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8 Discurso Papa Francisco Sobre SACERDOCIO

El Papa Francisco da un discurso sobre el sacerdocio en el que destaca cuatro pilares fundamentales ("cuatro cercanías") para la vida de un sacerdote: la cercanía a Dios a través de la oración y la Palabra de Dios; la cercanía al obispo y a los hermanos sacerdotes; la cercanía al pueblo a través de la compasión; y la cercanía a sí mismo a través del autocuidado y la humildad. El Papa enfatiza que estas cuatro cercanías dan solidez al sacerdote y

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8 Discurso Papa Francisco Sobre SACERDOCIO

El Papa Francisco da un discurso sobre el sacerdocio en el que destaca cuatro pilares fundamentales ("cuatro cercanías") para la vida de un sacerdote: la cercanía a Dios a través de la oración y la Palabra de Dios; la cercanía al obispo y a los hermanos sacerdotes; la cercanía al pueblo a través de la compasión; y la cercanía a sí mismo a través del autocuidado y la humildad. El Papa enfatiza que estas cuatro cercanías dan solidez al sacerdote y

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Discurso del Papa Francisco

sobre el sacerdocio
7 febrero 2022
Queridos hermanos, buenos días:
Agradezco la oportunidad de poder compartir con ustedes esta reflexión que nace de lo que el
Señor me fue mostrando a lo largo de estos más de 50 años de sacerdocio. No quiero excluir de
este recuerdo agradecido a aquellos sacerdotes que, con su vida y testimonio, desde mi niñez me
mostraron lo que configura el rostro del Buen Pastor. He meditado sobre qué compartir de la vida
del sacerdote hoy y llegué a la conclusión de que la mejor palabra nace del testimonio que recibí de
tantos sacerdotes a lo largo de los años. Lo que ofrezco es fruto del ejercicio de pensar en ellos,
discernir y contemplar cuáles eran las notas que los distinguían y les brindaban una fuerza, alegría y
esperanza singular en su misión pastoral.
A su vez, tengo que decir lo mismo, de aquellos hermanos sacerdotes que tuve que acompañar
porque habían perdido el fuego del primer amor y su ministerio se había vuelto estéril, rutinario y sin
sentido. El sacerdote durante su vida pasa por distintos estados y momentos; personalmente he
pasado por distintos estados y momentos y rumiando las mociones del espíritu constaté que, en
algunas situaciones, inclusive en momentos de pruebas, dificultades y desolación, cuando vivía y
compartía la vida de determinada manera, permanecía la paz. Soy consciente de que mucho se
podría hablar y teorizar sobre el sacerdocio, hoy quiero compartirles esta “pequeña cosecha” para
que el sacerdote de hoy, sea cual sea el momento que esté viviendo pueda vivir la paz y la
fecundidad que el Espíritu quiere regalar. No sé si estas reflexiones son el “canto del cisne” de mi
vida sacerdotal, pero sí puedo asegurar que vienen de mi experiencia.
El tiempo que vivimos es un tiempo que nos pide no solo detectar el cambio, sino acogerlo con la
consciencia de que nos encontramos ante un cambio de época. Si teníamos dudas sobre esto, el
Covid lo hizo más que evidente ya que su irrupción es mucho más que una cuestión sanitaria.
El cambio siempre nos presenta diferentes modos de afrontarlo; el problema es que muchas
acciones y actitudes pueden ser útiles y buenas, pero no todas tienen sabor a Evangelio. Por
ejemplo, buscar formas codificadas, ancladas en el pasado y que nos “garantizan” una forma de
protección contra los riesgos, “refugiándonos” en un mundo o en una sociedad que no existe más (si
es que alguna vez existió), como si ese determinado orden sería capaz de poner fin a los conflictos
que la historia nos presenta.
Otra actitud puede ser la de un optimismo exacerbado ―“todo andará bien”― que termina por
ignorar los heridos de esta transformación y que no logra asumir las tensiones, complejidades y
ambigüedades propias del tiempo presente y “consagra” la última novedad como lo verdaderamente
real, despreciando así la sabiduría de los años. (Son dos tipos de huidas, son las actitudes del
asalariado que ve venir al lobo y huye: huye hacia el pasado o huye hacia el futuro). Ninguna de
estas actitudes lleva a soluciones maduras.
En cambio, me gusta esa actitud que nace de hacerse cargo con confianza de la realidad anclada
en la sabia Tradición viva y viviente de la Iglesia, que puede permitirse remar mar adentro sin
miedo. Siento que en este momento histórico, Jesús nos invita, una vez más, a “remar mar adentro”
(cf. Lc 5,4) con la confianza de que Él es el Señor de la historia y que, de su mano, podremos
discernir el horizonte a transitar. Nuestra salvación no es una salvación aséptica, salvación de
laboratorio o de espiritualismos desencarnados; discernir la voluntad de Dios es aprender a
interpretar la realidad con los ojos del Señor, sin necesidad de evadirnos de lo que acontece a
nuestros pueblos y sin la ansiedad que lleva a querer encontrar una salida rápida y tranquilizadora
de la mano de una ideología de turno o una respuesta prefabricada, ambas incapaces de asumir los
momentos más difíciles e inclusive oscuros de nuestra historia. Por estos dos caminos
terminaríamos por negar «nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa por ser historia de sacrificios,
de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio, de constancia en el trabajo
que cansa» (Exort. ap. Evangelii gaudium, 96).
En este contexto, la vida sacerdotal también se ve afectada por este desafío, y un síntoma de ello
es la crisis vocacional que en distintos lugares aflige a nuestras comunidades. Sin embargo, es
cierto que esto se ha debido frecuentemente a la ausencia en las comunidades de un fervor
apostólico contagioso, por lo que no inspiran entusiasmo y atracción. Donde hay vida, fervor, deseo
de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas. Incluso en parroquias donde los
sacerdotes no están muy comprometidos y ni son alegres, es la vida fraterna y fervorosa de la
comunidad la que suscita el deseo de consagrarse completamente a Dios y a la evangelización,
sobre todo si esta comunidad activa reza insistentemente por las vocaciones y tiene el valor de
proponer a sus jóvenes un camino de especial consagración.
La vida de un sacerdote es ante todo la historia de salvación de un bautizado. No debemos nunca
olvidar que toda vocación específica, incluida la del Orden sagrado, es cumplimiento del Bautismo.
Constituye siempre una gran tentación vivir un sacerdocio sin el Bautismo, es decir, sin acordarnos
que nuestra primera llamada es a la santidad. Ser santos significa conformarse a Jesús y dejar que
nuestra vida palpite con sus mismos sentimientos (cf. Flp 2,15). Sólo cuando buscamos amar como
Jesús amó, hacemos también visible a Dios y realizamos así nuestra vocación a la santidad. Con
cuánta razón san Juan Pablo II nos recordaba que «el sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la
conciencia de su permanente necesidad de ser evangelizado» (Exort. ap. post sinodal, Pastores
dabo vobis, 25 marzo 1992, 26).
Toda vocación específica se debe someter a este tipo de discernimiento. Nuestra vocación es en
primer lugar una respuesta a Aquel que nos amó primero (cf. 1 Jn 4,19). Y esta es la fuente de
esperanza ya que, aun en medio de la crisis, el Señor no deja de amar y, por tanto, de llamar. Y de
esto cada uno de nosotros es testigo: un día el Señor nos encontró allí donde estábamos y como
estábamos, en ambientes contradictorios o con situaciones familiares complejas; pero eso no lo
detuvo para querer escribir, por medio de cada uno de nosotros, la historia de salvación. Desde el
comienzo fue así pensemos en Pedro y en Pablo, en Mateo, por nombrar algunos. Su elección no
nace de una opción ideal sino de un compromiso concreto con cada uno de ellos. Cada uno,
mirando su propia humanidad, su propia historia, su propio carácter, no se debe preguntar si una
opción vocacional es conveniente o no, sino si en conciencia esa vocación abre en él ese potencial
de amor que hemos recibido en el día de nuestros Bautismo.
Durante estos períodos de cambio son muchas las preguntas a afrontar y también las tentaciones
que vendrán. Por eso, en mi intervención, quisiera referirme simplemente en lo que me parece
decisivo para la vida de una sacerdote hoy, teniendo en cuenta lo que dice Pablo: «en Él —es decir
en Cristo— todo el edificio bien cohesionado va creciendo hasta formar un templo consagrado al
Señor» (Ef 2,21). Pienso que cada construcción, para mantenerse en pie, necesita unos cimientos
sólidos; por eso quiero compartir las actitudes que dan solidez a la persona del sacerdote, las cuatro
columnas constitutivas de nuestra vida sacerdotal y que llamaremos las “cuatro cercanías”, porque
siguen el estilo de Dios, que fundamentalmente es un estilo de cercanía (cf. Dt 4,7).
Ya en el pasado he hecho referencia de esto, pero hoy quisiera detenerme de forma más extensa
ya que el sacerdote más que recetas o teorías necesita herramientas concretas con las que
confrontar su ministerio, su misión y su cotidianeidad. San Pablo exhortaba a Timoteo a mantener
vivo el don de Dios que recibió por la imposición de sus manos, que no es un espíritu de temor, sino
de fortaleza, de amor y de sobriedad (cf. 2 Tm 1,6-7). Creo que estas cuatro “cercanías” pueden

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ayudar de manera práctica, concreta y esperanzadora a reavivar el don y la fecundidad que un día
se nos prometió.
Cercanía a Dios
Es decir, cercanía al Señor de las cercanías. «Yo soy la vid, ustedes son las ramas. El que
permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí no pueden hacer nada. El
que no permanece en mí será echado fuera, al igual que la rama que se seca, que luego se recoge,
se arroja al fuego y se quema. Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan
lo que quieran y se les concederá» (Jn 15,5-7).
Un sacerdote es invitado ante todo a cultivar esta cercanía, esta intimidad con Dios, y de esta
relación podrá obtener todas las fuerzas necesarias para su ministerio. La relación con Dios es, por
decirlo así, el injerto que nos mantiene dentro de un vínculo fecundo. Sin una relación significativa
con el Señor nuestro ministerio está destinado a ser estéril. La cercanía con Jesús, el contacto con
su Palabra, nos permite confrontar nuestra vida con la suya y aprender a no escandalizarnos de
nada de lo que nos suceda, a defendernos de los “escándalos”. Al igual que el Maestro se pasará
por momentos de alegría y de boda, de milagros y de curaciones, de multiplicación de los panes y
de descanso. Existirán momentos en que se podrá ser alabado, pero también llegarán las horas de
ingratitud, de rechazo, de duda y de soledad hasta tener que decir: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué
me has abandonado?» (Mt 27,46).
La cercanía con Jesús nos invita a no temer a ninguna de estas horas no porque seamos fuertes,
sino porque lo miramos a Él, nos aferramos a él y le decimos: «¡Señor, no me dejes caer en la
tentación! Hazme comprender que estoy viviendo un momento importante en mi vida y que tú estás
conmigo para probar mi fe y mi amor» (C. M. Martini, La fuerza de la debilidad. Reflexiones sobre
Job, Salterrae 2014, 84). Esta cercanía con Dios a veces tiene un estilo de lucha, luchar con el
Señor principalmente en esos momentos donde su ausencia se hace más notoria en la vida
sacerdotal o en la vida de las personas a ellos encomendada. Luchar y buscar su bendición hasta el
amanecer (cf. Gn 32,25-27), que será fuente de vida para muchos.
Muchas crisis sacerdotales tienen precisamente origen en una escasa vida de oración, en una falta
de intimidad con el Señor, en una reducción de la vida espiritual a mera práctica religiosa. Recuerdo
momentos importantes en mi vida donde esta cercanía con el Señor fue crucial para sostenerme.
Sin la intimidad de la oración, de la vida espiritual, de la cercanía concreta con Dios a través de la
escucha de la Palabra, de la celebración de la Eucaristía, del silencio de la adoración, de la
consagración a la Virgen, del acompañamiento sapiente de un guía, del sacramento de la
Reconciliación, sin estas “cercanías”, en definitiva, un sacerdote es, por así decirlo, sólo un obrero
cansado que no goza de los beneficios de los amigos del Señor.
Muy a menudo, por ejemplo, en la vida sacerdotal se vive la oración sólo como un deber, olvidando
que la amistad y el amor no pueden imponerse como una regla externa, sino sólo como una
elección fundamental de nuestro corazón. Un sacerdote que reza no es más que un cristiano que ha
comprendido en profundidad el don que ha recibido en el Bautismo. Un sacerdote que reza es un
hijo que recuerda continuamente que es hijo y que tiene un Padre que lo ama. Un sacerdote que
reza es un hijo que se hace “cercano” al Señor.
Pero todo esto es difícil si no estamos acostumbrados a tener espacios de silencio en nuestro día.
Si no se sabe substituir el verbo “hacer” de Marta para aprender el “estar” de María. Es difícil
aceptar dejar el activismo que es agotador, porque cuando uno deja de estar ocupado, la paz no
llega inmediatamente al corazón, sino la desolación; y para no entrar en desolación, estamos
dispuestos a no parar nunca. Pero es precisamente la aceptación de la desolación que viene del

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silencio, del ayuno de activismo y de palabras, del valor de examinarnos con sinceridad, que todo
adquiere una luz y una paz que no se apoyan en nuestras fuerzas y capacidades. Es aprender a
dejar que el Señor siga realizando su obra en cada uno y pode todo aquello que es infecundo,
estéril y que distorsiona el llamado. Perseverar en la oración no sólo significa permanecer fieles a
una práctica, sino no escapar cuando precisamente la oración nos lleva al desierto. El camino del
desierto es el camino que conduce a la intimidad con Dios, siempre que no huyamos, que no
encontremos maneras para evadir este encuentro. En el desierto “le hablaré a su corazón”, dice el
Señor a su pueblo por boca del profeta Oseas (cf. 2,16).
La cercanía con Dios permite al sacerdote tomar contacto con el dolor que hay en nuestro corazón y
que, si se acepta, nos desarma hasta hacer posible el encuentro. La oración que como fuego anima
la vida del sacerdote es el grito de un corazón quebrantado y humillado, que —nos dice la Palabra—
el Señor no desprecia (cf. Sal 50,19). «Cuando uno grita, el Señor lo escucha / y lo libra de sus
angustias; / el Señor está cerca de los atribulados, / salva a los abatidos» (Sal 34, 18-19).
Un sacerdote tiene que tener un corazón suficientemente “ensanchado” para dar cabida al dolor del
pueblo que le ha sido confiado y, al mismo tiempo, como el centinela, anunciar la aurora de la
Gracia de Dios que se manifiesta en ese mismo dolor. Abrazar, aceptar y presentar la propia miseria
en cercanía al Señor será la mejor escuela para poder hacer lugar gradualmente a toda la miseria y
el dolor que encontrará diariamente en su ministerio hasta que él mismo se vuelva como el corazón
de Cristo. Esto preparara al sacerdote también para otras de las cercanías: con el Pueblo de Dios.
En la cercanía con Dios el sacerdote fortalece la cercanía con su Pueblo y viceversa. En la cercanía
con su pueblo también vive la cercanía con su Señor.
«Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30), decía Juan Bautista. La intimidad con
Dios hace posible todo esto, porque en la oración se experimenta ser grandes a sus ojos, y ya no es
un problema para los sacerdotes cercanos al Señor hacerse pequeños a los ojos del mundo. Y ahí,
en esa cercanía, ya no da miedo conformarse a Jesús crucificado, como se nos pide en el rito de la
ordenación sacerdotal.
Cercanía al Obispo
Esta segunda cercanía durante mucho tiempo sólo se leía en forma unilateral. Como Iglesia con
demasiada frecuencia, e incluso hoy, hemos dado a la obediencia una interpretación lejana al sentir
del Evangelio. La obediencia no es un atributo disciplinar sino la característica más profunda de los
vínculos que nos unen en comunión. Obedecer significa aprender a escuchar y recordar que nadie
puede pretender ser el poseedor de la voluntad de Dios, y que ésta sólo puede entenderse a través
del discernimiento. La obediencia, por tanto, es escuchar la voluntad de Dios, que se discierne
precisamente en un vínculo. Esta actitud de escucha permite madurar la idea de que cada uno no
es el principio y fundamento de la vida, sino que necesariamente debe confrontarse con otros. Esta
lógica de las cercanías ―en este caso con el obispo, pero que también rige para las otras―
posibilita romper toda tentación de encierro, de autojustificación y de llevar una vida “de solteros”; e
invita, por el contrario, a apelar a otras instancias para encontrar el camino que conduce a la verdad
y a la vida.
El obispo, sea quien sea, permanece para cada presbítero y para cada Iglesia particular como un
vínculo que ayuda a discernir la voluntad de Dios. Pero no debemos olvidar que el obispo mismo
sólo puede ser instrumento de este discernimiento si también él se pone a la escucha de la realidad
de sus presbíteros y del pueblo santo de Dios que le ha sido confiado. Escribí en la Evangelii
gaudium: «Más que nunca necesitamos de hombres y mujeres que, desde su experiencia de
acompañamiento, conozcan los procesos donde campea la prudencia, la capacidad de
comprensión, el arte de esperar, la docilidad al Espíritu, para cuidar entre todos a las ovejas que se
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nos confían de los lobos que intentan disgregar el rebaño. Necesitamos ejercitarnos en el arte de
escuchar, que es más que oír. Lo primero, en la comunicación con el otro, es la capacidad del
corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no existe un verdadero encuentro espiritual. La
escucha nos ayuda a encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala de la tranquila
condición de espectadores. Sólo a partir de esta escucha respetuosa y compasiva se pueden
encontrar los caminos de un genuino crecimiento, despertar el deseo del ideal cristiano, las ansias
de responder plenamente al amor de Dios y el anhelo de desarrollar lo mejor que Dios ha sembrado
en la propia vida» (n. 171).
No es casualidad que el mal, para destruir la fecundidad de la acción de la Iglesia, busque socavar
los vínculos que nos constituyen. Defender los vínculos del sacerdote con la Iglesia particular, con el
instituto a que se pertenece y con su propio obispo hace que la vida sacerdotal sea digna de crédito.
La obediencia es la opción fundamental por acoger a quien ha sido puesto ante nosotros como
signo concreto de ese sacramento universal de salvación que es la Iglesia. Obediencia que puede
ser confrontación, escucha y, en algunos casos, tensión. Esto pide necesariamente que los
sacerdotes recen por los obispos y se animen a expresar su parecer con respeto y sinceridad. Pide
también de los obispos, humildad, capacidad de escucha, de autocrítica y de dejarse ayudar. Si
defenderemos este vínculo avanzaremos con seguridad en nuestro camino.
Cercanía entre los sacerdotes
Es precisamente a partir de la comunión con el obispo que se abre la tercera cercanía, que es la de
la fraternidad. Jesús se manifiesta allí donde hay hermanos dispuestos a amarse: «Donde dos o tres
se reúnen en mi nombre, yo estoy allí en medio de ellos» (Mt 18,20). También la fraternidad como la
obediencia no puede ser una imposición moral externa a nosotros. La fraternidad es escoger
deliberadamente, ser santos con los demás y no en soledad. Un proverbio africano dice: “Si quieres
ir rápido tienes que ir solo, mientras que si quieres ir lejos tienes que ir con otros”. A veces parece
que la Iglesia es lenta —y es verdad—, pero me gusta pensar que es la lentitud de quien ha
decidido caminar en fraternidad.
Las características de la fraternidad son las del amor. San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios
(cap. 13), nos ha dejado un “mapa” claro del amor y, en cierto sentido, nos ha indicado a qué debe
aspirar la fraternidad. En primer lugar, a aprender la paciencia, que es la capacidad de sentirnos
responsables de los demás, de cargar sus pesos, de sufrir, en cierto modo, con ellos. Lo contrario a
la paciencia es la indiferencia, la distancia que creamos con los demás para no sentirnos
involucrados en su vida. En muchos presbíteros tiene lugar el drama de la soledad, de sentirse
solos. Se tiene la sensación de sentirse no dignos de paciencia y de consideración. Más aún,
sienten que del otro no pueden esperar el bien, la benignidad, sino sólo el juicio. El otro es incapaz
de alegrarse del bien que se nos presenta en la vida, y yo tampoco soy capaz de alegrarme cuando
veo el bien en la vida de los demás. Esta incapacidad es la envidia, que tanto atormenta a nuestros
ambientes y que es una fatiga en la pedagogía del amor, no simplemente un pecado que se debe
confesar.
Para sentirnos parte de la comunidad, del “ser de los nuestros”, no hace falta ponernos máscaras
que muestran sólo una imagen triunfante de nosotros. No tenemos necesidad de presumir, ni mucho
menos de pavonearnos o, peor aún, de asumir actitudes violentas, faltando el respeto a quien está
junto a nosotros. Porque un sacerdote, si de algo tiene que presumir es de la misericordia del Señor;
porque el sacerdote mismo conoce su pecado, su miseria y sus límites, pero hizo experiencia que
donde abundó el pecado sobre abundó la gracia (cf. Rm 5,20); y esa es su mejor buena noticia.
El amor fraterno no busca el propio interés, no deja espacio a la ira, al resentimiento, como si el
hermano que está a mi lado me hubiera defraudado de alguna manera. Y cuando encuentro la
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miseria del otro, estoy dispuesto a olvidar para siempre el mal recibido, a no convertirlo en el único
criterio de juicio, hasta el punto de gozar quizás de la injusticia cuando se refiere precisamente a
quien me ha hecho sufrir. El amor verdadero se complace en la verdad y considerar un pecado
grave ir contra ella y contra la dignidad de los hermanos con calumnias, maledicencias y
murmuración.
Pero, en este sentido no se puede permitir que se crea que el amor fraterno es una utopía, menos
aún un “lugar común” para suscitar bellos sentimientos o palabras de circunstancias en un discurso
tranquilizador, ¡no! Todos sabemos lo difícil que puede ser vivir en comunidad, compartir el día a día
con aquellos que hemos querido reconocer como hermanos. El amor fraterno, si no queremos
endulzarlo, acomodarlo, disminuirlo es “la gran profecía” que en esta sociedad del descarte estamos
llamados a vivir. Me gusta pensar al amor fraterno como una palestra del espíritu donde día a día
nos confrontamos con nosotros mismos y tenemos el termómetro de nuestra vida espiritual. Hoy la
profecía de la fraternidad sigue viva y necesita anunciadores; necesita personas que conscientes de
sus límites y de las dificultades que se presentan se dejen tocar, cuestionar y movilizar por las
palabras del Señor: «Todos conocerán que son mis discípulos si se aman unos a otros» (Jn 13,35).
El amor fraterno para los presbíteros no queda encerrado en un pequeño grupo, sino que se declina
como caridad pastoral (cf. Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis, 23), que impulsa a vivirlo
concretamente en la misión. Podemos decir que amamos si aprendemos a declinar esa caridad
pastoral en la manera que la describe san Pablo. Y sólo quien busca amar está a salvo. Quien vive
con el síndrome de Caín, con la convicción de que no puede amar porque siente siempre no haber
sido amado, valorizado, tenido en la justa consideración, al final vive siempre como un vagabundo,
sin sentirse nunca a casa, y por eso mismo está más expuesto al mal, a hacerse daño y hacer daño
a los demás.
Me atrevería a decir que ahí donde funciona la fraternidad sacerdotal y hay lazos de auténtica
amistad, también es posible vivir con más serenidad la elección del celibato. El celibato es un don
que la Iglesia latina custodia, pero es un don que para ser vivido como santificación requiere
relaciones sanas, vínculos de auténtica estima y genuina bondad que encuentran su raíz en Cristo.
Sin amigos y sin oración el celibato puede convertirse en un peso insoportable y en un anti
testimonio de la hermosura misma del sacerdocio.
Cercanía al pueblo
Muchas veces he señalado como la relación con el Pueblo Santo de Dios no es para cada uno de
nosotros un deber sino una gracia. «El amor a la gente es una fuerza espiritual que facilita el
encuentro pleno con Dios» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 272). Es por eso que el lugar de todo
sacerdote está en medio de la gente, en una relación de cercanía con el pueblo. He señalado en la
Evangelii gaudium que «para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto
espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un
gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo.
Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos
sostiene, pero allí mismo, si no somos ciegos, empezamos a percibir que esa mirada de Jesús se
amplía y se dirige llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo. Así redescubrimos que Él nos
quiere tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado. Nos toma de
en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que nuestra identidad no se entiende sin
esta pertenencia» (n. 268).
Estoy convencido que, para comprender de nuevo la identidad del sacerdocio, hoy es importante
vivir en estrecha relación con la vida real de la gente, junto a ella, sin ninguna vía de escape. «A
veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del
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Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los
demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos
permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad
entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura.
Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa
experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo» (ibíd, 270).
Cercanía al Pueblo de Dios. Una cercanía que, enriquecida con las “otras cercanías”, invita y en
cierta medida exige desarrollar el estilo del Señor, que es estilo de cercanía, de compasión y de
ternura porque capaz de caminar no como un juez sino como el Buen Samaritano que reconoce las
heridas de su pueblo, el sufrimiento vivido en silencio, la abnegación y sacrificios de tantos padres y
madres por llevar adelante sus familias, y también las consecuencias de la violencia, la corrupción y
de la indiferencia que a su paso intenta silenciar toda esperanza. Cercanía que permite ungir las
heridas y proclamar un año de gracia en el Señor (cf. Is 61,2). Es clave recordar que el Pueblo de
Dios espera encontrar “pastores” al estilo de Jesús ―y no tanto “clérigos de estado” o
“profesionales de lo sagrado” ―; pastores que sepan de compasión, de oportunidad; hombres con
coraje capaces de detenerse ante el caído y tender su mano; hombres contemplativos que en la
cercanía con su pueblo puedan anunciar en las llagas del mundo la fuerza operante de la
Resurrección.
Una de las características cruciales de nuestra sociedad de “redes” es que abunda el sentimiento de
orfandad. Conectados a todo y a todos falta la experiencia de “pertenencia” que es mucho más que
una conexión. Con la “cercanía” del pastor se puede convocar a la comunidad y ayudar a crecer el
sentimiento de pertenencia; pertenecemos al Santo Pueblo fiel de Dios que está llamado a ser signo
de la irrupción del Reino de Dios en el hoy de la historia. Si el pastor anda disperso, lejano, las
ovejas también se dispersarán y quedarán al alcance de cualquier lobo.
Esta pertenencia, a su vez, proporcionará el “antídoto” contra una deformación de la vocación que
nace precisamente de olvidarse que la vida sacerdotal se debe a otros ―al Señor y a las personas
por él encomendadas―. Este olvido está en las raíces del clericalismo y sus consecuencias. El
clericalismo es una perversión porque se constituye con “lejanías”. Cuando pienso en el
clericalismo, pienso también en la clericalización del laicado, esa promoción de una pequeña elite
que entorno al cura termina también por desnaturalizar su misión fundamental (cf. Gaudium et spes,
44). Recordemos que «la misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno
que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no
puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy
en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar,
bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 273).
Me gustaría relacionar esta cercanía al Pueblo de Dios a la cercanía con Dios, ya que la oración del
Pastor, se nutre y encarna en el corazón del Pueblo de Dios. Cuando reza, el pastor lleva las
marcas de las heridas y las alegrías de su gente a la que presenta desde el silencio al Señor para
que las unja con el don del Espíritu Santo. Es la esperanza del pastor que confía y lucha para que el
Señor los bendiga.
Siguiendo la enseñanza de San Ignacio «porque no el mucho saber harta y satisface al ánima, más
el sentir y gustar de las cosas internamente» (Ejercicios Espirituales, Anotaciones, 2), a los Obispos
y sacerdotes hará bien preguntarse “cómo están mis cercanías”, cómo estoy viviendo estas cuatro
dimensiones que configuran mi ser sacerdotal de manera transversal y que me permiten “gestionar”
las tensiones y “desequilibrios” que a diario tenemos que manejar. Estas cuatro cercanías son una
buena escuela para “jugar en la cancha grande” a la que el sacerdote es convocado sin miedos, sin

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rigidez, sin reducir ni empobrecer la misión. Un corazón sacerdotal sabe de cercanías porque el
primero que quiso ser cercano fue el Señor. Que Él visite a sus sacerdotes en la oración, en el
obispo, en los hermanos presbíteros y en su pueblo. Que Él altere las rutinas e incomode un poco,
despierte la inquietud - como en el tiempo del primer amor - ponga en movimiento todas las
capacidades para que nuestros pueblos tengan vida y vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Las
cercanías del Señor no son una carga más sino son un regalo que Él hace para mantener viva y
fecunda la vocación. Frente a la tentación de encerrarnos en discursos y discusiones interminables
sobre la teología del sacerdocio o sobre teorías de lo que debería ser, el Señor mira con ternura y
compasión y ofrece a los sacerdotes las coordenadas desde donde discernir y mantener vivo el
ardor por la misión: cercanía, cercanía con Dios, con el obispo, con los hermanos presbíteros y con
el pueblo que le fue confiado. Cercanía con el estilo de Dios que es cercano con compasión y
ternura.

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