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El Viento Blanco

Este documento presenta un extracto de la obra "El viento blanco" del escritor salteño Juan Carlos Dávalos. Narra el descanso de una tropa de toros durante su traslado, donde los arrieros preparan la comida y conversan de forma pausada. Más tarde reanudan la marcha de la tropa siguiendo las instrucciones del patrón, Antenor Sánchez.

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El Viento Blanco

Este documento presenta un extracto de la obra "El viento blanco" del escritor salteño Juan Carlos Dávalos. Narra el descanso de una tropa de toros durante su traslado, donde los arrieros preparan la comida y conversan de forma pausada. Más tarde reanudan la marcha de la tropa siguiendo las instrucciones del patrón, Antenor Sánchez.

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Juan Carlos Dávalos

El viento blanco

Juan Carlos Dávalos Antenor Sánchez dio la voz de alto. Disciplinada por
(Salta, 1887-1959) fue seis días y cinco noches de viaje, la remesa detúvose
narrador, poeta, al mismo tiempo que los arrieros.
ensayista y ocasional
autor de teatro. A los Incluso el patrón, los hombres eran cuatro; número
dieciséis años, junto con suficiente para arrear los cien toros de que constaba la
David Michel Torino, tropa. El trabajo de arrear es fatigoso durante el primer
fundó el día, al salir del valle de Lerma, después de la herrada.
periódico Sancho Panza. Los novillos están entonces en la plenitud de su
Más tarde, se fuerza, gordos y levantiscos, aquerenciados en los
desempeñó como verdes alfalfares de las fincas, donde algunos han
profesor de Literatura y invernado hasta cinco meses. Pero una vez
otras asignaturas en el encajonados en la Quebrada del Toro, se van
Colegio Nacional de acostumbrando gradualmente a caminar despacio y en
Salta, del que llegó a ser orden; y como el terreno es áspero y pedregoso, allí se
vicerrector. Fue director acaban las tentativas de fuga, las pesadas cabriolas en
del Archivo General de la dos patas y el goce de marchar a la loca, merodeando
Provincia y de la al pasar en las retamas.
Biblioteca Provincial
"Dr. Victorino de la Ahora, la voz del patrón ha detenido a la remesa junto
Plaza". Falleció en Salta, a una vega, más allá de Cauchari, en el territorio de Los
en 1959. Andes.

Escribió sus primeros Lentamente, ahorrando fuerzas, hundiendo las pezuñas


versos entre los trece y en el médano ardiente; las fauces resecas, los ojos
catorce años.En 1914 llorosos, las ancas enjutas, el testuz vencido, paso
publicó su primer libro: ante paso, los toros van apartándose del camino para
De mi vida y de acercarse al agua. Es un día de pleno sol a fines de
mi tierra, con prólogo de junio, un día de invierno en la altiplanicie andina. Son
Carlos Ibarguren,y en las dos de la tarde. Solo a esta hora empieza el
1917 se inicia como deshielo de las vegas y hay entre las espesas matas de
dramaturgo con Don 1
"iros" algunos pocitos de agua cristalina.
Juan de Viniegra. Es
autor de La guerra en
—Buen sitio es éste para un real —dijo Sánchez, y él y
armas, que narra las
sus hombres echaron pie a tierra.
luchas del caudillo
salteño Martín Güemes, y
de diversos ensayos Cada cual sacó de la montura su bolsita de avío,
sobre la historia y el desató de los tientos su barrilito de agua dulce, y luego
paisaje de su provincia: de aflojar las cinchas, quitar los frenos y asegurar las
Los gauchos (1924); mulas, sentáronse en corro a preparar la merienda.
Los valles de Cachi y
Molinos (1937); —¿Qué te parece, Loreto; llegará el hosco a Catua? —
Salta, su alma y sus preguntó Sánchez.
paisajes(1947).
Extrajo de la bolsa unas cucharadas de azúcar, echólas
Su labor de poeta y en el jarro, añadió luego el agua y la harina cocida y
narrador lo catapultó a la comenzó a revolver prolijamente el contenido.
fama y loubicó como la
figura patriarcal de la —De llegar, hay llegar, aunque está medio "despiao".
literatura salteña.
Aquellos hombres hablaban con grave cachaza,
La lírica de Dávalos se
nutre de dos corrientes meditando las preguntas, reflexionando las respuestas,
contrapuestas aunque no como si el esfuerzo que exige tal género de vida hiciera
excluyentes. Por un lado necesario reservar todas las energías de que dispone
podemos encontrar en su el organismo; y así, eran parcos en el ademán como
poesía un carácter sobrios de imaginación y de palabras.
universal evidenciado por
una intención reflexiva y Mientras gustaban ellos su ración de "ulpada", los
filosófica común a todos novillos andaban dispersos por la vega. Algunos se
los hombres; por otra entretenían sorbiendo el agua de los charcos
parte, se observa una fangosos, algunos buscaban un sitio limpio donde
corriente regionalista echarse a descansar.
tanto en el paisajismo
costumbrista como en la 2
—Baquiana su "moina" pa comer, patrón —observó
incorporación del
uno de los arrieros.
lenguaje propio de su
tierra. Es en la síntesis de
ambas corrientes donde —Van doce viajes que me acompaña. Sabe buscarse la
el poeta encuentra su vida —contestó Antenor, mirando a su mula, que
voz, su estilo personal. manoteaba en una mata de "iro" para darla vuelta de
raíz y así comerla sin hincarse el hocico.
Observada en su
totalidad, la obra de Juan La atmósfera estaba serena, diáfana, como en los
Carlos Dávalos parece mejores días de enero. Sólo se conocía que era
oscilar entre un sentido invierno por el tono amarillento del "iro" en los cerros
trascendente, universal y próximos y por la nieve que cubría, hacia occidente,
un impulso vital afirmativo los picos más altos de la cordillera. Una brisa tenue y
de la existencia. Se helada bajaba de las cumbres rasando los médanos,
afirma en cierta sabiduría caldeados momentáneamente por el sol. Era sobre las
popular, sin desdeñar el vastas planicies como una leve sensación de
humor ni las formas y la escalofrío, tan sutil, que donde una mata hace sombra
intención de los copleros. la escarcha no se derrite, y donde el sol asienta, el aire
Su obra poética está y la arena vibran como al soplo de una llama.
conformada por: Exhalaban los campos un hálito remoto de jarillas y de
3
De mi vida y de mi tolas atormentadas junto a las vegas por la sequedad
tierra(1914), casi absoluta de la atmósfera.
Cantos agrestes (1917),
Cantos de la Más de una hora duró el descanso de la tropa. El
montaña(1921), primer novillo punteó por la huella, unos cuantos le
Otoño (1935), imitaron y al grito de arreo de los peones, poco a poco,
Salta, su alma y sus toda la remesa se puso en marcha. Iban en simétricas
paisajes(1947), filas, moviendo pesadamente los toscos remos,
Antología poética (1952), guardando distancias para no estorbarse con las astas,
Últimos versos (1961). regimentados por el hábito de andar así, leguas y
leguas, uno tras otro.
Las mismas
características de su Ocuparon los hombres sus sitios habituales: uno a
poesía se reiteran en la vanguardia de la tropa, dos a los flancos, y a la zaga el
prosa de Dávalos aunque patrón. A intervalos regulares, el grito de ¡huella…!
dominadas por la Prolongado, agudo, estimulaba a aquella lenta masa de
expresión realista y el carne pasiva y melancólica. Veíase hacia delante,
lenguaje directo.Sus extendida a lo largo del campo inmenso, la faja parda y
textos narrativos recta del camino, que en suave cuesta ascendente iba
publicados a esfumarse en una abra, allá lejos, entre unos cerros
son: Salta (1918), chatos y rojizos.
El viento blanco (1922),
Airampo (1925), De cuando en cuando los arrieros miraban polvear a
Los casos del ras del horizonte esas ligeras nubecillas que levantan,
zorro (1925), al huir, salvajemente ariscas, las tropas de vicuñas.
Los buscadores de
oro(1928), Antenor Sánchez recordaba, al verlas, sus correrías de
Los gauchos (1928), Semana Santa en las montañas del Incañán y del
Relatos lugareños (1930), Chañe, cuando, acompañado a veces por amigos
Los valles de Cachi y puebleros de Salta, pasábase los días "cerreando" de
Molinos (1937), cumbre en cumbre, para bajar a su finca con veinte o
Estampas treinta pieles. A mil metros de la tropilla, en aquellas
lugareñas (1941), punas, donde Antenor ponía el ojo, ahí mismo metía la
La venus de los bala. Pero cuando se viaja con hacienda no es bueno
barriales(1941), perder tiempo en cacerías, ni hay a qué llevar máuser.
Cuentos y relatos del Andar, andar siempre, caminar noche y día, es el afán
norte argentino (1946), constante del arriero, pues a cada legua la novillada
El sarcófago verde y merma de peso y es necesario llegar a Chile en las
otros cuentos (1976). condiciones exigidas por los contratos.

En el año 1997, el Al cerrar la noche se detuvieron en una hoyada. Como


Senado de la Nación arreciara el frío, los hombres hicieron fuego con
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editó, en tres tomos, sus "cuerno de cabra" que traían en las alforjas. El cuerpo
Obras Completas. les pedía algo caliente.

Fabián Martínez rondaba el ganado. Anastasio Cruz


aliñaba en una olla pequeña la sopa de harina cocida y
. "charque". Antenor Sánchez, arrodillado en la arena,
defendía el fuego con su poncho, de espaldas al viento.
En cuanto a Loreto Peñaloza, permanecía montado, ahí
cerca, teniendo las riendas.

—¿Qué hacís áhi como fantasma? —preguntole


Sánchez.

—Me está cascando el chucho —contestó Loreto con


voz temblona.

El pobre muchacho, dando diente con diente, se


sacudía estremecido por el acceso.

—Echá pie a tierra. Vení, acostate un rato. Allegate al


fuego.

—¡Bah!, si ya me hay pasar… Si me acuesto va a ser pa


pior. Más decaicido voy a quedar… Más vale déme
algún remedio, si hubiera…

—¡Sí, hay! Yo tengo quinina.

Sánchez le convidó con una pastilla de medio gramo y


puso a hervir un jarro de vino con canela. El enfermo
echóse al pecho, de un envión, aquel brebaje, y se
quedó dormitando, aletargado por la fiebre, inmóvil
sobre su mula.

Los otros, recostados en la arena, tomaron sopa,


galleta, unos tragos de vino y un jarro de café.
Comieron en silencio, mirando absortos el encanto del
fuego, calentándose las manos y exponiendo
sucesivamente al calor de la llama las canillas, los
costados y las plantas de los pies. Luego de comer
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pusieron sendos "acullicos" , armaron cigarrillos y se
pusieron a fumar concienzudamente, imbuidos de la
honda laxitud nocturna.

Anastasio y Fabián se acomodaron juntos y se


durmieron acurrucados como dos perros debajo de
sus ponchos.

Antenor dormitó unos instantes y se levantó a rondar.


De noche, por mucho que se abrigara, se le enfriaban
los pies y no podía dormir.

Una hora más tarde, Loreto Peñaloza, de espaldas al


viento, continuaba plantado en el mismo sitio. Antenor
llegose a él:

—¿Cómo va el cuerpo?

—Ya estoy aliviao, patrón.

—¿Te sentó el vino?

—Harto me ha hecho sudar. También he dormío.

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—¿Querís un chilcán ?

—No se moleste, patrón. Velay, ya me bajo pa


hacérmelo yo.

—¡Vaya, hombre! Me alegro que ya estís mejor.

Antenor Sánchez hacíase querer de sus peones


porque, siendo superior a ellos, los trataba de igual a
igual, con afecto de amigo. Lo respetaban porque era
más hombre que todos ellos, y lo admiraban porque
era capaz de acciones bellas y generosas. Toda su
persona respiraba franqueza; sus grandes ojos negros
expresaban perspicacia y lealtad. Era hidalgo de raza y
gaucho por educación y por temperamento.

Sin perder las cualidades de su casta, habíase


asimilado todas las aptitudes físicas y espirituales del
nativo. Y era sobrio como un indio, aguerrido como un
indio, conocedor como un indio de las cosas del
campo.

Al otro día a media tarde la remesa llegó a Catua.

Un peón quedó cuidando los toros en la vega, en tanto


que Sánchez con los otros se adelantaron un trecho
hasta la casa, la cual era tan rústica que apenas se
diferenciaba, por el color y el aspecto, de los barrancos
circunvecinos, y de estatura tan chata que el edificio
parecía más bien hundirse que levantarse del suelo.
Pero la arquitectura correspondía cabalmente a los
rigores del clima. Levantábase la casa junto a un
manantial de agua dulce y unos barrancos a pique la
resguardaban de las nevadas y los vientos.

Antenor entró en el patio haciendo cantar las espuelas.


Densa humareda y un tufillo de churrasco salían por la
puerta de la cocina.

En medio del desamparo de la puna, después de


caminar treinta leguas sin ver alma viviente, cómo
reconforta el ánimo llegar a las vegas de Catua y ver a
su sencilla y hospitalaria gente, mirar sus verdes y
abundantes pastaderos, sus tolares, olorosos y, como
flores vivas, alegrando la desnudez de los cerros, sus
inquietas majadas de cabras multicolores.

—¡A ver! —gritó Antenor, dando palmadas—. ¡Dónde


está la gente!

En esto abrióse una cribada puerta de cardón y


apareció medio encorvada, bajo el dintel enano, la
robusta figura del dueño de casa.

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—¡El "guatón" Calloja! —exclamó Antenor.

—¡Velay, pues! ¡Aquí está Sanchecito!

—¡Que tal, don Heriberto!

Echose éste con zurdo ademán el poncho al pescuezo


y avanzó riendo al encuentro del visitante. Y los dos
amigos, trenzados en cordial abrazo, se sobaron los
lomos enérgicamente a la manera gaucha.

Luego entraron en el boliche, pieza en la que había,


frente a la puerta única, un mostrador y una estantería
de almacén.

En los estantes habían riendas y frenos chilenos,


sogas de lana, cortes de barracán, botas de arriero,
medias y chulos de vicuña, latas de conservas y
dulces, gruesas de fósforos, cajas de cigarrillos, un
tambor de coca, una ristra de ajos y un blanco
sombrero de ovejón para novia, adornado con un tul
rosa de mosquitero. El suelo y los rincones estaban
atestados de aperos, caronas, cueros salados y pieles
de zorros y de vicuña. En las paredes terrosas veíanse
pendiendo de unas estacas de palo, correones,
cinchas, una guitarra y algunas pieles de
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"choschoris" y de chinchilla ordinaria. Y de todo aquel
cúmulo de trastos limpios y sucios, nuevos y viejos,
emanaba, con la sequedad, un olor mixto capaz de
hacer cejar a cualquiera que no siendo arriero asomare
las narices por el boliche.

—Aquí se está bien —observó Antenor.


—Es la pieza más abrigada de la casa.

Calloja brindó con su huésped unos tragos de pisco de


una botella que guardaba cuidadosamente oculta en
cierto agujero de la pared. Mandó a su hijas que
preparasen café, obsequió a los peones con achura
fresca para asado y racionó a la mula de su amigo con
un morral de maíz.

La gente de Catua pasábase el invierno comiendo


churrasco. Toro que caía por ahí cerca, de puna o de
frío, quedaba para Calloja y la remesa seguía viaje. A
trueque de tan valiosos cuanto obligados obsequios, el
buen hombre prestaba a los remeseros sus servicios
como baqueano.

Muchos años hacía que se instalara en Catua, posta


ineludible de viajeros, contrabandistas, cazadores y
mineros, y como en aquellos tiempos la caza era
abundante y no estaba prohibida, el negocio de Calloja
comprendía ramos tan importantes como el comercio
de pieles de vicuñas y chinchillas. Había realizado con
tal fin devastadoras y lucrativas correrías, en las que
aprendió a conocer la cordillera como a sus manos, en
veinte leguas a la redonda.

Predecía con certeza de augur los cambios de tiempo y


solo él sabía hallar el rumbo de salida cuando la nieve,
tapando las huellas, transformaba por completo los
aspectos habituales del camino.

A instancias de Calloja, Sánchez habíase acostado a


dormir siesta en el aposento de aquél. Era oración
cerrada, cuando Heriberto entró a despertarle para
ofrecerle un asado. Trajeron una mesa y sobre ella
colocaron una fuente de hierro enlozado en la que
venían chirriando y oliendo bien un suculento pedazo
de "visacara" y un troncho de costilla. Todo lo cual fue
devorado con un picante a la moda de Tarija y
asentado con dos o tres jarros de excelente vino tinto.

Habiendo mandado Sánchez a sus peones que se


alistasen para reanudar el viaje, Calloja quiso
disuadirlo:

—Quédese hasta mañana, don Antenor.

—No voy a poder, compañero. El lunes tengo que estar


en San Pedro de Atacama.

—Pero… ¿qué, no ha divisao pa la cordillera?

—El tiempo está lindo nomás.

—Sí. Pero esta noche cambia la luna. El otro mes se


nos viene encima y todavía no ha nevao.

—Pasando pronto al otro lao de Lari, aunque nevara no


importa. No es la primera vez que voy a trastornar la
cordillera.

—Ta güeno, entonces. Pero con "esa" no hay jugarse.

Ya los peones pasaban con la tropa por frente a la casa


y se oían el ajetreo de la marcha y los gritos:

—¡Aióo…! ¡Ah, matrero, buscá la huella!

—¡Arre, buey…!

—¿Y el hosco? —preguntó Sánchez en alta voz,


incorporándose a la tropa.

—Estropeao venía —dijo una voz.

—Se le ha cambiao callo y va bien nomás.

—A la huella, huella… ¡Toroo!

Y se adentraron de nuevo lentamente en el sombrío


desierto, mientras en la altura infinita las estrellas
temblaban como flores de nieve irisadas de luz.

Caminaron toda la noche, con pocos descansos en el


trayecto. Al rayar el alba sentaron real al pie de una
cuesta, junto a un arroyo donde el ganado tenía agua
buena y pasto en abundancia. Era en el cañadón de
Huatiquina, profundo tajo entre cerros de arenisca roja
que destacaban al alto cielo sus ásperos crestones de
escoria grisácea.

No lejos del arroyo, buscando abrigo en las oquedades


de unas rocas, los hombres se habían echado a dormir
sobre sus monturas. Andaban los novillos
desparramados por los contornos. Rumiaban y
dormitaban algunos apaciblemente recostados en
tierra. Otros parecían gozar hundiendo las patas en los
fangales escarchados. Dos torunos pesados y viejos
mirábanse frente a frente con obstinada y muda
terquedad. Un corpulento b buey chaqueño, plantado
inmóvil en medio camino, levantó las babeantes fauces
al viento y lanzó un balido largo, agudo, gemebundo:
grito arisco y doliente en que el alma salvaje de la
bestia lloraba la ausencia de la fértil pradera natal.

Al fondo de la quebrada no llegaban todavía los rayos


del sol, pero allá arriba los picachos enhiestos
empezaban a teñirse de una intensa claridad
anaranjada. Ya se oía a lo lejos el arrullo de los
9
"quegües" acompasado y triste.
Una hora después la remesa ascendía penosamente
por la cuesta rumbo al "alto del polviadero". Iba
deteniéndose en masa, a trechos cortos e iguales,
envuelta en vaho cálido que exhalaban, al acezar como
fuelles, los pulmones distendidos por la asfixia de la
altura enorme.

Ya no volverían a encontrar, en seis días de camino por


tierras de Chile, ni una brizna de hierba, ni una gota de
agua, ni un lugar de refugio. Les esperaba la
desolación inerte de los yermos de piedra, el
desamparo glacial de las cordilleras, en cuyas agrias
cimas ni los cóndores se asientan.

A mediodía se hallaban en el "losal de Lari ", el punto


más elevado de la ruta, a una legua de altura sobre el
mar.

Una ráfaga de aire tibio los tomó de flanco. Luego


sopló una ventolera fría del lado de Chile. Y los cuatro
hombres sintieron de golpe que sus rudos corazones
se achicaban.

—Heriberto Calloja tenía razón —pensó Sánchez,


divisando allá abajo, a inmensa distancia, una nube
oscura que flotaba revuelta en jirones sobre la cumbre
de un cerro.

Las ráfagas se hicieron cada vez más fuertes y


continuas. El huracán zumbó furiosamente en los
peñascos, aventando la arena. En ciertos instantes su
violencia fue tal que los arrieros apenas podían
sostenerse sobre sus mulas. Las puntas de los
ponchos flameantes estallaban al aire como latigazos.
Las mulas se encogían y apagaban las orejas.
Hostigada por el frío, cegada por los golpes de tierra, la
novillada se arremolinó mugiendo, perdido el rumbo.

—¡A la huella!

—¡A la huella! —comenzaron a gritar los hombres,


avanzando encorvados de cara al viento.

Por el horizonte del oeste, erizado de conos


volcánicos, fueron apareciendo poco a poco montones
de nubes que gravitaban como el humo negro de una
erupción gigantesca. Y era como si todos aquellos
cráteres helados para siempre se hubieran puesto a
rememorar, en mudo simulacro, el horror nunca visto
de sus antiguas convulsiones.

Al comenzar el descenso de Lari, Anastasio Cruz


quedose esperando a Sánchez.

—¿No le parece mejor que se volvamos? ¡Hay tiempo!


Catua está cerca —gritole para hacerse oír.

El indio tenía malos presentimientos, porque la noche


anterior, al salir de Catua, un zorro se le cruzó por
delante, de derecha a izquierda.

—Yo tengo contrato y no me vuelvo —contestó


Antenor—. Cuando uno se mete en el baile ¡hay que
bailar!

Anastasio bajó la cabeza, resignado. Picó la mula y fue


a ocupar su puesto junto a la tropa.

—Yo también tengo trato de palabra con don Antenor


—pensó—. No hay más remedio que seguirlo.

Como el frío arreciara, los hombres echaron mano de


sus abrigos de reserva. Sustituyeron las botas con
medias y rodilleras de punto, caláronse guantes y
chulos de vicuña, envolviéronse el cuello con bufandas
y se pusieron las antiparras de vidrio oscuro.

Y después sobrevino lo que temían. Apenas alcanzaron


a trastornar la cuesta, cuando el nublado los envolvió y
empezó a nevar. Habiendo cesado el viento, ya no
sentían tanto frío como en el alto.

Un silencio inmenso, un reposo amenazante, una


penumbra de sueño reinaron entonces en la
Naturaleza, infundiéndose en aquella taciturna recua
de almas que una voluntad audaz empujaba a través
del hosco desierto. En adelante era preciso avanzar a
toda costa, avanzar sin tregua, descansando lo menos
posible, para salir cuanto antes de la cordillera.

El nublado tapó todos los rumbos, el camino se borró


bajo la nieve. Tuvieron que guiarse por las osamentas
que en muchos años de tráfico habían ido amojonando
el camino con su espanto grotesco. Veíanse, de
pasada, montones de costillas y de vértebras, grandes
huesos que los zorros habían roído, cornudas
calaveras que aún guardaban en el cuero momificado
del hocico la mueca torturada de una agonía solitaria,
brutal. Caminaron así toda la tarde; caminaron así toda
la noche, cruzando llanos, salvando cuestas,
bordeando laderas, siempre bajo el mismo cendal de
nieve silenciosa, sutil, continua, inacabable.
Caminaron hasta el momento en que la cerrazón, cada
vez más tupida, se anticipó a la noche del segundo día.
La tropa al detenerse fue derritiendo la nieve con el
calor de los cuerpos y quedó como encerrada en un
corral fantástico.

Ahora el trabajo era impedir que los animales se


echaran. Tenían que moverlos a gritos y a guascazos.
Sánchez recontó el ganado. A Dios gracias, no faltaba
ninguno.

—La mano es dura —pensó—; pero tal vez el tiempo


despeje esta noche.
Venía calado hasta el alma. Sentía los labios duros; las
orejas, quemadas, le ardían; le dolían los dedos, de
tener las riendas; a ratos movía los pies para sentirlos
sobre los estribos. Encajado en el apero, encorvado,
aterido, soñoliento, iba y venía, paso ante paso, por
entre la tropa. De cuando en cuando tomaba de la
caramañola un trago de vino para entonarse un poco.
Cerró la noche y seguía nevando.

Los hombres convinieron en que, por turno, mientras


uno dormía, los otros habían de rondar. Descansaban y
velaban sin pensar en apearse, y únicamente lo hacían
cuando tocaba racionar a las mulas con un morral de
maíz. ¡Quién se hubiera atrevido a caminar o tender el
ensillado en el suelo! Un suelo penetrado de orines y
de estiércol.

—¡Toro!…

—¡Toritoo! —gritaban "de un tesón" los rondadores.

—¡Aquí ha caído uno! ¡Ayudenmé! —clamó la voz de


Cruz.

En medio de las tinieblas yacía tumbada una gran


masa negra que se quejaba y resoplaba.

Loreto acudió. Le dieron una soba con las chicoteras.


Le buscaron la cola y se la retorcieron. Le picanearon
las ancas con las espuelas. ¡No hubo caso! La pesada
masa negra quedose por fin inmóvil, muda.

La novillada, olfateando la muerte, comenzó a balar.


Fueron al principio desgarradores alaridos: luego un
clamor quejumbroso, apagado, constante.

Todavía nevaba al amanecer del tercer día. Y todo


aquel día nevó y en la noche de aquel día. Y el cuarto
día amaneció nevando aún. La muralla de nieve ya era
tan alta como un toro.

Hombres y bestias lloraban. Éstas con un mugido


lúgubre; los hombres con una que otra lágrima
silenciosa, al recuerdo del hogar, allá muy lejos, en la
tierra hermosa y benigna.

Antenor Sánchez, mudo de abatimiento, sentía en su


conciencia la responsabilidad de aquella aventura
absurda. Veíase arruinado por su propia culpa. Habíase
empeñado en seguir adelante, más por altiva
testarudez que por necesidad, pues al fin y al cabo su
contrato preveía en su favor las causas de retardo
forzoso.

¿Por qué había desechado con tanta ligereza los


pronósticos de Calloja?

¿Por qué éste habíale dejado arrostrar el temporal, sin


insistir apenas?

Sánchez conocía quizá mejor que el indio la cordillera.


Habíala cruzado muchas veces, incluso en invierno;
pero a decir verdad, con su optimismo de hombre
blanco, nunca la hubiera creído tan brava. Ahora
reconocía, aunque tarde, la implacable hostilidad de
aquella Naturaleza con quien él habíase familiarizado
hasta perder todo recelo. Y recordó las palabras de
Calloja: "No hay que jugarse con la cordillera".

Consideró la triste situación de los peones, estos seres


pasivos y leales en cuyas rudas almas el sufrimiento
era un hábito heroico. Ellos no le dijeron ni una palabra
de queja, pero Sánchez les había visto en diversos
momentos ocultar su aflicción y sacudirse sollozando
en silencio. Loreto le inspiraba, más que los otros, una
profunda lástima. Como el pobre muchacho venía
enfermo, había tenido que prestarle un poncho y en
dos ocasiones racionarle la mula para que no pisara el
suelo mojado.

Esto pensaba cuando fijó su atención en un toro. Le


vio los ijares hundidos, las ancas estragadas, el
espinazo en arco. El cogote filoso, enclenque, habíase
curvado en una contracción tan violenta, que los
cuernos tocaban casi el lomo. Mostraba los dientes
con la boca abierta, con las narices arremangadas, la
lengua rígida, los ojos vueltos al cielo. El pobre animal
se tambaleó sobre las patas y cayendo de rodillas se
volcó a un costado con un quejido, desfalleciente,
profundo.

Con éste, iban cinco.

Los peones continuaban moviendo a la tropa. Si algún


novillo se echaba lo dejaban descansar un poco y lo
obligaban pronto a levantarse.

A eso de las doce la atmósfera pareció despertar de su


sombrío letargo y unos ligeros y helados soplos de
brisa comenzaron a reanimar el aire inerte.

Poco a poco disminuyó la nieve y no tardó en cesar.


Las nubes, enrarecidas, se soliviaron por encima de
los cerros, y una clara vislumbre de resolana iluminó la
vasta extensión de los páramos abiertos. Los novillos
empezaron a mugir con toda la fuerza de sus
pulmones, como en los rodeos, cuando mugen y
esperan que algún eco lejano les responda. Las mulas,
llenas de impaciencia, rebuznaban y tascaban
nerviosamente el freno.

— Esto es laguna Lejía —dijo Cruz—. Allá está el


volcán. ¡Vea, patrón! —Y señaló la escueta mole de
ásperas escarpas.

Vieron que se hallaban a la orilla misma de la laguna,


en un bajío donde la nieve, al caer en suelo parejo,
había alcanzado mayor espesor que en las laderas.
Sobre la blancura de las nubes y de los montes,
resaltaban las líneas de las cumbres sinuosas y
negras.

—Aquélla es la cuesta —exclamó Antenor, acabando


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de orientarse—. Allá está la "apacheta" . Por aquel filo
hay salida.

—Por ahí va el camino. Pero de aquí… ¿cómo vamos a


sacar la tropa?

Antenor calculó la distancia que los separaba de la


cuesta, que no sería más de diez cuadras, y se le
ocurrió un medio:

—No hay más que abrir un callejón, quitando la nieve


con las caronas. Así la tropa se salvaría… Pero
ustedes, por mi culpa, han corrido peligro de dejar aquí
los huesos. Yo no puedo exigirles más. Ahora puede
empezar a correr viento y en tal caso el peligro sería
mayor. Si quieren dejar la tropa, la dejemos y nos
salvemos nosotros…

Los hombres lo escucharon atentamente. Meditaron un


rato, hasta que Anastasio Cruz habló:

—Patrón Antenor, usted también ha padecido a la par


de nosotros… ¿Cómo cree que vamos a dejarle la
tropa botada aquí? Hagamos otro esfuerzo. Por mi
parte, yo estoy a lo que usté ordene.

—A lo que usté ordene, patrón —afirmaron los otros.

—Gracias. En estas ocasiones se prueban los hombres


y si son amigos o no son amigos —respondió
Antenor—; ¡gracias! No perdamos más tiempo
entonces. ¡A desensillar!

Y se entregaron a la ardua tarea, desplegando una


actividad premiosa, febril. Con las caronas de cuero
hicieron palas y empezaron a cavar en la nieve una
zanja en línea recta a la cuesta. No sentían la fatiga de
la puna, ni el frío cada vez más penetrante. Toda la
tarde trabajaron con un ahínco tenaz, desesperado,
hasta llegar al pie de la cuesta, donde encontraron en
suelo firme la salida que habían previsto.

Regresaron al lugar en que la tropa permanecía


acorralada, ensillaron las mulas y comenzaron a arrear.
Los toros más huelladores puntearon por la zanja; los
demás a fuerza de azotes los siguieron. La remesa se
salvaba.

Pero ya la noche se les venía encima y el cierzo helado


de las primeras horas había ido por grados
adquiriendo impulsos de ventarrón. De repente oyeron
a gran distancia el fragor tremendo de los aludes que
se despeñaban.

—¡El viento blanco!

—¡El viento blanco! —clamaron los hombres. Y vieron


que el huracán desnudaba las rocas y que la inmensa
sábana blanca se revolvía ondulante, proyectando al
espacio raudos jirones de nieve pulverizada que
corrían por las laderas, en la penumbra, como legiones
de fantasmas enloquecidos.

—La ráfaga llegó, cerráronse los bordes de la zanja y la


remesa íntegra desapareció de golpe bajo la nieve. En
medio de aquel turbión infernalmente blanco, aquí y
allá sobresalían como puntos negros los hocicos de
los toros. Y se apagaron sin eco su mugidos de
zozobra y en sus oscuras pupilas dilatadas por el
espanto, se reflejó la luz de las estrellas innumerables.

Antenor Sánchez que, como siempre, habíase quedado


a retaguardia, fue el último en llegar a un altozano
donde los otros ya lo aguardaban, al pie de la cuesta.
Los halló como él cubiertos de nieve. Estaban mudos,
quietos, anonadados. Daban diente con diente y
apenas tenían ánimo para resguardar del viento, con el
ala del chambergo, sus caras hinchadas por la
quemadura.

—¡A componer las cinchas! —ordenó.

Maquinalmente, descabalgaron.

—Patrón, yo tengo mucho frío —dijo Loreto con voz


aniñada.

—Espérate, ya voy yo —le respondió Sánchez. Apenas


podía moverse, entumecido. Sentía dolores atroces en
los dedos de las manos y en los pies.

Cuando acabó de cinchar volviose hacia el muchacho,


y lo vio en el suelo, sentado en cuclillas, chiquitito,
hecho un atado:

—¡Loreto!

Pero Loreto ni respondió, ni se movió.

—¡Vengan!, le demos friegas con nieve gritó Antenor.


Se le allegó, quitole el chulo de un tirón; le palpó las
mejillas; lo miró en los ojos—. No hay caso —dijo—; ya
ha pasao… ¡está muerto!

No podían perder tiempo. Le quitaron los ponchos, lo


acostaron en sus jergones, le cruzaron las manos
sobre el pecho, y la ventisca glacial cubrió su cuerpo
como un sudario.

Y los tres hombres siguieron viaje, luchando mano a


mano con la muerte, aturdidos por el azote que les
helaba la sangre, compelidos por la necesidad
instintiva de vivir.

El viento blanco y otros cuentos - Eudeba - Buenos


Aires - 1971

1
Pasto de las punas.

2
Color de mula negra.

3
Arbusto que crece en las laderas de las montañas.

4
Leña del desierto andino.

5
(De acullis). Bolo de coca, que se mantiene en la
cavidad bucal.

6
Harina de maíz cocida en agua caliente (voz quichua).

7
Barrigón. Se usa en Salta y Chile.

8
Ratón de piel fina y muy apreciada.

9
Paloma de los Andes.

10
Montón artificial de piedras.

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