Amando A Dios
Amando A Dios
A DIOS
85 AÑOS BAJO EL
VIGILANTE OJO DEL SEÑOR
SRI N. KASTURI
AMANDO
A DIOS
85 AÑOS BAJO EL
VIGILANTE OJO DEL SEÑOR
SAI RAM
Amando a Dios
ISBN 987-9481-69-0
T
odos y cada uno tenemos que vivir el volumen de bio-
grafía que traemos con nosotros cada vez que nace-
mos, página tras página, capítulo tras capítulo, por
nutrida que sea la puntuación de puntos y rayas, interrogaciones
y exclamaciones, comas y puntos seguidos, hasta que, por últi-
mo, termine la frase con un punto final. Afortunadamente, sin
embargo, tengo como compañero inseparable y como consultor
a Bhagavan mismo: es Él quien pone los puntos sobre las íes y
tarja las tes, mientras yo vivo las líneas de cada página. Él ha he-
cho de mi biografía el Libro de la Vida: trascendental y del mayor
significado para mí.
Debo confesar, no obstante, que no merezco este libro sobre
mí escrito por mí. Sé que hay millones que están absorbiendo
mucho más profundamente el Amor del Dios Viviente y Amante
y que, por ende, pueden sobresalir como mensajeros de Su
Amor. Ellos pueden conducir con pasos mucho más firmes a los
que no aman ni son amados hacia la Presencia del Redentor, del
Consolador, del Salvador, del Avatar, de Sai.
Así y todo, al manifestar Bhagavan un interés levemente fa-
vorable cuando alguien osó susurrarme en Su Presencia que mu-
chos recibirían con agrado un puñado de reminiscencias mías,
me sentí impulsado por esa sonrisa a embarcarme en esta audaz
aventura. Mi memoria asumió el rol de Editor en Jefe y de ahí
que esta crónica adolezca de una cronología imperfecta. Puesto
que las cuatro partes del Sathyam Shivam Sundaram relatan la
mayor parte de lo que he anhelado comunicar, el presente libro
viene a ser un Testamento Personal, a menudo quizás demasiado
personal como para ser tolerado, de modo que pido perdón por
este acto de indiscreción.
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La adulación es el alimento de los necios, dicen aquellos a
quienes les ha sido negado este sustento. No me atrevo a negar
mi paladar, porque he sido dejado como necio por aduladores
que me han lanzado apelaciones como las de poeta, erudito, lin-
güista, humorista, filósofo y, ¡hasta el sabio del montículo-hormi-
guero!
Querido lector, recuerda, por favor, que estoy luchando lo
mejor que puedo para eliminar el veneno del ego, y compadéce-
me cada vez que veas que este reptil levanta su cabeza entre las
líneas de este libro.
Algunos “antiguos alumnos” de mis clases en la Universidad
—Aradhya, Venkatesaiah, Prabhu Prasad— que probaron las pá-
ginas recién sacadas de la máquina de escribir, me pidieron que
no cejara. Mi nieto Rajaram y su mujer Indira se juntaron con
otros de Prashanti Nilayam para descifrar mi manuscrito y pasarlo
a máquina tan pronto como les entregaba una cierta cantidad de
material y con gusto me pedían más. Hermanos del Nilayam que
temían que me estuviese acercando a los bordes de mi existencia,
me pedían que escribiera más rápido. El hermano Achuthanan-
dam de Madras, se encargó de llevar el texto a esa ciudad, donde
unos editores habían adoptado el nombre del pionero impresor
anglosajón Caxton. Otro hermano, el Profesor P. K. Sundaram,
se ofreció para revisar las pruebas de imprenta.
Como resultado, este libro, Amando a Dios, se pone ahora
a los Pies del Señor y en las manos de aquellos que viven en el
Amor del Señor. Jai Sai Ram.
8
LA LLUVIA DE PERLAS
E
sta vez inhalé el Aliento de Dios el Día de Navidad de
1897. Baba dice: “Una persona nace para aprender
a no nacer de nuevo”. El secreto acerca de cómo lo-
grar esta meta me estuvo eludiendo durante anteriores apa-
riciones; por ende, hube de entrar nuevamente a la escuela. En
mi largo camino desde la amiba al antropos, poco aprendí del
alfabeto de la liberación, ¡y ni siquiera la A del Atma! Es por
eso que llegué al seno de una familia hindú, en la Nochebuena,
cerca de las costas del Mar de Arabia, vomitando y lloriquean-
do, con la impotencia habitual, ante la perspectiva de otra esta-
día en la Tierra.
El día que nací, la mitad del globo estaba iluminada con la
adoración al Hijo de Dios. ¿Sería esto en recompensa por alguna
obra de mérito notable durante mi última paradilla aquí? ¿O era
un augurio de mi propia resurrección? No me atrevo a dudar. El
pasado, inevitablemente, configura el presente, y también el futu-
ro configura el presente con la misma inevitabilidad. Muy a menu-
do, la tracción del futuro resulta más decisiva que la presión del
pasado. El árbol de mañana está concentrado en la semilla de hoy
tan ciertamente como el que la semilla de hoy resultó del árbol del
ayer. El Gita fue pronunciado para moldear a un Gandhi, siglos
después. El Llegar a Ser patente requiere de un Ser latente.
El nacimiento, el Día de Navidad, presagió una página lumino-
sa en mi libro de vida. Dejé la aldea en que naciera en 1919 y rein-
gresé a ella sólo en 1968, con Baba, al que miles de cristianos de
muchos países adoran este día como Aquel que enviara a Su único
Hijo para salvar al género humano. El propósito de esa visita de Ba-
ba fue el de bendecir a un devoto cristiano y el de colocar la prime-
ra piedra para un templo que éste le estaba construyendo. Se trata
de una historia que revela la Gloria de Baba y la piedad de Elías.
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Elías fue atraído a una casa distante seis millas de la suya, en
donde la voluntad de Baba hacía brotar la sagrada ceniza curativa
(vibhuti) —que a menudo crea con un movimiento de Su mano—
desde Su retrato (!) y, para asombro de todos, también de uno de
Jesucristo. Elías fue, vio y se conmocionó. Había oído decir que
Baba era un “hindú”. Sabía que estaba a cientos de millas de dis-
tancia. Fue testigo del funcionamiento de la Voluntad Divina. Se
dio cuenta de que el Único responde a cualquier nombre pronun-
ciado en cualquier idioma. Decidió construir un templo dedicado
a su “Cristo venido de nuevo”, como el Consolador (Sai) con el
nombre de Verdad (Sathya), vestido con ropajes de color rojo
sangre, como se le revelara a San Juan.
Baba me trajo a mi aldea en el Impala y se alojó en casa del
cristiano. El “Sermón de la Montaña” fue pronunciado desde la te-
rraza de aquel hogar. Mientras subía la escalera, hizo girar Su mano
y, de Su palma, creó una bella cruz para otro cristiano, el Ministro
de Salud del Estado de Kerala. La terraza dominaba la vista sobre el
campo de fútbol de la escuela secundaria, mi querida alma mater.
Esa tarde, el campo se convirtió en un vasto jardín de rostros son-
rojados y ojos brillantes. Pude divisar a varios de mis contemporá-
neos, sentados serenamente en las primeras filas de la audiencia.
El contexto decía nuevamente “enrolla tu ropa de cama y sí-
gueme”. Con Su infinita compasión nos instó a levantarnos del
lecho de la inquietud, en el que jadeábamos y gemíamos, nos re-
torcíamos y revolvíamos, y a caminar por las huellas del Salva-
dor. Tuve el placer, no frecuente, de traducir Su discurso al mala-
yalam, el idioma de Kerala. No es que requiera de un intérprete:
Él activa todas las lenguas. Fue Su voluntad la de presentarme
como hijo de esa aldea y la de concederme ese placer aquel día.
Eso es todo. Cuando fracasaba en traer a mi memoria con rapi-
dez algún término malayalam, puesto que había estado ausente
por tres décadas de la región, ¡Él me sacaba de apuros! Cuando
me faltaba algún adjetivo o algún conjuro Suyos, ¡Él salía al res-
cate del auditorio con una palabra que les era conocida!
La aldea de Tripunittura tiene, como corazón, un templo en
el cual, según la tradición, Arjuna había instalado un ídolo de
Vishnu (Narayana) quien, en Su encarnación como Krishna, le ha-
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bía servido de auriga durante los dieciocho días de la batalla en el
campo de Kurukshetra. Puesto que las riendas que sostenía no só-
lo guiaban a los caballos por las vueltas y giros, los desafíos y bati-
das, las iras y agonías de la batalla, sino también a Arjuna, este
acto único en su género de benevolente servicio a un suplicante,
llevó a que Krishna fuera aclamado como Parthasarathi: el auriga
de Partha que era otro nombre por el que era conocido Arjuna.
El undécimo día de mi carrera terrenal, mi madre me llevó al
templo, como lo exigía la costumbre, y me colocó sobre la piedra
bajo la gran lámpara que cuelga frente al ídolo de Parthasarathi.
Observó el rostro del ídolo en busca de una señal de bendición.
Las llamas de las lámparas a la izquierda y a la derecha chispo-
rrotearon por unos instantes. Ella atesoró en su corazón la sonri-
sa que hicieron dibujarse en el rostro del ídolo, y me llevó muy
contenta a casa. De ahí en adelante, me llevó todas las mañanas
al templo, hasta que me fue posible caminar por mí mismo y re-
citar algunos salmos propiciatorios que atrajeran hacia mí la Gra-
cia del Parthasarathi. Entonces pude recibir del sacerdote una
pizca de pasta de sándalo húmeda para llevarla en mi frente y
una cucharada de agua bendita para limpiar mi interior.
Mi abuelo era el Karyakar o Encargado del Templo. Traía a
casa, cada noche, la parte que le correspondía de las ofrendas de
alimentos que se ponían dos veces al día ante el Señor. Se nos
mantenía despiertos hasta su llegada y a mí se me daba “la parte
del cachorro de león” del dulce arroz para sustento del alma que
Parthasarathi me enviaba.
El templo quedaba opuesto al camino que más tarde debía to-
mar para llegar al “comedor” gratuito y a mi escuela. De modo
que, cada día, me paraba frente a mi Parthasarathi para contarle,
entre lágrimas y sollozos, suspiros y gestos, de mis temores y senti-
mientos, mis quejas y logros, hasta que las pestañeantes lámparas
proyectaban lo que parecía una sonrisa de aprobación y de afirma-
ción en la expresión del rostro del ídolo. Le rogaba que hiciera que
mi comida fuera sabrosa y que persuadiera al administrador del
“comedor” para servirme cada día unos bocados de más. Rogaba
por lápices y pastillas de menta. Oraba por llegar a resultados co-
rrectos en la solución de mis problemas de aritmética en las muy
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frecuentes pruebas en la escuela. Recé para que pospusiera la visi-
ta a nuestra aldea del Vicerregente, hasta que yo no tuviera una
chaqueta nueva para ponerme, porque sin ella no podía formarme
con mis compañeros al borde de la acera y poder tener un buen
puesto de observación de la procesión. Parthasarathi era mi guía,
mi amigo, mi confesor, mi aliado, mi camarada y hasta mi “com-
pañero de cama” cuando estaba en el mundo de los sueños.
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La abuela pasó por alto mi color: eso no le preocupaba, ya que era
varón. Le preocupaba mi falta de peso, porque se inclinaba por las
piernas humanas redondas como calabazos, como las que nos sa-
len al encuentro desde los botes de alimentos infantiles. Intentó di-
versas drogas, aceites, masajes y mixturas vegetales que me aplicó
por meses, pero yo me negué resueltamente a inflarme.
Presenté también otro problema para poner a prueba la inteli-
gencia y la tolerancia de la abuela. Exhibía, al descender al mundo,
algunos apéndices suplementarios, los que ella cortó con unas tije-
ras, sin ceremonia alguna ¡y bastante inexpertamente! No. El pro-
blema no era el que hubiese llegado con vestigios de cola: ella se
dobló fuera de la vista. Lo que sí lo era, era que traía seis dedos en
cada mano y en cada pie, aunque estos dígitos superfluos no eran
más que incipientes y no funcionales. Tenían uñas en las puntas,
pero éstas colgaban sueltas de los ligamentos. Cuando agitaba los
brazos o pataleaba, acostado de espaldas, mis dedos sin huesos
colgaban sueltos pero no me herían. La que se sentía herida era la
abuela. Cuando, después de su subrepticia cirugía hizo alarde de
su regocijo, mamá se puso a llorar por este acto irreligioso y cala-
mitoso al mismo tiempo. Estos dedos supernumerarios, por ele-
mentales que fueran, eran considerados como signos de buena
suerte por los que creían en la astrología y en las tradiciones popu-
lares. La abuela nada sabía al respecto, de modo que lloró arre-
pentida. Fue así que justamente la persona más interesada por mi
futuro fue la que me arrebató la cuchara de plata de la boca.
La intención de la abuela había sido irreprochable, mas no
así las tijeras. De modo que los cortes se infectaron y, a las dos
semanas de mi llegada a la Tierra, tuve que dar algunos pasos
hacia el ámbito de la muerte. Como dicen los antropólogos, en
momentos de crisis el hombre regresa al pasado, a lo primitivo y
hasta a lo prehistórico. La abuela descubrió que nuestros antepa-
sados adoraban al Señor de las Siete Colinas en cuanto Deidad
Guardiana y, encontrando a un peregrino que se dirigía a ese
santuario, envió con él algunas monedas para ofrecer allá un de-
do de plata con el objeto de lograr el perdón por su impensado
crimen y para rogar por mi vida. Su plegaria halló respuesta: la
plata cumplió su objetivo.
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Pronto me repuse de la operación a tijeretazos. Y pronto
también mi tamaño satisfizo a la familia. Lo atribuyeron a la Gra-
cia del Dios Venkateshwara de las Siete Colinas.
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nación. Baba dijo: “Puedes ir, pero ¿a quién verás allá?” “A
Ti”, respondí. Movió la cabeza asintiendo: “Ve y sé feliz”.
Cuando persuadí a mis septuagenarias rodillas para que
me llevaran escalones arriba, muchos de ellos proverbialmen-
te del alto de una pierna, me obedecieron sin murmurar,
puesto que Baba había dicho: “Ve”. En el santuario, todo fue
como lo había anticipado y según Su volición. El imponente
y enjoyado ídolo de Vishnu le cedió el lugar a Baba: Él esta-
ba de pie en Su lugar, sonriéndome, ¡con las cejas levanta-
das, como sorprendido de verme allí!
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Escenario) en el río Kaveri, el que la formara a medio camino en-
tre la meseta de Mysore y la bahía de Bengala.
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Dios se le representa como sometiendo, calmando y domi-
nando estos malos rasgos. Baba dijo: “Sí, ve a Sri Rangam y
come tu porción de arroz dulce”. Esta referencia al arroz dul-
ce no me sorprendió. Años antes, en el trayecto a Madras,
Baba, según Su costumbre, le pidió a cada persona que iba
en el coche que le cantara una canción. Mis genes no tenían
nada de música entre sus componentes, pero no podía sino
obedecer. La memoria recordó una canción que le había oído
cantar a un payaso durante una representación a la que asistí
en la escuela. Se trataba de una plegaria a Shiva por un po-
quito de arroz dulce, entonada por un hambriento espectador
de una cena para ricachones. ¡Baba debe haber descubierto
que mi subconsciente había pescado esta tonadilla en particu-
lar, porque yo mismo, en mi fuero interno, llevaba un apetito
insatisfecho por este preparado! Él decidió eliminar esas an-
sias en mi septuagésimo aniversario, en Srirangam.
Me sentí emocionado al pararme frente al santuario y lle-
nar mis ojos y mi corazón con la embelesadora visión del ído-
lo de seis metros de altura, tendido sobre los anillos de una
serpiente de siete capuchones que exudaba un cautivador en-
canto iconográfico. Para mis ojos, las plantas de los pies no
eran de piedra verde oscura, como el resto del Divino Cuer-
po: eran de alabastro, con una tonalidad azulada. Eran sua-
ves, tiernas, claras, familiares, vivas: ¡eran las de Baba! Me
alejé desganado de los portales del santuario. Según creo, la
ofrenda rutinaria en el Santuario de Ranganatha era el arroz
dulce, mas aquel día se nos dio únicamente laddus y muruks.
Nos quedaba un templo más por visitar en la santa isla:
uno de Shiva con el sagrado árbol del Jambosero. Cuando
salíamos de él, el sacerdote corrió tras de nosotros para
anunciar que era un día especialmente sagrado, “en el que se
le ofrece arroz dulce a la Deidad”. Éstas sí que fueron en ver-
dad buenas noticias… Insistió en que volviésemos al templo.
Nos hizo sentarnos en cuclillas hacia la derecha del santua-
rio, extendió hojas de banano frente a nosotros y nos sirvió
generosas porciones del preparado del que Baba me había
pedido “satisfacerme”.
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Mi padre era el menor de cuatro hijos. Él, con sus padres, vi-
vían en una aislada aldea, treinta millas al Este del lugar en que
creciera mi madre. Sus antepasados habían huido de la caballería
del Sultán Tippu de Mysore, desde el valle que le quitara a la East
India Company, hacia el reino del Maharaja de Travancore que
había detenido a los depredadores.
Cuando mi padre se convirtió en el yerno de la abuela y el
abuelo, los hermanos mayores de mamá —que eran tres— deci-
dieron proveerle de medios de subsistencia más cerca de Tirupu-
nittura. Uno de los tres era el amanuense y la “conciencia” de un
próspero abogado de la Suprema Corte del Maharaja de Cochin,
situada a siete millas de distancia, en una ciudad llamada Ernaku-
lam. En su camino al Cabo Comorin (Kanyakumari), como parte
de su proyecto de sondear en la pobreza, tanto material como
espiritual de sus congéneres, Swami Vivekananda había perma-
necido por un día en el “bungalow” de este abogado.
Caminando sobre el piso de mosaicos de los corredores llenos
de actividad de la Corte Suprema de Cochin, junto a su cuñado,
mi padre tuvo una idea brillante al observar las filas de los que ve-
neran al papel sellado y de los que redactaban documentos legales
para sus clientes: él sería uno de ellos, haciendo ambas cosas.
Siendo el hijo menor, mi padre era la “rueda de repuesto” no
utilizada en los trabajos agrícolas de la familia: los hermanos ma-
yores eran los que observaban las nubes para prever la lluvia y
los que rasguñaban el terreno para la siembra, todo lo que se re-
quería para el arroz paddy. Él no había hecho sino ansiar la libre
y abierta vida de la costa. Anhelaba poder mirar más allá del al-
boroto de las olas hacia el cielo del ocaso, allá donde el sol se
lanza a zambullirse en la dorada caldera del atardecer. El tío le in-
sufló fervor a sus ilusiones. El abogado, a quien le servía con una
lealtad rayana en el servilismo, bendijo la empresa. Prometió en-
viarle a papá sus clientes y conseguirle la licencia necesaria para
desempeñar el oficio.
Mi padre era un calígrafo digno de elogio. La gente se pre-
guntaba si manejaba una pluma o un pincel. Podía escribir pági-
nas y más páginas de la jerga legal en el único idioma que cono-
cía, el malayalam. Vendió su parte del patrimonio por lo que le
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quisieron pagar, en realidad, algunos cientos de rupias, y puso la
suma en manos del mayor de mis tíos para que la cuidara. Nunca
le fue devuelta. La pérdida de esa fortuna persiguió por largos
años a mi madre y a sus padres.
Ernakulam se levantó en la costa oriental de la profunda,
amplia y azul laguna que la separa de la ciudad costera de Co-
chin, por la cual se conocía al pequeño Estado. La extensión de
las salobres aguas cubre una superficie de aproximadamente cin-
co millas de ancho por unas doce de largo, y se internan en la is-
la por largos y angostos canales, uno de los cuales también llega-
ba hasta mi aldea. Cochin era puerto de arribo desde los días de
Vasco da Gama, para los mercaderes que comerciaban pimienta
y especias como el cardamomo, la canela y el jengibre. Barcazas
con ruedas de paleta movidas a vapor navegaban de ida y vuelta,
llevando pasajeros por las aguas interiores. También había nume-
rosos botes y piraguas nativas que se deslizaban silenciosamente
de un palmar al otro.
Mi padre amaba el penetrante olor de la pura brisa marina.
Aunque se ganaba el cotidiano pan en la costa oriental, en la ga-
lería de la Corte Suprema de Justicia, prefería vivir en la costa
occidental, más cerca del mar. Durante las vacaciones y los feria-
dos de la Corte, no cruzaba hacia ese lado. Se deleitaba jugando
con las olas y observando los variantes estados de ánimo del cielo
y del mar. Solía buscar un lugar apropiado para nosotros y me
permitía jugar con las conchas y la arena y observar los cangrejos
que se escurrían hacia sus refugios.
Nuestra casa en Cochin estaba rodeada por un alto muro de
cocoteros que la protegían del sol y la cubrían de la luna. Como ve-
cino más próximo teníamos un templo con una réplica del Lingam,
que se decía que había sido instalado por Rama, junto a esta costa,
antes de tender el puente hacia Lanka, a la cabeza de sus hordas de
primates. El lugar en que Rama instalara a Shiva o Eshwara, en la
costa oriental se llama Rameshwaram; también el templo en el lado
occidental que mi padre amaba, se llama Rameshwaram.
El nombre de mi padre, Narayana, indica al segundo de la
Trinidad o al Trimurthy Vishnu. Éste, sin embargo, era un apela-
tivo heredado. Era el tercero, Shiva, el Destructor de los Malva-
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dos y los Desgastados, el Infinito que termina con todos los fini-
tos, el que monopolizaba su adoración. Cargado con el nombre
de Vishnu, se postró ante la forma de Shiva. De hecho, se dice
en el Ramayana que Rama, Él mismo manifestación del aspecto
Vishnu de la Omnivoluntad, instaló a Shiva en un gesto propicia-
torio con el objeto de apartarle de Ravana, gran devoto Suyo.
Diariamente, en las horas de la mañana, mi padre caminaba en
torno al patio interior del templo, recitando en voz alta versos elo-
giosos para Shiva, conmigo a su lado, sujeto firmemente del dedo
índice de su mano derecha. También repetía esta caminata circular
la mayoría de las tardes. Durante la rutina mañanera, me dejaba co-
rrer a casa al final de la tercera, la quinta, la séptima o la novena
vuelta. Él, en cambio, se paraba en el pavimento de piedra, de cara
al oriente, y le ofrecía postraciones al Dios Sol. Cada ejecución
completa, comprendía una serie de dobladuras y estiramientos es-
pasmódicos, agacharse y ponerse de pie y golpes. Papá tenía man-
chas oscuras y duras en su frente, su pecho, codos y rodillas: insig-
nias dignas de elogio de su incansable devoción por el ritual solar.
El templo me proporcionó inolvidables horas de alegría. Ha-
bía un estanque como parte del complejo del templo. Estaba cu-
bierto por verdes hojas de loto y un gran racimo de botones y de
flores. Todos los días el sacerdote recogía las flores para el culto a
Shiva. Circulaba en el agua de una flor a la otra, sentado en un re-
cipiente redondo de cobre que se utilizaba para cocer grandes
cantidades de arroz en los días de festival. Yo observaba desconso-
lado su trayecto, desde los escalones de piedra que llevaban hasta
el borde el agua. El sacerdote se dio cuenta de mi pena y me mos-
tró simpatía, de modo que me gané unos cuantos paseos en ese
improvisado bote de metal: circulé por sobre la verde alfombra,
fascinado por las caritas sonrosadas que salían del agua para
echarme una mirada. Cuando vi que el hombre que iba a mi lado
agarraba una de esas caritas por el cuello y la estrangulaba en su
puño, le di un codazo de desaprobación. Sin embargo, la oportu-
nidad de compartir la gira por el estanque que me daba ese servi-
dor de Shiva, era una experiencia de susto que me gustaba.
Unos meses más tarde, mis padres me llevaron al templo de
Shiva en Vycome, el mismo que saltara a la fama internacional pos-
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teriormente, al convertirse en blanco de una campaña de Sathya-
graha encabezada por Gandhiji, ¡para que se le permitiera a los Ha-
rijans pasar por un camino frente al santuario! Mi padre recorrió la
distancia de unas veinte millas por etapas, llevándome a menudo
sentado sobre sus hombros, en tanto que mamá trotaba tras de no-
sotros. Se trataba de cumplir una promesa: la de ofrecerme, el pri-
mer hijo varón, como esclavo a la Deidad instalada e invocada en
ese sagrado santuario. Extendieron una larga y ancha hoja de bana-
nero frente a la puerta abierta del santuario y me acostaron desnu-
do sobre ella. Mi padre y mi madre se postraron, acostados cara al
suelo a mi lado, y luego se levantaron quedamente para caminar
tres veces en torno al santuario, orando ininterrumpidamente. A mí
se me pidió que me quedara allí, quieto. Cuando iban por la mitad
de la tercera vuelta, el sacerdote principal del templo se les acercó
para transmitirles un mensaje de Shiva Mismo: “Tengo un niño en
Mis manos, tómenlo y criénlo por Mí, con cuidado y devoción”. Los
rostros de mis padres brillaban al correr hacia mí. Me levantaron
tiernamente y me obligaron a postrarme ante Shiva. Hace mucho
que esto ha sido un voto hereditario. Años más tarde, cuando mi
propio hijo tuvo cinco años de edad, le llevé hasta el mismo santua-
rio para ofrecérselo al Señor y recibirle de vuelta como el esclavo de
Shiva, al que nos confiaba para que lo educáramos para Su Gloria.
Supongo que tenía unos seis años cuando papá y mamá
conspiraron para ver cómo grababan en mí el que tenía que ir a
la escuela y por qué, al igual que mis compañeros de juegos. Me
dijeron que ya estaba atrasado en doce meses. Los demás niños
habían comenzado hacía tiempo a manejar pizarras y lápices. Me
resigné a lo inevitable, tal como lo había hecho al ser destetado.
El profesor mismo me llevó con él a la escuela y me trajo a casa
una vez terminadas las clases. Esto puso verdes de envidia a los
chicos, porque me consideraban por encima del resto.
No obstante, tuve que descontinuar mis estudios antes de ha-
ber pasado una semana. Una noche, mi padre faltó a su visita al
templo. A la mañana siguiente, pasó por alto su inmersión en el es-
tanque. Pasó la mayor parte del día en cama. Noté que mi madre
estaba en cuclillas en la cocina, triste y abatida. Tuve que subirme
en sus espaldas y soplar en su oreja para sacarle una sonrisa forza-
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da. Tiernamente me empujó, apartándome de su lado, y suspiró
profundamente. Se movió hacia la cama en que yacía mi padre. No
se acercó a él y mi padre tampoco me llamó para que me sentara a
su lado, aunque se volvió hacia mí con los ojos abiertos. Oí que mi
madre le decía, con pena pero perentoriamente, a la mujer del sa-
cerdote del templo: “No venga a esta casa por unos días. Amma ha
esparcido perlas sobre el padre de Kasturi”. Después de mi naci-
miento, mi madre se refería a mi padre sólo con este circunloquio.
Mi curiosidad fue despertada por la referencia a perlas. Ma-
má tenía perlas a ambos lados del disco de oro que llevaba en
torno al cuello, en una sarta con hilo de oro. Mas, ¿por qué le
habría tirado alguien perlas a papá? ¿Qué tenía eso que ver con
su tristeza? ¿Quién era esa Amma que daba esas cosas preciosas
con una mano y enfermedad con la otra? ¿Por qué no podía ver
las perlas sobre el cuerpo de papá?
Aunque me estaba vedado, logré acercarme para atisbar a mi
padre que gemía de dolor. Vi sobre su rostro, su pecho y sus brazos
unos glóbulos amarillentos pegados a la piel. ¿Perlas? Mamá me sor-
prendió en el acto. Sentándome en su regazo, rompió en sollozos.
“Mariamma, la Diosa, ha lanzado esas perlas. Significan la viruela”,
dijo. La única droga que podía curar la viruela era la oración; la úni-
ca atención que podía esperar el paciente era el aislamiento. Fami-
liares y parientes, vecinos y amigos huían de la persona elegida por
Mariamma, temerosos de convertirse en blancos de su atención. Ésa
era la creencia predominante en Kerala en aquel entonces.
Mamá quería que me fuera al otro lado de la laguna, con su her-
mano el amanuense. Papá me había llevado a menudo hacia la cos-
ta de Ernakulam en la barcaza con las paletas a vapor. Las mons-
truosas ruedas que batían furiosas la espuma, el motor formidable y
humeante, la sirena aulladora, me fascinaban, incluso infundiéndo-
me miedo. Me dijo: “Preguntas por el ‘bungalow’ del abogado en la
galería de la Corte Suprema. Luego le preguntas a cualquiera de sus
empleados acerca de dónde vive tu tío. Es bastante simple. Mandaré
a Keshav contigo”. Keshav era un pequeño y querido amiguito mío,
hijo del sacerdote del templo, con el cual a menudo había comparti-
do bananas en el santuario interior. Mamá me entregó una carta pa-
ra dársela al tío, escrita sobre un pedazo de papel mojado.
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Me sentí muy importante. Llegué al lugar sin ninguna ayuda
de Keshav, sólo por mí mismo. El tío se llenó de pánico. Volvió
por el siguiente ferry con nosotros. Quería arrendar uno de los
botes nativos: un tronco ahuecado con ambos extremos en punta,
en el que se podían acomodar cuatro personas, aparte de la tripu-
lación: timonel y remero. Le tomó tiempo conseguir uno, porque
muy pocos accedían a embarcar a un paciente enfermo infectado
de viruela. Se contaminaría el bote; la gente tendría miedo de via-
jar en él después. Además, la tripulación debía constar de hom-
bres que hubieran sobrevivido a la gracia de Mariamma. Una vez
que uno hubiera pasado la prueba de las “perlas”, se creía que no
volvería a sufrir su embate. El tío sufrió sombrío la prueba. Al
igual que mamá, también él le había escapado a Amma.
Ya había oscurecido. Tres horas después de que el sol se
hundiera en las aguas del Mar de Arabia, el bote, llevando a papá
en su camilla, con mamá en cuclillas a su lado, tocó la costa
oriental. La segunda canoa, con el tío en la proa y yo en sus ro-
dillas, atracó segundos después. Pude ver que la camilla era le-
vantada con un nervioso cuidado y depositada en tierra firme.
Escuché los quejidos de papá y los sollozos de mamá. Pude sentir
el temblor de la mano de mi tío, ya que me aferraba a sus dedos,
cuando se aproximó a la camilla. Era una noche desolada y un-
tuosa la que se cerraba sobre nosotros.
El tío había contratado algunos hombres para que nos espe-
raran en la plataforma de atraque. Entendí que papá había de ser
llevado con el abuelo y la abuela. Escuché que se discutía sobre la
palabra “Tripunittura”. La camilla fue levantada sobre los hom-
bros de cuatro fornidos gigantes dirigidos por un sirviente del
abogado. Caminaron bastante rápido, perdiéndose en la noche,
y mamá —mi querida mamá, mi propia y única mamá— se apre-
suró en seguirlos. Mi tío me sujetó con fuerza. Me dejó clavado
en el suelo. Ni siquiera pude llorar. Todo fue tan súbito, estaba
tan oscuro. Cuando estallé en sollozos y grité de todo corazón,
ella ya estaba demasiado lejos como para oírme y responder. Las
estrellas me miraban pestañeando ante mi pena. El aire estaba
quieto. La noche se ablandó un poco como para dejar ver el mu-
ro de ladrillos de la Corte Suprema de Justicia.
23
Los hijos del tío, que eran tres, me fastidiaban cada vez que
encontraban la oportunidad. Me desafiaron a recitar de la A a la
Z. Yo no conocía sino seis letras. Había tenido que dejar la es-
cuela cuando recién descifraba la F, por lo que no podía repetir
tantas letras. Era incapaz de correr con la rapidez que lo hacían
ellos, con ese nudo en mi garganta y el vacío en mi corazón. Me
sentaba malhumorado al borde del camino que corría de norte a
sur, fuera de la casa. Observaba a los bueyes resoplando mientras
tiraban de pesadas carretas. Les pedía en malayalam (porque el
carretero lo hablaba) que le dijeran a mi madre en Tripunittura
que me viniera a rescatar pronto de esta plaga de tres tipos.
El mensaje llegó hasta la abuela y mamá envió a un hombre
para que me llevara con ellos. El trío de la banda protestó; llora-
ron diciendo que los días se les harían aburridos y monótonos sin
mí. Mas el tío insistió en que debía irme sin tardanza. Partí con lo
puesto: una angosta faja rosada como entrepiernas. Iba trotando
y galopando tras el hombre de largas piernas que había venido a
buscarme. En ningún momento acortó el paso por mí. Troté las
siete crueles millas que me separaban de papá y de mamá, imagi-
nando cómo papá las había recorrido sobre los hombros de los
gigantes, con mamá apurando el paso a corta distancia. El hom-
bre me dijo que debía llegar a la casa de otro hermano de mi ma-
dre, porque ella me estaba esperando allí. Me pregunté por qué
se habría ido de la casa de los abuelos.
Mamá salió a recibirme corriendo y me abrazó con fuerza,
llorando y gimiendo como nunca antes la había oído. “¿Dónde
está papa? ¿Dónde están las perlas?”, pregunté. ¡No debería ha-
berlo hecho! Ella chilló y gritó de angustia. El sirviente que me
había traído desde Ernakulam le gritó: “¡Amma, no llores! Tu hijo
está hambriento y cansado”. Le tomé la mano, sequé sus lágri-
mas y le di palmaditas en el cuello rogándole, tan tiernamente
como ella solía hacerlo: “No llores”. Por último, alguien me
arrancó de su regazo y me llevó a una habitación interior. Mas yo
me rehusé a comer o a beber, a menos que mamá me alimenta-
se. Corrí hacia ella; le acaricié la barbilla; le pellizqué la nariz hú-
meda; me reí suavemente para que hiciera otro tanto. No me di
cuenta de que estaba como paralizada por un rayo.
24
Al parecer, papá no se había levantado de la camilla fatal. El
abuelo lo había cuidado hasta el final, pero la muerte no había te-
nido misericordia y papá exhaló su último suspiro. Mamá no tenía
sino veintidós años y el destino la había marcado para la viudez.
El siglo XX y la liberación femenina no hacían sino atisbar
desde la tumba del XIX. El abuelo era el administrador del templo
en el que estaba instalada la deidad familiar de los Señores del Es-
tado. Tenía que respetar las costumbres populares y las prescrip-
ciones textuales que controlaban los destinos de los vivos y los no
nacidos, los muertos y los sobrevivientes; de lo contrario, se le
marcaría como un hereje y un paria. Mamá sabía acerca de las
consecuencias del no conformarse a las normas. Fue así que al
undécimo día después de la muerte de papá, las largas, gruesas,
negras, lustrosas y sedosas trenzas, con las que me encantaba ju-
gar y que a menudo peinaba y rehacía, le fueron afeitadas por un
horrible barbero sin corazón. Soportó valientemente la tortura, sin
rencores contra los antiguos legisladores. Se maldijo a sí misma y
a nadie más. ¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla! Le lancé una piedra al demo-
nio que se llevaba los rizos que me eran tan queridos… y erré.
25
EL MIMADO DEL ABUELO
U
n vil individuo, formado en la escuela local del escánda-
lo, difundió una falsedad acerca del abuelo y el barro
quedó adherido a su reputación. Mi abuelo hubo de re-
nunciar a la administración del templo y perdió su diaria cuota de
las ofrendas al ídolo. Nuestra ingesta de calorías se vio fuertemente
reducida por este cruel recorte.
La segunda tragedia la representó la llegada, en una calurosa
tarde, de tres estómagos hambrientos que reclamaban su parte de la
disminuida provisión de alimentos. Mamá y yo nos habíamos asegu-
rado apenas nuestras posiciones en el orden de los que comían,
cuando su hermana mayor llegó a buscar refugio en la casa pater-
na, con su hija de doce años y su hijo de siete. Había sido abando-
nada por su marido en Nagapalam, ¡quedando abandonada a su
suerte y a llegar como pudiera a la casa de sus padres!
Siendo normalmente un hombre de genio vivo, el abuelo gol-
peó el suelo con la cabeza entre las manos y las rodillas en tierra. Se
puso tenso, quisquilloso, irascible y hasta rabioso cuando la abuelita
trató de calmarlo y le aconsejó enfrentar la crisis con valentía. Con
mis primos nos convertimos en molestias, moviéndonos y hacién-
donos ovillos cuando se movían otros. Éramos cargas no deseadas.
Cada vez que el abuelo miraba a sus dos hijas y a su lastimosa pro-
genie, el aturdimiento ensombrecía su expresión.
Las hermanas lloraron primero por las cosas primordiales. Pre-
sionaron exigiendo que se nos pusiera a mí y a mi primo en la es-
cuela. Pero el abuelo lo objetaba, porque en esos días el estudio en
una escuela representaba un lujo que sólo podían darse las personas
ricas. Comprendía muchos gastos en libros, pagos de escolaridad,
un abrigo y una gorra (no se insistía en la camisa), los que constituían
una vestimenta obligatoria, más un horario regular de almuerzo, pa-
ra que los pupilos se encontraran presentes a su hora. Significaba
27
una lámpara encendida una hora extra cada noche, para cumplir
con las tareas en casa. Requería de monedas para lapiceras, plu-
mas, lápices y papel. De modo que el abuelo se propuso explotar
nuestro estatus de casta (Brahmin) y lograr los beneficios de los es-
peciales favores que podíamos conseguir por este motivo. Se pro-
puso entregarnos a ambos al Patasala Sánscrito gratuito, para
aprender los Vedas de memoria y llegar a dominar la gramática, la
retórica, la fonética, la lógica, etc., como complementos a los estu-
dios védicos. Esta proposición significaba que ambos habíamos de
permanecer diez años lejos de casa, con la seguridad de dos comi-
das al día y una estera sobre la cual dormir de noche.
Mamá se opuso valientemente al viejo y a su estratagema de
exiliarme a una Academia de Hojas de Palma. Su hermana, en
cambio, se sometió al abuelo sin un murmullo. No pudo encontrar
argumentos para apoyar su desacuerdo. Mi madre, por su parte, te-
nía algunas joyas que como viuda no podía usar (la hermana, pues-
to que su marido no había muerto, debía seguir usando el botón de
oro de la nariz, el disco matrimonial en torno al cuello y los aretes
de oro con piedras preciosas). Mamá ofreció vender sus joyas y sal-
var así el procedimiento para mandarme a la escuela por tres o cua-
tro años. Fue así que mi primo encaminó sus pasos por la senda ha-
cia Panini, Badarayana, Gaudapada, Sankara y Vidyaranga, en tan-
to que yo emprendí el camino hacia Donne y Dryden, Shakespeare
y Scott, Black y Burke, Carlyle, Gibbon y Toynbee. Estaba destina-
do a procurarme la más prestigiosa moneda del mundo: el idioma
inglés.
28
dio de los Himalayas, cuando Baba le pidió a los brahmines que
estaban con Él que le recitaran algunos himnos específicos de
los Vedas, mientras Él se encargaba de incrementar la potencia
del ídolo de ese lugar sagrado, no pude sumarme a los pundits
que respondieron. Baba me vio mohíno en un rincón del recin-
to lleno de gente y se compadeció de mi situación. Dijo: “¡Po-
bre hombre! Te caíste al inglés perdiendo el apoyo de los anti-
guos himnos”. En ese instante resolví aprender los himnos que
mis amigos le estaban recitando. Más tarde, en Puttaparti, Ba-
ba me permitió corregir ese lapso de Badrinath. Pude recitar
cada día, por algunos meses, esos cautivadores pasajes celebra-
dos como Namaka y Chamaka, en la Presencia.
29
siguieron a los barcos de Su Majestad Católica. Aceptaron los
ruegos de la Britania Anglicana por una porción del comercio
con el Este y, como consecuencia, sufrieron de una anemia
perniciosa en lo político…
…Cuando llegó navegando el primer embarque de judíos
errantes y lamentadores, cuyos barcos seguían las nubes del
monzón, el raja les adjudicó para su sinagoga un terreno adya-
cente al templo de su Deidad familiar, Bhagavathi, la Madre, lo
Femenino Fundamental. Algunos cortesanos expresaron horror
ante el hecho de tener una sinagoga como vecina del Templo
del Palacio. El Raja los silenció revelando un sueño que se le
había otorgado: “Apareció Bhagavathi y ordenó que les diera
ese pedazo de terreno… ‘¡Alégrate —dijo— cuando Mi Gloria
sea cantada en otro idioma por Mis devotos de allende los ma-
res!…’”.
30
mes, mi madre hizo arreglos para mi comida con una familia que
vivía camino de mi escuela.
31
nos las arrancaban de las manos, dándonos, a cambio, uno o dos
lápices o un pedazo de goma india, artículos que debíamos poseer
para evitar palizas en la escuela. ¡Que Dios bendiga a aquellos entu-
siastas de la economía del trueque!
Cuando estábamos en el quinto grado de la secundaria, uno de
nosotros de nombre Kumar, propuso que se discutiera una resolu-
ción en la Unión de Debates de la Escuela, la que rezaba: “En opi-
nión de esta Casa, deberá abolirse en todas partes la alimentación
sin trabajo”. La resolución se pasó con una confortable mayoría.
Sin embargo, gracias a Dios, la comida gratuita siguió igual: el Raja
no tomó en serio dicha resolución.
La escuela a la que ingresé en 1903 y de la que egresé en
1914, era una de las mejores del Estado. El cuerpo docente era se-
leccionado de un panel de eficientes profesores, puesto que los
príncipes de la familia real que asistían a ella llegaban en una magní-
fica carroza tirada por cuatro caballos moteados de gris y con pom-
pones en sus crines.
Eran como quince de ellos. Venían apretados en un carruaje y,
de vez en cuando, también asistía a clases con ellos uno de los tíos
reales. Se sentaban en sillas y tenían mesas al frente, en tanto que
nosotros teníamos bancos y usábamos nuestros muslos para apoyar
los cuadernos. El director, Gopala Krishna Iyer, era el hijo del famo-
so Narayana Iyer “inglés” que había sido tutor del Raja reinante.
“Lo que él no sabe del idioma inglés, no vale la pena saberlo” es lo
que la gente decía de él. También su hijo era profundamente versa-
do en gramática, sin embargo, tenía un agudo apetito por la buena
poesía y era un decidido admirador de Swami Vivekananda, a quien
había conocido en Madras, en la Casa del Helado, en la playa.
Yo tenía en mi clase a un hijo del mayor de los príncipes de la
familia real, Gopala Marar, un muchacho alto y de estructura débil
que encerraba una pasión por la música, la meditación y los alcan-
ces superiores de la mente. El Director era su tutor personal. Gopal
tuvo que irse del palacio al hogar del tutor, con sus libros y textos.
Sin embargo, lo que Gopal ansiaba y recibía de Gopala Krishna
Iyer, eran más dosis de Vivekananda y de Ramakrishna que de
Goldsmith y Steele. Y las recibió en buena medida. En los días de
ayuno, cuando me tocaba almorzar en casa de la dama rica, mi ca-
32
mino a la escuela coincidía con el de Gopala Marar. De modo que
me reunía con él en su palacio y caminábamos juntos hasta la casa
del Director. Esperábamos hasta que estaba listo para salir, llevando
el dhoti y el vibhuti, un largo abrigo negro y un blanco turbante mu-
sulmán. Cuando se postraba ante su madre y se paraba frente al re-
trato de Sri Ramakrishna Paramahamsa con las palmas de las ma-
nos unidas, sabíamos que saldría. Durante la caminata de media ho-
ra escuchábamos profundos epigramas védicos y explicaciones en
inglés acerca de ellos.
En la escuela, cada clase contaba con sólo cerca de trece alum-
nos. De modo que el profesor podía moldear nuestros talentos y vo-
luntades con amor y cuidado consistente. El Director solía entrar a
la sala sin anunciarse (aunque siempre era bienvenido), cada vez que
el docente encargado de dictarla se encontraba ausente. En su habi-
tación tenía montones de copias a roneo de los poemas que le gus-
taba enseñar: El Guerrero Feliz, El Ermitaño, La Elegía, escrita
en una Iglesia Rural, La Aldea Desierta, Los Arquitectos del Des-
tino, Intimaciones de la Inmortalidad y otros por el estilo. Solía
distribuir copias y empapar nuestras cabezas con sublime dulzura.
Otros profesores eran invitados a emular al Director, N.R. Sub-
ba Iyer, que nos enseñaba Historia Británica (obligación en aquellos
días de dominio inglés). Nos daba una serie de diez lecciones que se
basaban —según creo— en el libro de Anson, publicado en esa
época, sobre La Práctica Parlamentaria, que resultaba de gran in-
terés para nosotros, los de quinto. La lectura nos hacía pensar en
los cotejos y balances, las reglas y las restricciones, los modos y los
estilos que dirigían el proceso legislativo para un imperio de exten-
sión mundial.
33
veinte domingos por año, hasta 1928, año en que dejé esa
escuela.
34
ta. No tenía tierras, no tenía vacas, no tenía ingresos fijos de nin-
gún tipo. Mas, Kerala era bondadosa con los pobres… Y mi abue-
lo descubrió que era poseedor de un raro talento que podía ven-
derse: contar cuentos. Se convirtió en un vendedor ambulante de
historias. Era capaz de hilar largas fibras multicolores. Los niños le
podían prestar oídos, boquiabiertos, por horas. Los adultos queda-
ban fascinados con sus narraciones de viajes. Llegaba hasta las ca-
sas de los príncipes y sus familiares, hasta donde su fama le había
precedido y, después de una o dos horas, salía más rico en una o
dos rupias, anudadas en una punta del dhoti que vestía. A menu-
do me hacía acompañarle para que pudiera llevar la atención ha-
cia mí y los requerimientos financieros para mi educación, para
extraer de esta manera algunas monedas extra de sus patronos.
35
pavo real, hicieron inevitable que mi elección recayera en la
ciudad de Mysore.
36
ciocho detonaciones. Este “Big Bang” les proveyó la prueba nece-
saria de que el Señor Subrahmanya había bendecido su conspira-
ción para juntar a los dos niños.
Se fijó la fecha del matrimonio. Se informó a los parientes. Tíos
y tías se prepararon.Yo tenía catorce años, ella nueve. Cerca de
veinte de nosotros nos dirigimos a la aldea de Thottuvoi, junto al sa-
grado Kaladi, lugar de nacimiento de Sankaracharya. Me arrodillé
en la ribera izquierda del mismo río Poorna. Las madres estaban in-
descriptiblemente dichosas. Sentado frente al fuego sagrado, repetí
exactamente los mantras, mientras lo alimentaba con ghee y varitas
consagradas. A los siete años había sido iniciado en el Gayatri y los
rituales védicos, de modo que pasé por las vocalizaciones y los ges-
tos manipulativos de manera plenamente satisfactoria para mis ma-
yores. Sujeté el dedo del pie izquierdo de la novia mientras ella daba
los siete pasos en torno al fuego. Recité la plegaria védica que afor-
tunadamente era ininteligible para ambos, pidiéndole que pariera
diez hijos y que, después, me atendiera a mí como al undécimo.
Ahora, ella tiene ochenta años y desde hace siete está con-
finada en su lecho, después de sufrir una parálisis que también
le dañó la memoria. Yo tengo ochenta y cinco años, mante-
niéndome firme con Sai como el invisible marcapasos en mi
pecho. Tuvimos cuatro vástagos, dos de los cuales viven: un hi-
jo y una hija.
37
das, exhausto; el dolor era terrible. Llevando las marcas sangrantes
en mi espalda desnuda, los miré a todos a través de mis ojos hin-
chados y me fui a sentar junto al fuego sagrado.
No obstante, me refiero a este matrimonio como algo llovido
del cielo, porque el abuelo logró negociar un precio de novio de
seiscientas rupias con su compañero de desgracia. El viejo prometió
pagar la suma firmando con su dedo pulgar, porque nada sabía de
pluma ni de papel y tampoco tenía dinero. Fue así que puso su hue-
lla digital en una nota preparada por mi abuelo. Esta suma repre-
sentaba un precio fantásticamente alto por un tierno adolescente
como yo, que era alimentado por el Raja de Cochin durante veintio-
cho días cada mes y que luchaba con los gerundios y las hipotenu-
sas en el cuarto grado de la secundaria. Mi abuelo político se com-
prometía, en esa nota, a enviar por correo tres rupias el primer día
de cada mes, en cuanto intereses devengados por este depósito in-
visible, a la tasa de seis rupias por cada cien al año.
Mamá no le permitió al abuelo enriquecerse con este trato. Re-
cibía el dinero para sí misma, puesto que le correspondía a su hijo.
Insistió en que se gastaran dos rupias para proveerme diariamente,
al mediodía, de unos montoncitos de arroz bañado en requesón que
vendía una anciana viuda brahmin en su cabaña junto a la escuela.
Debo agradecerle a mi mujer por este maná suplementario que au-
mentaba el anémico menú de la casa-comedor real. Ello me permi-
tió pararme hombro a hombro con mis pares e incluso ingresar al
equipo de fútbol de la escuela (de los subjuveniles). La tercera rupia
bastaba para pagar el salario mensual de una sirvienta que le ayuda-
ba a mamá a lavar la ropa y barrer las pocas habitaciones de nues-
tra casa.
El Director despertó nuestro interés por las conferencias de Vi-
vekananda y las parábolas de Ramakrishna. El profesor que nos en-
señaba los textos malayalam, despertó en nosotros una verdadera
sed por la poesía, en especial las baladas que describían a héroes y
heroínas e instancias de intervención divina en los conflictos huma-
nos. Los largos thullals, rítmicos y llenos de retintines, de Kunjan (el
satirizador social del siglo XVI) eran mis favoritos. Me sentaba al la-
do de la lámpara de aceite y gozaba leyéndolos y recitándolos con
los gestos dramáticos y las acrobacias vocales apropiadas, hasta que
38
me vencía el sueño. Mamá me escuchaba, aprobando con movi-
mientos de la cabeza; en cambio, el genio de la abuela comenzaba a
hervir, en tanto que el abuelo se movía en el ámbito de los sueños,
acompañado por aterradores ronquidos.
Una noche, mi abuela llegó a tal punto de malhumor que me
ordenó callar, justo cuando estaba en las alturas del fervor. Al no po-
der obedecerle e impulsado a continuar, ¡arrancó las páginas de mi
mano, las rompió en pedazos y me los metió en la boca! Le pedí
ayuda al abuelo, pero él no osaba oponerse a las iras de la abuela.
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pie con él en las manos y oren: ‘Dios ilumina mi cabeza, afirma mi
mano, haz correctas mis respuestas y legible mi escritura’. Crean
que Ramakrishna está con ustedes y Vivekananda en ustedes, ani-
mando e iluminándoles”. Yo repetí esta plegaria cada día y con ma-
yor ahínco el día en que hube de vérmelas con preguntas sobre arit-
mética, álgebra y geometría. Debo confesar que soy un zopenco en
las tres. Nunca fui capaz de rasguñar ni siquiera la mitad del puntaje
necesario para pasar estas materias. Era promovido de clase, única-
mente después de recibir severas advertencias de parte del profesor
de la materia. El Director me hablaba acerca de que debía dominar
el arte del dragado craneal matemático.
Ese día respiré larga y profundamente a Dios y fue Él quien hi-
zo las sumas, resolvió las ecuaciones y comprobó los teoremas por
mí. El total de los dieciocho alumnos de nuestra Escuela pasó el
examen, dieciséis de ellos con distinción. Yo encabezaba la lista de
todo el Estado de Cochin en dos temas: Malayalam (el idioma y su
literatura) e historia. Obtuve el quinto lugar y, por ende, me hice
digno de una beca mensual de diez rupias, por dos años (1914-16),
cuando estudié para el examen intermedio en la Escuela Universita-
ria del Maharaja en Ernakulam.
¡También había una casa-comedor gratuita en Ernakulam! Mas,
sus horarios no le servían a los estudiantes de la escuela. La beca y
los intereses sobre “mi precio” me ayudaron a evitar la anemia. Me
alojaba en una habitación del “bungalow” de un camarada y obtenía
mis calorías de una vieja viuda brahmin que, por un cierto importe,
aceptaba a unos pocos huéspedes juveniles.
Fue en julio de 1914, cuando el Kaiser atusaba sus famosos
mostachos planeando echar por tierra los tronos imperiales de los
Hohenzollern, los Habsburg y los Romanoff, que yo le tendí la
mano a Glyn Barlow, Director de la Escuela Universitaria del Ma-
haraja, mano que él sacudió vigorosa y cálidamente. Pedía de ca-
da alumno que ingresaba a su escuela, que le diera la mano. Quin-
ce novatos habían venido de Tripunittura y hacían fila frente a su
puerta esa mañana, vistiendo abrigo y gorra y luciendo una am-
plia sonrisa. Barlow era el editor del Diario Madras Mail, publica-
do por la sede central de la Universidad a la que estaba afiliada
nuestra escuela.
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Compré la Historia de Grecia (no abreviada) de J.B. Bury, por
las cinco rupias que recibí como beca por el último mes de la secun-
daria. Como temas de estudio elegí Historia de Grecia y Roma, His-
toria de la India, Historia Constitucional de Gran Bretaña y Elemen-
tos de Lógica, además de inglés como primer idioma y el malaya-
lam, como segundo.
El Director se fue poco después de llegar nosotros. El siguiente
fue un vivaz irlandés, F.S. Davies. Tenía una ancha aura de amor a
su alrededor. Nos guió a través de las líneas de Julio César, de Sha-
kespeare, tan pedagógicamente, que desarrollamos apasionamiento
por la paráfrasis, la epitomización y los comentarios. Nos ayudó a
representar una gran parte en el escenario de la escuela. Se me dio
el papel de Bruto y logré recitar con éxito mis líneas, después de la
encendida oratoria de Marco Antonio, tan prosaicamente persuasi-
vas como lo quería Shakespeare.
Estando en la secundaria, había subido tres veces al escenario.
Uno de mis tíos era una estrella de moderado talento. Asistí a una
representación de Otelo, por la Asociación de Abogados de Erna-
kulam. Él había interpretado entonces a Desdémona. Me enseñó a
recitar un poema que le gusta y que comenzaba por: “Recuerdo, re-
cuerdo la casa en que naciera…”. Me ofrecí para recitarlo ante la
reunión de padres. Una ojeada al auditorio me dislocó la memoria.
Tenso, pronuncié el primer verso, modulado como lo indicaba mi
tío. Seguí repitiendo: “Recuerdo… recuerdo…”, con la esperanza
de que el segundo verso emergiera de mi subconsciente, pero no lo
hizo. Afortunadamente, una mano compasiva me sacó del estrado.
La segunda aparición se produjo un año más tarde, como un trova-
dor vagabundo, cantando una balada en malayalam. Esta vez hubo
aplausos de apreciación y no de desaprobación. Antes de dejar la
escuela, se me incluyó en el reparto de algunas escenas de La Tem-
pestad, de Shakespeare, como Próspero.
El curso preuniversitario en la Escuela del Maharaja duró dos
cortos años. Tuvimos que enfrentar un examen diseñado en la dis-
tante Madras: a este matadero le sobrevivían solamente alrededor
de quince adolescentes de cada cien. Había que lanzarse a una ruda
esgrima mental en las semanas anteriores y formábamos pequeños
grupos para compartir conocimientos y aparentar confianza. Nos
41
poníamos en guardia unos a otros, respecto de quedarnos dormidos
muy pronto, y en las primeras horas de la madrugada nos ponía-
mos a consumir tajadas superlativamente ácidas de mango, para re-
forzar nuestra determinación de mantenernos despiertos. Pasé los
exámenes, logrando los primeros puntajes de la clase y el segundo
puesto entre los que pasaron de todas las escuelas del Estado de
Cochin. Tenía una disposición para perder el primer puesto, tan ad-
herida a mí como el verticilo de la huella de mi pulgar… ¡La opera-
ción digital de la abuela! —murmuró mi madre.
El amigo que logró el primer puesto se inscribió en la Escuela
de la Presidencia en Madras. Podía optar por una beca de la Uni-
versidad de Madras y, si lo hubiera hecho, podía haber gozado de la
beca estatal de Cochin, a la que él debía renunciar, ya que ningún
estudiante podía beneficiarse con dos becas. Sin embargo, para
gran pesar mío, se decidió por la beca estatal. “La Universidad otor-
ga diez de estas becas y no tendría el honor de ser sólo uno entre
los becados, en tanto que el Estado de Cochin no entrega sino una
y yo soy el único beneficiario. Por lo tanto, resulta más honrosa la
beca del Estado”, me escribió.
Esta carta me obligó a renunciar a toda esperanza de ingresar a
la Escuela de la Presidencia y adorar a la Musa a la que anhelaba
servir. El Director Davies había instalado a otro profesor en mi cora-
zón. Se trataba de Mark Hunter, profesor de inglés en la Escuela de
la Presidencia. Mientras nos enseñaba Julio César, Davies respeta-
ba y recomendaba leer los comentarios al margen de la edición de
Mark Hunter de la obra, incluso más que las de la Verity. Por ende,
yo anhelaba aprender los tesoros de la literatura inglesa directamen-
te de boca de este crítico y comentarista gargantúico. Mas no había
de ser.
Tuve que volverme a Trivandrum, cerca de la punta sur de Ke-
rala, en donde otra familia real había establecido otra casa-comedor
gratuita para gente como yo, y donde existía otra Escuela del Maha-
raja administrada por el gobierno. Era la capital del Estado de Tra-
vancore y la residencia del Maharaja. N.R. Subba Iyer me estimuló
para que estudiara Historia de la India. El Director me pidió que
mantuviera el contacto con el grupo Ramakrishna-Vivekananda de
Trivandrum e indicó que estaba planeando construir allí un Mandir.
42
Un tío, hermano de mi madre, recién había sido contratado como
profesor en la escuela secundaria de allí. Pero, y por sobre todo, el
cuerpo de docentes de la Escuela del Maharaja de Trivandrum tenía
como profesor de Historia de la India a un prodigioso pundit del
sánscrito, un pilar de la cultura Bharathiya, un gurú modelo, erudito
enciclopédico y brahmin ideal, K.V. Rangaswamy Iyengar.
Decidí ingresar a la Escuela de Historia a su cargo. De modo
que mamá tuvo que cortar el cordón umbilical conmigo. Estando
en Ernakulam, podía caminar de ida y regreso a Tripunittura du-
rante los fines de semana. De hecho, mi abuelo me echaba de
menos más que mamá, porque se había convertido en mi admira-
dor. Hablaba con orgullo de mí a sus patronos y príncipes. Yo
sentía que progresaba con rapidez en mis estudios como resultado
de sus oraciones al Señor Manifestado en el Templo de Tripunittu-
ra. Los sábados por la tarde, se sentaba sobre el muro bajo del
patio de la casa, para verme cuando doblaba el recodo del cami-
no, por el borde del campo de paddy que separaba el terreno de
la carretera. Tan pronto me divisaba, solía cortar una piña, un
mango o una banana en trozos, para ofrecerme su corazón lleno
de amor, envuelto en el jugoso regalo, cuando me acercaba a to-
car sus pies.
En 1916, Trivandrum era un punto lejano en el mapa: a ciento
cincuenta millas y treinta y dos horas de distancia, en tanto que Ma-
dras, que quedaba tres veces más lejos, estaba sólo a veintiséis ho-
ras de viaje. Teníamos que ser transportados por las grandes exten-
siones de las aguas interiores, lagunas poco profundas y angostos
canales, en barcazas de ruedas de paleta que debían ser empujadas
y alzadas a veces, al cruzar aguas que no llegaban arriba de la rodi-
lla, o arrastradas a través de túneles excavados en los rojizos farallo-
nes de laterita.
Recién se había abierto una asignatura de Honores en Historia,
con una duración de tres años, por la Universidad de Madras en Tri-
vandrum. El Profesor Rangaswamy Iyengar me aceptó en su reba-
ño, sin siquiera preguntar por qué ni de dónde venía. El Director
anunció que podía optar por la beca de la Fundación Grigg, de un
monto de doce rupias por mes durante tres años, por el hecho de
encabezar la lista de todos los novatos que ingresaban a la escuela.
43
¡Nuevamente caía maná del cielo! Otra fuente confiable de sustento
la representaba mi tío y, además, podía extraerle a mi abuelo políti-
co algunas gotas de la reserva del precio de marido que tenía con él.
Con eso podía valientemente suplementar el escuálido menú distri-
buido por el Maharaja en el templo, con algunas onzas de yogurt y
una porción de encurtidos picantes que se le vendían a muchachos
como yo en quioscos cercanos al templo.
Mi profesor tenía en su casa una biblioteca que era una verda-
dera mina de oro. Me permitía hurgar en las estanterías por todo el
tiempo y la frecuencia que quisiera. Su amigo y vecino era un inge-
niero, un Banerji que era una pieza clave y el volante de la Misión
de Ramakrishna en la ciudad. Me entregaba montones de folletos y
algunas libretas con recibos. Mis amigos y yo pasábamos algunas
horas cada semana recolectando sumas de tres cifras como dona-
ciones para el Mandir de Ramakrishna en Aruvikkarai, en las afue-
ras de la ciudad.
Mi profesor enfatizaba el valor y la validez de los ritos y ritua-
les, los códigos de conducta, las leyes y limitaciones, las direccio-
nes y metas establecidas por los sabios y profetas para el indivi-
duo, la familia, los grupos profesionales, las clases trabajadoras,
las castas y los círculos interactuantes en cada campo de la vida.
Él regulaba sus movimientos y compromisos de acuerdo a lo que
debía o no debía haberse prescripto por el pasado. Cuando sus
alumnos presentaban sus solicitudes para ingresar a la Universidad
y ser admitidos a los exámenes, él recomendaba la fecha y la hora
en que debían entregarse, después de indagar personalmente en
sus horóscopos. Poseía un vehículo de dos ruedas tirado por dos
musculosos bueyes que le llevaba a la Escuela, al Palacio, al Tem-
plo de Padmanabha (Ranganatha, el del Ombligo de Loto) y a la
playa. Me llevaba consigo cuando se dirigía a las arenosas plani-
cies junto al mar, porque deseaba que también yo me beneficiara
espiritualmente con las íntimas conversaciones entre ambos y,
más aún, con la sagrada vista que se tenía desde allí de las águilas
de cuello blanco en vuelo. Según las Escrituras, el Señor Vishnu
tenía una de estas águilas, Garuda, como vehículo. Debo admitir
que lo que ganaba estimulándolo con preguntas acerca de los Ve-
das, las Upanishads, el Gita y el Dharma de los budistas, los jai-
44
nos, los saivitas y los vaishnavitas, era mucho más valioso para mí
que lo que me daban las aves buscando peces. Sus fascinantes ex-
posiciones sobre los antiguos textos me hacían ansiar durante to-
da la semana este banquete vehicular.
Pronto tuvimos también otro profesor, un hombre joven, recién
egresado de Oxford, el que miraba con desdén a nuestro afectuosa-
mente amado Rangaswamy Iyengar y al irritante símbolo rojo y
blanco de casta que brillaba sobre su entrecejo. Se oponía al home-
naje rendido a las remotas tradiciones. Hacía referencia a tales cole-
gas como a “vegetales”. Nos inició inocentemente en los cigarrillos,
aunque él era atacado por una tos asmática cada vez que fumaba.
Tuvimos que ejercitar nuestros talentos en tergiversación y en camu-
flaje, para poder retener el afecto y la apreciación de ambos profe-
sores.
No puedo dejar de mencionar al Profesor Schloss que nos ense-
ñaba sobre el “Renacimiento” de Walter Pater y al Profesor Sahas-
ranama Iyer, un especialista en las tragicomedias de Shakespeare.
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que vivía a cuarenta dificultosas millas de distancia. Tuve que traer-
me a mi madre a Trivandrum, en donde se asiló con su hermano. El
abuelo no dejó sino un montón de deudas: todo lo que había logra-
do juntar rasguñando, había sido disipado en su ambiciosa aventura
de arquitectura aérea para un templo en el que esperaba poder ins-
talar a su propio Vishnu.
Fue así que a los veintiún años, cuando emergí de la pupa de la
escuela, con un Diploma de Honor en Historia, tenía una mujer y
una madre pesando sobre mis manos. Busqué desesperadamente
un gancho donde colgarlas y, afortunadamente, conseguí trabajo
como profesor en una escuela secundaria, tipo Dotheboys Hall, en
Trivandrum mismo. Instalamos intrépidamente el hogar en 1919.
Sentía una punzante sensación de humillación, porque había gana-
do laureles como el Segundo Hombre de Honores de toda la Presi-
dencia de Madras; mi profesor de Oxford me había aguijoneado pa-
ra presentarme a los exámenes del IAS y el IAAS. Pero había teni-
do que venderme barato: por cuarenta monedas al mes. Para poner
a salvo mi conciencia, me inscribí en la Escuela de Leyes que fun-
cionaba por la mañana y por la noche. Podía decirle al mundo que
había abrazado las penurias de la pedagogía sólo como plato secun-
dario, como sustituto temporal, porque mi amada era la ley.
La suerte llegó muy pronto a acompañarme. Se me entregó
casi un cincuenta por ciento de aumento en mis ingresos mensua-
les. Un tal Damodaran Potti, algo chiflado, me pidió ser su escritor
anónimo. Se había presentado como editor para una revista men-
sual en inglés, la People’s Friend (el Amigo del Pueblo) y me ofre-
ció quince rupias por cada ejemplar que llevara su nombre. Tenía
una pequeña pieza como oficina, frente a la calle principal, junto a
la cual crecía un cocotero de edad mediana, del cual me permitía
usar los frutos para mis necesidades culinarias. Potti era un patriota
en tiempos en que el amor al país constituía una aberración criminal
y el Vandemataram (Te saludo, oh Madre) era un paño rojo para
“John Bull” (Gran Bretaña). Tenía que escribir de buen o mal grado
algunas páginas que golpearan en un inglés cáustico, porque Potti
era un patrón astuto. Quería que yo aguijoneara las pomposidades
pretensiosas y el falso parloteo de aquellos a los que elegía como
blancos. Me dediqué a pinchar y punzar tan aguzadamente como él
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lo deseaba, pero debo admitir que me dolía más que las aversiones
favoritas de Potti.
Me infectó también a mí con el virus del Vandemataram y gastó
dinero para llevarme con él las doscientas millas hasta Salem, con el
objeto de estar presente cuando Mahatma Gandhi visitara la ciudad,
apoyando una mano en el hombro de Mohammed Ali y la otra en
el de su aún más fornido hermano, Shankal Ali. Ambos llegamos
unos días antes de su arribo. Nos alojamos en casa del Director de
la Escuela Superior Municipal de Salem. Éste había sido profesor
mío en Trivandrum antes de aceptar esta nueva nominación. Cuan-
do el poderoso trío de Mahatma Gandhi y los dos hermanos musul-
manes descendieron del tren en la estación, ambos gritamos “Jais”
a voz en cuello, pero Gandhi no miró hacia arriba del árbol en que
estábamos subidos, al pasar bajo nosotros. Es posible que desapro-
bara que la gente mirara desde lo alto a los Alis. Fuimos arrastrados
por la muchedumbre, pero debo agregar que llegamos sin un rasgu-
ño hasta el estrado desde el que hablarían. Coincidía la visita con la
Exposición de Swadeshi. Sri C. Rajagopalachariar (Rajaji) estaba
presente, supervisando la organización. Le escuchamos dándoles la
bienvenida cuando llegaron y agradeciéndoles la visita cuando se
fueron. Entre ambas intervenciones fue muy poco lo que pudimos
oír, porque la vitoreante y sudorosa multitud que rodeaba el estrado
nos dio empellones, nos empujó y casi nos trituró. Retornamos al
“Amigo del Pueblo” exhaustos, pero entusiasmados.
La diosa de la viruela a la que había sido ofrendado papá, nos
persiguió hasta Trivandrum y exigió a mamá. Pero ella se defendió
valientemente. Tuvimos que emplear a una enfermera para cuidarla
durante los días críticos y ella la sacó adelante. Incluso antes de que
mamá fuera liberada de su gracia, su mortal lluvia de perlas apare-
ció sobre mi mujer, la que también era mi camarada, consejera y
compañera de alegrías y pesares… hasta tal punto había llegado a
convertirse en parte de mí mismo. Salió de la prueba ayudada por
las oraciones y la afectuosa atención de la Nightingale que había-
mos contratado y, además, cargada con un presente: Mariamma le
propinó un puntapié de despedida al asma que la había tenido reso-
llando desde el atardecer hasta el alba por siete largos años. Desde
entonces, está sin novedades sobre su respiración.
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Pude cumplir tanto con la secundaria como con la Escuela de
Leyes. De hecho, mi entusiasmo extracurricular me rindió buenos
dividendos bajo la forma de alegría íntima. Pese a que el dueño de
la secundaria pagaba mi salario sólo cuando llegaba a reconocer su
deber (vale decir, por ataque, con atrasos y con un alto grado de re-
sistencia interior), encontré suficiente talento entre los estudiantes
como para representar una obra en tres actos, en inglés, escrita y
dirigida por mí, titulada Shah Jehan, con el objeto de recolectar
fondos para los estudiantes pobres. El material lo extraje del Auran-
gazeb del profesor Jadrinath Sarkar que se publicara ese mismo
año. Yo interpreté el papel de Aurangazeb, aunque la trama giraba
en torno a Shah Jehan. En la Escuela de Leyes, persuadí a un gru-
po de amigos para poner en escena, el día de la escuela, la obra Ri-
vals, de Sheridan. Por mi parte, iba ascendiendo en la escala de los
logros históricos, puesto que después de Próspero, Bruto y Auran-
gazeb, me promoví al sublime rol de la señora Malaprop.
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BAJO LA TUTELA DE PARAMAHAMSA
E
ntretanto, revisaba las columnas de avisos de los diarios
en que se solicitaran conferencistas en institutos superio-
res o escuelas universitarias. En ninguna parte podía en-
trar como profesor, puesto que no tenía licencia para enseñar, ni di-
ploma o bachillerato en educación. En tanto que para un conferen-
cista no se requiere sino disertar. El suegro de mi suegro me advir-
tió, desde el mismo día en que supo de mi ingreso a la Escuela de
Leyes: “¡No seas un abogado! ¡No engañes! ¡Enseña! Sólo el profe-
sor puede llegar a ser feliz, tanto en este mundo como en el otro”.
Mamá me presionaba para que aceptara cualquier ofrecimiento de
una Escuela Superior que no estuviera ni muy cerca (teníamos de-
masiados parientes pobres) ni muy distante (decía que nuestros Dio-
ses guardianes estaban en el sur de la India). De modo que tuve que
dejar de lado ofrecimientos de Gorakpur en Utthar Pradesh, Juna-
gadh en Gujarat e incluso de Vishakhpatnam en la Presidencia de
Madras. Un buen día, después de responder un cuestionario para
mi examen de Leyes, caminé hasta la sala de lectura de la escuela
en donde ¡me saltó a la vista un anuncio de una secundaria D.B.C.
de Mysore! Se buscaba (afortunadamente para mí) un “Conferencis-
ta en Historia”. Mysore quedaba lo bastante lejos y lo bastante cer-
ca. Solicité el puesto. Antes de diez días recibí la respuesta de que
había sido aceptado. Decidimos cambiarnos a la tierra de las minas
de oro y los bosques de sándalo.
Habiendo estudiado en el Estado de Cochin, siendo titulado en
el Estado de Travancore y también munido de un Diploma de Ho-
nor en Historia (y uno en Leyes que no me atrevía a mostrar), tuve
que aparejar mis velas para un viaje más bien temerario hacia una
región de mesetas de la que apenas si sabía algo, fuera de las cua-
tro guerras de Mysore que libró la East India Company en contra
de sus gobernantes. Sabía que iba a tener que luchar duramente
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para sobrevivir en el clima lingüístico, literario, intelectual y social
que había de enfrentar allá y con los que no estaba familiarizado. El
mismo viaje desde Trivandrum a Mysore representaba una formi-
dable odisea de sesenta y ocho horas de duración, con seis paradi-
llas a lo largo del camino: bajándonos con todo y volviendo a
amontonarlo de vuelta. Mamá, sin embargo, me apoyaba para en-
frentarlo con valentía.
Ni yo ni mi mujer teníamos hermanos o hermanas. Teníamos,
en cambio, un gran número de parientes pobres que esperaban,
desde hacía ya tiempo, que alguien llegara a aportar al mes una
suerte de bonanza de tres dígitos. “Ninguno de ellos se aventurará
tan lejos”… me consolaba mi madre. Por otra parte, empero, insis-
tía en que yo debía rescatar a una allegada de la casa de mi mujer:
su madre. También ella observaba mis progresos y oraba por la
oportunidad de poder aliviar a su anciano padre de la carga de
mantener a dos hijas viudas, con sus respectivos hijos, bajo su aguje-
reado techo. Debíamos despedirnos del viejo patriarca, camino a
Mysore, y recoger a la suegra.
En el embarcadero de Trivandrum arrendé una barca de tama-
ño mediano, en la que podíamos acomodarnos los tres junto a los
enseres de la casa. Fue una odisea que duró tres noches y dos días,
durante los cuales la barca sorteó canales, aguas interiores y exten-
sas lagunas. Los dos tripulantes hundían sus largos palos de bambú
en el fondo y hacían avanzar la embarcación. Al salir hacia superfi-
cies de aguas anchas y profundas, desplegaban la vela y usaban un
remo como ayuda suplementaria.
Sentado solo en la pasarela transversal, bajo un cielo que, na-
da comprensivo, esbozaba un cuadro de mí mismo en Mysore, ad-
mirando los prados, dirigiéndome a los alumnos en el salón de la
Escuela, completa o moderadamente aislado de los demás por ser
brahmin (el movimiento en contra de esta casta había ganado ím-
petu para entonces en el sur de la India) o tratado con frialdad
cuando fuera incapaz de hablar su idioma. Oraba porque el destino
me protegiera, por poder abrir rectamente mi surco. Le rogué a
las estrellas que me evitaran ser foco de una atención malévola. Mi-
ré a las dos mujeres que dormían en la quilla. Sabía que también
ellas debían estar soñando con la Mysore en donde vivirían. Me
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preguntaba: “¿Encontrarán allí luz, risas y dulzura? ¿Podrán ser feli-
ces juntas, bajo un mismo techo?”.
Repentinamente, resonó una voz estentórea a través de la den-
sa oscuridad salobre. Provenía de un hombre parado en la ribera de
la laguna por la que navegábamos: un policía de la aduana. Nos en-
contrábamos justamente en la línea fronteriza, trazada años atrás
sobre el agua, entre el Estado de Travancore que nos había alojado
por tanto tiempo, y el Estado de Cochin, hacia el que nos deslizába-
mos. El policía podía ordenar que nos detuviéramos, enviar una ca-
noa para revisarnos y constatar si llevábamos contrabando e incluso
confiscar la barca si nos descubría culpables. No me sentía seguro
respecto de si los boteros llevaban algunos paquetes de opio o de
hojas de tabaco entre sus cosas. La voz, sin embargo, no nos orde-
nó detenernos ni acercarnos al muelle. “¡Eh, ustedes! ¿Hacia dónde
se dirigen?” Nuestro piloto, que era una engreída amalgama de
músculos y jactancia, replicó displicentemente: “¡A Mysore!”.
Esto era, realmente, el colmo de la impertinencia. ¡Cómo podía
un bote llegar a Mysore! Me preparé para la inevitable confronta-
ción con los guardianes de la ley que seguramente provocaría esta
insolente respuesta. Era posible que tuviéramos que esperar en el
muelle de la aduana hasta aclarar las cosas y que la policía perdona-
ra esta reacción pendenciera. No obstante, para mi alivio, la voz
nocturna se suavizó y gritó sarcásticamente: “¿Cómo? ¿No conocen
ningún otro lugar más allá de Mysore?”, terminando la conversa-
ción con una carcajada. ¡Esto representó el permiso oficial para que
ingresáramos ilesos al Estado de Cochin!
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Desde Ernakulam, los tres proseguimos por tren y por carreta
hasta la aldea de mi mujer, junto al río Poorna. Lo encontramos en
plena crecida, lleno de salvajes remolinos. Había que cruzarlo. Los
boteros de la zona eran diestros en hacer cruzar a la gente y tuvi-
mos que confiarles obligadamente nuestras vidas: arribamos a salvo
delante de la casa del abuelo. No teníamos sino dos días para las
postraciones, los adioses y los llantos. La suegra se mostró más que
feliz al aceptar la invitación de mamá. Era un hecho que anhelaba.
De modo que, cuando volvimos a cruzar este verdadero Rubicón
para nosotros, éramos cuatro a bordo.
Cuando bajamos del tren en la estación de Mysore, encontré
banderas, banderines, guirnaldas de hojas verdes y sonrisas en to-
dos los puntos hacia los que mirara. Se celebraba el festival del
Cumpleaños del Maharaja de Mysore. Descubrí que el equipaje con-
signado para acompañarnos en el mismo tren, no había llegado.
Era evidente que no había sido transferido en ninguno de los tres lu-
gares en que cambiamos de línea. El Jefe de Estación estaba dema-
siado ocupado como para escuchar mis reclamos. Me pidió que lo
contactara después de la semana de festividades, cuando se hubiera
calmado el trajín.
Para mí, esto constituía un desastre mayor. Significaba la
compra inmediata de vestimenta y utensilios de cocina: se tradu-
cía en la ruina financiera. La suma que había solicitado en présta-
mo para mantenerme el primer mes, se había reducido ya casi a
la mitad. Tendría que presentarme ante el Director, para comen-
zar a trabajar y tal vez enfrentarme a los alumnos, con mi ropa de
algodón sucia después del viaje. En la caja tan cruelmente separa-
da de mí, tenía una chaqueta impresionante, una hermosa corba-
ta, una espléndida camisa, un atractivo par de pantalones y un
lustroso par de zapatos livianos. El impacto que hubiera podido
causar en mi superior, mis colegas y mis alumnos, se desvaneció
en una cómica fantasía.
Por otra parte, ¿en dónde podía alojarme en esta ruidosa y
desbordante metrópolis del Maharaja? Había personas en Ernaku-
lam que me habían dicho que existían muchos hospedajes en My-
sore, en los que se podían arrendar habitaciones. Sin embargo, el
conductor del transporte que contraté me dijo que se llenaban muy
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rápidamente. Se ofreció a llevarnos de gira por varios lugares, has-
ta que encontráramos alguno en donde quedarnos. Le agradecí a
la desesperación que se pintaba en mi rostro el despertar en él el
deseo de mostrarse servicial. En diez minutos, su destartalado vehí-
culo nos llevó a un patio-posada para caravanas: el custodio decla-
ró que no nos podía ayudar. Otro corto paseo. Me bajé y, como
me indicara nuestro conductor, pasé por una reja en arco hacia la
oficina de esta posada. Alguien me gritó desde la ventana de una
habitación en lo alto de la arcada: “¿Quién es usted? ¿De dónde
viene? ¿Trivandrum?”… Era la voz de un ángel. Bajó hasta donde
yo estaba, un pugilista alto y macizo. Dijo que era estudiante en la
Escuela Colegiada a la que yo venía. Sabía que iba a llegar alguien
de Trivandrum para ayudarle a pasar los exámenes. Había fracasa-
do tres veces. Pero era el yerno del propietario del decrépito edifi-
cio que veía ante mí. Me dio una pequeña habitación con una mi-
núscula cocina adyacente, de modo que nos tendimos en el polvo,
entre las hormigas, para descansar un poco.
A la mañana siguiente, temprano, puse mi mejor cara. Sacudí
mi dhoti y mi camisa golpeándolos contra la muralla, y me puse mis
seniles sandalias de cuero. Caminé a la D.B.C.H. (Dharmaprakash
Banumiah Collegiate High School) y subí las escalinatas de madera
hasta el despacho del Director, avergonzado por mi proletaria vesti-
menta, temiendo la fría reacción que debería enfrentar, ensayando
para mis adentros la excusa y el apretón de manos inaugural.
¡Cómo podría describir la sorpresa que me esperaba! El Di-
rector se levantó y salió a mi encuentro. Se detuvo con las pal-
mas juntas y dijo: “¡Vaarungo, vaarungo!” (¡Venga, venga!, en ta-
mil). Vestía un dhoti, lucía una sonrisa de swadeshi bajo su blanco
turbante musulmán. En un minuto, nos convertimos en primos
carnales. Cuando mencioné mi dilapidado alojamiento, me felici-
tó por haber encontrado un techo cuando la ciudad rebosaba de
visitantes. Había un Shakar Rao sentado a mi lado, escuchando
el relato de mis vicisitudes. También él había venido para entrar a
la Escuela como Profesor de Ciencias. Me llamó aparte y me
ofreció un préstamo que bastaría para cubrir el costo del guarda-
rropa de la familia hasta tanto los Ferrocarriles de Mysore me en-
tregaran el equipaje.
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De este modo, las cosas tomaron un cariz relativamente mejor.
Se me asignó la enseñanza de Historia para la clase de ingreso a la
Universidad y la de Economía e Inglés para dos clases de secunda-
ria. Los cursos no eran muy numerosos y ¡los muchachos no eran
de palo! El fundador de la escuela, sin embargo, era astuto. Trataba
con las instituciones como si hubieran sido de su propiedad. Era co-
merciante de granos, prestamista y miembro del Concejo Municipal
de la ciudad. Nos pagaba personalmente los salarios en su tienda,
verificando cada mes nuestras credenciales con una enervante acu-
ciosidad. Una vez convencido de que debía pagar nuestros emolu-
mentos, nos los entregaba con expresión de dolor.
Todos los que alcanzaban las notas mínimas en el examen de
certificado de egreso de la escuela secundaria, eran declarados ofi-
cialmente aptos para el servicio público, en tanto que los que ob-
tenían un mayor puntaje, eran declarados aptos para la admisión
a estudios superiores. Estos últimos debían seguir un año de ins-
trucción en la clase “Colegiada” y pasar un examen de admisión.
Esto representaba un harnero bastante selectivo. Sólo alrededor
de quince candidatos aterrizaban ilesos; el resto era aventado co-
mo paja.
Disfrutaba enseñando y amaba a mis alumnos. Las lecciones
aprendidas de Gopalakrishna Iyer y de Subba Iyer configuraron mi
personalidad. Escribía cada día una nueva “Plegaria” para que la le-
yera entusiastamente uno de mis alumnos frente a la clase, ya sea
que la compusiera yo mismo o la seleccionara entre los escritos de
pensadores de todos los países. Estimulaba la representación y la
actuación de obras en inglés. Hubo una de una obra sobre “Chan-
drahasa” en la que representé el papel del ministro malvado que tra-
ta de usurpar el trono. El Vicecanciller, N.S. Subba Rao que asistió,
dijo en su charla posterior que yo era “perverso” hasta la punta de
mis dedos. Formé un Parlamento Estudiantil y edité una revista de
la escuela. Con mi amigo Shankara Rao, visité los hogares de los
estudiantes y desperté el interés de los padres por las “débiles e irre-
gulares” virtudes de sus hijos. Dirigí una encuesta acerca de los ante-
cedentes económicos de los estudiantes de la ciudad de Mysore que
buscaban ingresar en las Facultades de la Universidad. El informe fi-
nal fue publicado en el Diario Universitario.
54
Mi madre se llevó armoniosamente con sus contrapartes en la
espaciosa casa que ocupé. Tenía una vista panorámica del Chamun-
di Hill y del templo en su cima. Mi suegra se encerró en sí misma,
dejando confusa a mi madre, porque dejó de lado toda demostra-
ción de afecto hacia su única hija, mi mujer. Mas, este gesto genero-
so aseguró la tranquilidad doméstica. ¡También mi mujer fue lo sufi-
cientemente inteligente como para preocuparse más por mi madre
que por la suya! Y, más que nada, se ganó el afecto y hasta la ado-
ración de ambas madres al ser madre ella misma, en 1923. Un nie-
to llevó el calor del sol a sus envejecidos corazones, un sentido de
plenitud a la vida de sus progenitores y uno de continuidad entre el
pasado y el futuro.
Los modos y hábitos del fundador me causaban una inmensa
preocupación. Insistía en que debíamos conseguirle votos durante
las elecciones municipales y las de la Asamblea de Representantes
del Estado. Hacía uso del amplio vestíbulo de la escuela para al-
macenar carretadas de granos e incluso cebollas de temporadas
pasadas. Daba órdenes de cerrar la escuela cuando tenía necesi-
dad de utilizar las habitaciones. El salón se lo arrendaba a grupos
teatrales itinerantes.
Debido a todo esto, intentaba desesperadamente escapar en
busca de aire puro. Un colega mío, gandhiano y conferencista en
Lógica, alumno favorito del Dr. S. Radhakrishnan, quien enseñaba
por aquel entonces en el Instituto Superior del Maharaja en Mysore,
¡sugirió que me dedicara a la práctica legal! Había quedado impre-
sionado por mis ruidosas argumentaciones en la Sala Común y me
pintó un panorama color de rosa acerca del servicio público y la
prosperidad personal. Su cuñado era, hereditariamente, el Gurú de
alrededor de cincuenta aldeas en el Estado de Mysore. El anciano
trotaba de poblado en poblado en un pony, marcando sobre la piel
de todos los miembros de su grey los sagrados símbolos que les po-
dían franquear la entrada a su paraíso, cobrando al mismo tiempo
una suma por ello. Mi amigo me aseguró que este Gurú, cuya pala-
bra era ley, podía ordenarle a sus parroquianos, una agresiva turba
dada a las “vendettas”, que me aceptaran como su siempre victorio-
so abogado ante los tribunales de justicia. Hice el viaje de trescientas
cincuenta millas hasta su aldea: Siddavanahalli, y me sentí alentado
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por las seguridades que me diera. Me acompañó hasta Chitradurga,
la cabecera del distrito, y me prometió permitirme el uso de su ofici-
na en el primer piso, que le pertenecía, sin pagar arriendo hasta
que yo ganara lo suficiente como para poder hacerlo.
Existían, sin embargo, tres puntos en contra mía para lanzarme
al ejercicio de una profesión que, voluntariamente, había evitado
por tanto tiempo. Uno lo constituía un conocimiento a nivel infantil
de los idiomas que hablarían mis clientes: kannada y telugu. ¡Toda-
vía ponía en situación embarazosa a mis alumnos dirigiéndome a
ellos en el plural e insultaba a mis colegas, al Director y al venerable
fundador, al dirigirme a ellos por medio del singular! El segundo em-
brollo lo representaba el hecho de que mi diploma no constituía una
calificación suficiente como para permitirme la práctica legal. Ha-
bría de pasar otro examen sobre los Códigos de Procedimiento Civil
y de Procedimiento Penal. Este último obstáculo lo enfrenté directa-
mente y me hice del diploma. ¡El tercer impedimento lo constituía
mi “ignorancia de la ley”! Sólo la había degustado como un píldora
amarga. Solíamos referirnos a uno de los profesores de la escuela
por el mote de “Necesidad”, porque, como todos saben: “la necesi-
dad nada sabe de leyes”. ¡Tuve que aprender ahora, por la vía más
difícil: a través de mis clientes! Ellos tendrían que enseñarme cómo
abogar por ellos. Solicité a la Corte Suprema de Mysore el ser enro-
lado como abogado, autorizado para ejercer como tal ante ella y an-
te sus tribunales menores.
Bhagavan Ramakrishna Paramahamsa, empero, me sujetó al
borde mismo del cambio. Una helada mañana de diciembre, mi
amigo Shankar Rao trajo hasta mi puerta a una persona con la
que había viajado en el mismo tren y en el mismo vagón desde
Bangalore. Se trataba de Gopala Maharaj, bajo cuyo paraguas yo
había caminado muchas mañanas de lluvia torrencial, desde su pa-
lacio hasta nuestra secundaria, deteniéndonos en el camino sola-
mente para presentarle nuestros respetos al Director. Él había par-
tido a Madras y continuado sus estudios en el Christian College.
Según había sabido, se había convertido en un monje de la Orden
de Ramakrishna, pero jamás había imaginado verlo en su bata
ocre con una feliz sonrisa enmarcando sus dientes, parado frente a
mí en Mysore, desafiando a mi memoria con la pregunta de: “¿Me
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reconoces?”. Por supuesto que sí, aunque desconocía su nombre
monástico de Siddeshwarananda. Se encontraba en Madras, en el
Ramakrishna Math, dijo, cuando llegaron órdenes de la sede cen-
tral, el Belur Math, pidiéndole hacerse cargo del nuevo centro
abierto en Mysore. Sentía aprehensiones respecto a su designación
en una ciudad renombrada aunque desconocida para él, al igual
que me sucediera a mí, al levar anclas para iniciar mi viaje. Había
oído decir que su camarada de niñez se había establecido en algún
punto del Estado de Mysore, y tuvo la sensación de que si, de algu-
na manera, me podía tirar una cuerda, su navegación sería fácil.
En Bangalore, durante una paradilla de siete días en el Ashram de
Ramakrishna, interrogó al vendedor de frutas, al jardinero, al hijo
del vecino, a los más viejos y más jóvenes de los devotos que asistí-
an a las clases del Ashram, acerca de un cierto Kasturi de Kerala.
Pero puesto que me había convertido rápidamente en un mysoria-
no, nadie pudo decirle dónde se encontraba el Kasturi de Kerala.
Necesitando desesperadamente un hombre en donde apoyarse, le
hizo la misma pregunta a los cerca de treinta pasajeros que iban en
el vagón del tren que lo traía a Mysore. Shankar Rao levantó la
mano derecha, y lo trajo hasta mí. ¿Cómo podía ahora proseguir
con mis planes de “morir” como profesor y ser “sepultado” entre
“vendettas” y legajos legales?
Debido a un golpe de suerte, Swami Srivasananda, el monje
que había propuesto, planificado e inaugurado el Centro de la Mi-
sión en Mysore, había elegido un “bungalow” que estaba a diez yar-
das de mi propia casa. Sólo el ancho del macadam y la casa de un
devoto de Tirupati me separaban de mi amigo monacal. Srivasa-
nanda también había persuadido a unos veinte personajes de prime-
ra línea de la audiencia que asistió a su conferencia de iniciación de
campaña, en el Ayuntamiento, para acordar una donación de diez
rupias mensuales cada uno, para la mantención del Centro. De mo-
do que Siddeswarananda contó con un Centro totalmente amobla-
do, con amigos, financiamiento y un Secretario (es decir, yo). A los
pocos meses, la fascinación inicial de los personajes de primera lí-
nea se desvaneció, la corriente de donaciones se secó y nosotros,
los de la Misión, nos sentíamos ridículos ante nuestros propios ojos,
deprimidos, pero contentos.
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Muchos de mis alumnos de la secundaria colegiada provenían
de la clase de los comerciantes. Una investigación más acuciosa re-
veló que sus padres o tíos manejaban tiendas de provisiones. De
modo que acompañados por un grupo de estudiantes, ambos ape-
lamos a ellos en busca de ayuda. En la apretada lista que llevába-
mos, cada dueño anotaba el artículo (arroz, trigo, legumbres, acei-
te, combustible, sal) y la cantidad (libras u onzas) que nos podía do-
nar gratuitamente cada mes. La respuesta que logramos fue buena
e incluso entusiasta. Sin embargo, también esta buena voluntad
fue menguando muy rápidamente y muy pronto el Centro se en-
contró varado en los bajos.
El Ashram me brindó la oportunidad de salir de entre los muros
de la escuela. El primero de los discursos que di en el idioma kanna-
da, lo pronuncié cuando me tocó hablar ante la Conferencia de los
Terratenientes de Cooz, en un pueblo llamado Ammathi. Gopal
Maharaj (Swami Siddeswarananda) habló en inglés y yo le seguí, en
kannada. Leí el discurso, preparado con la ayuda de tijera y pega-
mento, extractado de libros en kannada sobre Ramakrishna. Me
sentí envalentonado para aceptar otros compromisos, cuando mis
conocimientos del kannada fueron mejorando con el uso.
El problema que teníamos era el de reclutar jóvenes para ser-
vir bajo los pendones de Ramakrishna. En aquellos días eran mu-
chos los que poseían la lealtad, mas el obstáculo era su apatía. Su-
gerí que comenzáramos por clases de instrucción gratuitas, para la
rehabilitación de los que habían salido lesionados o decapitados
de los exámenes para la admisión en la Universidad. Se trataba de
un número considerable: ochenta y cinco u ochenta y seis de cada
cien que le presentaran sus pechos desnudos a la metralla. Yo sa-
bía que Gopal Maharaj se ganaría los corazones de los que llega-
ran al Ashram para estos cursos, por medio de su innata suavi-
dad, dulzura y su sadhana espiritual. Logramos asegurarnos los
servicios de muchos profesores de la Escuela del Maharaja y de la
Colegiada. Cada año fueron más de ochenta los que se sometie-
ron agradecidos al reacondicionamiento, retornando como bajas
sólo algunos, una que otra vez.
Entretanto, me enrolé como experto en un campamento para
Rovers (los jefes de grupo de scouts) y a mi regreso, seleccioné a
58
unos veinte entusiastas jóvenes de entre ellos, y los nombré Viveka-
nanda Rovers. Me sentí muy orgulloso cuando recolectaron fondos
para la tropa, emprendiendo la pesada tarea de lavar y pintar “bun-
galows” y de pegar carteles en cercas y muros. Un soleado lunes, la
fortuna se cruzó inesperadamente en nuestro camino. El grupo ve-
nía saliendo de la empresa de hilandería Sri Krishna Rajendra, des-
pués de haber pasado por cada una de sus secciones, aprendiendo
acerca de todo lo que sucede cuando las bolas de algodón son trans-
formadas en hilo. Estábamos relajándonos bajo un árbol junto al ca-
mino, partiendo maní, cuando la sirena anunció ¡Fuego! Siguieron
tres horas de heroica actuación de los Rovers. Recibimos una carta
de agradecimiento del Director Gerente de la empresa.
Era en esos días que el imbatible genio literario T.P. Kailsam,
actuaba en sus obras teatrales en kannada, divertidas en la super-
ficie, aunque latiera el dolor por debajo, como “Poli Kitti” (el que
nunca prospera), por ejemplo. Mis Rovers presentaron un espec-
táculo realmente bueno al representar esa obra durante el Rally
Estatal de los Scouts en Mysore, cuando el Príncipe Jayachamara-
ja Wodeyar era iniciado como novato en el scoutismo. Produjimos
una tan buena impresión que su padre, el Yuvaraja de Mysore,
nos invitó a representar nuevamente la obra en su palacio, para
que el príncipe la pudiera ver de nuevo en compañía de sus pa-
dres y hermanas.
Otra obra que nos trajo fama fue La Hija del Director, escrita
por mí, con un reparto enteramente masculino. Cuando el Mahara-
ja de Benares visitó Mysore, el Maharaja de Mysore organizó un
“garden-party” en el hipódromo y honró a la tropa de los Viveka-
nanda Rovers con una invitación para presentar esta obra ante Su
Alteza. Nos disparamos en la estima pública como individuos que
eran capaces de atraer a la realeza para presenciar sus travesuras.
Comenzamos a llevar a las tablas tanto sátiras sociales como obras
moralizadoras basadas en temas mitológicos, y donamos los ingre-
sos que obteníamos al Ashram a los fines de subvencionar la comi-
da para los pobres (en ocasiones como el Cumpleaños de Sri Ra-
makrishna) en Mysore y en Ponnampet, en Coorg.
Durante uno de estos espectáculos en Mercara, Coorg, tuve
que arrastrar a los actores del escenario a los camarines, porque
59
oí a alguien que gritaba: “¡Dispárenle a ese tigre!”. El caballero de
marras estaba ebrio y no quería otra cosa que ir de cacería. El te-
lón ante el cual se desarrollaba la trama, era absolutamente irrele-
vante para el tema: se actuaba en una riña callejera, pero el telón
de fondo representaba a un tigre de Bengala en medio de altas
hierbas. Puesto que Coorg estaba fuera de la jurisdicción de la Ley
de Armas y que la mayoría de sus habitantes eran ases en punte-
ría, los amigos me congratularon por mi presencia de ánimo. El
ebrio y entusiasta dignatario fue rápidamente sacado de la sala y
se continuó con la representación, aunque el miedo había enfria-
do la pasión de los actores.
No obstante, todo lo que sube habrá de caer algún día, algún
momento, en alguna parte… Y así sucedió, en Hassan, en donde
nuestras ganancias no alcanzaron sino para costear una fotografía
del grupo, de “nosotros”, los heroicos participantes, ¡todos carac-
terizados! En esta foto, tenemos frente al grupo a una tímida da-
misela, sentada en el suelo (uno de los Rovers), junto a una gran-
dísima caja de latón sobre la que habían pintado las letras “M.T.”
para subrayar el triste final de nuestra aventura. ¡Significaban:
“empty” (vacía)!
Los Vivekananda Rovers le dieron un buen uso al garaje deso-
cupado en el Ashram. Cavaron a una cierta profundidad en el suelo
y rellenaron la excavación con tierra roja, para utilizarlo como un
cuadrilátero de lucha. En esos días, la Escuela del Maharaja podía
enorgullecerse de los muchos campeones en ciernes que tenía.
Contamos como visitante regular con un miembro de la familia real,
un patrono de la lucha, para guiar a los muchachos en el aprendiza-
je del valiente arte.
Gopal Maharaj era el Presidente y yo, el Secretario, pese a
que no tenía secretos que requirieran que yo los protegiera de la
vista del público. Visitábamos los albergues y alojamientos de los
estudiantes que llegaban casualmente al Ashram, que frecuenta-
ban las charlas que dictaba Swami o que estaban inscriptos en los
cursos de instrucción. Deseo hablar de una de estas visitas, por-
que tuvo repercusiones superlativas en los tres involucrados. Se
nos dijo que un joven estudiante, muy brillante, que solía venir a
intervalos para leernos los poemas que fluían de su pluma, estaba
60
enfermo. Su nombre era K.V. Puttappa. Vivía con su primo en la
decrépita parte alta de un almacén de granos situado en el ruidoso
y polvoriento Santhepel o Gran Bazar de la ciudad. Lo encontra-
mos tendido en la cama con fiebre. Sospechamos que tenía tifoi-
dea. Contactamos al médico residente del Hospital Krishna Rajen-
dra y Puttappa fue admitido como paciente interno. Cuando fue
dado de alta, después de permanecer allí una semana (durante la
cual le visitamos a diario), Gopal Maharaj insistió en que debía
convalecer en el Ashram. Habíamos encontrado numerosas colo-
nias de bichos en los pilares y murallas de la malsana buhardilla en
la que vivía. Le rogamos, en el nombre de Ramakrishna, que deja-
ra para siempre ese alojamiento. Cuando algunos iniciados e in-
ternos protestaron por la intrusión de un joven no iniciado en el
círculo sagrado, Gopal Maharaj escribió al Belur Math indicando
que Puttappa estaba destinado a convertirse en un firme pilar de
la magnífica mansión de la Cultura Bharathiya. Estaba determina-
do a apoyarlo por todos los años que el joven poeta quisiera.
Durante sus años en el Ashram, Puttappa floreció como poeta
con sensibilidad de estilo y de pensamiento. Se llenó con la percep-
ción de la Conciencia Cósmica a través del impacto de Ramakrish-
na y Vivekananda. Siddheswarananda y yo ganamos alegría por
medio de este Sadhana de Seva. También aprendimos de Puttappa
la riqueza de los clásicos kannada, en donde bardos jainos, saivitas y
vaishnavitas ensalzaban las victorias espirituales alcanzadas por ellos
mismos y por los santos de esta tierra. Mientras Puttappa leía con
celo las stanzas, nosotros escuchábamos maravillados a los variantes
estados de ánimo de la Musa, el trueno, el retumbar, la cascada, el
golpeteo de la lluvia, el murmullo y el silencio.
Siddheswarananda impresionaba a la élite de la ciudad de My-
sore como un Sanyasi simple y santo. Fue capaz de ganarse el res-
peto y el afecto de estudiantes y docentes a través de su dulce y di-
recta sinceridad, su amor a la música y su refrescante sentido del
humor.
Ambos nos acercamos al Dr. Brajendranath Seal, el Vicecanci-
ller de la Universidad, y le pedimos que nos diera algunas charlas
sobre el Gita. Accedió y fuimos muy beneficiados, porque era un gi-
gante intelectual, poseedor de un colosal dominio de los sistemas fi-
61
losóficos orientales y occidentales. El Swami habló con los Profeso-
res de Psicología y Filosofía de la Universidad, además de los acadé-
micos de la Escuela de Sánscrito auspiciada por el Maharaja de My-
sore. Muy pronto el Ashram se convirtió en un lugar en el que mon-
jes y novicios de la Orden de Ramakrishna podían residir y equipar-
se para cumplir con sus deberes como expositores del pensamiento
y la cultura indias. El encargado de inscripciones de la Universidad,
Sri V. Subrahmanya Iyer, era un acreditado profesor de la escuela
monista de pensamiento iniciada por Sankaracharya. Fue aceptado
por Suddeswarananda y los monjes. Como Secretario del Ashram,
tuve el privilegio de sentarme con ellos en las clases, beneficiándo-
me con las charlas sobre Lógica de Oriente y Occidente, las Upa-
nishads, el Gita, las escuelas no dualista y dualista del pensamiento
indio y, también, psicología. Muy pronto, estas exposiciones se con-
virtieron en un curso de dos años de duración para sucesivos grupos
de monjes. El Maharaja que había honrado a Sri Subrahmanya to-
mándolo como su instructor, le dio su ayuda financiera al Ashram
para el establecimiento de estos cursos.
En 1937 llegó a Mysore Swami Sivananda, conocido como
Mahapurushji y Tarak Maharaj. El tener la oportunidad de ver a la
persona que, a través de un camarada y compañero en la senda es-
piritual llegó a ganarse, en Dakshineshwar, el apelativo de “Maha-
purush” con que lo distinguiera Swami Vivekananda, constituyó en
verdad, un valioso presente del Paramahamsa para mí. Recordé, al
estar sentado frente a él, lo que había leído acerca suyo en el Sri
Ramakrishna Leela Prasanga. “El Dia de Shivaratri, en 1887, a las
9 de la mañana, cuando Mahendranath Gupta ingresó al Baranago-
re Math, encontró a Mahapurushji y a Brahmananda danzando jun-
tos, cantándole una canción a Shiva, compuesta por Vivekananda.”
Tarak Maharaj se había sumido en el Sivananda y fue éste el nom-
bre monacal que adoptó. Gopal Maharaj me aconsejó que me deja-
ra iniciar en un mantra por él, para que mis ejercicios espirituales
que eran intermitentes y algo indiferentes, se volvieran más sistemá-
ticos y fructíferos. Algunos días más tarde, cuando el Mahapushji se
encontraba en el Ashram de Sri Ramakrishna en Bangalore, me en-
tregó el mantra de Sri Ramakrishna, dándome sus bendiciones para
mi progreso espiritual.
62
Sin embargo, pronto me di cuenta de que la meditación y la
posición de loto no constituían mi fuerte. Pese a mi participación
regular y a una rigurosa postura —observadas más para conseguir
la aprobación de Gopal Maharaj y asegurar así mi estatus como
Secretario del Ashram que para alcanzar una sintonía espiritual—
no sentía llamado interno alguno para descubrir la luz interior a
través de la punta de mi nariz. No podía aislarme de los vínculos
familiares ni sociales. Es así que, poco después me liberé de la ru-
tina, para gran pesar de mi monacal amigo y mentor. El Karma
Yoga, vale decir “adorar a Dios en y a través del Hombre” consti-
tuía, en mi opinión, la senda hecha para mí. Gopal Maharaj ter-
minó aceptando mi actitud como algo que me sería genuinamente
beneficioso.
En el encargado de las inscripciones de la Universidad, un in-
cansable maestro del Advaita, encontré a un prestigioso cómplice.
Cuando Paul Brunton llegó a la India para proseguir su investiga-
ción de las enseñanzas secretas de Oriente, el Maharaja de Mysore
—él mismo un serio buscador de ellas— envió a este caballero con
una misión al lugar en que se encontraba el maestro (la estación de
Kemmagundi Hill en los Ghats Occidentales). Paul Brunton lo des-
cribe como “un caballero brahmin, de anteojos y blanco turbante,
de expresión plácida y de baja estatura”. Cuando entró en la habita-
ción de Brunton, llevaba tres pequeños libros bajo el brazo. Estos li-
bros eran sus compañeros inseparables: el Bhagavad Gita con los
comentarios de Sankaracharya, la Mandukya Upanishad de una
docena de versos con un comentario que se extendía por doscien-
tos versos del Sabio Gaudapada y el Ashtavakra Samhitha. El
Samhitha es un texto esotérico de la escuela de pensamiento Ad-
vaita. Se dice que una copia de este texto la guardaba Sri Rama-
krishna bajo la almohada de su camastro, en Dakshineswar. Solía
llamar a Vivekananda a su lado y, entregándole el libro, le indicaba
estudiar el contenido. Subrahmanya Iyer le presentó este texto a
Brunton, a quien le reveló nuevos horizontes para la experiencia in-
tuitiva del Sí Mismo Superior. El Samhitha no recomienda a los gu-
rús, los mantras ni el sentarse en dhyana.
Los monjes y novicios del Ashram en Mysore aprendieron del
mismo viejo brahmin con anteojos el Advaita, tal como él lo expo-
63
nía, por intermedio de estos tres libros. ¡A muchos no les gustaba
el Ashtavakra Smhita, porque no eran capaces de la temeridad
de participar en la ingesta del menú que el Paramahamsa conside-
raba adecuado para la potencialidad digestiva de Vivekananda! Lo
que me atraía entonces en el Ashtavakra era su caracterización
del dhyana, en cuanto ritual estéril. Declara que la idea misma de
la meditación es una confesión de la imperfección de uno, como
asimismo un insulto imperdonable al Sí Mismo Perfecto que todos
somos. El cognoscente que medita en lo que se busca conocer a
través del proceso y el conocimiento adquirido por él, representa
una tríada que no existe. “Solamente existe Aquello.” No se re-
quiere nada más que una aprensión de este hecho.
Este consejo me proveyó de un argumento en contra de las
fórmulas de adoración aceptadas. No creía que Dios o la Persona
cuya voluntad encontrara expresión en el mundo, pueda ser abor-
dada o apaciguada a través de la meditación en santos o en gurús.
Mi supuesto era que todos nacemos y nos vemos abofeteados por
fuerzas que nunca llegaremos a entender y que no debemos de-
sestimar. La mejor manera de reaccionar ante estos apaleos, era
el “sonreír y soportar” o el “reírse y dejar de lado”, teniendo co-
mo único sadhana el hacer tan felices como podamos a nuestros
prójimos.
Entretanto, la Universidad emprendió su habitual manipula-
ción de cursos y currícula. El 2+2+2 (cursos de pregrado, de gra-
do y de posgrado) había sido desfigurado años antes como
1+3+2 (ingreso a la Universidad, grado y posgrado). Repentina-
mente se redescubrió la validez del 2+2+2. El curso de pregrado
fue rebautizado como Intermedio y fue dictado en escuelas supe-
riores especiales. Se le agregó un curso de honor de tres años,
con un año adicional de estudios para lograr el grado de Maestría.
De modo que se reformuló como 2+2+2 ó 2+3+1. Yo me había
desempeñado como conferencista para el curso de ingreso a la
Universidad en una Escuela Superior Colegiada y no era sino co-
rrecto, justo y decente el que se me transfiriera a las Escuelas In-
termedias, todas las cuales dependían de fondos públicos y eran
administradas por la Universidad. Después de prolongadas vacila-
ciones y negociaciones, en medio de intermitentes asaltos de con-
64
ferencistas de otras escuelas, temeroso de ser desmontado o piso-
teado por el hecho de haber entrado de contrabando, Dharma-
prakasha Banumiah me transfirió a la Universidad de Mysore en
junio de 1928.
65
AVENTURAS ACADÉMICAS
L
a Universidad me contrató por el mismo salario que reci-
bía desde 1920, es decir ciento cincuenta rupias al mes.
Me mantuvieron con el mismo ingreso por diez años
más. Pero en la Escuela Intermedia y posteriormente en la de Artes
del Maharaja, adyacente (cursos de grado y de posgrado) a la que
fuera transferido, encontré suficiente compensación en las ilimitadas
facilidades para hurgar en la Biblioteca y para desarrollar un cons-
tructivo compañerismo con los estudiantes a través de dramas, deba-
tes y campamentos de servicio en áreas rurales.
Durante diecisiete años completos estuve en medio de cole-
gas cuya forma de vida era tan significativa y activa como la mía.
Se dedicaban a diferentes Facultades exponiendo sobre inglés,
kannada, telugu, tamil, hindi, sánscrito y persa, como también
sobre Historia, Filosofía, Economía, Sociología y Psicología. La
“Sala Común” en la Escuela del Maharaja era la arena en que lu-
chaban veinte gladiadores, finteaban pugilistas y luchadores de-
mostraban sus llaves, con los modales más untuosos y el más
gentil de los estilos. Solíamos correr hacia las sillas que nos espe-
raban, tan pronto como la campana sonaba para liberarnos de
las salas de conferencia, para continuar la refriega desde el punto
en que la habíamos dejado. Con el objeto de ganar la victoria pa-
ra nuestros prejuicios favoritos o de incapacitar a las predileccio-
nes, mascota de un colega resistente, nos estrujábamos todo el
día el cerebro. Una tradición popular, un giro fonético, un pro-
verbio, una cita, un axioma o un adagio, eran perseguidos por
todo el planeta, para que pudiéramos retrazar sus raíces o encon-
trar sus emparentamientos.
Mis colegas a menudo me provocaban con bromas por mis be-
licosas bravuconadas. Un amigo, Narayana Sastry, del Departamen-
to de Psicología, ha inmortalizado este desafortunado rasgo mío en
67
su libro en kannada sobre los “Sueños”. Estaba escribiendo sobre el
Censor y cómo, por temor al Censor, los deseos reprimidos surgen
a la superficie con otra vestimenta, a través de las grietas de la tapa
junto a la cual monta guardia. Lo que al parecer deseaba, era amor-
dazarme. El malvado anhelo fue reprimido en el subconsciente, pe-
ro había de ser disuelto en el país de los sueños por medio de un
drama actuado por intérpretes disfrazados. En el sueño veía a la
mujer del gran Gandhi, cuyo nombre llevo, yaciendo amordazada
sobre el estrado en el que estaba de pie Sastry, leyéndole un discur-
so de bienvenida al Mahatma.
A pesar de estas aberraciones, éramos un grupo feliz y diverti-
do, que adoptaba cualquier locura que tuviera sentido, en la vestidu-
ra y el lenguaje. Desechamos las corbatas y abotonamos los cuellos
de nuestras chaquetas a partir del 15 de agosto de 1947. Converti-
mos en un ritual de mediodía el comer naranjas, en tanto que los
pobres sólo podían consumirlas cuando lo recetaba el médico. Nos
multábamos con una tartaleta cada vez que usábamos una palabra
en inglés al hablar kannada. Buscábamos apresurar el progreso del
idioma y de su literatura. Tradujimos La Defensa de la Poesía de
Shelley; el ensayo Sobre la Historia, de Carlyle; El Culto de un
Hombre Libre, de Bertrand Russell y otros documentos que son si-
miente del pensamiento inglés. Presentábamos nuestras versiones
en kannada después de comer en nuestros espacios para pic-nic.
Formamos una Asociación de Profesores Universitarios. Yo era uno
de los dos Secretarios, junto a un dinámico conferencista en Filoso-
fía de agradables modales, G. Hanumanta Rao. Proyectamos pro-
gramas para Semanas de Extensión de Lectura y estudiamos las in-
vitaciones de sociedades literarias de ciudades distantes. La idea
prendió y ganamos una vasta experiencia en el “modus operandi”
de comunicarle al hombre común la información con que contába-
mos y la inspiración que podíamos entregar. Yo estaba enseñando
Antropología Social en la Facultad, de modo que podía hablar sobre
costumbres matrimoniales, las castas, el “mal de ojo”, la creencia en
fantasmas, las costumbres de sepultación, etc. Como conferencista
en Historia India, hablaba sobre Ashoka, Akbar, los peregrinos chi-
nos a la India budista, profesores indios en la China budista y la difu-
sión de la cultura fuera de la India.
68
Aquéllos eran días en que la mayor porción de la gente de ha-
bla kannada se encontraba inscripta bajo administraciones con
predominio de los idiomas marathi, urdu, telugu y tamil, centradas
en Bombay, Madras y Hyderabad, y bajo más de una docena de
gobernantes llamados Nawabs, Rajas y Sultanes. Estos potentados
contaban también con variados grados de independencia respecto
de la supremacía de la Corona Británica, ejercida por el Virrey en
Delhi. El Nizam de Hyderabad, por ejemplo, fue promovido del
usual “Su Alteza” a “Su Exaltada Alteza” y más tarde, al peldaño
más alto de la escala (apoyada en el muro británico) de “¡El Aliado
de Su Majestad!”. Un gran pedazo de los exhaustos dominios del
Nizam era kannada de todo corazón. La elite intelectual del Esta-
do de Mysore no pudo mantenerse marginada del movimiento
que surgía entre los súbditos de estos regentes en cuanto a unifi-
car al pueblo kannada, al menos en lo concerniente a los niveles
social, artístico y literario. Nosotros, los académicos universitarios,
entramos en este arriesgado campo de la fraternalización. Me
sentía contento de compartir con otros los saludos que recibía-
mos, como “zapadores y mineros” del ejército kannada, más allá
de los límites del Estado de Mysore, como mensajeros de la reu-
nión, en todos los festivales literarios.
También era invitado por grupos de devotos a muchas ciudades
y aldeas para hablar sobre Ramakrishna y Vivekananda. Tanto los
Rovers de mi tropa como los participantes en las clases de instruc-
ción se mostraban ansiosos por tenerme en sus aldeas por algunos
días. También pude reclutar a unos pocos estudiantes para lo que
llamábamos “Reconstrucción de Aldeas”. Como Secretario del per-
sonal docente de la Unión Universitaria (establecida sobre la base de
uniones similares en las Universidades de Oxford y Cambridge, con
un Secretario elegido por los estudiantes y uno, del personal docen-
te, nombrado por el Director), pude tomar un interés más profundo
en este tipo de trabajo. Mi amigo, el conferencista en Matemáticas,
T. Krishnamurthy, era un entusiasta de los programas de alfabetiza-
ción para adultos y participé activamente en ellos, preparando “Li-
bros de Lectura” de primer grado en kannada, para los reciente-
mente alfabetizados, después de dictar clases en una colonia de ar-
tesanos en bambú, en Chamundipura.
69
Se descubrió que era imposible que los adultos de las aldeas se
mantuvieran alerta o al menos despiertos, durante nuestras eruditas
disertaciones o que ni siquiera pudieran vadear a través de los intrin-
cados laberintos de deducciones e inducciones que gusta exhibir la
Universidad. De modo que decidí comunicar el mensaje del mejora-
miento individual y social a través de un medio que ya les era fami-
liar: la música y el drama.
Con la ayuda de un grupo de talentosos jóvenes estudiantes, in-
cluyendo a mi hijo, realizaba giras durante las semanas de vacacio-
nes, presentando en las aldeas obras teatrales acerca de la elimina-
ción de la intocabilidad (Nanadar y Thiruppanalwar), la erradicación
de supersticiones (Mankasura Vadha), la promoción de la alfabetiza-
ción (Sambho). Puesto que estas obras se basaban en antecedentes
épicos, puránicos o hagiográficos y se presentaban con cantos y
danzas populares, salpicados con apariciones en caracterizaciones
clásicas, eran recibidas con aclamaciones. En su mayoría se trataba
de obras sin un guión escrito, sino que yo y mi equipo improvisába-
mos sobre el escenario mismo, tejiendo la trama con hilos multico-
lores de profundidad y jocosidad, de pavoneo y pusilanimidad, de
repentinas entradas y salidas de Dioses y Santos.
Intenté también el medio del Harikatha, la narración dramati-
zada de las Vidas y Mensajes de Santos, héros épicos, Avatares,
copiosamente matizadas con cantos y comentarios sociales. ¡Mis
propias cuerdas vocales siempre han sido reticentes para acatar
las exigencias de la música! Por eso había entrenado a algunos es-
tudiantes y a mi hijo para que me ayudaran a interpretar los can-
tos en los contextos apropiados. Me iba con ellos por las aldeas,
motivado por el deseo de sacudirlas o impactarlas hacia la toma
de conciencia de su inercia y sus insuficiencias. Estas representa-
ciones (Katha) las montábamos sobre Buda, Sri Ramakrishna, el
Gita, Thiruppandalwar, Nandanar, Vivekananda, Meera y Akka-
mahadevi, en numerosas aldeas. Incluso reuní audiencias en ciu-
dades como Bangalore y Davangere. En donde fuera que lograba
entregar el mensaje, el mayor crédito le correspondía al equipo
musical. Llevando el chal naranja oscuro terciado (tomado en
préstamo de los pundits de palacio), fijando castañuelas de plata
en las palmas de mis manos (que me fueran regaladas durante el
70
Día Anual de la Unión Universitaria, nada menos que por el Vice-
rrector de la mía), pude hacer campaña, sin provocar resentimien-
tos o rechazo, sobre la proliferación de facciones en las aldeas, lo
exorbitante de los gastos en ceremonias, los sacrificios de anima-
les para propiciar a deidades maléficas, el aislamiento y la explota-
ción de las clases inferiores, e incluso la explosión demográfica,
porque descubrí docenas de ganchos en los antiguos mitos y le-
yendas, como también en las vidas de los santos, de los cuales col-
gar mis homilías. ¡Era la primera vez que un señor universitario se
había puesto el ropaje del Harikatha y había hecho sonar tam-
tams de plata! Muchos colegas se espantaron ante esta “devalua-
ción de la Torre de Marfil”. Otros lamentaron que me hubiera
convertido en un “rural maníaco”. Unos pocos se mostraron feli-
ces viendo que la profesión de la recitación Harikatha había adqui-
rido un brillante ariete y que podía ser también una cruzada.
Sir Mirza Ismail, el Dewan de Mysore, había invitado a Ban-
galore a un joven e inteligente egresado de Oxford con la misión
de entusiasmar a los estudiantes en la labor de mejoramiento so-
cial a través de centros instalados en las barriadas de pobres. Se
construyó un amplio edificio para que le sirviera de centro de acti-
vidades. En Mysore, comprometió a la Unión para arrendar una
casa en medio de Adikarnatakapuram: zona en que se apretuja-
ban más de mil quinientas viviendas de Harijans. Los estudiantes
fraternizarían con ellos a través de clases de alfabetización, de
bhajans, de lectura diaria de noticias para grupos de mayores, jue-
gos de “volley-ball” para los jóvenes y una atención consistente
para los enfermos.
Cuando se iniciaron las operaciones para el censo de 1940,
Krishnamurthi y yo optamos por Adikarnatakapuram como cam-
po para encuesta. Teníamos un grupo de doce encuestadores.
Uno de ellos, un brahmin como yo, se rehusó a entrar en el área,
¡puesto que era tabú para los nacidos con un mantra entre los la-
bios! Logré exorcizar el temor que amenazaba con estrangular a
su buena disposición. Vino conmigo al Templo de Rama de los
Harijans y les escuchó cantar bhajans desde el corazón al Señor
de las Siete Colinas, pese a que en esos días no les era permitido
poner los pies ni en el primer peldaño de los siete de subida. Mi
71
amigo encuestador derramó lágrimas al contemplar la fe que mos-
traban por los mismos textos hindúes que les marginaban. Cuan-
do terminó el trabajo del Censo, organicé una comida para los
que actuaron bajo mi dirección. El brahmin había aprendido hasta
tal punto a admirar y a compadecer a los Harijans, que aceptó
gustoso el sentarse a la misma mesa con sus colegas Harijans.
“Señor —me confesó— usted ha derrotado a este pequeño yo
que había en mí.”
Como organizador del servicio a las aldeas de la Unión, llevé
durante dos años, todos los sábados, a un grupo de estudiantes
para montar un campamento de un día de duración en Coorgha-
lli, una aldea situada a diez millas al oeste de Mysore. Después de
llegar hasta allí en bus, reuníamos a los niños, les enseñábamos
juegos y les contábamos cuentos. De a dos y de a tres, entrába-
mos en sus hogares y conversábamos en forma casual sobre los
problemas que planteaban o que les interesaban. Llevábamos mé-
dicos con nosotros, los que los examinaban y, según el caso, diag-
nosticaban y recetaban medicamentos. Representábamos obras
teatrales y leíamos libros de índole espiritual sobre las vidas de
grandes hombres y mujeres. Desde Coorghalli llevábamos a pe-
queños grupos de hombres y mujeres al palacio, a la granja gana-
dera real, a la estación de radio y al Colegio Quadrangle. Se nos
recibía como a hermanos y hermanas, y pronto nos convertimos
en amigos íntimos y guías de confianza.
A través de los años yo había desarrollado un opresivo senti-
miento de asombro, de perplejidad y hasta de indiferencia frente al
alboroto y el esfuerzo a que se sometían los seres humanos en todas
partes, en tanto que yo mismo llevaba un oasis dentro de mí, llama-
do Dakshineswar. Había llegado a la conclusión de que yo no era si-
no un balón de fútbol inflado, pateado por jugadores por el campo
de juego de mi destino. Me congratulaba por cada puntapié, porque
me hacía rebotar y darle alegría a la persona que lo propinaba. El
estadio de mi imaginación se ponía de pie y aclamaba mi fortaleza.
Rara vez se agriaba mi sentido del humor, pese a que reconocía la
mezquindad y pusilanimidad, la ampulosidad y la astucia en aquello
que los demás consideraban como grandeza de corazón y coraje,
sinceridad y genuinidad.
72
La revista de la Unión Universitaria publicó algunas de mis iro-
nías y sarcasmos, parodias y juegos de palabras escritos en kanna-
da. Un intrépido joven de Mandya arriesgó su dinero y su reputa-
ción publicando una recopilación de ellos, en forma de libro, bajo el
título de Yadwathadva (Así como es, es). La ilustración de la cubier-
ta: un tren que, habiendo descarrillado, sigue adelante sin orden ni
concierto, revelando la naturaleza del tren de pensamientos en que
se basa el contenido. Reventar burbujas, tomaduras de pelo, quitar
puntos de apoyo, minimizar montañas mostrándolas como granos
de arena, revelar la imagen verdadera, exponer los pies de barro,
demoler castillos hechos en el aire, hacer roncar a los “perros” dor-
midos y despertarlos para ladrar… en esto me entretenía preferen-
temente.
Mis libros en kannada, Allola Kallola, Upayavedanta, Anaku
Minuku, estaban llenos de estos ejercicios. Las novelas Galigopura,
Sanka Vadya, Grihadaranyaka y Ramgamayaki, la narración bio-
gráfica de un asalariado: Chengooli Cheluva, una recopilación de
enfoques de un simple oficinista: Chakradrshti, contienen todas
una subterránea corriente de dolor y compasión que, en cada párra-
fo, se plantea el dilema de “¿Nos reímos o debemos llorar?”, frente
al absurdo, la oscuridad, la incongruencia, el quijotismo, la pomposi-
dad o la obscenidad. El libro Aanarthakosa, una ficción, representó
un experimento en su factura, no sólo en cuanto a darle nuevos sig-
nificados a palabras antiguas, sino también por el amonedar de nue-
vos términos para un uso corriente y la reacuñación de viejos pro-
verbios en monedas contemporáneamente válidas. Mantuve mi po-
sición en la Facultad, publicando una monografía en kannada sobre
el gran Emperador Ashoka y un libro sobre Antropología Social en
el mismo idioma, acerca del matrimonio. En inglés publiqué resulta-
dos de investigaciones sobre Kerala en Karnataka y Los Últimos
Rajas de Coorg.
Mi hijo mayor, Narayana Murthy, seguía su curso de Geología
en el Central College de Bangalore. Estaba alojado en el albergue
del mismo y el Dr. M. Sivaram, como visitador del albergue, lo co-
nocía. El doctor era un entusiasta estudioso de las Ciencias Menta-
les, en especial de las exploraciones de la psique realizadas por los
santos y videntes de la India. Se le conocía como maestro de humor
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chispeante y luminosa sabiduría. Era amigo íntimo del ciclónico Kai-
lasam, quien había remontado la fama por su tumultuoso humor,
sus burlas quirúrgicas y su análisis diagnóstico de los episodios purá-
nicos. El Dr. Sivaram lanzó con osadía una publicación humorística
mensual que tituló Koravanji, término kannada para la mujer de
“Punch” (famoso personaje británico de humor político —N. de la
T.), Judy. Koravanji es la adivina gitana de la India rural. Antes de
lanzarse a esta peligrosa aventura, le pidió a mi hijo que me consul-
tara y se asegurara de mi cooperación, porque, como me escribiera
más tarde, “su sentido del humor es el feliz término medio: puede
golpear sin herir”.
¡Me uní con alegría a él! Por más de diez años esparcí, cada
mes, mi efervescencia por la mitad de las páginas de Koravanji. Me
apodaba “Rudramma” cuando la burla se inclinaba hacia la ortodo-
xia y “Srimathi Kesari” cuando lo hacía en sentido contrario. Me
ponía nombres para los numerosos tipos de humoradas y cocciones
literarias por las que me aventuraba: Patali, Naka, Taraka, etc. El
Dr. Sivaram y yo nos movíamos en un lubricado unísono, como dos
manos derechas de un mismo cuerpo. Tuvimos la suerte de poder
sacar a la luz del día a unos pocos estudiantes, como R.K. Laksh-
man y Nadig, que estaban dotados de la aviesa tendencia necesaria
como para ser plasmada en deliciosas caricaturas.
Cuando leí en las páginas de The Hindu que Shankar, el Low
indio, un alma afín con la misma chifladura, iba a lanzar un semana-
rio con su nombre y su primer ejemplar iba a ser anunciado con cla-
rines y fanfarrias por Jawarlal Nehru, le escribí una carta preguntán-
dole si pensaba incluir una sección similar a la de “Charivaria” del
“Punch”. ¡Le ofrecí enviarle un paquete de perdigones llenos de pi-
mienta por una columna así, cada semana! Tengo que admitir que
fue una audaz exhibición de engreimiento.
Shankar respondió que la columna de “Charivaria” estaría en
manos de un distinguido panel de editores. Además, indicó que los
matices del idioma inglés estaban más allá de la comprensión de la
mayoría de los lectores de su semanario, por lo que no había pensa-
do al respecto. Le contesté que estas “cerdas punzantes” yo las fa-
bricaba en kannada para mi columna “Urigaalu” del Koravanji y le
adjunté algunos ejemplos. La carta llegó a tiempo para el segundo
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ejemplar y, unos días después, el cartero me trajo el semanario que
incluía la “pushística” progenie de mi zonza materia gris, una bajo la
otra, con el encabezado de “Mera Cháchara”. Después de eso y
por siete largos años, seguí chachareando en la parte inferior de la
página tres, justo por debajo de la caricatura de la semana, de auto-
ría del temible Shankar mismo.
Observándome desde su laboratorio de ratas blancas en el De-
partamento de Psicología de la Escuela del Maharaja, se encontraba
el Dr. M.V. Gopalaswamy. Había estado presente cuando J.C. Ro-
llo, el Director, me alabó durante su discurso del día de la escuela,
refiriéndose a mí como al “camello” de ella, debido a que llevaba
tantas cargas sin protestar y con evidente agrado, pidiendo otras
más. Decidió poner otro atado sobre mis espaldas. Volviendo de
Holanda, de una conferencia de Psicólogos, había traído consigo a
Mysore un minitransmisor “Phillips”. Estimulado por un pequeño
monto de dinero anual de los fondos de la Corporación Municipal,
deseaba emplearlo para emitir programas educativos para el hom-
bre común, durante una hora al día. Encontró en mí al hombre indi-
cado para la tarea: me encantaba diseñar programas y enrolar a lo-
cutores y artistas. Él no podía sino prometerles el precio del trans-
porte en “tonga” y el tradicional “coco y pan”. Después de algunos
años de serio perillear, pudo lograr permiso para hacer uso de
transmisiones en onda corta por períodos más largos y contar con
fondos mayores. Se pudo extender el alcance y la amplitud de onda
de la emisora y se hicieron más variados los programas. Un día, el
Dr. Gopalaswamy se presentó en la Sala Común, el “cónclave” de
la escuela, y nos puso su cefalea sobre la mesa, pidiéndonos descu-
brir una cura. Deseaba encontrar una palabra india para bautizar a
su emisora. Hizo suya mi elección: Akashvani, y quedó asi para ex-
tenderse por todo el aire.
Luego pudo persuadirme para que me uniera a él, como Direc-
tor Asistente de la estación, con tiempo completo.
Ésos eran años de guerra y el enemigo se había acercado tanto
como para estar en Malasia, desde donde podía escuchar nuestras
transmisiones. Cada palabra había de ser sopesada y revisada, en
especial los boletines noticiosos. ¿Les revelo cómo preparaba los
boletines? Tenía en casa una radio “Zenith” cargada de años. Escu-
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chaba las “Delhi News” con el oído pegado a ella. Seleccionaba lo
que sentía podía interesar a los auditores en kannada, lo traducía y
enviaba el material, escrito a mano, a la estación con el anunciador,
un estudiante llamado H.K. Ranganath, ¡el cual cruzaba volando las
dos millas de distancia en su bicicleta! Cada día era una prueba de
fuego para mí, pero peleábamos por defender la vanguardia. En
una oportunidad descubrimos, demasiado tarde, que no debíamos
haber incluido en el Boletín que el General Wavell visitaba los jardi-
nes de Brindavan, ¡bajo la represa de Cauvery! Otro día, se nos
echó la culpa de haberle permitido al locutor decir: Srothrugalu (au-
ditores), sin haberlo escuchado previamente, ya que, por la forma
en que lo pronunciara, ¡algún caballero de largas orejas podía haber
oído Sathrugalu (enemigos)!
El 9 de agosto de 1942 escuché, como de costumbre, el noti-
ciero de la mañana. Lo traduje y lo envíe con mi ciclista. El arresto
del Mahatma y de varios otros fue emitido desde nuestra estación
de radio. Estaba en casa, escuchando a los Murdabads en el cami-
no, las excitadas multitudes dirigidas por M.V. Krishnappa, alumno
mío de la escuela, cuando se apoderó de mí el pánico: ¿Había escu-
chado bien en mi “Zenith”? Me desplomé, era incapaz de pronun-
ciar palabra ni de ver nada. En ese instante transmitieron noticias
en marathi. Mi hijo menor me sacudió diciendo: “Escucha”. Se con-
firmaba lo anterior. Me recobré del colapso.
Fuera de estos momentos de terrible tensión que eran exclusi-
vamente míos, éramos un animado grupo que experimentaba per-
manentemente con nuevos o mejores métodos de comunicación.
El Director, Dr. Gopalaswamy, tomaba un interés personal (dema-
siado personal a veces) en los programas. Mis sugerencias y co-
rrecciones las aceptaba de buen grado. A menudo se preocupaba
cuando “le pisábamos los callos” a personajes encumbrados o de
posición. En una ocasión en que transmitiéramos el cuento de La
Cenicienta, temió que hubiéramos herido los sentimientos de un
hipersensible aristócrata que tenía tres hijas, la menor de las cua-
les se encontraba más o menos en el mismo predicamento que la
heroína del cuento. En otra ocasión, quiso que cancelara un reci-
tal musical muy publicitado y bien ensayado, que se había progra-
mado en nueve sesiones durante las nueve mañanas del Festival
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de Dasara. Ya se habían dado cuatro y habíamos sido muy enco-
miados. El quinto día, los cantos se dirigían a otro de los sagrados
nombres de la Diosa Madre. Imaginó que un cierto personaje muy
importante podía resentirse por el uso de ese nombre, dado que
era el que llevaba su mujer. Quiso suspender las emisiones por to-
dos los días restantes, pero decidí arriesgarme a desobedecerle.
Como consecuencia, el Director pidió que un colega mío de la es-
cuela fuera designado como asistente y yo volví a la Universidad.
Debido a que yo navegaba por entonces en la cresta de una ola de
simpatía entre los auditores, fui “lanzado de un puntapié” a una es-
cuela Intermedia a doscientas millas de distancia, en medio de las
tierras altas de Mysore, infestadas de malaria, en donde los funcio-
narios recibían cada mes un salario extra, para permitirles adquirir
paquetes de quinina en las oficinas postales. Este tiro futbolístico
me sacó del campo de juego. Aunque no pasó mucho tiempo sin
que retornara al partido.
No podía sino rebotar en Shimoga, la ciudad a la que me en-
viaran. Durante los dos años que estuve allí, curando la herida que
me había dejado infligir, experimenté tres ideas para acrecentar el
amor de la gente del área por su tierra y su idioma. Los cuerpos
literarios de las tierras bajas de Mysore celebran cada año, con en-
tusiasmo, el Festival de la Primavera. Sentí que había que celebrar
con igual deleite la llegada del monzón y los interminables días de
lluvia, acompañada del tonante aplauso de los cielos y el alborota-
do clamor de la tierra. Los ríos Cauvery y Tungabhadra se llenan
con las lluvias del monzón y llevan la fertilidad y la festividad a las
tierras bajas, hasta llegar al mar. Las tierras altas se cubren de un
exuberante tapiz verde. Las forestas son reconfortadas por las co-
piosas y refrescantes lluvias. En cada casa, todos se reúnen felices
en torno al fogón. El joven poeta Parameshwara Bhat y el coordi-
nador del Shimoga Karnataka Sangha, Vishnu Bhat y yo mismo
(apodado como Brahma Bhat), formamos la trinidad para celebrar
el Varshagama Mahotsava, el Festival de Bienvenida a la Lluvia.
La idea prendió y el calendario estatal de festividades agregó otra
fecha en rojo para el Karnataka Sangha en Shimoga. Otra propo-
sición presentada y aceptada fue la del Concurso de Actuación
Improvisada para grupos teatrales “amateur”. Se asignaba una
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obra en kannada, de unos tres cuartos de hora de duración, sobre
uno de cinco o seis temas o situaciones preestablecidas, y se per-
mitían tres horas para su preparación y representación a partir del
momento en que había sido asignada. Debido a que yo ya estaba
familiarizado con este medio como parte del Proyecto de Mejora-
miento Rural en que había participado, huelga mencionar que mi
equipo ganó, en más de una oportunidad, el primer premio. Otra
idea que tomó fuerza desde entonces.
Otro experimento lo constituyó el “Día de los Humoristas”,
durante Deepavali. Lo bauticé como “Haasya Chataaki”, en reem-
plazo de los tradicionales fuegos artificiales, riesgosos y onerosos.
Se persuadió al Sangha para reunir a una variedad de personas
gordas y divertidas: un oficial de policía, un profesor, un médico,
un abogado, un comerciante, un cobrador de impuestos y un agri-
cultor, dándoles diez minutos para hacer gala de todo su humor.
Se logró un Deepavali lleno de carcajadas y muchos volvieron a
casa con los músculos doloridos de tanto reír. Este programa resul-
tó altamente contagioso y se extendió incluso hasta la impertérrita
Academia Literaria Kannada, en la metrópolis de Bangalore.
En 1946 me asignaron al Colegio Intermedio de Bangalore.
También tenía que dictar charlas sobre Historia Constitucional y So-
cial de Gran Bretaña a los estudiantes del Instituto Central que se
preparaban para el Diploma de Honor en Literatura Inglesa. Mi hijo
mayor había completado el curso en el Instituto Indio de Ciencias,
como investigador, en tanto que el menor, Venkatadri, ingresaba a
la Escuela de Ingeniería en Bangalore. Vendí mi casa en Mysore y
estaba buscando una nueva, alejada del bullicio y las diversiones de
la ciudad, aunque lo suficientemente cercana como para cumplir
con mis compromisos académicos, con Koranvanji y con el sema-
nario de Shankar.
78
EL DESASTRE Y LA LIBERACIÓN
E
ran agitados días aquéllos, cuando India calentaba sus
músculos para la vuelta final de su lucha por liberarse
del Imperio Británico. Cuando el 15 de agosto a media-
noche, la pelea terminó en victoria y fue proclamada la Indepen-
dencia de la India, mi hijo mayor se encontraba en Glasgow cur-
sando estudios superiores en Geología y el segundo estaba en ca-
ma con fiebre tifoidea. Escuchó por la radio la ceremonia de me-
dianoche. Al día siguiente, mientras oía el discurso pronunciado
en Red Fort por Jawaharlal Nehru, hubo de ser llevado en ambu-
lancia a una clínica, por calles que retumbaban con los ¡Jais! y ba-
jo arcos triunfales de oro y verde. Era un alegre muchacho de die-
ciocho años, prodigioso lector de libros, miembro activo del Cuer-
po Nacional de Cadetes, buen tirador, talentoso dibujante y la ni-
ña de los ojos de todo el mundo en casa, en el gimnasio, la biblio-
teca y el taller de su escuela. La clínica, sin embargo, no pudo
ayudarle para detener a las virulentas hordas. Mi más querido ami-
go, el Dr. Shivaram, con fama de Koravanji, era su médico. La
temblorosa llama se rindió finalmente ante la tormenta circundan-
te. No vivió sino nueve días en la India Libre a la que podía haber
servido por largo tiempo.
Fuimos condenados a continuar nuestras vidas cojeando, con
un vacío abierto por compañía. Mi mujer y mi madre se mostra-
ban inconsolables. Yo me movía apático en medio de la tristeza.
Apenas si me había recuperado de la puñalada que me enviara,
sangrante, a Shimoga, cuando este golpe me rompiera el cora-
zón. ¡Pero, a través de esta rotura, se metió dentro el calor Divi-
no! Swami Sambhavananda, de la Misión de Ramakrishna en
Mysore, me consoló diciendo: “¡Serás salvado por el mismo Dios
que te ha infligido esta herida!”.
79
Una semana más tarde, vino a verme Gopi, íntimo compañero
de colegio del hijo que había perdido. Había sabido la noticia por su
hermana. Me contó que había interrumpido su viaje en un lugar lla-
mado Dharmavaram, para pasar a rendirle homenaje a un tal Sathya
Sai Baba a quien veneraba. No osó pasar de largo junto al Divino
Maestro y seguir su camino. Baba le había dado unos paquetitos de
vibhuti para los padres de su amigo fallecido. Me los puso en la ma-
no diciéndome que este Baba nos daría la sabiduría para soportar el
dolor y el coraje para continuar con los deberes y responsabilidades
normales. Este Baba era un joven de veintiún años; hablaba kanna-
da y telugu, su lengua materna. Según Gopi, era la Divinidad.
Reaccioné cortante: “Mi Dios nos ha abandonado, como pue-
des ver… ¿qué podría hacer tu Dios para salvarnos?”. No me sen-
tía de ánimo como para aplicar la ceniza que me traía en mi frente
o mi lengua. Tampoco tuve la temeridad de tirar los paquetes. Go-
pi me contó que este Sai Baba era la encarnación del Sai Baba que
había vivido y enseñado en Shirdi, cerca de Nasik en la región de
Maharashtra. ¿Cómo podría la ceniza traerle consuelo a un padre
que le había prendido fuego al cuerpo de su hijo y no tenía lágri-
mas como para apagar el fuego que ardía dentro de él? (Los pa-
quetitos le fueron enviados a un vecino que tenía al Sai Baba de
Shirdi en su santuario).
Muy pronto, un anciano pariente mío vino para asegurarme
que la ceniza sí podía apagar este fuego, porque era un Presente
de Gracia de Sathya Sai Baba. Era un inspector sanitario retirado,
mas sospeché que se había “abuelado” demasiado. Su alegato so-
naba patentemente fanático. Su hijo, un entomólogo, había gana-
do una beca de la UNESCO para estudiar la invasión de escaraba-
jos que estaba arruinando las palmas cocoteras, y había dejado
Delhi para ir al Lejano Oriente. De modo que el viejo había veni-
do a Bangalore para quedarse con su hija. Su yerno era contador
de la Hindustan Aircraft Ltd. iniciada por Walchand Hirachand.
Había descubierto a Baba estando en Delhi aún. Había conocido
a muchos de sus devotos allá y, más tarde, ¡había viajado más de
una docena de veces a Puttaparti! Baba le conocía tan íntimamen-
te que lo había apodado “Potti”, el enano. Se sentía en verdad or-
gulloso y feliz de haber sido elevado a la posición de una curiosi-
80
dad fisiológica en la Divina Presencia. La mujer de mi hijo era la
hija de su primo. Por lo tanto, tenía libre entrada a mi casa; de
buen o mal grado, nuestros oídos tenían que tragarse sus narra-
ciones y descripciones, aunque ellas no hacían sino despertar en
nosotros la piedad por su enorme credulidad.
Mi Gurú, Mahapurushji, como asimismo todos los monjes de la
orden establecida por Vivekananda, advierten acerca de las perso-
nas que realizan “milagros”, además del daño espiritual que estas
engañosas demostraciones le causan, no solamente al individuo
mismo, sino también a otros. Un impertinente giro humorístico me
hizo ver que el nombre mismo asumido por Baba resultaba inapro-
piado, por decir lo menos. Le dije al anciano que “Sayee” implicaba
una maldición en la región de Kannada: la imprecación de “vete y
muere”. Tenía un amigo abogado, Dikshit, en Mysore, que había
muerto una semana después de regresar del Sayee de Shirdi. De
modo que, aunque el anciano podía seguir como quisiera con sus
cuentos, debía permitirme seguir aferrado a mis prejuicios.
Potti Iyer, sin embargo, tenía un nieto, el único hijo de su hija,
un Bachiller en Ciencias y brillante conversador. En verdad, resultó
ser un abogado mucho más persistente y persuasivo de la Divinidad
de este joven Baba. Aquí había un joven, argüía yo, un graduado
del Colegio de St. Joseph de Bangalore, adorando a una persona
de su misma edad como a un milagro andante. Realizando él mis-
mo un milagro, me convenció de aceptar echarle un vistazo a este
Baba que lo tenía fascinado.
Fue así que yo, mi mujer, mi hija y mi madre, acompañamos al
grupo de Potti Iyer hasta el “bungalow” del anfitrión de Baba, en el
Bull Temple Road. El salón estaba atestado de humanos. A Baba se
le veía sentado en un sofá, en medio de todos, con la cabeza apoya-
da en las palmas de Sus manos. No se podía ver más que la gran
mata de pelo crespo. Era dudoso que se percatara de nosotros o de
cualquier otro. No me sentí impresionado. Mas, en el camino, le di-
je a mi mujer: “Estas personas consideran a este silencioso Baba co-
mo su Maestro. Si dijera una palabra, accederían a recibir a Padma
en su hogar”.
Padma era mi hija. Le había sugerido más de una vez a Potti
Iyer que debía desposar a su nieto. Mi corazón estaba puesto en
81
ello, en especial después de unas pocas lecciones que le había im-
partido sobre la Constitución Británica, para su examen del ICS.
Mas sus padres no recibieron de buen grado la idea: tenían
otros planes. Temían que mi chequera fuera demasiado delgada
como para proveer la dote a la que su hijo podía aspirar. En ver-
dad, por propia iniciativa, el padre se había mostrado dispuesto ¡a
explorar, amigablemente, las posibilidades de un yerno para mí!…
Tomé esta promesa como un artilugio para calmarme. De modo
que, cuando fui testigo de su asombrosa lealtad por este montón
de pelo crespo, me pasó por la mente el pensamiento de que, si
por algún medio, Él pudiera ser engatusado como para que dijera
una palabra, la boda podría realizarse. No fue más que un débil
chispazo de la psique, un imperceptible susurro flotando en el
viento.
Estaba ansioso por saber más de este Baba, como un evento
interesante en la historia. Había ido donde estaba Ramana Ma-
harshi y permanecí allí tres días completos. Gopal Maharaj me
había dicho que si conseguía a alguien que leyera frente a él sus
propios poemas sobre el Arunachala o el Sí Mismo, me vería re-
compensado por una visión de su calidad de Paramahamsa, la
serena calma de “la madre pájaro, sola en su nido, quieta sobre
sus huevos”, como lo expresara. Descubrí que mi amigo lo había
predicho acertadamente. Visité el Ashram de Swami Siddharood-
ha en Hubli y aspiré las vibraciones de Shanti de Shiva. Mas la
inmensa corona de grueso pelo que había visto, la “creación” de
vibhuti, los “pronunciamientos proféticos”, las “menciones del
pasado”, los “sondeos en el futuro”, todo ello despertaba temo-
res y dudas en mí, a pesar de existir una traza de esperanza, de
apreciación, de admiración y de amor. Aunque me alerté a mí
mismo en contra de ser arrastrado por la corriente de exagerada
alabanza que echaban mis parientes sobre este Baba, no me atre-
ví a negar, a desacreditar o a desafiar. Me aferré a mi primer
amor con manos temblorosas y fe debilitada. Gopal Maharaj, que
podía haber sido mi puntal cuando la muerte cobró su presa, es-
taba lejos, en algún lugar cerca de Tolouse, enseñándole coraje a
la Francia asolada por la guerra, y exponiéndose él mismo a la
venganza de Rommel.
82
Pocas semanas después, Parameswara Iyer, padre del novio en
que había puesto mi corazón, dio con un joven del que estuvo segu-
ro que me iba a encantar. Subrayando sus logros y posibilidades,
afirmó que la estrella bajo la que había nacido indicaba una carrera
como ingeniero de calibre excepcional. Llevé a cabo una encuesta
preliminar sobre sus calificaciones y antecedentes familiares. Su pa-
dre me recibió y me confesó que se sentiría feliz de tener a mi hija
como nuera. Hicimos una visita formal a su hogar en Bangalore. Mi
mujer revisó la cocina, en donde mi hija estaría ocupada varias ho-
ras al día, si se realizaba el matrimonio. La encontró amplia, bien
iluminada y limpia. Yo emprendí un diálogo indagatorio con el no-
vio. Lo encontré alegre, inteligente y lleno de encanto. Supe que
había sido iniciado en una rutina de cultura física por un discípulo de
segunda generación de Eugene Sandow. Pude percibir la sustancia-
lidad de sus biceps y pectorales a través de la delgada camisa que
vestía. Nos despedimos, invitando al novio y a sus padres a nuestra
casa. En casa encontramos a nuestra hija en un mar de lágrimas: le
había hipotecado su corazón al nieto de Potti Iyer…
Parameswara Iyer recomendó el jueves como auspicioso para
el encuentro matrimonial de la pareja; agregó que Baba había decla-
rado, cuando aún era un infante, que Él era especialmente benevo-
lente ese día de la semana. Barrimos el piso, sacudimos los mue-
bles, colgamos cortinas, nos aprovisionamos de dulces y uvas, saca-
mos la platería y nos aprontamos para recibir al grupo. Para asegu-
rarme que no lo olvidarían, corrí a la casa de Iyer y golpeé a su
puerta a las diez de la mañana, aproximadamente, puesto que había
prometido acompañar a la familia y asegurar su aceptación de la
proposición matrimonial.
Se tomó algún tiempo en abrir la puerta. Su hijo ya había parti-
do al trabajo. Era contador en la Oficina de Agrimensura de la In-
dia. Podía oír los irritados y sonoros susurros intercambiados entre
marido y mujer al otro lado de la puerta. Me preguntaba acerca de
qué estarían hablando, cuando la puerta se abrió, después de un im-
perativo “¡chiiit!” del hombre, dirigido a la mujer.
Al parecer, Parameswara Iyer había tenido un sueño (!!) el miér-
coles en la noche. Sathya Sai Baba había aparecido en él (…la
mente suele jugar estos trucos mientras la inteligencia del dueño no
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está en casa…). Le pidió al devoto encontrarse con Él a la mañana
siguiente. De hecho, Iyer le estaba informando a su mujer de lo ocu-
rrido durante la entrevista. “‘Quería que vinieras para reconvenirte’,
fue como comenzó Swami, tan pronto le toqué los pies”, dijo Iyer.
Todo resultaba muy confuso para mi lógica. ¡El sueño, la orden, la
confirmación! ¡Un contador de más de cincuenta años respondien-
do a una invitación alucinatoria y orgulloso de haber sido reconveni-
do por un Baba recién salido de la adolescencia! ¡Resultaba patéti-
co, por decir lo menos!
“Sí, Baba aparece en sueños de acuerdo a Su Volición. Quien
le conoce, escucha atentamente las palabras que pronuncia en ese
nivel de conciencia, atesora las directivas, los consejos, las adverten-
cias que entrega y actúa conforme a ello al despertar… Le envié
una nota a mi jefe, pidiéndole permiso para ausentarme y me apre-
suré a ir hasta Su presencia”, dijo. “¿Cuál fue la reprimenda?”, pre-
gunté algo impaciente, porque deseaba volver a casa para poner los
puntos sobre las íes en la agenda de la hospitalidad que se estaba
preparando allá. “Me llamó severamente la atención por haberme
puesto a buscar un yerno para usted”, me espetó. “Lo siento, lo
culpan por ayudarme, cuando no lo hizo sino por compasión”, in-
tervine. “No, no… Escuche todo lo que tengo que decir. Estaba ab-
solutamente enojado conmigo —me dijo—. No debía haber desesti-
mado la proposición de que mi hijo desposara a su hija, ni haberme
puesto a buscar alternativas”. “¿Mencionó mi nombre?”, pregunté.
“¡Sí, el nombre suyo y el de su hija! Me preguntó por qué no había
demostrado entusiasmo cuando usted lo sugiriera, hace algunos me-
ses”, continuó. “¡Pero tenemos a esta otra familia que viene a mi
casa esta noche”…, dije. “¡Me dijo que ésa era justamente la razón
por la que había ideado un sueño y quería verme hoy en la maña-
na! Quería que le pidiera perdón a usted y que le dijera que su hija
se casará con mi hijo”, concluyó Iyer.
Apenas podía darle crédito a mis oídos. Vale la pena cultivar a
este Baba, pensé. Iyer pensó en la dificultad: cómo salir del embro-
llo del compromiso con la persona que había descubierto para mí,
en especial porque le había informado de las formalidades esa mis-
ma tarde. Le aseguré que podía desviar su odio hacia mi cabeza.
“¡Déjemelo a mí!”, dije. Corrí a casa para darle las buenas noticias a
84
mi hija, mi mujer y mi madre. Envié a mi vecino, un ex alumno
mío, con una nota para el padre del novio descartado que decía:
“Recibí una carta de mi hijo en Calcuta que me obliga a posponer la
celebración del matrimonio de mi hija por un año más. Por ello, la-
mento informarle que la visita propuesta, queda cancelada”. Había
fabricado una buena excusa.
Iyer ofreció llevarme con Baba. Éste estaba en Bangalore, en
el “bungalow” del gerente comercial de los South Indian Railways,
en Richmond Road. Llegamos allá temprano, el viernes. Mi cora-
zón latía con fuerza, porque estaba seguro de que Baba me con-
cedería uno o dos minutos para que pudiera agradecerle que, sin
que se lo pidiera, hubiera intercedido en mi favor. Sin embargo, la
duda creció. Yo deseaba saber si El reconocería al Kasturi a quien
pretendía conocer tan bien. De modo que me senté entre algunos
jóvenes del Instituto Indio de Ciencias, a quince yardas de distan-
cia de donde hice que se sentara Iyer. Baba estaba en la habita-
ción interior, donde se cantaban bhajans. Me había quedado para
alguna sesión de bhajans en el Ashram de Ramakrishna, aunque
no tenía oído para la música, ni gusto por el frenesí. Pueden cata-
logarme como adicto sólo a la actividad, al servicio. Oímos la
campanilla de Arathi que anunciaba el término de los bhajans. Mis
vecinos me dijeron que Baba pasaría por la fila de devotos senta-
dos, con la llama de alcanfor sobre una bandeja de plata. ¡Cada
uno podría, entonces, “calentarse las manos”! Se detendría frente
a cada persona. Al pasar, podría ser que le dijera: “Ve hacia el
hall” a unos pocos. Me subió la temperatura mientras se iba acer-
cando a mí. ¿Lo hará? ¿No lo hará? ¡Oh, cuán tiernos son esos
pies! ¡Qué brillo hay en esos ojos! Sonrió… ¡la sonrisa del recono-
cimiento, de la bienvenida! ¡Habló! “Entra”, en tamil.
Éramos como seis personas en el hall. Una a una nos fue lla-
mando a una habitación interior. Yo fui el cuarto. Cerró Él mismo la
puerta y estuvimos juntos. ¡Me dio una afectuosa palmadita, como
si yo hubiera sido un amigo perdido por mucho tiempo! Antes de
que pudiera encontrar las palabras que había planeado pronunciar,
me preguntó: “¿Estás contento de que haya elegido a ese mucha-
cho? Deseabas que intercediera con Potti Iyer e hiciera que estuvie-
ran de acuerdo. Perdiste un hijo, ¡pobrecillo! Este muchacho será
85
tanto un yerno como un hijo para ti. No te preocupes. Sé que en la
Universidad no te han dado el estatus que mereces. Muy pronto re-
cibirás eso también. Tu anciana madre estará feliz ahora…”. “¡Te
estoy agradecido, Swami! Se ha rehusado y me han llevado a luga-
res…”, dije. “Lo sé”, respondió. “¡Swami! Puesto que son tan devo-
tos tuyos, me sentiría feliz si permites que la boda se realice en Tu
presencia, en Puttaparti”, le rogué. “¡Bien! Puedes hacerlo. Sólo
quiero que tú y tu mujer, la que sabe mejor lo que se necesita, ven-
gan a Puttaparti y conozcan el lugar. Es una aldea pequeña. Tus
amigos puede que encuentren que el viaje es duro. Puedes organi-
zar una recepción en esta ciudad, después de la boda”, sugirió.
Apoyó Su mano en mi hombro. Se paró frente a mí. Podía ver
mi imagen en esos ojos. “Haz la boda en Puttaparti. Ven y dime
cualquier cosa que necesites. Y después de retirarte de la Universi-
dad, quédate conmigo. Puedes escribir mi Jiva Charithra (biogra-
fía)”, dijo. “¡¿Yo?!”, balbuceé. “Sí. Yo te diré a quién consultar para
los detalles… padres, hermanos, parientes, vecinos, profesores, etc.
Yo ayudaré también.”
¡Era julio de 1948! Enmudecí de estupor. ¿Se trataba de una
amonestación, una observación irónica por denigrarlo, una clarifica-
ción, una broma por mi engreimiento como escritor, una adverten-
cia respecto a no solamente parlotear en semanarios, un llamado
para tomar mi destino por las astas?… Me empujó suavemente fue-
ra de la habitación para admitir a la próxima persona. ¿Lo pensaba
realmente? ¡Yo!… ¿escribir un libro sobre Él?
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sobre Sathya Sai Baba, deseo que era incapaz de alejar, de re-
primir ni de racionalizar. Su editor aceptó el libro, incluso antes
de haber escrito la primera palabra. Su mujer había sido miste-
riosamente curada de un nódulo en una mama. Solicitó el per-
miso de Baba para pasar unos días con Él.
Sin embargo, en la primera entrevista, semanas después de
haber llegado a la India, Baba le dijo: “¿Es que no entiendes?
Te dije ‘Escribe el libro’ sólo porque te quería a ti. ¿Entiendes?
A ti, no al libro. El libro es publicidad. Yo no necesito publici-
dad. Te quiero a ti. Quiero tu fe. Quiero tu amor. Todos los que
llegan aquí para verme piensan que lo han arreglado así. Mas
soy Yo el que lo arregla. Cuando el momento es el preciso, lla-
mo a todos los que me necesitan, para que vengan a Mí, cuan-
do ellos están listos. De otro modo, nadie puede llegar aquí pa-
ra verme. Quiero tu alma, porque ahora es el momento en que
dejes de vacilar”.
Yo también había vacilado. Yo también equivoqué la sen-
da. Yo también era un escritor y Él también puso ante mí el
cebo de escribir un libro para atraerme a Su Presencia. Des-
pués de unas semanas más, le dijo a Schulman las mismas pa-
labras que podía haberme dirigido a mí durante mi primera
entrevista. “Te preguntas por qué te he llamado hasta aquí,
en lugar de hacerlo con otras muchas personas, porque no te
gusta lo que sientes por mí. ¿No es así? Y eso hace que te
preocupe que te haya llamado.”
Realmente me preocupó cuando me asignó la tarea de es-
cribir Su vida, cuando había miles que habían estado más que
ansiosos por lograr esa maravillosa experiencia.
Y cuando Schulman le pidió permiso para escribir un libro
sobre Él, le respondió: “¿Qué es lo que sabes acerca de Mí?
¿Crees en Mí en la forma en que he dicho que debes creer en
Mí?”. A mí me tomó doce años el aproximarme un poco al ti-
po de creencia que nos pide tener, doce años de Darsan, Spar-
san y Sambhashan. Y, aunque escribí el libro, con Su permiso,
en 1960 (permiso que concedió únicamente por Su compasión
por mí) estoy más consciente ahora, en el año 1982, de cuán
poco sé de Él…
87
¡Era demasiado bueno para ser verdad, demasiado dulce para
tragarlo, demasiado repentino para tenerlo en la mente! ¡Oh, los re-
galos que derramaba! ¡El matrimonio de mi hija, la aceptación de mi
pedido, el benevolente ofrecimiento de mejorar mi posición oficial, la
oportunidad de escribir un libro sobre Su niñez y Su juventud! Sí. No
era un sueño, no era una proyección de mis deseos, no era una aluci-
nación producida por un subconsciente confundido. “Fue un real
consentimiento de Dios”, dijo Iyer.
A unos pocos colegas que no iban a dudar de mi sanidad men-
tal, les conté que Baba, con un giro de Su voluntad ¡había creado
un yerno para mí! Una ganancia incidental aunque muy importante,
fue que los padres del novio, en su leal aceptación del mandato de
Baba, olvidaron exigir dote alguna. Todos los planes que habían he-
cho para gastar la suma que esperaban extraerle a alguna víctima
boyante en dinero que tuviera una hija adolescente, se hicieron hu-
mo en medio de la tormenta que había desatado la amonestación
de Baba.
En agosto de 1948, nos aventuramos, yo y mi mujer, a llegar
hasta Puttaparti: un viaje penosamente lento en tren hasta Penu-
konda, un pueblo malhumorado y perdido; tres millas en una des-
tartalada jutka tirada por un rocinante, hasta la terminal de buses;
quince millas de bus, en medio del polvo y en un enfermizo vehículo
que apenas avanzaba, movido por gas, y cuatro millas a campo tra-
viesa en una carreta de dos ruedas, sin resortes, arrastrada por un
par de bueyes alimentados a latigazos. Finalmente, descendimos
frente al Mandir en donde residía Baba, para el canto de bhajans.
Un largo galpón, piso de losas, techo de latón corrugado, con
un estrado en el extremo oeste sobre el cual, apoyados contra el
muro, había dos pinturas al óleo representando al Sai Baba de Shir-
di y al joven Sai Baba que había venido a rescatarme. También se
podía ver un ídolo de tamaño natural —en papel maché pintado—
de Krishna con la flauta.
Subiendo cuatro peldaños entramos a una galería con una ha-
bitación (de 8 x 6 pies) en cada extremo. Se nos dijo que hacía
como seis años que Baba utilizaba la habitación de la derecha co-
mo vivienda. Siguiendo adelante, entramos en una sala en que
podían sentarse escasamente unas treinta personas para bhajans,
88
frente a un santuario que tenía los bustos de yeso de ambos Ba-
bas. Otro paso nos llevó a la galería trasera, con habitaciones a
ambos lados. El suelo era de losas de piedra y el techo de tejas de
greda cocida.
Detrás, quedamos en un pequeño patio cuadrangular de 20
pies de lado, con una hilera de estrechas habitaciones con el te-
cho de media-agua hacia la izquierda, un pozo en la esquina adya-
cente a la última y una estructura como una terraza ante nosotros.
Susurrando, nos dijeron que Swami estaba allí, en la pequeña ha-
bitación a nuestra derecha. ¿Y para qué es la mitad de la izquier-
da? “Ése es el baño de Swami”, fue la respuesta. En la esquina
opuesta, en el lugar del pozo, se levantaba un feo galpón, en el
que funcionaba un “generador” para iluminar el Mandir los días
de Festival. A lo largo del muro encontramos una serie de impro-
visadas cocinillas armadas por los visitantes, en que se encendía
fuego con ramas secas recogidas en los campos. Las habitaciones
que vimos a nuestra izquierda, eran las cocinas usadas por los po-
cos residentes.
Dejamos nuestros paquetes-cama y cajas junto al muro del gal-
pón exterior, en donde se realizaban las sesiones de bhajans. Ape-
nas estiramos nuestras piernas y nos refrescamos con sorbos de
agua, cuando Swami apareció frente a nosotros y ¡se sentó sobre
uno de los paquetes-cama! Ambos nos sentamos frente a Él en el
suelo, a cierta distancia, pero insistió en que nos acercáramos. Unas
ocho mujeres y cuatro hombres se habían sentado silenciosamente
detrás de nosotros y a nuestro lado, para compartir la presencia.
¿Podía ser éste el Mahapurush al que me hubiera traído mi gurú
Mahapurushji? O, como lo jura Potti Iyer, ¿era Él la encarnación, en
la región telugu del Sai Baba de Shirdi? Podía, lanzando suaves ra-
yos de sol con el brillo de Sus ojos, hablar por teléfono desde Ma-
dras: “¡Eh tú! Acepta este vibhuti; aplícatelo y estarás curado”. ¿Y
hacer que caiga un puñado de ceniza desde el auricular del receptor,
en Bangalore, a doscientas veintidós millas de distancia? La mujer
del Gerente Comercial le había relatado este episodio a Iyer. Ella fue
testigo de este “milagro” telefónico.
Baba me hizo las preguntas preliminares usuales. Luego habló
en telugu acerca de la importancia de las peregrinaciones hasta los
89
lugares sagrados, mas yo estaba demasiado distraído como para ab-
sorber el propósito de Sus palabras. El piso común, las murallas pol-
vorientas, los manchones marrones en el estrado, los anacrónicos
ídolos astrológicos —en el rincón suroriental— de las Nueve Deida-
des Planetarias, los delgados pilares de madera que sostenían el te-
cho de hierro, las losas de piedras que cubrían como puente la ca-
naleta entre el galpón y la casa y, en medio de todo esto, el joven
fenómeno Preceptor-Profeta, sentado sobre mi ropa de cama… Me
sentía aplastado por la incongruencia y el misterio, la potencialidad
y la promesa de este Dios de veintidós años.
No me convencía que hubiese nacido en 1926. Sentía que
debía haber sido más cerca de 1932. El ancho y suave rostro, la
amplia frente, las orejas ocultas en el magnífico halo de oscuro ca-
bello sedoso, la nariz cincelada con perfección iconográfica, los
dibujados labios que revelaban, cuando sonreía provocando a al-
guien sobre algún absurdo con una broma, los bordes de sus dien-
tes blancos… Veía por largo rato ese rostro, dondequiera que mi-
rara. ¿Y los pies? Asomaban por debajo de su dhoti de seda roja,
asombrosamente tiernos, marfileños, cruzados con trazos y lazos
rojos y azules. ¿Podían ser éstos los imanes que atraían a estos
hombres y mujeres sentados ante Él, desde cientos de millas de
distancia? Todos ellos habían abandonado a los gurús a los que
adoraban, las tumbas de sus santos y los templos de sus dioses,
tan sólo por la dicha de tocar esos pies. Me atreví a tocarle los de-
dos y, cuando soportó la insolencia en silencio, me aventuré a
presionarlos débil y suavemente. Ni los guijarros y pedruzcos, la
arena, la tierra y las espinas de los cerros y valles alrededor de
Puttaparti habían endurecido esas plantas. La palma de mi mano
me concedía emoción tras emoción.
Cuando las personas en torno a mí emitían risitas ahogadas o
reían abiertamente ante alguna salida ingeniosa de Baba, también
yo sonreía o reía, aunque no podía captar el leve pinchazo de cen-
sura, la agudeza o el reproche que Baba entretejía en Su charla. Mi
telugu era demasiado incipiente como para penetrar en las leccio-
nes envueltas en deleite. Todavía estaba en la etapa de no compren-
der los modismos del idioma, la cual es, evidentemente, la que debe
preceder a la comprensión. Baba se levantó repentinamente, entró
90
a la sala de oración y siguió hacia el patio, dobló a la izquierda y en-
tró a una de las cocinas. Había una señora en ella, conocida como
Bhajan Krishnamma de Masulipatam. El hermano de Baba, Sesha-
maraju, tenía allí a un cuñado (el hermano de su mujer). Era funcio-
nario de una agencia de seguros. La ciudad estaba en la costa de la
Bahía de Bengala a ochocientas millas de Puttaparti. Krishnamma y
sus hijos (un ingeniero, un director de una escuela agrícola y un niño
sordomudo) habían llegado con nosotros, uniéndosenos a medio
trayecto. Ella había sido testigo de muchos incidentes milagrosos:
agua de mar transformada en dulce leche, Baba flotando sobre las
olas y manifestándose como Mahavishnu. Decidió, entonces, pasar
el resto de sus años en Su presencia inmediata y rechazando las ob-
jeciones de sus dos hijos mayores, viajó a Puttaparti con el menor
minusválido. También encontré a una madre con su hijo impedido
por la polio y a un padre a quien Baba había salvado cuando estaba
al borde del suicidio. Unas pocas personas habían escuchado el lla-
mado de este nuevo Shirdi: “Vengan a Mí todos ustedes que traba-
jan y que llevan pesadas cargas, Yo les refrescaré”. También había al-
gunos visitantes casuales atraídos por la curiosidad. Me confiaron que
aún tenían que comprobar lo genuino de las historias que hacían cir-
cular los devotos.
Baba pidió un almanaque. Un hombre voluminoso, quien era,
como supe más tarde, el Inspector General de Prisiones de la Pre-
sidencia de Madras, desapareció rápidamente, trayendo, minutos
después, el Calendario Astrológico del año lunar telugu actual.
“Voy a elegir un día y una hora auspiciosos”, me dijo Baba. Apre-
cié Su apego a la tradición pero me pregunté cómo había apren-
dido a coordenar e integrar los diferentes factores planetarios, po-
sitivos y negativos, como para decidir qué día y qué hora eran los
más auspiciosos para una boda. Mientras Él hojeaba el almana-
que, me atreví a sugerir que se me diera tiempo como para asegu-
rarme el financiamiento necesario. Me advirtió en contra de las
extravagancias. Me dijo que en Puttaparti no había necesidad de
impresionar a nadie con pomposidades exhibicionistas o consu-
mos conspicuos. “No pidas un préstamo. Deja que el matrimonio
sea tan simple como sea posible. Yo te daré toda la alegría que es-
peras”, me aseguró.
91
Baba me dio dos semanas completas para comprar las joyas y
saris para la novia y los presentes de bodas para familiares y parien-
tes. Anunció que el día ideal sería el décimo del Festival de Dasara.
Esto nos dio una inmensa satisfacción, porque sabíamos que era
una fecha sagrada que celebraba el triunfo del Bien sobre el Mal.
Cualquier hora de ese día sería ciertamente auspiciosa. Durante Da-
sara es adorada, en todo el país, la Madre: durante tres días como
Protectora, durante otros tres como Proveedora y como Preceptora
durante los tres últimos. También estábamos seguros de que habría
un gran número de devotos el Día de Vijayadasami en el Mandir.
Imaginé, entonces, que la boda sería presenciada por una sala llena
de personas que le desearían todo lo mejor a la pareja.
Baba nos llevó unos pasos fuera del galpón techado, la platafor-
ma con la planta de tulsi y el santuario planetario, hasta un espacio
de terreno abierto. “La boda se realizará en ese galpón; los comesti-
bles se pueden servir allí mismo. Aquí, junto a este muro, estará la
cocina”, dijo. “Haré que se prepare una zanja larga y angosta que
servirá de fogón. Los recipientes se pueden colocar atravesados y la
leña arderá debajo. Habrá sombra, no teman”. Había sabido que
era escaso el combustible para los aldeanos y me aventuré a expre-
sar mis temores. “Le pediré a alguien que se procure una provi-
sión”, dijo. Luego le mandó un recado al padre para que viniera al
lugar en que estábamos.
Se encontraba en las “tiendas” que administraba, en el primer
recinto de bhajans (de 8 x 6 pies), adyacente a la casa ancestral, en
el extremo occidental del camino, al otro lado del Mandir. Los pere-
grinos y el resto recurrían a estos “almacenes” para el arroz, el ragi,
el azúcar de palma, el kerosene, aceite comestible, cebollas, jabón,
fósforos, etc. Contaba con un pequeño stock de saris y de ropa de
hombre, como también de artículos para niños. A la izquierda de los
“almacenes” se encontraba la cabaña del centenario abuelo, el ve-
nerado Kondamaraju.
Mientras observaba las polvorientas calles, las ruinosas techum-
bres de paja, el flaco ganado y el ruidoso alboroto de las peleas in-
fantiles, me preguntaba cómo esta aldea de Puttaparti podía haber
sido el lugar de nacimiento de Baba, el que se elevaba en estatura
por encima de todos sus habitantes, por encima de sus profesores
92
en las escuelas e incluso por encima de monjes y eruditos de re-
nombre atraídos a Su presencia, ya sea por la curiosidad o anima-
dos por el estúpido deseo del desafío. Baba se había declarado a Sí
Mismo como el Sai Baba de Shirdi, venido de nuevo para continuar
y terminar Su misión. Me asombraba que un niño criado en este
poblado, rodeado por colinas que lo aíslan del mundo circundante,
pudiera alegar identidad con un Fakir sepultado en su tumba años
antes que este Baba apareciera en la Tierra. En Shirdi hablaba ma-
rathi e hindi. Se dejó ver cuando tenía dieciséis años de edad, anun-
ció que vendría ocho años después de dejar ese cuerpo. ¡Y encon-
tré en el Mandir a una familia, devota desde hacía mucho tiempo
del Sai Baba de Shirdi! Me sentía abrumado por el misterio y afligi-
do por la duda, mientras estaba allí, de pie frente a Baba, esperan-
do la llegada de Su “padre”.
El padre llegó prontamente al ser llamado. Noté que no se
sentó en presencia de Baba, aunque al llegar, éste estaba sentado
sobre una cama enrollada, con algunos de nosotros sentados en el
suelo frente a Él. El padre era delgado y de apariencia tal que po-
día pasar desapercibido, pero su persona irradiaba afabilidad y ge-
nerosidad. Cuando nos vio a mí y a mi mujer (recién llegados) su
rostro se iluminó en una cálida bienvenida. Llevaba un dhoti en
torno a la cintura que le llegaba a sólo un pie por debajo de la ro-
dilla, además, una ajustada camisa sin mangas. El pelo largo, algo
ralo sobre su frente, lo llevaba atado en un nudo en la nuca. En
los lóbulos de las orejas, llevaba botones de oro con gemas que
brillaban cuando movía la cabeza.
Baba le dijo que yo volvería de Bangalore con un grupo de
unas treinta personas, para celebrar la boda de mi hija el Día de Vi-
jayadasami. “Deberás procurar las provisiones, vegetales y frutas
que él pueda requerir. Provéelo de todo lo que necesite”. Volviéndo-
se hacia mí, dijo: “Otros entregan una lista de lo que quieren y pa-
gan por anticipado para que él pueda traer los artículos desde Dhar-
mavaram o Hindupur. Tú, empero, puedes recurrir a su mercadería
cuando lo necesites y pagar cuando tu grupo se marche”.
El padre contestó “Sí” y se fue. Sentí que estaba en un mundo
patas para arriba. En otros centros espirituales que había visitado,
aunque la administración estaba centrada en un santo individuo, ha-
93
bía otros, usualmente el padre o el hermano, tío o sobrino, marido
o madre, que se hacían los importantes y lo manipulaban todo. ¿En
dónde estaban aquí los hermanos y hermanas, la madre y el padre?
No podía ver sino buscadores, suplicantes y sadhakas. Nadie pro-
yectaba una sombra o tiraba de una cuerda en su mano. Baba lo
era todo, todo en todo.
Seshagiri Rao, ex inspector sanitario empleado por el gobierno
de Mysore, era la persona encargada de preparar el galpón y el estra-
do de Puja para las sesiones de bhajans. Los bhajans de la tarde em-
pezarían a las seis en punto. De modo que vimos un flujo de hombres
y mujeres llegando con guirnaldas de flores y gruesos manojos de tul-
si. Baba los tomaba en sus manos y los lanzaba revoloteando para
que fueran a caer alrededor de la cabeza del ídolo de Krishna situa-
do entre los retratos de ambos Babas. Él se sentó en la alfombra,
frente al ídolo. A los pocos minutos llegó apresuradamente Su her-
mana, Venkamma, y tomó asiento al lado de las mujeres, cerca del
santuario. Baba cantó un bhajan, verso tras verso, con la más dulce
de las voces humanas. Todos repetíamos los versos después de Él.
Eramos como cuarenta personas en total. La hermana cantó el pró-
ximo. Su voz también era embelesadora y extraordinariamente ge-
nuina al comunicar los anhelos del alma.
Yo estaba sentado allí, preguntándome ¿por qué Baba dirigía el
bhajan, cantando sartas de nombres para que los repitieran los de-
votos aficionados, sentados detrás Suyo? Mi vecino me susurró que
Baba estaba cantando Sus propias composiciones sobre Sí mismo y
que Venkamma era Su primera y mejor alumna entre los jóvenes de
Kuppam, Karur, Trichinopoly, Madras y Bangalore. Tranquilicé a mi
mente agitada por la duda, afirmando para mí mismo que Baba so-
lamente nos enseñaba a rezar, como una madre le enseña a hablar
a su hijo, canturreando sonidos, inclinando su rostro hacia la criatu-
ra en su regazo, para que pueda aprender a repetirlos.
94
hacia la Morada de la Paz Suprema, Prashanti Nilayam. Se em-
peña en salvar a los que permanecen en la Presencia, los que
se extravían alejándose o los que vienen a quemarse en Su Luz
de Sol. Escribe “Oraciones” para cada individuo distinto, para
sublimar sus ansias y desinfectar sus carencias peculiares. Ten-
go conmigo algunas de estas “Oraciones”. Me atreveré a reve-
lar el contenido de tres de ellas que me fueran dadas, benevo-
lentemente, el día de Su Cumpleaños, en el año 1959 y, como
parte de las Bendiciones de Año Nuevo, en 1960 y 1962. Son
muy por el estilo de los bhajans, sólo que la agonizante sed del
sí mismo por el Sí Mismo Superior, encerrada en frases como
“Krupa Karo, Bhagavan” (concede misericordia, oh Señor) o
“Darusana dee jo” (bendíceme con la visión de Ti), es elaborada
aquí en un ruego por la Gracia y una afirmación de Fe.
95
A comienzos de 1960, recibí la siguiente oración compuesta
por Él y escrita de Su puño y letra en una tarjeta de saludos. Para
aumentar la alegría de recibir esta joya, Swami mandó la tarjeta con
alguien, para que la pusiera en el correo en Bukkapatnam, a cinco
millas de distancia, aunque el destinatario estaba en Su Presencia,
en el mismo Prashanti Nilayam. Cuando el cartero entregó la Ben-
dición junto con otra correspondencia, la sorpresa, la emoción, la
gratitud y el anhelo de expresárselo directamente a Él, me dejaron
incapaz de hablar o de moverme.
Creo firmemente que no hay nadie más bondadoso que Tú,
para derramar Gracia sobre mí.
Dime, ¿no es ésta la razón por la cual
estoy a Tus Pies de Loto?
Creo firmemente que vas a responder
cuando rezo y suplico.
Dime, ¿no es ésta la razón por la cual
estoy clamando a viva voz por Ti?
Creo firmemente que Tú estás siempre junto a mí
para guiar rectamente mis pasos.
Dime, ¿no es ésta la razon por la cual
soy Tuyo durante el día y la noche?
Creo firmemente que jamás puedes decir “No”,
sin importar lo que te pida.
Dime, ¿no es ésta la razón por la cual
anhelo una mirada Tuya?
¿Cuál es Tu designio para mí, esta vez?
¿Por qué esta terrible demora en entregar Tus dones?
Aunque sea mucho el tiempo que me hagas esperar y llorar,
no me marcharé. Me quedaré tranquilo aquí
hasta que Tus amorosos ojos se vuelvan hacia mí.
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ra, el Señor de todos, para que vivas tu vida en paz y felicidad abun-
dantes. Baba”
Noten la infinita compasión y la exhortación insistente para ha-
cer el bien y para ser bueno.
Permítanme compartir con ustedes otra oración que Baba com-
pusiera para mi uso y que enviara por el correo de Prashanti Nila-
yam, dirigida a mí en el mismo Prashanti Nilayam, para darme una
agradable sorpresa, el 23 de noviembre de 1962, día de Su Cum-
pleaños.
97
tamos estos poemas dados por Él o cantamos los bhajans a coro, Él
pone en nuestra boca a través de nuestro oído: “Él se está rezando
a Sí Mismo en nosotros” o, más bien: “Nos estamos rezando a no-
sotros mismos, porque Él es el Sí Mismo que somos”.
Después de los bhajans, el Arati, el rotar la fragante llama de al-
canfor, hasta que se consume por completo, sin dejar cenizas; Baba
sostenía el plato de plata sobre el que ardía el alcanfor y lo movía en
círculos frente al ídolo de Krishna y los retratos de los Babas, por to-
dos nosotros, en tanto que los devotos entonaban un canto a Él. Co-
mo en Bangalore, Baba trajo el plato con la llama por el pasillo
abierto entre hombres y mujeres, para que todos los presentes “se
calentaran las manos”. No pude sino echarle la culpa a Seshagiri
Rao por esta incongruencia. Podía haber persuadido a Baba de per-
mitirle a él traer la llama, en lugar de confiarle esta rutina al Maestro.
Potti Iyer me había contado que Baba, estando aún en la escue-
la, a los catorce años, había tirado un día todos sus libros y se había
marchado de su casa, para ir a sentarse en un jardín. Se sentó so-
bre una roca que sobresalía un poco del terreno, rodeado por la
gente que lo había seguido. Les pidió, por medio de un potente
nuevo canto de bhajan, que adoraran Sus pies, los Pies del Gurú (!),
con fe en sus corazones, porque esa adoración podía salvarles de la
rueda de nacimiento-vida-muerte a la que estaban atados.
Y ocho años después, en Bangalore y en Puttaparti, le encon-
tré enseñándole la misma lección a la gente de allí, a través de bha-
jans. Sin embargo, ¿por qué realizaba la insignificante tarea de ha-
cer girar la llama y de presentársela a los devotos reunidos? Se
anuncia a Sí mismo como el Confortador y el Liberador y, al mismo
tiempo, asume las rutinas del ritualismo. En Puttaparti, este interro-
gante me salía al paso fuera donde fuere que me volviera.
Entretanto, el venerable abuelo Kondama Raju, llevando muy
erguida la sabiduría acumulada por ciento ocho años, entró al Man-
dir. Baba no se mostró ni contento ni preocupado. Se me dijo que
era un visitante frecuente. Cuando los devotos emplearon la expre-
sión “para presentar sus respetos”, levanté las cejas indicando duda,
pero me aseguraron que su interpretación era correcta, porque se la
habían escuchado al anciano, que mostraba su dicha, porque una
persona divina había aparecido en su familia de Ratnakaram.
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“Ratnakaram” significa el Océano con Corales y Perlas. “Ahora
ha producido una gema celestial”, decía con los ojos húmedos. Na-
rraba el sueño en el que la Divina Consorte de Sri Krishna, Sathyab-
hama, se le apareciera, pidiéndole construir un lugar en el que ella
pudiera reposar, y explicaba que Sathya había nacido con Hermosu-
ra, Sabiduría y Poder Divinos, debido a las bendiciones logradas al
cumplir con este deseo suyo. También hablaba, con lágrimas de ale-
gría corriéndole por las mejillas, acerca de un santo, un monje que
había cortado toda atadura y que vagaba, libre como el viento, en los
dominios de Dios, un Avadhootha a quien él llamaba Venka, un an-
tepasado no muy lejano. “Este nieto también es un Avadhootha,
mas Él está en el mundo para el mundo”, me dijo. Caí a sus pies y le
supliqué sus bendiciones para mi hija, rogándole que estuviera pre-
sente en su boda.
Consumiendo algunas frutas traídas de Bangalore y algunos pe-
dazos de pan, nos quedamos un tiempo en el galpón. Luego vimos
personas que llevaban sus paquetes-cama hacia el patio de atrás.
Hicimos otro tanto. Encontramos un catre de hierro ubicado en el
centro del cuadrángulo, con anchas bandas de algodón atadas co-
mo trama y urdimbre. Alguien puso una cama encima. Las mujeres
tenían sus colchones en el suelo, hacia la derecha del catre y los
hombres, hacia la izquierda. Baba salió de Su habitación y se tendió
en este camastro. Seshagiri Rao era el que tenía su cama más cerca
de Baba. Los demás hombres y mujeres estaban a algunas yardas
de distancia. El cielo se había sacudido las nubes, las estrellas tenían
una clara visión de Puttaparti, del Mandir y del Baba en medio de
nosotros. No pudimos dormir… la proximidad de Baba resultaba
desconcertantemente estimulante. Se nos dijo que rara vez duerme,
que visita en sus sueños a personas de lugares muy distantes. Algu-
nos juraron que esa noche tuvieron ese sueño. Nos consideramos
como inferiores, puesto que no habíamos tenido sino unos sueños
cuestionables, aunque estuviéramos tendidos en ese mismo cua-
drángulo, a sólo unas cinco yardas de distancia.
Temprano, al día siguiente, fuimos hasta la casa de la hermana
Venkamma, para presentarle nuestros respetos a Eswaramma, la
madre de Baba. Potti Iyer me había pedido que no dejáramos de
verla. Cuando Baba había abandonado el hogar, Eswaramma corrió
99
a Uravakonda, pero Él se había referido a ella como Maya (ilusión
engañosa). Pese a ello, Baba había accedido a su deseo de residir en
Puttaparti mismo y de desechar los planes para buscar otros lugares
como centros para Su Misión de Avatar. Puttaparti se había conver-
tido en un lugar santo, gracias a su deseo. Fue por eso que Potti
Iyer insistió en la necesidad de expresarle a ella nuestra gratitud.
En esta historia vi la verificación del versículo del Gita en don-
de Krishna habla de Maya como de “Mi Maya”. Encontramos en
ella a una mujer curiosa y considerada, simple en sus maneras y
espontánea en su amor. La hice feliz cuando le conté cómo Baba
había determinado la boda y que volveríamos durante Dasara. Al
oír estas novedades, su alegría fue realmente sincera, porque
siempre recibía a los devotos de su hijo con afecto maternal. Por
ella supimos que el hermano mayor de Baba se encontraba en
Dharmavaram, a 25 millas, enseñando telugu en la escuela secun-
daria y que su hermano menor estaba siguiendo un tratamiento
en Madras por una afección pulmonar.
A la mañana siguiente, cuando mi mujer se acercó a Baba y pi-
dió permiso para irnos, Éste protestó afectuosamente: “Quédense
este día. La hija no debe dejar el hogar de su madre un viernes”, le
dijo. “¿El hogar de su madre? ¿Qué bendición era ésa?”, me dijo mi
mujer. Esa tarde, hacia las cuatro, supimos por qué había pospuesto
nuestra partida. Todo el lugar bullía de excitación. Baba había pro-
puesto que la sesión de bhajans se llevara a cabo en las arenas del
Chitravathi. Nos preparamos para seguir a Baba. Le estaba hablan-
do a dos recién llegados de Madras: una persona que tenía un lucra-
tivo criadero de perros de raza y un exportador de losas para sepul-
cros, sobre tópicos que no quise escuchar ni casualmente. Por últi-
mo, Baba les preguntó: “¿Dónde nos sentaremos?”. Uno de ellos
apuntó hacia un sitio en que las arenas brillaban de limpias. Todos
nos sentamos allí, en torno de Él.
Durante los bhajans, observé que el círculo se iba estrechando
cada vez más, porque los devotos, de a poco, se iban acercando a
Baba. Le pregunté acerca del por qué a mi vecino, y su respuesta
me dejó profundamente intrigado. Creían que Baba podría crear al-
gún sagrado regalo para alguien de entre nosotros, sacándolo de la
arena y no querían perder de vista el milagro. El bhajan terminó
100
abruptamente cuando Baba hizo girar Su mano. Le hizo señas a
Seshagiri Rao para esperar, cuando estaba a punto de sacar una ce-
rilla para encender la llama de alcanfor.
Entonces se produjo el milagro, justo frente a cincuenta pares
de ojos. Baba le pidió al hombre de Madras que amontonara arena
frente a Él, hasta una altura de un pie. No me era posible adivinar el
propósito. ¿Iba a sentar a uno de los niños sobre él o iba a jugar
con la arena? Baba, sin embargo, alisó la parte superior hasta nive-
larla, murmurando de manera audible a todos: “¿Ven? Me gusta la
arena. ¿Quién puede sentarse en la arena sin querer jugar con
ella?” Y entonces, mientras mirábamos casi sin respirar, dibujó un
gran círculo con el dedo, un óvalo aplastado apoyado en él, dos lí-
neas a los lados y otros dos dibujos redondeados debajo de ellas, di-
ciendo, con una risita ahogada: “Me gustaba dibujar en la escuela.
Al profesor le gustaban mis dibujos”. “Si ésta es la muestra de su ta-
lento, no puedo felicitar al profesor por su buen juicio”, pensé para
mis adentros. Baba habló: “Ganesha ha venido. ¿Ven? Ésta es la
panza, éstas las patas. Está listo”. Metió ambas manos en el mon-
tón de arena ¡y extrajo un Ganesha de plata sólida, brillante y bello,
de diez pulgadas de altura y correcto hasta en el más mínimo detalle
de la ortodoxia iconográfica! Me llevó largo rato recobrarme. Lo lle-
vó en brazos y lo acercó a cada uno de los presentes para que lo
viera, mientras alguien lo iluminaba con una linterna. Luego, reto-
mando Su sitio, tomó un puñado de arena y lo vertió lentamente
sobre una bandeja. Lo que cayó en ella ya no era arena, sino cara-
melo cristalizado. “Esto es para todos ustedes”, dijo. Creo que el
Ganesha se lo regaló al entusiasta criador de perros. No lo puedo
asegurar, porque los devotos lo rodeaban cuando se puso de pie.
Regresamos al Mandir, mientras un devoto alumbraba la senda con
una lámpara de gas. Durante todo el camino, Baba los hacía reír.
Me sentí pequeño, puesto que al no saber telugu, no podía respon-
der como los demás.
A la mañana siguiente se nos permitió partir, aunque no está-
bamos de ánimo como para regresar. La carreta de bueyes que con-
tratamos para llevarnos de regreso a Bukkapatnam, le pertenecía a
un joven de la misma edad de Baba, cuya casa era vecina a aquella
en que naciera Bhagavan. Quedaba encerrada entre este sagrado
101
hogar y la de varios pisos del Karnam, la que dominaba el chocerío
circundante, al igual que un halcón cerniéndose sobre un nido de
palomas. Kesava, que era su nombre, se entusiasmó al vernos an-
siosos por prestarle oídos a sus relatos sobre la infancia y la niñez
de Baba. Los fue deshilvanando hasta que llegamos a Bukkapatnam
y hasta que llegó el bus que nos llevaría a Penokonda. Había sido
uno de los alumnos del Gurú, es decir de Sathyanarayana Raju o,
resumido, Sathya. Eran unos doce que crecieron juntos desde la
edad de tres o cuatro años, cuando ya podían retozar en las calles.
Formó parte del grupo de bhajan de chicuelos, reunido y dirigido
por Sathya, quien le enseñaba cantos para Vittal, la deidad instalada
en Pandharpur, en el Estado de Mararashtra, adorada por los Ma-
rathas, los Andhras y Kannadigas. Kesava nos contó que cuando
una mortal epidemia de cólera asoló el distrito, en 1935, Puttaparti
no fue afectada. La gente lo atribuyó a la Gracia del Dios de Pand-
harpur, Vittal, invocado por los niños que cantaban bhajans por las
calles de la aldea. Kesava nos dijo que Sathya, su líder, era en ver-
dad Tukaram, Namdev, Gorakumbar, Sakku Bai y otros famosos
santos de Pandharpur, todos juntos en uno. Por eso, dijo, Vittal no
permitió que el cólera entrara en la aldea en que el grupo de Sathya
se dedicaba al bhajan.
102
abuelo! (Una expresión también usada frecuentemente por
Sathya Sai Baba.) Tomen esta harina y vayan derramándola al-
rededor de todo el límite de esta aldea”. Ellas lo hicieron tal co-
mo lo ordenara y el cólera no se atrevió a cruzar la banda pro-
tectora de harina que rodeaba las casas de Shirdi. Dhabolkar
(apodado “Hemadpant” por Baba en Shirdi) escribe en el Sai
Satcharitha: “Este incidente es inexplicable. Debería escribir al-
go al respecto y cantar de todo corazón los lilas de Baba”. Y
fue así que llegó a escribirse Su historia.
103
oído de un Sai Deva o Sai Baba que vivió y murió en un lugar de la
región de Pandharpur”. Le rogamos que nos cantara también esa
canción y, afortunadamente, la memoria de Kesava era muy fiel:
104
CASADO DE POR VIDA
C
uando se acercaba Dasara, Parameswara Iyer me vino a
ver con más frecuencia, porque sentía que era su deber
guiarme. El rol usual de los padres del novio es mucho
más distante y autoritario. Los padres de la novia deben tratarlos co-
mo superbendecidos beneficiarios de la Gracia, cuyo incontestable
derecho era ser tratados como dueños enviados desde el cielo de la
progenie masculina. Tanto ellos como sus parientes pueden cance-
lar la boda y llevarse al novio, sobre la base de cualquier pretexto
antes de que el crucial y final rito védico se haya llevado a cabo has-
ta su término.
De hecho, mi propio tío se había sentido ofendido cuando el
padre de la novia, obviamente amoscado, le regaló un paraguas
de marca barata a su hijo, el novio, al iniciar su simbólica “cami-
nata hacia Benares”, uno de los ritos preliminares básicos que eje-
cuta, antes de aceptar a la novia. ¡El tío nos llamó a todos con
gran enojo y también a su hijo, para que nos fuéramos a la esta-
ción del ferrocarril! El padre de la novia trajo rápidamente un arte-
facto antisol y lluvia más costoso, y cayó a los pies de mi tío emi-
tiendo excusas por docenas. Nos quedamos y la boda del hijo del
tío se llevó a cabo.
Por eso, le agradecía a Baba concederme, no sólo un novio de-
seable, sino también un “contenedor sin deseos”. Parameswara Iyer
me ayudó a empacar, contrató los coches con caballos para que
fuéramos hasta la estación del ferrocarrril, discutió con los porteado-
res la tarifa y nos mantuvo frescos y cómodos durante el trayecto a
Penukonda. Allí, para gran sorpresa nuestra, encontramos un micro
enviado por Baba para llevarnos a todos a Puttaparti, ahorrándonos
la prueba quebrantahuesos de una dosis de coche tirado por caba-
llos y la dosis de tortura del tiro de bueyes. No teníamos sino que
cruzar el lecho de arena del Chitravathi, desde Karnatanagapalli
105
hasta Puttaparti. Nos apuramos para poder tener, lo antes posible,
el darshan de Baba.
Encontramos a Baba esperando en la reja del Mandir, con un
grupo de devotos tras Él. Nos condujo hasta la sala interior y las ha-
bitaciones de atrás; supervisó la descarga y el ordenamiento de las
cajas y los paquetes-cama. Éramos como veinte. Mi vecino (un que-
rido estudiante de mis clases de M.A.) había venido conmigo para
prestarme su ayuda. Potti Iyer fue encargado por Baba de los ritos
matrimoniales, como maestro de ceremonias. Sus hombros queda-
ban libres. Llamó a la pareja y, colocando las manos sobre sus hom-
bros, les dijo: “¡Alegría y Prosperidad!”.
Baba me indicó seguirle. Me llevó a través de una puerta en el
muro oriental del galpón, hacia una marquesina cubierta por mate-
rial alquitranado, en donde se había abierto recientemente una larga
zanja, profunda, de aproximadamente un pie y medio de ancho.
“Ésta es la cocina donde pueden poner manos a la obra los cocine-
ros que trajiste de Bangalore. Que comiencen por juntar agua del
pozo. Más tarde, puede que sea más complicado. La gente se ca-
racteriza por llegar de golpe. Puedes conseguir algunos utensilios
grandes de cobre y de bronce con Grham Abbayi”, dijo. “Mandaré
por él, puedes conseguir con él toda la variedad de recipientes que
necesiten los cocineros”.
Grham Abbayi llegó y me condujeron hasta él. Imaginen mi
sorpresa al ver ante mí, como Grham Abbayi, ¡nada menos que a
Pedda Venkapa Raju, el padre de Baba, a quien ya había visto más
de una vez! Se me dijo que Baba se refería a él como “Grham”
(casa) “Abbayi” (niño). Hasta antes de la declaración respecto de
que era Sai Baba venido en otra forma humana en Puttaparti, se
dirigía a él como “Padre”. ¡A partir de ese día, sin embargo, fue
“Niño de la Casa” el apelativo con que se refería a Pedda Venkapa
Raju! Me llevó algo de tiempo reponerme, también él debe haber-
se preguntado qué había sucedido para trastornar mi equilibrio.
Eswaramma, la madre, también sufrió la marea del cambio.
Se hacía referencia a ella por la nueva expresión de “Grham Am-
mayi”: la Niña de la Casa. Los Avatares Rama y Krishna recono-
cieron de manera consistente, incluso durante conversaciones ca-
suales, el estatus de las personas a quienes el mundo saludaba co-
106
mo a Sus padres. Baba es un caso único al anunciar de esta ma-
nera Su posición, pensé. Para mi fuero interno argüía que, des-
pués de todo, el Avatar tenía razón, puesto que el Bhagavatha
Purana, al narrar la historia del nacimiento de Krishna, dice que
Dios, con el objeto de ponerse la vestidura de Humanidad, entró
en “la mente” del padre putativo, Vasudeva, y éste transfirió el
Principio Divino así recibido, a su consorte Devaki: “así como un
Gurú le comunica una fórmula mística a un discípulo, para que és-
te pueda meditar en ella en silencio y realizar la Bienaventuranza
que ella le puede conferir”.
“Entró en la mente, transfirió a la mente”: éstas eran las
expresiones. Yo había leído: “el niño estaba en el útero como la
luna en el cielo”. Vale decir, sin extraer sustento alguno de la
madre. ¿Por ende, por qué imponerle la paternidad y la mater-
nidad a personas que criaban en la mente o que eran solamen-
te testigos del desarrollo? ¿Por qué no declarar que Dios lo qui-
so y que el Verbo se hizo carne?
Habíamos llegado a Puttaparti el penúltimo día del Festival de
Dasara, el Día Noveno. Se nos dijo que cada noche Baba era lleva-
do en procesión por las calles de la aldea, sentado en un palanquín
o sillón, profusamente decorado por los artistas florales de Bangalo-
re, cuya devoción por el joven Baba era patentemente fantástica.
Remodelaban el sillón o asiento en un Cisne, un Elefante o un Agui-
la Sagrados, de modo que cuando Baba estaba sentado allí y era le-
vantado y colocado sobre los hombros de los devotos, verle desper-
taba tanto admiración como adoración. Aquel día, los que observa-
ban el diseño que se iba desplegando al pasar por entre sus diestros
dedos, juraban que esa noche representaría una “cabalgata”. Está-
bamos encantados. Vi a los niños de la aldea saltando y corriendo
jubilosos. Cuando la procesión salió del Mandir, nos unimos a la
multitud y sumamos nuestras voces al coro de cánticos.
No obstante, descubrí que íbamos en dirección equivocada. Nos
encontrábamos por delante del “caballo” sobre el que iba Baba. Sin
embargo, extrañamente ¡vi que todos los demás caminaban hacia
atrás! “¿Qué tiene esto de divertido?”, pregunté y alguien respon-
dió: “¡Mira el rostro de Baba!”.
107
Nos volvimos. A diez yardas de distancia se podía ver el “caba-
llo” que Baba montaba, iluminado por lámparas a gas. “¡Mira!”, me
apremió una voz a mi lado, mientras la persona apuntaba un dedo
al entrecejo de Baba. Sí. El entrecejo mostraba una gran mancha de
polvo rojo. “Kumkum” dijeron y “¡Jai Sai Ram!”, vocearon. Mien-
tras más miraba, más veía. Mientras más veía, más dudaba de mi
sano juicio. Era medianoche cuando llegamos al Mandir. No pude
conciliar el sueño ni por un segundo para calmar la mente: había
visto demasiado.
Vijayadasami llevó al Mandir a algunos funcionarios de Madras,
Anantapur y Bangalore que habían recibido ayuda de Baba. La ce-
remonia de bodas que se celebró en el galpón, después de la sesión
de bhajans de la mañana, tuvo una numerosa asistencia. Mi hijo ha-
bía regresado de Inglaterra convertido en todo un doctor en Filoso-
fía con mención en Geología. El y su mujer supervisaban la prepa-
ración de la comida de la fiesta. Baba se sentó por más de una hora
observando las ceremonias en el galpón. Bendijo los regalos que le
hicimos al novio y los que recibió la novia. Bendijo el collar de oro
que el novio le puso al cuello a la novia, como símbolo del vínculo
matrimonial. Cuando mi hija fue conducida por su marido para dar
los siete pasos en torno al fuego sagrado, Baba hizo llover sobre las
cabezas de ambos los sagrados granos de arroz amarillo: que caían
desde Su mano vacía. A continuación, entre ambos sostuvieron una
guirnalda de flores, que Baba, benevolentemente, permitió que le
ofrecieran. Cayeron a Sus pies y Él les hizo levantarse, mientras
pronunciaba profusas bendiciones en sánscrito y les dio unas palma-
ditas en la cabeza.
Con mi mujer habíamos celebrado, algunos años antes, el ma-
trimonio de mi hijo. También en esa oportunidad se llevó a cabo lo
de los siete pasos en torno al fuego sagrado, con gran meticulosi-
dad, recitando los mismos mantras de las Escrituras. Sin embargo,
el amor y la compasión de Baba, la milagrosa lluvia de arroz, la
bondad y generosidad de los devotos que le rodeaban y la atmósfe-
ra de fraternidad que respirábamos en Puttaparti, hicieron de la
boda de Vijayadasami una experiencia paradisíaca.
Mi hijo me recordó que la comida estaba lista para ser servida,
por lo que los invitados podían ser llamados a tomar asiento. Potti
108
Iyer que era un veterano en materia de organización de almuerzos,
comidas y reuniones, sugirió que debíamos rogarle a Baba que nos
concediera el placer de Su Presencia. Mi mujer logró obtener Su be-
nevolente consentimiento. Decidimos sentar a la pareja de recién
casados en el hall interior, teniendo frente a ellos el platillo de plata
para Baba. Potti Iyer había dado una vuelta en misión de investiga-
ción y preparado una lista de los VIP que encontraba en la zona.
Como padre de la novia, era yo quien debía, protocolarmente, invi-
tarlos, en persona, a compartir la comida. Cumplí con esta grata ta-
rea y les pedí que se sentaran próximos a Baba, tan pronto como
éste entró en la sala.
Entretanto, mi hijo y su mujer habían discurrido la estrategia
por la cual, cada uno de los componentes de la larga fila de devotos
podía ser servido de todos los preparados del menú en su plato de
hojas de bananero, en forma rápida y abundante, por parte del
equipo de sirvientes que circulaban con los recipientes de acero que
eran llenados en la cocina, en forma separada para damas y varo-
nes. En medio de todo, Baba nos dio la sorpresa de entrar en la sa-
la. Mi hija y mi yerno tocaron Sus Pies y Él les palmoteó las espal-
das, diciendo: “¡Bangaaroo!”
Potti Iyer, Parameswara Iyer y yo nos apresuramos también a
entrar. Baba me preguntó: “¿Estos platos? ¿Quiénes son todos los
que vienen?” Los VIP estaban todos de pie tras de Él, gozosos de
la oportunidad de estar a Su lado durante el almuerzo. Uno de
ellos respondió a Su pregunta: “Swami, Kasturi nos invitó para
estar aquí, al lado Tuyo”. Baba replicó con un “No” cortante,
agregando: “Vayan y tomen asiento en el galpón. ¡Kasturi! Llama
acá a las ‘parejas’ que sean de tu grupo y del de Potti Iyer. Este
día es tuyo. Yo estaré entre ustedes. Otros no necesitan entrome-
terse en tu alegría. Para el almuerzo de bodas, todos nos sentare-
mos con la novia y el novio. Permite que tu anciana madre sirva.
“Vejez es Oro”. Mamá se sintió encantada: lo tomó como una
bendición extra.
La reacción inicial de mi hijo frente al trastorno de su bien pre-
parado y ensayado plan de circulación del menú entre la cocina y
las filas de personas con sus respectivos “platillos”, fue un “resenti-
miento” que flotaba como espuma sobre una corriente de “tristeza”.
109
Sin embargo, en un instante fue vencido por la alegría y la admira-
ción, porque se dio cuenta de que Baba era absolutamente diferente
de todos los Babaji, Gurúes y Mahants sobre los que hubiera leído o
que había encontrado. Baba no hacía diferencia entre cabras y ove-
jas: ambas pastaban juntas y con igual deleite bajo Su mirada. “Este
Baba es un demócrata”, me comentó cuando se sentó con su mujer
junto a su hermana, en la sala. Este incidente me dio la seguridad
de que mi hijo aprovecharía, de ahí en adelante, las oportunidades
de sondear en este Fenómeno Sai que ya se había apropiado de un
rincón del corazón de su padre. Nos habíamos juntado allí seis pare-
jas; además de los novios y mi hijo, estábamos Potty Iyer y su mujer,
yo y la mía, Parameswara Iyer y la suya más un primo y la de él. Ba-
ba animó de tal manera el almuerzo con Sus ocurrencias y agudezas,
Sus ironías y juegos de palabras, que casi no nos percatamos de lo
que comíamos, ni del tiempo que tardábamos. Los recién casados
fueron los blancos principales de la andanada de diversión.
El Mandir estaba siendo preparado para los bhajans de la tarde,
con que se cerraría el Festival de Dasara. El retrato de Baba y el ído-
lo de Krishna estaban siendo decorados con guirnaldas multicolores.
Un devoto de Madras había traído consigo a su pequeña hija, la que
había estado asistiendo a la escuela de danza desde hacía un año.
Con su mujer estaban atareados en ataviarla maravillosamente, con
la esperanza de que Baba le permitiera mostrar algunos pasos de
danza ante Él y los peregrinos. Nos sentíamos felices de poder ver
este encantador número como sorpresa de bodas. Cada uno de los
presentes en el atiborrado galpón no perdía de vista la puerta por la
que entraría Baba para sumársenos.
Divisamos la bata naranja y la tupida cabellera, partida a un la-
do, en una porción más voluminosa y otra más pequeña. Repenti-
namente, Baba pareció resbalar en el suelo del pórtico y la multitud
exclamó: “¡Trance!”. Ello me produjo un real sobresalto, aunque los
residentes y los devotos reunidos allí no mostraban conmoción ni
impacto alguno. Su hermana Venkamma me confió que este “viaje
extracorporal” constituía un “sine qua non” en el día de Vijayadasa-
mi. Ella se mantuvo de pie, separada del grupo de hombres jóvenes
ocupados en masajear los pies, las manos y el pecho de Baba. Los
ojos de Swami estaban abiertos, pero no miraban hacia ninguna di-
110
rección en particular. La importuné preguntándole adónde había
viajado Baba. Me respondió: “Va a Shirdi, en donde es adorado hoy
con una ceremonia especial, ya que fue en este día que abandonó
su envoltura física de Shirdi”.
¿Qué podía pensar de un incidente tan fuera de lo ordinario,
que se producía ahí, frente a sus narices, un MA, BL, miembro de
la Facultad de Historia en la Universidad de Mysore? Baba se había
vuelto inconsciente de lo que sucedía a Su alrededor; sin embargo,
en lugar de interpretarlo como una desafortunada crisis física, los
devotos se dejaban llevar por una burda y equivocada interpreta-
ción. ¡Cómo iba a ser posible que la conciencia desencarnada de
Baba pudiera ser percibida en Shirdi, a seiscientas millas de distan-
cia! Yo y mi hijo, doctor en Geología, nos atrevimos a acercarnos al
postrado cuerpo de Baba. Éste pestañeó como en un estupor inci-
piente. Habló. La voz manifestaba una leve irritación y las palabras
sonaban rápidas y fuertes, como si estuviera advirtiéndole a alguien
sobre algunas graves consecuencias. Una pareja de Sholapur, en
Maharashtra, exclamó: “¡Son términos marathis. Le está ordenan-
do a un hombre que le sirva dulces a otro”. Miré la cara de mi hijo y
él me miró a mí. La mirada de Baba se fue aclarando y su marathi
se hacía más entendible.
De pronto se puso de pie y se fue caminando hacia el galpón,
en donde, de inmediato, resonaron los bhajans desde cientos de
gargantas. De modo que mi hipótesis de que sufría de ataques no
concordaba con los hechos. Baba se sentó en la fila con dos canto-
res de Madras —mellizos— que lideraban los bhajans, armonizando
sus voces con la Suya.
La conversación después de los bhajans, durante la comida y
aún después, giró incesantemente en torno al viaje que Baba em-
prende cada Vijayadasami hacia Shirdi, Su primera residencia. Ex-
traño, Divino, Increíble: eran los adjetivos con que se entremezclaba
la discusión. Me preguntaba: ¿Por qué este joven no se revela a sí
mismo como Sí Mismo? ¿Por qué un muchacho aldeano de catorce
años declara que era un Fakir de Maharshtra, sepultado, que ha ve-
nido de nuevo para continuar la tarea de integrar al hombre con el
Dios que mora dentro de él? Individuos más astutos habrían declara-
do que sus originales habían sido Muruga de Tamil Nadu, Ayyappa
111
de Kerala, Sankar Dev o Chitanya del Nordeste de la India, Rama-
krishna o Jnaneswar de Bengala y Maharashtra. Y esto, sólo des-
pués de llegar a adultos. “Este jovencito, sin embargo, se atuvo a la
Verdad”, me dije para mis adentros. Decidí investigar y exponer la
identidad de ambos Babas en la Vida que habría de escribir.
Al amanecer el día, Potti Iyer nos recordó que habíamos de
partir temprano en un bus que llevaría a los miembros de la comiti-
va del matrimonio hasta la estación de ferrocarriles de Penukonda.
El “trance” o el “viaje extracorpóreo” de la tarde anterior había tras-
tornado el Padapuja o “Adoración de los Pies”. La pareja de recién
casados era la más privilegiada, pero todo el que quisiera, de entre
nosotros, podía unirse a la ceremonia. Se nos indicó que Baba to-
maría asiento en el sillón ornamentado, ubicado en la cabecera de
la sala. Colocaría Sus pies sobre una bandeja de plata. Entonces po-
drían ser lavados con agua santificada, como se había hecho en
Shirdi y sobre Ellos se podrían poner puntos de pasta de sándalo y
de kumkum. Todo esto, mientras eran entonados los ciento ocho
Nombres de Sai Baba, para poner luego flores sobre Sus pies. A
continuación, se le podían ofrecer frutas o caramelos, que Él podía
aceptar o probar. Por último, se haría girar ante Él la llama de al-
canfor para (básicamente) apartar el “mal de ojo” y (por derivación)
como plegaria, para obtener la sublimación de nuestros impulsos.
Este Padapuja representaba una “obligación” para los peregrinos,
aunque Baba mismo la estimaba como “optativa”. Baba había pro-
clamado en Uravakonda que Sus pies, los Pies del Maestro Univer-
sal, podían liberar al género humano de los alternados bombardeos
de Alegría y Pesar o Regeneración y Degeneración.
Aunque yo no me había “tragado” la validez de esta afirma-
ción con tanto entusiasmo como Potti y Parameswara Iyer, espe-
raba el Padapuja como a un rito curioso o costumbre popular tra-
dicional, estimulados por gurús de todos los credos desde hace si-
glos en la India. La mayoría de los gurús usan sus pies para reco-
ger dinero y acrecentar sus balances bancarios. Me sentí aliviado
al oír que Baba nunca permitía que una moneda contaminara la
atmósfera de adoración.
No obstante, puesto que Baba había partido a Shirdi y se ha-
bía demorado como una hora en volver, hubo que renunciar al
112
Padapuja. Sólo pudimos tocar Sus pies y poner sobre ellos unas
cuantas hojas de tulsi, antes de hacer girar la llama de alcanfor.
Baba hizo girar Su mano derecha, con la palma hacia abajo unas
dos o tres veces y, rápidamente, recogió un montón de vibhuti
que cayó de ella. Puso una cantidad de ceniza en nuestras manos.
Yo había leído que el Baba de Shirdi mantenía un fuego encendi-
do en el lugar donde permanecía casi todo el tiempo y que la ce-
niza que se producía se la daba a la gente en el momento en que
se despedían de Él. Pero Baba no tenía un fogón. La ceniza no
era caliente al tacto.
De pronto oí gritar de alegría a uno de los niños. “¡Es dulce!”
Había lamido la ceniza tan pronto Baba la pusiera en sus manos.
Puse una pizca en mi lengua… era salada. Baba había distribuido el
vibhuti del montón original brotado de la misma mano, con los mis-
mos dedos, en un movimiento continuo, entre todos los presentes,
mas al niño le sabía dulce y al adulto, salado. Tuve que descartar
una buena porción de mi arrogancia y echar rápidamente mano a
mi sentido del humor para rellenar el vacío. ¡Mi horizonte estaba
siendo ampliado más allá de lo mensurable! Tuve que renunciar a la
comodidad que me había ganado con la estrechez de miras.
Baba llamó a algunos de los miembros del grupo que habían
venido para la boda para pasar detrás de la gruesa cortina que ocul-
taba el Santuario del resto del galpón. Se paró sobre el peldaño que
usaba Seshagiri Rao para echarle combustible a las lámparas al cos-
tado del estrado. Separó las cortinas, llamó a los recién casados en
primer lugar y los bendijo.
Nosotros, los que estábamos de este lado de la cortina, sólo
podíamos captar una risita o una expresión de asombro ocasiona-
les, un suspiro o un sollozo, todo unido por un suave y continuo
susurrar. Luego le llegó el turno a otros. También mi alumno fue
llamado. Entró por el medio de las partes de azul. Cuando salió,
tropezó y fue sostenido por Parameswara Iyer, quien lo sostuvo
justo antes de tocar el suelo. Según dijo, se sentía abrumado por
la compasión de Baba por las seguridades de empatía que le ha-
bía dado. Había perdido cinco hijos, uno tras otro, cuando co-
menzaban a caminar o a hablar. Le quedaban una bebita y un ro-
busto niño de tres años. Baba le había dicho que compadecía la
113
situación de la madre. Palmoteó la cabeza a Venkataramiah, di-
ciendo: “Los hijos que tienes ahora estarán a salvo. Vivirán por
largo tiempo y ganarán fama por su bondad”. Venkataramiah me
preguntó: “¿Cómo pudo saber que había perdido cinco hijos y
que me quedaban dos?”. Le pregunté: “¿Cómo pudo saber que
yo tenía una hija?”. Potti Iyer que nos había escuchado, dijo: “Pre-
gúntame después”.
En ese momento vi el rostro de Baba en la cortina entreabier-
ta y me llamó por mi nombre, indicando que me acompañara mi
mujer. Subimos los peldaños y nos quedamos de pie frente a Él.
Debo confesar que no podía comprender aquel “enigma envuelto
en rompecabezas” que nos sonreía tan angelicalmente. Me reveló
que mi problema residía en cómo reconciliar mi devoción por Ra-
makrishna con mi gratitud hacia Él. “Pobre hombre —le dijo a mi
mujer—, no sabe que fue Ramakrishna quien le trajo a Mí. Rama-
krishna le recompensó por su duradera lealtad. Le condujo hasta
Kothacheruvu”. Lo dijo con una risa ahogada. (Kothacheruvu es
una aldea que queda a nueve kilómetros de Puttaparti.) “Él le guió
hasta este lugar y se fue, porque el gurú no tiene nada más que
hacer una vez que el discípulo está cara a cara con Él”. Me pre-
guntaba cómo habría podido enterarse de mi iniciación en el redil
de Ramakrishna. En un instante hizo girar la mano y tomó dos
monedas de plata con unas pequeñas argollas adheridas que se
habían manifestado misteriosamente. Le entregó una a mi mujer
y otra a mí. “Llévala al cuello”, le indicó. Tenía Su retrato en el
anverso y a la Diosa Lakshmi en el reverso, la Diosa de la Fortu-
na. “Cuélgala en tu ‘hilo de iniciación’”, me dijo. La que yo recibí,
tenía Su imagen en el anverso y la del Baba de Shirdi en el rever-
so. Ella iluminó una huella que me lanzó a vagar por los ámbitos
de la teología, la mitología y la hagiología. ¿Son uno los dos Ba-
bas? ¿Se trataba de otra Resurrección? ¿Había sido genuino ese
viaje a Shirdi? ¿Podría tratarse de una Reencarnación emprendida
voluntariamente por la misma Omnivolición que había decidido la
personificación de Shirdi? La mente me saltaba de pilar a poste,
de un punto de interrogación a otro de exclamación.
El micro especial nos estaba esperando en la ribera oriental del
Chitravathi. Vadeamos por las arenas, dejando una buena parte de
114
nuestros corazones con Baba en el Mandir. Él caminó con nosotros
hasta el borde de las arenas y agitó Su pañuelo hasta que el último
de nosotros llegó al otro lado. Potti Iyer y su hijo deleitaron al grupo
cantando bhajans. Mi yerno cantó algunas de las canciones que ha-
bía compuesto para Baba. Venkataramiah se mantuvo en silencio,
rumiando los dones que había recibido. El lecho seco del embalse
de Bukkapatnam, el camino de Kothacheruvu, los campos de arroz
en torno a Locherla, las colgantes ramas de los margosa, la línea
marcada en negro de las cumbres de los cerros, nos observaron ale-
jarnos rápidamente. Me prometí a mí mismo varios felices regresos
por el mismo camino serpenteante.
Mi madre era el miembro más contento del grupo. Su fanáti-
ca adhesión al código de lo que se debe y lo que no se debe hacer,
establecido por los legisladores hindúes desde épocas tan remotas
como el año 400 a.C., había sido sistemáticamente demolida por
Gopal Maharaj, quien la había instalado como la madre de la fa-
milia de Ramakrishna Paramahamsa en Mysore. Cuando los into-
cables fueron admitidos en los templos de sus Dioses —Vycome
por ejemplo— gracias a un decreto dictado por el Maharaja de
Travancore, ella celebró el evento permitiéndole a sus nietos en-
trar a su oasis de ortodoxia: la cocina (que hasta entonces había
protegido de profanaciones), con ropas no recién lavadas y cuer-
pos no recién bañados. Ahora, en Puttaparti, en compañía de
mujeres de todas las castas, había estado degustando vegetales a
los que había excluido, de acuerdo con Manu, por largo tiempo.
Se había enamorado de Sai Baba y Su hospitalidad de brazos
abiertos que se rehusaba a dejar fuera a cualquier buscador, por ri-
co o pobre, pomposo o proletario, de alcurnia o desconocido,
erudito o subnormal que fuera. Al igual que una fruta que sabe
amarga cuando joven, que desarrolla acidez al llegar a adulta y se
va llenando de dulzura hacia la vejez, ella también se había dulcifi-
cado con la edad. Aceptaba lo Universal como Real y descartaba
lo limitado, considerándolo una prisión.
Coloqué un retrato de Baba al lado de uno de Ramakrishna. Mi
corazón se aceleró, pero no recé para ser perdonado. Comenza-
mos con sesiones de bhajans en casa, cada tarde. Mamá se preocu-
pó de poner una taza de leche frente a Baba cada día, durante los
115
bhajans. Cuando descubrimos que un cuarto o un tercio de la canti-
dad de leche desaparecía, ¡no nos demoramos mucho en llegar a la
conclusión de que Baba, de manera subrepticia y deliberada, estaba
aceptando la ofrenda! ¡Ah! ¡En verdad Potti Iyer estaba en lo cierto!
De modo que lo invitamos a contarnos más y más historias sobre
nuestro hallazgo.
Aproveché cada oportunidad para ir a Puttaparti. En una oca-
sión, Baba nos planteó un problema sobre el cual reflexionar:
“¿Qué es lo que sabe mejor: la leche caliente que se entibia vertién-
dola repetidamente de una taza a la otra o la leche caliente cuya
temperatura se baja a la de la lengua, colocando la taza por un rato
en un recipiente con agua fría?”. No supe qué contestar y Baba
tampoco dijo nada. El problema quedó en suspenso puesto que de-
bía ser resuelto con un experimento de laboratorio y un catador ex-
perto. ¿En qué forma podría afectar el procedimiento de enfria-
miento al sabor? Pero Baba dijo: “Cuando regreses, hazle la pre-
gunta a tu madre. Dile que lo que ella hace no es lo correcto”.
Así lo hice y descubrí que mamá enfriaba rápidamente la le-
che, antes de colocarla delante de Su retrato, con ayuda de un re-
cipiente de agua fría, tal como lo había revelado Baba. Baba, por
lo que sabía, jamás había sido un rigorista en cuanto a los alimen-
tos, nunca había mostrado que Su paladar fuera sensible a las va-
riaciones de sabor o exigente en cuanto a manjares especiales. Le
había oído declarar que nuestra felicidad era el alimento por el
que vivía y que le hacía feliz que comiéramos alimentos saluda-
bles, inofensivos y sabrosos.
Sorprendente era que, además, ¡no le gustaba ni la leche ni los
productos lácteos! El Día de Vijayadasami, cuando se sirvió requesón
entre los platillos del almuerzo de bodas, hizo un gesto rechazándolo
y dijo bromeando (¿o sería una declaración probatoria?): “¡Oh!
Cuando estuve aquí la vez anterior, como Krishna, consumí leche,
requesón y manteca en cantidades suficientes como para satisfacer a
muchos Avatares”. Por lo tanto, seguro que era Su infinita compa-
sión lo que lo impulsaba a beber la leche de la taza colocada ante Su
retrato, en la casa de la duodécima calle, Wilson Gardens, en Banga-
lore, en la que vivíamos. A través de esta encuesta acerca de la supe-
rioridad de uno de los métodos, el rápido o el lento, para enfriar la
116
leche, Baba había ratificado la conclusión a la que habíamos llegado
respecto al destino del líquido que estaba desapareciendo.
Mamá fue bendecida también de otras maneras por Baba.
Mientras todos, incluyendo unos pocos vecinos, tomábamos nues-
tros puestos para los bhajans muy cerca de la alcoba que era el san-
tuario, mamá se sentaba sola, a algunos pasos de distancia, apoyán-
dose contra el muro. Marcaba el ritmo con las palmas tan vigorosa-
mente como el más fuerte de los devotos asistentes, porque le en-
cantaban los bhajans. Incluso había compuesto uno en tamil e insis-
tía en que se lo cantáramos a diario a Baba. Un día, cuando la se-
sión estaba por terminar, se quedó con las manos unidas en la pose
de Namaste. Sintió una sustancia entre las manos, algo que giraba
por sí solo entre sus palmas. Imaginó que era una abeja grande y las
separó asustada, para encontrar en su mano dos hojas y un botón
de la sagrada planta de tulsi. ¡Un real Regalo de Gracia! Mamá se
alegró tanto de haber sido elegida para esta bendición que también
nosotros nos aventuramos a emularla. Por turnos, cada uno de no-
sotros se fue sentando a diario en el mismo lugar que ella, apoyados
contra el muro; también nosotros golpeábamos vigorosamente las
palmas y nos levantábamos uniéndolas, para finalizar. Pero nadie
fue bendecido con una repetición del don. Concluimos en que Baba
tenía Sus propias razones para cada acto Suyo, ya fuera en la Pre-
sencia Visible en Puttaparti o en la Presencia Invisible, más allá del
ámbito de la percepción sensorial.
Me escapaba a Puttaparti cada vez que podía, porque Bangalo-
re se había convertido para mí en las Islas Andaman, a las que eran
despachados los reos sentenciados de por vida. Durante una de es-
tas visitas me dio la bienvenida nada menos que el Dr. B. Thiruma-
lachar, Director del Instituto Superior y Profesor de Zoología. Ofi-
cialmente era mi jefe, aunque, por otro lado, era un jovial camarada
y un alegre “ramakrishnita”. Parecía como si el grupo de devotos
hubiera estado esperando mi llegada, tal fue la calidez de la recep-
ción que se me brindó. No me había dado cuenta de que el calenda-
rio había anunciado luna llena para ese día y que los profetas del
tiempo habían pronosticado un cielo sin nubes. Las noches de luna
llena constituían ocasiones festivas en Puttaparti, porque Baba lleva-
ba a los devotos hacia el lecho de arena del río, ya sea para bhojan
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o para bhajan o para ambos. Bhojan representaba una reunión de
comensales, para la cual cada familia aportaba víveres y todos com-
partían el total reunido, con Baba uniéndose al grupo como un ale-
gre participante.
Se me dijo que, al parecer, se le habían roto algunos rayos a
la rueda. Baba se mostró silencioso y distante cuando se le men-
cionó el Chitravathi. Un velo de tristeza descendió sobre el Man-
dir. El rostro de Baba era el único que se veía radiante. Parecía
disfrutar con el desconcierto reinante. El Director y otros imagi-
naban que si yo sumaba mis plegarias a las suyas, Baba podría
ceder y acceder a sentarse con nosotros en las arenas para bha-
jan e, incluso, aceptar el bhojan. Estábamos seguros de que las
arenas animarían la tarde, porque Baba se sentiría, naturalmente,
tentado a jugar con ellas y el juego podía desembocar en la crea-
ción de un medallón, un anillo, vibhuti o un ícono para ser adora-
do por alguien.
Baba se paseaba lentamente de Este a Oeste y de Oeste a Es-
te en el galpón de bhajan, indiferente a la pléyade de devotos que
rogaban en silencio para que se repitiera la dádiva de la luna llena.
Cinco de nosotros, aproximadamente, caminábamos en grupo
tras de Él, a lo largo del galpón, siguiendo Sus pasos, ansiosos
por distraer Sus pensamientos, aunque temerosos del castigo que
podía infligirnos. “¡Swami! Hoy es día de luna llena. Tengamos la
reunión en las arenas del río…” rezábamos, mientras Él continua-
ba con Su ir y venir. Se detuvo al llegar al extremo Este del galpón
y volviéndose bruscamente hacia nosotros, nos espetó: “¿Piensan
que puedo transformar únicamente las arenas del Chitravathi? ¿Es
que no hay arena en torno al Mandir en construcción?” ¡De modo
que sabía que le estábamos suplicando ir hacia las arenas!
Por cierto que había grandes montones de arena de río en el
lugar donde estaba emergiendo Prashanti Nilayam. Entonces,
mientras Él continuaba Su paseo, le dije: “Swami, iremos al mon-
tón de arena y nos sentaremos allí para cantar bhajans”. Se detu-
vo en el extremo Oeste. No mostraba un ánimo condescendien-
te. “Sé que no son los bhajans lo que les interesa. Desean que les
entretenga con milagros. Y piensan que para eso debo tener are-
na”, se rió y giró para seguir caminando de vuelta al otro extre-
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mo. Le seguimos. Alguien dijo: “¡Muy bien, Swami! Sabemos
que puedes crear cosas desde el aire. No necesitamos acercarnos
a la construcción. Reunámonos en el Mandir. Un milagro puede
producirse aquí, ahora, si fueras benevolente”. Le felicitamos por
su agudeza mental y sumamos nuestras voces: “El dónde no im-
porta en absoluto. Deseamos disfrutar felizmente de la luz de la
luna en Tu presencia. Eso es todo”. Baba se detuvo. Nos enfrentó
y dijo: “Milagro, milagro… eso es lo que claman. Pero nada sa-
ben de un milagro: ustedes… cada uno de ustedes… vuestra exis-
tencia misma es Mi milagro”. Echó por tierra toda esperanza de
diversión de luna llena. No obstante, a través de esa declaración
tan simple en apariencia, ¡reveló que era un fenómeno mucho
mayor de lo que cualquiera de nosotros hubiera sabido estudian-
do la historia humana!
¿Yo, Su milagro? Me sentí avergonzado por haber sido arrastra-
do a una trampa y por haber pedido regalitos triviales de este Baba
que afirmaba, como el Señor Krishna, que Él es la simiente que se
desarrolló en todo esto. Reuní a mis compañeros, apartándonos, y
me reí de mí mismo ante ellos por ceder al asalto de la tentación y
de la curiosidad infantil. Les dije que no sólo había que amar a Ba-
ba, que adorarlo, que acercarse a Él en busca de Gracia y dones, si-
no que, más que todo, había que “temerle”. Mientras estaba en
Shirdi, Baba inspiraba temor, porque nunca excusaba la mezquin-
dad o la prevaricación. Este Baba de ahora es más compasivo, pero
ese día le encontramos más profundo que cualquier otro fenómeno
divino del que hubiésemos sabido que existiera en cualquier lugar o
cualquier época. “Ustedes son Mi mayor milagro”… ¿Quién se atre-
vería a hacer ese anuncio, salvo alguien que fuera Dios venido para
decir la Verdad en el idioma que entendemos? “En qué forma he-
mos de acercarnos, de aprender, de adorar y de obtener beneficio
de esta persona única en su género… eso es lo que cada uno de no-
sotros deberá determinar”, les dije. Cuando dijo que todos somos
Sus milagros, me acordé del Salmista que expresara su gratitud a
Dios: “Tú fuiste el que configuró mis partes internas; Tú me armas-
te en el útero de mi madre. Te alabaré, porque me llenas de asom-
bro: eres maravilloso y maravillosas son Tus obras. Tú me conoces
totalmente; mi cuerpo no es un misterio para ti, tal como fui secre-
119
tamente configurado, modelado en las profundidades de la tierra.
Tú viste como se desarrollaban mis miembros en el útero y en Tu li-
bro se encuentra anotado, día tras día; y todos ellos fueron forma-
dos y ninguno se atrasó en crecer”.
No pude dormir esa noche; ni dejé que durmieran mis amigos
de Bangalore. Salimos quedamente de nuestras camas y nos senta-
mos en un apretado grupo sobre la arena, a la luz de la luna. Volvi-
mos a reflexionar sobre la significancia de la declaración que había
escapado de los labios de Baba.
Baba lo había expresado tan espontánea, tan casual y tan enfá-
ticamente que no podíamos descubrir en ello ningún brillo de fanfa-
rria, de fantasía ni de ficción. No se trataba de una pose pedante. El
Dr. Thirumalachar indicó que Sri Ramakrishna había declarado que
Él era el Principio Divino que se había encarnado en forma huma-
na, primero como Rama y más tarde como Krishna. Sin embargo,
le dijimos que esto había sido durante la hora final de su existencia
terrenal y como respuesta a un ruego que había de ser contestado.
Swami Vivekananda anhelaba escuchar de boca del Maestro, antes
que descartara su cuerpo, algo acerca de Su autenticidad. Para sus
adentros, había pensado: “Si solamente lo declarara, al menos aho-
ra”… Y sucedió.
Sri Rathnayya señaló que en el Gita, el Señor Krishna dijo que
el misterio de que Él fuera Dios no había de serle revelado a cual-
quiera. “Esto no debe serle dicho por ti a nadie que no practique
austeridades o que carezca de devoción, a nadie que no disfrute con
el servicio, ni a los que hablan mal de Mí.” “Baba, sin embargo, de-
clara aquí la ‘Guhyaad guhyataram jnanam’ (la verdad más secreta
que todos los secretos) para ti, para mí y para ellos, mientras cami-
na por un galpón abierto para que todos lo escuchen. Para mí, éste
es el misterio”, dijo.
Intervino otra persona: “Este joven nació en una casa de muros
de adobe y techo de paja, en esta pobrísima aldea y cuidó ganado
en las riberas de este río. Como un diamante enterrado en las pro-
fundidades, reluce ahora con su esplendor original. ¿Quién creería
que este villorio se convertiría muy pronto en el Cielo en la Tierra?”.
El conocimiento de que volvíamos sobre nuestros pasos para pa-
sar las horas de la noche, bajo el cielo estrellado, en las cercanías de
120
nuestro “Hacedor y Maestro”, nos llenaba de una extraña mezcla de
humildad y de orgullo, de temor y de confianza, de vacío y de rique-
za. Baba sabía que habíamos salido y que habíamos vuelto más con-
tentos y más sabios, de modo que se abstuvo de hacer reproches.
Apoyada en la almohada, mi cabeza nadaba en círculos en tor-
no a una estrofa del Gita (II, 29): “Una cierta persona considera Es-
to como una asombrosa maravilla. Así también, otra persona habla
de Esto como una asombrosa maravilla. Otro escucha acerca de
Ello como una asombrosa maravilla. ¡Sin embargo, pese a escuchar
todo Esto, nadie lo entiende realmente!” Yo he visto a Baba; Él me
ha hablado y yo le he hablado; yo he oído cosas de muchos… ¡No
obstante, Él sigue siendo una asombrosa maravilla, eludiendo la eva-
luación y saltándose los juicios! ¿Puede ser que esta persona, que
yace acurrucada sobre este camastro de hierro, sea el Principio Ab-
soluto envuelto en vestidura humana? ¿Cómo puede ayudarme mi
fe infiel a serle verdaderamente fiel?
Unos pocos días en la presencia de Baba en el Mandir repre-
sentaron una experiencia educativa, que nos inculcaba reverencia
por las fuentes básicas de la cultura india y nos enseñaba el proceso
del amor puro. Encontré a los padres de un niño de cinco años, de
un villorio próximo a Trichinapoly, al que había traído para ser ini-
ciado en el alfabeto por Baba. Les dijo que había pasado por alto al-
gunos ritos preliminares que habían de ser observados, de acuerdo
a los antiguos textos. Le cortó algunos rizos de cabello e hizo que le
raparan la cabeza a continuación; supervisó el baño que le dieron
antes de la iniciación. Con un movimiento rotatorio de la mano,
creó dos largos alambres de oro, aguzados como agujas en un ex-
tremo. Atravesó con ellos los lóbulos de las orejas del niño, ya que
esta perforación es otro de los ritos obligatorios para los niños hin-
dúes. Luego levantó al niño y lo sentó en Sus rodillas, radiante de
alegría, y sujetando el índice de la mano derecha del chico en Su
mano, lo dirigió para escribir el OM, que encierra todos los sonidos
y palabras. La voz del hombre nace en la laringe y termina en los la-
bios y así también, el OM surge en la garganta, rueda sobre la len-
gua y termina en los labios.
Baba visitaba con bastante frecuencia a los devotos en Bangalo-
re. Mi mujer y yo nunca perdimos oportunidad de recibir Sus bendi-
121
ciones. Mamá también se nos unía de buen grado. Pese a que eran
cientos los que se arremolinaban en torno a Él buscando la oportu-
nidad de tocar Sus pies, Él se las daba con una sonrisa o un gesto
de Su mano, como lo habíamos notado, y permitía que se le acer-
caran. Solía quedarse con Sri Purnayya, el Superintendente Comer-
cial de los Ferrocarriles del Sur. Su mujer, Nagamani Amma, era
muy gentil con todos los devotos de Baba. Su casa estaba abierta
para todos durante Su estadía. E incluso cuando Él ya había partido
hacia Puttaparti o cualquier otro lugar, solía pasar horas con devo-
tos, narrándoles gustosa los milagros que había tenido el privilegio
de presenciar. Nos sentíamos atraídos hacia su casa, puesto que sus
reminiscencias constituían evidencias genuinas de la Divinidad de
Baba, que nosotros ansiábamos explorar y vivenciar cada vez más
profundamente. Mi alegría aumentaba escuchándola y nunca me
saciaba.
Baba visitaba el hogar de las hermanas de la Rani de Chin-
choli en Bangalore. Una vez, Baba nos invitó a su salón. La me-
nor, Seethamma, había sido mi alumna mientras preparaba su BA
en la Escuela de la Maharani en Mysore. Baba habló en kannada,
de modo que pudimos disfrutar plenamente Su humor y Sus ocu-
rrencias. Ambas hermanas habían perdido a sus maridos. La ma-
yor, Rajamma, también había perdido una hija, aunque le queda-
ban un hijo y otra hija. Tenían a su anciana madre viviendo con
ellas. Baba recordó los días que había pasado con la hermana ma-
yor de ambas, la Rani, en Hyderabad, cuando estaba en su mo-
mento álgido el frenesí comunal de los Razakars. Relató varios in-
cidentes en los que había intervenido Su voluntad para salvar a la
Rani y a quienes la rodeaban. Habló de la profunda devoción que
el extinto Raja de Chincholi sentía por Él cuando estaba en Shirdi,
y describió la forma en que el Raja demostraba esa devoción a
través de la humildad y de la conmiseración hacia los pobres y los
necesitados. De ahí, Su charla derivó hacia el tópico de la dedica-
ción y la entrega como sadhana: “Resulta fácil hablar de la entre-
ga a Dios, ¡pero no son ‘libres’ para rendirse a El! Los sentidos, a
los que ya se han rendido ¡no les permitirán entregarse a ningún
ideal superior!”, dijo. “No han llegado a dominar sus mentes. Ellas
les arrastran hacia veinte direcciones diferentes. Ravana tenía diez
122
cabezas. Cada cabeza planeaba de manera diferente. ¿Cómo po-
día, entonces, rendirse a Shiva? ¡No es de extrañar que tramara
destronarlo!” Baba se volvió hacia mí y me preguntó: “¿Cuál es el
mayor error de Ravana?” No pude descubrirlo en el acto, de mo-
do que Baba proveyó la respuesta: “Robó a Prakriti de Su Dueño.
Los científicos están cometiendo el mismo error hoy en día y van
a arrastrar a todos los que los alaban y los siguen hacia la perdi-
ción. Sita es la Naturaleza, Prakriti, la hija de la Tierra, encontra-
da en un surco. Ravana secuestró a Prakriti; la Ciencia está explo-
tando a la Naturaleza, y se siente orgullosa de haberla conquista-
do. Ravana hizo caso omiso del Señor de la Naturaleza, Rama. La
Ciencia no venera la vida; no teme insultar ni lesionar a Prakriti.
Así, niega a Rama, el Señor de Prakriti”. Descubrí una nueva fa-
ceta de la personalidad de Baba: la infrecuente claridad y Su en-
tendimiento de la condición humana contemporánea.
Baba le habló al hijo de la hermana mayor. Había sido seleccio-
nado como funcionario en el Servicio Policial y estaba siguiendo un
entrenamiento especial en Mount Abu. Baba citó abundantemente
el Gita mientras le aconsejaba cumplir con su deber tan concienzu-
damente como le fuera posible y tan escrupulosamente como lo pi-
de o exige la ley. Cuando el joven rogó que Baba le guiara y prote-
giera, Baba replicó: “Lo hago por todos los que buscan; es mi de-
ber. He afligido al hombre con el hambre y debo darle alimento; he
plantado los árboles, por lo tanto riego sus raíces”. Me quedé estu-
pefacto ante la revelación de la singularidad de esta Aparición. Ha-
bía leído en el Sai Sathcharitha de Baba, que declaró en Shirdi que
Sus arcas del tesoro estaban repletas, por lo que podía darle a cual-
quiera lo que quisiese. Le había comentado en esa época a mis ami-
gos que eso no era sino un alarde; ahora, sin embargo, Baba estaba
probando que el jactancioso era yo.
El anhelo de alojar a Baba en mi casa se agudizaba en cada una
de estas oportunidades de gozar de Su compañía y conversación en
los hogares de otros devotos. Pronto descubrí que esta dádiva cons-
tituía un acto de Gracia espontánea. No podía ganarse por ningún
otro medio que no fuera la oración. Un buen día, mamá se animó a
detener a Baba cuando salía de una sesión de bhajan y le planteó su
queja. Recibió la bendición. Él le respondió con un: “¡Voy a venir!”,
123
que repitió tres veces. Mas, ¿cuándo? ¡Cuando Su voluntad lo deci-
da! Esta positiva promesa Suya, sin embargo, fue una fuente de
consuelo.
El Festival del Cumpleaños en 1948 y el Shivaratri de febrero
de 1949 nos llevaron a Puttaparti. Las celebraciones fueron sim-
ples, con la asistencia de unos cien devotos cercanos. Baba derra-
mó Gracia sobre todos, incluyendo los hombres y mujeres de la al-
dea. La deliciosa comida fue la principal de las manifestaciones del
Cumpleaños. Shivaratri representaba la ocasión para la vigilia y el
canto de bhajans toda la noche. Baba se retiró a la habitación don-
de pasaba el día, en el momento en que el lingam debía emerger de
Él. Sólo unas pocas personas, además de dos acompañantes de Su
misma edad, se encontraban presentes durante la sagrada ocasión,
aunque también otros lograban el privilegio de ver el sagrado símbo-
lo que se había formado dentro Suyo. También llegaban aldeanos
en gran número, con sus carretas cargadas de caña de azúcar, lista
para la molienda. Rogaban por las bendiciones de Baba para que la
caña diera bastante jugo y para obtener un buen precio por la mela-
za que hacían.
Me había construido una pequeña vivienda para mí en los su-
burbios de Bangalore. Tenía que caminar más de tres millas, con sol
o con lluvia, para llegar a mi escuela. Un día, ¡llovía tan torrencial-
mente que parecía que iban a comenzar a caer peces de las nubes!
Busqué refugio en un pórtico que ya estaba repleto de burros, va-
cas, perros y humanos. Sabía que el Jefe de Registros de la Univer-
sidad estaba en la ciudad. Resolví pedirle un cargo para mí como
Conferencista en una escuela universitaria de cualquier lugar, por
distante y ruinoso que estuviera, pero que me permitiera vivir cerca
de mi trabajo.
Me aventuré a salir a la llovizna de esos momentos y me dirigí
apresuradamente a la Universidad. El Jefe de Registros seguramente
estaba en el edificio central, al frente, pero primero tenía que dictar
una materia a una clase que me esperaba y de ahí me dirigiría a ver-
le con mi petición. El Dr. Tirumalachar, el Director, esperaba en la
entrada misma y me recibió con un: “¡Congratulaciones! Baba le ha
bendecido: se irá a la escuela intermedia en Davangere como Direc-
tor. El oficio universitario acaba de llegar. Mañana es jueves, el día
124
de la semana especialmente bendecido por Baba. Quiero que envíe
un telegrama de inmediato y que alcance a tomar el tren nocturno
que parte a las 21 horas. Lo dejará allá a las 7 de la mañana”.
Ya durante la primera entrevista Baba me había asegurado que
mi salario y mi posición en la Universidad subirían, ambos, muy
pronto de rango. Sus palabras se habían hecho realidad. Su Volun-
tad había predominado. De modo que, en Su Día, me presenté an-
te Sri O.K. Nambiar a quien iba a reemplazar, quien se despojó,
con sumo agrado, de la corona de espinas que llevaba en la cabeza,
para que yo me hiciera cargo de ella.
Me enteré que el Campus Universitario representaba la árida
arena para el enfrentamiento de facciones rivales, corrompidas por
cáusticas lealtades de casta; que el Vicecanciller había enviado a
cuatro Directores en cinco años a Davangere con la intención de
poner las cosas sobre rieles; que si no se me permitía funcionar, él
no vacilaría en cerrar definitivamente la escuela. De modo que, in-
conscientemente, ¡había traído conmigo una espada de Damocles
para colgarla sobre el templo de Saraswathi! No era una perspecti-
va muy agradable. Puesto que Baba me había mandado para allá,
confié en que las espinas de la corona se convirtieran en suaves nu-
dos.
Instalé un retrato de Baba en mi despacho; rogué por Sus
bendiciones al entrar en él y cada vez que tenía que estampar mi
firma en alguna carta, cheque, documento, notificación u orden.
El mantra del Amor de Sai sanó la alergia crónica frente a cual-
quier actividad que oliera a educación de la que sufría una por-
ción de los estudiantes. Con ese mantra, planté el arbolito del
servicio en los barrios de los Harijans de Davangere. La ciudad
tenía una fábrica de aceite vegetal, ya que era el centro comercial
del área productora de cacahuete de Mysore del Norte. También
era el centro de una región de tierras oscuras con cultivos de al-
godón en expansión. Por ende, también había tres fábricas de al-
godón. Tenía una barriada de choceríos de Harijans, aislada y
abandonada, cuyos residentes se ocupaban principalmente de
mantener limpia la ciudad. Elegimos el Rama Mandiram, una
choza de barro de diez pies de largo por ocho de ancho que los
Harijans habían construido en este barrio, como Centro de Servi-
125
cio de la escuela. Demarcamos una cancha de “volley-ball” y la
equipamos de postes, red y pelotas. Allí, en ese sagrado rectán-
gulo, actuaban hombro contra hombro los estudiantes y los jóve-
nes Harijans, sirviendo, haciendo pases, saltando y marcando
tantos. ¡Qué diversión y entusiasmo amigable era aquello! Mu-
chos eruditos de la sociedad ortodoxa hicieron oír sus voces de
sospecha y de temor, mas el idealismo de los estudiantes les ga-
nó. Pegamos un boletín semanal en los muros del Mandir, con
imágenes pegadas que explicábamos gustosamente a los viejos.
Cantábamos bhajans, organizábamos discursos, charlas y obras
musicales. Cada vez que cualquier VIP o Ministro visitaba la es-
cuela, lo llevábamos hasta el Mandir y lo persuadíamos con una
explicación. Algunos concejales de la Municipalidad no se sentían
muy felices, lo tildaban de alcahuetería, acusaban de exhibicionis-
mo y nos acusaban de utilizar recortes de revistas a las que esta-
ba suscripta la escuela; los muchachos, sin embargo, gozaban
con este cinismo y los programas se alimentaban de ello. Debido
a que sus propios hijos se encontraban involucrados y a que invi-
tados distinguidos visitaban las barriadas, la Municipalidad se vio
obligada a mejorar los caminos y alcantarillas y a buscar un reme-
dio para los problemas de los residentes. Repetí mis recitales de
Harikatha tanto en el Centro de Davangere como en algunas al-
deas vecinas, como Malladihalli. El último día de mi ejercicio co-
mo Director, invité a los Harijans a un Harikatha sobre Nanda-
nar, el santo Harijan del siglo XV, que fuera llevado al magnífico
Templo de Shiva de Chidambaram, por los mismos sacerdotes
Brahmines. Aquel día, presidió la reunión en el Rama Mandiram
el Ministro de Educación del Gobierno de Mysore.
Inicié también un novedoso programa rural como parte de las
actividades de la escuela. A cargo de esta rama de servicio, una Ex-
posición Educativa Móvil, quedó la tropa de Rovers. Recolectamos
cerca de cien fotografías y las enmarcamos en tamaños uniformes;
cincuenta de ellas servirían para inspirar a los adultos y las otras
atraerían e instruirían a los niños. Preparamos también un conjunto
de aproximadamente veinte experimentos de laboratorio en física y
en química que despertarían asombro e implantarían la curiosidad.
Seleccionamos conchas poco comunes, ramas de coral, nidos de
126
pájaros, plumas de pavo real y cornamentas de ciervos. Las cajas
que contenían estas colecciones eran transportadas por autobús o
carreta a las aldeas circundantes, hasta treinta millas de distancia.
El montaje de la exposición se hacía en el salón de la escuela del
lugar. Se preparaban los experimentos (que eran demostrados por
los estudiantes), se colgaban los cuadros a las alturas apropiadas.
Fuera del local, la tropa colgaba banderitas y guirnaldas en los cami-
nos. Uno de los scouts se paraba en la puerta del local, golpeando
el gran tambor que llevábamos con nosotros, para atraer a toda la
aldea al salón, hombres, mujeres y niños. Entraban en filas separa-
das y eran muy bien atendidos.
También los profesores habían de ser apartados de sus tenden-
cias antiescolares y probelicosas. Hice el intento de reuniones socia-
les quincenales de los miembros del cuerpo académico, asumiendo
la hospitalidad ellos mismos en forma rotativa. Esto ayudó a la con-
fraternización. Muy pronto surgió una jovial atmósfera de compe-
tencia en la provisión de los platillos del menú. Ésos eran días en
que Davangere estaba a diez millas de la Presidencia de Bombay y a
escasas treinta de la Presidencia de Madras. Un gran porcentaje de
la población de ambas Presidencias hablaba el idioma kannada y es-
taba ligado a los habitantes del Estado de Mysore por lazos cultura-
les, de credo, familiares y comerciales. Impulsé a mi equipo de do-
centes para que fueran conmigo a las aldeas y poblados de los distri-
tos adyacentes, afiliados a Bombay y a Madras y sometidos a las
presiones lingüísticas y culturales marathi, urdu y telugu. Hablába-
mos, en las reuniones de nuestros congéneres, en kannada, sobre
los santos y estudiosos, el arte y la cultura, los mitos y leyendas, los
héroes y heroínas que hicieran grande y gloriosa a la tierra kanna-
da. Encontré un gran entusiasmo entre los maestros de mi escuela
por ampliar el proyecto. Como grupo de misioneros culturales visi-
tamos todas las ciudades a las que nos llevaba el ferrocarril, desde
Davangere hasta Hubli y a las que nos transportara el autobús desde
Davangere hasta Hospet y Gadag.
No es de extrañar que le pudiera informar a Baba, cuando
me retiré del servicio activo a la edad de cincuenta y seis años
(la norma decía que debía dejar de servir al Gobierno cumplien-
do los cincuenta y cinco años), en abril de 1954, dejando la
127
Universidad y Davangere, “Swami, ¡Tus bendiciones me permi-
tieron pasar cinco felices años en ese lugar renombradamente
‘difícil’! Cuando me fui, se juntó una muchedumbre de Harijans
y de estudiantes para despedirme en la estación. Las guirnaldas
de flores casi me sofocan”. Swami dijo de inmediato: “¡Bien!” e
hizo girar Su mano. Creó ahí mismo un rosario de semillas de
tulsi. Cuando lo sostuvo frente a mis ojos, parecía ser como de
cuatro pulgadas, muy corto; pero cuando lo desenrolló y me lo
colocó en torno al cuello, tenía el largo apropiado. Baba nos
ayuda en cada paso y, cuando tocamos la cinta de la meta al fi-
nal de la carrera, nos mima con regalos por haber ganado, a
través de Su propia y constante Gracia, ¡aunque pretendamos
que lo hemos hecho por nuestro propio esfuerzo!
No obstante, fueron muchas las cosas que sucedieron antes
de dejar mi cargo de Director. Mi hija me indicó que Baba estaría
llegando a Bangalore, para que pudiera presentarme en el lugar
que estuviera e invitarlo a pasar algunos días en mi casa, en la que
ella vivía ahora con sus suegros. (Recuerdo la primera vez que uti-
licé ese odioso término egocéntrico.) “¡Oh! ¿Es tu casa? ¿Cier-
to?”, interpuso Baba. “¡Swami! ¡Es Tu casa, toda ella es Tuya!”,
repliqué. Ante esto, espetó: “¿Quién eres tú para invitarme a Mi
casa? Puedo entrar y salir de Mi casa como quiera. A ti no tiene
por qué importarte”.
En una ocasión, era el día en que estábamos celebrando el
Festival de Ganesha. Me encontraba en Bangalore con mi mujer y
mi madre. Había accedido a venir, pero supe de algunos amigos a
los que también les había dado la benevolente seguridad de visitar-
los. Cerca de una docena de devotos esperaban el don con las
puertas y los corazones abiertos; hasta las últimas horas de la tar-
de, y en la noche, Baba nos encontró a todos a Sus pies, con los
ojos rojos de resentimiento y las lenguas paralizadas por la triste-
za. Baba parecía disfrutar de la escena. Dijo: “Realmente visité sus
casas. Nunca falto a mi palabra. ¡Díganme! Les dejé una seña a
todos y a cada uno. ¿No se cortó en pedazos la guirnalda de flo-
res que había colgada sobre mi retrato?” ¡Sí, había sucedido en
cada caso! Nuestras caras se iluminaron, le tocamos Sus pies con
gratitud.
128
No hubo Festival de Dasara en Puttaparti en 1950. Se debió
a que el Prashanti Nilayam (la Morada de la Paz Suprema) que
hacía ya más de dos años que estaba en construcción en base a
los planos que Él diseñara, estaría listo para ser inaugurado junto
con el vigésimo quinto Cumpleaños de Baba, el 23 de noviem-
bre, y se estaban haciendo elaborados arreglos para subrayar la
ocasión, que constituiría un paso mayor en la carrera avatárica.
Llegué sólo unos pocos días antes y me uní a hermanos de Hy-
derabad, Venkatagiri, Madras, Salem y Bangalore, para limpiar
los desagües y calles de la aldea y para levantar arcos de bienve-
nida a lo largo de la ruta de un cuarto de milla que tomaría la
procesión, desde el Mandir en la aldea hasta el Prashanti Nila-
yam en la ladera de las colinas hacia el sur. La ruta tomaba por
una angosta franja de terreno entre los verdes campos de arroz y
flanqueda por arbustos espinosos. Un ingeniero de Bangalore
que participó algunos días en la supervisión de la construcción,
me señaló un arbusto desde donde Baba solía tomar naranjas y
manzanas para él y para otros, cuando caminaban desde el Man-
dir al nuevo edificio para constatar los progresos. “Cómo desea-
ba que cogiera de ahí una botella de mi marca favorita de
whisky”, se lamentaba desvergonzadamente el hombre. Le tuve
compasión a la víctima.
Había miles en el camino esa mañana. Los devotos floristas
de Bangalore habían preparado un palanquín superlativo para
Bhagavan. Tenía gruesos rollos de rosas y jazmines colgados de
las esquinas del arqueado dosel. Baba se sentó sobre el lecho de
seda, debajo de una gran borla de hilos de oro. Levantado reve-
rencialmente sobre los hombros de relevos de devotos, se movió
majestuosamente hacia el Nilayam. Flautas y tambores y una ban-
da de clarinetes, cornetas, saxofones, gaitas y tamboriles, lo pre-
cedían, en tanto que grupos de bhajans cantaban a voz en cuello,
por delante, a los lados y atrás del séquito. Todas las miradas esta-
ban dirigidas hacia el rostro del “Salvador” que le franqueaba la
entrada a una Era de Paz en la Tierra y de Buena Voluntad entre
los hombres. Muchos podían ver cómo el entrecejo de Baba reve-
laba el punto luminoso en el Centro, donde los sabios describen el
Tercer Ojo de Shiva. Notamos que Baba deshojaba juguetona-
129
mente las flores, juntando los pétalos hasta que Sus manos esta-
ban llenas, para hacerlos llover sobre la multitud que caminaba a
Su lado. Cuando los pétalos llegaban al suelo o tocaban la cabeza
de alguien, ¡ya no seguían siéndolo! ¡Cada uno de ellos se había
convertido en una medalla de plata con la imagen de Baba en una
cara y la del Baba de Shirdi en la otra! Pero esta lluvia no era toda
de plata ni de medallas; caían anillos, monedas, chocolates, pasas,
nueces: cada regalo era una sorpresa para cada persona que lo
recogía. Fue así que una dorada alegría divina fue lloviendo por
todo el camino, de Norte a Sur.
Antes de que el palanquín tocase el suelo, y en medio de las
aclamaciones extáticas de la vasta masa humana, Baba señaló a los
portadores para que se detuvieran, arrancó un gran montón de pé-
talos que ya no eran ni de rosa ni de jazmín ni de ninguna otra clase
botánica familiar. También cayeron como brillantes monedas de pla-
ta, tal vez acuñadas en el cielo, con claras imágenes de Él mismo y
con la consoladora inscripción: “¿Por qué temer si Yo estoy aquí?”,
escrita en varios idiomas indios y en inglés. Supimos que la Era de
Sai estaba alboreando en todos los cielos, cuando esa Magna Carta
nos aseguraba la liberación del temor.
Entre los ingenieros que habían venido especialmente para
presenciar la inauguración, había algunos que vacilaban en recoger
las monedas. No querían ser “víctimas” de la histeria de masas. Pre-
ferían preservar intacta su lógica. Les mostré las dos que había con-
seguido y los persuadí para que comprobaran que eran genuinas.
Sin embargo, recurrieron a frases huecas para apoyar sus hipótesis
con anteojeras. ¡Qué lástima!
Veinticinco años más tarde, decidió encontrar a Baba un
psiquiatra de San Diego, California, el Dr. Samuel Sandweiss,
“para estudiar y para entender… para probar que los milagros
no existen (¡). A mi manera de ver, la fe en los milagros surgía
en base a fenómenos psicológicos tales como la histeria de ma-
sas, el delirio de grupo o de la capacidad de alguien para some-
ter a otros a una misteriosa influencia, hasta el punto de alterar-
les la percepción de la realidad. Sentí que observar a Baba en
persona me permitiría formarme una idea de lo que podía ha-
ber sucedido en los tiempos de Cristo, ¡como para que se pro-
130
pagaran esas historias increíbles!” Estas frases han sido sacadas
de su libro Sai Baba y el Psiquiatra.
Vino y observó a Baba. Y, algunas páginas más adelante
del mismo libro, demostrando inconscientemente la insufi-
ciencia del título que había elegido para él, escribe: “Esas his-
torias bíblicas, evidentemente, no son simbólicas sino verda-
deras. Lo divino se manifiesta, en verdad, con el objeto de en-
señar. Dios aparece ciertamente en la Tierra. Existen fuerzas
en el Universo, poderes del ser que nunca podremos imagi-
nar” y, en la misma página, exclama: “¡Sorprendente! ¡Increí-
ble! ¡Impensable! La experiencia más extraordinaria e incon-
cebible: como si las ficciones científicas más inimaginables se
vieran convertirse en realidad”.
Sí. Él ha venido para aguijonear la soberbia de la ciencia y
la tecnología, porque quienes la practican están promoviendo,
a sabiendas o inconscientemente, la violencia, el odio, la codicia
y la tiranía. El nombre que le puso al Centro de Su actividad:
Prashanti Nilayam, simboliza la suma de las cualidades que ha
resuelto implantar en el corazón del género humano: amor, ser-
vicio mutuo, renunciación y fraternidad. “Prashanti”, implica el
Shanti o Paz Superior y no el intervalo de calma entre dos tor-
mentas, sino la suprema e inalterable quietud serena de una
mente libre de pasiones, de un intelecto limpio y purificado pa-
ra reflejar el Amor de Dios. Dice el Gita: “Prashanti es la natu-
raleza humana, cuando descansan las pasiones (Saaritha raja-
sam) y la razón es inmaculada (Akalmashram). El estado de
Prashanti no conoce el miedo (Vigatha bhee) porque no está
contaminado por la venganza o la voracidad”. Baba anunció
ese día, en Su vigésimo quinto Cumpleaños, muy tranquilamen-
te, que no estaba inaugurando un edificio llamado Prashanti Ni-
layam, sino el Mundo como un vasto Prashanti Nilayam. Todo
aquel provisto de oídos podía escuchar el eco de ese anuncio al-
rededor del globo.
En visitas subsiguientes encontramos nuevos edificios que se
levantaban hacia la derecha de Prashanti Nilayam, destinados a
los devotos que desearan pasar algunos días en la Presencia. Des-
de los hornos cerca del pozo al lado oriental del camino, acarreá-
131
bamos cargas de ladrillos hasta el sitio en que los albañiles trabaja-
ban con sus llanas. Baba, sentado en una silla, observaba las dos
largas cadenas de hombres y mujeres, pasando los ladrillos de ma-
no en mano hasta que el montón junto al pozo era trasladado
hasta el montón junto al lugar de construcción. Luego, pasamos
en una sola y larga fila frente a Él, para recibir “el salario” de Su
mano: una moneda de cobre para cada uno, del valor de un cuar-
to de anna, circular, delgada y con un agujero en el centro, pensa-
do por los gobernantes británicos de la India para economizar me-
tal… ¡Representaba un valioso recuerdo de Su Amor, Su jugueto-
na diversión.
Nos estaba enseñando que no teníamos derecho a explotar
el trabajo de nadie, por rico o pobre que fuera, por cercano o
ajeno. La gratitud es un rasgo noble, el aceptarla no es un signo
de debilidad ni lo es de superioridad el ofrecerla. Pese a que muy
pronto se elevaron cuatro edificios para alojamiento, la mayor
parte de nosotros encontraba lugar sólo en la aldea, en el Mandir
tan lleno de recuerdos felices para nosotros, pero bautizado paté-
ticamente ahora como el “Viejo Mandir”; allí cocinábamos y co-
míamos, nos bañábamos y dormíamos, descansábamos y nos re-
frescábamos, nos reuníamos y conversábamos, pero en todo mo-
mento, el “nosotros” esencial permanecía en Prashanti Nilayam,
en donde estaba Baba. Asistíamos allá, dos veces al día, para los
bhajans. Preparábamos en nuestros fogones lo que esperábamos
fueran platillos apetitosos y, llevándolos con nosotros con nervio-
sa precaución, solíamos colocar los recipientes en torno a la me-
sa en la que Baba se sentaba a la hora de almorzar. Al igual que
en Shirdi, Baba comía aquí únicamente lo que le ofrecían los de-
votos. En Puttaparti, tenía a su madre y sus hermanas como de-
votos y también ellas presentaban sus experimentos culinarios
para su aceptación.
Volvíamos nuestros pasos hacia la aldea a mediodía y en la
noche, solamente después de que Baba se hubiera retirado luego
de estos “almuerzos” y “comidas” rituales. Cuando nos eran de-
vueltos nuestros recipientes, nos encontrábamos conque Baba, en
Su infinita compasión, había sacado una cucharada. E incluso po-
día suceder que le dijera a alguna cabizbaja dama que retornara al
132
Viejo Mandir con el platillo devuelto en su mano, observándola
desde la galería del primer piso: “Estaba sabroso tu rasam”, “Tu
arroz agrio sabía muy bien”, nada más que para hacerla sentir di-
chosa. “Tu bendición me hace feliz”, “Tus palabras son como
néctar para mi corazón”.
En Davangere no estábamos lejos de Baba, aunque el mapa in-
dicara que estaba a doscientas millas de distancia. Tan pronto llega-
mos, una profesora llamada Padma, Bachiller en Artes y Educación,
pariente de la piadosa Subbamma de la familia del Karnam de Put-
taparti, me trajo una carta de Baba en la que Él le daba a entender
que le estaba enviando hacia aquel retirado lugar, a “un padre” y
“una madre”. La adoptamos al instante. Había sido testigo de nu-
merosos lilas infantiles de Baba y pude tomar copiosas notas para
mi libro sobre Él. Había tenido una extraña experiencia en la esta-
ción de ferrocarriles de Bangalore, en donde Baba, en Su forma de
Shirdi, la había persuadido para retornar a casa en lugar de aventu-
rarse, como ella lo había decidido, hasta el teatro de operaciones de
un hospital en Mysore.
Baba, con una vigorosa personalidad de púgil, estaba vestido
con una larga túnica abierta en el cuello que le llegaba a los tobillos,
lucía una corta barba y caminaba ágilmente haciendo resonar unos
zuecos de madera. Le dijo que tenía un Ashram cerca del Vidura
Aswatha, un antiguo bananero sagrado plantado por el sabio Vidu-
ra, mencionado en la épica del Mahabharatha. (Puttaparti queda a
unas treinta millas de ese sagrado árbol.) También le dijo que, des-
pués de algunos años, iría a Shirdi con todos los discípulos que se
encontraban ahora en Su Ashram y se establecería allí. Luego sacó
un puñado de paquetitos de vibhuti de una bolsa que colgaba de Su
hombro y, dividiéndolo en dos mitades, le dio una a ella para su
propio uso y la otra “para la persona que será como un padre para
ti”. Y me escribió que iba a venir pronto con los paquetitos, porque,
a la noche siguiente, en Tumkar, tuvo un sueño en el cual el “mis-
mo viejo” se le apareció y le preguntó: “¿No le has dado el vibhuti a
Kasturi?”
En diciembre de 1951, recibí una carta de Baba con el correo
del día, escrita en kannada, pero con escritura anglosajona. Yo no
leía ni escribía el alfabeto telugu y mi comprensión del lenguaje era
133
vacilante e incipiente. Por eso Baba tuvo que recurrir a este dudoso
método dual de correspondencia para comunicar Sus órdenes. La
carta me enorgulleció y me dejó compungido al mismo tiempo. Era
una orden envuelta en una petición. Debía descubrir el retrato de
Bhagavan durante la función del Día de la Escuela. ¡La función de la
Directiva Distrital de la Escuela Sri Sathya Sai Baba de Bukkapat-
nam! Como medida de abundancia de precaución, Baba había es-
crito que esta oportunidad única, representaba una muy preciosa
buena suerte.
Me sentí avergonzado de no saber hablar telugu, porque la gran
mayoría de la gente que se reunía en Bukkapatnam ese día, no ten-
dría idea de inglés y el kannada era como esperanto para ellos. Fue
así que, después de aceptar con la mayor humildad el cometido, via-
jé a Bangalore, me confabulé con un profesor de telugu y escribí el
guión de la versión en telugu de mi intervención en kannada con es-
critura malayalam, mientras él me la dictaba palabra por palabra.
Llegué a Puttaparti y puse ante Baba este asunto a medio cocinar.
Él se rió al verme trémulo y desechó el manuscrito. Dijo que el dis-
curso no había de ser artificial: debía ser “cordi-ficial”. Volví aliviado
a Davangere. Y enriquecido con un nuevo término idiomático.
La escuela secundaria de Bukkapatnam constituía un regalo
de Baba a la ciudad, la que debía su existencia y prosperidad a los
ingenieros en irrigación del siglo XIV contratados por el empera-
dor Bukka del Imperio de Vijayanagar. Bukka mismo seleccionó la
orientación de los diques para una canalización a partir del río
Chitravathi. Baba asistía a la “educación media” en este lugar
cuando tuvo edad suficiente como para dejar la “primaria” en Put-
taparti. No tenía necesidad de que se le enseñara: usaba al profe-
sor para enseñarle a sus pares y compañeros que los hombres sa-
bios y los mayores habían de ser reverenciados. Utilizaba a sus pa-
res y compañeros para enseñarle a los aldeanos que los niños ha-
bían de ser apreciados como potenciales pilares de la sociedad. La
escuela intermedia a la que asistía en Bukkapatnam fue elevada a
la categoría de Instituto Superior con ayuda de una considerable
donación del Raja de Venkatagiri, quien fuera atraído a Puttaparti
por una serie de misteriosos sucesos producidos por la volición de
Baba. Baba tuvo que viajar a Madras para contactar al Jefe del
134
Ministerio y asegurar que se aceptara el Instituto Superior. Para el
“personaje” a cargo de la Presidencia parecía dudoso que un pun-
to tan insignificante en el mapa mereciera una tan prestigiosa ins-
titución. Surgió también otra dificultad inesperada que había de
ser solucionada: si la escuela se ubicaría en el extremo oriente o el
poniente de la represa.
La escuela secundaria de Bukkapatnam representó la primera
incursión de Baba en la promoción y el auspicio de instituciones
educacionales para los jóvenes. Tuvo el honor de ser conocida
por Su Nombre. Él era el Presidente del comité escolar. La visita-
ba a menudo e impartía constructivos consejos al Director y al
cuerpo docente. Como parte de las celebraciones del Cumplea-
ños, Baba organizaba cada año una fiesta para los estudiantes de
la escuela, en Prashanti Nilayam. Conocía a cada muchacho por
su nombre y también sus antecedentes domésticos. Su simpatía
era profunda y se expresaba magnánimamente en la práctica. Le
regaló a la escuela un conjunto de instrumentos musicales para
que se pudiera formar una banda que actuara en todas las ocasio-
nes festivas. Aprendieron a tocar bhajans para cuando se reunían
en Prashanti Nilayam. Como bendición de Cumpleaños, entregó
uniformes a los niños Harijans. Equipó a la escuela con muebles,
una biblioteca, un sistema de altoparlantes y un radiorreceptor. De
hecho, sustentó a Su escuela desde su nacimiento y continuó sien-
do su Patrono y Presidente hasta que se convirtiera en una de las
mejores instituciones de su género en el distrito, tanto en lo aca-
démico como en otras áreas.
El Día de la Escuela habría de ser presidido por el Honorable
Sri Koti Reddy, Ministro del Erario de Andhra. Baba me había
conferido el mote de Doctor Honoris Causa en Filosofía, que hizo
imprimir en la tarjeta de invitación para la función y elevó al ran-
go de “Superintendente” el de Director. Se me llenaron los ojos
de lágrimas cuando vi impreso mi nombre como: “N. Kasturi,
M.A., B.L., Ph.D., Director, DRM College, Davangere” en los
anuncios.
Tenía en mi haber un número de tesis en estado fetal sobre
temas en que había puesto mi corazón con el objeto de lograr un
doctorado en Filosofía de las Universidades de Madras o de My-
135
sore. No había podido seguir más allá de unos pocos capítulos
sobre Leyes fabriles en la India; casi llegué a completar un estu-
dio sobre Los Últimos Rajas de Coorg; había copiado de la Se-
cretaría de Estado de Cochin algunas docenas de expedientes so-
bre Mercaderes Holandeses en Cochin. Por ende, le tuve que
confesar a Swami, cuando caí a Sus pies en Bukkapatnam, que
no tenía derecho al Ph.D. Baba sonrió y me palmeó la espalda.
“Eres un Ph. D.”. Sri Vitala Rao, viejo amigo mío que había tra-
bajado en el Departamento Forestal de Mysore, preguntó: “¿De
qué Universidad, Swami?”. Swami se volvió hacia él y respondió:
“Universidad de Puttaparti”. Treinta años después, en el Audito-
rio del Poornachandra, ante una concurrencia de cincuenta mil
devotos, con el Presidente de la Corte Suprema de la India presi-
diendo y el Gobernador del Estado de Maharashtra como Hués-
ped de Honor, Bhagavan inauguró la Universidad de Puttaparti
—Instituto de Estudios Superiores Sri Sathya Sai— con Él como
Canciller y el Dr. Vinayaka Krishna Gokak, M.A., D. Litt, como
Vicecanciller… No hay ninguna palabra de Baba que pueda ser
casual, estéril o frágil.
Llegué a Bukkapatnam una hora antes de que comenzara la
función y le fui presentado amablemente a la distinguida compañía.
Cuando llegó mi turno, me levanté de mi silla y, afortunadamente
sin cometer torpezas, tiré de la cinta de la que colgaba el velo de se-
da, dejando expuesto el magnífico retrato del Señor. A continua-
ción, colgué en él una guirnalda de flores.
Me dirigí a la concurrencia en inglés, como lo había permitido
Baba. Dije que las escuelas se honran colocando frente a sucesivas
generaciones de alumnos, los retratos de una u otra personalidad
inspiradora: ex alumnos distinguidos, donantes generosos e ilustres
personajes de nivel mundial. Mencioné que Baba había sido alumno
inscripto en los registros de la escuela cuando no era más que una
intermedia. Esto lo convertía en un “ex alumno” que cualquier es-
cuela se enorgullecería de tener. También había sido personalmente
responsable por su establecimiento, su rango y su progreso. Baba
era un Fenómeno Divino cuyo retrato le daría fama y poder a cual-
quier institución que promoviera el conocimiento y prescribiera nor-
mas de moralidad y espiritualidad en cualquier país. El hecho de que
136
Él era el Presidente del Comité de la Escuela era de un valor único,
destaqué; Baba amaba por sobre todo a los niños y los impulsaba
en todo momento a desarrollarse en capaces, eficientes y honestos
ciudadanos del mundo.
Ése fue mi primer discurso sobre Baba. Me regocijé cuando Él
me sonrió al ir a sentarme hecho un atado de nervios, después de
los diez minutos de tensión, en el borde de mi silla. Él me había indi-
cado no usar notas, además de no pasarme del tiempo asignado. Al
Ministro le permitió hablar algunos minutos más. Su mujer, una fa-
mosa trabajadora social y oradora por derecho propio, también ha-
bló hasta que el público comenzó a impacientarse.
Llegué a Puttaparti, tarde en la noche, después de una comi-
da en la presencia de Baba en la misma escuela. A la mañana si-
guiente, Baba me llamó a la habitación (popularmente conocida
como la “Korike”, una palabra telugu que significa “deseo”: la
habitación en que se cumplen los deseos, de hecho). Ese día, sin
embargo, ¡resultó ser para mí una “habitación de frustración de
deseos”!
Permítanme explicar. En una ocasión en que me quedara en
Puttaparti, algunos de los príncipes de la familia real de Venkatagiri,
me habían hablado de una travesura peculiar que le gustaba a Baba.
Cuando el momento era propicio, extendía Su mano hacia alguien
que tuviera un anillo con gemas engarzadas en el dedo, diciendo en
tono de crítica: “¡Oh, qué vergüenza! ¿Por qué estás cargando pie-
dras sin que te paguen por ello? ¿Cuánto hace que realizas este des-
preciable trabajo? ¡Dame ese anillo!” Cuando la persona así interpe-
lada (con una censura técnicamente correcta) se sacaba el anillo y se
lo colocaba en la palma, Baba solía soplarle encima y éste se trans-
formaba en un anillo con un retrato en esmalte de Su Propia For-
ma. Y me mostraron un anillo que había sufrido el milagroso impac-
to del Divino Aliento.
Me nació el deseo de ver este milagro único y de llevar un anillo
así metamorfoseado. De modo que me mandé hacer un anillo de
oro con un gran granate engarzado en él. Estaba seguro de que al
verme cargar con una piedra más pesada que las que llevaban
otros, despertaría Su compasión. También esperaba que no dejara
de notarlo y que me lo cambiara por un bello retrato de mayor ta-
137
maño. La atracción de la piedra era ineludible. Mas Baba me animó
a sufrir: pasaron dos años completos sin que me pidiera el anillo.
Una mañana entré en la Korike con el brazo derecho apoyado
en mi pecho, como para que el anillo quedara de modo que el brillo
del granate fuera bien patente: ¡Baba extendió Su mano por el ani-
llo! ¡Oh! Lo coloqué sobre la sedosa palma. Mis dedos temblaban de
excitación. Baba continuó hablando: “¡Oh! Deseas tener un gran re-
trato para poder ufanarte de gran devoto. Así todos te envidiarían,
eso te haría famoso. No. La gente exhibe mi retrato en los dedos,
en relojes, en medallas colgadas al cuello, en los muros de sus casas,
en los altares de sus santuarios. No. Llévame en tu corazón. Ése es
Mi Hogar”. A continuación sopló Su Aliento sobre el anillo que sos-
tenía entre Sus dedos. Ya no estaba allí: mi oro y mi granate se ha-
bían disuelto. Me tragué un suspiro, e inmediatamente después, un
sollozo incipiente.
Baba dijo algunas palabras de aprecio acerca de mi discurso del
Día de la Escuela. Preguntó acerca de mi madre y de mis hijos. Lue-
go colocó en mis manos los paquetitos de vibhuti y abrió la puerta
para que yo pudiera salir de la habitación “en que se cumplen los
deseos”. Apenas si alcancé a dar dos pasos, cuando Baba me llamó
nuevamente. “¡Pobrecito!” —dijo con simpatía— “¿Quieres de vuel-
ta tu anillo?” Luego, muy compasivamente, un dulce “¿No?”, y una
encantadora sonrisa iluminó repentinamente Su rostro, hizo girar
Su mano derecha y produjo lo que me impactó como un pedazo de
luz. Era un anillo de oro en el que estaban engarzadas nueve gemas
preciosas, ensalzadas en las leyendas con el poder de lograr al que
las lleve, los dones que los nueve planetas pueden otorgar: perla, ru-
bí, topacio, diamante, esmeralda, lapislázuli, coral, zafiro y circón,
dispuestos de a tres en tres secciones. Lo puso en mi dedo. Calzó
perfectamente.
Dijo: “Ahora no me andarás anunciando como tuyo, incluso
antes de reconocer que eres Mío. Este anillo lo llevan muchos que
creen que los Navagrahas (nueve planetas) deben ser propiciados.
Poco a poco irás descubriendo que Mi Anugraha (Gracia) puede
vencer los siniestros designios de los nueve planetas. Hasta enton-
ces, ten éste”. Salí de la habitación, la segunda vez, con una sonrisa
de oreja a oreja.
138
Baba estaba ciertamente conmigo durante los años que trabajé
en Davangere. Hizo fracasar muchas conspiraciones para destro-
narme, desplazó hacia lugares distantes a muchas figuras claves ali-
neadas en contra de mí. Protegió a los que me eran leales. Durante
los meses de vacaciones viajé a Bangalore y me ocupé desde ahí de
la correspondencia oficial. Una vez, la oficina de Davangere me en-
vió un cheque extendido por la Tesorería local, por una cifra de cin-
co dígitos, que había que cancelar por concepto de beca a estudian-
tes de la escuela. También había enviado un sobre oficial franquea-
do, como para que yo pudiera devolver el cheque firmado, por co-
rreo certificado. Tomé un ómnibus y me dirigí al centro comercial
de la ciudad, con el sobre en el bolsillo. Llovía copiosamente. Termi-
né con unas pocas compras en cinco o seis tiendas y llegué al me-
són de la Oficina de Correos, para encontrarme con mi bolsillo mo-
jado y vacío. Mi cabeza daba vueltas por la impotencia.
Corrí desesperadamente, retomando mi recorrido y tratando de
redescubrir los micros que había tomado. Temía que la persona que
hubiera encontrado el sobre cobrara por sí misma el cheque en la
Tesorería. Incluso, si no lo hacía o no podía hacerlo, la situación me
acarrearía irrefutables acusaciones de negligencia, irresponsabilidad
y ausencia no autorizada de la sede, y me involucraría en amenazas
y excusas. ¡Ni siquiera llevaba conmigo el número del cheque! Por
ende, no podía telefonear a la Tesorería o enviar un telegrama in-
formando el extravío. Sumido en el pánico, partí hacia Davangere
en el tren nocturno y llegué a la escuela como a las 8 de la mañana.
Llamé al contador con el objeto de obtener una carta escrita a má-
quina, informando al Tesorero y dándole instrucciones. El contador
llegó a las 9,30 horas.
Antes de que pudiera dictar la carta, entró el cartero con un
montón de correspondencia, entre la cual descubrí una carta certifi-
cada: ¡la que había extraviado en Bangalore! Dentro y a salvo esta-
ba el cheque. Era evidente que se me había caído bajo la lluvia y en
alguna esquina de mucho movimiento. Había sido pisoteada. Un al-
ma caritativa (¿Baba?) la había recogido y echado en un buzón cer-
cano. El jefe postal que la seleccionara, había escrito en el sobre:
“encontrado en un buzón” y, puesto que el franqueo era correcto,
se había tomado el trabajo de registrarla y despacharla a la dirección
139
indicada. ¡Así, había viajado conmigo en el nocturno y llegado a mi
despacho junto conmigo! Nunca revelé a mis asistentes lo sucedido
ni porqué les había sorprendido con mi llegada.
Los exámenes de setiembre, conducidos por la Universidad de
Mysore, de la cual mi escuela era miembro, comenzaban. ¡Y era
Dasara en Puttaparti! Como Director, debía dirigir los exámenes,
abrir los paquetes sellados con los cuestionarios y distribuir estos for-
mularios entre los examinandos, organizar a los supervisores, em-
paquetar los formularios respondidos y hacerlos llegar a los exami-
nadores. Como devoto, anhelaba asistir al Festival de Dasara, por lo
menos durante los últimos tres días, con mi mujer y mi madre. Afor-
tunadamente, esos tres días eran feriados para todas las escuelas,
incluyendo la mía. Por lo tanto, le telegrafié a mi mujer para que es-
tuviera en la estación de Bangalore al día siguiente en la noche y
que esperara allí mi llegada desde Davangere. Desde ahí podíamos
seguir juntos a Puttaparti en tren. El plan era perfecto hasta esa dis-
paratada mañana.
Los examinandos habían tomado sus asientos. Los sobres sella-
dos estaban frente a mí. Tomé los cuestionarios y me dirigí a la pri-
mera sala. Los comencé a distribuir entre unos veinticinco estudian-
tes. Repentinamente hubo un vocerío a gritos. Los veinticinco se le-
vantaron en protesta: ¡los cuestionarios no guardaban relación con
el tema sobre el que debían ser examinados esa mañana! ¡Trataban
sobre historia de Gran Bretaña!
Tenían razón. Yo estaba equivocado. Recogí los papeles de sus
manos. Corrí de regreso a mi despacho; abrí la caja fuerte; extraje
el paquete correcto; con dedos temblorosos abrí los sellos y distribuí
los cuestionarios. Me senté cabizbajo en el sillón de mi despacho,
rumiando el daño. Me levanté, cerré la puerta. Me puse frente al re-
trato de Baba y lloré.
“¿Qué es esto que me ha pasado? ¿Por qué, oh, por qué había
permitido que me equivocara tanto? ¡El texto sobre la historia de la
India se hacía seis días después! Ahora habría que reunir a la comi-
sión examinadora en Historia para discutir y decidir sobre un nuevo
cuestionario… Éste habría de ser impreso y despachado luego a
cerca de quince Centros en donde había alumnos esperando. Una
tarea prácticamente imposible de cumplir en seis días. Aquellos a
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los que no les era grato, aquellos a quienes había disgustado, los que
no me tenían simpatía, todos ellos se agruparían ahora. A los exa-
minandos, cerca de cuatrocientos, habría que convocarlos a los cen-
tros dos semanas más tarde, por lo menos. Esto, ciertamente, le-
vantaría una ola de indignación, puesto que le supondría un gasto
grande a cada estudiante, además de todos los inconvenientes para
todos los implicados”. Eso le dije a Baba, llorando. Le envíe un tele-
grama a mi mujer, indicando que yo tenía que ir hasta Mysore por
asuntos urgentes, de modo que ella y mamá podían viajar solas des-
de Bangalore a Puttaparti, tal como se había planeado. Yo no po-
dría sino llegar más tarde.
Tomé el tren nocturno a Mysore y llegué a las 7 horas. Me fui
directamente a lo de mi amigo el Encargado de Registros. Él calmó
en gran medida mis temores. Me dijo que estaban en Mysore dos
miembros más de la comisión examinadora de Historia y que podían
ser contactados. Telefoneó a la imprenta del Gobierno y le indica-
ron que podían tener lista la impresión de los cuestionarios esa no-
che, siempre que les fueran entregados hasta las 14 horas a más
tardar. Indagó acerca del servicio de correos y descubrió que el feria-
do de Dasara comenzaría recién dos días más tarde. Quiso que yo
lo esperara en casa del Vicecanciller, cerca de las 10,30 horas, por-
que debía asistir a una reunión histórica en el Crawford House, don-
de el Jefe del Ministerio, Shri Hanumanthaiya, iba a lanzar un revo-
lucionario programa de estudios y un sacudón administrativo sor-
presa. Sugirió que yo también podía asistir como Director de mi es-
cuela y recibir después los inevitables “reproches” y “censuras” del
Gran Mogul. Su casa estaba en las cercanías de nuestro destino.
De modo que tomé asiento en el Crawford Hall, justo bajo las
narices destinadas a husmear en mi estupidez, unas horas más tar-
de. Muchos me felicitaron por mi entusiasmo por estar presente pa-
ra el lanzamiento de un plan educacional que afectaría a millones…
¡un entusiasmo que me había hecho viajar toda la noche entre Da-
vangere y Mysore! Le respondí a cada uno de ellos con una amplia
sonrisa, aunque absolutamente falsa.
La función comenzó con un estallido. El Jefe Ministerial entró
al hall al son de trompetas y tambores. Cuando se puso de pie para
hablar, toda la sala quedó sumida en un denso silencio. Pronunció
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sus primeras palabras en inglés, ante lo cual los estudiantes, en el
fondo del hall, aglomerados en las puertas y asomados a las venta-
nas, comenzaron a gritar: “Kannada Zindabad”, “Angreji (inglés)
Murdabad”, “Kannada Matha Ki Jai”. El coro de imprecaciones era
ensordecedor. El Ministro retornó a su asiento. La policía sintió que
su intervención era esperada en la situación. Comenzaron a llover
los golpes sobre los jóvenes tanto dentro como fuera del hall, en es-
pecial sobre los que trataban de esquivarlos. El Ministro le lanzó al-
gunos punzantes adjetivos al Vicecanciller, sentado a su lado. Vi que
tenía las orejas gachas. Me di cuenta de que se estaban usando ga-
ses lacrimógenos para dispersar a la gente y para que pudiéramos
retirarnos a salvo.
Finalmente, cuando pude pasar por entre las nubes de gas, co-
rrí a la casa del Vicecanciller y tomé posición en la galería, para que
no dejara de verme al llegar. El Encargado de Registros ya estaba
dentro, listo para intervenir si se requería. Se pudo ver al Vicecanci-
ller entrar rengueando, rumiando acerca de los calamitosos inciden-
tes y los selectos vituperios que le llovieran, cuando los estudiantes
de sus escuelas se convirtieron en fanáticos luchadores por la causa
de su silenciada lengua materna. Sus ojos estaban tan enrojecidos
como los míos por los efectos del gas. “¿Qué hay de nuevo?”, me
preguntó, dejándose caer en una silla frente a mí. “Me metí en algu-
nos problemas”, repliqué. “¿Con los estudiantes?”, preguntó, con
voz temblorosa. “No, Señor. Esta vez son sólo míos y causados por
mí”, dije. Eso lo tranquilizó. Se puso de pie y extendió la mano para
un apretón. “Me alegro”, comentó. “Durante todos estos años, us-
ted ha mantenido tranquilos a los estudiantes de Davangere. ¡Mire
la confusión que hay aquí, esta mañana!”, se lamentó encendiendo
un cigarro. Le hablé del error que había cometido y de la urgente
necesidad de arreglar las cosas. Se volvió a levantar. “¡No se preo-
cupe, Kasturi! Errores como ésos se producen hasta en las institu-
ciones más organizadas. Mientras logre mantener a sus estudiantes
bajo control, estoy dispuesto a pasar por alto cualquier error que
pueda cometer”. Luego llamó al Encargado de Registros.
Me retiré a otra habitación para escribir un borrador de cuestio-
nario sobre historia de la India. Antes de una hora llegaron otros
dos miembros de la comisión examinadora y lo firmaron, aprobán-
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dolo. A las 12 en punto fue enviado a la imprenta. Uno de los
miembros de la Comisión había sido alumna mía y se ofreció para
corregir la prueba. La Oficina de Correos confirmó que los paque-
tes llegarían a tiempo a los Centros.
El Vicecanciller me dio una retumbante palmada en la espalda:
“Siga adelante, señor Kasturi, tan felizmente como hasta ahora. No
pierda su sentido del humor. No se han venido abajo los cielos. Los
estudiantes están tranquilos. Todo está bien. Ahora puede partir ha-
cia su Puttaparti”.
Salí a las 15 horas y llegué a la estación donde mi mujer y mi
madre me esperaban ver bajar del tren de Davangere. No habían
recibido mi telegrama, pese a que lo había enviado “Urgente”, pa-
gando un monto extra. Baba no había alterado nuestro itinerario.
Baba me llamó a Su habitación en el último minuto de mi estadía.
Le rogué: “¡Swami! No quiero continuar como Director de la escue-
la. Es demasiado…”. Swami me interrumpió con: “¿Qué es lo que
realmente sucedió? Sé que abriste un paquete en lugar de otro. Llo-
raste ante mí… ¡y, eso, en tu despacho! ¡Bien! Tu jefe te mandó
acá con una palmada en la espalda… ¡No lo sabré yo! Ésta no es la
primera vez que te has equivocado. Yo estoy siempre contigo. ¡Si-
gue tropezando! Yo seguiré salvándote de lesionarte”.
Me volví, estupefacto ante la ilimitada compasión de Baba.
De Su percepción consciente de cada acto, de comisión u omi-
sión, de aquellos a quienes ama. No me atrevo a agregar “y aque-
llos que le aman”.
Porque, ¿cómo podría declarar, con la mano en el corazón, “le
amo”? Le temo, me siento fascinado por Él, le adoro, anhelo escu-
charle hablar consoladoramente conmigo y con otros. Mas, no sé si
le amo así como Él me ama a mí.
La profesora que me fuera dada como “hija” constituía una ins-
piración en Davangere. Nos contaba muchas historias de la tempra-
na vida de Baba en Puttaparti. Lo había visto crecer como gurú.
Había sido testigo de las asombrosas manifestaciones del Todopo-
der en la Colina de Kalpataru. Había tenido visiones del Tercer Ojo,
de Él como Krishna en el columpio, de Baba como Varalakshmi y
como el Sai de Shirdi. Recordaba los días pasados y elevaba su co-
razón en oración a Baba al igual que la tierra sedienta por la lluvia.
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No se había casado. Sin embargo, con ánimo de broma, escuché a
Baba dirigiéndose a ella como “viuda” (un apelativo de mala suerte),
cosa que la hirió. Pero Baba pareció gozar con su reacción. Un día
hablé en favor suyo, mas Baba dijo, como explicación: “¡Sí! Su ma-
rido se ahogó en el Yamuna”.
Ella estalló en lágrimas y se le pidió que le preguntara a sus pa-
dres acerca de qué persona se trataba y de cómo había sucedido.
Ellos contaron el incidente que había sucedido hacía diecisiete años
en verdad. Todos lo habían borrado de la memoria, salvo Baba. Di-
jeron: “Hace mucho tiempo, cuando eras una pequeñuela de cinco
años, nuestro vecino en Chamarajapet era un ardiente devoto de
Krishna. Pertenecía a Udipi el sagrado lugar del culto a Krishna. Era
dueño de un hotel en la ciudad y su negocio era floreciente. No te-
nía hijos; gastaba su dinero y la mayor parte de su tiempo haciendo
puja para un encantador ídolo de mármol que había adquirido en la
misma Mathura. Cada día despertaba a Krishna, lo bañaba, lo ves-
tía, lo alimentaba, lo abanicaba, le daba leche tibia y manteca endul-
zada y le ponía a descansar y a dormir.
”Un día, decidió celebrar el matrimonio de Krishna con Ruk-
mini. El Pundit, cuyas peticiones no podía desechar, le aconsejó
conseguirse un despierto querubín que hiciera las veces de novia.
De modo que Padma fue llevada por sus padres a la casa vecina e
inducida, por medio de liberales regalos de caramelos, a desempe-
ñar el papel de novia. Se la vistió con ropas nuevas de seda y de
terciopelo, y le pusieron guirnaldas en el nombre de Krishna,
mientras un grupo de brahmines recitaban los mantras apropiados
en voz alta.
”Pasaron algunos años y Padma olvidó por completo aquel
festival y la fiesta que lo siguió. El mandala sutra fue cambiado
por dinero contante al día siguiente mismo, para gastos domésti-
cos urgentes. También el vecino fue perdiendo su fanática vene-
ración por Krishna. Sus negocios decayeron. Sus empleados se
reían de él porque decían que había despilfarrado una fortuna en
corpulentos brahmines, codiciosos pundits y el sordo ídolo de
mármol. Muy poco después enloqueció. No podía soportar la vi-
sión del Krishna al que antes amara como a la niña de sus ojos.
Lo metió en un saco, lo llevó en tren hasta Mathura (la ciudad
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natal de Krishna) y en una noche oscura, se adentró caminando
en el río y dejó caer en sus aguas al amado enemigo que lo había
exprimido. Padma, la novia de cinco años quedó inscripta como
‘enviudada’ en el Libro de Dios debido a ese desesperado cri-
men.” No resulta extraño que Baba le hiciera bromas y se riera
de su novelesco duelo.
Cada vez que Padma iba a Puttaparti (lo hacía a menudo, ya
que la segunda mujer del Karnam era su tía) Baba le hacía contarle
acerca de cómo nos iba. Un día, ella le dijo que mi madre se sentía
apenada de no ser bendecida por Su darshan por largo tiempo, ni
siquiera en sueños. Baba reaccionó comprensivo. “¡Sí! La anciana
señora tomó Mis manos cuando se despidió y rogaba que le diera
darshan en sueños. Satisfaré sus deseos esta misma noche”. Padma
escribió para preguntar acerca de lo sucedido, indicando la fecha de
la promesa de Baba.
¡Maravilla de maravillas! Cuando llegó la carta estábamos aún
dichosos porque Baba había visitado nuestra casa. Esa misma no-
che, mamá había salido bajo el mosquitero que cubría su cama, se
había parado junto a ella y caminó algunos pasos hacia la puerta
(que estaba “abierta”, como dijo) en cuyo umbral estaba parado Ba-
ba, a plena luz del día. Alborozada se tiró a Sus pies, tendida en el
suelo. Cuando levantó la cabeza, no se veía a Baba en la oscuridad.
Me llamó a mí, desperté, encendí la luz y para mi enorme sorpresa,
encontré a mi madre, sonrojada de excitación, tartamudeando acer-
ca de su experiencia.
Padma entró cojeando una noche en nuestra casa en Davan-
gere. Su tobillo derecho había sufrido una seria torcedura al bajar
los escalones de la escuela. Tenía fuertes dolores. Esa noche,
acostada y con la luz encendida, se quejaba a Baba por descui-
darla y le rogaba que la librara de la ignominia de andar cojeando
por la calle llena de gente por la que debía pasar para llegar has-
ta su escuela. Repentinamente Baba la llamó por su nombre y
cuando fue a abrir la puerta para dejarlo entrar, Él le dijo: “No
me eches la culpa a Mí por tu descuido”. Traía con Él una botella
con un espeso líquido amarillo y una esponja. “¿Cuál es el pie
que resbaló en el peldaño?”, preguntó. Le aplicó el remedio y se
fue desvaneciendo. Y Padma se quedó dormida. Ni siquiera cerró
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la puerta. A la mañana siguiente, llegó caminando a saltitos y
ágilmente a nuestra casa. Nos mostró el pie que estaba cubierto
por una gruesa costra amarilla, que no podía lavarse, ¡ni siquiera
con agua caliente y jabón!
La omnivolición puede hacer que suceda cualquier cosa en
cualquier parte. Puede aparecer en la Forma de Sai en un centenar
de lugares y ejecutar cien tareas diferentes; y, sin embargo, puede
ser Él Mismo, inmutable, no afectado. El lo llama Su Sankalpa, la
realización inmediata de Su voluntad, la proyección de Su personali-
dad hacia cualquier tarea, la concretización de Su pensamiento. Nos
asegura que cada uno de nosotros tiene como núcleo esa misma
omnivolición. Cada vez que lograba tal atisbo del Amor que Él en-
carna, resolvía y le rogaba a Baba que fortaleciera mi resolución de
amar a Baba, con todo mi corazón, toda mi alma, toda mi mente y
todas mis fuerzas. Porque Baba nos ama sin calcular nuestras califi-
caciones, sin insistir en devoluciones e incluso ignorando, como me-
ros errores, nuestros pecados y nuestros vicios.
Tuve la buena suerte de ser testigo del efecto de la alquimia del
amor de Baba en Ananthappa, que le hizo amar a Baba tan inten-
samente como yo deseaba hacerlo. Su fe en Él y en Sus directivas
era más firme y más profunda que la mía. Él era uno de los dieciséis
“peones” que mi escuela tenía en sus listas. Yo lo había heredado de
Nambiar. Los peones tenían trabajos asignados en la oficina, la bi-
blioteca, los laboratorios, el gimnasio, el albergue, etc. En esos días,
el Director podía retener a uno de estos peones para el servicio en
su residencia. Elegí para mí a Ananthappa, porque, según Nambier,
era el más necio de todos y él lo había tenido que soportar por dos
largos años. Si su amo hubiera sido cualquier otro miembro del per-
sonal de la escuela, el tontito perdería su trabajo en menos de una
semana, temí. Ananthappa era un alma piadosa. Le encantaba dar
vueltas por la ciudad para comprar las flores, las varitas de incienso,
el alcanfor y frutas para el puja de Baba que mi mujer y mi madre
hacían cada mañana y para los bhajans que teníamos los jueves. No
era ningún rigorista en cuanto a la exactitud matemática. Sumaba,
restaba, multiplicaba y dividía según los dictados de su fantasía. Por
este motivo, debía ser enviado una y otra vez a la misma tienda pa-
ra devolver el dinero extra que debíamos por las cosas compradas y
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traídas. La mayor parte del tiempo dormitaba en el piso de madera
que se ponía para él, dentro de la casa, junto a la puerta de entrada.
Sin embargo, despertaba de inmediato cuando sonaba la campana
del puja y observaba desde la ventana el rostro de Baba. Tan pronto
se colgaba la nueva guirnalda sobre el retrato, mi mujer ponía en las
manos de Ananthappa la guirnalda descartada. Para él, eso era un
tónico, un talismán, un tesoro.
Una vez que fuimos a Puttaparti, le llevamos con nosotros. Ba-
ba me dijo que había sido un Vibhishana en Lanka. Hanuman,
quien saltara por sobre el mar para aterrizar en Lanka, encontró,
mientras buscaba el escondite en donde Ravana había confinado a
Sita, un solo lugar en donde pudo sentir intensas vibraciones de de-
dicación y devoción hacia Dios en esa ciudad dorada. Era allí donde
vivía Vibhishana, el hermano menor de Ravana (el titánico tirano).
La choza de Ananthappa rebosaba la fragancia de pensamientos
sátvicos. La atmósfera no estaba enrojecida por la ira ni ennegreci-
da por el rencor. Fue como reconocimiento de su simplicidad y sin-
ceridad que Baba le bautizó según el piadoso hermano de Ravana.
Para mí, significó también una palabra de advertencia en cuanto a
no tratarle como a un mero patán incapaz de cumplir con las dili-
gencias más elementales. También me reveló el valor de una dieta
democrática de Amor, la única que puede sustentar a los peregrinos
que van en camino hacia Dios.
Baba le dio un claro aviso una vez, por medio de un sueño. ¡Su
mujer tuvo, simultáneamente, el mismo sueño! Su mujer estaba en
la lista de empleados de la escuela, como auxiliar en el tocador de
las estudiantes. Su hermana era empleada en una fábrica de hila-
dos. Una noche, su marido, absolutamente ebrio, comenzó una riña
y la golpeó con un bastón hasta dejarla caída en los umbrales de la
muerte. Baba apareció en el sueño de Ananthappa diciendo: “¡Eh,
levántate! ¡Anda a ver lo que le está pasando a tu cuñada!” Su mu-
jer se levantó, advertida por el mismo sueño, al mismo tiempo. La
pareja corrió a la choza, en la misma barriada, y la hermana se sal-
vó de las garras de la muerte.
Baba asumió con gran afecto la función de proteger y de
guiar a Ananthappa. En una oportunidad, cuando yo dejaba la
Presencia para emprender el viaje de regreso a Davangere, Baba
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me sorprendió trayendo un retrato Suyo de gran tamaño y, pa-
sándomelo, dijo: “Lleva esto a Davangere y ponlo en el santuario
de Ananthappa”, con una sonrisa iluminándole el rostro. Anant-
happa vivía en una choza de barro, en medio de otras cien simila-
res, a una milla de la escuela. Su hijo e hijas cantaban bhajans en
una pieza de 8 por 6 pies. Su nombre estaba en boca de los pro-
fesores y asistentes, no solamente de mi escuela, sino también de
la escuela de Ingeniería. Muchos de ellos transitaban por las em-
barradas calles de la barriada, para sentarse sobre losas de piedra
fuera de la casa, a escuchar los bhajans y recibir ansiosos la sagra-
da ceniza después del Arathi.
En ese santuario instalé el retrato donado por Baba. La piedra
rechazada por los constructores había sido aceptada por Baba co-
mo piedra angular para Su mansión en Davangere. ¡Qué ocasión
de éxtasis elevador fue aquélla en esa colonia de miseria y descon-
tento! Muy pronto se convirtió en un pequeño Prashanti Nilayam.
Ananthappa solía estar sentado, solitario y por largo rato, per-
dido en silenciosa meditación o conversando con Baba sobre todo
lo que le preocupaba. Se paraba frente al retrato y protestaba en
contra de Baba, en su propia desmañada manera, por dejar caer
una flor para él desde el retrato de Shirdi Sai colgado por encima
del de Sathya Sai Baba. Hacía pucheros con la boca e insistía:
“¡No! Sólo te veo a Ti, Baba. Soy Tuyo más que Suyo. ¡Tienes que
darme esa flor!” y, oyendo su ruego, Baba aflojaba una flor de la
guirnalda en torno a Su retrato, lanzándola rectamente hacia la ma-
no extendida de Ananthappa. Ciertamente, la luz brilla sobre los jus-
tos y la alegría se derrama sobre los buenos.
Conozco sólo unas pocas ocasiones en que Baba le haya dicho
a los parientes de alguna persona enferma que no hay esperanzas
de sobrevivir. Sabe que muchos no entenderán y que, de todos mo-
dos, se lamentarán ruidosamente, como si la muerte significara el
fin de la carrera de una persona. Es un desvestirse y un vestirse; el
alma aún no ha llegado a ser lo suficientemente inmaculada como
para pararse desnuda ante Dios. Pero, cuando enfermó seriamente
la hija mayor de Ananthappa, Baba le aconsejó no correr tras los
médicos ni gastar dinero en píldoras y cápsulas, jarabes y mixturas.
“Será liberada de la vida antes de fin de mes”. Ananthappa pasó el
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resto del mes rumiando por sí solo la verdad de que la muerte no es
más que el ocaso del alma, para que le puedan ser revelados los cie-
los estrellados antes de que vuelva a asomarse a un mundo desga-
rrado por la lucha. Cuando su mujer fue mordida por un perro al
que todo el vecindario consideraba hidrófobo, ella se rehusó a creer
en Pasteur y se curó sólo a través de Puttaparti. La mayoría de los
“peones” de la ciudad se convirtieron en clientes de Ananthappa,
del vibhuti que había colocado frente al retrato enviado por Baba.
Se quedaban para los bhajans y cantaban con él para poder mere-
cer el regalo.
Una de sus hijas menores estaba casada con un empleado de
los ferrocarriles de Mysore. Vivían en uno de los suburbios menos
equipados de Bangalore. El hombre tenía una naturaleza muy celo-
sa. Cuando su mujer abría una ventana, ¡estaba seguro de que era
para mirar a alguien que iba pasando! La mantenía como prisionera
en la casa oscura. La golpeaba a menudo con el pretexto de su co-
quetería. Los esfuerzos de Ananthappa y de otros para tranquilizar-
lo y llevar armonía a la familia fueron inútiles. La pobre mujercita, le
hizo un día una proposición a su marido: “Llévame con Baba y pre-
gúntale a Él: si dice que soy y que seguiré siendo una mujer fiel,
mantenme a tu lado. Si no lo dice, le pondré fin a mi vida. Hay po-
zos lo suficientemente profundos en Puttaparti”. Ananthappa y su
mujer fueron a Bangalore y acompañaron a la hija y al yerno a Put-
taparti.
Baba, durante la entrevista, le dijo al testarudo yerno que ella
era tan pura como Sita, la consorte de Rama, y como Parvati, la
consorte de Shiva. Eso resultó un trago demasiado amargo para el
orgulloso hombre. Perdió la compostura allí mismo y lo contradijo a
gritos. Acusó de infidelidad a la muchacha y exigió una compensa-
ción. Baba lo empujó suavemente fuera de la habitación y cerró la
puerta. Le dijo a Ananthappa: “No te preocupes. Puede ser pacifi-
cado. Es un buen tipo. Van a vivir felices”.
Llegaron a Penukonda demasiado tarde como para alcanzar
el tren del día. De modo que se quedaron hasta cerca de mediano-
che en la misma estación, con el yerno manteniéndose algo aleja-
do, rumiando su ira en contra de los gurús y planeando golpe por
golpe. Cuando llegó finalmente el tren, hizo subir a Ananthappa,
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a su hija y a la madre a un compartimiento de tercera clase, en
tanto que él se acercó a uno de los conductores para pedirle per-
miso para dormir en uno de los de primera, en que los camaro-
tes estaban vacíos, indicándole que ningún pasajero subiría du-
rante las horas de la madrugada. El guarda sabía que era así y se
lo concedió, puesto que, además, era empleado de ferrocarriles
y viajaba gratis.
El resto de la historia lo relató el mismo guarda. Se produjo de
manera inesperada. Yo no tenía idea del sufrimiento de la hija de
Ananthappa. Estaba en Bangalore ese fin de semana. Zapateando
por las calles de la ciudad por toda clase de diligencias, estaba de-
masiado exhausto para caminar de regreso a casa, de modo que
me paré en la parte ancha del pavimento frente al Vidhana Soudha,
bajo el letrero de PARADA DE AUTOBUSES, esperando el arribo
de uno que me llevara en mi dirección. No pensaba en otro vehícu-
lo, porque los conductores son unos pícaros superlativamente tem-
peramentales. Justo en esos momentos apareció un “jukta” con un
pasajero solitario. Al verme congelándome allí, me habló con tono
respetuoso. Dijo: “Los conductores están en huelga hoy. Suba
aquí”. Se trataba de un antiguo alumno mío. Subí. “Señor —me di-
jo— desearía ir a Puttaparti y tener el darshan de Sathya Sai Baba”.
Me quedé boquiabierto. No podía imaginar que un individuo que
era un fornido zaguero de fútbol, cuyo cráneo era tan grueso que
una vez cabeceó la pelota directamente al arco, para ganar el parti-
do, y que ahora era un guarda de ferrocarriles que agitaba linternas
y banderas, pudiera albergar sed por un refresco espiritual. Le pre-
gunté: “¿Por qué? ¿Qué te ha sucedido?”
“¡Señor! La otra noche estaba de guarda en el tren prove-
niente de Guntakal. En Penukonda, le permití a un empleado de
ferrocarriles subir a la primera clase, aunque no tenía derecho si-
no a la segunda; pero todos los camarotes estaban vacíos y era
más de medianoche. Cuando el tren se detuvo, hora y media
más tarde, en Thondebhavi —usted sabe que no para sino diez
minutos— el hombre de marras bajó de un salto, demostrando
gran dolor y lamentándose a gritos. Se masajeaba las mejillas con
ambas manos. Corrí hacia él; los porteros me seguían a mí;
pronto estuvo rodeado por mucha gente. “¿Quién más está en el
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vagón? ¿Quién fue el que le golpeó tan fuerte en la cara? ¿Esca-
pó?”, le preguntamos, porque era evidente que el pobre tipo ha-
bía sido maltratado por algún intruso. Entre sollozos y quejidos
nos contó la historia, sentado en una silla en la oficina del jefe de
estación y tomando té. “Mientras el tren estaba a unas seis millas
de Thondebhavi, se encendieron repentinamente todas las luces
del vagón; se sentó en la cama. Entonces, el lugar se tiñó de rojo
oscuro y apareció Baba, llenando todo el compartimiento. Le llo-
vieron los golpes por todos lados. Oyó una voz que le advertía:
‘¿No me quieres creer cuando te digo que ella es inocente? Deja
de pegarle, ella es Mi hija. Todos los que sufren son Míos’.
Cuando nos acercamos a la estación, Él desapareció y la luz se
volvió blanca”.
“Ahora, señor, sabe la razón por la que deseo tener el darshan
de Sathya Sai Baba.” ¡Oh, qué milagro era éste! No pudo pronunciar
palabra por unos dos minutos.
Interrogué a Ananthappa, pero estaba profundamente dormido
en su vagón, y siguió así hasta llegar a Bangalore. No supo más que
la secuela: su yerno, después del viaje a Puttaparti, se ha vuelto sua-
ve y dulce y su hija escribe que todo está tranquilo en el frente hoga-
reño. Conocí al explosivo yerno. Confesó su infantilismo, se discul-
pó por sus ofensas y confesó que merecía el castigo. Me confesó
que, cada mes, le pasaba todo su salario a su mujer y que recibía de
ella sólo quince rupias para el bolsillo.
Meses más tarde, durante una conversación con unos pocos
devotos, Baba hizo referencia al Sai Baba de Shirdi y habló de sus
estallidos de ira, durante los cuales golpeaba a la gente con su bas-
tón. Me armé de valor para intervenir con la pregunta: “Y ahora,
en este Avatar, ¿has golpeado a alguno?”. Baba dijo: “Soy todo
amor ahora”. “¿No has golpeado a nadie, aunque no sea directa-
mente como lo solía hacer Shirdi Baba?”, pregunté. “¿Te refieres al
yerno de Ananthappa? También eso fue por amor”, dijo Baba. “El
amor derramado sobre esa pobre hija perseguida”, agregué. Mas
Baba insistió: “También sobre ese loco yerno”. Ese comentario de-
sencadenó una serie de pensamientos dentro de mi mente sobre la
infinita compasión del Señor que se rehúsa a catalogar a nadie co-
mo pecador.
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Baba me dijo una vez, en Puttaparti: “Los bhajans del jueves en
tu casa (en Davangere) me dan una hora de dolor de oídos”. Yo sa-
bía que no había sido bendecido con una voz melodiosa, sino con
una que suena algo chillona, como un silbato barato. De modo que
yo cantaba los bhajans en silencio, sólo para mis adentros. Le dije a
Baba que no me unía al grupo. Contestó: “No se trata de ti. ¿Quién
es ese vecino que viene todos los jueves? Pídele que no levante tan-
to la voz, resulta irritante”. ¡Otro obstáculo en el camino de escribir
el libro! ¿Cómo podría describir con palabras, alguna vez, a un fe-
nómeno del que dicen las Escrituras: “Ante el cual retroceden las
palabras, al cual la mente no puede alcanzar”? Él está presente en
cualquier parte en que yo o ustedes estén.
Otro día en Puttaparti le hizo recordar a mi mujer y la reconvi-
no suavemente: “Llegué hasta tu puerta en Davangere. Dejaste caer
media anna en el pequeño tarrito que llevaba, aunque pasó un chis-
pazo por tu mente de que Yo podía ser de Shirdi. Te pedí más y tú
dijiste: ‘El señor no está en casa’, como si Yo no lo supiera. Enton-
ces fui a la escuela y grité ‘Om’ por la ventana del despacho de tu
marido. ¿No te contó nada? Tal vez él también pensó que no era Yo
sino un mendigo”. Como dicen las Escrituras: “El Señor tiene ojos
por todos lados, rostros en todas partes, brazos por todos lados y
pies en todo lugar; Él lo impulsa todo por medio de Sus infinitos
brazos y Sus infinitos pies”. Cada declaración Suya o cada respues-
ta que da, separa un poco la cortina de duda con que jugamos para
proteger de daños al ego.
Un antiguo alumno mío de la Escuela del Maharaja en Myso-
re, Siddhaveerappa, que conocía la chifladura que hacía que me
involucrara con villorios rurales y ghettos de Harijans, tenía su es-
tudio de abogado en Davangere. Era uno de los miembros de la
Asamblea Constituyente que había redactado la laberíntica Consti-
tución de la India. En viaje a Delhi, fue inducido por la Voz Inte-
rior a detenerse en Shirdi. Años más tarde, cuando Baba le vio en
medio de un grupo de abogados, le dijo que lo había visto en Shir-
di, señalando el año, el mes y el día. Como para entonces yo ya
sabía que el mismo Baba había venido de nuevo, invité a Siddha-
veerappa para que narrara sus experiencias y fui ampliamente re-
compensado.
152
Fundó un Centro para la adoración del Sai Baba de Shirdi y
yo me asocié a él como secretario. Muy pronto llegó hasta la fa-
milia de Sathya Sai Baba. Baba creó para él un lingam, durante
la visita de algunos legisladores a la represa que provee de agua
potable a Bangalore. Baba complementó esta dádiva con una vi-
sita a su hogar cuando el lingam fue ritualmente instalado en él
(pertenecía al credo Lingayat del Hinduismo). En esta oportuni-
dad, Baba le concedió una visión de Sí Mismo como el Baba de
Shirdi. Como resultado de esta extraordinaria revelación, cuando
Suddhaveerappa llegó a ser Ministro del Interior del Estado, en-
tregó un amplio terreno en el centro de la ciudad de Davangere
para la construcción de un Centro de Servicio de Sri Sathya Sai y
para que se instalaran en él tanto el Baba “de entonces” como el
“de ahora”.
Meses antes de retirarme de la profesión docente, comencé
a anhelar el día en que pudiera liberarme de la montura, los estri-
bos, las riendas, para poder mordisquear y pacer a gusto en los
verdes prados de la literatura. Pese a que el 15 de agosto de
1947, cuando India se convirtió en una nación libre, saludaba a
cada árbol que veía y lo exhortaba a crecer más verde y hacer
penetrar sus raíces hasta donde se encontraran las fuentes del
Sanathana, el fratricida frenesí que siguió, me heló el alma. Muy
pronto emergieron las malezas de la codicia para alimentarse de
la cosecha.
También mi escuela tuvo que hacerle frente a los bofetones
de la ferocidad gratuita. Incluso, mientras mantenía capturada la
atención de mis cuarenta y cinco alumnos describiéndoles el
mensaje completo de Asoka, Akbar o Shivaji, sus oídos eran
asaltados desde la calle por ensordecedores “slogans” y saltaban
por las ventanas para seguir al patriótico “Flautista de Hamelín”.
Comencé a contar los meses, y luego los días. Cuando encon-
traba que la clase se agitaba y se retorcía moviéndose hacia la
salida cuando gritaba algún “patriota”, les decía: “¡Escuchen!
Ojalá que la próxima vez nazcan como profesores de alguna es-
cuela y ojalá puedan observar cómo desertan sus amados y di-
lectos alumnos, cada vez que un megáfono megalomaníaco los
llama hacia las calles”.
153
Dicen que la historia se repite. Pienso que debe de ser así, por-
que nadie le presta atención a las lecciones que enseña. Encontré
también que el profesor de Historia se ve obligado a repetir, año
tras año, la misma secuencia sórdida de las insensateces y locuras,
visiones y extravagancias humanas. Al cabo de treinta años de tritu-
ración, grité “¡Basta!”. Sin embargo, tuve que continuar trabajando
veinticuatro meses más, hasta el momento en que la musa Clío me
liberó y pude ser yo mismo.
Decidí vivir en mi pequeña y acogedora casa de Wilson Gar-
den en Bangalore. La ciudad era considerada entonces, afectuosa-
mente, como el Paraíso de los Jubilados. No era tan húmeda co-
mo Bombay, ni tan lluviosa como Cochin, ni tan sudorosa como
Madras, ni tan miscelánea como Hyderabad, ni tan somnolienta
como Mysore, ni tan sin brillo como Mangalore, ni tan explosiva
como Calcuta, ni tan transmundana como Benares o tan estrato-
crática como Delhi. Tenía amplios y arbolados parques y avenidas
cubiertas de verde, equipadas con suaves bancos de piedra, senta-
dos en los cuales los camaradas de afinidad y de largo aliento po-
dían guillotinar sin peligro a sus sucesores en el cargo. Además yo
tenía mi Koravanji y a su patrono el Dr. Shivaram. Planeé trans-
formar esa “Judy” kannada en un semanario “dorado”, como
Punch. El nacimiento por cesárea de la India Libre le había infligi-
do al cuerpo político del país madre muchas heridas irremediables
que podrían ser aliviadas en algo mediante una dosis semanal de
parloteo agridulce. Me imaginaba a mí mismo como el boticario
del pueblo, especialista en egopuntura.
Después de treinta y dos años en la profesión docente, salí de
la sala de clases para siempre, el Día de Engañabobos de 1954. A
partir de esa auspiciosa fecha, el Gobierno de Mysore dejó de pa-
gar mi salario. Al Departamento correspondiente, le tomó más de
un año aprobar el pago de mi pensión. Tenía que vivir a expensas
de mi propia materia gris. Traduje para el Delhi Sahitya Akadami
dos libros del malayalam. Traduje mi antiguo favorito Les Miséra-
bles al kannada para un editor de Bangalore. Cociné una Chariva-
ria Kannada para un diario y las vendía a cinco rupias la docena.
Pero no lograba que los ingresos alcanzaran. Visité al Vicecanci-
ller, mi amigo de largos años, y le expuse mi plan para encontrar
154
una salida. “Estoy redactando una inserción para los periódicos;
en ella apelo a mis antiguos alumnos para que me presten la su-
ma que me debe el Gobierno y les prometo pagar la deuda tan
pronto salga aprobada y cobrada mi pensión”. ¡Quedó espantado
ante la publicidad que este proyecto haría estallar! Me rogó renun-
ciar a él. ¡Recibí los retroactivos y la pensión del mes antes de la
semana!
155
APETITOSA ADYACENCIA
A
hora ya teníamos un techo de tejas sobre nuestras cabe-
zas en Puttaparti, a sólo veinte yardas hacia la derecha
de Prashanti Nilayam, la Sala de Oraciones como tam-
bién la residencia de Sai Baba. Se levantaron hacia a ese lado tres
bloques de dos casas cada uno, paralelos hacia la calle principal de
la aldea. Había rezado porque se me adjudicara una y había viajado
más de siete veces con mi billetera, con la vana esperanza de que el
pago de un pie pudiera confirmar la gracia. Baba me presionaba
para que me guardara la suma, diciendo: “Tu necesidad es grande y
lo que Yo necesito es tu felicidad”. Cuando fuimos llevados a la casa
por Baba, me aseguró que Él había “limpiado” el lugar ceremonial-
mente con mantras védicos e incluso había llevado hasta ella, en un
momento auspicioso, a una vaca con su ternero, para asegurar sa-
lud, felicidad y abundancia. Sentado en un banco en la única habita-
ción de la casa (detrás de ella estaba la cocina y delante, la galería
abierta) uno podía ver, a través de la ventana abierta, el darshan de
Baba, cada vez que Él caminaba por la galería o el porche del pri-
mer piso del Nilayam.
¡Oh, la emoción que daba! Años más tarde, Swami Amrit-
hananda (que el Ramana Geetha llama “Yathindra” o “Jefe en-
tre los Monjes”) tuvo este darshan, a través de esa ventana, mu-
chas veces al día y durante muchos días, porque Baba no se mo-
vía de Puttaparti, por muy sofocante que se pusiera el verano,
cuando el Swami estaba alojado conmigo. Un día, Swami me
llamó cerca y me preguntó: “¿Cuánto vale esta ventana?” Cuan-
do dije: “Algunas rupias solamente, no es de madera de teca”,
me interrumpió con algo de severidad: “No. Vale cien mil, no es
madera, es diamante. ¡Escuche! Aunque le ofrezcan el Palacio
del Maharaja de Mysore a cambio, nunca renuncie a esta casa.
¡Desde aquí recibe el darshan de Dios! Es Kanakana Kindi”.
157
Hizo referencia a un milagro del siglo XVI. Kanaka, un
pastor, tenía experiencias y visiones místicas con el Señor. Al-
go interno lo impulsaba a visitar sagrados santuarios. Llegó
hasta el famoso Templo del Señor Krishna, en donde Madh-
wacharya instalara el ídolo. Sin embargo, como los pastores
criaban ovejas, cabras y corderos para cortar lana y proveer
carne, no había nadie de esa casta ocupacional que fuera per-
mitido dentro de estos sagrados recintos. Kanaka o Kanaka
“Das” (Servidor del Señor) clamó en agonía: “¡Señor! Dame
Tu darshan”. Repentinamente hubo un terremoto y un rayo.
El ídolo giró 180 grados; el muro de piedra tras El se derrum-
bó y Kanaka, quien cantaba alabanzas al Señor, abrió los ojos
para ver la grieta (“kindi”) en el muro, a través de la cual po-
día ver la Forma del Dios que encerraba en su corazón. Am-
rithananda explicó que el Kindi o ventana a través de la cual
podía ver a Baba, era una dádiva de este Krishna para él y
para nosotros.
Fue por completo la idea de Baba. Ni yo ni mi madre nunca, ni
en nuestros más alocados sueños, lo habíamos pensado. Yo había
pasado una semana en Nueva Delhi, cuando asistí al Congreso de
Historia para toda la India. Desde la Galería de Visitas, pude obser-
var a Babu Rajendra Prasad presidiendo la Asamblea Constituyente
y a Jawaharlal Nehru hablando con viveza sobre una u otra enmien-
da. Para mí ese Congreso sobre Historia fue un evento histórico.
Después, también me quedé por más de veinte días en Calcuta,
cuando mi hijo estaba en el Lake Hospital con una fiebre que más
tarde fue identificada “como emparentada con Kala Azar” y no una
afección común, como habíamos supuesto.
Cuando viajé a Puttaparti para contarle a Él que había recibi-
do el monto correspondiente a todo un año de pensión (12 x 180
- 14 rupias) en un pago, sugirió (vale decir, ordenó) que fuéramos
en peregrinación a la región del Ganges, a Harwar, Kasi, Prayag,
Gaya, Dakshineswar. Al demorarme algunos segundos en respon-
der, Baba puso Su mano sobre mi hombro, diciendo: “¡Anda! Lle-
va a tu madre a Kasi, Triveni y Gaya. Ha rezado por años por es-
ta oportunidad. Ella cree que el alma de tu padre logrará la paz
sólo si se hacen ofrendas de honras fúnebres en la Santa Gaya.
158
¿Por qué vacilas? Compra tres billetes para el viaje. Nosotros cua-
tro podemos viajar con ellos”. Ese comentario decidió el progra-
ma. ¡De modo que fue una peregrinación desde “Kasi” con el Se-
ñor Viswanath, hacia Kasi! En Madras, mamá propuso pasar un
día con el hijo de su hermano, el hermano que se había “tragado”
las últimas cuatrocientas rupias de mi padre, porque Baba había
borrado esa cicatriz de enojo de su mente. Viajamos con el expre-
so Gran Trunk que se fue cojeando desde Madras a Delhi. Está la
historia del hombre que se acostó sobre los rieles esperando que
el expreso le pasara por encima. El pobre tipo tuvo que morirse
de hambre, porque el expreso llegó muy retrasado al lugar. Nues-
tro expreso llegó con seis horas de retraso a Nagpur. Nos dio más
oportunidades para admirar el paisaje y observar el trabajo y las
diversiones de los campesinos. En Nagpur estuvimos con una fa-
milia tan devota de Baba que, algunos años más tarde, Él salvó
milagrosamente del suicidio al que la mantenía.
En Delhi tuvimos la buena suerte de ser alojados por gente
que había sido recompensada, así como lo había sido yo, por Sri
Ramakrishna Paramahamsa, con el acercamiento a Baba. Swa-
mi Ranganathananda, a quien conocía desde el día en que aban-
donó su casa y se refugió en el regazo de Sri Ramakrishna, se
había convertido en el Presidente de la Misión en Delhi, después
de pasar por la invasión japonesa de Rangoon y el Programa de
Partición en Karachi. Pasamos horas hablando de nuestros años
de sementera en el estudio del Vedanta, a los pies de Gaudapada
y de Ashtavakra, a través de Subrahmanya Iyer y de nuestros de-
nodados esfuerzos por hacer servicio social en Mysore; habla-
mos de las ideas e idiosincracias de mi amigo y compañero de
clase, su mentor, Gopal Maharaj (Siddheswarananda) y del prolí-
fico poeta silvestre Puttappa. El Swami recordó con gratitud los
platos de Kerala que mi madre solía cocinar para él y para Go-
pal Maharaj.
Nueva Delhi era el país de las maravillas para mi madre y mi
mujer. Pudimos asistir a las sesiones de Loka Sabha y Rajya Sab-
ha, ya que Sri S.V. Krishnamurthi, un abogado de Shimoga que
había actuado en muchas de mis vivaces interpretaciones improvi-
sadas y en muchas sesiones de “Chataki”, era miembro del Parla-
159
mento y Vicepresidente del Rajya Sabha. Deseábamos verle cuan-
do presidía la Cámara. Cuando estábamos observando al Loka
Sabha dormitando sobre pesadas agendas o pasando como nive-
ladora sobre otras, un suntuosamente vestido chaprasi (un mensa-
jero, para ser simple) me trajo una nota invitándonos a acompa-
ñarlo hasta la Galería de Visitantes del Rajya Sabha. El Dr. S.
Radhakrishnan se había ausentado y Krishnamurthi presidía.
Cuando ocupamos los asientos de felpa que nos daban una am-
plia visión del espectáculo, el Vicepresidente se puso de pie y, con
las palmas unidas, se inclinó reverentemente hacia la Galería VIP
en donde estaba mi madre. Era el tributo del límpido corazón de
un simple hijo de la Madre India hacia una venerable abuela que
personificaba la herencia que él adoraba. Muchas cabezas se vol-
vieron hacia arriba para mirar a mamá, la que se levantó de su
asiento y lo bendijo.
Una pregunta que mamá hizo a menudo mientras recorríamos
Nueva Delhi, era: “¿Cómo fue que el ‘hombre blanco’ pudo dejar
todo esto atrás e irse a casa?” Admiró su sabiduría cuando le res-
pondí que él sentía que la carga se estaba haciendo muy pesada. El
sabía que podía retener nuestro amor, pero no nuestra lealtad, yén-
dose de la India cuando Gandhi le presionó para hacerlo. “Otros
habrían luchado por cada pulgada de terreno”, comentó. “Dices
que esta ciudad fue la Hastinapura o la Indraprastha del Mahabha-
ratha. Y bien, Duryodhana, un hombre de los nuestros, no pudo de-
jar esta ciudad e irse. Luchó por dieciocho días, destruyó dieciocho
ejércitos y murió junto con sus cien hermanos, en lugar de entregár-
sela a sus primos, ¡los que tenían el derecho de estar aquí! Estos
‘hombres blancos’ son mil veces mejores”. Ése fue su juicio, pro-
nunciado cuando dejamos Nueva Delhi para ir a Hardwar.
La familia que nos alojó en Nueva Delhi había vivido, al igual
que yo, el impacto de Sri Sathya Sai, incluso mientras llevaban a
cabo sesiones de Sadhana en los Ashrams de Ramakrishna, en es-
pecial en el de Delhi. Llegaron a conocer a Baba a través de un
violinista empleado por la All India Radio. La señora de la casa
había contratado a este artista para que le diera clases sobre “el
arte de hacer música melodiosa” de (como dijera un bromista ma-
licioso) la cola de un caballo y la tripa de un gato; sin embargo, lo
160
que mejor aprendió fue la increíble historia de un fenómeno en
forma humana que podía revelar la música de las esferas resonan-
do desde el núcleo de un miserable guijarro. La curiosidad la llevó
a Puttaparti, la maravilla se transformó en admiración, y la admi-
ración había madurado en adoración.
En Harwar nos alojamos en el Ashram de Ramakrishna mismo,
felices de acurrucarnos en el regazo de Gurú Maharaj. La abundan-
cia, la benevolencia y la belleza del Ganges han sido cantadas en to-
dos los idiomas de la India desde hace siglos, por poetas, pintores,
escultores, dramaturgos y pundits. Llega al plano en Harwar, bajan-
do en tobogán desde los glaciares, después de saltar por sobre mu-
chas vallas y de dar rodeos en torno a muchos picachos en los Hi-
malayas. El espectáculo que atrae a cientos de peregrinos hasta este
sagrado punto, es el ancho, lleno y fresco Ganges, aplacado su tu-
multo, su rugir calmado, su fluir vuelto lento y maternal. Cada tarde,
al caer el sol, se juntan multitudes en sus riberas, junto al templo de
la Ganga-ma (Madre Ganges), para presenciar el Arati; lámparas pi-
ramidales de múltiples mechas, son balanceadas desde los escalones
de la sagrada escalinata junto al río, para expresar la gratitud de los
millones de esta tierra por la fertilidad, la fecundidad, la fortuna y la
plenitud que trae. Mientras dura el Arati, la gente llevada por un
piadoso fervor, adora al Ganges lanzando flores a su regazo. Envían
trémulas luces, flotando sobre la concavidad de pequeños barquitos
de hojas, orando por dádivas. Se bañan en sus aguas hasta que la
santificación vibra en sus venas.
Nos dirigimos hacia la escalinata del Arati la noche de nuestro
primer día en Harwar. Encontramos que el lugar ya estaba lleno
de masas humanas. Pero, vimos frente a él un pequeño islote so-
bre el que se elevaba la torre de un reloj. Desde ese punto de ob-
servación se podía obtener una bella vista de las luces que flotaban
en el río y las que eran agitadas desde los escalones. Además, ha-
bía un puente peatonal que nos invitaba a cruzar. Lo usamos y
nos unimos a un pequeño grupo de peregrinos que estaba allí pa-
rado. Resonaban caracolas, tocaban trompetas, retumbaban tam-
bores, tintineaban campanas, ululaban las voces humanas. Los sa-
cerdotes sostenían en alto las pesadas lámparas de bronce y las
movían en círculo frente a… ¡Oh, frente a Baba! Sí. Él recibía la
161
ovación y la adoración. Él estaba allí, a la vista de todos, o para
que lo viéramos nosotros, hasta que terminó el Arati, en medio de
un unísono “Ganga Maa Ki Jai”. Apenas nos podíamos mover,
aunque otros ya habían cruzado de regreso. Reencontramos lenta-
mente el camino, e inclinándonos profundamente, tocamos el pel-
daño en que Él había estado tanto rato de pie. La imagen de Ba-
ba aceptando el Arati se mantuvo vívida y bendiciente hasta que
llegamos a Benares y nos paramos en el santo de los Santos: el
santuario del Viswanath Lingam, donde fuimos bendecidos por un
éxtasis sobrecogedor. Nuestra visita a Rishikesh y el retorno a Del-
hi, Agra y Brindavan no borró el aura de la imagen de Baba im-
presa en nuestros corazones.
Sri Baba le pidió una vez a Balaram Mankar que se fuera
de Shirdi y se quedara en Machindragat en el distrito de Satara.
Se fue como le ordenara, pero con el corazón pesado. Al cabo
de unos pocos días, Baba se le apareció allí y dijo: “Pensabas
que estaba tan sólo en Shirdi y no fuera de Shirdi. Pensaste que
era este cuerpo de tres codos y medio de altura. ¿Te das cuenta
ahora que lo que has pensado hasta este momento no es co-
rrecto? Ésta fue la razón por la que te envié hasta acá”. Parecía
como si Baba me estuviese también dando la misma lección
acerca de Su Realidad. ¿No ha declarado que se mueve en cada
pulgada de este vasto Mundo (“Inchi Inchi Bhoovalya mye San-
charinchunu”)?
En Brindavan también nos alojamos en el Ashram de Rama-
krishna. Nuestra anfitriona en Delhi le envió un telefonograma al
monje encargado, indicándole la fecha y hora de nuestra probable
llegada. Cuando nos bajamos del taxi frente a la entrada, los monjes
se quedaron sorprendidos de ver al Kasturi de la ciudad de Mysore,
el compinche de Gopal Maharaj, parado frente a ellos, con su ma-
dre y su mujer, de quienes sabían que trabajaban febrilmente en la
cocina del Ashram de Mysore en los días de festival. Dijeron que es-
taban esperando a otro grupo de un Sai Baba, el que había enviado
un telegrama desde Delhi. Me lo mostraron y vi que, en lugar de
Kasturi, el nombre del remitente había sido descifrado en la terminal
de Brindavan como “Sai Baba”. ¡Cierto que Baba estaba con noso-
162
tros todo el tiempo! Mathura y Brindavan habían cobrado más im-
portancia para mí desde que leyera en el Evangelio de Sri Rama-
krishna que Él había recorrido esas arenas en un continuo bhavasa-
madhi, dominado por la visión del Niño Divino y la melodía de la
Divina Flauta.
Nos alojamos en el Dharmasala Estatal de Mysore, en Bena-
res por toda una semana. Durante nuestra primera visita, tuvimos
el darshan de Baba en el más interno de los santuarios del Templo
de Viswanath, donde estaba parado tal como es, con la corona de
cabellos, la larga bata naranja y una mano levantada para bende-
cir. No pudimos ver el lingam. Vaciamos los recipientes con agua
del Ganges que habíamos subido por las escaleras para una ablu-
ción ceremonial del lingam, sobre los pies de Loto de Baba. No
protestó.
Nos quedamos dos días en Gaya, una ciudad que estaba graba-
da en mi corazón como un “sancta sanctorum”. Era el lugar que se
recordaba cada vez que se llevan a cabo ritos funerarios por parte
de los hindúes, en cualquier lugar en que se encuentren, para que la
pronunciación de este nombre derramara su santidad única sobre
ese lugar y lo volviera tan meritorio como Gaya misma. Cada año,
por más de cincuenta, cuando ofrecía los alimentos prescriptos para
mis antepasados en el aniversario de la muerte de mi padre, había
rezado: “Que esta ofrenda te resulte tan aceptable, ¡como si te fuera
presentada en Gaya!” Y ahora, ¡tenía la suerte de hacer lo mismo
en Gaya! ¡Qué momento tan satisfactorio! Cuando nos sentamos
en torno a la losa sobre la que colocamos los alimentos, los mantras
llamaron a descender para el festín, no sólo a mi padre y antepasa-
dos, sino también a los espíritus de mis parientes fallecidos, de mis
amigos y alumnos, de mis mascotas, de las vacas y terneros que ha-
bía cuidado y hasta de las hormigas, moscas e insectos que pude
haber muerto por puro capricho o por mera negligencia.
Gaya era el lugar en el que Suddartha llevó a cabo su históri-
ca penitencia que lo transformara en Buda. El “Arbol Bo”, bajo
el cual se sentara resuelto a no levantarse hasta no encontrar el
remedio para liberar al género humano del sufrimiento, sigue
creciendo allí mismo. Hay ramas suyas que han sido trasplanta-
das desde hace dos mil quinientos años hacia tierras muy distan-
163
tes y siguen siendo veneradas en esos lugares por su asociación
con ese voto y esa victoria.
Gaya también cuenta con el sagrado santuario de Gadadhar
(Vishnu con la Maza), el mismo en el que el padre de Ramakrishna
Paramahamsa tuviera una visión y escuchara una voz que le decía
que el Redentor nacería como hijo suyo.
Pronto llegamos a Calcuta. Mi hijo estaba allí, sirviendo como
funcionario en Estudios Geológicos de la India. Para mí, Calcuta era
la ciudad por las calles y pasajes de la cual había caminado Rama-
krishna y el grupo de jóvenes que se aferraban a Él, yendo a las ca-
sas de devotos, a las Reuniones de Oración de los Brahmos, los lu-
gares predilectos de Girish Babu. Era la ciudad que Guru Maharaj
había visto ardiendo en odio y codicia, desde la cual fluían los visi-
tantes materialistas hacia el Templo de Dakshineswar; la ciudad en
la que esperó la llegada de nuevos aspirantes amantes de la libertad
ansiosos de la Liberación eterna. Aproveché cada oportunidad para
llegar hasta el templo junto al Ganges y sentarme en la serena at-
mósfera de la habitación en la que había pasado años Gurumaharaj,
iluminando e instruyendo a mi Gurú (Mahapurushji) y a otros discí-
pulos: Vivekananda, Brahmananda, Ramakrishnananda y otros. Me
sentaba en la base de las tres veces bendita Panchavati. Me adentré
en el Ganges que había sido testigo de los esfuerzos y austeridades
de Gurumaharaj. Pasé horas en la Cassipore Garden House, en
donde Ramakrishna había sido afectuosamente cuidado por devotos
apóstoles durante sus últimos días. Visité los demás lugares santifica-
dos por la Santa Madre.
Dejé a mi madre con mi hijo y con los bisnietos y me fui con mi
mujer a Kamarpukur y Jayaram-bati, porque no podía dejar de ir
allá. El impulso era demasiado fuerte. Tuvimos suerte en llegar a la
aldea de la Santa Madre y quedarnos en el lugar mismo en el que
había encarnado. El pesado mortero de madera que usaba para
descascarar el paddy y dejarlo como arroz, presionando la palanca
con un pie mientras sostenía la cuerda en la mano, estaba allí, en el
mismo lugar. Debíamos descansar a su lado, mas la imagen de la
Madre de millones, que aceptara este trabajo para alimentar a los
hambrientos, no nos abandonaba. Debo confesar que sollocé hasta
quedarme dormido.
164
Era día de festival en Jayarambati —Akshaya Trithiya— cuando
se realizaba un Puja especial en el templo y se alimentaba a varios
centenares de personas. De ahí seguimos a Kamarpukur, el poblado
que escalara hasta las páginas de la historia mundial. Le rendimos
culto reverencialmente a toda el área, árboles, jóvenes, aves y gana-
do. Tocamos el amplio árbol de mango que surgiera de la semilla
que trajo Gurú Maharaj desde Brindavan.
Volviendo a Calcuta, nos fuimos de peregrinación a Belur-
math y conversamos con los monjes que habían sido discípulos de
Mahapurushiji. Tuvimos la suerte de acompañarlos para el al-
muerzo, en donde compartimos con ellos el bhog de ofrenda a Sri
Ramakrishna.
Llegando a Bangalore, después de permanecer un día en Ma-
dras, le escribí una carta a Bhagavan, quien estaba en Kodaikanal,
un lugar de temporada en la montaña, cerca de Madurai. Describí la
emocionante experiencia, que claramente no era resultado de aluci-
nación o de ideación mental, en Harwar y Benares, y le hice pre-
sente mi gratitud por llevarnos dulcemente por la tierra de Rama-
krishna. Recibí una respuesta en “lengua kannada” de Baba, escrita
en letra cursiva. Me escribía: “Estoy feliz de que hayas vuelto lleno
de alegría, después de visitar lugares santos con tu ‘matrudevi’ (ve-
nerable madre) y tu ‘grhalakshmi’ (bendita diosa de la prosperidad
doméstica). ¿Cómo podrían cruzar tu camino las demoras, las de-
cepciones o los peligros, siendo que Swami está siempre contigo?
Mi Nombre no es distinto de Mi Forma. El Nombre lleva a la Forma
ante el ojo de la mente tan pronto se le pronuncia, se le recuerda o
se le escucha. Cuando la Forma está frente a la vista, el Nombre lle-
ga en ese mismo instante a la conciencia. Puesto que el Nombre
danza permanentemente sobre tu lengua, la Forma debe estar siem-
pre frente a ti y junto a ti. ¿Qué necesidad había de que lo mencio-
naras en tu carta como regalo para Mí? Debo manifestar la Forma
cada vez y dondequiera que Mi Nombre sea recordado con fe o
cantado con devoción.
”Podrías decir que esas Visiones eran dones de Gracia de Swa-
mi. No. Siempre digo: ‘Primero el Sadhana, después el Sankalpa’.
Mi Sankalpa (volición) confiere dicha sólo después de evaluar la pro-
fundidad del Sadhana (anhelo). El Sadhana es el prerrequisito esen-
165
cial. Fuiste profesor por mucho tiempo. De modo que puedes enten-
der esto fácilmente. Debes haber evaluado las respuestas escritas de
muchos estudiantes. Pones las notas sólo después de un cuidadoso
escrutinio, para descubrir cuán diligentes fueron en sus estudios. Yo
también mido y sopeso la sinceridad y la firmeza del Sadhana que le
hayas impuesto a tus pensamientos, palabras y obras, y conformo
mi Sankalpa de acuerdo a tu progreso. Son muchos los que no se
dan cuenta de que la angustia en la que se encuentran puede anular-
se por el Sadhana y el Sankalpa que puede ganarse a través de él”.
Esta carta, debo agregar, no revela la asombrosa espontaneidad
de la compasión de Baba. Sankaracharya describe al Divino Super-
visor como “Ahethuka daya sindhu”: la encarnación de la Compa-
sión Inagotable que no examina credenciales. Medir y sopesar el
Sadhana con el objeto de adecuar el Sankalpa no es algo operativo
sino después de que Su Gracia haya enderezado los pasos errabun-
dos de vuelta al rebaño. Ya cuando era un joven saliendo de la ado-
lescencia, Baba había anunciado al mundo, a través de una carta es-
crita a Su hermano mayor, que había decidido “llevar de la mano” y
salvar a los infortunados que habían errado el camino hacia “la libe-
ración del temor” (Abhaya) que en las Upanishads es identificada
con el Moksha mismo.
Le pregunté una vez por qué Él había de llevarnos de la
mano. Todo lo que piden es: “Guía, amorosa Luz”, dije. Baba
dijo: “La Luz puede ayudarle únicamente a los que tienen visión
interna. Los ciegos, los miopes y aquellos cuya imaginación ha
producido los humos del fanatismo o nubes de niebla, han de
ser llevados de la mano. Hay muchos resbalones entre un paso
y el otro. Además, tengo que vacunarles en contra de la cobar-
día con la vacuna del coraje, debo administrarles inyecciones
para reforzar la fe y la fortaleza. ¿Cómo podría usar la aguja el
médico si no le sujeta la mano al paciente?” Al hablarle a miles
en muchos lugares, ha anunciado a menudo: “Si me necesitan,
me merecen”. Y es Él quien juzga la urgencia y la intensidad de
la necesidad. Puede que uno ni siquiera se dé cuenta de que está
mortalmente enfermo o de que el néctar que puede conferir la
inmortalidad está disponible en la palma de Su mano. Confíen
en el médico y sigan el régimen: el Sadhana. Todo irá bien.
166
Resolvimos pasar el resto de nuestras vidas en el bendito san-
tuario, Prashanti Nilayam. La atmósfera invitaba, vibrante de frater-
nidad, felicidad, caridad y amor, desplegándose y envolviendo. Nos
sentíamos contentos por haber navegado hacia esta serenidad y
frescura y decidimos echar anclas allí. Eramos únicamente unos cin-
cuenta residentes y se nos unían aproximadamente veinte visitantes
para las sesiones de bhajans por las mañanas y las tardes. En algu-
nos días venían los jefes de las aldeas de los alrededores, con algu-
nos de los campesinos, para exponerle a Baba algunos conflictos lo-
cales para su solución o para pedir Su bendición para aventurarse a
cultivar productos comerciales. Traían bueyes recién comprados a
Su presencia para que Sus bendiciones les aseguraran una larga vi-
da y buena salud.
Recuerdo a un anciano, cuya llegada era saludada por Baba
con una exclamación de bienvenida. Había sido testigo de los años
de niñez de Baba en Puttaparti; sin embargo, debido a que sus hijos
habían conseguido trabajo en las oficinas del gobierno en Penukon-
da, hubo de exiliarse de Baba. Su adoración por Baba era tan pro-
funda, que llegaba hasta la Presencia, al menos una vez por sema-
na. Baba conversaba cariñosamente con él, por horas, acerca del
Sadhana, los Héroes épicos, los Santos y los Lugares Sagrados. Ba-
ba mostraba preocupación por su salud y la felicidad de sus hijos y
nietos. Cada vez que se lo veía durante las sesiones de bhajans, Ba-
ba solía levantarse de la silla de plata en la que estaba sentado, salir
al prado e ir a sentarse al suelo junto a él para charlar íntimamente,
bajo el árbol frente al Mandir. Recuerdo que Baba me dijo un día:
“Este Thirumalappa es una de las pocas personas en la aldea que
creía en mi singularidad. Le imploraba a mis padres que reconocie-
ran y respetaran Mi Realidad como encarnación de Dios. En esa
época yo era un niño bastante chico”.
Durante esos años, Baba descendía de Su habitación en el pri-
mer piso, habitualmente alrededor de las cuatro de la tarde. Se ha-
bía convertido en un programa casi invariable. Se levantaban ocho
departamentos hacia la derecha del edificio, cinco a la izquierda y
una hilera de piezas solamente en la parte de atrás. Estas últimas es-
taban tan cercanas al Mandir, que los olores de las cocinas invadían
el hall de bhajans, cada vez que el viento se volvía travieso.
167
Al descender, Baba solía pararse inmóvil por unos momentos,
haciéndonos pensar hacia dónde volvería Sus pasos. Muy pronto
decidía a quien bendecir… primero. ¡Cuán feliz nos hacía! Entraba
en cada vivienda y pasaba algunos vivificantes momentos con sus
ocupantes. Preparábamos la casa todos los mediodías para recibirle.
Barríamos y fregábamos, lavábamos y sacudíamos. Se hacían dise-
ños en el piso, se colgaban verdes hojas por encima de la puerta.
En cada vivienda había una silla para Él, artística y cómoda, ubicada
sobre un tapiz, con el escañuelo en posición. La lámpara metálica
colocada en el altar, ya sea en un nicho en el muro o en un rincón
de la habitación única, se mantenía encendida y ardiendo alegre-
mente. Cada familia tenía una linda cajita para hojas de betel para
el uso de Baba, mientras se sentaba y charlaba. Se conseguían ho-
jas tiernas de betel, supari levemente aromático y lima con sabor a
rosa, para componer esta ofrenda para Él.
Cada cual aguardaba, casi sin pestañear, ver la bata naranja y la
corona de cabellos, aunque rara vez dejaba de lado una casa en Su
misericordiosa gira y aunque uno tenía la certeza de Su visita a su
casa después de abandonar la adyacente. Mi casa quedaba a la de-
recha del Mandir. Jocosamente, Baba había bautizado esa fila de
departamentos como “Brindavan”, poniendo énfasis en la tercera
sílaba, con lo que le daba el significado de “jungla”. Esto se debía a
que, detrás de nuestras viviendas, crecía un grueso cerco de arbus-
tos espinosos que nos separaban del camino que llevaba a los aldea-
nos hacia el río, al Este. La hilera de viviendas a la izquierda del
Mandir, las había bautizado como “Gokulam”, “rebaños de gana-
do”, porque el edificio más prominente de ese lado era un establo
para unas pocas vacas.
A menudo nos gastaba bromas, pretendiendo entrar aunque
seguía adelante, con un divertido mohín, para entrar en la casa
del vecino, dejándonos entre la risa y las lágrimas. Nos poníamos
verdes de envidia cuando pasaba de largo y prefería a la persona
de al lado. A menudo, desde ahí, nos exasperaba haciendo gala
de Su Gracia con cantos y bromas. Oíamos las risitas ahogadas
que provocaban Sus salidas. Nos condenábamos a nosotros mis-
mos por la mala suerte de estar perdiéndonos todo eso. Repenti-
namente, parecía haber caído una densa niebla de silencio que du-
168
raba algunos torturantes segundos: ¡cinco o hasta diez! ¿Se habría
levantado de Su silla? ¿Estará saliendo? ¿Vendrá a vernos a noso-
tros? ¿Estará masticando betel? ¿Estará tomando unos sorbos de
jugo de naranja? ¿Estará recorriendo esa habitación, viendo las fo-
tografías en los muros? No, no es eso, porque cuando lo hace,
habitualmente está tarareando alguna melodía para Sí mismo. Sí.
Puede que haya caminado a la cocina… ¡Ah! ¡Ése es el sonido
que hace la puerta que da al patio de atrás! ¿Estará mirando hacia
la acogedora choza de paja donde reside el “padre’ Venkaparaju?
¿Estará por bajar los tres peldaños de losas de piedra y atravesará
el camino de tierra?
No nos atrevemos a atisbar a través de una rajadura en la puer-
ta de nuestra cocina. Sería un sacrilegio. ¿Cómo podría nuestra te-
laraña de suposiciones desentrañar Su infinita potencialidad? ¡Ah!
Eso fue un golpe en la puerta de nuestra propia cocina… ¡Es Él! En-
tra en nuestro hogar por esa puerta, entonando una canción desti-
nada a barrer con nuestra depresión, una canción en idioma kanna-
da tan querido a nuestros oídos, compuesta hace cinco siglos por el
Santo Purandara Das. Comenzaba con “No duden del Señor”… La
afirmación era una amonestación.
Otro día, Baba se dirigió al patio trasero de las primeras vivien-
das de Brindavan y, mientras nosotros oteábamos hacia la distancia
Norte para atisbarle en el momento en que emergiera de la puerta
de esa casa y aprontarnos, se las arregló para salir por la puerta tra-
sera y caminar sin ser visto por el angosto paso entre las número
seis y siete, y escurrirse por detrás de mí, pobre inocente, llegando
desde el Sur. Me tapó los ojos colocando brevemente Sus palmas
sobre ellos para otorgarme la más dulce de las sorpresas. Cuando
me preguntó: “¿Adivina quién es?”, mi respuesta fue una cascada
de lágrimas. ¿Infantil? ¿El juego de la “gallinita ciega” entre uno en
la treintena y otro en los sesenta? Sí, Su Forma estaba en la tarde
de la juventud, pero el contenido era un Niño: el Niño que ha veni-
do a regañar y a cambiar, el Niño que ha venido para dejar al descu-
bierto la hipocresía del “homo sapiens” y hacer que el género hu-
mano se haga consciente de la farsa a la que corteja.
La leyenda habla del pomposo orgullo de un emperador,
montado en un corcel enjaezado, precedido y seguido por ca-
169
balleros y cortesanos, vistiendo ropas que eran demasiado
diáfanas como para existir. En verdad, los astutos tejedores le
habían prometido vestirle con los más delicados atavíos de
oro. Sus súbditos miraban su cuerpo desnudo, que estaba
magníficamente ataviado. Ni uno solo de entre los millones
que observaban la procesión triunfal con el emperador, en ro-
pajes de cumpleaños, osaba hablar de la fea verdad. Un pe-
queñuelo, sin embargo, gritó: “¡Miren! ¡El emperador no lleva
ropas puestas!”
Baba es el Niño que ha venido para revelar la vacuidad de
la pompa de los doctos y de los millones de bombásticos, y a ri-
diculizarnos hasta que nos demos cuenta de la realidad. Este Ni-
ño Divino aplica con Su palma sedante, el fresco bálsamo de la
bendición sobre nuestros ojos enrojecidos por la envidia y cega-
dos por la ira. Cuando Él tapa estos ojos, el Ojo Interno pierde
sus anteojeras; después, ya no hay división: sólo la visión de Él,
quien le pregunta a cada uno: “¿Adivina quién es?” Este Niño
nos atrae hacia Sí por medio de un amor espontáneo e inma-
culado y por Su auténtica y brillante sabiduría.
El niño humano se ve a sí mismo como el centro del Uni-
verso y ve al mundo como una extensión de su Ser. Este Niño
Divino sabe que es así. El niño humano llega sin la etiqueta de
un nombre: nosotros le prendemos una en el entrecejo. Baba,
el Niño Divino, ha anunciado: “No tengo nombre; respondo a
todos los nombres”. Baba ha declarado: “No tengo lugar al-
guno que pueda reclamar como propio; pertenezco a todos
los lugares. Estoy allí, dondequiera que se me quiera”. Los ni-
ños se preocupan especialmente del “ahora”. Baba nos re-
cuerda que “el pasado es pasado. No se vuelvan para mirar
con añoranza o con tristeza el camino que ya han recorrido”.
Los niños no ven el mundo fragmentado por muros como el
de Berlín, la Muralla China o los que se levantan sólo para
molestar. Los niños están comprometidos con cada cosa y to-
da persona. Representan la inocencia, el amor, el perdón y la
fraternidad verdaderas. El niño carece de orgullo o de despre-
cio. Este Niño Divino afirma: “Entre los hombres soy un
hombre, entre las mujeres soy una mujer, entre los niños soy
170
un niño”. Esta declaración resuena también en las Upanis-
hads, las que describen a Dios: “Tú eres una mujer, tú eres un
hombre, eres una niña y eres un anciano apoyado en un bas-
tón”. Al niño humano le gusta dejar que se escurra la arena
entre sus dedos. A este Niño lo vi recoger un puñado de las
arenas del Chitravathi: se convirtió en un libro: el Bhagavad
Gita. La arena se coaguló en cuentas cuando Baba jugaba re-
gocijado en la blanca playa del Cabo Comorín. Este Divino
Niño se sentó en la playa, cerca de Dwaraka, y hundió ambas
manos en la arena: ¡emergió un ídolo de oro de Krishna! Este
Niño nos inspira para volver a ser niños, para que podamos
estar siempre con Él.
La conciencia de esta Verdad se me hizo cada vez más clara
con el paso de los años y aún persiste hoy día, cuando Él anda en
los cincuenta y yo en los ochenta. La naturaleza juguetona le es in-
herente a la relación de Dios con el hombre. Baba ha escrito: “Creé
el mundo para Mi diversión”. En otra ocasión, declaró: “Yo estoy di-
rigiendo este espectáculo para Mi diversión”. En otra ocasión, de-
claró: “Yo estoy dirigiendo este espectáculo de títeres, y me compla-
ce”. El pinchar burbujas, el reventar globos de ego, el demoler casti-
llos en el aire, el jugar a las escondidas: estos son Sus pasatiempos
favoritos. “Amen Mi incertidumbre” es lo que nos aconseja este Di-
vino Fenómeno. Y, ¿quién podría ser más incierto que un niño?
Cuando distribuye dulces laddus e induce a cada devoto a atraparlo,
cuando lo lanza en su dirección, hay veces en que hace el gesto y se
ríe frente a la incomodidad que causa. Al siguiente instante, puede
que nos dé dos y una palmadita en la espalda, para suavizar el im-
pacto de la desilusión.
Recuerdo una tarde, en 1959, cuando envió a alguien para que
me llevara a Su habitación en el Mandir. Baba me dijo que el editor
de un diario publicado en Hyderabad había pedido mi fotografía,
porque la iba a publicar con un artículo, presentándome como edi-
tor del Sanathana Sarathi. Baba le había prometido enviársela y
me indicó que me arreglara, porque la iba a tomar Él mismo, con
una cámara nueva que había elegido para este propósito. ¡Mi ale-
gría no tuvo límites! Me llevó hasta el séptimo cielo. Bajé corriendo
los peldaños para ir a casa para un rápido embellecimiento.
171
Volví a la Presencia a los pocos minutos, afeitado y al-
midonado, con una amplia sonrisa en el frontispicio. Baba
me tomó por los hombros y me colocó a una distancia
apropiada. Miró a través de la lente y me felicitó por mi “ca-
ra fotogénica”. Me sentía contento porque mi foto sería vis-
ta al menos por treinta mil lectores en todo Andhra Pra-
desh. ¡Mi sonrisa se extendió luciendo todos los dientes! Ba-
ba hizo un gesto e hice desaparecer la sonrisa de un golpe.
Me advirtió con un “quieto” y apretó el disparador… ¡Una
cosa negra y peluda de larga cola salió volando de la cámara
y rebotó en mi cuello! Con un estridente chillido salté hacia
un rincón de la habitación manoteando a la horrenda hirsu-
ta… ¿era una rata? ¿Estaba muerta? No… era un ratón de
algodón… que había sido astutamente metido dentro de la
falsa cámara, para que saltara al presionar el disparador. Ba-
ba se rió con ganas ante mi pánico. También yo me reí para
liberar la tensión.
Me retó dulcemente por tragarme la historia que había inven-
tado para desinflar mi ego. Me recordó que el hecho de ser editor
no respondía al tipo de “noticia” en la que estaba interesado el
mundo. Una fama duradera no había de ser buscada por interme-
dio de los periódicos que se transforman en papel desechado a la
mañana siguiente, sino a través de un servicio dedicado a Dios y a
los piadosos.
Abandoné Su habitación como un hombre más flaco y más sa-
bio. Misericordiosamente, Baba nos ayuda lenta y sutilmente a libe-
rarnos de la carga del ego. Condena a la modestia como mera pose
destinada a atraer hacia uno la atención o la admiración. Aconseja
que seamos nosotros mismos y que no usemos máscaras tras las
cuales ocultarnos. “¿Qué estatus más alto podrías lograr que el de
ensobrar y despachar Mi mensaje a miles de devotos cada mes?”,
me preguntó.
Baba es un sol demasiado resplandeciente para los ojos huma-
nos: podemos tostarnos y bañarnos en la luz del sol, pero no le po-
demos mirar. El sol debe disminuir su esplendor por sí mismo y
transformarse en un hermoso disco rojo, como lo hace dos veces
por día, para que el hombre pueda embeberse de su dorada grande-
172
za. Así también, Baba nos entrega frecuentes atisbos de la Gloria
que Él es.
Baba había regresado de Venkatagiri dos días antes. Una ancia-
na señora que residía en el Nilayam, había viajado a su aldea natal
que quedaba en el camino por el que había de pasar Baba, ya sea a
la subida o al descenso de allá. Ella planeaba hacer detener Su co-
che durante el viaje de regreso y ofrecerle la hospitalidad de su casa.
Al saber que Baba ya había vuelto a Prashanti Nilayam, se apresuró
a regresar también.
Mientras Baba conversaba, desde la galería, con un pequeño
grupo de visitantes (entre los que yo me había filtrado) parado
frente a Él, ella se ubicó a una cierta distancia y se quejó en voz al-
ta: “¡Swami! ¿Cómo es que Tu coche pasó por nuestra aldea sin
ser percibido? Nuestros hombres montaron guardia a ambos lados
del camino de día y de noche. No se vio coche alguno”. Mientras
Baba se reía entre dientes de su lamento, oímos de pronto Su risa
tras de nosotros… ¡y ahí estaba! “¿Ves? He venido de allá hasta
aquí y, si puedo hacer esto, ¿no podría pasar sin ser visto por tu
aldea, con coche y todo?”, dijo. Nos quedamos boquiabiertos ante
esta Revelación. Sentí un tirón en mi corazón. Caí a Sus pies. Su
rostro se veía esplendorosamente divino… Jesús salió del Templo,
“por entre todos ellos y siguió de largo”. ¡Baba había seguido de
largo, con coche y todo!
Meses antes de mi primera visita a Puttaparti, el herma-
no mayor de Baba, Seshama Raju, le había escrito una carta
expresándole la vergüenza que sentía frente a los sarcasmos
indirectos y las burlas obtusas que los extraños anuncios y las
aún más extrañas acciones de Baba estaban provocando en
la región. Baba le respondió: “Ellos no saben quién soy ni
para qué he venido. Me miran a través de sus miopes ojos y
me ven sólo como quieren verme. De hecho, nadie puede
apreciar mi realidad, por mucho tiempo que lo intente y por
cualquier método o medio que adopte”. Por lo tanto, era un
ejercicio inútil inquirir acerca de cómo dominaba el tiempo y
el espacio. Para nosotros bastaría la emoción que implica.
Decidí, entonces, no medirle, sino atesorarle.
173
Permítanme relatar otra bella experiencia. Un día en
que se movía a lo largo de la hilera del lado Brindavan de las
viviendas, Baba pasó de largo frente a la nuestra con un en-
cantador mohín. Mi madre le tentó a entrar: “Te haré el
Arati con alcanfor. ¡Entra, Swami!” Baba se detuvo y dijo:
“No, eso no es suficiente. Tienes que hacer dos Aratis.
¿Puedes hacerlo?” Mamá respondió: “Sí, con el alcanfor y la
mecha”. Swami entró, se quedó sentado por más tiempo
que el acostumbrado y recibió los giros del Arati extra que
había conseguido. Luego se fue para otorgarle instrucción y
alegría a nuestro vecino.
174
Algunos días, cuando era lento el proceso, Baba prometía un
premio para la fila, ya fuera la masculina que levantaba vertical-
mente o la femenina que transportaba horizontalmente, que cum-
pliera más rápidamente con lo que le correspondía. ¡Si no estaba
en alto el recipiente lleno al ser devuelto el vacío, ganaban las mu-
jeres; si no estaba pronta la mano receptora cuando llegaba arriba
el recipiente lleno, ganaban los hombres! El premio que nos daba
Baba era una medalla con Su retrato o el del Baba de Shirdi o el
Pranava, para cada uno. Con un movimiento de Su palma hacía
tantas brillantes piezas de plata como ganadores hubiera ante Él.
Expresó tanta complacencia por el silencio, la sinceridad y la
constancia de este servicio que, una tarde, hizo los arreglos para
que se tomara una fotografía de ambos grupos, cada uno con uno
de los recipientes y con Swami sentado sobre uno de ellos, boca
abajo, con unos niños de pie a Su lado. Un vivaz pequeño queru-
bín estaba sentado en Su regazo, sosteniendo en su manecita un
“chombu” chico de cobre en el que su abuelo había traído agua
del Ganges desde Kasi. Ese pequeñín trabajaba a diario con los
demás, regando diariamente las plantas con esa vasija. Al ver a
esta “ardilla” cumpliendo su parte del Seva, Baba le había palmo-
teado la espalda diciendo: “¡Sigue así! ¡Agua de Puttaparti en un
recipiente de Kasi! Bien”.
Como Baba formaba parte del grupo que era fotografiado,
me dio las instrucciones acerca de cómo y cuándo tomar la foto.
A Su voz, disparé, exactamente como me lo había indicado.
Cuando los devotos comenzaron a clamar por copias, Baba, ¡po-
bre de mí!, me presentó como el culpable. Al parecer, presioné el
botón o la tecla equivocada, ¡y la película quedó en blanco! En to-
do caso, los ceremoniosos preparativos para una fotografía con
Baba, la proximidad a Él que ofreció, la emoción experimentada
cuando Baba supervisó la formación de las filas y cuando se ase-
guró de que apareciera claramente cada bendita cara, sin interfe-
rencias en la futura fotografía, el nerviosismo de los segundos pre-
vios al click, todo ello dejó un deleite duradero. Es posible que eso
fuera lo único que quiso conceder, puesto que “la actividad produ-
ce mucho más alegría que lo que resulta de ella”, dice Baba. “El
karma es más gratificante que la consecuencia.”
175
No había un horario específico en que uno pudiera esperar
ser llamado por Baba para una conversación personal. Las perso-
nas podían comunicarse con Swami y obtener valor, consuelo,
consejos confortantes y curaciones durante el Padapuja (adoración
ceremonial de los pies del Gurú, una modalidad normal y tradicio-
nal de culto) que, en aquellos días, Él le permitía a cada familia pe-
regrina antes de que volviera a casa. Cuando los visitantes traían
consigo a un bebé cuyo pelo de nacimiento había de ser cortado
en un momento auspicioso, mediante ritos apropiados, o a quien
había que asignarle un nombre por el que habría de ser conocido
a lo largo de su vida, o que debía ser alimentado con el primer bo-
cado de arroz, Swami entraba al alojamiento en donde hubieran
sido acomodados, mientras todos los demás estaban dedicados a
cantar bhajans. Solía sentarse entre ellos, cortando unos mecho-
nes del pelo del bebé, darle al mismo un nombre según Su volun-
tad o colocar en su boca con Sus dedos un poco de arroz endulza-
do. Si lo que se solicitaba era la iniciación al alfabeto, Baba untaba
un anillo o una moneda de oro en miel y con eso escribía OM, la
letra mística, sobre la lengua. O tomaba la pizarra que el niño sos-
tenía y, después de santificar su marco con marcas de rojo y ama-
rillo, escribía en ella las letras OM con tiza, para que el niño si-
guiera los trazos y aprendiera a gusto. El OM es la fuente, la co-
rriente y la suma de todos los sonidos que pueden emitir las cuer-
das vocales humanas. En estas ocasiones, Él crea, invariablemen-
te, una cadenita para medallas que se considera un talismán y que
coloca en el cuello al niño.
Cuando llega una familia con una persona enferma, se hacen
más frecuentes las visitas a su alojamiento. Giran esas manos y de
ellas caen en abundancia cenizas curativas, píldoras, tabletas y cáp-
sulas desconocidas en el inventario farmacéutico. Swami ha dicho:
“Es la mente del hombre la realmente responsable de su enferme-
dad o su salud. Es así que, cuando se trata de sanar o de curar, ha
de ser creada para este propósito la sufriente fe en su mente. Todo
lo que hago es hacer que invierta la confianza, la fuerza de voluntad
en sanarse. Los resultados deseados son producidos por la abun-
dancia de Mi Amor, en reciprocidad por la intensidad de la fe del
devoto en Mí”.
176
No obstante, es tan espontánea la compasión que Él no retarda
la cura hasta que no brote y crezca en intensidad la fe. Da tres pa-
sos hacia la persona que sufre, incluso antes de que ella sepa que
debe dar el primero. Aún no existía hospital alguno en el recinto, de
modo que muchas de las viviendas eran pabellones para enfermos.
Mi madre estaba sentada un día en la galería, cuando un grupo de
gente de Madhya Pradesh le preguntó: “¿Cuánto tiempo ha estado
aquí?” Ella respondió: “Cuatro años”. Quedaron asombrados y ex-
clamaron: “¡Hace cuatro años que está en este lugar y aún no ha
sanado!” Habían traído con ellos a una niña enferma, ¡y la respues-
ta de mamá les pareció mala noticia! No pude explicarles que todos
nosotros estábamos recibiendo medicación y rehabilitación. Baba
dijo una vez que nos estaba tratando para la anemia de la voluntad,
la miopía del orgullo, la ictericia (envidia) de la visión y la contrac-
ción del corazón.
Escribiendo sobre Sus modalidades de tratamiento, recuerdo
un extraño “modus divinitas” del que fui testigo una mañana me-
morable.
Estaba en el Nilayam un refugiado de la ex Provincia del Sind,
con su hija que presentaba el problema de estar afligida por trastor-
nos mentales. Se reía y lloraba, vagaba apática o se enfurecía sin ra-
zón aparente. Murmuraba para sí un mismo conjunto de sílabas to-
do el tiempo. Baba toleró sus rarezas y explosiones por algunas se-
manas. Le había asegurado al padre que curaría el mal antes de que
dejaran el lugar. Había llegado la hora y Baba se encontraba en Su
habitación. Le aplicó vibhuti en la frente. La niña se desplomó de-
lante de Su silla. Baba puso Sus palmas a los lados del cráneo y,
mientras iba aumentando poco a poco la presión, pudimos ver có-
mo brotaban de la raíz de cada cabello unas gotas de un líquido café
oscuro que, escurrido sobre una bandeja, llegó a una cantidad de
unas diez onzas y media. Cuando ya no quedó más material que es-
trujar, Baba se levantó y se lavó las manos con jabón. El grupo par-
tió hacia Bukkapatnam en una carreta para llegar a la estación de
ferrocarril de Dharmavaram, en un autobús.
Pasaron tres años. Baba estaba en Bombay. Decidió visitar el
Campamento de Refugiados de Sind, en uno de los suburbios, para
bendecir al padre y a su hija. Ella corría por toda la casa para aten-
177
der a los devotos que se habían reunido para el darshan de Baba.
Ella cantaba bhajans con entusiasmo y demostró que había sido “re-
modelada” en una robusta y feliz beldad.
Con posterioridad fui testigo de dos “estrujamientos de crá-
neo” más. Mi vecino en Prashanti Nilayam tenía como esposa a
una mujer que sufría de ataques epilépticos intermitentes que la
habían vuelto temerosa, débil e inestable. Baba la volvió a la nor-
malidad con el mismo tratamiento heterodoxo. Exprimir a través
de las raíces del cabello el líquido pútrido sanó a otra dama, hija
de un devoto de Bangalore, que sufría de ataques de histeria recu-
rrentes.
Cada vez que le cuento esta historia a mis amigos, ¡ponen en
duda mi sanidad mental! Sin embargo, se muestran renuentes a de-
círmelo en mi cara, por temor a que yo dude de la de ellos. Se pre-
guntaban: “¿Cómo fue que este individuo, cuya prodigiosa increduli-
dad y sentido del humor solía demoler la reputación de impostores
y fakires, embusteros y farsantes, haya podido ser una presa tan fá-
cil para un Baba, a quien le dobla la edad?” Dicen que a un hombre
se lo juzga por la compañía que frecuenta. Pero a mí se me juzgaba
por la compañía una vez que les dejé. Se sentían terriblemente su-
periores a mí y se aferraban con un loco fanatismo a sus anticuadas
concepciones.
Afortunadamente, mi fe en el Amor, la Sabiduría y el Poder de
Baba, en lo milagroso de Sus acciones, en la eterna intangibilidad
de lo Divino, se iba profundizando proporcionalmente a la compa-
sión y el desprecio que mis anteriores admiradores y amigos sentían
por mí. No podía sino compadecerlos como retribución, porque sus
ojos estaban velados por el prejuicio y encandilados por la autoesti-
ma. En lo concerniente a las experiencias que iba ganando en la
presencia de Baba, no podía sino “exclamar”, pero no “explicar”.
Me sentía atraído por Su Esplendor y no ofendido por Él, como le
sucedía a esos otros. Gracias a Dios había logrado salir a gatas del
purgatorio de la duda. Algunos amigos habían venido hasta Putta-
parti para confirmar su juicio acerca de mi cociente intelectual. Mas,
como dijera Jesús: “Viendo no podían ver, escuchando no oían,
tampoco comprendían, porque sus corazones se habían endureci-
do. Y sus oídos se habían ensordecido y sus ojos los habían cerrado,
178
no fuera que vieran, oyeran y entendieran, en cualquier momento,
con el corazón, y se convirtieran”.
Las sesiones de bhajans se realizaban en la Sala de Oración,
frente al retrato de Baba y al de la encarnación inmediatamente an-
terior de la Divinidad, el Sai Baba de Shirdi. En las murallas de la sa-
la colgaban retratos de santos y líderes espirituales pertenecientes a
todas las épocas y tierras. Baba me comisionó para traer desde
Bangalore retratos de gran tamaño de Zoroastro, Buda, Mahavira,
Jesús, Shankara, Ramanuja, Madhwa, Nanak, Meera, Surdas y Ba-
sava. Cantamos a coro muchos himnos y plegarias que rogaban por
la paz y la pureza, que Baba había compuesto, y que nos enseñara
cuando nos sentábamos a Su alrededor en las arenas del Chitravathi
o en el prado frente al Mandir.
Muchos de estos cantos nos explicaban los pasos del progreso
espiritual. Unos nos hacían entender la lección de levantar la man-
sión de la vida sobre los pilares de concreto de la Verdad, el Vivir
Correcto, la Paz Interior y el Amor. Otros nos enseñaban a conocer
a la Divinidad como Verdad, Sabiduría y Eternidad. Los himnos es-
taban dedicados a la adoración de las variadas Formas de Dios co-
mo las visualizaran los santos y místicos de todos los países. Nos ha-
cían recordar aquella Gloria y Majestad que energiza a las criaturas,
tanto a las vivientes como a las que están luchando por entrar en la
corriente de la vida. Cada Nombre que denotaba al Uno evocaba
una emoción, un destello, una fragancia, porque representaba una
épica encerrada en una sílaba o una Escritura resumida en una Pala-
bra. Cuando los mellizos Rama y Lakshmana, que por algunos años
cantaran en la All India Radio de Nueva Delhi, se quedaban en el
Nilayam, Baba les impulsaba a cantar con Él las composiciones en
telugu del místico del siglo XVIII, Thyagaraja.
Ante una reunión en Tirupati, Baba declaró una vez: “¡El
afecto que siento por Thyagaraja data desde hace siglos! Cuan-
do cayera muy bajo el nivel de la conducta moral, recetó la dro-
ga del Ramanam en atractivos envases. El raga es apropiada
para el ritmo emocional de la idea que se explica en el canto; la
marca del compás es apropiada para la elaboración del signifi-
cado; los adjetivos ordenados en aliteraciones dictan los interva-
los y acentos. Ellos conducen a la voz por los atractivos arcos
179
de la arquitectura de la canción, despertando, a través de sus vi-
braciones, las energías yóguicas tanto del cantante como del
oyente”.
Después de oír una de las composiciones de Thyagaraja inter-
pretada por Baba, un anciano conocedor de música no pudo conte-
ner su emoción. Exclamó: “¡Swami! ¡Siento que fue Thyagaraja
mismo el que acaba de cantar!” Baba se volvió hacia él: “Y, a pro-
pósito, ¿quién crees que inspiró a Thyagaraja para cantar así?”
Al Niño Divino le encantaba cantar las composiciones de Thya-
garaja, Bhadrachalam Rama Das y Purandara Das, hasta tal punto
que no le gustaba que ninguno de nosotros, por ninguna razón,
perdiera la función. Durante Su ronda de visitas de la tarde, Él mis-
mo difundía las buenas noticias: “Voy a cantar hoy en la hora de
bhajans”. Y, con los mellizos a la zaga, Su voz nos mantenía hechi-
zados por una hora o más. Tenía algunos temas favoritos que inter-
pretaba frecuentemente. El canto “Brochevarevaru” le asegura al
hombre que Dios tiene un Poder infinito que maneja con infinita
Misericordia. La lección entregada por otro de Sus predilectos, “Ra-
ma nannu”, es que el Señor activa todo el Cosmos, tanto el macro
como el micro: Brahma y la hormiga; el “Endaro” nos comunicaba
el mensaje que Baba gustaba implantar: “Saluden a todas las gran-
des almas, que han vivenciado al Señor, que gozan ofreciendo sus
talentos a Dios, que mantienen una permanente solicitud por la hu-
manidad sufriente, que descartan las dudas y las discusiones sobre la
Divinidad, que han captado las enseñanzas esotéricas encerradas en
las Escrituras y que se dedican a alabar la gloria del Señor”.
Otra composición que le he oído cantar con deleite es “Mun-
du Venaka”. Se trata de una plegaria para la cual, como sabía-
mos, Baba mismo es la respuesta. Thyagaraja clama a Rama:
“¡Ven, Señor! ¡Sálvame de los peligros, frente y atrás de mí, a la
derecha y también a la izquierda. ¡Ven pronto! ¡Ven con Tu inven-
cible e infaltable Arco!” y Baba declaraba: “Frente a cada llamado
de ustedes, les guardaré como el párpado al ojo; estaré detrás de
ustedes, junto a ustedes, a vuestro lado y alrededor de ustedes”.
Baba nos enseñaba con dádivas el rogarle a Dios. No hacía más
que recordar la afirmación de las Upanishads acerca de Su Omni-
presencia, la que el hombre ha empujado perversamente al olvi-
180
do: Purastaad Brahma (Brahma frente a ti), Paschad Brahma
(Brahma tras de ti), Dakshinathah (a tu derecha), Uttarena (a tu iz-
quierda), Adhah (por debajo de ti), Oordhwam (por encima de ti),
Brahma eva (Brahma solo), Idam Viswam (este Cosmos). Baba
aplastaba la maleza de la impotencia que duerme en nuestros co-
razones y la despertaba para que creciera hasta un Arbol del Bod-
hi. La canción “Ninu Vina” despertaba en nosotros un anhelo de
otra clase. Thyagaraja describe en ella la dicha que lo embargaba
al contemplar la belleza de Rama. Cuando Baba nos llenaba con
la melodía de esa canción, atraía nuestra admiración trascendente
hacia Sí Mismo. Reconocíamos y venerábamos cada una de las fa-
cetas que fascinaban a Thyagaraja en Baba mismo: la sonrisa, el
porte, el destello, la finura, la gracia, la delicadeza.
Incidentalmente, los cantores mellizos aprendieron muchas lec-
ciones de música con Baba: ésta era la razón por la que tomaban el
camino a Puttaparti cada vez que tenían la oportunidad. Baba notó
que su idioma tamil hacía que distorsionaran bastante las frases en
telugu de las composiciones de Thyagaraja, produciendo a menudo
perversiones rayanas en el ridículo. Para dar un ejemplo de muchas
de estas instancias, estaban caricaturizando inocentemente una su-
blime expresión de humildad en una de las canciones de Thyagara-
ja, ¡dejándola como un desafío irreverente y hasta insolente! Pro-
nunciaban “pogada kunte’”como “pokoda tinte” y masacraban la
canción, porque con ello, profanaban desastrosamente su sentido.
En lugar de “¡Oh, Señor! Tu gloria es alabada por sabios y profetas.
No puede ser menguada por el silencio de este pobre y pequeño in-
dividuo”, lo desfiguraban en “¡Oh, Señor! Tu gloria no puede ser
menguada si como un bocado picante frito en aceite”. Baba sacó a
carcajadas estos lapsus de las mellizas lenguas.
Baba era, en verdad, un Canto en movimiento, Música en ac-
ción. Cuando era el centro de una pléyade de devotos de habla kan-
nada, canturreaban en voz alta “Thallanisadiru Kandya. Thalu Ma-
nave” (No tiemble de temor, oh mente) una canción de Pundara
Das o una Vachana de Basavana: “Kalla Naagara Kandare” (Cuan-
do ven una serpiente de piedra) o un Ragale de Harihara sobre
Kumbaara Gundanna (El santo alfarero Gundanna). Cuando se sen-
taba a Su alrededor un grupo de devotos de habla tamil, los versos
181
eran de Gopalakrishna Bharathi sobre Nandanar o de Arunagirinat-
ha sobre Muruga o de Andal sobre Vishnu. La melodía se hacía ca-
da vez más nueva cuando nuestras mentes se acercaban cada vez
más a Él. ¡Oh! Cada línea y curva eran un pacificador para el cora-
zón, un tónico para los miembros, un bálsamo para el cerebro y un
maná para la mente.
También nosotros, en cada una de las casas a las que entraba,
cantábamos un salmo o dos cuando Él aceptaba quedarse tan lar-
go rato. Mi mujer se atrevió a cantar un día una plegaria en kan-
nada, dirigida a Él, que había estado practicando empeñosamente
por varios días. Comenzaba con “He venido con plena fe en ti,
¡Oh Majestuosa Maravilla! No sueltes mi mano”. Baba, sentado,
nos observaba parados silenciosamente con las palmas unidas.
Cuando ella dejó de cantar, Él comenzó a cantar una tranquiliza-
dora respuesta al ruego. La cantó en el idioma que era la lengua
materna de mi mujer. “¿Por qué temes?”, pareció preguntar. “Sai
Baba te dará dádivas incluso antes de que se las pidas. Él vendrá a
salvarte incluso antes de que clames por Él”.
En ocasiones, Él anticipaba la canción con la que los de-
votos estaban preparándose para darle la bienvenida a sus ho-
gares, ¡y entraba tarareándola audiblemente! Un día, estando
en Bangalore, Baba prometió venir a mi casa, “Ashoka” en
Wilson Gardens y la anticipación de Su visita nos tenía muy
excitados. Mi mujer estuvo ensayando y tenía una canción
preparada. Mi madre “compuso” una acerca de la singulari-
dad de este Avatar y la tenía lista en la punta de la lengua.
Cuál no será nuestra sorpresa cuando Baba se bajó del coche
cantando en voz alta los primeros versos de la canción que mi
mujer tenía la intención de cantarle tan pronto entrara en el
santuario de nuestra pequeña vivienda: “¡Baba, el de la ilimi-
tada compasión!”, comenzaba. Le pidió a mi mujer que can-
tara el resto del poema. A mi madre le dio una inmensa ale-
gría al pedirle que repitiera su composición: “Entre todas las
piedras preciosas que he visto y que he querido, ninguna es
tan bella como la gema Sai Ram”. Baba dijo “Bien”, cuando
mamá le tocó Sus pies. Luego me pidió que encendiera la lla-
ma de alcanfor. “¡Comienza! Sadaa enna hrdayadalli”, me di-
182
jo (‘Siempre en Mi Corazón’) para que hiciera girar la llama
del Arati. Y ésa era la canción del Arati que yo compusiera y
que se usaba cada vez que se cantaban bhajans en la casa de
Bangalore. “De modo que Él escucha todos nuestros bha-
jans”, nos dijimos.
Todos los días había sesiones de bhajans que duraban una ho-
ra en el Salón de Oración. La tarea de girar la llama del Arati le
fue asignada a Seshagiri Rao algunos meses después de la inaugu-
ración del Prashanti Nilayam. Baba se levantaba de Su silla de pla-
ta para recibirlo y a continuación se acercaba a los recipientes que
contenían las ofrendas de comestibles y las consagraba probando
algunos granos. Luego se paraba cerca de la puerta de salida ha-
cia el Norte, para que los hombres pudieran hacer el Padanamas-
car al ir saliendo y, después que todos se hubieran retirado, atra-
vesaba el hall hacia la puerta Sur para conferirle la misma gracia a
las mujeres.
En aquellos días, Dasara se celebraba en el Nilayam mismo.
Era más evidente la participación femenina y también más entu-
siasta que la de los hombres, puesto que Dasara se dedica al culto
de la Madre que cría, bendice y educa a sus hijos. Tanto en la ma-
ñana como en la tarde de cada día, las mujeres se sentaban en fi-
las dentro de la Sala de Oración, cada una con una foto de Baba
colocada frente a sí y recitaban los mil ocho nombres de la Madre
en sus diferentes encarnaciones. Le ofrecían el Puja con los rojos
polvos de kumkum a Baba, la personificación trina de Durga,
Lakshmi y Saraswathi. Siendo que en ninguna parte de esta Ma-
dre Patria se les permitía a las viudas participar en este tipo de
culto, Baba les abría también las puertas. Su compasión se rehu-
saba a mantener a los infortunados en el ostracismo. Hacia el fi-
nal del Puja, Baba entraba a la Sala y caminaba por entre las filas
de mujeres, otorgándole a cada una un momento para tocar los
pies de Loto, al detenerse frente a ella. Los montoncitos de kum-
kum cargados con el contacto santificador del retrato y las vibra-
ciones de la devoción, se recogían y se guardaban hasta el décimo
y último día del Dasara, cuando Baba mismo los vertía sobre el
Idolo de Plata del Sai Baba de Shirdi, el cual, en ese día, oficiaba
como el símbolo silencioso de Swami mismo.
183
En las tardes, Baba pasaba en procesión por las calles de Putta-
parti, e incluso después de volver a entrar a Prashanti Nilayam, per-
manecía sentado en un jeep que era decorado de manera diferente
cada día, por las manos de los devotos, ya sea como Hamsa o Gar-
duda, Carro de Combate o Vimana, como también de Palanquín.
Las calles de la aldea eran demasiado angostas como para permitir
el movimiento de las multitudes de devotos, de modo que Baba re-
dujo el evento, más adelante, a un solo día: el décimo. Los bhajans,
los nadaswaram, las gaitas, los tambores y los fuegos artificiales lo
convertían en un fabuloso festival popular. Por supuesto que la ma-
yor fuente de alegría era la emergencia desde el Divino Entrecejo de
vibhuti, kumkum o rayos de Luz. Los aldeanos lo denominaban el
“Vibhuti de Kailas”, puesto que en los antiguos textos, el Dios Shiva
que reside en la cima del Monte Kailas, lleva gruesas líneas de ceni-
za sobre Su frente y cubre todo Su cuerpo con ella.
Un día, cuando tuve la oportunidad de decirle el nombre
que se utilizaba comúnmente entre nosotros para el vibhuti,
explicó: “Shiva se unta el cuerpo con las cenizas que recoge
de los lugares de cremación donde se ha quemado en la pira,
el cuerpo de una persona buena y piadosa. ¿Quieres que te
dé un poco? Un sadhaka muy piadoso ha muerto y su cuerpo
ha sido entregado al fuego a orillas del Ganges”. Diciendo es-
tas palabras, hizo girar Su mano y aparecieron en Su palma
algunas onzas de cenizas. Cuando las vertió en mi mano, temí
quemarme. Estaban calientes. “Ésta es la ceniza que Shiva
bendice”, dijo.
El Festival de Dasara le confirió a los devotos diez días de un
exquisito éxtasis. No éramos sino unos cuantos cientos, bastante
para llenar la Sala de Oración del Nilayam. Al igual que en el Viejo
Mandir, también aquí se nos daba desayuno, almuerzo y cena todos
los días, de modo que todo el día podía pasarse orando y haciendo
penitencia. Uno de los días se dedicaba a los hijos de los devotos:
cantaban bhajans y actuaban obras basadas en las épicas. Baba mi-
maba a los participantes y estimulaba a los niños para que recitaran
y comieran golosinas. Otros días, los escolares de la aldea, los de los
grupos de Pandan Bhajan y niños del Instituto Superior Sathya Sai
184
Baba en Bukkapatnam, presentaban un programa de ejercicios y
gimnasia. Un día se dedicaba al servicio social: limpiando calles y
pasajes, alimentando a los menesterosos, distribuyendo vestimentas
a los indigentes, además de charlas dictadas por los que tenían ex-
periencia en estas actividades de servicio.
El Día del Niño, que se celebró a partir de 1945, fructificó en
las clases de Bal Vikas en todo el mundo y en la “Educación de los
Niños en Valores Humanos”, cuya adopción ha ido en aumento en
todos los Estados de la India. El Día del Servicio Social también se
ha ido expandiendo hasta la formación del Seva Dal, en el que unos
treinta mil hombres y otras tantas mujeres son instruidos para brin-
darle, con amor, diferentes servicios al prójimo.
Los pocos pandits que llegaron hasta Puttaparti tuvieron la
oportunidad de explicar pasajes de las Escrituras y fueron bendeci-
dos por Baba con regalos tradicionales. El noveno día de Dasara es-
taba marcado por el Saraswathi Puja, la adoración de la Diosa del
Saber. Al atardecer de ese día, estudiosos del telugu y el sánscrito,
incluyendo a Vidwan Seshama Raju, el hermano de Baba, leían y
explicaban los poemas que habían escrito acerca de Baba y las ben-
diciones que esto les significara. También yo me atrevía a leer uno o
dos versos en inglés y en kannada cada año, en la presencia del
“Kaveenaam Kavi”, el Poeta de poetas.
También llegaban músicos para estar en la Santa Presencia y se
les permitía exhibir sus talentos. Baba respondía con alegría cuando
los naturales anhelos por la Visión de Dios se reflejaban en el desa-
rrollo de un raga o la interpretación de una canción. Recuerdo que,
cuando estaba cantando Honnappa Bhagavathar, el famoso vocalis-
ta de Bangalore, ¡Baba se levantó de Su silla de plata y se fue a sen-
tar junto a él en el estrado, entre los artistas que tocaban el violín, el
mrudanga, el ghatam y el tambor! Cuando terminó el programa,
Baba creó un collar de oro para él y se lo colgó al cuello con Sus
propias manos. Aunque relaté esa historia en Sathyam Shivam
Sundaram, vale la pena repetirla aquí, porque yo mismo fui testigo
emocionado del desconcierto, la desesperación y la renovación del
músico.
Camino de regreso a Bangalore, Honnappa Bhagavathar y
sus amigos evaluaron el valor en quilates de oro. Se enredaron
185
en estimaciones divergentes de su valor monetario. No vacilaron,
tampoco, en cuestionar hasta la genuinidad del milagro. Pronto
se vieron metidos en una parte inundada del camino que le impi-
dió avanzar al coche en el que viajaban, puesto que las aguas pa-
saban furiosamente sobre él. De modo que se detuvieron para es-
perar la mañana siguiente, acurrucados dentro del mismo vehícu-
lo. Cuando bajaron las aguas y se pudo hacer partir el auto, des-
cubrieron que el collar había desaparecido del cuello de Bhaga-
vathar. No se lo encontró en parte alguna. No podía ser recupe-
rado y el músico decidió retornar a Puttaparti y pedir perdón.
Baba me había hablado de la tragedia que le había sucedido, an-
tes de que llegara. Por ende, me fue difícil controlar mi excita-
ción frente al desenlace de los apuros del famoso músico. Se
mantuvo de pie, deprimido, apoyado en uno de los pilares, repri-
miendo los sollozos y las lágrimas, hasta que se rompieron los di-
ques cuando Baba se acercó a él.
Baba lo mimó y lo acarició por largo rato. “No había nada de
malo. No es sino lo que cualquiera habría hecho. Además de que
los otros te incitaron. Así y todo te quiero. Aprecio las dudas, ya
que sólo ellas pueden confirmar la fe. ¡Bien! Aquí lo tienes de nue-
vo: el mismo. Cualquier cosa que Yo cree es parte de Mí y debe re-
tornar a Mí”. Diciendo esto, hizo girar Su mano y el perdido collar
le fue devuelto al asombrado penitente.
Debo consignar aquí mismo lo que le sucediera veinte años
más tarde a un cierto ingeniero noruego, de apellido Tide-
mann. Cuando se despidió de Baba para dirigirse a Bangla-
desh, para hacerse cargo de un proyecto en el Puerto de Chit-
tagong, el que se estaba reconstruyendo en gran parte, Baba le
creó un anillo y se lo puso en el dedo índice de la mano dere-
cha. Seis meses más tarde, apareció repentinamente a las puer-
tas del “bungalow” de Baba en Brindavan, Whitefield. Viendo
que estaban por comenzar los bhajans, se escurrió hacia un rin-
cón y acomodó su humanidad entre el Dr. S. Bhagavantham y
yo. Baba lo miró y preguntó: “¿Dónde está el anillo?” Tide-
mann respondió avergonzado: “¡Perdido!” “¿Dónde?”, pregun-
tó Baba. “Estando en Chittagong, estaba bajando por una cuer-
da por el casco de un barco y caí al río”, explicó Tidemann.
186
“¿Cuándo?” “El 23 de febrero”. “De eso hace tres meses”, me
dije para mí mismo.
Vi que la palma giraba una, dos veces y luego se cerraba
sobre algo que estaba por caer de ella. Lo levantó entre dos de-
dos y nos lo mostró para que pudiéramos ver que era el ani-
llo… ¿Pero, era “el anillo”?, fue la pregunta que surgió en la
mente de todos. Estaba a punto de preguntar, cuando se me
anticipó el Dr. Bhagavantham… ¡No pudo controlar su curiosi-
dad científica! Baba se volvió hacia él y dijo: “¿Cómo? ¿Tu fe
no es firme todavía?”
Entretanto, Tidemann se levantó y fue a tocarle Sus pies.
Baba colocó el anillo en su palma extendida, con las siguien-
tes palabras: “Es el mismo. ¡Cayó en Mis manos! Yo estoy en
ese río. Yo estoy en todas partes; Mis ojos, Mis oídos, Mi ros-
tro, están en todo lugar. Yo permanezco envolviéndolo todo”.
Esa tarde volvimos a escuchar, una vez más, la afirmación de
las Upanishads, demostrando que Bhagavan ha venido en la
forma de Sai para eliminar el velo de la duda de nuestras re-
trógradas retinas.
Gayanapatu Saraswathi Bai llegó durante otro Dasara. La
anciana dama emocionó a cientos de devotos con su recital de
música. Su cuerpo de setenta años respondió a las exigencias de
resistencia y de memoria. Cuando se despidió, Baba le regaló un
sari de Benares. Algo más tarde, el mismo día, le dijo a algunos
de nosotros que tal vez el largo de la seda no iba a ser suficiente
para el estilo en que ella usaba el sari. Algunas señoras confirma-
ron que Saraswathi Bai usaba saris de dieciocho codos de largo,
y éste medía sólo doce. Baba pretendió sentirse triste. Examinó
otros saris de Benares del mismo lote y descubrió, con aparente
“desconsuelo” que también eran cortos. Unos días después, sin
embargo, recibí una carta de la distinguida cantante en la que
describía su asombro frente al milagro. Supo que el sari que le
habían regalado era demasiado corto, de modo que decidió usar-
lo sólo en la privacidad de su santuario doméstico. ¡Cuál no sería
su sorpresa cuando descubrió que la voluntad de Baba no sólo lo
había hecho estirarse hasta los dieciocho codos, sino a unas
cuantas pulgadas extra!
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Vidwan R. Chowdiah, el renombrado virtuoso del violín, ameni-
zó otra tarde con su espléndido recital. Al final de la hora de ejecu-
ciones, Baba, que estaba sentado en Su silla de plata rodeado por
algunos de nosotros, hizo girar la mano y creó una medalla de oro
para él. Chowdiah se levantó para recibirla, mas, cuando Baba esta-
ba por ponerle el regalo en la mano, lo retuvo, diciendo: “¡Oh! Tú
ya tienes muchas medallas. Ésta debe tener grabado el nombre”. Y
sopló Su aliento sobre ella, mientras colgaba de Sus dedos y ¡oh
sorpresa!, se encontró que llevaba inscripto “Presentada a T. Chow-
diah por Bhagavan Sri Sathya Sai Baba” en el reverso, con una ar-
tística caligrafía.
¡Vendaval de milagros! Fueron gloriosos días para nosotros los
de esa época en Prashanti Nilayam. Casi no nos habíamos dado
cuenta de que el Prashanti Nilayam carecía de límites y que los mila-
gros no conocían restricciones geográficas, raciales o religiosas. Ca-
da vez que se nos confirmaban atisbos de la gloria, nos emocioná-
bamos con la toma de conciencia de la magnificencia de Baba.
En esos tiempos, Baba no dictaba discursos durante Dasara. De
hecho, por muchos años, se estaba limitando a discusiones o con-
versaciones de grupo y a sesiones de preguntas y respuestas cuando
los devotos se sentaban alrededor Suyo y planteaban puntos sobre
Sadhana o Filosofía. Incluso ahora disfruta con estas reuniones de
pariprasna. Durante uno de los días de Vijayadashami, cuando se
mecía en el columpio adornado con flores que se usaba durante el
programa de Dasara fue que bendijo a la concurrencia con Su pri-
mera “Charla” o “Discurso”.
El año era el de 1953. Afortunadamente tenía mi pluma en el
bolsillo y alguien me prestó algunas hojas de papel. Pude anotar
Sus palabras y transcribirlas. Comenzó con la Confesión: “Todos
estos años he estado dando consejos y respuestas a preguntas in-
dividuales. Ellas eran como paquetes disponibles en tiendas espe-
ciales, entregados a quienes las visitan con el deseo de obtener lo
que en ellas se vende. Sin embargo, un discurso como éste, debe
ser como un bazar, una feria, en donde hay una variedad de artí-
culos a disposición de clientes de todo tipo. Pese a que un discur-
so mío representa para ustedes una experiencia nueva, no es algo
nuevo para Mí. Me he dirigido a grandes asambleas de buscadores
188
en el pasado, aunque no personificado así. Cada vez que el Abso-
luto Sin Forma y Sin Atributos devela el misterio y aparece ante el
género humano como Hombre, debe enseñar e instruir con el ob-
jetivo de cumplir con Su tarea.
Permítanme hacer un paréntesis dentro del relato. Estando
en el carro de combate, Sri Krishna le reveló a Arjuna lo que
Baba nos revelara aquel día estando en el “joola”. Dijo: “Le he
dictado discursos, Eras atrás, acerca de esta senda perenne al
Vivaswan. El mismo misterio te lo declaro a ti ahora. Han sido
muchas Mis apariciones en el pasado”. Como lo declarara Ba-
ba, Rama dictó frecuentes discursos en el Ramayana para gran-
des multitudes, desde Su trono.
Continuando Su discurso, Baba dijo: “Los primeros dieciséis
años de esta carrera terrenal han sido dedicados al Lila (juego y ju-
garretas), los próximos dieciséis se dedicarán al Mahima (manifes-
tación del Poder y la Gloria). Después del trigésimo segundo año,
me verán cada vez más activo en la tarea del Upadesha, la ense-
ñanza a la humanidad equivocada y el dirigir al mundo por la sen-
da del Sathya, el Dharma, el Santhi y el Prema. Lo que no quiere
decir que haya excluido al Lila y al Mahima a partir de ese año.
Sólo quiero decir que el restablecer el Dharma, el corregir la dis-
torsión de la mente humana y el guiar al género humano de vuel-
ta al Sanathana Dharma, será mi principal tarea de ahí en adelan-
te”. ¡Sin embargo, el Señor es compasivo y tiernamente miseri-
cordioso! Incluso al anunciar estos límites cronológicos, había
anunciado, misericordiosamente, Su propio programa de Upades-
ha por cinco años…
Como era usual, cuando terminó la función del Joola de ese
día, las mujeres devotas insistieron en un elaborado Arati, que com-
prendía no menos de ciento ocho lámparas movidas por otras tan-
tas personas y también, la presentación de una variedad de frutas y
dulces. Todo terminó con el canto por ellas de sones tradicionales.
El Cumpleaños de Bhagavan, celebrado el 23 de noviembre,
era en esos años, una reunión de vuelta a casa, un encantador
festival de familia. En esos días, más que en otros, Baba era la ni-
ña de nuestros ojos, el rayo de sol de nuestros corazones, el teso-
189
ro a nuestro alcance. Y Él nos permitía mimarlo libremente. Du-
rante algunos años, incluso después de trasladarse al Prashanti Ni-
layam, Baba visitaba las residencias de las “hermanas” y comía Su
almuerzo con ellas y con los “padres”; tiempo después, le traían
los platillos especiales que ansiaban, hasta el Nilayam mismo. En
las horas de la mañana, Baba se sentaba en el estrado occidental
de la Sala de Oración, aquel en el que estaba instalada la imagen
del Sai de Shirdi. Aquel día tuvo que cederle el lugar al Sucesor.
Los padres, el hermano mayor con su mujer y unos pocos devo-
tos ancianos con sus mujeres subían y ungían a Baba con algunas
gotas de aceite puestas en la corona de cabellos. Esto no era más
que un rito simbólico del “baño de aceite” que la mayoría de las
personas del sur de la India reciben para sus cumpleaños y otras
fiestas sagradas.
Se trataba de una función médico-religiosa que la cos-
tumbre le ha impuesto a hombres, mujeres y niños, para ser
celebrada, al menos una vez por mes, si no más frecuente-
mente. También Baba fue sometido a ella durante su niñez y
como púber. Más tarde, cedió ante las súplicas de los devo-
tos y continuó con los “baños de aceite” hasta cerca de los
años ’60.
Permítanme recordar y relatar, entre paréntesis, las infre-
cuentes oportunidades en que se le aplicaba aceite a Su cuer-
po y se lo lavaba después. Algunos de nosotros tuvimos la en-
vidiada suerte de jugar un papel en esta Ceremonia: saludába-
mos la ocasión como un Don de Gracia. Se elegía una de las
habitaciones residenciales con más espacio y libre de mue-
bles. Los devotos la limpiaban concienzudamente el día ante-
rior al del “Baño”. Se colgaban festones de hojas verdes y se
hacían auspiciosos dibujos en el piso con harina de arroz. Ba-
ba llegaba hasta aquí cerca de las 9 de la mañana. Sólo cuatro
o cinco varones estábamos adentro. El fragante aceite de sé-
samo con sustancias medicinales se vaciaba en un copón de
plata. Se sacaba para pasarlo a lo largo de las filas de las ma-
dres y los padres ancianos que lo tocaban recitando plegarias.
Volviendo adentro, el aceite era vaciado sobre la corona de
cabellos y se hacía presión con los dedos vigorosamente para
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impregnar sus infinitos rizos. La precisión y la fuerza necesa-
rias le pertenecía sólo a uno o dos, los demás aplicaban el
aceite sobre la espalda, los hombros, los brazos y los pies y,
en general, Baba les ayudaba. Entretanto, los devotos llena-
ban con agua caliente un gigantesco recipiente de cobre. Pa-
recíamos estar desempeñando los papeles de Sus compañe-
ros del Gokulam. Dos de nosotros aplicábamos la pasta de
nuez jabonera para sacar el aceite, en tanto que los demás
iban vaciando vivazmente agua caliente sobre Él. Para quitar
la pasta y los restos del aceite, empleábamos jabón. Baba nos
mantenía risueñamente felices, bromeando y riéndose de
nuestras bufonadas de aficionados, recordando nuestros ab-
surdos y vicios, en otras ocasiones. Entonces llegaban las toa-
llas para el secado final.
Baba estaba rápidamente listo para pasar a la habitación
adyacente, hacia la que nosotros nos habíamos retirado. En-
traba irradiando alegría y jovialidad. Se ponía el dothi de seda
y la bata, descansando después un rato, sorbiendo a veces un
par de onzas de jugo de naranjas. Se secaba el pelo en humo
de incienso y lo sojuzgaba a Su forma. Mientras nos encon-
trábamos sirviendo a Baba dentro de las habitaciones, Brah-
masi Kamavadhani, el renombrado recitador de los Vedas
(que lleva el título de Veda Samrat que le confirieran las socie-
dades dedicadas al saber védico), aprovechaba invariablemen-
te la oportunidad para recitar, del lado de afuera de la puerta,
los mantras Namaka Chamaka que se pronuncian usualmente
cuando se le da el baño sacerdotal al ídolo de Shiva. Para él
era cierto que Baba era Shiva llevando la vestidura de un
cuerpo humano. A continuación, Baba salía para dirigirse a la
Sala de Oración y dar Darshan.
Terminado el paréntesis, prosigo. Yo era uno de los “ancia-
nos” devotos bendecido con la tarea de ungir a Bhagavan en el
primer Cumpleaños en Prashanti Nilayam. Me levanté de mi lugar
en el lado de los varones y mi mujer lo hizo en el suyo, en medio
del grupo en el que estaba sentada. Mientras me levantaba, Belce-
bú me susurró al oído una venenosa proposición: “Ésta es la
oportunidad, descubre si es una peluca de pelo afro esta corona
191
única en su género que tiene”. La voz le pertenecía a mi vecino,
un conocido de años atrás, el gerente de un banco en Bangalore,
en el que depositaba mis reducidos haberes. También yo había pe-
regrinado a través de toda una serie de camerinos en mi tiempo,
en los que uno se ponía y se cambiaba de pelucas. Con ayuda de
ellas me había metamorfoseado en Surpanakha y la Sra. Mala-
prop, en Bruto y Aurangazeb, en Vidyaranya y Brahma. De modo
que, mientras caminaba hacia el estrado, el péndulo oscilaba entre
la fe y la duda. Decidí seguir el impulso y tirar de la peluca, si ello
era posible. Mojamos la rosa en el aceite fragante y, mientras mi
mujer dejaba caer una gota de él, yo sostuve la cabeza e intenté
dar un tirón sobre un costado de la cabellera. Baba mantenía la
cabeza inclinada hacia adelante para que lo ungiéramos. Cuando
sintió el impacto de mi impertinencia, me susurró: “¡Sí! Trata de
tirar también hacia la derecha”. Sentí un escalofrío de miedo. Me
maldije a mí mismo por resbalar hacia el lodo de la sospecha. Mi
mujer se preguntaba acerca de qué me había pasado. Abatido,
volví a tomar asiento al lado de la serpiente. Hasta ahora Baba re-
lata, de vez en cuando, la mencionada historia de mi audaz expe-
rimento para algunos grupos de devotos y desata explosiones de
risas conmiseratorias para incomodidad mía.
Después del rito del ungimiento, cada uno de los presentes
subía al estrado y le colocaba una guirnalda al cuello. Algunos le
entregaban una ofrenda de cumpleaños a su Bala Sai, su Chinni
Sai (tierno pequeño Sai) que, en su mayoría, eran muestras de su
afecto y amor. Había guirnaldas de caramelos, nueces de cajú o
damascos, muñecos y modelos de coches, barcos y carros de
combate, figuritas y juguetes, peinetas y espejos, flautas y corne-
tas: todos dignos de ser aceptados debido a la sinceridad del dador
y la largueza de corazón del Receptor. Olas de alegría barrían la
Sala de uno a otro extremo cuando se iban abriendo los paquetes
y se revelaba su contenido. Todos se sentían contentos cuando
Baba expresaba sorpresa y satisfacción con el objeto de demos-
trar Su conocimiento de la devoción que inspirara la ofrenda. No
obstante, cuando Baba descubrió que algunas personas incluían
monederos llenos con tantas rupias como los años que se celebra-
ban, mostró Su desagrado frente a este desprecio del sagrado vín-
192
culo y le puso punto final a la ceremonia misma. De ahí en ade-
lante, sólo se permitieron ofrendas florales.
Durante esos años, Baba visitaba el Instituto Superior Sathya
Sai Baba en Bukkapatnam en el Día de Su Cumpleaños, cuando se
dispersaba la concurrencia en el Nilayam. El Instituto llevaba Su
nombre, porque Sus devotos habían rescatado el ruinoso edificio en
donde Baba estudiara con otros niños cuando chico. Reunieron fon-
dos suficientes como para convertir la escuela en un Instituto Supe-
rior y para trasladarlo a un nuevo edificio. Aunque era administrado
por la Comisión Distrital de Anantapur, tenía una comisión ejecutiva
de la que Baba era presidente. Este Instituto fue sustentado con
amoroso cuidado por Baba hasta que pudo seguir en forma inde-
pendiente por sí mismo.
Baba tenía que cruzar caminando el lecho arenoso del Chitra-
vathi y vadear algunas yardas de su cauce para abordar un coche
para llegar hasta Bukkapatnam, a tres millas de distancia. Lo se-
guían otros vehículos cargados de devotos. En el Instituto, después
de los bhajans cantados por los alumnos, Él le hablaba a los estu-
diantes (que llegaban a unos trescientos) y ponía en manos del Di-
rector Su regalo de cumpleaños para la institución. Recuerdo un
año en que regaló una cantidad de libros como para sofocar las es-
tanterías de la Biblioteca. En otro año obsequió un receptor de ra-
dio y en un tercer año, un conjunto de instrumentos musicales pa-
ra la banda del establecimiento.
Después de Su discurso, Baba generalmente le pedía a los estu-
diantes que fueran a Puttaparti para la fiesta de Cumpleaños organi-
zada por los devotos. Como era un trayecto de tres millas, Baba le
indicaba a los muchachos y muchachas que esperaran los coches de
los devotos para que les llevaran a la orilla derecha del Chitravathi.
Baba se sentaba sobre el grueso tapiz de verdes hojas de maní, para
que también Su automóvil se uniera al convoy. Nos mantenía ocu-
pados a todos, alimentándonos de maní, hasta que se nos hubiera
unido el último grupo de estudiantes y profesores. Los autos habían
de hacer el recorrido unas seis veces antes de lograr trasladar a toda
la escuela. A continuación, toda la concurrencia, guiada por Baba y
Sus seguidores, caminaba sobre las calientes arenas hasta el Nila-
yam. Más tarde, cuando se planificó y se construyó un camino para
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la temporada de buen tiempo, como parte de un Programa de
Combate al Hambre, Baba utilizaba un jeep para ir hasta el Instituto
por carretera y se evitaba el tránsito a través de la arena y el agua.
El Cumpleaños del Señor Krishna también es observado en el
Mandir. El centro de atención del santuario en la Sala de Oración
era un ídolo de tamaño natural de Krishna de pie tocando la flauta.
Baba le ponía al ídolo ese día un nuevo dhothi de seda y le prendía
al hombro un paño de gasa bordada en oro, con titilantes bordes de
brocato. Le colocaba cada año una nueva peluca y reemplazaba los
aros, brazaletes del brazo y los de las muñecas, los anillos y el cintu-
rón, todo lo cual refulgía con grandeza. Le colgaba hasta siete u
ocho collares de perlas y de piedras preciosas al cuello, los que for-
maban un brillante círculo de fulgor irisado sobre el ancho pecho del
Señor. Eran bañadas las vacas del Nilayam y se les ponían capas de
terciopelo sobre los lomos. Sus cuernos se pintaban de rojo, de ver-
de o de amarillo. Sus caras se adornaban con puntos de kumkum y
se aplicaba una gruesa capa de haldi en sus pezuñas. Alrededor del
cuello se les colgaban sartas de campanitas.
En la tarde se sacaba en procesión el ídolo de Krishna, precedi-
do por las vacas que se pavoneaban con sus terneros, y por los de-
votos cantando bhajans. Baba acompañaba a Krishna cuando salía
el ídolo, levantado sobre hombros piadosos. Se le llevaba frente a
las filas de viviendas al Oeste, Sur y Este del Nilayam. Los residentes
le ofrecían el Arati a ambos Krishnas delante de sus puertas. Cuan-
do sostenían una guirnalda de flores para Baba, Él la tomaba en Su
mano y la lanzaba al aire, en donde flotaba extendida en un círculo,
para caer justamente en torno al cuello del alto ídolo de Krishna.
Baba no sabía rehusarse a los ruegos de los devotos para entrar en
sus casas y bendecirlas.
Ese día se adora a Krishna en cada hogar por todo el país.
Cuando niño le encantaba la leche y la manteca, la crema y el re-
quesón, de modo que eran ésas las ofrendas que se colocaban ante
el santuario. Recuerdo Su visita al alojamiento temporal en el que
yo con mi mujer, mi hija y mi madre esperábamos para recibirle
cuando traía a Krishna consigo. Ya venía de bendecir el lado Goku-
lam y el lado Brindavan. Nuestra vivienda estaba siendo remozada
por algún motivo que ya no recuerdo y fuimos alojados en el garaje,
194
junto al “Plymouth” de Baba. Además, me había apodado “Ply-
mouth” (boca atosigadora… N. de la T.) para recordarme que mi lo-
gomanía se estaba haciendo casi insoportable.
Baba entró al garaje. Mi madre sostuvo ante Él una taza de le-
che endulzada y una pequeña bolita de manteca. A Baba le resul-
taba muy difícil desilusionar a mamá. A menudo me había dicho:
“Mantenla feliz”. Ahora, mojó un dedo en la taza y, abriendo la
boca, levantó la mano para que una gota de leche le cayera sobre
la lengua. “Paatti”, explicó, “me tomaba pocillos enteros de leche
robada cuando atravesaba Gokulam, no siento inclinación ahora
por tomar leche”. “Paatti” es el equivalente de “abuelita”. Cuando
Baba se dirigía a ella, mamá era dominada por la visión de Krish-
na, el amoroso niño azul lleno de sonrisas. Antes de que pudiera
recuperarse, Baba se había ido. Tenía la parte Sur pendiente en
Su itinerario.
El Cumpleaños de Rama también era un día especial. Baba visi-
taba el Mandir de Rama en la aldea de Puttaparti una o dos veces
en ese día y bendecía a los devotos allí reunidos. Usualmente condu-
cía a los devotos hacia las arenas y, mientras se cantaban bhajans,
Él transformaba arena en ídolos de Rama, Sita, Lakshmana y Ha-
numan. En una de estas ocasiones, colocó los cuatro ídolos sobre
una bandeja y dijo: “¿Cómo podrían permanecer estos cuatro como
entidades separadas? Deben estar juntos”. Volvió a hundir Su mano
en el mismo montón de arena y ¡oh sorpresa!, apareció una bande-
ja de plata, plana y simple, montada sobre cuatro pequeñas patitas.
“Colocaré a Rama aquí”, dijo. Cuando el ídolo se acercaba al punto
indicado, ¡apareció ante nuestros ojos un perno sobre el que podía
fijarse la imagen! Los tres restantes también fueron fijados sobre
otros tres pernos que se manifestaron misteriosamente. Lo extraor-
dinario fue que Hanuman requería de uno más pequeño, ubicado
verticalmente respecto de la línea horizontal que formaban los de
los otros tres. ¡La voluntad de Baba moldeó la fijación necesaria so-
bre la bandeja plana! Llevamos los cuatro ídolos firmemente instala-
dos sobre aquella sagrada bandeja hasta el Mandir, en donde estuvi-
mos cantando bhajans por algunas horas más. ¡Qué milagro era
aquel que habíamos presenciado! ¡Los íconos, la bandeja con pati-
tas, las fijaciones: todo creado desde la arena por el toque de aque-
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lla Mano! ¡Magnificencia! ¡Para revelarnos la importancia de Swa-
mi, para atraernos hacia Su taller en donde nos deshace para remo-
delarnos a Su imagen!
Vaikunta Ekadasi, Utharayana, Yugadi, Sivarathri y Deepavali
eran otros de los festivales que se observaban en el Nilayam. Res-
pecto del primero, se declara que las puertas del Cielo (Vaikunta)
son abiertas para todos en aquel undécimo día de la mitad luminosa
de la luna. Baba nos permitía celebrar el evento con bhajans que le
eran ofrecidos en el lecho del río. En ese día, recibíamos de Él Am-
brosía Celestial (Amritha), la que goteaba desde Sus dedos en un re-
ceptáculo. Mientras se cantaban bhajans y mientras Él marcaba el
compás levantando y bajando Sus manos, Su palma exudaba una
extraña fragancia y parecía estar saturada con una espesa miel. Ba-
ba apretaba Sus manos entre sí, manteniendo las puntas de los de-
dos sobre el recipiente y de ellos fluía el Amritha hasta llenarlo.
Durante una de las noches del Ekadasi se produjo un milagro
aun más extraño. Había cerca de trescientos devotos en las arenas.
Baba dijo: “Están sentados en el suelo en torno a Mí y Yo también
estoy sentado en el suelo. No pueden verme llenar el pocillo con
Amritha. Es una pena”. Yo estaba sentado al alcance del oído, de
modo que me armé de valor para sugerir: “¡Swami! Puedes ponerte
de pie y levantar Tus manos. Haz que un pote de Amritha descien-
da del cielo hasta Tus palmas. Todos podríamos verlo venir y habrá
suficiente Amritha para cada uno”.
Algunos días antes, en Madras, un bello y artístico vaso de cris-
tal, con loros de cristal posados en sus bordes, había descendido
desde la nada hasta las manos levantadas de Baba, el día del Cum-
pleaños de Krishna. Ese día se encontraba con Sri Hanumantha
Rao y su familia y, al finalizar los bhajans, dijo: “Les conseguiré Pra-
sad de Mathura” y apareció el vaso lleno con un maravilloso surtido
de confites hechos en Mathura.
Por ende, mi súplica no era algo tan fantasioso como muchos
pensaron. Baba reaccionó a ella con Su tan propia inescrutabili-
dad. Dijo: “¡No! Voy a crear aquello de lo que se obtuviera el néc-
tar”. Del montón de arena extrajo una gran caracola de un blanco
radiante cuya espira giraba hacia la derecha: un raro espécimen
de la venerable concha y, por ende, más sagrado. Luego se puso
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de pie para que todos pudieran tener el darshan del evento. Des-
de esa concha vacía salió gorgoteando un chorro de Amritha que
llenó hasta los bordes un recipiente de plata. El fanático dogma
científico y la adoración idólatra de la razón se darían con las
puertas del cielo en las narices. Nosotros, en cambio, fuimos testi-
gos ese día de cómo ellas se nos abrían. Más tarde, en el Mandir,
Baba puso una cucharada del néctar sobre la lengua de los cientos
que estaban presentes.
Vaikunta Ekadasi fue atrayendo cada año a más gente hacia el
Nilayam, puesto que podían observar y maravillarse, con seguridad,
ante el milagro del Amritha y arder en la Presencia de la Fuente de
la Dulzura. Durante otro Ekadasi, estando acurrucados sobre las are-
nas y Baba no solamente estaba recibiendo nuestras “alabanzas” si-
no también enseñándonos cómo articular y cantar Sus Nombres y
Glorias, dirigiendo a la congregación en sus cantos. Yo estaba sen-
tado directamente tras Él, perdido en las visiones que Su voz había
tejido para mí. Se detuvo repentinamente. Tomó el vaso de plata
para el agua que estaba junto a Él y pensé que era la sed lo que ha-
bía interrumpido la melodía. ¡Pero no! Vació el agua en la arena y
afirmó el vaso justo frente a Él. Eso era un gesto extraño. Ni una
sola vez lo había hecho antes. Me quedé observando el despliegue
de Su Voluntad. Muy pronto me di cuenta de que hipaba, suave-
mente en un comienzo y luego cada vez más fuerte y a intervalos
más cortos. Los bhajans continuaban con fervor inalterable. Con un
rápido movimiento, Baba tomó el vaso vacío y lo sostuvo cerca de
Su boca… y la fragancia invadió el aire. Se escuchó un burbujeo lar-
go y audible. Fluyó el Amritha y llenó el vaso hasta el borde. Baba
me pidió que llevara esa preciosa Medicina que cura la Mortalidad
hasta el Mandir. Cada uno de mis pasos había de representar Su
respuesta a mi oración que suplicaba no derramar la preciosa parte
Suya. Las Escrituras dicen que Garuda, el Aguila Divina, fue comi-
sionada por el Señor para llevarle Amritha a los dioses. El ave pudo
deslizarse suavemente a través del cielo claro y sin nubes. Yo, empe-
ro, ¡tuve que salvar un camino pedregoso por entre la agitada multi-
tud de hombres y mujeres impacientes, caminando cuidadosamen-
te! Logré que me rodeara un círculo de fuertes hombros para prote-
germe de los ataques de la curiosidad y el frenesí.
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Me llevaron a salvo hasta el Mandir en donde Baba esperaba
el Santo Cáliz. Con un giro de Su mano convirtió un soplo de aire
en una cuchara de oro. Los hombres se sentaron en largas filas
que se enfrentaban cara a cara. Esa cuchara no era ni una cucha-
rita de té ni una de mesa, sino de un tamaño intermedio. Debido
a esto, a medio camino, ya no quedaban sino un par de porciones
en el fondo del vaso. Baba golpeó la boca del vaso con Su palma
extendida… y se llenó nuevamente. Mientras teníamos el Amritha
sobre la lengua, Baba nos dio a cada uno un upadesh (consejo es-
piritual) además: “¡Pon cuidado! Con el Amritha esto ya no se
contaminará”, indicando que ninguna mentira debería corromper
nunca más la lengua sobre la que había caído el tónico de la Ver-
dad con su dulzura… Los milagros, como tales, no importan. Lo
que realmente importa es su Fuente, algo que está fuera de toda
evaluación.
Yugadi era el Día de Año Nuevo para millones de indios que
calculan el año sobre la base de los movimientos de la luna. Un ri-
to interesante y significativo que se observa ese día es que se dis-
tribuye, no la dulce Amritha, sino un preparado agridulce, una
mezcla de azúcar con pasta de hojas de margosa disuelta en agua.
Baba dejaba caer al agua un puñado de vibhuti creado en el mo-
mento y la bebida así santificada le era dada a todos los presentes.
Uno bebía con la plegaria de ser bendecido a lo largo del año ve-
nidero con la fortaleza como para aceptar tanto las penas como
las alegrías, con confianza y valor.
En Uttarayana o Día de Sankranthi, los devotos le dan la bien-
venida al sol que, a partir de ese día, “se mueve” diariamente unos
pocos pasos hacia el Norte. Los días se van haciendo más largos y,
en consecuencia, hace más calor en la Tierra. Ese día se celebra
con regalos recíprocos de azúcar y semillas de sésamo. El sésamo
tiene un gran contenido de aceite. Aceite, en sánscrito, es “sneha”,
que significa amistad, camaradería, fraternidad. Por lo cual, tanto
lo que se ofrece como lo que se recibe es “Fraternidad”. Baba
compartía la cálida alegría de la amistad y el amor con los aldeanos
que solían venir en gran número durante ese día de festival.
Sivarathri era el Festival durante el cual más se manifestaba
el Dios que es Baba. El milagro de la formación en Su estómago
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de esferoides de piedra o de metal durante la semana que prece-
día a la sagrada fecha (la que cambia cada año, puesto que se
calcula sobre la base de las fases de la luna), bastaba para electri-
ficar la atmósfera del Prashanti Nilayam. Con días de anticipa-
ción, le envolvía una ancha aura de blanco deslumbrante con un
borde rosado, en dondequiera que se encontrara. Él mismo
anunciaba que estaba creciendo el lingam y, si los dolores de cre-
cimiento eran inusualmente perceptibles, predecía que su núme-
ro iba a ser más de uno.
Hasta 1956 se pudo llevar a cabo en la Sala de Oración mis-
ma la vigilia y los bhajans de toda la noche de Sivarathri. Baba se
sentaba en la silla de plata colocada sobre una piel de tigre exten-
dida sobre una plataforma baja. Cuando la manecilla horaria del
reloj se acercaba a las ocho, el o los lingams indicaban el deseo
de emerger y Baba mostraba signos de lucha física para facilitar-
les el camino de salida. Año tras año he estado de pie a Su iz-
quierda, sosteniendo un jarro de plata con agua. Seshagiri Rao
estaba a Su derecha, con una bandeja de plata lista para recibir al
lingam cuando cayera afuera. En un momento que se podía de-
terminar, el lingam se presentaba, después de haber pasado por
la garganta, para la vista del público o para uso personal. En un
año emergieron once en hilera, uno después del otro. Otro año,
fueron nueve. De estos nueve, me dio uno. Es adorado con man-
tras prescriptos en las Escrituras. El milagro del lingam se produ-
ce anualmente, en cada Día de Sivarathri… en cualquier lugar en
que se encuentre Baba.
La mayoría de las personas consideran al mundo de la mate-
ria como la única realidad y se aferran a sus hipótesis acerca de su
comportamiento como lo supremamente válido; por ende, tam-
bién afirman a toda voz que los milagros no ocurren ni pueden
ocurrir. Baba sabe que nosotros sabemos que el lingam es el sím-
bolo del Huevo Cósmico, la esfera que infla y desinfla el Aliento
de Dios. Lo que Baba hace es manifestar la volición de que estos
símbolos se formen en Él como para que nosotros podamos vi-
sualizar el Poder que proyectó al Universo y, con ello, expandir
nuestra conciencia. Este milagro hace que todas las mentes se
vuelvan una en Sai.
199
En años posteriores, al ir llegando los devotos más instrui-
dos, Su voluntad creó lingams que ilustraban con mayor detalle
los procesos de la evolución y la involución, de la energía y la
materia como onda y partícula, como sujeto y objeto (Leeyathe,
gampathe), sumiéndose y emergiendo como lo indica la pala-
bra “lingam”.
Me sentía conmocionado, más allá de todo límite, cada vez
que miraba hacia atrás y veía en perspectiva la huella que me ha-
bía conducido hasta el Nilayam, la Morada de Prashanti, la Paz
Suprema. Para nosotros, los residentes, cada día era un festival.
Baba soldaba a los distintos y distantes individuos y familias que
Él había reunido en torno a Prashanti Nilayam para conformar
un ramo de flores multicolores. En las noches de luna, proponía
reuniones, con cada familia sentada en un segmento del círculo y
colocando los platillos que tenía para ofrecer frente a ella. A indi-
cación suya, cada “madre” de familia hacía una ronda, sirviéndo-
le a cada uno su contribución. A menudo, Baba levantaba las ta-
pas de las ollas y descubría que la cantidad era demasiado exigua
para la ronda. Entonces decía: “¡Aquí! Pon la olla en Mis manos.
Cuando Yo sirvo, la cantidad aumenta y puedo poner un montón
en cada plato”, y así era. Mi madre sufrió en dos oportunidades
esta humillación (?) e hizo que Baba multiplicara los “vadais” y
“papads” que había traído en pequeñas cantidades para el “fon-
do” común. San Marcos dice (6;35): “Ellos no apreciaron el mila-
gro, porque sus corazones se habían endurecido”, cuando Jesús
partió cinco hogazas de pan y de ellas comieron cerca de cinco
mil personas y sobró. No se beneficiaron con el impacto del mi-
lagro por su dureza de corazón. Para nosotros, sin embargo, en
el año 1956 d.C. en Puttaparti, el mismo milagro revelaba la
Compasión y el Poder del Padre Divino. Esto no implica ni trans-
gresiones ni suspensiones de las leyes naturales, porque las leyes
naturales no son inmutables. Los “vadais” y “papads” no eran
producto de nuestras mentes, eran triturados por nuestros dien-
tes y nos proveían de calorías para nuestro sustento. Cuando to-
dos los platos habían recibido iguales números y cantidades, Ba-
ba se servía por Sí Mismo en Su plato y se sentaba en el medio
del círculo de regocijo. Cuando era grande el número de partici-
200
pantes, Baba proponía el lecho arenoso del Chitravathi como lu-
gar para la reunión o nos sentábamos en filas en la terraza del
mismo Nilayam.
El Hospital Sathya Sai, sobre la colina detrás del Nilayam, esta-
ba en construcción cuando un numeroso grupo de entusiastas devo-
tos del área de Telengana del primitivo Dominio del Nizam, llegó
para una larga estadía en la Divina Presencia. Había cerca de una
docena de hombres jóvenes y apuestos que, ostensiblemente, ansia-
ban el ejercicio físico. También los mayores, hombres y mujeres,
elegían proyectos en los que pudieran ejercitar su experiencia agrí-
cola. Se dedicaron a limpiar pozos, a sacar arbustos, a atender al
ganado, a podar árboles y cortar el pasto de los prados. En espe-
cial, formaron bandas transportadoras humanas que transportaron
cargas de arena, ladrillos y bloques de granito, desde el bajo hasta el
recinto del hospital en la colina. Mientras ellos se dedicaban a esta
tarea de subir materiales, nosotros, los residentes, les proveíamos
agua para beber y algunos bocadillos. Más adelante, los voluntarios
también le ayudaron a los albañiles a colocar mortero y cemento e
ir colocando las hileras de ladrillos.
La mayor parte del tiempo, Baba le confirió Su Presencia a la
fila de voluntarios, ya sea en el suelo o arriba de los andamios. Los
bhajans que proveían de fuerza y flexibilidad a los músculos se vol-
vían más importantes en Su Presencia. Al terminar cada día las se-
siones de Seva por la mañana y la noche (cuando la luna iluminaba)
los devotos de Telengana le rogaban a Baba que distribuyera entre
nosotros las grandes cantidades de frutas o confites que se le ofre-
cían. Ese regalo borró hasta la última traza de cansancio del cuerpo
y aseguró la presencia de todos y cada uno al día siguiente.
El grupo era muy apegado a Baba. Cuando Baba estaba en la
habitación del primer piso, se apretujaban alrededor del sofá. Aca-
riciaban Sus pies y, gradualmente, osaban aplicar más presión so-
bre ellos pretendiendo hacerle el servicio de un “leve” masaje. Te-
nía que acurrucarme entre ellos para asegurarme una grieta entre
sus torsos para poder acariciarle los pies de Loto. Un día, mien-
tras Baba creaba oleadas de risa en nosotros con Sus bromas,
Parthasarathi de Madras tuvo una brillante idea. Sacó su cámara
de su bolso y enfocándola, disparó y tomó una foto de todos no-
201
sotros alrededor de los pies y de Baba iluminado con sonrisas. An-
te esto, Baba se levantó y pidió la cámara; temí que anulara la fo-
tografía y velara el negativo con sólo sostener la cámara en Su
mano. Sin embargo, le dijo a Parthasarathi: “¡Ven! Párate detrás
del sofá. Yo sacaré la próxima”. Los hermanos de Telengana no
estuvieron de acuerdo. Dijeron a gritos que el sofá vacío no mere-
cía una fotografía: aún no habían aprendido que estábamos acos-
tumbrados a las voces bajas y serenas. Intervine: “¿Qué? Cuando
Baba dispare, este sofá no va a estar vacío. ¡Se los aseguro!” Ba-
ba respondió con un enfático: “¡Cierto, Kasturi!” Puse mi mano
derecha sobre el escabel mientras Baba miraba por el visor. Mi in-
tención era comprobar si mi mano, en la foto que había de mate-
rializarse, estaría bajo o sobre el pie. Pero Baba lo notó y dijo:
“¡No! Sácala…”. Tuve que obedecer.
Cuando le devolvió la cámara a Parthasarathi, dijo: “¡Eh! ¡Sé
cuidadoso, Yo estoy ahí!” Ante eso, le dije a Parthasarathi: “Tie-
nes que darnos una copia a cada uno de nosotros” y, levantando
la vista hacia Baba, imploré: “Swami, debes decirle que nos dé co-
pias, de lo contrario no lo hará”. Para gran alegría nuestra, Baba
le indicó que debía hacerle llegar una copia tamaño postal a cada
uno… la mía me llegó diez días después: Baba estaba sentado en
la silla, Su rostro y Su cabello ligeramente borrosos y mostrando
una expresión de sorpresa por el rol que se había impuesto a Sí
Mismo.
Pese a que admiraba la profunda devoción del grupo de Te-
lengana, era incapaz de apreciar sus flagrantes travesuras, a ve-
ces en presencia misma de Bhagavan. Les vi abrir la cajita de
plata con las hojas de betel y tomar algunas para su uso perso-
nal. Fui testigo de su comportamiento, parecido al de los boyeros
de Brindavan, llevándose montones de bananas que estaban cer-
ca de la habitación de Baba y yéndose a pelarlas y comerlas, has-
ta darle fin a todas. “No deberían fanfarronear así”, le dije a mi
vecino Radhakrishnan de Coimbatore. También él sacudió la ca-
beza con impetuosa desaprobación. Resentíamos su “desprecio”
por la general y grande santidad del lugar. Comentamos, por su-
puesto que confidencialmente, la fenomenal tolerancia con que
Baba les permitía pavonearse. El colmo lo constituyó para noso-
202
tros que Baba aceptara acompañarles a sus aldeas natales cuan-
do se fueran.
Los jeeps que los habían traído semanas atrás y que nos ayuda-
ban a llegar hasta los diferentes lugares de picnic (entre los cerros, al
interior de las florestas y a lo largo del Chitravathi) apuntaron ahora
de vuelta a casa. Les había oído planear visitas con Baba a muchos
sitios hermosos en los campos de Telengana y sus alrededores. Al-
gunos de sus nombres, como Ekasilapuri, la antigua capital del im-
perio Kakatiya y Ajanta, el depósito de frescos budistas de siglos de
antigüedad, despertaban en mí un gran anhelo por ser de la partida.
Años antes había llevado a mis alumnos en una gira educativa a
esos lugares, mas visitarlos nuevamente con un grupo conducido
por Baba, el Supremo Artista, sentía que me elevaría. Nadie sabía a
quién iba a favorecer Baba con la indicación de alistarse para partir,
de modo que la mayoría de nosotros estaba en ascuas.
Vi que bajaban dos grandes cajas de cuero por la escalera circu-
lar desde la habitación de Swami. En ese momento, uno de los de
Telengana bajó corriendo hacia donde yo estaba y dijo muy excita-
do: “Swami te necesita”. Aunque no terminó la frase, supuse el
mensaje: “Salta a uno de los jeeps”. Cuando subí los peldaños de a
dos en dos, encontré a Baba hablando con Seshagiri Rao, el sep-
tuagenario devoto. Baba se volvía hacia mí y dijo: “Kasturi, quédate
aquí. Me llevo a Seshagiri Rao conmigo. A ti no te gustó mucho
que esta gente se tomara libertades conmigo. Era pura envidia lo
que te molestó. ¡A ti y a tu Radhakrishnan! ¿No podías ser feliz
viendo que tantos de Telengana vinieran a Swami y llevaran a cabo
tan espléndido servicio y ganaran tanta Gracia de Mí? Este Seshagiri
Rao se sintió feliz por esa misma razón. Así es que no te llevo con-
migo. ¡Seshagiri Rao, ve y toma asiento en el jeep!”
¡Eso fue todo! Bajé los dieciocho peldaños pesadamente car-
gado con remordimientos y arrepentimiento. Me quedé parado,
atontado, cuando Baba y sus compañeros boyeros partieron por
el desigual camino que los llevaría hasta la carretera asfaltada ha-
cia Hyderabad. Ésa fue la primera vez que me quedé hundido en
una tan lacerante soledad. No podía prestarle atención a cosa al-
guna que no fuera a la herida que mi “complejo de superioridad”
me había infligido. Diagnostiqué el complejo con la ayuda de mi
203
cómplice Radhakrishnan. El bhakthi no siempre requiere venir
empaquetado en camisas almidonadas. Había malinterpretado su
sinceridad tomándola por audacia, su inocencia por grosería. De-
bía lanzar por la borda las chillonas adquisiciones académicas que
me aplastaban. Para nada me ayudaban a subir en la estimación
de Baba los títulos universitarios, la autoestima pedagógica, el bar-
niz de vacuidad metropolitana. Al igual que Seshagiri Rao, debía
dedicarme de todo corazón a los deberes que se me habían asig-
nado y no enredarme en las piruetas de otros. No juzgues si no
quieres ser juzgado, me advertí a mí mismo. Me empeñé para ha-
cerme digno de estar en la Divina Presencia, absteniéndome de
mi vieja y enraizada tendencia Koravanji de descubrir las carencias
y faltas de otros. Busqué desviar mi sentido del humor hacia el
descubrimiento, por debajo de los estratos de roca, de las precio-
sas vetas de la bondad y la santidad.
El Nilayam me parecía desnudo y desolado desde el momento
en que Baba me dejara atrás para curar la enfermedad de mi men-
te. Me dediqué rigurosamente a limpiarme del cinismo, un obstácu-
lo que a menudo Baba ha clasificado como el número uno de los
males. Como alivio para mi pena, pasé más horas dedicado a la
oración y a la meditación. Venkama Raju, el padre, estaba más a mi
alcance puesto que, después de la partida de Swami, los almacenes
que dirigía tenían menos parroquianos. Estuve transcribiendo mu-
chas horas de conversación con él y con la madre acerca de los
años tempranos de Baba.
Sentía una gran reverencia por el padre, en especial después
de que Baba me permitiera leer una carta que le había escrito des-
de Madanapalli. Pedda Venkapa Raju había ido allá al Sanatorio
para Tuberculosos, para lograr que internaran como paciente a su
hijo menor de dieciocho años. Los médicos le intervinieron el pul-
món derecho y el joven salió de esto muy satisfactoriamente. El
padre le escribió al respecto una tarjeta postal a Baba. Yo estaba
parado frente a Él cuando llegó el correo y observé cómo revisaba
una a una las cartas que tenía sobre las rodillas. Leyó rápidamente
la tarjeta y me la lanzó. La recogí. Swami me pidió leerla. Estaba
en lengua y escritura telugu. Terminé con las primeras líneas de
las cortesías habituales con las que estaba familiarizado. “De
204
Pedda Venkapa Raju para Bhagavan Sri Sathya Sai Baba, con
postraciones.” Viéndome luchar con la escritura, Baba dijo: “Pa-
ra. Con eso basta”. Me sentí feliz.
Baba me preguntó: “¿De quién es?” “De un Pedda Venkapa
Raju de Madanapalli”, respondí medio temeroso de haber leído mal.
“Ése es el padre de este cuerpo. Estabas curioso por saber cómo se
dirigiría a Mí, ¿no es cierto?”, preguntó. Y tuve que confesar que así
era. Esa tarjeta me reveló que era un genuino devoto de su hijo y ni
una pizca menos.
Esto me recordó a otro padre que fuera honrado por un
Avatar que llegara como su hijo. Había leído en el Bhagavatha
la forma en que el padre, Kardama, el gran sabio, reconoció
el divino rol de Kapila, su hijo. Lo veneró y se postró ante Él:
“Has venido como hombre y bendecido esta casa. Has veni-
do a enseñarle al hombre que su naturaleza real es Divina.
Eres la encarnación de la Sabiduría y la Bienaventuranza.
Cualquiera sea la forma que asumas, ella no te limita ni te li-
mitas a ella. Por lo tanto, la forma de cuatro brazos que ven
los sabios y la de dos brazos que yo veo eres Tú, no es supe-
rior la una ni inferior la otra”, declaró Kardama. Cayó a los
pies del Hijo antes de internarse en la floresta para sus auste-
ridades. El Hijo le permitió partir, diciendo: “Dedícame todas
tus actividades, sentimientos y pensamientos. Yo te revelaré
el esplendor del Atma, que es el núcleo interno de todos los
seres vivientes. Te doy Mi consentimiento para vivir, de aho-
ra en adelante, como monje”.
Venkapa Raju, después de tomar conciencia del Advenimien-
to del Avatar, también le dedicó su vida al servicio de la gente
que acudía hasta la presencia de Baba desde todas partes. Solía
consultarle a cada uno de los que visitaban el Nilayam o de los
que residían allí acerca de lo que podrían requerir, los lunes desde
el mercado de Bukkapatnam y los jueves, desde las tiendas de
Hindupur, Ananthapur o Kothacheruvu. Él lo conseguía y se lo
entregaba a los que hubieran hecho los encargos. Era una perso-
na simple y serena, que se ganaba los corazones de todo el mun-
do por su absoluta sinceridad.
205
Eswaramma, por su parte, vivía agitada por la preocupación
por sus hijos y nietos, sus hijas y los hijos de éstas e incluso por
Baba, el Guardián de Millones. Baba había ido hasta Telengana
con el grupo de devotos, pero no habíamos recibido cartas Suyas
ni acerca de Él por más de dos semanas. La madre rechazó todas
las recetas usuales para el valor y la calma. Insistió en que yo fuera
hasta Hyderabad, ¡para descubrir dónde estaba Él y para traerle de
regreso! Envió a Krishnappa, sobrino de Venkapa Raju, conmigo
porque, como dijo: “Dos son compañía”. Si yo dejaba de enviarle
una carta, estaba segura de que Krishnappa lo haría.
Llegamos al “bungalow” del anfitrión de Swami a dos horas de
Su retorno allí desde Aurangabad, Ellora y Ajanta. Swami le había
permitido al grupo de Telengana regresar a sus hogares por adelan-
tado, mientras Él retornaba a la capital con Seshagiri Rao. Ese día
se realizaba una huelga de los vendedores de combustible en todo el
Estado, a consecuencia de la cual, según nos contó Baba, había te-
nido que cubrir la distancia de ciento cincuenta millas sin una gota
de gasolina. “Esta vez —dijo con una sonrisa— no le echamos agua
al tanque, porque no nos encontramos con laguna ni río alguno.
Todo estaba sequísimo por todos lados. Quise que las ruedas se mo-
vieran”. ¿Increíble?… Pero cierto.
Cuando íbamos de vuelta a Puttaparti con Swami, llevábamos
con nosotros a Sri T.A. Ramanatha Reddy, un ingeniero de carrete-
ras. Swami le había puesto el apodo de “TAR” (alquitrán o brea en
inglés - N. de la T.), porque su principal tarea era la de “asfaltar” las
carreteras.
Nos detuvimos aproximadamente una hora para desayunar
en la Inspección en Raichur y luego seguimos viaje hacia Hampi.
Después de una hora de viaje, Swami descubrió que el ingeniero
no llevaba anteojos, aunque él mismo ya se había dado cuenta de
que no estaban sobre su nariz. Le confesó a Swami que los había
puesto sobre el alfeizar de una ventana cercana al lavamanos, en
la Inspección, y se había olvidado de ponérselos. Baba dijo: “No
te preocupes. Puedes enviar un telegrama desde Hampi al Re-
caudador del Distrito de Raichur. Él los recogerá y los remitirá
con el próximo correo”. Mientras le consolaba con estas pala-
bras, Swami hizo girar Su mano y, ¡oh maravilla!, había un par
206
de anteojos en Su graciosa palma. “¿Son tuyos éstos?”, pregun-
tó. Ramanatha Reddy estaba silencioso; sus ojos respondieron
“Sí”, bañados por las lágrimas.
“Consiguieron traer de vuelta a Swami”, dijo Eswaramma.
Su afecto maternal, francamente, había exagerado y confundido
nuestros roles. “Ansiaba una carta, pero lo han hecho mucho
mejor”, nos dijo.
207
ADIÓS AL DOLOR
S
in embargo, yo tenía una carta que esperaba respuesta.
La encontré al llegar. Mi primera reacción fue la de igno-
rar su contenido. El pensarlo dos veces me aconsejó lle-
var el problema ante Swami, porque, según parecía, Baba había
diseñado un plan para sanar una herida que yo había tratado de
hacerlo por largo tiempo y que, por último, había empujado hacia
los recovecos de mi subconsciente.
La carta en cuestión era una invitación para unirme al perso-
nal de una recientemente establecida estación de radio para toda la
India, en Bangalore, como productor de programas en el idioma
regional: kannada. Evidentemente, mi nombre le había sido men-
cionado a la sede central en Nueva Delhi por el Ministro del Inte-
rior del Gobierno de Mysore, Sri H. Siddaveerappa, un ex alumno
mío que había sido testigo de mi entusiasmo por el desarrollo de
las comunidades rurales y por lanzarme hacia nuevos y fructíferos
medios de comunicación masiva. El Ministro de Informaciones y
Radiodifusión del Gabinete Central había puesto en marcha un
nuevo plan para hacer desempeñar a hombres de letras como pro-
ductores, con el objetivo de que los programas difundidos fueran
atractivos para los oyentes, cálidos y que movieran a pensar. Cada
estación reclutó a figuras literarias populares de la región y se felici-
tó por haberlos adquirido. La Radioestación Bangalore me desen-
terró de los archivos y los responsables quedaron asombrados al
descubrir que yo había sido el individuo que había acuñado el nom-
bre con el que fuera bautizada la estación: Akash Vani. Descubrie-
ron también que mi salida y exilio de la A.I.R. había sido causada
por un acto de “indisciplina” justificable e incluso loable. Fue así
que el Ministro que había lamentado tanto como yo que se me hu-
biera obligado a dejar la Akash Vani en Mysore, recomendó mi
nombre para que se me contratara como productor de programas.
209
Recibiría una suma atractiva como honorarios mensuales, y se de-
cía que este ingreso adicional de fondos públicos no afectaría la
pensión de jubilado que percibía.
Cierto es que el ofrecimiento era tentador. Pero no para mí.
No me atrevía a aventurarme al mar abierto después de haber
echado anclas en este puerto celestial. Rogué, supliqué, protesté,
abracé Sus pies y sollocé. Él, sin embargo, me sacó de la obstina-
ción con Sus argumentos. Mi mujer también interpretó el ofreci-
miento como un castigo. Porque Baba nos estaba empujando de
vuelta a Bangalore, justo cuando estábamos saboreando la delicia
de la Presencia Divina. Ambos nos arrastramos por el suelo a Sus
pies.
Baba no cedió. Dijo: “Tus talentos y saber no deben permane-
cer inactivos. Deben ser eficientemente empleados. No tienes una
real oportunidad de manifestarlos aquí. La tarea para la que se te
requiere también es Mía. ¿Piensas que le estarás sirviendo “a algún
otro” si aceptas este trabajo? No existe “algún otro”. Todos los tra-
bajos son para Mí, conmigo. Y, no te estoy mandando lejos de
Prashanti Nilayam, hacia algún lugar extraño o hacia algún destino
desagradable y ajeno. Estarás a tres horas de distancia, en Banga-
lore, en donde tienes una casa y a tu hija con sus niños. Tu tarea
será la de hacer aquello en lo que estás interesado, aquello a lo que
estuvieras vinculado por muchos felices años. Kasturi es otra deno-
minación para Kannada, ¿lo sabías? (Un proverbio kannada afirma
esta verdad, acerca de que el lenguaje es tan fragante como el al-
mizcle.) Sé que, en lo profundo de tu corazón, se esconde un anhe-
lo por compartir nuevamente el alboroto de la radioemisión y de
llevar por el aire tu voz hacia la gente de Karnataka. Esta invitación
te llegó como una sorpresa: tú no la buscaste. De modo que es un
don de Gracia. ¡Ve! Tú no te estás apartando de Mí. ¿Por qué?
¡Porque no podrías hacerlo ni aunque quisieras!”, me aconsejó.
Persuadió a mi mujer para que me acompañara y se quedara en
Bangalore. Mi madre estaba decidida a no moverse. Baba recono-
ció y respetó su porfía. Dijo: “¡Paatti! Tú te quedas aquí. Si algo
que requiere atención te sucede, ¿qué es lo que hace Kasturi? ¡Vie-
ne corriendo a Mí! Entonces, ¿para qué necesita estar aquí? Yo
mismo iré corriendo a tu lado”. No obstante, nos fuimos con mu-
210
cha reticencia, cargados con el más pesado de los equipajes: cora-
zones apesadumbrados.
Akash Vani me recibió como su viejo enamorado. Muchos ar-
tistas se habían unido a su personal cuando yo la estaba moldean-
do años atrás. Los ejecutivos de programas eran aquellos con los
que me había codeado en los estudios de la naciente Estación de
Radio, en Mysore, durante los años cuarenta. Se mostraban más
contentos que yo por mi regreso, porque habían estado más enoja-
dos que yo frente al descortés despido como “Director Asistente”
sufrido a manos del Director de entonces.
Se me encargó el Programa para la Población Rural, Niños y
Mujeres: en reconocimiento a mis experimentos en la comunica-
ción con los iletrados sedientos. También tuve mucho que ver con
la preparación y revisión de los guiones para numerosos “Días”,
como el Día de la Marina, el Día del Ejército, el Día de la Artesa-
nía, el Día de Palm Gur, el de Khadi, el de la Bandera, el de los De-
rechos Humanos, el de las Naciones Unidas, el de los Profesores,
el de los Niños, etc., etc. Había que preparar guiones para cada
una de estas conmemoraciones recurrentes. Teníamos que editar
cualquier manuscrito que llegara a nuestras manos o traducir el ma-
terial que nos llegaba con la correspondencia de Nueva Delhi. Ade-
más de esto, había que honrar con programas especiales los ani-
versarios de nacimiento y de muerte de más de cinco docenas de
personalidades, hombres y mujeres, que habían dejado sus huellas
sobre las arenas de la historia. Trescientos millones de personas
han vivido por cinco mil años entre las montañas y el mar y la Ma-
dre India ha tenido docenas de hijos que se han ganado días espe-
ciales para sí mismos en los calendarios hindú, budista, jaino, sikh,
cristiano, musulmán y de otros credos. Debíamos alabar a cada
uno de ellos como único en su género y pasar días en busca de ad-
jetivos de adoración para recordarle a los pocos que nos escucha-
ban que “nuestro homenaje al alma que ha partido ha de ser la
adopción sincera de su estilo de vida y su pensamiento”. El 2.500º
Aniversario del Advenimiento, la Iluminación y la Muerte del Buda,
nos significó la presentación de cerca de un ciento de ítem de ho-
menaje: narraciones de sus viajes, dramas, crónicas, entrevistas,
charlas, lecturas, recitaciones y exposiciones musicales.
211
Desde el momento en que la filosofía básica de nuestra na-
ción es el que cada ser viviente es una proyección de un mismo
Principio Divino, que el Sí Mismo en cada cual es igual al Sí Mis-
mo en todos los demás, la Asamblea Constituyente no pudo de-
jar de colocarnos en una democracia en la que cada individuo te-
nía su derecho a voto: rico o pobre, inválido o íntegro, mujer o
varón, letrado o analfabeto. Para ganar poder político uno ha de
recolectar más cabezas que las de su rival. Y, para atraer más ca-
bezas a su molino, tenía que respetar cada deseo y costumbre,
cada chifladura y capricho que se engendrara dentro de ellas. Es-
ta necesidad ha dado por resultado una proliferación de lumina-
rias cuyos aniversarios de plata, oro, diamante y platino hacían
impacto en la programación de las emisoras y en el tiempo y el
humor de los productores. No era de extrañar que nuestro voca-
bulario y volubilidad se vieran tensados hasta un punto de quie-
bre. Reducidos muy rápidamente al nivel de caballos y bueyes de
tiro, fruncíamos taciturnos el entrecejo y arreábamos con nues-
tras plumas de escribir. Por supuesto, desde que Baba me había
aconsejado utilizar mi talento para Su servicio (y el servicio como
productor de programas en la radioemisora era, como Él dijera,
indudablemente Su servicio), hice todo lo que podía para justifi-
car que me hubiera elegido para ese trabajo. Simultáneamente,
rezaba para que me bendijera con otro rol, en el que pudiera
transmitir Su Advenimiento y Su Mensaje.
La única ocasión en que sentí una emoción y le agradecí a
Baba por poner el micrófono del estudio en mi mano, fue el 1 de
noviembre de 1956, cuando se me designó para que transmitiera
un comentario continuado, en kannada, de la inauguración, por el
Presidente de la India Sri Rajendra Prasad, del nuevo Estado de
Mysore (más tarde Karnataka) que abarcaba todas las regiones
Kannada. Por más de ciento cincuenta años un gran número de
personas de habla kannada habían estado respirando atmósferas
tamil, telugu y marathi. Su unificación en un Estado representaba
la consumación para la cual había usado mis talentos literarios,
pedagógicos y de locuacidad, con tanto entusiasmo (si no tan efi-
cientemente) como mis colegas nacidos y criados en la región de
Karnataka.
212
La posición de productor me ayudó también para asistir al
Sahithya Samarah en Nueva Delhi y hablar por diez minutos acer-
ca de las tendencias en la literatura kannada, cuando el Pandit Ja-
waharlal Nehru presidía el Vigyana Bhavan. Las luminarias litera-
rias de la mayor parte de las regiones lingüísticas de la India habían
sido tentadas por la radioemisión y estaban allí. Asistimos a una re-
cepción ofrecida por el Presidente de la República en el Rashtra-
pathi Bhavan. La incongruencia de la gorra de Gandhi en medio
de tanta pompa nos resultaba realmente doloroso a nosotros, el
sensible rebaño de los literatos. Regresé de Delhi por Dakota. Éste
fue mi primer vuelo. Como había pedido el permiso de Baba para
volar de vuelta desde Delhi, deseché mis temores ante un posible
estrellamiento y sus consecuencias sobre mi carrera terrenal, y ate-
rricé a salvo en Bangalore. Fue una experiencia educativa mirar al
país y a la gente desde arriba, ya que no hizo sino agudizar el ape-
tito por más de estas vistas a vuelo de pájaro.
Mientras volaba tranquilamente desde el Yamuna al Cauvery,
me dolía la cabeza con una chifladura que Baba me había introdu-
cido en la materia gris. Él le había confiado a mi madre algo sobre
mí ¡que no le hacía feliz! “Muchos devotos de los que he bendecido
llegan a Puttaparti en automóvil, puesto que el camino les lleva di-
rectamente hasta el mismo Mandir. Le he dado un ingreso extra,
ciertamente, me haría feliz que el coche de tu hijo se estacionara
junto a los demás”. Eso fue lo que le dijo a mamá, tal vez con una
leve torsión del labio. Dado que mi saldo bancario estaba peligrosa-
mente cercano al punto de congelación, no pude conseguir más
que un senil Morris 8 de una persona que estaba más que ansiosa
por descartar el vehículo.
Mamá apreció la adquisición y le habló elogiosamente de ella
a Baba. Él se paró algún tiempo a su lado y me susurró: “Era un
hambre que has tenido desde hace años. Ahora, date un hartaz-
go de altibajos”. Para mí fueron más bajos que altos. El Morris
era un inválido crónico: pasaba la mayor parte de los días en
hospitales. Sin embargo, tragaba muy poco de la preciosa gasoli-
na, ya que no requería más que buenos empujones o largas tira-
das. En una ocasión, camino a Puttaparti, pude sorprender a
multitudes de aldeanos en Palasamudram, Somandapalli, etc.,
213
con un automóvil que se las daba orgullosamente de bueyomóvil.
Yo iba majestuosamente sentado en el asiento trasero, el conduc-
tor Chinnadorai iba sentado al volante, en tanto que el Morris 8,
con un eje roto, era arrastrado por el camino a Penukonda por
un par de flacos bueyes.
Cierto que había rumiado el proyecto de tener un automóvil
cuando era Director Asistente de la Estación de Radio de Mysore.
Con el objeto de mantenerme felizmente ignorante de sus maqui-
naciones para enviarme de vuelta a la escuela, el Director me ha-
bía puesto ante los ojos la posibilidad de hacer uso del automóvil
de la emisora. Me instó a construir un garaje junto a mi casa, lla-
mada “Kalpataru” en Krishnamurthypuram, Ciudad de Mysore.
Mas, cuando el garaje estuvo listo para recibir el coche, la flecha de
su pluma me dio en la espalda y aleteé hasta la Sala de Historia de
la Escuela del Maharaja.
De modo que viajar en el Morris 8, por destartalado y recalci-
trante que fuera, era un bálsamo para la quemadura. Baba nos
aconseja no caminar hacia adelante con los ojos vueltos hacia
atrás. “El pasado es pasado. ¿Para qué inspeccionar el camino que
ya han cubierto? No suspiren por los errores pasados ni midan la
profundidad de los hoyos en que hayan caído antes. Siéntanse feli-
ces con sus potencialidades actuales y marchen hacia adelante”, di-
ce. El Morris 8 y las tácticas que me forzaron a separarme de la
Akash Vani en 1947 —porque los pensamientos también son ob-
jetos— son cosas que estorban y te hacen aflojar el paso, hasta
que no las expulses de tu mente, quería decir.
Durante los quince meses que serví como productor, tuve que
ausentarme dos veces por un tiempo prolongado. Una de ellas fue
para acompañar a Baba a Delhi, Rishikesh, Brindavan y Cachemi-
ra. Baba me incluyó benevolentemente en Su comitiva. Creo que
fui incluido porque Él había notado mi entusiasmo por escribir Su
biografía y había escuchado mi plegaria de que no debía dejar de
estar con Él durante Su primera visita al Norte de la India. Baba
había sido invitado por dos resueltos Sanyasins de la Sociedad de
la Vida Divina de Rishikesh: Swami Satchidananda y Swami Sada-
nanda, quienes esperaban que pudiera sanar a su internacional-
mente famoso Swami Shivananda. Ambos Swamis habían conoci-
214
do a Baba en Venkatagiri, cuando Baba habló ante la Conferencia
Nacional de la Sociedad. Fue una gran ocasión aquélla, porque Ba-
ba, a quien habían invitado a inaugurar la Conferencia el Raja de
Venkatagiri y la Rama Local de la Sociedad, era para ellos tan sólo
un protegido del Raja y nada más. Con el objeto de complacer al
Raja, que era el anfitrión de la Conferencia, se vieron obligados a
aceptar a Sri Sathya Sai Baba, aunque, hasta donde sabían, no te-
nía distinciones académicas ni estatus de Acharya. Mas el amor
que Baba dispensaba, la sabiduría que se traslucía en Sus discursos
y conversaciones, la tolerancia que había manifestado frente a las
dudas e incredulidad, hizo confesar a muchos participantes: “An-
siábamos desafiarle, pero, en cambio, hemos sido deificados por
Él”, porque Baba les aseguró que cada ser viviente era Dios y debía
alcanzar la vida Divina.
Swami Satchidananda fue llamado por Baba para una conver-
sación personal después de la conferencia. Baba le habló de una
visión que había tenido el monje de un luminoso océano azul, cal-
mo y fresco, bajo la brillante luz de la luna llena, y de la suprema
dicha que había experimentado, por semanas, al recordar aquella
visión. Baba le reconvino por haberse desviado de la senda cuando
la meta estaba tan cercana. Le aseguró Su constante Presencia
con él para guiarle hacia adelante. Baba movió la mano en círculos
para regalarle algún recuerdo de Su Gracia, pero el Swami le tomó
la mano, diciendo: “No. Te quiero a Ti conmigo, no una pizca de
ceniza, un retrato de Tu Forma o un pedazo de oro o de plata. De
las cosas preciosas que puedes dar, Tú eres la más preciosa, Tú
nos revelas Tu Divinidad y también la nuestra”.
Mientras los automóviles eran preparados en Puttaparti para el
viaje a Madras, desde donde volaríamos a Delhi, Eswaramma, la
madre, vino hasta mí con una solicitud, lo que me hizo recordar la
historia del Bhagavatha acerca de Krishna y de su madre Yasoda.
Aunque había sido testigo de muchos milagros de Krishna cuando
niño y aunque podía ver que la adoración y el homenaje que recibía
de miles eran genuinos y justificados, Yasoda se aferraba a la fanta-
sía de que Krishna era su amado hijo, al que debía proteger y guiar.
Eswaramma había prestado oídos a locas historias acerca de la ani-
mosidad de monjes de alto rango, de rivalidades entre las órdenes
215
monásticas y de la eficacia en el uso de la magia negra para detener
el surgimiento de rivales. Y, cuando Baba se aprestaba para aventu-
rarse a una ermita en los Himalayas, impulsado por dos discípulos
de un Maestro Monje, en su temerosa mente la madre conjuró las
diferentes prácticas que podrían ser empleadas para apagar el mis-
terio de Su hijo. Según las abuelas de la aldea, se podían producir
enfermedades de todo tipo sólo con el mal de ojo. Le resultaba difí-
cil descartar las creencias populares con las que había crecido. De
modo que me pidió que me mantuviera vigilante y alerta. Yo sabía
que Baba estaba más allá del alcance de cualquier conjuro por muy
himalayo que fuera, pero para consolar a la nerviosa madre ¡le pro-
metí proteger a Baba con el poderoso Mantra Gayatri! Después de
todo, mi propósito era tranquilizarla y lo logré.
Camino a Madras, Baba se detuvo en una aldea a más de cien-
to veinte millas de Puttaparti, en donde instaló un ídolo de Sai Ba-
ba de Shirdi en un Ashram dirigido por una dama devota. ¡Era una
asceta que practicaba el Sadhana de la inanición! Baba jamás esti-
mula la autoinmolación, por lento que sea el proceso. Exhorta a la
gente a mantener el cuerpo libre de enfermedades y fiel a su mi-
sión, vale decir, a permitirle al dueño llegar a la meta de la Biena-
venturada Experiencia con el Uno. De modo que Su visita, aunque
aparentemente estaba destinada a instalar el ídolo de Baba, lo era
primariamente para romper el falso ídolo de un cuerpo hambreado
que la piadosa dama estaba adorando. Los aldeanos la adoraban,
porque ella aceptaba privaciones que estaban más allá del alcance
de ellos. Baba les dijo que la santidad se gana por medio de disci-
plinas más rigurosas que el matar de hambre al pobre estómago.
Los bhajans atraían a gente de todas las edades, clases y castas
dondequiera que Baba permanecía. Para permitir que la fe en un
nombre y forma en particular de Dios echara raíces y creciera has-
ta ser un árbol confiable, los fundadores de credos y cultos erigían
cercas en torno a la mente de los hombres. Los niños no pueden
arrastrarse sobre sus vientres ni gatear en las calles transitadas;
cuando se han desarrollado en vigorosos niños y niñas pueden de-
dicarse a jugar al aire libre y correr a lo largo y a través de los ca-
minos. Las advertencias como “Una sola vía”, “Cruce con precau-
ción”, “Sólo para peatones”, también han de ser instaladas en el
216
campo espiritual. El peligro, no obstante, reside en que estas ad-
vertencias se transforman en grilletes. Muy pronto el “Éste es el
Camino” degenera en “Éste es el único Camino” y, más adelante,
en “Otros Caminos llevan al Infierno” y “Te rescataremos del In-
fierno, quieras o no”.
Baba insiste en bhajans que glorifiquen todos los nombres y
formas de Dios. Es frecuente que las personas descubran al térmi-
no de las sesiones que han estado cantando bhajans para formas
de Dios que habían estado pasando por alto por generaciones. Y
se sienten contentas de hacerlo. Baba quería que no existieran
comparaciones ni críticas hacia la variedad de conceptos que Dios
ha provocado en la imaginación humana. Todos son igualmente
válidos y valiosos.
Después de unos pocos días en Madras, volamos a Delhi y se-
guimos en automóviles hacia Rishikesh, en donde el Ashram de Shi-
vananda esperaba el arribo de Baba. También en este Ashram los
bhajans formaban parte del programa regular de actividades. La bur-
bujeante corriente de dicha que fluía del Gurú hacía que el homenaje
fuera una hora de regocijo. Fuimos sorprendidos por un estribillo
tras otro. Cuando dirigía el bhajan, Shivananda Maharaj mostraba
un modo infantil e inocente de absorber a cada participante en el
canto, cosa que nos llenó de alegría y expectación. Con un estilo ín-
timo propio, enseñaba profundas lecciones acerca de verdades espi-
rituales. “¡Rama! ¡Krishna! ¡Govinda!”, el primer verso, podía con-
vertirse en “Collar Diamantes Govinda”, en el segundo y en “A-B-C-
D Govinda”, en el tercero. El punto que buscaba enfatizar era El Ab-
soluto Universal inherente a todos los aspectos y conceptos.
Durante mi primera noche en Rishikesh, el sagrado punto jun-
to al Ganges, logré una victoria que había estado persiguiendo por
más de nueve agonizantes años. Debo admitir que me había con-
vertido en una víctima del rapé durante mis años de estadía en la
Real Ciudad de Mysore. La preparación de una variedad oscura de
cápsulas que, al ser apretadas entre el pulgar y el índice, se volvían
un aromático rapé para ser inhalado y disfrutado, constituía un arte
que le era conocido sólo a unas pocas familias de allá. Era una ad-
quisición aromática de la aristocracia. Mi amigo, el Swami Siddes-
warananda, el poeta Puttappa y muchos otros de esa generación
217
eran devotos de este excitante artilugio para despertar la mente.
Ese vicio me llevó de la nariz durante tres décadas. Cuando cedí an-
te el impacto de Baba, decidí, como en el caso de Simbad, echar
por tierra al viejo que iba montado sobre mí. Sin embargo, se afe-
rró con firmeza. A menudo, cuando estaba al alcance de mis oídos,
Baba hablaba severamente en contra del hábito, aunque, felizmen-
te, sólo en términos generales. Hablaba en tono de menosprecio
sobre algunas personas a las que yo conocía y condenaba la flaque-
za que les impedía zafarse del sucio y polvoriento hábito del rapé.
Me alegraba de que no me hubiera puesto en la lista negra, nom-
brándome. Cuando me sumé a la partida de Riskiquesh, me apare-
cí con una libra de peso del precioso material, comprado en Ma-
dras, como para poder olfatear a gusto en la región sin rapé.
Esa noche, Baba vino desde la cabaña en el complejo del Ash-
ram que se le había asignado, hasta el dormitorio en donde yo,
con otros cinco, nos estábamos preparando para descansar. Yo ha-
bía hecho mi cama y disfrutaba estirando mis miembros, cuando
apareció Baba seguido de Satchidananda y Sadananda. Se acercó
a mi catre y movió la almohada para dejar al descubierto la caja de
rapé que descansaba cómodamente allí. Me estremecí de remordi-
miento. Recordé el ritual de siglos de antigüedad que observaban
los hindúes al llegar a puntos de peregrinación: renuncian a uno de
los hábitos que les son más queridos. Baba me miró severamente.
Pronunció una sola palabra: “Sucio”. Tomé la cajita y la lancé lejos
en la densa noche. Apreté los dientes para sujetar mis sollozos. Hi-
ce un voto vehemente, tocando los pies de Baba: “¡No más, Swa-
mi! ¡Lo dejo de lado desde este momento!”.
Baba me dio una suave palmadita en el hombro, me agaché y
saqué de debajo del catre mi maleta de cuero, tomé la lata con la li-
bra del desagradable material y estaba por lanzarla hacia los arbus-
tos de afuera, cuando dos renunciantes vestidos con túnicas ocres
me la arrancaron de las manos. Dijeron (evidentemente no forma-
ban parte del Ashram de Sivananda) que tenían que conseguir su
provisión del “Jnana Choornam” (el Polvo que fomenta el Intelecto)
desde Nueva Delhi, lo que quedaba muy lejos. Escuchando el ruido,
Baba se volvió y se echó a reír. Satchidananda y Sadananda tam-
bién se rieron. Desde entonces no he vuelto a inhalar ese veneno
218
rajásico. ¡Era realmente lamentable que aquello que yo, un hombre
de hogar, había lanzado al viento, hubiera sido recogido y capturado
por esos sanyasins!
Antes de ingresar al monasterio, Swami Sadananda había sido
Profesor de Historia en el Instituto Superior de la Presidencia en
Madras. Había llegado hasta Puttaparti poco antes, para el Año
Nuevo tamil. Baba nos había llevado a ambos hasta un manantial
que sale a borbotones entre las rocas de un valle ubicado hacia el
oeste del Mandir. Su tema favorito de estudio era el Saivismo, una
escuela filosófica y de culto que subraya el aspecto de Shiva de la
Divinidad. Baba lo llevó a hablar de la significancia del lingam. Ba-
ba explicó que representaba el Emerger del Cosmos desde lo sin
forma como también la Inmersión del Cosmos en lo sin forma. “El
sol aparece como un enorme disco rojo tanto cuando se levanta
como cuando se pone”, dijo Swami.
“Ésta es una revelación en el Día de Año Nuevo para mí”, dijo
el sanyasin. “Han pasado ya muchos años desde que celebraras el
Año Nuevo. Entonces estabas rodeado de tu familia. Ahora estás
en la Familia Sai. Mira, toma esto”, dijo Baba mientras giraba la
mano. Sobre Su palma reposaba un “obbattu”, un preparado dulce
que se sirve tradicionalmente para el Año Nuevo en los hogares ta-
mil: ¡caliente, fragante, cubierto de ghee, grueso, circular y espol-
voreado con azúcar! Se me hizo agua la boca. El asceta estiró la
mano. En vista de mi situación, Baba volvió a girar la mano y pro-
yectó un segundo “obbattu” para mí. Como en lo básico soy un ta-
mil, nacido en la región del Malayalam y que viviera por treinta y
dos años en el área Kannada antes de navegar hacia el puerto de
Sai (telugu), podía considerar míos muchos días de Año Nuevo.
Como dos receptores de los “obbattus de Año Nuevo de Baba y
dos profesores de Historia, Sadananda y yo nos juntamos en Rishi-
kesh como gemelos idénticos. Swami Sivananda era la encarna-
ción misma de la ecuanimidad. Sus discípulos lo empujaban en una
silla de ruedas por todas partes, en medio de vociferantes ruegos y
protestas de visitantes e internos.
Durante el regreso de un largo día de permanencia en el Pala-
cio de Garhwal, en la ribera derecha del Ganges, unas millas río
arriba, Baba entró, sin que nadie se lo pidiera, a la Vasishta Guha (la
219
caverna bautizada según el Gurú de Rama, Vasishta) para bendecir
al ermitaño que la había convertido en su oratorio y laboratorio.
Cuando supo que yo venía de Kerala, que podía hablar Malayalam
y que había recibido la iniciación en la Orden de Ramakrishna Para-
mahamsa de su propio Gurú, Tarak Maharaj (conocido como Ma-
hapurushji) me recibió muy cordialmente. Las cuerdas de mi cora-
zón se tensaron cuando me engañé a mí mismo enumerándole es-
tos tres puntos de mis datos biográficos. Era un monje que había re-
nunciado a nombre y hogar, que había hecho el voto de adorar a
todo como igualmente divino. “¿Qué derecho tenía yo para revivir
su memoria relatándole eventos e ideas que había desechado traba-
josamente?”, me pregunté a mí mismo. Recordé que Bodhidharma,
el fundador del credo Zen, era conocido como el santo que mante-
nía silencio en siete idiomas. Mi Malayalam podía haber desencade-
nado una corriente de recuerdos en ese Swami acerca de su Kerala
nativa, de Trivandrum y del templo real de Anantha Padmanabha.
Mientras Purushothamananda se emocionaba en esa caverna,
en ese punto tan al Norte, con el recuerdo de este santuario cerca-
no al punto más sureño de la India, Baba nos pidió salir y que ce-
rráramos las puertas de la caverna. Él mismo se sentó en las rodi-
llas del septuagenario santo. El cuerpo de Baba estaba bañado por
un resplandor divino y parecía demasiado grande como para caber
sobre las rodillas del anciano o hasta en la caverna. Irradiaba rayos
de un esplendor increíble en todas direcciones, desde Su rostro y
cuerpo. Purushothamananda estaba perdido en un trance extático.
Sus dos discípulos estaban demasiado sorprendidos como para en-
tender, se sentían abrumados por el misterio. Supuse que Baba es-
taba confiriendo una Visión única. Más tarde Baba explicó que le
había otorgado el darshan de Padmanabha, tal como lo llevaba ins-
talado desde su niñez en el corazón. “Fue el Jyothispadmanabha”,
dijo. Jyothi significa Luz.
Después de uno o dos minutos, Baba se puso de pie y, sentán-
dose junto al septuagenario, le llamó por su nombre y, lentamente,
lo trajo de vuelta a la conciencia del tiempo y el espacio. Baba en-
tonó una canción sobre Rama compuesta por Tyagaraja y, al ter-
minarla, hizo girar la mano y materializó un rosario de brillantes
cuentas de espato para Purushothamananda.
220
Treinta y ocho años antes, Purushothamananda le había
escrito a su Gurú (y el mío): “Todo es falso. No quedaré satisfe-
cho hasta que no me enfrente cara a cara con la Verdad”. Creo
que esa noche vio la Verdad. Cinco años más tarde, cuando el
Swami dejara atrás su cuerpo y se fundiera con esa Verdad, Ba-
ba me anunció su fallecimiento en Puttaparti. Esto fue unos po-
cos minutos antes de la emergencia del lingam desde el estóma-
go de Baba, en donde estaba creciendo por días. Era Mahasiva-
rathri, Baba me dijo que el cuerpo del Swami sería sepultado
con el rosario de espato sobre el pecho. (¡Así fue!)
221
Antes de dejar Rishikesh, Sadananda le solicitó a Baba que le
diera consejos a los internos del Ashram acerca del Sadhana y la vi-
da espiritual. Baba les dijo que la indiferencia era algo que surgía en
forma natural allí donde la vida estaba demasiado reglamentada y
era demasiado segura. Quería que los monjes se sintieran frescos y
libres en todo momento, aceptando al “hoy” como recompensa por
ayer y como ensayo para mañana. La mañana del día de nuestra
partida, Swami Sivananda insistió en acompañar a Baba para dar
una vuelta por el área. Baba le había devuelto la salud con dosis dia-
rias de agua del Ganges. Cuando Baba se paraba en el escalón de
piedra más cercano al nivel del río y se agachaba para llenar el jarro
en él, por Su Voluntad, el Ganges se transformaba en el dulce, fra-
gante y nectarino remedio que el monje bebía de Su mano. Era deli-
ciosamente gratificado. De este modo, la estadía de Baba en Rishi-
kesh fue marcada por sucesos silenciosos aunque supremos que re-
velaron Su soberanía.
Al volver a Delhi nos aguardaba otro precioso regalo: una es-
tadía de una semana con Baba en el encantador valle de Cache-
mira. El lago había invernado en los picachos circundantes. Las
praderas vestían saris de verde jaspeado. Jhelum portaba casas
enteras sobre su pecho. Fragantes plantas de azafrán crecían so-
bre balsas de madera que flotaban sobre el agua. Fuentes, pinos,
sicomoros, ciervos y loros por decenas y veintenas; hacia donde
se volviera la mirada había rosas deleitando la vista. Ríos de pere-
grinos desfilaron por la barca en la que Baba les dio darshan. Mu-
chos de ellos, como la hermana del temible Subash Chandra Bo-
se, fueron llamados a Su Presencia por Baba, lo mismo por me-
dio de sus sueños.
No ascendimos el Monte Shankaracharya, porque teníamos
entre nosotros a Shankara mismo. Los seguidores del Acharya
habían inventado un dudoso milagro en los relatos exagerados so-
bre su vida, el que podía ser desestimado como algo cómico y vul-
gar a la vez. La historia, desprovista de los adornos legendarios,
reza como sigue: El Acharya derrotó a un contendiente en un
duelo filosófico, pero la esposa, que no quiso aceptar la decepción
de su marido, declaró que ella era la otra mitad y que la victoria
plena se ganaría únicamente si ella también era derrotada. Y, en
222
un ataque de audacia nada india ni femenina, desafió al ascético
Acharya para que respondiera preguntas acerca de complicacio-
nes de la vida sexual. Según esta absurda historia, ¡el Acharya pi-
dió tiempo para responder! Descubrió el cadáver de un Maharaja
colocado sobre la pira funeraria y, de inmediato, por su voluntad
hizo que su propio principio vital entrara en el muerto y lo revivie-
ra, en tanto que sus leales discípulos cuidaban de su envoltura físi-
ca. El Maharaja liberado así del funeral o, más bien el Archaya en-
fundado en el Cuerpo Real, pasó meses de juerga en el harem re-
gio; pero tuvo que volver apresuradamente a su propio cuerpo
cuando las reinas comenzaron a dudar de la genuinidad del “Ma-
haraja” misteriosamente resucitado. Entonces, el Archaya venció
a la dama en la batalla de inteligencia y salió triunfante, incluso,
de tan vulgar certamen. Baba explica que tales cuentos resultan
demasiado increíbles y triviales y no son necesarios para lanzar
más luz sobre el esplendor solar de Sankaracharya: no sirven sino
para velar y apagar su gloria.
Baba decidió llevarnos hasta la altura en que comenzaba la nie-
ve. El agente de turismo que estaba organizando la visita, ya había
descartado el rol de hombre de negocios y se volvió humilde como
uno de nosotros. Le rogó a Baba que fuera a visitar a sus ancianos
padres en Srinagar, que bendijera a su mujer e hijos y también a la
familia de su hermano. Muy contento, alquiló un autobús hasta Gul-
marg y “ponies” desde allí a Kilanamarg, en donde una gruesa capa
de nieve cubría las laderas de los Montes Himalaya.
La Dra. Lakshmi me retuvo en la casa-barca en cama; el ter-
mómetro marcaba una temperatura bastante alta bajo mi lengua.
Sin embargo, pude escapar a sus ojos de lince y correr hacia el ve-
hículo que ya estaba calentando el motor para partir. Pese a la go-
rra que cubría mi cabeza y al chal de lana que envolvía mi cuello y
hombros, Baba, que estaba parado al lado de su limosina, me re-
conoció. Dijo: “¡Kasturi! ¿Por qué tan atrasado? ¡Sube rápido!” Me
icé para entrar al autobús, dejando atrás el malestar y la fiebre.
Tuve que enfrentarme a un difícil e insoluble asunto en Gul-
marg: montar o no montar el pony que había sido alquilado para
mí. Tenía un lindo nombre: “Black Beauty”. Era esbelto y tranquilo
y dio un relincho de vacilante bienvenida. No había montado jamás
223
a caballo, ¡no había aprendido siquiera cómo subirme a un secarro-
pa de travesaños! El animal me miraba con evidente desconfianza:
me dio la impresión de que prefería a cualquiera que no fuera un
profesor jubilado. Tampoco yo me sentía muy complacido con el
proyecto de equilibrarme sobre esa inquietud en cuatro patas. Escu-
ché, entonces, la palabra de Baba dirigida a mis vacilaciones:
“¡Monta! Ése es tu caballo”. Le pedí al mozo que llevara a “Black
Beauty” hacia un pedazo de muro a cierta distancia. Cuando estuvo
junto a él, me las arreglé para subir al muro y deslizarme sobre la
montura, mientras el mozo me ayudaba a poner los pies en los es-
tribos. Mi trasero se acomodó en una montura que no parecía muy
segura sobre el lomo del animal. Cuando el caballo reaccionó ante
el chasquido de la fusta, casi me voy de cabeza, pero el mozo me
empujó rudamente a la posición correcta.
Éramos como quince a caballo en total. Mi montura parecía ser
afligida por un alto grado de preferencias, de perjuicios y de travesu-
ras. El mozo seguía atrás y dio con la fusta en el anca. Esto hizo que
la parte trasera del cuadrúpedo se levantara, aunque la mitad delan-
tera rehusó moverse. Muy a menudo tuvo que caminar junto a la
“Beauty”, tirando firmemente de las crines sobre su frente, mientras
pronunciaba toda clase de expresiones abominables sobre sus an-
cestros. El pobre infortunado de mí, entretanto, le suplicaba a Baba
que pusiera la línea de la nieve cada vez más cerca. Iba sentado en
la dura montura, mientras mis piernas apretaban la tibia piel del ani-
mal. De modo que, al poco rato, comenzó a arderme la piel y pron-
to amenazó con llegar el punto de ebullición. Algunos de los demás
caballos también comenzaron a ponerse histéricos y a mostrar arre-
batos y desfallecimientos. Cuando la huella se empinaba, se nos
aconsejaba doblarnos hacia adelante y cuando bajaba abruptamen-
te, inclinarnos hacia atrás. Resultaba difícil decidir cuándo hacer
qué. Finalmente, terminó la odisea. Cuando desembarqué, noté que
no había sufrido demasiado daño. Pude subir hasta donde estaba
Baba y tocar Sus pies.
Muy poco después nos convertimos en una banda de chiquillos
revoltosos rodeando a Krishna. Baba nos lanzaba bolas de nieve y
disfrutó de un tobogán con el que nos deslizamos por la blanda la-
dera. Subimos la ladera y la bajamos sentados sobre tablas, usando
224
unas ramas cortas como frenos, las que enterrábamos en la nieve si
aumentaba mucho la velocidad. A Baba no le afectó el extremado
frío. No llevaba nada de lana: vestía la usual bata de seda. Nos hacía
pensar en Shiva danzando sobre la alfombra de nieve de Kailas.
Cuando quedamos demasiado exhaustos como para seguir ha-
ciéndonos bromas y jugando con esa extraña sustancia, la nieve,
Baba llamó a detener el juego. Bebimos café caliente servido por
madre Sai desde los termos y posamos para fotografías con Baba
montado en Raja, su caballo. Cada caballo, con su jinete a cuestas,
tuvo la oportunidad de ser bendecido de este modo. Después volvi-
mos a Gulmarg y desde allí en autobús a Srinagar. Toda la historia
de Cachemira, tal como se la describe en la crónica en sánscrito
“Rajatarangini”, escrita hace varios siglos, se fue desenrollando an-
te mis ojos, página tras página, mientras pasaba junto a las gargan-
tas, las planicies y los pasos de aquel valle: La Joya de la Corona de
la Madre India.
Los devotos de Delhi decidieron pasar un día con Baba en Mat-
hura y Brindavan, llenas de los ecos de vibraciones épicas de la
Flauta de Krishna y las campanitas tintineantes en los tobillos de las
Gopis danzantes. Baba y nuestros anfitriones llegaron mucho antes
a Mathura que nosotros, porque nuestro autobús se quedó en la mi-
tad del recorrido y tuvimos que esperar que otro vehículo, desde
Delhi, llegara a rescatarnos. Baba no hizo nada hasta que no le al-
canzamos: se resistió a ruegos, persuasiones y presiones. Se rehusó
a entrar a la ciudad o los templos en las riberas del Yamuna antes
de que todo el grupo pudiera hacerlo.
225
Ese medio día fue, en verdad, una peregrinación inolvidable al
Yamuna, con el Krishna contemporáneo. Me sorprendí de encon-
trar las zonas de balneario repletas de inmensas tortugas: símbolo
desde hace siglos, tanto en la escultura como en la pintura, de ese
Sagrado río. También encontré bandadas de pavos reales
pavoneándose orgullosamente y exhibiendo su sagrada historia que
data desde el Bhagavatha. Parecían saber que, en Su infancia,
Krishna llevaba una pluma de pavo real insertada entre los pliegues
de Su rústico cintillo.
Baba nos llevó hasta el templo de Krishna en el que Meera Bai,
la Reina Rajput, había vaciado su alma en una corriente de melodías.
Cuando propusimos recitar sólo algunos de los Bhajans de Meera
frente al santuario, Baba hizo girar Su palma en círculo en la puerta
y descubrimos en Su mano un ídolo que era la réplica exacta de
aquel que cautivara el corazón de Meera. Dijo: “Volvamos al ‘bunga-
low’ de Dak y pueden cantar bhajans a gusto frente a este Krishna”.
¡Quién podía haber imaginado que Su voluntad moldearía en “pla-
ta” un Krishna en miniatura, de siete pulgadas y media de alto, que
duplicaba en cada detalle cada curva y contorno, cada rasgo y plie-
gue, cada sombra y línea lo que hacía tan vital y vibrante al Krishna
de Meera! Mi ansiedad por entender a Baba aumentaba de manera
insoportablemente insistente. Mas sólo podía orar porque ese esta-
do de la mente durara para siempre. Sólo anhelaba la humildad co-
mo para hacerle frente al estremecimiento y el temblor de la emo-
ción y no ceder a la jactancia de encerrarlo en una fórmula, de ex-
plorarlo por medio de un silogismo o diagnosticarlo con ayuda de
un dogma. Ahí, en mi mano estaba el ícono sólido, porque lo había
puesto bajo mi custodia. Más tarde cantamos bhajans delante de él
por una hora, después lo llevamos a Delhi, en donde se encuentra
ahora alojado en el altar del hogar de nuestro anfitrión.
Me hacía más viejo cada día, aunque rara vez me daba cuenta
de ello. Baba nos mantenía perpetuamente en tal estado de maravi-
lla que no me sentía inclinado ni dispuesto a contar las arrugas de
mi frente. No obstante, me acercaba a mi sexagésimo cumpleaños:
una línea divisoria de la vida que está marcada por rituales védicos
para apaciguar a los Dioses y para iniciar las penitencias que son
preliminares para actividades espirituales más intensas. Baba acon-
226
seja que el haber completado seis décadas de vida se debe celebrar
con un ultimátum a los seis enemigos del hombre: lujuria, ira, codi-
cia, apego, orgullo y odio. Yo vacilaba planear la ejecución de los ri-
tos, ya que mi hijo se encontraba lejos en Canadá, trabajando en el
Estudio Geológico del país. Su mujer estaba con él. Sus dos hijos,
ambos varones, estudiaban en Madras bajo la tutoría del Director de
la Escuela, un leal teósofo. Cuando los padres se despidieran de
ellos antes de partir hacia Toronto, Baba le aseguró a los niños:
“Cuando sientan el anhelo de ver a su madre, piensen en Mí”. Se-
gún los dictámenes sociales, estaba por debajo de la dignidad de un
padre anunciar y organizar la celebración de su propio cumpleaños:
este privilegio era monopolio del hijo. De modo que guardé silencio.
Pero Baba dijo: “Debo tener la alegría de ser testigo de la ale-
gría de tu madre”, de modo que tuve que saltar por sobre las nor-
mas del protocolo y preparar Yo mismo las ceremonias religiosas…
Se encontró a un sacerdote en Bukkapatnam y fue invitado a ofi-
ciar. Llegaron algunos de mis amigos de la All India Radio desde
Bangalore. El artista Nadaswaram al que había integrado a la emiso-
ra en Mysore en 1943, llegó a Prashanti Nilayam y ofreció sus ser-
vicios. Baba estaba tan ansioso por promover algo deleitable que vi-
no hasta mi residencia cuando se estaba llevando a cabo el ritual ini-
cial para santificar el aceite para nuestro baño ritual. Animó el even-
to con bromas y risas, en su mayoría a expensas mías y de mi mu-
jer. Entró en la carpa montada junto a mi vivienda y bendijo a los
cocineros que trabajaban allí.
Hacia las diez de la mañana el sacerdote se hizo cargo del pro-
grama. Vestíamos las ropas que Baba nos había regalado antes y
entramos a la Sala de Oración. Postrándonos juntos ante el santua-
rio, fuimos luego a tomar asiento frente al fuego ya encendido sobre
la plataforma de piedra del extremo oriental de la Sala. Habíamos
colocado la silla de plata en la parte sureste de la plataforma. Para
suerte nuestra, un devoto había traído ese mismo día un escabel de
plata, esculpido en forma de una flor de loto abierta. Con la aproba-
ción de Baba pudimos emplearlo para Su uso, mientras estaba en la
silla, observando el procedimiento. El sacerdote había recibido ins-
trucciones de Baba en cuanto a seguir los pasos que Él consideraba
esenciales: el culto a Ganesha, el propiciar a las nueve Deidades
227
planetarias y el rito penitencial para atraer hacia nosotros las bendi-
ciones del Señor. Baba estaba en la silla cuando se llevó a cabo el
último de estos ritos. Al finalizar, nos permitió adorarle a Él, con
ofrenda de flores a Sus pies que descansaban sobre el loto de plata.
La Sala estaba repleta de devotos.
El sacerdote leyó, uno por uno, en un estilo claro y convincen-
te, los mil ocho Nombres compuestos para Baba mucho tiempo
antes por los pundits de los alrededores de Shirdi. Yo estaba senta-
do a la derecha y mi mujer a la izquierda del loto y los dos monto-
nes de flores de diferentes tonalidades y fragancias parecían crecer
a cada segundo sobre los pies. Baba estaba sentado allí, sonriente
y sereno, recompensándonos con una no merecida buena suerte.
Corrigió mi pronunciación de los Nombres sánscritos y, a menudo,
se adelantaba al sacerdote en la recitación de Sus Nombres. No
pude retener las lágrimas cuando los nombres que yo enunciaba
llevaban significados que me tocaban el corazón y evocaban re-
cuerdos del poder, la majestad y el misterio de Baba, el que había
venido a enseñarme a aceptar los golpes y los ramos de flores con
ecuanimidad.
Con cada paso que doy hacia Él, se expande el horizonte del
cielo; con cada paso que Él da dentro de mi conciencia, se encoge
el horizonte de mi soberbia. Mi mujer estaba abrumada por lo ine-
narrable del fenómeno que había permitido tal proximidad. Cuando
terminó el Puja, Baba se puso de pie y vino hacia nosotros. Estába-
mos parados con mi madre entre nosotros. La madre que me había
puesto a los pies de Shiva, cuando niño, en Vaikam en Kerala, esta-
ba viendo ahora a Shiva en forma humana y a ese hijo parado, con
las manos unidas, frente al mismo Shiva.
Baba hizo girar Su mano y transformó el cielo que cogió en un
Mangala Sutra para ella y un medallón para mí, ambos hechos en
lo que debe llamarse Oro de Sai. Mientras yo le ataba a ella el Sutra
al cuello, Baba sacudió Su palma sobre Su cabeza y de ella ¡llovie-
ron granos de arroz coloreados, y polvo de kumkum y haldi! Éstos
son artículos tradicionalmente auspiciosos con los que los mayores
bendicen a los recién casados. Estábamos siendo desposados de
nuevo con votos celestiales. Baba puso, lento, en los brazos de ella
un sari de seda, y un dhoti de seda en los míos. Esto sí que era la
228
compasión con una dulzura superlativa. Mi mujer estaba abrumada.
No estaba parada en el suelo, sino en algún lugar del espacio. Hubo
de ser ayudada para que no cayera y ser conducida cuidadosamente
hasta nuestro sitio con una expresión atónita y maravillada, con la
cara manchada de rojo y amarillo y los cabellos cubiertos de granos
de arroz hasta entre los enmarañados rizos. La ceremonia que mar-
cara el sexagésimo cumpleaños estuvo, en verdad, tan iluminada
por la Gracia Divina que quedó más allá de mi entendimiento. El re-
cordarla me resulta inmensamente gratificante… aún ahora.
Nos volvimos a exiliar en Bangalore. El encanto de transmitir
paquetes de cultura, atrayentes al oído, a los millones de Karnataka
que, como sabíamos, carecían de radiorreceptores en sus hogares o
en las salas comunales, se disolvió muy rápidamente. La fotografía
de los pies sobre el loto de plata, con un montón de rosas sobre
ellos, atraía mi mente hacia Puttaparti a toda hora del día.
Tampoco mi madre era feliz con nuestra lejanía física de la
fuente de alegría eterna. Nos escribió cartas cada vez más frecuen-
tes urgiéndonos a hacernos de alas para volar fuera de la jaula de la
AIR. “Baba entró a la cocina hoy y me encontró culpable de lo que
llamó ‘una alimentación escasa’.” “Baba me llevó hoy de la mano
hacia la sala de entrevistas y me indicó que comiera más vegetales y
frutas. Le he dado a Kasturi más dinero del que necesita, voy a pre-
ocuparme del aprovisionamiento diario de buenas frutas”, dijo.
“Hoy, Baba se quedó en casa por un largo rato. Me dijo que no te
sentías feliz con tu trabajo. Dijo que podías tener ahora un trabajo
que hacer aquí mismo”. Estas cartas nos impulsaron a empaquetar
nuestras cosas y mantener los dedos cruzados.
229
LA PENITENCIA ES REEMPLAZADA
POR LA PLUMA
R
ecibí muy rápidamente las buenas noticias: Baba había
venido a Bangalore y se alojaba en la casa de Seri Vittal
Rao en el Road Cross 9, Wilson Gradens, a sólo cinco
minutos de la mía, “Ashoka”, en el 12° Cross. Sabiendo que había
una posibilidad de que viniera, le di una propina al lavandero que se
estaba ocupando del lavado de las cortinas de la residencia, para
que me informara tan pronto entregara el pedido. Me había dado
cuenta de que Vittal Rao hacía lavar y planchar las cortinas de ven-
tanas y puertas como parte del aseo general de la casa previo a la
visita de Baba. Cuando, finalmente, se filtraron las noticias, ubiqué a
la hijita de mi doméstica sobre una banca de piedra frente a la casa,
con instrucciones de estar atenta a la llegada de un automóvil gran-
de y de una bata naranja. Fue así que, a los diez minutos de entrar
Baba a la casa, ¡Vittal Rao se sorprendió de encontrarme en su ga-
lería de entrada! “¡Espera, espera!”, me rogó. Pero Baba me divisó
y se dirigió a mí con Su palma lista para caer sobre mi hombro.
“Ahora tienes trabajo en Puttaparti”, dijo. “Pronto se comenzará
con una revista mensual. ¡Adivina! ¿Cómo se llamará?”, preguntó.
Confesé que no podía sondear en Su voluntad. Sin embargo, arran-
có algunos nombres de mi reticencia. “El Camino hacia Dios”,
“Karma Dharma…”, “Premayoga”. Desechó los títulos que estaba
sugiriendo y anunció que había decidido designarla como Sanatha-
na Sarathi.
Este nombre es una clarinada. Es la caracola de Vishnu desper-
tando a los durmientes. Es el tamboril de Shiva desafiando a los des-
carriados a dejar de lado su desobediencia. “Sarathi” significa
“Aquel que sostiene las riendas”, “Sanathana” significa “Eterno”.
Así, ese título le anunciaría al mundo que Baba es la Omnivoluntad
231
que ha estado moldeando y manipulando, desde el Principio de los
Tiempos, las voluntades de los seres vivientes, desde la ameba al as-
tronauta. “Reconozcan a Dios como el Sarathi, cedan de corazón a
Sus directrices, lleguen en buenas condiciones a su destino”, era el
mensaje que Baba nos transmitía con ese Nombre. Me sentía con-
tento, elevado.
“Éste es el trigésimo segundo año de la carrera avatárica y ya
es tiempo de que Él se presente como el Maestro del mundo”, me
dije a mí mismo recordando Su primer discurso durante Dasara en
1953. Fue mientras el Señor actuaba como el Sarathi (Auriga) de
Arjuna que le fuera conferido, a través suyo, el Bhagavad Gita al
género humano. Por eso, el Señor es conocido como Partha (Arju-
na) Sarathi. Baba representa ahora al Sanathana Sarathi: el Auriga
para cada cual y en cualquier lugar.
Algunos días antes del lanzamiento del primer ejemplar de la
revista, Baba declaró frente a los reunidos en las arenas del Chitra-
vathi: “El Bhagavad Gita es un libro guía, un mapa, para el aspiran-
te a la paz y la liberación. El Señor se ha instalado Él Mismo en ca-
da corazón como el Auriga. Pídanle las directivas correctas y Él res-
ponderá y guiará. Podrán escuchar un Gita destinado especialmen-
te a cada uno si invocan al Señor”. Por lo tanto el Sanathana Sa-
rathi estaba pensado como un “Bhagawan Uvacha” (así dijo el Se-
ñor) para un mundo que se ha descarrillado y que se encuentra en
peligro fatal.
Informé al Akash Vani que me iba. La injuria que había sufrido
en manos del Profesor que fuera su pionero en Mysore, se había
curado durante mi segunda estadía en la emisora. Ello facilitó el pro-
cedimiento para alejarme. El Director trató de retenerme, soste-
niendo una zanahoria ante mis narices, pero, afortunadamente, me
fui. Una semana después, llegaron órdenes desde Nueva Delhi para
recuperar de los productores (literatos contratados, como yo) los ho-
norarios extra que se les pagaban por las arcas fiscales. Algunos sa-
buesos de la Secretaría habían descubierto la reglamentación de que
ninguna persona que se retirara del servicio gubernamental podía
percibir, ya sea del gobierno o de los gobiernos locales autónomos,
más dinero que el de la suma que recibía el día de su retiro. Yo me
retiré ganando trescientas cincuenta rupias como salario; mi pen-
232
sión más los honorarios de Akasha llegaban a la suma de seiscientas
rupias. De modo que, si me hubiera quedado, habría tenido que de-
volver doscientas cincuenta rupias por cada mes de mi asociación
con la Emisora. Otros pagaron, yo me libré de la sangría.
El Sanathana Sarathi me llevó de regreso a la morada de la
Luz y el Amor desde las regiones de las iras y las tormentas. Baba
había exhortado a los monjes de la Sociedad de la Vida Divina, en
Rishikesh: “¡Inhalen únicamente el aliento de Dios! Ésa es la real Vi-
da Divina. Carezcan de ego, sean huecos como la flauta, de esta
manera Krishna, el Señor, soplará a través de ustedes y llenará el
vacío que hayan logrado. Él creará cautivadoras melodías que en-
cantarán a toda la Creación”. El Señor había resuelto exhalar melo-
días a través del Sanathana Sarathi para cautivar a la Creación.
El primer número ya se había lanzado para Mahasivarathri en
febrero de 1958. Sri B.V. Reddy se había declarado como editor.
Se había impreso en una Editora de Dharmavaram y los pocos
cientos de copias se distribuyeron entre devotos. Cuando Baba vi-
sitó Bangalore, visitó la Editora Vichara Darpana en la Avenue
Road (una larga carretera sin árboles) acompañado por mí y Raja
Reddy, y compró una pequeña máquina operada con pedales,
con una plancha de catorce pulgadas de diámetro, un rodillo he-
cho en alguna matriz desconocida, dos cajas de tipos, una de in-
glés y otra de telugu.
En el Mensaje que escribiera para los lectores del número inau-
gural del Sanathana Sarathi, Baba explicó por qué había bautizado
así la revista. “A partir de este día —anunció— el Sanathana Sarat-
hi dirigirá al ejército (textos y escrituras espirituales) en contra de las
malvadas fuerzas de la injusticia, el desorden, la falsedad y la mal-
dad, encabezadas por el demonio Ego. Este Sarathi luchará por el
firme establecimiento de la paz en el mundo; proclamará su victoria
con vibrantes golpes de tambor. Por medio de su triunfo, le asegura-
rá el Ananda a todo el género humano”. Como Auriga, Baba esta-
ba determinado a timonear al mundo a salvo de enfermedades, de-
sastres y desesperación.
En lo que respecta al Ananda, Baba ya afirmó en 1947, que el
propósito con el que se le diera la vestidura humana, era “el de res-
catar al género humano del peligro inminente y el de conferirle
233
Ananda a todos los hombres, de todas partes”. El Sarathi no era si-
no uno de los instrumentos diseñados por Su voluntad. Y, a través
de Su Gracia, yo me convertí en la mosca sentada en el eje del ca-
rro, ¡con derecho a imaginar, regocijada, que sus ruedas se movían,
por estar ella allí!
Dorothy Sayers escribió en 1954: “Futilidad; falta de una fe vi-
va; la deriva hacia una moralidad suelta; el consumo codicioso; la
irresponsabilidad financiera y el mal genio incontrolado; un indivi-
dualismo opinante y obstinado; la violencia, la esterilidad; la falta de
reverencia por la vida y la propiedad incluyendo las propias; la ex-
plotación del sexo; el deterioro del lenguaje por medio de los avisos
y la publicidad; la comercialización de la religión; la complacencia
con la superstición y el condicionamiento de la mente de la gente
por medio de la histeria colectiva y las fascinaciones de todo tipo; la
vanalidad y el manejo de influencias en los asuntos públicos; la des-
honestidad en las cosas materiales; la deshonestidad intelectual; el
fomento de la discordia (clase contra clase, nación contra nación)
por el lucro que se logre; la falsificación y la destrucción de los me-
dios de comunicación; la explotación de las más bajas y estúpidas
emociones colectivas; la traición hasta en lo fundamental del paren-
tesco, el país, el amigo elegido y la fidelidad jurada: todo ello repre-
senta las muy conocidas etapas que llevan a la muerte fatal de la so-
ciedad y, la extinción de todas las relaciones civilizadas”.
Y, en 1958, Baba nos aseguró que “la muerte fatal” iba a ser
revocada y exorcizado el temor a la extinción. Baba ha diagnostica-
do que esa enfermedad mortal cuyos síntomas enunciara Dorothy
Sayers, era causada por el cruel virus del Ego Egregius. El Ego había
de ser remojado en Ananda para que su poder tóxico sea transfor-
mado en potencia tónica. Este Ananda no es una emoción: no es
algo que surja y desaparezca. Es una experiencia positiva autosatis-
factoria. El Ananda nos libera del temor y de la inconstancia, de la
envidia y la enemistad, del orgullo y la mezquindad. En el Ananda
estamos solos con el Solo.
Baba le recordó a los lectores del Sanathana Sarathi que las le-
tras iniciales de Su Nombre: S.S.S.B., comunicaban el alcance y la
naturaleza de los campos del pensar y la acción en los que está ínti-
mamente comprometido. “S” representaba a Sangha (sociedad).
234
Buscaba, dijo, la integración y la iluminación de la sociedad como
un instrumento para la elevación del individuo que es moldeado y
modelado por ella y a través de ella. La segunda “S” representaba a
Samskrithi (cultura). Buscaba, dijo, labrar los instintos, impulsos, pa-
siones y emociones del hombre, con el objeto de promover la paz y
la armonía en la sociedad y la dulzura y la serenidad en el individuo.
La tercera “S”, dijo Baba, representaba al Sanathana (los valores
eternos). Buscaba, dijo, la conservación y la consumación de los va-
lores humanos, tal como fueran descubiertos y delineados por los
profetas, sabios y santos de todos los países y todos los tiempos. La
letra “B”, anunció Baba, significaba “Bloque”. ¡Vale decir, en tanto
que las tres “S” indican Su estrategia para la elevación humana, to-
do lo que no tenga relación con eso queda “bloqueado”, porque Él
no lo considera digno de atención. Estos tres horizontes eran los
que el Sanathana Sarathi tenía destacados para su servicio: todo lo
demás quedaba “fuera de los límites” de la revista.
Incluso, quince años más tarde, Baba le recordaba a quienes
estaban a cargo de la edición y la publicación de la revista, que
había que propagar con asiduidad, sin considerar despliegues or-
namentales ni cálculos de ganancias/pérdidas, la integración de la
raza humana.
También nos asignó otro deber. “Puede que el hombre llegue
a dominar al Universo, sin embargo, ¿qué puede afirmar haber
conocido si no se ha dominado a sí mismo? Si no tiene concien-
cia de sí mismo, no tendrá conocimiento del conocedor. El Sanat-
hana Sarathi tiene como misión afirmar esta Verdad, instalar esta
Verdad en el corazón del hombre e insistir en que cada uno practi-
que esta Verdad.”
“Sathya y Dharma: esto es lo que uno debiera tratar de cono-
cer y no el mundo de la Naturaleza, el cuerpo o la mente, que no
son tan vitales, aunque el conocimiento acerca de ellos tal vez sea
necesario y hasta inevitable como equipamiento.” El conocimiento
de cualquier tipo tiene como base al Atma. En cada objeto el Atma
se manifiesta como forma y como función. Como ideal, el Sanatha-
na Sarathi conlleva la comunicación de esta experiencia. Está dedi-
cando todos sus esfuerzos a atraer a los buscadores hacia una nueva
aventura: regular las actividades de la vida individual y disciplinar la
235
vida social. Baba bendijo para que el Sanathana Sarathi pueda
“fluir como el Santhosha Dai” (Otorgador de Alegría Satisfactoria).
“Que pueda aumentar su caudal y fluir como Prema Saayi” (el
Amor que es Sai). Que el Sanathana Sarathi pueda alcanzar su flo-
ración suprema como Sarva-Jiya-Samai-Kya-Vaaridhi (Océano de
Unión Integral de Todos los Seres), la meta de “la Conciencia del
Unico sin un segundo”. En 1978, Baba escribió nuevamente: “El
Sanathana Sarathi es el puente que les conduce a ustedes hacia Mí
y que me lleva hacia ustedes”.
¡Qué gran penitencia fue la de llevar el disfraz de “El editor del
Sanathana Sarathi”! La revista era recibida como Prasad por los
devotos; el cartero que la distribuía era bienvenido con gratitud y se
le agradecía profusamente; la revista era colocada sobre el altar, de-
lante de la foto de Bhagavan y leída con reverencia. No pasó mu-
cho tiempo sin que las manos que se extendían para solicitar copias
aumentaran en tal número que hubo que pensar en una suscripción
anual de tres rupias para enfrentar los gastos de correo y otros. Ba-
ba no estaba a favor de hacer campañas para lograr más suscripto-
res, donantes, patrocinadores, etc., como tampoco de aceptar sus-
cripciones por más de un año. Quería que los lectores decidieran
por sí mismos si deseaban seguir con la dieta que se les ofrecía. Se
negó también a una proposición de enviarles cartas a los suscripto-
res, para advertirles que si no pagaban otro año, el Sarathi no se
continuaría remitiendo. “Déjenlo a su arbitrio. El hambre que acucia
es advertencia suficiente”, dijo. “El Sarathi debe ser esperado,
aceptado, atesorado y estudiado con avidez. Perderlo debe producir
tanta tristeza como el perder a un compañero en un viaje a través
de un país desconocido”, indicó.
También debíamos abstenernos de conseguir avisadores. En
el primer ejemplar se anunció: “La revista no cuenta con espacio
para avisos comerciales”. Baba dijo: “Los avisos estimulan deseos
debilitadores, se nutren de la exageración y el esnobismo”. “Yo
soy Sathyasya Sathyam, la Verdad de Verdades. ¿Para qué ha ve-
nido la Verdad a la Tierra en forma humana? La respuesta es: pa-
ra plantar en el corazón del hombre el anhelo de la Verdad, para
poner al hombre en el camino hacia la Verdad, para ayudarle al
hombre a alcanzar la Verdad por medio de una instrucción con
236
amor y por el don último de la Iluminación.” “El Sanathana Sa-
rathi es el resultado de Mi Sankalpa (Voluntad), Mi Utsaha (Afán)
y Mi Ananda (Deleite). Nada puede interponerse en el camino una
vez que he decidido cualquier paso en Mi Misión”, dijo en 1962,
al celebrarse el aniversario del Sanathana Sarathi en Prashanti
Nilayam. “Los lectores deben valorar la revista por la instrucción y
la inspiración que imparte.”
La nota siguiente se incluyó ya en el ejemplar inaugural: “Se-
rán aceptados los artículos de contribución de los lectores, sólo
cuando traten del tema religioso-filosófico. Deberán provenir de
aquellos que estén dedicados a poner en práctica aquello de lo
que hablan. No deberán enviarse para su publicación noticias pú-
blicas o comentarios sobre noticias públicas”. Muchos amigos
doctos, que se han ganado para sí mismos un nicho en la galería
de la fama, se quejaron a mí señalando que la indicación de “es-
tén dedicados a poner en práctica aquello de lo que hablan” les
había hecho abstenerse de contribuir con la revista. Puesto que
Bhagavan ha hecho benevolentemente uso del Sarathi como ve-
hículo principal para Sus mensajes y escritos y puesto que Sus dis-
cursos ocupan el mayor espacio en la revista, uno puede fácilmen-
te ponerse selectivo en cuanto a las contribuciones. Un hermano
que había enviado algunos artículos largos, no reaccionó con ge-
nerosidad cuando le recorté los textos. Su resentimiento hizo ex-
plosión en una diatriba tan pestilente, que tuve que devolverle la
carta a vuelta de correo, después de haberla sumergido en desin-
fectante. Afortunadamente se trató de un flechazo aislado. Debo
reconocer, con gratitud, la conmiseración y la tolerancia con la
que me han abrumado los lectores. Nunca he esperado elogios o
congratulaciones, porque estaba consciente de mis deficiencias
más que ningún otro. Debo luchar contra ellas en cada momento
de mi vida. Bhagavan me ha estado impulsando a hacer correc-
ciones de los lapsus y a arrepentirme de la ineptitud.
Por muchos meses, el Sarathi se publicó mitad en telugu y
mitad en inglés. Más tarde, las partes fueron enviadas por separa-
do. Los logros que había alcanzado en el kannada y que me gana-
ron un cierto renombre como figura literaria, se convirtieron en
un obstáculo al volverme hacia el telugu. Los giros, frases, prover-
237
bios y fonemas del kannada se infiltraban como polizones en mis
oraciones en telugu. Traté de barrer con ellos, pero debo confesar
que no lo logré tan completamente como lo deseaban mis lecto-
res. Cada vez que Baba estaba ausente de Puttaparti, pasaba ho-
ras con el Director de la escuela media de la aldea, aprendiendo
las primeras dos “R” en el tedioso libro de texto “Pedda Bala
Siksha”, un compendio de conocimiento útil destinado a la pobla-
ción rural. Pero el Director no me pudo llevar muy lejos. Baba in-
sistió bondadosamente en que le hablara a Él únicamente en telu-
gu. Por algunos años esto me forzó a una deplorable estupidez.
Cuando hacía acopio de valor, la lengua caía en torpezas y pesa-
deces, incongruencias y desaciertos, cada uno de los cuales me re-
compensaba con una lección por parte de Baba sobre la conjuga-
ción y la declinación, la sintaxis y el estilo en telugu.
Baba exponía cada tiro en falso mío al ridículo público, como
para que nada más jugara con ellos. Un día, estaba luchando con
una palabra extraña que había encontrado en uno de los artículos
de Baba que estaba traduciendo al inglés. Leí: “Santhapakoadeelu”.
Sabía que “lu” era la terminación del plural en telugu. Las palabras
terminadas en “a” son “alu” en plural y las terminadas en “ee” (pro-
nunciado “i”) hacen el plural “eelu”. Eso era lo que había aprendido
del Director, de modo que separé la palabra en Santhapa y Koadee-
lu, porque sabía que Koadi significaba un ave doméstica; por ende,
era seguro que “koadeelu” significaba “aves domésticas”. Mas, ¿qué
o quién era este Santhapa? No había trazas de la palabra en el
diccionario, ni nadie en Puttaparti me pudo ayudar. Así fue que
tuve que acercarme a Baba mismo con esta nuez dura de roer so-
bre la lengua. “¿Quién es Santhapa y qué tiene que ver con aves
domésticas?”, Baba sonrió y preguntó: “Qué te ha pasado?”
“Tengo que traducir Santhapa al inglés”, contesté. ¡Pobrecito yo!
Lo había confundido todo: Santhapa era un fantasma que yo mis-
mo había creado. La palabra hexasilábica había de ser separada en
dos y cuatro, y no en tres y tres como lo había hecho. Era: “Sant-
ha” (indicando el mercado) y “pakoadeelu” (que significaba “pakoa-
da” en plural). Mi creencia que “pakoada” debía ser “pakoadalu” en
plural, me había hecho caer en la “bandada de aves domésticas”
perteneciente a una persona llamada Santhapa. Lo que Baba había
238
escrito, en cambio, trataba de “pakoadas”: “sabrosas bolas de hari-
na fritas en aceite” que se venden en canastos abiertos el día de
mercado y que constituyen un peligro para la salud de quienes se
dejan tentar por su aroma. Baba ha citado este error de silabeo mío
durante discursos dirigidos a muchas asambleas de maestros de Bal
Vikas y de profesores de escuela, con el objeto de enfatizar la im-
portancia del silabeo correcto.
Corregir pruebas no es más que otro nombre para un duelo
con el diablo del impresor. Esta persona me significó, mes a mes,
una frustración y me atribuía frases que me quitaban el sueño. ¡Cier-
to era que mis textos a menudo eran borrosos y vacilantes! Mi escri-
tura en telugu resultaba confusa y se inclinaba al kannada. Si se su-
ma a esto que había anotaciones sobre y bajo la línea y que el tipó-
grafo no tenía mucho talento lingüístico, la tarea resultaba en ver-
dad hercúlea. Usualmente devolvía las hojas de galera cubiertas con
jeroglíficos y llenas de correcciones. Por todo ello debía congratular-
me de que el duende que se metía en la imprenta no se atreviera a
hacer más travesuras que las de las que podía disculparme.
El alfabeto en que se escribe el inglés es unilinear y, por ende,
el duende no podía meter contrabando ni en el desván ni en el só-
tano. Las letras del telugu, sin embargo, le dejaban espacio sufi-
ciente para sus diabluras, porque son trilineares. Thattwa, en in-
glés se escribe en una línea; en telugu, “tha” va sobre la línea y
“ttwa” debe configurar una “tt” sobre la línea y una “w” por deba-
jo de la “tt”, o sea tres líneas en total. La palabra “may” en inglés
es suficientemente simple, pero en telugu sería “ma” con un “ay”
sobre la línea, pero al pronunciarla, el sonido de la vocal se acor-
taría. Para indicar el sonido correcto, hay que agregar otro “ay”
sobre la segunda línea. Por lo tanto, cualquier diablillo ávido por
desprestigiar el nombre del corrector de pruebas tiene amplias
oportunidades en el telugu.
Una de entre las muchas jugarretas que me hizo el duende se hi-
zo histórica, ya que Baba la ha relatado a menudo en Sus discursos.
La letra “R” en telugu, como Rishi (ermitaño), es la letra kannada
“bu”, con la U agregada. El diablillo rompió el tipo U durante el pro-
ceso de la impresión, dejando la “bu” trunca. Así quedó para ser leí-
do como “bushi” y, con la palabra siguiente “koti”, el texto se con-
239
virtió en “bushikoti” y dio la impresión de que Baba había escrito
que los ermitaños de los ahsrams en la floresta, ¡llevaban chaquetas
cazadoras mientras le rendían homenaje a Rama! Cada vez que este
incidente era descripto por Baba como enseñanza para la gente, yo
deseaba escabullirme de las burlas y risas que seguían. ¡Y recuerden
que yo era Profesor de Historia Antigua de la India! Mas, por suerte,
todos sabían que no todo era por la diversión: yo salía purificado y
contento cada vez que me veía sometido a esta risueña situación.
Ciertamente, no podía continuar por mucho tiempo con estos
errores, ¡proveyendo modelos de deslices que habían de evitarse!
Baba me ha ayudado a sobrevivir a diabluras mucho más numero-
sas. En una oportunidad, cuando una de estas travesuras precipitó
un justificado alboroto, el compositor telugu amateur disponible en
la región kannada, tuvo que cargar con la culpa, y la impresión de la
revista en telugu fue transferida a Hyderabad, la ciudad capital del
Estado de Andhra Pradesh, de habla telugu. Cuando se descubrió
que los errores de imprenta eran inevitables, fuera quien fuere el
compositor y en dondequiera se encontrara la imprenta, se renunció
al experimento. El hecho de que mi nominación siga siendo la de
Editor del Sanathana Sarathi telugu, es otro milagro de Bhagavan.
Durante casi un año, Narasimachari, el único ayudante en la
operación a pedales, era el que ordenaba los tipos, preparaba las
páginas y pedaleaba para sacar dos de ellas a la vez de la impreso-
ra. Me ofrecí para ayudarle en la composición y el pedaleo cuando
lo encontraba demorado o somnoliento. ¡Quedé abismado al ver
que aceptaba el ofrecimiento cada vez que lo hacía! El trabajo era
realmente duro, aunque él lo aliviaba y alegraba cantando bhajans
para sí mismo.
Me mantenía ocupado la mayor parte del día e incluso algu-
nas horas de la noche, puesto que aumentaba rápidamente el nú-
mero de suscriptores. El dinero se enviaba por correo o se pagaba
directamente por parte de devotos y peregrinos que se daban
cuenta de que el Sarathi constituía el nexo entre el Carro y el Au-
riga. El registro se fue haciendo más voluminoso con cada festival
en Prashanti Nilayam: los miles que venían a la Santa Presencia
deseaban asegurarse de que la voz del Señor pasara por sus puer-
tas, al menos una vez al mes.
240
Narasimhachan y yo cargamos con el yugo por más de dos
años. Estábamos ansiosos por franquear los ejemplares en la recien-
temente abierta oficina de correos de Prashanti Nilayam, los días 16
de cada mes, tal como se anunciara en el primero de ellos. Sabía-
mos que los devotos los recibirían con mayor reverencia aun, cuan-
do descubrieran en el ángulo, a mano derecha, el timbre circular lle-
vando el regocijante nombre de “Prashanti Nilayam”. Lo que se ad-
quirió, mucho tiempo después, fue una guillotina para recortar las
páginas, mucho después de haberse instalado una prensa de rodillos
para cumplir con los tres mil ejemplares que debíamos imprimir. El
recorte debía hacerse en Bangalore a cien millas de distancia.
Para eso, cada mes, después de haber terminado la impresión,
embalaba la cantidad de ejemplares en inglés y telugu en dos gigan-
tescas cajas, las llevaba hasta Bukkapatnam en una carreta de bue-
yes, las hacía subir al techo del autobús que iba a Penukonda y le
ordenaba al mismo detenerse cerca del cruce a nivel a trescientas
yardas de la estación de ferrocarril. Las cajas eran bajadas y Nara-
sappa, un cargador de Tansania, las llevaba sobre su cabeza hasta la
plataforma. Allí yo esperaba el tren de pasajeros con destino a Ban-
galore, a ochenta y cinco millas de distancia, para que las recibiera
como carga. Llegando a Bangalore, se cargaban en carretones tira-
dos por caballos con los que las llevaban hasta una imprenta que te-
nía una guillotina. A continuación, las cajas con las revistas recorta-
das, eran llevadas a casa de un devoto en el centro de la ciudad. Yo
pasaba la noche ahí con una docena, aproximadamente, de jóvenes
voluntarios que me ayudaban a ponerles las coberturas con las di-
recciones impresas que yo había traído desde el Nilayam. Con ello,
los ejemplares quedaban listos para ser remitidos y podíamos dor-
mir durante las horas de la madrugada. Al día siguiente repetía el iti-
nerario a la inversa: vehículos con caballos, cargadores, viaje en
tren, estación de Penukonda, Narasappa, cruce a nivel, autobús
hasta Bukkapatnam, carreta de bueyes y, finalmente, la Oficina de
Correos de Prashanti Nilayam, para que se les estampara el Santo
Nombre ¡y que el precioso Prasadam viajara hasta más de tres mil
hogares!
Permítanme agregar ¡que yo también era aquel que, en la Ofici-
na de Correos, ofició como Jefe de Correos por más de ocho me-
241
ses! El Director General de Correos de Andhra Pradesh insistió en
que se le presentara a un pensionado de un gobierno estatal como
presunto Jefe de Correos antes de que pudiera aprobar una oficina
para Prashanti Nilayam. Levanté la mano y atraje su atención. Fui
instalado oficialmente y obligado a cobrar honorarios mensualmen-
te. ¡Qué agotadora aventura fue ésa, aunque satisfactoria a la vez!
Ni un solo susurro, ni siquiera un lamento interior para que las co-
sas fueran de otro modo, llegó a perturbar el deleite de mis días.
La revista estaba dedicada al evangelio del Avatar, su enuncia-
ción, su desarrollo y su explicación. El Avatar se produce, no sola-
mente cuando el género humano niega a Dios o lo desafía, sino
también cuando los hombres ignoran que Dios es su Motivador In-
terno, su Mentor y Su Maestro, su Aliento mismo. Por eso, cuando
los hombres se muestran ansiosos por compartir sus experiencias
del Amor, la Sabiduría y el Poder del Avatar, se publican en sus pá-
ginas los relatos genuinos. Cuando me tentaban tales instancias de
la intervención del Avatar en el compromiso conocido de las leyes
naturales, me resultaba muy difícil esperar Su consentimiento. Él ar-
güía invariablemente que no eran demostraciones para ser publica-
das, sino únicamente expresiones espontáneas de Amor. Él no “rea-
liza” milagros, ni siquiera los “hace”; ellos simplemente se producen
porque Su Amor no conoce las fronteras del tiempo ni del espacio,
ni las limitaciones de la posibilidad. Él está más allá del cojeante al-
cance de la lógica. “¿Cómo podría un pez entender el cielo?”, le
preguntó Baba a Arnold Schulman, cuando éste quería que le reve-
lara Su Verdad.
No me atreví a sugerir que se aceptara ninguna información
personal para el Sanathana Sarathi sin confirmar su autenticidad.
Así y todo, Baba solía bloquear la idea, porque significaría “propa-
ganda”, la “promoción de un culto” y el fomento del ego de la per-
sona que presentáramos como receptora de la Gracia. Cuando reci-
bí de Manjeri, en Kerala, el relato de una visita física de Baba al ho-
gar de Ramananda Rao, un devoto, y de pasar horas allí escuchan-
do bhajans e incluso cantando Él algunos y concediendo algunas en-
trevistas, tuve que rogarle infinitas veces que me permitiera publicar-
lo en el Sarathi. El día de Su estadía en Manjeri, Baba se encontra-
ba en el Palacio de Venkatagiri, a seiscientas millas de distancia y
242
esa misma tarde le habló a una numerosa concurrencia en Kalahas-
ti, distante unas treinta millas. De hecho, Ramananda Rao recibió
de boca de Baba, al levantarse éste de Su silla para irse, que se iba a
un compromiso en Kalahasti. Ramananda Rao pensó que se trata-
ba de algún lugar cercano a Manjeri, pensó en el nombre de la resi-
dencia de algún devoto. Baba no le permitió seguirle hasta la calle.
Cuando mi deleite, al asegurarme de tales evidencias indiscuti-
bles, se volvía incontrolable, Baba me aconsejaba reunir cada de-
talle por parte de las personas que habían compartido la experien-
cia, antes de publicar la nota. El Dr. Karlis Osis, Director de Inves-
tigaciones de la Sociedad Americana para Investigación Psíquica,
leyó el artículo, vino a la India y se puso en contacto conmigo.
Después de recibir cartas de presentación mías, se fue en auto a
Manjeri y a Venkatagiri y contactó a las personas que fueron par-
ticipantes en esta aventura de bilocación del Avatar. Me escribió
que se sentía ampliamente recompensado por los resultados de su
investigación y que había incluido este incidente, junto con algu-
nos otros, en su recopilación de lo que yo llamaba “experiencias
extracorporales” relacionadas con Baba. También Howard Murp-
het se preocupó de citar en su libro Sai Baba, el Hombre Mila-
groso, historias del Sanathana Sarathi, para verificar su genuini-
dad personalmente. Por ejemplo, en el capítulo “Curaciones Mila-
grosas”, escribe: “Decidí inquirir” y, luego, “Recibí una carta del
Profesor en la que confirma la descripción original del caso, tal
como se publicara en la revista”.
Hacia 1967, comenzaron a llover relatos de todo el país acerca
de diversos sucesos extraños, a través de los cuales el Avatar estaba
anunciando Su Advenimiento al mundo. Baba se refiere a los rega-
los que crea para uso personal, como vibhuti, anillos, medallones,
relojes, talismanes, etc., como “Mis tarjetas de presentación”. El
Avatar los distribuye profusamente y el Sanathana Sarathi no pue-
de mantener la avalancha de éxtasis rigurosamente confinada a los
receptores. Baba controla mi entusiasmo y me tiene las riendas cor-
tas, porque estos regalos son demasiado personales, demasiado ínti-
mos y frecuentemente demasiado esotéricos como para que se
anuncien editados. Además de estas “tarjetas de presentación”, la
voluntad de Baba crea “grandes afiches” para hacer conscientes del
243
Advenimiento a los hombres. Uno de los afiches inconfundibles es
el continuo fluir de vibhuti o de un néctar dulce y fragante, de retra-
tos que son adorados, ya sea en altares domésticos o públicos. Du-
rante años y años, noche y día, el néctar fluye de las fotografías y
puede ser recolectado y compartido. Cuando se le dio publicidad a
unos pocos de tales actos de Gracia, los devotos no bendecidos por
esta evidencia de lealtad a Baba se sintieron humillados y buscaron
ganarse la estimación de otros recurriendo a falsas afirmaciones.
Debido a ello, el Sarathi tuvo que incluir, una y otra vez, adverten-
cias en contra de los falsarios y deshonestos que engañan a los in-
cautos afirmando ¡que se producen milagros en sus hogares, por
Gracia de Baba!
También hay que llamar la atención hacia variadas personas
histéricas y débiles, megalomaníacos que se imaginan ser “poseí-
dos” por Bhagavan, a los que se acercan los crédulos en busca de
guía y dones. Bhagavan está en contra de los pedidos de donacio-
nes en Su nombre para cualquier proyecto o para promover los ob-
jetivos de la Organización de Servicio. No obstante, como esta acti-
tud es ajena en todas partes a la práctica común, aparecen perso-
nas deshonestas en los países donde Bhagavan es adorado como
Divino y pueden llegar a acumular una buena suma antes de ser
descubiertos y rechazados. El Sarathi sigue adelante aconsejando a
los lectores, en todas sus ediciones —que ya se publican en doce
idiomas— desistir de entregar dinero como donación a cualquiera
que se acerque a ellos en el nombre de Baba.
Durante cerca de veinticinco años, el Sanathana Sarathi ha
buscado difundir las enseñanzas de Bhagavan. Bhagavan le ha con-
ferido al Sarathi el don de llevar cada mes Su Mensaje hasta las
puertas de los buscadores. Es publicado ahora en hindi, sindhi, ma-
rathi, nepali, oriya, assamés, tamil, kannada y malayalam, además
del telugu y el inglés. Muy recientemente se ha unido a la familia el
Sanathana Sarathi en japonés.
Bhagavan ha prescripto que, después de las sesiones de bha-
jans y otras reuniones, sólo se le ofrezca vibhuti o ceniza sagrada a
los devotos. El Sarathi también representa una ofrenda, sin preten-
siones, pero igualmente potente. Nunca más de treinta y dos pági-
nas de papel tamaño “crown” de 1/8 ó 30 del tamaño “crown” do-
244
ble. Durante cerca de diez años llevó en la cubierta unos simples di-
bujos de significado espiritual. Durante el Festival de Sivarathri de
1970, Baba dibujó con una pluma en el reverso de un sobre usado,
una figura con los símbolos sagrados de las cinco mayores religiones
de mundo, con el Pilar del Loto en el centro, indicando al aspirante
que pone su empeño en cualquiera de esas cinco sendas que puede
lograr el éxito. Ese dibujo se reprodujo en un cuño y, desde enton-
ces, se ha aceptado como ilustración de la universalidad del Mensaje
de Sai. El mundo que ha sufrido terribles agonías a causa del odio
entre grupos que afirman adherir a un credo en particular, e incluso
a sectas o cultos, encuentra solaz, hoy en día, en ese símbolo y en
el mensaje: “No hay sino una Religión, la Religión del Amor” que
representa.
Bhagavan ha sido el contribuyente más regular para la revista.
Cada mes, ella es bendecida al presentar cuatro páginas, por lo
menos, de Sus preciosos escritos, que encierran Sus enseñanzas
sobre el Prema, el Dharma, el Prashanti y el Jñana, sobre el Gita,
las Upanishads, el Bhagavatha y el Ramayana, como asimismo
los fundamentos del Vidya (Saber Superior) y la realidad del Atma.
Dirigiéndome a Su Presencia cada mes, para ofrecerle las edicio-
nes en telugu e inglés del Sanathana Sarathi, subo vacilante los
peldaños, pero los bajo con deleite en el corazón y una exclama-
ción en la cabeza cuando me entrega Su contribución en telugu
para la próxima edición. Mes tras mes, la longitud de este artículo
es siempre la misma. La exposición —dulce y satisfactoria, simple
y nutriente— jamás cae en la pedantería o la verbosidad. Su cali-
grafía encanta la vista. La más complicada de las dificultades me-
tafísicas es resuelta por medio de una parábola o un ejemplo. Él
ilumina las profundidades de la sabiduría védica, de la teología
cristiana o del misticismo musulmán y las refleja de manera indele-
ble en frases y metáforas.
Aunque Baba nos impulsa a clarificar y cultivar nuestro intelecto
y a sublimar nuestras emociones como para que nuestras actividades
se hagan más fructíferas, sabe que nuestra natural morosidad puede
hacernos cometer errores mientras nos dedicamos a las tareas que
Él nos ha asignado. De modo que siempre está pronto con las solu-
ciones y los métodos para rescatarnos cada vez que nos metemos
245
en problemas. Recuerdo una ocasión en que se me había olvidado
anunciar en la revista un Festival que se celebra anualmente en
Prashanti Nilayam. La cuestión con la que me enfrentó fue: “Esto
demuestra que has sido flojo con el japa del Gayatri”. Era un re-
cordatorio acerca de la validez de la antigua sabiduría y una repri-
menda por elegir el camino fácil de abreviar las tareas cotidianas
obligatorias.
Baba piensa, planifica y decide por nosotros, anticipando posi-
bles torpezas y vacilaciones, y advirtiéndonos a tiempo sobre la
amenaza de indiscreciones. Su infalible Presencia, hombro con
hombro, aliento con aliento en cualquier parte en que me encuentre
o en cualquier cosa de la que me esté ocupando, es la Luz que me
ha guiado a través de este cuarto de siglo de periodismo espiritual
en dos idiomas, sobre ninguno de los cuales puedo afirmar que ten-
ga mucho dominio.
Una tarde en que estaba parado en la galería de la Prensa, no
solo sino enfrascado en una activa conversación conmigo mismo,
un señor que pasaba se detuvo para preguntarme: “¿Hay libros so-
bre Swami disponibles aquí?” Le respondí: “No, sólo editamos una
revista mensual”. Se mostró más bien desilusionado y siguió cami-
nando. La galería era visible desde el primer piso del Mandir. Baba
se había percatado del diálogo. Mandó por mí y me apresuré a ir a
la Presencia. “¿Qué te preguntó esa persona?” “Preguntó si había
libros sobre Swami”, respondí. “¿Y qué fue lo que le dijiste?”, fue la
siguiente pregunta. “Le respondí que no había libros”, dije. “Ésa no
es la respuesta correcta; debiste haberle dicho que a este Swami no
se le puede entender a través de libros”, dijo y me permitió mar-
charme. Bajé los peldaños más sabio como resultado del atisbo que
me diera de Su inescrutabilidad y más triste ante la posibilidad de
que no se fueran a publicar libros sobre Swami, ni siquiera el escrito
por mí. Baba miraba hacia mí cuando me dirigí lentamente de re-
greso a la Prensa. Cuando me encontraba a medio camino, miré
hacia arriba a través de la cortina de lágrimas. Supe entonces que
me había leído la mente, porque agitó la palma tranquilizadora para
calmar la oleada de tristeza.
Muy pronto me confirió consuelo. Baba fue a ver a los devotos
de Madras y Venkatagiri por algunos días. En Puttaparti esperába-
246
mos que estuviera de regreso para el fin de semana; sin embargo
Su coche recorrió un camino recientemente asfaltado y, sorpresiva-
mente, llegó el jueves mismo. Me mandó llamar. Mi corazón se pu-
so a latir locamente. ¿Qué me esperaría? ¿Habría hecho algo repro-
bable? ¿Habría hablado mal de otro o tal vez, pensado mal? Mi ma-
dre, que se dio cuenta de que había sido llamado a la Presencia, co-
menzó a rezar para que se me perdonara cualquier equivocación
con la que hubiera tropezado. Me presenté ante Él. Sonrió ante las
condiciones en que llegaba, me miró de pies a cabeza y dijo: “En
Madras y Venkatagiri la gente quiere ‘alguna literatura sobre Swa-
mi’, y tú sentado tan tranquilo aqui”.
Once años después de ese primer encuentro en Bangalore, Ba-
ba había decidido que había llegado el momento; el mundo había
desarrollado apetito y se le podía servir un libro a los hambrientos.
Estando casi listo el texto escrito a máquina, luché por largo tiempo
para encontrar un título digno del Avatar. Baba había hecho poner
SSS en el parapeto del primer piso del Nilayam. A menudo se refe-
ría a Sí mismo como SSS en declaraciones como “A menos que Yo
diga SSS, ¿cómo podría llegar a cumplirse?” o “Sai ki Sarvamoo si
si si” (Para Sai siempre es SSS). Por eso decidí que la “Vida” debía
tener un título de tres palabras, cada una de las cuales comenzara
con S. También debía estar perfumado con vibraciones divinas y co-
municar la Gloria de Dios, cuya lila presumía narrar el libro. Vagué
por los pastizales védicos, upanishádicos y épicos, pero no encontré
ninguna frase mejor que “Sathyam Jnanam Anantham” para expre-
sar a Dios o a Brahman. Las SSS se encontraban en Sri Sathya Sai;
Sathyam debía estar en el título, mas, ¿cuáles habrían de ser las
otras dos S? ¿Subham, Santham, Sundaram, Sivam, Santhosham,
Sukham? Le expuse a muchos mi problema. Finalmente, una no-
che mientras esperaba un tren en la plataforma en el lejano Davan-
gere, decidí que Sathyam Shivam Sundaram, sonaba apropiado y
auténtico.
Baba lo bendijo en el mismo instante en que le consulté en el
Nandanavanam en Whitefield. Se dirigió a la habitación de atrás y
volvió con un álbum de fotografías. Me mostró tres fotos Suyas
mientras estaba sentado en una misma silla en el Nandanavanam,
una después de la otra, tomadas por Matthews (Saidas, ahora), di-
247
ciendo: “Puedes poner las tres juntas en la cubierta, una al lado de
la otra. ¡Mira! Ésta es un Sathyam algo serio. Aquí me encuentras
con un esbozo de sonrisa como Shivam. Y ésta es una franca sonri-
sa, Sundaram. Sathyam, Shivam, Sundaram, está bien”, me dijo
con una palmadita en el hombro.
“Sathyam Shivam Sundaram posee un toque claramente upa-
nishádico, aunque su fuente no resulta fácilmente rastreable”, dijo
K. Guru Dutt, cuando supo del título. Las palabras significan “Ver-
dad, Bondad y Belleza” y, puesto que Baba es la síntesis más armo-
niosa de las tres, ha logrado que tanto lectores como devotos reco-
nozcan felices lo apropiado del título. Dos años después de ser pu-
blicada la biografía, el día de Mahasivarathri, Baba nos bendijo a mí
y a Brahmasri Doopaati Thirumalachar (cuya traducción del libro al
telugu le fue presentada a Baba ese día). Nos colocó sobre los hom-
bros chales con bordes de brocato. Le dijo a la inmensa asamblea
de devotos, ese día: “¡Algunos de ustedes deben haberse pregunta-
do por qué me gustó la publicación de este libro sobre mi Vida!
¡Bien! Respondí a los ruegos de los devotos y les permití escribirlo.
“Ramayathi ithi Rama” (Aquel que complace es Rama). La alegría
del devoto le da alegría al Señor, la alegría del Señor es la recom-
pensa para el devoto”.
“El título que se le diera al libro está lleno de significados”, dijo
Baba. “¡Habla de Mí como inmanente en cada uno de ustedes! Re-
cuerden que Sathyam es la realidad básica de cada uno. Ésa es la ra-
zón por la que se resienten al ser llamados ‘mentirosos’. El ‘yo’ real
de ustedes es inocente de falsedad. El ‘yo’ real no aceptará la impu-
tación. El ‘yo’ real de ustedes es Bondad, Alegría, Felicidad, Auspi-
ciosidad: Shivam. No es Savam (una cosa muerta despreciable). Es
Subham, Nithyam, Anandam. ¿Cómo pueden tolerar que se les til-
de de ‘malos’ en lugar de ser aclamados como ‘buenos’? El ‘yo’ real
de ustedes es Sundaram, Belleza. Se resienten cuando se les trata
de feos. Ustedes, cada uno, son el Atma y se resienten cuando las
deformidades y defectos del vehículo físico les son atribuidas.”
De modo que había sido Baba el que me había llevado a la
decisión que me había atrevido a afirmar como mía. El Dr. S.
Bhagavantham llamó mi atención hace algunos años, hacia un li-
bro en telugu de traducciones de las charlas sobre Bhakti Yoga de
248
Swami Vivekananda, dictadas en América. Busqué la charla origi-
nal en inglés y, ¡sorpresa!, Vivekananda estaba hablando sobre el
arribo del Avatar del “Señor de la Verdad” (Sathya Sai). El Swami
había anunciado que “Él” revelaría las cosas más maravillosas con-
cernientes a la Verdad, la Bondad y la Belleza… De modo que
sentí que el título me había sido transmitido por Gurú Maharaj a
través de Vivekananda.
Hace unos pocos meses, otro hecho me llamó la atención, el
que desinfló mis últimos vestigios de ego y me aseguró más allá de
cualquier duda que, cuando decidí la combinación de SSS, había si-
do Él quien me revelara el título de la biografía. Cuando mi mirada
cayera, recientemente, sobre el comienzo del Rama-Charitha Mana-
sa de Goswami Tulsi Das (Githa Press, Gorakhpur), ¡vi las mismas
tres palabras encabezando la página siguiente: ¡Sathyam Shivam
Sundaram! El “Nivedam” dejaba muy en claro por qué se encontra-
ban allí esas palabras. Al parecer, surgió una controversia entre los
pandits de Benares acerca de la reverencia que se le debía a una
versión del sagrado Ramayana en el habla local. Decidieron, por úl-
timo, colocar el manuscrito en el santuario interior del famoso Tem-
plo de Shiva, frente al Visweswara Lingam, con la plegaria de que
Él, el primer devoto del “Principio de Rama”, en Su infinita Sabidu-
ría, evaluara la obra y escribiera sobre ella Su veredicto de aceptabi-
lidad. La puerta del santuario fue cerrada con llave y los pandits se
retiraron, esperando que el escrito fuera condenado como el espu-
rio y sacrílego trabajo de un plebeyo. Cuando despuntó la mañana,
fue sacado del altar el atado de hojas de palma y, para asombro de
todos, encontraron las palabras Sathyam Shivam Sundaram escri-
tas por Su mano (apne Haath se, como dice el Nivedam), con un
Lingam dibujado bajo ellas, como Firma Divina. ¡Qué milagrosa
coincidencia ésta! El que mi búsqueda de tres palabras que comen-
zaran con S, me hubiera conducido hasta el laudatorio título con
que el Señor Shiva había aceptado la inmortal biografía de otro
Avatar de Dios, me deja estupefacto ante la magnitud de la Bendi-
ción Divina.
El título del libro fue aceptado por Baba como un Nombre con
el que también Él puede ser reconocido. Cuando se levantó para
hablarle a una vasta multitud parada bajo la lluvia, bajo una tienda
249
de paraguas, en la cumbre y laderas de un cerro llamado Sri Sailam
(por Rabindranath Tagore, durante su estadía allí), en Kerala, des-
pués de colocar la primera piedra para un Sathya Sai Vidyapeeth
que se levantaría en esa eminencia, Baba quiso revelarle el misterio
a los miles que anhelaban un atisbo. Por ello, emergió un verso en
sánscrito, como un destello de luz ahorquillado:
250
(en inglés y kannada) que había escrito y publicado entre 1923 y
1948. También yo, con mi estúpido orgullo, no había hecho esfuer-
zo alguno por encontrarle”. Y rogué: “Invito, ahora, a cada uno a
venir a compartir conmigo Su Gracia y Misericordia, y a ser testigo,
como yo, del Poder Divino que Él personifica”.
A pesar del hecho de que el Amoroso Dios es dueño de una
Gracia infinita, muchos grupos posesivos asumen una sola manifes-
tación de ese Poder inagotable como lo conclusivo y principal y cie-
rran los ojos a la misma Luz que entra por otro ventanal. Fueron
tantos los anteriores compañeros peregrinos de la Hermandad Ra-
makrishna que me vieron como un desertor, aunque había sido la
Hermandad misma la que me había entregado al dulce cuidado de
la Madre Sai. Uno de los más famosos monjes de la Orden, a quien
yo había amado y admirado desde el día en que se había iniciado,
se encontraba en la ciudad de Salem cuando yo había viajado allá
para asistir a una reunión de devotos de Sai. Aproveché la oportuni-
dad y le fui a visitar al Ashram, pero me mandó decir que no podía
verme, porque estaba ocupado. Me fui, sintiendo el peso de la tris-
teza, porque estaba seguro de que Gurú Maharaj habría viajado has-
ta Calcuta si hubiera sabido que el Sai Baba de Shirdi o Sathya Sai
Baba estaban en la ciudad. Él visitaba a Trilinga Swamy, Iswar
Chandra Vidyasagar, Keshab Chander Sen y a líderes de muchos
grupos espirituales. Me sentía apenado al descubrir que algunos de
los hijos de Sri Ramakrishna se habían debilitado tanto en su fe que
se asustaban cuando el Maestro vestía otro ropaje.
El Sr. John Moffit Jr., quien colaboraba con Swami Nikhilanan-
da en Nueva York, mientras preparaba la traducción al inglés del
Evangelio de Sri Ramakrishna, me escribió después de una larga
entrevista con Baba, que había vivenciado una hora con Sri Rama-
krishna mismo: “la misma profundidad y naturaleza juguetona, el
mismo amor y risa, la misma dulzura y serenidad”. Debo consignar
que mi querido amigo Swami Siddheswarananda me felicitó por ha-
ber logrado a Baba como Maestro. Una dama argentina, Mamita,
permaneció por muchos años en Bangalore, como vecina y “ma-
dre” de los monjes de la Orden de Ramakrishna. Recibió la Gracia
de Baba, porque ella también estaba pronta a servir a los perdidos y
a los luchadores. Mamita, aunque ya había pasado los sesenta y cin-
251
co años, nunca perdía una oportunidad de visitar Puttaparti y pasa-
ba días allí, contemplando las enunciaciones upanishádicas de Baba
y sumándose a los devotos para servir y limpiar. Le encantaba lavar,
secar y planchar ropa. Cuando regresó a su hogar en la Argentina,
se llevó con ella al joven hijo de su anfitrión en Bangalore. Pasó por
París y se alojó en el Centro Ramakrishna, con Gopal Maharaj.
Describió a Baba como la Esperanza de la Era. Confirmó la veraci-
dad de mis cartas a Maharaj. Yo le había dicho que Baba era un Fe-
nómeno Divino que nunca puede ser explicado, pero que puede ser
experimentado siempre. Mamita escribió desde su hogar allende los
mares, que Baba le había conferido la Visión de su muy amado Sri
Krishna y que estaba muy feliz y tranquila. Años más tarde, cuando
mi hijo visitó a Gopal Maharaj en París, camino al Canadá, escu-
chó, en la sala de estar de Swamiji, una grabadora tocando los bha-
jans cantados en Prashanti Nilayam. Por ende, ambos estábamos
nuevamente bajo el mismo paraguas.
Mi corazón estaba lleno de alabanzas hacia Sri Ramakrishna
Paramahamsa, por haberme conducido hacia Sathya Sai. Mientras
más tiempo pasaba observando a Baba y escuchándole, mientras
más me movía en la alegre compañía de Sus devotos, más feliz me
sentía. Mis antiguos colegas y amigos deploraban que hubiese de-
sertado del idioma que había adorado, que estuviera yermo el cam-
po del humor que yo había cultivado por años. Mas, carecían del
conocimiento acerca del lenguaje en que se solaza el corazón, y de
la paz y la tolerancia que uno puede desarrollar a través del entendi-
miento compasivo de las aspiraciones y agonías de la raza humana.
Después de ocho años más en la presencia de Baba, cuando se
había escrito y publicado la segunda parte de Sathyam Shivam
Sundaram, les invité del modo siguiente: “Vengan, denme su ma-
no. Caminaremos página tras página, compartiendo la maravilla y
la sabiduría, el asombro y el misterio, la verdad y el testimonio, la
gloria, la grandeza y la abundancia de la Paz”. Cuando llegué a mi
septuagésimo quinto año, terminé la tercera parte de la biografía.
En la introducción cité una declaración hecha por Baba: “No soy ni
hombre ni Dios, ni ángel, ni espíritu. No he de ser designado como
perteneciente a ninguna de las cuatro castas ni como transitando
por ninguna de las cuatro etapas de la vida. Conózcanme como el
252
Maestro de la Verdad, como Sathyam, Shivam, Sundaram”. Tam-
bién traté de expresar con palabras aquello que se me iba haciendo
más claro con el paso de los años: que estas tres cosas no eran sino
facetas del Amor que Él es, “el Amor como pensamiento es Ver-
dad, Sathyam; el Amor como acción es Bondad, Shivam; el Amor
como sentimiento es Belleza, Sundaram”.
La cuarta parte del libro fue escrita y publicada diez años más
tarde. Tuve que confesar en las páginas introductorias que “Ha sido
casi imposible seguir con igual paso a la multiplicidad siempre en
expansión de la manifestación de Divinidad que es Sai. El Amor To-
dopoderoso nos abruma y nos deja en un bienaventurado silencio;
el Omnipresente Poder nos vuelve conscientes de nuestras insufi-
ciencias. Sin embargo, lo Divino en nosotros, nos atrae hacia Él, así
como Él nos busca, tanto a los descarriados como a los constantes,
para incluirnos bajo Su amable custodia”.
253
EL AMOR EN MARCHA
U
n profesor de la Universidad de Arizona caracterizó a
Baba como “Amor caminando sobre dos piernas”.
Caminando o sentado, hablando o en silencio, Baba
es Amor todo el tiempo para todos, en todo lugar. Su Amor es
tan penetrante que observa y corrige el más leve lapso gramatical
en nuestro lenguaje, la recurrencia de algún ínfimo manierismo en
nuestros gestos o la más tenue intervención de orgullo en nuestra
conducta. Una hora en Su presencia vale por muchas lecciones
de buenas maneras, trato social y disciplina espiritual. Mi telugu
continúa el proceso de pulimiento en Su mano. Y también mi in-
glés está sometido a Su vigilante enmienda y examen. Él ha nota-
do que, a menudo, no respondo de inmediato con un gesto simi-
lar cuando alguien me saluda con un “namasthe” y las palmas uni-
das. Me advierte en contra de la tendencia a desarrollar monólo-
gos cada vez que encuentro a una persona dispuesta a escuchar.
Me aconseja sentarme derecho, sin encorvarme ni repantigarme.
Observa las ropas e insiste en que, tanto el dhoti como la camisa,
deben estar igual y uniformemente inmaculados. Todavía (1985)
no ha expresado satisfacción por mi estilo de llevar el dhoti, por-
que incluso el que Él me regala, el dhoti de Calcuta de diez codos
de largo y cincuenta y cuatro pulgadas de ancho, está más allá de
mi talento vestimentario. Baba cita textos de las Escrituras para
instruirme sobre el ritual del vestir un dhoti. Los textos dicen que
los brahmines (y sucede que yo lo soy) debieran usar el dhoti de
manera que no queden a la vista los músculos de las pantorrillas.
Mis pantorrillas tienen músculos irracionalmente marcados y sa-
lientes. En mi desesperación, a menudo he albergado planes para
esconderlos en un par de pantalones, mas los sastres no han san-
cionado una tal impertinencia de sastrería. Y Baba no alienta a
cambiar de vestimenta cuando se está en el medio de la corriente.
255
“Cuando un hombre ha proyectado una imagen de sí mismo co-
mo una expresión genuina de la cultura que ama y en la que vive,
no debiera mancharla ni teñirla cuando un capricho pasajero
atrae su imaginación.” Éste es Su consejo.
Hablando de hábitos, debo confesar que había desarrollado
un patético apego a la imprecación de “idiota” desde mis días de
escuela, cuando N.R. Subba Iyer, el profesor a quien adoraba, se
solazaba usándolo en contra de cualquier Ram, Rahim o Richard.
Busqué imitarlo a él y la palabra se convirtió en una expresión
inevitable para expresar todos los niveles de desagrado. Muchos lo
tomaron equivocadamente por un signo de complejo de superiori-
dad y se sentían heridos, naturalmente, cuando me refería así a
sus amigos, aunque no era en absoluto un insulto cuando mi len-
gua lo dejaba escapar. Baba exorcizó este mal de mi vocabulario
al castigarme un día con bastante dureza. “No hieras la autoesti-
ma de nadie, ya sea intencionalmente o sin intención”, advirtió.
Por Su Gracia, esta palabra desapareció de mi vocabulario. Baba
no sólo ama, se preocupa.
Según Baba, el Sadhana (disciplina espiritual) es un proceso
de todo el día y de toda la vida. Es así que el ritmo de uno no ha
de ser ni muy rápido ni muy lento; la respiración ha de ser llevada
rigurosamente por el ritmo del Soham; la atención ha de estar
completamente centrada en la tarea del momento, sin remordi-
mientos por el pasado ni ansiedad por el futuro. Hay que poner
cuidado en que nadie resulte herido, insultado o denigrado por
nuestras expresiones. El contento y la alegría deben saturar cada
pensamiento, palabra y obra.
Una vez, estando en una ciudad provinciana con Swami, un
joven le pidió al anfitrión un vaso de yogurt una hora antes del al-
muerzo. Le fue traído, aunque quince minutos después. Hacía
mucho calor, pero la sed fue calmada. Baba entró casualmente.
Encontró el vaso vacío en el alfeizar de la ventana. Descubriendo
que uno de nosotros lo había solicitado e incomodado al anfitrión
para que se lo procurara, Baba se puso “bastante furioso”. Quería
que nos sintiéramos satisfechos con lo que hubiera, que mantuvié-
ramos bajo control nuestras necesidades, que fuéramos deferentes
con las dificultades que les imponemos a otros y que practicára-
256
mos, a toda costa, el dominio sobre nosotros mismos. Habló tam-
bién sobre los modales en la mesa y la necesidad de resistirse a
pedir una segunda ración. El incidente puede parecer como de-
masiado trivial, pero Baba hizo uso de él para inculcarnos la disci-
plina de domar nuestros sentidos.
Cuando Baba nos otorga la gracia de unirnos al grupo que va
con Él cuando visita algún lugar o se aloja con un anfitrión, nos está
dando una lección de práctica espiritual, porque hemos de ser hu-
mildes, silenciosos, satisfechos y rectos. Teníamos que estar todo el
tiempo en alerta. Baba solía decidir, a último momento, visitar una
escuela, encontrar a un grupo de devotos o dar darshan durante la
sesión de bhajans en la arena, en el lecho de un río o en una playa
junto al mar. Teníamos que seguirle por el paso que le abría la multi-
tud y encontrar asiento para nosotros en el estrado, ya sea a los la-
dos o detrás de la silla que se colocaba para Él. Debíamos estar
atentos a cualquier signo que diera desde el ángulo del ojo, en espe-
cial durante los bhajans que entona para coronar Su discurso, orde-
nándonos retirarnos con tiempo y tomar posiciones en los vehícu-
los, para que, tan pronto como Él entre en el Suyo, se pueda partir
de inmediato antes de que las muchedumbres lo rodeen. Frecuente-
mente le resulta muy difícil escurrirse graciosamente entre los ríos
de devotos. Es por ello que cuando una asamblea masiva está al
borde del descontrol, Baba ya ha arreglado para que un proletario
automóvil lo espere junto a una puerta lateral, en tanto que el coche
vistoso que lo trajera al lugar, permanece estacionado en la entrada.
Las mismas tácticas han de ser adoptadas cuando Baba viaja
a la cabeza de una larga fila de coches por las carreteras del país.
Baba se sienta en el primero de los coches, el que es generalmen-
te ignorado. Cuando Baba debe llegar a un lugar, nunca deja es-
perar por horas a los miles que se han reunido allí. Por ello sigue
adelante con rapidez entre las multitudes que han venido a recibir
el darshan y, si la suerte las favorece, sparsan y hasta sambhas-
han. En segundo lugar va el automóvil que usa generalmente y cu-
ya placa de registro es vastamente conocida. Los devotos miran
dentro del auto cuyo número conocen y se vuelven, culpándose
por no haber llegado más temprano a la aldea, al comienzo del
discurso. Cuando Baba percibe que los grupos en la carretera son
257
disciplinados, además de ser devotos, hace que se reduzca la velo-
cidad e incluso se detiene para satisfacer el anhelo de los que
aguardan Su paso. A menudo se para en la pisadera para bende-
cir con Su darshan a los grupos más numerosos; en raras ocasio-
nes, si tiene tiempo suficiente, camina entre las filas de fervientes
hombres y mujeres y derrama Su refrescante sonrisa sobre la mul-
titud. Ésta es la historia de las giras del Avatar, ya sea que el cami-
no vaya de Kanyakumari a Madurai, de Chandigarh a Simla, de
Jammu a Srinagar, de Vijayawada a Rajahmundry o de Coimbato-
re a Trivandrum, hombres, mujeres y niños, de todos los credos y
castas, son atraídos por este Imán Cósmico desde chozas y pala-
cios, campos y fábricas, escuelas y oficinas, por cientos y por mi-
les, para lograr un atisbo de aquel rostro que les libera de los gri-
lletes que se han forjado por temor a la libertad que constituye su
derecho.
El estar en el mismo coche con Bhagavan cuando sale de via-
je, por largo o corto que sea, representa ser bendecido con una
continua cascada de contento. A Baba no le agrada viajar solo o
únicamente con uno o dos acompañantes. Cuando sube al auto en
Prashanti Nilayam, agitando las manos hacia los devotos que lu-
chan por tragarse los sollozos, habrá solamente una o dos personas
con Él en el vehículo. Los devotos extremadamente sensibles, aun-
que limitadamente entendedores, se entristecerían si vieran el coche
lleno hasta los bordes y Baba apretado en el medio. De modo que
está sentado solo en el asiento trasero cuando el coche sale del Nila-
yam y los pasajeros a los que Baba ha elegido como el grupo de
hombres que lo acompañen, habrán salido antes y lo esperarán en
el camino para subir al automóvil y ocupar los asientos vacíos. Las
mismas tácticas se utilizan para los regresos al Nilayam: la multitud
que se agolpa frente a él para recibir a Baba, sólo ven a Él bajar del
coche, los otros se habrán bajado ya en el camino, tan pronto esté
visible el Mandir.
Baba no permite que la oportunidad de la cercanía con Él en el
coche sea utilizada para obtener respuestas a problemas personales.
Estimula a cada cual para que pregunte acerca de la disciplina espi-
ritual y que exponga ante el grupo los impedimentos que se encuen-
tran para ella. En una ocasión se analizó, bajo Su supervisión, la
258
doctrina del karma, ¡mientras se recorría una distancia de más de
veinte millas! “No se trata de una ley férrea”, dijo, “porque si lo fue-
ra, ¿por qué habría de intervenir la Gracia? La Gracia puede suavi-
zar su rigor y enriquecer su cosecha de alegría. A menudo el Jñana
puede debilitar el golpe. Aunque uno no puede retornar la bala al
revólver, puede renunciar a disparar y escaparle al desastre”, dijo,
“y arrepentirse para que la mente quede limpia de odio”, agregó.
Otro día, le pidió a todos que hablaran sobre el Bhakti y lo que Él
significaba con ello. Cuando todos habíamos hablado, Él aclaró el
tema. “Cuando se han liberado del Vibhakthi, se manifiesta el Bhak-
ti.” “Vibhakthi significa separación, división, partición, diversidad.
Bhakti significa el amor a Dios. No pueden amar a Dios sin amar
tanto a lo viviente como a lo no viviente”, explicó Baba. Algunos de
nosotros inquirimos: “¡Swami! En el Gita se dice que si una persona
no tiene otro pensamiento que el pensamiento de Dios, Él la ali-
mentará y la guiará para siempre. ¿Significa esto que el hombre ha
de pensar únicamente en Dios y en nada más?”. Baba explicó:
“Krishna no insistió en que el hombre pensara en Él y en nadie
más. Lo que quiso decir fue que ‘deben renunciar a pensar en «los
otros»’; no hay Anya, no hay otro, nadie diferente. Todos son uno.
Cuando han descartado todo pensamiento de ‘los otros’, el Dios
amante los ama como Suyos”, dijo.
O, cuando percibe que la profundidad de la confrontación de
cada cual con su espacio interno es muy superficial para la explora-
ción, Baba puede que pida que se canten bhajans por turnos. Nadie
puede escabullirse de la tarea. Si una persona es demasiado nervio-
sa como para aventurarse a cantar, puede reemplazarlo por la reci-
tación de un himno védico en el estilo del siglo XV a.C. El Coronel
Joga Rao y Gogineni Venkateswara Rao elegían versos del famoso
clásico en telugu: el Bhagavatha de Pothana. Es raro que Baba se
excuse Él mismo cuando todos los demás han respondido. De he-
cho, nos sumamos entusiastamente a Su proposición, puesto que
sabemos que nos va a recompensar con un banquete de dicha, el
que puede durar hasta que nos aproximemos a las afueras de nues-
tro destino.
Me asustaba la idea de tener que escuchar mis graznidos. Pero
Baba estaba dispuesto a sufrirlos. No estaba de ánimo para aceptar
259
excepciones. La primera ocasión en que tuve que enfrentar la prue-
ba, llené con valentía mis pulmones, aclaré la garganta de las telas
de araña que guardaba y canturreé la copla semisagrada que le ha-
bía oído cantar a un payaso, en un auto moral, cuando era un chico
de diez años. Aunque fue recibida con risas reprimidas por mis
compañeros en el auto y una palmadita de aprobación en mi hom-
bro por parte del Maestro, resolví en ese mismo instante equiparme
con algún canto de bhajan de cuatro versos sobre Rama, para las
próximas oportunidades en que se me presionara para cantar. No
obstante, pese a contar con estas inocentes municiones, tuve que
repetir muchas veces la coplita del payaso, porque a Baba le encan-
taba su extravagancia y patetismo.
Durante las horas en que estábamos de viaje, Baba llamaba
invariablemente nuestra atención hacia los montes que iban
cambiando de color, desde el azul al marrón y del marrón al ne-
gro profundo, las nubes con guardas plateadas o doradas, la luna
como eje de una rueda de aura argentada, las estrellas brillando
bajo una cúpula aterciopelada, las ovejas que huían asustadas
por el sonido de las bocinas, los niños que corrían felices de la
escuela a sus hogares. Nos advierte en cuanto a imaginarnos
siempre al pintor, cuando observamos la hermosa galería de arte
de la Naturaleza. Con suerte, puede que recuerde Sus días de ni-
ñez y nos relate —a la banda juvenil que somos— historias de Su
tropa de chicuelos, conspirando para enseñarle a los mayores de
la aldea los ideales de la vida simple, del servicio a los enfermos,
de la solidaridad, de los salarios justos, etc., a través de los ver-
sos y melodías que Él componía con ese propósito, o del grupo
de bhajan que lideraba y que alejara al cólera de muchas aldeas
sumidas en el pánico, o de la tropa de scouts de la que Él era el
jefe, que recolectaba “favores” por docenas durante cada hora
en los Festivales y las Ferias alrededor de Uravakonda. Cada vez
solía emerger un nuevo conjunto de historias para mantenernos
cautivados.
También, Baba podía bendecirnos con una lección de sereno
silencio. Esto sucede más frecuentemente cuando estamos en un
avión. Cuando Él está callado, nuestras mentes detienen su galopar.
El corazón se calienta con un Amor apacible y gratuito. Los senti-
260
dos son cautivados por la melodía, el encanto, el sabor y la fragan-
cia, la suavidad y la dulzura que lo inundan todo, por doquier. La
respiración regula por sí sola su ritmo. Los pensamientos se enlazan
en figuras de paz. El marco físico se estremece de manera inexplica-
ble. El vehículo ronronea alegremente. Cuando Baba decide reanu-
dar el contacto, nos vemos automáticamente despertados hacia los
ámbitos de la filosofía.
Baba obtiene el sustento que requiere Su físico al calmar nues-
tro hambre y nuestra sed. Cuando quiere un viaje por carretera, car-
ga el coche con cestas cargadas con desayuno, almuerzo o cena,
además de una gran cantidad de bocadillos y frutas. Examina el pai-
saje en busca de un claro protegido y rodeado por flores, lo que en-
cuentra muy pronto. Se extienden cobertores en el suelo; se traen
jarros con agua; se abren las cestas; se vacían los canastos; se distri-
buyen platos y vasos. La Madre Sai se sienta en el medio. Con ex-
clamaciones de satisfacción, va colocando porciones de cada prepa-
rado sobre los platos que sostenemos ante Él, nosotros, los hijos.
Los devotos no se atreven a decir “bastante” o “no” de acuerdo a
su eficiencia digestiva, sus alarmas alérgicas, sus prejuicios dietéti-
cos, etc. Es así que Baba decide la medida y el menú para cada uno.
Él es quien prohíbe, persuade y recomienda. “Tú tienes una traza
de diabetes”, “Tú has pasado los ochenta”, “Este encurtido es po-
pular en tu Estado”, va comentando mientras llena los platos.
Un día, viendo que había tres idlis en mi plato, sacó uno di-
ciendo que hasta dos era mucho para mí. Yo tenía un apetito ab-
surdamente exagerado por los “idli”, mas Su advertencia me ate-
morizó hacia una obediencia instantánea. Baba me explicó más
tarde que el componente de leguminosas del idli puede fomentar
la aparición de artritis en los cuerpos de edad. Me ayudó a enten-
der que, puesto que cada ser viviente desempeña un papel en Su
Drama Cósmico, Él quiere verlos tan aptos y fuertes como este rol
lo exija. Bhagavan también comparte el desayuno o el almuerzo
con nosotros: le gusta observarnos disfrutando de la comida que
Él da. Incluso dentro del automóvil, va sacando una por una apeti-
tosas manzanas de una bolsa que mantiene cerca Suyo y, partién-
dolas con cuidado, nos tienta a comer cuanto queramos. En una
oportunidad, yendo en coche de Bombay a Bangalore, escuchó
261
algunos cantos entonados por Dikshit y, al terminar, distribuyó ta-
jadas de manzana entre nosotros. Yo no podía masticar y tragar la
piel, porque mi dentadura artificial no es para tareas pesadas. No
me atrevía a escupir los restos por la ventanilla, por temor a que
mi dentadura los siguiera. Swami percibió mi embarazo; ¡la próxi-
ma tajada que me pasó estaba pelada!
Baba recompensa la disciplina con el darshan. Pero, hay que
admitir que cuando Dios llama, es prácticamente imposible para un
corazón sediento esperar en largas filas o sentarse pacientemente
en la arena, esperando lo mejor. He admirado a los agentes de poli-
cía de servicio en Kakinada, manteniendo a la multitud bajo control,
aunque se derrumban para poner sus cabezas sobre los pies de Lo-
to, tan pronto como Él pasa. Hasta el más recio policía comienza a
cantar bhajans cuando es enviado a dirigir el tránsito frente a un
bhajan Mandir en donde se espera que Bhagavan esté presente.
Cuando Baba visita un lugar, puede que no le dé a Sus anfi-
triones más que un mínimo de adelanto en Su aviso, puesto que,
de lo contrario, la buena nueva atraería a parientes y amigos hacia
cada casa para quedarse por un tiempo indefinido; los hoteles se
llenarían y en las ciudades pequeñas el alimento, e incluso el agua,
escasearían. Baba tampoco se puede quedar por un tiempo muy
largo en un lugar. Las multitudes van aumentando día a día, por-
que los que llegan no se van hasta que no lo haga Él. Por este mo-
tivo sale todos los días de Su “centro de operaciones”, en diferen-
tes direcciones, dando darshan en aldeas y poblados por el camino y
regresando a la base de noche. De este modo se le va inculcando a
la población el quedarse allí donde vive y no salir a inundar el punto
sagrado en el que se aloja: el Árbol que cumple los Deseos se mueve
a todas partes para derramar Su Gracia sobre todos. “Esta montaña
de azúcar no viajará para ir a alimentar a las hormigas; las hormigas
mismas pueden venir aquí”, dijo Baba hace algunos años, cuando
los devotos competían entre sí, rogando que Él fuera a visitar sus
ciudades. Sin embargo, la compasión por las minúsculas hormigas
disolvió esa resolución, si es que fue alguna vez tomada en serio.
De vez en cuando, al viajar en automóvil, pone a una persona
en contra de la otra y disfruta de la argumentación y contraargu-
mentación, de la tesis y la antítesis, de la agudeza y la réplica, con
262
las que cada cual busca dar por tierra con la otra. Suele observar la
contienda con un regocijo apenas contenido. Mas, cuando la esgri-
ma verbal se acerca a un conflicto real, Baba diluye la crisis con una
resonante síntesis. Baba solía exacerbar a los contendientes dando
Su apoyo al uno o al otro, para emitir, finalmente, un juicio con el
que los exoneraba a ambos.
Recuerdo un viaje a los Nilgiris desde Bangalore. Había un es-
pecialista en silvicultura con Baba, en el coche. Fui astutamente
llevado a entablar una discusión con él y toqué el tema de los ár-
boles de sándalo. Cuando era productor de programas de radio,
tuve que corregir un guión sobre esos árboles. El autor, un exper-
to en la materia, había declarado que el árbol había de ser propa-
gado como un parásito. Puesto que era yo quien tenía que lanzar
el guante, expuse la idea de que “El sándalo comienza su vida co-
mo parásito” y le desafié a refutarla. Este hecho, por supuesto,
constituía para él una novedad y comenzó a argüir alta y sonora-
mente, tratando de vencerme. Sugerí que el asunto fuera referido
a un tribunal independiente, el Profesor de Botánica de la Univer-
sidad de Madras, que se había especializado en la enfermedad de
espigas que afecta a este árbol. “¿Cuánto apuesta?”, me pregun-
tó. Mencioné la suma de cien rupias.
Baba nos miraba entrar en áreas prohibidas. Cuando el funcio-
nario forestal respondió: “Tendrá que pagarlas de una sola vez”, in-
tervino en favor de los buenos modales y la gentileza y llamó nuestra
atención hacia el cielo del poniente que se había puesto rojo. Fre-
cuentemente el tema del debate podía ser alguna historia mitológica,
una parábola de las Upanishads o algún aforismo de los textos ve-
danta. Todo dependía de los actores que estuvieran en el automóvil.
Lo que se deseaba era un agradable duelo que terminara en la ex-
presión de una apreciación cordial y un “Bangaroo” de Bhagavan.
En una oportunidad, Baba observó a una madre que caminaba
con su bebé apoyado en la cadera y un pesado canasto sobre su ca-
beza. El día siguiente era Deepavali, el Festival de las Luces, cuando
se impone la ropa nueva. Baba hizo detener el coche. En respuesta
a nuestras preguntas, la mujer nos dijo que había oído hablar de Sai
Baba, que algunas de las personas que conocía habían ido en pere-
grinación a Puttaparti y que también había hecho el voto de hacer
263
el viaje y tener el darshan de Baba. Baba bendijo a la madre y al hi-
jo y le dio dinero para ropas nuevas, diciendo: “Tu voto ha sido
cumplido, Yo soy Sai Baba”. Ella cayó a los pies de Baba, inclinán-
dose una y otra vez, y luego se quedó mirando el coche que se ale-
jaba, preguntándose si no habría sido todo un sueño.
Con kilómetros de anticipación, Baba sabe si hay una persona
ciega o un mendigo impedido pidiendo limosna a los autos que pa-
san. Minutos antes saca billetes de cinco o diez rupias y pide que el
coche se detenga justo ante la mano extendida. Sabiendo que un
ciego no puede conocer el valor del pedazo de papel que se le ha
puesto en la mano, Él pone cuidado en decirle: “¡Toma! Es un bille-
te de cinco rupias. Sujétalo”. Cada gesto Suyo es una lección para
los que le observan o son testigos de él.
Cuando se presenta el ánimo y el Amor rebalsa, puede que Ba-
ba “cree” caramelos o galletas para los acompañantes en el auto.
Una vez que Baba volvía a Puttaparti desde Hyderabad, encontró
que su anfitrión sólo había provisto cajas de cosas saladas para que
Él las distribuyera durante el largo trayecto. Hizo detener el coche
junto a un montón de grava para carreteras. Me pidió que recogiera
una roca y se la trajera. Elegí un trozo grande, ¡pero Él lo lanzó le-
jos! Quería uno mayor y plano. Se le puso uno así en Sus manos.
Me lo devolvió al momento. Pero se había convertido en una barra
de caramelo del mismo tamaño, forma y peso. “El otro habría sido
demasiado duro para ser partido en pedacitos”, dijo, mientras me
ordenaba darle un trozo a cada uno.
El viaje en auto desde Trichinopoly a Palamaner me dio una
memorable oportunidad para darme cuenta de otra faceta de Su
Amor. Debíamos llegar a Bangalore, pero en lugar de tomar el ca-
mino más corto y mejor, vía Salem, Baba decidió que se tomara
vía Palamaner. El propósito era el de evitar cerca de una docena
de “recepciones” en la ruta, que habían organizado individuos de-
masiado fanáticos y sin permiso. A medio camino, tuvimos que
parar cerca de una hora, ¡debido a una rueda que se había salido
misteriosamente! El Forest Rest House, en Palamaner, fue toma-
do por sorpresa cuando el coche de Baba llegó como a las diez de
la noche. Baba mandó a uno de nosotros a conseguir la comida
en un hotel y, afortunadamente, volvio con bastante, pese a que
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hacía mucho que había pasado la hora del cierre. En el parador
no había nada de camas, catres, frazadas, etc., para que pudiéra-
mos descansar y el aire nocturno era heladísimo. Baba compartió
con nosotros lo no obtenible. Pudimos persuadirle para que se pu-
siera un chal que un ingeniero devoto había traído desde Trichino-
poly. En medio del silencio, el sueño nos venció. Cuando desperté
de madrugada, tendido sobre mi estera, me encontré con que el
chal me mantenía abrigado de pies a cabeza. Baba, la Madre, ha-
bía llegado en puntillas mientras dormía, y lo había extendido sua-
vemente sobre mí. Baba me encontró bañado en lágrimas. ¡De
qué otra manera podía expresar mi suerte y mi gratitud por la lec-
ción que nos había enseñado!
Baba le permite a cada miembro del grupo que Él elige para
acompañarlo, el beneficiarse con este proceso educativo. Cuando el
viaje es largo, va enviando, con intervalos de cuarenta o cincuenta
minutos, a una o dos personas de Su coche a otro, invitando al Su-
yo a las personas así desplazadas para que no se sientan margina-
das. Es compasivo hasta con la última persona de sus acompañan-
tes. Anteriormente a uno de los muchos viajes que hacía Baba entre
Puttaparti y Brindavan (cerca de Whitefield), le dijo a Samuel Sand-
weiss: “Tengo la intención de que viajes en mi coche, conmigo, par-
te del trayecto”. Sandweiss escribió después: “¡Qué emoción es la
de experimentar tan de cerca, durante el viaje, la personalidad de
Baba! Me volví para mirarle y de pronto me sentí invadido por la di-
cha, envuelto de tal manera en Su amor que se fundió toda la con-
ciencia de mí mismo”.
Es posible que una de las razones por las que Baba lleva tan-
tos pasajeros como quepan en el vehículo sea para evitar acciden-
tes de tránsito. Si Él fuera el único ocupante, todo automóvil que
pasara notaría fácilmente Su presencia. La bata naranja y la coro-
na de cabello proclaman a gritos que Baba está en el coche. Muy
a menudo, el coche que pasa lleva a un devoto que hace tiempo
está deseoso de tener, al menos, un darshan a la distancia. De
modo que se da vuelta, acelera desesperadamente, cruza hacia la
izquierda de la calle, salta de su vehículo y se para con las manos
juntas para atraer la Gracia de Baba. En un camino concurrido,
esta persecución sin tomar precauciones y el desatinado compor-
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tamiento, podrían derivar en calamitosos choques entre vehículos.
Por ello, Baba llena Su coche para minimizar las posibilidades de
ser reconocido. Cuando percibe que viene un autobús hacia el co-
che, le pide a las personas que van en el asiento delantero que se
junten más, para que se dificulte el que descubran Su presencia.
Sandweiss escribe acerca de una estratagema similar. “Baba le or-
denó detenerse al conductor y nos invitó (a él y a su hermano Do-
nald) a bajarnos para dar una vuelta caminando. A los pocos mi-
nutos andábamos como viejos amigos… Lejos, detrás de noso-
tros, vimos que se acercaban los focos de un automóvil. ‘Rodéen-
me’, dijo Baba. ‘Vamos a caminar así, para que nadie me pueda
ver, porque si es un autobús y me ven, se detendrá y se acabará
nuestro ‘paseo’”. Comenta Sandweiss: “Casi me había olvidado
de Su inmensa estatura y popularidad. Luego me recordé a mí
mismo que, después de todo, me encontraba aquí con un Ava-
tar… Él no hacía sino decir lo que era cierto”.
En la India, en casi todas partes, la devoción se ha domesticado
por medio de la disciplina, el “sine qua non” del discípulo. Cuando
Baba encuentra a la vera del camino grupos humanos sentados en
apretadas filas, hombres y mujeres por separado, dedicados a can-
tar bhajans, hace detener el automóvil, camina solo por los pasillos
que han dejado entre ellos y los bendice. A veces, incluso, puede
que les enseñe uno o dos bhajans. No obstante, Baba es un rigorista
en cuanto a la puntualidad. Jamás tolera interrupciones que interfie-
ran con los horarios establecidos. De modo que, cuando percibe la
posibilidad de un tumulto o de un asalto fanático por parte de ado-
radores indisciplinados, toma un desvío, sorprendiendo a la gente
sobre la nueva ruta con el inesperado darshan que confiere. Una
vez, estando de gira, Baba decidió repentinamente viajar en auto-
móvil en lugar del avión, porque previó que los devotos habían or-
ganizado una ostentosa recepción en el aeropuerto.
Cada vez que logro la oportunidad de viajar en el coche que va
inmediatamente detrás del Suyo, me regocijo. Cuando hay muchos
vehículos en la “caravana”, Bhagavan establece el orden en el que
deben seguirle e incluso la posición dentro del vehículo de cada uno
de los miembros de la partida. Desde el punto de observación en el
auto que sigue al de Bhagavan, puedo ver el ramillete de rostros que
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se iluminan de deleite y se transforman en ramos de flores en el ins-
tante en que ven la Divina Forma. Baba casi siempre agita la mano
hacia la gente que se alinea junto al pavimento, esperando el mo-
mento de gloria que van a atesorar por años. He visto, en los ser-
penteantes caminos que suben dificultosamente por los contrafuer-
tes de los Himalayas, por las alturas de las Montañas Azules, por el
complejo de Anamalai y los cerros de Kodaikanal, a simples campe-
sinos y a rudos tribeños, reunidos por “quién sabe quién”, caer pos-
trados en el camino que sea, para que sus frentes puedan tomar
contacto con el suelo que han hecho sagrado las ruedas del coche
que lleva al Avatar.
Baba ha anunciado que esta vez, el Avatar ha asumido el rol
de Maestro de la Verdad (Sathya bidhaka). Aunque el Avatar co-
mo Rama se produjo principalmente para liberar al mundo de las
hordas demoníacas, Baba ha revelado en Su “Rama Katha Rasa
Vahini”, que Rama se dedicaba regularmente a dictar discursos
sobre moralidad y espiritualidad para reuniones de ciudadanos. La
historia de Krishna, tal como se relata en el Bhagavatha Purana,
contiene dos instancias en que se muestra Su papel como Maes-
tro: una con Arjuna como Su interrogador y, más tarde, con Udd-
hava. En tanto, Baba fue señalado como Gurú desde que estaba
aprendiendo a caminar y a hablar. Él ha declarado que ha venido
en forma humana ahora, con el objeto de salvar a las hordas de-
moníacas (que le rogaran por ser redimidas a Rama) que se en-
cuentran encarnadas y habitan la Tierra en la actualidad. El “mo-
dus operandi” para rescatarlas de la perdición es, como Él lo ha
dicho: “darshan, sparsan y sambhashan” —la percepción cons-
ciente de Su Presencia, el recibir el impacto de Su Divinidad y el
asimilar y practicar Sus Enseñanzas—. Es por eso que Baba está
siempre en movimiento, en todos los países y en todos los secto-
res del género humano. Ha venido, porque el mundo de hoy re-
quiere de un Maestro armado de Amor y Poder Divinos, para sal-
varlo de los horrendos desastres que están siendo forjados, debido
a la limitación del amor y al poder homicida.
En Trivandrum se alojó en una ocasión en casa de un Director
retirado, suegro de un devoto. Cuando el Dr. B. Ramakrishna Rao,
Gobernador del Estado de Kerala, supo de la gira de Baba, rogó
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que en Su próxima visita Baba se alojara en el Raj Bhavan mismo.
El Gobernador afirmaba que su éxito como abogado, su superviven-
cia durante la revuelta contra la autocracia del Nizam de Hyderabad,
su elección como Primer Ministro del Hyderabad liberado y su de-
signación como Gobernador de Kerala, se debía todo a la consis-
tente rica Gracia de Bhagavan.
Baba retornó pronto a Kerala y se alojó entonces en el palacio
del Gobernador. A Raja Reddy y a mí se nos permitió permanecer
con Él, aunque los demás del grupo fueron huéspedes del Director.
Había sido éste el que le había comunicado la noticia de la anterior
visita de Baba al Jefe de Estado. El Director fue invitado por el Dr.
Ramakrishna Rao para que supervisara los estudios de sus hijos y,
por supuesto, no pudo guardarse para sí mismo los eventos que ha-
bían transformado su hogar en cielo…
En una ocasión, Baba había aceptado hablar ante una reu-
nión pública que sería presidida por el Gobernador. Yo me con-
vertí en el centro, no solamente de la atención, sino de una real
angustia en el Raj Bhavan desde el momento en que bajé del co-
che, porque de algún modo, había perdido la voz en algún punto
del trayecto desde Palghat. No podía sino hacer muecas grotes-
cas al tratar de comunicar mi impotencia a los simpatizantes y a
los médicos que atraje hacia mí. Puesto que me encontraba en
peligro de perder la oportunidad de traducir el Divino Mensaje la
noche siguiente, acaté “concienzudamente” cada prescripción,
con la esperanza de que mi voz pudiera ser recuperada por cual-
quiera de los diferentes remedios o por el ataque combinado de
todos. Usar la escobilla, hacer gárgaras, enjuagar la garganta,
tragar, susurrar, hacer tocaciones, toser, gritar… exploré todos
los caminos. Sin embargo, todo lo que pudieron producir las
cuerdas vocales después de esta persuasión superlativa, no fue
más que un gemido deshidratado. Baba entró a mi habitación
cuando Raja Reddy me estaba consolando y secándome las lágri-
mas que los gemidos hacían brotar. Baba dijo: “Deja esta tonte-
ría. Vete a la cama”. La mañana siguiente me encontró en la
misma patética condición. El Gobernador no quería actuar por su
cuenta para encontrar a un sustituto o un asistente. Yo gesticula-
ba desesperadamente cada vez que me cruzaba con el Dr. Rao y
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me aseguraba a mí mismo, cada vez que Baba pasaba flotando,
que todo iría bien.
La noche llegó con demasiada rapidez. Llegó la limosina guber-
namental. Se me ordenó subir. La sala estaba repleta de rostros an-
siosos. Baba se sentó en el sillón ubicado al centro del decorado es-
trado. Lo siguió el Gobernador. Le rindió homenaje a Baba y pro-
nunció algunas frases bien elegidas. Desde el momento en que yo
representaba una baja, mis amigos pensaban que Baba podría ha-
blarles en malayalam. Baba se levantó y me indicó que me parara
frente al otro micrófono. Tan pronto se terminaron de pronunciar
las primeras frases en telugu, escuché mi voz repitiendo el mensaje
en tono fuerte y claro, en un malayalam más genuino y apropiado
de lo que jamás habría yo podido idear. También mi voz me sonaba
extraña a los oídos: llena de una nueva emoción que vibraba por to-
da la sala.
Cuando Baba viajó al Cabo, vi el diamante que los piratas ha-
bían sacado del adorno de la nariz del ídolo de Kanyakumari, que
fuera traído ante nosotros por un giro de Su Mano, por unos mo-
mentos, desde el lugar en donde se lo guarda hoy en día. Recogí de
la arena de la playa las cuentas de cuarzo que saltaban de Sus pies y
ayudé a contarlas y a hilarlas en un rosario. Estaba a Su lado y fui
blanco de Sus bromas cuando las olas me sorprendieron y me moja-
ron la camisa. Observé la ola a la que Baba le dio la bienvenida:
“¡Mira! ¡Ansía lavar Mis pies!”. La ola dejó sobre los pies de Loto —
no, no sobre ellos, sino en torno a los pies de Loto— una guirnalda
de ciento ocho perlas… ¡un tesoro que sólo el mar puede ofrecer!
Otra experiencia que permanece conmigo es la del discurso de
Bhagavan en el Municipio de Ernakulam, al finalizar Su gira. Baba
concluyó anunciando Su aprecio por la sed espiritual de la gente.
Dijo que vendría muy pronto de nuevo y que pasaría algunos días
en cada ciudad, desde la parte más al norte del Estado hasta la pun-
ta de la península en donde está Kanyakumari. Cuando traduje esta
promesa a su idioma, los vítores de gratitud casi echan abajo el te-
cho. Murali, el Director de la Estación de Radio Calicut, quien se-
guía a Swami con su transporte de grabación, preparó un progra-
ma para ser transmitido, uniendo pasajes de los discursos de Baba.
El anuncio que hiciera durante los últimos minutos fue, según Mura-
269
li, un “botín” precioso. Cuando se esparció la noticia de que Baba
visitaría Kerala muy pronto de nuevo, algunos amigos llamaron a
Murali para que lo confirmara. Murali insistió en que la noticia era
auténtica. “Si Baba no viene para fines del próximo mes, he decidi-
do ir hasta Puttaparti con la grabación y hacérsela escuchar durante
la entrevista. ¡Lo confrontaré con Sus propias palabras!”, dijo.
Sus amigos quedaron altamente admirados por la posición que
tomara Murali. Le pidieron que les mostrara la cinta; querían oír la
voz de Baba concediendo esta dádiva que tanto anhelaban. La deja-
ron correr. Se llegó a las últimas yardas… pero, ¿en dónde estaba la
esperada promesa? No estaba grabada. Cuando Murali dijo “Lo
confrontaré”, llevado por su orgullo… ¡se borraron esas frases cru-
ciales! Tanto el telugu de Baba como mi malayalam habían desapa-
recido, sin dejar ninguna brecha que los delatara en la cinta. Cuan-
do, más tarde, Murali me relató su exasperante experiencia, me di
cuenta de cómo Baba había percibido el matiz de fondo de una ca-
sual conversación y había llevado a cabo un acto tecnológicamente
imposible en una cinta grabada, guardada bajo siete llaves, en una
oficina a miles de millas de distancia de Su presencia física, con el
objeto de administrar un “tratamiento de choque” a unos pocos in-
dividuos curiosos y a una engreída persona con la mente puesta en
la publicidad, cuya cabeza se había hinchado en demasía.
El sagrado Día de Vaikunta Ekadasi, según la mitología hindú,
las Puertas del Cielo se mantienen abiertas para todos, las veinti-
cuatro horas. Baba se encontraba en Alleppey, un pueblo costero
de Kerala. Todos esperábamos y orábamos para que, como era
usual, creara Amritha para nosotros ese día. Pero Baba no se
mantiene ligado a precedentes ni intenciones determinadas, lo
cual constituye el real secreto de la fascinación con las que Él nos
liga. En lugar del néctar, creó un ídolo de Krishna e invitó a sus
anfitriones a inaugurar la adoración Suya en esa Forma. Me ase-
guró otra prueba de Su Amor al mandarme donde estaba el Se-
cretario del Maharaja de Travancore, con un mensaje. El Secreta-
rio había traído un ruego de su señor, quien pedía que Bhagavan
santificara el palacio y bendijera al Maharaja. Yo debía decirle que
Baba no dejaría el edificio en que se encontraba ni desilusionaría a
los cientos de personas que afluían allá, con el objeto de respon-
270
der al clamor de un individuo. ¡El Maharaja podía venir hasta don-
de Él se encontraba! Tan pronto como supo del permiso de Baba,
el Maharaja vino y fue recompensado. Baba no trata de manera
diferente a ricos y pobres. Trata a los más pobres con el mismo
amor con que otros tratan a los más ricos. Lo que reconoce y va-
lora es la riqueza del espíritu.
Tuve el privilegio de estar con Baba en Sus viajes y estadías en
Bombay, en más de una docena de ocasiones. El largo viaje en co-
che desde Bangalore, vía Dhanwad, Belgaum, Satara y Poona, nos
brindaba una maravillosa oportunidad para bañarnos en el aura de
Su Presencia y para ser mejorados por Su consejo. El coche en el
que yo iba sufrió de una serie de ominosas caídas, explosiones, re-
soplidos y bruscos virajes, en el trayecto a Bombay. Baba me asegu-
ró entonces, en las cercanías de Hubli, que no habría más rumores
de desastre. Llegué al Palacio Gwalior en Bombay, al que Baba ya
había arribado. ¡El coche no pudo moverse ni una sola pulgada
más! Había estado incapacitado debido a lesiones internas, más allá
de toda esperanza de una pronta recuperación, ¡mas Su voz lo ha-
bía “traído” a salvo por más de seiscientas millas! Los devotos que
se aglomeraban en torno de Baba aumentaban por miles en cada
visita. Las fervientes multitudes pasaban horas viajando desde dis-
tantes suburbios hasta Malabar Hill, Carmichael Road, el Palacio
Gwalior en Worli, Andhreri Mansions, etc., para lograr Su darshan
y escuchar Su voz.
Me encontraba entre aquellos que estaban con Baba cuando sa-
lió de los límites de la ciudad, para elegir un terreno sobre el que se
erigiría el Dharmakshetra de la Era y estuve presente en el lugar
cuando fue elegida la colina sobre la que se levantaría. Tuve la suer-
te de estar en la auspiciosa ocasión del Bhoomi Puja y la santifica-
ción por Baba de las “piedras angulares” de la planta baja circular,
el día en que fue descubierta la placa de la Fundación y el de la
Inauguración del Dharmakshetra.
Durante Dasara de 1958, en la noche establecida para que
poetas recitaran sus propias composiciones en la Divina Presencia,
me atreví a leer uno sobre la potencia alquímica de los discursos de
Bhagavan. ¡Cómo era que alguien podía traducirlos sin quedar em-
papado de temor y de fortuna!
271
La Voz es miel sagrada
fabricada por abejas celestiales con flores Parijatha,
el llamado es una clara clarinada.
¡Oh, este emocionante, gratificante arrebato del alma!
Fluyendo como el Ganges, sin limitaciones,
brindando ricas cosechas con sólo cavar y sembrar.
Creciendo y girando como las riadas del Jog,
brindando energía sin fin con sólo ruedas y alambres.
Un torrente el lenguaje, tan lúcido, tan límpido,
enseñando, nunca predicando, deshaciendo intrincados nudos,
tranquilizando todo interrogante que nace del pesar;
definiendo, refinando, consolando a aquel que sufre,
ordenando, sí, exigiendo el orgullo doblegar;
increpando, regañando tanto a fanatismo como a necedad;
bromeando y guiando, punzando con risa a los fraudes.
Poesía radiante, avalancha de ambrosía,
belleza de imágenes, atisbos de Trascendente Verdad,
parábola, proverbio, verso, leyenda y cuento,
destellante, tintineante, argentina lengua telugu;
cada palabra un Mantra, cada frase un Sutra,
un Gayatri cada oración y una Upanishad el discurso:
cada hora es un minuto, cada minuto tan sólo un segundo.
272
elevadoras, puesto que este fenómeno no se ha vuelto a producir,
desde entonces, durante ningún otro discurso o reunión.
Una vez, en Kakinada, la multitudinaria reunión llenó tres calles
(una frente al estrado y dos más a la derecha y a la izquierda), aba-
rrotadas de gente, además de los techos de las casas, cubiertos de
personas. Baba se puso de pie para hablarle a esta asamblea
“monstruo”. Sin embargo, antes de comenzar Su discurso, miró de-
liberadamente hacia cada sector, tanto hacia los que estaban en el
suelo como arriba de los techos, hacia los tres lados, demorándose
más de cinco minutos en total. Baba hizo referencia a este episodio
inédito al conversar con nosotros después de terminado el discurso.
“¿Les cuento por qué lo hice? Estaba reforzando los techos de esas
casas. Cuando fueron construidos, nadie imaginó que algún día ha-
bría cientos de personas subidas sobre ellos. ¿Y vieron los grupos de
hombres subidos a las ramas de los árboles?”
Con razón, Baba previno anticipadamente la caída de los ansio-
sos oyentes, pasando Su protectora mirada por sobre ellos. En Chit-
toor y más tarde en muchas aldeas en torno de Nellore y en Nellore
mismo, Bhagavan le habló a miles. En julio de 1958, describió Su
misión de misericordia como el Kalinga Mardana del Bhagavata. De
hecho, Su tarea, siempre y en todas partes, es la de neutralizar y di-
solver el veneno que brota de Kalinga, la serpiente que vive enrosca-
da en el corazón del hombre. En Su tierna infancia, Krishna danzó
sobre las múltiples cabezas de Kalinga y, cada vez que una cabeza
era suave y silenciosamente presionada por los pies de Loto, se va-
ciaban por sí mismas las glándulas de veneno y se caían los colmillos.
Para mí, fue en verdad una experiencia electrizante ver a toda la re-
gión con una expresión de nuevo esplendor. Baba exhortó a la gente
para que lo reconocieran como Premaswarupa, la Encarnación del
Amor. Les advirtió que no se dejaran llevar por caminos equivoca-
dos, por hombres codiciosos y egoístas. Les aconsejó: “Observen,
estudien y sopesen en la balanza de su propia experiencia interna”.
En Rajahmundry, dos de los presentes, un padre y su hijo ado-
lescente, su único vástago, estaban parados muy lejos del estrado.
Podían escuchar claramente el discurso de Baba, pero Él no era si-
no una mancha naranja. El hijo absorbió el llamado del Avatar en
cuanto a emprender la heroica aventura de escalar hacia las alturas
273
de la Autorrealización. Regresó al hogar con su padre, pero anhela-
ba retornar al Hogar real, al Regazo del Todopoderoso. Logró su
anhelo una semana más tarde. El padre le escribió a Baba: “Te doy
las gracias a Ti por haberme dado un hijo tan puro y tan perseve-
rante. Sé que se ha fusionado contigo. Llevé a cabo hoy día, con-
tento, los ritos de las honras fúnebres”. Son numerosísimas las
transformaciones, lentas o repentinas, superficiales o sustanciales,
que produce el Sravanam, el prestar oídos a Sus palabras. Por eso
escribí estas líneas como parte de un poema:
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del agua de un lago cuando cae en él una pesada roca. Las partes
se juntan con la misma rapidez con que son apartadas.
Cada uno de aquellos a quienes llama es llenado con la sed por
volver otra vez. De hecho, todos los caminos llevan a Prashanti Nila-
yam, vale decir, Su Presencia. Cuando hayan alcanzado el final del
camino, le encontrarán a Él, con los brazos abiertos para recibirles:
“¡Oh, queridísimo, cieguísimo, debilísimo: Yo soy Aquel a quien bus-
cabas!”. Como escribiera el autor alemán Reiner Seemann, cuyos
estudios se especializaron en los Avatares: “Uno se ve muy rápida-
mente obligado a reconocer que Baba ha ingresado a la arena como
Avatar, no para hacerse visible Él Mismo, sino para encontrarse con
nuestra Divinidad”. Es Dios atrayéndose hacia Sí Mismo.
El amor es el diluyente más eficaz del odio y la ira. ¡Baba! Na-
die puede resistir el magnetismo de este Fenómeno. Permítanme
consignar un incidente que ejemplifica la vastedad del Amor. En Ko-
davalur, una aldea situada a unas diez millas de Nellore, la residencia
del anfitrión, como asimismo todos los caminos y espacios abiertos
alrededor, estaban atestados de gente ansiosa de darshan. Baba ac-
cedió a permitirle a su anfitrión que llevara a cabo el rito del Pada-
puja, puesto que le adoraba como el Maestro Divino. No obstante,
la casa estaba tan llena de aldeanos que nadie podía dar un paso
adelante o uno atrás. El Amor de Baba descubrió una salida para el
“impasse”: no quería herir el corazón del devoto. Le pidió que si-
guiera Su automóvil hacia campo abierto. Le dijo que eligiría algún
lugar cubierto a lo largo de algunas de las huellas de carreta que ha-
bía, y que allí podría satisfacer su corazón de Ananda. Fui testigo del
Padapuja bajo un árbol al costado del camino, en presencia de un
rebaño de bien tenidas y silenciosas vacas. En esos momentos, me
encontraba en Brindavan.
Baba dice: “Dios busca al hombre con mayor angustia que la
que impulsa al hombre a buscar a Dios, porque el hombre no es si-
no Dios interpretando un papel, aunque demasiado aturdido por la
admiración que despierta en él el disfraz que lleva”. Los discursos de
Swami penetran en los corazones y abren las fuentes de alegría que
han estado atoradas por años. Los humildes y los pobres responden
tan efusivamente como los de alcurnia y riqueza. Incluso, cuando el
néctar telugu de Swami es diluido y deformado por la traducción al
275
inglés, el llamado no pierde ni su urgencia ni su intimidad. Las ove-
jas hambrientas miran, pero no sucede como lo cuenta Milton: éstas
son alimentadas. Los más vigilantes, entre los oyentes, respiran la
inmortalizadora “Atmasfera” que Él exuda. Aun mientras escuchan
son suavizados por la calidez. Absorben el tono tónico; son exalta-
dos por la emoción del thath-thwam; sus corazones campanillean
con el temblor trascendente de la Voz. La fe nutre las raíces; las du-
das caen como las hojas secas. Italianos y españoles, árabes y japo-
neses, se mantienen sentados, supremamente satisfechos, a lo largo
de todos los discursos, sin mostrar ni un incipiente bostezo o una
furtiva mirada al reloj, porque reciben el solaz y la fuerza que necesi-
tan, mirando y escuchando solamente.
El otro día, cuando alguien sugirió que Baba podría incluir en
Su itinerario una estadía por un día, en un balneario de montaña,
puesto que había muchas “bellezas naturales” en los alrededores,
Baba dijo: “¿Belleza? Yo soy la Belleza. Ellos no son sino mis imá-
genes; las imaginerías de ustedes. El darshan en cualquier lugar:
en el estrado, junto o delante de ustedes, cerca o lejos… compar-
tido por la visión interior es una dádiva de Belleza que el ojo trans-
fiere al yo”.
Bhagavan tiene Sus maneras de otorgar el darshan en los lu-
gares en que lo necesitan. La promesa de quedarse por más tiem-
po en algunos lugares de Kerala ha sido cumplida, como consta del
testimonio de miles. El vibhuti que anhelan los devotos, cae de Sus
retratos en cientos de altares domésticos. Se me dijo de una ancia-
na dama de Palghat, que era el centro de un grupo de bhajan que
se reunía en su pequeña casa. La guirnalda de flores colocada so-
bre el retrato de Baba, se balanceaba de derecha a izquierda mar-
cando el compás del canto. Cuando se aceleraba el compás, se ba-
lanceaba con mayor rapidez, cuando el compás era lento, también
lo era su balanceo. Otras guirnaldas que colgaban sobre otras imá-
genes, estaban quietas, no se movían. Fui al lugar para ver la ma-
ravilla, pero, aunque los bhajans fueron tan animados como de
costumbre, la guirnalda se rehusó a responder. La dama lloraba
desconsolada y yo me regañé a mí mismo por haberles negado el
Divino Lila ese día. La dama no quería creer que mi presencia ha-
bía inmovilizado las flores. Le suplicaba a Baba con patética peni-
276
tencia: “¡Baba! ¿Por qué estás tan callado hoy? Kasturi ha venido
desde Puttaparti. Va a tener la impresión de que la historia de Tu
Lila no es más que un invento mío y de estas otras personas. Sál-
vame, Baba, de esta acusación”. Su voz se fue convirtiendo en un
gemido. Baba respondió antes de que se convirtiera en un quejido
de desesperación. La guirnalda se balanceó vigorosamente, infun-
diéndonos vigor a nosotros. Revivió mi corazón y retomó sus lati-
dos normales. El Bhagavad Gita recoge la declaración del Señor:
“Mis ojos y oídos están por doquier”. Baba ha venido entre noso-
tros para demostrar la verdad de Su declaración.
Cuando era estudiante en el Colegio de Maharaja, en Trivan-
drum, tenía un amigo en la misma clase, llamado Subrahmanya
Iyer. Al igual que yo, entró después a la Escuela de Leyes. Estableció
en el mismo Trivandrum su práctica legal, puesto que allí estaba la
sede de la Corte Suprema de Justicia del Estado de Travancore.
Perdí el contacto con él y con su carrera hasta que chocó conmigo
en Puttaparti, cuarenta años después de haberme despedido de él
en Trivandrum. Como fue remodelado por Baba en defensor de la
Divina Misericordia y Gracia, Baba se instaló en su santuario, como
testigo de su conducta familiar. Yo le había conocido como alguien
de un genio muy vivo. A medida que se iba haciendo viejo, su ge-
nio, según me confesó en Puttaparti, había empeorado y se había
hecho más hiriente. Cada vez que le gritaba furioso a alguien en su
hogar, Baba dejaba caer una tarjeta desde Su retrato, para infor-
marle que había tomado nota de la recaída en el “durguna” (natura-
leza malvada). Los regaños aparecían escritos con letra y palabras
en tamil —su lengua materna— y firmados “tu Baba”. Cuando me
puso en las manos una gruesa pila de estas punitivas tarjetas, le dije
en broma: “Parece que te enojabas tan a menudo más para ser re-
compensado con estas tarjetas que debido a un defecto de raíces
profundas”.
“¡No! ¡No me lo podía quitar de encima! Estoy pagando cara
esta debilidad mía. Ya he venido tres veces a Puttaparti, aunque
te encuentro a ti por primera vez hoy. Déjame contarte mi pena.
Como sabes, Baba está bendiciendo a los receptores de cuarenta
departamentos en Prashanti Nilayam, llevándolos dentro de ellos
Él mismo, junto con Su bendición. Yo soy uno de los afortuna-
277
dos y tendré ese regalo de Gracia mañana. Llegué aquí ayer en
la tarde con mi mujer y nos estamos alojando transitoriamente
fuera del recinto. Estuve en la Sala de Oración durante los bha-
jans de la tarde. Cuando Baba entró hacia el final del canto y dio
darshan desde el sillón de plata, le hablé calladamente desde
donde me encontraba. ‘Por favor, Swami, permítenos a ambos
quedarnos en el departamento que nos has asignado como resi-
dencia, por el resto de nuestras vidas. Nuestros dos hijos están
bien colocados en trabajos que les gustan. Déjalos que vivan feli-
ces en el «bungalow» de Trivandrum. Nosotros estaremos felices
en Puttaparti’. Baba no hizo gesto de asentimiento ni de negati-
va. Decidi rogarle por el cumplimiento del deseo cuando nos
permitiera tocar Sus pies, sentado en la silla del departamento.
Terminado el bhajan, nos fuimos a la habitación que habíamos
arrendado y sacamos la cartera con el dinero que teníamos.
Cuando la abrí en el mesón, para la compra de los cupones para
la cantina, descubrí un pedazo de papel con instrucciones de Ba-
ba, escritas en la familiar escritura y lenguaje tamil, con el cordial
‘tu Baba’ al final.”
Diciendo esto, mi amigo me puso el papel en la mano. Leí:
“No deseo que se queden aquí, dejando a los hijos en su casa. Vi-
van allá mismo, cantando bhajans como les es habitual y tú, dale
alegría a la familia desechando tu durguna”. Cuando le devolví la
nota a Subrahmanya Iyer, estaba llorando, porque esa misma na-
turaleza le había negado el cielo con el que había soñado por
años. Existe una Autoridad dentro de cada ser humano que le
prohíbe comportarse como un mero animal salvaje. Sai es el Au-
tor de tal Autoridad.
Es en verdad extraño que la sed dormida por Dios se haga más
aguda después del darshan del Avatar y que no se apague ni siquie-
ra después del continuo impacto de los signos y maravillas que Él
condesciende a dar. Estuve con Baba en las aldeas y pueblos de Ne-
llore, Guntur, Krishna, los distritos de Godavari Oeste y Este de
Andhra Pradesh, cuando visitó esa región, en cinco diferentes oca-
siones. Baba nos dijo a menudo que éramos invitados a acompañar-
le, para que pudiéramos captar las implicaciones del Purusha Sukta
en el Rig Veda, en donde es descripta la Persona Cósmica (Dios) co-
278
mo teniendo incontables cabezas: Sahasra Sirsha. “Esto es la proli-
feración del Purusha. ¡Vean cómo corren de la circunferencia hacia
el Centro, la Fuente!” Aunque miles han tenido un darshan de una
hora durante el discurso, cuando Baba aparece, unos momentos
más tarde, en la terraza del edificio en que ha entrado, los miles co-
rren de nuevo para alcanzar a llenarse otra vez los ojos con deleite.
Baba mismo ha comparado a los cientos de miles que corren
a Su Presencia con las hormigas que son atraídas a la montaña de
azúcar. Cada persona le comunica la noticia del Advenimiento a
cien otras, no solamente a través de las palabras, sino en forma
más clara por su afecto más cálido, su mayor compromiso, sus
más frecuentes viajes hacia su interior y su respuesta más rápida
al llamado por amor. He sido testigo de la tremenda marejada de
devoción que causa la visita de Baba, en Repalle, Rajahmundry,
Ernakulam, Bombay, Navsari y otros lugares. Sé que más de tres
y cinco veces ese número de personas se reunieron en Nueva Del-
hi e incluso en una ciudad menor como Ullasnagar, entre Bombay
y Poona. En el Kurukshetra, Richard Bach me dijo: “Hubo más
seres humanos llenos de entusiasmo por escuchar el Bhagavad
Gita de Baba que el número de soldados formados en el campo
de batalla del Mahabharatha, hace cincuenta y cinco siglos atrás”.
El Gita de Sri Krishna fue oído por sólo cuatro personas: Arjuna,
a quien estaba dirigido; Hanuman, quien estaba en el estandarte
que flameaba sobre el carro de guerra; Sanjaya, que lo escuchó
como gracia especial que se le otorgara por informar al ciego rey
de los kurus acerca de los sucesos en el campo de batalla, y el rey
mismo (aunque el Gita no produjo impacto alguno en él). El Sai
Gita, sin embargo, entregado en el mismo punto sagrado, fue es-
cuchado por más de quinientos mil corazones sedientos y anhe-
lantes. “Enthousiasmos”, la palabra griega que es la antecesora
etimológica de entusiasmo, significa, literalmente, “lleno de theos”
o Dios. El Gita, tanto el de entonces como el de ahora, llena de
Dios al oyente. Declara la Chandogya Upanishad: “Si alguien le
impartiera esto incluso a un tronco seco, ciertamente que le cre-
cerían ramas y le brotarían hojas”.
En Nueva Delhi, las ansiosas multitudes en torno a la Golf
Links Residence en la que se alojaba Baba, eran tan densas por mi-
279
llas a la redonda, que persistieron por días embotellamientos de trá-
fico nunca vistos antes. En Navsari, Gujarat, Baba atrajo a Su pre-
sencia dos veces el número de habitantes de la ciudad. No había tol-
do que pudiera cobijar a tanta gente. Cuando Baba caminaba por el
pasillo entre los hombres y mujeres, todos se quedaban como clava-
dos en el suelo, pero cuando caminaba de vuelta al estrado, se le-
vantaban y le seguían, sin darse cuenta de que cada paso suyo no
hacía sino amontonar cada vez más estrechamente a la masa huma-
na. Baba estaba sentado en el estrado observando la avalancha. No-
sotros, que estábamos sentados detrás del sillón colocado para Él, le
vimos saltar abajo. Eso fue todo. Nadie se dio cuenta de nada, salvo
Su ausencia. A nosotros nos tomó como veinte minutos poder lle-
gar a la calle por la reja exterior. Algunos conductores informaron
que una “linda” persona vestida con un Kafni rojo, había subido a
un taxi y se había ido rápidamente. Supusimos que tenía que ser
Baba y como el próximo lugar en que se le esperaba era Baroda,
condujimos rápidamente por la carretera. Después de alrededor de
treinta minutos, escuchamos los fuertes bocinazos de un coche que
nos perseguía: era el taxi con Baba. Baba nos dijo que había llegado
a la calle sin atravesar la distancia por la que nos tuvimos que abrir
camino. Sentado con nosotros, Swami habló de disciplina, y dijo:
“Navsari está apenada ahora por haber perdido el control sobre sí”.
“Cada uno de los de ahí recibió darshan. Fui de un extremo al otro.
Estuve sobre el estrado. Eso les ha dado bastante”.
En otra ocasión, Baba se movió sin pasar por la compacta fa-
lange de devotos que hacía imposible atravesarla. Esto se produjo
en Repalle, cerca de Guntur. Repalle es la palabra en telugu para
Gokulam, la aldea en donde Krishna llevó a cabo Sus travesuras de
niñez y la gente venera el lugar como si se tratara del original. Un
cierto devoto, cuya dedicación santificó la atmósfera en un radio de
millas, transformó la aldea en otro Shirdi. Había reconocido en
Sathya Sai Baba al Sai Baba que adoraba como su Madre y su Pa-
dre, su Gurú y su Dios. Le rogó a Baba que instalara un ídolo de
mármol del Sai Baba de Shirdi en el Mandir de Repalle. Baba acce-
dió y llegó al lugar como a las diez de la mañana del día fijado para
la ceremonia. En verdad, “llegó” no es la palabra correcta, porque
los caminos fueron cubiertos por una impenetrable masa humana
280
ya desde el alba. Nosotros sobrevivimos a la apretadura y nos las
arreglamos para subir la escalera de madera para estar con Baba.
Hasta donde podía verse, el espacio era un compacto mar humano.
Baba hizo traer el ídolo y colocarlo sobre una mesa para que, al
menos, unos pocos miles pudieran ver el rito de su santificación con
las aguas de ríos sagrados y vibhuti de la propia Mano del Señor. El
Mandir esperaba la instalación, pero los alrededores estaban obstrui-
dos por miles de asistentes y nadie podía entrar o salir de él. De
modo que Baba demoró el traslado hasta las once de la noche,
cuando la mayoría de los peregrinos se habían estirado en el suelo,
vencidos por el sueño. Nos fuimos juntos hasta el borde de los que
dormían: estábamos diseñando una estrategia para pasar por sobre
la larga línea de cuerpos, haciendo uso de los pequeños huecos que
quedaban entre ellos. Pero Baba ya no estaba con nosotros. Estaba
dentro del Mandir en el mismo momento en que nosotros llegába-
mos a él. “No necesito dar un paso después de otro, puedo ‘tele-
transportarme’.” Baba no “lleva a cabo”, no “hace” y ni siquiera
“quiere” milagros. Éstos simplemente se producen, porque Él es el
Milagroso. Inmediatamente después de instalar el ídolo, Baba dejó
Repalle en un jeep, porque sabía que al amanecer el nuevo día, mi-
les más llegarían al pequeño lugar y tendrían que sufrir la falta de ali-
mento, de bebida y de cobijo.
Aunque son miles los que llegan únicamente para el dharsan, al
igual que limaduras de hierro atraídas por un imán, Baba está em-
peñado en sembrar en sus corazones que han sido ablandados por
el canto, las semillas del Amor que han de emerger como empatía y
entusiasmo de ese terreno purificado. Baba le habla a las asambleas
en telugu, claramente el más melodioso de los lenguajes de la India.
Cuando le habla a individuos aislados o a grupos, emplea el idioma
que pueden entender mejor, aunque no es popularidad lo que bus-
ca, dirigiéndose a Sus audiencias en el idioma que prefieren. Por
eso, cuando visita regiones en donde no se habla telugu, Su discur-
so es traducido simultáneamente al inglés.
281
MIS TRADUCCIONES
N
o recuerdo en qué momento se me encargó la casi impo-
sible tarea de traducir al inglés Sus discursos. Creo que
fue en el Templo de Lakshmi Narayana, cerca del Monte
Malabar, en Bombay, en 1958. A partir de entonces, a través de los
años, se me ofreció la poco envidiable oportunidad, hasta que fraca-
sé estrepitosamente en interpretar Sus palabras frente a una asam-
blea de veinte mil personas en Madras. De eso hablaré más adelante.
Bhagavan no requiere de un traductor, porque Él sabe cómo di-
rigir Su mensaje en inglés o en cualquier otro idioma. Así tampoco
los miles que escuchan Su voz (salvo una pequeña fracción) desean
oír que se les traduzca el mensaje. Porque, aunque la voz hable en
telugu, el mensaje es Divino y el intérprete es el Corazón. Cuando
Baba habla el telugu, el idioma posee la dicción que puede divinizar
directamente a los oyentes. Los pocos de entre la audiencia que no
están sintonizados con Sai ni vibran con el telugu, se sentirán alivia-
dos si el lenguaje anglosajón no interfiere con el parejo fluir de la
música de la Flauta de Krishna. El más profundo éxtasis lo experi-
mentan absorbiendo el rostro, inhalando el aura y vibrando con el
sonido de los tambores.
283
percibir que lo irreal y lo superfluo se reflejaban en los rostros fren-
te a mí. Ni siquiera la presencia de Baba en el estrado o entre los
oyentes mientras yo leía el discurso traducido, llegaba a disipar es-
ta niebla. De hecho, Su Presencia hacía que mi ejercicio se convir-
tiera en una parodia, ya que los ojos de los presentes se imponían
a sus oídos. Hubo que renunciar al experimento.
284
Él no vacila, no titubea.
Él no calcula, no examina ni medita,
Él no espera,no duda ni delira
juntando, eligiendo pensamientos y palabras.
No requiere de notas ni de citas,
no se demora adornando el lenguaje
con guardas floridas, vistiendo una frase prestada
con brillante oropel. No es un orador
que cultive cultos, clame por aplausos
o busque publicidad. Él no declama,
no usa circunloquios, ni siquiera habla.
Él departe contigo y contigo y contigo,
con cada uno de los tú allí sentados:
los Arjuna dispuestos a llegar, pero temerosos de marchar.
Les habla de la tarea que hay por delante
y de la Verdad que en el adentro está.
285
concertante la serie de sorpresas. Términos sánscritos que hasta
ahora han conllevado algunas conocidas implicancias, producen
nuevos destellos de significado cuando son analizados e iluminados
por Baba.
Madhusudana significa, según los comentarista, el Señor Krish-
na que mata (sudana) al demonio Madhu. Baba ha revelado que
madhu (miel) indica los placeres sensoriales que tientan y atrapan, y
que Krishna, cuando el hombre se entrega a Él, destruye el encanta-
miento que ejercen los sentidos sobre la mente. Kuru-nandana es
uno de los nombres con el que Krishna se dirige a Arjuna en el
Gita. Durante los milenios transcurridos desde entonces, el nombre
se explicaba como “descendiente del clan Kuru”, pero Baba le dio
una nueva luz durante un discurso. Dijo que “Kuru” significa “haz”,
“realiza una obra” y Nandana, como complemento de “descendien-
te”, significa “aquel que encuentra alegría”. El resultado fue que Ar-
juna le fue presentado a los oyentes del discurso como una persona
a la que Krishna había transformado de un cobarde que huía del
compromiso en el campo de batalla en un héroe pronto a lanzarse
a lidiar. Cientos de palabras, del sánscrito, del telugu, del hindi, del
inglés, han sacado a relucir su esplendor latente al hacerlo patente
Baba. ¿Quién podría haber descubierto la afirmación teísta de que
“Dios está aquí ahora” en la expresión atea del astronauta: “Dios
no está en parte alguna” (cambiando el sentido de las expresiones
en inglés: God is now here y God is nowhere - N. de la T.), hasta
que Baba no lo revelara? O el que las propiedades no son ataduras
apropiadas (“properties” y “proper ties”, en inglés - N. de la T.) pa-
ra amarrar al hombre.
A veces, el poema que surge de Él cuando se pone de pie para
hablarle a los presentes, puede comenzar o terminar con una fasci-
nante palabra extranjera, dejando atontado al traductor enfrentado a
esta maravilla. Sucedió así en Madras, cuando yo estaba listo frente
al micrófono para traducir Su discurso para inaugurar la Conferencia
de la India de los encargados de las miles de unidades de la Organi-
zación de Servicio Sri Sathya Sai. El poema comenzaba: Luz Auto-
mática ukku adhipudevadu y continuó después en telugu puro. La
expresión me pareció que significaba: “¿Quién creen que es el Ma-
estro de la Luz Automática?”. Y me dejó tan atónito que me quedé
286
en silencio. Me acerqué a Baba y le confesé que me encontraba de-
masiado confundido como para iniciar mi tarea. Volvió a repetirse el
verso; le volví a pedir perdón. Las líneas siguientes del poema eran
más fáciles de entender, ¡pero aunque me hubiera ido en ello la vida,
no podía descubrir la forma de coordinar su sentido con “luz auto-
mática”! Baba me indicó que el poema encerraba un mensaje de re-
levancia inmediata y me pidió que volviera a tomar asiento entre la
audiencia. El Dr. S. Bhagavantham, a quien se le pidió que tomara
mi lugar, no tuvo mayor éxito en descifrar lo de la “luz automática”.
Desde aquel día, fue él quien tradujo los discursos en telugu de Bha-
gavan, al inglés, en muchos lugares de toda la India.
Quedo en deuda con el lector. Baba nos describió más tarde,
cuando nos acercamos suplicantes a Él, el simbolismo inherente a
Su referencia a la “luz automática”. Están los semáforos como luces
de señales que dirigen el tránsito en las intersecciones y que, a inter-
valos fijos, cambian de rojo a amarillo y de amarillo a verde. Los có-
digos de la conducta moral y el comportamiento social, en una
palabra del Dharma, también son señales de tránsito fijadas por el
Maestro para salvar a los humanos del conflicto y el choque, de la
violencia y la guerra. Baba también habló del reglamento de tránsi-
to establecido por la Providencia para evitar que galaxias y plane-
tas, cometas y constelaciones, se comporten caóticamente en sus
recorridos cósmicos.
Al escribir sobre la crisis de la “luz automática”, debo consignar
mi gratitud hacia Bhagavan por ayudarme a menudo con la palabra
inglesa apropiada a tiempo y por recordarme, en ese instante, los
puntos que había pasado por alto mientras traducía. Baba observa
la traducción y, tan pronto como me encuentra buscando desespe-
radamente una palabra inglesa tolerable, Él provee la palabra que sé
que es la más apropiada. Imaginen mi lucha desesperada por garra-
patear en las páginas de mi cuaderno las series de cláusulas adjeti-
vas o adverbiales que brotan rápidas de Sus labios y los sustantivos y
verbos cargados de ideas, personalidades y principios. Tan pronto
como se detiene, comienzo con el inglés. Mientras estoy en ello,
Baba observa y hace el escrutinio. No deja de escudriñar palabra,
giro idiomático o frase. Cuando una sugerencia acerca de Sadhana,
que Él ha enfatizado, es entregada en forma académica por mí,
287
quiere que la repita con mayor fuerza. Él ayuda a la memoria cuan-
do me salteo una o dos de las cinco o seis categorías o conceptos
que ha mencionado. Cuando alguna palabra se atora en mi gargan-
ta, Él la libera. Cuando la palabra correcta está jugando a las escon-
didas, Él la rescata. Él es la enciclopedia lista con el equivalente
exacto. Regüello, calabacín, antídoto para mordidas de serpiente, ti-
burón, estética, sanguijuela y galaxia, son palabras que Él ha entre-
gado tan pronto como se ha dado cuenta de que estoy a ciegas y al
borde del colapso.
En una ocasión, el traductor se vio enfrentado a dos palabras
en telugu usadas por Baba: Hamsa y Baath. Repitió Hamsa, una
palabra sánscrita familiar para muchos y se salvó. Pero, ¿y baath?
Sabía que era un ave domesticada y, en verdad, había visto a mu-
chas en su propia aldea. Pero veinticinco mil oyentes y Baba le ob-
servaron enviar partidas de búsqueda dentro de su memoria para
encontrar una palabra en inglés. Desesperado se refugió en circun-
locuciones. Dijo: “Es mejor pasar diez minutos en la tierra como un
hamsa que pasar diez años como un ave de la misma especie, pero
perteneciente, lamentablemente, a una clase inferior”. Baba cubrió
el micrófono que tenía al frente con Su mano. Agitó la mano para
llamar la atención del traductor y, con una sonrisa: “¡Di pato!”.
He sido muy beneficiado con estas ayudas de emergencia
mientras traducía Sus discursos al malayalam en mi aldea natal, al
kannada en Madikeri, en Coorg y al tamil en Trichinopoly. En Jam-
nagar, en Gujarat, anglicanicé el telugu e inmediatamente después,
el Dr. Chudasama “gujeratizó” mi inglés. De modo que Baba tuvo
que supervisar ambas traducciones y rescatarnos a ambos cuando
nos metíamos en callejones sin salida.
El Avatar tiene que aparecer con limitaciones autoimpuestas pa-
ra poder cumplir la tarea que se ha asignado. Cuando Baba elige a
personas para “entrevistas”, habla el idioma que les brinde más be-
neficios, ya sea swahili, nepali, francés, adi, marathi o bantu. Sin em-
bargo, cuando se dirige a grandes multitudes, generalmente emplea
el idioma de la región que eligiera para Su Natividad. Además del te-
lugu, en la región se habla algo de kannada (en el límite del Estado
de Karnataka, que está a unas pocas millas de distancia) y algunas
trazas de tamil (hasta hace tres décadas, el área formaba parte de la
288
Presidencia de Madras). Al inaugurar la Conferencia del Estado de
Karnataka de los miembros de la Organización, realizada en Dhar-
wad, Baba anunció: “Kasturi no está aquí, de modo que les hablaré
en kannada. Ésta es la primera vez que trato de decir un discurso en
este idioma”. No necesito decir que capturó los corazones de miles
de personas. Después, empleó el mismo medio con gran efectividad
en Bangalore, Belgaum, Gadag, Sirsi y otras ciudades, aunque jugue-
tonamente, pretendía estar nervioso por la reacción de los oyentes.
Cuando visitó el complejo educacional en Alike del Sathya Sai
Loka Seva, en los Ghats Occidentales, me telegrafió para que estu-
viera presente ¡y descubrí que había de traducir Su telugu al kanna-
da! Le rogué, a plena vista de la numerosa concurrencia, que les ha-
blara en Su dulce kannada. Me comisionó para que le preguntara a
la audiencia, porque Su dicción y expresión, dijo, podía no ser del
gusto de la gente de una localidad en que se empleaban dos len-
guas: un dialecto, el tulu, con el que habían nacido y un idioma, el
kannada, que habían aprendido en el colegio y con libros. Le dije a
los presentes que el kannada poseía una buena mezcla de marathi,
en Karnataka Norte, de telugu, en Karnataka Este, de tamil en Kar-
nataka Sur y de kondani, en Karnataka Oeste. Pero, si deseaban es-
cuchar kannada con una buena porción de prema, debían rogarle a
Swami que hablara en ese idioma. Se lo suplicaron y Él respondió
muy benevolentemente.
En una ocasión dejé de responder cuando Baba me llamó para
traducir Su discurso. Eso fue en Nairobi, Kenya. Tan pronto como
el “Boeing” de la Air India tocó la pista, había cientos de personas
que le dieron la bienvenida a Baba, al pie mismo de la escalinata y
se lo llevaron rápidamente hacia la planicie abierta, detrás del aero-
puerto, donde cincuenta mil personas estaban esperando por horas
para tener el darshan del Avatar de la Era. Los seis que le acompa-
ñábamos, tuvimos que pasar por las barreras y esperar junto a la
cinta transportadora para retirar el equipaje y cargarlo en los vehí-
culos que estaban listos para seguir viaje a Kampala. Entretanto, Ba-
ba había hecho anunciar mi nombre por los parlantes, para poderle
comunicar Sus Bendiciones en palabras comprensibles a la multitud.
Sentado en el automóvil, pude escuchar el llamado, pero había
cientos de coches a todo nuestro alrededor y nadie me podía con-
289
ducir a través del atestado espacio que me separaba de Él. Un indio
que hablaba tamil, le ofreció sus servicios a Baba y Él habló en ese
idioma por él y para los demás. Más tarde, pude traducir los discur-
sos de Baba en Kampala y en Nairobi.
La gira por África Oriental me permitió alcanzar dos inaprecia-
bles dádivas de Gracia. La primera fue un accidente de automóvil en
el que recibí algunas lesiones, lo que me trajo siete días completos
de una lluvia del tierno afecto de Sai, la Madre. El continente africa-
no me otorgó ese regalo. El segundo regalo que gané, fue en suelo
indio, en Bombay.
Mas, permítanme mencionar aquí la historia de una sesión de
traducción en el Dharmakshetra, algunas semanas antes de nuestra
partida al África. La Primera Conferencia Mundial de los devotos de
Sathya Sai se realizó en mayo de 1968, durante la semana en que
se inauguraba el mismo Dharmakshetra. Más de sesenta mil perso-
nas se congregaron en el Campus de Bharatiya Vidya Bhavan, en
una atmósfera de adoración y dedicación. Cuando Baba se puso de
pie para comenzar Su alocución y yo tomé mi posición, con mi
cuaderno y lápiz frente al micrófono, quedé atontado de partida con
la primera frase. Estaba en sánscrito clásico, el lenguaje inmaculado
de la Isopanishad y el Bhagavad Gita. Me encontraba a diez pies
de Él, pero a siglos de distancia, retorciendo mis manos y suplicán-
dole que también hablara en inglés a través mío. Pasaron lentos diez
minutos. Oí a Baba mencionar mi nombre y anunciar que había
descuidado estudiar la lengua de Bharath. Eso lo dijo en telugu y tu-
ve que publicitar mi impedimento antes de continuar con mi deber,
porque Baba habló en telugu de ahí en adelante.
El segundo día de la Conferencia, durante el desarrollo de la se-
sión de la noche, Baba le habló a la gigantesca asamblea. Es posible
que las delegaciones de todos los continentes anhelaran una decla-
ración del Avatar acerca de la Autenticidad y la Autoridad. Es posi-
ble que fuera Su voluntad el revelarlas, llevado por la compasión ha-
cia la raza humana. Lo que realmente sucedió es que, después de
hablar de la misteriosa eficacia del Nombre de Dios y de los diferen-
tes niveles emocionales de aquellos que adoran a Dios, Baba elevó
repentinamente el tono de Su Voz, acrecentó la rapidez de Sus fra-
ses y declaró con un énfasis apremiante: “Puesto que se han reuni-
290
do en este lugar aquellos que tienen devoción y ha venido gente de
todas las naciones, no puedo sino hablarles de un hecho”.
Cada rostro resplandecía de excitación. Todos los oídos estaban
alertas. Yo rogaba por poder pasar la prueba inminente. Y Baba se
reveló a Sí Mismo, a través del rápido fluir de verdades sublimes.
“No pueden entender la naturaleza de Mi Realidad, ni ahora ni des-
pués de miles de años, aunque los pasen en austeridad o en ardien-
te indagación, ni aun cuando el género humano en conjunto se una
en el esfuerzo. Puesto que me muevo entre ustedes, que como igual
que ustedes y hablo con ustedes, se engañan a sí mismos pensando
que esto no es sino una instancia de humanidad corriente. Ésta es la
Forma Humana en la que cada Entidad Divina, cada faceta del Prin-
cipio Divino, es decir, todos los Nombres y Formas que el hombre
le adscribe a Dios, están manifestadas.” Fue así que el Ganges arro-
lló con toda su corriente. Aún me asombro cuando recuerdo la es-
cena y me pongo a rumiar sobre la declaración. Soy incapaz de ex-
plicar cómo pude dominar mi éxtasis, retener en la memoria las pa-
labras cargadas con Energía Divina y comunicarle la bendición a los
buscadores y sadhakas sentados allí.
Permítanme volver al regalo que Baba me otorgara en el Dhar-
makshetra, al regresar a la India. Era el sagrado Gurú Pournima.
Baba se encontraba en Kampala y Nairobi, bendiciendo a los devo-
tos en ese día en que los discípulos de todas partes le rinden home-
naje a su preceptor. Llegó a Bombay a tiempo para bendecir a los
devotos ese mismo sagrado día. Bombay organizó una colorida re-
cepción para Baba, porque creían que la visita al África era Su pri-
mer viaje allende los mares. Más de treinta mil personas se congre-
garon para saludarle. El Dr. K.M. Munshi estaba en el estrado con
Bhagavan. Se dijeron discursos en alabanza a la visita de Baba a un
continente del otro lado del mar.
Baba inició Su discurso con un leve reproche. “¿Por qué tanto
alboroto sobre Mi ida al África y regreso a Bombay?”, preguntó;
“Yo estoy en todos los lugares. Todos los lugares son Míos. Prapan-
chame naaillu”. Traduje la frase en telugu de la manera siguiente:
“El Mundo es Mi mansión”, y esperé el gesto de apreciación que
merecía por la elección de “mansión” para denotar el “illu”: un pro-
letario lugar común que, en el mejor de los casos, significaba sólo
291
una “casa”. ¡Mas lo que recibí fue un sonoro “No” y de Baba mis-
mo! Había cubierto el micrófono con la mano y se había vuelto di-
rectamente hacia mí. Sacudió el dedo ante mí, amonestándome por
el error. Repitió “No” dos veces y… ¡Sai Ram!… dio unos pasos
hacia mí. Temí que mi error estuviera más allá de la redención.
¿Qué era exactamente lo que había dicho? ¿No había escuchado
bien? ¡Seguro que había susurrado algo sacrílego en inglés! Estaba
al borde de las lágrimas… Temblaba de la cabeza a los pies… ¡Ese
dedo! ¡Ese ceño fruncido! ¡Los No, No, No! Me acerqué algunos
pasos a Él para aceptar lo que fuera que viniera a darme.
Nos reunimos en el estrado frente a Munshiji… Baba mantenía
el dedo levantado, lo sacudió frente a mí y dijo: “¡No! ¡No el Mun-
do! ¡El Universo es Mi mansión!”. ¡Ah! ¡Tenía el darshan de Aquel
cuyo “illu” es el Universo! Escuché la palabra, ¡el Señor Mismo pro-
clamando Su Verdad! Caí a los pies para la dicha del Sparsan. Me
levantó por los hombros con un suave “¡Lay!” (levántate) y cuando
logré estar de pie, dijo, señalando hacia el micrófono: “po” (anda).
Dio algunos pasos y continuó, pero no antes de que yo lograra pro-
nunciar: “El Universo es Mi mansión”. La palabra “mundo” me ha-
bía otorgado un regalo más precioso que cualquier otro que jamás
podría ofrecer. Sí. Debería haber sido más circunspecto. Me había
enamorado demasiado del término “mansión” como para prestarle
atención a la otra palabra, “prapancha”. Baba me había instruido
hacía mucho acerca de esta palabra. Significaba “el cosmos” o, más
bien, puesto que “pancha” significa cinco, indicaba tierra, agua, fue-
go, aire y espacio, como asimismo todo lugar en que cualquiera de
ellos o los cinco se encontraran. Mi “mundo” era en verdad dema-
siado diminuto para la majestad de Su Realidad.
292
declarado que “el objeto de nuestro yoga hará descender esta
Conciencia Superior directamente al ser vital y al ser físico, co-
mo para que el bálsamo supremo y la universalidad puedan es-
tar allí, en toda su plenitud, de la cabeza a los pies”. Baba es
esa Conciencia Universal y el Universo es Su mansión, el “pra-
pancha” que creara como Su morada.
No es de extrañar que se le haya aclamado como un “Po-
der Cósmico”, hasta por aquellos que anuncian la segunda ve-
nida del Cristo, el poder planetario, como inminente. Tampoco
es de extrañar que Baba haya revelado que Él es el Padre cuya
venida profetiza la Biblia.
293
los, deseaba lanzar toneladas de lluvia sobre la aldea en donde
Baba, el Sai Krishna, cuidaba vacas y terneros. La gente corría
precipitadamente buscando protegerse del inminente desastre.
Venkamma, la hermana mayor, estaba paralizada por el páni-
co. Había planeado construir una casa y los ladrillos, aunque es-
taban apilados en el horno, estaban mojados todavía y espera-
ban ser cocidos. Era seguro que la lluvia arruinaría el horno y
reduciría los ladrillos a una informe masa de greda. Alguien le
aconsejó que cubriera los ladrillos con atados de caña de azúcar
que podría conseguir en Karnatanagapalli, el poblado frente a
Puttaparti, en la ribera derecha del Chitravathi. Como quince
hombres se ofrecieron para ayudar y siguieron a Venkamma
cuando corría sobre las arenas del lecho del río, hacia el grupo
de casas. Baba también corrió tras ellos. Mas, se detuvo repen-
tinamente, después de haber recorrido la mitad de la distancia.
Gritó: “¡Venkamma! ¡Vaanaraadu!”. Vaana (la lluvia) raadu (no
vendrá). No podía venir. Su voluntad había alejado las nubes.
294
un dilema. Tuve que traducir también esas frases lentas y delibera-
das al kannada, para beneficio de la numerosa audiencia.
“Antes de que Yo comenzara a hablar, Kasturi les aseguró que
la lluvia sería ahuyentada por mí. Él no tenía una fe firme en ello,
aunque trató de inspirar fe en ustedes. ¡Pobre hombre! Todo el
tiempo estuvo temiendo, preocupándose, rezando, suplicándome.
La lluvia cae ahora torrencialmente en Mahadevpet. Llegará hasta
este lugar sólo en veinte minutos.” Por ende, tuve que hacer que
esos devotos se dieran cuenta de que yo era como la mayoría de
los demás que habían conocido: un péndulo que oscila entre la
aceptación y la aprensión. Como Baba lo ha estado reiterando,
sondear Su Gloria, es algo que está realmente más allá de nosotros.
Murphet ha escrito que Baba contiene en Sí Mismo y tiene bajo Su
control todos los Poderes de Dios, al igual que una botella de tinta
en la que se haya comprimido un océano. Las Upanishads decla-
ran que Aquello es pleno y Esto es pleno. Baba ha anunciado tam-
bién que Él es todo lo que es Dios y que es Su Amor lo que le im-
pulsó a venir en esta forma humana. Felizmente, podemos medir
Su Amor, mas no así Su Sabiduría y Su Poder.
Bhagavan ha declarado que en este Avatar Él ha asumido el pa-
pel de Maestro, de Maestro de la Verdad. Por ende, Él es tanto Ra-
ma como Krishna. Su historia se encuentra tanto en el Ramayana
como en el Mahabharatha. Cuando Baba nos dice que Su Vida es
Su Mensaje, es Rama. Cuando nos dice: “Hagan como hiciera Ra-
ma, pero no hagan como hiciera Krishna”, ¡nos está advirtiendo
acerca de tratar de usar montañas como paraguas! Nos aconseja
“actuar como lo enseñara Krishna”. “Yo puedo —declara— levan-
tar toda una cadena de montañas con Mi dedo meñique. Para uste-
des es suficiente aventura el practicar una sola línea del Gita.”
Baba le enseña un Gita especial a cada buscador y a cada casta,
clase, grupo de edad, profesión o comunidad. He escuchado Sus dis-
cursos dirigidos a los niños, a las mujeres y a los ancianos, a los cie-
gos, a los impedidos, a estudiantes del Veda Patasala, de Institutos
Superiores, Escuelas Universitarias, Institutos Tecnológicos, Institutos
de Ciencias, Colegios para Mujeres, Universidades Agrícolas, Cole-
gios Médicos; reclusos de Hogares Temporales, Orfanatos, Escuelas
Correccionales, Reformatorios y Cárceles; a docentes de Jardín de
295
Infantes, de Primaria y Secundaria; a Directores, Profesores, Psiquia-
tras, Médicos; a los Leones y Rotarios; a hombres de negocios, eje-
cutivos, jefes de Órdenes Religiosas, obreros de fábrica, obreros de la
construcción de represas, mineros y campesinos; enfermeras y per-
sonal del servicio social; técnicos, investigadores en energía nuclear,
soldados zapadores y mineros; escolares; oficiales de ejército; perso-
nal de la Fuerza Aérea; poetas, pundits, literatos; granjeros, pescado-
res; policías, peregrinos y monjes; periodistas y tribeños; estudiantes
universitarios, hombres y mujeres. He versificado las impresiones
que he ido reuniendo mientras observaba los rostros de estos grupos,
durante cientos de discursos de Baba en aldeas, pueblos y ciudades.
El impacto de los discursos de Baba sobre los oyentes es pro-
fundamente positivo.
296
SU HISTORIA - LA HISTORIA
D
urante treinta y dos años, desde 1921 hasta 1954, ha-
bía sido preceptor para clases preuniversitarias y para
estudiantes que se preparaban para los exámenes de
graduación y de postgrado. Por término medio, debo haber dictado
diez charlas semanales por treinta y seis semanas cada año. Alter-
nadamente, entusiasmaba y moderaba a los jóvenes cambiando de
humor, según reza el dicho, porque la Historia es la narración del
auge y la caída del Hombre, cernida con antagonismos y antipatías,
crucifixiones y cruzadas, Tamerlanes y Juanas de Arco, Nerones y
Asokas, Legrees y Lincolns, Marco Polos y Hiuen Tsangs que encie-
rran la sangrienta aunque colorida historia del “homo sapiens”. Co-
mo acto de penitencia por las absurdas bufonadas que realizaba en
la sala de clases como miembro de la honorable Facultad de Histo-
ria, me involucraba de buen grado en tareas que comportaran char-
las extramuros para analfabetos, comerciantes, campesinos, prisio-
neros, etc., acerca de las aventuras, los logros y las experiencias de
los santos y sabios de la India, culminando en la gloriosa sinfonía de
Sri Ramakrishna Paramahamsa. Años antes de ser liberado del yu-
go de la Facultad, había hecho la promesa de que no me involucra-
ría en vender al menudeo las estupideces del hombre bajo el pretex-
to de que merecen ser inmortalizadas como Historia.
Afortunadamente para mí, cuando quedé libre de los anillos
de la historia de la miseria, me encontré a mí mismo en el regazo
de la historia de la alegría. “Conviértanse en parte de Mi historia”,
fue la exhortación que Baba le dirigió a los miles que se habían
congregado en Prashanti Nilayam durante el Dasara de 1960. En
qué otra forma podía yo escribir Su historia, me preguntaba a mí
mismo mientras traducía para la reunión de devotos Su telugu:
Naa charithralo meeru cheripovaalee. Descubrí que la única glo-
ria es Su historia. Ésta era la historia en la que ansiaba emplear
297
mis facultades y no la antigua, la medieval, la moderna, la oriental
u occidental o india, sino ésta, positiva y constructiva, concernien-
te a todo el género humano.
Se me hizo difícil resistir la tentación de aceptar invitaciones
de cualquier sector para hablar acerca del fenómeno Baba. Debo
confesar que cuando llegaba a saber de algún signo sorprendente,
de un paralelo épico o una declaración dinámica que pudiera ilu-
minar una fracción del misterio de Baba, pensaba en mis antiguos
alumnos y colegas en la ciudad de Mysore. Aterricé en medio de
ellos y compartí con ellos mi Ananda. Recibí una carta de Swami
Abhedananda, residente en Rameswaram de Tiruvannamalai. In-
cluso antes de llegar a sus manos mi respuesta sobre que “Baba se
encuentra en Puttaparti”, Baba le había dado darshan en el Ash-
ram, materializándose en su habitación a las cuatro de la mañana.
Baba le pegó en la cabeza, golpe que el anciano monje (setenta
años) describe como “fuerte, aunque soportable”. Luego, cuando
se incorporó en su lecho y encendió las luces, Baba no se desva-
neció. Habló en telugu, por más de cinco minutos, sobre el proce-
so de la meditación que correspondía a las aspiraciones y logros
del monje, y desapareció, diciendo: “El golpe te orientará para
pensar en la dirección correcta”.
¡Cómo podía leer esta carta y reprimir el deseo de subirme a lo
alto de la casa para hablarle a gritos sobre ella a todos los que pasa-
ran por allí! La historia no guarda ningún registro auténtico de tales
incidentes en los anales de ningún país. Cuando oigo hablar de his-
torias similares de Baba o de las profundas interpretaciones de los
antiguos textos que Él haya dado durante alguna conversación ca-
sual, mi corazón se acelera. Corro hacia algún grupo de almas fuer-
tes y me deleito compartiéndolo generosamente con otros. “A lo
largo de todo el día, Tu justicia, Tus actos de redención, estarán en-
tre mis labios”… Éste es mi mensaje para mí mismo.
Durante el Curso de Verano sobre la Cultura y la Espiritualidad
Indias, el primero de todos los que se realizaron en Brindavan, Whi-
tefield, se me permitió hablarle acerca de Bhagavan a los partici-
pantes. Bhagavan se encontraba presente entre los estudiantes.
Cuando terminó la charla previa a la mía y me aprestaba a subir los
peldaños hacia el estrado, Él se levantó y se adelantó. Se encargó Él
298
mismo de la tarea de presentarme a mí y al tema sobre el que ha-
blaría. Lo hizo en una frase: “Ahora, nuestro Kasturi danzará”.
¿Qué otra cosa podríamos hacer cuando compartimos el Amor
y la Alegría que Él derrama sobre nosotros? El Infinito ha entrado
en la forma humana para satisfacer “el hambre de su alma” y para
hacer infinito al Sí Mismo, para que pueda satisfacer su hambre de
Dios. Por eso, es imposible que el frágil cuerpo contenga el éxtasis,
el que rebasa en deleite y danza. Baba se ha anunciado a Sí Mismo
como “Yo soy el Maestro de Danza, Yo soy Nataraja, el Primero en-
tre los Danzantes”. Danza en cada célula de este cuerpo; danza en
cada átomo. Y también nosotros somos inducidos a danzar. De he-
cho, Baba ha confesado: “Sólo Yo sé de la agonía de enseñarles ca-
da paso en la Danza”. Cuando danzamos, nos sentimos abruma-
dos; nos perdemos en la melodía, la armonía, la serenidad. Mi ve-
nerado Gurú Mahapurushji escribe: “Perdíamos hasta las sensacio-
nes de hambre y de sed. El conserje en la planta baja llegaba a te-
mer que se derrumbara la casa”. Nos quedamos absortos en la con-
templación de nuestra propia inmensidad e inmunidad. En el Rig
Veda, el más temprano testamento de la raza humana, el sabio ha
revelado la meta de todas las rotaciones del hombre en la Tierra:
“Agaama (hemos venido) Nrtaye (para danzar), Hassaya (para reír)
draagheeya aayuh (durante una larga vida)”.
La India nororiental fue quizás el primer salón de baile en el que
pude iluminar rostros con el anuncio de que el Infinito ha venido a
realizarse a Sí Mismo dentro de los límites del hombre, en el que su
Yo brilla con silencioso esplendor. Mi hijo era Director de Reconoci-
miento Geológico de la India, teniendo como cuartel general a Shi-
llong y a toda la región nororiental como campo de estudio. La re-
gión comprendía los Estados de Meghalaya, Assam, Tripura, Mizo-
ram, Nagaland y Arunachala Pradesh. Algunos miembros del perso-
nal del ejército y la marina, como una docena de ingenieros y médi-
cos y un puñado de sadhakas de esta región, habían descubierto al
Avatar y anhelaban darle la bienvenida en sus corazones. Mi hijo
compartió su experiencia y entusiasmo con ellos. Intentaba, durante
sus viajes, comunicarle el Mensaje a la gente común, que ya estaba
madura por la adoración del Bhagavan que les implantara el gran
santo Sankardev. Los tribeños que habitaban la frontera montañosa
299
del subcontinente, habían tomado contacto con Puttaparti y con
Baba al ser llevados en gira por el país, en grupos guiados organiza-
dos como Bharath Darshan por el Gobierno de la India.
Mientras viajaba hasta Shillong, los devotos prepararon una
“danza” en la espaciosa sala de la Biblioteca. Le hablé a un grupo
de Jawans en Shillon Bajo y a hombres de la Fuerza Aérea en
Shillon Alto. El Gobernador Sri B.K. Nehru (al que se le decía
afectuosamente “el Viejo”) supo que me encontraba de gira y bus-
có saber acerca del mensaje para la humanidad de Baba y de Sus
planes y proyectos. Me contó que algunos parientes cercanos, re-
sidentes en Bombay, estaban vinculados a Baba y le habían relata-
do sus experiencias con los milagros de Baba. “Sin embargo —me
confió— la forma en que su Baba puso en vereda y suavizó a ese
jefe tribeño B.Y., es, a mi juicio, un milagro real. Me gustaría que
pudiera visitar Along, que queda cerca de la frontera y conocer a
la gente de allá. Haré todos los arreglos para su visita. Tiene que
aceptar. Ésta es una misión que vale la pena”. Conocía a la perso-
na que mencionara: había estado en Puttaparti con un grupo del
Bharath Darshan dirigido por un Subsecretario del Gobierno, Sri
Patir y un arquitecto del Departamento de Obras Públicas, Sri
Sarma. Sarma había sido comisionado para diseñar un templo
para los dioses tribeños Donyi y Polo, que el Gobierno construiría
en Along.
300
Baba mostró que sabía de la agonía. Dijo que toda la tribu
observaba ansiosa su tragedia. Creó una pequeña cantidad de
ceniza curativa desde el aire que les rodeaba. El funcionario in-
formó en Shillong que B.Y. había sido sanado tan dramática y
efectivamente que, a partir de ese día, consumió alimentos por
valor de treinta rupias diarias y en nada le afectó su glotonería.
Las buenas noticias se esparcieron entre los tribeños. Le dieron
una alegre bienvenida al estómago. Baba se convirtió en Dios,
venido como médico, con la ceniza como panacea.
301
templo. Había un círculo justo delante del santuario rectangular.
Les había explicado: “Ésta es una plataforma para sus danzas
propiciatorias”. Dibujó una figura circular alejada de la entrada
principal y dijo: “Aquí es donde sacrificarán animales, si fuera
necesario”. Pero les aconsejó: “No maten animales para con-
tentar a Donyi y a Polo. Los animales también son criaturas Su-
yas. Díganle a su gente que los Dioses estarán más complacidos
si se aman los unos a los otros. ¡Recuerden! No maten animales
los domingos (Día de Donyi) ni los de Luna Llena (Día de Polo).
Y déjenme decirles hoy mismo que cuando Yo visite su Along,
no deben matar animales en ningún lugar ni por razón alguna”.
Concluí en base a lo que me informaron, que Baba había plan-
tado las semillas de la duda y el desagrado sobre el valor y la va-
lidez de la tradicional ofrenda de un ternero engordado, semilla
que crecería rápidamente para convertirse en un sano escepti-
cismo. ¡Cómo podría sentirse complacido Dios cuando Sus hi-
jos dejan frente a Él los cadáveres de sus hermanos, asesinados
por ellos en Su nombre!
Mis dos charlas a los tribeños fueron traducidas al adi por el ofi-
cial designado con este propósito. (Según informó Patir, en Puttapar-
ti Baba le había hablado a B.Y. y a otros en el dialecto adi, que era el
suyo.) En Along pasé un día en el Instituto Superior de la Misión Ra-
makrishna. Swami Bhavyananda, el Director, era un monje de Kar-
nataka, a quien conocía desde hace años y conversamos nostálgi-
camente de los viejos tiempos y de recuerdos que parecían no des-
vanecerse nunca. Le hablé del Avatar de Sai a los monjes y a devo-
tos seglares, como también a los alumnos del Instituto. B.Y. había
hecho arreglos para un Satsang en su residencia, el último día de
mi permanencia. Swami Bhavyananda y yo nos quedamos a co-
mer con él una vez que el Satsang se dispersó. La devoción de los
simples tribeños hacia el Dios Viviente fue una lección para mí,
que me enseñó a aplastar los depósitos de dialéctica escolástica
que se habían acumulado en cantidad sobre mi buddhi, en capas
tan gruesas, que no llegaba a iluminarlo el esplendor del Atma.
Volví a la región del Noreste cinco años después, cuando me in-
vitó el presidente de la Organización de Seva Sri Sathya Sai del Es-
302
tado para presidir la Conferencia de Encargados de las Unidades, las
que se habían multiplicado rápidamente entre la población y las tri-
bus. La atmósfera estaba fragante con incienso; en las cumbres re-
tumbaba el eco de los bhajans; en los valles resonaba el OM; los
namghars despertaban antes que los pájaros, y el Sai Ram se había
convertido en el “Ábrete Sésamo” para los corazones de los pobla-
dores. Hasta los niños que jugaban a las canicas junto a los caminos,
invocaban al Sai Ram antes de lanzarlas.
La Conferencia en Shillong reunió a devotos provenientes de le-
janos poblados y aldeas. El coronel K.A. Raja, para entonces Vice-
gobernador de Arunachal Pradesh, me persuadió para que visitara
Tezpur, la capital, hasta que se completó la construcción de la nueva
metrópolis. Le hablé a los funcionarios, tanto civiles como militares,
a los que el coronel había invitado al Raj Bhavan. Cuando me senté,
se levantó para anunciar que él también era devoto de Bhagavan,
habiendo encontrado en Él la misma Forma Divina que adoraba
desde hacía años. Les relató a todos un incidente ocurrido en el Raj
Bhavan mismo. Un gigantesco soto de bambú dentro del recinto del
Bhavan, en torno al cual se levantaban las tiendas de los obreros de
Nepal, se incendió, relató. Las llamas se elevaban a gran altura y
cuando las gruesas cañas huecas estallaban con el calor, retumbaban
como artillería. “Yo no estaba allí. Mi mujer corrió hacia el pórtico
de la casa y vio el incendio. Temió que los hogares de los nepaleses
fueran reducidos a cenizas. Gritó: ‘¡Sai Baba! ¡Sai Baba!’.”
El coronel Raja hizo una pausa. Nos preguntábamos qué segui-
ría. Continuó: “El fuego se apagó en cinco segundos… Ni una doce-
na de bombas de incendio podrían haber hecho eso”. Con estas pa-
labras, invitó a los presentes a salir con él y observar el soto de bam-
búes. El llamado había hecho llegar la respuesta. El milagro estaba
allí, para que todos lo vieran y se rindieran. A unos dieciocho pies
de altura, cada macizo de bambú mostraba una punta ennegrecida
que demostraba, más allá de toda posibilidad de duda, que el fuego
había debido obedecer instantáneamente y sin vacilaciones a la Vo-
luntad de Sai que respondía al ruego.
En Tezpur pude visitar el Centro de Entrenamiento de las Fuer-
zas de Seguridad Fronteriza y estar presente mientras se dedicaban
al bhajan. Les hablé sobre el Advenimiento del Avatar y Su Mensaje
303
de Salvación a través del Amor. Los jawans de Kerala descubrieron
que yo había nacido y había sido criado en su país de montaña y
mar (las dos voces de libertad que animaran a Sankaracharya a em-
prender la aventura liberadora del Advaita), se reunieron en torno a
mí y les recité un largo poema en malayalam que había compuesto
sobre Bhagavan. Muy, muy lejos de los bosques de palmas y man-
gos de la tierra natal, se emocionaron con el poema y se empapa-
ron en la majestad que exhalaba.
Desde Tezpur seguí a Nowgong, cruzando el río Brahmaputra
que extiende sobre cuatro millas su airada obstinación. En Nowgong,
Dibrugarh y Tinsukia, hubo cientos de devotos sometidos a la terapia
Sai para eliminar los impulsos egoístas y el espiritualismo exhibicio-
nista, que prestaron oídos a mis charlas. Baba me había adelantado,
al despedirme de Él en Puttaparti: “Cuando anuncien una charla dic-
tada por ti, asistirán treinta personas. Cuando anuncien una charla
tuya sobre Mí, asistirán trescientas”.
En Su propio estilo inescrutable, Baba se había instalado en mi-
les de corazones y hogares, y muy pronto descubrí que había sido
enviado para aprender más que para comunicar lo que había apren-
dido. Los relatos que escuché, los devotos que encontré, los signos
de Su presencia y de Su afán por revitalizar y remodelar que observé
en aldeas y plantaciones, en campos y poblados a los que me lleva-
ban mis anfitriones, me hacían vacilar en exhibir credenciales. Me di
cuenta de la validez de la declaración que a menudo había hecho so-
bre Baba: “¿Qué es lo que saben del Prashanti Nilayam los que sólo
conocen Prashanti Nilayam?”.
304
En Tinsukia, la Ciudad del Petróleo, le hablé a un grupo de ni-
ños acerca de la Palma levantada de Baba, el Abhaya Hastha, que
mostraba el retrato que tenían al frente y prometí premios para
composiciones acerca de lo que les había dicho. En Dibrugarh, rela-
té la historia de las Upanishads de un resplandeciente Pilar de Luz
que apareció ante los Dioses mientras festejaban orgullosamente su
victoria sobre los demonios. Les colocó al frente una brizna de pas-
to. El Dios del Viento no la pudo estremecer, pese a desencadenar
su más furiosa tormenta. El Dios del Fuego no pudo dañarla, pese a
que creó el más colosal de los incendios. El Señor de los Dioses fue
humillado. La Luz era UMA o AUM, la Omnivoluntad, Brahman
mismo. Los devotos saben que Baba es la refulgente encarnación, la
Omnivoluntad frente a la cual la Ciencia, la Psiquiatría y la calidad de
Pundit se retiran más tristes y más sensatos, al igual que les sucedie-
ra a estos dioses.
Seguí viaje a Gauhati, pasando por una plantación de té, en
donde los colectores caminan entre los alojamientos cada jueves y
domingo, cantando bhajans desde tempranas horas, terminando el
coro postrados ante Él. Baba se había establecido en docenas de ho-
gares en la ciudad y sus alrededores. Pude ver Sus pisadas en la ce-
niza que derramó para anunciar Su Presencia. Les relaté historias
acerca de la niñez de Baba a los niños, que llenaban un gran recinto.
Todos eran pupilos de las clases de Bal Vikas. “Dancé” en el Centro
de Servicio del Samithi y en la Sala de la Biblioteca. Mas debo con-
fesar que me embargaba un deleite aún mayor cuando dancé, soste-
niendo una gata sobre mi pecho, en el suelo del salón de la residen-
cia de la enfermera jefe del Hospital Gubernamental en Gauhati.
305
había prometido la liberación de ella cuando Vishnu se presen-
tara ante él como su Salvador; que el elefante había sostenido
por mil años una guerra con el cocodrilo antes de acordarse de
Dios e invocarle, etc., etc.
306
sa sobre la que cayera copiosamente el vibhuti que Baba derramara
sobre ella. Ella me mantiene alerta en contra de cualquier pensamien-
to, palabra o acto que induzca o sugiera daño, insulto o negligencia
hacia algún ser viviente: porque todos viven en Él y a través Suyo.
Desde Gauhati volé a Calculta, a través de una gruesa cortina de
oscuras nubes iluminadas por las ocasionales sonrisas de los rayos.
Me quedé en Calcuta por seis días. El presidente estatal de la Orga-
nización Sai de Bengala Oeste había preparado para mí un nutrido
programa de visitas y charlas en casi todas las áreas en donde había
devotos anhelantes de oír de Sus Lilas y Mahimas. Fue en verdad
tan recargado que, cuando tomé el tren a Puttaparti, mi anfitrión me
dijo: “¡Tío! La única ocasión en que pude darte algo de comer y de
beber fue cuando te di dos tabletas de aspirina y un sorbo de agua
para tragarlas…”. Era recogido en un camino y trasladado a otro,
tantas veces cada día, que perdí todo amarraje. Se me daba la bien-
venida con gratitud, porque a todos les llevaba un soplo del ozono
de Puttaparti que ansiaban.
Viajé a Dakshineswar para rendirle homenaje a la Madre y al
Hijo de la Madre, el Paramahamsa que me condujo hasta Baba. Tu-
ve una reconfortante y grata sorpresa cuando fui recibido por los re-
sidentes de Dakshineswar y supe que habían formado un Sathya Sai
Bhajan Mandali. Ellos me acompañaron durante mi adoración en el
santuario, y cuando meditaba en la habitación que Sri Ramakrishna
santificara por años. Nos sentamos en silencio en el terreno sagrado
cerca del bosquecillo de Panchavati, de cara al Ganges, renuentes a
perturbar la paz en nuestros corazones. Finalmente, me pidieron
que les hablara de Baba. Las palabras parecieron flotar hacia mi
conciencia y sentí que eran inspiradas por el Gurú Maharaj Mismo.
La hora que pasé compartiendo mi alegría con ellos se encuentra
aún grabada en oro aromático sobre las páginas de mi memoria.
Siento la necesidad de mencionar al menos unas pocas experien-
cias sobresalientes que viví durante mi estadía en Calcuta, porque
ofrecen atisbos de algunas facetas del esplendor avatárico de Baba.
La hermana Madhuri, mujer de un conductor de camiones, contribuía
con algunas monedas al fondo familiar, haciendo trabajos ocasionales
en los “bungalows” del vecindario. La familia se albergaba en un rui-
noso “conventillo” ubicado en un sinuoso pasaje lleno de fango. Sin
307
embargo, cuando entramos al espacio que los dos pequeños de la pa-
reja llamaban “hogar”, nos asombró la limpieza y la santidad que im-
peraban. Nos preguntamos cómo habían hecho para acomodar un
altar sobre el que había cuatro selectos retratos de Baba y de unas po-
cas deidades adoradas especialmente en Kerala. Fuimos recibidos con
bhajans y se nos ofrecieron pequeñas esteras para sentarnos mirando
hacia los retratos. Las fotos de Baba estaban cubiertas por gruesas ca-
pas de vibhuti y el sagrado polvo se escurría hacia platos colocados
bajo ellas. El vibhuti emanaba de las fotos en torno al rostro de Baba,
el que mostraba una benigna sonrisa desde cada una de ellas. Estas
formaciones las he visto en Nellore, Mangalore y Ernakulam.
Vi un pequeño ícono de Krishna, representado como bebé y ga-
teando, que la hermana había descubierto entre las flores del altar
en Janmashtami, el sagrado Día en que se celebra el Nacimiento de
Krishna. Se encontraba en un recipiente que estaba casi lleno con el
Amritha que brotaba de la imagen del Señor. Pude certificar como
auténticos de Puttaparti su consistencia, su sabor y su fragancia,
puesto que he sido testigo de su fluir, lo he recibido en la palma de la
mano y sobre la lengua y he gozado del aroma y sabor del Amritha
creado por Baba directamente, en Puttaparti, Kovalam, Venkatagiri
y Banashankari. Lo había visto fluir de retratos e íconos en Tamil
Nadu, Kerala, Karnataka, Maharashtra y la India Noreste. No era de
extrañar que la fangosa callejuela se hubiera convertido en una ruta
de peregrinaje. Supe que estas ocurrencias no pueden ser suprimi-
das y ocultadas, ni podía desearse que desaparecieran. La gente ve-
nía, veía y se maravillaba; examinaba, experimentaba y quedaba
abrumada. Los que venían para burlarse, se quedaban para orar…
Baba se convirtió en el Dios del hogar para miles en todos los rinco-
nes de esta ciudad tan desigual.
Sudha Mazumdar me relató la historia. Era presidente adjunta
de la Asociación de Mujeres de la India; es una autora de reputación
y una incansable trabajadora social. Se había sentido atraída hacia
Baba desde que viera Sus milagros en aquella humilde choza prole-
taria. Con Baba siempre se da el amor a primera vista y, posterior-
mente, el deleite a través de la intuición. Luego tuvo una serie de vi-
siones significativas y escuchó voces, lo que le fue confirmado poste-
riormente por Baba en Puttaparti.
308
Cuando visité Calcuta, unos pocos años después, ella me llevó a
la sección de mujeres de la Cárcel de Alipore, acompañándola du-
rante una de sus visitas regulares para enseñarle la historia del Rama-
yana a las internas. Aproveché la oportunidad para relatarle a las de-
safortunadas reclusas algunas historias del Sai Ramayana. De la cor-
tesía, la calma y la concentración con que las setenta mujeres pre-
sentes escucharon los dos Ramayanas, pude inferir que la simpatía y
la comprensión afectuosas pueden producir la mantequilla que le
gusta a Krishna, hasta de los corazones perversos y contaminados.
Sri S.P. Ghosh, Superintendente en Jefe de la Cárcel de Alipo-
re, también se había enrolado, después de haberse graduado a tra-
vés de Ramakrishna y el Tantrismo, en la Facultad de Postgrado de
Sai. Entré con él y nos quedamos meditando en silencio dentro de la
celda en donde Sri Aurobindo había tenido la visión de Vaasudevas-
sarvamidam en el año 1908, durante su “Asrama Vas”. En 1909,
Sri Aurobindo salió de Alipore como una persona totalmente trans-
formada: había descubierto que era un instrumento de Dios.
309
criminales, como a hijos descarriados Suyos, al igual que al resto de
nosotros que estamos fuera de los muros. Su Amor le lleva a pasar
por alambradas y piedras, por rejas y cerrojos hasta quienes ansían
limpiar sus mentes con el detergente de la devoción. Se mostraron
como entusiastas oyentes de las historias acerca de Su omnipresen-
cia y Su compasión que les relaté. Me permito mencionar que tuve
oportunidades similares para llevar buenas nuevas hasta los ocupan-
tes de las cárceles de Gulbarga y Mysore, en el Estado de Karnataka
y de Salem y Coimbatore, en Tamil Nadu. Los que me llevaron has-
ta estos hermanos baldados y enrejados fueron los devotos de Baba
dedicados a visitar las cárceles y abrir ventanas que le revelen a los
corazones oscurecidos el vasto espacio azul del Amor de Sai. Me he
encontrado con algunos de ellos que han venido a Puttaparti desde
Hazaribagh y Warangal, después de haber cumplido sus sentencias.
El arrepentimiento les ha fortalecido y la fe les ha reforzado la volun-
tad de evitar más caídas y emprender el camino hacia la meta.
Me encantaba ver la aparición de vibhuti y amrita en los retratos
de Bhagavan: una estrategia que convierte, al convencer hasta al
más perverso racionalista. Nunca me olvido del tiempo que pasé en
el departamento de un seguidor de Das Gupta. Describió cómo apa-
recía misteriosamente kumkum sobre el entrecejo de Baba y de
Anandamayi y cómo, el Día de Shivaratri había recibido del retrato
de Baba un lingam y, en los días posteriores, un damaruka (el tam-
borcillo de Shiva), un trisula (el tridente), una bilva de plata (la hoja tri-
foliada sagrada) y amrita en gotas. Había cantidades de vibhuti que
emanaba de fotos de Baba y, el más sorprendente de todos los fenó-
menos… del retrato del venerado Gurú de Das Gupta, Mohananan-
da. Él mismo había sido testigo del asombroso espectáculo que indi-
caba que Baba había señalado que estaba usando a ese Gurú como
Su instrumento para Su Tarea.
Había un Ravi Kumar Basu viviendo en la planta baja, cuyo hi-
jo, un chico de tres años, no podía caminar erecto. Aunque la gente
sugiriera a los padres que recurrieran al vibhuti que se encontraba
tan abundantemente a disposición en el mismo edificio, su “supervi-
sión científica” les aconsejó en contra. Sin embargo, una mañana
Baba impulsó al niño a subir por sí mismo los diecinueve escalones
hasta entrar en el departamento y al santuario de Das Gupta, a sen-
310
tarse frente al retrato de Baba y a raspar la ceniza curativa con sus
dedos. Lo descubrieron cuando se la estaba aplicando en sus pier-
nas. Cuando quise verlo, lo llamaron para que subiera y pude ver
que era un niño retozón y normal.
El Presidente del Estado de Bihar, Dr. Murthy, Químico Jefe de la
empresa Tata, me persuadió para que visitara Jamshedpur y Ranchi.
Me sorprendí al ver a una multitud de punjabis viniendo hacia noso-
tros cuando desembarcamos en la estación de ferrocarril. El reveren-
do Sri S.D. Khera, Presidente estatal de Bengala Oeste de la Organi-
zación de Seva de Sai, quien estaba con nosotros, no había revelado
que era el Gurú hereditario de una secta que comprendía a varios
cientos de familias. Como se anunció que él iba a presidir la reunión
para mi charla de la tarde, asistió un numeroso contingente de sus dis-
cípulos y fueron expuestos al Sai universal y unificador. En otro lugar,
el Madras Hall, se reunieron empleados de Tamil Nadu una hora an-
tes de la indicada para la llegada del público, para escucharme leer y
explicar con ilustraciones el Sai Bhagavatham en su propio idioma.
El Dr. Murthy me obligó a interrumpir mi viaje y a bajarme en
una perdida estación, la de Chakradharpur, que contaba con un es-
pacioso galpón como Centro de Bhajans y de Servicio, construido
por los miembros del Sathya Sai Seva Samithi local. Allí se me unió
un miembro de la Asamblea Legislativa de Bihar y también del Sa-
mithi. En la Asamblea representaba a las tribus aborígenes del área,
los Adivasis. Describió la sobrenatural sensibilidad de la gente en su
distrito: “Escuchan el silencio y ven el vacío; observan a Dios en la
temblorosa brizna de pasto y al demonio en un pájaro chillón”, dijo.
Explicó que no percibían disgusto, desprecio ni temor en los devotos
de Sai, de modo que confiaban en ellos como si fueran de los suyos.
Sin embargo, se mostraban suspicaces, con respecto a los provee-
dores de cuello y corbata y los investigadores intrusos en busca de
bocados antropológicos para sus tesis doctorales: no aprecian la ca-
ridad exhibicionista ni los programas que buscan fotografiar. Era bas-
tante fogoso en su condena de tales tácticas y yo deseaba que el ca-
mino hubiera sido más largo, pero Ranchi se nos acercó con rapidez
y fue llevado a la sala de conferencias.
En el camino de regreso a Calcuta, fui cumpliendo compromi-
sos en Kharagpur, Howrah y Burdwan. La colonia del ferrocarril en
311
Kharagpur era en verdad un poblado de devotos de Sai: habían con-
seguido un terreno y construido un centro para sus actividades de
sadhana y de servicio. En Howrah quedé sorprendido al encontrar el
ayuntamiento atestado de gente, sobrepasando su capacidad máxi-
ma, lo que evidenciaba los genuinos esfuerzos del Seva Samithi de
allí para llevar la lámpara del Amor de Sai a los hogares de los débi-
les y los vacilantes. En Burdwan también tenían un espacioso salón
en el ayuntamiento, en el que resonaba el eco de los bhajans canta-
dos desde cientos de corazones. Me pude comunicar perfectamente
con la audiencia, ya que estábamos en la misma longitud de onda.
Ansiaba llegar también hasta Darjeeling, porque habían llegado
grupos de devotos de las regiones del Himalaya como el valle de Ku-
lu, Simla, Sikkim Bhutan y Nepal hasta Prashanti Nilayam, en busca
de diagnóstico y medicación para sus males y habían retornado a ca-
sa curados, reconstruidos y aliviados. Aquellos que los encuentran
después se sorprenden frente a la transformación que han sufrido: la
confianza que exhiben, la cortesía que comunican y la calidad de la
amistad que manifiestan. Volé desde Calcuta hasta un lugar con un
nombre difícil, pero un aeropuerto tranquilo desde donde los herma-
nos de las montañas me llevaron en su automóvil, no a Darjeeling, si-
no a un pueblo equilibrado sobre un abismo.
Fue una conspiración inocente por parte de secuestradores
amistosos. Se me dijo que debía descansar y beber a sorbitos una ta-
za de té caliente. Entretanto, rodaba la noticia de que Puttaparti ha-
bía llegado, resonando abajo y arriba, en las casas aferradas a grietas
y hendiduras, sobre pequeñas cumbres, planicies y promontorios, de
modo que tres cuartas partes del pueblo, hombres, mujeres y niños,
me atisbaban a través de las ventanas, como si yo fuera un hombre
de la luna. Alguien los arrió como rebaño hasta una sala y luego me
llevaron allá. Se pusieron a cantar bhajans y la atmósfera se tranqui-
lizó. Me alegré realmente cuando pude observar el brillo en sus ojos
mientras prestaban oídos a las historias sobre Sai Baba y la conquis-
ta del globo que Él ha logrado a través del Amor.
Después de esto fue liberado el automóvil y continuamos viaje a
Darjeeling en donde me aguardaba un movido programa como tam-
bién una profusa provisión de guantes de lana, chales, chalecos y
calcetines tejidos y gruesas gorras.
312
Le hablé a diferentes grupos durante mi estadía de dos días, pe-
ro son dos las ocasiones que se ganaron un espacio en mi memoria.
La primera fue mi charla al personal y a los alumnos de una escuela
que había establecido la mujer y madre de un hombre y su hijo que
habían muerto en un accidente en motocicleta, en memoria de am-
bos. Él había sido un ferviente devoto de Baba y la escuela funciona-
ba hacía sólo dos años. Mis anfitriones consideraron que para llegar
a tiempo a la escuela, debíamos pasar por el paseo que se abría en-
tre dos filas de tiendas y negocios, en el que no se permitía el paso
de vehículos, salvo ambulancias. Sugirieron que debía enfermar,
puesto que la necesidad tiene cara de hereje. No era una idea que
me atrajera, pero me suplicaron que la aceptara. No tenía más que
recostarme sobre la banqueta acolchada y tres de ellos me acompa-
ñarían con expresiones compungidas. Tuve una visión de Baba rién-
dose de mi problema, mas asintió con la cabeza cuando le rogué que
dijera sí o no. De modo que llegó la ambulancia en respuesta a un lla-
mado telefónico, subí y me tendí en ella. Los demás tomaron sus
puestos con sus máscaras de duelo y nos fuimos a toda velocidad por
“la tierra de ningún auto”. Al término de la función repetimos el truco.
Estando en Darjeeling podía ver la cumbre del Kanchenjunga
límpida y brillante. El deseo de poder ver cómo los primeros rayos
del sol despertaban al Monte Everest y lo transformaban en una res-
plandeciente visión, era irresistible, en especial porque su satisfacción
no dependía sino de un viaje en “jeep”, en las primeras horas de la
mañana, hasta Tiger Hill, en medio del frío cortante y el cielo claro
por sobre el monte. Mis anfitriones condescendieron, me transporta-
ron allá y me colocaron en la primera línea de espectadores que es-
peraban de puntillas que se encendieran las luces del escenario de la
maravilla sublime. Las nubes, sin embargo, no condescendieron. Re-
gresé con el corazón pesado y sintiéndome ofendido. Algunos pere-
grinos no pudieron asimilar la desilusión: “maldijeron” a las nubes.
Otros declararon que habían visto lo que no se les mostrara.
Yo, no obstante, obtuve un gran consuelo esa misma mañana.
El Monte Everest jugó a las escondidas conmigo y tal vez disfrutó de
su juego más bien “malvado”. Resulta que horas después me encon-
traba al lado de un hombre a quien la más alta cumbre del mundo
no osaba despreciar: él buscó y, pese a todo intento de ocultarse,
313
ganó. Su nombre es Tenzing Norkay y, cuando fui al Instituto de
Montañismo de Darjeeling, me ofreció su mano en un largo y cálido
apretón.
En el Instituto me esperaba una sorpresa. Cuando subíamos
hacia el edificio por un sendero gravillado, encontramos a un hom-
bre que barría la gruesa masa de hojas secas que habían caído des-
de los árboles que lo franqueaban. Repetía “¡Sai Ram! ¡Sai Ram!”
para sí mismo… ¡El ábrete sésamo hacia la paz y la alegría! ¡Aquí
estaba el Kohinoor (el más grande diamante encontrado hasta aho-
ra, perteneciente a la Corona Británica - N. de la T.) envuelto en
barro!, me dije para mis adentros. Se le dijo quién era yo y de dón-
de venía, de modo que dejó de lado su larga escoba y corrió hacia
las chozas en donde vivían sus similares. Seguimos nuestro camino
y volvimos después de una hora al terminar nuestra ronda, para
ser invitados por él a una sesión de bhajans en el genuino estilo de
Puttaparti, desde Sri Ganesha a Jai Jadadeesha Hare y Sathya Sai
Babaji más el platillo con vibhuti. A millas de distancia de cualquier
parte y a plena vista de las cumbres de los Himalayas, un humilde
servidor de Sai cumple con Su directiva: “Maam Anusmara
yuddhya cha” (Manteniéndome siempre en su memoria, dedíquen-
se al juego de vivir).
He tenido la buena suerte de pasar algunos días en el Estado de
Orissa que yo llamo Orissai, porque numerosos grupos de hombres
y mujeres voluntarios llegan hasta Puttaparti desde este Estado y se
distinguen por su entusiasmo en servir a los devotos. “Barremos los
anchos caminos y limpiamos el área para el Ratha de Jagannath
(Krishna o Vishnu - N. de la T.) en Puri, la Ciudad Sagrada. Por fa-
vor, asígnennos el mismo sagrado servicio de mantener el área de
Prashanti Nilayam reluciente, ordenada y limpia”, es lo que piden.
Esta gente ha sido conformada en sinceros y simples servidores de
Dios por los poetas, los pundits, Pandas (sacerdotes) y sabios del pa-
sado. Jagannath, el Supremo Soberano del Cosmos en la forma de
Krishna, preside sobre esa tierra con Su hermano Balarama y su
hermana Subhadra. Para indicar que éstos no son sino Nombres y
Formas, receptáculos temporales de la Omnivoluntad, proceden a
renovar ceremonialmente, cada tantos años, los íconos de madera.
Al Señor Jagannath se le ofrece arroz cocido en ollas de greda, por-
314
que ése es el alimento y el platillo en base al cual subsisten los millo-
nes de Jagannaths en esta sagrada tierra. Me sentí feliz de ser uno
de ellos ese día.
Desde Kudra, donde nos bajamos del tren de Calcuta a Madras,
seguí hacia Berhampore, Konarak y Puri. Debo decir que era arras-
trado por la ola de afecto despertada por el recuerdo de miles de
devotos de los dichosos días que pasaran en Puttaparti y que ponía
en movimiento la mención de mi nombre y presencia. En Puri me
quedé petrificado frente a la magnífica expresión de la devoción de
un famoso pandit sánscrito por Sathya Sai. Era un carro de guerra
con cuatro briosos corceles prontos a saltar adelante. Se trataba de
la obra de escultores y pintores guiados por la mente de un poeta
místico que había concebido la escena clásica en el campo de bata-
lla del Kurukshetra. El carro, de unos veinticinco pies de alto, desde
las ruedas a la bandera, y unos quince de ancho, era un verdadero
sueño hecho realidad, una visión que se había hecho tangible. Ahí
se encontraba Arjuna, desanimado y engañado, aunque se podía
entrever al discípulo y su dedicación. El Señor, la Verdad que defien-
de, la Bondad que sostiene y la Belleza que endulza el Cosmos, está
a su lado, sosteniendo el látigo para activarlo y las riendas para con-
tener su indocilidad. ¡Y Krishna ha puesto ante Arjuna el Gita Vahi-
ni pronunciado por Sai Krishna! El carro simbolizando al Nara-Na-
rayana, al diálogo ola-océano (en que el guión representa una hipó-
tesis basada en la autohipnosis y no en la Verdad) se alza majestuo-
so, proclamando que Baba, pronunciando el Gita Vahini, es el Sa-
nathana Sarathi.
He descubierto que todos los que han llegado a la presencia de
Sai, ya sea durante las visitas a los lugares en que es posible Su dars-
han o a través de las visitas Suyas en sueños o visiones, en películas
o retratos o en las páginas de los libros o apariciones reales y signos
y señales concretas, se sienten atraídos de alguna manera a congé-
neres devotos y se sienten impulsados a compartir su entusiasmo
con aquellos que son tan entusiastas como ellos mismos. ¡Cada cual
tiene un ramillete de dones, fresco y fragante en el altar interior! Du-
rante mis estadías en diferentes lugares he tenido fe en la Divinidad
de Baba, una fe apuntalada más allá de roturas o daños: era el im-
pacto de estas revelaciones íntimas de Su Gloria.
315
Un funcionario del Departamento de la Renta confió que usaba
su “jeep oficial” para una peregrinación hasta un aislado santuario
de Shiva en la floresta, alcanzable tan sólo a través de una larga hue-
lla utilizable durante la estación seca. En el vehículo llevaba a las mu-
jeres y los niños de dos prolíficas familias: la propia y la de su veci-
no. El santuario estaba dentro de una cueva en el acantilado de una
colina rocosa; su fama residía en su inaccesibilidad y en un incesante
goteo de agua desde el techo de la cueva sobre el Shiva Lingam. Su-
puse que su relato terminaría en que se quedarían atascados de no-
che en medio de la jungla. Así fue. El “jeep” se hundió en terreno
fangoso y sus pasajeros eran muy pocos y débiles como para sacarlo
hacia terreno firme. De modo que el devoto, el único hombre dispo-
nible en la crisis, corrió hacia la caverna con la esperanza de encon-
trar allí el refuerzo muscular necesario para recuperar el “jeep”.
Ahora no tenía interés en el Lingam ni en el goteo. Contó a
los hombres arrodillados o reclinados a la luz de la única lámpara
de aceite. Había siete mendicantes vestidos con túnicas color
ocre, pero no pudieron ser persuadidos para emprender una difí-
cil caminata a través de, como dijeron, una jungla “infestada de
animales salvajes”. Esta observación le prestó alas para correr rá-
pidamente de vuelta hacia el grupo de mujeres y niños abandona-
dos. Cuando llegó a unas cien yardas del vehículo, encontró a un
pequeño grupo de hombres y jóvenes que le dijeron que habían
empujado el “jeep” hacia terreno firme. Ahí estaba, listo para ser
conducido de vuelta a casa. Desde la jungla en la que desaparecie-
ron, les oyó gritar: “¡Somos Sevas de Sai!”. Por eso y por la con-
secuencia acumulativa de milagros de este tipo, Orissa ha llegado
a ser Orissai.
El ya fallecido Rao Saheb Lal fue Presidente de los Estados de
Delhi, Punjab e Himachal Pradesh. Estaba ansioso porque yo com-
partiera su alegría frente a la increíble velocidad con la que se difun-
día el Mensaje de Verdad, Moralidad, Paz y Amor de Sai en estos
Estados. Cada vez que visitaba la metrópolis, Baba atraía a cientos
de miles de personas diariamente hasta Delhi. Se le rendía homena-
je bajo la forma de proyectos de servicio en las barriadas pobres y
los hospitales, en activos Centros de Bhajans, con donaciones de
sangre, con la organización de estudio de las Escrituras y de leccio-
316
nes de espiritualidad para niños. De alguna manera, no había tenido
la oportunidad de estar en Delhi cuando había estado Baba (la más
reciente, en mayo de 1982). Sohan Lal, empero, me llevó a los
Centros de Sai Seva que habían brotado y florecido en todas partes
en que los pies de Loto del Señor habían tocado corazones huma-
nos y grabado en ellos el Mensaje de: “Comiencen el día con Amor;
vivan el día con Amor; terminen el día con Amor: éste es el camino
hacia Dios”.
Sai me daba el valor para atreverme con el telugu cuando anhe-
laba ganarme la gratitud de los Andhras que vivían y trabajaban lejos
del punto sagrado santificado por el Avatar Sai. Hablé ante la Aso-
ciación Telugu del Colegio de Venkasteshwara en Delhi y le hablé a
devotos en telugu y tamil en la espaciosa sala de la residencia de So-
han Lal en el Golf Links Road. Sohan Lal me dio oportunidades pa-
ra encontrarme con estudiantes, mujeres, niños y personal del Seva
Dal. Me llevó hasta Kurukshetra, en donde una asamblea de más de
quinientas mil personas había escuchado con silencioso arrobamien-
to la clarinada, lanzada por Sai Krishna, llamando a la pureza, el en-
tendimiento y la simpatía, tanto individual como social. Me quedé
como transfigurado en ese sagrado campo, empapado en sangre en
muchas batallas fratricidas, pero que es, no obstante, un monumen-
to al Auriga que le asegura la Victoria a la Verdad. Situados en la
brecha que corre entre las montañas y el desierto, a través del cual
pueden marchar los ejércitos desde el Valle del Indus al del Ganges y
viceversa, encontramos una serie de campos en donde los hombres
masacraron a otros hombres hermanos.
En Chandigarh hablé sobre el carácter único y universal del
Mensaje de Baba y sobre Su receta para refinar y divinizar nuestras
emociones y pasiones. Seguimos la huella dejada por Él, detenién-
donos en todos los puntos en que Él se detuvo y sentimos el eco de
Su voz en la conducta y la conversación de las personas que encon-
tramos. Respiramos a Baba en Ambala y en Kalka y recorrimos por
completo un camino que los residentes de un poblado habían con-
vertido en una ruta llena de colores y de cantos para la procesión
que acompañó al coche de Baba. Llegamos a Simla para alojarnos
en el mismo palacio en que Él parara. Frente a éste, se encontraba
el santo jardín donde se habían sentado los hijos de Himachal para
317
ser mimados y alimentados por la Madre Sai. Sohan Lal me cuidaba
como una madre, alimentando la chimenea de la habitación en la
que iba a dormir y envolviéndome en suaves lanas. En base al nú-
mero y la variedad de la gente que llegaba al palacio, pude medir el
impacto que Baba había causado en los simples montañeses, por-
que estaba seguro de que venían a oírme porque yo era una voz del
Puttaparti de Bhagavan.
La fragante madrugada se arrastró entre los cedros y los pinos y
encendió las margaritas y dalias en el pórtico. También hay un pa-
seo flanqueado por tiendas en Simla, pero evité esta vez un segundo
encuentro con una pseudo fiebre y caminé por la calle hasta la Sala
de Conferencias, porque Sohan Lal me había contado de los miles
que llenaban hasta la última pulgada del paseo, escuchando con em-
belesada atención Su discurso y cantando entusiastamente, después
de Él, los bhajans en que Él los iniciara. Baba había caminado des-
calzo por el paseo, de un extremo al otro, además de pasar entre las
filas de hombres y mujeres, sonriendo, hablando, reconviniendo,
aceptando peticiones y ruegos, confiriendo dádivas y Gracia.
Muchos charlistas que saltan de estrado en estrado se quejan
de que, fuera de convertirse ellos mismos en aburrimiento inso-
portable para las audiencias que esperan que resulten edificantes,
ellos mismos se ven afligidos en corto tiempo por un aburrimiento
que les produce náuseas. Sin embargo, el mismo grupo de perso-
nas acepta de buen grado hasta la repetición de una misma charla
si ésta gira en torno de Baba, porque estará llena de gratas posibi-
lidades. Puede evocar asombro, admiración, adoración, sumisión,
entusiasmo, gratitud, euforia, júbilo y cualquier otra o más reac-
ciones similares. Este charlista jamás puede repetir una interven-
ción, porque la imagen de Baba que está instalando en los corazo-
nes de los oyentes tiene un millón de facetas hacia las que puede
dirigirse la atención. El tiempo no deja sus marcas en Su Gloria: el
Baba siempre presente es eternamente dicha. El Samithi había or-
ganizado también, el mismo día, una función de anticipo de algu-
nas danzas folklóricas del Himachal interpretadas por los estudian-
tes del Bal Vikas y que Simla iba a presentar en Puttaparti como
parte del Festival Nacional de Danzas Folklóricas durante la Cele-
bración del Jubileo de Oro del Advenimiento del Avatar.
318
Baba había viajado en auto por un camino cubierto de nieve
hasta un punto a unas quince millas de Simla, desde donde uno
podía ver los océanos que hibernaban sobre la cadena de los Hi-
malayas, como gruesas capas blancas de nieve. También yo hice
el trayecto y me paré en el punto que me indicó Sohan Lal. Me
emocioné ante la escena soberbia y sublime que se extendía de un
extremo al otro del horizonte: picachos agudos y otros romos,
cumbres suavemente redondeadas y otras dentadas, con altas ca-
denas intermedias que resplandecían brillantes con pesadas coro-
nas de plata, me dieron un Divino darshan. Era un cuadro esplén-
dido que se conectaba con el cielo, un incalculable recuerdo en el
cofre de mi Ser.
Sohan Lal y yo también fuimos en coche a Jullunder. Bhagavan
había visitado Mogha cerca de la frontera con el Paquistán, para
inaugurar allí un prestigioso hospital. Eso fue un acto de Gracia.
Cientos de miles tuvieron darshan y pudieron escuchar Su encanta-
dora voz y mensaje. Ese contacto se transformó muy pronto en
convicción en el heroico corazón de Punjab. Fueron derramados
signos y maravillas en abundancia. Los Sikhs de las Fuerzas Arma-
das buscaban la Presencia. En Jullunder, los devotos se reunieron en
una espaciosa sala y pude hablarles del Amor, la Sabiduría y el Po-
der de Baba.
Bhagavan me permitió presidir la Conferencia Estatal de las
Unidades de la Organización de Servicio de Madhya Pradesh en dos
oportunidades, una cuando se llevó a cabo en Indore, en el Oeste y
otra en Raipur, en el Este. Vi a Baba en los ojos de cada uno de los
delegados, ojos que brillaban al oír de un incidente que ilustraba Su
siempre presente compasión o ante cualquier poema que emergiera
de Él como canción. La melodía era la ola que llevaba Su Upadesh.
Hablé sobre la tarea que el Avatar había tomado sobre Sí Mismo y
cómo debemos nosotros, que hemos recibido la dádiva de la con-
temporaneidad, cumplir con la obligación que esta Gracia encierra.
En Indore aprendí mucho acerca de la Revolución Espiritual
de Sai. Los devotos del lugar tenían un estilo único de “alimentar
a los pobres” que está prescripto como disciplina espiritual. Cada
casa mantenía un paquete de alimento para adultos que compren-
día los preparados que conforman el almuerzo de una familia. De
319
hecho, el receptor desconocido de este paquete pasaba a formar
parte de los comensales de la misma mesa. A mediodía llegaban
los voluntarios en bicicleta para recoger, diariamente, las ofrendas
sacramentales de aproximadamente una docena de casas cada
uno y las entregaban reverentemente en las manos de quienes vi-
vían de esta caridad. Llevé a cabo una corta encuesta entre los
miembros del Seva Dal y encontré que tenían muy poco del cono-
cimiento que se puede derivar del Sathyam Shivam Sundaram.
Por eso, el Presidente del Estado hizo circular una directiva que in-
dicaba que los que desempeñaban cargos y los voluntarios del Se-
va debían esforzarse por entender y asimilar el contenido de libros
sobre la vida de Bhagavan. Vi a un número de niños que eran ali-
mentados y educados en un orfanato. Era tanto lo que se habían
transformado por el método de educación infantil del Bal Vikas de
Baba que incluso cuando propuse poner dulces en sus manos, no
se produjo ninguna estampida ni nadie estiró la mano antes de su
turno. ¡Y eso no es todo! Unos pocos niños en la Posición de Lo-
to, con las manos sobre las rodillas y los dedos haciendo el Mu-
dra, se habían sumido profundamente en la meditación, hasta que
los hice volver y los reuní con la clase antes de irme. No pude re-
sistir la tentación de visitar Ujjain, en donde un activo Samithi ex-
hortaba a los devotos a practicar la disciplina espiritual del Amor y
el Servicio. Mi charla fue traducida por un Profesor de la Universi-
dad local, procedente de Tamil Nadu.
Al escuchar su meliflua dicción del hindi y recordando la encan-
tadora cascada de hindi que caracterizaba el lenguaje de un inspec-
tor de impuestos de Indore que procedía de mi Kerala natal, sentí
un tanto de vergüenza por aferrarme patéticamente a un lenguaje
desconocido para la mayoría mientras comunicaba la Gloria de Su
Historia. Para vencer esta desventaja, me hice amigo de un colega
de Cachemira, doctor en Filosofía en hindi, y le persuadí para que
tradujera para mí, a un hindi simple y familiar, una larga y divagado-
ra charla en inglés acerca de Baba que grabé en una cinta. Me dio
un legajo de veinticinco páginas de la versión en hindi. Mi lengua y
mi oído, acostumbrados por años a vivir y a arrellanarse en la fami-
lia de los idiomas dravidas (malayalam, tamil y telugu), no osaba in-
ternarse en un idioma indoeuropeo como el hindi. Pero me forcé a
320
pasar la prueba: ensayé la charla ante algunos amigos y elegí nue-
vas víctimas cada semana. En lugares que me parecían apropiados,
insertaba tosesillas, hums, pausas, énfasis y apartes (los que también
había subrayado en el guión). Cuando estuve convencido de que po-
día hacerle frente a una audiencia en las regiones de habla hindi con
aquella charla escrita, leída como si hubiera sido mi lengua materna,
invité a algunos devotos hindi para asistir al último ensayo. Incluso,
antes de que pudiera terminar de leer diez páginas, me aconsejaron
abandonar la idea, aunque me congratularon por mi “valentía”.
Camino de Ujjan a Bhopal permanecí por un día en Sohore,
en donde le hablé en inglés a los estudiantes de la Escuela Agríco-
la, a millas de distancia de la ciudad. Como en su mayoría desco-
nocían la magnificencia del Avatar, pude ayudar a dejar la impron-
ta de Sai en sus corazones o, por lo menos, a despertar curiosidad
y un sentimiento de asombro. Los miembros del Samithi de Servi-
cio Sai de la ciudad iban ese día hasta el Hogar de Leprosos y
acepté gustoso su ofrecimiento de llevarme con ellos. Los residen-
tes, unos cuarenta, se sentaron en dos filas, sosteniendo sus platos
ante ellos, tan pronto como escucharon los bocinazos de nuestro
transporte, porque anticipaban un festín de chapattis, curry, dhal y
papad, además de un platillo dulce especial: srikhand. Sabían que
era eso lo que les tocaba esa semana, porque lo habían solicitado
y se les había prometido.
Me sentí feliz de descubrir una nueva forma que había tomado
el Amor de Sai en Sohore. Todos los domingos, cuando llegaba el
momento en que se retiraba la camioneta con los voluntarios del
Seva Dal, el jefe preguntaba qué platillo dulce querían los herma-
nos y hermanas leprosos que se les trajera en la próxima oportu-
nidad. Generalmente lo indicaban de inmediato, porque expresan
sus ideas y, después de algo de discusión, llegan a un consenso.
Una anciana reclusa (había sido mendiga en Shirdi por muchas
décadas) era la que había recogido los votos para el srikhand, teni-
do en alta estima por los epicúreos de Maharashtra, y lo habían
pedido unánimente pese a que solamente ella sabía lo delicioso
que era. Los miembros del Seva Dal tampoco conocían el platillo,
de modo que le preguntaron a ella acerca de los ingredientes, las
medidas y el proceso de preparación. El producto de su experi-
321
mento viajó conmigo en el transporte y cuando fue servido, la se-
ñora de Shirdi lo declaró “excelente”. Los demás la secundaron y
pidieron más. Sí. Una cuchara sobre la lengua me dijo que era
ciento por ciento material de Pune. Esa señora debe haber sido
una extraordinaria cocinera antes de contraer la enfermedad y
convertirse en mendiga.
En Bhopal, la capital de Madhya Pradesh, me alegré muchísi-
mo de hablarle a las alumnas del Colegio de Mujeres Sathya Sai y
de conocer a la Directora y al cuerpo docente. El presidente del
Samithi estatal había aceptado otros dos compromisos de charlas
en mi nombre, una en el salón de la Escuela de Medicina (en don-
de hablé acerca de las “curaciones” llevadas a cabo por Baba, de
todo tipo de “males”, ya sea en persona o de diferentes maneras)
y la otra en la Bharat Heavy Electricals Ltd., una empresa guber-
namental. El auditorio de la empresa se llenó de científicos, inge-
nieros y técnicos. El Director Gerente presidia. Aproveché la
oportunidad para hablarles de las limitaciones de la ciencia y de
cómo Baba trascendía sus leyes. Los devotos se reunieron otra
noche y me oyeron hablar acerca de la Organización, sus ideales
y programas, como asimismo sobre las reglas de disciplina que
deben observar sus miembros.
Permítanme decirles que dondequiera que fui encontré bien
articulados grupos de hombres, mujeres y niños que representan
la Nueva Sociedad de la Era de Sai de la historia humana. El pro-
greso humano en cualquier campo o en cualquier dirección no
puede llevarse a cabo por fases o por etapas. Como lo observara
Bergson: “En realidad, es un salto adelante”, y este salto según él,
solamente se logra cuando el género humano es sobresaltado o
sacudido por algún evento o persona sorprendente. Baba es esa
persona y los grupos con los que me mezclé en cada uno de los
lugares que visité, son los pioneros, los puntales, los propagadores
y los participantes. Las semillas plantadas son separadas, cualquie-
ra sea el terreno. Cada unidad es una semilla que crece a su pro-
pio ritmo, enfrentando los obstáculos locales y asimilando los be-
neficios locales. Todas, sin embargo, son del mismo tipo, son ali-
mentadas por el mismo sol y no entregan sino una cosecha: la
Cosecha del Amor.
322
Bombay ha sido definido por Baba como el estómago de la In-
dia y siendo que la cápsula que se traga fomenta la fortaleza de todo
el cuerpo, Bombay es tratado por medio de visitas anuales de Sai.
He tenido la oportunidad de encontrarme con devotos en Sion,
Chembur, Fort, Andheri, Sivaji Park, Worli y en muchas áreas su-
burbanas como Thana y Ullasnagar por más de una vez y he podi-
do notar el fenomenal desarrollo en número, disciplina y fe. En esta
cosmópolis pude tocar los corazones de muchos hablando telugu en
Worli, tamil en Matunga y kannada en Sion.
Hace algunos años, el Presidente estatal de Maharashtra, Sri
M.M. Pinge, me invitó a compartir una gira en redondo, de Bom-
bay a Bombay, por diez días, que realizaríamos en un furgón recien-
temente adquirido por la Organización. Éramos cinco hombres en
total. Mucho antes de retornar a Bombay, nos habíamos convertido
en una feliz y fuerte banda de héroes. Llevábamos películas de Baba
que se pasaban al terminar mi charla. La idea de ver una película
con Baba atraía a grandes multitudes, incluso en pequeños pobla-
dos a lo largo del camino, y el miembro del Seva Dal a cargo del
proyector elegía ubicaciones increíbles en su entusiasmo por exhi-
birlas, a la hora que fuera. El transporte se comportó consistente-
mente educado, evidentemente consciente de la misión que había
sido puesta en su camino. Los Seva Samithis de Sai habían publici-
tado nuestros programas con bastante anticipación, de modo que
éramos recibidos por la élite de cada pueblo, incluyendo estudiantes
y profesores, trabajadores sociales y aspirantes espirituales.
Aquellos eran días en que un Vicecanciller que había inhalado la
atmósfera de Dakshineswar tanto como lo había hecho yo, descarga-
ba ira sobre el Sol al que no podía mirar, en contra de la “Verdad-Be-
lleza-Bondad” que Vivekananda mismo había anunciado que vendría
a la Tierra en forma humana. Gente aferrada al racionalismo enterra-
do hace mucho por Eddington, Jeans y Cía., se pavoneaban por to-
das partes anunciando que, gracias a sus conjuros, habían exorcizado
a la tierra de Dios y los hombres de Dios. El resentimiento que deja-
ban con su cacofonía y la admiración despertada por la indiferencia
olímpica que les mostraban hasta los más sensibles de los devotos de
Baba, hizo que, en todas partes, llegaran miles para escuchar, para
ver y para retornar con una fe en Dios despertada o profundizada.
323
Yéndonos de Bombay por el camino costero, llegamos a Ratna-
giri a tiempo para el compromiso de la charla y la proyección de la
película. Un gran número de devotos de esa ciudad ha estado espe-
rando por años la prometida visita de Bhagavan, y muchos sintieron
ahora que Baba estaba realmente presente y sentado en el sillón co-
locado para Él en la cabecera de la sala. Nuestra siguiente parada fue
Goa, marcada en oro en el Mapa de Sai, debido al milagro de la
apendicitis en el Raj Bhavan. Desde Goa seguimos a Sangli y a Miraj
y luego a Satara y a Poona. Me alegré de poder hablarle a dos asam-
bleas en dos lugares diferentes, tanto en Goa como en Poona. En
Sangli, cuando cité la exhortación que me había dirigido Baba en
cuanto a “danzar”, el Director de Sai comentó que esa orden tenía la
autoridad del Rig Veda mismo (X - 18:3) y, por ende, no debía ser
considerada como que hubiera sido pronunciada superficialmente.
324
a cargo de un acantonamiento en el valle de Kulu, anidado en el re-
gazo de los Himalayas, descubrió un día que una profesora de la es-
cuela primaria establecida por el ejército, había estado ausente de su
trabajo e incluso del área por tres días completos. Al cuarto día apare-
ció y él la llamó pidiéndole explicaciones. Era una patética historia.
Habían ido hasta Chandigarh para consultar a un especialista médico,
el que le dijo que tenía un cáncer que requería de cirugía inmediata.
Sucedió que Bhonsle había leído recién el libro Sai Baba, el
Hombre Milagroso, de Howard Murphet. El libro relataba milagro-
sas curas de cáncer y parecía ser un cuento de hadas escrito por un
muy ingenioso indófilo. Bhonsle decidió que pondría a prueba la au-
tenticidad de las curas y la integridad y confiabilidad del australiano.
Fue así que le aconsejó a la maestra ir a Puttaparti, donde vivía este
Sai Baba, “el Hombre de los Milagros”, “el Cristo de la Era”.
Ella viajó a Bombay donde residía su hermana y tiempo des-
pués llegaron ambas a este poblado casi inaccesible. Pero Baba no
se encontraba en Prashanti Nilayam. Su desesperación se agudizó.
Se le dijo que Baba se encontraba en Madras. Las hermanas se ar-
maron de valor para emprender el viaje y llegaron a Madras. Por
suerte había conductores de taxi en la estación que sabían del área,
el nombre de la calle y hasta conocían el “bungalow” en el que Sai
Baba residía y daba entrevistas. Así fue que llegaron hasta el punto
sagrado, pero, nuevamente Baba estaba ausente: se encontraba en
el Sindhi Hall. Era posible que, a lo sumo, pudieran lograr un dars-
han a distancia, porque como les dijo un visitante Parsi de Hydera-
bad que se encontraba en el mismo predicamento, el lugar debía es-
tar cubierto por un mar humano desde horas antes de que Baba lle-
gara allá. Tomaron un taxi para llegar, pero tuvieron que pagarle al
conductor y caminar más de medio kilómetro: el lugar era un atolla-
dero de vehículos de dos, tres y cuatro ruedas y un pandemonium
de bocinazos y gritos. Lograron encontrar un lugar en donde que-
darse de pie, en la periferia de la apretada muchedumbre y alcanza-
ron a ver la mancha naranja y el llamado de la voz de Dios.
La profesora nunca había pensado que Baba era tan precioso y
que millones estiraban las manos hacia Él. El coronel Bhonsle le ha-
bía dado a entender que sería algo tan fácil como tocarlo y partir:
“Toca Sus pies y el cáncer desaparecerá”. Había traído su dolor con-
325
sigo por más de dos mil millas para ponerlo a Sus pies, los pies del
“Hombre de los Milagros”, ¡y todo lo que recibía de Él era Su voz
aumentada por un chillón altoparlante! Su sufrimiento se transformó
en enojo para con Bhonsle, Murphet y hasta Baba mismo. “¿No sa-
bes que estoy sufriendo? ¿No me has hecho venir a Puttaparti y a
Madras? Aquí estás, el ‘omnisciente’, el ‘todopoderoso’ Sai, discur-
seando tranquilamente sobre el Dharma y el Prema, mientras la per-
sona que necesita más de Tu Gracia está llorando”, sollozó. Su her-
mana no pudo consolarla, ella también estaba bañada en lágrimas.
Bhonsle dijo: “Justo en ese momento una figura oscura y delica-
da se abrió paso a través de la multitud, repitiendo en voz alta:
‘Chandigarh’. Segundos después reconoció a las hermanas y se acer-
có preguntando: ‘¿Supongo que ustedes son las hermanas del Hospi-
tal de Chandigarh?’. Ellas no podían sino sollozar un ‘sí’. El hombre
les dijo: ‘Sai Baba me dio estos paquetes de vibhuti para dárselos a la
hermana de la maestra. Dijo que podía volver a su trabajo. Use este
vibhuti como lo indique Shivaji. Y ha entregado otro montón de pa-
quetes para serle entregados a Shivaji. No se olviden. Pueden irse
ahora’”. Bhonsle continuó: “Se detuvieron en Chandigarh en el viaje
de regreso y los médicos declararon ¡que ya no había necesidad de
operar!”. Ellas le relataron el asombroso milagro al coronel, pero le
dijeron que no les había sido posible encontrar al mencionado Shivaji.
El coronel les dijo: “Yo soy Shivaji. Eso es lo que representa la inicial
‘S’ en mi nombre, aunque muy poca gente de por aquí lo sabe”. El
escuchar esta historia fue como un tónico para los reclutas y oficiales.
Tenía la certeza de que sería repetida cien veces por cada uno de los
que la habían escuchado. Yo mismo he iluminado a muchos grupos
de sadhakas, de devotos y personas que se han mantenido al mar-
gen, narrando esta inexplicable prueba de la Gracia de Baba.
Retornando a Bombay en el Rover, me sentí feliz al describirle
a la reunión de devotos los puntos sobresalientes de nuestra gira y la
fertilizante ola de la Presencia de Sai que estaba acercando a los
hombres a sus prójimos y a Dios.
326
sión. No me había presentado en términos que le hubieran he-
cho entender a la audiencia que yo estaba calificado para ha-
blarle acerca de Prashanti Nilayam y de la Presencia. Yo no me
había dado cuenta de esto en ese momento. Ni me había per-
turbado la omisión. Pero Baba indicó: “Eludiste tu obligación.
La única referencia que hiciste fue cuando señalaste: ‘Kasturi
no necesita de presentaciones’”. Me di cuenta de que Baba es-
taba observando mi reacción cuando el secretario ofrecía sus
excusas y Él no las aceptaba. Yo sé que la escena fue concebida
por Su voluntad para ponernos en alerta frente a la conciencia
de Su constante Presencia, para recordarnos que la familiaridad
no puede pasar por alto los usos tradicionales y para darme
otra lección acerca de la eliminación del ego.
327
Baba, sin trepidar, en reuniones de devotos en Bangalore y los dis-
tintos adyacentes e incluso en Hyderabad, la ciudad capital del Esta-
do telugu de Andhra Pradesh. No obstante, todavía tengo que hacer
acopio de valor para hablar en telugu, la lengua materna del Avatar,
en Su presencia, y ante una audiencia.
Debo confiarle a mis lectores que la ocasión más satisfactoria
en que usé mi vocabulario telugu de principiante, fue cuando hablé
sobre la Infinita Gracia de Bhagavan ante miles de terriblemente
desconsoladas víctimas de la furia del océano. Un espantoso ciclón
levantó una marejada que causó estragos en la costa de Andhra
Pradesh, el delta del río Krishna, cuando descendió, la noche del 19
de noviembre de 1977. Veinte mil seres humanos que se sofocaban
y morían y cientos de miles de animales domésticos fueron arrastra-
dos por esta horrenda pareja conformada por el agua y el viento,
hasta que se desvaneció su furia a cincuenta millas de distancia. Ar-
boles muy viejos fueron arrancados de raíz, levantados y lanzados
lejos; cientos de miles de palmas cocoteras sobrevivieron sólo como
muñones desnudos. Todo lo que asomaba la cabeza: chozas, caba-
ñas, casas, edificios, fue arrasado hasta el nivel del suelo. La región
que hasta el momento vivía en paz y alegría, fue asolada por la
muerte y la desesperación.
Muchos devotos que ya habían viajado a Puttaparti para las Ce-
lebraciones del Cumpleaños y la Conferencia de toda la India de las
Organizaciones, los días 20 al 22 de noviembre, estaban ansiosos
ahora por volver rápidamente a sus aldeas y prestar servicio a los
sobrevivientes. Bhagavan indicó que los miembros del Seva Dal par-
tieran sin demora hacia las áreas afectadas. Dentro de la semana,
doscientos avezados voluntarios del Seva Dal, veinte o más médicos
y otro personal médico con sus maletas cargadas de medicamentos,
llegaron al terriblemente maltratado lugar que había quedado huér-
fano en una noche y que ahora gemía sobre montones de cadáve-
res en descomposición, atascados en el fango.
Los devotos que organizaban la Operación de Ayuda llevaban
camionadas de ropa para hombres, mujeres y niños. Se establecie-
ron Centros de Ayuda en Kotta Manjeru (en donde se alojaba y ali-
mentaba a cuatro mil quinientas personas diariamente), Barrankual
(mil quinientas personas), Adavula Deevi (cinco mil personas) y Ga-
328
napavaram (dos mil personas). Los devotos de las aldeas y ciudades
de regiones adyacentes ofrecieron arroz y provisiones para las nece-
sidades culinarias, y grupos de voluntarios, hombres y mujeres, se
iban reemplazando cuando el trabajo los extenuaba. Entretanto, ve-
nían camiones desde Puttaparti con cientos de trajes para niños
preparados por las alumnas del Colegio de Sai en Anantapur, como
también miles de saris y dhotis para los adultos.
Baba me permitió vivir por algunos días en los Centros de Ayu-
da y beneficiarme con las lecciones que iba aprendiendo el Seva Dal
en el proceso de aplacar el dolor y de inyectar valor. Los sobrevi-
vientes no tenían hogares, no tenían granos, ni sal, ni aceite, ni
utensilios, ni platos. Caminaban hasta las cocinas de ayuda para dos
comidas al día. La comida de la noche se servía antes de la puesta
del sol, para que pudieran llegar hasta el pedacito de terreno que
aún llamaban propio antes de que oscureciera. En todas partes se
colocó un gran retrato de Baba a la cabecera de la fila de huéspe-
des. Mientras era servida la comida, se recitaban versos del Gita y
con un coro de Jai Sai Ram, comenzaba la comida. Cuando aparecí
en escena, los devotos a cargo de cada centro ganaron mi voluntad
para aceptar su pedido de hablarles acerca de Bhagavan. Pedían in-
formación acerca de la Providencia cuyo Poder y Compasión reco-
nocían en la generosidad del Campamento de Ayuda y en la humil-
dad, sinceridad y simplicidad de cada uno de los devotos. Mis char-
las debían durar al menos quince minutos, y quince minutos entre
menú y comida podían volverse terriblemente largos. Sin embargo,
como también tenían hambre de este alimento, no observé ningún
arrebato de genio en las líneas que se extendían ante mí.
En uno de los centros en donde los afectados tenían una ca-
minata de dos mil millas para volver, me pidieron que dilatara algo
la charla, porque podían esperar a oírme después de la comida.
Se sentaron bajo un frondoso árbol y yo me paré junto a una
zumbante lámpara a kerosene que colgaba de una de sus ramas.
Pasando de una descripción general de Prashanti Nilayam a una
de la Sala de Oraciones, fui interrumpido por fuertes gritos del
grupo a mi izquierda. “¡Serpiente, serpiente!”, gritaban y cundió
el pánico. Me oí a mí mismo hablar con una extraña y estentórea
voz: “¡No! Es Baba. ¡No teman! Siéntense y digan ‘¡Sai Ram!’”.
329
Comenzaron a gritar “¡Sai Ram!” e instantáneamente todos se
sentaron. Se preguntaban de dónde habría venido la serpiente y a
dónde se habría ido. Les hablé del Templo de Naga Sai en Coim-
batore, de las dos cobras que habían tomado posiciones a ambos
lados del retrato de Sai en el “bungalow” de Ursu en Mysore, y pi-
dieron oír más historias de Baba.
También le hablé a los voluntarios, hombres y mujeres, los que
cocinaban y servían los alimentos, construían chozas para los sobre-
vivientes y distribuían los conjuntos de utensilios entre las familias
resucitadas. En otro Centro de Ayuda, los sobrevivientes se habían
reunido en el único edificio que había resistido a los elementos enfu-
recidos, aunque una porción de la construcción también hubo de
ser dada de baja. En todo el derredor se amontonaban las hojas de
las palmas cocoteras, que habían sido descabezadas por el venta-
rrón, e inmensos árboles que estaban caídos por todos lados. El día
que llegué allá, se había dado la orden de parar la alimentación a
gran escala que habían organizado los devotos desde hacía ya más
de veinticinco días, porque el Gobierno había notado que los refu-
giados no tenían intención alguna de retornar a sus aldeas renova-
das ni comenzar nuevamente su vida con las barcas y redes de pes-
car, el ganado y los arados que se les ofrecían. Me encontré con
una fiesta de despedida que se les servía a los miles que ya conocían
por sus nombres a los voluntarios y que se mostraban renuentes a
marcharse. No pude resistir el deseo de servirle porridge de leche
dulce a los niños que se sentaban separadamente. Engulleron la co-
mida con la gratitud marcada en sus caritas y los ojos brillantes de
contento.
Se refería, por supuesto, al lenguaje, y exaltaba su penetrante
perfume (como recordará, Kasturi significa almizcle). Descubrí la fra-
gancia y me fascinó. Por treinta y tres años le rendí homenaje al
idioma y a la gente que lo promueve. Recibí una cordial bienvenida
por parte de grupos literarios y culturales en todo Karnataka. Mis
escritos en el idioma recibieron una tan generosa estima, que llegué
a ser honrado con una distinción que me otorgó el Karnataka
Sahithya Akadami.
Cuando dejé el Estado de Karnataka y me cambié a Andhra
Pradesh, ello fue descripto como el cambio de un lago hacia el
330
océano por G.P. Rajarathnam, el revolucionario poeta y escritor
que había sido alumno mío. Afortundamente pude escribir Sathyam
Shivam Sundaram en kannada. Pagué la deuda que tenía con la
tierra de los tamils, desde donde mis antepasados habían emigrado
a Kerala y al lenguaje que hablaba mi madre, al escribir el mismo li-
bro en tamil. Durante los últimos veinticinco años he expresado mi
aún nebulosa conciencia de la majestad, la gloria y el amor de Bha-
gavan, ante reuniones en cientos de aldeas y ciudades de todos los
rincones de la India peninsular. Uno recibe miles de atisbos de Divi-
nos Milagros en la Presencia de Baba, de modo que los oyentes
pueden compartir facetas cada vez más nuevas e iluminadoras del
Avatar, en cada ocasión. Visitaba los diferentes lugares ostensible-
mente para inspirar e informar, pero me di cuenta de que la inten-
ción de Baba era la de profundizar mi fe y demoler mi ego.
Encuentro a devotos que viven y trabajan en lugares distantes y
que están conscientes de la constante Presencia de Bhagavan.
Cuando hablo de instancias que ilustran la Omnisciencia y Omni-
presencia de Baba, puedo ver la alegría de la comprobación brillan-
do en sus rostros. Cuando leo un poema que ha emergido de Baba
cuando se pone de pie para dar un discurso, me emociono frente al
eco que las palabras en telugu despierta en sus corazones. Se con-
tentan solamente con esto; una explicación del significado en el
idioma que hablan, siempre me parece superflua. En las antiguas
ciudades-templo de Tirupati, Tanjore, Madurai y Udipi, los devotos
adoran a Baba como la Deidad de cada uno de sus templos, la que
ha venido entre nosotros para salvar y alentar.
Durante los años previos al establecimiento de una estructura
administrativa, consultora y supervisora para la Organización de
Servicio Sri Sathya Sai, Baba me indicó que pusiera a los devotos
sobre aviso respecto a impostores y charlatanes que afirman ser
agentes, discípulos, representantes o intermediarios del Avatar y
que les aconsejara evitar a los fanáticos que le proyectan histérica-
mente como fundador de un nuevo culto. Este tipo de propagandis-
tas son admirados y hasta adorados por gente que no sabe que Ba-
ba ha venido para nutrir y fertilizar la fe en Dios bajo cualquier nom-
bre que use el hombre para invocarle o cualquiera sea la forma que
su fe le evoque, cuando se lo imagina. También fui comisionado pa-
331
ra desenmascarar a los psicópatas que afirman el absurdo de que
Baba les haya otorgado dones, poderes y autoridad especial. Este ti-
po de tareas me han llevado más de una vez hasta a algunos distri-
tos en Tamil Nadu, Kerala y Karnataka y, a lo largo de tres años co-
mo Presidente de las Unidades de la Organización en Karnataka,
fue especialmente mía la responsabilidad de limpiar la atmósfera de
este tipo de contaminación y de fortalecer la fe y el conocimiento
de los devotos como para que pudieran resistir su expansión.
Tuve que educar a un presidente distrital de la Organización,
sacándolo de su colosal ignorancia acerca de Baba. Pensaba que
Baba era un monje ordenado y se ofreció para organizar una es-
tadía de cuatro meses para Él en un lugar sagrado de su distrito:
voto que los monjes hindúes deben cumplir según las normas mo-
násticas ortodoxas. A otro de estos dignatarios tuve que amones-
tarlo; después de haber conseguido un ornamentado sillón, me pi-
dió que le solicitara a Bhagavan que visitara el pueblo, ¡ahora que
contaban con un fino sillón para recibirle! En una oportunidad tu-
ve que poner a los líderes de dos facciones contrarias de un mis-
mo pueblo en un pequeño vehículo de tres ruedas y forzarlos a
dar un alegre paseo de una hora de duración. Volvieron como
amigos íntimos. En un pueblo cercano al Cabo Comorin, el presi-
dente de un Samithi rival me esperó en la puerta de la sala donde
le hablaría al Samithi legítimo. Tenía a su grey de más de cien al-
mas cantando bhajans en alguna otra parte e insistió en que me
reuniera con ellos. Accedí. Tuve que hablarles acerca de su presi-
dente y la rivalidad, y sobre no dejarse engañar complaciendo los
mezquinos egos de hombres malamente dispuestos a aprender ni
siquiera la primera lección de espiritualidad.
En una ocasión, el Samithi local había invitado al Yogui Sudd-
hananda Bharathi, un poeta octogenario de Tamil Nadu, para que
presidiera durante dos noches consecutivas una reunión en la que
yo hablaría en Salem. El segundo día, después de un tortuoso dis-
curso sobre Baba, terminó con un estentóreo vítor, destinado a co-
ronar su perorata: “¡Jai Meher Baba ki jai!”.
Quiero también compartir con ustedes un par de experiencias
alucinantes. El convocador del Samithi de Dharapuram miró mis
pies cuando entré en su casa y, cuando me senté en la silla que
332
me ofreció, me preguntó sobre la descoloración de la piel. Años
atrás yo había sufrido de una eczema húmeda que fuera causada
por unas sandalias cuyo cuero estaba infectado, y los médicos me
aconsejaron tratarme con, según creo, rayos “ultravioleta”. No es-
toy seguro a qué raza pertenecían los rayos. Fue curada mi ecze-
ma, pero durante el proceso la piel quedó con manchitas despig-
mentadas. Cuando le conté la historia con estas mismas palabras,
sacudió la cabeza incrédulo. “¡No, señor! No me puede engañar…
esto es lepra”, dijo sonriente. Respaldó su diagnóstico con un ex-
traño argumento. “Señor, Sri Sathya Sai Baba es Shirdi Sai Baba
venido de nuevo, ¿está de acuerdo?”, preguntó. “¡Ciertamente! Él
mismo lo ha declarado así”, repliqué. “Señor, cuando Shirdi Sai
Baba iba cada tarde en procesión hacia Lendi, se sostenía una
sombrilla sobre Su cabeza y cuando Sathya Sai Baba va en proce-
sión al Auditorio de Poornachandra, también se sostiene una
sombrilla sobre Su cabeza, ¿de acuerdo?”. Me preguntaba a qué
querría llegar, pero le respondí “Sí”. “Es usted el que lleva la som-
brilla, ¿no es cierto?”, dijo apuntándome con el dedo. Antes de
que pudiera decir “Siempre y cuando Baba me conceda esa gra-
cia”, él me dijo: “No puede negarlo, tengo una fotografía conmi-
go”. A continuación se dirigió a la habitación de atrás y volvió con
un libro. “Señor, escuche. Éste es el Sri Sai Satcharita, la historia
de nuestro Baba mientras estaba en Shirdi. Escuche. Un devoto
leproso, Bhagoji Sindhya sostenía una sombrilla sobre Él cuando
Baba partía hacia Lendi y le acompañaba hasta allá. Cada maña-
na, cuando Baba se sentaba junto al poste cerca del Dhuni, Bha-
goji se presentaba y comenzaba su servicio.” Cerró el libro y
anunció: “De modo que usted es Bhagoji Sindhya ¡y lo que tiene
es claramente lepra!”. “Si este diagnóstico le confirma a usted la
fe de que nuestro Baba es el Baba de Shirdi, no tengo objeciones,
aunque no lo acepto”, dije.
Unos ocho años atrás, cuatro inteligentes jóvenes habían ve-
nido a Prashanti Nilayam y se quedaron por más de una semana.
Eran activos miembros del Samithi en Chidambaram, el famoso
centro del culto a Shiva con su magnífico Templo a Shiva como
Nataraja. Me visitaban frecuentemente e insistían en que los
acompañara hasta su ciudad. De hecho, seguían quedándose y es-
333
taban determinados a quedarse en el Nilayam hasta que me pare-
ciera factible realizar el viaje. A toda hora del día, por separado o
todos juntos me molestaban con su única pregunta: “Señor,
¿cuándo partimos?”. Una mañana me encontraba tan alterado
que les grité en la cara: “¡Qué les pasa! ¿Es que planean llevarme
atado de pies y manos?”. Esto no sirvió para que dejaran de mo-
lestarme. De hecho, la presión que ejercían se hizo más exaspe-
rante. Hasta que sucumbí y decidí acompañar al alegre cuarteto.
Cuando nos íbamos acercando a Chidambaram decidieron
confiar en mí. Me pidieron perdón por la reacción que tuvieron
cuando yo me enojaba y me relataron, con muchas risitas inter-
medias, los antecedentes de su invitación. Uno de los cuatro, el
mayor y aparentemente el más serio de los devotos, tuvo un sue-
ño en Chidambaram (era un soñador prolífico), un día jueves, en
las primeras horas de la madrugada del viernes. En él los cuatro
estaban arrodillados en el pórtico de Prashanti Nilayam. El sol ca-
lentaba la tierra, la brisa era fresca y fragante. Estaban solos en el
Nilayam y se encontraban frente a la puerta de la habitación en la
que Baba daba entrevistas. Repentinamente la puerta se abrió y
fueron llamados a entrar por Bhagavan. Me encontraron tirado en
el suelo y Baba les dijo: “Está muerto. Saquen el cuerpo… los
cuatro”. Baba se mantuvo en silencio mientras manipulaban el ca-
dáver, observando como se lo llevaban. Entonces cerró la puerta y
el soñador abrió los ojos. Cuando le contó este sueño a sus ami-
gos, decidieron partir ese mismo día a Prashanti Nilayam para ver
si había otros cuatro a los que se les hubiera dado la oportunidad
o si el evento esperaba que llegaran ellos. Se quedaron una sema-
na: yo seguía firme. Desearon llevarme con ellos a Chidambaram
cuando se fueran. Sentían que había un rol que debían desempe-
ñar. Y, entonces, dijo el soñador: “¡Señor! ¿Recuerda las palabras
que nos dijo cuando se enojó? Ellas indican que también usted en-
dosa el papel que Baba nos asignó en el sueño”. Su camarada ci-
tó lo que yo había dicho: “Usted dijo: ‘¡Qué les pasa! ¿Es que pla-
nean llevarme atado de pies y manos?’”. Le escuché con una risa
que brotaba dentro de mí y una dichosa anticipación en cuanto a
que podría ser finalmente derribado en la forma en que lo soñara
el hermano de Chidambaram. Y considerando la extraordinaria
334
responsabilidad que sentían por su tarea, uno no podía sino admi-
rarlos por su tenacidad y sentido del deber.
Noté un gran entusiasmo por los bhajans al recorrer los Estados
del Sur de la India. Los bhajans eran el sustento de los aldeanos, la
única disciplina espiritual que puede atraer a los desbaratadores de
madera y a los portadores de agua y mantenerles unidos en feliz ar-
monía. Bhagavan ha enfatizado el valor de los bhajans para desper-
tar la conciencia y hacerla progresar hacia niveles superiores. Cuan-
do la gente se dio cuenta o se lo dijo alguien a quien respetaban o
quienes habían tenido la experiencia, de que el Absoluto, Omnipre-
sente, Omnisciente y Omnipotente había encarnado como Sai Ba-
ba, Sus retratos fueron instalados en santuarios y fueron adorados
por ceremonias tradicionalmente aprobadas. Los devotos prepara-
ron espontáneamente compendios de los ciento ocho Nombres y,
al pronunciar cada uno, se colocaba una ofrenda floral frente al re-
trato. Baba ha revelado que Dios no acepta la repetición mecánica
de Nombres: observa si quien los recita siente la emoción de pro-
nunciarlos. Esta emoción sólo puede sentirse cuando se visualiza el
significado, la atmósfera sutil y las raíces del Nombre al articularlo.
Como el idioma kannada me resulta tan manejable como el malaya-
lam con el que naciera, compuse una lista de ciento ocho Nombres
para el uso de los devotos al adorar en meditación los pies de Loto
de Bhagavan. Su invitación inaugural para el género humano, cuan-
do apenas se empinaba por los catorce años, llamaba a que se sal-
vara de ser lanzado impotentemente de un lado al otro sobre las
olas del océano de la vida, aferrándose a los pies del Gurú en la
mente. Por eso es que los suaves, dulces e inmaculados pies de Ba-
ba fueron adorados en todo el país.
335
Nithya yavvana charana
Datta devana charana
Matte shirdee charana
Paade paramaadaradi
Peetha sarisida charana
336
cabel fue empujado por los pies bajo el sillón… ¡para que Él se
pudiera poner de pie!
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ha dicho que el Bhagavatham constituye una obligación para los as-
pirantes que tienen el propósito del Bhaagavuthaam (término telugu
para “éxito en la bondad y la santidad”). Ya en 1956 yo había “bal-
buceado” un poema en inglés titulado “Las Reservas de Sai” para
los poetas que se reunían durante el Festival de Dasara. Describe la
compasión de Baba para aceptar nuestras faltas, nuestras flaquezas
y carencias, nuestros males, preocupaciones y temores, impulsán-
donos siempre a ofrendarlos a Sus pies y asegurándonos que, a
cambio, Él llenará nuestros corazones de confianza, coraje, beatitud
y dicha. Naturalmente, el poema del Bhagavatha en kannada se-
guía estos mismos conceptos. Sentí que tenía el deber de componer
un Bhagavatha en el idioma de Kerala. Muy pronto descubrí que la
Gracia de Bhagavan podía fluir a través de la pluma mientras me
aventuraba en la poesía tamil y producía una versión del Bhagavat-
ham en este idioma. Cada uno de estos idiomas tiene un carácter
marcado, en especial en el campo de los himnos y salmos devocio-
nales, de modo que cuando modelaba mis poemas sobre la base de
las efusiones de los místicos de Karnataka, Kerala y Tamil Nadu, la
estructura, el estilo y la expresión, difería en cada uno del resto.
No pude envalentonarme para dulcificar la recitación con mi
música. Baba me había advertido una vez en contra de tal temeri-
dad. Una noche, mientras bajaba los escalones con Sus Bendiciones
por una serie de “danzas” en Assam, me llamó de vuelta y en un su-
surro semiserio me prohibió entrometerme en el territorio del can-
to: “¡Danza, pero no cantes! Los que vengan a escuchar, huirán”,
fue lo que dijo.
Mi hijo, sin embargo, podía cantar varios Ragas y tenía una voz
agradable. Durante los agitados días de la lucha por la independen-
cia, él estaba en el Colegio en Bangalore. Los alumnos del Colegio
se lanzaron a actividades antibritánicas, de modo que la Universidad
los cerró a todos. Mi hijo volvió a casa y decidió hacerse más útil
para sus congéneres. Aprendió de mi amigo y colega Krishnagiri
Krishna Rao, el arte del Recital Gamaka, vale decir, el arte de leer
poesía épica en Ragas que pueden iluminar la emoción o el ánimo,
el pathos o la pasión, la calma o el conflicto que el poeta haya ence-
rrado en cada stanza. Por medio de una inteligente distribución del
énfasis, la repetición de palabras o frases que requieran de una
338
atención y apreciación más intensas y por una apropiada modifica-
ción del tono y timbre de la voz, se interpreta de manera clara y
convincente, incluso para el hombre común, la sublimidad del tema,
la visión del poeta y la magnificencia de los héroes y heroínas épi-
cos. Cuando había llegado a planear así el dedicarle sus días al Ga-
maka, los británicos decidieron irse y la India se hizo “libre”. Mi hijo
fue enviado por la India independiente a Glasgow para seguir estu-
dios superiores en geología. Sin embargo, la vena Gamaka no se
petrificó por estar inmerso en la geología. Con gran alegría recitaba
el Sai Bhagavatham (las versiones en kannada y tamil, que eran los
idiomas que le eran familiares) en el estilo Gamaka. Encontramos
que este estilo podía reforzar en gran medida el impacto del Bhaga-
vatham.
La aventura paterno-filial recibió las Bendiciones de Bhagavan
de manera bastante casual. Baba estaba ocupado con la correspon-
dencia. Recogió un anuncio impreso de una conferencia de dos días
en Dharmapuri, en Tamil Nadu y Sus ojos cayeron sobre mi nom-
bre y el de mi hijo. “¿Qué están haciendo allá?”, preguntó. “Ha-
blando sobre proyectos de Servicio”, respondí. “¿Y Murthy?”, inqui-
rió. “Él va a hablar sobre otro tema relacionado con el Seva”, dije.
“¿Por qué dos charlas? Presenten tu Bhagavatham allá. ¿No lo tie-
nes en tamil?”. Esto le puso el sello. Mi hijo cantó las stanzas y yo
narré el “lila”, el “mahima” y expliqué el “upadesh”. Hablándole a
una asamblea durante el Dasara de 1974, Baba habló de devotos
que evitan reconocer que adoran a la Forma de Sai y que frecuen-
tan Prashanti Nilayam: “Sigan al Maestro, enfrenten al demonio, lu-
chen hasta el final y finalicen el juego”, aconsejó. Dijo: “Sean fir-
mes, sean valientes. Si alguien pregunta ‘¿Existe Dios?’, digan ‘Sí’.
Si pregunta ‘¿Dónde?’, no traten de escaparle al asunto y deslindar
responsabilidades citando las Escrituras que declaran que Él está en
todas partes. Respondan: ‘Dios está en Puttaparti’”.
339
se a enseñar; si es el de exhortar a otros, exhorte. El que distri-
buye ha de hacerlo generosamente; todo el que tiene autoridad
debe trabajar con celo; el que hace obras de misericordia, hága-
las con alegría”. Mi Gurudev, Sri Ramakrishna Paramahamsa,
relató una parábola que también sirvió para impulsarme a ini-
ciar el programa de recitales del Sai Bhagavatham. “Cuatro
amigos trataron de descubrir qué había tras del muro. Tres de
ellos, uno después del otro, subieron al muro, vieron el campo,
rieron extáticamente y saltaron del otro lado. El cuarto volvió
atrás y le contó a la gente acerca de lo sucedido.” Baba tiene
un millón de “cuartos hombres” y esta pareja de padre-hijo no
es más que una de ese millón.
340
idioma también) para comunicarlo en más de cincuenta pueblos y
aldeas de la región.
Me impresionó tanto lo deleitada que se mostraba la gente con
el recital, que me valía de cada ocasión para podérselo brindar.
Cuando supe que Murphy había fijado una fecha para una visita a
un pueblo famoso por su templo en Karnataka, a trescientas sesen-
ta millas de Bangalore, le escribí al Samithi para avisarles que tam-
bién yo estaría esa noche en Gadag. Viajé trescientas millas por fe-
rrocarril, me bajé en Haveri y desde ahí seguí en autobús para cum-
plir con el compromiso que yo mismo me había programado. Yo
respetaba el recital y la recapitulación de Su Gloria como una ofren-
da a los pies de Loto. Esta misma historia de aventuras se repitió en
Cannanore y Trivandrum en Kerala, Madras, Pondicherry y Coim-
batore en Tamil Nadu y Hyderabad y Tirupathi en Andhra Pradesh.
Cuando mi hijo descubrió una vez que me encontraba en Delhi, via-
jó hasta allá desde Jaipur, ya que estaba a cargo para entonces de
las investigaciones geológicas de la Región Oeste. Sohanlaji difundió
la noticia entre los devotos de habla tamil y Bhagavan nos bendijo
con el Seva de conducirles a través del canto y la historia, la poesía
y la filosofía, hacia un atisbo de la Gloria que es Él mismo.
Unos pocos devotos de ultramar que se encontraban casual-
mente entre los oyentes, presenciaron el Sai Bhagavatham pre-
guntándose qué era lo que nos sucedía a nosotros en el estrado y
a los otros en el suelo. Se acercaron a Murthy con la solicitud de
que cantara el poema en inglés. Permítanme satisfacer la curiosi-
dad que puedan sentir. A continuación va el poema en inglés, el
que emergió después de ruegos por la guía de Bhagavan. En
verdad, la primera versión del Sai Bhagavatham en kannada se
modificó considerablemente al vestirla con el lenguaje de Kerala;
fue embellecida y enjoyada al ser presentada en tamil, y se ha
vuelto serena y sublime cuando se moldeó para adecuarla al idio-
ma que es la lengua de Swami, el telugu. Permítanme enfatizar
otro punto. Cuando el Sai Cósmico, llevando la vestidura de un
hombre, está empeñado en este Ekapaatra Abhinaya (actuación
en una obra de múltiples roles), un comentario consecutivo por
parte de un testigo no podrá ser sino inadecuado y fragmentario.
El testigo estará ya sea demasiado aturdido o demasiado fascina-
341
do como para describir con palabras el radiante arrobamiento
que lo domina.
El poema se inicia con el arrobamiento de un testigo, tal como
lo describe el Rig Veda (aproximadamente 4000 a.C.).
342
Nadie ha escuchado una historia tan verídica:
como el Sathyam, Shivam, Sundaram.
Nadie ha cantado una canción tan dulce:
como este Gita, Ganges, Gayatri.
343
Traigan desastre, enfermedad, penas y derrotas
y pónganlos todos a Sus Pies…
y, entonces, con paso liviano y corazón contento
avancen por la Senda del Peregrino,
felices, danzantes, libres.
Las líneas siguientes ponen frente a los ojos del oyente el es-
plendor y la sublimidad de Prashanti Nilayam.
344
El oyente es conducido hacia el Auditorio con esculturas de
Formas Divinas en cada una de sus colosales columnas, y hacia el
Pilar del Loto de cincuenta pies de altura que señorea en el rectán-
gulo sur.
345
y algunas “C” extras en el Alfabeto Átmico,
en donde la Aritmética está al revés:
¡tres menos uno es… uno!
Y yo más yo más yo más yo
suman un Yo único, y no cuatro.
346
esto no implica un diálogo cara a cara, sino una conversación con
Él en el Altar Interno, por todo lo que dure la vida.
El canto continúa desde donde había quedado: la línea de dars-
han en la que esperan los peregrinos.
347
de el corazón como nuestro Auriga, en dondequiera que nos en-
contremos.
Limpia por completo la basura que obstruye el cerebro
y deja en la clara luz lo que eres y el porqué.
Pone Su vibhuti en el punto del Ajna.
Unge la visión afligida por el temor al color.
Se ríe al ver que eres sordo,
aunque esté sano y cercano el oído,
al mantram en la nariz: la Respiración
“Soham”, “Soham”: yo soy Él, Él es yo.
Ve tu lengua, tan cubierta de despecho,
y prescribe una dosis constante de Dhyana y Japa.
Aclara tu garganta con el “toque” de Achyut
y sella los labios con un “no tanto”.
Saca la carga de tus hombros,
dice: “¡Yo estoy aquí para llevarla, tú sigue adelante!”.
Entrega una armadura para el pecho cobarde
y, con un guiño de Sus ojos,
hace que se vayan tus caprichosas quimeras.
348
Él contesta a todo llamado angustiado,
al SOS de los viajeros que han naufragado.
Cualquiera sea la hora, por débil que sea la voz
Sai no necesita viajar muy lejos: siempre está a tu puerta,
a tu lado, junto a ti, frente a ti.
Duda, Él responde; cierra, Él entrará;
Censura, Él sonríe; niégalo, Él se quedará.
Él sabe todo lo que hemos sido y somos
y lo que aún deberemos ser.
349
El Sai Bhagavatham termina con una promesa, una súplica y
una oración.
350
des en otros. Los perdidos y los abandonados, los desesperanzados
y los enfermos que han sido guiados por ellos hacia la Paz y el Po-
der que es Sai, deberán estar eternamente agradecidos hacia quie-
nes les hayan conducido hasta Él. Yo también deseo invitar a cada
uno de los que han sido conmocionados por el Impacto Sai, a asu-
mir con entusiasmo el rol del “cuarto hombre“ de la parábola de
Ramakrishna. Con este propósito, permítanme citar partes de una
carta de agradecimiento que recibiera hace once años de una perso-
na que se identificó como “John, de California”:
351
REACTIVANDO
LA LUZ EN TEMPLOS
E
l Avatar está dedicado a refundir la mente humana a tra-
vés de múltiples métodos. Baba expuso estos métodos
en un poema que cantara en Prashanti Nilayam: “Resta-
blecer la fe en la senda de la devoción y la dedicación como medio
para la liberación de las cadenas del mundo dual. Promover el
Amor entre los individuos, los grupos, las comunidades, las nacio-
nes y las razas como medio para la paz. Confortar y consolar a los
buenos y a los piadosos como medio para promover los ideales que
profesan. Reinterpretar las Escrituras de todos los pueblos como
medio para cultivar las virtudes que propagan”.
Baba no ha reinterpretado solamente los antiguos textos: ha re-
dedicado antiguos lugares de culto transformándolos en fuentes más
nuevas y eficaces de bendición. Los ídolos de Vishnu y de Shiva, co-
mo asimismo otras formas santificadas por la tradición, se habían
visto desvalorizados como consecuencia de las ofensas lanzadas en
su contra por el prejuicio y la perversidad. Los mismos sacerdotes
han perdido la fe en los rituales y el culto. Los peregrinos han dege-
nerado en turistas y los templos mismos han llegado a ser mesones
de exhibición de mercaderías. Los templos fueron destinados otrora
como depósitos de la sabiduría religiosa y minas de virtudes sociales:
cosas que se extraían de Dios, simbolizado en el santuario central.
De modo que Baba ha dicho que “el recargar las baterías espiritua-
les agotadas de los templos” constituye una parte de Su misión co-
mo Avatar.
En cumplimiento de este programa, Baba ha revitalizado seis
templos, tres de Vishnu y tres de Shiva, uno de cada uno en las re-
giones Norte, Centro y Sur de la India. Todos ellos son adorados
por la generalidad de los indios, incluso los que viven fuera de los
353
Estados en los que se ubican. Ellos son, en el Norte, el Templo Vis-
wanath en Varanasu o el Ganges y el Templo de Narayana en Ba-
drinath en medio de los Himalayas; en el Centro, el Templo de
Somnath en Gujarat y el Templo de Krishna en Dwaraka, en el mis-
mo Estado, y en el Sur, el Templo de Mallikarjuna en Sri Sailam, Es-
tado de Andhra, y el Templo de Vittala en Pandharpur en Maha-
rashtra. Con excepción del último, fui bendecido con la suerte de
ser testigo de la revivificación de los otros cinco.
Puesto que la peregrinación a Badrinath comprendía un viaje
de una semana en ferrocarril y en autobús y una extenuante ascen-
sión de unas veinte millas, Baba llevó consigo sólo una mínima
fracción de los cientos de devotos que suplicaban por la oportuni-
dad de unirse al grupo. Eramos más de setenta y cinco. El doctor
Rama Krishna Rao, Gobernador de Uttar Pradesh, Estado en el
que se sitúa Badrinath, se nos unió con sus acompañantes en
Hardwar. El 11 de junio de 1961, toda la partida fue testigo del
Ganga Puja y el Arati que se llevaron a cabo ese día en la presen-
cia de Baba. Mi mujer y yo observamos la ceremonia desde la isla
que queda enfrente y vimos a Baba parado en el mismo peldaño
desde el cual nos diera darshan años atrás, cuando habíamos veni-
do en peregrinación, a instancias Suyas, con mi madre. Al igual
que los demás en el grupo, Baba también lanzó lámparas a flotar
en el río, con las lucecitas que parpadeaban hasta perderse de vis-
ta. Salpicó con el agua sagrada a los sacerdotes que se arremolina-
ban en torno de Él y a los devotos que rogaban por la bendición.
Más tarde nos reunimos en torno a Sus pies, en el rectángu-
lo de Su residencia. Las estrellas titilaban gozosas, porque podían
llenarse los ojos de darshan. El rostro de la luna estaba sonrojado
de excitación esa noche, mientras observaba tímidamente como
Baba nos bendecía. Baba describió los diferentes puntos y con-
fluencias sagrados que estaríamos viendo en las ciento ochenta y
dos millas que nos separaban de Badrinath: lugares en donde
Karva tenía su ermita y Arjuna hizo penitencia, el sitio del sacrifi-
cio de Daksha y de la academia de Vyasa. Quedamos sorprendi-
dos ante la amplitud de Su narración y la profundidad de Su co-
nocimiento del territorio y los templos. Nos habló del Templo en
Badrinath y fue señalando (perdónenme, pero tuve que anotar
354
los hechos que Él nos entregaba, para poderlos verificar más
adelante) al ídolo principal y los secundarios, en el principal de
los santuarios, como asimismo los que se encontraban en los co-
rredores y salas exteriores. Relató la historia de Ghantakarna y
prometió indicarnos su imagen en piedra. Asombró a las mujeres
con Su declaración respecto de que, en Badrinath, Lakshmi sería
vista como una mujer de Uttar Pradesh, con parte del sari cu-
briéndole la cabeza. Concluyó con el comentario: “Hay otros que
van a Badri para ver allí a Narayana; ustedes van con Narayana
para ver los ídolos que hay allí”. Confesó que había dejado de la-
do a Shirdi, porque (como le comentara a Das Ganu) allí predo-
minaba la motivación comercial. En Badrinath también estaba
contaminada la atmósfera por el mismo tipo de codicia, y era Su
intención purificar el lugar sagrado, para evitar la erosión de la fe
y revelarle a los encargados de los rituales del templo, la gloria y
la grandiosidad, la potencia y la preeminencia del Narayana por
el que vivían. Dijo que iba a convencerles de que Badri y Kailas
eran dos ojos en un mismo rostro.
Y en Badri, el 16 de junio, mientras el sacerdote en jefe, el Ma-
hant como se le llama (oriundo, como lo exigía la tradición, del ex-
tremo Sur de la Península India), llevaba a cabo el sagrado rito del
Abhisheka, Baba inauguró la tarea avatárica de vitalizar al ídolo en
bien del género humano. Hizo girar la mano en un círculo y creó un
loto de oro que tenía “mil pétalos”. Hizo girar la Mano nuevamente,
pero esta vez no se produjo un milagro de creación. El Netra Linga,
que Sankaracharya colocara hace mil doscientos años (como lo de-
clarara Baba esa noche, ante la reunión de devotos y residentes de
Badrinath) en una cavidad en la roca sobre la que se puso el ídolo
de Narayana, apareció en Su palma. Lo puso sobre el loto y vimos
que ambos parecían haber sido hechos el uno para el otro. Había
numerosos grupos de peregrinos empeñados en entrar a la peque-
ña sala delante del santuario. Para que pudieran tener acceso, Bha-
gavan sugirió “cargar la batería” en el Gujerat Dharmasala, en don-
de se alojaba la partida.
Sankaracharya, el santo filósofo, vivió en el siglo VIII d.C. Inter-
pretó las Upanishads, el Brahma Sutra de Badarayana y el Bhaga-
vad Gita, empleando los cánones de una lógica inexpugnable, y de-
355
mostró que por cada máxima y doctrina suyas fluía una sola Verdad,
que Brahman es la única Realidad y que todo lo demás es temporal,
transitorio, apariencias que la ignorancia le superpone. Sin embar-
go, difundió el valor y la validez de la emoción y la intuición para lo-
grar la conquista de la ignorancia y el desvanecimiento de la falsa
identificación del sí mismo con el complejo cuerpo-mente. Caminó
a lo largo y lo ancho del subcontinente de la India, esclareciendo a
los estudiosos y dialécticos e impulsando a la gente común a subli-
mar sus prácticas religiosas. Baba reveló esa noche en Badrinath
que el Dios Sankara le había confiado cinco lingams a Sankarachar-
ya y le ordenó instalarlos en diferentes centros entre los Himalayas
y Rameswaram. El lingam que Baba había hecho salir del nicho en
el santuario central, era uno de esos cinco. Cuando se pone a fun-
cionar un dínamo espiritual en un punto sagrado, la fuente de ener-
gía soberana (un chakra místico, un dibujo divino, un lingam sagra-
do) será implantada profundamente, fuera de la vista del hombre.
Ésa era la batería que Baba sabía que se había descargado.
356
terior, la retina negro brillante sobre el fondo blanco y los extremos
aguzados, con los párpados superior e inferior. Cuando Baba volvía
el lingam hacia la derecha o la izquierda, el ojo parecía moverse en
la misma dirección. “¿Lo han visto todos? —preguntó Baba—. Los
que no lo hayan visto, vengan acá —les invitó— porque tiene que
volver al lugar en que lo colocara Sankaracharya”, anunció.
Y entonces, mientras el eco de nuestros bhajans resonaba en
Badrinath, Baba se puso de pie con un pocillo de plata en Su ma-
no: un pocillo que había aparecido en Su palma por Su voluntad.
Se acercó a la mesa en donde todos podían ver el lingam sobre el
loto, ambos sobre una bandeja de plata. Indicó que el pocillo con-
tenía agua sagrada de Gangotri, el manantial donde nace el Gan-
ges. Retiró uno de Sus dedos del fondo y ¡oh maravilla!, se formó
allí un agujero que permitió que el agua cayera sobre el lingam co-
mo “Abhisheka”. Los pundits y los sacerdotes recitaron los him-
nos védicos prescriptos para el rito. A continuación, Baba sacudió
Su palma sobre el lingam y de ella cayeron montoncitos de flores
de oro y de plata lloviendo sobre el lingam y acrecentando su po-
tencia. Con otro movimiento de la palma, maravilla de maravillas,
cayó un gran montón de flores de “thumme” frescas, salpicadas
con gotas de rocío, flores con que los devotos de Puttaparti ado-
ran a Baba y que no se encuentran sino en las áridas colinas y
planicies del Sur de la India. Los residentes de Badri se pregunta-
ban qué eran estas pequeñas, vellosas y blancas gotitas de Gracia
Divina. Baba declaró entonces: “¡Ahora regresará el lingam!” y
éste desapareció de nuestra vista.
El Dr. Ramakrishna Rao, el Gobernador, tuvo la suerte de estar
nuevamente presente cuando Baba estuvo en el interior del santua-
rio principal de Kasi, en donde por milenios Shiva ha sido adorado
como la Suprema Esencia Cósmica, Viswanatha, en la Forma del
lingam. Cerca de veinte de nosotros estábamos con Baba durante el
viaje de Lucknow a Ayodhya y de Prayag a Kasi. El sacerdote en je-
fe recitaba stotras de antiguos textos glorificando al Señor, mientras
Baba observaba a los devotos que vaciaban reverentemente agua
del Ganges sobre el lingam. Los padres estaban sujetando en con-
junto el recipiente que contenía el agua sagrada. Mientras bañaban
a Viswanatha, Baba me pidió que yo también lo sostuviera junto
357
con ellos y compartiera la emoción que ellos sentían. Cada hindú,
por muy pobre, analfabeto o degradado que sea, anhela, en cual-
quier lugar en que se encuentre, beber una gota de agua del Ganges
y, aún más patéticamente, la oportunidad de bañar el Lingam del
Señor, santificando sus manos por medio del rito del Abhisheka.
El Templo de Shiva en Somnath, Gujarat, de dilatada fama, fue
blanco de una serie de ataques de rapiña por parte de las hordas
musulmanas de Ghazni en Afganistán; el oro, la plata, las piedras
preciosas y hasta el lingam de piedra fueron llevados por los saquea-
dores en su fanática furia en contra de la idolatría. Cuando la India
logró su independencia del dominio extranjero en 1947, el ruinoso
templo fue reconstruido y restablecida su gloria con un nuevo lin-
gam que se instaló en el mismo lugar sagrado. Aunque la renova-
ción y la reiniciación de los rituales diarios y estacionales de adora-
ción a Shiva se llevaban a cabo con los ritos ceremoniales apropia-
dos, Bhagavan sentía que había que garantizarle al mundo que la
era de turbulencia había terminado y que Shiva permanecería para
siempre. Él sabía que el Jyothirlinga (el luminoso símbolo esferoide
de la emergencia y la fusión de la Energía Primordial) que había sido
colocado en su nicho de piedra, sobre el cual se habían instalado
nuevos lingams después de la retirada de cada ejército invasor, se-
guía allí intacto, listo para irradiar vibraciones espirituales, una vez
que recibiera el toque de la mano de Shiva. Ésa era la batería que se
había agotado.
Baba visitó Somnath con un pequeño grupo de devotos, in-
cluyendo a la Rajamatha de Nawanagar, quien rogó para que Él
inaugurara la Entrada Digvijayasingh Gopuram erigida para con-
memorar al Jam Saheb, quien fuera uno de los más dedicados pa-
tronos del Proyecto de Reconstrucción del Somnath. Después de
la inauguración, Baba ingresó al espacioso santuario central y ob-
servó por algunos minutos los rituales védicos con los que era
adorado el ídolo de Somnath por los sacerdotes. Creó un puñado
de hojas de bilva de oro y las dejó caer sobre el lingam de cuatro
pies de alto. Luego hizo girar nuevamente Su mano de manera
semijuguetona, semicasual: antes de que pudiera completar el pri-
mer giro, un destello como un relámpago cegó a los sacerdotes y
a nosotros, los de Prashanti Nilayam, sentados en el umbral del
358
santuario, como también a la Rajamatha que estaba de pie con las
manos unidas. Cuando el destello se redujo a un aura luminosa en
torno a la Mano de Baba, sostuvo frente a nosotros una forma
oval de gran tamaño que irradiaba una luz divina, plantada allí por
un sabio desconocido miles de años atrás. Bhagavan se acercó a
nosotros con el Jyothirlinga y reveló su significación tanto épica
como trascendental. Cuando fuera diseñado el santuario de Som-
nath por la Voluntad Divina, ese lingam fue dotado de una ener-
gía espiritual que podía perdurar por siglos y fue mantenido fuera
de la vista de la codicia atea. Al igual que en Badrinath, Baba lo
había sacado del sitio en el que anidara por tanto tiempo, sin em-
bargo en Somnath, Bhagavan no restituyó el lingam recargado y
reactivado a su posición original. Sai le da vigor a los fatigados y
fuerza a los exhaustos. “Ya no hay peligro desde ningún lugar pa-
ra este templo. Por lo que he decidido que adoren al lingam direc-
tamente, a plena vista de los devotos.” Diciendo esto, hizo girar
Su mano y, de inmediato, apareció un pedestal de plata sobre el
que se podía afianzar la maravilla de alabastro. Baba fijó el lingam
sobre él. El sacerdote en jefe lo recibió reverentemente de Sus
manos. El lingam milagrosamente recobrado, la Fuente de Com-
pasión Divina, está dando darshan ahora en el santuario en que
se produjo este Lila. Baba lo convirtio en una Luz para todas las
naciones, sin límites.
El rejuvenecimiento del ídolo de Dwarakanth se llevó a cabo du-
rante la misma visita a Gujerat, aunque Baba no entró en el santua-
rio, ni derramó flores sobre él, ni lo tocó con Su palma transforma-
dora. El templo estaba tan densamente lleno de peregrinos que no
encontramos hendidura alguna por donde escurrirnos. Hasta en las
puertas exteriores se apretaba una masa de hombres y mujeres.
Ciertamente, Baba pudo haberse concretado a Sí Mismo en el san-
tuario interior, junto al ídolo, tal como lo había hecho en Repalle,
donde también había miles de seres arrodillados en el espacio inter-
medio. Pero Él pensó en nosotros. Le dio darshan a los miles que
estaban fuera del templo. Muchos se dieron cuenta de que Baba po-
día no abrirse paso por los corredores y las salas con pilares en di-
rección al santuario. Por lo tanto, retrocedieron y lograron asegu-
rarse el darshan.
359
Entretanto, Bhagavan ordenó que los automóviles le siguieran y
aceleró por el camino a Jamnagar. Percibiendo el mar al otro lado
de una pequeña elevación hacia la derecha, se detuvo y nos condu-
jo más allá de ella hacia las arenas bañadas por las olas. Allí nos hi-
zo levantar un montículo bastante alto de arena seca. Hundiendo Su
mano en él, extrajo un ídolo de Krishna hecho de oro, resplande-
ciente a la vista. Cuando Dikshit de Bombay trajo a la presencia de
Baba a su cuñada que esperaba la extirpación de una mama con un
tumor canceroso, Baba creó vibhuti y masajeó vigorosamente la ce-
niza sobre el pecho de Dikshit ¡y la intervención quirúrgica fue de-
clarada innecesaria cuando la señora fue a ver a los médicos! Cuan-
do Baba rescató al Krishna glorioso y dorado de las arenas secas de
las dudas, la dialéctica y la negación, también el Templo de Dwara-
ka fue cargado de vibraciones vitales. Baba anunció que éste era el
propósito del milagro del que habíamos sido testigos. El ídolo había
perdido su esterilidad y se había llenado de festiva fecundidad.
Srisailam es un famoso templo Saivita de Andhra Pradesh, si-
tuado en las riberas del río Krishna. Shiva es adorado como Malli-
karjuna (Jazmín Blanco) y Su consorte, como Bhramara (Abeja).
Muchos místicos de Maharashtra y Karnataka han llegado a experi-
mentar la Conciencia Cósmica meditando en la Deidad adorada
aquí. Sankaracharya exaltó la santidad del santuario. Baba entró en
el santuario y derramó hojas de oro de bilva que cayeron de Su ma-
no, cuando fue Su voluntad, sobre el Mallikarjuna lingam.
Pandharpur, en donde el Señor Krishna es adorado como
Panduranga Vittal, era el santuario sobre el que Baba le enseñara
a cantar a sus compañeros de la niñez. En ese entonces, los chi-
cos hubieron de contentarse con esa buena suerte. Había otros
con Él cuando, más tarde, camino entre Bombay y Hyderabad,
fue a Pandharpur. El aspecto femenino de Dios representa Su
compasión, Su disposición a perdonar, Su habilidad para curar y
para corregir errores, Su ternura y Su dulzura. En Pandharpur,
Baba le concedió más atención a Rukma Devi (Rukmini) que al as-
pecto masculino de la Majestad, el Poder y la Sabiduría de Dios.
Entrando al santuario de ella, creó un collar de oro con piedras
preciosas engarzadas y lo colocó en torno del cuello del ídolo. Mu-
chos obstinados en su ateísmo y otros que no son sino marginal-
360
mente creyentes, puede que desechen como ridícula la posibilidad
de que se cargue a los ídolos con Divinidad y que una voluntad,
palabra u obra Divinas los reactive cuando se haya agotado su
carga Divina. Es cierto, sin embargo, que la fe puede volver san-
tas las montañas y sagrados los manantiales. Puede escuchar ser-
mones en la corriente de los riachuelos y leer el Libro del Génesis
en un pedazo de piedra. Baba es la Voluntad Divina.
361
los campus estudiantiles. No obstante, sabe que la Forma de Ganes-
ha de Dios constituye a lo sumo una herramienta apropiada en el
Divino Taller en donde son reparados, recargados y reacondiciona-
dos los humanos, de acuerdo a los designios y dibujos.
A pesar de los ruegos para que el Avatar ejercite visiblemente
Su voluntad y multiplique la eficacia de otros santuarios populares
como Tirumala, Madurai, Ananthasayanam y Rameswaram, Bha-
gavan no le ha dado la oportunidad a los devotos para ser testigos
de la Ceremonia Divina. Mas Baba está siempre demostrando que
sabe conscientemente del valioso papel que deben desempeñar los
templos en la promoción de la elevación individual y la integración
social. En las aldeas que circundan Brindavan, Whitefield y Prashan-
ti Nilayam, Baba ha impulsado la construcción de templos, mezqui-
tas y la renovación de viejos centros de culto. Desde cada uno de
ellos uno puede escuchar Su llamado: “Les conduciré hasta Mí Mis-
mo, desde lo Irreal a lo Real, de la Oscuridad a la Luz, desde la
Muerte a la Vida Eterna. ¡No tropezarán ni se debilitarán!”.
Baba alaba la creencia tradicional de que uno no ha de pasar
una noche en una aldea que no tenga una Casa de Dios. Examina
las condiciones en que se encuentra el templo de la aldea y de ahí
decide acerca de la naturaleza de la atmósfera moral del lugar. Si el
recinto se usa para jugar o para el chismorreo, para conspirar o ha-
cer política, Él condena y castiga a la congregación. También el
cuerpo humano es una Casa de Dios. En lo profundo de su santua-
rio íntimo, tiene al Nethra lingam de Badrinath, el Eterno Ojo Uni-
versal Unico, o al Jyothirlinga de Somnath, la Eterna Llama Univer-
sal del Amor.
Las leyendas de todos los países describen un Kalpataru, un
Árbol que cumple los deseos, Él, sin embargo, crece en el Cielo, en
donde es superfluo y aquellos que necesitan Su ayuda, han de tre-
par por los empinados riscos. Baba es el Kalpataru venido a la Tie-
rra; no necesitamos de ímprobos esfuerzos. El Árbol cubre todos los
cielos. En dondequiera que estemos, estamos a Su sombra. Nos
acercamos al Árbol para satisfacer nuestro deseo, pero rara vez nos
damos cuenta de lo que el Árbol nos hace a nosotros: nos induce a
aferrarnos a Él para siempre. Durante un discurso en Prashanti Ni-
layam, Él anunció: “Sé que muchos se sienten perplejos frente a Mi
362
práctica de escuchar cada día, de mañana y de tarde, sus ruegos,
sus largas listas de necesidades y de deseos: haciéndoles entrar y pa-
sando horas para consolarles y otorgarles las dádivas terrenales que
ansían. Dicen que ningún Avatar ha hecho esto antes, que este Ava-
tar complace principalmente a los hombres materialistas. La gente
viene a Mí con deseos ridículos y, así y todo, les doy la bienvenida
con simpatía y con amor. Solamente Yo conozco su sed básica, su
descontento fundamental. Me alegro de que vengan a Mí en lugar
de postrarse ante hombres que son, ellos mismos, sólo instrumentos
impotentes. Silenciosa y firmemente, les voy volviendo hacia la sen-
da del Sadhana y de la peregrinación espiritual. ¡Cómo podría ob-
servar, tan sólo, cuando se extravían y sufren!”.
363
EL NIÑO CINCELADO
S
ri Ramakrishna Paramahamsa, mi madre adoptiva, me
había descubierto, un huérfano de padre, tratando de
mantenerme vivo gracias a los alimentos dados en cari-
dad a ociosos de alta cuna que gustaban de las apuestas y de una
conducta impía. Él me salvó de la degradación, de ese caldero del
vicio y el descarrío. Su devoto, el Director de mi escuela, instaló
como mentor y monitor en mi corazón a Gurú Maharaj. Él nos
narró historias del Paramahamsa y sus Apóstoles, de manera tan
pintoresca, que siempre pedíamos más. Él nos persuadió para
que nos aprendiéramos de memoria aquella parte de uno de los
electrizantes discursos de Vivekananda, que culmina con la ora-
ción: “¡Dios! ¡Haz de mí un Hombre!”. Gurudev fue mi puntal y
mi providencia hasta los cincuenta años de mi vida. Entonces,
me puso en el regazo de Sai quien nos enseña a orar: “¡Dios!
Hazme tomar conciencia de que Tú estás en mí y yo en Ti y que
somos Uno”. Al traspasarme, Gurú Maharaj debe de haber abo-
gado en mi favor: “Vierte Tu amor sin límites sobre este niño
mío. Permítele que aprenda a estar consciente de Ti como su
Realidad”. El Mantra de Ramakrishna plantado en mi corazón
por Mahapurushji, había echado milagrosamente brotes, pese a
mi lentitud y simulada enfermedad, los que buscaban una mano
que aferrar. Y la mano de Baba respondió: “¿Por qué temer? Yo
estoy aquí”.
Fue entonces que caí en la cuenta de cuán indigno era de la Di-
vina compasión. Había tejido a mi alrededor, como mi propia mara-
ña, una red de nociones negativas y de preferencias y prejuicios po-
sitivamente dañinos que, normalmente, me habrían excluido de la
Gracia. El sentido del humor que me había ganado un minipedestal
en la galería de la fama de Delhi y de Bangalore, había trasgredido
fácilmente los límites hacia el campo de la ridiculización y el pas-
365
quín. Como resultado de los alocados caprichos de este sentido, ha-
bía herido la sensibilidad de muchos, aun sin intención. Con el obje-
to de mantener mi reputación como un Leakock y un Wodehouse,
tenía que dirigir la mirada hacia los pies de barro, las presunciones,
las miradas envidiosas y las manos dispuestas a aceptar sobornos de
la gente a mi alrededor, e incluso inventarlas si no las encontraba.
Esta tendencia había desviado mi atención de lo normal, lo básico,
lo simétrico y lo simple.
Mi compromiso a lo largo de treinta y cuatro años de carrera
en la enseñanza me había contagiado y había fomentado en mí
las enfermedades profesionales del dogmatismo, el autoritarismo,
la altanería morbosa y, para acuñar una palabra, la filolisonjería.
Sufría, como todos los docentes, la enfermedad de “ratón de bi-
blioteca” y también de un inevitable desaliño y distracción. El co-
nocer, moverme y arrear a renovados rebaños de jóvenes adoles-
centes (entre los años veinte a los cincuenta de este siglo) que es-
peran recibir instrucción y guía y que las aceptan agradecidos
cuando las reciben, hizo que mi mente se asentara en el inflexible
molde de una suprema autoestima. Debo confesar que mis actitu-
des y enfoques de problemas y proyectos sólo podía ser tildada de
“adolescente”, aunque la edad me hubiera obligado a renunciar a
la asociación con la juventud. Woodrow Wilson, quien enseñaba
Ciencia Política en la Universidad de Princeton, era un hombre
con un fino sentido del humor. Podía recitar quintillas jocosas en
contra de su propia fachada y unirse a quienes se reían con ellas.
Sin embargo, como Presidente, enfrentado al problema de la Eu-
ropa de posguerra, se comportó como un estudiante no graduado
ante Lloyd George y Clemenceau.
Las buenas gentes de Karnataka también contribuyeron en
parte a dañar mis proporciones. Descubriendo que había ascendi-
do hasta la meseta de Mysore desde la costa de Kerala, sin trazas
de su idioma kannada sobre mi lengua, se entusiasmaron cuando
me vieron hablarlo y escribirlo como si hubiera sido mi lengua ma-
terna. Los decanos de la literatura kannada me mimaban como si
el destino me hubiera devuelto a Karnataka después de haber sido
secuestrado hacia Kerala. A pesar de mis protestas, me exhibían
como a un animal de circo. De hecho, llegué a describir a una tal
366
víctima de la adulación masiva en mi novela Gaali Gopuram (El
Castillo en el Aire). Pese a todos los profilácticos a los que echa-
ba mano mi sentido del humor, los vapores del incienso se habían
logrado introducir en mi cabeza y la hicieron infatuarse en gran
medida.
El multicolor panorama de la historia humana me fascinó ya
desde mis años de secundaria. N.R. Subba Iyer se convirtió en mi
héroe: anhelaba aprender tanto como él y enseñar tan bien como él
lo hacía. Pero como miembro de la Facultad de Historia en la Uni-
versidad de Mysore me encontré encerrado en un callejón sin salida
en lo que concernía a aumentos de salario y prospectos de promo-
ción. Se podían lograr tan sólo si renunciaba alguno de los aproxi-
madamente doce miembros de rango superior, y no había ninguno
que tuviera esa intención. Pertenecíamos todos a un mismo grupo
de edad y la gente del seguro nos consideraba dignos de confianza.
Obligado a enfrentar crecientes exigencias, en cuanto a ingresos,
con un salario mensual estacionario por décadas, andaba amargado
y me volví ligeramente misántropo.
Mi amor por Clío, la Musa de la Historia, no pudo sobrevivir
a los reveses de la fortuna. El desastre tuvo también una causa
profunda. La inmersión de mi mente en el lodo de la historia hu-
mana terminó afectando mi visión de los hombres y sus bufona-
das. Aunque la historia se repite cada treinta años, el género hu-
mano se rehúsa a aprender sus lecciones. El hombre ha caminado
sobre la luna, pero el lunático odio fraternal se ha hecho más pro-
fundo. No necesitan raspar a una persona para descubrir al salva-
je bajo el barniz. Me fui convenciendo cada vez más de la futilidad
de enseñarle historia a los jóvenes. Es bien recibida únicamente
cuando atiza los fuegos de los odios raciales, religiosos, naciona-
les, lingüísticos o de casta. Los estudiantes que optaban por los
cursos universitarios fueron declinando en número como también
en seriedad. Y los profesores de historia eran descuidados y ridi-
culizados. Tuve que procurarme los granos de respeto de la comu-
nidad estudiantil a través de las actividades extramuros hacia las
que les atraía. No obstante, la amargura de la desilusión torcía mi
afecto por mi profesión, transformándola en la crónica de la in-
gratitud del hombre para con el hombre.
367
Por eso, cuando caí a los pies de Swami, debido a que me pe-
saba mi orgullo, sentí que mi corazón estaba amargo. Mis hábitos
eran descuidados. Mi sonrisa era una máscara. Mis miradas estaban
cargadas de malicia y misoginia. Mis pasos eran inseguros y mi me-
ta era caleidoscópica y borrosa. La única disciplina espiritual que co-
nocía era el Servicio, pero acaso lo adoptara porque inflaba mi ego.
Me reía de las idiosincrasias y pomposidades de los demás, sin dar-
me cuenta que las descubría porque las llevaba en mí.
Y el nuevo Gurudev me aceptó tal como era. “El hombre ha de
ser deshecho y rehecho”, ha dicho. Fui en verdad afortunado de
merecer Su atención y pasar por tres décadas y media en recompo-
sición. El proceso sigue aún y es posible que tenga que continuar,
hasta donde creo saber, por una o dos vidas más. Si Baba me hace
llamar por intermedio de alguien para que vaya a Su Presencia, mi
primera reacción es la de examinarme para descubrir en qué me he
equivocado o he resbalado, qué límite habré transgredido o a quién
habré herido o menospreciado, porque Su llamado es casi siempre
para cincelar.
El Señor ha declarado en el Bhagavad Gita que Él es el Dios, el
Soporte, el Soberano, el Testigo Ocular, la Morada, el Refugio, el
Compañero, el Origen, la Providencia, la Premisa, la Promesa y el
Poder Inagotable. Baba ha sido todo esto para mí y para millones
de otros como yo, porque Él se hizo cargo de nosotros y nos llevó
de la mano a través del proceso de transmutación en el crisol de Su
Amor.
Cada vez que tengo la ocasión de hablarle, incluso cuando no
hay nadie cerca, Él observa cada frase e, invariablemente, descu-
bre una insuficiencia o exceso de énfasis, alguna desviación de la
gramática o del uso de alguna palabra que no aclara suficiente-
mente el punto como lo haría otra. Nunca deja de señalar estas
evidencias de descuido en el lenguaje. Cada vez que esto sucede,
mi ego académico sufre un pinchazo deflacionario. Su incansable
ridiculización exorciza el desaliño, los amaneramientos y los hábi-
tos que me han poseído, como las gesticulaciones, el encogimien-
to de hombros y movimientos de la cabeza, el uso repetitivo de
imprecaciones, como “idiota” y el de estimulantes como el rapé.
Fui disciplinado para mantenerme erguido y libre de estas irrele-
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vancias. Cuando el cuerpo está calmo y sereno, se puede inhalar
más profundamente la Presencia.
El día que me instalé en el alojamiento que me fuera asigna-
do, Baba propuso una tarea que no fue bien recibida por mi ego.
Debía mantener un registro de los obreros que construían el hos-
pital sobre la colina detrás del Mandir, ser un supervisor del grupo
y calcular y pagar sus salarios cada lunes. ¡Esto después de treinta
y dos años de prestigiosa pedagogía, de los cuales había sido Di-
rector por cinco! No obstante, el trabajo es adoración, en especial
cuando se ofrece en Prashanti Nilayam, siempre que lo hiciera tan
perfectamente como me lo permitieran mis talentos. Afortunada-
mente para mí, a los pocos días hubo un devoto que pudo hacer-
se cargo de mis deberes con la facilidad de un pez en el agua y
me relevó del aburrimiento. En todo caso, aprendí la lección de
que un sadhaka ha de aceptar alegremente cualquier trabajo, por
raro o cansador que sea, como una oportunidad para expandir su
amor. Más adelante, se me envió con misiones para asuntos con
los que no estaba familiarizado, a Bangalore, como adquirir y
transportar baldosas y maderas para la escuela de Sai Baba en
Bukkapatnam. También fui comisionado para buscar retratos de
gran tamaño de los profetas, santos y videntes de todos los países
y hacerlos enmarcar con cubiertas de vidrio, para la Sala de Ora-
ción de Prashanti Nilayam.
Durante muchos años, el Día de Vijayadasami, Baba nos llama-
ba a mí y a un Superintendente de Telégrafos de Trichinopoly para
que acarreáramos potes de agua desde el pozo cerca de la puerta
Este hasta la cocina en el extremo Oeste. Eran tan pocos los hom-
bres adultos en esa época que teníamos que hacer cualquier trabajo
que nos cayera en manos. Cuando el Jefe General de Correos en
Hyderabad ofreció instalar una oficina en el complejo de Prashanti
Nilayam en el caso de que se encontrara a algún pensionado de-
pendiente de cualquier gobierno estatal o autoridad local y que su-
piera leer y escribir, me di cuenta de que era el único candidato cali-
ficado. Me tragué mi ego (un buen pedazo de lo que de él quedaba)
y acepté el yugo. Baba le tendió una trampa a mi sumisión: “¡No
me gusta que un Director y Doctor en Filosofía sea tratado como
Administrador de Correos!”. Yo sabía que Él observaba para ver si
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Su declaración despreciando el estatus que yo había asumido recibi-
ría alguna aprobación de mi parte. Solamente respondí: “Cualquie-
ra se sentiría orgulloso, Swami, si se dirigen a él como Administra-
dor de Correos en Prashanti Nilayam”.
Durante los años cincuenta, cuando la llegada diaria de peregri-
nos era de unos veinte a treinta, la mayor parte de ellos se me acer-
caban con el pedido de presentar sus quejas ante Baba. Creían que
Swami no era más que otro Baba que atraería y retendría discípulos
otorgando fórmulas para la prosperidad, para sanaciones mentales
o físicas y para destruir a los enemigos de uno. Cuando Baba estaba
fuera, se quedaban hasta que regresaba. Y descubriendo que yo era
un oyente paciente y hasta simpatizante, muchos de ellos vaciaban
sus problemas en mi oído. Debo de haber creado la impresión de
que podía comunicar sus cuentos a Bhagavan y de que lo haría,
porque, cuando más tarde llamaba a uno o dos de ellos para una
entrevista, les advertía en contra de revelar sus reveses domésticos o
sus agonías personales a quienes no pudieran sino exhibir una sim-
patía de la boca para afuera. “Los que prestan oídos a sus historias
pueden compadecerlos o llorar con ustedes, pero no pueden influir
sobre las circunstancias que les han llevado al pesar, ni pueden co-
rregirlas. ¿Por qué habrían de rebajarse ante meros hombres que no
pueden sino mostrarles simpatía mientras dure la narración?” Y les
mencionaba específicamente que yo no necesitaba saber por qué
habían venido a Puttaparti. “Yo les traigo aquí para poderles escu-
char y liberar.” Cuando estas personas venían a mí y se excusaban
por haberme involucrado en un diálogo no deseado, yo sabía que
esto también representaba una lección para mí. Yo no tenía dere-
cho a engañar a la gente, en cuanto a ser una persona diferente del
resto; debía moverme en Prashanti Nilayam ocupado únicamente
de mí mismo, de mi propio trayecto.
Me tomó un largo tiempo y muchas reprimendas aprender que
Baba mismo había llamado a cada uno de los visitantes y que Él tra-
taría con cada persona en cualquier forma que decidiera y cada vez
que Él sintiera que era el momento adecuado. Cuando le prestaba
oídos a las historias del visitante, me convertía en víctima de la sim-
patía y el ego me impulsaba a asumir el papel del Buen Samaritano
y de hablarle del problema de esa persona a Swami. Durante los
370
primeros años, la persona era a veces un paciente de habla kanna-
da o, más a menudo, provenía de Kerala. Esto revelaba una censu-
rable predilección por los idiomas que me gustaban. Baba desalen-
taba todos los intentos que yo hacía por llevar Su atención hacia las
aflicciones de las que Él ya estaba consciente y decidido a aliviar. Se
reía de mi impaciencia y desechaba mis ruegos con estocadas co-
mo: “¿Cuánta comisión recibes por este acto de recomendación?”
o “¿Qué hay de especial con la persona de la que hablas? ¿Tiene
antenas en la cabeza?” o “¿Quién te asignó este deber? ¿Por qué
estás cultivando contactos aquí?”, etc. Arnold Schulman consignó
en su libro sobre Baba que Baba le dijo: “Nadie puede venir a Putta-
parti a menos que Yo lo llame. Yo llamo a los que están listos para
verme. Por cierto que hay diferentes niveles de preparación”.
Así aprendí que no había necesidad de “informar” al Todo Sa-
piente Baba, de “interceder” ante el Todo Compasivo y de “intere-
sarle” en el proyecto mismo que le indujera a encarnar. De este mo-
do Baba suprimió una siniestra actividad a la que me empujaba mi
ego. Sin embargo, la gente me encontraba buscando entre la multi-
tud a algunos individuos y conduciéndoles hacia el lugar en que se
reunían aquellos “elegidos” para una entrevista. Por ende, suponían
que privilegiaba a estos individuos en forma especial, ¡porque Baba
me había facultado para conceder este favor a los de mi preferen-
cia! No podían inferir que yo no era sino un chaprasi obedeciendo
órdenes, cumpliendo mandados y entregando citaciones. En casi to-
do centro espiritual donde la figura central es un santo, un monje,
un gurú o una figura monástica, se produce el inevitable fenómeno
de un discípulo, hombre o mujer, que lleva la voz cantante, que se-
lecciona y elige, que sabe el juego y que puede manipular al Maes-
tro. ¿Por qué? Tomando a Prashanti Nilayam por cualquier otro
Ashram, Gurukul o Ermita y tomándome a mí por una fémina (Kas-
turi es un nombre que indica el otro sexo), un editor de Kerala
anunció con suprema ignorancia, que también aquí uno había de
tomar contacto con una dama, cuando la verdad era que un caballe-
ro llamado Kasturi era uno de los leales chaprasis ostensiblemente
ocupados en una miscelánea de tareas…
¡Tareas! Durante esos primeros años las había en cantidad,
porque los residentes eran unos pocos. Tuve suerte de convertir-
371
me en el blanco de atención de los golpes de martillo que pulveri-
zaron mi recalcitrante ego. Los devotos que deseaban venir fre-
cuentemente a la Presencia, instalaron una cantina que sería aten-
dida por ellos sobre una base de voluntariado y sin fines de lucro.
Un hermano devoto supervisaba la cocina y el comedor. Baba nos
dio instrucciones para extender nuestra afectuosa hospitalidad a
los devotos. Había algunos de los que Él sabía que su devoción era
tan profunda que adoraban hasta los alimentos de la cantina co-
mo maná. Cuando llegaba una persona así, Baba consideraba que
la cantina no había de degradar el “Prasad” igualando su valor sa-
cerdotal con el valor monetario. En una oportunidad llamó a mi
amigo y le indicó que a una cierta persona no habría de cobrárse-
le por el almuerzo que se le sirviera en la cantina. No teníamos
idea de qué otro mérito tenía el hombre, fuera de ser un alto ofi-
cial que tenía el derecho de girar de los fondos públicos, para sus
gastos de viaje y viáticos, más dinero del que gastaba realmente.
Fue así que la próxima vez que vino, le proporcioné una habita-
ción para que se alojara, pero no me molesté en mandarle el al-
muerzo desde la cantina. Cuando Baba le llamó, casi al anoche-
cer, descubrió que el hombre había estado ayunando desde la ma-
ñana porque no le habían dado Prasad. El hombre lo había atri-
buido a la voluntad de Dios y no a mi voluntariedad. Baba decidió
corregirme. Yo carecía de amor, de lealtad y de buenas maneras.
Había tenido la temeridad de interponer mi mezquindad entre Su
compasión y Su manifestación.
Dejó de hablarme e incluso de advertir mi presencia. Mi po-
bre ego estaba en el crisol. Privado de todos los signos de Su
Amor, decaí muy pronto. Me interrogaba a mí mismo para des-
cubrir qué impedimento había bloqueado el flujo de la misericor-
dia de Dios. Pero, ¿cómo podría un ego que es culpable ser testi-
go en contra de sí mismo? Su naturaleza le lleva a echarle la cul-
pa a otro. No me atrevía a mirar al espejo por temor a tener que
encarar al criminal que aparecía. Por nueve largos días y noches
aún más largas soporté la agonía de la separación de mi Señor,
una agonía aún más dolorosa porque Él estaba tan cerca y, no
obstante, tan lejos, porque escuchaba mis lamentos, pero sólo
me devolvía su eco. Sus ojos me veían, pero sólo como veía la
372
pared contra la cual me apoyaba. ¡Oh, las lágrimas no permitían
que el sueño me aliviara! La lengua no me transmitía el sabor de
las cosas. Mi madre se angustió observándome cuando gemía so-
litario. Enfrentó a Baba cuando éste se encontraba cerca del
plantío de jazmines y le preguntó: “Swami, ¿qué le ha pasado a
Kasturi?”. Swami le dijo (aunque ella me lo reveló sólo semanas
más tarde): “Pronto estará normal. No te preocupes. ¡Pero no le
digas que me has preguntado por él!”. Ella logró la tranquilidad
que necesitaba y, a pesar de terribles impulsos, mantuvo sus la-
bios sellados.
El calor del caldero se volvió insoportable. Me paraba frente a
Él por horas interminables, pero no podía descubrir en ese rostro
encantador rayo alguno de esperanza en cuanto a reingresar en el
círculo en permanente expansión de Su Amor. Al octavo día mi co-
razón estalló en sollozos y me abracé a esos pies de Loto. Baba me
levantó por los hombros y dijo: “Estás llorando ahora, pero ¿sabes
cómo lloró ese devoto aquel día cuando le negaste el Prasad que es-
taba anhelando? Querías que pagara por él, ¿no es cierto?”. (Se me
vino como un rayo a la mente: la discusión con el hermano encar-
gado de la cantina acerca de los funcionarios y los fondos públi-
cos.)… “No repitas este error. Y no hagas tanto escándalo exhibien-
do tu estado de ánimo. Ahora, vete.” “No me di cuenta, debí haber
recordado que él ha sido bendecido por Ti.” “Todos y cada uno está
bendecido por Mí. Vete ahora.”
Me pareció percibir un trazo de enojo en ese “Vete”, aunque
había oído decir a Baba: “No tengo enojo en Mí. Parezco estar
enojado sólo cuando expreso Mi desilusión cuando no se compor-
tan como debieran”. El bálsamo no me curó por completo. Des-
cendí los peldaños. Se cantaban bhajans en la Sala de Oración.
Caminé silenciosamente hacia la puerta Norte, me senté sobre el
muro bajo y me dejé llevar por un ataque de arrepentimiento.
Cuando terminó el Arati y Baba subió a Su habitación, me levanté
y subí también, parándome frente a Él. Viendo que mi expresión
no había cambiado incluso después de Sus mitigadoras palabras,
me lanzó una mirada de sorpresa y apoyó esas suaves palmas en
mis hombros, diciendo: “¿Por qué otra vez? ¿Qué pasa ahora?”.
Logré mantenerme firme sobre mis piernas. Dije: “Swami, cuan-
373
do me dijiste ‘vete’, pude ver que aún estabas descontento conmi-
go. Pon Tu mano en mi cabeza, Swami, y dime Bangaroo”, gemí.
El Todo Misericordioso Baba respondió alegremente: “Bien. Aquí
va el golpecito en la cabeza, Bangaroo… ¡Ahora anda y dile a tu
madre que estás feliz!”.
En esta tierra terminó el dominio colonial. El hombre blanco
dejó caer su carga y, más tarde, triste y más sabio, volvió sobre
sus pasos hacia su hogar isleño. Se volvió también odioso el do-
minio feudal. Los seiscientos cincuenta Estados feudales con sus
Maharajaadhirajahs, Maharajahs y Rajahs, Sultanes y Nawabs,
dieron tumbos en la riada de la democracia, el socialismo y el se-
cularismo. Los dadivosos repartimientos de Delhi, en base a los
cuales habían construido sus palacios los gobernantes, fueron
progresivamente reducidos por los nuevos amos de la India Libre
y, finalmente, denegados. El país estaba lleno de enfadados Ma-
harajahs y Rajkumars, de tronos en desuso y de estandartes ple-
gados.
Un buen día, una carreta tirada por bueyes, procedente de Buk-
kapatnam, depositó en Prashanti Nilayam a un Rajkumar, a su prin-
cesa y a sus dos hijos, un niño de doce años y una niña de siete. El
príncipe había sido dejado sin recursos cuando la oleada de “slo-
gans” gandhianos pasó por sobre su Sala Durbar. La historia de es-
ta dinastía serpentea sobre algunas páginas de la historia de la India
medieval. Me era bien conocida. Por horas cada día, le presté oídos
a la narración del patético relato de este descuido histórico. Había
perdido la pequeña fortuna que había logrado salvar. Había emigra-
do hacia Assam. Allá pagó el noviciado con su plantación de té,
quedando en la ruina. Tomé tan a pecho su situación, que le hablé a
Bhagavan sobre él. “¡Swami! ¡El pobre hombre vive con un puñado
de maní! Habría que hacer algo para salvarle.”
Baba no respondió. No habló. Su expresión se volvió levemen-
te ceñuda. Pude ver que no apreciaba el que yo intercediera por el
príncipe mendigo. “¿Me había metido en terreno prohibido? ¿Había
exagerado la representación?”, me pregunté a mí mismo, porque
mi voz tenía un tono de dolor personal. Cuando había pronunciado
“maní”, mi mente se había representado los banquetes, shikars y
partidos de polo que había disfrutado el pobre hombre hasta el albo-
374
rear de la libertad para la India a medianoche ( 15 de agosto de
1947). El príncipe no sabía, ni necesitaba saber, cuán estúpidamen-
te me había portado rogándole a Dios por él y cuánto me había he-
rido el rechazo. El rostro de cada una de las personas que veía, esta-
ba iluminado por los rayos del Amor de Baba; pero yo había perdi-
do la consoladora sonrisa, las argentinas palabras de solaz. “¿Por
cuánto tiempo, Señor? ¿Por cuánto tiempo?”, me decia con el
aliento entrecortado.
Cuando se fríe una semilla, ya no podrá brotar y criar ramas.
Cuando el ego se fríe en el fuego del remordimiento, no puede re-
producirse ni extender sus tentáculos y vástagos. Me fue concedida
finalmente la suspensión, cuando sollocé a Sus pies. “¡Pobre hom-
bre, pobre hombre! Me dijiste que el príncipe era un ‘pobre hom-
bre’. Ningún hombre de corazón duro puede llamar pobre hombre
a otro. Es solamente un espectáculo. ¡Como si tú fueras rico y él
pobre! ¿Le ayudaste? ¿Por qué no lo hiciste? Podías haber hecho al-
go, por lo menos alimentando a los niños.”
De modo que ésa era la lección. Chppinattu Cheyyaali: actúa
según lo que hablas. Las palabras de simpatía no sirven para llenar
estómagos. La hipocresía es el peor de los pecados. Ésta es la lec-
ción que Baba le ha empezado a enseñar al mundo desde que tenía
catorce años. Cuando era un alumno de secundaria de doce años
en Uravakonda, fue éste el tema de una obra que escribió y que diri-
gió, mientras interpretaba el papel principal: el de un niñito que po-
nía al descubierto la hipocresía de la madre, el padre y el profesor.
El hombre no puede vivir sólo de palabras: quiere pan y, si Dios es
misericordioso, también manteca.
El más largo de los períodos que pasé en el crisol se dio des-
pués de una feliz gira por el Noreste de la India, Bengala occidental,
Orissa y los Circars. Baba me ordenó ir en avión a Bombay desde
Hyderabad y esperar por Él en el Dharmakshetra. Había logrado
pasar por un apretado programa de charlas, organizado para mí en
cada uno de los Estados y me sentía muy contento cuando llegué al
Dharmakshetra. Anhelaba poderle expresar mi alegría a Bhagavan
por los cientos que se habían reunido para escuchar Su historia, Su
liberalidad evidenciada por los milagros producidos por Su voluntad
y que me dejaban sin palabras en todos los lugares por los que ha-
375
bía pasado, el entusiasmo de los miembros del Seva Dal que servían
a los marginados y a los condenados.
Durante todo el día mantuve el oído atento al sonido de Su au-
tomóvil al subir por el camino de grava. Finalmente llegó. Me paré
en los peldaños que conducen a la puerta de la sala desde donde los
dieciocho peldaños llevan al primer piso, donde usualmente se alo-
ja. Me miró. Me preguntó: “¿Cuándo llegaste acá?”. Respondí:
“Hace dos días”. Subió rápidamente los peldaños de mármol segui-
do por los tres devotos que habían viajado con Él en el auto. Los se-
guí y me quedé de pie frente a la puerta familiar. Estaba cerrada. Él
estaba adentro. Yo, ¡ay de mí!, estaba afuera, con una carga de ale-
gría que comenzó a derretirse en lágrimas, mientras la voz de Baba
resonaba provocadoramente a través de la puerta.
Después de una hora, aproximadamente, me resigné a bajar
los escalones y me fui a refugiar en la habitación que me habían
dado. A la hora de comida, me senté con otros en el suelo, frente
a la mesa de Baba. Él estaba chispeante de comicidad, incluso
cuando exponía profundas verdades. Mas, ni una sola vez se diri-
gió a mí, no me preguntó acerca de la gira a la que me había en-
viado con Sus bendiciones, no me incitó a comer más de algunos
platillos ni me advirtió en contra de otros, como era Su costum-
bre. Perdí todo gusto por la comida. Desertó de mí el sueño y lle-
gó a instalarse la inquietud. No podía ir a Su habitación y quedar-
me como una lámpara de pie en un rincón, temía no ser llamado
para traducir Su discurso en telugu: la tarea para la que había ve-
nido. Me senté en el suelo en primera fila cuando comenzó la reu-
nión, tenía preparados el lápiz y el papel, pero había perdido la
esperanza. Miré a mi alrededor para comprobar si había algún
sustituto a la vista, pero no pude encontrar a nadie. Aunque Swa-
mi podía hablar en inglés, hindi o marathi y hundir mi equivoca-
ción más profundamente en mí. ¡Ahí, Su dedo me llama! Salto so-
bre el estrado, me paro radiante frente a mi micrófono y enjugo
mis lágrimas con el pañuelo.
Esperando que la oportunidad otorgada de traducir Su discurso
comprobara que mi delito (no me atrevía a investigar cuál había si-
do; decidí no inquirir; no podía descubrirlo por mí mismo), había si-
do perdonado. Seguí a Baba y Su grupo (los que habían venido con
376
Él desde Bangalore) directamente hacia la Habitación Sagrada del
primer piso. Estaba de pie y miraba. No recibí una sola palabra.
Temblaba y sudaba de miedo. Bajé a tropezones la escalera y llegué
a mi cama. Le escribí una carta a Baba, pero no terminó siendo si-
no una mancha azul-negro sobre el papel. “Él lo sabe, Él lo sabe,
¿para qué escribirle? Él es el Sanathana Sarathi”, me decía a mí
mismo.
Después de una hora de dar vueltas, dormí, hasta que Indulal
Shah me sacudió diciendo: “¡Comida! Swami viene”. Llevé a cabo el
ritual. Como cuervo herido, gritaba lastimeramente: “¡Kaov, kaov!
¡Sálvame, sálvame!”. Vi a Indulal Shah bajando de la habitación de
Swami con una amplia sonrisa. Rogué porque se debiera a mí. Así
era. Me dijo: “Baba parte hacia Ahmedabad temprano en la maña-
na. Vuelo de las 5. Prepárate. Volvemos al día siguiente”. Cerré la
puerta, apagué la luz y… di unos doce saltos en el aire de pura felici-
dad. A través de los barrotes de mi ventana podía ver la luminosa
ventana de Bhagavan. Hice frenéticos gestos de agradecimiento. Me
postré en el suelo de mi habitación, dedicando el namaskar a mi
muy compasivo Bhagavan.
Estuve listo a las 3 de la mañana. Me senté callado, tenso. ¿Me
hablará o no como antes? ¿Se agrandará la brecha? ¿Será tibio Su
contacto, vibrará de amor Su voz? Indulal Shah entró sin golpear.
Yo había dejado abierta la puerta para poder correr hacia el auto-
móvil y la paz celestial. “Estoy listo, hermano”, dije. Él anunció:
“No estás incluido. Vamos nosotros”.
Cuando regresaron, se me ordenó volver en tren a Puttaparti.
Baba y el grupo que le acompañaba volaría a Hyderabad y luego
a Bangalore. Ansiaba poderme esconder en algún lado, pero no
podía: el Sanathana Sarathi había de ser llevado a la prensa y
despachado por correo. Esconder el pesar dentro de mí y llevar
una máscara de sonrisas constituyó un dolorosísimo ejercicio en
histrionismo. Cuando Baba retornó a Prashanti Nilayam, ello se
convirtió en una tortura. Subía hasta Su habitación y me quedaba
parado, apoyado contra el muro. ¡Oh! Era mortificante escuchar
las alegres risas de todos los que estaban allí, con las bromas, pa-
rábolas y poemas de mi bienamado Señor, mas la voz interior me
advertía para que no fuera a contaminar Su alegría con mi desdi-
377
cha. Pasaron días y noches, y las noches pasaron en una tristeza
aún más negra.
La Conferencia de la India de los encargados de las Unidades
de la Organización de Seva Sathya Sai debía llevarse a cabo en Ma-
dras, por tres días. “Pregúntale a Swami”, me susurraba la voz. “Te
viniste adelantado de Bombay, porque Él dijo ‘Anda, el trabajo del
Sanathana Sarathi está esperando’. Pídele permiso ahora para ir a
Madras. Tu Sanathana Sarathi te quiere allá.” Me armé de valor
para tocar Sus pies y rogar, en tanto que me esforzaba por poner-
me de pie. “Swami, ¿la Conferencia de Madras?” “¿Qué es lo que
dices?”, preguntó. “La Conferencia en Madras. Sanathana
Sarathi…” tartamudeé. “Narayana irá esta vez”, fue la respuesta.
El cincel le hizo salir sangre al mármol. Dolía. Realmente dolía.
El ego gemía: “Estoy perdido”. Me rehusaba a aceptar la desespera-
ción. En medio de la conmoción de la multitud que corría hacia el
rectángulo del Mandir para lograr el darshan de Baba que subía a
Su automóvil para dirigirse a Madras y a la Conferencia, yo también
corrí y me aseguré un espacio justo fuera de la puerta a través de la
cual saldría hacia el coche que esperaba. La voz insistía: “¡Pregunta!
Recibirás una respuesta”. Baba salió. Pregunté, sí, oí mi voz pre-
guntando: “¡Swami! ¿Madras?”. Un brillo repentino y le oí decir:
“¡Sí! ¡Ven!”.
Fue como escuchar la flauta. Llegué a Madras la noche antes
de que se iniciara la Conferencia. Se me dijo que llegara al Abbots-
bury Hall en donde se realizaría, a cualquier hora antes de las ocho.
Estuve allí a las siete. “Lo lamento”, fue la dura arma con que fui
golpeado. “¿Por qué?” “Se acabó la entrega de las insignias para
entrar.” No podría ingresar por medios legítimos. ¿Cómo podría es-
currirme adentro?
Abbotsbury tiene forma de L. Ambos brazos son salas. La de la
derecha era el comedor. La otra, más larga y mejor amoblada, era
la de Conferencias. Para entrar al comedor, había que hacerlo por
esta última. Estaba cerrada por una reja de hierro plegadiza a través
de cuyas aberturas se podía ver el estrado y escuchar lo que se de-
cía. Conseguí entrar al comedor, gracias a la cortesía de alguien que
no temía afrontar los riesgos que le hiciera correr su bondad, y me
senté en el suelo, atisbando por los intersticios de esa reja de prisión
378
de hierro. Cuando Baba subió al decorado estrado, encendió la lám-
para y procedió a inaugurar la Conferencia con Su Mensaje de
Amor, removedor de conciencias, la reja plegable dejó de represen-
tar un obstáculo. Me sentí libre como un pájaro con sus alas, como
una brizna de pasto en su vaina, como un bebé junto al seno mater-
no. Pero muchos de los que me descubrieron acurrucado tras de la
grilla de hierro se sintieron muy perturbados. Se procuraron una in-
signia de ingreso y pude unirme al contingente de Puttaparti, aun-
que aún me sentía como un polizón que podía ser lanzado por la
borda en cualquier momento.
Sobreviví la Conferencia y pasé algunos días deprimentes en
Bangalore con mi hija y sus hijos. Ella debe de haber pensado que
estaba gozando de largas horas de profundo yoga, cuando me en-
contraba callado y denso. Cuando oí decir que Baba había llegado a
Brindavan, tomé un autobús que me dejó allá. Lenta y nerviosa-
mente me dirigí a la habitación de Baba. Me lanzó una sonrisa. En-
valentonado, abrí la boca y, como si nada hubiera pasado como pa-
ra nublar mi mente, dije: “¡Swami! Mi nieto Prasad consiguió entrar
al Instituto de Tecnología”.
“Deja eso de lado”, dijo, levantándose del sofá. “¿Qué te ha pa-
sado a ti? Tu soberbia es insoportable. Tu cabeza llena de humos va
a estallar algún día. ¿Qué hiciste en Orissa? Deberías recibir una pa-
liza inmisericorde”, reprendió. “No sé lo que pasó en Orissa”, gemí.
“¡Ah! ¿No lo sabes?”, caricaturizó mi gemido. Fue a la habitación
contigua, abrió un maletín de mano y trajo una página impresa que
contenía mi programa en ese Estado, como lo habían fijado los or-
ganizadores. Puso un dedo sobre una de las líneas y, sosteniéndola
frente a mis ojos, me ordenó leerla.
Leí: “10 a 11 de la mañana. Entrevistas con personalidades
prominentes”. Me tomó algún tiempo recuperarme. “¡Sí, Swami!
En el trayecto hacia Calcuta en el Howarah Express, se reunió con-
migo el Secretario de la Estación de Khurda Road. Me consultó
acerca del programa. Dijo: ‘¿Puede encontrarse con algunos profe-
sores y otros que querrían saber más sobre Baba?’. Le dije que por
supuesto.” “Cuando viste este anuncio, ¿les dijiste que estaba equi-
vocado?” “No, Swami.” “Ahí está tu orgullo. Tu abultado ego”, dijo.
Yo estaba bañado en lágrimas. Caí a Sus pies. Me sentía contento
379
de que me regañara, que arrancara el ego por sus raíces. “Levánta-
te. Envía un telegrama a esa gente y diles que si vuelven a repetir tal
tontería, no volverás a entrar en Orissa.” “¡Lo haré, Swami!” Cuan-
do leí esas palabras, me di cuenta de que era demasiado tarde para
protestar. “Por qué apenarlos —pensé— y hacer una escena.” Baba
me golpeó el hombro y susurró suavemente: “Anda y envía ese tele-
grama”. Había sido limpiado una vez más. Mas, ¡por qué difícil túnel
me había tenido que arrastrar para emerger hacia la Luz del Amor!
Al alimentarme en gran medida de libros y siendo afecto a los
ratones de biblioteca, había escapado a mi cognición la necesidad
de mirar bajo cada piedra para descubrir lo que había debajo. Si lo
hubiera hecho, habría notado la contaminación del “egotismo” que
supuraba bajo palabras como “entrevistas” y “personalidades pro-
minentes”. Pero bien. Nunca más, juré para mí mismo.
Debo confesar que la debacle de Orissa se produjo, porque las
palabras “personalidades prominentes” me halagaron tanto como la
palabra “entrevistas” (¡con los VIP de la Familia Sai!). Por supuesto
que había racionalizado la situación y justificado mi asentimiento táci-
to como muestra de buena educación o hasta de desdén. Pero Baba
sabía que mi ego se sentía alborozado cuando se hacía entrar a las
“personalidades” para la entrevista. Ello revelaba una profunda falla
espiritual y Baba, benevolentemente, se tomó el trabajo de corregirla.
380
Me llevó muchas otras lecciones aprender que todo lo que brilla
o halaga no es genuino. Permítanme relatarles una de las lecciones
que el Maestro Todo Misericordioso me enseñó. Un joven de Cali-
fornia había brillado a la luz del sol, mañana y tarde, en Prashanti
Nilayam, sentándose en las filas del darshan durante aproximada-
mente doce meses. Tenía —según supe— un problema desespera-
do en cuanto a la extensión de su visa. Baba le había indicado que
volviera a casa, pero no le era posible alejarse mucho. Tal vez podía
lograr un permiso para quedarse algunos meses, si podía conseguir
una carta de Prashanti Nilayam declarando que estaba dedicado al
sadhana y al estudio bajo sus auspicios. Él sabía que Baba me había
pedido dar tales cartas a unos pocos americanos en años anteriores.
De modo que me “persiguió” para que “persuadiera” a Baba (!) pa-
ra darle una carta similar. Me escabullí de sus garras cada vez que
sacaba el tema. Cuando Baba partió a Whitefield, él también se fue
allá y me libré del aburrimiento de la repetición hasta la saciedad de
que yo era un instrumento imperfecto.
Una mañana, repentinamente, su sombra cayó sobre mí. “Mi
visa expirará en dos días.” En la línea de darshan, esta mañana, le
pregunté a Baba. Me dijo: “Ve y consigue la carta”. “Por favor, se-
ñor Kasturi, usted sabe de mi problema. Por favor. Usted que es tan
bondadoso, tan sabio…” Sonó tan convincente que sucumbí. Escri-
bí la carta que quería. Mas la voz me susurró: “¡No se la des a él.
Envíala a Bhagavan con él”. De modo que la puse en un sobre jun-
to con una carta para Bhagavan, lo cerré bien y se lo pasé al joven.
Corrió a la terminal de autobuses y partió hacia Bangalore.
Esa tarde, Baba visitaba una factoría en Whitefield y se habían
reunido miles para Su discurso. Mi enviado estaba sentado en pri-
mera fila. Cuando Baba caminó por los pasillos abiertos entre hom-
bres y mujeres, sostuvo en alto el sobre y, con evidente regocijo, gri-
tó: “¡Swami! Kasturi me dio la carta. ¡Swami! ¡Kasturi! ¡Carta!”. Ba-
ba pasó de largo en silencio: mi audiencia debe de haberle parecido
inaudita. La tarde siguiente, Baba salió de Brindavan rumbo a Putta-
parti. Un minuto antes de partir, le encargó a quien manejaba la ca-
sa que me telefoneara y me indicara que debía dejar Prashanti Nila-
yam inmediatamente después de esta llamada. “No deberá encon-
trarse allí para cuando Yo llegue al lugar”, le ordenó Baba. Yo nada
381
sabía de la flecha que me había disparado Sri Rama. Cuando Baba
llegó a Prashanti Nilayam caí a Sus pies y respondí algunas pregun-
tas que me hizo acerca de personas y cosas. A la mañana siguiente,
vino a verme el californiano y me devolvió la carta que, según él,
Baba no había aceptado. Estaba dirigida a Bhagavan mismo y yo
había escrito en ella que, si era Su voluntad, se la podía entregar a
este joven.
Pero Baba no se compadeció de mí. Me reprendió severa-
mente por transgredir mis límites y por complacer estúpidamente
a cada Pedro, Juan y Diego, por alentar a los “hippies”, los ocio-
sos y los tramposos. Lo atribuyó todo a mi cercana senilidad y a
las ansias de ser adulado. Tomó el sobre, extrajo la carta que yo
había escrito y me dijo que el hombre había sacado cuatro copias
fotostáticas de ella, incluso antes de tratar de entregársela a Él.
“¡Anda! Consigue esas cuatro copias de él y destrúyelas junto con
ésta”, ordenó. “Yo no te pedí entregar esta carta, ¿no es cierto?
¡Mira qué clase de hombre es! Lo supe desde siempre.” Pude re-
cuperar las cuatro copias: el californiano quedó tremendamente
sorprendido de que Baba hubiera sabido lo que había hecho a es-
condidas… y esto, después de haber estado por tan largo tiempo
en Su Presencia.
Más tarde, una semana después, el encargado de la casa en
Brindavan me confió que, tan pronto como Baba abandonó el lu-
gar, había pedido la llamada al operador, pero que, pese a sus de-
sesperados y persistentes intentos, no pudo pasar la llamada a
Prashanti Nilayam. La línea estaba muerta. Fue así… que sobrevi-
ví. Esa fue otra lección: nunca actuar en base a la súplica de al-
guien que Baba le ha permitido hacer algo a través mío. Si ha de
hacerse, Él mismo va a insistir. Él sabe quién es quién, como ese
quién llegó a ser quien es y el cuando ese quién llegará a ser qué.
El cincelado continúa. Después de eso he tropezado muchas
veces. Una comunicación casual sobre la reacción de Bhagavan
frente a la charla o artículo, poema o libro de alguien, ha sido exhi-
bido por esa persona como instrumento para publicitarse. Algunos
incluso han citado palabras mías como provenientes de Baba mis-
mo. Cuando se la ve a través de las ramas de un árbol, la luna pare-
ce estar asombrosamente cerca de las hojas y los ganchos. Supone-
382
mos que la hoja le puede susurrar algo a la luna y escuchar lo que
ella musita. Las personas caen en el mismo absurdo error. Suponen
que las ramitas humanas que presumen estar cerca de Bhagavan,
pueden interceder en favor de ellas y ayudarles a recibir Su Gracia
más rápida y plenamente. Por eso tengo que pasar algún tiempo
con tales personas para estampar en ellas lo único en su género del
Sai Avatar. Sai las ha llamado, Sai las conoce por completo y Sai se
ocupará de ellas cuando y como sea Su voluntad. Le he escrito car-
tas personales a muchos presidentes distritales de la Organización
de Servicio en las que les explico esto, cuando me han enviado a
personas premunidas de notas en las que se me pide que arregle
entrevistas con Baba. A la gente le resulta difícil darse cuenta de que
hay una persona en el mundo de hoy que no puede ser influencia-
da, persuadida o aconsejada por nadie, pero que sí influencia, per-
suade, aconseja a todos, desde el más humilde al más encumbrado.
Su voluntad es soberana.
Los discípulos han de ser disciplinados. Swami no descansará
hasta que no lleguen a ser ciento por ciento firmes y rectos. No de-
jará pasar ni el más leve desliz. Su enojo es inevitable cuando el sad-
haka yerra. Mi entusiasmo por compartir con otros el deleite que
derivó de las palabras y actos de Baba, tiende muy a menudo hacia
la volubilidad y termina en el menosprecio de aquellos cuyos ojos
son muy débiles como para soportar el resplandor.
Baba se dio cuenta de que cuando visitó lugares en donde se
reúnen devotos, algunos de ellos tocan mis pies como gesto de re-
verencia usual hacia los mayores. Esta conducta ha sido obligatoria
entre los Coorgs por siglos y persiste aún en la mayoría de las fa-
milias. Es un gesto automático de los jóvenes hacia los ancianos,
como muestra de respeto, en todos los Estados del Noreste y en
Bengala. De modo que no podía protestar o rechazarlo sin herir a
la persona y sin que fuera interpretado como una duda frente a la
pureza de la persona más joven. Muchos gurús no le permiten a
los discípulos que les toquen los pies, por miedo a una contamina-
ción por contacto que puede llegar hasta desarrollar enfermedades
como el cáncer, cuando la polución transmitida se ha acumulado
hasta un grado patológico. Durante mis treinta y tres años como
profesor, había reunido a miles de alumnos que ahora se encuen-
383
tran diseminados por todo el país. Cada vez que saben que estoy
de viaje me buscan, se anuncian y muestran su respeto tocando los
pies. Éstos son procedimientos que la sociedad ha establecido y los
mayores tienen el deber de bendecir a los jóvenes. Mas, cuando
nosotros mismos somos mendicantes que buscan bendiciones, ¿có-
mo podríamos osar atribuirnos el poder para bendecir? Baba me
advierte en contra de la inflación del ego. “Te están poniendo pre-
suntuoso”, me critica. “No, Swami.” “Y bien, no protestas cuando
la gente te toca los pies. ¡Lo aceptas sin objeciones, como si lo me-
recieras!” Cuán considerado de Su parte el caricaturizarnos ofre-
ciendo nuestros pies para ser tocados reverentemente por nuestros
congéneres. “¡Renuncia a eso!”, nos exhorta.
Otra de Sus advertencias se dirige en contra de lo que disfruto
con comidas de grupos y festividades de convivencia en compañía
de devotos. Cada vez que obtengo Su permiso para hacer una gira
por los Samithis, suele amenazarme con que me va a cerrar la puer-
ta en las narices si vuelvo con más peso del que tengo al irme. Inclu-
so me ha ordenado exiliar algunos platillos que me gustan en dema-
sía y reducir el número de los platos, hasta de los idlis que consumo,
al mínimo. “El alimento ha de ser tratado como un medicamento
para la enfermedad del hambre”, aconseja. “Podrás afirmar que tie-
nes un sentido muy poco común, pero Yo encuentro que careces
de sentido común”, me dijo en una oportunidad.
Debo mencionar otro agudo pinchazo que recibiera mi desnu-
trido ego de parte del Sanador. Debíamos instruir a las inmensas
congregaciones de gente en Prashanti Nilayam en cuanto a respetar
la disciplina del lugar e incluso, anunciar algunos de los lineamientos
más importantes. Por los micrófonos, yo podía leer la lista de reglas
en inglés, telugu, hindi, tamil, kannada y malayalam. Naturalmente
que recibía elogios. Como preliminares para un Festival de Dasara,
¡no me encontraba, lamentablemente, cerca del micrófono cuando
llegó el momento para los anuncios! Baba sabía —no así yo— que
se trataba del malicioso juego del ego para demostrar su importan-
cia. Tuve que ser llamado, pero no se hizo. Estuve fuera del cuadro
durante los once días del Festival.
Sufro de una picazón crónica en la lengua que ansía la conver-
sación. El apodo de “Ply-mouth” (literalmente: boca que trabaja con
384
ahínco - N. de la T.) que Baba me ha dado, no me ha curado por
completo. Hace unos pocos meses, Baba me encontró relatándole
excitadamente a un médico de Gujarat, con lujo de detalles, acerca
de la Gracia de Baba que me había sacado con vida de un hospital.
Me encontraba en una silla en una de las habitaciones interiores del
“bungalow” de Brindavan. Había como veinte alumnos del colegio
de Bhagavan esperando la oportunidad de tocar los pies de Loto. El
médico me había visto desde lejos y no pudo resistir la tentación de
saludarme, porque había estado por mucho tiempo alejado, en su
propio Estado. Me encontraba profundamente sumido en mi histo-
ria cuando entró Baba. “¡Rompiendo tan flagrantemente el sadhana
del silencio! ¿Cómo podrían ustedes los viejos imponerles reglas a
los jóvenes, cuando las infringen justo delante de ellos?” Le ordenó
salir al médico. Yo estaba convalesciente por lo que fui perdonado.
Ridiculizó a mi amigo como un necio y a mí como un asno. Baja-
mos las cabezas avergonzados. Nos prometimos que no habría re-
peticiones de esta mala conducta. Después estuvimos en silencio
por horas. Y Baba nos exhibió a ambos frente a los jóvenes que es-
taban en la habitación, como ejemplos de lo que no debe hacerse.
Swami, como Gurú, es tan vigilante, considerado y compasivo
que corrige al instante e incluso se digna hacerlo en público para re-
fregarlo e instruir a los demás en contra de los errores que nota en
nosotros. Ha encarnado justamente con este propósito. “Llevaré
por la mano a aquellos que se desvían de la senda recta y les servi-
ré”, le escribió a Su hermano mayor, cuando recién salía de la ado-
lescencia. Cuán bendecidos somos de que el buen Dios haya venido
entre nosotros para cincelar y castigar.
385
EL AMOROSO DIOS
E
stos treinta y cuatro años en que me he dedicado a ali-
mentar a Sai en mi corazón, han representado para mí
una aún muy corta estación de Primavera. Los devotos
que fueran mis compañeros a Sus pies en esas primeras décadas,
fueron aquellos que habían sido discípulos de Ramana Maharishi
en Tiruvannamalai, de Ramdas en Kanhangad, de Nithyananda
en Vajreswari, de Malayalaswami en Yerpedu y de Shivananda en
Rishikesh. Y yo sabía que Prashanti Nilayam era realmente la con-
sumación y la coronación de la aspiración humana por la Paz Su-
prema.
Mi adoración por el Bhagavad Gita se fue profundizando
mientras observaba a Baba y le escuchaba. Las palabras “Bhaga-
van vvacha” con las que el sabio Vyasa presenta las enseñanzas
de Krishna, resuenan cada vez más verdaderas a mis oídos, por-
que Bhagavan Baba aconseja y hace afirmaciones en términos
idénticos. Krishna indicaba que Él estaba en todas partes. Eso fue
exactamente lo que Baba le dijo a Tidemann Johanssen en Oslo,
Noruega, cuando le devolvió un anillo que Johanssen había deja-
do caer descuidadamente en el río Chittagong, en Bangladesh, un
mes antes. Baba dijo: “Cayó en Mis manos, porque Yo estoy en
ese río, en todos los ríos, en todas partes”. El Bhagavan del Gita
nos está dando a cada uno de nosotros, ahora, como nuestro au-
riga, un Gita.
Durante un Festival de Dasara hace varios años atrás, Bhaga-
van me pidió una tarde que le hablara a los allí reunidos. Relaté
unos pocos incidentes para grabar en la mente de los oyentes que
ese verso en particular del Gita que mencionara antes, lo ha confir-
mado como verdadero, en abundancia, el Sai Krishna en cuya Pre-
sencia nos encontrábamos. Pero Baba sabía que mi fe en Su omni-
presencia era débil e intermitente. Haciendo referencia a mí en el
387
discurso que siguió, dijo: “Este Kasturi les contó todas esas historias
acerca de Mi omnipresencia. Pero, ¿les digo lo que él hace? Cuando
estoy fuera de Puttaparti por unos pocos días, me envía cartas lamen-
tándose de que no puede soportar la separación. Quiere tocar Mis
pies. Dice que Mis pies están en todas partes, ¡pero se queja de que
ha perdido el contacto con ellos!”.
388
Lo hizo de manera casual y confiada, como hecho claro y transpa-
rente que no requiere de énfasis. “Yo comprendo la Tierra, cada
pulgada de ella”, dice. He conocido a una persona que fue sacada
de un pozo de ochocientos pies de profundidad en los Jog Falls en
Karnataka, y a otra que fue guiada hasta tocar tierra desde veinte
mil pies de altura en el aire, cuando su avión era trágicamente azo-
tado por una tormenta. Su Presencia ha sorprendido y satisfecho a
devotos en Hawaii, Roma, Malasia y Fiji, para mencionar a unos
pocos lugares del planeta.
Los Vedas, las más antiguas Escrituras del género humano,
proclaman la Verdad de la Creación como la Proyección de lo Divi-
no, por Su propia volición, cuando fue perturbada por el deseo de
separarse a Sí Mismo de Sí Mismo: “Ekoham bahusyam: Yo soy
Uno; me convertiré en Muchos”. La voluntad del “Ser” fue el “Lle-
gar a Ser”, dicen los Vedas. Baba dice que nosotros somos los mu-
chos en los que Él se convirtió. Por eso, tan ciertamente como Él es
Dios, también nosotros somos Dioses. Él dice: “Yo estoy en uste-
des, ustedes están en Mí. No podemos ser separados”. Esta máxi-
ma védica circula como moneda corriente en el imperio espiritual
de Baba. Representa la corriente interna del Ganges que es Su
Mensaje. Parado en la línea del darshan con un libro en Su palma
izquierda, escribe en la contratapa un mensaje para el dueño y sus
amigos. Es el pronunciamiento védico: “No había nadie que me en-
tendiera hasta que no creé, para Mi complacencia y con una Pala-
bra, los mundos”. Todas las Escrituras anticipan Su llegada y ateso-
ran Su Majestad: en el principio fue el Verbo.
Escribe una carta para ser leída a los muchachos por el Direc-
tor del Albergue de Su Colegio en Brindavan. Su misterio le ruega
mantener una comunicación abierta con aquellos a quienes ama. Es
así que la pluma anuncia: “Cuando me amo a Mí Mismo, les amo a
ustedes. Cuando ustedes se aman, me aman a Mí. Nosotros somos
UNO. Me separé de Mí Mismo únicamente para poderme amar a
Mí Mismo”. Esto es exactamente lo que Baba le revelara al antiguo
sabio que buscaba conocer el misterio de los Muchos y el Uno.
Los Vedas declararon hace siglos que Dios está más allá del al-
cance de las palabras, más allá del alcance de la mente, que aquel
que dice que le ha conocido, no le conoce. Podemos escuchar aho-
389
ra la misma declaración del Avatar que ha venido a poner en descu-
bierto el absurdo de los eruditos que proclaman que lo que no pue-
den entender no vale la pena ser entendido: “Aunque todo el géne-
ro humano se dedicara por miles de años a desentrañar Mi misterio,
no podrá lograrlo”, afirmó Baba ante cincuenta mil aspirantes que
se habían reunido en Bombay para la Primera de las Conferencias
de devotos de Sai.
390
no es del tipo común. Él es único. Su corazón se derrite cuando
la gente sufre. Y, ¿no es extraño? ¡Se ofrece a Sí Mismo a
aquellos que son enemigos para Él! Dice que está para todo el
género humano”.
391
Nosotros, los que caminamos por los gravillados caminos de
Puttaparti, punteados por vacas rumiantes, podemos imaginarnos
aún más claramente las travesuras de Krishna en Gokulam y Brinda-
van. ¿Por qué? Baba tiene Gokulams y Brindavans siempre en Su
Presencia. Al igual que Sri Krishna, Baba ha atraído a niños de to-
das las edades y a mujeres de ambos sexos (Baba dice que en cada
cual hay una madre que ansía darle su cariño a un vástago propio)
por medio de Sus milagrosas y misteriosas jugarretas. Una vez,
cuando niño, le asignó a sus compañeros de juego la muy amena ta-
rea de recolectar sapos para llenar un canasto. Cubrió el canasto
con un pedazo de tela y luego quitó la cobertura: los sapos volaron
como gorriones por sobre sus cabezas, gorjeando alegremente. Él le
relató este incidente a un octogenario monje del Ashram de Rama-
na Maharishi. En una ocasión, Baba salvó a la aldea de ser devasta-
da por una lluvia torrencial. Levantó la palma de Su mano horizon-
talmente hacia el cielo, como me contara Su hermana, y las nubes
se deslizaron lentamente hasta más allá del horizonte. Baba ha dicho
que los primeros dieciséis años de su carrera avatárica pasarán en
gran parte dedicados a este tipo de juegos; los próximos dieciséis
años estarán en su mayor parte dedicados a anunciar el Adveni-
miento por medio de declaraciones y acciones prodigiosas y, des-
pués de los treinta y dos años, estaría transformando al género hu-
mano principalmente por medio del Upadesh, enseñando e ilumi-
nando la mente. Descubrí que también Krishna manifestó tres eta-
pas similares en Su carrera. Ahora que Él ha aparecido nuevamente
como Baba, la transformación está siendo efectuada en todo el
mundo a través de la incluyente, penetrante y rezumante dulzura de
Su Amor. Como lo confesara Krishna, Baba también ha revelado
que Él nos induce al engaño de creer que es tan humano como cual-
quiera de nosotros, quizás con algunas capacidades extra. “Comien-
do como ustedes, hablando los idiomas que ustedes hablan, cantan-
do cantos que les son gratos al oído, estoy, sin embargo, actuando
siempre un drama dentro del drama mayor. Pero déjenme que les
advierta. Estén siempre conscientes de que se trata únicamente de
un papel asumido para atraerles hacia vuestra propia Verdad, que es
‘Yo’.” Perderemos una oportunidad única si, estando cerca de Su
disfraz físico, ignoramos o perdemos de vista la Realidad que Él es.
392
Aquellos que estamos directamente cercanos al Rol tenemos
una doble buena suerte. Podemos admirar y adorar los influjos y
rendimientos por medio de los cuales el Avatar nos engaña, adoptar
y asimilar las lecciones que Él enseña por medio de discursos, diálo-
gos y cantos, poemas y actitudes, entradas y salidas, pasos y posi-
ciones morales, aproximaciones y retiradas, sonrisas y silencios, los
que constituyen el repertorio lleno de tesoros de este Actor Divino.
En segundo término, podemos ceder sin resistencia todo lo que so-
mos a la atracción del Sí Mismo Superior de sus afines; la fuente
misma hacia la que el río, arrastrándose abajo y lejos rumbo al mar
salado, mira cada vez más anhelante cada pulgada del trayecto que
va quedando atrás y que lo separa de la Madre de la que fuéramos
alejados.
Podemos sentir el tironcito en el corazón todo el tiempo que
estamos cerca de Él. Los versos finales del Bhagavad Gita nos en-
tregan un vistazo del manantial de alegría que este “tirón” puede li-
berar. Sanjaya, quien fuera testigo directo de la visión de Krishna
como el Vishwa Viraat Swaroopa, el Uno que aparece como Tiem-
po, Espacio, Energía y Voluntad, exclamó hablándole a Dhritarash-
tra, el rey ciego condenado a sufrir la derrota: “Cuando recuerdo y
vuelvo a recordar esa tan maravillosa Forma que Krishna es real-
mente, me regocijo igualmente cada vez”. Cuando recuerdo y me
imagino el Vishwa Viraat Swaroopa de Baba: Su Presencia cubrien-
do los continentes, a los océanos entre ellos y al cielo que lo domina
todo, me regocijo una y otra vez. He escuchado y almacenado en el
pequeño cofrecito de mi corazón esa visión que Baba me ha conce-
dido desde que me llamara en 1948.
“Si no hubiera nacimiento y no hubiera muerto, ¿cómo pasaría
mi tiempo?… Yo soy el auriga que guía a cada ser hacia la meta…
Yo soy Shiva-Shakti… Yo soy el Sanathana Sarathi… Yo cantaré
un Bhagavad Gita destinado a cada uno de ustedes… Yo soy la en-
carnación de todas las Formas que los hombres le han impuesto a
la Divinidad para poder acariciarla en sus corazones… Yo no tengo
Nombre; todos los Nombres son Míos… Responderé a cualquier
Nombre por el que me conozcan… No tengo lugar alguno que pue-
dan identificar como Mío; todos los lugares son Míos… Yo soy el
impulsor en cada corazón… Mi Palabra ha de prevalecer… Todo es
393
Mi Lila; cada Lila Mío tiene importancia… Yo soy el testigo del
Tiempo y el Espacio. Cuando se aman a sí mismos me están aman-
do a Mí… No pueden alejarse de Mí negando o despreciándome…
He venido a batir la mente del hombre y a limpiarla… Yo soy Dios;
ustedes también son Dios…”.
Examinen las páginas de la historia. ¿Podemos encontrar a una
persona que haya afirmado que es todo esto, que haya proclamado
que “Mi Vida es Mi Mensaje”, desafiando todo el tiempo el deslum-
bramiento de la publicidad? Cuando la gente nos congratula por
nuestra buena suerte, tenemos el derecho de aceptarlo sin vacilacio-
nes. El cuerpo físico de Swami es claramente la manifestación de la
Mente Universal (Brahman); Su Conciencia abarca al Universo que,
como lo proclama el himno del Rig Veda “Purusha suktha”, es Su
Cuerpo; Su lenguaje es una expresión de la verdad eterna y del po-
der cósmico.
Para revelar en pocas palabras lo que he ganado durante estos
años, puedo decir con la mano sobre mi corazón, que he aprendido
a aceptar como posible hasta lo más improbable; a descartar como
perjudiciales la mayor parte de las cosas que consideraba indispen-
sables; a sufrir sin queja e incluso con presteza todo lo que desde
mucho tiempo temía que fuera intolerable, y permitir que cada mo-
mento se deslizara por mi lado sin dejar cicatriz alguna, tanto que
pocas veces me doy cuenta de que he saltado la barricada de cuatro
veces veinte años más cinco. La confianza en Su amor refuerza mi
sentido del humor y tranquiliza mi mente. En ocasiones de proble-
mas domésticos, enfermedades físicas y calamidades profesionales,
este amor ha actuado como amortiguador de todo tipo de choques.
Muerte, enfermedad, deserción, divorcio, desprecio… gracias a
Swami, ninguno de ellos pudo desviar ni distorsionar mi fe. Durante
estos años he observado cómo muchos compañeros de peregrina-
ción se han quedado atrás o han sucumbido, por incapacidad de ha-
cerle frente a esas ráfagas que han exagerado como formidables.
Cuando padecí largos ataques de estornudos debidos a una
alergia crónica, Él creó como cura final para el explosivo mal, un
delicioso preparado emparentado a lo que en la Tierra se llama “ba-
hadar shah”. Cuando me enviaron a la cama en preparación para
una intervención quirúrgica en los intestinos para extirpar una dolo-
394
rosa úlcera, Baba me dijo: “El médico usó el término ‘denso alqui-
trán negro’ cuando describió tu enfermedad. Como medicina, te
voy a dar grueso blanco…”, girando la mano, dos veces, “Rasago-
las”, dijo, completando la frase. Bolas de esponja crema bañadas en
almíbar. Cuatro de ellas se inflaban rápidamente mientras tomaban
forma siguiendo Su mandato y las ponía en mi palma. “Come”, me
ordenó, ¡como si yo fuera a vacilar! Me levanté de la cama reacon-
dicionado, lleno de júbilo, para reasumir mis obligaciones y listo para
cumplir mandados. Volaba de un lado a otro dentro de un automóvil
que caía por una empinada ladera y fui lanzado fuera a través de
una puerta atascada, en un camino de Kampala. Ello me hizo ganar
una quincena de dicha, con la tibia palma de la Madre Sai apoyada
sobre mi frente vendada. Estaba confinado en una cama de hospital,
exhausto como resultado de los diarios asaltos que mantenía desde
las tres de la tarde hasta las diez de la noche con un boxeador de
Fiebrelandia. Tomó tres semanas que el diagnóstico identificara al
pernicioso visitante. Lo apresaron finalmente: tuberculosis abdomi-
nal avanzada. Me pesaron y me encontraron bajo peso. Saqué mis
propias conclusiones y le pedí a Baba que le confiara a otro el Sa-
nathana Sarathi que me había asignado a mí, porque yo iba a todo
vapor hacia la terminal. Baba me mandó decir que mi designación
se extendía indefinidamente. No morí. El boxeador fue noqueado.
Me levanté, anduve cojeando unos pocos días y caminé con pasos
firmes unos pocos días después, cuando me llamó a Su presencia.
Concedió que me había regalado una bonificación de algunos años
más con Él. De hecho, me acusó del crimen de engañar al fuego
hambriento y robarle la presa a la que le iba pisando los talones.
395
Este avasallador amor fluye abundantemente hacia todos. Swa-
mi se rehúsa a condenar a nadie como pecador, ni siquiera a la pa-
reja original. No hay “cerdos” a los que deban negárseles las perlas.
Todos y cada uno merecen las perlas y pueden beneficiarse con
ellas, dice. Hasta el hombre de corazón más duro ama alguna cosa.
Ese amor lo caracteriza como una persona potencialmente buena y
piadosa. El hombre anda encorvado y se arrastra. Se revuelca en el
fango, sólo porque no ha visto caminar erectos a otros o porque no
ha sido estimulado para pararse con sus propias piernas. Como di-
jera el poeta: “Nunca sabemos cuán altos somos, hasta que no se
nos dice que nos levantemos y entonces, si respondemos a lo que
somos, nuestra estatura toca los cielos”. Baba no solamente nos lla-
ma a levantarnos: Él nos levanta hasta que nuestras cabezas están
en los cielos, nuestros pies firmes en el suelo y nuestras manos
siempre activas en un servicio empapado de amor.
En verdad, la suerte no me ha dejado en la estacada. Manu,
quien estableciera las Leyes del Sanathana, aconseja que, cuando
un hombre llega a la edad de cincuenta años, lo mejor es que deje
caer la carga que ha llevado, que abandone el campo de batalla y
dedique sus años al silencio y a la serenidad. Porque no puede cami-
nar al mismo paso que el presente cargado con los trastos del pasa-
do y preocupado por la cosecha que ha de venir. “Accionado por el
sí mismo interno, debería hacer los preparativos para el viaje hacia
el estuario de todos los tiempos, en el cual el tiempo permanece in-
móvil”. A los cincuenta, coloqué mi carga a los pies de Baba y res-
piré la atmósfera de Prashanti, del silencio, de la serenidad. Comen-
cé mi carrera de maestro en Mysore, con un salario de cien rupias
mensuales en 1921 y, treinta y dos años más tarde, me retiré a
Prashanti Nilayam, con una pensión mensual de ciento ochenta ru-
pias y catorce annas, lo que, en valores reales, equivalía a unas se-
tenta rupias. Baba dice que uno no ha de tener un par de botas de-
masiado grandes ni unas demasiado chicas. He encontrado que la
pensión, con el “viático de afecto”, que me ha estado dando el Go-
bierno de Mysore y luego el de Karnataka, ayuda a caminar con co-
modidad.
Sudama, un camarada de niñez de Krishna, fue apodado, al lle-
gar a la edad madura y convertirse en cabeza de una numerosa fa-
396
milia, de “harapiento”. Decidió recurrir a Krishna. Cuando Krishna
le vio, le dio una cordial bienvenida y le sentó en un trono en la sala
de audiencias. Recordó los días que Él y Sudama habían pasado co-
mo estudiantes en la ermita de Sandeepani y le trató con espléndida
hospitalidad. Comió con manifiesto deleite el puñado de “arroz re-
seco” que Sudama le había traído y le permitió a Sudama volver a
su hogar. Sudama salió por la ornamentada reja del palacio y se vol-
vió para dar otra mirada al Sagrado Lugar, diciéndose a sí mismo:
“¡Ah, cómo podría medir la compasión del Señor que se ha im-
puesto por sobre Su antigua amistad conmigo! Me envía de regreso
tan pobre como cuando llegué. Sabe que me lanzaría a la vacía ruti-
na del placer sensorial y del orgullo y que me hundiría en el lodo, si
fuera recompensado con riquezas”.
El amor de Bhagavan me ha sustentado, no solamente desde
1948 cuando llegué a Su Presencia, sino, a lo menos, desde mi
nacimiento en 1897 cuando veló por mí en la cuna. Bhagavan
me dijo una vez que Él me conocía incluso desde antes de mi últi-
mo nacimiento en Kerala. A Arnold Schulman, el guionista de ci-
ne y autor teatral de Nueva York, le dijo: “Algunas personas pien-
san que es muy lindo para el Señor el estar en la Tierra en una
forma humana, mas si estuvieras en Mi lugar, no lo sentirías como
algo tan lindo. Sé todo lo que le sucedió a cada uno en el pasado,
lo que le sucede en el presente y lo que le sucederá en el futuro…
Sé por qué una persona ha de sufrir en esta vida y lo que le va a
pasar la próxima vez que nazca, debido al sufrimiento de esta
vez”. Estoy seguro de que Él estaba conmigo en el comedor gra-
tuito y en la escuela. Él llevó a encontrarse a los dos abuelos para
que el nieto pudiera casarse con la nieta. Su amor me dejó entre-
ver que, así como mi barca flotaba sobre las aguas con la proa
apuntando hacia la Estrella Polar, mi destinación eran Sus brazos
abiertos. Él fue el bálsamo para aliviar el dolor cuando la fiebre ti-
foidea cobró la vida de mi hijo de dieciséis años. Él se instaló co-
mo guía y guardián en ocasión del matrimonio de mi única hija.
Cuando el hijo que me quedaba estaba en Canadá al servicio de la
Investigación Geológica de ese país, me escribió que le gustaría
quedarse en ese lejano lugar y continuar sus estudios e investiga-
ciones con un grupo de científicos con los que congeniaba, Baba
397
no solamente le escribió por Su cuenta, sino que también le hizo
renunciar a su casi definitiva resolución de permanecer en esas
tierras.
398
Su compromiso con los altibajos de Sus devotos (una vez que lo ha-
yan aceptado como guía, guardián y Dios, ya no hay altibajos, por-
que Él los hace equilibrados de mente y sensatos en el pensamien-
to), es algo profundo y emocionante. Vasanth, el hijo menor de
Murthy, mi hijo, optó por Biología Marina como tema de especiali-
zación para su grado de Master en Ciencias, en la Universidad
Gauhati, Assam. Estaba en cama en su habitación en el albergue de
la Universidad, cuando Baba despertó su mente adormilada. Le pre-
guntó: “¿Cuál es el tema que has elegido?” y cuando recibió la res-
puesta, le dijo con una voz clara: “No. Ese tema no te va a conve-
nir. ¡Elige Entomología!”. Vasanth estaba en apuros. Todos sabe-
mos que cuando Swami aparece, no puede tratarse de un sueño: es
una visita auténtica para conferir Gracia. Mas él me escribió para
que consultara con Baba y confirmara si había de renunciar definiti-
vamente a la biología marina. Hablé con Baba sobre la carta. Baba
dijo: “Él no se acuerda, pero Yo sí. Escríbele que Entomología es
preferible” y me dictó algunas razones convincentes.
Cuando el hermano mayor de Vasanth, Sudhakar, decidió vol-
ver a la India con su mujer y dos hijos, después de ocho años en
San Francisco, y dedicar sus talentos y experiencia para el desarro-
llo de una aldea en el Estado de Karnataka, en la que había resuelto
vivir, Baba se mostró contento de que el consejo que Él le diera al
padre, fuera seguido también por el hijo.
Con Sus bendiciones, Ramesh, el hijo mayor de mi hija, estudió
los Vedas y se ganó Su afectuoso aprecio cuando pudo, aún siendo
un niño, recitar el Yajur Veda de principio a fin, al unísono con an-
cianos pundits, para dos Dasaras consecutivos, para el rito de siete
días del Vedapurusha Yajna. Mientras aprendía los Vedas en el Pa-
tasala de Prashanti Nilayam, la voluntad de Baba hizo que una inci-
piente falla en su visión que predecía una incapacitación permanen-
te del ojo, fuera corregida. Todas estas son evidencias de Su abun-
dante Amor. No pueden considerarse como presentes que yo o
ellos mereciéramos por mansedumbre o pureza moral o mental.
399
rathi, recibo cartas vibrantes de amor, de maravilla y de agrade-
cimiento que narran experiencias personales de la Gracia de
Bhagavan. Provienen de toda una variedad de tipos humanos:
embajadores de Estados africanos, pescadores de las costas de
California, profesores de Islandia, acróbatas de América, arqui-
tectos de Hawaii, anestesistas de Vancouver, geofísicos de To-
ronto, administradores, profesores y doctores de las Naciones
Unidas, la UNESCO y WHO, ingenieros marinos y comercian-
tes de diamantes de Escandinavia, periodistas de Tasmania, li-
breros de Nueva Zelanda, granjeros de Fiji, oficiales navales de
Tailandia, asistentes hospitalarios de Medina, etc. etc. Vienen
como respuesta a los llamados de bienvenida de Baba, desde
los desiertos de la desesperanza, los espinosos matorrales del
descreimiento cínico, las verdes planicies de la esperanza, las
encumbradas mesetas de la erudición, las islas volcánicas del fa-
natismo, los promontorios de la aspiración y las cumbres de la
fusión mística. El amor de Baba consuela y purifica; cumple y
hace humilde, cura, satisface y acepta.
400
Baba desecha como “fantasía poética” muchas de mis exclama-
ciones acerca de Su misterio que deja su prodigiosa impronta sobre
la mente y la materia. Aquello que adoramos como un milagro, Él
lo descarta como trivial, minimiza los milagros como “mosquitos so-
bre un elefante”, tan microscópicos son. “Estos poetas los exageran
hasta tal punto que llegan a ignorar el milagro Mío. No le prestan
atención a la fuente de la que proviene la corriente”, dice. La pro-
fundidad de nuestra ignorancia queda al descubierto cuando habla-
mos de Baba como ¡“realizando” milagros! Éstos resultan inexplica-
bles, porque Él es inexplicable. Durante Dasara de 1960, el Vijaya-
dasami, el décimo y último día, como había sólo unos pocos “poe-
tas” presentes durante el Festival, Baba no nos había permitido
anunciar la usual Reunión de Poetas esa noche. Yo estaba demasia-
do ocupado tratando de hilar una sola o dos estrofas, ya fuera en
kannada o en inglés, para serle ofrecida al Poeta de Poetas (Kavim
Kaveenaam). Rogaba porque, en el caso de que se materializara el
programa, no se me eligiera para participar. Había siete poetas que
tenían sus poemas ya preparados para presentarlos. Cuando se me
preguntó, tuve que confesar que no tenía ninguno. Baba me pre-
guntó qué idioma podía manejar más fácilmente: kannada o inglés.
Repliqué vacilante y nervioso: “kannada”. Oyéndome, me ordenó
tener un poema listo para la noche en inglés. Me estremecí ante la
tarea, sin considerar al Poeta que estaba frente a mí. Dijo: “Debería
serte bastante fácil. Comienza por ‘Twinkle, twinkle, little star’ y los
versos seguirán al igual que las ovejas al pastor”. El poema que leí
ante veinticinco mil devotos, como uno del grupo de “distinguidos
poetas”, en Su Presencia, fue:
401
tu titilar es sólo un eco, lo Real está aquí.
No eres más que un destello de la mirada de Baba.
Cuando desaparece el punto de la estrella, también su titilar
se funde en Él, cumplido ya su deber.
Por temor a Él, el fuego quema;
cuando Él susurra “No”, baja la cabeza;
cuando la ardiente llama recibe Su Orden,
cierra sus fauces, libera a la víctima.
Cada día, el sol comienza su ronda esparciendo
Su Luz, Su Amor, desde el Este al Oeste.
Triste está la luna, porque su sombrío fulgor
no es tan fresco como la Gracia de Baba.
Cuando el cielo se sostiene en Su amorosa palma,
este cielo sin forma y sin contornos,
se endurece, se endulza, se configura o brilla
en una variedad de cosas para nosotros.
Un montón de arena, una roca, un guijarro
—esta materia al parecer inerte y tonta—
tiene el sentido para percibir Su voluntad
y, calladamente, se transmuta en lo que Él regala.
La corriente que ruge, se convierte en silente arroyo
abriéndole camino a Su transporte.
Por temor a Él, la lluvia cae torrencial,
cuando se despliega Su bandera, las gotas se detienen.
Durante todo el día, los árboles están llenos de cantos
desde miles de diminutas gargantas,
de las que cada nota proclama Su Amor,
Su Gloria y Su Gracia.
Cada naciente botón anhela al instante florecer
y esparcir su aroma sobre Sus delicados Pies.
Brilla la gota de rocío, al igual que ustedes,
bajo Sus Pies, como gruesa alfombra verde.
402
Las nubes con maravillosos ladrillos de luz
bien cocidos en el horno del sol,
conforman para Él un arco triunfal
lleno de esplendores bellos de mirar.
El firmamento, Su tienda, está tachonado
por incontables estrellas parpadeantes.
El tiempo es un guiño y el espacio sólo un paso
en Su eterna obra teatral.
La Vía Láctea sobre la que Él se desplaza,
con globos de oro pavimentada está.
La música de las esferas es un himno para Él,
las nebulosas balbucean alabanza para Él.
Las silenciosas montañas, en todo el derredor,
envueltas en Samadhi por eras sin fin,
esperan el momento feliz, la oportunidad,
de poder alcanzar una visión de Él.
El viento se siente tres veces bendecido,
porque Él le ha asignado la tarea
de llevar sobre sus alas extendidas
Su voz, la que consuela y que viene a sanar.
Toda lengua anhela Su dulzura,
Todas las manos se unen y esperan por Él,
Todos los pies toman el camino hacia Él,
Todas las almas, un día, se fundirán en Él.
¡Titila, titila pequeña estrellita!
¡Pequeña estrellita, debes titilar!
Eres una chispa y chispa soy yo
¡del pensamiento de Baba! ¡Oh Hermana Estrellita!
403
siado profundas para ser falsas, hechizó a una audiencia mucho
más vasta cuando anunció que Él, como el Uno Primordial, deseó y
diseñó al Cosmos, lo está dirigiendo y disolverá toda Su diversidad,
una vez más, en el Uno. “El sol está fijo, la Tierra rota, el río corre,
el viento sopla, porque yo lo he decidido así. Los humanos tienen
múltiples motivaciones y múltiples fortunas, son multicolores, por-
que representan roles en la obra teatral que quiero desarrollar. Las
señales automáticas de tráfico para el movimiento de los cuerpos
celestes han sido establecidas por Mí.” Estas declaraciones parecen
un eco de este poema derivado del “Titilar de la Estrellita” como im-
pulso inicial. En 1970 le entregó un revelador Mensaje al mundo a
través de un grupo de devotos, el que deja reducida la alabanza cita-
da a un titilar menor. Bhagavan escribió:
404
de hecho, el puntal y la esperanza, el hogar y el refugio para cada
uno de nosotros!
No es de extrañar que el siguiente poema que le ofreciera co-
mo una flor a Sus pies el día en que el mundo celebró el Aniversario
de Oro de Su Advenimiento, fuera recibido como un Testamento de
Verdad.
405
de Mí Mismo para poder amarme a Mí Mismo”, declara. De modo
que este Kasturi no es sino El Mismo configurado y etiquetado co-
mo para parecer diferente. Baba le ha asegurado a los estudiantes
de Su Colegio (y yo también me considero un “estudiante” de Su
“colegio”) que, “cuando se aman a sí mismos me aman a Mí; cuan-
do Yo me amo a Mí Mismo, les estoy amando a ustedes”. Este
amor es tan recíproco como el del árbol por la flor, el de la ola por
el océano, el de la imagen por su realidad.
En una ocasión, cuando Johanssen Tidemann, de Oslo, voló
desde Bombay a Bangalore, siguió en automóvil a Puttaparti y subió
las escaleras hasta la habitación de Swami, Baba miró este físico
nórdico de la cabeza a los pies y dijo: “Te ves muy bien y fresco” y
luego le preguntó: “¿Cómo me veo Yo?”. Tideman quedó alelado.
Tartamudeó: “¡Swami! Te ves muy bien y fresco”. No tuvo tiempo
para descubrir otros adjetivos y simplemente repitió lo que Swami
había dicho respecto de él. Swami le sorprendió nuevamente pre-
guntándole, ¿cómo se veía Kasturi? Yo me intranquilicé y traté de
verme correcto. Tidemann siguió la misma pauta. Me miró de arri-
ba a abajo y dijo: “Se ve muy bien y fresco”. Entonces, Swami dijo:
“¿Y sabes por qué? Todos ustedes son Mi Imagen”.
Muchos aspirantes me preguntan cuál senda es la que Baba me
ha prescripto: Karma, Bhakti, Dhyana o Jñana, para vencer la debi-
lidad de la fe y el alboroto del pensamiento. Se muestran curiosos
por saber qué día de la semana ayuno y de cuáles alimentos me
abstengo. Me alegro de haberlos despedido tan curiosos como llega-
ran y un poco enojados por mi respuesta de que cada cual recibe
una prescripción especial de Baba. No necesitarían consultar a los
pacientes, siendo que el Médico Mismo está disponible.
406
Con esta receta, Baba debe haber planeado eliminar tanto la es-
puma como la escoria de mi “maanasa sarovar”: la espuma de
la bufonería leve y la escoria de la glotonería. Y de vez en cuan-
do Baba me pregunta si permito que el Gayatri se filtre hacia mi
quietud, en especial cuando mi buddhi se toma un día libre.
407
cado para este don. Se rehusó a comer. Estuvo llorando. Yo, em-
pero, me estuve riendo todo el tiempo de su disparatada solicitud.
¡Imaginen! ¡Pedir un mantra después de haber conseguido a Aquel
a quien todos los mantras les prometen alcanzar!”.
Baba dice que es Dios y que también nosotros somos dioses,
sólo que brillamos con luz tenue y vacilante por estar obstaculizados
por la ignorancia y sofocados por el ego. Encuentro que, esencial-
mente, soy mucho más de lo que puedo expresar por medio de mis
palabras, actos y conducta. Mi esencia encuentra su más plena ex-
presión en Swami. Es por ello que mi corazón ansía morar en Él, el
Bienamado. Cuando Charles Penn pensó en escribir un libro acerca
de Baba, yo le sugerí como título Mi Bienamado: Baba es el Biena-
mado de todos. Él es la expresión más verdadera de lo que yo soy
realmente: Sathyam, Shivam, Sundaram. ¡Sé que yo llegué a ser
Kasturi, porque Él vino! Me siento maravillosamente elevado y ex-
pandido en Su Presencia. Veo Su rostro tras las máscaras que lleva
la gente mientras actúan sus roles en la Obra que Él dirige y disfruta.
Escucho Su voz como la “onda portadora” que trae hasta mi oído lo
que la gente a mi alrededor trata de comunicar. He repudiado con-
tento a mi astucia y poseo ahora esta perplejidad como una pose-
sión maravillosa. Mi Bienamado Sai deja estupefacto al mundo debi-
do a que es novedoso e inexplicable y único en su género. Espero,
con la atención en puntillas, la dulce sorpresa con la que me bendi-
ce a cada momento. Desde el momento en que saboreé el hechizo
de Su Presencia, perdí el apetito por los incidentes que se producen
como anticipados, como prometidos, he aprendido a saltar de ale-
gría ante Sus afables incertidumbres. Su consistente inconsistencia,
Su guiño que acecha al tiempo, Su inclinación de cabeza que niega
al espacio, Su mirada que endereza al arco iris, Su movimiento de
mano que solidifica el cielo. El Dr. Baranowski dijo que Baba era el
Amor caminando: yo le adoro por ser, además, un rompecabezas
peripatético.
Me aferro a mi Bienamado y espero que el Bienamado me
acepte. Amo a Sai no por la razón de la retribución de ese amor, si-
no porque sé que Él es la Persona más adorable que haya sobre la
Tierra. El sadhana que más me gusta es el de presentarle a mi Bie-
namado a todos aquellos a los que Él ama, de regocijarme cuando
408
mi Bienamado es adulado y adorado, de escuchar a aquellos que le
aman contar historias acerca de Su ilimitada Misericordia, Su Majes-
tad y Su Magnificencia.
Baba me ha estado cincelando a lo largo de todos estos años
para hacerme merecedor de Su amor. “Tu ego se está inflando”, re-
cuerda. No debo aceptar que me transporten gratuitamente cuando
voy a Bangalore y regreso a Puttaparti, porque eso llegaría a crear
un sentido de obligación que obstaculizaría mi libertad de acción.
¡Viajo únicamente en autobús de transporte pagando por mis reco-
rridos! Tampoco puedo aceptar regalos por el mismo motivo y por
el daño que le hacen al sadhaka empeñado en reducir sus necesida-
des. Uno de mis “admiradores” kannada me vio sobre un artefacto
cilíndrico de caña de Bengala, en el que leía y escribía a mano y a
máquina. En su próxima visita me sorprendió trayéndome un sillón
extensible sobre el que me invitó a reclinarme. Baba notó el sillón y
me recordó que reclinarme en él ¡no era un tipo recomendable de
sadhana! Y que cualquier regalo de un visitante, admirador o amigo
era un anatema. Baba ha notado que no respondo con rapidez
cuando la gente, al verme, me saluda juntando las palmas. No son
suficientes una sonrisa de reconocimiento o una inclinación vigoro-
sa de la cabeza, me ha enseñado. Ésos son sólo gestos de arrogan-
cia. Mi respuesta ha de ser un gesto tan obvio como el de ellos.
También debo boicotear la adulación, la admiración e incluso la
apreciación.
A la gente le resulta difícil creer que Bhagavan es el Avatar.
Han conocido a monjes y pundits, a jefes de órdenes e institucio-
nes monásticas, han encontrado a adoradores de ídolos que con-
fieren el poder de bendecir, a buscadores que han logrado lo que
perseguían, a místicos que luchan por comunicar el deleite que
derivan de sus visiones, a gurús que suministran lineamientos para
la divinidad, intermediarios que son canales a través de los cuales
fluye la Sabiduría Divina, a mensajeros, filósofos, apoyos y propa-
gandistas, mas no al Avatar, a lo Divino en vestidura humana, al
Todosapiente, Todopoderoso, al Eternamente Despierto, al Pre-
sente en Todas Partes. De modo que intentan modos cómicamen-
te frívolos para ganarse la atención y la Gracia a la que tienen de-
recho. Tratan de descubrir a las personas que suponen están más
409
cerca de Él como para que ellas influyan en Baba para que les
otorgue aquello por lo que suplican.
Yo soy uno de los más antiguos habitantes de este lugar y, dado
que los editores han estampado mi nombre en las páginas de los li-
bros, creen que soy alguien que vale la pena cultivar. Me echan en-
cima coloridos epítetos: biógrafo oficial, secretario privado, primer
discípulo, primerísimo devoto, Vyasa, Valmiki, etc., etc. Todos ellos
no hacen más que desfigurarme y ponerme en ridículo, aunque su
motivo sea despertar mi ego y lograr sus propios fines. Cuando le
vuelvo las espaldas a la adulación, la gente me adula diciendo que
pertenezco a esa rara clase de personas que no pueden ser adula-
das. Debido a esto, la mitad de mi tiempo está dedicado a la muy
gratificante ocupación de explicarle a esta gente que este Baba es
diferente a todos los otros Babas que han conocido, que, de hecho,
Él no puede ser conocido. Les digo que han venido hasta Él sólo en
respuesta a Su llamado. Cuando estén preparadas para recibir Su
Gracia, Él ciertamente les otorgará el don. No se requiere de ningu-
na tercera persona que negocie en su favor. Me preguntan cuándo
va a regresar, cuando encuentran que ha salido y cuando va a viajar,
cuando le encuentran en donde esperan que esté. Incluso a riesgo
de perder mi reputación de persona aún libre de senilidad, tengo
que responder que adoramos a Baba porque Él no está limitado ni
por el Tiempo ni el Espacio.
Por suerte para mí, me encuentro en la Presencia de Uno que
no hará concesiones con ningún Principio, que no condonará, con-
sentirá ni perseguirá, perdonará o castigará. Con muchas palmadi-
tas y susurros, con muchas agudezas y bromas, Él va reduciendo
nuestra angulosidad. No nos deja partir con títulos como Nhakthasi-
romani, Adhyatmaratna, Gurusevapraveena, Lokasevaniratha o Po-
ojya colgados del cuello. El amoroso Dios jamás habría permitido
que se me hospitalizara, si no hubiera sido ése el mejor lugar para
mí en ese momento. Porque, a menudo ha detenido la ambulancia
a medio camino y me ha sanado mientras me bajo de ella. ¿Por
qué? Me vigila con tanto amor que me advierte a tiempo y me inca-
pacita para cometer errores que, seguramente, impedirían que Su
amor llegara hasta mí. “Pronto será el Festival de Dasara. Sé espe-
cialmente cuidadoso. No te olvides de estar presente dondequiera
410
que te llame el deber. Un pequeño resbalón te podría arruinar los
diez días”, me decía llevado por Su conmiseración. Me protege y
me guía como para que mi sentido de gratitud pueda nutrir y fertili-
zar mi amor.
Debo confesar que estoy afligido por una disposición crónica
para aceptar compromisos para dictar charlas. “Conferencista” fue
mi designación oficial, por veintisiete años, en la Universidad de
Mysore. Dicté conferencias sobre Sri Ramakrishna y Vivekananda
ante cientos de asambleas y otro tanto como miembro activo de la
Asociación de Profesores Universitarios. El renacimiento literario y
cultural kannada tuvo en mí un ferviente abogado y propagandista.
Bhagavan me dice ahora, sin embargo, que elija los lugares y los
programas, que considere los problemas de mi salud y de las finan-
zas de mis anfitriones, cuando se me invita a regiones alejadas a las
que se llega sólo en tren o avión. Me salva de más de una situación
comprometedora. Escucha mis disertaciones en cualquier lugar que
las dé y no recibo de Él ramos de flores, sino reprimendas por exa-
geraciones de la verdad.
Muchos amigos lamentan el perjuicio que le he causado a la li-
teratura humorística al renunciar a “Koravanji” y a “Shanker’s We-
ekly” y al retirarme de componer ensayos, novelas, parodias y re-
franes picarescos en kannada. Suponen que me he convertido en
un “recluso” enfrascado en “tediosas polémicas”. ¡Qué es lo que sa-
ben del deleite que puede conferir lo Divino, la tibia luz de sol que
juega en torno a Sus pies de Loto! Éste no es un Dios solemne y
soporífero. A cada paso esparce un aromático humor. Deja romo el
borde aguzado de la desesperanza prescribiendo remedios imposi-
bles: “Córtate la pierna”, “Cásate con el habitante más anciano”,
“Anda y actúa en una película”, lo que hace reír y alivia tensiones.
Si la levedad es el alma del ingenio, Baba es la reserva inagotable.
Se ríe como nadie más puede hacerlo, porque ve a través de los ar-
dides de nuestra actuación, las trabas que llevamos puestas, las es-
tratagemas que planeamos, las mentiras que llamamos verdad, la
patética fuerza con la que nos asimos, las vanidades que perpetra-
mos. Mas, Su risa es la entrecortada risita del médico frente a la es-
tupidez de los enfermos. Es una reacción previa a la dádiva del
amor, una amalgama de piedad y de afecto. El humor constituye la
411
reacción natural cuando las cosas no son lo que pretenden ser y los
hombres practican la hipocresía como modo de vida. El humor se
despierta cuando un hombre, como dice Baba, se mete dentro de la
botella a la que es adicto cuando es poseído por sus posesiones,
cuando es mantenido cautivo por un estilo de lenguaje, de gestos,
por un prejuicio, una pasión, un “ismo” o un ídolo. Al reírse de es-
tas perversiones, al ridiculizarlas, al exponerlas a la influencia desin-
fectante del humor, Él está promoviendo tanto el progreso del indi-
viduo como el de la sociedad.
Los apodos que usa Baba cuando tiene al frente a devotos que
están en diferentes niveles de preparación o estados de progreso es-
piritual, que tienen diferentes figuras y tamaños, provocan estallidos
de risa que le revelan a la persona a quien conciernen un panorama
de años de reforma. Puede que sea “bangaroo” o “dunna poathu”
(oro a búfalo acuático), “camorrero” o “apisonadora”, “pakoda”
(una bola de harina de maíz salada frita en aceite) o “palmera”. He
sido saludado como “búfalo” al llegar a Su Presencia. Cuando me
atrevo a narrar algún incidente sobre Su compasión u omnipresen-
cia en términos más bien floridos, interrumpe mi entusiasmo con el
nombre de “Kapi” y desinfla prontamente mi ego. “Kapi” es un
mono y Baba lo usa para significar a un versificador artificioso, en
tanto que “Kavi”, que significa poeta, es una palabra védica que se
refiere al místico que descifra el misterio de Dios, el Hombre y la
Naturaleza. También me apoda por muchos tipos de “Bhatta”, por-
que nací brahmín. En una ocasión memorable, Baba combinó el
Bhatta con el nombre del primer poeta épico telugu, Nannayya, y
me estuvo llamando Nannayya Bhatta, produciendo una situación
humorística al definir lo ridículo como lo sublime. Generalmente,
son “la vieja”, “Dokku”, “el modelo 1897”, “el coche destartalado”.
Recibo una pizca extra de alegría cuando se me llama “la vieja cas-
ta”, pero he tenido que enfrentar hasta la imputación de “inconti-
nente” en unas pocas ocasiones. Cuando Baba dispensa estos epí-
tetos, salen tan empapados en el jarabe del amor que los blancos
son transportados a la “región de la dicha” y piden más.
Bhagavan nos pide vivir plenamente en el presente, porque “El
pasado es pasado; no miren para atrás hacia el camino ya recorri-
do”. Esto es un consejo válido para aquellos que han pasado lu-
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chando y tropezando a lo largo de los años y que desperdician sus
vidas alimentando rencores y desilusiones. Yo reviso mi “pasado”
como el hombre junto a la bandera en un desfile que mira la proce-
sión de brillantes experiencias.
Llamo una y otra vez de regreso a la memoria las palabras y
obras de Bhagavan, porque refrescan mis días y configuran mis sue-
ños. Recuerdo Su bondad en años ya pasados… ¡Qué lástima!
¡Cuán rápido se han ido! Medito sobre Sus palabras y me abstraigo
con todo lo que me ha agraciado. Exclamo, como lo hiciera el Sal-
mista: “¿Qué Dios es tan grande como nuestro Dios? Tú eres el
Dios que haces milagros; Tú les has mostrado Tu Poder a las nacio-
nes”.
Sai me ha prodigado Gracia, aunque a menudo actué imperti-
nentemente, sin creer. Él calmó los espasmos de la duda y las tor-
mentas de iracunda negación, cuando hasta mi razón conspiraba
para ponerme anteojeras. Él siempre me ha devuelto a mí mismo
cuando gente ladina me había secuestrado la fe. Mi hijo y mi hija,
mi nuera y mi yerno, los cuatro fueron lanzados a los torbellinos de
la crisis, conmigo sentado en primera fila, retorciendo mis manos
en patéticas plegarias. Él tomó a mis hijos de la mano y les condujo
amorosamente hasta Su Refugio de Paz. Debo admitir que yo he si-
do un alumno problema. Solamente Su compasión ha hecho que se
mantenga mi nombre por tanto tiempo en el registro de la escuela.
El curriculum que prescribió para que se me aceptara como candi-
dato para la plenitud comprende, además de la tarea de traducción,
un programa que me pueda traducir a mí: Japam, Dhyanam, el Ga-
yatri y la Meditación en el Jyothi interno. Tengo conciencia de que
me quedan aún muchas millas por delante antes de cortar la cinta y
reclamar lo que Él esté dispuesto a dar… ¿o debiera decir “vidas por
delante”?
Durante la presente estadía en la Tierra, he caminado ochenta
y cinco veces en torno al Dios del Gayatri. Puede que Sai me con-
ceda algunas rondas más o puede que no. Las Upanishads decla-
ran que el Dios de la Muerte hace mandados para Él. Se adelanta
para liberar de la prisión a aquellos cuya sentencia se ha cumplido.
Corre de regreso cuando Sai da contraorden y anuncia que la per-
sona tiene Su trabajo que cumplir. Sé que Sai ha enviado de regreso
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al emisario de la Muerte desde el borde de mi lecho, hace tres años,
cuando me estaba apurando un equipo de médicos. ¿Quién sabe
cuántas veces ha intervenido en contra de los ejecutores de los Jui-
cios Kármicos con el objeto de mantenerme vivo? Él no habla de ta-
les dones de Gracia: gotean secreta y suavemente como el rocío
mañanero sobre las hojas y las flores sedientas. Cuando tomó sobre
Sí Mismo los efectos de los pecados de otros: ataques de parálisis,
ataques cardíacos, apendicitis, etc., aquellos que habrían sido desfi-
gurados, baldados o heridos mortalmente por ellos casi no tuvieron
conciencia de la tragedia que les tenía como blancos.
No tengo anotaciones escritas acerca de mis actividades, senti-
mientos y experiencias de mis treinta y cuatro años en Puttaparti y
Prashanti Nilayam. Esto representó mi decisión de Año Nuevo por
muchos años, pero como lo saben todos, ¡el porcentaje de mortali-
dad infantil en Diariolandia es de casi un ciento por ciento! Debo
confiar en mi memoria solamente, una memoria que ilumina sólo
algunas pulgadas en el corredor de mi vida, nichos en que se en-
cuentra instalado y atesorado el deleite. Muchos aún resplandecen
brillantes, aunque hayan rodado décadas sobre ellos. Mas, si los re-
velara ahora, harían que cayera sobre mí la imputación de un “ego-
tismo” imperdonable, aunque ejemplifiquen el amor transparente y
la repentina llamarada de dádivas que únicamente Dios puede con-
cretar y conferir.
Años atrás, cuando éramos dos los que estábamos con Swami
en una habitación en el primer piso del Nilayam, sin razón aparente
y de manera sorpresiva, Baba le preguntó a mi amigo si podía apo-
yar Su cabeza en sus piernas Se tendía en el piso. Mi amigo enmu-
deció de asombro. Esta pregunta fue seguida por una serie de peti-
ciones imposibles por parte de Baba: si saltaríamos por la ventana si
se nos pidiera, si podríamos mantener un cerro levantado en la pal-
ma de la mano si Él lo colocara allí. Supusimos que estos desafíos
no eran sino sondeos anticipando un gran milagro en perspectiva.
Mas lo que salió finalmente fue este ofrecimiento increíble. Mi ami-
go se levantó apresuradamente y se sentó apoyado en la muralla.
Swami se volvió hacia mí y dijo: “Con mucho gusto”. Descubrí que
el pedido no se había hecho en broma. Había una razón tras de él.
La alegría era genuinamente Upanishádica. En el fragante silencio,
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uno podía sentir la rítmica respiración del Niño Cósmico. Abdiqué
de mi personalidad y me convertí en la Madre. Las manos acaricia-
ron la espalda, los dedos jugaron con los rizos. Se oía el tic-tac del
reloj, pero el tiempo se había detenido. Cuando Baba quiso “des-
pertar”, caí a Sus pies y supliqué que me perdonara. Se rehusó a
hacerlo. “¿Cuál fue tu falta?”, preguntó…
Estábamos en Chebole esa noche. Durante la comida, Baba
anunció que teníamos que partir hacia Madras. Su rostro estaba
sonrojado y mostraba evidente apuro. Supuse que había atenuado
la fiebre de alguien y que había decidido asumir alguna enfermedad
grave que había caído sobre él. Prefirió el hogar de devotos en Ma-
dras, ya que están más acostumbrados a los papeles que interpreta
como parte de la misión avatárica. Baba estaba en el asiento trase-
ro. Sucedió que yo era el único ocupante del automóvil, además del
hombre al volante. Y me encontraba en el asiento de atrás. Algunas
millas más adelante, Baba trataba de estirarse en el espacio más
bien incómodo que quedaba libre. Le pedí al conductor que me ayu-
dara a pasar hasta el asiento vacío que había a su lado. Baba dijo
“No”. Me di cuenta de que no llevábamos ningún cojín, de modo
que siguió siendo válida mi anterior afirmación en cuanto a conse-
guir un apoyo. Estuve sentado acariciando el cabello y pasando los
dedos sobre el entrecejo hasta que amaneció en los suburbios de
Madras. Baba había pedido que el coche pasara rápido por Nellore
después de medianoche, para que los tempraneros no clamorearan
rogando que descendiera del coche y se quedara.
Mi suposición se comprobó. Baba me despachó por tren, insis-
tiendo en que viajara en primera clase, ya que había estado inmóvil
toda la noche, a Bangalore y Puttaparti, porque era inminente el
Festival de Vaikunta Ekadasi y miles y miles confluirían en Prashanti
Nilayam para ser bendecidos con el regalo de amritha. Me dio ins-
trucciones para mantener calmados a los devotos y tranquilizarlos
con explicaciones consoladoras y convincentes respecto de la au-
sencia de Bhagavan ese día crucial.
La tensión de una semana que todos sufrimos junto al lecho de
Baba que pasa por cuenta de otro por un ataque de parálisis y una
serie de infartos, justo antes de Gurú Purnima, en Prashanti Nila-
yam, se ha grabado profundamente en las tablillas de mi memoria.
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La lengua no le obedecía; la mano estaba paralizada; el andar, para-
pléjico; el rostro se había torcido; el pulso era irregular. Pero Baba
nos ordenó llevarlo abajo por los dieciocho peldaños de la escalera
caracol, para que los cuatro mil devotos pudieran tener el darshan
(de la cara distorsionada y los impedimentos) ese sagrado día. El ge-
mido que surgió de los corazones heridos, llenó el aire de agonía.
He usado la expresión “grabado profundamente”. No. Las ta-
blillas de mi memoria no retuvieron la inscripción. Ella fue borrada
por Swami en un abrir y cerrar de ojos. Baba roció fuera de Sí los
síntomas y quedó como la esplendorosa encarnación de Majestad,
Sabiduría y Amor Divinos que es. Me tiré a los pies de Loto, con
absoluta desconsideración hacia la multitud que escuchaba el discur-
so. Besé el Pie que había sufrido ante nuestros ojos y lo lavé con lá-
grimas. Esos momentos fueron suficiente compensación por los sie-
te días de tortura por los que pasamos sumidos en el enmudeci-
miento de la desesperación.
El episodio de Goa representó para mí otra aventura en el
misterio de Swami. Es raro que una persona pueda lograr la opor-
tunidad de ser testigo y de observar al Redentor en la cruz y de su-
mirse luego en el júbilo cuando la cruz se desintegra y deja resurgir
al Señor sobre el Trono Celestial. El apéndice se había hinchado y
estaba lleno de materia purulenta. Baba se sentía feliz de haber po-
dido salvar al devoto de los horrendos dolores. Cuando le supliqué
que me permitiera sufrir para ayudar a esa afortunada persona,
Baba me dijo: “¡No sabes lo que te espera! No podrías soportar el
dolor. En tu desesperación, incluso, puede que te lances al mar”. El
equipo de los médicos, De Souza, Varina y los demás, pintaban
negras imágenes de las consecuencias de la demora, con el objeto
de persuadir a Sri Nakul Sen, el Gobernador de Goa, para que les
permitiera intervenir quirúrgicamente de urgencia. Para que fuera
aún más terrible la inminente tragedia, el Gobernador, cumpliendo
los deseos de Baba, había invitado a cientos al Raj Bhavan, para
una reunión a las 18 horas, en donde Baba les bendeciría con un
discurso, pese a que era un lóbrego día en Goa, con el cielo cubier-
to por oscuros nubarrones.
El primer día de Su estadía en Goa, Baba había “aceptado” el
apéndice inflamado. Y ese mismo día, los devotos de Goa se habían
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reunido por miles para darle la bienvenida y para escuchar Su dis-
curso. Esa noche, Baba me llamó a Su lado y me ordenó hablarle a
la multitud. Quiso que me refiriera a los sucesos de Gurú Purnima y
de la compasión del Avatar que no tolera postergación ni retraso.
Sri Krishna había asegurado que, como Avatar, Él “vahaami” (“lle-
varía la carga”) de las miserias físicas o mentales de los devotos que
le adoren. Y Krishna debe regirse incluso ahora por esa promesa.
Baba reveló que yo había sido incluido en el último minuto en el
grupo, cuando ya los coches estaban saliendo de Brindavan, debido
a que había vivenciado la Gloria del Gurú Purnima y, por ende, po-
día transmitirle coraje al Gobernador y a otros y convencerles que
Bhagavan puede deshacerse en un tris de la enfermedad que haya
asumido.
El milagro se produjo nuevamente. Baba se deslizó como de
costumbre entre las líneas de devotos y Su voz hechizó a la asom-
brada asamblea por más de una hora. Yo traduje al inglés el históri-
co pronunciamiento, sobreponiéndome a las oleadas de júbilo que
surgían dentro de mi frente a la revelación de la Realidad de Bhaga-
van. Al día siguiente mismo, Bhagavan me mandó a Prashanti Nila-
yam para comunicarle la delicia de la manifestación de Divinidad a
los devotos y a la Madre Eswaramma, quien estaba afligida por los
exagerados informes en la prensa sobre la “crítica enfermedad”.
Baba me persuadió para dejar Su Presencia con el argumento:
“Cuando estés entre ellos y les cuentes personalmente, Eswaramma
no dudará en creer que estoy bien. Ella sabe que tú no te irías de Mi
lado si no estuviera curado”.
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temperatura. Escribí y hablé explicando que se trataba de sig-
nos de Su Presencia y Su Gracia. Más tarde, cuando algunos
psicópatas enfermizos e individuos histéricos, víctimas de la
adulación, reunieron a devotos que les creían que eran canales
a través de los cuales hablaba Baba, había que advertir a la gen-
te en contra de pillos y embaucadores de diferentes tipos. Me
dirigí a las regiones en que abundaban estos manipuladores, pa-
ra vacunar a los devotos en contra de poner su confianza en
autodesignados agentes y portavoces de lo Divino.
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conspira, no perdona ni encubre como lo hacen la mayoría de los
gurús o jefes monásticos. No permite que se hagan concesiones pa-
ra la adolescencia, la senescencia, para un ignorante o un intelec-
tual, un mendigo o un millonario. Todos deben ver el bien, ser bue-
nos y hacer el bien. Todos han de vivir en el Amor.
Sé de muchos que han abandonado la Presencia cuando descu-
bren que Él lo sabe todo acerca de ellos, en todo momento. Resulta
difícil ser uno mismo bajo el fulgor de esa gloria. Otros se han mar-
chado, porque están tan acostumbrados a sentir pena por sí mis-
mos que no gozan de la felicidad que ofrece Prashanti Nilayam. Pre-
fieren sentirse apesadumbrados con sus hijos que ser felices con el
Avatar. Algunos encuentran que el Amor que fluye de Baba es tan
Divinamente puro que, quiéranlo o no, tendrán que sucumbir a Él.
Ruegan porque Baba les libere de su atracción. Arnold Schulman
escribe: “El escritor se quedó de pie al lado del sofá y esperó. No
había nada que pudiera decir. Un tipo de calidez y de cercanía que
no había conocido antes se iba extendiendo por su conciencia y lo
atemorizaba. Se sintió en peligro de ser sofocado por eso, mas no
era únicamente la intensidad del sentimiento lo que lo perturbaba.
Fue la súbita realización de que este sentimiento de Amor —pensó
que era amor— era diferente de cualquier otro tipo de amor que
hubiera sentido antes o sobre el que hubiera oído o leído. Puede
que haya sido esta incapacidad de definir lo que sentía lo que le hizo
sentir súbitamente pánico. En menos de un minuto, se había con-
vertido en una persona expatriada”. No es de extrañar que algunos
amigos me digan: “Si venimos una vez, puede que no seamos capa-
ces de quedarnos lejos”. Prashanti Nilayam representa el núcleo de
cada uno de nosotros y el llamado de Prashanti es irresistible.
Me considero singularmente afortunado por haber podido pa-
sar al menos la segunda mitad de mi vida en Él. Mis compañeros y
colegas de la Universidad de Mysore, mis alumnos y aquellos que
aprecian mis escritos en kannada, mis amigos entre los poetas, dra-
maturgos, pundits y filósofos, no se han preocupado por inquirir
por qué son tantos los de su propia fraternidad los que son uno
conmigo en adorar a Baba y en observar los lineamientos que Él di-
seña para la peregrinación hacia nuestra propia perfección. ¡Ay! Se
dedican a interpretar y ensalzar fenómenos mitológicos y legenda-
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rios increíblemente misteriosos; erigen Sus reputaciones sobre
adaptaciones y elaboraciones de los clásicos populares. Mas, ¡para
ellos no ha amanecido en absoluto la Era de Aascharya, el asombro
y la maravilla frente a lo inexplicable y lo indeterminable del Univer-
so! Se encuentran demasiado apegados a los anacronismos que no
pueden desechar y a las gafas que han adquirido mientras les fasci-
naban las bagatelas. Puedo simpatizar con tales personas por su
presunción y su pereza y su indolencia. Algunas de entre ellas son
“tomases” crónicos, cuyos egos, lanzados muy arriba por un toque
de sánscrito y un encuentro con la filosofía, les inclinan a una incre-
dulidad enciclopédica ante todo lo que no sea su propia infalibilidad.
Dice Sri M.K. Rasagotra: “Otros se vuelven agrios debido a que en-
vidian o resienten a aquellos que, a su juicio, gozan inmerecidamen-
te del favor de Sai”. Muchos de éstos se mantienen alejados, aun-
que no pueden resistir el llamado a criticar. Se sienten heridos cuan-
do es traspasada la barricada de despecho que han levantado en
torno a Sathyam Shivam Sundaram por los miles que provienen de
todos los rincones del subcontinente indio y desde todos los demás
puntos del globo, desde Argentina, Zambia, Islandia, Irán, Indone-
sia, Arabia Saudita, Sri Lanka, Escandinavia, Ghana y Guatemala.
Baba bendice a quienes le adoran tanto como a quienes le eluden, a
los que se acercan a Él tanto como a los que le reprochan. ¿Cómo
podrían las enredaderas que requieren de prejuicios a los que afe-
rrarse, elevarse rectas hacia la Luz de la Verdad?
Y bien, decidí hace mucho tiempo no perder ni un pestañeo de
sueño ni un latido del pulso cuando tales personas acarician sus fan-
tasías. Yo estoy preocupado por éxtasis que experimento cuando
veo a Sai sonriendo desde todo lo que miro. Extraigo valor del don
que me otorgara con Sathyam Shivam Sundaram, cuando puse la
versión en kannada de ese libro a Sus pies.
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El Residente del Sagrado Puttaparti,
El Compasivo,
Te protegerá siempre
y siempre te tendrá de la mano,
para salvarte siempre, en cualquier lugar.
¡Sabe esto, oh devoto!
Y no lo olvides.
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ÍNDICE
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