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XII Congreso Nacional de Literatura Argentina
De independencias, traidores y héroes: las tramas metahistóricas
Alejandro De Oto (UNPSJB) – Susana Lage (UNSJ)
En la ventosa y desértica meseta chubutense, Santos Vega toma mate
mientras espera a Juan González, con el que tiene una deuda. González
entra a su casa y lo acuchilla. En su escape, el asesino se cruza con
Nahuelquir, amigo de Vega, quien con eso se convierte en testigo de la
muerte y a la vez cronista del suceso frente a las cámaras del Canal 7 de
Rawson, en su edición del 28 de mayo de 2003. Según él, Santos Vega salía
de su casa con una puñalada en el pecho, y antes de desplomarse en tierra
alcanza a decirle: “Me jodió Juan González”.
Si los nombres revelan algún rasgo, los de esta historia se pueden
imaginar en sí mismos como indicios de archivos. Nahuelquir remonta el
archivo de un extenso linaje mapuche, rigurosamente histórico, y Santos
Vega el payador del archivo de Ascasubi y Obligado. Sin embargo, ninguno
de los nombres se encuentra en esta historia en sus propios archivos.
Forman, disimuladamente, la historia de un homicidio en un lugar diferente.
Un evento singular, que tal vez no se pueda tipificar en ninguna serie
histórica ni literaria, se desarrolla evocando un ámbito que parece excederlo.
Las palabras finales de Santos Vega podrían ser el indicio de que algo más
allá de la singularidad del evento estaba ordenando su modo de narrarlo.
Algo que quizá indicara las palabras finales por él proferidas. Cierto tono
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estoico, pero podríamos decir, teatral. Cierta sensación pasmosa de proferir
las palabras de un guión en el momento tal vez más importante de su vida: su
muerte. También un halo de trama histórica que lo excede, el de una historia
vivida pero fundada en una voluntad exterior, más amplia, metahistórica.
De la voluntad de los relatos habla quizás Borges en su “Tema del
traidor y del héroe”: “Que la historia hubiera copiado a la historia”, dice el
narrador, “ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura
es inconcebible”. Todo relato será, pues, narrado de antemano, con tramas
prefijadas. Sin embargo, la frase no parece sorprender hoy de la misma
manera, puesto que ya hemos recorrido los extensos debates sobre
narración e historia. La experiencia historiográfica de los últimos treinta años
ha dicho mucho al respecto. Pero tal vez lo importante sea preguntarse si
aquello que circula entre los límites difusos de la historia y la literatura,
aquello que parece reordenar nuestras inquisiciones es la posibilidad de que
la marca metahistórica (y como ejemplo central la nación parece serlo),
disponga la constitución de sujetos históricos, quienes a la par que se
“someten” a la trama escriben/inscriben historia.
En el cuento de Borges, Ryan escribe una historia que sospecha
preescrita, la de la constitución de una nación, cualquier nación (el narrador
elige, “para comodidad narrativa” la Irlanda de 1824, entre la gama de países
“oprimidos y tenaces: Polonia, Irlanda, la república de Venecia, algún estado
sudamericano o balcánico”), y sospecha en su trama la huella del asesinato
de Julio César: las historias se tornan paralelas, los idus de marzo y el
asesinato de Kilpatrick no son más que variantes posibles de una metatrama
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preexistente que es posible reproducir con relación al pasado y aún al futuro
(el irlandés muere de un balazo en un palco, adelantándose a Lincoln).
Pero Ryan descubre que aún la supravoluntad histórica está permeada
por la ficción, al encontrar que el asesinato fue construido por James Nolan
enteramente en tanto que pieza teatral; los sujetos históricos son actores y
actantes de una tragedia que bebe en las fuentes de Julio César, pero el de
Shakespeare, e incluso su Macbeth. No es casual que Nolan haya elegido la
tragedia como estructura de base para poner en escena el asesinato, porque
su mecanismo narrativo implica una intriga que se mueve más allá de la
voluntad de los personajes. Nolan monta una escena que responda a esta
lógica histórica y a su necesidad narrativa: conserva al héroe para la
posteridad y oculta al traidor.
Ryan, por su parte, desanda el camino y descubre la fatalidad de la
trama. Por eso renuncia a narrarla, porque este acto de traición al metarelato
que la puso en marcha la convertiría en ahistórica. Este determinismo a
ultranza al que arriba el personaje-historiador del cuento, revela una
historiografía concebida como reconstrucción de la voluntad demiúrgica más
que como representación de los procesos narrativos e históricos. El
descubrimiento que hace Ryan no sería, en última instancia, una manera de
ofrecer la verdad de los hechos, en el sentido de una historiografía apoyada
en los eventos y sus causas, sino otra forma de tramar la sospecha o el hiato.
Lo que resuena con insólita incomodidad es la posibilidad de que la
experiencia histórica se desenvuelva en términos de trama, es decir, de
ficción.
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No obstante, la decisión final de Ryan de no revelar el secreto que
rodea la muerte de Kilpatrick, (que su muerte como héroe se debe a que
Nolan descubre que es el traidor y por eso urde un plan para que la muerte
se ajuste a lo esperado de su imagen heroica) y que para Borges se inscribe
en algo ya previsto, es el indicio que puede configurar una historia en el
momento mismo que ocurre y se escribe. Afecta el provenir y el pasado.
Presupone una ausencia escandalosamente presente. Se muestra como un
modo particular de la conciencia: la que advierte el carácter de la tragedia
pero decide sumergirse en su trama. La historia de Borges deriva hacia la
ironía porque preserva la idea de lo inconcebible.
Pero qué ocurre cuando lo aparentemente inconcebible se escribe
como la historia de la nación, cuando en el mismo acto de hacer historia se la
trama. Es decir, cuando en el mismo acto de producción del evento histórico
dicho evento ya se sabe histórico y por lo tanto ingresa a una narrativa. En
otro texto argentino, la declaración de la independencia, pasa algo similar.
El breve texto del acta de la independencia argentina recuerda la
compleja operación que está en juego cuando se intenta dar cuenta de una
cierta sustancia histórica supuestamente preexistente como urgencia
histórica, moral y política.
Era universal, constante y decidido el clamor del territorio entero
por su emancipación solemne del poder despótico de los reyes de
España; los Representantes sin embargo consagraron a tan arduo
asunto toda la profundidad de sus talentos, la rectitud de sus
intenciones e interés que demanda la sanción de la suerte suya,
Pueblos representados y posteridad; a su término fueron
preguntados: (sic)
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El clamor decidido, constante y universal y los pueblos representados y
su posteridad prefiguran dos situaciones que definen una historiografía y una
literatura. Una historiografía que ya no podrá desatender en su trama a la
nación como deseo, como finalidad o como meta. Y una literatura en la
medida que lo narrable dependerá siempre de las cercanías o alejamientos
con respecto a la marca de la nación como trama. En cierto sentido, la
ausencia de una nación consolidada en el momento de escritura del texto de
la independencia certifica su existencia metahistórica.
La pregunta dirigida por el acta a los pueblos representados y posteridad
es acerca de la nación, acerca de si deseaban tenerla. Los pueblos
representados otorgan el clásico fundamento a la existencia de cualquier
nación, pero la posteridad asegura su historia. Si su presencia sólo se
advierte en el “clamor del territorio entero” o en la “memoria apasionada de
Irlanda”, no es en términos retrospectivos que organiza la historia y su texto,
sino prospectivos. Hace ingresar la tensión particular de una trama
demiúrgica y de una conciencia trágica como momento que no puede
escindirse en la experiencia. En ese momento historia y literatura ya no se
distinguen entre sí. Las tribulaciones de Ryan frente a la evidencia
documental, que en cierto sentido recuerdan a Ernest Renan escribiendo que
es necesario olvidar para tener una nación, la interpelación del acta de la
independencia a la posteridad, y las palabras proferidas por Santos Vega en
el momento de su muerte se refieren a una situación que parece ineludible.
En conjunto no pueden decir sino lo dicho. Todas parecen responder a un
escenario ordenado por una moral: la integridad de la memoria irlandesa, la
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invención de la nación argentina, la austeridad estoica de la experiencia
gauchesca con Santos Vega.
Tal como en el relato ficcional, tal como en el vivido por Santos Vega, la
construcción de la nación parece seguir un guión. Aún la declaración de
nuestra independencia, o mejor aún, el texto que la imagina ya está
disponible antes de su eventual conformación. La nación, en tanto que deseo,
es lo que organiza dicho texto. Y es también la nación como campo donde se
disponen los eventos la que se ofrece como lugar de recopilación histórica de
la memoria de Irlanda en el “Tema del traidor y del héroe”.
La operación historiográfica, como diría Michel de Certeau, no se lleva a
cabo aquí como explicación del mito que organiza los hechos de ambos
relatos. Los diputados que firman el acta de la independencia no pretenden
ser historiadores, pretenden hacer historia, de manera que resuena
constantemente en ella la necesidad de reunir una comunidad, tal como lo
proclama su texto. Borges, por su parte, introduce a un biógrafo/historiador,
Ryan, quien conoce las reglas del oficio, y sabe que poner en evidencia la
trama urdida por Nolan puede significar tanto un triunfo para la historiografía
como una derrota para la memoria de la nación. Este es un momento
perturbador para la comunidad porque no preservar al héroe supondría
desarticularla. Sin embargo, más perturbador aún resulta el hecho por el cual
incluso el acto de historiar de Ryan, aunque abortado, puede inscribirse en
una historia de la nación irlandesa sin que ella se desarticule. En ese sentido,
la historia, como una disciplina que aparentemente se constituye por el
exterior de la aporía, se encuentra en el dilema de imaginarse excedida por la
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operación histórica producida por su objeto y por la operación narrativa que lo
despliega como trama.
En resumen, la idea de la nación, o las imágenes que de ella circulan en
estos textos parecen ser los espacios donde se configura la dimensión
metahistórica de la trama, y por donde se conjura la diferencia entre historia y
memoria. Frente a la historia cumplida y por cumplirse del acta de la
independencia, frente al historiador del relato de Borges que descubre desde
los indicios una trama que parece cumplir también la misión asignada por un
plan maestro, la nación “asegura” la estabilidad de la trama.
Si se puede percibir algún gesto en ambos textos, dicho gesto es
alguna idea de nación que se explicita pero que es, al mismo tiempo,
fantasmática. Está ausente de lo factual pero sostiene la narrativa y la política
de esos textos. Como Santos Vega, que en pleno desierto patagónico
comprende la lógica metahistórica que lo excede y excede aún su propio
asesinato, Borges pone en escena la tragedia de una escritura, la de la
historia, que habita los márgenes ficticios de la narrativa teatral. A los
diputados de la Declaración de la Independencia los mueve un mandato
narrativo similar al que Ryan descubre al intentar historiar el asesinato de
Kilpatrick. Cumplen ante todo un papel asignado por una noción de misión
histórica ineludible, tramada y preescrita, inevitablemente.
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Referencias
Archivo General de la Nación, “Acta de la Independencia de las Provincias
Unidas en Sud-América”. En línea. Efemérides Culturales Argentinas,
Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología.
[Link] [Internet: 1 de julio de
2003].
Borges, Jorge Luis, 1998. Ficciones. Buenos Aires: Alianza.
Chartier, Roger, 1995. El mundo como representación. Estudios sobre
historia cultural. Barcelona: Gedisa.
De Certeau, Michel, 1993. La escritura de la historia. México: Ed. Universidad
Iberoamericana.
Renan, Ernest, 2002. “¿Qué es una nación?”, en Alvaro Fernández Bravo
(comp.) La invención de la nación. Lecturas de la identidad de Herder a
Homi Bhabha. Buenos Aires: Manantial.