Antología de cuentos
Temáticas para abordar con Educación sexual integral
(ESI)
Contenido de la Antología
“El marica”, Abelardo Castillo (homosexualidad, prejuicio y bullying)
“Los ojos de Celina”, de Bernardo Kordon (violencia de género)
“El pelo de la Virgen”, de Federico Falco (enamoramiento en la
niñez, el despertar sexual)
“Nada de carne sobre nosotras”, de Mariana Enriquez
(relaciones tóxicas, la obsesión y el cuerpo: estereotipos)
“Conservas”, de Samanta Schweblin (aborto; embarazo no deseado)
“Los juegos”, de Liliana Heker (niños y estereotipos de género)
“Una hermosa familia”, de Beatriz Guido (elección sexual, familias
homoparentales)
“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida” de Naty Menstrual
(Identidad de género, violencia de género)
El marica
(Abelardo Castillo)
Escúchame, César, yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo
me gustaría que leyeras esto, porque hay cosas, palabras, que
uno lleva mordidas adentro y las lleva toda la vida, hasta que una
noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien, porque si
no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la
vergüenza. Escúchame.
Vos eras raro, uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro
en el baño. En la Laguna, me acuerdo, nunca te desnudabas
delante de nosotros. A ellos les daba risa. Y a mí también, claro;
pero yo decía que te dejaran, que cada uno es como es. Cuando
entraste a primer año venías de un colegio de curas; San Pedro
debió de parecerte algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar
a los árboles ni romper faroles a cascotazos ni correr carreras
hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo
cómo fue, cuando uno es chico encuentra cualquier motivo para
querer a la gente, sólo recuerdo que un día éramos amigos y que
siempre andábamos juntos. Un domingo hasta me llevaste a misa.
Al pasar frente al café, el colorado Martínez dijo con voz de flauta
adiós, los novios, a vos se te puso la cara como fuego y yo me di
vuelta puteándolo y le pegué tan tremendo sopapo, de revés, en
los dientes, que me lastimé la mano.
Después, vos me la querías vendar. Me mirabas.
–Te lastimaste por mí, Abelardo.
Cuando dijiste eso, sentí frío en la espalda. Yo tenía mi mano
entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé.
Demasiado blancas, demasiado delgadas.
–Soltame –dije.
O a lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo, tus manos y
tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo ahora pienso que
en el fondo a ninguno de nosotros le importaba mucho, y alguna
vez lo dije, dije que esas cosas no significan nada, que son
cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre
curas. Pero ellos se reían, y uno también, César, acaba riéndose,
acaba por reírse de macho que es y pasa el tiempo y una noche
cualquiera es necesario recordar, decirlo todo.
Yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente, como quieren
los que todavía están limpios. Eras un poco menor que nosotros y
me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y
yo te explicaba las cosas que no comprendías. Hablábamos.
Entonces era fácil escuchar, contarte todo lo que a los otros se
les calla. A veces me mirabas con una especie de perplejidad,
una mirada rara, la misma mirada, acaso, con la que yo no me
atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste:
–Sabes, te admiro.
No pude aguantar tus ojos. Mirabas de frente, como los chicos, y
decías las cosas del mismo modo. Eso era.
–Es un marica.
–Qué va a ser un marica.
–Por algo lo cuidas tanto.
Supongo que alguna vez tuve ganas de decir que todos nosotros
juntos no valíamos ni la mitad de lo que él, de lo que vos valías, pero
en aquel tiempo la palabra era difícil y la risa fácil, y uno también
acepta
–uno también elige–, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de
esa noche cuando vino el negro y habló de verle la cara a Dios y dijo
me pasaron un dato.
–Me pasaron un dato –dijo–, por las Quintas hay una gorda que
cobra cinco pesos, vamos y de paso el César le ve la cara a Dios.
Y yo dije macanudo.
–César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos.
Quiero que vengas.
–¿Con los muchachos?
–Sí, qué tiene.
Porque no sólo dije macanudo sino que te llevé engañado. Vos te
diste cuenta de todo cuando llegamos al rancho. La luna enorme,
me acuerdo. Alta entre los árboles.
–Abelardo, vos lo sabías.
–Callate y entra.
–¡Lo sabías!
–Entra, te digo.
El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos miraba como
si nos midiera. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos por
cabeza, pibes. Siete por cinco, treinticinco. Verle la cara a Dios,
había dicho el negro. De la pieza salió un chico, tendría cuatro o
cinco años.
Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca, nunca en
mi vida me voy a olvidar de aquel gesto. Sus piecitos desnudos
eran del mismo color que el piso de tierra.
El negro hizo punta. Yo sentía una pelota en el estómago, no me
animaba a mirarte. Los demás hacían chistes brutales,
anormalmente brutales, en voz de secreto; todos estábamos
asustados como locos. A Aníbal le temblaba el fósforo cuando me
dio fuego.
–Debe estar sucia.
Cuando el negro salió de la pieza venía sonriendo,
triunfador, abrochándose la bragueta. Nos guiñó un ojo.
–Pasa vos.
–No, yo no. Yo después.
Entró el colorado; después entró Aníbal. Y cuando salían, salían
distintos. Salían hombres. Sí, ésa era exactamente la impresión que
yo tenía.
Entré yo. Cuando salí vos no estabas.
–Dónde está César.
–Disparó.
Y el ademán –un ademán que pudo ser idéntico al del negro– se
me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento
del patio porque de pronto yo estaba fuera del rancho.
–Vos también te asustaste, pibe.
Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda; el chico
jugaba entre sus piernas.
–Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue.
–Agarró pa aya –con la misma mano que sostenía la pava,
señaló el sitio. Y el chico sonreía. Y el chico también dijo pa aya.
Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado
contra un cerco. Me mirabas. Siempre me mirabas.
–Lo sabías.
–Volvé.
–No puedo, Abelardo, te juro que no puedo.
–Volvé, animal.
–Por Dios que no puedo.
–Volvé o te llevo a patadas en el culo.
La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los
árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme
perdón, a mí, tu hermosa cara iluminada, desfigurándose de pronto.
Me ardía la mano. Pero había que golpear, lastimar; ensuciarte para
olvidarse de aquella cosa, como una arcada, que me estaba
atragantando.
–Bruto –dijiste–. Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que
los otros.
Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía
de la pieza. No te defendiste.
Cuando te ibas, todavía alcancé a decir:
–Maricón. Maricón de mierda.
Y después lo grité.
Escúchame, César. Es necesario que leas esto. Porque hay cosas
que uno lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida,
hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el
espejo. Pero, de golpe, un día necesita decirlas, confesárselas a
alguien.
Escúchame.
Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor,
no se lo vaya a contar a los otros. Porque aquella noche yo no pude.
Yo tampoco pude.
Los ojos de Celina
(Bernardo Kordon)
En la tarde blanca de calor, los ojos de Celina me parecieron dos
pozos de agua fresca. No me retiré de su lado, como si en medio
del algodonal quemado por el sol hubiese encontrado la sombra de
un sauce. Pero mi madre opinó lo contrario: “Ella te buscó, la
sinvergüenza.” Estas fueron sus palabras. Como siempre no me
atreví a contradecirle, pero si mal no recuerdo fui yo quien se
quedó al lado de Celina con ganas de mirarla a cada rato. Desde
ese día la ayudé en la cosecha, y tampoco esto le pareció bien a mi
madre, acostumbrada como estaba a los modos que nos enseñó
en la familia. Es decir, trabajar duro y seguido, sin pensar en otra
cosa. Y lo que ganábamos era para mamá, sin quedarnos con un
solo peso. Siempre fue la vieja quien resolvió todos los gastos de
la casa y de nosotros.
Mi hermano se casó antes que yo, porque era el mayor y también
porque la Roberta parecía trabajadora y callada como una mula. No
se metió en las cosas de la familia y todo siguió como antes. Al
poco tiempo ni nos acordábamos que había una extraña en la casa.
En cambio con Celina fue diferente. Parecía delicada y no resultó
muy buena para el trabajo. Por eso mi mamá le mandaba hacer los
trabajos más pesados del campo, para ver si aprendía de una vez.
Para peor a Celina se le ocurrió que como ya estábamos casados,
podíamos hacer rancho aparte y quedarme con mi plata. Yo le dije
que por nada del mundo le haría eso a mamá. Quiso la mala suerte
que la vieja supiera la idea de Celina. La trató de loca y nunca la
perdonó. A mí me dio
mucha vergüenza que mi mujer pensara en forma distinta que
todos nosotros. Y me dolió ver quejosa a mi madre. Me reprochó
que yo mismo ya no trabajaba como antes, y era la pura verdad. Lo
cierto es que pasaba mucho tiempo al lado de Celina. La pobre
adelgazaba día a día, pero en cambio se le agrandaban los ojos. Y
eso justamente me gustaba: sus ojos grandes. Nunca me cansé de
mirárselos.
Pasó otro año y eso empeoró. La Roberta trabajaba en el campo
como una burra y tuvo su segundo hijo. Mamá parecía contenta,
porque igual que ella, la Roberta paría machitos para el trabajo. En
cambio con Celina no tuvimos hijos, ni siquiera una nena. No me
hacían falta, pero mi madre nos criticaba. Nunca me atreví a
contradecirle, y menos cuando estaba enojada, como ocurrió esa
vez que nos reunió a los dos hijos para decirnos que Celina debía
dejar de joder en la casa y que de eso se encargaría ella. Después
se quedó hablando con mi hermano y esto me dio mucha pena,
porque ya no era como antes, cuando todo lo resolvíamos juntos.
Ahora solamente se entendían mi madre y mi hermano. Al
atardecer los vi partir en el sulky con una olla y una arpillera. Pensé
que iban a buscar un yuyo o un gualicho en el monte para arreglar
a Celina. No me atreví a preguntarle nada. Siempre me dio miedo
ver enojada a mamá.
Al día siguiente mi madre nos avisó que el domingo saldríamos de
paseo al río. Jamás se mostró amiga de pasear los domingos o
cualquier otro día, porque nunca faltó trabajo en casa o en el
campo. Pero lo que más me extrañó fue que ordenó a Celina que
viniese con nosotros, mientras Roberta debía quedarse a cuidar la
casa y los chicos.
Ese domingo me acordé de los tiempos viejos, cuando éramos
muchachitos. Mi madre parecía alegre y más joven. Preparó la
comida para el paseo y enganchó el caballo al sulky. Después nos
llevó hasta el recodo del río.
Era mediodía y hacía un calor de horno. Mi madre le dijo a Celina
que fuese a enterrar la damajuana de vino en la arena húmeda. Le
dio también la olla envuelta en arpillera:
—Esto lo abrís en el río. Lavá bien los tomates que hay adentro
para la ensalada.
Quedamos solos y como siempre sin saber qué decirnos. De
repente sentí un grito de Celina que me puso los pelos de punta.
Después me llamó con un grito largo de animal perdido. Quise
correr hacia allí, pero pensé en brujerías y me entró un gran miedo.
Además mi madre me dijo que no me moviera de allí.
Celina llegó tambaleándose como si ella sola hubiese chupado
todo el vino que llevó a refrescar al río. No hizo otra cosa que
mirarme muy adentro con esos ojos que tenía y cayó al suelo. Mi
madre se agachó y miró cuidadosamente el cuerpo de Celina.
Señaló:
—Ahí abajo del codo.
—Mismito allí picó la yarará —dijo mi hermano.
Observaban con ojos de entendidos. Celina abrió los ojos y volvió
a mirarme.
—Una víbora —tartamudeó—. Había una víbora en la olla.
Miré a mi madre y entonces ella se puso un dedo en la frente para
dar a entender que Celina estaba loca. Lo cierto es que no parecía
en su sano juicio: le temblaba la voz y no terminaba las palabras,
como un borracho de lengua de trapo.
Quise apretarle el brazo para que no corriese el veneno, pero mi
madre dijo que ya era demasiado tarde y no me atreví a
contradecirle. Entonces dije que debíamos llevarla al pueblo en el
sulky. Mi madre no me contestó. Apretaba los labios y comprendí
que se estaba enojando. Celina volvió a abrir los ojos y buscó mi
mirada. Trató de incorporarse. A todos se nos ocurrió que el
veneno no era suficientemente fuerte. Entonces mi madre me
agarró del brazo.
—Eso se arregla de un solo modo —me dijo—. Vamos a hacerla
correr.
Mi hermano me ayudó a levantarla del suelo. Le dijimos que debía
correr para sanarse. En verdad es difícil que alguien se cure en
esta forma: al correr, el veneno resulta peor y más rápido. Pero no
me atreví a discutirle a mamá y Celina no parecía comprender gran
cosa. Solamente tenía ojos
—¡qué ojos!— para mirarme, y me hacía sí con la cabeza porque
ya no podía mover la lengua.
Entonces subimos al sulky y comenzamos a andar de vuelta a
casa. Celina apenas si podía mover las piernas, no sé si por el
veneno o el miedo de morir. Se le agrandaban más los ojos y no
me quitaba la mirada, como si fuera de mí no existiese otra cosa en
el mundo. Yo iba en el sulky y le abría los brazos como cuando se
enseña a andar a una criatura, y ella también me abría los brazos,
tambaleándose como un borracho. De repente el veneno le llegó al
corazón y cayó en la tierra como un pajarito.
La velamos en casa y al día siguiente la enterramos en el campo.
Mi madre fue al pueblo para informar sobre el accidente. La vida
continuó parecida a siempre, hasta que una tarde llegó el comisario
de Chañaral con dos milicos y nos llevaron al pueblo, y después a
la cárcel de Resistencia.
Dicen que fue la Roberta quien contó en el pueblo la historia de la
víbora en la olla. ¡Y la creímos tan callada como una mula! Siempre
se hizo la mosquita muerta y al final se quedó con la casa, el sulky
y lo demás.
Lo que sentimos de veras con mi hermano fue separamos de la
vieja, cuando la llevaron para siempre a la cárcel de mujeres. Pero
la verdad es que no me siento tan mal. En la penitenciaría se
trabaja menos y se come mejor que en el campo. Solamente que
quisiera olvidar alguna noche los ojos de Celina cuando corría
detrás del sulky.
El pelo de la Virgen
(Federico Falco)
Tampoco era la más linda, de la que todos los varones
estábamos enamorados y que se llamaba Anahí Mara Olinda
Rodríguez – las siglas de su nombre formaban la palabra
“AMOR”-. Silvina era rara, un tanto extraña y con el pelo muy
largo, rubio, partido al medio. Casi tan largo que llegaba a su
cintura. Las mañanas de viento lo llevaba recogido pero el resto
del tiempo su cabellera rubia caía lisa y terminaba con un corte
perfecto, como si la peluquera que lo emparejaba hubiera usado
un nivel de albañil o una escuadra para hacerlo.
En el curso, nadie más que yo estaba enamorado de ella y yo la
amaba en secreto.
Pero un día Silvina llegó a clase con la cabeza rapada a cero. Una
pelusa dura, de no más de medio centímetro de alto, se paraba
sobre su cuero cabelludo. Ella entró a la escuela descubierta y se
calzó un sombrero cuando estuvo segura de que ya todos la
habíamos visto y de que el comentario ya había recorrido los dos
patios, el de varones y el de nenas, y los pasillos y las aulas e,
incluso, la cocina donde las maestras y las porteras tomaban café
o fumaban en los recreos. Sólo entonces, Silvina se cubrió con un
sombrero de hilo blanco y ala ancha, tejido al crochet. A un
costado, el sombrero tenía una flor de color celeste, también
tejida.
Silvina no parecía avergonzada de haber perdido su pelo. Al
contrario, parecía orgullosa. Mantenía la frente erguida y
miraba directamente a los
ojos, desafiante, a quién se animara a enfrentarla. Eso sirvió
para que nadie le hiciera preguntas y para que yo me
enamorara más de ella.
A partir de ese día, comencé a soñar, por las noches, que esa
cabeza iridiscente y brusca me recorría la piel y me fregaba
insistente, como un cepillo friega la mancha en la ropa sucia.
Oleadas de vibraciones me recorrían y el cuerpo se me llenaba de
calores. Soñaba que un montón de cabellos rubios y
desordenados se colaban por entre mis sábanas, que me
atrapaban y me aturdían. Yo mordía con mis dientes ese pelo,
soportando el éxtasis y silenciándome. Lo mascaba como se
masca el pelo, con picazón y con enredo.
No sabía qué era lo que me pasaba y despertaba envuelto en
humedades, solitario en mi cama. Avergonzado, en el silencio de
la noche, tenía que correr a secar las sábanas y a limpiar mis
rastros cuidando de no despertar a papá y mamá, que dormían
en la pieza contigua, o a mi hermana, que estaba a unos pocos
metros, en la cama junto a la mía.
En la escuela corrió el rumor de que Silvina se había cortado el pelo
para ofrendarlo a una Virgen milagrosa. Tenía un hermanito enfermo
y, cediendo su pelo a la cabellera de la Virgen, rogaba por él y lo
encomendaba.
Yo consideré que el rumor era verdad y me desesperé. En
algún lugar, me esperaban sus cabellos. Necesitaba por lo
menos uno, para prenderlo a mi pecho, para recordarla por
siempre.
Entonces, confeccioné una lista de Capillas e Iglesias que
podrían contener Vírgenes capaces de salvar hermanos
moribundos y comencé por las más cercanas. Encontré figuras
de yeso, sólidas,
altas y que por ningún costado
hubieran aceptado apliques de pelo humano. Al otro lado de las vías,
en una ermita donde el culto principal era un San Roque inmenso
custodiado por un perro gris de ojos mal pintados, hallé una Virgen
pequeña, en un altarcito escondido. Tenía cabello natural, pero negro
y envejecido: ese no era el pelo de Silvina.
A pesar de todo, no desistí en mi búsqueda. No ignoraba que,
necesitada de milagros, la gente es capaz no sólo de cortarse el
cabello, sino también de viajar largas distancias para ofrendarlo,
ya que se supone que no todas las Vírgenes son iguales de
poderosas o interceden por el mismo tipo de pedido.
Después de un tiempo, un cura viejo a quien le consulté mis
desvelos bajo secreto de confesión, me confió que mucha gente
había comenzado a creer que una imagen muy antigua, en la Capilla
de una estancia cercana, obraba grandes cosas si uno pedía con
devoción. Me dio el nombre de la estancia y me indicó cómo llegar.
Antes de absolverme por mis pecados, el cura me regaló un rosario
santo y una estampita y me deseó suerte. Yo agaché la cabeza y dejé
que me bendijera en silencio. Mi búsqueda había finalizado.
Llegar hasta la Capilla donde Silvina había acarreado sus ruegos
no era cosa fácil, por lo que organicé la excursión con sumo
detalle. Iba a tener que recorrer quince kilómetros de camino de
tierra, cruzar un arroyo en el que no había puente y guiarme por
mí mismo en una maraña de potreros y alambrados semi
derruídos. El único modo de locomoción con que contaba era una
bicicleta vieja, heredada de un primo y que tenía
pinchada las dos ruedas. La tuve que llevar al bicicletero y pagar la
compostura.
Partí un sábado a la mañana, temprano. Había pasado bastante
tiempo desde la última lluvia y los caminos estaban cubiertos de
polvo. Las ruedas de la bicicleta se hundían en el guadal y en
algunos lugares era mejor bajarse y avanzar a pié. Cada vez que
pasaba una camioneta o un camión, se formaban inmensas nubes
de tierra que tapaban el camino y me hacían perder, durante
minutos enteros, en una neblina densa y seca. El guadal se adhería
a mi sudor, creando barro sobre mi piel y yo emergía con la ropa,
las orejas y el pelo cubiertos de polvo.
Al llegar al arroyo paré a descansar y me comí un sándwich de
milanesa que había llevado en la mochila. La correntada lenta
salpicaba mis tobillos y, en el agua, un cardumen de mojarritas
grises esperaba por las migas que dejaba caer. Ahí, entre el barro
fresco de la orilla, me toqué en silencio, pensando en el pelo ya
cercano y bendito. “Silvina”, dejó mi boca escapar su nombre, al
quebrarme. El fruto de mi placer salpicó el agua con débiles gotas
ardientes, que, al contacto con el líquido, se solidificaron y se
tornaron blancas. Antes de que precipitaran hacia el fondo, las
mojarritas las engulleron una a una y escaparon veloces.
Después seguí pedaleando. En el último tramo del camino me
encontré con una vaca suelta y su ternero y, un poco más allá, con
un gato marrón y negro, de cola muy larga. El gato me miró un rato
desde la cuneta polvorienta y se escabulló entre los yuyos altos y
secos que crecían junto al alambrado. Supuse que se trataba de un
gato perdido, o de un gato ermitaño.
La Capilla apareció poco a poco, escondida detrás de una
curva. Era muy vieja y parecía abandonada. Frente a ella, un
recuadro tapiado y lleno de malezas delimitaba el cementerio:
detrás se alzaban las puntas herrumbradas de las cruces más
altas. Una hilera de pinos cimbraba con el viento. Uno o dos se
habían secado y otro, partido por la mitad, seguía creciendo
inclinado sobre un panteón.
La puerta de la Capilla estaba cerrada con candado. Sobre ella,
metido dentro de un folio y pegado con chinches, un papel
informaba que las misas eran domingo de por medio, a la una de
la tarde. Hacia un costado, por una escalera de piedra, se subía al
campanario. A la campana de bronce le faltaba el badajo. Estaba
atada con alambre al crucero del cual se sostenía. Sobre uno de
los últimos escalones encontré un trozo de hierro y di dos golpes
fuertes en el canto mellado. Seis o siete palomas aletearon en los
pinos del cementerio, lo sobrevolaron armando un círculo en el
cielo y volvieron a posarse sobre los pinos o entre las tumbas.
Dentro de la Capilla se escuchó un rumor de ratas corriendo sobre
el artesonado. El alambre que ataba la campana al madero gruñó
como si estuviera a punto de cortarse. Después, regresó el eco y
después todo volvió al silencio.
Bajé y rodeé la Capilla sin encontrar otra puerta más que la del atrio.
Dos de las paredes tenían ventanas, pero cerradas a cal y canto, o
clausuradas hacía ya años. Estaba a punto de robar una cruz del
cementerio para forzar con ella la puerta de la Capilla, cuando, por el
camino, apareció una vieja secándose las manos con el delantal.
- ¿Usted tañó? – me preguntó.
Respondí que sí y que venía a ver la Virgen. La vieja sonrió
- Linda la devoción de alguien tan niño –susurró mientras hurgaba en
su delantal. Encontró una llave, sacó el candado y abrió las puertas
de la Capilla de par en par.
- Cuando se vaya toca de nuevo y yo vengo a cerrar – dijo, antes
de dejarme solo frente a la oscuridad fresca del templo callado.
La Virgencita estaba al fondo, en una casulla de vidrio y palo santo. A
cada costado, hileras de bancos viejos armaban un pasillo que
encaminaba hacia ella a los peregrinos. Era una Virgen morena, bajita,
de cara muy dulce. En los brazos tenía un Niño Dios sin corona, caído
hacia atrás y desacomodado. La cabeza de la Virgen, pulcra, iba cubierta
con una mantilla blanca. Esquivé un reclinatorio y me acerqué. Abrí con
cuidado la casulla, que chirrió. Encasquetada sobre la mantilla, fijándola,
descansaba una pequeña corona plateada. Miré hacia atrás y encontré la
resolana de la siesta reflejándose sobre las baldosas rojas de la Capilla
y, más allá, el campo vacío y el cementerio en silencio. Saqué la corona
y la dejé a un costado. Después, lento, muy lento, corrí la mantilla.
Alguien había hecho un nudo con cordel en medio del manojo de pelo
dorado. El nudo formaba la raya en el peinado de la Virgen. Cada mitad del
pelo caía hacia uno de los costados, como un manto suave, que
enmarcaba la cara de arcilla y se extendía sobre el vestido de tafetán
celeste. Una tachuela escondida aseguraba el cabello a la cabeza de la
Virgen. Acaricié dulcemente ese pelo brillante. Lo acaricié de nuevo. Sentí
que iba a morir de placer. El cabello que por las noches me rodeaba,
atrapándome y haciéndome gemir en sueños, ahora estaba en
mis manos, para siempre.
Un ruido leve me arrancó del éxtasis. Me volví; el templo seguía
vacío. Desde el púlpito, adosados a la pared, dos angelitos
cachetudos me miraron con ojos ciegos. Permanecí estático. Esperé
un largo minuto y el sonido no se repitió.
Habrá sido una rata, pensé y, rápido, de mi bolsillo, saqué la tijera.
Corté el cabello al ras, junto al nudo y la tachuela y la Virgen quedó
pelada. Volví a acomodar la mantilla sobre su cabeza. La dejé caída
un poco hacia delante, para que nadie notara la falta. Después,
apoyé la corona diminuta tal como la había encontrado antes de mi
llegada.
Al retirarme, rocé sin querer la cabeza del Niñito Dios y la Virgen se
tambaleó. Intenté sostenerla por la base del vestido. Mi mano se
aferró a la tela pero debajo de ella no había más que aire. La
Virgen bailó sobre sí misma, como un trompo desestabilizado y
estuvo a un tris de salirse de su eje. Luego, ante mis ojos llenos de
asombro, se aquietó y quedó parada. Di gracias a Dios. Con
intriga, levanté el vestido celeste hasta más arriba de la cintura y
pude ver que el cuerpo de la Virgen no era más que un palo
clavado sobre una base de madera rústica. Arriba, el tronco se
incrustaba en la cabeza de arcilla pintada y hacía las veces de
cuello. Los frunces del vestido celeste imitaban una figura rolliza y
maternal, disimulando con bombés de tela el pobre esqueleto.
Todavía sorprendido, dejé caer la falda y acomodé el manto. Tenía
en mi bolsillo el haz de cabellos rubios y al palparlo me estremecí
de placer.
Cerré la casulla, me persigné y corrí hacia afuera. Antes de montar
la bicicleta hice sonar un par de veces la campana y desaparecí a
toda velocidad, camino abajo. Llegué a casa a la tardecita, justo
cuando mis padres empezaban a preocuparse. Esa noche, en mi
cama, deslicé la mata de dorados cabellos dentro del pantalón de
mi pijama. Sentí como cosquilleaba en mi entrepierna y se escurrió
a mi ingle. La cara de la Virgen se dibujó en mi memoria, y con una
mano repetí el gesto lento de levantarle el vestido. Entonces el pelo
terminó de rodearme y me dormí así, humedecido y perfecto.
El lunes siguiente Silvina faltó a clases. Su banco, delante del
mío, estaba sin ocupar cuando la señorita entró al aula, con
cara apesadumbrada.
- Silvina no ha venido a la escuela –dijo–
porque ayer falleció su hermanito.
El grado la miró en silencio. Yo, por mi parte, bajé la cabeza.
- No tienen porqué preocuparse –siguió la señorita. – Era un
bebé y se ha ido derecho al cielo. Ahora nos mira desde allí
y desde allí nos cuida.
- ¿Por qué se murió el hermanito de Silvina? –
preguntó alguien, desde el fondo del aula.
- Nació muy enfermo, pero ustedes no tienen que preocuparse
de nada. Ustedes son chicos sanos e inteligentes y ahora me
van a mostrar los deberes que han hecho –contestó la
maestra.
- ¿Pero la Virgen no iba a salvarlo? –preguntó alguien
más, también desde el fondo.
- ¿Silvina no le había llevado el pelo de regalo,
para que la Virgen lo salvara? –se sumó otra voz.
La señorita, esta vez, no supo qué contestar.
Más manos se levantaron. Todos, menos yo, tenían preguntas
para hacer. La maestra respondió algunas y otras no. Al final, nos
pusimos de pie, nos tomamos de las manos y rezamos un Padre
Nuestro.
- Padre Nuestro que estás en los cielos –susurramos los
veinte a coro. – Santificado sea tu Nombre, venga a nosotros
tu Reino. Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el
Cielo.
Cuando terminamos yo estaba llorando.
Me sequé las lágrimas en secreto, con el borde áspero del
guardapolvo.
Corrí a casa ni bien arriaron la bandera y la señorita directora
nos dejó partir. Había escondido el pelo de la Virgen en el fondo
de mi mesa de luz, envuelto en una bolsa de nylon. Agarré el
atado y lo puse en mi mochila. Pedaleé a toda velocidad hasta
llegar a la plaza. La Iglesia tenía las puertas entreabiertas. Me
metí en silencio y caminé entre los bancos, rumbo al Sagrario,
donde una lamparita eléctrica con forma de cirio titilaba
continuamente. A un costado, en un altar lateral, había una
Virgen de manto blanco y dorado. Dejé a sus pies, entre cabitos
de velas y un ramillete de flores plásticas, la bolsa de pelo.
El sol quemaba cuando salí de la Iglesia y su resplandor me
encegueció por un momento. El pueblo emergía de la siesta. Una
procesión de autos se organizó frente a la Pompa Fúnebre, del
otro lado de la plaza desierta. La encabezaba un coche largo que
cargaba el cajoncito blanco rodeado de
coronas y palmas. Detrás, en otro auto negro, iban los padres
de Silvina y una de sus abuelas. Más autos, camionetas y un
Rastrojero los seguían en fila india. La caravana rodeó la plaza
lentamente. Al pasar frente a mí, pude entrever, detrás del vidrio
del segundo de los coches, la cara de Silvina, desfigurada por el
llanto.
No supe qué hacer y levanté la mano para saludarla.
Ella no me vio y el cortejo siguió de largo, metódico y silencioso,
camino al cementerio.
Nada de carne sobre nosotras
(Mariana Enríquez)
La vi cuando estaba a punto de cruzar la avenida. Estaba entre un
montón de basura, abandonada entre las raíces de un árbol. Los
estudiantes de Odontología, pensé, esa gente desalmada y
estúpida, esa gente que sólo piensa en el dinero, empapada de
mal gusto y sadismo. La levanté con las dos manos por si se
desarmaba. A la calavera le faltaba la mandíbula y la totalidad de
los dientes, mutilación que me confirmó el accionar de los
protoodontólogos. Revisé alrededor del árbol, entre la basura. No
encontré la dentadura. Qué pena, pensé, y fui hasta mi
departamento, apenas a doscientos metros, con la calavera entre
las manos, como si caminara hacia una ceremonia pagana del
bosque.
La puse sobre la mesa del living. Era pequeña. ¿La calavera de un
niño? Lo ignoro todo sobre anatomía y temas óseos. Por ejemplo:
no entiendo por qué las calaveras no tienen nariz. Cuando me toco
la cara, siento la nariz pegada a la calavera. ¿Acaso la nariz es
cartílago? No creo, aunque es verdad que dicen que no duele
cuando se rompe y que se rompe fácil, como si fuera un hueso
débil. La examiné un poco más y encontré que tenía un nombre
escrito. “Lali, 1975”.
Cuántas opciones. Podía ser su nombre, Lali, nacida en 1975. O su
dueña podía ser una Lali parida en 1975. O el número quizá no era
una fecha y tuviese que ver con alguna clasificación. Por respeto
decidí bautizarla con el genérico Calavera. Por la noche, cuando mi
novio volvió del trabajo, ya era solamente Vera.
Él, mi novio, no la vio hasta que se sacó la campera y se sentó en el
sillón. Es un hombre muy desatento.
Cuando la vio, dio un respingo pero no se levantó. También es
perezoso y se está poniendo gordo. No me gustan los gordos.
-¿Qué es esto? ¿Es de verdad?
Claro que es de verdad, le dije. La encontré en la calle. Es una
calavera.
Me gritó. Por qué trajiste esto, me gritó, exagerado, de dónde la
sacaste. Juzgué que estaba haciendo un escándalo y le ordené
que bajara la voz. Traté de explicarle con tranquilidad que la había
encontrado tirada en la calle, bajo un árbol, abandonada, y que
hubiese sido totalmente indecente de mi parte actuar con
indiferencia y dejarla ahí.
-Estás loca.
-Puede ser -le dije, y me llevé a Vera a la habitación. Sé que él
esperó un rato por si yo salía a hacerle la comida. No tiene que
comer más, se está poniendo gordo, los muslos ya se le rozan y si
usara pollera de mujer estaría siempre paspado entre las piernas.
Después
de una hora lo oí insultarme y usar el teléfono para pedir una pizza.
La pereza: prefiere el delivery antes de caminar hasta el centro y
comer en un restaurant. El gasto de dinero es el mismo.
-Vera, no sé qué hago con él.
Si pudiera hablar sé que me diría que lo deje. Es sentido común.
Antes de dormir, rocío la cama con mi perfume favorito y le paso
un poquito a Vera bajo los ojos y a los costados.
Mañana voy a comprarle una peluquita. Para que mi novio no entre a
la habitación, la cierro con llave.
***
Mi novio dice que está asustado y otras pavadas. Duerme en el
living pero no es un sacrificio porque el futón que compré con mi
dinero -a él le pagan poco- es de excelente calidad. De qué estás
asustado, le pregunto. Él balbucea tonterías sobre que me la paso
encerrada con Vera y que me escucha hablándole.
Le pido que se vaya, que junte sus cosas y deje el departamento,
que me deje. Pone cara de profundo dolor, no le creo, y casi lo
empujo a la habitación para que haga sus valijas. Grita de vuelta
pero esta vez grita de miedo. Es que vio a Verita, que tiene su
peluca rubia carísima, de pelo natural, pelo fino y amarillo,
seguramente cortado en un pueblo ex soviético de Ucrania o de la
estepa (¿son rubias las siberianas?), las trenzas de alguna chica
que todavía no encontró quien la saque de su pueblo miserable.
Me parece muy extraño que haya rubios pobres, por eso se la
compré. También le compré unos collares de cuentas de colores,
muy festivos. Y está rodeada de velas aromáticas, de esas que las
mujeres que no son como yo ponen en el baño o en la habitación
para esperar a algún hombre entre llamitas y pétalos de rosa.
Me amenazó con llamar a mi madre. Le dije que podía hacer lo
que quisiera. Lo vi más gordo que nunca, con las mejillas caídas
como las de un mastín napolitano y esa noche, después de que se
fue con la valija y un bolso colgado del hombro, decidí empezar a
comer poco, bien poco. Pensé en cuerpos hermosos como el de
Vera si estuviese completo, huesos
blancos que brillan bajo la luna en tumbas olvidadas, huesos
delgados que cuando se golpean suenan como campanitas de
fiesta, danzas en la foresta, bailes de la muerte. Él no tiene nada
que ver con la belleza etérea de los huesos desnudos, él los tiene
cubiertos por capas de grasa y aburrimiento. Vera y yo vamos a ser
hermosas y livianas, nocturnas y terrestres; hermosas las costras
de tierra sobre los huesos. Esqueletos huecos y bailarines. Nada de
carne sobre nosotras.
Una semana después de dejar de comer, mi cuerpo cambia. Si
levanto los brazos, las costillas se asoman, no mucho. Sueño:
algún día, cuando me siente sobre este piso de madera, en vez de
nalgas tendré huesos y los huesos van a atravesar la carne y dejar
rastros de sangre sobre el suelo, van a cortar la piel desde
adentro.
***
Le compré a Vera unas luces de decoración, las que se usan para
adornar el árbol de Navidad. No podía seguir viéndola sin ojos,
mejor dicho, con los ojos muertos: así que decidí que dentro de las
cuencas vacías brillaran las lamparitas; como son de colores, se
pueden rotar y Vera un día tendrá ojos rojos, otro día verdes, otro
azules. Cuando estaba contemplando el efecto de Vera con
pupilas desde la cama, escuché el ruido de llaves abriendo la
puerta de mi departamento. Mi madre, la única que tiene copia,
porque a mi ex obeso lo obligué a entregarme la suya. Me levanté
para hacerla pasar. Le preparé un té y me senté a tomarlo con
ella. Estás más flaca, me dijo. Es el estrés de la separación, le
contesté. Nos quedamos calladas. Por fin ella habló:
-Me dijo Patricio que estás en algo raro.
-¿En qué? Por favor, mamá, inventa cosas porque lo eché.
-Dice que te obsesionaste
con una calavera. Me reí.
-Está loco. Con unas amigas estamos armando disfraces y maquetas
de terror para noche de brujas, es para divertirnos. No tuve tiempo
de comprar un disfraz así que armé un retablo vudú y voy a
comprar otras cositas, velas negras, una bola de vidrio tipo bola
de cristal, para ambientar, ¿me entendés? Porque hacemos la
fiesta en casa.
No sé si entendió mucho, pero le resultó una estupidez
razonable. Quiso conocer a Vera y se la mostré. Le pareció
macabro que la tuviera en la habitación pero se creyó por
completo lo de la ambientación para la fiesta a pesar de que yo
jamás organicé una fiesta en mi vida y detesto los cumpleaños.
También se creyó mis mentiras sobre el despecho de Patricio.
Se fue tranquila y no va a volver por un tiempo. Está muy bien,
quiero estar sola, porque, ahora me tiene angustiada la
incompletud de Vera. No puede seguir sin dientes, sin brazos, sin
columna vertebral. Nunca voy a poder recuperar los huesos que le
corresponden, eso es obvio. Tengo que estudiar anatomía,
además, para averiguar el nombre y el aspecto de los huesos que
le faltan, que son todos. ¿Y dónde buscárselos? No puedo
profanar tumbas, no sabría cómo hacerlo. Mi padre solía hablar de
las fosas comunes de los cementerios, que estaban al aire libre,
como una piscina de huesos, pero creo que no existen más. Si
aún existen,
¿no estarán custodiadas? Me contaba que los estudiantes de
Medicina iban a buscar sus esqueletos ahí, los que usaban
para estudiar. ¿De dónde sacan, ahora, los huesos para
estudiar? ¿O usarán réplicas de plástico? Se me
ocurre muy difícil caminar por las calles con un costillar humano.
Si encuentro uno para cargarlo, usaré la mochila grande que dejó
Patricio, la que llevábamos de campamento cuando él todavía era
flaco.
Todos caminamos sobre huesos, es cuestión de hacer agujeros
lo suficientemente profundos y alcanzar a los muertos lejanos,
tapados. Tengo que cavar, con una pala, con las manos, como
los perros,
que siempre encuentran los huesos, que siempre
saben dónde los escondieron, dónde los dejaron
olvidados.
Conservas
(Samanta Schweblin)
Pasa una semana, un mes, y vamos haciéndonos la idea de que
Teresita se adelantará a nuestros planes. Voy a tener que renunciar
a la beca de estudios porque dentro de unos meses ya no va a ser
fácil seguir. Quizá no por Teresita, sino por pura angustia, no
puedo parar de comer y empiezo a engordar. Manuel me alcanza
la comida al sillón, a la cama, al jardín. Todo organizado en la
bandeja, limpio en la cocina, abastecido en la alacena, como si la
culpa, o qué sé yo qué cosa, lo obligara a cumplir con lo que
espero de él. Pero pierde sus energías y no parece muy feliz:
regresa tarde a casa, no me hace compañía, le molesta hablar del
tema.
Pasa otro mes. Mamá también se resigna, nos compra algunos
regalos y nos los entrega –la conozco bien– con algo de tristeza.
Dice:
–Este es un cambiador lavable con cierre de velcro… Estos son
escarpines de puro algodón… Esta es la toalla con capucha en
piqué… –papá mira las cosas que nos van regalando y asiente.
–Ay, no sé… –digo yo, y no sé si me refiero al regalo o a
Teresita. La verdad es que no sé –le digo más tarde a mi suegra
cuando cae con un juego de sabanitas de colores–, no sé –digo
ya sin saber qué decir, y abrazo las sábanas y me largo a llorar.
El tercer mes me siento más triste todavía. Cada vez que me
levanto me miro al espejo y me quedo así un rato. Mi cara, mis
brazos, todo mi cuerpo, y por sobre todo la panza, están cada vez
más hinchados. A veces
llamo a Manuel y le pido que se pare a mi lado. A él, en cambio, lo
veo más flaco. Además, cada vez me habla menos. Llega del
trabajo y se sienta a mirar televisión sosteniéndose la cabeza. No
es que ya no me quiera, ni que me quiera menos. Sé que Manuel
me adora y sé que –como yo– no tiene nada en contra de nuestra
Teresita, qué va a tener. Pero es que había tanto que hacer antes
de su llegada.
A veces mamá pide acariciar la panza. Me siento en el sillón y ella
con voz suave y cariñosa le dice cosas a Teresita. A la mamá de
Manuel, en cambio, se le da por llamar a cada rato para saber cómo
estoy, dónde estoy, qué estoy comiendo, cómo me siento, y todo lo
que se le pueda ocurrir preguntar.
Tengo insomnio. Paso las noches despierta, en la cama. Miro el
techo con las manos sobre la pequeña Teresita. No puedo pensar
en nada más. No puedo entender cómo en un mundo en el que
ocurren cosas que todavía me parecen maravillosas, como alquilar
un coche en un país y devolverlo en otro, descongelar del freezer
un pescado fresco que murió hace treinta días, o pagar las cuentas
sin moverse de casa, no pueda solucionarse un asunto tan trivial
como un pequeño cambio en la organización de los hechos. Es
que simplemente no me resigno.
Entonces olvido la guía de la obra social y busco otras alternativas.
Hablo con obstetras, con curanderos y hasta con un chamán. Alguien
me da el número de una comadrona y hablo con ella por teléfono.
Pero cada uno a su manera presenta soluciones
conformistas o perversas que nada tienen que ver con lo
que busco. Me cuesta hacerme a la idea de recibir a
Teresita
tan temprano, pero tampoco quiero lastimarla. Y entonces doy
con el doctor Weisman.
El consultorio queda en el último piso de un edificio antiguo del
centro. No tiene secretaria, ni sala de espera. Sólo un pequeño hall
de entrada, y dos habitaciones. Weisman es muy amable, nos hace
pasar y nos ofrece café. Durante la conversación se interesa en
especial por el tipo de familia que formamos, por nuestros padres,
por nuestro matrimonio, por las relaciones particulares entre cada
uno de nosotros. Contestamos todo lo que pregunta. Weisman
entrecruza los dedos y apoya las manos sobre el escritorio, parece
conforme con nuestro perfil. Nos cuenta algunas cosas sobre su
trayectoria, el éxito de sus investigaciones y lo que nos puede
ofrecer, pero entiende que no necesita convencernos, y pasa a
explicarnos el tratamiento. Cada tanto miro a Manuel: escucha con
atención, asiente, parece entusiasmado. El plan incluye cambios en
la alimentación, en el sueño, ejercicios de respiración,
medicamentos. Va a haber que hablar con mamá y papá, y con la
madre de Manuel; el papel de ellos también es importante.
Anoto todo en mi cuaderno, punto por punto.
–¿Y qué seguridad tenemos con este tratamiento? –pregunto.
–Tenemos lo que necesitamos para que todo salga bien –dice
Weisman.
Al día siguiente Manuel se queda en casa. Nos sentamos en la
mesa del living, rodeados de grillas y papeles, y empezamos a
trabajar. Anotamos lo más fielmente posible cómo se han ido
dando las cosas desde el momento en que sospechamos que
Teresita se había adelantado. Citamos a nuestros padres y somos
claros con ellos: el asunto está decidido, el tratamiento en
marcha, y no hay nada que discutir. Papá va a preguntar algo,
pero Manuel lo interrumpe:
–Tienen que hacer lo que les decimos –dice. Entiendo lo que
siente: tomamos esto en serio y esperamos lo mismo de los
demás–, en la hora y al tiempo que corresponda.
Están preocupados y creo que no llegan a entender de qué se
trata, pero se comprometen a seguir las instrucciones y cada
uno vuelve a su casa con una lista.
Cuando concluyen los primeros diez días las cosas ya están un
poco más aceitadas. Tomo mis tres pastillas diarias en horario y
respeto cada sesión de “respiración consciente”. La respiración
consciente es parte fundamental del tratamiento y es un método de
relajación y concentración innovador, descubierto y enseñado por
el mismo Weisman. En el jardín, sobre el césped, me centro en el
contacto con “el vientre húmedo de la tierra”. Comienzo inhalando
una vez y exhalando dos veces. Prolongo los tiempos hasta
inspirar durante cinco segundos, y exhalar en ocho. Tras varios
días de ejercicio inhalo en diez y exhalo en quince, y entonces
paso al segundo nivel de respiración consciente y empiezo a sentir
la dirección de mis energías. Weisman dice que eso va a tomarme
algo más de tiempo, pero insiste en que el ejercicio está a mi
alcance, en que tengo que seguir trabajando. Hay un momento en
el que es posible visualizar la velocidad a la que la energía circula
en el cuerpo. Se siente como un cosquilleo suave, que comienza
por lo general en los labios, en las manos y en los pies.
Entonces uno empieza a controlarlo: hay que aminorar el ritmo,
lentamente. La meta es detenerlo por completo para, poco a
poco, retomar la circulación en sentido contrario.
Manuel no puede ser muy cariñoso conmigo todavía. Tiene que
ser fiel a las listas que hicimos y por lo tanto, hasta dentro de un
mes y medio, mantenerse alejado, hablar sólo lo necesario y
volver tarde a casa algunas noches. Cumple su parte con esmero
pero lo conozco, y sé que, secretamente, ya está mejor, y que se
muere de ganas de abrazarme y decirme lo mucho que me
extraña. Pero así hay que hacer las cosas por ahora; no podemos
arriesgarnos a salirnos ni un segundo del guión.
Al mes sigo progresando en la respiración consciente. Ya casi
siento que logro detener la energía. Weisman dice que no falta
mucho, que apenas hay que esforzarse un poco más. Me
aumenta la dosis de las pastillas.
Empiezo a notar que la ansiedad disminuye y como un poco menos.
Siguiendo el primer punto de su lista, la madre de Manuel hace su
mejor esfuerzo y trata de, gradualmente –esto último es importante y
se lo subrayamos repetidas veces–, gradualmente, decía, ir haciendo
menos llamados a casa y bajar la ansiedad por hablar todo el tiempo
sobre Teresita.
El segundo es, quizás, el mes de más cambios. Mi cuerpo ya no
está tan hinchado, y para sorpresa y alegría de ambos, la panza
empieza a disminuir. Este cambio tan notable alerta un poco a
nuestros padres.
Quizás es ahora cuando entienden, o intuyen, en qué consiste el
tratamiento. La madre de Manuel, sobre todo, parece temer lo peor y,
aunque se esfuerza por mantenerse al margen y seguir su lista,
siento su miedo y sus dudas y temo que esto afecte el tratamiento.
Duermo mejor a la noche, y ya no me siento tan deprimida. Le
cuento a Weisman mis progresos en la respiración consciente. El
se entusiasma, parece que estoy a punto de lograr mi energía
inversa: tan pero tan cerca que sólo un velo me separa del
objetivo.
Empieza el tercer mes, el anteúltimo. Es el mes en el que más
protagonismo van a tener nuestros padres; estamos ansiosos por
ver que cumplan con su palabra y que todo salga a la perfección, y
lo hacen, y lo hacen bien, y estamos agradecidos. La madre de
Manuel llega a casa una tarde y reclama las sábanas de colores
que había traído para Teresita.
Quizá porque había pensado en este detalle durante mucho
tiempo, me pide una bolsa para envolver el paquete. Es que así lo
traje, dice, con bolsa, así que así se va, y nos guiña un ojo.
Después les toca a mis padres. También vienen por sus regalos,
los reclaman uno por uno: primero la toalla con capucha en piqué,
después los escarpines de puro algodón, por último el cambiador
lavable con cierre de velcro. Los envuelvo. Mamá pide acariciar por
última vez la panza. Me siento en el sillón, ella se sienta al lado
mío, y habla con voz suave y cariñosa. Acaricia la panza y dice:
“Esta es mi Teresita, cómo voy a extrañar a mi Teresita”, y yo no
digo nada, pero sé que, si hubiera podido, si no hubiera tenido que
limitarse a su lista, habría llorado.
Los días del último mes pasan rápido. Manuel ya puede acercarse
más y la verdad es que su compañía me hace bien. Nos paramos
frente al espejo y nos reímos. La sensación es todo lo contrario a
lo que se siente al emprender un viaje. No es la alegría de partir,
sino la de quedarse. Es como si al mejor año de tu vida le
agregaras un año más, bajo las mismas condiciones. Es la
oportunidad de seguir en continuado.
Estoy mucho menos hinchada. Eso alivia mis actividades y
me levanta el ánimo. Hago mi última visita a Weisman.
–Se acerca el momento –dice él, y empuja sobre el escritorio,
hacia mí, el frasco de conservación. Está helado, y así debe
mantenerse, por eso traje la vianda térmica, como Weisman
recomendó. Debo guardarlo en la heladera en cuanto llegue. Lo
levanto: el agua es transparente pero espesa, como un frasco
de almíbar incoloro.
Una mañana, durante una sesión de respiración consciente, logro
pasar al último nivel: respiro lentamente, el cuerpo siente la
humedad de la tierra y la energía que lo envuelve. Respiro una vez,
otra vez, otra vez, y entonces todo se detiene. La energía parece
materializarse a mi alrededor y podría precisar el momento exacto
en el que, poco a poco, comienza a circular en sentido inverso. Es
una sensación purificadora, rejuvenecedora, como si el agua o el
aire volviesen por sí mismas al sitio en el que alguna vez
estuvieron contenidas.
Entonces llega el día. Está marcado en el almanaque de la heladera,
Manuel lo rodeó con un círculo rojo cuando volvimos del consultorio
de Weisman por primera vez. No sé cuándo sucederá, estoy
preocupada.
Manuel está en casa. Estoy recostada en la cama. Lo escucho
caminar de un lado a otro, intranquilo. Me toco la panza. Es una
panza normal, una panza como la de cualquier mujer, quiero decir
que no es una panza de embarazada. Al contrario, Weisman dice
que el tratamiento fue muy intenso: estoy un poco anémica, y
mucho más flaca que antes de que el asunto de Teresita
empezara.
Espero toda la mañana y toda la tarde encerrada en mi cuarto. No
quiero comer, ni salir, ni hablar. Manuel se asoma cada tanto y
pregunta cómo estoy. Imagino que mamá debe estar trepándose por
las paredes, pero saben que no pueden llamar ni pasar a verme.
Ahora hace rato que siento náuseas. El estómago me arde y late
cada vez más fuerte, como si fuera a explotar. Tengo que avisarle a
Manuel, pero trato de incorporarme y no puedo, no me había dado
cuenta de lo mareada que estaba. Tengo que avisarle a Manuel para
que llame a Weisman. Logro levantarme, me siento mareada. Me
dejo caer al piso y espero un segundo de rodillas. Pienso en la
respiración consciente pero mi cabeza ya está en otra cosa. Tengo
miedo. Temo que algo pueda salir mal y lastimemos a Teresita.
Quizás ella sepa lo que está pasando, quizá todo esto esté muy mal.
Manuel entra a la habitación y corre hasta mí.
–Yo sólo quiero dejarlo para más adelante… –le digo–, no quiero
que...
Quiero decirle que me deje acá tirada, que no importa, que corra a
hablar con Weisman, que todo salió mal. Pero no puedo hablar. Me
tiembla el cuerpo, no tengo control sobre él. Manuel se arrodilla
junto a mí, me toma de las manos, me habla pero no escucho lo
que dice. Siento que voy a vomitar. Me tapo la boca. El parece
reaccionar, me deja sola y corre hacia la cocina. No demora más
que unos segundos: regresa con el vaso desinfectado y el envase
plástico que dice “Dr. Weisman”. Rompe la faja de seguridad del
envase, vierte el contenido translúcido en el vaso. Otra vez siento
ganas de vomitar, pero no puedo, no quiero: no todavía. Tengo una
arcada, y otra, y otra, arcadas cada vez más violentas que
empiezan a dejarme sin aire. Por primera vez pienso en la
posibilidad de la muerte.
Pienso en eso un instante y ya no puedo respirar. Manuel me
mira, no sabe qué hacer. Las arcadas se interrumpen y algo se
me atora en la garganta. Cierro la boca y tomo a Manuel de la
muñeca.
Entonces siento algo pequeño, del tamaño de una almendra. Lo
acomodo sobre la lengua, es frágil. Sé lo que tengo que hacer
pero no puedo hacerlo. Es una sensación inconfundible que
guardaré hasta dentro de algunos años. Miro a Manuel, que
parece aceptar el tiempo que necesito. Ella nos esperará, pienso.
Ella estará bien: hasta el momento indicado. Entonces Manuel
me acerca el vaso de conservación, y al fin, suavemente, la
escupo.
Los juegos
(Liliana Heker)
A veces me da una risa. Porque ellos no se pueden imaginar las
cosas y entonces tratan de explicar todo: se ve que no pueden vivir
sin explicar. Cada tanto yo pienso que les tendría que contar la
verdad, ya estoy lista, parece que voy a empezar, pero entonces
ellos dicen: ¿Por qué no jugás con la muñeca?, ¿es que ya no te
gusta más? Y a mí claro que me gusta. Y cómo jugamos, si ellos
supieran. Ayer nos perdimos en el bosque, uno que está cerca de la
casa en que a veces se nos da por vivir; yo tenía unas trenzas
largas y negras, iba descalza porque se me habían perdido los
zapatos y estaba muerta de miedo. Pero en secreto sabía que
después íbamos a encontrar una casita con labradores y con chicos
llenos de aventuras y con panes calientes y olorosos. Y quería tener
más miedo así después me sentía más aliviada.
Pero no pude llorar en los brazos de la mujer ni reírme con los
hijos, ni llenarme la boca con pan dorado porque vino mamá y
me dijo: ¿Por qué estás siempre sin hacer nada? Entonces yo
saqué la muñeca de la caja y me puse a darle la mamadera.
Y mamá me dijo: ¿Viste cómo te podés entretener si querés?
A la tarde me llevó a la casa de Silvia para que juegue con ella y
no esté tan sola. A Silvia le gusta jugar a las visitas: dice las cosas
que dicen las mamás
cuando van de visita; las señoras grandes la miran, se ríen y dicen
qué pícara. A Silvia le gustaría ser grande para decir todas esas
cosas en serio y me dijo que yo era una tonta porque nunca me
había pintado los labios y que mi vestido era viejo y feo y que su
papá le va a comprar una bicicleta porque es más rico que el mío. Y
a mí me subió una cosa grande y rara que se me quedó en la
garganta y empecé a llorar fuerte como cuando me aprieto un dedo
en la puerta. Entonces mamá me llevó a casa y me dijo que yo era
una llorona y que no sabía jugar como las demás nenas y que
tengo que contestarle a Silvia cuando me hace rabiar porque sino
todos se van a reír de mí. Y yo me puse a llorar más
fuerte y ya no pude parar.
Pero a la noche cuando estaba en la cama le contesté a Silvia: le
dije todas las cosas que se me habían apretado en la garganta y
que por eso no le pude decir antes. Me hubieran oído entonces.
Le dije que si no me pintaba los labios no era porque le tuviera
miedo a nadie, era porque no me gustaba porque es pegajoso y
tiene feo olor. Y que yo tenía vestidos mil veces más lindos que ése
y que me los ponía todos juntos si quería porque yo podía hacer lo
que me da la gana y nadie me iba a decir nada pero que a mí qué
me importaba ponérmelos: total, para ir a su casa. Y que a mí me
van a comprar un caballo que corra más rápido que un tren
cuando cumpla siete años. Entonces ella me quiso decir algo pero
yo no la dejé y le dije que además la tonta era ella que todavía leía
nada más que cuentos de hadas mientras que yo ya leí un montón
de libros largos y de muchas páginas. Ella se moría de rabia pero
yo le dije que era una estúpida porque
decía que los chicos son unos brutos que no saben jugar y eso
era mentira porque juegan mucho mejor que nosotras y si a ella
no le gustaba era porque era de manteca. Silvia quiso tirarme del
pelo pero entonces yo la agarré y le pegué tan fuerte que se tuvo
que escapar corriendo. Y se puso a llorar. Lloraba tan fuerte que
al final vinieron todas las señoras grandes a ver. Todas. Y se
enteraron de que yo le había pegado a Silvia porque había sido
mala conmigo. Y mamá me dijo: No hay que pegar a las nenas, es
muy feo. Y Silvia seguía llora que te llora.
Y todo pasó tan en serio que cuando terminó yo estaba llorando en
la cama. Pero no lloraba porque estaba triste. Lloraba como si yo
fuera Silvia y me diese mucha rabia que una chica a la que creía
tonta me hubiera hecho pasar tanta vergüenza delante de todo el
mundo.
Una hermosa familia
(Beatriz Guido)
Me acerqué hasta rozar su mano. —La sal, la sal, por favor —
repetí en voz alta para que me reconociera.
—Sí, sí, seguramente —afirmó, incoherente, mi padre.
Terminé el postre de almendra, que me sabía a pepitas de ciruela,
y con voz calma y segura, anuncié:
—Esta tarde voy a buscarlo: yo me las arreglaré para
convencerlo. No podemos seguir así nosotros dos, sin él.
—Es inútil —me respondió, con voz quebrada—: no lo
conocés a Hernán, entonces.
Y callamos, hasta el infinito final del almuerzo.
No sé si dije que habíamos sido una familia: una hermosa familia.
Fue después de la muerte de mi madre —excesivas dosis,
dijeron los médicos
— cuando Hernán vino a vivir con nosotros.
—Hernán, mi amigo Hernán Laplace, vendrá a vivir con
nosotros; así no nos sentiremos tan solos —había dicho mi
padre.
—¡Qué lástima! Ya no nos invitará a comer al Plaza. Allí vive,
¿no es cierto?
¿Por qué no nos mudamos nosotros al hotel? ¿Por qué no vive
todo el mundo en hoteles?
—No te preocupes —me contestó—, Hernán convertirá esta
casa en un hotel, si nos descuidamos.
Primero llegaron sus 18 baúles: cada uno de ellos llevaba un
membrete que decía: Asia, Africa, China, Francia, Medio Oriente.
Después llegó él; sin saludar a los sirvientes que lo esperaban en fila,
ni siquiera a mi padre, me tomó de la mano:
—Llevame a tu cuarto: quiero ver a qué distancia está del mío.
Tengo el sueño liviano; podés llamarme a cualquier hora. No saldré
nunca de noche, tu padre tampoco. Y ahora: a los baúles, sólo vos
y yo.
Telas de Oriente, piedras duras, mágicos tapices, marfiles,
mapas, cítaras, esencias, dagas, como del cofre de un mago
comenzaron a aparecer desde el fondo de los baúles de
Hernán.
La casa, esa vieja antesala de la desolación —donde el Tercer
Imperio se mezclaba al pompeyano— se convirtió en un misterioso
laberinto, donde cada cuarto podía ostentar el cartel que definía a
cada baúl: la Sala China o el Salón de Persia.
Por las tardes, a mi regreso de colegio, el mucamo tenía orden de no
avisarme en qué lugar Hernán aguardaba.
—Ningún día debe ser igual a otro: la humanidad es tan
semejante al mundo animal—. Ya la rutina es uno de sus
más detestables privilegios.
—¿Por qué te disfrazás?
—No son disfraces, tontito; son kimonos, túnicas, si preferís
llamarlas así. Esta pertenecía... o mejor, la compré en un mercado
malayo, a un príncipe...
Y comenzaba un delirante relato que, puedo decirlo ahora, yo
fingía creerle. Mis años de soledad me habían enseñado que no es
fácil soñar o creer en otro mundo más allá del nuestro. No se
puede creer en el mundo de las hadas si no nos han desvelado
dragones, brujas, espectros, fantasmas. Ni hadas ni espectros,
pero yo fingía creerle.
Mi padre regresaba de la estancia los fines de semana. Hernán
nos hacía un plan de paseos, cines, teatros y comidas. Eramos
felices nosotros tres. Nunca había visto a mi padre sonreír de esa
manera. No puedo decir reír, porque no rió nunca, que yo sepa.
—¿Sabés una cosa? Hernán es mi madre.
El ómnibus del colegio me traía de vuelta; pero el camino era
demasiado largo. Hernán decidió ir a buscarme a la salida de clase.
Una tarde, mientras formábamos fila, Julián Peña susurró a mi oído:
—Mirá qué viejo marica, ese gordo...
Entonces pude verlo; quizá no lo había visto nunca: era blanco y
gordo, muy gordo. Más alto que el resto de la gente, y su cabello
blanco parecía una peluca empolvada. El bastón, uno de tantos, de
oro y marfil, lo hacía más extraño aún. Traté de deslizarme de la fila
sin ser visto.
Me acerque a Hernán:
—Apurate, vení para acá. No esperemos la campana.
— ¿Qué te pasa hoy?
—Nada, nada. No me siento bien.
De pronto se apoderó de mí una profunda vergüenza: había
estado a punto de pedirle que no volviese a buscarme.
Los días siguientes, con cualquier pretexto, me
separaba de mis compañeros. Pero Julián fue
implacable.
—Che, ése que viene a buscarte ¿es tu niñera?
—No, mi mamá —respondí bajando la cabeza.
—¡Hijo de... ! Entonces... —afirmó con la boca llena de caramelos.
Con gran alivio, vi que esta vez había venido a buscarme
sólo el chofer. Busqué a Julián Peña:
—¿Qué dijiste de mi amigo? Repetí lo que me dijiste...
No tuvo tiempo de responder: rodamos por el suelo.
—Sí —gritaba— es la hembra de tu viejo. Me lo dijo mi hermano.
Todos lo saben...
Golpeé sin piedad. Nadie se atrevió a separarnos. Dejé de
golpear cuando descubrí las polainas de Hernán. Me tomó de la
mano como aquel primer día. Atravesamos una larga fila de
guardapolvos: rostros, mirándonos en silencio. Al llegar al auto
me eché a llorar.
Esa noche no bajé al comedor. Sólo cuando oí sus pasos
descender por las escaleras y pasar frente a mi puerta entreabierta,
me levanté de la cama, pero no lo detuve.
Llegué al hotel. Averigüé el número de su habitación: vi unas
pequeñas
valijas de avión, abiertas, esparcidas por el suelo. Apareció
Hernán con el mismo batón hindú con que solía esperarme a mi
regreso del colegio. No levanté los ojos de la alfombra.
—Es necesario que vuelvas: no podemos vivir sin vos; papá y
yo nos moriremos —dije sin titubear. Me tomó en sus brazos—.
¿Sabés una cosa? Realmente sos una vieja gorda. Por eso pensé
que eras mi madre: yo no la tuve.
—Sí, lo sé —afirmó con voz débil, mientras el latido de su corazón
me impedía escucharlo—; pero hay otra cosa que vos no sabés
todavía; en este mundo no hay una familia como nosotros. Y vos
tenés que vivir en este mundo... Por esto te pido que te vayas ahora.
Tu padre está solo: te necesita más que nunca. ¿Volveré?... Quizá...
Siempre fuiste un chico distinto, adorable. Te mandaré recuerdos de
todos los países de esta tierra inhabitable.
—Grandes, numerosos baúles —murmuré a punto de llorar.
—Nadie viaja ya con baúles, sólo los diplomáticos. 0 los
solterones como yo. A propósito, ya estás en edad de leer
revistas como éstas: te las regalo. Only for men. Me las trajeron
confundidas.
No tuve el valor de abrazarlo. No quería que me viera llorar.
Al salir del Plaza abrí con disimulo la revista. Esa noche clavé en la
pared
de mi cuarto la fotografía de una mujer desnuda, junto a una de
Hernán, mi padre y yo, en el zoológico.
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida
(Naty Menstrual)
Como cada día, bajé por las escaleras del hotel donde vivía,
taconeando feliz y contenta, esperando que la vida me regalara
alguna sorpresa.
Siendo travesti la vida te sorprende para bien o para mal paso a
paso, taco a taco.
La tarde estaba linda. Buenos Aires había dejado de ser un
profundo pozo húmedo de calor insoportable y pegajoso y una
brisa fresca me soplaba las mejillas. Me iba a internar en el
cyber a rastrear algún individuo caliente en busca de un poco
de sexo a cambio de algo de guita. Cuando subí hacia
Chacabuco por México, a mitad de cuadra me crucé con una
viejita a la que siempre la sacaban en una silla para que
respirara aire fresco: humo de colectivos, bocinazos de autos y
desfile de dealers y paqueros.
Debía tener cerca de cien años considerando su estado
estético. El marido, menos arruinado que ella pero con un
Párkinson desesperado, la dejaba en esa silla y se iba a yirar
largos ratos.
Después, por chusmeríos de viejas de barrio, me enteré de
que tenía sus amantes jóvenes que le pelaban la billetera y lo
contentaban. La viejita, cada vez que yo pasaba, me saludaba
con cariño y me decía cosas lindas. Ese día, cuando la besé le
sentí un olor a mugre vieja de la que nunca me había
percatado, y camino al cyber me puse a pensar en ese viejo de
mierda que no era capaz de ayudarla a higienizarse, sentí
bronca por el desamor de ese viejo pajero. Me puse en
enfermera de salita y resolví que si él no se hacía cargo, yo
por lo menos una vez por semana la iba a dejar como nueva.
Cuando volvía del cyber al hotel seguía sentadita ahí, como
perdida, o quizás mareada por su propio olor a mierda.
Pensé que si olía así por afuera... Me acerqué y le dije con
cariño:
-¿Querés que te ayude a darte un baño? Olés un poquito fuerte,
puedo teñirte el pelo, cortarte las uñas, ponerte perfumito y
dejarte como nueva... ¿Qué te parece, muñeca?
Ella me miró con los ojos brillosos y me acarició la cara
diciéndome que sí con la cabeza. En eso, llegó el viejo
temblando como una hoja seca, lo miré con bronca y le dije:
-Escuchame, ¿es tu esposa o no es tu esposa? No la podés
tener así de mugrienta...
Él me miró con desprecio y me dijo:
-Puto, vos dejate de joder y no te metas.
Se ve que el Párkinson no le hacía temblar la voz a la hora de
ser maleducado. Le di un beso a la vieja conteniendo la
respiración y me fui para mi casa. Ya iba a ver cómo la dejaba a
esa pobre mujer, viejo de mierda.
Me tomé el trabajo de hacer vigilancia discretamente hasta que
el viejo volvió a sacar a la esposa a la puerta de la casa, sabía
que seguramente la momia chancha esa se iba, o sea que tenía
tiempo para bañarla sin problemas. Compré jabón, shampoo,
crema de enjuague, tintura, esmalte de uñas, algunas pinturitas
y en cuanto vi que el viejo se rajaba me fui a buscar a la vieja.
Entramos a la casa. Había un olor a rancio que te partía la
cabeza, muebles viejos, polvo de años, cientos de cucarachas
desfilando, vasos, platos, pilas de cubiertos... La casa de afuera
era señorial, antigua y linda, pero adentro era como si hubiera
pasado un avión bombardeando. La llevé al cuarto y empecé a
sacarle la ropa conteniendo la respiración como podía porque el
olor, a medida que sacaba cada prenda, me quemaba más la
nariz. No podía creer cómo podía haber llegado a eso, pobre
vieja. La piel toda rajada, poblada de callosidades, paspada
hasta la médula.
Llegué a la enagua y me dio miedo sacarla, sus tetitas estaban
secas, coronadas por dos pezoncitos como pasas de uva
navideñas, era una piltrafa, un esqueleto escapado de un
nicho, me daba entre asco y pena. Me preparé
psicológicamente para sacarle la bombacha y meterla en la
bañera, que ya estaba llenándose de agua tibiecita y limpia.
Ella me miró y me hizo que no con la cabeza, me agarró las
manos, y yo la miré con cariño haciéndole entender que era
para su bien, que no tuviera vergüenza. Se puso nerviosa y me
seguía diciendo que no con la cabeza, de todos modos, igual
se la saqué porque yo tenía más fuerza.
Cuando terminé de sacarle ese calzón meado y cagado, quedó
ante mí su entrepierna y me separé un poco para ver mejor lo
que creía que estaba viendo con una cara de horror y
sorpresa. Tenía entre sus fláccidas piernas un pito pequeño,
como si fuera el pitito de un perro, y colgando debajo,
arrugados y secos, los dos huevos. Ella se tapó la cara y luego
su miembro,
con cara de vergüenza. Me quedé anonadada y salí corriendo
sin saber qué hacer, sin poder pegarle el baño a la pobre vieja.
Llegué a casa, entré al baño, me mojé la cara y me quedé
pensando. No quería llegar a vieja sin poder bañarme sola y
pasar por eso, prefería que un piadoso tiro de gracia me evitara
las penas.
Hice un esfuerzo sobrehumano y pensé que si yo no quería que
eso me pasara, lo que tenía que hacer era ayudarla, ponerla
linda para que la vida por lo menos ese día le sonriera.
Resuelta y decidida, como poseída por el alma noble de la
Madre Teresa de Calcuta, volví a salir a los pedos a la calle y
entré nuevamente en esa casa para terminar de la mejor
manera lo que había empezado. Cuando todo estuvo listo,
elegí la mejor silla de la casa y la saqué a la puerta, la senté
perfumada y bien vestida, como lista para ver pasar el antiguo y
mítico corso de Avenida de Mayo. Le compré en el quiosco de
la esquina una revista Paparazzi y me senté en el suelo a su
lado. Me miró con un gesto dulce y agradecido y me regaló una
cálida sonrisa, como los rayos de sol que le acariciaban
suavemente su cara de piel blanquita.
Pensé en cuando había bajado la escalera dispuesta a que la
vida me diera una sorpresa... y tarareé aquella vieja canción
que no sabía de quién era... la vida te da sorpresas... sorpresas
te da la vida... la vida larailararila la vida te da sorpresas…