Economía y Política en el Tercer Reich
Economía y Política en el Tercer Reich
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PRÓLOGO
Dado que fui "coautor y a la vez testigo de los hechos", tal como expresé en las
discusiones en Kirchzarten, me siento obligado a ofrecer mi aportación sobre lo que fue
aquella realidad. Se reduce, por el momento, a los siguientes aspectos parciales.
Permítaseme insertar unas palabras que se han dicho en el contexto de los juicios ante
el Tribunal del Pueblo contra los hombres del 20 de julio de 1944. Los combatientes de la
resistencia que se habían comprometido a comprobar en Inglaterra las condiciones de paz
que se les concedería si fuera posible arrebatarle el poder a Hitler, recibieron una respuesta
espantosa:
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INTRODUCCIÓN
En el otoño de 1973 apareció mi libro "Experto para casos críticos en el III Reich", con
el subtítulo de “Seis años de guerra y seis años de paz". Me sorprendió comprobar que mis
interlocutores en la editorial, y el consejero historiador de ésta, profesor Viefhaus -así como
numerosos lectores que me escribieron posteriormente, e historiadores con los que entré en
contacto-, se extrañasen de que las ideas que habían mantenido hasta entonces no coincidían
de ninguna manera con la realidad expuesta por mí, sobre todo en lo relativo a la forma de
gobernar durante la “dictadura", reparto de tareas y posibilidades de influencia en el NSDAP,
nivel de conocimiento e información de los ciudadanos y muchas cosas más.
Las jerarquías del III Reich no tenían ninguna "alergia contra lo escrito", sino que su
modo de trabajar difería de lo conocido y usual hasta entonces, entre otras cosas porque en
lugar de cartas, anotaciones en actas, informes y órdenes escritas, predominaban las
conversaciones, conferencias, instrucciones verbales y coloquios informales, así como las
autorizaciones y delegación de poderes sin formalidades. Estas últimas, a menudo, las
aceptaban simplemente los interesados como otorgadas, cuando el reparto de funciones
parecía exigirlo. Ese era en gran medida mi caso, sin que por ello surgiesen dificultades.
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conduce a que sirva de manera extraordinaria, para la historiografía del III Reich, la frase
enunciada por David Irving en la introducción de su libro "Hitler y sus generales": "Al
historiador se le concede lo que se niega a los mismos dioses: modificar lo acontecido".
Considerando esto y algunas cosas más, me siento obligado a realizar con mis
observaciones una humilde aportación para esclarecer la realidad del III Reich. Toda
apología personal, así como cualquier porfía o reacción obstinada, están lejos de mí. Con 75
años uno se halla por encima de tales motivaciones.
Mis observaciones las expongo de manera sencilla, bajo epígrafes que, en su temática,
me parecen haber sido especialmente polemizados y que, por ello, podrían necesitar una
aclaración. Lo acontecido en el III Reich, y la enorme base de confianza que logró Hitler,
sólo puede comprenderse viéndolo desde el derrumbamiento de la República de Weimar, y
comparando la situación económica inicial de 1932 con la lograda antes de estallar la guerra.
Al mismo tiempo, tomo con ello una postura respecto a manifestaciones hechas por algunos
historiógrafos, como por ejemplo Eike Hennig, el cual, en su obra "Tesis sobre la historia
social y económica alemana 1933-1938", intenta demostrar que la política económica entre
los años 1933 a 1939 era asocial, e incluso tenía que serlo.
Recogeremos solamente dos "tesis" de él. Hennig indica, por ejemplo, que el porcentaje
salarial en la industria retrocedió de un 64,4 por cien en 1932 a un 57,2 por cien en 1938.
Desde el punto de vista de la política social, ello no demuestra absolutamente nada. Los años
que van desde 1932 a 1938 fueron en la industria, casi sin excepción, esencialmente años de
mejor explotación de la capacidad de las empresas y de una más fuerte racionalización,
mediante la elevación de las inversiones. Por ambas razones, se llegó automáticamente a una
disminución de la participación de los salarios que, con toda seguridad, sobrepasó en mucho
a ese 7,2 por cien de valor nominal que él ha indicado.
Eike Hennig objeta también que las escalas de salarios hora quedaron congeladas. Pues
bien, esto ocurrió a consecuencia de los esfuerzos de la política económica por mantener las
tendencias inflacionarias dentro de los límites más bajos, y que fueron coronados por el éxito
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I
ASÍ COMENZÓ LA PAZ
"Los Gobiernos Aliados y Asociados declaran y Alemania reconoce que Alemania y sus
aliados son responsables como autores de todas las pérdidas y daños sufridos por los
Gobiernos Aliados y Asociados y sus nacionales como resultado de la guerra que les obligó
a librar el ataque de Alemania y sus aliados.
Entre las condiciones más importantes del tratado se encontraban las cesiones de tierras
impuestas a Alemania, las reclamaciones de reparación y los consiguientes requerimientos
económicos a la derrotada Alemania fueron resignados:
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Danzig como problemático Estado Libre bajo el mandato de la alianza de los pueblos
con derecho polaco al voto.
Memel a Lituania.
Los Sudetes a Checoslovaquia - 3,5 millones de alemanes.
Tirol del Sur a Italia.
Styria del Sur a Yugoslavia
Todas las colonias.
Prohibición de reunificarse con Austria.
El monto de las reparaciones se definió por primera vez en enero de 1921: 226.000
millones de marcos de oro en 42 cuotas anuales, con un aumento anual de 2.000 a 6.000
millones. La comisión de reparaciones redujo esta cifra a 223.500 millones, y finalmente se
exigieron 132.000 millones bajo la amenaza de ocupación de la zona del Ruhr. La zona del
Ruhr fue finalmente ocupada. Mientras tanto, Alemania entró en una tremenda inflación: en
enero de 1922, un dólar valía 200 marcos, en julio = 500, en enero de 1923 = 18.000 marcos,
en julio de 1923 = 350.000, en agosto de 1923 = cuatro millones y medio, en septiembre casi
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100 millones, en octubre 25.000 millones, el 15 de noviembre de 1923 (fin de la inflación)
= 4,2 billones. -Y los "inteligentes empresarios extranjeros" solían comprar en Alemania. -
Qué problemas acaban de enriquecer estos hechos! Por otra parte, las condiciones de
desarme relacionadas con la paz de Versalles, etc., parecían inofensivas. El estado crónico
de impotencia de Alemania frente a estos acontecimientos, por un lado, y la arrogancia que
ellos avivaron con más fuerza por otro, y que particularmente entre los polacos y checos fue
el resultado de una lucha fatal contra el pueblo, han creado -aparte de la revolución
comunista en Rusia y en otros países- condiciones que no podían ser reguladas pacíficamente
mientras se mantenía "la base del orden de Versalles".
II
"MILAGRO ECONÓMICO"
EN EL TERCER REICH
En los últimos años ha sido corriente en periódicos, revistas, radio y televisión, hablar
del periodo posterior a la Primera Guerra Mundial como de los dorados años veinte. En los
que no vivieron esa época, esto tiene que producir una falsa imagen. Los años veinte de este
siglo, para la mayoría del pueblo alemán, fueron unos años terribles desde el principio hasta
el fin. Este concepto nació a causa del resurgimiento del arte, la literatura y la música, que
durante la guerra y en la inmediata postguerra parecían haber desaparecido. La reanimación
de la vida intelectual se produjo especialmente en la capital berlinesa y en ciudades tales
como Munich, Hamburgo y Francfort. En términos generales, denominar en Alemania como
"dorados" a los veinte, constituye una grotesca falsificación histórica. Los cuatro primeros
años quedaron determinados por el derrumbamiento del valor de la moneda del Reich, en
una inflación sin precedentes.
En enero de 1923 el dólar se cotizaba aún a 18.000 marcos. Pero ya se utilizaban como
medio de pago billetes de más de un millón de marcos. El 25 de octubre de 1923, el nuevo
cambio del marco llegó los 40.000 millones de marcos por un dólar. El 15 de noviembre de
1923 se acabó la locura. Contemplando la cuestión desde el punto de vista de las políticas
financieras y económicas, el Gobierno de Stressemann, durante su corta existencia, y con la
ayuda de Schacht como comisario de la Moneda del Reich y de Luther como ministro de
Finanzas, logró la implantación de una nueva moneda estable. Después de 10 años de guerra
mundial, y de revolución y descomposición interna, se iniciaba una nueva etapa.
Pero el que no poseía bienes reales, se empobreció y quedó sin medios. Todo el capital
monetario se había extinguido, pues por un billón, es decir, un millón de millones de marcos
papel, se daba solamente un marco nuevo (Rentenmark). También el capital de la mayoría
de las empresas que contaban con una buena financiación antes de la inflación, se había
desvanecido a causa de la radical devaluación. Durante años desapareció el capital
circulante, porque durante mucho tiempo había tenido que ser comprado con valiosas divisas
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y vendido como marco de papel. La enorme corriente dineraria procedente del
endeudamiento exterior, que crecía con rapidez, encubrió en un principio la realidad.
Pareció que se producía entonces una breve mejoría, pero el sistema democrático-
parlamentario de la República de Weimar no consiguió poner en marcha un Gobierno que
resolviese la cuestión social, financiera y económica. Como el Reichstag no lograba
gestionar gobiernos capaces de subsistir, es decir que fueran eficientes, el presidente
Hindenburg convocó, el 29 de marzo de 1930, el primer gabinete presidencial. Brüning trató
de sustituir la inflación por la deflación, pero, al fin y al cabo, esto significaba reemplazar al
diablo por Belcebú. En 1932 casi un tercio de la población obrera carecía de trabajo. Los
ingresos de los trabajadores descendieron de 23.900 millones de marcos en el año 1929 a
1.000 millones en 1932. Según las estadísticas obtenidas de los impuestos, de los
aproximadamente 31 millones de personas consideradas como perceptoras de rentas, el 69,2
por cien ganaban menos de 1.200 marcos anuales, el 21,7 por cien entre los 1.200 y los 3.000
marcos al año y solamente el 7,1 por cien por encima de esta última cifra. A cada 10
ocupados correspondían 4,3 parados. Cuando el 30 de enero de 1933 el presidente
Hindenburg encargó a Hitler la formación de un nuevo Gobierno, se había llegado en la
situación económica y social a un punto inconcebiblemente bajo. Del total de 18 millones
de trabajadores y empleados existentes, sólo unos 12 millones disponían de un puesto de
trabajo. De los casi 8 millones de parados, más de un tercio se sustentaban del Seguro de
Desempleo y de la Asistencia para casos críticos; como "parados mantenidos por la
Beneficencia" sólo recibían un promedio de 55 RM mensuales de ayuda. La aportación para
los parados mejor situados era de unos 15 a 20 marcos mensuales más. A pesar de ello, en
1932 hubo que destinar a los parados, en conjunto, unos 4.000 millones de marcos.
Esto representaba el 16 por ciento de la suma de todos los salarios y sueldos, el 9 por
cien del total de rentas de la población y el 57 por cien de la totalidad de los ingresos anuales
del Reich y de los Estados regionales. La renta per cápita de la población descendió de los
1.187 RM en 1929 a 627 RM en 1932. Para darnos cuenta de la miseria en todo su alcance,
debe saberse que, por ejemplo, en 1968 en la República Federal de Alemania la estadística
correspondía a 8.759 marcos.
En febrero de 1933 existía una Deuda exterior de cerca de 19.000 millones de RM. Para
dar una idea de lo que entonces representaban 19.000 millones de marcos, diremos que la
deuda exterior en relación con la exportación anual correspondía a unos 3,3 años de
mercancía exportada. En comparación con la República Federal en 1969, esos 3,3 años de
exportación representarían 374.000 millones de marcos.
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mediante moratorias y aplazamientos de embargo. Más de dos tercios de la población
vegetaba, sin esperanza alguna, muy por debajo de un mínimo de existencia normal. Los
Gobiernos de los cinco últimos años habían demostrado su incapacidad en la política
económica y social, por su falta de ideas y por sus anticuados criterios económicos, hasta
llegar a la bancarrota final del Estado. Las consecuencias lógicas de todo ello fueron la
miseria y la desesperación de la población, y la irritación contra un sistema de gobierno que
no sabía encontrar el remedio. Ante esta situación, para el Gobierno nacionalsocialista sólo
podía haber una política económica: la lucha contra el paro y la creación, como objetivo
prioritario y a cualquier precio, de nuevos puestos de trabajo.
Cuanto más pobre es un pueblo, tanto más tiene que trabajar, pues "no es el capital el
que crea trabajo, sino el trabajo el que crea capital".
Hitler pidió la movilización para la "batalla del trabajo". Todo ciudadano, y no solo el
Gobierno y el Partido, debían contribuir con ideas y proposiciones a crear trabajo. ·El
Gobierno quería dar el primer impulso con grandes obras públicas, pero también se pedía a
la economía que emprendiera iniciativas para la eliminación del paro. Esta campaña tuvo
por lema: "Primero un puesto de trabajo para dada uno, luego a cada uno su puesto de
trabajo".
Hitler estaba convencido de que la terrible situación sólo podría superarse si se lograba
una inmensa oleada de colaboración de todo el pueblo. Por eso puso en movimiento toda la
fuerza de las organizaciones del Partido y el dispositivo de propaganda de Joseph Goebbels,
concentrándolos hacia un objetivo: "tenemos que crear, y crearemos nuevamente, trabajo
para todos"
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El milagro económico se
hizo realidad, porque se logró
despertar en todo el país un
optimismo activista, y se creó
un clima de solidaridad general.
En la primavera de 1937, es
decir cuatro años después del
comienzo de la "batalla del
trabajo", el 33% de los parados
se había reducido a sólo un
6,5%, y en la primavera de 1938
(antes de la incorporación de
Austria) ya sólo quedaban
507.000 parados, que
estadísticamente representaban
Almuerzo en el comedor de trabajadores después de 1933
el 2,7%. Si tenemos en cuenta la
fluctuación, se había alcanzado casi el pleno empleo, que fue ya una realidad a principios de
1939. Además de esto, el número de personas que estaban en disposición de trabajar, había
subido en los cinco años de 18 millones a 20,5 millones. De este incremento, sólo 700.000
puestos correspondían a mujeres que se incorporaban por vez primera a un trabajo
profesional.
De acuerdo con los índices (100 en 1928) el empleo en la industria (territorio del antiguo
Reich) se incrementó en los siete años que van desde 1932 hasta 1938 en un 112 por cien,
es decir aproximadamente un 13 por cien anual. La cifra total de negocios de la economía
(calculada según los pagos del impuesto de tráfico de empresas) desde 1932 a 1938 subió
2,6 veces más. La renta nacional alemana (antiguo Reich) -comparable poco más o menos
al actual producto nacional bruto-importó en 1939, con bastante exactitud, el doble que en
1932, o sea 90.000 millones de RM. Igualmente, desde 1932, los ingresos anuales de los
trabajadores se habían más que duplicado. Sin embargo, los precios se mantuvieron casi
estables. Los índices de precios del Reich relativos a la alimentación, vivienda, calefacción,
vestido, alumbrado y diversos bienes de uso y consumo, subieron en los mismos años un
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total de sólo 5,6 puntos, es decir, en torno a un 0,8 por cien de promedio anual. Los salarios
brutos por semana aumentaron desde 1932 a 1939, en cifras absolutas, en un 30 por ciento,
y en capacidad adquisitiva real un 22,6 es decir, más de un 3 por cien anual. Esta serie de
cifras puede servir de ilustración sobre el tema “crecimiento y estabilidad".
Según los cálculos del Instituto para la Investigación de la Coyuntura, en 1934 la parte
de la renta nacional destinada a gastos de armamento importó en Gran Bretaña el 3%, en
Francia (1932) el 8,1%, en el Japón el 8,4% y en la Unión Soviética el 9%.
Desde el punto de vista de la política financiera, ¿cómo fue posible conseguir esa
“reactivación dirigida"? Hasta 1936, el economista Keynes no empezó a publicar sus ideas
innovadoras en pro de una activa política coyuntural. La financiación del auge económico
en el III Reich se inspiró en unas concepciones similares (Gregor Strasser: “el trabajo crea
capital"), aunque no tuviera por base unas reflexiones hechas con tanta exactitud científica.
La ola de prosperidad se logró gracias a la "creación de dinero productivo". Medidas
concretas para la obtención de puestos de trabajo se financiaron por el Reichsbank - como
ya se había hecho a escala reducidísima en tiempos de Brüning y Papen- mediante el
redescuento de letras financieras e intercalando varias sociedades de financiación. El coste
total de estas medidas para crear puestos de trabajo ascendió entre los años 1933 a 1936 a
cerca de 5.000 millones de RM., de los cuales fueron amortizados hasta 1939 unos 4.000
millones mediante el pago de las letras a través del presupuesto ordinario.
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Las importantes inversiones económicas que se llevaron a cabo en Austria, los Sudetes
y el Protectorado (de Bohemia y Moravia) fueron financiadas en su mayor parte mediante
“avales del Reich ", a través de las vías normales de crédito. Para equipos de armamento, y
por medio de una financiación especial (letras Mefo, libranzas de suministro, bonos
tributarios, avales del Reich y otros medios de financiación similares) se utilizaron hasta
1939, a lo sumo, unos 20.000 o 25.000 millones de RM. Las inversiones en las fábricas que
producían esos bienes de armamento, se financiaron mediante deducciones concertadas en
el precio y, por tanto, están incluidas en los costos de los equipos de armamento. El gasto de
las necesidades ordinarias de la Wehrmacht, que se estaba reorganizando (gastos de
personal, construcción de edificaciones e inventario) pudo ser retraído en su mayor parte del
presupuesto ordinario. No olvidemos que, a causa de la gran animación de la vida
económica, la recaudación por impuestos y aduanas pasó de los 6.800 millones de RM de
1932 a los 23.500 millones de 1939. ¡Se había más que triplicado! Sólo del incremento de
impuestos y tasas aduaneras, respecto al nivel de 1933, se obtuvieron suplementariamente
en estos siete años, y quedaron a disposición del presupuesto del Estado, más de 40.000
millones de RM (que, naturalmente, de ninguna manera eran sólo para el presupuesto de la
Wehrmacht).
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monetaria subió casi un 100 por ciento con un incremento de más del 100 por ciento en el
volumen de la actividad económica, y una expansión per cápita del ámbito monetario
(Austria y los Sudetes) de más de un 15%.
La Deuda exterior alemana disminuyó de los 19.000 millones en febrero de 1933 a 9.900
millones en febrero de 1938. Frente a un "consumo de capital" de 2.894 millones de RM en
el año 1932, tuvimos en 1938 una formación de capital monetario de 7.000 millones de RM.
El desarrollo que hemos expuesto aquí brevemente, significó, para la mayor parte del
pueblo alemán, el paso de la miseria, el abatimiento y la desesperanza a una existencia que
se suponía segura y digna• de ser vivida, y produjo en la inmensa mayoría del pueblo un
fondo de confianza, que se conservó hasta ya muy entrados los años de la guerra.
Hitler -así se creía- había salvado al pueblo alemán de una situación desesperada. Ante
esto, el individuo sentía desvanecerse todo cuanto hubiera podido saber u oír respecto a
fallos personales o de otro tipo en el Partido y en el Estado, sobre abusos, o sobre
exageraciones de la propaganda e instigaciones contra los que pensaban de otra manera. A
él, a Hitler, no se le atribuía nada de ello. El también sería capaz de subsanar esos fallos
algún día, así se consolaba la gente. El milagro económico que cada uno había vivido, hizo
sentir todavía sus efectos, como vivencia dominante, durante mucho tiempo.
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Se ejecutaron proyectos individuales de gran envergadura. Centrales eléctricas, conducciones de
agua, puentes, autopistas, aeródromos, canales, presas, plantas de tratamiento de aguas
residuales. - Aquí: Una de las tuberías de agua más grandes del mundo en ese momento ¡La
fábrica de resina Osterode-Bremen ha sido iniciada!
III
LAS METAS DE
LA POLITICA EXTERIOR DE HITLER
Este tema, que me ha sido sugerido por historiadores, me pone en apuros, pues parte del
supuesto de que hubo unos objetivos en la política exterior de Hitler, los cuales, desde un
principio, se mantuvieron como definitivos e inalterables, o al menos - según el consenso
general- se consideran ahora como tales. Yo no logro ver esto así de buenas a primeras.
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exterior, los cuales no cabe estimar como fijos en su totalidad, y ni siquiera como conocidos,
tal como piensan muchos historiadores. Y, según mi opinión, esto es especialmente válido
para el leitmotiv de su libro "Mi Lucha": "la obtención de espacio vital".
De. 1934 a 1938 fui colaborador íntimo y de confianza de Wilhelm Keppler, que
entonces era delegado del Führer para Asuntos Económicos. Mucho antes de 1933, él ya
mantenía estrechas relaciones con Hitler. A través del barón von Schroeder había entablado
contacto con von Papen y presentó a éste a Hitler y también a von Ribbentrop, con el cual
sería después secretario de Estado en el Ministerio de Asuntos Exteriores.
En los años de estrecha colaboración con Keppler, y durante los viajes que hicimos
juntos, no me cansaba de preguntarle sobre lo que sabía o creía saber respecto a los planes
de Hitler para el futuro (Keppler no era precisamente un hombre de estricta discreción).
Durante todos aquellos años, en ningún momento se había hablado entre él y Hitler o entre
él y von Ribbentrop, con el cual se tuteaba Keppler, de un "espacio vital en el Este" ni de
"un Imperio en el Este" como meta política; sin embargo, sí habían hablado de una revisión
de las fronteras del Tratado de Versalles, que había concedido al recién formado Estado
polaco las provincias prusianas de Posnania (Posen), Prusia Occidental y parte de la Alta
Silesia. Hitler sabía muy bien, al menos en 1939, que no necesitábamos ni hubiéramos
podido poblar más “espacio colonizable" en el Este, tal como él soñara en los años veinte.
En un informe dictado personalmente por von Neurath, entonces protector del Reich para
Bohemia y Moravia, y enviado al Ministerio de Asuntos Exteriores, dice lo siguiente sobre
una consulta con Hitler, en diciembre de 1939: “Se prescindirá de poblar con alemanes el
país · (Protectorado) a gran escala, porque la germanización· del · Este nuevamente alemán
(Prusia Occidental, Posnania, Alta Silesia) merece especial atención y ni siquiera para esto
alcanza apenas el número de colonos alemanes".
Mirando hacia atrás, frecuentemente se suele creer que todos los objetivos de la política
exterior de Hitler se pueden comprobar en su libro "Mi Lucha", escrito en 1924-25.
Yo, como ciudadano muy interesado en la política, leí “Mi Lucha" en 1929, en un viaje
de negocios en barco a los EE.UU., y desde entonces no he vuelto a hacerlo. Al fin y al cabo
no se trataba de una Biblia, en la que uno tuviera que creer. El cabo de la Primera Guerra
Mundial había escrito, en prisión, la primera parte de su libro, a los 35 años, cinco años
después del derrumbamiento del Reich; es decir, en aquel tiempo en el que la inflación había
destruido gran parte del patrimonio del pueblo alemán. No era aquella una época en la que
uno estuviese predispuesto a soñar con utopías. Entonces, Austria y Checoeslovaquia -entes
estatales construidos artificialmente- apenas tenían cinco años de vida. Austria era un
"Estado contra su voluntad", pues su población había querido el Anschluss con el Reich, y
Checoeslovaquia (que en una parte importante comprendía los Estados de Bohemia y
Moravia, del antiguo Reich) estaba formada por cinco naciones, entre las cuales los checos
dominantes ni siquiera representaban a la mitad de la población. No había entonces motivo
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alguno para aceptar que estas creaciones estatales significasen unas soluciones
históricamente definitivas.
Pero nos encontrábamos en estado de guerra con Francia e Inglaterra como potencias
garantes de la vencida Polonia... ¡y esta guerra no se contaba ciertamente entre las metas de
la política exterior de Hitler! Además, no estábamos preparados para esta guerra simultánea
con dos grandes potencias, y Hitler no la había esperado ni deseado, al menos en aquel
momento.
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su opinión. Mi jefe de entonces, Funk, ministro de Economía del Reich, no supo
prácticamente nada de la entrada en Austria, del desarrollo del conflicto en torno a los
Sudetes ni del plan para el Protectorado. Tampoco a Funk se le había preguntado su opinión,
ni se le había indicado que hiciese preparativos.
Como todos nosotros, tenía que conformarse con los periódicos y los comunicados
oficiales. Hay que decirlo con claridad: nosotros teníamos formalmente, pero no de hecho,
un Gabinete del Reich que tomase acuerdos. De los ministros, con la excepción de von
Ribbentrop, sólo Goring, como cuasi-representante de Hitler, era consultado e informado en
las primeras fases de un planeamiento, y aun así no siempre. Por tanto, no eran las
informaciones concretas, sino los rumores, los que definían el panorama de la "política
exterior", el cual, por ejemplo, podía deducirlo la Administración de la economía y de la
industria, en un momento dado, conociendo el estado de activación de los armamentos. Por
eso, el tema del rearme lo trataré especialmente en otro capítulo de este trabajo.
Ante todo, parece ser necesario decir algo, en términos generales, sobre las relaciones
de la economía, y especialmente de la industria y de la gran industria, con el Partido y el
Gobierno en el III Reich, ya que parecen subsistir sobre esta cuestión ideas aventuradas,
incluso entre los historiadores.
IV
EL PARTIDO Y LA ECONOMIA
EN EL III REICH
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de primer orden, conocí oficialmente a las más importantes personalidades dentro y fuera de
las organizaciones-económicas y, a una buena parte de ellas, también personalmente. Por
tanto, fuí “cómplice" y al mismo tiempo “testigo", y sé de lo que hablo si ahora hago las
siguientes consideraciones:
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El mundo bancario no tuvo una influencia cuyo peso pudiera hacer caer en lo económico
y, menos aún, en la política económica. Sólo lentamente pudo recuperarse de la crisis
bancaria de 1931-32 (derrumbamiento de los Bancos de Darmstadt y Dresde). Después de
dos o tres años de rápido pleno empleo en el III Reich, lograron reponer sus fuerzas y su
espíritu emprendedor, y extendieron muy activamente su esfera de intereses (también
industriales) a Austria, los Sudetes, el Protectorado de Bohemia y Moravia y a· las
recuperadas provincias del Este del Reich. Las actividades que también trataban de llevar a
cabo en los territorios ocupados en el Oeste tuvieron que ser limitadas.
Con toda seguridad, el Dr. Hjalmar Schacht no fue propuesto por los bancos como
presidente del Reichsbank, ni después tampoco como ministro de Economía, y ni siquiera
fue favorecido por ellos. Lo cierto es que Schacht tomó la salida en solitario en el Frente de
Harzburg, y buscó las relaciones con el círculo de amigos de Keppler y con el propio Hitler.
Como ministro efectivo de la Economía del Reich desde 1934 a 1937, fue considerado por
la gran industria como protector y, en parte, abusaron políticamente de él; así se vio, por
ejemplo, en la disputa con la industria del acero en torno a la construcción de las Empresas
del Reich "Hermann Göring".
El rápido éxito de la política del Gobierno para crear puestos de trabajo, que culminó
hacia 1937 en el pleno empleo, la política social nacionalsocialista (Ley para la Ordenación
del Trabajo Nacional y actividades del Frente del Trabajo), y el afianzamiento del nivel
nominal de los salarios (las prestaciones complementarias subieron considerablemente),
eliminaron el escepticismo inicial, y motivaron que pronto numerosos industriales aceptasen
una colaboración concertada y de confianza, y estuvieran dispuestos a realizar una amplia
actividad honorífica, no retribuida, en las organizaciones económicas. Por eso, las Cámaras
de Comercio e Industria y sus organismos centrales pronto estuvieron dirigidos por activos
nacionalsocialistas, que gozaban también de la confianza de las organizaciones locales del
Partido. Del mismo modo se encontraron para la dirección y los consejos consultivos de las
estructuras económicas centrales, tales como grupos técnicos, grupos económicos y grupos
del Reich, una infinidad de personalidades empresariales, dispuestas a una colaboración
intensiva y a trabajar con todas sus fuerzas. Todo esto se refiere a los sectores de la pequeña
y mediana industria, es decir, sobre todo a los empresarios de la industria de bienes de
consumo y de primera necesidad, y de la industria de bienes de producción en su más amplio
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sentido. Durante el Imperio del Kaiser y en la República de Weimar, ellos no estaban
acostumbrados a que los partidos políticos tuvieran en consideración su influencia para la
política económica, y menos aún a que pudieran influir en la "alta política". Para ello, ni
siquiera bastó, .por ejemplo, el peso del Deutsche Volkspartei (Partido Popular Alemán)
que, durante la República de Weimar, estuvo especialmente vinculado a la industria.
En los años veinte, yo mismo pude observar en el DVF, al que estaba afiliado entonces,
cómo se actuaba entre bastidores: fría, escuetamente, más de un modo inofensivo e ingenuo
que refinada o incluso diabólicamente. También se poseían participaciones en los órganos
de Prensa, o se les apoyaba económicamente. Hugenberg creó para el Partido Popular
Nacional Alemán un trust de periódicos, y adquirió la UFA como medio cinematográfico.
Dentro del círculo relativamente reducido de personalidades que durante el periodo de
Weimar ejercieron realmente una auténtica influencia en la política y en el gobierno, la gran
industria representó un bloque que tuvo esa influencia sobre todo en las políticas económica,
financiera, fiscal, comercial y de armamento (no en la política exterior), sí bien dada la fuerza
parlamentaria de socialistas, comunistas y Partido del Centro, no tuvo, ni por asomo, el poder
y la influencia que le atribuían los comunistas, como supuesto “monopolio del capital"
dominante entre bastidores. Ellos no ambicionaban tampoco - con la excepción quizás de
Hugenberg- el poder político. Lo que querían era asegurar y promover los intereses de sus
grandes empresas, tanto en el país y en el extranjero como en los pedidos estatales, y
defenderse contra unas cargas impositivas y sociales demasiado altas. Quizás también
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podían impedir o dar la vuelta a algunas cosas en el Parlamento, pero no podían hacer nada
verdaderamente importante.
Friedrich Flick confesó, ante el Tribunal de Nuremberg, que una empresa tiene que
poder vivir y trabajar con cualquier Gobierno. Por eso él apoyó también siempre con dinero
durante la época de Weimar a todos los partidos parlamentarios - y hubo bastantes- "con la
excepción del partido comunista". Pero la influencia política de la "gran industria" no
alcanzó a tanto como para que, en el período de la República de Weimar, pudiera poner en
pie al menos un solo Gobierno, con fuerza y capacidad, para solucionar los problemas
financieros e industriales de la economía alemana tras el derrumbamiento de la moneda, para
frenar la creciente miseria del pueblo alemán y para crear una nueva base de confianza.
En marzo de 1930, el presidente del Reich, von Hindenburg, encargó a Heinrich Brüning
que formase el primer "gabinete presidencial”. Con ello, la República parlamentaria de
Weimar, como tal, había llegado a su fin.
El Dr. Brüning, que merece respeto en todos los aspectos, tuvo el valor de gobernar,
cosa que se había perdido durante los últimos años de la democracia parlamentaria. Sin
embargo, desde un principio le rodeó el aura de que vivía algo divorciado de la realidad,
probablemente se debió también a su carácter ascético y a su obsesionado modo de ver el
presupuesto del Reich, que le cerraba la visión de la verdadera situación económica y social
del pueblo alemán, y le condujo a la vía, completamente ilógica, de querer salvar una
economía enferma y en rápido declive mediante una deflación masiva.
Para la gran industria se anunció una nueva era, ya en 1930, cuando 107
nacionalsocialistas fueron elegidos para el Reichtag. Hay que decirlo de un modo
absolutamente drástico: con la toma del poder por Hitler el 30 de enero de 1933, la gran
industria vio derrumbarse, sin compensación alguna, la posición política de información y
de influencias que había logrado crearse durante los quince años de Weimar. Los puntos de
apoyo y las relaciones que hasta entonces tenían en el Reichtag perdieron su valor, ya no era
posible influir en la Prensa y el cine, y los amigos nacional-alemanes desaparecieron muy
pronto de los gobiernos del Reich y de los Estados. Los círculos diplomáticos fueron
cribados. Apenas quedó en su puesto algún antiguo conocido gobernador de distrito, alcalde
22
o presidente de gobierno regional. Por todas partes donde se mirase, sólo había gente nueva.
Únicamente subsistieron los enlaces con la burocracia ministerial de tipo medio, pero su
influencia se redujo considerablemente. A los anteriores exponentes de la gran industria ya
no se les llamaba para las asociaciones industriales técnicas, para las presidencias de las
Cámaras de Industria y de Comercio o para el Grupo "Industria" del Reich, y sólo unos
pocos eran tolerados. Pues el NSDAP, el Partido, era por sus propias raíces indudablemente
anticapitalista. La gran industria se encontró políticamente en el vacío. Todo esto hay que
decirlo con toda claridad, para explicar la total insensatez de las afirmaciones de que la
economía y la gran industria habían llevado a Hitler al poder, financiándole respectivamente
antes y después de tomar posesión del gobierno. Estas afirmaciones las pusieron inicialmente
en circulación los comunistas, y las han hecho propias rápidamente sobre todo numerosos
historiadores de la R.D.A. Pero sólo que no tienen absolutamente nada que ver con los
hechos reales. Naturalmente, en los años 1932 y comienzos de 1933, los grandes industriales
no podían saber qué iba a ocurrir en 1933-34. Pero empezaron a figurárselo cuando les
"falló" von Papen. Sólo a partir de 1932 entablaron sus nuevas relaciones con el NSDAP
(cuya denominación real, no lo olvidemos, era la de "Partido obrero nacionalsocialista ") y
les resultaron fatales.
23
y era conocido experto en temas económicos y el más capacitado director del “derechista"
"Berliner Börsen Zeitung". En 1933 fue nombrado secretario de Estado con Goebbels, y en
1938 ministro de Economía. El sí sabía manejar bien el dinero, y consiguió más de un cheque
haciendo salir a sus donantes -entre ellos también el consejero de Estado von Stauss, del
Banco Alemán- entre alabanzas. Él lograba reunir a sus amigos y bienhechores con la mano
derecha de Hitler, Hermann Göring, que tenía una manera habilísima de contribuir al
fomento de esta buena voluntad para hacer donativos. Mirándolo bien, Göring era para los
amigos de Funk uno "de nuestro clan" -como solía decirse entonces- con el cual se podía
hablar, pues fue aviador de caza en la 1 Guerra Mundial y tenía la Orden "Pour le Mérite".
Por último, estaba también el gran Thyssen, organizador del "famoso" encuentro de los
industriales en Dusseldorf, que dio lugar a una charla de Hitler ante este "selectísimo" círculo
de la auténtica gran industria. Thyssen también proporcionó donativos para el Partido.
Pero todo esto no representaba grandes sumas (aunque después aumentaran con los
éxitos): de 100.000 a 150.000 RM por empresa. Incluso hubo una que extendió un cheque
por más de 250.000 RM; en tiempos de la crisis económica, ello significaba también mucho
dinero para un empresario.
Para el NSDAP, todo ese dinero sólo supuso entonces unas gotas caídas sobre la peña
viva de las necesidades pecuniarias, derivadas de la propaganda política, las fuertes luchas
electorales y la edición de periódicos del Partido. Los grupos locales, direcciones de distrito
y jefaturas regionales, que antes de 1933 trabajaban, de un modo absolutamente
predominante, con voluntarios y colaboradores sin retribución alguna, se financiaban con
las cuotas mensuales y los donativos de sus miembros, que entonces ya habían sobrepasado
el límite del millón. La oleada de mítines y reuniones y los elevados gastos de imprenta, se
financiaron por las masas de millones de electores (Hitler obtuvo en 1932, en las elecciones
presidenciales, 11 '3 millones de votos), que en todas las concentraciones, mítines electorales
y colectas callejeras “para el fondo de lucha del NSDAP", ponían su óbolo en las huchas que
se les ofrecían por todas partes, o bien entregaban en los grupos locales, abierta o
discretamente, sus aportaciones, que no siempre eran pequeñas.
24
de 50 o 75 millones de marcos. La mayor parte del dinero se había conseguido por medio de
pequeñas y medianas aportaciones.
Digámoslo con claridad: durante el III Reich, la gran industria no logró adquirir una
influencia como tal grupo, ésta, por tanto, no pudo entrar realmente en consideración en
ningún momento.
V
LA GRAN INDUSTRIA
Y EL ESTADO EN EL III REICH
25
válido para el periodo que llega hasta el putsch de Roehm, la muerte de Hindenburg y la
salida de Hugenberg del gobierno. Después el Régimen se consolidó con fuerza y consciente
de sus propósitos. Hitler sabía manejar el Partido y el Estado, la paz social parecía
estabilizada, se eliminaba drásticamente la miseria del paro, crecía la capacidad adquisitiva
del dinero, subían continuamente la producción y la renta nacional, y eran notorios los éxitos
de la política agraria y de la reordenación del mercado agrícola. La tormenta revolucionaria
ya había pasado. Parecía que podía confiarse de nuevo.
26
Exteriores no servían para nada, pues el mismo Joachim von Ribbentrop sostenía unas
relaciones que eran más bien libres con su propio Ministerio. En el proceso decisorio de las
cuestiones políticas importantes, el Ministerio de Asuntos Exteriores participaba mucho
menos que antes, a causa del secreto en que se mantenían. Además no existía ninguna otra
institución que hubiese podido facilitar a un grupo tan importante el influir en decisiones
concretas de la política exterior, y menos aún en la política exterior en general. El estilo de
gobernar de Hitler no permitía esto. Como es sabido, ni siquiera se consultaba al Gabinete
del Reich, por tanto, menos aún iba a participar éste en la búsqueda de soluciones. Hitler, en
lo que se refiere a las actividades de la política exterior, tenía evidentemente la opinión de
que sólo el más riguroso secreto permite llevar a cabo con éxito cualquier acción.
En eso, por tanto, la forma de gobernar era puramente dictatorial. Pero esto sólo es
válido para aquellos asuntos que Hitler asumía por sí mismo.
Tampoco existía una organización central, ninguna corriente generalizada desde abajo
a arriba. Hitler sólo quería ser informado, o que se le pidiesen instrucciones, mediante una
petición previa. Goring, cualquier ministro y todos los posibles delegados especiales a todos
los niveles, tenían plenos poderes decisorios en el campo de su actividad. Para los problemas
más importantes de tipo económico o de política de armamentos, Göring, y en guerra el
propio Hitler, consultaban como expertos -si bien con poca frecuencia- a personas
individuales, no a grupos o entidades. Ciertamente, la Wehrmacht se servía, en amplia
medida, de la colaboración de personalidades de la economía, competentes en cuestiones
técnicas de armamento, pero todo esto no tenía nada que ver con la política, ni con las
influencias políticas. La economía no iba asociada con el Estado -y menos aún en igualdad
de derechos-, sino que era más bien un órgano subordinado, tan servidor del Estado como el
cuerpo de funcionarios o la Wehrmacht.
27
las instrucciones del Ministro de Economía, es decir del Estado, y en la que se necesitaba su
consentimiento incluso para las cuestiones de personal.
Pero además de esta organización económica, había otros engranajes que vinculaban al
Estado con la economía. Así, por ejemplo, la Comunidad de la Industria Alemana de
Lignitos, creada por Schacht, como base financiera para la hidrogenación del combustible
procedente del lignito, o bien la ineludible invitación a los economistas, por parte del
delegado de Hitler para Asuntos Económicos, Wilhelm Keppler, para que colaborasen en las
tareas ejecutivas del Estado. El profesor Krauch, de la IG-Farben, fue nombrado presidente
de la junta Directiva de la Braunkohlenbenzin AG (Gasolina de Lignitos S.A.), que dependía
de la citada Comunidad, y llevó consigo a muchos colaboradores de la IG-Farben. Pasó
después al Departamento de Materias Primas Alemanas, de Göring, más tarde fue también
jefe de la Oficina de Fomento Económico del Reich, y Göring le nombró delegado general
para tareas especiales del sector químico. La amplia participación de la IG-Farben era
bastante comprensible, pues la mayoría de los descubrimientos en materias primas
elaboradas sintéticamente se basaban en largos años de investigaciones y trabajos de la IG-
Farben. En lo relativo a los otros sectores de materias primas, Keppler nos llamó, para su
plana de colaboradores en estas cuestiones, a Pleiger y a mí como economistas. Este
principio, de que la economía estuviera dirigida por economistas, se fue extendiendo cada
vez más, tanto en los años de paz como en los de guerra, y llegó hasta la era de Speer. Pero
todos los que fueron convocados de esta forma, se separaban automáticamente, por decirlo
así, de las filas de la economía, y por sus conocimientos y capacidades eran nombrados en
su empleo accidental Staatsbeuftragte (comisionados estatales), tenían que ser conscientes
de los que representaban y, en su abrumadora mayoría, lo eran. Por eso, en principio, podía
decirse que no era la IG-Farben la que por medio de Krauch tenía influencia en el Estado,
sino que era el Estado el que a través de Krauch tenía influencia en la IG-Farben. Tampoco
la industria del acero logró influir, a través de Pleiger, en el asunto de la ampliación de la
capacidad productora de acero, pues sucedió todo lo contrario.
La Era de Speer
Lo mismo cabe decir de la era de Speer: los numerosos directivos de comisiones y
agrupaciones económicas que trabajaban en el Ministerio de Armamentos de Speer, dirigían
la economía para Speer, y no a Speer para la economía. No fue la industria del carbón la que
tuvo influencia sobre el Estado, por medio de la ulterior Unión Carbonera del Reich (RVK),
sino que la RVK se limitó a cumplir -eso sí, ejecutándolas de un modo independiente- las
28
directrices del Estado. No debe ignorarse que, dada la extraordinaria amplitud que alcanzó
este principio, no todos los economistas supieron acertar rápidamente con su papel de que
sólo eran comisionados del Estado, y por eso hubo, en ocasiones, conflictos de intereses.
Pero toda reglamentación y cualquier principio es casi perfecto si funciona en un 80 por
ciento y este fue entonces ciertamente el caso.
29
VI
ECONOMIA Y REARME
30
verdad, sólo a la producción de carburante de vuelo, explosivos y sus productos previos, y
quizás al aluminio para la Luftwaffe, se le dió un orden prioritario que, en caso de paz, no
hubiese sido preciso para el desarrollo que se esperaba de la economía en su conjunto.
A finales de agosto de 1939, antes de estallar la guerra con Polonia, la Wehrmacht llamó
a filas, de la noche a la mañana, a numerosos reservistas de las quintas de 1896 a 1900, con
el fin de completar las tropas en activo con soldados que tenían la experiencia bélica de la
Primera Guerra Mundial. La tropa y suboficiales tenían la misión de sostener a las unidades
en activo, por decirlo así, con un cinturón de veteranos. Estas quintas fueron licenciadas
nuevamente a poco de finalizar la campaña de Polonia.
Al comenzar la guerra, en agosto de 1939, los países vecinos del Reich alemán le eran
muy superiores en unidades militares y en número de soldados preparados para la guerra,
incluso si consideramos solamente a Francia y a Polonia.
31
gran preocupación y profundo escepticismo el desarrollo de los acontecimientos a partir del
Acuerdo de Munich.
VII
¿LA GUERRA COMO SALIDA?
¿Fue acaso necesario el rearme para mejorar la estructura interna de la economía del
Reich?
2. El paro, destructor de la economía y del pueblo, como ya hemos dicho fue eliminado;
a fines de 1938 se alcanzó el pleno empleo, y ello incluso en el mismo período en que se
reducía la Deuda exterior alemana, de los 19.000 millones de RM de 1933 a sólo 9.000
millones en febrero de 1938.
No, el rearme en los años 1938-39 no fue un motor necesario para la economía nacional,
por el contrario, impidió un desarrollo equilibrado de todos los sectores de la industria, ya
que, por ejemplo, la industria de bienes de uso y de consumo quedó perjudicada frente a la
industria que participaba en el rearme, y con dificultades para sus inversiones en maquinaria,
por la falta de divisas y la distribución de los contingentes de materias primas.
32
3. El Frente del Trabajo, del Dr. Robert Ley, concibió un plan de amplias inversiones
sociales. El Ministerio de Alimentación contaba con un vasto programa de mecanización y
motorización de la agricultura, e incluso preparó la organización de una red frigorífica
completa, desde el productor hasta el último consumidor, para productos agrarios de difícil
conservación. ¡Idea absolutamente nueva en aquella época! La motorización, según nuestros
conceptos de hoy, estaba comenzando, los ferrocarriles del Reich tenían grandes planes de
inversiones, e incluso de haberse contado con los contingentes necesarios, las exportaciones
hubieran podido aumentar sustancialmente, en especial hacia la Europa del Sudeste y la
América del Sur. Se hubieran podido favorecer las construcciones para la Marina mercante,
en vez de darle preferencia a la flota de guerra. Así, por todas partes, habrían surgido, como
la espuma, ideas para fomentar la inversión y la producción, dado el dinamismo que produjo
la reanimación de la industria, tras el letargo de los años de crisis. Todo esto no fue posible,
por la preferencia que hubo de darse a los armamentos y a las inversiones que se destinaban
para ellos. Sin la guerra y sin un nuevo “espacio vital", tanto la economía como nuestro
pueblo hubieran ido hacia un futuro coronado de éxitos
Allan S. Milward habla incluso de “una extremada política contra los trabajadores" y
Hans Erich Volkmann de "una insuperable crisis en 1938-39".
Según parece, estos autores han sacado unas conclusiones que van demasiado lejos,
extraídas de un material documental que yo desconozco, y que ellos por su parte tampoco
mencionan.
El general Thomas, por ejemplo, solía aceptar a menudo sin el menor espíritu crítico los
intencionados tonos sombríos de Schacht y del comisario de Precios, Wagner, o quizás
incluso de los informes semanales y mensuales del SD, que yo solía leer asimismo con
frecuencia. A todos ellos solía faltarles, demasiado a menudo, la comprensión respecto al
orden de prioridades y las circunstancias.
33
Hay una cosa que puedo decir rotundamente, como contemporáneo y observador de los
hechos, y tanto más por haber colaborado en ellos y poseer una buena información: en 1938-
39 no podía hablarse, de ninguna manera, de "graves tensiones sociales", de una "extremada
política contra los trabajadores" o de que el DAF “había fracasado totalmente". Y que
existía un "elevado espíritu de sacrificio entre los sojuzgados" se demostró, de un modo
irrefutable, durante el curso de la guerra. Sobre esta problemática, excepcionalmente
quisiera recoger una cita de mi libro "Krisenmanager im Dritten Reich" (pág. 45)
“Hace algún tiempo leí un artículo de Marion Gräfin Doenhoff en "Die Zeit":
“Entonces (indica Kehrl) existía sencillamente el sentimiento, no de que eran ellos los
que actuaban, sino que éramos nosotros los que lo hacíamos. Todo el mundo participaba o;
al menos, podía hacerlo si lo deseaba. Me temo que nunca se escribirá la historia de los
centenares de miles de idealistas, que trabajaron para el Frente del Trabajo, la Sección
Femenina, la Beneficencia Popular, la Fuerza por la Alegría o la Obra Madre e Hijo. Sin
embargo, para los que recuerden aquellos tiempos, fue este un hecho importante -si no el
de mayor importancia- del período del III Reich, y sólo quedaría relegado a un segundo
plano con el comienzo de la guerra.
Solamente he de añadir ahora una cosa a esta cita: tengo fundadas esperanzas de que la
historia de la Política Social del III Reich, la escribirá pronto alguien de probada
competencia.
Con mayor acierto suele tratarse históricamente, a menudo, la cuestión del desarrollo
económico. Este, por ejemplo, queda perfectamente reflejado en las páginas 81 a 111 (no en
la 112) de la aportación de Hans-Erich Volkmann "El comercio exterior y el rearme en
Alemania, de 1933 a 1939" a la obra anteriormente citada.
Tampoco se puede negar a Timothy W. Mason, que "una fuerte inflación estaba en
marcha" -sólo que con las experiencias del Pasado y de hoy en día, la palabra "fuerte" resulta
34
evidentemente excesiva-y que "la situación de la hacienda pública (también en 1938-39)
empezó a hacerse crítica", sobre todo precisamente en estos dos años (¡pero sólo a partir de
entonces!) al iniciarse la repercusión de la carrera internacional armamentista.
Pero, según mi opinión, no puede hablarse, de ninguna manera, de una auténtica crisis
en ese momento, ni tampoco de una amenaza de crisis inminente.
También es cierto que era de suponer que "las necesidades de financiación del sector
público seguirían creciendo", y que aumentaría el "déficit permanente de divisas". Pero, a
pesar de todo ello, la situación en aquel momento no era de crisis. La problemática expuesta
por Mason, fue precisamente uno de los puntos conflictivos por los cuales el Dr. Schacht
cesó en 1938 de su cargo de ministro de Economía y, en enero de 1939, como presidente del
Reichsbank.
Funk le sustituyó en ambas funciones. Tanto él como sus hombres de la dirección del
Reichsbank, e incluso el ministro de Finanzas, Schwerin von Krosigk, eran personalidades
competentes, de abundantes ideas y, sin duda más bien de naturaleza prudente. Como es
natural, se reunieron acto seguido para hacer un balance de la situación. No había motivo
alguno para el pánico. Se establecería un fuerte control de la Hacienda Pública, y se
dominaría el proceso inflacionista, sin necesidad alguna de medidas espectaculares.
Y se hubiera podido saber, pues el BIZ (Banco de Pagos Internacionales), con sede en
Basilea, fiel y honradamente, informaba por lo general sobre esas importaciones especiales
y su almacenamiento. Pero estos informes no los leían los departamentos competentes,
quizás porque eran demasiado secretos. Cuando, en la primera semana de junio de 1940,
35
visité en coche los nuevos territorios ocupados de Holanda, Bélgica y norte de Francia, fui
a ver también, entre otros, los puertos de Rotterdam, Amberes y Calais que estaban repletos
también con importaciones -o mejor diríamos, por las importaciones- de materias primas de
todo tipo, y que, casi exclusivamente, eran compras previsoras realizadas por los propios
Gobiernos.
Nadie se había interesado hasta entonces por aquellas primeras materias almacenadas.
Las custodiaban centinelas del OKW (mando supremo de la Wehrmacht) y de la Marina.
Los servicios militares discutían sobre la cuestión de a quién le pertenecía el botín de guerra.
Sin embargo, al parecer, a nadie de entre nosotros le competía el hecho de que el material
acumulado, tanto en aquellos puertos como en los almacenes situados escalonadamente en
el interior, ofrecía un máximo peligro ante eventuales ataques aéreos y los incendios que
podían ocasionar, del mismo modo que, en las fuerzas armadas de Inglaterra y Francia, no
incumbía a nadie ejecutar esas destrucciones tan fáciles de conseguir con bombardeos
aéreos.
Yo calculé a ojo las cantidades de las distintas materias primas almacenadas, e informé
al general von Hanneken a mi regreso. Ni él, como encargado de las materias primas en el
RMW, ni el general Thomas, habían oído algo sobre ello, ni tampoco se interesaron. Me
puse de acuerdo con el mando supremo de la Wehrmacht para una acción de transporte
inmediato, por medio de servicios civiles (La intendencia hubiese sido demasiado lenta). Por
lo demás, la confiscación de estas existencias, que luego prosiguió sin interrupción, era
absolutamente irreprochable desde el punto de vista del Derecho Internacional, pues se
trataba, en su casi totalidad, de bienes del Estado, que podían clasificarse corno "botín de
guerra", de acuerdo con la Convención de La Haya. Tras unas negociaciones tenaces con el
mando supremo de la Wehrmacht, se adoptó finalmente la decisión de que todas las
existencias de materias primas quedarían a disposición del Ministerio de Economía del
Reich.
VIII
¿FORMABA PARTE LA “AUTARQUÍA”
DE LA CONCEPCION DEL MUNDO
NACIONALSOCIALISTA?
En el año 1968, Dieter Petzina dió a conocer una sólida obra -ciertamente la primera-
en la cual, mediante una cuidadosa valoración de todas las fuentes entonces disponibles,
sobre todo de las estadísticas, refleja, en líneas generales con exactitud, la política agraria,
la política de materias primas, la política de divisas y, en parte, el comercio exterior del
Tercer Reich durante los años 1933 a 1939.
36
1. Yo no conozco ni una sola personalidad directiva del III Reich, que propagase como
lema la "autarquía", o la calificase como parte irrenunciable de la política nacionalsocialista
de espacio vital.
3. El mismo Petzina indica que, a falta de otro material documental, la fuente más
importante de sus investigaciones han sido los datos de la antigua Sección de Economía
Militar y de Armamento que dirigía el coronel Thomas. Pero, en las investigaciones de
carácter histórico, este material sólo debe utilizarse con ciertas reservas. Yo conocí bien al
coronel Thomas, sobre todo por sus relaciones de parentesco con los propietarios de la
industria textil de Niederlausitz, por eso sé también positivamente que, entonces y después,
él estuvo muy vinculado con Schacht. Esto quizás explica, en parte, que Thomas en sus
extensos trabajos, apuntes y actas viese muchas cosas, sencillamente, del mismo color que
Hjalmar Schacht y este último, cuando argumentaba -digámoslo con cierta reserva- no solía
brillar precisamente, ni por asomo, por su objetividad.
Posiblemente los abultados legajos devueltos hace poco por Inglaterra al Archivo
Federal de Coblenza contienen más material documental utilizable.
e) El hecho de que Schacht, como presidente del Reichsbank, administrase las divisas,
no significaba de ninguna manera que pudiese disponer libremente de ellas. Si dos
departamentos no se ponían de acuerdo, entonces la decisión final sólo correspondería al
canciller del Reich. Por eso Hitler, lógicamente, transfirió para el futuro a Göring, como
representante suyo y cuasi-canciller del Reich, el poder decisorio sobre las divisas.
37
d) Schacht, en contra de Keppler y más tarde de Göring, mantenía el punto de vista de
que la fabricación de sustitutivos (como el acostumbraba a llamarlos, aunque esta palabra
estaba mal vista) sólo podía sostenerse, desde un punto de vista económico, cuando estos no
resultaban más caros que las materias primas del extranjero. Esta afirmación era tan
arbitraria como ilógica. Iba dirigida principalmente contra la buna (caucho sintético) y
contra los minerales de hierro y fibras químicas alemanas. Pero si nosotros no teníamos
suficientes divisas disponibles para cubrir nuestras necesidades de materias primas, no había
porqué llegar a la conclusión de no emplear una buna más cara o unas fibras químicas de
precio más alto.
Tal vez hubiera sido igualmente lógico, que Schacht hubiese mantenido el siguiente
punto de vista: si nosotros no podemos exportar con beneficios, habrá que suspender las
exportaciones, pues una exportación con pérdidas no resulta sostenible desde un punto de
vista económico. Pero, en este caso, Schacht adoptó una postura completamente distinta. En
el nuevo Plan se fomentaron masivamente, entre otras cosas, las exportaciones, mediante
unas subvenciones que llegaron hasta el 60 por ciento del precio final de venta. Los motivos
de Schacht eran, pues, evidentemente otros, y no el de la “rentabilidad económica”.
5. Sobre el período de la crisis de divisas de 1936, Petzina escribe, entre otras cosas, lo
siguiente: “Göring, de momento, eludió el tomar una decisión y, mientras tanto, dispuso el
inventario de todos los valores extranjeros en poder de alemanes, el rápido cobro de las
cuentas pendientes de mercancías alemanas y la posible realización de la participación
germana en negocios del exterior”.
Al decir esto se ignora que la “crisis de divisas” había que atribuirla preponderantemente
al hecho de que la economía exportadora, especialmente en los últimos doce meses, había
manifestado una tendencia a no urgir el pronto pago de las cuentas pendientes. A ella,
muchas veces, le resultaba preferible saber que, en todo caso, contaba con un saldo activo
de divisas a su libre disposición en el extranjero, y por eso no solo no apremiaba el pago
inmediato, sino que -al parecer- en algunos casos incluso favorecía esos créditos.
¿Qué tenía que ver, pues, todo esto con la autarquía? Petzina señala, con razón, que el
concepto "autarquía" tiene una larga historia. En la obra "Compendio de Historia" de Ploetz,
el término "autarquía" se cita en el índice temático en relación con cinco páginas, la primera
vez en la época arcaica, la segunda en la historia egipcia bajo los Ptolomeos, después en el
marco de la política económica de Méjico durante la II Guerra Mundial y, por último, en
relación con la política económica de Argentina entre 1944 y 1946. El Brockhaus de 1921
define la autarquía como " forma económica de un Estado que, debido a la posesión de una
tierra fértil, riquezas en el subsuelo y fuentes de energía (carbón y agua), en lo económico
38
es independiente del exterior". Pero nosotros, desgraciadamente, no poseíamos todo esto. Lo
que falsamente se atacó o se ataca de la política autárquica, intensivo, amplio y pragmático
en una situación de crisis económica. Ello no tenía absolutamente nada que ver con la
Weltanschauung o el ideario nacionalsocialista. Este es quizás el lugar adecuado, para salir
al paso también de otros errores que, según mi opinión, suelen encontrarse, no en raras
ocasiones, en el terreno historiográfico.
39
en la conclusión de los acuerdos de comercio exterior. En este asunto, tanto la dirección
como la burocracia del departamento de Relaciones Exteriores, vigilaban celosamente que
fuesen ellos quienes, en todos los casos, marcasen la pauta en los convenios de comercio
exterior. Las normas venían dadas, casi de un modo inevitable, por el estado de elaciones
existente con cada uno de los países, pero, por lo demás, la negociación de esta clase de
convenios es algo totalmente pragmático.
40
Para nosotros esto no era política. Se trataba, en el más auténtico sentido de la palabra,
de administrar en unas situaciones de crisis. Por eso también he titulado mi libro "Experto
para casos críticos en el III Reich”.
IX
LAS "ESTRUCTURAS DE PODER"
EN EL III REICH
Hubiera sido inconcebible que alguno de los notables, hubiese podido utilizar su poder
contra Hitler. Naturalmente, había personalidades que tenían una gran influencia. Pero el
poder y las influencias son dos categorías completamente distintas. El modo de gobernar de
Hitler, sobre el que escribiré más adelante, estaba en todos los dominios a la mira de que él
mismo tuviese que tomar "el menor número posible de decisiones". A él tampoco le gustaba
que, sin necesidad alguna, se le informase continuamente de todos los acontecimientos, ni
siquiera del principal de cada terreno, o que se le pidiesen instrucciones. Hitler solía
marcarse él mismo, temporalmente y de un modo realista, unos puntos esenciales
determinantes, en los cuales se concentraba con exclusividad. Sin duda, también podía
ocurrir que tomase decisiones sobre problemas aislados, pero esto sucedía raras veces.
La regla general fue, por ejemplo, que cada gauleiter, ministro o comisario del Reich -
este último en territorios ocupados-, podía decidir todo de acuerdo con su propio criterio, a
no ser que se considerase incapaz de una decisión personal en un asunto concreto. La misma
norma era aplicable también a los delegados especiales de todas clases.
41
Nadie que tuviese un poder o autorización, tenía por qué ir a buscar un "acuerdo" con
entidades o personas. En este -arriesgado- sistema se basaba la fuerza combativa y la rapidez
con que funcionaba una organización formidable, apenas sin burocracia, y la cual, en algún
momento, llegó a extenderse a grandes partes de Europa.
X
EL “FASCISMO” EN EL III REICH,
UN FRAUDE SEMÁNTICO DE LOS COMUNISTAS
42
Europa occidental, queda velada en los años treinta por la política expansiva de alemanes,
italianos y japoneses, los cuales, al contrario de lo que les sucede a las otras grandes
naciones, se encuentran oprimidos (en sus pequeños territorios). En Italia y Alemania se
desarrollan, con el Fascismo y el Nacionalsocialismo, nuevas ideologías políticas y formas
constitucionales, con las cuales se trata de superar la crisis de la democracia y se pretende
conseguir la defensa militante contra el bolchevismo".
Cuando uno trata de adentrarse en los trabajos sobre la historia económica y social del
III Reich, pronto tropieza con el hecho de que, entre los historiadores de la R.D.A., la palabra
"nacionalsocialismo" suele ser reemplazada sistemáticamente por la de "fascismo". La
generación que ha ido creciendo en la República Democrática Alemana no debe saber en
absoluto que hubo nacionalsocialistas, y que el NSDAP era un "Partido Obrero". A la vez,
por esa vía, se incluye y se señala abiertamente al "capitalismo" como culpable también -o
incluso como principal culpable- de la guerra, mientras a los empresarios se les acusa de ser
una "estructura de poder fascista". Esta falsedad, sorprendentemente, la aceptan también no
pocos historiadores e historiógrafos de la República Federal de Alemania, aunque debieran
saber que se trata de una auténtica falsificación histórica.
En el Tercer Reich, y no hay que darle vueltas, no hubo fascistas, ni estructuras de poder
fascista, ni ninguna organización fascista. El término. "fascismo" o "fascista" tampoco fue
utilizado nunca durante el III Reich por los enemigos del Nacionalsocialismo y, ni siquiera,
por los vencedores, cuando ocuparon el Reich alemán. Ellos hablaban sencillamente de
"nazis" y de "nazismo".
Bracher señala también que incluso cuando un sistema totalitario comienza con una
dirección colectiva, como fue el caso del comunismo soviético, la tendencia al ''culto a la
personalidad" es inmanente. Así se ha visto con Stalin, Mao y Castro.
43
de Bracher, el exdirector del "Koelner Stadt-Anzeiger", Joachim Besser, escribe entre otras
cosas:
"La propaganda de Moscú utiliza los mismos métodos. Quién contraría al Kremlin, es
un fascista y, para simplificar, los socialdemócratas son socialfascistas. El concepto,
empleado de esta manera, carece ya de sentido, y habría de avergonzarse de seguir
utilizándolo" (Fin de la cita).
En cualquier caso, está comprobado que, quien lanza la palabra "fascista" al hablar de
la historia del III Reich, no desea aclarar los hechos históricos, sino ocultarlos o falsearlos.
XI
EL MODO DE GOBERNAR DE HITLER
Cuando, a finales de 1934, Wilhelm Keppler, delegado del Führer y canciller del Reich
para Asuntos Económicos, me llamó para trabajar en Berlín, tuve tarea no solamente en el
trabajo especializado que me asignaron. Como provinciano, yo deseaba adquirir también,
desde un principio, la máxima experiencia posible sobre el panorama político que iba a
encontrar; sobre las personalidades más importantes de la nueva Era y sus peculiaridades,
sobre los objetivos político-económicos del Partido, sobre la proyectada organización del
Gobierno, sobre el modo de trabajar de Hitler, sobre los cauces de la información, sobre el
proceso de desarrollo que tomaban las decisiones y muchas cosas más.
Para mí, entonces, la más importante fuente de información era, en primer término, el
propio Keppler, que conocía bien a Hitler desde hacía años. Pronto conocí a muchas
personalidades del Partido y del Estado, y empecé a formarme una cierta idea sobre ellas.
Mis conocimientos se confirmaron en su mayor parte, y devinieron aún más profundos
cuando, más tarde, en el proceso de la Wilhelmstrasse, tuve también un trato diario, durante
más de un año, con Lammers y Meissner, quienes, respectivamente, habían estado dirigiendo
respectivamente la Cancillería del Reich y la Cancillería Presidencial.
44
Ellos confirmaron a posteriori, en casi todo, el concepto que ya me había formado
anteriormente, sobre lo que desearía denominar "el modo de gobernar de Hitler".
“Usted, como prusiano que piensa con precisión y también con unas categorías de
orden (y que además procede de la zona de Brandenburgo en el Havel), difícilmente podrá
hacerse una idea sobre la manera de pensar y de trabajar de Hitler. Pues él, en muchas
cosas, muestra más bien el temperamento, e incluso la mentalidad, de un artista austríaco".
Cuando Keppler le insistió para que revisase el llamado programa del NSDAP, que aún
procedía del año 1923, que era en extremo insuficiente y de miras estrechas y que, por
ejemplo, en lo económico carecía del menor valor enunciativo, Hitler se negó rotundamente
a ello. Según su opinión, el reelaborar programas de partido resulta perjudicial, pues las
discusiones al respecto suelen socavar la unidad del partido por las diferencias de opiniones
y, además, carece de sentido porque continuamente surgen nuevos problemas, cuya solución
no debe obstaculizarse con disposiciones abstractas. Hitler -según Keppler- también se
mostró siempre decididamente contrario a la economía estatificada, porque conduce a un
"burocratismo estéril". Las mayores realizaciones en el terreno económico -como en la vida
en general- se deben a personas individuales. Estas tienen que tener por tanto, también como
empresarios, una amplia libertad de acción, pero no deben ganar influencia - por ejemplo
siguiendo intereses de grupo- en la política económica en su conjunto. Esta es tarea exclusiva
del Estado, como representante de todo el pueblo.
Tanto Hitler/ como Keppler eran contrarios a una evolución hacia el Estado corporativo,
tal como había sido iniciada por Mussolini con las corporaciones. La economía no podía
convertirse en un Estado dentro del Estado. Desde este enfoque, resultaba que el Estado, en
política económica, debía limitarse, más o menos, a fijar las líneas directrices y, en la medida
de lo posible, debía dejar su ejecución a las distintas organizaciones económicas y laborales,
que tenían por base una afiliación obligatoria, y contaban no sólo con ciertos derechos sino
también, y sobre todo, con unas obligaciones.
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Ante el panorama que hemos descrito antes, Hitler -según mi opinión- sacó las
siguientes consecuencias que, entre otros factores, definieron su estilo de gobernar:
1.- Quería dedicar el menor tiempo posible a las tareas administrativas de gobierno. Por
eso la Cancillería del Reich la dirigía el secretario de Estado Lammers, jurista de origen, que
después llegaría a ministro del Reich, y al que antes incumbieran en el Ministerio del Interior
los asuntos relacionados con la Constitución. Dió pruebas de ser un maestro en la redacción
y exposición de motivos de toda clase de leyes, reglamentos, decretos y comunicados
oficiales del Gobierno.
2.- Hitler· opinaba que las deliberaciones en amplio grupo representaban una pérdida de
tiempo. Sobre todo provocan dudas, causan retrasos e impiden una actuación eficaz. Siempre
que haga falta una información precisa o una aclaración puede obtenerse, mejor y más
rápidamente, sin necesidad de discusiones, por medio de conversaciones a solas o en grupos
pequeños. De ahí su aversión por las reuniones del Consejo de Ministros e incluso, por
ejemplo, hacia asambleas y entrevistas con los Gauleiters en su totalidad. También
desaprobaba Hitler el “cambio de notas" entre los ministerios. En todo caso, en las
conversaciones con los ministros tenía que estar presente Lammers, con el fin de poder
orientar a Hitler si este lo consideraba necesario.
4.- De todo lo anterior se deduce la singular predilección de Hitler por las tareas
específicas y por las atribuciones especiales de todo tipo. En general, y como es lógico, todo
ello resultaba muy molesto para la burocracia de los ministerios, pues a menudo surgían
dificultades por la cuestión de las competencias. Pero Hitler se atuvo a esto y Göring -
exagerando- le imitó en el hecho de buscar soluciones, fuera del acostumbrado mecanismo
estatal, a las crisis que se presentaban y a los nuevos problemas que iban surgiendo. Hitler
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sustentaba la opinión de que a aquellas personas resueltas y con abundantes ideas, a las que
se ofrecía una tarea urgente y por un período limitado, había que facilitarles un trabajo eficaz
mediante las suficientes atribuciones. Justamente por eso, en caso necesario había que
soportar las fricciones e interferencias con los organismos competentes, o que se estimaban
como tales. Una autoridad frustrada puede; soportarse más fácilmente que una persona
irreemplazable frustrada.
Algunos ejemplos:
5.- Todo cuanto se ha descrito hasta ahora, se componía de unos elementos muy
formales. Pero el modo de gobernar de Hitler de ninguna manera se limitaba a eso.
Hitler, con toda la razón, se sentía como un Caudillo elegido por el pueblo. Este se había
decidido, sobre todo, en favor de él, y en segundo término por el NSDAP. Y él juzgó que el
cumplimiento de los fines que perseguía, sólo estaba asegurado si su autoridad sobre el
pueblo y el Partido era indiscutida.
No tenían por qué existir "estructuras de poder". Después del putsch, la S.A. perdió su
fuerza, tanto a escala personal como en lo que atañe a sus funciones y, a partir de entonces,
sólo llevó una vida de apariencia; además -en tanto que aún fuese necesario- se explicó una
y otra vez a los Gauleiter que ellos sólo tenían una misión y unas competencias de carácter
regional, y que por encima de esto, no contaban con la menor influencia. No había ningún
"politburó" del NSDAP.
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6.- La historia de los Gauleiter, sus funciones y sus métodos de gobernar, han quedado
recogidos en una importante obra de historia contemporánea, el libro de Peter Hüttenberger
"Los Gauleiter".
Este trabajo, de primera calidad, refleja certeramente, según mi opinión, la realidad del
III Reich. La síntesis recogida en el artículo de la serie de cuadernos trimestrales de historia
contemporánea, y la visión de conjunto en la contraportada son óptimos, tanto de forma
como de contenido.
7.- También era propio de la manera de gobernar de Hitler que sacara continuamente de
las filas de los Gauleiter a gente de su confianza, como Bürkel, Sauckel, Lohse, Josef
Wagner, Koch o Kube, para confiarles tareas especiales en el Estado, y que conservara hacia
ellos - a menudo más allá del límite de lo posible y de lo tolerable- la lealtad nacida en la
solidaridad de los viejos días de lucha.
Pero en cuanto Hitler confería esas misiones, las personalidades afectadas cesaban en
su función de gauleiter, eran entonces comisarios de Estado, encargados de cumplir unos
cometidos especiales, y estaban bajo las órdenes de Hitler en su calidad de canciller del
Reich y no por su condición de jefe del Partido.
XII
EL "SOCIALISMO ALEMAN"
DEL TERCER REICH
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pretenden un nuevo orden de la vida y de la economía, poniendo un mayor énfasis en la
economía, en oposición a las concepciones individualistas de la economía y de la sociedad".
Precisamente era esta la idea vaga del socialismo alemán. Hitler no llamó a la lucha de
todos contra todos, sino que proclamó la comunidad "de todos Los alemanes". Su combate
político iba dirigido contra la lucha de clases de las derechas y las izquierdas. El término que
pronto se generalizó de "trabajadores de La frente y del puño", tenía por misión cerrar el
abismo entre los trabajadores manuales e intelectuales, y despertar la conciencia social del
pueblo. Pero tanto el Estado como el Partido, por mandato del pueblo como totalidad, debían
cumplir la tarea y la obligación de ayudar a los más débiles del país a ayudarse ellos mismos.
Con esta visión de futuro, emparejada con la exigencia de una liberación del Dictado de
Versalles, Hitler fue Führer de un movimiento de masas y finalmente Canciller del Reich
alemán.
Después del 30 de enero de 1933 se perdió muy poco tiempo en hacer prevalecer la idea
fundamental de que había que poner término a la lucha de clases. Los portavoces de ésta, es
decir los sindicatos y asociaciones obreras, fueron disueltos.
Las relaciones entre los patronos y el personal de sus empresas se enfocaron muy pronto
desde una base absolutamente nueva, mediante la "Ley para la Ordenación del Trabajo
Nacional", y también se instituyó una protección estatal para los trabajadores con la "Ley
sobre los Procuradores Laborales".
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En su artículo tercero se dice: "Hasta la nueva ordenación de la Carta Social, los
procuradores fijarán las condiciones para concluir los contratos de trabajo, en lugar de las
asociaciones obreras, de los patronos individuales y de la Asociación de Empresarios.
Además, los procuradores cuidan del mantenimiento de la paz laboral. Y se les convoca
para que colaboren en una nueva Carta del Trabajo". A los procuradores laborales no se
les designó esencialmente como empleados profesionales, sino como personas de
experiencia y acreditado sentido social.
Por otra parte, la realización del socialismo alemán -así desearía llamarlo- fue
encomendada por Adolfo Hitler a Robert Ley, jefe de Organización del NSDAP, al
encargarle la creación del "Frente Alemán del Trabajo" (DAF) como organización próxima
al NSDAP. Tanto los "jefes de empresa" como los "operarios" debían ser miembros del
DAF.
Joachim C. Fest, en su libro “Das Gesicht des Dritten Reiches" (El rostro del III Reich),
escribe sobre Robert Ley lo siguiente: “En cambio, la figura de Robert Ley, en su corte a la
vez débil, extravagante y rudo, mezquino en suma, hizo prescindir de una aportación
suplementaria, tanto más porque las características personales, en este caso, coincidían
ampliamente con las de algunos otros miembros del séquito de Hitler".
El Frente Alemán del Trabajo, con la autoridad de una organización del Partido, sí estaba
en condiciones de obtener en tiempos de paz, en lo relativo al salario de los trabajadores,
todo cuanto permitían las razones técnicas y de economía general, dentro del marco de la
deseada estabilidad de precios. A la vez, en el transcurso de los años, fueron ocupando
progresivamente un lugar especial, junto al aumento de los salarios, considerables
prestaciones complementarias de la más variada índole.
"La recepción de los bienes sindicales, y los ingresos por cuotas de los afiliados,
hicieron del DAF una organización extraordinariamente fuerte en sus finanzas. Como
asociación aneja al NSDAP, y al contrario que otras secciones del Partido, gozaba de un
derecho patrimonial propio. El tesorero general del NSDAP sólo tenía unos determinados
poderes de inspección y control, pero no administraba el patrimonio del DAF. Con unos 23
50
millones de miembros, el DAF, numéricamente, era casi cinco veces más fuerte que el
NSDAP, y mientras muchos gau del NSDAP en los primeros años del III Reich todavía
seguían endeudados, el DAF podía crear bancos propios y unas potentes entidades
económicas, mientras iba extendiendo continuamente su influencia. Robert Ley, a quien
reprochaba el gauleiter Wahl su “morbosa manía de organizar", y que tenía a su lado a
expertos planificadores como Selzner, creó en enero de 1934 el Servicio del Reich para el
Hogar, que hasta 1936 acometió más de doscientos mil proyectos de construcción. El DAF
levantó numerosas escuelas y talleres de formación profesional y de readiestramiento, en
los cuales, según el testimonio de Ley, hasta 1936 se había dado ocupación a 250.000
profesores y se había formado a 2,5 millones de obreros. El Frente Alemán del Trabajo
instituyó también los concursos Profesionales del Reich, y publicaba en sus propias
editoriales 88 revistas técnicas y especializadas, con una tirada total de 10 millones de
ejemplares, además de una serie de revistas de propaganda política (como "Arbeitertum",
"Schonheit der Arbeit", "Der Aufbau"). También supervisaba y dirigía instituciones para el
fomento de la salud pública, creó la gigantesca empresa "Kraft durch Freude" (Fuerza por
la alegría), construyó miles de parques públicos, centenares de instalaciones deportivas y
piscinas, mantenía teatros propios, una Orquesta Sinfónica del Reich, etc; contaba con una
Obra para cursos de vulgarización, y con otra denominada "Gratitud de los obreros", que
atendía a los reservistas de la Wehrmacht. Para la formación de sus propios funcionarios,
el DAF disponía de 9 escuelas del Reich y de otras 40 regionales. También financiaba las
escuelas del Partido en los Ordensburg de Vogelsang, Sonthofen y Crossinsee, que
dependían de Ley como jefe de Organización del NSDAP. Estas últimas eran un ejemplo de
cómo los medios y la estructura del DAF no le venían mal al jefe de la Organización y
consolidaban la posición de éste".
Día del
agricultor del
Reich. 1935
51
XIII
NORTE Y RAZON
DE LA POLITICA EXTERIOR DE HITLER:
EL TEMOR AL BOLCHEVISMO
Después de la guerra estuve dos años en los campos de concentración aliados, otros dos
en el Palacio de Justicia de Nuremberg y dos más en el presidio de Landsberg. Entonces tuve
tiempo suficiente para reflexionar sobre el pasado, el presente y el futuro. Respecto al
pasado, me preocupaba continuamente, como es natural, la siguiente cuestión: ¿cuáles
fueron las motivaciones en la política exterior de Hitler? Desde entonces han transcurrido
veinticinco años, y he leído mucho de lo más relevante históricamente sobre los seis años de
paz y los seis de guerra del III Reich. En cuanto a los móviles de la política exterior de Hitler,
me mantengo en lo esencial en el convencimiento que ya tenía en el Palacio de Justicia de
Nuremberg: el norte de la política exterior de Hitler, que eclipsaba todo lo demás, fue el
temor al bolchevismo.
52
contenido y propósitos, sin embargo; sólo consisten en suprimir y reemplazar a las capas
sociales que hasta ahora dirigían a la humanidad, por el judaísmo extendido a escala
internacional. Ningún país podrá eludir o al menos mantenerse alejado de esta pugna
histórica.
Desde el momento en que el marxismo, con su victoria en Rusia, se procuró uno de los
mayores Imperios del mundo como base de partida para las siguientes operaciones, esta
cuestión se ha convertido en una amenaza. Un mundo democrático desgarrado
ideológicamente por sí mismo, hace frente a una cerrada y firme voluntad de agresión,
ideológicamente autoritaria.
Los recursos militares de esta fuerza agresora aumentan además, de año en año, a un
ritmo veloz. Basta con comparar el Ejército Rojo que existe hoy realmente, con el cálculo
de tropas de hace diez, quince o veinte años, para hacerse una idea de los cambios
registrados.
Alemania, como siempre, será considerada centro del mundo occidental frente a los
ataques bolcheviques. Yo no concibo esto como una misión grata, sino como una lamentable
complicación y una carga sobre nuestra vida nacional, condicionada por nuestra
desdichada situación geográfica en Europa. Pero no podemos eludir este destino.
Europa, en la actualidad, sólo tiene dos países que cabe considerar firmemente
contrarios al bolchevismo: Alemania e Italia. Las otras naciones, o bien se están
descomponiendo por su forma de vivir democrática, se contaminan de marxismo y decaerán
pronto incluso hasta su ruina, o bien están regidas por gobiernos autoritarios, cuya única
fuerza está en sus efectivos militares. Pero, en estos últimos, hay que tener en cuenta que,
debido a la necesidad de afianzar ante los propios pueblos la efectividad de su gestión a
través del medio de coerción del ejecutivo, son incapaces de preparar esta fuerza en bruto
para defender a sus países frente al exterior. Todas estas naciones jamás serían capaces de
sostener, con buenos auspicios, una guerra contra la Rusia soviética.
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Porque una victoria del bolchevismo sobre Alemana no conduciría a un Tratado de
Versalles, sino a una destrucción definitiva y a un exterminio del pueblo alemán.
El nuevo Ejército tendrá que ocuparse en sacar las debidas deducciones militares de
esta situación. ¡El alcance y la rapidez de la preparación militar de nuestras fuerzas, nunca
será tan grande como precisamos!
Es un error capital creer, sobre este particular, que podría realizarse alguna
transacción o equiparación con otras necesidades vitales. Por más que la vida conjunta de
un pueblo deba estar equilibrada, en ciertas épocas es preciso efectuar dilaciones parciales
en perjuicio de las tareas que vitalmente son menos importantes. Si, en un breve plazo, no
logramos hacer de la Wehrmacht alemana el primer ejército del mundo, tanto en la
instrucción como en el cometido de las unidades, armamento y, sobre todo, en la formación
de su espíritu… ¡Alemania estará perdida!" (Fin de la cita).
2. El mismo orden de ideas fue repetido por Hitler en un discurso interno del Partido,
que yo mismo escuché a fines de abril de 1937, en un curso de formación en el Ordensburg
de Sonthofen. De ello ya hablé en mi libro "Experto para casos críticos en el III Reich". Me
limito a citar sólo un párrafo:
"El comunismo, en los últimos años, mediante una política consecuente pero también
brutal, ha creado de los aldeanos de la Rusia anterior y de un pueblo con elevado índice de
analfabetos, un pueblo con potencia económica e industrializado, nada menos que en quince
años. Partiendo del elevado talento y aplicación del pueblo ruso, de su fuerza aún sin
utilizar, y del gran incremento de la población, este proceso se irá acelerando y, a más
tardar en un decenio, nacerá una fuerza económica y militar frente a la cual Europa no
tendrá nada equivalente que oponer.
Esto nos crea a nosotros una situación profundamente trágica, pero inevitable. El Reich
-dijo él- es geográficamente la barrera de Europa frente al Este. La misión de defenderla
contra una invasión de índole política, militar y étnica nos ha sido impuesta por el destino,
y no podemos rehuir esa tarea. (Y es por eso que él ha dispuesto en el Plan Cuatrienal,
mediante la construcción de armamento y de una Wehrmacht fuerte y combativa, todos los
pasos para facilitarnos la posibilidad de oponernos con éxito a esa amenaza. El da por
seguro que el tiempo no trabaja en favor nuestro, sino en beneficio del Este)" (Fin de la
cita).
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3. La movilización parcial de las fuerzas armadas checoeslovacas, el 20 de mayo de
1938, y el esperado gran triunfo electoral de Konrad Henlein, jefe de los alemanes sudetes,
el 22 de mayo de 1938, decidieron el destino de Checoeslovaquia. Hitler vió de repente, con
claridad, que si no neutralizaba a las fuerzas armadas checas y sus aeródromos, en los cuales
tenía la Unión Soviética un permiso general para aterrizar, esta última podría ponernos en
cualquier momento en una situación militar desesperada. Relacionada con esto surgió la
expresión de "Checoeslovaquia como portaaviones en el cuerpo al descubierto del Reich”.
Las dramáticas jornadas de mayo de 1938 han sido descritas por el gauleiter Jordan
como testigo de aquellos días (Hitler estaba con él en Dessau) en su libro "Im Zeugenstand
der Geschichte" (En el estrado de los testigos de la historia).
Mientras el mando de los tres ejércitos de la Wehrmacht formuló las más serias
objeciones sobre el ataque contra Dinamarca y Noruega y la campaña del Oeste, tales reparos
apenas se hicieron valer respecto a una campaña contra Rusia. Se creía que nuevamente
podría realizarse con éxito una guerra relámpago.
Luego se vio que para ello se había partido de unas falsas hipótesis.
A pesar de los grandes elogios que, tanto entonces como hoy, siguen haciendo algunas
personas del agregado militar en Moscú y de parte del servicio de información "Ejércitos
extranjeros del Este", mandado por Gehlen, se demostró que, desde los puntos de vista del
armamento, militar y político, se había partido de unos supuestos absolutamente erróneos.
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