RECONCILIACIÓN
Parecería que los conflictos y las discrepancias son inherentes a nuestra
condición humana. Desde los albores de la humanidad hasta la actualidad
los altercados han estado presente en todas las sociedades humanas. Karl
Marx definió la historia de la humanidad como la lucha de clases. Según
un famoso historiador noruego: Desde 3,600 años antes de Cristo, el
mundo ha conocido solo 292 años de paz… También se ha estimado
que en los últimos cinco milenios y medio, se han roto más de 8.000
tratados de paz y se han peleado más de 14.000 guerras con un total
cercano a 4.000 millones de bajas.
La humanidad ha logrado grandes avances tecnológicos y descubrimientos
científicos impresionantes. Sin embargo, no hemos podido lidiar
exitosamente con los conflictos y las divergencias humanas. Con sobrada
razón dijo Martin Luther King: Hemos aprendido a volar como los
pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el
sencillo arte de vivir como hermanos.
El siglo XX nos mostró el fracaso del discurso del progreso que los
filósofos modernistas tanto auparon. La era moderna fue el periodo
histórico donde se creyó que el hombre a través de la adquisición y
aplicación de conocimiento solucionaría los principales males de la
sociedad. Sin embargo, esta ferviente fe en la ciencia y en el progreso se
desmoronó con el estallido de la Primera y la Segunda Guerra Mundial.
Pues estos dos conflictos bélicos mostraron lo peor de la humanidad y la
inutilidad de esta para resolver los conflictos.
Pero el siglo XXI no ha sido la excepción. Pese a la relativa paz que
vivimos hoy, lo cierto es que esta paz siempre pende de un hilo muy frágil
llamado voluntad humana. Basta con encender el televisor o acceder a las
redes sociales para constatar esta realidad. Los titulares de noticia están
impregnados de pólvora. En fin, nuestro mundo está minado de conflictos
por doquier. Conflictos familiares, políticos y bélicos.
Pero cada conflicto de esto es el eco de un problema mayor. Cada
conflicto en el mundo es un síntoma de una terrible enfermedad llamada
pecado. De acuerdo a las escrituras, los conflictos en todas sus
expresiones son el resultado de nuestra rebelión contra Dios. La Biblia nos
enseña que Adán y Eva se rebelaron contra Dios, de tal manera que, a
causa de su pecado quedamos separados de Dios, y en efecto, todas
nuestras relaciones interpersonales fueron dañadas. Por tal razón, a partir
de ese momento necesitamos desesperadamente reconciliarnos con Dios.
Reconciliar es restaurar una relación que se ha perdido. En ese sentido,
reconciliarnos con Dios es restaurar la relación que tuvimos con él en el
principio.
EL PECADO ES SERIO
Pero para eso es necesario primero que renunciemos al pecado. Pero
¿Qué es el pecado? En nuestra época el pecado ha perdido su seriedad.
Para muchos es un asunto del pasado, propio de una era pre científica
cuando todavía no conocimos bien cómo funcionaba el cerebro. Algunos
osadamente afirman que el trabajo nuestro es pecar y el de Dios es
perdonar. Además, hoy se usan eufemismos para minimizar su seriedad.
Sobre esto el pastor Jerry Bridges afirmó: La gente ya no comete
adulterio, ahora tiene una aventura. Los ejecutivos de las compañías
no roban, sólo cometen fraudes. Y yo digo, hoy al asesinato de niño en
el vientre de la madre le llamamos aborto. En fin, hemos reducido el
pecado a simples problemas conductuales.
Sin embargo, para Dios el pecado es un problema muy serio. Es algo de
vida o muerte (Ezequiel 18.4; Romanos 6:23). El pecado no es un simple
yerro humano o una predisposición biológica, sino una franca rebelión
contra un Dios que es infinitamente Santo. Dijo un famoso predicador “no
amar a Dios no es algo trivial, sino una traición. La santidad de Dios no
significa solo que Dios es impecable, sino que también está activamente
contra el pecado en todas sus manifestaciones. Dice Habacuc [Link] Muy
limpios son tus ojos para mirar el mal (…). Por eso Dios no estuvo
dispuesto a ignorar nuestro pecado con tal de estar en paz con nosotros,
sino que envió a su hijo unigénito a morir en una cruenta cruz para resolver
el problema del pecado. Dijo alguien Dios no puede barrer simplemente
estas ofensas bajo la alfombra del universo.
TODOS HEMOS PECADO CONTRA DIOS
Alguien se pudiera preguntar ¿qué tiene que ver todo esto conmigo? Pues
mucho. El pecado no es algo de lo que algunos podemos prescindir. El
pecado es un mal universal que nos afecta a todos. Nadie se encuentra en
un estado de impecabilidad. En Romanos 3:10 el apóstol Pablo pronuncia
una de las sentencias más aterradoras contra la humanidad: No hay justo
ni aun uno. Esto nos coloca en una situación muy deprimente ante un
Dios santo que dice que no tendrá por inocente al culpable.
En ese orden Romanos 3:23 declara: Todos han pecado y están lejos de
la presencia gloriosa de Dios. El pecado es como un muro fortificado que
nos separa de Dios. Las escrituras nos enseñan que el brazo de Dios no
se ha cortado para salvarnos, pero vuestros pecados han producido una
separación entre nosotros y Dios. El pecado nos condena a vivir alejado
eternamente de la bondad de Dios. Otro texto que expresa esta terrible
tragedia que envuelve a la humanidad es el salmo [Link] No lleves a
juicio a tu siervo, pues ante ti nadie puede alegar inocencia.
¿Y QUE CON MIS BUENAS OBRAS?
Otro pudiera preguntar ¿Y qué con mis buenas obras? Es evidente que el
hecho de que somos pecadores no niega que haya padres responsables,
hijos obedientes y ciudadanos ejemplares. En ningún modo. Pero el
problema es que ningunas de estas obras pueden justificarnos ante Dios.
Puesto que por el simple hecho de no ser perfectos en el cumplimiento de
estos roles no calificamos para ser aceptos ante Dios. Incluso nuestras
mejores obras son como un trapo sucio (Isaías 64:6).
Y si tratáramos de ganar la salvación por medio de nuestras buenas obras
tendríamos que cumplir la ley de manera perfecta. Lo cual es utópico.
Santiago 2.10 expresa que cualquiera que guardare toda la ley, pero
ofendiere en un punto, se hace culpable de todos". La ley es como una
armonía que queda rota si hay una sola nota discordante. Por esa razón,
como dijo alguien: “Es mejor tratar de cruzar el Atlántico en un barco de
papel que tratar de llegar al Cielo por medio de buenas obras”.
En la vida hay preguntas fundamentales. Por ejemplo ¿De dónde vengo?
¿Cuál es el propósito de la vida? ¿hacia dónde voy? Respecto a estas
preguntas cardinales, en el libro de Job 25:4 Bildad formula una de las
preguntas más importantes de la vida ¿Cómo, pues, se justificará el
hombre para con Dios? ¿Y cómo será limpio el que nace de mujer?
Muchas gentes a diario tratan de justificarse ante Dios a través de sus
buenas obras o tratan de eliminar su culpa a través de terapias
psicológicas. Sin embargo, humanamente esto es imposible. Aunque te
lave con legía tu pecado siempre estarán delante de mi… mudara
JESÚS NOS RECONCILIÓ CON DIOS
Hasta aquí todo parecería que estamos condenado a la perdición. Pero el
evangelio a diferencia de los sistemas filosóficos imperante no nos deja en
un estado de desesperación y angustia, sino que nos ofrece esperanza.
En 1 Corintios 5:21 Pablo hace una declaración esperanzadora: “Dios
estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en
cuenta a los hombres sus pecados. Como hemos visto a través de las
escrituras, ninguno de nosotros por justicia merecemos el amor de Dios.
Sin embargo, en este texto que acabamos de leer vemos el profundo
interés que tiene Dios de reconciliarse con nosotros y hacernos objeto de
su amor. Él pudo destruir la humanidad de una vez y para siempre, sin
embargo, envió a Jesús.
El evangelio literalmente es una buena noticia, la buena noticia de que el
pecado ha sido vencido definitivamente, y que, por lo tanto, podemos tener
paz con Dios (Romanos 5:1). La cruz es un grito de victoria, es la
proclamación de que hay esperanza para nuestras almas pecadoras (Juan
19:30). En la cruz Jesús destruyó lo que nos separaba de Dios (1 Juan
3:8). Satanás vino para destruir nuestra relación con Dios, pero Cristo se
manifestó para destruir las obras de Satanás.
La noche del nacimiento de Jesús los ángeles cantaban diciendo: ¡Gloria a
Dios en las alturas, Y en la tierra paz, ¡buena voluntad para con los
hombres! El nacimiento de Cristo dio inicio una gloriosa temporada de
reconciliación del CREADOR con su creación. Por eso Pablo dice: y por
medio de él, Dios reconcilió consigo todas las cosas. Hizo la paz con
todo lo que existe en el cielo y en la tierra, por medio de la sangre de
Cristo en la cruz (Colosenses 1:20).
Pablo culmina este capítulo con estas maravillosas palabras: Al que no
conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros
fuésemos hechos justicia de Dios en él (2Co 5:21). Jesús con su vida y
su muerte logró para nosotros la justicia perfecta que necesitamos para
estar en paz con Dios. Como hemos visto nuestra sentencia fuera de
Cristo es catastrófica. Sin embargo, en la cruz hubo un intercambio de
expediente, pues Jesús tomó nuestro expediente manchado por el pecado
y nos dio su expediente pulcro, justo y perfecto, a fin de que nosotros
tengamos una relación armoniosa con Dios. En la cruz Jesús no solo pago
nuestra deuda, sino que también puso en nuestra cuenta su justicia
perfecta. De manera que, Cristo es ese puente que nos trae de vuelta a
Dios.
CONCLUSIÓN
¿PERO CÓMO LOGRAMOS TODO ESTO?
Si no ganamos el cielo a través de nuestras buenas obras, entonces
¿Cómo logramos esto? La Biblia nos ensena que hay dos cosas que
tenemos que hacer para reconciliarnos con Dios:
ARREPENTIMIENTO
En primer lugar, debemos arrepentirnos de nuestro pecado. Cuando Jesús
inició su ministerio dijo a la multitud que lo seguían: Arrepentíos, porque
el reino de los cielos se ha acercado (Mateo 4:17). Lo mismo hizo Juan
el Bautista y los apóstoles de Jesucristo. Jesús le dijo a la mujer que fue
sorprendida en el acto de adulterio ¿Dónde están los que te acusan? “vete
y no peque más”. Es justamente lo mismo que Dios nos dice hoy.
Arrepentirnos es un cambio de mentalidad en cuanto a nuestra actitud
frente a Dios. Es abandonar el pecado y volvernos a Cristo. El
arrepentimiento es una condición necesaria para la salvación de nuestra
alama. Es la puerta de entrada a las bendiciones de Dios. El
arrepentimiento destruye el muro que nos separa de Dios. A través del
arrepentimiento Dios promete sanar nuestra tierra, traer descanso a
nuestra vida y perdonar nuestros pecados.
CONFIAR EN JESÚS
En segundo lugar, debemos creer en Cristo. Creer en Cristo es
despojarnos de toda autosuficiencia y confiar plenamente en él para que
salve nuestra alama. Vimos en una sociedad que nos dice que podemos a
hacer todo lo que nos propongamos, incluso salvarnos a nosotros mismo.
Todo esto genera estrés y fatiga, debido a que es imposible lograr esto. Un
pensador contemporáneo denomino a esta época “la sociedad del
cansancio”. Plagada de depresión y culpa. Jesus dijo: “Vengan a Mí,
todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar
(Mateo 11:28). La fe es reconocer que somos incapaces de salvarnos
nosotros mismo. Es renunciar a la falsa creencia de que somos arquitectos
de nuestro propio destino. La biblia declara que los pobres en espíritu son
bienaventurados. De manera que, cuando confiamos en Jesús de todo
corazón Dios nos concede una vida nueva y abundante (Efesios 2:1).
Jesús dijo el que cree en mi de la manera que dicen las escrituras de su
interior correrán ríos de aguas vivas. Y nos reconcilia consigo mismo.