El SILENCIO DE LOS TIMBRES:
La literatura en América Latina tuvo una fuerte influencia del romanticismo a mediados del
siglo XIX y, por su puesto, Colombia no fue la excepción. En el caso particular de la
poesía, la norma estética sufrió pocas desviaciones debido a que los poetas colombianos
configuraron la tradición poética en torno al romanticismo como tendencia por excelencia
de la escritura de sus obras. De acuerdo con David Jiménez (2005), es con esa tendencia
que inicia la modernidad de la poesía en nuestro país: “El romanticismo arraiga y se vuelve
tendencia predominante en la literatura colombiana a mediados del siglo XIX. Con él
asoman los primeros indicios de poesía moderna en Colombia” (p. 9). Poetas como José
Eusebio Caro y Rafael Pombo adoptaron con gran entusiasmo su estilo creador a partir de
lecturas de autores románticos como Byron y Víctor Hugo.
El predominio de los sentimientos humanos, la libertad, la sensación de lo infinito, la
reconciliación del hombre con la naturaleza y la indisoluble interdependencia entre poesía y
religión fue la manera como los poetas comprendieron el romanticismo. Pero ¿cómo fue
entendida la modernidad y qué implicaciones tuvo en la sociedad colombiana la lectura de
los pensadores modernos europeos? En ese sentido:
Modernidad era, para entonces, sinónimo de romanticismo. En cuanto a la expresión
<<instinto vago de lo infinito>>, se había vuelto moneda corriente de inequívoco cuño
romántico y significaba religiosidad subjetiva, ligada al sentimiento más que a la razón o al
dogma. [Para Caro], (…) la poesía es una vía de acceso privilegiado a una realidad superior,
(…) afirmó qué <<las vías fantásticas y luminosas de la poesía>>, con sus aspiraciones a
<<abarcar el universo>> y <<contemplar el Infinito>>, sólo pueden explicarse por la
<<necesidad de expansión>>, un principio universal del espíritu humano que Caro aplica tanto
a la esfera estética y moral como a la ciencia y al impulso viajero (Jiménez, 2005, p. 10)
Esa necesidad de expansión a la que se refiere Caro, entendida como esencia del ser
humano, configura la trascendencia de la poesía y la toma de conciencia sobre la
inmortalidad del alma. Asumir la poesía como ficción es un engaño, pues esta “es
revelación, descubrimiento de la verdad, no invención” (Ibid. p. 11). Esta visión de la
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poesía se ve reflejada en la conciencia nacional que se está construyendo en disputa con esa
otra visión de la modernidad liberal que a los ojos de Caro es producto de la influencia del
siglo XVIII, un siglo “blasfemo y libertino”. La moral conservadora de la época, que se
disputa el poder con el gobierno liberal, encuentra su justificación axiológica en las
correspondencias de trascendencia que asumen la poesía y la religión como la revelación de
la verdad de Dios y la necesidad de expansión del ser humano traducida en su impulso a la
inmortalidad.
La sensación de orfandad es insólita y producto de la ignorancia de aquellos que no son
dignos de aquellas revelaciones suprasensibles que Caro refirió como privilegio de algunos
pocos que acceden a una realidad superior. En Rafael Pombo, esta sensación es algo que
debe superarse1 en la medida que la escritura poética encuentre esa revelación y esa
necesidad de expansión, es decir, en la medida que emprenda la búsqueda de la
trascendencia. De no emprender esta búsqueda nos consumiremos en la oscuridad y nos
llegará La hora de tinieblas2, expresión que da título a uno de sus poemas iniciales escrito a
la edad de 21 años. Veamos algunos de sus versos:
¡Oh, qué misterio espantoso
Es este de la existencia!
¡Revélame algo, conciencia!
¡Háblame, Dios poderoso!
Hay no sé qué pavoroso
En el ser de nuestro ser.
¿Por qué vine yo a nacer?
1
Para ampliar esta lectura de Pombo, véase JIMENEZ, DAVID: (1996) “Los inicios de la poesía
moderna en Colombia: Pombo y Silva”. Gaceta 32-33: 32-40.
2
POMBO, RAFAEl: (1983) La Hora de tinieblas. Poemas Escogidos. Colección promovida por
Elías Vélez Gonzales y dirigida por Hernando García Mejía. Ed. Bedout S.A. Medellín.
2
¿Quién a padecer me obligue?
¿Quién dio esa ley enemiga
De ser para padecer?
(Pombo, Rafael)
Este es el lamento de un poeta que lo invade la necesidad de expansión, cuya revelación no
ha sido concedida aún por Dios y la conciencia y que por tanto la carencia lo atormenta en
las tinieblas. En el caso de José Asunción Silva esta orfandad, de la que procura escapar lo
antes posible el buen Pombo, se convierte en un mundo ineludible en el que esa realidad
superior de Caro y Pombo nunca fue revelada, un mundo cuyas tinieblas son irremediables:
“el cielo estrellado, que para Pombo era mirada y palabra, signo traducible de otra realidad,
en Silva se ha vuelto oscuro y mudo. Ya no da señales de trascendencia” (Jiménez, 2005, p.
19). Para los poetas de la posteridad, especialmente los del Centenario, la grandeza de la
poesía de Silva les recordará también la necesidad de evitar sumergirse demasiado en las
tinieblas que cegaron la vida de este gran poeta.
Como en el caso de Pombo, Caro imprime en su poesía la necesidad trascendente de esa
realidad superior incluso en los temas más terrenales que se nos puedan ocurrir. Lo que en
Vidales, como lo veremos más adelante, fundamenta lo que él mismo llama una “poesía
social”, en Caro sirve como una prueba más para demostrar la trascendencia. Podemos leer
en un poema llamado El pobre lo siguiente:
¡El pobre! Al pobre menosprecia el mundo
El pobre vive mendigando el pan;
Falsa piedad o ceño furibundo,
Cual un favor le dan.
La gloria al pobre le deniega un nombre,
El poder le deniega su esplendor,
La noche el sueño, su amistad el hombre,
La mujer el amor.
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¡Oh verdes bosques, círculo del polo,
Montes, desiertos donde el rico va!
¡Mar insondable, eterno, inmenso y solo!
El pobre no os verá.
¡Ah! en los ojos del pobre brota el lloro,
Y no enternece un solo corazón;
Que las lágrimas sólo en copa de oro
Merecen compasión.
¡Vedle! su pie la tierra triste pisa;
Todo en él nos revela el padecer:
Ojos sin luz, y labios sin sonrisa,
Y vida sin placer.
Y empero el pobre tiene una esperanza
Que vale más que el mundo y mundos dos;
Inmenso bien que el oro vil no alcanza
El pobre tiene a Dios.
(Caro, José Eusebio)
Lo que será un tema de ruptura en la poesía de Vidales en su libro La obreriada, es un tema
de trascendencia espiritual para Caro. “El pobre tiene a Dios”, así no sólo quedan
justificadas todas las desdichas del mundo terrenal sino que además se constituye la
realidad superior, las trascendencia del espíritu.
Por otra parte, estas consideraciones han tenido una fuerte incidencia en el plano político y
viceversa. Las reflexiones de trascendencia que hemos citado se dan en una nación
desgarrada por debates políticos que desatan guerras entre liberales y conservadores. ¿Por
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qué Caro escribe poesía en medio de una agitada agenda en su lucha política, por qué Isaacs
escribe María -poema de su corazón como él mismo la refirió- en medio de debates y
violencia bipartidista? Como lo ha indicado Iván Padilla, es un error realizar lecturas
alejadas de la historicidad de la obra en la medida que se pierde el <<efecto crítico>> que
tuvo en el momento de su publicación. María, y la obra poética de Isaacs en general, puede
leerse como la respuesta del poeta judío vallecaucano a la crisis política y social, “Isaacs
neutraliza los debates de su época”, pues se puede entender “la configuración del amor y de
la actitud o experiencia romántica de vida como una forma de expresar una crisis social
representada bajo la forma de una crisis personal” (Padilla, 2016, p. 16). Esta necesidad de
responder o pronunciarse frente a la crisis social la podemos evidenciar en su soneto A mi
patria:
Dos leones del desierto en las arenas,
De poderosos celos impelidos,
Luchan lanzando de dolor bramidos
Y roja espuma de sus fauces llenas.
Rizan, al estrecharse, las melenas
Y tras nube de polvo confundidos,
Vellones dejan, al rodar, caídos,
Tintos en sangre de sus rotas venas.
La noche allí los cubrirá lidiando…
Rugen aún… Cadáveres la aurora
sólo hallarán sobre pampa fría.
Delirante, sin fruto batallando,
el pueblo dividido se devora;
¡Y son leones tus bandos, patria mía!
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(Isaacs, Jorge)
Liberales y conservadores son leones que luchan inútilmente, representan un pueblo
dividido cuya lucha a muerte no trae fruto alguno. Aunque, al igual que Padilla,
reconocemos que el romanticismo americano tuvo matices con diferencias sustanciales
respecto al europeo, aceptamos el planteamiento ya citado de Jiménez según el cual la
llegada del romanticismo a nuestro continente implicó un proceso iniciático en la
modernización de la poesía. Dicho proceso ocurre simultáneamente a la modernización
política y social que encuentra su dificultad principal en una pugna sin tregua, en una falta
absoluta de consenso y unanimidad en el proyecto de nación desde los tiempos de Bolívar
hasta las guerras a las que alude el poema de Isaacs, sin mencionar que incluso en la
actualidad la política colombiana enfrenta situaciones heredadas de esta crisis histórica.
En el caso de los poetas del Centenario esta pugna en el plano político era tan decisiva
como necesaria para la regeneración moral del país, estos poetas se podrían asumir como
los herederos de Rafael Núñez, personaje que representa la Regeneración tanto en la poesía
como en la política. En medio de los peligros morales que acechan tanto antes como
después de la regeneración de 1886, se requiere de un amparo trascendente que permita
conservar la belleza y los valores morales que la poesía debe defender como lo hicieron
desde tiempos de Caro y Núñez. Quizá por eso es que en la obra de Guillermo Valencia, el
poeta lucha contra la multitud, contra el peligro de la ignorancia del vulgo, pues debe estar
a salvo de él para preservar la superioridad moral y la belleza de las palabras: “La función
del arte, para Valencia, consiste en crear, por medios estéticos, un refugio espiritual, que a
veces adquiere la forma de una torre de marfil y otras, la de un jardín encantado” (Jimenez ,
p. 25). El arte imita la naturaleza, que es la auténtica obra creadora y reparadora del
espíritu. Para Valencia, como para la mayoría de poetas de su generación, la poesía es una
revelación trascendente llamada a reparar las alegrías del alma, a ser un refugio espiritual.
Esto lo podemos evidenciar en el siguiente fragmento de su poema Cigüeñas blancas:
De cigüeñas la tímida bandada,
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recogiendo las alas blandamente,
pasó sobre la torre abandonada,
a la luz del crepúsculo muriente;
hora en que el Mago de feliz paleta
vierte bajo la cúpula radiante
pálidos tintes de fugaz violeta
que riza con su soplo el aura errante.
Esas aves me inquietan; en el alma
reconstruyen mis rotas alegrías;
evocan en mi espíritu la calma,
la augusta calma de mejores días
(Valencia, Guillermo)
Podemos observar en este poema la transposición de la creación divina con el arte en tanto
refugio espiritual que se alimenta de esa potencia trascendente. Dios como pintor o un
pintor como imitador de la obra de Dios es la relación entre creación estética y creación
divina. El Mago Feliz es un personaje del poema que permite concretar esas
correspondencia entre Dios y el hombre. La creación, las aves, restituye las alegrías rotas
en la vida imperfecta que llevan los hombres, la imperfección que lleva a esa ruptura de las
alegrías amerita la contemplación trascendente de las aves y el mundo que habita el
hombre.
Esto, y muchos otros aspectos de la poesía colombiana de finales del siglo XIX y principios
del XX que no desarrollaremos en este trabajo, era lo que ocurría en 1904. En este año
nació Luis Vidales, quien tuvo desde los primeros años de vida contacto directo con los
libros de la poesía colombiana y las novelas de Walter Scott y Julio Verne, pues recibió la
educación inicial de su padre Roberto Vidales, quien era maestro de escuela y liberal
radical preocupado por los libros y la educación política y cultural de sus cuatro hijos, entre
ellos nuestro autor.
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La visión idílica de la poesía tan notable en Isaacs, las revelaciones de una realidad superior
que impuso Caro a sus poemas y el refugio espiritual de Valencia se empiezan a quebrar y a
desmoronar con la aparición de un camino totalmente distinto que aparece en 1926 con la
publicación de Suenan Timbres:
(…) había aparecido el libro que verdaderamente representa la vanguardia poética en
Colombia (…). Su camino no es el misterio romántico, los arcanos de la naturaleza y el
hombre, las grandes preguntas líricas de la tradición simbolista. La naturaleza en esta obra
aparece bajo sospecha, acusada de ser demasiado simple y repetitiva. La poesía, lejos de
magnificarla, tiende más bien a restarle dignidad y sentido (…). La naturaleza ha perdido su
misterio (…). Lo artificial es ahora el más bello espectáculo (Ibid. p. 41)
La poesía de Vidales, como él mismo afirmó, es una demolición del romanticismo y del
automatismo de las funciones estéticas de la poesía colombiana. La naturaleza está bajo
sospecha en la medida que representa un signo traducible de una realidad trascendente, de
un mundo suprasensible regido por una verdad absoluta e incuestionable. Esta necesidad de
expansión, esta realidad superior tan ansiada en Pombo y en Caro, estas correspondencias
con la trascendencia a las que se consagró la poesía es precisamente lo que la condenó a
representaciones rutinarias y monótonas que no inspiran más que bostezos.
Cuando Jiménez afirma que la naturaleza perdió su misterio también parece aceptar que la
poesía colombiana, obsesionada con la naturaleza, había perdido su misterio. Es por esa
razón que uno de los principales recursos de Vidales son el humor, la ironía y la perplejidad
de las paradojas que nos conduce, como si fuesen laberintos borgianos, a agotar sentidos
que antes eran absolutos y se convierten en absurdos con la fuerza de la oralidad y el tono
coloquial tan notable en la escritura de Vidales. En la poesía de Vidales se pone en
situación incluso el llamado sentido común, “la función del humor es perturbar la
representación rutinaria, el sentido común instalado en el conformismo, la trivialidad y el
estereotipo” (Ibid. p. 43). En otras palabras, esta nueva poética que aparece con Suenan
timbres, se puede asumir como una lucha contra la trascendencia, los modelos establecidos
y la monotonía. La poesía no es una revelación divina, como en Caro, sino que es un puro
acto de creación inmanente, la poesía no magnifica esa versión trascendente de la
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naturaleza, sino que la pone en duda, la desestima y se burla de ella, como hace en el
poema Cristología.
La poesía es demolición y una acción subversiva en sí misma, la poesía no magnifica la
naturaleza sino que la demuele, no ovaciona al mundo sino que lo pone a girar al revés, la
poesía no es revelación sino creación, no tiene nada que ver con la trascendencia sino que
es pura inmanencia. El artificio posee la verdadera potencia de la poesía debido a que ahora
el poeta se ve obligado a intervenir y transformar los topos de la realidad y la ficción para
poder habitar en el mundo, la repetitiva iluminación de la trascendencia exige a la poesía en
tanto creación inmanente una irrupción de lo establecido por esa naturaleza gastada y
carente de misterio, el poeta se ve obligado a instalar “un cosmos de globitas eléctricas”. La
noche, las tinieblas -temas preponderantes en Pombo- son ahora objeto de un lenguaje
humorístico que no degrada el lenguaje poético, sino que lo enaltece al elevarse como
experiencia estética que impone sus propios criterios rechazando lo que arbitrariamente se
ha presentado como lo real (la naturaleza, la trascendencia entendida como realidad
superior al mundo sensible y artificioso según sus promotores).
El humor es la inmanencia que niega la trascendencia, la ironía es la respuesta la necesidad
de expansión, la plegaria de Pombo en contra de las tinieblas es sustituida por las bombillas
eléctricas que iluminan y mejoran el mundo nocturnal que tiene un “pésimo alumbrado”. El
artificio demuestra la capacidad creadora del hombre. Que la poesía inmanente de Vidales
es una respuesta en contra de la desgastada poesía trascendente anterior a él se comprueba
en cada uno de sus poemas. Por ejemplo, en La noche de Suenan Timbres, escrito en prosa,
se puede leer como una respuesta irreverente en contra de Pombo o de cualquier otro poeta
que haya puesto como gran tema de la poesía la noche:
El día es lo más ciudadano que hay. Eso no me lo puede negar
nadie. El día tiene gentes y casas y pegados en las cintas vertiginosas
de las calles tiene tranvías – coches – autos – etc. – etc.
Cualquier día de la semana llámese lunes o sábado – está siempre
lleno de ciudades. Pero la noche – ah! caray! – la noche es
lo más inculto que se conoce hasta hoy. La noche está bien en
los matorrales. La noche – primitiva – selvática – reacia a la
civilización – es el último resto de salvajismo en el mundo.
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¿No habrá quién colonice la noche?
La noche es salvaje, no se deja civilizar y hasta ahora nadie la ha podido domesticar.
Podemos inferir que este poema es un timbrazo en contra de la tradición lírica, el poema
restituye la fuerza de la prosa y retuerce una verdad poética sin disminuir la calidad estética
del lenguaje. Este poema, como toda la obra de Vidales, es un golpe sobre la mesa, un ruido
de timbres irreverentes que irrumpe en un silencio trascendente que reinaba como soberano
absoluto en la poesía colombiana antes de 1926.
-los logros de la modernidad y su grandeza… su decadencia y superación: el
romanticismo… Aurelio Arturo- Luis Vidales
-Un golpe sobre la mesa
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