Cultura Medieval y Civilización Islámica
Cultura Medieval y Civilización Islámica
UOD
CULTURA MEDIEVAL
- Civilización islámica:
La península Arábiga, habitada en los primeros siglos de la era cristiana por beduinos nómades
o semisedentarios, fue el contexto geográfico y humano del que brotaron la cultura y la
civilización islámicas.
Se dice que en La Meca, centro de peregrinación, ciudad de caravanas y núcleo mercantil del
mundo medieval nació Mahoma. Allí la verdad le fue revelada y comenzó su prédica del Islam
hasta que en el 622 -inicio de la Hégira-, fue a refugiarse bajo peligro de muerte a la ciudad de
Medina, en la cual encontró protección y creó los fundamentos espirituales e institucionales de
la comunidad musulmana. Los diez años de su vida en Medina y los treinta que siguieron a la
muerte de Mahoma, en que gobernaron los cuatro califas ortodoxos que le acompañaron en vida
(632-661), son reputados por el sentimiento musulmán como "la edad de oro" del Islam.
Sostenida por la íntima convicción de su mensaje y por la fuerza arrolladora de los ejércitos
árabes, la expansión islámica derrotó a los imperios sasánida y bizantino así como al Occidente
del desmembrado imperio romano e hizo del mundo musulmán un imperio que encabezó el
comercio mundial y edificó una red de grandes ciudades.
El Islam, que significa "sumisión a Dios", comprende tres instituciones religiosas fundamentales:
el Corán, la Tradición del Profeta (sunna) y las enseñanzas escritas y orales de los juristas. A
través del doble testimonio de la fe -"No hay más Dios que el Uno y Único" (Allah); "Mahoma es
el mensajero de Dios"-, cuya declaración confiere la condición de musulmán a todo hombre de
buena voluntad, el Corán proclama su mensaje esencial, al-tawhid o "Unidad Divina", la cual
declara los derechos del Creador por encima de todas las relatividades de nuestra existencia
terrena y se realiza en la existencia individual de todo aquel que aproxime lo más posible a Dios
sus pensamientos y acciones. Con ese fin se incita a la lectura del Corán, a la invocación de los
nombres de Dios y a las prácticas obligatorias de la oración, el ayuno, la limosna y la
peregrinación a La Meca, al menos una vez en la vida.
El Profeta, el "elegido" providencialmente para trasmitir a los hombres la ley musulmana (la
sari'a), encarnó el modelo de hombre del mundo islámico. La colección de sus dichos y consejos
y hasta de sus actos y gestos fue recogida, durante el tercer siglo de la Hégira, en los hadits o
"tradiciones", con el fin de facilitar su reproducción y conocimiento por parte de la comunidad de
fieles. Ni el Corán ni la Sunna, sin embargo, están elaborados como cuerpos de leyes. Fue labor
posterior de los eruditos del Islam la formulación de un sistema jurídico que rige y divide los actos
de los creyentes en obligatorios, recomendados, permitidos, condenables y prohibidos, y supone
una divergencia entre la jurisprudencia "sunní", que desaprueba la reflexión personal y la
evolución o adaptabilidad de la ley, y la "si'i", que las pondera. Una sabiduría que como la
musulmana tiende a introducir la dimensión religiosa en todos los aspectos de la vida, toma esta
divergencia por diferencias de interpretación que derivan, en última instancia, de la bondad
divina. "Los desacuerdos de los sabios -declara uno de sus proverbios- son una merced".
La tradición supone que el propio Mahoma formuló el principio de la iyma o consenso de los
creyentes, el cual se concreta en la ley musulmana bajo la forma de un estatuto colectivo llamado
"deber de suficiencia". Por él se eximía a un musulmán de cualquier deber legal obligatorio si un
número suficiente de fieles acuerda suprimírselo. El individuo, sin embargo, no se disuelve en la
comunidad. La ley del Islam supone que con su conducta un hombre sólo se compromete a sí
mismo y que, en su día, sólo él comparecerá ante el Juez Supremo para responder por sus
acciones. No obstante, la índole de hombres iguales ante Dios e idénticamente dependientes y
sometidos a las obligaciones que su ley engendra, ha dado lugar a la definición de la comunidad
musulmana como una "teocracia igualitaria" (L. Gardet, 1961).
El fuerte sentido de cohesión social que acompañó el alto grado de integración de las sociedades
musulmanas tradicionales se debe en mucho a los valores socio-religiosos que orientaron la vida
de sus individuos y de sus comunidades.
El califa o imán, sucesor del Profeta, unía en su persona la autoridad espiritual y secular y era el
jefe supremo de la ciudad. Encargado de crear las condiciones para la aplicación de la ley
coránica, de encabezar la Guerra Santa (yihad), organizar el ejército y garantizar la
administración y la seguridad de los países bajo su dominio, el califa designaba también, en cada
ciudad, a los ministros o visires, a los gobernadores, los comandantes en jefe, los recaudadores
de impuestos y hasta al cuerpo de policía (surta) que velaba por el orden y protegía la ciudad de
sus enemigos.
La justicia en la sociedad islámica tradicional se derivaba del mandato divino. Hay referencia a
un pacto original por medio del cual Dios designó vicarios suyos a los que ejercen la autoridad.
A éstos les cabe el deber de proteger a los fieles como a los últimos el deber de obedecer la
autoridad. Son afines el ideal de justicia platónico y el del Islam: el orden decretado por Dios sólo
prevalecerá allí donde dirijan hombres virtuosos, que unan a su profundo conocimiento de la
divinidad una elevada cualidad moral y en cuyas manos está "hacer que los hombres, en esta
vida y en este medio disfruten al máximo la felicidad y las delicias de la vida futura por medio de
instituciones comunitarias fundadas en la justicia y la confraternidad" (Al-Farabi, s.IV de la
Hégira).
La economía en las ciudades tradicionales musulmanas se regía por un sistema corporativo que
integraba a los hombres dedicados a la producción, la distribución y los servicios, ya se
desempeñasen como propietarios u obreros, trabajadores a domicilio, por cuenta propia o
empleados del gobierno, ya fueran "gentes de alta o baja condición, musulmanes, cristianos y
judíos, nativos o extranjeros naturalizados, todos pertenecían al sistema corporativo" (Yusuf
Ibish, 1976). En las corporaciones se agrupaba la población urbana según sus oficios, así que
las había de artesanos, de mercaderes, de subastadores, prestamistas, músicos, cantantes,
narradores transportistas y marineros.
Una ramita de albahaca entregada por orden del maestro al joven aprendiz indicaba llegada la
hora de su iniciación. La ceremonia, celebrada en casa de un maestro o en algún jardín de la
ciudad, contaba con una nutrida y noble concurrencia que ejecutaba ritos religiosos y
ceremoniales a cuyo término se convertía al joven en miembro de la hermandad, bajo las notas
de una exclamación ritual de alegría en la que convergían diversas tradiciones: "Lluevan las
bendiciones sobre Jesús, Moisés y los que se embellecen los ojos con antimonio (*), pues quién
nos podrá perjudicar!" (Yusuf Ibish, p.152). La iniciación terminaba con un comida sencilla
denominada tamliha (ensalada) que recordaba el doble valor de la sal, nexo entre los que la
comparten y símbolo de artesanos (conocidos como "la sal de los bazares" por su condición de
núcleo principal entre los que se ganan la vida con sudor y paciencia).
El iniciado se integraba a su corporación y, por medio de ella, a la umma. Con los años, la
elaboración de una obra maestra como muestra refinada de su arte podía elevar al artesano al
cargo de maestro. Mencionemos de paso que en el islamismo sufí la artesanía era sinónimo de
arte y a la vez, un medio de realización espiritual que modelaba "una imagen del trabajo que un
hombre que aspira a la contemplación de las realidades divinas debe realizar consigo mismo y
sobre su alma, que entonces representa el papel de un tosco material, desordenado y amorfo,
pero potencialmente noble". (T. Burckhardt, 1976).
La educación musulmana, iniciada en los tiempos del Profeta en La Meca, fue irradiada en lo
fundamental desde la institución de la mezquita y tuvo como contenido la sari'a o ley islámica,
cuyo aprendizaje era un "deber de suficiencia" para la comunidad islámica. La más alta distinción
en el Islam era alcanzar el "saber" -al-'ilm- o conocimiento de la ley revelada. La memoria era
una cualidad tan ponderada en esta enseñanza que su ideal, el título de hafiz, se concedía a
quien aprendiese el Corán de memoria.
Durante los siglos III y IV, en los que la mezquita fungía como una virtual universidad pública,
centro de culto y reunión social, aparecieron la institución del colegio o escuela elemental (kultab)
y las "casas de sabiduría" o "de ciencia", dedicadas exclusivamente a actividades académicas.
En el siglo V aparece la escuela superior o madrasa, patrocinada por el estado, que fue desde
entonces el rector de la enseñanza en el mundo musulmán. Hacia el siglo IX era indispensable
egresar de una madrasa para ocupar un puesto gubernamental.
No sólo la adquisición del saber -que es el modo de discernimiento entre lo prohibido y lo loable-
, sino su transmisión, deviene en el Islam una obligación religiosa que lo convierte en antecedente
histórico del esfuerzo por la democratización de la enseñanza. "La sociedad islámica repudia
al álim (sabio) que evita trasmitir su sabiduría a los demás".
- Europea
La crisis social, económica, política, religiosa y cultural desarrollada en los últimos siglos del
Imperio Romano originó la aparición de una nueva realidad histórica, el mundo medieval. La
Europa surgida de esos cambios se desarrolló entre los siglos V y XV. Durante las primeras
centurias del Medievo fue la depositaria del legado de la Antigüedad, que se vio transformado
por la influencia del elemento germano, pero, sobre todo, por el cristianismo, auténtico factor
aglutinante de las tierras europeas en ese momento. Asimismo, durante esos siglos Europa
vivió el fracaso del Imperio Carolingio, y presenció el nacimiento del Sacro Imperio Romano
Germánico, al tiempo que se veía obligado a defenderse de nuevos invasores, que pusieron en
jaque algo más que su seguridad. Durante la Plena Edad Media (siglos XI a XIII), Europa se
convirtió en artífice de nuevos procesos en todos los campos, mientras experimentaba un
momento de expansión y desarrollo. Son los siglos del feudalismo clásico, también los de la
revolución comercial. Asimismo, esas centurias contemplaron la lucha entre Papado e Imperio
como consecuencia del desarrollo de las aspiraciones de dominio universal, y la consolidación
de las monarquías; consecuencia de todo esto fueron las Cruzadas, que muestran, entre otras
cosas, la pujanza que había logrado el mundo europeo. Finalmente, durante la Baja Edad
Media (siglos XIV y XV), el mundo europeo se vio sacudido por la crisis del siglo XIV: hambres,
guerras y la terrible epidemia de Peste Negra. Estos acontecimientos transformaron la
fisonomía europea, propiciando cambios de gran calado, precursores de la Modernidad: la
Edad Media se extingue, pero lo hace dentro de un clima generalizado de renacimiento, que se
proyecta hacia el futuro.
Se dice que la Iglesia Católica medieval fue ambivalente hacia la ciencia y filosofía
griegas. El dilema que enfrentó era cómo definir las fronteras entre la razón y la
fe, y cómo integrar el conocimiento científico de la Antigüedad (pagano). Los
fundadores de la iglesia católica también eran conscientes de la influencia
"corrupta'' que las filosofías racionales y los sistemas místicos podían ejercer
sobre la nueva religión. San Agustín en el siglo V d.C. ofreció una solución parcial
a este problema. No obstante, con las consecuencias de la invasión germana y el
colapso del Imperio Romano de Occidente en el siglo V, pospusieron el debate
acerca del papel de la ciencia racional pagana en una sociedad cristiana por lo
menos por siete siglos.
La ciencia griega, con todo y sus limitaciones, había ofrecido dos metodologías o aproximaciones
en la construcción científica y matemática. Por un lado, aquella que subrayaba el papel de la
deducción lógica y la reducción a primeros principios. Una visión racionalista, si se quiere. Y, por
otra parte, aquella que afirmaba métodos inductivos y heurísticos, que estaban asociados a una
influencia de culturas y tradiciones no occidentales, que se puede apreciar muy bien en la ciencia
alejandrina. Ambas aproximaciones, sin embargo, se basaban en la razón, la mente como
recurso de base. En el mundo cristiano el énfasis, durante siglos, pasó a la fe, fuera de la razón.
Y esto fue un auténtico obstáculo para el progreso de las ciencias y el pensamiento en general.
Las traducciones
La lengua oficial de la Iglesia era el latín, por lo que fue impuesto al compás de la expansión
política y cultural de la misma. De hecho, el latín no solo era la referencia para las escuelas de
instrucción sino precisamente en la búsqueda de conocimiento.
Fueron relevantes para la cultura europea las traducciones al latín, y aquí la figura fundamental
fue Anicio Manlio Severinno Boecio (c. 480 - 524), que tradujo del griego al latín varias
selecciones de tratados elementales de aritmética, geometría, astronomía. Por ejemplo, tradujo
fragmentos de los Elementos de Euclides (entre 2 y 5 libros), la Introductio arithmetica de
Nicomaco, obras de Aristóteles y una astronomía basada en la obras de Ptolomeo. Se supone
que introdujo el término quadrivium, para referirse a la aritmética, geometría, música y
astronomía. Crombie reseña la situación:
"La matemática y la lógica del Occidente latino reposaban sobre la obra de Boecio en el siglo VI,
quien realizó en este campo lo que Plinio hizo con la Historia Natural. Boecio, además de
recopilar tratados elementales sobre Geometría, Aritmética, Astronomía y Música, basados en
las obras de Euclides, Nicómaco y Ptolomeo, tradujo las obras de Aristóteles al latín. De estas
traducciones solamente se conocieron ampliamente antes del siglo XII las Categorías y el De
Interpretatione; hasta esa fecha, las traducciones y comentarios de Boecio fueron la fuente
principal para el estudio de la Lógica y de la Matemática. El conocimiento de la Matemática
estaba limitado en gran parte a la Aritmética. El único tratado matemático que queda intacto, la
llamada Geometría de Boecio, que data de una época no anterior al siglo IX, contenía solamente
fragmentos de Euclides y trataba principalmente de operaciones prácticas, tales como la
Agrimensura. Casiodoro (hacia 490 - 580), en sus obras populares sobre las Artes Liberales, hizo
solamente una exposición muy elemental de las Matemáticas. ‘‘
- Occidental
El Occidente medieval nació de las ruinas del mundo romano. En ellas encontró un apoyo y un
obstáculo a la vez. Roma fue su alimento y su parálisis. La historia romana, establecida por
Rómulo bajo el signo del aislamiento, no es más que la historia de una grandiosa clausura,
incluso en sus mayores éxitos. La ciudad reúne en torno a ella un espacio dilatado por las
conquistas hasta un perímetro óptimo de defensa que ella misma se propone en el siglo I encerrar
tras los limes (limites), verdadera muralla china del mundo occidental. Dentro de esa muralla
Roma explota sin crear: ninguna innovación técnica desde la época helenística, una economía
nutrida por el pillaje donde las guerras victoriosas proporcionan la mano de obra servil y los
metales preciosos arrancados de los bienes atesorados de Oriente. Sobresale, eso sí, en las
artes conservadoras: la guerra, siempre defensiva pese a las apariencias de la conquista; el
derecho, que se construye sobre el andamiaje de los precedentes y previene contra las
innovaciones; el sentido del Estado que garantiza la estabilidad de las instituciones; la
arquitectura, arte por excelencia del habitat. Esta obra maestra de permanencia, de
integraciones, que fue la civilización romana se vio atacada en la segunda mitad del siglo II por
la erosión de fuerzas de destrucción y de renovación.
La gran crisis del siglo III socava el edificio. La unidad del mundo romano se esfuma: el corazón,
Roma e Italia, se anquilosa, ya no riega los miembros que intentan vivir su propia vida: las
provincias se emancipan y después se convierten en conquistadoras. Españoles, galos y
orientales invaden el senado. Los emperadores Trajano y Adriano son españoles y Antonino, de
ascendencia gala; bajo la dinastía de los Severos, los emperadores son africanos y las
emperatrices sirias. El edicto de Caracalla concede en el 212 el derecho de ciudadanía romana
a todos los habitantes del Imperio. Tanto este ascenso provincial como el éxito de la
romanización muestran el ascenso de fuerzas centrífugas. El Occidente medieval será el
heredero de esta lucha: ¿unidad o diversidad?, ¿cristiandad o naciones?
La fortaleza romana de donde partían las legiones a la captura de prisioneros y de botín se halla
ahora asediada y muy pronto asaltada. La última gran guerra victoriosa data de los tiempos de
Trajano, y el oro de los dacios después del 107 es el último gran alimento de la prosperidad
romana. Al agotamiento exterior se añade el estancamiento interno y, sobre todo, la crisis
demográfica que hace más aguda la penuria de la mano de obra servil. En el siglo II Marco
Aurelio contiene el asalto bárbaro sobre el Danubio donde muere en el 180, y el siglo III es testigo
de un asalto general a las fronteras de los limes que se calma no tanto por los éxitos militares de
los emperadores ilirios a finales del siglo y de sus sucesores, como por el apaciguamiento que
supuso la aceptación como federados, aliados, de los bárbaros, admitidos en el ejército o en los
límites interiores del Imperio: primeros esbozos de una fusión que caracterizará a la Edad Media.
Los emperadores creen poder conjurar el destino abandonando los dioses tutelares, que han
fracasado, por el Dios nuevo de los cristianos. La renovación constantiniana da la impresión de
ratificar todas las esperanzas: bajo la égida de Cristo parece que la prosperidad y la paz quieren
reaparecer. Pero sólo se trata de un corto respiro. El cristianismo es un falso aliado de Roma.
Las estructuras romanas no son para la Iglesia más que un marco donde tomar forma, una base
donde apoyarse, un instrumento para afianzarse. El cristianismo, religión con vocación universal,
duda antes de encerrarse en los límites de una civilización determinada. Sin lugar a dudas, él
será el principal agente de la transmisión de la cultura romana al Occidente medieval. Pero junto
a esta religión cerrada la Edad Media occidental descubrirá también una religión abierta y el
diálogo de esos dos rostros del cristianismo dominará esta edad intermedia.
Economía cerrada o economía abierta, mundo rural o mundo urbano, fortaleza única o
mansiones diversas: el Occidente medieval empleará diez siglos en resolver estas alternativas.
Si se puede detectar en la crisis del mundo romano del siglo III el comienzo de la conmoción de
la que nacerá el Occidente medieval, es perfectamente válido considerar las invasiones bárbaras
del siglo V como el acontecimiento que desencadena las transformaciones, les da un cariz
catastrófico y modifica profundamente su aspecto.
Las invasiones germánicas en el siglo V no son una novedad para el mundo romano. Sin
remontarse a los cimbros y a los teutones vencidos por Mario a comienzos del siglo II antes de
Cristo, hay que tener en cuenta que desde el reinado de Marco Aurelio (161-180) la amenaza
germánica se cierne permanentemente sobre el Imperio. Las invasiones bárbaras son uno de los
elementos esenciales de la crisis del siglo III. Los emperadores galos e ilirios de finales del siglo
III alejaron durante un tiempo el peligro. Pero -para ceñirnos a la parte occidental del Imperio- la
gran incursión de los alamanes, de los francos y de otros pueblos germánicos que el año 276
devastan la Galia, España e Italia del norte, presagia la gran avalancha del siglo V. Deja las
llagas sin cicatrizar -campos devastados, ciudades en ruina-, acelera la evolución económica -
decadencia de la agricultura, repliegue urbano-, la regresión demográfica y las transformaciones
sociales: los labriegos se ven obligados a buscar el amparo cada vez más pesado de los grandes
propietarios que se convierten de este modo en jefes de bandas militares y la situación del colono
se parece cada vez más a la del esclavo. Y a veces la miseria campesina se transforma en
levantamiento: circunceliones africanos, bagaudas galos y españoles cuya revuelta se hace
endémica en los siglos IV y V.
Poco importan las causas de las invasiones. La explosión demográfica, la codicia hacia territorios
más ricos invocadas por Jordanes quizá no hayan tenido lugar más que como consecuencia de
un impulso inicial que bien podría haber sido un cambio de clima, un enfriamiento que, desde
Siberia a Escandinavia, habría reducido los terrenos de cultivo y de crianza de los pueblos
bárbaros y, empujándose unos a otros, les habría puesto en marcha hacia el sur y el oeste hasta
las Finisterre occidentales: la Bretaña, que se convertiría en Inglaterra, la Galia, que sería
después Francia, España de la que sólo el sur tomaría el nombre de los vándalos (Andalucía) e
Italia que sólo en el norte conservaría el nombre de sus invasores tardíos (Lombardía).
Hay ciertos aspectos de esas invasiones que tienen una importancia especial.
Ante todo, son casi siempre una huida hacia adelante. Los invasores son fugitivos presionados
por algo más fuerte o más cruel que ellos. Su crueldad es con frecuencia la crueldad de la
desesperación, sobre todo cuando los romanos les niegan el asilo que ellos piden con frecuencia
de forma pacífica.
Es cierto que los autores de los textos siguientes son sobre todo paganos que, herederos de la
cultura grecorromana, manifiestan el odio hacia el bárbaro que aniquila desde fuera y desde
dentro esta civilización, destruyéndola o envileciéndola. Pero muchos cristianos para quienes el
Imperio romano es la cuna providencial del cristianismo experimentan la misma repulsa hacia los
invasores.
- El estado feudal
- El Latifundio
La realeza hispánica fomentó la instalación de los monasterios y se sirvió de ellos para conformar
una ordenación del espacio, poblar los territorios vacíos, vertebrar la vida económica de la región
en la que se asentaban, especialmente la región norte de la península. Debemos repasar los
antecedentes, es decir tomando como punto de arranque el siglo X, observar la evolución de las
distintas etapas que configuraron momentos históricos en los cuales el doble juego, el de la
realeza, por un lado, el de las comunidades monásticas, del otro, se presentaría como una
ecuación estímulo-respuesta Pero no todo se redujo a la dialéctica monarquía-monasterios.
García de Cortázar en una síntesis del transitar de los monasterios en la zona norte de la
península habla de la colonización monástica definiéndola como un “ doble proceso constituido,
de un lado, por la proliferación de centros monásticos y, de otro, por el conjunto de iniciativas y
los resultados de su aplicación desplegado por aquellos sobre la población asentada en un
espacio y durante un tiempo.
Con idénticos materiales a los usados por Cortazar, me permito tomar como hilo conductor el
proceso de europeización de los monasterios castellano-leoneses. Y la labor de la monarquía en
este sentido Si en una primera etapa de la recuperación de los territorios perdidos frente al Islam
los monasterios eran de tipo familiar, dúplices y se confundían con las iglesias propias, la nueva
situación de la península luego de los arrebatos de Almanzor y la progresiva reconquista,
encontró a Hispania sumida en el aislamiento internacional, –recordemos que la veneración del
Apóstol y el camino de Santiago se inauguran en aquellos momentos–. En este periodo la
mayoría de los monasterios son de origen aristocrático, familiares, muchos son dúplices y
pactistas y juegan un papel en general reducido a su área de influencia. Claro, se trataba en
ciertos casos de zonas de frontera con todavía escasa injerencia del poder real en la
conformación de estos monasteriolos, cuyas dimensiones fluctuaban, pero entre los cuales se
encontraban importantes cenobios tales como Cardeña, Covarrubias o Arlanza. La introducción
del benedictinismo –tardía en Hispania conforme a lo que repite Linage– supuso un comienzo de
homogeneización de los monasterios aun cuando coexistían cenobios con distintas reglas. Fue
sin duda el Concilio de Coyanza, (1055) –el primero convocado por un monarca– el que lanzo la
orden de que los monasterios acatasen la reglas de San Isidoro o la de Benito. Este concilio,
convocado por Fernando I de León intentaba corregir defectos y abusos de la iglesia peninsular
y no participaba todavía del espíritu reformista emanado del Papado y de otras instancias
eclesiásticas.
Será la reforma impulsada por el papa Gregorio VII la que señalará el camino de los cambios, la
que integrará al monasticismo occidental en una vasta red conformada por los monasterios que
se adscribieron a Cluny. Y aquí comienza la intervención real en forma sistemática y con ella una
política regia que tal vez como afirma Cortázar atiende más a la política eclesiástica y episcopal
que a los mismos monasterios. De todos modos, la introducción de Cluny en la península marcó
un hito en la historia hispánica. Solo basta señalar el cambio de la liturgia, las introducción de la
letra carolina, la presencia de francos en las más altas funciones episcopales, y la ocupación de
cátedras episcopales por parte de abades. Sin embargo entre los objetivos de los monjes de
Cluny la política estaba ausente, las funciones episcopales no interesaban –Mayolo rechazó ser
obispo de Besançon– y solo les preocupaba la caridad hacia el pobre, el enfermo, el peregrino y
el laico en general.17 Pero no seria así en España, donde la “invasión” cluniacense, alentada por
los reyes. desbordó ampliamente el ámbito de los monasterios y logró generar un proceso de
aculturación que respondía a la inserción de los reinos hispánicos en el circulo de los pueblos
euro-occidentales. El caso del gran monasterio de Sahagún es arquetípico: Alfonso VI “le otorga
un impulso definitivo, convirtiéndolo en banco de pruebas de sus iniciativas políticas y religiosas”,
aun cuando anteriores reyes habían promovido tanto construcciones cuanto apoyo al
monasterio,.18 pero es este monarca –cuya política religiosa apuntaba a incorporar y promover
a los monjes negros–, quien, al mismo tiempo, se sirvió de Cluny para rechazar las pretensiones
papales acerca de la soberanía de los reinos castellano-leoneses.
- Los gremios, los curdos.
Durante la Edad Media en Europa, los trabajadores dependían por completo de sus señores y
amos a la hora de rendir cuentas y realizar su trabajo. Todo debía estar a su gusto y en la
mayoría de las ocasiones las condiciones laborales eran abusivas. Por motivos como
estos, surgieron los denominados gremios de trabajadores a partir del siglo XI y que
permanecieron en la sociedad hasta finales de la Edad Moderna, momento en que fueron
abolidos.
Su función principal era la de proteger sus intereses, controlando la calidad y el precio de los
productos y procurando que todas las personas pertenecientes al gremio tuviesen un trabajo.
También intentaban evitar la competencia con grupos artesanales extranjeros y ofrecían
una plataforma de aprendizaje para aquellos que desearan unirse al gremio y, por tanto, a la
profesión. Además, cada gremio tenía un símbolo que los identificaba y diferenciaba del resto
de gremios de la población, indicando de esta manera a qué oficio pertenecían. Así, existían
por ejemplo el gremio de carpinteros o el gremio de panaderos.
La estructura de los gremios era muy sencilla. Se dividía de forma jerárquica en tres
niveles: maestro, oficial y aprendiz. La autoridad era el maestro, el que estaba en la cima
de la pirámide. Un miembro del gremio podía llegar a serlo tras pasar un examen y una prueba
práctica de sus habilidades. Si aprobaba, tenía derecho a abrir un taller propio, ser el dueño de
las herramientas, acoger peticiones de trabajo y establecer su propio sistema de
comercialización.
Los oficiales se encontraban un nivel por debajo de los maestros, estaban en el punto medio.
Se trata de artesanos ya con cierto conocimiento que llegaban a cobrar por su trabajo, estaban
bajo la supervisión del maestro y trataban de perfeccionar sus habilidades.
Por último y en lo más bajo, se encontraban los aprendices. El acceso estaba limitado y
tenían prohibido ingresar los musulmanes y los judíos, sólo se admitía a los denominados
cristianos viejos, es decir, aquellos que no tuvieran mezcla de sangre. Su admisión se hacía
patente tras la firma del ‘contrato de aprendizaje’, donde se estipulaban las normas que el
aprendiz y el maestro debían cumplir.
PENSAMIENTO MEDIEVAL
- Santo Tomas
Santo Tomás de Aquino (1225-1274) fue el más importante intelectual de la Alta Edad Media,
el hombre que integró el sistema filosófico de Aristóteles, el concepto de la ley natural y la
teología cristiana para forjar el “tomismo”, una asombrosa síntesis de filosofía, teología y
ciencias humanas. Este joven italiano nació en la aristocracia, hijo de Landolfo, conde de
Aquino en Rocca Seca en el reino de Nápoles. Estudió a temprana edad con los benedictinos y
luego en la Universidad de Nápoles. A los 15 años, intentó entrar en la nueva orden de los
dominicos, pero sus padres le impidieron físicamente hacerlo, manteniéndole encerrado
durante dos años. Finalmente, Santo Tomás escapó, se unió a los dominicos y luego estudió
en Colonia y finalmente en París y enseñó allí y en otros centros universitarios europeos.
Aquino era tan corpulento que se decía que tenía que recortarse una gran sección de la mesa
de comidas para que se pudiera sentar en ella. Aquino escribió numerosas obras, empezando
por sus Comentarios a las sentencias de Pedro Lombardo en la década de 1250 y terminando
con su magistral y enormemente influyente Summa Theologica en tres partes, escrita entre
1265 y 1273. Fue la Summa, más que ninguna otra obra, la que iba a establecer el tomismo
como corriente principal de la teología escolástica católica para los próximos siglos.
Hasta hace poco, los estudios históricos sobre el precio justo empezaban normalmente con
Santo Tomás, como si toda la discusión hubiera aparecido de repente en la rotunda persona de
Santo Tomás, en el siglo XIII. Sin embargo hemos visto que Aquino Trabajó sobre una rica
tradición canónica, románica y teológica. No sorprende que Aquino siguiera a su reverenciado
maestro, San Alberto Magno, y los demás teólogos del siglo anterior al insistir en el precio justo
para todos los intercambios y, descontento con el credo legista más liberal de la libre
negociación hasta el supuesto punto de la laesio enormis, al afirmar que la ley divina, que debe
imponerse sobre la ley humana, demanda una completa virtud o el precio justo preciso.
Por desgracia, al explicar el precio justo, Santo Tomás acumuló grandes problemas para el
futuro al ser vago en cuál se supone que debería ser éste. Como fundador de un sistema
basado en el gran Aristóteles, Aquino, siguiendo a su antecesor San Alberto, se sintió obligado
a incorporar en su teoría el análisis aristotélico de los intercambios, con todas las
ambigüedades y oscuridades que incluía. Santo Tomás fue claramente aristotélico en adoptar
la postura mordaz de este último de que el determinante del valor de intercambio era la
necesidad o utilidad de los consumidores, expresada en su demanda de productos. Y así, se
reincorporó al pensamiento económico este aspecto protoaustriaco del valor basado en la
demanda y utilidad. Por otro lado, fue redescubierta la postura errónea de Aristóteles del
intercambio como “igualador” de valores, junto con la indescifrable relación zapatero-
constructor. Por desgracia en el curso del Comentario a la Ética a Nicómaco de Aristóteles,
Tomás siguió a San Alberto al parecer añadir a la utilidad, como determinante del valor de
intercambio, el trabajo más los gastos. Esto dio pie a la posterior idea de que Santo Tomás
había añadido a la teoría de la utilidad del valor de Aristóteles una teoría del coste de
producción (trabajo más costes) o incluso reemplazado la teoría de la utilidad por una de
costes. Algunos comentaristas han llegado a declarar que Aquino había adoptado un teoría del
valor trabajo, ejemplificada en la famosa y triunfante frase del historiador socialista anglicano
del siglo XX Richard Henry Tawney: “El verdadero legado de las doctrinas de Aquino es la
teoría del valor trabajo. El último de sus discípulos es Kart Marx”.
Dante Alighieri, autor de la Divina Comedia, nació en Florencia, Italia. Su familia pertenecía a la
pequeña nobleza. Participó fervorosamente en la política y ocupó diversos cargos públicos. En
el año 1300 fue nombrado Prior de la República Florentina. Sin embargo, dos años más tarde
sus adversarios lo destituyeron y lo condenaron al destierro. Murió en el exilio, en 1321.”
La divina Comedia, obra escrita por Dante Alighieri, se ubica a lo largo del siglo XIV y por lo tanto
tiene tanta ideología medieval como renacentista; su tema es religioso pero en la forma como es
llevado pertenece al humanismo. Y es aquí, en la intersección entre Medioevo y Renacimiento,
donde radica la base de mi tesis acerca de la intención que tenía Dante con respecto a su obra:
¿ciencia ficción? o ¿modelo de conducta?. Para saber la intención que tenía el autor con su obra,
primero hay que saber qué fue lo que lo impulsó a escribirla o mejor aún, en qué situación se
encontraba o en qué medio se desenvolvía.
Hechos que marcaron la vida de Dante fueron: la muerte de su amada Beatriz a los 24 años, y
en consecuencia de esto, abatido por la desaparición de su amada se sumió durante casi tres
años, en una serie de estudios que serían la base de su ciencia. Y otro gran acontecimiento de
su vida, fue que a raíz de la muerte del emperador Federico II, surgieron luchas y enfrentamientos
entre los gibelinos (partidarios de la restauración del Imperio) y los güelfos (seguidores del
pontificado), pero entre los güelfos surgieron discordias y se dividieron en negros (partidarios de
la política papal de alianza con Francia) y blancos (defensores de la política de independencia).
Pero en 1301 el papa Bonifacio VIII y los negros triunfaron, y como Dante era un blanco en 1302
fue desterrado. Estos acontecimientos permiten deducir un Dante en medio de una sociedad que
no comprende sus ideales, un Dante con dolor, sin esperanzas, y se encuentra en un mundo que
cada día se corrompe más y Dante no puede hacer nada. En el exilio no puede saber como están
sus hijos ni su tierra natal. Y por lo tanto produce obras que reflejan los sentimientos y
pensamientos de un hombre totalmente sensible e inteligente.