y nosotros teníamos todos estos bizarros
diseños de matriz de puntos en papel de impresión, ese que trae todos los agu-
jeritos a los lados”, dice Marsh. “ Enviamos nuestro manifiesto y dijimos que no
íbamos a mandarles ningún demo, pero que íbamos a estar en Londres en tal y
tal fecha y que, si querían concertar una entrevista, pues ahí sí le pasaríamos las
cintas a quien quisiera escucharlas. De modo un tanto sorpresivo, obtuvimos
nueve respuestas. Y todos nombres importantes: EM I, Island, C B S .”
Con el punk en la cima desu reinado, los sellos estaban a la búsqueda de ban
das y artistas new wave. “Los directores de los departamentos de ‘artistas y reper
torio’ de las compañías discográficas tenían todos cuarenta años y se veían senci
llamente ridículos, creyendo que estaban ‘en la onda' por im peras vindicas
con cierres relámpagos que habían comprado en King’s Road”, dice Marsh.
Después de oír las cintas deThe Future, sin embargo, casi todos ellos les mostra
ban la puerta de salida. Solo Island Records expresó cierto entusiasmo. “Dijeron
que estaban realmente interesados, pero que creían que lo que t e n ía o s que hacer
era irnos a casa, trabajar en la música para darle un formato más de canción y vol
ver en seis meses”, dice Ware. De vuelta en Sheffield y decididos a seguir la “crí
tica constructiva” de Island, Marsh y Ware se dieron cuenta de que “Adi en reali-
dad no podía cantar ni una sola nota y, más importante aún, en realidad no que
ría cantar ni una sola nota. A él le interesaba más eso de usar la voz como un
arma”. Decidieron dejarlo ir. A escondidas, mudaron todos los equipos de
Devonshire Lane a la casa de Marsh y le dejaron una nota a Newton. “No nos
vimos ni nos hablamos por un tiempo, hasta que él se tranquilizó”, dice Marsh.
Sin cantante, The Future se dedicó temporalmente a hacer tracks instru
mentales. “Dancevision”, con sus trémulos destellos de luces de neón y sus so
nidos de cuerdas que evocan cierta aleación ambigua de euforia y aflicción,
suena exactamente como si fuese el cianotipo para el futuro techno de Detroit.
Así y todo, la necesidad de un vocalista era evidente. En noviembre de 1977,
Ware tuvo una iluminación: “Le dije a Ian que conocía, de cuando iba al co
legio, a este tipo que sabía cantar y que se veía genial. Era el tipo más genial
de Sheffield, andaba en unas gigantescas motocicletas Norton asombrosas y
llevaba el pelo hacia un lado, lo tenía cortado de modo asimétrico. Era total
mente andrógino y todas las chicas pensaban que era absolutamente hermo
so.” El tipo era Phil Oakey y el peinado era algo que le había copiado a una
chica que había visto una vez en un colectivo, una modelo que llevaba una ver- 145
sión de un famoso corte de pelo de los sesenta de Vidal Sassoon.
Oakey era el menor de cuatro hermanos varones en una familia de clase
trabajadora que había logrado ascender hasta una posición acomodada. “Mi
papá era jefe de la oficina de correos y, para cuando aparecí yo, nos iba bastan
te bien. Vivíamos en un suburbio muy coqueto.” Cuando aún era un adoles
cente, sus grandes pasiones eran las motocicletas, la estética glam, la música
pop y la ciencia ficción. “Terminé trabajando durante dos años en una libre
ría universitaria y tenía todas las ediciones de bolsillo de todos los libros de
ciencia ficción que se pudieran conseguir. Me encantaban Philip K. Dick y
Ballard.” La influencia de Dick puede notarse por doquier en el primer mate
rial de The Human League. “Circus o f Death”, el lado B de su single debut,
estaba en parte inspirado en Ubik, y “Almost Medieval”, uno de los temas de
su primer disco, Reproduction, está basado en E l mundo contra reloj, una nove
la en la que el tiempo corre hacia atrás en lugar de ir hacia adelante.
Oakey, en realidad, no tenía ambiciones de convertirse en un cantante pop.
Era camillero en un hospital cuando Ware le sugirió que se probara como ftont-
man para The Future. “Le dimos el track instrumental de ‘Being Boiled' y dos
días más tarde vino y dijo: ‘N o sé si esto les va a gustar'.” Había escrito una letra
bizarra que mezclaba cosas acerca de la insensata matanza de gusanos de seda
con nociones (confusas y mal digeridas) de la religión oriental. Sin duda alguna,
un total y completo sinsentido, sí, pero lo cierto es que, interpretado en el im
ponente barítono de Oakey, era un sinsentido que sonaba maravillosamente si
niestro. “E sc u c h a o s las primeras líneas - ‘Listen to the voice of Buddha/ Saying
stop your sericulture’ [Escucha la voz del Buda/ Diciendo basta con tu sericul
tura]- y fue un antes y un después.” Oakey se unió a la banda, pero no estaba
demasiado a gusto con el hecho de que se llamara The Future, así que se les ocu
rrió rebautizarse como The Human League, un nombre tomado de un juego de
ciencia ficción acerca de dos imperios intergalácticos en guerra.
Con Oakey a bordo, la banda viró definitivamente hacia el pop con cancio
nes como “Dance Like a Star”, algo así como una versión lo-fi e improvisada de
“I Feel Love” de Donna Summer y Giorgio Moroder. Cuando la canción co
mienza, Oakey se burla: “ Esta es una canción para todos ustedes, engreídos pre
tenciosos, que creen que la música disco es inferior a las sandeces musicales irre
levantes y a los gastados lugares comunes con los que intentan impresionar a sus
146 padres. Somos The Human League, somos mucho más inteligentes que ustedes
y esto se llama ‘Dance Like a Star"'. Dejando atrás su lado progresivo, The Human
League empezaba a desarrollar una nueva estética, a transitar una nueva direc
ción que apuntaba no tanto hacia el art rock, sino más bien hacia el “art pop”.
Una banda de intelectuales que había terminado decidiendo alinearse con el
dance pop comercial (ABBA, el eurodisco, Chic), The Human League miraba
ahora burlona y desdeñosamente esas ideas un tanto conservadoras de “lo pro
fundo” y “el sentido” (el continuo Pink Floyd/The Cure/Radiohead) típicamen
te idolatradas por los estudiantes universitarios. En línea con su nueva adoración
por el pop prefabricado y la sensiblería épica, The Human League comenzó a
trabajar en covers totalmente electrónicos de clásicos de los años sesenta como
“You’ve Lost That Lovin’ Feeling” de The Righteous Brothers.
La siguiente frontera a ser cruzada por The Human League se presentó de la
mano de Paul Bower, un personaje de la escena de Sheffield. Su banda, 2.3, esta
ba lista para editar su single debut, “Where To Now?”, vía Fast Product. Bower
^ a b a el material de The Human League, especialmente “Being Boiled”. Le pasó
un demo de la canción a Bob Last y a este le gustó tanto que quiso editarla sin re-
grabar nada. Last, un fanático enfermo de Parliament-Funkadelic, recuerda oír
“un riff de bajo fenomenal, súper gordo, a la mitad de ‘Being Boiled'; algo que
sonaba como un riff de Bootsy Collins pero en versión mutante. No podía parar
de pensar: ‘Dios, tenemos que editar esto’”. A Last también le encantaba la ma
nera en la que The Human League “jugaba con todo este paisaje cultural de lo
kitsch”, abr^azándolo y burlándose de él al mismo tiempo. Esto saltaba a la vista
en “Circus o f Death”, el lado B de “Being Boiled” que Ware describió una vc:z
como “un viaje subliminal a través de todas las películas más trash de la historia
del cine”. La canción cuenta la historia de un payaso maléfico que dirige un circo
de pesadilla y usa la siniestra droga “Dominion”, que le permite controlar las men
tes, para apaci^guar a la población (y todo esto con Steve McGarrett, de la serie te
levisiva Hawaii-Five-0, viniendo al rescate en un vuelo comercial común y co
rriente que debe aterrizar en el aeropuerto de Heathrow, Londres).
El single de “Being Boiled” fue editado en junio de 1978 con el eslogan
“ Electrónicamente tuyo” encabezando la tapa. Ese mismo mes, The Human
League hizo su debut en vivo en la Escuela de Bellas Artes del campus Psalter
Lane, parte de la Universidad de Sheffield. La banda dio con una solución,
a la vez pragmática y artísticamente interesante, a la hora de decidir cómo
reproducir los tracks. “Salimos al escenario con una cassettera, con el ritmo y 147
los bajos ya grabados”, dice Marsh. “Nos gustó la idea de ponerla en el lugar
en el que se suponía que estuviera el baterista, con un reflector que le apunta
ra y todo. Nosotros saldríamos al escenario después, tomaríamos nuestras res
pectivas posiciones tras los teclados y, luego, yo caminaría con la mayor de las
determinaciones hasta donde estaba la cassettera y apretaría ‘play’. Sabíamos
que hacer una cosa así iba a irritar sobremanera a la fraternidad del rock ’n'
roll, a los creyentes del ‘la música tiene que ser en vivo’. En ese momento, los
únicos que usaban tracks pregrabados cuando se presentaban en vivo eran los ar
tistas de música disco, cuando hadan esas presentaciones especiales en los clu
bes nocturnos y las discotecas o cosas por el estilo.”
El primer show salió bien porque algunos estudiantes de arte habían eri
gido una pared de televisores mal sintonizados detrás de la banda pero, a decir
verdad, las fechas subsiguientes se vieron un tanto afectadas porque, si de ver
se trataba, lo cierto es que The Human League no tenía mucho para ofrecer.
“Martyn y yo siempre estábamos estáticos detrás de los sintetizadores”, dice
Marsh. Oakey, por su lado, estaba igual de rígido a causa de su pánico escé
nico. Pero entonces se les acercó un estudiante de arte llamado Adrian Wright
y les ofreció encargarse de rectificar su déficit estético con proyecciones de
diapositivas. “Adrián tenía acceso a proyectores Kodak profesionales. Podía ‘to
marlos prestados’ de la universidad”, dice Marsh. Así, The Human League se
hizo con su cuarto miembro, a quien le dieron el título de “director artístico”.
Wright era un coleccionista obsesivo de memorabilia de la cultura popular:
cartas de E l agente de CIPOL, libros de Rin Tin Tin, souvenirs varios de Doctor
Who y de los shows de marionetas de Gerry Anderson, Thunderbirds y Stmgray.
“ Si ibas al monoambiente de Adrian te encontrabas con cada centímetro cua
drado de pared, del piso al techo, repleto de cómics y juguetes”, dice Ware.
Wright también tenía cierta fascinación con la cultura de las celebridades, dice
Oakey. “Con esas personas que sabían manipular a los medios de comunica
ción y podían usarlos para sus propios fines. Estaba absolutamente fascinado
con los Kennedy y con Hitler, fascinado al extremo de que había quienes cre
ían que era un fascista. Pero, de hecho, él solo estaba interesado en la manera
en la que esta gente usaba la imagen y la propaganda.” Com o “director artís
tico” de The Human League, Wright desarrolló un set de proyecciones de dia
positivas cada vez más complejo, yuxtaponiendo imágenes tomadas del ámbi-
148 to de la ciencia y la tecnología (cohetes, gráficas, diagram as, plataformas
petroleras) con imágenes de la naturaleza (flores, animales) y de la cultura pop
(arte erótico, celebridades, publicidades). “Nuestro primer show realmente exi
toso -u n recital gratuito que dimos en The Limit, en Sheffield- fue la noche
que contamos por primera vez con las diapositivas de Adrian”, dice Marsh.
Después de la edición de “Being Boiled” y de sus primeros recitales fuera de
Sheffield, The Human League empezó a recibir la aprobación de las celebrida
des. David Bowie los saludó como un atisbo al futuro del pop. Hicieron fechas
en Europa junto a Devo e I ^ y Pop. Fueron invitados a ser la banda soporte de
Siouxie and the Banshees cuando estos últimos salieron de gira (acontecimien
to para el que The Human League fabricó sus propios “escudos antidisturbios”
de fibra de vidrio para proteger a sus sintetizadores de las eventuales latas de cer
veza que fueran a lanzarles). Su relación con Fast Product no dejó de crecer: Bob
Last pasó a funcionar creativamente casi como si fuera el quinto miembro de la
banda y, eventualmente, se transformó en su manager. “Bob tenía una sensibi
lidad fantástica, para él todo era un suceso artístico”, dice Ware.
Además de su pasión por lo conceptual y por la estética detrás de los discos,
The Human League y Fast Product también compartían una misma actitud
anti-hippie, anti-abulia y anti-“pensamiento relajado”. Dice Ware: “Nos gusta-
ba la acción, teníamos esta manera -típica de Sheffield- súper protestante de
encarar el mundo, ‘hay que trabajar todo el día’ y cosas como esas”. El segun
do disco que The Human League editó vía Fast Product fue, de hecho, un tri
buto al trabajador. El EP The Dignity ofLabour [La dignidad de los trabajado
res] incluía cuatro tracks instrumentales electrónicos inspirados en el programa
espacial soviético. Cada uno de los tracks ofrecía una perspectiva distinta sobre
el mismo concepto, a saber: hasta qué punto la tecnología moderna dependía
en última instancia de los trabajadores. En este caso, mineros rusos que traba
jando duro debajo de la corteza terrestre extraían el carbón necesario para hacer
el acero que, luego, sería transformado en las grúas que habrían de completar
la nave espacial de Yury Gagarin. Gagarin también aparece en la tapa del disco
como una figura espléndidamente aislada que camina a través de una plaza de
Moscú para recibir una medalla por ser el primer humano en viajar al espacio
exterior. El EP venía, además, con un fjlexi disc de regalo que documentaba --en
verdadero estilo brechtiano- a la banda y a Last mientras discutían cómo debía
ser la tapa del disco. Al final, Oakey hacía una pequeña reflexión acerca del tema
de este EP conceptual: el individualismo versus el colectivismo. 149
The Dignity ofLabour se editó en abril de 1979, a menos de un mes de las
próximas elecciones generales del Reino Unido. El resultado de esas elecciones
-la aplastante derrota del gobierno laborista- inauguraba una era en la que el
individualismo pasaría a ser férreamente defendido a expensas de todo valor co
lectivo. “N o se podía vivir en Sheffield y no estar al tanto de que la era indus
trial se estaba cayendo a pedazos”, dice Last. “Así que al menos en un nivel el
EP sí era un himno totalmente serio a la dignidad de los trabajadores. Claro que,
al mismo tiempo, también estaba recubierto por muchas otras capas distintas:
capas de ironía, de duda y de alienación.” A pesar de lo oportuno de sus concep
tos y de su electrónica evocativa y precursora, los introspectivos tracks instru
mentales del EP confundieron a la mayoría de los fans de “Being Boiled”.
Last creía que no tenía ningún sentido sacar un tercer single d eT h e Human
League por Fast Product y decidió conseguirles a sus protegidos un contrato con
una compañía discográfica grande. Acercándose nuevamente a los sellos londi
nenses, los integrantes de The Human League esta vez se presentaron como la
vanguardia del próximo gran acontecimiento en la historia de la música, como
una ola de positividad tras el nihilismo y la furia del punk. La primera can
ción de su demo, “Blind Youth” [Juventud ciega], ridiculizaba a los predica-
dores fashionistas del pesimismo, en especial a aquellos que consideraban que la
vida urbana moderna era algo así como cierto tipo de pesadilla distópica. “High-
rise living’s not so bad” [La vida en los monoblocks no está tan mal], canta
Oakey, una indirecta mordaz que le apuntaba tanto a Ballard com o a The
Clash. “Dehumanization is such a big word/ It’s been around since Richard
the T hird” [Deshumanización es una palabra tan pom posa/ H a estado ahí
desde Ricardo 111]. Rechazando la postura “no hay fu turo” del punk, The
Human League exhortaba a la enceguecida juventud británica declarando:
“Take hope [...] Your time is due/ Big fun come soon/ Now is calling” [Ilusiónate
[...] Tu tiempo ya está aquí/ Enseguida habremos de divertirnos a lo grande/
El ahora está llamando).
Mientras que T he Fall pareció llegar a la vida como una entidad plena
mente formada y con un sonido claramente propio, Joy Division necesitó algo
más de tiempo para encontrar su propia identidad. Empezaron como Warsaw,
una banda de rock pesado con influencias punk bastante irrelevante. Escuchar
los demos que sobrevivieron de esa primera época produce cierto escalofrío
en los oídos, y se puede sentir un destello de diferencia. Es algo así como una
cualidad metálica, algo que remite tanto a la sustancia material “metal” como
al género musical que lleva su nombre. “ Digital”, la primera grabación de la
banda luego de haber sido rebautizada como Joy Division, no suena a un m i
llón de años luz de distancia de “Paranoid”, de Black Sabbath: es una golpi
za oscura y rápida, m úsica fúnebre ejecutada a toda velocidad que fusiona
ritmo y pesadez. 165
Bill Ward, de Black Sabbath, dijo una vez que “la mayoría de la gente vive
en un estado de depresión permanente, solo que no lo saben. Nosotros esta
mos tratando de expresarlo por ellos”. La voz y las palabras atormentadas de
lan Curtís ofrecían una visión de la vida igualmente “pesada”. Si uno mira sus
letras, ciertas palabras y ciertas imágenes se repiten una y otra vez: frío, pre
sión, oscuridad, crisis, fracaso, colapso, pérdida de control. Hay incontables
escenas de esfuerzos inútiles, intenciones frustradas y destinos ruinosos “cer
niéndose”. Por sobre todas las cosas, hay palabras terminales, infinitos “ends”
y “fin als” . Los puntos de referencia de Joy Division eran, de todos modos,
menos lúmpenes que los del heavy metal. En vez de cómics de superhéroes
impresos en papel barato o música blues bastardeada, eran J.G . Ballard y Low
de Bowie. Más que al invulnerable “Iron M an” [Hombre de hierro], la guita
rra de Sumner evoca el metal herido, penetrante, de Crash: es un metal que
está retorcido y colapsado, desparramado y desgarrado.
La originalidad de Joy Division se fue haciendo cada vez más evidente, de
hecho, a medida que las canciones se fueron volviendo más lentas.
Deshaciéndose del sonido rápido y lleno de distorsión del punk, la música de
lan Curtis y compañía devino inhóspita y rala. El bajo de Peter Hook llevaba
la melodía; la guitarra de Bernard Sumner se ocupaba más de dejar espacios
vados en la música que de rellenar el sonido de la banda con una densa mare
jada de riffs; las baterías de Steve Morris parecían estar rodeando el borde de
un cráter. Curtís recitaba sus palabras desde “un lugar solitario” que estaba ubi
cado justo en el centro de toda esta extensión vacía. Todo este espacio en la
música de Joy Division fue algo que los críticos notaron de inmediato. De
hecho, habría sido difícil no notarlo, aun si Curtís no lo hubiese anunciado a
los cuatro vientos eligiendo títulos como “Interzone” o incluyendo referencias
líricas a una “tierra de nadie”.
Aunque la inspiración inicial fue “Warszawa” , un track instrumental es
pectral que estaba incluido en el lado B de Low, el nombre original de la
banda, Warsaw [Varsovia], fue principalmente elegido a causa de la capital
polaca y sus vínculos con la Segunda Guerra Mundial (el levantamiento del
gueto judío, los alemanes arrasando la “Vieja Jerusalén”) y el Bloque Oriental
(el totalitarismo soviético, la Guerra Fría). Al igual que la palabra “ Berlín”,
“Varsovia” traía a la mente de manera inmediata imágenes de un espacio ur-
166 bano desolado: una ciudad reconstruida con velocidad tras la devastación de
una guerra; puras torres de departamentos, sobrias y altísimas, y ministerios
de gobierno sacados de 1984, la novela de George Orwell; calles cuidadosa
mente anchas diseñadas para permitir el paso de los tanques rusos. La segun
da encarnación de la banda, sin embargo, tenía connotaciones aún más som
brías. El nombre “Joy Division” salió de House ofD olls, una novela escrita en
1965 por un sobreviviente de los campos de concentración que tomó su seu
dónimo, Ka-Tzetnik 135633, del número de prisionero que tenía tatuado en
el brazo. La novela está escrita desde el punto de vista de una chica de cator
ce años que es enviada al “Cam p Labor Vía Joy” de Auschwitz, la “división
del placer” [joy division] en la que las mujeres judías eran mantenidas prisio
neras en calidad de esclavas sexuales para satisfacer a las tropas alemanas que
llegaban del frente ruso.
Steve Morris sostiene que el nombre de la banda indicaba una identifica
ción con las víctimas, no con los victimarios. “N o se trataba de la ‘raza supe
rior’, sino del otro lado de la cuestión, tenía que ver con los oprimidos, no con
los opresores.” Sumner ha declarado en más de una ocasión que la obsesión de
la banda con el nazismo respondía a su deseo de mantener vivos tanto los re
cuerdos de la Segunda Guerra Mundial como la memoria de lo que la genera-
ción de sus padres y la de sus abuelos habían tenido que sacrificar en pos de la
batalla del bien contra el mal. Así y todo, no hay duda de que Joy División ju
gaba con fuego cuando de coquetear con la imaginería nazi se trataba. En el
mini-álbum Short Circuit: Live a t the Electric Circus (un verdadero documen
to de la escena punk de Manchester), se puede escuchar a lan Curtis gritán
dole a la audiencia: “¡Todos ustedes se olvidaron de Rudolf Hess!” . En junio
de 1978, la banda editó de forma independiente su primer disco, el EP An Ideal
fo r Living. La tapa mostraba un dibujo de un niño rubio de las Juventudes
Hitlerianas tocando el tambor y una foto de un guardia de asalto alemán apun
tándole una pistola a un pequeño niño judío polaco. Por aquellos días, el nom
bre artístico de Sumner era Albrecht (con todas las connotaciones germanas
que eso traía consigo) y la imagen de la banda -cam isas grises, el pelo muy
corto, corbatas finitas- tenía una austeridad y una disciplina monocromáticas
que no podían más que recordar al totalitarismo.
En una época en que los neonazis estaban marchando una vez más por las
calles de todas las grandes ciudades del Reino Unido y los ataques raciales iban
en aumento, había quienes creían que cualquier ambigüedad en las lealtades 167
personales era irresponsable. D e acuerdo con Morris, todas las críticas que la
banda recibía (“¡Nosotros sabíamos que no éramos nazis, pero así y todo no
parábamos de recibir cartas vía NME que nos acusaban de estar dándole asilo a
Eichmann en el ático!”) solo los animaron “a seguir haciéndolo, porque esa es
la clase de personas que somos”. A sí y todo, también es cierto que el flirteo iba
un poquito más allá del mero “chiste perverso”. Años más tarde, Hook y Sumner
hablaron abiertamente de su fascinación con el fascismo. Sumner se entusias
mó discutiendo acerca de la belleza (el arte, la arquitectura, el diseño, incluso
los uniformes) que emergió de allí pese a “todo ese odio y toda esa domina
ción”. Hook, por su lado, admitió la oscura seducción de “esa sensación física
que uno obtiene de coquetear con algo como eso. Nosotros creíamos que era
una sensación muy, muy poderosa”.
Con respecto a lan Curtis, su obsesión con Alemania provenía más bien,
al menos hasta cierto punto, del chic berlinés de sus héroes glam: Lou Reed,
Iggy Pop y David Bowie. También se sentía infinitamente intrigado por la
psicología de masas del fascismo, por el m odo en que un líder carismático
podía hechizar a una población entera al punto de hacerla hacer o aceptar
cosas irracionales o lisa y llanamente monstruosas. Una de sus primeras can-
ciones, “Walked in Line” , trata acerca de aquellos que solo hicieron lo que se
les ordenó hacer, cometiendo crímenes en un “trance hipnótico” . Explorador
de los rincones más oscuros de la literatura, como lo son las obras de Conrad
o Kafka, Curtis disfrutaba de contemplar la insondable capacidad de la hu
manidad para lo inhumano. C om o Una Baines, C urtis también estaba extre
madamente interesado en la enfermedad mental. Un pariente suyo trabajaba
en un pabellón psiquiátrico y siempre llegaba con historias nefastas, y el pro
pio Curtis trabajó por algún tiempo en un centro de rehabilitación para gente
con discapacidades mentales y físicas. Com o cuenta con frialdad Deborah
Curtis en las memorias de su matrimonio con el cantante: “M e chocaba que
Ian ocupara todo el tiempo libre que tenía leyendo y reflexionando sobre la
miseria humana''.
El tono barítono fatalista de Curtis y su obsesión con el lado oscuro a me
nudo hicieron que se lo com parara con Jim Morrison. En efecto, T he Doors
era una de sus bandas preferidas. “Shadowplay” de Joy Division es algo así
como el reverso de “L.A. Woman” de los Doors, con la propulsión viril y cons-
168 tante y la velocidad de autopista de esta última reducidas a nada más que un
lóbrego tránsito a través de una ciudad que difícilmente podría parecerse menos
al soleado sur de California. El tipo de espacio que se puede oír en la música
de Joy Division, abierto pero claustrofóbico, es de hecho exactamente lo opues
to al espacio de tipo utópico que puede hallarse en el rock de los sesenta: la
imaginería de la autopista como única frontera y la euforia “explosiva’ de “Born
to Be Wild”, de Steppenwolf, o la salida cósmica intempestiva de bandas como
Pink Floyd o The Jimi Hendrix Experience.
Todo ese espacio contenido en la música de Joy Division necesitaba lugar
para respirar. Cuando tocaban en clubes chicos, de hecho, eran “un poco de
sastrosos, puro ruido”, dice John Keenan, el organizador oriundo de Leeds que
estaba detrás de los festivales de música postpunk Futurama. “Pero cuando los
volví a ver, esta vez en un lugar grande, con un poco de eco, de repente todo
tenía sentido. N o era una banda para tocar en clubes, era una banda que tenía
que tocar en estadios.”
Joy Division se asoció por primera vez con el productor estable d e Factory
Records, M artin H annett, cuando grabaron los dos temas que formarían
parte de A Factory Sam ple, el lanzamiento inaugural del sello que enseguida
habría de transformarse en la compañía discográfica independiente más im-
portante de Manchester. Encargado de producir las siguientes grabaciones de
la banda para el sello, Hannett se dispuso a capturar e intensificar la inquie
tante espacialidad de Joy Division. Los discos de punk, en líneas generales,
imitaban el sonidocuadrado y directo del recital en vivo en un club chico. Los
tempos acelerados y las guitarras distorsionadas del punk se llevaban bien con
la reproducción de sonido metálica y bidimensional del single de siete pulga
das. Por su lado, Hannett (un personaje de los sesenta, un head que amaba la
psicodelia y el dub) creía que el punk era, en cambio, por completo conserva
dor en términos de sonido, y esto precisamente a causa de su negación a ex
plotar la capacidad del estudio de grabación para crear espacio. El punk era
música para adolescentes con radios a transistores y tocadiscos baratos, no para
adultos con un sistema de sonido estéreo como Dios manda.
Tony Wilson, el fundador de Factory Records, hablaba del genio de Martin
Hannett en términos de sinestesia, una condición poco común en la que los
sentidos se confunden. “Podía ver el sonido, darle forma y reconstruirlo.” Este
“sentido realmente visual que la mayoría de la gente sencillamente no tiene”
se veía acentuado, además, por el hecho de que Hannett era un acérrimo fu 169
mador de marihuana en cantidades exorbitantes. El hash, le dijo una vez a un
entrevistador, es “bueno para los oídos”. A Hannett también le gustaba la psi-
cogeografía del espacio urbano, y supo declarar cosas como: “los espacios pú
blicos y desiertos y los edificios de oficinas vados me dan un subidón”.
“ D igital”, la primera colaboración de Hannett como productor de Joy
Division, tomó su nombre de su juguete sónico favorito, el digital-delay de
AMS. Hannett usaba la AMS y otros efectos digitales que recién estaban salien
do al mercado a finales de los setenta para conseguir “control atmosférico”.
Podía envolver una canción, o incluso cada uno de sus instrumentos, en un
“aura” espacial, como si provinieran de un cuarto imaginario con dimensiones
y reverberaciones sonoras reales. Hannett hablaba de crear “hologramas sono
ros” por medio de la superposición de capas de “sonidos y reverbs”. Su uso dis
tintivo del delay digital AMS, sin embargo, era más bien sutil. Le aplicaba a la
batería un delay de un microsegundo que, aunque era apenas audible, creaba
una sensación de espacio cerrado, un sonido abovedado, tal y como si la mú
sica hubiese sido grabada dentro de un mausoleo. Hannett también creó so
nidos casi subliminales que titilaban como espectros en los recovecos más re
cónditos de los discos de Joy Division.
Las bandas punk, revirtiendo el estilo súper profesional y prolijo del me-
garock de los setenta (que implicaba grabar a los músicos por separado y luego
volver a reunirlos, ya en la consola de mezcla), por lo general grababan en vivo,
tocando todos juntos en el mismo espacio y en tiempo real. Hannett volvió a
invertir la lógica pero llevándola, esta vez, hasta el extremo. Exigía una “sepa
ración de los sonidos” totalmente limpia y clara, no solo para los distintos ins
trumentos, sino también para cada una de las partes de la batería. “ En general,
en los temas que él consideraba que podían convertirse en singles, me hada gra
bar cada parte de la batería (el redoblante, el bombo, el hi-hat) por separado,
para evitar que se filtrase cualquier posible sonido de ambiente”, suspira Morris.
“Primero la parte del bombo. Luego la parte del redoblante. Luego los hi-hats.”
Esto no solo hacía que el proceso de grabación fuese mortalmente largo: tam
bién creaba un efecto mecánico, desarticulado, no fluido. “La manera natural
de tocar la batería es tocar todas sus partes al mismo tiempo. Así que yo termi
naba con las piernas llenas de moretones porque me las golpeaba silenciosamen
te con las palmas, sin hacer ni el más mínimo ruido, para Hacer de cuenta que
170 también estaba tocando todas las otras partes de la batería que no estábamos
grabando mientras grabábamos una.” Este trato deshumanizante -convertir bá
sicamente a Morris en una caja de ritmos- era típico de la actitud más bien
despótica de Hannett para con los músicos. Claro que tal tiranía también tenía
sus ventajas en términos estéticos, porque resultaba ser que la desarticulación
promovida por Hannett en realidad realzaba la atmósfera inhóspita y alienada
del sonido de la banda. Los resultados saltan a la vista en uno de los momen
tos culminantes de la sociedad Hannett/Joy Division, “She’s Lost Control”: un
loop de batería mecano-disco; tom-toms que suenan como rulemanes; una línea
de bajo que parece un cable de acero ondeando estrictamente a tempo y unas
guitarras que son como una explosión contenida, como si el único elemento
verdaderamente rockero del tema hubiese sido sujetado de pies y manos.
Hannett amaba torturar psicológicamente a los músicos para crear tensión.
En una ocasión, forzó a Morris a desarmar toda su batería porque decía que había
una vibración indeseable (vibración que Hannett bien pudo haber imaginado o
sencillamente inventado). De acuerdo con Chris Nagle, el ingeniero de graba
ción en el disco debut de Joy Division, Unknown Pleasures, y en los singles
“Transmission” y 'Atmosphere”, Hannett a veces se iba a dormir abajo de la con
sola de mezcla solo para crear, deliberadamente, “un estado de pánico. Y después
le imponía su voluntad a todo el mundo, y los músicos volvían al estudio verda
deramente alterados y furiosos”. La propia diabetes de Nagle devino de hecho
otro instrumento de tortura en manos de Hannett. Ponía el aire acondicionado
del estudio lo más frío posible, supuestamente para ayudar a Nagle. “Temblábamos
de frío, literalmente”, dice Morris. Hannett quería animar activamente a los mú
sicos a que se fueran del estudio después de que hubieran grabado sus respecti
vas partes para poder trabajar solo y en paz con el material. Parecería ser que esta
temperatura á r ti» de los Strawberry Studios se coló en la música de Joy Division;
cuando uno escucha Unknown PUasures, casi que se puede ver cómo el aliento
de Ian Curtis se condensa al entrar en contacto con el aire frío.
En su momento Joy Division odió lo que Hannett le había hecho a su mú
sica. Para ellos, Unknown PUasures sonaba escurrido y raquítico. Hubieran pre
ferido terminar con algo más parecido al ataque extremo de sus shows en
vivo. Hannett había usado uno de sus artefactos preferidos, el Marshall Time
M odulator, para sofocar deliberadamente las guitarras y los demás instru
mentos. “Hacía que todo sonara más chiquito”, dice M orris. “ ¡Un gran riff
de tom-toms mío terminaba sonando como un par de cocos siendo golpea- 171
dos con escarbadientes!” Sea como fuere, sin la producción despojada de
Hannett, Unknown Pleasures jamás hubiera sido el paisaje sonoro tan impre
sionantemente invernal que es.
Editado en junio de 1979, Unknown PUasures atrajo tanto las miradas como
los oídos. La tapa, diseñada por el director artístico de Factory Records, Peter
Saville, era un vado negro solo interrumpido por un pequeño diagrama cien
tífico de líneas ondulantes cuyas crestas arrugadas y sus pendientes abruptas
recordaban los contornos de una cordillera. Bernard Sumner había hallado el
diagrama en la Cambridge Encyclopaedia o f Science. Es un análisis de Fourier
de cien espasmos lumínicos consecutivos emitidos por el púlsar CP 1919. Los
púlsares son los restos que quedan atrás cada vez que una estrella de mucha
masa solar agota su energía y colapsa sobre sí misma. Son altamente electro
magnéticos y emiten flashes regulares de una energía muy intensa, lo que hace
que se vean como faros en medio del negro infinito del cosmos. ¿Era así como
lan Curtis empezaba a verse a sí mismo, como una estrella emitiendo una señal,
un faro en medio de la oscuridad? ¿Podría haber sabido que los púlsares for
man parte de una clase especial de cuerpos celestes conocidos como “estrellas
de neutrones misantrópicas o ais^ladas"?
La gente comenzó a sintonizar la señal. El paulatino éxito de Unknown
Pleasures y del hipnótico single “Transmission” le valieron a Joy Division una
cúmulo de seguidores cada vez más obsesivo (cúmulo que fue apodado el “Culto
Sin Nombre” y que, de acuerdo con el estereotipo, estaba principalmente for
mada por intensos jóvenes de sexo masculino ataviados con sobretodos grises).
Joy Division entendió el poder y la atracción de la mística desde el principio;
el texto que aparecía en la contratapa de An Idealfo r Living declaraba: “Esto
no es un EP conceptual, esto es un enigma”. La negación de la banda a dar en
trevistas (después de haber tenido algunas malas experiencias durante la pri
mera época) solo ayudaba a aumentar su aura. El culto se expandió a lo largo
de toda la segunda m itad de 1979, a m edida que Joy Division tocaba en even
tos cada vez más prestigiosos, encabezando la program ación del festival
Futurama de John Keenan y acompañando com o banda soporte (y eclipsan
do) a los Buzzcocks en su gira por el Reino Unido.
El siguiente single de Joy Division, el impresionante “Atmosphere”, sin
duda les hubiera valido su primer hit si hubiese sido editado por Factory.
172 En vez de eso, la banda se lo dio al oscurísimo sello francés ultra arty Sordide
Sentimental, que lo sacó en marzo de 1980 com o una reducidísima edición
limitada bajo el título de Licht und BUndheit. C on su vasto paisaje de bate
rías, sus sintetizadores congelados y sus cascadas de cam panitas,
“Atmosphere” suena com o si fuera una colaboración soñada entre Nico y
Phil Spector. La im agen de la tapa en la edición original de Sordide
Sentimental - u n m onje encapuchado, de espaldas al espectador, escrutan
do un pico alpino cubierto de nieve- captura ese m om ento en que Joy
Division empezó a quedar envuelta, voluntaria o involuntariamente, en una
cierta religiosidad.
“Poseído”. Así es como Martin Hannett, normalmente seco y sardónico,
describió a lan Curtis en una entrevista con Jon Savage. “Fui yo quien dijo ‘to
cado por la mano de Dios' en una revista holandesa. Curtis era uno de esos ca
nales para la expresión del espíritu de los tiempos, el único con el que yo me
crucé en esa época. Un pararrayos.” Uno no necesita ponerse místico, de todos
m odos, para ver a Curtis como una figura de tipo oracular, para percibirlo
como alguien cuyo propio dolor privado, de alguna manera, consiguió fun
cionar como un prisma para la cultura en su conjunto, refractando el males
tar y la angustia de Gran Bretaña para finales de la década del setenta.
Ese dolor privado, sin embargo, también era algo bastante específico: pro
blemas de la vida adulta como un matrimonio fallido, una infidelidad y una
enfermedad. Curtis se había desenamorado de su esposa justo cuando ella aca
baba de dar a luz a su primer hijo y se había enredado en un romance con una
glamorosa mujer belga altamente demandante llamada Annik Honoré. Como
si todas estas emociones conflictivas no fueran suficientes, Curtis t ^ b i é n tenía
que lidiar con la epilepsia. Extrañamente, Curtis solía bailar hacía ya bastante
tiempo, sobre el escenario, con un estilo nervioso y convulsivo que se aseme
jaba mucho a un ataque epiléptico, todo esto mucho antes de sufrir su primer
episodio, en diciembre de 1978. ¿Era de alguna manera posible que hubiese
sido capaz de canalizar una forma latente de este desorden eléctrico del siste
ma nervioso transformándola en un estilo de baile y haciendo de ella su marca
registrada sobre el escenario? ¿O era de hecho su manera de bailar la que en
realidad había terminado provocando los síntomas? Tanto Deborah Curtis
como Bernard Sumner recuerdan que Curtis se había hecho am igo de una
chica epiléptica en el centro de rehabilitación en el que solía trabajar. La chica
luego murió durante uno de sus episodios y se dice que fue ella quien inspiró 173
“She’s Lost Control” [Ella perdió el control].
Nadie sabe por qué Curtis se volvió epiléptico, pero está claro que los pode
rosos tranquilizantes que le recetaron para controlar su nueva condición -sedan
tes como el fenobarbital y la c arb a m ^ p in a- le nublaron la cabeza, minaron su
espíritu y lo hicieron todavía más vulnerable a la culpa y la confusión que sen
tía tras su infidelidad. Con semejantes ánimos sombríos cerniéndose sobre el
líder y ^cantante de la banda, no es de sorprender, entonces, que las sesiones de
grabación de marzo de 1980 para Closer, el segundo disco de Joy Division, es
tuvieran rodeadas de lo que Hannett llamó un “extraño clima social”. Hannett
describió este segundo álbum como “cabalístico, encerrado en un mundo enig
mático propio”. Sumner recuerda quedarse en el estudio toda la noche, a veces
hasta dormir en la sala de control. “A la noche la atmósfera se ponía aún más
rara.” En comparación con Unknown PUasures, las texturas de Closer son más
etéreas y experimentales. Hook a menudo usaba un bajo de seis cuerdas para
conseguir más melodía, y Sumner fabricó un par de sintetizadores a partir de
kits do it yourself. Morris se había comprado una caja de ritmos y hada cosas
como procesarla a través de lo que él describe como “el pedal de distorsión más
de mierda que te puedas imaginar” , lo que generó derivas tales como el desolla-
dero de ruido seco y furiosamente enfermo, tipo esquiladora, que puede escu
charse en el fondo de “Atrocity ^Exhibition”, el tema que abre Closer.
Fieles a una represión emocional típicamente británica, ni sus compañe
ros de banda ni Hannett eran capaces de hablar honesta y abiertamente con
Curtís acerca de sus problemas. Así y todo, sí parecen haber absorbido su dolor
y haberlo recreado sonoramente. Escuchar Closer es como estar dentro de la
cabeza de Curtís, sintiendo el terrible arrastre arremolinado de la depresión
terminal. El lado A es pura agonía: el enjambre de afiladas navajas de “Atrocity
Exhibition”; la mortaja de hielo de “Isolation”, en la que Curtís suena como
si estuviera envuelto en una neblina de barbitúricos, su voz mineralizada por
los efectos de Hannett. El avance m onótono de “Passover” se siente como si
las baterías de la banda se estuvieran agotando. Lo sigue el rock duro, puniti
vo, de “Colony" y de ‘'.A Means to an End”, en la que la batería de Morris fi
nalmente sí se desacelera y aminora la marcha, cual máquina moribunda.
El lado B de Closer es de alguna manera aún más perturbador a causa de
su serenidad, como si Curtís sencillamente hubiera decidido dejar de oponer
174 toda resistencia. El trance entumecido y el deslizarse narcótico de “Heart and
Soul” le ceden el paso a la desesperada y resignada “Twenty Four Hours”, con
su hermosa línea de bajo latiendo como un corazón pesaroso mientras la voz
de Curtís suena inquietantemente profunda, como si el micrófono estuviera
directamente dentro de su pecho. Las épicas arcadas envueltas de neblina de
“T he Eternal” conjuran una sensación turbadora, el presentimiento de que
Curtís está mirando su propio cortejo fúnebre. Por último, está el insuperable
agotamiento del mundo de “Decades”, el final de Closer. con su beat apático
y su andar de caballo cansado y unos sintetizadores que suenan erosionados y
descoloridos, como si fueran viejas películas Super 8 caseras de felices recuer
dos de la infancia.
Curtís escribió las letras de Closer como si estuviera en un estado de tran
ce, sin editar ni reescribir nada. Hay alusiones a la dislocación y al matrimo
nio muerto (“a valueless collection o f hopes and past desires” [una colección
de esperanzas y anhelos pasados sin valor alguno], “the sound from broken
homes” [el sonido de los hogares rotos]) y una aplastante sensación de fracaso
(‘T m ashamed o f the things I’ve been put through/ Im ashamed o f the per-
son I am” [Estoy avergonzado de las cosas por las que he tenido que pasar/
Estoy avergonzado de la persona que soy]). Más que todo lo anterior, sin em-
bargo, hay cansancio. Según Sumner, Curtis le dijo: “Me siento como si es
tuviera siendo succionado por un gigantesco remolino y no hay nada que yo
pueda hacer al respecto”.
Las tabletas de barbitúricos que Curtis estaba tomando para controlar su
epilepsia eran como pequeñas dosis de muerte que lo iban congelando de aden
tro hacia afuera. “Los barbitúricos le cambian la personalidad a la gente”, dijo
Vini Reilly, otro artista de la nómina de Factory que tenía sus propios proble
mas psicológicos y que se acercó mucho a Curtis durante este período. “ Uno
pierde todo sentido de la realidad. Eso es lo que pasó, y él se alejó cada v a más
y más, tanto que no pudo volver.” Canciones como “Isolation” y “The Eternal”
vienen de los mismos paisajes emocionales sin vida que Desertshore y The MarbU
Index de Nico, son sonidos amputados de la firmeza y la sangre caliente del
contacto humano y la c ^ a ra d e ría . La última letra que Curtis llegó a termi
nar, “In a Lonely Place”, incluía una referencia cargada de pulsión de muerte
a “acariciar el mármol y la piedra”.
En medio de los tres meses que separaron el final de la grabación de Closer,
a fines de marzo de 1980, y su edición en julio de ese mismo afio, Curtis in- 175
tentó suicidarse con una sobredosis de píldoras. Además de todo lo que lo aque
jaba, estaba deprimido porque su epilepsia no dejaba de empeorar y ya había
empezado a interferir en su capacidad para cumplir con su rol en la banda. En
una ocasión tuvo que dejar el escenario tras sufrir un ataque ahí mismo, mien
tras tocaban en vivo. Simon Topping, el líder y cantante de A Certain Ratio,
otra de las bandas de Factory Records, tomó su lugar, lo que hizo que la au
diencia se violentara y todo terminase en un desmadre. “Para ese entonces el
médico le estaba diciendo que la única manera de controlar la epilepsia era lle
var una vida realmente tranquila”, dice Peter Hook. “Nada de beber, nada de
drogas, nada de emociones fuertes. Y ahí estaba él, el cantante de una banda
que justo se estaba volviendo grande.”
A pesar de la sobredosis de Curtis y del constante deterioro de su condi
ción, lo cierto es que no se hizo ningún intento real de reducir la carga labo
ral de la banda. La primera gira de Joy Division por los Estados Unidos ya es
taba en marcha. Curtis le dijo a algunas personas que quería tomarse algo de
tiempo para descansar, pero frente a sus compañeros de banda fingía estar emo
cionado. N o quería decepcionar a sus camaradas ni a Factory Records. Para
este entonces, el sello dependía casi enteramente de Joy Division. En la gran
presentación de Factory en el M oonlight de Londres en abril de 1980, Joy
Division tocó las tres noches. Eran la atracción principal que haría que la gente
viniera a ver al resto de los artistas, menos conocidos, que formaban parte de
la nómina del sello. Así y todo, Curtís debió haber tenido sus serias dudas res
pecto de eso de ser un ícono. En “Atrocity Exhibition” pasa continuamente de
ser el maestro de ceremonias del show de fenómenos a ser él mismo el entre
tenimiento monstruoso, prostituyendo su propia neurosis y contorsionándo
se sobre el escenario.
El punto de quiebre llegó el 18 de marzo de 1980. Luego de visitar a su ex
esposa y pedirle, sin éxito, que abandonara los trámites del divorcio, Curtís se
quedó despierto toda la noche mirando una película de su director de cine fa
vorito, Werner Herzog, y escuchando The Idiot de Iggy Pop. Finalmente se
colgó mientras “esa horrible luz del día'' (“In a Lonely Place”) se acercaba.
El suicidio de Curtís a los veintitrés años lo transformó instantáneamente
en mito. El mero compromiso del acto confirmaba la autenticidad de las le
tras y la música de Joy Division de una manera que era, a la vez, bastante pro-
176 blemática, perfectamente lógica y en última instancia inevitable. Com o siem
pre lo había querido, Curtís se unió al panteón de aquellos que vivieron
dem asiado intensamente y sintieron dem asiado profundam ente com o para
poder existir por m ucho tiempo en este m undo de medias tintas y conformis
mos. Quitándose las lágrimas de la cara, Factory se lanzó con entusiasmo a
construir y alimentar la leyenda. Peter Saville le dio al single póstumo “Love
Will Tear Us Apart” una exquisita tapa abstracta que se veía como el lustroso
interior de mármol de un cenotafio. La tapa de Closer, de hecho, mostraba una
fotografía que había sido tomada en un cementerio de Génova: un cuadro es
culpido del Cristo muerto rodeado de abatidos dolientes.
“Love Will Tear Us Apart” se convirtió en el primer single de Joy Division
en alcanzar los charts del Reino Unido. La voz aterciopelada de Curtís, el
bajo de H ook y el teclado de Sum ner trazan, los tres al unísono, la m ism a
melodía tím ida, rendida, mientras la batería de Morris se escabulle con agi
tación etérea. En “Love Will Tear Us Apart” y su brutal lado B, “These Days”,
tanto el cantante como la banda suenan crudos y expuestos, como si estu
vieran en carne viva. La letra refleja el resplandor cándido y lacerante de una
relación m oribunda, instantáneas de mal sexo y confianzas traicionadas.
Aunque el final de su matrimonio era solo uno de los factores en juego y, de
hecho, no era algo de lo que todo el m undo estuviera al tanto, “Love Will
Tear Us Apart” fue recibida com o la nota suicida de Curtis para su público,
la explicación oficial.
Para cuando Throbbing Gristle anunció que “la misión había terminado”,
P-Orridge ya sentía que la música industrial se estaba convirtiendo en una
escena perceptiblemente desagradable. Si eso era cierto, sin embargo, era en
gran parte culpa de los propios miembros de Throbbing Gristle, que se habí
an ocupado de propagar la idea de que los extremos de la existencia humana
eran más fructíferos artísticamente hablando que toda zona intermedia. Para
P-Orridge, el ejemplo más grosero de una banda que hubiera “malinterpreta-
do” a Throbbing Gristle era Whitehouse, un grupo que él aborrecía. La sutil
distinción entre Throbbing Gristle y W hitehouse pasaba por una finísima
línea -u n a línea que corría entre una presentación neutral o ambivalente del
horror, la atrocidad y la crueldad y un inequívoco y descarado deleitarse en
el m al-, que muchos seguidores y músicos del género industrial cruzaban
con facilidad.
En las notas de la contratapa del primer álbum de Whitehouse,
Birthdeath Experience, el fundador y líder de la banda, W illiam Bennett,
prometía que “esta es la música más brutal y extrema de todos los tiempos”.
^ ^ iteh o u se usaba un sintetizador Wasp para generar un ruido nocivo y gra
baba todo al borde de la saturación para conseguir el máximo de distorsión
posible. No les importaban en lo más mínimo ni el ritmo, ni la melodía, ni
la estructura: sus miembros cortaron todo lazo con cualquier género musical
precedente y engendraron, en el proceso, un microgénero de música indus
trial basado en la premisa “los oídos son heridas” que luego daría en llamar
se “power electronics”. La meta de Bennett era “ir directamente, sin escalas,
a estados humanos puros”, lo que en su cabeza quería decir violencia y viola-
202 ción sexual encantadoramente servidas en melodiosas cancioncillas tales
como T m Com ing Up Your Ass” [Te voy a acabar en el culo] y “Cock
Dom inant” [Pija dominante]. Aunque el nombre del grupo había sido toma
do de la revista porno Whitehouse (que a la vez había sido descaradamente
bautizada así en honor a una famosa activista anti-pornografía inglesa), lo cier
to era que la banda de Bennett en realidad prefería las publicaciones ultra
hardcore “para especialistas” como Tit Pulp y Shitfan, ambas eventualmente
tomadas como fuente de inspiración para canciones del mismo nombre. Otros
de los temas favoritos de la banda eran el fascismo y los asesinos seriales.
Cuando Bennett hablaba de su “idea de un sonido coercitivo, tiránico”,
las palabras automáticamente adquirían la tonalidad de toda su visión del
mundo. Un experto en el Marqués de Sade, Bennett probablemente hubiera
estado de acuerdo con el virulento antihumanismo del ministro Saint-Fond
a partir de Juliette, que soñaba con establecer un sistema neofeudal que trata
ra a una casta entera de personas como animales. “Afirmo que la primera y
más viva inclinación del hombre es, sin ninguna duda, encadenar a sus seme
jantes y tiranizarlos con todo su poder”, declaró el Marqués de Sade a través
del personaje de Saint-Fond. “La destrucción, el mal y la opresión son las pri
meras inclinaciones que la Naturaleza ha grabado en nuestros corazones.” En
sus “acciones” en vivo (un reconocimiento a los accionistas vieneses), Bennett
gritaba cosas como “ Es tu derecho matar, es tu puta naturaleza” y, después de
aproximadamente unos quince minutos de ruido atronador, trifulcas entre la
audiencia, derramamiento de sangre y botellas volando por los aires, por lo
general llegaba la policía y paraba todo.
Compartiendo el escenario con Whitehouse en algunas de estas primeras
“acciones” estaba Steve Stapleton, un personaje que se repartía entre estas
“participaciones especiales” y su propia banda, Nurse with Wound. Aunque
esta última^ hizo un disco entero inspirado en el Marqués de Sade en colabo
ración con Whitehouse (The 150 Murderous Passions), la mayor parte del
tiempo, sin embargo, la música de Nurse with Wound era bastante más
juguetona. De hecho, Stapleton rechazaba de plano el término “música
industrial”, diciendo que Nurse with Wound solo había quedado encasillada
como una banda industrial porque la tapa de su primer disco mostraba imá
genes de fetichismo y bondage que habían sacado de la revista Latex and
Leather Special. Así y todo, aun cuando no sea el caso de su contenido, el
enfoque postrock de la banda respecto de las esculturas de ruido abstracto y 203
los collages de found sounds permite que su música encaje cómodamente en
la categoría industrial.
Si Nurse with Wound tenía un avatar espiritual, sin embargo, no era el
Marqués de Sade, sino otro escritor francés, Lautréamont, el autor del poema
en prosa gótico de 1868 Los cantos de Maldoror. El álbum debut de Nurse
with Wound, Chance Meeting on a Dissecting Table o fa Sewing Machine and
an Umbrella, de 1979, tom ó su nombre de una de las comparaciones delibe
radamente absurdas de Lautréamont, esa cuya incongruencia particularmen
te onírica hizo que fuera abrazado por los surrealistas como un ilustre precur
sor. En vez de las clásicas cinco estrellas, la revista Sounds adjudicó a Chance
Meeting on a Dissecting Table o fa Sewing Machine and an Umbrella cinco sig
nos de interrogación, porque el crítico John Gill no estaba seguro de si sus
concatenaciones de ruido aparentemente arbitrarias eran pura genialidad o
un mero sinsentido.
Musicalmente hablando, el primer amor de Stapleton era el krautrock.
De hecho vivió en Alemania por algún tiempo, donde trabajaba como roadie
para bandas Kosmische Musik menores como Kraan. El sobre interno de
Chance Meeting on a Dissecting Table o f a Sewing Machine and an Umbrella
incluía una lista esotérica y legendariamente larga de música experimental,
desde improvisación libre hasta musique concréte y europrog. Si este primer
disco todavía sonaba un tanto amorfo (fue grabado en solo seis horas por
un grupo de semi-músicos que nunca antes habían tocado juntos), para
Homotopy to Marie, de 1982, sin embargo, Stapleton ya había desarrollado
una manera verdaderamente idiosincrática de organizar el ruido, usando el
estudio como un instrumento más para crear paisajes sonoros enigmáticos,
cautivantes y tan magníficamente grotescos com o una animación de los
hermanos Quay.
Una de las cosas que la gran mayoría de las bandas industriales post-
Throbbing Gristle compartía era un enfoque decididamente nórdico respec
to del ritmo. En el mejor de los casos, esto se traducía en grooves apoyados
en latidos de metrónomo á la Giorgio Moroder y, en el peor, solo significaba
torpes beats de portentosa marcha militar. Algunas bandas de música indus
trial abrazaron, no obstante, la música dance negra contemporánea. Dos de
las mejores de ellas, Clock DVA, de Sheffield, y 23 Skidoo, de Londres, eran,
204 de hecho, apadrinadas por los propios Throbbing Gristle. Clock DVA era la
banda que Adi Newton había formado después de que lo echaran de The
Future. Luego de una fase inicial de experimentos sonoros abstractos usando
loops de cinta magnética pregrabada y cut-ups, Clock DVA editó, vía
Industrial Records, White Souls in Black Suits. Seleccionado a partir de quin
ce horas de improvisación, el material que había llegado al disco era un inten
to, dice Newton, “de grabar ese preciso instante en el que acontece la magia
intuitiva, eso que los surrealistas describen como automatismo psíquico
puro”. La influencia del funk -Jam es Brown, The Pop G rou p- recién se notó
en el segundo disco de Clock DVA, Thirst. “ Eso es lo que buscamos; algo así
como un funk más tenso, de una energía más nerviosa, música corporal que
te haga estremecer y haga que te muevas”, le dijo Newton a Melody Maker.
Con puras líneas de bajo hoscas y saxofones malhumorados, internamen
te retorcidos, Thirst fue editado en 1981 por Fetish, un sello fundado por
Rod Pearce, un fan de Throbbing Gristle que había sido el responsable de
editar el último single de la banda de P-Orridge. Fetish también era el sello
de 23 Skidoo. Apoyándose en un puñado de pioneros de la música negra (el
funk vudú aditado de cocaína de On the Corner de Miles Davis, la sulfúrea
oratoria apocalíptica de The Last Poets, la dura polirritmia hipnótica de Fela
Kuti), 23 Skidoo veía el funk como una energía siniestra, como una metáfo
ra activa de Control, y el groove, como una trampa. Su mini-LP de 1981,
Seven Songs, alcanzó los primeros puestos de los charts indie y aún hoy suena
espeluznantemente intenso. Abre con “Kundalini”, un remolino malévolo de
instrumentos de pequeña percusión, acoples de guitarra y cánticos guturales.
En “Vegas El Bandito”, un humeante bajo slap y ritmo nervioso y crispado se
pelean con unas trompetas por siempre perdidas en la niebla (un motivo clá
sico de la música industrial que había sido inventado por Cosey Fanni Tutti,
que tocó la corneta en varios tracks de Throbbing Gristle). El mejor tema de
todos es “Porno Bass”, la canción con la que la música industrial finalmente
hizo su tan debida declaración de principios antifascista: los zumbidos de un
bajo profundísimo reverberan en una oscuridad cavernosa a través de la cual
navega a la deriva la voz aristocrática -levantada de una entrevista radial- de
la execrable group