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Artesanías Ayoreode: Tejido de Garabatá

La Asociación de Tejedoras de Garabatá recuperó la tradición del tejido de bolsas con fibras de la planta garabatá entre las mujeres ayoreode. El proceso de elaboración de los bolsos toma aproximadamente 15 días y las mujeres tejen diseños geométricos propios de cada uno de los siete clanes ayoreode. La asociación también produce otros objetos artesanales.

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Artesanías Ayoreode: Tejido de Garabatá

La Asociación de Tejedoras de Garabatá recuperó la tradición del tejido de bolsas con fibras de la planta garabatá entre las mujeres ayoreode. El proceso de elaboración de los bolsos toma aproximadamente 15 días y las mujeres tejen diseños geométricos propios de cada uno de los siete clanes ayoreode. La asociación también produce otros objetos artesanales.

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Asociación Ayoreode de Tejedoras de Garabatá

Los ayoreode o “ayoreos” son un pueblo semi-nómada de cazadores-recolectores originarios de


una extensa zona del Chaco Boreal boliviano y paraguayo, pertenecientes a la familia lingüística
Zamuco. Originalmente estaban organizados en grupos locales (gagés), compuestos por familias
extensas (jogasui), incluyendo un capitán con liderazgo temporal (decasuté); éstos se dividían el
territorio de la etnia, recorriéndolo según sus necesidades. Su economía se basaba en pequeños
cultivos, caza de animales del monte y recolección de sal, frutos y miel; que se redistribuían entre
los miembros de las familias extensas.

El contacto con la sociedad nacional comenzó en 1940, seguido por una progresiva ocupación del
territorio histórico ayoreo por parte de colonos no indígenas y de misioneros. Ante esta ocupación,
el modo de vida tradicional ayoreo se volvió insostenible y varios grupos se instalaron en
asentamientos. Hoy en día las familias subsisten a través de la pequeña agricultura, los trabajos
de baja remuneración y la artesanía; se organizan a través de una organización denominada
Centro Ayoreo Nativo del Oriente Boliviano (CANOB). En los últimos años su presencia en la
ciudad se ha vuelto masiva, sin embargo, los totobie-gosode representan una fracción del grupo
ayoreode que sigue aislada manteniendo su modo de vida nómada.

La producción artesanal tradicional ayoreode se basa en el tejido de bolsas de fibra vegetal de la


planta de garabatá (Bromelia hieronymi) elaborado por las mujeres. En el monte, los bolsos eran
utilizados para cargar y conservar objetos como alimentos o adornos; sus usos dependían de su
tamaño y de su usuario. La Asociación de tejedoras de garabatá, creada en 1980, recuperó la
calidad de los bolsos e inició la producción de estructuras móviles colgantes, animales tallados y
pirograbados, collares, aretes, objetos tradicionales y arte plumario; integrando igualmente a
hombres artesanos.

Producción y técnica artesanal de las tejedoras de garabatá


Según los mitos ayoreode, en la época de creación del mundo, el sol Guedé formó diferentes
kucarané o clanes, para evitar la soledad, los problemas y el individualismo. Por esta razón, el
pueblo ayoreode se divide en siete grupos de pertenencia: Cutamurajai, Chiquenoi, Dosapei,
Etacori, Jnurumini, Picanerai y Posorajai. Los ayoreode del mismo clan se consideran
emparentados por la descendencia de un ancestro común o antepasado mitológico.

Cada clan tiene diseños propios que las mujeres tejen en los bolsos, estos símbolos geométricos
ancestrales representan de manera estilizada los animales y frutos del monte relacionados a los
siete grupos. Las mujeres solían tejer únicamente los símbolos de su propio clan. Sin embargo,
debido al contacto con la sociedad nacional, se ha empezado a usar los símbolos sin distinción,
modificándolos y creando nuevos diseños.

El proceso de elaboración de los bolsos de garabatá empieza con la recolección de la planta en el


monte. Se retiran las espinas de las hojas y se raspan con un cuchillo hasta que solo quedan los
hilos del garabatá. Éstos se dejan al sol y una vez que están secos se fabrica el hilo torciendo las
hilachas de fibra sobre la pierna hasta formar cordones finos. Para el teñido se usan tintes
naturales en base a cáscaras y raíces de especies locales. Una vez teñida la fibra, se empieza a
tejer; el proceso completo de elaboración de un bolso de 40x40cm es de aproximadamente 15
días, dedicándole 10 horas diarias.
La Asociación de Loceras de Cotoca

La tradición alfarera en Cotoca, pequeña ciudad a 25 km de la capital cruceña, es anterior a la


llegada de los españoles. Tras la fundación de Santa Cruz, la producción incrementó para atender
a las demandas de la ciudad y pasó a ser ocupación de los estratos sociales considerados más
bajos. Primero se hicieron ollas, tinajas, fogones, candelabros y bacines; luego maceteros,
alcancías y floreros.

A finales de los años 1970, la producción de cerámica de las cotoqueñas tenía un peso notable en
el movimiento económico del pueblo. Sin embargo, la excesiva demanda, el bajo precio impuesto
por los intermediarios, la producción industrial de objetos similares y la escasez de leña y arcilla ya
habían deteriorado la calidad de sus piezas (Investigación CIDAC, 1978).

La Asociación de Loceras inició su trabajo en 1983 con un grupo de 3 mujeres. Partiendo de


formas locales, se crearon nuevos diseños y se recuperó la producción de vasijas tradicionales y
escultóricas de gran formato y compleja elaboración. En esta renovación se siguió utilizando la
técnica del modelado precolombino que destaca el virtuosismo y la habilidad de las loceras: a
base de rollos de barro superpuestos, éstas van formando sus esculturas con gran facilidad y sin
las limitaciones del torno.

Sin embargo, hoy en día la introducción de figuras hechas en moldes de yeso y pintadas con
esmaltes sintéticos está llevando a la pérdida de la técnica e identidad de la cerámica local.

Nuevas formas para antiguas habilidades: técnica artesanal de las loceras de Cotoca

Antes de empezar el proceso del modelado, se extrae de los yacimientos de barro la arcilla roja,
trasladándola en carretón a los talleres. Se extiende sobre un cuero de vaca, se moja y se pisa
hasta convertirla en una masa suave. Sobre una mesa cubierta con chamota (polvo obtenido
moliendo vasijas rotas), se amasa la arcilla y se empieza a modelar la pieza con las manos.

Hecha la base, se levanta la escultura usando chorizos de barro, superponiéndolos y uniéndolos


con la presión de los dedos. Las vasijas pequeñas se hacen de un tirón; las más grandes deben
orear (secarse al aire para adquirir un cuerpo firme).

Llegada a la altura necesaria y con la forma delineada, se adelgaza la vasija y se le da la forma


definitiva ayudándose con un trozo de tutuma por dentro y con la mano por fuera. Se deja
descansar, se raspa y alisa por fuera.

Después de colocar los detalles que sobresalen del cuerpo de la vasija, se la deja reposar
nuevamente. Luego se bruñe, presionando la superficie con un objeto liso para cerrar los poros de
la arcilla. Terminada la pieza, se deja secar durante varios días según su tamaño, a resguardo del
viento y del sol.

Finalmente, se realiza la quema en el horno, introduciendo las piezas cuando ya está caliente.
Después de 3 o 4 horas de quema se deja enfriar el horno toda la noche y al día siguiente se
descarga.
Asociación de Tejedoras Sumbi-Regua del Isoso

La presencia de los guaraníes en el piedemonte entre el Chaco y los Andes, se debe a un


movimiento migratorio, anterior a la colonización, que los atrajo desde Paraguay y Brasil. En dicha
zona, se encontraron con el pueblo chané y el mestizaje entre las dos etnias modeló una
civilización original. En la actualidad, los guaraníes bolivianos están presentes en los
departamentos de Tarija, Chuquisaca y Santa Cruz. Se reconocen tres grupos, representados por
la Asamblea del Pueblo Guaraní (APG): los simbas, a orillas del Pilcomayo; los avas, en la región
de Camiri; y los isoseños en el bajo Parapetí.

Las tejedoras de la Asociación Sumbi Regua (“las que tejemos sumbi”) pertenecen al grupo
isoseño, un pueblo principalmente agricultor que utiliza las aguas del río Parapetí para sus
sistemas de irrigación; complementando la agricultura con la caza, la cría de cabras y ovejas, la
salida a la zafra y el trabajo en las haciendas cercanas. La Asociación empieza a trabajar en 1984,
dándole una nueva vida al arte del tejido isoseño al recuperar la calidad, la técnica y los motivos
tradicionales. Los tapices, hamacas y vokós (bolsos) elaborados por las tejedoras son piezas
únicas e irrepetibles que expresan el estilo personal de cada artesana.

Producción y técnicas artesanales del Isoso

Para los guaraníes, la sabiduría del pueblo está contenida en el Sumbi (tejido). Antiguamente, este
arte estaba reservado para las mujeres de familias importantes, quienes eran iniciadas a la técnica
al llegar a la pubertad; hoy en día, la práctica del tejido se ha popularizado. El Sumbi revela
aspectos de la cultura isoseña y su universo mítico a través de códigos simbólicos, convirtiéndose
en una verdadera expresión de su identidad y reflejando la espiritualidad de las tejedoras
isoseñas, quienes cuentan que “sueñan” los diseños:

“En el sueño se te puede presentar alguien que te enseña, te toma las manos y te guía. (…) Me
soñé que tenía en mi mano un vokoo y de pronto se convirtió en una víbora grande. Y esa víbora
conversaba conmigo y me enseñaba.” Angélica Ibáñez, tejedora isoseña.

Originalmente, los textiles elaborados en Isoso estaban destinados al uso doméstico, se hacían
hamacas, ponchos, frazadas, caronas, alforjas y vokoos (bolsos). Existían dos técnicas: el estilo
karakarapepo, el más sagrado, de diseños geométricos simbólicos y factura más complicada, o el
estilo moise, más figurativo, con motivos de flora y fauna.
Las mujeres hilaban lana de oveja y algodón nativo de color blanco y marrón; hoy en día se usa
mayoritariamente hilo de algodón industrial y lana. Se tejía con un telar que constaba de dos palos
verticales clavados en la tierra, herencia de los chanés. Las tejedoras usaban una pita como guía
del tejido y un peine de caña o madera para asentar el tejido. Para realizar una hamaca de
dimensiones corrientes la tejedora llega a emplear 133 horas, incluyendo el hilado del algodón.
“El tejido moise es como dibujar las plantas, como el color de la víbora, la víbora cambia de
colores (...).
En cambio el karakarapepo es de dos colores, significa el día y la noche, la luz y la sombra, el
bien y el mal, negro y blanco.” Mary Morales, tejedora isoseña.
El Taller de jóvenes pintores de Urubichá

El pueblo de Urubichá se encuentra al norte del departamento de Santa Cruz en la provincia de


Guarayos; se caracteriza por la variedad de su fauna y flora, sus sitios arqueológicos, la vitalidad
de su producción artesanal, su innata musicalidad y orquestas, y un acelerado proceso de cambio
cultural.

La idea de crear un taller permanente de pintura y cerámica nació en 1985, con el


acompañamiento del artista Lorgio Vaca. Se reunió a los niños de la escuela de Urubichá, se les
entregó papel y colores y se les pidió que dibujaran la vida de la comunidad. Su capacidad para la
observación y representación de la naturaleza, creatividad, y un manejo desprejuiciado de la
composición y el color llevaron a la creación del taller.

“Nuestro taller ha empezado en 1989. Rubén Oreyai que había estudiado en el Taller de Santa
Cruz con CIDAC (…) nos enseñó a pintar sobre madera. Dibujamos la costumbre guaraya, la vida
de nuestra gente de Urubichá y el campo, los árboles y los animales que conocemos.” Juan de la
Cruz Iraipi

A través de la pintura, la escultura, y los murales, estos jóvenes artistas se convierten en cronistas
fieles de su pueblo, recopilando mitos y cuentos de los abuelos, representando la vida en la
comunidad y mostrando los cambios sociales que se producen en ella como resultado del
contacto con la cultura urbana.

Técnica artesanal de la pintura única de Urubichá

La realización de los retablos y ventanitas empieza con la elaboración del diseño, en las palabras
de Nasario Oreyai, Responsable del Taller: “Para hacer una historia, uno piensa y piensa, dos días
estamos pensando para hacer diseño y que salga bien. Después se pinta todo en el
pensamiento”.

Los jóvenes resuelven la composición del diseño, definen la combinación de colores y van
dibujando sobre papel las figuras con movimiento. Los pintores escogen el soporte de madera que
van a usar y le aplican una base de color blanco, luego pasan el diseño elegido sobre la madera.
Finalmente le dan color al dibujo con pintura acrílica, y con una fina línea negra, trazan los
personajes y elementos principales de la historia.
Artesanas alfareras de Tentayape – Chuquisaca

La comunidad de Tentayape (“la última casa” en español), ubicada en la provincia Luis Calvo,
pertenece a la rama de los ava guaraníes del Chaco Chuquisaqueño. Fundada por el capitán
grande Bacuire, tras la guerra del Chaco, la comunidad se destaca por ser un referente de
autodeterminación; al reivindicar el control de su territorio y la recuperación de su modo de vida e
idioma. Hoy en día su territorio tiene el estatuto de Tierra Comunitaria de Origen, se rigen según
sus propias reglamentaciones y han mantenido vigentes las técnicas artesanales ancestrales.
CIDAC y Artecampo han acompañado a un grupo de mujeres ceramistas asesorándolas para dar
nueva vida a su producción de arcilla decorada con pigmentos naturales. Además de la alfarería,
las mujeres Ava tejen algodón y palma; los hombres producen arados de madera, utensilios de
cuero e instrumentos musicales.
La cerámica de Tentayapi ha sido transmitida de generación en generación desde tiempos
prehispánicos. Las alfareras heredaron el oficio y la técnica de sus madres y abuelas; fabricando
yambüi (ollas), vasijas, yerberos, escudillas y platos. Piezas que representan un patrimonio
cultural vivo puesto que se siguen usando a pesar de la introducción de ollas y utensilios de
aluminio. Antiguamente, también realizaban urnas funerarias en las que se colocaba el cuerpo del
difunto para enterrarlo debajo de su casa.

El proceso de elaboración de la cerámica de Tentayape

El proceso inicia con una ceremonia en la que el Mburubichá o capitán, le pide permiso a la
montaña para retirar arcilla. Las alfareras extraen el barro, lo mezclan con agua para prepararlo, lo
amasan y lo dejan reposar. Luego van moldeando el barro con las manos en diferentes formas,
mayormente utilitarias (ollas, fuentes, etc.), sin utilizar el torno. En un mortero de piedra se muelen
arcillas de otros colores (debidos a distintos óxidos minerales) y el polvo obtenido se mezcla con
agua, creando un tipo de pintura conocida como engobe, que se aplica sobre la cerámica.
Para decorar las piezas, se empapa un hilo de lana en el engobe y se pega a la pieza siguiendo el
diseño que se quiere plasmar, se deja secar y luego se retira el hilo que deja su marca de color.
Se seca la pieza durante varios días hasta que sus paredes adquieren la dureza precisa para
cocerlas.
Se transportan las vasijas a la orilla del río, para la quema. En la base de la hoguera se pone leña
menuda y tres piedras para apoyar la pieza boca abajo. Se mantiene un fuego suave y lento
durante una hora. Luego se recubre la pieza con palos de leña más gruesos y secos para acelerar
la quema. Después de dos horas de cocción, se aleja la pieza de cerámica de la hoguera con la
vara y se la deja en la arena hasta que enfría.
arte de la escultura guaraya
El escultor empieza su trabajo preparando la materia prima, durante una semana deja remojar
arcilla blanca y arcilla roja; la primera da buena consistencia a la escultura y la segunda le da
color. Bate la arcilla hasta convertirla en una masa espesa y la cuela pasándola por una malla.
Una vez que está listo el barro, se modela con las manos la forma básica de la pieza y se van
creando los detalles con herramientas de madera llamadas estecas; el proceso de realización de
la escultura es de aproximadamente una semana. Se deja reposar varios días la pieza hasta que
seque, luego se pinta la pieza con un tipo de pintura llamado engobe, (una mezcla hecha con
arcilla y óxido) que se aplica sobre la pieza de cerámica cruda. Una vez pintada, la pieza se lleva
al horno para quemarla a una temperatura de 1100 grados centígrados; la quema puede durar
entre 12 y 14 horas.
Las esculturas guarayas expuestas han sido realizadas por Tiburcio Mborobainchi y Eduardo
Mborobainchi, escultores ceramistas provenientes de Urubichá, provincia de Guarayos.

Asociación de artesanas de Vallegrande


La provincia de Vallegrande se extiende sobre las estribaciones de los Andes, su capital, del
mismo nombre, fue fundada por los españoles en 1612, en el territorio fronterizo de dos naciones:
los Quechuas en las alturas y los Chané-Chiriguanos en los valles. Con el tiempo, el mestizaje de
estas tres tradiciones resultó en una cultura singular, cuya riqueza se refleja en los diseños de sus
tejidos, de fuerte influencia Chané-Chiriguana y andina.
Las actividades principales de Vallegrande son la ganadería y la agricultura; la artesanía
constituye una fuente complementaria de ingresos para sus mujeres. La producción artesanal
tradicional de la zona contempla diversos tejidos de lana de oveja: ponchos cameros para poner
sobre la cama, chuses o caronas para revestir asientos o ensillar animales y alforjas para todo tipo
de cargas. Sin embargo, en 1983, cuando empieza a trabajar la Asociación de artesanas con
CIDAC, las dificultades para obtener lana y su alto costo, habían reducido los tejidos a la
producción para autoconsumo. El tejido con ornamentaciones, así como las piezas más
elaboradas, como caronas y alforjas, habían desaparecido. Fue necesario recuperar los antiguos
diseños, mejorar los telares y volver al uso de tintes naturales.
Por otra parte, la incipiente producción de objetos en chala de maíz de la zona se encauzó hacia
la confección de animales y figuras regionales, la Asociación introdujo el teñido de la chala en
varios colores y también desarrolló la cestería en cajahuajtana.

Las técnicas artesanales del tejido de lana


Una vez al año, se trasquilan las ovejas; se preparan los vellones de lana, mojándolos,
extendiéndolos al sol, esparciéndoles ceniza y enjuagándolos. Estando secos, se procede a
desenredarlos y luego a hilarlos en la puisca (rueda prehispánica) y torcerlos para teñirlos y
ovillarlos.
Para tejer las mujeres utilizan el telar vertical de rústicos palos de curupaú. Empiezan urdiendo la
lana entre dos mujeres que se van pasando el ovillo de lana después de darle la vuelta por los
travesaños o telas. Hecha la trama se procede a hacer la hillawa, que es una especie de “palanca
de cambio”, tejida con hilo grueso a través de la trama vertical y que sirve para alternar
manualmente los hilos de atrás para adelante y vicecersa. Para comenzar el tejido se para el telar,
la tejedora se sienta en un toco bajo y comienza el tejido levantando la hillawa para que pase el
palo con la lana entre la urdimbre.

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