Quijotedefinitivo
Quijotedefinitivo
LOCURA Y R E A L I DA D .
LECTURA PSICO-ANTROPOLÓGICA DE
EL QUIJOTE
© Jacinto Choza Armenta
© Juan José Arechederra Aranzadi
© Editorial Thémata, 2006. www.themata.net
ISBN-10: 84-611-3247-5
A Luis Arechederra Aranzadi
A Jorge V. Arregui
ÍNDICE
(9)
PRÓLOGO DE JACINTO CHOZA 15
I. ÁMBITO MÉDICO-PSIQUIÁTRICO.
( 11 )
RISA Y REALIDAD. ESTUDIO SOBRE EL QUIJOTE.
JACINTO CHOZA
( 12 )
3. NOVELAS DE CABALLERÍA, REALITY SHOW Y TELEBASURA. 146
4. LA VENGANZA DE LA REALIDAD Y LA MADUREZ DE DON
QUIJOTE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .150
5. LAS PRUEBAS RACIONALES Y LAS PRUEBAS EMPÍRICAS DE LA
REALIDAD . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .152
6. EL DEBATE SOBRE LOS LIBROS DE CABALLERÍA. HISTORIA VER-
SUS LITERATURA. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .154
7. LA ELECCIÓN DE DON QUIJOTE. REALIDAD Y ENCANTAMIEN-
TO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .157
BIBLIOGRAFÍA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .201
( 13 )
PRÓLOGO
( 15 )
En épocas pasadas, cuando los hombres necesitaban ser héroes,
sabios, genios y magos, para sentirse alguien y para sentirse humanos, se
autodenominaban quijotes, hablaban con don Quijote de eso, y él les
señalaba el camino.
En épocas como la nuestra, cuando los seres humanos somos
demasiado conscientes de lo difícil, problemático y fortuito que es el
heroísmo, la sabiduría o el triunfo, demasiado conscientes de la cantidad
de factores incontrolables que rigen nuestras trayectorias existenciales,
entonces nos sabemos pobres hombres, nos llamamos a nosotros mis-
mos quijotes, hablamos con él de eso, y le vemos como el caso de pobre
hombre que nos enseña a reírnos de él y de nosotros.
( 16 )
“Este libro, el más triste de todos, no
olvidará el hombre llevarlo consigo el día del
Juicio final. Y declarará el más hondo, terrible
misterio del hombre y de la Humanidad en él
contenido; que la belleza suprema del hombre,
su pureza mayor, su castidad, su lealtad, su valer
todo y, finalmente, su talento más grande, con-
súmense hartas veces, por desgracia, sin haber-
le reportado a la humanidad provecho alguno y
convirtiéndose, si a mano viene, en un objeto
de irrisión, sólo por faltarle al hombre con tan
ricos dones agraciado un don supremo: el genio
necesario para dominar la riqueza y poder de
esos dones, gobernarlos y dirigirlos, no por fan-
tásticos caminos de locura, sino por la senda
recta, empleándolos en el bien de la
Humanidad”.2
( 17 )
recibir, y que podemos recibirlo ahora, de la mano del propio don
Quijote. El don de la risa, de una risa que es comprensión y que es pie-
dad, comprensión y piedad universales. Lo que comprendemos y com-
padecemos, es que nuestras ambiciones, proyectos, genialidades, heroici-
dades y triunfos, son menos interesantes o menos importantes que cier-
tas dimensiones profundas de la realidad, al encontrarnos con las cuales
experimentamos desengaños que no son amargos, ni irritantes, ni siquie-
ra tristes, sino acogedores, relajantes y, justamente por eso, divertidos.
Pero todo eso lo comprendemos y lo compadecemos, todo eso nos
divierte, cuando, entretenidos lejos de nosotros mismos, los puntos cie-
gos de nuestra conciencia nos han ayudado a escapar de la maldición de
Narciso, de esa concentración insomne, contumaz y aprisionadora en la
propia imagen. Ese es el tema del presente ensayo.
Durante los años 1996-97 y 1997-98 impartí en la Facultad de
Filosofía de la Universidad de Sevilla dos cursos monográficos de doc-
torado sobre el Quijote. En ellos recibí valiosas críticas y sugerencias de
mis alumnos, a los que siempre doy las gracias. Esta vez debo dárselas a
Juan José Muñoz Lorencio, Francisco de Llanos Peña, Francisco Álvarez
Buza, María José Cantioso, Manuel Gutiérrez Ontiveros, Carlos Manuel
Lema Gómez, Victoriano Sáinz Gutiérrez y Vicente Haya Segovia. Los
materiales y notas de aquellos cursos quedaron archivados, como tantos
otros, en espera de una ocasión propicia para retomarlos.
La ocasión se ha presentado durante el año 2004, cuando resona-
ron los preparativos para la celebración del cuarto centenario de la publi-
cación del Quijote en el año 2005. Algunos amigos relacionados con el
Instituto Cervantes, entre ellos Manuel Fontán, Teresa Imizcoz y Daniel
Innerarity, que conocían parte de aquellos materiales, me animaron a ela-
borarlos en forma de libro para participar de alguna manera en la con-
memoración. María José Montes, además, me insistió mucho en que
tenía que escribirlo de modo particularmente claro, sin tecnicismos ni
divagaciones filosóficas, de modo que todo el mundo pudiera entender-
lo.
De esta manera queda ya declarado que este ensayo está escrito
por un filósofo. En principio eso no es una cualificación negativa para
un libro, ni aunque verse sobre una obra literaria. Ciertamente lo que
digan sobre literatura los filólogos y críticos literarios tiene su prioridad
y, desde luego, su mayor amplitud, que lo que digan otros estudiosos.
( 18 )
Pero cuando se trata de obras gigantescas, patrimonio del género huma-
no, saboreadas por toda la humanidad en todos los idiomas alfabetiza-
dos, y desde donde la vida y la sabiduría manan en raudales inabarcables,
todos podemos acercarnos con nuestra boca y nuestra manos, o con los
más amplios recipientes de nuestros propios recursos técnicos, para
obtener y transmitir el beneficio de que seamos capaces.
Por lo demás, y en lo que se refiere a las grandes obras, las apor-
taciones que provienen de los campos mas diversos suelen combinarse
para hacer aún más amplio el caudal de esos manantiales. Ortega era filó-
sofo y Unamuno filólogo, pero eso en el caso de ellos eran “denomina-
ciones extrínsecas”, clasificaciones administrativas de su actividad de
pensadores. En lo que se refiere al Quijote, además, había en sus tiem-
pos un valor añadido a la obra literaria, a saber, el debate sobre la iden-
tidad histórica y cultural de España, en relación con el cual el propio
Caballero de la Mancha parecía tener mucho que decir.
Aquella identidad cultural no es un problema para nosotros como
lo era entonces, ni tampoco el Hidalgo resulta implicado en los proyec-
tos de nuestro país que nos apremian a nosotros ahora. Las interpreta-
ciones históricas españolas tuvieron ya su momento. Las coordenadas
del siglo XXI son otras y en ellas don Quijote habla de otra manera.
Durante la elaboración del trabajo me ha importunado recurren-
temente la duda de si debía incluir muchas notas y ser muy generoso en
el aparato crítico, tanto en los aspectos literarios como en los filosóficos,
o más bien ser parco.
Por lo que se refiere a los aspectos literarios, la edición del Quijote
del Instituto Cervantes, dirigida por Francisco Rico, me facilitaba la tarea
de desplegar un aparato crítico abrumador, pero yo no soy filólogo, esa
edición es sobradamente conocida y está disponible gratuitamente en la
red, y me ha parecido que esos añadidos hubieran sido una duplicación
innecesaria.
Por lo que se refiere a los aspectos filosóficos, las notas habrían
resultado quizá de interés para algunos profesionales, o bien para quie-
nes, sin serlo, gustan del ensayo especulativo o del libro específicamente
técnico de filosofía. He incluido algunas. Las que me parecían indispen-
sables para que diversas afirmaciones, que el género literario ensayo per-
mite, no parecieran escandalosamente gratuitas. Las que me parecían pis-
tas imprescindibles que la cortesía intelectual impera dejar abiertas, por
( 19 )
si alguien desea indagar más sobre asuntos que no son periféricos ni tri-
viales en el conjunto del trabajo. Y otras que a lo mejor no responden a
esos criterios pero que en su momento me parecieron pertinentes. El
conjunto de ellas queda recogido y ordenado en la bibliografía final, que
quizá también puede dar una idea del enfoque desde el que ha sido ela-
borado el ensayo.
Escrito durante el verano, me resulta particularmente grato fechar
el libro entre los cumpleaños de mi hija Irene de 2004 y 2005. (Valencina
de la Concepción-Sevilla 7 de octubre de 2005).
La primera edición de este libro fue realizada por los laboratorios
Wyeth, gracias al interés y al trabajo del Dr. don Juan José Arechederra
Aranzadi, y se iniciaba con una página escrita por él para presentar el
estudio a los psiquiatras, a quienes iba destinada aquella edición no venal.
En esta segunda se mantiene el texto exactamente igual pero se
suprime aquella presentación.
( 20 )
J UA N J O S É A R E C H E D E R R A A R A N Z A D I
DOCTOR EN MEDICINA. PSIQUIATRA.
HOSPITAL RAMÓN Y CAJAL. MADRID
( 21 )
I. Á M B I T O MÉDICO-PSIQUIÁTRICO
1. R A M Ó N
Y CAJAL: ¿P O R QUÉ C E RVA N T E S NO HIZO CUERDO
A SU HÉROE?
( 23 )
duras y regalos de la vida burguesa, para lanzarse a las arriesgadas y
temerarias aventuras.
Y aun dado el caso que la codicia de la gloria y el ansia de justicia
fueran poderosas a sacarle de sus casillas, llevándole a militar denodada-
mente contra el egoísmo y la perfidia del mundo, ¿habrían dado pie sus
gestas en tanto que materia de labor artística para forjar los épicos, mara-
villosos y sorprendentes episodios de todos admirados en el libro inmor-
tal y que tan alto hablan del soberano ingenio y vena creadora del prín-
cipe de nuestros prosistas?
Sin duda, a causa de esta obligada anormalidad mental de don
Quijote, que le impulsaba a provocar los lances más descomunales y peli-
grosos, el tono general de la novela es de honda melancolía y desconso-
lador pesimismo. En vano el lector, emocionado, pretende serenarse
haciéndose cuenta que Cervantes no personificó en el Caballero de la
Triste Figura sino las desvariadas, inconsistentes e inverosímiles compo-
siciones caballerescas. Arrastrados a nuestro pesar por la tendencia gene-
ralizadora de la razón, nos asalta el temor de que el anatema que en la
mencionada obra pesa sobre el arte romántico, se extiende a dominios
ajenos al designio del soberano artista. Y nos preguntamos, con inquie-
tud en el alma y lágrimas en los ojos: ¿Cómo? ¡Estarán también conde-
nados a perecer irremisiblemente todos los altos idealismos de la ciencia,
de la filosofía y de la política? ¿Reservado queda no más a la demencia
afrontar los grandes heroísmos y las magnas empresas humanitarias?
Y esta mención melancólica y deprimente llega a la agudeza al ver
cómo, a la hora de la muerte, el loco sublime, convertido ya en Alonso
Quijano el Bueno, recobra bruscamente la razón para proclamar la tris-
te y enervadora doctrina de la resignación ante las iniquidades del
mundo. ‘En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño’, nos dice con
voz desfallecida, en que parecen vibrar estertores de agonía. ¡Arranque
de infinita desilusión, que nos anuncia cómo el paraíso de paz y de ven-
tura y la ensoñada edad de oro que la humanidad anhela para el presen-
te o para no muy alejado porvenir representa un remotísimo pasado que
ya no volverá¡
Necio fuera desconocer que, no obstante la nota general honda-
mente patética, campea y retoza en la epopeya cervantina un humorismo
sano y de buena ley. ¿Qué otra cosa representa el donairoso y regocijado
tipo de Sancho, sino el artístico contrapeso emocional del quejumbroso
( 24 )
y asendereado Caballero de la Triste Figura?
Reflejo fiel de la vida, sucédense en la inmortal novela, como en el
cinematógrafo de la conciencia humana, estas dos emociones antípodas
y alternantes: el placer y el dolor. Pero a modo de esos frutos de dulce
corteza y amargo hueso, en la creación cervantina la acritud es interna y
el dulzor externo. Cierto que hay peripecias y coloquios de una ‘vis’
cómica incomparable; mas, a despecho de la intención piadosa del autor,
bajo la ingenua y blanca careta del gracioso corren calladas las lágrimas,
cual silencioso arroyuelo que bajo la soleada nieve se desliza.
¿Cómo se forjó, allá en la caldeada imaginación de Cide Hamete,
tan felicísimo y artístico contraste? ¿En virtud de qué condiciones psico-
fisiológicas escritor tan sereno, quijotil y optimista puso en su obra ese
dejo de tristeza y de amargo pesimismo? Cuestiones arduas y dificilísi-
mas para cuya solución fuera imprescindible conocer todos los replie-
gues y recovecos de la complicada mente de Miguel, amén de los cho-
ques, episodios e incidentes emocionales que la conmovieron y adoctri-
naron durante los años tristes precursores de la genial concepción.”
En relación con el quijotismo, Ramón y Cajal señala que “cuando
un genio literario acierta a forjar una personificación vigorosa, universal,
rebosante de vida y de grandeza, y generadora de la esfera social de gran-
des corrientes de pensamientos, la figura del personaje fantástico se agi-
ganta, trasciende los límites de la fábula, invade la vida real y marca con
sello especial e indeleble a todas las gentes de la raza o nacionalidad a que
la estupenda criatura espiritual pertenece. Tal ha ocurrido con el héroe
del libro de Cervantes.
Muchos extranjeros y no pocos españoles, creyendo descubrir
cierto aire de familia entre el citado protagonista y el ambiente moral en
que fue concebido no han reparado en adjudicarnos, sin más averigua-
ciones, el desdeñoso dictado de “Quijotes”, calificando asimismo de
“quijotismos” cuantas empresas y aspiraciones españolas no fueron
coronadas por la fortuna. Complácense en pintarnos cual legendarios
“Caballeros de la Triste Figura”, tenazmente enamorados de un pasado
imposible, e incapaces de acomodación a la realidad y a sus útiles y sal-
vadoras enseñanzas.”
( 25 )
2. TAPIA SANDOVAL. DON QUIJOTE ES UN LOCO SUBLIME
( 26 )
perdido al gran genio de la literatura castellana. Estuvo preso en varias
ocasiones y por varios motivos.
Ya grande de edad se dedica a lo que siempre le gustó: escribir.
Empezando con la Galatea, las Novelas ejemplares, El viaje del Parnaso,
Comedias y entremeses, y en 1605 se publica El Quijote, editado por
Juan de la Cuesta, hace 400 años; luego vienen otras, y en 1615 la segun-
da parte de El Quijote, y muere Cervantes el día 22 de abril de 1616, en
Madrid, en su casa. Sus restos descansan en el Convento de las
Trinitarias Descalzas de Madrid.
El personaje de la novela es un hidalgo manchego que de tanto
leer libros de caballerías, de casi no comer y de dormir muy poco, fue
perdiendo la razón, hasta quedar completamente loco. Por ese motivo,
un compañero profesor de la Facultad de Medicina, en donde trabajo
desde hace casi 50 años, les decía a sus alumnos que no estudiaran
mucho, porque mucha ciencia mata, y que no leyeran mucho, porque se
podían volver locos como el Quijote. Lo cual no es cierto; en mi larga
carrera de médico, dedicado al estudio y atención de enfermos mentales,
nunca he visto un enfermo que por estudiar enloquezca. Lo que ocurre
es que a muchos, en su locura les da por leer de día y de noche, y la gente
común le echa la culpa al estudio.
El grabador Augusto Fernández, padre del gran investigador
Augusto Fernández Guardiola, quien estuvo preso en la misma cárcel en
donde estuviera preso don Miguel de Cervantes, en Sevilla, en sus
Láminas del Quijote, tiene un bonito grabado en donde Don Quijote
está rodeado de sus libros de caballerías, de su lanza, espada, adarga y
armadura, y con una expresión en el rostro de loco iluminado. De este
modo empieza su locura, la cual se inicia en su casa; busca estas armas
en un rincón de su casa, en donde encuentra las que fueron de su bis-
abuelo, las limpia y las compone con listones y cartón, que no le servi-
rán de nada, sólo para verse ridículo y provocar hilaridad.
Su nombre era Alonso Quijano El Bueno, y como decide cambiar
de actividad, y dedicarse a ser caballero andante, en busca de aventuras,
decide cambiar su nombre, y en esa búsqueda toma el de Quijote, y
como era originario de La Mancha, pues entonces, Quijote de La
Mancha. Como no es caballero, es necesario ungirlo como tal para poder
tener el nombre de don. En la primera Venta, el ventero socarrón y poco
serio le sigue el juego, le pone a velar sus armas y, esa misma noche, lo
( 27 )
arma caballero, en forma burlesca, y de ahí toma el nombre, y debía tener
una dama para dedicarle sus correrías, y entonces pensó en una moza
labradora de muy buen parecer que se llamaba Aldonza Lorenzo, y a la
cual él le pone el nombre de Señora Dulcinea del Toboso, porque era
natural del Toboso. Y a su pobre caballo también es necesario cambiar-
le el nombre, así como el Cid o el de Alejandro; a su rocín le puso el de
Rocinante.
Era Don Quijote, flaco, de cuello largo, con la nuez prominente de
lo que en medicina llaman tipo leptosomático, de pensamiento disgrega-
do, ilógico, que forma un razonamiento a veces lógico, pero como parte
de bases falsas, las conclusiones son falsas y por ese motivo son delirios,
de daño, de grandeza, de fortaleza, querulantes, místicos, acompañados
de ilusiones, dismorfopsias, y de múltiples alucinaciones visuales, auditi-
vas, olfatorias, del gusto, etcétera. Y Don Quijote las creía como reales.
Por esos datos, muchos lo han diagnosticado como esquizofrenia,
pero muchos de sus razonamientos tenían la lucidez de las personas
revolucionarias que quieren cambiar el mundo. En sus correrías lo acom-
pañó un personaje fiel, que era cuerdo, y que pensaba que aquellas falsas
ideas eran reales. Hasta que, derrotado, vuelve a su casa, donde enferma
de fiebre; se cura, pero queda débil, recupera la razón, está perfectamen-
te cuerdo. Es consciente del daño que le hicieron las novelas de caballe-
rías y de que se volvió loco, que ahora está cuerdo y pide a un cura para
confesarse y a un escribano para dictarle su testamento, el cual es de una
sensatez grandiosa. Muchos son los que han hecho diagnósticos a Don
Quijote, pero todos han fallado. Don Quijote sigue cabalgando por la lla-
nura manchega y ahora por las llanuras de todo el mundo, para remediar
tanta injusticia que hay en la actualidad.
Don Quijote es un loco sublime. Es la novela más hermosa que se
ha compuesto en la lengua castellana, y es muy útil para aprender cómo
se habla y escribe este idioma. Algunos personajes importantes han
aprendido el castellano para poder entender El Quijote.”
( 28 )
3. ALONSO FERNÁNDEZ. EL QUIJOTE COMO NOVELA PSICOPATOLÓGICA
( 29 )
el protagonismo a Alonso Quijano, y hasta la gloria a Cervantes)’, asegu-
ra Alonso.
Una vez aceptada la idea de que Don Alonso Quijano padecía una
enfermedad mental, llega el momento de preguntarse cuál. ¿Neurosis?
¿Esquizofrenia? ¿Ideas obsesivas en torno al tema de la necesidad de
administrar justicia y ayudar a los pobres y a los débiles? El trastorno
bipolar — lo que antes se llamaba trastorno maníaco-depresivo — es la
opción por la que se inclina Francisco Alonso Fernández.
Este mal — que padece el 2% de los españoles, unas 800.000 per-
sonas, según la Asociación de Bipolares de Cataluña — consiste en cam-
bios muy notables en el estado de ánimo que hacen que una persona se
sienta extremadamente feliz y con el paso de los días sufra de depresión.
Es decir, oscila entre dos polos opuestos: la manía o el sentimiento exa-
gerado de bienestar y la depresión.
Según Alonso, el delirio de grandeza que sufre el hidalgo manche-
go — creer que es el mejor caballero andante del mundo — le conduce
a una metamorfosis que transforma su personalidad. El hidalgo Alonso
Quijano se convierte en el caballero Don Quijote y cambia de rasgos psí-
quicos, sociales e incluso físicos, porque el protagonista se siente más
fuerte, más poderoso, más noble y más importante a raíz de la misma.
Por otra parte, el Don Quijote que acaba de nacer sufre delirios que no
sólo le transforman a él, sino también al mundo que lo rodea. El vente-
ro se convierte en alcaide de un castillo, los molinos en gigantes, la bacía
de barbero en un yelmo finísimo...
‘Entonces surge un cuadro hipomaníaco dominado por el delirio’,
explica Alonso. Pero, además, añade, ‘estos cuadros generalmente van
asociados a fases depresivas. Es entonces cuando podemos hablar de
trastorno bipolar. Los rasgos depresivos y melancólicos de Don Quijote
se ven, por ejemplo, cuando va a hacer penitencia a Sierra Morena o
durante la ensoñación que experimenta en la cueva de Montesinos. En el
primer caso, canta y da volteretas, pero también llora, reza compulsiva-
mente, tiene muchos sentimientos de culpa y se somete a mortificacio-
nes físicas. En la cueva de Montesinos la situación no puede ser más
tétrica: hay cortejos de muertos que desfilan y aparece un difunto des-
provisto de corazón. Sin embargo, Don Quijote sufre un sorprendente
cambio en su conducta cuando sale de allí. Le han dicho que él es el
único capaz de deshacer el encantamiento que hay en la cueva, pero al
( 30 )
abandonarla se olvida de todo y no se propone volver a ese lugar. ¿Qué
ocurre? Pues que cuando sale fuera del mundo depresivo de la cueva de
Montesinos se siente apático, descorazonado y confuso. En resumen, se
encuentra mucho más cerca de la depresión que de la hipomanía. Esa
alternancia es típica del trastorno bipolar’, afirma Alonso.
El tópico de que los libros de caballerías fueron la causa de la locu-
ra del Quijote no es compartido por los expertos en psiquiatría, quienes
opinan que, por regla general, nadie enferma por leer de forma compul-
siva. En todo caso, el hecho de obsesionarse por la lectura podría ser un
aviso de que algo va mal. ‘La ofuscación de Don Quijote con los libros
más bien puede tomarse como un síntoma, ya que, para poder afrontar
la adquisición de más y más novelas de caballerías, vende muchas de sus
tierras. En la hipomanía hay tendencia a desprenderse de propiedades y
a realizar grandes gastos’.
El estilo de vida de Alonso Quijano podría considerarse, asimis-
mo, un caldo de cultivo ideal para la gestación de su especial locura.
‘Vivía una existencia aletargada, casi vegetante, frustrante, podríamos
decir que sufría de un enorme vacío existencial. Entonces se produce la
hipomanía, la exaltación de la fantasía, y se transforma en caballero, justo
lo que él había soñado toda su vida, indica Alonso. Para colmo, su entor-
no humano más cercano no colabora, precisamente, a que mantenga la
cabeza en su sitio. Temiendo por la cordura de Alonso Quijano, el cura
y el barbero queman los libros del hidalgo, tapian el aposento donde se
guardaban y le dicen que un encantador lo ha hecho desaparecer todo.
Pero, según el especialista, con esta bienintencionada maniobra no hacen
sino reforzar su delirio.
Alonso Fernández también ha puesto su atención en las famosas
alucinaciones del personaje. ‘La distorsión de la realidad que aparece en
Don Quijote puede obedecer a un trastorno de la vista o del oído, a una
enfermedad cerebral o a un trastorno propiamente mental. Se confun-
den molinos con gigantes cuando el delirio interno se proyecta hacia el
exterior y produce un puñado de alucinaciones visuales y auditivas. Pero,
a continuación, el brote psicótico que ha provocado tal distorsión de la
realidad remite y Don Quijote ve los molinos tal como son (aunque siga
pensando que él tenía razón y que eran gigantes)’.
Don Quijote también confunde personas, como cuando vence al
Caballero de los Espejos, que es en realidad el bachiller Sansón Carrasco.
( 31 )
Estos son, según Alonso Fernández, ‘delirios de falsa identidad, muy
estudiados en psiquiatría desde hace más de 100 años’. Además de la
confusión entre molinos de viento y gigantes, el episodio más conocido
de la obra, hay muchos pasajes que expresan con claridad la locura del
Quijote, aunque, de entre todos ellos, tal vez sea el de las figuras del reta-
blo de Maese Pedro el que resulte más revelador.
Se trata de unos muñecos que un titiritero ambulante lleva de pue-
blo en pueblo y que representan la historia de Gaiferos y Melisendra.
Don Quijote los toma por personajes reales, lo que le empuja a destro-
zar el teatrillo del pobre cómico. Si en el episodio de los molinos o en el
de los batanes la imaginación del hidalgo podría pasar por pura extrava-
gancia, en el caso patético de las figurillas del retablo se produce ya una
distorsión total de la realidad, y ése es uno de los elementos reveladores
de una grave enfermedad mental psicótica, según el análisis del doctor
Alonso.
Hasta el final de la obra continúan las demostraciones de locura de
Don Quijote, quien sólo recobra la lucidez y la paz durante el breve
periodo que precede a su muerte. Para Alonso Fernández, éste es uno de
los rasgos más esclarecedores de la novela. ‘Es un detalle muy importan-
te que nos revela el grado de conocimiento que tenía Cervantes acerca
de las enfermedades mentales. Don Quijote recobra su identidad cuan-
do sufre una afección febril grave’. En círculos médicos era sabido, expli-
ca el experto, que había trastornos mentales que se recuperaban cuando
sobrevenía una afección corporal de cierta gravedad, sobre todo un pro-
ceso febril. ‘Tanto es así que hasta bien avanzado el siglo pasado se pro-
vocaba la fiebre para combatir cuadros de tipo hipomaníaco. Era un
método que se llamaba piretoterapia — terapia por la fiebre —, y es evi-
dente que se trata de algo bien conocido por Cervantes’, añade.
Lo cierto es que en medicina muchas veces se conocen los hechos,
pero no los mecanismos que los originan. ‘Se sabe que con la fiebre se
normaliza el funcionamiento cerebral y que la personalidad del paciente
experimenta vivencias de preocupación por su estado físico que le apar-
tan de su delirio. Hay dos factores que motivan la recuperación de la
salud: la preocupación por algo real, es decir, por la enfermedad física, y
el factor biológico consistente en que la fiebre modifica el funcionamien-
to cerebral y puede llevarlo a un cauce de normalidad. Realmente es algo
asombroso, y el gran acierto de Cervantes es la descripción que hace en
( 32 )
el caso de Don Quijote. Seguramente el autor no sabía cuál era la razón
de que tras la fiebre se produjera la recuperación de la salud mental, pero,
en cuanto a la terapia, acertó de pleno’, explica Alonso.
Don Quijote no es el único loco dibujado por la pluma de
Cervantes. El Licenciado Vidriera, uno de los protagonistas de las
Novelas ejemplares, creía que su cuerpo estaba hecho de cristales que se
romperían si alguien lo tocaba. El desdichado caminaba por el centro de
las calles y miraba a los tejados con pavor, temiendo que le cayera una
teja encima y le matase. En una ocasión tuvo que trasladarse a Valladolid
y fue llevado con todo cuidado dentro de un cesto lleno de paja, no fuera
a ser que sus carnes se quebraran con cualquier pequeño roce. Además
de este singular hombre de cristal cervantino, otros lunáticos aparecen
en las historias intercaladas en el Quijote. Es el caso del loco sevillano,
un licenciado recluido en el Hospital de los Inocentes (el manicomio de
Sevilla). En su locura, llega a pensar que en realidad está cuerdo, hasta tal
extremo que casi convence de ello al capellán del centro, quien está a
punto de liberarlo.
Pero no es Cervantes el primero en tratar el tema de la enferme-
dad mental en sus obras. Antes de su Quijote habían visto la luz el
‘Elogio de la locura’, de Erasmo, el ‘Orlando furioso’, de Ariosto, y el
anónimo ‘Amadís de Gaula’, obras que, probablemente, le sirvieran de
inspiración.
Alonso Fernández cree que no es casual que Don Quijote de la
Mancha se publicara en 1605. ‘En esos momentos había un contexto psi-
quiátrico verdaderamente excepcional debido a varias razones. En pri-
mer lugar, existía una red de ocho hospitales psiquiátricos distribuidos
por toda España, lo que constituye algo único en su época. De hecho, el
primer centro psiquiátrico del mundo se creó en 1409 en Valencia y
luego, entre el siglo XV y el XVI, se hicieron siete más en otras ciuda-
des. Además, y esto es lo más importante, España era el único país donde
se pensaba que el trastorno mental era una auténtica enfermedad, hasta
cierto punto, un proceso del cerebro. Para ilustrar el momento, yo suelo
poner como ejemplo lo que sucedió a principios del siglo XV cuando se
celebró el Compromiso de Caspe. La corona de Aragón no tenía suce-
sor y se convocó a los parlamentarios de Aragón, Cataluña y Valencia
para que eligieran un nuevo rey. El representante valenciano sufrió una
afección vasculocerebral y se abrió un expediente para ver si se trataba
( 33 )
de una simulación o de una auténtica enfermedad. Lo significativo es que
no se habló de hechizos ni de posesiones, en un momento en que en
Centroeuropa se estaban quemando todavía a muchas mujeres acusadas
de brujería’. Asimismo, en el Quijote no aparece ninguna referencia a
que el trastorno del protagonista pueda deberse a hechizos o a que pueda
ser sanado mediante exorcismo.
Para el autor de El Quijote y su laberinto vital, durante los siglos XV
y XVI España vive una especie de Edad de Oro de la psiquiatría, ya que
en dicho periodo se mantiene una concepción naturalista de la enferme-
dad mental. Sin embargo, explica, ‘más adelante se produciría un claro
retroceso. Lo prueba un hecho como que a Carlos II, que era un autén-
tico enfermo mental, se le tuviera por hechizado’.
Curiosamente, y a pesar de lo conocido y concreto que es su caso,
la famosa locura de Alonso Quijano no parece haber tenido demasiados
seguidores entre los locos que se creen personajes históricos, cuyo
modelo con mayor repercusión sigue siendo Napoleón. A pesar de todo,
Alonso Fernández asegura haberse encontrado con muchos pacientes
psicomaníacos parecidos a Don Quijote. ‘Incluso me he encontrado con
un enfermo de La Mancha que tenía transformación de la personalidad
y se presentaba a sí mismo como si él fuera Don Quijote de la Mancha.
Sin embargo, a un enfermo así no se le trata como si fuera el Quijote. Si
un paciente llamado Pedro Pérez se cree Napoleón, nosotros tratamos a
Pedro Pérez, no a Napoleón’. En el caso del Quijote, explica el experto,
lo curioso es que Cervantes parece transmitir a los lectores, en una suer-
te de juego, la mismísima alucinación de Alonso Quijano. Porque, vamos
a ver: ¿Hay algún personaje más real, epítome de lo español y sinónimo
de todos nosotros que el Quijote?
( 34 )
Quijote y en el resto de su obra, no es la locura sino la vida humana, en
la cual la locura, y otras dislocaciones a que los seres humanos nos
vemos abocados para sobrevivir, es o una de sus formas o un ingredien-
te de ella.
Digo sobrevivir no en el sentido en que se habla de la vida bioló-
gica, sino en el de ser un quien, en el logro de una identidad que nos haga
reconocibles en el mundo en que, además de vivir, existimos. Esa exis-
tencia de la que son ingredientes de ella, además de la locura, la desgra-
cia, la deshonra, el desamor, la injusticia, los celos, la envidia, la mentira,
la traición, etcétera. En suma, todo lo que se opone a las aspiraciones del
hombre en tanto tal, su deseo de ser, la fama, el amar y ser amado, el
ansia de poder…
El Quijote, el texto más destacado de Cervantes, es en verdad un
tratado de la vida humana, y, aunque novela, además de cómo parábola
puede concebirse como fábula de la vida humana, con su moraleja, el
capítulo 74 de la antes parte II, es decir, el que trata de cómo Don
Quijote cayó enfermo y murió.
El megatema del Quijote es la vida humana, lo que constituye la
biografía de cada ser humano. Desde mi punto de vista, el Quijote es una
teoría de la biografía (salvo que aquí, y eso no es obstáculo alguno, se
trata de la biografía de un sujeto de ficción, como por otra parte lo es La
vida de Henry Brulard, de Stendhal, o el Felix Bruhl de Mann). Eso es
lo que hace del Quijote un libro intemporal, un libro que puede ser leído
– al margen de filólogos – en función del tiempo en el que se lee, y que
me recuerda la afirmación de Herman Broch de que ‘la novela que no
descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmo-
ral, (porque) el conocimiento es la única moral de la novela’.
En la medida en que trata los ‘mores’ en que se constituye la vida,
y no en el sentido más restringido en que hoy usamos la palabra, la obra
de Cervantes, y en especial el Quijote, es moral.”
“Han existido algunos psiquiatras, y médicos no psiquiatras y emi-
nentes en su disciplina, que se empeñaban en aplicar a la figura de don
Quijote categorías diagnósticas. Lo menos que puede decirse de esta
tarea es que constituye una impropiedad. Los diagnósticos no se formu-
lan para la definición de la persona – ni siquiera los psiquiátricos – sino
para la catalogación y eventual tratamiento del padecimiento que se
rubrica, de ese accidente de la vida humana que es una enfermedad.
( 35 )
Decir de alguien que es leproso no le define. Y aunque en princi-
pio pueda parecer discutible, tampoco definen diagnósticos como para-
noia, parafrenia, esquizofrenia, etcétera. Leproso o paranoico no nos
explica su santidad o canallería, el que sea un buen padre de familia o
adúltero… ¿Qué nos añade a la obra de Kleist, Hölderlin, Strindberg o
Schuman saber que terminaron su vida tras muchos años de demencia
esquizofrénica? ¿O que Federico Nietzsche, Guy de Maupassant o
Baudelaire padecieron una demencia sifilítica? ¿O Flaubert o
Dostoievski una epilepsia?
Lo que digo de estas categorías diagnósticas se puede aplicar a
otro tipo de cosas, por ejemplo los itinerarios de don Quijote. Han exis-
tido maniáticos que han tratado de seguir lo que Azorín – que no lo era
– llamó, de otra manera muy distinta, ‘La ruta de don Quijote’, y claro
está, se desconciertan cuando comprueban que don Quijote estaba un
día en Esquivias y al siguiente en Almodóvar del Campo (es decir, a 150
kilómetros de distancia ‘real’ uno del otro), lo cual sería un disparate en
la vida empírica, por ejemplo, en una ‘biografía’ de un tal Alonso
Quijano, pero no en la ‘novela’ titulada ‘El ingenioso hidalgo don
Quijote de la Mancha’.
( 36 )
de la monomanía. De ahí que a lo largo del siglo XX el diagnóstico más
usual haya sido el de ‘paranoia’, hasta la llegada del DSM- IV, en el que
queda englobado en los ‘trastornos delirantes’, o, según el CIE-10, ‘tras-
tornos por ideas delirantes persistentes’.
No han faltado, sin embargo, diagnósticos alternativos. Por su pro-
ximidad semiológica con el anteriormente descrito, algunos autores han
diagnosticado a don Quijote, bien de ‘parafrenia’, bien de ‘demencia por
cuerpos de Lewy.’ Finalmente, el contagio que Sancho sufre de don
Quijote ha llevado tradicionalmente a ver en ambos un caso de ‘folie à
deux’ o ‘trastorno psicótico compartido’, según la clasificación del DSM-
IV. Analizando la evolución de los diagnósticos aplicados a don Quijote,
puede seguirse la evolución de la nosología psiquiátrica. Una primera
aproximación histórica a las interpretaciones psiquiátricas del Quijote la
llevó a cabo Luis Sánchez Granjel en 1976, y la han completado recien-
temente, el año 2003, dos psiquiatras valencianos, Rosa Corral Márquez
y Rafael Tabarés Seisdedos, y uno catalán, Nuria Pérez, de la Universidad
Pompeu Fabra de Barcelona.
No puede negarse la licitud de tomar a don Quijote por persona-
je real y aplicarle las categorías psiquiátricas. No cabe duda que la des-
cripción de la psicología del personaje que Cervantes hace es muy preci-
sa; tan precisa, que concuerda perfectamente con lo dicho por los trata-
dos de Psiquiatría. Esto es lo que ha admirado siempre a los psiquiatras.
Lo peligroso es no ver en el personaje más que eso, ‘reducir’ la obra a las
aventuras y desventuras o, si se prefiere, a las locuras de un loco. Este es
el peligro de la visión psiquiátrica, que se crea que mediante el diagnós-
tico de enfermo mental se está dando alguna clave importante de inter-
pretación de la obra.
Mi opinión es que esto no es así. Más aún voy a defender la tesis
de que a don Quijote no puede vérsele ni tratársele como a un enfermo,
y que caso de hacerlo así se malinterpreta la obra. ¿Y si lo que Cervantes
quiso no fue describir la vida de un loco, o al menos de un loco al modo
como lo entiende la psiquiatría? ¿Y si loco significara otra cosa en el
texto cervantino?”
( 37 )
6. LÓPEZ IBOR. DON QUIJOTE COMO MITO
( 38 )
mos mejor a los enfermos, también los sanos debemos comprendernos
mejor. Bienvenidos todos a la tierra de don Quijote.”
( 39 )
go sin acudir más que a criterios científicos? Muchos expertos conside-
ran que sí. Y de hecho, tal aproximación no resulta una novedad, preci-
samente.
El primer autor español que aventura una diagnosis psiquiátrica de
Don Quijote es Antonio Hernández Morejón, que en 1836 escribió
‘Bellezas de medicina práctica en el Ingenioso Caballero Don Quijote de
la Mancha’. En aquel texto, el autor creyó ver en el personaje una altera-
ción colérica y melancólica de la personalidad. Dicho diagnóstico se rea-
lizó, obviamente, sobre las premisas de la ciencia psicológica de la época,
gran desconocedora de los entresijos de la mente y basada en la teoría
hipocrática de los humores. Según aquellos científicos, el alma humana
dependía de cuatro elementos, –aire, fuego, tierra y agua – que determi-
naban cuatro sustancias corporales – la flema, la sangre, la bilis amarilla
y la bilis negra – y cuatro temperamentos – flemático, sanguíneo, melan-
cólico y colérico –.
A principios del siglo XIX, sin embargo, comienzan a fundarse las
bases de la psiquiatría científica, a partir de la obra de Philippe Pinel
‘Tratado médico-fisiológico de la alienación mental a la manía’. En ella
se describe por primera vez de forma racional el componente maniático
de la personalidad y se determina una nueva enfermedad: la monomanía.
Pinel llegó a definir la actitud de Don Quijote como ‘un ejemplo admi-
rable de monomaníaco’ que se caracteriza por la recurrencia de ideas
fijas, obsesivas e ilusorias. Cuando los sucesores de Pinel diferenciaron
entre ilusiones y alucinaciones y crearon un corpus clínico más solvente
para detectar estos fenómenos en el comportamiento de los pacientes,
quedó claro que Alonso Quijano, sometido a constantes idas y venidas
de la realidad, acuciado por sus alucinaciones y perturbaciones, debía ser
un caso prototípico de maníaco.
Conforme la ciencia de la mente fue evolucionando, aparecieron
nuevas aportaciones a la explicación de ciertos comportamientos, como
los que Cervantes relata en su obra. Para conmemorar el 300 aniversario
de su publicación, en 1905, el doctor Ricardo Royo Villanova publicó un
Tratado en el que se elaboraba una historia clínica del personaje. Para
aquel entonces, ya se habían propuesto algunas ideas novedosas en psi-
quiatría: se había diagnosticado la catatonia y se conocían males como la
paranoia y lo que se llamaba demencia precoz, que luego fue catalogada
como esquizofrenia. Royo Villanova concluye en su obra que Don
( 40 )
Quijote sufre paranoia crónica o delirio sistematizado parcial de tipo
expansivo, con forma megalómana y variedad filantrópica. Es evidente
que los diagnósticos iban siendo más precisos y definidores cada vez: se
cerraba el cerco a la enfermedad. El perfil del mal quijotesco parece
claro. Pero ¿cuáles son sus orígenes? Si el hidalgo padecía tales trastor-
nos ¿qué se los provocó?
Es sabido que la enfermedad mental puede deberse a causas gené-
ticas heredadas, a traumas ambientales o a una combinación de las dos.
En teoría, el deterioro de la personalidad del personaje no puede deber-
se a traumatismos vitales o a una vida desordenada. ‘No se desprende de
la lectura de la obra – advierte el antropólogo forense José M. Reverte –
que el caballero consumiera alcohol o drogas, pues no se trataba de un
hombre vicioso; antes bien era madrugador y amigo de la caza’.
Tampoco se hace mención a procesos infecciosos anteriores que pudie-
ran desencadenar un mal mental.
Reverte apunta dos causas importantes que pueden ayudar a cono-
cer la etiología del mal psíquico del hidalgo. La primera es la edad, ya que
Alonso Quijano ha entrado en una etapa de la vida donde se hace más
prevalente la psicosis. La segunda es la insuficiencia vitamínica.
Rastreando otros elementos favorecedores de la historia clínica del per-
sonaje, los científicos encuentran factores coadyuvantes que, sin ser
determinantes del todo, pueden impulsar el desarrollo del mal o, al
menos, aparecen relacionados en la vida real con episodios neuróticos y
psicóticos.
Uno de ellos es el celibato, que en el caso de Don Quijote es lle-
vado hasta el extremo sin que se produzca ningún tipo de sublimación
religiosa – propia de sacerdotes, por ejemplo – que a menudo sirve de
compensación a los efectos de esta práctica en nuestra psique. Otro, qui-
zás más claro, es el agotamiento y la falta de sueño. Aunque la literatura
clínica conoce bien los casos de personas que han perdido el equilibrio
anímico por culpa de la extenuación o la obsesión por el trabajo, no pare-
ce claro que este fenómeno sea causa de deterioro o, más bien, una con-
secuencia de otro mal que impele al paciente a huir de algo que le atri-
bula. En cualquier caso, una de las referencias más claras que Cervantes
realiza a la etiología del mal quijotesco es, precisamente, ésta. Según el
autor, Alonso Quijano ‘se pasa las noches de claro en claro y los días de
turbio en turbio’ y por esa razón ‘se le seca el cerebro y viene a perder el
( 41 )
juicio.’
Desde el punto de vista literario, la locura de Don Quijote ha sido
interpretada de múltiples maneras, aunque prevalece una idea central: el
hidalgo es, en realidad, el otro yo de Cervantes al que le sirve para reali-
zar las aventuras que Don Miguel nunca pudo permitirse. Desde el
punto de vista médico, el pobre hidalgo sufrió de un mal muy común en
la sociedad contemporánea: un trastorno de la personalidad provocado
por la incapacidad de dar equilibrio a los múltiples y complejos compo-
nentes de su vida.”
( 42 )
colía, pero también a la línea ficiana que homologó a ésta con la visión
poética; de ahí el doble interés del humor melancólico, por cuanto afec-
taba no sólo al comportamiento, sino a las capacidades creativas del indi-
viduo. En principio, nos interesa destacar las grandes facultades memo-
rativas de los melancólicos o saturnianos, como Aristóteles declara en
‘De memoria et reminiscencia’. Esa memoria generará actos que van de
la genialidad a la locura, pues los dos extremos cabían en la tradición de
los partícipes de tal humor, aparte el valor positivo que le concedieron
los estoicos en relación con el desengaño. Los melancólicos no sólo eran
memoriosos, sino dados a la penitencia, al amor y al estudio desde la
Edad Media.
Cervantes, una vez más, recogió las contradicciones que en torno
al tema habían desarrollado con anterioridad teólogos, médicos y filóso-
fos para expresar la doble paz de un humor que, como en don Quijote,
produce resultados de variado signo y que había contado con ilustres
precedentes, como el de Santa Teresa, para quien era extremo de enfer-
medad peligrosa. Cervantes, quien declara en el prólogo al Quijote de
1605 su deseo de que la obra moviera a risa al melancólico, parecía seguir
el principio aristotélico de ‘similia similibus curantur’, al consolar al lec-
tor con la traza de un héroe semejante a él.
Pero vayamos por partes. El Quijote se afilia más a la concepción
médica y filosófica de la memoria que a la tradición retórica de la misma,
tal y como la tradición la legara desde Cicerón, Quintiliano y la
‘Rhetorica ad Herennium’. En ello reside precisamente su modernidad.
La memoria, como una de las cinco partes de la retórica tradicional, era
lugar común en la época de Cervantes. Los ingenios de la máquina mne-
motécnica, basada en la usual compaginación de ‘loci e imagines’ produ-
jeron un sin fin de posibilidades combinatorias y favorecieron en la lite-
ratura toda clase de espacios alegóricos. Pero el autor del Quijote ya
había desdeñado tales presupuestos en La Galatea y se había afiliado a
una corriente marginal, iniciada en España por Luis Vives, que prefería
considerar la memoria como potencia anímica, agrandando así el corto
espacio que se le concedía en la retórica. Vives, contra la escolástica tra-
dicional, prefirió considerar a la memoria como facultad necesaria para
todas las artes y no como exclusivo patrimonio retórico.
En otros países, la retórica se iba inclinando igualmente hacia los
terrenos de la ‘elocutio’ en detrimento de las otras partes. La memoria,
( 43 )
como la ‘inventio’ se discutía desde otros presupuestos. La imprenta
favoreció, en principio, la irrelevancia retórica de la memoria artificial y
la pronunciación, siendo Erasmo un claro representante de tal tenden-
cia. Claro que la memoria siguió a pesar de todo siendo fundamental en
la oratoria, lo mismo que la imaginación, y sus secuelas en la creación
literaria fueron desbordantes. Ésta andaba claramente diferenciada del
intelecto, en Huarte y en otros preceptistas como Carvallo, según ya
señalara Ruth El Saffar, a propósito de Cervantes. De la una dependen
las percepciones de los sentidos; del otro, la facultad de recibir y ordenar
los datos sensoriales de la imaginativa. Don Quijote se corresponde con
los ingenios inventivos que gustan de andar por sendas intrincadas en
busca de novedades, sin someterse a la facilidad del camino trillado,
como se dice en el ‘Examen de ingenios’. Las ilimitadas capacidades de
la imaginativa de don Quijote fueron a su vez asumidas por Sancho, par-
ticularmente en la Segunda Parte, donde convierte sus mentiras elemen-
tales en bien trabadas visiones y encantamientos, producto de una ima-
ginación creadora que ha sabido asimilar las enseñanzas de tan avezado
maestro.
En este punto, Sancho opera al principio de forma mimética,
siguiendo el modelo aprendido, aunque también, y como contrapartida,
enseñe a don Quijote nuevas lecciones al respecto. Claro que Cervantes,
por encima de la imaginativa y la memoria, valoraba como Pinciano la
rara invención y para lograrla, no aplicó ni los modelos retóricos y poé-
ticos ni los tratados fisiológicos y psicológicos de su tiempo de forma
servil, sino que se aprovechó de las distintas funciones que la memoria
ofrecía con fines narrativos. Para ello, comenzó por dotar a su héroe de
una inventiva poco común, sin el control permanente del intelecto a que
él mismo sometiera su obra artística, pero con las ventajas de una mente
ingeniosa. La memoria para los retóricos era la retención en la mente no
sólo de la materia, sino de las palabras y la ordenación, de ahí que don
Quijote refleje en sus actos no sólo las hazañas caballerescas, sino los
aspectos elocutivos de tales narraciones, imitándolos reiteradamente en
su vida práctica, tras un proceso de síntesis y selección de los modelos
que luego aprenderá Sancho Panza, sacando así provecho de la memoria
ajena.
Cervantes, como Aristóteles y Huarte, era consciente, sin embar-
go, del papel accidental de la memoria, de ahí que la considere como
( 44 )
parte subsidiaria, no autónoma. Junto a ella, el olvido aparece no sólo
como una capacidad humana, sino como técnica constante de creación
literaria, sometiendo el relato a silencios y elipsis. Pues al margen de los
tópicos olvidos propios de la tradición oral, el olvido andaba íntimamen-
te ligado con la locura, como el propio Erasmo había mostrado irónica-
mente en las últimas líneas de su ‘Moria’, burlándose de la memoria obli-
gada a los oradores antiguos. Con ello, mostraba la libertad del autor para
hacer arte de las omisiones y silencios.”
( 45 )
cuando nos dice el libro: ‘Salió el cura diciendo: verdaderamente se
muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno…’; no
nos dice ni nos puede decir cómo se encuentra en su estado de ánimo.
Nos explicamos: toda enfermedad somática deprime como es nor-
mal a cualquier individuo que la padezca, pero a parte escuchamos a
Sancho de forma inquisitiva decir: ‘no se me muera vuesa merced, señor
mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura
que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más,
sin que nadie lo mate ‘ni otras manos le acaben que las de la melancolía’;
luego, se nos hace posible que su depresión permanezca encronizada
hasta el final. Para llegar a dilucidar esto hagamos una sesión clínica…”
( 46 )
zas tan pocas como las mías. Las imperfecciones y deslabazamientos de
La casa de los celos y El laberinto del amor, así como la brevedad en los
romances, se enmarcan en el contexto del apresuramiento patológico de
don Miguel por el agravamiento de su enfermedad, circunstancia que
alcanza su máxima expresión en Persiles”. Según López Alonso, su
enfermedad intervino en que tales obras fueran como son.
Tras examinar sus creaciones, afirma que Cervantes habla de tres
síntomas acerca de su enfermedad: hidropesía, polidipsia y astenia.
“Tanto en El Quijote como en Viaje del Parnaso, Cervantes marca con
claridad lo que él entendía por hidropesía. La medicina de la época habla
de la hidropesía como lo que hoy entendemos por ascitis”. También
tenía unas ganas permanentes y una necesidad imperiosa crónica de
beber, lo que en términos médicos se conoce por polidipsia, muy común
en la diabetes, explica el catedrático. El novelista muestra una profunda
sensación de cansancio, la astenia, que se le va incrementando según
avanza su enfermedad.
“La causa más frecuente de enfermedad de hígado que cursa con
hidropesía es la cirrosis hepática”. En una historia clínica convencional
se suele presentar en la quinta o sexta década de la vida, “coincidiendo
con el momento en que presumiblemente empezó a decir que estaba
enfermo”. Argumenta que clínicamente es importante constatar que la
enfermedad puede permanecer silente, asintomática, durante años e
incluso diagnosticarse al practicar la autopsia. En su opinión, llega un
momento en la historia natural de la enfermedad y tras mucho tiempo,
con una medicina empírica y sin tratamiento adecuado, que el cirrótico
se descompensa de su proceso, aumenta la presión en la vena porta y el
riñón retiene sodio y agua, apareciendo la hidropesía. “La posibilidad de
que tuviera como enfermedad primaria diabetes y que ésta cargara las
tintas sobre el hígado, haciéndolo cirrótico, con hidropesía posterior, es
mucho menos probable. Es más coherente y lógico que cirrótico de
años, asintomático bastantes, con clínica los tres últimos años de su vida,
terminara haciendo una diabetes”, concluye.
Cervantes no era alcohólico. Al menos no lo precisa ningún bió-
grafo, asegura López Alonso. “El alcohólico suele sufrir con el tiempo
una decrepitud física y psicológica, que redunda en una baja llamativa en
su actividad laboral, sobre todo intelectiva”. Y este no es el caso de
Cervantes, que “si algo no se le puede reprochar fue de su alto nivel inte-
( 47 )
lectivo en los últimos años de la vida, circunstancia incompatible con un
abuso continuado de ingesta de alcohol”.
( 48 )
II. ÁMBITO FILOSÓFICO-LITERARIO
11. GADEA. EL RETORNO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA
( 49 )
manera, no existe nada que siga siendo inexplicable, paradójico o contra-
dictorio, en cuanto se reconoce las actividades de los ‘encantadores’
como elementos constitutivos del mundo: el encantamiento hace recon-
ciliar el subuniverso de la fantasía con la realidad concreta, con el senti-
do común.
Es evidente que nuestra sensibilidad entrenada en los preceptos de
la modernidad no está muy dispuesta a aceptar la intervención de ‘encan-
tadores’ invisibles como principio de explicación de los acontecimientos
de la causalidad del mundo que vivimos. Es verdad que admitimos la
existencia de virus invisibles o de un ‘ello’, en el sentido que el psicoaná-
lisis define como fuente causal de fenómenos observados. Pero muy
diferente resultaría otorgar cierto grado de realidad a lo que surge de las
palabras del loco Don Quijote. No así, cuando el mundo fantástico de la
caballería entra en choque con el mundo de la ciencia, los dos se presen-
tan similarmente frágiles.
El acontecimiento de tal evidencia se refiere a un experimento
basado en una ley empírica, una ley que afirma que inmediatamente que
se atraviesa la línea del Ecuador ‘a todos los que van en el navío se les
mueren los piojos, sin que les quede ninguno’. En esta oportunidad,
Sancho es quien realiza esta experiencia pretendidamente científica, aun-
que considera que no hace falta efectuarla porque ve con sus propios
ojos que no se han movido del lugar en que estaban. Así, Don Quijote
decide asumir la posición del científico empirista, exigiendo que Sancho
verificara tal enunciado empírico. Luego de obedecer las órdenes de su
amo, finalmente afirma: ‘O la experiencia es falsa, o no hemos llegado a
donde vuesa merced dice’.
Se torna evidente que el subuniverso de interpretación científica
del mundo choca aquí con el del sentido común, algo que sugiere la pre-
sencia de los ‘encantadores’ para intentar conciliarlos. Por tal motivo,
siempre puede hacerse presente la posibilidad sugerida por Sancho: la
experiencia puede ser falsa. Si la teoría que afirma que todos los piojos
mueren cuando el barco atraviesa la línea del Ecuador es una ley empíri-
ca, y si resulta verdadero que dicha línea efectivamente ha sido atravesa-
da, aunque aparezcan piojos, la ley es refutable por este solo hecho que
la contradice, y es eliminada como ley científica y reemplazable por otra
con mejor fundamento. Y esto es así porque el subuniverso cerrado de
la realidad científica, aunque difiere necesariamente del subuniverso del
( 50 )
sentido común, de la vida cotidiana, se vincula también necesariamente
con el proceso de verificación empírica dentro del mundo del sentido
común en el cual vivimos y que presuponemos como nuestra realidad
eminente. En definitiva, lo que nos sugiere Don Quijote es que solo el
sí-mismo que experimenta puede juzgar a qué subuniverso ha asignado
el acento de realidad.
De tal modo, la experiencia intersubjetiva, la comunicación y el
compartir algo implican, en último análisis, la fe en la veracidad del Otro,
la fe animal [...]; implican que presupongo la posibilidad del Otro de asig-
nar a unos de los innumerables subuniversos el acento de realidad y, por
otra parte, que él, el Otro, presupone que también yo tengo posibilida-
des abiertas para definir qué es mi sueño, mi fantasía y mi vida real.
Estas ideas hacen referencia al análisis que Alfred Schütz desarro-
lló sobre la magnífica obra de Cervantes. En ‘Don Quijote y el proble-
ma de la realidad’, Schütz se había propuesto demostrar cómo la novela
de Cervantes aborda sistemáticamente el problema de las ‘realidades
múltiples’, y cómo las diversas etapas de las aventuras de Don Quijote
son variaciones del tema principal — o sea, de qué manera experimen-
tamos la realidad. Esta preocupación se deriva de una inquietud ya abor-
dada a fines del siglo XIX por el pragmático William James en su traba-
jo Principios de Psicología, a partir del cual elabora su teoría acerca de
los diversos órdenes de realidad.
A partir de esta teoría, el origen y fuente de toda realidad es sub-
jetivo; somos nosotros mismos. Consecuentemente, existen varios órde-
nes diversos de realidad, probablemente un número infinito, cada uno
con su propio estilo especial y separado de existencia, a los que James
denomina ‘subuniversos’. De todas maneras, los análisis de Don Quijote
que Schütz realiza no logran situar al fantasioso caballero en el fin de una
época histórica, en una verdadera transición de paradigmas históricos.
Con Don Quijote, en el siglo XVII se asiste al fin del ‘ideal caballeresco’
y al comienzo del reinado de la diosa razón; se asiste a un mundo que
comienza a desencantarse.
Así, a pesar de las notorias diferencias en sus contribuciones, no
es Weber, sino Cervantes quien advierte las consecuencias de esta tran-
sición hacia un mundo moderno, ya que la ‘jaula de hierro’ de la raciona-
lidad instrumental weberiana había tenido como sus más significativos
antecedentes la experiencia de la realidad cotidiana de un Don Quijote
( 51 )
aprisionado por la cruel cárcel del sentido común. No obstante, es con
Weber que puede comprenderse el proceso de ‘desenmascaramiento’ de
un proyecto histórico que se mantenía en la esperanza y la expectativa de
los pensadores de la Ilustración como una ilusión irónica y amarga, a
partir de una conexión necesaria y fuerte con el crecimiento de la cien-
cia, la racionalidad y la libertad humana universal.
La racionalización de la sociedad moderna, algo que se resistía a
aceptar Don Quijote como realidad eminente, en la medida que aparen-
ta dar forma al sentido común, y la tecnificación de la vida humana, pare-
cen dejarnos el desafío de cómo no reducirnos a una maquinaria más
dentro de la cadena de sistemas cada vez más especializados y específi-
cos en un contexto de homogeneización, uniformización y consiguiente
pérdida de libertad; preocupación que permeó los intereses de la teoría
crítica hace algunas décadas. De la misma manera, la racionalización de
la cultura moderna, a través de los análisis de Weber, deja el desafío de
interrogarnos cómo puede mantenerse integrada una sociedad en un
contexto de creciente fragmentación, de multiplicidad, de relativismo y
pérdida de sentido. De tales consideraciones, el propio Weber observa-
ba que de la pérdida de la ‘unidad sustancial de la razón’ se originaba un
‘politeísmo de dioses’ en disputa uno con el otro, con su irreconciliabili-
dad derivada de un pluralismo incompatible con pretensiones de validez
universal.
Queda así elaborada, a través de Weber, la intuición de que los sig-
nificados de toda acción deben buscarse en la interpretación de los sig-
nificados subjetivos de los propios actores, cuestionando la clásica idea
de que el ‘mundo social’ podía captarse en su ‘objetividad’ por un obser-
vador que lograse ubicarse en una situación de exterioridad. El ‘politeís-
mo de dioses’ significa, entonces, la ‘pluralidad de interpretaciones de la
realidad’, algo que Santos adhiere en su trabajo ‘Introducción a una cien-
cia posmoderna’, a partir de su definición de ‘epistemología pragmática’
como eventual camino de superación de la crisis de ‘degeneración del
paradigma de la ciencia moderna’.
Tras su mitología, Don Quijote, el que luchaba con gigantes, había
sido aniquilado, vencido ante la imposibilidad de interpretar la realidad
del sentido común en términos de su subuniverso de fantasía.
Desaparecidos los ‘encantadores’, no existía nada que pudiera traducir
los subuniversos de realidad existentes. Por eso, la muerte de Don
( 52 )
Quijote se encuentra en la paradójica posibilidad de poder elegir a cuál
realidad atenerse: al mundo de la caballería o al del sentido común.
En vez de eso, se hace evidente que el bricolage movedizo de los
múltiples mundos y realidades no hace otra cosa que demostrar que
somos una especie nómada que se desplaza de un ambiente a otro, de un
mundo a otro, de una realidad a otra. Cervantes había percibido esta
especie de juego, y Don Quijote lo vivenció a cada instante, advirtiendo
a todos que lo que llamamos ‘la realidad del mundo’ es, simplemente, ‘el
contexto’ para una multiplicidad de fabulaciones. Observar lo que se pre-
senta irresoluble y discontinuo, los límites y fronteras, lo no rectificable
y paradójico, lo olvidado o suprimido, ‘era’ el propio Don Quijote, que
para el orden moderno pertenecía a un mundo de fantasías y ambivalen-
cia. Don Quijote traducía su mundo de fantasías a los ámbitos de la
experiencia común. Traducir la experiencia cotidiana — el sentido
común — a los ámbitos de la ciencia y la experimentación, son los ges-
tos que parecen establecer una ‘epistemología pragmática’ o, en otros
términos, un ‘saber’ en la condición posmoderna.
Si para Don Quijote el reencuentro entre fantasía y sentido común
era obra de los ‘encantadores’, el reencuentro entre ciencia y sentido
común representa recuperar lo fragmentario y múltiple, el significado de
las experiencias, el carácter pragmático y la contingencia en las interac-
ciones que vivimos. La verificación empírica se vincula con las formas
del sentido común, traducción inminente, ya que la ‘ambigüedad que la
mentalidad moderna halla difícil de tolerar y las instituciones modernas
se empeñaron en aniquilar [...] reaparece como única fuerza capaz de
contener y aislar el potencial destructivo y genocida de la modernidad’.
Estos reencuentros o traducción de los diferentes ámbitos de realidad
parecen recordar las mismas vivencias de Don Quijote, que para una
perspectiva posmoderna pertenece a un lugar determinado, pero no de
forma definitiva. Es el ‘arraigo dinámico’ posmoderno, el retorno de
Don Quijote de La Mancha.”
( 53 )
12. CZIKK. LA LOCURA COMO FORMA DE LIBERTAD
Una de las razones por las que el autor de esta obra recurre a la
locura de don Quijote puede ser para garantizarle a su héroe la más abso-
luta forma de libertad. Cervantes había pasado cinco largos años de cau-
tiverio en Argel, lo que agudizó, sin duda, su sentido de la libertad de
forma radical, hasta convertirla a sus ojos en el bien más preciado: “la
libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres
dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la
tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede
y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal
que puede venir a los hombres”. En ello coincide con el pensamiento de
los humanistas, y nuestro novelista otorga una libertad básica al ser
humano, tanto a nivel individual como colectivo, más allá de institucio-
nes y gobiernos.
Finalmente, en el último capítulo, don Quijote vuelve a la cordu-
ra. Cuando esto sucede, sus amigos, acostumbrados a sus delirios, se
empiezan a dar cuenta, pero lo continúan considerando loco, a pesar de
12 Czikk J, La locura del Quijote, Monografías, [email protected]
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que lo que dice es perfectamente coherente. Es interesante este desen-
tendimiento entre don Quijote y sus amigos ya que ellos no comprenden
sus razonamientos, como cuando su sobrina lo escucha exclamar:
“Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me a hecho. En fin sus
misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de
los hombres”
Esta plegaria de agradecimiento a Dios por haberlo vuelto a la cor-
dura, es la de un hombre que se considera mentalmente sano y que reco-
noce a Dios como dador de la vida, y por consiguiente, de la capacidad
mental. Pero también, y quizás inconscientemente por parte de don
Quijote, es un agradecimiento a la gran aventura de su vida, a la posibi-
lidad que le dio Dios de por largos años haber sido un loco, que luchó
por la realización de sus sueños, se la jugó por sus ideales, y no flaqueó
en los momentos difíciles sino que siempre mantuvo el espíritu caballe-
resco, hasta el momento de su muerte.
Podemos hacer una comparación de la vida de don Quijote con la
de un hombre cualquiera. En un inicio, don Quijote se vuelve loco,
como podría decirse de un joven idealista y de sus sueños y utopías.
Luego de largos años de experiencias, tropiezos y desengaños, don
Quijote vuelve a la realidad, tal como sería el sentar cabeza, para inme-
diatamente después morir, es decir, perder el sentido de la existencia. Es
por esto que cuando don Quijote vuelve a la vida de una persona cuer-
da, lo que para los otros es una indicación de que la muerte se aproxima,
reniega de los libros de caballería y lamenta su locura, afirmando: “Yo ya
no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis cos-
tumbres me dieron renombre de Bueno. Ya soy enemigo de Amadís de
Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas
las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi necedad, y
el peligro en que me pusieron haberlas leído; ya por misericordia de
Dios, escarmentando en cabeza propia, las abomino.”
Don Quijote se arrepiente de haber estado ensimismado en sus
ideales; de hecho, no permite a ninguno de sus cercanos que se relacio-
ne con alguien como él. En su testamento lo señala claramente: ‘es mi
voluntad que si Antonia Quijana, mi sobrina, quisiese casarse, se case
con hombre de quien primero se haya hecho información que no sabe
que cosas sean libros de caballerías; y en caso se averigüe que lo sabe, y
con todo eso mi sobrina quisiese casarse con él y se casare, pierda todo
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lo que le he mandado’ Reconoce así, que su locura había sido producto
de la excesiva lectura de las novelas de caballerías.”
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La locura de Don Quijote y su descendencia es una santa locura:
es la locura de la lectura. Su biblioteca de libros de caballerías es su refu-
gio inicial, la protección de su supuesta locura, que consiste en dar fe de
la lectura. Pero esta convicción entraña el deber de actualizar sus lectu-
ras.
El precio de esta aventura de Don Quijote, su pasaporte entre dos
tiempos de la cultura, es la inestabilidad. Inestabilidad de la memoria:
Don Quijote surge de una oscura aldea, tan oscura que su aún más oscu-
ro -su incierto- autor, ni siquiera recuerda o no quiere recordar, el nom-
bre del lugar. Don Quijote inaugura la memoria moderna con la ironía
del olvido: todos sabían dónde estaba Troya y quién era Aquiles; nadie
sabrá quién es K el agrimensor de Kafka, o dónde está El Castillo, dónde
está Praga, dónde está la historia.
Inestabilidad, en segundo lugar, de la autoría: ¿quién es el autor del
Quijote, un tal Cervantes, más versado en desdichas que en versos, o un
tal de Saavedra, evocado con admiración por los hechos que cumplió, y
todos por alcanzar la libertad; el historiador arábigo Cide Hamete
Benengeli, cuyos papeles son vertidos al castellano por un anónimo tra-
ductor morisco, y que serán objeto de la versión apócrifa de Avellaneda?
¿Pierre Ménard, autor del Quijote? ¿Jorge Luis Borges, autor de Pierre
Ménard y en consecuencia...?
Inestabilidad del nombre, en tercer lugar. “Don Quijote” es sólo
uno de los nombres de Alonso Quijano, que quizás es Quixada o
Quesada y que, apenas incursiona en el género pastoril, se convierte en
Quijotiz; apenas entra a la intriga de la corte de los duques se convierte
en el don Azote de la princesa Micomicona; cambian de nombre sus
amantes - Dulcinea es Aldonza -, sus yeguas - Rocín-antes -, sus enemi-
gos - Mambrino se convierte en Malandrina - y hasta sus infinitos auto-
res: Benengeli se nos convierte en Berenjena.
Cervantes nos dice que no hay presente vivo con un pasado muer-
to. Leyéndolo, nosotros, hombres y mujeres de hoy, entendemos que cre-
amos la historia y que es nuestro deber mantenerla. Sin nuestra memo-
ria, que es el verdadero nombre del porvenir, no tenemos un presente
vivo: un hoy y un aquí nuestro, donde el pasado y el futuro, verdadera-
mente, encarnan.
Mirada extraordinaria del discípulo de Alcalá de Henares sobre su
mundo y el nuestro; la suya es la más ancha de las modernidades.
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Contratiempo, sí, y paradoja que acaso no lo sea tanto: novela perma-
nente, origen del género pero también destino del mismo, el Quijote es
nuestra novela y Cervantes es nuestro contemporáneo porque su estéti-
ca de la inestabilidad es la de nuestro propio mundo.”
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15. ORTEGA Y GASSET. DON QUIJOTE, INDIVIDUO DE LA ESPECIE
CERVANTES
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reducida a lo psicológico, a un humor del organismo tal vez. Es real en
cuanto vapor de un cerebro. De modo que su realidad es, más bien, la de
su contrario, la de lo material.
En verano vuelca el sol torrentes de fuego sobre la Mancha, y a
menudo la tierra ardiente produce el fenómeno del espejismo. El agua
que vemos no es agua real, pero algo de real hay en ella: su fuente. Y esta
fuente amarga, que mana el agua del espejismo, es la sequedad desespe-
rada de la tierra…Es ahora para nosotros el campo de Montiel un área
reverberante e ilimitada, donde se hallan todas las cosas del mundo como
en un ejemplo. Caminando a lo largo de él con don Quijote y Sancho,
venimos a la comprensión de que las cosas tienen dos vertientes. Es una
el ‘sentido’ de las cosas, su significación, lo que son cuando se las inter-
preta. Es otra la ‘materialidad’ de las cosas, su positiva sustancia, lo que
las constituye antes y por encima de toda interpretación.
Sobre la línea del horizonte en estas puestas de sol inyectadas de
sangre – como si una vena del firmamento hubiera sido punzada –
levántanse los molinos harineros de Criptaza y hacen al ocaso sus aspa-
vientos. Estos molinos tienen un sentido: como ‘sentido’ estos molinos
son gigantes. Verdad es que don Quijote no anda en su juicio. Pero el
problema no queda resuelto porque don Quijote sea declarado demente.
Lo que en él es anormal, ha sido y seguirá siendo normal en la humani-
dad. Bien que estos gigantes no lo sean; pero… ¿y los otros?, quiero
decir, ¿y los gigantes en general? ¿De dónde ha sacado el hombre los
gigantes? Porque ni los hubo ni los hay ‘en realidad’. Fuere como fuere,
la ocasión en que el hombre pensó por vez primera los gigantes no se
diferencia en nada esencial de esta escena cervantina.”
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España, andarían buscándole una segunda intención a sus nobles desva-
ríos.”
Don Miguel plantea una posible solución: “¿Qué locura colectiva
podríamos imbuir en estas pobres muchedumbres? ¿Qué delirio? Tú
mismo te has acercado a la solución en una de esas cartas con que me
asaltas a preguntas. En ella me decías: ¿No crees que se podría intentar
alguna nueva cruzada? Pues bien, sí; creo que se puede intentar la santa
cruzada de ir a rescatar el sepulcro de don Quijote del poder de los
bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos que lo tienen ocupado.
Creo que se puede intentar la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro
del Caballero de la Locura del poder de los hidalgos de la Razón.
Tú y yo, mi buen amigo, mi único amigo absoluto, hemos hablado
muchas veces a solas de lo que sea la locura, y hemos comentado aque-
llo del Brand ibseniano, hijo de Kierkegaard, de que está loco el que está
solo. Y hemos concordado en que una locura cualquiera deja de serlo en
cuanto se hace colectiva, en cuanto es locura de todo un pueblo, de todo
el género humano acaso.”
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JACINTO CHOZA
CATEDRÁTICO DE ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA
UNIVERSIDAD DE SEVILLA
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CAPÍTULO 1. EL ENCANTAMIENTO DEL MUNDO
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dad”. Otras veces don Quijote padece en su vida aventurera sufrimien-
tos y angustias que podrían ser pesadillas, y vuelve en sí a su paz cuando
se encuentra de nuevo en lo que podría llamarse “realidad”.
La realidad puede tener el valor de lo doloroso o lo gratificante, el
de lo cierto y lo dudoso, e incluso, como todo el mundo sabe, el de lo
inexistente. Pero esa desacreditación de lo real, que en determinada pers-
pectiva puede vivenciarse como nihilismo trágico, ofrece otras posibili-
dades desde el punto de vista de algunas personalidades tan coetáneas a
nosotros como lo son don Quijote y Sancho. Esa contemporaneidad
entre ellos y nosotros, entre su mundo y el nuestro, es lo que vamos a
examinar en estas páginas.
El mundo en el que vivimos los occidentales del siglo XXI, no es
un mundo menos diseñado por novelistas que el de don Quijote. Está
más diseñado, y además, por un tipo de sabios que encantan y desencan-
tan manadas de carneros y molinos de viento, que a cada poco nos dicen
que esa materia que creíamos inerte y mecánica, “en realidad” vive y
piensa, que las máquinas son más listas y mejores que nosotros, y que
nuestra mente, que nosotros creíamos autónoma y libre, “en realidad”
está programada por las leyes de la mecánica y por las leyes de la evolu-
ción. Esos son los expertos en ciencias, los científicos, los conoceros de
lo verdadero y lo falso. Pero además están los expertos en humanidades,
en letras, los intelectuales, que son los conocedores del bien y del mal,
como dios. Ellos también encantan y desencantan nuestro mundo. Junto
a ellos, los artistas, los que fabrican monstruos, hadas, guerreros, mendi-
gos y diosas1.
Hay en nuestro mundo, más que en el de don Quijote, personas
que crean, describen, retransmiten y entrevistan a esos monstruos y esas
diosas. Son los científicos absolutos, los intelectuales absolutos y los
artistas absolutos, esos que han pasado las noches de claro en claro y los
días de turbio en turbio, hasta que se les ha reblandecido el cerebro y han
venido a creer que sólo es verdaderamente real lo que se puede describir
con determinadas leyes científicas, lo que produce la adecuada tensión
dramática, o lo que puede condensarse en un libro o en un titular.
Proclaman tantas visiones, tantas situaciones increíbles, y tantos delirios,
como los que don Quijote produce, como los que Jonathan Swift refie-
re en su obra Los viajes de Gulliver y como los que Bernard Shaw enume-
ra en el prólogo a su Santa Juana.
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La mentalidad común, el sentido común del hombre occidental de
comienzos del siglo XXI , está tan invadido y troquelado por esos encan-
tamientos como lo estaba don Quijote por los libros de caballería, y aun-
que persista en él la actitud natural (lo que los fenomenólogos llaman
actitud natural), poco puede hacer ésta para salvaguardar su sentido
común ante la invasión de relatos generados por los científicos y los inte-
lectuales absolutos. Algo sin duda puede hacer la actitud natural, pero
precariamente, porque con mucha frecuencia la mentalidad común
acoge con regocijo y aplauso las extravagancias de todos esos sabios.
Los científicos, los intelectuales y los artistas, han heredado a la
vez las artes y las funciones de los bufones y los sacerdotes, como antes
las habían heredado los autores de los libros de caballería. Tienen la obli-
gación de entretener al público y de conducirlo por el recto camino de la
ciencia, por el del conocimiento del bien y del mal, para lo cual tienen
que captar su atención y divertirlo. Por eso proceden frecuentemente
como el prestidigitador. Se quitan el sombrero, muestran que se trata de
un simple sombrero, y cuando ya todos están convenidos de que la cosa
es como parece, de pronto de la chistera sale un conejo blanco que se
come el sombrero convertido a su vez en zanahoria. Lo que parecía evi-
dente es falso, y lo que resulta increíble es precisamente lo verdadero.
El que los hombres se pongan de acuerdo y tomen decisiones
hablando, eso que parece real, verdadero o evidente, la libertad y el pen-
samiento, en último término, es falso. El científico sabe y demuestra ante
todos que eso es pura ilusión, porque la verdad es que no hay más que
átomos en movimiento según fuerzas mecánicas. El científico produce
así el encantamiento de una realidad que parecía diáfana, acogedora y
generosa.
No hay más magia ni más encantamiento en las ciencias que en las
letras, que en las humanidades. Para los hombres del siglo XVIII
Cristóbal Colón fue un marino, un negociador y un hombre afortunado.
Para los del XIX, un héroe santo, y por eso se inició entonces su proce-
so de canonización, se fundó la orden de los caballeros de Colón y se
propuso como ejemplo a los jóvenes y a los mayores. Para los del siglo
XX, fue un desalmado, un imperialista, un aliado del capitalismo interna-
cional, un negrero, un traficante de esclavos, y un aprovechado sin escrú-
pulos. El viaje a América de los europeos a finales del siglo XV se ha
encantado y se ha desencantado de todos esos modos.
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Por su parte los críticos literarios también saben que para los hom-
bres del siglo XVIII Cervantes fue un humorista, que escribía relatos
entretenidos y divertidos. Para los del siglo XIX fue el gran héroe que
marcó a todos los senderos de la tierra, del cielo y de la historia, y que
escribió el libro con el que todos los mortales podían y debían presen-
tarse a juicio. Y los del siglo XX, por fin, descubrieron que, por supues-
to, era homosexual, que sobrevivió en las prisiones de Orán otorgando
sus servicios sexuales a los carceleros y a los jeques, y que luego, pudo
sobrevivir en Valladolid gracias a que se convirtió en proxeneta de sus
propias hermanas. También los profesionales del encantamiento del
mundo son a su vez encantados y desencantados por sus colegas de ulte-
riores centurias o décadas.
Por su parte, los profesionales de la comunicación y los artistas no
son menos expertos en magia y encantamientos. Si hay un golpe de esta-
do en España o un atentado a unos rascacielos en Estados Unidos, y la
gente llega a creer que alguien ataca el régimen del país y alguien lo ha
salvado, o que alguien ataca unos edificios de Nueva York y alguien ha
tomado decisiones para protegerlo, eso en realidad es falso. El intelec-
tual, el periodista y el artista, muestran que la manada de carneros no es
de carneros y que los molinos de viento no son molinos de viento.
Muestran que quienes parecían defender la democracia española o la
americana, eran quienes “en realidad” promovían los ataques contra ellas
para sacar un provecho inconfesable, y que lo que parece increíble a pri-
mera vista es lo verdadero.
Pero además, esa verdad no se puede decir, porque como es lógi-
co hay un complot de esos que parecían querer el bien y ayudar, y que
son los más poderosos, para que nadie se entere. Pero gracias a Dios el
intelectual absoluto está siempre a pie de obra, como el caballero andan-
te, dispuesto a desfacer entuertos y a socorrer la indigencia de los crédu-
los. El intelectual, que es el que está realmente en el ajo, sabe la verdad
del asunto, aunque está obligado a silenciarla, como cuenta en unos
libros de tiradas fabulosas o en entrevistas televisadas, porque el poder
le persigue. Víctimas de la verdad, ahora ya tocan la gloria con las manos,
porque han anunciado la buena nueva a los pobres y oprimidos. Los
encantadores y magos no pueden dejarse ver porque son invisibles.
Como los bufones y los sacerdotes, y como antes aún los hechice-
ros, los científicos, los intelectuales y los artistas absolutos entran en los
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secretos arcanos de lo originario, sean los efluvios sagrados de las plan-
tas y del cosmos, sean los designios de la Santísima Trinidad sobre la
voluntad humana, sean los entresijos de la historia y de la literatura, sean
las argucias de los jefes más altos para dirigir a su beneplácito las creen-
cias de sus conciudadanos. El caso es estar siempre en las inaccesibles
cimas del poder y, por supuesto, conocer la verdad. El caso es saber
quién escribió de verdad cada historia de cada caballero andante, cuáles
son copias defectuosas y cuáles son los originales valiosos.
No hay vanidad humana que resista esa tentación, y mucho menos
la de los profesionales del encantamiento. Y el encantamiento causa tal
impacto sobre el sentido común que no es difícil encontrar gente nor-
mal que afirme saber con certeza la inexistencia de la libertad, las fecho-
rías de Colón, la homosexualidad de Cervantes, la inexistencia del golpe
de estado del 23 de febrero de 1981 en España y la inexistencia del aten-
tado a las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2000.
Han leído un libro de alguien que realmente estuvo allí, en la alcoba de
las neuronas, y sabe cómo fueron las cosas de verdad. Ellos saben que
los carneros no son carneros y que los molinos de viento no son moli-
nos de viento.
El sentido común mantiene cierta dosis de sensatez porque la vida
ordinaria puede permitirse el lujo de la prestidigitación en las cuestiones
más periféricas, pero no en las más perentorias y vitales, y mantiene
siempre una mezcla de todo.
También por eso siempre tiene sentido escribir otra meditación
más sobre el Quijote. Tiene sentido prevenir contra los libros de caballe-
ría, contra los científicos, los intelectuales y los artistas absolutos a las
personas que no tengan la mente irreversiblemente corrompida por las
ciencias, las humanidades y los medios de comunicación. Tiene sentido
inducirles a que se complazcan en esos otros profesionales del encanta-
miento que son honrados, porque la honradez tiene mucho más encan-
to. En esos poetas cuya poesía es buena porque lo que dicen es verdad y
se percibe como tal al leerla, en esos filósofos cuyas teorías son hermo-
sas porque cuentan lo que nos pasa a todos y los entendemos porque nos
reconocemos en ellas, en esos científicos que hablan de lo que saben con
modestia y que callan con humildad ante lo que no saben. En esos acto-
res a los que, al pedirles en una entrevista su visión sobre la situación
política en el Tibet o la democracia en Asia, responden sencillamente que
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son sólo actores, que su trabajo es estudiar los papeles que les encomien-
dan y representarlos lo mejor que pueden, y que no son los pontífices
máximos ni los conocedores del bien y del mal. En esos personajes que,
como don Quijote a partir del momento en que se entiende a sí mismo
como el Caballero de la Triste Figura, se escapan a hurtadillas del papel
de intelectual absoluto, y, con Sancho, contrastan los encantamientos con
lo cotidiano y lo trivial.
Dar una visión general de los problemas del mundo y de sus solu-
ciones es una tarea de los científicos, intelectuales y artistas absolutos, no
de los honrados. Pero es muy difícil resistir la tentación del encantamien-
to, de la interpretación y de la configuración del mundo a la imagen y
semejanza propia de un modo completo. Don Quijote no la resistió y
encantó el mundo al principio de sus aventuras. Pero, como veremos,
cambio de actitud a partir del momento en que fue capaz de reírse de sí
mismo.
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tituyen las teorías científicas, y las preceptivas humanísticas y artísticas,
condicionan la percepción de la realidad de un modo que a veces llega a
ser absoluto. Así, en medicina y en economía, los médicos y los econo-
mistas no registran como existentes y no pueden remediar las enferme-
dades y desajustes que no perciben, y que no pueden percibir hasta que
un gran encantador amplía el marco teórico de lo posible para que quepa
en él otro aspecto de lo real, como hicieron Pasteur en la medicina, y
Keynes en la economía, entre muchos otros en esas y en las demás cien-
cias, y en las letras y las artes.
Don Quijote no tiene criterios para el combate con los yangüeses
porque no son caballeros y un caballero sólo combate son sus iguales.
Tampoco tiene criterios para aplicárselos a Sancho porque los libros de
caballería no contemplan ni regulan las peleas entre la gente del pueblo.
Las ciencias, las letras y las artes solamente se ocupan de lo ejemplar. Las
teorías y los relatos estilizan, embellecen. No todo lo que pasa merece la
pena, no todo lo real es relevante. Sólo lo excelso es digno de fama, de
ciencia, de relato, de peana y de marco.
¿Qué tipo de estrechez es esa que impide aceptar como posible lo
que obviamente es real? La estrechez proviene de que no hay acceso a lo
real más que a través de lo posible. Los hombres maduran y forman sus
mentes aprendiendo a hablar, y aprender un lenguaje (o generarlo en sus
comienzos) es nombrar las cosas con las que se encuentran y, con ello,
definir los valores de lo real y ficticio, efectivo y posible, verdadero y
falso, útil y nocivo, hermoso y horrible, bueno y malo, etc., es decir,
determinar en concreto y para esa lengua y esa cultura lo que los filóso-
fos llaman los trascendentales del ser. Lo comprensible es lo que puede
ser procesado dentro de esos parámetros, y lo incomprensible e imposi-
ble lo que no. A su vez, esos parámetros resultan modulados por cada
grupo social e incluso por cada individuo, dando lugar a las mentalida-
des de grupos, mentalidades profesionales, etc., y a las mentalidades indi-
viduales.
Dentro de los parámetros de una cultura y un lenguaje ordinarios,
surgieron las ciencias como controles de calidad del conocimiento, como
procedimientos para asegurar que sólo se adquirirían conocimientos ver-
daderos, y las humanidades quedaron inmediatamente contaminadas por
ellas. Ese era el sueño de Descartes. Era también, en parte, el sueño de
la mentalidad ilustrada, moderna, en la que se encuentran magníficos
( 71 )
ejemplares de científicos absolutos.
Al elevar tales controles de calidad a criterio para aceptar o recha-
zar todo conocimiento, toda verdad, toda realidad, mucho más de la
mitad del conocimiento ordinario, de la verdad y de la realidad, quedó
excluido del ámbito de lo verificable, y con ello de lo digno de ser acep-
tado, de ser tenido por verdadero, fiable, pensable e incluso posible. El
campo de lo posible y de lo pensable, que es mucho más restringido en
el ámbito científico que en el del sentido común, en el del lenguaje ordi-
nario, quedó contraído a una angostura insólita, y se perdieron para el
saber inmensos territorios de realidad y de conocimiento.
La aportación de la filosofía del siglo XX ha sido elevar a la digni-
dad de conocimiento, de expresión pertinente y relevante sobre la reali-
dad, no solamente lo que dicen el cura y el barbero, sino también el ama
y la sobrina, e incluso la propia Maritornes. El logro de sus cultivadores
fue apercibirse de la insuficiencia del cauce por el que había discurrido la
racionalidad a lo largo de la historia, percatarse de la extrapolación y apli-
cación extremosa del trascendental verum por parte de la ciencia, recupe-
rar para el saber los territorios perdidos de lo no-demostrable científica-
mente, y devolver su legitimidad gnoseológica y ontológica al sentido
común y al lenguaje ordinario. Desde este punto de vista, la filosofía del
siglo XX exhibe una asombrosa unidad y coherencia, desde la fenome-
nología a la hermenéutica y desde el psicoanálisis a la analítica del len-
guaje. Pues bien, el Quijote se puede leer desde esa perspectiva y según
esa clave.
La imposibilidad de aceptar como posible (por tanto, como pen-
sable), lo que ya es real, es una manera de describir la locura, el malsano
encantamiento del mundo. Cuando una madre no puede aceptar como
posible que su hijo haya muerto, realmente, entonces se vuelve loca, se
evade de la realidad. Ese es el encantamiento que produce la ciencia
mediante la mentalidad cientificista, y el que producen las humanidades
con la mentalidad “idealista”. Instalan a las mentes cultivadas en unos
campos de lo pensable y pensado mucho más estrechos que los de la
mente común (a cambio de lo cual pueden llegar mucho más lejos que
ésta en el conocimiento de determinados asuntos), y por eso, las mentes
cultivadas durante noches de claro en claro y días de turbio en turbio, al
aplicar sus controles de calidad al conocimiento y lenguaje ordinarios,
resulta que pueden aceptar mucha menos verdad y realidad que las men-
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tes comunes.
Los resquicios y los márgenes de lo pensado y lo pensable según
sus controles le resultan a las mentalidades cultivadas despreciables, o le
dan vértigo, o bien en otros casos tienen un especial daltonismo que les
protege contra esos abismos.
Al llegar a ese punto, o quizá bastante antes, uno ya ha llegado a la
conclusión de que el diálogo con estos caballeros andantes es punto
menos que imposible, de que su delirio casi paranoico no permite una
mínima apertura a lo de más. Y no pasa nada por eso, basta con no
hacerles caso. Ya se les hace demasiado cuando hablan de ciencias o de
letras, no hay que hacérselo cuando hablan de otras cosas.
Por lo demás, ¿quién ha dicho que la libertad, o la moral, o la reli-
gión, o el derecho, o la política, pueden o deben tener sentido y ser com-
prensibles desde el punto de vista de la ciencia, desde un determinado
punto de vista humanístico, o desde el de cualquier otro encantamiento?,
¿quién puede creer que el punto de vista de los intelectuales absolutos es
a su vez tan absoluto como para que todo haya de tener valor y sentido
si y solamente si lo tiene en y desde él? Eso lo pueden creer ellos y cuan-
tos tienen una mentalidad como la suya. Pero la mentalidad común, con
todo lo corrompida que está por la ciencia, queda en buena parte a salvo
de eso.
Hubo un tiempo en que la única instancia cultural legitimadora era
la religión, de manera que todo producto cultural tenía que ser sanciona-
do por ella para ser aceptable. De ese modo, no solamente tenía que ser
religiosa la religión, también tenía que serlo el derecho, la política, el arte,
la filosofía y la ciencia, y en caso contrario sufrían la excomunión o la
hoguera. Posteriormente la instancia legitimadora pasó a ser la ciencia, y
sólo ella tornaba aceptable los productos culturales , de manera que no
solo tenía que ser científica la ciencia. También tenía que ser científica la
ética (more geométrico), la religión (dentro de los límites de la razón), el
socialismo (que dejaba de ser utópico para ser científico), etc.
El siglo XXI se ha inaugurado con el pluralismo de las instancias
legitimadoras, de manera que quizá empezamos a ser capaces de confor-
marnos con que sea religiosa la religión, científica la ciencia, y artístico el
arte. No obstante, el poder legitimante del arte, del diseño en general, se
ha alzado por encima de todos los demás, con unos ademanes dictato-
riales igual de peligrosos que los de las dictaduras de la ciencia y de la reli-
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gión.
Nuestra interpretación pública de la realidad, aunque muy marca-
da por los científicos, los humanistas absolutos, y especialmente por los
artistas absolutos, es con todo bastante fragmentaria, y está entreverada
con las interpretaciones “privadas” de la realidad. Por eso nuestra noción
misma de realidad se ha hecho problemática y el sentido de ella también.
Y todo ello dota de una peculiar luz a los dragones y monstruos con que
los encantadores han poblado nuestro mundo, de manera que tenemos
que aguzar la vista y la inteligencia para percibir quienes son “en reali-
dad”.
( 74 )
ños a aquella pintada y ligera cebra y trae las armas de los veros azules,
es el poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que trae por
empresa en el escudo una esparraguera, con una letra en castellano que
dice así: Rastrea mi suerte”2.
Junto a los intelectuales absolutos, los militantes absolutos son
igualmente maestros en el arte de los encantamientos. No son los due-
ños de lo verdadero y lo falso como los científicos, ni los conocedores
del bien y del mal como los humanistas, pero sí son los que de verdad
saben quiénes son amigos y quiénes enemigos, quiénes somos nosotros
y quiénes son ellos, y cuáles son las verdaderas y, por supuesto, secretas
intenciones de todos. Son los que de verdad saben cómo pueden ser feli-
ces todos los demás hombres, en esta vida y en la otra, y son los que les
procuran la felicidad. Son los que proclaman el verdadero culto sagrado,
la verdadera comunidad. Son los fundadores, los pontífices y los miem-
bros de la comisión ejecutiva del U.S.P., la “Única Solución Posible”. Y
son los que ven, mientras que el resto de los hombres dormita en la inge-
nuidad de la inocencia, en la ignorancia de las insidias, emboscadas e
invasiones que los poderosos traman contra ellos.
Ellos perciben y advierten ante los ejércitos de los poderosos.
Están capitaneados por TodoNet y TodoCable, que hechizan y encantan
la vida de los hombres, y dominan las tres Europas y las tres Américas.
Son los principales enemigos de la verdad y de la justicia, los que le han
quitado a cada uno lo que tenía y lo que sabía, y han engañado a todos
con poemas y relatos de sus hazañas, fundaciones, posesiones, ejércitos
y organizaciones benéficas . Traen en sus escudos una pantalla con
barras de los siete colares.
Junto a ellos forman TodoPhone y WattOmnium, que dominan en
los caminos, pasajes, pasadizos, cañadas reales, y en general por todas las
vías por las que los hombres se pueden comunicar. Nadie pasa hacia nin-
guna parte ni lleva nada hacia ninguna parte si ellos no lo autorizan y si
no cobran un tributo injusto que empobrece a toda la humanidad. Sus
emblemas son un altavoz azul en campo de plata y una bombilla de oro
en campo de sínope.
Un poco más atrasados les siguen MotorFord y MotorOil, que lle-
2 Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Edición del Instituto Cervantes, dirigida por
Francisco Rico, Crítica, Barcelona, 1998. pp.190-191, en adelante los números entre paréntesis
junto a los textos del Quijote remiten a las páginas de esta edición.
( 75 )
van en sus escudos unas ruedas negras sobre campo de gules y unas
gotas negras en campo de plata. No hay caballería ligera, ni pesada, ni
armamento de ninguna clase, que no tengan que suplicar su beneplácito,
su nihil obstat.
Más atrás cabalgan FarmaFood y BioTech, con escudos guarneci-
dos de calamones dorados que guardan una espiga con dos limones y un
tomate con dos cabezas de jabalí.
Detrás de todos, como si fuera el jefe del estado mayor, obeso más
que nadie en el corcel más reluciente, y portando en su escudo en letras
de oro el lema “En Dios confiamos”, Morgan P. BancusCity. Gracias a ellos
la mitad del mundo pasa hambre y la otra mitad padece obesidad.
Gracias a ellos la mitad del mundo marcha en bicicleta y la otra mitad en
reactores. Gracias a ellos se mueren las ballenas y el aire de la atmósfera
se contamina con un agujero enorme en el polo sur.
Aunque enjaezados con arreos diferentes, a través de todos los
emblemas se les descubre ese aire de familia que une a todos los mons-
truos y dragones, y que los identifica como hijos de la bestia y como por-
tadores del nombre de la bestia: “Multinacional”. Son sus hijas idénticas
a ella: “Multinacionales”. A su solo nombre, se dobla toda rodilla en los
cielos y en la tierra, castañean todos los dientes, y se descomponen todos
los estómagos.
El impresionante conjunto, que ocupa la llanura de Armagedón, se
apresta a galope contra todas las doncellas y donceles inocentes, que pre-
sas del pánico, quedan paralizados por el miedo primero y esclavizados
por sus dominadores después.
Pero ahí aparece el Caballero de la militancia dispuesto a socorrer-
los en su desvalimiento, y no sólo a socorrerlos, sino incluso a llevarlos
a la verdadera felicidad, a la verdadera salvación, que solamente él cono-
ce porque nació en esa tierra y vive de los recuerdos de esa tierra de la
felicidad y de la salvación.
El Caballero de la militancia no sólo los salva, sino que además
desenmascara a los monstruos y dragones y los muestra a plena luz
como los propagadores de la peste negra, vampiros del salario y la liber-
tad de los demás. Y se lanza en solitario contra ellos, con solo la arma-
dura de su credo y de su programa ideológico, con solamente la espada
de su campaña electoral, con solamente la lanza de sus cuotas de audien-
cia, con solamente el escudo de sus relatos e historias, y escasamente ayu-
( 76 )
dado por su escudero Parroquio Sindicatus.
El combate es largo y penoso, y, al final de la tarde, con la gargan-
ta dolida de los gritos, los ojos llorosos del polvo y del reflejo de las pan-
tallas, los oídos reverberando en el silencio el estruendo de la batalla, y el
corazón ya sin aliento por el esfuerzo, el Caballero de la militancia, las
doncellas amenazadas y los donceles menospreciados por su jefe de per-
sonal, reunidos cada uno consigo mismo, y en la paz que la soledad y el
cansancio propician, cogen las llaves de su Renault, lo ponen en marcha
con sólo una vuelta de magia, y por una abarrotada SE-30 vuelven a sus
casas escuchando las noticias de radio 5, los 40 principales o un CD de
La Traviata.
Por el camino el Caballero para en la estación de servicio y llena el
depósito de sin plomo de 98. Llama a su mujer desde el móvil y queda
para ir al cine a la sesión de noche. En la tienda de la gasolinera compra
unos refrescos y unos platos precocinados. Paga con su tarjeta de crédi-
to. Llega a casa, recoge a su mujer y se van al cine. Y después sueñan con
las estrellas, las del cine y las del cielo. Cenan, se besan y duermen.
Pero no saben que no han sido completamente ellos quienes han
llevado a cabo todas esas acciones. Quizá estaban encantados y poseídos
por los dragones y monstruos. Quizá todos ellos son un poco monstruos
y dragones, un poco TodoPhone; un poco MotorOil, un poco
FarmaFood, un poco BancusCity, y hasta un poco Parroquio por su lado
nostálgico del bien. Quizá el Caballero de la militancia les ha sacudido
con fuerza cogiéndolos por los hombros, quizá les ha despertado de su
sueño dogmático, de su sueño de ingenuidad inocente.
Quizá han tenido dudas, y han ido a ratificarse de que son ellos
mismos en esa inagotable e incontrovertible fuente de la verdad y garan-
te de fe pública que son los archivos del Ministerio del Interior y su más
preciado testimonio: el Documento Nacional de Identidad. Ellos son
ellos, cada uno es cada uno, ahí lo pone. Ahí están su nombre y sus dos
apellidos, la fecha de su nacimiento y el lugar. ¿No es suficiente? ¿O es
que ellos están hechos también de sus actos y de sus deseos, de su cuen-
ta corriente y de su tarjeta de crédito, de su trabajo y de sus itinerarios,
de sus creencias y afectos, de sus aficiones y de sus gustos gastronómi-
cos?
( 77 )
4. EL D.N.I. DE DON QUIJOTE
( 78 )
poesía trovadoresca, el amor cortés, la práctica de los matrimonios clan-
destinos, la ideología de la autonomía de la conciencia y de los sentimien-
tos individuales y el decreto tridentino que establecía la publicidad como
requisito para la validez del matrimonio.
En ese contexto se puede preguntar si eran plenamente responsa-
bles o bien si estaban fuertemente poseídos por unos condicionamien-
tos culturales imputables a Leonor de Aquitania, a Petrarca, a Domingo
de Soto y a Carlos V, y todavía, desde las variadas perspectivas de sus
contemporáneos, se puede preguntar si su acción fue “realmente” con-
traer matrimonio, simple fornicación, aventura erótica, obediencia a la
Iglesia, enfrentamiento a las autoridades civiles y eclesiásticas, violación
de la patria potestad, etc., o todas esa cosas a la vez, y hasta qué punto al
ser “realmente” alguna de esas cosas, resultaba imposible que fuera “real-
mente” las demás.
Se puede intentar salir del paso diciendo que lo de Romeo y
Julieta fue una tragedia, pero eso, lejos de salir del paso, es hundirse
mucho más en el problema, porque una tragedia es precisamente la situa-
ción en que los acontecimientos vitales no encajan en las definiciones
culturalmente vigentes para ellos y por referencia a las cuales los prota-
gonistas y espectadores pueden identificar la acción, o bien es una acción
que tiene rasgos de diversos patrones culturales pero incompatibles entre
sí. Dicho brevemente, una tragedia es una herida en la que aparece con
viveza que lo “real”, lo que acontece a los seres humanos, no puede ser
acogido en los moldes convencionales que ellos tienen para identificarlo
y para reconocerse, o sea, para identificar lo real y lo que ellos hacen y
para identificarse a sí mismos como actores y como hombres.
El problema tampoco se resuelve diciendo que “en realidad” se
trata de un matrimonio, y que lo demás, la fornicación, el desafío de la
patria potestad, etc., es apariencia o que acontece solo en el fuero inter-
no de quienes califican de ese modo la acción: si fuera tan sencillo para
todos distinguir entre apariencia y verdadera realidad no habría sucesos
inclasificables. No se trata tampoco de que cada punto de vista tenga
títulos para sostener que verdadera realidad es lo que como tal se define
desde él, lo que equivaldría a un conflicto de intereses legítimos, sino
más bien de que todos esos puntos de vista tienen vigencia y valor a la
vez en la mayoría de los sujetos implicados en el asunto, y eso es justa-
mente lo que hace inoperantes los sistemas de clasificación, o sea, los
( 79 )
patrones culturales mediante los que se definen las cosas y las acciones.
Análogamente, Bruto puede considerarse un asesino, pero cabe
preguntar si habría decidido matar a su mentor de no haber experimen-
tado la presión de los valores de la tradición republicana, de no haber
sentido el proyecto imperial de Cesar como una amenaza para todo lo
que significaba Roma, tal como lo había proclamado Cicerón, y si no
hubiera estado inmerso en una corriente ideológica imputable a Cicerón
mismo. Desde diferentes puntos de vista su acción se puede calificar
como un parricidio, como la ejecución de un traidor a la República,
como salvación de Roma, como acción automática de un megalómano
de carácter débil seducido por la adulación, y de otros modos. Qué es lo
que hizo “realmente” Bruto y quién fue “realmente”, si un héroe que
alcanzó las supremas cimas de lo humano o un ser cuya debilidad o cuya
ambición le convirtieron en un repulsivo degenerado que se hundió en
las simas de la inhumanidad, es algo que resulta igualmente problemáti-
co dilucidar. Asimismo tampoco añade nada decir que su vida fue una
tragedia; eso es pura tautología por cuanto una tragedia es precisamente
el modo en que se pone de manifiesto la imposibilidad de las identifica-
ciones.
El caso de don Quijote nos acerca más a la realidad cotidiana,
porque no todo el mundo tiene en sus manos el destino de un imperio
o de las tradiciones de las familias más importantes de una metrópolis
(aunque desde luego, todo el mundo puede protagonizar o padecer una
tragedia más modesta, si es que puede haber tragedias personales modes-
tas). En cambio todo el mundo ha incurrido en lo ridículo y en lo cómi-
co, que es lo que emerge en esas situaciones en las que, como en la tra-
gedia, se pone de manifiesto que la “realidad” es inconmensurable con
los conceptos que sirven para definirla, solo que como los valores en
juego no son los supremos de la vida y la muerte ni la felicidad o la con-
denación eterna, sino otros más livianos, la angustia que provocaba la
amenaza suprema se torna en sonrisa o en carcajada cuando se comprue-
ba que lo amenazado no era tan valioso o que la amenaza no era tan
temible.
El modelo cosmológico de Newton, las reglas de la economía de
mercado, las leyes de la evolución biológica, o el sistema periódico de los
elementos, por una parte, o bien la internacional socialista, los monopo-
lios de cables y satélites, y las empresas biotecnológicas privadas, por
( 80 )
otra, no son tan importantes como el amor de Romeo y Julieta, y no
atentan directamente contra los dos amantes. Si acaso su importancia es
como la de los ejércitos disfrazados de carneros a los que se enfrentó el
Caballero de la Mancha.
Don Quijote es más como nosotros, además, porque en una situa-
ción de pluralismo religioso, político, nacional, étnico y, en general, cul-
tural, como la de nuestras sociedades, las acciones y las identidades resul-
tan difíciles de determinar dada la variedad de patrones culturales vigen-
tes para definir una misma acción, que es lo que ocurre con casi todas
las del caballero andante, y además, como esa pluralidad pone en cues-
tión el carácter absoluto de cualquier parámetro, el resultado no es tanto
el sentimiento de tragedia como el de caos, y a veces en clave lúdica o
cómica, como con tanta frecuencia le ocurre al héroe cervantino.
Eso deja pendiente de un modo poco prometedor la pregunta por
la identidad de don Quijote. Se puede determinar, como lo hace el DNI
para nosotros. El lugar de nacimiento, la fecha y los progenitores. Pero
eso es una determinación extrínseca de la identidad, o bien una determi-
nación genérica, geográfica, histórica y genealógica, que no dice mucho
sobre la verdadera identidad de Alonso Quijano, si es que la verdadera
identidad de Alonso Quijano es don Quijote de la Mancha. Esas deter-
minaciones no aclaran si Alonso Quijano fue un caballero excepcional,
un héroe, y si don Quijote fue un pobre hombre. Eso es un asunto que
quizá se irá dilucidando a lo largo de las siguientes páginas.
( 81 )
es, sin duda, nuestra certeza, pero, dado que se trata de una convicción
(de un patrón cultural) que no siempre han tenido todos los hombres en
todos los tiempos, sino que llegó a formarse a lo largo de un proceso his-
tórico, la cuestión de cómo fraguó nos lleva a la de qué hacían y qué les
pasaba a los hombres en los que se gestó.
Pues bien, lo que les sucedió fue una serie compleja de tragedias,
de las cuales las de Bruto y Cesar y las de Romeo y Julieta son solamen-
te una muestra. A lo largo de ellas hicieron una serie de cosas que les
llevó a la convicción de que el mundo podía ser cambiado en virtud de
su inteligencia y su voluntad, por lo cual llegaron a la certeza de que su
inteligencia y su voluntad y ellos mismos tenían un carácter absoluto, que
eran algo independiente del cosmos, y que la unidad de ese conjunto, a
saber, la persona humana, el sujeto, tenía el mismo carácter absoluto.
Hay varias maneras de llegar a esa convicción, y de hecho se ha llegado
a ella por diversos procedimientos, pero el modo en que es modulada en
cada caso tiene que ver con los procesos mediante los cuales se ha for-
mado.
Nuestra actual capacidad de transformar el mundo y la sociedad
no es menor que la de la pasada edad moderna, sino mayor, pero nues-
tra dificultad para controlar los procesos de transformación que pone-
mos en marcha, tanto del mundo físico como del mundo social, y la
interdependencia creciente entre los distintos grupos humanos nos ha
hecho replantearnos de nuevo el sentido de ese carácter absoluto de la
persona. No es que las certezas sobre su dignidad y su valor infinito se
hayan debilitado en sí mismas, es que la pretensión de reconocérselo a
personas antes ignoradas y desprotegidas tiene como consecuencia la
alteración del perfil de nuestras propias convicciones, si no en el nivel de
la conciencia de los principios al menos sí en el de las prácticas de su
aplicación o de su omisión, que es el plano donde mejor se percibe que
al desplegar su vida en contextos heterogéneos, los seres humanos alte-
ran sus definiciones de lo que hacen, de sí mismos y de la propia reali-
dad.
En efecto, las definiciones de hombre, de persona y de sujeto, for-
muladas respectivamente en la antigüedad por Aristóteles, en el medievo
por Boecio y en la edad moderna por Descartes y Locke, resultan apli-
cables a menos del 20% de la población de sus respectivos contemporá-
neos.
( 82 )
Si se examina la definición aristotélica de “hombre”, animal que se
ocupa de los asuntos públicos en diálogo con los demás (que es lo que
sociológicamente significa “animal político” y “animal que tiene uso del
lenguaje”), y se analiza el contexto histórico en que se formuló, aparece
claro que no la cumplían los niños, las mujeres, los esclavos, los artesa-
nos y los bárbaros.
Si se reflexiona sobre la definición boeciana de “persona” como
individuo constituido como tal absolutamente sin referencia a las relacio-
nes sociales (que es lo que sociológicamente significa “supuesto indivi-
dual de naturaleza racional”) y se estudia la sociedad medieval, se com-
prueba que encaja sobre todo en el hombre en tanto creado por Dios,
que se constituye en una nueva criatura mediante el bautismo, y que con-
firma definitivamente su autonomía frente al mundo mediante las órde-
nes sagradas; una definición que cumplen perfectamente los monjes y
clérigos, pero deficientemente los seglares, atrapados en los vínculos
familiares y económicos, y más precariamente todavía los infieles, de
cuyo carácter de persona se llegaba a dudar en ocasiones.
En tercer lugar, si se indaga en la definición cartesiana y lockeana
de “sujeto”, del hombre como ser responsable que puede comprometer-
se en los contratos sociales y tiene como juez supremo su conciencia
mediante la que se posee y se define a sí mismo, es decir, como propie-
tario (que eso es lo que sociológicamente significa “ser consciente de sí
mismo” y poder suscribir el contrato social), y se explora la sociedad
moderna, se pone de manifiesto que tal definición la cumple plenamen-
te el propietario de bienes inmuebles y de valores, pero no la cumplen
los niños, las mujeres, los esclavos, los infieles ni los católicos, que no
pueden suscribir el contrato social porque no tienen como juez supremo
su propia conciencia3.
Es decir, los conceptos de “hombre”, “persona” y “sujeto”, son el
resultado de sucesivos encantamientos de mundo, como los de “fuerzas
gravitatorias”, “evolución”, “capitalismo” y “código genético”, y todos
3 La reflexión sobre la construcción cultural de las nociones de “hombre”, “persona” y “suje-
to”, va más allá de lo que un ensayo como el presente tolera. Me permito estas alusiones por-
que asumo la desarrollada en Cfr. Higinio Marín, La invención de lo humano. Formas epocales del
humanismo, Iberoamericana, Madrid, 1997, J. Choza, Antropología filosófica. Las representaciones del sí
mismo, Biblioteca Nueva, Madrid, 2002, y Urbano Ferrer, ¿Qué significa ser persona?, Palabra,
Madrid, 2002.
( 83 )
esos encantamientos se han desdoblado en variadas versiones con varia-
das interpretaciones a su vez. Lo cual no significa que en esos encanta-
mientos no haya grandes valores y hallazgos, ni quiere decir, como se ha
apuntado, que esos valores y hallazgos vayan a destruirse al “desfacer”
los encantamientos y hacer otros nuevos. Todo lo contrario.
Nuestra cultura ha elaborado una noción de persona y de sujeto
muy cortada sobre el patrón del sabio, el aristócrata, el caballero, y ha
concebido a esa persona dotada de alma, libertad, derechos y un valor
infinito, o sea, dignidad.
Don Quijote, Cervantes y los caballeros andantes son personas en
este sentido boeciano y cartesiano del término, como veremos, con una
autoconciencia a caballo entre el mundo medieval y el moderno, pero a
la vez y precisamente por eso, con dificultades graves para encontrar el
debido reconocimiento por parte de sus interlocutores que no pertene-
cen a esa cultura, a ese mundo, y eso es lo que ocurre también en el nues-
tro, en esta pluralidad de mundos que constituye la sociedad occidental
de comienzos del siglo XXI.
Don Quijote se encuentra con interlocutores que cumplen débil-
mente las definiciones de persona de sus respectivos contextos cultura-
les por tratarse frecuentemente de mujeres, siervos, campesinos, y truha-
nes, casi siempre analfabetos. Y éstos, que no tienen poder para determi-
nar la interpretación pública de la realidad, aceptan la que está vigente,
por una parte, y por otra en las situaciones inéditas e insospechadas
generan una interpretación privada más o menos ajustada a las circuns-
tancias.
Pero en las sociedades occidentales de comienzos del siglo XXI la
interpretación pública de la realidad no sólo la determinan los poderes
de las ciencias, las humanidades y las artes, y no sólo los poderes de la
política, la economía y la industria, sino también todos aquellos que en
tiempos de Cervantes se podían considerar pobres hombres, pobres gen-
tes, y que ahora, en tanto que gente corriente o en tanto que marginales
o marginados, tienen el mismo valor infinito, la misma dignidad y los
mismos derechos que las personas importantes y poderosas. Ahora junto
a los poderosos e importantes, son igual de relevantes los indios, las
mujeres, los mineros, los homosexuales, los ancianos, los inmigrantes de
todo tipo y los discapacitados físicos y psíquicos, que es lo que fue don
Quijote.
( 84 )
Nuestra cultura actual no prescinde de magos y encantadores ni
renuncia a sus hallazgos. No puede prescindir de los intelectuales abso-
lutos ni de los Caballeros de la militancia, porque ellos son los que han
definido al hombre como un ser de un valor infinito, los que han logra-
do esas declaraciones de la dignidad de la persona humana con extensión
universal. Además, son también quienes han negado que el poseedor de
dignidad sea el guaperas de la pantalla, la beautifull people. Uno de esos
magos y encantadores fue Cervantes.
Podría pensarse y decirse, como efectivamente se ha hecho, que
eso, el realismo, la creación del antihéroe y el culto al pobre hombre, es
la gran aportación del arte del siglo de oro español a la cultura occiden-
tal. Y no hay nada que objetar a eso. Pero es oportuno colocar esa apor-
tación junto a otras similares para calibrar mejor el sentido que ese rea-
lismo tiene.
La primera apología y defensa de la vida ordinaria pasa por ser la
de Hesiodo en Los trabajos y los días, y la primera glorificación de lo coti-
diano como la mayor grandeza puede encontrarse en el libro X de La
República de Platón, al referir Er el armenio el mito de la transmigración
de las almas. Allí cuenta que los diferentes héroes se fueron encarnando
en un águila, en un león, según las características de su vida pasada, y que
cuando le llegó el turno a Ulises, quedando ya poco para elegir, y viendo
la vida de un hombre común y desocupado “echada en cierto lugar y
olvidada por los otros”, la eligió para su reencarnación, declarando que
“lo mismo habría hecho de haber salido la primera, y la escogió con
gozo”4.
La atención al antihéroe y al pobre hombre la había desplegado en
toda su amplitud el cristianismo, que describía su presencia como doctri-
na entre las gentes porque “los ciegos ven y los cojos andan, los lepro-
sos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anun-
cia a los pobres la Buena Nueva” (Mat. 11, 5).
La línea de revalorización de la vida cotidiana como ideal de feli-
cidad, la había desarrollado y profundizado la reforma protestante5, y la
había representado la pintura holandesa antes que Cervantes . Por otra
parte, también la desvalorización de lo ejemplar y excelso mediante la
4 Platón, República, X, 16; 620 d.
5 Cfr.Charles Taylor, Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna, Paidós, Barcelona, 1996,
caps. 13-15.
( 85 )
burla la habían iniciado Erasmo con su Elogio de la locura y Rabelais, con
Gargantua y Pantagruel, antes de 1605.
Pero de todas formas, Cervantes reúne todas esas corrientes y abre
un cauce que se irá ensanchando desde el siglo XVII en adelante.
Cuando en el siglo XX el protagonista de la novela o del film, el entre-
vistado en los medios de comunicación o el protagonista del reality show
es el ama de casa, el taxista, la peluquera o el mendigo, y cuando el que
decide la formación de los gobiernos es ese mismo hombre corriente,
podemos pensar que Cervantes y el Quijote no son ajenos a ese logro.
Cuando en el siglo XX entran en crisis los supuestos de la moder-
nidad, de la Ilustración misma, y se legitima, como ya se dijo, el conocer
y el actuar de las personas corrientes y marginales, podemos igualmente
pensar que Cervantes y el Quijote no son ajenos a ese reexamen.
Cuando en el siglo XX y XXI, prescindiendo de las nociones de
“hombre”, de “persona” y de “sujeto”, se trata de encontrar a través de
la noción de “existencia” formulaciones menos unilaterales de lo que es
el hombre, formulaciones que no solamente tengan en cuenta sus
dimensiones excelsas, sino también su vulnerabilidad y su falibilidad,
Cervantes y el Quijote no son ajenos a esas pesquisas y esas aspiracio-
nes.
Dostoievski había dicho que el Quijote es el libro con el que todo
ser humano debía presentarse al juicio eterno, y mostrarlo como una
exposición de su existencia. Por su parte Malraux también había repeti-
do que después del holocausto uno de los pocos libros que podía seguir
leyendo todavía era El Quijote. El Quijote se puede leer después de las
más espeluznantes experiencias de la historia humana, porque se acerca
al corazón del pobre hombre para reconocerlo como entrañable. Y así es
como lo vamos a leer nosotros, como una colección de relatos de pobres
hombres.
( 86 )
CAPÍTULO 2. LA REALIDAD DE DON QUIJOTE
( 87 )
se torna borrosa y se difuminan los perfiles con que los había acuñado
nuestra tradición cultural.
Cervantes inicia la narración señalando la condición de hombre
maduro del protagonista, unos cincuenta años, y las dudas acerca de su
nombre, Quijada, Quesada o Quejana, a las que no concede especial
atención porque “esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la
narración dél no se salga un punto de la verdad”(37). Después refiere su
proceso de deterioro mental, causado por la lectura de los libros de caba-
llería, pues la fantasía se le llenó “de todo aquello que leía en los libros,
así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas,
requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles”, hasta que se
convenció de “que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas
soñadas invenciones” (39), y resolvió que tenía que poner en práctica ese
tipo de vida.
Con esa decisión tomada el manchego inicia su proceso de reali-
zación como caballero andante, para lo cual primero le puso nombre a
su caballo y después a sí mismo, añadiendo “de la Mancha” porque “el
valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a
secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famo-
sa” (43).
El hidalgo se constituye a sí mismo caballero andante en términos
cartesianos, por un acto de voluntad, de una voluntad seducida y fasci-
nada por una evidencia. Mediante ese acto asume como personalidad y
realidad propia una idea, clara y distinta, que ya se le había impuesto
antes como lo único real y digno de ser realizado: es poseído por la idea
y la idea es poseída por él. La imposición de los nombres al caballo y a
sí mismo y la elección de las armas y la indumentaria presentan la forma
de un rito de iniciación, mediante el cual la figura de un rol social asumi-
do facultan a un individuo para iniciar su existencia matrimonial, profe-
sional, militar, sacerdotal, etc., de una manera que sin el rito no podría
desempeñar en modo alguno. En nuestra sociedad los símbolos y los
ritos flotan libres y emancipados de las ceremonias e instituciones, pro-
duciendo también un efecto análogo al que tienen cuando están integra-
dos en una celebración institucional. Además de los símbolos propios de
la graduación universitaria, ingreso en el cuerpo de bomberos, en el cole-
gio de médicos, en el equipo de vendedores de Coca-cola, en la plantilla
de un equipo deportivo, en el colectivo de inmigrantes ilegales, etc., y que
( 88 )
se asumen en la ceremonia más o menos informal de la investidura en la
que el individuo inicia un nuevo tipo de vida reconocida por los demás,
existen múltiples símbolos de libre disposición que también confieren un
nuevo estado de ánimo y una cierta sensación de ser otro o de haber
cambiado en alguna medida, como ir a la peluquería, cambiar de look,
comprarse un traje nuevo, salir de copas a un bar o a una zona de bares
determinada, cambiar de ciudad, hacer un viaje, etc.
Unas veces lo que hacemos arranca de magias y encantamientos
de invención propia, y otras proviene de magias y encantamientos aje-
nos, bien partiendo de modelos de vida completos producidos indus-
trialmente y difundidos comercialmente, como los de Che Guevara,
Rambo o John Lenon, o bien partiendo de elementos accidentales y peri-
féricos pero que evocan y generan secuencias conductuales y segmentos
biográficos consistentes, como unos jeans, un BMV, un perfume que
confiere a la ejecutiva seguridad en sí misma y le proporciona una de las
claves de su estilo y su identidad como mujer, una vivienda en una zona
urbana determinada, un tipo de atuendo, etc.
El parámetro cultural, el conjunto de funciones pautadas y objeti-
vamente conocidas y reconocidas por todos los congéneres constituye al
individuo “realmente” como caballero, soldado, marido, turista, casano-
vas o lo que sea.
En el caso de Alonso Quijano, su nombre real no importa para la
verdad de la narración, porque la “verdad” de la narración es autónoma
respecto del sustrato de lo narrado. Lo que sí importa, en cambio, es la
pulcritud del rito de iniciación en el que se impone el nombre, pues los
nombres son esenciales porque dicen la esencia, que es el correlato de la
definición: a una nueva definición de uno mismo corresponde un nuevo
nombre y una nueva existencia. Tampoco importa el sustrato real para el
encantamiento producido para el turista, el que está de vacaciones o el
que busca relaciones en un bar de alterne o una discoteca. El ocio san-
ciona la discontinuidad con el sustrato biográfico y coloca al sujeto en la
situación de un nuevo comienzo que puede cerrarse sobre sí como
periodo biográfico autónomo. La diferencia entre lo que se es en el
ambiente laboral y local y lo que se es en el nuevo espacio y el nuevo
tiempo permiten al viajante consagrarse mediante una nueva identidad,
o lo que es lo mismo, ir de incógnito, y actuar según un nuevo guión y
una existencia inventada.
( 89 )
2. SOLIPSISMO Y RECONOCIMIENTO
( 90 )
edad y el desentrenamiento, al turista que adopta los ademanes de un
modelo estándar, al que inicia su escalada en un nivel socioeconómico
distinto, o al que se aventura por primera vez en el mundo de los econo-
mistas, los intelectuales, artistas, etc, sin dominar las correspondientes
jergas culturales, que frecuentemente encuentran personas que al verles
actuar tampoco pueden contener la risa.
El héroe se desconcierta porque la relación intersubjetiva no con-
firma la objetividad (su idea de sí mismo como caballero andante). Se ha
subrogado en la generalidad del rol, y desde él se imagina hazañas dignas
de ser contadas, que valen en su imaginación mientras no tenga en su
haber otras efectivas que le granjeen el reconocimiento ajeno, lo cual
acontece de modo problemático porque las hazañas no tienen el mismo
significado para los distintos sujetos que participan en ellas.
En concreto, el encuentro con las mozas de la venta tiene sentidos
divergentes que posteriormente pueden llegar a converger. Las venteras
se ríen de él al principio, y movidas por la curiosidad y la expectativa de
diversión, le siguen la corriente, pero luego, halagadas por el trato de que
son objeto por parte del caballero, se sienten reforzadas en su autoesti-
ma y dignidad y se van tornando cómplices del texto sagrado, de la ima-
gen que de ellas ha forjado el hidalgo. El juego de la emulación es el pro-
cedimiento por el cual un texto, una pauta cultural editada, genera en la
psique individual un imaginario que convoca a las pasiones y afectos a la
realización del ideal. Así ocurre en los deportes, en las empresas, en las
instituciones y en el mundo social en toda su amplitud, donde centena-
res de modelos pululan por la atmósfera captando la atención de los
actores sociales de un modo más o menos transitorio. Las doncellas de
la venta no tienen en su imaginario el texto completo, y menos aún de
un modo tan acabado como don Quijote, pero conocen la parte que les
correspondería desempeñar a ellas y eso es suficiente para moverlas.
Las palabras “nunca hubo caballero/ de damas tan bien servido”,
despierta en ellas un cierto anhelo por la condición de damas que quizá
habrían soñado, y se disponen a asumir el rol ideal que se les asigna, aun
con todas las reservas que su sentido realista de la vida les dicta.
Comentando este episodio, Unamuno señala que las venteras, al sentirse
tratadas según un modo ideal pasan a comportarse y a ser realmente de ese
modo, al menos transitoriamente2.
2 Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho, Cátedra, Madrid, 1992, pp. 172-173.
( 91 )
Así pues, el sentido que las acciones tienen en la mente del hidal-
go, en el texto sagrado, posee una fuerza tal que puede llegar a imponer-
se en un contexto diferente, a saber, en la realidad, es decir, en la subje-
tividad de los demás participantes, bien sea por persuasión, seducción,
adulación, emulación, u otros procesos psíquicos.
( 92 )
obtener beneficio económico, contactos, influencias, o, simplemente,
una curiosidad que no apunta a otra cosa que a un simple “a ver qué
pasa”. Pero así también es como los actores sociales entran en el mundo
de alguien que “va de otro” o incluso que va “de sí mismo”. Entre la apa-
riencia y la realidad median la burla, la parodia, el miedo, la mentira, el
interés , la ambición, la envidia y otras muchas actitudes que consagran
la ficción como mediadora entre ambas, y que borra la frontera entre las
dos.
El ventero entra en el mundo de don Quijote porque, aunque sabe
que no tiene vigencia social, sabe también que tiene vigencia psicológica
individual, y como conoce ese mundo, puede entrar en él y comunicarse
con el caballero, y así es como entran en el mundo de los amantes, los
criminales y los visionarios, en el mundo de los fingidores, todos los que
quieren entrar, como colegas, ayudantes, cómplices, explotadores y sedu-
cidos. Sabe también que no hay imputabilidad jurídica para él, porque la
locura es un universo de discurso con un solo individuo, y aunque se
trata de un delirio coherente y público al que todos pueden acceder, por-
que es la literatura que estaba en circulación, sabe que el delirante no
puede compartir el mundo ordinario porque está completamente clausu-
rado en el de la literatura. Si en vez de “mundo” nos referimos a “situa-
ciones” literarias, publicitarias, musicales o cinematográficas disconti-
nuas, en las que pueden estar instalados los actores sociales, puede ocu-
rrir que nadie sepa cuál es el mundo de nadie, no ya porque ningún actor
pase mucho tiempo en el de otro, sino porque no pasa mucho tiempo en
un mismo mundo. No se trata de que “no hay gran hombre para su
ayuda de cámara”, sino de que no hay ayudas de cámara, ni cámaras. Es
lo que da lugar al debilitamiento o incluso a la desaparición del control
social.
La locura consiste pues en la incomunicabilidad entre el universo
de discurso de un sujeto y el de los demás. Ese universo de discurso es
ciertamente objetivo, pero no es real porque los demás no lo reconocen
como vigente, y el de los otros es objetivo y además real porque sí es
reconocido como común en los significados y en las prácticas. Pero
como uno de los sentidos de “realidad” es lo reconocido intersubjetiva-
mente, o mejor aún, socialmente, el debilitamiento del control social
implica un debilitamiento del sentido de la realidad. El universo de don
Quijote es reconocido como no vigente, y él es reconocido como loco,
( 93 )
pero un loco desestabiliza la “realidad” (por ejemplo, no paga y consu-
me, agrede a terceros, etc.), e incluso se le paga (o no se le cobra) para
que se vaya. En el universo cervantino hay un fuerte control social, pero
en él empieza a darse una legitimidad para la autonomía individual, que
es la libertad de conciencia y una proliferación de las formas de vida en
términos de conciencia que se refiere a la objetividad, al texto, que al
final de la modernidad da como resultante la disolución de las formas de
control social y de realidad3.
Don Quijote ha cobrado ya su primera hazaña, ha puesto en fuga
a los bandidos que mancillaron sus armas, ha sido agasajado por las don-
cellas, y ha recibido del señor del castillo la legitimidad como caballero;
tiene ya el reconocimiento de sí mismo ante sí mismo, ha alcanzado el
reconocimiento de las doncellas mediante seducción o halago, y el del
ventero por burla, y todos ellos, ante la imposibilidad de comunicarse
con él trayéndole al contexto común, lo dejan marchar solo por su texto.
Cuando hay menos control social, hay posibilidades de comunicar-
se en más universos de discurso porque hay mayor número de “mundos”
heterogéneos, aunque la comunicación se refiera a contenidos particula-
res y no sea en ningún caso completa, pues el mundo “real” carece de un
duplicado objetivo único, oficial, donde comuniquen todos los actores
sociales.
( 94 )
buenos deseos” (63), y obliga al labrador “por la ley de caballería que ha
recibido” a restituir al mozo lo que éste declara que le adeuda. Cuando
se marcha de la escena, el mozo le invoca de nuevo advirtiéndole que su
amo no es caballero y no se sentirá obligado a cumplir la palabra dada,
ante lo cual don Quijote declara: “y mirad que lo cumpláis como lo
habéis jurado; si no, por el mismo juramento os juro de volver a busca-
ros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondáis más que
una lagartija” (66).
Tras la marcha de don Quijote, el labrador castiga al mozo con
redoblado ahínco, mientras el hidalgo invoca a su señora Dulcinea en un
nuevo soliloquio: “te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu
voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es
y será don Quijote de la Mancha, el cual (como todo el mundo sabe) ayer
recibió la orden de caballería, y hoy ha desfecho el mayor entuerto y
agravio que formó la sinrazón y cometió la crueldad: hoy quité el látigo
de la mano a aquel despiadado enemigo que tan sin ocasión vapulaba a
aquel delicado infante” (67).
En una sociedad abierta y plural pero con un texto común para las
cuestiones básicas del ordenamiento social (o sea, con un sentido común
consistente y bien establecido), resulta más improbable que alguien se
aferre tan dogmática y privadamente a su idea de justicia, como es el caso
de don Quijote, Robín Hood, los siete niños de Écija, y demás tipos de
caballeros andantes. Cuando lo hace se le clasifica más bien como un
revolucionario, del tipo de Münzer, Robespierre, Rosa Luxemburgo o
Trotsky. En una sociedad feudal no hay revolucionarios sino caballeros
andantes porque falta la idea (inconscientemente asumida) de una unidad
social realizable, vale decir, falta el contexto sobre cuyo trasfondo pudie-
ra proponerse de modo creíble un texto revolucionario, un proyecto de
transformación global y profunda del orden social. Don Quijote y
Cervantes sí tienen la idea de una justicia en sí, pero esa idea no tiene más
domicilio que sus mentes, y el contexto en cuyo marco se inscribe es el
del incipiente estado moderno no democrático, y en modo alguno el de
una república con los ideales de libertad, igualdad y fraternidad prefigu-
rados.
Don Quijote en esta ocasión realiza otra idea que pertenece al
plano de la ficción y que es “el deber”, pero el deber del caballero coin-
cide con lo que el espectador considera justo según lo que conoce del
( 95 )
evento, que es evitar el castigo al joven y obligar al adulto a pagarle los
atrasos. El deber que vige en el mundo del caballero, tiene también
vigencia social general y estatal, pero no en el mundo privado del labra-
dor, que vuelve a su látigo no bien se ha marchado el hidalgo. La orden
de don Quijote no carece por completo de la coercitividad que ha de
acompañar al derecho, pues amenaza con volver para castigarle, y por
otra parte se trata de una acción justa en sí misma pero que se frustra, lo
cual puede darse también en una sociedad como la nuestra porque la opi-
nión pública y el poder del estado (el ministerio fiscal), o, lo oficial, en
general, no pueden acoger todo lo fáctico; el texto no puede acoger todo
el contexto en ningún caso.
¿Qué quiere decir aquí acción justa en sí misma? Quiere decir
acción que realiza la justicia desde cualquier punto de vista, o sea, desde
el punto de vista ideal, pero se frustra porque no se lleva a cabo por parte
de quién está investido de la autoridad pública para administrarla. Desde
cualquier punto de vista la acción es justa, también desde el de don
Quijote y el del mozo azotado, y por hipótesis incluso desde el del labra-
dor, a quien en algún momento podría remorderle la conciencia por su
acción. Pero desde el punto de vista del mozo, o sea, desde la facticidad,
también ésta administración de justicia utópica e intempestiva le reporta
un castigo y una injusticia mayor, de modo que resulta difícil decidir qué
es lo que “realmente” ha hecho don Quijote en esta ocasión, porque
aunque la acción tiene un sentido inequívoco “en sí”, tiene un sentido
equívoco cuando se refracta en los mundos particulares del labrador y
del mozo, que no son menos protagonistas de ella que el insigne man-
chego, y no puede ser acogida por el estado en un punto de vista englo-
bante y general, satisfactorio para todos, es decir, legítimo. Todos hablan
de “los mismos” azotes, de modo que sus discursos tienen el mismo
referente, pero no tienen el mismo sentido.
De manera similar, cuando tras la refriega con los mercaderes el
héroe queda maltrecho, lo que toma cuerpo en su ánimo primero es el
sentimiento de ira por la injusticia padecida, pero después “aún se tenía
por dichoso pareciéndole que aquella era propia desgracia de caballeros
andantes, y toda la atribuía a la falta de su caballo” (70).
Este es su comportamiento habitual a lo largo de su vida, las res-
puestas impunitivas a la frustración, y no las extrapunitivas ni las intra-
punitivas. No maldice a los demás sujetos reales, ni tampoco a sí mismo,
( 96 )
no maldice a nadie, ni se queja de la sociedad, del estado o de Dios, ins-
tancias que podrían constituir su “grupo de referencia” y a las que podría
corresponder la función justiciera que él asume, sino que se limita a afir-
mar la ley de la “realidad” ideal, la condición de los caballeros andantes,
y mediante la evidencia de esa idea clara y distinta se refuerza en su pro-
pia identidad.
El grado de tolerancia a la frustración depende de la sublimidad
del ideal y de la intensidad con que se abrace, es decir, del sentido que
tenga la acción, que la dota de una “realidad” que al margen del sentido
no tiene. Lo que uno cree no solo forma parte “real” de lo que uno hace,
sino que constituye “realmente” la acción, aunque solo sea desde el
punto de vista del actor. No obstante, un grado de tolerancia excesivo
daría como resultado el comportamiento anómico de quien no pertene-
ce a la sociedad. Don Quijote es invulnerable porque tiene los resortes
psíquicos de un alienado, aunque ser invulnerable por eso quizá es ya
estar muy vulnerado.
5. EL RECONOCIMIENTO RECHAZADO
( 97 )
Quijana.
-Yo sé quién soy -respondió don Quijote-
y sé que puedo ser no sólo los que he dicho,
sino todos los Doce Pares de Francia, y aun
todos los nueve de la Fama, pues a todas las
hazañas que ellos todos juntos y cada uno por
sí hicieron, se aventajarán las mías” (73-74).
( 98 )
era en los siglos VXII a XIX, donde el mundo ideal proporcionaba una
tópica suficientemente estable para todos.
En cuanto al manchego, ¿su fama es la de don Quijote o la de
Alonso Quijano?, ¿la de un loco o la de un héroe?, ¿la de todas esas cosas
a la vez, si la conjunción de ellas da una figura imposible?, o, dadas las
diversas interpretaciones del Quijote en la historia posterior, ¿es que los
hombres se reconocen en y se identifican “realmente” con una figura
imposible e irreal?, ¿se reconocen en una vida que tiene una pluralidad
de sentidos que se bifurcan y que no se pueden congregar ni albergar en
un redil cálido y seguro? Seguramente sí, y especialmente en una socie-
dad como la nuestra, que es por lo que don Quijote aparece de modo
muy acusado como contemporáneo.
( 99 )
mismo sentido se pronuncia el ama, “tal era la gana que las dos tenían de
la muerte de aquellos inocentes” (77).
La simplicidad es la suposición de que se puede juzgar la “galaxia
Gutenberg” por una consecuencia particular, no prevista y no deseada,
que afecta a alguien en un lugar de la Mancha. El punto de vista del hom-
bre cultivado, que conoce otros universos y que tiene mundo, es poner-
se en el lugar de otros y valorarlos desde una perspectiva más amplia. A
partir de Gutenberg el mundo que Platón había duplicado se triplica, de
manera que se dan 1) los hechos, 2) los dichos, lo que se cuenta (la fama),
y 3) lo escrito.
La escritura, a diferencia de los dichos, hace contemporánea cual-
quier persona y cualquier cultura, lo que significa un nuevo modo de
existir para los hombres, que antes del siglo XVI no tenían esa posibili-
dad: vivir en contemporaneidad con muchos pasados, ampliar el presen-
te con un tipo de realidad virtual en la que vivir puede resultar más ape-
tecible y más valioso que en la actual, como le ocurre a don Quijote.
A partir de ese momento empiezan a ser protagonistas los habi-
tantes del tercer mundo, los libros, que se convierten en intrusos en el
mundo común y deben ser juzgados. Cuando en el siglo XX aparece un
mundo 4), la imagen y sonido grabados, todas las culturas de todos los
tiempos se hacen contemporáneas, es decir, presentes, y el saber acumu-
lado en el tiempo se incrementa a ritmo de producción industrial y se
hace oferta comercial universal. La resultante es un nuevo modo de exis-
tir y una sociedad antes inédita e insospechada, a saber, una sociedad que
se fragmenta o se multiplica en muchas, con lo que deja de tener un tiem-
po unidireccional y ella misma deja de ser unidireccional.
El cura y el barbero llevan a cabo su tarea con menos severidad
con que Platón la cumplió en su república expulsando a todos los poe-
tas y sin concesión ninguna a la creatividad.
Comienza el escrutinio con Los cuatro libros del virtuoso caballero
Amadís de Gaula, que a juicio del cura merece el castigo máximo, pues
“este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y
todos los demás han tomado principio y origen deste; y así, me parece
que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos, sin escu-
sa alguna, condenar al fuego”. Pero el barbero intercede por él, porque
“también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este
género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdo-
( 100 )
nar”, a lo cual el cura asiente “y por esa razón se le otorga la vida por
ahora”.
Al cartografiar la galaxia Gutenberg aparecen regiones exuberan-
tes junto a otras desérticas, y esta diferencia es ya criterio, juicio, valora-
ción. Por una parte, están los libros calificables como de “secta y doctri-
na”, que son los que reproducen moldes ya inventados, sin ningún valor
añadido nuevo, y, por otra, los calificables como “obra de arte”, intrínse-
camente valiosos porque son originales, porque expresan de un modo
inédito los sentimientos humanos, porque descubren nuevos mundos,
porque traducen universos de otras lenguas al propio, porque hacen cre-
cer, y por eso es por lo que “por sí son muy buenos”.
Atendiendo a esas diferencias, se juzgan los productos culturales:
si aburren son malos y si deleitan y entusiasman, buenos, aunque eso no
permite dilucidar cuándo el entusiasmo es seducción que aliena y saca de
la realidad y cuándo es elevación hacia la realidad más alta, porque al can-
celar el duplicado platónico del mundo fáctico se esfuma también el sis-
tema métrico con el que se juzgaba. Al tomar la creatividad artística
como un valor, lo que se afirma como valor es la invención de formas
de vida para el futuro, y la invención de un futuro que ya no es uno, ni
unidireccional, ni previsible.
La seguridad que proporcionaba el criterio platónico es la seguri-
dad del pasado, de lo familiar, que permite identificar mundos y eventos,
contexto, desde un texto inalterable, pero esa seguridad deja de ser con-
soladora cuando el contexto es tan amplio y variado que apenas permi-
te identificaciones. Los artificios creados por el arte son mundos: soni-
dos, imágenes, vestidos, casas, barrios, jardines, interiores, estilos de vida,
complementos, historias del pasado, historias del futuro, que generan
nuevos modelos ideales susceptibles a su vez de ser realizados.
Acto seguido se condena las Sergas de Esplandián y Amadís de Grecia,
imitaciones del Amadís y otra media docena de títulos, hasta que apare-
cen Palmerín de Inglaterra y Don Belianís. El primero merece la salvación
pues “tiene autoridad por dos cosas: la una, porque él por sí es muy
bueno, y la otra, porque es fama que le compuso un discreto rey de
Portugal”, y el segundo el purgatorio, pues “es menester quitarles todo
aquello del castillo de la Fama y otras impertinencias de más importan-
cia [...] y como se enmendaren, así se usará con ellos de misericordia o
de justicia” (82).
( 101 )
La Diana de Jorge de Montemayor, y en general los libros de poe-
sía merecen la salvación, y así desfilan libros de autores españoles y euro-
peos, que van siendo destinados al cielo, al purgatorio y al infierno, y,
tanto en el cielo como en el infierno, al primer círculo, al segundo o a
otros.
Así pues, la responsabilidad de las acciones de don Quijote recae
sobre “los libros, autores del daño”. Responsable es la idea, la objetivi-
dad, los relatos imitables, las estructuras significativas que cobran vida en
la psique individual, los valores que programan la afectividad del sujeto,
la cultura que conforma el imaginario y la conducta de las personas. Pero
por otra parte, los libros son inocentes y mueven como inocentes por-
que no saben ni sienten, ni pueden cambiarse, inhibir algunos de sus
aspectos y desplegar otros según las circunstancias lo requieran.
Las ideas rigen aquí sobre los hechos, como Platón decía, pero no
son inmutables y perfectas, o al menos no en el grado de que sea impo-
sible se sigan de ellas consecuencias perversas. Por otra parte, tampoco
su modo de regir los hechos y determinar los acontecimientos es tan
férrea como Spinoza y otros sabios de los siglos XVII y XVIII creían, o
al menos esa no es la creencia implícita en las prácticas del cura y el bar-
bero. En ellos aparece clara la valoración de la creatividad artística, por
una parte, y por otra, la primacía de la subjetividad o de la intersubjetivi-
dad sobre los productos culturales. Cancelada la reconfortante seguridad
del mundo ideal platónico, y abiertas las compuertas para la irrupción de
múltiples nuevos mundos, los puntos de referencia firmes se buscan y se
encuentran ahora en el diálogo “libre de dominio” de los hombres que
tienen mundo.
( 102 )
bien (si es que este título se puede dar al que es pobre), pero de muy poca
sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y pro-
metió, que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de
escudero”. Entre otras cosas, don Quijote le presentó las ganancias que
se podían obtener en la aventura, incluida por ejemplo alguna ínsula en
la que le podría dejar a él como gobernador, de modo que “con estas
promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó
su mujer e hijos y asentó por escudero de su vecino” (91-92).
Ahora el seducido por la publicidad, el afán de aventuras y los
posibles beneficios no es un hombre instruido, sino un villano de esca-
sas luces, y su modo de lanzarse a la irrealidad literaria en busca de fama
y botín reales es más comprometido que el de su señor, que no tenía la
responsabilidad de una mujer y unos hijos que se sostenían con su tra-
bajo, sino solamente la de una pequeña hacienda. Ahora también las for-
mas de vida y subsistencia presentes y reales se abandonan por formas
de vida futuras y ficticias. No obstante, la irresponsabilidad del labriego
no es total, al menos desde su punto de vista, pues “si yo fuese rey por
algún milagro de los que vuestra merced dice, por lo menos, Juana
Gutiérrez, mi oíslo [esposa], vendría a ser reina, y mis hijos infantes”
(94).
Sancho no es hombre en sentido aristotélico, pues no se ocupa de
gestionar los asuntos públicos mediante acuerdos con los demás, y tam-
poco es persona en sentido boeciano, pues aunque está constituido
como un absoluto mediante la creación divina y mediante el bautismo,
no actúa dirigiéndose al resto de los hombres y al mundo desde un esta-
do de autonomía absoluta como es el que las órdenes sagradas otorga a
los clérigos y las órdenes militares a los caballeros. Por otra parte, tam-
poco se constituye como sujeto moderno autónomamente, o sea, tan
cartesianamente como lo hace don Quijote. Comparece más bien como
sujeto “posmoderno” en cuanto que hombre completamente corriente,
sin genealogía, sin historia y sin modelos teóricos. Don Quijote se cons-
tituye por referencia a un proyecto en parte medieval y en parte moder-
no, y puede llegar a ser un ilustrado, que concibe una historia unidirec-
cional en la que se inscribe su biografía, que a veces presenta también
rasgos de despotismo ilustrado. Sancho asume inicialmente ese proyec-
to, pero su modo de realizarlo, como veremos, no será ni medieval ni
moderno.
( 103 )
El héroe no tiene la mente tan nutrida de modelos literarios para
un escudero como la tiene para su señor, y por eso cuando el villano
decide llevarse su asno le asaltan las dudas “imaginando si se le acorda-
ba si algún caballero andante había traído escudero caballero asnalmen-
te; pero nunca le vino alguno a la memoria; mas con todo esto determi-
nó que le llevase, con presupuesto de acomodarle de más honrada caba-
llería en habiendo ocasión para ello, quitándole el caballo al primer des-
cortés caballero que topase”. Y no solamente se permitió innovar en lo
que se refiere a la figura del escudero, también innovaría en la del caba-
llero y aventajaría a los demás, que solamente les concedían prebendas a
los escuderos cuando ya eran viejos, mientras que él lo haría enseguida:
“bien podría ser que antes de seis días ganase yo tal reino, que tuviese
otros a él adherentes, que viniesen de molde para coronarte por rey de
uno de ellos. Y no lo tengas a mucho; que cosas y casos acontecen a los
tales caballeros por modos tan nunca vistos ni pensados, que con facili-
dad te podría dar aún más de lo que te prometo” (93).
Sancho ha entrado en el universo de discurso de don Quijote, le
cree, y tanto que le acompaña para realizarse como escudero y como
gobernador. Ahora el proyecto de ambos puede llamarse ya ideología, no
ciertamente en el sentido de que pretenda la transformación de la socie-
dad mediante el estado (y mucho menos mediante su disolución), pero sí
en cuanto que les da a ellos un protagonismo primordial en la historia
unidireccional del género humano tal como ellos la conciben, o más bien
como la concibe don Quijote. A partir de ahora el hidalgo tiene compa-
ñía y disfruta del gozo de la comunicación, su solipsismo ha terminado.
Habrá discrepancias entre ambos, y esas discrepancias mostrarán que,
aunque sus mundos coincidan en parte por tratarse de mundos descen-
trados uno del otro, el de Sancho puede funcionar como mediación entre
el de su amo y el mundo públicamente interpretado de los demás. Don
Quijote le parecerá a Sancho un idealista exagerado, pero no un loco de
atar, y don Quijote verá a Sancho como un idealista tibio, pero capaz de
comprometerse en los grandes objetivos.
La relación entre personas cuyo mundo interior no es estrictamen-
te concéntrico es lo habitual en la relaciones sociales e incluso en las
familiares, de modo que “mundo compartido” no quiere decir el mismo
mundo. El mayor o menor descentramiento entre los mundos subjetivos
es lo que posibilita una mayor o menor comprensión y reconocimiento
( 104 )
dentro de una misma cultura o incluso entre culturas heterogéneas, y es
lo que permite también determinar la frontera común entre lo real y lo
irreal. No obstante, en esa frontera la gradación puede ser muy amplia,
porque también entre lo real y lo irreal media lo realizable, que puede
presentarse de modos muy diferentes en cada individuo, y justamente en
la frontera de lo realizable es donde determinadas acciones, si son sufi-
cientemente innovadoras y amplias, generan horizontes en los que emer-
gen nuevos mundos. La acción tiene sentido para los actores y para los
demás en el mundo como horizonte de comprensión, pero si ese mundo
todavía no ha sido generado la realidad de la acción y de los mismos
actores en cuanto tales es precaria.
( 105 )
de enormes proezas, en cuanto que los grandes aventureros contempo-
ráneos de Cervantes, Pizarro, Cortés, Valdivia, Elcano, y otros, tenían
también la cabeza llena de esos fantasmas que después ante la opinión
pública se convirtieron en gigantes reales a los que realmente vencieron.
Las suyas fueron acciones realizables que generaron un horizonte de
comprensión lo bastante amplio y plausible como para que lo compar-
tieran muchos otros que precisamente por eso pasaron a ser sus contem-
poráneos. En cambio los hombres comunes que se atrevieron a un com-
portamiento desusado o extraoficial, como Sancho, no convirtieron
nunca sus molinos de viento en gigantes vencidos, y quedaron al margen
de la historia hasta que ésta se terminó. Cuando se acabó la historia, es
decir, cuando los parámetros que constituían el horizonte de compren-
sión de la modernidad quedaron obsoletos, se había diferenciado ya un
número considerable de grupos sociales constituidos por hombres
comunes, que habrían entrado en “la historia” si hubiera quedado “una”
historia en la que entrar, pero esos hombres comunes, como Sancho, no
eran ya tampoco hombres en el sentido aristotélico, personas en sentido
boeciano, ni sujetos en sentido cartesiano.
En su lamentable estado don Quijote no se queja en absoluto, por-
que “no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aun-
que se le salgan las tripas por ella”, ante lo cual Sancho manifiesta su dis-
posición a quejarse “del más pequeño dolor que tenga” puesto que no
está dicho en los modelos culturales que no sea propio del escudero que-
jarse. Don Quijote le da el visto bueno para eso y algunas licencias más
pero le advierte que bajo ningún concepto podrá socorrerle en una con-
tienda con un caballero, y que solamente si es atacado “por canalla y
gente baja” podrá prestarle auxilio, de lo cual toma buena nota el escu-
dero dejando bien claro que en lo tocante a defensa personal su actitud
será muy otra: “bien es verdad que en lo que tocare a defender mi per-
sona no tendré mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas y humanas
permiten que cada uno se defienda de quien quisiere agraviarle”.
Sancho no tiene modelos literarios a los que ajustar su conducta y
sus sentimientos, y por eso se los tiene que inventar: ir por la vida de
escudero significa en su caso ir de sí mismo, y sacar de su propia espon-
taneidad la oportunidad, el valor y el sentido de sus acciones. La descrip-
ción de un tipo así se denomina literatura realista y consiste en el relato
del modo de vida de los grupos sociales que no tienen en la sociedad
( 106 )
jerarquizada función ni rango de ejemplaridad alguna, es decir, que no
tienen parámetros de conducta definidos y propuestos previamente
como modelos, y que por eso también se les permiten licencias en el
orden del honor y de la moral oficialmente vigentes y se les toleran y
aceptan comportamientos que se sitúan en la frontera de la ley moral y
el derecho.
Para el caso de una sociedad igualitaria, multicultural y no jerarqui-
zada, resultaría más difícil definir sociológicamente la literatura realista,
así como los márgenes de la moralidad y la legalidad, puesto que la fron-
teras de un honor, una moral y un derecho comunes a todos los grupos
estarían trazadas de modo diferente a como lo estaban en la sociedad
cervantina. En un contexto posmoderno una sociedad así se denomina-
ría multinacional, pluralista, abierta y tolerante, y en un contexto moder-
no, desvertebrada, poco integrada, decadente y permisiva.
Tras la aventura de los molinos de viento el hidalgo divisa a dos
frailes de San Benito que venían por el camino sobre mulas, y detrás a la
señora vizcaína con su séquito, cuatro o cinco de a caballo y dos mozos
de mulas a pie, a los que percibe como “algunos encantadores que llevan
hurtada alguna princesa en el coche” y contra los que arremete lanza en
ristre desoyendo las advertencias de Sancho de que son frailes benedic-
tinos y de que es correcta su percepción: “lo que yo digo es verdad, y
ahora lo verás”.
Don Quijote logra derribar al primer fraile y pone en fuga al
segundo, con lo que ambos pierden la apariencia de su digna identidad y
posición, y Sancho entonces se apresura a recoger los “despojos de la
batalla que su señor don Quijote había ganado”, como prestando con su
práctica un reconocimiento a la percepción de su amo. Los mozos de los
frailes apalean al escudero y lo dejan sin sentido mientras el caballero se
ha alejado para saludar a la dama salvada, presentarse y pedirle que vaya
a darle las gracias a su señora Dulcinea del Toboso, ante lo cual un escu-
dero de la señora, también vizcaíno, que solo entendía que le querían
hacer volver a el Toboso, se lanzó en ataque de don Quijote para abrir-
se paso franco.
Don Quijote no estima digno de su condición luchar con alguien
que no es caballero, y así se lo hace saber, ante lo cual el vizcaíno se sien-
te profundamente ofendido: “-¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mien-
tes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, ¡el agua cuán presto
( 107 )
verás que al gato llevas! Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por
el diablo, y mientes que mira si otra dices cosa” (102). Y con las espadas
desnudas se enfrentan en un combate que queda interrumpido porque
en ese punto acaba el manuscrito árabe del que Cervantes dice está tra-
duciendo la historia del hidalgo manchego.
Recuperadas y traducidas las páginas siguientes del manuscrito, el
combate termina con la victoria de don Quijote, que deja sangrando y
aturdido en el suelo al vizcaíno, y, con la punta de la espada en los ojos,
le exige prometer que irá a presentarse a Dulcinea. Las señoras del coche
le suplican les haga gracia de la vida de su escudero, a lo que el hidalgo
accede exigiendo que el ofensor se presente ante Dulcinea. “Las temero-
sas y desconsoladas señoras, sin entrar en cuenta de lo que don Quijote
pedía, y sin preguntar quién Dulcinea fuese, le prometieron que el escu-
dero haría todo aquello que de su parte le fuese mandado” (112)
Don Quijote ataca a unos encantadores y salva a una princesa, la
señora vizcaína se queda perpleja sin comprender bien lo que está ocu-
rriendo, el vizcaíno se encuentra cerrado su camino hacia Sevilla y con-
minado a retornar a el Toboso, Sancho cobra su primer botín de aventu-
ras y es apaleado hasta perder el conocimiento, y finalmente el caballero
andante y el escudero vizcaíno se enfrentan en una lucha a muerte de la
que resulta el compromiso de éste, aceptado en su nombre por sus seño-
ras, de presentarse ante Dulcinea.
Esa es la descripción escueta del acontecimiento y de las acciones,
en la que resulta también explícito el sentido de cada una de ellas, pero
si se sitúan en un horizonte de comprensión más amplio se producen
algunas alteraciones. Don Quijote puede estar llevando a cabo una
acción histórica instauradora de un nuevo orden social, en cuyo caso
tiene preferencia de paso sobre el individuo que viene de Toledo, aunque
éste puede estar defendiendo también legítimamente el orden estableci-
do. Así, las señoras pueden mediar diplomáticamente y lograr una coo-
peración entre el proyecto de orden nuevo y el establecido, con ganancia
para ambos en economía de vidas. Sancho queda en la periferia, ocupa-
do en obtener ya su legítimo beneficio particular de la acción histórica, y
sus oponentes quedan también como la resistencia del orden establecido
a la acción instauradora del nuevo.
En el plano de los actores efectivos, se trata de acciones incomu-
nicables en cuanto al sentido y de colisiones entre personas en el plano
( 108 )
de los hechos. Lo que desde el punto de vista de don Quijote y Sancho
es una hazaña, desde el punto de vista de las señoras resulta un evento
incomprensible en el que peligran vidas y las salvan, desde el de los frai-
les es un asalto a mano armada, y desde el del vizcaíno un insulto a su
honor y quizá un homicidio frustrado. Desde un punto de vista general,
como podría ser el del lector espectador o el de la administración de jus-
ticia, se podría dilucidar qué tipo de acción ha sido esa para cada actor y
qué imputabilidad se sigue para cada uno, pero eso sería más bien el
punto de vista de un juicio final.
Tras la pelea con el vizcaíno, y una vez que se han marchado las
damas, los frailes y sus respectivos mozos, Sancho recupera el sentido,
confirma a su amo otorgándole otra vez su reconocimiento como héroe
y posteriormente se produce un diálogo en el que se aferra al mundo
común, al de los hechos, en oposición al hidalgo que se instala con reno-
vado fervor en la idealidad literaria.
El reconocimiento del escudero consiste en pedir el gobierno de
la ínsula ganada en la pendencia, y en quedarse conforme con la respues-
ta de que la pendencia pasada no era de las de ínsula sino de las de
“encrucijadas, en las que no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o
una oreja menos” (112).
La primera discrepancia tiene lugar cuando Sancho propone aco-
gerse a sagrado para que no los encarcele la Santa Hermandad cuando
los heridos les denuncien, y don Quijote replica que nunca se ha visto ni
“leído jamás, que caballero andante haya sido puesto ante la justicia, por
más homicidios que hubiese cometido” (113), lo cual efectivamente no
ha sucedido nunca en el mundo de la idealidad literaria, ni tampoco en
las sociedades feudales de los caballeros andantes, en las que la adminis-
tración de justicia se hallaba fragmentada en una pluralidad de fueros. El
escudero no puede refutar a su amo ni contradecirle por cuanto “no ha
leído ninguna historia jamas, porque ni sabe leer ni escribir”.
El segundo reconocimiento acontece cuando se dispone a curarle
las heridas con hilas y ungüento blanco del que lleva en las alforjas y el
caballero apela al bálsamo de Fierabrás, con el que se pueden pegar las
( 109 )
partes de un caballero partido en dos de un tajo y volver a la vida con
sólo unos tragos adicionales del mismo bálsamo. Don Quijote entra así
en un nuevo universo de discurso, en el mundo de los poderes sobrena-
turales y mágicos, al que Sancho le sigue, incluso con la disposición de
renunciar a la ínsula prometida a cambio de la “receta de ese estremado
licor” que puede devolver la vida.
Ante el dolor que las heridas le producen al hidalgo el escudero se
dispone a curarle con el ungüento que ya lleva preparado en las alforjas,
y se produce la segunda colisión de mundos cuando al reparar en su cela-
da rota don Quijote pronuncia el juramento del marqués de Mantua “de
no comer pan a manteles, ni con su mujer folgar [...] hasta tanto que
quite por fuerza otra celada tal y tan buena como ésta a algún caballero”
(115-116). Entonces Sancho apela al orden de los hechos de su mundo
ordinario:
( 110 )
cutores. Don Quijote inquiere por algo de comer que haya en las alfor-
jas, hasta tanto que encuentren un castillo donde alojarse, y cuando el
vasallo aduce que “una cebolla, y un poco de queso, y no sé cuántos
mendrugos de pan [...] no son manjares que pertenecen a tan valiente
caballero” es él ahora quien se irrita apelando nuevamente a la idealidad:
( 111 )
facilitaba la prueba de su caballería” (119).
De este modo se establece la comunicación y la separación entre
los dos mundos, que ya permanecerán con esas fronteras a lo largo del
relato, aunque con alteraciones en cada uno según aumenta la compene-
tración entre las dos personalidades. Don Quijote vive en el “topos ura-
nós” platónico, reproducido mediante la imprenta y la escritura, un
mundo de representaciones verbales, al que logra traducir casi todos los
eventos del mundo ordinario porque dispone de un sistema categorial y
unos registros clasificatorios muy amplios (como sólo la literatura y la
historia brindan), y en el cual las necesidades naturales son prescindibles.
Sancho, como no sabe leer ni escribir, no puede vivir más que un mundo
y en una cultura, en la que lo más relevante son las necesidades biológi-
cas y los medios inmediatos y precarios para satisfacerlas, y donde vige
más el dinero que el honor. No obstante, la comunicación es posible
mediante el corto vuelo imaginativo del escudero, su ambición y su afec-
to al amo, y mediante la comprensiva condescendencia de éste para
quien pertenece a otra cultura, la de la ignorancia iletrada, y su necesidad
de tomar los hechos del tiempo y el espacio común como punto de
apoyo para realizar sus ideales.
Como dos náufragos que se encuentran en una isla desierta y coo-
peran para sobrevivir con los recursos mínimos que han salvado y los
que brinda el medio, así don Quijote y Sancho se disponen a comer algo
y a dormir después de que han quedado reducidos a un solo mundo uni-
dimensional por el naufragio de la justicia, la pluralidad de mundos, el
estado moderno, los relatos, la escritura impresa, la autonomía del suje-
to, la historia unidireccional, la fama, Sevilla, Toledo y el Toboso.
( 112 )
CAPÍTULO 3. LA RISA DE DON QUIJOTE
1. EL APOGEO DE LA IDEA
( 113 )
don Quijote y Sancho.
Es decir, nos interesan ahora los restantes capítulos de la segunda
parte del Quijote I y la primera mitad de la tercera parte (capítulos 15 a
27), que corresponden a las aventuras con los cabreros que le refieren la
historia de la pastora Marcela (caps. 11-14), el episodio con los yangüe-
ses que le dejan malherido (cap. 15), la estancia en la venta de Maritornes
y el desenlace en que Sancho es manteado (caps. 16-17), el ataque a la
manada de carneros (cap. 18), y la embestida contra el cortejo de los que
llevan a enterrar a un “cuerpo muerto” (cap.19), con lo que se llega al
punto de inflexión indicado.
Después de la aventura con los molinos de viento y el encuentro
con la señora vizcaína que iba a Sevilla (cap 8), se inicia la segunda parte
del Quijote I, con un retorno de Miguel de Cervantes al Alcaná de Toledo
y el hallazgo de nuevos fragmentos del manuscrito de Cide Hamete
Benengeli, donde se continúa la historia del hidalgo manchego. El rela-
to refiere la pelea con el mozo vizcaíno de la señora, al cual don Quijote
le perdona la vida por los ruegos de ella, con el mandato de presentarse
a Dulcinea (cap. 9). Posteriormente, el caballero y el escudero se curan
de las heridas con bálsamos y pasan la noche al raso y hambrientos, bus-
cando en los libros de caballería las claves para interpretar lo que les
había pasado, lo que habían hecho y lo que debían hacer (cap.10).
En esa situación se encuentran con los cabreros. El hecho de que
los capítulos 11-14 sean una interpolación que Cervantes escribe y añade
después, entre el 10 y el 15, no afecta sustancialmente a nuestro análisis
sobre el apogeo de la idealidad antes del punto de inflexión del capítulo
XX.
Una vez que el amo y el criado, acogidos por los cabreros, satisfa-
cen su hambre, y para darse a conocer, como hizo Ulises con los feacios
que le acogieron tras su naufragio, don Quijote despliega un discurso en
el que refiere a sus oyentes de qué mundo es, cómo es y cómo surgió ese
mundo, y cuál es la misión que en él le compete a su persona.
El actual es un mundo perverso y degenerado, que surgió de un
mundo originariamente dichoso: “Dichosa edad y siglos dichosos a quie-
nes los antiguos pusieron nombre de dorados [...] porque entonces los
que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío” (121). Se
trata de un tópico de la literatura renacentista tomado de la cultura
1 Cfr. Ovidio, Metamorfosis, I y Virgilio, Geórgicas, I
( 114 )
greco-romana1, pero que ahora, en el comienzo de la modernidad y en
el apogeo del barroco, es representado con profusión por los artistas, y
que, posteriormente, será constituido en sistema de la modernidad por
pensadores que van desde Rousseau a Marx.
La corrupción hizo que surgiera el mundo actual, en el que no hay
justicia, ni hablar directo y claro, ni honestidad, ni recato, ni respeto a los
débiles, y en el que “andando más los tiempos y creciendo más la mali-
cia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las
doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los meneste-
rosos” (123).
De esta manera, los fines de las órdenes de caballería son remediar
los males del mundo, ya que ni la baja edad media ni los inicios de la
modernidad tienen los recursos culturales necesarios parar proponerse
devolverlo a su perfección originaria, o a una perfección mayor, median-
te un proyecto político o ideológico que sí será un siglo después caracte-
rístico de la Ilustración.
Los capítulos 12 y 13 relatan las desdichas de la pastora Marcela y
la muerte de su enamorado Grisanto, al término de las cuales, don
Quijote ilustra con más detalle la misión del caballero. “Quiero decir que
los religiosos, con toda la paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra,
pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden
[...] Así que somos ministros de Dios en la tierra, y brazos por quien se
ejecuta en ella su justicia” (138).
El modelo de los religiosos es Cristo, y el delirio barroco de la
representación y la imitación ha dado lugar a que los libros que tratan
“De la imitación de Cristo”, con el auxilio de la imprenta, hayan dado la
vuelta al mundo entero recién descubierto y conmensurado.
Don Quijote sabe que ellos, los caballeros andantes, no tienen
exactamente ese modelo. “No quiero yo decir, ni me pasa por pensa-
miento, que es tan buen estado el de caballero andante como el del ence-
rrado religioso” (139). Ni es perceptible para él ni quizá para Cervantes,
que a través del modelo de los libros de caballería, como si de alternati-
vas al Kempis se trataran, el tal caballero pudiera identificarse con Cristo.
Eso se le ocurre dos siglos después a Dostoievski, cuando escribe la his-
toria del príncipe Mishkin, que es, a la vez, don Quijote y Cristo, y se le
ocurre tres siglos después a Rouault, cuando pinta a un Cristo payaso y
Quijote, y a Hans Urs von Balthasar, cuando describe la transparencia o
( 115 )
la presencia de Cristo en los santos locos, desde Jacopone di Tode hasta
el propio Mishkin pasando por don Quijote2.
Sin embargo, el modo en que don Quijote legitima su identifica-
ción con el ideal de caballero andante, sí que es el mismo en que el reli-
gioso legítima su identificación con Cristo, a saber, el rito de investidura,
la apelación al texto sagrado y la disputa sobre las interpretaciones.
En efecto, uno de los dos gentiles hombres que iban a caballo en
el cortejo fúnebre de Grisóstomo, el señor Vivaldo, por seguir con la
broma, reprocha a don Quijote que los caballeros andantes no se enco-
miendan a Dios, sino a su dama, cosa que “huele algo a gentilidad”(139).
Don Quijote aduce que aunque haya invocación a la dama, “no se ha de
entender por esto que han de dejar de encomendarse a Dios; que tiem-
po y lugar les queda para hacerlo en el discurso de la obra” (1139-140).
El caballero Vivaldo insiste en que hay algunos que mueren ense-
guida, y no tienen tiempo de invocar a Dios una vez comenzado el com-
bate, y que hay otros que no tienen dama a quien dirigir sus pensamien-
tos. Por lo cual don Quijote se siente obligado a establecer con peculiar
firmeza la verdad del “texto sagrado”. Es imposible que haya caballero
sin dama. Nunca se ha dado el caso y no se puede dar. Y cuando Vivaldo
quiere saber de la suya, se detiene a pintarla con todas las excelencias
canónicas, pero como no puede aducir un linaje excelso de Dulcinea,
como tampoco de sí mismo, remite la grandeza de la alcurnia también al
futuro, “pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunque moder-
no, tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familias de los
venideros siglos” (142).
El capítulo 14, con el que se concluye la segunda parte del Quijote
I, recoge los versos que expresan la muerte de amor desesperado que
tuvo Grisóstomo y, a continuación, el discurso de Marcela, la mujer que,
como la Diotima de Platón antes y la de Hölderlin después, posee la sabi-
duría del amor. Pero la heroína de Cervantes es una mujer tan moderna
y cartesiana como don Quijote. Rechaza cualquier vinculación moral que
pudiera derivarse del hecho de ser amada por alguien, y proclama su
libertad soberana y absoluta, esa libertad y soberanía características de
Diotima y que también causará la desesperación de Hölderlin como
ahora ha provocado la de Grisóstomo.
2 Urs von Balthasar, Hans, Gloria. Una estética teológica. Vol 5, Edad Moderna. Encuentro,
Madrid, 1988, pp. 161-171.
( 116 )
Aunque por el don de su hermosura Marcela sabe que es amada
de todos, pues “todo lo hermosos es amable”, sin embargo no alcanza
que “por razón de ser amado esté obligado lo que es amado por hermo-
so a amar a quien le ama. Y más que podría acontecer que el amador de
lo hermoso fuese feo “ (153). Ella no admite ninguna hipoteca de su per-
sona derivada de su belleza. “Yo nací libre, y para poder vivir libre esco-
gí la soledad de los campos” (154), de manera que a Grisóstomo no le
ha matado la crueldad e indiferencia de ella, sino “su impaciencia y arro-
jado deseo” (155). Y es esta posición de Marcela la que don Quijote
asume bajo su tutela: “Ninguna persona, de cualquier estado y condición
que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la
furiosa indignación mía” (156). La causa de los derechos de la mujer, los
caminos del feminismo moderno, son iniciados aquí por don Quijote
más allá de su apoyo a “doncellas menesterosas” o a huérfanas. Lo que
ahora defiende y apoya es la libertad y el poder de la mujer como tales.
( 117 )
to físico no deseado, la emprendieron a coces con el rocín, y los arrieros,
apercibidos del alboroto, corrieron en auxilio de sus animales descargan-
do palos sobre él hasta dejarlo malparado en el suelo.
Sancho y don Quiote intentaron prestar socorro a sus cabalgadu-
ras, pero antes de llegar al sitio donde prestarlo el amo advirtió que los
atacantes no eran caballeros, “sino gente soez y de baja ralea”, por lo cual
el criado podía “ayudar a tomar la debida venganza del agravio” (160).
Sancho señaló los inconvenientes de la venganza, “porque estos
son más de veinte, y nosotros no más de dos”, pero esa reticencia enar-
deció aún más el valor del caballero que se lanzó solo al ataque, ante lo
cual, los arrieros acometieron a ambos con sus estacas y los dejaron tan
maltrechos que salieron huyendo con temor de ser perseguidos por la
justicia.
Esa es la situación en la que los dos protagonistas desgranan sus
pensamientos sobre los agravios al honor, las injurias, la venganza y el
perdón, en uno de los momentos cumbres del humor verbal de
Cervantes. La chispa humorística no está ahora en una acción extrava-
gante o inverosímil, ni en una interpretación desmesurada y demencial
de lo cotidiano, sino en un quiebro intelectual, casi en una especie de
esgrima imaginativo, que preludia las estrategias que Sancho utilizará en
adelante:
“Señor, yo soy hombre pacífico, manso, sosegado, y sé disimular
cualquier injuria, porque tengo mujer e hijos que sustentar y criar. Así,
que séale a vuestra merced también aviso (pues no puede ser mandato)
que en ninguna manera pondré mano a la espada, ni contra villano ni
contra caballero; y que, desde aquí para delante de Dios, perdono cuan-
tos agravios me han hecho y han de hacer, ora me los haya hecho, o haga,
o haya de hacer, persona alta o baja, rico o pobre, hidalgo o pechero, sin
exceptar estado ni condición alguna” (162).
El hidalgo le recrimina su falta de espíritu, que le incapacitará para
hacerse cargo de una ínsula cuando en un futuro próximo la consigan.
Le vuelve a confirmar en la fe de la caballería con todos los argumentos
que hacen al caso, y le consuela haciéndole ver que sus heridas no son
deshonrosas. “Digo esto porque no pienses que, puesto que quedamos
desta pendencia molidos, quedamos afrentados, porque las armas que
aquellos hombres traían, con que nos machacaron, no eran otra que sus
estacas, y ninguno dellos, a lo que se me acuerda, tenía estoque, espada
( 118 )
ni puñal.”(165).
Entre esas réplicas y contrarréplicas acomoda el escudero al señor
sobre su asno poniendo al caballo de reata y se dirigen a una venta bus-
cando posada y remedios médicos. Y así llegan a la venta donde mora
Maritornes (cap. 16), que el caballero percibe y describe como un
Castillo.
Aquí empieza la historia bufa. Porque si los molinos de viento, el
labrador que castiga al siervo, las damas que viajan a Sevilla o los arrie-
ros de Galicia son realidades y personas de la vida cotidiana, que no tie-
nen carga positiva ni negativa desde el punto de vista de la idealización
ni del de la sátira, Maritornes no está en ese caso. Se trata de “una moza
asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, de un ojo tuer-
ta y del otro no muy sana”, aunque “la gallardía del cuerpo suplía las
demás faltas: no tenia siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas,
que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella
quisiera” (167-168).
Con esta moza había acordado un arriero que se alojaba en la
venta “que aquella noche se refocilarían juntos, y ella le había dado su
palabra de que, en estando sosegados los huéspedes y durmiendo sus
amos, le iría a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase. Y
cuéntase desta buena moza que jamás dio semejantes palabras que no las
cumpliese” (170).
Pues bien, una vez atendidos médicamente los dos andantes
magullados por la ventera, su joven y hermosa hija y por Maritornes,
quedan acomodados en el mismo aposento que el arriero con el que la
asturiana se había puesto de acuerdo, de manera que al llegar la hora
oportuna de la noche y entrar ella en la estancia, comienza la función.
Maritornes entra a oscuras y, a tientas, va dar en el camastro de
don Quijote. Don Quijote da por hecho que se trata de la hija del señor
del castillo que va rendida a ofrecerle sus favores, la coge del brazo, la
retiene y le halaga con su discurso sobre la belleza, el amor, la fidelidad
a Dulcinea, y sobre sus prendas, entre otras su “aliento, que, sin duda
alguna, olía a ensalada fiambre y trasnochada” pero que “a él le pareció
que arrojaba de su boca un olor suave y aromático”. Pues “era tanta la
ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que
traía en sí la buena doncella, no le desengañaban, las cuales pudieran
hacer vomitar a otro que no fuera harriero”(173-174).
( 119 )
Ese discurso enerva al arriero que se llega hasta don Quijote y le
golpea brutalmente con gran estruendo y grandes quejas, todo lo cual
alarma al ventero que provisto de candil irrumpe en la estancia mientras
que la asturiana, asustada, va a acogerse a la cama de Sancho. A la luz del
candil el ventero y el arriero vislumbran a Maritornes en la cama de
Sancho y allá se dirigen para azotarles, el ventero a Maritornes por supo-
nerla culpable de todo, y el arriero a Sancho por suponerle su rival. El
estruendo es tal que despierta también a un cuadrillero de la Santa
Hermandad, alojado igualmente en la posada, que al ver sin sentido a
don Quijote y darle por muerto, da la alarma en nombre de la justicia,
ante lo cual se dan todos a la fuga menos don Quijote que esta sin cono-
cimiento, y Sancho, que esta molido por los golpes del arriero.
Se trata de una escena típica de una comedia de enredo como las
de Lope, o de un relato cinematográfico de los hermanos Marx, donde
el efecto cómico se persigue mediante la explotación de lo bufo hasta
agotar sus últimas posibilidades.
Posteriormente (cap. 17), amo y escudero se cuentan lo que han
vivido cada uno en el castillo o venta según su perspectiva, los golpes que
han recibido de agentes invisibles, que podían ser gigantes encantados o
lo que fuera, pero, en cualquier caso, sin que ninguno de los dos hubie-
ra visto a los causantes de la paliza.
En estas pláticas, se deciden a confeccionar nuevas cantidades de
“bálsamo de Fierabrás” con aceite, vino, romero y sal, para tomarlo a tra-
gos y curarse de tantos males. El efecto del bálsamo es intensamente
vomitivo, pero también hipnótico y reconstituyente para don Quijote
tras tres horas de sueño. Sobre Sancho tiene el mismo efecto emético
que sobre el amo, pero no las mismas consecuencias terapéuticas, lo cual
don Quijote explica paladinamente: “Yo creo, Sancho, que todo este mal
te viene de no ser armado caballero, porque tengo para mí que este licor
no debe aprovechar a los que no lo son” (181).
La aventura termina despidiéndose de la venta y del ventero, con
la negativa a abonarle sus honorarios, porque los caballeros andantes
“jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque
se les debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les
hiciere” (183), y análogamente los escuderos. Entonces, tomándose el
cobro por su propia mano, los inquilinos de la posada cogieron la manta
de una cama y con ella mantearon a Sancho hasta que su deseo de juego
( 120 )
y regocijo quedó satisfecho.
Si en los capítulos 11 a 14, a través del género pastoril, se canta el
amor y la muerte, la soledad y la libertad, la verdad y la justicia, ahora en
los capítulos 15 a 18 , a través del género bufo, se expresa la lujuria bur-
lada, el sexo zafio y frustrado, el vómito y la pestilencia, en fin, las mani-
festaciones casi espasmódicas de un orden fisiológico que corresponde
a los detritus de lo humano, a ese ámbito de fenómenos que nunca nadie
pudo idealizar, y que se colocan al lado de lo ideal, a continuación de lo
ideal, como para medir la distancia entre el cielo y el infierno, entre lo
más alto y lo más bajo, y dar cuenta de toda esa diferencia, que es lo que
corresponde al poeta.
En la tradición de la crítica literaria y, en general, de la historia del
arte realizada desde esquemas todavía ilustrados, se llama “realismo” al
tratamiento de estos temas segundos, y con ello se designa no los asun-
tos o las “cosas” que son más reales por contraposición a los que lo son
menos, sino los asuntos y las “cosas” que no pueden ser idealizados y en
esas sus dimensiones en que no pueden ser idealizadas. No es que, desde
el punto de vista de la modernidad, los fenómenos fisiológicos más
ruborizantes sean más reales que las normas jurídicas, los imperativos
morales o los principios religiosos. No, pero son un límite ante el cual la
razón idealizante se rinde reconociéndolo, y el poeta siente que pasa por
encima de esa razón cuando, después de cantar sus excelencias, llega
también a sus retaguardias opacas.
De todas formas, tanto lo ideal como lo bufo y lo grotesco perte-
necen en este caso al orden de la representación, es decir, al orden de lo
imaginable, argumentable e interpretable, al orden del conocimiento, al
de la descripción de lo que le pasa y hace la gente en determinados luga-
res. A partir de ahora, Cervantes le da entrada, y cada vez con más ampli-
tud, a lo que podríamos llamar con terminología schopenhaueriana el
orden de la voluntad. A partir de ahora va ocupando más espacio lo que
don Quijote y Sancho sienten, y su afectividad empieza a desplegarse en
una profundidad, una amplitud y una gama de registros que cobran casi
más protagonismo que los hechos, sus descripciones y sus interpretacio-
nes.
A medida que nos adentramos en ese ámbito intersubjetivo la
“realidad” deja de plantearse como problema. En parte porque se toca
de una manera inequívoca, y en parte porque el “problema” de la reali-
( 121 )
dad pertenece en propiedad y en exclusiva al orden de la representación,
al plano de una representación un tanto soberana y que se pretende
absoluta, y se disuelve como problema o más bien no se plantea en el
orden de la afectividad, que es en el que ahora se adentran el amo y el
criado.
( 122 )
(197).
Sancho toma el mando, y don Quijote le pide que examine cuán-
tas muelas le faltan en el lado derecho, la parte más dolorida de su boca.
Sancho comprueba que le quedan dos y media en la mandíbula inferior
y ninguna en la superior, y sigue adelante conduciendo a su asno y a su
amo por donde Dios le daba a entender, profundamente conmovido.
“Porque el dolor de las quijadas de don Quijote no le dejaba sosegar ni
atender a darse priesa, quiso Sancho entretenelle y divertille diciéndole
alguna cosa” (198).
Ahora Sancho es bueno, es hijo, es aquel en quien se confía y aquel
a quien se confía el rumbo de la propia vida cuado uno ya no puede asu-
mir su dirección. Pero ahora también don Quijote es hijo, es aquel de
quien se cuida y aquel a quien se le cuentan cuentos y chistes para que se
entretenga y no sienta el dolor y duerma.
Ahora cada uno ha llegado al centro, a la intimidad del otro, por-
que cada uno se ha instalado en las entrañas del otro. Como si eso fuera
el resultado de haber subido juntos a las alturas de los más sublimes ide-
ales, al séptimo cielo de los místicos, y de haber bajado juntos a los infier-
nos más insufribles, como Ulises y Dante, como Teresa de Ahumada y
Tomás de Kempis, como Amadís de Gaula y Esplandián, pero en clave
bufa.
Lo más celestial han sido los molinos de viento, los carneros, los
amores bucólicos, y lo más infernal los vómitos, la prostituta con joro-
ba, la humillación de ser manteado. Pero en cualquier caso el resultado
es el mismo. Ahora la relación de intimidad, la ternura recíproca, son de
verdad, y la identificación entre los dos protagonistas empieza a produ-
cirse, más allá o, mejor dicho, más acá, de las percepciones y de las inter-
pretaciones de los hechos y los eventos. A un nivel indeterminable, amo
y criado empiezan a ser una misma alma, o un solo corazón, no por lo
que perciben de la realidad, que continuará siendo distinto, sino por el
modo en que afecta a cada uno los sufrimientos del otro.
Tras este encuentro con las manadas de carneros del que salen uni-
dos por esta compasión y ternura mutuas, tiene lugar la aventura “con un
cuerpo muerto” (cap. 19), en la que don Quijote y Sancho, tras alcanzar
un cierto éxito, ahondan y ensanchan su relación de intimidad.
El cierto éxito alcanzado consiste en que don Quijote hace justi-
cia desde su perspectiva, sin sufrir ningún daño a cambio, y en que
( 123 )
Sancho, igualmente ileso y sin que le duela nada, consigue cantidades
sustanciosas de víveres, de cualidades igualmente sustanciosas. En efec-
to, la comitiva fúnebre está formada por gente pacífica y sin armas, en su
mayor parte clérigos, y llevan una cabalgadura con víveres y provisiones
pues el trayecto de su viaje, que termina en Segovia, es largo.
Antes de que los despavoridos encamisados salgan huyendo de los
ataques del caballero, dejando el féretro y sus provisiones completamen-
te abandonados, Sancho, que ya desde atrás había tomado el mando de
su compañía, y confortado por la victoria, tiene la osadía de ponerle
nombre a su señor, por el procedimiento de comunicárselo a uno de los
vencidos:
“Si acaso quisieren saber esos señores quién ha sido el valeroso
que tales los puso, diráles vuestra merced que es el famoso don Quijote
de la Mancha, que por otro nombre se llama el Caballero de la Triste Figura”
(205).
Aunque el hecho de poner nombre en los comienzos de la edad
moderna no tiene el mismo sentido que tenía en el Antiguo Testamento
de conocer o incluso constituir la esencia de alguna realidad o de alguna
función (como por ejemplo, en la expresión “tú te llamarás Pedro, y
sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”), ni como la tenía en la época feu-
dal y caballeresca de constituir linajes nobles, o en las ordenes religiosas
al tomar los votos y empezar una vida nueva con un nombre nuevo, el
poner nombre tenía entonces, como lo sigue teniendo ahora, el signifi-
cado de ejercicio de un peculiar dominio y poder, que de pronto y espon-
táneamente Sancho se arroga sobre su amo.
Es algo verdaderamente inusitado, porque nunca el siervo hace
eso sobre su señor. Pero en este caso la intimidad mutua es lo suficien-
temente honda como para que el inferior se atreva a eso y el superior lo
acepte. Con todo, el modo en que lo acepta don Quijote, pasa por la legi-
timidad que el género de caballería ofrece, a saber, que también “lo
tomaban todos los caballeros pasados: cuál se llamaba el de la Ardiente
Espada, cuál, el del Unicornio; aquél, de las Doncellas; aqueste, el del Ave Fénix;
el otro, el Caballero del Grifo; estotro, el de la Muerte”, y por eso, el sabio a
cuyo cargo esté escribir sus hazañas, habrá inspirado al escudero, “te
habrá puesto en la lengua y en el pensamiento ahora que me llamases el
Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme desde hoy en adelan-
te, y para que mejor me cuadre tal nombre, determino de hacer pintar,
( 124 )
cuando haya lugar, en mi escudo una muy triste figura” (205).
El Caballero de la Triste Figura, para una imaginación cultivada,
podría ser el Caballero de la Mano en el Pecho, o cualquier otro retrato
del Greco, que presenta generalmente figuras de rostro severo, adusto y,
en ocasiones, triste, que pueden superponerse a cualquiera de los boce-
tos y dibujos de don Quijote que hiciera Doré, pues hay cierta tendencia
entre los dibujantes a estilizar al hidalgo al modo del Greco. Pero una
pintura así difícilmente le hace justicia a la escena en que le es asignado
al manchego tal nombre y a la correspondiente expresión de su rostro,
que es extremadamente bufa.
En efecto, Sancho aduce que es completamente superfluo seme-
jante esfuerzo, “porque le prometo a vuestra merced, señor (y esto sea
dicho en burlas) que le hace tan mala cara la hambre y la falta de las mue-
las, que, como ya tengo dicho, se podrá muy bien escusar la triste pintu-
ra” (206). La triste figura es una figura bufa, como la de algún mendigo
de Velázquez, que por esas mismas fechas, y como Foucault ha señalado
también, ha alcanzado las cotas supremas del ideal, y ha explorado lo que
no puede idealizarse de ninguna manera, lo miserable, lo bufo y lo defor-
me.
Parece como si Cervantes y Velázquez tuvieran también esa extra-
ña creencia, de la que luego hablaremos, según la cual resulta que el
único nicho donde la realidad, lo realmente real, tiene cabida es en lo
defectuoso y malo. Pues bien, el Caballero de la Triste Figura es el pro-
totipo de lo no idealizable, lo bufo, de lo que mueve a compasión, de lo
entrañable, y, junto a eso, de lo que produce risa. Le produce risa a
Sancho, que le habla a su señor “en burlas”, pero además le produce risa
al propio señor:
“Rióse don Quijote del donaire de Sancho; pero con todo, propu-
so de llamarse de aquel nombre en pudiendo pintar su escudo o rodela,
como había imaginado” (206).
A don Quijote le hace gracia que Sancho se burle de él, y se ríe. Es
la primera vez que don Quijote se ríe, la primera vez que Sancho se ríe,
y la primera vez que ambos se ríen del hidalgo y de lo ridículo de su figu-
ra, en un determinado momento, y en general, puesto que el caballero a
partir de ahora quiere llevar esa figura bufa de sí mismo en su escudo
para realizar los máximos ideales.
A partir de ahora don Quijote es capaz de reírse de sí mismo, y es
( 125 )
capaz de reír con Sancho de otras cosas, y eso significa, como veremos,
que el mundo ideal, el ámbito de la representación excelsa, está entreve-
rado con el mundo de las representaciones bufas, o sea, con el mundo
de lo no idealizable, que opera como un desenmascarador del ideal. Eso
no fue solamente algo propio del realismo español del siglo de oro, aun-
que ciertamente es muy típico de él. Es, además, algo que ha operado
permanentemente como piedra de toque de lo que se ha dado en llamar
“realidad” a lo largo de la historia del mundo occidental, como quedó
señalado y como seguiremos viendo.
Una vez que don Quijote adopta su otro nuevo nombre, y bajo el
consejo y la conducción del escudero, se adentran en un prado donde
sacian su hambre de modo amplio y relajado, y, como no tuvieran ni vino
ni tampoco agua para beber, se pusieron en camino hacia donde suponí-
an podría encontrarse algún manantial, mientras se echaba la noche enci-
ma (cap. 20).
Siendo ya noche cerrada y oscura, “llegó a sus oídos un grande
ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se des-
peñaba [... y] oyeron que daban unos golpes de compás, con un cierto
crujir de hierros y cadenas, que, acompañados del furioso estruendo del
agua, pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de don
Quijote” (208).
Mientras más crece el pavor en Sancho más se despliega el valor y
el sentido del deber de caballero en el corazón don Quijote, y más se
apresta a lanzarse hacia el lugar de donde viene el ruido, dispuesto a sal-
var de los monstruosos peligros a quien quiera que estuviese a merced
de ellos. El ruido y la oscuridad son tan horribles que el propio caballe-
ro percibe, aunque sin amedrentarse, la gravedad del riesgo, y por eso,
pensando que podría tratarse de su última hazaña, manda a Sancho: “irás
al Toboso, donde dirás a la incomparable señora mía Dulcinea que su
cautivo caballero murió por acometer cosas que le hiciesen digno de
poder llamarse suyo” (209).
Ni el amo ni el criado habían visto antes la muerte tan de cerca.
Por eso antes el hidalgo nunca había hablado así, y por eso ahora el escu-
( 126 )
dero “comenzó a llorar con la mayor ternura del mundo”. Por el peligro
que va a correr su amo, por su muerte probable, por la ínsula prometida
perdida para siempre, por la soledad en que quedará él sin señor.
Como nada disuadiese al caballero, Sancho resuelve, cuando obe-
dece la orden de apretar la cincha de Rocinante preparándolo para galo-
par hacia el combate, trabarle las patas, de modo que cuando don
Quijote quiere lanzarlo a la lucha, el buen jamelgo no puede moverse
más que a pequeños saltos. El hidalgo atribuye al destino o a los encan-
tamientos la inmovilidad de la cabalgadura y la acepta, dispuesto a espe-
rar el alba montado sobre ella.
Sancho ha perdido la inocencia. Ha intimado más de lo debido
con su señor, ha tomado el mando de la comitiva, ha empezado a con-
fiar en sí mismo, en la autoridad que tiene sobre su amo después de
haberle puesto nombre, y ahora empieza a actuar atreviéndose a interca-
lar, en el texto sagrado de los libros de caballería, acciones y enunciados
que corresponden a sus intereses. Es verdad que sus intereses siguen
siendo los del hidalgo, pero ahora el intérprete legítimo de esos intereses
no es solamente el caballero. El escudero puede serlo igualmente.
Para entretener las horas hasta el alba, Sancho le cuenta una histo-
ria y le propone un enigma a su amo, y cuando, terminado el relato, ya la
mañana se acerca, se le descompone el vientre. Por el miedo que aún
tenía, se ve obligado a hacer sus necesidades en pié y abrazado a la cin-
cha de Rocinante y la pierna de don Quijote, dando lugar a una escena
más grotesca y bufa que la de Maritornes y los vómitos.
Porque ahora se trata de que, queriendo realizar la operación disi-
muladamente, no puede evitar los ruidos inequívocos, que don Quijote
percibe y por los que pregunta (“¿qué rumor es ese?”). Mucho menos
aún puede Sancho evitar los olores propios del caso, todo lo cual el caba-
llero atribuye a la cobardía y al miedo, que tienen como efectos tales des-
arreglos intestinales.
( 127 )
no a ámbar - respondió don Quijote.
[...]
- Retírate tres o cuatro allá, amigo -dijo
don Quijote (todo esto sin quitarse los dedos
de las narices), y desde aquí adelante ten más
cuenta con tu persona y con lo que debes a la
mía; que la mucha conversación que tengo con-
tigo ha engendrado este menosprecio” (216-
217).
( 128 )
sobre la elevada misión que le había correspondido, sobre la valentía
necesaria para instaurar la justicia, sobre lo que el mundo necesitaba de
él, sobre las crónicas que se redactarán sobre sus grandes hechos, etc.,
con tanta sorna que don Quijote “se corrió y se enojó en tanta manera,
que alzó el lanzón y le asentó dos palos” (219).
Por primera vez desde que iniciaron sus aventuras, los imaginarios
enemigos del caballero no quedan encantados o desencantados por
magos, duendes o demonios, sino que, de pronto, quedan desenmasca-
rados por la realidad misma, la cual produce vergüenza en el hidalgo y
risa en el escudero.
El caballero encuentra una disculpa para su error: “¿Estoy yo obli-
gado, a dicha, siendo, como soy, caballero, a conocer y distinguir los
sones, y saber cuáles son de batán o no? Y más, que podría ser, como es
verdad, que no los he visto en mi vida, como vos los habréis visto, como
villano ruin que sois, criado y nacido entre ellos” (220).
A diferencia de lo que ocurrió con los molinos de viento, don
Quijote no tiene ninguna representación de una máquina de batán, sino
solamente un concepto abstracto, que le permite reconocerla al encon-
trarse con ella. Aquí la realidad se le impone sobre un concepto, el de
máquina de batán, que no pertenece al mundo de los caballeros, sino al
de los siervos, y se le impone de tal manera que no queda espacio para
recurrir a dragones encantados ni artimañas de magos. La representación
que él se había hecho de peligro tremendo, de derroche de valor, de
lucha heroica y de muerte ofrendada a su dama, queda convertida en
humo, en nada, ante una vulgar herramienta de trabajo servil. Por eso su
reacción es la de quedar avergonzado.
La vergüenza había sido definida por Aristóteles como “una repre-
sentación del deshonor” y descrita por los filósofos como una pasión
buena en la medida en que le retrae a uno de cometer acciones indignas3,
o en la medida en que le induce a uno a ocultarlas incurriendo en hipo-
cresía, que, desde esta perspectiva, aparece en efecto como “el tributo
que el vicio rinde a la virtud”4.
Don Quijote sabe que esta aventura no es honorable desde ningún
punto de vista, aunque sí sea digna de risa. “No niego yo -respondió don
3 Cfr. Aristóteles, Ética a Nicómaco, X, 9; 1179 b12., cfr. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-
II, q. 144, a. 1.
4 Cfr. La Rochefoucauld, Máximas, n. 218, Akal, Madrid, 1984, p.54
( 129 )
Quijote- que lo que nos ha sucedido no sea cosa digna de risa; pero no
es digna de contarse, que no son todas las personas tan discretas que
sepan poner en su punto todas las cosas” (220).
Ahora que hay percepción concorde del hidalgo y el escudero, el
sentido de las palabras y deseos de cada uno es diáfano para el otro. Por
si acaso no llega el tiempo de las mercedes y hay que acudir a los sala-
rios, Sancho inquiere por el que le correspondería a él, y don Quijote, en
un alarde de sentido común, de prudencia y de justicia, ahuyenta todas
sus inquietudes: “No creo yo -respondió don Quijote- que jamás los
tales escuderos estuvieron a salario, sino a merced. Y si yo ahora te le he
señalado a ti en el testamento cerrado que dejé en mi casa fue por lo que
podía suceder; que aún no sé cómo prueba en estos tan calamitosos
tiempos nuestros la caballería, y no querría que por pocas cosas penase
mi ánima en el otro mundo” (222)
Pero esta aventura que no es digna de contarse, es precisamente la
que corresponde al Caballero de la Triste Figura, cuya mejor imagen la
dan, como dijimos, los mendigos y bufones de Velázquez.
Esa voluntad de portar semejante emblema velazqueño en su
escudo es la profesión de realismo de don Quijote, y ésta aventura de los
batanes, la primera que corresponde al triste y realista caballero. Pero
precisamente por eso, no merece la pena ser contada. Ni esta ni las seme-
jantes a ellas. Primero porque no tienen nada de ejemplares, y segundo
porque la mayoría de la gente las entendería mal: no pondría en su sitio
lo vergonzoso y ridículo, como particular y anecdótico, sino que lo toma-
rían como lo verdaderamente esencial.
Aquí tenemos la piedra de toque y la clave de la realidad. Lo real
es lo que no resulta digno de ser contado, los relatos que pueden ser que-
mados en una alegre fogata, aquello de lo que uno se puede reír. Lo real
es lo que produce vergüenza y lo que produce risa, porque eso no es
paradigmático ni idealizable de ninguna manera.
5. RISA Y REALIDAD
( 130 )
despliegue de él, y, del mismo modo, que objeto tiene la risa y qué se
gana con ella.
Don Quijote y Sancho ya se han reído antes, a propósito de la ocu-
rrencia de pintar en el escudo al Caballero de la Triste Figura, pero no
tanto, ni tan al unísono. Al hacerlo ahora ejemplifican de una manera
bastante perfecta la definición de la risa de Kant como “resolución de
una ansiosa espera en nada”, o la más antigua definición formulada por
Hutcheson en sus Thoughts on Laugther como la respuesta ante la percep-
ción de una incongruencia.
De momento no interesa entrar en el análisis de estas definiciones,
pero sí contrastarlas con el fenómeno real de la risa y con la risa de Don
Quijote y Sancho.
Ellos antes se habían reído porque la pretensión de pintar sobre el
escudo del hidalgo a un caballero de figura triste resultaba superflua o
absurda o incongruente, junto a la realidad del propio caballero, y ahora
se ríen, aunque mucho más, porque después de una noche entera espe-
rando enfrentarse a un peligro indescriptible, se encuentran con que en
realidad no hay nada de eso. Tanto en un caso como en otro se trata de
un cruce entre algo representado imaginativamente como grandioso y
algo percibido realmente como ordinario, o bien se trata de la represen-
tación de un ideal y de la percepción de una realidad que descalifica o
desautoriza al ideal.
En el caso del caballero del escudo, la representación ideal sería la
de una figura nada idealizable, que resultaría grotesca o bufa, ya de por
sí, pero que resulta cómica en grado máximo cuando se la compara con
la cosa real que ha de ser representada y que aventaja con mucho la cua-
lidad de grotesco (o sea, no idealizable, no representable) que habría de
tener la representación. Algo así como si un cojo, un jorobado o un tar-
tamudo desearan imitarse a sí mismos en su caminar, en la composición
de la figura o en sus expresiones verbales. Como si un enano quisiera dis-
frazarse de enano para ratificar la cualidad de su enanez.
Lo cómico del asunto estaría en que uno espera (aunque no lo
espere muy ansiosamente), que la representación estilice, resalte cualida-
des o idealice de algún modo al modelo, y cuando se advierte que la
representación no puede lograr más tristeza y lástima, sino menos en
cualquier caso, entonces dicha espera se resuelve en nada. Pero que se
resuelve en nada significa que ese tiempo interior en el que se ha desple-
( 131 )
gado la expectativa no culmina llevando la atención intelectiva a reposar
en una representación que merezca la pena, en una representación digna
de tal nombre, o sea, que tenga sentido o valor ideal, sino que culmina
“en nada”, en nada de representación, en nada de ideal, lo que significa
que culmina “en la realidad”. Y eso es lo que produce la risa.
En el caso de la máquina de batán quizá resulte aún más claro ese
tipo de contraste. El tiempo exterior e interior se despliega generando
ansiedad por el encuentro con algo temible, que es imaginativamente
representado y tiene los rasgos dignos de la representación, del ideal,
porque es grandiosamente horroroso. Al finalizar la ansiosa espera, la
atención intelectual y la percepción no hacen pie en nada, pero otra vez
en nada de representación ideal y grandiosa, sino que esa “nada” en la
que aterriza es directamente “la realidad”, o sea, algo completamente tri-
vial y no idealizable. Algo equivalente podría ser para nosotros asustar-
nos y sacar pecho ante unos ruidos espantosos que resultaran ser una
grabación magnetofónica, o la circulación de aire por unas tuberías, o el
centrifugado de una lavadora estropeada, o cualquier otra eventualidad
doméstica, cotidiana y, por eso mismo, trivial, antiheróica. Eso es lo que
produce la risa.
En este último caso, la risa está vinculada con la vergüenza. Por lo
que se refiere a la figura que habría de pintarse en el escudo, no se habla
de vergüenza que surgiera en el caballero al burlarse el escudero de él, de
su afán idealizante en relación con su propia figura. No hay en el caba-
llero suficiente conciencia del ridículo como para avergonzarse, quizá
porque está muy bien anclado en la conciencia de su propia ridiculez
Pero en el caso de la máquina de batán, la percepción del ridículo
es tan grande que queda corrido, primero, y suelta la carcajada después.
Esta es la vinculación que frecuentemente se presenta entre la vergüen-
za y la risa. Cuando alguien se avergüenza por algo que le sucede, eso
mismo a veces produce risa. A la inversa, cuando los demás se ríen de
uno y uno se ríe de sí mismo, uno suele avergonzarse. En ambos casos,
se percibe eso que Aristóteles describió como “representación del des-
honor”, se percibe un jaque mate a la representación idealizante, su
reducción a la nada, y el aterrizaje de la atención intelectiva “en la reali-
dad”.
La vergüenza no siempre da lugar a la risa, no siempre la genera,
aunque la risa casi siempre deja avergonzados a quienes son motivado-
( 132 )
res y objeto y destinatarios de ella. La vergüenza puede dejar a uno sumi-
do en la desolación, en la culpa, en la desesperación o en algunas otras
simas de la existencia humana, pero la risa, la risa propia, la de don
Quijote y Sancho ante la máquina de batán, no. La risa no expresa esta-
dos negativos de la afectividad ni conduce a ellos. Es más bien un esta-
do o una momentánea situación positiva. El que se ríe lo hace porque el
“aterrizaje” en la realidad no le hace daño, por elevado que sea el ideal
desde el que se despeña, sino que, al contrario, se siente liberado, acogi-
do, seguro o incluso a salvo, como más adelante veremos.
En los casos analizados, la realidad tiene, ciertamente un sentido
para don Quijote y Sancho, o varios. En primer lugar tiene el sentido de
desenmascarar la representación idealizante como falsa, o mejor dicho,
como carente de valor, como carente de sentido.
Es falsa la representación de un peligro espantoso ante un inocen-
te artilugio doméstico, cotidiano y servil en su funcionamiento rutinario.
Por eso no tiene sentido una acción heroica con riesgo de la vida en rela-
ción con él. La realidad salva del riesgo de esas representaciones.
Por otra parte, es superflua y ridícula la representación emblemá-
tica de un pobre hombre sobre su propia solapa o sobre su propia fren-
te porque la realidad excede y supera con mucho la representación. En
este caso la representación no es arriesgada en cuanto al contenido, pero
es superflua y no añade sino que resta a la realidad que está ahí. En este
sentido también es falsa, carente de valor y de sentido.
Ahora bien, ¿cual es el valor y el sentido que tiene de suyo esa rea-
lidad que es un artilugio doméstico y que es un pobre hombre? Esta pre-
gunta obviamente también recae sobre Velázquez y hay que hacérsela
también a él. Sin duda es valiosa la acción de tomar la ciudad de Breda o
la de fundir y fraguar metales, pero, ¿lo es la de una anciana que fríe dos
huevos?, ¿y la de un aguador que ofrece una copa de agua a un mucha-
cho5? Por otra parte, desde luego que son personas valiosas y valoradas
el Conde Duque de Olivares, Felipe IV o Inocencio X, pero ¿lo son la
mulata, el niño de Vallecas, el bufón Calabacillas o la costurera6?
5 Los cuadros aludidos son “La rendición de Breda” o “Cuadro de las lanzas”, “La fragua de
Vulcano”, “Vieja friendo huevos” y “El aguador de Sevilla”
6 Se alude a los cuadros, “La mulata” de la National Gallery of Ireland, Dublin, “El niño de
Vallecas”y “El bufón Calabacillas”, del Museo del Prado y “La costurera” de la National
Gallery of Art de Washington.
( 133 )
Este segundo tipo de acciones y este segundo tipo de personajes
son lo no idealizable de ninguna manera, lo que no es digno de ser repre-
sentado o contado, lo que no merece un cuadro ni una crónica histórica
o novelada. Sin embargo eso es lo que Velázquez pinta con una ternura
y compasión infinitas, y por eso se puede decir que si el arte tiene siem-
pre un valor redentor, el de Velázquez lo tiene de un modo muy acusa-
do, porque, aunque no recoja para la eternidad lo que es desecho de este
mundo, al menos sí lo recoge para ese modesto ámbito de intimidad
nuestro que es el recuerdo, la historia, con el ademán de misericordia que
creemos ciertamente propio de Dios.
Lo que don Quijote y Sancho perciben del hidalgo, lo que les
mueve a vergüenza, a ternura, a compasión, pero también, y más aún, a
risa, es la distancia entre la representación de lo ideal y la realidad, y eso
es lo que “salva”, eso es lo que “nos salva”. Y esa es la cuestión pendien-
te, ¿de qué “nos salva” la realidad?, y, ¿en qué sentido lo hace?, ¿qué quie-
re decir que “nos salva”?
Sin duda Foucault tiene razón cuando habla de la representación
de lo absoluto en las Meninas y en el Quijote, pero hay otros cuadros de
Velázquez, y hay otra manera de interpretar al hidalgo. Lo que se repre-
senta en ellos no es solamente la representación absoluta, tal como se
encuentra en “Las meninas”, “Las hilanderas”, y en “Don Quijote de la
Mancha”, sino también la realidad en cuanto no representable, como en
“La mulata”, “El niño de Vallecas” o “El Caballero de la Triste Figura”.
En el contexto más amplio de ese realismo que arranca de
Hesiodo y (paradójicamente) de Platón como ya se dijo, y que llega a
Cervantes a través de Lutero, Erasmo y Rabelais, la risa y la realidad sal-
van porque rescatan al hombre de su alienación en lo ideal, en lo objeti-
vo, en lo representado, le curan de esa obnubilación que se inicia en
Parménides y en Narciso7.
Cervantes y Velázquez salvan y curan al hombre de esa obnubila-
ción que consiste en tomar el gran teatro del mundo por la verdad, y lo
llevan a ese ámbito más pequeño, acogedor y seguro que a veces se llama
realidad. Y no es que la realidad no pueda ser, verdaderamente, pavoro-
sa y horripilante, cruel e implacable, que puede, es que, de suyo, y antes
que eso, es digna de piedad y piadosa, es acogedora, y según Cervantes
7Cfr. Joaquín Lomba, El oráculo de Narciso. Lectura del Poema de Parménides, Prensas Universitarias
de Zaragoza, Zaragoza, 1992.
( 134 )
y Velázquez, lo es en la medida en que es irrepresentable, inidealizable.
Así son la mulata, el niño de Vallecas, la costurera, el Caballero de la
Triste Figura y, por supuesto, Sancho.
Pero aunque en todos esos personajes sean perceptibles las cuali-
dades señaladas, todavía no es obvio por qué ellos nos llevan a la piedad
y a la risa, y la risa y la piedad nos llevan a ellos. Felipe IV, el Conde
Duque de Olivares, Inocencio X y Don Quijote son tramoya, atrezzi,
decorado, grandilocuencia, pero hay que ver más de cerca en qué senti-
do la mulata y Sancho son “realidad”, una realidad a la que nos conduce
la risa.
( 135 )
CAPÍTULO 4. LA EXPERIENCIA DE DON QUIJOTE
( 137 )
Tras la historia del Curiosos impertinente, don Quijote lucha con
los pellejos de vino (cap. 36), Dorotea adopta el papel de la Infanta
Micomicona y le pide ayuda al Caballero (cap. 37), el hidalgo pronuncia
el discurso sobre las armas y las letras (cap. 38), y posteriormente se
refiere la historia del cautivo (caps. 39-41).
El capítulo 42 se inicia con la historia de Clara y Luis (el mozo de
mulas), el 43 recoge la burla de Maritornes que deja colgado de un brazo
a don Quijote, los capítulos 44 y 45 relatan la llegada a la venta del bar-
bero al que le fue arrebatada la bacía y los arreos de su jumento; los capí-
tulos 46 y 47 refieren la llegada de los cuadrilleros que traen la orden de
prender al hidalgo por haber liberado a los galeotes, y el modo en que le
“encantan” para librarlo de la justicia y devolverlo a su casa.
Los capítulos 48 y 49 contienen los esfuerzos de Sancho para des-
encantar a su amo y devolverlo a la realidad, el 50 el gran debate entre
don Quijote y el canónigo sobre la literatura y la historia, el 51 la entra-
da en escena del cabrero con el último relato de amor, y finalmente el 52
recoge la opción de don Quijote de ser sujeto pasivo de un encantamien-
to y reconducido a su casa y a su familia, con los epitafios en verso de
don Quijote, Dulcinea, Rocinante y Sancho.
Desde el punto de vista de nuestro estudio, las cuestiones a exami-
nar son, a lo largo de los capítulos señalados, en primer lugar los nuevos
sentidos de “realidad” que aparecen después de la aventura con la máqui-
na de batán, y el comportamiento en relación con ellos. Después, el
modo en que el Quijote se transforma en una novela de tema amoroso
en la que se esboza la estructura y la forma de lo que posteriormente se
designará como reality show y como telebasura, y con ello la constitución
de los niveles de realidad empírica, actuación e idealidad, por una parte,
y de cordura y encantamiento, por otra.
Por lo que se refiere a los nuevos sentidos de “realidad” que apa-
recen tras la vergüenza y la risa de don Quijote y Sancho ante la máqui-
na de batán, se puede constatar que el hidalgo no vuelve a reírse más en
toda la novela, aunque el escudero sí lo hace muchas veces y, por supues-
to, los demás compañeros de aventuras. Sin embargo, el caballero volve-
rá a experimentar vergüenza en varias ocasiones, vergüenza provocada
por la venganza de la realidad contra sus aventuras precedentes.
Por otra parte, el manchego ya no vuelve a confundir algo cotidia-
no y trivial con una forma caballeresca y novelada excepto la bacía de
( 138 )
barbero que toma por el yelmo de Mambrino, pero esta no tiene el carác-
ter disparatado de las aventuras anteriores. En adelante no habrá nuevas
ventas transmutadas en castillos (como en los caps. 3, y 16), ni, excepto
el caso del yelmo, nuevas metamorfosis de objetos cotidianos en indu-
mentaria y útiles caballerescos (como en los caps. 2 y 3), no habrá trans-
formación de mercaderes toledanos ni de criados vizcaínos en caballeros
a los que se exija postrarse ante Dulcinea (caps. 4 y 9 ). No habrá más
molinos de vientos convertidos en gigantes (cap. 8), ni manadas de car-
neros percibidas como ejércitos imperiales (cap. 18).Las “confusiones”
de objetos, personas y acontecimientos “empíricos” con equivalentes
imaginarios caballerescos o “ideales”, ya no se vuelven a producir.
El yelmo de Mambrino es percibido inmediatamente como bacía
de barbero por Sancho, el cual, que ya ha tomado el mando de la comi-
tiva en una anterior ocasión, y que ha aprendido a manipular tanto lo
ideal como lo empírico, es decir, que ha aprendido a “interpretar”, le
hace ver a su amo que el yelmo se parece tanto a una bacía de barbero
que casi resultan indiscernibles.
La primera reacción de Sancho cuando “oyó llamar a la bacía cela-
da”, fue “no poder contener la risa”, “mas vínosele a las mientes la cóle-
ra de su amo, y calló en la mitad de ella”. Don Quijote pregunta el moti-
vo de la risa y Sancho lo expone con cautela: “Ríome de considerar la
gran cabeza que tenía el pagano dueño de este almete, que no asemeja
[sino] una bacía de barbero pintiparada”. Y ante tanto comedimiento, el
caballero se expresa con análoga precaución.
“¿Sabes qué imagino, Sancho? Que esta famosa pieza de este
encantado yelmo, por algún extraño accidente debió de venir a manos de
quien no supo conocer ni estimar su valor, y, sin saber lo que hacía, vién-
dola de oro purísimo, debió de fundir la otra mitad para aprovecharse del
precio, y de la otra mitad hizo esta, que parece bacía de barbero, como
tú dices. Pero, sea lo que fuere; que para mí que la conozco no hace al
caso su transmutación; que yo la aderezaré en el primer lugar donde haya
herrero, y de suerte que no le haga ventaja, ni aun le llegue, la que hizo
y forjó el dios de las herrerías para el dios de las batallas, y en este entre-
tanto, la traeré como pudiere, que más vale algo que no nada; cuanto más
que bien será bastante para defenderme de alguna pedrada” ( 226).
Don Quijote capta, por una parte, la apariencia empírica de la
bacía de barbero, como algo real, por lo que efectivamente Sancho está
( 139 )
en lo cierto. Por otra parte, recuerda la figura y el concepto del yelmo de
Mambrino, como algo que ahora no es real pero que fue real en el pasa-
do. De este modo se abren dos sentidos de realidad: la realidad presen-
te, empírica, y la realidad pasada, ideal. La literatura es para don Quijote,
inmediatamente historia, y la historia es literatura, como se pondrá de
manifiesto en el debate con el canónigo del capítulo 50.
El caballero puede atenerse a ambos niveles de realidad, y así lo
hace. Cuando tenga ocasión y encuentre a un herrero, le dará a la bacía
una forma de yelmo más acabada, y mientras, y a efectos tanto ideales
como empíricos, la utilizará como celada. La técnica también es una
interpretación de lo real. El conflicto entre lo ideal y lo empírico, por esta
vez, se ha salvado en la armonía de los dos planos.
Pero a la vez, se establece el preciso modo de articulación de
ambos. Sancho le advierte a don Quijote lo poco que aprovecha realizar
hazañas en lugares tan apartados como los que ellos frecuentan, donde
“no hay quien las vea ni sepa, y así, se han de quedar en perpetuo silen-
cio”, y por eso le aconseja ir “a servir a algún emperador, o a otro prín-
cipe grande, que tenga alguna guerra”, pues “allí no faltará quien ponga
en escrito las hazañas de vuestra merced, para perpetua memoria”. Es
decir, ser quiere decir, sobre todo, ser dicho, ser contado, ser representa-
do, y así, ser salvado del olvido, de la fugacidad del presente. Por eso, si
lo que se vive tiene un valor tal que merece ser salvado de la transitorie-
dad del momento empírico, ha de ser vivido ante la prensa, ante las
cámaras. Pero entonces vivir quiere decir, ante todo, representar, actuar
según un guión previamente diseñado y conocido, como más adelante
veremos. La maldición de Narciso golpea de nuevo a Europa en los albo-
res de la modernidad.
En el siguiente episodio de la liberación de los galeotes (cap. 22),
tampoco hay confusión de órdenes ni de niveles de realidad. El primer
impulso de don Quijote es librar a los que “van de por fuerza, y no por
su voluntad”, aunque sea la justicia del rey quien los lleva así (236), pero
el segundo es indagar en los delitos y condenas de cada uno, aceptando
así la realidad común de lo que se considera delito, juicio y condena.
Cuando habla con ellos, la mayoría de los galeotes se reconocen culpa-
bles de los delitos que se les imputan, y aceptan su condena como justa,
pero el caballero, no.
El tercer impulso de don Quijote es poner por obra “el voto que
( 140 )
en ella [la orden de caballería] hice de favorecer a los menesterosos y
opresos de los mayores”, y liberarlos en nombre de una justicia absoluta
ante la cual la justicia empírica aparece débil y aleatoria. En efecto, “aun-
que os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a padecer no
os dan mucho gusto [...] y podría ser que el poco ánimo que aquel tuvo
en el tormento, la falta de dineros de éste, el poco favor del otro y, final-
mente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra perdición,
y de no haber salido con la justicia que de vuestra parte teníades” (244).
La “realidad” de la justicia empírica no es tan indiscutible como la
de los molinos, la venta, los carneros o la bacía, y, por otra parte, no se
la confunde con otra cosa, sino que, tomada como ella misma, en su
empírica realidad, se la corrige desde una instancia más consistente.
En la aventura con la princesa Micomicona, tampoco hay confu-
sión entre lo ideal y lo empírico, ni hay engaño por parte del hidalgo. Fue
Dorotea (cap. 29) la que decidió que “haría la doncella menesterosa
mejor que el barbero, y más, que tenía allí vestidos con que hacerlo al
natural, y que le dejasen el cargo de saber representar todo aquello que
fuese menester para llevar adelante su intento [de devolver a don Quijote
a su casa], porque ella había leído muchos libros de caballería y sabía bien
el estilo que tenían las doncellas citadas cuando pedían sus dones a los
andantes caballeros” (335).
Dorotea se presenta ante don Quijote en el plano empírico como
una princesa. Es Sancho, que no está en la trama urdida por ella con el
cura y el barbero, quien le manifiesta a su señor la identidad de la dama
y su condición menesterosa de ayuda. Y es entonces el caballero el que
pasa por encima de la identidad de la dama y atiende solamente a su
situación. “Sea quien fuere -respondió don Quijote [a Sancho]- que yo
haré lo que soy obligado y lo que me dicta mi conciencia, conforme a lo
que profesado tengo” (338).
Todavía, en la lucha con los cueros de vino (cap. 35), es Sancho el
que sale gritando que don Quijote “ha dado una cuchillada al gigante
enemigo de la señora princesa Micomicona, que le ha tajado la cabeza
cercén a cercén, como si fuera un nabo!” (415). Ciertamente el andante
caballero también grita en el ardor de la lucha, pero “es lo bueno que no
tenía los ojos abiertos, porque estaba durmiendo y soñando que estaba
en batalla con el gigante: que fue tan intensa la imaginación de la aven-
tura que iba a fenecer, que le hizo soñar que ya había llegado al reino de
( 141 )
Micomicón, y que ya estaba en la pelea con su enemigo. Y había dado
tantas cuchilladas a los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que
todo el aposento estaba lleno de vino” (416).
Por último, en el capítulo 43, cuando Maritornes le ata un brazo
desde una ventana y le deja colgando hacia afuera, tampoco hay propia-
mente confusión de planos de realidad. La hija del ventero y Maritornes
le ven desde un ventanuco suspirando por Dulcinea a la luz de la luna,
montado en su caballo. Entonces le llaman, él acude, y vuelve a creer
“que otra vez, como la pasada, la doncella fermosa, hija de la señora de
aquel castillo, vencida de su amor, tornaba a solicitarle” (506).
Insiste en que su dedicación a Dulcinea le impide acceder a las
solicitudes amorosas de la dama. Maritornes aclara que sólo necesita que
le dé su mano por entre las rejas del ventanuco, a lo cual el hidalgo,
poniéndose de pié sobre la montura del sosegado Rocinante por alcan-
zar a la reja, accede gustosamente: “Tomad, señora, esa mano, o, por
mejor decir, ese verdugo de los malhechores del mundo; tomad esa
mano, digo, a quien no ha tocado otra de mujer alguna, ni aun la de aque-
lla que tiene entera posesión de todo mi cuerpo. No os la doy para que
la beséis, sino para que miréis la contextura de sus nervios, la trabazón
de sus músculos, la anchura y espaciosidad de sus venas; de donde saca-
réis qué tal debe ser la fuerza del brazo que tal mano tiene” (508).
No se ven las caras de las mujeres, es de noche, no se pide más que
levantar una mano. Entonces es cuando se la atan “con el cabestro del
jumento de Sancho Panza”, cuando las mujeres se marchan muertas de
risa, y cuando don Quijote queda suspendido, otra vez sin ver a su agre-
sor, otra vez imprecando a los encantamientos, y, sin embargo, entre muy
pocas otras veces, maldiciendo su situación: “Allí fue el desear de la espa-
da de Amadís, contra quien no tenía fuerza de encantamento alguno; allí
fue el maldecir de su fortuna; allí fue el exagerar la falta que haría en el
mundo su presencia el tiempo que estuviera encantado” (509).
No hay más confusiones de un fenómeno empírico tomado por
una representación ideal de un modo inmediato, inapelable y absoluto.
Los fenómenos admiten varias lecturas, que no se excluyen del todo
entre sí.
Por otra parte, don Quijote ya no está, sin más, viviendo en un
mundo ideal, sino que, cada vez más, es consciente de representar un
papel, de actuar, en un contexto compartido o bien en solitario.
( 142 )
2. LA IDENTIFICACIÓN DE DULCINEA Y LA CONCIENCIA DE ACTUACIÓN
( 143 )
Don Quijote empieza así a actuar siguiendo minuciosamente el
guión. Llora, añora, gime, se rasga los vestidos, se da golpes con la cabe-
za en las peñas, esparce sus armas, y cuando Sancho le pide moderación,
proclama “que todas estas cosas que hago no son de burlas, sino muy de
veras; porque de otra manera, sería contravenir a las órdenes de caballe-
ría, que nos mandan que no digamos mentira alguna, pena de relasos, y
el hacer una cosa por otra lo mesmo es que mentir” (281).
La actuación es consciente y voluntaria, pero la identificación con
el papel y el personaje es de tal calibre que la diferencia entre actor y per-
sonaje, aunque se mantiene siempre, exige la transmutación completa del
actor en personaje. Con todo, esa transmutación en caballero loco y
penitente es siempre ya autoconsciente y voluntaria.
Don Quijote escribe la carta para dársela a Sancho, y le describe
tan exactamente a Dulcinea que éste la identifica como Aldonza Lorenzo
y, a su vez, la pinta como robusta, deslenguada, trabajadora, indiferente
a las finezas de la corte y, por supuesto, incapaz de comprender cualquier
cosa que don Quijote pueda decirle en tono caballeresco. El hidalgo
acepta la descripción del escudero y la superpone a la suya sin que rechi-
ne ningún conectivo lógico ni ideológico, y se reafirma en el carácter
ideal-ficticio, literario, de su tarea: “Así que, Sancho, por lo que yo quie-
ro a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tie-
rra. Sí, que no todos los poetas que [alaban] damas debajo de un nom-
bre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen” (285).
Tras estas declaraciones, don Quijote escribe la carta a Dulcinea,
se la lee a Sancho y éste declara que es “la más alta cosa que jamás he
oído”(287), es decir, se emociona por efecto de lo que ya sabe que es
pura ficción literaria. Más aún, Sancho se dispone a llevar la misiva a
Aldonza Lorenzo y a conseguir de ella una respuesta adecuada, es decir,
a conseguir lo más antitético con la personalidad de ella, a saber, que viva
literariamente: “que si no responde como es razón, voto hago solene a
quien puedo que le tengo de sacar la buena respuesta del estómago a
coces y a bofetones” (288).
Todavía, antes de marchar a cumplir la misión encomendada,
Sancho, que ya ha empezado a vivir literariamente y que comprende el
sentido de la identificación entre actor y personaje que predica su amo,
le pide que haga una locura para que él la vea realmente y pueda dar ante
Dulcinea testimonio verídico de las que ha hecho su señor por la dama
( 144 )
de sus pensamientos, a lo cual don Quijote accede.
“Y desnudándose con toda priesa los calzones, quedó en carnes y
en pañales, y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos
tumbas la cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no
verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante, y se dio por conten-
to y satisfecho de que podía jurar que su amo estaba loco” (290).
Y todavía, cuando Sancho regresa de su misión y le refiere a su
amo el encuentro con Dulcinea y cómo le transmitió el contenido de la
carta (que no llegó a llevarse) (cap. 31), don Quijote traduce a lenguaje
caballeresco lo que el escudero le cuenta, y los dos , saben que juegan
como los niños, de “mentirijillas”, o bien como los adultos, viviendo lite-
rariamente.
A partir de ahora, no se trata de estar loco o de haber perdido el
discernimiento entre el plano empírico y el plano ideal, conceptual y lite-
rario. Se trata de vivir literariamente, de hacer valer o de realizar en el
orden empírico los modelos ideales, con clara conciencia de la diferencia
de planos, con clara conciencia de la propia actividad como actuación,
con voluntad decidida de identificación con el papel, y con vocación de
vivir literariamente.
Esto no es algo muy diferente de los comportamientos determi-
nados por los encantamientos contemporáneos a los que nos hemos
referido en el capítulo primero y a los que hemos aludido en el capítulo
segundo. Pero aquí, en don Quijote y Sancho, quizá hay mayor autocon-
ciencia de actuación, mayor conciencia de la diferencia entre actor y per-
sonaje. Quizá porque ya se han reído y han sentido vergüenza, porque ya
se han desengañado, quizá porque con eso han practicado el conjuro que
les libra parcialmente de la maldición de Narciso.
Ese proceso puede verse también como una cifra de la moderni-
dad: enamoramiento y enajenación en las representaciones y procesos
ideales, identificación con los papeles y personajes (con las ideologías y
los héroes), y posterior desencanto y desengaño para incurrir en otras
enajenaciones si no han mediado suficientemente la risa y la vergüenza,
si no se ha logrado escapar a la maldición de Narciso, como iremos vien-
do.
( 145 )
3. NOVELAS DE CABALLERÍA, REALITY SHOW Y TELEBASURA
( 146 )
rios lejanos y resolverse todas ellas en la venta de Maritornes mediante
la comparecencia y reconciliación de todos los protagonistas, presenta el
formato, la estructura, el argumento y el ritmo de los modernos reality
show.
Cardenio y Luscinda( cap. 23, 24, 27 y 28), Fernando y Dorotea
(caps. 28, 29 y30), el cautivo y Zoraida (caps. 39-42) , y don Luis y Clara
(cap. 43), protagonizan las historias de amor y celos, de amores imposi-
bles, de amores enredados y bloqueados injustamente, de familias rotas
que se recomponen, de libertad reconquistada, de conversión religiosa y
de justicia y de gracia, que constituyen la substancias de las modernas
telenovelas y revistas del corazón.
La cocina y zaguán de la venta constituyen escenarios de las mis-
mas características que el plató de esos programas de televisión en donde
una madre, una esposa o un hermano, cuentan la historia de una hija, un
esposo o un hermano hace tiempo desparecido “quién sabe donde”, o
bien el plató de esos programas en que se cuenta la historia de una mujer
maltratada o una emigrante cautiva que recupera la libertad, o la historia
de una persona mayor, que en su extrema ancianidad ve que de pronto,
como por arte de encantamiento, aparecen ante ella, para mostrarle su
afecto y gratitud, las personas que han compartido los momentos más
entrañables y ya casi olvidados de su vida.
Pero el Quijote I no solamente contiene la estructura y el argumen-
to del reality show del siglo XX , sino que también fundamenta y explica
su función social en tanto que conveniente e incluso en tanto que nece-
saria.
Ese es, en efecto, el contenido de la apología que hace el ventero
de los libros de caballería en el capítulo 32. Cuando el cura explica que
“los libros de caballería que don Quijote había leído”, le habían condu-
cido a la demencia, el comentario del ventero es del siguiente tenor:
“- No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo
entiendo, no hay mejor letrado [lectura] en el mundo, y que tengo ahí dos
o tres dellos, con otros papeles, que verdaderamente me han dado la
vida, no sólo a mí, sino a otros muchos. Porque cuando es tiempo de la
siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores, y siempre hay algu-
nos que saben leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y rode-
ámonos dél más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto que
nos quita mil canas; a lo menos, de mí sé decir que cuando oyo decir
( 147 )
aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan, que me
toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y
días” (369).
La ventera bendice también esos momentos, porque son los úni-
cos en que su marido está tranquilo y sin reñir. Maritornes envidia la
situación de las damas amadas por sus caballeros bajo los naranjos, mien-
tras una dueña le hace la guarda, y la hija del ventero crítica a las damas
altivas, “que por no mirar a un hombre honrado, le dejan que se muera,
o que se vuelva loco” (370).
Las novelas de caballería, el cine de acción, las telenovelas, los pro-
gramas del corazón, les dan la vida no solamente a los jubilados, a los
enfermos e impedidos y a los forzosamente inactivos, sino a los indivi-
duos del entramado social cualquiera que sea su sexo, edad o condición.
Lo que ellos realmente viven en el plano empírico, en su mundo real, lo
que más y mejor viven porque les proporciona buena parte de la felici-
dad de que disfrutan, es la ficción, la irrealidad literaria, la idealidad.
Ese mundo ficticio, difícilmente admite una división clara entre lo
correcto e incorrecto, lo verdadero y lo falso, lo edificante y lo inmoral,
y es lo que se pone de manifiesto en el momento en que la censura pre-
tende intervenir.
Cuando el cura oye que los libros que el ventero tiene y adora son
la historia del Gran Capitán y la de García de Paredes, junto con la de
Felixmarte de Hircania y la de don Cirongilio de Tracia, se esfuerza por
hacerle entender que los dos primeros son verdaderos y buenos, mien-
tras que los dos segundos se refieren a personas inexistentes, son exage-
rados, mendaces y en general perniciosos, el ventero no lo puede acep-
tar.
“-¡A otro perro con ese hueso! -respondió el ventero-. ¡Como si yo
no supiese cuántas son cinco y adónde me aprieta el zapato! No piense
vuestra merced darme papilla, porque por Dios que no soy nada blanco.
¡Bueno es que quiera darme vuestra merced a entender que todo aque-
llo que estos buenos libros dicen sea disparates y mentiras, estando
impreso con licencia de los señores del Consejo Real, como si ellos fue-
ran gente que habían de dejar imprimir tanta mentira junta y tantas bata-
llas y tantos encantamentos que quitan el juicio!” (373).
El argumento, que vuelve a retomarlo don Quijote en su disputa
con el canónigo en el capítulo 50, independientemente de su valor con-
( 148 )
textual, en relación con los problemas de Cervantes con la censura, con
Lope de Vega o con los editores, tiene la perenne validez de la afirma-
ción de las ventajas que tiene lo ficticio ideal, lo posible, lo futuro y lo
vicario, frente a las limitaciones y carencias del orden fáctico. Y como es
imposible en la generación de los mundos, tanto reales como ficticios, el
discernimiento a priori de lo bueno y lo malo, como solamente Dios es
“conocedor del bien y del mal”, la calificación a priori de un producto
como rechazable es siempre problemática. Pero no solo su calificación a
priori. Frecuentemente, también su calificación a posteriori.
La enemiga del cura y del canónigo contra los libros de caballería
demasiado fantásticos, es la enemiga actual contra la telebasura. Las his-
torias del Gran Capitán y de García de Paredes no son edificantes por-
que sean rigurosamente históricas, que no lo son. Y las de Felixmarte y
Cirongilio no son edificantes porque sean demasiado fantásticas. Todo
eso ha dicho antes don Quijote, cuando se disponía a hacer la peniten-
cia de Beltenebros, que es irrelevante, y Sancho se ha mostrado de acuer-
do con él al escuchar la lectura de la carta a Dulcinea. Como si la edifi-
cación estuviera, más que en el plano empírico, y más que en el plano
ideal-literario, en la intención y en la voluntad del actor, como el hidalgo
declaraba.
No vale decir que el contenido de la telebasura actual es chabaca-
no, chismoso, escandaloso, innecesaria y grotescamente sexual, etc.,
mientas que el contenido de la literatura pastoril y de caballería es lo
paradigmático, excelso e imitable. Los protagonistas de las novelas amo-
rosas contenidas en el Quijote son personas principales, y en cierto
modo simbolizan el triunfo de los ideales aristocráticos recogidos por la
incipiente burguesía, que los hace propios y los despliega con no menos
celo y exclusivismo.
Pero los otros protagonistas del Quijote, a saber Alonso Quijano,
y, sobre todo, Sancho, ya no son esos símbolos de la aristocracia ni de la
burguesía. Precisamente el Quijote es la novela que abre espacio para que
el protagonismo literario corra por cuenta de cualesquiera tipo de perso-
na, que es lo que ocurre en el siglo XX y XXI con los medios de comu-
nicación. Son insaciables, omnívoros, y necesitan deglutir miles y miles
de episodios vitales de todo tipo de seres, humanos e inhumanos, para
reunir en derredor extasiados a más de treinta personas como decía el
ventero. Y no es tan claro que todos esos adjetivos descalificativos que
( 149 )
se aplican a la telebasura no puedan aplicarse también a algunas obras de
la literatura clásica, y no solamente de la literatura picaresca.
( 150 )
podría decirse que don Quijote alcanza la madurez cuando abandona la
concepción mimética y pictórica del lenguaje, cuando abandona la prio-
ridad de los modelos culturales dados, y adopta una concepción y un uso
creativo del lenguaje.
En efecto, cuando llega a la venta de Maritornes Andrés, el mozo
azotado por el labrador y liberado por don Quijote en su primera salida
(cap. 4), y en discusión con el hidalgo le echa en cara su intervención,
maldiciendo los ideales y la justicia hecha a destiempo, el caballero
andante (cap. 31), acepta que Andrés tiene razón. No puede ir a exigirle
al labrador que cumpla lo que le ordenó porque está comprometido con
Micomicona y no puede abandonarla, pero queda avergonzado. “Quedó
corridísimo don Quijote del cuento de Andrés, y fue menester que los
demás tuviesen mucha cuenta con no reírse, por no acaballe de correr
del todo” (367).
La vergüenza otra vez opera como un criterio de realidad y de cor-
dura, de adaptación y de madurez.
Análogamente, cuando aparece el barbero al que le fue robada su
bacía como yelmo de Mambrino (cap. 45), y cuando aparece la Santa
Hermandad con la orden de detención de don Quijote por haber libra-
do a los galeotes (cap. 46), don Quijote, por una parte, mantiene y
defiende su posición, sus ideales y las razones de su obrar, como ha
hecho ante Andrés, y por otra parte, suaviza y relativiza su punto de
vista, aunque se ve librado de una confrontación directa con el barbero
y con los representantes de la justicia por la solvencia de Fernando, por
la del padre de Clara y por la de las demás personas principales.
Por lo que se refiere a la bacía, la posición de don Quijote, aunque
sigue siendo firme, tiene sus matices: “ponerme yo agora en cosa de
tanta confusión a dar mi parecer, será caer en juicio temerario”. Afirma
que la bacía es yelmo, pero deja abiertas otras posibilidades: “Quizá por
no ser armados caballeros como yo lo soy, no tendrán que ver con vues-
tras mercedes los encantamentos deste lugar, y tendrán los entendimien-
tos libres, y podrán juzgar de las cosas deste castillo como ellas son real
y verdaderamente, y no como a mí me parecían” (523).
Por lo que se refiere a la orden de detención que trae contra él la
Santa Hermandad, discute con los cuadrilleros la exención de fuero que
tienen los caballeros andantes, y ellos acaban desistiendo de su intento
por el modo en que el cura les hace ver cuán grande es la locura de don
( 151 )
Quijote.
La risa, la vergüenza, los amigos y la percepción del peligro, es lo
que determina el prudente sentido de la realidad y la madurez de don
Quijote. Su actitud y comportamiento esta más cerca del que actúa iden-
tificándose conscientemente con el papel, que del paranoico y el fanáti-
co y inconsciente.
Pero todavía queda por dilucidar precisamente este extremo, y a
ello van dedicados los últimos cinco capítulos del Quijote I.
( 152 )
se besa con Fernando, pero en realidad, puede no ser así. Igualmente, los
encantadores pueden adoptar ellos mismos la figura y la apariencia del
cura y el barbero, pero, en realidad, ser los encantadores.
Cuando Sancho ha comprobado la inanidad de los argumentos
racionales, entonces recurre al cuerpo, a las funciones orgánicas, y parti-
cularmente a las consideradas más vergonzosas, a las menos idealizables
y más susceptibles de chabacanería como criterio máximo de realidad.
“Pregunto, hablando con acatamiento, si acaso después que vues-
tra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en esta jaula, le ha
venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, como suele
decirse.
- No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; aclárate más, si quieres
que te responda derechamente.
- ¿Es posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas
menores o mayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con
ello. Pues sepa que quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no
se escusa.
- ¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo.
¡Sácame deste peligro, que no anda todo limpio!” (559).
Sancho siente que ha triunfado y que por fin, si su amo tiene nece-
sidades fisiológicas, puede caer en la cuenta de que no está encantado,
pues de las personas encantadas se dice que “Ni come, ni bebe, ni duer-
me, ni responde a propósito a lo que le preguntan” (cap. 49, p. 559). Pero
ante eso el caballero andante da el salto definitivo:
“- Verdad dices, Sancho -respondió don Quijote-; pero ya te he
dicho que hay muchas maneras de encantamentos, y podía ser que con
el tiempo se hubiesen mudado de unos en otros, y que agora se use que
los encantados hagan todo lo que yo hago, aunque antes no lo hacían.
De manera, que contra el uso de los tiempos no hay que argüir ni de qué
hacer consecuencias. Yo sé y tengo para mí que voy encantado, y esto me
basta para la seguridad de mi conciencia; que la formaría muy grande si
yo pensase que no estaba encantado y me dejase estar en esta jaula pere-
zoso y cobarde, defraudando el socorro que podría dar a muchos menes-
terosos y necesitados que de mi ayuda y amparo deben tener a la hora de
ahora precisa y estrema necesidad”(560).
El salto definitivo consiste en proclamar que la realidad no se
conoce más que mediante el sentido que tienen las cosas, pero el senti-
( 153 )
do de las cosas depende absolutamente de la época, de los tiempos, de
manera que el tiempo es el horizonte insuperable de la comprensión de
la realidad, como los filósofos han señalado de diversas maneras desde
Kant y Hegel hasta Nietzsche y Heidegger. Las épocas, los tiempos, tie-
nen tanta fuerza, que son los responsables de que consideremos reales e
irreales unas cosas u otras. Las épocas, los tiempos, son el fundamento
de esas creencias, “de manera, que contra el uso de los tiempos no hay
que argüir ni de qué hacer consecuencias”.
Con esta declaración, don Quijote escapa a la maldición de
Narciso, como se ha dicho. Lo importante no es el modelo ideal, ni tam-
poco la apariencia empírica. Todo eso puede cambiar, y su sentido alte-
rarse con “los tiempos”. Lo que no puede cambiar mientras él sea él es
su capacidad de acción, su poder de actuar, su responsabilidad moral y
su sentido del deber. Eso permanece por encima del cambio de las repre-
sentaciones, porque no pertenece al orden de la representación, sino al
orden de la voluntad. Aquí puede verse uno de los fundamentos textua-
les para alguna de las interpretaciones románticas del Quijote, para la
interpretación unamuniana y, en parte, para la mesurada interpretación
orteguiana.
Sancho urde el plan de sacar a su amo de la jaula y él accede, pero
le advierte: “pero tu, Sancho, verás como te engañas en el conocimiento
de mi desgracia” (560). Su desgracia es inherente a su tarea de rehacer el
mundo o, sencillamente, a la tarea de hacerlo.
Sancho solicita del canónigo que se ha unido a la comitiva autori-
zación para que su amo haga sus necesidades, y él la concede previa pala-
bra de caballero de que no intentará la fuga. Y de este modo tiene lugar
el último debate sobre la realidad y la ficción, sobre lo empírico y lo lite-
rario.
( 154 )
vuelto el juicio de modo que venga a creer que va encantado, con otras
cosas de este jaez, tan lejos de ser verdaderas como lo está la misma
mentira de la verdad?” (562).
Y prosigue con un discurso sobre lo fantástico y disparatado que
son los libros de caballería y oponiéndole lo maravillosas y verdaderas,
inofensivas y edificantes, que son las aventuras que se narran en la
Historia Sagrada, y en la historia profana, las de Moisés, David, Viriato,
César, Alejandro, el Cid, el Gran capitán, García de Paredes y otros
muchos.
Don Quijote registra lo que le atañe en relación con los libros de
caballería: “que yo he hecho mal en leerlos, y peor en creerlos, y más mal
en imitarlos” y que le “habían hecho mucho daño” (564). Y responde
que el que ha perdido el juicio es el canónigo, porque es imposible creer
que nunca existieron Amadís, ni Héctor, ni Aquiles, ni los Doce Pares, o
que nunca existieron el Cid, el Gran Capitán o García de Paredes.
El canónigo indica que unos libros contienen ficciones literarias y
otros historias rigurosamente verdaderas, pero don Quijote insiste en
que la sustancia de su identidad civil, de su condición de manchego y de
cristiano viejo, está amasada indiscerniblemente con todos esos relatos,
que eran las que le contaba su “agüela de partes de mi padre” (566), de
donde se sacaban los ejemplos, las máximas y las moralejas.
Desde el punto de vista de la formación de la personalidad y de la
estructuración de la subjetividad, historia y literatura son indiscernibles.
Y ese es el punto de vista que le interesa a él, porque su vida está volca-
da a la acción presente y futura, mucho más que a la observancia de un
pasado estricto y riguroso.
Todavía don Quijote contraataca con un argumento que ya el ven-
tero le opuso al cura cuando quería descalificar la literatura frente a la
historia (cap. 50).
“Los libros que están impresos con licencia de los reyes y con la
aprobación de aquellos a quienes se remitieron, y que con gusto general
son leídos y celebrados de los grandes y de los chicos, de los pobres y de
los ricos, de los letrados e ignorantes, de los plebeyos y caballeros, final-
mente, de todo género de personas de cualquier estado y condición que
sean, ¿habían de ser mentira, y más llevando tanto apariencia de verdad,
pues nos cuentan el padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el
lugar y las hazañas, punto por punto y día por día, que tal caballero hizo,
( 155 )
o caballeros hicieron?” (568-569).
Desde el punto de vista de la lengua en tanto que universo cultu-
ral, que es el de don Quijote ahora, tampoco hay diferencia entre litera-
tura e historia, entre lo verdadero y lo falso, porque los lenguajes y las
culturas están indisociablemente constituidos por todos sus productos, y
resulta del todo improcedente decir que una cultura o un lenguaje, o bien
una parte de ellos es falso. ¿Quién podría refutar el latín, Atenas o
Bizancio, o bien Castilla, Francia o Gran Bretaña?, ¿qué sentido podrían
tener semejantes refutaciones?, ¿están esas entidades y las almas de los
individuos que las pueblan, formadas más por la historia que por la lite-
ratura?, ¿no son entidades artificiales más que naturales? Por eso don
Quijote puede apostillar que “el arte, imitando a la naturaleza, parece que
allí la vence” (570).
Y ahora don Quijote se pone a sí mismo como ejemplo del poder
de la literatura y el arte. “Y vuestra merced créame, y como otra vez le
he dicho, lea estos libros, y verá cómo le destierran la melancolía que
tuviere, y le mejoran la condición, si acaso la tiene mala. De mí se decir
que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal,
biencriado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de tra-
bajos, de prisiones, de encantos” (571).
En efecto, eso es lo que hace el lenguaje, lo que hace la cultura,
abrir la intimidad del hombre a horizontes y anchuras que no tienen la
del animal, darle un mundo, un universo, un tiempo inabarcable e inclu-
so una eternidad1. ¿Podría el hombre vivir, y ser hombre, ser un ser
humano, sin Campos Elíseos, sin Olimpo, sin tierra prometida, sin para-
ísos terrenales, sin medallas, insignias, condecoraciones, maestros, dioses,
riesgos, proyectos, sueños, victorias, fracasos, amores y reflexión sobre
todo ello? ¿Y cuánto hay de rigurosamente verídico e histórico en los
proyectos y sueños? Pero también, ¿cuánto hay de rigurosamente verídi-
co e histórico en las hazañas, condecoraciones y medallas, y cuánto hay
de exigencia y licencia poética, de utilidad pedagógica, de oportunidad
política?
Lo que dice don Quijote de sí mismo, podría decirse igualmente
de muchos rasgos de carácter de nuestra época, a saber, que han sido
moldeados por Walt Disney, el Capitán Trueno y “Hazañas bélicas”,
John Ford y John Wayne, Che Guevara y Joaquín Sabina, Lady D. y
1 Cfr. Innerarity, Daniel, La irrealidad literaria, cit., pp. 145 ss.
( 156 )
Estefanía de Mónaco. Incluso por el Cid, Durruti, Félix Rodríguez de la
Fuente o San Francisco de Asís. Y tampoco vale argumentar que el
Capitán Trueno es un a ficción mientras que San Francisco de Asís es un
personaje verdadero y rigurosamente histórico. Basta comparar las bio-
grafías sobre el santo de Celano y de San Buenaventura, para compren-
der hasta qué punto la hagiografía, tanto la eclesiástica como la civil y
política, pertenece por igual al género histórico y al de la ficción literaria.
Así pues, desde el punto de vista de la formación de la subjetivi-
dad personal y desde el de la formación de los universos culturales, his-
toria y literatura son indiscernibles, independientemente de que también
lo sean con frecuencia desde el punto de vista del esfuerzo del historia-
dor profesional o desde el de la paciencia meticulosa del crítico literario
y textual. Por eso, la opción de don Quijote no está tomada a la ligera, ni
es un precipitado lanzarse a la aventura sin reflexión y meditación sufi-
ciente.
( 157 )
querría, porque de ciento que se encuentran, las noventa y nueve suelen
salir aviesas y torcidas. Sélo yo de experiencia, porque de algunas he sali-
do manteado, y de otras molido. Pero, con todo eso, es linda cosa espe-
rar los sucesos atravesando montes, escudriñando selvas, pisando peñas,
visitando castillos, alojando en ventas a toda discreción, sin pagar ofreci-
do sea al diablo el maravedí” (590).
Para Sancho, como para su amo, es gran cosa ser hippy, okupa,
punky, u otro elemento de entre los géneros de agentes contraculturales,
por un ideal más alto y redentor como es construir un mundo más justo
y socorrer a los más débiles, necesitados y oprimidos haciéndose uno de
ellos, si es que no hay mayor diferencia entre estos y los locos del siglo
XVI que oficiaban de caballeros andantes, bufones, goliardos, etc.
Por lo que se refiere al hidalgo, sus últimas acciones y sus últimos
dichos, después de la conversación con el canónigo, se puede entender
que son para afirmarse a sí mismo, si no como loco, sí como encantado
y como actor consciente de su actuación.
En el episodio de los disciplinantes, se reproduce una hazaña tipo
de las del Caballero de la Triste Figura. Llega la procesión de encapucha-
dos con sus cirios y disciplinas, y una imagen de la Virgen que viene
cubierta. Don Quijote puede imaginar que es una doncella menesterosa,
se lanza a salvarla y resulta que sale molido a palos generando iras, risas
y compasiones.
Cuando vuelve en sí tras la paliza, dice: “El que de vos vive ausen-
te, dulcísima Dulcinea, a mayores miserias que éstas está sujeto.
Ayúdame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carro encantado, que ya no
estoy para oprimir la silla de Rocinante, porque tengo todo este hombro
hecho pedazos” (588).
Así pues, la última frase del protagonista en el Quijote I contiene,
en primer lugar, la proclamación de su amor, y, en segundo lugar, la
opción por el mundo encantado y por el encantamiento y por sí mismo
no como enajenado en ese mundo, sino como hombre consciente de su
actuación en él.
Esta manera de ver a don Quijote no coincide estrictamente con
el patriota heroico que vio Unamuno, ni con el hombre de nobles idea-
les que vislumbró Ortega, ni con el morisco subversivo que dibujó
Américo Castro. Tampoco desautoriza esas visiones. Puede complemen-
tarlas. Don Quijote puede verse también como el hombre que, en un
( 158 )
mundo encantado, construido y sobredeterminado por la ciencia, las
artes y las letras, la técnica y los medios de comunicación, lucha por el
desencantamiento desenmascarador, y que lo que busca y proclama,
como Velázquez, es reencantarlo descubriendo la humilde realidad no
representable. O dicho a la inversa, puede verse, como un hombre que
lucha por encantar el mundo en medio de un mundo desencantado,
como un hombre que busca el encanto de la realidad no representable,
y que ha llegado a ella a través de la vergüenza y la risa, mediante las cua-
les ha amasado una experiencia que le da una conciencia lúcida del valor
de su tarea y de las dificultades que entraña.
( 159 )
CAPÍTULO 5. IDEALISMO Y NIHILISMO. LA MALDICIÓN DE
NARCISO
( 161 )
que puede introducirse a sí mismo como elemento de la ficción. Cuenta
el autor de nuestro relato que un día en el Alcaná de Toledo encontró a
un muchacho que vendía unos cartapacios con caracteres arábigos, que
resultaron ser la Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete
Benengeli, historiador arábigo. Los compró y le pidió a un morisco que se los
tradujera, y una vez con el texto en romance, pudo continuar con el rela-
to, sin otra reserva que la de “haber sido su autor arábigo, siendo muy
propio de los de aquella nación ser mentirosos” (110).
El narrador de la historia de don Quijote opera ahora en un nivel
de realidad inmediata, en el que se sitúa en el Alcaná de Toledo y al que
corresponde un universo de discurso (1). En el texto traducido se cuen-
tan las vidas de unos personajes, Alonso Quijano, maese Nicolás, el ven-
tero, etc., que operan en otro nivel de realidad (2). Dos de esos persona-
jes cuya vida se refiere, don Quijote y Sancho, viven en un mundo y
hablan de él sin que el resto de los personajes lo pueda comprender y
compartir, operan en otro nivel de realidad (3). En ese nivel de realidad
vive las fantasías sobre su fama, sus enemigos, sus modelos, su señora
Dulcinea, etc., a las que solo en parte tiene acceso Sancho. A este nivel
de realidad (3) pertenece, además del mundo de las fantasías literarias de
don Quijote y Sancho, el mundo de los amantes de las siete historias de
amor que aparecen en el Quijote y que constituyen otros tantos univer-
sos de discurso, a saber, el mundo de Grisóstomo y Marcela, el de
Cardenio y Dorotea, el de Fernando y Luscinda, el del cautivo y Zoraida,
el de Anselmo y Camila, el de Luis y Clara y el de Eugenio y Leandra.
Excepto los universos de discurso primero, quinto y séptimo de los seña-
lados, los demás acaban convergiendo, de manera que los personajes de
ellos, que pertenecen al nivel de realidad (3) terminan siendo determi-
nantes de lo que acontece en el nivel de realidad (2) , y llevando a cabo
una fusión en cierto modo indiscernible entre historia y literatura.
A estos tres niveles de “realidad” con sus correspondientes univer-
sos de discursos, se puede añadir todavía el mundo en el que vive real-
mente y escribe Miguel de Cervantes (universo de discurso o nivel de
realidad 0), y el mundo en el que vivimos los que leemos e interpretamos
el Quijote, o sea, el universo de discurso del lector o lectores (-1).
Todos estos niveles son horizontes de comprensión diferentes, y
por eso en cada uno de ellos las acciones de don Quijote aparecen con
sentido distinto. Desde el nivel 0), que es donde se sitúan Cervantes y sus
( 162 )
contemporáneos, don Quijote es el protagonista de una historia cómica,
y sus aventuras son una parodia de la literatura de consumo de una época
en la que por primera vez hay literatura de consumo, y no hay más, se
trata de un libro para hacer reír y que tiene éxito en cuanto que hace reír.
Ni Cervantes ni sus contemporáneos podían considerar a don Quijote
como un arquetipo de la subjetividad moderna o cosas semejantes por-
que aún no había existido edad moderna.
Desde el nivel 1) que es donde se sitúa el autor del Quijote y sus
contemporáneos expertos en literatura, el Quijote se puede ver como la
primera novela moderna e incluso, como el comienzo del género litera-
rio propio de la modernidad, la novela, y como síntesis de todas las for-
mas y géneros literarios, pero esta perspectiva tampoco dice mucho por-
que la relevancia de unos comienzos no se percibe hasta que lo comen-
zado ha alcanzado ya una talla suficiente.
Si acaso podrían percibirse las posibilidades del medio y del géne-
ro, las del “héroe de novela”, de los cuales ya había algunos formando
parte del imaginario barroco, como Amadís, Palmarín, etc. En este nivel
ya la literatura forma parte de la vida real, pero todavía como único
duplicado de ella, y no como uno más entre muchos, como es el caso en
nuestra sociedad con otros modelos de “ficción”puestos también en cir-
culación por el cine, la televisión, los cantautores, los modistos, los fabri-
cantes de motos y coches, las bebidas refrescantes y la publicidad en
general. Por eso en este nivel todavía es muy perceptible la diferencia
entre literatura y “realidad”.
En el nivel 2) es donde menos comprensible resultan las acciones
de don Quijote, pues sus parientes, amigos y demás personajes con que
se relaciona no pueden concebir el afán por realizar modelos de diseño
más que como locura.
En el nivel 3) es donde se comprende mejor al actor y a sus actua-
ciones, pues corresponde estrictamente a su propio punto de vista, con-
tinuamente confrontado con el de Sancho, que hace de intermediario
con el nivel 2, y con el del autor, pues la conciencia de don Quijote está
permanentemente enlazada con la del Cervantes del nivel 0 y con la del
autor del Quijote del nivel 1. En este nivel 3) es donde las acciones alcan-
zarían la plenitud de su sentido, y donde aparecerían como inocentes,
meritorias y excelsas, pues ese nivel corresponde precisamente al univer-
so de comprensión que el héroe pretende generar con sus hazañas.
( 163 )
Finalmente, el nivel -1) es el de la máxima comprensión efectiva,
en cuanto que nosotros ahora tenemos una perspectiva histórica insupe-
rada, una pluralidad de interpretaciones del héroe y de la novela más
amplia que en otros momentos precedentes, y una complejidad social y
literaria que ha multiplicado nuestros puntos de vista sobre don Quijote
y sobre las hazañas de cualquier héroe de ficción y no-ficción..
En esos niveles, y según esos modos, acontece la comprensión de
las acciones de don Quijote y, por tanto, se capta el sentido de ellas. Esos
sentidos no son unificables porque tampoco lo son los niveles, aunque
solo sea porque los lectores son distintos en cada época y en cada país,
y no hay una instancia superior a las épocas y los países para unificar los
juicios en un plano más general.
La instancia última adecuada para juzgar las acciones de don
Quijote sería la autoridad pública constituida legítimamente en el nivel
2), o sea, en la época y el país del nivel 0), que para algunos casos era
doble, la civil y la eclesiástica, ambas facultadas para entender en causas
en las que fueran afectados los clérigos, de la orden de San Benito o de
la que fuese, pero ninguna de las dos con garantías de infalibilidad ni
libres de ser a su vez juzgadas eclesiástica y civilmente por épocas poste-
riores. Pasemos, pues, a la visión del más posterior de los momentos, es
decir, a la del nuestro para dilucidar ahí el sentido de “lo real”.
( 164 )
Paralelamente a las expresiones filosóficas, las vanguardias artísti-
cas reflejaron de muchas maneras durante el siglo XX la incomodidad
que producía el distanciamiento creciente entre las representaciones
artísticas y la vida real, y lo problemática que resultaba la misma noción
de “realidad”. Es decir, la filosofía y el arte del siglo XX tematizan con
seriedad y dramatismo la impresión producida por el Quijote de que los
sistemas de realidad son plurales, heterogéneos e inarticulables, impre-
sión que se registra como risa en los lectores del siglo XVII, como sen-
timiento de escisión y estímulo para la creación en los del XIX y como
enigma para los del XX.
Una de las formulaciones literarias más expresivas y extremosas de
ese problema de la “realidad” y ese distanciamiento respecto de ella, es
la obra literaria de Borges, y en concreto el relato Pierre Menard, autor del
Quijote (1939), en el que Borges cuenta los afanes de un intelectual ficti-
cio (Pierre Menard) por reproducir exacta y espontáneamente, es decir,
sin copiarlo, el libro que había escrito Cervantes a comienzos del siglo
XVI. Solo consigue reproducir los capítulos 9 y 38 de la primera parte y
un fragmento del capítulo 22, pero de ese modo “resolvió adelantarse a
la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una
empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigi-
lias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente”1.
Borges siente que está haciendo lo mismo que don Quijote, repro-
ducir un texto, pero eso no lo vivencia como realización en plenitud y
salvación mediante la fama, sino, al contrario, como imposibilidad de
realización. ¿Qué ha ocurrido para que el deseo de gloria y la fama logra-
da se conviertan en imagen inerte, en máscara paralizadora, en tumba
para la eternidad, como le sucedió a Narciso? Sartre, en El Ser y la Nada,
había descrito ese fenómeno como el efecto propio de la mirada de
Medusa, como efecto propio de la fama, pero don Quijote, como hemos
visto, proclama que a él le sucede exactamente lo contrario, que gracias
al texto, a la literatura, despliega él unas cualidades humanas y lleva a
cabo unas actividades que, de otro modo, nunca habría realizado.
Así pues, por una parte, la imagen impresa, reflejada o representa-
da, en el espejo o en las letras, lleva a la inanición, a la parálisis, a la muer-
te, a la nada. Por otra, lleva al crecimiento, a la superación, a la vida más
alta, al ser más y más real.
1 Borges, J.L. Ficciones, Alianza, Madrid, 1996, pag. 58.
( 165 )
En los relatos de Borges, la impresión de dominio y la consiguien-
te satisfacción que produce tener controlado todo texto, y organizado en
los ficheros y anaqueles de una biblioteca, genera la inmensa angustia de
estar atrapado en la representación objetiva, sin poder salir jamas de ella,
y ambos sentimientos van acompasados por el efecto humorístico resul-
tante de no poder distinguir entre la erudición verdadera y la ficticia, lo
cual acaba produciendo la impresión de que la erudición misma, de cual-
quier tipo que sea, es decir, la representación objetiva, es de por sí ridí-
cula desde el momento en que no se puede acceder a lo verdaderamen-
te real. Borges vivencia el ser real como si de antemano estuviese con-
mensurado e identificado con el ser intencional, expresado, objetivo, y en
consecuencia se siente encerrado en el autismo de Narciso, en la soledad
de un sujeto cartesiano que piensa sus pensamientos (objetivos), y que
experimenta en eso un profundo nihilismo.
Esa impresión de nihilismo no es privativa del mundo de la repre-
sentación literaria, también se da en el del saber filosófico y en los de
cualesquiera otras expresiones culturales, pues en todos ellos lo que se
expresa queda ya acuñado y condenado a réplicas en las que resulta
imposible distinguir la copia del original.
De este modo, como señala Rorty, “uno no habrá dejado impresa
su huella en el lenguaje sino que, en lugar de ello, habrá pasado la vida
arrojando monedas ya acuñadas [...] Uno no habrá tenido en absoluto un
yo. Las creaciones y el yo de uno no serán sino ejemplos, mejores o peo-
res, de tipos ya conocidos. Eso es lo que Harold Bloom llama ‘la angus-
tia de influencia de un poeta vigoroso’, su ‘horror a descubrir que es
solamente una copia o una réplica’”2.
Rorty, que está escribiendo esas palabras en 1989, supone que
Bloom “aceptaría ampliar la referencia al ‘poeta’ más allá de los que
escriben versos [...] de manera tal que Proust y Nabokov, Newton y
Darwin, Hegel y Heidegger, quedarían incluidos bajo ese término” dado
que “también esas personas se rebelan contra la ‘muerte’ -esto es, contra
el no haber creado- con más vigor que cualquiera de nosotros”, pero
considera que aún esa rebelión es completamente inútil, porque aunque
cada uno pueda recordar y reconocer sus acciones mediante las marcas
que deja en ellas, y pueda hacerlas remontar hasta su origen, el “yo”
único e irrepetible de cada uno, cada uno queda ya siempre dividido
2 Rorty, R., Contingencia, ironía y solidaridad, Paidos, Barcelona, 1991.
( 166 )
entre lo que ha sido expresado, por una parte, y entonces esta acuñado y
salvado de la muerte, es universal y eterno, comunicable y repetible, y por
eso es replicable indefinidamente e indiferenciable de las copias, y, por
otra parte, lo que no es expresable y mantiene por eso su unicidad, su
opacidad, su incognoscibilidad y su caducidad. Dicho de otra manera,
Rorty hace extensiva a todas las producciones culturales y a sus autores
la angustia que Borges describe en Pierre Menard.
Así pues, no sólo la representación escrita es una forma de domi-
nio viciada y maldita desde el episodio de Narciso, que como un Midas
nihilista convierte en universal irreal todo lo que toca, sino que también
lo son las expresiones culturales no verbales en virtud de la misma mal-
dición inicial que la universalización arrastra desde su nacimiento. Todo
el mundo corre la suerte de Narciso, de don Quijote y del Pierre Menard
de Borges, porque no solamente ellos encauzan su existencia en moldes
ya prefabricados, sino que, a partir de la acuñación de Sancho, cualquier
existencia está también ya acuñada.
Michel Foucault cree que la duplicación platónica del mundo y el
ansia de existir como idea y según el modelo ideal, de existir en el mundo
intencional como representación objetiva, se inicia en el siglo XVII3. La
expresión más rotunda de ese ansia colmada la encuentra en el cuadro de
Velázquez Las meninas, donde la representación es tan absoluta que hasta
el ojo que constituye el campo visual tiene también su sitio representado
en el mismo campo, a saber, el espejo del fondo en el que se reflejan el
rey y la reina, y entre cuyas cabezas debería percibir también cada espec-
tador sus propios ojos observantes. Pero todavía la apoteosis de la repre-
sentación tiene lugar en el Quijote, donde el protagonista quiere ser un
personaje ya creado, quiere ser un texto, y ese esfuerzo es toda su histo-
ria.
En el planteamiento de Foucault no se percibe un nihilismo como
el que puede apreciarse en Borges o en Rorty, porque no tematiza la
angustia de estar atrapado en el mundo de la representación, sino la auto-
nomización de ese mundo, la contingencia de su aparición y la de las
3 Foucault, M., Las palabras y las cosas, una arqueología de las ciencias humanas, Siglo XXI, México,
1993. Foucault sostiene que esa sacralización de la universalidad y del sujeto trascendental es lo
característico de la modernidad. La interpretación de Kierkegaard según la cual la maldición de
la objetividad universal resulta del pecado original y se expresa en el texto bíblico como apari-
ción de la vergüenza, también es pertinente aquí.
( 167 )
conexiones con el mundo físico y social en función de la dinámica del
poder, pero sobre todo porque el poder es la realidad irrepresentable,
incognoscible, “nouménica” en la que él está y desde la que él habla, y
las expresiones verbales y culturales son los modos en que el poder es
ejercido por unos y padecido por otros. Dicho de otra manera, para
Borges y Rorty parece como si la totalidad de lo real pudiera expresarse
verbal o culturalmente en un duplicado tan exacto que, al identificarse lo
real con lo expresado, y lo expresado con la nada, lo real queda igualmen-
te asimilado a la nada, y la literatura es el camino de lo real hacia el nihi-
lismo.
En el caso de Foucault, la realidad y sus expresiones parecen
inconmensurables. En esa perspectiva hay espacio para hablar del artifi-
cio y de cualesquiera ámbitos culturales como medio de realización de la
vida, en un doble movimiento del arte a la vida real y de la vida real al
arte, que es el que constituye la vida de Don Quijote: sin literatura, sin
arte, la realidad y la vida son ciegas, mudas, y una expresión artística sin
una realidad y una vida que la avalen es insustancial, vacía y en sí misma
nula4. El problema que se plantea ahora es cómo se sabe qué es la reali-
dad, si la realidad coincide con lo inexpresable, lo incognoscible, lo
“nouménico”, y cómo se sabe qué es la ficción, si esa categoría ahora
engloba la totalidad de las expresiones culturales. Realidad es lo innomi-
nado e incognoscible, y ficción es lo nombrado y, por tanto, lo universal
y multiplicable.
( 168 )
mas publicitarios y a modelos diseñados. Y hay una angustia de sentirse
atrapado en moldes preestablecidos del decir y del actuar, una modalidad
ampliada de lo déjà vu, que puede afectar a la integridad de la vida de uno
y dejarle con la impresión de que su biografía, su intimidad y sus estados
de conciencia, reponen cuadros de una exposición que ya lleva una eter-
nidad abierta al público, o que engrosan los fondos de los museos con
los modelos que caducan en cada estación. Hay una gradación que va de
un extremo a otro, desde el Quijote de Alonso Quijano hasta el Pierre
Menard de Borges, y que son los dos extremos entre los que cabe valo-
rar el ser intencional, la fama y los modelos de diseño.
En el grado más alto de platonismo, el ser intencional, el ser repre-
sentado objetiva e idealmente, constituye lo realmente real, la verdadera
patria del espíritu humano, y lo demás son sombras, ciénagas y amasijos
decrépitos de malas imitaciones. En el grado más bajo el ser intencional
implica nihilismo porque se identifica con el texto en tanto que letra iner-
te, tomado a su vez como lo absoluto, o al menos vivenciado subjetiva-
mente como absoluto en el sentido de desligado de todo lo demás, en el
sentido de aislamiento insuperable. Esa es la situación si se ha caído en
la cuenta de que no hay más ideas que las hechas por hombres para los
hombres, de que las ideas son sistemas métricos. Así son las cosas si se
ha llegado a creer que la correspondencia entre las unidades de medir y
lo medido es de identidad, y si se ha comprobado que las ideas son iner-
tes, inactivas, irreales.
La calificación de nihilismo que se adscribe a esa situación es ya
una valoración negativa de ella, tanto si la formula Nietzsche como si lo
hace Rorty, lo cual también implica una cierta nostalgia de otra posibili-
dad, como si la dotación psíquica de ambos les permitiera aspirar a otra
situación diferente y la dificultad para acceder a ella fuese vivenciada
como un estrechamiento, como angostura y angustia, más que como
nostalgia.
Las vías que Borges deja abiertas al autor del Quijote para acceder
al mundo de las cosas es precisamente todo lo que le sale mal en el
mundo de las palabras, todos los intentos frustrados de textos que no lle-
garon a ser capítulos exactos del Quijote, y que precisamente él “no per-
mitió que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran”,
pues “en los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de
Nîmes; solía llevar consigo un cuaderno y hacer una alegre fogata” .
( 169 )
Borges intenta salvar de la muerte esas páginas en las que apare-
cen lo que es realmente (incognosciblemente, indigno de ser representa-
do, nouménicamente) Pierre Menard, como si contuvieran las supremas
expresiones del poeta vigoroso de Bloom y Rorty, y que son justamente
las más defectuosas, las divergentes del canon que se pretendía, pero “en
vano he procurado reconstruirlas [...] sólo un segundo Pierre Menard,
invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas
Troyas...”5. Por lo demás, el intento también hubiera sido inútil, porque
el verdadero Pierre Menard puede ser obtenido sin necesidad de que
haya existido ni de que vuelva a existir, puede ser reproducido porque el
universo contiene todas las posibles versiones defectuosas de todos los
libros, “todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en
el futuro lo será”. Así el planteamiento de Borges y el de Rorty parecen
coincidir en que no hay más posibilidades que la intemporalidad del uni-
versal objetivo o la alegre fogata en la que arde todo lo que no ha alcan-
zado ese estatuto, las ideas pensadas a las que el tiempo no afecta pero
en las que no hay vida, y la realidad viva que se deshace con el tiempo, y
además con una escisión insalvable entre los dos planos. Ciertamente no
hay más posibilidades para el pensamiento humano, pero hay algo más que
pensamiento humano. La maldición de Narciso decía “vivirá mucho si él
no se ve a sí mismo”.
En la perspectiva de Foucault, también don Quijote es don
Quijote en todo aquello en que no consigue hacer una copia exacta de
Amadís de Gaula, o sea, en todo. El ser intencional, la fama de Amadís,
vale como pretexto o motivación para realizar algo, la cuestión ahora
sigue siendo qué significa realizar y realidad.
La escisión entre ser ideal y existencia empírica es un problema
que la mayoría de los filósofos ha aceptado frecuentemente, y que Hegel
entre otros intentó resolver definiendo precisamente la realidad como la
síntesis entre el ideal y la existencia exterior. Si algo existe en el mundo
empírico, en el espacio y en el tiempo, pero no se corresponde con el
ideal, con lo que debería ser, entonces tiene una existencia meramente
exterior y su realidad no merece la pena, pues se trata de algo completa-
mente insustancial. Si algo existe solamente como ideal, en el reino del
deber ser, y es tan inaccesible que el mundo real no puede alcanzarlo o
tan impotente que no puede por sí mismo expresarse en el mundo real,
5 Borges, J.L., op. cit. pp. 58-59
( 170 )
entonces se trata simplemente de las ensoñaciones del alma bella, de fan-
tasías de adolescente.
La estrategia de Hegel, con ser de las más hábiles, no consigue eva-
dir completamente el jaque de Borges y de Rorty, porque si asegura para
cada ente real un estatuto de único e irrepetible al asignarle su cuota de
exterioridad incomunicable (de espacio y tiempo empíricos), ese algo
irrepetible está contenido en el concepto universal si es que tiene alguna
dimensión de valioso e inteligible. Esa es la convencional interpretación
platónica de Hegel, y por eso Heidegger y Adorno, Nietzsche y Foucault
sienten la necesidad de reforzar esa cuota de exterioridad incomunicable
y de ampliarla recurriendo a la noción kantiana de “realidad” como lo
incognoscible, irrepresentable o nouménico, y de “existencia” como
posición en el plano espacio-temporal, como aparición para la experien-
cia empírica.
Aquello que es irreductible a idea, a representación objetiva o pro-
posicional, es lo que produce dolor, risa y perplejidad interrogativa, lo
cual, constituye la substancia del personaje don Quijote, esa substancia
que nunca se reduce del todo a sujeto y que da lugar a un conjunto infi-
nito y no totalizable de interpretaciones. En esa línea se sitúan las reivin-
dicaciones de la realidad y la verdad que los filósofos del siglo XX han
hecho frente a la interpretaciones platónico-hegelianas de lo real como
idea.
Para Nietzsche las ideas son un precipitado, un subproducto irre-
al del comprender, que a su vez es resultado del juego entre reír, llorar y
odiar, que son los modos de producirse la vida real6. Para un filósofo
como Adorno, el grito de dolor y el sufrimiento de los oprimidos es la
prueba de que el sistema objetivo de modelos diseñados, o sea la socie-
dad tecnificada y consumista, es falsa7. Para Heidegger ser real, ser autén-
tico, es evadirse de los moldes de todos los humanismos y aprender a
“existir en lo innominado”8. Para Foucault la “condena de inexistencia”
que el poder emite sobre quienes están al margen de las formas oficial-
mente controladas y sabidas, lo definido como legal, fuerza a los conde-
nados a una existencia que es un grito de dolor, un existir en lo innomi-
6 Cfr. F. Nietzsche, La Gaya Ciencia, 333, Aguilar, Buenos Aires, 1974.
7 Cfr. M. Horkheimer y Th. W. Adorno y Dialéctica de la ilustración, Trotta, Madrid, 1994, cap.1
y excursus I y II.
8 Cfr. M. Heidegger, Carta sobre el humanismo., Alianza, Madrid, 2000, p.20
( 171 )
nado, y una risa subversiva que pone de manifiesto cuán ridícula es la
pretensión del pensamiento de tener toda la realidad recogida y ordena-
da mediante sistemas de clasificación9.
Ahora nos encontramos con varios sentidos diferentes de “reali-
dad” y de “apariencia”, que para los lectores familiarizados con la filoso-
fía puede resultar útil y clarificador agrupar en los siguientes apartados:
( 172 )
zable.
Dado que la apariencia en el plano empírico y la realidad en sí se
vinculan en la noción de verdad, las cuatro modalidades de “realidad” y
de “apariencia” (existencia empírica), se pueden hacer corresponder,
muy esquemática y simplificadamente, con lo que resultaría ser la verdad
de don Quijote desde cada una de esas cuatro perspectivas.
( 173 )
convertirse en copia universal infinitamente replicable, indiscernible del
original y , por eso, indiscernible tanto de lo verdadero como de lo falso.
Mirado desde esta óptica, don Quijote es verdadero y real en su esfuer-
zo siempre frustrado por realizarse como don Quijote, y precisamente
en la medida en que ese intento se frustra.
( 174 )
Nos encontramos así, a la hora de determinar el carácter personal
de don Quijote en cada uno de los escenarios en que actúa, referidos a
la noción precristiana de persona en tanto que personaje.
( 175 )
concreto, un término deíctico, es decir, un término cuyo significado
depende de la situación del hablante en el espacio físico y social, en el
universo de discurso cultural. Dicho de otra manera, “persona” significa
“personaje”. En efecto, los personajes no son hombres en sentido aris-
totélico, y, a excepción de don Quijote, tampoco son personas en senti-
do boeciano ni sujetos en sentido cartesiano (casi ninguno sabe leer ni
escribir), y precisamente porque no lo son impiden que don Quijote ter-
mine por constituirse como persona y sujeto en esos términos.
Las nociones de personaje y de realidad son análogas y dependien-
tes de los acontecimientos que estén implicados en el “acorde” en el que
se constituye cada uno según cómo les suena a los demás. Hay persona-
jes que están compuestos con las “cuerdas” correspondientes a los nive-
les 3, 2 y -1, como por ejemplo el ventero y las dos mozas de la venta,
aunque no con las mismas “notas”, pues cada una de ellas tiene nombre
propio. Hay otros personajes cuyo “acorde” hace sonar las cuerdas
correspondientes a los niveles 2, 1, 0, y -1, como el cura y el barbero que
cuidan al hidalgo maltrecho, y hay otros compuestos con las cuerdas 1 y
0 con sentidos distintos de “existencia” y de “realidad”, como son el tra-
ductor de los textos árabes, el autor del Quijote, etc. Pero estos distintos
personajes con sus correspondientes sentidos de realidad interactúan
entre sí en cuanto que se juzgan unos a otros.
Las mozas de la venta son doncellas para don Quijote y para ellas
mismas cuando están con él; el mozo es un inocente redimido ante el
hidalgo y un condenado cuando éste se ausenta; el labrador que lo azota
es un propietario amenazado y un canalla para el mozo y el caballero, y
un propietario en la pacífica posesión de su hacienda cuando se queda a
solas con el criado; el vizcaíno es un sirviente cumplidor ante sus seño-
ras y un reaccionario ante el héroe; los frailes son embaucadores para el
hombre de armas y pacíficos funcionarios para los demás viandantes;
Cervantes es un novelista que promete para el cura y el barbero, que por
eso lo salvan del fuego eterno, y también para sí mismo.
En situaciones dudosas y conflictivas cada actor es y vale “real-
mente” lo que es y vale para sí mismo y para los demás, y cuando los
niveles de conflictividad superan un cierto umbral en el nivel 2 o en el 0,
puede apelarse a la instancia oficial para que defina quiénes son los acto-
res y dirima cuáles han sido sus actuaciones, pero los actores no están
ante el derecho más tiempo ni más fácilmente que ante don Quijote. El
( 176 )
derecho puede considerarse la red de seguridad que protege y decide en
última instancia, y aunque tiene más garantías de infalibilidad que el
hidalgo, no tiene garantías de justicia absoluta.
Por otra parte, cuando la cantidad y variedad de conflictos sobre
realidades e identidades desborda la capacidad de los sistemas jurídicos,
ellos mismos experimentan su propia insuficiencia para definir por sí
solos la realidad de los acontecimientos y la identidad de las personas. El
derecho es expresión reflexiva de la realidad social, pero si ésta es muy
fragmentaria y polivalente también él queda afectado por esas caracterís-
ticas, y entra en crisis porque resulta obligado a ser instancia que define
ab extrinseco las realidades sociales y entonces se puede quedar sin crite-
rios para definirlas.
Las personas somos lo que aparecemos en las situaciones, siendo
el derecho una situación más, privilegiada en verdad, pero contingente.
La instancia metafísica goza de mayor inmunidad, pero el conflicto sobre
quiénes son los actores que la detentan la convierte en no menos contin-
gente que la instancia jurídica. La situación de emergencia definitiva de
verdad sería el juicio universal, que en periodos de cultura compacta e
integrada es remedado por el derecho y la metafísica, y en periodos
como el de don Quijote y el nuestro por la crítica literaria.
5. PERSONA Y REALIDAD
( 177 )
como noción unívoca y como sujeto absoluto.
Pero, por otra parte, don Quijote esta continuamente en relación
con otras personas ante las cuales tiene que hacer valer el concepto que
tiene de sí mismo, lo que requiere un reconocimiento por parte de los
demás que en muy pocas ocasiones logra, pues lo que ocurre con más
frecuencia es que le consideran una persona que no es la que él preten-
de. El punto de vista de la acción y la comunicación intersubjetiva, es el
de la interdependencia y el reconocimiento contingente, desde él la
noción de persona como se ha dicho es análoga y se corresponde con el
concepto pre-cristiano de persona, es decir, con el concepto de persona-
je.
La noción cartesiana de persona, como la kantiana, está formula-
da filosóficamente desde la certeza del carácter absoluto del individuo y
para expresar que todos los hombres son iguales y merecen el máximo
respeto porque tienen un valor infinito, el que corresponde a la dignidad
del ser humano. Esta noción tiene su mejor expresión sociológica en los
individuos capaces de suscribir el pacto constitucional y de actuar en una
sociedad cuyos puntos de apoyo básicos son el contrato civil y el mer-
cantil y laboral.
La noción precristiana de persona está formulada jurídicamente
para expresar un nombre propio, para diferenciar a un actor social de
otro, a un personaje de otro según su papel en el drama, o sea para expre-
sar lo que en términos predicativos resulta incomunicable e irrepetible.
Esta noción tiene su expresión sociológica en los ciudadanos cuya iden-
tidad viene dada por su linaje y los lazos de parentesco, por su adscrip-
ción a una actividad agrícola, artesanal, militar o de servicios que no se
adquiere por contrato, y por su ubicación en una zona urbana o agraria
en una región con determinados vínculos políticos con Roma, es decir
por su localización en una sociedad cuyos puntos de apoyo básicos son
relaciones de parentesco y funcionales que no se adquieren por contrato
y que resultan fuertemente estables.
Don Quijote resulta nuestro contemporáneo porque, además de
ser persona en sentido moderno como nosotros, es decir, en sentido de
sujetos absolutos con una dignidad infinita, resulta también persona en
sentido precristiano, de modo muy similar a nosotros, es decir, resulta ser
persona en el sentido de personaje según le reconozcan o no como tal.
Esa situación es semejante a la nuestra porque en una sociedad de un
( 178 )
nivel tecnológico, mediático y comunicativo como la nuestra, con una
movilidad geográfica, social, familiar y profesional como la nuestra, tam-
bién el sentido absoluto que cada uno tenemos como persona contrasta
con el carácter fortuito y máximamente contingente que cada uno alcan-
za en los diversos contextos en los que se desarrolla su vida, de manera
que la distancia entre la realidad personal y la apariencia personal, entre
lo que realmente es y aquello que se le reconoce ser, resulta demasiado
amplia y prácticamente infranqueable.
Las personas se reconocen al asumir o al atribuirles la responsabi-
lidad de sus acciones, y los personajes al asumir o al atribuirles las fun-
ciones o los papeles en una organización familiar y social y en una repre-
sentación teatral, que resultan no pocas veces indiscernibles. En efecto,
la atribución puede tener lugar en el orden oficial u oficioso, profesional
o amateur, en directo o en diferido, presunto o probado, verdadero o
‘rumoreado’, y los actores, al entrar en relación entre sí y con el entorno
físico, reciben en cada caso el criterio que los define como “esta perso-
na”, el que define qué es “existencia aquí y ahora” y qué es “realidad”.
Desde que Cervantes pusiera en circulación de un modo tan con-
tundente el recurso del doble, de la persona o personaje doble, la confi-
guración social misma y su expresión artística nos ha familiarizado a
todos con la situación real y artística de ser o encontrarnos con persona-
jes dobles o incluso múltiples.
Entre los numerosos ejemplos que la cinematografía finisecular ha
puesto a nuestra disposición para ilustra el fenómeno, la película “Héroe
por accidente” (1992) presenta una muy aleccionadora disociación entre
la “realidad” de los medios judiciales, la “realidad” de los directivos de
cadenas de prensa y televisión, “realidad” del público que día a día va
engrosando la audiencia televisiva, la “realidad” de la reportera genera-
dora de una historia que se aleja de los hechos por exigencias poéticas y
retóricas, la “realidad” del maleante que llevó verdaderamente a cabo la
acción heroica, y la “realidad” del oportunista que no tuvo más remedio
que asumir todo el mérito y el beneficio de los acontecimientos de todos
esos ámbitos de “realidad”.
En la citada película, a la intrépida reportera Geena Davis, le inte-
resa la verdad, pero no puede hacer nada por clarificarla, al maleante
Dustin Hoffman le interesa más una mentira que le saque de una peno-
sa situación económica, familiar y policial, y al oportunista Andy García
( 179 )
no le queda más remedio que aceptar unos beneficios inmerecidos por
el bien de todos.
Ese no es el caso de nuestro amigo Alonso Quijano. A él, como
siglos más tarde hará Pirandello, podríamos preguntarle: “Pero usted,
¿quién es para usted mismo?”
Y él, lejos de responder “Para mí mismo yo soy aquel que los
demás me creen”, responde: yo soy don Quijote de la Mancha, yo soy el
Caballero de la Triste Figura, yo soy el que va encantado en la carreta
tirada por bueyes, el que hace reír, para terminar, en su lecho de muerte,
diciendo, “yo sé quién soy”.
No es un fantasma, no es un hombre ficticio, no es una creación
literaria, no es un esteta nihilista. Es ese que sabe quién es, y ese que hace
reír.
( 180 )
CAPÍTULO 6. LA RISA FUNDAMENTAL
( 181 )
sible pensar esa clasificación, sino por qué a Foucault y a nosotros nos
produce tanta risa no poder hacerlo.
¿Por qué no poder pensar algo, y, en concreto, esa clasificación,
produce risa? ¿Por qué puede divertir tanto percibir el límite del pensa-
miento? ¿Por qué nos divierte tanto el Quijote? Para empezar, hay que
decir ya que aquí la risa se da como una forma de conocimiento, o, al
menos, como algo relacionado con el conocimiento. Pero, ¿es en efecto
la risa una forma de conocimiento?
Como ya se dijo, en el parágrafo 54 de la Crítica del juicio, Kant for-
mula una famosa definición, que luego volvería a hacer suya Freud. “La
risa es una emoción que nace de la súbita transformación de una ansio-
sa espera en nada”2. Así pues, se trata de una emoción, y una emoción
resultante de momentos cognoscitivos y momentos tendenciales de la
subjetividad o, si se quiere, del organismo. Como igualmente quedó seña-
lado, el antecedente más ilustre de esta definición de Kant es la de “res-
puesta ante la percepción de una incongruencia , de Hutcheson. Ahora
nos toca examinar qué tipo de ansiosa espera que se resuelve en nada y
qué tipo de percepción de incongruencia es la que produce la risa3.
En el caso de la clasificación de la enciclopedia china, como en el
caso de cualquier clasificación, lo que esperamos es que se nos brinde un
saber sobre los diferentes tipos de animales. Y en el caso del Quijote, lo
que se espera es que se caiga en la cuenta de lo que es y lo que no es real.
Aunque la espera no sea muy ansiosa, conforme se van enumerando las
diferentes clases y vamos cayendo en la cuenta de lo heterogéneas que
son, vamos advirtiendo también que el saber que esperábamos se va a
resolver en nada, que no se nos va a brindar ningún saber. Y eso, según
Kant, es lo que nos hace reír. Según Hutcheson, lo que nos hace reír es
la incongruencia entre la clasificación que se nos anuncia y la que luego
se nos proporciona, que no es tal. Desde otro punto de vista, el contras-
te o la incongruencia se da entre una clasificación que podría ser verda-
dera y corresponder a la realidad, y la que se nos da que no correspon-
de con clasificación real alguna. La incongruencia se da entre lo que los
2 Cfr. Kant, Crítica del juicio, tr. de M. García Morente, Porrúa, México, 1973, p. 295.
3 Entre los libros básicos sobre la risa, he tenido en cuenta los siguientes: Aristóteles, Retórica,
Kant, Crítica del Juicio, Baudelaire, Lo cómico y la caricatura, Freud, El chiste y su relación con el incons-
ciente, Pirandello, El humorismo, Bergson, La risa, G. Carchia, Retórica de lo sublime, P. Berger, Risa
redentora, G. Minois, Histoire du rire.
( 182 )
diferentes personajes del Quijote toman como real y como no real.
En los tres casos, se nos dice que la risa se produce por el cruce o
el contraste entre unos enunciados o acontecimientos que pertenecen a
dos universos de discurso diferentes, o a dos órdenes de realidad diferen-
tes, y que uno de ellos puede ser o es el de la no realidad, el de la nada.
Si fuera cierto que la risa se produce a resultas de la percepción
simultánea y cruzada o contrastada entre algo y nada, entre el ser y la
nada, entonces con mucha razón afirma Aristóteles que el hombre es un
animal risible siendo la risa un “accidente” propio de él, es decir, una
peculiaridad que le corresponde al ser humano, a todos los seres huma-
nos , solamente a los seres humanos y siempre a los seres humanos.
Porque la percepción de una pluralidad de sentidos a la vez, siendo uno
de ellos el de nada, es lo que define al intelecto, no solamente al de los
seres humanos, sino al de cualquier ser que, por poseer un intelecto de
esas características llamamos, en buena tradición kantiana, “persona” y
le atribuimos un valor infinito, o sea, dignidad.
Si fuera cierto que la risa se produce al captar la diferencia entre
ser y nada, o entre ser real y ser irreal, entonces puede pensarse que “ser
divertido” es una categoría suprema o más que eso, del tipo “ser valora-
ble”, como de alguna manera señaló Nietzsche. Cualquier cosa que exis-
te es valorable, como buena o mala, útil o inútil etc., cualquier cosa que
existe es cognoscible, como abarcable o inabarcable, como matematiza-
ble o no matematizable, etc. E igualmente, cualquier cosa que existe es
divertida, es susceptible de ser tratada cervantinamente o quijotescamen-
te
Pues bien, la tesis que aquí sostengo y que deseo mostrar es que la
experiencia de don Quijote pone de manifiesto el carácter primordial,
originario o trascendental de la risa, es decir, que todo lo que existe es
risible, ridiculizable, merecedor de risa. Que todas y cada una de las cosas
que existen, y por el hecho de existir, son divertidas. Porque se pueden
poner en contraste con la nada y en ese contraste lo que se creía que iba
a ser de una determinada manera resulta que no es de esa, que tal vez no
es de ninguna, y eso produce risa.
La cuestión es, ¿por qué eso produce risa en vez de producir pavor
o terror, en vez de asustar o de espantar? , ¿no es la nada lo más espan-
toso? Lo “divertido” es lo que hace que el valor “realidad” no pueda
mantenerse de un modo absoluto como propio y exclusivo de alguna
( 183 )
realidad determinada, ideal o empírica, y eso es lo que continuamente
resulta de la experiencia de don Quijote. La pregunta es, ¿por qué don
Quijote no se espanta y, sobre todo, por qué no nos espantamos nos-
otros?, ¿por qué no nos produce pavor no tener un conocimiento real de
cómo clasifican los chinos a los animales o de cómo los ejércitos de infie-
les se transforman en manadas de carneros?
La respuesta puede ser, porque no nos afecta en lo más mínimo,
porque no altera nuestro estatuto existencial. Esa es la razón por la que
Aristóteles explica que en la tragedia disfrutamos de emociones que no
soportaríamos en la vida real. Desde este punto de vista podría sostener-
se que en el caso de la clasificación de la enciclopedia china, y en el caso
de la confusión de niveles de realidad del Quijote, nos divierte que el
conocimiento se resuelva en nada y que quede burlado, porque ese cono-
cimiento no afecta nuestro estatuto existencial.
Ahora bien, si se sostiene que la risa tiene carácter primnordial del
modo en que se ha hecho antes, entonces se sostiene que cualquier
conocimiento y cualquier valoración, que el conocimiento y la valoración
en general, no tendrían que afectar a nuestro estatuto existencial, lo cual
resulta un tanto chocante. Pues bien, eso es lo que aquí se pretende sos-
tener con ciertas precisiones. La experiencia del Quijote enseña que el
conocimiento y la valoración que se pretendan como absolutos pueden
afectar a nuestro estatuto existencial en esa misma medida, absolutamen-
te, y que en la medida en que no se consideren como absolutos, es decir,
en la medida en que se consideren como “divertidos” o “ridiculizables”,
no afectan a nuestro estatuto existencial.
La pregunta ahora es, ¿cómo es posible y de dónde sale esa inmu-
nidad, esa seguridad para reírse que tienen Cervantes, y don Quijote y
Sancho a partir de un determinado momento, y la que tenemos nosotros
cuando asistimos a sus peripecias? , ¿dónde está situado el que se ríe, y
cómo es ese dónde que le garantiza la seguridad suficiente para reírse? El
que se ríe está en “la realidad”, y se ríe porque el “aterrizaje” en ella no
le hace daño, por elevado que sea el ideal desde el que se despeña, sino
que, al contrario, se siente liberado, acogido, seguro o incluso a salvo.
Veamos cómo puede ser eso.
( 184 )
2. SEGURIDAD Y RISA. UN POCO DE HISTORIA
( 185 )
ción llevados a cabo, no afectan al estatuto existencial del niño porque a
él le ofrece suficiente seguridad existencial el adulto en quien confía, que
generalmente es uno de sus progenitores o ambos, y que es quien deter-
mina y de algún modo garantiza el escenario en el que se produce la valo-
ración o la actividad cognoscitiva. Por eso la psicología evolutiva puede
describir la risa como un proceso con esas tres características.
Por eso se puede decir que cuando don Quijote y Sancho se ríen
del Caballero de la Triste Figura primero y de la máquina de batán des-
pués, han alcanzado un cierto nivel de madurez psicológica.
Hay también risa nerviosa, risa sarcástica, sonrisa irónica, risa
insultante y despectiva, etc., pero son formas secundarias y derivadas,
que surgen por aprendizaje, por desplazamientos, o por otros mecanis-
mos, a partir de una forma originaria, espontánea o natural, propia de un
intelecto humano en proceso de socialización, y que requiere las tres
características señaladas de diferenciación entre orden de lo real y de lo
irreal, confianza o seguridad existencial y advertencia de la situación de
juego.
En el plano histórico sociológico la risa registra formas muy tem-
pranas de manifestación y de institucionalización, a partir del momento
de la generación de las primeras formas de orden y convivencia social.
Su lugar originario es la fiesta, el rito de celebración de la vida, el de cons-
trucción de la cabaña, del poblado y de la ciudad, el de la caza y el de la
cosecha, el del nacimiento y el de las bodas, el de la coronación del rey
o el de la victoria. Todos los ritos son ceremonias religiosas y todas las
ceremonias religiosas son originariamente danzadas, cantadas y esceno-
grafiadas. Y también muy tempranamente se produce en algunos de
estos ritos la diferenciación entre la forma propiamente dicha del rito y
una forma derivada, fingida y lúdica, que da lugar a esas diferentes moda-
lidades de los grotesco que constituyen propiamente la institucionaliza-
ción de la risa6. Y así es como empieza el Quijote, con los ritos de vela
de las armas y de ser armado caballero.
La institucionalización más amplia, profunda y generalizada de la
risa es el carnaval, cuya forma originaria más configurada y mejor docu-
mentada son las Saturnales romanas7. Las Saturnales son las fiestas del
21 de diciembre, del solsticio de invierno, las fiestas de la noche más
6 Cfr. F. Rodríguez Adrados, Fiesta, comedia y tragedia, Alianza, Madrid, 1983.
7 Cfr. Uwe Schultz, La fiesta. De las Saturnales a Woodstock, Alianza, Madrid, 1994.
( 186 )
larga del año y a partir de la cual el sol renace de nuevo y los días se
hacen cada vez más prolongados.
En estas fiestas carnavalescas, además del intercambio de regalos,
lo más característico fue desde el principio el intercambio de papeles y
funciones sociales, de manera que los propietarios se transformaban en
criados, los esclavos en funcionarios, las mujeres en hombres, los aristó-
cratas en mendigos, etc. Se celebraba, literalmente, la transmutación de
todos los valores y la confusión de todos los conocimientos, de manera
que durante unos días al año el orden establecido, el cosmos, el univer-
so, aquello que hacía posible la vida social y consiguientemente humana,
quedaba suspendido, ridiculizado, reducido al caos más completo, casi a
la nada. Durante unos días al año se volvía al principio de donde surgió
todo, al caos que lo contenía todo, y donde el Demiurgo y Hércules fue-
ron poniendo orden.
Las fiestas de tipo carnavalesco se encuentran en numerosas cul-
turas, bien por haber sido generadas de modo autóctono, bien por haber-
les llegado difundidas desde otros grupos sociales, pues tienen, entre
otras importantes funciones, las de mantener el orden social por el pro-
cedimiento de abrir una válvula de escape a la crítica, a la subversión y al
caos, que recuerdan que en el principio era el caos y permiten y hacen
deseable la periódica reinstauración del orden8.
Con ello las fiestas carnavalescas son la institucionalización de la
risa trascendental como risa fundamental o fundamentante de todos los
ordenamientos de la convivencia humana, de todos los universos huma-
nos. Los hombres viven en universos generados por los hombres, orga-
nizados por ellos y para ellos, contingentes, cambiantes, mejorables y
empeorables, y, por eso, criticables, risibles, ridiculizables y susceptibles
de ser gestionados quijotescamente.
Los hombres no son capaces de aceptar un orden humano como
absoluto más que a condición de reconocer y recordar que no es abso-
luto. En ese caso pueden aceptarlo como si lo fuera, fingiendo que lo
toman por absoluto, pero necesitan recordar que “en realidad”, no lo es
y necesitan expresarlo así en algunos momentos.
No hay valores absolutos que escapen a la transmutación carnava-
lesca, y menos aún los valores religiosos. No solamente porque las cos-
8 Cfr. G. Balandier, El poder a escenas. De la representación del poder al poder de la representación, Paidós,
Barcelona, 1994.
( 187 )
mologías, incluida la Biblia judeo-cristiana, señalan que en el principio
era el caos. También porque en la cultura occidental el cristianismo se
hizo presente, y se transmitió, precisamente mediante la asimilación de
las Saturnales y la fusión con ellas. En efecto, no sólo la fiesta de la
Navidad cristiana coincide con el solsticio de invierno, sino, más radical-
mente aún, durante ella los ángeles se hacen pastores; los pastores, cor-
tesanos; los reyes sabios, servidores; dios, hombre, y a resultas de ello los
ciegos ven, los cojos andan, etc., etc.
Análogamente a como sucede en el orden psicológico, que las
diferentes formas de risa parecen derivar de una forma evolutivamente
originaria, en el orden sociológico institucional también el rito y festival
originario de la fundación del poblado, de la ciudad, del mundo y de la
vida, parece haber dado lugar, por diversos caminos, a la tragedia, la
comedia, la sátira, la parodia, con sus protagonistas los bufones y paya-
sos, la caricatura, la ironía, el chiste y las formas derivadas de cada una
de estas especies, no sin graves conflictos con las autoridades civiles y
eclesiásticas9.
Paralelamente a la institucionalización de la risa, se desarrolla su
regulación jurídica y moral, por una parte, y la reflexión filosófica y teo-
lógica sobre ella, por otra. Al primer ámbito pertenecen las prohibicio-
nes de la Ley de las Doce Tablas referentes a las sátiras y críticas dirigi-
das a los magistrados desde los escenarios, las prohibiciones de la chaba-
canería, las chanzas y la mayoría de los tipos de risa que se recogen en la
Regla de la orden de San Benito, o la elaboración teórica llevada a cabo
en la Suma Teológica de Tomás de Aquino de la Eutrapelia, la parte de la
virtud de la templanza que regula el decoro y recto orden en los juegos,
risas y chanzas.
En el orden de la reflexión filosófica y teológica, a partir del per-
dido libro de Aristóteles sobre la comedia, y de sus observaciones sobre
la risa en la Poética y la Retórica, y paralelamente a los desarrollos de la crí-
tica literaria, una serie de hitos señeros marcan los análisis más rigurosos
sobre la risa: Hutcheson, Kant, Baudelaire, Nietzsche, Freud, Pirandello,
Bergson, Plessner y Foucault.
Hay más, pero estas son claves indispensables para comprender
por qué la risa tiene una historia, por qué no nos reímos de la misma
9 Cfr. Urs von Balthasar, H., Teodramática. Vol I., Prolegómenos, Encuentro, Madrid, 1990.
( 188 )
manera en cada época, y por qué hay tipos de risa que aparecen en un
momento histórico y se desarrollan a partir de él, y no en otros10.
Cualquiera que fuera el contenido del libro de Aristóteles sobre la
comedia, no podríamos encontrar en él más claves sobre el humor de
Cervantes de las que podemos encontrar en Kant, Baudelaire o
Pirandello. No todas las claves de la comedia de Aristófanes o de
Terencio nos permiten comprender el humor renacentista, el moderno
o el posterior.
Un sentido común y una conciencia que abarcan tras de sí tres mil
años no tienen los mismos registros, conexiones y posibilidades que
otros que tengan tras de sí quinientos o mil años. Y esos registros y cone-
xiones, en relación con el volumen de personas que disponen igualmen-
te de ellos, suministran buena parte de las claves de la risa y lo ridiculiza-
ble. Así, aunque el humor del absurdo es una producción típicamente
moderna o, quizá más bien, posmoderna, pueden rastrearse hacia atrás
sus antecedentes hasta Cervantes, pero no es probable que se pudiera lle-
gar hasta la Grecia ni la Roma clásicas.
Hay formas del humor y de la risa, y en concreto, el humor del
absurdo y el humor compasivo, característicos del siglo XX, cuyos ras-
gos sí se pueden encontrar en el Quijote, y esa es otra de las razones por
las que, como se dijo al principio, don Quijote es un contemporáneo de
nosotros, los hombres del siglo XXI.
( 189 )
se como un sistema, la literatura había pintado a pastores que citaban a
Ovidio, a campesinas de cabellos de oro, a valientes caballeros que riva-
lizaban con los arcángeles, y suministraba una galería de archiduques del
comportamiento que por lo menos marcaban la pauta y señalaban los
cánones de la existencia humana. Y eso es lo que todavía aparece en el
Quijote de 1605 en los relatos pastoriles y amorosos.
Pero cuando los locos desaparecieron de la vida cotidiana enton-
ces empezaron a emerger en la literatura. En primer lugar de la mano de
Erasmo de Rotterdam, y en segundo lugar de la de Miguel de Cervantes
con el Quijote y en la de Mateo Alemán con su Guzmán de Alfarache.
Sus obras difícilmente habrían tenido siglos antes la acogida que tuvie-
ron en su momento, pero desde entonces esa acogida no ha disminuido,
y su línea de creación ha sido desplegada por una serie continua de figu-
ras que llegan hasta los hermanos Marx, Woody Allen y Forges.
¿Por qué en el Quijote emerge así la locura como burla y risa?
¿Qué tiene que ver la locura con la risa, o qué tipo de risa es la que tiene
que ver con la locura? Las Saturnales y la Navidad son locuras porque
sacan de sus goznes el orden establecido en el universo, lo desquician e
instauran por un momento el imperio del caos, el momento cero o -1 de
la creación, y eso son actualmente las fiestas de carnavales en el mundo
occidental o las fiestas del tipo Woodstock. Esa locura, esa risa y esas
fiestas expresan de un modo intuitivo, inmediato, contundente e irrefu-
table una de las claves de la esencia humana, y de la existencia humana,
quizá la clave más radical, a saber, que en el principio era el caos, o que
en el principio era el ser. Eso es lo que quizá expresaba el Quijote en
1605, y es lo que seguramente con más frecuencia expresa ahora.
Si hay un filósofo que haya descrito con viveza esa superación de
todos los límites racionales, de todas las determinaciones finitas de las
cosas, y proclamado la posibilidad de compartir la propia vida con la de
cada ser en un éxtasis vital supremo, ha sido Nietzsche. Desde esa pers-
pectiva el caos es gozo, unión, sacramento, vida, y vida abierta a su pro-
pia infinitud, y aquí aparece una dimensión de la risa que desde otras no
se percibe. La risa es gozo, comunión, vida abierta a la de los otros y
compartida con la de los otros. La risa es desbordamiento de la alegría
más allá de las formas, y desbordamiento de la vida más allá de las for-
mas11. Esa es la relación de la risa y la locura con la vida y la sabiduría. Y
11 Cfr. Hernández-Pacheco, J., Nietzsche. Estudio sobre vida y trascendencia, Herder, Barcelona, 1990.
( 190 )
algo de eso es lo que don Quijote y Sancho viven ante la máquina de
batán.
El desbordamiento de la vida es caos, desorden, superación de los
límites, locura. ¿Por qué no produce pavor? Porque hay fuerza, libertad,
creatividad, poder, vida, y la vida esa, como el amor, se asegura a sí
misma.
El humor del absurdo, en la medida en que lo es, en la medida en
que produce risa y no pavor, tiene alguna de esas características que
suministran la seguridad existencial necesaria. Por eso nos hacen reír el
revuelo nocturno que Maritornes provoca junto a la cama de don
Quijote en la venta, la aglomeración de gente en el camarote de los her-
manos Marx, los monólogos y diálogos de Groucho, el tránsito perma-
nente del arte a la vida y de la vida al arte de Woody Allen, o de las teo-
rías psicoanalíticas a las prácticas sexuales y de las prácticas a las teorías,
o del triunfo a la mediocridad y de la mediocridad al triunfo.
Asimismo los náufragos de Forges nos permiten reírnos de lo
absurdas que son nuestras islas de desesperación cada vez que nos aho-
gamos en vasos de agua. Sus encadenados prendidos con grilletes a
muros carcelarios muestran hasta qué puntos son pequeñas las airadas
reprimendas que pronunciamos o recibimos. Sus funcionarios enseñan
hasta qué punto los bienintencionados sueños de grandeza de los políti-
cos son ajenos a la realidad, y hasta qué punto la realidad es entrañable,
cotidiana e inasible para esos que quieren resolverla en bienestar para
todos. Y sus diálogos de Mariano y Concha ponen de relieve el modo en
que el caos y la burla de las valoraciones y conocimientos acontecen en
el centro más fundamental y decisivo de la existencia humana, a saber, la
convivencia conyugal.
Tomarle a todo eso la medida de su pequeñez implica estar a la dis-
tancia justa para saltar por encima y triunfar sobre todo ello pero sin
triunfalismos, sin desprecios, sin arrogancias. Más bien con resignación,
con humildad, con conciencia de otra pequeñez de orden diferente que
es la propia. Podría decirse que el humor y la risa son, desde este punto
de vista, umbral de infinitud, como sugiere el teólogo Helmut Thielicke
al comparar el “caballero de la triste figura” de Cervantes con el “caba-
llero de la fe” de Kierkegaard12. Quizá solamente así puede uno reírse de
las construcciones de la inteligencia y de la jerarquización de lo valioso,
12 Cfr. Berger, P., Risa redentora, cit. p. 308.
( 191 )
quizá solamente de esa manera es como la locura y la risa llevan a la vida
y a la sabiduría, y como don Quijote y Sancho abrieron ese camino que
ahora es para nosotros tan aleccionador.
( 192 )
mos de Charlie Brown porque protagoniza los mismos afanes pero a
escala infantil, y de los personajes de Arniches y los Quinteros porque se
debaten en las mismas aspiraciones y en las mismas circunstancias aun-
que a nivel castizo o a nivel provinciano, pero dejamos ya de reírnos para
siempre de los enanos, los bufones y las personas deformes o contrahe-
chas.
Durante buena parte de la edad moderna, y desde luego en tiem-
pos anteriores, la deformidad era motivo de risa, y a los contrahechos se
les exhibía en circos y barracas de feria. La forma más primitiva y rastre-
ra de humor, el humor del ridículo, la chabacanería, seguramente nunca
desaparecerá del todo. Tampoco la risa y la ridiculización como una de
las formas de crueldad, como se usa entre los niños al reírse unos de
otros por ser más o menos gordos, entre las adolescentes por ser más o
menos agraciadas, o entre los parlamentarios por haber incurrido en una
torpeza más o menos grave. Pero ya no hay tolerancia para la ridiculiza-
ción pública de deficiencias físicas o psíquicas, ya no hay reconocimien-
to sino rechazo social de eso.
Después de tantas revoluciones, de tantas guerras durante tantos
años para poner de pie un derecho que garantice y tutele la libertad, la
igualdad y la dignidad de todos los seres humanos, después de tantas ins-
tituciones para asegurarlo, y después de tanto arte para reivindicarlo y
denunciar sus transgresiones, sólo hay compasión sin risas cuando se
percibe la carencia. Y por eso percibimos como insensibilidad o como
crueldad las antiguas instituciones del bufón y del enano.
Pero después de tanta igualdad de oportunidades, después de tan-
tos intentos compartidos o en solitario de alcanzar el triunfo, después de
tanta idolatría del self made man, después de tanta exhortación a ser uno
mismo, después de tanto rechazo de la genealogía y de tanta legitimación
remitida al futuro, al éxito futuro, los sentimientos se bifurcan en admi-
ración respetuosa cuando se trata de El Gran Capitan o García de
Paredes, y en sonrisa compasiva cuando se trata de don Quijote o de
Charlie Brown. En estos dos últimos casos lo que ocurre es la resolución
de una ansiosa espera en nada.
La vida del self made man, del triunfador, que es el modelo ideal, el
ejemplar al que tiende el hombre moderno, consiste cabalmente en una
ansiosa espera, como es la vida de don Quijote. Pero cuando esa ansio-
sa espera se resuelve en nada, cuando el fracaso produce risa, como en
( 193 )
el caso de don Quijote y Sancho, como en el caso de Charles Chaplin, lo
que acontece también es simpatía, es una sintonización con ellos. No
especialmente y no solamente porque uno haya experimentado también
el mismo fracaso, sino porque el ideal desde el que caen se puede perci-
bir de tal manera que en la caída hay más “humanidad”, más grandeza,
más vida, que en el logro que se pretendía, y esa comunión en una vida
más amplia y profunda reboza como risa por encima del llanto que pro-
ducía la caída desde el ideal.
Desde esta perspectiva, también el humor compasivo puede apa-
recer como propio de la modernidad o de la posmodernidad, cuando la
dignidad del hombre, del hombre normal y corriente, del pobre hombre,
puede vislumbrarse como más alta que el ideal del hombre que triunfa
en cualquier proyecto cultural determinado.
( 194 )
corrupción de los poderosos y clamar ante la opresión de los débiles. En
suma, “fustigar los vicios de la época”, los vicios de los políticos, de los
plutócratas, de los eclesiásticos, de los funcionarios, de los artistas, etc.
Porque no hay nada más interesante, más apasionante, que hacer el bien
y evitar el mal, para lo cual resulta muy conveniente primero señalar
donde se encuentra cada uno. Pero eso es simplemente moral, y, en algu-
na medida según los casos, dogmática, definición de la verdad.
Todos los periódicos tienen ese como su principal objetivo, con
diferencia de matices. La prensa verdadera y objetiva se inclina más hacia
lo dogmático, la prensa honesta a íntegra hacia la denuncia de las inmo-
ralidades, y la prensa revelada hacia los conocimientos más altos.
El cambio más importante se produjo cuando la galaxia
Gutenberg, el universo de la letra impresa, fue desplazado por la galaxia
Boole, el universo digital que codifica toda clase de signos y símbolos.
Entonces, el poder de los humanistas y artistas se multiplicó con el poder
de los comunicadores. A partir de ese momento empezó a haber algo
más interesante y más apasionante que hacer el bien y evitar el mal por
el procedimiento de describirlo y definirlo, algo más interesante y más
apasionante que crear el mundo, a saber, redimirlo. La redención. Y la
práctica de la redención desplazó y superó a los debates en que se defi-
nía la bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso.
Porque, efectivamente, eso es lo más interesante y apasionante,
actuar y comprobar que, a resultas de ello, “los ciegos ven y los cojos
andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resu-
citan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Mt. 11, 5). Nunca ha
habido tantos hambrientos ni sedientos, tantos encarcelados y exilados,
tantos enfermos y moribundos. Nunca ha habido tanta información
sobre ellos, tantas organizaciones gestionando sus problemas, tantos
voluntarios subviniendo a sus necesidades, tantas cuentas corrientes
abiertas hacia cada punto de indigencia, tantos productos de primera
necesidad que destinan un porcentaje de su venta a la ayuda de los más
pobres. Nunca una redención se había configurado como una gigantes-
ca administración multinacional y nunca se había producido una tal glo-
balización de la misericordia. Nunca los ideales de don Quijote habían
alcanzado tanta aquiescencia ni tanto poder de realización.
Pero, como en el caso de don Quijote con los libros de caballería,
también la redención dependía de su texto, también tenía que atenerse a
( 195 )
su guión, y también el guión tenía que atenerse a las exigencias de la
coherencia retórica, de la armonía poética y de la estructura dramática. Y
también el comunicador tenía que matizar qué enfermedad tenía que
padecer el pariente lejano, cuáles eran las circunstancias de su lejanía, qué
tipo de conflictos familiares le habían afectado más recientemente, y en
qué medida debía ralentizarse el ritmo de la reconciliación. Es decir, tam-
bién el comunicador tenía que dar los últimos retoques a la redención
para que resultara más verosímil, más interesante, más emotiva, más
impresionante, más política y económicamente rentable, y, en definitiva,
más redentora.
Evidentemente, los humanistas, artistas y comunicadores genui-
nos eran los independientes, los que jamás se vendían al sistema, y los
que denunciaban los verdaderos vicios y a los verdaderos viciosos, a
saber, los que solamente buscaban riqueza y placeres, los que solamente
buscaban la influencia y el poder, y los que solamente buscaban la fama
y la gloria suprema.
La denuncia de estos vicios, tan exclusivos de la sociedad global y
consumista, la había formulado no obstante ya Rousseau refiriéndose a
los que tienen “placer sin dicha, razón sin sabiduría y honor sin virtud”13,
aún antes Agustín de Hipona señalando a los que están presos de la
“concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la
vida”, y más recientemente Heidegger, al describir la condición del hom-
bre que ha caído de una existencia auténtica y propiamente humana, a
una existencia inauténtica según las modas y los dictados ajenos14.
Naturalmente, que la redención se desarrolle como pasatiempo, o
incluso como vicio del que se abuse sistemáticamente, no quiere decir
que sea ficticia, falsa o que no se desarrolle en modo alguno. Casi siem-
pre tiene sus frutos, y, en una considerable proporción, muy buenos. Lo
que quiere decir es que los seres humanos no tenemos capacidad para
desarrollar una actividad redentora lo suficientemente pura, y que por
eso las acciones redentoras de los hombres son ridiculizables, risibles, o
sea, quijotescas. Si acaso, que la redención quijotesca es la más propia de
un ser humano y la que más autoconscientemente puede llevar a cabo,
13 J.J. Rousseau, Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres, Alianza,
Madrid, 1985, p.286.
14 Cfr. M. Heidegger, Agustín y el neoplatonismo, en Estudios sobre mística medieval, Siruela, Madrid,
1995, §§ 13-16.
( 196 )
como quizá entrevió el propio Cervantes primero y Dostoievski después.
6. LA RISA QUIJOTESCA
¿Dónde está situado don Quijote y, sobre todo, dónde estyá situa-
do Cervantes?, ¿de qué se ríe?, ¿por qué hace reír?, ¿por qué la risa que
provoca no es solo como la de la clasificación de los animales de la enci-
clopedia china?, ¿por qué es también comprensión universal, compasión
universal, piedad universal?
La conciencia que don Quijote, el Caballero de la Triste Figura,
tiene de ser un pobre hombre está tan ajustada a la realidad de lo que es,
y de un modo tan inmediato, que cualquier representación de esa reali-
dad le hace recaer en la realidad desde la altura de lo representado, por
pequeña que sea, y que es, tratándose de un pobre hombre. Aquí la rea-
lidad, acoge e incluso salva al héroe no soló de cualquier idealidad, sino
también, y por eso, del ridículo.
Ahora la cuestión, como ya fue apuntado, vuelve a ser esta: ¿pero
es que la realidad tiene de suyo carácter liberador, acogedor, protector o
incluso salvífico?, ¿es que la realidad tiene un sentido de suyo, un senti-
do que pertenece a ella, y que tiene todas esas valencias positivas? Esa es
la cuestión que han estado analizando todos los pensadores occidentales
desde Tales de Mileto hasta nuestros días. No así los orientales ni los de
otras culturas, más volcados hacia la sabiduría que hacia la ciencia.
En el orden de los saberes sapienciales, la realidad tiene un valor y
un sentido de suyo. En el orden de la sabiduría, aunque la mayoría de los
filósofos creen que efectivamente lo tiene, creen sin embargo que es muy
poco cognoscible y que, en cualquier caso, vivimos con los sentidos que
nosotros le damos a la realidad más bien que con ese sentido oculto que
tiene de suyo15.
La cuestión resulta ser si la sabiduría es más asunto de creencia que
de ciencia, si hay más sabiduría en el creer y en el esperar (algo que real-
mente está al alcance de todos), que en la verificación y en la demostra-
ción. Dicho de otra manera, nosotros, en el siglo XXI, ¿encontramos
15 En apoyo a los filósofos, quiero insistir en que para la mayoría de ellos tiene sentido la bús-
queda del ser de las cosas, del saber, porque creen que lo hay. He tratado ampliamente esta dis-
yuntiva en mi trabajo Lectura de la Carta sobre el humanismo de Heidegger, en “Thémata”, 32, 2004.
( 197 )
más certeza y más verdad en la sabiduría que en la ciencia?, ¿estamos más
a merced de los intelectuales y artistas que de los científicos, cuando
hemos visto desde el principio que su arrogancia, sus encantamientos y
seducciones no son menos nocivas?, ¿no podrá al menos la polifonía de
las arrogancias protegernos de las seducciones que no llevan a nada?
¿Dónde están situados Cervantes y don Quijote?, ¿de qué se ríen?,
¿por qué hacen reír?, ¿por qué la risa que provocan no es sólo como la
de la clasificación de los animales de la enciclopedia china?, ¿por qué es
también comprensión universal, compasión universal, piedad universal?
Hay una respuesta que podrían dar por igual Cervantes y
Velázquez, y que la dio Rilke tres siglos más tarde:
( 198 )
mente a lo defectuoso, a lo indigno de ser representado, a lo que necesi-
ta ser redimido, para redimirlo mediante la representación, tal como lo
dice Rilke: “Pero lo mortal, lo monstruoso, ¿cómo/ lo asumes en ti,
cómo lo asimilas? - Yo alabo”.
Podría decirse también, y se ha dicho en ocasiones de Velázquez,
que algunas de sus representaciones de la ruina humana son crueles y
despiadadas. También se ha afirmado de Picasso que se complace en
dibujar la miseria del ciego, el agotamiento de la planchadora, la degra-
dación de los amantes, el desfondamiento de la madre que amamanta y
la vacuidad del gran teatro del mundo en sus desapacibles carpas de
circo. Pero también se ha dicho que eso mismo es piedad y redención en
Rouault17.
Ciertamente la representación de la miseria y la podredumbre
puede tener el efecto de producir la desesperación, una desesperación
buscada con fines didáctico-religiosos, como en el caso de la pintura de
Valdés Leal, o con fines didáctico-políticos, como en el caso de la obra
literaria de José Saramago. Pero otras veces, la representación artística de
la degradación humana tiene el signo inequívoco de la piedad, como es
el caso de la canción de Victor Manuel a dos jóvenes amantes subnor-
males. Pues bien, ese mismo es el caso de Cervantes, al margen de las
interpretaciones posibles de los otros autores mencionados, y al margen
de cuál haya sido su propia vida religiosa, económica o sexual.
¿Por qué es posible querer a unos personajes así?, ¿por qué es posi-
ble querer a una persona así? Porque está loca, porque es una ruina
humana, porque está desperdigada en trozos que merecen ser recogidos,
mucho más de lo que merecen los muertos ser enterrados porque esos
trozos pertenecen a una vida que aún está siendo vivida, porque esas
vidas tan simples, tan deterioradas, valen la pena, y valen la pena porque
son la vida de un amigo, de un vecino, de un pariente, de un semejante,
de alguien mío, porque esa persona también soy yo, porque yo me veo y
me reconozco en ella.
El loco y el mendigo también soy yo, el gañán que aspira a gober-
nar ínsulas también soy yo, el subnormal enamorado también soy yo, y
el que se toma tan en serio una vida tejida con esos proyectos también
soy yo. Por eso los demás pueden reírse de mis bufonadas, y yo mismo
quedar avergonzado y reírme de ellas cuando caigo en la cuenta de que
17 Cfr. Urs von Balthasar, H., Gloria, vol 5, cit. ibidem.
( 199 )
son eso, bufonadas. Cuando caigo en la cuenta de que vivir y ser es
incomparablemente más alto que todos esos proyectos. Entonces es
cuando caigo en la cuenta de que la realidad tiene de suyo carácter libe-
rador, acogedor, protector e, incluso, salvífico. Cuando caigo en la cuen-
ta de que la miseria, la deformidad y la ruina, pertenecen al orden de los
proyectos y construcciones, más que al de la mera y desnuda vida, más
que al del mero y desnudo ser.
En esa certeza es donde está situados Cervantes y don Quijote
cuando se ríen y hacen reír, donde están situados los niños cuando
empiezan a reírse espontáneamente, donde están los ciudadanos que
celebran sus fiestas y carnavales, donde están cuantos se empeñan en
redimir a sus semejantes de un modo lúcido y no sucumben al desgarra-
miento desesperado cuando la redención no ha sido lo suficientemente
pura. Cervantes y don Quijote se ríen y hacen reír porque están situados
y nos sitúan en la realidad. Como una expresión contagiosa de vida, la
risa brota del fondo de la realidad.
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