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Análisis del Contrato Social de Rousseau

Este documento resume el Capítulo 1 y parte del Capítulo 2 del libro "Del contrato social" de Rousseau. Explica que el propósito de la obra es encontrar una organización política legítima que preservar la libertad humana en el estado civil. Describe los puntos clave del "contrato social" rousseauniano, incluyendo que cada individuo entrega totalmente sus derechos a la comunidad y que el soberano es el conjunto de todos los ciudadanos expresando la voluntad general.

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Análisis del Contrato Social de Rousseau

Este documento resume el Capítulo 1 y parte del Capítulo 2 del libro "Del contrato social" de Rousseau. Explica que el propósito de la obra es encontrar una organización política legítima que preservar la libertad humana en el estado civil. Describe los puntos clave del "contrato social" rousseauniano, incluyendo que cada individuo entrega totalmente sus derechos a la comunidad y que el soberano es el conjunto de todos los ciudadanos expresando la voluntad general.

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CARRERA: LICENCIATURA EN CIENCIAS POLÍTICAS

ASIGNATURA: TEORÍA POLÍTICA II


DOCENTE A CARGO: MAURO J. SAIZ

Unidad V. Clase 11.


Texto: Rousseau, Jean-Jacques. “Del contrato social”
Preguntas disparadoras: ¿Cuál es el propósito del Contrato social? ¿Qué características
tiene el pacto? ¿Qué es la soberanía y qué cualidades posee? ¿Qué función sirve la
figura del legislador?

Continuamos con el estudio del pensamiento de Rousseau, pasando ahora a


ocuparnos de una de sus obras más famosas, el Contrato social, a la que dedicaremos
esta y la próxima clase. Por el momento, nos concentraremos en los libros primero y
segundo.

I. Propósito de la obra
Las primeras palabras del texto declaran la intención del autor: “Quiero averiguar si
puede haber en e1 orden civil alguna regla de administración legítima y segura,
tomando a los hombres tal como son y a las leyes tal como pueden ser” (pág. 55). El
primer capítulo inicia con famosas palabras que refuerzan esta idea:

El hombre ha nacido libre y, sin embargo, por todas partes se encuentra encadenado. Tal cual se
cree el amo de los demás, cuando, en verdad, no deja de ser tan esclavo como ellos. ¿Cómo se ha
verificado este camino? Lo ignoro. ¿Qué puede hacerlo legítimo? Creo poder resolver esta
cuestión. (Pág. 57)

Es decir, el propósito de este escrito es el de encontrar una organización política


legítima. Cuando Rousseau dice que “ignora” cómo se ha producido el cambio de la
libertad a la esclavitud, simplemente es una forma de decir que no lo tratará en este
trabajo, ya que precisamente ese es el tema del Segundo discurso, que estudiamos la
clase pasada.
Ahora bien, es necesario señalar que ese ensayo daba la impresión de un Rousseau
primitivista, que valora al hombre salvaje por encima del civilizado y que pretendería
regresar a esa condición originaria (de ello fue acusado por alguno de sus adversarios).
Sin embargo, Rousseau siempre rechazó esa acusación y esta obra viene a ser la prueba
de ello. Él no propone un retorno a la edad primera del hombre, principalmente porque
sabe que es imposible. Al contrario, aquí ofrece una vía alternativa al contrato descrito
su historia conjetural sobre los orígenes de la desigualdad. Si esa evolución había
conducido finalmente al despotismo y la esclavitud entre los hombres, ahora expone una
forma de pacto y de organización social que lograría preservar la libertad humana en el
estado civil.
De todos modos, preciso es reconocer que Rousseau se muestra pesimista respecto
de las posibilidades de aplicación real del pacto que describe. Él considera que la
mayoría de los pueblos modernos ya no están en condiciones de adoptar una
constitución semejante; simplemente se han corrompido demasiado sus costumbres y les
sería imposible elegir voluntariamente y mantener una organización política como esta.
Con posterioridad a la publicación del Contrato social, Rousseau redacta un proyecto de
constitución para Córcega (que nunca termina, ya que la isla cae bajo el poder francés),
uno de los pocos lugares que consideraba todavía estaba a tiempo de formarse según sus
ideas. Más tarde, en sus Consideraciones sobre el gobierno de Polonia, expresará ideas
mucho más conservadoras, advirtiendo contra los cambios e incluso contradiciendo o
abandonando algunos de los puntos del Contrato.
Hay que tener en cuenta que Rousseau es, al mismo tiempo, optimista sobre las
posibilidades naturales del hombre (que “nace bueno”) y muy pesimista respecto de la
condición real de los hombres de su tiempo. Por eso, si bien hay una muy clara
influencia de las ideas rousseaunianas sobre los revolucionarios radicales franceses, el
pensamiento de Rousseau no conducía exactamente a esa solución (qué él
probablemente habría condenado a fracasar) y el proyecto expuesto en esta obra no
estaba pensado para ser aplicado en un país como Francia.

II. Hipótesis rechazadas


Los capítulos II a IV están dedicados a refutar las ideas de distintos filósofos que
postulaban que la familia derivaba naturalmente en el poder político (recordar a Filmer),
o que la fuerza o la conquista daban derechos (como en el caso de Hobbes y el estado
por adquisición). El resultado, lógicamente, es que únicamente se admite la convención
(esto es, un acuerdo voluntario) como fuente de obligaciones. Todavía más, afirma que
no se puede renunciar a la libertad, puesto que ello equivale a renunciar a la humanidad.
Cualquier pacto en ese sentido (como lo sería el de sometimiento a un poder arbitrario y
absoluto) es nulo.
Así las cosas, es necesario pensar en el contrato por el cual un pueblo se constituye
en pueblo, incluso antes de darle autoridad a un magistrado.

III. El contrato social


En el capítulo VI, uno de los más conocidos, se presenta el pacto social en la
formulación rousseauniana. Comienza situándose en un momento en que los hombres se
ven obligados a salir del estado natural por fuerzas mayores de las que pueden resistir,
ya que perecerían si no lo hicieran. No se detalla más que esto, pero esa escueta
descripción puede compatibilizarse con su descripción anterior, en el sentido de que la
salida del estado de naturaleza es algo casi accidental, provocado por factores exógenos
y no por una necesidad intrínseca humana.
En pasajes célebres y que merecen ser citados por su claridad, el autor plantea:

«Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja de toda fuerza común a la persona y a
los bienes de cada asociado, y por virtud de la cual cada uno, uniéndose a todos, no obedezca sino
a sí mismo y quede tan libre como antes.» Tal es el problema fundamental, al cual da solución el
contrato social.
[…]
Estas cláusulas, debidamente entendidas, se reducen todas a una sola, a saber: la enajenación
total de cada asociado con todos sus derechos a toda la comunidad; porque, en primer lugar,
dándose cada uno por entero, la condición es la misma para todos, y siendo la condición igual para
todos, nadie tiene interés en hacerla onerosa a los demás.
[…]
Por tanto, si se elimina del pacto social lo que no le es de esencia, nos encontramos con que se
reduce a los términos siguientes: «Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su
poder bajo la suprema dirección de la voluntad general, y nosotros recibimos además a cada
miembro como parte indivisible del todo. » (Págs. 66-67)

Este es el núcleo fundamental de la lógica contractual rousseauniana. La


construcción entera se apoya en la necesidad de reducir la multiplicidad a la unidad,
evitando al mismo tiempo la sumisión. Hay que hacer algunas observaciones al
respecto.
En primer lugar, la entrega en este pacto es total. En este sentido se asemeja más a
la idea hobbesiana que a la lockeana; no hay reservas posibles. En segundo término, su
efecto es la constitución del cuerpo político, no la elección de un magistrado. Esto
significa que todos los intervinientes son co-contratantes y no existe ningún tercero en
la ecuación, por lo tanto, se distingue netamente la operación de constituir el cuerpo que
la de designar al gobernante. Pero esto puede resultar engañoso, porque Rousseau
realiza toda una serie de distinciones terminológicas sobre el final de ese capítulo y en
los siguientes. Una de las más importantes entre ellas es la que se trata en el capítulo
VII, donde comienza a hablar del soberano.
El soberano, para él es el propio conjunto de todos los ciudadanos. Es decir, el
soberano no es un individuo o cuerpo distinto del pueblo, sino que es el agregado de
todos ellos en la medida que tomen las decisiones fundamentales de la república 1. En
consecuencia, cada individuo es al mismo tiempo miembro del soberano y súbdito suyo.
Esta es la justificación esencial de la obediencia total debida al soberano: dado que soy
parte del soberano, su voluntad es la mía y nunca me sería perjudicial en cuanto
ciudadano particular. La lógica subyacente es similar a la hobbesiana, pero donde éste la
resolvía mediante el mecanismo de la representación y titularidad de los actos,
Rousseau lo hace a través de la participación directa en la formación de la voluntad del
soberano. Así, el soberano es ilimitado en su alcance, bajo el presupuesto de que nunca
se perjudicará a sí mismo (y por ende, no lo hará a los ciudadanos que lo componen).
Hay que advertir que el soberano sólo es tal cuando el conjunto de los ciudadanos
expresa la voluntad general, concepto clave de la teoría rousseauniana y que fuera muy
utilizado después, pero que es necesario entender acabadamente. El propio ciudadano
puede expresar, alternativamente, su interés particular y el general, ninguno de los
cuales desaparece. Volvemos sobre este punto un poco más adelante.
Antes de terminar esta sección, consideremos el capítulo VIII. En este, Rousseau
deja en claro que (como dijimos antes) no es un primitivista ni aboga por un retorno al
estado de naturaleza. Aquí expresa que el pasaje del estado natural al estado civil
produce una transformación muy importante en el hombre. Antes, se puede decir que
era libre, pero esa libertad natural significaba no estar atado a nada más que a los
impulsos físicos y el instinto. En cambio, la civilización le da al hombre su moralidad.
Ahora, puede actuar según el deber y la justicia: esto hace al hombre verdaderamente
dueño de sí mismo. Entonces, en esta operación se pierde algo y se gana algo. Si bien
1
Rousseau usa república como sinónimo de cuerpo político y no como una forma de gobierno.
vimos en el Segundo discurso que el autor consideraba al hombre primitivo como uno
feliz y libre, éste no se distinguía demasiado de otros animales. Por el contrario, el
hombre social puede elevarse a ser verdadero dueño de sí mismo. Al mismo tiempo,
esta posibilidad de excelencia encierra en sí la de la corrupción:

Aunque se prive en este estado de muchas ventajas que le brinda la Naturaleza, alcanza otra tan
grande al ejercitarse y desarrollarse sus facultades, al extenderse sus ideas, al ennoblecerse sus
sentimientos; se eleva su alma entera a tal punto, que si el abuso de esta nueva condición no lo
colocase frecuentemente por bajo de aquella de que procede, debería bendecir sin cesar el feliz
instante que le arrancó para siempre de ella, y que de un animal estúpido y limitado hizo un ser
inteligente y un hombre. (Pág. 71)

IV. La propiedad
En el capítulo IX, el autor vuelve sobre el tema de la propiedad, que ya había
tratado en su obra anterior. Sin profundizar en los argumentos que elabora, digamos
simplemente que el derecho de propiedad sólo aparece una vez constituido el Estado por
el pacto. Esa legitimidad y fuerza que le otorga la sociedad es lo único que garantiza la
propiedad de los bienes para los particulares. Como resultado, el derecho de la
comunidad sobre los bienes es superior al de los particulares y sin embargo éste existe
por aquél.
Ello no significa que sólo exista propiedad pública de los bienes y la privada
desaparezca. Al contrario, la propiedad privada se mantiene precisamente porque está
subordinada a la fuerza pública. Por lo tanto, la comunidad siempre tiene un dominio
preeminente sobre los bienes de los ciudadanos, y puede hacer uso de esa facultad de ser
necesario y conveniente. Contra la visión de Locke, esto no viola los derechos naturales
de los particulares, ya que éstos no tendrían posesiones si no fuera por obra de la
sociedad, ya que antes de que esta se constituyera su dominio sobre los bienes no era
más que usurpación sin otra garantía que la propia fuerza.

V. La voluntad general y la soberanía: características y alcance


Retomemos ahora sí el concepto nuclear de la voluntad general. El libro segundo
dedica varios capítulos a establecer sus principales características y el alcance del poder
soberano. Aquí voluntad general y soberanía se asimilan en alguna medida, puesto que
el poder soberano sólo radica en la expresión de la voluntad general. Pero veamos qué
significa esto.
La voluntad general no es para Rousseau una persona, un órgano ni una institución.
Se trata más bien de una especie de criterio moral. Cada ciudadano, una vez realizado el
contrato, puede expresar dos voluntades o preferencias. Cada uno de ellos sigue siendo
un individuo particular, y en consecuencia tiene un interés particular en su propio
bienestar. Pero al mismo tiempo, en cuanto miembro del cuerpo político, también puede
expresar lo que considere mejor para la conservación y bienestar de todo el cuerpo,
incluso si va en desmedro de su propio interés particular. Cuando opina así, está
expresando la voluntad general.
La voluntad general radica en el conjunto de todos los ciudadanos, que conforman
al mismo tiempo el soberano. Sin embargo, es vital entender que desde un punto de
vista lógico el conjunto de los ciudadanos no expresa necesariamente la voluntad
general. Esto es, cuando todos los ciudadanos toman una decisión, no se puede
presuponer que habrá unanimidad en todos los casos (ni siquiera en la mayoría,
exceptuando la aceptación del contrato originario). Ello se debe a que cada uno de los
ciudadanos puede expresar la voluntad general (simplificando, “estar pensando en lo
mejor para el conjunto”) o la suya particular (“pensar en lo mejor para sí mismo”). El
soberano sólo es tal cuando expresa la voluntad general, mientras que cuando no lo
hace, simplemente se trata de un agregado de voluntades particulares que no tiene
verdadera legitimidad para la dirección del cuerpo político (a esto llama “voluntad de
todos”).
Por esto es que Rousseau llega a afirmar que la voluntad general no puede errar. En
la medida que el pueblo expresa verdaderamente la voluntad general, siempre deseará lo
mejor para sí mismo, ya que sería absurdo pensar otra cosa. Cuando el pueblo no
expresa sino voluntades particulares o facciosas, ciertamente yerra, pero allí está
ausente la voluntad general. El gran desafío, entonces, es intentar lograr que el pueblo
mantenga en la mayor medida posible la voluntad general en sus decisiones y no ceda a
los particularismos (vean a este respecto su opinión sobre los cuerpos intermedios).
Algunas otras notas de la soberanía se desprenden de las definiciones que hemos
dado hasta ahora. La soberanía es inalienable. No puede delegarse, ya que es difícil que
alguien distinto que la totalidad de los ciudadanos pudiera expresar por mucho tiempo la
voluntad general. Como someterse a la voluntad de otro es esclavitud (y justamente eso
es lo que se pretendía evitar con el contrato), cada uno debe participar directamente del
soberano. Rousseau rechaza completamente la idea de representación2.
Por el mismo motivo, considera que la soberanía es indivisible. La expresión de la
voluntad general sólo es tal cuando efectivamente expresa la voluntad de todo el pueblo.
Si está limitada a una parte de él o separada en cuerpos distintos, ya no es más la
voluntad general y el soberano no es el soberano.
En el capítulo IV del libro segundo, el autor trata de demarcar el alcance del poder
soberano. Ya dijimos que poder transferido al soberano a través del pacto es absoluto,
incluso alcanza la vida y la muerte. Aquí Rousseau distingue entre los derechos y
libertad del soberano y los del ciudadano particular, que no queda anulado. El soberano
sólo puede exigir aquello que sea útil o necesario para la comunidad, y en todo lo demás
el ciudadano es libre en un sentido particular. La dificultad pasa porque es el propio
soberano el único capacitado para juzgar qué es exigible o útil, con lo que no existe
ninguna traba real más allá de la autorrestricción del soberano. ¿Entonces cómo
podemos afirmar que el soberano será justo en sus exigencias y el uso de sus derechos?
La respuesta de Rousseau depende, también aquí, de la forma del contrato y el principio
que encierra. El pacto suponía una entrega total e igual entre todos los contratantes. En
consecuencia, todos se encuentran en una situación de igualdad legal bajo el soberano.
Todo lo que el soberano ordene debe recaer necesariamente sobre todos los ciudadanos
por igual, de modo que ninguno de ellos está interesado, en cuanto participa de la
formación de la voluntad del soberano, en tomar una decisión onerosa o inútil que lo
perjudique a él mismo.
Es fundamental entender que para Rousseau las decisiones del soberano son la ley.
Es decir, el soberano emite leyes y es el único que puede hacerlo. Pero, debido a todo lo
que venimos diciendo a lo largo de esta sección, las leyes siempre deben ser
necesariamente generales. El soberano nunca puede tomar en consideración asuntos
particulares, atinentes a uno o un grupo de los ciudadanos, puesto que en este caso ya no
podría opinar como voluntad general, sino solamente como particular. La garantía
última de la imparcialidad del soberano radica en esta restricción: como toda ley aplica
igualmente sobre todos los ciudadanos y nunca se refiere a un objeto individual, cada
uno de ellos más fácilmente expresa la voluntad general y no tiene incentivos para
encarar el asunto desde su interés particular.
2
En otro lugar critica expresamente el caso inglés, ya que opina que los ingleses solamente son libres al
momento de elegir sus representantes, pero no lo son todo el resto del tiempo. Con esto se aparta
marcadamente de la opinión de Montesquieu.
VI. El legislador
El capítulo VII del libro segundo es excepcional por varias razones. En él Rousseau
debe resolver una incoherencia interna fuerte de su teoría: él ha afirmado que los
hombres del estado de naturaleza deben realizar un contrato particular y comprometerse
a un tipo de organización y una serie de instituciones como las que viene describiendo.
Pero si es solamente el pasaje a la sociedad civil y su adaptación a este estado lo que le
permite elevarse hasta el punto de aprender a expresar la voluntad general y someterse a
ella, ¿cómo es que los hombres fueron capaces de aceptar el pacto en primer lugar? En
otras palabras, para poder diseñar el contrato y al Estado en los términos que él
pretende, los hombres necesitarían ser capaces en el estado de naturaleza de algo que
supuestamente sólo alcanzan en el estado civil.
Para resolver esta paradoja, Rousseau introduce la figura del legislador. Se trata de
“un hombre extraordinario”, tanto por su genio como por su función, en palabras del
autor. No debemos confundirlo con la función legislativa que únicamente reside en el
soberano una vez que la República está constituida. El legislador es una persona con
una capacidad excepcional, que existe antes del Estado, contribuye a su institución, pero
no forma parte de él. Es un hombre que, en su sabiduría, puede comprender por sí
mismo todas las relaciones de necesidad en la situación humana (en términos burdos,
que conoce todo aquello que el propio autor está diciendo en esta obra) y que debe guiar
a los demás hombres a que adopten las leyes fundamentales (hoy quizá hablaríamos de
constitución) de la República.
Como los demás no están todavía en condiciones de captar las razones detrás del
contrato y de esta organización política, el legislador debe apelar a un lenguaje religioso
o algo equivalente para convencerlos. Imbuido de su autoridad, la función del legislador
es otorgar a los hombres estas leyes fundamentales (que en todo caso deben adoptar
voluntariamente) y luego retirarse del Estado, puesto que ya no forma parte de su
constitución. Una vez que el Estado se ha formado, el legislador ya no es un poder
legislativo, ni un ejecutivo. A partir de entonces, la República debería funcionar con su
propia dinámica según lo que Rousseau está describiendo en este trabajo. La misión del
legislador es simplemente la de suplir la razón humana en el primer momento para
poner en movimiento toda la maquinaria estatal.
Esta llamativa figura del legislador tiene paralelos en otros textos de Rousseau y no
deja de ser curiosa la necesidad de una inteligencia casi sobrehumana para permitir a los
hombres acceder a las condiciones en que pueda desarrollarse por sí mismo hasta su
máximo potencial.

V. El pueblo
En la última parte del libro segundo encontramos algunos capítulos dedicados al
tema del pueblo. Allí Rousseau recoge una intuición presente en muchos autores desde
la Anrigüedad (y entre los que estudiamos en este curso, recientemente presentada por
Montesquieu): la de que el carácter y costumbres del pueblo son fundamentales en
cuanto a sus posibilidades de desempeño político. Para él, se debe esperar al momento
de madurez de un pueblo antes de darles las leyes políticas fundamentales. Deben haber
adquirido buenas costumbres y no haberse corrompido aún con los vicios. Si esto se
hace demasiado temprano o demasiado tarde, la obra seguramente fracasará.
Luego estudia el problema de la extensión del Estado. Aunque el tamaño es
variable y depende de la situación particular en cada caso, como regla general,
Rousseau prefiere un Estado pequeño, con un gobierno fuerte y bien organizado.
Tengamos en cuenta, además, que como la concepción de Rousseau implica la
participación directa de todos los ciudadanos en el soberano para la sanción de leyes,
esto se hace imposible con un Estado de gran extensión territorial o demográfica3.
En el capítulo XI cita expresamente a Montesquieu, al reconocer que los objetos de
la legislación tendrán que adaptarse en cada ocasión al pueblo particular al que estén
dirigidas, según sus condiciones. Aquí también expresa una consideración adicional
sobre la distribución de la riqueza: manifiesta que no se debe aspirar a una igualdad
total en las posesiones, sino a acercar los extremos lo suficiente como para evitar abusos
tanto de los muy ricos como de los muy pobres.

3
Esta es otra de las razones por las que se hace evidente que Rousseau no consideraba que la
organización política que él proponía fuera posible en los grande Estados de su época, como Francia o
Inglaterra. Además de las dificultades históricas y culturales, simplemente habría sido imposible aplicar la
estructura que él propone a territorios tan extensos. Veremos la clase que viene que sobre el final de la
obra se vislumbra una potencial superación de este problema.

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