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Arrecifes: Leyenda, Crimen y Amor

Escritos, anécdotas, descripciones sobre pueblos bonaerenses de escritores nacidos o vinculados con ellos.
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Arrecifes: Leyenda, Crimen y Amor

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ARRECIFES: UNA LEYENDA, UN CRIMEN Y UN AMOR FRUSTRADO

“…Qué fue tu patria entera / Donde hoy sus pasos el progreso estampa?...

Antes de alzar mi cruz, ¿sabes lo que era? / ¡El salvaje desierto de la Pampa!”

Ricardo Gutiérrez. “El misionero”

Camino de piedras y toscas en el lecho de un río le dicen a los arrecifes. Las

descripciones eruditas, en su afán de exactitud, suelen despojarse de todo adorno y acaso

hasta les sonrojan las leyendas. Pero lo cierto es que en aquel río que cruza la actual ciudad,

una joven querandí, Ithaí, se sintió atraída por uno de los jinetes de un grupo que, desde la

orilla opuesta, en vano intentaba cruzar las aguas. La muchacha comenzó a echar piedras

para asegurarles un paso, pero nadie, ni aquel jinete, entendió el esfuerzo de la enamorada,

y se marcharon. El “Himno a Arrecifes” escrito por Mónica Eggiman y musicalizado por

Adrián Charras, lo recuerda:

“Arrecifes, el eco vibrante / de un galope errante, bizarro y gentil / que a la luz de una

india valiente / tejió una leyenda creíble y sutil.”

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Así la zona comenzó a conocerse con tal nombre. Llegará, como en tantos otros pueblos,

el fortín, en 1739.

Situada la acción en 1803, es cercano a Arrecifes, a escasas cuatro leguas, donde se

detiene aquella galera, roto su eje, que conduce a Catalina Vargas a Buenos Aires, en el

relato “La galera” de Manuel Mujica Láinez (1). En aquel sitio, sobre las raíces de un

ombú, se ha recostado el personaje aguardando el arreglo del vehículo y la continuación de

su viaje. La razón de su marcha es un secreto que atesora entre los pliegues de su falda: los

bolsos cosidos que ocultan las monedas de oro, arrebatadas a su hermana, al igual que los

títulos de propiedades. Prematura y sospechosa muerte de una insana que ha precipitado el

viaje de una flamante opulencia. Sin embargo, un espectro ha aparecido en el carruaje, en

todo igual a la fallecida, y en la forzada parada, la fratricida queda sin poder moverse, pues

un terrible peso que la arrastra hacia abajo se lo impide: son las monedas que, de oro,

parecen haberse transmutado en mármol. Y contempla, con desesperación, cómo aquella,

tomando su lugar, se dirige a incorporarse a la galera, que reanuda ya el viaje, quedando

ella “sola, inmóvil, muda, en la soledad de la pampa y de la noche, donde en breve no se

oirá más que el grito de los caranchos.”

En estas tierras nace Ricardo Gutiérrez (1836 ó 1838-1896), -hermano de José María y

de Eduardo-, quien a los veintidós años debió alistarse en el ejército de Mitre. Luego

participó en la guerra contra el Paraguay, organizando los servicios sanitarios, combatió

después las epidemias de cólera y fiebre amarilla desatadas en Buenos Aires, pero que

afectaron también a Tigre y San Fernando e impulsó la creación del Hospital de Niños que

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hoy lleva su nombre. Sus escritos literarios gozaron de gran aceptación en su época

(Ricardo Rojas consideró que “antes de Gutiérrez no existió un poeta como él en la

literatura argentina”), pese a lo cual abandonó las letras en 1891. La guerra, tanta muerte

infantil contemplada… ¿Cómo escribir poesía en un mundo así? (“El encanto de ese mundo

empieza, donde el encanto de mi mundo acaba”, son las palabras finales que el guion de

Florencio Escardó pone en labios del protagonista del filme biográfico La cuna vacía

(1949), de Carlos Rinaldi y con Ángel Magaña)

En la guerra, en su tienda de campaña, comenzó sus primeros versos inspirados en el

dolor de la conflagración. Su espíritu, que describen altruista, benévolo, pleno de inmensa

ternura hacia los niños (solía recluirse en su casaquinta de Morón, cuando fallecía un niño

enfermo) debió adivinar que la tierra tenía algo que ver en su hechura, pues pudo escribir

en su “Lázaro”, aunque refiriéndose al gaucho:

“El espíritu del hombre / su tierra natal refleja / cada rasgo de su índole / un perfil

retrata de ella.”

Y de todos los atributos de su ser magnánimo da fe su poesía, testimonio fiel de cada

acto ejemplar de su conducta. Así, se cuenta que en una ronda en el hospital, ya casi al

amanecer, divisó en la penumbra la silueta de una Hermana de la Caridad, inclinada sobre

la cama de un niño enfermo. Al ver al Doctor Gutiérrez, la monja confesó que el niño le

había pedido que lo dejara morir en sus brazos, tras lo cual le cerró los ojos y se retiró.

3
Gutiérrez se arrodilló, oró y luego escribió, inspirado en la escena que acababa de vivir, el

poema “La hermana de la Caridad”.

“Madre del desvalido, / ángel del moribundo, / bálsamo misterioso del herido / y patria,

en fin, del huérfano y el triste, / ¿De qué estrella caíste / para enjugar las lágrimas del

mundo?”

Muchas de las composiciones de sus Poesías líricas son sublimes y rememoran tópicos

clásicos. Así el bíblico Vanidad de vanidades o el mundo como Valle de lágrimas, halla su

espacio en el poema “El cadáver”:

“Sí; todo es vanidad, todo es mentira, / todo es dolor en la existencia humana, / porque

la vida de la tierra triste / no es más que el paso a la inmortal jornada. / ¡Ay! Del que al

mundo / su dicha amarra… / El cadáver del hombre es el sudario / donde a la eternidad la

vida pasa.”

Otro eco de aquella vanidad inútil, y hasta una resonancia que podrá compararse con el

Baudelaire de “Una Carroña” (“Igual serás a esta basura…”), cifra el poema “La

propiedad”, en el que un magnate se jacta de sus bienes. Costas, mares, bosques, torrentes,

todo le pertenece. Y sin embargo: “…el infinito tiempo de la vida / continuó imperturbable

su carrera; / y el soberbio cadáver del magnate / alimentó al gusano de la tierra.”

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Poeta destacado de la segunda generación romántica, algunos nocturnos presentan vagos

personajes femeninos, pero su poema “La fibra salvaje”, dado a conocer a los veintidós

años, contiene, cual odre de los vientos, toda la pasión y turbulencia, y basta leerlo para que

se desaten los torbellinos de emociones que fueron contenidos. El protagonista, Ezequiel, es

el prototipo de la estirpe del romanticismo: joven sin tacha, de alma límpida, enamorado

frustrado y errante que busca el consuelo y el olvido para su tormento de amor. Así se inicia

el primero de los cuatro cantos, con un jinete corriendo por la llanura, “cruzando como un

espectro / sobre el polvo de la tierra.” Su mirar está lleno de amargura, su rostro pálido por

la melancolía. Su mal es la soledad, la ausencia de esperanza, “ese invencible hastío de la

vida; / ese abandono yerto.” El tedio de Baudelaire y de los malditos, a pesar de no haber

tenido el autor referencia de ellos; la mujer angelical: Lucía, “el tipo celestial de su

esperanza” está perdida para sí y por tal razón parte, dejándole una carta de

desesperanzado amor. No, no será para él, y su labio se nutre donde su aliento respira, y

envidia el polvo del suelo donde pisa. Allí va, lanzándose a los caminos “sofocando un

corazón maldito / que como atroz delito / el más sublime amor del alma encierra.” En su

recorrer “mudo, impasible, sombrío, / jamás los ojos levanta…”. En un declive de un valle

se detiene. Ha perdido el rumbo y se acerca a un rancho que parece solitario. Allí encuentra

una guitarra y la pulsa, cantando a su amor. En medio de su llanto, una voz lo vuelve a la

realidad. Es la de una mujer, de “melancólica belleza”, y que no es otra que Lucía. Hasta

allí ha llegado huyendo de la infamia a la que la sometió su esposo Julio, quien, habiendo

perdido su fortuna en el juego, la vendió a otro hombre. En aquella choza la protegió una

paisana que la halló al borde del lago. Ezequiel se subleva, no se detendrá hasta hallar al

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infame. Lucía lo despide, los “labios que sin buscarse se encontraron, / a un misterioso

impulso obedeciendo.”. Pondrá ella la flor marchita que le hubiera Ezequiel entregado en la

juventud a la sombra del ombú, esperando su retorno.

Sin embargo, han transcurrido seis años. Ezequiel ha entrado en un convento mendocino

desde hace dos, y ahora es Fray Ezequiel, “siempre severo, pensativo y solo”. Jamás

sonríe, apenas habla. No habiendo podido cumplir su promesa de hallar al hombre que

buscaba, pidió su ingreso al padre prior para “huir del infierno de la vida / en la celeste paz

de la plegaria.” Sin embargo, en los inescrutables caminos de Dios, se encuentran. Ha

llegado hasta su celda un hombre atormentado por el pecado y no es otro que Julio.

Confiesa ante el fraile su historia: vivía en su estancia con una mujer insensible, pues ella

amaba a otro hombre, Ezequiel. Se dedicó al juego y perdió sus bienes. La vendió,

entonces, como una cosa, a otro, por oro. Desde entonces su alma se ha envilecido cada vez

más. Ahora ha matado a un hombre. Ezequiel no puede contenerse. Revela quién es y se

traban en lucha. Termina por dar muerte a su enemigo y huye. Llega hasta aquel ombú

donde nadie lo espera ya, donde sólo queda un arbusto seco prendido al árbol. Su destino,

de ahora en más, será servir a la patria. Se alista y cae en un combate, quizá encontrando al

fin el descanso para su vida atormentada.

Notas:

(1) Mujica Láinez, Manuel. “La galera”, en Misteriosa Buenos Aires. España, Edit.

Sudamericana, 35° edic., 2000.

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LEYENDAS DE BARADERO

“Aquel que no ha atravesado las verdes y desiertas llanuras de Buenos Aires,

que no ha aspirado el agreste perfume de las flores

que en el verano esmaltan sus campos,

que no ha visto las secas y parduscas ramas del cardo

elevar sus vástagos espinosos en el invierno;

¡no puede comprender toda la poesía

que encierran los cuadros de la vida del campo…!”

Juana Manso. Los misterios del Plata

El río la cruza y le da nombre: Baradero, quizá porque “varaban” las naves sin peligro en

aquel lecho barroso. El origen de la población se remite a las reducciones indígenas

establecidas en la zona por orden de Hernandarias, hombre de Alvar Núñez Cabeza de

Vaca y primer gobernador criollo. En 1615 establece la fundación de la ciudad. Esta misma

que hoy comprobamos moderna, pujante. Por el damero dibujado por Hernandarias caminó,

una y otra vez, hasta hace muy poco (2011) una mujer de ochenta y cuatro años, pero aún

enérgica como para realizar esos recorridos que la llevaban de oficina en oficina, de

organismo en organismo, donde pujaba por sus sueños de conservación y difusión de la

cultura del pueblo. Se llamó Blanca Raggio de Asprella. Docente, escritora, historiadora y

recopiladora, en su libro Leyendas del Viejo Baradero, de cincuenta y cinco historias que

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anduvieron de boca en boca, quién sabe desde qué tiempos. La convención literaria

enmascara a la autora tras una niña, Anita, que va escuchando los relatos de labios de su

abuela.

Allí está recreada la oportunidad en que Baradero se salvó de ser ocupada por españoles.

Venían en sus naves y atracaron en el Paso de las Piedras, donde se halla el actual

balneario, con toda intención de atacar llegada la noche. Quizá fue idea de San Martín,

quien en ese mismo momento se hallaba acampado con su flamante cuerpo de Granaderos

al sur del partido, en la estancia de Santos Gómez, en viaje hacia San Lorenzo. O quizá fue

ocurrencia propia, pero lo cierto es que un moreno, Jesús Callejas, puso en práctica la audaz

treta que espantaría a los invasores. Buscó otros quince como él, vistieron a toda prisa

uniformes de la milicia y cargaron armas viejas. Encendieron multitud de vivaques y los

mismos quince, una y otra vez, pasaban por el mismo sendero frente a las naves, simulando

un poderoso ejército que se estaba estacionando. Así debió seguir rumbo el enemigo en

busca de otra presa más accesible. (“El Ardid del Moreno Jesús Callejas, salvó a

Baradero”)

El mismo Santos Gómez de la narración anterior aparece entre otra anécdota. Jefe de un

destacamento federal, tras las derrota de Caseros llega una orden de entregar todas las

armas. Convoca a todos los jefes del pago y les habla. Él acompañó a la Patria. Lo hizo

cuando pasó aquel coronel por su campo; pero “La Patria está también en los campos, el

surco abierto nos habla de Ella, está en el lazo que sujeta al potro y en la cruza que mejora

el ganado, ellos la servirán ahora así, con el arado… ¡No empuñarán las armas…!”

Deciden entonces echarlas en el profundo pozo de balde del patio. Nada encuentra la

requisa cuando llega. Ya solo, contempla “la majada que duerme en el corral de ramas, las

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vacas junto al arroyo, la tropilla hundida en los pastizales y allá la tierra recién arada,

esperando la semilla…”, y sabe que, con sus hombres, de ahora en más sólo se encontrarán

para la yerra. (“Los federales de Baradero tiran sus armas al pozo…”)

En otro pozo de balde estuvo a punto de caer la niña cierto día y así la abuela, ante el

episodio, desgrana otra historia. Un libanés llegado al país y al que de inmediato apodaron

“El Turco” se dedicó a la venta callejera de chucherías de femeninas. Acaba trabando gran

amistad con un “gringo”, Giuseppe, cuya hija ve crecer y a la que siempre consiente con

obsequios. Hija que poco a poco va convirtiéndose en bella muchacha, a la que su padre

entrega en matrimonio a un rico vecino. Como regalo de bodas, el Turco le había traído una

fina mantilla que la novia consideró como el regalo “más lindo de todos”. Sin embargo,

después de la boda, el Turco se marchó, y terminó desapareciendo, con carro, caballo,

mercaderías. Las huellas terminaban en un pozo bien conocido. “Acaso en el espejo

improvisado de pozo creyó ver la imagen de una linda novia, con el velo bordado imitando

los arabescos de la escarcha…”

Nadie pensaría que, por la actual plaza Mitre, hubieran andado un día yaguaretés. Una

pareja de estas bestias, arribada en los camalotes, subió la cuesta y puso pánico entre la

pequeña población -en esa ocasión solo compuesta de mujeres, ancianos y niños, pues los

hombres habían marchado por recursos-, que corrió a refugiarse en la iglesia. Los animales

destrozaron las puertas y entraron. El sacerdote, un franciscano, remedando al lejano

mentor de la orden, quizá, el que amansó a aquel feroz lobo que recuerda Darío en un

poema, los enfrentó con la mirada y, poco a poco, los yaguaretés comenzaron a retroceder,

hasta perderse de vista. (“Los yaguaretés obedecen a Fray Luis”)

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Así van sucediéndose con fruición, ante los ojos de aquella niña, los fantasmas de otras

dos pequeñas que espantan a los caballos, cerca del camino de “Los dos ombúes”, en su

intento de tomar las bridas y pedir el auxilio para una madre moribunda, y para ellas

mismas, que nunca llegó. (“El Ombú de los aparecidos”), o aquella Tomasa que era capaz

de domar cualquier potro tan sólo con la mirada de sus ojos negros y de la que se afirmaba

que “mandaba a su lazo que viniera y que este, cual una larga yarará, le obedecía y se

acercaba a sus pies” (“Tomasa Miño y su extraño poder”).

De memoria prodigiosa, Blanca Raggio de Asprella conocía cada recoveco de la

tradición de su pueblo. Tanto que podía enumerar, describir, contar la historia de cada

familia y de sus remotos ancestros, que había habitado por su barrio.

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TRES NOVELAS CON ESCENARIO EN BARADERO

Un libro de Federico Jeanmaire, nacido en Baradero en 1957, ha establecido de alguna

manera un diálogo profundo que implica a su pueblo. No de manera directa, sino por medio

de la figura del padre, que da título a la novela: Papá.

Digo “novela”, aunque se promocione desde la tapa un “corrimiento de la ficción” en lo

que sería su producción literaria, porque es sabido que toda obra surgida de un escritor, por

más autobiográfica que pueda ser, reclama un fingir que la coloca en un espacio y tiempo

distintos a los de lo real. Por lo mismo, se hablará de personajes, más allá que pueda

reconocerse en ellos a personas de carne y hueso que han habitado esta ciudad. Personajes,

padre e hijo, que han mantenido a lo largo de sus vidas una relación conflictiva, con

desencuentros que son mirados de manera retrospectiva por uno, ante la inminente muerte

del otro.

En el acompañamiento de esa agonía –que por momentos uno asocia con aquella

Ceremonia del adiós, de Simone de Beauvoir- que se prolonga por más de dos años, o en

ese “velar” como lo llama el narrador con acierto, se trata también de “develar” las razones

de esas almas que se mantuvieron en “agón” por tanto tiempo. En la evocación de los

disímiles pareceres, de las encontradas posturas ideológicas, del desentendimiento por el

silencio, el equívoco o lo dicho, se rozan, además, cuestiones (o relaciones) aún más

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ásperas que la de aquel vínculo filial: la noción de patria (que parece buscarse con

obsesión); el otro gran desencuentro permanente: el de los argentinos; la institución militar,

y ésta frente a la sociedad civil, y también lo local, el pueblo, frente a la ciudad. Raíces que

podrían verse como sostenedoras de un gran y único cuestionamiento: el de la identidad, el

quién soy. En todos y en cada uno de estos aspectos cabrá la posibilidad de polémica, y es

lo que complejiza y valoriza una novela que parecía correr por el sencillo sendero de un

lazo familiar. Termina por implicándonos con nuestros propios pesares.

El narrador trata de entender, quizá tarde, a ese hombre deteriorado por el cáncer,

doblado por los vómitos, que está por morir. En este acompañar se van imponiendo los

recuerdos, primero rescata del olvido los que pertenecieron a su propio padre niño, en el

campo: “…un campo extenso repleto de bañados pero también con sus zonas buenas. Un

campo lleno de vacas en los bajos y maizales en las partes aptas que daba gusto recorrer a

caballo. Un campo lindo para perderse persiguiendo teros o perdices. Espantando garzas.

Lindo para llegar hasta la orilla del río y bañarse en verano o pescar en cualquier época…”;

el ingreso al Liceo Militar y luego el pedido de baja, y la frustración que lo acompañará de

por vida; la asunción como intendente del pueblo, en dos períodos distintos, pero ambos

bajo regímenes militares. Luego los propios recuerdos del narrador en su relación con él,

ya desde pequeño, entreviendo la imposibilidad de comunicación; su dedicación a la

escritura y la aspiración, fracasada, de ser también militar como una manera de acercarse o

de agradar; el ingreso al deporte competitivo como un medio de viajar y alejarse del “ser

hijo de”. Convicciones de un lado, convicciones del otro. El choque ideológico, la

necesidad de amar y de ser amado que se frustra una y otra vez. El llanto, al final, ante lo

inevitable, pero nunca el entendimiento cabal del que se fue.

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Sin embargo, se ha dejado registro de un vínculo muy fuerte y, al mismo tiempo, casi

imperceptible, casi como al descuido y hasta quizá escrito sin reparar en ello. La tierra los

ha unido, ese pueblo en el que estuvo en la infancia, que luego abandonó y al que luego

retornó para trasladar a ese padre enfermo en varias ocasiones hacia la capital.

“Hay algo, sin embargo, que no es tan sencillo. O al menos no resulta tan sencillo de

explicar. Me refiero a lo que pasa en mis adentros cuando estoy acercándome al pueblo.

Algo que se parece mucho a una emoción corporal, si es que tal cosa existe. El cuerpo se

afloja, se relaja. Se empieza a sentir, poco a poco, más seguro o más íntegro, no sé muy

bien. Más cómodo. Más tranquilo. Más liviano, el cuerpo. Y la nariz huele de verdad, no

miente como en otros lugares, y los ojos se distraen recordando con engañosa facilidad. Se

siente la pertenencia, esa cosa medio intangible y que quizá constituya la única propiedad

privada que signifique algo más que la mera posesión o disposición humana de un espacio

geográfico cualquiera.

En Baradero es donde principia el relato de las desventuras del Santos Vega del escritor

Eduardo Gutiérrez. En la pulpería de don Cosme, la más afamada de la zona, tuvo lugar una

noche una endiablada payada que duró largo tiempo, entre un parroquiano, el tuerto

Cipriano, y el mismo pulpero, ambos de gran habilidad para la guitarra y el canto y del

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mismo temple para la ginebra. Al final de aquellas horas, quedó vencido don Cosme, pero

de puro dormir la borrachera. Otro muchacho de San Nicolás le salió al encuentro a

Cipriano, para darse al rato por perdedor, aunque puso en juego sus mejores galas. Cuando

ya nadie tomaba la posta para otra payada, apareció en la puerta otro joven forastero

respondiendo al desafío. Payaron los gauchos y con rabia Cipriano debió reconocer su

derrota, pues se le terminaba el aliento de sus versos y comenzaba a repetirlos. Procedía el

joven de Mercedes para emplearse en algún lado como domador y no era otro que Santos

Vega. Repuesto don Cosme y enterado de la nueva, quiso de inmediato payar con el cantor,

para al cabo caer de igual modo vencido.

En medio del entretenimiento, llegó al lugar una partida de tres policías para llevarse a uno

de los paisanos presentes, pero se les interpuso Vega, espantándolos a los ponchazos. Otro

arribado cantará contra Santos, declarando al término la superioridad del joven domador.

Su nombre era Carmona y el encuentro será el principio de una gran amistad entre ambos.

Volvió la partida, esta vez con seis hombres, a cobrarse la humillación pasada. Santos los

enfrentó y malhirió al sargento y a otro soldado, pero fatigado por el fragor del combate se

dejaba ya librar a la suerte, cuando intervino Carmona para darle tiempo a reponerse. De

esta manera y con las fuerzas recobradas, sólo uno quedó en pie, al que Vega perdonó la

vida para que fuera con el parte de lo sucedido.

Tornados a la pulpería, el héroe comenzará a relatar ante los presentes la historia que lo

malquistó de tan mal modo con la justicia, remontando sus días a su estancia en Dolores. La

historia, ante este mismo auditorio y en el mismo sitio, se prolongará en la continuación

que Gutiérrez dará a su personaje en Una amistad hasta la muerte. Concluido el racconto de

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sus desventuras en las que perdió padres, fortuna y amores, desventuras que han causado

honda impresión en don Cosme, Cipriano y Carmona, paisanos que no cejan en ofrecerle su

amistad, Santos se dispone a marchar de nuevo. Lo retiene el discurso conmovido de

Carmona, que entre lágrimas le ofrece su hermandad y su compañía para siempre, oferta

que deberá probar casi de inmediato, cuando una partida de alcaldes que no tolera la

presencia del fugitivo Santos en el pago, quiera aprenderlo y deban lidiar con los amigos.

Caerán algunos representantes de la justicia y serán espantados otros, ante la admiración de

los parroquianos de la pulpería. Más tarde, los amigos se conchabarán en una estancia del

partido, la de Castex. Apenas arribado Santos, deberá lidiar en una payada memorable con

el Negro diablo, a quien terminará por vencer. La derrota encolerizará, como es previsible,

al perdedor, que buscará el duelo, que al fin se producirá, y que también perderá para hacer

más grande su humillación ante el paisanaje, que adorará a aquel joven capaz de superar a

cualquiera en la pelea, en la doma o en el canto, y “que llegó a ser más conocido en el

Baradero que en el mismo Dolores, donde se había criado y hecho sus primeras hazañas.”

Más tarde, en otra estancia del partido, asistiendo con su fiel Carmona a una yerra,

volverá a hechizarlo la vara del amor. Dolores, la esposa del estanciero, despertará en Vega

los anhelos de felicidad. Sin embargo, Benita, una paisana enferma de celos y buscando

vengarse de su rival, delatará a la amante ante el marido. Vanos serán los intentos del héroe

por retener a la mujer en la había creído encontrar, al fin, el bálsamo reparador de tantas

heridas. El estanciero, Ramón, consigue alejarla rápido, mientras él con una partida de

alcaldes enfrenta y demora al gaucho. Perdido su amor, Vega ya no cree tener nada más que

hacer en el partido. Marcha a despedirse de aquellas amistades que conociera en la pulpería

de don Cosme y se pone en camino acompañado de Carmona, al que por vez primera se lo

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ve con hondo dolor al dejar aquella tierra de Baradero: “Siento dejar este pago en donde me

he criado y he aprendido a ser hombre.”

No abandonaran las desdichas a los amigos. Por Matanza, un amorío con unas paisanas

traerá consecuencias nefastas, pues el padre de las muchachas, borrachín, entra en

componenda con los alcaldes para echar a los molestos galanes. En la refriega, Vega es

herido de un sablazo en la frente. La sangre que mana en abundancia le impide ver.

Carmona interpone el cuerpo para proteger al amigo y va derribando uno tras otro a los

enemigos, para caer apuñalado por la misma mano de Vega que confunde su espalda con un

bulto rival.

De ahí en más será el declive del gaucho. Errando por la campaña, cautivo de un malón,

libre otra vez, se retirará, cansado, envejecido, enfermo, hasta la tumba de su amigo, cavada

al pie de un ombú, en Matanzas, y allí culminará su existencia, creyendo en su delirio ser

vencido en payada por el Diablo.

Sabido es el extraordinario éxito de aquellos folletines de Eduardo Gutiérrez. Pero más

que las peripecias, que los amores contrariados, que las penalidades, aquellas páginas

resultan apasionantes y entrañables por el lazo de amistad que cantan, lazo que ni la misma

muerte puede llegar a romper.

A la estancia del juez de paz del Baradero llegará Miguel, portando como chasque el

mandato de Juan Manuel que da inicio a las acciones de Los misterios del plata, de Juana

Manso, obra, como todas las escritas al fervor de la lucha contra Rosas, del todo maniquea,

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en la que los caracteres de los unitarios aparecen enaltecidos en grado máximo y los de los

funcionarios rosistas degradados en todos sus aspectos.

Por el breve diálogo de estos personajes se sabe del remontar de una pequeña nave por el

Paraná con unitarios escapados de Montevideo, donde se hallaban emigrados y que se

dirigen a establecerse en Corrientes. Se trata de Adolfo Avellaneda, seudónimo en la novela

de Valentín Alsina, y de su familia. Sin embargo antes, Oribe, presidente de Uruguay y en

tratativas con Rosas, había hecho reemplazar al hombre de confianza que debía conducirlo.

El plan era detenerlo y entregarlo al gobernador de Buenos Aires.

En Baradero, en tanto, el juez y sus hombres aguardan junto al Paraná. Hasta el lugar llega

la embarcación del proscripto, donde es apresado y conducido hasta las ruinas de un

monasterio, a unas cuatro leguas. Desde el pueblo de Baradero llegan los funcionarios a

redactar el sumario y se toma la decisión de entregarlo vivo al restaurador. Poco a poco,

torna la novelista a dar un giro en la psicología de uno de sus personajes principales,

Miguel, el joven gaucho al servicio de Rosas, que se debatirá en sus reflexiones sobre

aquellos principios y espíritu de nobles ideas que parece representar el detenido.

Esclarecido aún más sobre las verdaderas intenciones del régimen por un viejo gaucho que

sirvió en la Independencia, Simón, se resolverá con éste beneficiar a Avellaneda.

Aprovechando la guardia, liberan al prisionero y comienza la huida. El juez de paz es

notificado al poco tiempo y sale en persecución. Logra alcanzarlos ya los márgenes del

Paraná y recaptura a Avellaneda, mientras Simón y Miguel se esconden en la espesura. De

este modo el fugitivo es separado de su familia y embarcado hacia Buenos Aires. Julián,

uno de los hombres del juez, ya en la ciudad, es quien informa a Rosas de la detención.

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Proseguirán las acciones noveladas en la gran ciudad, culminando con el escape del

protagonista.

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LOS CABALLOS DE BRAGADO

“Cuatro elementos en guerra forman el caballo salvaje…”

Leopoldo Marechal. “A un domador de caballos”

Comarca que en el pasado nucleaba indios pampas, boroganos, puelches y ranqueles,

debió por esto mismo, y ante el afincamiento de estancieros e incipientes poblaciones,

establecerse para su protección en 1846 un puesto militar y un pueblo junto a la laguna de

Bragado Grande. La aldea fue bautizada como Santa Rosa del Bragado.

La escultura de un caballo recibe al visitante en la entrada a la ciudad; A poco, uno se

entera de la Fiesta Provincial del Caballo, celebrada cada año, con danzantes escuadras

ecuestres incluidas; Luego, puede verse en algún lugar el escudo oficial y reconocer en él

otra efigie equina. Asaltan las dudas sobre alguna particular obsesión, pero no, es la

leyenda, que perdura aún, contándose de boca en boca.

Potro salvaje, indomable, con una mancha blanca en forma de braga en el pelaje rojo,

podía vérselo beber en la laguna. Desafiante a todo intento de apresarlo, defendía con

bravura su libertad. Pudo más, al fin, el número y lo acorralaron sobre una barranca. Pero el

animal, se irguió sobre sus cuartos traseros, echó un relincho furioso y se arrojó al vacío.

De ahí en más sería su laguna, la laguna de “Bragado”.

Nyda Cuniberti lo ha recordado en un poema de su libro Canciones sureras (1989):

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“Recorría ese pago en el pasado, / descifrador del monte y la llanura, / un potro cimarrón

pelibragado, / flecha de instinto, correntada oscura. // Dicen que tuvo pelo requemado, /

sombra en la sombra, desde la espesura, / le relucía como un pez plateado, / la raja de su

blanca bragadura. // No se dejó pialar y se asegura / que eligió hallar la muerte en la

laguna / que de a poco morir, cabalgadura. / Sepa el potro bragado que ese suelo, / al que a

veces regresa cuando hay luna, / tiene el sonoro nombre de su pelo.”

(“El potro de Bragado”)

Y claro, debía ser otro famoso caballo de Bragado el que anduviera al “trotecito” por la

literatura. Lo montaba el paisano don Laguna, personaje con que quizá enmascaraba el

autor, Estanislao del Campo (1834-1880), a su cuñado, Ricardo Gutiérrez (no fue sino éste

quien lo incitó a escribir la obra al escuchar algunos versos), en su Fausto (1866).

“En un overo rosao, / flete nuevo y parejito, / caia al bajo, al trotecito, / y lindamente

sentao, / un paisano de Bragao, / de apelativo Laguna: / mozo jinetazo, ¡ahijuna! / como

creo que no hay otro, / capaz de llevar un potro / a sofrenarlo en la luna.”

Seguirá luego el encuentro de este paisano con “el Pollo” y el diálogo que informa la

obra, en el que este personaje relatará la visión que ha tenido en la ciudad del “diablo”.

Visión y hechos que ha tomado, en su ingenuidad de gaucho, como reales, cuando se

trataba de la representación de la ópera Fausto de Gounud, en el Teatro Colón.

La polémica ha convertido a aquel overo de Bragado en el caballo más famoso de la

literatura. Ha corrido tinta –Rafael Hernández, Leopoldo Lugones, etc.- fustigando, o

alabando, aquel color. Por supuesto, debía ser Borges la instancia superadora. Su prólogo a

20
una edición del Fausto (recuperado en sus Obras Completas, tomo IV), en su brevedad, es

dechado de lección literaria:

“¿Qué resolver, ante negaciones tan firmes? Yo me sé indigno de terciar en esas

controversias rurales; soy aún más ignorante que el reprobado Estanislao del Campo.

Apenas si me atrevo a insinuar que aunque los ortodoxos abominan del pelo overo rosado,

el verso `En un overo rosao´ sigue —misteriosamente— gustándome. Ignoro si obra la

costumbre, ignoro si la palabra rosao difunde una especial claridad; sé que me sería

intolerable una variación. La décima entera, por lo demás, es un tremolante y bizarro objeto

verbal; inútil cotejarla con la realidad, con otras realidades.

Pasan las circunstancias, pasan los hechos, pasa la erudición de los hombres versados en el

pelo de los caballos; lo que no pasa, lo que tal vez nos acompañará en la otra vida, es el

placer que da la contemplación de la felicidad y de la amistad.”

Manuel Mujica Láinez prologó la felicidad de la lectura del Fausto, en una nueva

aventura de Anastasio el Pollo en su Misteriosa Buenos Aires. El personaje, aquí, escribe

una carta que tiene como destinatario a nuestro Laguna (“Carta de Anastasio el pollo a su

aparcero don Laguna, paisano de Bragado.”) en la cual le relata el nuevo encuentro que ha

tenido con el Demonio, Margarita y Fausto, en esta ocasión en la calle, y de qué manera

hubo de terminar detenido al intentar frustrar las intenciones del Malo con la rubia.

21
WARNES (BRAGADO): UN LUGAR EN EL MUNDO

Haroldo Conti (1925-1976) posee la virtud de hacer queribles hasta la amistad a sus

personajes, de modo tal que, en los finales de sus cuentos, cuando ellos se van, cuando se

marchan con sus derrotas a cuestas, nos dejan con ese sabor amargo y triste de sentir que

uno no haya podido hacer nada por ellos. O por nosotros, porque en realidad el secreto sea

que sus personajes llevan mucho de nosotros.

Así sucede con “Mi madre andaba en la luz”, relato que nuestro vecino de Chacabuco

sitúa en Warnes, pueblito del cuartel X del partido de Bragado con menos de cuatrocientos

cincuenta habitantes, cuyo nombre recuerda al coronel José Ignacio Warnes, militar que

actuó bajo las órdenes de Manuel Belgrano en las luchas por la independencia.

Para Pedro, el personaje que ya no vive en el pueblo natal, pero al que vuelve por unos

días de visita, Warnes representa nada menos que el sentido de su vida, el lugar en el

mundo. Aquel mundo de la casa con patio de tierra, que apenas tiene un cantero con solo

una planta de azalea que su madre riega cada tarde, remite al tópico tradicional de una Edad

Dorada pueblerina, donde las insignificantes objetos –macetas hechas con latas de aceite,

una jaula que alguna vez tuvo un caburé traído por su padre, los árboles y sus pájaros, la

cocina a leña- cobran un brillo especial a la luz de la memoria. Y de la realidad, que no es

más que la vida rutinaria que lleva en una papelera de Buenos Aires.

22
Pobreza de un lado y del otro, en ese pueblo y en Buenos Aires, pero distinta. Uno puede

preguntarse por la diferencia. El cuento habla: en la casa materna con techo de chapas, una

mesa sin siquiera mantel de hule, de madera, con los chamuscos de los cigarros del padre,

una fiambrera con el alambre remendado, una bandada de pavos; en la gran ciudad, la villa

miseria en donde vive, el cielo que es “un miserable agujero en lo alto de la calle”, ropa en

cuotas, anillos de plata con piedras de plástico, el saco comprado de ocasión en Ferias

Americanas.

Sobreviene el reencuentro con aquella madre, “un manojo de huesos que temblaba entre

sus brazos”, con el hermano, “El Polo, que quizá terminará como el padre, amando la tierra

de otro, aunque uno y otro amaban a la tierra “sin tomar en cuenta los alambrados. Era una

sola y ancha y fecunda tierra…”; los amigos, a quienes trata de impresionar con su charla

con un goleador de Racing, con su cigarrera, sus zapatos.

Se suceden los obsequios: un batón, una radio portátil. Como suele suceder con sus

personajes, también éstos, aunque familia, son cortos de palabras, se preguntan y responden

“sin que en ningún momento llegaran a conversar como se entiende por lo general.” Al

final, la partida, el arribo de nuevo a los pasillos de la villa, el mameluco y la caminata

hasta la papelera.

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BRAGADO: AVENTURAS EXTRAORDINARIAS PARA SÓLO VOLVER

AL PAGO Y EL ESPLENDOR DE UN TEATRO LÍRICO EN LA LLANURA

En aquellos pueblitos del oeste bonaerense donde suele situar las acciones de sus novelas

– Último foco, Aventuras en borrador- la bragadense María Cristina Alonso (1955), parece

proyectar los escenarios de su patria chica.

Aunque destinadas a un público juvenil, sus anécdotas sugieren problemáticas que,

miradas con atención, exceden las de los lectores a los que inicialmente están destinadas.

Así, por ejemplo, en Aventuras en borrador, los protagonistas, el tío Alberto y su sobrina

Nina, una adolescente fascinada por sus relatos y ansiosa de aventuras, van hilvanando, a

partir de un hecho histórico real, como lo fue el cruce de Robert O'Hara Burke y William

John Wills, en 1860, del por entonces aún inexplorado continente australiano, la trama de

una historia que se torna tan real como la otra. Sobre aquel periplo del cual Wills dejara

constancia en Successful Exploration. Through The Interior of Australia, from Melbourne

to the Gulf of Carpentaria y que la autora parece haber tenido como fuente literaria, se

enlaza un presunto romance surgido, en el Buenos Aires de la época Rosista, de Wills con

Florentina Aguirre, viuda que deberá emigrar por la persecución política hacia Inglaterra,

donde comenzará a desempeñarse como institutriz en una mansión que se percibe como

tétrica y amenazante. Tío y sobrina, en su propia aventura, en la que deben huir de unos

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mafiosos que los persiguen por la ruta, calles polvorientas, viejas estaciones de ferrocarril

abandonadas, van urdiendo detalles, hechos imaginarios, tomados de otra novela (La casa

del pantano, de Florence Warden) del que será un amor trágico, a la par que relatan el

destino cruento de aquella expedición, donde Wills y su compañero, extraviados, hallarán

la muerte.

Pero en aquel tío Alberto, vendedor de libros por los pueblos, fabulador de historias,

hombre frustrado, hay otra sombra inquietante, pues los relatos se asumen como

enmarcados en la narración que la propia sobrina hace veinte años después a Pepe, el hijo

de aquel tío, y que siente nacido “hijo natural”, como lo fue su propio padre, Alberto. La

problemática del “padre ausente”, las infancias en soledad, refugiadas en la lectura y en la

imaginación, pues, otorgan una complejidad mayor a la novela, disimulada tras los velos de

aventuras extraordinarias. También en Último foco, novela policial, reencontramos en el

protagonista, el detective Renzo Diez, de quien sabemos que vive a sus cincuenta con su

madre, pero que nada se dice del padre, a otro pueblerino al que tampoco le ha ido

demasiado bien en la vida, por momentos igualmente ansioso de vivir una empresa que lo

saque de la rutina y del fracaso. Sin embargo, son seres que, una vez experimentada,

claman por el retorno, piden la clausura de esa aventura excepcional, vuelven a la

cotidianidad del “pago”.

Ausencias y pérdidas narrativas (Pienso en el relato “Carta de los últimos días”) como

metáforas, quizá, de ausencias y pérdidas que vamos sufriendo en nuestra realidad,

individual y social.

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María Cristina Alonso propone interesantes tramas, juegos y guiños cómplices al lector

En Último foco, por ejemplo, la alusión al monumentalismo de ciertos edificios, realizados

para testimoniar de modo hiperbólico la prosperidad de los pueblos en la llanura, remite sin

duda a las obras del arquitecto Francisco Salamone, desperdigadas por toda la provincia.

Sin embargo, ni siquiera Bragado ha podido escapar a esas ansias, a ese anhelo de algunos

hijos de su tierra, de dejar en un pequeño pueblo de la campaña grandiosos testimonios

artísticos materializados en imponentes edificios, y la misma María Cristina Alonso se ha

encargado de hacer perdurar su leyenda al escribir sobre la vida del tenor Florencio

Constantino una novela histórica: El hombre del gabán. Este bragadense por opción, que

llegó a brillar en las mejores compañías de ópera del mundo, grabó más de doscientos

discos, inauguró el Teatro de Ópera de Bostón, desafió al gran Caruso y terminó con

accesos de locura, fue quien hizo construir el teatro de sus sueños, diciendo: “En el

Bragado, tierra de mis luchas primeras, planté mis tiendas de artista, edificando un teatro

para que los que amigos fueron de mi desgracia, lo sean también de mi ventura.”

Hoy se lo conserva, después de un período de abandono y de refaccionarlo, en su

esplendor y como parte del Complejo Cultural que lleva su nombre

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BRANDSEN Y LA LEYENDA DE SANTA RITA

Durante la conquista española de los territorios americanos, la designación de santos

patronos, por parte de las distintas órdenes religiosas, para las nuevas poblaciones que se

iban estableciendo tenía el objetivo de reemplazar en el colectivo indígena los nombres de

divinidades que hasta entonces se hallaban vinculadas con tales sitios. Obedecía, pues, a

una política religiosa y del estado español.

Desde fines del S. XIX, y en adelante, en la campaña bonaerense, cuando fueron surgiendo

la gran mayoría de los pueblos y partidos, la decisión de convocar a una figura protectora

correspondió, en general, a particulares que donaban las tierras o a grupos de habitantes

fundacionales y la elección, también en general, recaía sobre un personaje considerado

milagroso en sus vidas, o al menos muy entrañable.

De los ciento treinta cinco partidos que componen la provincia de Buenos Aires, más de la

mitad tienen como patrona a la Virgen en sus distintas advocaciones, un 25% están regidos

por distintos santos, un 10% se lo reparten algunos apóstoles, arcángeles y el mismo Jesús,

terminando con un pelotón de un 9% dedicado a las santas. Entre estas, los nombres se

repiten, siendo el más abundante el de Santa Rosa de Lima. Luego tenemos a santa

Florentina en Campana, santa Cecilia en General Pueyrredón, santa Teresa de Jesús en

Lanús, santa María Magdalena en el partido homónimo y la que me interesa tratar aquí,

santa Rita de Cascia, patrona del partido de Brandsen.

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Cuando uno pasea por el pueblo, sin ser la ocasión de algún festival en especial como

suelen realizar, escasean los atractivos turísticos. Queda en este caso, pues, la plaza y la

iglesia, que es una de las edificaciones más antiguas (surgió como capilla en 1883 y el

actual edificio data de 1898), pero solo eso, arquitectónicamente no es muy llamativa. Y sin

embargo… Tenemos una historia. Una bella historia de abejas blancas como la nieve y de

flores rojas como la sangre.

Lo he dicho otras veces: es cierto que una imagen dice más que mil palabras, pero no

siempre. Detrás de las imágenes puede haber una historia más interesante de la cual la

imagen solo ilustra. Fotografiar sin investigar es empobrecer la fotografía. Aquí, un sencillo

templo, con una leyenda maravillosa.

Rita es la abreviatura de Margarita. Nacida en el reino de Umbría en el S XIV, en el pueblo

de Cascia y en el seno de un matrimonio de ancianos que no había podido tener hijos, ya su

nacimiento fue adornado con prodigios, pues en su cuna, testimonian, por su boca “se vio

salir y entrar (…) un enjambre de abejas blancas como la nieve, indicio nada equívoco de

su inocencia, de su candor, de su dulzura y de su suavidad”.

El hecho no es novedoso, ni en la Hagiografía ni en la Literatura: ocurrió con san

Ambrosio, san Juan Crisóstomo, santo Domingo de Guzmán y, narra Cicerón en su obra

“Sobre la adivinación” (Libro I, 36) que, durmiendo Platón en su cuna, unas abejas se

posaron en sus labios, hecho anunciador de que su discurso sería de gran dulzura.

Según los tratados (Jean Chevalier, por ejemplo), el simbolismo de la abeja se relaciona con

la resurrección (en invierno no salen de su colmena) y la idea ya proviene de los griegos:

Las sacerdotisas de Eleusis eran llamadas “abejas”. También se las asocia con la

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elocuencia, la poesía y la inteligencia. En el caso de Rita, las encontramos no sólo en el

inicio, sino en el final de su vida: ellas volverán al monasterio donde descansan sus restos

incorruptos. Los numerosos orificios en las paredes donde ellas se refugian avalan el

testimonio.

Este tipo de marcas desde el nacimiento es tan usual que establecen tópicos o mitologemas

muy estudiados. El motivo del “Puer/Senex” se refiere no sólo al aprendizaje de un joven a

través de las lecciones de un anciano, sino también al niño que muestra una precocidad de

adulto en su inteligencia: sabio, discreto, modesto y grave como un viejo. Tal este caso. Su

infancia estuvo ligada solo a la lectura de libros piadosos y a ejercicios de devoción.

Poseedora de una belleza singular, sus padres la entregaron al matrimonio ventajoso a los

catorce años, pese a que ella ya manifestaba su inclinación religiosa. Halló no el amor, sino

la cólera, la brutalidad y la injuria permanentes por doce años. Sufrió con resignación y

esperanzada de que sus ruegos y rigurosos ayunos obraran. Sucedió así y el carácter de su

marido cambió radicalmente, siendo un manso cordero. Fue entonces que, debido a los

numerosos altercados de su vida pasada, él halló una mala muerte. La región por entonces

era sumamente violenta y la “vendetta” algo usual. Temiendo que sus hijos se inclinaran a

la venganza y perdieran el Reino de los Cielos, pidió a Dios los llevara junto a él y de ese

modo sucedió: los dos murieron. No había nada que la retuviera al mundo y tuvo ante sí el

sueño de entrar al convento. Fue rechazada tres veces hasta que, por milagrosa intercesión,

se halló tras los muros estando todo el claustro cerrado. En su vida religiosa se destacó por

sus penitencias y mortificaciones. Su permanente meditación era la pasión de Cristo. Quiso

compartir su sufrimiento y lo pidió. Entonces surgió en su frente una de aquellas espinas de

la corona del crucificado. Herida incurable, llena de gusanos y pestilente. Por esa espina la

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Bougainvillea (bautizada en honor a Louise Antoine de Bougainville, , comandante y

patrocinador de la primera expedición francesa alrededor del mundo (1766-1769), realizada

con motivo de la entrega de las islas Malvinas a la corona española.), recibió el nombre

popular de Santa Rita.

Enferma, Rita Rita pidió en riguroso invierno que le trajeran una rosa y dos higos de su

huerto.

Cargadas de nieve, halló la amiga una bellísima rosa y, sobre una higuera, dos higos bien

maduros.

El día de su muerte, emanó de su cuerpo una fragancia sobrenatural y las campanas de

Cascia sonaron sin la presencia de ninguna mano. Fue al alba del 22 de mayo de 1457.

Tenía 76 años

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CARMEN DE ARECO Y SUS MISTERIOS. LA LEYENDA DE “EL CARMELITO”

…si habré arriesgado el pellejo / si habré entreverado en bailes/

al sur de Carmen de Areco / provincia de Buenos Aires.

“Milonga de Areco” Chango Rodríguez

En Carmen de Areco abundan los misterios sin dilucidar. Su mismo nombre, que le ha

otorgado el río, es un enigma. Podría tratarse de un capitán de ese apellido, cuya existencia

jamás se pudo comprobar; De una variante fonética de Areca, una planta que habrían

confundido los primeros expedicionarios y de la cual, sin embargo, ya no quedan rastros;

De una palabra indígena –arencó- que significaría “Río de greda”, o arecutá, una especie de

dios de las aguas. La incertidumbre persiste en este, como también en otros arcanos a los

que parece serle grata la ciudad para establecerse.

En el cementerio local, una descomunal torre de ladrillo a la vista, franqueada su entrada

por dos balas de artillería alemana, conocida como “La torre del silencio” (“Turris

Silentii”). Es un edificio funerario mandado a construir, entre 1935 y 1940, por la familia

Percivaldi, un matrimonio de emigrantes italianos sin descendencia y nada proclive a las

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relaciones sociales. Nadie los visitó nunca, no se sabe cómo murieron y, con la cabeza

gacha, ninguna palabra de intercambio en el pueblo. La idea de la construcción era el ser el

sitio de reposo eterno juntos, pero su extrañeza reposa en el hecho de que nadie puede

entrar. La puerta se encuentra cerrada y la llave fue arrojada en el interior.

En 2017, los periódicos daban cuenta de la aparición de tres perfectos y gigantescos anillos

en el predio del aeroclub, lo que atrajo la atención de investigadores y estudiosos del

fenómeno ovni.

Pero sin duda la leyenda más relevante del pago es la del “Carmelito”, un espécimen

extraño que habita el lecho del río Areco. Las descripciones corresponderían, en menor

talla, a las del famoso Nessie o a las del Nahuelito: Una criatura acuática de unos dos

metros y medio de longitud que produce grandes remolinos y extraños sonidos, con cabeza

grande, ojos brillantes, largo cuello, cuerpo voluminoso, aletas, cola y una fuerza que le

posibilitaría romper las tanzas de los pescadores o arrastrar diez metros un bote con dos

personas. Gran parte de su historia ha sido narrada en el documental escrito y dirigido por

Diego Barrios “El misterio del Carmelito” (2016). En él se citan a personas que lo han

divisado, desde Luis Ábalos, quien fuera encargado en el balneario municipal y quien se

considera el primer avistador con la primera evidencia visual, fotografía y video de 1993,

corroborados como reales por un técnico en análisis digital, hasta la imagen capturada por

miembros del grupo proteccionista “Los Carmelitas” en 2011, pasando por testimonios de

motoqueros, aficionados a la pesca o trabajadores rurales.

La película cuenta con los ingredientes no solo del suspenso, sino con el indispensable

antagonismo entre buenos y malos, porque, en efecto, hay un villano en la historia: un

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lugareño que, pretextando la seguridad para la población, llamó a una gran cacería del

“monstruo” que convocó el 26 de agosto de 2013 a unas cincuenta personas, incluido el

apoyo de un helicóptero. Se hizo un rastrillaje en todo el río, pero en vano. Desde entonces,

El Carmelito no se ha dejado ver más y nadie sabe a ciencia cierta qué pasó con él. Para

algunos vecinos, sin embargo, “quedó dibujado en el agua”.

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CARMEN DE ARECO: DE CUENTOS EN LA PAMPA

A IZAR LA BANDERA DE LA INDEPENDENCIA EN IRLANDA.

Comenzaré por el final, una atención a lectores impacientes. Irlanda tiene un momento

crucial en la historia de su independencia y es lo que se conoce como Levantamiento de

Pascua o Easter Uprising, ocurrido entre el 24 y el 29 de abril de 1916, cuando los rebeldes

al dominio británico, nacionalistas y católicos, ocuparon la Oficina Central de Correos

(GPO) y otros edificios estratégicos de Dublín. En la toma de ese correo encontramos a un

joven héroe argentino: Eamon Bulfin, nacido en Buenos Aires en 1892. No sólo participa

de la acción, sino que pasa a la historia por una orden: “Here!, have these hoisted up on the

flag poles.” (Oiga, muchacho, tome estas banderas y colóquelas en sus mástiles). Eamon así

lo hizo con la bandera tricolor que izó en la esquina derecha, en Henry Street, mientras la

bandera verde con la inscripción ‘Irish Republic’ (República Irlandesa) la izó otro miliciano

en la esquina izquierda, Paddy Loney, sobre Princess Street. Sobrevendría luego la

represión británica: 3000 detenidos, los cabecillas ejecutados sin juicio previo, cientos de

víctimas inocentes por los fuegos cruzados. Eamon iba a ser sentenciado a muerte, pero

fueron providenciales su pasaporte argentino y las gestiones de nuestro embajador. Fue

deportado y, una vez en suelo argentino, detenido por presión de la diplomacia inglesa con

la excusa de ser desertor al servicio militar, a pesar de que sólo era un escolar cuando partió

a estudiar a la isla. El gobierno temía confrontar. Ya teníamos el pleito por Malvinas.

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Lograda pocos años después la anhelada independencia, quedó libre y fue nombrado

representante de Irlanda en Argentina.

Bueno, dirán, pero… ¿Dónde está lo literario, aparte de haber militado en la misma brigada

del poeta Patrick Pearse, artífice del alzamiento y a quien ejecutaron, no permitieron que su

cuerpo fuera entregado a su familia y cuyos últimos poemas fueron deshechos por el

comandante de las fuerzas británicas, Sir John Maxwell?

Eamon fue hijo mayor de William Bulfin, irlandés que arribó con veinte años a nuestras

tierras, en 1884, y que fue un escritor que siguió los pasos de Guillermo Enrique Hudson y

Robert Bontine Cunninghame Graham, esto es, escribir en otra lengua sobre nuestras cosas

camperas. Para los lectores, Bulfin debe ser el menos conocido de los tres, aunque todos

fueron cautivados de igual manera por el paisaje y costumbres de esta tierra. Inicialmente

se estableció en una estancia de John Dowling, en Carmen de Areco. Contaba con

recomendaciones y relaciones de los Padres Pasionistas, quienes han dejado en la zona un

extraordinario monasterio. Conoció a la que sería su esposa y comenzó a escribir bocetos

sobre los gauchos y los propios paisanos irlandeses, afincados en gran número en ése y

otros partidos lindantes, que fueron publicándose en el periódico semanal “The Southern

Cross”, del cual con el tiempo terminaría siendo dueño. Esas crónicas hablan de un tiempo

en el campo que va desapareciendo y anticipa, de algún modo, al “Don Segundo Sombra”

de Ricardo Güiraldes, en su tono de elegía. Mudó luego a Buenos Aires, publicó en forma

de libro aquellos relatos en 1907 y retornó a Irlanda en 1910, donde al poco tiempo falleció

Sus “Cuentos de la pampa” (Tales of the pampas) fue reeditado en 1997, en edición

bilingüe, por la editorial L.O.L.A. Encontré el libro con los relatos de Bulfin, no exento de

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un peculiar humor, con bribones irlandeses simpáticos. El Marinero John (“Un mal tipo”)

no parece carecer de ninguna de las indignidades de estos bribones. Desertor, pedigüeño,

mentiroso, ladrón, pendenciero y borracho. Cede algún parroquiano, sin embargo, apenado

por sus circunstancias a tratar de remedar, aunque sea por unas horas, su condición

ofertándole techo, comida y trabajo, pero ha de encontrarse al retorno el misericordioso con

que le han desaparecido de su rancho cosas, entre ellas, una olla. Indaga el personaje en la

pulpería y se encuentra que otros dos y hasta tres paisanos de la comunidad habían sido

estafados ofertándoles aquel recipiente que prometió entregar en el boliche. No hay alma

tocada por el escándalo que no quiera estrujarle los huesos al Marinero. Y ahí llega el

protagonista, borracho y montando un caballo robado. Incólume a las protestas y reclamos,

quiere pelearlos, hasta que con dificultad es desarmado y encerrado en un galpón. En “El

sapo encantado”, Tim Shannahan se ha hecho amigo de una rana que conserva en su

rancho. En realidad es un sapo, “tan grande como una plancha”. Debiendo ausentarse por

una semana, deja como capataz encargado a un tal Delaney, otro pendenciero dado a la

bebida. Cumple éste en el día con las tareas de alimentar y dar de beber a los perros, cuidar

el rebaño, pero dispuesto a dormir por la noche, el chirrido constante del reptil no lo deja

dormir. A partir de allí, tropiezo tras tropiezo en el rancho hasta que lo alcanza y lo deja

afuera. Recuerda la encomienda del dueño de no molestar al bicho. Sin embargo, en su

imaginación el sapo se va agigantando y los rasguños contra la puerta, tratando de volver a

su dominio, se le tornan topetazos de un caballo. No cesa el animal en los días siguientes en

sus intentos de ingresar. Delaney una vez lo lanza lejos; otra, lo arroja a la laguna;

finalmente, lo ata a un poste. Así es hallado al regreso: “rengueando, deprimido, reducido a

una sombra y arrastrando una larga tira”, lo que provoca el enojo de Tim y una terrible

golpiza. En “Highlife” el blanco el ridículo es un niño bien español que llega a una estancia
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desde Madrid con el propósito de los padres que siente cabeza. Había llegado “al mundo

equipado con una clase de convicción o principio que lo hacía pelear desde la mañana a la

noche en contra de las normas establecidas.” El primer choque con la realidad se la propina

un caballo, el cual –a pesar de las advertencias- pretendió montar por el lado equivocado.

El equino, ya perdida la paciencia y “recordando a su hace tiempo perdida juventud, arrojó

a su contrincante al otro lado del corral dando tres corcoveos.” Hay una excepcional

descripción de la llegada de la tormenta de Santa Rosa en los últimos días de septiembre:

“En la mañana del primer día el sol surgió enfermizo a través de una helada niebla, para

luego ser tragado por sucias nubes marrones. Al sur el cielo parecía de piedra, el viento que

soplaba sobre los campos amarillos, también desde esa dirección, silbaba tristemente a

través de las varas secas de los cardos y la escarcha negra en el pecho cortaba como un

serrucho.”

El ganado moría y había que salir a cuerearlos. Sobrevino la lluvia y hasta copos de nieve.

La tormenta fue infernal. La orden fue cortar las alambradas para que las vacas pudieran

circular y no quedarse quietas.

“Los truenos repicaban gruñendo y chillando, era como un torrente que brama en un sinfín

de ruidos y explosiones. Los malditos relámpagos no cesaban de iluminar con sus

enceguecedoras luces, mostrando cómo ríos de escarcha y nieve bajaban del cielo. El ruido

de la lluvia cayendo era como un profundo ronquido del campo, mientras que el terrible

viento Pampa barría la tierra como si fuera una gran vela de barro.”

Las bromas pesadas, casi insultantes que se prodigan uno de los peones y Highlife Arturo

en medio de aquel temporal desembocarán en la tragedia. Quizá tomando por primera vez

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conciencia de su torpeza, de sus veinticuatro años de vida disipada, su sangre española se

enardeció y salió al galope tras el grupo para ayudar. De nada sirvieron recomendaciones,

disculpas por la “chanza” de alguno. Empeñado en proseguir y de mostrar su hombría. El

peligro de la manada arremolinándose en medio de los jinetes, la lluvia, la helada, pusieron

el final. Highlife no podía hablar. “El frío había aprisionado su corazón y lo dejó callado”.

Sigue un ramillete de cuatro o cinco relatos más con distintos escenarios pueblerinos,

singulares todos y de buena factura, con la peculiaridad de incluir modismos de una y otra

lengua que debieron ser desafíos para los traductores. Como pasó con Hudson, la nostalgia

por lo vivido en estas tierras habrá nublado sus ojos. Cuentan que solía pasearse por las

calles irlandesas vestido de gaucho. La placa de su tumba fue escrita en inglés y en

castellano.

Monasterio Retiro San Pablo de los Padres Pasionistas - conocido como "el Monastery"

entre los irlandeses-. El tío materno de William Bulfin fue el Padre Vincent Grogan, que se

desempeñó como Provincial de los Padres Pasionistas. El monasterio se encuentra en la

provincia de Buenos Aires, sobre la ruta provincial 51, entre Arrecifes y Carmen de Areco.

En un parque arbolado de quince hectáreas se encuentran diversas instalaciones del

Monasterio, principalmente el edificio principal de retiros, la capilla San Pablo de la Cruz,

y la antigua capilla San Patricio, además del cementerio de los Padres Pasionistas y

estructuras de mantenimiento. El monasterio está ubicado en parte en el partido de Carmen

de Areco y también en el de Capitán Sarmiento.

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PÁLIDOS SUEÑOS EN CHACABUCO

Pueblo destinado a remanso de héroes, Chacabuco nació, en 1865, bajo la presidencia de

Mitre. Solares con destino a los soldados que, vueltos de la guerra contra el Paraguay,

trocaron el merecido descanso de las armas, por fatigas campesinas. Apenas un rústico

mojón de ñandubay prefiguraba entonces lo que sería la plaza principal.

Una de las cosas que quizá uno pueda esperar, rumbeando a Chacabuco, es encontrarse de

pronto con el tío Agustín, aquel personaje de “Las doce a Bragado”, de Haroldo Conti.

Salido de las páginas del cuento, andará corriendo el protagonista como lo hacía con

recurrencia, motivo que vino a dar en las reminiscencias del escritor, dado a recordar aquel

camino de tierra entre Chacabuco y Bragado que servía de pista para la tradicional corrida

del 15 de mayo, festividad de San Isidro, “La Carrera de Fondo de las 12 leguas a

Bragado.”

Excusa el camino para dar cuenta de los jalones míticos por donde transitaba aquel tío: la

salida desde plaza San Martín, frente a la iglesia de San Isidro Labrador, la avenida Alsina,

el bar Japonés, el hospital municipal. Nunca, sino una vez, y porque lo obligaron a

latigazos, llegó aquel tío a Bragado. Al parecer le gustaba despistarse por “el monte de

eucaliptos del campo de Cirigliano”, por caminos de cuises y liebres, o torcer hacia las

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espigas, hasta ser hallado más tarde durmiendo “debajo del álamo carolina”, su única meta

reconocida.

Tenía “berretín de caballo desbocado”, y el narrador, que apenas lo ve desde la

adolescencia, fue testigo de su trotar por Corrientes “o trasponer de un salto Alem, en

dirección al puerto.”

Aquel tío, sobrepasa, en los recuerdos del escritor, a los de su abuelo, carpintero que había

visto a Jesús; a su padre, corredor del frigorífico La Blanca; o a los de su tía Juana, “por

siempre joven, que tenía un cuarto para ella sola y una cama muy alta que olía a jazmín y

una escupidera de loza que parecía una sopera y un novio que venía todas las tardes a las

cinco y se marchaba apenas caían las sombras…”.

El tío trabajaba también en la carpintería del abuelo, El Mercurio, en pasaje Intendente

Beltrán, frente a la plaza Necochea o Plaza del Mercado, “donde está hoy la estación de

colectivos.” Desde este hoy, el narrador vuelve a recorrer aquellos lugares. Cruza Santa Fe,

hasta el bar Falucho, en Fitz Roy y Luis María Campos, y a recordar que, en tanto trabajó

en la mueblería y carpintería, su tío había dejado de correr. Emprendía sólo largas

caminatas: hasta el cementerio, “o el Prado Español o la quinta de Pastore, o la estación del

Pacífico, donde esperaba ver pasar al `Cuyano´.”

Poco a poco fue envejeciendo. De tanto en tanto, cuando el narrador volvía de visita al

taller, el tío preguntaba sobre caminos y lo entristecía suponer que algún día, quizá pronto,

a aquel camino entre Chacabuco y Bragado, le pondrían cemento. Proseguía con sus

caminatas, pero se extraviaba con frecuencia.

40
En su recorrer va comprobando el narrador los cambios en el pueblo: la pérgola, echada

abajo en tiempos de Fresco; el lago artificial “que mandó rellenar el intendente Barcán”; la

estatua de San Martín, que había reemplazado a la pérgola y que primero fue pedestre,

después ecuestre, recién en tiempos del gobernador Aloé. La efigie ahora cabalga,

apuntando su dedo hacia la confitería San Martín.

Pero también verifica en la mente de su tío los estragos del tiempo, mente que comienza a

ver parroquianos ya fallecidos. En su último encuentro, lo comprobó achacoso, cada vez

más perdido y sin reconocer a nadie, ni a su hija, hasta quedar postrado en su cama inglesa

con cabezales de bronce. “Sin embargo, no la pasa tan mal. Siempre tiene algún muertito

con el que charlar…”

De tener la posibilidad, sería grato sentarse en algún lugar de la ciudad nativa de Conti,

quizá en el andén de la estación, y leer algo más de su obra. Comprobar el juicio de Mario

Goloboff sobre su escritura: El moroso desenvolvimiento de sus narraciones, la humildad

del tono, su anunciada falta de originalidad y de grandeza temática (…) Una insatisfacción

que acompaña las idas y vueltas de héroes cuyas vidas no son heroicas, ni ejemplares, ni

típicas, ni siquiera importantes: hombres que no tienen nada que contar, como no sea la

historia de algún otro;”.

En verdad, su prosa cabalga a la hora de la siesta, Lenta, muy lenta, pero amena, se va

desplazando hasta que, de pronto, nos sorprende con algún revolcón en una encrucijada no

esperada. Parece ser ésta la técnica: desovillar acontecimientos cotidianos con la misma

parsimonia con que da cuenta de una triste muerte. Así en “Los novios”, cuento en donde

otro tío, Hipólito, visita con regularidad a la señorita Adela.

41
Conversaciones de siempre, de gente sencilla que apela a los consabidos lugares comunes

para llenar el del diálogo, como el del tiempo, que parece ser aquí hereditario: “A Hipólito

le gustaba hablar del tiempo, lo mismo que a su padre. En realidad, era todo lo que

recordaba del viejo. Ahí estaba en su recuerdo hablando las horas enteras en el Círculo

Italiano o en el bar Alsina. La verdad que era un tema inmenso. Se recordaban cosas, se

auguraban cosas y uno se volvía cosa y tiempo también”

¿Mordacidad? ¿Crítica? ¿Simple retrato costumbrista, o todo lo contrario, ejercicio de

protagonismo de los que siempre carecieron de ello? Hipólito y la señorita Adela se

deslizan por ese tobogán que los lleva a las estaciones, de ahí a las flores, mientras por la

calle de deslizan, igual de intrascendentes, “muchachos con hondas y tramperas para

gorriones”, “la señora Amelia con el tul y el rosario en las manos.”, el camión de riego; en

otras ocasiones, se sumaba como objeto de conversación la casa. “No era un tema nuevo

pero siempre que hablaba de la casa la señorita Adela parecía más animada”. La casa

agrega la posibilidad de descripción y más, la de ir a conocerla. “La casa quedaba del otro

lado del pueblo, después del molino”, y en la caminata a ese destino dejan a su paso el

saludo de personajes: El gallego Correa los saludó desde el mostrador de la tienda El

Mercurio y el señor Ferrer, con el invariable cigarro en la boca y el chaleco abierto, desde

la puerta de El Imparcial.”; Cuando llegan a divisar las quintas y el campo, entre el molino

blanco y la calle de cemento, arriban a la casa. Los sueños sobre una posible vida allí son

tan macilentos como los diálogos: “…sería lindo sacar afuera los sillones de mimbre y

contemplar el campo pelado que mudaba de color como el mar, aunque nunca había visto el

mar, y el camino de cemento y los grandes camiones que iban y venían cargados de

ladrillos.”

42
En el regreso, “saludaron a la misma gente en los mismos sitios.”

Y después de haber narrado la llegada y la despedida, repentino, el quiebre: “La señorita

Adela murió ese invierno.” Siguen los pormenores del entierro y culmina con aquel tío

que “salió a la puerta y se quedó un rato mirando los plátanos.”

Gente que lleva medidas no sólo las palabras, sino hasta los sentimientos. El dolor, el

llanto, o la felicidad, no se expresan, o se hace como en lo dialógico, cayendo en los lugares

comunes.

El fracaso parece estar siempre al acecho de los personajes, de manera solapada, presto a

desmoronar los sueños a la menor oportunidad. Basilio Argimón, un Ícaro pueblerino, de

derrumba con sus alas frente a la contemplación de todo el pueblo y se estrella contra el

techo del hotel Unión (“Ad astra”). Había tenido antes un rotundo éxito en compañía de dos

jóvenes admiradores, pero el descreimiento generalizado de la hazaña, llevada a cabo casi

en soledad, lo impulsó a ese nuevo intento que se frustra.

Luego de su desaparición, en 1976, Haroldo Conti dejó para nosotros la novela Sudeste,

Alrededor de la jaula (llevada al cine como Crecer de golpe), Mascaró el cazador

americano. Si se prefiere un equipaje más ligero, en cambio, están para ojear sus Cuentos

completos de donde han salido estos personajes.

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UNA LÁGRIMA EN CASTILLA, CHACABUCO, POR UN GRANADERO…

Ésta es la historia de un Granadero. Y la del pueblito que lo cobija y que no lo olvida.

A veces temo obrar injustamente. Olvidar otras tantas, y tantas hermosas anécdotas de otros

granaderos de San Martín que deben de andar desperdigadas por ahí, en el extenso territorio

de la patria… Porque esos hombres forjados por el Gran Capitán se hicieron no sólo de

hierro en sus acciones, sino también en sus principios. Fueron leyenda, transmitida de

generación en generación, hasta hacerse carne en sus actuales camaradas.

¿Por qué no dar por verosímil, por ejemplo, la historia de Manuel Mujica Láinez, contada

en “Misteriosa Buenos Aires? Tener por cierta la pena del indio Tamay, que vende baratijas

bajo las arcadas de la Recova, vive en un rancho, arrastra su pierna lisiada y ventea la

manga vacía de un brazo que falta, perdido en El Callao. Se burlan de él los niños, pero le

piden les cuente la historia de los ocho años de campaña con don José. Seguimos siendo

esos niños que imploramos grandes historias de granaderos, porque ya no las tenemos, y

son cuentos viejos, de otros tiempos.

Tamay y nosotros las contamos. Ésta es la historia del granadero Juan Rabuffi, salido del

pueblo de Castilla, en Chacabuco.

En lo básico, la de Rabuffi es la misma historia de Tamay, la de una amistad. Porque aquel

indio pergeñado por Mujica Láinez, era amigo-soldado, como amiga-esposa lo fue

44
Remedios -y lo grabó el mismo Libertador en su lápida-. La historia de todo granadero es la

historia de una amistad.

Entonces, Tamay se anoticia de repente, de la muerte, lejos, en Francia, de su General, de

su amigo, y se extraña que Buenos Aires no vibre de dolor. Mas el mismísimo dios Marte

en todo su esplendor viene a anunciarle la verdad increíble para su corazón. Pero… ¿Cómo

es posible que nadie llore, que nadie gima, que nadie dé grandes voces fúnebres por el

fallecimiento del más grande de los argentinos? Y Tamay se empeda y viste su uniforme.

Sale a vivar al héroe en una pulpería y surge el duelo de alguien. Mata, y suenan todas las

campanas de la ciudad.

En 1909 se cumplían 59 años del fallecimiento del General José de San Martín. En

Boulogne sur Mer, Francia, donde falleció, deciden hacerle un homenaje con un

monumento en la costanera, sobre el boulevard Sainte-Beauve. Desde Buenos Aires, 120

granaderos partirán con sus caballitos en viaje en el barco “Pampa”, en travesía que

demandará un mes, a participar del mismo. Fueron elegidos, escogidos con rigor, por sus

antecedentes y comportamiento. Juan Rabuffi, con veinte años, cumple su servicio militar

en el cuerpo. No se quiere perder este acontecimiento. Sabe, y esconde a los superiores, su

afección pulmonar. Es uno de ellos, y participa de las ceremonias. Pero al término, se

descompensa. Es internado en un hospital. Sus 119 compañeros deben volver, el buque no

tiene las condiciones para trasladar a un enfermo de bronconeumonía. Tras veinte días,

fallece en brazos de un soldado francés, Pollet, vecino cama, que lo cuidó con afecto de

hermano. La comuna de Boulogne le rindió espléndidos homenajes, era un granadero. Sus

compañeros recibieron la noticia en Inglaterra. Más tarde, 59 años más tarde, ellos mismos

–ya ancianos- logran repatriar sus restos, los que fueron sepultados en Castilla, Chacabuco.

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Desde entonces, en ese pueblo, cada año, los Granaderos Reservistas se trasladan y

homenajean a aquel compañero.

Como se trata siempre de “Paseos literarios”, he preferido asociar esta historia a la del indio

Tamay, de Mujica Láinez. Aunque hay algún escrito en Santa Fe con pretensión de novela

que toma este suceso como parte de su trama, su ideología –tan alejada de ideales

sanmartinianos- no merece mayor consideración.

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VIOLETAS EN LAS TUMBAS: ENSENADA

¡Redoblad, tambores, la fúnebre marcha / A bordo del barco que se hizo inmortal

Allá en las arenas de Monte Santiago, / Por el valeroso teniente de Brown!

Héctor Pedro Blomberg. “Muerte de Francisco Drummond”

Él tendría unos veinticuatro años y ella diecisiete. Tras conocerse, se amaron de inmediato,

pero debieron postergar la vivencia de ese amor por otras urgencias. Quizá, en esa época,

las responsabilidades pesaban más que en la nuestra, y había que atenderlas, son pena de

caer en el deshonor, otra palabra que ya casi no nos afecta.

Él era marino. Y en una guerra, como la que la patria debió mantener contra Brasil, decidió

combatir.

Le cupo la tarea de comandar, frente a las dieciséis del Imperio, una de las cuatro naves de

la flota, la “Independencia”, en la escuadra que dirigía su futuro suegro, Guillermo Brown.

Brown era irlandés, nacido curiosamente en un condado llamado “Mayo” y que concebiría,

allá en su tierra, a aquella muchacha protagonista de esta historia que vio la luz, también

curioso, un día de 1810.

Los míseros datos estadísticos de superioridad numérica, dieciséis barcos frente a cuatro,

nunca representaron algo que pudiera perturbar el ánimo o el temple de los que nacen para

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guerrear. Tocó al joven batirse frente a las costas de la Ensenada de Barragán. Refieren

buzos contemporáneos con afanes arqueológicos, que aún hoy persiste el olor a pólvora.

La batalla le fue ingrata porque las municiones se agotaron tras tres mil disparos, no

quedando ya siquiera eslabones de la cadena del ancla para tirar. La nave había recibido

más de doscientos proyectiles y perdido la mitad de sus hombres, pero no se rindió. Para no

abandonar la lucha como se lo ordenaba Brown, el capitán Francisco Drummond, el joven

de quien hablamos, aborda un bote de su bergantín “Independencia”, ya sin una oreja,

arrebatada por un disparo, para conseguirlas en algún otro de los navíos que combate en las

aguas del Río de la Plata. Cuando logra abordar uno, una bala de cañón termina por

postrarlo sobre la cubierta.

Pocas cosas alcanza a pronunciar aquel día de abril de 1827: que entreguen un reloj a su

madre, el anillo nupcial a su prometida y unas palabras al comandante Brown: que cumplió

con su deber y que muere como un hombre debe morir. Las tres parecen querer expresar

cosas importantes de aquellos tiempos relacionadas con pretéritos deberes y amores:

padres, esposa, patria.

Guillermo transmite la infausta a su amada hija y postergada novia, que es Elisa Brown y

que cuidaba de las hermosas flores de los jardines en la casa de Barracas, pero ella nada

exclama, clausura cualquier exteriorización de sus sentimientos e impone a sus lagrimales

la sequedad.

Meses después, ella se interna entre los juncales por un canal del Riachuelo. Las leyendas

dirán que iba, ya demente, con su vestido de novia y que era el mismo día de diciembre

fijado para la boda. Arriesgan las conjeturas que fue un pozo traicionero, arriesgan otros

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que fue una firme decisión romántica. Lo cierto es que ya no había ánimo de vivir, y que

cuando eso ocurre, cualquier riacho puede ahogarnos.

El padre de Elisa, nuestro héroe de la Independencia, a quien ninguna arenga enemiga

melló nunca, quedó con la vista ida, desde el mirador de su casona, Cannon House,

observando con vestimentas negras el horizonte, hacia Ensenada, quizá con el catalejo que

tras su muerte debería vender su esposa para pagar deudas, y así lo constató Guillermo

Hudson. Quizá debió comprender el Almirante que, aquel sitio en el que murió su valeroso

oficial, había sido un signo de que algo suyo iba a quedar allí, mucho antes, cuando arribó

al país y su nave quedó encallada en la misma ensenada.

Los novios, Francisco y Elisa, permanecen enterrados bajo un humus común, dicen que

atados con cadenas los ataúdes, para que ya nada los separe. El epitafio piadoso en la lápida

de Elisa en el cementerio británico, Victim of the treacherous wave, sólo pretende

asegurarle las puertas del cielo, que a los suicidas les están negadas. Un obituario en un

semanario inglés, el “British Packet” clama a Dios para que permita surgir las violetas en su

tumba, tal vez con idéntica intención redentora.

Hoy solo asociamos Casa Amarilla, el nombre con que fueron conocidos los predios del

almirante, con los hinchas de un club de fútbol en el Riachuelo y los humildes monoblocks

periféricos.

***

Elisa sería recordada para siempre como “La novia del Plata”, y así tituló al poema en su

memoria Héctor Pedro Blomberg, en Cantos navales argentinos:

49
“¡Elisa Brown!, las ondas, las brisas, las espumas, / bajo el cielo del Plata tu nombre

cantarán, / mientras tu sombra errante divaga por el río / con la sombra gloriosa de tu fiel

capitán.”

También Marcos Aguinis, en una biografía novelada de Guillermo Brown, El combate

perpetuo, recrea el episodio de ambas jóvenes y trágicas muertes. Buenos Aires recibe con

fanfarrias al Almirante luego de la heroica batalla, pero pronto deben callar: un cañón

anuncia que llega el cadáver de un jefe, y ese jefe es Drummond. La multitud se retrae, lo

llora en el cortejo, mientras Elisa, poco a poco, va cayendo en el abatimiento.

“Las flores de la galería que solía cuidar, se marchitan. Los árboles se desfolian,

entristecidos. Sus ojos claros se nublan tras una melancolía opaca y maciza. Su madre,

desconsolada, teme que pierda la razón, como la Ofelia que describió Shakespeare. Y sus

temores tienen fundamento: la abatida muchacha rumia las tardes que caminó junto al

imborrable Pancho, quien de noche reaparece para contarle su muerte…”

El escritor compara, el padecer de Brown con el de Jefté el juez bíblico, quien paga las

glorias de batalla con el sacrificio de su hija.

50
ESCOBAR Y SU GRANADERO DE SAN MARTÍN

En nuestra vida, en nuestros afectos, en nuestros recuerdos, en nuestras intereses o en

nuestras pasiones, los seres humanos acostumbramos privilegiar, por alguna razón, un

motivo por sobre todos los demás que nos resulta cálido y al cual volvemos una y otra vez

como imantados. En mis lecturas sobre Historia Argentina, ese motivo lo constituye el de

los Granaderos. Quisiera explicarme el porqué, pero no lo sé bien. Quizá haya algo de la

infancia: en los soldaditos y caballos de plástico que hacía corretear por el patio o en algún

acto escolar, vistiendo el uniforme de cartulina. Quizá los considere ahora, con la mirada

adulta, como el primer logro argentino de querer hacer las cosas bien. Entre lo que

simplemente eran milicias apasionadas por la libertad, los Granaderos fueron el primer

cuerpo profesional, preparados con rigor para la guerra, pero sobre todo, imbuidos de una

ética en su conducta y una mística en el ideal.

En 1812, un decreto formalizaba la creación de un regimiento de caballería que debería

estar formado de acuerdo con las tácticas guerreras modernas de entonces. Se lo

encomendaría al reciente arribado Teniente Coronel José de San Martín, quien cedió un

tercio de sueldo para los gastos y reclamó el Cuartel del Retiro para el entrenamiento.

Según las memorias del Coronel Manuel A. Pueyrredón (“Historia de mi vida. Campañas

del Ejército de los Andes”), el primer plantel fue conformado por 84 soldados presidiarios.

51
La palabra asusta, pero no se trataba de delincuentes ni de peligrosos asesinos, sino de

hombres del Regimiento de Patricios que un año antes se habían sublevado por negarse a la

orden de cortarse las trenzas y cumplían tal condena. A esos hombres pidió nuestro prócer

para las compañías del primer escuadrón.

Poco a poco, se irían sumando voluntarios. Asombra cómo, de todas partes, vienen a

sumarse a una Patria que nace. En la acción de San Lorenzo, al año siguiente, 1813, se

habla de la participación de alrededor de 120 granaderos. Algún historiador demasiado

localista quiere agregar algunos milicianos rosarinos que, si estuvieron, no participaron del

combate. Desde los cuarteles de Retiro los granaderos recorrieron 420 km en cinco días: la

marcha forzada de caballería más rápida de la historia militar mundial.

En el recordado combate del Convento, donde desembarcaron más del doble de realistas

con dos piezas de artillería, hubo dieciséis patriotas muertos en aquel “aluvión de sables y

de lanzas”. Entre ellos, el primer granadero bonaerense caído en el bautismo de fuego,

perteneciente a la Segunda Compañía del Segundo Escuadrón: Juan Mateo Gelves, oriundo

de la Cañada de Escobar. En la misma acción, su hermano Juan Antonio fue herido

Hijo de Luis Gelves y de Francisca Javiera Vielma, Juan Mateo se crio junto con sus

hermanos en una chacra de los abuelos maternos en las cercanías de lo que hoy sería Del

Viso. En Escobar lo recuerdan el nombre de una calle, de una escuela y una estatua ubicada

en las calles 25 de Mayo y Carlos Pellegrini debida a Juan C. Ferrero que fuera emplazada

en 1998. Se lo ve de pie, con uniforme de gala, en descanso. Entre el gentío, el tránsito, los

colectivos, da ganas de entonar los versos de una de las marchas más lindas que tenemos: la

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de San Lorenzo y dedicar a ese soldado, primer granadero bonaerense caído, unos versos de

Enrique Gamarra, poeta chaqueño:

“…no estaban solas las barrancas, / algo en las arenas de la madrugada / se levantaba de

repente, / algo que discurría unánime / en la sombra delataba / su pulso de bandera. / En la

última torre del convento / conspiraban a solas las campanas. / Y de repente el tiempo se

hizo nube, / crepitación de espadas y galopes, / mientras se derrumbaban / los mástiles del

cielo / con un sonido bíblico de muerte. / El tinte granadero de la altura / cubrió por un

instante todo el mundo.

53
”UNA GARZA EN EL JARDÍN JAPONÉS DE ESCOBAR

Lo recuerdo: Pablo Neruda se preguntaba en un poema por qué la garza se llamaba así, y

era cierto el misterio, pues la etimología de la palabra es dudosa y sólo se la halla en

español y portugués. En otras lenguas romances parece provenir de otras formas que

designan al ave y hace suponer, según Corominas, un origen pre-romano común a todas.

Según las más respetadas autoridades, podemos ver en ella el simbolismo de las

“contorsiones guerreras” del héroe irlandés Cúchulainn, a la vez que nos advierte sobre la

indiscreción o la curiosidad excesiva, pues la garza mete su largo pico por doquier (Jean

Chevalier); Para Juan Eduardo Cirlot es ave favorable, al representar entre los egipcios la

mañana y la generación vital. La actitud erguida, inmóvil y solitaria evoca la contemplación

y a eso llama su presencia en un jardín japonés en medio de cascadas, estanques, piedras,

árboles, plantas y nenúfares.

GARZA

Pablo Neruda

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La nieve inmóvil tiene dos / piernas largas en la laguna, / la seda blanca tiene un / cuerpo de

nieve pescadora. / Por qué se quedó pensativa? / Por qué sobre una sola pata / espera un

esposo nevado? / Por qué duerme de pie en el agua? / Duerme con los ojos abiertos? /

Cuándo cierra sus ojos blancos? / Por qué diablos te llamas garza

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CAPILLA DEL SEÑOR (EXALTACIÓN DE LA CRUZ):

PUEBLO CHICO, LITERATURA EN GRANDE.

Un trabajo de campo llevado a cabo en Capilla del Señor por el Instituto Nacional de

Antropología, que indagaba, por los ’70, sobre Formas Culturales Tradicionales en el Área

Pampeana, dio con un cancionero inédito de la zona que fuera recopilado por un escritor

local: Jesús María Pereyra. Suma, así, el pueblo del partido de Exaltación de la Cruz, al

orgullo de haber sido sede de uno de los primeros periódicos de la campaña y haber tenido

la primera escuela creada en la provincia y la primera biblioteca pública, el aporte de este

material poético que circulara por La Cañada de la Cruz, en el siglo XIX.

Sólo una copia mimeografiada y con tapa dura había, en manos del hijo del autor. El

hallazgo fue de vital importancia para las recopilaciones de material folklórico del territorio

bonaerense, que sólo contaban con cuatro o cinco antecedentes (Ventura Lynch, Estanislao

Zeballos, Ciro Bayo, Ismael Moya y la recolección de canciones de Roberto Lehmann

Nitsche, en 1905, recogidas en fonógrafo y cuyos cilindros de cera se hallan en el Museum

für Volkerkunde de Berlín, no existiendo copia en el país).

No ha sido esta labor de Pereyra –llevada a cabo entre 1927 y 1952- tarea de un especialista

con rigurosidad científica, sino la de un enamorado de las tradiciones que pretendió salvar

del olvido las canciones de la tierra de boca de aquellos que conocía en el pago donde vivió

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(Da cuenta de unos treinta informantes, con dos mujeres (Dolores Lucero de Burgos y

Úrsula Rodríguez) entre recitadores, cantores y guitarreros). Arribado desde Santiago del

estero (nació en la selva de El Rosario), lo cautivó el lugar en que se desempeñó como

maestro y luego director. Escribió sobre la historia de Capilla del Señor y produjo obras con

cuentos y arquetipos entrañables de la zona, al tiempo que fue indagando en la canción

popular, aquella improvisada, difundida con la guitarra y en la poesía recitada, allí donde se

congregaban payadores, en la pulpería, mientras corría el carlón, la caña o la ginebra.

Creaciones de gente sencilla, a menudo analfabeta, con un único registro en la memoria y

en la leve oralidad.

La especie musical sobresaliente de este conjunto es el Estilo, con diversas temáticas.

Aclaran los especialistas que editaron críticamente la obra (“El cancionero de los pagos de

Cañada de la Cruz, de Jesús María Pereyra y Emilia Altomare de Pereyra”, con

presentación y estudio crítico de Ercilia Moreno Chá) que “Es el único cancionero de

nuestro país de los hasta ahora conocidos, en el que predomina ampliamente la forma

estrófica de la décima.” Estructuras poéticas elaboradas y hallazgos retóricos, pues.

Un cuaderno del Instituto de Literatura de la provincia, con una selección de catorce de

aquellos cien textos recopilados, y con ensayo liminar de Marcos Fingerit, se publicó como

“Canto y guitarra en Cañada de la Cruz” en 1970. No falta la inquietud metafísica,

filosófica, religiosa, la finta de ingenio en la adivinanza, el dolor moral, la fantasiosa

superstición, el dolor amoroso, la mudanza del destino, la fiesta de la doma…:

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“En el mundo no nací, / al cielo nunca llegué, / por el infierno no pasé, / al purgatorio no

fui; / Dios no se informó de mí, / ni los ángeles me han visto; / yo soy de todo registro; / no

tengo alma ni cuerpo, / no estoy vivo ni estoy muerto…”

………………….

“Va a faltar agua del mundo. / Cesará mi padecer, / entonces se van a ver / secarse mares

profundos; / y por martirio segundo, / bajar las nubes hirviendo. / Se van a hallar

pereciendo / y muriendo de sed. / Yo no sé si alcanzaré / a ver este mundo ardiendo…”

Paisanos de la llanura tejían una inabarcable red de sabiduría. Eran pobres, eran pueblo,

pero cifraban un hondo conocimiento de las cosas y ese saber se ponía en común en

rústicos ranchos donde el oyente aprendía y memorizaba aquel increíble acervo.

“Licencia pido a los poetas / como ignorante que soy, / que yo a preguntarles voy, / quiero

que me den respuesta: / quién fue el que inventó la letra, / quién fue el que inventó el

recelo; / qué ave se encumbra hasta el cielo, / cuál es el astro mayor / pregunto al más

escritor / qué leguas hay de aquí al cielo…”

Leyenda de un gaucho que cayó en la fatalidad. El remordimiento, la culpa y la desdicha,

pero no cantada en tono de queja gauchesca. El pecho oprimido canta cosas bellas:

“Dicen que al llegar las doce, / cuando las islas dormitan / y entre los ramajes gritan / aves

que nadie conoce; / cuando las flores con goce / se bañan de luna plena, / surge del juncal

serena, / sobre un oscuro fogoso, / la visión de un gaucho hermoso: / Juan de los Santos

Arena…”

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Raza hermosa ésta, que no sólo pudo dominar los elementos, diseñar nuevos paisajes,

abonar el suelo y cultivar inmensos trigales, poblar las extensiones de vacunos y ovinos,

sino que también dio a luz una literatura que brilla como una diadema que enceguece de

belleza.

Pero hay más. Capilla del Señor tiene mucho más riquezas literarias. Entre ellas, de ahí

nació el recordado Margarito Tereré, ese entrañable personaje, yacaré correntino que

tomaba tereré. Otra historia para pasear.

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MIRAMAR (GRAL. ALVARADO): UNA CURIOSA LEYENDA, LA

INQUIETANTE “ALEJANDRA” DE SABATO Y LA ZAGALA FLOR DEL TÉ

EN EL RECUERDO.

He visto gruesas ramas suspendidas, oscilando en inusuales equilibrios en “T”, y turistas

adosando sus espaldas a los pinos o abrazándolos, tratando de captar la fuerza vegetal. Los

lugareños llaman al lugar “El bosque energético”. Es un sector tupido de coníferas del

Vivero Municipal de Miramar y, se dice, que la misteriosa potencia del lugar proviene de

un meteorito caído hace miles de años. La leyenda urbana ha nacido y será, entonces, “El

bosque oscuro” –los rayos de sol casi no penetran ni siquiera al mediodía-, un lugar

encantado donde una misteriosa fuerza permanece. Se habla de magnetismo, de un portal y

hasta de flujos telúricos, ionización ambiental, energía cuántica y presencia de

extraterrestres. Varios físicos de fama mundial lo han recorrido sin dar explicación certera a

la experiencia usual de los visitantes con las “ramitas”. Lo de las sanaciones en el lugar

quizá tenga una explicación más racional: los japoneses llevan mucho tiempo hablando del

Shinrin Yoku, un baño de bosque, o integral terapia reparadora.

Lo cierto es que se trata de la primera leyenda con que uno topa en Miramar, cabecera del

partido de General Alvarado (En rigor, debió ser “Mira.Mar”, pero el error en la

transcripción en el nomenclador de la estación de ferrocarril la perpetuó como la

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conocemos). Sin embargo, yo he ido al encuentro de aquella inquietante muchacha llamada

Alejandra, la protagonista, .en el recuerdo de Martín, de la novela de Ernesto Sabato, Sobre

héroes y tumbas (1). La veo adolescente de nuevo correr con su yegua, el pelo largo y

negro al viento, desde la estancia de las Carrasco, donde solía pasar algunas temporadas,

hasta la playa. Desnudarse allí, ante un novio de su edad, con el solo objeto de vencer la

tentación en pos de la mortificación o del martirio o, poco después, ya perdida le fe

religiosa, ofrecérsele en el mar para ser rechazada. Ya presenta los rasgos de personalidad

perturbada, conflictiva, atormentada, víctima de convulsiones y abrumada por imágenes del

pasado que la acompañarán durante toda la novela hasta el trágico final.

Tal vez, entonces, debí buscar una Miramar más apacible en el recuerdo de otro escritor,

Arturo Capdevila, que en Tierra mía (2) nos entrega una precioso rememoración de un

pueblo ya lejano y de sus días perdidos. En el inicio, su derrotero en tren desde Mar del

Plata a la villa le da el pretexto intelectual para meditar sobre los viajes. Porque algunos,

según este escritor argentino injustamente olvidado, como tantos otros, no viajan, sólo

hacen una excursión. “Viajar implica ir posando sobre las cosas una mirada observadora: ir

descubriendo”. Viajaron los conquistadores, Humboldt, Ulises, Simbad… “Viajar es

engrandecer el mundo”. Viajar no es moverse mucho. La prisa es enemiga del ver y oír y

por eso es que los viajes hayan perdido el canto de las sirenas. Lo mismo sucede con los

viajes interiores, en los cuales ya no se ahonda en el espíritu; en el viaje por la vida, correría

por la superficialidad, que no viaje; en la lectura, para la cual ya no existe lector paciente,

de lento avanzar y paladear de las ideas…

Pero luego de esta disquisición, el autor nos entrega el deleite de la descripción, pasados ya

“los fértiles campos, suaves lomadas y extensos sembradíos”. Ahí están el caserío y la

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estación, las calles de tierra desnuda, las casas bajas, las plazas aún sin bancos ni árboles.

Luego, la rambla, un maderamen cuyo único lujo es “un apacible mar donde el baño tiene

hechizos inolvidables”, y la ancha playa de arena finísima que invita al paseo. Pero toda

Miramar, dice el cronista, “está en su banda de música”: compases de Aída pero, lo que

seduce, es la canción “Flor de Té” con la historia de aquella linda zagala de la que poco se

sabe. Se ha ido con un príncipe y abandonado al pastor que la amaba. No sin emoción,

Capdevila confiesa:

“Después de todo, esta música de gente sencilla y bondadosa, lograda en instrumentos de

viejo y pobre metal, en esta modesta rambla de madera, frente al mar poderoso, bajo el ala

vivaz del viento marino, tiene una tal sugestión, que por contraste y antítesis nos ofrece la

noción exacta de lo que es el sueño siempre pasajero de los pasajeros hombres…”

Notas:

(1) Sabato, Ernesto. Sobre héroes y tumbas. Bs. As., Sudamericana-Planeta, 1985.

(2) Capdevila, Arturo. Tierra mía. Bs. As., Espasa-Calpe, 1945.

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BORGES EN JUNÍN

En el lugar que ocupa hoy la plaza principal de Junín, decidió el comandante José

Escribano emplazar el “Fuerte de la Federación”, en 1827. Indecibles penurias y

postergaciones debió pasar su gente, situación que culminaría en un virtual abandono. Sin

embargo, antes, debió ser sofocado un alzamiento de caudillos de la zona, en 1829, en el

que un soldado, Isidoro Suárez, tuvo vital participación. Había peleado en la campaña

libertadora y destacado en la Batalla de Junín, por tal razón, en su homenaje, se le cambió

el nombre al fuerte por el de “Junín”, que quedará como definitivo en 1852.

Los datos secos de la Historia no alcanzan a transmitir las vivencias que cifra aquel simple

nombre para no pocos lectores borgeanos, pues aquel soldado, coronel, no era otro que el

bisabuelo materno de Jorge Luis Borges, a quien nuestro máximo escritor dedicó cálidos

recuerdos en diálogos y poemas, a lo largo de toda su obra, orgulloso de la carga de

caballería que dirigió en 1824, sin disparar una sola bala, a pura lanza, en el Perú:

“Dilató su valor sobre los Andes. / Contrastó montañas y ejércitos. / La audacia fue

costumbre de su espada…”

(“Inscripción sepulcral”)

63
“Qué importan las penurias, el destierro, / la humillación de envejecer, la sombra creciente /

del dictador sobre la patria, la casa en el Barrio del Alto / que vendieron sus hermanos

mientras guerreaba, los días inútiles / (los días que uno espera olvidar, los días que uno

sabe que olvidará), / si tuvo su hora alta, a caballo, / en la visible pampa de Junín como

en un escenario para el futuro, / como si el anfiteatro de montañas fuera el futuro.

Qué importa él tiempo sucesivo si en él / hubo una plenitud, un éxtasis, una tarde…”

(“Página para recordar al Coronel Suárez, vencedor en Junín”)

Pero Junín es una ciudad borgeana privilegiada, pues no sólo el bisabuelo materno anduvo

por aquí, sino también su abuelo paterno, Francisco Borges, comandante de la frontera

norte y oeste contra los indios. Su esposa, Frances Haslam, la abuela inglesa de Borges,

contó a su nieto la anécdota que originará la “Historia del guerrero y la cautiva”:

“Eso me lo contó mi abuela, la historia de la cautiva. Una muchacha inglesa, que habían

robado los indios —los indios pampas- y la llevaron a la Comandancia, en Junín. El año

1872 creo que fue. Ella habló con esta muchacha inglesa y hablaron el dialecto de

Staffordshire, ella no sabía inglés y mi abuela no sabía castellano. Pero se entendieron, y

ella volvió a su indio. No quiso ser rescatada. Eso ocurrió, eso es cierto. Posiblemente

habré agregado algún detalle, pero... creo que no. Yo le oí contar eso a mi abuela muchas

veces. Ella vivió desde 1871 hasta el 74, cuando lo mataron a mi abuelo, en Junín.”

64
(Borges el memorioso. Conversaciones de Jorge Luis Borges con Antonio Carrizo)

También, seguro, de labios de su abuela debió haber escuchado otro caso de cautiverio en

la zona que motivó el breve relato de El Hacedor, “El cautivo”.

Del mismo modo, trata sobre ese ímpetu misterioso que lleva a un ser a permanecer en sus

verdadera naturaleza, o sobre la variación de quien es conquistado por una cultura

considerada inferior (Tal como Danza con lobos).

Aquí, un niño ha desaparecido tras un malón. En vano sus padres lo buscan por años.

Mucho tiempo después, alguien les da noticia sobre un indio de ojos celestes. Dan con él.

Dócil, se deja conducir a la casa, aunque ya no entendía el idioma. De pronto, se lanza a la

carrera hasta la cocina, hurga debajo de una campana y extrae un cuchillo con mango de

madera que había escondido cuando chico. No obstante, aquella vida entre paredes ya no

era su vida, y terminó marchándose de nuevo al desierto.

Junín es el escenario en que Borges ubica los hechos del relato “El Evangelio según

Marcos”: la estancia “Los Álamos”, al sur, en 1928. Baltasar Espinosa, con treinta y tres

años y que está por culminar la carrera de medicina, acepta la invitación de un primo de

pasar las vacaciones en esta estancia. Allí conoce a los Gutres, familia de hijo, hija y padre,

que actuaba como capataz. “Eran altos, fuertes, huesudos, de pelo que tiraba a rojizo y de

caras aindiadas. Casi no hablaban”. Por cuestiones de negocio el primo debe ausentarse y

Baltasar queda solo. La repentina crecida del Salado le suma el aislamiento. En su

65
aburrimiento, da con una Biblia en inglés en cuyas páginas finales está condensada la

crónica del arribo de los antepasados de los Gutres. Comienza a leerle a aquella familia,

después de las comidas, el Evangelio de Marcos. Le sorprende que lo escuchen con

atención. Pide el padre, al finalizarlo, que vuelva a repetir la lectura. La relación se torna

pródiga en atenciones de los rústicos hacia él. Una noche de tormenta, la muchacha se le

ofrece, desnuda, en su habitación. Gutre padre comienza a hacerles preguntas sobre los

hechos bíblicos. Al fin, un atardecer, los tres, arrodillados, le piden la bendición. Luego lo

apresan, lo maldicen, escupen y conducen hacia el galpón. Entonces, al ver el lugar, sin

techo, sin las vigas que habían empleado para hacer la cruz, comprendió.

Borges visitó Junín por vez primera en 1966, para dar una conferencia en el Club Social

sobre Leopoldo Lugones. Una nota del diario local “Democracia” dio cuenta de un atrevido

“secuestro” de algunos admiradores al final de la charla para llevarlo a un boliche, en un

barrio cargado de historias de cuchilleros, malevos y gente del tango –el barrio “Las

Morochas”-, para escuchar el recitado de un parroquiano, Félix Nasiff, de un poema de

Celedonio Flores, que Borges escuchó –dicen- fascinado. Pocas semanas después, La

Nación publicaría el poema que a Borges le susurró la ciudad:

“Soy, pero soy también el otro, el muerto, / el otro de mi sangre y de mi nombre; / Soy un

vago señor y soy un hombre / que detuvo las lanzas del desierto. / Vuelvo a Junín, donde no

estuve nunca, / a tu Junín, abuelo Borges…”

(“Junín”)

66
***

Nacida en las afueras de Junín, en el campo, en los primeros años del siglo XX, Velia

Malchiodi Piñero alcanzó, en 2007, a verse cumplir los cien años. Sólo a mitad de esa

dilatada vida se lanzó al mundo de las Letras, y casi fue por casualidad, cuando Alma

Bressan y Sergio De Cecco la invitaron a participar en un seminario de teatro. Desde

entonces publicó unas treinta obras, a las que suma, en colaboración con su hermano,

Ernesto Malchiodi, una veintena de argumentos cinematográficos. Descripta por ella

misma, en una nota para La Nación de María Paula Zacharías que reunía a varias

centenarias, como “amante de la farra”, dio al mismo tiempo el secreto de la longevidad: su

extraordinario humor. Gran parte de su obra participa de esta virtud, contagiosa, además,

pues así, a carcajadas plenas del público, solían terminar sus participaciones en las tertulias

literarias.

Su segunda obra teatral, Adán y Eva (1958), es una sátira sobre la condición de la mujer

desde los comienzos de los tiempos. Sin caer en el feminismo militante, despliega la fina

ironía de la mirada femenina sobre el mundo que han construido los hombres. Obra de acto

único dividida en ocho cuadros, fue estrenada en Junín en 1962, y cada cuadro va

repasando hitos históricos: Sodoma y Gomorra, la época romana, la de las Cruzadas, la de

la Revolución Francesa, la Contemporánea. En cada una, una pareja que se va replicando:

el hombre que vuelve a su esposa luego de una prolongada ausencia en la guerra y, de

inmediato, la nueva partida a otra. Siempre parece ser el último gran conflicto, el que

67
solucionará todo; siempre presente en todos los cuadros, también, la indiferencia, el

maltrato, el menosprecio a la mujer que, con variantes de época, debe observar su virtud y

sobre todo, callar, no opinar, no pensar. En el origen, Adán y Eva y la transgresión

femenina; el crimen de Caín sobre Abel, que preanuncia el crimen permanente del hombre

sobre el hombre. Este permanecer originario se representa en cada cuadro con el pasar

fugaz de las figuras por el fondo del escenario de la pareja primitiva, más allá del tiempo

que se represente. De modo permanente Adán empujando a Eva, cargándole la culpa. Pero

es en los diálogos donde hay que dirigir la atención, allí donde asoma, a medias escondida,

la sátira, dispuesta a la mordedura irónica. Frases irónicas que transmiten la seguridad de la

posesión de una superioridad cognitiva que observa, con misericordia, las expresiones de

su oponente quien, pese a todo, tiene la fuerza y la razón.

También Velia Malchiodi Piñero fue poeta y solía participar en tertulias y círculos poéticos.

Lo hizo hasta sus últimos días.

***

Aunque nacido en Pergamino, la infancia de Atahualpa Yupanqui (Héctor Roberto Chavero

Aramburu, 1908-1992) transcurrió en Junín, donde su padre trabajaba en el ferrocarril.

Afincado en el pueblo de Roca, recorría a caballo los dieciséis kilómetros hasta la ciudad

para aprender guitarra con el concertista Bautista Almirón. A los diecinueve compondrá la

canción “Camino del indio”, la primera de las más de trescientas que creará a lo largo de su

carrera.

68
“Nadie se ha de imaginar / si lo pinto como lo veo / Es un nidito e torcazas / entre dos

talas y un ceibo.

Está en rama muy bajita / parece que toca el suelo / Lo hicieron sin precauciones, / se

puede ver desde lejos

Al amanecer el macho sale / a buscar alimentos / La hembrita siempre se queda / haciendo

algunos arreglos

Piden algo los pichones, / les dan y se quedan quietos / Se duermen arrimaditos, / la madre

canta al la´o de ellos

Cuando llega la oración / se siente un canto de lejos / Viene el macho de un volido /

trayendo en el pico un beso

Se dicen cualquier cosa / de mientras va oscureciendo / Después la noche les hace / su

caricia de silencio

Otro amanecer despunta / y el canto se oye de nuevo / Sale el macho de un volido /

llevando en el pico un beso

Ansina mesmo es mi rancho / Ansina mesmo lo veo

(“Mi rancho”)

69
HISTORIAS DE AMOR EN LOBOS (I)

Es inevitable. La localidad de Lobos despierta siempre en mí reminiscencias literarias. Ahí,


en la misma y famosa laguna, paraíso de los pescadores del presente y cuyo nombre
surgiera a partir de la visión de numerosas nutrias -o lobos de agua- que tuviera el padre
jesuita Faulkner en su misión de relevamiento del lugar, en 1772, me es inevitable ver a la
ingenua Balbina, el personaje de El inglés de los güesos (1924), la novela de Benito
Lynch. Va “sorteando las grandes cortaderas empenechadas de plata… con su vestido
rosa y sus pasitos menudos…”

Veo a la muchacha, sí, de dieciocho años ya maduros para el amor y la veo en la trágica
descripción que hace el autor de ser rudimentario, casi primitivo, en estado semisalvaje.
Hija de los puesteros de “la estaca”, en “La estancia grande”, ella asiste a la llegada de
aquel inglés con su aspecto estrafalario para el entorno, un antropólogo que ha arribado al
lugar con el propósito de recolectar restos indígenas y que ha sido muy recomendado al
dueño por un ministro. Primero, él será el objeto de sus burlas, risas y travesuras; pero
luego de que el inglés la curara de una dolencia de oído y de que él fuera herido por la
espalda de una puñalada por un gaucho celoso y enamorado de Balbina, todo cambiará. El
asistirlo en su convalecencia, el escucharlo en su rudo español contar historias de su tierra,
el empezar a mirarlo “con otros ojos” la conduce poco a poco al enamoramiento y
ensoñación. Y más (he aquí el inicio de lo trágico): a la posesión. Sólo ella quiere
atenderlo, guardar o entregar cosas; atesora minucias como sus envoltorios de tabaco, los
fósforos que tira y hasta la misma basura cotidiana de la habitación tiene reservado un lugar
especial: el duraznillo que ella misma ha plantado. Es un ser del todo indefenso ante
sentimientos que le son novedosos. Él, ignorante de la pasión que ha desatado, es sólo un
gentil caballero, típico inglés de la época. Los besos en la mano, la ternura con que la ha
tratado, no han sido sino eso: caballerosidad. Cuando llega la carta de su mentor académico
señalándole que ya es tiempo de retornar, los hechos se precipitarán.

70
“La hermosa laguna azul, grande como un mar y que, agitada entonces por el viento norte,
se cubría de vellocinos blancos”, comenzará a mostrar su faz sombría. Porque no sólo las
aves suelen se agoreras. En sus playas se debate el Míster entre mil pensamientos tortuosos
frente a una calavera, como un Hamlet criollo, a la que se confiesa en soliloquio. La
ciencia, el trabajo, el prestigio, por un lado; y esa muchacha inocente, libre de toda malicia,
que lo ama, pero cuyo amor no ha buscado, por el otro.

Balbina cae, primero, en profunda depresión. El inglés, empieza a sospechar que no sea tan
cierta su impasibilidad y teme no poder dominarse ante sentimientos que comienzan a
turbar su espíritu y naturaleza metódica. Balbina, en su tristeza, marcha irremediable a la
muerte. Sin embargo, algo, a último momento, la anima. Es la curandera, la que ha sido
convocada para torcer aquella enfermedad del alma. De ella espera Balbina el “embrujo”
que hará que su amado no parta. Ha conseguido lo pedido: pelos de su hombre, un sapo,
cabellos suyos enlazados a los otros. Concreta el rito de enterrar en un hoyo la caja con el
animal y quemar sobre ella las tres parejas de pelos. Llega el día de la partida del inglés. Él
le entrega un lazo que desde los primeros días había ido trenzando con pasión criolla. Ella
confía, a pesar de todo, de los equipajes listos, de la llegada de la carreta de la estancia, a
pesar de la partida efectiva de Míster James por el camino, en que no podrá irse, en que
doña María, la curandera, hará efectivo el esperado conjuro. Pero un jinete se acerca. Es el
nieto de la curandera, anunciando que la vieja médica acababa de morir.

Sí, veo a esa pobre muchacha bajar hacia la tierra desnuda una mirada resignada a su suerte.
Lleva el lazo que le obsequiara el inglés. Hay un árbol, y en ese árbol la hallaremos
colgada. Es el sauce del rancho, en las últimas líneas de la novela y en la última escena
siniestra de la versión cinematográfica de “El inglés de los güesos” (1940) de Carlos Hugo
Christensen, filmada en Lobos.

71
HISTORIAS DE AMOR EN LOBOS (II)

De Lobos procede Marcelo de Montenegro, el protagonista de Raquela, una breve novela


de Benito Lynch. Marcelo es un joven con familia de fortuna y autor de una obra teatral
(Las Fieras Blancas) que le ha otorgado cierto renombre en el medio intelectual de Buenos
Aires. Su pasión es el campo y allí suele veranear y ceder con placer a las faenas camperas
que le permiten embriagarse de naturaleza. Suele vestir a la usanza de los gauchos: chiripá,
camiseta, chambergo y “tremendo cuchillo en la cintura”. Ya había vivido en el campo en
su infancia y se reitera el motivo de muchas otras obras de Lynch: el padre severo que teme
el “contagio” del ambiente en el hijo y que lo aparta enviándolo a estudiar a la ciudad.
Ahora Marcelo es un hombre independiente y retorna a su afán de participar en toda tarea
rural.

La necesidad de ir en busca de unos novillos a una estancia vecina, la del mayor Grümben,
es el punto de giro de la historia. Se suma como compañía al peón encargado de la tarea y
se ponen en camino. Una bella descripción a las que nos tiene acostumbrado Lynch:

“Apretaba ya el sol cuando acabamos de atravesar aquel trozo de campo malo, conocido
por las Lomas negras, y especies de dunas cubiertas de una vegetación espinosa y
achaparrada, por donde era imposible hacer galopar un caballo.

El paisaje se abría ante los ojos en amplias y suaves ondulaciones, tapizadas con todos los
tonos del amarillo y del verde, y allá, en el horizonte y entre las reverberaciones del sol,
los sauzales y las alamedas de la estancia de Grümben destacaban sus grandes masas
sombrías.”

72
Pronto aparece el motivo amoroso, pues el mayor tiene una hija muy bella que da nombre a
la novela: Raquela. Cabalgaba en ese momento del arribo del protagonista, cuando la yegua
se desboca y pone en peligro la vida de la muchacha. Sin dudar, Marcelo se lanza a la
carrera y logra salvarla. Principia allí la atracción entre los jóvenes que tomará un
caprichoso viraje: Marcelo no sólo oculta su identidad y su posición, sino que fantasea ante
Raquela una vida de gaucho miserable, huérfano, víctima de sufrimientos y penosas
circunstancias en la que no falta una muerte al defender a una pobre mujer del atropello de
un capataz.

La historia amorosa es algo endeble, pero da pie a la que está considerada por la crítica
como una de las más logradas descripciones de un incendio. Pues –se sugiere que por
acción de un vengativo peón que fuera castigado por el mayor- se inicia un fuego sin
control en los campos. En vano se apela a cuanto medio suele emplearse: cueros
empapados, sacrificio de una yegua, una rastra de apagar fuego. Todo resulta ineficaz. En
medio, los personajes que se debaten en la lucha, entre el humo y el calor en un escenario
dantesco, en el cual no falta el detalle trágico y de espanto:

“El pajonal no era muy alto en aquel lugar, pero era extenso y compacto y el viento
arrachado precipitaba el fuego sobre él con tal violencia que, mordiendo apenas las puntas
de las pajas, corría en oleadas vertiginosas sobre la ondulante superficie.”

“Por todas partes las llamaradas rugían furiosas, alzándose hacia el cielo entre
torbellinos de chispas o abatiéndose sobre la maciega reseca como sopletes gigantes.”

“El incendio rugía en los cortaderales como un fuelle gigantesco, y la sorda crepitación de
las verdes cañuelas, al estallar, remedaba un fuego graneado de fusilería…”

73
“El aire ambiente, caldeado como el de una fragua y saturado de humo, daba a todas las
cosas una uniforme coloración de ocre amarillo…”

“Vi cómo una lechuza aleteaba atontada allá, muy alto, entre un remolino de humo
blanquísimo, y cómo de pronto la alcanzaba la llama de un salto y la precipitaba girando
incendiada como un trágico fuego de artificio.”

El mayor le da un encargo a Marcelo para que marche a la estancia. Esto le permitirá al


joven encontrarse con Raquela. El carácter de la muchacha ha cambiado. Alterna
preocupación, tristeza y cierto enojo. La trama hace sospechar que Raquela se ha enterado
de la verdadera identidad de aquel “gaucho”, pues una carta ha llegado a la estancia a su
nombre. Retorna Marcelo a combatir con los demás el fuego. En medio de estos hechos,
llega la noticia de que Raquela se ha extraviado en los campos. El mayor ordena a todos
que abandonen el fuego y salgan a buscarla. Marcelo se precipita desesperado. Cae en un
bajo y queda inconsciente. Cuando recobra el sentido, allí está la joven, atendiéndolo y
llamándolo por su real apellido.

74
HISTORIAS DE AMOR EN LOBOS (III)

De las anteriores novelas de Benito Lynch tratadas, en El inglés de los güesos no hay
localización precisa alguna, aunque la versión fílmica fue realizada en Lobos; En Raquela
se menciona que el protagonista procede de aquel pueblo, pero los acontecimientos se
desarrollan en lugar cercano; En la obra que ahora nos aventuramos, Romance de un
gaucho, también de su autoría, el narrador –un gaucho viejo- contará la historia del joven
Pantalión Reyes, oriundo del pago: “Sabía haber allá, pu el partido e Lobos, ande me crié y
en los tiempos en que e finao mi padre era muy muchacho entoavía, un mocito e nombre
Pantalión Reyes.” Criado bajo la falda de su madre, sin experiencia del mundo, el joven se
nos presenta, al inicio, indiferente a las salidas, fiestas o diversiones. El arribo desde Morón
de una pareja a una estancia vecina establecerá un nuevo vínculo de relaciones, al principio
amistosas, luego conflictivas, pues el muchacho terminará por enamorarse de la joven
mujer, Julia, la que está llena de pesares por la vida licenciosa de su marido, Pedro Fuentes,
jugador, alcohólico –lo que ocasiona largas ausencias- y, en ocasiones, violento con su
mujer. El carácter de Pantalión comienza a cambiar y se lo nota triste, melancólico,
desganado. La intermediación de otros personajes de dudosa intencionalidad malquistará a
la madre, doña Cruz, con Julia, que empezará a ser considerada una perdida que intenta
seducir a su hijo. La situación se agrava cuando se entera de que Pantalión la visita
periódicamente. La maledicencia no tarda en ponerla al tanto de que el hijo está
extraviando el rumbo, comenzando a jugar y a beber. Le prohíbe verla y, creyendo que el
mal precisamente radicaba en su inocencia, su falta de mundo, le pide a un peón joven que
empiece a sacar a su hijo, para lo cual ella corre con los gastos. El declive moral de
Pantalión será gradual, pero inevitable. Comienza a pedir plata, se descuidan los asuntos de

75
la estancia, se hará pendenciero. Un altercado da ocasión a que su rival amoroso, Pedro, lo
encuentre herido, lo asista y lo lleve a su rancho. El muchacho quedará endeudado con el
hombre y, a la vez, el convivir ahora en la misma casa que su amada, excitará su pasión. Un
malentendido con Julia lo arrebata y lo hace marchar. Ahora las deudas, las malas
compañías, lo llevarán a robarle a su propia madre parte del ganado. Ella sufre por su
ausencia, pero sigue sin comprender el mal y justificando a su hijo. Enferma gravemente y
quien llega para asistirla en su rancho, sin que ella se entere y tratando de no ser
reconocida, es la misma Julia. Angustiado por el rumbo que ha tomado su vida, Pantalión
regresa a la estancia de su madre y allí se encuentra con Julia, Ella trata de recomponer la
situación con doña Cruz, para lo cual elabora un plan en el cual Pantalión deberá quedarse
en el rancho de ella hasta que surja la oportunidad de explicar todo a la mujer, la que poco a
poco va mejorando. El trato diario va afianzando la amistad entre los jóvenes. Ella lo sabe
enamorado, pero debe ocultarlo. Por fin doña Cruz se recupera y en un descuido termina
por reconocer a la que considera su enemiga. A pesar de entender en parte las explicaciones
de Julia, su inocencia, se resiste a retomar la amistad con ella. Pantalión vuelve a “La
Blanqueada”, la estancia de su madre. La convivencia se hace difícil porque, si bien ha
entendido a Julia, no quiere que haya relación con ella, lo que entristece al joven. Ante un
regreso en que su hijo llega bebido, doña Cruz lo castiga duramente. El muchacho termina
por irse. Su ausencia hace que las dos mujeres retomen las visitas y charlas. Algún forastero
da noticias de la creciente fama de pendenciero de Pantalión por distintos pueblos. Doña
Cruz trata de hacerlo volver. Hacia el final, por un mensaje se entera de que Julia ha
quedado sola, viuda, y que lo espera. Arrebatado, vuelve para reencontrarse con ella.
Castiga al caballo, lo agota y, furioso, lo mata cuando comprueba que está imposibilitado
de seguir. Camina aturdido, fuera de sí. Será encontrado muerto al costado del camino.

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ORGULLO Y PREJUICIO EN MAR CHIQUITA

El título es del todo intencional. Hay mucho, aunque entremezclado en uno y en otro, de

aquel orgullo y prejuicio con que caracterizó Jane Austen a sus personajes en su clásica

novela, en los sentimientos de Elizabeth y Francisco, los protagonistas de “La maestra de la

laguna. Un amor entre Bostón y las Pampas” (2010), de Gloria V. Casañas. Figuras

contrastadas, obstinaciones, malentendidos, equívocos, celos, sinceridades a medias,

inscriben la historia en el tópico tradicional de un amor con crisis que al final conduce a un

final feliz. Hábil en el tejido de una trama con varios personajes históricos y en el sostén

del suspenso a lo largo de más de 650 páginas, la autora ha tomado como heroína a una de

aquellas maestras norteamericanas que trajera Sarmiento al país para iniciar el desarrollo

de las escuelas normales. Un malintencionado error la conduce a un paraje inhóspito: la

laguna de Mar Chiquita. Allí, como docente y como mujer, deberá hacer frente a la

soledad, los prejuicios, las carencias, los peligros –son los tiempos finales de la guerra

contra el indio- y a los tormentos, demonios y conflictos de un inesperado vecino en la

laguna: Francisco.

Al acierto en el tópico, el rigor en la investigación, la fluidez en la trama y los apropiados

condimentos de un best-seller (los pormenorizados encuentros íntimos de la pareja, por

ejemplo, con los que se regodearán algunas lectoras), agréguese descripciones de un sitio

privilegiado de nuestra geografía como es la albúfera, por entonces mero desierto: “llano

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inmenso, barrido por el viento, con leves ondulaciones y pocos árboles (…) En Mar

Chiquita sólo existía la laguna y, del otro lado de la duna, el mar.” Una iglesia, a unos dos

kilómetros, en cuya casa parroquial enseñará la joven a unos pocos chiquillos –varios de las

tolderías- es lo único que hay. Eso, y la choza “en medio de espinos y de altas pitas” que le

ha facilitado un amigo a Francisco, cerca de la laguna, “que parecía el mismísimo mar, pues

hasta oleaje tenía”.

La maestra se ha formado en las teorías pedagogías en boga que también han cautivado a

Sarmiento –Horace Mann, Pestalozzi- que hacen hincapié en la observación y en el

complementar las clases con actividades fuera del aula, por sobre la memorización. Este

principio la ha impulsado a concretar excursiones hacia la laguna, lo que alterara el

deliberado aislamiento del otro personaje, Francisco, quien huye de su enfermedad y de su

bastardía. Hasta ahí llegan “Desbandados entre las pajas bravas y las totoras, chapoteando

en la orilla arenosa”, para horror del aspirante a ermitaño: “El eco de la algarabía se

multiplicó, los patos picazos surcaron el cielo graznando, el croar de las ranas se

interrumpió y hasta la mansedumbre de las aguas de la Grande se alteró.” El conflicto con

aquel hombre, que la atrae y le repugna al mismo tiempo, no será impedimento que la haga

desistir de sus propósitos de enseñanza en el marco de aquella naturaleza: “el desierto,

matizado por arbustos achaparrados y algunos árboles retorcidos que ella había oído llamar

´caldenes´ y que parecían reclamar agua al cielo con sus ramas sarmentosas (…) Disfrutaba

de la vista de sus espigas anaranjadas, encendidas como vainas de fuego al atardecer.”

Los episodios se suceden, se interrelacionan personajes, la trama se puebla de amenazas (la

fiebre amarilla en Buenos Aires, la amenaza de destrucción y muerte del gran malón de los

indios chilenos de Calfucurá) y motivaciones dispares mueven a los seres novelescos, pero

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por mucho tiempo el epicentro será aquella laguna cuyo vaivén del agua “dejaba ver los

cangrejos apiñados en el fondo”, en cuya boca “el mar entraba a borbotones” y bandadas de

flamencos rozaban las aguas “reflejándose en ellas como conchas de nácar”. Escenario de

aprendizajes y, al fin, de desatadas pasiones en aquella choza, en cuyo entorno era posible

apreciar “patos de aspecto curioso: blancos en su vientre, plomizos en el dorso y con un

ridículo penacho amarillo que los hacía parecer espantados”. Son los “macá plateados”.

El paisaje deja su impronta en el carácter del hombre. O quizá, como recuerda Elizabeth, la

maestra, que pensaba su madre: se reconoce en el paisaje interior. “Todos tenían un lugar

en el mundo al que tal vez jamás llegasen, que siempre los aguardaba. Ese sitio, donde el

espíritu se encontraba en un remanso, era el paisaje que cada uno llevaba dentro. ¿Sería la

laguna el paisaje de Elizabeth?”

Cada uno deberá reconocer el suyo. Lo seguro es que la Literatura nos acerca mucho a ese

encuentro.

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PERGAMINO: DE LA MÁS CÉLEBRES DE LAS PAYADAS

AL CRUEL REALISMO

“Este es el país que me enseñó la desolación / pero también la libertad de las palabras /

me mostró las calandrias y las torturas / la ciénaga y el cielo alto y tenaz del Paraná.

Esta es mi casa y no tengo otra.”

Edna Pozzi. “La derrota”.

“Pergamino, llamada primero la Dormida del Pergamino

Pues allá reposaban los viajeros a las provincias del Oeste,

Y después guarnición con foso y puente levadizo,

Pueblo coloreado por el maíz y otros cereales

Como por varias clases de veranos.”

Horacio Rega Molina. “Oda con Calfucurá”

Una ciudad, en cuyo nombre resuenan libros y que coloca a su entrada los versos de un

poeta, con certeza ha de ser una ciudad que merezca ser conocida, recorrida sus calles,

visitadas sus plazas, negocios y cafés, compartidas las horas con su gente. Ahí nomás, al

ingreso por la ruta ocho, está un monumento, y allí la placa con el soneto de Alejandro

González Gattone (1922-1974), colocada en 1965:

80
“Oh, la ciudad crecida entre maizales, / frescas aun las huellas de la indiada, / fuiste

albergue fugaz, dulce posada, / del áspero desierto en los umbrales, / ciudad sin fundación,

hija de iguales, / diste a la sed tu arroyo, fresca aguada, / diste tu corazón, sin pedir nada…”

(“Pergamino”)

Cierto, no tuvo -esta hija de la Patria- acto solemne de fundación ni de bautismo, y

parece haber surgido a partir de un sueño de “La Dormida”, especie de playa de

estacionamiento para viajeros, carretas y ganado. Al desamparo de su nacimiento sin

documentos, sigue la incertidumbre del nombre, pues se debate entre tres o cuatro orígenes

posibles y dispares. Hay uno literario. Lo transmite Pastor Obligado a partir de una leyenda

que da cuenta de ciertos rollos de pergamino hallados en la costa del arroyo, de los que

algunos sugerían la ruta de un tesoro.

Hacia 1771, que es cuando pasa por la zona Calixto Bustamante, “Concolorcorvo”,

acompañando al inspector de postas Alonso Carrió de la Vandera, se hallaba un fuerte que

el autor del Lazarillo de ciegos caminantes describe en su tercer capítulo:

“En el sitio nombrado el Pergamino hay un fuerte, que se compone de un foso muy

bueno con su puente levadizo de palos, capaz de alojar adentro cuarenta vecinos que tiene

esta población, y son otros tantos milicianos con sus oficiales correspondientes. Tiene

cuatro cañoncitos de campaña y las armas de fuego correspondientes para defenderse de

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una improvisa irrupción de indios pampas, en cuya frontera está situado el presidio, que

comanda el teniente de dragones don Francisco Bamphi…”

Si hay algo que perdurará unido por siempre en el tiempo a Pergamino, ese algo es la

celebrada payada que tuviera Gabino Ezeiza (1858-1916), el más afamado cantor de

contrapunto, con el célebre Pablo Vázquez en el teatro de la ciudad, en 1894. Solían

sostenerse por entonces, en este arte poético y musical, duelos que transcurrían largos días

con sus noches –el de Pergamino duró dos- y congregaban seguidores que formaban bandos

opuestos y se hacían apuestas por el de su predilección. Ezeiza llegó a provocar a Vázquez

diciéndole: “Hay algunos que pensaban / que del todo yo había muerto; / calcular ahora

usted puede / lo que puede haber de cierto.” Otros lances de aquel choque fueron cuando

Vázquez señaló que entre ellos había una diferencia y Gabino contestó: “La diferencia que

existe es fácil de calcular, que yo improviso ligero y usted se pone a pensar”, o cuando al

rival se le cortó una cuerda, disparándole Gabino: “Cierto le falta una cuerda y lo escuchó

la reunión, la cuerda del sentimiento que da tanta vibración”.

Versaron sobre el descubrimiento de América, el hogar, el porvenir de la patria, la

opinión pública, la sociedad, el trabajo, la influencia de Sarmiento y sobre la técnica de la

cuarteta. Al final, un jurado dio el triunfo a Gabino Ezeiza.

Aunque Ezeiza no se consideraba un escritor, muchas de sus letras perduraron en el

recuerdo de la gente. Gardel mismo grabó algunas. Es difícil dar crédito a las propias

palabras del payador, cuando pudo producir bellezas como ésta:

82
“En una noche clara / de majestuosa luna, / se ve de un cementerio / un ciprés descollar; /

y en lápidas lujosas / de abovedadas tumbas, / el nombre está grabado / del que descansa en

paz.

La brisa silenciosa / pasando blandamente / esparce de las flores / su aroma y su jazmín, /

la silenciosa brisa / las lleva muellemente / entre las negras tumbas / del fúnebre jardín…

De pronto llega un joven / contrito y vacilante; / inclina una rodilla, / murmura una

oración / y caen como unas perlas / sobre la blanca losa / las lágrimas que arranca / su

tierno corazón.

-¡Oh!, ven, despierta ¿quieres? / ¿Por qué me abandonaste? / ¿Por qué no me llevaste

para dormir también? / ¿No ves que solo a solas / con mi dolor profundo, / todo lo de este

mundo / desprecio con desdén?

Y luego se oye un tiro, / y allí junto a la tumba / caliente aún el cadáver / del joven se

encontró, / después, pasé al otro año / y la inscripción decía: / “Tanto él a ella quería / que

en su tumba murió”.

(“El silencio de las tumbas”)

Tras su sentida desaparición, José Silvio Curbelo lo recordó escribiendo “Qué grande

que fue Gabino / sus versos líricos chasques, / enfrentando a Pablo Vázquez / allá por el

Pergamino.” Y Héctor Pedro Blomberg compuso una milonga en su homenaje, “El adiós a

Gabino Ezeiza” que clama en su final: “Nadie volverá a escuchar / de mi guitarra el

83
rumor, / cantos de gloria y de amor / de la ciudad en que he nacido, / no me arrojes al

olvido / yo que he sido tu cantor.”

Y oriunda de Pergamino es la familia Medina que ha terminado viviendo hacinada en un

departamento de dos ambientes, en Fuerte Apache, y que presenta el relato de Reynaldo

Sietecase (1961), “Pelusa duerme en el sillón”. Dura realidad repetida en tantas historias de

pueblerinos que han emigrado para habitar el sórdido escenario en el que se mueven

“chorros, drogones, putas, travestis”. La protagonista, Pelusa, es una adolescente que

convive con otros tres hermanos, su madre Rosa y su padre, un policía bonaerense, de

“gatillo fácil” y alcohólico. Es quien, además, con frecuencia hace viajes a Pergamino que,

sabremos luego, se explican porque sostiene allí otra familia en paralelo. Sin embargo, es

en Pelusa donde se condensa el drama, porque su padre como otras veces, borracho y en el

baño, le pide que lo seque, tiene una erección y abusará de ella. Sólo que esta vez su

hermano de doce, Claudio, tendrá a mano la pistola reglamentaria, que ya sabe manejar:

“Los primeros impactos lo arrojaron contra los azulejos. La Pelu salió del baño gritando.

Claudio se acercó al cuerpo que se desangraba abrazado al inodoro y siguió disparando.”

El cuento integra el volumen Pendejos que, como lo sugiere el título, se centra en la

violencia que afecta o vivencia la minoridad en nuestra sociedad actual. “Pibes” que, como

dice el autor rosarino, periodista de reconocida trayectoria, “sólo se hacen visibles cuando

matan”.

84
BORGES Y PERGAMINO

En una estancia a tres o cuatros leguas de la ciudad de Pergamino, en un galpón, un

montonero que integra una partida que marcha a unirse con López, hacia 1829, tiene una

pesadilla que despierta a su mujer, embarazada. Al día siguiente los insurrectos serán

desbaratados y el hombre caerá muerto en un pajonal. Su mujer dará, a aquel hijo que

esperaba, el nombre de Isidoro Tadeo Cruz.

Así comienza el relato de Jorge Luis Borges, que otorga una semblanza a aquel sargento

al que le será encomendada la tarea de atrapar al desertor Martín Fierro. Como había hecho

con “El fin”, aquí, con su “Biografía de Isidoro Tadeo Cruz”, Borges vuelve a cruzarse en

la Literatura Argentina, para revocar o anular su tradición. En especial, la de la obra de

Hernández. Sabemos de su pensamiento: elogia el poema en lo que sugiere o en lo que

tiene de aventura, lo denigra en cuanto se trata de convertir a un “matrero” en un héroe, en

cuanto se quiere sintetizar el pasado heroico en la vida de un asesino y desertor, como

criticó a Lugones que lo hiciera. Todo, sin embargo, es parte de la literatura, que es lo

permanecerá. Nuestras opiniones eruditas –como él mismo lo reconocía para los que

85
cuestionaban a Estanislao del Campo- pasarán. Así hay que leer el cuento, como una

variación del tema, sin inmiscuirnos en disputas estériles.

Como Borges mismo lo explicita, la biografía de Cruz va a reducirse a una noche; el

resto está para que esa noche se entienda. Su hábitat fue siempre la llanura y fuera de ella,

es decir, en la ciudad, nunca pudo hallarse. Esta tesitura del personaje lo llevó al crimen,

pues llegado hasta las puertas de Buenos Aires por un trabajo y como otro se burlara de su

rara superstición, le clavó una puñalada. Se hizo fugitivo. Se enfrentó a la partida y peleó

hasta que ya la pérdida de sangre lo desvanecía. Lo incorporaron a un fortín. Volvió al

tiempo a Pergamino y se casó. Tuvo su hijo y su campo. Lo nombraron sargento de policía.

Como sargento, le tocó mandar la partida que debía capturar a Fierro. Ése es el preciso

momento en que se da un tópico que Borges suele repetir:

“Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque

profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche

fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su

nombre.”

Tal como sucede en la epopeya de Hernández, Fierro se bate contra los policías con

bravura, y Cruz, ante esta valentía, decide pasarse de bando y ayudarlo. Pero en Borges, si

bien los hechos ocurren idénticos, la decisión íntima es distinta: Cruz ayuda a Fierro porque

comprende que es él, que son iguales, que su naturaleza es aquella que está allí, batiéndose

indómita en el pajonal.

86
“Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el

que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió

su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él.”

En una nota de 2003 de la revista de La Nación, “Pergamino: donde la pampa es un

vergel”, Ramiro Sagasti recuerda la visita de Jorge Luis Borges a la ciudad. Su lazarillo

literario entonces fue la poeta Edna Pozzi, quien lo acompañó a la estación y, entretanto,

sugirió el escritor, pensarían un cuento, quizá que tuviera algo que ver con “La Dormida”,

nombre para él por demás sugerente.

La rama Acevedo de su familia (por su madre, Leonor Acevedo Suárez) tuvo campos por

la zona desde 1744 –lindantes o compartidos con San Nicolás y Ramallo-, adquirió

influencia política y terminó por dar nombre al pueblo del partido, en el kilómetro 22 de la

ruta nacional Nº 188. Minúsculo, pero emprendedor poblado a veinte minutos de la ciudad.

Hacia 1825 pernoctó en la estancia de los Acevedo el general José María Paz, en camino

como prisionero hacia Luján. A ellos, a los Acevedo, Borges dedicó dos poemas, uno

aparecido en Elogio de la sombra; el segundo, en El oro de los tigres:

“Campos de mis abuelos y que guardan / todavía su nombre de Acevedo, / indefinidos

campos que no puedo / del todo imaginar. Mis años tardan / y no he mirado aún esas

87
cansadas / leguas de polvo y patria que mis muertos / vieron desde el caballo, esos

abiertos / caminos, sus ocasos y alboradas…”

(“Acevedo”)

“Al término de tres generaciones / vuelvo a los campos de los Acevedo, / que fueron mis

mayores. Vagamente / los he buscado en esta vieja casa / blanca y rectangular, en la

frescura / de sus dos galerías, en la sombra / creciente que proyectan los pilares, / en el

intemporal grito del pájaro, / en la lluvia que abruma la azotea, / en el crepúsculo de los

espejos, / en un reflejo, un eco, que fue suyo / y que ahora es mío, sin que yo lo sepa…”

(“La busca”)

De aquellos Acevedo, Borges trae otra anécdota que plasmará en su relato “El

encuentro”, de El informe de Brodie. El narrador testigo –se sobreentiende- es el niño

Borges que visita, hacia 1910, una quinta en el que un señor “Acevedo”, para que no se

aburra, le cuenta que “tenía un campito por el lado de Pergamino y que yendo y viniendo

por la provincia había ido juntando cosas”. Entre esas cosas, le muestra una vitrina llena de

puñales, cada uno con su historia que va relatando. De pronto, la conversación se

interrumpe. Dos hombres se hallan discutiendo a viva voz en medio de una partida. Se trata

de Maneco Uriarte y de un tal Duncan. Pasadas las injurias y un primer puñetazo nacidos

de una presunta trampa en el juego, deciden batirse. Se abrieron las vitrinas y buscaron un

lugar adecuado, fuera de la casa, y se arremetieron.

88
“Al principio lo hicieron con torpeza, como si temieran herirse; al principio miraban los

aceros, pero después los ojos del contrario.”

Poco a poco, la sangre de las heridas que se prodigan comienza a aflorar. Nadie

intervino, hasta que uno dio muerte al otro. Duncan quedó tendido y Uriarte, sobre él,

lloraba.

Casi veinte años después, el narrador escucha de un comisario historias de cuchilleros, lo

que lo mueve a confesar aquel duelo criollo del que todos los presentes se habían

juramentado no decir palabra. La sorpresa de los pormenores de tal combate en gente que

no era aficionada a la esgrima, lo lleva a reflexionar sobre las armas empleadas. La daga

con el gavilán en forma de U, el cuchillo con cabo de madera de la marca arbolito. Por los

pagos donde acontecieron los hechos, recuerda el oficial, hubo dos hombres que se tuvieron

gran inquina, pues siempre confundían sus nombres: Juan Almanza y Juan Almada. Por

tiempo se buscaron y nunca se encontraron.

Es entonces que les llega la revelación: “las armas, no los hombres, pelearon. Habían

dormido, lado a lado, en una vitrina, hasta que las manos las despertaron (…) Se habían

buscado largamente, por los caminos de la provincia, y por fin se encontraron, cuando sus

gauchos ya eran polvo.”

89
EL ROMÁNTICO CASTILLO DE LOS OBLIGADO EN RAMALLO

Asentada sobre el tramo deltaico del Paraná, en la margen derecha, allí está Ramallo. La

visión del río, enlazado a los recuerdos de la infancia, despertó sentidos versos en su poeta

de mayor prestigio, Rafael Obligado (1851-1920), que halló refugio y solaz en aquellas

tierras –prolongadas por entonces hasta San Pedro- que serían conocidas como “Puerto y

Vuelta de Obligado” y que fueran adquiridas, al arribar desde Sevilla, por su abuelo,

Antonio Obligado.

Escenario de navegaciones en canoa y juegos con sus hermanas, el río también fue mujer

amada, traslación poética de una vivencia de juventud, un amor frustrado por la temprana

muerte que agrió por algún tiempo su carácter:

90
Ven, sigue de la mano / al que te amó de niño; / Ven, y juntos lleguemos hasta el

bosque / que está en la margen del paterno río. // ¡Oh, cuánto eres hermosa, / mi amada, en

este sitio! / Sólo por ti, y a reflejar tu frente, / corriendo baja el Paraná tranquilo. // Para

besar tu huella / fue siempre tan sumiso, / que, en viéndote llegar, hasta la playa / manda

sus olas sin hacer ruido. // Por eso, porque te ama, / somos grandes amigos; / Luego, sabe

decirte aquellas cosas / que nunca brotan de los labios míos…” (“En la ribera”, 1882)

Son, sin embargo, recorridos que no abandonará, pues ya hombre, proseguirá con su

balandra visitando a los isleños, o dejándose llevar tendido en la barca, meditando, quizá, el

perfil que tendrán sus escritos en pos de recuperar historia, tradiciones y paisaje para

fraguar una literatura nacional. Brotarán, así, versos angustiados por raíces que ve secarse,

amores que se esfuman, la grandeza de la patria que se va olvidando.

La sencilla historia de un hornero, su vida feliz en su nido, los polluelos creciendo hasta

que están listos para partir, le sugiere, en paralelo, la tristeza por las cosas familiares y

patrias que se van perdiendo:

“¡Ah, cuán triste, Felicia, es ver que todo / lo argentino se va! / ¡La antigua sencillez de

la familia! / ¡La sombra de la casa paternal!

¡Que la fe de los héroes y las madres / apagándose está…”

(“Los horneros”)

91
En aquellas tierras familiares, en el límite entre Ramallo y San Pedro, haría levantar

Rafael Obligado en 1896 el castillo medieval “a la española” en honor a su esposa, Isabel

Gómez Langenheim, devota lectora de Walter Scott, como lo había sido su madre. Fue

diseñado por el arquitecto alemán Adolfo Büttner.

Por las veinticuatro habitaciones, corredores y galerías de sus tres pisos debe andar,

como corresponde a todo castillo que se precie, el infaltable fantasma. En este caso,

responde al familiar y casi inofensivo nombre de “Toto”, dedicado más a la travesura que a

la maldad, pues no pasan sus acciones temerarias de cerrar alguna puerta para luego abrirla

de repente.

En aquel castillo conservó el poeta un añoso jazmín del cabo, cuyo cuidado su madre, en

su lecho de muerte, le encomendó. Lo colocó en sitio de honor y sus flores eran el obsequio

más preciado que podía hacer a su esposa. En sus campos, y en su infancia, perduró mucho

tiempo una cruz de ñandubay que recordaba a los patriotas caídos en la famosa “Vuelta de

Obligado”. El poeta Héctor Pedro Blomberg, en un navegante poemario (A la deriva y

Cantos Navales Argentinos), recuerda aquella batalla nacional por la soberanía:

“Y cuando el lucero subió sobre el río, / en las baterías que mudas están, / se vieron los

muertos de pie en la ribera, / cubiertos de blanca y azul claridad.

¡Vuelta de Obligado, sobre cuya arena / los seiscientos leones no se alzaron más! / Allí,

amortajados de estrellas, cayeron, / y el río les dijo su eterno cantar!...”

92
(“Canto a los héroes de la Vuelta de Obligado”)

La madre de Rafael lo llevaba junto a sus hermanos a orar a allí, relataba las historias de

aquellos mártires y les hacía tejer coronas de flores del aire. Así bebió la Fe, el amor a la

Patria, y de aquellas vertientes se nutrió su poesía. Y su personaje legendario: Santos Vega,

Aquel de la larga fama.

Andará por ahí aquel paisano con su guitarra, cruzando la llanura, acompañada su

sombra quizá por otras sombras gigantescas: la de Martín Fierro, la de Segundo Sombra.

Ahí van, si casi puede verse a nuestros inmortales, cabalgando.

“Santos Vega cruza el llano, / alta el ala del sombrero, / levantada del pampero / al

impulso soberano. / Viste poncho americano, / suelto en ondas de su cuello / y en el bronce

de su frente, / lo cincela el sol poniente / con el último destello.”

(Santos Vega)

El poema se publicó junto con otras composiciones en un lujoso libro que tituló Poesías,

en 1885, en París, con una tirada reducida, a la que seguiría otra edición masiva de diez mil

ejemplares. Sabemos por una entrevista, un fragmento de la cual se reproduce en La

estancia colonial rioplatense, de Yuyú Guzmán, que concibió su Santos Vega a partir del

recuerdo de la primera vez que escuchó sobre el personaje, a los siete años. Un gaucho

viejo le habló de él y de las leyendas en torno a su figura, como la que dice que, en las

93
noches nubladas, colocando una guitarra en un pozo, el alma del payador concurre a tañer

sus cuerdas.

Las famosas estrofas del poema vinieron, también, con otras extraídas del Martín Fierro,

de forma insólita, a transformar en éxito, no sólo un frustrado estreno cinematográfico, sino

una marca que sigue vigente hasta nuestros días. En efecto, en 1915 se filma, dirigida por

Humberto Cairo, Ernesto Gunche y Eduardo Martínez de la Pera, Nobleza gaucha. La cinta

muda no contó con el suceso esperado, hasta que el guionista, José González Castillo, tuvo

la ocurrencia de reemplazar las leyendas explicativas por estrofas gauchescas de Obligado y

de Hernández. A partir de su reestreno, se convertiría en la más taquillera de la historia del

cine hasta la llegada del sonoro, lo que fue aprovechado por una compañía yerbatera para

insertar su producto con igual nombre en el mercado.

Según lo entienden muchos, el poema de Rafael Obligado es el culminante de una larga

tradición, nacida a partir de un gaucho real que vivió hacia 1830 y cuya invencibilidad de

payador lo convirtió en leyenda. Inspirado en la tradición oral, primero le dio forma escrita

Bartolomé Mitre (Rimas, 1854), haciéndolo morir por el Tuyú; luego Hilario Ascasubi

(Santos Vega o Los Mellizos de La Flor, 1872); Eduardo Gutiérrez lo alojó en sus

folletines, de donde se inspiró Obligado para el suyo, pero se prolongará aún más, pues

Manuel Mujica Láinez lo incluye en su Misteriosa Buenos Aires ("El Ángel y el

Payador"). El relato de este último, en el que al duelo tradicional entre Santos y el Diablo se

suma un Ángel.

94
La fastuosa mansión que hiciera construir Rafael tendrá su propio poemario a través de la

pluma del hijo del poeta, Carlos Obligado (1889-1949), quien heredó talento, sensibilidad y

patriotismo. La obra, El poema del castillo (1938), dividida en cuarenta composiciones, va

situando y describiendo uno a uno todos los componentes de la magnífica construcción.

“Geografía” nos habla de sus límites:

“Buenos Aires allá al sur, / Rosario allá por el norte; / Río donde el alba nace, / Pampa

donde el sol se pone. / Largo talud de barrancas / que el verde alternan y el ocre; / Parque

eminente que al río / se asoma en pinos y robles. / Detrás, la llanura espléndida, / que tiende

allá al horizonte / su manto denso de chacras / cuadriculado en verdores; / Al frente, el

Delta: sonrosa / de arroyos, prados y bosques; / Y entre agua y tierra, en la altura, / grave

macizo de torres.”

Imagina el instante en que su padre decidió plasmar la maravilla (“Historia”), delineando

esa fantasía: las torres que tendrá, los árboles del parque: cipreses de Italia, encinas y olivos

de España, robles, eucaliptos, porque “es bien tomar de lo extraño / si gana así lo

argentino.”; sólo un sendero habrá para bajar al río, colocando en la falda durazneros

floridos.

Rememoración, luego, por parte de Carlos Obligado, de los ancestros: aquel bisabuelo

Antonio que adquirió las dieciocho leguas primeras “que caen al norte del lugar de San

Pedro” o “Rincón de Andújar”; el abuelo Luis, apasionado de la música, que solía “sentarse

en la sala umbrosa, / rasguear allí por manera / dulce, pausada y monótona…”; el padre,

95
Rafael, “poeta nacional”; a lo que sigue su propio retrato, y el de sus hijos; el recuerdo del

cuñado de su padre Rafael, Domingo Martinto (“Vecinos”), considerado el primero que

cantó sobre la ciudad de Buenos Aires. Poeta “sutil, primoroso y tierno”, que vivió en

campos lindantes y murió a temprana edad.

La biblioteca es otra destinataria importante de su canto (“Libros”). La primitiva del

abuelo, incrementada con los volúmenes del padre y los suyos propios, ascendiendo a unos

diez mil libros, entre los que hay algún incunable, treinta ediciones del Quijote, los de la

infancia, Julio Verne, Alejandro Dumas, Walter Scott.

Sucederá la memoria de los huéspedes que pasaron por las habitaciones de esta

propiedad, en Ramallo, y con quienes departió de modo afable; de los héroes de la Vuelta

(“Campo de gloria”); de las clases de catequesis impartida por la esposa de Rafael a los

niños y de la primera comunión de éstos. Descuella un sentido lamento por la muerte de

Lugones, ido el mismo año en que compone su poema: “La patria, ahora, / honre cual debe

a quien la honró tan alto…” (“Ausencia”); Canta al Paraná y a su balneario, a las

actividades deportivas en la estancia.

No deja de expresar el temor el poeta ante el alud inmigratorio, ya no latino, sino de

otros lares: “Abre nuestra ilusión, puerta riesgosa / ante inquietudes del presente oscuro, / y

hombres extraños llegan… / ¡Que los prospere Dios… si no son muchos! // Mas, Él me

guarde mis riberas, donde / todos le honramos con un mismo culto, / y almas afines trato, y

sólo nombres / pronunciables pronuncio.” (“Tierra latina”); ni tampoco omite el tributo a la

propia tierra, con dejo despectivo por bellezas ajenas que no cree necesario visitar, tal como

pensaba el mismo Rafael Obligado: “Pero de ser `ciudadano / del mundo´, el Señor me

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libre! / Fronteras son realidades; / No entiendo de amor sin límites. / Querer, quiero yo a mi

tierra. / Las otras… sea felices!” (“Horizontes”).

El poema finaliza con la composición “Laus Deo”, síntesis del fervor patriótico y

religioso bebido de su padre: “…sin patria no hubo / jamás civilización, / y sin familia no

hay patria / y no hay familia sin Dios.”

RAMALLO: UN SOLDADO SIN CABEZA, UN POETA OLVIDADO Y UN

TESTIMONIO DE AMISTAD

Hacia 1863, los estancieros de la zona tomaron la resolución de requerir a las autoridades

la independencia de la región, creando un nuevo partido. El nombre del arroyo limítrofe

con San Nicolás, a la vez que reconocía el de un antiguo poblador, Nicolás Ramallo, fue el

que se impuso para el nuevo distrito, aprobado y concretado con tierras de San Nicolás,

San Pedro y algunas parcelas de Arrecifes y de Pergamino.

La ciudad nacería un 18 de abril de 1873, misma fecha en que se celebra el “Día

internacional de los monumentos y sitios históricos”, por lo que Ramallo ha mostrado

97
interés particular en preservar su patrimonio tradicional, entre muchos, el edificio del

Consejo Escolar, la parroquia “San Francisco Javier”, el Museo Histórico Municipal

“Hércules Ravagliati”, la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos “Patria y Unión”, la plaza

“José María Bustos” (antes “Gral. Cayetano Laprida”), con su réplica de la Pirámide de

Mayo y con su cañón, uno de los dieciséis rescatado de la Batalla del Paso de Tonelero,

librada en 1851 contra la flota brasileña que intentaba reunirse con las fuerzas que

preparaban la caída de Rosas.

De una de aquellas antiguas estancias ha surgido una leyenda que merecería que Ramallo

diera un Washington Irving para transformarla en impresionante friso de suspenso y terror,

como hiciera aquel escritor con su relato “La leyenda de Sleepy Hollow”. Todos

recordarán, aunque sea ayudados por la versión fílmica (Sleepy Hollow, 1999, de Tim

Burton, con Johnny Deep), la espeluznante cabalgata que solía aterrorizar por las noches a

aquella comarca de somnolientos pobladores holandeses, entregados a la superstición y la

fantasía, de un jinete sin cabeza, quizá el espectro de un soldado decapitado por una bala de

cañón, buscando la que fuera su testa en los campos en que había tenido lugar en el pasado

la guerra revolucionaria.

De manera análoga, en la estancia “General Laprida”, en sus inicios conocida como “de

Olmos”, confluyen elementos varios que la tornarían objeto de lucubraciones literarias:

pasadizos secretos que corren por debajo de los pisos, una Virgen en la iglesia con que

cuenta el campo que desata inundaciones cada vez que se intenta trasladarla, y una réplica

criolla de la historia de Irving que suele ser relatada por la actual propietaria –según lo

transmite Horacio Aranda Gamboa (“Paraísos de la Historia”)-, Elsa "Beba" Ortiz de Rozas

de Navarro Vela.

98
En otro tiempo, existió en aquellos terrenos un cementerio que se destinó a alojar los

cuerpos de los militares caídos en la batalla de la Vuelta de Obligado y de allí fue surgiendo

la leyenda de un soldado sin cabeza que suele pasar corriendo, con su uniforme color

terracota, causando el consabido pánico en quien de manera circunstancial lo contempla.

Cuñado y vecino en Ramallo de Rafael Obligado, el poeta Domingo Martinto (1859-

1898) es un importante escritor injustamente olvidado. Compartió con aquel poeta nacional

el mismo fervor nacionalista y amor por las cosas de la tierra. En nota del 8 de agosto de

1880 publicada en el diario “El Pueblo de Barracas al Sud” podía condolerse Martinto del

destino de muerte anunciada que empezaba a sonar para el gaucho. Según su perspectiva,

Europa y nuestras ciudades representan la antinomia de nuestras costumbres primitivas; es

la vida viciada frente a la inocencia en su estado más puro. El gaucho, que sólo busca “La

contemplación, la abstracción completa del universo que lo rodea”, ha quedado cercado por

la civilización.

Su producción poética ha sido considerada por la crítica tributaria de autores como

Gaspar Núñez de Arce y Campoamor, a la vez que influida por la literatura francesa. Es

posible apreciar en ella un romanticismo atenuado, libre de la lamentación retórica. Una de

sus más bellas composiciones es “En el hogar”:

“…Junto al fuego sentado, con el brío / y el entusiasmo de la edad primera, / yo dejo

errar el pensamiento mío / a los caprichos de cualquier quimera; / y enjambres de doradas

mariposas, / que a los rayos de un sol de primavera / en torno giran de las frescas rosas, /

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los dulces sueños de mi amor de niño / vuelven, como antes, a cercar mi vida. / Y otra vez

en mi alma entristecida / se abre la flor de mi primer cariño.

¿No la veis?... ¡Es mi madre! Sonriente, / sentada al borde de mi tierna cuna, / próspera y

grande sueña mi fortuna / y el labio imprime en mi dormida frente; / Y luego, al verme

despertar, su canto / une, feliz, a la oración sencilla, / en su semblante candoroso brilla / de

su ternura el inefable llanto…”

Se puede argüir que el amor sea una mera convención social establecida a lo largo de los

siglos por la literatura; que los sentimientos que genera el amor no sean más que reacciones

químicas que ocurren en nuestro cerebro. Nada parecido puede decirse de la amistad, lazo

inter-personal, y, sin embargo, escasos son los libros que nos deparan el placer de leer la

historia de unos amigos. El día feliz de Charlie Feiling, del ramallanse Sergio Bizzio (1956)

en coautoría con Daniel Guebel, es una excepción.

Publicado en 2006, cuando se acercaba el décimo aniversario del fallecimiento de

Feiling, su contratapa nos advierte que todo en la obra es real: nombre, pueblo,

conversaciones, diversión y hasta la muerte anunciada de uno de ellos.

Al inicio de los noventa los tres, por entonces jóvenes escritores –Feiling, Guebel y

Bizzio, deciden pasar un domingo de verano en Ramallo, en casa de los padres del último.

Hacia allí van, trasladados por una pareja amiga, a disfrutar de un día de asado, pileta,

arroyo, sucediéndose toda clase de situaciones risueñas, desopilantes, con personajes

grotescos o extravagantes, reflexiones literarias o filosóficas. Es el día feliz que vive

100
Charlie Feiling y que justifica el título del relato, que no deja de ser un homenaje, un

sentido homenaje, de sus amigos:

“Feiling, la mejilla apoyada en la ventana, contempló el lento apagarse de las luces, el

desvío por la calle de tierra, el ingreso a la ruta provincial. Parpadeó, suspiró, cerró los ojos.

Es cierto que en la catarata retrospectiva de los recuerdos próximos que se precipitaría

sobre ese telón de fondo, unos meses más tarde, cuando estuviera internado en el hospital,

aquel día se distinguiría por el resplandor de sus iluminaciones íntimas y no por la deleitosa

estupidez del acontecimiento general, pero en ese preciso instante, en el agotamiento del

regreso, en la futilidad de la experiencia concluida, Charlie no hacía otra cosa sino pensar

en la brevedad de su futuro. Ocurrido el fin, luego de una agonía discreta y silenciosa,

ejemplar, esa escasez de posibilidades temporales sería, para sus amigos, un escándalo

general y una tristeza sin nombre.”

101
PÁJAROS Y POLICIALES EN EL ARROYO DEL MEDIO, SAN NICOLÁS

San Nicolás es tierra que ha alumbrado exquisitos poetas. Los suficientes como para que

algunos estudiantes hayan pergeñado la loable idea de organizar un “Itinerario de poetas de

San Nicolás de los Arroyos”. En esta “biografía andada e ilustrada”, como la denominaron,

como si se tratara de una excursión turística-literaria, fueron recorriendo sitios

significativos de las vidas de Astul Urquiaga, Mario Verandi o Andrés del Pozo, leyendo

poemas alusivos, comentando aspectos de sus obras. Sorprende. Habla de un espíritu que

nada tiene de la modorra que se ha hecho estereotipo, quizá injusto, con que nos referimos a

los pueblos.

Del último de los mencionados, Andrés del Pozo (1905-1962), quizá lectores

memoriosos recuerden aquellos poemas a las aves que solían aparecer en viejos manuales

bonaerenses de tapa dura y con cándidas ilustraciones. Textos que nos familiarizaban con

nuestro entorno natural, con nuestros pájaros o nuestros campos:

“Lindo pájaro del monte, / blando vuelo, fino porte, / recia nota de cristal, / leva, como un

mazorquero, / pañuelo encarnado al cuello / y birrete federal.”

“El Cardenal”

102
“Abriendo tamaño pico, / desde la rama más alta, / el benteveo me asalta / con su sarcasmo

de chico:

¡bien te veo, / bicho feo! // Luciendo el pecho amarillo / en coqueto balanceo, / me hace

burla el benteveo / con su insolente estribillo: // ¡bien te veo, / bicho feo!”

(“El Benteveo”)

Fue poeta destacado del “Grupo Bonaerense Arroyo del Medio”, de notoria actividad por

los ´40. Su “Sonata fluvial en tres movimientos” corre por cauces no menos hondos que la

balada de Vicente Barbieri:

“Un éxtasis de junco en aguas vivas, / un delirio de pájaro errabundo, / vuelcan su luz

clarísima / en el río apacible de mis días oscuros. / Y el alma enajenada, como una

golondrina, / asciende en esa luz a su lento crepúsculo. // En heredad de nubes y altos cielos

/ - playa de espejo en bellas claridades –, / vivo el dulce sosiego / de este río de luz en

verdes litorales; / rico de paz humilde, de inocencia de trébol, / y del cielo púrpura que

entristece las tardes. // Mírame en esta luz iluminado. / Mírame en la embriaguez de los

colores / en el pálido ocaso. / Descienden ya las sombras con apagadas voces. / Como un

grillo escondido doy la chispa de un canto, / y es una melodía que ilumina la noche […]”

103
Pero si bien es cierta la preeminencia de voces líricas, la narrativa cuenta con un nombre

de enorme peso nacido en esta tierra, y nada menos que para todo un género literario:

Manuel Peyrou (1902-1974). Íntimo amigo de Jorge Luis Borges, éste lo recordó en un

poema de Historia de la noche:

“Suyo fue el ejercicio generoso / de la amistad genial. Era el hermano / a quien podemos,

en la hora adversa / confiarle todo o, sin decirle nada, / dejarle adivinar lo que no quiere…”

(“Manuel Peyrou”)

Nuestra corriente policial se ha mostrado, desde sus inicios y en las sucesivas etapas de

su evolución, siempre innovadora, siempre transgresora con respecto a los modelos, y

Peyrou contribuyó con sus cuentos y novelas en el mismo sentido, a veces con personajes,

situaciones y argumentos peregrinos.

Lo poco, quizá, que haya vivenciado Manuel Peyrou de su niñez en San Nicolás, bastó

para que en su memoria perdurara un personaje legendario de la zona, Guillermo Hoyo u

“Hormiga Negra”, y un lugar, el “Arroyo del Medio”, que fuera conocido desde el

virreinato como un “Rubicón”, dada su importancia de paso estratégico.

Manuel Peyrou se vinculó con aquel conterráneo –lo conoció en su adolescencia- y su

decisión de incluirlo en un relato, “De este lado del Arroyo del Medio”, como figura

salvadora de su detective estrella, Pablo Laborde, no es menor: implica, nada menos, uno

de sus gestos de dar carta de ciudadanía al policial.

104
De la vida real, a la de personaje literario, mediaba un paso para aquel paisano. Nacido

hacia 1837, en el Alto Verde, zona del Arroyo del Medio. Hoyo purgó una condena por un

crimen que no había cometido y le enrostraron algunas otras muertes que no se pudieron

probar. Murió en San Nicolás en 1918.

Su historia, contada en versos por variados nombres que se inspiraron en datos de su

existencia real, convertida hasta radioteatro, cobró impensable trascendencia en su época de

la mano del escritor Eduardo Gutiérrez.

Uno de los más célebres encontronazos que tendrá el personaje en San Nicolás será con

el temible Filemón Albornoz.

Hormiga Negra tiene una temporada de trabajo y sin sobresaltos en el establecimiento de

don Emiliano Sánchez. Al mismo tiempo, arriba a San Nicolás el tal Filemón, paisano que

repite la historia de tantos: acusado de “vago” por la política clientelista, se lo envió preso a

Santa Cruz. En una sublevación se escapó, no sin cobrarse varias vidas y ha retornado con

el ánimo de vengarse. Se ha vuelto borracho y matrero. Las constantes provocaciones y

muertes le son recriminadas con una advertencia: “¡Algún día te has de encontrar con

Hormiga negra, cobarde de porquería, y entonces has de pagar las hechas y por hacer!”.

Desde entonces, Albornoz no hace más que buscar a aquel nombre para medirse.

Se encuentran, por fin. Sobreviene el duelo verbal, casi resignado, como preliminar de la

lucha, pues reconocen no haber motivo alguno para el duelo, más que lo que se esperan los

otros de ellos. Albornoz dice: “Yo no tengo ningún motivo para quererlo mal ni para

buscarle camorra. Pero un viejo entremetido me dijo que usted era capaz de darme una

vuelta de azotes y yo lo he buscado para ver si eso era o no cierto.” Del mismo tono es la

105
respuesta de Hormiga: no se tiene por nada, pero no le gusta esconderse cuando lo buscan.

Convienen en salir y, dado que no hay mayor resentimiento, pelear hasta la primera herida.

Luchan hasta que Hormiga logra marcarle la cara. Parece todo concluir, tal como fue

acordado pero, traicionero, Albornoz lo apuñala en el vientre cuando Hormiga guardaba su

cuchillo. El ataque no impide que el herido alcance a lanzar su puñal en el aire, directo al

pecho del traidor, en una herida mortal. Con las tripas afuera, Hormiga es auxiliado por los

parroquianos que le harán las primeras curaciones que le permitan sobrevivir.

Personaje de mala estrella, sin duda, revestido con el halo que el poeta romántico suele

otorgar a sus héroes y heroínas, quienes deben sortear todo tipo de obstáculos para caer en

la tragedia, Hoyo, u Hormiga Negra, se inicia de manera temprana –a los trece- en el

“visteo con el cuchillo” y las dificultades con la ley, ante el estímulo cándido del mismo

padre, ignorante del camino que se le estaba abriendo al hijo, que lo conducirán al final a la

cárcel, después de haber perdido a su hermano y a su amada en otra conocida aventura en el

pago.

La tensión atrapante de Hormiga Negra, las vívidas descripciones, sumaban legiones de

lectores a Eduardo Gutiérrez. No habría de imaginar nunca él, que una veintena de años

después de su fallecimiento, uno de ellos, un niño de diez años, se asombraría de hallar a

aquellos gauchos, que habían sido leídos en novelas de la biblioteca paterna, en la realidad

de un campo. Se llamaba Jorge Luis Borges, y había venido a pasar, en 1909, unos días en

una estancia de la zona en la que tenía familiares. Lo recuerda María Esther Vázquez en

Borges. Esplendor y derrota, y agrega que, luego de aquel descubrimiento de la pampa,

comenzó a escribir el niño un poema gauchesco, que debió abandonar a poco de iniciado

por las dificultades con el lenguaje.

106
No, no lo hizo, y quizá nada se haya perdido, si Borges pudo escribir páginas tan

espléndidas sobre la tierra sin ni un aliento de impuesto criollismo. A él se le debe la

ambigüedad, la nota de irrealidad fantástica con que transforma el llano (“Hay una hora de

la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y

no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música...").

Sin embargo, pudo, ya al publicar Cuaderno San Martín, recordar a su abuelo materno,

Isidoro Acevedo Laprida, nombrando la zona donde había nacido, en San Nicolás:

“Adicto a la conversación porteña del truco, / alsinista y nacido del buen lado del Arroyo

del Medio, / comisario de frutos del país en el mercado antiguo del Once, / comisario de la

tercera, / se batió cuando Buenos Aires lo quiso / en Cepeda, en Pavón y en la playa de los

Corrales…”

(“Isidoro Acevedo”)

Más adelante, este familiar tendría alguna resonancia como comisario al resolver el caso

de “Los caballeros de la noche”, grupo de extranjeros que tenía como modalidad delictiva

el robo de joyas en las tumbas de los cementerios y hasta el secuestro de algún cadáver para

exigir rescate. Una periodista española, Nieves Concostrina, investigó este último suceso

para un interesante libro, Polvo eres. Peripecias y extravagancias de algunos cadáveres

inquietos, en el que detalla que quien sufrió la extorsión fue una tal Felisa, hija de la difunta

Inés Indart, en 1881, cuando le requirieron cinco millones de pesos. Su mayordomo aportó

107
una pista para la resolución del caso: la pesadez del féretro que le tocó transportar, por lo

que la policía sospechó que el cadáver sólo se había movido de lugar, y así fue hallado en

otra bóveda, pero nunca pudo ver la investigadora la relación del episodio con Borges.

De ambos, de Hoyo y de Peyrou habló el gran escritor en una conferencia en San

Nicolás, en 1976. Quizá las moras, probadas en esa visita en el jardín del Museo, como los

granos de granada a Perséfone, lo hayan obligado a quedar retenido, cada tanto, por estas

tierras.

108
YAGUARÓN, UN MONSTRUO EN LAS AGUAS DE SAN NICOLÁS

Dicen, quienes lo han visto y recorrido, aventurados desde el aire en parapente, que el

Arroyo Yaguarón, brazo del Paraná, recorta en la tierra la figura de una gran serpiente que,

desde la horqueta que forma con el Arroyo del Medio, hasta el puerto, culmina en una

cabeza de perro, o tal vez de vaca, a la altura de Somisa.

Quizá la visión sea sugestionada por una leyenda. En estas aguas, se afirma, habita el

monstruo, que ha dado nombre al arroyo. Sigiloso, suele deslizarse por su lecho y socavar

las barrancas. Los desmoronamientos le propician los pulmones de ocasionales víctimas

que le sirven de alimento y lo mantienen vivo. Su descripción es digna de un bestiario

medieval, o de algún diccionario de monstruos: Grande, verde, de lomo chato, cuerpo de

serpiente, cabeza de perro, ojos de lagarto, colmillos cortos y curvos.

El Yaguarón parece explicar los ruidosos embates de las aguas devorando la tierra, o la

torpeza de quienes caen al hacer falso pie y se pierden para siempre.

109
El poeta Rafael Obligado, vecino del partido de Ramallo, lo ha imaginado acechando a una

sencilla lavandera, Juana María. Apacible el río, inocente ella, el poema “El Yaguarón”

germina la idea, a la manera de Baudelaire, de que toda belleza encierra algo nefasto:

“Todo en el mundo es así: la belleza, de luz plena, / la niñez y la azucena; / todo en cieno se

convierte, / a todo arroja la muerte / el polvo de que está llena…”

Baja la muchacha la barranca con su ropa. Frota en la batea las prendas con su pan de jabón

y agua, mientras la primavera la acompaña con el gorjear de los pájaros. Sin embargo, algo

oculto allí la amenaza:

“No observa Juana María / Que a sus pies, precisamente, / Hierve entonces la corriente /

Con más hervor que solía; / No ve que el río aquel día / Tiene extraños movimientos, / Ni

que eléctricos, sangrientos, / De infame plétora rojos, / Bajo las aguas, dos ojos / La miran

fijos y hambrientos.

Ancho el río cabrillea / Conturbado por la brisa, /Y en él la forma indecisa / De un

monstruo se balancea. / Verdoso, enorme, voltea / El cuerpo, se hunde, se oculta, / Resurge,

el líquido abulta, / Borbollando por sí mismo, / Y de nuevo en el abismo / El chato lomo

sepulta.”

(“El Yaguarón”)

Vértigo de imágenes cinéticas que se suceden, como el mismo oleaje del poema; sonidos de

furia. La muchacha, aterrada, lanza un grito para de inmediato caer derribada y ser tomada

por el monstruo hacia la hondura, mientras la naturaleza sigue su ritmo imperturbable.

110
Así, abrazada por el Yaguarón, se extiende la ciudad de San Nicolás de los Arroyos,

desplegada para el visitante como un paño que oferta sus días de pesca en el Parque Rafael

de Aguíar, sus paseos y mateadas por la costanera, sus plegarias en el Santuario a la Virgen

del Rosario, sus edificios emblemáticos, o sus páginas dedicadas a la Historia Nacional.

Entre tantas, la escrita por Juan Bautista Azopardo en 1811 en aquellas mismas aguas.

Ese año, a un cuarto de legua al sur del poblado, la nave capitana de una endeble escuadra

de tres navíos, con armamento obsoleto, iza la bandera roja de combate a muerte por toda

respuesta al pedido de rendición de la flota española. Se bate el marino y pierde dos

embarcaciones y cuarenta de sus cincuenta tripulantes, y sólo se rinde cuando le es

imposible hace estallar ya su propia nave, plena de muertos y heridos. Héctor Pedro

Blomberg ha cantado a aquella gesta de la nuestra incipiente patria librada en San Nicolás:

“Sobre las pardas ondas tres frágiles navíos / a desafiar el fuego de las fragatas van: / el

grumete de Malta oyó cantar los ríos / y empavesó su nave porque era el capitán.

Fue un combate de leones en la inmortal ribera, / la sangre en las arenas no se secó jamás: /

España aquella tarde oyó por vez primera / el cañón de los libres, allá en San Nicolás…”

(“Odisea de Juan Bautista Azopardo”)

111
ULISES Y EL CÍCLOPE POLIFEMO POR LOS CAMPOS DE SAN NICOLÁS

San Nicolás, cuna del Acuerdo de 1852 que, presidido por Urquiza, convocó a diez

gobernadores de provincias argentinas para sentar las bases de la organización nacional que

culminaría, un año después, con la Constitución Nacional. Sitio escogido para armonizar

las diferencias entre argentinos, pues, un hijo de esta tierra, Horacio Rega Molina (1899-

1957) será quien lo recuerde en un poema:

“He aquí que, como hace tantos años, la calle / se llena de galeras de rancia y alta caja. /

Se abre una portezuela, crepuscular. ¿Quién baja? / ¿De quién es ese rostro, ese pecho, ese

talle? // Caballeros que llegan a la ciudad, del valle, / de la montaña. Polvo con agua y

nieve cuaja / cada rueda de cada vehículo en que viaja / la patria misma, para que la guerra

no estalle…”
112
(“La Casa del Acuerdo”)

Es Rega Molina el mayor poeta que ha dado San Nicolás, y uno de los mejores de

nuestra tierra. Así lo consideró Borges, al recordarlo, con emoción, en uno de sus diálogos

radiales con Antonio Carrizo.

Tuvo la dicha de vivir un tiempo de grandes escritores con los que trabó relación o

amistad. Muchos de ellos no le han negado la elegía y él mismo hubo de devolverla en

aquellos casos en que le tocó despedir, como a Roberto Arlt (“¡Si yo supiera todo lo que

sabes, / lo que desde tu muerte has aprendido…”)

Prendado del tiempo de su niñez, a ésta dedicó numerosos poemas que la reviven en

miríada de versos:

“¿Qué importa que hoy, con escasa / fortuna, carezca de ella, / si allá en su hora más bella /

mi niñez tuvo su casa?”

(“La casa de la infancia”)

Y quién no recuerda, si es que no fue obligado en la escuela a pasar al frente a recitar –

yemas de los dedos índice y pulgar izquierdos sosteniendo el pliegue inferior de las hojas,

yemas de los dedos pulgar e índice derechos sobre el ángulo superior de libro, listos a pasar

a la siguiente página- “Balada de un domingo de mi infancia”:

113
“Mañana el maestro dará prueba escrita. / (Mi infancia no tuvo sino días malos.) /

Sentada en un banco mi infancia recita: / Colón ha partido del puerto de Palos...”

Su amor a la tierra natal, a San Nicolás, quedó cifrado en aquella “Oda con una

revelación pampeana” que integra sus Odas de vivac y de a caballo:

“Al yo nacer la pampa levantó mis párpados. / Su alimento le llegó en la franela

caliente / con que me envolvieron esa noche del mes de julio. / La luna preguntó si había

perros / y los gauchos escucharon el paladear de mi lactancia / seguros de mi amor por el

campo, / porque yo tenía un lunar de trigo en el cuerpo…”

En esa pampa -¡quién lo creería!- Horacio Rega Molina hizo transitar nada menos que a

Ulises y a Polifemo, los personajes de la epopeya homérica

Poco se recuerda esa obra dramática que tituló Polifemo o las peras al olmo (1945), no

sólo pionera en cuanto a abrevar en la mitología griega para problematizar la realidad, pues

son posteriores las obras de Sándor, Cortázar, Omar Del Carlo, Marechal, o Sergio De

Cecco, sino que este drama pastoril subvierte la tradición de la literatura universal -

Eurípides (El cíclope), Heráclito el rétor (Alegorías de Homero), Luciano (“Diálogo

Cíclope y Poseidón”), Teócrito (Idilio XI), Alciato (Emblema CLXXIV), Calderón

(Polifemo y Circe), Giraudoux (Muertes de Elpenor), Chofré (La Odilea)- que ha tomado

114
siempre al personaje del cíclope como símbolo de lo irracional, de la barbarie inculta o que

lo han convertido en motivo hilarante. Sólo Rega Molina le ha otorgado una significación

más profunda y renovadora, poética y entrañable.

Mientras el cíclope tañe en su cabaña una flauta, se le presenta Ulises, elegantemente

vestido. De inmediato se plantea el antagonismo entre los mundos. Según el recién llegado,

esa vida rústica que lleva el gigante no es vida. Le muestra la leche en polvo, para la cual

“no hay que limpiar establos”; una lata de carne conservada; un gramófono, “música

condensada, como la leche”, una fotografía. Cuando le enseña un corderito de juguete que

bala, Polifemo se atemoriza, lo cree infernal. Toma un hacha y, ante la amenaza, Odiseo le

apunta con un arma que “sirve para matar de lejos”. No lo cree aquel y entonces derriba un

pájaro, el que anunciaba la vuelta de Galatea, su amor. Aparece un hada cuando ya el

gigante lo estrangulaba. A Odiseo le interesan esas tierras. Su dialéctica consiste en

mostrarle al rústico que nada posee aunque lo tiene todo, así funciona el mundo: “el que

puede comprar una vaca de juguete es rico, comparado con el que tiene una vaca de

verdad”. Arriban un escribano y testigos para el traspaso de la propiedad, pero Odiseo cree

que el asunto aún no está maduro. Llega Galatea. Con ambos arguyen el hada y Odiseo: la

tierra “se hace a medida que uno la cultiva”; no hay títulos, alambrados, nada… Pero para

sus habitantes la tierra “es del que puede decir algo de ella”, del que “cuenta su historia con

las historia de los animales, de los árboles de las piedras.” Se suma a la conversación un

poeta, quien advierte que tratan de arrebatarle todo, hasta a Galatea. Odiseo representa la

civilización, el progreso, las máquinas. Llega el comisario, amigo del héroe, y se lleva

detenido al poeta. Peones van trayendo alambrado y postes.

115
En el segundo acto una curandera que va a buscar leña advierte al cíclope que cuide de

Galatea, que no la “engatusen”. En Polifemo se empiezan a dar ciertos presentimientos que

Cándida, otra amiga que ha llegado de visita, refuerza con sus dichos. El Hada y Polifemo

charlan sobre la tierra, que es como una gran madre, pero a la vez, como un hijo al darla

vuelta y roturarla, y él mismo piensa que sería grato que Galatea le diera un hijo, fruto del

amor, no de la ocasión, como le insinúa el hada que podría proporcionárselo. Ella le revela

que Galatea ha sido seducida por Ulises. Polifemo mismo lo comprueba al verlos reír y

divertirse a bordo de su barca en el río.

En el último acto Ulises ya se ha apropiado de los terrenos y muchas cosas y costumbres

van cambiando en relación con los peones y con el trabajo. Anhela una estancia modelo.

Galatea está embarazada. Un linyera le da noticia de la muerte de Polifemo al arrojarse a

las aguas del río. Un grupo de mujeres amigas trae obsequios tejidos para el inminente

bebé. Galatea se indispone, está a punto de dar a luz. Se llamará Ulises, como el padre, pero

desde dentro, Galatea clama, moribunda, que nadie lo llamará así, todos los conocerán por

Polifemo.

116
SAN PEDRO: CASI “CUNA” DEL HIMNO NACIONAL

Pueblo con curiosidades San Pedro. Hubiera estado a punto, de algún modo, de ser cuna del

Himno Nacional o, con más rigor: pueblo que acunó al que podría haber sido el autor del

Himno Nacional.

Cuando apenas era una aldea conocida como “Rincón de San Pedro”, nació Fray

Cayetano Rodríguez en la estancia “La Barranquida”, hoy – y después de haber pasado por

varios nombres- “La Estrella”.

A dos años de la Revolución de Mayo, en 1812, se estrenaba en la Casa de la Comedia,

en Buenos Aires, la obra teatral “25 de Mayo” de Luis Ambrosio Morante, pieza que

117
terminaba con un himno que inspiraría a uno de los concurrentes, Vicente López y Planes, a

hacer otro, también patriótico. Unos meses más tarde, el Triunvirato encargaría al Cabildo

la misión de decidir la composición de una “Marcha de la Patria”. Una propuesta llegó a

través de Vicente López y Planes; la otra, por el primer poeta nacido en territorio

bonaerense, en San Pedro: Fray Cayetano Rodríguez (1761-1823).

El destino quiso que, bien porque el mismo Cayetano la retirara al reconocer la

superioridad del rival, bien porque agradara más la primera opción, que fuera el primero el

Himno que hoy entonamos con fervor. Sin embargo, merecerían algún recuerdo aquellos

versos que pudieron ser:

“Salve patria dichosa, / oh dulce patria, salve, / y por siglos eternos / se cuenten tus

edades...”

(“Himno a la patria”)

Perteneciente a la generación de los actores de Mayo, su poesía, claro, tiene factura

clásica y el ardor pasional de aquella lucha por la Libertad y por la Independencia que

manifestó no sólo retóricamente, sino en la acción, formando hombres desde la cátedra y

ocupando los cargos que la revolución le confiaba, como diputado, pero también como el

primer bibliotecario de este suelo, cuando un discípulo, Mariano Moreno, dispuso la

creación en 1810 de la Biblioteca Nacional.

118
Algunas composiciones, más sencillas, circularon entre los escolares de los primeros

actos, con intención de renovar la fe en los ideales de Mayo (“Aplaudid la aurora / del día

glorioso / que el pueblo animoso / dichas anunció...”); otras pocas, al fin, escribió con

temática amorosa. Se tiene como la más lograda el soneto “Al río de la Plata”, en el que las

loas a las aguas corren paralelas al desencanto:

“Sagrado río, émulo glorioso / del vasto mar en donde te sepultas, / piélago dulce que

soberbio insultas / al piélago salobre y espumoso. // Argentino raudal, que presuroso /

derramando riquezas que en ti ocultas, / giras en ondas que erizado abultas / y nuestras

playas bañas majestuoso. // Corre, no te detengas, y en llegando / del hondo mar a la

suprema altura, / a sus vivientes con murmurio blando // cuenta mi mal, mi pena y

desventura, / y cuéntalo a sus aguas, protestando / que más que su amargor, es mi

amargura.”

Fray Cayetano Rodríguez inició sus estudios en las modestas aulas del convento

franciscano de la Recolección de San Pedro, en torno al cual fue surgiendo la primera

población desde 1750. La edificación se mantuvo hasta 1888, año en que se decidirá su

demolición para dar paso al palacio municipal.

Sus poesías patrióticas, satíricas, amorosas o de circunstancias han sido reunidas en “Obra

poética” (1968), un volumen del ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires

en homenaje al primer poeta bonaerense.

119
DURAS HISTORIAS DE UN SAMPEDRINO

Por esta vez, diremos que hay que llegar a un lugar, no leyendo, sino escuchando. En el

micro, o en el auto, sería grato oír el tema “Hijas del dolor”, del grupo de rock Hijos de

Babel, pues con mucho acierto estos muchachos de Floresta, que se han tomado la

Literatura muy en serio y la agitan como bandera y la convierten en cruzada, en su álbum

Otros mundos (2012) han transpuesto el terrible cuento “Patrón”, de Abelardo Castillo
120
(1935). Relato que tiene como protagonista a ese hombre de campo despótico, de trato

brutal, que toma como esposa a la nieta de una mujer que ocupa uno de sus puestos. En

nada le interesa la joven a la que triplica en edad y humilla. Sólo quiere que le dé un hijo.

Lo tiene de ella al fin, pero él queda incapacitado por un accidente y recluido por la

muchacha en un cuarto, solo. Ella le deja el chico en brazos, cierra con llave, la que tira en

el aljibe y se marcha, en un terrible final abierto.

Castillo, se sabe, es uno de los pocos casos de escritores que ha elegido “dónde” nacer, y

así, sus biografías “deben” decir que sucedió aquí, en esta ciudad junto al Paraná. Lo cierto

es que fue en Buenos Aires, pero que se trasladó de chico con su padre a San Pedro y

estuvo hasta los dieciocho años. Más explícitos que el mencionado, muchos otros cuentos

se desarrollan en el partido.

En “La madre de Ernesto” aparece aquella estación de servicio, “Alabama”, construida

“a la salida de la ciudad, sobre la ruta”, convertida en ocasional burdel al que llegará a

trabajar la madre de uno de los muchachos amigos. El dilema para ellos será ir o no ir. No

hay otro sitio ni otra mujer y por allí ya ha desfilado la mitad del pueblo. La conocen, y ella

a ellos, pueden recordar cuando más chicos les preguntaba si querían que les preparara la

leche. Van, sin embargo, esperan su turno y cuando la mujer los reconoce, brota la trágica

pregunta: “si le había pasado algo a él, a Ernesto.”

El almacén de “Ramos Generales” (Donde Molina Campos pintaba sus almanaques), el

almacén del “zarateño”, un baile en Santa Lucía (El pueblito que recuerda a Lucía Vicenta

Cullingham, esposa de John Harrington, uno de los primeros irlandeses en llegar a la zona,

y único lugar en la provincia donde se venera a la Patrona de la Vista), el comisario de San

121
Pedro, son mencionados en “Fermín”, otro protagonista “duro”, borracho, jugador y

pendenciero que, además, suele castigar fuerte a su mujer. Ha cobrado y comprado un

vestido para ella. Sin embargo, es temprano para volver a la casa y se demora. Bebe, juega,

pierde. Al final se va al prostíbulo y paga con el paquete que contenía el vestido.

En “El marica” el protagonista recuerda al amigo perdido, César, al que todos trataban,

desde su llegada a San Pedro y por sus maneras, de “marica”. Él lo protegió y como una

manera de demostrar que era uno más entre todos, lo forzó a ir con los muchachos a un

rancho entre las quintas, donde una mujer se ofrecía por cinco pesos. Pero César se escapó.

Pudo alcanzarlo en el Matadero Viejo y allí lo golpeó y también él le gritó “Marica”. Pero

el relato, que se asume como líneas dirigidas a César, culmina con la confesión de que él

tampoco había podido esa noche.

Las ruinas del amor de la infancia, en “Capítulo para Laucha”, donde el narrador, el

mismo Abelardo, queda compungido por los recuerdos, sentado en la placita “Martín

Fierro”, después de haber ido a visitar a aquella chica de la infancia, Laura, ahora

comprometida, ahora definitivamente perdida; Los “naranjales dorados y el peculiar olor a

podrido de la refinería” reciben al narrador al arribar en tren a la ciudad por un mes en “Los

ritos”, y en el vértigo de tratar de olvidar a una muchacha, seducirá a otra mujer casada,

compartirá sus noches, o las tardes, soleándose en el Náutico, con otra vieja amiga, pero sin

poder olvidar; Un encuentro con Poe en Fordham, barrio en que se halla la casa del escritor

norteamericano, dado en un sueño en su casa en San Pedro, donde los espacios

neoyorquinos y sampedrinos se entremezclan en el paseo.

El pueblo, pues, ha quedado entrañablemente fijado en la literatura de Abelardo Castillo.

122
SAN PEDRO Y SU EXHUBERANTE FLORA Y FAUNA

EN UNA NOVELA OLVIDADA

123
Una de las más notables novelas que haya dado la literatura argentina ha tomado a San

Pedro como escenario principal de sus acciones. Se trata de Tierra de jaguares, del hoy tan

poco recordado –y algo proscripto- Hugo Wast (Gustavo Adolfo Martínez Zuviría, (1883-

1962). Vibrantes páginas a las que el autor no ha escatimado ningún condimento

indispensable del quehacer literario: drama histórico, suspenso narrativo, exquisita prosa

descriptiva y habilidad técnica.

De un hecho histórico concreto, el alzamiento de Martín de Álzaga, en los incipientes

años de la Revolución criolla, se sigue primero la huida de la familia de uno de los adeptos

de aquella conspiración, Santiago Altolaguirre, quienes en una embarcación van sorteando

toda suerte de obstáculos para arribar a San Pedro, punto de encuentro convenido con el

mencionado adepto al rey español. Así, sus hijos, Luis y Myriam, criollos pero convertidos,

por lealtad filial, en líderes de un pequeño grupo de fugitivos, remontan los canales del

delta y el mismo Paraná sufriendo distintas peripecias en las que no se mantiene ajena la

naturaleza exuberante, con el acecho de sus jaguares, yacarés o el ataque de sus víboras, por

centenares, por ejemplo, en el logrado capítulo “La invasión de las víboras”.

El autor adopta el perspectivismo múltiple al focalizar, por un lado, al grupo fugitivo,

dejando tras de sí a la partida que tiene la misión de atraparlos, y por otro, más adelante, a

los mismos perseguidores en pos de su presa. No escasean tampoco las amenazas de los

montoneros, de los realistas o de la indiada, y hasta son testigos privilegiados los personajes

del combate de San Lorenzo. Más, el joven Luis, arribado a San Pedro y tratando de

recabar informes sobre su padre, se encuentra con el coronel San Martín en una pulpería de

la zona, pues por ahí andaba el jefe de los Granaderos en tareas de reconocimiento y

constituye ésta una de las escenas más logradas y conmovedoras de la novela.

124
Al fin, el padre, que ha seguido el itinerario de una tropa de carreta y padecido también

sus zozobras, y su familia se reencuentran y llega el indulto, tramitado por el mismísimo

coronel.

Como pocos, Wast ha sabido pintar el paisaje del delta, del río, de sus islas; su fauna y

vegetación, costumbres lugareñas y leyendas. Esa increíble tierra de jaguares que es la

nuestra.

ZÁRATE: EL SECRETO DE UNA CANCIÓN

Y EL DESCENSO DE ORFEO A LOS INFIERNOS

125
Dicen que algunos pájaros de Zárate ofician de guías al visitante y los conducen por

algunas arterias hasta la calle 25 de mayo, donde posan sobre un naranjo histórico, orgullo

de la ciudad, pues en él se inspiró un renombrado poeta del tango local, Homero Expósito,

para escribir la letra de “Naranjo en flor”, plena de metáforas pulidas como joyas:

“Era más blanda que el agua, / que el agua blanda, /era más fresca que el río, / naranjo en

flor. Y en esa calle de estío, / calle perdida, / dejó un pedazo de vida / y se marchó...

Primero hay que saber sufrir, / después amar, después partir / y al fin andar sin

pensamiento... /Perfume de naranjo en flor, / promesas vanas de un amor / que se escaparon

con el viento.

Después... ¿qué importa el después? / Toda mi vida es el ayer / que me detiene en el

pasado, / eterna y vieja juventud / que me ha dejado acobardado / como un pájaro sin luz.

¿Qué le habrán hecho mis manos? / ¿Qué le habrán hecho / para dejarme en el pecho tanto

dolor? / Dolor de vieja arboleda, / canción de esquina / con un pedazo de vida, / naranjo en

flor.

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Pocos, quizás, sepan que esas espléndidas metáforas cifran el secreto misterio de una

aberración. Escuchó Homero Expósito de un colega confidente, abierto en cierta ocasión a

la verborragia merced a la bebida, el relato del ultraje a una mujer, una adolescente apenas;

el embarazo consecuente, el aborto, la pérdida para siempre de ese amor que, sin embargo,

se forzó. Es éso el “pedazo de vida” que dejó, y aquel “tanto dolor en el pecho” no son otra

cosa que los puños de la víctima, tratando de sacarse de encima esas “manos” que no saben

“qué le habrán hecho”.

Expósito escuchó la culpa y la vistió de una riqueza literaria que nada atroz deja entrever.

No debe existir cantante de primer nivel que no la haya interpretado. Y quizá sea mejor

dejarlo así, deleitarnos en esa belleza, ignorando su oscuridad.

Entre tantos que la cantaron, lo hizo Jairo, con la novedad de que lo hace en el filme de

Raúl de la Torre, otro vecino de Zárate, y tan enamorado de su terruño, que allí, en la

Capital Provincial del Tango, rodó la historia de “Funes, un gran amor” (1993) y las

primeras imágenes que le surgen son un paneo del puente, el frontispicio de la

Municipalidad –edificio que cuenta con un reloj autómata del que surge la melodía de

“Naranjo en flor”-, la plaza, el campanario de la iglesia Nta. Sra. Del Carmen, y se reitera

una y otra vez, que los hechos transcurren en Zárate.

A su vez, el guion se basa en un escrito de Humberto Constantini, “Hábleme de Funes”,

otra historia críptica, pues establece una relación intertextual con el mito de Orfeo. Al decir

de Pierre Grimal, uno de los mitos “más oscuros y más cargados de simbolismo”. Higino

(Fáb. CLXIV, 3) nos dice que Orfeo enamoró a Eurídice con el sonido de su cítara y así

casó con ella. Un pastor enamorado de la misma mujer, Aristeo, la persiguió y en la huida

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ella fue mordida por una serpiente. Orfeo descendió a los Infiernos y aceptó no volver el

rostro para mirarla, pero cedió a la tentación y la perdió para siempre. El mismo autor, en

otro lugar, (Ast. II, 6) da noticia de la muerte a manos de las mujeres tracias porque había

visto los misterios de Líber, identificado con Dioniso.

Virgilio (Geo, IV) da cuenta de que Orfeo cautivó a todos en el Inframundo con su música

y le fue permitido llevarse a Eurídice. Proserpina le impuso la condición de que ella lo

siguiera por detrás. Casi al llegar a la luz, no se pudo contener y Orfeo volvió su cabeza

para de inmediato escuchar el lamento de su esposa que se desvanecía. Siete meses lloró su

dolor mientras cantaba tristes canciones. Ningún amor pudo devolverle la alegría y anduvo

errante. Por fin, en Tracia, las mujeres sintiéndose desdeñadas con esa devoción, durante

los sacrificios a los dioses y las orgías nocturnas en honor de Baco desgarraron al joven y lo

diseminaron por los anchos campos. La cabeza, arrancada, siguió repitiendo el nombre de

su amada.

El escrito de Humberto Constantini elegido por Raúl de la Torre es un texto polifónico –

para algunos, poema narrativo- en el que los personajes, músicos de una orquesta, van

desmenuzando los recuerdos de un tal Funes, violinista virtuoso cuya vida acabó

trágicamente. Así, con estas voces, se va tejiendo en un Palermo de tango y milonga el mito

de Orfeo.

Juan Paladino era el pianista y el que debía armar una orquesta para el “Palermo Palace”. El

contrato significaba la oportunidad, tras largo tiempo de olvido, de revivir, ya en el ocaso,

glorias pasadas. A los ensayos se suma Funes como segundo violín y ya su presencia, sus

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maneras, su largarse solo en una interpretación “fantasmal” del tango “Íntimas”, dibuja el

extrañamiento de los personajes ante el recién venido. A partir de allí, la orquesta se dejará

envolver y guiar por la magia de aquel músico que la conduciría de nuevo al renombre y al

éxito. Sólo que ese “éxito” implicaba, también, la pasión desenfrenada que provocaba en

las mujeres. Ellas comienzan a idolatrarlo: “había que verlas (…) mirándolo embobadas,

llamándolo, sonriéndole, acariciándolo al pasar….”. Fervor grupal de mujer que va

creciendo, alienándose y apropiándose del ser de otro: “aquí nació le digo, de nosotras, si

aquí le dimos nombre, lo parimos, quién puede averiguar lo que era antes, un don nadie

seguro, un pobre diablo, pero vino y tocó, vino y fue nuestro, fue Funes nuestro con violín,

con sangre…”

Equivalente de las Bacantes en la histeria, los gritos, la furia, el grupo no tolerará lo

previsible: el enamoramiento de su ídolo de una muchacha, Lidia. Tomado el hecho como

una traición, “las ganó el odio, y un despecho feroz, sucio, asesino.” Sobrevendrá al poco

tiempo, entonces, la muerte de la muchacha cuando, acosada por una “sombra”, caiga

fulminada de un síncope. El percance sumirá a Funes en honda depresión y lo hará errar,

siempre ebrio, por tugurios, bajos fondos, el cementerio, a veces arrancando notas

desesperadas de dolor a su violín, intentando, en vano, la fascinación que abra las puertas

de la muerte (Chacarita).

Retornará, sin embargo, una vez más a la orquesta para asistir a su propio fin. Volverá el

músico a brillar con “Íntimas”, pero al término, el grupo de poseídas por delirio demoníaco

lo atacará. Será “un coro de aullidos” el que acompañará aquel cuerpo Tajeado hasta los

huesos, hecho un pingajo…”

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Raúl de la Torre debió leer muchos de estos elementos intertextuales y, más allá de algunos

cambios –el más importante es el cambio de rol, pues Orfeo sería la pianista que seduce

hasta el delirio a todos con sus interpretaciones- los transpone al fime con gran sentido

estético, a la par de homenajear a su coterráneo, Homero Expósito, pues le incluye otras

letras, como la del famoso título “Yuyo verde”.

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