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Material de Lectura Revista Clío

revista de argumentos
Derechos de autor
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CLÍO

Órgano de la Academia Dominicana de la Historia


Año 87 • n.º 195 • Enero-junio, 2018
CLÍO
Órgano de la Academia Dominicana de la Historia
Año 87 • n.º 195 • Enero-junio, 2018

Academia Dominicana de la Historia


República Dominicana
2018
El contenido de este Clío, año 87, n.º 195, correspondiente a los meses de enero a junio
de 2018, fue aprobado por la Comisión de la Revista Clío, integrada por los Miembros de
Número, Amadeo Julián y Raymundo González de Peña, y la Miembro Correspondiente
Nacional, Natalia González Tejera, en las reuniones celebradas en fecha 8 de junio de 2018
y 16 de noviembre de 2018, y por la Junta Directiva, en su sesión celebrada en fecha 5 de
diciembre de 2018, que aprobó el sumario y el cambio de formato de la revista.

Junta Directiva (2016-2019):


Dra. Mu-Kien Adriana Sang Ben, Presidenta
Lic. Adriano Miguel Tejada, Vicepresidente
Dr. Amadeo Julián, Secretario
Lic. Manuel A. García Arévalo, Tesorero
Lic. José del Castillo Pichardo, Vocal

© De la presente edición
Academia Dominicana de la Historia, 2018
Calle Mercedes No. 204, Ciudad Colonial
Santo Domingo, República Dominicana
Correo electrónico: [email protected]
Página web: http://www.academiadominicanahistoria.org.do
Revista Clío digital: http://www.academiadominicanahistoria.org.do/index.php/revista-clio

Editor: Emilio Cordero Michel


Diagramación: Eric Simó para Zejel Media Group
Diseño de cubierta: Verónica Gamarra para Zejel Media Group
Imagen de cubierta: Fuerte de San Jorge da Mina, uno de los puertos de embarques de
esclavos negros más importantes fundado por los portugueses en África. Plano de Braun.
En Silveira, Iconografía de ciudades portuguesas.
ISSN: 0009-9376
Impresión: Editora Búho

Impreso en la República Dominicana /Printed in the Dominican Republic

La Academia Dominicana de la Historia no se hace solidaria de las opiniones emitidas


en los trabajos insertos en Clío, de los cuales son únicamente responsables los autores.
(Sesión del 10 de junio de 1952)

La Academia Dominicana de la Historia no está obligada a dar explicaciones por los


trabajos enviados que no han sido publicados.
Sumario

Presentación....................................................................................................... 9
ARTÍCULOS........................................................................................................................................................13
Clérigos de raza negra o sus descendientes en Santo Domingo
colonial, siglos XVII-XVIII
José Luis Sáez Ramo.................................................................................... 15
La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española
de Santo Domingo, la fundación del pueblo de los Minas,
y la resistencia y solidaridad de los negros libres
Amadeo Julián............................................................................................. 35
José Núñez de Cáceres: de liberal moderado a liberal radical
Fernando Pérez Memén............................................................................... 93
El plan nacional de carreteras y el régimen social tributario de las
prestaciones personales en los caminos en la República
Dominicana, 1905-1910
Andrés J. Morillo Martínez........................................................................107
Un documento diplomático británico poco conocido, 1935
Emilio Cordero Michel..............................................................................141

CONfERENCIAS..............................................................................................................................................153
Dos miradas a la ciudad de Santo Domingo, 1960-1978
Welnel Darío Féliz..................................................................................... 155
El otro espejo enterrado: Representaciones de México en la
historiografía de Estados Unidos
Pedro L. San Miguel.................................................................................. 173

7
8 SUMARIO

PUESTA EN CIRCULACIÓN.........................................................................................................................205
Palabras de Cyrus Veeser sobre su libro La Soberanía en Jaque:
Ulises Heureaux y la injerencia estadounidense, 1890 a 1908.................207

INSTITUCIONALES.........................................................................................................................................217
Noticias de la Academia................................................................................219
Directorio de la Academia Dominicana de la Historia..................................223
Publicaciones de la Academia Dominicana de la Historia.............................229
Normas para publicar trabajos en la revista Clío...........................................241
Presentación

El presente número de la revista, aparece con un considerable retraso,


debido a varias causas entre las que figura, en primer lugar, la enfermedad del
editor, Dr. Emilio Cordero Michel, quien a pesar de su estado de salud se
mantuvo activo, y trató hasta el último momento no solo de mantenerse al
frente de la publicación, sino de aportar una colaboración, consistente en la
publicación de un documento y su comentario sobre el mismo, tanto desde el
punto de vista de su origen como de sus implicaciones en el ámbito de la
política y la economía del país, en los primeros años de la década de 1930. Se
trata de lo que el autor denominó como «Un documento diplomático británico
poco conocido, 1935». A pesar de que todos los demás trabajos habían sido
entregados y la revista se en- contraba prácticamente en condiciones de ser
editada, el editor no quiso que su trabajo consistiera solo en la publicación del
documento aportado, sino que apa- recieran sus comentarios y análisis sobre el
mismo, lo cual cumplió finalmente. Por eso en este número, aparece como
editor, porque todavía en ese momento se encontraba luchando por la vida y
tratando de aportar a la revista no solo su trabajo de editor, sino su
colaboración ya mencionada.
Otra causa determinante de la aparición de la revista en una fecha que está
fuera del período comprendido por el número correspondiente, es el cambio de
formato decidido por la Junta Directiva, para poner a la revista a la altura de las
publicaciones científicas dedicadas a la divulgación de los conocimientos his-
tóricos. En este sentido, se decidió que el tamaño del ejemplar, el tipo de letra,
y la diagramación de la revista, en general, cumplieran con los requerimientos
que se exigen en este tipo de publicaciones, por las diferentes entidades que se
dedican a la edición, entre ellos, principalmente, universidades e instituciones
dedicadas a la investigación, y a la indización por una serie de organismos, que

9
10 PRESENTACIÓN

a nivel mundial se encargan de evaluar los contenidos de las publicaciones pe-


riódicas científicas, y a proceder a la clasificación de los diferentes trabajos
que aparecen en las mismas, para facilitar su divulgación y conocimiento por
otros investigadores y estudiosos.
En el sumario de la revista figuran enunciados todos los trabajos que apa-
recen en este número. Como no se trata de un número monográfico, incluye
una diversidad de temas, entre los cuales se puede apreciar la colaboración
de José Luis Sáez Ramo, que tiene por objeto las características raciales de los
clérigos de Santo Domingo, o sus descendientes, en los siglos XVII y XVIII,
con especial énfasis en su condición de pertenecer a la raza negra.
Asimismo, otro trabajo, cuyo autor es Amadeo Julián, tiene por tema el
estu- dio de las fugas de esclavos de la colonia francesa a la colonia española
de Santo Domingo, y sus consecuencias, entre las cuales se señala la fundación
del pueblo de los Minas. La concentración de los negros fugados en ese
poblado, dio lugar a múltiples problemas, que se compendian en la solidaridad
y la resistencia de los negros que después de ser liberados por los españoles,
constituyen la categoría de negros libres.
Otra contribución, se refiere al cambio operado en José Núñez de Cáceres,
autor principal de la llamada «Independencia Efímera», de 1821, transformado
por sus actuaciones en los diferentes escenarios que le tocó vivir y las
experien- cias de las cuales fue actor, de «liberal moderado a liberal
radical», según la apreciación que hace del personaje estudiado, su autor
Fernando Pérez Memén. El siguiente trabajo incluido en este número, no
guarda relación con los an- teriores, ni en el objeto de los conocimientos, ni
en el período que trata, pero no por eso deja de tener interés para la historia de
las comunicaciones terrestres y los transportes, al permitir conocer la
concepción y estructuración del plan nacional de carreteras que se pretendía
realizar en la República Dominicana, entre 1905 y 1910, y en el cual se tenía
el propósito de utilizar un tipo de fuerza de trabajo, que hace que su autor,
Andrés J. Morillo Martínez, lo denomine, un
«régimen social tributario», basado en «prestaciones personales».
A los trabajos mencionados, se suman dos conferencias, una sobre la
ciudad de Santo Domingo entre los años de 1960 y 1978, de la autoría de
Welnel Darío Féliz, y la otra sobre las «Representaciones de México en la
historiografía de Estados Unidos», cuyo autor es el historiador puertorriqueño,
Pedro L. San Mi- guel, ambas pronunciadas por sus autores, en el salón de
actos de la Academia Dominicana de la Historia.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 9-11. ISSN: 0009-
PRESENTACIÓN 11

Finalmente, se incluyen las palabras pronunciadas por su autor, Cyrus


Veeser, en la puesta en circulación del libro La Soberanía en jaque: Ulises
Heureaux y la intervención estadounidense, 1890 a 1908.
Completan el contenido de este número, el conjunto de aspectos institucio-
nales, entre los que figuran las noticias de la Academia, el Directorio de la mis-
ma, sus publicaciones y las normas para publicar trabajos en la revista Clío.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 9-11. ISSN: 0009-9376
ARTÍCULOS
CLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 15-34.
ISSN: 0009-9376

Clérigos de raza negra o sus descendientes


en Santo Domingo colonial, siglos XVII-XVIII
José Luis Sáez Ramo1

Introducción histórica

La reducción del personal eclesiástico de origen castellano, el crecimiento


de la población y la inseguridad o inestabilidad de un seminario para la
adecuada formación del clero futuro, fueron algunos de los factores que, en la
mente de los obispos, determinaron la promoción a las órdenes sagradas,
incluido el sacer- docio, de los descendientes de esclavos de origen africano,
tan pronto como en la segunda década del siglo XVII, y contrariando, al
parecer, lo dispuesto por el I Concilio Provincial de Santo Domingo (21 de
septiembre de 1622 - 1 de enero de 1623).
Este concilio, el único que celebró la antigua y extensa provincia eclesiásti-
ca de Santo Domingo, determinó dar, por así decirlo, una especie de «mayoría
de edad» a los indígenas y a los negros. A ambos se les otorgaba la recepción
de los sacramentos, la obligación de asistir a misa al menos seis veces al año
(por tratarse de obreros del campo), aunque a ambos excluía casi por principio
de las órdenes sagradas. En el caso de los negros, el capítulo 3º de la sesión 2ª
(6 de noviembre de 1622), determinó que estos (fusco colore affecti) no fuesen
admitidos a las sagradas órdenes, a no ser que distasen del «tronco etíope por

1
Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia.

15
1 JOSÉ LUIS SÁEZ RAMO

tres generaciones». Aparte de prohibirles incluso el vestir hábito talar, y en una


inequívoca actitud de cerrar el paso a los candidatos de raza negra, «accedía a
permitirles al sacerdocio, siempre que lo ameriten las virtudes y otros méritos,
con la condición de estos sus descendientes hayan sido de color blanco y libres
de toda esclavitud».2
Sin embargo, a pesar de esas disposiciones sinodales, de los promovidos al
sacerdocio, el primero y más notable fue, sin duda, Tomás Rodríguez de Sosa
(c. 1605-1670), maestro de niños, experto latinista, muy buen predicador y ca-
pellán de la Real Audiencia, que fue ordenado sacerdote en 1625.3 Y no fue este
el único caso. A finales de ese mismo siglo, y sobre todo gracias a las gestiones
del arzobispo Francisco de la Cueva Maldonado (1662-1667), ya habían sido
ordenados ocho más de los «manchados con esa mácula», como decían algunos
documentos de la época, a pesar de la redundancia. 4 Sin ir más lejos, el mismo
arzobispo consultó al rey Felipe IV (15 de enero de 1665), antes de ordenar,
como se había propuesto, al joven Diego de Quesada López, nieto del oficial
de la Real Audiencia, Jerónimo López de Torres, que había nacido esclavo.5 Es
ob- vio que en la mayor parte de los casos se hizo omisión del limitante de las
«tres generaciones» del citado Concilio Provincial.

2
Cipriano de Utrera. El Concilio Dominicano de 1622. Ciudad Trujillo (Santo Domingo).
Tipografía Franciscana, 1940, p. 31. Cesáreo de Armellada. Actas del Concilio
Provincial de Santo Domingo. 1622-1623. Caracas, Instituto de Investigaciones
Históricas, 1970), pp. 25-26. Véanse los comentarios de Hugo E. Polanco Brito en «El
Concilio Provincial de Santo Domingo y Ordenación de Negros y de Indios». Revista
Española de Derecho Canónico, año XXV, no. 72, pp. 697-705. Madrid, setiembre-
diciembre de 1969). Álvaro Huerga. «El Concilio Provincial de Santo Domingo, 1622-
1623». Quinto Centenario, no. 16, pp. 101-119. Madrid, Universidad Complutense,
1990.
3
Sobre este destacado clérigo mulato, véase mi ensayo «Padre Tomás Rodríguez de
Sosa: Un esclavo que se entregó a otro Señor». En Retratos de medio cuerpo. Nueve
figuras de la Iglesia en Santo Domingo. Santo Domingo, Editora Amigo del Hogar,
2012, pp. 71-101.
4
José Luis Sáez Ramo. La Iglesia y el Negro Esclavo en Santo Domingo. Una Historia de
Tres Siglos. Santo Domingo, Patronato de la Ciudad Colonia de Santo Domingo, 1994,
pp. 60-63.
5
Cipriano de Utrera. Noticias históricas de Santo Domingo, vol. VI. Santo Domingo, Edi-
tora Taller, 1983, p. 247. En realidad, ambos, nieto y abuelo, tenían la misma ascenden-
cia: el abuelo era hijo de una esclava de su padre.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 15-34. ISSN: 0009-
Clérigos de raza negra o sus descendientes en Santo Domingo colonial, siglos XvII- 1

Ciertos cargos de las Catedrales de Indias, se mostraban abiertamente rea-


cios a que hasta el simple cargo de caniculario se diera a negros o mulatos. 6 Sin
embargo, como ya tenía conocimiento de que los Obispos no tenían empacho
al- guno en ordenar clérigos descendientes de esclavos, el rey Felipe V (1700-
1746) criticó severamente la facilidad con que se autorizaba la ordenación y
promo- ción de negros o mulatos. En una Real Cédula (San Ildefonso, 4 de
diciembre de 1723), se criticaba severamente al arzobispo Álvarez de
Quiñones por haber nombrado en los curatos de tierra adentro a un buen
número de sacerdotes de la isla que «tenían mucha parte de mulatos».
Y añadía que varios de esos presbíteros «intentaban ascender a prebendas
de la Iglesia sin atender a que tanto los beneficios como las prebendas mismas
las habían recibido personas ilustres y cristianos viejos». Y repitiendo sin duda
las informaciones filtradas por algún funcionario civil o eclesiástico,
enumeraba a los clérigos que aspiraban a prebendas: Nicolás de Aguilar, Juan
de Gálvez, José de Quesada, José Luis de Figueroa, Gabriel de Piña y
Urdaneta, y sobre todo Lázaro y Francisco de Acevedo, «en los cuales
concurrían ruines procederes y ninguna suficiencia, siendo además, los dos
últimos hijos de padres libertos».7
Siempre que el Cabildo Secular de la ciudad de Santo Domingo recomen-
daba a la Corona española un candidato para ocupar una u otra prebenda en el
Cabildo de la Catedral, remachaba que debía preferirse a los nativos de fami-
lia castellana antigua, «porque así se privilegia los nobles, los virtuosos y las
personas de letras».8 Sin aludir aún a los clérigos mulatos, algunos en etapa
de formación, la intención de los siete miembros del Cabildo de la ciudad no
pretendía otra cosa que rodear a la Catedral Metropolitana —afectada también
de la pobreza reinante— de gente blanca, y de apellidos sonoros, los mismos
que se perpetuaban en el Cabildo Secular. Sin ir más lejos, aunque era
miembro

6
Real Cédula de Felipe V a los Obispos de Indias. El Pardo, 9 de julio 1717. Archivo
Históri- co Nacional, Códices L. 754. Madrid. El caniculario o perrero, portando una
larga vara, era el encargado de espantar a los perros del templo durante las ceremonias
litúrgicas.
7
Real Cédula de Felipe V al arzobispo Antonio Claudio Álvarez de Quiñones. San Ilde-
fonso, 4 de diciembre 1723». En Carlos Larrazábal Blanco. Los Negros y la Esclavitud
en Santo Domingo, 2da. edición. Santo Domingo, Colección Pensamiento Dominicano,
1975), pp. 138-139.
8
Carta de Pedro Caballero Meléndez de Bazán y demás. Santo Domingo, 15 de enero

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 15-34. ISSN: 0009-
1 JOSÉ LUIS SÁEZ RAMO
1652. En Genaro Rodríguez Morel (editor). Cartas del Cabildo de Santo Domingo en el
siglo XVII. Santo Domingo, Archivo General de la Nación, 2007, p. 328.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 15-34. ISSN: 0009-
Clérigos de raza negra o sus descendientes en Santo Domingo colonial, siglos XvII- 1

desde el 1 de septiembre de 1677, presidió el Cabildo de la ciudad el capitán


don Tomás de la Bastida y Ávila (31 de julio-11 de agosto de 1684), poco
antes de que su hermano mayor Ignacio fuera ayudante y luego cura rector de
la Catedral (1686-1687).9
Aparte de algunos mencionados solo de paso, con escasa o ninguna docu-
mentación básica, entre los eclesiásticos —solo algunos de claro origen o as-
cendencia negra, pero todos de baja escala social—, durante el siglo XVIII, se
cuentan: el Licdo. Nicolás de Aguilar (1674-1741); Juan de Gálvez Santa Ana;
José de Quesada; el maestro Lázaro de Acevedo (cura de San Andrés); su her-
mano Francisco de Acevedo (+1768); Gabriel de Piña y Urdaneta (cura de
Baní, 1723-1726); Luis de Fonseca (cura de Bayaguana, 1733-1737), Francisco
Anto- nio González (1730-1768); y Juan Antonio de Aguilar (+1741).10 Al no
disponer los archivos eclesiásticos de expedientes sacerdotales formales hasta
el siglo XIX, resulta difícil ubicar a cada uno de los citados, aparte de algunos
informes conservados en el Archivo General de Indias, a no ser que haya
quedado al de actas del Cabildo de la Catedral (1768-1858).
Resulta evidente que no eran uno ni dos los casos de ordenación de des-
cendientes de esclavos al iniciarse el siglo XVIII, puesto que recién llegado al
país el 16.º arzobispo Fr. Francisco del Rincón, O. M., el 23 de septiembre de
1706, se quejaba ante Felipe V de Borbón (1700-1746), de «la baja moralidad
del clero» y sobre todo de la proliferación de prebendados mulatos. A pesar de
reiterar el buen deseo de que los clérigos y miembros del Cabildo fueran ante
todo dechados de ciencia y descendientes de castellanos viejos, el rey
respondió encomendándole la mayor cautela posible, teniendo, como tenía,
facultad para dispensar en todos los casos, excepto el de bigamia.11

9
Otros miembros del Cabildo de apellidos sonoros y, por así decirlo, de «clase alta» en
esa misma época eran: Gonzalo de Castro y Aguilera (Chantre en 1678); Francisco de
Melgarejo Ponce de León (Maestrescuela en 1678); Diego de Plasencia Aguilar (Canó-
nigo en 1680); Baltasar Estévez de Figueroa (Tesorero en 1683); Baltasar Fernández de
Castro (Deán en 1685); y Antonio Girón de Castellanos (Magistral o Predicador en
1685). Raymundo M. González de Peña. «Nómina de los prebendados del Cabildo de la
Iglesia Catedral de Santo Domingo». Boletín del Archivo General de la Nación, año
LXXI, no. 123, pp. 4-5. Santo Domingo, enero-abril de 1992.
10
Carlos Larrazábal Blanco. Los Negros y la Esclavitud…, pp. 138-141.
11
Carta de Felipe V al arzobispo Rincón. (Aranjuez, 23 de septiembre 1706)». Archivo
General de Indias, Santo Domingo, 318 (en lo adelante AGI). En Cipriano de Utrera.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 15-34. ISSN: 0009-
2 JOSÉ LUIS SÁEZ RAMO

Los descendientes en uno u otro grado de africanos, ordenados sacerdotes


probablemente a finales del siglo XVII, que luego ocuparon cargos en el
Cabildo Eclesiástico de Santo Domingo fueron: José Fernández de Villafranca
(Chantre 1716); Juan Agustín de Castañeda (Tesorero 1723); Francisco
Antonio González (Canónigo 1784); y el Dr. Melchor Carrión (Arcediano
1739). Los dos últimos fueron los únicos que alcanzaron la codiciada posición
de Deán en 1729 y 1749 respectivamente. Un caso distinto, y fuera de lo
común, fue el del Dr. Nicolás Antonio de Valenzuela, que solo llegó a
canónigo del Cabildo en 1784, pero fue nada menos que vicerrector electo de
la Pontificia Universidad de Santo Tomás, exclusivamente en manos de los
dominicos (1777-1778).12
Pero como el prejuicio es libre y es imposible atacarlo con leyes ni con
represión —y más cuando su proyección económica es la que lo determina—,
pasaría mucho tiempo antes de que descendientes de esclava y blanco y
vicever- sa, formasen parte sin obstáculos de nadie del Cabildo de la Catedral
de Santo Domingo, un grupo ciertamente elitista, y, a pesar de lo que
expresaba Felipe V, no precisamente por su preparación intelectual. Y el
evidente botón de muestra del prejuicio estuvo en el rechazo, a pesar del
nombramiento real, a que ocupase la posición de Canónigo Doctoral el
prestigioso Licdo. Pedro Agustín Morell de Santa Cruz y Lora (1694-1768),
que pronto desempeñaría tan honroso papel primero como Obispo de
Nicaragua (1749-1753) y luego en Santiago de Cuba como su trigésimo
Obispo (1753-1768). Y todo ese rechazo de los canónigos dominicanos solo
por el hecho de que su madre y su abuela materna eran mula- tas.13 No deja de
ser interesante que, a pesar de identificarse años más tarde sus nacionales con
un molesto prejuicio racial, fuese mejor aceptado en esa vecina Antilla
española que en su propio país de nacimiento.
Como destacaba el investigador domínico-venezolano Carlos Larrazábal
Blanco en 1967, la falta del tratamiento de «señor don» o «señora doña», e
incluso, el académico de doctor, licenciado o bachiller en los dominicanos de
cierta clase o nivel social, siempre ausente en los libros parroquiales, es señal

«Morell de Santa Cruz». Clío, año XIX, n.º 90, p. 67. Ciudad Trujillo (Santo Domingo),
mayo-agosto de 1951.
12
Raymundo Manuel González de Peña. «Nómina de los prebendados del Cabildo…»,
pp. 258-268.
13
Al respecto véase el docto ensayo de Cipriano de Utrera. «Morell de Santa Cruz...»,

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 15-34. ISSN: 0009-
Clérigos de raza negra o sus descendientes en Santo Domingo colonial, siglos XvII- 2
pp. 57-74.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 15-34. ISSN: 0009-
2 JOSÉ LUIS SÁEZ RAMO

clara de personas de nivel inferior o del «estado llano», y más aún en los bien
conocidos descendientes de esclavos o simples mulatos, por muy lejanos que
se hallasen del tronco original. Es más, la ausencia de ese tratamiento en
muchos casos, hace sospechar que se trataba de los últimos. 14 Solo se
mencionaba sin rubor en esos libros cuando se trataba de un negro o negra
liberto que bautizaba a su hijo o hija natural, o cuando se trataba de un
matrimonio mixto, que ya en el siglo XVII eran bastante frecuentes.15 Entre
estos últimos, se destaca como ejemplo curioso el diferente tratamiento dado a
los padres de un recién nacido, a saber Juan Bautista de Contreras, pardo, y
doña Tomasina de Barrientos, blanca, en la ceremonia celebrada en la Catedral
el 13 de mayo de 1694.16
Entre los religiosos, a pesar de no definir bien la raza o nivel de mezcla,
parece que los franciscanos fueron los que recibieron mayor número de
vocacio- nes nativas o estuvieron más abiertos a la admisión de los nativos.
Entre 1650 y 1750, por citar solo un periodo que coincide con las vocaciones
reseñadas del clero diocesano, ingresaron cincuenta dominicanos, es decir
nacidos en Santo Domingo o Santiago, y solo tres de ellos fueron hermanos
legos. Tres de esos dominicanos fueron Maestros de novicios, uno fue Vicario
en Santo Domingo, otro fue Guardián del Convento de San Francisco, y dos
fueron Superiores Pro- vinciales de la Provincia de la Santa Cruz, que abarcaba
los territorios de Santo Domingo, Cuba, Puerto Rico, Jamaica, Margarita y
algunos lugares de la actual Venezuela, incluyendo a Caracas.17

14
Carlos Larrazábal Blanco. Los Negros y la Esclavitud…, p. 140. Sobre la eliminación del
tratamiento de Señor o Señora, baste el ejemplo del bautismo de Pedro Sánchez
Valverde, hijo legítimo de Miguel Sánchez Valverde, soldado del presidio, y de
Bernarda Vázquez (2 de enero de 1698). Archivo Histórico del Arzobispado de Santo
Domingo. Catedral (en lo adelante AHASD. Libro V Bautismos, años 1697-1711), f. 22,
no. 2. El acta en cuestión solo daba el tratamiento adecuado al Señor Bach. Don
Fernando de Villafañe y Trejo, canónigo, que le echó «agua en casa por peligro de la
vida».
15
El concepto «matrimonio mixto» abarcaba el de un esclavo de determinado amo con una
esclava de otro u otra, e incluso de un moreno o «pardo libre» con una esclava. También
se daba el caso, cada vez más frecuente en el siglo XVIII, del matrimonio de blanco con
esclava negra o viceversa.
16
AHASD. Catedral. Libro IV Bautismos, años 1687-1696, f. 417, no. 1248.
17
Cipriano de Utrera. Para la Historia de América. Ciudad Trujillo (Santo Domingo), Aca-
demia Dominicana de la Historia, 1958, pp. 96-132.
cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 15-34. ISSN: 0009-
Clérigos de raza negra o sus descendientes en Santo Domingo colonial, siglos XvII- 2

No parece que sucediera con esa frecuencia entre los mercedarios —bien
co- nocido es, sin embargo, el caso de fray Francisco Guerrero Hernández, O.
de M., nativo de Baní y cura de aquella primitiva parroquia (1790-1792)—
o entre los dominicos (solo consta el caso del dominicano fray Vicente
González Urra,
O. P. (1755-1831), ni entre los jesuitas, al menos antes de la expulsión de la or-
den en tiempos del rey Carlos III de Borbón. 18 Sin embargo, todas las órdenes
religiosas, mucho más en el caso de las femeninas, sobre todo si eran órdenes
contemplativas, dispusieron de esclavos de uno y otro sexo, siendo los grupos
más notables en el servicio doméstico y buena parte en las haciendas y hatos.
El Convento de dominicas de Regina Angelorum mantuvo sesenta y cinco
esclavas en su mayoría domésticas; las franciscanas o clarisas del Convento de
Santa Clara (91 esclavos o esclavas); el Monasterio o Convento de Nuestra Se-
ñora de las Mercedes (21 esclavos); el Convento y Universidad de los
dominicos (113 esclavos); y las haciendas, hatos y Universidad de los jesuitas
a la hora de su expulsión, además de algunos domésticos en la residencia anexa
a la Univer- sidad, mantenían en su estancia del otro lado del Ozama unos 16
esclavos.19
Entre los esclavos «personales» o a título personal —la mayoría formaban
parte de la dote que la familia aportaba a cada religiosa antes de su profe- sión
—, las más destacadas eran una franciscana del Convento de Santa Clara con
siete esclavos (sor Mariana de Aybar), y otra con nueve (sor Francisca Costilla
Ledesma), cuatro dominicas del convento de Regina Angelorum con cuatro
esclavos cada una (H. H. Petronila de Aguilera, Isabel Maldonado, Jo- sefa de
Mansilla y Antonia de los Reyes) y una sola con cinco esclavos (sor Leonor de
los Olivos).20 No deja de ser revelador del tipo de sociedad y sus instituciones,
que las dominicas del citado convento, que no contaban con un

18
Entre los 73 jesuitas presentes en Santo Domingo hasta su expulsión, solo se contaba el
H. Francisco Rojas, nacido en la isla e ingresado en ella en 1703-1718. Antonio Valle
Llano. La Compañía de Jesús en Santo Domingo durante el periodo hispánico. Algunas
notas his- tóricas, 2da. edición. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia,
2011, p. 322.
19
José Luis Sáez Ramo. La expulsión de los jesuitas de Santo Domingo. Santo Domingo,
Academia Dominicana de la Historia, 2006, pp. 82-84. Recuérdese que en las órdenes
docentes, ante todo de dominicos y jesuitas, el número de esclavos trabajando en las ha-
ciendas, solo se justificaba para mantener la enseñanza gratuita.
20
José Luis Sáez Ramo. La Iglesia y el negro esclavo en Santo Domingo. Una historia de

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2 JOSÉ LUIS SÁEZ RAMO
tres siglos. Santo Domingo, Patronato de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, 1994,
pp. 36-37.

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Clérigos de raza negra o sus descendientes en Santo Domingo colonial, siglos XvII- 2

benefactor como las franciscanas, se vieron obligadas a subsistir gracias al


aporte que algunas esclavas ingresaban al arca del convento, producto de un
«trabajo» evidentemente nocturno.21
Aunque pueda parecer incoherente, es preciso anotar que algunos clérigos
descendientes de esclavos mantuvieron a su vez esclavos, probablemente do-
mésticos. Entre los propietarios de esclavos debe mencionarse el maestro
Lázaro de Acevedo (3 esclavos) el canónigo Nicolás Antonio de Valenzuela (3
escla- vos), y el canónigo Melchor Carrión, que mantuvo 6 esclavos. Los casos
más notorios entre otros miembros del clero fueron: Martín de Aponte
Hinojosa (25 esclavos); Baltasar Fernández de Castro (20 esclavos); y José
Núñez de Cáceres (80 esclavos). Los más moderados, por decirlo así, fueron
los cuatro Arzobispos, tanto del siglo XVII como XVIII, que apenas tuvieron
un esclavo cada uno.22
Lo cierto es que, cuando desapareció la esclavitud como institución social,
prácticamente inevitable en el siglo XIX con el primer régimen republicano,
se definió también mejor el perfil de la sociedad dominicana —aquí no es ne-
cesario hablar de crisol de razas o el manoseado «meltingpot» de la sociedad
inglesa de Norteamérica—, y por la misma razón, antes de iniciarse el siglo
XIX, la Iglesia dominicana contaba con clérigos e incluso dignatarios mulatos,
siempre con nombres y apellidos castellanos, y no con esa «marca indeleble»
del nombre de la tribu de procedencia (Arará, Mina, Congo, Solimán o Bran)
que prácticamente había ido desapareciendo. De los mencionados antes, por lo
menos seis ascendieron como cualquiera en el Cabildo de la Catedral, y dos de
ellos llegaron a ser Deán, el puesto más cotizado y mejor pagado. Y esta es
tam- bién la historia de fondo que vivimos en este siglo XXI, con nuevas
estructuras económicas y un perfil racial mejor definido, pero que empezó a
incubarse a mediados del siglo XVIII.

21
Como evidente resultado de esa práctica, apareció una Real Cédula de la gobernadora
Mariana de Austria, Madrid, 2 de diciembre de 1672, prohibiendo explícitamente que
«salieran de noche las negras esclavas a que con torpeza y deshonestidad», consiguieran
algunas ganancias. Por eso se conocieron también como «negras ganadoras». Resulta
evidente que la pobreza de ese Convento se agudizó precisamente en el famoso «siglo
de la miseria». AGI. Indiferente, 537, lib. 6, f. 285. En Richard Konetzke (editor).
Colección de Documentos para la Historia de la Formación Social de Hispanoamérica,
vol. II. Madrid, Consejo Superior de Investíganos Científicas, 1959, pp. 589-590.
22
José Luis Sáez Ramo. La Iglesia y el Negro Esclavo…, pp. 76-77.

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2 JOSÉ LUIS SÁEZ RAMO

Aunque no se trate de la raza, me parece oportuno citar, aunque sea en solo


dos casos, lo limitante que resultaba para el estado eclesiástico el hecho de ser
hijo ilegítimo y quizás peor aún si había sido expósito. Del primer caso, se
desta- có el Dr. Nicolás Fernández de Montesdoca, nacido el 19 de enero de
1640, hijo de Andrea María Fernández —el apellido fue fabricado para no
heredar el pater- no de Carvajal, como le correspondía al ser reconocido—,
después de iniciar su ingreso como Canónigo en 1685, falleció siendo
Arcediano del Cabildo el 26 de mayo de 1715.23 Del segundo caso, fue notorio
el del bachiller Miguel de Jesús Robles, que abandonado un día antes en la
puerta de la Universidad Santiago de la Paz, fue bautizado en privado por el
padre Joaquín Vizner, S. J., en la capilla de aquella residencia jesuita, el 22 de
agosto de 1753, y acogido por doña Juana de Robles, que lo educó y le dio su
apellido.24 Al margen del Acta de Bautismo consta además que el arzobispo
Felipe Ruiz de Ausmendi lo confirmó, el 3 de diciembre de 1760. Fue
sacristán mayor en El Seybo, cura de Sabana de la Mar (1784-1785), cura del
Santuario de Higüey (1789-1790), y falleció como cura del Hospital de San
Andrés, y en aquella iglesia fue enterrado el 5 de enero de 1796.25 A
continuación presento en forma de pequeñas biografías, documentadas hasta
donde es factible, a ocho clérigos descendientes de un modo u otro de
inmigrantes africanos, los que más se destacaron en la historia eclesiástica del
Caribe de habla castellana durante los siglos XVII y XVIII. El primero, no solo
por ser también el más antiguo, no podía ser otro que el reconocido Tomás Ro-
dríguez de Sosa, el primero de los mulatos y antiguos esclavos en acceder al
sacerdocio en la Española.

23
AHASD. Libro II Defunciones, años 1702-1718, f. 75, no. 4. Carlos Larrazábal Blanco.
Familias dominicanas, vol. III. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia,
1975, p. 188.
24
AHASD. Catedral. Libro IX Bautismos, años 1753-1758, f. 16v, no. 102. Carlos
Larrazábal Blanco. Familias dominicanas, vol. VII, 1979, p. 118; vol. III, 1975, p. 131.
Adelantán- dose al oriente español, que dispondría de unas diez inclusas desde 1786, a
principios de 1711, estaba construida ya una Casa de Expósitos en Santo Domingo —en
esa ciudad se registraron durante el siglo XVIII unos 64 expósitos y de buena parte de
ellos se hicieron cargo algunas mulatas libres—, pero parece que el funcionamiento de
esa casa no era el esperado. Así lo expuso el arzobispo Francisco del Rincón, a Felipe V
de Borbón. Santo Domingo, 26 de abril de 1711). AHN. Códices L. 754; Cipriano de
Utrera. Noticias his- tóricas, vol. II, 1978, p. 303: Carlos Larrazábal Blanco. Familias
dominicanas, vol. III, 1975, pp. 131-137.
25
AHASD. Libro VII Defunciones, años 1778-1798, f. 361v, no. 3.

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Clérigos de raza negra o sus descendientes en Santo Domingo colonial, siglos XvII- 2

1.- Tomás Rodríguez de Sosa (Santo Domingo, c.1606-1694). Licenciado


en Teología, y según sus contemporáneos, sobre todo el arzobispo Francisco
Pío Guadalupe Téllez (1648-1660), era «sujeto docto, teólogo, virtuoso, de
gran fruto en la cátedra y en el confesonario», y otros tantos elogios y en más
de una oportunidad hicieron de él los primeros jesuitas en 1650. Era hijo de un
blanco y una esclava negra, aunque solo se decía que su padre biológico era
Alonso Rodríguez, quizás un hacendado o alférez real. Hasta su adolescencia
fue escla- vo, como su madre, quizás esclava de doña Brígida de Sosa. Al no
localizarse su Acta de Bautismo ni la de su madre, podría pensarse que él
mismo eligiera, quizás al ingresar en el Seminario, un nombre y apellidos
medio antojadizos y ciertamente sonoros.
Fue alumno y luego destacado profesor de latín en el Colegio-Seminario
que funcionaba en el local del Colegio Gorjón desde 1603. Probablemente, fue
ordenado sacerdote en 1629, una vez obtenida del papa Urbano VIII la bula
Expositumn obisnuper o «dispensa de natales» (Roma, 26 de octubre de 1623),
es decir, la dispensa del hecho de ser ilegítimo para poder acceder a las órdenes
mayores, recibida por el arzobispo fray Pedro de Oviedo, el 14 de abril de
1625. ASV. Sec. Brev., f.16; AGI. Santo Domingo, Leg. 26. Con evidente
subterfugio, en un documento de la época de sus órdenes mayores, se decía que
era «sujeto de color muy bajo, pero muy inteligente y virtuoso». AGI. Santo
Domingo, Leg.
25. Cipriano de Utrera. Noticias Históricas, vol. I…, p. 90.
Aparte de la docencia en el citado Colegio-Seminario, el 29 de junio de
1638, fue nombrado Capellán Mayor del Castillo de la Fuerza, con un sueldo
de 10 ducados mensuales, y más tarde Encargado de la desaparecida Capilla de
la Real Audiencia (1647-1694). Unos años antes le tocó el difícil oficio de
Confe- sor del obsesivo gobernador Juan Bitrián de Viamonte y Navarra
(1636-1644). La autoridad eclesiástica lo requería con frecuencia como orador
en una u otra fiesta o triduo religioso.
Así ocurrió en la Cuaresma de 1650 en la Capilla del Hospital de San Nico-
lás, alternando con un dominico y un mercedario. Cipriano de Utrera. Noticias
Históricas, vol. IV…, p. 210. Y su Maestría como traductor latino lo convirtió
en redactor obligado de varios documentos oficiales del siglo XVII, como es el
caso del mayorazgo de Gonzalo Fernández de Oviedo y Bastidas (Santo
Domin- go, 27 de enero de 1656). Emilio Rodríguez Demorizi (editor).
Familias His- panoamericanas, vol. I. Ciudad Trujillo (Santo Domingo),
Editora Montalvo, 1959, pp. 245-253.

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Dictado su testamento ante el escribano público Antonio de Ledesma, cum-


plidos los 88 años, falleció en Santo Domingo el 12 de agosto de 1694 y sus
restos se enterraron en lugar no identificado de la Catedral. AHASD. Catedral.
Libro I Entierros, años 1666-1701, f. 328v. Cipriano de Utrera. Universidades
de Santiago de la Paz y de Santo Tomás de Aquino y Seminario Conciliar de la
Ciudad de Santo Domingo en la Isla Española. Santo Domingo, Padres
Francis- canos Capuchinos, 1933), p. 192. José Luis Sáez Ramo. «Padre
Tomás Rodrí- guez de Sosa: Un esclavo que se entregó a otro Señor. Retratos
de medio cuerpo. Nueve figuras de la Iglesia en Santo Domingo. Santo
Domingo, Editora Amigo del Hogar, 2012, pp. 71-101. Ángela Peña. «Primer
cura mulato nacido en Santo Domingo». Periódico Hoy, p. 12-A. Santo
Domingo, 25 de julio de 2012.

2.- Diego Salomón de Quezada López (Santo Domingo, 1645-1707). Fue


bautizado en la Catedral de Santo Domingo el 22 de marzo 1645, siendo el ter-
cero de los once hijos legítimos de Jerónimo [Sánchez] de Quesada Mosquera
y Melchora López de Torres. Su abuelo materno, Jerónimo López de Torres
era oficial mayor de la Real Audiencia e hijo de una esclava de su padre (1614-
1669). AHASD. Catedral. Libro II Bautismos, años 1638-1673, f. 73, no. 388.
Obtuvo el título de Bachiller en Teología en la Universidad de Santiago de la
Paz y de Gorjón, en fecha indeterminada, y al parecer fue profesor del
Seminario Conciliar (1705-1707).
A la vista del pasado de su abuelo, a la hora de solicitar las órdenes
mayores en 1664, el arzobispo Francisco de la Cueva Maldonado (1662-1667),
tuvo que presentar su caso a la Real Cámara, que al fin aprobó su
ordenación. Falleció en Santo Domingo el 25 de noviembre de 1707. Dictó su
testamento ante el escribano público Marcos de Rojas y fue sepultado en lugar
no especificado de la Catedral. AHASD. Catedral. Libro II Defunciones, años
1702-1718, f.162v, no. 5. Cipriano de Utrera. Universidades..., pp. 196, 517,
531. Santo Domingo: Dilucidaciones Históricas, vol. I, 3ra. edición. Santo
Domingo, Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos, 1995, pp.
460-461.

3.- Melchor Carrión Rodríguez (Santo Domingo 1678-1753). Fue el ter-


cero de los cinco hijos y el segundo de los varones de Melchor Carrión e Isabel
María Rodríguez, y fue bautizado en la Catedral por el canónigo Diego de
Ova- lle Carreño, el 10 de septiembre de 1678. AHASD. Libro III Bautismos,
años 1673-1680, f. 197, no 716. Aunque no se hacía alusión alguna directa
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en los

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libros parroquiales —solo se eliminaban los habituales signos de trato social—,


era opinión generalizada que corría sangre de mulato por el lado materno. Con-
cluidos sus estudios en la Universidad de Santo Tomás hasta el grado de
Maestro (1737), y siendo cura rector de Santiago de los Caballeros, ingresó en
el Cabil- do de la Catedral el 7 de diciembre de 1701 con el rango de
Racionero, y una dotación de 150 ducados al año. El gobierno de Felipe V, el
primer Borbón, lo designó Canónigo el 30 de diciembre de 1716, y
Maestrescuela el 7 de diciem- bre de 1731.
Ascendió a Arcediano el 6 de febrero de 1753, y por fin a Deán el 6 de sep-
tiembre de 1749, en cuyo codiciado rango falleció en su casa de la actual
Plazo- leta de los curas el 5 de agosto de 1753. (AHASD. Catedral. Libro IV
Defuncio- nes, años 1742-1759, f. 183, no. 3, asistiendo a su entierro el Deán y
el Cabildo en pleno, y había dictado su testamento ante el escribano público
Salvador Fi- gueroa. Entre sus pertenencias se contaban dos esclavos,
posiblemente domésti- cos. Carlos Larrazábal Blanco. Familias dominicanas,
vol. II, p. 99. Participó en su papel de miembro destacado del Cabildo en la
escritura de transacción entre esa entidad y la Compañía de Jesús para fundar
el Seminario Conciliar (Santo Domingo, 20 de mayo de 1749). Cipriano de
Utrera. Universidades…, pp. 372-
387. José Luis Sáez Ramo. La formación sacerdotal en Santo Domingo. Desde
el Concilio de Trento a la fundación de la República. Santo Domingo, Editora
Amigo del Hogar, 1999, pp. 178-181.

4.- Pedro Agustín Morell de Santa Cruz Lora (Santiago, 1694-La


Habana 1768). Aunque comenzó sus estudios en el antiguo Colegio Gorjón,
parece que obtuvo su título de Licenciado en la Pontificia Universidad de
Santo Tomás en 1713. Fue el 24º Obispo de Nicaragua (1749-1753) y 26º
Arzobispo de Santiago de Cuba (1753-1768). Era el tercero de los siete hijos
de Pedro Morell de Santa Cruz Mena y María Catalina [López] de Lora, que
era mulata y descendía de antiguos esclavos. Ese solo hecho obstaculizó su
permanencia en el Cabildo de Santo Domingo, siendo Sacristán Mayor de la
ciudad de Santiago, y aun siendo solo Clérigo de menores.
Habiendo sido nombrado por Felipe V, una vez completados exitosamente
sus exámenes de grado el día 18, había tomado posesión interina de la
Canonjía Doctoral el 22 de diciembre de 1716. Los obstáculos por parte de sus
compañe- ros de Cabildo (casi como la odiosa «bola negra» de los clubes
sociales del siglo XIX), las burlas groseras e insultos de que fue objeto en
Santiago en la misma
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Clérigos de raza negra o sus descendientes en Santo Domingo colonial, siglos XvII- 3

casa de su abuela, forzaron su salida del país, antes de recibir el sacerdocio.


Cipriano de Utrera. «Morell de Santa Cruz»…, pp. 67-74.
Poco después de instalarse en su exilio virtual de La Habana (Cuba), en el
oratorio episcopal recibió el sacerdocio el 24 de abril de 1718 —allí también
celebró su primera misa el 3 de mayo del mismo año—, y desarrolló buena
parte de su trabajo apostólico, con el decidido apoyo del obispo fray Jerónimo
Nosti Valdés, O. S. Bas., que el 2 de diciembre de 1719, habiendo renunciado
Morell a su puesto en Santo Domingo, lo convirtió en Deán del Cabildo
Eclesiástico, donde se mantuvo diez años (1719-1729). Siendo Obispo electo
de Nicaragua, pero residiendo aún en La Habana, el 24 de marzo de 1753, ante
Juan Miguel de Portuondo, fundó una capellanía de 1,300 pesos con oblata en
la Parroquia Mayor de Santiago, su ciudad natal, para encomendar a su abuelo
y padre, y de- signó su capellán en propiedad al presbítero Fernando Morell
Lora, su sobrino. AHASD. Libro II Capellanías, años 1749-1753, f. 205.
A él se debe la conocida y valiosa La Visita Eclesiástica (realizada entre
1754- 1757) editada por Carlos García del Pino. La Habana: Editorial de
Ciencias So- ciales, 1985; Historia de la Isla y Catedral de Cuba, 1760, y una
Relación de los primitivos obispos y gobernadores de Cuba, publicada por
primera vez en 1841. Falleció en La Habana, el 30 de diciembre de 1768, y
según su voluntad, fue se- pultado en la Iglesia Mayor, antiguo templo de los
jesuitas, del lado del Evangelio. Eduardo Torres-Cuevas. Pedro Agustín Morell
de Santa Cruz. Obras. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2005, pp. IX-
LVI. César García del Pino, Vida de Pedro Agustín Morell de Santa Cruz. La
Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1965). Vicente Báez (editor). La
Enciclopedia de Cuba. Historia. Madrid, Enci- clopedia y Clásicos Cubanos,
1974, pp. 189-190. Reinerio Lebroc. Episcopologio cubano. Miami: Ediciones
Hispamerican Books, 1985, pp. 14-15; Ismael Testé. Historia eclesiástica de
Cuba, vol. I. Burgos: Monte Carmelo, 1969, pp. 126-135.

5.- Nicolás de Aguilar Acevedo (Santo Domingo, 1702-1741). Consta en


los libros parroquiales, que se le impuso óleo y crisma el 31 de enero de 1702
como «hijo de la Iglesia», porque en peligro de muerte le había echado agua en
el Hospital de San Nicolás el maestro de capilla Martín de Nava. AHASD.
Cate- dral. Libro V Bautismos, años 1697-1717, f. 102v. Podría ser hijo
reconocido de Antonio de Aguilar Sandoval, nativo de Madrid, España, y la
dominicana Isabel de Acevedo de la Cid, casados en Santo Domingo en 1692.
AHASD. Catedral. Libro III Matrimonios, años 1674-1719, f. 152, no. 2.
Carlos Larrazábal Blanco.
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3 JOSÉ LUIS SÁEZ RAMO

Familias Dominicanas, vol. I, p. 60. Tenía el grado de Licenciado en Teología


por la Pontificia Universidad de Santo Tomás (1738). Fue Racionero del Cabildo
Eclesiástico desde el 25 de abril 1723 y Canónigo el 1º de mayo de 1735. Fue
cura de San Juan Bautista de Bayaguana, nombrado en 1728 por el arzobispo
fray Francisco del Rincón, O.M. (1707-1711). Antonio Camilo González. El
marco histórico de la pastoral dominicana. Santo Domingo, Editorial Amigo
del Hogar, 1983, p. 196. Fue primer Capellán de la Capellanía de 1,000 pesos
fundada con oblata en la Catedral por el Licdo. don Juan Méndez Caraballo en
1732. AHASD. Libro II Capellanías, años 1749-1753, f. 42. Falleció en Santo
Domingo el 27 de junio de 1741 y fue sepultado posiblemente en la cripta de
los canónigos. AHASD. Catedral. Libro III Defunciones, años 1718-1741, f.
219. Cipriano de Utrera. Universidades…, p. 532.

6.- Lázaro de Acevedo Olaverría (Santo Domingo, 1701-1774). Primo


her- mano del anterior y el mayor de los cuatro hijos del alférez José de
Acevedo Cid y María Nicolasa o Nicolasina Olaverría Bardecía —en la partida
y la nota al margen se usa solamente el segundo apellido de la madre—,
oriundos de Baní. Fue bautizado como hijo de la Iglesia en 1701, y legitimado
a raíz del matrimo- nio de sus padres, celebrado el 6 de julio de 1702. AHASD.
Catedral. Libro III Matrimonios, años 1674-1719, f. 219v. Su abuela materna,
Isabel de la Cid y sus tres hermanos, hijos de Isabel Magdalena, habían sido
esclavos de Felicitas de Carvajal, pero fueron libertados en su infancia,
tomando el apellido de la madre adoptiva, Elvira de la Cid.
Como cura de la ayuda de la parroquia de San Andrés (Santo Domingo),
fue Primer Capellán titular de la Capellanía fundada por Juan de Aybar (12 de
agosto de 1709) con oblata en el Hospital de San Andrés, y también primero de
la fundada por su tío Rodrigo de Acevedo Cid con oblata en el Convento
Dominico (Santo Domingo, 29 de abril de 689). AHASD. Libro I Capellanías,
años 1732-1754, ff. 102, 116. Consta que en el Censo del 24 de enero de 1747
era propietario de un hato de ganado en la ribera del río Haina (Valle de Santa
Rosa), «con un mayoral que lo cuida», que accedió a cederlo para crear el
curato de Haina. AGI. Santo Domingo, Leg. 286. Antonio Camilo González.
Documentos de Baní, vol. I. Baní, Editora Andújar, 1986, pp. 83 y 97. Sin
duda, por su grado académico, obtenido en la Universidad de Santo Tomás en
1756 en la Facultad de Artes, se le dio siempre el tratamiento de Maestro. Una
vez dictado su testamento ante el escri- bano Antonio Pérez, falleció en Santo
Domingo el 30 de diciembre de 1774 y

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Clérigos de raza negra o sus descendientes en Santo Domingo colonial, siglos XvII- 3

fue sepultado en el presbiterio de la Capilla del Hospital de San Andrés del que
había sido Capellán. AHASD. Catedral. Libro VI Defunciones, años 1767-
1778,
f. 11. Cipriano de Utrera. «Don Luis Franco de Acevedo». Boletín del Archivo
General de la Nación, año II, no. 63, p. 376. Ciudad Trujillo (Santo Domingo),
octubre-diciembre de 1949). Vetilio M. Valera Valdez. Baní. Raíces
Históricas. Genealogía de Familias Dominicanas. Santo Domingo, Editora
Taller, 1998,
p. 35. Cipriano de Utrera. Universidades…, p. 218. Carlos Larrazábal Blanco.
Familias Dominicanas, vol. I, pp. 31-32.

7.- Francisco de Acevedo Olaverría (Santo Domingo. 1711-1765). Her-


mano menor del anterior, hijo también de José de Acevedo de la Cid y María
Nicolasa Olaverría, y con una historia familiar común. Es posible, que como
sucedió con su hermano mayor, recibiera el bautismo en su casa de manos del
padre Miguel de Heredia, S.J., del Colegio de los Jesuitas, y como «hijo de la
Iglesia», le impuso el óleo y crisma en la Catedral el padre Diego Camarena el
19 de mayo de 1711, a los 21 días de nacido. AHASD. Catedral. Libro V
Bautis- mos, años 1697-1711, f. 169v, no. 2. Al parecer, no pasó de minorista
(algunos lo consideraban solo clérigo tonsurado), pero sí obtuvo una Maestría
en Filosofía en la Universidad de los Dominicos en fecha cercana a 1725,
cuando ya su her- mano Lázaro era sacerdote. Fue elegido Tercer Titular de la
Capellanía fundada por Isabel del Castillo Jáquez con oblata en la Catedral de
Santo Domingo (15 de diciembre de 1729). AHASD. Libro I Capellanías, años
1732-1754, f. 104.
De ambos hermanos, y en gestión de alguna prebenda, el arzobispo Anto-
nio Claudio Álvarez de Quiñones (1687-1736) aseguraba al rey Carlos III de
Borbón (Santo Domingo, 3 de diciembre de 1724) que los Acevedo eran «de
especial modestia y compostura […] sin que su proceder se pueda censurar sin
notoria temeridad y falta de cristiandad, a que se añade que son hijos del
alférez José de Acevedo». AGI. Santo Domingo, 316. No consta que
ascendiera en su marcha a las órdenes mayores, ni que contrajera matrimonio.
Y, si no se trata de un error —el nombre propio está un poco alterado—,
falleció el 8 de agosto de 1765 y fue sepultado en la Capilla de la Orden
Tercera de Santo Domingo, habiendo dictado testamento ante el escribano público
Esteban López. AHASD. Catedral. Libro V Defunciones, años 1758-1767, f.
151v. no. 2. Cipriano de Utre- ra. «Anecdotario Histórico: don Luis Franco de
Acevedo». Boletín del Archivo General de la Nación, año XII, no. 63, p. 377.
cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 15-34. ISSN: 0009-
3 JOSÉ LUIS SÁEZ RAMO
Ciudad Trujillo (Santo Domingo), octubre-diciembre 1949). José Luis Sáez
Ramo. La Iglesia y el negro esclavo

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 15-34. ISSN: 0009-
Clérigos de raza negra o sus descendientes en Santo Domingo colonial, siglos XvII- 3

en Santo Domingo…, p. 64. Carlos Larrazábal Blanco. Familias dominicanas,


vol. I, p. 31; Los negros y la esclavitud en Santo Domingo…, pp. 139-140.

8.- Nicolás Antonio de Valenzuela Hinojosa (Santo Domingo, 1741-


c.1792). Era el menor de los tres hijos y el único varón del teniente Baltasar de
los Reyes Valenzuela y Gregoria Hinojosa, negros esclavos del alférez Pedro
Francisco Dupré, casados y velados el 4 de septiembre de 1728. AHASD. Ca-
tedral. Libro IV Matrimonios, años 1723-1753, ff. 72v-73. Consta que recibió
el óleo y el crisma en la Catedral el 26 de diciembre de 1741, puesto que el
cura de San Lázaro le «había echado agua en casa», sin duda a causa de una
gravedad del niño. AHASD. Libro VII Bautismos, años 1741-1748, f. 22v.
Carlos Larrazábal Blanco. Familias dominicanas, vol. IX, pp. 16-17. Obtuvo
el grado de Maestro en Artes por la Universidad de Santo Tomás (30 de mayo
de 1754), y el Doctorado en Teología en la misma (20 de abril de 1767). AGI.
Santo Domingo 1107.
Al ser solo Clérigo de Menores, fue nombrado Sacristán Mayor de San
Juan Bautista de Bayaguana (10 de octubre al 5 de diciembre de 1755), y luego
Sa- cristán Mayor Interino del Hospital de San Nicolás de Bari en Santo
Domingo (1757-1758). Una vez ordenado Sacerdote el 8 de septiembre de
1758, por el recién llegado arzobispo Felipe Ruiz de Auzmendi (1757-1766) —
en un expe- diente enviado a la corona se decía que «por parte de su madre
tiene un cuarto oscuro» (AGI. Santo Domingo, 1112)—, fue cura titular de
Bayaguana (1760- 1764), y a continuación teniente cura de la Catedral (1764-
1782). AHASD. Ca- tedral. Libro XIV Bautismos, años 1774-1776, ff. 3-207.
Máximo Coiscou Hen- ríquez, «Documentos del Archivo de Indias. Misión en
el AGI, vol. III». Boletín del Archivo General de la Nación, año IX, no. 46-47.
Ciudad Trujillo (Santo Domingo), mayo-agosto 1946, pp. 146-151.
Siendo profesor en la Universidad Real y Pontificia de Santo Tomás,
funda- da y dirigida por los dominicos, fue electo Rector para el periodo
1777-1779, el primer caso de su historia en que no era Rector un dominico.
Quizás por esa misma razón, los dominicos le crearon inconvenientes, incluso
obstaculizán- dole el acceso a los archivos de la institución, aunque el Dr.
Valenzuela acudió al Consejo de Indias y al mismo Carlos III de Borbón, y
ambos decidieron a su favor. Cipriano de Utrera. Universidades…, pp. 450-
456. El mismo rey, el 15 de febrero de 1782, lo nombró Racionero del Cabildo,
puesto dotado de 672 pesos, y poco más de tres años después, el 11 de agosto
de 1784, lo ascendió

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 15-34. ISSN: 0009-
3 JOSÉ LUIS SÁEZ RAMO

a la categoría de Canónigo, en cuya posición falleció hacía 1792. Cipriano de


Utrera. Noticias Históricas, vol. II, p. 222 y vol. V, p. 238. Raymundo M. Gon-
zález de Peña. «Nómina de los prebendados…», pp. 267-268.

Fuentes documentales

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Santo Domingo 316, 318, 905, 1107 y 1112 e Indiferente
537 Archivo Histórico Nacional, Madrid. Códices I. 754.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro I
Capellanías años 1732-1754.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro II
Capellanías, años 1749-1753.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro II
Bautismos, años 1638-1673.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro III
Bautismos, años 1673-1680.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro IV
Bautismos, años 1687-1696.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro V
Bautismos, años 1697-1717.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro VI
Bautismos, años 1741-1748.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro IX
Bautismos, años 1753-1758.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro XIV
Bautismos, años 1774-1776.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro III
Matrimonios, años 1674-1719.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro IV
Matrimonios, años 1723-1753.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro II
Defunciones, años 1702-1718.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro III
Defunciones, años 1718-1741.

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Clérigos de raza negra o sus descendientes en Santo Domingo colonial, siglos XvII- 3

Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro IV,


Defunciones, años 1741-1750.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro V
Defunciones, años 1758-1767.
Archivo Histórico del Arzobispado de Santo Domingo. Catedral. Libro VI
Defunciones, años 1767-1778.
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Entierros, años 1666-1701.

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4 JOSÉ LUIS SÁEZ RAMO

CLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 35-91.


ISSN: 0009-9376

La fuga de esclavos de la colonia francesa a la


colonia española de Santo Domingo, la fundación del
pueblo de
los Minas, y la resistencia y solidaridad de los negros libres
Amadeo Julián1

Inicios de la colonia francesa de Saint-Domingue

Entre 1630 y 1640 un grupo de franceses e ingleses se apoderó de la isla de


la Tortuga, situada al noroeste de la isla de Santo Domingo. En este primer
asiento llegaron a predominar los franceses, que, posteriormente, pasaron a
ocupar el te- rritorio contiguo y más extenso de la parte occidental de la isla de
Santo Domin- go, que había sido abandonado por los españoles durante las
devastaciones de los pueblos y de los hatos, haciendas y estancias en 1605 y
1606. En 1665 entre la Tortuga y la costa de Santo Domingo se contaban
alrededor de 400 hombres, mientras que en 1677 su número se había elevado a
unos 3,500.2
Después de una fase caracterizada por la presencia de bucaneros y
filibusteros, que se dedicaban a la caza del ganado que los españoles habían
dejado abando- nado, y se había convertido en montaraz o cimarrón, y en los
asaltos a las em- barcaciones, se inició el proceso de ocupación y colonización
del territorio, para la producción de cultivos de exportación. En principio,
predominó el cultivo del

1
Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia y secretario de la Junta
Directiva (2016-2019).
2
Oliver Pétreé-Grenovilleau. Nantes au temps de la traite des Noirs. Paris, Hachette,
cLÍO, Añop.87,
1998, 26.n.º 195, enero-junio 2018, pp. 15-34. ISSN: 0009-
35
3 AMADEO JULIÁN

tabaco, cuya producción era reexportada por los holandeses, tanto de los
territo- rios ocupados por los franceses como por los ingleses.
A partir de 1630 se produjo una baja del precio del tabaco en los mercados
de Londres y Ámsterdam, lo cual unido a la guerra entre Inglaterra y las
Provincias Unidas, afectó el desarrollo de la producción. Además, en 1674, se
estableció en Francia la renta del tabaco y se estimuló la producción en la
metrópoli y la im- portación de tabaco de las colonias inglesas de América del
Norte. La decisión del gobierno de arrendar en el mes de noviembre de 1674,
«el monopolio de la venta de todo el tabaco cultivado en Francia o importado
del exterior, ya fuese de las colonias francesas o de países extranjeros», afectó,
principalmente, a la colonia francesa de Santo Domingo.
El tabaco era la principal fuente de ingresos de la colonia y anualmente
eran utilizados en su transporte de 70 a 80 navíos. El «arrendamiento no tardó
en con- vertirse en una catástrofe». Se acusaba a los agentes del arrendatario,
de forzar a los plantadores a venderles el tabaco a bajo precio, para revenderlo
a un precio tan alto que «al cabo de algunos años, y en 1680, el consumo
metropolitano ha- bía disminuido a la mitad».3
Al producirse la crisis del tabaco, se desarrollaron otros cultivos. En el con-
junto de las posesiones francesas se comienza a producir algodón, índigo, bija,
y caña de azúcar. El índigo tuvo un gran auge y se convirtió en la década de
1670, en el principal producto de la economía de Santo Domingo. El primer
impuesto real fue el que gravó el índigo, con una tasa de dos soles por libra.4
La expulsión del Brasil, de los judíos y los holandeses, contribuyó al desa-
rrollo de la producción de azúcar, en las pequeñas Antillas, a partir de la
década de 1670. En 1683, se produjeron 9,347 toneladas, 5 principalmente en
Martinica y Guadalupe, ya que la colonia francesa de la parte occidental de
Santo Domin- go, todavía en 1685 no poseía ningún ingenio o fábrica de
azúcar. Por el contra- rio, en Martinica funcionaban 184 ingenios y en
Guadalupe, 86.6

3
Charles Frostin. Les révoltes blanches à Saint-Domingue aux XVIIe et XVIIIe siècles.
Haïti avant 1789. Paris, L’ École, 1975, p. 120.
4
Michel Hector y Claude Moïse. Colonisation et esclavage en Haïti. Le régime colonial
français à Saint-Domingue (1625-1789). Port-au-Prince, 1990, p. 60.
5
Oliver Pétré-Grenovilleau. Nantes…, p. 27.
6
Charles Frostin. Les révoltes blanches à Saint-Domingue…, p. 54.

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La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 3

En los seis años posteriores a 1685, la colonia francesa de Saint-Domingue,


experimentó el inicio de un desarrollo del cultivo de la caña de azúcar y de la
ins- talación de los primeros ingenios. Al mismo tiempo que se producía la
llegada de un número mayor de esclavos, se daba una disminución del número
de pequeños plantadores y de contratados o comprometidos (engagés). Antes
de 1690 ningún ingenio o plantación de azúcar se había establecido. En 1692,
en la parroquia de Léogane, además de algunos pequeños establecimientos de
tabaco, existían 54 plantaciones de índigo y una sola plantación o ingenio de
azúcar.7
En 1700 el precio de la tierra había subido considerablemente, en vista de
la demanda para establecer plantaciones de índigo, y sobre todo, ingenios
azucare- ros. En ese año el número de ingenios o fábricas de azúcar ascendía a
18, y al año siguiente molían 35 ingenios, otros 20 estarían listos para moler en
tres meses, y 90 estaban comenzados.8 En 1704, a pesar de la Guerra de
Sucesión española, el número de ingenios en actividad era de 120 y en el año
de 1713, el número de estos establecimientos se estabilizó en 138. Las
plantaciones de índigo localizadas principalmente en el departamento o
parroquia de Léogane, que en 1692 solo eran 54, se extendieron por todo ese
territorio, y en 1713 alcanzaban la cifra de 1,182.

Población de la colonia francesa en los primeros años.


Número de esclavos

Los primeros informes sobre la población esclava de las colonias francesas


del Caribe, son del año 1664, pero se trata más bien de estimaciones porque
«casi todos los habitantes trataban de disimular una parte de sus negros para
evi- tar el derecho de capitación».9 Los informes tampoco podían ser exactos,
porque una parte de los negros eran introducidos de contrabando.
Hasta 1681 no contamos con datos, estimados o no, de la población de la
co- lonia francesa de Saint-Domingue, ya que los anteriores a esa fecha se
refieren a

7
Méderic Louis Elie Moreau de Saint-Méry. Description de la partie française de l’Isle de
Saint-Domingue. Paris, Société de L’Histoire des Colonies Fraçaises et Librairie Larose,
1958. Tomo II, p. 1110. Ver también Charles Frostin. Les révoltes blanches à Saint-
Domingue…, p. 55.
8
Charles Frostin. Les révoltes blanches à Saint-Domingue…, p. 54.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 35-91. ISSN: 0009-
3 AMADEO JULIÁN
9
Lucien Peytraud. L’esclavage aux Antilles Françaises avant 1789 d’après des documents
inédits des Archives coloniales. Pointe-à-Pitre, Émile Désormeaux, 1973, p. 132.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 35-91. ISSN: 0009-
La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 3

Martinica, San Cristóbal y Guadalupe. En 1681 se hizo un primer padrón o


censo, que arrojó la cantidad de 2,102 esclavos negros, 210 libertos y 4,336
blancos, para un total de 6,648 habitantes. En las primeras plantaciones de
índigo se requerían de 10 a 12 esclavos, por tratarse de establecimientos más o
menos modestos.
Entre 1681 y 1713 la población de la colonia francesa de Saint-Domingue
tuvo el crecimiento, que se muestra en el siguiente cuadro:

Cuadro No. 1
Población de la Parte Francesa de Saint-Domingue
Años Blancos Libertos Esclavos
1681 4,336 210 2,102
1687 4,411 224 3,338
1700 4,074 500 9,082
1713 5,709 1,117 24,146
Fuente: Frostin, Charles. Les révoltes blanches à Saint Domingue…, p. 28.

Mientras en 1681 y 1687 la población blanca es mayor que la esclava, en


1700 esta última era más del doble de la primera y en 1713 mientras la
población blanca apenas tuvo un ligero crecimiento, la población esclava fue
más de cuatro veces mayor que aquella.
En términos comparativos, se ha analizado el comportamiento demográfico
y la producción de azúcar de las colonias francesas entre sí y de estas con las
co- lonias inglesas, y se han hecho los siguientes comentarios: «En 1700 había
cerca de 30,000 esclavos en las colonias francesas —6,700 en Guadalupe,
14,200 en Martinica y 9,000 en Santo Domingo— comparado con 100,000 en
las colonias inglesas. Mientras había 30,000 blancos en las islas inglesas,
existían solamente cerca de 14,000 blancos en las francesas. El azúcar
producido por las colonias francesas fue de alrededor de 10,000 toneladas
comparadas con 25,000 tone- ladas exportadas por las islas inglesas, cerca del
año 1700. Para 1714-1715, el total de población esclava de las colonias
francesas creció a más de 50,000, con 26,900 en Martinica y 24,000 en Saint-
Domingue».10

10
Robin Blackburn. The making of the New World Slavery. From the Baroque to the

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 35-91. ISSN: 0009-
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La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 4

Primeros esclavos fugados de la colonia francesa a la española

Cuando todavía la población esclava de la colonia francesa de Saint-


Domin- gue, en la década de 1670, no había sobrepasado la cantidad de 2,000
esclavos, comenzó a producirse la fuga de algunos, que individualmente o en
pequeños grupos, pasaron a la vecina colonia española de Santo Domingo.
La vecindad de ambas colonias facilitaba las fugas, ya que al compartir la
misma isla, podían hacerse por la vía terrestre, a diferencia de las fugas de los
esclavos de las colonias holandesas y danesas a las colonias españolas de Ve-
nezuela y Puerto Rico, que tenían que hacerlo por la vía marítima. Lo mismo
sucedía con los esclavos de Jamaica que se fugaban a Cuba. Este último tipo de
fuga ha recibido el nombre de «cimarronaje marítimo». Esta sería una nueva
modalidad que se agregaría a la distinción entre «pequeño cimarronaje»,
cuando las fugas son breves o temporales, y «gran cimarronaje», cuando tienen
un ca- rácter permanente.11

11
Cfr. N. A. T. Hall «Maritime Marrons: Grand Marronage from the Danish West Indies».
En Hilary Beckles y Verene Shepherd. Caribbean Slave Society and Economy. New
York, The New Press, 1991, pp. 387-400. Hay una edición ampliada, más reciente de
esta obra: Kingston, Oxford, Princeton, 2000. En esta edición el trabajo de Hall se
localiza en las páginas 905-918. Ramón Aizpurúa. «En busca de la libertad: los esclavos
fugados de Curazao a Coro en el siglo XVIII». En II Encuentro para la promoción y
difusión del patrimonio folclórico de los países andinos. Memorias. Santa Ana de Coro,
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4 AMADEO JULIÁN

La primera noticia que tenemos de esclavos de la colonia francesa, que ha-


bían huido y se encontraban en la colonia española, es de 1675. En ese año, fue
dictada una Real Cédula que se refiere a la situación de dichos esclavos. En
efec- to, por Real Cédula del 15 de junio de 1675, se mandó al presidente de la
Real Audiencia de Santo Domingo que ordenara a los Oficiales Reales vender
todos los esclavos que se habían huido de la colonia francesa y se encontraban
en la colonia española de la isla de Santo Domingo. La venta ordenada no se
llevó a cabo por haberse opuesto a la misma algunos españoles residentes en la
ciudad de Santo Domingo, que preferían servirse de dichos negros, y cobrar los
jornales que estos ganaban.

Concesión de libertad a los esclavos fugados. Fundación de los Minas

En lugar de ser vendidos o dejados en poder de los colonos españoles, esos


esclavos fueron puestos en libertad por la Real Audiencia. Esta solución fue
adoptada, después de un juicio, en el cual se tuvo en cuenta que no se tenía nin-
gún título para poder declarar como esclavos pertenecientes a la Real Hacienda
todos aquellos que hubieran sido legítimamente esclavos de los franceses y sa-
lido de sus dominios por haberse fugado y buscado refugio en la parte
española. Asimismo, se consideró que no se trataba, tampoco, de esclavos
adquiridos por los franceses a consecuencia de actividades de piratería
contra los españoles o robados de cualquier otra manera a colonos de esta
nacionalidad, por lo que no procedía que fueran entregados a sus dueños, como
era costumbre hacerlo. Pero, la causa determinante para conceder la libertad a
los esclavos huidos de la colonia francesa era la que el gobernador interino
Juan de Padilla Guardiola y Gusmán, revelaba cuando afirmaba que «también
se consideró que con el me- dio de darles libertad se invitaría a los demás que
pueblan y cultivan la banda del norte para que la desamparasen, y el enemigo
experimentase este modo de hostilidad…».12
En efecto, la noticia de la libertad concedida a los esclavos huidos de la
colonia francesa produjo el resultado esperado. Desde los inicios del gobierno

12
Carta del gobernador interino Juan de Padilla Guardiola y Gusmán al rey. Santo
Domingo, 25 de octubre de 1677. Archivo General de Indias (En lo adelante AGI),
Santo Domingo,
63. Publicada en la revista Eme Eme. Estudios Dominicanos, Vol. V, N° 25, Santiago de
los Caballeros, República Dominicana, julio-agosto de 1976, pp. 147-148.

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interino de Juan de Padilla Guardiola y Gusmán, se habían huido de la colonia


francesa y pasado a la colonia española 12 negros. En el año de 1677, el
referido gobernador interino informaba «que el número de estos negros con las
mujeres llega a cincuenta personas y que andaban perdidos mendigando.» En
vista de su número, de la situación de pobreza que les afectaba, y para
aprovecharlos en las la- bores agrícolas necesarias para el abastecimiento de la
ciudad de Santo Domingo, o emplearlos, eventualmente, como parte de la tropa
en caso de que así lo deman- dara la defensa de la ciudad, los negros ya
declarados libres fueron recogidos y asentados en unas tierras baldías, a una
legua de distancia, en el lado oriental del río Ozama, en donde quedó
establecido el pueblo de San Lorenzo de los Minas.
El gobernador Juan de Padilla Guardiola y Gusmán, al referirse a la
ejecución de su política y a los objetivos de la misma, señala los
procedimientos empleados de esta forma: «los he recogido y congregado en
unas tierras baldías que distan […] una legua de esta ciudad para que hagan
población que ya la han comenzado con el nombre de San Lorenzo espero que
ha de ser de mucho útil a esta Plaza así para que no falten los bastimentos
como porque puede ser que en breve llegue la noticia a más de dos mil negros
que tiene el francés, en excesivo afán que por saber de él y ser libres se vendrán
y se aumentará mucho dicha población que servirá también para tomar las
armas cuando se ofrezca sin ningún costo de Vuestra Ma- jestad y en el ínterin
los que aquí hay dispuesto se adiestren en las lanzas».
El pueblo de San Lorenzo de los Minas fue establecido, sin dudas, a más
tardar, en 1677, durante el gobierno interino del oidor don Juan de Padilla
Guar- diola y Gusmán no solo porque así lo hiciera saber al rey el mismo
funcionario colonial, por su carta del 25 de octubre de 1677, sino por quedar
corroboradas las informaciones sobre dicha fundación por otros documentos.
Pocos meses después de la carta del gobernador interino, Juan de Padilla
Guardiola y Gusmán, el arzobispo de Santo Domingo, fray Domingo Fernán-
dez de Navarrete, el 14 de agosto de 1678, escribió al rey una carta en la cual
le informaba «que de los negros que se han pasado del enemigo se ha formado
un pueblecillo dos leguas de esta ciudad, y porque cada día se va aumentando,
necesita mucho de educación y enseñanza; el orden y disposición lo dará Vuestra
Majestad con su católico celo».13

13
Fray Cipriano de Utrera. Juan de Padilla Guardiola y Guzmán. Santo Domingo, 1930.
Reproducido en Emilio Rodríguez Demorizi. Familias hispanoamericanas. Ciudad

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4 AMADEO JULIÁN
Trujillo, Editora Montalvo, 1959. Vol. I, p. 55.

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Asimismo, a la fundación del pueblo de San Lorenzo de los Minas por el


oidor Juan de Padilla Guardiola y Gusmán se refiere la Real Cédula dirigida al
fiscal de la Audiencia, del 25 de noviembre de 1679, en la cual el rey expresa
haberse enterado por la carta del fiscal del 24 de marzo de 1679, de la situación
«de los es- clavos fugitivos de franceses que había en esa ciudad que se reducen
a tres clases, y que habiendo sido los más declarados en justicia por libres, les
formó pueblo el oidor don Juan de Padilla gobernando en ínterin esa isla, y los
hizo trabajar en la obra de la muralla, y siendo 16 llegaban ya a más de 60 los
libres, porque con la noticia de la libertad se huyen mucho del francés, y se
aumentan cada día».14
Movido por su preocupación acerca del adoctrinamiento religioso de los
ne- gros libres del pueblo de los Minas, y el aumento de su población, el
arzobispo Fernández de Navarrete volvió a escribir al rey, el 18 de julio de
1679. A pesar de haberse fundado el pueblo por el gobernador interino Padilla,
la forma de gobierno a que estaba sometido, bajo el control o dirección de un
cabo español, que hacía trabajar a los pobladores un día a la semana en su
provecho, había impedido una mayor concentración de negros libres en el
mismo. Por eso el arzobispo escribía al rey: «Actualmente quedo solicitando se
junten los negros huidos del francés donde puedan ser instruidos en nuestra
santa ley y recibir el bautismo los que aún no están bautizados. Para que se
conserven y vivan con quietud y puedan acudir al servicio de Vuestra Majestad
parece será a propósito el que Vuestra Majestad les señale por protector a
alguno de vuestra Real Audiencia y que les dejen en su pue- blo con su cura, sin
ponerles cabo español a quien hayan de servir un día cada se- mana, como le
tienen hoy, causa de no haberse congregado en un lugar, y haberse seguido
desconsuelos a estos miserables». El arzobispo ponía el ejemplo del pue- blo de
indios de Boyá y abogaba por el modelo de gobierno con cierta autonomía
relativa, que se había adoptado en ese caso. En ese sentido agregaba, «si el
pueblo de indios de la villa de Boyá, se gobierna por si, sin dar molestia alguna,
y sin que español se meta con ellos, parece que los negros podrán gobernarse
también así».15

14
Real Cédula al Fiscal de la Audiencia de Santo Domingo sobre los esclavos fugitivos de
franceses. Aranda del Duero, 25 de noviembre de 1679. AGI, Santo Domingo, 874, Lib.
21, fol. 60v. Publicada en Richard Konetzke. Colección de documentos para la historia
de la formación social de Hispanoamérica. Madrid, Consejo Superior de
Investigaciones Científicas, 1958, Vol. II, Tomo II, N° 468, p. 688.
15
Carta de fray Domingo Fernández Navarrete al rey. Santo Domingo, 18 de julio de 1679.

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En Emilio Rodríguez Demorizi (Comp.) Relaciones históricas de Santo Domingo.
Ciudad Trujillo, 1957. Vol. III, p. 35.

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Atribución de la fundación de los Minas al gobernador


Segura y Sandoval

No obstante, en otro documento de fecha posterior se atribuye al


gobernador Francisco de Segura y Sandoval la fundación del pueblo de San
Lorenzo de los Minas. En efecto, en la Real Cédula del 3 de septiembre de
1680, dirigida por el rey a Segura y Sandoval, se expone que este último en
carta del 23 de marzo de 1679 decía haber ordenado dar vista al fiscal de la
Real Cédula del 2 de junio de 1678, por la cual el rey había mandado que «se
vendiesen los esclavos fugitivos de franceses que hubiesen» en la Isla, «para que
pidiese su cumplimiento y se aplicase su procedido a la obra de la muralla y que
la Audiencia declaró no poderse vender, sino lo que los españoles hubiesen
apresado dándose por buena presa, por lo cual se han vendido muy pocos por
falta de caudal de los vecinos y considerar que se han de volver al enemigo y
con la voz de la libertad se vendrán otros por cuyos motivos decía haber
sobreseído en lo mandado, y les habéis señalado sitio y formándoles pueblo
con persona que los gobierne y ministro docto que los administre».16
Después de haberse visto el asunto en el Consejo de Indias, y oído el dic-
tamen del fiscal, el rey dispuso que «los esclavos que vinieren huidos de los
enemigos y tuvieren dueños» en la ciudad de Santo Domingo o en otras partes
de la isla, se debían «entregar a los que constare legítimamente ser sus dueños,
y por lo que mira a los que vinieren huidos de personas», que no fueren
vasallos españoles, «en seguimiento de su libertad se les debe dar, y en cuanto
a los que fueren cogidos de personas particulares de esa isla, si después se
huyeren y vi- nieren a ella en el ínterin que constare el dueño de cada uno, se
podrán aplicar para los reparos de la muralla, y los que trabajaren y hubieren
trabajado también se podrán aplicar al mismo fin…».

Nombramiento de Cura. Problemas religiosos. Esclavos sin bautizar

Con motivo de haber el gobernador Segura y Sandoval nombrado como


cura del pueblo de San Lorenzo de los Minas a fray Bernardino de San Juan,
religioso

16
Real Cédula al maestre de campo don Francisco de Segura, gobernador y capitán general
de la Isla Española. Madrid, 3 de septiembre de 1680. AGI, Santo Domingo, 874, Lib.
21, fol. 181v. Publicada en Richard Konetzke. Colección de documentos para la

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historia de la formación social de Hispanoamérica, Vol. II, Tomo II, N° 483, p. 708.

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de la Orden de San Francisco, fue dictada la Real Cédula del 12 de noviembre


de 1681, por la cual se ordenó al mencionado gobernador que informara al rey
los motivos que tuvo para hacer ese nombramiento.
En carta del 10 de agosto de 1683, el gobernador expuso que por Real
Cédu- la del 25 de noviembre de 1679 se le mandó que cuidara a los esclavos
huidos de la colonia francesa y les formara pueblos, a los que fueran llegando,
«agasa- jándoles lo posible porque se puede temer se arrepientan y vuelvan a
los suyos». En vista de esa Real Cédula, el gobernador Segura y Sandoval, en
carta del 8 de junio de 1681, informó al rey «el buen tratamiento que se les
daba y que se les había formado un pueblo (en que hoy se mantienen) gozando
de su libertad, y otras cosas, y que se disponía formarles iglesia donde se les
pondría un sacerdote que les administrase los sacramentos, y que el que hasta
entonces les asistía era el dicho religioso quien los había instruido en nuestra
santa fe católica trabajan- do en este ministerio tan principal con mucho
desvelo pues los más de ellos no eran cristianos cuando vinieron». Lo que
quiere decir, que eran esclavos boza- les, recién llegados a la colonia francesa,
que todavía no habían sido bautizados cuando se fugaron y pasaron a la colonia
española. También informaba el go- bernador Segura y Sandoval al rey, que
fray Bernardino de San Juan, en «todas las fiestas les decía su misa en la
capilla de este Real Palacio, y en acabando este sacrificio se le pasaba muestra
y rezaban la doctrina (a cuyos ejercicios acudo yo personalmente)».17
Sobre el nombramiento de fray Bernardino de San Juan como cura de San
Lorenzo de los Minas, explicaba el gobernador que lo había hecho de manera
verbal, por «considerarle a propósito por sus amables prendas, ser un religioso
docto, lector de teología en su convento, y que en esta ciudad no hay persona
que me lo parezca tan a propósito, habiendo de concurrir en ellas las partes
referidas, por la falta de estudios». También agregaba el gobernador una
información que se refiere a la fundación del pueblo, y a su intervención en ese
hecho, al explicar que del cura «no se hizo nombramiento en forma por parecer
intempestivo res- pecto de no estar edificado el pueblo ni la iglesia…». El
parecer del gobernador, además, era «no solo de que en atención del inmenso
trabajo que ha tenido en cinco años continuos que ha que lo tiene a su cargo, se
le despache nombramien- to con toda solemnidad», sino que «se vincule en
su convento esta capellanía

17
Carta del gobernador Francisco Segura y Sandoval al rey. Santo Domingo, 10 de agosto
de 1683. AGI, Santo Domingo, 72, Ramo IV, Doc. 86.

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o curato para siempre de manera que en faltando este religioso por cualquiera
causa que suceda el Prelado que fuera de él, nombre otro de las prendas que se
requieren que entre en su lugar a servirle habiéndolo conferido por el
presidente de esta Real Audiencia como vice patrono, y con el arzobispo de
esta Santa Igle- sia de quien para que lo pueda ejercer ha de tener su
aprobación…».
También en otro documento de fecha muy posterior, se atribuye al
goberna- dor Segura y Sandoval la fundación del pueblo de San Lorenzo de los
Minas. En la versión sobre la fundación del pueblo dada por el abogado de los
jesuitas en el pleito sostenido entre los negros de los Minas y los jesuitas, en
1714, se señala que «habiendo pasado el maestre de campo don Francisco de
Segura, presidente gobernador y capitán general que fue de esta Isla, a fulminar
causa de amancebamiento a Luis Estévez de Melo y privándole por este delito
de un pedazo de tierra, que junto a las de mi parte poseía, se la aplicó a dichos
negros para fundación de su pueblo y cultivo de sus labranzas».18
De todo lo anterior resulta, que el pueblo de San Lorenzo de los Minas fue
primeramente fundado por el oidor Juan de Padilla Guardiola y Gusmán, a más
tardar, en 1677, mientras fue gobernador interino de la colonia española en
unas tierras baldías, a una legua de la ciudad de Santo Domingo, en la parte
oriental del río Ozama, y que, posiblemente, en 1679, el gobernador Francisco
Segura y Sandoval, en ese mismo lugar o en sus inmediaciones, en unas tierras
colindan- tes a seis caballerías de tierras propiedad de los jesuitas, en el lugar
llamado de El Tablazo, restableció o fundó de nuevo el pueblo.

18
Fray Cipriano de Utrera. «San Lorenzo de los Minas». En Santo Domingo. Dilucidaciones
históricas. Santo Domingo, 1927. Edición fascímil Santo Domingo, Secretaría de
Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos, 1978, Tomo I, p. 189. Lo citado también se
encuentra en fray Cipriano de Utrera. «Juan de Padilla Guardiola y Guzmán»,
reproducido en Emilio Rodríguez Demorizi. Familias hispanoamericanas, Vol. I, p. 57.
Fray Cipriano de Utrera no conoció la carta del gobernador interino, Juan de Padilla
Guardiola y Gusmán, del 25 de octubre de 1677, en la cual este dice que el pueblo de
los Minas se encontraba a una legua de la ciudad de Santo Domingo, y se basaba en la
carta del Arzobispo Fernández de Navarrete, del 14 de agosto de 1679, en la cual se
estimaba esa distancia en dos leguas, para llegar a la siguiente conclusión: «Por todo lo
cual bien podemos tener por cosa cierta que dicho pueblo fue primitivamente fundado a
dos leguas distante de Santo Domingo, por los cuidados de D. Juan de Padilla;
trasladado en el gobierno de Segura al lugar donde está, y confirmado su asiento actual
en el gobierno de Pérez Caro». Fray Cipriano de Utrera. Juan de Padilla Guardiola y
Guzmán. En Emilio Rodríguez Demorizi. Familias hispanoamericanas, Vol. I, p. 57.

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Oposición del arzobispo al nombramiento del cura de los Minas

A la medida tomada por el presidente de la Real Audiencia, sobre el


nombra- miento de fray Bernardino de San Juan, como cura del pueblo de San
Lorenzo de los Minas, se opuso el arzobispo fray Domingo Fernández de
Navarrete, por ser el cura miembro del clero regular, y no tener el prelado
sobre este suficiente poder y autoridad. Por esta causa el arzobispo prefería que
el cura perteneciera al clero secular. En carta al rey, del 26 de agosto de 1683,
el arzobispo expone que «del nombramiento que vuestro presidente hizo en el
padre fray Bernardino de San Juan para ministro de los negros que se huyen
del francés agregados en el pueblo de San Lorenzo a la otra parte del río, tengo
informado a Vuestra Majes- tad y aunque se puede creer que fue buena la
intención del presidente si hubiera comunicado conmigo y manifestádome su
ánimo no dudo se hubiera ejecutado su gusto y voluntad si bien no viniera
jamás en colarle el curato al religioso sin expresa orden de Vuestra Majestad.
Estoy, señor, firme en mi dictamen de no gastar sean curas los Regulares: no
me parece he flaqueado en este parecer. Si en alguna ocasión he dado a
entender lo contrario persuadome a que ha sido yerro de pluma, o borrón de
escritura que es preciso valerme de ellos, porque no puedo mandarles como a
los seculares».19
Al mismo tiempo, el arzobispo reiteró la opinión, que ya había hecho co-
nocer al rey, en el sentido de que el pueblo de los Minas fuera agregado a la
parroquia de Santa Bárbara. Para hacer esa recomendación, el arzobispo
expuso que «será muy fácil el que de esta manera sean bien administrados, y si
creciere el número, se les pondrá cura aparte a quien se le repartirá su porción
de la mesa capitular».20 Por Real Cédula del 30 de diciembre de 1684 se
ordenó al Cabildo de la Catedral de Santo Domingo que informara sobre la
propuesta hecha por el arzobispo, de agregar el pueblo de los Minas a la
parroquia de Santa Bárbara.
El Cabildo eclesiástico no se limitó a responder específicamente sobre el
punto de la consulta, y opinó que le parecía «más conveniente que estos negros
no viviesen juntos en pueblo separado, sino segregados unos de otros y en
com- pañía de los españoles así en esta ciudad, como en algunos lugares de la
tierra adentro donde sin la comunicación recíproca pueden olvidar algunos
errores que

19
Carta de fray Domingo Fernández Navarrete al rey. Santo Domingo, 26 de agosto de

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1683. En Emilio Rodríguez Demorizi (Comp.), Relaciones históricas, Vol. III, p. 45.
20
Ibídem.

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se criaron con los franceses y viendo el modo cristiano y sus ejercicios católi-
cos, se les arraigará mejor y más brevemente la doctrina de nuestra santa fe y
se harían más sociables cobrando más amor a la gente española para cualquiera
ocasión de guerra que se ofreciese en esta isla».21
Para sustentar su opinión, el Cabildo de la Catedral expuso que «la expe-
riencia ha enseñado esta verdad, porque habiéndose fundado este pueblo con
cura, puesto por el Reverendo Arzobispo y colado por el Real Patronato de
Vuestra Majestad, ni al cura se sujetan para la doctrina espiritual ni tampoco a
un cabo español que le ha puesto el presidente de esta ciudad, obedecen, como
deben, por componerse de diferentes naciones, cuyos naturales son muy so-
berbios y belicosos, y ordinariamente riñen unos con otros, y se maltratan con
heridas; demás de esto son dados al ocio, y se reconoce en lo poco que
fructifica su trabajo».
Esa opinión del Cabildo Catedralicio es posible que se acerque más a la
rea- lidad, que la propuesta por otros autores, en relación con los negros
conocidos con el etnónimo de Mina. El padre Labat, por ejemplo, tiene de
estos negros una visión idílica, cuyas características tanto económica, social
y hasta moral o espiritual, apreciadas por la simple observación empírica,
describe así: «por lo ordinario no son propios para el trabajo de la tierra,
porque no la cultivan en su país, pero son excelentes par trabajos domésticos y
para los oficios. Tienen honor, razón y buen sentido. Son fieles a sus dueños,
intrépidos en los grandes peligros. No tiene sino el defecto de la fantasía o
nostalgia y cuando acaban de llegar se ahorcan y se envenenan tan
tranquilamente como beberse un vaso de agua de vida. Es preciso tratarlos
con dulzura y razón. Sufren pacientemente el castigo cuando han faltado y
recurren a los últimos extremos cuando tienen problemas con los dueños
brutales y caprichosos. Se ha visto ejemplo de lo que digo en las islas de
América».22

21
Carta del Cabildo Eclesiástico al rey. Santo Domingo, 9 de noviembre de 1685. AGI,
Santo Domingo, 72, Ramo V, Doc. 104.
22
Gabriel Debien. Les esclaves aux Antilles Françaises (XVIIe-XVIIIe siècles), pp. 46-47.
También se refiere a las observaciones del padre Labat, sobre la tendencia al suicidio
de los llamados negros mina. Rafael L. López Valdés. Africanos de Cuba. San Juan de
Puerto Rico, Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, 2002, p. 133.
López Valdés señala que idéntica observación hizo fray Íñigo Abbad y Lasierra, para
los negros mina en Puerto Rico, en su Historia Geográfica, Civil y Natural de la Isla de
San Juan Bautista de Puerto Rico, pp. 133-134.

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Como bien lo señala el Cabildo Eclesiástico, el pueblo de San Lorenzo de


los Minas no estaba integrado por negros provenientes de una sola etnia, aun
cuando es posible que predominaran los llamados negros Minas, lo que le había
dado nom- bre al pueblo, sino de etnias diferentes, que era la causa principal de
los conflictos que se daban entre los mismos pobladores y de la resistencia que
estos oponían al orden económico, social y religioso, que los españoles trataban
de imponerles.23
Para los fines de tener una idea más científica y moderna del problema, hay
que recurrir a las opiniones de los antropólogos e historiadores que han
estudia- do la dificultad que existe en considerar a los negros llamados Mina,
como una etnia o grupo que se diferencia de los demás de origen africano. En
este sentido, se ha afirmado lo siguiente: «También los africanos procedentes
de Costa de Oro fueron llamados negros mina. Bajo la citada denominación
(mina, elmina. El Mina) fueron conocidos en Cuba, Santo Domingo…mine en
Haití, Martinica y Trinidad-Tobago…». Con respecto a Brasil, escribió Nina
Rodríguez a fines del siglo XIX que, «… El fuerte de El Mina o de la Mina por
el que los portugueses iniciaron en gran escala el comercio de esclavos, fue un
emporio de tal orden en ese comercio que los términos africano y mina
llegaron a ser sinónimos».24
Rafael López Valdés, de quien tomamos la anterior información, precisa
aún más las dificultades que se presentan, cuando señala lo siguiente: «En
general, bajo la denominación genérica mina, fueron conocidos distintos
grupos de Costa de Oro y hasta otros de la Costa de los Esclavos. Es por ello
que cuando es usada de forma simple —mina— es imposible discernir a qué
grupo particular se refie- re. Cuando la denominación mina es compuesta, esto
es, que está acompañada de una segunda denominación que la completa, puede
ser posible establecer la identidad verdadera del grupo al que alude… Algunas
de las denominaciones compuestas de mina, indican que se trata de grupos que
no son de Costa de Oro, pero que por alguna razón se les llamó «mina». Y
aunque se trata de una informa- ción, que se refiere a un período tardío de la
colonia francesa de Saint Domingue,

23
Los negros Minas debían su nombre al hecho de que eran reclutados en San Jorge de la
Mina, (Togo), pero no eran originarios de ese punto sino de una amplia zona
circunvecina. A pesar de la diversidad de etnias, que componían los esclavos de esa
procedencia, en un estadio de los conocimientos antropológicos, se había planteado los
rasgos que eran observados para considerar que constituían una comunidad. que

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permitían diferenciarlos de los negros de otras etnias.
24
Rafael L. López Valdés. Africanos de Cuba, pp. 130, 132 y 133.

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el referido autor ha señalado, que «La presencia de africanos de Costa de Oro


en Saint Domingue, la más importante de las colonias francesas del Caribe
entre 1760-1800 fue de las menores. Las proporciones de esclavos de Costa de
Oro en Saint Domingue, entre 1760-1770 fue el 9 % del total de la colonia,
entre 1771- 1780, el 6.3 %, entre 1781-1790, el 7.2 % y entre 1791-1800, el 8.8
%».25
Sin embargo, en Cuba también de una región más al este de Costa de Oro,
y a fines del siglo XVII, llegaron a la isla los negros llamados mina y kromati,
que debían su nombre, «a las factorías negreras de Elmina y Kormantyn,
arrebatadas por los holandeses a portugueses e ingleses en 1637 y 1665,
respectivamente».26 En relación con la procedencia de los componentes
étnicos africanos en Cuba, originarios de la Costa de Oro, se ha indicado que
«con la denominación metaétnica mina referida al conocido topónimo de San
Jorge Elmina, fundado por los portugueses en 1482, proceden esclavos
achanti, fanti, gwa y mina, pro-
piamente dichos».27
Sin embargo, se ha señalado, de forma terminante, que el problema de los
orígenes étnicos de los esclavos que fueron trasladados desde África a Saint
Do- mingue, no se resuelve ni siquiera con un estudio como el de Jean Mettas,
a pe- sar de ser considerado cuando fue publicado el «… más reciente y
exhaustivo estudio del comercio de esclavos francés». De esta obra, se ha
dicho: «Mientras esta fuente puede ser usada favorablemente para lograr un
conocimiento adicional del comercio esclavista francés, por ejemplo, su
extensión numérica y geográfica, tasa de mortalidad durante el viaje,
condiciones a bordo de los barcos, puertos de comercio y de salida de África,
no puede, desafortunadamente, ser empleada exclusivamente para establecer
los orígenes étnicos de la población esclava de Saint Domingue en el siglo
XVIII, ya que los capitanes de los barcos simplemente nunca se molestaron en
indicar (aún si la conocían) las nacionalidades (sic) de los cautivos, sino solo el
puerto o lugar en que habían sido negociados».28

25
Ibídem.
26
Alejandro de la Fuente García. «Esclavos africanos en La Habana: Zonas de procedencia
y denominaciones étnicas, 1570-1699». Revista Española de Antropología Americana,
No. 20, Madrid, 1990, p. 146.
27
Jesús Guanche. Africanía y etnicidad en Cuba. La Habana, Editorial de Ciencias
Sociales, 2009, p. 96.

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La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 5
28
Carolyn E. Fick. The Making of Haiti. The Saint Domingue Revolution from Below.
Knoxville, The University of Tennessee Press, 1997, p. 281, nota 59. Se refere a «Jean

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Por lo que hay que concluir, que en este caso, mina y africano eran sinóni-
mos, como lo señala Nina Rodríguez para el Brasil, y que el pueblo de San Lo-
renzo de los Minas, era el lugar en el cual se concentraron los esclavos huidos
de la colonia francesa, cualquiera que fuera su origen étnico.
En cuanto a la opinión del Cabildo Eclesiástico, veremos a continuación la
de otra orden religiosa que coincide en dar la misma calificación a los negros
de los Minas, como grupo difícil y conflictivo. En último lugar el Cabildo
Ecle- siástico consideraba, que si no obstante su opinión, el rey resolvía que los
negros huidos de la colonia francesa se conservaran en el pueblo de San
Lorenzo de los Minas, estos no iban a poder «ser bien administrados y
doctrinados por el cura de Santa Bárbara, respecto de distar el pueblo, una
legua de esta ciudad de la otra parte del río, adonde es imposible acudir en
cualquier caso repentino». Por lo cual el Cabildo en este caso tenía «por más
conveniente administre el curato de este pueblo, cura aparte como se hace hoy
para que pueda residir en él y dar a sus feligreses el pasto espiritual».29
El provincial del Real Convento de Nuestra Señora de las Mercedes Re-
dención de Cautivos también recibió la Real Cédula del 30 de diciembre de
1684, en la cual se le mandaba que informara sobre la proposición del
arzobispo Fernández de Navarrete de agregar el pueblo de los Minas a la
parroquia de Santa Bárbara. La opinión del provincial de los Mercedarios
coincidía con la del Cabildo Eclesiástico, ya que consideraba «que según el
natural belicoso de estos negros parece que incorporados con vecinos
principales de esta ciudad y de la isla se instruyeran mejor en nuestra santa fe
católica, que viviendo con un cura, a quien no obedecen por su grande
incapacidad, e incorporados con los es- pañoles, separados unos de otros
olvidarán más brevemente cualesquiera errores que pueden habérseles
arraigado de haber vivido con herejes, y se redujerán (sic) con más facilidad, y
con mayor suavidad a la doctrina de nuestra santa fe, que ya agregados a la
parroquia de Santa Bárbara o a la principal de la catedral sin costo alguno de
nuevo cura».30

Mettas, Répertoire des expéditions négrières françaises au XVIII siècle, ed. Serge
Daget, 2 vols. Paris, Société française d’histoire d’Outre-Mer, 1978 y 1984».
29
Carta del Cabildo Eclesiástico al rey. Santo Domingo, 9 de noviembre de 1685. AGI,
Santo Domingo, 72, Ramo V, Doc. 104.
30
Carta de fray Diego de Soto, provincial de los Mercedarios al rey. Santo Domingo, 13 de
noviembre de 1685. AGI, Santo Domingo, 72, Ramo V, Doc. 105.

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La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 5

La Real Audiencia de Santo Domingo no opinó en el mismo sentido que el


Ca- bildo Eclesiástico y el provincial de los Mercedarios. Según el informe que
rindió la Real Audiencia, el 16 de noviembre de 1685, el pueblo tenía a esa fecha
una po- blación de 99 negros. La mayoría no estaba instruida en la doctrina
cristiana y desde el 9 de febrero de 1685 el presentado Diego Sánchez Gutiérrez
estaba como «cura colado en la forma ordinaria… con ciento veinte y cinco
pesos de congrua, los ciento veinte de lo procedido de los diezmos que dichos
negros han de ir pagando, y los veinte y cinco restantes prorrateados por cabezas
entre los suso dichos».31 A la Real Audiencia le parecía conveniente que dicho
curato se mantuviera en esa forma, pero no tenía objeción a la agregación
siempre que el cura de la parroquia de Santa Bárbara, tuviera un teniente, en el
pueblo de San Lorenzo que efectivamente asistiera a sus feligreses con la
congrua correspondiente a su trabajo.
Sin extenderse en consideraciones, el provincial de los Dominicos, se
limitó a responder que no encontraba «inconveniente en el caso» y que el
pueblo de los Minas se podía agregar al curato de Santa Bárbara, con la
condición de que siempre el cura tuviera un teniente en dicho pueblo, que
viviera en compañía «de los negros», para que nunca les faltara su
administración, y después cuando el número de los negros creciera bastante se
podría erigir en curato.32
Por tener una población, que se estimaba en la cantidad de ciento cincuenta
negros, sin contar los niños, cifra superior a la ofrecida por la Real Audiencia,
y estar el pueblo a una distancia de media legua de la ciudad de Santo
Domingo,
«con el río de por medio», el vicario provincial de la Orden de San Francis-
co aprobaba el nombramiento del bachiller Diego Sánchez como cura de esa
población, y su permanencia en la misma. Siendo partidario de esa solución,
rechazaba la incorporación del pueblo al curato de Santa Bárbara, lo cual con-
sideraba como un daño irreparable, el que se podía causar en las ocasiones que
se necesitara la administración de sacramentos de manera repentina, ya que
«no podrá acudir el cura de dicha Parroquia a ellos, y así morirán sin este
beneficio, y teniendo su cura en la población está pronto para todo».33

31
Carta de la Real Audiencia de Santo Domingo al rey. Santo Domingo, 16 de noviembre
de 1685. AGI, Santo Domingo, 72, Ramo V, Doc. 106.
32
Carta del provincial de los Dominicos, fray Rafael del Rosario al rey. Santo Domingo,
16 de noviembre de 1685. AGI, Santo Domingo, 72, Ramo V, Doc. 107.

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33
Carta del vicario provincial de San Francisco, fray Francisco Vásquez de Ribera, al rey.
Santo Domingo, 16 de noviembre de 1685. AGI, Santo Domingo, 72, Ramo V, Doc.
108.

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La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 6

El Consejo de Indias, en vista de esos informes y del dictamen favorable


del fiscal del propio Consejo aprobó el 16 de septiembre de 1686, lo decidido
por el arzobispo de Santo Domingo, «sobre la administración del pueblo de
San Lorenzo de los negros que huyen de los franceses por ahora».34
Cuando esa decisión del Consejo de Indias se produjo, ya hacía más de un
año que el mismo arzobispo fray Domingo Fernández de Navarrete había
infor- mado al rey de las medidas que había tomado, las cuales diferían de sus
propósi- tos originales de agregar el pueblo de los Minas a la parroquia de
Santa Bárbara. En carta del 18 de febrero de 1685, el arzobispo manifestó al
rey, que «habiendo visitado personalmente el pueblo de San Lorenzo de los
negros que vinieron del francés y experimentando su rudeza y cortedad en las
cosas de Dios y su santa fe no obstante que tenía señalado sacerdote que les
acudiese los domingos y fiestas y lo que escribí a Vuestra Magestad el año
pasado determiné erigirle curato, para que hubiese quien continuamente les
asistiese y doctrinase, y advirtiendo en la falta de congrua, ornamento y otras
cosas parecidas, traté el negocio con mi cabildo, y venimos en ceder él y yo a
los diezmos que podiamos percibir de dichos negros y que se aplicasen al cura
para su congrua que conforme al sínodo es de ciento y veinte y cinco pesos,
como se ha hecho en esta conformidad ar- rimandole también algunas estancias
circunvecinas».35

Propuesta de demolición del pueblo de los Minas


y traslado de sus pobladores. No ejecución de esa medida

De cualquier forma, esas medidas no dieron el resultado esperado. El adoc-


trinamiento religioso no fue suficiente para resolver los problemas que suscita-
ban los pobladores de los Minas. Las autoridades de la colonia consideraron de
nuevo una solución, que siempre se había planteado como alternativa ante los
conflictos y los supuestos o reales peligros de que se produjera una
insurrección general de esa población, que por su cercanía a la ciudad de Santo
Domingo era vista como una constante amenaza para la capital de la colonia
española.

34
Aprobación por el Consejo de Indias a lo decidido por el arzobispo de Santo Domingo,
sobre la administración del pueblo de los Minas. AGI, Santo Domingo, 72, Ramo V.
35
Carta de fray Domingo Fernández Navarrete al rey. Santo Domingo, 18 de febrero de

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1685. En Emilio Rodríguez Demorizi (Comp.). Relaciones históricas, Vol. III, p. 62.

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El gobernador Pérez Caro, movido por esos temores, propuso al Consejo de


Indias, en 1691, que el pueblo de los Minas fuera demolido y sus pobladores
trasladados a otros lugares.36 Igual criterio fue sustentado por la máxima auto-
ridad de la Iglesia Católica, el arzobispo Fernando Carvajal y Ribera, quien en
carta al rey, el 27 de agosto de 1692, se refirió al problema y aconsejó una so-
lución que coincidía con la del gobernador Pérez Caro, al exponer lo siguiente:
«El lugar de San Lorenzo de los negros Minas conviene se demoliera porque se
compone de algunos negros bárbaros, que no hay forma de enseñarlos ni
reducir- los a venir a la doctrina ni a los oficios; matándose a sí mismos,
cuando gustan; un pobre cura no puede ejercitar su oficio ni estar seguro con
ellos; vanse multi- plicando con los que se van viniendo de las poblaciones
francesas, estan cercanos a esta ciudad que no es nada bueno, y puede temerse
mucho, que no hay que fiar de ellos; me parecía mejor que se trajesen a la
ciudad y que formasen bohíos en diversas partes de ella que hay hartos por
estar tan despoblada, y así se lograba llevarlos a la doctrina y precisarlos que
todas las vísperas de fiesta viniesen a sus casas para que oyesen misa y les
enseñase por las tardes el cura a quien tocare la doctrina y oraciones, y los
hiciese rezar, y que los demás días ordinarios asistie- sen a sus labores; hará
Vuestra Majestad lo que le pareciere mejor».37
Por la Real Cédula del 6 de octubre de 1693,38 se dispuso que en la ciu-
dad de Santo Domingo fuera celebrada una Junta para estudiar si convenía la

36
Cfr. Fray Cipriano de Utrera. «San Lorenzo de los Minas». En Santo Domingo.
Dilucidaciones históricas, tomo I, pp. 187-188.
37
Carta del arzobispo fray Fernando Carvajal y Ribera al rey. Santo Domingo, 27 de
agosto de 1692. En Emilio Rodríguez Demorizi (Comp.) Relaciones históricas, Vol. III,
p. 98. También en fray Cipriano de Utrera. Juan de Padilla Guardiola y Guzmán,
incluido en Emilio Rodríguez Demorizi. Familias hispanoamericanas, Vol. I, p. 56.
38
Hacen referencia a esa Real Cédula los siguientes documentos: Carta del gobernador
de Santo Domingo, Pedro Zorrilla de San Martín, al rey. Santo Domingo, 21 de octubre
de 1746. AGI, Santo Domingo, 942. Acuerdo del Consejo de Indias sobre el fomento
y conservación de los Minas. Madrid, 11 de julio de 1748. AGI, Indiferente General,
576, Lib. 4. fol. 309. Publicado en Richard Konetzke. Colección de documentos para la
historia de la formación social de Hispanoamérica, 1493-1810. Madrid, 1962. Vol. III,
Tomo I, N° 147, p. 241. Informe del Fiscal sobre compra de las tierras de los jesuitas
para el pueblo de los Minas. Madrid, 15 de enero de 1761. AGI, Santo Domingo, 920.
Testimonio de los autos obrados sobre la compra de las tierras del Tablaso,
pertenecientes al Colegio de la Compañía de Jesús de esta ciudad, para la subsistencia
del pueblo de San Lorenzo de negros Minas, su fomento y conservación. AGI, Santo
Domingo, 974.
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demolición o la subsistencia del pueblo de San Lorenzo de los Minas, y que la


resolución tomada se comunicara al rey, para que este aprobara o no la medida
aconsejada. Dicha Junta no fue celebrada a raíz de haber sido dictada la Real
Cé- dula que la ordenaba, y, por lo tanto, el pueblo de San Lorenzo de los
Minas no desapareció ni fue mudado a otro lugar, en esa ocasión, ni
posteriormente, como tendremos ocasión de comprobar, cuando esa
disposición fue de nuevo invocada para lograr ese propósito.

Solidaridad y resistencia de los negros libres de los Minas

La solidaridad y la resistencia de los negros libres del pueblo de San


Lorenzo de los Minas se puso de manifiesto al negarse a cumplir una orden
dada por la Real Audiencia, que disponía la participación de ocho negros libres
de la com- pañía del pueblo en la ejecución de un esclavo negro, que había
sido condenado a la pena capital, por haber matado a su amo. La resistencia
inicial de los negros de los Minas a participar en esa ejecución, se convirtió en
una sublevación, en la cual la población masculina abandonó el caserío y se
internó en los montes circunvecinos, hasta que las autoridades le dieron
seguridades de que no iban a tomar represalias en su contra.
El 22 de enero de 1720, la Real Audiencia de Santo Domingo confirmó la
sentencia dictada por el Alcalde Ordinario de la ciudad de Santiago, el 22 de
septiembre de 1718, que condenó a un negro llamado Andrés a morir en la
horca por haber dado muerte a su amo don Juan de la Raya. La sentencia
original- mente disponía que el condenado fuera «sacado de la cárcel en que
está preso caballero en una bestia de albarda, con una soga de esparto al
pescuezo atados pies y manos, y con voz de pregonero que manifieste su
delito, y sea así llevado por las calles públicas acostumbradas a la picota de
dicha ciudad, y de allí sea colgado por el pescuezo, y ahorcado hasta que
muera naturalmente, y descuarti- cen; y para que sirva de escarmiento a otros,
le pongan por los caminos públicos y especialmente en el que está inmediato a
la parte donde cometió el delito en

También se refiere a dicha Cédula fray Cipriano de Utrera. Juan de Padilla Guardiola
y Guzmán. En Emilio Rodríguez Demorizi. Familias hispanoamericanas, Vol. I. pp. 56-
57. Utrera advierte que no había conocido la Real Cédula «sino por referencia en el
pleito que los negros minas tuvieron con los jesuitas», y que un ejemplar de la misma se
encuentra en el Archivo Nacional de Cuba.

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jurisdicción de dicha ciudad de Santiago, respecto de haberle cometido en la


que habitan dichos franceses; y en la plaza de dicha ciudad».39
La sentencia, se debía ejecutar en Santiago, donde estaba preso el conde-
nado, pero se dejó sin efecto, por haberse fugado el reo. Unos meses después
este fue apresado en el Seibo y trasladado a la cárcel de Santo Domingo, donde
interrogado sobre su fuga, dio su propia versión de los hechos, acomodados a
su conveniencia. A la pregunta sobre su evasión, «respondió que se había ido a
las poblaciones del Guarico con la ocasión de haberle absuelto de este delito el
Alcalde Mayor de la ciudad de Santiago don José Felix, por haberle hecho ver-
dugo, y ejercitadolo en dar por las calles de dicha ciudad de Santiago
doscientos azotes a un mulato nombrado Pedro, esclavo del sargento Domingo
de Almonte, y que habiéndole preso en el Guarico el gobernador de dicha
población le mandó viniese a Santo Domingo, con cuya ocasión se vino…».
Al tiempo de volver a confirmar la sentencia contra el reapresado, la Real
Audiencia dictó un auto, mediante el cual mandó que se notificase a Francisco
de Lora, gobernador del pueblo de los Minas, para que tuviera dispuestos, sin
dilación, ocho negros, de los cuales seis serían de los más hábiles en el manejo
de las armas, para emplearlos en arcabucear al condenado y otros dos para
asistir a ligarlos el día de la ejecución, que se llevaría a cabo el 4 de noviembre
de 1720. En ese auto también se señaló que se le participaría al presidente de
la Real Audiencia, que mandase erigir la horca en la sabana extramuros de la
ciudad de Santo Domingo y asistiera una compañía de las del presidio, como
siempre se había acostumbrado «en conformidad de una ley de Castilla que así
lo previene y manda». Cuando el auto le fue notificado al presidente de la
Real Audiencia, este dirigió el 2 de noviembre de 1720, una carta al referido
tribunal en la cual rechazó lo que se le había ordenado y advirtió que ese no
era el modo que estaba reglamentado por la ley treinta y seis, título diez y siete,
del libro Segundo de la Recopilación de las Leyes de Indias, pero que para no
detenerse en la más breve expedición de los negocios, y especialmente los de
esta importancia «había man- dado doblar las guardias, y dado las demás
órdenes convenientes, para auxiliar, cuando llegue el caso, aún con más armas
y gente de lo que contiene dicho auto,

39
«Testimonio de la sentencia de muerte de horca dada en definitiva contra un negro esclavo
nombrado Andrés, por haber muerto a su amo; y de su confirmación, y otras diligencias
obradas después en esta razón». AGI, Santo Domingo, 255. A menos que se indique lo
contrario, lo que sigue procede de este expediente.

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a la ejecución de esta Justicia, y que se erija la horca luego que se traigan los
negros del pueblo de los Minas de que en dicho auto se hace mención».
El cambio en la forma de ejecución, al sustituir la pena de morir en la horca
por la de arcabucear al condenado, así como el empleo de los negros de los
Minas para llevarla a cabo, fue decidido por la Real Audiencia, al ponderar que
en la ciudad de Santo Domingo no había ministro ejecutor, nombre que se daba
al verdugo, para disimular su cruel oficio. La situación no era nueva, ya que de
igual forma y por la misma causa se había procedido anteriormente. Por eso la
Audiencia invocaba el precedente de «la causa que se siguió en esta Real Audi-
encia en el año pasado de mil setecientos y trece contra los negros nombrados
Phelipe y Luis del Rosario, que fueron condenados a pena de muerte, y por no
haber ministro ejecutor, se dejó de ejecutar la de horca, como en su sentencia
se prevenía, y habiéndole fijado en la sabana extramuros de esta ciudad, fueron
ll- evados los referidos negros, al dicho sitio, y atados, cada uno de por sí a un
palo de la horca, donde fueron arcabuceados por seis negros de los Minas».
Al notificársele la orden de la Real Audiencia, el gobernador del pueblo
de los Minas, Francisco de Lora, antes de acabar de oírla, «respondió que no
había negros en el pueblo, que ellos no eran verdugos y que se lo mande su
Capitán General». Después se presentó por ante el oidor de la Real Audiencia,
Jorge Lozano de Peralta y declaró «como los negros que tenía nombrados para
la ejecución del negro Andrés se habían ausentado de dicho pueblo, y lo mismo
habían ejecutado los demás que había en dicho pueblo».40
La respuesta del gobernador del pueblo de los Minas fue considerada por la
Real Audiencia como un desacato y la causa de la desobediencia y alzamiento de
los negros. En carta al gobernador y capitán general, del 4 de noviembre de
1720, la Real Audiencia expresó sobre este asunto, que el «gobernador don
Francisco Ximenez de Lora, que lo es del pueblo de los negros Minas, pues
con el motivo de tener plaza de soldado de este presidio, respondió desacatada y
públicamente al Auto de esta Audiencia en que se le prevenía trajese seis negros
para arcabucear al negro Andrés, y respondió que se lo mandase su Capitán
General; de todo lo cual parece que resulta la inobediencia de dichos negros, y
haberse huido».

40
«Testimonio de los autos obrados con motivo de haberse sublevado un pueblo de negros
y huidose a los montes Y de las diligencias obradas por orden del señor presidente para
reducirlos a su vecindario. Santo Domingo. Año de 1720». AGI, Santo Domingo, 255.
A menos que se indique lo contrario, lo que sigue procede de este testimonio.

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Para librar al gobernador del pueblo de los Minas de esas acusaciones, el


gobernador de la colonia, Constanzo y Ramírez, asumió su defensa y alegó que
su actitud se debía a que era un cabo militar, sin jurisdicción civil ni criminal,
que estaba puesto en el pueblo de San Lorenzo por la Capitanía General, «solo
para instruir aquellos negros en el manejo y ejercicio de las armas». En opinión
del gobernador Constanzo, el procedimiento empleado por la Real Audiencia
era el que había dado lugar a la fuga de los negros. Lo procedente, a juicio del
gober- nador, hubiera sido que la Real Audiencia en vez de dar esas órdenes
directa- mente al gobernador de los Minas, se las participara a él con tiempo
suficiente. En ese caso, el gobernador de la colonia se habría valido de una
estratagema que consistiría en mandar «batir las cajas, y trayendo con otro
pretexto a esta Plaza los negros que me hubieran parecido necesario, no se
hubieran causado aquel- las fugas, y debajo del batallón de los veteranos,
hubieran hecho lo que se les mandase…».
El gobernador del pueblo de los Minas hizo saber al gobernador y capitán
general, Fernando Constanzo y Ramírez, que había respondido que se hallaba
impedido de dar cumplimiento al Auto de la Real Audiencia hasta dar parte a
dicho gobernador, pero que para evitar que se le hiciera algún cargo por
desobe- diencia, mandó a los capitanes de los negros, Pedro Bran y Antonio del
Rosario, ejecutar lo ordenado por la Real Audiencia, y estos le informaron que
«todos los negros de dicho pueblo se habían ido huyendo al monte, porque
habían oído decir que los querían hacer ejecutar la referida justicia, y que no
les tocaba a el- los suplir la falta del verdugo».
Llamados a declarar por ante el gobernador y capitán general, y presidente
de la Real Audiencia, a instancias del gobernador del pueblo de los Minas, los
capitanes Antonio del Rosario y Pedro Bran explicaron la causa por la cual no
pudieron llevar a cabo la misión que les había sido encomendada.
El capitán Antonio del Rosario declaró que «habiendo venido a esta ciudad,
les dio orden el dicho don Francisco Ximenez, en nombre de Su Señoría el se-
ñor presidente para que tragesen ocho hombres negros de sus Compañías para
alcabucear un negro que había condenado a muerte la Real Audiencia; y que
con efecto pasaron al dicho pueblo y nombraron ocho de dichos negros, los
cuales, y todos los demás del dicho pueblo se huyeron al monte por no venir a
ajusticiar al dicho negro; y volvieron a esta ciudad el declarante y su
compañero, y le di- eron cuenta de ello al dicho capitán don Francisco
Ximenez de Lora, quien en nombre de Su Señoría dicho señor presidente les
volvió a mandar que pasasen el

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declarante y su compañero, y los sargentos y cabos de dichas compañías a


buscar los dichos negros y traerlos a esta ciudad. Y poniendo en ejecución la
diligencia pasaron a buscar dichos negros, sin embargo de las muchas aguas
que había, y impedimento de los ríos que ha habido todo este mes y habiendo
cogido y traído al pueblo cinco negros, y metídolos en el zepo, y pasado a dar
cuenta a su cabo, cuando volvieron al dicho pueblo no los hallaron, sino
solamente el zepo, y el candado roto».
El capitán Pedro Bran, además de coincidir en esa parte con las declara-
ciones del capitán Antonio del Rosario, agregó que cuando se les mandó por
segunda vez en busca de los negros «el capitán Lora que es su comandante le
dijo, que a los negros que encontrase se les aseguraba de parte de Su Majestad
que no se les haría agravio alguno, si volviesen a sus compañías y al pueblo
como estaban antes; pero que de no hacerlo en el breve término de dos meses
que se acababan al fin de este año, que se les buscaría con gente de guerra, y se
les castigaría como esclavos de Su Majestad, aplicándoles a sus reales obras, y
quitándoles la libertad, y que al declarante no le pueden ver en el pueblo, ni
aún las mujeres que han quedado en él, por decir que anda buscando verdugos
que alcabuceen al dicho negro».
También relató el capitán Pedro Bran «que los cinco negros que cogieron
el declarante y su compañero, le dijeron que si les llevasen para perder la vida
en servicio del rey en otra cualquiera cosa que estaban prontos ellos y todos los
demás siempre que fuera menester, pero no para servir de verdugos». Además
de coincidir con las declaraciones del capitán Antonio del Rosario, el capitán
Pedro Bran, por su parte, relató los efectos traumáticos que habían sufrido los
negros empleados en la ejecución anterior, tanto psíquica como físicamente.
Sobre los estragos que había producido esa experiencia entre los negros, que
efectiva- mente participaron en la ejecución, ya que otros recurrieron a la
simulación, el capitán Pedro Bran señaló «que los negros que alcabucearon a
otros dos negros en tiempo del señor don Pedro de Niela, no fueron más que
dos, porque aunque fueron nombrados ocho, no dispararon más que estos dos
solamente; pero que el uno de los tales que dispararon llamado Pedro Bran
murió luego de pesadumbre, y el otro nombrado Manuel de Espíritu Santo, de
casta Mina está baldado41 desde entonces como se puede ver».

41
Tullido, paralítico, impedido físicamente.

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El gobernador Constanzo estimaba que se habían «sublevado y metido en


el monte más de trescientos negros, que será el número de los vecinos y circun-
vecinos de dicho pueblo». Asimismo, consideraba que se perderían «algunos o
todos, con el temor del castigo», y se originarían «muchos robos, muertes y
otros inconvenientes gravísimos a la causa pública».42 Para evitar todos esos
males, y poner fin a la sublevación, el gobernador dictó una orden para que los
negros volviesen a sus casas con seguridad, y encargó a los capitanes del
pueblo de los Minas, Pedro Bran y Antonio del Rosario y a sus alféreces y demás
oficiales que pasaran en busca de todos los negros y les aseguraran «que como
se restituyan a sus casas como estaban antes de esta sublevación, no se les hará
cargo alguno por ella, y se les admitirá y dejará en su quietud».
El gobernador les advertía, además, que se les daba de término hasta fin del
mes de diciembre de ese año, porque «a los que faltaren a restituirse al dicho
pueblo y obstinados en su retiro no se valiesen de este indulto, haciendo que su
ignorancia se pueda atribuir a inobediencia, se les buscará con gente de armas,
y después de haber castigado por todo rigor de derecho a los que se hallaren
princi- palmente culpados, perderán los demás inobedientes la libertad, y se les
pondrá con un eslabón y un grillete a trabajar en las Reales fábricas de Su
Majestad».43 En el pueblo de los Minas fue fijado un edicto, el 15 de noviembre
de 1720, que reproducía lo esencial de la exhortación del gobernador y las
amenazas de represión contra los que no se acogiesen al perdón que se había
dado, teniendo en cuenta las consideraciones ya mencionadas y el hecho de
que en el pueblo se hallaban las mujeres y demás familias de los alzados,
desamparadas y padeci-
endo muchas necesidades.
Desde la fecha de la fijación del edicto hasta el 2 de diciembre de 1720,
habían regresado al pueblo noventa y cuatro negros, que llegaron poco a poco,
a medida que las mujeres eran convencidas de que no se tomarían represalias
contra los alzados, y se encargaban de ir a buscarlos.
Así terminó este episodio de la lucha de los negros libres de los Minas, que
se dio en una coyuntura favorable, al existir contradicciones y conflictos entre
el gobernador de la colonia española y presidente de la Real Audiencia de
Santo

42
«Testimonio de la sentencia de muerte de horca dada contra un negro nombrado Andrés
por haber matado a su amo». AGI, Santo Domingo, 255.
43
«Testimonio de los autos obrados con motivo de haberse sublevado un pueblo de negros

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y huidose al monte…». AGI, Santo Domingo, 255.

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Domingo, Fernando Constanzo y Ramírez, y el pleno de la Real Audiencia, con


motivo del auto dictado por esta sobre la ejecución de la sentencia que condenó
al esclavo negro Andrés a morir arcabuceado en lugar de ser ahorcado, por
haber dado muerte a su amo.

Plan de restituir a los negros asentados en los Minas a la colonia francesa

Otro grave incidente, en el cual participaron los negros fugitivos asenta-


dos en los Minas ocurrió en 1723, cuando se intentó restituirlos a la colonia
francesa. En 1722, el Intendente francés Moutholon acusó al gobernador de la
colonia española, Constanzo y Ramírez de no tener interés en cumplir con los
compromisos de devolver los esclavos fugitivos, por tratar de aprovecharse
económicamente de la venta de los mismos. El Intendente propuso que se soli-
citara a las autoridades de la metrópoli española, poner fin a esa situación. En
atención a las quejas del embajador francés, fue dictada la Real Cédula del 13
de agosto de 1722, por la cual se ordenó al gobernador Constanzo y Ramírez
que se restituyeran todos los negros fugitivos que se encontraran en la colonia
española.44 En cumplimiento de esa Real Cédula, el gobernador Constanzo es-
cribió una carta al gobernador de la colonia francesa, en mayo de 1723, para
informarle de la referida Real Cédula, y ponerse de acuerdo a fin de llevar a
cabo la devolución de los negros fugitivos. Con su carta el gobernador español
remitió al francés una lista de 176 negros fugitivos que habían entrado en la
colonia española en el período comprendido entre el 17 de mayo de 1719 y el
23 de marzo de 1723.
Para recoger a los esclavos huidos, que se encontraban en la parte espa-
ñola, el gobernador francés envió un buque que llegó al puerto de Ocoa, en
septiembre de 1723. El gobernador español, ya había dado órdenes para que
en el interior de la isla se apresaran los negros fugitivos existentes en esos
lugares y en la ciudad de Santo Domingo, se valió del ardid de pasar revista a
las milicias y de ese modo apresó a 100 negros, entre los que se encontraban
miembros de las compañías de los Minas, a los que encerró en la cárcel de la

44
Real Cédula del 13 de agosto de 1722, dirigida al gobernador de Santo Domingo.
Cedulario, Tomo 28, fol. 67vo, No 3. Manuel Josef de Ayala. Diccionario de gobierno y
legislación de Indias. Madrid, 1989. Tomo VI, p. 251, No 9.

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fortaleza. Otros pobladores de los Minas escaparon de ser apresados, al huir y


lograr cruzar a nado el río Ozama.
El Cabildo de la ciudad de Santo Domingo era opuesto a que los esclavos
fueran devueltos. En un cabildo abierto, al cual asistieron, no solo los
regidores, sino además representantes de los diferentes estamentos sociales,
tanto civiles como militares, eclesiásticos y negros y mulatos libres, se resolvió
solicitar al gobernador dejar sin efecto la entrega de los negros apresados y que
fueran de- clarados libres todos los que habían sido apresados durante la
guerra.45
El gobernador Constanzo no admitió el pedimento y el Cabildo recurrió en
apelación ante la Audiencia, que remitió el asunto al rey, para que este
decidiera lo que considerase procedente. La tardanza en la decisión de la
Audiencia, había dado lugar a la muerte de algunos de los negros y además a
un aumento de los gastos de la Real Hacienda, causados por la manutención de
los negros y de la tripulación del navío francés, y el mantenimiento de este. En
vista de esta situa- ción, el gobernador Constanzo Ramírez tomó la decisión
de poner los negros a bordo de la embarcación y enviarlos a la colonia
francesa. Para mantener el orden fueron utilizados dos piquetes compuestos
por 30 hombres cada uno, y se alertó al resto de la guarnición.
Esas medidas no dieron resultado, ya que los negros informados por
algunas mujeres negras que iban a ser sacados de la colonia española, armados
de pie- dras y cuchillos se amotinaron y los guardias de los piquetes
abandonaron sus puestos, cuando el gobernador fue a la cárcel a tratar de
contener el desorden. Tampoco el gobernador pudo impedir la entrada de
comida para los amotina- dos, como había pretendido a fin de lograr por esa
vía su rendición. Además los miembros de los piquetes, con excepción de sus
oficiales, hicieron causa común en esta ocasión con los negros apresados, y se
refugiaron en la Catedral, donde fueron a parar también los negros, después de
escapar de la cárcel. Para el go- bernador Constanzo, el motín contó con la
complicidad de todos los habitantes de la capital, de los diferentes estratos
sociales, ya que nadie, excepto el capitán de milicias Domingo de Heredia, le
brindó su apoyo.46
También en La Vega se produjo una rebelión de los negros fugitivos, que
iban a ser devueltos a la colonia francesa. Armados de escopetas, pistolas y
lanzas,

45
Carta del Cabildo de la ciudad de Santo Domingo al rey. AGI, Santo Domingo, 257.

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La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 7
46
Carta del gobernador de Santo Domingo, Fernando Constanzo Ramírez al rey. Santo
Domingo, 20 de octubre de 1723. AGI, Santo Domingo, 257.

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respondieron al ataque de las autoridades. En la lucha participaron algunas mu-


jeres, y al final hubo varios muertos y heridos. De los apresados por lo menos
34 fueron finalmente devueltos a la colonia francesa, y quedaron en La Vega
ocho heridos, que también serían deportados, en el caso de que no lograran
fugarse.47

Tierra de los jesuitas. Conflictos con los negros de los Minas

Durante el tiempo que fue Superior de la Compañía de Jesús, en Santo Do-


mingo, el padre Luis Vergel, quien llegó a la isla en 1667 y murió el 27 de no-
viembre de 1668, los jesuitas compraron unas tierras baldías en el lugar
llamado de El Tablazo, en la ribera oriental del río Ozama.48
Esas tierras se encontraban contiguas al pueblo de San Lorenzo de los
Minas y fueron objeto de constante usurpación por los habitantes de dicho
pueblo, en la medida en que lo exigían el crecimiento de la población y las
necesidades de nuevas tierras para incorporarlas a la producción,
principalmente de alimentos, para su propio consumo y el abastecimiento de la
ciudad de Santo Domingo.
Para contrarrestar esas usurpaciones, desde sus inicios, los jesuitas recurrie-
ron a la Real Audiencia y obtuvieron que dicho tribunal dictara los autos del 5
de septiembre y 11 de octubre de 1714, mediante los cuales se ordenó el
desalojo de los negros de dichas tierras y se les condenó a pagar el
arrendamiento de las mismas desde la fecha de la demanda.

47
Carta del comandante de milicias de la ciudad de La Vega al gobernador de Santo
Domingo. AGI, Santo Domingo, 257. Cfr. M. L. Moreau de Saint-Mery Descripción de
la parte española de Santo Domingo. Ciudad Trujillo, 1944, pp. 420-421. Frank Moya
Pons. «Notas sobre la primera abolición de la esclavitud en Santo Domingo». Eme-Eme,
Estudios Dominicanos, Vol. III, No 13, Santiago de los Caballeros, julio-agosto de 1974,
p. 6. Carlos Esteban Deive. La esclavitud del negro en Santo Domingo. (1492-1844).
Santo Domingo, Museo del Hombre Dominicano, 1980. Tomo II, p. 520. Carlos
Esteban Deive. Los guerrilleros negros. Esclavos fugitivos y cimarrones en Santo
Domingo. Santo Domingo, Fundación Cultural Dominicana, 1989, pp. 138-141 y 145.
48
Isla Española o de Santo Domingo. Anuas y noticias de esta Isla, y de este Colegio en
el año de 1695. British Library, Add. Mss, 17627, f. 15r. Reproduce los folios 14r-15v,
de dicho documento, José Luis Sáez. La Iglesia y el negro esclavo en Santo Domingo.
Una historia de tres siglos. Santo Domingo, Patronato de la Ciudad Colonial de Santo

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La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 7
Domingo, 1994, pp. 374-377. Sobre el padre Luis Vergel, ver Ibídem, p. 376, nota 9.

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A pesar de las medidas tomadas por la Real Audiencia, las ocupaciones por
los pobladores de los Minas de las tierras de los jesuitas continuaron. El 21 de
junio de 1720, el rector del Colegio de los Jesuitas se quejaba de los perjuicios
que se le hacían al Colegio por la usurpación de una estancia y caballería de
tie- rra que los negros libres habían tomado en el sitio del Tablazo, donde se les
había hecho pueblo, y pedían satisfacción de parte de los negros de lo que
disfrutaban y labraban en dichas tierras.49
La decisión tomada por la Real Audiencia en 1714 fue confirmada por Real
Cédula del 5 de septiembre de 1722, «que se mandó a cumplir, por auto de
dicha Audiencia en dos de marzo de setecientos veinte y tres y se confirmó por
otro de once de febrero de mil setecientos cuarenta y uno, sin que en tan
dilatado tiempo se hayan restituido a la Compañía sus tierras ni pagadosele
cosa alguna de los arrendamientos mandados pagar desde el año de setecientos
catorce».50
El 18 de octubre de 1731, el rector de la Compañía de Jesús recurría al rey
y le exponía «el daño considerable que está padeciendo este Colegio de la
Com- pañía de Jesús de esta isla, en una estancia y caballerías de tierras
nombradas el Tablazo, río arriba de la Ozama, y distantes de esta ciudad como
una legua, las cuales tierras y estancia son parte de la congrua sustentación del
dicho colegio, por tenerlas usurpadas y estar labrando en ellas más de cuarenta
años un pueblo de negros libres minas, que dicen se mantienen y componen
dicho pueblo con permiso de Vuestra Majestad y consentimiento de los
gobernadores de esta isla para las cosas necesarias que se pueden ofrecer en
esta ciudad, y dado que esto sea así útil, que no lo es, sino para daño de los
vecinos se debían conservar en tierras propias, y no agenas y usurpadas, como
lo hacen y lo han hecho con las dichas tierras de este Colegio de la
Compañía».51

49
AGI, Santo Domingo, 973. Cfr. Fray Cipriano de Utrera. Noticias históricas de Santo
Domingo. Santo Domingo, 1978. Vol. II, p. 311.
50
Memorial del padre Pedro Ignacio Altamirano, de la Compañía de Jesús, procurador
general de Indias. En «Testimonio de los autos obrados sobre la compra de las tierras
del Tablaso pertenecientes al Colegio de la Compañía de Jesús de esta ciudad para la
subsistencia del pueblo de San Lorenzo de negros Minas, su fomento y conservación».
AGI, Santo Domingo, 974, folios 1v-5r. Este memorial no tiene fecha, pero fue remitido
al gobernador y a la Audiencia de Santo Domingo, desde Madrid, por el Marqués de la
Ensenada, el 2 de abril de 1751.
51
Carta del padre rector de la Compañía de Jesús en Santo Domingo al rey. Santo
Domingo, 18 de octubre de 1731. Archivo Histórico Nacional de Madrid (En lo
adelante AHN), Jesuitas, 250, n°. 23.
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La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 7

Los jesuitas hacían responsables de la falta de solución definitiva del pro-


blema, a los presidentes de la Real Audiencia, a quienes acusaban de posponer
la ejecución de las decisiones judiciales indefinidamente, con el pretexto de no
provocar una situación social más grave, con la expulsión de los negros de las
tierras, y la dispersión de una gran masa de población, que aumentaba en la
me- dida del crecimiento del número de los negros fugitivos de la colonia
francesa, que se refugiaban en la colonia española, y se asentaban en el pueblo
de San Lorenzo de los Minas, o en sus inmediaciones.
En su carta del 18 de octubre de 1731, el rector del Colegio de la
Compañía, Juan Jacobo Snelling, planteaba estas cuestiones al rey, cuando le
hacía saber que «aunque los superiores de dicho Colegio por los medios de
justicia han pre- tendido obligarlos a que paguen lo que han disfrutado y
laborado en dichas tie- rras; y con efecto esta Real Audiencia (como todo
consta en autos) tiene manda- do que paguen las labores de que se han
utilizado, y los daños que han causado, no ha habido ninguna ejecución ni la
habrá, porque el manejo de dichos negros minas depende del gobierno de los
presidentes, que se excusan de obligarlos con el pretexto de que se dividirán
del pueblo a labrar en otras partes dentro de la misma isla, siendo este pretexto
solamente excusa; pues vemos que los vecinos aun estando esparcidos ocurren
cuando son llamados a la ciudad, y de estar en dicho pueblo congregados solo
se experimenta el daño que padece este colegio y más cuando casi todo dicho
pueblo está fundado en dichas tierras, y que ya no cabe el número de dichos
negros, aún en las tierras ajenas que tienen, por causa de irse aumentando
dicho pueblo, pues todos los días se van aumentando con los que vienen
fugitivos de las colonias francesas presentándose a este dicho Gobierno para
lograr el interés de su libertad que han conseguido».
A diferencia de lo que consideraban las autoridades de la colonia española
de la isla, para los jesuitas el aumento de la población y su concentración en
un lugar determinado constituían factores de alto riesgo y peligrosidad de que
ocurrieran desórdenes y sublevaciones. El rector de los jesuitas, en la referida
carta al rey, señalaba esos temores cuando expresaba: «Y si antes de estos de-
sertores los negros que había en dicho pueblo no cabían en él así por el mucho
número, como por la cortedad de las tierras, ahora que son más será aumentar
los daños, y agravar a los que tienen vecindad a dicho pueblo. No cautelándose
este gobierno, que creciendo el número de estos negros foragidos, sobre los
muchos que hay en esta ciudad, así libres como esclavos, y congregados todos
en un lugar tienen mayor cuerpo y fuerza para causar algún levantamiento y

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hostilidad en esta isla, como lo han hecho estos mismos en las colonias france-
sas, y ha sucedido en otros lugares de las Indias, y este daño, que puede sobre-
venir con la congregación de tantos negros en un pueblo, cuando está lo más de
la isla desocupado...».
La apreciación de los jesuitas sobre el aumento de la población de los
Minas es contradicha por la estimación del arzobispo Domingo Pantaleón
Álvarez de Abreu, que en 1740 se refería a dicho pueblo como «una población
de negros que dista desta ciudad tres cuartos de legua, hay una que llaman
Yglesia de unas tablas y hojas de palma mal dispuestas como cosa de negros...
su vecindario consta de 105 personas y se obligaron a pagar un cura, mas no lo
ejecutan porque son unos infelices pobres miserables».52

Proposición de los jesuitas de demoler el pueblo de los Minas

Al no poder obtener la ejecución de las decisiones que le habían dado ga-


nancia de causa, en el pleito sobre la propiedad de las tierras de la Compañía
de Jesús ocupadas por los negros del pueblo de San Lorenzo de los Minas, que
habían sido condenados a desalojarlas y a pagar un arrendamiento, mientras no
las desocuparan, los jesuitas plantearon como último recurso la demolición del
pueblo y el traslado de sus habitantes a otros lugares. En vista de la posición
de los jesuitas, el Fiscal de la Real Audiencia propuso que se celebrara la Junta
ordenada por la Real Cédula del 6 de octubre de 1693, que hasta entonces no se
había llevado a cabo. El 21 de enero de 1746, la Junta fue finalmente celebra-
da, y «por pluralidad de los catorce votos de que se compuso se resolvió como
importante la subsistencia de dicho pueblo habiendo sido de este dictamen los
once, dos del que se demoliese, y otro que se mudase a paraje más a propósito,
en caso de encontrarse».53
El arzobispo fray Ignacio de Padilla no asistió a la reunión, por encontrarse
fuera de la ciudad, «tomando unos baños», pero dio su parecer por escrito, en
el sentido de que el pueblo de los Minas se debía demoler. El oidor Villaurrutia

52
Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu. «Compendiosa noticia de la Isla de Santo
Domingo... Santo Domingo, abril de 1740». En Emilio Rodríguez Demorizi (Comp.)
Relaciones históricas, Vol. III, p. 270.
53
Carta del gobernador de Santo Domingo, Pedro Zorrilla de San Martín al rey. Santo
Domingo, 21 de octubre de 1746. AGI, Santo Domingo, 942.

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también era partidario de la eliminación del pueblo, y alegó razones


económicas en apoyo de esa solución. El oidor consideraba que el pueblo de
los Minas esta- ba en ruinas, y que fomentarlo costaba «tanto dinero como
hacerlo de nuevo». Aunque el Oidor Verdugo se había inclinado, en principio,
por la destrucción, votó a favor del mantenimiento del pueblo.54
Las razones alegadas por el arzobispo de Santo Domingo en favor de la
demolición, fueron rebatidas por el gobernador de la colonia. Señalaba el
gober- nador que al inicio de su gobierno había hallado a los negros de los
Minas «sin iglesia porque caído no se les levantó ni precisó a ello, sin cura
retirado a esta ciudad porque no se le pagaba de Real Hacienda ni aquellos
negros los que le tocaba, sin gobernador porque nadie quería serlo ni ellos
solicitarlo para que los tiranizase cuando el último que tuvieron era tal que
habiéndosele puesto después en el corto material encargo de sobreestante de
los negros esclavos que tiene Vuestra Majestad en esta Plaza, no cumpliendo
aun en el fue preciso retirarle».55 El gobernador reconocía que no obstante esa
situación, «aun en medio de
tan miserable desprecio», los negros de los Minas nunca habían dado «la
menor señal de inquietud o resquicio al recelo de levantamiento, bien al
contrario sí una suma disposición de prontitud y de lealtad a cuanto se les ha
mandado... en cuanto se les ha ordenado a abrir caminos, hacer trincheras,
trabajar fajinas, y demás operaciones a que han precisado las urgencias de esta
Guerra y recelo de invasión». Además señalaba un dato interesante sobre el
proceso de criollización y destacaba la participación de estos negros en la
producción agrícola. Sobre estos dos aspectos el gobernador apuntaba que «son
muy pocos los que han quedado de los Primitivos y los demás cuasi hijos y
nietos de aquellos, criollos y tan connaturalizados vasallos de Vuestra
Majestad como los demás de la Isla. Pero cuando esto no fuese así si no se les
ha visto espíritu ni indicio de rebelión, han servido y servirán de mucho en las
ocasiones también de cultivar frutos para el abasto de esta ciudad».
La conservación del pueblo permitía la socialización e integración del grupo
a los patrones culturales dominantes de la sociedad colonial, y posibilitaba la
domi- nación ideológica, el control político y la explotación económica. La
demolición

54
Cfr. Fray Cipriano de Utrera. Santo Domingo. Dilucidaciones históricas, Tomo I, p. 189.
55
Carta del gobernador de Santo Domingo, Pedro Zorrilla de San Martín al rey. Santo
Domingo, 21 de octubre de 1746. AGI, Santo Domingo, 942. Salvo que se indique lo

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contrario, lo que sigue y las citas proceden de este documento.

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del poblado y la dispersión de sus habitantes como proponía el arzobispo,


implica- ría, por el contrario, que «estos habían de vivir allí en los campos y
montes de su jurisdicción como lo hacen generalmente los demás sus vecinos,
sin ver el pueblo, ni la misa, sino rara vez, ninguna sujeción, y enteramente a
su arbitrio, porque es bien constante que en el mismo pueblo es raro el que
habita y todos distantes en los montes y campos entregados al cuidado de sus
ganados, caballerías, vida poltrona, silvestre y montaraz, sin que haya forma de
reducirlos a otra más sociable y labo- riosa, y aun con rigor el que se mantenga
un alcalde para el servicio y la justicia». A renglón seguido el gobernador se
preguntaba ¿cómo podrán estos negros dejar de ser y hacer lo mismo, ni estar
menos sujetos, para en lo político y moral, no dar mayor cuidado que
congregados en pueblo bien regulado, tan a la sombra de su capital como de
sus inmediatas providencias?».
También para contradecir los planteamientos del arzobispo sobre la conve-
niencia de distribuir los negros en diferentes poblaciones y lugares, el gober-
nador analizaba la composición racial de la población y los problemas que esa
medida generaría. El propósito del arzobispo de lograr «la diversidad de gen-
tes», concepto que tiene un contenido eminentemente racial daba lugar a que el
gobernador observara que era «innegable que en otros países y circunstancias,
pudiera practicarse y tener lugar sus fundamentos, pero no en esta Isla, porque
a excepción de esta ciudad y la de Santiago, por lo regular se componen todas
las demás poblaciones cuasi de mulatos y negros con tal que español perdido y
alguna otras mezclas y solo la diferencia de tener unos más o menos color,
gana- dos y caballerías, corta labor y semejantes accidentes que entre sí les da
cuanta distinción pudiera en Europa del plebeyo al hidalgo y este al caballero;
de modo que agregados a sus pueblos estos negros no constituirían mayor
diversidad ni buena armonía en sus repúblicas antes bien si motivo a su menos
sujeción, con disgusto de los que habían de recibir y sentimiento de los
movidos por el de haberseles hecho poblar».
Finalmente, el gobernador resumía sus recomendaciones, y concluía que no
había razón alguna para que se destruyera el pueblo de los Minas, como lo
había decidido la junta que recomendó su conservación, y que debía no solo
mantener- se, sino también aumentar su población «hasta doscientos o más
vecinos de los mismos antiguos y dispersos, fomentarlos con iglesia, cura,
buen gobernador, y alguna más tierra que se les deberá facilitar entre las
inmediatas así como satis- facer o dar equivalente a los padres de la compañía,
de las que les ocupan dichos negros y su pueblo».

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El Consejo de Indias, con el dictamen favorable de su fiscal, mediante


acuer- do del 11 de julio de 1748, aprobó lo resuelto por la Junta celebrada en
Santo Domingo, el 21 de enero de 1746, y especialmente resolvió que se
expidiera cédula separada al arzobispo «para que en inteligencia de que
conviene la exis- tencia de este pueblo, y que tengan sus vecinos la asistencia
espiritual que le es necesaria, concurra por su parte a su efecto, y a la fábrica y
establecimiento de su iglesia, cura y sirvientes, con aquellas eficaces
providencias, que espera Su Majestad aplicará su pastoral autoridad y católico
celo».56
Por Real Cédula del 21 de agosto de 1748, se le participó al gobernador de
Santo Domingo la aprobación de lo resuelto por la Junta celebrada el 21 de
enero de 1746, sobre la subsistencia del pueblo de San Lorenzo de los Minas, y
se le ordenó que procurara su fomento y conservación por medio de su buen
trato,
«poniendo en él, gobernador y Justicias, que dirijan y gobiernen sus vecinos y
moradores, y se les administre siempre, que lo necesitaren para que vivan en el
orden, regla y método, que se requiere y previenen las Leyes».57 También por
esa Real Cédula se recomendó al gobernador que se pusiera de acuerdo con el
arzo- bispo, a quien se le escribiría por separado, ese mismo día, para la
construcción y fábrica de la iglesia del pueblo, y el nombramiento del cura,
«que les adminis- tre el pasto espiritual», y cumplieran cada uno con sus
obligaciones de manera que no desampararan a sus moradores, sino que los
que se hallaban fugitivos y dispersos volvieran y se restituyeran a dicho pueblo
«para hacer con los demás vida sociable».
En vista de lo resuelto por la Junta celebrada el 21 de enero de 1746, que
recomendó que se conservara el pueblo de los Minas, y antes de que se dictara
la

56
Acuerdo del Consejo de Indias. Madrid, 11 de julio de 1748. AGI, Indiferente General,
576, Libro 4, fol. 309. Publicado en Richard Konetzke. Colección de documentos para
la historia de la formación social de Hispanoamérica, Vol. III, Tomo I, n°. 147, p. 241.
57
Real Cédula al gobernador de Santo Domingo. Buen Retiro, 21 de agosto de 1748. En
«Testimonio de los autos obrados sobre la compra de las tierras del Tablaso
pertenecientes al Colegio de la Compañía de Jesús de esta ciudad para la subsistencia
del pueblo de San Lorenzo de los negros Minas, su fomento y conservación». AGI,
Santo Domingo, 974, folios 5r-11r. También en AGI, Santo Domingo, 985. Cfr. María
Rosario Sevilla Soler. Santo Domingo, tierra de frontera (1750-1800). Sevilla, Escuela
de Estudios Hispano- Americanos, 1980, pp. 78-79. Ver una breve nota sobre dicha

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Real Cédula en Colección Lugo. «Boletín del Archivo General de la Nación», Año V,
N° 20-21, Ciudad Trujillo, enero-abril de 1942, p. 139.

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Real Cédula del 21 de agosto de 1748, que aprobó lo decidido por dicha Junta,
el padre Pedro Ignacio Altamirano, de la Compañía de Jesús y su procurador
ge- neral de Indias, elevó al rey un memorial en el cual insistía en el
reconocimiento de los derechos de los jesuitas y que se procediera como lo
había dispuesto la Real Audiencia en 1714, o de lo contrario en caso de que se
considerara que con- venía la subsistencia del pueblo de los Minas, que el rey
mandara a la Audiencia dar a la Compañía «porción de tierras útiles que sean
de igual recompensa a las usurpadas y a las contiguas que en tal caso no serán
de provecho al Colegio... y que juntamente sean equivalentes de los
perjuicios que ha padecido y está padeciendo la Compañía desde la
contestación de este litigio tan dilatado». El procurador de los jesuitas
suplicaba al rey «arbitrar uno de los medios super in- sinuados u otro que sea
más del agrado de Vuestra Majestad, con que se termine este negocio sin dar
lugar a que sobre él se ocupe de nuevo la real atención...».58 El fiscal de la Real
Audiencia de Santo Domingo, en vista del memorial del padre Pedro Ignacio
Altamirano, opinó que ese asunto había quedado ya resuel- to y solo restaba
«dar equivalente de las tierras a los Reverendos padres de la Compañía por
alguno de los tres medios propuestos en el pedimento de diez de
julio de cuarenta y uno...».59
A requerimiento de la Real Audiencia, el padre Miguel de Gereda, rector
del colegio de la Compañía de Jesús, presentó una petición en la cual concluyó
que se diera al colegio el «equivalente de las tierras por alguno de los tres
medios propuestos en el pedimento de diez de julio de cuarenta y uno».
Señalaba que esos tres medios consistían, en los siguientes: «el uno de que
usase Vuestra Alte- za del dominio y propiedad que el Vuestro Fiscal entonces
suponía reservado en dichas tierras; el otro de que se le abonase a mi Colegio,
el justo valor de ellas, que... entendía ser el que resultase de su tasación; y el
otro el que se me diese equivalente en otra parte».
El padre Miguel de Gereda proseguía con el examen de cada uno de estos
medios y sus posibilidades de ejecución. En su opinión, «de estos tres
proyectos,

58
Memorial del padre Pedro Ignacio Altamirano, de la Compañía de Jesús, procurador
general de Indias. En «Testimonio de los autos obrados sobre la compra de las tierras
del Tablaso...». AGI, Santo Domingo, 974, folios 4r-5r.
59
Dictamen del fiscal de la Real Audiencia de Santo Domingo. Santo Domingo, 20 de
diciembre de 1751. En «Testimonio de los autos obrados sobre la compra de las tierras

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del Tablaso...». AGI, Santo Domingo, 974, folios 11r-12r.

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el primero y el último no pueden verificarse, porque el dominio y propiedad de


las tierras declarado por Vuestra Alteza, a favor de mi Colegio, pasó muchos
años ha en cosa juzgada y después se ha confirmado también por otros pronun-
ciamientos y el equivalente en tierras no le hay, a lo menos no tengo noticia
que le haya, y fuera menester, que fuese en tal situación, que pudiese
cómodamente unirse o agregarse a las de alguna de las haciendas que tiene mi
Colegio, para que le pudiesen ser útiles, o que dificulta más la propuesta». En
cuanto al se- gundo medio propuesto de pagar a los jesuitas el valor de las
tierras, señalaba el padre Gereda, «resta, pues, solo factible el segundo, pero
considerada la justicia de su valor por el conjunto de circunstancias, que
concurren a la estimación, que tienen en estos tiempos, las que son cercanas a
la ciudad por el que le han qui- tado los negros depopulandolas (sic) de
montes, y por la usurpación del interés que han retenido desde el año de
catorce en perjuicio de mi Colegio, y con lucro suyo gozando ellos los frutos
siempre con resistencia y expresa contrastación (sic) de su dueño».60
Finalmente, sugería que «el fin más fácil y breve» era que el rey diera
Comisión a alguno de sus ministros para que conjuntamente con el fiscal y la
Audiencia conciliaran la diferencia que pudiera haber y fijaran lo que pareciera
justo y lo informaran al rey para que este tomara la resolución más conforme a
Justicia.

Medición de las tierras y compra por el


Estado de los bienes de los jesuitas

En cumplimiento de los autos dictados por el gobernador de la colonia, el


diez de marzo y el primero de agosto de 1755, por el mes de noviembre de ese
mismo año se trasladaron al pueblo de San Lorenzo de los Minas, don Ignacio
Caro de Oviedo, el agrimensor Juan Sánchez Valverde y el padre Ignacio de
Arredondo, de la Compañía de Jesús, para medir las tierras que tenía en ese
lugar el colegio de la referida orden.
Ignacio Caro de Oviedo era de opinión que las tierras se debían medir
geométricamente, pero el padre de Arredondo se opuso y el agrimensor
también

60
Petición del padre Miguel de Gereda, rector del Colegio de la Compañía de Jesús. Sin
fecha, pero el requerimiento o decreto de la Real Audiencia es del 15 de julio de 1753.
En «Testimonio de los autos obrados sobre la compra de las tierras del Tablaso...». AGI,

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 35-91. ISSN: 0009-
La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 8
Santo Domingo, 974, folios 13v-15v.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 35-91. ISSN: 0009-
8 AMADEO JULIÁN

se negó a hacerlo así, y alegó que tenía mandato de la Real Audiencia para que
todas las medidas se ejecutaran conforme al estilo del país. La medición, según
este sistema, arrojaba un excedente en favor de los jesuitas, pues «era
constante, que según dicho estilo el expresado colegio se halla con más de
ocho caballerías de tierra entre las que llaman de Carrión y las de doña
Violante, unidas a otras», según informaba Caro de Oviedo. Con excepción de
un pequeño pedazo de tie- rra donde tenían un tejar de ladrillo y otro lindero
que estaba en discusión con el alférez real don Antonio de Coca, los jesuitas
estaban dispuestos a vender el res- to de las tierras, para que se destinaran a la
subsistencia del pueblo de los Minas. Caro de Oviedo opinaba que esas tierras
se necesitaban y que se podían la- brar y mantener ciento cincuenta familias,
en una extensión de seis caballerías y treinta mil varas de tierra, a razón de
cinco mil varas por familia, o mil varas por persona. Además, se debía tomar
«el resto, hasta componer siete caballerías y media en el todo para que se
destinen una Caballería de Egido y servicio común al dicho pueblo, y las
treinta mil varas, que resultan divididas por mitad para que tengan en que
laborar un conuco, que ayude a mantenerse los sujetos que fueren destinados
para cura y gobernador».61 Las siete caballerías y media de tierra de- bían ser
medidas geométricamente para que cada una tuviera «las ciento veinte mil
varas de que debe componerse para que se pueda hacer la división como se
propone». La aplicación de ese sistema de medición podría dar lugar a que las
tierras de los jesuitas resultaran insuficientes, al no llegar a la cantidad de siete
caballerías y media. En este caso, lo que faltare se debía suplir con otras tierras
contiguas, que pertenecían al capitán Manuel Marocho.
El 25 de octubre de 1757, el sargento mayor Ignacio Pérez Caro de Oviedo,
comisionado por el presidente gobernador y capitán general de la colonia espa-
ñola, estando en el pueblo de San Lorenzo de los Minas, mandó que se iniciara
el deslinde y medida de la tierra de dicho pueblo que pertenecía al Colegio de
la Compañía de Jesús. A dicho acto fueron citados los circunvecinos y
colindantes y asistieron, además del mismo Ignacio Pérez Caro de Oviedo y el
agrimensor público de la ciudad de Santo Domingo, teniente don Juan
Sánchez Valverde, el alférez real don Antonio Coca y Landeche, en su
condición de colindante y

61
Información de don Ignacio Caro de Oviedo, sobre las tierras necesarias para el pueblo
de San Lorenzo de los Minas. Santo Domingo, 24 de agosto de 1756. En «Testimonio
de los autos obrados sobre la compra de las tierras del Tablaso...». AGI, Santo

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La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 8
Domingo, 974, folios 23r-26v.

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el hermano Diego Álvarez, religioso coadjutor de la Compañía de Jesús, quien


asistió en representación de su Colegio.
Las operaciones de mensura comenzaron al norte del pueblo de los Minas
en un paraje donde había «una cruz, una estaca y dos piedras señales que
sirven de guardarraya con las tierras de dicho Alférez Real», y a una distancia
de cua- renta y seis cuerdas y nueve varas llegaron a un árbol de penda, que se
picó por lindero de dicho alférez real, del tejar de los jesuitas y de las tierras
que estaban midiendo para el pueblo. En ese lugar, el alférez real don Antonio
Coca y Lan- deche puso una mojonadura de cal y canto con una piedra donde
estaba grabado el nombre de Dávila «para que se conociese en todo tiempo ser
aquel lindero de su Mayorazgo».
En el acta de mensura consta detalladamente el número y lugar de las es-
taciones, los rumbos y las distancias, los nombres de los parajes y de los pro-
pietarios colindantes, las marcas y señales de los linderos y sus características
naturales y artificiales, los accidentes topográficos y otros datos de indudable
interés geográfico e histórico. Para ilustración sobre este tipo de información,
podemos ofrecer algunos ejemplos como el que figura al final de uno de los
pri- meros tramos de la medición en el que se expresa: «se llegó al paraje que
llaman la Cabeza del Cachón de Escoto donde se halló un árbol con una cruz
clavada en su tronco señal de lindero de las tierras de los padres de la
Compañía, y de la estancia de Joseph Fino con que quedó en esta diligencia
por de las tierras del pueblo y de Joseph Fino».
Asimismo, en otro lugar se dice: «llegamos a un árbol de higo, que está
en la Laguna de Villafaña». Y al inicio de la siguiente estación se anota: «Se
prosiguió la medida desde el dicho árbol de Higo y Laguna de Villafaña, por el
mismo camino con diversos rumbos... y con treinta y cuatro cuerdas llegamos
al camino real a una piedra hecha punta aguda, que sirve de lindero...».
También se mencionan: «un paraje donde estaba un árbol que se llamaba el
Mamey del Con- tador»; el «hoyo de Diego de Toledo»; «la cañada que llaman
de Manganagua»; y «el tejar de doña Lucía Moxica», entre otros.
El último tramo de la medición quedaba descrito así: «Se prosiguió la dicha
medida por la vera del río y habiendo caminado al norte catorce cuerdas, y al
Nor Norueste veinte y tres se llegó a la cañada del pueblo, que está debajo su
Iglesia de aquí se caminó con el rumbo Nordeste y el de cincuenta y cuatro
grados del cuarto cuadrante veinte dos y veinte y tres grados del mismo y el
Nornorueste diez y seis cuerdas y media con las que se llegó a la Cruz, estaca y

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La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 9

piedra donde se empezó la medida...». En realidad, en este último trecho había


una distancia de catorce cuerdas, como lo comprobó el Agrimensor, después de
corregir el rumbo. Por la importancia de ese documento, con la mensura de las
tierras de los jesuitas, lo reproducimos en el anexo al presente trabajo.
De la mensura, realizada geométricamente, resultó que las tierras de los je-
suitas solo tenían una extensión superficial de cuatro caballerías y media y
once mil ciento y seis varas labraderas, por lo cual el comisionado del
gobernador, el sargento mayor don Ignacio Pérez Caro de Oviedo, al ver que
«esta tierra no es bastante a completar el proyecto que tiene hecho para la
formación del pueblo reservó tomar las más que se necesitan de las estancias
de Joseph Fino y Manuel Marucho».62
En las tierras medidas por el agrimensor estaba incluida una peonía, que se
consideraba como del fundo primitivo del pueblo de los Minas, y perteneciente
al rey, y por esa causa no tenía que pagarse a los jesuitas el valor de la misma,
según advertía al gobernador el referido comisionado. También este le
recomen- daba al gobernador «que para el caso que se pretendan dar las siete
caballerías y media de tierra que ha regulado el que representa a los vecinos de
dicho pueblo es necesario, que se obligue a los circunvecinos, a que hayan de
venderla».63
Don Antonio de Coca y don Joseph Polanco, por parte del rey y don
Ignacio Ignojosa y don Fernando Vello por parte del colegio de la Compañía
de Jesús, fueron nombrados para hacer el aprecio y la estimación de la estancia
y tejar propiedad de los jesuitas.
Los bienes evaluados fueron los siguientes:

«La casa de vivienda maltratada con una cama antigua, vale cuarenta y cinco
pesos. Una mesa de caoba vale dos pesos.
Otra mesa mediana, Un peso.
Dos Sillas antiguas dos pesos las dos.
/f. 64r./

62
Acta de Mensura de las tierras del Tablaso propiedad de los jesuitas. San Lorenzo de los
Minas, 25 de octubre de 1757. En «Testimonio de los autos obrados sobre la compra de
las tierras del Tablaso...». AGI, Santo Domingo, 874, folios 29r-35v.
63
Representación de Ignacio Caro de Oviedo al gobernador. Santo Domingo, sin fecha.
En «Testimonio de los autos obrados sobre la compra de las tierras del Tablaso...». AGI,
Santo Domingo, 974, folios 35v-36v.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 35-91. ISSN: 0009-
9 AMADEO JULIÁN

Una cantadera en dos pesos.


Dos Banquitos y un Taburete, catorce reales.
Una cocina con buren, y guariquiten muy maltratado, ocho pesos.
El boxio del negro capitán con su gallinero, seis pesos.
Por el Voxio de Antonio Cofy, seis pesos.
La ramada grande de hacer ladrillos con diez varas de ancho, y cincuenta de
lago cobijada de nuevo, y bien acondicionada, en Ciento Noventa y Seis pesos
y cuatro reales.
Ocho moldes de ladrillos, cuatro pesos.
La ramada pequeña, cincuenta pesos.
El horno de quemar ladrillos, ciento cuarenta y cinco pesos. /f.
64v./ La ramada de dicho horno en diez pesos.
Un horno de quemar loza, cincuenta pesos.
Un torno para hacer loza, ocho pesos.
Dos hornos de cal, noventa pesos.
Un pila para amasar barro, siete pesos.
Tres azadas a cuatro reales.
Veinte y ocho árboles naranjos de china y babor a dos reales de
plata. Catorce de nísperos a cuatro reales.
Siete de granadas a dos reales.
Un árbol higuera, un peso.
Treinta árboles de café, a real.
Cuarenta y cuatro de cacao, a cuatro reales.
Cuatrocientas matas de plátanos en diez y seis pesos, y cinco reales.
Dos árboles de zapote mamey, en /f. 65r/ tres pesos los dos.
Seis matas de coco, a tres pesos y medio cada una, veinte y un pesos.
Un árbol guatapana, cuatro reales.
Un conuco con ocho tareas de yuca de cuatro meses, a dos pesos tarea.
Un caballo viejo, nueve pesos.
Caballería y media de tierra en que está situado el Tejar con buen barro para
ladrillo y leña correspondiente, en cuatro cientos y cincuenta pesos».64

64
«Aprecio y estimación que hacen don Antonio de Coca, y don Joseph Polanco, por parte
del rey, y don Ignacio Ignojosa, y don Fernando Vello, por la del Colegio de la
Compañía de Jesús, de la Estancia y Tejar del Río arriba de esta ciudad propia de dicho
Colegio». En «Testimonio de los autos obrados sobre la compra de las tierras del
Tablaso...». AGI, Santo Domingo, 974, folios 63v-65r.

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La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 9

El 18 de febrero de 1760, el gobernador Manuel de Azlor recibió en


nombre del rey «las cuatro caballerías y media, once mil ciento y seis varas
geométricas de tierras labraderas, que se han medido geométricamente para
que en ellas (y en las demás que hubiere lugar) se establezca y fomente el
pueblo bajo el repar- timiento propuesto por el sargento mayor don Ignacio
Pérez Caro de Oviedo...». El gobernador Azlor también hizo constar que
recibía «la tierra, viviendas, la- branzas, hornos, y demás útiles de que se
compone la hacienda de tejar» y que daría por separado las providencias
correspondientes de la porción de cal y la- drillo, con que dichos negros
deberían contribuir.
En lugar de compensar a los jesuitas con otras tierras, el gobernador se
incli- naba por pagar el precio de las que se habían expropiado en dinero
efectivo, ya que no había tierras del rey disponibles y las demás se encontraban
ocupadas por terceros. Por eso, consideraba como una fuente de nuevos
conflictos la compen- sación en tierras a los jesuitas y declaraba que la misma
se debía hacer con di- nero de la Real Hacienda, «dándose a dicho Colegio por
las cuatro caballerías y media, y once mil ciento seis varas de tierra el valor de
mil novecientos doce pe- sos y cuatro reales» que era el valor promedio que
escogía el gobernador «entre la tasación hecha por los terceros y la tasación
pretendida por el Señor Fiscal».
Asimismo, el gobernador Azlor aprobaba «la tasación hecha de las
fábricas, hornos, labranzas y demás que comprende el tejar en la cantidad de
mil ciento noventa y cuatro pesos y siete reales, que juntos con los mil
novecientos doce pesos y cuatro reales, valen tres mil ciento siete pesos y tres
reales...». Esta suma se debía pagar por los oficiales reales de los caudales de la
Real Hacienda exis- tentes, y antes de que se hiciera efectivo, el vice-rector del
Colegio de la Com- pañía debía dar fianzas para responder de esa suma hasta
tanto el rey aprobara la negociación.
Realizada la compra de las tierras de los jesuitas, el gobernador se
reservaba el derecho a «mandar el repartimiento de las dichas tierras entre los
vecinos del expresado pueblo, y establecerles el modo de gobierno más
conveniente a man- tenerlos en paz y justicia, y bajo la subordinación del
rey».65
El padre Pedro Zabala, vicerrector del Colegio de la Compañía de Jesús,
presentó como fiador al teniente don Jaime Aponte, quien fue aceptado por el

65
Auto del gobernador Manuel de Azlor. Santo Domingo, 18 de febrero de 1760. En

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«Testimonio de los autos obrados sobre la compra de las tierras del Tablaso...». AGI,
Santo Domingo, 974, folios 67r-70v.

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fiscal y los oficiales reales y prestó fianza, para que los jesuitas pudieran reci-
bir el pago del precio de sus tierras y demás bienes. El 29 de febrero de 1760,
el padre Zabala recibió de los oficiales reales la suma de tres mil ciento siete
pesos y tres reales, y bajo reserva de lo que decidiera el rey, otorgó el recibo
correspondiente.66
En el horno de quemar ladrillos o tejar, adquirido junto con las tierras que
pertenecían a los jesuitas, trabajarían los negros del pueblo de los Minas, en
parte en provecho del rey, en la fabricación de los materiales de construcción
de ese tipo, destinados para las obras públicas que se edificarían en la ciudad
de Santo Domingo. El gobernador Azlor entendía que se trataba de una
obligación contraída por los pobladores de los Minas, al contar con esta fuente
de trabajo facilitada por el Estado, sin costo de parte de aquellos, pero no
explicaba en qué medida debía aplicarse esa obligación, cuál era la extensión
de la misma ni sus proporciones, los jornales que percibirían los negros
empleados, el régimen bajo el cual funcionaría, a cargo de quién estaría la
dirección y administración de la misma, ni se refería a la distribución de las
ganancias que pudiera generar esa actividad económica o primitiva
manufactura.
Tanto para poner en producción el tejar como las tierras «sin pérdida de
tiempo», el gobernador Azlor expidió «órdenes y bandos circulares para toda la
isla para que ocurran y se presenten en dicho pueblo todos los vecinos
antiguos, y las familias descendientes de estos que se habían separado y viven
o han vivi- do los más en los campos y montes sin preciso conocido
domicilio».67

66
Escritura otorgada por ante el escribano público Juan de Lavastida. Santo Domingo, 29
de febrero de 1760. En «Testimonio de los autos obrados sobre la compra de las tierras
del Tablaso...». AGI, Santo Domingo, 974, folios 74v-75v. En las cuentas de la Real
Hacienda de Santo Domingo, figura una partida entre las datas del año 1760 que
expresa lo siguiente: «En veinte y nueve de febrero damos en data veinte y cuatro mil
ochocientos cincuenta y nueve reales pagados al R. P. Pedro Zavala, Vice-Rector del
Colegio de la Compañía de Jesús, cuya cantidad en auto del Superior Gobierno se le
mandó dar en compensación de una hacienda de hacer ladrillos y tierras que se le
tomaron para fomento del pueblo de los Minas y fábricas del rey, la que se le entregó
habiendo precedido fianza de lo que S. M. resuelva en este asunto como consta de los
instrumentos y fee de paga. 24,859». AGI, Contaduría, 1069-B. Expresados en pesos,
24,859 reales equivalen a 3107 pesos y 3 reales, pagados a los jesuitas por las indicadas
tierras.
67
Carta del gobernador de Santo Domingo, Manuel Azlor al rey. Santo Domingo, 10 de

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abril de 1760. AGI, Santo Domingo, 974. Con dicha carta Azlor remitió el «Testimonio
de los autos obrados sobre la compra de las tierras del Tablaso...».

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El gobernador Azlor y el arzobispo, de común acuerdo, procedieron al


nom- bramiento de un cura, que debía permanecer en el pueblo para asistir
espiri- tualmente a los pobladores de los Minas. En vista de que el curato
carecía de diezmos «con que se le acuda por vía de congrua», el gobernador le
señaló una asignación de quince pesos mensuales, con cargo al ramo de Real
Hacienda de las cajas de Santo Domingo. Al mismo tiempo la máxima
autoridad de la colonia nombró al sargento Juan Díaz, de la Compañía de
Artillería de la plaza de Santo Domingo, gobernador del referido pueblo y
puso bajo su mando una guardia
«para que le auxilie en las providencias prontas que puedan ocurrir». El gober-
nador Azlor tenía el propósito, cuando al pueblo de los Minas se integraran más
negros de los que habitaban dispersos en los campos y montes, «nombrar de los
mismos vecinos Cabildo y Justicias, que sigan bajo de las mismas reglas de las
demás poblaciones de la isla». Por el momento, bajo la dirección del
gobernador y el cura, los vecinos arraigados en los Minas se dedicaron a reparar
su Iglesia. El fiscal del Consejo de Indias opinó que se aprobara todo lo que
había eje- cutado el gobernador Azlor y que se le dieran las gracias por su celo
y actividad. Al mismo tiempo, el fiscal recomendaba se debía advertir al
gobernador que continuara «en la práctica de los medios que se necesiten para
que surtan efecto estas tan útiles y saludables providencias, y que esté a la
mira de su ejecución, y de cuenta del estado de dicho pueblo en las ocasiones
que se ofrezcan». Por último, proponía consultar al rey «a fin de que tenga a
bien aprobar el gasto que se ha hecho de su Real erario, y expedir la orden
conveniente para que se cancele la fianza otorgada por el padre rector del
Colegio de la Compañía».68 El Conse- jo de Indias, al conocer y aprobar
también el asunto, reprodujo exactamente la
opinión del fiscal.69

Aumento del número y la explotación de la población esclava


en la colonia francesa y de las fugas a la colonia española

A mediados del siglo XVIII el aumento del número y la intensificación de


la explotación de los esclavos de la colonia francesa, alcanzaba sus más altos

68
Opinión del fiscal del Consejo de Indias sobre la compra de las tierras del Tablaso a los

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jesui- tas para el pueblo de los Minas. Madrid, 15 de enero de 1761. AGI, Santo Domingo,
920.
69
Consulta del Consejo de Indias. Madrid, 22 de junio de 1761. AGI, Santo Domingo, 920.

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niveles, y eran la causa del incremento de las fugas de los esclavos de ambos
se- xos hacia la colonia española. El 18 de octubre de 1760, el gobernador de
Santo Domingo escribió al rey una carta, en la cual le expuso, que por varias
cédulas y órdenes estaba mandado que se restituyeran a los franceses de la
colonia de Saint-Domingue, los negros esclavos que se fugaran hacia la parte
española. Se- gún el gobernador Azlor, esas fugas eran debidas al trato
riguroso y a los trabajos a que eran aplicados los esclavos, de ambos sexos, por
los franceses. La devo- lución se hacía siempre que fueran reclamados por sus
legítimos dueños, con la seguridad de que no habían cometido otro delito que
el de la fuga, y de que por esta causa no iban ser castigados, condición esta
última con la cual no siempre se cumplía, y había dado lugar a quejas ante el
gobierno francés.
Cuando no procedía la devolución, «se había observado la práctica de
depo- sitar en el aprehensor u otra persona cualquiera» los negros fugitivos
apresados y que no habían sido reclamados. De estos, algunos se mantenían en
esa condi- ción, «pero muchos o los más no queriendo sujetarse», andaban
«prófugos por los campos no teniendo domicilio determinado», y vivían «sin
sujeción cristiana ni política y cometiendo todo género de delitos, pudiendo
con el tiempo causar mayores embarazos».
En vista de esa situación, el gobernador de la colonia española, por su cita-
da carta, propuso al rey que los esclavos que no fueran reclamados ni se sabía
quiénes eran sus amos y por tanto, a quienes debían devolverse, se pudieran
considerar como bienes vacantes y venderlos en beneficio de la Real Hacienda
«como lo observan los mismos franceses, y están practicando diariamente con
los aprehendidos en su territorio, depositando su valor por el término de un año
y un día, y pasado se aplica al rey, si no han ocurrido partes legítimas a justificar su
derecho». Esta última medida recomendada por el gobernador, tenía por objeto
paliar, en cierto modo, la falta de esclavos negros en la colonia española.
El rey declaró que no había lugar a la devolución de los esclavos
reclamados por sus dueños y mucho menos que se procediera a la venta de los
que no tuvie- ran dueños, como proponía el gobernador. Por Real Cédula del
21 de octubre de 1764, el rey resolvió «No haber lugar a la restitución de los
mencionados negros de que se trata en el caso de reclamarlos sus dueños, y
menos a que se defiera el medio y arbitrio que proponéis, sino que quedando
en la libertad que hoy gozan, se les procure atraer por medios suaves para que
se reduzcan a población y vida cristiana, política y sociable». También

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recomendaba el rey que se les prometie- ra, si fuere necesario, «su indulto en
mi Real nombre», y que después se pusieran

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La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 7

al cuidado de algunos vecinos honrados que se encargaran de su enseñanza y


de que se ocuparan en los trabajos y cultivos de los campos, «a proporción de
las fuerzas y constitución de cada uno», a fin de cortar la ociosidad, y de que
pu- dieran adquirir por sí mismos su sustento. Por último, el rey ordenaba que
«para precaver los insultos que cometen los expresados negros prófugos, que
habitan en los montes y sierras despobladas de esa isla, y evitar el recelo de
que en algún tiempo se formen acaso crecidas poblaciones que pongan a riesgo
la seguridad de ella», las autoridades de la colonia dispusieran y cuidaran de
que los negros de esa clase y procedencia se pusieran separados en los parajes
y distancias don- de fuera posible evitar cualquier contingencia o perjuicio.70
El gobernador Azlor trató por todos los medios de hacer revocar esa Real
Cédula. Alegaba que los franceses tenían más de 140,000 esclavos negros y
que bastaba que huyeran a territorio español una cuarta parte de ellos para
producir- se una situación incontrolable. Además, los franceses tratarían de
recuperarlos por sus propios medios, dando lugar a una situación de
inseguridad. Al mismo tiempo, alegaba que esa decisión también repercutiría
en la población de negros libres, asentada en San Lorenzo de los Minas, ya que
estos no apreciaban la li- bertad que se les había concedido, y eran proclives a
ser ociosos, vagabundos y a no asimilar los principios religiosos que se le
trataban de inculcar. Al mismo tiempo Azlor sostenía que la Real Cédula del
21 de octubre de 1764 era perjudi- cial a los franceses y afectaba al Pacto de
Familia, así como a otras disposiciones reales y convenciones firmadas por él y
el general francés M. Bory, en 1762, que había sido aprobada por el rey.71
En carta del conde de Estaing, gobernador de la colonia francesa al duque
de Choiseul, del 28 de octubre de 1766, le informa que Azlor le había hecho
conocer las órdenes del Consejo de Indias que acababa de recibir en relación
con la Real Cédula del 21 de octubre de 1764. A juicio del conde de Estaing
la

70
Real Cédula al gobernador de Santo Domingo. San Ildefonso, 21 de octubre de 1764.
AGI, Santo Domingo, 889, libro 55, fol. 250v. Publicada en Richard Konetzke,
Colección de documentos para la historia de la formación social de Hispanoamérica,
Vol. III, Tomo I, N° 194, pp. 322-323. Manuel Lucena Salmoral. Los códigos negros de
la América Española. Madrid, Universidad de Alcalá, Ediciones UNESCO, 1996, p. 25.
71
Carta del gobernador Manuel Azlor a Julián de Arriaga. Santo Domingo, 10 de diciembre
de 1765. Publicada en Carlos Esteban Deive. Recopilación diplomática relativa a las
colonias española y francesa de la Isla de Santo Domingo, 1684-1801. Santo Domingo,
Comisión Permanente de la Feria del Libro, 2000, p. 225.

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publicidad de esa decisión hubiera sido suficiente para hacer pasar en el


espacio de un mes más de cuarenta mil negros de la parte francesa a la
española.72
El gobernador francés d’Estaing fue sustituido por M. de la Valtiere, quien
tenía la encomienda de negociar un nuevo acuerdo con el gobernador Azlor,
sobre la venta de ganado y la restitución de los esclavos prófugos. El 11 de
sep- tiembre de 1766, se suscribió un acuerdo, mediante el cual los franceses
podrían comprar la cantidad de ganado que necesitaran. En estos casos, los
carniceros o proveedores de carne franceses, irían a los hatos españoles a
comprar los gana- dos, y por derechos de salida solo se pagaría 24 reales por
cada mancuerna, en lugar de 40, o 12 por cada cabeza en lugar de 20, como
habían estado tasados.
En cuando a los esclavos fugitivos se acordó que ambas colonias se
compro- metían a devolver los que se pasaran de una a otra, previo pago de 25
pesos por cada uno, como ya antes se había establecido por el tratado de 1762.
También se restituirían los hijos de las esclavas que nacieran durante la fuga.
Para impedir que los habitantes de una u otra colonia dieran protección o se
aprovecharan de los esclavos fugados, se estableció una multa de 60 pesos que
se aplicaría a todo ve- cino que hubiera incurrido en ese hecho, y se le
encontrara en su casa o habitación
«negro extranjero o cimarrón, sin haberlo declarado al alcalde o juez del
pueblo más vecino». El importe de la multa se «repartiría entre el hospital, el
denunciador y los soldados o personas que apresaran al prófugo». Finalmente,
se acordó que tanto los españoles como los franceses tomarían todas las
medidas oportunas para reducir los cimarrones que estuvieran alzados cerca de
sus fronteras.73
El 2 de noviembre de 1766, el embajador de Francia en Madrid, se dirigió
al rey de España, e hizo acompañar su reclamación con varios documentos,
«diri- gidos a fundar la revocación o reformación de lo dispuesto» por la Real
Cédula del 21 de octubre de 1764, ya que sostenía que si se mantenía la misma,
«todos los negros de la parte de su nación en esa isla harían sucesivamente
fuga, porque esta les ofreció la libertad y establecimiento en esos mis
dominios».
El rey de España después de haber consultado al Consejo de Indias, por su
Real Cédula del 3 de septiembre de 1769 dispuso, al mismo tiempo de repren-
der severamente al gobernador Azlor, por los excesos que había cometido,
«que

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La fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo 8

72
Carta del gobernador conde de Estaing al duque de Choiseul. Cabo Francés, 28 de
febrero de 1766. En Ibídem, p. 226.
73
Cfr. Carlos Esteban Deive. Los guerrilleros negros…, pp. 169, 172 y 177. Manuel
Lucena Salmoral. Los códigos negros de la América Española, pp. 25-26.

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subsistiera y llevara a puro y debido efecto la determinación tomada en la


citada real cédula del 21 de octubre de 1764, en cuanto a los esclavos
cimarrones que se refugien» en la colonia española, con la salvedad de
aquellos que se hubieran refugiado o se refugiaran en las poblaciones donde se
guarde la restitución, caso en los cuales se debería proceder de acuerdo a lo
prevenido y ordenado por las anteriores reales cédulas expedidas en el asunto.
En lo relativo a la extracción de ganado de la colonia española para llevar a la
colonia francesa de la isla, se ordenaba que se corrigiera el exceso que el
acuerdo suscrito entre los dos gober- nadores contenía.74
La población de negros libres de la colonia española no solo se formaba
con los esclavos huidos de la colonia francesa que adquirían su libertad al
establecer- se en la parte oriental de la isla de Santo Domingo, sino también
con los esclavos propiedad de los colonos españoles que eran liberados por
estos, al concederles la manumisión.
El elevado número de negros y mulatos libres, había dado lugar a que se
tomaran medidas para limitar el acceso de los esclavos a la obtención de su
liber- tad. En las Ordenanzas del Cabildo de Santo Domingo para impedir la
deserción de los esclavos, del 27 de abril de 1768, se incluyeron disposiciones
para res- tringir las posibilidades de la adquisición de la libertad por los
esclavos negros. En el artículo 38 de dichas Ordenanzas se prohibió a los
esclavos que pudieran
«tratar de su libertad por sí, ni por interpósitas personas, apercibidos de las
penas que parecieren más conformes».75
En el artículo 39 se hacía un inventario de los males que según se alegaba
resultaban de conceder los dueños la libertad a algunos esclavos. En una
especie de declaración preliminar, antes de pasar a la parte dispositiva del
indicado texto

74
Real Cédula dada en San Ildefonso, el 3 de septiembre de 1769. AHN., Códices, tomo
708, folio 180, núm 191. AGI, Santo Domingo, 944. Manuel Lucena Salmoral.
Regulación de la esclavitud negra en las colonias de América Española (1503-1886):
Documentos para estudio. s. l., Universidad de Alcalá, Universidad de Murcia, 2005, pp.
226-229. Publicada por Carlos Esteban Deive. Los guerrilleros negros…, pp. 295-298.
Reproducida de esta última obra, por José Luis Sáez, La Iglesia y el negro esclavo…,
pp. 414-419.
75
Capítulos de Ordenanzas dirigidos a establecer las más proporcionadas providencias así
para ocurrir a la deserción de negros esclavos, como para la sujeción y asistencia de
estos. 27 de abril de 1768. En Javier Malagón Barceló. Código Negro Carolino (1784).

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Santo Domingo, Museo del Hombre Dominicano, 1974, pp. 123-124. También en
Manuel Lucena Salmoral. Los códigos negros de la América Española, pp. 31, y 178-
179.

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legal, se expresaba lo siguiente: «Ha enseñado la experiencia que al dar la


liber- tad a algunos esclavos, que entendemos ser obra piadosa, resulta, por lo
con- trario, pecaminosa, reprensible y perniciosas consecuencias; no solo ya
contra vindicta pública, sino también contra los mismos beneficiados; pues
libres del freno de la esclavitud, sin respeto que los contenga, y con los negros
influjos de su mala naturaleza, se convierten en rameras unas, en ladrones,
ebrios y tahúres otros, y todos en haraganes y polilla de la República».
Después de este discurso, para justificar la esclavitud, en el referido
artículo se disponía lo que sigue, de esta manera: «Por lo que igualmente
prohibimos que los señores y patronos de dichos esclavos puedan, por su
propia autoridad, otorgar tales libertades, sin que primero ocurran a la venia y
permiso del superior gobierno para que especulados en aquel serio tribunal,
con vista del procurador general, las causas que los promueven y las
circunstancias de los sujetos, en cuyo favor se tratan, aprueben o denieguen
según las consecuencias que prome- ten dichas libertades».
En 1769, se estimaba que la población de la colonia española de la isla de
Santo Domingo ascendía a 63,079 almas y que había 8,500 esclavos. La com-
posición racial de la población libre se caracterizaba por la presencia de una
minoría blanca y la predominancia de negros, mulatos y mestizos. Un contem-
poráneo apreciaba que «a excepción, de tal cual familia principal de la capital y
los Isleños o pueblos fundados con gentes extraídas de las Canarias que llevan
Estrella, todos los demás son negros, mulatos y mestizos libres».76
En 1788, mientras la población de la colonia francesa de Saint-Domingue,
según un autor, estaba integrada por 27,717 blancos, 21,808 negros y mulatos
libres y 405,564 esclavos, la población de la colonia española de la isla, se es-
timaba en 30,000 blancos, 80,000 negros o mulatos libres, y 15,000 esclavos.
Otro autor, ofrece las mismas cifras para la colonia española de Santo
Domingo, en 1788, pero difiere en las estimaciones de la población de la
colonia francesa de Saint-Domingue, que aporta el primero de los autores,
para ese mismo año,

76
«Estado general de las poblaciones de la isla Española de Santo Domingo, con el número
de su vecindad, a fines de 1769 y el que en el de 1782 le regula el racionero don José
Sánchez Valverde». Publicado por José Antonio Caro Álvarez. Boletín del Museo del
Hombre Dominicano, N° 3, Santo Domingo, 1973, pp. 328-331. En realidad, el autor
del documento es el racionero Antonio Sánchez Valverde, como ha demostrado
Raymundo González, en «Antonio Sánchez Valverde, naturalista». Anuario, No. 2,
Centro de Altos Estudios Humanísticos y del Idioma Español, Santo Domingo, 2002-
2003, pp. 67-74.
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ya que señala que estaba compuesta por 27,787 blancos, 21,810 negros y mula-
tos libres, y 405,828 esclavos, para un total de 455,425 habitantes.77

Naturaleza jurídica de las tierras repartidas


a los negros libres de los Minas

En la historia agraria de la colonia española de la isla de Santo Domingo, la


compra por el Estado de las tierras de los jesuitas para repartirlas a los negros
libres asentados en el pueblo de San Lorenzo de los Minas y a los que vinieran
a vivir a este desde otros lugares de la isla, ha sido considerado como el primer
caso de que se tenga noticia, de una expropiación por causa de utilidad pública,
para los fines de resolver el problema social originado por el conflicto entre
gru- pos e instituciones, que entraban en pugna, a causa de la ocupación y
posesión de la tierra y el ejercicio del derecho de propiedad.
Esa solución ha sido considerada como una especie de reforma agraria, con
características que guardan más similitud con lo que hoy se conoce con ese
nombre, que los procesos que han recibido esta calificación, más generales en
cuanto a su dimensión territorial, porque se extendían a toda América y de una
naturaleza jurídica muy particular, porque se trataba de situaciones de hecho a
las cuales por necesidades fiscales se les legalizaba, como sucedió en 1591,
con la composición de tierras y en 1754, con la Instrucción de ese año, sobre
venta y composición de tierras realengas.78
Sin embargo, hay que señalar que las tierras en las que fueron asentados los
negros libres, que se fugaban de la colonia francesa a la colonia española de
Santo

77
Las cifras de la población, dadas, en primer lugar, tanto para la colonia francesa como para
la colonia española de la isla de Santo Domingo proceden de Charles Frostin. Les
révoltes blanches à Saint-Domingue…, pp. 28-29. Las de la colonia francesa, que
presentan un ligero aumento respecto a las anteriores, y las de la colonia española que
no ofrecen ninguna variación, figuran en Alexandre Moreau de Jonnès. Recherches
Statistiques sur l’esclavage colonial et sur les moyens de le supprimer. Paris,
Imprimerie de Bourgogne et Martinet, 1842. Reimpresa en Genéve, Slatkine Reprints,
1978, pp. 27, 46, y 48.
78
Acerca del calificativo de reforma agraria dado a los procesos originados por la Real
Cédula de 1591, sobre composición de tierras, y la Real Instrucción de 1754, relativa a
la venta y composición de tierras realengas, ver José M. Ots Capdequí. El régimen de la
tierra en la América española durante el período colonial. Ciudad Trujillo, Universidad
de Santo Domingo, 1946, pp. 67-78 y 105-117.
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Domingo, incluyendo las que fueron compradas a los jesuitas, no les fueron
otorgadas en propiedad, sino a título de usufructo.
Las cuatro caballerías y media de tierras compradas a los jesuitas en 1760,
para repartírselas a los habitantes del pueblo de los Minas, continuaron siendo
propiedad del Estado español. El dominio del Estado sobre esas tierras se
justifi- caría por no haber sido nunca transferidas en propiedad a los negros
libres de los Minas, sino solo dadas en usufructo para que estos las cultivaran.
Por eso, en el testimonio de la visita, corte y tanteo anual de las cajas reales,
que llevó a cabo el gobernador de Santo Domingo, don Isidro de Peralta y
Rojas, el 2 de enero de 1784, entre las tierras propiedad del Estado, se
incluyeron «Las tierras en que está fundado el pueblo de los Minas de más de
cuatro caballerías». Además, otras tierras colindantes a las anteriores, estaban
arrendadas por el Estado, y es- tarían destinadas a ser cultivadas por los
pobladores de los Minas. En el mismo testimonio consta, el nombre del
propietario y la cantidad de tierras arrendadas:
«Las tierras contiguas a las antedichas que se componen de tres peonías
arrenda- das a don Ignacio de Hinojosa».79
En 1801, Toussaint Louverture ocupó la parte oriental de la isla de Santo
Do- mingo, para ejecutar la cesión de la colonia española a Francia, que había
sido acordada por el Tratado de Basilea, celebrado en 1795.
En un inventario levantado para entregar a Toussaint, las propiedades de
la Real Hacienda, o sea del Estado español, que pasarían a formar parte de la
propiedad del Estado francés, a consecuencia de la cesión operada en virtud
del Tratado de Basilea, los oficiales reales incluyeron las «cuatro caballerías y
media de tierra labradera en que está fundado el pueblo de San Lorenzo de los
Minas, distante como una legua río arriba de esta ciudad».80

79
Testimonio de la visita a la Real Contaduría por el gobernador de Santo Domingo, don
Isidro de Peralta y Rojas, el 2 enero de 1784, enviado con carta dirigida por el
gobernador a Joseph de Galvez, el 25 de febrero de 1784. AGI, Santo Domingo, 1047.
80
Fray Cipriano de Utrera. «Toussaint Louverture aniquila el Batallón Fijo de Santo
Domingo. Adiciones». En Emilio Rodríguez Demorizi (Comp.) Invasiones haitianas de
1801, 1805 y 1822. Ciudad Trujillo, Academia Dominicana de la Historia, 1955, vol. I,
p. 271. Sin embargo, dichas tierras no figuran en la relación contenida en el documento
siguiente: «Propiedades que obtiene la real hacienda en la parte que ha ocupado de la
Isla y Ciudad de Santo Domingo. Santo Domingo, 14 de febrero de 1801». AGI, Santo
Domingo, 1045. También en AGI, Santo Domingo, 1039.

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Anexo

Testimonio de la compra de las tierras del Tablaso a los jesuitas para el


pue- blo de los Minas. Mensura de las tierras. AGI, Santo Domingo, 974, ff.
29r-36v. En el pueblo de San Lorenzo de los Minas término y jurisdicción de
la ciu- dad de Santo Domingo a veinte y cinco de octubre de mil setecientos
cincuenta y siete, el señor sargento mayor don Ignacio Pérez Caro de Oviedo,
comisionado por el señor presidente gobernador y Capitán General de esta isla,
mandó proce- der al deslinde y medida de la tierra de este pueblo que en
propiedad pertenece a los reverendos padres del Colegio de la Compañía de
Jesús, y habiendo precedi- do citación de los circunvecinos y colindantes, con
asistencia del /f. 29v/ tenien- te don Juan Sánchez Valverde, agrimensor
público de esta dicha ciudad, la del Alférez Real don Antonio Coca y
Landeche como colindante, y la del hermano Diego Álvarez, religioso
coadjutor de dicha Compañía, que asistió por parte de su Colegio nos
constituimos de Norte de dicho pueblo en su paraje donde hay una cruz, una
estaca, y dos piedras señales, que sirven de guarda raya con las tie- rras de
dicho Alférez Real, desde donde se empezó la medida caminando por los
rumbos NO, cuarta al Oeste, y Noroeste, cuarta al Norte, y el Noroeste
distancia de cuarenta y seis cuerdas y nueve varas con la cual /f. 30r/ llegamos
a un árbol de penda, que se picó por lindero de dicho Alférez Real de el tejar
de los Padres de la Compañía, y de las tierras que se van midiendo para el
pueblo, en cuyo pa- raje el digo don Antonio dijo, que iba a poner una
Mojonadura de cal y canto con una piedra donde había grabado el nombre de
Dábila para que se conociese en todo tiempo ser aquel lindero de su
Mayorazgo como en efecto lo puso por obra el mismo día, y porque la
variedad de rumbos que se echaron desde esta cruz a la penda, consiste en el
trabajo de los peones que con dificultad pueden abrir el /f. 30v/ carril línea
recta, debiendo ser lindero derecho de un paraje a otro, el dicho agrimensor
corrigió los expresados rumbos y dijo: que de un paraje a otro corre
directamente el rumbo de cuarenta y siete grados en el cuarto cuadrante
con distancia de cuarenta y seis cuerdas.
Item: se prosiguió la medida desde el dicho paraje, árbol de penda por un
carril, que estaba abierto y se caminó por los rumbos. Los nordeste y sueste los
medios rumbos, cuartos, entero y graduación, que les media distante de sesenta
cuerdas, y ocho varas, con la cual se llegó a un árbol grande de Jobo, que está
/f. 31r/ a la falda de un cerrito y inmediato al río, y porque este rumbo debe ser
dere- cho y la diversidad de los rumbos consistió en el modo como fue abierto

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el carril, el dicho Agrimensor corrigió el rumbo, y dijo que desde la penda al
dicho árbol de

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Jobo corre directamente el rumbo Leste con la distancia de sesenta y ocho


cuerdas, y ocho varas, y se advierte, que el dicho árbol de penda donde se va a
poner la Mojonadura de cal y canto y este árbol de Jobo al pie del cerrito son
límites que dividen las tierras del tejar de los padres de la Compañía y las del
pueblo. /f. 31v/ Iten: se prosiguió la medida por toda la falda del cerrito según
está situado,
y se caminó al rumbo norte ocho varas con que se llegó a las aguas del río, y
siguiendo la orilla del río, y falda del cerrito por los rumbos leste, y
lesnordeste, su cuarta, y graduación, que le media con distancia de trece
cuerdas se llegó al paraje que llaman la Cabeza del Cachón de Escoto donde se
halló un árbol con una cruz clavada en su tronco señal de lindero de las tierras
de los padres de la Compañía, y de la estancia de Joseph Fino con que quedó
en esta diligencia por de las tierras del pueblo y de Joseph /f. 32r/ Fino. Item:
se prosiguió la medida desde el árbol, que está en el Cachón de Escoto
entrando por una cañada en la cual se caminó por los rumbos Leste, y sur
cuarta al Sudeste sus rumbos, medios y cuartos, que incluyen con distancia de
veinte y seis cuerdas a las cuales se dio con un paso, que sirve de mojonadura
dejando la cañada a mano derecha y es de advertir, que para que este lindero
sea conocido, porque es fácil de desbaratarlo los tiempos se necesita ponerle
alguna mojonadura que lo perpetúe.
Item: se prosiguió la medida desde la salida de esta cañada, y habiendo /f.
32v/ caminado por carril abierto, y por el camino, que llaman de Fino por los
rumbos Leste, y Sueste cuarta al Sur, su media y cuartas, y graduación, que les
medían con distancia de trece cuerdas llegamos a un árbol de higo, que está en
la Laguna de Villa Faña, y porque el rumbo desde la salida de la cañada al
árbol de Higo, deber ser derecho, el dicho Agrimensor lo corrigió y dijo, que
directa- mente corría al rumbo de trece grados en el segundo cuadrante con
distancia de doce (tachado: leguas) cuerdas y un tercio.
Item: se prosiguió la medida desde el dicho árbol de Higo y Laguna de Vi-
llafaña por el mimo camino con diversos rumbos, y son desde el Leste Sueste
al sur cuarta al Sudoeste sus rumbos medios, cuartos y graduación, que les
median, y con treinta y cuatro cuerdas llegamos al camino real a una piedra
hecha punta aguda, que sirve de Lindero, y por deber ser este rumbo derecho y
no estar el ca- mino el dicho Agrimensor corrigió el rumbo, y dijo que desde el
árbol, y laguna de Villafaña hasta la piedra del Camino Real corría el rumbo
sueste, cuarta al sur. Item: se prosiguió la medida desde la piedra, que está
en el Camino Real todo este abajo por los rumbos sursu- /f. 33v/ este, y
setenta y cuatro grados dos del tercero cuadrante sus rumbos, medios, cuartas
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y graduación, que les media

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y con la distancia de cuarenta y nueve cuerdas, y tres varas se llegó a un paraje


fonde estaba un árbol que se llamaba el Mamey del Contador y por no estar
llano su lugar hay una cruz, que sirve de lindero.
Item: se prosiguió la medida, y con diversos rumbos del cuarto cuadrante y
la distancia de diez y siete y media cuerdas se llegó al hoyo de Diego de
Toledo, y porque debe ser rumbo derecho de un lindero a otro el dicho
Agrimensor dijo, que desde la Cruz del Mamey del Contador al Hoyo de /f.
34r/ Diego de Toledo corre derecho el rumbo de treinta y cinco grados en el
cuarto cuadrante con la distancia de diez y seis cuerdas y siete varas.
Item: se prosiguió la medida desde el Hoyo de Diego de Toledo, y
habiendo caminado los rumbos de setenta y ocho grados en el tercer cuadrante
y ochenta en el cuarto su rumbo, y graduaciones, que le median por un carril y
con la dis- tancia de cinco cuerdas y tres varas llegamos al hoyo de
Manganagua, y habien- do corregido este rumbo por deber ser derecho resultó
ser el de ochenta y ocho grados en el tercer cuadrante, con la dicha distancia.
/f. 34v/
Item: se prosiguió la dicha medida por la cañada que llaman de
Manganagua, y habiendo caminado toda la Cañada a diferentes rumbos en el
tercer y cuatro cuadrante con distancia de treinta y tres cuerdas, y tres varas
salimos al río de esta ciudad un poco más abajo del Tejar de Doña Lucía
Moxica.
Item: se prosiguió la dicha medida por la vera del río y habiendo caminado
al norte catorce cuerdas, y al Nor Norueste veinte y tres se llegó a la cañada del
pueblo, que está debajo su Iglesia, de aquí se caminó con el rumbo Nordeste y
el de cincuenta y cuatro gradeos del cuarto cuadrante veinte y dos y /f. 35r/
treinta y tres grados del mismo y el Nornorueste diez y seis cuerdas y media
con las que se llegó a la Cruz, estaca y piedra dende (sic) se empezó la medida
y habiendo corregido el dicho Agrimensor el rumbo desde la cañada del pueblo
hasta el lu- gar donde se empezó la medida por deber correr derechamente dijo
era de treinta y un grados en el cuarto cuadrante con la distancia de catorce
cuerdas con lo cual se concluyó esta diligencia que juro por Dios y a una Cruz
en forma de derecho haberla hecho fielmente y el área que comprende la dicha
tierra hecha cuenta de ella geométricamente son /f. 35v/ cuatro caballerías y
medida y once mil ciento y seis varas labraderas y habiendo visto el señor
sargento mayor, que esta tierra no es bastante a completar el proyecto que tiene
hecho para la formación del pueblo reservó tomar las más que se necesitan de
las Estancias de Joseph Fino, y Manuel Marucho, y lo firmó con dicho
Agrimensor, de que doy fe. Ignacio Caro. Juan Sánchez Valverde. Ante mi, Juan
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de Lavastida.

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Señor presidente, gobernador y Capitán General. Don Ignacio Caro de


Ovie- do, sargento mayor de esta plaza, parece ante V. S. y hace presentación
de las diligencias obradas /f. 36r/ en la medida de las tierras del pueblo de San
Lo- renzo, que pertenecen a los Reverendos padres de la Compañía de esta
ciudad, ejecutadas geométricamente por el Agrimensor de esta dicha ciudad, y
teniendo como tiene el que representa concluida esta comisión de orden de V.
S. le hace presente como en las tierras, que resultan medidas por dicho
agrimensor se halla incluida una peonía de tierra que se dice del fundo
primitivo de dicho pueblo, y perteneciente a Su Majestad, que no deberá
compensarse a dichos Reverendos padres, y en esta consideración a V. S.
suplica se sirva hacer por presenta- /f. 36v/ das las diligencias que es merced,
que espera, etc. Otro si: hace presente a
V. S. que para el caso que se pretendan dar las siete caballerías y media de
tierra que ha regulado, el que representa a los vecinos de dicho pueblo es
necesario, que se obligue a los circunvecinos, a que hayan de venderla, ut
supra. Ignacio Caro de Oviedo.

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CLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 93-105.
ISSN: 0009-9376

José Núñez de Cáceres:


de liberal moderado a liberal radical
Fernando Pérez Memén1

Cuando el doctor José Núñez de Cáceres proclamó la Independencia de


Santo Domingo, el 1 de diciembre de 1821, hacía once años que el padre Miguel
Hidalgo había iniciado el proceso de emancipación de México, es decir, el 16
de septiem- bre de 1810, y dos meses y tres días que Agustín de Iturbide, a
saber, el 27 de sep- tiembre de 1821, había entrado victorioso a la ciudad de
México, consumándose la independencia en base al Plan de Iguala y los tratados
de Córdoba que establecían la independencia, la unión de españoles y
mexicanos y la religión católica.
Núñez de Cáceres es el padre de la primera independencia dominicana.
Con él se inició el proceso de nuestra emancipación, que continuó con Juan
Pablo Duarte y los trinitarios el 27 de febrero de 1844 frente a Haití y culminó
el 16 de agosto de 1863, cuando en el cerro de Capotillo, un grupo de
patriotas izó el lábaro patrio, dando apertura a la lucha contra la dominación
española, cuyo período se cerró con la victoria definitiva de los héroes de la
Restauración de la República. Pedro Henríquez Ureña extiende el proceso
hasta el 1873, cuando el pueblo derrotó a Buenaventura Báez y con él toda idea
de anexión o de protec- torado. En esa fecha de conformidad con su opinión,
nuestro país reveló haber alcanzado «la intelección nacional»,2 es decir, un alto
grado de conciencia pa- trióica, en relación a la defensa de nuestra soberanía y
autodeterminación.

1
Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia y embajador dominicano
en la República de El Salvador.
2
Pedro Henríquez Ureña. «Literatura histórica», en Obra Crítica. México-Buenos Aires,
Fondo de Cultura Económica, Primera edición 1960. pp. 136 y 137.
93
94 fERNANDO PÉREZ MEMÉN

Núñez de Cáceres, antiguo catedrático, y rector en los años 1815 y 1816


de la Universidad Primada de América, la de Santo Tomás de Aquino, fundada
el 28 de octubre de 1538, fue posiblemente el intelectual más brillante de su
generación y de acuerdo con el doctor Joaquín Balaguer «el más notable de los
escritores anteriores a la proclamación de la República».
Su idea de unir el Estado Independiente de Haití Español a la Gran
Colombia le da valoración continental a su proyecto político. En opinión de
Balaguer, que nosotros compartimos, es quien dio los primeros pasos en favor
de la integración de América Latina y el Caribe tres años antes que Simón
Bolívar convocara a Colombia, México, Río de la Plata, Chile y Guatemala al
Congreso Anfictiónico de Panamá, a saber, el 7 de diciembre de 1824, 3 cuando
propuso a los goberna- dores de Cuba y Puerto Rico proclamar la
independencia, y a Jean Pierre Boyer, presidente de Haití, a firmar un tratado
de paz, amistad, comercio, navegación y defensa mutua, y unidos por ese
instrumento enfrentar cualquier intento de re- conquista de las potencias
colonialistas de la Santa Alianza que no reconocieron en base a la doctrina del
legitimismo de Metternich y de Tayllerand a los gobier- nos que habían
alcanzado el poder por medio de la revolución.4
Él nos integró a la corriente emancipadora del continente americano que
tuvo apertura con la independencia de las trece colonias del norte el 4 de julio
de 1776, y en América Latina con la de Haití, el 1 de enero de 1804, y se
extendió hasta el 1903, cuando Panamá logró su emancipación.5
Su proyecto emancipador de Santo Domingo solo duró nueve semanas. Bo-
yer, en desacuerdo con Núñez de Cáceres por su pretensión de integrarnos a la
Gran Colombia, y en contra del principio de la Constitución Haitiana de 1816
relativo a que «la isla es una e indivisible», principio establecido a partir de la

3
Fernando Pérez Memén. El pensamiento democrático de Duarte y otros temas de historia
dominicana y de Haití. Santo Domingo R.D., Banco de Reservas, Amigos del Hogar,
2005, p. 107. Documento N° 9. Invitación del Libertador de Colombia y Encargado del
Mando Supremo de Perú del Congreso de Panamá, Lima, 7 de diciembre de 1824. En
Germán de la Reza. Documentos sobre el Congreso Anfictiónico de Panamá. República
Bolivariana de Venezuela, Biblioteca Ayacucho, Editorial Arte, 2011, p. 40. El
Congreso se celebró entre el 22 de junio y el 15 de julio de 1826. Supra, p. XLVIII.
4
Fernando Pérez Memén. El Pensamiento democrático de Duarte…, p. 107.
5
Joaquín Balaguer. Los próceres escritores. 2da edición, Buenos Aires, Argentina, Gráfica
Guadalupe, 1971, p. 30, nota 2; Fernando Pérez Memén. El Pensamiento democrático
de Duarte…, p. 107.

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José Núñez de Cáceres: de liberal moderado a liberal 9

constitución de Toussaint L´Ouverture de 1801 y reiterado por las Constitucio-


nes de 1805, 1807, y 1811. Principio que fue tomado por el padre Moliere y el
padre Marini, redactores de la referida carta magna de Toussaint, de la carta
substantiva de 1795, de la Francia revolucionaria.
Varias fueron las causas del fracaso del Estado Independiente de Haití
Espa- ñol, como lo denominó Núñez de Cáceres tanto en la Declaratoria de
Indepen- dencia del 1 de diciembre de 1821, como en el Acta Constitutiva. El
movimiento emancipador solo fue apoyado por un sector de la clase media
mayoritariamente profesional e intelectual; el otro sector de la clase media
emergente, en particu- lar en el Cibao, vio más favorable a sus intereses
económicos a un régimen que además de respetar y garantizar la propiedad
individual, también les aseguraba buenos mercados para el intercambio
comercial, como lo era el de Haití.
En ese tenor contrario al proyecto de Núñez de Cáceres fueron los comer-
ciantes catalanes dirigidos por Manuel Pers en Santiago y en Santo Domingo
por Buen Jesús. Se quejaban, de que el caudillo del movimiento
independentista no los tomó en cuenta para el ejercicio del poder en el nuevo
régimen, y también por el empréstito forzoso que les impuso de 60 mil pesos
para enfrentar los gas- tos del nuevo gobierno, apoyado por estos comerciantes
Pers tomó el Fuerte de San Luis en Santiago e izó la bandera haitiana, como
acto demostrativo de que la región cibaeña se integraba a la República de Haití,
según el historiador José Gabriel García en su Historia de Santo Domingo.6
Otra de las causas del desplome del Estado Independiente de Haití Español
fue la falta de apoyo de parte del arzobispo Pedro Valera y Jiménez, y de los
demás eclesiásticos, los cuales fueron contrarios al movimiento emancipador.
Núñez de Cáceres no aprovechó la difícil situación que padecía la Iglesia en
España por el gobierno liberal anticlerical que a partir de 1820 estaba tomando
muchas medidas desfavorables a los intereses del clero, implementadas tanto
en la metrópoli como también en las colonias, y en base a esto buscar la alianza
con el clero. Por el contrario, mostró un pensamiento y una actitud fuertemen-
te negativa ante los eclesiásticos. Su Declaratoria de la Independencia y su
Acta Constitutiva hacían omisión del clero. Su proyecto en sentido ideológico
era liberal moderado, pero secular y anticlerical. Adoptó un comportamiento

6
Fernando Pérez Memén. El Pensamiento democrático de Duarte…, pp. 101-102; José
Gabriel García. Historia de Santo Domingo. Santo Domingo, República Dominicana,
1893, Vol. 2, p. 72.

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beligerante frente a los eclesiásticos, como se revela en su proclama del día de


la Independencia —1 de diciembre de 1821— en la que exhortaba al pueblo a
no prestar oídos a las críticas de los sacerdotes, y no apoyar cualquier conjura o
movimiento conspirativo.7
Actuó de manera diferente a Simón Bolívar quien aprovechó el disgusto del
clero español y de las colonias españolas en América para atraerlos a su causa,
lo cual le ayudó a lograr la emancipación de Colombia, cuya Constitución
promul- gó en agosto de 1821; y a la formación más adelante de la Gran
Colombia, cons- tituida por Nueva granada, Venezuela y Panamá, que se
unieron en noviembre de 1821, y Quito en mayo de 1822. El Libertador
Bolívar logró obtener una gran simpatía de parte de varios prelados y otros
miembros del clero, de tal manera que, del obispo, Laso de la Vega, de Mérida,
Venezuela, se decía que «está más patriótico que Bolívar», y del obispo de
Popayán, Salvador Jiménez de Enciso, Bolívar declaró que es «muy buen
patriota ya».8
El caudillo de la Primera Independencia Dominicana actuó también dife-
rente frente al coronel Agustín de Iturbide en México, que aprovechó la
política del liberalismo anticlerical de la Revolución de Rafael de Riego, y de
las Cortes Españolas en el trienio (1821-1823), para conquistar a la mayoría de
los obispos y a unos cuatrocientos sacerdotes del clero secular y regular, lo
cual le ayudó a lograr la emancipación de la antigua Nueva España en base a
los Tratados de Córdoba y del Plan de Iguala, como se recordará.9
Otro de los errores de Núñez de Cáceres fue la no abolición de la
esclavitud. Los mulatos y los esclavos negros, que en un principio mostraron
alegría y en- tusiasmo con el hecho emancipador, su actitud positiva cambiaron
a fuertemente negativa, al ver que Núñez de Cáceres en el Acta Constitutiva
unía al país a la Gran Colombia y mantenía la esclavitud. En este sentido el
canónico Carlos Nouel, en su Historia Eclesiástica de Santo Domingo, expresa
que:

«La revolución del 1 de diciembre fue acogida por todos los pueblos
con general aplauso; más apenas se conocieron las bases del Acta
Constitutiva

7
Carlos Nouel. Historia Eclesiástica de Santo Domingo. Edición de 1979. Vol. II, 273;
Fer- nando Pérez Memén. La Iglesia y el Estado en Santo Domingo, 2da edición 1997,
p. 434.

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8
Fernando Pérez Memén. La Iglesia y el Estado…, pp. 439-440 y 457-458.
9
Fernando Pérez Memén. El Episcopado y la Independencia de México. México, El Cole-
gio de México, 2011, pp. 150, 161-162.

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José Núñez de Cáceres: de liberal moderado a liberal 9

que sujetaban la nueva nacionalidad a la República de Colombia y


mantenía la esclavitud, empezó a manifestarse el desagrado de todos
[…]».10

La obra de Núñez de Cáceres se ha infravalorado. Entre otros juicios


negati- vos se ha argumentado que su intención de ligarnos a la Gran Colombia
es una negación de la independencia, que no abolió la esclavitud y que su
proyecto fue un fracaso. En cuanto a lo primero se ha de tener presente que
durante dos meses y una semana fuimos independientes; que la unión federal
era una tendencia ideológica liberal de la época. Se ha de tomar en cuenta
además, que el proceso formativo de una federación pasa por tres etapas, como
bien lo plantea Ignacio Burgoa en su libro: El Estado, a saber: la
Independencia previa de los Estados que se unen, la alianza que conciertan y la
nueva entidad «distinta y coexisten- te», producto de la alianza.
La idea de la unidad Federal fue una de las más importantes en el inicio y
en el desarrollo del proceso independentista de las nuevas naciones
hispanoameri- canas. Se apertura con los trabajos colombianos de «Unión,
Liga y Confedera- ción perpetua», continuó con el Congreso Anfictiónico de
Panamá de 1826, y las gestiones de México denominadas como el «Pacto de la
Familia»; de 1846 al 1848 sesionó el congreso Americano de Lima; en 1856 se
hicieron dos tratados continentales, el dominicano Felipe Fernández Dávila de
Castro, en su Proyec- to de pacificación de los Estados Hispanoamericanos
(1857) propuso la unión federal de los mismos; el panameño Justo Arosemena
en su libro: Idea de una liga Americana (1864) propugnó por un federalismo
hispanoamericano como garantía de la independencia de las nuevas repúblicas.
En este contexto en favor del Federalismo se celebró el segundo Congreso de
Lima de 1865 a 1866.11
En relación a lo segundo, la no abolición de la esclavitud, fue un grave y
costoso error del líder del proyecto independentista de 1821. Él no tomó en
cuenta que en el vecino país, el negro y el mulato eran libres; que en nuestro
país estos habían gozado de la libertad entre el 1801 hasta el 1805, en el
régimen de Toussaint L´Overture en Santo Domingo; y además, que el
segmento de la población mulata y negra era mayoritaria en ese entonces,
como lo es hoy. Pero esto no es óbice para subestimar su proyecto, pues
ningún caudillo de la primera

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 93-105. ISSN: 0009-
9 fERNANDO PÉREZ MEMÉN
10
Carlos Nouel. Historia Eclesiástica de Santo Domingo. Edición de 1979. Vol. II, p. 273.
Fernando Pérez Memén. La Iglesia y el Estado en Santo Domingo…, p. 434.
11
Fernando Pérez Memén. El Pensamiento democrático de Duarte…, pp. 108-109.

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José Núñez de Cáceres: de liberal moderado a liberal 9

etapa de la Independencia de Hispanoamérica, lo hizo, excepto el cura Hidalgo,


que liberó a los esclavos en los lugares donde iba dominando en México; y el
sacerdote Morelos continuó esta política social.
Al parecer Núñez de Cáceres estuvo condicionado por su pretensión de in-
tegrar su proyecto emancipador a la Gran Colombia, por el prestigio de esta, y
del genio político y militar de Bolívar, 12 base de su impresionante carisma. Y
además por la idea de la abolición gradual de la esclavitud. En este sentido nos
referimos a la ley de manumisión, datada el 21 de julio de 1821, que estableció
la libertad de vientres, y por la que se liberó a los hijos al cumplir los 18 años
de edad, y prohibió la importación y la exportación de esclavos.13
En referencia al desconocimiento de su obra, por falta de éxito, podríamos
considerar que el fracaso jamás puede nublar la pureza y trascendencia de un
ideal. El mismo Bolívar fracasó en un primer momento, y en el ocaso de su
vida se preguntaba si no había arado en el mar; asimismo Hidalgo en México,
y Fran- cisco de Morazán con su proyecto de Federación Centroamericana. El
fracaso de Núñez de Cáceres, en rigor, fue relativo. Juan Pablo Duarte y sus
compañeros recobraron el ideal emancipador, como dice Emilio Rodríguez
Demorizi, en su libro: Santo Domingo y la Gran Colombia, que decayó con la
Anexión a España, pero se revitalizó con Gregorio Luperón y los restauradores
en 1863.
El proyecto de Núñez de Cáceres influyó y estimuló a seguirlo en Cuba y
Puerto Rico. A mediados de 1823, José Francisco Lemus planteó en tres pro-
clamas la creación del Estado Independiente de Cubanacán unido a las nuevas
Repúblicas Hispanoamericanas, al igual que el líder dominicano, Lemus creyó
que para mantener vivo su Estado insular era necesario «la unión cordial y una
alianza sólida con todas las nacientes repúblicas que afortunadamente nos han
precedido al fundamento del imperio de la razón, de la libertad y de las luces
en este dichoso medio mundo».
En la segunda proclama del Gobierno Provisional de Cubanacán, se
propuso la abolición gradual de la esclavitud y por la vía legislativa
comenzando «por aliviar el horroroso destino de los esclavos», en tanto «que
los representantes de nuestra Patria propongan los medios de su redención».14

12
Germán de la Reza. El intento de integración de Santo Domingo a la Gran Colombia
(1821-1822). Secuencia, núm. 93, septiembre-diciembre de 2015, p. 73.
13
Fernando Pérez Memén. El Pensamiento democrático de Duarte…, pp. 107-108.

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1 fERNANDO PÉREZ MEMÉN
14
Germán de la Reza. El intento de integración de Santo Domingo…, p. 77.

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El proyecto de emancipación cubana de ese entonces se estrelló en el fraca-


so, el 18 de agosto de 1823, por causa de la denuncia de un oficial de la
impren- ta donde se estaban tirando los documentos revolucionarios. 15 Las
autoridades coloniales tomaron medidas drásticas, tales como la expulsión de
602 personas compromisorias con el plan de independencia. Entre los
expulsados estuvo el poeta José María Heredia, de origen dominicano, por
cierto, y uno de los princi- pales exponentes del romanticismo
hispanoamericano. El número de los expul- sados es signo revelador de que el
movimiento no era pequeño ni débil.16
El proyecto independentista cubano de Lemus derivó de la sociedad se-
creta o Logia Rayos y Soles de Bolívar, entidad divulgadora de las nuevas
ideas políticas de signo liberal y democrático. La institución fue el modelo que
siguió el padre de la patria dominicana Juan Pablo Duarte para la creación de
la Sociedad patriótica La Trinitaria, el 16 de julio de 1838, eficaz instrumento
para el logro de la Independencia dominicana, de conformidad con el jurista,
filósofo e historiador Pedro Troncoso, Sánchez, en su obra: Vida de Juan Pa-
blo Duarte.17
Es importante considerar que en 1823 hubo un tercer proyecto libertario en
las Antillas Hispanas en Puerto Rico, acaudillado por Antonio Valero de Berna-
bé con el apoyo de la sociedad Rayos y Soles de Bolívar, que tenía por objetivo
la Independencia de la isla y la incorporación a la Gran Colombia con el
nombre de «Estado Independiente Borinquen».18
Junto con otros patriotas puertorriqueños, Valero pasó a Colombia, allí el
vicepresidente Francisco de Paula Santander, el que recibió al enviado de
Núñez de Cáceres, Antonio María de Pineda años antes, no hizo compromiso
alguno, solo le comunicó las prioridades del Ejército Colombiano guiado por
Bolívar en la jornada por la independencia del Perú. Valero se integró a la
milicia libera- dora con el rango de general de brigada, y participó en la batalla
de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824. Al término de esta, procuró la
realización del pro- yecto emancipador de Puerto Ricosin éxito alguno, por
causas, entre otras, de

15
Ibídem.
16
Ibídem.
17
Germán de la Reza. El intento de integración de Santo Domingo…; Pedro Troncoso
Sán- chez. Vida de Juan Pablo Duarte. Santo Domingo, Instituto Duartiano. Premio
Nacional de Historia 1976. Tercera Edición, p. 61.

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10 fERNANDO PÉREZ MEMÉN
18
Germán de la Reza, El intento de integración de Santo Domingo…, p. 78.

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José Núñez de Cáceres: de liberal moderado a liberal 10

la gravitación de la política exterior de los Estados Unidos que proponía a los


hispanoamericanos dejar a Cuba y a Puerto Rico sujetas a España, a cambio de
que concediera una tregua indefinida, además por falta de fuerzas organizadas
al interior de la isla y las crecientes dificultades que enfrentaba Colombia, de
tal manera que al morir Bolívar en 1830 se dividió en tres Estados, estas
fracturas influyeron vigorosamente en el ánimo de Valero para desistir del plan
liberador de su país.19
Estos factores imposibilitaron el logro de uno de los principales objetivos
del Libertador Bolívar, y que estableció en la agenda del Congreso
Anfictiónico de Panamá: la emancipación de Cuba y Puerto Rico, por lo cual
se coaligo con México, y fue apoyado firmemente por este país.20

Núñez de Cáceres y la primera reforma liberal de México

Tras fracasar su proyecto emancipador, Núñez de Cáceres se trasladó a Ve-


nezuela, un año después del inicio de la dominación haitiana en Santo
Domingo. Antes de su salida, en agosto de 1823, envió de manera secreta una
carta al pre- sidente de Venezuela Carlos Soublette, a fin de que comunicara a
Bolívar la real situación por la invasión de Boyer, la que además de ser una
ofensa a su patria, también lo era a la Gran Colombia al ser arriada su bandera
y desconocida su soberanía proclamada en el Acta Constitutiva de la
Independencia.21
Junto a sus hijos José, Gregorio y Gerónimo llegó a México en una etapa
di- fícil y compleja en el proceso de consolidación de su independencia. Era el
año 1827, gobernaba Guadalupe Victoria, primer presidente bajo el sistema
federal, establecido por la Constitución de 1824. Llegaron a Veracruz, pasaron
a Puebla, donde residieron por dos años, estuvieron en San Luis Potosí un
tiempo, luego en la ciudad de México, y finalmente se establecieron en
Tamaulipas.

19
Ibídem, p. 79.
20
Germán de la Reza, Germán (Comp.). Documentos sobre el Congreso Anfictiónico de Pa-
namá. Venezuela, Fundación Biblioteca Ayacucho y Banco Central de Venezuela,
2010, pp. XXV, XXVII, XLVIII, 94, 96.
21
Octavio Herrera Pérez. Tamaulipas y República Dominicana: Núñez de Cáceres: Un
vín- culo de Independencia… México, Instituto Tamaulipeco por la Cultura y las Artes,

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2013, p. 81.

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José Núñez de Cáceres: de liberal moderado a liberal 10

Su llegada se inscribió en el contexto de la inestabilidad política y el


faccio- nalismo a causa de los conflictos de las logias masónicas y los
levantamientos militares. Yorquinos y escoceses estaban en grandes
contradicciones. En ese ambiente, en 1828, se realizaron las elecciones para la
primera sucesión presi- dencial que no alcanzaron éxito.
Este torneo electoral favoreció a Manuel Gómez Pedraza, pero el general
An- tonio López de Santa Ana se pronunció en Veracruz en favor de Vicente
Guerrero, el congreso motu proprio designó a Guerrero presidente, y a
Anastasio Busta- mante, Vicepresidente. El primer mandatario expulsó a los
españoles y enfrentó la expedición de reconquista española dirigida en 1825
por Isidoro Barradas.
Los generales Mier y Terán y Santa Ana lograron dominar al ejército espa-
ñol. Junto a este triunfo se promulgó el decreto de abolición de la esclavitud,
abolida para siempre en México en 1829.
Por causa de los convenios de Zavaleta del 21 de diciembre de 1832, dos
días después cayó el gobierno de Bustamante y tras el régimen de tres meses de
Gómez Pedraza, resultaron elegidos Antonio López de Santa Ana, presidente
de la República y Valentín Gómez Farías, vicepresidente. Esta administración
tuvo inicio el 1° de abril de 1833.
Con ella y bajo el liderazgo político de Gómez Farías, quien en ausencia de
López de Santa Ana, tuvo funciones ejecutivas, se realizó la primera reforma
liberal en México en los años 1833 y 1834, antecesora de la de Benito Juárez.
Los liberales de ese tiempo procuraron superar la vieja sociedad corporativa de
signo colonial, y establecer la democracia de carácter secularista y basada en
criterios individuales.
En base a este objetivo procuraron secularizar la sociedad y el Estado. En
este sentido se esforzaron en despojar al clero de su influencia en el orden polí-
tico y social quitándoles sus fueros y privilegios, asimismo sus propiedades,
los llamados bienes de manos muertas, la educación, la libertad absoluta de
opinio- nes, la tolerancia de cultos, y reducir los días feriados de fiestas
religiosas.
El liberalismo es la ideología de la burguesía. El gran filósofo de la Primera
Reforma Liberal en México José María Luis Mora, en 1833, expresó que los
liberales luchaban por una reforma económica y política que limitara el poder
de los grupos que se mantenían al margen del orden constitucional. «De
manera que no querían que hubiesen pequeñas sociedades dentro de lo general,
con pre- tensiones de su existencia de independencia con respecto de ella, que
los poderes sociales destinados al ejercicio de la soberanía se hiciesen derivar
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de los pueblos

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10 fERNANDO PÉREZ MEMÉN

y clases existentes sino, por lo contrario, que estos derivasen del poder
soberano preexistente y no pudieran alegar tener derecho contra él.22
En ese contexto histórico es que se había naturalizado Núñez de Cáceres.
Fijó residencia definitiva en Ciudad Victoria, así nominada capital en honor del
presidente de México, Guadalupe Victoria, del Estado de Tamaulipas en 1831,
de conformidad con Herrera Pérez. Allí tuvo apertura la última etapa de su vida
y su paso del liberalismo ilustrado o moderado al liberalismo radical.
En Tamaulipas ocupó importantes puestos administrativos y políticos.
Fue fiscal de la Suprema Corte de Justicia de esa entidad, oficial mayor del
Gobierno estatal, con funciones de secretario general, con esta posición se
convirtió en el segundo funcionario más importante en ese Estado. Mediante
el proceso eleccionario en 1833, fue electo Senador por Tamaulipas en el
Senado, en la V legislatura federalista, del quinto Congreso Constitucional.
Entre el 1833 al 1834, ejerció el poder el vicepresidente en funciones de pre-
sidente Valentín Gómez Farías, en ausencia del presidente López de Santa
Ana. Es el periodo en que se realizó la primera Reforma liberal de carácter
radical, la que apoyó Núñez de Cáceres, cuyo anticlericalismo se mostró en
su fracasado proyecto emancipador de Santo Domingo, luego en su exilio en
Venezuela, donde escribió artículos anticlericales en el periódico que redac-
taba, El Relámpago.23
Núñez de Cáceres continuó interesado en la liberación de Cuba, pues con-
sideraba que, independizada esa isla, en vía de consecuencia le seguiría Santo
Domingo. En este sentido redactó y sometió un proyecto detallado junto con
otros políticos, en el que ponderó las ventajas de éxito que se obtendría particu-
larmente si se abolía la esclavitud de los negros.24
El proyecto no logró concretarse a pesar del interés de la liberación de
Cuba y Puerto Rico de los gobiernos de Guadalupe Victoria y Vicente
Guerrero, lo cual se debió a varias causas internas como externas. De las
primeras hay que

22
Moisés González Navarro. México: el capitalismo nacionalista. México. Universidad de
Guadalajara, 2003, p. 15.
23
Octavio Herrera Pérez. Tamaulipas República Dominicana…, p. 94; René Lepervanche
Parpacén. Núñez de Cáceres y Bolívar. El Proyecto de incorporación del «Estado Inde-
pendiente de Haití Español a la Gran Colombia». Caracas, Venezuela, Editorial
Bolívar, 1939, p. 105.

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José Núñez de Cáceres: de liberal moderado a liberal 10
24
Octavio Herrera Pérez. Tamaulipas y República Dominicana…, p. 87.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 93-105. ISSN: 0009-
10 fERNANDO PÉREZ MEMÉN

destacar las contradicciones políticas entre liberales y conservadores, y sobre


todo, el triunfo de los últimos que establecieron la República centralista; y
como causa externa, hay que ponderar el acercamiento a España del gobierno
con- servador que derivó en el reconocimiento de la independencia de México
el 28 de diciembre de 1836, tras ser reconocida el 29 de noviembre de ese año
por la Santa Sede en el pontificado de Gregorio XVI.25
Uno de los puntos principales del liberalismo mexicano fue la implemen-
tación del sistema federal, Núñez de Cáceres lo apoyó, en este sentido al ser
instalado como Oficial Mayor firmó el decreto del 19 de Marzo de 1832 junto
con el gobernador en el que dejó establecida su posición del valor de la plena
autonomía estatal, en el marco de la rebelión contra el régimen del presidente
Bustamante caracterizado por su faceta de despotismo ilustrado y centralista.26
En el último tramo de su vida, y de su impresionante trayectoria intelectual
y política, fue reconocido como «Ciudadano Benemérito del Estado» por los
distinguidos servicios que ha prestado a este y a la Federación». Esta distinción
también se hizo en el mismo decreto a su hijo José Núñez de Cáceres, y a su
discípulo y amigo Simón de Portes, asimismo a los destacados liberales mexi-
canos, Guadalupe Victoria, Lorenzo de Zavala, Andrés Quintana Roo, Manuel
Crescencio Rejón entre otros. Este último título lo ratificó en 1848, y mandó
grabar en letras de oro su nombre en el Congreso.27
A causa de la imposición del sistema centralista por López de Santa Ana a
principios de 1835 y el nuevo estatuto constitucional denominado Las Siete
Leyes,

25
Rafael Rojas y Ana Covarrubias. Mercedes de Vega. Coordinadora Historia de las
Relaciones Internacionales de México. El Caribe. 1821-2010. México, Secretaría de
Relaciones Exteriores de México. Dirección General de Acervo Histórico Diplomáti-
co. Vol. 3, pp. 37-38. Fernando Pérez Memén. El Episcopado y la Independencia de
México…, p. 332.
26
Octavio Herrera Pérez. Tamaulipas y República Dominicana…, pp. 93-94.
27
Decreto de Congreso de Tamaulipas, 26 de noviembre de 1833. reproducido por
Herrera Pérez, Tamaulipas y República Dominicana…, p. 91. Su hijo José, como su
padre, comulgó con las ideas liberales radicales de la Primera Reforma Liberal en
México. Una carta de Juan Molano a Gómez Farías en la que le informaba del
nombramiento del Gobernador de Tamaulipas a José Núñez de Cáceres hijo, ponderaba
sus ideas y cualidades, y acotaba: «Es libe- ral… y por principios federalista …». Emilio
Rodríguez Demorizi. Santo Domingo y la Gran Colombia. Bolívar y Núñez de Cáceres.

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José Núñez de Cáceres: de liberal moderado a liberal 10
Santo Domingo, R. D., Editora del Caribe, A. C., 1971, pp. 189-190.

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10 fERNANDO PÉREZ MEMÉN

Núñez de Cáceres que había sido elegido por segunda vez Senador Federal por
Tamaulipas en la VI Legislatura Nacional, obviamente en esta ocasión no pudo
ocupar esta posición.
En octubre del precitado año, sin embargo, el gobernador José Antonio Fer-
nández Izaguirre, le designó asesor general para capacitar a los jueces de
prime- ra instancia, por falta de buenos magistrados y de las leyes claras, lo
cual favo- recía a los delincuentes. Más adelante, en 1840, con el triunfo de los
liberales federalistas, fue electo «Gobernador por aclamación por una Junta
Popular, que fue convocada por el Gobierno Civil Provisional».28
En los últimos años de su vida continuaba en el cargo de asesor jurídico del
gobierno, y ratificado el 3 de enero de 1838 como ministro propietario del
Tribu- nal Superior de justicia del Departamento de Tamaulipas por
autorización de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Al quebrantarse su
salud, la Asamblea Constitucional del Estado de Tamaulipas acordó
pensionarlo en reconocimiento a sus valiosos servicios prestados a esa entidad.
Sufrió dos ataques cerebrales que le incapacitaron el movimiento de sus
piernas. En esta dolorosa incapacidad tuvo el alivio y la complacencia al saber
que su patria dominicana había alcanzado su liberación del dominio haitiano y
reasumida su soberanía, gracias al pensamiento y la acción de Juan Pablo
Duar- te y sus compañeros de la Sociedad Patriótica La Trinitaria el 27 de
febrero de 1844; así también, por el regreso a la nación mexicana de su
apreciado amigo y líder político de la Primera Reforma Liberal en México
Valentín Gómez Farías en 1845, con el que mantuvo un valioso intercambio
epistolar, en el que reiteró su profesión de fe política bajo el signo del
liberalismo radical o puro.
El 11 de septiembre de 1846 atravesó el sepulcro en Ciudad Victoria. En
una comunicación sobre el fallecimiento del distinguido prócer dominicano y
mexicano que envió Januario Álvarez a Gómez Farías lo calificó de honrado y
virtuoso ciudadano que ha dejado «en este país una memoria eterna por su
deci- sión a la libertad de la República».29
En el panegírico que pronunció su paisano, discípulo y entrañable amigo,
Simón de Portes, impresionante síntesis de la vida y la obra política de Núñez
de Cáceres, a quien denominó «sabio» como muchos de sus contemporáneos
lo conceptuaron, lo calificó además, de «Hidalgo dominicano» y de «amante

28
Octavio Herrera Pérez. Tamaulipas y República Dominicana…, p. 98.
29
Emilio Rodríguez Demorizi. Santo Domingo y la Gran Colombia…, p. 90.

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José Núñez de Cáceres: de liberal moderado a liberal 10

de la independencia y libertad de América»; y refirió que el prócer dominico


mexicano murió cerca de donde finalizó la vida del otro héroe de la Indepen-
dencia de México, Agustín de Iturbide, es decir, en Padilla, y acotó: «Núñez de
Cáceres nació en la parte española de la isla de Santo Domingo; no dudó en
1821 sacrificar su fortuna y brillante posición social a la causa general de
América, proclamando la independencia de la República hoy Dominicana, y
sacó de la opresión colonial aquel país».30

30
Ibídem, pp. 33-34; Un fragmento de este panegírico también reproducido por Octavio
He- rrera Pérez. Tamaulipas y República Dominicana…, p. 100. En el epílogo de su
oración fúnebre, Simón de Portes agradeció la acogida que México dio al «Primer
Héroe de su Independencia», e hizo votos «al cielo» para que nuestro país recordara
«este suceso para estrechar los lazos que deben unir como a dos hermanos ambos
pueblos».

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El plan nacional de carreteras y el


régimen social tributario de las prestaciones
personales en los caminos en la República
Dominicana, 1905-19101
Andrés J. Morillo Martínez2

Introducción
Durante los años de 1905 a 1910, el Estado dominicano promovió una serie
de políticas públicas de carácter socio-tributario sobre la población rural a
través de un ordenamiento jurídico basado en la construcción de una red vial
terrestre a nivel nacional.
En 1905, el gobierno de Carlos Morales Languasco, promovió un plan
nacio- nal de carreteras3 que no logró ejecutar, sin embargo durante la
administración de Ramón Cáceres (1906-1911), es que se empiezan a realizar
los trabajos de obras constituyéndose en la primera etapa de construcción de la
red nacional de cami- nos y carreteras en la República Dominicana.
Este período caracterizado por una notable influencia política y económica
de los Estados Unidos en el país, donde la presencia de capitales extranjeros, y
el es- tímulo del modelo económico agroexportador se combinó con las
preocupaciones

1
Este artículo forma parte de una investigación de tesis doctoral para el programa de
doctorado en Historia de América Latina de la Universidad Pablo de Olavide, Sevilla,
España.
2
Becario del programa de Formación de Historiadores de la Academia Dominicana de la
Historia.
3
Mensaje del presidente de la República al Congreso Nacional, Santo Domingo, 4 de
marzo de 1905, Archivo General de la Nación (AGN), Gaceta Oficial (GO), año XXII,
n°. 1,583.
107
10 ANDRÉS J. MORILLO

y demandas sobre las transformaciones en el ámbito social y económico que


grupos de intelectuales, comerciantes y la élite política dominicana procuraban
desde décadas atrás.
En el marco del plan nacional de carreteras se aprobaron una serie de leyes
y resoluciones que buscaba establecer un régimen de disciplina y control social
que permitiera transformar la vida autárquica del campesinado dominicano.
Mediante la ley de caminos de 1907, y el régimen tributario de las prestaciones
personales el Estado pretendió establecer una disciplina social que obligaba a
la población
«apta» a cumplir con una serie de deberes y trabajos gratuitos en los caminos.
Con la aprobación del reglamento de apertura y construcción de caminos
públicos de 1909, se establecía un mecanismo de seguimiento y control en la
población mediante los empadronamientos en cada comunidad y la entrega de
la cédula de rescate.
La población campesina que seguía ligada a sus cultivos, bajo el esquema
tradicional del trabajo independiente para la subsistencia familiar, generaron
di- versas formas de incumplimiento y resistencia al cumplimiento de las
disposi- ciones de la ley de caminos y las prestaciones personales.
Desde la instancia local del Estado se establecieron una serie de formas
para someter a la población y combatir «la desobediencia social» y el
incumplimiento de la ley de caminos, como el uso de la fuerza militar, la
penalización judicial, y el encarcelamiento. La intimidación del aparato
militar y judicial se tradujo en un malestar en la población, lo que generó una
mayor situación de tensión y conflictos sociales.
Este primer plan nacional sirvió como mecanismo de control social sobre
la población campesina, aunque no tuvo el alcance que se esperaba. En este
ensayo presentamos algunos aspectos sobre los primeros intentos de establecer
una disciplina social y una infraestructura vial que cumpliera con la demanda
de distintos sectores de la sociedad dominicana de inicios del siglo XX.

Primer plan nacional de carreteras y la disciplina social


en la población campesina
Para 1905, los ferrocarriles dominicanos 4 de servicio público comenzaron a
presentar una serie de dificultades derivadas del alto costo de su
mantenimiento,

4
La red ferroviaria de servicio público que existía para ese momento estaba concentrada
en la región Norte o Cibao y estaba compuesta por los siguientes ramales: Ferrocarril La
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El plan nacional de carreteras y el régimen social 10

y su rentabilidad resultaba un desafío permanente. 5 Muchos especialistas argu-


mentaban que la República Dominicana era una sociedad esencialmente
agrícola, por lo que las carreteras responderían mejor a las necesidades del país
que los ferrocarriles, los cuales se construían en sociedades que tenían una
orientación productiva dirigida a la minería y la industria. 6 Se pensaba que se
debía seguir mejorando todos los instrumentos de producción y los medios de
comunicación terrestre que la burguesía agrícola y comercial exigía
constantemente en la prensa de la época y que con ello el país incursionaría en
los procesos de civilización de una sociedad moderna. En ese sentido, se
propone el primer programa de construcción nacional de carreteras que
consistía en conectar la ciudad de Santo Domingo con las áreas productivas del
país.
Aunque este plan nacional de carreteras tomó mayor impulso durante la
ocu- pación militar de los Estados Unidos en República Dominicana (1916-
1924),7

Vega-Sánchez (1888), Ferrocarril Central Dominicano: con la línea Santiago-Puerto


Plata (1898), la línea Salcedo-La Vega (1905), la conexión entre San Francisco de
Macorís y Jima (1907), y la línea entre Moca y Salcedo (1918).
5
Un ejemplo de esto lo identificamos en un informe pericial de febrero de 1908, de la
Secretaría de Estado de Fomento y Comunicaciones, donde se explicaban unas series de
acciones para evitar los accidentes de descarrilamientos y el buen funcionamiento del
ferrocarril. Dicho informe indicaba que se requería establecer un nuevo sistema de
cremallera que evitaría estos inconvenientes, pero que aumentaría enormemente el costo
de funcionamiento de la línea ferroviaria Santiago-Puerto Plata, que la componían unas
45 millas, de las cuales 28 millas atravesaban terrenos sumamente quebrados y
montañosos. En 1909, el director del Ferrocarril Central Dominicano, recibió del
ingeniero F. Alfredo Ginebra, un informe de los daños que había sufrido la línea de
ferrocarril durante años anteriores y de los trabajos extraordinarios que tuvo que atender
para reparar dichos deterioros. En ese mismo año, la Secretaría de Estado de Obras
Públicas recibía un informe del ingeniero J. T. Collins, sobre los avances de los trabajos
del desvío de la Cremallera, el cual debía abarcar la parte técnica, la económica y la
administrativa de la obra, este informe resultó enteramente adverso a la continuación de
los trabajos de desviación comenzados, no tan solo porque requería un gasto mayor de
$520,000 pesos, sino porque implicaba detener el funcionamiento del ferrocarril y dos
años de trabajo. Memorias del secretario de Estado de Fomento y Comunicaciones.
Santo Domingo, 30 de abril de 1909. Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña
(BNPHU). Santo Domingo, Gaceta Oficial (GO), año XXVI, n°. 1,990.
6
Ver artículos del Ingeniero Octavio Antonio Acevedo. Problemas y tópicos técnicos y
científicos, tomo II, vol. LXIX, editor Andrés Blanco, Archivo General de la Nación.
Santo Domingo, 2010, pp. 11-59.

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7
El ingeniero Octavio Acevedo, en 1917 diseñó un «Plan General de Carreteras Nacionales»
donde presentó un informe oficial al jefe del Gobierno Militar y al oficial encargado del

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El plan nacional de carreteras y el régimen social 11

es durante los gobiernos de Carlos Morales Languasco (1903-1905) y Ramón


Cáceres (1906-1911) que se inician los primeros ensayos para establecer una
red nacional de vías de comunicación terrestre.
Es en 1905, que se promueve por primera vez un plan de construcción de
carreteras a nivel nacional. En su mensaje anual dirigido al Congreso Nacional,
el presidente de la República expresaba «que los hechos revolucionarios habían
paralizado todo intento de construir infraestructura vial», por lo que solicitaba
al Congreso «que se asignara mayor presupuesto al ramo de Fomento y Obras
Pú- blicas, para llevar a cabo un plan nacional de construcción de carreteras». 8
Este programa se inició sobre la base de establecer una infraestructura vial
básica que integrara las zonas productivas y comunidades cercanas a la ciudad
de Santo Domingo, pero que además estimulara el mercado interno y la rápida
conexión con el centro político y administrativo del país.

Departamento de Fomento y Comunicaciones. Dicho plan consistía en la construcción


del trazado de las tres carreteras troncales o primarias del país: Duarte o del Norte,
Sánchez o del Oeste, y Mella o del Este; todas estas teniendo como punto de partida o
de referencia a la ciudad Capital de Santo Domingo. Trazaba, además, las carreteras
secundarias, que serían «construidas como eslabones que vendrán a cerrar la cadena de
nuestras vías de comunicación». Octavio Antonio Acevedo, ob. cit., pp. 41-48.
8
Mensaje del presidente de la República al Congreso Nacional. Santo Domingo, 4 de
marzo de 1905. Archivo General de la Nación (AGN), Santo Domingo, Gaceta Oficial
(GO), año XXII, n°. 1,583.

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Mapa del «Plan General de Carreteras Nacionales», diseñado por Antonio Octavio
Acevedo donde se visualizan las tres carreteras troncales y la proyección de las
rutas secundarias. Octavio Antonio Acevedo, ob. cit., p. 43.

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El plan de carreteras contemplaba construir tres carreteras troncales que


par- tirían de la ciudad capital en direcciones Norte, Este y Oeste. Las
carreteras secundarias seguirían a las troncales y serían construidas como
enlaces que ven- drían a constituir la red vial terrestre del país. Durante la
administración del pre- sidente Carlos F. Morales Languasco, se comenzó la
construcción de la carretera entre Santo Domingo y San Cristóbal, «una
distancia de 30 kilómetros». Rápida- mente se construyeron los dos primeros
kilómetros constituyendo para la época los primeros tramos de lo que sería la
primera carretera «moderna» del país.
Sin embargo, los trabajos se paralizaron por las luchas políticas derivadas
de los enfrentamientos armados entre grupos políticos que se disputaban el
control del Estado.
Para 1910, ya había una gran cantidad de estudios, planos, proyectos; y la
construcción de unos 140 kilómetros de carreteras. Además, unos 35
kilómetros en proceso de construcción en las provincias de Santo Domingo,
Monte Cristi, Santiago, La Vega, Azua y San Pedro de Macorís.9 El secretario
de Obras Públi- cas y Fomento informaba en sus memorias sobre los avances
de construcción en la carretera del Oeste, de la carretera Santa Ana y la de Los
Alcarrizos. En mayo de ese mismo año se realizaron los estudios
correspondientes para la construc- ción de los caminos y carreteras: de
Santiago a Monte Cristi; de La Vega a San- tiago, por Moca; de Azua a San
Juan, de Comendador y la Frontera con Haití; de Barahona a Neyba y de
Barahona a Enriquillo, y el camino de San Jerónimo a Haina. Los estudios de
la primera sección de la carretera entre Santiago y Monte Cristi, y el tramo
comprendido entre Santiago y Navarrete ya estaba en ejecu- ción para este
período.
Para principios del siglo XX el desarrollo en todas las áreas de la economía
capitalista en los campos de la tecnología, los mercados financieros y el co-
mercio habían madurado hasta tal punto que se había producido una expansión
extraordinaria del mercado mundial, y su esfera de actuación había penetrado y
transformado a regiones remotas del planeta. La hegemonía de Estados Unidos
en la región del Caribe era de tal forma que determinaba el curso de las econo-
mías de las naciones de la región, convirtiéndolas política y económicamente
dependientes de su agenda internacional.
La coyuntura financiera en que se manejaron los gobiernos dominicanos en
estos años, fue hasta cierta medida favorable para que se realizaran algunas de

9
Octavio Antonio Acevedo, ob. cit., pp. 83-86.
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estas obras de construcción. Mediante una serie de mecanismos financieros, tales


como: el Laudo Arbitral de 1904, la Convención de 1905, el Modus Vivendi y
la Convención Dominico-Americana de 1907,10 se dispuso de mayor
presupuesto para llevar a cabo el plan nacional de carreteras. Sin embargo,
estos mecanismos financieros a su vez, comprometieron la soberanía política y
económica de la nación, y la condenaban a un modelo económico dependiente
de la demanda del mercado estadounidense.
Para llevar a cabo la ejecución de los trabajos del plan nacional de
carreteras el Estado dominicano tenía que contar con una fuerza laboral que le
permitiera mantener la ejecución de las obras. Esto implicaba tener a
disposición una per- manente y numerosa mano de obra.
Décadas atrás los empresarios del ferrocarril tuvieron muchas dificultades
en disponer trabajadores dominicanos para la realización de las obras de
construcción de las líneas férreas de La Vega a Sánchez y de Santiago a Puerto
Plata,11 por lo que de antemano los encargados de las obras ya conocían las
dificultades que suponía contratar hombres dispuestos al trabajo en la
construcción de las carreteras.
A diferencia del período donde se construyeron los ferrocarriles, la
situación de escasez demográfica no era una condición que impidiera la
disponibilidad de mano de obra para trabajar, más bien se estima que para 1908
la población dominicana había alcanzado alrededor de 638,000 habitantes. 12
Esta población estaba compuesta mayoritariamente por campesinos. La vida
rural predominaba

10
Ver situación financiera durante este período en: Antonio De la Rosa. Las finanzas de Santo
Domingo y el control americano. Revista general de derecho internacional público.
Paris, s.e., 1911, pp. 20-54. César A. Herrera. De Harmont a Trujillo: Estudio para la
historia de la deuda pública, vol. VI, Colección Bibliófilos-Banreservas. Santo
Domingo, 2009, pp. 154-166. Franklin Franco Pichardo. Historia económica y
financiera de la República Dominicana 1844-1962, 7ma. ed. Santo Domingo, Sociedad
Editorial Dominicana, 2008, pp. 213-218. Jaime de Jesús Domínguez. La sociedad
dominicana a principios del siglo XX, Colección Sesquicentenario de la independencia
nacional, vol. VII. Santo Domingo, s.e., 1994, pp. 139-178. Melvin Knight. Los
americanos en Santo Domingo: episodios del imperialismo americano. Santo Domingo,
Editora Santo Domingo, 1980, pp. 39-46.
11
Ver en Michel Baud. Historia de un sueño. Los ferrocarriles públicos en la República
Dominicana 1880-1930, Fundación Cultural Dominicana. Santo Domingo, 1993, pp. 35-
63.
12
Véase a Frank Moya Pons. «Evolución de la población dominicana 1500-2010» en

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El plan nacional de carreteras y el régimen social 11
Moya Pons, Frank. (Coordinador), Historia de la República Dominicana, vol. 2,
Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Academia Dominicana de la Historia,
Ediciones Doce Calles, Madrid, 2010, pp. 29-56.

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el espacio territorial del país, la mayoría de los campesinos dominicanos se en-


contraba distribuidos en las zonas productivas de los valles del interior, y de las
llanuras costeras. Los núcleos urbanos que representaban las principales ciuda-
des: Santo Domingo, Santiago, Puerto Plata, San Pedro de Macorís, La Vega,
San Juan de la Maguana, concentraban cada vez más cantidad de personas,
pero la dinámica social continuaba dominada por los componentes de la
ruralidad.
Existía una población trabajadora acorde con la cantidad que el Estado de-
mandaba para la ejecución de las obras, pero requería establecer los
mecanismos para atraer y contratar a dichos trabajadores dominicanos e
integrarlo al plan nacional de carreteras.
Algo que caracterizó a la población rural dominicana durante siglos fue su
compleja dinámica socioeconómica caracterizada por la autarquía de sus
activi- dades productivas.13 La tendencia de llevar una vida hasta cierto punto
indepen- diente de los centros urbanos y, por lo tanto, a no tener un vínculo
directo con las demandas y ofertas del mercado mundial, desarrollando una
vida de autosubsis- tencia, como la «montería», el «conuco»14 y la pequeña
«crianza libre».
Estas actividades estimulaban a las familias campesinas a cambiar constan-
temente de lugar de residencia, lo que generaba autonomía, dispersión y poco
control del Estado sobre ellas. El papel del campesinado en el «proyecto de

13
Harry Hoetink. El Pueblo Dominicano: 1850-1900, apuntes para su sociología histórica.
Universidad Católica Madre y Maestra, s/e. Santiago, 1971, pp.13-43.
14
El conuco es una institución agrícola encontrada por los españoles en el siglo XV al
momento del «descubrimiento» de la isla que denominaron Hispaniola y que se
mantiene hasta la actualidad cumpliendo un rol importante como medio para el
abastecimiento de bienes básicos empleados en la alimentación de las familias rurales.
La importancia del conuco se hace presente en todas las épocas históricas de la isla,
habiendo sobrevivido a pesar de la desaparición de las comunidades originarias.
Elementos del conuco: - El espacio físico de terreno relativamente pequeño dedicado a
la producción de víveres. - Productos del conuco: viandas (yuca, batata, auyama, yautía,
ñame), plátanos, vegetales (tomates, ajíes), granos (maní, maíz, frijoles), etc. -
Tecnología de siembra tradicional, aprendida por costumbres y transmitidas de
generación a generación. - Objetivo principalmente para la subsistencia de la familia y
los excedentes para la disposición de otras familias, el trueque o la venta en el mercado
local para producir ingresos marginales para consumo de otros bienes (locales) y el
ahorro para eventualidades (enfermedades, muertes, viajes). Francisco Bernardo Regino
y Espinal. «Conucos, hatos y habitaciones en Santo Domingo, 1764-1827». Boletín del

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 107-139. ISSN: 0009-
El plan nacional de carreteras y el régimen social 11
Archivo General de la Nación, nº 116-02,
p. 488. Santo Domingo, 2006.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 107-139. ISSN: 0009-
11 ANDRÉS J. MORILLO

nación» fue una preocupación de primer orden en algunos intelectuales


domini- canos de la época.15 En la búsqueda de explicaciones sobre el
comportamiento de los campesinos dominicanos se estableció y se difundió
el discurso de la
«indolencia campesina» en contraposición y complemento a la «ideología de
progreso».16
Las formas de vida del campesinado no estaban vinculadas a la producción
y al consumo del mercado mundial, la dinámica de sociabilidad rural, las
manifesta- ciones socioculturales y las creencias mágico-religiosas y todo el
comportamiento social que manifestaba este grupo social eran señalados bajo la
categoría de «bar- barie», en antagonismo a la «civilización», que lo
representaba todo aquello vin- culado al mercado internacional, al consumo de
bienes y productos importados, y a los estilos de vida que desarrollaban los
centros urbanos y ciudades.
Las personas del campo eran tildadas de «vagos», «malentretenidos»,
«ebrios», y «ladrones». También, fue la base del rechazo y estigmatización de
los negros libres que habitaban los campos, donde se les acusaba de «flojos»,
«perezosos e inaplicados» de no producir beneficios «para sí y el público» y
de «vivir en una perpetua ociosidad»; se fundó una ideología anti-campesina y
racista.17

15
Ver algunos en: José Ramón Abad. Economía, agricultura y producción, editor Andrés
Blanco Díaz, Archivo General de la Nación, vol. CLXV. Santo Domingo, Editora Búho,
2012. Hipólito Billini. Escritos 1: Cosas, Cartas y Otras cosas, editor Andrés Blanco
Díaz, Archivo General de la Nación, vol. LXVII. Santo Domingo, 2008. Deschamps,
Eugenio. Antología, editores Roberto Cassá y Betty Almonte. Archivo General de
la Nación, vol. CLXVI. Santo Domingo, 2012. Ulises Francisco Espaillat. Escritos,
edición y notas de Emilio Rodríguez Demorizi, Editora del Caribe. Santo Domingo,
1962. Manuel De Jesús Galván. Escritos políticos iniciales, Editor Andrés Blanco Díaz,
Archivo General de la Nación, vol. LI. Santo Domingo, 2008. Manuel De Jesús Peña y
Reynoso. Escritos selectos, editor Andrés Blanco Díaz, Archivo General de la Nación y
Banreservas, vol. XXI, Editora Amigo del Hogar. Santo Domingo, 2006. Santiago Ponce
De León. Cuestiones políticas y sociales, editor Andrés Blanco Díaz, Archivo General
de la Nación, vol. CLX. Santo Domingo, 2012. Emiliano Tejera. Escritos dispersos.
Editor Andrés Blanco Díaz, Archivo General de la Nación, Banreservas, vol. CIII. Santo
Domingo, 2010.
16
Raymundo González. «Ideología del Progreso y Campesinado en el siglo XIX». Ecos,
año 1, nº 2, p. 26, Universidad Autónoma de Santo Domingo. Santo Domingo, 1993.
17
Raymundo González. «Ideología del Progreso y Campesinado en el siglo XIX»…,

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El plan nacional de carreteras y el régimen social 11
pp. 25-43.

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En función de estos preceptos el plan nacional de carreteras contempló el


diseño de una plataforma legal que permitiera disponer de hombres para el tra-
bajo en las obras de construcción, pero que a su vez transformara las
estructuras sociales de la vida rural.
Se diseñaron una serie de medidas y leyes que buscaban someter a un es-
quema de disciplina social a los campesinos. El objetivo era modificar el estilo
de vida de la población rural, el Estado debía definir una estrategia que pudiera
controlar los elementos que le otorgaban autonomía al campesinado: la tierra y
su fuerza de trabajo.
Durante este período se implementaron los primeros ensayos legales por
es- tablecer un ordenamiento de la propiedad de la tierra. Se aprobaron una
serie de reglamentos y leyes en procura de establecer un nuevo orden catastral:
el reglamento para la concesión de terrenos del Estado de 1909, la ley de
partición de terrenos comuneros de 1911, la ley de régimen y organización de
provincias y distritos de 1912, y la ley de propiedad de la tierra de 1912.
Establecidos estos mecanismos que reorganizaba la tenencia y uso de las
tierras comuneras, los campesinos empezaron a tener pocas posibilidades para
mantener sus medios de autosubsistencia, obligándolos poco a poco abandonar
sus «conucos», y a vender su fuerza de trabajo.
Con el plan nacional de carreteras se establecía el primer ensayo
geoestraté- gico para dominar los espacios territoriales del interior del país,
pero, además, desde las esferas del Estado se establecían mayores mecanismos
coercitivos so- bre la población. Se aprobaron un conjunto de leyes y
resoluciones que acompa- ñaron al plan nacional de carreteras, algunas de estas
leyes retomaban anteriores ensayos de disciplina social que décadas atrás
habían fracasado. Este amplio marco jurídico estaba compuesto por:

• El decreto que declaraba la construcción de las carreteras nacionales en


1905,
• El reglamento de construcción de las carreteras nacionales de 1905,
• La ley de caminos de 1907,
• El pliego de condiciones para construir obras del Estado de 1907,
• La reforma a la ley de policía urbana y rural de 1908,
• El reglamento de apertura y construcción de caminos públicos de 1908,
• El reglamento de apertura y construcción de caminos públicos de 1909.

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Este conjunto de leyes formaba parte de una agenda ideológica y de un mo-


delo de producción que pretendía una profunda transformación económica y
social del país. Con la aplicación de dichas leyes se inició un proceso
incipiente y tímido de cambios en el campesinado que procuraba instaurar una
disciplina social. El plan nacional de carreteras tenía que procurar la
posibilidad de faci- litar los medios que permitieran la integración de los
campesinos a un régimen disciplinario de trabajo al que no estaban
acostumbrados.
En lo adelante, se estableció una plataforma que involucraba a distintas ins-
tancias del aparato burocrático en la aplicación de estas leyes, que en función
de las particularidades y complejidades socioeconómicas y sociodemográficas
de la población rural dominicana,18 significó un gran desafío para las
autoridades. Se intentaba impactar en la población en los siguientes aspectos:
se debía tener mayor control sobre la población rural, coercitivamente
integrarlos a un trabajo tributario en los caminos, distribución de parte de su
tiempo en las labores de ejecución de las obras en las carreteras, e insertarlos
en un proceso de trabajo asalariado que los convertiría en peones o
jornaleros. La ley de caminos y el

18
Ver referencias bibliográficas sobre campesinado dominicano: Hoetink, Harry, El
pueblo dominicano, apuntes para su sociología histórica, 3ra. ed., Universidad Católica
Madre y Maestra, Editora Amigo del Hogar. Santo Domingo, 1985. Jacqueline Boin
et al. El proceso de desarrollo del capitalismo en la República Dominicana (1844-
1930), 3ra. ed., t. 1 y 2. Santo Domingo Ediciones Gramil, 1985. Julio A. Cross Beras.
Sociedad y desarrollo en República Dominicana 1844-1899, Instituto Tecnológico de
Santo Domingo. Santo Domingo, 1984. Michael Baud. Los cosecheros de tabaco: La
transformación social de la sociedad cibaeña, 1870-1930, Centro de Estudios Urbanos
y Regionales de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Santiago de
los Caballeros, 1996. Patrick E. Bryan. «La producción campesina en la República
Dominicana a principios del siglo XX». Estudios Dominicanos Eme Eme, vol. VII, n°.
42, mayo-junio, pp. 29-62, Santiago de los Caballeros, 1979. Pedro L. San Miguel. Los
campesinos del Cibao: Economía de mercado y transformación agraria en la República
Dominicana 1880-1960, 1ra. ed., Editorial de la Universidad de Puerto Rico. San Juan,
Puerto Rico, 1997. Raymundo González. De esclavos a campesinos: Vida rural en
Santo Domingo colonial, Archivo General de la Nación, vol. CXLVIII. Santo Domingo,
2011. Raymundo González. «Ideología del Progreso y Campesinado en el siglo XIX».
Ecos, año 1, nº 2, pp. 25-45, Universidad Autónoma de Santo Domingo. Santo
Domingo, 1993. Roberto Cassá. «Campesinado Dominicano». Boletín del Archivo
General de la Nación, año LXVII, vol. XXX, n°. 112, mayo-agosto, pp. 213-262, Santo
Domingo, D. N., 2005. Roberto Marte. Cuba y la República Dominicana: transición

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económica en el Caribe del siglo XIX, Universidad Apec. Santo Domingo, s/f.

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régimen tributario de las prestaciones personales se convirtieron en el apéndice


ejecutor de estas transformaciones y en el instrumento legal de la aplicación
del plan nacional de carreteras.

La ley de caminos y el régimen tributario de las prestaciones personales

En el año 1907, mientras estaba en la presidencia de la República Ramón


Cáceres, el Congreso Dominicano aprobó la ley de caminos.19 Esta ley
organiza- ba el trabajo tributario de la población rural y establecía un
mecanismo legal de sometimiento disciplinario que pretendía modificar el
estilo de vida de los cam- pesinos dominicanos. Además, esta ley pretendía
reclutar mano de obra gratuita y ahorrarse el costo que conllevaba el
mantenimiento de los caminos.
Para continuar el plan nacional de carreteras, y poder ampliarlo a los cami-
nos secundarios, el Estado dominicano retoma un antiguo ensayo de disciplina
social, que ya había utilizado anteriormente con la ley de policía urbana y
rural, para los trabajos de apertura y mantenimiento de caminos; esta fueron las
«pres- taciones de servicios personales».20
La ley de caminos establecía la obligatoriedad de que todo «habitante» en
su jurisdicción, varones entre 18 y 60 años de edad, realizaran el «servicio
comu- nal» en la construcción, limpieza y mantenimiento de los caminos. Esta
ley tenía muchas similitudes a lo que establecía la ley de policía urbana y rural
de 1874, sin embargo, poseía una mayor severidad en sus disposiciones. Sus
exigencias y su radio de acción eran mucho más coercitivo que la ley de policía
urbana y rural de 1874, sometía al tributo comunitario de servicio personal de
trabajo a todo habitante «apto» que tuviera en dicha comunidad una residencia
habitual de tres meses consecutivos.
Los criterios para determinar las aptitudes de trabajo tributario en los ca-
minos estaban referidos a la población masculina, se entendía que las mujeres,

19
Ley de caminos. Santo Domingo, 1907. AGN, Congreso Nacional (CN), legajo (leg.),
C835-A, expediente (exp.) 132.
20
Ley de policía urbana y rural aprobada en 1848 y sus respectivas reformas de 1855, 1874
y 1908 ya establecía la obligatoriedad del trabajo tributario en la limpieza,
mantenimiento y construcción de los caminos. Ley de policía urbana y rural, Santo
Domingo, 9 de marzo de 1874, año I, BNPHU, GO, n° 19. Ley de policía urbana y
rural, Santo Domingo, 3 de octubre de 1908, año XXV, BNPHU, GO, n° 1,932.

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las personas que estaban en condiciones de enfermedad permanente o cróni-


ca, como: leprosos, inválidos y «todos aquellos incapacitados para el trabajo»,
quedaban exentos de realizar este servicio. También estaban liberados de este
trabajo los miembros del cuerpo diplomático y consular. Al contrario de la ley
de policía urbana y rural, la ley de caminos obligaba a los miembros del ejército
nacional a cumplir con el servicio de las prestaciones personales en los
caminos. El procedimiento para cumplir con las disposiciones y exigencias de
la ley de caminos consistía en que cada tres meses los «vecinos» de las
comunidades debían trabajar un día de ocho horas en los caminos de sus
jurisdicciones. En caso de que algunos pobladores que estuvieran «aptos» y no
deseaban o no querían realizar los trabajos de servicio comunal, es decir las 32
horas al año de trabajo o 4 días de jornal, podían acudir al pago monetario del
servicio personal. Por el monto de veinticinco centavos por cada día, es decir un
peso al año, podían librarse de reali-
zar las labores de construcción, limpieza y mantenimiento de los caminos.
El Estado Dominicano se enfrentó la compleja realidad de aplicar esta ley
sobre una población que no estaba acostumbrada a pagar tributos de esa natura-
leza. En ese sentido, este marco legal le proporcionaba al Estado la legitimidad
y los mecanismos para actuar frente al campesinado. No obstante, para llevar a
cabo el reclutamiento y/o pago del servicio personal en los caminos se
necesita- ban medios y recursos que el Estado no poseía.
Los ayuntamientos y las gobernaciones provinciales como órganos que
regu- laban la vida local eran los responsables del cumplimiento de la ley de
caminos en sus comunidades. La aplicación de las prestaciones personales en
los caminos fue un encargo que los ayuntamientos en conjunto con otras
instituciones, como las gobernaciones provinciales, los inspectores de caminos,
la policía, la guardia nacional, los agentes recaudadores aduanales y los jefes
comunales, asumían cada tres meses.
Desde el Gobierno central no se asignó presupuesto a los ayuntamientos
para que efectuaran en sus jurisdicciones todas las acciones para que la
población cumpliera con lo que establecía la ley, generándole mayores
responsabilidades, a tal punto que a partir de ese momento casi todos los
esfuerzos de los ayunta- mientos municipales se concentraban en «tratar de
hacer cumplir» esta ley.
Los gobiernos municipales crearon oficinas administrativas para reclutar
y realizar los empadronamientos, así como puestos administrativos vincula-
dos al cobro y seguimiento del tributo monetario que suponía las prestaciones
personales. En lo adelante, se fue generando un proceso de registro municipal
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de la población rural, que instituyó un control periódico de la población, ya que


debían asistir a las oficinas de los ayuntamientos cada tres meses a realizar o
regularizar su contribución en trabajo o en pago monetario.
Los ayuntamientos vieron en estos mecanismos una forma de recaudar di-
nero que, aunque la ley exigía la inversión del dinero recaudado en los trabajos
de construcción, limpieza y mantenimiento de los caminos, en muchos casos el
manejo de estos «fondos de caminos» se realizaban de manera irregular, come-
tiéndose actos de corrupción y malversación de estos fondos.
Toda persona apta para la prestación del servicio tributario en los caminos
que no cumpliera personalmente con las disposiciones de la ley durante cada
período estaba sujeta a una penalización. Si una persona no estaba inscrita en
el registro de su demarcación, o que aún inscrita se negare a «prestar» dicho
servicio, era referido al jefe de la policía o al agente recaudador en virtud de
una sentencia que emitía el ayuntamiento de su jurisdicción. Esta sentencia no
era objeto de apelación, el condenado debía pagar una multa equivalente al
doble de la suma que originalmente debía pagar, es decir cincuenta centavos
por cada trimestre y dos pesos si la sentencia era por el incumplimiento de
todo el año.
En caso de que la persona procesada no pagara la multa se le condenaba a
un arresto que podía ser de 48 horas hasta cuatro días de acuerdo a la gravedad.
Las multas previstas por los artículos nº. 10 y nº. 12 de la ley de caminos
(multas que se referían al no inscribirse en el empadronamiento en las fechas
establecidas) eran ejecutadas por los tribunales de la policía correccional. El
cobro de estas multas se debía invertir «exclusivamente» en el arreglo y
mantenimiento de los caminos, aunque no siempre fue de esa manera.
Estas personas, que en su mayoría eran campesinos, muchas veces se resis-
tieron a inscribirse en los registros de empadronamiento de los ayuntamientos,
y si se inscribían no cumplían con el jornal de trabajos en los caminos.
Realizaron una serie de mecanismos para evitar los trabajos y el pago de la
multa: mudarse temporalmente a otras localidades, reportar trabajos en los
caminos cuando no se realizaron, asistir a los caminos asignados y no hacer los
trabajos, reportar ha- berse inscrito y realizado el servicio personal en otras
jurisdicciones, etc. Inter- pretaban este servicio tributario como una carga que
suponía un comportamiento de subordinación y control sistemático a los que
no estaban acostumbrados.
Ante las implicaciones que conllevaba realizar el jornal de las prestaciones
personales en los caminos, donde los individuos tenían que trasladarse a los

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lugares para realizar el trabajo, disponer de las herramientas para la apertura o


limpieza del camino y proporcionarse las comidas de los días de trabajo, mu-
chos prefirieron pagar monetariamente el tributo del servicio personal. Otros
no tenían la facilidad de ahorrar la suma de un peso al año y cumplían con las
disposiciones.
Las autoridades no asumieron la aplicación de esta ley como un proceso
que requería los medios, facilidades y mecanismos para que la población com-
prendiera y asimilara este proceso de disciplina social. Una población rural,
que convivió por siglos alejada de las distintas formas de autoridad, con un
fuerte arraigo de la vida emancipada, de autosubsistencia, y con un fuerte
sentido de pertenencia de los recursos naturales que los rodeaban de los cuales
hacía uso de ellos con libertad, resultó casi imposible que cualquier medida
que procurara algún tipo de disciplina y sometimiento al orden colectivo no
tuviera consecuen- cias antagónicas. En lo adelante, se generó una permanente
lucha social entre el Estado y los campesinos que se expresó en las diversas
formas de resistencias de la población a someterse a dicha plataforma de
obediencia social y del Estado estableciendo herramientas legales para
contrarrestarlas.

Reglamento de apertura y construcción de caminos públicos y sus


mecanismos de aplicación: El empadronamiento y la cédula de
rescate

Después de dos años de que la ley de caminos se aprobara, se establece en


enero del 1909, un reglamento de apertura y construcción de caminos
públicos21 que disponía la elaboración de un protocolo para la ejecución de los
trabajos. Dicho reglamento se confeccionó en virtud de lo que establecía el
artículo n° 12 de la ley de caminos, en el que todos los ayuntamientos de la
República Domini- cana debían proceder cada año al empadronamiento de los
varones entre los 18 a 60 años de edad residentes en su jurisdicción.
El período del empadronamiento debía realizarse hasta el 28 de febrero de
cada año, posteriormente una copia «exacta» del empadronamiento se
entregaba a los gobernadores con las que se efectuaba el seguimiento del
cumplimiento del tributo del servicio personal en los caminos.

21
Reglamento de apertura y construcción de caminos públicos, Santo Domingo, año

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XXVI, 9 de enero de 1909, BNPHU, GO, n°. 1,960.

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Todas las personas empadronadas estaban obligadas a cumplir con la pres-


tación del servicio caminero por cuatro días al año. Según el reglamento los
cuatro días de trabajo no podían imponerse sucesivamente sino alternados por
los menos de un mes a otro. Los habitantes que optaban por librarse del
servicio de las prestaciones anualmente por medio de la contribución
monetaria, tenían que hacerlo pagando anticipadamente al tesorero de
ayuntamiento la totalidad del monto que equivalía a un peso.
Cuando las personas pagaban la prestación personal o cumplían con los tra-
bajos en los caminos se les otorgaba una cédula de rescate que le entregaba el
tesorero del ayuntamiento con la firma de la principal autoridad administrativa
de la comuna. Este documento le servía como un certificado que acreditaba en
todas partes su «emancipación» anual a la prestación personal caminera.
Los que se mudaban o cambiaban de residencia, después de haber realizado
el empadronamiento ordinario eran agregados al padrón de la nueva comuna
que recientemente llegaban. En caso que no estuvieran empadronados estaban
obligados a «prestar» los cuatro días de trabajo en los caminos durante el resto
del año en la nueva comunidad.
Se realizaron muchos esfuerzos en el proceso de empadronamiento y entre-
ga de documentos. Los tesoreros municipales debían anotar con toda «exacti-
tud» a los individuos que por medio de la contribución monetaria se les exo-
neraban de la prestación personal. En caso de que se extraviara la cédula de
rescate, el tesorero a petición del interesado debía tramitar un duplicado o tri-
plicado, cobrando diez centavos por cada uno. Este documento era prueba de
que los individuos estaban cumpliendo con una disposición que establecía la
ley. No poseer este documento representaba estar fuera del orden social y de la
ley que lo amparaba.
Tanto los fondos que recaudaba el ayuntamiento por concepto de las presta-
ciones personales en los caminos, como la cobranza por la emisión de las cédu-
las de rescate, las multas y cuantas rentas que se generaban en el marco de la
ley de caminos, debían conservarse en la tesorería municipal bajo la
denominación de «fondos de caminos»; y su inversión o gastos debían ser
«exclusivamente» determinados por los ayuntamientos y las juntas de fomento
de las provincias.
Existieron muchas irregularidades en el cobro y manejo de los fondos re-
caudados, en ese sentido los inspectores de agricultura y los gobernadores pro-
vinciales exigían a los alcaldes pedáneos la entregaran mensual de las cuentas
«exactas» del estado de los caminos de sus respectivas jurisdicciones.

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Tanto para los trabajos habituales de limpieza y mantenimiento en los


cami- nos como para cualquiera otro tipo de trabajo se calculaba
anticipadamente el número de individuos que se necesitaban para llevar a cabo
las obras, se estable- cían los días de trabajo que requería el camino de acuerdo
con las «malas condi- ciones» que presentaba. El jefe comunal daba la orden al
inspector de agricultura de la zona o al alcalde pedáneo para que procediera al
«llamado» o «citación» de aquellos «vecinos de la comuna» que ya se habían
empadronado.
Los que eran convocados a realizar «las prestaciones personales en los
cami- nos» de la jurisdicción de su comuna se le fijaban los días, el lugar y la
hora en que debían asistir. Todo aquel que cumplía con su obligación de
trabajar en los caminos se le expedía una boleta que le acreditaba su día de
trabajo, a fin de que cuando obtuviera la boleta del cuarto día, se le entregaba
la cédula de rescate.
Los gobiernos locales tuvieron problemas para registrar y movilizar a toda
la población campesina dispersa por todo el territorio y con poco interés en
cum- plir con estas disposiciones. Una serie de dificultades surgieron para
realizar el empadronamiento, coordinar la logística de asignar y llevar a las
personas a los trabajos en los diferentes caminos, el cumplimiento de las
labores estaba supe- ditado al compadrazgo, la complicidad para evitarlo y
obtener el documento que le exoneraba, la connivencia y las coimas que
recibían los funcionarios munici- pales para anotar a quienes las pagaban sin ir
a trabajar.
Además, la convocatoria o «llamado a los trabajos» implicaba un montaje
de acciones y un conjunto de herramientas que se requerían para la ejecución
de las labores, tales como: personal necesario para el reclutamiento y
seguimiento para que cada ciudadano cumpliera con su prestación personal, la
movilidad de las personas hacia los lugares de trabajo, las herramientas de
trabajo (hachas, picos, palas, machetes, etc.), y el abastecimiento de los
alimentos o comidas durante las jornadas.
A pesar que gran parte del personal de los gobiernos de locales
(ayuntamien- tos y alcaldías pedáneas) se involucraron en todas las acciones
que requería el llamado de las prestaciones personales, no disponían de los
recursos económi- cos y humanos necesario para la ejecución efectiva de lo
que implicaba estas disposiciones de la ley de caminos y el reglamento de
apertura y construcción de caminos públicos. Tampoco poseían un dispositivo
judicial y recaudador que les facilitara ejecutar al pie de la letra dichas
disposiciones. Otro aspecto que se le sumamos estas dificultades fue la
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resistencia permanente que mostraron los campesinos ante este ensayo de
disciplina social y tributaria.

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Sin embargo, como resultado de todas las acciones institucionales que se


emprendieron resultó el establecimiento de una plataforma de registro de
identi- dad o documento oficial que masivamente la población comenzó a
utilizar y que las instituciones del Estado exigían y legitimaban como tal. A pesar
de que exis- tían otros documentos, como el pasaporte (que solo lo poseían unos
pocos), las actas de nacimiento, de bautismo, etc., la cédula de rescate sirvió
para registrar sistemáticamente a todas las personas mayores de edad y de los
estratos sociales más desprovistos. Además, muchas personas que ni siquiera
poseían documen- tos oficiales, como actas de nacimientos, con la cédula de
rescate podían llegar a aquellas personas que estaban indocumentadas.
El empadronamiento y la cédula de rescate sirvieron como mecanismos de
control, de registro sistemático, de seguimiento a la movilidad de la población
rural y de control de recaudación tributaria de mucha importancia para el
Estado.

Resistencia campesina y el uso de la represión militar para


el cumplimiento de la ley de caminos

En la medida que las autoridades del Estado buscaban las distintas maneras
de aplicar la ley de caminos y sus adendas, la población campesina se resistía a
cumplir con las disposiciones de la ley, lo que fue generando un estado de
incon- formidad y tensión social.
El empadronamiento y la cédula de rescate como mecanismos de
seguimien- to y control de la población campesina funcionó en la medida que
la incidencia de los estamentos del Estado en su accionar local podían operar al
margen de las relaciones sociales primarias de fraternidad y compadrazgos que
se desarrolla- ban en las comunidades, y que influían de manera directa en las
decisiones de aplicación de las normas. Además, con las deficiencias
institucionales del Esta- do y el poco nivel de sujeción sobre la población rural
fueron surgiendo quejas y preocupaciones por parte de algunos funcionarios
que les correspondía la tarea de llevar a cabo las disposiciones de la ley de
caminos.
Cuando los empadronamientos estaban listos, se realizaba la distribución
de las responsabilidades y se preparaban las listas de personas que debían en
tiem- po y lugar cumplir con la ejecución de los trabajos. Este proceso
generaba una serie de modalidades (de las cuales ya he mencionado) en que la
población in- cumplía con dichas «responsabilidades sociales». La población

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en muchos casos se empadronaba en las oficinas de los ayuntamientos, pero
luego no asistía a los

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lugares donde debía realizar los trabajos del servicio personal. En otros casos,
la población empadronada que se presentaba a los lugares de trabajo asignados,
no cumplía con las tareas fijadas, además los órganos de gobierno local no
tenían la capacidad de supervisión y seguimiento de dichas tareas.
En ocasiones, las autoridades locales solo hacían cumplir la ley a muy
pocos campesinos. En un informe del secretario de Interior y Policía
demostraba que las autoridades rurales «no obligaban» a todos los habitantes
de las comunidades al cumplimiento de las prestaciones personales en los
caminos, sino que de los empadronados solo iban a cumplir con el trabajo
asignado «los más infelices».22 También se quejaba de que los que asistían a
los trabajos no cumplían con la cantidad de ocho horas al día como expresaba
la ley, el trabajo que realizaban no sobrepasaba una o dos horas.
La importancia que fue tomando la ley de caminos durante este período y
las preocupaciones que constantemente eran manifestadas por distintos
funciona- rios provinciales conllevó a que diferentes actores políticos
comenzaran a mos- trar preocupaciones orientadas a exigir medidas que
mejoraran la aplicación de las prestaciones personales en los caminos.
En 1909, el gobernador de la provincia de Montecristi presentaba un in-
forme en la que enfatizaba las pésimas condiciones en que se encontraban las
vías de comunicación en su provincia después de que fuera «azotada» por una
fuerte tormenta ocurrida en noviembre de ese año, que afectó «notablemente
al desarrollo del comercio y de la agricultura», y que «a pesar de la ley de ca-
minos que se encontraba en vigor no se conseguía que los habitantes contribu-
yeran», por lo que sugería que «para llegar a un eficaz arreglo con la población
era necesario la intervención del gobierno». 23 Al igual que en Montecristi, el
gobernador de Samaná manifestaba su preocupación por el poco interés y las
«grandes dificultades» para que la población rural trabajara en el acondiciona-
miento de los caminos.24

22
Memoria anual del secretario de Interior y Policía. Santo Domingo, 1909, AGN, Secretaría
de Estado de Interior y Policía (SEIP), libro (lib.) n°. H-756.
23
Informe del Gobernador de la Provincia de Monte Cristi. Santo Domingo, 1909, AGN,
SEIP, lib. n°. H-756.
24
Informe del Gobernador de la Provincia de Samaná. Santo Domingo, 1909, AGN, SEIP,
lib. n°. H-756.

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El gobernador de la provincia de La Vega25 informaba también sobre la in-


terrupción de los trabajos de acondicionamiento que se llevaban a cabo en su
provincia, cuando les azotó «el funesto temporal de noviembre», puentes y al-
cantarillas, casi en su totalidad fueron arrasados por el temporal
incomunicando a todas las comunidades y paralizando los trabajo de
construcción que se habían iniciado bajo las disposiciones del plan nacional
de carreteras y el reglamento de apertura y construcción de caminos públicos,
y explicaba las dificultades que tenían para que la población asistiera a cumplir
con las prestaciones personales. Es seguro que los efectos de la tormenta que
azotó a la República Dominica-
na en noviembre del 1909, dejaron grandes daños no solo en las
infraestructuras, sino también en los cultivos, por lo que la población
campesina se concentró en recuperar sus conucos. La prioridad de las
autoridades en atender a mejorar los caminos, no concordaba en ese momento
con los intereses de los campesinos.
La población rural se mostraba poco interesada en la apertura y
acondiciona- miento de las vías principales que conectaban a las distintas
ciudades y puertos. Su radio de acción se limitaba a los caminos y veredas para
llegar a sus conucos, y las vías secundarias hacía los pueblos donde estaban los
servicios básicos que necesitaban: hospital, policía, ayuntamiento, escuelas,
almacenes, etc. Sus ac- tividades mercantiles estaban vinculadas directamente
con los comerciantes e intermediarios que le compraban la producción
virtualmente desde sus conucos. En un informe presentado por el gobernador
de la provincia Pacificador en 1910, hacía énfasis sobre el rechazo de la
población campesina a las disposicio- nes de la ley de caminos y a su
reglamento. Indicaba que en su provincia «no había comuna alguna donde se
había puesto en vigor la ley», y que esperaba la urgente ayuda del gobierno
nacional para «tener efectos saludables a fin de que las vías de comunicación
mejoren» y den fácil acceso a las labores del trabajo
agrícola.
El mayor interés sobre el acondicionamiento de los caminos procedía de los
comerciantes y compradores intermediarios, de las casas comerciales importa-
doras y exportadores, y de los grupos intelectuales que abogaban por una
mayor agilidad en la movilidad de la producción y por desarrollar un modelo
económi- co agroexportador que generara las transformaciones que suponía
una sociedad moderna de la época.

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25
Informe del Gobernador de la Provincia de La Vega. Santo Domingo, 1909, AGN, SEIP,
lib. n°. H-756.

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Muchos representantes del Estado en las distintas instancias provinciales y


municipales coincidieron en llamar la atención del gobierno central, y en
buscar la manera de mejorar la aplicación de la ley de caminos y del plan
nacional de carreteras en sus respectivas jurisdicciones.
Algunos funcionarios estatales exigían que se establecieran mecanismos
que permitieran la efectiva aplicación de la ley de caminos. El ministro de
Interior y Policía, en 1909 recomendaba que se «dictarán disposiciones que
salven los inconvenientes y dificultades que presenta la ley de caminos»
enfatizaba que se cambiara lo que establecía la ley en relación al servicio
personal y recomendaba que el trabajo fuera por contrato.26
La cámara de Diputados se hizo eco de las quejas y peticiones sobre lo
nece- sario que era la «observancia y modificación» de la ley de caminos. El
diputado por la provincia Espaillat (Moca) M. M. Sanabia en marzo de 1909,
sometió ante la comisión de Fomento de la Cámara de Diputados una
propuesta de reforma a la ley de caminos,27 que debía «atender los
inconvenientes generados por su aplicación y los pocos resultados que se
habían obtenido». El diputado Sanabia, justificaba su propuesta de
modificación alegando esta ley debía «satisfacer» de manera rápida y eficaz la
necesidad del mejoramiento de «nuestras pésimas vías de comunicación». Gran
parte de los artículos de la ley que proponía modificar el diputado Sanabia
fueron aquellos que en la práctica habían sido de «difícil ejecución».
El diputado Sanabia, argumentaba que muchas de las prescripciones conte-
nidas en la ley de caminos de 1907 no garantizaba una «verdadera práctica» de
las disposiciones de la misma, y que la «fácil ejecución» de los propósitos de
la ley se desvirtuaron, generando «reportes de resultados frustrantes» y que se
debía someter a una reforma que garantizara resultados eficientes.
Incluso, la comisión de Fomento de la Cámara de Diputados reconocía la
im- perfección de la Ley, pero consideraba que era prematura la reforma que
sometía el diputado Sanabia, ya que su ejecución no había abarcado a todo el
territorio de la República. Según esta comisión, era imposible comprobar con
hechos las deficiencias de que adolecía la ley. La respuesta de la comisión de
fomento se mostraba optimista y sugería otorgar más tiempo, estimaba que
debía afianzarse

26
Memorias del secretario de Estado de Interior y Policía. Santo Domingo, 1909, AGN,
SEIP, lib. n°. H-756.
27
Moción del diputado Sanabia. Santo Domingo, año 1909, AGN, CN, leg. C-837, exp. 156.

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más la práctica de las disposiciones de la ley de caminos. Su posición final fue,


que era necesario «comprobar en atenta observación, los inconvenientes prácti-
cos que entrañe las medidas de la ley, pues solo entonces se podrán
introducirse reformas substanciales».28
Era un hecho de que a dos años de aprobada la ley de caminos, todavía
había comunidades donde las prestaciones personales no se habían puesto en
ejecu- ción, por lo que muchos representantes de las gobernaciones
provinciales y de los gobiernos municipales solicitaban la intervención del
Gobierno central.
Otros consideraban, como el diputado Sanabia, que se debía aumentar el
nivel de penalidad tributaria, el sometimiento ante los tribunales y el encarcela-
miento ante su incumplimiento. Se abogaba por una mayor severidad en la
apli- cación de las prestaciones personales. En la propuesta de reforma
sometida ante la Cámara de Diputados se proponía que todo habitante sujeto a
la prestación del servicio caminero que no se inscribiera en su común en los
plazos fijados o que inscrito se negara a realizar dicho servicio personalmente,
debía ser condenado a pagar una multa de cinco pesos y cuarenta y ocho horas
de arresto. Estas multas debían ser emitidas por los tribunales de policía
correccional, previa denuncia hecha por el inspector de caminos de la común o
por el alcalde de la sección. A pesar de las opiniones de la comisión de
Fomento, las observaciones del diputa- do Sanabia fueron aprobadas en
noviembre de 1909. Sin embargo, estas medidas más severas no garantizaron la
efectividad de la aplicación de la ley.
Por todo lo que suponía organizar y movilizar a los campesinos a trabajar
en los caminos, muchas autoridades locales prefirieron cobrar en dinero la
presta- ción personal en los caminos. De este modo la aplicación de la ley de
caminos se transformó en un medio de recaudación de dinero, que además de
fungir como un mecanismo de seguimiento y control social se convirtió en uno
de los princi- pales mecanismos de recaudación tributaria a nivel local.
Otra de las medidas que se llevaron a cabo, con la finalidad de mejorar la
aplicación de las prestaciones personales en los caminos, fue usar la intimida-
ción y represión por medio de la fuerza militar. El cuerpo represivo que se
había formado durante el gobierno de Ramón Cáceres, la Guardia
Republicana29 fue

28
Ibídem.
29
Ver con mayores detalles en José L. Vásquez Romero. El modelo anticaudillista y

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desarrollista del presidente Ramón Cáceres (1906-1911). Archivo General de la Nación,
vol. CCLXXXVII. Santo Domingo, 2016, pp. 225-231. También ver detalles en Jaime de
Jesús

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utilizado como plataforma para que muchos gobernadores provinciales usaron


dicho órgano represivo en la realización del empadronamiento y cobro de las
prestaciones personales.
Por orden del poder ejecutivo los miembros de la Guardia Republicana de-
bían servir de apoyo a las autoridades provinciales y municipales en la aplica-
ción de las disposiciones de la ley de caminos. En lo adelante la Guardia Repu-
blicana fungió como instrumento coercitivo y de represión sobre la población
lo que generó mayor disgusto social. Estas medidas represivas comenzaron a
aplicarse en aquellas comunidades donde existían recintos militares.
Al integrar la Guardia Republicana como órgano estatal de soporte en la
ejecución de las disposiciones que establecía la ley de caminos, se generó una
legitimación y justificación de la presencia de los militares en el uso de la
fuerza y la intimidación sobre la población. El Gobernador de la provincia
Pacificador señalaba que las prestaciones personales redimidas en dinero
presentaban serias dificultades, que en la gran mayoría de los casos los
recaudadores se «valían coercitivamente y desgraciadamente de la acción de la
Guardia Republicana».30 Los conflictos derivados de los empadronamientos,
los reclutamientos, el cobro compulsivo, las multas y los encarcelamientos
generaron un malestar ge- neral en la población campesina. El uso de la fuerza
militar como medida para contrarrestar la resistencia de la población rural
ante el cumplimiento de las disposiciones de la ley de caminos fue creando un
ambiente de miedo y descon-
fianza a las instituciones públicas.
El jefe de la Guardia Republicana informaba al secretario de Interior y Po-
licía, lo inoperante de la ley de caminos y que no había dado los resultados que
«probablemente se esperaban con la modificación». En las localidades que
había recorrido y los reportes que había recibido de sus subalternos, les
señalaban que los caminos estaban en peores condiciones que antes y que en
cambio la práctica de la ley de caminos ocasionaba en la población serios
disgustos y conflictos, «los cuales podían llegar a mayores». También
manifestaba su preocupación por que las prestaciones personales eximidas en
dinero con arreglo de los términos de la ley, presentaba serias dificultades en
los municipios, ya que los contribuyentes

Domínguez. La sociedad dominicana a principios del siglo XX. Colección


Sesquicentenario de la independencia nacional, vol. VII, Santo Domingo, 1994, pp. 393-
412.

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30
Informe del Gobernador de la provincia Pacificador. Santo Domingo, año 1909, Archivo
General de la Nación, Secretaría de Estado de Interior y Policía, lib. H-756.

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reaccionaban con disgustos y dudaban sobre la legal inversión de esas sumas


de dinero recolectado. Pero que, además las autoridades rurales, no obligaban a
todos al trabajo ni al pago de las prestaciones personales, sino que iban al
trabajo los más desdichados, «los más inútiles», aquellos que no estaban
ligados a la autoridad y que el trabajo que realizaban los que asistían no pasaba
de una hora. Los caminos «continuaban en pésimo estado» con muy contadas
excepciones. Por lo que se sugería al secretario de Interior y Policía que se
estableciera el trabajo por contrata, utilizando la prestación personal «en una u
otra forma», o que se «dicten disposiciones que salven los inconvenientes que
hoy se lamentan y dificultan su ejecución».31
La resistencia de la población fue creciendo en la medida que el Estado
bus- caba fórmulas para la aplicación de la ley de caminos. En el año 1910, en
las memorias presentadas al presidente de la República por el secretario de
Estado de Interior y Policía advertía que la ley de caminos «no daba los
resultados que probablemente se esperaba, que la práctica en ocasiones
provocaba serios dis- gustos y conflictos en la población».32
Lo cierto es que, el empadronamiento de la población, la entrega de la
cédula de rescate, el uso de la represión militar, la asignación periódica y
obligatoria del trabajo personal, el pago de tributo monetario constante, las
multas y los encarcelamientos, sentaron los precedentes en cuanto a la
disciplina y control social que el contexto social y económico, y la coyuntura
política requerían. Sus efectos incidieron de manera irrevocable en la compleja
dinámica social del pueblo dominicano.

El caso de la provincia de Santo Domingo y los fondos de caminos

Un caso especial según los datos e informaciones que hemos consultado


sobre las prestaciones personales es lo que sucedió en la provincia de Santo
Domingo. Contrario a otras comunidades, la población de Santo Domingo, más
urbana, y con mayores recursos humanos y económicos desde las instituciones

31
Informe del Jefe de la Guardia Republicana. Santo Domingo, 1909, AGN, SEIP, lib. n°.
H-756.
32
Memorias del secretario de Estado de Interior y Policía, Santo Domingo, año 1909, AGN,
SEIP, lib. H-756.

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para aplicar la ley de caminos tuvo resultados distintos a las demás poblaciones
del interior del país.
En la aplicación del cumplimiento del empadronamiento y del cobro de los
tributos del servicio personal funcionaba otra lógica en la que existía una
mayor efectividad del seguimiento, control y cobro. La incidencia de las
instituciones del Estado en la población, y un estilo de vida más urbanizada y
vinculadas con el mercado permitió que en el territorio de la provincia de
Santo Domingo, capi- tal de la República Dominicana, funcionara de manera
distinta que los pueblos del interior del país.
En un informe presentado al Gobierno central, el gobernador de la
provincia de Santo Domingo explicaba los detalles sobre el cumplimiento de
las disposi- ciones de la ley de caminos. Enfatizaba que toda la organización
del empadro- namiento o reclutamiento del «rol de caminos» se habían
realizado «con activo esfuerzo de común acuerdo con los ayuntamientos».
A diferencia de otras localidades, en esta provincia se realizaba cada cierto
período un censo poblacional que permitía a las autoridades de la provincia
pla- nificar y dar seguimiento a la evolución demográfica de los pueblos y
barrios. Esta práctica de levantamiento de información demográfica se
realizaba desde finales del siglo XIX33 y les sirvió como plataforma de
información para realizar el empadronamiento y cobro del tributo monetario de
las prestaciones persona- les. Con la información que proporcionaba este
censo provincial se ejecutaba el empadronamiento y podían tener mayor
conocimiento sobre la cantidad de individuos disponibles para la «prestación
del trabajo de pica y limpieza de los caminos vecinales»34 y para el cobro del
tributo.
El siguiente cuadro se muestra como la mayoría de la población registrada
en el censo se encontraba «enrolados» para cumplir con las prestaciones per-
sonales. Tomando en cuenta el total de la población censada en la provincia de
Santo Domingo en 1909, el 71 % de la población estaba «enrolada» para
cumplir con el servicio de las prestaciones personales y de este porcentaje el 94
% de la población «enrolada», con la edad correspondiente para el
cumplimiento de la ley realizó el servicio de las prestaciones personales,
mientras que solo un 6 %

33
Boletines Municipales del Ayuntamiento de Santo Domingo. 1886-1923, Fondo

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Ayuntamientos. AGN Santo Domingo, República Dominicana.
34
Informe del Gobernador de la provincia de Santo Domingo, Santo Domingo, año 1909,
Archivo General de la Nación, Secretaría de Estado de Interior y Policía, lib. H-756.

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no cumplió el tributo caminero según la relación presentada por la


Gobernación de Santo Domingo al Ministerio de Interior y Policía.
Otro aspecto importante que se señala en el cuadro es el monto de la contri-
bución monetaria efectiva de los «enrolados» donde se muestra una proporción
muy baja en función de los que decidieron realizar los trabajos. Atendiendo
que el monto para 1909 eran 2 pesos al año, solo el 2.8 % de los «enrolados»
paga- ron en dinero su prestación personal. Un porcentaje muy bajo,
suponiendo que la mayoría de los «enrolados» de las demás provincias
decidían pagar el tributo.

Cuadro 1.
Relación de las prestaciones personales en la provincia
de Santo Domingo 1909
Comunas De 18 a 60 Corresponden Diferencias Prestación Contribución
años enrolados según el censo personal efectiva
provincial realizada
Baní 1,835 3,140 1,305 1,718 $ 117
San Cristóbal 4,161 6,770 2,609 3,763 $ 398
San Carlos 1,990 1,998 8 1,944 $ 46
Villa Duarte 1,100 1,111 11 1,060 $ 40
Guerra 819 823 4 809 $ 10
Monte Plata 1,040 1,728 688 1,004 $ 36
Palenque 362 421 59 362 $6
Boyá 264 266 2 264 $6
Yamasá 651 669 18 598 $ 53
Villa Mella 604 1,199 595 534 $ 70
Bayaguana 542 556 14 542 $0
Victoria 378 641 263 377 $1
Total 13,746 19,332 5,576 12,975 $ 771
Fuente: Gobernación de Santo Domingo. Ministerio de Interior y Policía. Año 1909.

A pesar las buenas cifras de efectividad de la aplicación de la ley de


caminos que presentaba el gobernador de la provincia de Santo Domingo,
manifestaba su deseo de que la totalidad de los habitantes «aptos» para el
trabajo cumplieran con lo establecido por la ley. Señalaba su preocupación de
«no haber logrado conseguir que la totalidad de las personas en su

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jurisdicción cumpliera con la

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ley», decía que «en muy pocas comunas la observancia» de esta obligación no
se efectuó en la generalidad de sus habitantes y que otros habían preferido
«redimir con la debida contribución efectiva».35
El interés de los ayuntamientos fue cambiando ante la ineficiencia de la
puesta en marcha del servicio personal en los caminos, comenzaron a orientar
los esfuerzos del empadronamiento en el cobro directo de las prestaciones. Con
el argumento de que con los fondos recaudados los ayuntamientos generarían
un «fondo de caminos» para pagar a trabajadores calificados en la apertura y el
mantenimiento de caminos de sus jurisdicciones. El trabajo físico o las horas
de trabajo de los campesinos pasaría un plano secundario en los ayuntamientos
del interior del país. Pronto las municipalidades se vieron con mucho más
poder de cobro tributario sobre la población, lo que dio paso a una serie de
actos de corrupción por parte de los administradores de estos fondos.
Los actos de corrupción en el uso de estas recaudaciones, la irregularidad
y poca transparencia en el manejo de los «fondos de caminos» por los funcio-
narios municipales influyeron en que los contribuyentes comenzaron a dudar
sobre la real inversión en los trabajos de acondicionamiento en los caminos. El
gobernador de la provincia Pacificador expresaba en un informe que los con-
tribuyentes dudaban de la legal inversión de las sumas recaudadas y que los
funcionarios responsables no podrían demostrar los avances de las obras en
base a lo recaudado y «murmuraban que parte de ellas servían para crear una
renta al recaudador».36
Esta situación aumentaba la indisposición y resistencia de la población
cam- pesina para cumplir con el aporte monetario cada año. No todos los
ayunta- mientos poseían los recursos y el personal para llevar a cabo el
procedimiento establecido por el reglamento de apertura y mantenimiento de
los caminos y las disposiciones de la ley de caminos. Realizar cada año todos
los procedimientos que indicaba la ley implicaba para cualquier gobierno local
un esfuerzo enorme en recursos humanos y económicos. Además, resultaba
poco manejable someter a una población que tradicionalmente se mantenía
bajo unas particularidades de convivencia autárquica y emancipada de la
figura del Estado. Tampoco existía

35
Informe del Gobernador de la provincia de Santo Domingo, Santo Domingo, año 1909,
AGN, SEIP, lib. H-756.
36
Informe del Gobernador de la provincia Pacificador, Santo Domingo, año 1909, AGN,

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SEIP, libro H-756.

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una conciencia en la población campesina sobre lo que implicaba las


disposicio- nes de la ley, no se tenía claro lo que significaba para ellos esta
responsabilidad, que recaía sobre ellos. Sus reacciones de disgusto,
desobediencia y resistencia fue una reacción espontánea.
En los años siguientes se realizaron una serie de modificaciones a la ley de
caminos que procuraban mejorar esta tributación. Además, el plan nacional de
carreteras tomó un mayor impulso en manos del gobierno militar de los
Estados Unidos que invadió el país en 1916.
Los aspectos presentados en este artículo son parte de una investigación
más amplia. Es necesario analizar una serie de variables para determinar en
pro- fundidad estos procesos de transformación social y su impacto en la
población rural. Debemos tener en cuenta también, un conjunto de elementos
importantes en la visión ideológica que se difundió durante el período anterior
al que nos referimos en este artículo y como la construcción de los ferrocarriles
marcaron un preludio importante en el desarrollo de las infraestructuras viales
en la Repú- blica Dominicana.
También, debemos tomar en cuenta el papel que jugó la población rural en
el proyecto nacional, y las coyunturas internacionales que permitieron el esta-
blecimiento de una serie de medidas y políticas públicas que pretendían ajustar
la sociedad dominicana a lo que demandaba el sistema económico mundial y
el mundo «civilizado» de inicios del siglo XX. El proceso de investigación que
acompaña a este ensayo pretende analizar a fondo el impacto del plan nacional
de carreteras y los aspectos esenciales que caracterizaba a la población
campesi- na en ese momento, la base disciplinaria que fue objeto y los
fundamentos para establecer y generalizar un sistema disciplinario tributario
sobre la población campesina.
Se debe ampliar sobre los efectos y consecuencias que provocaron el re-
clutamiento, empadronamiento y la cédula de rescate como mecanismos de se-
guimiento y control de la población, y cómo los órganos de gobierno local y
nacional enfrentaron las situaciones derivadas de la ley de caminos y sus aden-
das. Las estructuras administrativas que crearon los ayuntamientos para hacer
cumplir con las disposiciones de la ley de caminos y las arbitrariedades que se
generaron por las sentencias, multas, encarcelamientos y el accionar del
aparato militar. Además, hay que reflexionar y determinar como la resistencia,
las quejas y la desobediencia de la población se manifestó frente a las
disposiciones de la ley de caminos, puntualizando en las diferentes formas de

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desobediencia de los

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campesinos y porqué razones el Estado mostraba debilidad institucionalmente


y poca vinculación con la población, y en qué medida estas formas de
incumplir con la ley de caminos estaban relacionadas con el estilo de vida de
los campesi- nos dominicanos.

Fuentes de archivos

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chivo General de la Nación, Secretaría de Estado de Interior y Policía, libro
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Informe del gobernador de la provincia de La Vega, Santo Domingo, 1909, Ar-
chivo General de la Nación, Secretaría de Estado de Interior y Policía, libro
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Informe del jefe de la Guardia Republicana, Santo Domingo, 1909, Archivo
General de la Nación, Secretaría de Estado de Interior y Policía, libro no.
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año XXII, 4 de marzo de 1905, Archivo General de la Nación, Gaceta oficial,
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1909, Archivo General de la Nación, Secretaría de Estado de Interior y Po-
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Memorias del secretario de Estado de Interior y Policía, Santo Domingo, año
1909, Archivo General de la Nación, Secretaría de Estado de Interior y Po-
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go, del 1ro de enero de 1916 al 1ro de Julio de 1918, Archivo General de la
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CLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 141-151.
ISSN: 0009-9376

Un documento diplomático británico poco conocido, 1935


Emilio Cordero Michel1

En las siguientes páginas presentaré un documento diplomático que consi-


dero de interés para los historiadores que dedican sus estudios a analizar los
pri- meros años de la dictadura trujillista. Dicho documento es de la autoría de
W. A. Elder, cónsul británico en Santo Domingo. El mismo fue enviado a su
canciller Sir John Simon, K.V.G.O., en Londres en fecha 21 de febrero de
1935, año en el que Trujillo ya había consolidado su régimen despótico.
Dicho despacho, depositado en el Foreign Office (FO), Kew Gardens, Lon-
dres, lo localizó el M. A. Rafael Jarvis Louis cuando investigaba en el referido
archivo para la elaboración de su tesis doctoral de la Universidad Pablo de Ola-
vide, Sevilla, España. Tiene una extensión de 2¼ páginas a maquinilla a 2
espa- cios, con amplios márgenes laterales, lo traduje del inglés y le agregué
las notas que figuran al pie de página. El siguiente documento demuestra:

1. Cómo el dictador, que ya había amasado una pequeña fortuna de más de


2 millones de pesos cuando derrocó a Horacio Vásquez por la
apropiación del 10 % de todos los recursos asignados al Ejército
Nacional, sumado a los beneficios que le producían sus negocios
particulares, con la compra de alimentos a las tropas, y el lavado y
planchado de sus uniformes y las ventas de la cantina.2

1
Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia, presidente de su Junta
Directiva en el período 2007-2010 y editor de esta revista.
2
Emilio Cordero Michel. «Breve perfil de Horacio Vásquez». Clío, Santo Domingo, Academia
Dominicana de la Historia, año 86, no. 194, julio-diciembre de 2017, pp. 208 y 219.

141
14 EMILIO CORDERO

Trujillo también estaba aumentando su fortuna mediante la aplicación de


impuestos directos a los principales productos alimenticios y de
consumo. La consecuencia de sus acciones afectaba los intereses
generales del pue- blo dominicano y los particulares del sector
empresarial, empobreciendo más a la población y expropiándole gran
parte de sus bienes a la familia Michelena. Asimismo, extorsionando a
dos grandes industriales del ta- baco: Anselmo Copello y Amadeo
Barletta, quien también fungía como importador de vehículos de motor.
2. Además, se observa en el documento el subterfugio legal mediante el
cual el dictador se deshizo de su segunda esposa Bienvenida Ricardo
Martínez para casarse con su amante María de los Ángeles Martínez
Alba (La Es- pañolita), madre de su supuesto hijo Ramfis Rafael.
3. Por último, encontraremos información acerca de los preparativos guber-
namentales para recibir la visita oficial del presidente de Haití, Stenio-
Vincent, invitado por Trujillo para discutir el Protocolo de Revisión del
Tratado Fronterizo Dominico-Haitiano, firmado por el presidente
Horacio Vásquez y el mandatario haitiano Luis Bornó, el 21 de enero de
1929.

Pero, antes de reproducirlo, quiero hacer a los lectores las siguientes


explica- ciones para que puedan comprender con mayor claridad el documento:

A) Dos integrantes de la tradicional burguesía nacional, los hermanos


Oscar y Santiago Michelena Pou eran banqueros, dueños del Ingenio San Luis,
luego llamado Ingenio Ozama. Igualmente, poseían latifundios ganaderos y
cafetale- ros y los principales productores y comercializadores de la sal en el
país con la explotación de las salinas de Baní y Monte Cristi. Los hermanos
Michelena Pou fueron severamente afectados por Trujillo, que había creado un
monopolio de la sal para su beneficio personal.3
Los hermanos Michelena, por sus intereses de clase, estaban temerosos por
las desmedidas ambiciones económicas y criminalidad demostradas por
Trujillo desde los mismos inicios de su dictadura en 1930. Sus recelos se
justificaron cuan- do el dictador intervino en el litigio que mantenía la sucesión
Michelena contra el Bank of Nova Scotia —que envolvía la suma de casi 2
millones de dólares— y

3
Roberto Cassá Bernaldo de Quirós. Capitalismo y Dictadura. Santo Domingo, Editora de

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Un documento diplomático británico poco conocido, 14
la Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1982, p. 434.

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14 EMILIO CORDERO

logró que se dictara un fallo adverso, que los perjudicó. A consecuencias de


ello, los hermanos Michelena perdieron el Ingenio San Luis, la Estancia San
Gerónimo, ubicada en la avenida Independencia, de la que Santiago fue despo-
jado violentamente, así como otros bienes. Trujillo la convirtió en su vivienda
familiar con el nombre de Estancia Ramfis y es la actual sede del Ministerio de
Relaciones Exteriores y de su Escuela Diplomática y Consular.4
Oscar Michelena tenía muchos motivos para odiar a Trujillo y por eso fue
uno de los principales dirigentes de la conspiración para derrocarlo mediante
su eliminación física, organizada por la mediana y alta burguesía nacional,
complot que fue develado en el mes de marzo de 1935. Oscar Michelena fue
apresado, torturado en la Penitenciaria y Leprosorio de Nigua, condenado a 20
años de tra- bajos públicos y la confiscación de sus bienes. De esa manera
perdió la explota- ción ganadera y cafetalera llamada Hacienda Borinquen, en
las cercanías de San Cristóbal, propiedad que Trujillo ambicionaba y se
apropió y que denominó Ha- cienda María, lugar en el que Ramfis Trujillo
asesinó, el 18 de noviembre, a seis de los participantes en el ajusticiamiento de
su padre el 30 de mayo de 1961. Por ser Oscar Michelena hijo de
puertorriqueños y estar registrado como ciudadano norteamericano desde
inicios de la década de 1920, su amigo Sumner Welles y el Departamento de
Estado de los Estados Unidos gestionaron con Trujillo su libertad y este lo
amnistió. Se fue a Puerto Rico arruinado, dejando abandonados los escasos
bienes que se salvaron de las confiscaciones o que no se perdieron.5

B) Anselmo Copello nació en Génova, Italia, y muy joven vino al país esta-
bleciéndose en Santiago. Creó una pequeña fábrica de cigarros con el nombre
de La Habanera. Tuvo mucho éxito por la calidad de su producción y en 1914
el negocio se convirtió en la Compañía Anónima Tabacalera, C. por A. (CAT),
empresa que logró una gran eficiencia tecnológica en su amplia variedad de
cigarros y cigarrillos. La industria estaba ubicada en el famoso barrio de Los
Pepines, y Copello, con los beneficios obtenidos, ayudó al desarrollo físico y
cultural de esa ciudad aportando recursos para la construcción del edificio del

4
Para ampliar sobre la historia de esta edificación, véase a Celsa Albert Batista, Estancia
San Jerónimo [o Estancia Michelena]. Patrimonio histórico. Sede de la Cancillería de
la República Dominicana. Santo Domingo, Editora Amigo del Hogar, 1999.
5
Félix A. Mejía. Viacrucis de un pueblo. Relato Sinóptico de la Tragedia Dominicana
Bajo la Férula de Trujillo. México, s/e, 1950, p. 66.

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Un documento diplomático británico poco conocido, 14

Ateneo Amantes de la Luz, del exclusivo y racista Club de Recreo y del Liceo
México que dirigió la intelectual y educadora nacionalista Ercilia Pepín.
Copello fue varias veces presidente del Ayuntamiento de Santiago y del Club de
Recreo. En Santo Domingo, construyó en 1939, en la calle El Conde esquina
Sánchez,
el Edificio Copello, el más moderno y hermoso de esa vía comercial, que se
hizo famoso en 1965 porque fue la sede del Gobierno Constitucionalista del
coronel Francisco A. Caamaño Deñó en la lucha nacionalista contra el invasor
yanqui.
En 1944 fue forzado por Trujillo a venderle sus acciones mayoritarias en la
CAT, convirtiéndose el dictador en propietario de la empresa y creando un mo-
nopolio en la producción y venta en el mercado nacional de cigarrillos negros
y de tabaco «burley» (rubio) de diversos tipos, y manteniendo la producción y
mercadeo de los mejores cigarros del país. En ese mismo año de 1944,
Anselmo Copello falleció de pulmonía en el Doctor´s Hospital de la ciudad de
Nueva York, mientras desempeñaba el cargo de Embajador de la República
Dominica- na en Washington. Sus restos reposan en el Cementerio Municipal
de Santiago.

C) Amadeo Barletta nació en San Nicolás Arcella, Calabria, Italia. Vino al


país en 1920 y fundó en la ciudad de Santo Domingo la empresa Santo Domin-
go Motors que importaba de los Estados Unidos vehículos de motor. Prosperó
rápidamente y logró en pocos años una buena posición económica que le
permi- tió integrarse a la tradicional burguesía nacional. Era un activo fascista
Cónsul Honorario de la Italia de Mussolini y representante de Il Fascio en el
Caribe. En el Gobierno de Vásquez instaló, en las calles José Dolores
Alfonseca (actual 30 de Marzo) y 12 de Julio (actual Julio Verne), las oficinas
y salas de exhibición de los automóviles Buick, Cadillac, Chevrolet,
Oldsmobile, Pontiac y camio- nes ligeros GMC y camionetas de la General
Motors Company, de Detroit, que importaba. Dichos vehículos eran vendidos
fundamentalmente al Gobierno, sus funcionarios, burgueses, altos y medianos
pequeños burgueses, y los camiones a empresarios del transporte, personas
independientes que tenían el negocio de transportar mercancías y productos
agropecuarios y uno que otro hacendado.6

6
Emilio Cordero Michel. «Movimientos de oposición a Trujillo en la década 1930-1939»,
Clío, año 78, no. 178, julio-diciembre de 2009, pp.164-165, (Santo Domingo, Academia
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14 EMILIO CORDERO
Dominicana de la Historia). Existe edición corregida en Obras Escogidas. Ensayos II.
Santo Domingo, Editora Centenario, 2016, pp. 267-293 (Archivo General de la Nación,
vol. CCLXVII).

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Un documento diplomático británico poco conocido, 14

Cuando Trujillo tomó el poder en 1930, el país se encontraba bajo los


efectos de la gran crisis del capitalismo mundial de 1929 que nos empobreció
más por el subdesarrollo y dependencia de los Estados Unidos. Además, se
redujeron sustancialmente los niveles de ingreso de la población por los efectos
del devas- tador ciclón de San Zenón, del 3 de septiembre de 1930, y el
incremento de los impuestos que gravaron los artículos alimenticios y de uso
consumo de primera necesidad. Esa crisis también provocó una baja en la
venta de todos productos industriales y agrícolas y el dictador suspendió la
adquisición de vehículos de la Santo Domingo Motors y ese privilegio lo
traspasó a uno de sus allegados, Ma- nuel Alfaro, quien importó automóviles
de las marcas Packard, Reo y Lincoln, situación que disgustó a Barletta.7
Pero, además, hubo otra razón de mucho peso para que Barletta se enfadara
con Trujillo. Había instalado en la calle José Dolores Alfonseca (frente a la ac-
tual CODETEL) una moderna y eficiente fábrica mecanizada de cigarros
baratos y cigarrillos con tabaco negro criollo y rubio (burley) importado,
denominada Dominican Tobacco Company. Dicha compañía era de capital
mayoritariamente norteamericano, la American Tobacco Company, de
Durham, North Carolina, fabricante del popular cigarrillo Lucky Strike, que
poseía el 55 % del capital de la Dominican Tobacco Company. Competía con la
Compañía Anónima Tabaca- lera (CAT) de Copello y, de hecho, ambas
empresas mantenían un oligopolio en el país. Cuando Trujillo adquirió
acciones en la CAT quiso comprarle a Barletta la proporción del capital (el 45
%) que poseía en la Dominican Tobacco Com- pany, ya que el resto (el 55 %)
pertenecía a la American Tobacco Company y este se negó,8 seguramente
pensando que por ser seguidor de Benito Mussolini, Cónsul Honorario de Italia
y jefe del Il Fascio en el Caribe Trujillo respetaría su condición de extranjero.
El dictador, en represalia, aumentó el impuesto al precio de los cigarrillos
de todo tipo a un centavo por paquete, cuyo monto iría directamente a
incrementar su fortuna. Además, intentó extorsionarlo con un avance de
$125,000.00 a lo que se negó, como señaló el cónsul británico en el apartado
no. 4, que se reproduce más adelante. Barletta, por intereses de clase y
encolerizado, entró de lleno en una conspiración para asesinar a Trujillo,
aportando dinero para la adquisición

7
Ibídem, p. 165.
8
Ibídem.

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14 EMILIO CORDERO

de armas y un automóvil para realizar el magnicidio.9 Este complot fue


organiza- do por un grupo de burgueses y altos pequeños burgueses integrado
por: el Lic. Eduardo Vicioso; Oscar Michelena Pou; el español Manuel
Cochón, industrial condueño de la empresa Cochón, Calvo, C. por A.; Dr.
Ramón de Lara; Dr. Buenaventura Báez Ledesma; Dr. José Selig Hernández;
Lic. Abigail del Monte; Ing. Juan de la Cruz Alfonseca; Br. Rafael Ramón
Ellis Sánchez (Pupito); un empleado de comercio; y dos zapateros.10
Un mes después, en marzo de 1935, uno de los integrantes del grupo
conspi- rador, el industrial ZZ, cuyo nombre se ha mantenido en el anonimato
hasta nues- tros días porque fue el que denunció el complot.11 Todos fueron
arrestados por el Servicio Secreto del Ejército Nacional, acusados de intentar
asesinar a Trujillo y encarcelados en Nigua. «Podría afirmarse que este
movimiento conspirativo fue el primero y único —a todo lo largo de la “Era
Trujillo” hasta la aparición del Grupo del 30 de Mayo que ajustició al tirano—
en el que sectores de la burguesía y de la alta pequeña burguesía dirigieron y
participaron en acciones contra el régimen».12 Barletta fue acusado de
conspirar para asesinar a Trujillo, encarcelado por seis semanas en Nigua,
enjuiciado con sus demás compañeros y condenado a 20 años de trabajos
públicos y a una indemnización. Pero, porque era ciudadano de Italia, Cónsul
Honorario de su país y representante de Il Fascio en el Caribe, el Duce Benito
Mussolini exigió su inmediata libertad, bajo la amenaza de enviar un
acorazado y una flotilla de buques de guerra para rescatarlo. El Departamento
de Estado de los Estados Unidos, a través de sus altos funcionarios Cordell
Hull y Sumner Welles, presionó al tirano para que lo liberara y Trujillo
obtemperó a ese requerimiento. Barletta fue excarcelado, abandonó el país,
refugiándose en
Cuba, dejando todos sus bienes que fueron confiscados por Trujillo.13

9
Luis F. Mejía, De Lilís a Trujillo. Caracas, Editorial Élite, 1944, p. 249.
10
Eric Paul Roorda, The Dictator Next Door.The Good Neighbor Policy and the Trujillo
Regime in the Dominican Republic, 1930-1945, Duke University Press, Durham, North
Caroline, pp. 122-124. Véase también a Robert D. Crassweller, Trujillo: La trágica
aventura del poder personal, Barcelona Editorial Bruguera, 1968, p. 111 y a Roberto
Cassá Bernaldo de Quirós, Capitalismo y dictadura, p. 592.
11
Manuel A. González Rodríguez, Dos procesos de nuestros anales criminales, tomo III,
Ciudad Trujillo [Santo Domingo], Imprenta La Opinión, 1938, pp. 22 y ss.
12
Emilio Cordero Michel, «Movimientos de oposición a Trujillo», p. 167.
13
Eric Paul Roorda, The Dictator Next Door, pp. 122-124. También a Albert C. Hicks,

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 141-151. ISSN: 0009-
Un documento diplomático británico poco conocido, 14
Blood in the Streets. The Life and Rule of Trujillo, New York, Creative Age Press, 1946,
pp. 49-50.

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15 EMILIO CORDERO

Cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, en diciembre


de 1941, Barletta se marchó a Argentina cuyo Gobierno, presidido por el
general Juan Domingo Perón, tenía simpatías con el nazismo-fascismo y se
mantenía neutral. «Al concluir esa terrible conflagración militar con la
rendición de Ale- mania, el 8 de mayo de 1945 y de Japón tres meses después,
e1 15 de agosto, por los bárbaros y criminales bombardeos atómicos
norteamericanos sobre Hiroshi- ma y Nagasaki, Barletta regresó a La Habana,
donde se alió a los peores inte- reses, incluso gansteriles de los Estados
Unidos, y amasó millonaria fortuna»,14 con la explotación de varios medios de
comunicación (periódico, radio y televi- sión), casinos, cabarés y la venta de
vehículos de la General Motors Company.15 La gloriosa Revolución Cubana
de 1959 que estremeció al mundo, le con- fiscó todos sus bienes y regresó a
Santo Domingo, donde reinició el negocio de vender vehículos de la General
Motors Company, varios modelos Datsun de la empresa japonesa Nissan
Motor Company, Ltd., y motocicletas Suzuki y Yama-
ha de ese país. Falleció en esta ciudad en 1975.

D) El penúltimo asunto se refirió al escándalo que provocó Trujillo para


po- der divorciarse legalmente de su segunda esposa, Bienvenida Ricardo
Martínez, de la alta sociedad de Monte Cristi, con la que se había casado
siendo general de brigada el 30 de marzo de 1927, y no tenía descendencia,
aparentemente por ser estéril.
Quería separarse de ella, para poder casarse con su amante María de los
Ángeles Martínez Alba (La Españolita) con la que habría procreado un hijo
que nació el 5 de junio de 1929 y se le dio el nombre de Rafael Leonidas
(Ramfis), que se rumoraba no era de él sino de otro amante que ella había
tenido, el cubano Rafael Dominici, como afirmó Jesús de Galíndez en su obra16
(lo que le costó la vida a este, después de haber provocado que Trujillo lo
secuestrara, lo trajera al país y lo asesinara, crimen que causó una serie de
asesinatos aquí y en los Esta- dos Unidos, que determinó que Antonio de la
Maza conspirara para ajusticiarlo el 30 de mayo de 1961 con un grupo de
patriotas).

14
Ibídem, pp. 123-124.
15
Para ampliar sobre el caso de Barletta, véase a Bernardo Vega Boyrie, Nazismo,
fascismo y falangismo, pp. 326-333.
16
Jesús de Galíndez, La Era de Trujillo. Un estudio casuístico de dictadura

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 141-151. ISSN: 0009-
Un documento diplomático británico poco conocido, 15
latinoamericana, 2da. ed., Buenos Aires, Editorial Americana, 1958.

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15 EMILIO CORDERO

Para lograr ese objetivo, el dictador hizo que el Congreso Nacional,


integra- do por sus seguidores y paniaguados, aprobara la Ley No. 843, del 19
de febrero de 1935, que agregó como causa del divorcio la infertilidad de la
mujer en los primeros 5 años del matrimonio.
Apoyado en esa disposición legal, Trujillo se divorció de Bienvenida Ricar-
do Martínez en 1935 y se casó con María La Españolita el 28 de septiembre del
mismo año, legalizando así su supuesto hijo.
Pero el escándalo alcanzó ribetes de comedia de enredos porque
Bienvenida no era infértil. Trujillo convirtió a la antigua esposa en amante y
dos años des- pués, en 1937, le dio una hija al dictador que fue reconocida con
el nombre de Odette Trujillo Ricardo.
Logrados sus propósitos, Trujillo hizo derogar la Ley No. 843 el 21 de
mayo de 1937.17

E) Frontera 1936: El presidente de Haití, Sténio Vincent, solicitó revisar


el Tratado de 1929, firmado por el pasado presidente Luis Bornó con el presi-
dente dominicano Horacio Vásquez, y Trujillo cedió a la República de Haití
unos 2,000 Km2 al oeste de Restauración, zona conocida con el nombre de
La Miel, para poder construir la llamada Carretera Internacional y para que
Vincent sacara de su país a los exiliados dominicanos antitrujillistas. El nuevo
convenio, denominado Protocolo de Revisión del Tratado Fronterizo Domíni-
co-Haitiano, fue firmado el 27 de marzo de 1936, cediendo Trujillo el 3 % del
territorio nacional.18

A continuación en la siguiente página el documento:

17
La Ley de Divorcio No. 843, del 19 de febrero de 1935, fue derogada por el Art. 43 de la
Ley 1306 de 21 de mayo de 1937. Gaceta Oficial No. 5034, en Colección de Leyes,
Santo Domingo, Impr. García Hermanos, 1937, tomo I, p. 144.
18
Protocolo de Revisión del Tratado Fronterizo Domínico-Haitiano del 21 de enero de
1929. Aprobado por Resolución del Congreso Nacional No. 1081, del 27 de marzo de
1936. Gaceta Oficial No. 4890, del 1° de abril de 1936.

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Un documento diplomático británico poco conocido, 15

«F0.371/18700(Cuño: A 2474 Legación Británica 13


No. 2914 mayo 1936) Santo Domingo,

MUY SECRETO República

Dominicana

Al Muy Honorable
Sir John Simon,
K.G.V.O. 21 febrero
1935

Sir:

1. Con referencia a y en continuación de mi Despacho Secreto No. 21 del 4


de febrero, tengo ahora el honor de informarle lo siguiente:
2. En adición a los nuevos impuestos al consumo reportados en el adjunto
de mi Despacho No. 26, se han creado otros, por ejemplo: 4 centavos por kilo a
la sal importada, gruesa o refinada, siendo el objetivo impedir la competencia
con el monopolio de sal existente que es una fuente directa e importante de
ingresos para el presidente y otros altos funcionarios; 10 centavos por kilo neto
al ajo; 5 centavos por kilo bruto a las papas, remolacha, rábano y otros
tubérculos; y 5 centavos por kilo a la cebolla. La razón que se da para estos
impuestos es que protegerá a los productores nativos, pero el consumidor
pagará las consecuen- cias, puesto que el efecto final será el alza del costo de
la vida.
3. Mientras tanto, el presidente ha emitido a través de la prensa una Pro-
clama, de la cual se adjunta una copia, que amenaza con duras sanciones a los
comerciantes que, en lugar de cooperar con el Gobierno en los esfuerzos de
este último de reducir el costo de la vida, lo incrementen al subir
injustificadamente los precios de los artículos de primera necesidad, como el
arroz, el azúcar, la sal y ¡los fósforos! Esta es una rara combinación de ironía y
descaro y el párrafo 45 del adjunto a mi Despacho No. 26 es oportuno.
4. Por favor, vea mis Despachos No. 57 del 4, y 67 del 24 de agosto. El
pre- sidente de la República le dijo al Sr. Copello recientemente, que le
permitiría a él y al Sr. Barletta5 aumentar el precio de los cigarrillos al público
en 1 centavo por paquete, pero este centavo adicional se lo darían a él, y que
él quería que le pagaran a cuenta $125,000.00 inmediatamente. Envió a
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15 EMILIO CORDERO
Copello a tratar con Barletta este asunto, pero este se negó y le recordó a su
visitante cuán tonto había

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Un documento diplomático británico poco conocido, 15

sido al renunciar a su ciudadanía italiana. 19 Copello no sabe cómo salirse de la


red en que se ha enredado.
5. A propósito del párrafo 2 de mi Despacho No. 21, acabo de saber que hace
algún tiempo el presidente le propuso al Sr. Barletta, quien es el presidente de
la Compañía Santo Domingo Motors, que representa aquí a la General Motors
Company, de Estados Unidos, que debería aceptarlo como socio o accionista en
su empresa y que a cambio él le daría a la Santo Domingo Motors todas las
órdenes para vehículos del Gobierno dominicano y el Ejército. Barletta
diplomáticamente le explicó las razones financieras que le impedían poner en
efecto la sugerencia.
6. La aprobación de una nueva Ley de Divorcio acaba de anunciarse en los
periódicos.20 Aún no ha sido publicado su texto, pero me informaron que una
razón por la cual un hombre puede asegurar un divorcio sería si su esposa no es
que sea infiel, sino estéril durante un período de cinco años después del matri-
monio, y que el hijo nacido del mismo hombre, pero con cualquier otra mujer,
puede ser legitimado y podría casarse con ella.
7. Si esta información es correcta, el objetivo de la Ley es evidente, pues
le permitiría al presidente Trujillo divorciarse de Bienvenida 21 casarse con su
actual amante doña María Martínez, y lograr que su hijo ilegítimo, fruto de un
adulterio, el «coronel» Ramfis Trujillo, 22 sea legalmente reconocido. Si esto se
consigue, y se ha estado hablando de ello sottovoce por algún tiempo, sería sin
duda un proceso judicial escandaloso, pero es sabido que el presidente Trujillo,
al mismo tiempo que desea mantener las apariencias en el extranjero y en la
prensa, es totalmente indiferente en cuanto a los medios que emplea para lograr
sus fines, o de la opinión que de él pudiera tener la gente en el país.
8. Gran regocijo nacional ocurrirá durante la semana que comienza el lu-
nes, 25 de febrero, en relación con la celebración del Día de la Independencia
el 27 y la visita del presidente Vincent.23 El 25 de febrero se celebra el «Día

19
Anselmo Copello había adquirido la nacionalidad dominicana, porque pudo
desempeñarse como embajador dominicano en Washington desde 1933 hasta 1944,
cuando murió. Amadeo Barletta y mantenía su nacionalidad italiana.
20
Ley de divorcio.
21
Bienvenida Ricardo.
22
(Nota sobre Galíndez y Almoina).
23
Sténio Joseph Vincent, presidente de Haití de 1930 a 1941. Colaborador de Trujillo con
quien estaba negociando la modificación del acuerdo fronterizo realizado por el presidente

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 141-151. ISSN: 0009-
15 EMILIO CORDERO

de la Escuela», y al mediodía del 26 —el día en el que se espera que arribe el


presidente Vincent—,24 el presidente Trujillo y su hijo recibirán las medallas
de oro del Departamento de Educación en la presencia de funcionarios del
Esta- do, miles de escolares, ciudadanos importantes, y se dice que los
miembros del Cuerpo Diplomático serán invitados a la ceremonia. Hasta el
momento en que escribo, no he recibido la invitación.
9. En vista de lo que está aconteciendo, me siento inclinado a revisar la su-
gerencia hecha en el párrafo 8 de mi Despacho No. 21, y, por lo tanto, tengo el
honor muy respetuosamente, de recomendar que se le debe dar cuidadosa
consi- deración a este asunto en todos sus aspectos, antes de dar un paso en la
dirección mencionada.
Cualquier otro acontecimiento que ocurra se informará tan rápidamente
como sea posible.
Tengo el honor de quedar con el mayor respeto, Sir, su más obediente y hu-
milde servidor,
W. A. Elder».

Horacio Vásquez en 1929, que culminó en la firma del Protocolo de Revisión del Acuerdo
Fronterizo Domínico-Haitiano el 9 de marzo de 1936. Ratificó límites fronterizos y creo
otros, siendo el más importante la cesión a Haití del territorio de La Miel que permitió
la construcción de la Carretera Internacional, hoy convertida en desastre. Fue quien
después de la matanza de 1937 acordó con el dictador dominicano aceptar una
indemnización para los familiares de los miles de asesinados.
24
Sténio Vincent.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 141-151. ISSN: 0009-
Un documento diplomático británico poco conocido, 15

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 141-151. ISSN: 0009-
CONfERENCIAS
CLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 155-171.
ISSN: 0009-9376

Dos miradas a la ciudad de Santo Domingo, 1960-19781


Welnel Darío Féliz2

Introducción
Santo Domingo es una ciudad en desarrollo y su crecimiento no es nuevo.
Más bien puede decirse que inició hace más de un siglo, con aumentos
paulatinos de su población en la medida en que crecían los habitantes del país.
Su evolución urbana, sin embargo, no se mantuvo a la par con los habitantes,
de allí que conse- cuentemente se formó una ciudad en dos escenarios: una
organizada, con grandes edificios, tiendas, condominios y otras características y
otra desorganizada, como un manojo de viviendas ubicadas en cañadas, rivera
de los ríos, periferia de la ciu- dad y otros sitios. En ambos lugares surgieron
dos tipos de vida, diferenciadas, en donde a la larga crecieron dos ciudades. En
este trabajo realizamos una breve in- troducción al surgimiento de esta ciudad,
características y condiciones generales.

La primera mirada. La ciudad antes de 1960

En los inicios del siglo XX la ciudad de Santo Domingo inició procesos


sos- tenidos de cambios. Su población comenzó a aumentar y sus espacios
urbanos se expandieron. En estos años fue erigida Ciudad Nueva, en el límite
sur, para 1911

1
Conferencia pronunciada en el salón de actos de la Academia Dominicana de la Historia,
el 31 de enero de 2018.
2
Miembro Correspondiente Nacional de la Academia Dominicana de la Historia.
155
15 WELNEL DARÍO

se suprimieron los municipios de San Carlos y Villa Duarte3 y se adicionaron


como parte de la zona urbana. En 1912 el comerciante Juan Alejandro Ibarra
ini- ció la construcción de Villa Francisca hacia el norte y en estos mismos
años, en las antiguas fincas ubicadas hacia el oeste, se creó la zona residencial
de Gascue. Unido a la expansión urbana citadina, Santo Domingo también
aumentó su demanda de bienes y servicios, con ello su atractivo para las
personas habitantes de la zona rural, los que comenzaron a trasladarse a la urbe.
Para que tengamos una idea de esta movilidad social para 1919 un censo
realizado por el ayuntamiento registró unos 26,812 habitantes4 y en 1920, solo
un año después, el levantamiento estadístico de ese año arrojó la cifra de
38,422:5 11,610 nuevos habitantes. En los años siguientes asistimos a una
regularización, pues para 1930 se estimaron unos 50,000 habitantes, los que se
elevaron a 71,091 en 1935, o sea, unos 2,178 nuevos habitantes por año. Estos
crearon el ensanche La Fe y Galindo, caracterizados por viviendas levantadas
con paredes en madera, muchas cobijadas de cinc, otras en palmas, algunos
bohíos en yagua, en varios lugares sin lineamientos urbanos definidos, en
contraste con el antiguo casco colonial, cuyas casas de piedra y mam-
postería se mantenían en condiciones, con parques remozados y calles tapiadas.6
Fue esta la ciudad que encontró el ciclón del 3 de septiembre de 1930, el
que destruyó más de la mitad de sus viviendas. El ciclón fue desastroso, según
Gar- cía Bonnelly ocasionó unos 4,500 muertos y 20,000 heridos, además de
destruir unas 4,000 casas de 7,000 que existían en la ciudad.
El fenómeno dio la oportunidad para impulsar una reorganización citadina.
Trujillo llevó a cabo una limpieza general de la ciudad, inició un proceso de
reconstrucción, con amplias avenidas, parques y edificios públicos. Frank
Moya Pons expresa que la reconstrucción de la ciudad fue un «[…] hecho real
e indis- cutible […] de lo cual no puede haber ninguna duda pues el
surgimiento de una

3
La Ley 5011, del 27 de junio de 1911, consolidó en una sola la comunes de Santo
Domingo, San Carlos y Villa Duarte y estas dos últimas pasaron a ser barrios de la
ciudad.
4
López, José Ramón, Censo y catastro de la común de Santo Domingo: Informe que al
Honorable Ayuntamiento presenta el director del Censo y Catastro de 1919 José R.
López, el 15 de mayo de 1919, Santo Domingo, Tipografía El Progreso Emiliano
Espinal, 1919.
5
Primer Censo Nacional de República Dominicana, Santo Domingo, Editora de la UASD,

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Dos miradas a la ciudad de Santo Donmingo, 1960- 15
1975, p. 126.
6
Frank Moya Pons. El ciclón de San Zenón y la Patria Nueva, Santo Domingo, Academia
Dominicana de la Historia, 2007, p. 20.

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15 WELNEL DARÍO

nueva capital de la República fue un proceso evidente, contemplado y vivido


por todos los habitantes de esta urbe».7
El crecimiento de la ciudad no se detuvo. El 28 de febrero de 1944 se inau-
guró el Barrio Obrero y el 20 de abril de 1946 se aperturó una primera etapa el
barrio Mejoramiento Social, que contaba con 62 viviendas, hospital y guardería
infantil y el cual incluiría unas 150 casas adicionales de estructura de hormigón
armado y 450 casas de madera con techo de asbesto y cemento. En esos años,
se construyeron mercados en Villa Consuelo, San Antón, Palo Hincado y
Mercado Modelo en la avenida Mella.
La década de 1950 arribó con nuevos cambios en las estructuras urbanas.
Santo Domingo había alcanzado un desarrollo comercial, con edificios
construi- dos en las cercanías de su centro histórico y una expansión hacia el
norte, este y el nordeste. En definitiva, podemos concluir con Frank Moya
Pons, cito:
En 1950, el dictador podía mostrar Ciudad Trujillo como una ciudad
mo- delo: pequeña, moderna y limpia, con un tráfico bien organizado, y
con me- dios de transporte baratos y adecuados. Claramente era la ciudad
principal de la República Dominicana, contaba con el único aeropuerto y
puerto mo- dernos, nuevos hoteles y hospitales; la mejor universidad y
varias escuelas, la estación de radio más poderosa del país, servicios
telefónicos excelentes, líneas de taxis y autobuses eficientes, abundantes
agua y electricidad, además de cines y centros de entretenimiento.8

La ciudad en 1960-1978
En la década de 1950 a 1960 los cambios urbanos no se detuvieron. En
1955 se celebró la «Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre», que
conllevó la construcción de varios grandes edificios, pabellones y un hotel y,
además, erigió el hospital para niños, bautizado hoy como «Robert Reid
Cabral».9 Esta

7
Ibíd., p. 33.
8
Moya Pons, El gran cambio, p. 321.
9
La construcción del hospital infantil inició en 1954 y como tal, por la Ley 3740 del 14 de
enero de este año, fue designado con el nombre de Angelita Trujillo; un año después,
mediante la Ley 4351 del 16 de diciembre de 1955 se le cambió el nombre por Clínica
Infantil Angelita; por la Ley 5573 del 7 de julio de 1961 se designó con el topónimo
María Trinidad Sánchez y por la Ley 5935 del 5 de junio de 1962 se le nombró Robert
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Dos miradas a la ciudad de Santo Donmingo, 1960- 15
Reid Cabral.

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16 WELNEL DARÍO

zona se convirtió, al decir de Peter Leoncio, en el «sector urbano más moderno


y agradable de Ciudad Trujillo».10
Ya para los primeros años de la década de 1960 la avenida Duarte fue en
estos años el atractivo principal de la vida cotidiana, arteria en donde por las
no- ches se reunían los habitantes de los barrios cercanos en sus actividades de
dis- persión y diversión, además de crecer sustancialmente como arteria
comercial.
A partir de 1962, tras la caída de la dictadura, se comenzaron a impulsar
transformaciones dirigidas a dotar al radio citadino de viviendas, impulsadas
por el sector público y el privado. En este último año, el Estado apoyó e
impulsó las asociaciones de ahorros y préstamos para la vivienda, autorizadas a
operar por la Ley 5897 del 14 de mayo, entidades privadas cuyo fin era
«promover y fomentar la creación de ahorros destinados al otorgamiento de
préstamos para la construcción, adquisición y mejoramiento de la vivienda».
Bajo el apoyo de las asociaciones de ahorros y el Banco Nacional de la Vi-
vienda la compañía Casa Propia CxA construyó el residencial Molinuevo Park,
el primero levantado bajo esta modalidad, que poseía unas 74 casas unifamilia-
res construidas en concreto.11 A ello le siguieron urbanizaciones como
Cachimán con 44 casas, en Cristo Rey y 43 casas en la avenida Tiradentes,
construidas por el ingeniero Reyes, todos ubicados en la zona norte de la
ciudad.12 Posteriormen- te, para 1966, la Asociación Popular de Ahorros y
Préstamos estaba embarcada en la construcción de cinco importantes
ensanches: Los Prados, María Auxilia- dora, Trueba, Buena Vista y Atala II,
este último en el borde suroeste de la ciu- dad, en las cercanías de la industria
cervecera Cervecería Nacional Dominicana y el matadero municipal.13 El Atala
I había sido levantado en 1964.14
Entre 1960 y 1965 se construyeron 16 barrios y se erigieron informalmente
uno 8, para un total de 24, aunque en otros lugares se produjeron asentamientos
informales que en lo inmediato no recibieron nombres oficiales, aunque eran
conocidos por sus habitantes por términos genéricos, y otros llamados por sus
características. En esta etapa las urbanizaciones construidas por el sector priva-
do fueron 12, para un total de 990 viviendas.

10
Leoncio Pieter. Ciudad Trujillo, transformación urbanística, social y política de la capital
de la República Dominicana durante la gloriosa era de Trujillo, Ciudad Trujillo, 1958, p.
17.
11
Periódico El Caribe, Santo Domingo, 3 de marzo de 1963, p. 3.
12
Periódico El Caribe, Santo Domingo, 11 de marzo de 1963, p. 13.
13
Periódico El Nacional, Santo Domingo, 12 de marzo de 1967, p. 19.
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Dos miradas a la ciudad de Santo Donmingo, 1960- 16
14
Revista Ahora, 8 de enero de 1968, p. 13.

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La incidencia de las urbanizaciones y condominios levantados por las


asocia- ciones de ahorros y préstamos fue constante, aunque entre 1967 a 1971,
con ex- cepción de 1969, fue tímida. Entre 1966 a 1976 construyeron 100
proyectos, con un total de 5,141 viviendas. El punto más alto de las
edificaciones llegó entre 1974 y 1976, cuando levantaron 3,744 unidades
habitacionales en 113 urbanizaciones y condominios.15 En total, entre 1962 y
1976 erigieron 7,260 viviendas.
Pero la carga de la evolución de la ciudad recayó en el Estado. En 1962 el
Consejo de Estado recabó préstamos16 para la construcción de casas, muchas
de las cuales se edificarían en Santo Domingo.17 Para 1962 el ayuntamiento
comen- zó la construcción de 79 viviendas en el ensanche Espaillat, las cuales
sorteó entre 179 solicitantes,18 e inició un plan de urbanización en los barrios
Guachu- pita, Los Guandules y La Fuente, en los que edificó y adecuó varias
viviendas en madera y cinc y algunas en concreto.19
Asimismo, para abril de 1963, comenzó a intervenir en los barrios de
Gualey y Las Cañitas, donde se propuso abrir calles, construir aceras, contenes,
llevar agua potable, reparar viviendas, pozos filtrantes, instalar dispensarios
médicos y suplir otras necesidades básicas de la población.20
A partir de 1966 el gobierno del Estado inició un vasto plan de construc-
ciones urbanas en todo el país, 21 pero principalmente concentradas en Santo
Domingo, que incluyó la reedificación y fábrica de nuevos barrios, avenidas,
calles, puentes y edificios públicos. Según el propio Moya Pons, el objeto de
esta concentración de las inversiones era «convertir a Santo Domingo en una
ciudad moderna lejos del centro colonial, el cual debía ser restaurado y con-
vertido en un monumento histórico y de atracción turística».22 Por lo que
invirtió

15
AGN, Préstamos Hipotecarios Asegurados, urbanizaciones y condominios, 1962-1976, 1976.
16
El Banco Nacional de la Vivienda fue creado por la Ley 5894, del 12 de mayo de 1962.
17
Periódico El Caribe, Santo Domingo, 3 de enero de 1963, p. 6.
18
Periódico El Caribe, Santo Domingo, 9 de febrero de 1963, p. 6.
19
Periódico El Caribe, Santo Domingo, 4 de enero de 1963, p. 1.
20
Periódico El Caribe, Santo Domingo, 13 de abril de 1963, p. 2.
21
Los objetivos del Estado al propulsar y promover las construcciones, fue impulsar la
economía, mediante el empleo de trabajadores y dinamizar el naciente sector
construcción y las industrias dedicadas a la producción de materiales destinados a ello.
Santo Domingo recibió el mayor impacto de esta política estatal.

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Dos miradas a la ciudad de Santo Donmingo, 1960- 16
22
Moya Pons, El gran cambio, p. 322.

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más del cincuenta por ciento del presupuesto anual en construcciones


concentra- das en Santo Domingo.23
Entre 1966 y 1978 la expansión de la ciudad hacia el oeste, el norte y el
suroeste fue exponencial, los viejos huertos, rancherías, conucos y fincas de
ganado fueron cruzados por grandes avenidas, como la Luperón y la 27 de
Febrero, sustituidos por parques y dieron paso a lotificaciones y espacios ur-
banos públicos y privados. Asimismo, las nuevas redes de calles y avenidas
expandieron las rutas y líneas de transporte y permitió una mayor movilidad
por la ciudad.
Para noviembre de 1966 el gobierno desalojó a los ocupantes de la zona de
Mata Hambre y construyó 5 edificios con 85 apartamentos. Asimismo, levantó
una urbanización ubicada en la avenida Jiménez Moya a Esquina Independen-
cia, frente al edificio de la Lotería Nacional, con 296 viviendas entre
apartamen- tos y casas unifamiliares.24
Con la construcción de los edificios en Mata Hambre, la urbanización de
Santo Domingo comenzó una nueva etapa, según las declaraciones de los in-
genieros encargados de las obras: «Por primera vez se aborda sin timidez la
construcción de condominios cuya difusión, éxito y aceptación por la familia
dominicana, será aporte indudable para el futuro desarrollo de la ciudad. Los
se- ñalamientos verticales que introducen las nuevas construcciones han
mejorado notablemente el aspecto de la ciudad».25
La construcción de los nuevos lugares de asentamientos humanos fue cons-
tante. Solo en dos años, entre 1966 y 1968, se erigieron 30 nuevos barrios y
urbanizaciones, con 12 en 1966 y 13 en 1968. Para la década de 1970 las cons-
trucciones se intensificaron. Entre 1970 y 1978 se levantaron 111 y solo en 1975,
24 urbanizaciones fueron inauguradas y 20 en 1974. Estas viviendas se destina-
ron para empleados y obreros de las empresas privadas estatales. En estos años
levantó el proyecto «Las Américas», con 169 condominios de tres plantas con
seis apartamentos cada uno, con un total de 1,014 viviendas.26

23
Ibíd., p. 323.
24
Gobierno y renovación urbana en la República Dominicana, 5 de noviembre de 1966-5
de noviembre de 1967, Santo Domingo, 1967. Obras realizadas por la oficina de
ingenieros al servicio del presidente.
25
Ibíd.
26
Ibíd., p. 25.

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Dos miradas a la ciudad de Santo Donmingo, 1960- 16

En 1975 se comenzó a levantar Las Caobas, con 1,415 viviendas, ubicadas


en edificios de dos niveles y unidades unifamiliares, todas de concreto. Entre
1960 y 1978 se erigieron unos 182 barrios y urbanizaciones. Entre 1966 y 1976
el Estado construyó aproximadamente 10,810 unidades habitacionales solo en
Santo Domingo,27 diseminadas en el casco urbano.

Población

En 1960, según el censo de ese año, en la ciudad habitaban 369,980, unas


188,427 personas más que en 1950, creciendo más de un cien por ciento,
dividi- dos en 170,220 hombres y 199,760 mujeres.
En el censo de 1970 arrojó la cifra para la ciudad de 668,507, unos 312,688
varones y 355,819 hembras. Frente al censo de 1960 la población creció en
298,527 nuevos habitantes, un 81 % más que en 1960.
Los migrantes de la ciudad durante esta etapa tuvieron diversos orígenes,
con representación de todo el país, aunque la mayoría provenían de las provin-
cias Santiago, La Vega y Espaillat, quienes aportaron una alta proporción entre
1950 y 1970, y Duarte, quien entró en la dinámica poblacional en la década de
1960. En esta etapa el 37.7 % de los migrantes de La Vega se mudaron a Santo
Domingo, el 50.8 % de los que migraron originarios de Espaillat pasaron al
Dis- trito, y de Santiago el 33.1 %. De los originarios de Duarte que buscaron
nuevos destinos el 69.3 % se dirigió a Santo Domingo.28
Para 1981 se contabilizaron 1,313,172 habitantes, unos 644,665 nuevos po-
bladores solo en 11 años. La distribución por sexo siguió patrones similares:
616,745 varones y 696,427 hembras.

La otra ciudad: la segunda mirada

Mientras la ciudad crecía urbanísticamente, a la par, la movilidad rural fue


creando otra ciudad. Esta movilidad había sido vista como un problema desde
décadas atrás.

27
10 años de construcción: relación de obras construidas por el Gobierno Central, 1966-
1976, Santo Domingo, Secretaría Técnica de la Presidencia de la República, 1976, pp. 19-
22.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 155-171. ISSN: 0009-
16 WELNEL DARÍO
28
Ariza Castillo, et al, pp. 42-49.

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Dos miradas a la ciudad de Santo Donmingo, 1960- 16

Hacia 1953 la dictadura prohibió la migración del campo a la ciudad. Am-


parado en la justificación de que la mudanza del campesino a las zonas urbanas
causaba un problema social que conllevaba «sensibles perjuicios» al desarrollo
agrícola, el 5 de diciembre dictó el decreto 9563, el cual ordenó que «Ningún
campesino o persona que tenga su residencia en zonas rurales podrá trasladarse
a los centros urbanos sin un permiso del Poder Ejecutivo», dicho permiso debía
ser obtenido a través del gobernador civil y el síndico municipal. El decreto,
sin embargo, no tuvo los efectos esperados, y para finales de la década de
1950, se planteó la necesidad de imponer restricciones más rigurosas para evitar
la movili- dad rural, así como de dar opciones para la permanencia en el campo,
por lo que se propuso dotar de predios agrícolas a los campesinos que no los
tuviesen y ofrecer a los habitantes migrantes citadinos la posibilidad de volver
al campo a cambio de entregarles 100 tareas.29 Hacia 1960 el régimen dispuso
que la policía censara y registrara a todos los habitantes de los pueblos que no
tuviesen trabajo ni bienes y a su vez, debían procurar «darles trabajo, porque
sin ello, quienes carecían de tie- rras y de trabajo muy probablemente se
mudarían a la capital y «crearían a la vez problemas de viviendas, higiene y
mal pasar», debían, además, «desalentar a los campesinos de migrar a Ciudad
Trujillo «por medio de conversaciones y medios amigables»,30 medidas que
tampoco disuadieron a la población.

Las causas de la migración campo ciudad

Y es que muchas eran las razones y motivaciones que impulsaban la


movili- dad. Según expresan Marina Ariza Castillo, Isis Duarte, Carmen Julia
Gómez y Wilfredo Lozano: «En lo referente a nuestras sociedades, parece no
existir dudas de que si algo caracteriza los movimientos migratorios bajo el
capitalismo, es el hecho de que constituyen desplazamientos poblacionales
impulsados por deter- minantes esencialmente económicos».31

29
Una tarea es el equivalente a 628.86 metros cuadrados de tierra. Una hectárea son 15
tareas, 90 metros, 16 centímetros, 03 decímetros.
30
Jesse Hoffnung-Garskof. Historia de dos ciudades, Santo Domingo y Nueva York
después de 1950, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2013, p. 95.
Citando la circular no. 1, del 10 de enero de 1960, AGN, Interior y Policía, Leg. 5230,

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 155-171. ISSN: 0009-
16 WELNEL DARÍO
exp. 4-9.
31
Ariza Castillo, et al, ob. cit., p. 11.

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Dos miradas a la ciudad de Santo Donmingo, 1960- 16

Las explicaciones a los movimientos migratorios venían de varias esferas.


Una posición contraria la asumió el economista peruano Hernando de Soto,
quien con- sideraba que «[…] la gente del campo se mudaba a la ciudad por lo
que encontraba ahí»,32 por lo que el crecimiento se debía al deseo de los
migrantes de participar de lo que había en la ciudad. En definitiva, la gente se
mudaba no porque había hecho cálculos costo-beneficios, sino por las
expectativas de cambios que le representaba la ciudad, por una esperanza
transformadora que les reportara mejores condiciones de vida y progreso que las
que percibían del campo.
El fenómeno migratorio en Santo Domingo tubo condicionantes y variantes
de todo tipo. Hoffnung-Garskof apuesta a un «agotamiento de la reforma agra-
ria» o de sus expectativas que había impulsado el régimen trujillista y a que «el
Estado dejó de proteger el acceso del campesinado a la tierra, mientras invertía
en construcción urbana masiva».33
Pero si bien el problema del acceso a la tierra, la presión demográfica y
las políticas estatales fueron trascendentes, la propia dinámica de la vida y las
expectativas de progreso que generaba la ciudad fueron también factores. El
historiador Walter Cordero, nativo de Baní, explica su impresión en su primer
viaje a la ciudad: «trasladarse a la ciudad, aun fugazmente, era un paso hacia
adelante, un signo claro de diferencia de aquellos que solo podían verla en su
imaginación a través del prisma de una fragmentada y confusa cultura oral»,34
y era que los habitantes de los pueblos tenían una idea de la ciudad como un
lugar de desarrollo, de transformación económica y de cambios culturales,
además de un lugar en que se podía ganar el sustento diario.
Hay que escuchar las voces populares para captar las motivaciones. Ma-
ría Montero, natural de El Cercado, comunidad del suroeste del país, ante la
pregunta del por qué su traslado a la ciudad, respondió: «Para producir el di-
nerito más rápido, porque allí en el campo había que esperar cosechar una mata
para poder producir el dinero, claro porque aquí (en Santo Domingo) uno
consigue trabajo».35 Esta idea de progreso impregnada en el campesino fue
indicada por el

32
Hernando de Soto, citado por Hoffnung-Garskof, ob. cit., p. 113.
33
Hoffnung-Garskof, ob. cit., pp. 93 y 117.
34
Walter Cordero y Neici Zeller, «El desfile trujillista», en Homenaje a Emilio Cordero
Michel, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2004, p. 113.

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35
Conversatorio con María Montero, inmigrante de El Cercado, trabajadora doméstica,
realizada el 2 de septiembre de 2016.

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periodista Carlos Holguín Veras en agosto de 1963, quien concluyó que estos
acu- dían a la capital: «atraídos por la creencia de que encontrarán mejores
trabajos, lujo, dinero y felicidad».36
Este atractivo de la ciudad no solo motivó a los campesinos y aquellos que
no lograban una forma de ganar el sustento, sino, por igual, a muchos comer-
ciantes y sus hijos, terratenientes y productores, los que se mudaron y pasaron
a ocupar las nuevas urbanizaciones. 37 Asimismo, muchos enviaron a sus hijos a
estudiar a las universidades, los que luego se integraron a la vida citadina.

Las condiciones sociales e inserción en la ciudad

El movimiento tras la búsqueda del progreso fue masivo entre 1960 y 1963,
para este último año se calculó en unos ciento cincuenta mil los trasladados
solo en tres años.38 De forma sostenida, estos nuevos habitantes se asentaron
en espacios que no poseían las condiciones sanitarias adecuadas. Algunos de
los sitios sujetos al asentamiento fueron las cabezas este y oeste del puen-
te Duarte, «villa Duarte, terrenos del antiguo aeropuerto, Arroyo Hondo, La
Zurza, los alrededores de la torre de Radio Santo Domingo y la prolongación
de la Avenida George Washington».39 Asimismo, fueron ocupados terrenos en
Mata Hambre, próximo a la calle José Contreras esquina Abraham Lincoln, al
norte de los edificios estatales otrora sede de Feria de la Paz y la zona al este
del hotel El Embajador, en los bordes del acantilado o farallón. Para 1966 estos
ocupantes sumaban unas 120 familias, quienes habían levantado unas 50 casas
de «tablas débiles, hojas de zinc viejas y cartones y latas» 40 y habían creado un
mercado provisional, casas de juego y cabarets. 41 También se posesionaron de
solares en Cristo Rey.42

36
Periódico El Caribe, Santo Domingo, 1 de agosto de 1963, p. 9.
37
Hoffnung-Garskof, ob. cit., p. 100.
38
Periódico El País, Santo Domingo, noviembre de 1963, p. 1.
39
Periódico El Caribe, Santo Domingo, 1 de febrero de 1963, p. 1.
40
Periódico El Nacional, Santo Domingo, 8 de diciembre de 1966, p. 1.
41
Cabarets se llamaban a los centros de diversión y casas de citas.
42
Sobre el poblamiento del barrio Cristo Rey ver Josse Hoffnung-Garskof, Historia de dos
ciudades, Santo Domingo y Nueva York después de 1950, Santo Domingo, Academia
Dominicana de la Historia, 2013.

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Dos miradas a la ciudad de Santo Donmingo, 1960- 16

La zona de la feria, conocida desde 1961 como Centro de los Héroes de


Constanza, por su importancia se aglutinaban varias decenas de personas tras
los negocios generados por la venta de billetes y todas las actividades que allí
se desarrollaban. Toda esta afluencia permitió la instalación de mercados
informa- les en los alrededores e influyó en la ocupación de terrenos al sur de
farallón que dominaba el hotel El Embajador, sitió que se denominó La Paz,
así como en las cercanías de la cervecería y del matadero municipal.43
Algunas de las ocupaciones de terrenos fueron masivas y otras intensivas.
Para 1961 un grupo de familias ocuparon los edificios y solares abandonados
del an- tiguo aeropuerto General Andrews. Allí se habían asentado unas 300 a
350 fami- lias, en «casuchas construidas con pedazos de cartón, pedazos de
madera, algunas planchas de zinc, en otras palabras, con desperdicios». 44
Fueron desalojados en 1963 y mudados hacia El Caliche, aunque muchos se
quedaron en el sitio. El 22 enero de 1964, solo un año después del desalojo, un
grupo de obreros residentes de los barrios pobres, choferes del servicio urbano
y empleados ocuparon la porción suroeste de estos predios, próximo a la
avenida 27 de febrero, unos doscientos mil metros cuadrados, donde colocaron
alambradas, dividieron los predios y comen- zaron a levantar viviendas.45 Al
día siguiente, por mandato del ayuntamiento, la policía quitó todas las
alambradas que habían sido colocadas.46
Entre 1962 y 1963 más de cinco mil familias ocuparon terrenos en toda la
avenida Duarte, en las proximidades del barrio Juan Pablo Duarte, muchos de
los cuales eran propiedad de la sucesión Porcella. Fue tan intensa esta
ocupación y de tanto impacto, que las nuevas construcciones dieron trabajo a
más de tres mil personas, según declaraciones de Casimiro Román, Pablo
Cruz, Diego Ben- zan y Pablo Santana.47 Por igual, iniciaron la ocupación de
tierras ubicadas en el este, en la acera norte de la avenida Las Américas. El 3
de agosto de 1963, más de veinte familias ocuparon terrenos privados,
midieron solares y procedieron a

43
Pueden observarse estos cambios urbanos en imágenes publicadas en el periódico El
Nacional, Santo Domingo, en sus ediciones del 17 de septiembre de 1966, p. 6 y del 19
de septiembre de 1966, p. 13.
44
Oficio de Rafael Tobías Genao, subsecretario de Interior y Policía, septiembre 25, 1969,
AGN-SEIP, leg. 1262, citado por Hoffnung-Garskof, ob. cit., p. 121.
45
Periódico El Caribe, Santo Domingo, 23 de enero de 1964, p. 11.
46
Periódico El Caribe, Santo Domingo, 24 de enero de 1964, p. 5.

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47
Periódico El Caribe, Santo Domingo, 15 de febrero de 1963, p. 7.

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cercarlos,48 aunque al día siguiente se inició el desalojo. Asimismo, con


frecuen- cia ocupaban casas terminadas o a medio construir levantadas por el
Estado y muchos preparaban terrenos para conucos49 donde sembraban frutos
menores.
Ante la movilidad social y las ocupaciones de predios el Estado no se man-
tuvo inerte, sino que inició el desalojo de los ocupantes. En varias ocasiones se
escenificaron fuertes enfrentamientos entre estos y la policía. Ante las ocupacio-
nes, Bienes Nacionales advirtió al público «que se abstenga de comprar
mejoras a las diversas personas que se han dedicado a la práctica de levantar
construc- ciones sin autorización alguna, ya que las mismas serán sometidas a
la acción de la justicia».50
Las ocupaciones y el crecimiento demográfico provocaron que entre 1960 y
1965 se poblaran desordenada y masivamente los barrios Capotillo, Espaillat,
La Ciénaga, La Zurza, lugares de Cristo Rey, Los Guandules, Gualey y Gua-
chupita, todos en la zona norte, en las orillas de los ríos Ozama e Isabela y en
las cercanías de cañadas, pertenecientes al sector Domingo Savio, así como lu-
gares como El Caliche, La Cuadra, Corea y Jarro Sucio, asimismo, sitios como
Buenos Aires en Herrera, sitios algunos ubicados en cañadas. Sus viviendas,
levantadas de forma rápida, eran regularmente casuchas hechas con pedazo de
tablas, restos de hojas de lata, yaguas y otros implementos, aunque, también,
llegaron a levantar viviendas en concreto, en estas casas llegaban a vivir hasta
16 personas.51 Por igual, se construyeron en cuarterías en los patios de las
casas. Plantea Moya Pons:

«[…] los barrios marginados se desarrollaron velozmente. Muchas fa-


milias pobres usando cartones, placas de hojalata, madera y hojas de
palma construyeron pueblos enteros a lo largo de las quebradas y
torrentes que afluían al río Ozama. Otros construían sus precarias
viviendas dentro de los intersticios de los barrios obreros o en los terrenos
abandonados de las áreas residenciales de la ciudad. Casi todos se vieron
forzados a ocupar zo- nas marginales de los bordes del río Ozama […]
Con el tiempo los barrios

48
Periódico El Caribe, Santo Domingo, 4 de agosto de 1963, p. 7.
49
Conuco es una parcela de tierra cultivada por campesinos pobres.
50
Comunicado de Bienes Nacionales, periódico El Caribe, Santo Domingo, 12 de agosto
de 1963, p. 3.

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51
Periódico El Caribe, Santo Domingo, 1 de agosto de 1963, p. 9.

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marginados terminaron dominando de tal forma el paisaje urbano de


Santo Domingo que en 1977 se calculó que contenían el 74 % del total de
la po- blación de la ciudad y sus viviendas representaban el 67 % del total
de las viviendas de la capital».52

Por su parte, Jesse Hoffnung-Garskof hizo una descripción de estos barrios:

En un anillo alrededor de este núcleo de barrios más formales se


extendió una hilera desorganizada de asentamientos informales donde los
residentes eran dueños solo de las estructuras que construían, de la tierra.
Las manza- nas y los hogares muchas veces no tenían aspecto regular,
solo un revoltijo de estructuras de concreto y de madera a lo largo de
callejones pantanosos dentro de los cuales circulaban arroyos de aguas
sucias. Estos vecindarios comenzaron como tugurios, pero con el tiempo
adquirieron una moderni- zación fragmentada e incompleta. Algunas veces
los vecindarios creaban su propia cuadrícula de calles enumeradas
deseando que algún día el gobierno los pavimentara. Los residentes
también interceptaban informalmente las lí- neas de poder eléctrico
creando una red enmarañada de cables eléctricos de techo a techo. En un
anillo aún más amplio alrededor de estos asentamientos, y en los barrancos
rocosos que se abrían camino a través de ellos, el terreno se inclinaba
cuesta abajo hacia el río. Ahí los asentamientos informales con- tinuaban,
ahora ceñidos precariamente a los costados de cañadas profundas o
empapados por los pantanos en el margen del río […].53

Estos habitantes practicaron todo tipo de actividades para la supervivencia.


Estos se dedicaron a «trabajos de jardinería, como vendedores ambulantes,
ven- dedores de periódicos, carboneros, billeteros, trabajadoras domésticas y
unos más que otros, con pequeños ventorrillos con los que ganan el sustento
diario». Asimismo, las mujeres se dedicaron a vender comidas. En las esquinas
de las calles de los barrios pobres algunas mujeres se dedicaban a la venta
alimentos fritos y otras al expendio de café, cigarrillos y yaniqueques,54
producto este que, al decir del periódico El Caribe del 2 de abril de 1973,
por entonces hacía su

52
Moya Pons, El gran cambio, ob. cit., p. 323.
53
Hoffnung-Garskof, ob. cit., p. 106.

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54
Periódico El Caribe, Santo Domingo, 2 de abril de 1973, p. 9.

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Dos miradas a la ciudad de Santo Donmingo, 1960- 17

aparición en la ciudad y era consumido como desayuno o merienda. Además


de los puestos fijos, muchos niños y adultos expendían el yaniqueque de forma
ambulante, principalmente en los alrededores de las oficinas públicas y las in-
dustrias. Se sumaban los vendedores de coco, maní, limpiabotas, aguacateros,
chineros y otros vendedores ambulantes.
Era una diferencia clara de la otra ciudad, aquella que aglutinaba un sector
que se concentraba alrededor de los grandes centros comerciales, hacían vida
en hoteles, almorzaban en restaurantes y vivían en edificios en concreto.
Es indudable que el surgimiento de esas ciudades no solo fue de naturaleza
urbana, sino que, por igual, creó escenarios de vida social y cotidiana que sen-
taron las bases de la ciudad de hoy. Pero su estudio será parte de otra historia.

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ISSN: 0009-9376

El otro espejo
enterrado: Representaciones de
México en la historiografía de
Estados Unidos1
Pedro L. San Miguel2

Del concepto México

En el latinoamericanismo estadounidense, el término México ha operado de


acuerdo a lo que Reinhart Koselleck denomina un concepto, que, según él, es
un término que «unifica en sí la totalidad del significado» ya que contiene
«algo más que una simple descripción o denotación».3 Trocado en concepto, el
nombre propio de cualquier nación, país o sociedad, como México, trasciende
su mera función enunciativa, esa que según Michel Foucault constituye el uso
funda- mental y primigenio del lenguaje: «denominar las cosas, [...]
nombrarlas, [...] designarlas como si se señalaran con el dedo, por lo que su
representación [...] no implica un juicio de valor ni un veredicto». 4 El concepto,
por el contrario, cancela la amplitud de sentidos que carga un vocablo
debido a que enmarca o encierra una determinada realidad, confiriéndole
significaciones restringidas, circunscritas y generalmente recelosas o
prejuiciosas.

1
Conferencia Magistral pronunciada en la Academia Dominicana de la Historia, 23 de
mayo de 2018.
2
Profesor jubilado Departamento de Historia, Universidad de Puerto Rico-Río Piedras
3
Koselleck, Futuro, 1993, 117 y 206.
4
San Miguel, Crónicas, 2016, 117, siguiendo a Foucault, Palabras, 1985.
173
17 PEDRO L. SAN MIGUEL

Esa práctica discursiva es extensiva al término América Latina. De hecho,


fue nodal en la institucionalización de los Estudios Latinoamericanos (Latin
American Studies) en Estados Unidos, lo que formó parte de la entronización
en la Academia de los «estudios de área» (Area Studies), derivados de la
necesidad de contar con criterios para preservar los intereses de la nación en
los ámbitos internacionales.5 De tal forma, las Ciencias Sociales debían
contribuir a lograr tal objetivo, aunque, paradójicamente, se esperaba que ellas
generaran saberes científicos, por ende, no ideológicos. La Historia, que desde
el siglo XIX aspiró a ser una disciplina científica, se amoldó a esas corrientes.
Pero el caso es, como ha indicado Roland Barthes, que «no hay ninguna
antipatía entre el realismo y el mito».6 Por eso se puede afirmar —
parafraseando al mismo Barthes— que la
«escritura realista» de la historia, pese a sus pretensiones, «está muy lejos de
ser neutra [y que], por el contrario, está cargada de los signos más
espectaculares de su creación».7 Tales signos son perceptibles en la
historiografía estadounidense, pese a los cambios teóricos y epistemológicos
por los que ha transitado desde mediados del siglo pasado.
Sobre el particular, la década de 1960 fue crucial ya que entonces se reno-
varon los fundamentos de la disciplina de la Historia en Estados Unidos. Esas
modificaciones comenzaron en la década previa, cuando se fue resquebrajando
la «teoría del consenso», concepción acerca del pasado estadounidense que ha-
bía imperado en la Academia y la vida pública. La idea del consenso normaba
la práctica y la escritura de la historia ya que establecía los límites de lo
plausible acerca del pasado de la nación.8 Además, regía las ideas y las
disquisiciones que se elaboraban en Estados Unidos acerca de América Latina
y, por extensión, de ese conjunto de países llamados Tercer Mundo. Durante la
segunda posguerra mundial esa concepción fue atizada por la Guerra Fría. De
tal forma, los espec- tros del antiimperialismo, el anticapitalismo, el
nacionalismo tercermundista y el comunismo acentuaron la sensación de la
amenaza, que en Estados Unidos fue recalcada por la Guerra de Vietnam, la
Revolución cubana y los intensos conflictos en Centroamérica. A ello se
sumó, en los años sesenta y setenta, la

5
Feres, Historia, 2008.
6
Barthes, Mitologías, 2006, p. 231.
7
Barthes, Grado, 2009, p. 70.
8
Novick, Noble, 1997.
cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 173-203. ISSN: 0009-
El otro espejo enterrado: representaciones de México en la historiografía de EE. 17

virtual rebeldía cívica de las minorías raciales y étnicas en Estados Unidos, así
como los movimientos sociales y políticos que se desataron en los países lati-
noamericanos. De la frontera con México a la Patagonia, el escenario
latinoame- ricano lucía como un reverbero de disidencias y conflictos, por
ende, de desafíos a los efectivos poderes en la región y a los intereses
estadounidenses.

La Academia en armas (retóricas)

Mientras, el mundo académico estadounidense pasaba por profundas mu-


taciones sociales y culturales. El baby boom —el incremento demográfico en
la posguerra— implicó un aumento de los jóvenes universitarios y de la im-
portancia de la educación superior como vía de transformación social. A ello
coadyuvó la acentuación de la presencia de las minorías étnicas y de las
mujeres en las universidades. En sus inquietudes intelectuales, los jóvenes
académicos expresaron su rechazo e impugnación a las ideas heredadas, así
como al sistema político, social y económico de su nación. Los reclamos
internos tuvieron pro- yecciones hacia el exterior, donde Estados Unidos
ejercía un «poder imperial» que generó un gran rechazo entre esos estudiantes
y noveles eruditos que pulu- laban en su mundo académico. De ellos se nutrió,
en los años sesenta, setenta y ochenta, el latinoamericanismo estadounidense.
Estos procesos sustentaron las modificaciones que sufrió el mundo académico
de Estados Unidos, que tuvieron repercusiones en su producción intelectual,
induciendo cambios paradigmáticos, perceptibles en las obras emblemáticas de
la historiografía estadounidense sobre México, las que habrían de pautar las
agendas académicas durante las próximas décadas. Tal es el caso del libro de
John Womack Zapata y la Revolución Mexi- cana.9 Esta obra está elaborada a
partir de una concepción acerca de los secto- res campesinos que resulta
análoga a esas nociones que propusieron tendencias como la «historia desde
abajo» (history from the bottom up), la historiografía marxista británica e
incluso los «estudios subalternos». Womack construyó su relato asumiendo
que los campesinos morelenses actuaron como agentes autó- nomos, con sus
agendas particulares, con miras propias acerca de la sociedad y de su lugar en
ella, así como acerca del poder, y del pasado y del futuro. En poco tiempo, lo
efectuado por Womack se convirtió en una de las vertientes cruciales

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17 PEDRO L. SAN MIGUEL
9
Womack, Zapata, 2000.

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El otro espejo enterrado: representaciones de México en la historiografía de EE. 17

de la historiografía estadounidense sobre México. Gracias a su perspectiva,


Wo- mack trascendió el enfoque del campesino como mero ente productivo,
punto de vista que tiende a hacer abstracción de su cultura y del contexto
general en el cual este existe, reduciendo, por ende, sus actos a reflejos
pavlovianos, indu- cidos por causas económicas. Womack reconoció —en
opinión de Carlos Fuen- tes— que los campesinos morelenses formaban parte
de una «civilización», por lo que sus resistencias al poder del Estado y de los
terratenientes iban más allá de —si bien los incluían— los factores
exclusivamente económicos. Su inter- pretación se evidencia en la percepción
de los campesinos sobre la tierra, la cual, según Womack, era reverenciada por
los campesinos de Morelos con fervor casi religioso ya que en ella estaba
enraizada su identidad comunitaria.
Esta concepción apunta a uno de los rasgos de la obra de Womack: su
dimen- sión mítica. En efecto, se puede alegar que la estructura narrativa de
Zapata y la Revolución Mexicana es de naturaleza mítica; o, si se prefiere, que
es una obra mitohistórica.10 Es decir, se trata de un relato histórico que alcanza
dimensión mítica en virtud de la manera en que se construyen los
personajes históricos
—Zapata, los campesinos morelenses y hasta las fuerzas estatales que los com-
batieron—, la forma en que se desarrolla la trama de la obra y los significados
éticos que se desprenden de ambas cosas. Esta obra se inserta en una corriente,
común entre los intelectuales contestatarios en Estados Unidos, según la cual
las «comunidades auténticas y la autonomía individual» se contraponen a las
fuerzas coercitivas de la sociedad moderna. En dicha tradición intelectual, la
modernización no se concibe como una gesta de progresiva libertad personal;
constituye más bien una parábola acerca del detrimento de la sociedad. 11 La
imagen elaborada por Womack es la de «un pasado hecho leyenda». Ante un
presente que representa «un momento de tristeza y decadencia», el pasado de
Anenecuilco —aldea natal de Zapata— es una época de «plenitud y luz», con
lo que, en la narración de Womack, «la representación del «tiempo de antes»
se convierte en mito».12
Amenazadas las comunidades campesinas por fuerzas históricas que operan
como monstruos destructores —el latifundio y el Estado porfirista, sobre todo
—, Zapata funge como héroe que cumple la tarea de enfrentarlos. En la
figura de

10
En torno a este concepto, ver: McNeill, «Mythistory», 1986; y Mali, Mythistory, 2003.

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17 PEDRO L. SAN MIGUEL
11
Ross, «Grand», 1995, pp. 664-665.
12
Girardet, Mitos, 1999, pp. 93-94.

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El otro espejo enterrado: representaciones de México en la historiografía de EE. 17

Zapata se funden «naturaleza» y «cultura», fusión que constituye uno de los


ras- gos típicos de los héroes míticos.13 Como Héctor, el héroe troyano, Zapata
era un
«domador de caballos» —como refiere el poema homérico—; como aquel, era
un conductor de hombres y paladín de su comunidad, un jefe de guerreros que
representaba la esencia y los valores ancestrales de su pueblo. En fin, la
biografía de Zapata que erige Womack está demarcada por rasgos presentes en
los arque- tipos míticos acerca de los héroes.14 En dicha elaboración, Zapata es
el heredero de lo mejor de su estirpe, de los valores morales que habían
destilado sus an- tepasados como resultado de la confluencia entre historia,
cultura y naturaleza. Desde esa óptica, Zapata era acreedor de uno de los
rasgos fundamentales de «el salvador»: expresaba «una visión coherente e
integral del destino colectivo».15
Paradójicamente, en virtud de esa dimensión mitohistórica, resulta que el
joven gringo que era Womack en los 1960 habría sido capaz de valorar las di-
mensiones culturales de las luchas campesinas, generando una interpretación
sensible a sus experiencias históricas. Gracias a ello, Womack contribuyó a
res- quebrajar, resemantizándolo, el concepto México, tal como este había
imperado en la historiografía estadounidense, lo que es uno de los grandes
méritos de su obra. Mas dicha visión encierra una pasmosa ironía, que apunta a
las grandes paradojas del conocimiento histórico producido en Estados Unidos
en torno a México y a América Latina —y, posiblemente, al conocimiento
histórico sin más. Y es que Womack, al centrar su mirada en el movimiento
zapatista, pa- rece haber cumplido el veredicto expresado por Jorge Luis
Borges acerca de ese hombre (o mujer) que «se propone la tarea de dibujar el
mundo», pero que finalmente «descubre que ese paciente laberinto de líneas
traza la imagen de su cara».16 Porque Womack, al reconstruir la lucha de los
zapatistas, no hizo sino seguir los surcos que había trazado ya al narrar, en su
tesis de licenciatura, la historia de aquellos paisanos suyos —pobres del
campo, también— que a prin- cipios del siglo XX, en su estado natal de
Oklahoma, habían enfrentado, igual

13
Kirk, Naturaleza, 2002, pp. 194-203.
14
Para una tipología del género biográfico que aborda sus dimensiones míticas, véase: Ke-
ren, «Biography», 2000. En el caso particular de Zapata, véase el artículo de Brunk,
«Remembering», 1998, si bien este se circunscribe a las maneras en que el «mártir de
Chinameca» ha sido rememorado en México.

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18 PEDRO L. SAN MIGUEL
15
Girardet, Mitos, 1999, p. 67.
16
Borges, citado en: Exposición, 2012.

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que los campesinos morelenses, el avance destructor del moderno sistema in-
dustrial.17 En efecto, una comparación entre ambos textos evidencia la
existencia de paralelismos asombrosos en sus argumentos y sus tramas, por
ende, en sus dimensiones ético-políticas. ¿Desvirtúa o desmerece esto el mérito
de la obra de Womack? Lejos de ello, ya que, como ha indicado Todorov, «las
condiciones de origen no determinan del todo el sentido de una obra».18 Gran
paradoja: Wo- mack, relatando a los campesinos de Morelos, terminó narrando
lo que quedaba más cercano a sí mismo, no solo en una acepción geográfica
sino, también —y más importante aún— en un sentido ético y político. Y es
que, en palabras de Gabrielle M. Spiegel:

La escritura de la historia es un poderoso medio para manifestar


alegatos ideológicos debido a que es capaz de encarar los problemas
históricos en dis- cusión y de proporcionar a la ideología la autoridad y el
prestigio del pasado, todo ello encubriendo su dimensión ideológica con la
apariencia de una mera explicación de «lo que ocurrió». […] A toda disputa
historiográfica subyace no solamente una contienda por el dominio de las
voces del pasado sino, más importante aún, por su valor, es decir, por el
control sobre el significado de la historia humana misma.19

Relatos históricos: Ciencia, ética e imaginarios sobre el Otro

Estos criterios se evidencian hasta en obras que aparentan carecer de fun-


damentos ideológicos o políticos y que más fielmente parecen reproducir los
principios «científicos» que rigen la producción de los saberes. Tanto la obra
de Charles Gibson como la de la New Economic History (NEH) —represen-
tada por John Coatsworth y Stephen Haber— constituyen ejemplos de cómo
las obras históricas generan sentidos políticos —es decir, nociones sobre las
relaciones entre los humanos y acerca de la estructuración de las sociedades—,
aunque estos queden recubiertos por un denso manto de conocimiento empírico
y «objetivo».

17
Womack, «Oklahoma’s», 1959 y 1961?
18
Todorov, Miedo, 2013, p. 72.
19
Spiegel, Past, 1997, p. 212. Traducción del autor.

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El otro espejo enterrado: representaciones de México en la historiografía de EE. 17

En lo que a la preceptiva histórica se refiere, todo indica que Gibson, en sus


indagaciones sobre los pueblos mesoamericanos —Tlaxcala en el siglo XVI y
Los aztecas bajo el dominio español 20—se aferró rigurosamente a las prácticas
heurísticas clásicas, surgidas en el siglo XIX, y que aspiraban —a la sombra
de Leopold von Ranke— a «mostrar las cosas tal como sucedieron». 21 Según
tales principios, la labor del historiador radicaría en compulsar los documentos
para obtener de ellos aquellos datos del pasado que le permitiesen efectuar una
recreación del mismo, ateniéndose fielmente a los «hechos». Alegadamente, así
se podría representar lo verdadero y lo objetivo. Mas para lograr ese fin, era
imprescindible distanciarse de la especulación y la abstracción, propias del
pen- samiento filosófico y, más aún, de todo aquello que invocase la ficción y
la ima- ginación. Según esta concepción, el conocimiento sobre el pasado se
generaría gracias a la aplicación del «método histórico», que establecía las
pautas para el manejo de las fuentes depositadas en los archivos, convertidos
en santuarios de la «verdad», que no existiría más allá de esas fuentes. Ya que
fueron asimilados con lo falso, lo ilusorio, lo fantasioso, lo imaginario o lo
utópico, el pensamiento abstracto y filosófico y hasta el político fueron mal
reputados por los historia- dores, y, por ende, arrojados de la «operación
historiográfica». En torno a este modelo del «oficio de historiar» se desarrolló
la «Historia científica».
Las obras históricas de Gibson se ajustan metódicamente a esos principios.
Hasta sus títulos resaltan su empeño por informar el contenido de las fuentes
de manera puntual, alejado de abstracciones y teorías: Tlaxcala en el siglo XVI
y Los aztecas bajo el dominio español, por ejemplo.22 Hay en estos rótulos una
ausencia total de actitud teorizante o alegato abstracto, gesto que podría
denotar, según la preceptiva empirista suscrita por el autor, su intención de
mantenerse alejado de cualquier empaque retórico, de distanciarse de todo
aquello que pu- diese sugerir un falseamiento o la más leve tergiversación de la
«verdad» histó- rica, derivada de las fuentes. En sus textos, Gibson evadió de
manera sistemática el uso de conceptos que pudiesen implicar adhesión a
alguna corriente política o ideológica determinada. En lo que a su lenguaje y
escritura se refiere, las obras mencionadas se caracterizan por cierta aridez; el
suyo es un decir que está cer- cano al reporte científico, que pretende
informar y explicar, mas no narrar ni

20
Gibson, Tlaxcala, [1952] 1991, y Aztecas, [1964] 1981.

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21
Lo que sigue está basado en: San Miguel, «Pensar», 2007.
22
Gibson, Tlaxcala, 1991, y Aztecas, 1981.

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moralizar. Mucho menos procuró Gibson discurrir —en tesitura filosófica—


so- bre cuestiones teóricas o sobre asuntos ontológicos, referidos a los valores
o los principios ético-filosóficos.
Mas esa autocontención queda traicionada por la naturaleza metahis-
tórica de todo relato acerca del pasado. Porque el caso es que, tras una fachada
de observancia de las normas empiristas en la investigación histórica, Gibson
estaba profundamente perturbado por las implicaciones de la Conquista sobre
las sociedades aborígenes de América. 23 Sus más que lacónicos señalamientos
acerca del cambio civilizatorio en el Valle de México, sus sucintos argumentos
en torno a la propagación del consumo de alcohol entre los indígenas, e,
incluso, sus circunstanciales referencias a la ciudad, son asuntos en los que
afloran los reconcomios éticos de Gibson. Sin abordar directamente en Los
aztecas y en Tlaxcala el añejo debate en torno a la Leyenda Negra —lo que sí
hizo en otras obras suyas—, en ellas Gibson retorna al mismo de manera
alegórica, plantean- do cuestiones puntuales pero que apelan a los valores y a
la ética.
De tal forma, la obra de Gibson trasciende por mucho su mérito como com-
pendio erudito; sus cualidades se extienden al ámbito más profundo de los
valo- res. Es la suya una forma de considerar la relación con el Otro en base a
criterios éticos ya que resalta las consecuencias —incluso las imprevistas y las
subrepti- cias, como las debacles ecológica y demográfica— de la dominación.
Así, en Los aztecas, en un tono imparcial y objetivista, Gibson efectúa un
análisis riguroso de las múltiples manifestaciones —demográficas,
económicas, étnicas, ecoló- gicas— del imperio y la opresión, y de cómo
incidieron sobre las sociedades subordinadas. En los momentos de la
publicación de dicha obra, convertido Es- tados Unidos en una gran potencia
mundial, pocas cuestiones podían tener, ale- góricamente, una dimensión moral
tan relevante. En el caso de México —y de América Latina—, en torno a esos
asuntos gravitarían varios de sus principales dilemas civilizatorios durante las
siguientes décadas. De lo anterior se desprende que, en virtud de la supuesta
imparcialidad que genera el método histórico —en- tendido como régimen de
consulta, crítica y manejo de las fuentes—, es factible producir una narración
que implique una reprensión del poder. Ello sugiere que los métodos —por
rigurosos que sean— están lejos de garantizar esa neutralidad que, desde el
siglo XIX, fue uno de los dogmas principales de los historiadores. Es esta una
de las enseñanzas que podría desprenderse de la obra de Gibson.

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El otro espejo enterrado: representaciones de México en la historiografía de EE. 18
23
Lockhart, «Charles», 1988.

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18 PEDRO L. SAN MIGUEL

El documentalismo practicado por Gibson no ha sido la única forma de


tratar de alcanzar esa objetividad prescrita por la «Historia científica». El
cuantitati- vismo constituye el extremo de esa quimera, cuyos adeptos
predominan entre quienes se han dedicado a la Historia económica, que, junto
a la Demografía, es la rama del estudio del pasado más susceptible de ser
analizada a partir de ci- fras, cantidades y proporciones. 24 Así, la Historia
económica estadounidense ha dejado una huella profunda en la historiografía
de América Latina.25 Si bien los historiadores estadounidenses dedicados a la
economía mexicana han escrutado una diversidad de asuntos concretos, a estos
subyacen como cuestión central el tema del atraso o el subdesarrollo. En
consecuencia, amén de trazar su desem- peño económico, han tratado de
comprender las causas de que México tenga una economía «subdesarrollada».
Tal ha sido el caso de aquellos historiadores identi- ficados con la NEH, como
Coatsworth y Haber.26 Amparados en el cientificismo que posibilitan la
cuantificación y determinadas teorías económicas, la NEH ha querido rastrear
con precisión matemática las características y el performance de la economía
mexicana. Así, alegan sus practicantes, se genera un saber libre de ideologías,
valores o criterios que impliquen alguna contaminación del saber y, por ende,
una deformación de la realidad histórica. Es esta una erudición que aspira a la
pureza epistemológica, fundada en la castidad de las cifras, las canti- dades y
las ecuaciones. Irónicamente, el anhelo de estos estudiosos modernos no es
disímil al de aquellos esotéricos cabalistas que creían que todos los misterios
del mundo podían estar contenidos en un guarismo, un símbolo o una fórmula
matemática.
Su labor estribaría, por ende, en revelar, mediante la aplicación de la econo-
metría y las teorías económicas, los misterios de fenómenos como el «atraso»
o el «subdesarrollo». Como vemos, se trata de una versión radicalmente cienti-
ficista y objetivista de la Historia. Pero, ¿es así? ¿Garantizan la cuantificación,
las teorías económicas y los métodos científicos la asepsia epistemológica? Las
suspicacias, creo, son más que legítimas. Se encuentra, primero, el asunto de
que ni las teorías ni los conceptos, y ni siquiera los procedimientos heurísticos,
son

24
Cardoso y Pérez Brignoli, Historia, 1979, donde se manifiesta expresamente esa aspi-
ración de convertir a la Historia en una ciencia gracias a la cuantificación.
25
Como ejemplo: Kuntz Ficker, «Sobre», 2004.
26
Coatsworth, Crecimiento, 1976, «Obstacles», 1978, y Orígenes, 1990; Haber, Industria,

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El otro espejo enterrado: representaciones de México en la historiografía de EE. 18
1992; y Haber (ed.), How, 1997, y Political, 2000.

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verdades eternas. La misma genealogía intelectual de la NEH —afincada en la


«teoría del crecimiento económico» y en la «teoría de la modernización»—
evi- dencia que, a lo largo del tiempo, sus adeptos han tenido que descartar
nociones que en momentos determinados se juzgaron, por esa misma tradición,
como ver- dades axiomáticas. Esto atestigua la historicidad de las teorías en las
Ciencias Sociales y la Historia —las que, ¿habrá que repetirlo?, no son
equivalentes a las de las Ciencias Naturales—, por lo cual están lejos de ser
ajenas a las circuns- tancias históricas y culturales en que ellas surgen y
operan.
Por otro lado, está el asunto del tipo de saber que puede generar la cuantifi-
cación del pasado, que sin duda ha producido obras históricas que han
permitido comprender con precisión fenómenos que requieren de
demostraciones cuan- titativas. Lo que resulta cuestionable es pretender
explicar procesos complejos
—es decir, que no son, exclusivamente, cuantificables— en base a un conjunto
limitado de variables, usadas principalmente porque esas y no otras pueden ser
cuantificadas. ¿O es que acaso un fenómeno económico no es también un fenó-
meno cultural? ¿Y qué de aquellos factores o variables que no se pueden o no
se dejan cuantificar, aunque sea por ausencia de fuentes adecuadas? Efectuar
preguntas como estas pueden resultar incómodas a quienes practican à
outrance
«la cuantificación de la realidad», quienes no reparan en que incurren en un
tipo de mitificación, ya que, como se ha indicado, las «teorías económicas
modernas, basadas en modelos rigurosos, no son más que estas metanarrativas
[los mitos] recontadas en un lenguaje diferente (¿matemático?)».27
La presunción de tal tipo de práctica histórica es que las estadísticas, y las
categorías y los conceptos empleados por ella son traslúcidos y que, por estar
avalados por conjuntos impresionantes de datos cuantitativos están libres de
im- plicaciones ideológicas, valorativas o políticas. Tal suposición no puede
ser más ilusoria.28 Estos reparos se patentizan en esa «pareja dispareja» del
desarrollo/ subdesarrollo, central en la historiografía latinoamericana, y sobre
la cual se puede suscribir el juicio de Octavio Paz:

Desarrollo y subdesarrollo [s]on conceptos exclusivamente socioeco-


nómicos con los que se pretende medir a las sociedades como si fuesen

27
Sedláček, Economía, 2014, pp. 20-21.

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El otro espejo enterrado: representaciones de México en la historiografía de EE. 18
28
Estas observaciones se inspiran sobre todo en: McCloskey, Rhetoric, 1985; Lizcano,
Imaginario, 1993: y Hacking, Domesticación, 1995.

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realidades cuantitativas. Así, no se toman en cuenta todos esos aspectos re-


beldes a la estadística y que son los que dan fisonomía a una sociedad
[…].29

Asimismo, la oposición desarrollo/ subdesarrollo implica con frecuencia


una visión teleológica que tiende a negar la esencial historicidad de los
procesos. Al asumir que el desarrollo representa la superación de una etapa
previa —vi- sión propia del evolucionismo decimonónico— y que el destino
de los países
«subdesarrollados» debería ser el alcanzarlo, se les asignan tareas a los actores
históricos y se reducen las opciones que pudiesen ejercer. El resultado es el
me- noscabo del proceso histórico ya que este queda restringido a unos
caminos ya trillados que se deberían transitar. De así no ocurrir, entonces las
explicaciones giran en torno a las carencias de las sociedades que siguieron
rumbos disímiles a los prescritos por la teoría. La implicación es que dichas
sociedades padecen algún tipo de anomalía ya que la normalidad es
determinada, cuantitativamente, por aquellas que sí siguieron los itinerarios
prefijados por la teoría —que opera, así, como una forma moderna de dogma o
de fe.
En el caso de la NEH, esto implica que México —y América Latina toda—
debería seguir el camino de Estados Unidos, país que actúa en su narrativa
como parámetro de modernidad, de desarrollo y de todo aquello que niega el
«atraso». Así, pues, el relato que se elabora termina fungiendo como un
agasajo a Esta- dos Unidos, país que, en contraposición a los países
«subdesarrollados», sería una sociedad racional, en la que se habrían aplicado
las políticas adecuadas, y cuyos contextos institucionales carecerían de las
callosidades, las corruptelas y las anomalías existentes en los países
subdesarrollados. A partir del siglo XVI, Occidente pretendió difundir el
cristianismo al orbe pagano; en el XIX, las na- ciones de Europa trataron de
extender la «civilización» —es decir, la suya— a los países «bárbaros»; en la
pasada centuria, tal «proyecto civilizador» asumió el ropaje de la economía,
traduciéndose en los programas desarrollistas.30
Pese a tamañas pretensiones —porque subyace a todo esto una gran
arrogan- cia intelectual—, tal tipo de relato encierra contradicciones a granel.
Está, por un lado, el hecho de su alegada cientificidad y neutralidad ontológica.
Sobre el par- ticular, reitero lo que señalé: el lenguaje, las teorías, y hasta los
procedimientos

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El otro espejo enterrado: representaciones de México en la historiografía de EE. 18
29
Paz, Ogro, 1979, p. 126.
30
Mires, Discurso, 1993; Park, Latin, 1995; Escobar, Encountering, 1995; y Rist, History,
1997.

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empleados por los practicantes de la NEH están lejos de ser neutros; están, por
el contrario, transidos de cargas ideológicas, semánticas, éticas y filosóficas. El
suyo, por ende, dista de ser un saber puro. En su mismo empeño de serlo existe
un gran contrasentido ya que la idea de la pureza es eminentemente religiosa.
Esto no es casualidad. Se debe a que la Economía es una disciplina que tiene
fuertes vínculos con los preceptos religiosos —que es una forma adicional de
constatar su sustrato mítico.31 En épocas previas, la modernidad resemantizó la
idea de la Salvación mediante conceptos como Civilización o Progreso; en el
siglo pasado, se manifestó —con ahínco en el contexto latinoamericano—
como Desarrollo, ora en versión capitalista, ora en vertiente socialista.
Otra paradoja: la semántica de la Historia económica cuantitativista, pese a
su aura de cientificidad, cumple funciones ideológicas muy similares a las que,
a principios del siglo XX, jugaron los estereotipos sobre México. Como
indiqué anteriormente, entonces, en el mundo académico estadounidense, México
operaba como un concepto que aglutinaba un conjunto restringido de sentidos,
derivados fundamentalmente de sus taras. La mayoría de tales sentidos giraban
en torno a las nociones del primitivismo, el salvajismo, la barbarie, la violencia
y el atraso. La propensión a representarlo de tal forma tenía una contrapartida:
México era lo que Estados Unidos no era. Mediante tales contrastes, se
elaboraba una imagen de cómo los estadounidenses se imaginaban a sí mismos.
Tal tipo de estrategia dis- cursiva es común en toda construcción identitaria:
elaboramos la imagen nuestra a partir de lo que no somos —o, más bien, de lo
que creemos que no somos— y de lo que no queremos ser. Ya que son
construidas en base a oposiciones binarias, las representaciones de la identidad
propia acaban estereotipando al Otro, convirtién- dolo en un amasijo de
características indeseables.32 Por supuesto, también ofrecen una imagen
deformada —por hiperbólica y pomposa— del Yo.

Muchos Méxicos: Palabras clave y «busca del tiempo perdido»

La dicotomía desarrollo/ subdesarrollo constituye un ejemplo de esa carac-


terística de la historiografía moderna que estriba en su uso de palabras clave en
torno a las cuales organiza sus relatos acerca del pasado. La palabra clave es
un

31
Rist, History, 1997; Agamben, Reino, 2008; y Sedláček, Economía, 2014

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El otro espejo enterrado: representaciones de México en la historiografía de EE. 18
32
Para una crítica a las políticas de identidad desde tal óptica, véase: Grimson, Límites, 2011.

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19 PEDRO L. SAN MIGUEL

término que, en el estudio del pasado, privilegia determinados sujetos o


fenóme- nos históricos y que, en consecuencia, remite a interpretaciones de
cierto tipo en particular. La palabra clave admite significados conflictivos —
después de todo, es una forma condensada de aludir a una realidad compleja
—, aunque posee un conjunto de elementos mínimos que la delimitan. Se debe
contemplar como un campo de fuerza cultural, un espacio de pugna ideológica,
teórica, política, ética, epistemológica e historiográfica.
En la historiografía moderna existe un conglomerado de términos que han
actuado como palabras clave, entre ellos: nación, clase social, raza, etnicidad,
progreso, género, identidad, desarrollo, subdesarrollo, revolución, ideología,
modernidad, cultura, civilización. A vocablos como estos se le pueden añadir
otros más, dependiendo del área particular del saber. Por ejemplo, expresiones
geográficas o culturales como América Latina, África, Europa, Estados Uni-
dos u Occidente también pueden actuar como palabras clave ya que —como
demostró Edward Said respecto del Oriente— su uso en el mundo intelectual
está atiborrado de cargas semánticas, ideológicas, sociales, culturales y políti-
cas.33 En fin, existen vocablos y términos de diversa tesitura que cumplen, en
el mundo académico contemporáneo, las funciones denotativas, conceptuales,
alegóricas, simbólicas, figurativas y representacionales propias de las palabras
clave. Sean cuales fueren, las palabras clave han cumplido en los discursos his-
tóricos papeles epistemológicos análogos. Términos como nación, clase social,
identidad, pueblo, conflicto, solidaridad, revolución, género, poder, resistencia
y conciencia se manejan como si fuesen axiomas, incuestionables en sí
mismas, que existen en algún lugar del pasado, por lo que basta con rastrear su
presencia en las fuentes históricas para que se manifieste su presencia.34
Recurro a tres de esas palabras clave —raza/ etnicidad, clase social y na-
ción— para ilustrar cómo han operado en los imaginarios estadounidenses
sobre México. Esos términos fueron escogidos por su relevancia en la
historiografía estadounidense sobre el país. Los dos primeros llegaron a ocupar
papeles his- toriográficos estelares a partir de los años sesenta de la centuria
pasada; even- tualmente pasaron a formar una ménage a trois junto al género
—que se sumó a

33
Además de Said, Orientalism, 1979, ver: Tenorio Trillo, Argucias, 1999; Mignolo, Idea,
2005; Mudimbe, Invention, 1988; Chakrabarty, Provincializing, 2000; y Pagden (ed.),
Idea, 2002.
34
San Miguel, «Pensar», 2007, 4. Cursivas añadidas.

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El otro espejo enterrado: representaciones de México en la historiografía de EE. 19

ese «dúo dinámico» original. Al escudriñar estos términos, hay que señalar que
los tres aluden a expresiones específicas de la identidad, aunque esas manifes-
taciones puedan coincidir, aglutinarse o entrelazarse. No obstante, para efectos
analíticos resulta conveniente considerarlos como categorías autónomas, si
bien se pueden establecer analogías en las maneras en que estos diversos
conceptos operan en los relatos históricos. Una de esas similitudes radica en
que cada uno de ellos tiende a generar una discursiva de la trascendencia,
brindándole un alcance salvífico, enraizado en que suelen ser concebidos como
factores de re- dención de algún colectivo humano.
Existen analogías particularmente estrechas entre los usos que se han hecho
de la raza y la clase social en la historiografía estadounidense a partir de la
década de 1960. Esto se debe a que, al ser aplicadas dichas palabras clave al
estudio de los sectores subalternos, ellas han terminado por entrecruzarse en
muchas inves- tigaciones, reforzándose así una de las implicaciones del uso de
dichos términos: la de concebir al sujeto histórico como víctima y que, en
cuanto tal, requiere de algún tipo de emancipación o reivindicación. De manera
que los estudios de los subalternos desde la perspectiva étnico-racial y desde la
óptica de la clase social suelen tener sustratos políticos y éticos afines,
fundamentados incluso en la noción de que los subordinados, los explotados,
los marginados y los discriminados, por el mero hecho de serlo, poseen una
superioridad moral. En virtud de esa alegada superioridad, esos sectores
tendrían un telos o misión que cumplir, que podría conducir a su redención y
hasta a la regeneración de la sociedad.
En la historiografía estadounidense sobre América Latina, de los años sesenta
del siglo XX en adelante, ese tropo acerca del carácter redentor de la clase y/o
la raza/ etnia subordinadas adquirió especial vigencia. Si bien tal idea no
resultaba extraña a la historiografía previa, entonces se puede detectar un
cambio signifi- cativo en la forma en la cual se emplearon las palabras clave de
la clase social y la raza. Anteriormente, en la Academia estadounidense,
actuaban principalmente como sinécdoques que insinuaban el carácter arcaico de
las sociedades latinoame- ricanas; esa función discursiva se evidencia en los
textos históricos que referían los elementos arbitrarios y vetustos de los
sistemas laborales en los países de la región. Tales rasgos eran acentuados
debido a que las grandes masas trabajadoras eran de origen indígena o africano,
lo que en sí mismo era una manera de aludir, subrepticiamente, al primitivismo
de las estructuras sociales de Latinoamérica.35

35
Ver, por ejemplo: Bauer, «Rural», 1979.
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El cambio paradigmático que comenzó a sentirse en la historiografía hacia los


años sesenta —que se intensificó en las dos décadas siguientes— se tradujo en
una mayor atención a las dimensiones redentoras de la clase y la raza.
Aun así, no desaparecieron las inquietudes y los énfasis previos, como
mues- tra el estudio de John K. Chance Razas y clases en la Oaxaca colonial.36
Inserta en el debate acerca de raza y clase —que ha procurado esclarecer cuál
de estos dos factores ha resultado determinante en definir las jerarquías
sociales—,37 la obra de Chance constituyó en su momento una puesta al día —
tanto conceptual como metodológicamente— de la añeja discusión acerca del
arcaísmo social latinoamericano. En esa obra, la raza y la clase pugnan por
ocupar el puesto determinante en la forja de las identidades subalternas —
constituidas principal- mente por elementos de orígenes indígenas—, quedando
identificada la primera
—es decir, la raza— con los rasgos arcaicos de la sociedad colonial oaxaque-
ña y la clase con sus características más modernas. Esa identificación se logra
vinculando el fortalecimiento de las identidades clasistas con el desarrollo del
capitalismo y con el mundo urbano oaxaqueño, especialmente con la ciudad de
Antequera. Por el contrario, correlaciona las identidades étnico-raciales con el
mundo rural indígena, es decir, con lo que antecedió temporal y
estructuralmente a las formaciones capitalistas en el Oaxaca colonial. Y aunque
la narración de Chance no remite claramente a la dimensión redentora de la
clase, tampoco está exenta de insinuarla. Ello se evidencia en su alegato de que
su preeminencia como criterio de identificación social —lo que habría
sucedido hacia fines del periodo colonial— favoreció a los subalternos, con lo
cual se sugiere que el ca- pitalismo contribuyó a mejorar —o a hacer «menos
pior»— su condición. Las identidades étnico-raciales, por ende, dificultaban la
agencia reivindicadora de los sujetos subalternos —lo que en sí sería un indicio
de su arcaísmo.
La presencia en la obra de Chance de tal planteamiento no es fortuita: fue
una reverberación de las intensas discusiones que en Estados Unidos se dieron
en torno a la condición de las minorías étnicas y de cómo ellas podían mejorar
su situación en una sociedad en la cual el racismo seguía desempeñando una
insidiosa función. Como corolario de esos debates, se dirimió, precisamente, la
dialéctica entre clase y raza, y cómo el ascenso en la estructura económica po-
dría contribuir a disminuir las asperezas y los conflictos sociales originados en

36
Chance, Race, [1978] 1993.

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El otro espejo enterrado: representaciones de México en la historiografía de EE. 19
37
Como ejemplo de ese debate en México: Carroll, «Debate», 2011.

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las diferencias étnico-raciales. Por eso, en la obra de Chance se infiltra —y no


inadvertidamente, sino de forma muy premeditada— el contraste entre Estados
Unidos, por un lado, y Oaxaca/ Brasil, por el otro. En tal ejercicio comparativo,
Chance se echa una carambola retórica hermanando a Oaxaca con Brasil —en
estos lugares, alega, la relación clase/ raza así como los sistemas de
clasificación social operaban de formas similares. De esa manera, Oaxaca es
incorporada a los debates que en la Academia estadounidense se daban en
torno a los sistemas raciales en las Américas.38 El estudio de esa cuestión por los
latinoamericanistas estadounidenses contaba como trasfondo con los dilemas
entre raza y clase en su propio país. Husmear al Otro era una estratagema para
reflexionar en torno a la propia sociedad, coartada que, con frecuencia, facilita
la adopción de posturas críticas. Quizás percibimos mejor lo propio al
concebirlo u observarlo como parte de la alteridad.
Esta dimensión alegórica de los estudios estadounidenses sobre América
La- tina está presente en otras obras dedicadas a la cuestión racial en México.
Los estudios de Colin Palmer y Patrick Carroll sobre los afromexicanos —
esclavos y libres, negros y mulatos— así lo indican. 39 Si bien las obras de estos
autores cuentan con elementos parecidos, resulta revelador que sus posiciones
en torno a la identidad étnico-racial contengan aspectos contrapuestos. Al
compararlas en- tre sí, resulta que esas obras oscilan entre la noción de la
identidad étnico-racial como refugio y redención —como sería la postura de
Palmer—, y su concepción como factor de automarginación y aislamiento; es
decir, no como salvación, sino como condena —como sugiere la obra de
Carroll. Nuevamente, estas posiciones discordantes proyectan las posturas que
en Estados Unidos se manifestaron con intensidad en los años sesenta y setenta
en torno a la «cuestión racial», y que fluctuaron entre lograr una mayor
integración de las minorías étnicas al mains- tream de la sociedad
estadounidense —lo que implicaba una atenuación de los criterios identitarios
de las minorías—, y aquellas posiciones que insistían, por el contrario, en el
robustecimiento de la identidad étnico-racial como medida de defensa, de
resistencia y hasta de oposición al sistema social. Tanto en un caso como en el
otro, el sujeto social, elaborado en torno a la identidad étnico-racial,

38
Elkins, Slavery, 1963; Glazer y Moynihan, Beyond, 1963; Klein, Slavery, 1967; Foner y
Genovese (eds.), Slavery, 1969; Degler, Neither, 1971; Harris, Patterns, 1974; y
Engerman y Genovese (eds.), Race, 1975.
39
Palmer, Slaves, 1976; y Carroll, Blacks, 1991.

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se convertía en agente de su propia redención, actuando en un sentido determi-


nado e imprimiéndole al proceso histórico una dirección específica. Su
designio primordial sería la propia salvación y, por efecto, sino el rescate del
conjunto de la sociedad, al menos la modificación de sus actitudes y
percepciones raciales más nocivas.
Y es que la identidad, sea esta cual sea, ha estado ligada a la noción de la
redención, a la idea de que existe una colectividad humana que requiere de
algún tipo de reparación, de manumisión de las fuerzas que la oprimen y, en
conse- cuencia, de la imperiosa necesidad de trasponer el desierto y el mar para
llegar a alguna lejana tierra prometida. Pocas obras históricas sobre México
manifiestan este arquetipo narrativo de forma tan cabal como La guerra de
castas en Yucatán de Nelson Reed, obra en la cual los mayas yucatecos,
profundamente arraigados en su identidad étnica, se sublevan en contra del
dominio de los blancos y los ladinos que los oprimen y les arrebatan su
heredad.40 En efecto, en la narración de Reed la etnia maya ocupa el papel
estelar; los adalides que aparecen en ella son emanaciones de ese sujeto
protagónico. Su rebeldía desmedida tenía, cierta- mente, una dimensión
material, originada en el despojo de sus tierras, bosques y aguas, y en la
explotación de los mayas como fuerza de trabajo, con frecuencia en
condiciones de virtual esclavitud. No obstante, fue el agravio contra la colec-
tividad étnica lo que nutrió ese odio ancestral, acumulado durante siglos, y que
desató la Guerra de Castas y le confirió su fiereza singular. Hay en el relato de
Reed, además, una demostración concreta de una de las implicaciones posibles
del aislamiento y la segregación étnica. Porque fueron los mayas más distantes
—física y culturalmente— del resto de la sociedad yucateca los que iniciaron la
rebelión y quienes manifestaron más fiereza e indocilidad durante su
transcurso. De forma que el texto de Reed se puede leer como una
reprensión a un siste-
ma de supremacía étnico-racial —como el existente en Yucatán en el siglo
XIX y como el que estaba en disputa en Estados Unidos en los momentos en
que ela- boró su obra—, fundado no solo en la explotación inmisericorde de los
grupos sometidos, sino, también, en su humillación y degradación. Por ende,
también constituyó una suerte de admonición en torno a las emanaciones de tal
régimen: la violencia extrema; el salvajismo de sus defensores y detractores; la
segrega- ción racial; el retraimiento étnico en un pasado ancestral primitivo,
nativista y

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40
Reed, Caste, [1964] 1979.

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sectario; la degradación de dominantes y dominados; y, como mal supremo, la


imposibilidad de la convivencia, de la existencia de una genuina comunidad. Así
que Reed representa la Guerra de Castas como un teatro del absurdo en el cual
se difuminan los contornos entre civilización y naturaleza, versión
estadounidense de la latinoamericana disyuntiva entre civilización y barbarie.
Al hacerlo, termi- na cuestionando o relativizando uno de los mitos
fundacionales de la sociedad estadounidense: la noción de que la civilización
domestica a la naturaleza, es- tableciendo una relación armoniosa con ella. 41 La
historia construida por Reed enuncia, narrativamente, aquel desconsolado
principio manifestado por Walter Benjamin: la civilización está preñada de
barbarie.
Entre las palabras clave de la historiografía moderna, pocas —si alguna—
ostentan una implicación salvífica tan decisiva como la de clase social. Eso se
debe a que este concepto, desde sus orígenes, fue intrínseco al conjunto de
ideo- logías decimonónicas que efectuaron diatribas contra el capitalismo y el
sistema industrial, y que abogaban por alguna forma de superación de los
mismos. De tal forma, la clase obrera emergió con una plúmbea marca de
nacimiento que la investía como vanguardia de la sociedad, como su salvadora,
por lo que habría de liberarla de sus miserias y desgracias. Tales ideas se
desprendían de ese es- pectro semántico que abarca las nociones de la
revolución y de la utopía. Esta última encuentra sus antecedentes en los
imaginarios edénicos, que aluden a la existencia de Paraísos, pretéritos o
futuros, a los que ciertos humanos aspirarían a regresar —en el caso de los
«Paraísos perdidos», ubicados en el pasado— o a conquistar o construir —en
el caso de las utopías ubicadas en el porvenir.42
A partir de mediados del siglo XX, cuando el marxismo y corrientes afines
fueron ganando prestigio y terreno en el mundo académico, el concepto de
clase social y su derivado principal, la noción de lucha de clases, adquirieron
mayor relevancia historiográfica. Esas tendencias enraizaron en Estados Uni-
dos a partir de los años sesenta y setenta del siglo pasado y dejaron una marca
palpable en los estudios sobre América Latina. Tales corrientes se unieron a
las que en los mismos países latinoamericanos se venían desarrollando y que
también recalcaban el estudio de las clases —en especial de las subalternas— y
de los conflictos sociales. Aunadas con frecuencia a nociones acerca de la raza y

41
Pike, United, 1992.
42
Estas consideraciones se basan en Gadamer, Mito, 1997; Girardet, Mitos, 1999; y Du-

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rand, Mitos, 2003.

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la etnicidad, esa concordancia entre latinoamericanos y estadounidenses poten-


ció una tradición historiográfica que ha signado desde entonces la producción
en y sobre América Latina.
En el caso de México, las investigaciones de los historiadores
estadouniden- ses se centraron en los obreros fabriles y el campesinado,
sectores sociales que, en los imaginarios radicales, han adquirido un atractivo
especial. Los historia- dores se dirigieron preferiblemente a rastrear lo que con
el tiempo se denominó resistencias subalternas, es decir, las diversas formas
mediante las cuales los sectores sometidos y explotados manifestaron sus
descontentos y agravios. Esas manifestaciones de descontento podían oscilar
entre el reclamo legal y pacífico a las autoridades y a los patronos, y el motín,
la revuelta y, en casos extremos, la insurrección.43 De hecho, han sido estas
últimas las que más insistentemente han aparecido a partir de los años sesenta
y setenta del siglo XX en la historio- grafía estadounidense acerca de México;
la obra clave en tal sentido fue Zapata y la Revolución mexicana. Womack, sin
embargo, no fue el único académico estadounidense que en esos años se
interesó por las rebeldías campesinas; en- tre sus contemporáneos, contó como
coadjutor al antropólogo Paul Friedrich, cuya investigación sobre las luchas
agrarias en México (Rebelión agraria en una aldea mexicana) se efectuó en los
años cincuenta,44 antes que la de Wo- mack, pero no se publicó hasta 1970.
Amén del carácter inaugural del tema que aborda —las luchas por la tierra en
México—, Friedrich tuvo el gran acierto de combinar las metodologías y los
enfoques de la Historia y la Antropología. Por demás, Friedrich concibió su
obra como una historia ejemplar, imprimiéndole a su relato una dimensión
arquetípica. Para él, el poblado tarasco de Naranja no era sino un ejemplo del
proceso de despojo que sufrían las comunidades campe- sinas y rurales del
mundo entero. De tal forma, la narración de Friedrich sobre las luchas agrarias
adopta un registro mítico que, incluso, podría sospecharse que fue
conscientemente labrado por su autor ya que estuvo en contacto directo con las
teorías y los estudios literarios y con la mitología. 45 Esto sugiere que la
escritura de Agrarian Revolt podría haberse efectuado bajo el influjo de
modelos ficcionales, como la tragedia y los mitos. Así, el determinismo del que
el autor se

43
Para una somera reflexión en torno a las diversas formas de escrutar la subalternidad,
ver: San Miguel, «Descontento», 2005.
44
Friedrich, Agrarian, [1970] 1977.

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45
Estos rasgos del quehacer de Friedrich se evidencian en: «Sanity», 1977, y Príncipes, 1991.

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reconoce seguidor no sería meramente una postura interpretativa, sino, además,


una estrategia narrativa que le posibilitó elaborar un relato con ribetes trágicos
en el cual el destino de los «héroes» —los líderes agraristas de Naranja— está
predeterminado, debiendo culminar, ineluctablemente, con su muerte.46
La parca, por cierto, es una presencia subyacente en todo el relato de Frie-
drich, tanto como amenaza a los adalides del agrarismo y como impulsora de
sus actos. Friedrich alega que las acciones de los agraristas de Naranja —sobre
todo su predisposición a la violencia— estaban enraizadas en la cultura local,
de origen tarasco. En esta —continúa Friedrich— prevalecía esa actitud de
indife- rencia ante la muerte que, alegadamente, distingue al mexicano. De
modo que el estudio de Friedrich termina siendo una representación adicional
—en clave an- tropohistórica— de características supuestamente inherentes y
sempiternas del mexicano. Incluso, la cultura —concepto fundamental de la
Antropología mo- derna— opera en la interpretación de Friedrich como una
entidad suprahistórica ya que parece poseer rasgos inalterables, como la
fascinación con la muerte. En su relato, la cultura es —si me permiten la
imagen braudeliana— una formación geológica, cuyas imperceptibles
variaciones no sienten quienes la comparten. Como en las tragedias griegas, en
el texto de Friedrich los humanos son como figurillas, cuyas vidas y acciones
están controladas por esa especie de deidad que, en su concepción, sería la
cultura. Ello es así pese a haber elaborado su re- lato como una historia
paradigmática que pretende demostrar las consecuencias nefastas del despojo
de los campesinos en el mundo. Pese a ello, Friedrich no hilvana su relato
como una secuencia de gestas libertarias conducentes a la re- dención del
campesinado, de los trabajadores rurales, mucho menos de los sub- alternos en
general. Si de algo no adolece la imagen que del campesinado ofrece Friedrich
es de proyectarlo como agente redentor del conjunto de la sociedad.
Esa posición contrasta con los relatos elaborados por Rodney D. Anderson
y John Mason Hart acerca del papel de los obreros fabriles y de sus luchas.47
En tales relatos —muy en especial en el de Hart—, los trabajadores actúan si-
guiendo una lógica también determinista, pero resaltando el papel redentor que
deben cumplir respecto del conjunto de la sociedad. Esta visión se deriva del
hecho de que Hart proyecta hacia el porvenir las relaciones causales que ha de-
tectado en su investigación y que explican lo pretérito. En lo que a la historia
de

46
Sobre esto, ver el singular testimonio que se brinda en Friedrich, Príncipes, 1991.

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47
Anderson, Outcasts, 1976; y Hart, Anarchism, 1978.

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los trabajadores respecta, pasado, presente y futuro constituyen una


continuidad sin rupturas, sinuosidades ni irregularidades, como tampoco hay
elementos que resignifiquen o alteren el sentido profundo, la esencia de esa
concatenación de eventos. Aquí también prevalece una concepción acerca de
un telos que estipula los comportamientos de los agentes históricos ya que su
lugar en la estructura económico-social les impone, de por sí, unas misiones o
gestiones por cumplir. En esta vertiente moderna del mito del héroe protector o
redentor, ya no es un individuo quien debe efectuar una serie de trabajos
asignados, sino una colec- tividad, la clase social, la que debe desempeñar unos
quehaceres predetermina- dos. Emanada la clase social, según tales
interpretaciones, de las fuerzas y las estructuras económicas, se le percibe
como una entidad fundamentalmente ho- mogénea, que debe poseer elementos
identitarios —sobre todo una «conciencia de clase»—, y cuyas acciones a lo
largo del tiempo embonan entre sí, formando una secuela que les imparten una
coherencia y una integridad históricas. Dicha congruencia es revelada y
pregonada por el letrado, quien procede como augur, adivinando y
pronosticando, no el designio de los dioses, sino el de las Fuerzas Históricas,
que impartirían las tareas a cumplir.
Hay, evidentemente, historiadores que suscriben ese tipo de interpretación, en
la cual el pasado, el presente y, presumiblemente, el futuro quedan
entrelazados gracias a lo que Gabrielle Spiegel denomina una «interpretación
tipológica».48 En el caso de los estudios comentados acerca de la clase obrera
mexicana, es patente esta forma de concatenar los sucesos, ungiendo la historia
de un sentido particular según el cual el pasado funge como presagio del
presente, y este, a su vez, del futuro. De esa forma, el devenir queda reducido
a una reiteración de acontecimientos que, aunque formalmente diferentes en su
manifestación exter- na, en esencia responden a un mismo tipo, a una
modalidad arquetípica que re- vela la substancia del agente histórico, en este
caso la clase trabajadora. Esta es conceptuada como masa victimizada y
doliente que requiere y que aguarda —lo ha hecho así por los siglos de los
siglos— su redención.
Las historias nacionales también son propensas a recurrir a los relatos re-
dentores, por lo que suelen contar con sus respectivos libertadores y paladines,
quienes, como Moisés, dirigen al colectivo hacia la tierra promisoria. La ela-
boración de la historia de la nación mexicana a partir de las ejecutorias de sus

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48
Spiegel, Past, 1997, p. 92.

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figuras patricias —y de unas muy selectas figuras «matricias»— ha sido


común entre nacionales y foráneos. En obras de tal talante los próceres, los
patricios y las figuras célebres —ya por excelsas, ya por reprobables— suelen
impartir sus características a los procesos históricos e, incluso, determinan los
comporta- mientos colectivos.
Tal sería el caso de Miguel Hidalgo, quien desató un multitudinario e impe-
tuoso movimiento social que inició el proceso de independencia de México —
es decir, su surgimiento como nación— y que fue estudiado por Hugh
Hamill.49 Su obra posee algunos elementos que han sido regularidades muy
significativas en la historiografía estadounidense sobre México. Entre ellas se
encuentra la construcción de México como una nación problemática, cualidad
que se habría plasmado en sus momentos fundacionales. El problematismo de
México esta- ría inscrito en su mismo nacimiento, ya que su arranque como
entidad política habría estado marcado por el absurdo, el desatino y hasta la
irresponsabilidad. Es esto lo que se desprende del texto de Hamill acerca de la
rebelión encabe- zada por Hidalgo, singular patricio que desentonaría con los
imaginarios y las representaciones habituales acerca de los prohombres (o las
promujeres) de las historias nacionales, y de los cuales los Founding Fathers
de Estados Unidos comprenderían un modelo idóneo. Según la interpretación
de Hamill —cónsona con la de otros historiadores estadounidenses—, las
deficiencias, los excesos y las carencias personales de los próceres —de
Hidalgo, en su caso— le habrían impartido rasgos inadecuados al movimiento
separatista. Entre otras cosas, este no fue un movimiento exclusivamente de los
criollos de las élites —como aduce Hamill que debió haber sido—, sino que se
convirtió en una convulsión social multitudinaria. Y eso constituiría, desde su
óptica, una especie de desviación de alguna pauta no declarada, si bien se
puede colegir que ese modelo arcano lo su- ministraría la independencia de
Estados Unidos. Supuestamente, esta se habría logrado sin los fanatismos ni
los extremismos de la mexicana.
Ni siquiera la independencia concertada por Agustín de Iturbide queda exen-
ta de tal tipo de reprensión. En la opinión de Howard Cline, este otro
prohombre habría logrado una independencia que comportaba un contrasentido
ya que, en vez de ser rechazadas, las instituciones y las ideas del sistema
colonial fueron sostenidas por él.50 De tal forma, se reitera la idea de que la
nación mexicana

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49
Hamill, Hidalgo, 1981.
50
Cline, México, 1962.

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es un escenario de comedias, una secuela de eventos chuscos e incoherencias.


Ello habría incidido sobre la evolución de México durante el siglo XIX, como
su inestabilidad política y sus conflictos internos. Como consecuencia de esta
visión, México es representado como una nación siempre incompleta, como
una comunidad política trunca, que ha sido incapaz de constituirse acorde con
la idea dominante de la modernidad. Esta, por supuesto, es definida en base a
lo que ha sido, alegadamente, Estados Unidos: un dechado de racionalidad y
espíritu cívi- co. México, por el contrario, carecería de esa moderación, lo que
queda paten- tizado en el carácter violento de su sociedad, su evolución
política y su historia. Interpretada así, la historia de México no queda exenta de
determinismos étnico-raciales, culturales y hasta geográficos. Tales
concepciones jugaron pape- les significativos en las obras de diversos
académicos estadounidenses durante la primera mitad del siglo XX. A medida
que fue avanzando la centuria, tales concepciones fueron descartadas,
suprimidas, superadas o sustituidas por otras que se adecuaban mejor a las
nuevas corrientes académicas, las teorías cientí- ficas y hasta los
convencionalismos sociales y culturales emergentes —incluso el political
correctness. Gracias a ello quedaron atrás muchos de los estereoti- pos, los
prejuicios y los determinismos que anteriormente habían rubricado las
interpretaciones acerca de la nación mexicana y de su devenir histórico. A
ello contribuyeron de manera significativa las modificaciones en el
pensamiento an- tropológico, que cuestionaron los fundamentos de las añejas
creencias acerca de las sociedades atrasadas, bárbaras o primitivas. El
relativismo cultural —impul- sado por el rechazo al nazismo e ideologías
racistas en general— tuvo un papel prominente en dichas modificaciones. Aun
así, no desaparecieron totalmente las antiguas nociones que significaban a la
sociedad y la nación mexicanas; perdu- raron sobre todo aquellas que
recalcaban su ranciedad y arcaísmo. Por ejemplo, siguieron destacándose los
rasgos arcaizantes de su sistema político, conceptua-
do como una execrable «herencia colonial» del pasado ibérico.51
Ni siquiera la Revolución de 1910, pese a sus bríos modernizadores, conlle-
vó un abandono de esos imaginarios acerca de México como una nación lastra-
da por el arcaísmo y la repetición de unos mismos arquetipos, inscritos en los
espectros de la violencia, la carencia, la insuficiencia, la irracionalidad y hasta
el desatino. En algunos casos, hasta la Revolución fue concebida como la mera

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51
Feres, Historia, 2008.

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reincidencia de un arquetipo: la explosión del rencor de los «humildes» —el


estereotipo no está reñido con la condescendencia— contra las élites. Pese a
ello, la Revolución instauraría un parteaguas en las reflexiones acerca de Mé-
xico. Ella sería descrita como partera del México moderno, una nación que,
desde la perspectiva estadounidense, seguiría siendo problemática. Lo era, ante
todo, debido a la índole de su nacionalismo, asunto discutido por académicos
estadounidenses contemporáneos a la Revolución, quienes intentaron discernir
cuáles serían sus implicaciones para la sociedad mexicana, así como para Esta-
dos Unidos.52
Con el tiempo, esa inquietud en torno al nacionalismo mexicano adquirió
ma- yor relevancia y se enmarañó más debido a otros procesos históricos. Tal
fue el caso de la Guerra Fría y de sus manifestaciones en las Américas, como la
Revo- lución cubana y el surgimiento de diversos movimientos políticos y
sociales que parecían amenazar el orden vigente a nivel continental. Esa
coyuntura propició aquellas reflexiones que buscaban revalorizar el
nacionalismo mexicano, tratan- do de desentrañar sus misterios y
peculiaridades, pero destacando sus elementos positivos. Hubo incluso —como
ejemplifica Robert F. Smith— quien intentara ofrecer perspectivas críticas
sobre las políticas estadounidenses frente a México.53 En el clima tenso de la
Guerra Fría, México y su nacionalismo adquirieron valor paradigmático. A
ellos se recurrió con el fin de demostrar los desaciertos de las po- líticas de
Estados Unidos ante los países del Tercer Mundo; por el otro, se usaron como
ejemplos de un «nacionalismo bueno», así reputado debido a que contribuía a
mantener la estabilidad política y a que fomentaba la aquiescencia de los
mexica- nos con el sistema capitalista, el desarrollismo y las demás doctrinas
enarboladas en dicha coyuntura. Al piropo al nacionalismo mexicano subyacía
una aprecia- ción utilitaria, cuyo sustrato eran los intereses políticos y
económicos de Estados Unidos. Mas, ¿no luce esto como una versión letrada
de esa punzante y machista expresión mexicana: «A ver, mi reina, flojita y
cooperando»?
Pese a todo, la historiografía estadounidense ha estado muy lejos de elabo-
rar o suscribir una imagen homogénea de México. Precisamente, he intentado
demostrar que esas representaciones han sido variadas, heterogéneas; que han
oscilado, por un lado, entre una serie de estereotipos poco clementes y, por el
otro, de imaginarios —no menos míticos que los anteriores— en los cuales

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El otro espejo enterrado: representaciones de México en la historiografía de EE. 19
52
Por ejemplo: Priestley, Mexican, 1924.
53
Smith, Estados, 1973.

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20 PEDRO L. SAN MIGUEL

México y los mexicanos —o ciertos sectores entre ellos— encarnan una ino-
cencia, una pureza o una integridad primigenias. Entre las primeras se encuen-
tran esas percepciones de México como una sociedad inherentemente violenta,
incluso fascinada con la muerte; las de una sociedad cuyos sistemas económi-
cos y políticos reeditan tenazmente unas estructuras y unas prácticas rancias y
caducas, derivadas muchas de ellas de una «herencia colonial» que se resiste a
desaparecer; las de una colectividad étnica o «racial» cuyos comportamientos,
formas de ser y manifestaciones culturales poseen duraciones geológicas, aje-
nas, por ende, a las mutaciones y a la evolución; o las de una especie de
«pueblo sin historia» —ya que esta implica evolución y transformación—
debido a que su devenir no sería sino la repetición de determinados arquetipos
o moldes, una reiteración hasta el cansancio de patrones y de paradigmas
comprendidos en un pasado remoto —el tiempo de los orígenes— que decreta
una esencia. En ciertos textos históricos el tiempo mexicano se transfigura en
una «era imaginaria», un transcurrir virtualmente mítico; como mero ricorsi, la
historia mexicana se con- figura como un tiempo que transcurre, pero cuyos
ocupantes, simples criaturas dolientes o salvajes, permanecen inalteradas,
impermeables al suceder. Es esta una concepción según la cual los eventos o
los procesos son superficiales ya que la historia profunda, su sustrato recóndito
o esencia, permanece inamovible. Se trata, pues, de una visión que remite a la
noción de la condena, porque, en efecto, el resultado es una sociedad que,
como Macondo, estaría sentenciada no a cien años, sino a una eternidad de
anomalías, desaciertos, oportunidades perdidas y desperdiciadas, y realidades
petrificadas.
No obstante, México, para los estadounidenses, ha sido varias cosas: en pro-
piedad, ha sido muchos Méxicos. Ha fungido, por ejemplo, como espejo en el
cual escrutar y confrontar su propia fisonomía, su identidad, sus conflictos, sus
contradicciones; asimismo, ha sido un lugar mítico en el cual buscar la Utopía,
en el cual proyectar sus esperanzas, sus ensueños, sus ilusiones, sus delirios y
sus fantasías. Ha fungido incluso como un espacio en el cual impulsar, ensayar
o estrenar esas figuraciones y proyectos utópicos y futuristas que han sido in-
capaces de infundir o realizar en su propio país. Los años sesenta y setenta del
siglo pasado fueron una de esas épocas particularmente propicias para el flore-
cimiento de los imaginarios utópicos, contestatarios y radicales. Entonces, no
pocos académicos estadounidenses encontraron en el mundo latinoamericano
un ambiente adecuado para expresar sus anhelos y sueños, al menos discursi-

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El otro espejo enterrado: representaciones de México en la historiografía de EE. 20
vamente —aunque algunos también le entraron al activismo social y político.

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19 PEDRO L. SAN MIGUEL

América Latina era uno de esos espacios en los cuales parecía dirimirse el
futuro de la humanidad.
La Historia, por supuesto, ocupó un papel determinante en esa pugna por el
mañana; lo hizo a su manera: mediante indagaciones acerca del pasado,
pesquisas que operaron como escenarios en los cuales representar y simbolizar
los trances que enfrentaban tanto los países latinoamericanos como Estados
Unidos. Porque si bien la Historia es la búsqueda de unos (imaginarios)
tiempos extraviados, es una exploración que efectúa el clíonauta usando como
brújula y carta de marear sus más profundas inquietudes, que son, en última
instancia, las de su época y sociedad. En este texto, precisamente, he
pretendido escudriñar una parcela de la historiografía estadounidense sobre
América Latina, sondeando sus «búsquedas del tiempo perdido». En ella,
México desempeñó —y continúa ocupando— un papel crucial ya que en
Estados Unidos hay dos espacios geográfico-culturales que han sido cruciales
en definir sus imaginarios sobre América Latina: uno es el Caribe, el otro es
México.54 Ambos han sido determinantes en constituir los imaginarios del
Norte sobre el Sur, han cumplido roles cruciales en tanto que ese «otro espejo
enterrado» que, para Estados Unidos, ha sido América Latina.

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54
Sobre el Caribe, véase: Muñoz, Fotografía, 2014.

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PUESTA EN
CIRCULACIÓN
CLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 207-216.
ISSN: 0009-9376

Palabras de Cyrus Veeser sobre su libro


La Soberanía en Jaque: Ulises Heureaux
y la injerencia estadounidense, 1890 a 19081

Esta publicación es el fruto de mucho esfuerzo de mucha gente por mucho


tiempo, y si les doy las gracias a todos, el tiempo no alcanza. Pero si tengo que
darles la gracia a tres distintos presidentes de la Academia, que son los docto-
res Frank Moya Pons, Bernardo Vega, y Mu-Kien Sang Ben. En la Academia
también mi amigo Jesús R. Navarro Zerpa se ocupó de cuidar la edición y se lo
agradezco mucho. Por supuesto debemos reconocer también el aporte de REFI-
DOMSA, en la persona de su presidente, el Licenciado Félix Jiménez.
Cuando yo empezaba la investigación que ahora tenemos en las manos me
acogieron y me asesoraron un grupo excepcional de historiadores dominicanos,
me refiero a Roberto Cassá, Jaime Domínguez y Raymundo González, y les
agradezco infinitamente. También contaba yo con la ayuda de los empleados
del Archivo General de Nación en ese entonces.
Y para demostrar que las relaciones internacionales siempre son complejas,
tengo que mencionar que además de realizar una investigación me tocó
conocer por aquí mismo, en la zona colonial después de una peña sabatina en
la Trinita- ria, a Lilian Bobea con quien el octubre pasado celebré 20 años de
casado. Es otra historia interesante.
Hoy quisiera agregar brevemente a las apreciaciones del Dr. Martínez
Moya. Como él ha dicho aquí y en su presentación del libro, una gran parte del

1
Actividad celebrada el 30 de mayo 2018, en el salón de actos de la Academia Dominicana
de la Historia. El autor es profesor de Historia en la Universidad de Bentley en
Waltham, Massachusetts.

207
20 CYRUS VEESER

estudio se ocupa con la relación Lilís-Improvement Company. En las palabras


del Dr. Martínez Moya, el lector del libro descubre «muchos detalles [...] sobre
las maquinaciones financieras y la política exterior de Lilís».
Espero que esos detalles sean de interés al lector dominicano. Es cierto que
en el libro llegamos a conocer a un Lilís distinto al dictador de las leyendas y
las anécdotas. Aquí conocemos a un Lilís cosmopolita, plurilingüe, financiero,
y hasta diplomático; el Lilís que firmó un tratado de libre comercio con
Estados Unidos; que negoció una serie de préstamos con inversionistas
extranjeros; que escribía cartas en inglés y francés además de castellano; que
orquestó el tras- paso del Banco Nacional de Santo Domingo de sus dueños
franceses a otros estadounidenses; que se mezcló con la lucha independentista
cubana; que trajo un economista de la Universidad de Chicago para imponer el
patrón oro en el país —en fin, un Lilís con conocimientos económicos y
financieros, destrezas diplomáticas, y pretensiones globales.
Todo eso está pormenorizado en el libro. Sin embargo, por más jugosos
que sean esos detalles, hoy en día prefiero dar una rápida reseña de otro
aspecto del libro, que viene del título en castellano: La soberanía en jaque.
Cuando digo la soberanía me refiero a la capacidad que tiene una nación para
ejercer pleno con- trol sobre su territorio, su economía, y su propio sistema
gubernamental.
La soberanía de la República Dominicana, de finales del siglo diez y nueve,
enfrentaba diferentes tipos de amenazas, algunas que pertenecían a la
economía globalizante de ese momento, y otras del sistema inter-estatal
dominado por un grupo reducido de grandes potencias. Si me permiten una
observación un poco simplista, en el fondo lo que indaga el libro es la relación
entre la economía global y el sistema interestatal, o sea, entre el capitalismo y
el imperialismo. En ese esquema la San Domingo Improvement Compañía
juega el papel del capi- talismo, y el Gobierno de Estados Unidos lo del
imperialismo. Según Lenin, el imperialismo era «la fase superior del
capitalismo», es decir, que en un momento histórico llegan a ser la misma cosa,
y desde cierta distancia de los hechos uno puede acordarse con ese juicio. Pero
visto de muy cerca, uno encuentra lo que el Dr. Martínez llama «encuentros y
desencuentros» entre los capitalistas de la Improvement y los imperialistas de
Washington. Lamentablemente para la Re- pública Dominicana, se encontraba
encrucijada entre esas fuerzas.
Pues, usando la óptica de la soberanía para acercarnos al binomio Lilís-Im-
provement, vemos que aunque era una relación entre un país independiente y
una compañía privada, los contratos de la compañía atropellaban la autonomía
financiera del país. Como admite el mismo Lilis, «esa Compañía financiera
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La soberanía en jaque: Ulises Heureaux y la injerencia estadounidense, 1890 a 20
[…]

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21 CYRUS VEESER

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La soberanía en jaque: Ulises Heureaux y la injerencia estadounidense, 1890 a 21

tiene en hipoteca la totalidad de nuestras rentas aduaneras», las cuales en ese


momento equivalían a más del 90 por ciento de los ingresos del Estado.2
Pero la letra de los contratos era una cosa, y la realidad otra. El libro trata
con detalles de las varias maniobras que utilizaba Lilís para burlarse de la
autoridad adquirida por la Improvement. Atravez de esas manipulaciones
Heureaux en cierta medida recuperó de la soberanía aparentemente entregada a
esa compa- ñía. No voy a profundizar sobre ese episodio fascinante —pero
todo está en el capítulo 5 del libro.
Por supuesto, la injerencia de la Improvement iba más allá de sus contratos.
El libro demuestra que durante años la Improvement gozaba del respaldo de
Washington para su negocio con el país. Para Lenin eso confirmaría el poder
abrumador de la fase superior del capitalismo. ¡Pero no para Lilís! Al
contrario, Lilís celebraba los contactos que la Improvement manejaba en
Washington. En esos vínculos de la compañía con el gobierno de Estados
Unidos, Lilís veía ma- yores oportunidades de ejercer su propia política
exterior. Inclusive Lilís quería estrechar aún más la relación de la Improvement
con Washington. Para lograr ese fin Lilís advertía que todos los del Nuevo
Mundo tenían un enemigo común, que era Europa. «El europeo es enemigo del
americano», le previno al vicepre- sidente de la Improvement.3 Agregó que
Europa «no se perdona a mi Gobierno el haber llevado a cabo el tratado de
libre cambio [con Estados Unidos...] ni que tampoco se le perdona las
concesiones hechas a la San Domingo Improvement Company para la
conversión del empréstito [de] 1890 y para la conclusión del ferrocarril central;
y que por todo eso existe latente y activo un interés especial [...] de interrumpir
[...] las relaciones comerciales y de buena amistad entre la República
Dominicana y los Estados Unidos de América; cuya influencia en las Antillas
parece ser mal vista».4 En la versión de Lilís, como en la de Lenin, no había
distinción entre el gobierno de Washington y la Improvement, el imperia-
lismo sí confluía en una unidad con el capitalismo.
Otro incidente confirma que Lilís no se veía como víctima del poder de
la Improvement, sino al contrario. Fue Lilís mismo que incitó a la Compañía
a que comprara los derechos del Banco Nacional de Santo Domingo a sus

2
Antología de cartas de Ulises Heureaux (Santo Domingo: Archivo General de la Nación,
2015), p. 74.
3
La soberanía en jaque (Santo Domingo: Academia Dominicana de la Historia, 2018), p. 101.
4
Ibíd., p. 101, nota 61.

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21 CYRUS VEESER

dueños franceses. «Deseo ardientemente el que podamos entrar en posesión de


la administración y dirección del Banco», dijo Lilís. «Es asunto hoy de vital
interés para la buena administración del Gobierno, para las especulaciones de
la Improvement Company y para nuestras propias utilidades». 5 Es evidente del
comentario que Lilís se identificaba con la Improvement, y asimismo fue.
«Hay que saber,» dijo el dictador en una carta privada, «que desde que [el
control de la aduana] pasó a la Improvement, yo no he hallado de parte [del
directivo de la compañía] sino buena voluntad en ayudarme y jamás de su
parte el más leve entorpecimiento en los grandes apuros de antes y de ahora
[...] Siempre lo en- cuentro accesible y con notable empeño en demostrar
querer ayudarme».6
En fin, en vez de resistir la injerencia de la Improvement y el poder detrás
de ella, Lilís hizo todo lo factible para aumentar el peso de la compañía. Esa
estrategia implicaba también a Washington. Prueba de ello es un incidente
de 1895. El asesinato de un ciudadano francés dio lugar a un conflicto diplo-
mático que se conoció como el Diferendo Franco-Dominicano. Para prote-
gerse de una injerencia de Francia, Heureaux mandó el cable siguiente a la
Improvement: «Es muy preciso que haga diligencias con el gobierno de los
Estados Unidos para proteger los intereses de la San Domingo Ymprovement
Company».7 Dos meses después, el conflicto ya resuelto, Lilís le dijo a la Im-
provement: «El Gobierno de la República Dominicana agradece como debe el
vehemente interés que usted ha desarrollado en pro de ella y nunca olvidará los
buenos oficios del Gobierno americano que, poniendo en el diferendo franco-
dominicano, todo el prestigio y peso de sus simpatías del lado de la República
Dominicana […] ha sido parte principalísima para que el conflicto haya tenido
conveniente solución».8
Desde un ángulo nacionalista, uno podría celebrar las maquinaciones de Li-
lís con la Improvement y con los Estados Unidos como una reivindicación de
la soberanía de la república. Lo que aparentaba una injerencia foránea Lilís
asumió como una nueva estructura propicia a su propósito de mantenerse en
el poder a todo costo. En la Improvement Lilís encontró una línea de crédito
sin fondo, mientras el apetito expansionista de Estados Unidos Lilís lo
convirtió en la base

5
Antología de cartas de Ulises Heureaux, p. 118.
6
La soberanía en jaque, pp. 181-182.
7
Ibíd., p. 197.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 207-216. ISSN: 0009-
La soberanía en jaque: Ulises Heureaux y la injerencia estadounidense, 1890 a 21
8
Antología de cartas de Ulises Heureaux, p. 132.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 207-216. ISSN: 0009-
21 CYRUS VEESER

de una nueva alianza en el campo geopolítico. En su juego de ajedrez con el


capitalismo y el imperialismo, Lilís temporalmente logró invertir los polos para
salir ganando.
Pero con la eliminación física de Lilís el 26 de Julio de 1899, el cuadro
cambió. Como pasaría en otros momentos de la historia del país, en el
momento posdictadura, el pueblo dominicano albergaba la esperanza de poder
edificar un sistema político estable y democrático además de rescatar la
economía de una parálisis casi completa. Un paso imprescindible para restaurar
tanta la economía como la soberanía era lo de salir de la Improvement. La
colaboración de Lilís con la Improvement había aumentado la deuda externa de
unos 5 millones a alrededor de 40 millones de dólares, dejando al país atrapado
en una telaraña de compromisos con la Improvement y con los tenedores de
bonos dominicanos en Europa. La segunda mitad del libro examina como ese
legato mermaba la soberanía del país.
El nuevo presidente, Juan Isidro Jimenes, se percató de que no iba ser fácil
salir de la Improvement. A propósito, Jimenes le solicitó al cónsul dominicano
en Nueva York «asegurar con la mayor precisión posible, hasta qué punto es
cierto que los miembros de la Improvement gozan de influencia sobre el
Gobier- no estadounidense [...] y hasta donde llegaría ese apoyo del Gobierno
hacia la compañía en un enfrentamiento con el Gobierno dominicano, si
nosotros decidi- mos liberarnos del dominio de la compañía». 9
Luego de varias vueltas, el gobierno de Jimenes sí tomó la decisión de li-
berarse del dominio de la compañía, expulsándola del país. En las calles alre-
dedor de nosotros aquí en la zona las multitudes celebraron la victoria sobre el
«fantasma invisible» y el «Pulpo de los cien tentáculos», como llamaron a la
Improvement.10
Pero la victoria no era duradera. El gobierno en Washington se mantuvo
fir- me en su respaldo de la Improvement, y su embajador en Santo Domingo
hizo todo lo factible para imponer un arreglo favorable a la compañía. «¿Desea
su Gobierno liberarse de los intereses que representa la San Domingo
Improvement Company?» preguntó el embajador estadounidense a Jimenes.
«De ser así, ¿qué tipo de compensación ofrece su Gobierno al mío por dichos
intereses?»11

9
La soberanía en jaque, p. 232.
1
Ibíd., p.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 207-216. ISSN: 0009-
La soberanía en jaque: Ulises Heureaux y la injerencia estadounidense, 1890 a 21
10
Ibíd., p. 234.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 207-216. ISSN: 0009-
21 CYRUS VEESER

Eventualmente Jimenes se dobló a esa presión, y se acordó con comprar los


bienes de la Improvement por la suma de $4.5 millones. Eso, sin que la Impro-
vement sometiera nunca un estado de cuentas para comprobar el valor de
dichos bienes. De allí la Improvement llevó el país a un proceso de arbitraje
interna- cional para fijar los términos para el pago de los $4.5 millones. En el
arbitraje la Improvement tuvo de abogado el famoso estadista John Bassett
Moore. Moore era el asesor adecuado dado que él mismo había escrito un
estudio de 6 volúme- nes precisamente sobre el tema de arbitraje internacional.
En el evento, Moore convirtió el proceso de arbitraje en un juicio sobre
la soberanía de la Republica Dominicana. Moore presentó al tribunal un plan
de reconstruir el Estado dominicano, llamando a los jueces a remediar «los
defectos más evidentes del sistema actual». Entre otras reformas, Moore reco-
mendaba eliminar las gobernaciones de provincias, abolir las administraciones
regionales y deshacerse de los ministerios de justicia y obras públicas; esta úl-
tima debido a que «no hay obras públicas», en las palabras de Moore. También
Moore abogaba por la abolición tanto del ejército como de la fuerza policial.
En su lugar, favorecía la creación de un cuerpo de fuerza insular similar al que
EEUU se había establecido en Puerto Rico. Esa fuerza insular debería de ser,
según Moore, «justo lo suficientemente amplio para que pudiese descargar
armas en salutación a banderas extranjeras». Moore completó su plan para
achicar al Estado dominicano con un llamado a la creación de «una autoridad
independiente capaz de imponer respeto por derecho propio». Que autoridad
sería esa? «En el presente caso, la única autoridad de esa índole son los Esta-
dos Unidos».12
En el contexto del arbitraje, el plan de Moore era tan grandioso de aparentar
un disparate, un ataque a la soberanía del país totalmente injustificable. Pero
Moore conocía su audiencia. Además de ser el abogado privado de la Impro-
vement, él era simultáneamente un asesor del Departamento de Estado. En ese
sentido Moore dirigía su plan más al secretario de Estado que a los tres jueces
del tribunal de arbitraje.
Entre tanto había llegado a la presidencia Carlos Morales Languasco.
Morales entendió que las mensualidades pagadas a la Improvement vendrían a
socavar al fisco. En su protesta oficial contra el fallo del tribunal, Morales
invocó la recién

1
Ibíd., p.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 207-216. ISSN: 0009-
La soberanía en jaque: Ulises Heureaux y la injerencia estadounidense, 1890 a 21
12
Ibíd., pp. 259-260.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 207-216. ISSN: 0009-
21 CYRUS VEESER

formulada doctrina de Luis María Drago, ministro argentino de Relaciones


Exteriores, en defensa de la soberanía de las pequeñas repúblicas, declarando
que la recaudación forzada de la deuda pública constituía una ilegalidad. Mora-
les afirmó que «es un principio universalmente apoyado por todos los
tratadistas que los Estados no pueden declararse incapacitados para seguir
viviendo vida autonómica», agregando «Sin el libre manejo de las rentas [...] es
aparente la independencia nacional».13
Cuando el gobierno de Morales paró los pagos a la Improvement, la res-
puesta de la compañía era apelar directamente al presidente Teodoro Roosevelt
pidiendo un respaldo militar para devolverle a la Improvement el control de
varios puertos del país. Según Moore, la Casa Blanca contestó: «el Presidente
[...] considera apropiado que [...] se le brinde apoyo moral a esa medida, con la
presencia de un buque de guerra estadounidense». 14 Todavía el capitalismo y el
imperialismo estaban en un mismo camino.
Ya estaba de vuelta al país la Improvement, ahora representado por
oficiales de los Estados Unidos. Empezó otro levantamiento contra el gobierno
de Mora- les. Mientras tanto varios grupos de tenedores de bonos en Europa
presionaba a sus gobiernos para capturar las aduanas que no estaban en las
manos de Estados Unidos de parte de la Improvement.
Así que Morales enfrentaba un menú de opciones malas: quedarse en las
garras de la Improvement, aguantar intervenciones de los europeos, terminar
derrocado por los revolucionarios, o acoger un control directo de Washington,
del estilo prefigurado por John Bassett Moore.
Morales hizo su elección. A principios de 1904, el embajador dominica-
no en Washington comunicó al Departamento de Estado que la solución a la
crisis interna que enfrentaba Morales, «por mucho que duela confesarlo, no
podrá encontrarla el Gobierno dominicano, únicamente con las fuerzas del
propio pueblo» y solicitaba el apoyo de Estados Unidos para «consolidar la
paz interior del país».15 En seguida el escuadrón caribeño de Estados Uni-
dos se posicionó en aguas dominicanas, desde donde obstaculizaba de manera
efectiva, cualquier intento de oposición hacia Morales. «Con la presencia de
nuestras embarcaciones en los puertos, creo que los puertos permanecerán en

13
Ibíd., pp. 267-268.
14
Ibíd., p. 277.
15
Ibíd., p. 287.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 207-216. ISSN: 0009-
La soberanía en jaque: Ulises Heureaux y la injerencia estadounidense, 1890 a 21

posesión del Gobierno», reportó a Washington el capitán de uno de esos barcos


de Guerra.16
De allí no fue muy lejos llegar a la intervención estadounidense que creó la
receptoría de aduana, la cual se inició en 1905 y que duró hasta 1940. El resto
del libro traza el proceso en lo cual la búsqueda de ganancias de la
Improvement perdió peso frente a las ambiciones de Washington de garantizar
«estabilidad» en esta república, lo que dio en el Corolario de Roosevelt a la
Doctrina de Monroe. Déjenme terminar con las palabras de Morales sobre esa
intervención con- tundente. Morales cosechó las consecuencias de su
disposición de invitar a un poder extraño para garantizar la pacificación y el
control financiero. Enfrentán- dose a la rebelión y a la oposición aun dentro
de su propio gabinete, Morales lanzó una campaña epistolaria para convencer
a los dominicanos prominentes de que la receptoría de aduanas era tanto
favorable como inevitable. Lo que sigue
son palabras de Morales.
«Mi criterio es que hemos salvado la República de la anarquía en todos los
órdenes de la vida nacional: en la política y en lo económico». A la vez que ad-
mitió que «es preferible para un pueblo levantarse con sus propios esfuerzos,»
aludía que el acuerdo era la «solución la más favorable, la única posible, para
poner a flote la nave del estado en el océano sin fondo de la política dominica-
na.» El acuerdo era «casi paternal» ya que «para nosotros, y solo para nosotros,
son todas las ventajas, y ellos [los estadounidenses] obran impulsados por el
deber, la obligación moral que se han impuesto, ante el mundo, de ayudarnos
en la obra de regeneración político-social, que debe descansar sobre bases
sólidas, de hacernos comprender que no podemos continuar viviendo esa vida
de desor- den, y que no nos asiste ningún derecho natural a oponernos a la
marcha de la civilización».17
Morales estaba pregonando los argumentos parcializados de un vende
patria. Pero sus cartas también reconocían la realidad de la soberanía lesionada
que él había heredada de Lilís y la Improvement.
Para terminar, las amenazas a la soberanía de la república que empezaron
con la Improvement terminaron con la receptoría. Lilís recuperó una ilusión de
soberanía a través sus jugadas cínicas con la Improvement y Washington, pero
en el proceso él creó las condiciones para una fuerte mengua en la capacidad
del

16
Ibíd., p. 284.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 207-216. ISSN: 0009-
21 CYRUS VEESER
17
Ibíd., pp. 296-297.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 207-216. ISSN: 0009-
La soberanía en jaque: Ulises Heureaux y la injerencia estadounidense, 1890 a 21

Estado dominicano defender su soberanía de poderes ajenos. En los seis años


después de la muerte de Lilís resultó que, primero la Improvement, y luego el
gobierno de Washington, restaban los atributos de soberanía al país. El camino
para recuperar la soberanía se hizo largo, pasando primero por la ocupación
militar estadounidense, luego por la dictadura de Trujillo, y finalmente por los
gobiernos autoritarios del postrujillismo. Es ahora que estamos por el otro lado.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 207-216. ISSN: 0009-
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INSTITUCIONALES

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Noticias de la Academia

En el semestre enero-junio de 2018, se realizaron las siguientes actividades:


16 conferencias; 2 seminarios de historia local, 1 curso, puesta en circulación
de 2 obras y la celebración de 1 coloquio.
Dentro de las conferencias se encuentra el ciclo dedicado a Gascue, que se
realizó en colaboración con el Comité Dominicano del Consejo Internacional
de Monumentos y Sitios (ICOMOS), presidido por el Miembro de Número
Edwin Espinal. Esas conferencias fueron pronunciadas en el salón de actos de
la Aca- demia Dominicana de la Historia, desde el 2 de mayo al 27 de junio.

Conferencias

1. Miércoles 24 de enero, El sueño de unidad y la realidad de la


fragmenta- ción en las independencias latinoamericanas y caribeñas,
por la Dra. Mu- Kien Sang Ben, presidenta de la Academia Dominicana
de la Historia.
2. Miércoles 31 de enero, Dos miradas a la ciudad de Santo Domingo,
1960- 1978, por el Miembro Correspondiente Lic. Welnel Féliz Féliz.
3. Miércoles 14 de febrero, en homenaje a Ramón Emeterio Betances por
el 190° aniversario de su natalicio, se pronunciaron las conferencias: Re-
laciones entre Gregorio Luperón y Ramón Emeterio Betances, por el Dr.
Santiago Castro Ventura, Miembro de Número y Betances: médico y
cien- tífico el Dr. Eduardo Rodríguez
4. Miércoles 21 de febrero, Conferencia Sesión Solemne, Conmemoración
del 174º de la Independencia Nacional, Determinantes sociales del 27 de
febrero, 1844, por el Dr. Roberto Cassá, Miembro de Número y expresi-
dente de la Academia Dominicana de la Historia.

219
22 Noticias de la

5. Miércoles 28 de febrero, Ramón Cáceres y la construcción de la


moderni- dad, por el Lic. Dantes Ortiz Núñez.
6. Miércoles 14 de marzo, La historia dominicana vista desde la diáspora,
por el Dr. Edward Paulino.
7. Miércoles 21 de marzo, Juan Pablo Duarte en informes secretos, por el
Dr. Rafael Leonidas Pérez y Pérez.
8. Miércoles 4 de abril, La Aviación Militar en el ejército, 1930-1947, por el
Mayor del ERD, Lic. Carlos Ortega.
9. Miércoles 18 de abril, El asilo político de José Francisco Peña Gómez:
¿verdad o mentira?, por Lic. Miguel de Camps Jiménez, colaborador de
la Academia.
10. Miércoles 2 de mayo, De Francisco de Gascue a H. H. Gosling: toponi-
mia y genealogía en los orígenes de Gascue, por el Ing. Antonio Guerra
Sánchez.
11. Miércoles 9 de mayo, La arquitectura del movimiento moderno en Gas-
cue, por la Arq. Mauricia Domínguez.
12. Miércoles 16 de mayo, Gascue: génesis, desarrollo, decadencia y trans-
formación, por la Arq. José Enríquez Delmonte.
13. Miércoles 23 de mayo, El otro espejo enterrado. Representación de Mé-
xico en la historiografía de los Estados Unidos, por el Dr. Pedro L. San
Miguel.
14. Miércoles 6 de junio, La obra de Guillermina González en Gascue, por el
Arq. Gustavo Moré.
15. Miércoles 20 de junio, Gascue y su evolución tras la caída de la
dictadura de Trujillo: la paradoja Gascue, por el Arq. Omar Rancier.
16. Miércoles 27 de junio, Gascue, distrito arquitectónico: su gestión como
patrimonio urbano, por la Arq. Diana Martínez.

Seminarios de Historia Local

En la programación general para el 2018, el primer seminario tuvo como


centro la región suroeste con sede en la provincia de Barahona. Este seminario
se llevó a cabo el sábado 10 de marzo de 2018, y fue titulado «Economía, so-
ciedad y población en el Suroeste». Se celebró en las instalaciones Universidad
Católica Tecnológica de Barahona (UCATEBA). Su coordinador fue el Miem-
bro Correspondiente Welnel Darío Féliz. Hubo una asistencia de 169 personas.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 219-222. ISSN: 0009-
Noticias de la Academia 221

Los ponentes y ponencias que cubrieron el programa fueron los siguientes:

• Bolívar Troncoso Morales: La geografía y desarrollo regional del suroeste.


• Welnel Darío Féliz: Barahona: Fundación y evolución en el siglo XIX.
• Benjamín Toral Fernández: Transformando la economía: el café en la
so- ciedad suroestana.
• Virgilio Gautreaux Piñeiro: Azúcar, ingenios y la vida suroestana.
• Víctor Manuel Durán Núñez: Evolución urbana en Barahona y su
influen- cia en el suroeste.
• Joaquín Peláez Raposo: Barahona en el siglo XX: evolución histórica y
perspectivas.

Para continuar con el propósito de fomentar el estudio de la historia local


fue organizado el seminario en Puerto Plata, titulado «Puerto Plata: una
ventana al mundo en el siglo XIX» este tuvo lugar en la Casa de la Cultura el
sábado 23 de junio de 2018. Se dedicó al fallecido Miembro Correspondiente
de la Aca- demia, Dr. Carlos Manuel Finke González. Su coordinación estuvo
a cargo del Miembro Correspondiente Juan Ventura y de la Sra. María Amelia
Finke Brugal, destacada ciudadana de la provincia. Hubo una asistencia de 166
personas.
En su desarrollo se contó con los siguientes expositores y ponencias:

• Manuel García Arévalo: El propósito de Colón de fundar La Isabela en


Puerto Plata.
• Juan Francisco Payero Briso: Puerto Plata: ciudad cosmopolita en el
siglo XIX.
• María Amelia Finke Brugal: Puerto Plata en el siglo XIX, un pueblo
peculiar.
• Rómulo Briceño Suero: Puerto Plata: una puerta al mundo para la
inmi- gración en el siglo XIX.
• Edwin Espinal Hernández: Inmigrantes decimonónicos y su
descendencia en la conformación de la oligarquía puertoplateña.
• Oscar Zazo Martín: Rasgos de la educación en Puerto Plata durante el
siglo XIX.
• Mu-Kien A. Sang: Amor y desamor de Lilís en Puerto Plata.
• Juan Ventura: Gregorio Luperón, ciudadano del mundo.

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22 Noticias de la

Cursos

Desde el 7 de marzo al 2 de mayo se realizó el curso Uso de fuentes en la


investigación histórica, que consistió en siete módulos: I.- Introducción al uso
de archivos, II.- Los archivos en la investigación histórica, III.- Tratamientos
archivísticos de fuentes documentales, IV.- Fuentes primarias de investigación,
V.- Las fuentes secundarias y el uso de la tecnología, VI- Fuentes orales en la
investigación, VII.- Recursos técnicos en la investigación historia

Obras publicadas

Durante este semestre su publicaron dos obras:

1 El 11 de abril de 2018, La Española y el Caribe, 1500-1559, de la


autoría del Dr. Justo L. del Río Moreno, presentada por el Dr. Frank
Moya Pons, expresidente de la Academia Dominicana de la Historia.
2 El 30 de mayo de 2018, La soberanía en jaque: Ulises Heureaux y la
injerencia estadounidense, 1890-1898, de la autoría del Dr. Cyrus
Veeser, presentada por el Dr. Arturo Martínez Moya.

Coloquio

El miércoles 13 de junio se realizó el coloquio titulado «En el 59


aniversario de la gesta de Constanza, Maimón y Estero Hondo», con la
participación de la Licda. Francis Pou, el Licdo. Rafael Pérez Modesto y el
comandante Delio Gómez Ochoa. Este evento contó con una concurrida
asistencia de público inte- resado sobre este importante acontecimiento de la
historia nacional.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 219-222. ISSN: 0009-
Directorio de la Academia Dominicana de la Historia

A) Miembros de Número:

1. Dr. Frank Moya Pons (1978, Sillón B)


2. Lic. Manuel A. García Arévalo (1989, Sillón D)
3. Lic. Bernardo Vega Boyrie (1995, Sillón G)
4. Dr. Fernando Antonio Pérez Memén (1995, Sillón C)
5. Lic. José Felipe Chez Checo (1996, Sillón I)
6. Dr. Roberto Cassá Bernaldo de Quirós (1996, Sillón N)
7. Dr. Marcio Veloz Maggiolo (1998, Sillón Q)
8. Lic. Juan Daniel Balcácer (1998, Sillón M)
9. Dr. Amadeo Julián Cedano (1998, Sillón P)
10. Dr. Wenceslao Vega Boyrie (2000, Sillón J)
11. Arq. Eugenio Pérez Montás (2000, Sillón F)
12. Dra. Mu-Kien Adriana Sang Ben (2000, Sillón R)
13. Dr. José Luis Sáez Ramo (2000, Sillón S)
14. Dr. Jaime de Jesús Domínguez (2000, Sillón O)
15. Dr. Emilio Cordero Michel (2002, Sillón A)
16. Dr. Francisco Antonio Avelino García (2003, Sillón L)
17. Dr. Américo Moreta Castillo (2003, Sillón K)
18. Lic. Raymundo Ml. González de Peña (2003, Sillón U)
19. Dr. Ciriaco Landolfi Rodríguez (2003, Sillón X)
20. Lic. José del Castillo Pichardo (2003, Sillón Y)
21. Lic. Rafael Emilio Yunén Zouain (2003, Sillón V)
22. Lic. Adriano Miguel Tejada (2011, Sillón T)
23. Lic. Edwin Espinal Hernández (2011, Sillón H)

223
22 Directorio de la Academia Dominicana de la

24. Vacante (Sillón E)


25. Vacante (Sillón W)
26. Vacante (Sillón Z)

B) Miembros Correspondientes Nacionales:

1. Mons. Antonio Camilo González


2. Licda. Vilma Benzo Sánchez de Ferrer
3. Dr. Vetilio Manuel Valera Valdés
4. Lic. Rubén Arturo Silié Valdez
5. Gral. (r) José Miguel Soto Jiménez
6. Gral. (r) Héctor Lachapelle Díaz
7. Mons. Dr. Rafael Bello Peguero
8. Dr. Fermín Álvarez Santana
9. Dr. Juan Ventura Almonte
10. Dra. Carmen Durán Jourdain
11. Dr. Jorge Tena Reyes
12. Lic. Walter J. Cordero
13. Licda. María Filomena González Canalda
14. Lic. Alejandro Paulino Ramos
15. Licda. Celsa Albert Batista
16. Gral. Dr. Rafael Leonidas Pérez Pérez
17. Lic. Manuel Danilo de los Santos Sánchez
18. Lic. José Guillermo Guerrero Sánchez
19. Lic. Filiberto Cruz Sánchez
20. Lic. Dantes Ortiz Núñez
21. Lic. Diómedes Núñez Polanco
22. Lic. Rafael Darío Herrera Rodríguez
23. Dr. Euclides Gutiérrez Félix
24. Licda. Sonia Nereyda Medina Rodríguez
25. Dra. María Elena Muñoz Marte
26. Dr. Hugo Tolentino Dipp
27. Lic. Roberto Santos Hernández
28. Dr. Santiago Castro Ventura
29. Licda. Jeannette de los Ángeles Miller Rivas
30. Dr. Antonio Ramón Lluberes Navarro (Ton)

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 223-228. ISSN: 0009-
Directorio de la Academia Dominicana de la 22

31. M. A. Rafael Enrique Jarvis Luis


32. Ing. Constancio Cassá Bernaldo de Quirós
33. Dr. Luis Álvarez López
34. Licda. Blanca Delgado Malagón (Electa, 2015)
35. M. A. Welnel Féliz Féliz
36. M. A. Natalia Catalina González Tejera
37. Lic. Miguel Guerrero
38. M. A. Quisqueya Lora Hugi
39. M. A. Héctor Luis Martínez
40. Dr. Arturo Martínez Moya
41. Dra. Valentina Peguero
42. Dr. Reynolds Jossef Pérez Stefan
43. Dr. Esteban Prieto Vicioso
44. Dr. Genaro Rodríguez Morel
45. Dr. Eduardo J. Tejera
Curbelo 46-48 Vacantes

C) Miembros Correspondientes Extranjeros elegidos:

1. Dra. Magdalena Guerrero Cano (España, 1995)


2. Dr. Antonio Gutiérrez Escudero (España, 1995)
3. Dra. Enriqueta Vila Vilar (España, 1995)
4. Dr. Pedro San Miguel (Puerto Rico, 1997)
5. Dr. José Miguel Abreu Cardet (Cuba, 2004)
6. Dr. Esteban Mira Caballos (España, 2004)
7. Dr. Oscar Adolfo Zanetti Lecuona (Cuba, 2005)
8. Dr. Juan Gil Fernández (España, 2006)
9. Dr. Manuel Vicente Hernández González (España, 2006)
10. Dr. Mario Hernández Sánchez-Barba (España, 2006)
11. Dra. Consuelo Varela Bueno (España, 2006)
12. Dr. Stuart B. Schwartz (EE. UU., 2006)
13. Dr. Franklin W. Knight (EE.UU., 2006)
14. Dr. Humberto García Muñiz (Puerto Rico, 2006)
15. Dr. Francisco Moscoso (Puerto Rico, 2006)
16. Dr. Anthony Stevens Acevedo ( EE.UU., 2007)
17. Dr. Yoel Cordoví Núñez (Cuba, 2014)

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18. Dr. Eusebio Leal Spengler (Cuba, 2014)


19. Dr. Luis Arranz (España, 2014)
20. Dr. Justo Lucas del Río Moreno (España, 2014)
21. Dr. Mariano Errasti (España, 2014)
22. Dr. Antonio Fonseca Pedraza (España, 2014)
23. Dr. Eduardo González Calleja (España, 2014)
24. Dr. Itsvan Szaszdi León-Borja (España, 2014)
25. Dra. Ruth Torres Agudo (España, 2014)
26. Dr. Bruce J. Calder (EE.UU., 2014)
27. Dra. Kathleen Deagan (EE.UU., 2014)
28. Dra. Lauren (Robin) H. Derby (EE. UU., 2014)
29. Dra. Julie Cheryl Franks (EE.UU., 2014)
30. Dr. Paul Muto (EE. UU., 2014)
31. Dr. Eric Paul Roorda (EE.UU., 2014)
32. Dr. Richard Lee Turitts (EE. UU., 2014)
33. Dr. Allen Welles (EE. UU., 2014)
34. Dr. Lauro Capdevila (Francia, 2014)
35. Dr. Michiel Baud (Holanda, 2014)
36. Dr. Mats Lundahl (Suecia, 2014)
37. Dr. Jan Lundius (Suecia, 2014)

D) Protectores:

1. Grupo Popular
2. Mercasid
3. Banco y Fundación Ademi
4. Grupo Punta Cana
5. Ambev Dominicana, C. por A.
6. Supermercados La Cadena
7. Señor Ramón Menéndez
8. Banco Vimenca
9. Refinería Dominicana, S. A.
10. Superintendencia de Bancos
11. Archivo General de la Nación
12. Comisión Permanente de Efemérides Patrias
13. Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones

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14. Banco Central de la República Dominicana


15. Juan Bautista Vicini Lluberes

E) Colaboradores:

1. Lic. Vetilio Alfau del Valle


2. Dr. Fernando Batlle Pérez
3. Licda. Dilia Castaños
4. Luis E. Escobar R.
5. Prof. Robert Espinal Luna
6. Dr. José Antonio Martínez Rojas
7. Arq. Gamal Michelén Stefan
8. Dr. José Alfonso Petit Martínez
9. Lic. José Alfredo Rizek Billini
10. Ing. Ana Beatriz Valdez Duval
11. Miguel Estrella Gómez
12. Carlos Alonso Salado
13. Lic. Rafael Pérez Modesto
14. Dra. Virginia Flores Sasso
15. Lic. Francisco Bernardo Regino Espinal
16. Lic. Alberto Perdomo Cisneros
17. M. A. Reynaldo Rafael Espinal Núñez
18. Dr. Cristóbal Pérez Siragusa
19. Dr. Edgar Hernández Mejía
20. Lic. Julio Amable González Hernández
21. Ing. Efraín Baldrich Beauregard
22. M. A. Lucy Margarita Arraya
23. Arq. Pablo Euclides Santos Candelario
24. Lic. Miguel de Camps Jiménez
25. Ing. Víctor José Arthur Nouel
26. Arq. Linda María Roca
27. Dr. Herbert Stefan Stern Díaz
28. Dr. Rony Joubert Hued
29. Sr. Emilio Nicolás Córdova Pereyra
30. Sr. Danilo A. Mueses
31. Sr. Juan Manuel Prida Busto

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 223-228. ISSN: 0009-
22 Directorio de la Academia Dominicana de la

32. Lic. Miguel Ortega Peguero


33. Lic. Joan Manuel Ferrer Domínguez
34. Dra. Reina Cristina Rosario Fernández

F) Junta Directiva (agosto 2016-2019):

Dra. Mu-Kien Adriana Sang Ben, presidenta


Lic. Adriano Miguel Tejada, vicepresidente
Dr. Amadeo Julián, secretario
Lic. Manuel A. García Arévalo, tesorero
Lic. José del Castillo Pichardo, vocal

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 223-228. ISSN: 0009-
Publicaciones de la Academia Dominicana de la Historia

Revista Clío:

No. 1 (enero de 1933) al No. 194 (julio-diciembre de 2017).

Libros y opúsculos:

Vol. 0-1 Henríquez y Carvajal, Federico. Estatuto i Reglamento de la


Academia Dominicana de la Historia. Ciudad Trujillo, Imprenta
Montalvo, 1932.
Vol. 0-2 Meriño, Fernando Arturo de. Páginas históricas. Ciudad Trujillo,
Imprenta J. R. Vda. García, Sucs. 1937, 126 pp.
Vol. 0-3 Morillas, José María. Siete biografías dominicanas. Ciudad Trujillo,
Imprenta San Francisco, 1946, 172 pp.
Vol. 0-4 Lugo, Américo. Los restos de Colón. Ciudad Trujillo, Imprenta de la
Librería Dominicana, 1950, 129 pp.
Vol. I Rodríguez Demorizi, Emilio. Invasiones haitianas de 1801, 1805 y
1822. Ciudad Trujillo, Editora del Caribe, 1955, 371 pp.
Vol. II Rodríguez Demorizi, Emilio. La Era de Francia en Santo Domingo.
Ciudad Trujillo, Editora del Caribe, 1955, 313 pp.
Vol. III Rodríguez Demorizi, Emilio. Relaciones dominico-españolas, 1844-
1859. Ciudad Trujillo, Editora Montalvo, 1955, 428 pp.
Vol. IV Rodríguez Demorizi, Emilio. Antecedentes de la Anexión a España.
Ciudad Trujillo, Editora Montalvo, 1955, 463 pp.

229
23 Publicaciones de la Academia Dominicana de la

Vol. V Incháustegui, Joaquín Marino. Documentos para estudio. Marco de


la época del Tratado de Basilea de 1795 en la parte española de
Santo Domingo. Tomo I. Buenos Aires, Artes Gráficas Bartolomé
Chiasino, 1957, 401 pp.
Vol. VI Incháustegui, Joaquín Marino. Documentos para estudio. Marco de
la época del Tratado de Basilea de 1795 en la parte española de
Santo Domingo. Tomo II. Buenos Aires, Artes Gráficas Bartolomé
Chiasino, 1957, 402 pp.
Vol. VII Utrera, Cipriano de. Para la Historia de América. Ciudad Trujillo,
Impresora Dominicana, Santo Domingo, 1959, 273 pp.
Vol. VIII Garrido, Víctor. Los Puello. Ciudad Trujillo, Editora Montalvo, 1959,
234 pp.
Vol. IX Rodríguez Demorizi, Emilio. Salomé Ureña y el Instituto de
Señoritas. Para la historia de la espiritualidad dominicana. Ciudad
Trujillo, Impresora Dominicana, 1960, 427 pp.
Vol. X Rodríguez Demorizi, Emilio. Informe de la Comisión de
Investigación de los Estados Unidos en Santo Domingo, 1871.
Ciudad Trujillo, Editora Montalvo, Santo Domingo, 1960, 650 pp.
Vol. XI Garrido, Víctor. Política de Francia en Santo Domingo, 1844-1846.
Santo Domingo, Editora del Caribe, 1962, 154 pp.
Vol. XII Rodríguez Demorizi, Emilio. Próceres de la Restauración. Noticias
biográficas. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1963, 355 pp.
Vol. XIII Troncoso Sánchez, Pedro. La Restauración y sus enlaces con la
historia de Occidente. Santo Domingo, Editora Montalvo, 1963, 27
pp. (Edición del Centenario de la Restauración).
Vol. XIV Rodríguez Demorizi, Emilio. Elogio del Gobierno de la
Restauración. Santo Domingo, Editora Montalvo, 1963, 20 pp.
Vol. XV Rodríguez Demorizi, Emilio. Actos y doctrina del Gobierno de la
Restauración. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1963, 460 pp.
Vol. XVI García Lluberes, Leonidas. Crítica histórica. Santo Domingo,
Editora Montalvo. 1964, 465 pp.
Vol. XVII Rodríguez Demorizi, Emilio. Papeles de Pedro Francisco Bonó.
Para la historia de las ideas políticas en Santo Domingo. Santo
Domingo, Editora del Caribe, 1964, 636 pp.
Vol. XVIII Rodríguez Demorizi, Emilio. Homenaje a Mella. (Centenario de
la muerte de Matías Ramón Mella, 1864-1964). Santo Domingo,
Editora del Caribe, 1964, 302 pp.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 229-240. ISSN: 0009-
Publicaciones de la Academia Dominicana de la 23

Vol. XIX Rodríguez Demorizi, Emilio. Baní y la novela de Billini. Santo


Domingo, Editora del Caribe, 1964, 320 pp.
Vol. XIX-bis Boyrie Moya, Emile de. La casa de Piedra de Ponce de León en
Higüey. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1964, 32 pp.
Vol. XX Rodríguez Demorizi, Emilio. Riqueza mineral y agrícola de Santo
Domingo. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1965, 438 pp.
Vol. XXI Rodríguez Demorizi, Emilio. Papeles de Buenaventura Báez. Santo
Domingo, Editora Montalvo, 1968, 562 pp.
Vol. XXII Larrazábal Blanco, Carlos. Familias dominicanas. Letras A-B. Vol. I.
Santo Domingo, Editora del Caribe, 1967, 361 pp.
Vol. XXIII Rodríguez Demorizi, Emilio. Hojas de servicios del Ejército
Dominicano, 1844-1865. Vol. I. Santo Domingo, Editora del Caribe,
1968, 448 pp.
Vol. XXIV Alfau Durán, Vetillo. Controversia histórica. Polémica de Santana.
Santo Domingo, Editora Montalvo, 1968, 182 pp.
Vol. XXV Rodríguez Demorizi, Emilio. Santana y los poetas de su tiempo.
Santo Domingo, Editora del Caribe, 1969, 362 pp.
Vol. XXVI Larrazábal Blanco, Carlos. Familias dominicanas. Letras C-Ch. Vol.
II. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1969, 287 pp.
Vol. XXVII Rodríguez Demorizi, Emilio. Pedro Alejandrino Pina. Vida y
escritos. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1970, 247 pp.
Vol. XXVIII García Lluberes, Alcides. Duarte y otros temas. Santo Domingo,
Editora del Caribe, 1971, 786 pp.
Vol. XXIX García, José Gabriel. Rasgos biográficos de dominicanos célebres.
Santo Domingo, Editora del Caribe, 1971, 372 pp.
Vol. XXX Rodríguez Demorizi, Emilio. Los dominicos y las encomiendas de
indios de la Isla Española. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1971,
400 pp.
Vol. XXXI Garrido, Víctor. Espigas históricas. Santo Domingo, Imprenta Arte y
Cine, 1971, 354 pp.
Vol. XXXII Cabral, Tobías E. Índice de Clío y del Boletín del Archivo General de
la Nación. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1971, 288 pp.
Vol. XXXIII Rodríguez Demorizi, Emilio. Santo Domingo y la Gran Colombia,
Bolívar y Núñez de Cáceres. Santo Domingo, Editora del Caribe,
1971, 219 pp.
Vol. XXXIV Utrera, Cipriano de. Polémica de Enriquillo. Santo Domingo, Editora
del Caribe, 1973, 500 pp.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 229-240. ISSN: 0009-
23 Publicaciones de la Academia Dominicana de la

Vol. XXX Rodríguez Demorizi, Emilio. Sociedades, escuelas, gremios,


cofradías y otras corporaciones dominicanas. Santo Domingo,
Editora Educativa Dominicana, 1974, 267 pp.
Vol. XXXVI Rodríguez Demorizi, Emilio. Luperón y Hostos. Santo Domingo,
Editora Taller, 1975, 50 pp.
Vol. XXXVII Larrazábal Blanco, Carlos. Familias dominicanas. Letras D-E-F-G.
Vol. III. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1975, 472 pp.
Vol. XXXVIII Alfau Durán, Vetilio. El Derecho de Patronato en República Dominicana.
Santo Domingo, Editora Educativa Dominicana, 1975, 127 pp.
Vol. XXXIX Rodríguez Demorizi, Emilio. Necrología del Padre de la Patria.
Santo Domingo, Editora Educativa Dominicana, 1976, 20 pp.
Vol. XL Rodríguez Demorizi, Emilio. Hojas de servicios del Ejército
Dominicano, 1844-1865. Vol. II. Santo Domingo, Editora del Caribe,
1976, 571 pp.
Vol. XLI Rodríguez Demorizi, Emilio. Ulises F. Espaillat y Benjamín
Franklin. Santo Domingo, Editora Taller, 1976, 24 pp.
Vol. XLII Rodríguez Demorizi, Emilio. En torno a Duarte. Santo Domingo,
Editora Taller, 1976, 333 pp.
Vol. XLIII Rodríguez Demorizi, Emilio. Acerca de Francisco del Rosario
Sánchez. Santo Domingo, Editora Taller, 1976, 258 pp.
Vol. XLIV Utrera, Cipriano de. Los restos de Colón en Santo Domingo. Santo
Domingo, Editora Taller, 1977, 390 pp.
Vol. XLV Moya Pons, Frank. Manual de historia dominicana, 5ta. ed.
Barcelona, Industrias Gráficas M. Pareja, 1977, 640 pp.
Vol. XLVI Larrazábal Blanco, Carlos. Familias dominicanas. Letras H-L. Vol.
IV. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1978, 288 pp.
Vol. XLVII Larrazábal Blanco, Carlos. Familias dominicanas. Letras M-N-Ñ.
Vol. V. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1978, 370 pp.
Vol. XLVIII Rodríguez Demorizi, Emilio. Milicias de Santo Domingo, 1786-
1821. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1978, 443 pp.
Vol. XLIX Campillo Pérez, Julio Genaro. Elecciones dominicanas, 2a ed. Santo
Domingo, Editora Amigo del Hogar, 1978, 480 pp.
Vol. L Larrazábal Blanco, Carlos. Familias dominicanas. Letras O-PP. Vol.
VI. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1978, 282 pp.
Vol. LI Larrazábal Blanco, Carlos. Familias dominicanas. Letras Q-R. Vol.
VII. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1979, 248 pp.

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Vol. LII Rodríguez Demorizi, Emilio. La Constitución de San Cristóbal,


1844-1854. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1980, 485 pp.
Vol. LIII Larrazábal Blanco, Carlos. Familias dominicanas. Letras S-T. Vol.
VIII. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1980, 288 pp.
Vol. LIV Larrazábal Blanco, Carlos. Familias dominicanas. Letras V-W-X-Y-Z.
Vol. IX. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1980, 153 pp.
Vol. LV Rodríguez Demorizi, Emilio. Documentos para la historia de la
República Dominicana. Vol. IV. Santo Domingo, Editora del Caribe,
1981, 389 pp.
Vol. LVI Rodríguez Demorizi, Emilio. Breve panegírico de Pedro Henríquez
Ureña. Santo Domingo, Editora Taller, 1981, 11 pp.
Vol. LVI-bis Rodríguez Demorizi, Emilio. Santana y los poetas de su tiempo. 1a
reimpresión. Santo Domingo, Editora Corripio, 1982, 363 pp.
Vol. LVII Rodríguez Demorizi, Emilio. Colón en la Española. Itinerario y
bibliografía. Santo Domingo, Editora Taller, 1984, 43 pp.
Vol. LVII -bis Polanco Brito, Hugo Eduardo (Comp.). Francisco Xavier Billini.
Obras, I. Anales, cartas y otros escritos. Santo Domingo, Editora
Amigo del Hogar, 1987, 325 pp.
Vol. LVIII Polanco Brito, Hugo Eduardo (Comp.). Francisco Xavier Billini.
Obras, II. Educativas y religiosas. Santo Domingo, Editora Amigo
del Hogar, 1987, 280 pp.
Vol. LIX Polanco Brito, Hugo Eduardo (Comp.). Francisco Xavier Billini.
Obras, III. La Crónica 1882. Santo Domingo, Editora Amigo del
Hogar, 1987, 335 pp.
Vol. LX-bis-1 Polanco Brito, Hugo Eduardo (Comp.). Francisco Xavier Billini.
Obras, IV. La Crónica 1883. Santo Domingo, Editora Amigo del
Hogar, 1987, 382 pp.
Vol. LX-bis-2 Polanco Brito, Hugo Eduardo. Traslado de los restos de los primeros
mártires de Santiago en La Restauración (17 de abril de 1863) y del
general José Antonio Salcedo (5 de noviembre de 1864) al Panteón
Nacional del 17 al 19 de abril de 1988. Santo Domingo, Editoral
Tiempo, 1988, 26 pp.
Vol. LXI Polanco Brito, Hugo Eduardo. Los escribanos en el Santo Domingo
Colonial. Santo Domingo, Editoria Taller, 1989, 277 pp.
Vol. LXII Santiago, Pedro Julio, y Julio Genaro Campillo Pérez. El Primer
Santiago de América. Santo Domingo, Editora Amigo del Hogar,
1997, 346 pp.

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legado humanista. Santo Domingo, Editora Corripio, 1999, 376 pp.
Vol. LXIV Jiménez Hernández, José Antonio. Manuel Jiménez. Prócer de la
Independencia. Santo Domingo, Editora Corripio, 2001, 361 pp.
Vol. LXV Campillo Pérez, Julio Genaro. Emilio Noelting. Un químico
dominicano que iluminó a Europa. Santo Domingo, Editora Corripio,
2001, 213 pp.
Vol. LXVI Abreu Cardet, José. Cuba y las Expediciones de Junio de 1959.
Santo Domingo, Editora Manatí, 2002, 156 pp.
Vol. LXVII Abreu Cardet, José, Roberto Cassá Bernaldo de Quirós, José Chez
Checo, Walter J. Cordero, Raymundo Manuel González de Peña,
Jorge Ibarra Cuesta y Neici M. Zeller, Homenaje a Emilio Cordero
Michel. Santo Domingo, Centro Editorial, 2004, 247 pp.
Vol. LXVIII Yunén Zouain, Rafael Emilio. Pautas para investigaciones de
historia nacional dentro del contexto global. Santo Domingo.
Editora Búho, 2005, 46 pp. (Coedición: Academia de Ciencias de la
República Dominicana).
Vol. LXIX Saviñón Mendoza, Ramón Emilio. El peso oro dominicano: origen,
evolución y devaluación a través de su historia. Santo Domingo,
Editora Búho, 2005, 28 pp.
Vol. LXX Moya Pons, Frank. Los restos de Colón, Bibliografía. Santo
Domingo, Editora Búho, 2006, 101 pp.
Vol. LXXI Hernández González, Manuel Vicente. La colonización de la frontera
dominicana, 1680-1795. Santo Domingo, Editora Búho, 2006, 316
pp. (Coedición: Archivo General de la Nación).
Vol. LXXII Herrera Rodríguez, Rafael Darío. Montecristi. Entre campeches y
bananos. Santo Domingo, Editora Búho, 2006, 174 pp.
Vol. LXXIII Sáez Ramo, José Luis. La expulsión de los jesuitas de Santo
Domingo, 1766-1767. Santo Domingo, Editora Búho, 2006, 344 pp.
Vol. LXXIV Hoetink, Harry. Ensayos caribeños. Santo Domingo, Editora Búho,
2006, 121 pp.
Vol. LXXV Hernández González, Manuel Vicente. Expansión fundacional y
desarrollo en el norte dominicano (1680-1795). El Cibao y Samaná.
Santo Domingo, Editora Búho, 2006, 337 pp. (Coedición: Archivo
General de la Nación).
Vol. LXXVI Gil, Juan. Columbiana. Estudios sobre Cristóbal Colón (1984-2006).
Santo Domingo, Editora Búho, 2007, 641 pp.

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Vol. LXXVII Balcácer, Juan Daniel (Editor). Ensayos sobre la Guerra


Restauradora. Santo Domingo, Editora Búho, 2007, 370 pp.
(Coedición: Archivo General de la Nación y la Comisión Permanente
de Efemérides Patrias).
Vol. LXXVIII Avelino García, Francisco Antonio, Raymundo González, José G.
Guerrero, Santiago Castro Ventura, y Andrés L. Mateo. Eugenio
María de Hostos en el 168° aniversario de su nacimiento. Santo
Domingo, Editora Búho, 2007, 100 pp. (Coedición: Academia de
Ciencias de la República Dominicana).
Vol. LXXIX Moya Pons, Frank. El ciclón de San Zenón y la «Patria Nueva»:
reconstrucción de una ciudad como reconstrucción nacional. Santo
Domingo, Editora Búho, 2007, 65 pp.
Vol. LXXX Rodríguez Morel, Genaro. Cartas del Cabildo de Santo Domingo
en el siglo XVII. Santo Domingo, Editora Búho, 2007, 444 pp.
(Coedición: Archivo General de la Nación).
Vol. LXXXI Rodríguez Morel, Genaro. Cartas de la Real Audiencia de Santo
Domingo, 1530-1546. Santo Domingo, Editora Búho, 2007, 490 pp.
(Coedición: Archivo General de la Nación).
Vol. LXXXII Gutiérrez Escudero, Antonio. Santo Domingo Colonial: Estudios
históricos. Siglos XVI al XVIII. Santo Domingo. Editora Búho, 2007,
351 pp.
Vol. LXXXIII González, Raymundo Manuel (Compilador). Documentos para la
historia de la educación moderna en la República Dominicana,
(1879-1894), Tomo I. Santo Domingo, Editora Búho, 2007, 616 pp.
(Coedición: Archivo General de la Nación).
Vol. LXXXIV González, Raymundo Manuel (Compilador). Documentos para
la historia de la educación moderna en la República Dominicana
(1879-1894), Tomo II. Santo Domingo, Editora Búho, 2007, 512 pp.
(Coedición: Archivo General de la Nación).
Vol. LXXXV Cassá, Constancio (Compilador). Escritos de Luis E. Alemar, 1918-
1945. Santo Domingo, Editora Búho, 2009, 562 pp.
Vol. LXXXVI Silié, Rubén. Economía, esclavitud y población. Ensayo de
interpretación histórica del Santo Domingo Español en el siglo
XVIII. Santo Domingo, Editora Búho, 2009, 264 pp.
Vol. LXXXVII Guerrero Cano, María Magdalena. Sociedad, política e Iglesia en el
Santo Domingo colonial, 1861-1865. Santo Domingo, Editora Búho,
2010, 628 pp.

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Vol. LXXXVIII Moreta Castillo, Américo. La Real Audiencia de Santo Domingo,


1511-1799. La Justicia en Santo Domingo en la época colonial.
Santo Domingo, Editora Búho, 2010, 221 pp.
Vol. LXXXIX Rosario Fernández, Reina C. (Compiladora). El exilio republicano
español en la sociedad dominicana. (Memoria del Seminario
Internacional celebrado en marzo de 2010). Santo Domingo, Editora
Búho, 2010, 285 pp. (Coedición: Archivo General de la Nación y la
Comisión Permanente de Efemérides Patrias).
Vol. XC Gómez Ochoa, Delio. Constanza, Maimón y Estero Hondo. La
victoria de los caídos, 4ta. edición corregida y ampliada. Santo
Domingo, Editora Collado, 2010, 304 pp.
Vol. XCI Mira Caballos, Esteban. La Española, epicentro del Caribe en el
siglo XVI. Santo Domingo, Editora Búho, 2010, 618 pp.
Vol. XCII Paulino Ramos, Alejandro (Compilador). El Paladión: de la
Ocupación Militar Norteamericana a la dictadura de Trujillo, Tomo
I. Santo Domingo, Editora Alfa & Omega, 2010, 438 pp. (Coedición:
Archivo General de la Nación).
Vol. XCIII Paulino Ramos, Alejandro (Compilador). El Paladión: de la
Ocupación Militar Norteamericana a la dictadura de Trujillo,
Tomo II. Santo Domingo, Editora Alfa & Omega, 2010, 496 pp.
(Coedición: Archivo General de la Nación).
Vol. XCIV Moya Pons, Frank (Coordinador). Historia de La República
Dominicana. Madrid, España, Ediciones Doce Calles, S. L., 2010,
725 pp. (Coedición: Consejo Superior de Investigaciones Científicas,
Colección Historia de las Antillas, Vol. II).
Vol. XCV Valle Llano, Antonio, S. J. La Compañía de Jesús en Santo Domingo
durante el período hispánico, 2da. edición con correcciones del autor
y notas adicionales de José Luis Sáez Ramo. Santo Domingo, Editora
Búho, 2011, 433 pp.
Vol. XCVI Del Río Moreno, Justo L. Los inicios de la agricultura europea en el
Nuevo Mundo 1492-1542, 2da. edición con correcciones del autor.
Santo Domingo, Editora Búho, 2012, 708 pp.
Vol. XCVII Del Río Moreno, Justo L. Ganadería, plantaciones y comercio
azucarero antillano. Siglos XVI y XVII. 2da. edición en español.
Santo Domingo, Editora Búho, 2012, 648 pp.
Vol. XCVIII Pacini Hernández, Deborah. Bachata: historia social de un género
musical dominicano. Santo Domingo, Editora Búho, 2012, 360 pp.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 229-240. ISSN: 0009-
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Vol. XCIX González Tejera, Natalia. Exiliados españoles en República


Dominicana, 1939-1943: descripción y análisis socio-económico y
demográfico. Santo Domingo, Editora Búho, 2012, 148 pp.
Vol. C Lora H., Quisqueya. Transición de la esclavitud al trabajo libre en
Santo Domingo: el caso de Higüey (1822-1827). Santo Domingo,
Editora Búho, 2012, 180 pp.
Vol. CI Herrera, César A. Anexión-Restauración. Parte I. Santo Domingo,
Editora Búho, 2012, 388 pp. (Coedición: Archivo General de la
Nación).
Vol. CII Herrera, César A. Anexión-Restauración. Parte II. Santo Domingo,
Editora Búho, 2012, 400 pp. (Coedición: Archivo General de la
Nación).
Vol. CIII Moya Pons, Frank y Rosario Flores Paz, editores. Los taínos en 1492.
El debate demográfico. Santo Domingo, Editora Búho, 2013, 408 pp.
Vol. CIV Franks, Julie Cheryl. Transformando la propiedad. La tenencia de
tierras y los derechos políticos en la región azucarera dominicana,
1880-1930. Santo Domingo, Editora Búho, 2013, 260 pp.
Vol. CV Rodríguez Morel, Genaro (Coordinador). Historia general del pueblo
dominicano, vol. I. Santo Domingo, Editora Búho, 2013, 764 pp.
Vol. CVI Moya Pons, Frank. Bibliografía de la Historia Dominicana 1730-
2010. Tomo I. Santo Domingo, Editora Búho, 2013, 896 pp.
Vol. CVII Moya Pons, Frank. Bibliografía de la Historia Dominicana 1730-
2010. Tomo II. Santo Domingo, Editora Búho, 2013, 848 pp.
Vol. CVIII Moya Pons, Frank. Bibliografía de la Historia Dominicana 1730-
2010. Tomo III. Santo Domingo, Editora Búho, 2013, 836 pp.
Vol. CIX Hoffnung-Garskof, Jesse. Historia de dos ciudades. Santo Domingo
y Nueva York después de 1950. Santo Domingo, Editora Búho, 2013,
480 pp.
Vol. CX Vega, Bernardo. La derrota de Penn y Venables en Santo Domingo,
1655. Santo Domingo, Editora Búho, 2013, 152 pp.
Vol. CXI Girona, Francisco C. Las fechorías del bandolero Trujillo. Santo
Domingo, Editora Búho, 2013, 192 pp.
Vol. CXII García Muñiz, Humberto. De la Central Guánica al Central
Romana. La South Porto Rico Sugar Company en Puerto Rico y la
República Dominicana, 1900-1921. Santo Domingo, Editora Búho,
2013, 600 pp.

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Vol. CXIII Szulc, Tad. Diario de la Guerra de Abril de 1965. Santo Domingo,
Editora Búho, 2014, 412 pp.
Vol. CXIV Álvarez Leal, Francisco. La República Dominicana [1888].
Territorio. Clima. Agricultura. Industria. Comercio. Inmigración y
Anuario estadístico. Santo Domingo, Editora Búho, S. R. L., 2014,
128 pp. (Coedición: Archivo General de la Nación).
Vol. CXV Vega, Bernardo (Editor). Correspondencia entre Ángel Morales y
Sumner Welles. Santo Domingo, Editora Búho, S. R. L., 2013, 688
pp. (Coedición: Archivo General de la Nación).
Vol. CXVI Vega, Bernardo, (Editor). Antiguas tarjetas postales dominicanas de
la colección de Miguel D. Mena. Santo Domingo, Amigo del Hogar,
2014, 108 pp.
Vol. CXVII Wells, Allen. Un Sion tropical: el general Trujillo, Franklin
Roosevelt y los judíos de Sosúa. Santo Domingo, Editora Búho, S. R.
L., 2014, 682 pp.
Vol. CXVIII Calder, Bruce J. El impacto de la intervención. La República
Dominicana durante la ocupación norteamericana de 1916-1924.
Santo Domingo, Editora Búho, S. R. L., 2014, 560 pp.
Vol. CXIX Muto, Paul. La promesa ilusoria: La República Dominicana y el
proceso de desarrollo económico, 1900-1930. Santo Domingo,
Editora Búho, S. R. L., 2014, 368 pp.
Vol. CXX Cassá, Roberto (Coordinador). Historia general del pueblo
dominicano, vol. V. Santo Domingo, Editora Búho, S. R. L., 2014,
884 pp.
Vol. CXXI Mira Caballos, Esteban. La gran armada colonizadora de Nicolás
de Ovando, 1501-1502. Santo Domingo, Amigo del Hogar, 2014,
463 pp.
Vol. CXXII Vega, Bernardo, et al. El Zemí de algodón taíno. Santo Domingo,
Amigo del Hogar, 2014, 228 pp.
Vol. CXXIII Ruiz del Árbol Cana, Antares. Hacer España en América,
Guillermina Medrano Aranda (1912-2005). La pervivencia del
magisterio republicano en el exilio americano. Santo Domingo,
Editora Búho, S. R. L., 2015, 668 pp.
Vol. CXXIV Ameringer, Charles D. La Legión del Caribe. Patriotas, políticos y
mercenarios, 1946-1950. Santo Domingo, Editora Búho, S. R. L.,
2015, 264 pp.

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Publicaciones de la Academia Dominicana de la 23

Vol. CXXV Sáez Ramo, José Luis. Mons. Eliseo Pérez Sánchez. Notas
biográficas y documentos completos. Santo Domingo, Editora Búho,
S. R. L., 2015, 652 pp.
Vol. CXXVI Vega, Bernardo (Editor). Treinta intelectuales dominicanos escriben
a Pedro Henríquez Ureña. Santo Domingo, Editora Búho, S. R. L.,
2015, 726 pp.
Vol. CXXVII Academia Dominicana de la Historia. Los que ya no están.
Miembros de Número de la Academia Dominicana de la Historia. In
memoriam. Santo Domingo, Amigo del Hogar, 2015, 172 pp.
Vol. CXXVIII Hidalgo, Dennis R. La primera inmigración de negros libertos
norteamericanos y su asentamiento en la Española. Santo Domingo,
Editora Búho, S. R. L., 2015, 246.
Vol. CXXIX Moreno, José A. El pueblo en armas. Santo Domingo, Editora
Búho, S. R. L., 2015, 432 pp. (Coedición: Comisión Permanente de
Efemérides Patria).
Vol. CXXX Draper, Theodore. La Revuelta de 1965. Un estudio de caso de
la política estadounidense en la República Dominicana. Santo
Domingo, Editora Búho, S. R. L., 2016, 224 pp. (Coedición:
Comisión Permanente de Efemérides Patria).
Vol. CXXXI Alfau Durán, Vetilio. Artículos recopilados sobre la Ocupación
Norteamericana de 1916. Santo Domingo, Editora Búho, S. R. L.,
2016, 240 pp.
Vol. CXXXII Tejada, Adriano Miguel. La prensa y la guerra de abril de 1965.
Santo Domingo, Editora Búho, S. R. L., 2016, 210 pp.
Vol. CXXXIII Odena, Isidro. La intervención ilegal en Santo Domingo. Santo
Domingo, Editora Búho, S. R. L., 2016, 116 pp.
Vol. CXXXIV McKeever, Stuart A. El rapto de Galíndez y su importancia en las
relaciones entre Washington y Trujillo. Santo Domingo, Editora
Búho, S. R. L., 2016, 556 pp.
Vol. CXXXV Febres-Cordero Carrillo, Francisco. Entre Estado y Nación: la
Anexión y la Guerra de Restauración dominicana (1861-1865). Una
visión del Caribe hispano en el siglo XIX. Santo Domingo, Editora
Búho, S. R. L., 2016, 208 pp.
Vol. CXXXVI Schomburgk, Robert Hermann, et al. Santo Domingo visto por
cuatro viajeros, Santo Domingo, Editora Búho, S. R. L., 2016,
148 pp.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 229-240. ISSN: 0009-
24 Publicaciones de la Academia Dominicana de la

Vol. CXXXVII Derby, Lauren. La seducción del dictador, política e imaginación


popular en la era de Trujillo, Santo Domingo, Editora Búho, S. R.
L., 2016, 544 pp.
Vol. CXXXVIII Rodríguez Morel, Genaro (Coordinador). Historia general del
pueblo dominicano, vol. I, «Códice». Santo Domingo, Editora Búho,
S. R. L., 2016, 498 pp. Patrocinado por Juan B. Vicini Lluberes.
Vol. CXXXIX Tippenhauer, Louis Gentil. La Isla de Haití. Santo Domingo, Editora
Búho, S. R. L., 2016, 916 pp.
Vol. CXL Moya Pons, Frank. El oro en la historia dominicana. Santo
Domingo, Amigos del Hogar, 2016, 468 pp. Patrocinado por Pueblo
Viejo Dominicana Corporation.
Vol. CXLI Bryan, Patrick. La transformación económica de la República
Dominicana, 1870-1916. Santo Domingo, Editora Búho, S. R. L.,
2016, 336 pp. Patrocinado por la Refinería Dominicana de Petróleo
(REFIDOMSA).
Vol. CXLII Kurzman, Dan. Santo Domingo. La revuelta de los condenados.
Santo Domingo, Editora Búho, S. R. L., 2017, 334 pp. Patrocinado
por la Refinería Dominicana de Petróleo (REFIDOMSA).
Vol. CXLIII García Arévalo, Manuel A. y Pou de García, Francis. La caída
de Horacio Vásquez y la irrupción de Trujillo en los informes
diplomáticos españoles de 1930. Santo Domingo, Amigo del Hogar,
2017, 484 pp. Patrocinado por el Banco Popular Dominicano.
Vol. CXLIV Turist, Richard L. Cimientos del despotismo. Los campesinos, el
régimen de Trujillo y la modernidad en la historia dominicana. Santo
Domingo, Editora Búho, S. R. L., 2017, 576 pp.
Vol. CXLV Del Río Moreno, Justo L. La Española y el Caribe, 1501-1559. La
recurrencia cíclica de las crisis en Santo Domingo y los procesos de
expansión territorial y económica. Santo Domingo, Editora Búho,
S. R. L., 2018, 584 pp.

cLÍO, Año 87, n.º 195, enero-junio 2018, pp. 229-240. ISSN: 0009-
Normas para publicar trabajos en la revista Clío

La revista Clío ha sido concebida como órgano de la Academia Do-


minicana de la Historia para publicar trabajos científicos de investigación
inéditos en el campo histórico dominicano y caribeño, tanto de autores nacio-
nales como extranjeros, que pueden servir para atesorar el acervo de nuestro
pasado. Es, en definitiva, un espacio de debate científico para promover la
creación y profundización de los estudios históricos y la contribución de sus
investigaciones al conocimiento del pretérito dominicano.
Con el propósito de mejorar la calidad de Clío, su comisión editorial ha
considerado necesario establecer algunas normas que se aplicarán a todos
los trabajos que se publicarán en lo adelante, muchas de las cuales han sido
extraídas de las «Instrucciones para la presentación de textos», publicadas en
la revista Ecos, año 1, n° 1, Santo Domingo, 1993, pp.167-170 del Instituto de
Historia de la Universidad Autónoma de Santo Domingo:

1. Los únicos trabajos previamente publicados que podrán reproducirse


serán aquellos considerados agotados o poco divulgados que, por su
importancia, resulten de interés especial para el estudio de la historia
dominicana y del área del Caribe, o los editados en el extranjero que
sean desconocidos o escasamente leídos en el país.
2. Los trabajos deberán depositarse en la Secretaría de la Academia
Dominicana de la Historia, sita en la Casa de las Academias, calle
Mercedes N° 204, Santo Domingo, República Dominicana, enviarse
a esta dirección por correo certificado, por fax número (809) 221-8430 o

241
24 Normas para publicar trabajos en la revista

al buzón electrónico [email protected]. A los autores se les


dará constancia inmediata de la recepción de sus trabajos.
3. La decisión de cuáles trabajos deberán publicarse será tomada por la
Comisión Editorial conforme a lo establecido en el artículo 49 del
Reglamento Orgánico de la Academia Dominicana de la Historia.
Dicha comisión podrá realizar modificaciones formales a los trabajos,
sugerir a los autores aspectos de fondo y reducir, de común acuerdo, su
extensión.
4. Los trabajos que no califiquen por incumplimiento de los requisitos de
temática, campo de investigación, área geográfica, calidad científica
y/o gramatical o de las normas aquí establecidas, serán rechazados y
devueltos a sus autores.
5. Los trabajos deberán redactarse en papel bond blanco, tamaño 8½ por 11
pulgadas, con impresión legible, a dos espacios, en una sola cara, con
márgenes mínimos de una pulgada en cada lado, en párrafo desea-
blemente Times New Roman a 12 puntos y con un total de 28 líneas
por cuartilla. La extensión máxima del texto no deberá exceder las 50
páginas, incluyendo notas, cuadros, gráficos, fotografías y bibliografía.
Párrafo. En casos excepcionales, la Comisión Editorial podrá aceptar
colaboraciones que excedan dichos límites, si considerase que su publi-
cación es relevante.
6. Los párrafos y las notas deberán iniciarse con una sangría de tres
(3) espacios y procurará el menor uso posible de mayúsculas salvo en
nombres propios, geográficos, de instituciones o de hechos que revisten
categoría de nombre propio. Los días de la semana y los meses se
escribirán en minúsculas, excepto cuando formen parte del nombre de
instituciones o de hechos que tengan la categoría de nombre propio. Por
ejemplo: Constitución del 6 de Noviembre; Movimiento Revolucionario
14 de Junio; Revolución de Abril de 1965.
Salvo la letra inicial y los nombres propios, los títulos de libros y de
artículos aparecidos en publicaciones periódicas irán en minúsculas. En
cambio, los títulos de las publicaciones periódicas irán en mayúsculas
con la excepción de artículos, preposiciones, etc., ejemplo: «El sistema
tributario del Estado», en Eco de la Opinión.
7. La primera referencia, el orden de las informaciones bibliográficas ex-
plicativas deberán aparecer al pie de la página de la siguiente manera:

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Normas para publicar trabajos en la revista 24

8. Para los libros: Nombres y apellidos del autor. Título completo de la


obra (en cursivas). Lugar, editora, fecha de publicación y página (s)
citada (s) en que se encuentra lo citado. Si se desconoce una de las
informaciones se hará constar con abreviaturas s.l. (sin lugar), s.e. (sin
editora), s.f. (sin fecha) y si se conoce la fecha pero no está consignada
en el texto, esta se colocará entre paréntesis.
Si la obra tiene más de dos autores, se señalará únicamente al primero
seguido de las palabras latinas et al (en cursivas). Si no es la primera
edición, se hará constar inmediatamente después del título y lo mismo
se hará si fueran varios volúmenes. En este último caso el número de
volúmenes de la colección se especificará con tipo arábigo y el número
de la referencia con tipo romano, poniendo la abreviatura de volumen
(vol.) o tomo (t.). En el caso de compilaciones, el título del trabajo
irá entre comillas y el título del libro irá en cursivas. Ejemplos:

a) Emilio Rodríguez Demorizi. La Era de Francia en Santo Domingo.


Contribución a su estudio. Ciudad Trujillo, Editora del Caribe, 1955,
p. 28;
b) Teresa Espaillat. «El papel de la mujer combatiente en la Guerra de
Abril de 1965». En Sócrates Suazo Ruiz, (comp.), Guerra de Abril.
Inevitabilidad de la historia. Textos del Seminario sobre la Revolución
de 1965. Santo Domingo, Edita-Libros, 2002, pp. 293-299;
c) Roland Mousnier. «Los siglos XVI y XVII. El progreso de la civiliza-
ción europea y la decadencia De Oriente (1492-1715)». En Maurice
Crouzet (ed.). Historia general de las civilizaciones, 3ª ed. En español,
vol. IV. Barcelona, Ediciones Destino. 1967, p. 441;
d) Pedro Martínez. Historia General de América Latina, 3ra. Ed., 5
vols., Méxio, Editora Porrúa Hermanos, 1975, Vol. III, pp. 87-109;
e) Frank Moya Pons et al. El siglo XX dominicano. Economía, política,
pensamiento, y literatura. Santo Domingo, Editora Amigo del Hogar,
1999, p. 108.

9. Para las revistas y publicaciones científicas: Nombres y apellidos del


autor. Título completo del trabajo (entre comillas). Nombre de la publi-
cación (en cursivas), volumen o año y número, lugar, fecha, página (s)
citada (s), abreviada (s). Ejemplos:

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24 Normas para publicar trabajos en la revista

a) Wenceslao Vega Boyrie. «Historia de los terrenos comuneros de la


Repú- blica Dominicana». Clío, año 68, No. 162, Santo Domingo, enero-
junio de 2000, pp. 81-108;
b) Juan Peña M. y Carlos Andújar Personal. «El mito de los taínos». Ecos,
vol. I, no. 2. Santo Domingo, 1994, pp. 35-90.

10. Para las publicaciones periódicas no académicas: Nombres y apellidos


del autor. Título completo del trabajo (entre comillas). Nombre de la
publicación (en cursivas), lugar, fecha, página (s) citada (s) abreviada
(s). Ejemplos:

a) Roberto Cassá. «40 años después de Trujillo». Isla Abierta, Suple-


mento Cultural del periódico Hoy. Santo Domingo, 10 de junio del
2001, pp. 8-9;
b) Balcácer, Juan Daniel. «Pasado y presente. El testimonio de Huáscar
Tejada». Listín Diario, Santo Domingo, 9 de diciembre de 2001, p. 19.

11. Para los documentos: En las fuentes documentales inéditas o ya publi-


cadas, se dará la referencia más precisa posible. Se titularán por los
apellidos y nombres del autor, a menos que tengan en el propio texto
su título, el cual se pondrá entre comillas. Seguido, se colocará el lugar y
la fecha de emisión del documento, archivo y país, fondo en el que se
encuentra, colección volumen, legajo y folio (s). En notas subsiguientes
se deberán abreviar el nombre del archivo, el fondo, colección, volumen,
legajo y folio (s). Ejemplos:

a) De Gregorio Luperón a Fernando A. Meriño. Puerto Plata, 15 de di-


ciembre de 1879. Archivo General de la Nación (AGN), Santo Domin-
go, Colección García (CG), leg. 18, expediente (exp.) 3;
b) De Meriño al gobernador de Santiago. Santo Domingo, 2 de enero de
1880 AGN, Ministerio de Interior y Policía (MIP), leg. 150, exp. 8,
fol. 16;
c) Pedro Santana, «Al país». Santo Domingo, 22 de marzo de 1861. AGN,
CG, leg. 50, exp. 5.

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Normas para publicar trabajos en la revista 24

12. Para las tesis: Las tesis universitarias se refieren por los apellidos y
nombres del autor, título (entre comillas) y entre paréntesis el nivel
y la carrera, departamento académico o escuela, facultad, institución,
ciudad, país y el año. Ejemplo:

a) García, Armando. «El pensamiento religioso de Gregorio Luperón» (Te-


sis de licenciatura en Historia, Departamento de Historia y Antropología,
Facultad de Humanidades, Universidad Autónoma de Santo Domingo,
Santo Domingo, 2002, p. 28.

13. Para la bibliografía: La bibliografía se hará en estricto orden alfabé-


tico en base a los apellidos y nombres de los autores y, además de
los datos señalados en los ordinales 8 a 12, al final se indicará, entre
paréntesis, el nombre de la institución que auspicia la publicación, la
colocación o serie y su número. Cuando de un mismo autor se utilice
más de una obra o trabajo, en riguroso orden de fecha se colocará de-
bajo con una raya de diez espacios. Ejemplos:

a) Guerrero Cano, María Magdalena. «Expediciones a Santo Domingo.


El fracaso de un proyecto de colonización». Ecos, año VI, No. 8, Santo
Domingo, 1999. (Instituto de Historia de la Universidad Autónoma de
Santo Domingo);
b) Rodríguez, Cayetano Armando. Geografía de la Isla de Santo Domingo
y reseña de las demás Antillas, 2da. Ed. Barcelona, Gráficas M. Pareja,
1976. (Sociedad Dominicana de Geografía, vol. XI);
c) Rodríguez Demorizi, Emilio. La Era de Francia en Santo Domingo.
Contribución a su estudio. Ciudad Trujillo, Editora del Caribe, 1955.
(Academia Dominicana de la Historia. Nueva serie, vol. XXI);
d) __________. Papeles de Buenaventura Báez. Santo Domingo, Editora
Montalvo, 1969. (Academia Dominicana de la Historia. Nueva Serie,
vol. XXI).

14. En las abreviaturas, particularmente en las notas bibliográficas, las de


palabras castellanas se pondrán en letra normal y las de otros idiomas
en cursivas. Ejemplo de las primeras: ob. cit., p., pp., vol., n.º, ap., n.,
ed., comp., leg., fol., exp.; de las segundas: ca., op.cit., passim, ibí-
dem, ibíd, et. al., cfr., supra., loc. cit.

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15. En caso de que en el trabajo se utilicen siglas, deberán remitirse adjunto


un índice de las que se utilicen en el texto.
16. En caso de utilizarse fotografías, deberán tener un tamaño 5 x 7 pulga-
das, copiadas en papel brillante y con adecuado contraste. Los pies de
fotos deben ser breves, explícitos e indicar con claridad la fuente. El
autor deberá señalar el lugar del texto en que deberán ser colocadas las
fotografías. Si se emplearan imágenes digitalizadas, es indispensable,
por normas de impresión que sean «escaneadas» a 300 pixeles.
17. Si el trabajo tiene mapas, dibujos, planos, cuadros, etc., deberán ser
realizados en tinta china sobre papel o cartulina blancos o en compu-
tadora, con un tamaño de 8 pulgadas de ancho por doce de largo.
18. El autor deberá entregar un breve resumen del contenido de lo tratado
en el texto que no exceda de 10 líneas. Igualmente deberá anexar una
breve nota bio-bibliográfica de 25 líneas como máximo, señalando;
nombres y apellidos, nacionalidad, año de nacimiento, estudios realiza-
dos, títulos obtenidos, ocupaciones académicas en el pasado, y en la
actualidad, otros datos de relevancia y las principales obras publicadas,
con indicación del lugar de edición y su fecha.
19. Los originales, sus ilustraciones y anexos publicados no se devolverán
a los autores ya que serán archivados en la Academia Dominicana de la
Historia.
20. La Academia Dominicana de la Historia disfrutará de los derechos
de autor de la primera edición de los trabajos de sus colaboradores y
estos podrán disponer de los textos después de dicha publicación. Los
autores no podrán publicar sus trabajos en otros medios de difusión hasta
que hayan sido puestas en circulación las revistas Clío en las que estos
aparecerán.
21. Una vez publicados los trabajos en Clío, a los autores se le entre-
garán 10 ejemplares de las mismas. Si acaso desearan alguna separata
o tirada especial de sus trabajos, deberán comunicarlo a la Comisión
Editorial al momento de depositar sus originales, a fin de hacer los arre-
glos necesarios. alguna separata o tirada especial de sus trabajos, debe-
rán comunicarlo a la Comisión Editorial al momento de depositar sus
originales, a fin de hacer los arreglos necesarios.

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Esta edición del número 195 de la revista Clío, correspondiente
al período enero-junio 2018, se imprimió en los talleres
gráficos de la Editora Búho, Santo Domingo, República
Dominicana.

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