Reflexiones – Volumen V William Thomas Beckford
William Thomas Beckford
Un señor llamado William Beckford nació en 1760 en Inglaterra. Algunos se han ocupado de él y
Jorge Luis Borges anduvo consultando biografías y al leer algunas biografías de Beckford tuvo
algunas ideas, o mejor aún recordó ideas ajenas. Recordó por ejemplo, la siguiente broma de
Carlisle, que había imaginado una biografía de Miguel Ángel que omitía toda mención de las
obras de Miguel Angel. Dice Borges:
“Tan compleja es la realidad, tan fragmentaria y tan simplificada la historia, que un
observador omnisciente podría redactar un número indefinido y casi infinito de
biografías de un hombre que destacaran hechos independientes y de las que
tendríamos que leer muchas, antes de comprender que el protagonista es el
mismo. Simplifiquemos desaforadamente una vida. Imaginemos que la integran
13.000 hechos. Una de las hipotéticas biografías registraría la serie 11-22-33, otra
la serie 9-13-17-21, otra la serie 3-12-21-30-39. No es inconcebible una historia
de los sueños de un hombre solamente, otra de los órganos de su cuerpo, otra de
las falacias cometidas por él, otra de todos los momentos en que se imaginó las
pirámides, otra de su comercio con la noche y con las auroras. Esto puede parecer
quimérico, pero no lo es. En realidad nadie se resigna a escribir la biografía literaria
de un escritor, o la biografía militar de un soldado; todos prefieren la biografía
genealógica, la biografía económica, la psiquiátrica, la quirúrgica, la tipográfica.
700 páginas en octavo comprende cierta Vida de Poe. El autor fascinado por los
cambios de domicilio, apenas logra rescatar un paréntesis para el En el Maelström
y para la Cosmogonía de Eureka1.”
Otro ejemplo. Hay una curiosa revelación del prólogo de una biografía de Bolívar hecha por el
propio Carlyle, es decir el que tuvo esta idea. Dice Carlyle hablando de una biografía de Bolívar
que acaba de leer:
”En este libro se habla tan escasamente de batallas como en el que el mismo autor
escribió sobre Napoleón”.
Y dice Borges:
“La broma de Carlyle predecía nuestra literatura contemporánea. Hoy (y esto
Borges lo está escribiendo en 1943) una biografía de Miguel Ángel es extraño que
tolere alguna mención de las obras de Miguel Ángel”.
Y empieza a hablar de una biografía de William Beckford que ha leído. Y dice:
“William Beckford, nacido en Fonthill Yard, encarnó un tipo suficientemente trivial
de millonario, un gran señor, viajero, bibliófilo, constructor de palacios, libertino.
Chapman, que es su biógrafo, desentraña (o procura desentrañar) su vida
laberíntica pero prescinde de un análisis de Vathek, la novela a cuyas últimas diez
páginas William Beckford debe su gloria”.
Tuvo que buscar Borges entonces otras opiniones sobre Vathek. Leyó un prólogo de Mallarmé,
de quien alguna vez hablamos pero no como escritor o prologuista sino como frustrado amante
de Eugenia de Montijo, que después se casó con Napoleón III. Dice Borges:
“El prólogo de Mallarmé abunda en observaciones felices. Por ejemplo hace notar
que la novela principia en la azotea de una torre desde la que se lee el firmamento,
para concluir en un subterráneo encantado”.
1
Eureka o ensayo sobre el Universo, obra de Edgar Allan Poe.
Alejandro Dolina 1
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Hay otro prólogo de Hilaire Belloc 2, un tipo que estaba muy peleado con Herbert G. Wells.
Hilaire Belloc estaba muy enfrentado con el autor de La máquina del tiempo y entonces una vez
le dijo a Wells que era un «inglés provinciano», a lo que Wells en una respuesta extraordinaria
le contestó:
“El señor Belloc seguramente ha nacido en toda Europa”.
Dice este Belloc que la prosa de Beckford es parecida a la de Voltaire y lo juzga uno de los
hombres más viles de su época. Dice textualmente:
“Fue uno de los hombres más viles de su época”.
Pero vamos a contar la fábula de Vathek, que no es tan compleja y tiene
cierto interés.
Vathek, es decir Harum Bernal Motasem Vathik Vilah, noveno califa
abasida (y nieto de Harún Al Raschid), erigió una torre babilónica para
descifrar los planetas. Es decir el califa manda a construir una torre desde
cuya azotea se ven los planetas. Observando los astros, éstos le auguran
una sucesión de prodigios cuyo instrumento será un hombre simpar que
vendrá desde una tierra desconocida.
Un día llega a la capital del imperio un mercader. Su cara es tan atroz que
los guardias que lo conducen ante el califa avanzan con los ojos cerrados.
El mercader vende una cimitarra al califa y luego desaparece. En la hoja de
la cimitarra hay grabados unos misteriosos caracteres cambiantes que
burlan la curiosidad de Vathek. Un hombre —que luego también
desaparece— alcanza a descifrarlos. Un día significan esto:
“Soy la menor maravilla de una región donde todo es maravilloso y
digno del mayor príncipe de la Tierra”.
Otro día dice:
“Ay de quien temerariamente aspira a saber lo que debería ignorar”.
Y así, cada día estos caracteres dicen algo distinto.
El califa se entrega a las artes mágicas. La voz del mercader en la oscuridad le propone abjurar
de la fe musulmana y adorar a los poderes de las tinieblas. Si lo hace, le será franqueado el
Alcázar del Fuego Subterráneo. Bajo sus bóvedas podrá contemplar los tesoros que los astros le
prometieron, los talismanes que sojuzgan al mundo, las diademas de los sultanes preadamitas y
de Suleimán Ben Dahul.
El ávido califa se rinde. El mercader le exige 40 sacrificios humanos. Transcurren años
sangrientos. Vathek, negra de abominaciones el alma, llega a una montaña desierta. La tierra
se abre. Con terror y con esperanza, Vathek baja hasta el fondo del mundo. Una silenciosa y
pálida muchedumbre de personas que no se miran, erra por las soberbias galerías de un palacio
infinito. No le ha mentido el mercader. El Alcázar del Fuego Subterráneo abunda en esplendores
y en talismanes... pero también es el infierno.
En la congénere historia del doctor Fausto y en las muchas leyendas medievales que la
prefiguraron, el infierno es el castigo del pecador que pacta con los dioses del mal. En esta
historia es el castigo y la tentación. El infierno lo ha tentado a Vathek.
2
Joseph Hilaire Pierre René Belloc (La Celle, 27 de julio de 1870 – Guildford, 16 de julio de 1953) fue uno de los más
prolíficos escritores de Inglaterra en los comienzos del siglo XX. Su estilo y personalidad durante su vida, fueron luego
complementados por su sobrenombre de adolescencia, “Viejo Trueno” (Old Thunder). Ensayista, novelista, humorista y
poeta británico. Hijo de madre inglesa y padre francés, católicos ambos, estudió en Oxford, sirvió durante algún tiempo en
la artillería de Francia y más tarde, en 1902, tomó la ciudadanía británica. Fue miembro del Parlamento desde 1906 hasta
1910, año en que, no satisfecho por la política inglesa, se retiró a la vida privada.
Alejandro Dolina 2
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Saintsbury y Andrew Lange declaran o sugieren que la invención del Alcázar del Fuego
Subterráneo es la mayor gloria de Beckford. También puede decirse que se trata del primer
infierno realmente atroz de la literatura.
Borges declara que el más ilustre de los avernos literarios, es decir el doliente reino dantesco de
La Divina Comedia, no es un lugar atroz: es un lugar en que ocurren hechos atroces. Y esta
distinción es válida.
En El hombre que fue jueves, Chesterton habla de una torre cuya sola arquitectura es malvada,
y en La otra punta del mundo sitúa un árbol que es más y es menos que un árbol.
En el Manuscrito hallado en una botella, Edgar Allan Poe habla de un mar austral donde el
volumen de las naves crece como si fuera un cuerpo viviente.
Melville dedica muchas páginas de Moby Dick a decir que ese blanco es el mal mismo.
Es decir, estos son ejemplos para observar que el infierno dantesco magnifica la noción de una
cárcel. Pero en el de Beckford cuando habla de los túneles de una pesadilla, es la construcción
misma la que significa el mal; es decir, no es que ahí pasan cosas de malos.
La Divina Comedia es el libro más justificable y más firme de todas las literaturas, según afirma
Borges, y Vathek apenas una mera curiosidad. Sin embargo, Vathek pronostica —siquiera de un
modo rudimentario— satánicos esplendores de Poe, de Baudelaire, de Thomas B. Quincey. Hay
un intraducible epíteto inglés (uncany) para denotar el horror sobrenatural, y ese epíteto —dice
Borges— es aplicable a ciertas páginas del Vathek. Pensamos nosotros también en la idea que
los críticos de Lovecraft tenían de Lovecraft, es decir de los críticos que eran también sus
seguidores, y hablaban del «horror cósmico», de un horror que iba más allá de los horrores
vulgares.
Beckford, en el primer capítulo de Vathek, enumera cinco palacios dedicados a los cinco
sentidos, una idea extraña. Sólo 3 días y 2 noches del invierno de 1782 requirió William
Beckford para relatar la trágica historia de su califa. Beckford la escribió en francés y Samuel
Henley la tradujo al inglés en 1785. Borges dice que el original es infiel a la traducción y que tal
vez el francés del siglo XVIII era menos adecuado que el inglés para comunicar los indefinidos
horrores de la singularísima historia.
Hay que decir que Beckford3 era un señor bastante canalla. Era
aficionado a las construcciones y no solamente había construído
una torre babilónica en su novela Vathek, sino que también
construyó una en su casa. El tipo había heredado una verdadera
fortuna, alrededor de un millón de libras en aquel entonces, con
lo cual prácticamente podría haber comprado el mundo. Y
entonces no compró el mundo, pero compró algunas cosas que
son casi tan buenas como el mundo. Compró nada menos que la
biblioteca de Gibbon, el autor de La Decadencia del Imperio
Romano, que era una biblioteca carísima. El tipo se la compró.
Después empezó a construir palacios, tal como hacía el rey Luis
de Baviera, y en uno de ellos decidió vivir y allí construyó una
torre enorme. Esta lo construyó siendo él muy joven, en la época
en que escribió el Vathek; es decir, en la misma época en que
escribía la torre babilónica que había construido su califa (allá
por el 1780 y tantos), él construyó una torre babilónica para él, pero se le vino abajo en 1825,
se le cayó.
En un cartelón de la ciudad portuguesa de Cintra, probablemente del palacio Da Penna, que es
una de las construcciones más misteriosas de Cintra (Cintra es una ciudad edificada sobre una
montaña, es el lugar más romántico del mundo en el sentido verdadero del romanticismo), uno
puede leer que allí había estado William Beckford. Hay allí también un lugar en donde quizás no
estuvo Beckford, que se llama La Quinta de Regaleira. Todas estas que nombramos son
3
William Thomas Beckford (Fonthill, Wiltshire, 1 de octubre de 1760 – 2 de mayo de 1844) fue un novelista inglés, crítico
de arte, escritor de crónicas de viajes y político. Fue un rico heredero cuya inmensa fortuna le permitió dedicarse al
coleccionismo de arte, la arquitectura y la literatura. De vida algo disoluta —tuvo varias acusaciones por corruptor—, son
especialmente conocidos sus ensayos de viaje por Europa y también su novela Vathek, considerada un clásico de la
novela gótica. Tras un breve paso por el parlamento, Beckford se dedicó a recopilar obras de arte y a construir Fonthill
Abbey, una abadía personal dentro de sus terrenos. En sus últimos años dilapidó su fortuna, que pasó de un millón de
libras a sólo 80.000.
Alejandro Dolina 3
Reflexiones – Volumen V William Thomas Beckford
construcciones del siglo XVIII y llega a su esplendor allá por 1890, a fines del siglo XIX. Esta
quinta es, digamos, una especie de Disneylandia de los alquimistas. Es una quinta no muy
grande con una construcción bastante terrorífica y en los jardines hay un montón de laberintos,
de fuentes, de cuevas, de túneles, y su dueño, que era muy aficionado a los asuntos de la
alquimia y de la comedia del Dante, construyó cada uno de sus caminitos, incluso el edificio
central, pensando en rimas dantescas y en rimas alquímicas. Pero Beckford no estuvo allí, nos
parece. Sí estuvo en el palacio de La Penna, que es un palacio hermoso y enorme, pero
finalmente es un palacio. En cambio, la quinta no; la quinta es un lugar pequeño y siniestro.
Uno no se animaría a pasar una noche allí. Seguramente le hubiera gustado mucho a Beckford,
que era amante de las construcciones y amante de lo siniestro, y desde luego de lo dantesco y
de todo lo que tiene que ver con el infierno; después de todo, él también construyó un infierno
literario.
Hay que leer el libro Vathek de William Beckford y hay que leer lo que Borges dice de ella, y de
ser posible hay que pegarse una vueltita por Cintra. Beckford estuvo allí, y eso lo inspiró en
este libro Vathek, fue influido por Cintra si es que acaso no lo escribió allí. No sabemos dónde
transcurrieron esos 3 días y 2 noches en que escribió su cuento, pero no nos extrañaría que
fuera allí.•
Vathek, de William Beckford
Jorge Luis Borges, 1943
Wilde atribuye la siguiente broma a Carlyle: una biografía de Miguel Ángel que omitiera toda mención de las
obras de Miguel Ángel. Tan compleja es la realidad, tan fragmentaria y tan simplificada la historia, que un
observador omnisciente podría redactar un número indefinido, y casi infinito, de biografías de un hombre, que
destacan hechos independientes y de las que tendríamos que leer muchas antes de comprender que el
protagonista es el mismo. Simplifiquemos desaforadamente una vida: imaginemos que la integran trece mil
hechos. Una de las hipotéticas biografías registraría la serie 11 , 22, 33…; otra, la serie 9, 13, 17, 21..; otra, la
serie 3, 12, 21, 30, 39… No es inconcebible una historia de los sueños de un hombre; otra, de los órganos de
su cuerpo; otra, de las falacias cometidas por él; otra, de todos los momentos en que se imaginó las
pirámides; otra, de su comercio con la noche y con las auroras. Lo anterior puede parecer meramente
quimérico; desgraciadamente, no lo es. Nadie se resigna a escribir la biografía literaria de un escritor, la
biografía militar de un soldado; todos prefieren la biografía genealógica, la biografía económica, la biografía
psiquiátrica, la biografía quirúrgica, la biografía tipográfica. Setecientas páginas en octavo comprende cierta
vida de Poe; el autor, fascinado por los cambios de domicilio, apenas logra rescatar un paréntesis para el
Maelström y para la cosmogonía de Eureka. Otro ejemplo: esta curiosa revelación del prólogo de una
biografía de Bolívar: «En este libro se habla tan escasamente de batallas como en el que el mismo autor
escribió sobre Napoleón». La broma de Carlyle predecía nuestra literatura contemporánea: en 1943 lo
paradójico es una biografía de Miguel Ángel que tolere alguna mención de las obras de Miguel Angel. El
examen de una reciente biografía de William Beckford (1760 1844) me dicta las anteriores observaciones.
William Beckford, de Fonthill, encarnó un tipo suficientemente trivial de millonario, gran señor, viajero,
bibliófilo, constructor de palacios y libertino; Chapman, su biógrafo, desentraña (o procura desentrañar) su
vida laberíntica, pero prescinde de un análisis de Vathek, novela a cuyas últimas diez páginas William
Beckford debe su gloria. He confrontado varias críticas de Vathek. El prólogo que Mallarmé redactó para su
reimpresión de 1876, abunda en observaciones felices (ejemplo: hace notar que la novela principia en la
azotea de una torre desde la que se lee el firmamento, para concluir en un subterráneo encantado), pero está
escrito en un dialecto etimológico del francés, de ingrata o imposible lectura. Belloc ( A Conversation with an
Angel, 1928) opina sobre Beckford sin condescender a razones; equipara su prosa a la de Voltaire y lo juzga
uno de los hombres más viles de su época, one of the vilest men of his time. Quizá el juicio más lúcido es el
de Saintsbury, en el undécimo volumen de la Cambridge History of English Literature. Esencialmente la
fábula de Vathek no es compleja. Vathek (Harún Benalmotásim Vatiq Bilá, noveno califa abbasida) erige una
torre babilónica para descifrar los planetas. Estos le auguran una sucesión de prodigios, cuyo instrumento
será un hombre sin par, que vendrá de una tierra desconocida. Un mercader llega a la capital del imperio: su
cara es tan atroz que los guardias que lo conducen ante el califa avanzan con los ojos cerrados. El mercader
vende una cimitarra al califa; luego desaparece. Grabados en la hoja hay misteriosos caracteres cambiantes
que burlan la curiosidad de Vathek. Un hombre (que luego desaparece también) los descifra; un día
significan: Soy la menor maravilla de una región donde todo es maravilloso y digno del mayor príncipe de la
tierra; otro: Ay de quien temerariamente aspira a saber lo que debería ignorar. El califa se entrega a las artes
mágicas; la voz del mercader, en la oscuridad, le propone abjurar la fe musulmana y adorar los poderes de
las tinieblas. Si lo hace, le será franqueado el Alcázar del Fuego Subterráneo. Bajo sus bóvedas podrá
Alejandro Dolina 4
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contemplar los tesoros que los astros le prometieron, los talismanes que sojuzgan el mundo, las diademas de
los sultanes preadamitas y de Suleimán Bendaúd. El ávido califa se rinde; el mercader le exige cuarenta
sacrificios humanos. Transcurren muchos años sangrientos; Vathek, negra de abominaciones el alma, llega a
una montaña desierta. La tierra se abre; con terror y con esperanza, Vathek baja hasta el fondo del mundo.
Una silenciosa y pálida muchedumbre de personas que no se miran erra por las soberbias galerías de un
palacio infinito. No le ha mentido el mercader: el Alcázar del Fuego Subterráneo abunda en esplendores y en
talismanes, pero también es el Infierno. (En la congénere historia del doctor Fausto, y en las muchas
leyendas medievales que la prefiguraron, el Infierno es el castigo del pecador que pacta con los dioses del
Mal; en ésta es el castigo y la tentación.) Saintsbury y Andrew Lang declaran o sugieren que la invención del
Alcázar del Fuego Subterráneo es la mayor gloria de Beckford. Yo afirmo que se trata del primer Infierno
realmente atroz de la literatura. Arriesgo esta paradoja: el más ilustre de los avernos literarios, el dolente
regno de la Comedia, no es un lugar atroz; es un lugar en el que ocurren hechos atroces. La distinción es
válida. Stevenson (A Chapter on Dreams) refiere que en los sueños de la niñez lo perseguía un matiz
abominable del color pardo; Chesterton (The Man who was Thursday, IV) imagina que en los confines
occidentales del mundo acaso existe un árbol que ya es más, y menos, que un árbol, y en los confines
orientales, algo, una torre, cuya sola arquitectura es malvada. Poe, en el Manuscrito encontrado en una
botella, habla de un mar austral donde crece el volumen de la nave como el cuerpo viviente del marinero;
Melville dedica muchas páginas de Moby Dick a dilucidar el horror de la blancura insoportable de la ballena…
He prodigado ejemplos; quizá hubiera bastado observar que el Infierno dantesco magnifica la noción de una
cárcel; el de Beckford, los túneles de una pesadilla. La Divina Comedia es el libro más justificable y más firme
de todas las literaturas: Vathek es una mera curiosidad, the perfume and suppliance of a minute; creo, sin
embargo, que Vathek pronostica, siquiera de un modo rudimentario, los satánicos esplendores de Thomas de
Quincey y de Poe, de Charles Baudelaire y de Huysmans. Hay un intraducible epíteto inglés, el epíteto
uncanny, para denotar el horror sobrenatural; ese epiteto (unheimlich en alemán) es aplicable a ciertas
páginas de Vathek; que yo recuerde, a ningún otro libro anterior. Chapman indica algunos libros que
influyeron en Beckford: la Bibliothéque Orientale, de Barthélemy d’Herbelot; los Quatre Facardins, de
Hamilton; La Princesa de Babylone, de Voltaire; las siempre denigradas y admirables Mille et une Nuits, de
Galland. Yo complementaría esa lista con las Carceri d’invenzione, de Piranesi; aguafuertes alabadas por
Beckford, que representan poderosos palacios, que son también laberintos inextricables. Beckford, en el
primer capítulo de Vathek, enumera cinco palacios dedicados a los cinco sentidos; Marino, en el Adone, ya
había descrito cinco jardines análogos. Sólo tres días y dos noches del invierno de 1782 requirió William
Beckford para redactar la trágica historia de su califa. La escribió en idioma francés; Henley la tradujo al
inglés en 1785. El original es infiel a la traducción; Saintsbury observa que el francés del siglo XVIII es menos
apto que el inglés para comunicar los «indefinidos horrores» (la frase es de Beckford) de la singularísima
historia. La versión inglesa de Henley figura en el volumen 856 de la Everyman’s Library; la editorial Perrin,
de París, ha publicado el texto original, revisado y prologado por Mallarmé. Es raro que la laboriosa
bibliografía de Chapman ignore esa revisión y ese prólogo.
Alejandro Dolina 5