DELIRIO LÍRICO
Anhelo invernal
La brisa invernal que tiñe tu piel, impoluta y nívea, es el páramo desolado
donde vago sempiterno, recogiendo marchitos claveles olvidados.
Un frío glacial me susurra inaudibles versos, adagios furtivos que me
acompañan por senderos escabrosos, caminos ascendentes hasta
los acordes placenteros de tus mejillas.
En las entrañas de la profunda noche, tu belleza acrisolada se acrecienta
llenando este inhóspito paraje, y con ella mi euforia, pues al contemplar tu
hermosura,
incorruptible, gélida y excelsa,
halló mi sosiego.
Los cánticos de tus ojos cerúleos tan atrayentes, esplendorosos e
incomprensibles, resplandecen indómitos sobre mi firmamento ennegrecido,
y me pregunto en silencio mientras el alba se filtra, ¿volveremos a vernos?
Yo amo la noche
Yo amo la noche como un enamorado a su amada. Con su lúgubre mirada,
tan magna, sublime y dramática; pues en sus ojos negros se halla una verdad
acrisolada, el consuelo de una amante agraciada, que no juzga ni suprime el
sentimiento de un alma aprisionada.
Yo amo la noche como un enamorado a su amada. El resplandor sombrío
de su cara inmaculada, evoca mi pasión aletargada. En su dulce presencia
estrellada de solemne gracia, mil poemas en su honor forjaron mis palabras.
En tu vasta, sublime e inigualable magia reina nocturna, halló mi añoranza
de una musa arcana.
No es locura ni delirio, es un amor clandestino sin fallas ni martirio. Como
el amor de un hombre a su idilio; tan cristalino e intenso como el esplendor
divino de luceros infinitos.
Yo amo la noche como un enamorado a su amada. Porque acude sin falta ni
demora a su cita reservada; trayendo consigo la brisa helada de enigmáticas
baladas; melodías sombrías de insigne tonadas. Y con su rostro inefable de
mejillas plateadas, me deleito sin objeción ni premura; murmurándole en
medio de la noche cabal, versos como el canto de un zorzal ante semejante
hermosura. Pues he de aceptar sin remedio ni paliativo, este amor
correspondido.
Yo amo la noche.
Crepúsculo marchito
Aun sigo esperando, resguardando nostálgico tu último beso. Recuerdo
como eras bajo los árboles otoñales, danzando indómita ante el ocaso
imperante. En el crisol de tus ojos reflejabas el atardecer violáceo, mientras
los susurros de tus labios seducían las hojas descoloridas.
Heredera de mi amor, distante y furtiva se vuelven las tardes añorando un
pasado difuso.
Pasarela temporal donde transcurren anhelos dispersos, ensueños
incorruptibles y profundos como raíces, sumergidos en el lago de tu piel
estrellada.
Solo el crepúsculo marchito con su exhalación carmesí, evoca tu ausencia
terrenal. Sentirte cerca aunque inalcanzable seas, es mi néctar umbrío
mientras contemplo tus huellas nebulosas.
Un réquiem silente entona solemnes árboles moribundos. Y yo sigo
esperando, rehusando a la sombra del tiempo; ignorando el día o el
momento, seguiré aquí regresando, huraño del mundo bajo este rincón
inhóspito que es tu olvido.
Cuando el sepulcro del día llegue, y se entierren por siempre los óbitos, mi
errante corazón volará con las últimas hojas inertes hasta tu sueño.
Soledad
Bendita soledad que en tu regazo duermo.
Sueño con estrellas remotas, granos refulgentes,
infinitos luceros que iluminan tímidamente, a este caminante solitario en tus
dunas etéreas.
Como un fantasma errante me refugie en tus ojos,
como un sediento bebí de ti,
como un loco te imagine,
como un enamorado te anhelo.
¿Por qué he de temerte entonces?
Tú que eres reina desde el albor,
desde que el tiempo es tiempo,
desde que nacemos solos,
desde que morimos en soledad.
Y en el silencio mientras contemplo el inicio,
reverdecer del alba y ocaso sangriento,
comprendo en tu melancolía la inexorable verdad.
Bendita eres tu musa y acompañante,
amiga y amante, locura y amor,
misteriosa e intangible,
soledad.
Hasta donde tú estás
Hasta donde tú estás extiendo mi exhalación,
lamento distante de moribundo corazón incinerado.
Canto en noches plateadas viendo estrellas rutilantes,
espejos universales de tu mítica mirada.
Ceremonia perenne para evadir la agonía del tiempo perdido,
exilio terrenal al que estoy sometido.
Olvidarte es una quimera que jamás venceré,
y me conformo con recordarte.
Los años ofrecen sus servicios a la desmemoria,
abrigando en oscuros pozos fragmentos del pasado.
Sin embargo aquí estoy yo,
reducido al consuelo ficticio de tu sombra,
adorador vehemente del amor que dejaste encapsulado.
A pesar de los horrores del desapego, cruzaría los páramos del espacio para
volver a verte.
Y si un día el tambor de nuestros pechos reverdece otra vez,
caería embelesado ante el fulgor de tus besos escarlatas;
entregándome nuevamente a los avatares del amor.
Fantasmas
Con la despedida del ocaso sangriento,
desde el fulgor marfileño de la luna,
sobre panteones de impoluto mármol oscurecido,
y eones corroídos de huesos polvorientos
en sepulcros olvidados,
salen lamentos de edades remotas.
En sus fauces brumosas, la marca etérea del tiempo,
mientras los vivos duermen plácidos,
vagan vigilantes, atemporales en la desolación,
desde sus tumbas silentes.
Desde la eternidad fúnebre de las tinieblas hórridas, sepultados en tierra
sórdida,
dentro de féretros putrefactos,
reposan bajo necrópolis sombrías,
los fantasmas emergen indiferentes al caos del tiempo, temor y soledad,
mientras el hombre huye de su inexorable horror,
tras sus puertas endebles,
que los espectros nocturnos han de atravesar.
Cuando te marchaste
Cuando te marchaste
ambos lloramos en silencio,
marchitos por dentro
con el alma exiliada en parajes inhóspitos.
Melancólicas se tornaron nuestras vidas,
y más aciaga mi existencia;
sin embargo, cada pensamiento conduce a ti.
En el moribundo ocaso sangriento
siento cerca tu esencia:
exordio del gélido pesar que cargo.
Sepultadas quedaron las promesas,
cartas vacías destinadas al olvido.
Tu nombre resuena lejano,
un susurro espectral de otras épocas,
congelando mi corazón:
¿dónde quedó ese amor?
preguntan nuestras miradas,
exclaman anhelantes sin respuestas:
el tiempo transcurre inexorable,
y seguimos lamentándonos,
tan abisal como aquel día.
Furtivamente nos veíamos
mientras otros brazos te esperaban.
Con aflicción infinita temo,
que algún día nos olvidemos
como dos extraños.
Si mañana nos volviéramos a besar
después de tantas lunas,
¿sería definitivo?
Amor perdido
Era un sueño aquel susurro onírico,
reminiscencia espectral de un ángel,
melodía eterna inolvidable;
voz plácida e inmortal.
Noche carente de estrellas;
oscuro espacio abisal de pasiones extintas,
territorio inexpugnable donde mueren los deseos;
cementerio elíseo sin luz.
Tinieblas nocturnas, preludio ruin
y maquiavélico del delirio;
invocación de remotos afectos,
esencia de un amor perdido.
El fauno y la mariposa
¿¡Qué haré sin ti hermosa
Mariposa que yo amo!?
Vuela excelsa entre las estrellas,
déjame tu estela celestial,
esencia radiante y preciosa,
rocío natural de esta llanura.
Agita tus alas coloridas,
permíteme el ensueño de mirarte,
iluminar mi abismo aciago;
entre todas las bellezas,
sol y luna te hacen reverencia,
y en mi bosque solitario,
este fauno te adora.
En noches de luciérnagas luminosas,
Mariposa eres la más gloriosa,
revolotea inalcanzable,
sobre rosas y claveles,
solo asciende para poder cantarte;
cuando el alba llegue imperiosa,
y una efigie sombría me reclame,
mi corazón marmóreo,
anhelante estará esperando,
cortando los latidos,
hasta el caer del ocaso.
Yo a ti te quiero con pureza,
aunque jamás lo sepas;
desde dunas esmeraldas te veo,
volando risueña en medianoche,
deslumbrado como centella,
tan divina e inocente;
¿cómo no amarte?
Eres todo y no deseo nada,
más que a ti mi Mariposa.
El infausto
Soy el infausto, el melancólico sin dicha,
heredero del castillo de la soledad:
acólito de tu amor inalcanzable,
peregrino sin corazón,
alma acongojada.
En el sol negro de tus ojos hallé la plenitud,
y en el fulgor espléndido de tu sonrisa;
hermosa e inolvidable siempre te sueño,
desciende entre las estrellas,
calma mi pecho desolado,
y recorramos dunas inmortales.
Sigo siendo aquel excéntrico soñador,
inexistente en tu mundo distante,
adepto silente que anhela tenerte,
prisionero del ruin destino,
morador de mis huesos,
condenado mortal.
Seguiré aquí, escribiendo furtivas odas,
profiriendo lo que jamás sabrás;
amándote con delirio y amargura,
aceptando mi fatalidad,
soy el infausto.
Doncella nocturna
Pienso en ti, solamente tu rostro
hace que añore la silenciosa y lúgubre noche;
anhelo por verte entre radiantes lirios
bajo el claro de luna.
Apareciste como una estrella, quizá más brillante,
iluminando mi vida con tus ojos,
agitando mi corazón con tus besos;
fantasía de un oscuro sueño de amor.
Veo tu esencia, cuando el crepúsculo carmín
tiñe lejanas nubes;
te escucho cantar, cuando el viento acaricia los árboles;
pues en ti yacen los ensueños de los poetas,
los deseos profundos del alma.
Tan intenso es mi amor doncella nocturna,
es tan vasto, que si fuese posible
dejarías las sombras de mi mente;
y recorreríamos dunas más allá del sueño perfecto.
Déjame poseerte, amarte esta medianoche
cuando caiga en los brazos del sueño eterno;
allí viviremos, navegando por mares cristalinos,
elíseos oníricos carentes de tiempo.
Sin miedo, dormiría mil años alegremente,
siempre te soñaría, evocaría tu silueta angelical;
porque mis sueños jamás abandonarás:
entonces dulce amada, reverdece esta noche otra vez.
Hacia la oscuridad
Al fallecer
cuando mi cuerpo se apague silencioso,
cuando mi cuerpo duerma en las profundidades,
dentro de un féretro negro,
no esperaré la llamada del cielo,
no esperaré la llamada del infierno,
pues mi alma ascenderá hacia el infinito,
abismal, esplendoroso y enigmático cosmos.
En solitario, recorreré ignotas vastedades,
atravesaré el velo nebuloso de lo incomprensible,
desvelando la horrible verdad universal,
y cuando, el olvido inevitable me reclame
desde eternos vacíos tenebrosos,
acudiré sin temor a la desolación,
hacia la oscuridad,
donde tierras desconocidas me esperan,
entonces ahí, en esos páramos fríos,
sepultaré mi alma estremecida hasta el ocaso divino.
Noche pagana
Marcha el sol hacia su sepulcro,
extinguiendo su fuego mortecino,
preludio innoble del halloween;
noche de sombras,
y desolados gritos eternos.
Las brujas hacen gala,
bajo luna plateada;
ritos y danzas elevaban sus hermanas,
aquelarre delirante,
a dioses ignominiosos.
Misteriosos bosques oscuros,
de arcanos encantos;
hogar de bestias terribles,
criaturas indecibles de tiempos
inmemoriales.
Noche pagana de ceremonia aciaga;
frías manos dibujan pentagramas,
esqueletos profanados,
de vidas pasadas.
Hogueras de muertes; cenizas y aliento,
exhalación de almas quemadas,
ofrendas blasfemas nada sacras;
samhain funesto tras furtivas máscaras.
Gatos negros indiferentes observan;
espectros y demonios,
el vals fúnebre acatan,
anhelando llevarse,
un ánima sagrada.
Estrellas lejanas presagian,
fiestas macabras; ceremonial umbrío,
congregación sacrílega, cónclave grotesco
de personas disfrazadas;
reverencia a seres mórbidos,
panteón tenebroso
de oscuridad malvada.
La noche se marchita;
el alba silente retorna,
desvelando en las tinieblas,
reminiscencias hórridas,
huellas macabras; cultos siniestros
de edades olvidadas.
Aléjate
Solo tal vez, cuando antaño otros vientos
impulsaban el barco de mi alma,
alegre de vida y embriagada de ensueños,
tu sonrisa acrisolada sería un frenesí
arrebatador dueña de mis latidos,
y del amor que te profesaría.
¿Quién puede regresarle al árbol seco
sus hojas caídas que la brisa se llevó?
No obstante, ahora, amiga mía,
tus ojos cerúleos como centellas abisales
de tormentosas noches marinas,
carecen de influjo ante la amargura
regente que me embarga hasta los huesos;
déjame tranquilo en este abismo,
entre mi vida y mi desdicha,
del cual seré presa por siempre.
La felicidad huyó de mí hace tiempo como un sueño furtivo.
Aléjate, es lo único que deseo;
marchitos quedaron mis afectos,
sin embargo, anhelas revivir mi aciago corazón:
¿Acaso no percibes la melancolía
que mis palabras lúgubres y distantes
exhiben lo que soy realmente?
Nyarlathotep
Bajo abismales arenas doradas,
en las implacables tierras del desierto egipcio,
se erige extraña efigie, terrible y enigmática;
una triple corona exhibe su cabeza grotesca carente de rostro,
y sobre la marmórea tez oscurecida,
macabras alas se extienden hacia el infinito cosmos.
Sombríos destellos se agitan alrededor
de su oscura e inefable forma,
reflejos perversos como la luna roja;
inmensos monumentos se alzan para él:
El Mensajero Negro de Karneter, el Maestro de la Maldad,
el Dios Sin Rostro.
Gobierna desde milenios, y gobernará hasta el juicio final;
mientras, legiones maléficamente insanas
le invocan con reverencia y temor;
entonces, camina entre hombres,
susurrándoles secretos prohibidos:
ominosas semillas del horroroso delirio,
pues impartir locura y dolor es su placer.
Entonen sus alabanzas al Señor del Desierto,
aquel de las mil caras;
¡Y tengan miedo cuando las estrellas oscilen,
los animales hablen y la peste mordaz reine sobre el mundo!
Esos serán los signos temibles, exordio de tiempos oscuros e ignominiosos;
el caos inminente de Nyarlathotep.
Doncella nocturna
Pienso en ti, solamente tu rostro
hace que añore la silenciosa y lúgubre noche;
anhelo por verte entre radiantes lirios
bajo el claro de luna.
Apareciste como una estrella, quizá más brillante,
iluminando mi vida con tus ojos,
agitando mi corazón con tus besos;
fantasía de un oscuro sueño de amor.
Veo tu esencia, cuando el crepúsculo carmín
tiñe lejanas nubes;
te escucho cantar, cuando el viento acaricia los árboles;
pues en ti yacen los ensueños de los poetas,
los deseos profundos del alma.
Tan intenso es mi amor doncella nocturna,
es tan vasto, que si fuese posible
dejarías las sombras de mi mente;
y recorreríamos dunas más allá del sueño perfecto.
Déjame poseerte, amarte esta medianoche
cuando caiga en los brazos del sueño eterno;
allí viviremos, navegando por mares cristalinos,
elíseos oníricos carentes de tiempo.
Sin miedo, dormiría mil años alegremente,
siempre te soñaría, evocaría tu silueta angelical;
porque mis sueños jamás abandonarás:
entonces dulce amada, reverdece esta noche otra vez.
Sola anima mea
Páramo lúgubre del silencio,
donde centellean moribundas estrellas,
y sueños inexplorados
de corazones quebrados.
Desierto de infinito misterio,
refugio atemporal;
donde todas las almas
desoladas y sin amor,
yacen olvidadas.
Olvido inclemente,
calvario innoble,
en recuerdos pasados
nos dormiremos,
hipnotizados por la oscura vastedad.
En el cosmos inhabitado,
mi mundo agoniza;
nostalgia y soledad,
hacen gira imperantes,
bajo luceros fúnebres.
Este hombre solitario,
vaga distante;
afrontando un ominoso limbo,
carente de dioses benignos,
y anhelos risueños.
Aislado mundo tormentoso,
ajeno paraíso gélido;
calabozo eterno,
domina mí ser;
deseoso de huir lejos,
y al fin sepultar,
este páramo lúgubre del silencio.