0% encontró este documento útil (0 votos)
70 vistas17 páginas

Cultura Medieval y Civilización Islámica

Este documento describe aspectos clave de la cultura medieval islámica en 3 oraciones: 1) La civilización islámica surgió en la península arábiga en el siglo VII d.C. impulsada por las enseñanzas del profeta Mahoma y se expandió rápidamente conquistando gran parte del mundo conocido. 2) La sociedad islámica se basaba en fuertes lazos comunitarios y igualdad ante la ley religiosa (sharia), y las ciudades estaban gobernadas por un califa que

Cargado por

Jency de la cruz
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
70 vistas17 páginas

Cultura Medieval y Civilización Islámica

Este documento describe aspectos clave de la cultura medieval islámica en 3 oraciones: 1) La civilización islámica surgió en la península arábiga en el siglo VII d.C. impulsada por las enseñanzas del profeta Mahoma y se expandió rápidamente conquistando gran parte del mundo conocido. 2) La sociedad islámica se basaba en fuertes lazos comunitarios y igualdad ante la ley religiosa (sharia), y las ciudades estaban gobernadas por un califa que

Cargado por

Jency de la cruz
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

UNIVERSIDAD ODONTOLOGICA DOMINICANA

UOD

DELFANY MARTINEZ ALCANTARA


14-UOD-0178

CULTURA MEDIEVAL

DRA. FRANCISCA RIVAS


INTRODUCCION
La Edad Media es la época de nacimiento y configuración del mundo occidental actual. Las
lenguas romances aparecen documentadas a partir del siglo X y sus literaturas, en general,
apartir del XII. Por lo demás, no se trata sólo de las lenguas y literaturas derivadas del latín: las
lenguas germánicas también se arraigan en esta época. Más aún: lo que nos llega, en
principio, del mundo clásico lo hace pasado por el filtro medieval. Si, por un lado, existe un
movimiento de divergencia -la fragmentación del antiguo Imperio Romano en la multitud de
reinos que irán configurando el rostro de eso que llamamos Europa-, existe, por otro, también
un elemento cohesionador de primer orden: la lengua latina, vehículo de pensamiento y
expresión omnipresente. Por todo esto, es fundamental una asignatura que permita al
estudiante un acercamiento suficientemente rico, heterogéneo y multidisciplinar a un mundo
que nunca ha dejado de fascinar y de ser objeto de las más variadas mitificaciones y
falsificaciones. La asignatura que aquí describimos se aplicará, por voluntad e interés docente,
al mundo de las lenguas y literaturas que aquí estudiamos, pero ni qué decir tiene que puede
ser fácilmente extrapolable en beneficio de otros ámbitos culturales y, también, de otras
disciplinas. Por todo ello se oferta entre los módulos de formación básica: consideramos que un
conocimiento suficiente de la cultura medieval aporta la necesaria transversalidad para iniciarse
en el estudio más concreto de las literaturas europeas.
CULTURA MEDIEVAL
Las civilizaciones que surgen como desintegración de la cultura clásica:

- Civilización islámica:

La civilización islámica: origen y fundamentos

La península Arábiga, habitada en los primeros siglos de la era cristiana por beduinos nómades
o semisedentarios, fue el contexto geográfico y humano del que brotaron la cultura y la
civilización islámicas.

Se dice que en La Meca, centro de peregrinación, ciudad de caravanas y núcleo mercantil del
mundo medieval nació Mahoma. Allí la verdad le fue revelada y comenzó su prédica del Islam
hasta que en el 622 -inicio de la Hégira-, fue a refugiarse bajo peligro de muerte a la ciudad de
Medina, en la cual encontró protección y creó los fundamentos espirituales e institucionales de
la comunidad musulmana. Los diez años de su vida en Medina y los treinta que siguieron a la
muerte de Mahoma, en que gobernaron los cuatro califas ortodoxos que le acompañaron en vida
(632-661), son reputados por el sentimiento musulmán como "la edad de oro" del Islam.

Sostenida por la íntima convicción de su mensaje y por la fuerza arrolladora de los ejércitos
árabes, la expansión islámica derrotó a los imperios sasánida y bizantino así como al Occidente
del desmembrado imperio romano e hizo del mundo musulmán un imperio que encabezó el
comercio mundial y edificó una red de grandes ciudades.

Ciudad islámica e instituciones religiosas

La ciudad islámica es la comunidad de personas que profesan el Islam. Constituye la umma o


nación, en la cual cada musulmán se reconoce, independientemente de que viva solo o en grupo
y sea ciudadano o campesino, nómade o sedentario. Una interpretación más acotada la define
como Dar al-Islam, "morada del Islam" y la limita a los países o grupos urbanos en que rige la
ley canónica islámica y se practican sus formas tradicionales de vida.

El Islam, que significa "sumisión a Dios", comprende tres instituciones religiosas fundamentales:
el Corán, la Tradición del Profeta (sunna) y las enseñanzas escritas y orales de los juristas. A
través del doble testimonio de la fe -"No hay más Dios que el Uno y Único" (Allah); "Mahoma es
el mensajero de Dios"-, cuya declaración confiere la condición de musulmán a todo hombre de
buena voluntad, el Corán proclama su mensaje esencial, al-tawhid o "Unidad Divina", la cual
declara los derechos del Creador por encima de todas las relatividades de nuestra existencia
terrena y se realiza en la existencia individual de todo aquel que aproxime lo más posible a Dios
sus pensamientos y acciones. Con ese fin se incita a la lectura del Corán, a la invocación de los
nombres de Dios y a las prácticas obligatorias de la oración, el ayuno, la limosna y la
peregrinación a La Meca, al menos una vez en la vida.

El Profeta, el "elegido" providencialmente para trasmitir a los hombres la ley musulmana (la
sari'a), encarnó el modelo de hombre del mundo islámico. La colección de sus dichos y consejos
y hasta de sus actos y gestos fue recogida, durante el tercer siglo de la Hégira, en los hadits o
"tradiciones", con el fin de facilitar su reproducción y conocimiento por parte de la comunidad de
fieles. Ni el Corán ni la Sunna, sin embargo, están elaborados como cuerpos de leyes. Fue labor
posterior de los eruditos del Islam la formulación de un sistema jurídico que rige y divide los actos
de los creyentes en obligatorios, recomendados, permitidos, condenables y prohibidos, y supone
una divergencia entre la jurisprudencia "sunní", que desaprueba la reflexión personal y la
evolución o adaptabilidad de la ley, y la "si'i", que las pondera. Una sabiduría que como la
musulmana tiende a introducir la dimensión religiosa en todos los aspectos de la vida, toma esta
divergencia por diferencias de interpretación que derivan, en última instancia, de la bondad
divina. "Los desacuerdos de los sabios -declara uno de sus proverbios- son una merced".

Sociedad, comunidad e individuo

Lo esencial de la ciudad islámica es la "combinación perdurable del esfuerzo desplegado por


cada hombre para someterse a la voluntad del legislador divino y del marco comunal que le sirve
de ayuda y soporte en ese esfuerzo" (J. L. Michon, 1976). El vínculo entre el individuo y el todo
social en el Islam es tan fuerte que la tarea de la redención individual "engloba ipso facto la
sacralización de lo social" dentro de sus marcos. La salvación de cada cual depende de los que
le rodean tanto como de que las circunstancias le sean más o menos propicias.

La tradición supone que el propio Mahoma formuló el principio de la iyma o consenso de los
creyentes, el cual se concreta en la ley musulmana bajo la forma de un estatuto colectivo llamado
"deber de suficiencia". Por él se eximía a un musulmán de cualquier deber legal obligatorio si un
número suficiente de fieles acuerda suprimírselo. El individuo, sin embargo, no se disuelve en la
comunidad. La ley del Islam supone que con su conducta un hombre sólo se compromete a sí
mismo y que, en su día, sólo él comparecerá ante el Juez Supremo para responder por sus
acciones. No obstante, la índole de hombres iguales ante Dios e idénticamente dependientes y
sometidos a las obligaciones que su ley engendra, ha dado lugar a la definición de la comunidad
musulmana como una "teocracia igualitaria" (L. Gardet, 1961).

El fuerte sentido de cohesión social que acompañó el alto grado de integración de las sociedades
musulmanas tradicionales se debe en mucho a los valores socio-religiosos que orientaron la vida
de sus individuos y de sus comunidades.

Gobierno y política: la comunidad islámica

La comunidad establecida en Medina en el siglo I de la Hégira (s.VII n.e.), fue el prototipo de


organización institucional -derivada de fines religiosos- que rigió en todas las sociedades
tradicionales musulmanas. Llamada inicialmente Yatrib, su nuevo nombre, al-Madina ("la ciudad
por excelencia"), designa su condición de centro de la umma y sede de la autoridad y la justicia.

El califa o imán, sucesor del Profeta, unía en su persona la autoridad espiritual y secular y era el
jefe supremo de la ciudad. Encargado de crear las condiciones para la aplicación de la ley
coránica, de encabezar la Guerra Santa (yihad), organizar el ejército y garantizar la
administración y la seguridad de los países bajo su dominio, el califa designaba también, en cada
ciudad, a los ministros o visires, a los gobernadores, los comandantes en jefe, los recaudadores
de impuestos y hasta al cuerpo de policía (surta) que velaba por el orden y protegía la ciudad de
sus enemigos.

La justicia en la sociedad islámica tradicional se derivaba del mandato divino. Hay referencia a
un pacto original por medio del cual Dios designó vicarios suyos a los que ejercen la autoridad.
A éstos les cabe el deber de proteger a los fieles como a los últimos el deber de obedecer la
autoridad. Son afines el ideal de justicia platónico y el del Islam: el orden decretado por Dios sólo
prevalecerá allí donde dirijan hombres virtuosos, que unan a su profundo conocimiento de la
divinidad una elevada cualidad moral y en cuyas manos está "hacer que los hombres, en esta
vida y en este medio disfruten al máximo la felicidad y las delicias de la vida futura por medio de
instituciones comunitarias fundadas en la justicia y la confraternidad" (Al-Farabi, s.IV de la
Hégira).

Pese a que el ordenamiento jurídico de las ciudades islámicas tradicionales careció de la


autonomía local y municipal de que gozaron las ciudades europeas medievales, sus
instituciones, orientadas por valores que rechazaban la discriminación por motivos de raza,
religión o condición social, propiciaron el elevado grado de integración que fue común en todas
las ciudades del mundo musulmán, desde Al-Andalus hasta la India.

Muestra la flexibilidad y la propensión democrática de la jurisprudencia islámica el hecho de que


sus juristas aceptaron como fuente de legislación, durante siglos, los hábitos locales de las
diversas ciudades.

La economía en la sociedad medieval

La economía en las ciudades tradicionales musulmanas se regía por un sistema corporativo que
integraba a los hombres dedicados a la producción, la distribución y los servicios, ya se
desempeñasen como propietarios u obreros, trabajadores a domicilio, por cuenta propia o
empleados del gobierno, ya fueran "gentes de alta o baja condición, musulmanes, cristianos y
judíos, nativos o extranjeros naturalizados, todos pertenecían al sistema corporativo" (Yusuf
Ibish, 1976). En las corporaciones se agrupaba la población urbana según sus oficios, así que
las había de artesanos, de mercaderes, de subastadores, prestamistas, músicos, cantantes,
narradores transportistas y marineros.

Los miembros de cada corporación se consideraban a la vez como miembros de la comunidad


de creyentes a cuyo servicio se acreditaba especialmente la eficiencia en la profesión u oficio,
que se adquiría por medio de un arduo trabajo supervisado por un maestro (sayj) conectado a
su vez a la cadena de maestros de la corporación, que se enlazaba sucesivamente a las de otras,
a los Santos Patronos y aún hasta al Profeta.

Las corporaciones se estructuraban según un sistema conceptual y ritual trasmitido oralmente


de generación en generación y estrechamente vinculado a las órdenes sufíes (logias islámicas).
A la aceptación de un joven como aprendiz de un taller seguía la recitación de la
primera azora (capítulo) del Corán ante los maestros de la corporación y un período de años de
trabajo cuya nula o baja remuneración se compensaba con la idea de que era ese el medio de
aprender y de integrarse socialmente a la comunidad.

Una ramita de albahaca entregada por orden del maestro al joven aprendiz indicaba llegada la
hora de su iniciación. La ceremonia, celebrada en casa de un maestro o en algún jardín de la
ciudad, contaba con una nutrida y noble concurrencia que ejecutaba ritos religiosos y
ceremoniales a cuyo término se convertía al joven en miembro de la hermandad, bajo las notas
de una exclamación ritual de alegría en la que convergían diversas tradiciones: "Lluevan las
bendiciones sobre Jesús, Moisés y los que se embellecen los ojos con antimonio (*), pues quién
nos podrá perjudicar!" (Yusuf Ibish, p.152). La iniciación terminaba con un comida sencilla
denominada tamliha (ensalada) que recordaba el doble valor de la sal, nexo entre los que la
comparten y símbolo de artesanos (conocidos como "la sal de los bazares" por su condición de
núcleo principal entre los que se ganan la vida con sudor y paciencia).

El iniciado se integraba a su corporación y, por medio de ella, a la umma. Con los años, la
elaboración de una obra maestra como muestra refinada de su arte podía elevar al artesano al
cargo de maestro. Mencionemos de paso que en el islamismo sufí la artesanía era sinónimo de
arte y a la vez, un medio de realización espiritual que modelaba "una imagen del trabajo que un
hombre que aspira a la contemplación de las realidades divinas debe realizar consigo mismo y
sobre su alma, que entonces representa el papel de un tosco material, desordenado y amorfo,
pero potencialmente noble". (T. Burckhardt, 1976).

Educación e instrucción religiosa

La educación musulmana, iniciada en los tiempos del Profeta en La Meca, fue irradiada en lo
fundamental desde la institución de la mezquita y tuvo como contenido la sari'a o ley islámica,
cuyo aprendizaje era un "deber de suficiencia" para la comunidad islámica. La más alta distinción
en el Islam era alcanzar el "saber" -al-'ilm- o conocimiento de la ley revelada. La memoria era
una cualidad tan ponderada en esta enseñanza que su ideal, el título de hafiz, se concedía a
quien aprendiese el Corán de memoria.

La instrucción religiosa fue uno de los elementos que garantizaron la supervivencia de la


civilización islámica. Un ciudadano de cultura media podía ejercer una función consultiva en el
interior de la comunidad, dirigir las oraciones y practicar el mandato coránico. Con el tiempo, la
instrucción religiosa se fue diferenciando de la educación propiamente dicha.

El primer siglo de la Hégira, dedicado a la conquista militar y al establecimiento de la autoridad


política del Islam, no produjo un desarrollo significativo de la educación islámica. Pero a partir del
siglo II -en que se extendió la mezquita como institución de enseñanza en los territorios
ocupados- y sobre todo del III -en que una generación de juristas, teólogos y lingüistas se
afanaban por preservar la lengua y las tradiciones de una civilización que se había extendido por
muy diversos espacios culturales-, la educación pasó a primer plano.

Durante los siglos III y IV, en los que la mezquita fungía como una virtual universidad pública,
centro de culto y reunión social, aparecieron la institución del colegio o escuela elemental (kultab)
y las "casas de sabiduría" o "de ciencia", dedicadas exclusivamente a actividades académicas.
En el siglo V aparece la escuela superior o madrasa, patrocinada por el estado, que fue desde
entonces el rector de la enseñanza en el mundo musulmán. Hacia el siglo IX era indispensable
egresar de una madrasa para ocupar un puesto gubernamental.

No sólo la adquisición del saber -que es el modo de discernimiento entre lo prohibido y lo loable-
, sino su transmisión, deviene en el Islam una obligación religiosa que lo convierte en antecedente
histórico del esfuerzo por la democratización de la enseñanza. "La sociedad islámica repudia
al álim (sabio) que evita trasmitir su sabiduría a los demás".

El Islam ha defendido la libertad de pensamiento, y reconocido los límites de la razón. Ella no


puede cuestionar ni la unidad divina ni la veracidad del mensaje de Mahoma. Desde su punto de
vista la razón puede ser innata -cuando es un don divino- y adquirida -cuando es resultado del
esfuerzo individual y la experiencia-. De lo más valioso en el Islam es su reconocimiento de la
naturaleza práctica del pensamiento y la educación, evidenciada en una tradición atribuida al
Profeta: "Adquirid toda la sabiduría que podáis! Pero Dios no os compensará (todo lo que hayáis
aprendido) hasta que traduzcáis vuestro saber en obras!".

Moral y familia en la cultura islámica

La moral que regulaba la conducta de la comunidad islámica tradicional se derivaba de la eticidad


contenida en el Corán y en la tradición del Profeta. Según éstas, ordenar el bien y prohibir el mal
son un mandato divino. Todo musulmán tiene, en consecuencia, la obligación de denunciar los
actos contrarios al mismo. La tradición establecía las normas de cortesía, los gestos y palabras
del saludo, las felicitaciones para los buenos momentos y los consuelos para las pruebas de la
vida. Establecía también los preceptos de todo comportamiento, entre ellos, el uso de atuendos
tradicionales y del turbante como símbolo de la dignidad del creyente y de su alianza con el cielo.

El cumplimiento de la moral musulmana fue una función jurídicamente establecida en la


comunidad islámica, y conferida en la jerarquía ciudadana al almotacen o zabazoque,
responsable de la aplicación de los valores éticos a la práctica de la vida cotidiana. Inspeccionaba
los pesos y medidas del mercado, la equidad en las transacciones comerciales, la calificación de
las profesiones y era árbitro de las disputas habidas entre patronos y empleados.

La comunidad islámica tradicional estableció por derecho divino la naturaleza patriarcal de la


familia musulmana. Significa la autoridad del padre o del abuelo sobre el colectivo familiar y la
del marido sobre la esposa, que se deriva de la ley coránica según la cual "los hombres tienen
autoridad sobre las mujeres en virtud de la preferencia que Dios ha dado a unos más que a otros
y de los bienes que gastan".
- Bizantina:
Se denomina como Imperio bizantino (o Bizancio) a la mitad oriental del Imperio romano, que
pervivió durante toda la Edad Media y el comienzo del Renacimiento. Su capital se encontraba
en Constantinopla, construida sobre la antigua Bizancio, importante ciudad colonial de
la Tracia griega fundada hacia eI 667 a. C. El Imperio bizantino es también conocido como
el Imperio romano de Oriente, especialmente para hacer referencia a sus primeros siglos de
existencia, durante la Antigüedad tardía, época en que el Imperio romano de Occidente todavía
existía. Debido a su posterior carácter helenístico —al punto de reemplazar al latín por
el griego como lengua oficial— algunos historiadores han optado por referirse a este Estado
como un imperio esencialmente griego.
A lo largo de su dilatada historia, el Imperio bizantino sufrió numerosos reveses y pérdidas de
territorio, especialmente durante las guerras contra los
sasánidas, normandos, búlgaros, árabes y, por último, turcos. Aunque su influencia en África
del Norte y Oriente Próximo decayó como resultado de estos conflictos, el imperio continuó
siendo una importante potencia militar y económica en Europa, Oriente Próximo y
el Mediterráneo oriental durante la mayor parte de la Edad Media. Tras una última recuperación
durante la dinastía Comneno en el siglo XII, el Imperio comenzó una prolongada
decadencia que culminó con la caída de Constantinopla y la conquista del resto de territorios
bizantinos por los turcos otomanos en el siglo XV.
Durante este milenio de existencia, el Imperio fue un bastión del cristianismo e impidió el
avance del islam hacia Europa Occidental. También fue uno de los principales centros
comerciales del mundo, estableciendo una moneda de oro estable que circuló por toda el área
mediterránea. Influyó de modo determinante en las leyes, los sistemas políticos y las
costumbres de gran parte de Europa y de Oriente Medio, y gracias a él se conservaron y
transmitieron muchas de las obras literarias y científicas del mundo clásico y de otras culturas.
En tanto que es la continuación oriental del Imperio romano, su transformación en una entidad
cultural diferente de Occidente puede verse como un largo proceso que se inició cuando el
emperador Constantino I el Grande trasladó la capital imperial a Constantinopla, en el año 330;
continuó con la división definitiva del Imperio tras la muerte de Teodosio I, en 395, y la posterior
caída en 476 del Imperio romano de Occidente; y alcanzó su culminación durante el siglo VII,
bajo el emperador Heraclio I, con cuyas reformas el Imperio adquirió un carácter
marcadamente diferente al del viejo Imperio romano. Algunos académicos, como Theodor
Mommsen, han afirmado que hasta Heraclio puede hablarse con propiedad del "Imperio
romano de Oriente", pues este sustituyó el antiguo título imperial de «augusto» por el
de basileus (palabra griega que significa 'rey' o 'emperador') y reemplazó el latín por
el griego como lengua administrativa en el 620, tras lo cual el Imperio tuvo un marcado carácter
helénico.
En todo caso, el término Imperio bizantino fue creado por la erudición ilustrada de los
siglos XVII y XVIII y nunca fue utilizado por los habitantes de este imperio, que prefirieron
denominarlo siempre Imperio romano (en griego: Βασιλεία Ῥωμαίων, Basileia Rhōmaiōn;
en latín: Imperium Romanum) o Romania (Ῥωμανία) durante toda su existencia.

- Europea
La crisis social, económica, política, religiosa y cultural desarrollada en los últimos siglos del
Imperio Romano originó la aparición de una nueva realidad histórica, el mundo medieval. La
Europa surgida de esos cambios se desarrolló entre los siglos V y XV. Durante las primeras
centurias del Medievo fue la depositaria del legado de la Antigüedad, que se vio transformado
por la influencia del elemento germano, pero, sobre todo, por el cristianismo, auténtico factor
aglutinante de las tierras europeas en ese momento. Asimismo, durante esos siglos Europa
vivió el fracaso del Imperio Carolingio, y presenció el nacimiento del Sacro Imperio Romano
Germánico, al tiempo que se veía obligado a defenderse de nuevos invasores, que pusieron en
jaque algo más que su seguridad. Durante la Plena Edad Media (siglos XI a XIII), Europa se
convirtió en artífice de nuevos procesos en todos los campos, mientras experimentaba un
momento de expansión y desarrollo. Son los siglos del feudalismo clásico, también los de la
revolución comercial. Asimismo, esas centurias contemplaron la lucha entre Papado e Imperio
como consecuencia del desarrollo de las aspiraciones de dominio universal, y la consolidación
de las monarquías; consecuencia de todo esto fueron las Cruzadas, que muestran, entre otras
cosas, la pujanza que había logrado el mundo europeo. Finalmente, durante la Baja Edad
Media (siglos XIV y XV), el mundo europeo se vio sacudido por la crisis del siglo XIV: hambres,
guerras y la terrible epidemia de Peste Negra. Estos acontecimientos transformaron la
fisonomía europea, propiciando cambios de gran calado, precursores de la Modernidad: la
Edad Media se extingue, pero lo hace dentro de un clima generalizado de renacimiento, que se
proyecta hacia el futuro.

Se dice que la Iglesia Católica medieval fue ambivalente hacia la ciencia y filosofía
griegas. El dilema que enfrentó era cómo definir las fronteras entre la razón y la
fe, y cómo integrar el conocimiento científico de la Antigüedad (pagano). Los
fundadores de la iglesia católica también eran conscientes de la influencia
"corrupta'' que las filosofías racionales y los sistemas místicos podían ejercer
sobre la nueva religión. San Agustín en el siglo V d.C. ofreció una solución parcial
a este problema. No obstante, con las consecuencias de la invasión germana y el
colapso del Imperio Romano de Occidente en el siglo V, pospusieron el debate
acerca del papel de la ciencia racional pagana en una sociedad cristiana por lo
menos por siete siglos.

Mientras la civilizaciones de los egipcios, babilonios, bizantinos, chinos y romanos florecían, la


región europea, salvo por Italia y Grecia, estaba constituida por culturas muy primitivas. En los
territorios de lo que había sido el Imperio Romano de Occidente, la Iglesia Católica ya había
adquirido una gran relevancia política y religiosa. Los bárbaros germanos y godos fueron
convertidos al Cristianismo, se establecieron monasterios que usaron algunos pedazos de la
enseñanza griega y romana, pero con una orientación dirigida hacia los servicios religiosos y las
sagradas escrituras. El origen de escuelas de formación superior, las universidades, se dio sobre
todo como producto de las necesidades de formación en el clero.

La ciencia griega, con todo y sus limitaciones, había ofrecido dos metodologías o aproximaciones
en la construcción científica y matemática. Por un lado, aquella que subrayaba el papel de la
deducción lógica y la reducción a primeros principios. Una visión racionalista, si se quiere. Y, por
otra parte, aquella que afirmaba métodos inductivos y heurísticos, que estaban asociados a una
influencia de culturas y tradiciones no occidentales, que se puede apreciar muy bien en la ciencia
alejandrina. Ambas aproximaciones, sin embargo, se basaban en la razón, la mente como
recurso de base. En el mundo cristiano el énfasis, durante siglos, pasó a la fe, fuera de la razón.
Y esto fue un auténtico obstáculo para el progreso de las ciencias y el pensamiento en general.

Las traducciones

La lengua oficial de la Iglesia era el latín, por lo que fue impuesto al compás de la expansión
política y cultural de la misma. De hecho, el latín no solo era la referencia para las escuelas de
instrucción sino precisamente en la búsqueda de conocimiento.

Fueron relevantes para la cultura europea las traducciones al latín, y aquí la figura fundamental
fue Anicio Manlio Severinno Boecio (c. 480 - 524), que tradujo del griego al latín varias
selecciones de tratados elementales de aritmética, geometría, astronomía. Por ejemplo, tradujo
fragmentos de los Elementos de Euclides (entre 2 y 5 libros), la Introductio arithmetica de
Nicomaco, obras de Aristóteles y una astronomía basada en la obras de Ptolomeo. Se supone
que introdujo el término quadrivium, para referirse a la aritmética, geometría, música y
astronomía. Crombie reseña la situación:

"La matemática y la lógica del Occidente latino reposaban sobre la obra de Boecio en el siglo VI,
quien realizó en este campo lo que Plinio hizo con la Historia Natural. Boecio, además de
recopilar tratados elementales sobre Geometría, Aritmética, Astronomía y Música, basados en
las obras de Euclides, Nicómaco y Ptolomeo, tradujo las obras de Aristóteles al latín. De estas
traducciones solamente se conocieron ampliamente antes del siglo XII las Categorías y el De
Interpretatione; hasta esa fecha, las traducciones y comentarios de Boecio fueron la fuente
principal para el estudio de la Lógica y de la Matemática. El conocimiento de la Matemática
estaba limitado en gran parte a la Aritmética. El único tratado matemático que queda intacto, la
llamada Geometría de Boecio, que data de una época no anterior al siglo IX, contenía solamente
fragmentos de Euclides y trataba principalmente de operaciones prácticas, tales como la
Agrimensura. Casiodoro (hacia 490 - 580), en sus obras populares sobre las Artes Liberales, hizo
solamente una exposición muy elemental de las Matemáticas. ‘‘

- Occidental

El Occidente medieval nació de las ruinas del mundo romano. En ellas encontró un apoyo y un
obstáculo a la vez. Roma fue su alimento y su parálisis. La historia romana, establecida por
Rómulo bajo el signo del aislamiento, no es más que la historia de una grandiosa clausura,
incluso en sus mayores éxitos. La ciudad reúne en torno a ella un espacio dilatado por las
conquistas hasta un perímetro óptimo de defensa que ella misma se propone en el siglo I encerrar
tras los limes (limites), verdadera muralla china del mundo occidental. Dentro de esa muralla
Roma explota sin crear: ninguna innovación técnica desde la época helenística, una economía
nutrida por el pillaje donde las guerras victoriosas proporcionan la mano de obra servil y los
metales preciosos arrancados de los bienes atesorados de Oriente. Sobresale, eso sí, en las
artes conservadoras: la guerra, siempre defensiva pese a las apariencias de la conquista; el
derecho, que se construye sobre el andamiaje de los precedentes y previene contra las
innovaciones; el sentido del Estado que garantiza la estabilidad de las instituciones; la
arquitectura, arte por excelencia del habitat. Esta obra maestra de permanencia, de
integraciones, que fue la civilización romana se vio atacada en la segunda mitad del siglo II por
la erosión de fuerzas de destrucción y de renovación.

La gran crisis del siglo III socava el edificio. La unidad del mundo romano se esfuma: el corazón,
Roma e Italia, se anquilosa, ya no riega los miembros que intentan vivir su propia vida: las
provincias se emancipan y después se convierten en conquistadoras. Españoles, galos y
orientales invaden el senado. Los emperadores Trajano y Adriano son españoles y Antonino, de
ascendencia gala; bajo la dinastía de los Severos, los emperadores son africanos y las
emperatrices sirias. El edicto de Caracalla concede en el 212 el derecho de ciudadanía romana
a todos los habitantes del Imperio. Tanto este ascenso provincial como el éxito de la
romanización muestran el ascenso de fuerzas centrífugas. El Occidente medieval será el
heredero de esta lucha: ¿unidad o diversidad?, ¿cristiandad o naciones?

La fundación de Constantinopla, la nueva Roma, por Constantino (324-330) materializa la


inclinación del mundo romano hacia Oriente. Este desacuerdo dejará su impronta en el mundo
medieval: en adelante, los esfuerzos de unión entre Occidente y Oriente no podrán resistir una
evolución divergente. El cisma se halla enquistado en las realidades del siglo IV. Bizancio será
la continuación de Roma y, bajo las apariencias de la prosperidad y del prestigio, continuará tras
sus murallas la agonía romana hasta 1453. Occidente, empobrecido, en manos de los
«bárbaros», deberá rehacer las etapas de un florecimiento que le abrirá, a finales de la Edad
Media, los caminos del mundo entero.

La fortaleza romana de donde partían las legiones a la captura de prisioneros y de botín se halla
ahora asediada y muy pronto asaltada. La última gran guerra victoriosa data de los tiempos de
Trajano, y el oro de los dacios después del 107 es el último gran alimento de la prosperidad
romana. Al agotamiento exterior se añade el estancamiento interno y, sobre todo, la crisis
demográfica que hace más aguda la penuria de la mano de obra servil. En el siglo II Marco
Aurelio contiene el asalto bárbaro sobre el Danubio donde muere en el 180, y el siglo III es testigo
de un asalto general a las fronteras de los limes que se calma no tanto por los éxitos militares de
los emperadores ilirios a finales del siglo y de sus sucesores, como por el apaciguamiento que
supuso la aceptación como federados, aliados, de los bárbaros, admitidos en el ejército o en los
límites interiores del Imperio: primeros esbozos de una fusión que caracterizará a la Edad Media.

Los emperadores creen poder conjurar el destino abandonando los dioses tutelares, que han
fracasado, por el Dios nuevo de los cristianos. La renovación constantiniana da la impresión de
ratificar todas las esperanzas: bajo la égida de Cristo parece que la prosperidad y la paz quieren
reaparecer. Pero sólo se trata de un corto respiro. El cristianismo es un falso aliado de Roma.

Las estructuras romanas no son para la Iglesia más que un marco donde tomar forma, una base
donde apoyarse, un instrumento para afianzarse. El cristianismo, religión con vocación universal,
duda antes de encerrarse en los límites de una civilización determinada. Sin lugar a dudas, él
será el principal agente de la transmisión de la cultura romana al Occidente medieval. Pero junto
a esta religión cerrada la Edad Media occidental descubrirá también una religión abierta y el
diálogo de esos dos rostros del cristianismo dominará esta edad intermedia.

Economía cerrada o economía abierta, mundo rural o mundo urbano, fortaleza única o
mansiones diversas: el Occidente medieval empleará diez siglos en resolver estas alternativas.

Si se puede detectar en la crisis del mundo romano del siglo III el comienzo de la conmoción de
la que nacerá el Occidente medieval, es perfectamente válido considerar las invasiones bárbaras
del siglo V como el acontecimiento que desencadena las transformaciones, les da un cariz
catastrófico y modifica profundamente su aspecto.

Las invasiones germánicas en el siglo V no son una novedad para el mundo romano. Sin
remontarse a los cimbros y a los teutones vencidos por Mario a comienzos del siglo II antes de
Cristo, hay que tener en cuenta que desde el reinado de Marco Aurelio (161-180) la amenaza
germánica se cierne permanentemente sobre el Imperio. Las invasiones bárbaras son uno de los
elementos esenciales de la crisis del siglo III. Los emperadores galos e ilirios de finales del siglo
III alejaron durante un tiempo el peligro. Pero -para ceñirnos a la parte occidental del Imperio- la
gran incursión de los alamanes, de los francos y de otros pueblos germánicos que el año 276
devastan la Galia, España e Italia del norte, presagia la gran avalancha del siglo V. Deja las
llagas sin cicatrizar -campos devastados, ciudades en ruina-, acelera la evolución económica -
decadencia de la agricultura, repliegue urbano-, la regresión demográfica y las transformaciones
sociales: los labriegos se ven obligados a buscar el amparo cada vez más pesado de los grandes
propietarios que se convierten de este modo en jefes de bandas militares y la situación del colono
se parece cada vez más a la del esclavo. Y a veces la miseria campesina se transforma en
levantamiento: circunceliones africanos, bagaudas galos y españoles cuya revuelta se hace
endémica en los siglos IV y V.

En Oriente aparecen igualmente bárbaros que seguirán su camino y que desempeñarán en


Occidente un papel capital: los godos. En el 269 el emperador Claudio II logra detenerlos en
Nisch, pero ocupan la Dacia y su espectacular victoria de Andrinópolis contra el emperador
Graciano el 9 de agosto del 378, si no fue el acontecimiento decisivo descrito con pánico por
tantos historiadores «romanófilos» -«Podríamos detenernos aquí, escribe Víctor Duruy, porque
de Roma no queda nada: creencias, instituciones, curias, organización militar, artes, literatura,
todo ha desaparecido»-, no deja de ser el trueno que anuncia la tormenta que terminará por
sumergir al Occidente romano.

Poco importan las causas de las invasiones. La explosión demográfica, la codicia hacia territorios
más ricos invocadas por Jordanes quizá no hayan tenido lugar más que como consecuencia de
un impulso inicial que bien podría haber sido un cambio de clima, un enfriamiento que, desde
Siberia a Escandinavia, habría reducido los terrenos de cultivo y de crianza de los pueblos
bárbaros y, empujándose unos a otros, les habría puesto en marcha hacia el sur y el oeste hasta
las Finisterre occidentales: la Bretaña, que se convertiría en Inglaterra, la Galia, que sería
después Francia, España de la que sólo el sur tomaría el nombre de los vándalos (Andalucía) e
Italia que sólo en el norte conservaría el nombre de sus invasores tardíos (Lombardía).

Hay ciertos aspectos de esas invasiones que tienen una importancia especial.
Ante todo, son casi siempre una huida hacia adelante. Los invasores son fugitivos presionados
por algo más fuerte o más cruel que ellos. Su crueldad es con frecuencia la crueldad de la
desesperación, sobre todo cuando los romanos les niegan el asilo que ellos piden con frecuencia
de forma pacífica.

Es cierto que los autores de los textos siguientes son sobre todo paganos que, herederos de la
cultura grecorromana, manifiestan el odio hacia el bárbaro que aniquila desde fuera y desde
dentro esta civilización, destruyéndola o envileciéndola. Pero muchos cristianos para quienes el
Imperio romano es la cuna providencial del cristianismo experimentan la misma repulsa hacia los
invasores.

Bases de la cultura barbara

Las bases de la política sociales:

- El estado feudal

Feudalismo es la denominación del sistema político predominante y acuerdo entre los


historiadores sobre su comienzo y su duración, y esta varía según la región, 1 y en la Europa
Oriental durante la Edad Media, caracterizado por la descentralización del poder político; al
basarse en la difusión del poder desde la cúspide (donde en teoría se encontraba
el emperador o los reyes) hacia la base donde el poder local se ejercía de forma efectiva con
gran autonomía o independencia por una aristocracia, llamada nobleza, cuyos títulos derivaban
de gobernadores del imperio carolingio (duques, marqueses, condes) o tenían otro origen
(barones, caballeros, etc.).
El término feudalismo también es utilizado historiográficamente para denominar
las formaciones sociales históricas caracterizadas por el modo de producción que
el materialismo histórico (la historiografía marxista) denomina feudal.2
Como formación económica-social, el feudalismo se inició en la Antigüedad tardía con la
transición del modo de producción esclavista al feudal, a partir de la crisis del siglo III y, sobre
todo, con la disolución del Imperio romano de Occidente (siglo V) y la formación de los reinos
germánicos y el Imperio carolingio (siglos VIII y IX).
Fundamentado en distintas tradiciones jurídicas (tanto del derecho romano como del derecho
germánico –relaciones de clientela, séquito y vasallaje–), el feudalismo respondió a la
inseguridad e inestabilidad de la época de las invasiones que se fueron sucediendo durante
siglos (pueblos germánicos, eslavos, magiares, musulmanes, vikingos). Ante la incapacidad de
las instituciones estatales, muy lejanas, la única seguridad provenía de las autoridades
locales, nobles laicos o eclesiásticos, que controlaban castillos o monasterios fortificados en
entornos rurales, convertidos en los nuevos centros de poder ante la decadencia de las
ciudades.
Desde el punto de vista institucionalista, el feudalismo fue el conjunto de instituciones creadas
en torno a una relación muy específica: la que se establecía entre un hombre libre (el vasallo),
que recibía la concesión de un bien (el feudo) por parte de otro hombre libre (el señor), ante el
que se encomendaba en una ceremonia codificada (el homenaje) que representaba el
establecimiento de un contrato sinalagmático (de obligaciones recíprocas).3 Esta serie de
obligaciones recíprocas, militares y legales, establecidas entre la nobleza guerrera, giraba en
torno a tres conceptos clave: señor, vasallo y feudo. Entre señor y vasallo se establecían las
relaciones de vasallaje, esencialmente políticas. En el feudo, entendido como unidad
socioeconómica o de producción, se establecían relaciones de muy distinta naturaleza, entre el
señor y los siervos, que desde la historiografía marxista se explican como resultado de
una coerción extraeconómica por la que el señor extraía el excedente productivo al campesino.
La forma más evidente de renta feudal era la realización por los siervos de prestaciones de
trabajo (corveas o sernas), con lo que el espacio físico del feudo se dividía entre la reserva
señorial o reserva dominical (donde se concentraba la producción del excedente) y
los mansos (donde se concentraba la producción imprescindible para la reproducción de la
fuerza de trabajo campesina). En otras formas, los siervos se obligaban a distintos tipos de
pago, como una parte de la cosecha o un pago fijo, que podía realizarse en especie o en
moneda (forma poco usual hasta el final de la Edad Media, dado que en siglos anteriores la
circulación monetaria, y de hecho todo tipo de intercambios, se reducían al mínimo), a los que
se añadían todo tipo de derechos y monopolios señoriales

- El Latifundio

Latifundio (del latín latifundĭum)1 es una explotación agraria de grandes dimensiones. La


extensión necesaria para considerar una explotación latifundista depende del contexto:
en Europa un latifundio puede tener algunos cientos de hectáreas. En América Latina puede
superar fácilmente las 10 mil.
En términos de propiedad, es equivalente a una gran propiedad agraria; aunque no
necesariamente propiedad y explotación coinciden: una explotación puede constituirse con
varias propiedades de propietarios distintos (por arrendamiento, cooperativa u otro tipo de
cesión o asociación) y una propiedad puede estar dividida en varias fincas o parcelas, así como
ser explotada por diferentes empresarios agrícolas, tanto de forma directa (por el propietario,
aunque dado el tamaño necesariamente habrá de hacerlo mediante mano de obra asalariada -
jornaleros-) o indirecta (por arrendatarios).
En el uso habitual del término en la época contemporánea, muy cargado de rasgos
peyorativos, se entiende a los latifundios como caracterizados por un uso ineficiente de los
recursos disponibles, aunque ello no siempre resulta así, ya que también existen (en América
Latina, por ejemplo), explotaciones de gran tamaño que constituyen modelos de eficiencia
productiva. Es necesario señalar que no siempre los conceptos de explotación y propiedad van
de la mano: una explotación de gran tamaño puede consistir de diversas propiedades de
diferentes dueños (ya sea por cooperativa, arrendamiento u otra clase de asociación o cesión)
por lo que no se podría considerar como un verdadero latifundio.
Aparte de la extensión, existen otros elementos característicos de lo que se conoce
como latifundismo: bajos rendimientos unitarios, utilización de la tierra por debajo de su nivel
de máxima explotación, baja capitalización, bajo nivel tecnológico, mano de obra empleada en
condiciones precarias y, en consecuencia, con bajo nivel de vida. El latifundismo ha sido
tradicionalmente una fuente de inestabilidad social, excepto en las áreas de nuevo desarrollo
(agricultura pionera) donde escasea la mano de obra. Para solucionar los problemas originados
por los latifundios, se han probado diversas fórmulas, dependientes del tipo de gobierno en el
que se encontraban: desde el cambio de estructura de la propiedad (reforma agraria), con
expropiaciones incluidas, hasta la modernización de la explotación (agricultura de mercado).
Los latifundios se formaron por causas históricas, especialmente coincidiendo
con conquistas militares y colonizaciones (en la formación del Imperio de la antigua Roma, en
las invasiones germánicas, en la Reconquista española, en la colonización europea de
América de los siglos XVI-XVIII, etc.) o con cambios políticos y socio-económicos (en
la feudalización de Europa oriental de los siglos XIV al XVIII, en los enclosures británicos de los
siglos XVIII y XIX, en la desamortización española del siglo XIX, en la colectivización de la
propiedad en la Unión Soviética etc.).
Las características físicas del terreno (llanuras, valles, montañas) también tuvieron mucha
importancia en el desarrollo o en la limitación del latifundismo. Como resulta obvio, el
latifundismo se adapta mejor a las zonas de llanura que a las de montaña, donde
históricamente siempre ha predominado el minifundismo por las propias dificultades que
presenta el relieve.
- La monarquía papal y los monasterios

La realeza hispánica fomentó la instalación de los monasterios y se sirvió de ellos para conformar
una ordenación del espacio, poblar los territorios vacíos, vertebrar la vida económica de la región
en la que se asentaban, especialmente la región norte de la península. Debemos repasar los
antecedentes, es decir tomando como punto de arranque el siglo X, observar la evolución de las
distintas etapas que configuraron momentos históricos en los cuales el doble juego, el de la
realeza, por un lado, el de las comunidades monásticas, del otro, se presentaría como una
ecuación estímulo-respuesta Pero no todo se redujo a la dialéctica monarquía-monasterios.
García de Cortázar en una síntesis del transitar de los monasterios en la zona norte de la
península habla de la colonización monástica definiéndola como un “ doble proceso constituido,
de un lado, por la proliferación de centros monásticos y, de otro, por el conjunto de iniciativas y
los resultados de su aplicación desplegado por aquellos sobre la población asentada en un
espacio y durante un tiempo.

Con idénticos materiales a los usados por Cortazar, me permito tomar como hilo conductor el
proceso de europeización de los monasterios castellano-leoneses. Y la labor de la monarquía en
este sentido Si en una primera etapa de la recuperación de los territorios perdidos frente al Islam
los monasterios eran de tipo familiar, dúplices y se confundían con las iglesias propias, la nueva
situación de la península luego de los arrebatos de Almanzor y la progresiva reconquista,
encontró a Hispania sumida en el aislamiento internacional, –recordemos que la veneración del
Apóstol y el camino de Santiago se inauguran en aquellos momentos–. En este periodo la
mayoría de los monasterios son de origen aristocrático, familiares, muchos son dúplices y
pactistas y juegan un papel en general reducido a su área de influencia. Claro, se trataba en
ciertos casos de zonas de frontera con todavía escasa injerencia del poder real en la
conformación de estos monasteriolos, cuyas dimensiones fluctuaban, pero entre los cuales se
encontraban importantes cenobios tales como Cardeña, Covarrubias o Arlanza. La introducción
del benedictinismo –tardía en Hispania conforme a lo que repite Linage– supuso un comienzo de
homogeneización de los monasterios aun cuando coexistían cenobios con distintas reglas. Fue
sin duda el Concilio de Coyanza, (1055) –el primero convocado por un monarca– el que lanzo la
orden de que los monasterios acatasen la reglas de San Isidoro o la de Benito. Este concilio,
convocado por Fernando I de León intentaba corregir defectos y abusos de la iglesia peninsular
y no participaba todavía del espíritu reformista emanado del Papado y de otras instancias
eclesiásticas.

Será la reforma impulsada por el papa Gregorio VII la que señalará el camino de los cambios, la
que integrará al monasticismo occidental en una vasta red conformada por los monasterios que
se adscribieron a Cluny. Y aquí comienza la intervención real en forma sistemática y con ella una
política regia que tal vez como afirma Cortázar atiende más a la política eclesiástica y episcopal
que a los mismos monasterios. De todos modos, la introducción de Cluny en la península marcó
un hito en la historia hispánica. Solo basta señalar el cambio de la liturgia, las introducción de la
letra carolina, la presencia de francos en las más altas funciones episcopales, y la ocupación de
cátedras episcopales por parte de abades. Sin embargo entre los objetivos de los monjes de
Cluny la política estaba ausente, las funciones episcopales no interesaban –Mayolo rechazó ser
obispo de Besançon– y solo les preocupaba la caridad hacia el pobre, el enfermo, el peregrino y
el laico en general.17 Pero no seria así en España, donde la “invasión” cluniacense, alentada por
los reyes. desbordó ampliamente el ámbito de los monasterios y logró generar un proceso de
aculturación que respondía a la inserción de los reinos hispánicos en el circulo de los pueblos
euro-occidentales. El caso del gran monasterio de Sahagún es arquetípico: Alfonso VI “le otorga
un impulso definitivo, convirtiéndolo en banco de pruebas de sus iniciativas políticas y religiosas”,
aun cuando anteriores reyes habían promovido tanto construcciones cuanto apoyo al
monasterio,.18 pero es este monarca –cuya política religiosa apuntaba a incorporar y promover
a los monjes negros–, quien, al mismo tiempo, se sirvió de Cluny para rechazar las pretensiones
papales acerca de la soberanía de los reinos castellano-leoneses.
- Los gremios, los curdos.

Durante la Edad Media en Europa, los trabajadores dependían por completo de sus señores y
amos a la hora de rendir cuentas y realizar su trabajo. Todo debía estar a su gusto y en la
mayoría de las ocasiones las condiciones laborales eran abusivas. Por motivos como
estos, surgieron los denominados gremios de trabajadores a partir del siglo XI y que
permanecieron en la sociedad hasta finales de la Edad Moderna, momento en que fueron
abolidos.

Se trataba de asociaciones económicas en las que se agrupaban trabajadores que poseían


el mismo oficio. Podría decirse que son los antecedentes de los actuales sindicatos de
trabajadores.

Su función principal era la de proteger sus intereses, controlando la calidad y el precio de los
productos y procurando que todas las personas pertenecientes al gremio tuviesen un trabajo.
También intentaban evitar la competencia con grupos artesanales extranjeros y ofrecían
una plataforma de aprendizaje para aquellos que desearan unirse al gremio y, por tanto, a la
profesión. Además, cada gremio tenía un símbolo que los identificaba y diferenciaba del resto
de gremios de la población, indicando de esta manera a qué oficio pertenecían. Así, existían
por ejemplo el gremio de carpinteros o el gremio de panaderos.

La estructura de los gremios era muy sencilla. Se dividía de forma jerárquica en tres
niveles: maestro, oficial y aprendiz. La autoridad era el maestro, el que estaba en la cima
de la pirámide. Un miembro del gremio podía llegar a serlo tras pasar un examen y una prueba
práctica de sus habilidades. Si aprobaba, tenía derecho a abrir un taller propio, ser el dueño de
las herramientas, acoger peticiones de trabajo y establecer su propio sistema de
comercialización.

Los oficiales se encontraban un nivel por debajo de los maestros, estaban en el punto medio.
Se trata de artesanos ya con cierto conocimiento que llegaban a cobrar por su trabajo, estaban
bajo la supervisión del maestro y trataban de perfeccionar sus habilidades.

Por último y en lo más bajo, se encontraban los aprendices. El acceso estaba limitado y
tenían prohibido ingresar los musulmanes y los judíos, sólo se admitía a los denominados
cristianos viejos, es decir, aquellos que no tuvieran mezcla de sangre. Su admisión se hacía
patente tras la firma del ‘contrato de aprendizaje’, donde se estipulaban las normas que el
aprendiz y el maestro debían cumplir.

PENSAMIENTO MEDIEVAL

- Las universidades, la vida estudiantil

Las universidades medievales europeas fueron instituciones educativas de


la cristiandad latina en la baja Edad media que sustituyeron a
las escuelas palatinas, monásticas y episcopales existentes desde la Alta Edad Media.
Comenzaron a fundarse en distintas ciudades de Europa Occidental a partir,
aproximadamente, de 1150, en el contexto del Renacimiento del siglo XII.
Estas fueron instituciones que establecieron un modelo de enseñanza superior que se
prolongó en el tiempo, determinando la estructura y funcionamiento de
las universidades de la época moderna y contemporánea, cuando se extendió por todo el
mundo.
Las universidades medievales eran comunidades de los maestros y los estudiantes
(universitas) que, aunque tenían como principal función la enseñanza, también se
dedicaban a la investigación y producción del saber, generando
vigorosos debates y polémicas. Eso se refleja en las crisis en que estuvieron envueltas y
por las intervenciones que sufrieron por parte de ambos poderes: el político de reyes y
emperadores y el eclesiástico de papas, obispos y órdenes religiosas.
Las primeras universidades de la Europa cristiana fueron fundadas en Italia, en Inglaterra,
en España y en Francia para el estudio del derecho, la medicina y la teología. La parte
central de la enseñanza implicaba el estudio de las artes preparatorias, o artes liberales;
el trivium: gramática, retórica y lógica; y
el quadrivium: aritmética, geometría, música y astronomía. Después, el alumno entraría en
contacto con estudios más profundos que seguían denominándose artes los que podrían
denominarse genéricamente filosofía y que incluían todo tipo de ciencias.
En los siglos XII y XIII, algunas de las escuelas que habían sido estructuradas mediante
las ordenanzas de Carlomagno, que destacaban por su alto nivel de enseñanza, ganan el
título primero de Estudio General y más adelante el de Universidad. Esto ocurre
especialmente entre las escuelas catedralicias. Después comenzaron a surgir
instituciones, fundadas por autoridades, que ya nacían estructuradas como una institución
de enseñanza superior. Los Estudios que evolucionaron de escuelas, fueron llamados ex
consuetudine; aquellos fundados por reyes o papas eran los ex privilegio.
Algunas de estas escuelas recibían de la Iglesia católica o de reyes y emperadores el título
de Studium Generale, que indicaba que aquella era una escuela de renombre
internacional; éstos eran considerados los locales de enseñanza más prestigiosos del
continente. Los profesores de un Studium Generale eran animados a dar cursos en otros
institutos por toda Europa, así como a compartir documentos. Ello inició la cultura de
intercambio presente aún hoy en las universidades europeas.
Entre los precedentes de la universidad medieval europea, se encuentran también
las escuelas monásticas, las escuelas catedralicias, algunas se desarrollaron últimamente
en universidades verdaderas.

- Santo Tomas

Santo Tomás de Aquino (1225-1274) fue el más importante intelectual de la Alta Edad Media,
el hombre que integró el sistema filosófico de Aristóteles, el concepto de la ley natural y la
teología cristiana para forjar el “tomismo”, una asombrosa síntesis de filosofía, teología y
ciencias humanas. Este joven italiano nació en la aristocracia, hijo de Landolfo, conde de
Aquino en Rocca Seca en el reino de Nápoles. Estudió a temprana edad con los benedictinos y
luego en la Universidad de Nápoles. A los 15 años, intentó entrar en la nueva orden de los
dominicos, pero sus padres le impidieron físicamente hacerlo, manteniéndole encerrado
durante dos años. Finalmente, Santo Tomás escapó, se unió a los dominicos y luego estudió
en Colonia y finalmente en París y enseñó allí y en otros centros universitarios europeos.
Aquino era tan corpulento que se decía que tenía que recortarse una gran sección de la mesa
de comidas para que se pudiera sentar en ella. Aquino escribió numerosas obras, empezando
por sus Comentarios a las sentencias de Pedro Lombardo en la década de 1250 y terminando
con su magistral y enormemente influyente Summa Theologica en tres partes, escrita entre
1265 y 1273. Fue la Summa, más que ninguna otra obra, la que iba a establecer el tomismo
como corriente principal de la teología escolástica católica para los próximos siglos.

Hasta hace poco, los estudios históricos sobre el precio justo empezaban normalmente con
Santo Tomás, como si toda la discusión hubiera aparecido de repente en la rotunda persona de
Santo Tomás, en el siglo XIII. Sin embargo hemos visto que Aquino Trabajó sobre una rica
tradición canónica, románica y teológica. No sorprende que Aquino siguiera a su reverenciado
maestro, San Alberto Magno, y los demás teólogos del siglo anterior al insistir en el precio justo
para todos los intercambios y, descontento con el credo legista más liberal de la libre
negociación hasta el supuesto punto de la laesio enormis, al afirmar que la ley divina, que debe
imponerse sobre la ley humana, demanda una completa virtud o el precio justo preciso.

Por desgracia, al explicar el precio justo, Santo Tomás acumuló grandes problemas para el
futuro al ser vago en cuál se supone que debería ser éste. Como fundador de un sistema
basado en el gran Aristóteles, Aquino, siguiendo a su antecesor San Alberto, se sintió obligado
a incorporar en su teoría el análisis aristotélico de los intercambios, con todas las
ambigüedades y oscuridades que incluía. Santo Tomás fue claramente aristotélico en adoptar
la postura mordaz de este último de que el determinante del valor de intercambio era la
necesidad o utilidad de los consumidores, expresada en su demanda de productos. Y así, se
reincorporó al pensamiento económico este aspecto protoaustriaco del valor basado en la
demanda y utilidad. Por otro lado, fue redescubierta la postura errónea de Aristóteles del
intercambio como “igualador” de valores, junto con la indescifrable relación zapatero-
constructor. Por desgracia en el curso del Comentario a la Ética a Nicómaco de Aristóteles,
Tomás siguió a San Alberto al parecer añadir a la utilidad, como determinante del valor de
intercambio, el trabajo más los gastos. Esto dio pie a la posterior idea de que Santo Tomás
había añadido a la teoría de la utilidad del valor de Aristóteles una teoría del coste de
producción (trabajo más costes) o incluso reemplazado la teoría de la utilidad por una de
costes. Algunos comentaristas han llegado a declarar que Aquino había adoptado un teoría del
valor trabajo, ejemplificada en la famosa y triunfante frase del historiador socialista anglicano
del siglo XX Richard Henry Tawney: “El verdadero legado de las doctrinas de Aquino es la
teoría del valor trabajo. El último de sus discípulos es Kart Marx”.

Ha llevado varias décadas a los historiadores recuperarse de la desastrosa interpretación de


Tawney. En realidad, los escolásticos fueron pensadores sofisticados y economistas sociales
que defendieron el comercio y el capitalismo y propugnaron el precio común del mercado como
precio justo, con la excepción del problema de la usura. Incluso en la teoría del valor, la
explicación de Aquino del trabajo más costes es una anomalía. Pues el trabajo más los costes
(nunca sólo el trabajo) aparece sólo en el Comentario de Aquino y no en la Summa, su obra
magna. Además, hemos visto que el trabajo más los costes era una fórmula generalmente
empleada en tiempo de Aquino para justificar los beneficios de los mercaderes más que como
medio de determinar el valor económico. Por tanto es probable que Aquino estuviera usando el
concepto en este sentido, apuntando el importante concepto de que un mercader que fracase
en el largo plazo en cubrir sus costes y no genere beneficios se vería fuera del negocio.

- La divina comedia como culminación de la edad media y el anuncio del


renacimiento

Dante Alighieri, autor de la Divina Comedia, nació en Florencia, Italia. Su familia pertenecía a la
pequeña nobleza. Participó fervorosamente en la política y ocupó diversos cargos públicos. En
el año 1300 fue nombrado Prior de la República Florentina. Sin embargo, dos años más tarde
sus adversarios lo destituyeron y lo condenaron al destierro. Murió en el exilio, en 1321.”

La divina Comedia, obra escrita por Dante Alighieri, se ubica a lo largo del siglo XIV y por lo tanto
tiene tanta ideología medieval como renacentista; su tema es religioso pero en la forma como es
llevado pertenece al humanismo. Y es aquí, en la intersección entre Medioevo y Renacimiento,
donde radica la base de mi tesis acerca de la intención que tenía Dante con respecto a su obra:
¿ciencia ficción? o ¿modelo de conducta?. Para saber la intención que tenía el autor con su obra,
primero hay que saber qué fue lo que lo impulsó a escribirla o mejor aún, en qué situación se
encontraba o en qué medio se desenvolvía.

Hechos que marcaron la vida de Dante fueron: la muerte de su amada Beatriz a los 24 años, y
en consecuencia de esto, abatido por la desaparición de su amada se sumió durante casi tres
años, en una serie de estudios que serían la base de su ciencia. Y otro gran acontecimiento de
su vida, fue que a raíz de la muerte del emperador Federico II, surgieron luchas y enfrentamientos
entre los gibelinos (partidarios de la restauración del Imperio) y los güelfos (seguidores del
pontificado), pero entre los güelfos surgieron discordias y se dividieron en negros (partidarios de
la política papal de alianza con Francia) y blancos (defensores de la política de independencia).
Pero en 1301 el papa Bonifacio VIII y los negros triunfaron, y como Dante era un blanco en 1302
fue desterrado. Estos acontecimientos permiten deducir un Dante en medio de una sociedad que
no comprende sus ideales, un Dante con dolor, sin esperanzas, y se encuentra en un mundo que
cada día se corrompe más y Dante no puede hacer nada. En el exilio no puede saber como están
sus hijos ni su tierra natal. Y por lo tanto produce obras que reflejan los sentimientos y
pensamientos de un hombre totalmente sensible e inteligente.

También podría gustarte