Duelo por suicidio en la vejez:
el anciano ante el suicidio
Diana Milena Berrío Cuartas,
Laura Cecilia,
Oscar Maximiliano Cesoni
Berrío Cuartas, Diana Milena. Médica. Carrera de médico especialista en Psiquiatría
(APSA). Tercer año. (
[email protected])
Cesoni, Oscar Maximiliano. Médico. Concurrente de segundo año en Salud Mental.
Hospital José T. Borda. Periodo 2014-2015. (
[email protected])
Martínez Didolich, Laura Cecilia. Médica. Residente de segundo año en Salud Mental.
Hospital General de Agudos Dr. E. Tornú. Periodo 2014-2015. ([email protected])
RESUMEN
El suicidio es una de las principales causas de muerte violenta en el mundo y hay descriptas
altas tasas en la población de adultos mayores de 65 años. La vejez es una etapa vital vulnerable
a las perdidas y la presencia de estas de modo inesperado, puede ocasionar procesos de duelo
complicados que requieren de especial apoyo familiar y profesional. En el presente artículo se
presenta una viñeta clínica relacionada con el duelo por suicidio en el anciano y se pretende
revisar algunos conceptos acerca del tema.
ABSTRACT
Suicide is a leading cause of violent death in the world, with significant rates described in the
adult population over 65 years. Old age is a vulnerable to the lost and the presence of these vital
stage unexpectedly can cause complicated processes that require special bereavement and
family support. In this article, a clinical vignette bereavement related suicide in the elderly and
is intended to review some concepts about the topic is presented.
Introducción
La vejez es la etapa de la vida más susceptible a las pérdidas. La muerte se acerca como algo
inevitable e inimaginable para sí mismo, pero que hace parte de la realidad, en tanto aumentan
las limitaciones físicas y aumenta la dependencia en los otros.
Al respecto del suicidio en la vejez, dice Stagnaro: “(…) Es un fenómeno que tiende a ser
ignorado, en el escenario social, tanto por la población general como por el personal de salud. A
pesar de la evidencia que aporta la epidemiología, un alto número de médicos e, incluso, de los
especialistas en psiquiatría, consideran que el suicidio de los viejos es excepcional”. (Stagnaro,
2003)
El suicidio de un familiar o de alguien cercano es uno de los eventos más traumáticos y por
considerarse una muerte violenta, en la mayoría de los casos imprevista, es origen de duelos
difíciles de resolver. Hay diversas maneras de asumir la muerte, depende de la cultura y de la
visión particular al respecto que se desarrolle durante la vida.
En el presente artículo presentamos para ilustrar el tema del duelo por suicidio una viñeta
clínica y a partir de ella pretendemos revisar algunos aspectos relacionados con el suicidio y el
duelo en ancianos.
Caso clínico
Paciente de 89 años, llega a clínica monovalente psiquiátrica derivado de un hospital general
después de ser evaluado por psiquiatra que indica la internación. El paciente desde la mañana
de la internación manifestó ideación suicida, que lo motivó a buscar ayuda en su única hija y
ésta al encontrarlo llorando, ideas de desesperanza e ideas de muerte decidió consultar. La hija
del paciente comentó que su madre de 82 años se había arrojado del departamento que
compartía con éste el paciente desde un séptimo piso tres días atrás, cuando éste fue a comprar
el periódico en la mañana. La esposa del paciente, con la cual mantuvo una relación de 60
años de matrimonio, sufría un trastorno depresivo, que no estaba siendo tratado porque
“parecía estabilizada”, si bien no se ocupaba de ninguna tarea en casa, presentaba clinofilia,
disminución del apetito y no le gustaba salir ni para hacerse controles médicos. Ella era quien
mantenía organizado el esquema de tareas y le recordaba al paciente lo que estaba pendiente
para hacer en lo cotidiano. Para la familia, el paciente y su esposa habían logrado
¨coordinarse para vivir¨ dado que ella ¨suplía¨ las fallas de memoria del paciente. El paciente,
a pesar del deterioro cognitivo, se ejercitaba regularmente y se mantenía de buen ánimo.
No tenía antecedentes de enfermedades psiquiátricas personales ni familiares.
Como antecedente clínicos la familia refirió que el paciente tenía vértigo tratado con
dimenhidrinato (dramamine) 50 mg esporádicamente y aneurisma de aorta no intervenido
quirúrgicamente.
Al ingreso el paciente se encontraba vestido acorde a sexo y edad, vigil, desorientado auto y
alopsíquicamente, lenguaje claro aunque presentaba incoherencias ocasionales, hipomnesia
del episodio ocurrido, pensamiento de curso enlentecido, sin ideas de muerte, no alteraciones
sensoperceptivas y ausencia de conciencia de situación.
Se decidió internar al paciente en común acuerdo con la familia por evaluar esta situación
como un trastorno por estrés agudo. Estuvo 10 días internado en la clínica con cuidador
permanente. Durante su estancia en la misma en ningún momento presentó ideas de muerte.
Logró hablar y recordar el suicidio de su esposa, pero su memoria fluctuaba varias veces en el
día. Presentó solo un episodio de agitación en el que nombraba a su esposa, pero cedió ante la
contención verbal y la compañía de su familia. Presentaba deterioro cognitivo con un
minimental de 18/30.
Muerte y suicidio
La muerte desde el ámbito médico legal se divide en: “muerte natural” y “muerte violenta”. La
“Muerte natural” es definida como aquella que se debe exclusivamente a la enfermedad y
algunos la relacionan con la muerte por efectos del envejecimiento. La ¨Muerte violenta¨ es
aquella no ocasionada por enfermedad, sino por la acción de cualquier traumatismo, lesión o
daño, sea mecánico, químico o agente físico (Palomo, Ramos, Cruz, y López, 2010)
En las investigaciones de Ariés (1975) se describe una tipología de la muerte de acuerdo a la
semantización cultural: “la muerte propia”, “la muerte del otro”, “la muerte vedada” y “la
muerte domesticada”. Alizade (2012)en esa línea de pensamiento describe dos más: “la muerte
desorbitada” y “la muerte súbita”.
Dos de estos tipos de muerte están relacionados con la muerte violenta: “la muerte súbita” y “la
muerte desorbitada”. La primera se relaciona con la muerte violenta en cuanto es “una muerte
totalmente imprevista que impregna de estupor a los deudos¨. (Alizade, 2012) Se trata de una
experiencia de brusca y sorpresiva máxima ruptura. Y “la muerte desorbitada” se singulariza
por carecer de toda norma y, como su nombre lo indica, por presentar características de
desborde emocional crisis de despersonalización, convulsiones, efusiones emocionales intensas,
entre otras. “Son duelos trágicos en donde se manifiesta un terror sagrado, un sentimiento de
derrota ante la muerte” (Alizade, 2012)
Durante la vejez la mayoría de las muertes que tienen que sobrevivirse son aquellas esperadas
por envejecimiento o enfermedad, es decir las muertes naturales y generalmente de personas de
la misma edad o mayores. Por esta razón, los ancianos ante la muerte de un hijo, de un familiar
de menos edad (especialmente si es un niño, adolescente o adulto joven) tienden a sufrir un
mayor malestar emocional. Lo mismo ocurre con las muertes violentas y de personas muy
cercanas o con quienes se convive, dichas muertes tienden a ser traumáticas y por lo tanto a
estar relacionadas con duelos muy importantes.
Entre las muertes violentas está el suicidio. En 1986, la Organización Mundial de la Salud
(OMS) lo definió como “un acto con resultado letal, deliberadamente iniciado y realizado por el
sujeto, sabiendo o esperando su resultado letal” (SNS, 2010). El suicidio es la expresión de la
muerte de una vida rota abruptamente; es la manifestación de una voluntad expresa de acabar
con la propia vida y, por tanto, es juzgado por una colectividad que comparte una serie de
valores y creencias. (García-Viniegras y Perez, 2013)
El suicidio se encuentra entre las tres primeras causas mundiales de muerte en personas de 15 a
44 años. En Argentina, la tasa de suicidio calculada por 100.000 habitantes es de 7.84 para el
año 2008. Esta tasa por sexo, en los hombres es 4 veces mayor que en las mujeres.
Considerando por grupos de edad, en los hombres los valores más altos se concentran en la
franja etárea de 65 y más. (Ministerio de Salud de la Nación, 2011)
A nivel mundial, entre el 10 y el 18% de la población reporta haber tenido ideas suicidas en
algún momento de sus vida y entre 3 y 5% ha tenido un intento suicida. Puede ocurrir en varios
escenarios, que están relacionados con diversos factores, la OMS (2010) menciona como los
principales:
– Enfermedad mental: 65-95%, de las personas que se suicidan padecen una enfermedad
mental. El alto riesgo de suicidio está asociado con episodios agudos de enfermedad o contacto
reciente con un servicio de salud mental. Los trastornos mentales específicos que han estado
vinculados con el suicidio, incluyen depresión, abuso de sustancias, esquizofrenia y trastornos
de la personalidad.
– La intención suicida: puede variar desde una intención que involucra la planificación
meticulosa y elección de un método letal, hasta una leve intención o incluso un sentimiento
ambivalente que se puede reflejar en una falta de planificación y en el ocultamiento del acto.
– Previo intento suicida: Aproximadamente la mitad de las personas que se suicidan tienen
una historia previa de intentos suicidas, y una cuarta parte de ellas habrá intentado suicidarse en
el año anterior a su muerte.
– Acceso a armas de fuego, pesticidas u otros medios letales
– Género: las mujeres suelen reportar ideas suicidas dos o tres veces más en relación a los
varones quienes presentan mayor probabilidad de completar el suicidio.
– Factores psicosociales estresantes: éstos incluyen la pérdida de una relación cercana tal
como la muerte o divorcio, pérdida de empleo y otras pérdidas relacionadas con el
trabajo, enfermedad crónica o discapacidad, dolor crónico, procesos legales, conflictos
interpersonales y otros eventos importantes de la vida.
– Edad: los suicidios pueden ocurrir a cualquier edad. Los ancianos (más de 75 años) están
en una franja etárea más susceptible. La tasa de suicidio tiende a incrementarse con la edad,
siendo la más alta en los hombres mayores de 75 años.
Conwell y su grupo han demostrado que los trastornos afectivos, especialmente la Depresión
Mayor de inicio tardío, se relacionan estrechamente con las tentativas y los suicidios
completados en la vejez. El adecuado reconocimiento y tratamiento de los trastornos afectivos
en la vejez sería una forma significativa de actuar sobre las causas relacionadas con el suicidio
en este grupo etáreo (Citado en Dabi, Matusevich y Finkelsztein 2003). En los ancianos se
conoce que algunas enfermedades físicas pueden enmascarar o mimetizar la sintomatología
depresiva; por ejemplo las neoplasias, las alteraciones metabólicas, de la función hepática,
endocrinopatías, anemias, y enfermedades infecciosas (Ministerio de Salud de la nación, 2011.,
SNS, 2010 y Dabi, Matusevich y Finkelsztein 2003).
Hay que considerar que el dolor moral y las ideas de suicidio son frecuentemente enmascaradas
por dichas quejas hipocondríacas, déficits cognitivos, indiferencia afectiva, ansiedad o agitación
que llevan, más bien, a un diagnóstico de demencia o trastorno de conducta senil (Stagnaro,
2003). Los trastornos de personalidad, que pueden ser causa de un riesgo suicida
independientemente de la existencia de un trastorno caracterizado en el Eje I del DSM, son
fácilmente ignorados en la consulta médica por confundirlos con los “cambios de carácter” de la
vejez y/o por no explorarlos convenientemente teniendo en cuenta la patobiografía del paciente.
(Stagnaro, 2003).
“La muerte se acepta a nivel consciente y racional como un hecho natural pero se vivencia en lo
personal como un accidente, arbitrario e injusto, para el que nunca estamos preparados. Ni a
pesar de que, como es el caso de los ancianos, se sea consciente de su mayor proximidad y
posibilidad de ocurrencia” (Blanco y Antequera, 2010). La muerte propia es inimaginable, por
lo tanto una preparación completa ante ésta es imposible. La muerte se vive como un límite de
la realidad, como el cese de lo conocido.
La manera de entender y conceptualizar la muerte y de comportarse ante ella es muy distinta
para cada ser humano y por lo tanto para cada anciano. El concepto de la muerte varía según se
plantee como un fenómeno existencial, fenómeno natural, muerte como pérdida y/o vacío.
Ninguno de estos conceptos es permanente (Blanco y Antequera, 2010). Los conceptos propios
acerca de la muerte son particulares y generalmente están basados en las experiencias asociadas
a ella que se hayan tenido a lo largo de la vida y la comprensión frente a estas que la persona
desarrolle. Pero, particularmente en la vejez es muy importante tener en cuenta que hay muchos
factores que hacen pensar con mayor frecuencia en la muerte y que hace variar los conceptos y
las reacciones emocionales frente a ésta.
Duelo por suicidio
El duelo es definido por Borgeois como “la pérdida de un familiar y/o un ser querido con sus
consecuencias psico- afectivas, sus manifestaciones exteriores y rituales y el proceso
psicológico evolutivo consecutivo a la pérdida” (Citado en Vargas, 2003). El duelo surge como
reacción ante el sentimiento de pérdida.
En la vejez se van experimentando pérdidas de capacidad física y mental, del trabajo, al
jubilarse; de seguridad y autonomía; de relaciones por fallecimientos de amistades o familiares.
El fallecimiento de una persona suele ocasionar, en quienes mantenían un vínculo estrecho con
él, cambios importantes en el concepto que tienen de sí mismos y del mundo que les rodea y
esto es especialmente notorio en el anciano. Para adaptarse a estos cambios, es necesario de un
proceso de transición hacia una nueva identidad de parte del anciano, proceso que se denomina
duelo.
Durante el proceso del duelo se pueden experimentar un conjunto de reacciones físicas,
emocionales, cognitivas y espirituales que cada persona vive de manera particular. El trabajo de
duelo supone que pueda construir una nueva realidad o visión del mundo a partir de la
experiencia, afrontando los desafíos que le plantea la pérdida.
Freud (1917) en su obra Duelo y melancolía define al duelo como la reacción a la pérdida de un
ser amado o de una abstracción equivalente: la patria, la libertad, el ideal, etc. En el duelo la
pérdida es real, o sea que se pierde un objeto del mundo externo y se sabe cuál es.
Hay varios autores que han clasificado las etapas del duelo. Se reconocen como tales: Fase de
impacto (Silverman) o impasibilidad (Parkes y Clayton): de pocas horas a una semana. Fase de
depresión (Clayton) o de repliegue (Silverman): de un mes a un año. Fase de recuperación,
curación o restitución: después del año.
Para el caso que nos ocupa la fase de impacto es la más importante, tiene una duración de pocas
horas a una semana después del deceso de alguien cercano, que puede cursar tanto con
embotamiento como con liberación emocional intensa. El deudo puede impresionar no estar
consciente de lo sucedido, negar y mostrar una conducta semiautomática. Debido a que la
ansiedad es la emoción predominante en esta etapa, se puede producir un estrechamiento del
campo de conciencia. (Vargas, 2003) (D’Hyver, Kraus, 2006)
En la viñeta descripta, el paciente presentaba como reacción frente a la ausencia de su esposa
una ideación suicida, y aún cuando buscaba ayuda, le costaba relatar lo sucedido y tuvo durante
los días de internación algunas crisis de llanto, reclamando con angustia entender lo sucedido.
Su estado de conciencia fluctuaba: mientras que en ocasiones podía referir parte de lo sucedido,
en otras pedía ver a su esposa. En esta fase del duelo los ritos sociales y familiares facilitarían
la resolución del mismo.
También en esta fase del duelo es importante tener en cuenta que se pueden asociar pesadillas
de imágenes intrusivas y miedo referido a sí mismo, a su posible vulnerabilidad de cometer
suicidio o a padecer una enfermedad mental que lo conlleve, entre otros síntomas. (Pérez, 2010).
La mayoría de los ancianos se sobreponen a sus pérdidas y afrontan de forma efectiva el duelo
(duelo normal), pero a veces, las circunstancias hacen que el proceso sea especialmente difícil
(duelo de riesgo) y que en ocasiones se complique (duelo complicado). Magdalena Pérez
Trenado (1999) plantea que tener una edad avanzada puede influir considerablemente en el
modo en que las personas se enfrentan al dolor por la pérdida de un ser querido, y las ideas
sociales dominantes sugieren a menudo que esta influencia es, por lo general, totalmente
negativa para las personas mayores.
Lacasta Reverte (2004) plantea que existen factores predictivos de duelo complicado, entre los
cuales menciona: la ancianidad del superviviente, la escasez de recursos para el manejo del
estrés, problemas de salud física y/o mental previos como ansiedad, depresión, la escasez de
aficiones e intereses, duelos anteriores no resueltos, reacciones de rabia, amargura y
culpabilidad muy intensas, falta de recursos para hacer frente a la situación, entre otros. En el
caso que se presenta en este trabajo existe un alto riesgo de desarrollarse un “duelo complicado”
teniendo en cuenta la edad del doliente (89 años), la relación de dependencia con su esposa y el
tipo de muerte de la misma.
El anciano ante la muerte inesperada se enfrenta a una realidad que no logra comprender y que
capta toda su atención, por lo que el consuelo no será bien recibido. Es él mismo quien debe
verificar y confrontar la realidad. No hay que sobreprotegerlo ni forzarlo a realizar actividades
que no quiere, ni dejarlo en un reposo ·absoluto por un tiempo prolongado (D’Hyver, y Kraus,
2006).
Según D’Hyver y Kraus (2006) existen varios factores que influyen en el duelo, a saber:
psicológicos, recursos personales, las circunstancias específicas de la muerte y la presencia de
factores externos existentes.
Con respecto a los factores psicológicos es importante considerar la dependencia o
independencia en la relación interpersonal entre el doliente y fallecido, la cantidad y calidad de
la relación entre la pareja, el tiempo de la relación, la personalidad, la historia de ambos. Se
deben reconocer las funciones que cumplía el fallecido como pareja, familia y el sistema social
al que pertenecía.
En el caso descripto en la viñeta clínica la relación era de mucha dependencia, la familia refería
que ambos lograban “una armonía”. Así, por ejemplo, “los fallos de memoria de él, los
reparaba ella, diciéndole lo que estaba pendiente”. Ambos tenían aproximadamente 60 años de
matrimonio y el paciente en su discurso con frecuencia hacía asociaciones con respecto a su
historia juntos y a las dificultades superadas.
Los recursos personales del doliente como la personalidad, el carácter y su salud mental; la
confianza en sí mismo; la madurez e inteligencia; el haber tenido duelos previos que le dan
experiencia en la resolución; la existencia de otras crisis personales no relacionadas con el
fallecido; la existencia de fundamentos religiosos, filosóficos, culturales y sociales individuales
presentes en grado variable en el momento de la pérdida.
Siguiendo la misma línea, Soukoreff (2008) refiere que, “Las personas que desarrollan un duelo
patológico y, en especial, las que tienen antecedentes psiquiátricos, presentan más riesgo de que
el suicidio traiga consecuencias negativas para su salud mental y necesitan un mayor apoyo”.
En el duelo por suicidio se puede presentar, además de la tristeza propia del proceso de pérdida,
una serie de emociones negativas tales como: enojo con la persona que se ha quitado la vida,
confusión por no entender por qué lo hizo, culpabilidad, sensaciones de impotencia y rabia,
preocupaciones por algún suceso que se interpreta como causa de la decisión del suicida, entre
otras(García-Vineigras y Pérez, 2013). En el paciente del caso se acentuaron algunos trastornos
cognitivos que presentaba previamente al impacto emocional, entre ellos, la alteración de la
memoria a corto plazo.
Para que se pueda llevar a cabo un duelo normal el individuo necesita aceptar la realidad no sólo
intelectualmente sino también desde el punto de vista emocional. Cuando sólo ocurre la
aceptación intelectual, las probabilidades de inadaptación emocional son mayores. “El proceso
de duelo hace que la persona pase de manera sucesiva por los estados de choque emocional,
aflicción aguda y resignación” (D’Hyver y Kraus, 2006).
El duelo en las muertes inesperadas se asocia con manifestaciones depresivas más intensas y
duraderas que en las muertes de alguna manera esperadas, pueden agudizarse enfermedades
previas u ocurrir el debut de nuevos padecimientos. También se observa que el doliente asume
con frecuencia conductas de riesgo para la salud como el consumo excesivo de alcohol, cigarros
o psicofármacos (Kawano, 2011)
Según García-Viniegras y Pérez (2013)
EN EL DUELO POR SUICIDIO LA AYUDA SOLIDARIA DE FAMILIARES, AMIGOS Y LA
AYUDA ESPECIALIZADA DEBE CONTEMPLAR LO SIGUIENTE:
– Familiarizarse con el proceso del duelo, procurando la aceptación de la pérdida.
– Evitar las frases hechas.
– Propiciar el desahogo emocional, mediante la expresión de sentimientos.
– Mantener los contactos humanos afectuosos.
– Respetar la diversidad de reacciones.
– Proporcionar elementos esperanzadores.
– Apoyar en los trámites del funeral.
– Facilitar la resolución de problemas prácticos suscitados por la pérdida.
– Facilitar la despedida.
Conclusión
Los ancianos generan una alta demanda en el área de salud mental y en otros servicios de salud.
Por tal motivo es importante que en los espacios de formación de los profesionales de Salud
Mental se incluyan más temas que aborden la vejez. Pensar al anciano de un modo integral
ayuda a los profesionales a tener herramientas para la atención de estos en situaciones críticas.
En este trabajo se han esbozado aspectos sobre el suicidio y tipos de duelo en la vejez utilizando
como ejemplo un caso clínico. Consideramos fundamental conocer el impacto que genera el
suicidio de un ser cercano al paciente anciano, determinando los factores a favor de la
elaboración de un duelo normal y previniendo en la medida de lo posible la complicación de un
duelo, que impacta inevitablemente en su adaptación, rol social y familiar y en su salud mental.
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