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La Compuerta Número 12: Un Relato Infantil

Pablo, un niño de 8 años, comienza a trabajar en una mina de carbón en Chile en 1904 para ayudar a mantener a su familia de 6 miembros. Su padre lo lleva a la mina y lo presenta al capataz, quien inicialmente duda en dejar que Pablo trabaje debido a su corta edad, pero finalmente accede ante la súplica del padre. Juan, otro minero, lleva a Pablo a la compuerta número 12 donde trabajará manejando las puertas que abren y cierran para dejar pasar los

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La Compuerta Número 12: Un Relato Infantil

Pablo, un niño de 8 años, comienza a trabajar en una mina de carbón en Chile en 1904 para ayudar a mantener a su familia de 6 miembros. Su padre lo lleva a la mina y lo presenta al capataz, quien inicialmente duda en dejar que Pablo trabaje debido a su corta edad, pero finalmente accede ante la súplica del padre. Juan, otro minero, lleva a Pablo a la compuerta número 12 donde trabajará manejando las puertas que abren y cierran para dejar pasar los

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LA COMPUERTA NÚMERO 12 (Guion)


Narrador Arianna Pizarro

Pablo (el niño) Esther Villavicencio

Padre de Pablo Aracely Cabrera

El capataz / Juan / Mia Duran

Inicio:
Efecto de neblina con viento.
Narrador: Un día nublado en Chile de 1904, existía una familia con 6
integrantes y solo uno de ellos trabajaba para poder mantener a su familia que
estaba en la pobreza. Un día el Padre de la familia, decidió llevar a su hijo mayor
a su trabajo… cuando estaban camino hacia aquel lugar Pablo se aferró
instintivamente a las piernas de su padre…
Pablo: Padre mío me podrías decir a donde vamos que mi angustia me come
vivo - dijo con miedo y confusión.
Padre: No temas hijo mío, pronto lo sabrás – lo dice con tristeza.
Narrador: con el paso de los minutos estaban más cerca de aquel lugar
donde aquel pobre chiquillo se daba cuanta que no le iba agradar. Pronto creíase
precipitado en aquel agujero cuya negra abertura había entrevisto al penetrar en
la jaula, y sus grandes ojos miraban con espanto las lóbregas paredes del pozo
en el que se hundían con vertiginosa rapidez. En aquel silencioso descenso, sin
trepidación ni más ruido que el del agua goteando sobre la techumbre de hierro,
las luces de las lámparas parecían prontas a extinguirse y a sus débiles destellos
se delineaban vagamente en la penumbra de las hendiduras y partes salientes de
la roca, una serie interminable de negras sombras que volaban como saetas hacia
lo alto. Pasando un minuto, la velocidad disminuye bruscamente, los pies
asentáronse con más solidez en el piso fugitivo y el pesado armazón de hierro,
con un áspero rechinar de goznes y de cadenas, quedó inmóvil a la entrada de la
galería.
Padre: Hemos llegado hijo mío, al lugar donde te traigo por necesidad a tu
tan corta edad – dijo el padre con tristeza y angustia.
Pablo: oh padre a qué lugar me has traído, está lleno de oscuridad y me da
temor estar aquí – pensó Pablo mientras contemplaba su alrededor.
Padre: ¿hijo te encuentras bien?, porque te encuentro un poco temeroso –
dijo el padre esperando una respuesta de Pablo... del que no recibió respuesta
alguna.
Efecto del sonido de una mina.
Narrador: A cuarenta metros del pique se detuvieron ante una especie de
gruta excavada en la roca. Del techo agrietado, de color de hollín, colgaba un
candil de hojalata, cuyo macilento resplandor daba a la estancia la apariencia de
una cripta enlutada y llena de sombras. En el fondo, sentado delante de una
mesa, un hombre pequeño, ya entrado en años, hacía anotaciones en un enorme
registro. Su negro traje hacía resaltar la palidez del rostro surcado por profundas
arrugas. Al ruido de pasos levantó la cabeza y fijó la mirada interrogadora en el
viejo minero, quien avanzó con timidez.
Padre: Señor aquí he traído a mi primogénito – dijo el padre con voz llena de
sumisión y respeto ante el capataz.
Capataz: ¡Hombre!, ese muchacho es todavía muy débil para el trabajo.
¿Cómo puede ser hijo tuyo?, deberías tener lástima por su tan corta edad antes
de enterrarlo aquí, te sugiero que lo lleves a la escuela por un cierto tiempo y
cuando tenga la edad y fuerza suficiente lo traes.
Padre: Señor —balbuceó la ruda voz del minero, en la que vibraba un acento
de dolorosa súplica—, somos seis en casa y uno solo el que trabaja. Pablo
cumplió ya los ocho años y debe ganarse el pan que come, y, como hijo de
minero, su oficio será el de sus mayores, que no tuvieron nunca otra escuela que
la mina.
Narrador: Su voz opaca y temblorosa se extinguió repentinamente en un
acceso de tos, pero sus ojos húmedos imploraban con la insistencia, que el
capataz, vencido por aquel mudo ruego, llevó a sus labios un silbato y arrancó de
él un sonido agudo que repercutió a lo lejos en la desierta galería. Pronto se fue
escuchado un rumor de pasos precipitados y una oscura silueta se dibujó en el
hueco de la puerta.
Capataz: Juan —exclamó el hombrecillo, dirigiéndose al recién llegado—,
lleva a ese chico a la compuerta número 12, reemplazará al hijo de José el
carretillero, aplastado ayer por la corrida. He visto que en la última semana no has
alcanzado a los cinco cajones que es el mínimo diario que se exige en cada
barretero. No olvides que, si esto sucede otra vez, será preciso darte de baja para
que ocupe tu sitio otro más activo – dijo el capataz en tono de mandato hacia
Juan-

Efecto de pisadas.
Narradora: Los tres se marcharon silenciosos y el rumor de sus pisadas
fue alejándose poco a poco en la oscura galería. Caminaban entre dos hileras de
rieles, cuyas traviesas hundidas en el suelo fangoso trataban de evitar alargando
o acortando el paso, guiándose por los gruesos clavos que sujetaban las barras
de acero. El guía, un hombre joven aún, iba delante y más atrás con el pequeño
Pablo de la mano, seguía el viejo con la barba sumida en el pecho, hondamente
preocupado. Las palabras del capataz y la amenaza en ellas contenida, habían
llenado de angustia su corazón. Lo que pablo no sabía era que el trabajo que iba
a comenzar a realizar lo iba a convertir en un viejo decrépito. La súbita detención
del guía arrancó al viejo de sus tristes cavilaciones.
Juan: Oye nene y tu ¿Cuántos años tienes?, te ves como un crio para
trabajar o estar en lugar como este, tú debes estar estudiando y jugando como los
demás niños de tu edad.
Pablo: Tengo 8 y si debería estar estudiando o jugando como lo hacen los
demás de mi edad, pero mi familia carece de dinero entonces tengo que trabajar
para poder aportar algo a casa- dijo Pablo en tono de tristeza-.
Narradora: Juan abrió la boca como si quisiera decirle algo a Pablo, pero
solo se limitó a quedarse callado. Los dos hombres y el niño, después de caminar
algún tiempo por un estrecho corredor… desembocaron en una alta galería de
arrastre, de cuya techumbre caía una lluvia continua de gruesas gotas de agua.
Juan: Ya estamos cerca querido Pablo- dijo Juan al ver que Pablo ya se
estaba cansando un poco-.
Narradora: Un ruido sordo y lejano se escuchó de repente, como si un
martillo gigantesco golpease sobre sus cabezas. Juan se dio cuenta de la
expresión de confusión y terror en la cara de Pablo.
Juan: Tranquilo, solo es el choque de las olas en las rompientes de la costa-
dijo Juan mientras miraba al chiquillo-
Narradora: Pablo solo asintió con la cabeza y siguieron caminando.
Anduvieron por un corto pasillo y se encontraron, por fin, delante de la compuerta
número 12.
Juan: ¡Bien! Hemos llegado -menciono este deteniéndose junto a la hoja de
tablas que giraba sujeta a un marco de madera incrustado en la roca,
contemplando la gran compuerta-
Pablo: ¿Aquí es? —pregunto Pablo asombrado con la gran compuerta que
tenía delante-

Nudo:
Narradora: Pablo al no recibir respuesta de Juan, volteo a verlo. No se
explicaba este alto repentino de silencio de parte de él, después que haya
hablado durante todo el camino hacia la compuerta. Contemplaba silencioso a sus
acompañantes, quienes, después de cambiar entre sí algunas palabras breves y
rápidas, se pusieron a enseñarle con jovialidad y empeño el manejo de la
compuerta. El rapaz, siguiendo sus indicaciones, la abrió y cerró repetidas veces,
desvaneciendo la incertidumbre del padre, que temía que las fuerzas de su hijo no
bastasen para aquel trabajo.
Padre: ¡Bien hecho hijo mío! Me has dejado sorprendido- dijo el padre con
honestidad, mientras pasaba su mano por la culta cabellera de su primogénito-
Juan: ¡Es cierto! Nos has dejado sorprendidos querido Pablo, se ve que
serás un buen trabajador- dijo Juan con seguridad-
Narradora: Pablo hasta allí no había demostrado cansancio ni inquietud.
Su juvenil imaginación impresionada por aquel espectáculo nuevo y desconocido
se hallaba aturdida y desorientada. De la nada llego el Capataz y cuando estaba a
punto de hablar; una luz brilló a lo lejos en la galería y luego se oyó el chirrido de
las ruedas sobre la vía, mientras un trote pesado y rápido hacía retumbar el suelo.
--¡Es la corrida! —exclamaron a un tiempo Juan, el Capataz y el Padre.
Capataz: Pronto, Pablo —dijo el Capataz—, a ver cómo cumples tu
obligación.
Narradora: El pequeño, con los puños apretados, apoyó su diminuto
cuerpo contra la hoja, que cedió lentamente hasta tocar la pared. Apenas
efectuada esta operación, un caballo oscuro, sudoroso y jadeante, cruzó rápido
delante de ellos, arrastrando un pesado tren cargado de mineral. Los obreros se
miraron satisfechos. El novato era ya un portero experimentado, el capataz,
inclinando su alta estatura, empezó a hablarle zalameramente:
Capataz: Él no es ya un chicuelo, como los que quedaban allá arriba, que
lloran por nada y están siempre cogidos de las faldas de las mujeres, sino un
hombre, un valiente, nada menos que un obrero, es decir, un camarada a quien
había que tratar como tal- dijo este mientras observaba los ojos del pequeño-
Narradora: El Padre de Pablo al oír todas esas palabras viniendo de el
capataz dirigidas a su hijo, le dio a entender que le será forzoso dejarlo solo; pero
que no tuviese miedo, pues había en la mina muchísimos otros de su edad.
Desempeñando el mismo trabajo.
Padre: Hijo mío, te prometo que apenas acabe este arduo trabajo que
estamos realizando los dos … te llevare a comer unas tortas curicanas, esas que
tanto te encantan- dijo el Padre con alegría-
Pablo: ¿En serio Papá? - dijo sorprendido- Te juro que daré mi mayor
esfuerzo y lo mejor de mi en el trabajo, deseo con ansias esas tortas curicanas-
dijo esta vez con entusiasmado-
Narradora: Pablo al pensar durante unos segundos todo lo que tendría
que hacer, trago saliva con algo de temor… se cogió con ambas manos de la
blusa del minero. El giro inesperado que tomaba lo que creyó un simple trabajo de
medio tiempo se volvió un trabajo infernal, él deseaba volver a ver a su madre, a
sus hermanos y ver la claridad de la luz del dia. Una violenta contrariedad se pintó
en el rostro del viejo minero, pero al ver aquellos ojos llenos de temor, desolados
y suplicantes, levantados hacia él, su naciente cólera se trocó en una piedad
infinita.
¡Es todavía tan débil y pequeño! – pensó el Padre con el amor paternal
adormecido-
Pero aquel sentimiento de rebelión que empezaba a germinar en él se extinguió
repentinamente ante el recuerdo de su pobre hogar y de los seres hambrientos y
desnudos de los que era el único sostén, su vieja experiencia le demostró lo
insensato de su quimera.
Pablo: Padre si tú me quieres de verdad, déjame huir de esta esclavitud para
poder encontrar la felicidad y libertad -lo dijo con esperanzas de que su padre
cambiara de opinión-
Padre: ¡Cállate hijo!, no ves que esto lo hago para poder salvar a nuestra
familia de la pobreza -le grito con mucho enfado y molestia-
Narradora: A pesar de la resistencia y súplica del niño, el padre
desenrolló de su cintura una cuerda delgada y fuerte, con la cual le ató por mitad
del cuerpo y aseguró en seguida la otra extremidad en un grueso perno incrustado
en la roca. Trozos de cordel adherido a aquel hierro indicaban que no era la
primera vez que prestaba un servicio semejante.
Pablo: ¿Padre que haces? – dijo este con temor al ver como su padre le
ataba con la cuerda de su cintura- Yo soy tu primogénito, no puedes hacerme
esto.
Padre: Lo siento hijo mío, pero esto lo hago por la necesidad de la familia-
dijo con melancolía- Piensa en tu madre y hermanos, no seas egoísta… yo no te
eduque así...En parte esto es tu culpa- dijo esto sin sentimiento alguno-

Desenlace:
Efecto de gritos de una criatura.
Narradora: la criatura, medio muerta de terror, lanzaba gritos penetrantes
de pavorosa angustia y hubo que emplear la violencia para arrancarle de entre las
piernas del padre, a las que se había asido con todas sus fuerzas. El padre al oír
los gritos suplicantes de piedad de su hijo decide taparse los oídos para no
escuchar aquellos gritos que le atenaceaban las entrañas, apresuró la marcha
apartándose de aquel sitio. Antes de abandonar la galería, se detuvo un instante y
escuchó una vocecilla tenue como un soplo, que clamaba allá muy lejos,
debilitada por la distancia: «¡Madre! ¡Madre!». El padre al escuchar esto se echó a
correr como un loco, acosado por el doliente vagido y no se detuvo sino cuando
se halló delante de la veta, a la vista de la cual su dolor se convirtió de pronto en
furiosa ira, y, empuñando el mango del pico, la atacó rabiosamente.
Padre: Como puede hacer esto a mi hijo, el era todavía muy inocente, pero la
necesidad de poder salvar de la pobreza a nuestra familia era más importante que
su vida -Lo dijo mientras golpeaba furiosamente la veta-
Narradora: En el duro bloque caían los golpes como espesa granizada
sobre sonoros cristales, y el diente de acero se hundía en aquella masa negra y
brillante, arrancando trozos enormes que se amontonaban entre las piernas del
obrero, mientras un polvo espeso cubría como un velo la vacilante luz de la
lámpara.
Las cortantes aristas del carbón volaban con fuerza, hiriéndole el rostro, el cuello
y el pecho desnudo. Hilos de sangre mezclábanse al copioso sudor que inundaba
su cuerpo, que penetraba como una cuña en la brecha abierta, ensanchándola
con el afán del presidiario que horada el muro que lo oprime; pero sin la
esperanza que alienta y fortalece al prisionero: hallar al fin de la jornada una vida
nueva, llena de sol, de aire y de libertad.

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