Arrecifes: Leyenda, Crimen y Amor
Arrecifes: Leyenda, Crimen y Amor
“…Qué fue tu patria entera / Donde hoy sus pasos el progreso estampa?...
Antes de alzar mi cruz, ¿sabes lo que era? / ¡El salvaje desierto de la Pampa!”
hasta les sonrojan las leyendas. Pero lo cierto es que en aquel río que cruza la actual ciudad,
una joven querandí, Ithaí, se sintió atraída por uno de los jinetes de un grupo que, desde la
orilla opuesta, en vano intentaba cruzar las aguas. La muchacha comenzó a echar piedras
para asegurarles un paso, pero nadie, ni aquel jinete, entendió el esfuerzo de la enamorada,
“Arrecifes, el eco vibrante / de un galope errante, bizarro y gentil / que a la luz de una
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Así la zona comenzó a conocerse con tal nombre. Llegará, como en tantos otros pueblos,
el fortín, en 1739.
detiene aquella galera, roto su eje, que conduce a Catalina Vargas a Buenos Aires, en el
relato “La galera” de Manuel Mujica Láinez (1). En aquel sitio, sobre las raíces de un
su viaje. La razón de su marcha es un secreto que atesora entre los pliegues de su falda: los
bolsos cosidos que ocultan las monedas de oro, arrebatadas a su hermana, al igual que los
todo igual a la fallecida, y en la forzada parada, la fratricida queda sin poder moverse, pues
un terrible peso que la arrastra hacia abajo se lo impide: son las monedas que, de oro,
En estas tierras nace Ricardo Gutiérrez (1836 ó 1838-1896), -hermano de José María y
de Eduardo-, quien a los veintidós años debió alistarse en el ejército de Mitre. Luego
después las epidemias de cólera y fiebre amarilla desatadas en Buenos Aires, pero que
afectaron también a Tigre y San Fernando e impulsó la creación del Hospital de Niños que
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hoy lleva su nombre. Sus escritos literarios gozaron de gran aceptación en su época
literatura argentina”), pese a lo cual abandonó las letras en 1891. La guerra, tanta muerte
infantil contemplada… ¿Cómo escribir poesía en un mundo así? (“El encanto de ese mundo
empieza, donde el encanto de mi mundo acaba”, son las palabras finales que el guion de
Florencio Escardó pone en labios del protagonista del filme biográfico La cuna vacía
ternura hacia los niños (solía recluirse en su casaquinta de Morón, cuando fallecía un niño
enfermo) debió adivinar que la tierra tenía algo que ver en su hechura, pues pudo escribir
“El espíritu del hombre / su tierra natal refleja / cada rasgo de su índole / un perfil
retrata de ella.”
acto ejemplar de su conducta. Así, se cuenta que en una ronda en el hospital, ya casi al
la cama de un niño enfermo. Al ver al Doctor Gutiérrez, la monja confesó que el niño le
había pedido que lo dejara morir en sus brazos, tras lo cual le cerró los ojos y se retiró.
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Gutiérrez se arrodilló, oró y luego escribió, inspirado en la escena que acababa de vivir, el
“Madre del desvalido, / ángel del moribundo, / bálsamo misterioso del herido / y patria,
en fin, del huérfano y el triste, / ¿De qué estrella caíste / para enjugar las lágrimas del
mundo?”
Muchas de las composiciones de sus Poesías líricas son sublimes y rememoran tópicos
clásicos. Así el bíblico Vanidad de vanidades o el mundo como Valle de lágrimas, halla su
“Sí; todo es vanidad, todo es mentira, / todo es dolor en la existencia humana, / porque
la vida de la tierra triste / no es más que el paso a la inmortal jornada. / ¡Ay! Del que al
vida pasa.”
Otro eco de aquella vanidad inútil, y hasta una resonancia que podrá compararse con el
Baudelaire de “Una Carroña” (“Igual serás a esta basura…”), cifra el poema “La
propiedad”, en el que un magnate se jacta de sus bienes. Costas, mares, bosques, torrentes,
todo le pertenece. Y sin embargo: “…el infinito tiempo de la vida / continuó imperturbable
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Poeta destacado de la segunda generación romántica, algunos nocturnos presentan vagos
personajes femeninos, pero su poema “La fibra salvaje”, dado a conocer a los veintidós
años, contiene, cual odre de los vientos, toda la pasión y turbulencia, y basta leerlo para que
el prototipo de la estirpe del romanticismo: joven sin tacha, de alma límpida, enamorado
frustrado y errante que busca el consuelo y el olvido para su tormento de amor. Así se inicia
el primero de los cuatro cantos, con un jinete corriendo por la llanura, “cruzando como un
espectro / sobre el polvo de la tierra.” Su mirar está lleno de amargura, su rostro pálido por
vida; / ese abandono yerto.” El tedio de Baudelaire y de los malditos, a pesar de no haber
tenido el autor referencia de ellos; la mujer angelical: Lucía, “el tipo celestial de su
esperanza” está perdida para sí y por tal razón parte, dejándole una carta de
desesperanzado amor. No, no será para él, y su labio se nutre donde su aliento respira, y
envidia el polvo del suelo donde pisa. Allí va, lanzándose a los caminos “sofocando un
corazón maldito / que como atroz delito / el más sublime amor del alma encierra.” En su
recorrer “mudo, impasible, sombrío, / jamás los ojos levanta…”. En un declive de un valle
se detiene. Ha perdido el rumbo y se acerca a un rancho que parece solitario. Allí encuentra
una guitarra y la pulsa, cantando a su amor. En medio de su llanto, una voz lo vuelve a la
realidad. Es la de una mujer, de “melancólica belleza”, y que no es otra que Lucía. Hasta
allí ha llegado huyendo de la infamia a la que la sometió su esposo Julio, quien, habiendo
perdido su fortuna en el juego, la vendió a otro hombre. En aquella choza la protegió una
paisana que la halló al borde del lago. Ezequiel se subleva, no se detendrá hasta hallar al
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infame. Lucía lo despide, los “labios que sin buscarse se encontraron, / a un misterioso
impulso obedeciendo.”. Pondrá ella la flor marchita que le hubiera Ezequiel entregado en la
Sin embargo, han transcurrido seis años. Ezequiel ha entrado en un convento mendocino
desde hace dos, y ahora es Fray Ezequiel, “siempre severo, pensativo y solo”. Jamás
sonríe, apenas habla. No habiendo podido cumplir su promesa de hallar al hombre que
buscaba, pidió su ingreso al padre prior para “huir del infierno de la vida / en la celeste paz
llegado hasta su celda un hombre atormentado por el pecado y no es otro que Julio.
Confiesa ante el fraile su historia: vivía en su estancia con una mujer insensible, pues ella
amaba a otro hombre, Ezequiel. Se dedicó al juego y perdió sus bienes. La vendió,
entonces, como una cosa, a otro, por oro. Desde entonces su alma se ha envilecido cada vez
traban en lucha. Termina por dar muerte a su enemigo y huye. Llega hasta aquel ombú
donde nadie lo espera ya, donde sólo queda un arbusto seco prendido al árbol. Su destino,
de ahora en más, será servir a la patria. Se alista y cae en un combate, quizá encontrando al
Notas:
(1) Mujica Láinez, Manuel. “La galera”, en Misteriosa Buenos Aires. España, Edit.
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LEYENDAS DE BARADERO
El río la cruza y le da nombre: Baradero, quizá porque “varaban” las naves sin peligro en
Vaca y primer gobernador criollo. En 1615 establece la fundación de la ciudad. Esta misma
que hoy comprobamos moderna, pujante. Por el damero dibujado por Hernandarias caminó,
una y otra vez, hasta hace muy poco (2011) una mujer de ochenta y cuatro años, pero aún
enérgica como para realizar esos recorridos que la llevaban de oficina en oficina, de
cultura del pueblo. Se llamó Blanca Raggio de Asprella. Docente, escritora, historiadora y
recopiladora, en su libro Leyendas del Viejo Baradero, de cincuenta y cinco historias que
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anduvieron de boca en boca, quién sabe desde qué tiempos. La convención literaria
enmascara a la autora tras una niña, Anita, que va escuchando los relatos de labios de su
abuela.
Allí está recreada la oportunidad en que Baradero se salvó de ser ocupada por españoles.
Venían en sus naves y atracaron en el Paso de las Piedras, donde se halla el actual
balneario, con toda intención de atacar llegada la noche. Quizá fue idea de San Martín,
quien en ese mismo momento se hallaba acampado con su flamante cuerpo de Granaderos
al sur del partido, en la estancia de Santos Gómez, en viaje hacia San Lorenzo. O quizá fue
ocurrencia propia, pero lo cierto es que un moreno, Jesús Callejas, puso en práctica la audaz
treta que espantaría a los invasores. Buscó otros quince como él, vistieron a toda prisa
mismos quince, una y otra vez, pasaban por el mismo sendero frente a las naves, simulando
un poderoso ejército que se estaba estacionando. Así debió seguir rumbo el enemigo en
busca de otra presa más accesible. (“El Ardid del Moreno Jesús Callejas, salvó a
Baradero”)
El mismo Santos Gómez de la narración anterior aparece entre otra anécdota. Jefe de un
destacamento federal, tras las derrota de Caseros llega una orden de entregar todas las
armas. Convoca a todos los jefes del pago y les habla. Él acompañó a la Patria. Lo hizo
cuando pasó aquel coronel por su campo; pero “La Patria está también en los campos, el
surco abierto nos habla de Ella, está en el lazo que sujeta al potro y en la cruza que mejora
el ganado, ellos la servirán ahora así, con el arado… ¡No empuñarán las armas…!”
Deciden entonces echarlas en el profundo pozo de balde del patio. Nada encuentra la
requisa cuando llega. Ya solo, contempla “la majada que duerme en el corral de ramas, las
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vacas junto al arroyo, la tropilla hundida en los pastizales y allá la tierra recién arada,
esperando la semilla…”, y sabe que, con sus hombres, de ahora en más sólo se encontrarán
En otro pozo de balde estuvo a punto de caer la niña cierto día y así la abuela, ante el
episodio, desgrana otra historia. Un libanés llegado al país y al que de inmediato apodaron
“El Turco” se dedicó a la venta callejera de chucherías de femeninas. Acaba trabando gran
amistad con un “gringo”, Giuseppe, cuya hija ve crecer y a la que siempre consiente con
obsequios. Hija que poco a poco va convirtiéndose en bella muchacha, a la que su padre
entrega en matrimonio a un rico vecino. Como regalo de bodas, el Turco le había traído una
fina mantilla que la novia consideró como el regalo “más lindo de todos”. Sin embargo,
improvisado de pozo creyó ver la imagen de una linda novia, con el velo bordado imitando
Nadie pensaría que, por la actual plaza Mitre, hubieran andado un día yaguaretés. Una
pareja de estas bestias, arribada en los camalotes, subió la cuesta y puso pánico entre la
pequeña población -en esa ocasión solo compuesta de mujeres, ancianos y niños, pues los
hombres habían marchado por recursos-, que corrió a refugiarse en la iglesia. Los animales
mentor de la orden, quizá, el que amansó a aquel feroz lobo que recuerda Darío en un
poema, los enfrentó con la mirada y, poco a poco, los yaguaretés comenzaron a retroceder,
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Así van sucediéndose con fruición, ante los ojos de aquella niña, los fantasmas de otras
dos pequeñas que espantan a los caballos, cerca del camino de “Los dos ombúes”, en su
intento de tomar las bridas y pedir el auxilio para una madre moribunda, y para ellas
mismas, que nunca llegó. (“El Ombú de los aparecidos”), o aquella Tomasa que era capaz
de domar cualquier potro tan sólo con la mirada de sus ojos negros y de la que se afirmaba
que “mandaba a su lazo que viniera y que este, cual una larga yarará, le obedecía y se
tradición de su pueblo. Tanto que podía enumerar, describir, contar la historia de cada
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TRES NOVELAS CON ESCENARIO EN BARADERO
manera un diálogo profundo que implica a su pueblo. No de manera directa, sino por medio
que sería su producción literaria, porque es sabido que toda obra surgida de un escritor, por
más autobiográfica que pueda ser, reclama un fingir que la coloca en un espacio y tiempo
distintos a los de lo real. Por lo mismo, se hablará de personajes, más allá que pueda
reconocerse en ellos a personas de carne y hueso que han habitado esta ciudad. Personajes,
padre e hijo, que han mantenido a lo largo de sus vidas una relación conflictiva, con
desencuentros que son mirados de manera retrospectiva por uno, ante la inminente muerte
del otro.
En el acompañamiento de esa agonía –que por momentos uno asocia con aquella
Ceremonia del adiós, de Simone de Beauvoir- que se prolonga por más de dos años, o en
ese “velar” como lo llama el narrador con acierto, se trata también de “develar” las razones
de esas almas que se mantuvieron en “agón” por tanto tiempo. En la evocación de los
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ásperas que la de aquel vínculo filial: la noción de patria (que parece buscarse con
y ésta frente a la sociedad civil, y también lo local, el pueblo, frente a la ciudad. Raíces que
quién soy. En todos y en cada uno de estos aspectos cabrá la posibilidad de polémica, y es
lo que complejiza y valoriza una novela que parecía correr por el sencillo sendero de un
El narrador trata de entender, quizá tarde, a ese hombre deteriorado por el cáncer,
doblado por los vómitos, que está por morir. En este acompañar se van imponiendo los
recuerdos, primero rescata del olvido los que pertenecieron a su propio padre niño, en el
campo: “…un campo extenso repleto de bañados pero también con sus zonas buenas. Un
campo lleno de vacas en los bajos y maizales en las partes aptas que daba gusto recorrer a
caballo. Un campo lindo para perderse persiguiendo teros o perdices. Espantando garzas.
Lindo para llegar hasta la orilla del río y bañarse en verano o pescar en cualquier época…”;
por vida; la asunción como intendente del pueblo, en dos períodos distintos, pero ambos
bajo regímenes militares. Luego los propios recuerdos del narrador en su relación con él,
escritura y la aspiración, fracasada, de ser también militar como una manera de acercarse o
de agradar; el ingreso al deporte competitivo como un medio de viajar y alejarse del “ser
necesidad de amar y de ser amado que se frustra una y otra vez. El llanto, al final, ante lo
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Sin embargo, se ha dejado registro de un vínculo muy fuerte y, al mismo tiempo, casi
imperceptible, casi como al descuido y hasta quizá escrito sin reparar en ello. La tierra los
ha unido, ese pueblo en el que estuvo en la infancia, que luego abandonó y al que luego
retornó para trasladar a ese padre enfermo en varias ocasiones hacia la capital.
“Hay algo, sin embargo, que no es tan sencillo. O al menos no resulta tan sencillo de
explicar. Me refiero a lo que pasa en mis adentros cuando estoy acercándome al pueblo.
Algo que se parece mucho a una emoción corporal, si es que tal cosa existe. El cuerpo se
afloja, se relaja. Se empieza a sentir, poco a poco, más seguro o más íntegro, no sé muy
bien. Más cómodo. Más tranquilo. Más liviano, el cuerpo. Y la nariz huele de verdad, no
miente como en otros lugares, y los ojos se distraen recordando con engañosa facilidad. Se
siente la pertenencia, esa cosa medio intangible y que quizá constituya la única propiedad
privada que signifique algo más que la mera posesión o disposición humana de un espacio
geográfico cualquiera.
En Baradero es donde principia el relato de las desventuras del Santos Vega del escritor
Eduardo Gutiérrez. En la pulpería de don Cosme, la más afamada de la zona, tuvo lugar una
noche una endiablada payada que duró largo tiempo, entre un parroquiano, el tuerto
Cipriano, y el mismo pulpero, ambos de gran habilidad para la guitarra y el canto y del
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mismo temple para la ginebra. Al final de aquellas horas, quedó vencido don Cosme, pero
Cipriano, para darse al rato por perdedor, aunque puso en juego sus mejores galas. Cuando
ya nadie tomaba la posta para otra payada, apareció en la puerta otro joven forastero
respondiendo al desafío. Payaron los gauchos y con rabia Cipriano debió reconocer su
joven de Mercedes para emplearse en algún lado como domador y no era otro que Santos
Vega. Repuesto don Cosme y enterado de la nueva, quiso de inmediato payar con el cantor,
En medio del entretenimiento, llegó al lugar una partida de tres policías para llevarse a uno
de los paisanos presentes, pero se les interpuso Vega, espantándolos a los ponchazos. Otro
arribado cantará contra Santos, declarando al término la superioridad del joven domador.
Su nombre era Carmona y el encuentro será el principio de una gran amistad entre ambos.
Volvió la partida, esta vez con seis hombres, a cobrarse la humillación pasada. Santos los
enfrentó y malhirió al sargento y a otro soldado, pero fatigado por el fragor del combate se
dejaba ya librar a la suerte, cuando intervino Carmona para darle tiempo a reponerse. De
esta manera y con las fuerzas recobradas, sólo uno quedó en pie, al que Vega perdonó la
Tornados a la pulpería, el héroe comenzará a relatar ante los presentes la historia que lo
malquistó de tan mal modo con la justicia, remontando sus días a su estancia en Dolores. La
que Gutiérrez dará a su personaje en Una amistad hasta la muerte. Concluido el racconto de
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sus desventuras en las que perdió padres, fortuna y amores, desventuras que han causado
honda impresión en don Cosme, Cipriano y Carmona, paisanos que no cejan en ofrecerle su
Carmona, que entre lágrimas le ofrece su hermandad y su compañía para siempre, oferta
que deberá probar casi de inmediato, cuando una partida de alcaldes que no tolera la
presencia del fugitivo Santos en el pago, quiera aprenderlo y deban lidiar con los amigos.
los parroquianos de la pulpería. Más tarde, los amigos se conchabarán en una estancia del
partido, la de Castex. Apenas arribado Santos, deberá lidiar en una payada memorable con
el Negro diablo, a quien terminará por vencer. La derrota encolerizará, como es previsible,
al perdedor, que buscará el duelo, que al fin se producirá, y que también perderá para hacer
más grande su humillación ante el paisanaje, que adorará a aquel joven capaz de superar a
Baradero que en el mismo Dolores, donde se había criado y hecho sus primeras hazañas.”
Más tarde, en otra estancia del partido, asistiendo con su fiel Carmona a una yerra,
volverá a hechizarlo la vara del amor. Dolores, la esposa del estanciero, despertará en Vega
los anhelos de felicidad. Sin embargo, Benita, una paisana enferma de celos y buscando
vengarse de su rival, delatará a la amante ante el marido. Vanos serán los intentos del héroe
por retener a la mujer en la había creído encontrar, al fin, el bálsamo reparador de tantas
heridas. El estanciero, Ramón, consigue alejarla rápido, mientras él con una partida de
alcaldes enfrenta y demora al gaucho. Perdido su amor, Vega ya no cree tener nada más que
de don Cosme y se pone en camino acompañado de Carmona, al que por vez primera se lo
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ve con hondo dolor al dejar aquella tierra de Baradero: “Siento dejar este pago en donde me
No abandonaran las desdichas a los amigos. Por Matanza, un amorío con unas paisanas
componenda con los alcaldes para echar a los molestos galanes. En la refriega, Vega es
Carmona interpone el cuerpo para proteger al amigo y va derribando uno tras otro a los
enemigos, para caer apuñalado por la misma mano de Vega que confunde su espalda con un
bulto rival.
De ahí en más será el declive del gaucho. Errando por la campaña, cautivo de un malón,
libre otra vez, se retirará, cansado, envejecido, enfermo, hasta la tumba de su amigo, cavada
que las peripecias, que los amores contrariados, que las penalidades, aquellas páginas
resultan apasionantes y entrañables por el lazo de amistad que cantan, lazo que ni la misma
A la estancia del juez de paz del Baradero llegará Miguel, portando como chasque el
mandato de Juan Manuel que da inicio a las acciones de Los misterios del plata, de Juana
Manso, obra, como todas las escritas al fervor de la lucha contra Rosas, del todo maniquea,
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en la que los caracteres de los unitarios aparecen enaltecidos en grado máximo y los de los
Por el breve diálogo de estos personajes se sabe del remontar de una pequeña nave por el
tratativas con Rosas, había hecho reemplazar al hombre de confianza que debía conducirlo.
En Baradero, en tanto, el juez y sus hombres aguardan junto al Paraná. Hasta el lugar llega
monasterio, a unas cuatro leguas. Desde el pueblo de Baradero llegan los funcionarios a
Miguel, el joven gaucho al servicio de Rosas, que se debatirá en sus reflexiones sobre
Esclarecido aún más sobre las verdaderas intenciones del régimen por un viejo gaucho que
notificado al poco tiempo y sale en persecución. Logra alcanzarlos ya los márgenes del
este modo el fugitivo es separado de su familia y embarcado hacia Buenos Aires. Julián,
uno de los hombres del juez, ya en la ciudad, es quien informa a Rosas de la detención.
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Proseguirán las acciones noveladas en la gran ciudad, culminando con el escape del
protagonista.
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LOS CABALLOS DE BRAGADO
Bragado Grande. La aldea fue bautizada como Santa Rosa del Bragado.
entera de la Fiesta Provincial del Caballo, celebrada cada año, con danzantes escuadras
ecuestres incluidas; Luego, puede verse en algún lugar el escudo oficial y reconocer en él
otra efigie equina. Asaltan las dudas sobre alguna particular obsesión, pero no, es la
Potro salvaje, indomable, con una mancha blanca en forma de braga en el pelaje rojo,
podía vérselo beber en la laguna. Desafiante a todo intento de apresarlo, defendía con
bravura su libertad. Pudo más, al fin, el número y lo acorralaron sobre una barranca. Pero el
animal, se irguió sobre sus cuartos traseros, echó un relincho furioso y se arrojó al vacío.
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“Recorría ese pago en el pasado, / descifrador del monte y la llanura, / un potro cimarrón
pelibragado, / flecha de instinto, correntada oscura. // Dicen que tuvo pelo requemado, /
laguna / que de a poco morir, cabalgadura. / Sepa el potro bragado que ese suelo, / al que a
Y claro, debía ser otro famoso caballo de Bragado el que anduviera al “trotecito” por la
literatura. Lo montaba el paisano don Laguna, personaje con que quizá enmascaraba el
autor, Estanislao del Campo (1834-1880), a su cuñado, Ricardo Gutiérrez (no fue sino éste
“En un overo rosao, / flete nuevo y parejito, / caia al bajo, al trotecito, / y lindamente
Seguirá luego el encuentro de este paisano con “el Pollo” y el diálogo que informa la
obra, en el que este personaje relatará la visión que ha tenido en la ciudad del “diablo”.
alabando, aquel color. Por supuesto, debía ser Borges la instancia superadora. Su prólogo a
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una edición del Fausto (recuperado en sus Obras Completas, tomo IV), en su brevedad, es
controversias rurales; soy aún más ignorante que el reprobado Estanislao del Campo.
Apenas si me atrevo a insinuar que aunque los ortodoxos abominan del pelo overo rosado,
costumbre, ignoro si la palabra rosao difunde una especial claridad; sé que me sería
intolerable una variación. La décima entera, por lo demás, es un tremolante y bizarro objeto
Pasan las circunstancias, pasan los hechos, pasa la erudición de los hombres versados en el
pelo de los caballos; lo que no pasa, lo que tal vez nos acompañará en la otra vida, es el
Manuel Mujica Láinez prologó la felicidad de la lectura del Fausto, en una nueva
una carta que tiene como destinatario a nuestro Laguna (“Carta de Anastasio el pollo a su
aparcero don Laguna, paisano de Bragado.”) en la cual le relata el nuevo encuentro que ha
tenido con el Demonio, Margarita y Fausto, en esta ocasión en la calle, y de qué manera
hubo de terminar detenido al intentar frustrar las intenciones del Malo con la rubia.
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WARNES (BRAGADO): UN LUGAR EN EL MUNDO
Haroldo Conti (1925-1976) posee la virtud de hacer queribles hasta la amistad a sus
personajes, de modo tal que, en los finales de sus cuentos, cuando ellos se van, cuando se
marchan con sus derrotas a cuestas, nos dejan con ese sabor amargo y triste de sentir que
uno no haya podido hacer nada por ellos. O por nosotros, porque en realidad el secreto sea
Así sucede con “Mi madre andaba en la luz”, relato que nuestro vecino de Chacabuco
sitúa en Warnes, pueblito del cuartel X del partido de Bragado con menos de cuatrocientos
cincuenta habitantes, cuyo nombre recuerda al coronel José Ignacio Warnes, militar que
actuó bajo las órdenes de Manuel Belgrano en las luchas por la independencia.
Para Pedro, el personaje que ya no vive en el pueblo natal, pero al que vuelve por unos
días de visita, Warnes representa nada menos que el sentido de su vida, el lugar en el
mundo. Aquel mundo de la casa con patio de tierra, que apenas tiene un cantero con solo
una planta de azalea que su madre riega cada tarde, remite al tópico tradicional de una Edad
Dorada pueblerina, donde las insignificantes objetos –macetas hechas con latas de aceite,
una jaula que alguna vez tuvo un caburé traído por su padre, los árboles y sus pájaros, la
más que la vida rutinaria que lleva en una papelera de Buenos Aires.
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Pobreza de un lado y del otro, en ese pueblo y en Buenos Aires, pero distinta. Uno puede
preguntarse por la diferencia. El cuento habla: en la casa materna con techo de chapas, una
mesa sin siquiera mantel de hule, de madera, con los chamuscos de los cigarros del padre,
una fiambrera con el alambre remendado, una bandada de pavos; en la gran ciudad, la villa
miseria en donde vive, el cielo que es “un miserable agujero en lo alto de la calle”, ropa en
cuotas, anillos de plata con piedras de plástico, el saco comprado de ocasión en Ferias
Americanas.
Sobreviene el reencuentro con aquella madre, “un manojo de huesos que temblaba entre
sus brazos”, con el hermano, “El Polo, que quizá terminará como el padre, amando la tierra
de otro, aunque uno y otro amaban a la tierra “sin tomar en cuenta los alambrados. Era una
sola y ancha y fecunda tierra…”; los amigos, a quienes trata de impresionar con su charla
Se suceden los obsequios: un batón, una radio portátil. Como suele suceder con sus
personajes, también éstos, aunque familia, son cortos de palabras, se preguntan y responden
“sin que en ningún momento llegaran a conversar como se entiende por lo general.” Al
hasta la papelera.
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BRAGADO: AVENTURAS EXTRAORDINARIAS PARA SÓLO VOLVER
En aquellos pueblitos del oeste bonaerense donde suele situar las acciones de sus novelas
– Último foco, Aventuras en borrador- la bragadense María Cristina Alonso (1955), parece
miradas con atención, exceden las de los lectores a los que inicialmente están destinadas.
Así, por ejemplo, en Aventuras en borrador, los protagonistas, el tío Alberto y su sobrina
Nina, una adolescente fascinada por sus relatos y ansiosa de aventuras, van hilvanando, a
partir de un hecho histórico real, como lo fue el cruce de Robert O'Hara Burke y William
John Wills, en 1860, del por entonces aún inexplorado continente australiano, la trama de
una historia que se torna tan real como la otra. Sobre aquel periplo del cual Wills dejara
to the Gulf of Carpentaria y que la autora parece haber tenido como fuente literaria, se
enlaza un presunto romance surgido, en el Buenos Aires de la época Rosista, de Wills con
Florentina Aguirre, viuda que deberá emigrar por la persecución política hacia Inglaterra,
donde comenzará a desempeñarse como institutriz en una mansión que se percibe como
tétrica y amenazante. Tío y sobrina, en su propia aventura, en la que deben huir de unos
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mafiosos que los persiguen por la ruta, calles polvorientas, viejas estaciones de ferrocarril
abandonadas, van urdiendo detalles, hechos imaginarios, tomados de otra novela (La casa
del pantano, de Florence Warden) del que será un amor trágico, a la par que relatan el
la muerte.
Pero en aquel tío Alberto, vendedor de libros por los pueblos, fabulador de historias,
hombre frustrado, hay otra sombra inquietante, pues los relatos se asumen como
enmarcados en la narración que la propia sobrina hace veinte años después a Pepe, el hijo
de aquel tío, y que siente nacido “hijo natural”, como lo fue su propio padre, Alberto. La
imaginación, pues, otorgan una complejidad mayor a la novela, disimulada tras los velos de
protagonista, el detective Renzo Diez, de quien sabemos que vive a sus cincuenta con su
madre, pero que nada se dice del padre, a otro pueblerino al que tampoco le ha ido
demasiado bien en la vida, por momentos igualmente ansioso de vivir una empresa que lo
saque de la rutina y del fracaso. Sin embargo, son seres que, una vez experimentada,
Ausencias y pérdidas narrativas (Pienso en el relato “Carta de los últimos días”) como
individual y social.
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María Cristina Alonso propone interesantes tramas, juegos y guiños cómplices al lector
para testimoniar de modo hiperbólico la prosperidad de los pueblos en la llanura, remite sin
duda a las obras del arquitecto Francisco Salamone, desperdigadas por toda la provincia.
Sin embargo, ni siquiera Bragado ha podido escapar a esas ansias, a ese anhelo de algunos
encargado de hacer perdurar su leyenda al escribir sobre la vida del tenor Florencio
Constantino una novela histórica: El hombre del gabán. Este bragadense por opción, que
llegó a brillar en las mejores compañías de ópera del mundo, grabó más de doscientos
discos, inauguró el Teatro de Ópera de Bostón, desafió al gran Caruso y terminó con
accesos de locura, fue quien hizo construir el teatro de sus sueños, diciendo: “En el
Bragado, tierra de mis luchas primeras, planté mis tiendas de artista, edificando un teatro
para que los que amigos fueron de mi desgracia, lo sean también de mi ventura.”
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BRANDSEN Y LA LEYENDA DE SANTA RITA
patronos, por parte de las distintas órdenes religiosas, para las nuevas poblaciones que se
divinidades que hasta entonces se hallaban vinculadas con tales sitios. Obedecía, pues, a
Desde fines del S. XIX, y en adelante, en la campaña bonaerense, cuando fueron surgiendo
la gran mayoría de los pueblos y partidos, la decisión de convocar a una figura protectora
De los ciento treinta cinco partidos que componen la provincia de Buenos Aires, más de la
mitad tienen como patrona a la Virgen en sus distintas advocaciones, un 25% están regidos
por distintos santos, un 10% se lo reparten algunos apóstoles, arcángeles y el mismo Jesús,
terminando con un pelotón de un 9% dedicado a las santas. Entre estas, los nombres se
repiten, siendo el más abundante el de Santa Rosa de Lima. Luego tenemos a santa
Lanús, santa María Magdalena en el partido homónimo y la que me interesa tratar aquí,
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Cuando uno pasea por el pueblo, sin ser la ocasión de algún festival en especial como
suelen realizar, escasean los atractivos turísticos. Queda en este caso, pues, la plaza y la
iglesia, que es una de las edificaciones más antiguas (surgió como capilla en 1883 y el
actual edificio data de 1898), pero solo eso, arquitectónicamente no es muy llamativa. Y sin
embargo… Tenemos una historia. Una bella historia de abejas blancas como la nieve y de
Lo he dicho otras veces: es cierto que una imagen dice más que mil palabras, pero no
siempre. Detrás de las imágenes puede haber una historia más interesante de la cual la
imagen solo ilustra. Fotografiar sin investigar es empobrecer la fotografía. Aquí, un sencillo
nacimiento fue adornado con prodigios, pues en su cuna, testimonian, por su boca “se vio
salir y entrar (…) un enjambre de abejas blancas como la nieve, indicio nada equívoco de
Ambrosio, san Juan Crisóstomo, santo Domingo de Guzmán y, narra Cicerón en su obra
“Sobre la adivinación” (Libro I, 36) que, durmiendo Platón en su cuna, unas abejas se
posaron en sus labios, hecho anunciador de que su discurso sería de gran dulzura.
Según los tratados (Jean Chevalier, por ejemplo), el simbolismo de la abeja se relaciona con
Las sacerdotisas de Eleusis eran llamadas “abejas”. También se las asocia con la
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elocuencia, la poesía y la inteligencia. En el caso de Rita, las encontramos no sólo en el
inicio, sino en el final de su vida: ellas volverán al monasterio donde descansan sus restos
incorruptos. Los numerosos orificios en las paredes donde ellas se refugian avalan el
testimonio.
Este tipo de marcas desde el nacimiento es tan usual que establecen tópicos o mitologemas
través de las lecciones de un anciano, sino también al niño que muestra una precocidad de
adulto en su inteligencia: sabio, discreto, modesto y grave como un viejo. Tal este caso. Su
Poseedora de una belleza singular, sus padres la entregaron al matrimonio ventajoso a los
catorce años, pese a que ella ya manifestaba su inclinación religiosa. Halló no el amor, sino
la cólera, la brutalidad y la injuria permanentes por doce años. Sufrió con resignación y
esperanzada de que sus ruegos y rigurosos ayunos obraran. Sucedió así y el carácter de su
marido cambió radicalmente, siendo un manso cordero. Fue entonces que, debido a los
numerosos altercados de su vida pasada, él halló una mala muerte. La región por entonces
era sumamente violenta y la “vendetta” algo usual. Temiendo que sus hijos se inclinaran a
la venganza y perdieran el Reino de los Cielos, pidió a Dios los llevara junto a él y de ese
modo sucedió: los dos murieron. No había nada que la retuviera al mundo y tuvo ante sí el
sueño de entrar al convento. Fue rechazada tres veces hasta que, por milagrosa intercesión,
se halló tras los muros estando todo el claustro cerrado. En su vida religiosa se destacó por
la corona del crucificado. Herida incurable, llena de gusanos y pestilente. Por esa espina la
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Bougainvillea (bautizada en honor a Louise Antoine de Bougainville, , comandante y
con motivo de la entrega de las islas Malvinas a la corona española.), recibió el nombre
Enferma, Rita Rita pidió en riguroso invierno que le trajeran una rosa y dos higos de su
huerto.
Cargadas de nieve, halló la amiga una bellísima rosa y, sobre una higuera, dos higos bien
maduros.
Cascia sonaron sin la presencia de ninguna mano. Fue al alba del 22 de mayo de 1457.
Tenía 76 años
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CARMEN DE ARECO Y SUS MISTERIOS. LA LEYENDA DE “EL CARMELITO”
En Carmen de Areco abundan los misterios sin dilucidar. Su mismo nombre, que le ha
otorgado el río, es un enigma. Podría tratarse de un capitán de ese apellido, cuya existencia
jamás se pudo comprobar; De una variante fonética de Areca, una planta que habrían
De una palabra indígena –arencó- que significaría “Río de greda”, o arecutá, una especie de
dios de las aguas. La incertidumbre persiste en este, como también en otros arcanos a los
por dos balas de artillería alemana, conocida como “La torre del silencio” (“Turris
Silentii”). Es un edificio funerario mandado a construir, entre 1935 y 1940, por la familia
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relaciones sociales. Nadie los visitó nunca, no se sabe cómo murieron y, con la cabeza
sitio de reposo eterno juntos, pero su extrañeza reposa en el hecho de que nadie puede
En 2017, los periódicos daban cuenta de la aparición de tres perfectos y gigantescos anillos
fenómeno ovni.
Pero sin duda la leyenda más relevante del pago es la del “Carmelito”, un espécimen
extraño que habita el lecho del río Areco. Las descripciones corresponderían, en menor
talla, a las del famoso Nessie o a las del Nahuelito: Una criatura acuática de unos dos
metros y medio de longitud que produce grandes remolinos y extraños sonidos, con cabeza
grande, ojos brillantes, largo cuello, cuerpo voluminoso, aletas, cola y una fuerza que le
posibilitaría romper las tanzas de los pescadores o arrastrar diez metros un bote con dos
personas. Gran parte de su historia ha sido narrada en el documental escrito y dirigido por
Diego Barrios “El misterio del Carmelito” (2016). En él se citan a personas que lo han
divisado, desde Luis Ábalos, quien fuera encargado en el balneario municipal y quien se
considera el primer avistador con la primera evidencia visual, fotografía y video de 1993,
corroborados como reales por un técnico en análisis digital, hasta la imagen capturada por
miembros del grupo proteccionista “Los Carmelitas” en 2011, pasando por testimonios de
La película cuenta con los ingredientes no solo del suspenso, sino con el indispensable
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lugareño que, pretextando la seguridad para la población, llamó a una gran cacería del
apoyo de un helicóptero. Se hizo un rastrillaje en todo el río, pero en vano. Desde entonces,
El Carmelito no se ha dejado ver más y nadie sabe a ciencia cierta qué pasó con él. Para
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CARMEN DE ARECO: DE CUENTOS EN LA PAMPA
Comenzaré por el final, una atención a lectores impacientes. Irlanda tiene un momento
Pascua o Easter Uprising, ocurrido entre el 24 y el 29 de abril de 1916, cuando los rebeldes
joven héroe argentino: Eamon Bulfin, nacido en Buenos Aires en 1892. No sólo participa
de la acción, sino que pasa a la historia por una orden: “Here!, have these hoisted up on the
flag poles.” (Oiga, muchacho, tome estas banderas y colóquelas en sus mástiles). Eamon así
lo hizo con la bandera tricolor que izó en la esquina derecha, en Henry Street, mientras la
bandera verde con la inscripción ‘Irish Republic’ (República Irlandesa) la izó otro miliciano
represión británica: 3000 detenidos, los cabecillas ejecutados sin juicio previo, cientos de
víctimas inocentes por los fuegos cruzados. Eamon iba a ser sentenciado a muerte, pero
deportado y, una vez en suelo argentino, detenido por presión de la diplomacia inglesa con
la excusa de ser desertor al servicio militar, a pesar de que sólo era un escolar cuando partió
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Lograda pocos años después la anhelada independencia, quedó libre y fue nombrado
Bueno, dirán, pero… ¿Dónde está lo literario, aparte de haber militado en la misma brigada
del poeta Patrick Pearse, artífice del alzamiento y a quien ejecutaron, no permitieron que su
cuerpo fuera entregado a su familia y cuyos últimos poemas fueron deshechos por el
Eamon fue hijo mayor de William Bulfin, irlandés que arribó con veinte años a nuestras
tierras, en 1884, y que fue un escritor que siguió los pasos de Guillermo Enrique Hudson y
Robert Bontine Cunninghame Graham, esto es, escribir en otra lengua sobre nuestras cosas
camperas. Para los lectores, Bulfin debe ser el menos conocido de los tres, aunque todos
fueron cautivados de igual manera por el paisaje y costumbres de esta tierra. Inicialmente
sobre los gauchos y los propios paisanos irlandeses, afincados en gran número en ése y
otros partidos lindantes, que fueron publicándose en el periódico semanal “The Southern
Cross”, del cual con el tiempo terminaría siendo dueño. Esas crónicas hablan de un tiempo
de Ricardo Güiraldes, en su tono de elegía. Mudó luego a Buenos Aires, publicó en forma
de libro aquellos relatos en 1907 y retornó a Irlanda en 1910, donde al poco tiempo falleció
Sus “Cuentos de la pampa” (Tales of the pampas) fue reeditado en 1997, en edición
bilingüe, por la editorial L.O.L.A. Encontré el libro con los relatos de Bulfin, no exento de
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un peculiar humor, con bribones irlandeses simpáticos. El Marinero John (“Un mal tipo”)
mentiroso, ladrón, pendenciero y borracho. Cede algún parroquiano, sin embargo, apenado
por sus circunstancias a tratar de remedar, aunque sea por unas horas, su condición
que le han desaparecido de su rancho cosas, entre ellas, una olla. Indaga el personaje en la
pulpería y se encuentra que otros dos y hasta tres paisanos de la comunidad habían sido
estafados ofertándoles aquel recipiente que prometió entregar en el boliche. No hay alma
tocada por el escándalo que no quiera estrujarle los huesos al Marinero. Y ahí llega el
quiere pelearlos, hasta que con dificultad es desarmado y encerrado en un galpón. En “El
sapo encantado”, Tim Shannahan se ha hecho amigo de una rana que conserva en su
rancho. En realidad es un sapo, “tan grande como una plancha”. Debiendo ausentarse por
una semana, deja como capataz encargado a un tal Delaney, otro pendenciero dado a la
bebida. Cumple éste en el día con las tareas de alimentar y dar de beber a los perros, cuidar
el rebaño, pero dispuesto a dormir por la noche, el chirrido constante del reptil no lo deja
dormir. A partir de allí, tropiezo tras tropiezo en el rancho hasta que lo alcanza y lo deja
sus intentos de ingresar. Delaney una vez lo lanza lejos; otra, lo arroja a la laguna;
una sombra y arrastrando una larga tira”, lo que provoca el enojo de Tim y una terrible
golpiza. En “Highlife” el blanco el ridículo es un niño bien español que llega a una estancia
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desde Madrid con el propósito de los padres que siente cabeza. Había llegado “al mundo
equipado con una clase de convicción o principio que lo hacía pelear desde la mañana a la
noche en contra de las normas establecidas.” El primer choque con la realidad se la propina
un caballo, el cual –a pesar de las advertencias- pretendió montar por el lado equivocado.
a su contrincante al otro lado del corral dando tres corcoveos.” Hay una excepcional
“En la mañana del primer día el sol surgió enfermizo a través de una helada niebla, para
luego ser tragado por sucias nubes marrones. Al sur el cielo parecía de piedra, el viento que
soplaba sobre los campos amarillos, también desde esa dirección, silbaba tristemente a
través de las varas secas de los cardos y la escarcha negra en el pecho cortaba como un
serrucho.”
El ganado moría y había que salir a cuerearlos. Sobrevino la lluvia y hasta copos de nieve.
La tormenta fue infernal. La orden fue cortar las alambradas para que las vacas pudieran
“Los truenos repicaban gruñendo y chillando, era como un torrente que brama en un sinfín
enceguecedoras luces, mostrando cómo ríos de escarcha y nieve bajaban del cielo. El ruido
de la lluvia cayendo era como un profundo ronquido del campo, mientras que el terrible
viento Pampa barría la tierra como si fuera una gran vela de barro.”
Las bromas pesadas, casi insultantes que se prodigan uno de los peones y Highlife Arturo
en medio de aquel temporal desembocarán en la tragedia. Quizá tomando por primera vez
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conciencia de su torpeza, de sus veinticuatro años de vida disipada, su sangre española se
enardeció y salió al galope tras el grupo para ayudar. De nada sirvieron recomendaciones,
el final. Highlife no podía hablar. “El frío había aprisionado su corazón y lo dejó callado”.
Sigue un ramillete de cuatro o cinco relatos más con distintos escenarios pueblerinos,
singulares todos y de buena factura, con la peculiaridad de incluir modismos de una y otra
lengua que debieron ser desafíos para los traductores. Como pasó con Hudson, la nostalgia
por lo vivido en estas tierras habrá nublado sus ojos. Cuentan que solía pasearse por las
castellano.
Monasterio Retiro San Pablo de los Padres Pasionistas - conocido como "el Monastery"
entre los irlandeses-. El tío materno de William Bulfin fue el Padre Vincent Grogan, que se
provincia de Buenos Aires, sobre la ruta provincial 51, entre Arrecifes y Carmen de Areco.
y la antigua capilla San Patricio, además del cementerio de los Padres Pasionistas y
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PÁLIDOS SUEÑOS EN CHACABUCO
Mitre. Solares con destino a los soldados que, vueltos de la guerra contra el Paraguay,
trocaron el merecido descanso de las armas, por fatigas campesinas. Apenas un rústico
Una de las cosas que quizá uno pueda esperar, rumbeando a Chacabuco, es encontrarse de
pronto con el tío Agustín, aquel personaje de “Las doce a Bragado”, de Haroldo Conti.
Salido de las páginas del cuento, andará corriendo el protagonista como lo hacía con
recurrencia, motivo que vino a dar en las reminiscencias del escritor, dado a recordar aquel
camino de tierra entre Chacabuco y Bragado que servía de pista para la tradicional corrida
del 15 de mayo, festividad de San Isidro, “La Carrera de Fondo de las 12 leguas a
Bragado.”
Excusa el camino para dar cuenta de los jalones míticos por donde transitaba aquel tío: la
salida desde plaza San Martín, frente a la iglesia de San Isidro Labrador, la avenida Alsina,
el bar Japonés, el hospital municipal. Nunca, sino una vez, y porque lo obligaron a
latigazos, llegó aquel tío a Bragado. Al parecer le gustaba despistarse por “el monte de
eucaliptos del campo de Cirigliano”, por caminos de cuises y liebres, o torcer hacia las
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espigas, hasta ser hallado más tarde durmiendo “debajo del álamo carolina”, su única meta
reconocida.
dirección al puerto.”
Aquel tío, sobrepasa, en los recuerdos del escritor, a los de su abuelo, carpintero que había
visto a Jesús; a su padre, corredor del frigorífico La Blanca; o a los de su tía Juana, “por
siempre joven, que tenía un cuarto para ella sola y una cama muy alta que olía a jazmín y
una escupidera de loza que parecía una sopera y un novio que venía todas las tardes a las
Beltrán, frente a la plaza Necochea o Plaza del Mercado, “donde está hoy la estación de
colectivos.” Desde este hoy, el narrador vuelve a recorrer aquellos lugares. Cruza Santa Fe,
hasta el bar Falucho, en Fitz Roy y Luis María Campos, y a recordar que, en tanto trabajó
Poco a poco fue envejeciendo. De tanto en tanto, cuando el narrador volvía de visita al
taller, el tío preguntaba sobre caminos y lo entristecía suponer que algún día, quizá pronto,
a aquel camino entre Chacabuco y Bragado, le pondrían cemento. Proseguía con sus
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En su recorrer va comprobando el narrador los cambios en el pueblo: la pérgola, echada
abajo en tiempos de Fresco; el lago artificial “que mandó rellenar el intendente Barcán”; la
estatua de San Martín, que había reemplazado a la pérgola y que primero fue pedestre,
después ecuestre, recién en tiempos del gobernador Aloé. La efigie ahora cabalga,
Pero también verifica en la mente de su tío los estragos del tiempo, mente que comienza a
más perdido y sin reconocer a nadie, ni a su hija, hasta quedar postrado en su cama inglesa
con cabezales de bronce. “Sin embargo, no la pasa tan mal. Siempre tiene algún muertito
De tener la posibilidad, sería grato sentarse en algún lugar de la ciudad nativa de Conti,
quizá en el andén de la estación, y leer algo más de su obra. Comprobar el juicio de Mario
del tono, su anunciada falta de originalidad y de grandeza temática (…) Una insatisfacción
que acompaña las idas y vueltas de héroes cuyas vidas no son heroicas, ni ejemplares, ni
típicas, ni siquiera importantes: hombres que no tienen nada que contar, como no sea la
En verdad, su prosa cabalga a la hora de la siesta, Lenta, muy lenta, pero amena, se va
desplazando hasta que, de pronto, nos sorprende con algún revolcón en una encrucijada no
esperada. Parece ser ésta la técnica: desovillar acontecimientos cotidianos con la misma
parsimonia con que da cuenta de una triste muerte. Así en “Los novios”, cuento en donde
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Conversaciones de siempre, de gente sencilla que apela a los consabidos lugares comunes
para llenar el del diálogo, como el del tiempo, que parece ser aquí hereditario: “A Hipólito
le gustaba hablar del tiempo, lo mismo que a su padre. En realidad, era todo lo que
recordaba del viejo. Ahí estaba en su recuerdo hablando las horas enteras en el Círculo
Italiano o en el bar Alsina. La verdad que era un tema inmenso. Se recordaban cosas, se
deslizan por ese tobogán que los lleva a las estaciones, de ahí a las flores, mientras por la
gorriones”, “la señora Amelia con el tul y el rosario en las manos.”, el camión de riego; en
otras ocasiones, se sumaba como objeto de conversación la casa. “No era un tema nuevo
pero siempre que hablaba de la casa la señorita Adela parecía más animada”. La casa
agrega la posibilidad de descripción y más, la de ir a conocerla. “La casa quedaba del otro
lado del pueblo, después del molino”, y en la caminata a ese destino dejan a su paso el
Mercurio y el señor Ferrer, con el invariable cigarro en la boca y el chaleco abierto, desde
la puerta de El Imparcial.”; Cuando llegan a divisar las quintas y el campo, entre el molino
blanco y la calle de cemento, arriban a la casa. Los sueños sobre una posible vida allí son
tan macilentos como los diálogos: “…sería lindo sacar afuera los sillones de mimbre y
contemplar el campo pelado que mudaba de color como el mar, aunque nunca había visto el
mar, y el camino de cemento y los grandes camiones que iban y venían cargados de
ladrillos.”
42
En el regreso, “saludaron a la misma gente en los mismos sitios.”
Adela murió ese invierno.” Siguen los pormenores del entierro y culmina con aquel tío
Gente que lleva medidas no sólo las palabras, sino hasta los sentimientos. El dolor, el
comunes.
El fracaso parece estar siempre al acecho de los personajes, de manera solapada, presto a
derrumba con sus alas frente a la contemplación de todo el pueblo y se estrella contra el
techo del hotel Unión (“Ad astra”). Había tenido antes un rotundo éxito en compañía de dos
Luego de su desaparición, en 1976, Haroldo Conti dejó para nosotros la novela Sudeste,
americano. Si se prefiere un equipaje más ligero, en cambio, están para ojear sus Cuentos
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UNA LÁGRIMA EN CASTILLA, CHACABUCO, POR UN GRANADERO…
A veces temo obrar injustamente. Olvidar otras tantas, y tantas hermosas anécdotas de otros
granaderos de San Martín que deben de andar desperdigadas por ahí, en el extenso territorio
de la patria… Porque esos hombres forjados por el Gran Capitán se hicieron no sólo de
hierro en sus acciones, sino también en sus principios. Fueron leyenda, transmitida de
¿Por qué no dar por verosímil, por ejemplo, la historia de Manuel Mujica Láinez, contada
en “Misteriosa Buenos Aires? Tener por cierta la pena del indio Tamay, que vende baratijas
bajo las arcadas de la Recova, vive en un rancho, arrastra su pierna lisiada y ventea la
manga vacía de un brazo que falta, perdido en El Callao. Se burlan de él los niños, pero le
piden les cuente la historia de los ocho años de campaña con don José. Seguimos siendo
esos niños que imploramos grandes historias de granaderos, porque ya no las tenemos, y
Tamay y nosotros las contamos. Ésta es la historia del granadero Juan Rabuffi, salido del
indio pergeñado por Mujica Láinez, era amigo-soldado, como amiga-esposa lo fue
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Remedios -y lo grabó el mismo Libertador en su lápida-. La historia de todo granadero es la
su amigo, y se extraña que Buenos Aires no vibre de dolor. Mas el mismísimo dios Marte
en todo su esplendor viene a anunciarle la verdad increíble para su corazón. Pero… ¿Cómo
es posible que nadie llore, que nadie gima, que nadie dé grandes voces fúnebres por el
fallecimiento del más grande de los argentinos? Y Tamay se empeda y viste su uniforme.
Sale a vivar al héroe en una pulpería y surge el duelo de alguien. Mata, y suenan todas las
campanas de la ciudad.
En 1909 se cumplían 59 años del fallecimiento del General José de San Martín. En
Boulogne sur Mer, Francia, donde falleció, deciden hacerle un homenaje con un
granaderos partirán con sus caballitos en viaje en el barco “Pampa”, en travesía que
demandará un mes, a participar del mismo. Fueron elegidos, escogidos con rigor, por sus
antecedentes y comportamiento. Juan Rabuffi, con veinte años, cumple su servicio militar
tiene las condiciones para trasladar a un enfermo de bronconeumonía. Tras veinte días,
fallece en brazos de un soldado francés, Pollet, vecino cama, que lo cuidó con afecto de
compañeros recibieron la noticia en Inglaterra. Más tarde, 59 años más tarde, ellos mismos
–ya ancianos- logran repatriar sus restos, los que fueron sepultados en Castilla, Chacabuco.
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Desde entonces, en ese pueblo, cada año, los Granaderos Reservistas se trasladan y
Como se trata siempre de “Paseos literarios”, he preferido asociar esta historia a la del indio
Tamay, de Mujica Láinez. Aunque hay algún escrito en Santa Fe con pretensión de novela
que toma este suceso como parte de su trama, su ideología –tan alejada de ideales
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VIOLETAS EN LAS TUMBAS: ENSENADA
¡Redoblad, tambores, la fúnebre marcha / A bordo del barco que se hizo inmortal
Él tendría unos veinticuatro años y ella diecisiete. Tras conocerse, se amaron de inmediato,
pero debieron postergar la vivencia de ese amor por otras urgencias. Quizá, en esa época,
las responsabilidades pesaban más que en la nuestra, y había que atenderlas, son pena de
Él era marino. Y en una guerra, como la que la patria debió mantener contra Brasil, decidió
combatir.
Le cupo la tarea de comandar, frente a las dieciséis del Imperio, una de las cuatro naves de
Brown era irlandés, nacido curiosamente en un condado llamado “Mayo” y que concebiría,
allá en su tierra, a aquella muchacha protagonista de esta historia que vio la luz, también
Los míseros datos estadísticos de superioridad numérica, dieciséis barcos frente a cuatro,
nunca representaron algo que pudiera perturbar el ánimo o el temple de los que nacen para
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guerrear. Tocó al joven batirse frente a las costas de la Ensenada de Barragán. Refieren
buzos contemporáneos con afanes arqueológicos, que aún hoy persiste el olor a pólvora.
La batalla le fue ingrata porque las municiones se agotaron tras tres mil disparos, no
quedando ya siquiera eslabones de la cadena del ancla para tirar. La nave había recibido
más de doscientos proyectiles y perdido la mitad de sus hombres, pero no se rindió. Para no
arrebatada por un disparo, para conseguirlas en algún otro de los navíos que combate en las
aguas del Río de la Plata. Cuando logra abordar uno, una bala de cañón termina por
Pocas cosas alcanza a pronunciar aquel día de abril de 1827: que entreguen un reloj a su
madre, el anillo nupcial a su prometida y unas palabras al comandante Brown: que cumplió
con su deber y que muere como un hombre debe morir. Las tres parecen querer expresar
Guillermo transmite la infausta a su amada hija y postergada novia, que es Elisa Brown y
que cuidaba de las hermosas flores de los jardines en la casa de Barracas, pero ella nada
la sequedad.
Meses después, ella se interna entre los juncales por un canal del Riachuelo. Las leyendas
dirán que iba, ya demente, con su vestido de novia y que era el mismo día de diciembre
fijado para la boda. Arriesgan las conjeturas que fue un pozo traicionero, arriesgan otros
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que fue una firme decisión romántica. Lo cierto es que ya no había ánimo de vivir, y que
melló nunca, quedó con la vista ida, desde el mirador de su casona, Cannon House,
observando con vestimentas negras el horizonte, hacia Ensenada, quizá con el catalejo que
tras su muerte debería vender su esposa para pagar deudas, y así lo constató Guillermo
Hudson. Quizá debió comprender el Almirante que, aquel sitio en el que murió su valeroso
oficial, había sido un signo de que algo suyo iba a quedar allí, mucho antes, cuando arribó
Los novios, Francisco y Elisa, permanecen enterrados bajo un humus común, dicen que
atados con cadenas los ataúdes, para que ya nada los separe. El epitafio piadoso en la lápida
asegurarle las puertas del cielo, que a los suicidas les están negadas. Un obituario en un
semanario inglés, el “British Packet” clama a Dios para que permita surgir las violetas en su
Hoy solo asociamos Casa Amarilla, el nombre con que fueron conocidos los predios del
almirante, con los hinchas de un club de fútbol en el Riachuelo y los humildes monoblocks
periféricos.
***
Elisa sería recordada para siempre como “La novia del Plata”, y así tituló al poema en su
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“¡Elisa Brown!, las ondas, las brisas, las espumas, / bajo el cielo del Plata tu nombre
cantarán, / mientras tu sombra errante divaga por el río / con la sombra gloriosa de tu fiel
capitán.”
perpetuo, recrea el episodio de ambas jóvenes y trágicas muertes. Buenos Aires recibe con
fanfarrias al Almirante luego de la heroica batalla, pero pronto deben callar: un cañón
anuncia que llega el cadáver de un jefe, y ese jefe es Drummond. La multitud se retrae, lo
“Las flores de la galería que solía cuidar, se marchitan. Los árboles se desfolian,
entristecidos. Sus ojos claros se nublan tras una melancolía opaca y maciza. Su madre,
desconsolada, teme que pierda la razón, como la Ofelia que describió Shakespeare. Y sus
temores tienen fundamento: la abatida muchacha rumia las tardes que caminó junto al
El escritor compara, el padecer de Brown con el de Jefté el juez bíblico, quien paga las
50
ESCOBAR Y SU GRANADERO DE SAN MARTÍN
nuestras pasiones, los seres humanos acostumbramos privilegiar, por alguna razón, un
motivo por sobre todos los demás que nos resulta cálido y al cual volvemos una y otra vez
como imantados. En mis lecturas sobre Historia Argentina, ese motivo lo constituye el de
los Granaderos. Quisiera explicarme el porqué, pero no lo sé bien. Quizá haya algo de la
infancia: en los soldaditos y caballos de plástico que hacía corretear por el patio o en algún
acto escolar, vistiendo el uniforme de cartulina. Quizá los considere ahora, con la mirada
adulta, como el primer logro argentino de querer hacer las cosas bien. Entre lo que
simplemente eran milicias apasionadas por la libertad, los Granaderos fueron el primer
cuerpo profesional, preparados con rigor para la guerra, pero sobre todo, imbuidos de una
encomendaría al reciente arribado Teniente Coronel José de San Martín, quien cedió un
tercio de sueldo para los gastos y reclamó el Cuartel del Retiro para el entrenamiento.
Según las memorias del Coronel Manuel A. Pueyrredón (“Historia de mi vida. Campañas
del Ejército de los Andes”), el primer plantel fue conformado por 84 soldados presidiarios.
51
La palabra asusta, pero no se trataba de delincuentes ni de peligrosos asesinos, sino de
hombres del Regimiento de Patricios que un año antes se habían sublevado por negarse a la
orden de cortarse las trenzas y cumplían tal condena. A esos hombres pidió nuestro prócer
Poco a poco, se irían sumando voluntarios. Asombra cómo, de todas partes, vienen a
sumarse a una Patria que nace. En la acción de San Lorenzo, al año siguiente, 1813, se
localista quiere agregar algunos milicianos rosarinos que, si estuvieron, no participaron del
combate. Desde los cuarteles de Retiro los granaderos recorrieron 420 km en cinco días: la
En el recordado combate del Convento, donde desembarcaron más del doble de realistas
con dos piezas de artillería, hubo dieciséis patriotas muertos en aquel “aluvión de sables y
perteneciente a la Segunda Compañía del Segundo Escuadrón: Juan Mateo Gelves, oriundo
Hijo de Luis Gelves y de Francisca Javiera Vielma, Juan Mateo se crio junto con sus
hermanos en una chacra de los abuelos maternos en las cercanías de lo que hoy sería Del
Viso. En Escobar lo recuerdan el nombre de una calle, de una escuela y una estatua ubicada
en las calles 25 de Mayo y Carlos Pellegrini debida a Juan C. Ferrero que fuera emplazada
en 1998. Se lo ve de pie, con uniforme de gala, en descanso. Entre el gentío, el tránsito, los
colectivos, da ganas de entonar los versos de una de las marchas más lindas que tenemos: la
52
de San Lorenzo y dedicar a ese soldado, primer granadero bonaerense caído, unos versos de
“…no estaban solas las barrancas, / algo en las arenas de la madrugada / se levantaba de
última torre del convento / conspiraban a solas las campanas. / Y de repente el tiempo se
hizo nube, / crepitación de espadas y galopes, / mientras se derrumbaban / los mástiles del
cielo / con un sonido bíblico de muerte. / El tinte granadero de la altura / cubrió por un
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”UNA GARZA EN EL JARDÍN JAPONÉS DE ESCOBAR
Lo recuerdo: Pablo Neruda se preguntaba en un poema por qué la garza se llamaba así, y
español y portugués. En otras lenguas romances parece provenir de otras formas que
designan al ave y hace suponer, según Corominas, un origen pre-romano común a todas.
Según las más respetadas autoridades, podemos ver en ella el simbolismo de las
“contorsiones guerreras” del héroe irlandés Cúchulainn, a la vez que nos advierte sobre la
indiscreción o la curiosidad excesiva, pues la garza mete su largo pico por doquier (Jean
Chevalier); Para Juan Eduardo Cirlot es ave favorable, al representar entre los egipcios la
GARZA
Pablo Neruda
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La nieve inmóvil tiene dos / piernas largas en la laguna, / la seda blanca tiene un / cuerpo de
nieve pescadora. / Por qué se quedó pensativa? / Por qué sobre una sola pata / espera un
esposo nevado? / Por qué duerme de pie en el agua? / Duerme con los ojos abiertos? /
Cuándo cierra sus ojos blancos? / Por qué diablos te llamas garza
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CAPILLA DEL SEÑOR (EXALTACIÓN DE LA CRUZ):
Un trabajo de campo llevado a cabo en Capilla del Señor por el Instituto Nacional de
Antropología, que indagaba, por los ’70, sobre Formas Culturales Tradicionales en el Área
Pampeana, dio con un cancionero inédito de la zona que fuera recopilado por un escritor
local: Jesús María Pereyra. Suma, así, el pueblo del partido de Exaltación de la Cruz, al
orgullo de haber sido sede de uno de los primeros periódicos de la campaña y haber tenido
Sólo una copia mimeografiada y con tapa dura había, en manos del hijo del autor. El
hallazgo fue de vital importancia para las recopilaciones de material folklórico del territorio
bonaerense, que sólo contaban con cuatro o cinco antecedentes (Ventura Lynch, Estanislao
No ha sido esta labor de Pereyra –llevada a cabo entre 1927 y 1952- tarea de un especialista
con rigurosidad científica, sino la de un enamorado de las tradiciones que pretendió salvar
del olvido las canciones de la tierra de boca de aquellos que conocía en el pago donde vivió
56
(Da cuenta de unos treinta informantes, con dos mujeres (Dolores Lucero de Burgos y
Úrsula Rodríguez) entre recitadores, cantores y guitarreros). Arribado desde Santiago del
maestro y luego director. Escribió sobre la historia de Capilla del Señor y produjo obras con
popular, aquella improvisada, difundida con la guitarra y en la poesía recitada, allí donde se
en la leve oralidad.
Aclaran los especialistas que editaron críticamente la obra (“El cancionero de los pagos de
presentación y estudio crítico de Ercilia Moreno Chá) que “Es el único cancionero de
nuestro país de los hasta ahora conocidos, en el que predomina ampliamente la forma
aquellos cien textos recopilados, y con ensayo liminar de Marcos Fingerit, se publicó como
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“En el mundo no nací, / al cielo nunca llegué, / por el infierno no pasé, / al purgatorio no
fui; / Dios no se informó de mí, / ni los ángeles me han visto; / yo soy de todo registro; / no
………………….
“Va a faltar agua del mundo. / Cesará mi padecer, / entonces se van a ver / secarse mares
profundos; / y por martirio segundo, / bajar las nubes hirviendo. / Se van a hallar
Paisanos de la llanura tejían una inabarcable red de sabiduría. Eran pobres, eran pueblo,
pero cifraban un hondo conocimiento de las cosas y ese saber se ponía en común en
“Licencia pido a los poetas / como ignorante que soy, / que yo a preguntarles voy, / quiero
que me den respuesta: / quién fue el que inventó la letra, / quién fue el que inventó el
recelo; / qué ave se encumbra hasta el cielo, / cuál es el astro mayor / pregunto al más
pero no cantada en tono de queja gauchesca. El pecho oprimido canta cosas bellas:
“Dicen que al llegar las doce, / cuando las islas dormitan / y entre los ramajes gritan / aves
que nadie conoce; / cuando las flores con goce / se bañan de luna plena, / surge del juncal
serena, / sobre un oscuro fogoso, / la visión de un gaucho hermoso: / Juan de los Santos
Arena…”
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Raza hermosa ésta, que no sólo pudo dominar los elementos, diseñar nuevos paisajes,
abonar el suelo y cultivar inmensos trigales, poblar las extensiones de vacunos y ovinos,
sino que también dio a luz una literatura que brilla como una diadema que enceguece de
belleza.
Pero hay más. Capilla del Señor tiene mucho más riquezas literarias. Entre ellas, de ahí
nació el recordado Margarito Tereré, ese entrañable personaje, yacaré correntino que
59
MIRAMAR (GRAL. ALVARADO): UNA CURIOSA LEYENDA, LA
EN EL RECUERDO.
adosando sus espaldas a los pinos o abrazándolos, tratando de captar la fuerza vegetal. Los
lugareños llaman al lugar “El bosque energético”. Es un sector tupido de coníferas del
Vivero Municipal de Miramar y, se dice, que la misteriosa potencia del lugar proviene de
un meteorito caído hace miles de años. La leyenda urbana ha nacido y será, entonces, “El
bosque oscuro” –los rayos de sol casi no penetran ni siquiera al mediodía-, un lugar
extraterrestres. Varios físicos de fama mundial lo han recorrido sin dar explicación certera a
la experiencia usual de los visitantes con las “ramitas”. Lo de las sanaciones en el lugar
quizá tenga una explicación más racional: los japoneses llevan mucho tiempo hablando del
Lo cierto es que se trata de la primera leyenda con que uno topa en Miramar, cabecera del
partido de General Alvarado (En rigor, debió ser “Mira.Mar”, pero el error en la
60
conocemos). Sin embargo, yo he ido al encuentro de aquella inquietante muchacha llamada
héroes y tumbas (1). La veo adolescente de nuevo correr con su yegua, el pelo largo y
negro al viento, desde la estancia de las Carrasco, donde solía pasar algunas temporadas,
hasta la playa. Desnudarse allí, ante un novio de su edad, con el solo objeto de vencer la
religiosa, ofrecérsele en el mar para ser rechazada. Ya presenta los rasgos de personalidad
Tal vez, entonces, debí buscar una Miramar más apacible en el recuerdo de otro escritor,
Arturo Capdevila, que en Tierra mía (2) nos entrega una precioso rememoración de un
pueblo ya lejano y de sus días perdidos. En el inicio, su derrotero en tren desde Mar del
Plata a la villa le da el pretexto intelectual para meditar sobre los viajes. Porque algunos,
según este escritor argentino injustamente olvidado, como tantos otros, no viajan, sólo
hacen una excursión. “Viajar implica ir posando sobre las cosas una mirada observadora: ir
engrandecer el mundo”. Viajar no es moverse mucho. La prisa es enemiga del ver y oír y
por eso es que los viajes hayan perdido el canto de las sirenas. Lo mismo sucede con los
viajes interiores, en los cuales ya no se ahonda en el espíritu; en el viaje por la vida, correría
por la superficialidad, que no viaje; en la lectura, para la cual ya no existe lector paciente,
Pero luego de esta disquisición, el autor nos entrega el deleite de la descripción, pasados ya
“los fértiles campos, suaves lomadas y extensos sembradíos”. Ahí están el caserío y la
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estación, las calles de tierra desnuda, las casas bajas, las plazas aún sin bancos ni árboles.
Luego, la rambla, un maderamen cuyo único lujo es “un apacible mar donde el baño tiene
hechizos inolvidables”, y la ancha playa de arena finísima que invita al paseo. Pero toda
Miramar, dice el cronista, “está en su banda de música”: compases de Aída pero, lo que
seduce, es la canción “Flor de Té” con la historia de aquella linda zagala de la que poco se
sabe. Se ha ido con un príncipe y abandonado al pastor que la amaba. No sin emoción,
Capdevila confiesa:
viejo y pobre metal, en esta modesta rambla de madera, frente al mar poderoso, bajo el ala
vivaz del viento marino, tiene una tal sugestión, que por contraste y antítesis nos ofrece la
Notas:
(1) Sabato, Ernesto. Sobre héroes y tumbas. Bs. As., Sudamericana-Planeta, 1985.
62
BORGES EN JUNÍN
En el lugar que ocupa hoy la plaza principal de Junín, decidió el comandante José
postergaciones debió pasar su gente, situación que culminaría en un virtual abandono. Sin
que un soldado, Isidoro Suárez, tuvo vital participación. Había peleado en la campaña
Los datos secos de la Historia no alcanzan a transmitir las vivencias que cifra aquel simple
nombre para no pocos lectores borgeanos, pues aquel soldado, coronel, no era otro que el
bisabuelo materno de Jorge Luis Borges, a quien nuestro máximo escritor dedicó cálidos
caballería que dirigió en 1824, sin disparar una sola bala, a pura lanza, en el Perú:
“Dilató su valor sobre los Andes. / Contrastó montañas y ejércitos. / La audacia fue
costumbre de su espada…”
(“Inscripción sepulcral”)
63
“Qué importan las penurias, el destierro, / la humillación de envejecer, la sombra creciente /
del dictador sobre la patria, la casa en el Barrio del Alto / que vendieron sus hermanos
mientras guerreaba, los días inútiles / (los días que uno espera olvidar, los días que uno
sabe que olvidará), / si tuvo su hora alta, a caballo, / en la visible pampa de Junín como
Qué importa él tiempo sucesivo si en él / hubo una plenitud, un éxtasis, una tarde…”
Pero Junín es una ciudad borgeana privilegiada, pues no sólo el bisabuelo materno anduvo
por aquí, sino también su abuelo paterno, Francisco Borges, comandante de la frontera
norte y oeste contra los indios. Su esposa, Frances Haslam, la abuela inglesa de Borges,
“Eso me lo contó mi abuela, la historia de la cautiva. Una muchacha inglesa, que habían
robado los indios —los indios pampas- y la llevaron a la Comandancia, en Junín. El año
1872 creo que fue. Ella habló con esta muchacha inglesa y hablaron el dialecto de
ella volvió a su indio. No quiso ser rescatada. Eso ocurrió, eso es cierto. Posiblemente
habré agregado algún detalle, pero... creo que no. Yo le oí contar eso a mi abuela muchas
veces. Ella vivió desde 1871 hasta el 74, cuando lo mataron a mi abuelo, en Junín.”
64
(Borges el memorioso. Conversaciones de Jorge Luis Borges con Antonio Carrizo)
También, seguro, de labios de su abuela debió haber escuchado otro caso de cautiverio en
Del mismo modo, trata sobre ese ímpetu misterioso que lleva a un ser a permanecer en sus
Aquí, un niño ha desaparecido tras un malón. En vano sus padres lo buscan por años.
Mucho tiempo después, alguien les da noticia sobre un indio de ojos celestes. Dan con él.
carrera hasta la cocina, hurga debajo de una campana y extrae un cuchillo con mango de
madera que había escondido cuando chico. No obstante, aquella vida entre paredes ya no
Junín es el escenario en que Borges ubica los hechos del relato “El Evangelio según
Marcos”: la estancia “Los Álamos”, al sur, en 1928. Baltasar Espinosa, con treinta y tres
años y que está por culminar la carrera de medicina, acepta la invitación de un primo de
pasar las vacaciones en esta estancia. Allí conoce a los Gutres, familia de hijo, hija y padre,
que actuaba como capataz. “Eran altos, fuertes, huesudos, de pelo que tiraba a rojizo y de
caras aindiadas. Casi no hablaban”. Por cuestiones de negocio el primo debe ausentarse y
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aburrimiento, da con una Biblia en inglés en cuyas páginas finales está condensada la
crónica del arribo de los antepasados de los Gutres. Comienza a leerle a aquella familia,
atención. Pide el padre, al finalizarlo, que vuelva a repetir la lectura. La relación se torna
pródiga en atenciones de los rústicos hacia él. Una noche de tormenta, la muchacha se le
ofrece, desnuda, en su habitación. Gutre padre comienza a hacerles preguntas sobre los
hechos bíblicos. Al fin, un atardecer, los tres, arrodillados, le piden la bendición. Luego lo
apresan, lo maldicen, escupen y conducen hacia el galpón. Entonces, al ver el lugar, sin
techo, sin las vigas que habían empleado para hacer la cruz, comprendió.
Borges visitó Junín por vez primera en 1966, para dar una conferencia en el Club Social
sobre Leopoldo Lugones. Una nota del diario local “Democracia” dio cuenta de un atrevido
barrio cargado de historias de cuchilleros, malevos y gente del tango –el barrio “Las
Celedonio Flores, que Borges escuchó –dicen- fascinado. Pocas semanas después, La
“Soy, pero soy también el otro, el muerto, / el otro de mi sangre y de mi nombre; / Soy un
vago señor y soy un hombre / que detuvo las lanzas del desierto. / Vuelvo a Junín, donde no
(“Junín”)
66
***
Nacida en las afueras de Junín, en el campo, en los primeros años del siglo XX, Velia
Malchiodi Piñero alcanzó, en 2007, a verse cumplir los cien años. Sólo a mitad de esa
dilatada vida se lanzó al mundo de las Letras, y casi fue por casualidad, cuando Alma
entonces publicó unas treinta obras, a las que suma, en colaboración con su hermano,
misma, en una nota para La Nación de María Paula Zacharías que reunía a varias
extraordinario humor. Gran parte de su obra participa de esta virtud, contagiosa, además,
pues así, a carcajadas plenas del público, solían terminar sus participaciones en las tertulias
literarias.
Su segunda obra teatral, Adán y Eva (1958), es una sátira sobre la condición de la mujer
desde los comienzos de los tiempos. Sin caer en el feminismo militante, despliega la fina
ironía de la mirada femenina sobre el mundo que han construido los hombres. Obra de acto
único dividida en ocho cuadros, fue estrenada en Junín en 1962, y cada cuadro va
inmediato, la nueva partida a otra. Siempre parece ser el último gran conflicto, el que
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solucionará todo; siempre presente en todos los cuadros, también, la indiferencia, el
maltrato, el menosprecio a la mujer que, con variantes de época, debe observar su virtud y
femenina; el crimen de Caín sobre Abel, que preanuncia el crimen permanente del hombre
sobre el hombre. Este permanecer originario se representa en cada cuadro con el pasar
fugaz de las figuras por el fondo del escenario de la pareja primitiva, más allá del tiempo
que se represente. De modo permanente Adán empujando a Eva, cargándole la culpa. Pero
es en los diálogos donde hay que dirigir la atención, allí donde asoma, a medias escondida,
posesión de una superioridad cognitiva que observa, con misericordia, las expresiones de
También Velia Malchiodi Piñero fue poeta y solía participar en tertulias y círculos poéticos.
***
Afincado en el pueblo de Roca, recorría a caballo los dieciséis kilómetros hasta la ciudad
para aprender guitarra con el concertista Bautista Almirón. A los diecinueve compondrá la
canción “Camino del indio”, la primera de las más de trescientas que creará a lo largo de su
carrera.
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“Nadie se ha de imaginar / si lo pinto como lo veo / Es un nidito e torcazas / entre dos
talas y un ceibo.
Está en rama muy bajita / parece que toca el suelo / Lo hicieron sin precauciones, / se
algunos arreglos
Piden algo los pichones, / les dan y se quedan quietos / Se duermen arrimaditos, / la madre
caricia de silencio
(“Mi rancho”)
69
HISTORIAS DE AMOR EN LOBOS (I)
Veo a la muchacha, sí, de dieciocho años ya maduros para el amor y la veo en la trágica
descripción que hace el autor de ser rudimentario, casi primitivo, en estado semisalvaje.
Hija de los puesteros de “la estaca”, en “La estancia grande”, ella asiste a la llegada de
aquel inglés con su aspecto estrafalario para el entorno, un antropólogo que ha arribado al
lugar con el propósito de recolectar restos indígenas y que ha sido muy recomendado al
dueño por un ministro. Primero, él será el objeto de sus burlas, risas y travesuras; pero
luego de que el inglés la curara de una dolencia de oído y de que él fuera herido por la
espalda de una puñalada por un gaucho celoso y enamorado de Balbina, todo cambiará. El
asistirlo en su convalecencia, el escucharlo en su rudo español contar historias de su tierra,
el empezar a mirarlo “con otros ojos” la conduce poco a poco al enamoramiento y
ensoñación. Y más (he aquí el inicio de lo trágico): a la posesión. Sólo ella quiere
atenderlo, guardar o entregar cosas; atesora minucias como sus envoltorios de tabaco, los
fósforos que tira y hasta la misma basura cotidiana de la habitación tiene reservado un lugar
especial: el duraznillo que ella misma ha plantado. Es un ser del todo indefenso ante
sentimientos que le son novedosos. Él, ignorante de la pasión que ha desatado, es sólo un
gentil caballero, típico inglés de la época. Los besos en la mano, la ternura con que la ha
tratado, no han sido sino eso: caballerosidad. Cuando llega la carta de su mentor académico
señalándole que ya es tiempo de retornar, los hechos se precipitarán.
70
“La hermosa laguna azul, grande como un mar y que, agitada entonces por el viento norte,
se cubría de vellocinos blancos”, comenzará a mostrar su faz sombría. Porque no sólo las
aves suelen se agoreras. En sus playas se debate el Míster entre mil pensamientos tortuosos
frente a una calavera, como un Hamlet criollo, a la que se confiesa en soliloquio. La
ciencia, el trabajo, el prestigio, por un lado; y esa muchacha inocente, libre de toda malicia,
que lo ama, pero cuyo amor no ha buscado, por el otro.
Balbina cae, primero, en profunda depresión. El inglés, empieza a sospechar que no sea tan
cierta su impasibilidad y teme no poder dominarse ante sentimientos que comienzan a
turbar su espíritu y naturaleza metódica. Balbina, en su tristeza, marcha irremediable a la
muerte. Sin embargo, algo, a último momento, la anima. Es la curandera, la que ha sido
convocada para torcer aquella enfermedad del alma. De ella espera Balbina el “embrujo”
que hará que su amado no parta. Ha conseguido lo pedido: pelos de su hombre, un sapo,
cabellos suyos enlazados a los otros. Concreta el rito de enterrar en un hoyo la caja con el
animal y quemar sobre ella las tres parejas de pelos. Llega el día de la partida del inglés. Él
le entrega un lazo que desde los primeros días había ido trenzando con pasión criolla. Ella
confía, a pesar de todo, de los equipajes listos, de la llegada de la carreta de la estancia, a
pesar de la partida efectiva de Míster James por el camino, en que no podrá irse, en que
doña María, la curandera, hará efectivo el esperado conjuro. Pero un jinete se acerca. Es el
nieto de la curandera, anunciando que la vieja médica acababa de morir.
Sí, veo a esa pobre muchacha bajar hacia la tierra desnuda una mirada resignada a su suerte.
Lleva el lazo que le obsequiara el inglés. Hay un árbol, y en ese árbol la hallaremos
colgada. Es el sauce del rancho, en las últimas líneas de la novela y en la última escena
siniestra de la versión cinematográfica de “El inglés de los güesos” (1940) de Carlos Hugo
Christensen, filmada en Lobos.
71
HISTORIAS DE AMOR EN LOBOS (II)
La necesidad de ir en busca de unos novillos a una estancia vecina, la del mayor Grümben,
es el punto de giro de la historia. Se suma como compañía al peón encargado de la tarea y
se ponen en camino. Una bella descripción a las que nos tiene acostumbrado Lynch:
“Apretaba ya el sol cuando acabamos de atravesar aquel trozo de campo malo, conocido
por las Lomas negras, y especies de dunas cubiertas de una vegetación espinosa y
achaparrada, por donde era imposible hacer galopar un caballo.
El paisaje se abría ante los ojos en amplias y suaves ondulaciones, tapizadas con todos los
tonos del amarillo y del verde, y allá, en el horizonte y entre las reverberaciones del sol,
los sauzales y las alamedas de la estancia de Grümben destacaban sus grandes masas
sombrías.”
72
Pronto aparece el motivo amoroso, pues el mayor tiene una hija muy bella que da nombre a
la novela: Raquela. Cabalgaba en ese momento del arribo del protagonista, cuando la yegua
se desboca y pone en peligro la vida de la muchacha. Sin dudar, Marcelo se lanza a la
carrera y logra salvarla. Principia allí la atracción entre los jóvenes que tomará un
caprichoso viraje: Marcelo no sólo oculta su identidad y su posición, sino que fantasea ante
Raquela una vida de gaucho miserable, huérfano, víctima de sufrimientos y penosas
circunstancias en la que no falta una muerte al defender a una pobre mujer del atropello de
un capataz.
La historia amorosa es algo endeble, pero da pie a la que está considerada por la crítica
como una de las más logradas descripciones de un incendio. Pues –se sugiere que por
acción de un vengativo peón que fuera castigado por el mayor- se inicia un fuego sin
control en los campos. En vano se apela a cuanto medio suele emplearse: cueros
empapados, sacrificio de una yegua, una rastra de apagar fuego. Todo resulta ineficaz. En
medio, los personajes que se debaten en la lucha, entre el humo y el calor en un escenario
dantesco, en el cual no falta el detalle trágico y de espanto:
“El pajonal no era muy alto en aquel lugar, pero era extenso y compacto y el viento
arrachado precipitaba el fuego sobre él con tal violencia que, mordiendo apenas las puntas
de las pajas, corría en oleadas vertiginosas sobre la ondulante superficie.”
“Por todas partes las llamaradas rugían furiosas, alzándose hacia el cielo entre
torbellinos de chispas o abatiéndose sobre la maciega reseca como sopletes gigantes.”
“El incendio rugía en los cortaderales como un fuelle gigantesco, y la sorda crepitación de
las verdes cañuelas, al estallar, remedaba un fuego graneado de fusilería…”
73
“El aire ambiente, caldeado como el de una fragua y saturado de humo, daba a todas las
cosas una uniforme coloración de ocre amarillo…”
“Vi cómo una lechuza aleteaba atontada allá, muy alto, entre un remolino de humo
blanquísimo, y cómo de pronto la alcanzaba la llama de un salto y la precipitaba girando
incendiada como un trágico fuego de artificio.”
74
HISTORIAS DE AMOR EN LOBOS (III)
De las anteriores novelas de Benito Lynch tratadas, en El inglés de los güesos no hay
localización precisa alguna, aunque la versión fílmica fue realizada en Lobos; En Raquela
se menciona que el protagonista procede de aquel pueblo, pero los acontecimientos se
desarrollan en lugar cercano; En la obra que ahora nos aventuramos, Romance de un
gaucho, también de su autoría, el narrador –un gaucho viejo- contará la historia del joven
Pantalión Reyes, oriundo del pago: “Sabía haber allá, pu el partido e Lobos, ande me crié y
en los tiempos en que e finao mi padre era muy muchacho entoavía, un mocito e nombre
Pantalión Reyes.” Criado bajo la falda de su madre, sin experiencia del mundo, el joven se
nos presenta, al inicio, indiferente a las salidas, fiestas o diversiones. El arribo desde Morón
de una pareja a una estancia vecina establecerá un nuevo vínculo de relaciones, al principio
amistosas, luego conflictivas, pues el muchacho terminará por enamorarse de la joven
mujer, Julia, la que está llena de pesares por la vida licenciosa de su marido, Pedro Fuentes,
jugador, alcohólico –lo que ocasiona largas ausencias- y, en ocasiones, violento con su
mujer. El carácter de Pantalión comienza a cambiar y se lo nota triste, melancólico,
desganado. La intermediación de otros personajes de dudosa intencionalidad malquistará a
la madre, doña Cruz, con Julia, que empezará a ser considerada una perdida que intenta
seducir a su hijo. La situación se agrava cuando se entera de que Pantalión la visita
periódicamente. La maledicencia no tarda en ponerla al tanto de que el hijo está
extraviando el rumbo, comenzando a jugar y a beber. Le prohíbe verla y, creyendo que el
mal precisamente radicaba en su inocencia, su falta de mundo, le pide a un peón joven que
empiece a sacar a su hijo, para lo cual ella corre con los gastos. El declive moral de
Pantalión será gradual, pero inevitable. Comienza a pedir plata, se descuidan los asuntos de
75
la estancia, se hará pendenciero. Un altercado da ocasión a que su rival amoroso, Pedro, lo
encuentre herido, lo asista y lo lleve a su rancho. El muchacho quedará endeudado con el
hombre y, a la vez, el convivir ahora en la misma casa que su amada, excitará su pasión. Un
malentendido con Julia lo arrebata y lo hace marchar. Ahora las deudas, las malas
compañías, lo llevarán a robarle a su propia madre parte del ganado. Ella sufre por su
ausencia, pero sigue sin comprender el mal y justificando a su hijo. Enferma gravemente y
quien llega para asistirla en su rancho, sin que ella se entere y tratando de no ser
reconocida, es la misma Julia. Angustiado por el rumbo que ha tomado su vida, Pantalión
regresa a la estancia de su madre y allí se encuentra con Julia, Ella trata de recomponer la
situación con doña Cruz, para lo cual elabora un plan en el cual Pantalión deberá quedarse
en el rancho de ella hasta que surja la oportunidad de explicar todo a la mujer, la que poco a
poco va mejorando. El trato diario va afianzando la amistad entre los jóvenes. Ella lo sabe
enamorado, pero debe ocultarlo. Por fin doña Cruz se recupera y en un descuido termina
por reconocer a la que considera su enemiga. A pesar de entender en parte las explicaciones
de Julia, su inocencia, se resiste a retomar la amistad con ella. Pantalión vuelve a “La
Blanqueada”, la estancia de su madre. La convivencia se hace difícil porque, si bien ha
entendido a Julia, no quiere que haya relación con ella, lo que entristece al joven. Ante un
regreso en que su hijo llega bebido, doña Cruz lo castiga duramente. El muchacho termina
por irse. Su ausencia hace que las dos mujeres retomen las visitas y charlas. Algún forastero
da noticias de la creciente fama de pendenciero de Pantalión por distintos pueblos. Doña
Cruz trata de hacerlo volver. Hacia el final, por un mensaje se entera de que Julia ha
quedado sola, viuda, y que lo espera. Arrebatado, vuelve para reencontrarse con ella.
Castiga al caballo, lo agota y, furioso, lo mata cuando comprueba que está imposibilitado
de seguir. Camina aturdido, fuera de sí. Será encontrado muerto al costado del camino.
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ORGULLO Y PREJUICIO EN MAR CHIQUITA
El título es del todo intencional. Hay mucho, aunque entremezclado en uno y en otro, de
aquel orgullo y prejuicio con que caracterizó Jane Austen a sus personajes en su clásica
laguna. Un amor entre Bostón y las Pampas” (2010), de Gloria V. Casañas. Figuras
inscriben la historia en el tópico tradicional de un amor con crisis que al final conduce a un
final feliz. Hábil en el tejido de una trama con varios personajes históricos y en el sostén
del suspenso a lo largo de más de 650 páginas, la autora ha tomado como heroína a una de
aquellas maestras norteamericanas que trajera Sarmiento al país para iniciar el desarrollo
laguna de Mar Chiquita. Allí, como docente y como mujer, deberá hacer frente a la
soledad, los prejuicios, las carencias, los peligros –son los tiempos finales de la guerra
laguna: Francisco.
ejemplo, con los que se regodearán algunas lectoras), agréguese descripciones de un sitio
privilegiado de nuestra geografía como es la albúfera, por entonces mero desierto: “llano
77
inmenso, barrido por el viento, con leves ondulaciones y pocos árboles (…) En Mar
Chiquita sólo existía la laguna y, del otro lado de la duna, el mar.” Una iglesia, a unos dos
kilómetros, en cuya casa parroquial enseñará la joven a unos pocos chiquillos –varios de las
tolderías- es lo único que hay. Eso, y la choza “en medio de espinos y de altas pitas” que le
ha facilitado un amigo a Francisco, cerca de la laguna, “que parecía el mismísimo mar, pues
La maestra se ha formado en las teorías pedagogías en boga que también han cautivado a
complementar las clases con actividades fuera del aula, por sobre la memorización. Este
bastardía. Hasta ahí llegan “Desbandados entre las pajas bravas y las totoras, chapoteando
en la orilla arenosa”, para horror del aspirante a ermitaño: “El eco de la algarabía se
multiplicó, los patos picazos surcaron el cielo graznando, el croar de las ranas se
aquel hombre, que la atrae y le repugna al mismo tiempo, no será impedimento que la haga
matizado por arbustos achaparrados y algunos árboles retorcidos que ella había oído llamar
´caldenes´ y que parecían reclamar agua al cielo con sus ramas sarmentosas (…) Disfrutaba
fiebre amarilla en Buenos Aires, la amenaza de destrucción y muerte del gran malón de los
indios chilenos de Calfucurá) y motivaciones dispares mueven a los seres novelescos, pero
78
por mucho tiempo el epicentro será aquella laguna cuyo vaivén del agua “dejaba ver los
cangrejos apiñados en el fondo”, en cuya boca “el mar entraba a borbotones” y bandadas de
flamencos rozaban las aguas “reflejándose en ellas como conchas de nácar”. Escenario de
aprendizajes y, al fin, de desatadas pasiones en aquella choza, en cuyo entorno era posible
ridículo penacho amarillo que los hacía parecer espantados”. Son los “macá plateados”.
El paisaje deja su impronta en el carácter del hombre. O quizá, como recuerda Elizabeth, la
maestra, que pensaba su madre: se reconoce en el paisaje interior. “Todos tenían un lugar
en el mundo al que tal vez jamás llegasen, que siempre los aguardaba. Ese sitio, donde el
espíritu se encontraba en un remanso, era el paisaje que cada uno llevaba dentro. ¿Sería la
Cada uno deberá reconocer el suyo. Lo seguro es que la Literatura nos acerca mucho a ese
encuentro.
79
PERGAMINO: DE LA MÁS CÉLEBRES DE LAS PAYADAS
AL CRUEL REALISMO
“Este es el país que me enseñó la desolación / pero también la libertad de las palabras /
me mostró las calandrias y las torturas / la ciénaga y el cielo alto y tenaz del Paraná.
Una ciudad, en cuyo nombre resuenan libros y que coloca a su entrada los versos de un
poeta, con certeza ha de ser una ciudad que merezca ser conocida, recorrida sus calles,
visitadas sus plazas, negocios y cafés, compartidas las horas con su gente. Ahí nomás, al
ingreso por la ruta ocho, está un monumento, y allí la placa con el soneto de Alejandro
80
“Oh, la ciudad crecida entre maizales, / frescas aun las huellas de la indiada, / fuiste
albergue fugaz, dulce posada, / del áspero desierto en los umbrales, / ciudad sin fundación,
hija de iguales, / diste a la sed tu arroyo, fresca aguada, / diste tu corazón, sin pedir nada…”
(“Pergamino”)
documentos, sigue la incertidumbre del nombre, pues se debate entre tres o cuatro orígenes
posibles y dispares. Hay uno literario. Lo transmite Pastor Obligado a partir de una leyenda
que da cuenta de ciertos rollos de pergamino hallados en la costa del arroyo, de los que
Hacia 1771, que es cuando pasa por la zona Calixto Bustamante, “Concolorcorvo”,
“En el sitio nombrado el Pergamino hay un fuerte, que se compone de un foso muy
bueno con su puente levadizo de palos, capaz de alojar adentro cuarenta vecinos que tiene
esta población, y son otros tantos milicianos con sus oficiales correspondientes. Tiene
81
una improvisa irrupción de indios pampas, en cuya frontera está situado el presidio, que
Si hay algo que perdurará unido por siempre en el tiempo a Pergamino, ese algo es la
celebrada payada que tuviera Gabino Ezeiza (1858-1916), el más afamado cantor de
sostenerse por entonces, en este arte poético y musical, duelos que transcurrían largos días
con sus noches –el de Pergamino duró dos- y congregaban seguidores que formaban bandos
diciéndole: “Hay algunos que pensaban / que del todo yo había muerto; / calcular ahora
usted puede / lo que puede haber de cierto.” Otros lances de aquel choque fueron cuando
Vázquez señaló que entre ellos había una diferencia y Gabino contestó: “La diferencia que
existe es fácil de calcular, que yo improviso ligero y usted se pone a pensar”, o cuando al
rival se le cortó una cuerda, disparándole Gabino: “Cierto le falta una cuerda y lo escuchó
recuerdo de la gente. Gardel mismo grabó algunas. Es difícil dar crédito a las propias
82
“En una noche clara / de majestuosa luna, / se ve de un cementerio / un ciprés descollar; /
y en lápidas lujosas / de abovedadas tumbas, / el nombre está grabado / del que descansa en
paz.
la silenciosa brisa / las lleva muellemente / entre las negras tumbas / del fúnebre jardín…
De pronto llega un joven / contrito y vacilante; / inclina una rodilla, / murmura una
oración / y caen como unas perlas / sobre la blanca losa / las lágrimas que arranca / su
tierno corazón.
-¡Oh!, ven, despierta ¿quieres? / ¿Por qué me abandonaste? / ¿Por qué no me llevaste
para dormir también? / ¿No ves que solo a solas / con mi dolor profundo, / todo lo de este
Y luego se oye un tiro, / y allí junto a la tumba / caliente aún el cadáver / del joven se
encontró, / después, pasé al otro año / y la inscripción decía: / “Tanto él a ella quería / que
en su tumba murió”.
Tras su sentida desaparición, José Silvio Curbelo lo recordó escribiendo “Qué grande
que fue Gabino / sus versos líricos chasques, / enfrentando a Pablo Vázquez / allá por el
Pergamino.” Y Héctor Pedro Blomberg compuso una milonga en su homenaje, “El adiós a
83
rumor, / cantos de gloria y de amor / de la ciudad en que he nacido, / no me arrojes al
Sietecase (1961), “Pelusa duerme en el sillón”. Dura realidad repetida en tantas historias de
pueblerinos que han emigrado para habitar el sórdido escenario en el que se mueven
convive con otros tres hermanos, su madre Rosa y su padre, un policía bonaerense, de
“gatillo fácil” y alcohólico. Es quien, además, con frecuencia hace viajes a Pergamino que,
sabremos luego, se explican porque sostiene allí otra familia en paralelo. Sin embargo, es
en Pelusa donde se condensa el drama, porque su padre como otras veces, borracho y en el
baño, le pide que lo seque, tiene una erección y abusará de ella. Sólo que esta vez su
hermano de doce, Claudio, tendrá a mano la pistola reglamentaria, que ya sabe manejar:
“Los primeros impactos lo arrojaron contra los azulejos. La Pelu salió del baño gritando.
violencia que afecta o vivencia la minoridad en nuestra sociedad actual. “Pibes” que, como
dice el autor rosarino, periodista de reconocida trayectoria, “sólo se hacen visibles cuando
matan”.
84
BORGES Y PERGAMINO
montonero que integra una partida que marcha a unirse con López, hacia 1829, tiene una
pesadilla que despierta a su mujer, embarazada. Al día siguiente los insurrectos serán
desbaratados y el hombre caerá muerto en un pajonal. Su mujer dará, a aquel hijo que
Así comienza el relato de Jorge Luis Borges, que otorga una semblanza a aquel sargento
al que le será encomendada la tarea de atrapar al desertor Martín Fierro. Como había hecho
con “El fin”, aquí, con su “Biografía de Isidoro Tadeo Cruz”, Borges vuelve a cruzarse en
criticó a Lugones que lo hiciera. Todo, sin embargo, es parte de la literatura, que es lo
permanecerá. Nuestras opiniones eruditas –como él mismo lo reconocía para los que
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cuestionaban a Estanislao del Campo- pasarán. Así hay que leer el cuento, como una
resto está para que esa noche se entienda. Su hábitat fue siempre la llanura y fuera de ella,
es decir, en la ciudad, nunca pudo hallarse. Esta tesitura del personaje lo llevó al crimen,
pues llegado hasta las puertas de Buenos Aires por un trabajo y como otro se burlara de su
rara superstición, le clavó una puñalada. Se hizo fugitivo. Se enfrentó a la partida y peleó
Como sargento, le tocó mandar la partida que debía capturar a Fierro. Ése es el preciso
fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su
nombre.”
Tal como sucede en la epopeya de Hernández, Fierro se bate contra los policías con
bravura, y Cruz, ante esta valentía, decide pasarse de bando y ayudarlo. Pero en Borges, si
bien los hechos ocurren idénticos, la decisión íntima es distinta: Cruz ayuda a Fierro porque
comprende que es él, que son iguales, que su naturaleza es aquella que está allí, batiéndose
indómita en el pajonal.
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“Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el
que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió
su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él.”
vergel”, Ramiro Sagasti recuerda la visita de Jorge Luis Borges a la ciudad. Su lazarillo
literario entonces fue la poeta Edna Pozzi, quien lo acompañó a la estación y, entretanto,
sugirió el escritor, pensarían un cuento, quizá que tuviera algo que ver con “La Dormida”,
La rama Acevedo de su familia (por su madre, Leonor Acevedo Suárez) tuvo campos por
la zona desde 1744 –lindantes o compartidos con San Nicolás y Ramallo-, adquirió
influencia política y terminó por dar nombre al pueblo del partido, en el kilómetro 22 de la
ruta nacional Nº 188. Minúsculo, pero emprendedor poblado a veinte minutos de la ciudad.
Hacia 1825 pernoctó en la estancia de los Acevedo el general José María Paz, en camino
como prisionero hacia Luján. A ellos, a los Acevedo, Borges dedicó dos poemas, uno
campos que no puedo / del todo imaginar. Mis años tardan / y no he mirado aún esas
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cansadas / leguas de polvo y patria que mis muertos / vieron desde el caballo, esos
(“Acevedo”)
“Al término de tres generaciones / vuelvo a los campos de los Acevedo, / que fueron mis
frescura / de sus dos galerías, en la sombra / creciente que proyectan los pilares, / en el
intemporal grito del pájaro, / en la lluvia que abruma la azotea, / en el crepúsculo de los
espejos, / en un reflejo, un eco, que fue suyo / y que ahora es mío, sin que yo lo sepa…”
(“La busca”)
De aquellos Acevedo, Borges trae otra anécdota que plasmará en su relato “El
Borges que visita, hacia 1910, una quinta en el que un señor “Acevedo”, para que no se
aburra, le cuenta que “tenía un campito por el lado de Pergamino y que yendo y viniendo
por la provincia había ido juntando cosas”. Entre esas cosas, le muestra una vitrina llena de
interrumpe. Dos hombres se hallan discutiendo a viva voz en medio de una partida. Se trata
de Maneco Uriarte y de un tal Duncan. Pasadas las injurias y un primer puñetazo nacidos
de una presunta trampa en el juego, deciden batirse. Se abrieron las vitrinas y buscaron un
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“Al principio lo hicieron con torpeza, como si temieran herirse; al principio miraban los
Poco a poco, la sangre de las heridas que se prodigan comienza a aflorar. Nadie
intervino, hasta que uno dio muerte al otro. Duncan quedó tendido y Uriarte, sobre él,
lloraba.
que lo mueve a confesar aquel duelo criollo del que todos los presentes se habían
juramentado no decir palabra. La sorpresa de los pormenores de tal combate en gente que
no era aficionada a la esgrima, lo lleva a reflexionar sobre las armas empleadas. La daga
con el gavilán en forma de U, el cuchillo con cabo de madera de la marca arbolito. Por los
pagos donde acontecieron los hechos, recuerda el oficial, hubo dos hombres que se tuvieron
gran inquina, pues siempre confundían sus nombres: Juan Almanza y Juan Almada. Por
Es entonces que les llega la revelación: “las armas, no los hombres, pelearon. Habían
dormido, lado a lado, en una vitrina, hasta que las manos las despertaron (…) Se habían
buscado largamente, por los caminos de la provincia, y por fin se encontraron, cuando sus
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EL ROMÁNTICO CASTILLO DE LOS OBLIGADO EN RAMALLO
Asentada sobre el tramo deltaico del Paraná, en la margen derecha, allí está Ramallo. La
visión del río, enlazado a los recuerdos de la infancia, despertó sentidos versos en su poeta
de mayor prestigio, Rafael Obligado (1851-1920), que halló refugio y solaz en aquellas
tierras –prolongadas por entonces hasta San Pedro- que serían conocidas como “Puerto y
Vuelta de Obligado” y que fueran adquiridas, al arribar desde Sevilla, por su abuelo,
Antonio Obligado.
Escenario de navegaciones en canoa y juegos con sus hermanas, el río también fue mujer
amada, traslación poética de una vivencia de juventud, un amor frustrado por la temprana
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Ven, sigue de la mano / al que te amó de niño; / Ven, y juntos lleguemos hasta el
bosque / que está en la margen del paterno río. // ¡Oh, cuánto eres hermosa, / mi amada, en
este sitio! / Sólo por ti, y a reflejar tu frente, / corriendo baja el Paraná tranquilo. // Para
besar tu huella / fue siempre tan sumiso, / que, en viéndote llegar, hasta la playa / manda
sus olas sin hacer ruido. // Por eso, porque te ama, / somos grandes amigos; / Luego, sabe
decirte aquellas cosas / que nunca brotan de los labios míos…” (“En la ribera”, 1882)
Son, sin embargo, recorridos que no abandonará, pues ya hombre, proseguirá con su
balandra visitando a los isleños, o dejándose llevar tendido en la barca, meditando, quizá, el
perfil que tendrán sus escritos en pos de recuperar historia, tradiciones y paisaje para
fraguar una literatura nacional. Brotarán, así, versos angustiados por raíces que ve secarse,
La sencilla historia de un hornero, su vida feliz en su nido, los polluelos creciendo hasta
que están listos para partir, le sugiere, en paralelo, la tristeza por las cosas familiares y
“¡Ah, cuán triste, Felicia, es ver que todo / lo argentino se va! / ¡La antigua sencillez de
(“Los horneros”)
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En aquellas tierras familiares, en el límite entre Ramallo y San Pedro, haría levantar
Gómez Langenheim, devota lectora de Walter Scott, como lo había sido su madre. Fue
Por las veinticuatro habitaciones, corredores y galerías de sus tres pisos debe andar,
como corresponde a todo castillo que se precie, el infaltable fantasma. En este caso,
responde al familiar y casi inofensivo nombre de “Toto”, dedicado más a la travesura que a
la maldad, pues no pasan sus acciones temerarias de cerrar alguna puerta para luego abrirla
de repente.
En aquel castillo conservó el poeta un añoso jazmín del cabo, cuyo cuidado su madre, en
su lecho de muerte, le encomendó. Lo colocó en sitio de honor y sus flores eran el obsequio
más preciado que podía hacer a su esposa. En sus campos, y en su infancia, perduró mucho
tiempo una cruz de ñandubay que recordaba a los patriotas caídos en la famosa “Vuelta de
“Y cuando el lucero subió sobre el río, / en las baterías que mudas están, / se vieron los
¡Vuelta de Obligado, sobre cuya arena / los seiscientos leones no se alzaron más! / Allí,
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(“Canto a los héroes de la Vuelta de Obligado”)
La madre de Rafael lo llevaba junto a sus hermanos a orar a allí, relataba las historias de
aquellos mártires y les hacía tejer coronas de flores del aire. Así bebió la Fe, el amor a la
Andará por ahí aquel paisano con su guitarra, cruzando la llanura, acompañada su
sombra quizá por otras sombras gigantescas: la de Martín Fierro, la de Segundo Sombra.
“Santos Vega cruza el llano, / alta el ala del sombrero, / levantada del pampero / al
(Santos Vega)
El poema se publicó junto con otras composiciones en un lujoso libro que tituló Poesías,
en 1885, en París, con una tirada reducida, a la que seguiría otra edición masiva de diez mil
estancia colonial rioplatense, de Yuyú Guzmán, que concibió su Santos Vega a partir del
recuerdo de la primera vez que escuchó sobre el personaje, a los siete años. Un gaucho
viejo le habló de él y de las leyendas en torno a su figura, como la que dice que, en las
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noches nubladas, colocando una guitarra en un pozo, el alma del payador concurre a tañer
sus cuerdas.
Las famosas estrofas del poema vinieron, también, con otras extraídas del Martín Fierro,
una marca que sigue vigente hasta nuestros días. En efecto, en 1915 se filma, dirigida por
Humberto Cairo, Ernesto Gunche y Eduardo Martínez de la Pera, Nobleza gaucha. La cinta
muda no contó con el suceso esperado, hasta que el guionista, José González Castillo, tuvo
cine hasta la llegada del sonoro, lo que fue aprovechado por una compañía yerbatera para
tradición, nacida a partir de un gaucho real que vivió hacia 1830 y cuya invencibilidad de
payador lo convirtió en leyenda. Inspirado en la tradición oral, primero le dio forma escrita
Bartolomé Mitre (Rimas, 1854), haciéndolo morir por el Tuyú; luego Hilario Ascasubi
(Santos Vega o Los Mellizos de La Flor, 1872); Eduardo Gutiérrez lo alojó en sus
folletines, de donde se inspiró Obligado para el suyo, pero se prolongará aún más, pues
Payador"). El relato de este último, en el que al duelo tradicional entre Santos y el Diablo se
suma un Ángel.
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La fastuosa mansión que hiciera construir Rafael tendrá su propio poemario a través de la
pluma del hijo del poeta, Carlos Obligado (1889-1949), quien heredó talento, sensibilidad y
“Buenos Aires allá al sur, / Rosario allá por el norte; / Río donde el alba nace, / Pampa
donde el sol se pone. / Largo talud de barrancas / que el verde alternan y el ocre; / Parque
eminente que al río / se asoma en pinos y robles. / Detrás, la llanura espléndida, / que tiende
Delta: sonrosa / de arroyos, prados y bosques; / Y entre agua y tierra, en la altura, / grave
macizo de torres.”
esa fantasía: las torres que tendrá, los árboles del parque: cipreses de Italia, encinas y olivos
de España, robles, eucaliptos, porque “es bien tomar de lo extraño / si gana así lo
argentino.”; sólo un sendero habrá para bajar al río, colocando en la falda durazneros
floridos.
Rememoración, luego, por parte de Carlos Obligado, de los ancestros: aquel bisabuelo
Antonio que adquirió las dieciocho leguas primeras “que caen al norte del lugar de San
Pedro” o “Rincón de Andújar”; el abuelo Luis, apasionado de la música, que solía “sentarse
en la sala umbrosa, / rasguear allí por manera / dulce, pausada y monótona…”; el padre,
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Rafael, “poeta nacional”; a lo que sigue su propio retrato, y el de sus hijos; el recuerdo del
cantó sobre la ciudad de Buenos Aires. Poeta “sutil, primoroso y tierno”, que vivió en
abuelo, incrementada con los volúmenes del padre y los suyos propios, ascendiendo a unos
diez mil libros, entre los que hay algún incunable, treinta ediciones del Quijote, los de la
Sucederá la memoria de los huéspedes que pasaron por las habitaciones de esta
propiedad, en Ramallo, y con quienes departió de modo afable; de los héroes de la Vuelta
(“Campo de gloria”); de las clases de catequesis impartida por la esposa de Rafael a los
Lugones, ido el mismo año en que compone su poema: “La patria, ahora, / honre cual debe
otros lares: “Abre nuestra ilusión, puerta riesgosa / ante inquietudes del presente oscuro, / y
hombres extraños llegan… / ¡Que los prospere Dios… si no son muchos! // Mas, Él me
guarde mis riberas, donde / todos le honramos con un mismo culto, / y almas afines trato, y
propia tierra, con dejo despectivo por bellezas ajenas que no cree necesario visitar, tal como
pensaba el mismo Rafael Obligado: “Pero de ser `ciudadano / del mundo´, el Señor me
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libre! / Fronteras son realidades; / No entiendo de amor sin límites. / Querer, quiero yo a mi
El poema finaliza con la composición “Laus Deo”, síntesis del fervor patriótico y
religioso bebido de su padre: “…sin patria no hubo / jamás civilización, / y sin familia no
TESTIMONIO DE AMISTAD
Hacia 1863, los estancieros de la zona tomaron la resolución de requerir a las autoridades
con San Nicolás, a la vez que reconocía el de un antiguo poblador, Nicolás Ramallo, fue el
que se impuso para el nuevo distrito, aprobado y concretado con tierras de San Nicolás,
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interés particular en preservar su patrimonio tradicional, entre muchos, el edificio del
“José María Bustos” (antes “Gral. Cayetano Laprida”), con su réplica de la Pirámide de
Mayo y con su cañón, uno de los dieciséis rescatado de la Batalla del Paso de Tonelero,
librada en 1851 contra la flota brasileña que intentaba reunirse con las fuerzas que
De una de aquellas antiguas estancias ha surgido una leyenda que merecería que Ramallo
como hiciera aquel escritor con su relato “La leyenda de Sleepy Hollow”. Todos
recordarán, aunque sea ayudados por la versión fílmica (Sleepy Hollow, 1999, de Tim
Burton, con Johnny Deep), la espeluznante cabalgata que solía aterrorizar por las noches a
fantasía, de un jinete sin cabeza, quizá el espectro de un soldado decapitado por una bala de
cañón, buscando la que fuera su testa en los campos en que había tenido lugar en el pasado
la guerra revolucionaria.
De manera análoga, en la estancia “General Laprida”, en sus inicios conocida como “de
pasadizos secretos que corren por debajo de los pisos, una Virgen en la iglesia con que
cuenta el campo que desata inundaciones cada vez que se intenta trasladarla, y una réplica
criolla de la historia de Irving que suele ser relatada por la actual propietaria –según lo
transmite Horacio Aranda Gamboa (“Paraísos de la Historia”)-, Elsa "Beba" Ortiz de Rozas
de Navarro Vela.
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En otro tiempo, existió en aquellos terrenos un cementerio que se destinó a alojar los
cuerpos de los militares caídos en la batalla de la Vuelta de Obligado y de allí fue surgiendo
la leyenda de un soldado sin cabeza que suele pasar corriendo, con su uniforme color
1898) es un importante escritor injustamente olvidado. Compartió con aquel poeta nacional
el mismo fervor nacionalista y amor por las cosas de la tierra. En nota del 8 de agosto de
1880 publicada en el diario “El Pueblo de Barracas al Sud” podía condolerse Martinto del
destino de muerte anunciada que empezaba a sonar para el gaucho. Según su perspectiva,
la vida viciada frente a la inocencia en su estado más puro. El gaucho, que sólo busca “La
contemplación, la abstracción completa del universo que lo rodea”, ha quedado cercado por
la civilización.
Gaspar Núñez de Arce y Campoamor, a la vez que influida por la literatura francesa. Es
mariposas, / que a los rayos de un sol de primavera / en torno giran de las frescas rosas, /
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los dulces sueños de mi amor de niño / vuelven, como antes, a cercar mi vida. / Y otra vez
¿No la veis?... ¡Es mi madre! Sonriente, / sentada al borde de mi tierna cuna, / próspera y
Se puede argüir que el amor sea una mera convención social establecida a lo largo de los
siglos por la literatura; que los sentimientos que genera el amor no sean más que reacciones
químicas que ocurren en nuestro cerebro. Nada parecido puede decirse de la amistad, lazo
inter-personal, y, sin embargo, escasos son los libros que nos deparan el placer de leer la
historia de unos amigos. El día feliz de Charlie Feiling, del ramallanse Sergio Bizzio (1956)
Feiling, su contratapa nos advierte que todo en la obra es real: nombre, pueblo,
Al inicio de los noventa los tres, por entonces jóvenes escritores –Feiling, Guebel y
Bizzio, deciden pasar un domingo de verano en Ramallo, en casa de los padres del último.
Hacia allí van, trasladados por una pareja amiga, a disfrutar de un día de asado, pileta,
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Charlie Feiling y que justifica el título del relato, que no deja de ser un homenaje, un
desvío por la calle de tierra, el ingreso a la ruta provincial. Parpadeó, suspiró, cerró los ojos.
sobre ese telón de fondo, unos meses más tarde, cuando estuviera internado en el hospital,
aquel día se distinguiría por el resplandor de sus iluminaciones íntimas y no por la deleitosa
estupidez del acontecimiento general, pero en ese preciso instante, en el agotamiento del
regreso, en la futilidad de la experiencia concluida, Charlie no hacía otra cosa sino pensar
ejemplar, esa escasez de posibilidades temporales sería, para sus amigos, un escándalo
101
PÁJAROS Y POLICIALES EN EL ARROYO DEL MEDIO, SAN NICOLÁS
San Nicolás es tierra que ha alumbrado exquisitos poetas. Los suficientes como para que
San Nicolás de los Arroyos”. En esta “biografía andada e ilustrada”, como la denominaron,
significativos de las vidas de Astul Urquiaga, Mario Verandi o Andrés del Pozo, leyendo
poemas alusivos, comentando aspectos de sus obras. Sorprende. Habla de un espíritu que
nada tiene de la modorra que se ha hecho estereotipo, quizá injusto, con que nos referimos a
los pueblos.
Del último de los mencionados, Andrés del Pozo (1905-1962), quizá lectores
memoriosos recuerden aquellos poemas a las aves que solían aparecer en viejos manuales
bonaerenses de tapa dura y con cándidas ilustraciones. Textos que nos familiarizaban con
“Lindo pájaro del monte, / blando vuelo, fino porte, / recia nota de cristal, / leva, como un
“El Cardenal”
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“Abriendo tamaño pico, / desde la rama más alta, / el benteveo me asalta / con su sarcasmo
de chico:
¡bien te veo, / bicho feo! // Luciendo el pecho amarillo / en coqueto balanceo, / me hace
(“El Benteveo”)
Fue poeta destacado del “Grupo Bonaerense Arroyo del Medio”, de notoria actividad por
los ´40. Su “Sonata fluvial en tres movimientos” corre por cauces no menos hondos que la
“Un éxtasis de junco en aguas vivas, / un delirio de pájaro errabundo, / vuelcan su luz
clarísima / en el río apacible de mis días oscuros. / Y el alma enajenada, como una
golondrina, / asciende en esa luz a su lento crepúsculo. // En heredad de nubes y altos cielos
/ - playa de espejo en bellas claridades –, / vivo el dulce sosiego / de este río de luz en
verdes litorales; / rico de paz humilde, de inocencia de trébol, / y del cielo púrpura que
entristece las tardes. // Mírame en esta luz iluminado. / Mírame en la embriaguez de los
colores / en el pálido ocaso. / Descienden ya las sombras con apagadas voces. / Como un
grillo escondido doy la chispa de un canto, / y es una melodía que ilumina la noche […]”
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Pero si bien es cierta la preeminencia de voces líricas, la narrativa cuenta con un nombre
de enorme peso nacido en esta tierra, y nada menos que para todo un género literario:
Manuel Peyrou (1902-1974). Íntimo amigo de Jorge Luis Borges, éste lo recordó en un
“Suyo fue el ejercicio generoso / de la amistad genial. Era el hermano / a quien podemos,
en la hora adversa / confiarle todo o, sin decirle nada, / dejarle adivinar lo que no quiere…”
(“Manuel Peyrou”)
Nuestra corriente policial se ha mostrado, desde sus inicios y en las sucesivas etapas de
Peyrou contribuyó con sus cuentos y novelas en el mismo sentido, a veces con personajes,
Lo poco, quizá, que haya vivenciado Manuel Peyrou de su niñez en San Nicolás, bastó
“Hormiga Negra”, y un lugar, el “Arroyo del Medio”, que fuera conocido desde el
decisión de incluirlo en un relato, “De este lado del Arroyo del Medio”, como figura
salvadora de su detective estrella, Pablo Laborde, no es menor: implica, nada menos, uno
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De la vida real, a la de personaje literario, mediaba un paso para aquel paisano. Nacido
hacia 1837, en el Alto Verde, zona del Arroyo del Medio. Hoyo purgó una condena por un
crimen que no había cometido y le enrostraron algunas otras muertes que no se pudieron
Uno de los más célebres encontronazos que tendrá el personaje en San Nicolás será con
don Emiliano Sánchez. Al mismo tiempo, arriba a San Nicolás el tal Filemón, paisano que
repite la historia de tantos: acusado de “vago” por la política clientelista, se lo envió preso a
Santa Cruz. En una sublevación se escapó, no sin cobrarse varias vidas y ha retornado con
muertes le son recriminadas con una advertencia: “¡Algún día te has de encontrar con
Hormiga negra, cobarde de porquería, y entonces has de pagar las hechas y por hacer!”.
Desde entonces, Albornoz no hace más que buscar a aquel nombre para medirse.
Se encuentran, por fin. Sobreviene el duelo verbal, casi resignado, como preliminar de la
lucha, pues reconocen no haber motivo alguno para el duelo, más que lo que se esperan los
otros de ellos. Albornoz dice: “Yo no tengo ningún motivo para quererlo mal ni para
buscarle camorra. Pero un viejo entremetido me dijo que usted era capaz de darme una
vuelta de azotes y yo lo he buscado para ver si eso era o no cierto.” Del mismo tono es la
105
respuesta de Hormiga: no se tiene por nada, pero no le gusta esconderse cuando lo buscan.
Convienen en salir y, dado que no hay mayor resentimiento, pelear hasta la primera herida.
Luchan hasta que Hormiga logra marcarle la cara. Parece todo concluir, tal como fue
cuchillo. El ataque no impide que el herido alcance a lanzar su puñal en el aire, directo al
pecho del traidor, en una herida mortal. Con las tripas afuera, Hormiga es auxiliado por los
Personaje de mala estrella, sin duda, revestido con el halo que el poeta romántico suele
otorgar a sus héroes y heroínas, quienes deben sortear todo tipo de obstáculos para caer en
“visteo con el cuchillo” y las dificultades con la ley, ante el estímulo cándido del mismo
padre, ignorante del camino que se le estaba abriendo al hijo, que lo conducirán al final a la
pago.
lectores a Eduardo Gutiérrez. No habría de imaginar nunca él, que una veintena de años
aquellos gauchos, que habían sido leídos en novelas de la biblioteca paterna, en la realidad
de un campo. Se llamaba Jorge Luis Borges, y había venido a pasar, en 1909, unos días en
una estancia de la zona en la que tenía familiares. Lo recuerda María Esther Vázquez en
comenzó a escribir el niño un poema gauchesco, que debió abandonar a poco de iniciado
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No, no lo hizo, y quizá nada se haya perdido, si Borges pudo escribir páginas tan
ambigüedad, la nota de irrealidad fantástica con que transforma el llano (“Hay una hora de
la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y
Sin embargo, pudo, ya al publicar Cuaderno San Martín, recordar a su abuelo materno,
Isidoro Acevedo Laprida, nombrando la zona donde había nacido, en San Nicolás:
“Adicto a la conversación porteña del truco, / alsinista y nacido del buen lado del Arroyo
del Medio, / comisario de frutos del país en el mercado antiguo del Once, / comisario de la
tercera, / se batió cuando Buenos Aires lo quiso / en Cepeda, en Pavón y en la playa de los
Corrales…”
(“Isidoro Acevedo”)
Más adelante, este familiar tendría alguna resonancia como comisario al resolver el caso
de “Los caballeros de la noche”, grupo de extranjeros que tenía como modalidad delictiva
el robo de joyas en las tumbas de los cementerios y hasta el secuestro de algún cadáver para
exigir rescate. Una periodista española, Nieves Concostrina, investigó este último suceso
inquietos, en el que detalla que quien sufrió la extorsión fue una tal Felisa, hija de la difunta
Inés Indart, en 1881, cuando le requirieron cinco millones de pesos. Su mayordomo aportó
107
una pista para la resolución del caso: la pesadez del féretro que le tocó transportar, por lo
que la policía sospechó que el cadáver sólo se había movido de lugar, y así fue hallado en
otra bóveda, pero nunca pudo ver la investigadora la relación del episodio con Borges.
Nicolás, en 1976. Quizá las moras, probadas en esa visita en el jardín del Museo, como los
granos de granada a Perséfone, lo hayan obligado a quedar retenido, cada tanto, por estas
tierras.
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YAGUARÓN, UN MONSTRUO EN LAS AGUAS DE SAN NICOLÁS
Dicen, quienes lo han visto y recorrido, aventurados desde el aire en parapente, que el
Arroyo Yaguarón, brazo del Paraná, recorta en la tierra la figura de una gran serpiente que,
desde la horqueta que forma con el Arroyo del Medio, hasta el puerto, culmina en una
Quizá la visión sea sugestionada por una leyenda. En estas aguas, se afirma, habita el
monstruo, que ha dado nombre al arroyo. Sigiloso, suele deslizarse por su lecho y socavar
El Yaguarón parece explicar los ruidosos embates de las aguas devorando la tierra, o la
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El poeta Rafael Obligado, vecino del partido de Ramallo, lo ha imaginado acechando a una
sencilla lavandera, Juana María. Apacible el río, inocente ella, el poema “El Yaguarón”
germina la idea, a la manera de Baudelaire, de que toda belleza encierra algo nefasto:
“Todo en el mundo es así: la belleza, de luz plena, / la niñez y la azucena; / todo en cieno se
Baja la muchacha la barranca con su ropa. Frota en la batea las prendas con su pan de jabón
y agua, mientras la primavera la acompaña con el gorjear de los pájaros. Sin embargo, algo
“No observa Juana María / Que a sus pies, precisamente, / Hierve entonces la corriente /
Con más hervor que solía; / No ve que el río aquel día / Tiene extraños movimientos, / Ni
que eléctricos, sangrientos, / De infame plétora rojos, / Bajo las aguas, dos ojos / La miran
fijos y hambrientos.
sepulta.”
(“El Yaguarón”)
Vértigo de imágenes cinéticas que se suceden, como el mismo oleaje del poema; sonidos de
furia. La muchacha, aterrada, lanza un grito para de inmediato caer derribada y ser tomada
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Así, abrazada por el Yaguarón, se extiende la ciudad de San Nicolás de los Arroyos,
desplegada para el visitante como un paño que oferta sus días de pesca en el Parque Rafael
de Aguíar, sus paseos y mateadas por la costanera, sus plegarias en el Santuario a la Virgen
del Rosario, sus edificios emblemáticos, o sus páginas dedicadas a la Historia Nacional.
Entre tantas, la escrita por Juan Bautista Azopardo en 1811 en aquellas mismas aguas.
Ese año, a un cuarto de legua al sur del poblado, la nave capitana de una endeble escuadra
de tres navíos, con armamento obsoleto, iza la bandera roja de combate a muerte por toda
imposible hace estallar ya su propia nave, plena de muertos y heridos. Héctor Pedro
Blomberg ha cantado a aquella gesta de la nuestra incipiente patria librada en San Nicolás:
“Sobre las pardas ondas tres frágiles navíos / a desafiar el fuego de las fragatas van: / el
grumete de Malta oyó cantar los ríos / y empavesó su nave porque era el capitán.
Fue un combate de leones en la inmortal ribera, / la sangre en las arenas no se secó jamás: /
España aquella tarde oyó por vez primera / el cañón de los libres, allá en San Nicolás…”
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ULISES Y EL CÍCLOPE POLIFEMO POR LOS CAMPOS DE SAN NICOLÁS
San Nicolás, cuna del Acuerdo de 1852 que, presidido por Urquiza, convocó a diez
gobernadores de provincias argentinas para sentar las bases de la organización nacional que
culminaría, un año después, con la Constitución Nacional. Sitio escogido para armonizar
las diferencias entre argentinos, pues, un hijo de esta tierra, Horacio Rega Molina (1899-
“He aquí que, como hace tantos años, la calle / se llena de galeras de rancia y alta caja. /
Se abre una portezuela, crepuscular. ¿Quién baja? / ¿De quién es ese rostro, ese pecho, ese
talle? // Caballeros que llegan a la ciudad, del valle, / de la montaña. Polvo con agua y
nieve cuaja / cada rueda de cada vehículo en que viaja / la patria misma, para que la guerra
no estalle…”
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(“La Casa del Acuerdo”)
Es Rega Molina el mayor poeta que ha dado San Nicolás, y uno de los mejores de
nuestra tierra. Así lo consideró Borges, al recordarlo, con emoción, en uno de sus diálogos
Tuvo la dicha de vivir un tiempo de grandes escritores con los que trabó relación o
aquellos casos en que le tocó despedir, como a Roberto Arlt (“¡Si yo supiera todo lo que
Prendado del tiempo de su niñez, a ésta dedicó numerosos poemas que la reviven en
miríada de versos:
“¿Qué importa que hoy, con escasa / fortuna, carezca de ella, / si allá en su hora más bella /
yemas de los dedos índice y pulgar izquierdos sosteniendo el pliegue inferior de las hojas,
yemas de los dedos pulgar e índice derechos sobre el ángulo superior de libro, listos a pasar
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“Mañana el maestro dará prueba escrita. / (Mi infancia no tuvo sino días malos.) /
Su amor a la tierra natal, a San Nicolás, quedó cifrado en aquella “Oda con una
caliente / con que me envolvieron esa noche del mes de julio. / La luna preguntó si había
En esa pampa -¡quién lo creería!- Horacio Rega Molina hizo transitar nada menos que a
Poco se recuerda esa obra dramática que tituló Polifemo o las peras al olmo (1945), no
sólo pionera en cuanto a abrevar en la mitología griega para problematizar la realidad, pues
son posteriores las obras de Sándor, Cortázar, Omar Del Carlo, Marechal, o Sergio De
Cecco, sino que este drama pastoril subvierte la tradición de la literatura universal -
(Polifemo y Circe), Giraudoux (Muertes de Elpenor), Chofré (La Odilea)- que ha tomado
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siempre al personaje del cíclope como símbolo de lo irracional, de la barbarie inculta o que
lo han convertido en motivo hilarante. Sólo Rega Molina le ha otorgado una significación
vestido. De inmediato se plantea el antagonismo entre los mundos. Según el recién llegado,
esa vida rústica que lleva el gigante no es vida. Le muestra la leche en polvo, para la cual
“no hay que limpiar establos”; una lata de carne conservada; un gramófono, “música
condensada, como la leche”, una fotografía. Cuando le enseña un corderito de juguete que
bala, Polifemo se atemoriza, lo cree infernal. Toma un hacha y, ante la amenaza, Odiseo le
apunta con un arma que “sirve para matar de lejos”. No lo cree aquel y entonces derriba un
mostrarle al rústico que nada posee aunque lo tiene todo, así funciona el mundo: “el que
puede comprar una vaca de juguete es rico, comparado con el que tiene una vaca de
verdad”. Arriban un escribano y testigos para el traspaso de la propiedad, pero Odiseo cree
que el asunto aún no está maduro. Llega Galatea. Con ambos arguyen el hada y Odiseo: la
tierra “se hace a medida que uno la cultiva”; no hay títulos, alambrados, nada… Pero para
sus habitantes la tierra “es del que puede decir algo de ella”, del que “cuenta su historia con
las historia de los animales, de los árboles de las piedras.” Se suma a la conversación un
poeta, quien advierte que tratan de arrebatarle todo, hasta a Galatea. Odiseo representa la
civilización, el progreso, las máquinas. Llega el comisario, amigo del héroe, y se lleva
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En el segundo acto una curandera que va a buscar leña advierte al cíclope que cuide de
Cándida, otra amiga que ha llegado de visita, refuerza con sus dichos. El Hada y Polifemo
charlan sobre la tierra, que es como una gran madre, pero a la vez, como un hijo al darla
vuelta y roturarla, y él mismo piensa que sería grato que Galatea le diera un hijo, fruto del
amor, no de la ocasión, como le insinúa el hada que podría proporcionárselo. Ella le revela
que Galatea ha sido seducida por Ulises. Polifemo mismo lo comprueba al verlos reír y
van cambiando en relación con los peones y con el trabajo. Anhela una estancia modelo.
las aguas del río. Un grupo de mujeres amigas trae obsequios tejidos para el inminente
bebé. Galatea se indispone, está a punto de dar a luz. Se llamará Ulises, como el padre, pero
desde dentro, Galatea clama, moribunda, que nadie lo llamará así, todos los conocerán por
Polifemo.
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SAN PEDRO: CASI “CUNA” DEL HIMNO NACIONAL
Pueblo con curiosidades San Pedro. Hubiera estado a punto, de algún modo, de ser cuna del
Himno Nacional o, con más rigor: pueblo que acunó al que podría haber sido el autor del
Himno Nacional.
Cuando apenas era una aldea conocida como “Rincón de San Pedro”, nació Fray
Cayetano Rodríguez en la estancia “La Barranquida”, hoy – y después de haber pasado por
en Buenos Aires, la obra teatral “25 de Mayo” de Luis Ambrosio Morante, pieza que
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terminaba con un himno que inspiraría a uno de los concurrentes, Vicente López y Planes, a
hacer otro, también patriótico. Unos meses más tarde, el Triunvirato encargaría al Cabildo
través de Vicente López y Planes; la otra, por el primer poeta nacido en territorio
superioridad del rival, bien porque agradara más la primera opción, que fuera el primero el
Himno que hoy entonamos con fervor. Sin embargo, merecerían algún recuerdo aquellos
“Salve patria dichosa, / oh dulce patria, salve, / y por siglos eternos / se cuenten tus
edades...”
(“Himno a la patria”)
clásica y el ardor pasional de aquella lucha por la Libertad y por la Independencia que
ocupando los cargos que la revolución le confiaba, como diputado, pero también como el
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Algunas composiciones, más sencillas, circularon entre los escolares de los primeros
actos, con intención de renovar la fe en los ideales de Mayo (“Aplaudid la aurora / del día
glorioso / que el pueblo animoso / dichas anunció...”); otras pocas, al fin, escribió con
temática amorosa. Se tiene como la más lograda el soneto “Al río de la Plata”, en el que las
“Sagrado río, émulo glorioso / del vasto mar en donde te sepultas, / piélago dulce que
derramando riquezas que en ti ocultas, / giras en ondas que erizado abultas / y nuestras
suprema altura, / a sus vivientes con murmurio blando // cuenta mi mal, mi pena y
amargura.”
Fray Cayetano Rodríguez inició sus estudios en las modestas aulas del convento
población desde 1750. La edificación se mantuvo hasta 1888, año en que se decidirá su
Sus poesías patrióticas, satíricas, amorosas o de circunstancias han sido reunidas en “Obra
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DURAS HISTORIAS DE UN SAMPEDRINO
Por esta vez, diremos que hay que llegar a un lugar, no leyendo, sino escuchando. En el
micro, o en el auto, sería grato oír el tema “Hijas del dolor”, del grupo de rock Hijos de
Babel, pues con mucho acierto estos muchachos de Floresta, que se han tomado la
Otros mundos (2012) han transpuesto el terrible cuento “Patrón”, de Abelardo Castillo
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(1935). Relato que tiene como protagonista a ese hombre de campo despótico, de trato
brutal, que toma como esposa a la nieta de una mujer que ocupa uno de sus puestos. En
nada le interesa la joven a la que triplica en edad y humilla. Sólo quiere que le dé un hijo.
Lo tiene de ella al fin, pero él queda incapacitado por un accidente y recluido por la
muchacha en un cuarto, solo. Ella le deja el chico en brazos, cierra con llave, la que tira en
Castillo, se sabe, es uno de los pocos casos de escritores que ha elegido “dónde” nacer, y
así, sus biografías “deben” decir que sucedió aquí, en esta ciudad junto al Paraná. Lo cierto
es que fue en Buenos Aires, pero que se trasladó de chico con su padre a San Pedro y
estuvo hasta los dieciocho años. Más explícitos que el mencionado, muchos otros cuentos
se desarrollan en el partido.
trabajar la madre de uno de los muchachos amigos. El dilema para ellos será ir o no ir. No
hay otro sitio ni otra mujer y por allí ya ha desfilado la mitad del pueblo. La conocen, y ella
a ellos, pueden recordar cuando más chicos les preguntaba si querían que les preparara la
leche. Van, sin embargo, esperan su turno y cuando la mujer los reconoce, brota la trágica
almacén del “zarateño”, un baile en Santa Lucía (El pueblito que recuerda a Lucía Vicenta
Cullingham, esposa de John Harrington, uno de los primeros irlandeses en llegar a la zona,
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Pedro, son mencionados en “Fermín”, otro protagonista “duro”, borracho, jugador y
vestido para ella. Sin embargo, es temprano para volver a la casa y se demora. Bebe, juega,
En “El marica” el protagonista recuerda al amigo perdido, César, al que todos trataban,
desde su llegada a San Pedro y por sus maneras, de “marica”. Él lo protegió y como una
manera de demostrar que era uno más entre todos, lo forzó a ir con los muchachos a un
rancho entre las quintas, donde una mujer se ofrecía por cinco pesos. Pero César se escapó.
Pudo alcanzarlo en el Matadero Viejo y allí lo golpeó y también él le gritó “Marica”. Pero
el relato, que se asume como líneas dirigidas a César, culmina con la confesión de que él
Las ruinas del amor de la infancia, en “Capítulo para Laucha”, donde el narrador, el
mismo Abelardo, queda compungido por los recuerdos, sentado en la placita “Martín
Fierro”, después de haber ido a visitar a aquella chica de la infancia, Laura, ahora
podrido de la refinería” reciben al narrador al arribar en tren a la ciudad por un mes en “Los
ritos”, y en el vértigo de tratar de olvidar a una muchacha, seducirá a otra mujer casada,
compartirá sus noches, o las tardes, soleándose en el Náutico, con otra vieja amiga, pero sin
poder olvidar; Un encuentro con Poe en Fordham, barrio en que se halla la casa del escritor
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SAN PEDRO Y SU EXHUBERANTE FLORA Y FAUNA
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Una de las más notables novelas que haya dado la literatura argentina ha tomado a San
Pedro como escenario principal de sus acciones. Se trata de Tierra de jaguares, del hoy tan
poco recordado –y algo proscripto- Hugo Wast (Gustavo Adolfo Martínez Zuviría, (1883-
indispensable del quehacer literario: drama histórico, suspenso narrativo, exquisita prosa
años de la Revolución criolla, se sigue primero la huida de la familia de uno de los adeptos
toda suerte de obstáculos para arribar a San Pedro, punto de encuentro convenido con el
mencionado adepto al rey español. Así, sus hijos, Luis y Myriam, criollos pero convertidos,
por lealtad filial, en líderes de un pequeño grupo de fugitivos, remontan los canales del
delta y el mismo Paraná sufriendo distintas peripecias en las que no se mantiene ajena la
naturaleza exuberante, con el acecho de sus jaguares, yacarés o el ataque de sus víboras, por
dejando tras de sí a la partida que tiene la misión de atraparlos, y por otro, más adelante, a
los mismos perseguidores en pos de su presa. No escasean tampoco las amenazas de los
montoneros, de los realistas o de la indiada, y hasta son testigos privilegiados los personajes
del combate de San Lorenzo. Más, el joven Luis, arribado a San Pedro y tratando de
recabar informes sobre su padre, se encuentra con el coronel San Martín en una pulpería de
la zona, pues por ahí andaba el jefe de los Granaderos en tareas de reconocimiento y
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Al fin, el padre, que ha seguido el itinerario de una tropa de carreta y padecido también
coronel.
Como pocos, Wast ha sabido pintar el paisaje del delta, del río, de sus islas; su fauna y
nuestra.
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Dicen que algunos pájaros de Zárate ofician de guías al visitante y los conducen por
algunas arterias hasta la calle 25 de mayo, donde posan sobre un naranjo histórico, orgullo
de la ciudad, pues en él se inspiró un renombrado poeta del tango local, Homero Expósito,
para escribir la letra de “Naranjo en flor”, plena de metáforas pulidas como joyas:
“Era más blanda que el agua, / que el agua blanda, /era más fresca que el río, / naranjo en
flor. Y en esa calle de estío, / calle perdida, / dejó un pedazo de vida / y se marchó...
Primero hay que saber sufrir, / después amar, después partir / y al fin andar sin
con el viento.
pasado, / eterna y vieja juventud / que me ha dejado acobardado / como un pájaro sin luz.
¿Qué le habrán hecho mis manos? / ¿Qué le habrán hecho / para dejarme en el pecho tanto
dolor? / Dolor de vieja arboleda, / canción de esquina / con un pedazo de vida, / naranjo en
flor.
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Pocos, quizás, sepan que esas espléndidas metáforas cifran el secreto misterio de una
la verborragia merced a la bebida, el relato del ultraje a una mujer, una adolescente apenas;
el embarazo consecuente, el aborto, la pérdida para siempre de ese amor que, sin embargo,
se forzó. Es éso el “pedazo de vida” que dejó, y aquel “tanto dolor en el pecho” no son otra
cosa que los puños de la víctima, tratando de sacarse de encima esas “manos” que no saben
Expósito escuchó la culpa y la vistió de una riqueza literaria que nada atroz deja entrever.
No debe existir cantante de primer nivel que no la haya interpretado. Y quizá sea mejor
Entre tantos que la cantaron, lo hizo Jairo, con la novedad de que lo hace en el filme de
Raúl de la Torre, otro vecino de Zárate, y tan enamorado de su terruño, que allí, en la
Capital Provincial del Tango, rodó la historia de “Funes, un gran amor” (1993) y las
Municipalidad –edificio que cuenta con un reloj autómata del que surge la melodía de
“Naranjo en flor”-, la plaza, el campanario de la iglesia Nta. Sra. Del Carmen, y se reitera
otra historia críptica, pues establece una relación intertextual con el mito de Orfeo. Al decir
de Pierre Grimal, uno de los mitos “más oscuros y más cargados de simbolismo”. Higino
(Fáb. CLXIV, 3) nos dice que Orfeo enamoró a Eurídice con el sonido de su cítara y así
casó con ella. Un pastor enamorado de la misma mujer, Aristeo, la persiguió y en la huida
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ella fue mordida por una serpiente. Orfeo descendió a los Infiernos y aceptó no volver el
rostro para mirarla, pero cedió a la tentación y la perdió para siempre. El mismo autor, en
otro lugar, (Ast. II, 6) da noticia de la muerte a manos de las mujeres tracias porque había
Virgilio (Geo, IV) da cuenta de que Orfeo cautivó a todos en el Inframundo con su música
siguiera por detrás. Casi al llegar a la luz, no se pudo contener y Orfeo volvió su cabeza
para de inmediato escuchar el lamento de su esposa que se desvanecía. Siete meses lloró su
dolor mientras cantaba tristes canciones. Ningún amor pudo devolverle la alegría y anduvo
errante. Por fin, en Tracia, las mujeres sintiéndose desdeñadas con esa devoción, durante
los sacrificios a los dioses y las orgías nocturnas en honor de Baco desgarraron al joven y lo
diseminaron por los anchos campos. La cabeza, arrancada, siguió repitiendo el nombre de
su amada.
para algunos, poema narrativo- en el que los personajes, músicos de una orquesta, van
desmenuzando los recuerdos de un tal Funes, violinista virtuoso cuya vida acabó
trágicamente. Así, con estas voces, se va tejiendo en un Palermo de tango y milonga el mito
de Orfeo.
Juan Paladino era el pianista y el que debía armar una orquesta para el “Palermo Palace”. El
glorias pasadas. A los ensayos se suma Funes como segundo violín y ya su presencia, sus
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maneras, su largarse solo en una interpretación “fantasmal” del tango “Íntimas”, dibuja el
extrañamiento de los personajes ante el recién venido. A partir de allí, la orquesta se dejará
envolver y guiar por la magia de aquel músico que la conduciría de nuevo al renombre y al
éxito. Sólo que ese “éxito” implicaba, también, la pasión desenfrenada que provocaba en
las mujeres. Ellas comienzan a idolatrarlo: “había que verlas (…) mirándolo embobadas,
creciendo, alienándose y apropiándose del ser de otro: “aquí nació le digo, de nosotras, si
aquí le dimos nombre, lo parimos, quién puede averiguar lo que era antes, un don nadie
seguro, un pobre diablo, pero vino y tocó, vino y fue nuestro, fue Funes nuestro con violín,
con sangre…”
una traición, “las ganó el odio, y un despecho feroz, sucio, asesino.” Sobrevendrá al poco
tiempo, entonces, la muerte de la muchacha cuando, acosada por una “sombra”, caiga
siempre ebrio, por tugurios, bajos fondos, el cementerio, a veces arrancando notas
desesperadas de dolor a su violín, intentando, en vano, la fascinación que abra las puertas
de la muerte (Chacarita).
Retornará, sin embargo, una vez más a la orquesta para asistir a su propio fin. Volverá el
músico a brillar con “Íntimas”, pero al término, el grupo de poseídas por delirio demoníaco
lo atacará. Será “un coro de aullidos” el que acompañará aquel cuerpo Tajeado hasta los
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Raúl de la Torre debió leer muchos de estos elementos intertextuales y, más allá de algunos
cambios –el más importante es el cambio de rol, pues Orfeo sería la pianista que seduce
hasta el delirio a todos con sus interpretaciones- los transpone al fime con gran sentido
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