Sinopsis del libro "Bellator"
Año 1985. Rodeada de secretos, mentiras e incertidumbre,
Renata Abellán aspiraba a crecer y ascender en su carrera
como militar dentro de las Fuerzas Aéreas Españolas, sin
embargo, creyendo su corazón frío y apagado, nunca
pensó que alguien como Sebastián Otálora, el meticuloso
empresario, lograría hacerle sentir algo parecido al amor.
Descubrieron ser el punto de débil de ambos, pero a su
vez, la fortaleza que necesitaban para confrontar los
problemas surgidos debido a las consecuencias de su
pasado.
PREFACIO
Siempre me consideré alguien a quien sus enemigos debían temer,
una persona dispuesta a todo que no le importaba hacer lo que
fuera para ganar la guerra, porque o te alzabas con la victoria o te
mataban en el proceso. Nunca le temí a la muerte, era algo que
tenía bastante asimilado y no dudaría en hacer lo que hiciera falta
para llegar hasta el final y defender a mi país.
Pertenecía al cuerpo militar del Ejército del Aire y aun teniendo 19
años, me consideraba una experta piloto para el combate en el
cielo, además de francotiradora a distancias complicadas y alguien
letal en el combate cuerpo a cuerpo, sin contar mi inteligencia, mi
capacidad de reacción, de liderazgo y de estrategia.
Nada fue fácil, no me gané las insignias en mi pecho por ser la hija
del capitán. Conseguí hacer que me respetaran porque me lo gané
a pulso a base de sudor y sangre. Pasé por un maldito infierno para
llegar a ser la sargento Renata Abellán y todavía tenía un largo
camino por delante para llegar a ascender en la escaleta militar,
porque yo nunca me conformaría con menos.
Me consideraba un volcán a punto de su erupción, serena a simple
vista, pero capaz de arrasar con todo en el momento más
inesperado.
Sin embargo, y a pesar de todas las capacidades que tuviera, su
traición la sentí como si me hubieran echado encima un cubo de
agua helada.
—Bell.
Reaccioné de inmediato ante ese apodo que provenía de Bellator y
que significaba guerrera en latín.
—¡Ni se te ocurra volver a llamarme así!
Todo se había descontrolado y yo no fui capaz de verlo venir a
tiempo.
Capítulo 1
Cuartel Militar de las Fuerzas Españolas (Barcelona, España)
5 de septiembre del 1985
Renata
Lo que menos me gustaba ahora mismo era soñar, intentaba evitarlo a toda
costa, pero la mente del ser humano podía llegar a ser algo impredecible que te
obligaba a tener una serie de pensamientos que no querías tener.
Me mantuve con los ojos abiertos mientras yacía acostada en mi habitación
envuelta en la oscuridad de la aún reciente madrugada. Se podía reflejar algún
que otro rayo de sol entrando por la ventana, sin embargo, todavía no era hora
del despertar y si mi mente no fallaba, faltaban aproximadamente 18 minutos
para que el reloj tocara las 5 en punto. Llevaba más tiempo del que recordaba
levantándome a esa hora, por lo que mi cuerpo ya estaba más que
acostumbrado. Lo difícil era, sin embargo, dejar que mi mente dejara de
repetir la misma pesadilla una y otra vez desde hacía tres meses.
Harta de seguir esperando, me levanté ya que estaba cansada de seguir tendida
sobre la cama y en cuestión de 3 minutos, ya me encontraba totalmente
vestida con el uniforme militar y el peinado reglamentario. Vi mi reflejo en el
espejo admirando la insignia que lucía en mi pecho la que me atribuía el cargo
de sargento de la primera sección perteneciente a la brigada Alpha de la
primera división.
Hoy era mi primer día de regreso después de haber estado internada en un
centro de rehabilitación y de fisioterapia para recuperarme por completo del
accidente que ocurrió tres meses atrás.
Me alisé el uniforme y salí de la habitación que tenía asignada en el edificio
residente para los sargentos, oficiales y tenientes.
Con 19 años, era la militar más joven de la primera división en mi cargo. Mi
entrenamiento empezó desde que tenía 5 años de edad y desde entonces, mi
técnica, mi físico y mi capacidad de vuelo y de reacción han ido mejorando con
el paso del tiempo, sin embargo, sabía que todavía tenía un largo camino por
seguir, porque no se trataba de ganar tan solo una batalla, aquí se ganaba la
guerra sin dejar cabida a la debilidad.
Ya era hora de ponerse la máscara de superviviente y dejar atrás las pesadillas y
todo lo que me atormentaba.
Salí hacia el pasillo con el mentón en alto y las manos juntas hacia atrás. Un
grupo de soldados que estaban yendo en fila no dudaron en saludarme
viéndome como su superior.
—Buenos días, sargento Abellán. —Me saludó el primer soldado de la fila—.
Nos alegra volver a verla, con su permiso, seguimos nuestro camino hasta el
campo de tiro.
A fin de cuentas, para nadie era un secreto lo que sucedió durante aquel día
pues casi morí intentando salvar la vida de una civil. Me quedé durante unos
segundos en silencio recordando la gran explosión que se produjo, sin
embargo, volví a reaccionar y les devolví el saludo. Les vi marchar a un paso
apresurado.
Me dirigí hacia el despacho de mi superior que se encontraba cruzando casi
todo el perímetro que rodeaba la CMFE. Ayer tuvimos una pequeña
conversación donde me dijo que necesitaba hablar conmigo respecto a un
asunto importante.
Los despachos de los capitanes no eran muy grandes, pero sí individuales
teniendo una etiqueta con su nombre en la pared. Una vez que me encontraba
en frente de su puerta, di un par de golpecitos sobre la madera viendo su
nombre completo. A los pocos segundos ya me encontraba en frente de él
haciendo el debido saludo militar.
—Buenos días, señor. —Me mantuve con la espalda recta y las manos juntas
hacia atrás—. Estoy aquí tal como me indicó ayer.
El capitán se encontraba sentado delante del escritorio con una pila de
documentos aún pendientes por revisar. Con su mano izquierda sostenía una
pluma dorada y siempre la llevaba con él encima. Era lo que se decía entre los
soldados, que no podían hacer otra cosa que estar con los cotilleos como si
fueran unas chismosas de pueblo.
—Sargento. —Me devolvió el saludo—. En primer lugar, quiero felicitarla por
su reincorporación, entiendo que ha pasado por unos momentos difíciles que
van a ser complicados de olvidar, sin embargo, me alegra que vuelva al cuerpo.
Se precisaba su presencia por aquí.
—Gracias, señor.
—Por otro lado, no quiero quitarle más tiempo. Ese asunto urgente del que le
hablé es que usted no volverá a conducir a las secciones que tiene asignadas
hasta nueva orden.
Me quedé en silencio procesando lo que me acababa de decir el capitán.
Entonces, ¿para qué había vuelto? Para quedarme de brazos cruzados viendo
los entrenamientos desde la distancia o peor aún, encargarme de esas
actividades de las que se supone que otro se debería encargar. Era absurdo.
—Señor, si me permite objetar…
—No, sargento, no se lo permito. —Me detiene—. No se lo tome personal,
pero por el momento la decisión se mantiene. En su lugar, se le asignará una
misión que tendrá que ejecutar a la perfección.
Sonreí internamente mientras me ordenaba a mí misma calmarme. Me
emocionaba la idea de poder tener un poco más de responsabilidad y subir en
la escala militar, porque no era de esa clase de personas que se conformaban
con poco. Mi meta era poder llegar a ser la Comandante de las Fuerzas Aéreas
Españolas. Sabía que ese camino tendría mil y una dificultades, sin embargo,
no me daría por vencida.
»—Le quiero informar que hoy llegará una nueva incorporación a este Cuartel
y usted será la encargada de guiarla en todo el proceso de adaptación.
Considero que es la más indicada para llevar a cabo el comando pues su
disciplina, responsabilidad y perseverancia son dignas de admirar.
¿Había entendido bien? ¿Ahora quería que hiciera de niñera?
—Señor —carraspeé levemente la garganta y vi como inclinaba la cabeza
permitiéndome hablar—, agradezco que considere que soy la más indicada
para el puesto, pero preferiría seguir con los entrenamientos de tiro y de
aviación en el campo.
—Olvídelo sargento, no hay discusión que valga. Dentro de una hora la quiero
ver preparada en el despacho del teniente Román para que le dé las siguientes
indicaciones.
—Sí, señor.
La primera cosa que te enseñaban cuando ponías por primera vez un pie en
este mundo era a no contradecir a tus superiores por muy en desacuerdo que
estuvieras. La idea de tener que hacerle una visita guiada a esa nueva
incorporación no me gustaba nada, sin embargo, no podía quejarme porque
seguía siendo una simple sargento.
—Otra cosa más —añade mientras veo como se pasa esa pluma dorada por sus
dedos—, mañana a primera hora tendremos una visita por parte de un
proveedor de armas. Le ha generado curiosidad ver las instalaciones y los
equipos que poseemos para, de esta manera, poder pensar en las posibles
futuras mejoras. Lo he hablado con el comandante y le ha parecido bien que
sea también usted quien se encargue de esa visita.
¿Por qué todo el mundo se había puesto de acuerdo para encomendarme esta
clase de tonterías cuando perfectamente las podría hacer otro?
—¿Podría preguntar por qué soy la persona indicada para hacerle esa visita al
señor…?
No acabé la frase con la intención de me dijera el nombre que se escondía
detrás de ese proveedor de armas.
—Eduardo Otálora —respondió en un tono neutro.
Se quedó callado esperando a que terminara de hablar.
—¿No sería mejor que la persona responsable para hacerle la visita al señor
Otálora sea alguien que tenga más conocimiento y esté mejor preparada?
En realidad, estaba diciéndole excusas para que no tuviera que hacerlo yo.
—Renata —pronunció mi nombre mientras se ponía cómodo sobre el sillón
rotatorio. Esbozó una diminuta sonrisa y sabía que la relación profesional
entre capitán y sargento se había tomado una pausa—. ¿Quieres hacer lo que
te digo y no seguir contradiciéndome más? Eres mi hija, pero Jesús, eres mi
copia exacta que nunca dejará de ser contestona y terca.
Dejé escapar un suspiro profundo. Nadie me había dicho que el que tu propio
padre fuera tu superior también, sería fácil. Mi madre por el contrario, se
encontraba en el área de administración de la CMFE ubicado a un edificio con
unos kilómetros de diferencia. Mi hermana, Rocío, que era cinco años menor,
también seguiría mis mismos pasos para entrar en la milicia, por el momento,
ahora ella se encontraba estudiando en el instituto.
—Si es necesario, te puedo redactar un informe detallado que tenga como
título: “Porqué no soy la persona más cualificada para el puesto”.
—A callar, sargento —respondió y volví a enderezar la espalda sacando un
poco de pecho—. Dentro de una hora se encargará de Marina Soler, la nueva
incorporación y mañana por la mañana la pasará con el señor Otálora. ¿Alguna
pregunta?
—No, señor. Permiso para retirarme.
Extendí el brazo y me llevé la palma a un lado de la cabeza.
Ya estaba todo decidido y, aunque no estuviera de acuerdo, no podía objetar ni
hacer nada. Otra lección que no paraban de repetirme en la academia: “El 99%
de las veces os tendréis que tragar las palabras y apretar el culo. Cuando se habla
con un superior, no se tiene voz ni voto que valga. Su palabra suele ser ley”.
Y si además ese superior también era tu padre, esa lección la tenía que tener
memorizada al dedillo. Martín Abellán podía aparentar ser la persona más
simpática y agradable de todas, pero en el fondo, era un maldito volcán a
punto de erupcionar. Con una apariencia serena, pero temeraria e
impredecible, sin saber cuándo y en qué momento atacará.
Cualidades que yo también poseía.
—Sargento Abellán, puede retirarse, que pase usted un muy buen día.
Emplear la ironía era otro de sus pasatiempos favoritos además de llevar a
cabo las misiones más complicadas.
—Igualmente, capitán Abellán —remarqué su apellido, pero tan solo recibí
una sonrisa burlona de su parte.
Salí de su despacho y tal como me había indicado, me dirigí hacia el del
teniente para que me explicara con más detalle respecto a la incorporación de
esa chica. Me preguntaba para qué necesitaban que alguien se encargara de
enseñarle lo básico de manera individual pues se suponía que a los nuevos
cadetes se les iniciaba y entrenaba en grupo.
Esperaba que el teniente me lo aclarara pues uno de mis defectos era el
obsesivo control de mantener todo organizado y en orden. Tenía esa necesidad
de querer saber todo para que no se me escapara nada importante.
Una hora más tarde estaba situada un paso hacia atrás del teniente Román en
el área de aterrizaje de los helicópteros para la llegada de la soldado. Lo único
que me pudo decir en su despacho fue que debido a un problema de fechas y
plazas, se procedió al traslado de la sargento a este Cuartel Militar.
Debido a que tenía mi mismo cargo como sargento, me habían encomendado
la tarea a mí para ponerla al día y explicarle todo lo que necesitaba saber
respecto a como se manejaban aquí las cosas.
Seguimos en silencio hasta que se empezó a escuchar el sonido de las aspas del
helicóptero acercándose rápidamente hacia donde nos encontrábamos.
Minutos más tarde aterrizó y después de que la puerta fuera abierta, apareció
la chica casi de mi misma estatura vestida con un uniforme militar y
acompañada por un soldado.
Empezó a caminar hacia nosotros y pude observar al helicóptero volver a
ascender para alejarse.
—Teniente Román. —Se acerca Soler haciendo el debido saludo militar
mientras fija su mirada en él—. Sargento Marina Soler.
—Descanse, sargento —respondió él—. Nos es un placer tenerla en nuestra
tropa, la sargento Abellán aquí presente se encargará de su inmediata
incorporación y de todas las posibles dudas que tenga. Mañana a primera hora
empezará su rutina de entrenamiento.
Observé como Marina me lanzaba una mirada de pocos segundos. En su rostro
tan solo se podía apreciar seriedad, al igual que en el mío.
—Sí, señor —contestó mientras se volvió a colgar la mochila en el hombro.
Sin decir otra palabra más, el teniente abandonó su posición mientras se
dirigía fuera de la pista de aterrizaje dejándonos a solas. Nos mantuvimos en
silencio durante lo que pareció ser varios segundos hasta que decidí romper el
hielo.
—Puedo aparentar ser una persona tranquila y simpática, pero no quiero que
olvides quién de las dos está instruyendo a quién. No soporto las faltas de
respeto y menos los ataques de superioridad desacatando una orden. Recuerda
que esto no es un campamento de verano.
—Lo tengo bastante en cuenta, sargento.
—Supongo que podemos dejar de lado de las formalidades, teniendo claro lo
que te he dicho, tenemos el mismo cargo —hice una breve pausa—. Ahora te
enseñaré la habitación, Román me ha dicho que se encuentra al lado de la mía,
por lo que nos dirigiremos hacia allá para que puedas dejar tus cosas y
cambiarte a otro uniforme. Después te indicaré donde se encuentran los
espacios de entrenamiento esenciales y todo lo demás.
—Espero poder dar la talla.
Asentí haciendo un movimiento con la cabeza y me quedé mirándola.
—Me gustaría saber el motivo de tu traslado.
—Lo siento, sargento Abellán, prefiero no involucrar mi vida privada, mi
traslado se debió a un problema personal.
Enarqué una ceja sorprendida por sus palabras y empecé a caminar con Soler
siguiéndome detrás hasta que se colocó a mi lado.
—Muy bien, perdón por la intromisión.
Supongo que esta experiencia no será tan desagradable como me la imaginé y
esta chica no supondrá tener un grano en el culo acompañándome todo el día.
Una de las cosas que solía admirar en los demás era la muestra de carácter sin
pretender hacerlo de manera forzada porque o se tenía o no se tenía carácter.
Aquí no se permitía jugar a medias.
Capítulo 2
Renata
Las Fuerzas Armadas Españolas, una entidad perteneciente al Ministerio de
Defensa, se componían por tres grandes grupos; el Ejército de Tierra, la
Armada y el Ejército del Aire. Cada ejército tenía un comandante general que
nos regía y esos tres comandantes tenían que rendirle cuentas al General de
Ejército que a su vez, tenía que responder ante el Rey que sería el mando
supremo.
Por debajo del comandante, se encontraban los capitanes, luego irían los
tenientes, los oficiales y, por último, los sargentos. En los grupos inferiores se
encontraban los soldados y los cadetes.
Eso es lo que le tuve que explicar a la sargento Soler hacía un par de minutos
pues como había podido decirme, pertenecía a un ejército de otra entidad, por
lo que quería comprobar si los rangos militares funcionaban igual, que a su
parecer, lo hacían.
Mientras se lo explicaba, no podía dejar de pensar en lo que acababa de decir,
sin embargo, tampoco le di demasiada importancia. Ahora se encontraba en la
CMFE de las Fuerzas Aéreas y se tenía que regir bajo las órdenes y las normas
establecidas aquí.
—¿Cómo puede uno ascender de puesto? —Preguntó mientras seguíamos
haciendo una vuelta por el territorio.
Nos encontrábamos en el campo de entrenamiento físico donde varios grupos
de soldados corrían y hacían diversas actividades bajo la estricta supervisión
de un sargento o en su caso, también de un oficial.
—Tiene que pasar una cantidad de años dependiendo para el puesto del que se
trate. —Empecé a explicar—. El sargento podrá ascender a ser Oficial de
Compañía pasados dos años desde que se le otorgó la estrella de sargento,
después de realizar una serie de pruebas físicas y teóricas de elevada dificultad
con un número mínimo de misiones conseguidas. El sargento es examinado
bajo un comité presidido por el comandante y varios capitanes.
—¿Habría algún impedimento de que no ascendiera?
—Claro que sí, el sargento podría perder su estrella y no ser candidato
favorable al ascenso en caso de desacato grave de una orden, la ejecución de
una falta que ponga en peligro al resto de soldados y varias cosas más. Todo
está en el reglamento, te recomendaría que te lo miraras esta noche para estar
preparada.
—Lo haré —respondió—. ¿Cuál sería la escaleta militar?
—Como mando supremo, el Rey, normalmente actúa directamente en caso de
atentados terroristas o cualquier otro asunto que afecte en gravedad a la
seguridad nacional, le sigue el General de Ejército, el comandante y después se
encuentran los capitanes encargados de las brigadas compuestas por los
batallones. Los tenientes tienen un batallón asignado compuesto por cuatro
compañías regidas por un oficial y por último, los sargentos se encargan de las
secciones. En cada sección hay 32 hombres y 4 secciones forman una
compañía.
Marina se quedó callada supongo que para entender todo lo que acababa de
decir.
—Rey, General, Comandante, Capitán, Teniente, Oficial, Sargento y el resto
son soldados, ¿me equivoco?
—No, lo has dicho bien —respondí—. De todas maneras, no es obligatorio
presentarse al ascenso, lo hace quien de verdad quiere crecer como militar.
Hay quienes prefieren seguir en su rango y no moverse de ahí.
—¿Tú eres una de esas?
Dejé escapar un suave sonrisa de superioridad.
—De ninguna manera —respondí—, no soy de la clase de personas que se
conforman y no aspiran a nada más. Cuando llegue el momento me presentaré
al puesto de Oficial y luego espero seguir subiendo por la escala militar hasta
llegar a ser comandante.
—Supongo que para el puesto de comandante las reglas serían otras, más
complicadas.
—Supones bien —la miré durante un segundo y me pude dar cuenta en el
notable interés que tenía en este asunto—. Tiene el mismo funcionamiento,
pero las pruebas son el doble de difíciles y complicadas pues ya no solo se trata
de tener una buena resistencia física o saberte el reglamento al pie de la letra,
para ser comandante es necesario tener esa capacidad de liderazgo, estrategia,
inteligencia y capacidad reactiva. Después de estas pruebas, los candidatos
seleccionados por el comité se presentan a las selecciones y es el cuerpo
militar quien vota por su favorito. Durante ese entonces, el candidato tiene
que seguir mostrando un buen perfil y convencer a todo el mundo del porqué
deberían votarlo a él y no a otro.
—¿Cuántos candidatos suele haber?
Nos detuvimos a un lado del descampado. Seguía con las manos juntas por
detrás de mi espalda manteniendo la postura.
—Normalmente nunca ha habido más de 4. Como ya te he dicho, es bastante
complicado pasar las pruebas con éxito pues tienes que demostrar el 100%,
menos de eso, quedas fuera.
—¿Te gustaría llegar a ser General? Lo digo porque como solo has mencionado
el puesto de comandante.
Me quedé en silencio durante un par de segundos mientras admiraba el campo
de aviación a lo lejos. Había varios grupos haciendo prácticas.
—Me gustan los aviones, me he entrenado para ser una piloto experta, así que
me gustaría encargarme del Ejército de las Fuerzas Aéreas, pero por soñar, no
estaría mal llegar a ser General de Ejército. General Renata Abellán, suena bien
y todo.
En ese instante y antes de poder nada más, apareció el oficial Luis Ortega en
mi campo de visión. Mi compañero para las buenas y para las malas, quien se
apuntaría a todas las misiones dando igual el nivel de peligro pues como
siempre suele decir, vida solo hay una y hay que aprovecharla al máximo. Del
tipo de personas que les daría igual morir siempre que fuese con honor y
estando en el campo de batalla.
—Sargento. —Me saludó con su típica sonrisa medio divertida—. ¿A quién
tenemos por aquí? ¿Nueva integrante en el equipo élite?
—Sargento Marina Soler —respondió ella haciendo el saludo durante un
instante para luego bajar el brazo—. Me han asignado esta división y estoy
aquí desde hace un par de horas.
—Como yo acabo de decir, nueva compañera de aventuras. Un placer, soldado,
me presento, el oficial Luis Ortega y ni se te ocurra llamarme Luisito porque
irás de cabeza al lago que tienes a medio kilómetro detrás de ti.
—¿Has dejado a tu grupo solo? —Le pregunté mientras echaba un vistazo por
detrás de su espalda.
—Les he dejado haciendo flexiones, 200, para ser más precisos. Sus
delgaduchos brazos tienen que ponerse en forma, todavía son unos bebés a los
que tienes que dar suficiente comida para que sus músculos se pongan
rellenitos.
Luis seguía dándoles la espalda a ese grupo que se encontraba a unos 20
metros, así que no había podido ver como dos soldados se habían empezado a
pelear. Levanté una ceja.
—¿Estás seguro de que lo tienes todo bajo control?
—Al 100%.
—¿Quieres apostar? —Esbocé una sonrisa medio divertida y pude ver la
confusión en su rostro—. Dos de tus bebés se han empezado a pelear como si
estuvieran en el patio del colegio.
Se giró de inmediato, pero antes de que pudiera decir nada, coloqué una mano
en su hombro.
»—¿Quieres dejarme a mí? En menos de 4 minutos los tendrás a todos en fila.
—Como si yo no pudiera hacerlo.
—Por lo visto, acabas de demostrar que no, porque de lo contrario, no
hubieran empezado a pelearse.
—Adelante sargento Abellán, haga usted magia. Yo me quedaré aquí con la
nueva.
—La nueva tiene un nombre —respondió Marina.
—Y con carácter y todo, me gusta. —Dio un paso hacia atrás colocándose a su
lado.
Sin decir otra palabras más, empecé a caminar hacia el grupo de soldados que
no dudaron en formar un círculo alrededor de los que se estaban peleando.
Una pelea innecesaria de niños de instituto.
Cuando estuve lo suficientemente cerca, algunos me vieron y no dudaron en
apartarse. Me posicioné al frente del espectáculo que nos estaban regalando y
ni siquiera notaron mi presencia lo que hizo que me enfadara más, sin
embargo, tan solo elevando un poco el tono de voz, hice que todo el mundo
dejara de murmurar.
—Que alguien me explique desde cuándo esto se ha convertido en un corral de
gallinitas. —Algunos ya se habían empezado a separar dando un paso hacia
atrás para romper el círculo—. Os voy a dar tres segundos para que os
separéis, de lo contrario, dos días de aislamiento más infracción leve
cometida.
Continuaron peleándose para seguir destrozándose la cara. Solté el aire y di un
paso hacia adelante sin temor con la intención de meterme entre ellos dos de
manera rápida y eficaz. Sujeté el brazo de uno de los dos agarrándolo de
manera firme mientras lo llevaba por detrás de su espalda inmovilizándolo. Lo
levanté del suelo haciendo que de su garganta brotara un quejido mientras
intentaba volver a la carga, sin embargo, lo mantuve quieto.
»—Ni se le ocurra moverse soldado, o no dudaré en retorcerle el brazo hasta
que grite de dolor —impuse y me fijé en el otro que estaba recubierto de
sangre además de tener la ropa sucia y polvorienta—. Atrévase a dar un paso
más y le sucederá lo mismo. ¿Dónde cojones se piensan que están? ¿En el
colegio? Esto es un centro militar, señores.
Cuando noté que ambos se habían calmado, solté al muchacho haciendo que
diera un paso hacia delante de manera brusca.
»—En formación —dije en voz alta y en menos de cinco segundos se
ordenaron en cuatro filas con cinco soldados en cada una con la mirada al
frente y los brazos pegados al cuerpo. Los que se habían peleado permanecían
en primera fila—. ¿Les tengo que recordar que quien no dé la talla, será
expulsado?
Me detuve mientras les di una rápida ojeada sin obtener ningún tipo de
respuesta.
»—Cuando les pregunte algo, ¡quiero recibir una maldita respuesta! —Grité
un poco más fuerte para que me escucharan—. Aquí no se permiten las peleas
de niñitas inmaduras, o empiezan a utilizar la cabeza y arreglar sus problemas
hablando como dos seres normales o se van a largar de aquí de una patada.
¡¿Queda claro?!
—¡Señor, sí, señor!
Todos respondieron al unísono. Solté un suspiro sin dejar de mirarles.
—Vosotros dos, al despacho del Oficial Ortega, después del entrenamiento, le
tendréis que rendir cuentas, pero del aislamiento no os salváis, el resto, seguid
con lo que estabais haciendo antes del espectáculo montado por vuestros
compañeros e incluid 5 vueltas alrededor del perímetro, oigo alguna queja y
serán 10.
—Sí, sargento Abellán. —Vuelven a responder todos a la vez.
De inmediato se pusieron a hacer las flexiones y satisfecha con el resultado,
me dirigí hacia donde se encontraban Marina y Luis, ambos con los brazos
cruzados por encima de su pecho sin perderse la escena.
—Felicidades, 3 minutos con 22 segundos para acabar con el problema.
—Para que aprendas —respondí—, por cierto, tendrás que ocuparte de esos
dos chicos y saber por qué se han peleado. Toma las medidas pertinentes y
Marina —me fijé en ella—, podemos seguir con nuestra visita. La próxima
parada es el campo de aviación.
—Me gustaría —respondió ella.
—Sí, jefa —dijo Luis en un tono divertido—, ya veo por qué quieres ser
comandante, se te daría bien estar en la cima.
Después de una última mirada, Marina y yo empezamos a caminar hacia mi
zona favorita de todo el centro militar, ahí donde se encontraban los pájaros
de alas de acero capaces de destruir todo a su paso desde las alturas.
• ────── ✾ ────── •
Sebastián
Siempre fui muy amante de los coches, desde pequeño que mi padre me
inculcó su misma pasión, no había día donde no comentáramos respecto a las
características de cada modelo. Esta pasión me acompañó durante mi
adolescencia hasta que pude ser capaz de empezar a crear mi preciada
colección bajo mi esfuerzo y mis ganas de tener en mi posesión cualquier
coche que quisiera.
Por eso vi rojo cuando mi preciada prometida se subió en mi primer favorito
de la lista y le hizo una rallada del tamaño y largura de un bate de béisbol. Me
quedé en silencio durante algunos minutos mientras observaba el destrozo y
la cara de Anneliese super culpable y arrepentida.
—Necesito que me digas algo —dijo ella mientras mantenía las manos
cerradas en un puño a la altura de su pecho. Sus ojos estaban algo cristalizados
a punto de llorar—. ¿Amor?
Seguía sin poder apartar la vista de mi preciado Ferrari Testarossa, no hacía
mucho que había salido al mercado. Dejé escapar un suspiro largo y profundo
mientras me mentalizaba de que tan solo era algo superficial, que con una
buena capa de pintura y algo de amor, el coche estaría como nuevo.
—No pasa nada —dije finalmente y pude ver su cara de relajación. En seguida
me sorprendió con un abrazo que no dudé en aceptar—. Se puede arreglar, no
te preocupes.
—Lo siento muchísimo, no sé qué ha pasado, tan solo quería probarlo, sabes
que nunca lo haría a propósito.
—Lo sé, Ann, lo sé, no te preocupes. —La aparté levemente para admirar sus
bonitos ojos de color verde y le sonreí para que se tranquilizara—. Tengo que
ir a hablar con mi padre, me está esperando en su despacho.
El caso es que yo me encontraba fuera de ARSAQ, la empresa de armamento
militar que mi padre había fundado hace 5 años, mientras observaba el
destrozo en mi coche pues Anneliese me lo había traído hasta aquí
expresamente mostrándose avergonzada y arrepentida.
—¿Qué quieres que haga con el coche? ¿Te lo dejo aquí? ¿Me lo llevo?
—No, no —respondí rápidamente—, no te preocupes, déjalo aquí, ya se
encargarán de él. Le diré al chofer que te lleve a casa y ya nos veremos por la
noche, ¿está bien?
—Te quiero muchísimo, más de lo que te imaginas. —Se acercó de nuevo a mí
para darme un dulce beso en los labios.
—Y yo a ti, Ann.
Después de la despedida y de pedirle a alguien que se hiciera cargo del Ferrari,
me adentré de nuevo en el edificio y subí hasta la última planta donde se
encontraba el despacho de Eduardo Otálora, el presidente de la empresa que
pronto empezaría a hacerme cargo yo, de hecho, ya lo estaba haciendo,
trabajaba durante todo el día en el sector económico y financiero.
Ni siquiera me molesté en picar a la puerta, saludé a la secretaria que estaba en
el vestíbulo y entré directamente. Lo primero que vi fue a mi padre en una
llamada y parecía algo enfadado.
Me senté en uno de los sillones esperando a que acabara, que lo hizo a los
pocos segundos estampando el pobre teléfono sobre la mesa. Dejé que se
calmara durante unos instantes antes de preguntarle nada, sin embargo, él fue
quien comenzó a hablar primero.
—Necesito que vayas al Cuartel Militar que está ubicado a las afueras de la
ciudad, que te enseñen los modelos de armas que tienen y sus instalaciones. Ya
lo sabes, asististe a la reunión que tuvimos con el comandante.
—¿Reunión programada dentro de media hora a la que se supone que tendrías
que ir tú?
—Esa misma. ¿Tienes algún problema?
—En absoluto, pero sí que me gustaría saber por qué. ¿Qué ha pasado?
—Me ha surgido algo —dijo mientras se encendía un puro y se volvía a sentar
sobre el sillón—, un problema que tengo que solucionar y por eso necesito que
vayas tú.
—Muy bien, ya me lo contarás cuando te hayas calmado —respondí
levantándome del asiento.
—Que seas mi hijo no significa que te vaya a contar mis asuntos.
—Me los cuentas igual en uno de tus tantos ataques de desahogo, sabes que
soy bueno escuchando.
—Cállate.
—Yo también te quiero, papá, en fin, me voy, cuídate y deja de fumar antes de
que lance ese puro al retrete.
Me fui de su despacho antes de que pudiera decirme nada. Mi padre tenía un
carácter peculiar, no era agresivo, pero tenía esa mirada imponente que influía
respeto. Supongo que había nacido para ser un líder y eso era exactamente lo
que estaba haciendo, dirigiendo el imperio familiar.
Media hora más tarde había llegado a las instalaciones de la CMFE y empecé a
fijarme en el sistema de seguridad que tenían en la entrada, también se
encontraban bastantes soldados resguardando el perímetro. Me pidieron la
identificación y les expliqué que estaba en representación de mi padre.
Después de comprobarlo, me dejaron entrar sin problema acompañándome
hacia una pequeña sala donde tan solo había una mesa rectangular, varias
sillas alrededor, un sofá y una planta de un color verde extraño al lado de la
puerta.
Me quedé de pie esperando a que apareciera la persona encargada de mi visita
por las instalaciones hasta que una mujer vestida en su uniforme militar hizo
acto de presencia en la habitación. La observé durante varios segundos
fijándome de inmediato en sus ojos de un color marrón oscuro.
Intenté esconder mi sorpresa al ver que se trataba de una mujer.
—Señor Otálora —pronunció la militar—, llega usted tarde y debe saber que a
mí no me gusta la impuntualidad, sin embargo, espero que se haya tratado de
un asunto urgente —intentó arreglar al ver mi cara de asombro—. Sargento
Renata Abellán a su disposición.
Extendió la mano y no dudé en aceptarle el gesto.
—Sebastián Otálora —respondí en el mismo tono y volví a guardarme las
manos en los bolsillos. Pude ser capaz de fijarme en la confusión tintada en su
rostro, supongo que ella estaba esperando a mi padre—. A mí padre le ha
surgido un problema que tenía que solucionar y por eso no ha podido asistir,
espero que no sea un inconveniente.
—No se preocupe, de todas maneras, ambos se encuentran en la misma
empresa, eso es lo importante.
Esbocé una pequeña sonrisa fijándome en el porte que desprendía. Me
preguntaba cuántos años tendría, ¿no era demasiado joven para tener un
puesto en el ejército?
—Si me acompaña, podemos empezar por el ala este del edificio donde se
encuentra la zona de armamento.
—Por supuesto, detrás de usted.
—Señor Otálora —dijo ella abriendo la puerta y dando un paso fuera de la
habitación.
Nuestras miradas seguían sin perder el contacto visual.
—Sargento Abellán —respondí en el mismo tono y empecé a seguirla por los
interminables pasillos.
Supongo que esta experiencia podría resultar divertida ya que nunca vi a una
mujer tener un cargo importante dentro de la milicia, además de que la
sargento imponía respeto con tan solo mirarla. Su sola presencia lograba
destacar entre la multitud.
Tan solo eran unos pequeños detalles que pude ser capaz observar en tan solo
un par de minutos. Me preguntaba qué más podría concluir en las siguientes
horas que teníamos por delante.
Capítulo 3
Renata
No estaba acostumbrada a hacer este tipo de cosas, no me consideraba que
tuviera la paciencia suficiente para ponerme a explicar con delicadeza y
amabilidad. A mí me gustaba dirigir, lanzar órdenes y pretender que mi
sección correspondiente las cumpliera a la primera, sin embargo, con el señor
Otálora estaba resultando ser diferente pues la conversación que empezó
desde hacía casi una hora parecía como si hubieran pasado tan solo unos
minutos.
Se notaba que sabía del tema y eso era algo que me gustaba.
Tenía que haber venido su padre, pero él lo estaba representando bastante
bien pues preguntaba y opinaa al respecto.
—En esta zona de aquí guardamos las armas de guerra en caso de emergencia,
nunca se sabe cuándo se podría dar el aviso de ataque —le dije después de
enseñarle las que teníamos específicamente para el entrenamiento—. Las de
calibre superior a 20 mm se guardan en un compartimento aparte, al igual que
los misiles y las bombas.
—¿Los soldados de las Fuerzas Aéreas también luchan en tierra? —Preguntó.
—Hay grupos determinados que tienen órdenes específicas en caso de iniciar
una guerra o una misión. La mayoría combatirá en el cielo enfrentándose a
aviones de combate u otras máquinas voladoras, habrá bombardeos, aviones
de apoyo para el combate en tierra e incluso lanzamientos de misiles, sin
embargo, en caso de ser necesario, también habrá soldados destinados a
luchar en la superficie.
—Es admirable la protección que le brindáis al país. Creo que no hay las
suficientes palabras para agradecer vuestro esfuerzo y sacrificio.
—Es lo que decidimos ser, militares capaces de luchar por el honor a su país y
para la protección civil. No es fácil y el riesgo siempre estará presente, sin
embargo, es nuestro trabajo.
—Comprendo —respondió llevándose las manos en los bolsillos mientras
seguía admirando todas las armas colocadas perfectamente en su sitio—. ¿Me
mostraría el listado con todos los tipos de armas que disponéis en este centro?
—Claro, acompáñeme, las tenemos clasificadas por orden alfabético.
Le enseñé el libro donde contenía el inventario con todos los tipos de armas
que había, la cantidad de cada una, además de las balas con los diferentes
calibres. Empezó a ojearlo detenidamente con la mirada concentrada en cada
una de las hojas que pasaba y no pude evitar fijarme en su físico.
Se trataba de un hombre de porte elegante, irresistible a cualquiera, tampoco
me iba a engañar. Su pelo de un castaño claro estaba peinado de manera
impecable y su rostro estaba desprovisto de barba.
—¿Usted también ayuda en el proceso de fabricación?
Giró su mirada hacia la mía deteniendo la mano en la esquina de la página del
libro.
—No exactamente, participo en el proceso de diseño. No me encargo de la
fabricación. También me ocupo de las finanzas y la contabilidad de la empresa,
hay todo un departamento para eso, lo que hago es supervisar que las cuentas
estén bien y que no haya fallas en el balance, además de otros detalles.
—¿Hace cuánto que su empresa está en funcionamiento?
—Cinco años. La fundaron mis padres con esfuerzo y con el paso del tiempo,
además de invertir muchos recursos, consiguieron levantarla.
—Es admirable.
—Lo es.
Nos volvimos a quedar en silencio por lo que él aprovechó para seguir
observando el inventario. Me preguntaba cuántos años tendría, no se le veía
muy mayor, pero tampoco se trataba de ningún adolescente, es decir, yo tenía
19 y era sargento de sección en el ejército, así que, por su apariencia, él no
debería rondar más de 25 años.
Todo estaba tranquilo, el único sonido que se lograba escuchar era el crujido
de la madera cada vez que alguno de los dos cambiaba de peso, pero eso
cambió cuando se oyó el ruido de una explosión proveniente de afuera que
hizo que el señor Otálora se sobresaltara levemente mientras posaba su
mirada en las ventanas que se encontraban cerradas.
—¿Eso ha sido normal?
—Lo cierto es que no.
Empecé a moverme hasta salir del amplio almacén sintiendo sus pasos por
detrás de mí. Me detuve en el marco de la puerta viendo como varios grupos de
soldados marchaban en fila e hice que se mantuviera quieto detrás de mi
espalda mientras analizaba qué coño estaba pasando.
»—Señor Otálora, manténgase detrás de mí y no pierda la calma. Tengo que
averiguar qué ha sucedido.
—No se preocupe por mí.
Hice que él saliera del almacén y cerré la puerta con llave para luego empezar a
caminar hacia el punto de seguridad más cercano, pues como el protocolo
indicaba, en caso de no saber qué estaba pasando debido a una explosión,
tiroteo o cualquier otro suceso, teníamos que dirigirnos hacia la zona más
próxima para recibir las siguientes instrucciones.
Cada pocos pasos me aseguraba que el señor Otálora estuviera detrás de mí. Él
mantenía una expresión tranquila y quería imaginarme que se debía a que, si
empezaba a alarmarse y a imaginarse posibles escenarios, no ganaría nada,
pues lo mejor que se podía hacer en este tipo de situaciones, era pensar con la
cabeza en frío.
Me crucé con Luis en el mismo pasillo. Se colocó junto a mí pues íbamos en el
mismo sentido. Giré la cabeza hacia atrás y vi que llevaba a un grupo reducido
de soldados que lo acompañaban.
—¿Qué está pasando? ¿Qué ha sido esa explosión? ¿Nos están atacando?
—No lo sé —respondió en un tono serio—. Esperemos hasta llegar al punto A
para ver cuál será el siguiente paso, no creo que se trate de un ataque, de lo
contrario, también hubiéramos escuchado el ruido de las balas.
—¿Qué hago con él? —Pregunté en un susurro refiriéndome al empresario—.
No creo que sea conveniente llevarle con la tropa.
—Podrías acompañarle hasta nuestra sala de descanso y hacer que espere ahí
mientras se soluciona todo este caos. Después se podría marchar acompañado
por un par de soldados en caso de ser necesario.
Si se hubiera tratado de un ataque, el comandante ya hubiera dado el aviso
correspondiente para movilizar todo el Cuartel, por lo tanto, debió haber sido
otra cosa que haya causada la explosión, pues no es que se haya tratado de una
pequeña. Me recordó a la que viví tres meses atrás, pero aquella fue el doble de
fuerte.
Seguimos caminando por los diversos pasillos hasta que me coloqué al lado del
empresario y le indiqué con la mirada que me siguiera. En pocos minutos ya
estábamos entrando en la sala de descanso que teníamos asignada. Se trataba
de una amplia habitación con diversos sofás, mesas y una zona de cafetería.
—Lo mejor sería que esperara aquí hasta que sepamos con exactitud qué es lo
que ha ocasionado la explosión. Al comandante no le gustaría que se viera
perjudicado. Un soldado vendrá por usted en cuanto todo se haya solucionado
y le escoltará hasta la ciudad.
—Entiendo, ¿y no se podría acompañar usted ya que se encuentra aquí?
Me quedé en silencio sin saber qué respuesta darle pues ese no era mi trabajo.
No tenía conocimiento respecto a qué clase de acuerdo tenían entre manos,
por lo que antes de decir cualquier cosa, le dije lo que usualmente solía decir
en este tipo de situaciones.
—Déjeme hablarlo con mi superior y volveré con usted en cuanto tenga
noticias, por el momento, póngase cómodo. No tardaré.
Sin dejar que respondiera, me dirigí hacia la salida cerrando la puerta detrás
de mí y me fui directamente al despacho de mi padre, que como era de
esperarse, no se encontraba ahí, por lo que no me quedó más remedio que
dirigirme hacia el punto A que estaba situado en la zona sur del Cuartel, el
punto que había sido seleccionado para la brigada Alpha.
Cada vez, los pasillos se encontraban más vacíos, pues cuando este tipo de
cosas ocurrían, la movilización solía ser rápida.
Una vez que había salido al exterior, pude fijarme en el humo negro de la
explosión. Me dirigí rápidamente hacia ese punto encontrándome con un
grupo amplio de militares todos en posición. Visualicé a Marina a lo lejos y fui
directamente junto a ella. El capitán se encontraba al frente de todos con un
megáfono en la mano. Tardó unos pocos segundos en empezar a hablar.
La primera división se componía de 4 brigadas, cada una dirigida por un
capitán, por lo que mi padre se encargaba de la brigada Alpha a la que yo
pertenecía. Si había comenzado a hablar, significaba que ya estaba enterado de
la situación y que los capitanes ya habían hablado con el comandante Arias.
—No pensaba que hoy y en este momento estaría dando esta noticia —
empezó a decir y en su rostro se podía reflejar la tristeza y la seriedad—, pero
debido a un fallo técnico en uno de los aviones de prácticas el cual ha
ocasionado la explosión, el teniente Sergio Ramírez acaba de fallecer mientras
lo estaba pilotando. El avión ha caído a 500 metros al sur del Cuartel. El equipo
militar forense ya se encuentra presente en la zona de la explosión y se abrirá
un expediente para poder averiguar qué es lo que lo habrá originado.
Se trató de una noticia impactante y envuelta en tristeza, pues la mayoría
conocía al teniente Ramírez. Era un militar ejemplar, pero, aunque fuera
estricto, era un buen hombre a quien le gustaba que las cosas salieran bien.
»—Hasta nueva orden, queda estrictamente prohibido volver a alzar en vuelo
cualquier avión que se encuentre en este Cuartel pues se procederá a hacer una
rigurosa inspección de los componentes y las piezas para encontrar posibles
fallos. —Hizo una pausa—. Mañana por la tarde se llevará a cabo el entierro
del teniente. Eso ha sido todo, podéis continuar con vuestras actividades. Los
grupos que tenían asignada práctica de vuelo, queda pospuesta hasta nuevo
aviso. Vuestro superior a cargo os dará nuevas instrucciones después de la
reunión que habrá con los tenientes.
—Señor, sí, señor —dijimos todos al unísono.
El capitán Abellán le pasó el megáfono a un soldado y procedimos a hacer el
saludo militar mientras le veíamos empezar a caminar dirigiéndose hacia el
Cuartel. Marina me detuvo llamándome por mi nombre antes de ir a hablar
con mi padre.
—Ha sido extraño —empezó a decir—, ¿no se hace una comprobación técnica
antes de cada jornada? Le podría haber pasado a cualquiera.
Me quedé un par de segundos en silencio analizando todo lo que acababa de
decir mi padre.
—Estoy un poco conmocionada, el teniente Ramírez había sido una persona
muy querida en su batallón y pensar ahora que no está... creo que todavía no
logro creérmelo.
—¿Piensas que se ha tratado de un accidente?
Fruncí el ceño ante su pregunta.
—Lo cierto es que no lo sé, me gustaría pensar que sí, pues de lo contrario,
cuando logren atrapar al culpable deseará no haber nacido. El asesinato dentro
del propio cuerpo militar se paga muy caro.
—Supongo que primero se deberá esperar a los resultados del informe
forense.
Nos quedamos en silencio.
—Iré a hablar con el capitán —dije al cabo de unos segundos—, a ver si puedo
averiguar algo más. Intenta buscar a tu superior para saber cómo proceder a
partir de ahora, existen diversos protocolos para este tipo de casos que se
siguen al pie de la letra.
—Está bien, ¿me podrías mantener informada también? Me gustaría estar al
pendiente de cualquier novedad si no te importa.
—Claro —respondí.
Segundos más tarde ya me encontraba esquivando a varios soldados para
llegar a atrapar a mi padre.
—Capitán —empecé a decir a lo lejos, pero parecía que no em había oído—,
capitán —repetí un poco más fuerte mientras me acercaba hasta él.
Mi padre se giró en cuanto oyó mi voz y se detuvo para esperarme hasta que
me coloqué a su lado. Empezamos a caminar otra vez por el Cuartel,
esquivando a varias personas que se movían de un lado para el otro con
diversas carpetas y documentos en la mano. Casi todos nos encontrábamos
nerviosos e impactados por la reciente noticia.
—No te puedo decir nada, Renata, órdenes del comandante, ya os he dicho lo
que necesitabais saber.
No quería estar a las sombras, necesitaba que me contara todos los posibles
detalles que conociera y que me mantuviera al tanto.
—Sabes que necesito saber todo lo que sepas, no me puedes mantener así.
¿Qué es lo que ha pasado exactamente?
—Eso es lo que intentamos averiguar y ya te he dicho que no te puedo decir
nada, órdenes son órdenes. Los rangos inferiores se tendrán que mantener al
margen hasta que sepamos con exactitud qué es lo que ha ocasionado la
explosión del avión.
—Por lo menos dime si se ha tratado de un accidente o un intento de
asesinato, ¿Ramírez tenía enemigos?
—Renata.
Noté como soltaba un profundo suspiro pues, aunque se tratara de mi padre,
seguía siendo mi superior quien tenía órdenes directas del comandante. Me
quedé en silencio sin dejar de mirarle.
»—Hablaremos en casa —dijo casi al instante—, como algo extraoficial,
¿queda claro?
—Sí, mi capitán. —Contuve la sonrisa que se estaba formando en mi cabeza—.
¿Te acuerdas de que le estaba haciendo una visita guiada al señor Otálora? —
Le pregunté y asintió con la cabeza.
—¿Dónde está? Espero que lo hayas dejado al margen, no se permite que los
civiles estén al tanto de lo que ocurra dentro del Cuartel.
—Lo sé, he hecho que esperara en la sala de descanso, te quería preguntar qué
es lo que debería hacer ahora, ¿posponer la visita? ¿Acompañarle hasta
Barcelona o no hace falta? Al fin y al cabo, nadie está en peligro, a primera
impresión, se ha tratado de un accidente.
—Escóltale hasta Barcelona junto a otro soldado más —se detuvo en mitad del
pasillo en frente de la puerta de su despacho—, no vaya a ser que después diga
que no nos hacemos cargo de la protección de las figuras importantes de
nuestro país. Síguele con un coche detrás hasta la puerta de su casa si es
necesario y luego volvéis.
—Sí, señor.
—Ya puede retirarse, soldado. —Me hizo el gesto con la mano para después
entrar a su despacho cerrando la puerta.
Empecé a caminar de nuevo por el pasillo hasta que llegué hacia la sala de
descanso donde había dejado al señor Otálora esperando hasta que llegara con
nuevas noticias. En cuanto entré en la sala, le vi sentado en uno de los sofás de
color verde oliva mientras mantenía un pie cruzado sobre su rodilla. Se
incorporó en cuanto me vio.
—Señor Otálora —saludé—, acabo de hablar con mi superior y me ha dicho
que lo mejor sería que pospusiéramos la visita para otro día. Se ha producido
una explosión a medio kilómetro del Cuartel y lo están investigando, no debe
preocuparse, de todas maneras, le escoltaré hasta Barcelona junto a un
soldado para su prevención.
—¿Ha habido algún herido?
Dudé si decirle alguna cosa más, ya que seguía tratándose de un asunto
clasificado dentro de la CMFE, teniendo en cuenta lo que había dicho mi padre
minutos atrás. Los civiles, aunque su empresa fuera proveedora del
armamento militar, no tenían autorización para conocer los detalles de lo que
pasaba aquí dentro.
—Lamento decirle que no puedo darle información más detallada, se trata de
un asunto interno. Si me quiere acompañar, procederemos a irnos.
—Está bien, lo comprendo ¿Usted se encuentra bien?
—Perfectamente.
Le mostré una sonrisa forzada y me giré sobre mi propio eje para salir de la
sala de descanso. Sentí sus pasos seguirme por detrás. Nos mantuvimos en
silencio hasta que llegamos al parking donde se encontraban los coches
particulares e hice que esperara unos cuantos minutos mientras avisaba a Luis
para que me acompañara y preparar un vehículo.
Diez minutos más tarde ya nos encontrábamos con el vehículo militar
siguiendo al Ferrari rojo perteneciente a Sebastián Otálora.
—Me sorprende lo que la vida puede llegar a hacer en unos pocos segundos —
empezó a hablar Luis algo triste—, de un momento a otro has perdido el
sentido de todo sin la posibilidad de poder despedirte de tus seres queridos. Es
complicado imaginarse en una situación así segundos antes de morir, ¿en
quién pensarías? Yo creo que me quedaría en blanco, que no pensaría en nada.
Lanzó la pregunta al aire y me quedé callada por unos instantes. No sabría
decir qué es lo que pensaría en aquel momento, probablemente también me
quedaría en blanco o pensaría en mi familia, en los últimos momentos que
compartí con ellos.
—Eso no lo puedes saber. —Me limité a decir—. Lo importante de todo esto es
despedirse de tus seres queridos como si fuera la última vez, porque nadie
sabe lo que podría llegar a suceder. La vida es impredecible.
—Yo creo que también pensaría en ti —dijo dándome un rápido vistazo—, te
has convertido en alguien importante para mí, además, reconóceme el logro,
no es fácil que tú te abras con la gente —empezó a reírse—, eres un caso
difícil.
—Empezaste bien, pero la has cagado con esto último que has dicho. —Me uní
a su risa también—. No soy un caso difícil, los demás no hacen el esfuerzo de
entenderme.
—El coche es bonito, ¿verdad? —Cambió de tema refiriéndose al que
estábamos escoltando.
—La verdad es que me da un poco igual, es otro coche más, tampoco tiene
nada admirable.
—Me parece curioso que esto haya pasado justamente hoy que el señor
Otálora venía a la CMFE.
—¿Qué insinúas?
—No lo sé. —Vi cómo se mordía el interior de la mejilla—. No quiero insinuar
nada, pero lo veo algo extraño, ha habido fallos en los aviones, eso no te lo voy
a negar, pero nunca ha explotado ninguno.
—¿Piensas que su empresa podría tener algo que ver?
—Te repito que no lo sé, simplemente estoy diciendo aquello que se me cruza
por la cabeza, puede que al final todo haya sido un accidente y nadie esté
involucrado.
Volví a mirar al frente detallando al Ferrari que seguía con la misma velocidad.
Eso no tendría el menor sentido pues si hubieran querido sabotear el avión, no
hubieran mandado al hijo del fundador a que estuviera cerca de la explosión y
en el caso de que hubiera sido el propio Sebastián quien se haya acercado a los
aviones...
Igualmente, eso tampoco tendría sentido pues estuve con él todo el tiempo, no
lo perdí de vista ni un solo segundo.
Ninguno de los dos volvió a decir nada durante el trayecto restante y al cabo de
unos minutos, nos detuvimos en frente de un edificio alto con el nombre de la
empresa puesto en lo alto. No sabía lo que significaba ARSAQ, pero no quedaba
mal. Supongo que más tarde podría investigar cómo se fundó y el significado
del nombre.
Vimos al señor Otálora bajar de su vehículo y Luis me dio con el codo para que
lo hiciera también.
—Baja y sé amable, yo te espero aquí.
—¿Qué se supone que tengo que hacer? Es bastante mayorcito como para que
yo le tenga que señalar dónde está la puerta de su propia empresa.
—Despídete en nombre de la CMFE y discúlpate otra vez por lo sucedido, ¿de
verdad tengo que darte clases de esto? Eres Renata Abellán, más guerrera que
soldado, tendrías que saber lo que hacer.
—¿Te parece divertido todo esto?
—Mucho —sonrió.
Entrecerré los ojos en su dirección y me bajé del vehículo para ir hacia donde él
se encontraba, pues al parecer, se había quedado de pie al lado de su coche.
—Señor Otálora.
—Sargento. —Me dedicó una pequeña sonrisa—. Supongo que como usted ha
dicho, la visita quedará para otro día.
—Por supuesto, es lo que le iba a decir, que no dude en ponerse en contacto de
nuevo con la persona que lo programó. Lamento de nuevo lo sucedido, pero ha
sido algo con lo que no contábamos.
Intenté que no se me notara la tristeza al pensar de nuevo que el teniente ya no
se encontraba entre nosotros.
—No se preocupe, no tiene porqué disculparse.
Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y nos quedamos en silencio de
nuevo sin romper el contacto de nuestras miradas. Me pude fijar en el color
claro que poseía tirando a un azul grisáceo.
De un momento a otro, la voz de una mujer apareció llamándole por su
nombre. Sebastián se giró en su dirección y la pude detallar bien. Estaba
vestida de manera elegante, con un bonito vestido de cuadros de color
mostaza.
—Ann, ¿qué haces aquí? Pensaba que hoy no vendrías —Le oí susurrar.
Me quedé ahí de pie con las manos juntas por detrás de la espalda y no dudé en
aclararme la garganta al ver su muestra de cariño en público. Tampoco era mi
intención quedarme ahí viéndolos. La atención de Sebastián volvió de nuevo a
mí.
—Sargento, le presento a mi prometida, Anneliese Arias, cariño, ella es la
sargento Abellán del Cuartel Militar.
—Encantada —sonrió.
Vi como extendía su pequeña mano y no dudé en aceptar el gesto dándole un
apretón firme. Volví a mi posición sin dejar de repetir su apellido en mi cabeza,
pues se trataba del mismo que el del comandante.
Ahora es cuando venía la pregunta si entre ellos existía algún parentesco pues
lo cierto era que tenían algunos rasgos en el rostro que compartían.
No me iba a quedar con la duda, así que se lo pregunté directamente.
Capítulo 4
Sebastián
Anneliese, la mujer con la que llevaba más de medio año comprometido y más
de tres siendo pareja, siempre se mostraba alegre, sonriente y dispuesta a
ayudar siempre que alguien lo necesitara. Daba igual si había tenido un día de
mierda, así era ella, un ángel caído del cielo dispuesta a sacrificarse si era
necesario. Nunca la había visto actuando con maldad, tampoco tenía dobles
intenciones y eso fue lo que me enamoró de ella, su sinceridad, su cariño y su
dulzura.
Sin embargo, lo que le respondió a la sargento me dejó un tanto sorprendido
pues ella no solía mentir, además de que no se le daba bien, era pésima
mintiendo incluso con la mínima cosa sin importancia.
Desde hacía tres años que su padre había ascendido a ser el comandante del
Ejército del Aire, yo mismo había estado presente en la ceremonia y el que
ahora dijera que no, hizo que arqueara las cejas de manera disimulada.
No se trataba de ninguna coincidencia de que a la empresa le hubiera ido tan
bien los primeros años, al final, todo se resumía en disponer de unos buenos
contactos.
—Lo siento, sargento, supongo que tan solo se trata de una pequeña
casualidad —dijo ella con la ya conocida sonrisa que solía poner. Su pelo negro
destacaba sobre todo lo demás, haciendo contraste con su piel blanca.
—Al contrario, disculpe usted la intromisión —respondió la sargento en el
mismo tono serio de siempre.
Entonces, dimos la bienvenida a un silencio incómodo que duró alrededor de
cinco segundos hasta que la militar se despidió de nosotros diciendo que
tenían que regresar al Cuartel, antes de que se fueran, sin embargo, la detuve
con la voz haciendo que se volviera a girar hacia mi dirección.
Sus ojos casi negros producían el suficiente impacto como para hipnotizarte.
Tragué saliva aclarándome la garganta.
Ahora era el momento cuando no sabía qué decirle, porque tampoco es que
tuviera ninguna pregunta ni nada por el estilo. Ni siquiera sabía por qué la
había detenido. Me quedé en silencio hasta que vi su reacción pidiéndome con
la mirada que le dijera lo que sea que tuviera por decirle, el caso esa era que no
tenía nada, por lo que no tuve más remedio que improvisar.
—Espero que no haya sido nada grave lo ocurrido en el Cuartel y una vez más,
gracias por escoltarme hasta aquí. ¿Usted será quien continúe con la visita?
Anneliese se mantenía a mi lado atenta a la conversación. La tenía agarrada
por la cintura de manera suave.
—Me gusta acabar cualquier tipo de tarea que haya empezado —respondió—,
no se preocupe por ello.
—No me preocupo, solo es simple curiosidad.
—Que pasen un buen día, nosotros nos tenemos que retirar ya.
—Gracias, igualmente —contestó Ann de manera educada.
La vi subirse en el vehículo militar y observé a su compañero que iba en el
asiento del conductor, su rostro parecía lucir más serio. Los vimos marchar
calle abajo y me quedé de pie en mitad de la calle girándome hacia mi
prometida.
—¿Por qué le has mentido? Tú nunca mientes.
—¿No? —Se hizo la que no sabía y empezó a caminar hacia el edificio,
adentrándose en él—. A veces es necesario decir mentiras piadosas que no van
a hacer daño a nadie.
Aquello me causó cierta desconfianza.
—¿Y cuál era la necesidad para decirla ahora? —Nos subimos en el ascensor y
apretó el botón que conducía a la planta donde se encontraba mi despacho—.
¿Cuál ha sido el motivo? Porque supongo que tendrá que haber alguno.
—Porque así lo he querido yo —respondió con una vocecita tierna, quería que
notara que no estaba molesta—. Simplemente no me gusta tener que decir a
unos desconocidos que mi padre es comandante de Ejército, ¿por qué necesita
saber quién es su hija?
—Según tu lógica, tampoco es que se traten de unos desconocidos,
básicamente tu padre es su jefe.
El ascensor se detuvo en la planta correspondiente y bajamos para dirigirnos
directamente a mi despacho el cual se trataba de una habitación bastante
amplia con las suficientes ventanas que proporcionaban el nivel de luz natural
que a mí me gustaba.
Era un amante del aire libre y de la naturaleza.
—Tan solo te pido que no contradigas mis decisiones, ¿vale? —Me pidió
mientras enrollaba sus brazos en torno a mi cuello—. Algo que me ha dicho
que no le diga nada y así lo he hecho, no hay ninguna excusa que lo justifique
por completo.
Me encontraba apoyado sobre el borde del escritorio con Anneliese entre mis
piernas. Sonreía coqueta mientras jugaba con los mechones en la parte baja de
mi cabeza.
—De acuerdo —dije finalmente—, no te diré nada más si no quieres.
—Por eso es por lo que te quiero tanto.
Aprovechó para darme un tierno beso en los labios, pero justo en aquel
instante, la puerta se abrió de golpe dejando entrar a mi hermano mellizo con
el que tampoco es que me llevara del todo bien. Su irresponsabilidad con la
vida me ponía nervioso y su falta de compromiso me sacaba de quicio, además
de que tan solo se pasaba por la empresa cuando necesitaba algo de papá, pues
tampoco era muy amante del trabajo.
—Papá quiere hablar contigo.
—¿Cuándo aprenderás la definición de tocar a la puerta? —Me separé
levemente de Ann quien no dudó en mirarle con mala cara durante un par de
segundos.
—Creo que nunca o puede que empiece mañana —empezó a decir—, o puede
que no, quien sabe, soy impredecible en estos casos.
—Impredecible será la hostia que te llevarás como vuelvas a entrar sin tocar
antes.
—El que seas 7 minutos más grande que yo no te da el derecho a imponerme
una mierda. Encima que te hago el favor de venir y avisarte, ya podrías estar
agradeciéndomelo.
—Adrián —dije su nombre en un tono cansado—, haz el favor de irte a la
mierda.
—¿No se te ha ocurrido una expresión mejor? Me decepcionas hermanito.
—¿Vienes conmigo o te quedas aquí? —Me fijé en ella.
—No te preocupes, me quedo aquí, ya de paso podría tener una charla con tu
hermano.
—Oh por Dios, no empieces, no necesito tener ninguna charla de nadie y
menos de una manipuladora como tú.
Estaba cansado de esta situación porque parecía que no quería entender que
seguía siendo mi prometida y, por lo tanto, merecía un mínimo respeto. Me
acerqué hasta mi hermano y me coloqué delante de él mirándolo fijamente, él
me devolvió el gesto con un aire de burla.
—Aprende a comportarte y deja de ser un completo gilipollas con las personas
que no te han hecho nada, ¿queda claro?
—Clarísimo hermanito, pero tengo una pregunta para ti. —Dio un paso hacia
atrás y se metió las manos en los bolsillos—. ¿Cuándo te vas a dar cuenta de lo
fácilmente manipulable que eres? —Dio un rápido vistazo a Anneliese—.
Haces lo que ella quiere que hagas y como no me gusta que ocurra eso, seguiré
comportándome como un gilipollas siempre que quiera. Ahora si me
disculpáis, tengo mejores cosas que hacer que estar perdiendo el tiempo con
vosotros.
Se giró sobre su eje y salió de mi despacho caminando con los hombros hacia
atrás con aire despreocupado. Solamente faltaba que se pusiera a silbar para
acabar por estresarme por completo.
—No le hagas caso. —Me aproximé hacia ella. Tenía los labios juntos y su
rostro lucía serio—. Te conozco, sé cómo eres y eso es lo que me llevó a
enamorarme de ti.
—Deberías hablar con tu hermano, pero sin pelearos, antes no eráis así y esa
ruptura le ha afectado más de lo que va a costar admitir.
—No hablaré con alguien que no va a querer escucharme, lo intenté varias
veces y siempre ha evitado el tema. No quiere hablar y yo no le voy a obligar a
hacerlo.
—Es tu hermano —dijo mirándome con tristeza. Parecía bastante afectada.
—Es un idiota —respondí—. Tengo que ir a ver qué es lo que quiere mi padre,
nos vemos luego.
—Vale, te espero aquí.
Le di un beso en la frente y salí del despacho cerrando la puerta detrás de mí.
Hacía más de tres meses que mi hermano la había perdido. No se trató de una
ruptura como Anneliese había dicho, todo había sido más complicado, por un
lado, lo entendía, ¿pues quién podía ser capaz de superar la muerte de la mujer
a la que amaste profundamente?
Eso no se podía superar de un día para otro, llevaba su tiempo y cada persona
podía reaccionar de diferente manera, mi hermano había decidido
comportarse como un idiota a todas horas todos los días de la semana. ¿Le
culpaba? Por supuesto que no, pero llegaba un punto donde ya no sabía qué
hacer y cómo seguir con esta situación.
Minutos más tarde, ya me encontraba en el interior del despacho de mi padre
viéndole concentrado en varios papeles y documentos.
—¿Querías algo? —Pregunté mientras me sentaba en una de las butacas de
color verde oliváceo.
—Me acaban de informar respecto a lo sucedido en la CMFE, ¿estás bien?
Me miró a los ojos segundos más tarde y en su rostro podía apreciar cierta
preocupación y era extraño porque mi padre no se caracterizaba por ser una
persona que mostrara inquietud por los demás, ni siquiera por nosotros que
éramos sus hijos.
—¿Cómo te has enterado? Tengo entendido que quieren llevarlo con la mayor
discreción posible.
—Se le llama tener contactos hijo, he hablado directamente con el
comandante y el capitán Abellán, creo que no hace falta que te recuerde que el
primero se le podría considerar familia. Me mantendrá al tanto de cualquier
avance, pero lo más probable es que se haya tratado de un accidente, aunque
de momento no hay nada seguro.
Su nivel de involucración también me había sorprendido. Normalmente no
solía meterse en los problemas o asuntos de los demás.
—¿Qué te preocupa, papá?
—¿A mí? Nada.
—Entonces, ¿por qué me has llamado?
—Para que me expliques qué tal te ha ido hoy en el Cuartel, recuerda que me
tienes que presentar un informe.
Me quedé mirándole por escasos segundos.
—Tendré que ir otra vez, debido a la explosión a la sargento no le ha dado
tiempo a acabar con la visita y sus explicaciones, así que el informe tendrá que
esperar.
—Bien —contestó mientras se ponía cómodo sobre su sillón—, podrías
decirle a tu hermano que te acompañe, que empiece a involucrarse en la
empresa, le sentará bien distraerse un poco.
—No creo que eso vaya a ser posible. Da gracias a que hoy ha venido por... ¿se
puede saber por qué ha venido?
Si antes no se quería involucrar en la empresa porque decía que no le gustaba,
ahora lo había reiterado cada vez que podía diciendo que era una pérdida de
tiempo.
—También necesitaba hablar con él así que le pedí que moviera el culo hasta
aquí.
Se había quedado callado por lo que su intención no era seguir contándome.
Me aclaré la garganta pensando en la situación de mi hermano, en la explosión
y por un momento, en esa mirada imponente de tonalidades oscuras que
también apareció en mi cabeza.
Rechacé el pensamiento de inmediato pues no quería convertir aquello en algo
que no era. Lo único que sentía por la sargento era respeto y una total
admiración, nada más.
Los días siguieron su curso sin ningún tipo de novedad pues la rutina siguió
siendo la misma. Había contactado con el Cuartel y hablé con la persona que
me atendió la primera vez para organizar el encuentro con la sargento,
finalmente lo volvió a programar para el lunes que viene y faltaban dos días
para aquello.
Ahora mismo me encontraba con Anneliese a mi lado con su cabeza acostada
sobre mi hombro. Era de noche y estábamos viendo una película en uno de los
pocos canales que había disponibles. Esta semana nos habíamos visto
relativamente poco por todo el trabajo que tenía en la empresa, por lo que las
noches eran los únicos momentos donde podíamos estar juntos.
—¿Tienes sueño? —Pregunté al notar que había bostezado.
—Un poco, pero podríamos acabar la película, está interesante.
Se había mudado a mi apartamento desde el momento que nos habíamos
comprometido, pero parecía que lleváramos muchísimo más tiempo juntos.
Empecé a acariciarle el brazo desnudo con las yemas de los dedos y de
inmediato noté la tensión en su cuerpo, por lo que detuve la caricia pensando
que a lo mejor no le apetecía hacer nada.
—¿Estás bien?
—Sí, sí —empezó a decir incorporándose, pero sin apartarse de mí. Tenía su
rostro a centímetros de distancia del mío—, simplemente que estoy algo
cansada, pero no es que no me apetezca, amor.
En aquel momento no dije nada, me quedé callado mientras respiraba de
manera pausada. No podía dudar, pronto se convertiría en mi mujer y
habíamos compartido demasiados momentos juntos. Entre nosotros se
suponía que había confianza o por lo menos eso es lo que me hubiera gustado
pensar, porque tiempo después supe que nunca debí haberle creído.
Capítulo 5
13 de septiembre del 1985
Renata
Pensé que mi padre me aclararía todas las dudas que me habían surgido debido
a la explosión una vez que llegáramos a casa, como dijo que haría, pero
tampoco me ayudó demasiado pues él tampoco tenía las respuestas a eso. Mi
curiosidad, como era de esperarse, no hizo más que avivar más ya que yo lo
que quería entender era como había sido posible que un avión explotara así de
la nada y que precisamente fuera ese.
No tenía sentido y sentía que este caso se volvería un rompecabezas porque yo
no iba a descansar hasta averiguarlo. Había la misma probabilidad de que se
hubiera tratado de un atentado y que la muerte del teniente hubiera sido
fríamente premeditada, pero eso no lo podría saber hasta que no empezara a
hacer preguntas e investigar todos los movimientos que hizo durante los
últimos días.
Mis esperanzas se vinieron abajo al día siguiente cuando el comandante Arias
dio un comunicado explicando que se había tratado de un fallo técnico en el
motor y que ya estaban solucionándolo para que este hecho no volviera a
suceder. También implantó nuevos sistemas de comprobación antes de las
prácticas de vuelo.
No me quedé satisfecha con aquello, algo me decía que había pasado algo más
y que intentaban encubrirlo, por lo que no me quedaba más remedio que
empezar a hacer preguntas por mi cuenta y de la manera más disimulada
posible. No quería que me sancionaran, no después de que el capitán Abellán
me hubiera dado luz verde para volver a hacerme cargo de mis grupos pues la
sargento Soler ya se encontraba lo suficientemente capacitada para poder
arreglárselas sola. No era mala chica, te generaba buenas vibras nada más con
la primera conversación y, además, se le podía notar el carácter fuerte que
poseía.
A mí me encantaban las personas que echaban a lucir su carácter y seguridad,
era agradable poder relacionarte con ellas.
La misma sensación me generaba el señor Otálora quien ahora mismo se
encontraba a mi lado mientras recorríamos la última zona que había quedado
pendiente por enseñarle. Podía notarle el porte y la seguridad, además de que
cada cosa que decía se lo pensaba dos veces antes de pronunciarla,
demostrando no ser una personas impulsiva.
—Tengo entendido que la mayoría de las armas de práctica pertenecen a
vuestra producción, ¿le gustaría que le llevara hasta la zona de tiro para que
vea el entrenamiento de los soldados?
En aquel momento, creí que le había dicho aquello para que de verdad lo
comprobara y pudiera ver la eficacia de las armas, pero tiempo más tarde me
di cuenta de que lo hice nada más por alargar unos minutos su tiempo en el
Cuartel. Tenía la certeza de que no volvería a poner un pie por este territorio.
Había veces que no sabía encontrar una explicación lógica para mis acciones y
me era frustrante porque a mí me gustaba mantener las cosas bajo control, no
soportaba la improvisación.
—Por supuesto, detrás de usted, sargento —me indicó que siguiera avanzando
con la palma de su mano.
En pocos minutos, ya nos encontrábamos ahí con el ruido de las balas siendo
disparadas de fondo. Pude contar que había un total de siete personas en esta
zona de entrenamiento de los diez puestos que había, además de que algunos
pertenecían a mi sección, por lo que pararon en seco al verme entrar por el
largo pasillo.
—No os detengáis, continuad con lo que estabais haciendo —dije en voz alta y
de manera clara, para que se me oyera.
Iba dando pequeños pasos con las manos juntas por detrás de mi espalda
mientras los veíamos disparar intentando dar en la diana. Nos detuvimos en
uno que no conseguía dar en el blanco. Me quedé quieta mirando su técnica y
le hice un recorrido rápido con la mirada. Había varios errores que tenía que
corregir.
—¿Nadie le ha enseñado a sostener un arma, soldado? —Pregunté haciendo
que se diera la vuelta.
—Sargento —se sobresaltó dándose la vuelta—. Sí, señor, pero no consigo
acertar, posiblemente el arma tenga algún defecto.
—Antes de afirmar algo así, se debería comprobar el arma, en su caso, es usted
quien tiene el problema. Corrija la posición en su cuerpo, muévase. —Empezó
a hacer lo que le decía—. Posición perpendicular a la diana con los pies
abiertos al ancho de sus hombros. Rodillas levemente flexionadas, brazos
extendidos y sostenga el arma con ambas manos, con seguridad que no se
trata de ningún juguete. Respire, apunte, tómese su tiempo y... —dejé que
pasaran un par de segundos—, dispare.
No había dado en el blanco, pero se había acercado lo suficiente como para no
considerarse un fracaso. El señor Otálora seguía a mi lado atento a mis
explicaciones. Le dediqué una corta mirada y él me devolvió el gesto
caminando de nuevo por el pasillo. El chico había sido el último en su
gabinete, por lo que el siguiente se encontraba vacío.
—¿Tiene usted buena puntería? —Preguntó acercándose a la mesa que
contenía todo lo necesario para empezar la práctica.
—Eso creo —respondí—, de lo contrario no estaría dando lecciones a los
demás, ¿no cree? —No puede evitar enarcar una ceja—. ¿Y usted?
En aquel momento me di cuenta de la arrogancia que se cargaba, pero que se le
daba bien disimular pues la pequeña sonrisa torcida que mostró dando a
entender que sí, no se me había pasado desapercibida.
—Podría decirse que no se me da tan mal, si quiere le podría hacer una
demostración, quien sabe, posiblemente tenga que corregirme la postura, en
ese caso, no dude en hacerlo —empezó a decir con voz magnética mientras
agarraba el arma.
En menos de dos segundos ya había comprobado que el cargador estuviera
lleno, tan solo le faltaba desmontarla en el mismo tiempo para poder
impresionarme del todo. Se giró hacia la diana, la cual se encontraba un poco
más lejos que las demás y empezó a disparar agarrando el arma con una sola
mano.
Sin titubear, manteniendo la pistola firme en su mano, en una correcta
posición y disparando siempre en el blanco. El ruido del impacto de las balas se
disipó cuando vació el cargador y la dejó de nuevo en la mesa para después
girarse hacia mí.
—¿Y bien, sargento? ¿Qué le ha parecido?
Daba la impresión de que necesitaba conocer con urgencia la opinión de los
demás para sentirse satisfecho consigo mismo.
—No ha estado mal, tiene buena reacción.
—No ha estado mal —repitió, pero más lento—, supongo que sí, al fin y al
cabo, trabajo en la industria. ¿Usted cómo llegó a adentrarse en este mundo?
Se notaba que quería alargar la conversación, sin embargo, yo no era del tipo
de mujer que no se daba cuenta de las indirectas lanzadas. Me gustaba pensar
en todo, intentaba que ningún detalle se me escapara, por lo tanto, también
existía la misma probabilidad de que tan solo estuviera siendo cordial
conmigo teniendo en cuenta de que tenía una prometida que la esperaba en
casa.
—Espero que no se moleste, señor Otálora, pero no dispongo de mucho
tiempo para mantener esta clase de conversaciones. La visita ha finalizado,
espero que pueda escribir el informe que me dijo que le debía entregar a su
padre. ¿Tiene alguna otra duda?
—Comprendo —contestó— no, en absoluto. Todo ha quedado muy claro.
—Le acompaño hasta la salida.
—No se moleste —se arregló la chaqueta del traje—, conozco el camino, no
pierda usted más tiempo.
En ese momento, alargó su mano derecha hacia el centro esperando que
aceptara el gesto. No dudé en hacerlo y de inmediato sentí el suave apretón
haciendo que incluso, tuviera que tragar saliva.
—Que tenga un buen día, señor Otálora —dije sin titubear.
—Igualmente, sargento Abellán.
En aquel instante, emprendió su marcha pasando por mi lado y desapareció de
mi campo de visión pocos segundos después. Me quedé mirando la puerta sin
darme cuenta hasta que noté la presencia de Marina a mi lado, llamándome
por mi nombre.
—¿Quién era? —Preguntó alegre—. Me suena haberle visto por aquí.
—Sebastián Otálora —respondí mientras empezaba a caminar de nuevo con
ella siguiéndome por detrás—. Es empresario, le he tenido que hacer una
visita por el Cuartel para enseñarle las armas y más cosas. Órdenes del
comandante.
—Le he visto disparar.
—No ha estado mal.
—La verdad es que no —dijo—, es decir, me ha dejado impresionada para no
pertenecer a este mundo y no está demás añadir que es un hombre bastante
atractivo.
—¿Y eso que tiene que ver?
Su respuesta fue reír al ver mi reacción pues había sido más dura de lo que
había pretendido. No hacía falta que me lo dijera, tenía ojos en la cara y eso lo
había podido comprobar desde la primera vez que lo vi.
—Nada, nada, simplemente quería decirlo en voz alta, por el momento tan
solo hablo contigo, no se me da muy bien socializar con los demás, supongo
que poco a poco.
—Tú y yo somos compañeras —le dije y nos detuvimos en la puerta de mi
habitación la cual abrí y ambas nos adentramos en ella—, colegas o como lo
que quieras llamar.
—Sabes que eso es mentira —respondió Marina segura y se sentó en mi cama
sin dejar de mirarme—. Cuéntame, ¿habéis hablado de algo más o tan solo
asuntos relacionados con el Cuartel?
No me caía mal, eso debía admitirlo. Puede que al principio dudara de ella por
ciertas actitudes que tenía, pero eso se debía al análisis exagerado que solía
hacer de cada nueva persona que llegaba a conocer. Con el paso de los días y
debido también al tiempo que compartimos mientras la adentraba a esta
nueva vida, empezamos a hablar más. La diferencia de edad tampoco supuso
un problema ya que ella era unos años mayor que yo.
Con el único que me relacionaba con más confianza dentro del cuartel era con
Luis y eso sucedió debido a su personalidad peculiar y extrovertida. No dejó de
insistirme que fuéramos amigos hasta que acepté tan solo para que se callara
la boca. De aquello había pasado un año y medio cuando ni siquiera había
obtenido el título de sargento, que fue más tarde.
—En realidad, no hemos tocado temas muy personales, nos hemos tratado
con bastante profesionalidad, además, no sé porque estoy diciendo esto, pero
tengo entendido que está comprometido.
—Qué mala suerte.
Fruncí el ceño. ¿Mala suerte?
—¿Por qué dices eso?
—Porque no está libre, a simple vista se le ve un hombre interesante con el
cual poder hablar más y conocerse.
—¿Y yo por qué haría eso?
Su cara de asombro me sorprendió hasta a mí. Me miraba como si me hubiera
salido una tercera cabeza y no se hubiera creído lo que estaba diciendo.
—¿Cómo qué por qué? ¿No quieres llegar a tener una familia? Pero para eso se
debe conocer, hablar, enamorarse... ¿No te llama la atención nada de eso?
—Marina, ¿te has dado cuenta en dónde estamos?
—Claro que sí.
—Entonces no entiendo cuál es la pregunta. Somos militares, soldados
experimentados para salir al campo de batalla para defender a nuestro país y
morir en el caso de ser necesario. No creo que el amor y el querer formar una
familia entre dentro de nuestro vocabulario.
—Lo sé —soltó un suspiro pesado—, a mí me gustaría algún día llegar a ese
punto, sería bonito, pero no dejo de ser consciente de cuál es mi trabajo, pero
lo que yo te estaba preguntando era si querías o no. Independientemente de
ser o no militar, ¿te ves dentro de unos años casada y con hijos?
Me quedé pensando durante unos segundos. A simple vista, podía tratarse de
una pregunta bastante simple, pero su respuesta era de por si complicada.
Nunca había rechazado la idea de tener hijos, algún día me gustaría llegar a ser
madre, pero con la seguridad de que mi bebé siempre estuviera a salvo y no
corriera ningún peligro, pero ser militar significaba renunciar a muchas cosas,
entre ellas, el tema del que estábamos hablando.
—No lo sé, Marina... posiblemente, algún día... Tengo 19 años, todavía es
pronto para estar pensando en este tipo de cosas sin tener en cuenta que eso
no debería entrar en nuestra lista de prioridades.
Aquella fue la respuesta que le di pues no quería decirle que debido a lo que me
hicieron tiempo atrás, ni se me pasaba por la cabeza volver a acercarme a
ningún hombre.
—Una mujer hecha y derecha —dijo afirmando con la cabeza—, supongo que
eso ya llegará. Es mejor no forzar las cosas y esperar que el destino te
sorprenda.
Seguí sin decirle nada, supongo que tenía razón, sin embargo, mis planes eran
otros porque mi objetivo ahora era escalar por los rangos militares y no podía
desconcentrarme. No me permitiría cometer ningún tipo de error que me
afectara directamente.
Después de aquella conversación no volvimos a tocar el tema. No me
consideraba una persona muy abierta con este tipo de cosas. A los demás no
les interesaba mis asuntos personales.
La rutina siguió su curso durante las siguientes semanas en las cuales no hubo
ningún tipo de movimiento nuevo. Seguíamos el horario al pie de la letra y en
mis ratos libres, me dedicaba a hacer preguntas casuales a aquellos que
conocían de cerca al teniente Ramírez. Necesitaba respuestas respecto a la
explosión, era algo que no me dejaba dormir, pero a medida que pasaban los
días donde nadie parecía saber nada o haber visto algo sospechoso, mi
paciencia fue llegando a su límite, hasta que un día, simplemente dejé de
preguntar y de interesarme. Había asimilado que se había tratado de un
accidente, este tipo de cosas, aunque no lo queríamos admitir, pasaban y no se
podía hacer nada para evitarlo porque suponían algo impredecible.
Lo que no esperé es que aquel hecho supusiera algo transcendental que marcó
toda la historia porque a partir de ahí, fue cuando las consecuencias
empezaron a aparecer, imperceptibles a simple vista, pero que fueron
acumulándose hasta convertirse en una gran bola de nieve.
Mi error había sido no haber indagado más, no haberle sonsacado a mi padre
todo lo que sabía, porque simplemente, lo dejé pasar.
Capítulo 6
3 de octubre del 1985
Renata
Siempre que me subía a un avión de combate sentía el fuerte latido de mi
corazón y no era porque estuviera asustada de que algo malo me pasara, se
trataba de todo lo contrario, la sensación de saber que estaba en el aire hacía
que sintiera la emoción a niveles desorbitantes, porque precisamente me
encontraba en mi territorio, sobrevolando el cielo mientras llevaba el control.
A eso sí que le llamaba sentir la adrenalina, a nada más. No se comparaba con
ninguna otra actividad que hiciera, sin embargo, siempre debía de ser
consciente que no podía perder el control estando en el aire en ninguna
circunstancia, de lo contrario, las consecuencias serían letales.
—Señor —dije por el auricular—, permiso para disparar. Tengo el objetivo en
la mira a 837 metros.
Seguí sobrevolando el cielo en línea recta cuando de repente apareció otro
avión sobrevolando encima. Fruncí el ceño pues se suponía que me encontraba
en un entrenamiento individual de pilotaje avanzado y se suponía que nadie
más tenía autorización de estar en la misma zona que yo. No tardé ni dos
segundos en pedir explicaciones.
»—Señor —insistí de nuevo—, tengo a un avión sobrevolando a unos metros
encima de mí sin autorización. Solicito instrucciones.
Pero nadie contestó. En aquel momento me di cuenta de que me encontraba
sola en medio del cielo antes de que el avión que había aparecido de la nada,
apuntara directamente hacia mi posición, disparando en el proceso.
Me desperté sobresaltada segundos antes de sentir la explosión quemarme la
piel. Sentía que el corazón se me iba a salir del pecho, además de notar la boca
totalmente seca. Me froté el rostro con ambas manos para despertarme por
completo y darme cuenta de que me encontraba en mi habitación, pero no la
del Cuartel, si no en mi habitación, en el apartamento donde vivía con mis
padres en Barcelona.
Toqué la almohada y noté que la funda estaba algo empapada por el sudor.
Volví a cerrar los ojos mientras me agarraba la cabeza con ambas manos.
Segundos más tarde ya me encontraba delante del espejo en el cuarto del baño.
Tenía varios mechones pegados a la frente y se me podía notar la mirada algo
asustada.
No entendía qué había sido aquel sueño, aunque había sido algo más parecido
a una pesadilla.
Sentí leves toquecitos en la madera, por lo que abrí el grifo mojándome las
manos y de inmediato agradecí internamente al sentir el agua fría en las
mejillas.
Abrí la puerta segundos más tarde y me encontré con mi madre cuyo
semblante lucía algo preocupado. Tenía la bata de seda puesta y se encontraba
con los brazos cruzados.
Había algunos días a la semana donde se nos permitía dormir en nuestra
residencia habitual, cosa que agradecía pues la presión constante de estar en el
Cuartel te acababa afectando con el pasar de los días.
—¿Estás bien, cielo? He oído que salías de la habitación —preguntó en un tono
preocupado y salí del cuarto de baño apagando la luz en el proceso.
Empecé a caminar hasta la cocina para servirme un vaso de agua pues seguía
sintiendo la garganta seca. Mi madre me siguió por detrás encendiendo la
lámpara para que la habitación se enfundara en un tenue ambiente.
—No te preocupes —contesté después de haber bebido un pequeño sorbo—,
simplemente he tenido una pesadilla y me he despertado sobresaltada, nada
grave.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Sabéis qué hora es?
Esa voz pertenecía a la reina de la casa. Le mostré una sonrisa en cuanto se
acercó a nosotras pues mi hermana tenía aquel efecto en las personas, era
capaz de hacerte sentir mejor con su sola presencia.
—Estamos planeando un atraco, ¿a ti qué te parece? —Respondí en un tono
irónico.
Rocío tenía 16 años, pero se podía considerar que era una copia exacta a
Valentina, nuestra madre, pues mantenían las mismas facciones del rostro
siendo notable la clara diferencia de edad. Ambas con la misma forma
almendrada de los ojos, nariz y boca pequeña y los hoyuelos que no podían
faltar. Yo era más parecida a mi padre, no tan tierna a diferencia de ellas dos.
—Eres tan graciosa hermanita, pero tanto que tan solo me reiré para que no te
sientas mal.
—Qué detalle por tu parte.
—Faltan unos minutos para que sean las siete de la mañana —dijo mamá
mirando el reloj de la pared—, pero ya me habéis desvelado, así que supongo
que el día acaba de empezar. ¿Segura que estás bien? —Volvió a preguntar
refiriéndose a la pesadilla.
—¿Qué pasa? —Se interesó Rocío—. No me digáis que ha muerto alguien.
—No digas tonterías —la reprendió—. Tu hermana acaba de tener una
pesadilla y por eso se ha levantado.
—Ay hermanita ven aquí, que te doy un abrazo —se acercó envolviéndome
con sus brazos y no pude evitar rodar los ojos pues sabía perfectamente que no
me gustaban los abrazos—. Tranquila, ya estoy aquí contigo.
—Gracias Rocío por tu ayuda, de verdad que lo aprecio muchísimo.
—Malagradecida —respondió en un tono divertido para después soltarme—,
yo sí que me iré a dormir que sigue siendo la siete de la mañana, demasiado
pronto para mí.
—No os olvidéis de la cena que tenemos para hoy, os deberéis vestir de
manera presentable pues comeremos con la familia del comandante. Vuestro
padre lo habló hace unos días y a ambos les pareció una buena idea.
Fruncí el entrecejo preguntándome para qué teníamos que venir nosotras
también.
—¿Es necesario que asistamos? ¿No es suficiente con qué vayáis solamente
vosotros dos?
—No rechistes —me regañó—. Iremos nosotros cuatro como la familia que
somos, sigue siendo una cena, tampoco os vais a morir.
—¿Quién dice que no? —Pronunció mi hermana sonriente antes de
desaparecer de la cocina.
Daba igual que fuera una militar teniendo el rango de sargento, también daba
igual que fuera mayor de edad o que tuviera el suficiente criterio como para
decidir por mí misma, lo que dijera mi madre era ley y debíamos tener cuidado
con contradecirla, pues podía tener un carácter peor que el de mi padre aun
mostrándose tierna y sonriente.
Era administrativa, tenía esa voz característica de negociadora, por lo que no
era tan fácil argumentar contra ella.
Me gustaría pensar que compartir una comida con otras personas debía ser
fácil, tampoco era para tanto, sin embargo, cada vez que sentía que iba a
perder el tiempo en algo totalmente innecesario, me ponía un poco nerviosa.
Además, el mismo comandante de las Fuerzas Aéreas junto a su mujer estarían
en la mesa, por ese lado, me generaba cierta ilusión pues nunca había tenido
un acercamiento tan personal con la máxima autoridad que regía el Cuartel
donde nos encontrábamos. Sin embargo, a pesar de aquello, la conversación
fue normal, ni muy aburrida, pero tampoco fue algo extraordinario, aunque
posiblemente mis expectativas habían sido muy altas. Demasiado, diría yo.
Pero la cereza del pastel fue, precisamente, cuando el timbre de su puerta sonó
poniéndonos a todos en alerta pues ninguno de los cuatro esperábamos tener
compañía aquella noche. El comandante de inmediato nos explicó el motivo de
la tardanza mientras se levantaba para abrir la puerta.
—Se trata de mi hija y su prometido —dijo—, le comenté de la cena a última
hora y no han podido llegar antes, disculpad las molestias.
—No te preocupes, Guillermo —siguió mi padre con la copa de vino en la
mano—, contra más seamos, más divertido será.
Mi cabeza, en aquel instante, estaba juntado las piezas para llegar a completar
el puzle, pues no había que ser muy inteligente para sumar dos más dos y
darse cuenta de que la prometida del señor Otálora, aquella que afirmó no
tener ningún tipo de parentesco con el comandante Arias, era en realidad, su
hija.
¿Estaba molesta? Para nada, a mí parecer, era totalmente absurdo enfadarse
por este tipo de cosas, pero sí me dejó algo sorprendida al no entender cuál era
la necesidad de engañar cuando se lo había preguntado directamente.
Había cosas en esta vida que no llegaría a entender nunca.
—¿Sabes quiénes vendrán? —Preguntó Rocío a mi lado en un susurro.
Giré mi cabeza hacia ella y asentí levemente, pero no le dije nada pues los
invitados habían hecho acto de presencia en la sala. Mi mirada se topó
inmediatamente con la de la castaña de ojos verdes, Anneliese, cuyo rostro
cambió al darse cuenta de que me encontraba ahí, sin embargo, no dijo nada e
intentó que todo marchara natural. Iba muy bien vestida, se notaba que sabía
combinar las prendas y hacer que se viera impecable.
La última vez que nos vimos fue cuando me contó aquella mentira hace casi
tres semanas.
Segundos más tarde me fijé en Sebastián quien lucía uno de sus trajes de
empresario. Me regaló una pequeña sonrisa la cual le devolví casi de
inmediato.
El comandante los recibió alegre y los invitó a sentarse en la mesa rectangular
después de que la empleada del hogar hubiera incluido dos juegos de cubiertos
junto a dos platos más. La pareja se sentó delante de mí.
—No he tenido la oportunidad de hacerlo antes —empezó a decir mi padre—,
pero felicidades por vuestro compromiso.
—Muchas gracias, capitán, la verdad es que estamos muy ilusionados con la
boda y con todos los preparativos —respondió ella.
Me di cuenta de la mirada de reojo que me había dedicado mi hermana, pero
no le hice el mínimo caso.
—Aunque a veces se presenten dificultades, las bodas siempre son así —
continuó mi madre sonriente—, una constante alegría y nuevas emociones.
¿Ya tenéis una fecha?
Todavía no tenemos una fecha, pero queremos casarnos en abril, cuando ya
haga buen tiempo.
Sebastián se mantuvo en silencio y fue su prometida quien siguió contestando
todas las preguntas relacionadas volviendo su boda el tema central de
conversación. Estaba envuelta entre risas, copas alzadas y anécdotas
divertidas y fue entonces cuando me pregunté qué cojones estaba haciendo yo
aquí cuando podría haberme quedado en casa leyendo un libro o incluso haber
ido con Luis y Marina a dar una vuelta y tomar algo.
—Sargento. —Esa fue la voz del comandante—. ¿Por qué está usted tan
callada? —Preguntó sonriente y con obvia alegría en el tono de voz.
Sin esperarlo, todas las miradas se posaron en mí y lejos de intimidarme, lo
que hice fue enderezar levemente la espalda mientras me aclaraba la garganta.
—Ni siquiera me había dado cuenta, disculpe —respondí—, simplemente no
me encuentro del todo bien, pero no se preocupe. Lo mejor sería que me
retirara si no les importa.
La verdad era que me quería ir a casa porque sentía que ahí no pintaba nada,
además de que no me apetecía seguir perdiendo el tiempo. Aquel día no he
había levantado con el pie derecho precisamente.
—Renata. —Escuché la voz de mi madre—, ¿estás bien, cariño?
—Sí, mamá, tranquila, me iré a casa y descansaré ahí.
—Podrías hacerlo aquí, querida. —Esta vez, la que habló fue la mujer del
comandante—.Tenemos varias habitaciones libres, puedes utilizar la que
quieras sin ningún tipo de problema —dijo de manera amable, pero intenté
negar con la cabeza.
—No se preocupe, prefiero irme a casa y así podréis continuar con la cena.
Todo el mundo seguía mirándome por lo que me levanté deslizando la silla sin
querer y di un paso hacia atrás mientras la volvía a posicionar en su sitio. No
me gustaba que se me diera tanta importancia en cuestiones donde no la
había.
—Avisaré al chófer para que te venga a recoger —pronunció papá y me
contuve de soltar un resoplido. No necesitaba que nadie me cuidara. Le
observé sacar aquel aparato que parecía una caja y que servía para llamar a
larga distancia.
—No hace falta, creo que iré caminando, me apetece dar un paseo y tampoco
está tan lejos.
—No quiero que andes sola por la calle y a esta ahora —exclamó mi madre.
Fruncí el entrecejo.
—Mamá, soy militar —dije lo obvio—, una soldado entrenada que es capaz de
dejar inconsciente a cualquiera en un par de movimientos, no me pasará nada.
—He dicho que no.
Me generaba mucha pereza este tipo de conversaciones y más aún, que se
estuvieran produciendo en frente de terceros.
—Yo la puedo acompañar. —Su voz se escuchó fuerte y clara. Se puso de pie
sin dejar de mirarme—. Si quiere dar ese paseo, puedo acompañarla hasta que
llegue a su casa, no tengo ningún tipo de inconveniente.
—Sebastián —murmuró su prometida queriendo llamar su atención, pero él
ya había dado un par de pasos lejos de la mesa, sin embargo, no dudó en
acercarse para darle un beso en la frente.
—La acompaño y vuelvo, además quiero aprovechar para hablar de un asunto
con ella, ¿está bien?
Me imaginé que ese asunto podría ser el pequeño detalle que tuvo su novia al
mentirme. Tampoco rechazaría el que quisiera explicármelo.
Mi hermana también se levantó para darme un pequeño abrazo, además de
aprovechar para susurrarme algo en el oído.
—Después me contarás porque no me estoy creyendo tu numerito de enferma
—susurró lo más bajo posible—. Te veré en casa hermanita, no te acuestes
muy tarde —dijo sonriente y se volvió a sentar en la mesa.
Minutos más tarde y después de habernos despedido, nos encontrábamos ya
en la calle, uno al lado del otro y empezamos a caminar por las calles de
Barcelona sin pronunciar palabra alguna, sin embargo, Sebastián no dudó en
acabar con el silencio.
—Siempre me ha gustado pasear ya entrada la noche, lo encuentro relajante,
sin el ruido diurno de la ciudad. ¿Usted piensa igual? ¿Por eso ha querido dar
un paseo?
En estas tres semanas que habían pasado desde la última vez que nos vimos,
varios pensamientos aparecieron en mi cabeza sin querer porque tenía aquel
magnetismo que te atrapaba, sin embargo, desechaba rápidamente esos
recuerdos intentando que no volviera a suceder.
—Me gusta el sonido de la noche —me limité a decir—, también me relaja,
pero el motivo por el que no quise que viniera el chófer a buscarme era porque
quería aprovechar este tiempo simplemente para dejar la mente en blanco y no
pensar en nada. Cuando estoy fuera del Cuartel es lo que trato de hacer,
intentar despejar la mente.
—Me imagino que debe de ser duro mantenerse siempre en alerta.
—No se lo niego, pero tampoco estoy tratando de quejarme —contesté—. ¿Por
qué ha decidido acompañarme?
Crucé los brazos sobre mi pecho porque no sabía cómo mantenerlos sin
parecer una estatua rígida. La calle estaba relativamente vacía, exceptuando a
algún viandante que pasaba o algún que otro vehículo circulando con las luces
encendidas.
—Quería hablar con usted respecto a mi prometida, Anneliese. —Me pude dar
cuenta de cómo había remarcado aquella palabra—. Verá... no pretendía que se
llevara una mala impresión, simplemente que ella consideró que no debía
decirlo por el momento, espero que no la haya molestado.
—No tiene porqué darme ninguna explicación, si su prometida ha considerado
que debía proceder de esta manera, yo no me voy a molestar, no le niego que
me ha sorprendido, pero de ahí a molestarme... no. No se preocupe.
En aquel momento no me di cuenta, pero aquella noche, una vez que estuve
sola en mi habitación, había comprendido que había decidido acompañarme
hasta casa tan solo porque quería asegurarse de que no estaba molesta por el
hecho de que su prometida me hubiera mentido.
—Me alegra escuchar eso. —Giré la cabeza de manera inconsciente y me fijé
en su sonrisa.
No era forzada, bastó con que hubiera levantado levemente la comisura de los
labios para hacer que yo también sonriera en respuesta.
—¿Puedo preguntar cuánto tiempo llevan juntos? Se les ve muy enamorados y
aprovecho también para felicitarle por el compromiso.
—En un mes cumpliremos tres años —respondió, aunque no de inmediato—,
y gracias. ¿Usted tiene pareja?
—No —incluso también negué con la cabeza—, mis prioridades ahora mismo
son otras y entre ellas no está el enamorarme y tener una relación.
—Lo comprendo, al fin y al cabo, usted es una guerrera —dijo y varios
segundos más tarde, añadió—: ¿Sabe cuál sería su traducción al latín?
No pude contener la pequeña risa que brotó de mi garganta.
—¿Sabe hablar latín?
—Estoy aprendiendo, me gusta explorar nuevas lenguas —respondió
sonriente—. ¿La sabe?
—Ilumíneme.
—Bellator —contestó de manera segura y nos quedamos mirándonos sin
apartar la vista del otro—. Me apareció en un libro que estoy leyendo y al leer
la palabra de inmediato pensé en usted.
No quería admitir que aquel gesto me produjo algo, aunque fuera lo
suficientemente mínimo como para no olvidarlo.
—Se nota que está todavía aprendiendo. —No podía borrar la tierna sonrisa de
mi rostro. Él me miró algo confundido preguntándose porqué lo decía—. Yo
soy una mujer.
—Me he podido dar cuenta de ello, pero gracias por la aclaración —contestó
riéndose.
—No, me refiero a que bellator se refiere a guerrero, no a guerrera, es un
pequeño error que podría tenerlo cualquiera, pero no se preocupe, ya
aprenderá.
Las risas siguientes no faltaron.
—¿Conoce bien el latín? Pensaba que no lo hablaba.
—No soy una experta en la materia, pero me defiendo bastante bien. La
traducción para guerrera sería bellatrix.
Nos quedamos en silencio durante algunos segundos mientras seguíamos
caminando por la avenida principal de la ciudad. No faltaba mucho para
acercarnos al edificio donde vivía.
—En mi mente suena mejor la primera traducción.
—Allá usted, yo le he dicho como sería decirlo de manera correcta, ahora es
libre de utilizar esta información como le plazca.
—Usted seguirá siendo vir bellator para mí —dijo casi en un susurro y no supe
qué decir pues no me esperé que lo hubiera hecho sonar tan personal o por lo
menos, aquella fue la sensación que me regaló.
—Tampoco suena tan mal —intenté decir al cabo de un instante—. Podría
decirme más palabras que procedan del latín, así le ayudaría a corregirlas si las
llegase a traducir mal.
—Es usted un amor de persona —contestó en un tono divertido—. Le diré una
nueva palabra en latín cada vez que nos veamos.
Aquello sonaba que habría más próximas veces y no estaba segura de querer
que eso llegara a pasar. Me detuve de manera suave en los siguientes metros
pues ya habíamos llegado. Sebastián se detuvo en frente de mí y se guardó
ambas manos en los bolsillos. Sus ojos no abandonaron los míos y yo tampoco
parecía querer apartar la mirada.
—Tenga en cuenta de que eso no sucederá siempre que usted quiera, soy una
persona bastante ocupada.
—No me importa, puedo ser capaz de esperarla, esa será la parte divertida, no
saber cuándo volveremos a encontrarnos. —Me quedé en silencio porque
aquello parecía contener otra intención la cual no estaba dispuesta a aceptar,
sin embargo, continuó hablando—: No quiero que piense cosas que no son,
sargento —soltó una pequeña risa—, pero su compañía me agrada, me ha
gustado mantener esta conversación con usted, así que no quiero que se
asuste.
—No estoy asustada.
—Posiblemente no, no se lo niego, pero su mirada me decía otra cosa. —
Seguía manteniendo la sonrisa en su rostro demostrando una actitud segura
en todo lo que decía. No dejó que respondiera—. Buenas noches, señorita
Abellán.
Aquella fue la primera vez que no me había llamado sargento.
—Igualmente señor Otálora, siga disfrutando de la velada y le agradezco el
haberme acompañado hasta aquí.
—Ha sido un placer.
Dicho aquello, no se fue hasta que no me vio entrar por la puerta principal del
edificio. Pude sentir su mirada en mi espalda hasta que cerré la puerta y me
giré para comprobar que todavía seguía ahí de pie, imponente en aquel traje.
Segundos más tarde empezó a caminar hasta que desapareció de mi campo de
visión.
Durante aquella noche, aquella palabra no dejó de rondarme por la cabeza.
Capítulo 7
7 de octubre del 1985
Sebastián
—Señor, ¿está usted bien? —Preguntó, pero parecía como si no lo hubiera
escuchado—. ¿Señor?
En el momento que intentó llamar mi atención de nuevo, fue cuando me
desperté de la ensoñación parpadeando varias veces. Me había quedado
mirando un punto fijo de la pared de la sala de reuniones y ni siquiera me
había dado cuenta de que el equipo de diseño estaba entrando para colocarse
en sus respectivos puestos. Para hoy teníamos convocada otra reunión para
continuar hablando respecto al nuevo modelo de arma que se diseñó hacía un
par de semanas teniendo en cuenta todas las anotaciones que hice en el
informe de la CMFE que le presenté a mi padre.
La idea había sido crear un arma capaz de disparar con un cargador
automático y que se tratara de un fusil de asalto de largo alcance que
potenciara el disparo de manera más rápida y eficaz.
Se trataba de un diseño ambicioso pues queríamos mejorar el clásico fusil que
existía en el mercado para poder hacerlo más letal.
—Sí, perfectamente, si todo el mundo ya se encuentra aquí, podemos proceder
a la reunión. Calculo que no se alargará más de una hora. —Les comenté
mientras preparaba varios documentos para ordenarnos sobre la mesa. El
equipo asintió en respuesta.
El objetivo de hoy era rematar los detalles finales para proceder a la
fabricación del modelo experimental. Siempre que una nueva arma era
diseñada por ARSAQ, se fabricaba una cantidad reducida de modelos para su
respectiva prueba. Eso servía para corregir los posibles fallos que tuviera.
—Creo que la mejor opción sería que, dada las características del diseño, que
la munición no fuera tan pesada en el cargador pues sería más difícil
controlarla en fuego automático —dijo uno de los participantes en la mesa.
Y a partir de aquí, empezó la discusión sobre el fusil que llevaba como
nombre BL310 que yo mismo le había adjudicado hacía unos días teniendo en
cuenta las características que poseía el arma. Durante la siguiente hora y
media, nos dedicamos a cuadrar todos los detalles para su producción y puesta
en marcha, pues queríamos que el modelo experimental saliera a la luz lo más
pronto posible para empezar con el plan de ventas.
—Muy bien, señores —dije, casi dos horas más tarde—, la reunión ha
finalizado. Querré ver los documentos listos esta misma tarde y después de
que mi padre dé el visto bueno del diseño finalizado con los correspondientes
detalles, se procederá a su inmediata fabricación. ¿Alguna pregunta?
—¿Se hará una prueba del arma? —Preguntó una mujer que se encontraba al
otro lado de la mesa perpendicular.
No entendí la pregunta.
—Siempre se hacen pruebas para comprobar que tenga un correcto
funcionamiento.
—Me refería a quien procederá a hacerla. Si se hará aquí en las instalaciones
de la empresa o con el cuartel militar cercano ubicado a las afueras de
Barcelona.
La mayoría de las veces se solía hacer en la propia planta de producción pues
tenían una zona exclusivamente para ello con tal de hacer las pruebas que
fueran necesarias, sin embargo, teniendo en cuenta de que esta arma se había
pensado con los informes hechos en ese cuartel, no era tan mala idea de que
un grupo de soldados también la probara para evaluar sus impresiones,
evidentemente después de que nuestro equipo se hubiera asegurado de que no
tuviera ni un solo fallo.
—Lo hablaré con el presidente para comentarle la propuesta, no creo que sea
mala idea, así tendremos la opinión militar que nos vendrá bien para después
preparar el documento final.
El diseño de una arma nueva siempre conllevaba un proceso largo y
minucioso, incluido cualquier arma de fuego y de los distintos tipos de
municiones que había. No era un procedimiento fácil.
—Está bien, señor —respondió dando un movimiento afirmativo con la
cabeza.
—Es todo —dije y todo el mundo se despidió saliendo de la sala de reuniones.
La habitación se quedó vacía y me puse cómodo en la silla de madera que era
giratoria. No estaba mirando hacia ningún punto en particular y sin darme
cuenta, empecé a acariciarme levemente la barbilla con el dedo índice cada vez
que mi mente empezaba a divagar. No podía evitar relacionar a la sargento
cada vez que escuchaba hablar sobre la CMFE y el hecho de que probablemente
volvería a pisar ese territorio me generaba ciertos nervios, aunque derrochara
seguridad en cada una de mis acciones y en lo que decía, con ella, me estaba
resultando complicado, sin embargo, tampoco le quise dar mucha
importancia.
Dejé escapar una pequeña sonrisa torcida al recordar la conversación que
tuvimos sobre aquella peculiar palabra en latín que significaba guerrera.
Confieso que nunca esperé que hubiera hecho el ridículo de la manera como lo
hice pues casi me quedé en blanco cuando me corrigió la palabra.
Negué con la cabeza mientras soltaba un suspiro. No soportaba equivocarme.
—¿Y esa sonrisa? —Pronunció sentándose en la silla que tenía a mi lado. Se
puso cómodo mientras no dejaba de mirarme de manera inquisidora. Enarcó
ambas cejas al ver que no contestaba—. Me han dicho que estabas aquí.
Podía considerar a Matías Vila como aquel amigo divertido, irónico y que a
veces se comportaba como un niño pequeño cuando no le salían las cosas. En
realidad, era el único amigo que tenía y con el que podía compartir asuntos
más personales, pues a pesar de que algunas veces me diera unos consejos de
mierda, era bueno escuchando.
—¿Qué haces aquí?
Él no pertenecía a la empresa, pero a veces se presentaba de sorpresa, como
había hecho justo ahora.
—Me ofendes —dijo—. He venido a visitar a mi mejor amigo, ¿o tienes algún
problema con eso?
Su cara lucía seria, pero sabía que en el fondo estaba deseando que llegara el
momento de empezar a reírse. No tardó ni dos segundos en soltar la primera
risita.
—Tengo trabajo que hacer, Mat, así que dime a qué has venido y te largas.
—Que yo no trabajo para ti, así que ya estás bajándole el tono a tu exigencia —
respondió, ofendido y no pude evitar unirme a su gracia pues sin pretenderlo,
conseguía hacerme reír con cualquier tontería—. En fin, he venido a decirte
que estoy como necesitado de montar una fiesta o colarnos en alguna. ¿Qué me
dices? Chicas, baile, alcohol, luces, risas, suena bien ¿eh?
Matías era aquel amigo cuya vida dependía de por lo menos, salir a divertirse
una vez a la semana y con divertirse me refería a follar de manera insaciable
con cualquier mujer que estuviera dispuesta a darle su noche de placer. El
resto de la semana trabajaba en una galería de arte y lo más gracioso era que,
aunque se le daba muy bien estar de cara al público, se pasaba los días
quejándose de su trabajo.
—Voy a casarme.
—¿Y?
—Sabes que ya no puedo divertirme como a ti te gustaría que me divirtiera.
—Siempre lo puedes hacer a escondidas. —Movió las cejas de manera
inquisidora.
—Olvídalo.
—Aburrido —replicó.
—Gilipollas.
—Vale, vale. —Alzó las manos a modo de rendición—. Cuánta agresividad. Te
propongo algo, salimos de fiesta, yo me divierto y tú te quedas mirando.
—No.
—Amargado. Si sabes que puedes sentir atracción por otras mujeres a pesar de
que estés comprometido, ¿no? No es ningún delito, ya depende de ti mantener
el control o no.
—Estoy enamorado de Ann, nunca le haría eso.
—Si yo no te digo que no —dijo—, pero también te viene bien que te diviertas,
aunque sea un rato. Date cuenta de que me tienes bastante abandonado y yo
también tengo mis necesidades. No te estoy diciendo que le seas infiel, jamás
te diría eso, ¿por quién me tomas? Pero piensa en la opción de distraerte,
aunque sea por una noche.
Me quedé mirándole mientras achinaba los ojos. Ni siquiera llevaba cinco
minutos aquí y ya se había levantado y vuelto a sentar unas cuatro veces. Se
podía considerar que era una persona nerviosa y algo inquieta.
—Vale —respondí, finalmente y antes de que pudiera decir nada, añadí—;
pero ni se te ocurra elegir ningún sitio extravagante, respétame.
—¿Por quién me tomas?
—Por un pervertido.
—Tonterías.
—En fin —me levanté de la silla dejándola bien colocada—, tengo que ir a
hablar con mi padre sobre trabajo. Lárgate de mi empresa.
—Me encanta nuestra amistad —respondió mientras se aproximaba a darme
un abrazo—, esto es un cincuenta y cincuenta, yo soy el desastre y tú el
responsable, pero no te pienso dejar que me lleves por el buen camino, ¿me
oyes?
—Ni se me ocurriría.
—Adiós tío, ya te enviaré las instrucciones. —Empezó a caminar hacia la
salida.
—¿De?
—De la fiesta, por supuesto. —Con una última sonrisa, se marchó por la
puerta grande como si no hubiera pasado nada.
Dejé escapar otro suspiro profundo preguntándome para qué cojones aceptaba
ir a este tipo de cosas. Seguramente a Anneliese no le haría mucha gracia, pero
lo cierto era que me apetecía salir y divertirme un rato, aunque tan solo fuera
por unas horas.
Salí de la sala de reuniones cerrando la puerta en el proceso y me dirigí hacia el
despacho de mi padre. Entré después de haber tocado a la puerta y me senté en
el asiento que solía ocupar cada vez que venía. Eduardo ni siquiera levantó la
mirada del documento que estaba leyendo, sin embargo, instó a que empezara
a hablar.
—Cuéntame.
—Se han definido los detalles finales del fusil BL310, tan solo necesitaría tu
firma para que se proceda a la fabricación. —Le entregué el documento que le
echó un vistazo por encima y lo firmó para después devolvérmelo—. Además,
al acabar la reunión, la señorita Gallego ha sugerido que una vez el arma esté
lista con todas las comprobaciones debidamente hechas, se haga una prueba
en la CMFE para tener la opinión de los soldados. ¿Qué dices?
Apoyó la barbilla sobre el puño mientras me miraba, seguramente pensando
en la propuesta. No tardó mucho en contestarme.
—Hazlo. Organízalo. Si quieres, puedes hablar directamente con Guillermo
para decírselo, no creo que lo rechace. —Guillermo era el padre de Ann y el
comandante de las Fuerzas Aéreas—. ¿Cuándo estará lista la primera versión
del fusil?
—Calculo que dentro de dos semanas.
—Díselo también, que seleccione a un grupo de militares para que puedan
hacer la prueba.
—Está bien, haré que me programen una reunión con él para comentárselo.
• ────── ✾ ────── •
21 de octubre del 1985
Renata
Ya se podía apreciar la cercanía del invierno llegar a Barcelona. El cambio de
temperatura se iba notando y con este detalle, los entrenamientos al exterior
se volvían más duros debido a las bajas temperaturas, sin embargo, era algo de
lo que no nos podíamos quejar. En realidad, no se nos permitía quejarnos de
este tipo de cosas porque formaban parte de nuestra experiencia como
militares pues cuando estuviéramos en una misión, no sabías en qué
condiciones te podrías encontrar y debíamos estar preparados para todo.
Me encontraba en el despacho del capitán Abellán, de pie, con él a mis
espaldas mientras seguía admirando el panorama a través de la única ventana.
Se trataba de una planta baja, por lo que tan solo se veía el entrenamiento de
los diferentes grupos de soldados además del pilotaje de los aviones.
—Tú también entrarás dentro de ese grupo que probará la nueva arma —
dijo—. El señor Otálora quiere que le demos una sincera opinión sobre el uso
de ésta, así que no quiero que te dejes ningún detalle.
—Sí, señor. —Me giré hacia él—. ¿Sabes cuándo se hará esa prueba?
—Según me ha dicho el comandante, esta tarde, dentro de una hora —
respondió comprobando el reloj en su muñeca. Se va a hacer una prueba tanto
en el interior como en el exterior con diferentes dianas colocadas en distancias
clave para comprobar el largo alcance que debería tener la trayectoria de la
bala.
—Está bien.
Nos quedamos en silencio durante algunos segundos.
—Eso sería todo —pronunció mientras se dirigía de nuevo hacia su silla para
sentarse—. En total, seréis cinco militares entre los cuales se encuentran los
tenientes López y Martínez, dos oficiales y por último, tan solo faltaba que te
lo dijera a ti. Considero que los cinco tenéis una buena opinión crítica además
de contar con una buena puntería.
Se podía considerar que aparte del combate cuerpo a cuerpo y el pilotaje de los
aviones en plena misión, también era una experta francotiradora con una
eficaz puntería.
—¿Luis Ortega? —Pregunté al oír que habría dos oficiales.
—Sí. Es uno de ellos —dijo—. Y ahora, tengo que trabajar.
—Permiso para retirarme, señor —murmuré haciendo el debido saludo
militar.
—Descanse, soldado, puede irse.
Dicho aquello, salí del despacho de mi padre encontrándome con Luis en el
pasillo, quien estaba apoyado en la pared, esperándome. No detuve mi andar,
por lo que él se puso a mi lado sin dejar de caminar por el largo pasillo.
—Cuéntame —dijo.
—¿Qué quieres que te cuente?
—No me hagas tener que sacarte la información palabra por palabra. ¿Qué te
ha dicho tu padre?
—Que yo también participaré en la prueba del nuevo diseño del arma,
tampoco es la gran novedad.
Salimos del edificio para cruzar el patio exterior y dirigirnos hacia el pabellón
contiguo donde se suponía que probaríamos el fusil. Según lo que me había
dicho mi padre, se trataba de un arma con cargador automático capaz de
disparar a largas distancias sin que la trayectoria de la bala se vea afectada en
lo más mínimo.
A simple vista, parecía que la experiencia iba a ser interesante y estaba
emocionada de comprobarlo.
—¿Sabes cómo ira el proceso? ¿Haremos la prueba todos a la vez o cada uno de
manera individual?
—Según lo que me ha dicho mi padre, se probará el fusil a diferentes
distancias y con diferentes ángulos para comprobar la eficacia, puntería, la
trayectoria y demás factores. Creo que haremos una prueba individual y otra
grupal, no sé por cual se empezará, supongo que tendremos que esperar a las
nuevas instrucciones cuando llegue el momento.
—Eso lo traduzco a tener una tarde entretenida —sonrió de manera pícara.
Luis era un cazador nato, cuando se encontraba en el campo de batalla, su
mirada cambiaba y su único objetivo era llevar la misión hacia el éxito sin
importarle todo lo demás. Se podría decir que luchar era su droga. Ahora se
encontraba mucho más controlado, pero por lo que me contó, no había tenido
un pasado fácil.
—Nunca podría dejar de ser militar —susurró aquella noche mientras
permanecíamos mirando el cielo estrellado—, ahora es algo que me permite
no hundirme.
Me quedé en silencio. Recuerdo que no le respondí, sentía que no era necesario
intervenir, sin embargo, sus palabras nunca dejaron de repetirse en mi cabeza
porque no sabía si me ocurría ahora lo mismo a mí.
A medida que los minutos iban transcurriendo, cada vez faltaba menos para la
hora en punto y el pabellón se iba llenando con diferentes grupos de soldados
de diferentes brigadas y compañías. Ni siquiera era capaz de poder
reconocerlos a todos.
También me di cuenta de que aquí no se haría la prueba, no había suficiente
espacio físico para probar el arma de semejante calibre. Las gradas iban
llenándose y noté la presencia de Marina a lo lejos, estaba hablando animada
con otros sargentos.
Los tenientes también iban llegando, entre ellos reconocí a Gómez, el que
también probaría el fusil, sin embargo, todo el mundo empezó a guardar
silencio cuando el comandante hizo acto de presencia en el pabellón,
colocándose en el medio de la pista. Los cuatro capitanes iban detrás de él,
incluyendo a mi padre y también al señor Otálora.
También se encontraba aquí, elegante en su traje de color marino.
—¿Ese es el productor de armas? Pensaba que sería más viejo, ¿Tiene edad
suficiente para estar dirigiendo una empresa?
Los comentarios de Luis no podían faltar.
—Es el hijo —respondí sin dejar de mirarle—. Yo también pensaba que
vendría el padre.
—Qué dato más interesante —soltó—, pues déjame decirte que el hijo no está
nada mal.
—La verdad es que no.
En aquel instante, el comandante empezó a hablar obteniendo la atención de
todo el cuerpo militar.
Capítulo 8
Sebastián
Cuando llegué a la CMFE nunca pensé que sería con el objetivo de presentar el
nuevo diseño de arma delante de casi todo el cuerpo militar. Confieso que me
sentí levemente intimidado al ver a tantos militares juntos pues todos
llevaban su correspondiente uniforme, además de que me encontraba detrás
de los capitanes y del comandante Arias quienes lucían imponentes con sus
estrellas y medallas colgadas en el pecho.
Había hecho muchísimas presentaciones en la empresa, estaba acostumbrado
a hablar delante de grandes multitudes, pero el que ahora tuviera que hacerlo
delante de esta gente, me influía muchísimo más respeto.
—Señor Otálora. —Se dirigió el comandante hacia mí—. Si le parece, puede
proceder a la presentación para después hacer una leve demostración en la
diana que ve justamente ahí —me indicó—. Después nos trasladaremos hacia
el exterior para que el grupo de militares seleccionados inicie la prueba.
—Está bien —respondí enderezando la espalda mientras se me entregaba un
megáfono. Lo agarré firme y me lo acerqué a la boca para empezar a hablar—.
Buenas tardes. —Empecé a decir y todo el mundo enmudeció de inmediato por
lo que continué hablando mientras pasaba la mirada por casi todas las gradas.
Lo más probable es que la sargento también estuviera escondida entre la
multitud. Me puse nervioso de solo pensarlo—. Mi nombre es Sebastián
Otálora y me pertenezco a la empresa productora de armamento militar
ARSAQ. Supongo que ya lo deberéis saber, pero el motivo de este encuentro
será para enseñar el nuevo modelo de fusil mejorado para su puesta en
funcionamiento también.
Hice una pausa mientras seguía pasando la mirada por las gradas hasta que
mis ojos se encontraron con los de ella, quien bajo mi sorpresa, no apartó la
vista. Se mantuvo en su posición atenta a mi explicación.
»—Se trata del arma denominada BL-310, una versión mejorada del fusil de
combate tradicional cuya característica innovadora se trataría de la trayectoria
de la bala llegando a alcanzar una distancia efectiva de 350 metros, además de
la carga automática y que hemos aminorado su peso en 150 gramos menos.
Añadir, además, de que también hemos incluido la posibilidad de acoplar una
mira telescópica.
Segundos más tarde, noté como dos de mis trabajadores se acercaban
trayendo un pequeño carro consigo donde encima se encontraba el maletín
que resguardaba el fusil. Me acerqué al soporte y abrí la tapa, entregándole el
megáfono al capitán Abellán. Agarré el arma con ambas manos para alzarla
levemente para que pudieran apreciarla.
»—Como pueden observar, el diseño es parecido a su versión anterior, no
hemos querido hacerlo muy diferente. El cargador —dije y lo alcé en alto para
que lo vieran—, se colocaría aquí. No tiene complicación alguna. —Me dirigí
hacia el comandante—. ¿A qué distancia se encuentra esa diana? —Murmuré
para que tan solo él me oyera.
Observé la diana colocada hacia el otro lado de la pista.
—150 metros —respondió y asentí con la cabeza.
Coloqué el arma en posición, sujetándola con ambas manos después de quitar
el seguro y apunté hacia la diana, justamente en el centro pues no quería fallar.
Mi puntería era buena y se me daban bien las armas pesadas, por lo que no
debería de haber ningún tipo de problema. Conté mentalmente hasta tres y
apreté el gatillo disparando varias balas. El pabellón enmudeció debido al
ruido del impacto y cuando comprobé la diana, casi todas las balas habían
atravesado el centro, dejándolo añicos.
Uno de los trabajadores recogió los casquillos que habían caído al suelo y le
agradecí el gesto con la mirada. Sin darme cuenta, también giré la cabeza hacia
la sargento cuyo rostro seguía mostrándose serio. Desvié la mirada hacia el
comandante quien agarró el megáfono con la intención de decir unas palabras,
por lo que guardé el fusil en su sitio.
—Como habéis podido observar, no se trata de ningún juguete. Es un arma
seria, señores —pronunció—, por lo que tan solo se utilizará en los casos de
emergencia y cuando se dicte el estado de alarma. Se guardarán en los puntos
estratégicos del cuartel junto con las demás. ¿Os tengo que recordar lo que
pasará si se llega a agarrar alguna sin autorización? —Lanzó la pregunta al
aire y todo el mundo respondió de manera negativa, teniendo claras las
consecuencias—. Bien, ahora procederemos a la segunda parte que será la
demostración en el exterior. Quiero ver a todo el mundo en el punto de
encuentro C dentro de 20 minutos. ¿Entendido?
—¡Señor, sí, señor!
—Bien. Empezad a salir del pabellón de manera ordenada, no quiero ver a
nadie haciendo el idiota porque me enfadaré.
Su hija era mi prometida por lo que, había compartido muchos momentos con
Guillermo yendo a viajes con su familia o en las fiestas navideñas, tenía su
carácter y su temperamento, eso nadie lo podía negar, sin embargo, pocas
veces lo había visto en su faceta de comandante y debo confesar que imponía y
bastante. Nadie dijo ni una sola palabra cuando comenzaron a levantarse
dirigiéndose hacia fuera del pabellón.
Busqué a la sargento con la mirada, ella iba acompañada por otro soldado
quienes habían empezado a conversar de manera animada, sobre todo él,
quien no dejaba de sonreír. En aquel momento no logré recordarlo, pero
instantes más tarde me di cuenta de que se trataba del mismo compañero que
caminó a su lado cuando ocurrió la explosión del avión hará más de un mes
atrás. Permanecí al lado del comandante y de los capitanes.
—Señor Otálora. —Me llamó el capitán Abellán—. Si quiere, también puede
salir hacia el patio. Puede buscar a mi hija Renata quien acaba de salir para que
le haga compañía, nosotros tenemos que hablar de un asunto privado.
—Oh, claro, como no, descuide, de hecho, la acabo de ver pasar.
Después de intercambiar unas últimas palabras también con Guillermo,
empecé a caminar hacia la salida a paso lento pues todavía faltaba un grupo de
soldados que debían salir. Una vez afuera, entrecerré la mirada debido al sol de
la tarde que me dio directamente en la cara, sin embargo, entre aquellos rayos
de luz, logré distinguirla entre los demás y ahí fue cuando me entró la duda si
acercarme o no, pues tampoco quería molestar entrometiéndome en la
conversación que estaba teniendo con sus compañeros.
Por lo que permanecí ahí de pie, alejado de los demás y por un momento me
sentí como si estuviera en el patio del colegio, alejado de todo el mundo
mientras me concentraba en mis libros sin querer que nadie se me acercara.
Siempre fui un niño que no le gustaba mucho interactuar con los demás, no
me lo pasaba bien, me ponía muy nervioso, por lo que siempre me decantaba
por hacer lo mínimo posible a la hora de tener que relacionarme con otros
niños.
Si hubiera querido hacer amigos, los hubiera hecho, el problema era que no yo
no quería, no me sentía cómodo. Cuando me tocaba hacer trabajos de clase,
casi siempre hacía la mayor parte para no tener que depender de los demás
porque sabía que no lo harían con el resultado que yo deseaba obtener, que
casi siempre era alcanzar el excelente. Supongo que por eso tampoco los
demás dejaron de hacer el intento por acercarse, porque sabían que mi
reacción siempre iba a ser de rechazo.
Fui el niño repelente e inteligente de la clase, tampoco me iba a esconder
negándolo.
Contrario a lo que me esperé, la sargento Abellán empezó a dar pasos hacia mi
dirección hasta que se detuvo delante de mí. Iba vestida con su uniforme y con
el pelo perfectamente recogido.
—Buenas tardes, señor Otálora —pronunció esbozando una pequeña sonrisa
de cortesía—. Se me hacía de mala educación no acercarme para saludarle.
Además, déjeme decirle que tiene usted una excelente puntería. Me ha dejado
asombrada.
—¿Qué le puedo decir? Tener puntería es uno de mis muchos talentos
escondidos.
—Cuánta modestia —dijo en una evidente ironía y no pude evitar sonreír—.
Me gustaría saber cuáles son sus otros talentos.
—Et invenies utique in tempore visitationis —respondí en latín que los
averiguaría a su debido momento y observé su reacción la cual se mostraba
amena ante mis palabras.
—Digamos que no soy una persona muy paciente, téngalo en cuenta.
—Es una pena, sargento, en este caso lo tendrá que ser.
No sabía hacia qué dirección estábamos dirigiendo la conversación, sin
embargo, estaba respondiendo sin pensar, sin dobles intenciones, sin nada
extraño de por medio, tan solo me estaba dejando llevar y por un momento, el
rostro de Anneliese apareció en mi mente invadiendo aquel momento. Fue en
aquel entonces cuando desperté dándome cuenta de que probablemente no
tendría por qué estar teniendo este tipo de conversación con otra mujer. Una
voz en mi interior me regañó diciendo que tan solo me limitara a hablar
estrictamente de trabajo.
—Usualmente no permito que nadie me diga cómo me tengo que comportar,
pero en este caso, señor Otálora, seré paciente, de todas maneras, no tengo
prisa alguna —respondió utilizando casi mis mismas palabras.
Tan solo me limité a no dejar de mirarla para no romper el contacto visual.
Minutos más tarde ya nos encontrábamos en la zona donde dijo el
comandante que se haría la prueba. Según había podido observar, no se
encontraban todos los soldados, a simple vista, calculaba que tan solo
estábamos la mitad pues a lo largo del espacioso terreno donde ya se podía
percibir la llegada del otoño, el gran grupo permanecía por detrás de los cuatro
militares que probarían el fusil, entre ellos, la sargento Abellán.
• ────── ✾ ────── •
Renata
Empecé a mirar a mi alrededor buscando con la mirada al teniente López ya
que no se encontraba junto a nosotros y la prueba empezaría en tan solo unos
minutos. Fruncí el ceño al no encontrarlo cuando ya todos estábamos
presentes delante de las mesas con las armas preparadas.
—¿Dónde está el teniente? —Preguntó Luis acercándose a mi lado—. No lo he
visto desde que salimos del pabellón.
Mi padre también se encontrada a unos metros, por lo que fui directamente
para preguntarle.
—Señor —llamé su atención y de inmediato posó sus ojos marrones en los
míos—. ¿Qué ocurre? ¿Dónde está el teniente?
—Se ha empezado a encontrar mal, decía que estaba algo mareado y que no
podría sostener un arma para disparar —respondió—, no os preocupéis,
haréis la prueba vosotros cuatro y ya. Ha sido un imprevisto de última hora.
Ahora se encuentra en su habitación, descansando.
—¿Hay alguien acompañándole?
Lo cierto es que tenía un mal presentimiento.
—Sí, un soldado lo ha acompañado y se le ha pedido a una enfermera que se
mantenga a su lado, cuidándole por si llegara a necesitar algo. Al principio ha
dicho que estábamos exagerando, pero tampoco se ha negado. Supongo que
algo le habrá sentado mal.
Seguía mostrándome desconfiada ante la situación del teniente López, sin
embargo, tampoco seguí preguntando.
—¿Podré probar las dos armas a la vez?
—¿Para qué quieres hacer eso?
—¿No puedo? —Le dije—. Quiero probar a disparar sosteniendo ambos fusiles
al mismo tiempo. El señor Otálora dijo que habían reducido el gramaje, así que
lo quiero comprobar.
—De acuerdo —aceptó después de haberlo meditado durante un par de
segundos—, pero quiero que vayas con calma.
—No te preocupes. Sabré apañármelas.
Me coloqué de nuevo en mi posición delante del arma que me habían asignado
mientras todo el mundo se quedaba en silencio para escuchar lo que el
comandante nos tenía que decir. Dio paso a Sebastián, quien se aproximó a
nosotros para decirnos los últimos detalles que necesitábamos saber para su
correcto funcionamiento y fue ahí cuando pude notar varias de sus miradas
que se dirigían directamente hacia mí.
Verle disparar fue un verdadero espectáculo pues agarró el arma de manera
firme, seguro, apuntó sin titubear y disparó sin pensárselo dos veces. Me
preguntaba por qué habría elegido la profesión de empresario y no de policía
o, incluso, de militar. Se le podía apreciar la firmeza y el carácter fuerte,
además de la destreza, pero luego recordé de que esas no eran las únicas
características que debía poseer una persona capacitada para brindar
protección al ciudadano. Intervenían muchos más factores, muchísimos.
Terminó de hablar para luego dar un paso hacia atrás y colocarse donde la
multitud se encontraba expectante de que la prueba comenzara.
No se escuchaba ningún ruido y las instrucciones que nos habían dado eran
claras. Éramos un teniente, dos oficiales y una sargento. Primero empezaría el
teniente, quien probó el arma de todas las maneras posibles, los oficiales se
unieron, entre ellos, Luis, quien estaba encantado con el nuevo juguete hasta
que, por último, me tocó a mí disparar.
Visualicé mis cinco dianas intactas a lo lejos. Me coloqué el fusil
correctamente y vacié el cargador apuntando directamente en el centro de
cada una. El arma tenía menos peso lo que permitía sentir su ligereza y
aguantarlo con mayor destreza, además de que poseía una trayectoria limpia
de disparo.
Habían hecho un buen trabajo con este nuevo diseño, eso nadie lo podía negar.
Después de acabar con esas cinco dianas, respiré de manera profunda
admirando el resultado, por lo que me giré cuando el comandante dio un paso
hacia adelante con la intención de hablar.
—¿Opiniones?
—El fusil cuenta con mayor ligereza, señor. —Empezó a hablar el teniente—.
Más facilidad a la hora de sujetarla durante largos periodos de tiempo.
—La trayectoria de las balas son certeras, me he podido dar cuenta de que
cuenta con una mayor velocidad —continuó Luis, quien todavía la tenía sujeta
sin querer soltarla.
Continuaron intercambiando más opiniones hasta que el comandante Arias
posó su mirada en mí.
—¿Y usted, sargento? ¿Cuál es su opinión?
—Se ha hecho un buen trabajo —afirmé—, mi opinión no será muy diferente a
la de mis compañeros, pero sí me gustaría hacer una última prueba
disparando dos fusiles a la vez. El arma del teniente López no se ha tocado —
dije mientras le daba una mirada hacia el fusil que todavía se encontraba en su
maletín.
Mi padre no dudó en acercarse al comandante para susurrarle algo el oído y
fue entonces cuando él accedió con un movimiento afirmativo de cabeza.
No esperé que el señor Otálora también se acercara a mí.
—Sargento Abellán —pronunció llamando mi atención. Se encontraba a
menos de un metro de distancia mientras me veía cambiar el cargador con
habilidad—. Me gustaría saber por qué quiere disparar sosteniendo ambos
fusiles a la vez.
—¿Y por qué no? —Respondí con otra pregunta mientras le mostraba una
sonrisa de suficiencia.
¿Por qué todo el mundo se había puesto de acuerdo en dudar de mis
habilidades? Me miraban con preocupación, como si creyeran que yo no podría
con ambas armas a la vez.
»—Llegará una situación de alerta roja donde posiblemente será necesario
poner los ovarios sobre la mesa y tener que disparar a matar —pronuncié—, y
para ello se tendrá que utilizar todos los recursos necesarios.
No me dijo nada, tan solo se limitó a mirarme con esos ojos claros mientras
mostraba una leve sonrisa ladeada. Dio un paso hacia atrás a la vez que
extendía la palma de su mano.
—Cuando quiera, sargento —murmuró—, la estaré viendo.
El segundo fusil ya estaba preparado. Me acerqué a la mesa y pude observar el
nombre del arma grabado a simple vista. BL-310. Fruncí el ceño levemente al
volverlo a decir en mi mente, sin embargo, tampoco le presté la mayor
atención y lo agarré con la mano derecha. En la izquierda tenía el que ya había
utilizado varios minutos atrás.
Había dos dianas nuevas colocadas de manera paralela a la misma distancia
que habían estado puestas las demás, así que, sin perder más tiempo, alcé
ambas armas intentando apuntar en el centro pues al sostener dos, la puntería
no sería la misma. Respiré hondo, conté hasta tres, pero en el momento en el
que apreté ambos gatillos, el fusil que tenía agarrado en mi mano derecha,
explotó.
Capítulo 9
Narración omnisciente
Nadie reaccionó durante los dos primeros segundos que se produjo esa
explosión originada en el fusil BL-310 que hizo que la sargento Abellán cayera
de rodillas al suelo todavía consciente y agarrando fuerte su mano contra el
pecho. Todo el mundo se había quedado en silencio, impresionado de que
aquello hubiera pasado y más de uno pensó que lo más probable, es que aquel
atentado fuese, en realidad, para el teniente que al final no se presentó a la
prueba. La sargento había sido una consecuencia, un daño colateral que no
debería haber pasado, que no se tuvo presente.
Varias miradas se giraron hacia el productor de armas, el señor Otálora, quien
lucía incluso más sorprendido que la mayoría, no entendía que pudo haber
pasado pues en ningún caso quiso que alguien saliese herido, mucho menos la
sargento a quien empezaba a conocerla más. Se supone que comprobaron esas
armas, hicieron todas las verificaciones necesarias para que diera el visto
bueno en efectividad.
El capitán Abellán ni siquiera esperó aquellos dos segundos cuando ya se
encontraba al lado de su hija sujetándola por los hombros mientras le decía
que se iba a poner bien. Tampoco entendía qué había pasado, todo había sido
muy rápido, en el mismo segundo que apretó el gatillo, el cañón había
explotado. El ruido sordo todavía permanecía en el aire, al igual que el humo
negro que no dejaba de querer expandirse por la zona.
—¿Puedes caminar? —Preguntó casi en un susurro. El señor Otálora se acercó
firme, mas no se atrevió a interrumpirles pues el comandante le lanzó una
mirada de advertencia.
Su hija apenas podía hablar y aquello tan solo demostró que aquellos
recuerdos vendrían para atormentarla, que lo que pasó hace ya cuatro meses
atrás, todavía seguía estando demasiado presente en su cabeza.
Renata cerró los ojos con fuerza mientras intentaba hacerles entender que sí,
que podía caminar, sin embargo, su padre no se lo pensó dos veces cuando la
levantó en brazos para llevarla él mismo a la enfermería pues la quemadura en
su mano llegando hasta el antebrazo no es que tuviera buena pinta.
Los murmullos empezaron y las especulaciones no tardaron en aparecer. Los
diferentes grupos de soldados empezaron a marchar por órdenes del
comandante quien seguía sin entender a qué se debía estas explosiones, por
suerte la sargento se recuperaría, pero de todas maneras estaba claro de que
no se había tratado de ningún accidente pues cada militar tenía asignada su
arma. La cuestión era saber quién la había manipulado para hacer que
explotara el cañón.
Se agachó donde yacía el arma destrozada sin llegar a tocarla y la examinó con
la mirada. Lo más seguro es que alguien hubiera obstruido el cañón sin que
nadie se percatara de ello. Dejó escapar un largo suspiro al darse cuenta de que
se tendría que haber comprobado antes de proceder a utilizarla, sin embargo,
él iba confiado de que el arma se encontraba en buen estado pues Sebastián le
aseguró de que así era.
Se giró hacia él de inmediato, se encontraba ahí de pie, quieto entre la
multitud que empezaba a dispersarse y negó con la cabeza al darse cuenta de
que él no hubiera dejado que algo así pasara. Prácticamente era de la familia,
se iba a casar con su hija y lo conocía lo suficiente para saber que era muy
meticuloso en su trabajo. No toleraba los errores, tampoco los fallos, no
hubiera permitido que se utilizara un fusil de prueba que estuviera en malas
condiciones.
Se acercó a él por detrás. Sentía que necesitaba ser tranquilizado mediante
unas cuantas palabras.
—No ha sido tu culpa. —Empezó a decir—. No quiero que pienses eso.
Averiguaremos quién ha sido el responsable.
—Tarde —murmuró aun con la espinita clavada en su garganta—. Se supone
que es un arma diseñada y fabricada en mi empresa, se han hecho tres
verificaciones antes de llegar hasta aquí y las cinco se encontraban en perfecto
estado para su utilización.
Sebastián se giró hacia el comandante mirándole de manera seria y a decir
verdad, bastante enfadado pues estaba seguro de que él no había cometido el
error. ¿Cómo podía haberlo hecho? Bajo ningún concepto hubiera permitido
que algo así llegara a pasar, además de que la reputación de su empresa se iría
en picado.
—Abriremos una investigación. —Echó un rápido vistazo hacia el fusil
destrozado que seguía en el suelo. Estaba vigilando de que nadie se acercara
pues quería que el equipo forense llegara cuanto antes para proceder a
analizar el escenario—. No quiero que te preocupes, la persona responsable
tendrá su correspondiente castigo.
—¿No te parece extraño? —Preguntó el empresario mientras adentraba las
manos en los bolsillos. Había lanzado la pregunta al aire esperando a que el
comandante entendiera la referencia quien no tardó en hacerlo.
Guillermo Arias estaba al corriente de que Sebastián conocía los detalles
generales de lo que pasó, por eso podía hablar libremente de esto con él.
—Lo es —respondió—. Habrá que poner al teniente López bajo vigilancia —
murmuró—. Hace más de un mes ocurre lo de la explosión al avión donde el
teniente Ramírez murió, hoy ocurre otra, supuestamente dirigida para López.
Abriremos una investigación con la máxima discreción —dijo casi en un
susurro y solamente para que su yerno lo oyera—, hay que saber qué cojones
está pasando.
Sebastián asintió con la cabeza mientras empezaba a caminar en la dirección
que había tomado el capitán Abellán después de haberse despedido. El
comandante permaneció ahí, al lado del fusil lanzando instrucciones al equipo
forense para que se pusieran las pilas mientras que a lo lejos, aquellos ojos
oscuros seguían contemplando el desastre que había ocasionado.
El plan no había funcionado, lo debía admitir, había sido una buena
oportunidad para dejar fuera de combate al teniente López quien a última hora
empezó a encontrarse mal, en su lugar, la sargento Abellán había utilizado el
fusil que se supone que debía haber sido para él. No le gustaba saber que ella
había sido la que se llevó la peor parte, le tenía mucho aprecio, sin embargo,
no pudo hacer nada cuando ella misma insistió en querer disparar agarrando
las dos armas en cada mano.
¿Qué mente ególatra hacia eso?
Empezó a caminar siguiendo el paso de los demás soldados. Quería
permanecer en las sombras, sin llamar la atención. Lo único que tenía seguro
en aquel momento es que los tenientes que habían participado en la captura y
la muerte de sus padres, caerían, uno por uno.
• ────── ✾ ────── •
24 de octubre del 1985
Renata
Tres días habían pasado desde que me quemé la mano con el puto fusil de los
cojones. La seguía teniendo vendada, sin embargo, me encontraba mucho
mejor, pero aun así, no me dejaban salir de casa. Mi madre se había vuelto
insoportable con sus cuidados exagerados, incluso había hartado a Rocío
quien empezó a sentir los típicos celos que podía llegar a sentir una hermana
cuando la otra empezaba a recibir mayor atención.
Todavía seguía teniendo 16 años, no la podía culpar.
—Renata. —Entró diciendo mi madre a mi habitación. Solté un suspiro largo
sin querer incluso antes de que continuara hablando. Valentina levantó las
cejas, algo molesta—. Ya quisieras que alguien te cuidara como te cuido yo,
jovencita malagradecida —protestó—. Venía a decirte que tienes visita,
alguien quiere saber cómo sigues.
—¿Quién es? —Me incorporé de la cama—. ¿Es Luis?
Se asustó bastante cuando el arma explotó pues él se encontraba tan solo a
unos metros de mí. Parecía bastante sorprendido y cuando llegó a la
enfermería minutos más tarde, hizo que todas las miradas curiosas
abandonaran la zona pues muchos querían quedarse para seguir estando al
pendiente de cómo me encontraba.
En aquel momento lo único que quería era esconderme debajo de las piedras
pues no me gustaba ser el centro de atención en esos casos, prefería una
mayor privacidad y eso Luis lo sabía.
—No es tu amigo, que ya podrías decirle que venga un día a comer a casa. Echo
de menos sus ocurrencias —respondió esbozando una sonrisa cuando me vio
rodar los ojos. Hasta mi propia madre le prefería a él antes que a mí—. Es el
prometido de la hija de comandante, Sebastián, el que te acompañó a casa, ¿le
recuerdas?
Apreté la mandíbula casi de inmediato pues nunca esperé que se hubiera
presentado a mi casa con la intención de saber cómo estaba. Claro que le
recordaba, más de lo que a mí me hubiera gustado. No le había contado a nadie
que cada vez le pensaba con mayor frecuencia, sin embargo, seguía teniendo
presente de que era siendo un tipo comprometido. No quería que los demás
pensaran cosas que no eran, sobre todo mi familia.
Aparecía en mi cabeza de manera espontánea sobre todo recordando las
pequeñas conversaciones que teníamos y me era frustrante porque aquello
solo hacía que me desconcentrara de mis obligaciones. No podía permitir que
aquello llegara a más.
Porque no estaba bien y porque yo tampoco lo estaba.
—Sí, claro —respondí mientras me levantaba de la cama.
—Te estará esperando en la sala de estar, no tardes. —Acabó por decir
mientras se iba, cerrando la puerta.
Y a pesar de todo, lo único que me preocupó en aquel momento fue pensar que
seguía yendo en pijama. Desde hacía tres días que mi cuerpo no conocía otras
prendas que no fueran el pijama. No me podía presentar así, además de que mi
pelo tampoco es que estuviera en la mejor de las condiciones.
Segundos más tarde, sin embargo, reaccioné. ¿Qué más me daba a mí? Tenía
derecho a ir así en mi propia casa. Me puse una bata por encima, me peiné con
los dedos lo mejor que pude dejándome el pelo medio decente y salí de la
habitación hasta que llegué a la sala de estar.
Sebastián se encontraba de pie delante del mueble donde había algunas
fotografías enmarcadas. Las estaba observando con detenimiento sobre todo
aquella donde me encontraba junto a mi hermana.
Me acerqué hasta que me coloqué a su lado.
—A pesar de la diferencia de edad —empecé a decir—, muchos creen que
somos mellizas y es bastante curioso porque si se llega a fijar bien, tampoco
somos tan parecidas.
Giré la cabeza hacia él y no pude evitar adentrarme en el color tan azul de sus
ojos. Un azul tormenta que te invitaba a refugiarte en su mirada.
—Es usted la mayor, ¿no? —Asentí—. A simple vista, cualquiera se podría dar
cuenta de la buena relación que tienen, por eso no dudan en pensar que tal vez
la diferencia sea de minutos y no de años.
Había pasado un mes y medio desde la primera vez que nos vimos y, aun así,
nos seguíamos tratando de usted.
—¿Tiene hermanos? —Me picó la curiosidad por saber.
—Sí —respondió mientras volvía a girar su cabeza hacia mí—, en este caso sí
somos mellizos son siete minutos de diferencia.
—¿Y cómo es su relación? Si se puede preguntar.
Tardó algunos segundos en responder.
—Interdum eget —dijo en latín y no pude evitar sentir un cierto sonrojo en las
mejillas.
Complicada. Por un momento quise que me siguiera contando, me gustaba
escuchar, sin embargo, no insistí suponiendo que él tampoco querría hablar
más del tema. Se le podía notar en la mirada. Aquello era lo complicado de
querer estar bien con una persona, intentar arreglar la relación, pero no poder.
—A pesar de lo que haya pasado entre vosotros, no dudo en que al final, sabrá
como arreglar la situación. Se le nota que también quiere a su hermano —
murmuré—. Lo importante es la comunicación independientemente de la
relación que haya entre dos personas.
—Sabias palabras —dijo mientras se guardaba las manos en los bolsillos—.
¿Usted cómo se encuentra?
—Mejor —miré la mano vendada de manera inconsciente, pero lo que hizo
que me tensara fue cuando sentí sus manos en mi codo con la intención de
sostenerme el brazo. Se quedó analizando la venda durante algunos segundos
hasta que su mirada de nuevo se volvió a posar en la mía.
—Lo siento —se disculpó, una vez más.
—Ya me lo dijo en la enfermería.
—Y lo digo una vez más. —Descendió su mano para volvérsela a guardar en el
bolsillo—. Lamento lo que pasó con el fusil, en cierta manera, me siento
responsable.
—No debería —respondí—. Estaré bien. En un par de días volveré a la CMFE.
La suerte fue que la sostuve con una mano y el daño no fue tanto.
—Hablé con el comandante. —Por un momento me había olvidado de que la
hija de Arias era su prometida y que, por lo tanto, no se me tenía que hacer
extraño que hablaran. La cuestión era de qué exactamente habían hablado—.
La investigación sigue avanzando, pero no con los resultados que están
esperando. Esa persona sabía dónde se encontraban ubicadas las cámaras, así
que no será fácil dar con el responsable.
Según mi padre, el informe del laboratorio decía que la explosión se había
ocasionado debido a una obstrucción en el cañón que impidió que la bala
saliera disparada.
—Tengo que volver al Cuartel —susurré—. ¿Sabe qué ha pasado con el
teniente que se supone que debía haber estado en la prueba? ¿El comandante le
ha dicho algo al respecto?
—Tiene vigilancia detrás porque no descarta la posibilidad de que quiera
quitárselo de en medio. Arias lo ha relacionado con la explosión de hace un
mes y cree que se trata de la misma persona, ahora la cuestión será averiguar
de quién se trata y darle punto final.
—De los conocidos del teniente que murió, además de sus grupos de soldados,
nadie sabe nada. Estuve preguntando semanas atrás y acabé dejándolo pasar
porque no salía nada concluyente. Lo hizo parecer como si se hubiera tratado
de un accidente.
—Hay que volver al principio —comentó Sebastián—, y fijarse en los
pequeños detalles. Reordenar la información que tenemos actualmente.
Eso me pareció bien, lo iba a hacer de todas maneras una vez que volviera a la
CMFE. Lo que no me pareció tan bien es que viniera de él, al fin y al cabo, por
más yerno que fuera del comandante, seguía sin pertenecer al cuerpo militar
y, por lo tanto, tan solo era un civil más.
—Señor Otálora… —mencioné su nombre a modo de advertencia—. Entiendo
que quiera participar porque de alguna u otra manera, le involucra al tratarse
de un arma de su producción, pero me temo que no podrá participar de
manera activa en esta investigación. Usted sigue siendo un civil.
Se quedó callado mientras analizaba mi respuesta.
—Lo tengo muy presente, señorita Abellán. —Segunda vez que me llamaba
así. En aquel momento me había dado cuenta de que no utilizaba mi título para
dirigirse a mí cuando estábamos fuera del Cuartel o por lo menos, cuando yo
no lucía como una militar—. De todas maneras, no dude en ponerse en
contacto conmigo por si necesitara algo, ya sabe lo que dicen, dos mentes
piensan mejor que una.
Me había dado cuenta de que aquello había sido una clarísima indirecta, sin
embargo, decidí no responder. Dejé que él tuviera la última palabra.
—No se lo voy a negar.
—La dejaré descansar —continuó diciendo—, para que se recupere y pueda
volver a su puesto como sargento.
Eso me recordaba que las elecciones para presentarse al puesto de oficial no
tardarían en llegar.
—Nos mantendremos en contacto. —Le acompañé hasta la puerta para
abrirla.
Sebastián se situó en la salida, pero antes de irse, fijó su mirada de nuevo hacia
la mía. No sabía si aquello ya se había vuelto costumbre, sin embargo, no fui
capaz de apartar la vista.
—Descanse, bell.
De inmediato comprendí que aquel apodo venía de la palabra en latín, bellator.
—Que pase buena tarde, señor Otálora —dije en respuesta y a modo de
despedida.
Permaneció ahí durante un par de segundos hasta que finalmente, empezó a
avanzar y cerré la puerta para quedarme de pie delante de ella como una idiota.
—Qué conversación. —No tardó ni dos segundos en aparecer.
Tenía puesto su delantal de cocina, a pesar de que tuviéramos una cocinera
que se encargaba de ello, a mi madre le apetecía ponerse a hacer cosas en el
horno de vez en cuando.
—¿Has oído todo?
—No todo —respondió mientras se secaba las manos con un trapo—, pero sí
algunas cosas. Es muy formal, no me lo imaginaba así.
—¿Por qué seguimos hablando de él?
—¿No podemos?
Me quedé callada sin saber qué decir. Claro que podíamos, pero no entendía
cuál era la necesidad. Tan solo nos encontrábamos ella y yo en casa. Papá
estaba haciendo de capitán en la CMFE y Rocío andaba en sus clases.
—Tampoco me ha dicho nada del otro mundo. Ha venido a ver cómo estaba.
¿Si te acuerdas de que es el que diseña las armas?
—Claro que me acuerdo, llevo la contabilidad del Cuartel. Sé que ARSAQ es la
empresa proveedora.
Me dirigí a la cocina para ver lo que estaba haciendo. Se trataba de algo dulce,
lo podía oler desde aquí. Chocolate. Cerré los ojos deleitándome con el aroma.
—¿Cuándo estará listo? —Pregunté queriendo cambiar de tema, sin embargo,
mi madre era mucho más inteligente dándose cuenta de las cosas.
—Dentro de veinte minutos y no trates de cambiarme de tema, sabes que soy
curiosa.
—Chismosa, diría yo.
—Renata —dijo mi nombre a modo de regaño, sin embargo, lo acabó
admitiendo—. Vale, puede que un poco.
—Simplemente ha venido para ver como tenía la mano. Se siente en parte
responsable por lo que ha sucedido al tratarse de su arma y nada más, no le des
tanta importancia.
—Le daría la misma importancia si hubiera venido Luis —respondió mientras
se acercaba al horno para comprobar como estaba yendo el bizcocho—,
incluso le hubiera invitado a merendar. —Cuando se dio cuenta del error, se
puso de pie escandalizada—. ¿No le has ofrecido nada? ¿Ni un vaso de agua?
Menuda anfitriona estás hecha.
—Mamá…
—Mamá, nada. ¿Cuántas veces te he dicho que tienes que ser educada con los
invitados? Incluso a mí se me ha olvidado ofrecerle algo, qué desastre.
—Tampoco te preocupes tanto, no vas a ir al infierno por esto.
Me miró directamente con el ceño fruncido.
—Esa boca, no hagas referencia al infierno.
—¿Qué tiene de malo?
—Todo y no me contradigas más. ¿Los medicamentos te están afectando más
de la cuenta o es porque estás aburrida y necesitas temas de conversación?
—Tiraría por ambas opciones.
—Hazme el favor y ve al despacho de tu padre —dijo casi ignorándome—.
Necesito que me traigas una carpeta que tiene encima del escritorio. Es de
color rojo. —Me pidió mientras se puso a hacer otra cosa.
Se me escapó un sonido a modo de afirmación y me fui hacia su despacho. La
carpeta roja se encontraba a plena vista sobre su escritorio extremadamente
ordenado, sin embargo, algo me llamó la atención también. Era una ficha de
personal, la reconocí por la fotografía en la esquina superior derecha.
Formulario para incorporación a teniente en el Cuartel Militar de las Fuerzas
Españolas Aéreas.
Me fijé de nuevo en su fotografía.
Entonces tendríamos una nueva incorporación. Una nueva cara.
Aquello hizo que se me cruzara por la mente la idea de investigar a Marina
Soler, porque, al fin y al cabo, los atendados empezaron días más tarde que la
sargento hubiera puesto un pie en el Cuartel.
Capítulo 10
4 de noviembre del 1985
Renata
Diego Serra. Era el nombre del nuevo teniente que se había estado escuchando
durante estos últimos días por los pasillos de la CMFE. Ni siquiera el
comandante había salido a dar el comunicado oficial, sin embargo, todo el
cuartel parecía conocerlo ya, porque una de las cosas que más volaban en este
lugar eran los cotilleos.
Volví a recordar su ficha junto con la imagen. No le mencioné a mi padre que lo
había visto, por lo que, a simple vista, me encontraba completamente
desinformada, a pesar de que hace pocos días había vuelto a entrar en su
despacho para buscar información tanto de la sargento Soler como del nuevo
teniente. La curiosidad esa vez me había ganado.
Nadie se encontraba en casa aquella tarde, por lo que pude tomarme todo el
tiempo que disponía para hallar lo que necesitaba saber.
Teniente Diego Serra Fernández.
Fecha y lugar de nacimiento: 3 de agosto del 1957, Barcelona (España).
Si mis cálculos no fallaban, tenía 28 años, es decir que era nueve años mayor
que yo y, por lo tanto, tendría más tiempo activo en el campo de batalla.
También me fijé en ese detalle. 13 años. Tenía una ficha muy bien detallada,
por lo que continué leyendo. Me fijé en el siguiente punto.
Familiares.
Su madre se encontraba fallecida desde hacía muchísimo tiempo, así que
tampoco indicaba una fecha precisa. Su padre no se encontraba en el país,
actualmente estaba viviendo en Italia, tampoco se especificaba la ciudad. Tres
años después de que la madre falleciera, se casó con una italiana y desde
entonces que ha estado viviendo ahí, además de que tuvieron una hija.
Entonces el teniente Serra creció en Italia, pero cuando entró en la etapa de la
adolescencia se apuntó a la academia militar y desde entonces que ha ido
escalando hasta posicionarse como teniente. No tenía ninguna duda que su
aspiración iría a más y que tal vez, también se postularía para el cargo de
capitán y próximamente, el de comandante.
Ni siquiera había puesto un pie en la CMFE y ya podía imaginar la
competitividad que se formaría.
Seguí leyendo hasta que me detuve en la parte de habilidades en el campo de
batalla.
Era un experto francotirador, teniendo un perfecto control de todo tipo de
armas pesadas y de fuego, además de tener gran técnica en el combate cuerpo
a cuerpo. El hombre media 191 cm y pesaba 89 kg de puro músculo. No era un
contrincante que te pudieras sacar fácilmente de encima.
También poseía, como era evidente, un destreza increíble en el pilotaje de toda
clase de aviones, tanto de combate, de transporte y distintos tipos de
helicópteros.
Continué leyendo sus habilidades. Táctica y estrategia
militar. Liderazgo. Aguantaba bien la presión y no se quebraba ante situaciones
difíciles y circunstancias complejas.
Contra más iba avanzando en su ficha, más me daba cuenta de que parecía el
soldado perfecto. Autoritario, militar ejemplar, buen líder y un deseo activo de
proteger la seguridad nacional. Pasé las últimas páginas hasta que llegué al
apartado de defectos y observaciones. Alguna debilidad debía tener este
hombre, todo el mundo la tenía, no podía ser que fuese perfecto.
En su caso, tan solo había tres míseras líneas que apuntó el especialista que le
hizo la prueba psicológica.
“Alto grado de soberbia. El teniente tiene ciertas dificultades en controlar los
ataques de irritabilidad. Dependencia hacia la perfección y tendencia hacia el
egocentrismo. Tiene una excelente capacidad de liderazgo, pero en determinadas
situaciones, le cuesta trabajar en equipo”.
En mi mente aquello sonaba a que era un tremendo hijo de puta, calculador,
frío y con el ego por las nubes.
Una joyita.
En cierta manera, no podía evitar compararme porque algunos aspectos sí los
compartíamos, aunque ahora mismo poseyera una debilidad que si no tenía
cuidado, haría que perdiera el control en alguna misión y no podía dejar que
sucediera aquello.
No miré nada más relacionado con el teniente, podía intuir como sería su
personalidad, además de la idea general que tenía de él como militar. La
curiosidad seguía ahí, palpable. Sentía cierta emoción de verlo en acción,
además, en la ficha ponía, como detalle adicional, que reemplazaría el puesto
que tenía el teniente que murió en la explosión de avión, lo cual significaba
que sería mi superior.
Dejé la pila de hojas dentro de la carpeta y la coloqué en el mismo sitio y en la
misma posición que la encontré. Se supone que lo que estaba haciendo estaba
mal pues mi padre también era mi superior, sin embargo, mi curiosidad y mis
ganas de saber fueron más.
Busqué en el archivo a la sargento Marina Soler. Como nueva incorporación de
hace menos de dos meses, también tendría que aparecer en una de estas
carpetas, teniendo en cuenta de que Marina pertenecía a mí misma brigada.
Encontré su ficha rápidamente y me fijé en su fotografía en blanco y negro.
Nació el 24 de mayo del 1960 en Madrid. No había mucha información sobre
sus familiares, sus padres estaban vivos y su residencia actual seguía siendo
Madrid. No se habían movido de la capital en mucho tiempo, de hecho, Marina
pertenecía al Cuartel General del Ejército de la Tierra ubicado en esa ciudad,
pero qué por una serie de motivos que no se mencionaban, tuvieron que
trasladarla hasta Barcelona.
Sí que era verdad que en Madrid las cosas eran un poco diferentes, en general,
en cada cuartel se procedía de manera distinta, por eso me preguntó con
detenimiento como funcionaban las cosas aquí.
De las habilidades que tenía, poca cosa destacable se podía comentar. Era una
soldado ejemplar tal como indicaba su ficha y eso no lo ponía en duda. Se
mostraba responsable y mantenía a raya a su sección, además de que influía
respeto.
No encontré nada que me hiciera sospechar, sin embargo, no descartaba mi
sexto sentido porque lo más extraño de todo esto, es que los atentados
empezaron justamente días después de que pisara el cuartel. No podía tratarse
de una coincidencia.
O a lo mejor sí.
Salí del despacho de mi padre cerrando la puerta detrás de mí, como si nunca
hubiera pasado nada.
Me encontraba en la cafetería, en una mesa algo apartada de la gran mayoría.
Seguía pelando la manzana y comiéndomela a trozos mientras observaba el
exterior a través del vidrio perdiéndome en mis pensamientos cuando de
repente, los murmullos de los soldados empezaron a aumentar de volumen.
Observé a mi alrededor, Marina se acercaba a mí con su bandeja en la mano. Se
sentó en la mesa circular, a mi lado.
—¿Sabes qué está pasando? —Preguntó mientras seguía mirando a su
alrededor. Tenía el tenedor en la mano, no había empezado a comer.
—¿Has oído de la incorporación del nuevo teniente?
—Sí, no se ha escuchado otra cosa por los pasillos y en los vestuarios. Hay
mucha especulación, incluso creo que ya se ha averiguado el nombre del
teniente.
—Diego Serra —respondí sin darle la mínima importancia.
—Ese mismo —dijo—, ¿es para tanto? ¿Sabes quién es?
No podía decirle que ya había averiguado un poco sobre él. En estos casos, lo
mejor era mantenerse callada y evitar que empezara a hablar porque si llegaba
a oídos del capitán, tendría consecuencias y de las graves, aunque se tratara de
mi padre, él no hacia excepciones con las faltas que cometían sus soldados.
—Sé lo mismo que tú —respondí—, además, no entiendo por qué le están
dando tanta importancia, es otro teniente más, ni siquiera es capitán.
Marina dejó escapar una pequeña risita.
—Pues tienes razón, supongo que después de unos días que ponga el pie en el
cuartel, la gente ya se cansará y el tema de conversación será otro.
En aquel momento, Luis también se acercó a la mesa sentándose mientras
dejaba la bandeja de comida con un poco más de fuerza. Se notaba que estaba
algo molesto, se le podía ver a kilómetros.
—Amanecimos nerviosos hoy, todo el mundo no deja de comentar la llegada
del nuevo teniente. ¿Tendrá los dientes bañados en oro o qué? ¿Por qué le dan
tanto protagonismo?
—Es lo que estábamos comentando —respondió Marina—. Deja que pasen
unos días, la gente se cansa de hablar de lo mismo.
—¿Qué has oído? —Me interesé en saber. Luis no solía darle tanta importancia
a este tipo de cosas. Iba muy relajado por la vida como para dedicarle más de
cinco minutos de su tiempo.
—Dicen que es un hijo de puta —empezó a decir—, pero de aquellos hijos de
puta que te gustaría reventarle la cabeza contra la pared para reiniciarle el
sistema y que deje de decir gilipolleces.
—Vaya —se admiró la sargento—, cuanta agresividad.
—Es que me pone muy nervioso la gente que se cree más que los demás y le
encanta presumirlo.
—¿Yo no soy así? —Pregunté levantando ambas cejas.
—No, tú eres diferente, no te vayas por las ramas. Lo que yo estaba diciendo es
que me encabrona aquellas personas que disfrutan humillando a los demás
para que su ego quede un poco más alto. No hay necesidad. —No dejaba de
darle vueltas al tenedor, sin probar bocado—. Dicen que ese teniente es así y
por eso algunos lo consideran el mejor, porque tiene el carácter de acero y
mano dura. Creo que pronto será capitán.
Las elecciones para ascender de puesto serían a partir de febrero. Durante
unas cuantas semanas se harían diferentes pruebas para probar resistencia
física, rapidez mental y de reacción y mil cosas más para evaluar tu capacidad
según al puesto que aspirabas, eso sí, antes de presentarse, debías cumplir una
serie de requisitos para obtener el apto.
—Si pasa las pruebas con éxito —dije recordando que las pruebas para cada
puesto eran diferentes, pues a mayor escala militar, más responsabilidad
tenías—, y no es lo mismo presentarse para ascender a oficial que a capitán. Es
muy diferente.
—Si eso yo lo sé —se quejó Luis—. No hace falta que me lo digas,
simplemente os estoy diciendo lo que he oído por ahí entre los diferentes
grupos.
Luis Ortega era la chismosa del pueblo en versión militar. Tenía esa facilidad
para enterarse de cualquier detalle. Eso me recordaba a que no había hablado
con él de la sospecha que tuve con Marina, pero que se disipó cuando observé
su ficha.
Lo malo de esos documentos era que el pasado de los militares no quedaba
registrado, por lo que no había informes que me ayudaran a entender cuál era
su origen exactamente. El pasado de una persona era lo más importante para
comprender el presente.
Supongo que sería una buena opción hablar con él y que me mantuviera al
tanto de lo que averiguara, porque dos mentes podían llegar a pensar mejor que
una.
Cerré momentáneamente los ojos al recordar aquellas palabras junto a la
conversación que tuvimos hará alrededor de diez días atrás.
—También existe la posibilidad de que la gente esté exagerando —insinuó
Marina—. Una vez que se empieza a hablar, fácilmente se pueden transformar
las palabras agregándole más cosas.
—Puede ser —respondió Luis—, pero no es casualidad de que todo el mundo
lo esté diciendo, además, no sé ni para qué me estoy quejando si no es el
primer militar con un cargo medio-alto que se pasará las normas por la punta
de la polla y hará lo que le dé la gana. Tan solo espero que no sea alguien
corrupto o alguna mierda de esas, es lo último que me faltaba.
—Habrá que esperar a verlo —acabé por decir mientras me metía en la boca el
último trozo de manzana.
Eso sucedió horas más tarde cuando entró un vehículo militar en el cuartel. Se
podía respirar la tensión de algunos y las ansias de otros. Lo vi bajarse del
coche a lo lejos pues yo me encontraba en el despacho que compartía con otros
sargentos. Me detuve delante del vidrio admirando el espectáculo.
Los diferentes grupos de soldados seguían en sus actividades pues tampoco se
nos permitía abandonar lo que estábamos haciendo sin ninguna razón
aparente, sin embargo, se podía observar cómo más de uno se encontraba
pendiente de como el teniente se colgaba la mochila en el hombro y avanzaba
acompañado de mi padre. Se adentraron en el edificio principal donde se
encontraban los despachos de los cargos altos y del comandante, además de
las diversas salas de reuniones.
A diferencia de lo que había pensado, durante aquel día no ocurrió nada más
importante que destacar. El nuevo teniente se mantuvo oculto en el edificio
seguramente habituándose al nuevo territorio y hablando con sus superiores.
El teniente Ramírez, que en paz descanse, tenía bajo su supervisión el segundo
batallón que también pertenecía a la brigada Alpha que dirigía mi padre, por lo
que Serra se encargaría de ese grupo. Yo me encontraba en los últimos
peldaños y antes de mí se encontraba el puesto de oficial.
No podía sacarme de la cabeza el hecho de seguir aumentando en la escala
militar, tenía algo dentro de mí que me gritaba mantener la mente ocupada.
Era lo único que podía hacer en este momento, pensar en el trabajo, en nada
más… en nadie más. Yo me consideraba una militar ejemplar, alguien que no
cometía errores y en cuyo vocabulario no entraba la palabra perder.
Aquella noche dormí poco, debo confesar. No pude mantener los ojos cerrados
pues no lograba conciliar el sueño, además de que tampoco quería.
Seguía siendo difícil para mí no pensar en aquella noche porque cada vez que
lo hacía empezaba a sentir una ira desmesurada expandirse. Como el fuego sin
control. Por otra parte, también me sentía culpable, pues no pude pararle por
más que grité y le dije que me soltara, no pude detenerle y acabó haciendo
conmigo lo que quiso quitándome la inocencia que tenía. En aquel momento,
llegué a odiarme y a sentir repulsión de mí misma.
No lo podía evitar, por eso me lo seguía guardando para mí. Nadie lo sabía y no
quería que aquello cambiara.
En principio, no podíamos salir de la habitación, sin embargo, lo necesitaba,
por lo menos que me diera un poco el aire nocturno mientras bebía un vaso de
agua. Era algo que me tranquilizaba, ver las pocas estrellas que había en el
cielo mientras intentaba despejar la mente y mentalizarme de que no podía
permitir que nada me doblegara.
Sin embargo, mientras me encontraba en una de las zonas de descanso que se
encontraban en el exterior, una voz se oyó a mis espaldas.
Tardé unos pocos segundos en girarme para ver de quién se trataba.
Era Marina, quien no dudó en acercarse hasta mí para sentarse en otro de los
sillones que había. Se mantuvo en silencio durante unos pocos segundos hasta
que empezó a hablar.
—¿No puedes dormir?
—La verdad es que no —respondí mientras miraba el cielo—, escuchar los
ruidos de la noche me ayuda, me tranquiliza, espero poder conciliar el sueño
después. ¿Y tú? ¿Qué haces por aquí? Si sabes que no ven bien que salgamos de
nuestra habitación, ¿no?
Tampoco era que estuviese prohibido, pero a partir de cierta hora sí que lo era.
El descanso era uno de los aspectos fundamentales que todo militar debía
cumplir, de lo contrario, el rendimiento bajaba al día siguiente.
—Tampoco podía dormir —dijo casi en un susurro—, no sé a qué se puede
deber, por eso decidí salir de la habitación y te vi aquí.
—Deberíamos volver en unos minutos.
—Lo sé.
Me quedé observándola, tenía algo en la mirada que me indicaba que algo
había pasado. Decidí preguntar.
—¿Estás bien?
Giró su cabeza para mirarme algo preocupada. Sus ojos brillaban más de lo
normal, posiblemente se debió a la luz de la luna y al hecho de que
estuviéramos en plena oscuridad, sin embargo, parecía como si estuviera a
punto de querer llorar.
—No puedo permitirme estar mal.
Aquello era algo que me repetía siempre. No llorar. No estar triste. Estar
siempre alerta. No representar una debilidad. No dejar que nadie representara
una debilidad.
—Es cierto —dije—, pero también es importante hablar, no acumular las
cosas para uno mismo.
Aquel consejo debí habérmelo aplicado a mí misma, me hubiera venido bien.
—Mañana tenemos la tarde libre —comentó, cambiando de tema y lo entendí
perfectamente. No quería seguir hablando de ello. Lo respeté—. ¿Tienes algo
en mente?
—¿Cómo qué?
—Tengo un conocido que me ha dicho que hay una galería de arte que casi
siempre suele estar abierta, ¿no te apetece ir? A mí es que me fascina todo tipo
de arte y podríamos aprovechar la tarde para ir a visitar la exposición.
Me quedé sopesando aquello durante unos segundos. No estaría mal, al fin y al
cabo, también era algo que me gustaba. Me era fascinante poder interpretar el
mensaje que querían dar los artistas con sus cuadros, era algo increíble el
saber encontrar un significado.
—Está bien —dije—, nos vendría bien pasar una tarde así, pensar en otra cosa
que no sea algo relacionado con la CMFE.
—Desde luego —me sonrió—. Creo que te gustará, me han contado que es una
galería con una exposición diversa de obras de diferentes autores, no
solamente de uno, así que será algo bastante entretenido.
Lo fue.
Aunque no lo hubiera descrito como entretenido, sino como algo cargado de
tensión.
• ────── ✾ ────── •
Sebastián
No me gustaba discutir y menos cuando intervenían los gritos. No le veía
necesidad. Se podía hablar perfectamente y decir aquello que no te gustaba sin
alzar la voz. De eso se trataba la comunicación.
De saber decir aquello que te molestaba sin llegar a sacar la furia porque eso
tan solo conseguía traer malentendidos.
—¿Por qué no lo quieres entender? —Dijo Anneliese en un tono alto.
Nos encontrábamos en casa, en mitad del salón, ella caminando de un lado a
otro mientras lanzaba gritos sin dejar de gesticular con las manos de manera
exagerada. La quería, era la mujer de mi vida, estaba seguro de ello, pero estas
escenas no me gustaban nada. Habíamos compartido tres años de nuestras
vidas, me conocía y sabía perfectamente que prefería evitar todo este caos.
—Ann… escúchame.
—¡No tengo nada que escucharte! Es que, ¿cómo has podido irte, así como así,
sin decirme absolutamente nada? ¿Cuántas veces lo hemos hablado? Se
supone que somos una pareja, estas cosas no deberían pasar. ¿Qué pasará
cuándo nos casemos? ¿También será así?
—Mira —me levanté del sillón porque había llegado al límite—, es mejor que
te calmes, ¿de acuerdo? Hablaremos en otro momento.
Ni siquiera lo pensé dos veces cuando empecé a dar pasos hacia la puerta
principal. Anneliese quiso detenerme gritando mi nombre, sin embargo, ni
siquiera la escuché porque su arrebato había sido absurdo. Ambos éramos
adultos, Anneliese tan solo tenía un año menor que yo, así que tampoco era
una niña, se supone que estas cosas las debería entender.
—¡Sebastián!
Fue lo último que dijo antes de que hubiera cerrado la puerta. Volvería más
tarde, tampoco era mi intención preocuparla y que se pusiera más nerviosa de
lo que ya estaba, pero le vendría bien pensar y calmarse durante, al menos,
unas horas.
Lo primero que hice cuando me senté en el Ferrari, el cual ya lo habían
arreglado hacía semanas, fue llamar a Matías. Necesitaba desahogarme con
alguien y que ese alguien me diera unos consejos de mierda los cuales no
seguiría porque eso era lo que hacía Mat, escuchaba todo lo que tenía por
decirle y después sacaba una de sus conclusiones.
Me dijo que no había problema, que podía venir tranquilamente porque el
ambiente estaba tranquilo y así fue como acabé aquella tarde viendo la
exposición de cuadros con Mat a mi lado mientras escuchaba como me
desahogaba. Como había dicho, no había muchas personas, por lo que pudo
estar más al pendiente de mí.
—Me hartan este tipo de discusiones —murmuré—, y no sé de qué manera
decírselo. Siempre se acaba enfadando cuando las cosas no salen a su gusto.
—Pero empieza por el principio hombre, los dramas se cuentan completos
porque de lo contrario, se pierden esos detalles importantes —dijo mientras
nos deteníamos en frente de un paisaje pintado al óleo—. Cuéntame. ¿Qué ha
pasado?
—Anoche me fui a tomar algo con unos compañeros de la empresa, llegué
tarde, Ann ya estaba dormida y me tuve que levantar pronto para ir a trabajar.
No le dije nada, supongo que se preocupó por la reacción que ha tenido este
mediodía cuando vine a comer. Me recalcó el hecho de que somos una pareja y
este tipo de cosas nos las tendríamos que decir.
Me quedé callado mientras observaba la expresión en su rostro.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Eso me pregunto yo.
—No, a ver, ¿Anneliese confía en ti? ¿Este control se debe porque teme que la
vas a engañar o algo por el estilo?
—Eso es absurdo —respondí seguro, sin embargo, aquellos ojos casi negros
aparecieron sin querer en mi mente. Intenté dejar de pensar en ellos casi al
instante—. ¿Cuántas veces te tengo que repetir que nos vamos a cansar?
—Ninguna porque ya me tienes harto, pesado —reclamó—. Si sabes que se
puede sentir inseguridades antes de casarse, ¿no? Incluso estando en una
relación normal y corriente. Hay personas que son así, que se crean mil
paranoias en la cabeza.
—No le he dado motivos.
—Eso da igual, el hecho de que no la llamaras anoche o que no le dieras
ningún tipo de explicación, ya ha hecho que se monte una película de hora y
media.
Continuamos caminando por la galería.
—¿Y dónde queda la confianza?
—Metida en el culo —intentó bromear, pero al ver que no compartía su misma
gracia, cerró la boca—. Qué amargado que estás últimamente, a ver ¿hay algo
más? Cuéntale al tío Mat.
—No hay nada más.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿De verdad?
—Que sí, joder.
—No te creo —dijo al final—. ¿Qué pasa con esa mujer de ojos oscuros y de
carácter temible? —Enarcó una ceja que hizo que yo frunciera el ceño—. Me
dijiste que es militar.
Que yo recuerde, no recordaba haberle dicho nada sobre Renata, además, ¿qué
se suponía que debería haberle contado? Entre nosotros no pasaba
absolutamente nada y nuestra relación era estrictamente laboral.
»—¿Cuántas veces te has alardeado de que tienes memoria? ¿No lo recuerdas?
La mencionaste esa noche que salimos de fiesta, era de madrugada ya e
íbamos algo borrachos. Fueron unos segundos.
Intentaba hacer memoria.
—¿Qué te dije exactamente?
Matías esbozó una sonrisa.
—No mucho, solamente que habías empezado a pensarla bastante seguido —
me codeó el brazo—. ¿Nada que me quieras contar? ¿Eh?
—Puede que haya empezado a pensarla más seguido de lo que me gustaría y
no entiendo el por qué.
—Eso es fácil de averiguar. Tendrías que ver cuáles son los recuerdos que más
se repiten, en qué circunstancias, cuáles son las conversaciones de las que más
te acuerdas, no sé, ese tipo de cosas —se detuvo de hablar para llamar la
atención a unos adolescentes—. Niños, no os podéis acercar tanto a los
cuadros, respetad la distancia que se marca, gracias.
Se quedaron quietos al oír el toque te atención y asintieron con la cabeza.
»—Lo que te decía —continuó hablando—. ¿Qué es lo que más te acuerdas de
ella? A partir de ahí podrás averiguar porque la piensas tanto, no es tan difícil,
hombre, pon esas neuronas a funcionar.
Rodé los ojos casi poniéndolos en blanco.
—Eres idiota.
—Un idiota que te está ayudando, no te quejes tanto. Ahora contesta a la
pregunta.
Casi un primer plano de su rostro era lo que más se me aparecía, detallando
sus facciones, además de esa mirada profunda e imponente. También
recordaba a menudo algunas de las conversaciones que tuvimos, alguna que
otra frase que dijo y que se me quedó grabado. Me resultaba extraño que, de un
momento a otro, mientras estaba concentrado en alguna actividad, Renata
apareciera en mi cabeza sin permiso. Tenía que dejar de hacer lo que estaba
haciendo para quitármela de la cabeza.
Llegaba un punto donde empezaba a ser algo molesto.
Molesto porque seguía sin entenderlo.
Antes de que pudiera ser capaz de responder, me fijé que Renata Abellán se
encontraba al otro lado del pasillo, de espaldas y acompañada de otra mujer.
Detuve a Matías agarrándolo por el brazo y le hice señas para que se diera
cuenta de que el motivo de mi confusión y desconcierto se encontraba aquí, a
tan solo unos metros.
Capítulo 11
Renata
No entendía el arte, eso lo debía admitir, pero me gustaba analizar las pinturas
que veía e intentar encontrarle un significado, por eso me quedé un poco más
de tiempo admirando el cuadro que tenía delante. Marina se encontraba a mi
lado, pensativa, pero iba soltando frases dando una opinión donde incluía
argumentos y los puntos más importantes. Yo me mantenía callada
escuchando.
—La composición de este cuadro es increíble, el hecho de que el punto de fuga
esté ubicado a la derecha me parece impresionante.
Analicé lo que acababa de decir durante algunos segundos intentando
entender a qué se refería con el segundo término.
—¿A qué te refieres?
—¿El punto de fuga? —Me preguntó girándose hacia mí. Asentí con la
cabeza—. Te explico —me sonrió—, el punto de fuga va relacionado con la
perspectiva, es aquel lugar donde las rectas paralelas se juntan y normalmente
es el punto donde el autor quiere que la gente se centre. Te proporciona una
sensación de profundidad muy placentera si está bien hecho y con este cuadro
—volvió a mirarlo—, se ha conseguido de manera perfecta, ¿lo ves?
Me fijé de nuevo en lienzo mientras lo observaba con detalle teniendo en
cuenta lo que me acababa de decir Marina.
—Entiendes el mundo del arte, por lo que veo.
—Ya te dije que me gustaba mucho —sonrió y empezamos a caminar dando
pasos lentos hacia el siguiente—. Mi madre era pintora, aunque firmaba bajo
un seudónimo masculino. Tuvo bastante éxito, pero ya no se encuentra aquí.
Recordé que en su ficha no se mencionaba nada de que su madre estuviera
fallecida, se suponía que ambos se encontraban vivos.
—Lo siento mucho —respondí mientras pensaba en qué otra pregunta hacerle
para que me siguiera contando sin parecer una insensible—. ¿Hace cuánto que
ya no está?
—Bastante —se limitó a decir y supe que ya no debía seguir preguntando.
Nuevas dudas surgieron con lo que me acababa de desvelar y aquello hizo
darme cuenta de que el informe no era cien por cien verídico. Lo más probable
es que hubiera más detalles que también fueran erróneos.
Contrario a lo que me imaginé, la sargento siguió hablando sobre su madre.
»—A veces me sentaba junto a ella e iba hablando mientras hacía suaves
pinceladas sobre el lienzo. Era pequeña, pero lo recuerdo bastante bien. —No
despegaba la mirada de los cuadros mientras iba contándome. Me mantenía en
silencio dejando que me dijera lo que ella quisiese—. Me dejaba practicar, era
muy buena y dulce. Hubo una vez que casi le arruiné un proyecto grande, lo
pudo arreglar, pero no se enfadó conmigo, ni siquiera me gritó.
—Imagino que la debes echar mucho de menos —murmuré.
—La verdad es que sí —contestó—, y es algo inevitable porque puedo estar
haciendo cualquier cosa y su recuerdo se me viene a la cabeza —hizo una
pausa—. No me pasa cuando estoy en la CMFE o en alguna misión, creo que ya
tengo bastante interiorizado que en este ambiente no puedo mezclar lo
personal con lo laboral, pero cuando estoy durmiendo, leyendo, incluso
cocinando… hay veces donde rememoro escenas con ella a mi lado y bueno,
pasa que la nostalgia te golpea con fuerza.
No quería pensar lo que sería perder a un familiar, debía de ser muy duro para
ella porque, aunque pasaran años, aquello no se podía olvidar fácilmente.
Nunca se olvidaba.
—¿Sueles visitar más galerías? —Pregunté, pero cuando Marina puso su
atención en mí, de inmediato la desvió hacia algo que se encontraba por detrás
de mi espalda—. ¿Qué pasa?
Ni siquiera lo había llegado a preguntar cuando me di cuenta de que el
empresario se encontraba aquí también, a tan solo un par de metros de
distancia. Fruncí el ceño preguntándome qué estaba haciendo en una galería
de arte y no pude evitar pensar que existía la opción de que me hubiera
seguido.
—Señorita Abellán —pronunció en modo de saludo. Sentí como Marina se
aclaraba la garganta, seguramente porque no respondí de inmediato.
—Señor Otálora —contesté de vuelta y le pregunté directamente—: No
esperaba verle por aquí, ¿está usted siguiéndome?
Incliné levemente la cabeza hacia un lado.
—Llevo siguiéndola desde hace mucho tiempo, pensaba que ya se habría dado
cuenta —respondió en el mismo tono irónico que yo para después cambiar de
tema—. La vi a lo lejos y se me hacía de mala educación no acercarme para
saludarla —sonreí en cuanto comprendí que había utilizado mis mismas
palabras de cuando se hizo la prueba del fusil—. No sabía que le gustara el
arte.
—Hay muchas cosas que usted todavía no sabe de mí.
—Todavía —respondió.
Se oyó como una voz masculina se aclaraba la garganta. Me giré lentamente
para ver de quién se trataba. Me di cuenta de que trabajaba en la galería por el
traje que llevaba y por la identificación en su pecho. Era alto teniendo un color
miel en el pelo y los ojos claros. Pensaba que nos llamaría la atención, pero en
lugar de eso, se presentó.
—Matías Vila. —Alargó su mano para estrecharla haciendo lo mismo con
Marina instantes más tarde—. Trabajo aquí dando vueltas por la galería
mientras les explico a los que no saben algún que otro significado de los
cuadros, además de que intento que las normas se cumplan.
Me daba la sensación de que parecía no disfrutar de su trabajo, pero a la
misma vez, sí lo hacía. Era curioso.
—¿Le gusta el arte? —Le preguntó Marina mirándole directamente.
—¿Y a usted?
—Pregunté primera.
—Y yo segundo, no pasa nada —respondió de vuelta y no pude esbozar una
diminuta sonrisa disfrutando de la escena—. Si me permite, le puedo hacer
una visita guiada de manera exclusiva para charlar sobre las obras de arte de la
galería.
—Me encantaría —contestó al cabo de un segundo mientras me daba una
mirada de manera disimulada. Le hice señas para hacerle ver que se lo pasara
bien.
De un momento a otro, nos habíamos quedado solos. Me quedé en silencio
mientras la observaba caminar al lado del señor Vila. Habían empezado una
conversación que parecía ser bastante animada.
—Ha sido una coincidencia —murmuró con su característica voz grave y me
giré hacia él clavando mi mirada en la suya—. Matías es mi amigo, necesitaba
hablar con él y vine aquí.
—No tiene porqué explicarme nada —comenté mientras empezamos a
avanzar a paso lento por la galería sin darnos cuenta. Sebastián mantenía sus
brazos por detrás de su espalda y yo no podía dejar de sujetar la correo de mi
bolso.
—Lo sé —se limitó a decir—, pero quise hacerlo.
De nuevo, nos quedamos en silencio y no supe definir si se trató de uno
incómodo ya que me encontraba algo nerviosa como para fijarme en esos
detalles.
»—¿Cómo tiene la mano? —Cambió de tema, interesándose de nuevo por mi
estado de salud. Me mordí el labio de manera disimulada ante su interés.
—Mejor, ya no me duele, ni siquiera ha quedado cicatriz —la alcé de manera
inconsciente para enseñársela, pero no esperé que me la sujetara y que se la
acercara unos centímetros más.
No di ningún otro paso más mientras alzaba la cabeza sin querer buscando de
nuevo sus ojos. En ese momento comprendí, justo en aquel instante, que
Sebastián Otálora conseguía hacer que perdiera mínimamente el control de la
situación porque lograba hacer que me pusiera nerviosa con tan solo su
mirada.
Tenía que centrarme. Parpadeé rápidamente mientras me alejaba sin querer
haciendo que el contacto desapareciera.
—Me alegro de que no haya sido nada grave y que no le haya quedado marcas
—murmuró aclarándose también la garganta. ¿También estaba nervioso? Era
difícil descifrar la expresión en su rostro, pero podía haber jurado que sí—.
Querría preguntarle algo —susurró de repente—, mejor dicho, confesarle una
cosa.
—¿De qué se trata?
—No quisiera hablarlo aquí, ¿está ocupada más tarde? No quiero quitarle más
tiempo ya que se encuentra con su amiga.
Me giré buscando a Marina con la mirada. La encontré a lo lejos, admirando
otro cuadro mientras Matías se encontraba a su lado.
—Más tarde estaré ocupada —le dije y por un instante, pude ver una leve
decepción—. Puedo preguntarle a Marina si no le importa que me vaya con
usted para hablar de algo importante, no creo que se moleste.
—Gracias —contestó algo tímido.
Tardé un poco más en ir hacia donde se encontraba Marina pues me quedé
analizando su rostro. Me pude dar cuenta de que Sebastián, aunque se notaba
que tenía su carácter, era una persona bastante calmada, paciente también y
dudaba mucho que se alterara con facilidad.
Me daba la sensación de que era esa clase de persona que podía calmar
cualquier volcán en erupción y no me equivocaba, pues me lo demostró mucho
tiempo después.
Pocas veces había tenido la oportunidad de subirme a un coche de gama alta
por lo que, cuando Sebastián me abrió la puerta de aquel coche de color rojo
intenso tan bonito, intenté que no se me notara la cara de sorprendida. Según
tenía entendido y había averiguado, la familia Otálora tenían una riqueza
difícil de calcular que provenía básicamente de la producción de armamento
militar.
No me imaginaba como debía ser su apartamento, pero supongo que debía de
ser uno rodeado en lujo y de excelentes condiciones. Lo que más admiraba de
él, era que, a pesar de poseyera semejante fortuna, no se mostraba soberbio ni
tampoco prepotente.
—Puede pedir lo que quiera —murmuró una vez que nos instalamos en una
mesa apartada de la cafetería.
El trayecto en coche había sido en completo silencio, no hizo el intento de
sacar ninguna conversación, yo tampoco lo hice y en aquel momento no supe
el por qué pues solía ser una persona a quien le gustaba hablar si el tema de
conversación resultaba interesante.
—No se preocupe, con un café con leche está bien —respondí mientras dejaba
la carta hacia un lado de la pequeña mesa redonda.
El ambiente era muy acogedor y la decoración elegante.
Pidió dos cafés con leche al camarero que se acercó. Podía notar que estaba
tenso pues tenía los hombros rígidos, además de que la espalda la tenía
demasiado recta, las manos las tenía juntas sobre la mesa y no dejaba de mirar
a su alrededor.
»—Sebastián —murmuré su nombre y de inmediato capté su atención—, ¿se
encuentra bien?
Dudé si el motivo de su nerviosismo resultaba que era yo.
—Sí, claro, ¿por qué lo pregunta?
—Le noto un poco tenso, ¿es por lo que tiene que decirme? —La curiosidad me
iba ganando cada vez más.
Dejó escapar un profundo suspiro.
—Ni siquiera sé por dónde empezar —confesó—, creo que no ha sido buena
idea, lo lamento, señorita Abellán.
Intentó levantarse, quería irse y dejarme ahí en la cafetería. Fruncí el ceño
ante lo que estaba viendo. ¿Cómo era posible que fuese tan inseguro? No
después de todo lo que mostraba ser, su sola presencia imponía seguridad.
¿Qué era lo que le resultaba tan difícil?
Se había levantado de la silla para darse media vuelta y salir del
establecimiento. Todavía seguía ahí, sentada, con una pierna encima de la otra
mientras intentaba asimilar lo que estaba pasando. ¿Qué era aquello que tenía
que decirme? No me iba a ir hasta que no me lo dijera.
Segundos más tarde yo también me levanté y fui en su busca, estaba a un par
de metros del coche por lo que me di prisa al bajar las pocas escaleras y
esquivar a los transeúntes de una de las calles principales de la ciudad.
Le agarré de la muñeca deteniéndole mientras hice que se girara para que
mirara de nuevo.
—¿Se puede saber qué está haciendo? —Reclamé en un tono más alto del que
me hubiera gustado—. Me dice que tiene algo importante que decirme, nos
vamos a una cafetería, pero después no es capaz de soltarlo. ¿Qué demonios le
ocurre?
Se quedó callado, mirándome y noté como tragaba de nuevo saliva mientras
apretaba la mandíbula. Solté su muñeca y su brazo volvió de nuevo a su sitio.
»—¿Por qué no me contesta? —Murmuré al cabo de unos segundos. Se
respiraba demasiada tensión, lo podía notar.
—Porque ahora mismo me gustaría estar haciendo otra cosa —respondió
acercándose hacia mí.
Intenté alejarme, pero me paralicé cuando sentí su mano rodear mi mejilla. Su
rostro se encontraba a centímetros del mío, podía incluso notar el aliento
mentolado de su boca, sus labios estaban demasiado cerca. Noté el nudo en mi
garganta, así que cerré los ojos durante unos segundos para volverlos a abrir y
darme cuenta de que no se trataba de ninguna pesadilla.
—¿Qué está haciendo? —Murmuré sin atreverme a dar un solo paso.
Negó levemente con la cabeza.
—¿Qué está haciendo usted conmigo?
Sentía como sus labios se iban acercando más o por lo menos, aquella era la
sensación que me generaba.
»—No dejas de aparecer en mi cabeza, Bell —susurró.
Fue la primera vez que no me trató de usted, la primera de muchas veces.
—Apártate. —Le dije y lo hizo a los pocos segundos. Se podía reflejar la
vergüenza y el desconcierto en su mirada. Estaba segura de que era consciente
que era un hombre comprometido.
—Lo lamento —intentó disculparse.
—¿Era esto lo que tenías que decirme, pero no te atrevías?
Se quedó callado y con su silencio, respondió a la pregunta que le hice, sin
embargo, quería que me contestara, por lo que me acerqué de nuevo hacia él
importándome bastante poco encontrarnos en un sitio público.
—¿Por qué no me contestas? —Pregunté y se podía reflejar el enfado en mi
tono de voz.
Sebastián miró por encima de mi hombro dándose cuenta de donde nos
encontrábamos aún y abrió la puerta del copiloto pidiéndome entrar. Negué
con la cabeza, sin embargo, insistió hasta que entré y la cerró con algo más de
fuerza.
Minutos más tarde nos encontrábamos por mi zona, cerca del edificio donde
residía. Había aparcado el coche a medio kilómetro, en un lugar donde apenas
pasaba gente por la calle.
»—¿Ahora sí lo hará? —Me giré hacia el empresario quien seguía agarrando el
volante con una mano mientras frotaba pulgar por el material de cuero—. ¿Por
qué se comporta así? ¿Se da cuenta de que es usted un hombre comprometido?
No debería estar haciendo este tipo de cosas, ¿no se supone que está
enamorado de su novia?
Ni siquiera me di cuenta cuando volvió a apoyar la mano en mi mejilla para
que nuestras miradas no perdieran el contacto. Permanecimos en esta
posición durante varios segundos. Ninguno de los dos se atrevía a decir nada.
Esto estaba mal. Yo no era esa clase de mujer que se metía en medio de una
relación.
»—Será mejor que me vaya… —susurré intentando apartarme—, y poner
distancia entre ambos. Necesita aclarar su mente. —Antes de bajar del coche,
pensé en aquella palabra—. No me vuelva a llamar bell.
—Tiene razón —murmuró—, acepte mis disculpas, le aseguro que no volverá
a suceder.
Sebastián mantenía una mirada seria y en aquel instante hubiera deseado
retroceder unas horas atrás para evitar que aquello hubiera sucedido porque
fue el inicio de muchas consecuencias.
Capítulo 12
Sebastián
Habían pasado varias horas desde que la sargento Abellán había salido del
coche, sin embargo, yo seguía igual de arrepentido y avergonzado, porque a
pesar de tener una relación y un compromiso con otra mujer, no dejaba de
pensar en ella. Tenía que sacármela de la cabeza como fuera, así no podía
seguir. Ni siquiera sabía cuándo había empezado a estar tan confundido.
No, no estaba confundido, yo seguía queriendo a Anneliese, había estado
conmigo en todas las veces que la necesité, habíamos compartido un centenar
de momentos juntos. Le había pedido matrimonio justamente por eso, para
vivir lo que me quedaba de existencia junto a ella. No podía permitirme estar
confundido porque Ann no me lo perdonaría nunca y yo tampoco.
A pesar de que tuviera algunas cosas que me hacían enfadar, entendía que
nadie era perfecto y que, por lo tanto, ambos teníamos que poner de nuestro
esfuerzo para adaptarnos al otro.
Cuando llegué a casa me recibió con la cena hecha. La mesa estaba
perfectamente colocada y organizada, además de que había sacado el mantel
blanco. Supongo que había llegado el momento de hacer las paces, sin
embargo, lo que me gustaría también que intentara, es que no se alterara con
aquella facilidad. Las cosas se podían hablar y se evitaban las discusiones
innecesarias.
Tenía a Anneliese abrazada por la cintura, ella había enrollado sus brazos por
encima de mis hombros y me miraba con unos ojos cargados de
arrepentimiento.
—Perdóname, amor —susurró contra mi mandíbula—. Simplemente que la
próxima vez me mantengas informada, sabes que me preocupo por ti.
—Supongo que fue un error mío, ni siquiera tenía cabeza para pensar en nada
más —me dio un tierno beso en los labios. Quería zanjar aquella conversación,
no me interesaba que diéramos vueltas al mismo tema—. ¿Qué has preparado?
Huele muy bien.
Me explicó todo aquello que había cocinado, además del postre que había
hecho. Me sorprendió que le hubiera dado tiempo a hacer todo aquello en
apenas unas horas.
Nos sentamos en la mesa, un al lado del otro de manera perpendicular y
empezamos a cenar. Lo que siguió fue una serie de preguntas que hicieron que
frunciera la frente.
—¿Dónde has estado? —Se interesó y le expliqué que había ido a la galería.
Omití el detalle que me había encontrado a la sargento, no quería que pensara
cosas que no era, porque, al fin y al cabo, Renata tenía razón, debíamos
interponer distancia entre ambos.
Yo me iba a casar y ella era militar, ni siquiera había cabida de que surgiera
una amistad, no después de que se me pasara por la cabeza intentar besarla.
Contuve las ganas, no quería cometer una estupidez, no cuando la imagen de
Ann también se me cruzó por la mente. No negaba que Renata era una mujer
guapísima y que tenía una mirada imponente que dejaba cautivado a
cualquiera, sin embargo, las opciones de acercarme a ella estaban descartadas.
Tenía que haber tenido la mente fría, al igual que los sentimientos.
»—¿Has hablado con Matías? —Asentí con la cabeza—. ¿Sobre… nuestra
discusión? Necesitabas hablarlo con alguien.
—Anneliese —murmuré—, ¿cuál es el problema?
—Ninguno, por supuesto —sonrió y pude sentir que lo hacía de manera
forzada—, pero ¿hay necesidad? Me refiero, entiendo que sea tu amigo y que
te lleves bien con él, pero no me parece bien que sepa de nuestras intimidades.
—A veces es necesario desahogarse con alguien —pronuncié mientras me
inclinaba sobre el respaldo dejando el cubierto al lado del plato. No quería
empezar de nuevo con lo mismo—. Dejemos las cosas claras, ¿de acuerdo? Te
quiero muchísimo, Ann, lo sabes, pero este tipo de preguntas me incomodan,
sabes que soy algo reservado, entonces cuando quieras contarte algo, ya te lo
contaré sin necesidad de que me lo preguntes.
Podía llegar a ser muy paciente, lo admitía, pero toda paciencia llegaba a un
límite.
—¿No me puedo interesar por ti? Entonces, ¿de qué quieres que hablemos? A
mí me gusta saber con quién has hablado y si te has divertido o no, ¿qué tiene
de malo?
Dejé escapar un suspiro profundo pues parecía que no lo quería entender. De
pronto y sin querer, pensé en las preguntas que me hacía Renata y en la
conversación natural que iniciábamos. Cerré por unos segundos la mirada
para concentrarme en Anneliese.
—No tiene nada de malo, pero…
—¿Cuál es el problema, entonces? —Me interrumpió, por lo que agarré el
borde de la silla para girarla hacia mi dirección. Quería que me mirara de
frente mientras se lo intentaba explicar por enésima vez.
—¿Cómo te sentirías si te preguntas cada dos por tres con quién has estado, lo
que sea que hayas hecho y de lo que hayas hablado? Llega un punto donde
llega a cansarte porque siento que me estás controlando y a mí eso no me
gusta. Evidentemente que podemos hablar, pero eso no significa que me guste
estar en un interrogatorio.
Se mantuvo en silencio durante unos segundos mientras hacía una mueca.
—¿De verdad piensas eso de mí?
—¿No lo has notado?
Se mordió levemente el labio, siempre hacía eso cuando empezaba a pensar y a
analizar las cosas.
—Dejaré de hacerlo —respondió casi en un susurro con una tristeza aparente
en su voz—. Tampoco es mi intención incomodarte.
La agarré de la mano de manera delicada y la conduje hasta el sofá. Hice que se
sentara encima de mi regazo mientas dejaba que me envolviera con sus
brazos. Acerqué mis labios a los suyos y la besé, tampoco fue mi intención que
se sintiera mal con mis palabras, por lo que intenté hacerle ver que no estaba
molesto.
Aquella noche hicimos el amor o por lo menos aquello era lo que a Anneliese le
gustaba escuchar, porque para mí seguía siendo sexo, sin embargo, no lo
disfruté como me hubiera gustado y en vez de pensar en el placer de ambos,
me limité a pensar en el suyo.
Es lo que le conté a Matías al día siguiente cuando se presentó de nuevo en la
empresa. Estaba tomándose un café mientras no paraba de repetirle que ni se
le ocurriera poner los pies encima de mi escritorio. Había veces que parecía
que tenía la mentalidad de un niño de cinco años.
—Entonces se fue sin mirar atrás, ¿no? —Preguntó refiriéndose a Renata pues
para él, aquel tema era más importante.
—No lo hagas parecer tan dramático —dije—. Es mejor así, que ambos
tomemos distancia.
—¿Por qué, exactamente?
—¿Cómo qué por qué? ¿Has estado prestando atención a lo que te estaba
contando?
—Sí, evidentemente, pero sigo sin entender porque tenéis que alejaros uno del
otro como si hubiera pasado la gran catástrofe de pareja. A ver, cuéntame, ¿a ti
te gustaría seguir hablando con ella?
Me quedé pesando durante algunos segundos, sin embargo, la respuesta ya la
tenía incluso antes de que me hubiera preguntado.
—Es interesante.
—¿Sí o no? Déjate de pollas y de que es interesante —hizo una mueca con la
última palabra—. Lo que te estoy preguntando es si quieres seguir viéndola.
—Sí —apreté la mandíbula.
—Así me gusta, diciendo la verdad, por lo menos vamos por buen camino —
bebió otro sorbo de café para después relamerse los labios—. Ahora el
siguiente paso sería volver a veros para hablar y aclarar
esta pequeña confusión, ¿quién ha dicho que no podéis ser amigos? ¿Cuánto
tiempo ha pasado desde que os visteis por primera vez?
—Dos meses.
—Vaya, qué rapidez, lo tienes calculado, eh —intentó reírse, pero lo hizo solo
porque ahora mismo no estaba como para seguirle la gracia—. Cada día más
amargado, chico, no hay quien se lo pase bien contigo.
—Cállate y no digas gilipolleces.
—Lo que iba diciendo —se aclaró la garganta—. Habla con la sargento, ambos
sois adultos, por lo que me has contado, los dos sois maduros y tenéis la
cabeza correctamente colocada en los hombres. No creo que haya problema en
intentar hablarlo. ¿Cuál sería la otra opción? ¿Dejaros de ver para siempre? Eso
sí que es una gilipollez.
—Puede que ella no quiera verme, de hecho, lo dejó bastante claro ayer.
—La tensión del momento, además, eso no lo sabrás si no hablas con ella. Sí,
todo el mundo sabe que te vas a casar, no hace falta que nos lo vuelvas a decir,
pero no creo que estés cometiendo un pecado al querer verte con otra mujer en
plan amistad —dijo—. Los hombres y las mujeres también pueden ser amigos,
¿lo sabías? Hay que dejar atrás la mentalidad retrógrada.
—Supongo que tienes razón.
—¿Lo dudabas?
—A veces, lo pongo en duda, sí.
—Me dueles —se llevó una mano en el pecho en plan dramático—. ¿Qué es lo
que sientes exactamente por ella?
—¿Por Renata?
—No, por mi abuela, claro que por Renata, estúpido y no pienses tanto, di lo
que tengas guardado en tu inteligente cabeza, sin rodeos.
—Emoción —empecé a decir—, por verla, sobre todo a partir de que surgió
esa palabra, me parece una mujer interesante, alguien con quien poder
mantener una conversación profunda, llena de argumentos, opiniones, no lo
sé, me gustaría seguir conociéndola en ese sentido.
—Espera —frunció el entrecejo—, ¿qué palabra? ¿De qué me he perdido? Aquí
o se cuenta todo o no se cuenta nada.
Dudé si decírselo o no, al final, lo hice porque sabía que no me dejaría en paz
hasta que lo averiguase.
—Bellator.
—Aja y ¿qué cojones significa si se puede saber?
—Guerrera —respondí—, y ahórrate el querer saber el por qué, simplemente
que surgió en una conversación y sin querer, la he llamado bell en un par de
ocasiones.
—¿Cómo has dicho?
Se quedó callado esperando que lo volviera a repetir.
—¿Me harás volverlo a decir?
—Es que uno no pone un apodo a cualquiera, ¿sabes? Los apodos o se ponen en
plan coña entre amigos o significan algo especial, ¿cuál es tu caso?
—No le des más importancia de la que tiene.
—Le doy la importancia que amerita. El caso es, querido Sebastián Otálora que
estás confundido hasta la médula y necesitas con urgencia tener una
conversación con ella, pero en plan bien, ¿sabes? Hablando como dos personas
maduras sin que te comportes como un niño.
Dejé escapar un profundo suspiro pues Matías solo había conseguido
confundirme más de lo que ya estaba. Contrario a lo que me dijo, no volví a ver
a Renata hasta semanas más tarde, justamente cuando se acercó la cena de
Noche Buena y no porque hubiera sido algo que haya planeado.
• ────── ✾ ────── •
24 de diciembre del 1985
Renata
Me preocupaba la tranquilidad que se respiraba en la CMFE. La última vez que
pasó algo de extrema importancia fue el fallo del arma, es decir, la pequeña
explosión que se produjo debido a la obstrucción del cañón. Parecía mentira
que hubiera pasado más de un mes y medio de aquello. Me costaba asimilar el
hecho de que, en realidad, se había tratado de un fallo técnico del arma según
el informe que el equipo forense le entregó al comandante.
Mala suerte, dijeron, porque todos los demás fusiles estaban en perfectas
condiciones. Incluso hace semanas habían llegado las primeras cargas de
armamento y ya se encontraban en su almacén correspondiente.
¿Qué era lo que me tocaba hacer? Cumplir órdenes, nada más, al fin y al cabo,
seguía siendo una simple sargento que con el único poder que contaba, era el
de mi padre por ser el capitán al mando de la brigada Alpha. Por lo menos tenía
más facilidad para acceder a la documentación e información que requería.
No todo se tenía que mirar de manera negativa.
El teniente Serra, contrario a lo que había pensado, era un superior que hacía
respetar las reglas con mano dura. No toleraba las bromas, ni las risitas ni
repetir las cosas dos veces, por lo que, casi todo su batallón se encontraba
atemorizado, ni siquiera se atrevían a respirar más fuerte cuando hacía acto de
presencia. Ese batallón se componía por todos los rangos bajos que le
correspondía, entre ellos me encontraba yo juntos a los demás oficiales y
sargentos.
Todo se trataba de una pirámide y, aunque no soportara que alguien me diera
instrucciones sobre como tenía que hacer las cosas, no tenia más remedio que
obedecer.
—Quiero cincuenta flexiones para ya —exclamó el teniente mientras nos
encontrábamos en la pista exterior. Marina estaba a un par de metros de mí.
Ahora tocaba el turno de entrenamiento de los sargentos. De inmediato, todo
el grupo se agachó para empezar a hacerlas—. ¿No me habéis oído? Que sean
setenta.
Su voz era dura, imponente, además de que su pose lograba transmitir temor
pues iba de un lado a otro con las manos detrás de su espalda y sacando pecho.
En estas semanas solo me he limitado a verle de lejos, a observar como
lanzaba las órdenes, qué era lo que hacía, como ejecutaba las de sus
superiores. Mi padre estaba encantando con él, me lo repitió más de una vez,
dijo que todos los militares deberían tener su temple.
Me quedé callada pues me daba la sensación de que lo estaban pintando como
el soldado perfecto.
—¡Abellán! —Aquella fue la primera vez que gritó dirigiéndose directamente
hacia mí—. ¡¿Te corre gelatina por la sangre o qué coño?! Me da igual que seáis
un hombre o una mujer, no voy a hacer ningún tipo de distinción porque
estamos en el puto ejército, ¡¿está claro?! —Continuó gritando mientras no
dejaba de dar pasos cortos al frente—. Si queréis ir a jugar a hacer castillos de
arena, la puerta está abierta, no me interesa tener en mi tropa a inútiles que ni
siquiera pueden levantar su propio peso.
¿Me acababa de llamar inútil? Aquello me enfureció. Incluso acabé haciendo
más flexiones en el tiempo que nos había marcado.
El entrenamiento continuó con varios ejercicios de resistencia para probar
diferentes estrategias de combate. No nos podíamos permitir cansarnos, no
cuando de nosotros dependía la seguridad del ciudadano. Había sido duro,
aquello no lo iba a negar, sin embargo, continué con los labios apretados
mientras seguía con la rutina, no me iba a permitir mostrarme débil, sin
embargo, la entereza no duró mucho pues en el momento más inesperado,
mientras me encontraba colgada de unos de los barrotes, sentí un pinchazo en
la mano que hizo que me cayera sobre la arena.
—Joder —susurré por lo bajo mientras me ponía de pie de inmediato. La
tensión era palpable en el ambiente. Los demás sargentos continuaron con la
rutina de ejercicios, sin embargo, podía percibir como tenían un ojo puesto en
mí.
Quise volver a la fila y volverlo a intentar, pero el teniente Serra se adelantó
posicionándose delante de mí.
Era alto con un cuerpo atlético y musculoso, el color de pelo era de un castaño
suave, corte militar y sus ojos… sus ojos eran de un color oscuro que incluso la
pupila no se lograba diferenciar. Seguía manteniendo sus brazos pode detrás
de su espalda mirándome fijamente. Incluso tuve que levantar mínimamente
la cabeza para no perder contacto visual.
Reaccioné al segundo haciendo el debido saludo militar.
—Señor —murmuré y bajé el brazo después de que su mirada me indicara que
podía hacerlo.
—Brazos de gelatina —pronunció encargándose de que todo el grupo lo oyera.
En aquel momento lo quise matar, sin embargo, como buena soldado,
permanecí en silencio mirando al frente—. ¿Qué le ocurre, sargento? ¿No se
encuentra lo suficientemente capacitada ni para columpiarse en unas barras?
Me decepciona.
No me quejé, no podíamos hacerlo, y menos con excusas estúpidas.
»—Si comete este tipo de errores en un mísero entrenamiento, ¿cómo
pretende acabar una misión con éxito?
Los cargos altos les encantaba lanzar preguntas indirectas que no pretendían
que las respondiéramos.
—Quien haga un puto error durante mi entrenamiento, dará tres vueltas
alrededor del perímetro, ¡¿queda claro?!
—¡Señor, sí señor!
Volvió a girarse hacia mí.
—¿Se puede saber a qué está esperando? —Enarcó las cejas—. Mueva el culo
Abellán, como tenga que repetírselo, serán cinco vueltas.
Empecé a correr dejando esa pista de entrenamiento atrás. Seguí corriendo,
importándome bien poco que estuviera cansada, también obvié el pinchazo en
la mano. Intenté pensar en mi respiración, en nada más. Durante este mes y
medio me limité a eso, a no dejar que ningún pensamiento me estorbara. No
quería desconcentrarme, aquello no estaba bien, ¿por qué iba a estar bien?
Sin embargo, cada vez que me intentaba convencer de que debía dejar las
cosas como estaban, el recuerdo de su cercanía volvía invadirme.
Era frustrante.
Estaba harta de que, en cualquier actividad que hiciera, Sebastián aparecía en
mi cabeza. Acababa de suceder en la ducha mientras me aclaraba el pelo.
Intenté no caer en la tentación, por lo que intenté darme prisa y salir del
cuarto de baño, además de que los gritos de Rocío echándome prisa tampoco
ayudaban a que me lo tomara con calma.
Esta noche teníamos la cena de Noche Buena en un restaurante en el centro de
la ciudad donde mi padre había reservado mesa. Me puse una falda de tubo de
color negro, unas medias transparentes del mismo color junto a unos botines.
La blusa, de un rojo oscuro, aunque vibrante. Lo acompañaría con un abrigo de
piel también de color negro.
Había decidido dejarme el pelo suelto, pues casi siempre lo llevaba recogido,
por lo que opté en hacerme unas suaves ondulaciones dejando que ningún
estuviera suelto. El maquillaje, sutil, pero hice que mis labios rojos se llevaran
toda la atención.
Nuestras cenas de navidad siempre solían ser así, en familia y cenando en
algún restaurante, a veces nos acompañaban los abuelos cuando tenían la
oportunidad de venir hacia España pues ellos, los cuatro, se encontraban en
diferentes pueblos.
Sin embargo, aquella noche fue diferente, tuvimos más compañía en la mesa,
muchísima más pues había asistido otro capitán de la CMFE junto a su familia,
además del comandante, junto a su esposa y su hija, junto a ella, Sebastián
Otálora que detrás suyo le acompañaban dos personas más, supuse que serían
sus padres y no me equivocaba.
El menú completo.
Dejé escapar el aire de manera disimulada preparándome mentalmente pues la
noche no había hecho más que empezar.
Capítulo 13
Renata
Llevábamos diez minutos de cena y se podía percibir el ambiente muy tenso,
por lo menos, así era por mi parte, pues el resto de los comensales parecían
estar disfrutando sin ningún tipo de preocupación encima. La mesa era
redonda y éramos trece en total sentados de manera estratégica. Sebastián se
encontraba justo delante de mí y ya no sabía hacia donde mirar para esquivar
sus ojos.
Todavía seguía un poco molesta con él y ni siquiera sabía el por qué, tal vez
porque se suponía que tenía una prometida la cual atender, sin embargo,
aquella tarde parecía haberse olvidado de ella por completo. No soportaba las
personas que eran infieles con sus parejas, ¿tanto costaba hablar para no
seguir haciendo daño a esa persona de la cual ya no estabas tan enamorado?
Entendía que la gente podía llegarse a confundir, pero aquello no era excusa,
siempre se podía hablar para encontrar una solución.
Sirvieron el primer plato y todo el mundo empezó a comer mientras seguían
con su conversación animada. No tenía idea de que el comandante también
nos acompañaría, a mí no me habían dicho nada porque de haberlo sabido, me
hubiera quedado en casa, o incluso hubiera ido al pueblo para estar con los
abuelos. Rocío hubiera venido también y de seguro que nos lo hubiéramos
pasado mil veces mejor.
La vida a veces era injusta.
Ni siquiera estaba prestando atención, según tenía entendido, tanto mi padre
como el otro capitán eran buenos candidatos para alzarse con la posición de
comandante en las selecciones que se organizarían el próximo otoño, todavía
no había una fecha confirmada. Guillermo Arias había servido al cuerpo
militar del Ejército del Aire durante ocho años consecutivos y ya le tocaba
dejar el puesto para el siguiente en la lista.
Soñaba con poder llegar hasta esa cima algún día.
Durante el resto de la cena ni siquiera pronuncié palabra, no me interesaba,
había demasiadas personas y no me estaba sintiendo a gusto. Lo que quería era
poder disfrutar de la noche solamente con mi familia, aquel no había sido mi
plan, sin embargo, no podía quejarme y mucho menos levantarme de la mesa
para irme. Montaría una escena innecesaria y después mis padres tendrían
una charla no muy amigable conmigo.
—¿Querrás postre? —Susurré hacia Rocío mientras seguía ignorando las
múltiples miradas que me estaba lanzando la prometida del señor Otálora. Él
también me dedicó alguna y se podía notar a kilómetros la incomodidad que
reflejaba.
Me preguntaba si le habría mencionado algo sobre lo que había sucedido entre
nosotros hará casi dos meses atrás y por esa razón me miraba de la manera en
la que lo hacía.
En todo caso, el que debía dar las explicaciones era él y no yo.
—Evidentemente que sí, siempre se deja sitio para el postre —respondió algo
indignada—, ¿por qué me lo preguntas?
—Para sacar conversación.
—¿Te ocurre algo?
Mi hermana me conocía bastante bien pues siempre que podíamos, nos
pasábamos horas hablando de lo que fuera, por lo que el tema de Sebastián se
lo había contado únicamente a ella, mi madre no lo sabía, no se lo quise contar
y a mi padre mucho menos pues tampoco pretendía que llegara a oídos del
comandante.
Aquella tarde, cuando se lo conté, llovió, me acuerdo de que estuvimos cerca
de la ventana viendo las gotas resbalarse por el vidrio mientras
permanecíamos en el sofá con una manta encima que nos abrigara.
—Si no quieres hablarle, no le hables —dijo sin más mientras hacía un
movimiento con los hombros para que la manta no le cayera—, de hecho, ha
sido él quien ha cometido esa pequeña falta, que sí, que uno como persona
puede confundirse y todo lo que tú quieras, pero el caso es que no te confunda
a ti también con sus idas y venidas. ¿Tú quieres hablarle? —Preguntó.
Me quedé pensando por varios segundos. No sabía lo que quería, porque si lo
pensabas fríamente, tampoco había pasado nada, sin embargo, dentro de mí
sentía que lo mejor sería tomar distancia y que él, sobre todo, se aclarara las
ideas.
—Pues no lo sé Rocío —murmuré—, por un lado, no, ni siquiera tiene caso
que nos volvamos a ver, pero por otra parte…
—¿Por otra parte? —Me regañó al ver que no continuaba la frase—. No
pienses tanto las frases en tu cabeza, di lo que sea porque si no, no
avanzaremos. ¿Qué es lo que quieres de la vida, hermanita?
—Tampoco te pases, no vamos a ponernos ahora a tocar temas profundos. No
siento absolutamente nada por Sebastián, simplemente me causa intriga saber
cómo es y como habla. No toca los mismos temas que tocaría la mayoría.
—¿De qué habéis hablado? Aunque pensándolo… tampoco es que hayáis tenido
mucha oportunidad para tener una conversación como Dios manda.
—No sabría decirte, de hecho, no sé cómo explicarlo porque es bastante
extraño, ¿sabes? Simplemente los silencios que hay son mínimos y nunca
resultan ser incómodos, nos vamos preguntando cosas, pero detalles que
nadie más preguntaría.
—Creo que voy entendiendo algo —murmuró mi hermana mientras afirmaba
lentamente con la cabeza.
—Tampoco hay nada que entender.
—¿Cómo qué no? Claro que sí, aunque digas que no quieres absolutamente
nada con él —intentó imitar mi voz—, te pica la curiosidad seguir viéndole, en
ese caso, simplemente no pienses tanto y deja que el destino actúe por
vosotros, yo creo que, si quiere que por lo menos tengáis una bonita amistad,
lo va a hacer.
—No pienso dejar que el destino decida por mí, se supone que tengo una
mente estratégica, mi naturaleza no me lo permite.
—Deja de decir tonterías anda, que, en cuestiones del amor, tu cerebro aquí no
manda.
Me mordí la lengua sin saber qué decir, supongo que Rocío tenía razón y debía
dejar que las cosas siguieran su curso sin que yo las forzara y aquello era lo que
acababa de suceder esta noche en la cena de Noche Buena, el destino hizo que
Sebastián Otálora se presentara por la puerta del restaurante para sentarse
delante de mí con su novia alias prometida, agarrada de su mano.
Supongo que al destino le gustaba jugar.
Volví a enfocarme en la cena y a todas las personas que me rodeaban, seguían
hablando animados sin dejar que sus copas quedaran vacías de vino. Rocío
chasqueó los dedos delante de mí llamando mi atención.
—Tierra llamando a la sargento Abellán, responda soldado —susurró
haciendo que dejara escapar una suave risa—. ¿No me has oído? ¿Te pasa algo?
No has hablado en toda la cena.
—¿Podemos ir al baño? —Le pedí igualmente en el mismo tono. Ella accedió
con un movimiento de cabeza y se levantó de la mesa. La mayoría nos miró,
pero tampoco nos hicieron el mínimo caso.
Sentí la mirada de Sebastián sobre mí al ver que yo también me ponía de pie.
Rocío se acercó hacia papá para darle un beso en la mejilla y decirle que
iríamos al baño.
En pocos minutos ya nos encontrábamos al otro lado del restaurante entrando
al baño de mujeres. Coloqué ambas manos sobre el mármol mientras me
miraba al espejo. Seguía luciendo perfecta y el color rojo de mis labios no se
había ido.
—A ver —empezó a decir mi hermana—, si lo que te preocupa es que alguien
se haya dado cuenta de vuestras miradas fugaces, déjame decirte que no, todo
bien con ello, si no conociera vuestra historia, diría que seguís siendo un par
de desconocidos.
—No hay ninguna historia Rocío, no te montes la película.
—Lo que tú digas, el caso es que, ¿has visto a la prometida? —Se rio—. ¿Qué le
pasa? Ha estado con cara de pocos amigos durante toda la cena, como si tú le
hubieras hecho algo.
—Tampoco es que me apetezca hablar de ella, no me interesa, el caso es que
no sé si lo mejor sería irme, tampoco quiero preocupar a papá y a mamá.
—¿En serio me estás diciendo esto? —Enarcó una ceja algo indignada—. ¿Por
qué deberías irte tú? No tiene ningún tipo de sentido, en todo caso, debería irse
él si tanto le incomoda estar delante tuyo. Lo que hay que oír —gesticuló con
los brazos—. Nos iremos cuándo nos tengamos que ir, ¿de acuerdo? Después
del postre preferiblemente.
Rocío conseguía sacarme una sonrisa aun cuando no venía al caso.
—De acuerdo —acabé por decir—, después del postre.
—Iré tirando, ¿vale? No vaya a ser que se preocupen, ¿tienes que ir al baño? —
Asentí con la cabeza—. Bien, nos vemos en un ratito.
Rocío salió del cuarto de baño a los pocos segundos, por lo que yo aproveché
para hacer pis y después lavarme las manos. Me miré en el espejo otra vez
dándome cuenta de que, en esta historia, no pintaba nada y que no debería
sentirme mal por ello. Sabía que tenía que volver a la mesa, pero lo cierto era
que no me apetecía en lo absoluto pues yo no era así, sin embargo, me
convencí a mí misma de que, después del postre, nos levantaríamos y nos
iríamos.
Cuando salí del baño lo que menos esperé fue encontrarme con Anneliese
Arias en el pasillo. Ella mantenía una pequeña sonrisa cordial en el rostro
queriendo crear una apariencia agradable.
—Renata —pronunció mi nombre mientras se detenía delante de mí—. No
hemos tenido la oportunidad de hablar casi en toda la cena, ¿no te gustaría
esperarme? Me gustaría comentarte algo.
—Por supuesto, señorita Arias —respondí de manera educada pues me
gustara o no, seguía siendo la hija del comandante, lo que significaba que no
me quedaba más remedio de complacerla y decirle que sí a todo.
—Llámame Anneliese —sonrió—, supongo que ya estamos en confianza.
—Claro —le devolví el gesto.
Minutos más tarde, después de habernos puesto nuestros respectivos abrigos,
nos encontrábamos en la terraza del restaurante con las vistas que daban al
jardín y con la luz de la luna en lo alto.
—¿Cómo te está pareciendo la cena? —Empezó a hablar y se podía notar el
vaho salir de su boca debido a las bajas temperaturas.
—Muy bien, una compañía agradable. —Odiaba este tipo de preguntas
rutinarias.
—Cuanto me alegro —se quedó en silencio durante pocos segundos—,
supongo que ya te debes estar haciendo una idea del por qué he querido hablar
contigo.
Me encontraba entre dos opciones, sin embargo, prefería que me lo dijera ella.
No respondí, permanecí en silencio queriendo que continuara.
»—Verás, Renata —volvió a susurrar mi nombre y me pareció que lo hacía con
la lengua afilada, propia de una víbora—, lamento mucho haberte mentido
semanas atrás, ¿te acuerdas? La primera vez que nos vimos, pero hay una
explicación detrás.
Opción A.
—No te preocupes, de verdad, no tienes nada de lo que disculparte.
—Insisto —posó su mano con una perfecta manicura encima de mi brazo.
Miré el gesto y sonreí levemente—. Me pasó una vez y por eso evito
relacionarme con otros militares que estén bajo la orden de mi padre, el caso
fue que también conocí a una chica, meses atrás, hará un año casi, nos hicimos
amigas, pero después de un tiempo descubrí que su verdadera intención
siempre fue llegar hasta a mi padre a través de mí. Digamos que quiso ir por el
camino fácil, ya sabes, cuando tienes relación con el jefe, obtienes más
beneficios —explicó—. Sin embargo, no sabía que tu padre y el mío eran
amigos, no le suelo preguntar respecto a su entorno —hizo una pausa—.
Simplemente era eso, no quisiera que te llevaras una imagen equivocada de
mí.
—No te preocupes Anneliese, como he dicho, no tienes nada de lo qué
preocuparte, supuse que tendrías tus razones.
—Me alegra saber eso, de verdad —volvió a sonreírme.
Aquella fue la única vez que hablamos en toda la noche, pues el resto de la cena
se limitó a ignorarme deliberadamente. Ni siquiera me importó, como le dije a
Rocío, ella no me interesaba, al fin y al cabo, era su problema si quería seguir
desconfiando de los demás.
En ese instante, mientras Anneliese estaba contando una anécdota, mi mirada
se posó en la de Sebastián, él no tardó en darse cuenta del gesto
devolviéndome la mirada. Me permití adentrarme, durante algunos segundos,
en su color azul y sentí como algo dentro de mí se activaba. Una sensación algo
extraña que me hizo darme cuenta de que aquel hombre no sería indiferente
en mi vida.
No me equivoqué, sin embargo, desearía haberlo hecho.
Durante el resto de la cena no intercambiamos palabra alguna, tampoco le
volví a mirar, no quería que su prometida se diera cuenta y empezara a pensar
cosas que no eran, además, tampoco era mi intención estropear una relación
que estaba ya consolidada. Me fijé también en sus padres, el señor Otálora, el
que se suponía que debió haber asistido a la CMFE aquel día de septiembre,
tenía porte, se notaba que Sebastián había heredado sus genes, la señora
Otálora tampoco se quedaba atrás. Una mujer que desbordaba elegancia y
presencia, además de respeto.
Aquella noche no hablamos, sin embargo, el destino decidió que lo hiciéramos
en la última noche del año pues coincidimos en una fiesta que se organizaba
en la casa de algún conocido de Luis. Al principio me negué a ir, durante aquel
día me había encontrado mal y mi ánimo estaba a bajo cero para sacar mi
cuerpo de casa, sin embargo, Luis podía llegar a ser muy insistente,
demasiado, tanto, que incluso arrastró a la pobre Marina con nosotros.
Ni siquiera me lo podía creer, estábamos a días de irnos a una misión
importante que duraría un par de meses y ahí nos encontrábamos, en la fiesta
de fin de año. Cuando pisé aquella casa no me esperé encontrarme con
Sebastián, es que ni siquiera me lo imaginé, pero lo que no pensé que pasaría
era que aquella noche decidiera acercar sus labios a los míos para besarme en
aquel balcón de una de las habitaciones de la casa.
Un beso bajo los fuegos artificiales.
Capítulo 14
29 de diciembre del 1985
Sebastián
—Le he pedido un tiempo a Anneliese. —Le dije a Matías mientras nos
encontrábamos hablando en la terraza. Era de noche, por lo que teníamos una
vista increíble del cielo estrellado, a pesar de que hiciera un frío de la hostia,
teníamos la hoguera delante que nos proporcionaba calor, además de que el
sonido de la leña ardiendo me generaba paz y tranquilidad.
—Fuertes declaraciones, cuéntame más.
—No te rías. —Le advertí pues giré la cabeza para verle aguantar la risa.
—No lo estoy haciendo.
—Estás a punto.
—No te voy a decir que no, pero no me estoy riendo de ti hombre, si no contigo
—intentó arreglar—, a ver, pero hablando en serio, ¿qué ha pasado? Supongo
que habrá sido reciente, ¿no?
—Ayer.
—Ayer fue 28, para situarnos —calculó él mientras me daba una mirada—, así
podemos colocar bien los acontecimientos en la línea cronológica.
—¿Ves cómo todo lo conviertes en una broma? Es una cosa seria, tío.
—¿Pero yo he dicho lo contrario? ¿Cómo quieres que me entere de la historia
sin ordenar los hechos? Deja el drama, no te va, ahora cuéntame antes de que
me arrepienta de seguir escuchándote y ofrecerte terapia gratis. Debería
empezar a plantearme el cobrarte por cada sesión.
—No digas tonterías —me quejé—. El caso fue que…
Y empecé a contarle lo que sucedió un par de días más tarde de la cena de
Navidad que tuvimos en aquel restaurante con el comandante y los capitanes
Abellán y Romero. Me acuerdo de que estuve bastante nervioso, no lo puedo
negar, en frente de mí estuvo sentada Renata y me había podido dar cuenta de
que estuvo esquivando mi mirada durante casi toda la cena. No la podía culpar,
era lo mejor que podía hacer, al fin y al cabo, me había comportado como un
completo gilipollas. Tampoco fue mi intención hablarle, a pesar de los
consejos que me había dado Matías, decidí que la mejor opción era tomar
distancia y dejar que el tiempo decidiera solo.
Lo que sí pude notar fue el comportamiento extraño que adquirió Ann después
de la cena. Al principio no dije nada hasta que el final decidí preguntarle. Ella
tan solo se limitó a esquivar mis preguntas mientras me contestaba que no le
pasaba nada mostrándome una sonrisa algo forzada. Esa situación me hartó
porque tampoco es que fuera alguien estúpido que no se enteraba de lo que
sucedía a su alrededor.
Volvimos a tener una discusión hasta que metió a la sargento en la
conversación, aquello me sorprendió en sobremanera pues no me esperé que
la nombrara siquiera. Fruncí el ceño, no estaba entendiendo que tenía que ver
en ella en los problemas que estábamos teniendo hasta que, por fin, dijo lo que
le molestaba.
—No me gustaron las miradas que os lanzasteis, ¿te crees que no me he dado
cuenta de ellas? Algo pasa, Sebastián, algo pasa y no me lo quieres decir —dijo
y pude notar como sus ojos empezaron a cristalizarse.
De un momento a otro, había empezado a adquirir el papel de una víctima que
buscaba culparme a mí de todo lo que pasaba.
Dudé si contarle las mínimas dudas que había sentido, pero tampoco lo podía
llamar así pues no consideraba un delito el sentirse atraído por otra persona.
Intenté acercarme un poco más a Renata, lo confieso, en aquel momento no sé
qué me pasó, pero rectifiqué segundos más tarde mentalizándome que aquello
estaba mal y que estaba en una relación con una mujer con la que me iba a
casar pronto. Ni siquiera se me pasó por la cabeza traicionar a Anneliese,
además de que yo después me hubiera encontrado mal por ello pues no era del
tipo de hombre que disfrutaba jugar con los sentimientos de los demás.
Al final, decidí contárselo, decirle lo que había pasado entre la sargento y yo
sin ocultarle ningún detalle, ni tampoco adornarlo. Contarle como habían
sucedido las cosas y el porqué me había sentido atraído por ella.
Anneliese se enfadó, como me había esperado. No tuvo una reacción distinta
de la que me imaginé.
—¿Y me lo cuentas así tan tranquilo? —Exclamó echando un paso hacia atrás
mientras se llevaba una mano en el pecho—. ¿Me dices que te has sentido
atraído por otra mujer quedando tan solo unos meses para casarnos?
Me quedé en silencio mientras enarcaba levemente ambas cejas.
—Es mejor que lo sienta ahora en vez de que falten días para el gran día, ¿no te
parece?
Dejó escapar una risa irónica entretanto se colocaba ambas manos en las
caderas. Su postura era a la defensiva, estaba claro. Lo que más me molestó era
que tampoco pudimos tener una conversación como dos adultos sin tener que
recurrir a una discusión. Anneliese no lo aceptaba, tanto sus gestos como las
expresiones en su cara eran inmaduros.
»—No te entiendo —dije, finalmente y antes de que Ann me interrumpiera,
rápidamente continué hablando—, ¿no se supone que dijimos de basar
nuestra relación en la confianza y la comunicación? ¿Por qué reaccionas de
esta manera? ¿Por qué no me crees cuando te digo que no ha pasado nada
entre nosotros? Tan solo me sentí atraído por ella, ¿he cometido el peor de los
pecados? ¿Tú nunca has mirado a ningún hombre que te pareció atractivo?
—Por supuesto que no, ¿por quién me tomas? Nunca te he sido infiel, en
cambio…
—¡Yo tampoco Anneliese! —Esa vez, elevé el tono de voz porque estaba harto
de que se pensara cosas que no eran y que se inventara cosas que yo nunca
había dicho—. No te he sido infiel porque te sigo queriendo a ti, maldita sea,
¿por qué te cuesta tanto creerme?
—Porque no soy estúpida —dijo y pude ver como una lágrima se resbalaba por
su mejilla—. Vi cómo te miraba, como tú la mirabas a ella, ¿te crees que soy
tonta? Sé cuándo entre dos personas existe algo más que atracción.
—Joder, Anneliese —intenté acercarme a ella pues no me gustaba verla llorar,
pero se apartó bruscamente dando un paso hacia atrás—. Te equivocas —dije
casi al instante—, y te equivocas bastante. He decidido contarte esto para que
vieras que no tienes nada de lo que preocuparte. Si hubiera pasado algo más
grave te lo hubiera dicho igual y hubiéramos llegado a una solución, pero tan
solo te limitas a seguir sin creerme y a inventarse cosas que no han sucedido.
¿Por qué cojones no me crees? ¿Alguna vez te di motivos para que dudaras de
mí?
Se quedó callada sin saber que decir, porque en el fondo, sabía que yo tenía
razón, simplemente que su orgullo era tan grande que le impedía reconocerlo.
»—¿Ahora qué sigue? —Añadí al ver que no parecía que tuviera la energía para
responderme—. ¿Siempre será igual, Anneliese? Durante estos tres años de
relación hemos solido tener discusiones debido a tonterías que acabábamos
arreglando al final del día pues eran cosas sin importancia, ¿pero crees que
vale la pena seguir así? ¿Te gusta estar discutiendo siempre?
—A mí tampoco me gusta discutir, no digas eso, no lo disfruto, ¿por qué
piensas que sí?
—Porque es lo que me demuestras —respondí—. Siempre he acabado
agachando la cabeza, pero todo el mundo tiene un límite, ¿sabes?
En aquel instante, cuando le mencione aquello, puede ver algo parecido al
miedo reflejado en su mirada.
—¿Qué quieres decir?
—Que la fecha de la boda se va a posponer hasta que arreglemos esta situación
y que evidentemente tú y yo nos vamos a tomar un tiempo.
—No —ella negó con la cabeza mientras irradiaba incredulidad—, no me
puedes hacer esto, no podemos detener todo, hay personas detrás
encargándose de los preparativos.
—¿Es lo único que te importa? ¿Los preparativos? Esas personas pueden
esperar, no creo que les importe, de lo contrario, recibirán un pago adicional
por las molestias.
—No puedes estar hablando en serio —dejó escapar otro sonido de
incredulidad—, ¿cómo será a partir de ahora? ¿Seguiremos estando
comprometidos, pero separados durante un tiempo? ¿Sabes lo que pensarán
mis amigas de esto? ¿Quieres que se rían de mí? Amor, por favor, piensa bien
lo que estás diciendo, te prometo que lo arreglaremos, intentaré poner de mi
parte para no discutir, pero por favor, no me hagas esto, no nos hagas esto.
Intentó acercarse a mí, pero esta vez fui yo quien me aparté.
—Esta es nuestra situación ahora, puedes quedarte en el apartamento, no
tengo problema, yo ya me buscaré la vida y veré donde dormir.
—Sebastián… —intentó convencerme.
—No, Anneliese. Necesitamos unos días separados, aclarar esto, pensar y,
aunque me duela, si lo mejor para ambos es cortar con el compromiso, es lo
que haré, porque me niego a pasar el resto de mi vida con una persona que solo
piensa en ella misma.
Matías me miraba atento mientras le acababa de contar toda la historia con
lujo de detalle tal como me había pedido. Después de que le hubiera dicho eso a
Anneliese, empezó a negar con la cabeza mientras me pedía que no me fuera,
sin embargo, yo ya estaba haciendo una pequeña maleta para guardar algo de
ropa y mis cosas. No sabía cuantos días estaría lejos de casa, pero en aquel
momento no me apetecía estar ahí, no me sentía cómodo. Necesitaba un
descanso, pasar unos días sin tener que oír a Anneliese discutir ni escuchar sus
gritos.
—No me lo puedo creer —murmuró Mat—, ¿de verdad te has ido?
—¿Has escuchado todo lo que acabo de decirte?
—Claro que sí hombre, pero me refiero, ¿seguís en esta etapa de tomarnos un
tiempo?
—Llevamos tres días sin saber nada el uno del otro. Lo que me sorprende es
que el comandante tampoco me haya llamado ni nada por el estilo, me
esperaba una orden directa de su parte diciéndome que me disculpe y vuelva
inmediatamente con su hija.
—A ver, en cuanto a eso, ambos sois mayorcitos y no creo que el papi, por muy
comandante que sea, tenga que venir a meterse en vuestra relación. No tenéis
quince años. Tiene que entender que no todas las relaciones van a funcionar y
el hecho de que os fuerais a casar, no significa que todo estuviera marchando
de fábula.
—No hemos cancelado la boda.
Me miró con las cejas levantadas y los ojos abiertos.
—Yo había entendido que sí.
—Nos hemos tomado un tiempo, eso no significa que hayamos roto el
compromiso.
—La pregunta sería —levantó ambos índices para dar suspense—. ¿Tú quieres
casarte con ella?
No respondí. Me quedé pensando en aquella pregunta.
»—¡Ajá! —Exclamó lo que hizo sobresaltarme—. No quieres casarte con ella.
—No he dicho eso.
—Tu silencio me lo acaba de confirmar, hermano.
—Nos hemos tomado un tiempo, Mat.
—Deja de repetir eso, ya me ha quedado claro, pesado. —Se molestó—. Lo que
te estaba queriendo decir es que, posiblemente la señorita Anneliese Arias
alias la histérica, no sea aquella mujer con la que pasarías el resto de tu vida.
Posiblemente esto sea una señal que te diga que lo mejor sería que esa boda no
se llevara a cabo.
Me rasqué la barbilla mientras mi cabeza no dejaba de darle vueltas a eso.
—No lo sé —acabé por decir—, tampoco quisiera cometer un error y después
arrepentirme por no haberme casado con ella.
—¿Sabes qué es lo que creo? Que te has acostumbrado a ella, a su compañía, a
su personalidad, actitud y carácter y como ya estás tan familiarizado a su
cercanía piensas que la mejor opción para ti sería seguir con esta vida aburrida
que tenéis.
—Nuestra vida no es aburrida.
—Cuéntale el chiste a otro. —Se burló—. ¿Cuántos años lleváis juntos?
—Mucho tiempo —respondí casi sin pensar—, es decir, llevamos tres años
juntos, pero antes de eso empezamos con una amistad en el colegio.
—Ahí lo tienes, te has acostumbrado a ella y no dudo que Ann no lo haya
hecho lo mismo contigo. Lleváis mucho más tiempo juntos siendo no pareja,
entonces os costará deciros adiós.
—No sé si quiera decirle adiós.
—Ay, tío, hablar contigo es como hablar con una pared. Evidentemente que
no, como te acabo de decir, te has acostumbrado a su presencia, es normal que
te cueste aceptar la realidad. Lo mejor que puedes hacer es no pensar en ella
durante unos días y que se enfríen las cosas. Cuando te sientas listo, la llamas
y decidís, hasta entonces, sabes que se acerca fin de año, ¿no? Eso significa que
nos lo pasaremos bien. —Juntó las palmas y las frotó expresando su emoción.
—Dime que será algo pequeño.
—Te puedo decir que será algo grande —movió las cejas de arriba abajo—,
además quiero que venga cierta señorita que me tiene encantado. Deberé
mover algunos de mis hilos para que se presente ahí sin que se note forzado.
Su encanto me ha dejado encantado, ¿sabes?
—Espera, ¿la amiga de Renata? ¿La que la acompañó aquel día en la galería?
—Exactamente —esbozó una sonrisa de idiota enamorado—. Es tan sencilla,
tan dulce y de sonrisa fácil, se rio de todas mis gracias, es la mujer perfecta.
—Matías…
—Sí, sí, ya lo sé, no ilusionarse rápido, déjame decirte que llegas tarde con tu
super consejo. Me gusta Marina Soler y poco a poco la iré enamorando con mis
encantos, además, si viene ella, lo más probable es que también se presente tu
sargento favorita.
—¿Te crees que es el mejor momento sabiendo lo que estoy pasando ahora con
Anneliese?
—Es el mejor momento, de verdad Sebastián, pon esas neuronas a funcionar,
mucha matemática y contabilidad, pero en cuestiones del amor, vas muy
lento, hay que espabilar amigo —dijo—. Como te iba diciendo, aprovecha este
tiempo que te has dado con Ann y date la tarea de conocer a Renata, porque no
sé tú, pero ahí he visto chispas.
Respiré profundamente. Lo cierto es que eso era lo que me causaba Renata,
pequeñas chispas a nuestro alrededor mientras posaba su mirada en la mía y
me hablaba con ese tono de voz hipnótico que tenía. En aquel momento me
pregunté si había hecho bien en comprometerme con una mujer, que, como
había dicho Matías, lo que nos unía no era solamente amor, sino la costumbre.
Entonces, ¿era eso lo que necesitaba? ¿Algo nuevo? No quería pensar así, no
quería acercarme a Renata solo porque tenía la sensación de que me aburría
con Anneliese y que simplemente necesitaba algo nuevo. Renata no era un
juguete nuevo, era algo más, alguien con el que podías estar horas y horas
hablando sin llegar a cansarte pues a pesar de ser joven, seguramente tendría
muchas experiencias que contar.
Tenía ganas de volver a verla, hablar con ella y adentrarme en aquella mirada
de color chocolate. Tenía ganas simplemente de dejarme llevar y dejar que el
destino decidiera por mí. No quería pensar, tampoco quería adentrarme en las
consecuencias, quería hacer lo que mi cuerpo dictara en el momento, no
cuestionarme y no sentirme mal por ello.
Por primera vez, tenía ganas de asistir a una fiesta.
Capítulo 15
31 de diciembre del 1985
Renata
Hoy era el último día del año y el mejor plan que podía haber encontrado era
quedarme tumbada en el sofá delante de la televisión envuelta en una manta
gruesa y con diferentes aperitivos en la mesita central. No me apetecía salir,
me había encontrado mal durante casi todo el día y lo último que quería era
celebrar otro fin de año que sería idéntico a los anteriores.
Las fiestas no me llamaban mucho la atención, me gustaba pasármelo bien,
eso no lo podía negar, pero siempre daba prioridad a mi estado de ánimo
actual, por eso fruncí el ceño cuando oí el timbre sonar. Lo último que quería
era que Luis se presentara delante de la puerta para sacarme a rastras, odiaba
que lo hiciera pues no era la primera vez que intentaba sacarme para que no
me quedara sola amargándome en mi existencia, como él lo solía decir.
Me había costado demasiado convencer a mis padres de que se fueran a
divertir y celebrar el fin de año, Rocío también se quería quedar, pero como
ella era la pequeña no pudo decir demasiado.
Cuando abrí la puerta, tuve el impulso de cerrarla de nuevo cuando vi a Luis
querer asomar sus narices dentro, también me había fijado que Marina se
encontraba a su lado sonriendo. Iban vestidos de manera elegante y sabía que
su intención sería querer llevarme con ellos, cosa que a mí no me apetecía.
—No —dije.
—Sabía que lo primero que dirías sería eso —respondió Luis ampliando la
sonrisa mientras extendía la palma hacia Marina quien colocó una moneda de
500 pesetas.
—¿Habéis apostado?
—No exactamente —respondió la sargento—, considéralo un pequeño juego,
yo pensaba que nos saludarías al vernos o incluso nos harías un cumplido.
Empecé a dar varios pasos hacia atrás para volver a sentarme en el sofá. Dejé la
puerta abierta para que entraran como una simple muestra de cortesía.
—No quiero ir —les dije—, no me podéis obligar a ir a donde sea que vayáis,
que, por cierto, ¿dónde es la fiesta?
—Entonces sí te interesa —insinuó él—. Un amigo me ha invitado y ha dicho
que podía llevar a más personas si quería, que la fiesta será en una casa
bastante grande a las afueras de Barcelona, por allá en la zona alta, ya sabes
cómo es la gente rica con este tema, adoran ser el centro de atención.
—Ya —continué concentrada en la película.
—Vamos, Renata, no seas aguafiestas, sabes que no será lo mismo sin ti, la
diversión no es igual, Marina también está de acuerdo —giró la cabeza hacia
ella para buscar apoyo moral.
—Supongo que no —empezó a decir ella—, además, las fiestas de fin de año
siempre son divertidas ya que siempre suele pasar algo.
Marina llevaba una falda de color negro por encima de la rodilla con algo de tul
brillante, una camiseta básica negra y una bomber en un color rojo oscuro, las
botas militares también en la misma tonalidad. El maquillaje llamativo era lo
que más destacaba. No le quedaba mal, de hecho, se veía bastante bien en
conjunto. Luis, por el contrario, pantalones negros, camisa plateada, corbata
negra y una cazadora de cuero del mismo color.
—¿Es medio informal? —Pregunté después de haber analizado como iban
vestidos.
—Es otra fiesta más, puedes ir como tú quieras.
—Era curiosidad, evidentemente que no voy a ir.
—Tonterías, vas a ir, por lo menos por unas horas, después de comer las uvas
nos volvemos a casa, nos marcaremos un cenicienta si quieres. —Seguía
intentando convencerme—. Son las siete, en media hora te dejamos lista y nos
vamos, tengo el coche abajo.
—¿Por qué lo tienes que tener todo preparado?
—Porque me da la gana —respondió él sentándose en el sofá—. Si no te saco
yo, no te saca nadie y está bien que a veces salgas a divertirte, míralo por el
lado bueno, me preocupo por ti. Ahora podéis ir a hacer eso que hacen las
chicas, prepararse juntitas mientras habláis de cotilleos.
Marina no dudó en darle un pequeño golpe en la cabeza.
—No generalices —dijo ella intentando sonar enfadada, pero no lo
consiguió—. Vamos Renata, a ver qué tienes en el armario.
Supongo que no tuve mucha más opción, ni siquiera hicieron caso a los
múltiples suspiros que solté. Luis podía llegar a ser muy insistente cuando se
le metía una idea en la cabeza.
Fue Marina quien acabó decidiendo el look completo, yo tan solo me limité a
asentir con la cabeza mientras me revolvía todo el armario buscando alguna
prenda que fuera acorde para la ocasión. Cuando me vi en el espejo, el
resultado no me desagradó, de hecho, parecía como si fuera otra Renata,
seguía siendo yo, pero se podía notar que había un cierto cambio a mejor.
El vestido ajustado que llevaba puesto me lo había comprado hacía mucho
tiempo atrás, pero que nunca me animé a ponérmelo, por lo que aquella era la
primera vez que saldría de casa con él. Un vestido por encima de las rodillas
que tenía brillo incrustado en la tela y que tenía solamente una manga, las
medias transparentes también de color negro y unos zapatos de plataforma
que había encontrado ella escondidos en una caja.
—No sé si vaya a poder caminar con estos zapatos —susurré mientras seguía
viéndome en el espejo.
Los labios de un color rojo potente y el pelo, suelto y ondulado. Parecía
mentira que tuviera 19 años, sin embargo, con esta ropa, aparentaba
realmente mi edad.
—Piensa como si estuvieras caminando por la cuerda floja —dijo Marina
admirando su creación—, es prácticamente lo mismo. Faltaría el abrigo y
listo, ya nos podremos ir.
Cuando salimos de la habitación, Luis estaba esperándonos impaciente dando
vueltas por la sala de estar y se quedó varios segundos mirándome sin decir
nada.
—Todo el reconocimiento a Marina —dije mientras caminaba hacia la puerta
haciendo que los tacones sonaran bastante—, vámonos.
Ni siquiera le di tiempo a responder cuando ya había salido de mi casa.
Después de asegurarme de que la puerta estaba cerrada, salimos hacia el
exterior y pude sentir el frío penetrar directamente en mis piernas las cuales
tan solo estaban cubiertas por el fino material de las medias. A veces me
preguntaba por qué las mujeres debíamos sufrir de esta manera.
Después de otros veinte minutos, una vez que apagó el motor del coche, me
sorprendí al ver que se trataba prácticamente de una mansión pues incluso
tenía a un hombre de seguridad en la puerta controlando quien entraba.
—Luis —murmuré sin poder despegar al vista de la fachada de la casa—,
¿quién has dicho que te ha invitado?
—Un amigo —respondió—, pero claramente ese amigo no es millonario, así
que vete a saber quién sea el anfitrión de semejante palacio.
Mansión Maldonado. Me fijé en el apellido que figuraba en el portón de hierro y
sin quererlo siquiera, aquel apellido se quedó guardado en mi memoria.
Marina se había colocado a mi lado y supongo que se encontraba maravillada
pues no había pronunciado palabra alguna desde que cruzamos aquella puerta.
El lugar está a rebosar de gente bailando, otros hablando e incluso había
parejas que se estaban besando por las esquinas. Fruncí la frente cuando vi que
había quienes estaban medio desnudos.
—¡Esta fiesta está de puta madre! —Exclamó Luis hablando un poco más alto
que la música.
Lo peor de todo es que yo ya me había empezado a agobiar y quería salir de ahí.
—¿Qué hora es? —Me giré hacia Marina para preguntarle.
—Casi las nueve de la noche —respondió mirando el reloj—. ¿Ya te quieres ir?
—¿Sería un problema?
—Prometiste hasta la medianoche, Renata —respondió como si me estuviera
regañando mientras nos hacíamos paso entre la multitud hasta encontrar un
hueco en el centro de la sala donde estaba colocada la mesa de las bebidas y un
señor en el otro lado, sirviendo copas—, por lo menos quédate hasta la última
campanada, no pienses tanto en la fiesta, será divertido, ya lo verás.
—¿Dónde está Luis?
Ambas empezamos a mirar a nuestro alrededor, pero no había ni rastro de él.
—Lo acabamos de perder.
—Por eso no suele asistir a este tipo de fiestas porque se vuelve loco —me giré
hacia el barman y le pedí algo que no tuviera mucho alcohol. Él asintió,
mostrándome una sonrisa encantadora y yo no pude evitar fruncir el ceño—.
Deberíamos buscarle dentro de un rato, no vaya a ser que cometa alguna
estupidez.
—Parece mentira que esté sirviendo al ejército.
—Tiene la mentalidad de un adolescente, es imposible razonar con él en este
tipo de entorno y menos cuando va borracho.
Recibimos nuestras copas en el mismo tiempo y probé la bebida, no estaba tan
mal como me había imaginado. De un momento a otro, mientras veíamos a la
multitud bailar, se acercó un tipo con un antifaz y se dirigió hacia Marina,
posando toda su atención en ella. Al principio me causó cierta desconfianza,
pero ella parecía conocerle.
—Qué agradable sorpresa tenerte por aquí —pronunció el tipo misterioso con
voz melódica. Incluso le agarro la mano y le plantó un pequeño beso en el
dorso de la mañana. Marina no sabía cómo comportarse ante semejante
cortejo—, ¿aceptarías un baile de esta pobre alma en pena?
No tardó mucho en quitarse el antifaz y fue en aquel instante cuando me di
cuenta de quién era. Se trataba del hombre que trabajaba en la galería, el que
estuve al lado de…
Sebastián.
Tragué saliva cuando empecé a pensar que Sebastián podía tener alguna
relación con esta gente que se hacía apellidar Maldonado.
Marina aceptó el gesto entusiasmada, sin embargo, antes de que se fueran,
aquel hombre extraño me entregó una pequeña nota. Podía intuir quien le
había mandado dármela. No dijo absolutamente nada y se limitó a agarrar de
la mano a su doncella y partir hacia la pista de baile.
Todavía tenía la nota en la mano y lo cierto era que me daba cierto temor
abrirla, pero finalmente lo hice, porque la curiosidad que sentía me podía más.
“Permítase olvidarse del mundo que la rodea hasta que el sonido de la última
campanada cese, indicando el fin de otro ciclo”.
Sebastián
Volví a leer aquella frase otras cuantas veces más porque no sabía exactamente
lo que quería decir con ello. Tenía la sensación de que volvería a suceder lo
mismo que la otra vez, donde se volvería a olvidar de que tenía una prometida
que le esperaba en casa, sin embargo, a mí no se me olvidaba aquel detalle.
Había sido un error venir hasta aquí, no podía permitir desconcertarme de esta
manera porque se suponía que dentro de unos días partiría a una misión que
mínimo duraría un par de meses. Seguía siendo militar, una sargento que
pronto se convertiría en oficial de compañía, no disponía del tiempo ni de las
ganas de adentrarme en este tipo de cosas y mucho menos de forjar nuevas
relaciones.
Todavía me encontraba de pie delante de la mesa de las bebidas, seguía
sosteniendo la nota en mi mano cuando de pronto, pude sentir la presencia de
alguien detrás de mi espalda. Amplié mis sentidos mientras adquiría una
posición de defensa sin querer. Decidí girar la cabeza lentamente y fue ahí
cuando me di cuenta de que tenía a Sebastián detrás de mí.
—Señor Otálora —pronuncié cuando mi mirada se posó directamente en la
suya.
—Señorita Abellán —contestó casi en un susurro, pero que lo entendí
perfectamente—. Veo que ha recibido mi nota.
—Justamente le quería comentar sobre lo que me ha escrito. ¿Le parece que
vayamos a un lugar más tranquilo? La música alta me suele estresar.
—Por supuesto, faltaría más.
Se colocó a mi lado y no tardamos en rodear a toda la gente que estaba
bailando en el interior de la casa hasta que, llegamos a la segunda planta la
cual estaba prácticamente vacía, incluso el ruido de la música había
disminuido considerablemente.
Siguió caminando hasta que nos detuvimos en lo que parecía ser una sala de
estar. Había un sofá colocado delante de los grandes ventanales cuyas vistas
daban directamente al lago que había delante. Debía admitir que el escenario
que proyectaba la luz de la luna era espectacular. Sebastián se sentó en el sofá
y yo hice lo mismo dejando la debida distancia.
Me aclaré la garganta mientras recordaba lo que había puesto en la nota, sin
embargo, ni siquiera sabía por qué había cambiado el rumbo de la
conversación.
—¿Antes le podía preguntar algo?
—Claro, ¿qué quiere saber?
—¿Conoce al anfitrión? He leído el apellido en la entrada, Maldonado era, se
ve que es bastante popular porque mi compañero tiene un conocido que nos ha
invitado a esta fiesta y resulta que usted, junto a su amigo, también se
encuentran aquí.
—También es un conocido, de hecho, es más amigo de Matías que mío, se
llama Héctor, rondará también los veintitantos años, son sus padres quienes
son dueños de esta… —miró a su alrededor—, peculiar y extravagante
mansión. De ahí ya no sé más. ¿Por qué lo pregunta?
—Simple curiosidad.
Sebastián sonrió y no pudo evitar buscar algo en su mirada que me diera más
detalles.
—Es usted muy curiosa, entonces.
—Me gusta tener respuesta para todas las preguntas que me hago.
—¿Y cuál sería la pregunta referente a la nota que le he enviado?
—Para empezar, ¿por qué me la ha enviado?
—¿Tenía prohibido hacerlo? —Preguntó alzando una ceja. Parecía que la
situación le estaba resultando divertida.
—No, pero…
—¿Cuál era su duda, Renata?
Sentí algo cuando pronunció mi nombre de aquella manera, algo que no supe
bien como definir, pero me puse nerviosa ya que tampoco dejaba de mirarme.
Sebastián era de aquellas personas que les gustaba hacer contacto visual y no
apartar la mirada. No sabía si aquello me gustaba o, por el contrario, llegaba a
molestarme, sobre todo si venía de él.
—El significado general de la nota, no entiendo a qué se refiere o cuál es su
intención habérmela enviado.
—Simplemente he querido decir lo que tiene escrito ahí, ¿le resulta
complicado de entender?
No sabía si se estaba burlando de mí pues la expresión en su rostro no me
indicaba lo mismo.
Tenía escondido el trozo de papel en la mano, probablemente ya debía
encontrarse arrugado, por lo que, dije la frase en voz alta, de memoria.
—Permítase olvidarse del mundo que la rodea hasta que el sonido de la última
campanada cese, indicando el fin de otro ciclo —murmuré y pude ver como el
señor Otálora me miraba atento—. ¿Me podía explicar a lo que se ha referido
con eso del “fin de otro ciclo”? ¿Se refiere al fin de este año?
—Exactamente —respondió, pero algo me decía que no era del todo cierto.
—Siento que esconde algo más.
Aquello hizo que de su garganta brotara una melodiosa risa durante varios
segundos.
»—Eso, usted ríase, pero tiene que admitir que ha querido decir otra cosa,
puede que se trate de alguna metáfora que no haya podido ver, ¿no me lo va a
explicar?
Sebastián se quedó en silencio y no tenía intención de hacer desaparecer la
sonrisa de su rostro.
»—Supongo que le parece divertido seguir burlándose de mí —murmuré y
crucé una pierna encima de la otra sin darme cuenta, sin embargo, aquello
hizo que la sonrisa del señor Otálora desapareciera para fijarse en mi gesto.
Se me había olvidado de que llevaba un vestido que se ajustaba perfectamente
a mi cuerpo, además de que las medias negras transparentes hacían que mi
piel brillara debido a la luz exterior.
—No me estoy burlando de usted, no se me ocurriría —susurró y pude ver su
intención de acortar la distancia que nos separaba.
Yo no sabía lo que quería hacer, me encontraba en total desventaja pues su
sola presencia conseguía hacer que me pusiera nerviosa, por lo tanto, se me
dificultaba pensar con claridad.
—¿Entonces? ¿Qué le cuesta explicármelo?
—Porque no hay nada que explicar —susurró—, simplemente le pido eso, que
se permita dejar de pensar en el mundo que la rodea durante las últimas horas
restantes.
—No entiendo por qué me está pidiendo esto.
—Quiero conocerla —confesó lo que hizo que mi respiración se acelerara
levemente—. Me genera curiosidad y quisiera que nos sigamos viendo, ¿le
parece mal?
Ahora la decisión recaía en mí y ni siquiera tenía claro lo que quería. Lo único
que veía en aquel momento era que Sebastián seguía con la intención de
querer acortar la distancia entre ambos.
Capítulo 16
Sebastián
Estaba nerviosa, podía percibirlo, de hecho, yo también lo estaba porque todo
lo que estaba haciendo lo estaba llevando sobre la marcha. No tenía control
sobre los movimientos en mi cuerpo, tan solo me limitada a reaccionar según
lo que nos estaba ocurriendo a ambos, si se le podía llamar así.
Y algo me gritaba que acortara de una vez la distancia absurda que nos
separaba, la que nos mantenía lejos el uno del otro e impidiera que sintiera su
piel bajo mi tacto. Tenía la extraña necesidad de perderme en su cuello y oler
su aroma porque la tensión que nos envolvía acabaría matándome por
completo. Tragué saliva al ver que sus ojos seguían sin abandonar los míos, al
igual que yo tampoco podía hacerlo.
Pude sentir también, un leve golpeteo en mi pecho que me indicaba la
inquietud que estaba sintiendo en aquellos momentos pues Renata seguía en
silencio, sin la intención de entreabrir siquiera los labios. No sabía si estaba
siendo insistente o peor, que pensara que la estaba acosando, no quería que
asumiera ese tipo de cosas de mí.
Cuando me encontraba al borde de rendirme y volver a poner distancia entre
ambos, ella habló, en un susurro que al principio me costó entender.
—No es que me parezca mal… —empezó a decir—, sin embargo, todo
dependerá de las intenciones que tenga.
Pude comprender a lo que se estaba refiriendo, pues se suponía que yo seguía
estando comprometido. Renata continuó hablando.
»—Me gustaría dejarle las cosas claras —dijo—, seguiré siendo una militar,
una soldado que ha pasado por múltiples situaciones traumáticas debido a las
misiones que he realizado a lo largo de los pocos años que llevo sirviendo al
ejército. —Entrecerré levemente la mirada al darme cuenta de que, en la suya,
el brillo se había vuelto opaco. Parecía como si tuviera algún dolor guardado
en el pecho que todavía no había sido capaz de superar.
—Lo entiendo perfectamente —respondí—, no es mi intención que
desatienda sus obligaciones ni mucho menos.
—No lo está comprendiendo —murmuró lo que hizo extrañarme—. En el caso
de que estuviera soltero, que no lo está, tampoco podría surgir nada entre
nosotros porque mi cabeza no está enfocada en iniciar una relación
precisamente. No podría ofrecerle nada estable, ¿no lo entiende? Por eso le
preguntaba el motivo de la nota, porque estoy viendo de que se está haciendo
una ilusiones que yo no voy a poder cumplirle.
Aquello lo sentí como si me hubieran tirado un cubo de agua helada encima,
aunque lo peor de todo, en el fondo, lo sabía, simplemente que Renata le había
puesto nombre a lo que me estaba negando a admitir. Me estaba haciendo
unas ilusiones que lo más probable era que no se cumplirían.
Ni siquiera sabía a quién estaba tratando de engañar, tampoco sabía si decirle
a la sargento que me estaba tomando un tiempo de la relación que tenía con
Anneliese, porque, al fin y al cabo, Renata seguiría siendo militar y estaba
claro que sus prioridades siempre iban a ser otras.
Entonces, ¿aquello era el fin? Mi mente no lo acababa de asimilar y sin
quererlo, también pensé en la posibilidad de que ella no estuviera sintiendo
nada, que estubiera buscando la forma de apartarme de la manera más
delicada posible.
—Creo que le debo una disculpa —murmuré mientras me alejaba de ella—, la
verdad es que no era mi intención que se sintiera incómoda, así que le pido
perdón por ello y tiene razón, ambos tenemos un compromiso que cumplir, en
su caso, con el país y en el mío, con Anneliese.
La pronunciación de su nombre hizo que la sargento frunciera levemente el
ceño.
»—¿Ocurre algo?
—¿Todavía no ha hablado con ella? —Preguntó y se podía notar la reprimenda
en su tono de voz—. Discúlpeme que me meta, pero ¿lo mejor no sería
mantener una conversación con ella? Porque está claro que usted se encuentra
algo confundido en cuanto a sus sentimientos, si me permite decirlo.
¿Estaba confundido? Tampoco podía negar lo evidente, lo estaba y la causante
de aquello se encontraba a menos de un metro de mí. Fijé mi mirada en ella de
nuevo y me quedé pensando en lo que acababa de decir porque aquello hizo
que empezara a reflexionar mi compromiso con Ann.
Mi relación entera.
Las palabras de Mat también hicieron eco en mi cabeza. ¿Estaba realmente
enamorado de Anneliese o simplemente era un cuestión de costumbre? Me
había acostumbrado tanto a ella que la idea de romper lo que teníamos hizo
que me sintiera mal por ello.
Muchas preguntas empezaron a agolparse en mi cabeza haciendo que
empezara a cuestionarme el futuro que había pensado en tener con ella, ¿era
realmente aquel futuro que quería en mi vida? Seguía teniendo 21 años, ¿por
qué me había apresurado tanto a aceptar un compromiso que me estaba
confundiendo? ¿Y si Renata no hubiera aparecido? Aquello hizo que mi mente
empezara a trabajar a mil hora pues probablemente ni siquiera estaría
planteándome este tipo de cosas.
—Lo he hecho —respondí—, y ahora me encuentro tan confundido que ni
siquiera sé lo que quiero en mi futuro. Si a la mujer con la que llevo casi toda la
vida juntos o la mujer que acaba de aterrizar como un huracán haciendo que
con su mirada de color chocolate, me desequilibre por completo.
Decidí dejar de pensar y dejarme llevar por las emociones que estaba viviendo
en aquel momento.
—¿Se puede saber qué está diciendo? —Se apresuró a preguntar, sin embargo,
había destruido por completo esa distancia absurda que nos separaba.
Nuestras miradas se encontraban demasiado cerca, al igual que podía sentir
sus labios llamarme, sin embargo, no iba a hacer nada sin que ella estuviera de
acuerdo—. ¿Qué hace?
Su pregunta se perdió en un susurro cuando sintió mi mano atrapar su mejilla.
No podía dejar de mirarme, al igual que yo tampoco podía dejar de recorrer sus
labios con la mirada.
—Dejemos el maldito formalismo —pedí y no pude evitar rozar mi nariz con
la suya—. No te besaré hasta que no me digas que sí —susurré deseando que
aceptara, que me dejara probarla por lo menos aquella noche, la última del
año.
No respondió, se mantuvo callada por varios segundos tal como me lo había
esperado, sin embargo, pude notar la inquietud en sus piernas y el hormigueo
en sus manos de querer tocarme. Di el paso por ella, así que sujeté su mano
derecha con delicadeza y se la coloqué por encima de mi hombro.
»—¿Qué me dices, Bell? —Volví a susurrar perdiéndome en su mirada
mientras me contenía de seguir tocándola.
De repente, me había surgido la necesidad de acariciar cada centímetro de su
piel y guardármelo en la memoria.
—Sí —pronunció casi dejando escapar el aire.
Ni siquiera me lo pensé dos veces cuando finalmente, junté nuestros labios
mientras dejaba escapar un leve jadeo sin querer. Renata reaccionó de
inmediato profundizando el beso y no pude evitar adentrar la lengua en el
proceso con tal de saborearla por completo. Adentré un poco más la mano para
rodear su cuello con tal de que no hubiera ninguna distancia que nos
entorpeciera.
Sus labios sabían a chocolate, dulces, pero a la vez, con la suficiente amargura
para volverme adicto a su sabor. Sentí sus manos por mi espalda,
acariciándome mientras el beso iba incrementando de intensidad y lejos de
detenernos, lo que quería era llegar hasta el final aun sabiendo que eso no
sería posible.
Había perdido la noción del tiempo, no sabía si habían pasado segundos o
incluso, minutos, pero lo que tenía claro era que el tiempo se acababa, porque
nada dura para siempre y todo tiene un final, aunque no lo queramos ver.
El final de aquel beso llegó cuando el ruido de un fuego artificial se hizo
presente en el cielo iluminando por varios segundos la oscuridad que nos
envolvía. La sargento separó de inmediato sus labios, al principio asustada
hasta que se dio cuenta de las luces de colores a través del vidrio. Yo también
me separé de ella acomodándome el traje mientras dejaba que se pusiera de
pie y diera unos cuantos pasos hasta colocar su mano sobre el vidrio.
No me había dado tiempo a ver la reacción en su cara, por lo que no tenía una
idea de lo que estuviera pensando en aquel momento.
—¿No es un poco pronto para los fuegos artificiales? —Murmuró aun
dándome la espalda. Aproveché para mirar la hora, faltaba poco para la
medianoche, minutos, en realidad.
—Supongo que alguien se habrá equivocado, alguien algo impaciente —
susurré mientras me colocaba a su lado. Quería verla, aunque fuera de reojo.
No me atreví a decir nada más.
—¿Podemos salir a fuera? Necesito un poco de aire.
Asentí con la cabeza mientras abría la puerta transparente de la terraza e hice
que pasara primero. Me pude dar cuenta de que su vestido brillaba bajo la luz
de la noche, un brillo delicado, nada cargado y elegante. El frío nos golpeó de
inmediato, sin embargo, lo agradecí inmensamente pues la calidez que me
había dejado Renata, había sido bastante.
Nos acercamos hacia el final de la terraza. Apoyé el antebrazo sobre el muro de
piedra mientras ella posaba sus manos de manera delicada admirando el
paisaje oscuro a lo lejos. Las risas de los invitados se podían escuchar
claramente pues se encontraban en el jardín de abajo.
—¿Estás mejor? —Pregunté, algo preocupado, no quería que se empezara a
angustiar por esto.
—Lo siento.
Fruncí levemente la frente.
—¿Por qué te disculpas?
—Por dejarme llevar —respondió a la vez que clavaba su mirada en la mía. Su
iris brillaba y me costaba diferenciar su pupila en el centro.
—Nos dejamos llevar ambos, no quiero que te preocupes por esto —respondí.
—Sigues siendo un hombre comprometido, aunque te encuentres confundido
—murmuró. Pensé que quería decir algo más, pero juntó los labios,
guardándoselo—. No quiero meterme en medio de una relación, no está bien.
—Olvídate de eso.
—¿Cómo pretendes que lo haga? —Giró su cuerpo hacia el mío.
—Porque he sido yo quien ha dado el primer paso, quien te ha buscado porque
descartaba la idea de no volver a verte. No sé lo que me ocurre Renata, pero has
conseguido llamarme la atención de una manera que nadie más ha conseguido
y no dudo con que tú no sientas lo mismo.
Se quedó en silencio y volvió a mirar hacia abajo donde se encontraba la
mayoría pues la medianoche estaba cerca.
—Ahora es cuando se puede comprender mejor la diferencia entre el querer y
el poder —respondió—, aunque quiera seguir dejándome llevar, no puedo
porque hay varias razones que me lo impiden.
Sus ojos volvieron a los míos justo en el instante donde la primera campanada
se oyó. No quería que este momento acabara, porque algo me gritaba que
cuando se oyera la última, Renata se marcharía sin mirar atrás. Acerqué mi
mano a la suya, envolviéndola suavemente. Ella no se apartó. Nuestras
miradas no perdieron el contacto mientras las doce campanadas se
escuchaban produciendo un interesante eco y justamente cuando se oyó la
última indicando el año nuevo, volví a acercarme a ella para besarla de nuevo.
Un beso bajo los fuegos artificiales, pues sin dejar que el sonido de la última
campanada cesara, hicieron volver los fuegos artificiales creando una gama de
colores en la oscuridad de la noche.
La sargento no me apartó, volvió a profundizar el beso mientras me rodeaba
por el cuello haciendo que su cuerpo se volviera a pegar contra el mío. La
agarré de la cintura y me volví a perder en su sabor a chocolate.
Tenía algo que me atraía, su sola presencia lo conseguía, pero el sabor de sus
labios, junto a su caricia y el movimiento de su boca, hacían que la buscara de
nuevo haciendo que me volviera adicto.
Acaricié su espalda y no pude evitar pasar también los dedos por su brazo
desnudo notando la calidez de su piel, a pesar de que nos encontrábamos en
un fría noche de diciembre.
Aquel beso solo hizo darme cuenta de lo equivocado que había estado con
Anneliese, que toda nuestra relación se había basado en la apariencia, que la
seguía queriendo porque la conocía desde hacía años y la consideraba
importante en mi vida, pero que no estaba enamorado de ella como había
afirmado en anteriores ocasiones.
Anneliese no me hacía vibrar como Renata lo había hecho con tan solo un
simple beso.
En aquel instante, sin embargo, el sonido de unos nodillos picando el vidrio,
hicieron que nos separáramos. Se trataba de Héctor Maldonado.
—Siento haberos interrumpido —pronunció mientras empezaba a dar unos
cuantos pasos hacia nosotros adentrando las manos en los bolsillos del
pantalón. Se pelo de color rojo era lo primero que se destacaba gracias a las
luces que apuntaban de manera aleatoria.
Me giré hacia Renata quien lucía desconcertada y de pronto, tuve la extraña
necesidad de taparla con mi chaqueta. Hice el gesto de quitármela para
entregársela, pero ella, adivinando mis movimientos, empezó a negar con la
cabeza mientras daba un paso hacia adelante.
—No te preocupes, lo mejor será que me vaya —pronunció, pero antes de que
se pudiera marchar, Héctor la interceptó colocándose en su camino mientras
mostraba una sonrisa encantadora.
No me gustó cuando le agarró la mano para posar sus labios en el dorso de ésta
cual caballero en su armadura. Renata no dijo nada, sin embargo, pude ver que
retiró la mano algo incómoda.
—¿A quién tengo el gusto de saludar? —Murmuró él mientras volvía a su
posición inicial con las manos en el interior de los bolsillos—. Héctor
Maldonado, un placer.
—Renata Abellán —respondió ella—, el placer es mío.
Se podía notar la tensión en el ambiente.
—¿Quieres esperarme abajo? —Capté su atención.
Ella asintió con la cabeza.
—Iré a buscar a mis amigos —respondió. Después de unas últimas miradas y
una sonrisa algo forzada hacia Héctor, empezó a caminar hacia el interior de la
mansión, perdiéndose entre la oscuridad de la habitación.
Mi vista volvió a caer en el pelirrojo que tenía a mi lado, preguntándome por
qué cojones había tenido que interrumpirnos.
—Es guapa —pronunció mientras se encendía un cigarro y empezaba a
fumar—. ¿Dónde la has conocido?
—No creo que sea de tu incumbencia —respondí—. Lo mejor será que no te
acerques a ella.
—¿Lo tengo prohibido?
—Rotundamente. —Le regalé una mirada a modo de advertencia y de su parte
tan solo recibí una sonrisa llena de burla.
—Te dije lo mismo sobre mi hermana, pero a ti no se te ocurrió otra cosa
mejor que hacer que romperle el corazón y hacer que se fuera a Estados
Unidos.
—¿Por qué la metes en esto? —Le enfrenté porque no había ni una sola vez
que no tuviéramos la fiesta en paz.
—Porque Ester lo es todo para mí y ahora, por tu culpa, la mantienen
encerrada en esa clínica de mierda sin la posibilidad de que vaya a verla.
No pude evitar que la culpa me invadiera a pesar de que yo no haya tenido nada
que ver.
—Siento lo que le pasó a Ester —murmuré—, pero no me puedes seguir
culpando por algo que no hice y que ocurrió tres años atrás, además, ni
siquiera sabía que era tu hermana.
—Puede que no haya sido tu culpa directa, pero tuviste algo que ver, porque
todo empezó a irse cuesta abajo a partir del momento que se enamoró de ti.
—No te puedes enamorar de alguien en una noche —le dije.
—Y cuando iniciaste esa relación semanas más tarde con esa arpía que ahora
tienes por prometida, le destruiste el corazón a mi hermana. —Le dio otra
calada al cigarrillo, soltando el humo por la boca mientras ignoraba lo que
había dicho.
Una noche, tres años atrás, cuando ni siquiera había iniciado la relación con
Anneliese, me gustaba bastante salir cada noche y emborracharme hasta bien
entrada la madrugada mientras me lo pasaba bien con cualquier mujer que se
me cruzara delante y me atrajera mínimamente. Eso mismo ocurrió con Ester,
ni siquiera me dijo su nombre, no sabía que era la hermana de Héctor a quien
conocía por ser el hijo de las personas que a veces se juntaban con mis padres
para tratar unos negocios importantes.
Nunca forjamos una amistad ni nada por el estilo, hablábamos de vez en
cuando en los momentos donde coincidíamos y siempre solían ser temas
banales, por lo que, cuando se enteró que me había acostado con su hermana
aquella única vez, se enfadó bastante llegando incluso a darme una buena
paliza.
Yo se lo dejé pasar, no quise agrandar el problema, no lo vi necesario, pero
llegó el día donde se presentó en mi casa semanas más tarde exigiéndome que
volviera a ver a su hermana, nunca entendí lo que sucedió en aquel tiempo,
pero de un momento a otro, Héctor se presentó molesto, hecho una furia casi
diciéndome que tenía que hablar con Ester.
No quise y se lo dejé bien claro, que había sido solamente una noche, que mi
intención nunca fue ir más allá, también le dije que me había enamorado de
Anneliese y había iniciado una relación con ella. Héctor no me dijo nada, se
limitó a negar con la cabeza mientras desaparecía de la entrada de mi casa.
No lo volví a ver, ni a él ni a su hermana, de hecho, coincidí con Héctor hará un
año atrás, pero ni siquiera mantuvimos una conversación de más de un
minuto hasta esta noche, que, por lo visto, todavía no podía sacarse el tema de
su hermana de la cabeza.
—No pienso discutir contigo sobre Ester, sucedió hace mucho tiempo,
supéralo. —Quise irme, no quería seguir hablando con él, pero su voz me
detuvo.
—Tienes razón —dijo—, pasó hace mucho tiempo, sin embargo, no es algo
que se pueda olvidar con facilidad, de todas maneras, soy consciente de que no
puedo cambiar el pasado.
—Me parece bien que me lo digas.
Héctor me mostró una sonrisa y en aquel momento no vi que se trataba de una
algo forzada.
—¿Cómo se encuentra Ann? ¿La pobre está enterada de que le estás poniendo
los cuernos?
—No te metas —advertí—. Mis problemas no te interesan una puta mierda y
ahora, si me disculpas, seguiré disfrutando de la fiesta.
—Adelante, Sebastián Otálora, nadie se lo está impidiendo. —Su tono nadaba
en una completa ironía mezclada con burla.
Le lancé una última mirada mientras me dirigía hacia el interior de la sala,
tenía la intención de bajar las escaleras sin saber que Renata no se encontraba
en la fiesta. Lo descubrí segundos más tarde al no encontrarla en ningún lado.
Fue la última vez que la vi, ya que no nos volvimos a encontrar hasta meses
más tarde.
Capítulo 17
14 de abril del 1986
Renata
No quería cerrar los ojos, no podía, pues cada vez que lo hacía, aparecían
diferentes imágenes de la misión que realicé en Irak durante estos cuatro
meses. Me encontraba acostaba sobre mi cama, en mi habitación. Mamá
estaba trabajando y papá se encontraba en la CMFE, por lo que el apartamento
entero se encontraba en el absoluto silencio, ya que a pesar de que Rocío
también estuviera aquí, ella se encontraba estudiando para los exámenes
finales que tenía esta semana.
Me abracé a mí misma un poco más fuerte mientras volvía a rememorar la
explosión que hubo cerca de los poblados que se encontraban alejados de la
ciudad. Lo presencié desde el cielo mientras estaba pilotando uno de los
aviones de combate. Volví a llenar mis pulmones de aire para dejarlo escapar
pausadamente con la intención de calmarme.
Aquello era la otra cara de la moneda, las consecuencias psicológicas que
padecían la mayoría de los militares después de una misión en el exterior. No
pude evitar recordar los cuerpos sin vida y llenos de sangre y mugre que yacían
en el suelo, envueltos del polvo de la explosión. Ni siquiera me planteé la
posibilidad de que aquellas personas fueran inocentes, ya que tan solo me
limité a apuntar y disparar por órdenes del capitán al mando de la operación.
Otra cosa que nos repetían hasta el cansancio era que, una vez en el campo de
batalla, las órdenes de un superior eran sagradas, por lo que no debían ser
cuestionadas a pesar de que estas no fueran del todo correctas desde el punto
de vista moral.
Aquello me hacía pensar qué clase de persona era pues se suponía que había
jurado, delante de un tribunal, proteger al país sin llevarme ninguna vida
inocente por delante.
Cerré los ojos al recordar la explosión que ocasioné hará un año atrás y por el
que acabé en un centro de recuperación para sanarme por completo tanto de
las heridas físicas como psicológicas que tuve. No dejo de recordar los cuerpos
malheridos, algunos de gravedad. No dejo de pensar que debería haber muerto
yo en lugar de aquella chica que se encontraba en el lugar y el momento
equivocado.
No la pude salvar, no le pude decir que se fuera, me quedé en silencio debido al
nudo que se instaló en mi garganta al intentar gritar que había una bomba
justamente a unos metros.
Ni siquiera sé de dónde había aparecido, pero de repente, estaba ahí y cuando
aquella explosión ocurrió, el impacto debido a la onda expansiva nos hizo caer
al suelo unos metros más adelante. Aquella chica se llevó la peor parte cuando
su cabeza golpeó contra una biga de hormigón envuelta en ruina
ocasionándole una muerte inmediata.
Necesitaba dejar de pensar en todo lo que podía haber hecho y no hice, porque
sabía que, en el fondo, aquello iría consumiéndome lentamente sin poderlo
evitar.
Abrí los ojos de nuevo parpadeando rápidamente para acostumbrarme a la luz
del sol que se colaba por la ventana. Tenía que tranquilizarme, no me servía de
nada quedarme anclada en aquellas imágenes, pero sin querer, mi cuerpo
seguía en tensión, el puño apretado a un lado de mi cara me delataba. Estaba
haciendo fuerza, clavándome las uñas en la piel, cuando de repente, dejé de
hacerlo al oír el sonido de la puerta abrirse.
No podía ser otra persona que Rocío, era la única que se encontraba en casa.
—¿Renata? —Ni siquiera hice el amago de levantar la cabeza, no tenía fuerzas
ni para eso—. ¿Estás bien? He escuchado sonidos extraños.
Escuché sus pasos, se estaba acercando hasta que se arrodilló sobre la
alfombra, a un lado de mi cama. Pude apreciar sus ojos, marrones como los
míos, un regalo de nuestro padre pues mamá los tenía verdes.
Parecíamos dos gotas de agua a pesar de la diferencia de tres años que
teníamos, pero a la vez, éramos muy distintas en cuanto a carácter. Rocío era
un algodón de azúcar, tierna por fuera y dulce por dentro, aunque cuando se
enfadada, podía demostrar fácilmente el carácter que teníamos los Abellán,
mientras que yo me consideraba un volcán, contra más lejos estuvieran de mí,
mejor, pues no sabía cuándo podía llevar a erupcionar.
—Estoy bien —murmuré, algo desanimada y Rocío se dio cuenta de
inmediato. Estiré el brazo para colocar la mano sobre su mejilla—. Solo
necesito descansar, ya sabes, después de una misión me cuesta estar funcional
hasta dentro de un par de días.
—Se me han hecho eternos estos cuatro meses sin ti —susurró—. Menos mal
que papá no ha ido contigo esta vez, porque ya sin ti, la casa se ha sentido muy
sola y desierta.
Esbocé una pequeña sonrisa.
—No habrá ido por ciertas cuestiones que maneja la CMFE, pero no dudo que
pronto tenga que ponerse al mando de otra operación. Dentro de unos meses
empezarán las elecciones para el puesto de comandante y ya sabes que son
bastante complicadas.
—Se tienen que hacer mil cosas —dijo ella—, ya podrían hacerlo más fácil, no
les cuesta nada.
—Si lo hicieran más fácil, cualquiera podría llegar a ser comandante.
—Pues también es verdad —respondió dándose cuenta—. ¿Crees que papá
logre ser comandante?
—Esperemos que sí, todo dependerá de las pruebas y el resultado que obtenga
pues ahí el margen de error es muy pequeño.
—¿De qué porcentaje estamos hablando?
—Menos del 1% —respondí y Rocío casi al instante mostró una cara de
incredulidad.
—Dios mío —expresó—, papá ya tiene que ponerse las pilas.
—¿No confías en él? —Sonreí.
—Obviamente que sí, no digas eso, ya sabes que para mí papá es un
superhéroe —pronunció de manera segura, pero algo indignada—,
simplemente que tampoco descarto la idea de que lo tenga difícil en las
pruebas, ya sabes, puede haber alguien que sea mejor que él y como dices que
el margen de error es tan pequeño…
—No hay que perder la esperanza —dije—, papá es un militar ejemplar, yo
creo que tiene grandes posibilidades de ganar.
—Algún día tú estarás en su lugar, ya lo verás y te veré como comandante.
¿Sabes lo que significa eso? Mucho orgullo para mí y para papá y mamá, sobre
todo para papá.
—Todavía falta mucho para eso —murmuré—, pero sí, no descarto esa idea,
por el momento me enfocaré en el ascenso al puesto de oficial.
—¿Cuándo son las pruebas? ¿O cuál sería ese proceso?
Mi hermana era igual de curiosa que yo, por lo que le empecé a contar lo que
consistían esas pruebas que eran más fáciles que las del puesto a comandante,
como era lógico. Ella me escuchó atenta a todo lo que decía, hasta que, de un
momento a otro, ambas nos encontrabámos acostadas en la cama mirando al
techo mientras le continuaba explicando. Rocío iba haciendo preguntas cada
que no entendía algo.
Las pruebas serían la semana que viene y esperaba que todo fuera bien para
poder obtener el cargo y aspirar al siguiente que sería el de teniente, puesto al
que Luis se tenía que presentar.
—Por cierto —susurró mi hermana—, hay una cosita que se me ha olvidado
contarte. —Giré la cabeza para verla bien pues había hecho que mi curiosidad
despertara.
—¿El qué?
Se quedó callada durante varios segundos mientras seguía mirándome
haciendo que mi impaciencia incrementara. Enarqué una ceja en su dirección
para que hablara de una vez.
—Verás —empezó a decir, alargando las letras—, mientras tú estabas
cumpliendo con tu deber para con el país, vino una visita, bueno, se presentó
en la puerta de casa, pero cuando se enteró de que no estabas, se fue, creo que
algo triste, se le notaba en la mirada.
Podía imaginarme a quién se estaba refiriendo, sin embargo, quise que
continuara hablando, por lo que me quedé callada esperando que terminara de
hablar.
—Preguntó por ti, eso fue en febrero, más o menos, le dije que estabas en una
misión y que vete a saber cuándo ibas a volver, por lo que creo que no sabe
todavía que has vuelto.
Sin poderlo evitar, me acordé del beso que nos dimos aquella última noche de
diciembre, de las sensaciones que me regaló y de lo mal que me sentí después,
pues quisiera aceptarlo o no, que lo hacía, seguía estando mal, por muy
confundido que se encontrara, eso no le daba derecho a engañar de esa manera
a su prometida y no podía evitar pensar que, en cierta manera, yo contribuí a
su ruptura.
Me dejé llevar, no había excusa que lo justificara, dejé de pensar cuando
empezó a acercar su rostro al mío con la intención de besarme y me derretí
cuando me dijo que yo tenía la última palabra, cuando me pidió que le dijera
que sí. No le había contado nada a Rocío, nadie lo sabía, seguía siendo un
recuerdo que permanecía en mi cabeza. Por una parte, me avergonzaba que
alguien lo supiera, además de que, tenía la idea de que, si decía aquello en voz
alta, acabaría por admitir lo que en realidad sentía y no quería llegar a ese
punto.
Decidí, en aquel instante, hacerme la que no sabía de quién estaba hablando.
—¿A quién te refieres? —Pregunté.
—¿Eres tonta? ¿Cómo qué a quién?
—No me insultes, se supone que soy tu hermana mayor.
Ella hizo un extraño movimiento con los ojos a modo de respuesta lo que hizo
que tuviera que morderme la lengua para no reírme. Era curioso como siempre
me sacaba una sonrisa sin proponérselo.
—Tres años no son nada.
—Tres años y medio —respondí queriendo que recordara los meses de
diferencia que teníamos pues yo nací a finales de junio y ella en enero.
—Se acerca tu cumpleaños —cambió de tema entonando emoción—, pasarás
al grupo de los que tienen 20, ¿cómo te sientes al respecto?
—¿Debería sentir algo? Es otro año más, nada va a cambiar.
—Otro año más, pero seguirás siendo la misma aburrida de siempre.
—Rocío. —Llamé su atención—. No te desvíes del tema.
—Ah, sí, la visita —movió las cejas de manera sugerente—. Su nombre
empieza por S y termina por Ebastián, ¿te suena?
De nuevo, hizo que mostrara una sonrisa sin querer.
—Creo que sí, me suena su nombre.
—¿Te digo también el apellido?
—No hace falta —respondí, sintiendo de repente un leve calor en las mejillas
que hice desaparecer de inmediato—. ¿Estaba mamá en casa?
—Sí, papá estaba haciendo de capitán en el Cuartel y como te podrás imaginar,
puso la oreja mientras yo lo atendía. Sebastián preguntó si te había pasado
algo, ya que no había recibido ninguna noticia tuya y se preocupó el hombre,
qué considerado, ¿no crees? Que un completo desconocido, o no tan
desconocido, se preocupe por ti viniendo expresamente a casa.
—Su prometida es la hija del comandante del ejército al cual sirvo.
—Lo que te decía, muy considerado de su parte. —Me ignoró ella—. Eso hace
que me surjan preguntas, ¿sabes? La primera de ellas y la más importante, es
si pasó algo entre vosotros que debería saber y si me quieres contar, claro está.
—No creo que haya nada que contar —respondí manteniéndome serena pues
si empezaba a pensar en aquel beso, no haría más que delatarme.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Sabes que en mí puedes confiar y si te preocupa que se lo diga a mamá,
olvídate de eso, secreto de hermanas. —Me aseguró mientras me miraba por
unos segundos para después volver a posar la vista en el techo—. Lo que me
indigna es que no confíes en mí.
—Sí confío en ti, Rocío, lo que pasa es que…
—No te voy a juzgar, además, ten en cuenta que no siempre está bien
guardarse las cosas para uno mismo, a veces hace falta explotar.
—Como un volcán —susurré sin darme cuenta, sin embargo, Rocío me
escuchó.
—Como un volcán —repitió en un tono cariñoso.
Me quedé callada durante algunos segundos con la duda mordiéndome la
punta de la lengua, sin embargo, decidí decírselo.
—Nos besamos.
Al principio tardó en reaccionar, pero una vez asimiló lo que acababa de
decirle, se incorporó de la cama para ponerse derecha y mirarme fijamente
con los ojos muy abiertos mientras abría la boca emocionada.
—¡No puede ser! ¿De verdad? Madre mía. —Empezó a decir con una alegría
que no le cabía en el cuerpo—. ¿A qué esperas para contármelo todo? Con
detalles, también te lo digo, no hagas que tenga que sacarte palabra por
palabra.
Su alegría me contagió a mí también, por lo que también me incorporé
cruzando las piernas en modo indio para empezar a contarle como fue aquella
noche de diciembre. Rocío iba haciéndome preguntas, pero se mantuvo
bastante atenta mientras me escuchaba hablar. Le describí las sensaciones que
tuve cuando Sebastián apoyó sus labios sobre los míos para iniciar aquel juego
de lenguas adictivo, como acarició mi espalda con extremada delicadeza, pero
que no dejó de mostrarse igualmente inquieto ante mis caricias.
—Dios mío, dios mío, dios mío —pronunció y no supe cómo no se le enredó la
lengua—. ¿Y después? ¿Qué pasó después?
—Me fui. —Me limité a decir—. Apareció un conocido suyo, Héctor creo que se
llamaba y los dejé hablando mientras yo aproveché para irme a casa.
—¿Lo dejaste ahí? ¿No hablasteis después?
—No.
—Normal que se presentara hasta la puerta de tu casa, hasta yo lo hubiera
hecho. —Se indignó—. Bueno, lo importante ahora es que estás aquí y ya
podréis hablar tranquilamente.
—Rocío, se te olvida un detalle.
—¿Cuál?
Ahora era ella la que se estaba haciendo la desinteresada.
—Anneliese Arias.
—Oh… ese detalle, bueno, daños colaterales, además, me has dicho que lo
viste bastante confundido, ¿no? Eso es bueno.
—Eso a mí me da igual ya que no significa nada.
—Ay hermanita de mi corazón, déjate llevar por una vez en tu vida que no
sabes las sorpresas que te podrás llevar —murmuró dejando escapar un
suspiro—. Sí, eres militar, tus tiempos son impredecibles porque un día estás
aquí y otro en Pekín, pero, no lo sé, intenta probar, no pienses tanto en eso, al
fin y al cabo, no eres tú quién decide tu futuro.
—¿Y se puede saber quién lo decide?
—El destino. —Empezó a mover de nuevo las cejas de manera sugerente—. Si
al final la deja y decidís intentar lo que sea que estéis sintiendo, bien por
vosotros, si la deja y lo vuestro no acaba de funcionar por un sinfín de razones,
pues bueno, se habrá intentado y si al final no la deja por vete a saber por qué,
pues él se lo pierde, pero la cuestión y aquí va un consejo sincero de hermana,
es que no pienses tanto, sigue dejándote llevar, eso sí, que el señor Otálora no
juegue a dos bandas porque tremenda patada en los huevos que se llevará.
Dejé escapar una risa sin querer al oír lo último.
—Me gustaría que hablara con ella, que se aclare.
—Ha tenido cuatro meses, supongo que ha sido tiempo suficiente para pensar.
—Supongo que sí —respondí.
Hablar con Rocío me ayudaba, aunque fuera más pequeña que yo, tenía esa
madurez en su pensamiento que hacía que yo viera las cosas más claras sobre
todo en este tipo de cosas.
Dejé que el destino siguiera decidiendo por mí, no pensé en las consecuencias,
por lo que, no pensé que volveríamos a cruzar las miradas en el último sitio
que me hubiera imaginado.
En la CMFE.
Capítulo 18
21 de abril del 1986
Sebastián
Aquella noche había decidido dormir en la casa de mis padres donde Adrián
también vivía pues, de momento, no tenía la intención de irse de su lado,
además de que últimamente había participado más en la actividad en la
empresa lo que hizo que nuestro padre se mantuviera contento, ya que, meses
atrás cuando habló con él, le ofreció la oportunidad de incorporarse en el
departamento de publicidad pues se veía que a Adrián le gustaba bastante el
diseño y aportaba ideas bastante innovadoras.
Me encontraba en mi habitación acostado en la cama con un libro sobre mi
pecho el cual había intentado seguir leyendo, pero me había resultado
imposible pues no lograba concentrarme, últimamente no estaba dando mi
cien por cien y eso era algo que me preocupaba.
La habitación estaba a oscuras y la poca iluminación que había se debía a la luz
de la luna la cual su reflejo golpeaba directamente sobre la cama. Dejé escapar
un suspiro profundo mientras me acomodaba sobre el colchón y observé la
puerta que poco a poco se iba abriendo, descubriendo la imagen de mi
hermano en el pasillo.
Entró dando unos cuantos pasos extremadamente lentos con ambas manos en
los bolsillos y se sentó en la butaca que se encontraba a un rincón de la
habitación, casi al lado de la puerta del balcón. Yo me limité a observar todos
sus movimientos sin decir una sola palabra pues esperaba que él rompiera el
hielo.
Lo hizo pasados unos segundos.
—¿Qué tal te va la vida? —Preguntó mirando al techo. Se había acomodado de
tal manera que había conseguido apoyar la cabeza sobre el respaldo para que
sus ojos miraran hacia arriba.
Nuestra comunicación no era que fuese de envidiar, de hecho, a penas nos
hablábamos y no recordaba la última vez que nos habíamos abierto el uno al
otro para contarnos aquellos que nos dolía o preocupaba. Mi hermano seguiría
siendo un idiota, eso estaba claro, pero eso no significaba que nunca intentaría
volver a tener la relación que teníamos antes, además, tampoco recordaba qué
era lo que nos había enfrentado, de un día a otro empezamos a tratarnos mal y
de ahí seguimos sin querer ponerle una solución.
—Normal, mucho trabajo, nada nuevo o interesante —murmuré—. ¿Y tú?
—Estoy muerto del sueño, creo que me iré a dormir pronto, pero quería pasar
por aquí para ver como estabas.
—¿Desde cuándo te preocupas por eso? —Me atreví a preguntar.
—Al fin y al cabo, eres el único hermano que tengo, además, me alegra que por
fin te hayas dado cuenta de la vida de mierda que llevabas junto a doña
perfecta.
Se refería a Anneliese y el solo hecho de mencionarla hizo que mi rostro se
ensombreciera. No quería hablar de ella, no después de todo lo que me había
dicho y por lo que habíamos pasado. Estos meses han sido una completa
agonía y pensar que se vendrían momentos más difíciles hacía que sintiera
deseos de pegarme un tiro en la frente para acabar con todo esto.
—¿De qué sirve darme cuenta si al final tendré que seguir a su lado?
—Sirve y mucho. —Me miró—. Te has dado cuenta de que realmente no estás
enamorado de ella, hay muchas parejas que crían a su hijo por separado,
tampoco es el fin del mundo, pero nadie te obliga a pasar tiempo a su lado.
—Su padre ha prohibido que cancelemos la boda, ¿te crees que me dejará irme
y tener al niño una semana sí y la otra no? Ya es un hecho Adrián, mi felicidad
y mi libertad se han ido a tomar por el culo.
Adrián suspiró, al igual que yo. No pude evitar cerrar los ojos mientras
recordaba cuando Anneliese me había dicho que estaba embarazada
justamente un par de días después de fin de año. No supe cómo reaccionar
porque la conversación que yo quería que tuviéramos era la de poner fin a
nuestra relación.
En menos de cinco segundos sentía como si un peso se hubiera instalado en
mis hombros. No le dije nada. ¿Qué era lo que le podía reclamar? Teníamos
sexo sin preservativo, era evidente que tarde o temprano ese momento
llegaría, por lo que la boda tampoco la íbamos a cancelar. Anneliese se
mostraba feliz, así que no tuve más remedio que morderme la lengua y
mostrar una felicidad que no sentía para que no sospechara nada, sin
embargo, a medida que iban pasando las semanas, me veía más incapaz de
seguir en silencio pues sentía que de un momento a otro, me ahogaría.
Una semanas más tarde, sin embargo, no pude más, por lo que le conté lo que
había sucedido entre Renata y yo incluido el beso que nos dimos. Se enfadó,
me echó en cara muchas cosas, fueron horas y días de discusiones que también
llegaron a oídos de sus padres. Anneliese se encontraba a la defensiva, no
quería entender la razón detrás de lo que había hecho, sin embargo, no quería
cortar la relación que teníamos y teniendo en cuenta que estaba embarazada,
el hecho de irme de su lado había quedado completamente descartado.
—Eres un pesimista, hermano —respondió, restándole importancia—, las
cosas todavía se pueden solucionar si le echas un par de cojones y dejas de
quejarte.
—Ah, ¿sí? Entonces ilumíneme, maestro de la sabiduría.
—Yo no te voy a poner las cosas en una bandeja de plata para que comas de la
cuchara, búscate la vida, ¿quieres seguir al lado de Ann? —No respondí, negué
con la cabeza, sin embargo, él ya conocía la respuesta—. Entonces, ve y habla
con ella, pon los cojones sobre la mesa.
—Lo intenté, ¿no te acuerdas? Su padre casi me mata.
—Inténtalo mejor, parece mentira que seas tú el más inteligente de la familia,
porque en este tipo de cuestiones, eres pésimo. Si quieres soluciones, tienes
que mover el culo, no hay más, porque eso de casarse simplemente porque tu
novia espera un hijo tuyo es una tontería. ¿Sabes que hay miles de parejas que
tienen cincuenta hijos sin casarse? Tomad ejemplo, tú no la quieres y ella tan
solo te ve como si fueras una fábrica de billetes, lo mejor para ese niño es que
lo crieis por separado.
Tragué saliva al terminar de escucharle hablar, sabía que tenía razón, no era
gilipollas, sin embargo, la situación era muchísimo más complicada de cómo
Adrián la pintaba pues él se pensaba que con hablar sería suficiente cuando la
realidad era que la palabra no servía de nada.
—Es fácil decirlo —murmuré—, no se trata de ir y dejarla después de haber
discutido, es más complicado de lo que parece.
—En primer lugar, mira que eres idiota por follar sin condón, ¿en qué cojones
estabas pensando?
—Cállate, se supone que estaba muy enamorado de ella y que seguía siendo mi
prometida, además de que hablamos del tema de tener hijos, ni siquiera lo
pensé cuando nos acostamos.
—¿Ya tenéis nombres para bebé? —Intentó bromear, pero a mí no me estaba
haciendo ninguna gracia—. Cuando nazca, que ni se te pase por la cabeza
ponerle bajo mi cuidado.
—Tranquilo, ni se me ocurriría, ni siquiera sabes cuidarte a ti mismo como
para pretender cuidar a un recién nacido y no, por el momento ni tenemos
ningún nombre, ni siquiera sabemos el sexo del bebé, Anneliese quiere que sea
una sorpresa en el día del parto.
—Ah —Se limitó a decir restándole importancia—. ¿Qué más dará eso? A tu
novia le gusta complicarse la vida. En fin, ya no me meteré más, allá vosotros
con lo que haréis, peor ten en cuenta lo que te acabo de decir, espabila e
intenta ser un poco egoísta, que, al fin y al cabo, estamos hablando de tu vida y
de tu futuro.
Adrián tenía razón, no lo podía negar. Tenía que armarme de valor y decirle
aquello que pensaba, que, aunque ya lo hubiera hecho, no podía simplemente
rendirme y dejar que el tiempo pasara. No me quería casar con Anneliese y
menos aún, seguir viviendo con ella, pues al darme cuenta de lo que realmente
sentía, la convivencia empezaba a ser pesada. Por ese motivo fue que decidí
pasar unos días en casa de mis padres, porque necesitaba algo de tranquilidad
a mi vida.
Adrián tenía la intención de levantarse, sin embargo, lo detuve.
—Espera —murmuré, haciendo que se volviera a sentar—. ¿Tú cómo estás?
Hace tiempo que no sé nada de ti, ¿cómo te va en la empresa?
—Tampoco hay nada que contar —respondió—. Todo va bien.
Se notaba que no quería hablar mucho del tema, por lo que yo tampoco seguí
preguntando. Tenía la firme idea de que ya me contaría algo cuando él
quisiera. Lo hizo días más tarde diciéndome que había empezado a hablar con
una chica del trabajo, en el mismo departamento donde él se encontraba. Se
llamaba Olivia y parecía que le gustaba bastante. Lo único que no me gustó era
la rapidez con la que estaban llevando las cosas y lo ilusionado que se
mostraba mi hermano. Por un lado, me gustaba que pudiera seguir con su
vida, pues ya hacía poco más de un año desde que su novia murió, pero por
otro, no quería que se entregara demasiado rápido para después volver a sufrir
y encerrarse en sí mismo.
Al día siguiente, por la mañana, mi padre quiso hablar conmigo, por lo que me
presenté en su despacho. Él se encontraba en su butaca de piel frente al
escritorio de madera maciza. Lo único que me había extrañado era que no
estuviera vestido con uno de sus trajes para ir a la empresa.
Me senté frente a él y crucé una pierna encima de la otra.
—¿Hoy no irás a trabajar? —Pregunté iniciando la conversación.
—Hoy no, por eso te he llamado, para decirte que estarás al mando por hoy.
No me encuentro muy bien y prefiero descansar en casa. Atiende las reuniones
que hay programadas y aplaza para mañana los asuntos más importantes, por
si se necesitara mi firma.
—Está bien —respondí—. ¿Qué es lo que te pasa?
Mi padre no solía ponerse enfermo, de hecho, muy pocas veces solía faltar a la
empresa, así que, que me estuviera dejando a mí a cargo, hacía que me
saltaran las alarmas.
—No te preocupes, no es nada grave, supongo que será el cansancio —
respondió con la intención de tranquilizarme. Lo consiguió al principio, pero
algo que me decía que me estaba ocultando algo.
—Está bien, llámame si necesitas cualquier cosa, ¿mamá está al corriente?
—Tu madre se quedará conmigo hoy para cuidarme —murmuró con una
sonrisa—. Está atendiendo unos asuntos, pero no tardará en volver.
—Vale —respondí—, entonces voy tirando hacia la empresa.
—Llévate a Adrián contigo, no malgastéis gasolina de manera innecesaria
yendo en dos coches cuando podéis ir en un uno perfectamente.
—Veré qué hacer —dije y me despedí de mi padre—. Adiós, intentaré
apañármelas.
—No quiero que lo intentes, hazlo bien o no verás ni una peseta de la herencia.
Mi padre podía llegar a ser gracioso, a su manera. Tenía la esperanza de que se
estuviera riendo por dentro. Le di una última mirada y me dirigí directamente
hacia el parking donde se encontraba mi colección entera de coches. Eché una
ojeada y me di cuenta de que el coche de Adrián no estaba, por lo que habría
salido más pronto.
Lo siento papá, no ha podido ser.
Esbocé una sonrisa al elegir el coche con el que iría hoy. Un bonito Camaro de
los años 70. Me subí y salí disparado hacia las calles de Barcelona llegando a la
empresa en menos de media hora. Me dirigí hacia el interior del edificio
saludando a los trabajadores que me iba encontrando hasta llegar al despacho
de mi padre. La secretaria que se encontraba detrás de las puertas ya estaba al
corriente de que hoy sería yo quien diera las órdenes, por lo que le pedí que me
dijera lo que teníamos programado hoy en la agenda.
Algo me decía que sería un día pesado. No me equivoqué, pero lo que más me
sorprendió fue que me dijera que para esta tarde habría una reunión
programada con el capitán Abellán en la CMFE.
Aquello tan solo significaba una cosa y es que volvería a ver a Renata.
Capítulo 19
22 de abril del 1986
Renata
En la CMFE no solamente nos limitamos a entrenar y practicar las diferentes
estrategias que nos encomendaban nuestros superiores. No se basaba
simplemente en seguir las órdenes, hacíamos diferentes actividades de
disciplina y de concentración, entre ellas, era fundamental el estudio de la
historia de España, además de los libros propios que explicaban las misiones
más importantes que se hicieron, escritos por los grandes comandantes y
generales de los tres ejércitos del país, por lo que me encontraba en la
biblioteca, la única y principal que había, para buscar algún libro que fuera de
mi interés.
Año 1966. Misiones al exterior. Armada. Estrategias militares. Movimientos de las
operaciones.
Se trataba del título del libro y en él podías encontrar los detalles que los
superiores que tenía ahora, no te llegaban a explicar. Seguía viendo los
diferentes títulos hasta que, yendo distraída, no me di cuenta de que a mi lado
se encontraba el teniente Diego Serra. Durante estos meses se había mostrado
distante con todos los soldados, ni siquiera había hecho amistad con ningún
otro teniente, se mantenía apartado de los demás y no sabía si se debía a su
propio carácter o escondía algo detrás que no quería que nadie descubriera.
Me daba la sensación de que, con él, se debía tener algo de cuidado, no
confiarte demasiado.
—Sargento Abellán, me alegra verla por aquí —pronunció manteniendo su
postura con las dos manos por detrás de su espalda. Nos encontrábamos en el
mismo pasillo, uno al lado del otro—. ¿Busca algo en particular? La podría
aconsejar, si lo prefiere.
—No se moleste —respondí en voz baja—. Voy mirando algún libro que llame
la atención.
Mi intención fue acabar la conservación ahí, pero el teniente tenía pinta de
querer seguir hablando, cosa que me sorprendió vagamente pues según había
oído y tenía entendido, era poco sociable.
—Tengo entendido que se presentará a las pruebas para el ascenso a oficial en
la escala militar. ¿Está usted preparada?
—Sí, señor —afirmé con seguridad pues aquí no se permitía responder con el
“creo que sí”. Las respuestas, además de la postura, debían mostrar
templanza, aunque en el fondo no se tuviera.
Serra continuó mirándome y pude detallar su color de ojos dándome cuenta de
que la luz podía jugar a su favor, pues en las otras veces que tuve la
oportunidad de mirarle a la cara, se podía apreciar el color claro, sin embargo,
ahora permaneciendo a contraluz, adquirían una tonalidad más oscura.
Volví a posar la mirada en la estantería haciéndome la distraída pues no sabía
qué era lo que quería exactamente de mí, sin embargo, pude apreciar como me
repasaba de arriba abajo con la mirada lo que hizo que ganara cierta
incomodidad, no pude evitar recordar el mismo episodio que viví cuando
recién cumplí los dieciocho años. La misma mirada, el mismo interés, la
misma incomodidad.
Decidí salir de ahí inventándome cualquier excusa que se me ocurriera.
»—Permiso para retirarme, señor —procedí a despedirme de manera formal
haciendo el debido gesto militar. También le aclaré el por qué de mi retirada,
no fuera a ser que después se quejara con mi padre, cosa que no quería que
sucediera.
—Concedido, sargento, puede marcharse —respondió y no pude evitar sentir
un cierto alivio cuando empecé a caminar para salir de la biblioteca.
Al final, no había cogido ningún libro y tampoco volví a la biblioteca. Desde
aquella conversación, el teniente Serra empezó a generarme una mala vibra
que prefería evitar, por lo que tan solo hablaba con él lo justo y necesario.
No sabía si debía hablarlo con mi padre, como explicarle la sensación que me
había generado pues él no sabía por la experiencia que había vivido tiempo
atrás y tampoco era mi intención contársela. Podría simplemente hablar con él
sobre Diego, que me resolviera algunas dudas que tenía sin llegar a que se
diera cuenta la intención que tenía detrás y era averiguar algo más sobre el
teniente.
Empecé a caminar hacia el despacho de mi padre a paso decidido hasta que me
planteé en frente de su puerta y el mayor error que pude haber cometido fue
abrirla sin haber preguntado antes entrar, pues me había olvidado de que nos
encontrábamos en la CMFE y de que él seguía siendo el capitán de la brigada
Alpha.
Me quedé paralizada viendo a la persona que se encontraba delante del
escritorio de mi padre y no supe a qué santo rezarle para que la tierra me
tragara pues aquello se podía considerar una falta grave que el capitán no
perdonaba con facilidad.
Estúpida y mil veces estúpida.
—Sargento Abellán, ¿no sabe llamar a la puerta? —Preguntó él enarcando una
ceja de manera desaprobatoria.
Mis ojos viajaron a los de Sebastián en menos de dos segundos
preguntándome qué pintaba en la CMFE hablando precisamente con mi padre.
Él también me estaba mirando y se le podía notar la diversión incrustada en el
rostro, evidentemente que el capitán no estaba observando su pequeña sonrisa
ladeada, aquella iba dirigida exclusivamente hacia mí.
Reaccioné de inmediato recordando la pregunta que me acababa de hacer mi
superior.
—Lo lamento mucho, no volverá a pasar —respondí dando un paso hacia atrás
con la intención de salir, pero el capitán me detuvo mediante una orden.
—Quédese, sargento, no he dicho que se pudiera retirar.
Estaba pasando por la mayor vergüenza de mi vida, aquello lo podía asegurar.
—¿Sí, señor? —Pregunté con cierta timidez en mi tono de voz. Ni siquiera
sabía por qué estaba actuando de aquella manera.
—Después hablaremos usted y yo —pronunció con autoridad, aunque pude
notar que su tono de padre todavía seguía ahí, por lo que tampoco me
encontraba en tan graves problemas como me había imaginado.
—Como ordene —respondí—. Permiso para retirarme.
—Puede marcharse —dijo y no dudé en dirigirme hacia la puerta.
No sin antes darle una última mirada a Sebastián.
La última vez que nos habíamos visto o hablado fue hace cuatro, casi cinco,
meses atrás, por lo que no tenía idea de lo que había sido de su vida y no sabía
si era algo que me interesara saber pues en el fondo, no quería llevarme
ninguna desilusión. Que me dijera que todavía seguía con su prometida o algo
por el estilo, que se había dado cuenta de que aquel beso que nos dimos bajo
los fuegos artificiales había sido un error.
Salí del despacho cerrando la puerta detrás de mí y dejé que continuaran
hablando, dejando a un lado mi vena curiosa porque hubiera sido muy capaz
de quedarme detrás de la puerta escuchando, pero decidí no hacer más el
ridículo porque si me hubieran pillado escuchando, probablemente hubiera
sido peor y quería evitar que mi reputación en esta división se viera manchada.
Después de pedir que me avisaran cuando el capitán Abellán estuviera
desocupado, me fui directamente hacia la zona de tiro pues, de un momento a
otro, me había surgido la extraña necesidad de descargar la tensión
acumulada que tenía en el cuerpo. Me coloqué en uno de los gabinetes, preparé
el arma y empecé a disparar.
Una y otra vez, sin detenerme, apuntando en el centro de la diana. No sabía por
qué me estaba afectando de esta manera, por qué su rostro no dejaba de
aparecer en mi cabeza, rememorando aquel beso junto a la conversación que
tuvimos.
No, en mi corazón no había cabida para este tipo de cosas, por más que
quisiera hablar conmigo, por más que me dijera que ya no estaba junto a
Anneliese, bajo ningún caso dejaría mi vida para intentar una relación que
posiblemente no tendría futuro. Recordé las palabras de Rocío hará una
semana atrás, aconsejándome que me dejara llevar, que dejara que el destino
decidiera por mí, ¿pero y si yo no quería dejarme llevar?
Me molestaba tener esta sensación en mi pecho, pues la confusión de
Sebastián no hacía más que confundirme a mí volviéndome distraída. No
podía dejar que mi vida personal afectara a la profesional, las dos no podían ir
de la mano y no estaba dispuesta a arriesgar lo que había conseguido en la
CMFE y lo que tenía aun por lograr.
Ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado, no me había fijado en la hora
cuando empecé a disparar sin detenerme, lo que sabía, era que había vaciado
cinco cargadores lo que hizo que descargara cualquier tensión que pudiera
haber tenido.
Se acercó un soldado hasta a mí informándome que el capitán ya se
encontraba disponible para atenderme, por lo que dejé la pistola a su sitio y
me dirigí de nuevo hacia su despacho, sin embargo, no me esperé encontrarme
con Sebastián saliendo del edificio, por lo que ambos nos detuvimos en la
entrada. Nuestros ojos se encontraron sin la intención de romper el contacto
visual y, aunque no hubiéramos dicho nada al principio, parecía como si ya
nos hubiéramos dicho todo.
Reaccioné unos segundos más tarde dándome cuenta de que nos
encontrábamos a plena vista de todo el mundo y lo último que quería era que
empezaran a hablar sin saber, pues se suponía que yo no tenía nada de lo que
hablar con el hijo del productor de armas.
—Señor Otálora, un gusto saludarle, si me disculpa, tengo algo de prisa —
pronuncié al observar que estaba obstruyendo la entrada.
—Renata —susurró queriendo decir algo más, pero se calló de inmediato al
ver mi mirada sobre él.
—Aquí no —respondí de vuelta en el mismo tono.
—Tenemos que hablar, es importante —insistió y no pude evitar mirar a mi
alrededor para comprobar que nadie nos estuviera viendo, sobre todo ningún
superior pues no quería que llegara a oídos mi padre.
—No creo que sea lo mejor.
—Créeme, es lo mejor antes de que te hagas ideas equivocadas.
—Fue un error, ¿de acuerdo? —Empecé a decir de manera apresurada—.
Estabas confundido, lo comprendo, no pasa nada, lo mejor sería que continúes
feliz al lado de tu prometida, ni siquiera debimos haber empezado a hablar y
de mi parte, te pido disculpas por no haber detenido…
—¿Detenido el qué? —Me interrumpió—. Estás equivocada, entiendo que este
no sea el lugar más apropiado, pero necesito hablar contigo y decirte lo que ha
pasado durante estos meses, por favor.
Me quedé de nuevo en silencio sopesando su súplica y por primera vez, no
sabía si dejar que el destino decidiera por mí, si permitir dejarme llevar.
Siempre habría dos opciones; o que jugara a tu favor o que fuera en contra.
—Entiéndeme tú a mí, no quiero meterme en medio de una relación, no quiero
que me digas que necesitas hablar conmigo cuando todavía sigues con ella, no
quiero que tu confusión me traiga problemas, no quiero tener que ver nada en
todo esto.
—No me estás escuchando —respondió bastante tranquilo cosa que hizo que
me extrañara—. Podemos hacer lo siguiente, mañana podemos quedar en la
puerta de la galería de arte sobre las cuatro, podemos ir a tomar un café o lo
que tú quieras mientas te explico lo que necesito contarte, ¿vale? Eres libre de
venir o no, no te estoy obligando, pero sí me gustaría que lo supieras por mí y
no por un tercero.
—¿A qué te refieres?
—Si vienes mañana, te lo contaré —dijo lo que hizo que mi curiosidad se
descontrolara pues empecé a imaginarme todos los escenarios posibles y no
me imaginé que sería algo que acabaría por desequilibrarme por completo—.
Yo te estaré esperando, Renata, si al final decides no venir, lo entenderé
completamente y no te molestaré más con esto, al fin y al cabo, he
comprendido que no te gusta que te insistan.
Me sorprendía que empezara a conocerme hasta ese punto.
—No te prometo nada —acabé por decir—, no se me permite salir de la CMFE,
así como así.
—Te estaré esperando igual —contestó—. No te robo más tiempo, que tenga
un buen día, sargento.
Aquello hizo que me quedara sin palabras, además de que ni siquiera me dio
tiempo a contestar pues había emprendido la marcha hacia la zona de parking.
Me quedé mirándole avanzar, pero cuando presentí que se iba a dar la vuelta,
yo fui más rápida girándome sobre mi eje para dirigirme hacia el interior del
edificio en dirección al despacho de mi padre.
Toda esta situación me estaba resultando complicado, sin embargo, seguía
queriendo saber lo que tenía por decirme, por lo que lo más probable era que al
final acabara pidiendo algún favor para poder salir del Cuartel y verme con
Sebastián.
Tenía la extraña sensación de que aquello no me gustaría en absoluto, sin
embargo, quería saberlo.
Me dirigí al despacho del capitán y antes de entrar, toqué un par de veces la
puerta. Él me permitió entrar un par de segundos más tarde. Todavía seguía
sentado delante de su escritorio, concentrado en algunos papeles mientras
sostenía la pluma en la mano.
Me senté en uno de los sillones, después de haber cerrado la puerta y no pude
evitar sentirme como si tuviera en el despacho del director, a la espera de
recibir un castigo por haberme comportado mal.
—Ahora explícame —empezó a decir quitándose las gafas—. Que sea la última
vez que entras sin llamar. Estaba en una reunión con el señor Otálora, pero
podría haber sido otra persona que no hubiera permitido semejante falta.
—Pido perdón por eso —respondí, sin saber qué otra cosa más decir—. Estaba
algo agitada y se me olvidó por completo, lo siento.
—No debería hacer estas excepciones contigo —dijo dejando escapar un
suspiro con un tono de voz más tranquilo—, sin embargo, no me puedo
olvidar que sigues siendo mi hija que pronto pasará a ser oficial.
—Esta semana empiezan las pruebas —murmuré.
—¿Estás preparada?
—Sí.
—¿Qué era lo que querías que ni si siquiera te acordaste de tocar a la puerta?
—¿Me lo irás recordando mucho más tiempo? —Cuestioné levantando ambas
cejas. Se podía reflejar la diversión en la cara de mi padre.
—Solamente por hoy.
En aquel instante, dudé si comentarle algo sobre Diego Serra, tampoco tenía
muy claro exactamente qué preguntarle, sin embargo, me armé de valor
empezando por lo mínimo.
—¿Qué te parece el nuevo teniente?
Mi padre enarcó una ceja algo sorprendido.
—¿Ésta era la pregunta? Dime qué ocurre, Renata.
Misión fallida, soldado.
—No ocurre nada, simplemente quiero saberlo.
—Si no ocurriera nada, me la harías con el propósito de buscar algún tema de
conversación mientras estuviéramos comiendo todos juntos el fin de semana.
Cuéntame qué sucede, ¿te ha dicho algo?
Tragué saliva de manera disimulada. Decidí contárselo, aunque no fuera todo.
—Simplemente que no me causa buena espina.
—¿Por qué piensas eso?
—Hay algo en su mirada que no me gusta.
—¿Algo como qué? —Siguió cuestionando—. Renata, quiero ayudarte —me
miró con cierta preocupación en su rostro—, pero necesito que me cuentes
todo, ¿qué es lo no te gusta?
Empecé a mover el pie de manera inconsciente pues no hacía más que recordar
las manos de aquel tipo en mi cuerpo, agarrándome de las muñecas para evitar
que me escapara pues no dejaba de luchar contra él, pero me resultó imposible
al estar medio drogada.
—¿Podrías investigarle? —Pedí directamente—. O por lo menos estar más
atento cuando esté a tu alrededor. Simplemente hay algo en él que no me
gusta.
Mi padre se quedó mirándome durante un momento, analizando la expresión
en mi rostro.
—Está bien —acabó por decir—, estaré más atento, pero no dudes en decirme
cualquier cosa, ¿de acuerdo?
—Sí, gracias, papá —pronuncié para después levantarme del asiento.
—Nada de papá, aquí soy tu capitán —dijo intentando sonar serio, pero no lo
consiguió.
—Gracias, mi capitán —respondí mientras esbozaba una sonrisa—. Iré a
entrenar.
—Vaya, soldado, no pierda usted más tiempo.
Salí del despacho para dirigirme a una de las pistas de entrenamiento de
pilotaje y como si estuviera estado presente en la conversación, crucé miradas
con el teniente quien no dudó en mostrarme una sonrisa cordial. Fruncí el
ceño levemente, pero le devolví el gesto para que no me considerara una
maleducada, sin embargo, seguí mi camino.
Era extraño, lo podía percibir, algo me decía que no debía confiar en él y en
estos casos, prefería prevenir la catástrofe a vivirla.
Capítulo 20
23 de abril del 1986
Sebastián
Mantenía las manos en los bolsillos del traje nuevo que había decidido
ponerme aquella mañana, uno azul de una tonalidad más oscura junto a una
corbata del mismo color, pero texturizada. No podía mantenerme quieto,
estaba nervioso, lo debía admitir pues me encontraba con la incertidumbre si
realmente Renata aparecería o no, ayer no la vi muy convencida, pero tampoco
podía culparla. No quería que pensara que estaba jugando con ella, jamás se
me ocurriría, así que debía ser sincero con la sargento y contarle la situación
actual que había.
Me encontraba a las afueras de la galería de arte donde Matías seguía
trabajando, me sorprendía que todavía no le hubieran echado pues no le solía
durar mucho tiempo los empleos, sin embargo, aquí parecía estar pasándoselo
en grande. Estaba en su ambiente, como él me dijo alguna vez semanas atrás.
Según me había contado con respecto a Marina, seguían hablando, viéndose
cuándo podían, no había nada serio ni formal entre ellos, pero parecía que se
entendían bien, que había complicidad.
—Relájate, tienes cara de querer que la tierra te trague. Es una mujer
solamente, tampoco es para tanto —pronunció Mat a mi lado, aprovechó el
descanso que tenía entre tiempos para venir a hacerme compañía.
—Te equivocas, no es una simple mujer —contradije—, no hables por hablar.
—Qué carácter de buena mañana —se burló de mí—. Vale, no hablar por
hablar, entendido, pero eso no significa que eches a perder tu faceta de
seguridad de hombre de negocios. Cambia la cara, cojones.
—Cállate —respondí a la defensiva—. Ya veré yo qué cara poner.
—Después no me pidas consejos.
—Nunca te los pedí, me los das tú porque quieres y no tienes otra cosa qué
hacer.
—Menudo gilipollas me ha adjudicado la vida para tener de amigo —se hizo el
ofendido—. Muy bien, a partir de ahora me callaré, de hecho, puedes dejar de
considerarme como tu mejor amigo, cabrón desagradecido.
Eso no era verdad, por lo que tampoco me alarmé mucho. Lo que pasaba, era
que a Matías le gustaba montar un espectáculo cada vez que se le presentaba la
oportunidad, así que no tardaría en volver a hablarme como si no hubiera
pasado nada. Sus enfados siempre iban a broma.
Me quedé en silencio, no pensaba que quisiera que respondiera.
»—¿A qué estás esperando para pedirme perdón? —Aquello hizo que girara la
cabeza en su dirección, enarcando ambas cejas en el proceso—. Como lo oyes,
no me pongas esa cara. Perdóname, Matías, no lo volveré a hacer. Siempre serás
mi mejor amigo, el único en mi vida. Repítelo.
Dejé escapar una sonrisa de incredulidad, pues sí que parecía que iba en serio.
»—Como lo oyes, a no ser que quieras que sea un grano en el culo para el resto
de tu existencia, tú decides.
No tuve más remedio que repetir sus palabras.
—Perdóname, Matías, no lo volveré a hacer. Siempre serás mi mejor amigo, el
único en mi vida.
—Ya me encuentro mejor —respondió él esbozando una sonrisa como si fuera
un niño pequeño.
—Eres un exagerado.
—Exagerado nada, yo te apoyo y tú haces lo mismo conmigo, es una amistad
recíproca, así que ahora ya puedes ir cambiando la cara de culo que tienes. Ya
verás cómo tu sargento vendrá, con solo verla una vez, me he podido dar
cuenta de que es igual de curiosa que yo, por lo que ahora se estará muriendo
por saber lo que tienes pensado decirle.
—Que Anneliese está esperando un hijo mío.
Matías se empezó a reír como si se estuviera burlando de una desgracia.
—Necesito que me grabes su reacción, pagaría lo que fuera por verla.
—No digas tonterías, no haré eso.
—Lo suponía, ¿y si me escondo afuera de la cafetería?
—No.
—Debía intentarlo —resopló—. Bueno, el caso es, ya verás cómo saldrá bien si
se lo explicas con delicadeza, diciendo como te sientes y todo eso, ábrete con
ella, amigo, por lo que se puede ver, es una mujer madura, sabrá entenderlo.
—Se alejará de mí, esta vez de manera definitiva —murmuré dándome cuenta
de que cada vez que lo pensaba, se hacía un poquito más real.
Una realidad que no me gustaba.
—O puede que no, ¿has hablado con Anneliese? Si las dejas, tienes vía libre de
intentar algo con Renata, nadie te está obligando a casarte con ella,
tranquilamente podréis criar a ese niño por separado.
Eran las mismas palabras que me había dicho mi hermano la otra noche, sin
embargo, no había tenido la oportunidad de hablar con Anneliese. Debía
hacerlo pronto, porque quería casarse antes de que el bebé naciera y faltaban
cuatro meses para ello.
—Todavía no he hablado con ella.
—¿Y a qué estás esperando?
—No lo sé.
—Te complicas la vida tú solito, tío. Ambos sois adultos, Anneliese tendrá que
aceptarlo le guste o no, además, a la larga te lo agradecerá, porque convivir
con alguien que no siente lo mismo que tú, es bastante jodido. Si os casáis
ahora, os acabaréis divorciando dentro de un tiempo. Es algo inevitable.
Tenía razón quisiese aceptarlo o no. En este caso, tenía que ser egoísta y
pensar en mi felicidad, además de en la suya, pues a ninguna mujer le gustaba
tener a alguien al lado que no estaba realmente enamorado de ti.
—Hablaré con ella.
—Esta noche —dijo Matías—. No atrases lo inevitable, que deje de organizar
esas cosas para una boda que no se llevará a cabo.
—Que sí, pesado.
—No, pesado no, ¿ya volvemos otra vez? —Se indignó—. Acepta lo que te
estoy diciendo que tampoco es que me esté equivocando.
Y en ese instante, como si la hubiéramos invocado, sentí una llamada entrante
en el dispositivo inalámbrico que me permitía hablar a larga distancia. En la
pantalla se podía apreciar el número registrado con el que se identificada
Anneliese.
—Espera, es Ann —murmuré.
—Hablando del Rey de Roma.
—Tengo que contestar. —Me llevé el aparato en la oreja después de haberme
alejado un par de metros y haber aceptado la llamada. No sabía lo que quería,
pero en el quinto mes de embarazo que tenía, se había vuelto insoportable,
algo que no debía admitir delante de ella—. Anneliese, hola —saludé y pude
intuir, nada más por el sonido de su respiración, que necesitaba algo de
manera urgente.
—¿Dónde estás?
—¿Qué necesitas? —Esquivé la pregunta.
—¿Por qué no estás en casa? ¿Pretendes que lo haga todo yo sola? Estoy
embarazada, por si no lo habías olvidado.
—No lo he olvidado —dejé escapar el aire de manera disimulada—, pero
según tengo entendido, las embarazadas no están enfermas. ¿Cuál es el
problema? Lo que sea que necesites, tendrá que esperar, ahora mismo estoy
ocupado y no volveré hasta dentro de unas horas, sino, podrías pedirle ayuda a
alguien del servicio, sabes que están a tu disposición.
—No es lo mismo, yo te quiero a ti conmigo.
—Anneliese…
—Por favor, ven a casa, ¿no ves que te necesitamos?
En el fondo, sabía que ese niño no tenía ningún tipo de culpa, sin embargo, no
podía evitar sentir cierta incomodidad cuando se refería al plural de aquella
manera, pero sabía que no podía decir absolutamente nada.
—Tendrá que esperar, Anneliese, ahora mismo estoy ocupado —murmuré y
como si alguien hubiera tirado del hilo, me giré sobre mi eje para ver que
Renata se encontraba ahí al lado de Matías. Me observaba atenta, con sus ojos
de color chocolate y esbocé una imperceptible sonrisa.
Una preciosa guerrera. Era lo primero que había pensado al verla.
—No quiero enfadarme contigo —pronunció Anneliese al otro lado de la línea
haciendo que reaccionara.
—No es necesario llegar a ese punto.
—Entonces ven a casa —rogó.
—En cuanto me desocupe.
—¡¿Qué es eso tan importante que te impide estar junto a mí y a tu hijo?! —
Parecía alterada, sin embargo, no dejé que aquello me afectara. Había pasado
meses desde la última vez que estuve con la sargento y quería aprovechar
ahora que se encontraba aquí.
Aunque fuera una última vez.
—No lo entenderías —pronuncié. Mi mirada no se separaba de la de ella—,
volveré cuando pueda.
Sin dejar que me dijera algo más, colgué la llamada, guardándome el
dispositivo móvil en el maletín que llevaba conmigo para los documentos que
tenía de la empresa.
Me acerqué lentamente hacia donde ellos se encontraban y como no, Matías
no sería Matías si no estuviera hablando hasta los codos con cualquier persona
que tuviera delante.
—…yo era muy travieso de pequeño, como te podrás imaginar, no me quedaba
quieto, les sacaba canas a los profesores que tenía, era tremendo. —Ni
siquiera podía imaginarme como había iniciado aquella conversación, pero
parecía que a Renata la estaba entreteniendo. Matías posó su mirada en la mía
mientras pasaba un brazo sobre mis hombros—. Sebastián, colega, ¿cómo te
va? Estaba entreteniendo a tu cita con una de mis anécdotas de la infancia.
¿Qué te ha parecido, bella sargento?
Renata no dudó en agrandar la sonrisa.
—Muy divertida —contestó—, parece que tienes muchas más anécdotas por
explicar.
—Ni te imaginas, una tarde quedamos y nos echamos unas risas, ¿qué te
parece?
—Me parece estupendo, me encantaría.
Me aclaré la garganta intentando llamar la atención.
—Buenos, os dejo antes de que aquí don estirado me lance a los leones,
encantando de conocerte y ya iremos hablando. —Renata volvió a sonreírle
mientras le veía entrar hacia el edificio, pero justamente antes de que entrara,
Mat se giró para guiñarme un ojo.
Fue ahí cuando nos quedamos solos y en silencio. Se notaba la tensión en el
ambiente.
Habla, no te quedes posando como una estatua. Muévete.
Le daba gracias a mi subconsciente por ser como era y vivir dentro de mi
cabeza. Di un paso hacia ella colocándome a su lado e insté para que
empezáramos a caminar en dirección a la cafetería. Ni siquiera me atreví a
poner una mano por detrás de su espalda. Me mantuve quieto a su lado pues ni
pensaba que iría a venir a mi encuentro.
—Gracias por venir —murmuré queriendo iniciar alguna conversación—.
¿Tienes alguna prisa por volver?
Renata me miró y al notar el gesto de su cabeza, no dudé en hacer lo mismo.
Íbamos caminando por las calles de Barcelona manteniendo nuestro contacto
visual intacto.
—¿Estás ocupado? ¿Por eso me lo dices?
—No lo estoy, tengo la tarde libre, lo decía por ti, por si tienes que volver a la
CMFE, te podría llevar si no te supone problema.
—No te preocupes, por el momento no tengo que volver —respondió y aquello
hizo que sintiera cierta alegría recorrerme por dentro, sin embargo, le aseguré
que podía avisarme cuando lo necesitara.
Una vez en la cafetería, la misma que fuimos la otra vez, nos sentamos en una
mesa apartada, uno en frente del otro y pedimos que nos trajeran un par de
cafés. Aquello tan solo hizo que sintiera un dejavú. No sabía cómo empezar la
conversación, tampoco quería decírselo de manera directa, quería pasar
tiempo con ella, conocerla un poco mejor, que me dijera lo que le gustaba a
hacer, lo que no, por qué decidió entrar en el mundo militar. Sentía curiosidad
por Renata Abellán y necesitaba saciarla de alguna manera.
Me quedé mirándola por algunos segundos fijándome en los detalles que
hacía, como apoyaba la barbilla de manera delicada sobre sus dedos, la postura
erguida que adoptaba mostrándose elegante e imponente. Ni siquiera me
percaté que me había quedado embobado mirándola, incluso ya habían traído
los cafés que se encontraban sobre la mesa.
—Perdón, estaba distraído —murmuré cogiendo la cucharita para remover el
azúcar.
—¿Qué era aquello que tenías que decirme? Parecía importante.
Ella había venido para acabar con su curiosidad, tal como Matías me había
dicho. Me entró la duda, ya no sabía si había sido tan buena idea querer
contárselo, sin embargo, no me podía echar hacia atrás, por lo que me armé de
valor y decidí acabar con la incertidumbre.
Decidí empezar por el principio, contarle lo que ella conseguía provocarme,
decirle que quise acabar mi compromiso con Anneliese porque me di cuenta de
que no estaba enamorado de ella, que la mujer que había conseguido ganarse
mi absoluto interés por querer conocerla, se encontraba delante de mí. Un
interés que con el tiempo fue aumentando.
—No es algo fácil de contar —empecé a decir—, pero necesito decírtelo todo y
que escuches mi explicación completa antes de que te levantes y te vayas.
Aquello la confundió, pero no dijo nada, por lo que opté por continuar.
»—Llamaste mi atención desde la primera vez que te vi y tu manera de hablar
tan solo acabó por confirmarlo. De repente, empecé a pensarte cada vez más,
tu imagen aparecía en mi cabeza sin querer y me encontraba ansiando nuestro
próximo encuentro —hablé sin dejar de mirarla—. No me di cuenta hasta más
tarde que, cada vez que nos veíamos, me confundía cada vez más de la relación
que con Anneliese. Llegó fin de año y verte en aquel vestido, brillante,
remarcando tu figura, no hizo más que ansiar recorrer tu cuerpo mientras
imaginaba como sería besarte. Encendiste algo en mí difícil de apagar, Bell.
—Espera, Sebastián, por favor, no sigas —intentó detenerme, pero negué con
la cabeza queriendo que escuchara todo.
—Y después cuando me dijiste que sí, ni siquiera me lo pensé dos veces cuando
junté nuestros labios. Aquel beso me removió todo y acabó por confirmarme
que no quería casarme con mi prometida, si no que quería seguir conociéndote
a ti, verte en todas tus facetas, conocer aquellos pequeños detalles que no le
contarías a nadie más.
Me quedé callado, temiendo llegar a la peor parte, no quería seguir contándole
el resto de la historia, quería seguir explicándole aquello que me gustaba de
ella, como quería seguir conociéndola, sin embargo, fue la propia Renata
quien me pidió que terminara de hablar.
—¿Sigues con ella? —Inquirió saber y al ver que no negaba con la cabeza, pero
que tampoco lo confirmaba, resolvió su duda.
—Quise hacerlo, poco días después de fin de año, iba con esa intención aquella
tarde, sin embargo, la que habló primero fue Anneliese diciéndome que estaba
embarazada de seis semanas.
Con aquella confesión, supe que había sido el final de nuestro último
encuentro. Me fijé en los ojos de la sargento, oscuros, sin ningún rastro de
emoción en ellos, pero se podía apreciar la desilusión y la tristeza. Nos
quedamos en silencio durante lo que pareció ser una eternidad, parecía como
si lo estuviera intentando procesar.
»—Dime algo —pedí casi en un susurro.
—¿Qué quieres que te diga? —Preguntó a la defensiva y podía notar como
estaba construyendo un muro a su alrededor. Se estaba cerrando con la
intención de alejarse—. No pinto nada en vuestra relación y menos ahora con
un bebé en camino. Lo mejor sería que me fuera y que estuvieras al lado de tu
prometida.
Intentó levantarse, pero la detuve agarrándola de la mano. Aquel gestó la
tensó, lo pude percibir, pero no se apartó.
—Espera, no te vayas —pedí—. No me casaré con Anneliese, no la quiero y
tampoco pretendo pasar el resto de mi vida con ella.
—¿Qué quieres decirme con esto?
—Que lo único que me une a ella es ese niño que espera, nada más.
—Te lo dije una vez y te lo volveré a decir, no abriré mi corazón a nadie, no sé
qué pretendes decirme con esto, ¿quieres que iniciemos una relación mientras
tu mujer estará a punto de dar a luz? Yo no haré eso, no me voy a dejar llevar
por todo lo que me estás diciendo ahora. Agradezco que hayas sido sincero
conmigo contándomelo, pero eso no significa que yo me abriré de brazos para
recibirte.
—Renata —intenté impedir que se marchara.
—No me vuelvas a buscar, por favor —se levantó de la silla—. Tienes a tu
prometida esperándote y pronto formaréis una familia, ese bebé no tiene la
culpa de nada y no merece vivir con sus padres separados. Intenta ser feliz con
ella, por él.
Aquello me molestó porque no me permitía ser egoísta con la persona que yo
quería.
—¿Y no te das cuenta de que mi felicidad podrías ser tú? No te estoy pidiendo
que empieces una relación conmigo o que desatiendas tus obligaciones,
mucho menos que no priorices tu cargo como militar, lo único que quiero es
que no me apartes de tu lado, que no me prohíbas querer conocerte porque sé
que sientes exactamente lo mismo que yo.
—¿El qué? —Preguntó desafiándome—. ¿Qué se supone que estoy sintiendo?
—Una fuerte atracción, querer seguir hablando conmigo por el simple hecho
de saciar esa curiosidad que te caracteriza, te gusta mi presencia, mi aroma y
no dudo que no me hayas recordado alguna vez durante todos estos meses.
Sientes deseo, me deseas Renata, al igual que me pasa a mí contigo y estoy
harto de querer obviar lo evidente.
Ella se quedó callada sin saber qué decir, lo podía percibir por el movimiento
rápido en sus pupilas, además de lo inquieta que se encontraba.
»—Háblame, Renata, dime algo, aunque sea —pedí en un susurro. Lo único
que quería era que no se cerrara, que no me apartara.
Ella abrió la boca para decir algo y antes de que dijera nada, pude intuir que
todo se había acabado.
Capítulo 21
Renata
Su prometida estaba embarazada, era lo último que me hubiera imaginado y
no podía quitarme de la cabeza que yo estaba siendo un estorbo en aquella
relación, alguien quien no debía romper la familia, sin embargo, con lo último
que me había dicho Sebastián sobre su felicidad, hizo que me replanteara una
cosa.
¿Ese niño merecía crecer sin la felicidad de tener a su padre o a su madre al
lado? ¿Merecía crecer en un ambiente familiar roto teniendo horarios
turnados de sus padres para verle? ¿Por qué nadie se ponía en su lugar?
—Yo no pedí nada de esto —murmuré sin saber qué otra cosa más decir—. No
pedí que te acercaras, tampoco pedí que empezaras a sentir ese deseo que
dices que sientes, ni siquiera sé por qué me dejé llevar aquella noche de fin de
año. —Estaba cabizbaja, mirándome las manos. Quería irme de ahí, quería
salir de aquella cafetería, pero no podía sentir las piernas. Esta situación hacia
que llegara a mi límite—. Créeme que no vale la pena que arriesgues una
relación estable, simplemente porque quieres seguir conociéndome.
Volví a mirarle a la cara.
»—Tú también me llamaste la atención desde la primera vez que te vi,
supongo que debí preverlo y frenar aquello que empezaba a nacer entre
ambos, te puedo confesar que me sentía bien hablando contigo y esa noche en
fin de año… —Me quedé en silencio por un instante—. Ansié besarte también,
no te voy a engañar, pero ahora es diferente, Sebastián, ahora toca hacernos
cargos de las consecuencias y no olvidar la responsabilidad que eso conlleva.
—¿Y arriesgar nuestra felicidad?
—¿Se puede saber en qué te hago feliz? Yo no soy tu felicidad, no me conoces.
—Es lo que quiero hacer, conocerte. ¿Por qué estás pensando en un niño que ni
siquiera ha nacido? Ese será mi problema, no el tuyo, ¿por qué no puedes
pensar en mí? ¿Tú no eres egoísta cuándo se trata de tu felicidad?
—Sebastián…
—No, si me dices que ya no quieres seguir viéndome, lo entenderé y ya no te
diré nada, pero tú misma me acabas de decir que también disfrutas de mi
compañía, joder, Renata, tú también querías que te besara. Sé egoísta y piensa
en lo que tú quieres hacer, no en los problemas de los demás, incluidos los
míos.
—Precisamente porque estoy siendo egoísta, es que prefiero que ya no nos
sigamos viendo y que te centres en Anneliese. ¿Por qué no piensas en la
felicidad de tu bebé? ¿Por qué no lo aceptas?
—Porque no quiero perderte.
Aquello hizo que el pecho me empezara a bombear fuertemente. Me quedé
callada sin romper el contacto visual y me mordí la mejilla para hacer que
volviera a la realidad. Esas palabras me habían afectado porque me di cuenta
de que, en realidad, yo tampoco quería perder lo que había surgido entre
ambos. Su compañía, las conversaciones que teníamos, su mirada de ese color
azul… eran de las pocas cosas que me gustaban, sin embargo, aquella vocecilla
en mi cabeza no se quedaba callada.
—Te estás arriesgando a algo que no sabes si funcionará. Pongamos el caso
que seguimos hablando, que seguimos conociéndonos, ¿por qué estás tan
seguro que de ahí nacerá algo? No puedes perder algo que no has tenido.
—Te equivocas, precisamente es que no quiero perder lo que estoy viviendo
contigo. Esas mismas conversaciones, esas mismas miradas… no lo estás
entendiendo Renata, no te estoy pidiendo que me quieras, tampoco que te
enamores ahora mismo de mí, lo único que te estoy pidiendo es que no te
alejes, que no te cierres. Olvídate de Anneliese, olvídate de que está
embarazada, ese es mi problema, no el tuyo, pero sigue queriendo verme,
necesito que me digas que seguirás con ese deseo de querer que esté cerca de
ti, porque por alguna extraña razón, disfruto de nuestras conversaciones
como nunca lo había hecho. ¿Por qué me estás quitando esto cuando tú
tampoco quieres alejarte?
Me quedé de nuevo en silencio sin saber qué decir. Tragué saliva intentando
espabilar, pero lo que me había dicho, había hecho que me descompusiera por
completo. Lo malo de todo aquello, era que Sebastián tenía razón, yo tampoco
quería que se alejara, tampoco quería acabar con aquello que habíamos
iniciado.
¿Por qué tenía que preocuparme por Anneliese? Él quería dejarla, no podía
seguir al lado de una persona con la que no sería completamente feliz. ¿Por
qué no podía simplemente confiar y dejar que él mismo lo resolviera?
Sebastián seguía mirándome con una evidente preocupación en su rostro, se le
podía notar la angustia que reflejaba por seguir esperando una respuesta ya
que yo me mantenía en silencio pensando en todo lo que me acababa de decir.
Finalmente, decidí hablar.
—Habla con ella primero —murmuré—, si quieres que nos sigamos viendo,
termina esa relación y hazla entender que no la quieres.
—Lo haré —aseguró.
No dijimos nada más, no fue necesario porque con aquello, habíamos
concluido la pequeña discusión que habíamos iniciado, sin embargo, todo se
fue a pique cuando el comandante me llamó días más tarde para que me
acercara a su despacho. En esos días Sebastián tampoco se puso en contacto
conmigo, por lo que iba un poco a ciegas, sin embargo, me armé de valor
cuando di un par de golpecitos a la puerta donde se podía leer claramente
«Comandante Guillermo Arias del Ejército del Aire». Él respondió que podía
pasar, por lo que abrí la puerta y recé que fuera algo relacionado con la CMFE y
no con su hija.
Me equivoqué.
• ────── ✾ ────── •
Sebastián
No quería posponer lo inevitable, por lo que, aquella misma tarde después de
dejar a Renata en la CMFE, me fui directamente hacia el apartamento que
todavía seguía compartiendo con Anneliese. Ella me recibió con una cara de
pocos amigos, estaba molesta, se le podía notar la postura que había tomado
su cuerpo. Me fijé en su barriga de embarazada, se le empezó a notar hará un
mes atrás. Era un pequeño bulto redondo que guardaba a nuestro hijo de quien
todavía no sabía el sexo.
—¿Se puede saber dónde estabas? —Preguntó, enfadada y no pude evitar
soltar un resoplido ante la actitud que estaba mostrando.
Lo único que no quería era empezar a alterarme porque sabía que no
llegaríamos a nada si yo también empezaba a gritar. Quería decirle aquello que
sentía sin la necesidad de entrar en una discusión que no conduciría a nada.
—¿Te das cuenta del control que me estás haciendo? —Cuestioné en un tono
tranquilo mientras me sentaba en el sofá. Anneliese hizo lo mismo y no se me
pasó desapercibido el gesto que hizo colocándose la mano en la barriga.
—No te estoy controlando.
—Sí lo estás haciendo y si no, dime por qué quieres saber dónde estaba. ¿De
qué te sirve conocerlo? Te dije que estaba ocupada y que volvería más tarde,
ahora estoy aquí y podremos hablar con calma. ¿Ha pasado algo en mi
ausencia? ¿Has podido resolverlo sola? Estás embarazada, Anneliese, no tienes
nada de riesgo y estás bien para ocuparte de tus cosas, no hace falta que yo
siempre ande acudiendo a tu rescate.
Anneliese se quedó callada sin saber qué decir, se mostraba desconcertada,
pero yo me había quedado tan a gusto al decirle eso que no dudé en ponerme
un poco más cómodo sobre el sofá. Me quedé en silencio esperando su
respuesta.
—Quiero saberlo por el simple hecho de saberlo, ¿cuál es el problema en
decírmelo? ¿Te vas a morir? «Oye, amor, he quedado con Matías, volveré por
la noche». No es tan difícil.
Me daba la sensación de que no lo estaba entendiendo o no lo quería entender.
—Ese no es el punto, Anneliese —respondí cansado de repetirle siempre lo
mismo—. Estaba resolviendo un asunto, había quedado con alguien y estaba
ocupado, por eso no pude venir cuando me pediste que viniera. ¿Has sabido
resolverlo? ¿Qué era lo que pasaba?
—Simplemente quería que estuvieras aquí conmigo, me sentía sola y te
necesitaba a mi lado, ¿no ves que estoy embarazada? Estoy sensible y tengo las
hormonas alborotadas, no te costaba nada venir y hacerme compañía, por eso
quiero saber qué era eso que te mantenía tan ocupado.
—Estaba intentando poner en orden mi vida —murmuré sin mirarla—, por
eso no pude ir a tu encuentro.
—Pero, ¿por qué sigues sin decírmelo? —Se estaba empezando a alterar, por
lo que, era ahora o nunca.
—He quedado con Renata.
Se instaló un silencio denso e incómodo en el ambiente, por lo que opté
continuar hablando, ser sincero y directo evitando llegar a una discusión.
Quería que lo entendiera, no me gustaba que ese niño fuera el que nos atara de
por vida, no cuando existían soluciones.
—¿Con la militar? —Preguntó ella incrédula, pero ni siquiera asentí con la
cabeza porque era evidente que se trataba de ella—. Cuando te pregunté qué
era lo que sentías por ella… meses atrás… me dijiste que no pasaba nada, que
todo estaba bien… ¿Era mentira? ¿Me estás diciendo que estás enamorado de
ella y que por eso no quieres casarte conmigo? ¿Se puede saber qué estás
diciendo?
—Estoy intentando ser un poco egoísta por una vez en mi vida, ¿se puede? —
Pregunté con evidente ironía en mi tono de voz—. ¿Me vas a obligar casarme
contigo sabiendo que no estoy enamorado de ti?
—No digas tonterías, nos vamos a casar porque nos queremos o explícame por
qué me pediste matrimonio.
—Porque pensaba que te quería, pero las cosas cambian.
—Me quieres.
—¿Lo ves? —Dejé escapar una pequeña risa de manera incrédula porque no
me podía creer lo que estaba diciendo—. No lo quieres entender, no quieres
verlo, ¿por qué sigues pensando que quiero pasar el resto de mi vida contigo?
¿Por qué quieres atarme?
Era consciente que estaba sonando un poco cruel, Anneliese no se lo merecía,
por lo que traté de calmarme, sin embargo, ahora no podía callarme, tampoco
quería, no cuando ya había dado el primer paso y era decirle sobre Renata,
ahora faltaba que entendiera el por qué la estaba dejando.
—Estoy empezando a sentir algo por Renata —confesé—, todavía no sé lo que
es, pero quiero seguir hablando con ella, seguir conociéndola, pero para eso
nuestra relación debe acabar.
—¿Me vas a dejar por ella? ¿Vas a romper todo esto que tenemos
porque crees que sientes algo por ella? ¿Eres consciente que estoy esperando
un hijo tuyo?
—¡Deja de repetirme eso! Ya lo sé, Ann, tengo ojos, te estoy viendo, estás
embarazada, estamos esperando un hijo, me ha quedado muy claro, pero eso
no significa que quiera atarme a ti cuando me he dado cuenta de que no te
quiero.
—¡¿Cómo me puedes estar diciendo esto?! —Alzó un poco la voz mientras se
ponía la mano en el pecho.
—Porque es lo que siento.
—¡Y una mierda! ¿Por qué vas a arriesgar lo que hemos construido por una
mujer que conoces desde hace dos días? Recapacita, Sebastián, ella no te puede
ofrecer nada, en cambio, conmigo vas a construir una familia, ¿acaso no te
importa?
—Me importa —respondí mirándola—, claro que me importa, ¿pero en serio
quieres mantener a tu lado a una persona que no te quiere como una pareja?
Claro que siento aprecio por ti, nos conocemos desde hace mucho tiempo,
pero creo que ese es el problema, que nos hemos acostumbrado el uno al otro.
—Te equivocas, yo sí te quiero, te quiero en mi vida y quiero que formemos
una familia, ¿no te acuerdas cuando estábamos hablando de ello hace muchos
meses? —Se acercó hacia mí, sentándose a mi lado—. ¿Por qué lo estás
estropeando todo? ¿Por qué te has dejado influenciar por ella? ¿Qué tiene
Renata que no tenga yo?
—Me gusta como es ella —respondí simplemente—, por eso quiero seguir
viéndola, conocerla un poco más.
—Estás arriesgando nuestra vida estable solo por una simple curiosidad, ¿y si
no funciona? ¿Y si al final te acaba decepcionando?
—Será mi problema —me limité a decir—, pero no me quiero quedar con la
espinita de no haberlo intentado, ¿por qué no lo quieres entender?
—Porque no quiero romper lo que tenemos —respondió con evidente tristeza.
No pretendía hacerle daño, pero no sabía de qué otra manera decírselo porque
Anneliese era una persona que tendía a pensar las cosas que no eran cuando no
le gustaba lo que estaba escuchando, intentaba echarme la culpa cuando, en
realidad, ninguno de los dos tenía la culpa de nada, supongo que las palabras
de mi hermano empezaban a cobrar sentido, aunque me hubiera costado
admitirlo, empezaba a ser consciente de la manipulación que ejercía Ann en
los demás, haciéndoles sentir culpables o pretender ser ella la víctima.
Aquello tenía que acabar y lo cierto era que me arrepentía por no haber
acabado antes con todo esto porque estaba seguro de que no estaríamos en
este punto.
—No me estoy yendo de tu lado —le dije—, soy consciente que pronto vamos
a tener un hijo y en ningún caso voy a eludir mi responsabilidad, pero tienes
que entender que esta relación no funcionará y creo que en el fondo lo sabes,
pero no lo quieres admitir.
Anneliese intentó abrir los labios, pero los volvió a cerrar sin saber qué decir.
Yo también me mantuve en silencio sin dejar de mirarla y podía apreciar la
tristeza que reflejaba, sin embargo, en aquel momento no me di cuenta de que
no era tristeza lo que estaba mostrando, sino una apariencia de ello.
Ni siquiera se me pasó por la cabeza que reaccionaría de la manera en como lo
hizo y que yo ni siquiera me daría cuenta hasta que no recibí el impacto
rompiéndome el corazón en el proceso.
Capítulo 22
28 de abril del 1986
Renata
Entré en el despacho del comandante en completo silencio, él se encontraba
sentado en ese sillón giratorio con su espalda pegada en el respaldo. Me
miraba atentamente mientras tomaba asiento delante de él. Mantuve la
espalda erecta con las manos apoyadas sobre las rodillas, antes de entrar,
había comprobado que mi uniforme y mi peinado estuvieran bien pues nunca
me había llamado para que acudiera a su despacho, los mensajes importantes
siempre se entregaban mediante un tercero.
—Buenos días, mi comandante —murmuré con una voz clara y esperé a que él
me dijera lo que tenía por decirme, porque si me encontraba ahí, es que era
algo de suma importancia que necesitaba ser tratada cara a cara, sin embargo,
nunca creí que el tema sería algo personal.
—Oficial —pronunció mi nuevo rango mientras juntaba las manos a la altura
de su pecho.
Hacía unos días que me había presentado a las pruebas y había obtenido un
resultado satisfactorio que me llevó a obtener la nueva insignia que lucía en mi
pecho donde se me atribuía el cargo de oficial de compañía.
«Oficial Renata Abellán de la tercera compañía de la brigada Alpha». Las
pruebas para el rango de teniente se llevarían a cabo dentro de dos años,
durante el abril del 86 y para ese entonces debía haber realizado una cantidad
de misiones invictas y superar una serie de pruebas que eran todavía más
complicadas que las anteriores. A medida que subías en la escala militar, todo
se volvía mucho más difícil y exigente.
Luis ahora era teniente y compartiría más tiempo con Serra puesto que él, al
haberse incorporado a la CMFE de un momento a otro, debía demostrar una
serie de aptitudes para poder presentarse al puesto de capitán. Aquel momento
no tardaría en llegar pues su expediente militar seguía siendo válido. El mismo
caso sucedía con Marina, ella todavía seguía siendo sargento.
Mi padre, por el contrario, queriendo el puesto de comandante, se presentaría
en octubre de este año. Se veía muy lejano, pues estábamos casi a finales de
abril, sin embargo, no faltaba casi nada porque el tiempo parecía que volara.
»—Le quería comentar un asunto importante —continuó diciendo y yo no
hice más que asentir con la cabeza dejando que continuara—. Verá, no tiene
nada que ver con el Cuartel ni con ninguna misión.
Empezábamos muy mal porque si no tenía nada que decirme sobre mi puesto
en el ejército ni nada relacionado con eso, el tema a tratar tenía que ser sobre
su hija, estaba segura de ello.
—¿De qué se trata? —Me atreví a preguntar.
—Sobre Anneliese, ¿se acuerda de ella? Es mi hija, la prometida de Sebastián
Otálora, creo que hemos tenido un par de encuentros todos juntos —murmuró
y me limité a quedarme callada porque intuía por donde iría la conversación.
—Sí, por supuesto.
—Se lo voy a dejar bien claro, Abellán, pues creo que todo ha ido demasiado
lejos y me veo en la obligación de intervenir para que su presencia no estropee
la relación que tiene mi hija con el señor Otálora.
—¿A qué se refiere?
El comandante no dudó en esbozar una pequeña sonrisa cargada de
suficiencia. No me gustaba por donde estaba yendo aquella conversación pues
se suponía que el padre de Anneliese no debía meter las narices en un tema
que no le concernía y no dudaba que yo acabaría saliendo la más perjudicada
de todos.
—Es muy simple, oficial, le pediría amablemente que se aleje usted de
Sebastián, estoy al corriente de la situación y no me gustaría que la familia que
está tratando de construir mi hija se rompa por su culpa.
—Con todo el respeto, comandante Arias, pero no creo que usted tenga que
intervenir…
—No le he pedido que me dé usted una opinión, oficial —dijo él,
interrumpiéndome.
—No tengo ningún tipo de relación con el señor Otálora, además, lo que
decida hacer Sebastián o no con respecto a su relación con Anneliese, será
decisión suya, no nuestra y aquí usted no puede hacer nada, porque de lo
contrario, le estará obligando a estar al lado de una persona que él no quiere.
El comandante no respondió, se mantuvo en silencio sin romper el contacto
visual.
—Están esperando un hijo, ¿no le es suficiente con eso?
—Como le acabo de decir, no es nuestra obligación intervenir en su relación,
aquí todos somos adultos y cada uno tomará la decisión que más le convenga y
si el señor Otálora quiere separarse de su hija, usted no puede hacer nada. No
dudo que Sebastián no se haga cargo de su hijo, al fin y al cabo, es su
responsabilidad, pero nadie le puede obligar a seguir con esa persona si él
mismo no quiere.
Ni siquiera sabía si aquello que le estaba diciendo estaba bien o no, él seguía
siendo el comandante del Ejército del Aire, pero como bien había dicho, el
asunto que estábamos tratando no era relacionado con el cuartel. Quería
dejarle las cosas claras, que se diera cuenta que no debía saltar en el rescate de
su hija cuando el problema que se presentaba eran los propios sentimientos de
una persona, ahí no podías hacer nada, salvo escuchar y entender.
Era lo que intentó explicarme Sebastián días atrás cuando nos vimos por
última vez en la cafetería, que no se podían cambiar las emociones ya que eran
impredecibles y no nos quedaba de otra que saberlas afrontar, en ese caso, lo
que quería Sebastián era separarse de su prometida a quien creía que quería.
¿Cómo se podía luchar contra eso? ¿Obligarle a amarla? Eso hubiera sido el
mayor error de todos.
—Me parece muy bien lo que está diciendo —pronunció el comandante e
intuía que le había dado absolutamente igual pues él seguiría apoyando a su
hija—, ¿pero es consciente que no estaríamos teniendo este problema si usted
no hubiera puesto los ojos en un hombre comprometido?
Un momento. Aquello hizo que frunciera levemente el entrecejo.
—¿Qué está insinuando?
—No estoy insinuando absolutamente nada, tan solo le estoy diciendo lo que
parece por fuera, ¿o me va a negar que usted se ha metido con un hombre que
se iba a casar y ahora éste quiere separarse de su actual pareja por otra mujer,
en este caso, usted?
—No me he metido con nadie, Sebastián y yo empezamos a hablar y
simplemente surgió algo entre ambos, ni siquiera hay nada seguro entre
nosotros. Las personas tienen derecho a seguir sintiendo aun teniendo una
pareja estable.
—Yo no me meteré en sus problemas, tan solo le estoy diciendo lo que parece
por fuera y lo que cualquiera pensaría, usted ha sido quien confundió a
Sebastián y ahora quiere romper el compromiso que tiene con mi hija, ¿no se
ha puesto a pensar qué será de ese niño? ¿Pretende que crezca con sus dos
padres separados? ¿Es consciente del trauma que aquello le ocasionaría? No
sea tan egoísta y piense en aquel niño que no tiene la culpa de lo que hacen los
mayores.
En aquel momento, no había sido consciente que poco a poco, a cada cosa que
decía, me estaba manipulando a su voluntad.
—He pensado en él, por supuesto, pero le sigo diciendo que Sebastián no
eludirá su responsabilidad como padre, sin embargo, tiene que entender que
no le puede obligar a seguir en una relación que no quiere. Si se casan, se
acabarán separando dentro de un tiempo. ¿Por qué no puede pensar en eso?
—Lo único que me importa es la felicidad de mi hija y ella quiere que el padre
de su bebé esté siempre junto a ella, no quiere que, por su causa, la familia que
está formando, se destruya. ¿Pretende que mi nieto esté una semana
alternando con cada uno de sus padres? ¿Qué la llame a usted mamá? No me
haga reír, porque bajo ningún concepto voy a permitir que suceda algo así.
Retírese, soldado, porque esta guerra la tiene perdida desde que puso un pie en
mi despacho.
Me quedé en silencio mientras no podía evitar morderme la punta de la lengua.
Esta situación estaba siendo injusta, ¿por qué su padre tenía que venir a su
rescate? ¿Por qué tenía que utilizar su cargo como comandante para hacerme
sentir como si fuera la peor de las mujeres? No podía llegar a entender porqué
Anneliese no se ponía en el lugar de Sebastián. ¿Qué pasaría si esta situación
hubiera sido al revés? Que la propia Anneliese estuviera empezando a sentir
algo por otra persona. Seguramente su padre no la hubiera obligado a
quedarse al lado de Sebastián.
No me merecía el hecho de que el comandante pensara que era una fulana.
—¿Por qué piensa que esto es una cuestión de ganar la guerra para alzarse con
la victoria? Seguimos siendo seres humanos que sienten, no soldados
insensibles que tan solo se limitan a acatar órdenes. ¿Por qué no puede
ponerse en el lugar de Sebastián? ¿Por qué le obliga a seguir al lado de
Anneliese? Déjelos que ellos mismos arreglen su situación para llegar a una
solución, pero no le obligue a vivir en una mentira.
—Como le he dicho, Abellán, usted no puede hacer nada, así que limitase a
acatar mis órdenes. —El comandante se mostraba inflexible sin ningún tipo
de emoción en el rostro.
—¿Y cuáles serían esas órdenes? —Pregunté mientras contenía las ganas de
llorar.
—Tiene 24 horas para contactar con el señor Otálora y decirle que se alejará de
él y pedirle que no la vuelva a buscar, a llamar ni a nada, ¿queda claro? Puede
mentirle si lo ve necesario, pero que crea que usted no quiere saber
absolutamente nada de él, que lo que sea que estaba sintiendo tan solo era
simple curiosidad, que lo mejor para él, es que siga al lado de Anneliese.
—¿Cuáles serían las consecuencias si desacato esa orden?
Yo también me estaba mostrando impasible pues no quería que notara que lo
que me estaba diciendo, me estaba afectando demasiado por el miedo que
estaba sintiendo ante la respuesta que me iba a dar. Sentía que no estaba
preparada para escucharlo pues ya lo podía intuir.
Estaba equivocada, su respuesta había sido peor de lo que me había
imaginado.
—Expulsión inmediata del Cuartel Militar de las Fuerzas Españolas del
Ejército del Aire sin la posibilidad a reincorporación y me encargaría
personalmente de hablar con los otros dos comandantes para que se le negara
el traslado —pronunció e hizo una pausa—. Se quedaría sin nada, Renata, ¿de
verdad prefiere que lleguemos a este punto por algo que ni siquiera sabe si
dará fruto?
Aquello me había descompuesto totalmente. Me estaba dando la opción de
quitarme aquello que más quería por el simple hecho de haber hecho caso a lo
que se sentía respecto a Sebastián y haberme dejado llevar con él. Algo que no
tenía nada que ver con mi puesto como soldado en este ejército.
No tenía derecho a expulsarme sin un motivo aparente.
—No puede hacerlo —decidí seguir luchando—. El problema con Sebastián y
con su hija no tiene nada que ver con mi puesto en este ejército, expulsarme
sería un abuso de poder por su parte.
—¿Y alguien le creería? No olvide su rango, mientras que yo soy el
comandante de este cuartel, usted es una simple oficial, no podrá luchar
contra mí. ¿También quiere que me lleve a su padre por delante? Puedo hacerlo
sin mover un solo dedo, no me haga demostrárselo.
En aquel momento, sentí un odio profundo hacia Anneliese pues seguramente,
al no haber aceptado lo que le había dicho Sebastián, había ido corriendo a
quejarse a su padre aprovechándose de que era el comandante y de que yo
estaba bajo su división.
Sentí nervios, las manos me sudaban, la mirada se me iba oscureciendo y para
rematar, el comandante continuó hablando.
»—Tengo entendido que es usted una soldado muy ambiciosa, quiere llegar a
ser comandante, ¿no? Mucho camino tiene por delante y uno muy duro, sin
embargo, si no hace lo que le digo, ese sueño que tiene se irá muy pronto a la
basura y yo mismo me encargaré de ello.
—¿Por qué me está diciendo esto? —Logré preguntar al cabo de unos
segundos—. ¿Por qué tiene que amenazarme con mi carrera militar? Sabe que
soy una soldado ejemplar, además de una cualificada y sin ninguna mancha en
mi expediente, está siendo usted muy injusto conmigo.
Lo único que sabía, era que tenía que luchar hasta el final, no me quería rendir,
no quería que el propio comandante fuera quien me destrozara la vida por algo
que no estaba a su alcance.
—No continúe, se lo aconsejo, tiene todas las de perder y le repito que, si hace
lo que le digo, contará con unas muy buenas oportunidades, piénselo —siguió
diciendo mientras no dejaba de mirarme. En aquel momento me di cuenta de
que no estaba tratando con un comandante, si no con una persona que estaba
haciendo abuso de su poder y que no le importaba pisotearme hasta hundirme
para hacer feliz a su hija.
No quería sus malditas oportunidades, no quería nada que me favoreciera para
alzarme, yo podía sola, siempre pude salir adelante de todas las circunstancias
que se me presentaban y esta vez no sería menos, a pesar de que aquello
significara renunciar a él.
—Guárdeselas —pronuncié al cabo de unos segundos—, no quiero crecer a
costa de nadie, mucho menos aceptando su ayuda, quiero alzarme por mis
propios méritos.
—Me parece muy noble de su parte que rechace lo que le puedo ofrecer, sin
embargo, tengo que preguntárselo —murmuró enarcando una ceja—.
¿Acatará mis órdenes?
La imagen de Sebastián apareció de repente y no pude evitar imaginarme su
sonrisa acompañada de su mirada azulada, ni siquiera me había dado cuenta
de que había empezado a sentir algo por él que de momento no sabía definir,
sin embargo, aquello debía terminar.
Necesitaba ser egoísta al pensar en mi futuro, sabía del alcance que podía
tener un militar de su rango y estaba enterada de la influencia que tenía sobre
los demás comandantes, por lo que creía en sus palabras y en todo lo que me
acababa de decir.
Simplemente no podía arriesgarme a perderlo todo. Necesitaba mantener la
mente fría y en aquel instante, algo en mí se activó, pues no iba a permitir que
el comandante Arias jugara conmigo como se le diera la gana.
—Sí —acepté, mirándole de igual manera a los ojos, devolviéndole el mismo
grado de presencia que él también estaba demostrando.
Las iba a acatar, sin embargo, tan solo sería por un tiempo.
Capítulo 23
29 de abril del 1985
Renata
Ya no había vuelta atrás, estaba hecho, dentro de unos minutos llegaría
Sebastián y tenía que hacerle creer que ya no quería volver a verle, que lo que
él había creído que había entre ambos, no era más que simple curiosidad.
Hacerle ver que su sitio estaba junto a Anneliese y su bebé, que sería un mal
padre si permitiera que su hijo se criara con una pareja rota.
Aquello era lo que el comandante Arias quería que dijera, convencer a
Sebastián que conmigo no tendría ni la más mínima posibilidad y que no valía
la pena arriesgarse por algo que sabías que no iba a funcionar.
Había pasado casi un día y llegaba la hora de cumplir con mi parte del trato,
mentirle a Sebastián para evitar que el comandante me expulsara de la CMFE y
me jodiera por completo mi carrera militar. Lo había pensado bastante, no
había podido parar de darle vueltas, pero siempre llegaba a la misma
conclusión. Yo quería seguir sirviendo en el ejército, quería seguir siendo
piloto y crecer en este mundo, siempre lo había tenido claro y por más injusto
que fuera para ambos, tenía que pensar en mí, sin embargo, nunca creí que
hubiera sido tan difícil.
Tenía que poner mi mejor máscara para dar el mejor espectáculo.
Protagonizar una mentira cruel que no haría más que confundirle y hacerle
sentir mal. Me sentía como si fuera la mala del cuento, la villana que no dejaba
que los protagonistas fueran felices juntos.
Me encontraba en el salón de mi casa, sentada en el sofá observando el reloj
que tenía delante de mí mientras dejaba que el silencio me rodeara, no se
escuchaba absolutamente nada excepto el sonido de la aguja que indicaba los
segundos. Mis padres no estaban aquí, mi hermana tampoco, me habían dicho
que volverían tarde, de hecho, Rocío ni siquiera vendría a dormir a casa porque
se quedaría en casa de una amiga.
Había aprovechado aquella tarde para invitar a Sebastián a que viniera, al
principio se había asombrado, pero al decirle que teníamos que hablar de algo
importante, no dijo nada más, tan solo se limitó a preguntarme a qué hora
venir.
Cada vez faltaba menos, no podía dejar de mirar el reloj colgado en la pared y
tenía la sensación de que las manecillas habían cobrado vida propia, todo
estaba yendo muy rápido, hasta que de pronto, el sonido del timbre resonó en
todo el apartamento.
Reaccioné segundos más tarde levantándome del sofá parar ir a abrir la
puerta, pero antes de hacerlo, intenté que mi semblante fuera el más serio
posible recordando las palabras del comandante.
—Considero que es usted una persona inteligente, oficial y no dudo que sabrá
mantener la boca cerrada. Que este asunto no salga de estas cuatro paredes,
¿me he explicado con la suficiente claridad? Ni a su padre, ni a Sebastián, ni a
nadie. —Me dijo con las manos juntas manteniendo los codos apoyados sobre
su escritorio—. No quisiera enterarme que me ha desobedecido.
—Sí, señor —respondí en un tono más bajo del que me hubiera gustado
mostrar. Estaba afectada, demasiado.
Parpadeé rápidamente volviendo a la realidad y fue entonces cuando abrí
lentamente la puerta descubriendo la imagen de Sebastián en el rellano.
Mantenía las manos en los bolsillos de la cazadora que llevaba. Me sorprendí
de que no estuviera vistiendo uno de sus trajes, sin embargo, no le dije nada y
le hice pasar.
Cerré la puerta detrás de mí viendo su espalda ancha. Tenía un cuerpo atlético,
se podía apreciar a simple vista y no negaba lo que pensé la primera vez que lo
vi cuando puso un pie en la CMFE. Era un hombre atractivo, que llamaba la
atención allá a donde fuera.
Sebastián no dudó en girarse para quedar delante de mí. Se mantenía en
silencio sin dejar de mirarme, como si quisiera adentrarse y descubrir lo que
estaba sucediendo en realidad.
—¿Quieres tomar algo? —Pregunté, reaccionando de nuevo y empecé a
caminar hacia la cocina.
Sentí sus pasos por detrás de mí, siguiéndome.
—Un vaso de agua estaría bien —respondió.
No podía evitar sentir una incomodidad empezar a rodearnos pues era la
primera vez que nos veíamos después de haber hablado días atrás en la
cafetería. Casi una semana, si no recordaba mal.
Le llené el vaso con agua natural y extendí el brazo, ofreciéndoselo, pero en el
momento que él alargó el suyo, noté sus dedos rozar los míos lo que hizo que
aguantara la respiración por un instante. Escondí la mano por detrás de mi
espalda mientras le veía dar un sorbo. De nuevo, nos mantuvimos en silencio.
—¿Qué ocurre, Renata? —Preguntó con cierta preocupación en su tono de voz.
No le culpaba, yo hubiera estado igual, sin embargo, no podía contarle la
verdad, porque de lo contrario, se separaría de Anneliese definitivamente y el
comandante no quería aquello.
—Tenemos que hablar de algo importante —murmuré.
Permanecíamos de pie en la cocina interponiendo cierta distancia entre
ambos. Sebastián dejó el vaso sobre la encimera, no dijo nada, dándome
espacio para continuar hablando, por lo que tomé un poco de aire y se lo dije.
»—Lo he estado pensando —empecé a decir—, y preferiría que no nos
volvamos a ver. —Aquello último lo dije casi en un susurro.
Sebastián no demostró ninguna reacción, se quedó mirándome y parecía que
no había entendido lo que le acababa de decir.
»—Es mejor que te centres en tu familia, yo acabo de ascender a oficial de
compañía y no puedo permitirme el lujo de estar perdiendo el tiempo en algo
que probablemente no saldrá bien —continué diciendo, siendo consciente de
que estaba siendo hiriente. Me mantuve callada esperando que me dijera algo,
pero sus palabras no salían de su boca—. ¿Por qué no me contestas? —Quise
saber.
—Porque estoy esperando a que dejes de mentirme —respondió en un tono
serio mientras apoyaba la cadera sobre el borde la encima. Aquello me tomó
por sorpresa, sin embargo, no cambié mi postura ni mi posición.
—No te estoy mintiendo.
—Sí lo estás haciendo, Renata —pronunció firme y no pude evitar observar
como cruzaba los brazos sobre su pecho—. Lo que no entiendo es el motivo de
todo esto, sin embargo, puedo ser perfectamente capaz de descubrirlo.
—Sebastián, bájate de la nube, no te estoy mintiendo. Te acabo de decir que
durante estos días he estado pensando y he llegado a la conclusión de que
prefiero evitarme todos estos problemas que me estás ocasionando, ¿qué parte
no has entendido?
—No estás siendo tú, algo hay detrás —dijo con seguridad y aquello hizo que
dejara escapar todo el aire que había estado acumulando hasta ahora.
—No hay nada detrás. —Necesitaba ser un poco más cruel—. No pienses que
todo gira a tu alrededor, agradece por lo menos que haya tenido la decencia de
llamarte hasta aquí para decírtelo, ¿o preferías que te hubiera ignorado
directamente?
—Eso es lo que hubieras hecho tú, pero esta Renata que estás intentando
mostrar, simplemente no eres tú.
—Hablas como si me conocieras.
—Me fijo en los detalles —contestó. Estaba tranquilo, su voz también sonaba
calmada—. Ahora dime qué está ocurriendo, lo que está pasando de verdad.
Empecé a negar con la cabeza mientras dejaba escapar una sonrisa de
incredulidad. Coloqué las manos en la cintura a la vez que me lamía los labios.
«Más cruel. Más insensible. Más inhumana». Pensó mi subconsciente
dándome a entender que aquello era lo que tenía que hacer si quería que
Sebastián cayera ante la mentira.
—¿Por qué no me crees? —Insté a que me respondiera, quería saber aquello
que me delataba para poder entrar a la manipulación.
—Tu mirada te delata, estás nerviosa, además de que no tiene sentido esto que
me estás diciendo ahora pues en ningún momento acordamos empezar
ningún tipo de relación, simplemente te pedí que no te alejaras, que
continuáramos hablando para seguirnos conociendo, sin tener ningún
compromiso de por medio y tú estuviste de acuerdo. ¿Qué es lo que ha
cambiado ahora? ¿Qué es lo que pasa?
Aspiré profundamente mientras negaba con la cabeza.
—¿Tiene que pasar algo para que me dé cuenta de que no quiero que nos
sigamos viendo? ¿Por qué no lo quieres entender? Sí, nos besamos, también te
confesé que me gustó, pero un beso no significa nada porque aquí lo que pesa,
es mi puesto en el ejército y no lo voy a arriesgar por nada.
—Nunca te pedí que lo arriesgaras —pronunció algo afligido y me pude dar
cuenta de que hacía empezado a dudar, aunque fuera mínimamente—. Dime
qué está pasando —pidió, una vez más algo impaciente.
—Ya te lo he dicho, prefiero que lo dejemos hasta aquí, me ha encantado
conocerte, de verdad, pero no me quiero involucrar en tus problemas, además
de que ahora yo tampoco estoy en mi mejor momento.
—Renata —pronunció mi nombre—, considéralo, por favor. —Se le podía
notar nervioso, con las pupilas inquietas. Intentó dar un paso hacia a mí, pero
negué con la cabeza alejándome.
—Será mejor que te vayas, ya te he dicho lo que te tenía que decir.
—¿Y qué me has dicho exactamente? ¿Qué ya no quieres volver a verme? ¿Por
qué este cambio repentino?
—No me hagas tener que repetírtelo.
—Hablé con Anneliese, estuve ocupado durante estos días, por eso no te pude
llamar para decirte que nos viéramos, pero le he dicho que ya no siento nada
por ella, tú misma me dijiste que antes de dar una paso nosotros, debía
terminar con Ann, ¿por qué te estás echando para atrás? ¿Se puede saber qué
es lo que ha hecho que cambies de opinión?
Me había podido dar cuenta de que no sería fácil convencerle.
—Porque yo siempre miraré por mí antes que por nadie y eso te incluye a ti, no
es que haya cambiado de parecer de la noche a la mañana, he tenido días para
pensarlo y me he dado cuenta de que tú y yo jamás lograremos ser nada porque
no existe nada que nos complemente, ¿o es que no te das cuenta? No hay nada
que nos defina, nada que nos una, vivimos en dos mundos opuestos sin contar
la carga que cada uno tiene detrás.
Hice una pausa para observar su reacción. Había empezado a respirar un poco
más fuerte y no dudó en pasarse una mano por el pelo, despeinándose. Estaba
frustrado, confuso y algo enfadado.
—Entonces qué, ¿es definitivo? ¿Ya está? ¿Aquí ha acabado? ¿Me dices que sí y
luego me mandas a la mierda?
Sus preguntas escupían veneno, era evidente.
—Cálmate. —Le advertí—. Tengo derecho a pensar y cambiar de parecer,
como tú mismo lo has hecho con tu prometida. Después de tantos años, según
tú, enamorado, rompes con ella de la noche a la mañana. Ha pasado
exactamente lo mismo conmigo, me he dado cuenta de que no quiero nada con
nadie, ni intentarlo, ni conocernos ni nada.
—¡Porque has sido tú quien me ha confundido, joder! —Exclamó acercándose
rápidamente hacia mí—. ¿Quién no se confundiría contigo? —Susurró
mientras me aprisionaba de manera peligrosa haciendo que mi espalda tocara
la pared que tenía detrás. Aguanté la respiración sin apartar mi mirada de la
suya. Pensé en escabullirme de ahí, pero algo dentro de mí me impidió
hacerlo—. Dime qué es lo que tengo que hacer para hacer que vuelvas a
cambiar de opinión —pidió utilizando el mismo tono bajo.
Su nariz prácticamente estaba rozando la mía, podía incluso sentir su corazón
acelerado, su respiración ligeramente agitada, además de que sus manos
colocadas en la pared a ambos costados de mi cuerpo me estaban poniendo
nerviosa.
—No puedes hacer nada —respondí en el mismo susurro.
—¿No puedo? ¿A qué te refieres con eso?
Me mordí la lengua al darme cuenta de que no había utilizado la palabra
correcta. «Mierda».
—No insistas —pedí—. No voy a cambiar de parecer.
—Explícamelo. —Cerré los ojos cuando su nariz rozó levemente la mía—. ¿De
verdad no puedo hacer nada? ¿Qué has querido decir con eso?
—Sebastián… —murmuré—. No me hagas hablar.
Entonces me di cuenta de que había perdido, de que tampoco había vuelta
atrás, de que acababa de hacer caer la máscara dando por finalizada la función.
—Dime qué está ocurriendo. —Contuve la respiración cuando apoyó su mano
en mi cintura haciendo que nuestros cuerpos chocaran. Se podía evidenciar la
diferencia de altura, además de la tensión que desprendíamos.
—No puedo —susurré—. ¿Por qué tienes que ser así? ¿Por qué no has podido
dejar la insistencia a un lado?
—Ya te lo he dicho, porque no quiero perderte, porque me niego a dejar
escapar la oportunidad que me has ofrecido —murmuró—. Dime quién te ha
amenazado porque voy y le parto las piernas. ¿Ha sido el padre de Anneliese?
Me quedé callada.
»—Renata… —pronunció de nuevo mi nombre haciendo que aquello se
convirtiera en mi perdición—. Háblame.
Ni siquiera lo pensé cuando pasé los brazos por sus hombros para abrazarle y
pegarme un poco más a él. Necesitaba disculparme porque hubo momentos
donde sí creyó que ya no le querría volver a ver. Sebastián no dudó en
rodearme, agachando la cabeza para encajarla en el hueco que había entre mi
hombro y mi cuello.
—Lo siento —murmuré. Cerré los ojos perdiéndome en el aroma de su
perfume—. Debí habértelo dicho antes.
—Podemos ir a sentarnos para que me lo cuentes —propuso y asentí con la
cabeza.
Contrario a lo que creí, no me dejó separarme de él, sino que flexionó un poco
las rodillas para levantarme sobre su cuerpo haciendo que tuviera que rodear
su cintura con mis piernas. No dije nada, dejé que me llevara hasta el sofá que
había en la sala de estar la cual se encontraba casi a oscuras. Segundos más
tarde, se había sentado conmigo a horcajadas de él haciendo que de inmediato
sintiera su entrepierna directamente en mi punto más sensible, por lo que
apresuré a bajarme de su regazo con el pulso algo agitado.
Me fijé en la sonrisa divertida de Sebastián.
»—Ya llegará el momento —murmuró y supe a lo que se estaba refiriendo
pues empecé a sentir una calidez momentánea—. Ahora dime qué ha pasado y
lo intentaremos solucionar.
—No creo que haya solución —dije.
—¿Por qué?
Sebastián instó a que me acercara un poco más a él. Su brazo estaba colocado
encima del respaldo mientras que yo tenía las piernas flexionadas y subidas en
el sofá. Ignoré la cercanía con tal de concentrarme en lo que le tenía que decir.
Debía confesar que era el primer acercamiento en mucho tiempo que
experimentaba, sin embargo, no me hizo sentirme asustada.
—Ayer el comandante habló conmigo, hizo que viniera a su despacho —
confesé y pude notar la mirada sombría de Sebastián.
—Dime que no ha sido algo referente a lo mío con Anneliese.
Me quedé callada, asintiendo con la cabeza y le vi suspirar de manera
frustrada.
»—¿Por eso me has dicho que querías alejarte? —Quiso saber—. ¿Por qué no
me lo habías dicho desde el principio? Por un momento me lo creí.
—Me ha amenazado con expulsarme de la CMFE quitándome mi cargo actual,
además de ponerme tremenda mancha en mi expediente que haría que no
volviera a servir en ningún otro ejército por el resto de mi vida. Sigue siendo
un comandante con una importante influencia militar —expliqué—. Intenté
hablar con él, pero no pude hacer mucho, también me dijo que como se
enterara que se lo había dicho a alguien, tendría consecuencias.
—¿Qué clase de consecuencias?
—No me respondió, no paraba de repetirme que había perdido la guerra desde
el momento que puse un pie en su despacho.
Sebastián dejó escapar una risa irónica mientras se frotaba el rostro con
desesperación. Noté su toque en mi brazo, acariciándome levemente la piel
con las yemas de sus dedos. Por alguna extraña razón, estaba disfrutando de
su caricia.
—Eres una guerrera, Bell —murmuró volviendo a posar su mirada en la mía.
Pude notar su intención de acercarse un poco más, yo no hice el amago de
alejarme—. Que nadie te diga que tienes la guerra perdida antes de haber
luchado siquiera. Por muy comandante que sea o la influencia militar que
tenga, en el campo de batalla, todo el mundo dispone de las mismas
oportunidades para ganar.
En aquel instante, parecía como si las palabras sobraran. Me quedé pensando
en lo que había dicho dándome cuenta de que tenía razón.
—¿Qué propones?
—Dígamelo usted, oficial Abellán. —Sonrió—. ¿Cuál es la estrategia?
Capítulo 24
Sebastián
A pesar de que me doliera y sintiera como si mi corazón quisiera romperse,
sabía que, en el fondo, tenía razón y que por mucho que quisiera, no había otra
solución. No podía dejar de verla a los ojos, al igual que tampoco podía dejar de
acariciar su brazo lentamente.
Cuando me dijo que lo mejor sería que nos distanciáramos, al principio no le
creí, no parecía ella, sin embargo, cada vez que me repetía aquello
demostrando una mayor convicción, dudé, no lo podía negar, pensaba que sus
palabras eran ciertas, que lo que quería en realidad era alejarse para olvidarse
de todos los problemas que le ocasionaba. Tampoco la podía culpar, sin
embargo, algo me decía de que no era verdad y alguien había hablado con ella.
No me equivoqué, como tampoco lo hice al pensar que se trataría del
comandante. Anneliese había tenido tiempo de hablar con su padre, eso estaba
claro, lo que más me enfadaba era que quisiera atarme junto a ella y más que
pensar en nuestro hijo, lo que hacía era priorizarse a sí misma demostrando su
egoísmo.
Seguí escuchando a Renata hablar, comprendiendo lo que estaba diciendo.
—Independientemente de que ahora lo sepas, tenemos que tomar distancia,
de lo contrario, el comandante puede cumplir con su amenaza y no pienso
permitir que nadie me expulse del ejército.
—¿Puedes denunciarlo?
—No tengo pruebas —respondió—, sería mi palabra contra la suya, sin
embargo, aun teniendo esas pruebas, sigue siendo la máxima autoridad de ese
Cuartel.
—Por encima suyo está el general, según tengo entendido.
—Nunca he hablado con él, tampoco sé si habrá pisado alguna vez la CMFE, el
caso es que es muy difícil llegar a ponerse en contacto con el general de
ejército a no ser que sea algo de máxima urgencia y para ello, debe hablar
directamente el comandante. Alguien de mi rango ni siquiera tendría acceso a
hacer una petición así, además de que el trámite tardaría semanas.
Volví a inspirar profundamente para dejar escapar el aire contenido. No podía
creerme que hubiéramos llegado hasta esa situación.
—Entonces sería tomar distancia, hacer como si yo creyera que lo me dijiste
antes es verdad y no quieres volver a saber nada de mí.
—Lo que Arias quiere es que estés bien con Anneliese —murmuró notándose
una leve tristeza en su tono de voz—, que forméis esa familia que ella quiere.
Me dijo que esa era la principal condición, convencerte de que tu lugar está con
tu prometida y no conmigo.
—Deja de llamarla así. He roto el compromiso con ella.
—Anneliese cree que no —contradijo.
—Me da igual lo que crea ella —dije molesto—. Se lo intenté explicar incluso
antes que me dijera que estaba embarazada, pero no lo quiso entender, se
piensa que todavía estoy confundido y que necesita seguir demostrándome su
amor para hacer que me dé cuenta de que ella es la pareja perfecta.
—¿Y ya no estás confundido?
—Ya no —respondí casi en un susurro y no pude evitar bajar la mirada hasta
sus labios durante un instante. Carnosos, suaves y adictivos. Me imaginé por
un segundo estar mordiéndole el inferior mientras la subía de nuevo a mi
regazo con una pierna en cada lado de mi cuerpo—. Supongo que te tengo que
dar las gracias.
—¿Por qué?
—Por abrirme los ojos.
—¿Estabas muy enamorado de ella?
—Creía estarlo —confesé—, ahora mis sentimientos son otros —continué
diciendo—, unos donde implican a una bella guerrera luchando por aquello
que quiere sin desatender sus obligaciones con el país.
Me había podido dar cuenta de que Renata se mostraba tímida ante este tipo
de cosas, no solía responderme, sin embargo, lo disfrutaba. Su silencio, junto a
su nerviosismo momentáneo me parecían adorables y no podía evitar esbozar
una leve sonrisa torcida ante aquello. ¿Qué clase de idiota dejaría escapar la
oportunidad de seguir conociendo a semejante mujer? No quería dejarla ir, no
quería que estos momentos se pausaran por un tiempo, quería seguir
conociendo aquello que le gustaba, aquello que la ponía nerviosa o tímida,
aquello que la hacía enfadar demostrando su carácter explosivo.
No dudaba que en el campo de batalla era toda una fiera apuntando con el
arma hacia el enemigo.
No quería pausar nada, sin embargo, la decisión se había tomado.
»—Hasta que nazca el bebé —repetí sus palabras de minutos atrás.
No nos íbamos a llamar, tampoco a ponernos en contacto, mucho menos
vernos a escondidas hasta que el bebé no naciera. Seguir con Anneliese unos
meses más hasta ese momento, hacerle ver que todo iba bien, que no tenía
nada de lo que preocuparse. Que el comandante se relajara con Renata, que
bajara la guardia, que creyera que nos habíamos alejado definitivamente.
Podía aguantar unos meses sin verla y sin hablar con ella, podía hacerlo o
aquello era lo que creía.
Renata asintió con su cabeza y en aquel momento, tomándome por sorpresa,
escondió la emoción cuando acercó su mano a la mía para agarrarla. Tenía un
tacto suave, delicado, contrario a lo que cualquiera pensaría después de
haberla visto sujetar un fusil en cada mano.
Bajó la cabeza hacia nuestras manos, fijándose en el perfecto encaje.
—Es lo mejor —dijo apenada—, aunque yo tampoco quiera hacerlo, no hay
otra solución viable.
—Lo sé —respondí—, tan solo serán unos meses. Te buscaré cuando toda esta
mierda acabe.
—¿Lo harás?
—¿Lo dudas? Claro que sí. —Me atreví a colocarle un mechón detrás de la
oreja, quedándome ahí durante varios segundos—. Prefiero alejarme de ti
sabiendo que me esperarás a hacerlo creyendo que no nos volveremos a ver.
Sin darme cuenta, empezaba a sentir algo más que simple curiosidad por ella,
era algo un poco más profundo, más íntimo que hacía que tanto mis acciones
como mis palabras se volvieran impredecibles. Empezaba a sentir que Renata
podía ser aquel complemento que parecía necesitar, alguien que me
entendiera, que me permitiera encontrar la comunicación que había ansiado
tener en mi relación con Anneliese.
—Siento haberte mentido.
—No te disculpes, lo comprendo perfectamente. —Nuestras manos seguían
unidas y había notado que la distancia que nos separaba empezaba a hacerse
más pequeña—. De todas maneras, no me hubiera ido de aquí hasta que no me
hubieras dicho la verdad.
—¿Cómo habías sabido que algo iba mal?
—Simplemente me di cuenta de que no estabas siendo tú, algo en tu mirada
me decía que no, además que todo lo que me estabas diciendo no tenía sentido.
—Qué observador —me halagó.
—El más mínimo detalle es importante, nunca se olvide de eso, oficial —
pronuncié otra vez su nuevo cargo militar e hice una pausa—. Aunque no te
conozca del todo, puedo ser capaz de ver cuándo estás siendo tú y cuándo no.
—Es bueno saberlo.
—No me vuelvas a mentir —pedí casi en un susurro—, puedo soportar
cualquier cosa que me digas mientras sea verdad, pero no me gustaría que me
engañaras de nuevo independientemente que el comandante te haya
amenazado. Prefiero que me lo digas para poder encontrar una solución los
dos, no cada uno por separado.
—Está bien —respondió.
Esta vez, el silencio que surgió entre ambos fue uno cómodo. No aparté mi
mirada de la suya, me permití adentrarme en sus ojos chocolates siendo
consciente de que no los vería por un largo tiempo. Era consciente de que estar
al lado de Anneliese me costaría, pero no podía permitir que Renata pagara las
consecuencias por ello, no era justo, sin embargo, tampoco iba a permitir que
las cosas se quedaran así. Anneliese, junto a su padre, me iban a escuchar tarde
o temprano.
• ────── ✾ ────── •
Narración omnisciente
Después de la última despedida entre la oficial y el señor Otálora, donde
prometieron perder el contacto durante al menos, cuatro meses, el tiempo
siguió su curso al igual que las actividades de ambos. Renata se enfocó en su
puesto como oficial de compañía, mientras que Sebastián continuó trabajando
en la empresa que había fundado su padre hacía casi seis años atrás, de hecho,
apenas descansaba pues toda aquella situación le enfadaba por lo que
necesitaba mantenerse ocupado. Seguía sin entender cómo era posible que
Anneliese, tan dulce como se mostraba, había ido corriendo a utilizar la
influencia de su padre para perjudicar a Renata.
Decidieron no comentarlo con nadie, por lo que mantuvieron aquella
conversación en secreto haciéndole creer al comandante que Renata había
decidido cortar cualquier tipo de relación que hubiera tenido con Sebastián. El
padre de Anneliese se mostró satisfecho con aquello y no dudó en ir a hablarlo
con su hija en cuanto se enteró por la oficial, haciéndole ver que la soldado no
supondría un problema para su relación.
Anneliese se mostró algo desconfiada, sin embargo, no le quedó más remedio
que confiar en la palabra de su padre pues conocía del poder que tenía en el
ejército que dirigía.
—¿Estás seguro? ¿Renata ha hablado con Sebastián? —preguntó Ann mientras
aprovechaba para acariciarse la barriga. Llegaba un punto donde lo hacía de
manera inconsciente—. No quiero que se vuelvan a ver, ni que vuelvan a
hablar, bastante le ha confundido al pobre —murmuró—. Tengo que hacer
algo para que esas dudas desaparezcan.
—Se lo he dejado bastante claro —comentaba su padre—, no creo que lo haga.
Renata es una mujer que siempre mirará por su futuro y tiene como objetivo
presentarse a comandante algún día.
—¿Tú la ves siendo comandante? —Anneliese dejó escapar una sonrisa
incrédula.
No la conocía, sin embargo, no creía que la soldado pudiese llegar hasta ese
punto, demasiada ambición guardaba y todo el mundo sabía que aquello
siempre traía problemas, pues se llegaba a perder el juicio por aquel deseo
ardiente de conseguir el objetivo bajo cualquier coste. Quería saber la opinión
de su padre, pero creyendo que iba a ser negativa, el comandante la sorprendió
con sus palabras.
—Renata es una soldado ejemplar, no dudo que lo consiga, por eso creo que ha
sido lo mejor quitarle esa distracción. No le conviene perder cualidades.
—Espera. —Se extrañó ella, parpadeando—. ¿No lo has hecho por mí?
—Por supuesto que sí, cariño. —El comandante sabía que su hija tendía a ser
algo envidiosa, por lo que intentó corregir—: Sabes que siempre estaré de tu
lado, sin embargo, también ha sido bueno separarlos por lo que te acabo de
decir, tú tendrás un padre para mi nieto y yo recuperaré a mi soldado pues
últimamente ha estado bastante distraída.
Anneliese no se veía muy convencida, sin embargo, tampoco quiso ahondar en
la discusión. No quería volver a pensar en Renata Abellán, suficiente tenía con
lo que le había hecho a Sebastián. Se había propuesto quitarle el hechizo de su
encanto y lo conseguiría cuando el bebé naciese, estaba segura de ello, en
cuanto su prometido empezara a pasar más tiempo con su hijo, se olvidaría
definitivamente de la oficial. Por el momento, debía ser paciente y esperar a
que Sebastián volviera a ser el hombre cariñoso que era antes. Quería que
volviera a sentirse enamorado de ella.
Sin embargo, con el transcurso de las semanas, Sebastián no parecía querer
mostrar ningún tipo de cariño ni afecto hacia su «prometida», no le nacía, no
sabiendo que faltaba todavía bastante para volver a buscar a la mujer que no
abandonaba sus sueños por las noches. Dejó escapar un suspiro profundo
queriendo que llegara el momento donde podría volver a esconderse en su
cuello para aspirar su aroma.
Habían acordado no verse, ni siquiera a escondidas, él mismo lo había
establecido pues no quería perjudicar a la soldado en ninguna circunstancia,
por lo que tan solo se limitaba a ver pasar el tiempo mientras no dejaba de
recordarla, por lo menos, sabía que la buscaría y que se volverían a ver. Más le
hubiera dolido saber que ella no quería verle, le hubiera matado creer en
aquella mentira.
Se había dado cuenta, sin quererlo admitir de momento, que la soldado había
calado bastante dentro de su corazón pues le hacía sentir vibrar cada vez que
pensaba en ella. Era extraño, sin embargo, no podía dejar de sentir aquella
calidez acogedora, como si un fuego hubiera empezado a surgir entre ambos.
¿Se había enamorado de ella? No lo sabía, posiblemente así era, pero no estaba
seguro, pensaba que tenía que seguir conociéndola, seguir hablando de
trivialidades, comprender lo que le asustaba y lo que le hacía sonreír, a donde
le gustaría viajar, qué platos podría comer sin cansarse junto a un largo
etcétera. Renata le despertaba la curiosidad de tal manera que podría
escucharla durante horas y no se cansaría.
—¿En qué piensas? —preguntó Matías a su lado. Había aparecido en la
empresa sin avisar, no era ninguna novedad pues siempre hacía lo mismo.
Desde hacía varios minutos que su amigo se había quedado callado mirando
las nubes.
—En nada —respondió, pero aquello no había Dios que se lo creyera.
—Ya, ¿no me lo quieres decir?
Estaba al tanto de lo que pasaba entre él y la bella guerrera, de hecho, era el
único que conocía y había contemplado el inicio de su historia, por lo que
Sebastián no le guardaba secretos, había demasiada confianza entre ambos.
—No estaba pensando en nada, pesado, es la verdad. —Observó cómo se
volvía a colocar correctamente en frente de su escritorio regresando a la
realidad.
Últimamente se distraía bastante y no dudaba que la responsable tenía ojos de
color chocolate cuyo nombre empezaba por «R». El galerista no era estúpido y
conocía bastante bien a su amigo, sin embargo, se hacía el que no sabía nada.
Dejó escapar una sonrisa al verle intentar leer los documentos que tenía sobre
la mesa intentando poner la máxima concentración.
—Me das mucha ternura.
—¿Qué dices?
—Lo que oyes —respondió Matías levantándose del sillón—. Echas de menos
a la bella guerrera, yo también, si te soy sincero, se siente como un vacío, ¿no
crees?
Sebastián no pudo evitar pensar en el apodo que a veces solía decirle a la
oficial. Dejó escapar un disimulado suspiro.
—Hablaste con ella una sola vez.
—¿Y? Me fue suficiente para llevarme una primera impresión y adivinar
vuestro futuro como pareja.
El hombre que permanecía en aquella silla giratoria no dudó en soltar una risa
irónica haciendo que su curiosidad se activara. Quería ver qué clase de
genialidad saldría por la boca de su amigo, había veces donde se sorprendía
por sus ocurrencias.
—Evidentemente que casados y no, no sería tu segundo matrimonio, sino el
primero —empezó a decir mientras observaba la reacción de Sebastián—, de
hecho, yo sería tu padrino de bodas, qué cojones, veamos, déjame pensar. —
Cerró los ojos por un momento—. Ah sí, posiblemente con hijos, mellizos, así
se conservaría la tradición Otálora.
—¿Mellizos?
—Como lo oyes. —No dudó en sonreír—. Renata conseguirá crecer como
militar y llegar a los cargos altos dándole una patada en el culo a todo aquel
que haya desconfiado de ella, tú te harías con la empresa siendo el socio
mayoritario, tu hermano vete a saber, es alguien impredecible y yo
obviamente seguiría a tu lado. Vuestra relación como pareja sería envidiable,
sin dramas ni mierdas y los dos felices y juntitos. Fin.
—Qué bonita historia.
—¿Verdad que sí?
Matías se emocionó, pero lo hizo de verdad, no como el hombre de piedra que
tenía al lado quien solo se limitó a mostrar una sonrisa torcida mientras
negaba con la cabeza.
»—Vamos hombre, es bonito soñar, ¿no te gustaría llegar un poco más lejos
con Renata?
Sebastián ya había pensado en aquello, fue algo que simplemente llegó a su
cabeza y no pudo evitar darle un par de vueltas a ello. ¿Cómo sería tener una
relación con ella? No dudaba que la soldado era un hueso duro de roer, sin
embargo, tenía aquel lado tímido y delicado que le encantaba ver y apreciar.
—Me gustaría —confesó—, pero no puedo hacer que el tiempo vaya más
deprisa.
—Sabes que podrías quedar sin que nadie lo sepa, ¿verdad?
—No —dijo, tajante—. No lo voy a hacer porque no quiero ponerla en riesgo.
El comandante llega a expulsarla del ejército y se iniciaría una guerra.
—Huelo tu cobardía de aquí a Pekín.
—Cállate.
—Es la verdad, igualmente no te ibas a casar con Anneliese, la pobre sigue
organizando una boda que no se va a realizar porque o bien lo vas a cancelar
todo a última hora dejándola plantada en el altar o directamente le dirás que
no cuando el Padre te pregunte si te quieres casar con «doña perfecta
Anneliese caprichosa Arias». —Empezó a decir Matías algo alterado—. Buscad
una solución, joder, que no es el fin del mundo y el comandante no es
invencible.
Sebastián se mantuvo en silencio, procesando lo que le acababa de decir.
—Tengo entendido que las selecciones para el nuevo comandante son en
octubre.
—Sí, ¿y qué pasa con eso?
De nuevo, reinó el silencio momentáneo donde Matías intentaba buscarle
alguna lógica a lo que acababa de decir su amigo, cuando de pronto, se hizo la
luz al darse cuenta de que al padre de Anneliese le quedaba poco tiempo en el
cargo, entonces la bella guerrera ya no tendría ninguna complicación en el
cuartel si habría un cambio en el puesto.
»—Espera que lo acabo de adivinar —dijo, feliz—. Arias no estará en esa silla
eternamente.
—Exactamente, además de que posiblemente el padre de Renata se presente y
con él en el puesto, se podrá respirar tranquilidad —explicó Sebastián—. En el
caso de que la llegara a expulsar por cualquier motivo, no dudo que su padre la
reincorpore inmediatamente.
—Si si el señor Abellán llega a ganar.
—Lo hará.
—Es un cincuenta y cincuenta —pronunció Matías queriendo que se diera
cuenta de que no podía cantar victoria tan rápido—, además, dependiendo de
cuantos se presenten y si no surge ninguna complicación en el camino que
haga que se retrase o
—Vaya ánimos.
—No, querido, soy realista, que está muy bien que lo tengas en cuenta, pero,
hay que pensar en todo.
En el fondo, sabía que el galerista tenía razón y no podía abalanzarse tan
rápido, sin embargo, no descartaba la idea de buscar a Renata y que tuvieran
otro encuentro. Tan solo esperaba que, si lo hacía, nada saliera mal y que
Anneliese ni el comandante se enteraran.
Capítulo 25
25 de junio del 1986
Renata
Me encontraba de pie en medio de mi habitación en la CMFE mientras
observaba mi reflejo en el espejo. El reloj estaba a punto de indicar las seis de
la mañana, sin embargo, los primeros rayos de sol ya se podían apreciar
fácilmente a través de la ventana. Tenía los brazos caídos en ambos lados de
mi cuerpo, la espalda recta y mi mirada lucía seria. No había ningún brillo en
mis ojos y tampoco quería que lo hubiera.
Era extraño, yo me sentía extraña y ni siquiera lograba entender el por qué. Me
encontraba más cansada de lo normal y no sabía si atribuirlo a la actividad
física extra que hacía, porque mi mente así me lo pedía. Era consciente que no
estaba bien, que tenía que descansar, sin embargo, no podía, yo misma me lo
negaba.
Tiempo más tarde comprendí que lo hacía para demostrarle algo al
comandante, pero este dejó de tenerme en consideración días más tarde que le
dijera que había cortado cualquier relación con Sebastián. Supe que me tuvo
bajo su observación para cerciorarse de que estaba cumpliendo, sin embargo,
al ver que habíamos dejado de vernos y de hablar, empezó a comportarse como
si yo no existiera.
Habían pasado casi dos meses desde la última vez que hablamos en mi casa
donde acordamos tomar distancia hasta que el bebé de Anneliese naciera.
Tampoco estaba segura de lo que pasaría después de ese momento, sin
embargo, Sebastián me dejó claro que se pondría en contacto conmigo cuando
lo creyera prudente. No volví a ver a Anneliese, ni en ninguna otra cena o
reunión. Tampoco la echaba en falta, pero aquello hizo que me diera cuenta de
que mi padre también se había distanciado del comandante. No conocía la
razón, el capitán no le entusiasmaba la idea de que estuviera al corriente, sin
embargo, siendo como soy, lo acabaría descubriendo tarde o temprano.
Respecto a Sebastián, no me quedaba más remedio que confiar y dejar que el
tiempo siguiera su curso, tratar que los días pasaran sin darle mucha
importancia.
Salí de la habitación y me encontré con Luis esperándome en el pasillo.
Empezó a caminar a mi lado mientras nos dirigíamos hacia el exterior pues lo
que teníamos asignado antes de desayunar, era hacer una rutina de ejercicio
moderada para mantenernos en forma y evitar el aumento de grasa.
—Buenos días, oficial, ¿cómo le va? —No se cansaba de relucir mi nuevo
cargo. Era su manera de decirme que estaba orgulloso sin mencionarme nada
al respecto.
—Teniente —respondí de vuelta—. Por aquí todo muy bien.
—Es bueno saberlo. Por aquí también ando sin ningún tipo de complicación.
Cerré los ojos durante un instante al sentir el aire fresco golpearme
directamente en la cara. Me gustaba aquella sensación, era agradable sentir el
ambiente húmedo a primera hora del día, recién cuando el sol estaba haciendo
su aparición.
Empezamos a correr alrededor de la pista de entrenamiento junto a un grupo
pequeño de soldados que también tenían cargos altos.
»—¿Planes para hoy? —preguntó.
—Como si no lo supieras. Tengo que instruir a un grupo de cadetes para unas
prácticas de vuelo, a lo que es el equivalente a enseñarles las partes del interior
del avión —dije—, además de los entrenamientos y las prácticas de estrategia
y comunicación, después tendré que ir a la biblioteca. No tengo tiempo ni para
respirar.
Decidimos retrasarnos unos metros para dejar que el grupo avanzara y no
molestarlos con nuestra conversación.
—Bienvenida a la vida de un militar parte «he perdido la cuenta».
—Qué gracioso que eres, Luis, de verdad, me parto contigo. —Utilicé un tono
irónico mientras intentaba controlar las respiraciones, de todas maneras, no
estábamos yendo a un trote muy rápido. Él me respondió dejando escapar una
pequeña risa—. ¿Qué es lo divertido? Para reírme yo también.
—Nada, me pareces adorable.
—Soy de todo menos adorable.
—Me consta, no hace falta que me lo jures —insinuó de nuevo. Le era
divertido soltar este tipo de cosas—. Por cierto, echo de menos a Marina, ¿tú
no?
De pronto, la imagen de su rostro apareció de inmediato. Recordaba que nos
había dicho, hacía un par de semanas, que le habían adjudicado, junto a los
demás integrantes del equipo seleccionado, una misión al exterior cuya
duración sería más de medio año. Aquella noche nos despedimos de ella
saliendo a un bar a tomarnos una copa. Quisimos que se lo pasara bien y así fue
pues surgieron muchas risas y anécdotas divertidas de la infancia.
Sin embargo, todavía no se me quitaba de la cabeza cuando la vi intercambiar
algunas palabras con el teniente Serra, quien no me había vuelto a molestar
desde aquel día en la biblioteca. Una conversación que duró menos de un
minuto, pero que tampoco le tomé mucha importancia pues al igual que habló
conmigo, podía hacerlo perfectamente con otro soldado, sin propasarse ni
hacer preguntas impertinentes, claro estaba.
En septiembre haría un año desde que conocí a Marina y me sorprendía el
hecho de que nos hubiéramos llevado bien hasta el punto de formar una
amistad entre ambas. Durante aquella noche en el bar, la última antes de
marcharse, aprovechando que Luis se había ido a hacer conversación con cada
persona que se le cruzaba, le había contado a modo general lo que había
pasado con Sebastián, obviando la parte del comandante junto a su hija.
Me surgió la necesidad de contarle a alguien lo que estaba sintiendo cuando le
tenía a mi alrededor evitando decir nada sobre la situación problemática que
nos perseguía. No quería que nadie lo supiera, de hecho, no se lo había contado
a nadie, ni siquiera a mi hermana pues fue lo que acordamos dos meses atrás.
Lo único que Rocío sabía era que yo había tomado la decisión de distanciarme
de él y no quise darle más explicaciones.
—Ya sabía yo que algo sentías por él —me dijo la sargento esbozando una
sonrisa—. Se notó la química desde la primera vez que os visteis y no me lo
puedes negar.
Recordé la primera vez que cruzamos miradas en la sala de reuniones cuando
le fui a buscar.
—Tan solo sé que algo me pasa, posiblemente sea algo más que atracción, no
lo sé, no estoy segura —respondí.
—¿Todavía no ha dejado a su prometida?
—No, la verdad no sé si lo vaya a hacer. —Sabía que habíamos entrado en
terreno peligroso, por lo que traté de desviar el tema, sin embargo, Marina se
mostró un poco más interesada.
—¿A qué está esperando?
—Vete a saber.
—¿No te interesa saber por qué no la ha dejado aún? —Marina enarcó una ceja
mientras cruzaba una pierna encima de la otra, poniéndose cómoda sobre el
taburete de la barra.
—Lo dices como si a mí me interesara empezar una relación con él, a ver, es
verdad que siento atracción, pero de ahí a querer que deje a su prometida por
mí… Pues la verdad es que no —intenté explicar.
—Ya veo, ¿y no te gustaría? Enamorarte, me refiero.
Me quedé pensando aquello durante algunos segundos. No descartaba la idea,
porque a pesar de que intentara negar aquello que sentía por Sebastián, sabía
que en el fondo aquel sentimiento se agrandaría con el pasar de los años
haciendo que se llevara todo a su paso. Era cuestión de tiempo que lo
comprendiera.
Luis hizo que volviera a la realidad llamándome varias veces.
—Tierra llamando a la oficial Abellán, responda soldado. —Le oí decir y
enfoqué rápidamente la mirada para darme cuenta de que todavía seguíamos
yendo a trote por la pista, bastante alejados del grupo con el que nos habíamos
juntado—. ¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes. Me acordé de Marina, simplemente —dije.
—Pues lo que te estaba contando de ella —continúo diciendo—, que la voy a
echar de menos, no sé, me gustaba ella, era adorable y me había acostumbrado
a sus ocurrencias, era divertida.
—Lo dices como si hubiera fallecido —murmuré.
—No, por Dios, no digas eso. —Se rio—. Pero se ha ido por bastante tiempo y
vete a saber si volverá.
—Cierto, pero el tiempo pasa rápido, dentro de nada ya otra vez será fin de
año. Incluso para ese entonces ya habrá un nuevo comandante del Ejército del
Aire.
—Las selecciones son en octubre y tu padre se presenta —murmuró—. Será
una riña interesante, pero ¿sabes de lo que me he enterado? —No contesté,
dejé que continuara hablando—. Según he oído por ahí; Arias quiere volver a
presentarse y está haciendo lo posible para que el Consejo estudie su petición,
es decir, que añadan una nueva regla donde se diga que el comandante pueda
renovar su cargo por segunda vez consecutiva una única vez.
Aquello hizo que me quedara sin palabras, pues si bien era cierto que el
comandante me había dejado en paz, eso no quería decir que quería que
siguiera en el puesto por otros diez años más. Tenía que hablarlo con mi padre
y preguntárselo, descubrir si lo que estaba diciendo Luis, era verdad.
—Hablaré con mi padre.
—Eso, habla y sácame de dudas porque si es cierto, la elección será
complicada y todo quedará entre el comandante y el capitán Abellán.
—Tiene que ganar mi padre —susurré.
—Pienso lo mismo, es decir, larga vida al comandante Arias, pero no es que
haya sido de los mejores según la experiencia de los veteranos. Podría haberlo
hecho mejor.
Aquello no me gustaba porque si Guillermo Arias seguía en su cargo,
significaba que seguiría utilizando su influencia y abusando de su poder para
su propio beneficio sin importarle pisar a los demás, incluyéndome a mí. A
pesar de que Anneliese diera a luz, no serviría de nada si su padre seguía en el
ejército.
Después del entrenamiento y del desayuno, me dirigí hacia la biblioteca. Pensé
en pasar por el despacho de mi padre, sin embargo, consideraba que no era
muy conveniente hablar de este tema aquí, además, quería conocer su postura
respecto al comandante y ver cuál era su verdadera opinión sobre él. Tenía el
presentimiento de que mi padre escondía algo sobre lo que pensaba al respecto
y quería averiguarlo.
Una vez que entré en la biblioteca, me dirigí directamente al mostrador para
pedir el título del libro que me interesaba, sin embargo, antes de que pudiera
abrir la boca, el señor que rondaría los sesenta años de edad, me sonrió con la
intención de decirme algo. Me quedé callada para escucharle.
—¿Oficial Abellán? —preguntó esbozando una leve sonrisa.
—Sí, soy yo.
—Tengo esta nota para usted. —Me entregó un pequeño sobre perfectamente
sellado.
Me quedé mirándolo durante unos segundos preguntándome quién me habría
podido enviarla. La agarré un instante más tarde dándole la vuelta para ver si
había algo escrito, pero no había la firma de nadie.
—¿Quién se la ha dado? ¿A qué hora ha sido?
Algo me decía que la nota podía ser del teniente Serra y me negaba
rotundamente a verla siquiera, por eso quería saber antes de quién se trataba.
—El capitán Luis Ortega, tengo entendido que se junta bastante con usted —
respondió lo que hizo que entrara en confusión.
—Gracias —murmuré agarrando el sobre para alejarme unos cuantos pasos
del mostrador. Me dirigí hacia el baño de mujeres y me encerré en un cubículo.
Si había tanto secretismo, entonces era algo importante y que debía ser
tratado delicadeza, sin embargo, todavía no caía de lo que se podía tratar.
No hice esperar más a curiosidad y rompí el sobre encontrándome tan solo con
una nota la cual tenía algo escrito a puño y letra. Empecé a leer:
«Bell, ¿se acuerda del Monet que estaba admirando la primera vez que acudió a
la galería? Si puede, la esperaré mañana al mediodía en frente del cuadro.
Necesito verla».
Volví a releer la nota que tampoco estaba firmada, sin embargo, tan solo
existía una persona que me llamaba de aquella manera, además de que había
empleado el usted. No pude evitar sentir cierta emoción recorrerme por
dentro, pues se había tomado la molestia de enviarme una nota cerciorándose
de que no estaba firmada por si alguien la descubría y empezaba a atar cabos.
Esbocé una pequeña sonrisa intentando entender cómo había conseguido
entrar a la CMFE para darle la nota a Luis o qué era lo que había hecho para
evitar ser visto. Era algo que le tenía que preguntar, de todas maneras, dudaba
si acudir o no pues me asustaba la idea de que alguien se pudiese llegar a
enterar, sin embargo, si se había tomado la molestia para enviarme una nota
pidiéndome verme, se tenía que tratar de algo urgente.
Lo que más me sorprendía era que hubiera coincidido con el día de mi
cumpleaños, mañana, que era 26 de junio. Entonces empecé a dudar si
realmente se había tratado de una causalidad o realmente lo sabía.
Capítulo 26
26 de junio del 1986
Renata
Podía sentir cada latido de mi corazón de manera clara, al punto de que me vi
contando cada golpeteo. Uno, dos, tres…, diez…, veinte. No entendía porqué
me encontraba tan nerviosa, tampoco comprendía el constante pinchazo en
mi estómago, aunque tampoco sabía si se trataba de un pinchazo como tal, el
caso era que no podía hacer desaparecer la molesta sensación de mi cuerpo. Lo
único que sabía, era que tenía claro al causante de todo aquello y no era algo
que iba a admitir con tanta facilidad delante de nadie. Sebastián se encontraba
justamente en el lugar donde dijo que estaría, delante del Monet, admirándolo.
No llevaba ni dos minutos en el interior de la galería, no me arrepentía de
haber venido, sin embargo, la sensación de estar siendo vigilada, no se iba. No
sabía hasta qué punto había sido buena idea arriesgarse de esta manera, pero
tampoco podía obviar la confianza que Sebastián me generaba. Lo peor que
podría pasar, era que el comandante nos descubriera y que a mí me echara de
su división con la imposibilidad de volver a servir al país. ¿Lo aceptaba? Por
supuesto que no, por eso había vigilado que nadie me hubiera seguido hasta
aquí. Había sido lo suficientemente cuidadosa en cada uno de mis pasos.
De un momento a otro, sentí a un persona colocarse a mi lado. Permanecí
quieta, sin alterarme, mientras comprobaba de reojo de quién se trataba. Era
Matías, el amigo que trabajaba aquí y con quien había coincidido un par de
veces.
—Me has asustado —susurré. No dejaba de mirar a Sebastián, quien se
encontraba de espaldas admirando el cuadro. Había cierta distancia entre
ambos y sumándole a que había más personas pululando por la galería,
dudaba que nos pudiera oír.
—¿Los militares se asustan? —No pude evitar soltar una pequeña risa ante lo
que acababa de decir. Me aclaré la garganta, manteniendo la postura.
—Los militares no somos máquinas, también nos asustamos, lloramos y
reímos —dije—, al fin y al cabo, seguimos siendo personas.
—¿También os enamoráis?
Aquella pregunta me tomó un tanto desprevenida. Parpadeé un par de veces
dándome cuenta de la intención detrás de sus palabras. Pasé la lengua por mi
colmillo de manera inconsciente sin dejar de mirar a Sebastián.
—¿Por qué lo dices?
—Ya lo sabes. —Parecía que iba a decir algo más, sin embargo, se quedó
callado.
—También nos enamoramos —respondí, finalmente, sin alzar mucho la
voz—, aunque sea más complicado.
—¿Complicado?
—Todas las relaciones son complicadas, sin embargo, cuando te enamoras de
alguien que sirve al ejército, se debe tener en cuenta el tiempo, además de
todos los problemas que puedan surgir —murmuré—. Hay misiones que
pueden llegar a durar más de un año. ¿Tú podrías permanecer tanto tiempo
alejado de la persona de quien estás enamorado?
Se lo pensó durante unos segundos.
—No lo sé, nunca me he encontrado en esta situación, pero… realmente no lo
sé, creo que no me gustaría, aunque… si realmente quieres a tu pareja… podría
funcionar mantener una relación a distancia. ¿No lo crees?
—Aquí es donde interviene la comunicación y la confianza —dije—,
posiblemente podría llegar a funcionar si no se presenta ninguna situación
límite.
—Me acabo de dar cuenta de que eres muy sabía —pronunció mientras dejaba
escapar una sonrisa—, ahora entiendo por qué a Sebastián le gusta hablar
contigo, siempre lo menciona cuando hablamos de ti.
—¿Lo hace?
—Por supuesto. —Giró la cabeza para mirarme. Se podía notar la ilusión que
reflejaba y no pude evitar pensar en Marina pues ella se comportaba de la
misma manera—. Tenemos conversaciones largas y tendidas quejándonos de
la bruja de su «prometida» y de lo mucho que le gustaría disfrutar pasar
tiempo contigo.
Ni siquiera me había dado cuenta de lo mucho que me molestaba escuchar
aquella palabra, más que nada porque sabía que no era verdad, que él no quería
casarse con ella y menos después de saber que lo había obligado a seguir a su
lado debido a que su padre contaba con algo de poder. ¿Qué se podía esperar de
las personas así?
—No me digas nada —murmuré—, no quiero saber de lo que habláis.
—¿Te puedes creer que eres la primera persona que me lo dice? —Se
sorprendió—. Normalmente el ser humano es curioso barra chismoso, por
naturaleza. ¿No es tu caso?
—Soy curiosa, pero eso no quiere decir que pueda meterme en conversaciones
ajenas, así que ni se te ocurra decir nada.
—Como usted diga, oficial Abellán —pronunció mi cargo y me giré hacia él.
Tenía otra sonrisa incrustada en el labio mientras me dedicaba un saludo
militar—. Ahora mi pregunta es porqué no te acercas a Sebastián, ¿te pone
nerviosa?
—No.
—¿No? Eso no me explica que hayas estado más de cinco minutos aquí mismo,
esperando que alguien venga y te empuje por detrás. ¿Quieres que te empuje,
Renata?
—No digas tonterías, estaba pensando en mis cosas.
—Ya.
—Es la verdad.
—Haré como que te creo —murmuró en un tono divertido—, por cierto, feliz
cumpleaños.
Lo miré de nuevo abriendo levemente los ojos, sorprendida, entonces si lo
sabía él, lo más probable era que Sebastián también estuviera al corriente.
Aquello solo hizo que los nervios aumentaran. Ni siquiera me dio tiempo a
responder cuando empezó a dar pasos alejándose, con las manos por detrás de
su espalda. No tardó en ir a atender a un pequeño grupo que se había formado
delante de un cuadro.
Volví a fijarme en el empresario, no se había movido de su lugar, mantenía las
manos en los bolsillos y parecía que no tuviera intención de irse, mostrándose
paciente a mi llegada. Decidí tomar un poco de aire y empezar a caminar hacia
a él, sin embargo, antes de colocarme a su lado, Sebastián se giró y, de
inmediato, nuestros ojos se encontraron. Me fijé en la imperceptible sonrisa
que esbozó al verme.
—Estás aquí —susurró, como si no se lo pudiera creer. Su postura se relajó y
pude ver la duda en su rostro al no saber si podía acercarse. Di un paso en su
dirección, diciéndomele con la mirada que no pasaba nada.
—No podía ignorar tu petición de verme —respondí mientras me colocaba a
su lado, admirando el Monet. Dos meses habían pasado desde la última vez
que estuvimos cara a cara—. Lo único que…
—¿Anneliese?
Asentí con la cabeza.
—No quiero arriesgarme —murmuré. Lo único que me faltaba era que nos
descubriera.
—Confía en mí —murmuró sin dejar de mirarme y pude notar su intención de
querer adentrarse en mis ojos. El azul que poseía llegaba a ser hipnótico. Me
aclaré la garganta de manera disimulada, no quería que notara lo que
provocaba en mí.
—¿Estás seguro?
—Renata —pronunció mi nombre esbozando una pequeña sonrisa—, confía
en mí —repitió y no pude obviar el tono de voz que había utilizado—.
Necesitaba verte, por eso te envié la nota, sin embargo, no quiero seguir con la
conversación aquí, ¿estarías dispuesta a acompañarme?
—¿A dónde?
—Lo verás cuándo lleguemos.
—No me iré contigo si no me lo dices. —Sebastián se limitó a esbozar una
sonrisa mientras juntaba sus manos por detrás de su espalda—. ¿Cuál es el
problema de contármelo?
—Ninguno.
—¿Entonces? —Sin saber exactamente el porqué, estaba disfrutando
mantener aquella conversación con él. Volvió a posar la mirada en el cuadro
mientras dejaba escapar un pequeño suspiro. Le imité, guardando la distancia
que nos separaba, aunque podía confesar que me picaba las manos por querer
ir a abrazarle.
—Pensé que sería divertido darle el toque misterioso a la situación, ¿no te
parece? A veces, hay que dejar de querer mantener todo bajo control. —
Aquello había sonado como a una indirecta de su parte. Enarqué las cejas
meditándolo, porque tal vez, solo tal vez, tenía razón y tenía que dejarme
llevar—. Entonces, oficial Abellán, dígame, ¿prefiere que le diga a dónde
vamos o mejor que lo descubra usted misma cuándo lleguemos?
Me quedé en silencio durante algunos segundos en los cuales Sebastián
aprovechó para volver a conectar nuestras miradas, parecía que tan solo
estuviéramos los dos en la galería, que no hubiera nadie más a nuestro
alrededor. Sopesé lo que acaba de decirme, sin embargo, debía saber que no
podría quedarme mucho tiempo con él, además de que nadie sabía dónde
realmente me encontraba.
—Está bien —acepté—, pero tan solo podré quedarme durante un par de
horas.
—No te preocupes, lo entiendo —pronunció en un tono que me pareció que
estaba envuelto en tristeza. Intentó cambiar la expresión en su rostro y vi
como me ofrecía el brazo—. ¿Me permite?
Esbocé otra leve sonrisa y le correspondí el gesto. No tardamos mucho en salir
de la galería después de que Sebastián se hubiera despedido de su amigo, quien
no dudó en formar un corazón con sus manos, encargándose de que yo lo
viera. Rodé los ojos hacia él, negando sutilmente con la cabeza, no obstante,
Matías no dudó en enseñarme el dedo corazón junto a una gran sonrisa.
Encontraba curioso que el empresario y él fueran tan buenos amigos teniendo
en cuenta lo diferentes que eran.
Dejé que Sebastián me guiara hasta su coche una vez que nos encontramos en
la calle. Mantenía su brazo firme, sin la intención que me soltara hasta que me
abrió la puerta del copiloto. Me extrañó no ver su Ferrari de color rojo, sin
embargo, no le dije nada.
—¿Cuántos coches tienes? —Quise saber una vez que encendió el motor y
puso rumbo hacia la ubicación que todavía seguía siendo desconocida para mí.
—¿Cuántos piensas que tengo si te digo que me gusta coleccionarlos? —
Mostró una sonrisa de suficiencia mientras dejaba que el sonido de la radio
llenara el espacio vacío. Me animé al instante al escuchar Modern Talking, uno
de los éxitos del momento que conformaban las listas.
—Depende, ¿coleccionas un coche por marca?
Sebastián dejó escapar una risa mientras volvía a concentrarse en la carretera.
Habíamos salido del centro de la ciudad, alejándonos hacia la periferia. No
podía dejar de pensar hacia dónde nos dirigíamos.
—Mi colección se basa en adquirir cualquier coche que me guste, tampoco
sigo ningún tipo de requisitos —explicó—. Ahora mismo tengo un total de
diecisiete, diferentes colores, modelos y marcas. Un popurrí metido en mi
garaje.
—Interesante.
—Algún día te los enseñaré todos —murmuró y pude apreciar cierta
esperanza en su voz—. ¿Tú conduces?
—Define el vehículo. —Él se giró al oírme y no pude aguantarme la pequeña
risa—. Piloto aviones, tanto militares como de transporte, también
helicópteros, tengo la licencia de conducir coches y ahora estoy en proceso de
aprender a conducir y manejar un tanque. —Me fijé en la expresión en su
rostro, lucía sorprendido, pero al instante me aclaró que era porque no
entendía que, a mi edad, ya pudiera desenvolverme con esa clase de artillería
pesada—. Empecé desde muy temprana edad, si que es verdad que te exigen la
edad mínima de dieciocho, pero gracias a mi padre, yo ya sabía conocía su
funcionamiento desde mucho antes.
—¿Siempre has tenido claro que entrarías a la milicia, que servirías al país?
—Sí —respondí—, aun teniendo en cuenta el riesgo que todo militar debe
asumir, nunca me imaginé tener otra profesión. Siempre fue esto o nada.
—¿Tu hermana seguirá el mismo camino que tú?
Sonreí al recordar a Rocío, pues ella tenía unas ideas completamente
diferentes a las mías.
—No te creas que mi padre nos obliga a entrar al ejército. Él siempre nos ha
aclarado que quería que eligiéramos nuestro propio futuro, tanto él como mi
madre nos aseguraron que siempre nos apoyarían en cualquier decisión que
tomáramos. —Hice una corta pausa—. Mi hermana por el momento no sabe lo
que quiere de la vida, pero se desenvuelve bien con los números, le encanta
todo lo relacionado con las matemáticas y las ciencias.
—Me gustaría conocerla, en ese aspecto nos llevaríamos bien —pronunció—,
aunque yo me encaminé hacia el cálculo financiero y contable.
Continuó hablando, sin embargo, dejé de prestarle atención al repetir sus
palabras en mi cabeza: «me gustaría conocerla». Aquella era la segunda vez
que hablaba refiriéndose al futuro, pero lo que no sabía, era que,
posiblemente, aquel futuro podría ser incierto. ¿Quién nos decía que mi padre
se volvería comandante y que Arias nos dejaría en paz? ¿Quién me aseguraba
que Sebastián, a la larga, preferiría quedarse al lado de su mujer e hijo? ¿Por
qué hablaba haciendo referencia a una esperanza que tal vez no se iba a
cumplir?
Era la primera vez que alguien, en mucho tiempo, conseguía hacer que sintiera
algo pequeñito dándole toques a mi frío corazón, pero tampoco podía
pretender vivir en un cuento de hadas cuyo final sería ir hacia el final del
camino de la luz comiendo perdices junto a mi ser amado. Tenía que ser muy
ilusa al pensar en aquello.
No le mencioné ninguna inquietud que me había generado al escucharle
durante todo el trayecto. Me fijé en la hora, había pasado poco más de media
hora y todavía no habíamos llegado, hasta que, un par de minutos más tarde,
observé a lo lejos un campo de girasoles que ocupaba un terreno bastante
amplio. Habíamos entrado en un camino de tierra y me extraño cuando vi el
cartel de «propiedad privada». De inmediato miré a Sebastián pidiendo
explicaciones.
—¿Qué lugar es este? —Él me devolvió la mirada mas no respondió hasta que
no apagó el motor, después de haber aparcado frente a una casa
considerablemente grande.
—La casa de campo de mi familia —dijo y no pude evitar notar cuando colocó
una mano encima de mi muslo, dejándola ahí durante un par de segundos
hasta que abrió la puerta del coche—. Vamos, te gustará, aquí estaremos
tranquilos.
No supe qué responder, no obstante, tampoco me arrepentía de haber venido,
pues una vez que había puesto un pie en el exterior, de inmediato cerré los ojos
al sentir el impacto de la naturaleza que rodeaba la casa. La tranquilidad que se
respiraba era agradable, al punto de querer abrazarla al sentir cuánta falta me
había hecho. Aspiré de manera profunda, concentrándome en el sonido del
movimiento de los árboles, ni siquiera noté cuando Sebastián se colocó a mi
lado hasta segundos más tarde cuando abrí los ojos.
—Se respira paz —dije, casi en un susurro—, pero no entiendo por qué me has
traído aquí. Si tu familia se encuentra en el interior, preferiría no entrar. —
Sebastián me miró—. No pretendo ser una entrometida.
—No lo eres —aseguró—. Mi familia no está, la casa suele estar vacía la
mayoría del año. Pertenece a mis abuelos, pero ellos ahora mismo no se
pueden hacer cargo, por lo que no hay nadie. ¿Entramos? Tengo una sorpresa
para ti.
Aquello hizo que mi curiosidad despertara, hambrienta de querer conocer
aquello que escondía.
—¿Qué clase de sorpresa? —Mi pregunta hizo que él riera, aprovechando para
dar un paso más hacia mí para destruyendo la distancia que nos separaba. Ese
gesto me obligó a levantar la cabeza. No parecía que fuera a contarme nada.
—Es usted muy curiosa, oficial.
—Me sorprende que hasta ahora se dé cuenta —respondí—. ¿No me la dirá?
—Dejaría de ser una sorpresa si se la arruino contándoselo.
—No me importaría.
—¿De verdad? —Enarcó una ceja mientras colocaba una mano en mi cintura.
Intenté no ponerme nerviosa ante su toque, supongo que tarde o temprano
tendría que contárselo—. No eres muy amante de las sorpresas, por lo que veo.
—Sí me gustan, lo que pasa es que no tengo paciencia a esperar para ver de
qué se trata.
—¿Te gustaría que te diera una pista? No quiero que pienses que no me
preocupo por tu impaciencia.
Aquello hizo que mostrara una diminuta sonrisa mientras sentía la caricia de
su pulgar en mi cintura. No sabía qué hacer ante aquello, tampoco dónde
colocar las manos, no se me daba bien este tipo de contacto tan íntimo, incluso
llegué a pensar que no servía para este tipo de cosas hasta que Sebastián me
aseguró todo lo contrario.
—Me gustaría, pero dudo mucho que me la des.
—¿Desconfías de mí? —preguntó y noté como su mano iba subiendo hasta
posarse en mi hombro. Sentía sus dedos querer aventurarse hasta esconderse
en mi cuello, no me aparté pues me sentía bien ante su contacto—. Me
romperás el corazón si me dices que sí.
—Eso es coacción.
—Llámalo como quieras, pero no te estoy diciendo ninguna mentira —
aseguró colocando su otra mano de nuevo en mi cintura, aquello hizo que
posara las mías sobre sus brazos, acercándonos un poco más—. Entonces,
dime, Renata. —Sabía perfectamente que, cuando pronunciaba mi nombre de
aquella manera, creaba una reacción en mi cuerpo. Se acercó a mi oído para
terminar por susurrar—: ¿Quieres que te la diga o no?
—No perderé nada si digo que sí y si digo que no… —Yo también susurré, pero
cerca de sus labios mientras no dejaba de mirarle—. Me quedaré con las ganas
de saber más, así que ya conoces mi respuesta.
Su mano estaba rodeando mi cuello, la otra la tenía en la parte baja de mi
espalda con tal de que mi pecho estuviera pegado al suyo y su mirada no tenía
intención de abandonar la mía, sin contar el escenario que nos rodeaba; un
atardecer en medio de la naturaleza, con los rayos del sol colándose traviesos a
través de las copas de los árboles y los girasoles a lo lejos, robándose el
protagonismo.
Él tardó unos segundos en decir una palabra, tenía la seguridad de que mis
palabras le habían hecho efecto, sin embargo, no tardó en reaccionar y noté
cómo bajaba su mirada hacia mis labios. Tenía la sensación de que cada vez se
estaba acercando más lo que hizo que no pudiera evitar sentir cierta calidez
envolverme, hasta el punto de tener que mover mínimamente los muslos para
notar cierto alivio.
—Feliz cumpleaños, Renata —susurró casi rozando mis labios con los suyos.
Podía notar mi respiración pesada por el cúmulo de sensaciones que me
generaba. De un momento a otro, se respiraba demasiada tensión entre
nosotros y no dudaba que le teníamos que buscar solución de inmediato.
Recordé las palabras de Matías: «¿Los militares también os enamoráis?». Nos
enamorábamos, por supuesto que sí, pero algo me decía que vivíamos las
emociones como nadie por el riesgo que nos envolvía. Muchas veces lo pensé,
negándome a mí misma a sentir por el hecho de no querer sufrir más de lo que
ya sufría, no obstante, siempre sentía como si una pequeña parte me faltara, el
querer que algo o alguien me complementara.
¿Nos podíamos considerar egoístas? No lo sabía, era algo que en mi mente
todavía se debatía. Egoísta por el hecho de querer a una persona estando tu
carrera militar por encima de ella.
Sin querer, Sebastián había llegado a mi vida haciendo que ese sentimiento
despertara, no lo busqué, él tampoco, pero ahí nos encontrábamos, con
nuestros labios a punto de tocarse, envueltos en un atardecer acariciando el
campo de girasoles.
Capítulo 27
Sebastián
No podía encontrar las palabras adecuadas para describir lo que Renata me
provocaba. Era extraño, pero a la vez, como si hubiéramos compartido toda
una vida anterior por la complicidad que nos envolvía, pues nunca había
sentido algo así, ni siquiera con Anneliese. Sabía que estaba mal comparar, sin
embargo, no podía evitarlo dándome cuenta de que, con ella, jamás hubiera
funcionado.
En lo único que podía pensar ahora mismo es en la oficial que se encontraba
bastante pegada a mi cuerpo, pues yo mismo me estaba encargando de que no
rechazara mi cercanía, teniendo presente, en todo momento, que se sintiera
cómoda. No quería forzar nada que ella no quisiera hacer.
Sus labios se encontraban muy cerca de los míos, rozándose apenas, avivando
la tensión que nos rodeaba, pues no hacía otra cosa que acelerarme el corazón
sin que se lo propusiera. Era sorprendente lo que me podía provocar con su
simple toque, con una sola mirada cargada de aquel chocolate intenso que me
enloquecía.
Hice firme mi agarre en la parte baja de su espalda cuando decidí poner fin a
esa tensión, adentrando mi lengua en el proceso, pues observé el deseo que se
reflejaba en su mirada también. No pude evitar, dejar escapar un pequeño
jadeo al notar el agarre de sus manos en mi chaqueta, tirándome hacia ella. Me
dejé llevar, no quería pensar en nada más que no fuera el sabor de sus labios
junto a su aroma embriagador. Acaricié su lengua con la mía mientras dejaba
que mi caricia traspasara otro nivel más, sin embargo, percibí su rechazo ante
el gesto, separándose lentamente.
De inmediato, lo comprendí. No era lugar para lo que yo tenía en mente hacer.
—Lo siento, no es el lugar —susurré mientras la seguía manteniendo cerca de
mí. No quería romper el contacto, de momento no, sin embargo, sentí que ella
sí quería hacerlo, por lo que no le puse objeción. Me acabé apartando, dando
un paso hacia atrás mientras metía las manos en los bolsillos—. ¿Quieres
entrar? —propuse al cabo de unos segundos pues no quería hacerla sentir
incómoda, al fin y al cabo, era su cumpleaños.
Me acuerdo cuando Matías vino feliz de la vida para decírmelo, no sé cómo lo
descubrió, pero el caso es que lo hizo y no dudé en enviarle aquella nota
diciéndole que necesitaba verla. Había aprovechado de los contactos que tenía
dentro de ese cuartel para mover los hilos y conseguir que la recibiera.
—¿Podemos quedarnos un rato más aquí? Me gustaría ver el atardecer, nunca
lo he podido apreciar desde un campo de girasoles —preguntó, algo tímida,
reacción que me pareció tierna.
No dudé en aceptar, haría todo lo que ella quisiera. Aprovecharía las horas que
tenía por delante, pues sabía que al día siguiente todo volvería a la normalidad.
—Podrías inmortalizar este momento —dije—, ¿te gustaría? Tengo una
cámara para hacer fotografías, está en el coche.
La observé esbozar una pequeña sonrisa, no le había parecido mal la idea, a mí
tampoco, me apetecía tener una foto de Renata, admirarla cuando quisiera,
sobre todo, con semejante escenario que teníamos detrás. Ella asintió con la
cabeza mientras se colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja, gesto que
también me guardé en la memoria. Poco a poco, iba comprendiendo el
sentimiento que la bella guerrera despertaba en mí, no me servía de nada
seguir negándolo, seguir preguntándome «qué me pasaba». Conocía a la
perfección lo que me estaba pasando, no obstante, era algo que debía seguir
guardando para mí.
Me encaminé hacia el Mustang y agarré la cámara que había puesto en el
coche expresamente, pensando que este momento llegaría. No iba a
desaprovechar la oportunidad de no inmortalizar a Renata entre los girasoles
con el sol a punto de desaparecer, quería vivir junto a ella la famosa golden
hour. Era un recuerdo que quería conservar y atesorar.
—Vamos. —La animé a que me diera la mano, ella aceptó y pude otra vez su
delicado toque. Sonreí de manera disimulada mientras empezamos a caminar
hacia el campo que no se encontraba muy lejos—. Además de conducir esos
vehículos. —Hice énfasis—. ¿Qué más te gusta hacer?
—¿Te refieres a mis pasatiempos?
Asentí con la cabeza, mirándola mientras no dejaba de acariciar su piel con mi
pulgar, el toque era mínimo, pero que a mí me generaba toda una odisea de
emociones.
—Sí, supongo que tendrás algunos, ¿no? —Quería seguir conociéndola,
sumergirme en su mundo, en su vida. Renata Abellán me intrigaba hasta el
punto de poder escucharla durante horas—. O mejor… ¿Qué es lo que más
disfrutas hacer?
Se quedó pensando durante algunos segundos mientras continuábamos
caminando. Se podía apreciar el sonido de las hojas al crujir.
—En realidad, me gustan las pequeñas cosas, creo que te lo dije, el peculiar
sonido de la noche; es algo que disfruto mucho escuchar, dar paseos
nocturnos… precisamente, en este tipo de lugares o cuando llueve… Me
imagino lo agradable que debe ser salir y aspirar el aroma después de la lluvia.
Cuando la leña se quema, me refiero a esas chispas del fuego, podría estar
horas delante de él, con un libro en la mano.
Ella siguió contándome y se podía reflejar la emoción en sus palabras ante las
pequeñas cosas que te podía ofrecer la vida. En aquel instante, tuve
sentimientos encontrados pues, aunque me lo llegué a imaginar, también se
me pasó por la cabeza que me dijera otro tipo de cosas.
Caminábamos lentamente, quería que disfrutara del paseo en el campo de
girasoles, cosa que conseguí, pues se la veía relajada, ajena de sus
preocupaciones. Me mantenía con las manos por detrás de la espalda para
contener las ganas de agarrarla otra vez de la mano, pues de un momento a
otro, se deshizo del agarre para gesticular lo que me estaba explicando. No
pude evitar sonreír ante el gesto pues al igual que ella, yo también disfrutaba
de las pequeñas cosas.
De un momento a otro, visualicé el fondo perfecto para la fotografía que quería
tomar, con el sol envuelto en aquellos colores cálidos que rozaban apenas el
horizonte, les daba a los girasoles aquel toque dorado que convertían el paisaje
en uno digno de recordar.
—Espera —indiqué que se detuviera, justamente ahí, al lado del girasol que
tenía casi a su misma altura. Renata me miró con una ceja enarcada, divertida,
mientras intentaba posar según mis pautas—. No mires a la cámara, haz como
si no estuviera. —Me acerqué el lente a los ojos, tratando de enfocar. No podía
perder la oportunidad de capturar el cielo dorado—. Vale, no te muevas… y…
—murmuré e hice clic.
De inmediato esbocé una sonrisa mientras la cámara me entregaba la
fotografía, pues era de aquellas que la revelaban al momento. Renata quiso
acercarse, pero se lo impedí con la mirada y aproveché para hacerle otra
cuando vi que dejaba escapar su risa. La segunda me gustó incluso más que la
primera, pues se la podía ver a ella, feliz y relajada rodeada de los girasoles con
aquella luz dorada de fondo. Quería quedármelas, ya lo había decidido.
—Déjame ver —pidió.
—Un momento. —Las volví a comprobar. No podía dejar de apreciarla y en
aquel instante me pregunté cuándo me había vuelto tan afectuoso ante este
tipo de cosas. No lo sabía, sin embargo, tampoco me importó demasiado pues
no me disgustaba que Renata me hiciera actuar así—. Míralas, pero te advierto
que me voy a quedar con ambas, sales preciosa —advertí, ganándome cierto
rubor en sus mejillas de su parte.
—¿Había sido tu intención desde el principio? —preguntó mientras las
observaba. La sonrisa no desaparecía de su rostro.
—Algo así —confesé—. Niégame que no sales bien, ¿cómo no voy a
quedármelas?
—¿Por qué no nos tomamos una juntos? —propuso. Me quedé en silencio
durante un par de segundos mientras asentía con la cabeza. Aquello había sido
nuestro primer recuerdo, los dos en una fotografía.
Me acerqué a ella y dejé que pasara una brazo por detrás de mi espalda
mientras intentaba acercarla a mí. Aquel pequeño gesto me produjo una
sensación cálida en el pecho que no pude ignorar. Definitivamente, había
encontrado algo en ella que no iba a dejar pasar, aunque nos vinieran encima
todos los problemas. ¿Estaría dispuesto a arriesgarlo todo por la bella
guerrera? Por supuesto que sí y sin pensármelo dos veces.
Alcé la cámara en alto, intentando que nos enfocara a ambos y esbocé una leve
sonrisa mientras sentía su delicado toque en mi cuerpo. Era una sensación
agradable, placentera, que me avivaba de tal manera que no quería que las
horas continuaran avanzando, no si eso significaba tener que despedirme de
ella sin saber cuándo nos volveríamos a ver.
Se escuchó el clic y segundos más tarde, ya tenía la fotografía en mis manos.
Cuando la vi, me sorprendió, lo que hizo que me girara hacia Renata de
inmediato. Ni siquiera me había dado cuenta de que ella se había mantenido
con su mirada en mi perfil, observándome mientras yo miraba a cámara y no
pude evitar apreciar aquel brillo en sus ojos, reflejando lo que parecía ser
algún sentimiento que todavía no era capaz de descifrar.
—Podemos hacer otra —susurró. Yo no había dejado de mirarla mientras la
acercaba hacia mí, envolviéndola en un abrazo—. No he dado cuenta que ya la
estabas haciendo, perdona.
—Es perfecta.
Tenía su cabeza recargada en mi pecho mientras sentía sus brazos rodearme la
cintura. Ni siquiera me había dado cuenta cuando empezamos a regresar por el
mismo camino, en silencio, mientras sentía su cercanía, queriendo que no se
acabara. Todo aquello no hacía más que recordarme que dentro de unas horas,
volvería a la realidad donde Anneliese me esperaba en casa y embarazada de
nuestro hijo. Yo quería ser padre, pero no quería serlo con ella, esa era mi
realidad.
Una vez que llegamos a la entrada principal, volví a dejar la cámara dentro del
coche. Tenía las fotografías en el interior de mi chaqueta, después tendría que
pensar dónde esconderlas porque si Anneliese las llegaba a encontrar, se lo
diría de inmediato a su padre perjudicando, de esta manera, a Renata.
—¿Quieres entrar? —le propuse—. Espero que no se te haya olvidado de la
sorpresa que tengo para ti.
Ella me miró con la expectación en su mirada, me gustaba que fuera tan
curiosa, aunque intentara esconderlo.
—No se me ha olvidado, pero ¿estás seguro de que a tu familia no le importará
que esté aquí? Ya sé que me has dicho que no están, pero…
—Nada de peros. —Me acerqué de nuevo a ella y no pude evitar agarrarla por
las mejilla de manera delicada—. Vas a entrar conmigo, yo te estoy invitando,
¿vale?
—Está bien —murmuró.
—Vamos —la animé, cogiéndola de la mano.
Esperaba que Renata no hubiera sospechado nada, lo había mantenido
bastante en secreto desde que me enteré hace unos días que era su
cumpleaños, quería hacerle una sorpresa y no se me ocurrió otra cosa mejor
que organizar una pequeña fiesta en su honor. Soy consciente que los militares
soportan mucha carga encima, además de todo el estrés, por lo que me pareció
una buena idea reunir a su familia, a la mía también, sus amigos más
cercanos… algo de música, baile, bebida y una bonita tarta de cumpleaños.
Para ello, tuve que sincerarme con mis padres, explicarles lo que estaba
pasando. Después de analizarlo, la consideré la mejor opción, aunque al
principio pensara en mantenerlo en secreto, luego me di cuenta de que, tener a
Eduardo Otálora como aliado podía resultar beneficioso.
Mi padre alcanzaba un poder que hasta años más tarde comprendí. Tenía
importantes influencias y, al trabajar en este dominio, tenía numerosos
contactos dentro del ejército y no solamente el español. Era un pez gordo y
nadie lo podía negar.
También tuve que hablar con los padres de Renata, por lo que también se
encontraban al corriente. Al principio les costó comprenderlo, no entendían
como había surgido esta «extraña relación». Sinceramente, yo tampoco les
supe explicar con detalle como inició todo, pero les aseguré que sentía por
Renata lo que jamás había sentido con otra mujer.
Su hermana también estuvo presente en la conversación, ella también habló,
explicándoles a sus padres lo que Renata le había contado de manera general,
que empezó a sentirse confundida y que, de un momento a otro, empezó a
sentir algo más, pero que todavía no lograba definir el qué.
Les conté sobre Anneliese, el embarazo y la influencia de que había ejercido el
comandante abusando de su poder. Ninguno de nuestros padres lo vio bien,
mucho menos, Martín, el padre de Renata, que me había confesado que Arias
había conseguido entrar en las selecciones y postular a que se renovara el
cargo de comandante por segunda vez consecutiva. La disputa sería reñida,
porque Guillermo tenía ganado a más de la mitad del cuerpo militar, que, al fin
y al cabo, sería el que decidiera entre los dos participantes.
Deseaba que Martín fuera el próximo comandante, sin embargo, en el caso de
que no pudiera ser, confiaba que mi padre moviera sus influencias con tal de
que Arias dejara en paz a Renata.
Por el momento, continuaríamos con la mentira hasta que el bebé naciera,
porque si el comandante llegaba a firmar la expulsión inmediata a Renata
antes de que mi padre hubiera conseguido algo, estaríamos jodidos.
Me volví a concentrar en la oficial quien me miraba ansiosa, sabía que en el
fondo estaba deseando entrar para saber de qué se trataba la sorpresa.
• ────── ✾ ────── •
Renata
No me gustaba que me dijeran que me tenían preparada una sorpresa
justamente por el ansía que me generaba el quererlo saberlo ya. Prefería mil
veces que me la dijeran al momento, sin advertirme, sin embargo, cuando
Sebastián me abrió la puerta dejando que entrara yo primera, jamás en la vida
me hubiera esperado encontrarme con mi familia saliendo de sus escondites
para gritarme el «¡sorpresa!», incluso Luis y Matías se encontraban ahí y pude
reconocer, además, a los padres de Sebastián y a su hermano mellizo.
Me quedé en shock, no lo podía negar, no obstante, no tardé en reaccionar,
dejando escapar varias risas mientras me acercaba a ellos para abrazarles.
Rocío se acercó primera, marcando territorio. Ahora entendía el porqué del
misterio de aquella mañana.
—¡Hermanita! —Me abrazó—. Feliz cumpleaños, cada vez más vieja, ¿qué se
siente haber entrado a los veinte?
—Es otro año más, Rocío —me reí mientras dejaba que mis padres se
acercaran, cuando me di cuenta de que, para que ellos se encontraran aquí, en
la casa de capo de los Otálora, debían estar enterados de la situación. Me
alarmé al instante.
—No te preocupes, hija, lo sabemos —sonrió mi padre—, después
hablaremos.
Asentí con la cabeza después de haberle dado un rápido vistazo a Sebastián, se
mantenía alejado, con las manos en los bolsillos dándome el debido espacio. Al
principio me había generado cierta molestia el saber que lo había contado
cuando acordamos en mantenerlo en secreto, sin embargo, minutos más tarde
comprendí que no había sido una mala decisión. También sabía que debíamos
sentarnos y mantener una conversación para aclarar todo esto pues no dudaba
con que tuvieran preguntas que necesitaban comprender.
Segundos más tarde, fue el turno de Luis, quien no dudó en abrazarme para
alzarme y darme una vuelta. Matías tampoco dudó en acercarse sin dejar de
mostrar aquella sonrisa de compinche, él lo supo todo desde el principio y se
quedó callado actuando cual estrella de cine. Los padres de Sebastián también
me felicitaron, obviamente se los agradecí, pero eso no hizo que me pareciera
extraño el que hubieran decidido venir, al fin y al cabo, a mí no me conocían de
nada.
—Hacía mucho tiempo que no celebrábamos tu cumpleaños, Renata —dijo mi
madre, acercándose a mí—, y cuando Sebastián nos llamó para organizarlo,
no dudamos en decir que sí.
No pude evitar girarme hacia él para dedicarle una pequeña sonrisa, la cual no
dudó en devolverme. Toda esta situación seguía pareciéndome extraña, pues
parecía como si las dos familias hubieran decidido encontrarse para celebrar el
cumpleaños de uno de la pareja, cuando la realidad era que, su prometida
estaba esperándole en su casa. Era consciente de que él no la quería, nadie
podía forzarle a sentir por una persona si no sentía ese deseo avivar de su
pecho, sin embargo, eso no me quitaba la idea de que su realidad se
encontraba junto a Anneliese y el hijo que estaban esperando.
No sabía lo que pasaría dentro de unos meses cuando ese bebé naciera, había
la misma probabilidad de que Sebastián se entregara por completo a él o, por
el contrario, que no lo hiciera y que se dedicara justo lo necesario, en
cualquiera de los casos, yo no interferiría hasta que él no encontrara una
solución, teniendo en cuenta que, finalmente, el comandante se volvería a
presentar para renovar el cargo dentro de unos meses, tal como me lo había
dicho mi padre en la larga conversación que tuvimos al día siguiente.
Capítulo 28
27 de junio del 1986
Renata
De manera inconsciente, no dejaba de acariciar la pulsera de oro blanco que
Sebastián me había regalado ayer. Era fina y tenía diminuta pedrería
incrustada que la hacía brillar ante el mínimo toque de luz. Ni siquiera me lo
esperé cuando me dijo que necesitaba decirme algo en privado, alejados de
nuestras dos familias. Sonreí cuando me entrego el estuche de terciopelo
negro y me pidió que lo abriera, dejando que la pulsera se llevara todo el
protagonismo.
—No sabía qué regalarte —me dijo mientras me la abrochaba alrededor de la
muñeca—. Aún no te conozco lo suficiente para saber qué regalo es el que más
disfrutarías tener, sin embargo, querría darte un pequeño detalle y pensé en
algo así —continuó explicando sin dejar de mirarme. Su mano seguía sobre la
mía, sin la intención de dejarme ir—. Algo fino y delicado, que pase
desapercibido, pero que se note.
Aquello me causó cierta calidez en mi pecho pues, aunque no acostumbraba a
llevar grandes joyas, el regalo había sido perfecto, tal como él lo había dicho,
algo pequeño… algo delicado, pero con su característico brillo.
—Gracias —murmuré. Nos encontrábamos en alguna habitación de la
segunda planta de la «casa de campo del girasol», tal como empecé a llamarla
en mi mente—. Me gusta mucho —continué diciendo mientras volvía a
admirar la pulsera. Su mano seguía sosteniéndome y no pude evitar sentir
cierto nerviosismo ante el gesto. No era la primera vez que me pasaba.
También me entregó la fotografía segundos más tarde, aquella en la que
salíamos ambos con el atardecer de fondo, en la que él miraba a cámara
mientras yo me quedé observando su perfil.
Me había dado cuenta de que no tenía sentido seguir negando lo que sentía por
él, que, en tan solo unos meses, había conseguido despertar lo que nadie había
logrado. Sin darme cuenta, le había depositado la suficiente confianza para
dejar que me besara y que, incluso, me tocara. Todavía no quería dar el paso,
aquel recuerdo me atormentaba, aunque hubiera transcurrido poco más de un
año, era algo que no se olvidaba y esperaba superarlo algún día. Todavía no
había hablado con él respecto a aquel suceso, no me veía capaz. Lo que
intentaba hacer era no acordarme, olvidarlo, dejar que el tiempo siguiera su
curso pensando que yo era lo suficientemente capaz de seguir adelante sin la
ayuda de nadie.
Me equivoqué. Algo así debía haberlo tratado en su debido momento, hablarlo,
descargar la furia y la impotencia que sentí cuando me arrancó la ropa e hizo
conmigo lo que le dio la gana después de haberme drogado. No volví a saber de
aquel hombre desde entonces, tampoco hice el amago de buscarle, no
obstante, me juré a mí misma que, el día que apareciera frente a mí, iba a
acabar con él. Le mostraría la misma compasión que él había tenido conmigo.
Ahora la fotografía la tenía guardada en el interior de un libro de mi
estantería, sin la opción de que alguien la encontrara. Años más tarde, todavía
la sigo conservando en el interior del mismo libro colocado en mi mesita de
noche recordando todos los momentos que habíamos pasado juntos.
—¿Renata? —Fue mi madre quién me llamó la atención pues se suponía que
nos habíamos reunido para hablar del comandante y cómo fue que acabó
amenazando mi puesto en el ejército—. ¿Te ocurre algo, hija?
—Da gracias a que ahora mismo estoy en modo padre, porque tremendo
castigo te hubieras llevado, jovencita —me regañó. No le gustaba que
divagáramos por nuestros pensamientos cuando se suponía que debíamos
estar atentos.
—Sí, mi capitán.
—Ahora cuéntanos, ¿cuándo fue la última vez que Arias te amenazó? Ese hijo
de su madre no sabe con quién se ha metido.
—Pensaba que erais amigos —comentó Rocío. Los cuatro estábamos en el
salón de casa, mis padres, en el sofá grande, mientras que mi hermana y yo, en
los dos sillones.
—Éramos —afirmó él—. Tampoco es que fuéramos los mejores amigos
inseparables, nos llevamos bien, hablábamos de vez en cuando de nuestras
cosas, pero por muy comandante que sea, no voy a permitir que juegue con su
poder en un tema personal que ni le incumbe.
Los tres sabían o, por lo menos, se habían dado cuenta de que entre Sebastián
y yo ocurría algo más. Lo comprobaron cuando me vieron la pulsera en la
muñeca. A mi madre casi se le iluminó la mirada cuando me vio, además de
que se tomara tanta molestia para organizarme una fiesta sorpresa.
—Me parece muy ruin de su parte —intervino mi madre—. Si que es verdad
que tenéis un problema entre manos que resolver, más que nada, que
Sebastián junto con Anneliese arreglen el tema del bebé, pero nadie puede
obligarle a quererla. Los matrimonios por obligación ya han quedado atrás y
eso es algo que Guillermo se debe meter en la cabeza.
—Sigue siendo la máxima autoridad dentro de la CMFE —respondí.
—Máxima autoridad mis cojones —exclamó papá llevándose la risa de Rocío
por delante y el reclamo de su mujer.
—¡Martín!
—Perdón, cariño, pero esta situación me sobrepasa, ¿a quién, en su sano
juicio, se le ocurriría a cumplirle semejante capricho a su hija? Los tres sois
adultos, Anneliese tendrá un bebé, tampoco es que estemos tratando con una
niña. Tiene que entender que la vida no siempre es como la queremos —dijo—
. Ahora dime, ¿cuándo fue que Guillermo habló contigo?
—Finales de abril —murmuré—, casi dos meses atrás.
—Ay, cariño… —exclamó mi madre—. ¿Por qué no nos has dicho nada? En
ningún caso te hubiéramos juzgado, somos los primeros quienes entienden
que el corazón no tiene la culpa de elegir a la persona a quien querer.
Lo que me pasaba, en realidad, era que Sebastián me gustaba, sentía «algo»
por él, pero no quería empezar ningún tipo de relación con nadie. Era extraño,
lo debía admitir, además de que sentía que ni yo estaba preparada, ni era el
momento y mucho menos teniendo en cuenta que Anneliese estaba de por
medio. Lo único que me importaba era que el comandante no cometiera la
injusticia de echarme del ejército por los problemas personales que nos
acareaban.
—Es lo que acabáis de decir. —Me encogí de hombros levemente—. Somos
adultos, nos pareció la mejor opción tomar distancia para que se
tranquilizaran las aguas, de hecho, el comandante quería que le mintiera a
Sebastián, pero al final…
—¿Mentirle? —preguntó Rocío—. ¿Haberle dicho que te querías alejar de
verdad?
—Sí —contesté, recordando aquel momento. Pude reflejar la confusión en su
mirada, la desesperación de no entender mi repentina determinación a
alejarme—. Hacerle creer que no quería volver a verle para que así se fuera
junto a Anneliese y estar pendiente de su embarazo.
—Menudo drama —respondió mi hermana dejando escapar un suspiro—. Yo
ya me hubiera ido a tirar de los pelos con Anneliese, es que menuda caprichosa
ha salido la niña, ¿no entendió cuándo Sebastián le dijo que no?
Aquello me hizo reír, yo no hubiera hecho eso, aunque haya estado tentada.
Las discusiones que solía tener con los demás siempre intentaba resolverlas
hablando, aun sabiendo defenderme físicamente. Estoy entrenada desde
pequeña, tengo rápida reacción y domino la técnica del combate, no obstante,
no hay nada más poderoso que saber callarles la boca en el momento
adecuado. La reacción que recibo no se supera con nada.
—¿Qué piensa hacer Sebastián? ¿Continuará a su lado? —Se interesó mamá—.
¿Cuándo saldrá de cuentas Anneliese?
—Creo que, a finales de septiembre, no estoy segura.
—En octubre son las selecciones —comentó papá.
—¿Sabéis la fecha?
—Todavía es pronto para saberlo, pero lo que sí, es que estoy intentando
ganarme la opinión del cuerpo militar, necesito más apoyo de los soldados.
—Sigo sin entender por qué el comandante tiene la opción de volverse a
presentar —murmuró Rocío—. ¿No le bastaron…? —Dejó la pregunta al caer
para que mi padre respondiera el tiempo. Él, de inmediato, se lo dijo—. ¿No le
bastaron diez años en el cargo para sentirse realizado? Que alguien le diga que
la ambición es mala, tiene que dejar que otro ocupe su puesto, además, no
siempre tendrá las ideas claras, el cerebro también se puede atrofiar y
supongo que, para este cargo importante, tienes que dar todo de ti.
—Lo han aprobado, no se puede hacer nada. Guillermo se volverá a presentar,
pero esperemos que no gane.
—¿Quién más se presenta? —preguntó mamá.
—Somos cinco en total, contándole a él. Veremos lo que sucederá cuando
llegue octubre. No se sabe el día exacto de la elección final, pero desde el
primer día del mes, empezarán las pruebas y cuando queden los dos finalistas,
se anunciará para que todo el mundo esté enterado.
Aquello hizo que me quedara en silencio, en el mejor de los casos, ganaba mi
padre o bien algunos de los otros tres que se presentaban y en el peor… lo hacía
Guillermo Arias para que siguiera abusando de su poder. Lo único que yo pedía
era que a mí me dejara en paz, a lo mejor sí que sería buena idea hablar con
Anneliese para abrirle los ojos y hacerle entender de que ella no era el centro
del universo, que los demás no teníamos por qué cumplirle sus caprichos,
aunque aquello significara que su padre me expulsara de la CMFE por haberle
herido los sentimientos.
Decidí consultarlo, al fin y al cabo, sabía que mi familia estaba de mi lado y que
querrían lo mejor para mí.
—¿Creéis que sea buena idea que hable con Anneliese?
—Por supuesto —saltó Rocío—, voy contigo y le quito la tontería en dos
segundos.
—Rocío —advirtió mamá y luego se giró hacia mí—. ¿Qué es lo que has
pensado decirle, cielo?
—Lo que hemos estado hablando, decirle que no es el centro del mundo y que
no puede obligar a que los demás la quieran para que se queden a su lado. El
problema es que no sé si sería un buen movimiento, lo digo por el
comandante.
—Utilice su mente estratégica, oficial —intervino papá en su modo capitán de
brigada y si todo iba bien, próximo comandante de la CMFE—. Estudia los
escenarios, los próximos pasos que daría Arias en el caso de que hablaras con
su hija.
Empecé a analizarlo. Si no hablaba con Anneliese, tanto ella como su padre
seguirían pensando que Sebastián y yo nos habíamos alejado, todo seguiría
como hasta ahora, sin embargo, si lo hacía, lo más seguro es que Anneliese, a
pesar de lo que le dijera, se iría a hablar con su padre, para quejarse de mí.
Ahora el problema radicaba en el comandante y en su proceder.
—El problema sería el comandante —murmuré—, es mi puesto como oficial
el que peligra, Anneliese me seguirá dando igual hable con ella o no.
—Exacto. La clave está en convencer a su padre que tu puesto como soldado en
este ejército y los problemas que tenga su hija, son algo que no van de la mano
—explicó—. Podría intentar ponerme en contacto con el general y explicarle
la situación, pero…
—¿Pero? —Quiso saber Rocío.
—Para el general, a quien los tres comandantes le deben rendir cuentas, esto
lo vería como una pérdida de tiempo. Tiene cosas más importantes que hacer
como para ocuparse de una disputa entre un soldado y personas externas al
ejército. No es algo de máxima prioridad que requiera de su presencia.
—La ineficiencia y el abuso de poder de uno de sus comandantes —saltó
mamá—. ¿Eso no es suficiente? ¿Cómo pretende dejar que una persona así
continúe en el cargo?
—Si yo te entiendo, querida, yo soy el primero que quiere que deje a nuestra
hija en paz, pero contactar con el general no es una opción.
Aquello ya lo tenía en cuenta, sabía que el general no iba a acudir a resolver
este tipo de problema. Era totalmente entendible pues sus prioridades era
otras y mucho más importantes, sin embargo, siempre quedaban opciones a
las que aferrarse.
—El Consejo —dije.
—¿Consejo? ¿Qué consejo? ¿Te refieres a esas personas importantes que se
sientan y toman decisiones? —Quiso saber mi hermana.
—El Consejo es un grupo de personas conformado por los veteranos de guerra
previamente seleccionados, que ocuparon cargos altos dentro del ejército y,
también, se incluye la parte administrativa. Se encargan, principalmente, de
elegir a los próximos capitanes y comandantes —explicó papá—. Hay veces
donde el propio comandante forma parte del Consejo para elegir a los
capitanes —continuó diciendo.
—Mamá, pero ¿tú no perteneces a ese grupo? —preguntó Rocío. Yo seguí
manteniéndome callada—. Trabajas en el área contable de la CMFE, ¿eso no
cuenta?
—No, tesoro. Tu padre se refiere a esos administrativos que también
pertenecen en lo alto de la pirámide. Yo soy una simple trabajadora.
—De todas maneras —dije—, podríamos comentarle el caso al Consejo, si
están al corriente, puede que le denieguen renovar su cargo como
comandante, entonces ya ni haría falta que hablara con Anneliese pues mi
puesto no peligraría y Arias no podría expulsarme.
—Hay que saber hablar con ellos, presentarles pruebas contundentes,
tampoco son personas que se anden con rodeos. Yo podría facilitarte el camino
para que tuvieras una reunión a la mayor brevedad posible, por lo menos con
el presidente, que tiene la palabra decisiva.
Asentí con la cabeza mientras lo analizaba. Si quería resultados y que Arias no
siguiera con sus amenazas sin fundamento, debía moverme por mi cuenta y
asegurar mi puesto dentro de la CMFE.
• ────── ✾ ────── •
Narración omnisciente
El plan de la oficial era bastante sencillo, en realidad, lo único que tenía que
hacer era hablar con el presidente del Consejo para darle a conocer el abuso de
poder que había sufrido por parte del comandante, amenazando su servicio
dentro del ejército si no se mantenía alejada de una persona que ni siquiera
pertenecía al cuerpo. Aquella reunión se dio lugar días más tarde, de hecho,
julio ya había comenzado, sin embargo, la respuesta que consiguió Renata
había estado bastante lejos a lo que se imaginó.
—No son pruebas suficientes —exclamó el presidente, dejando caer los
documentos sobre la mesa de mala manera. Había tenido una mañana
bastante pesada y lo último que le faltaba era escuchar quejas sobre relaciones
y mal de amores—. Puede retirarse.
Renata no acató la orden, seguía procesando aquella respuesta. ¿Cómo que no
eran suficientes?
—Con todo el respeto, señor, pero…
—Oficial Abellán —advirtió él—. Solo con sus argumentos no es suficiente
pues, según tenemos entendido, el comandante niega haber hablado con usted
sobre una aparente expulsión y menos con el motivo que nos indica.
«Había mentido», no dudó en pensar la soldado y el Consejo no la creería
teniendo la opinión del comandante. Siempre pasaba eso, cuando el alto cargo
decía una palabra, negando el problema y haciéndose como el que no sabía
nada, la víctima salía perdiendo.
Renata intentó decir algo más, pero al ver que no tenía cómo demostrar
aquella conversación, era su palabra contra la de él. Entonces pensó que lo
mejor sería retirarse y no avivar la llama del fuego, pues como siguiera
insistiendo, las consecuencias irían directamente para ella. ¿Cómo era posible
que semejantes acusaciones no tuvieran solución? ¿Por qué la víctima era la
que siempre salía mal parada? No lograba entenderlo por más que tratara.
Salió del despacho sin decir una sola palabra y sin quererlo, se estaba
imaginando la sonrisa triunfal del comandante, sin embargo, no se quería dar
por vencida, no cuando se ponía en duda su veracidad. Tenía que ser más
perspicaz que Arias, conseguir destronarlo en el siguiente movimiento. Había
ascendido a oficial en la escala militar, uno de sus puntos fuertes era la
estrategia, además del pilotaje, quería llegar a ser una ajedrecista en la mesa
del juego, por lo tanto, no se podía rendir ante una simple amenaza, tenía que
haber algo, encontrar su punto débil.
No pudo evitar pensar en Anneliese. Parecía como si su hija lo hubiera cegado
de tal manera que no le permitiera al comandante pensar con racionalidad.
Ella era su punto débil, por quien haría cualquier cosa que le pidiera, ¿y si la
solución hubiera sido hablar directamente con ella? Hacerle entender que con
sus caprichos no conseguiría llegar legos, que tampoco le serviría de nada que
el comandante la expulsara del ejército pues si Renata deseaba, seguiría
viéndose con Sebastián le gustara o no.
No obstante, por más que lo hubiera intentado, no pudo contactar con
Anneliese y, cuando por fin lo hizo, le dijo que no podría atenderla hasta
dentro de un largo tiempo ya que, por el motivo de su embarazo, no estaba ella
como para recibir visitas. Tampoco insistió, pues no quería llamar la atención
del comandante, lo único que podía hacer era esperar, aunque eso significara
seguir viéndose con él a escondidas y de manera muy esporádica, pues Renata
seguía siendo militar con entrenamientos y misiones que cumplir.
Sebastián lo entendía, por más que le gustara pasar más tiempo con la oficial,
entendía que tenía una serie de obligaciones por atender y que no tenía el lujo
de escaparse cada vez que ella lo quisiera, en ese sentido, debía ser paciente,
por otro lado, también lo debía ser con su supuesta prometida, pues Anneliese
seguía pensando que algún día, celebrarían la boda de sus sueños. El
empresario, por más que intentaba hacerla bajar de su nube de manera sutil,
no lo conseguía, ella se empeñaba a pensar que seguían estando
comprometidos.
Así fue pasando el tiempo, entre el trabajo, los antojos y sus dolores
ocasionales, junto a las breves escapadas que hacía con Renata, ni siquiera se
dio cuenta que las semanas estaban desapareciendo con una velocidad
impresionante, hasta que, una noche, Anneliese rompió aguas.
El momento había llegado, estaba nervioso, no lo podía negar, su primer hijo
estaba a punto de nacer, pero ese sentimiento aumentó cuando se encontró
con su bella guerrera en la cafetería del hospital.
Capítulo 29
18 de septimebre del 1986
Sebastián
Me encontraba en la sala de espera del área de maternidad del hospital.
Habíamos llegado desde hacía unas horas cuando Anneliese había empezado a
encontrarse mal, además de tener unos fuertes dolores que le impedían
incluso mantenerse de pie. Las contracciones no tardaron en llegar después de
que hubiera roto aguas, aquello tan solo podía significar que estaba a punto de
dar a luz. Hizo que llamara de inmediato a sus padres mientras los doctores se
encargaban de ella, preparándola para que pudiera seguir dilatando.
Guillermo, junto a su mujer, no tardaron en llegar, mis padres también y
ahora nos encontrábamos todos esperando hasta que el bebé decidiera salir.
Según los médicos, no tendría por qué haber complicación, se le suministraría
la epidural cuando llegara el momento y tan solo tendría que empujar.
Yo me mantuve al margen, no quise entrar para ver cómo Anneliese seguía
dilatando a base de gritos e histeria, al fin y al cabo, su madre se encontraba
con ella. Seguía sin ser mi culpa que no quisiera entender que no me quería
casar con ella y que, el único motivo por el cual me encontraba ahí era por ese
niño que no tenía la culpa de nada.
Su padre no dudó en llamarme la atención, reprochándome de que no me
encontrara a su lado como «el padre de su hijo y su futuro marido». Estaba
harto de toda esta situación. Seguían sin entenderlo y tan solo estaban
interesados en que únicamente Anneliese consiguiera lo que quería y que fuera
feliz, llevándome a mí por delante.
—¿Por qué no estás a su lado? —inquirió Guillermo. Estaba en uno de los
sillones, con una pierna encima de la otra, esperando, paciente hasta poder
conocer a su primer nieto—. Deberías estarlo, es tu mujer la que está haciendo
el esfuerzo de traer a vuestro hijo al mundo, lo mínimo que podrías hacer es
darle la mano.
«Ella no es mi mujer», pensé. Intenté contener el suspiro cansado que había
estado a punto de soltar, no quería que se molestara, por lo menos, no hoy. Mi
padre me echó una mirada que no supe identificar del todo.
Prometió ayudarme, hacer uso de sus contactos para buscarle algún punto
débil al comandante, su nombre se conocía en el mundo militar por ser el
productor de armas que intentaba siempre mejorar sus características e
innovar para que tuvieran un uso más eficiente, no era cualquier empresario,
mi padre tenía poder, sin embargo, le costó encontrar algo útil que nos
sirviera. Habían pasado semanas, casi dos meses desde que le conté la
situación que envolvía a Renata, antes de su cumpleaños, de hecho. Dijo que
seguiría buscando, intentando siempre no llamar la atención para que Arias no
sospechara.
—Su madre está junto a ella —respondí.
—¿No crees que a Anneliese también le gustaría que estuvieras ahí? No creo
que te suponga mucho problema —siguió diciendo mientras levantaba la
barbilla. Me daba la sensación de que quería ponerme a prueba.
Mi padre quiso intervenir.
—Podría dejar que decida él, ¿no le parece? Anneliese ahora mismo está en la
fase de las contracciones, no creo que sea conveniente presionarla…
—¿Presionarla? —inquirió el comandante—. Es el padre de su hijo, no creo
que eso se considere una presión, al contrario, podría venirle bien saber que
Sebastián se encuentra junto a ella.
—Dejemos entonces que decida su hija, ¿por qué no va a visitarla? ¿Mostrarle
su apoyo? Aproveche para preguntarle qué es lo que quiere en esos momentos.
Guillermo se quedó en silencio ante las palabras de mi padre. Mi madre
también se encontraba ahí, a su lado, escuchando todo. Observé qué también
me dedicó una mirada a modo de compasión. Lo único que quería era que no
me obligaran a estar al lado de la mujer que me había obligado, mediante sus
chantajes y sus amenazas, a permanecer junto a ella por el hecho de que
estaba embarazada.
Todavía recuerdo cuando me dijo que abortaría si no me quedaba con ella por
las noches, abrazándola, mientras le acariciaba el vientre, como si fuéramos la
pareja que fuimos casi un año atrás.
Decidí ir a por un café. No entraría a la habitación de Anneliese, no quería, lo
haría en el momento que ese niño estuviera a punto de ver la luz, antes no,
estaba harto de que me impusieran seguir jugando bajo sus órdenes. Llegaba
un punto donde su sola presencia me causaba repulsión. Ni siquiera se dieron
cuenta cuando abandoné la sala de espera, los dejé en su discusión. La única
que lo hizo fue mi madre, pero tampoco me dijo nada. Ella me comprendía, sin
embargo, dejaría que yo decidiera en cualquier momento, que no me obligaría
a hacer nada que no quisiera.
Con quien no me esperé encontrarme fue con Renata. Me acababan de entregar
el café cuando me giré y la vi a lo lejos, entrando hacia la cafetería. Casi al
instante fruncí el ceño, preguntándome qué había pasado. No dudé en
acercarme por detrás, rodeé la cafetería completa para que no me viera y así
poder colocarme a su lado de manera despreocupada. Esbocé una leve sonrisa
cuando vi que seguía llevando la pulsera que le regalé por su cumpleaños.
Desde que se la di, siempre se la he visto puesta.
—Oficial Abellán —murmuré captando su atención. No tardó en girarse,
sorprendida de igual manera de verme ahí—. Pida lo que quiera, invito yo.
Intentó protestar, no obstante, no le quedó más opción que aceptar mi gesto.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué ha pasado? —preguntó, mientras nos sentábamos en
una mesa a lo lejos. La cafetería era bastante amplia, por lo que, pasábamos
desapercibidos entre la multitud.
—Te podría decir lo mismo. ¿Estás bien? —No pude evitar preocuparme, por
lo que la examiné con la mirada, buscando cualquier signo de malestar.
—Sí… yo estoy bien, no te preocupes, es mi hermana, se ha hecho daño en el
pie. Se ha tropezado y se ha caído, no sé si sea un posible esguince, tal vez sea
algo más… No ha parado de quejarse desde que llegamos al hospital —
explicó—. Mi hermana suele dramatizar, así que esperemos que no sea nada
grave.
—Una semana con el vendaje y estará como nueva —aseguré mientras
acercaba mi mano a la suya, rozándole levemente la piel con el pulgar. Ella
bajó la mirada ante el toque, esbozando una pequeña sonrisa.
—¿Tú por qué estás aquí? —Lo cierto era que no quería contárselo, no me
apetecía decirle que Anneliese estaba arriba a punto de dar a la luz. Renata
seguía mirándome y se podía notar su preocupación. Me sorprendió cuando
acercó su mano a mi mejilla, proporcionándome su calidez—. ¿Estás bien?
Recargué levemente mi rostro sobre su palma, cerrando los ojos en el proceso.
¿Qué le costaba al mundo haber coincidido con ella años atrás? Porque no
podía evitar pensar que estaba delante de la mujer de mi vida, lo había
descubierto hacía tiempo y era algo que no iba a cambiar, que me había
enamorado de Renata Abellán sin proponérmelo, que había llegado a mi vida
sin que me lo hubiera esperado y que, con su manera de ser y de mirarme, me
había calado fondo. Llegaba al punto donde no podía dejar de pensarla, que su
rostro aparecía en mi cabeza sin querer, al igual que sus labios, pues lo míos se
encontraban ansiosos por ir a su encuentro.
No quería decirle que estaba enamorado de ella cuando mi vida era un
completo caos, se lo quería decir cuando estuviera seguro de que no llegaría
ninguna otra complicación que me impidiera estar junto a ella. Renata no se
merecía menos, se merecía que le pusiera el mundo a sus pies si ella así lo
deseaba.
—Yo estoy bien. —En aquel momento decidí que lo mejor sería contárselo.
Tarde o temprano lo acabaría descubriendo y no quería que se enterara por
terceros—. Anneliese es la que está ingresada.
—¿Está todo bien con el bebé? —se preocupó y noté su lejanía al quitar la
mano de mi rostro.
—Ha roto aguas —dije—, su madre está junto a ella, tenemos por delante
muchas horas hasta que nazca.
Se quedó callada, no la culpaba, si estuviera en su lugar, tampoco sabría qué
decir.
—Todo irá bien —respondió y pude notar cierta tristeza en su tono de voz—.
¿No sería mejor que estuvieras junto a ella?
Entendía que quería que hiciera las cosas como moralmente me
correspondían, realmente lo hacía, sin embargo, estaba harto de que todo el
mundo me dijera lo mismo. En este instante, me encontraba con la mujer con
la que realmente quería estar. Quería disfrutar por lo menos de aquella
sensación antes de volver a la realidad.
—Diez minutos —murmuré—, quédate conmigo diez minutos. No quiero
hablar sobre Ann, lo que quiero es estar contigo, que me sigas mirando con
esos ojos chocolates mientras siento tu caricia en mi piel. ¿Es mucho pedir? —
susurré aquello último.
Renata se quedó de nuevo en silencio sin romper el contacto visual y pude
notar como asentía con la cabeza de manera leve.
—Entiendo que sea una situación complicada, no quería agobiarte más.
—No me agobias… no digas eso. —Fruncí la frente—. Tampoco quiero pagarlo
contigo, pero me agota tener a Anneliese en mi cabeza durante las veinticuatro
horas del día la semana completa. Es frustrante no poder hacer lo que quiera
porque, de inmediato, la tengo encima con sus constantes cambios de humor.
—Hay algunas embarazadas más difíciles que otras, es cuestión de tenerles
paciencia.
—Cambiemos de tema —pedí mientras me acercaba un poco más y
entrelazaba nuestros dedos. Seguía siendo consciente de que nos
encontrábamos en el hospital, sin embargo, no quería desaprovechar el
momento que había conseguido con ella—. ¿Tu familia te está esperando?
—Les dije que iría a por un café. —Se encogió de hombros—. Pero puedo
quedarme aquí contigo durante esos diez minutos, no creo que me vayan a
echar de menos —sonrió—. Espero que lo de Rocío no se alargue mucho. Le
vendarán el tobillo y a casa a guardar reposo.
—Quisiera quedarme contigo —murmuré, sin pensar, sin embargo, no me
arrepentí de decirlo—, una noche. —Me moví levemente en la silla, mientras
tragaba saliva disimuladamente al apreciar su reacción. No sabía si había sido
algo indebido o apresurado. Decidí arreglarlo—: Perdón, no quiero que pienses
que tan solo te quiero llevar a la cama.
—No es eso, lo que pasa… —Se quedó callada, sin saber muy bien como
continuar.
—¿Ocurre algo?
—No creo que sea el lugar más apropiado para contarlo —murmuró y apartó
la mirada. Aquello me extrañó.
—Sabes que puedes contarme lo que sea.
—Lo sé —se apresuró al decir—, pero no aquí, cuando estemos solos…
En aquel momento me di cuenta de que todavía me faltaba todo un mundo
para conocer realmente a Renata, pues lo que acababa de decirme me dejó con
un extraño sabor de boca, amargo, pues sentía que se podía tratar de algo
grave, algo que tuviera que ver con el sexo, ya que, nada más mencionarlo, fue
lo que la alteró. No podía imaginarme de qué se podría tratar exactamente, por
lo que, tendría que esperar hasta que ella decidiera contármelo cuando
creyera.
—Está bien. —No la presioné—. Será cuándo tú quieras contármelo.
—Pero a mí también me gustaría —pronunció, algo tímida—, pasar más
horas contigo, siempre ha sido poco tiempo, ya sea por tu trabajo, además del
tema con Anneliese y por mis obligaciones en la CMFE.
—Gente ocupada hemos resultado ser —intenté restarle importancia al
asunto, no obstante, sabía que no me lo estaba reprochando pues tenía razón.
Nunca he pasado con ella más allá de unas cuantas horas.
De pronto, nos quedamos en silencio. Todavía tenía su mano entre la mía,
ambas apoyadas en la mesa, la cercanía cada vez se iba intensificando más
hasta que llegó un punto donde nos encerramos en nuestra propia burbuja que
el comandante no dudó en explotar cuando apareció sin previo aviso,
sobresaltándonos.
Renata se alejó, rompiendo el contacto mientras se ponía de pie como si
hubiera cometido el mayor de los pecados. Yo también me levanté,
situándome delante de ella, no iba a permitir que le dijera absolutamente
nada, teniendo en cuenta de que no se encontraban en el cuartel.
—Me parece muy feo de su parte, Sebastián —dijo—, tú aquí, pasándotelo
bien, mientras Anneliese está en la labor de parto. ¿Qué clase de padre
resultarás ser si ni por tu hijo te estás preocupando?
—Que no le haya dedicado diez minutos de mi vida no me convertirá en un
mal padre. ¿Hay algún problema con Anneliese?
—Ya casi es la hora, una enfermera ha avisado de que ya la están preparando
para proceder. Ha preguntado por ti, ¿te das cuenta de ello? ¿Quieres que le
diga que has estado perdiendo el tiempo aquí?
—No hará falta, en un minuto subo —respondí, dándole a entender de que ya
se podía marchar, sin embargo, parecía que no tenía la intención de hacerlo.
Le dedicó una mirada a Renata, no iba a dejarla sola con él.
—Ahora, Sebastián, tu hijo está a punto de nacer, ¿a caso no te gustaría estar
ahí?
Ni siquiera sabía cómo explicarlo, pero lo cierto era que había llegado a la idea
de que me daba igual lo que sucediera con Anneliese, podría sonar cruel de mi
parte, pero ¿cuál era la necesidad de estar a su lado? ¿No era suficiente que
entrara una vez que el bebé hubiera nacido? De todas maneras, no me iba a
casar con ella, tampoco compartiríamos la vida juntos. Todavía permanecía a
su lado porque había amenazado con abortar si me alejaba de ella. Con eso
demostraba la clase de madre que ella sería.
—He dicho que ahora subiré.
—Hazlo, quiero mantener unas palabras con mi soldado, si no te importa.
Oh, por supuesto que me importaba. Antes de decir algo, sentí la caricia de
Renata en mi hombro, haciendo que me girara hacia ella. Me miraba
asintiendo levemente con la cabeza, dándome a entender de que no pasaba
nada. «No», mi mente me decía que me quedara, de que no saldría nada bueno
de esa conversación.
No me equivoqué, pues no la volví a ver hasta casi un año después.
—Ve —susurró ella—. Anneliese ahora es más importante.
Apreté la mandíbula, negando con la cabeza. Sabía lo que le diría el
comandante, no había que ser muy inteligente para descubrirlo. Lo que temía
era que Renata también contestara haciendo que Arias la castigara
mandándola vete a saber a dónde, o peor, que la expulsara antes de que
perdiera su puesto como comandante.
—Hazle caso —insistió Guillermo—, Anneliese te necesita.
—Anneliese puede esperar —dije, hablando claro—. No me voy a casar con
ella, no estoy enamorado. Estoy aquí por ese niño y entraré cuando haya
nacido, antes no, así que olvídate de quedarte a solas con Renata, no estáis en
el cuartel, ahora mismo, tanto ella como tú, sois simples civiles que han
coincido en el hospital.
Quería que Renata supiera que no la iba a dejar sola, que en mí podía encontrar
un apoyo, que esta batalla no la tenía porqué librar por su cuenta.
Observé la reacción de Arias, había enarcado levemente las cejas sin saber qué
decir.
—Muy bien, te esperaré arriba —contestó al cabo de unos segundos—.
Renata, usted y yo hablaremos más tarde.
—Sí, mi comandante —respondió ella y no pude evitar apretar un poco más la
mandíbula, pues en ningún caso quise meterla en problemas.
El comandante se fue, dejándonos solos de nuevo en mitad de la cafetería
acompañados por los demás visitantes y doctores. Me giré hacia Renata,
mirándola fijamente.
—No quise que sucediera esto —empecé a decir—, no sé si ha estado bien
hacerle frente, de todas maneras, ya nos había visto, así que tampoco servía de
nada que se lo negáramos.
—No te preocupes, —me tranquilizó ella—, a mí tampoco me gusta quedarme
callada, veré lo que me tenga que decir y si, finalmente, decide expulsarme,
iniciaré una maldita revolución.
En aquel momento, sentí unas tremendas ganas de besarla, por lo que no me
contuve, acercando mis labios a los suyos, sintiendo de nuevo su sabor. Cerré
los ojos al instante mientras disfrutando de los pocos segundos que duró
aquello.
—Quiero que sepas que me tienes aquí, que me importas lo suficiente para no
dejar que nadie te haga sentir mal, no cuando pueda evitarlo.
—Gracias —murmuró.
Minutos más tarde, me aseguré de que se había reunido con su familia,
comprobando de que Guillermo no la estuviera esperando en los pasillos como
la rata que era y me dirigí hacia el área de maternidad. Me froté el cuello,
moviendo los hombros a la vez para mentalizarme de que, dentro de unas
horas, sería padre.
• ────── ✾ ────── •
Renata
El comandante no volvió a buscarme por el hospital, cosa que agradecí pues
tampoco me apetecía hablar con él en un sitio que, en primer lugar, ni era el
indicado. No tardamos mucho en salir de ahí, pues una vez que Rocío tuvo el
tobillo correctamente vendado, después de que le hicieran un par de pruebas
para descartar una posible fractura, la dejaron marcharse a casa. Dijeron que
tenía que guardar una semana y media de reposo para la total recuperación. Al
principio se quejó, sin embargo, no le quedó más remedio que callar.
—Por patosa —la reprendió mamá—. ¿Por qué no has mirado por dónde
caminabas?
—Mamá, ya, he tenido suficiente —respondió, harta de la vida.
No pude evitar sonreír, papá tampoco se quedó callado empezando, de esta
manera, una divertida conversación donde el objetivo era molestar a Rocío.
La diversión se esfumó al día siguiente cuando el comandante me volvió a
llamar para que acudiera a su despacho. No me esperaba nada bueno de
aquello, no después del encuentro que tuvimos la noche anterior en el
hospital. Eso me hizo pensar que el bebé de Anneliese ya había llegado al
mundo y que tendría a Sebastián bastante ocupado.
Cerré la puerta de su despacho y pude notar la tensión que había en el
ambiente. El comandante se encontraba sentado con la mirada clavada en
unos documentos.
—Siéntese —me indicó.
Le hice caso, manteniéndome en silencio para dejar que hablara. Estuve
preparada para enfrentar lo que sea que tuviera por decirme, incluso cuando
me dijo que, dentro de dos días, tendría que subirme a un avión con destino a
Afganistán para llevar a cabo una misión de diez meses. Me había seleccionado
a última hora para unirme a un grupo que habían estado avisados con semanas
de antelación.
Entre los diferentes escenarios que había pensado, la posibilidad de que me
mandara lejos, durante unos meses, lo había tenido muy presente.
Me quedé en silencio, no protesté, él seguía siendo la máxima autoridad
dentro de este cuartel y yo era una simple oficial de compañía que ni siquiera
tenía voz en las decisiones importantes. De nuevo, había utilizado su poder
para castigarme, para cumplirle el capricho a su hija adorada y mantenerme
lejos de Sebastián.
Capítulo 30
19 de septiembre del 1986
Renata
Me mantenía callada con las manos sobre el regazo. Se podía respirar la
tensión en el ambiente, más que nada, porque intentaba contener las ganas
que tenía de decir algo, no obstante, si lo hacía, el comandante podría ser
capaz de proceder a acciones peores. Sabía que esto llegaría, era parte de mi
trabajo, somos militares sirviendo al Ejército Español, las misiones
internacionales son algo que debemos asimilar que haremos. Lo que no me
parecía bien era que utilizara aquella excusa para alejarme de aquí.
Arias me miró después de haber dejado la pila de documentos en un lado de la
mesa. Se mantenía serio, sin mostrarme ninguna emoción en su rostro,
entonces me pregunté si esto lo había decidido porque me vio anoche con
Sebastián o había algo más detrás.
—Se lo advertí —empezó a decir mientras se ponía cómodo en su butaca,
juntando los dedos mientras dejaba los codos sobre el reposabrazos—, le dije
que no se acercara al prometido de mi hija, sin embargo, usted no ha querido
hacerme caso. ¿Sabe que se podría considerar un desacato a mi orden? ¿Quién
se piensa que es? No por ser hija de un capitán, puede hacer lo que le dé la
gana.
Me mordí el interior de la mejilla sin creerme que estuviera diciéndome todas
aquellas estupideces, ¿desde cuándo se consideraba un desacato las decisiones
que tomaba fuera del cuartel?
—Comandante… —intenté decir, sin embargo, él no me dejo.
—No le he dado permiso para que hable, soldado —pronunció y se quedó
callado durante un par de segundos—. Soy consciente de que le dije que la
expulsaría, no obstante, la considero de gran valor para este ejército y no se
me haría justo que el cuerpo la perdiera, por eso, participará en la misión.
Estos diez meses le servirá para que recapacite.
—¿Recapacitar?
Me estaba castigando por un problema personal el cual ni siquiera estaba en
mis manos para poder solucionarlo. Era decirle lo que pensaba o, quedarme
callada. El problema era que no me consideraba una persona que se dejara
doblegar por los demás.
—Se ha metido en una relación que no le incumbía, destrozándola, haciéndola
añicos. ¿Le parece poco? Mi hija necesita que su pareja la vuelva a querer, que
todo vuelva a ser como antes y para ello, es necesario que usted se mantenga
lejos.
Aquello me parecía inverosímil.
—¿Se está oyendo? —me atreví a decir—. ¿Por qué me está castigando? ¿Por
qué no puede darse cuenta de una vez que yo no he tenido la culpa en nada?
Que las personas pueden dejar de sentir, cambiar lo que hay en su corazón, que
no puede obligarle a querer a su hija si él no quiere.
—No meta al señor Otálora en esto, el problema aquí es usted. —Aquello me
estaba sacando de quicio. Intenté controlarme, traté de alzar la voz, pero era
como si el comandante necesitara que alguien le abriera los ojos para que se
diera cuenta de lo que estaba haciendo—. Si se hubiera mantenido lejos de
ellos y se hubiera dado a respetar, nada de esto estaría pasando.
—¡Deje de tratarme como si fuera una mujerzuela! —exploté, harta de que
volviera a tratarme como si fuera un trapo—. Abra los ojos y entienda que no
puede desquitarse conmigo tan solo para complacer a su hija. Está utilizando
su puesto como comandante porque piensa que, mandándome lejos, los
sentimientos de Sebastián cambiarán.
El comandante se mantuvo callado por varios segundos que se me hicieron
eternos.
—¿Por qué no se puede poner en la piel de Anneliese? —murmuró y pude
entender la intención detrás de aquello. Quería que me sintiera mal por ella,
mostrarme compasiva ante lo que supuestamente le había hecho—. ¿No
entiende que lo ha pasado mal durante todos estos meses recibiendo la
indiferencia de Sebastián? ¿A usted le gustaría que llegara una mujer de la
nada para quitarle a su pareja? Dígame, ¿cómo se sentiría? Ellos tenían planes
para formar una familia y usted no ha sabido mantener las piernas cerradas.
Aquello había sido suficiente, me levanté furiosa de la silla, haciendo que
incluso casi se cayera y lo miré con rabia, sin creerme todavía que hubiera
tenido el descaro de insinuar algo así.
—No le pienso permitir que me falte el respeto de esta manera, ¿quién se
piensa que es? No tiene el derecho a meterse en mi vida, mucho menos en la
sexual. Sebastián no está enamorado de su hija, nunca lo estuvo, se
acostumbró a ella por todo el tiempo que vivieron juntos, ¿por qué no lo quiere
ver? ¿Por qué obligar a una persona a seguir con alguien que no quiere? Piense
usted en Sebastián y en cómo le está afectando todo esto.
Movía los hombros de manera notoria, traté de calmarme, pero el comandante
me había sacado de quicio de tal manera que me había costado controlarme.
Seguía sin comprender por qué seguía tan ensimismado con su hija, qué le
había hecho ella para que utilizara su influencia en el ejército para
perjudicarme a mí. Llegué incluso a pensar que Anneliese podría estar mal de
la cabeza, que tuviera alguna enfermedad mental que le impidiera tener
empatía por los demás, porque lo que le estaban haciendo a Sebastián, era
cruel. No estaban pensando en él, aquí tan solo importaba Anneliese y
solamente ella. Todo era Anneliese.
¿Qué clase de padre permitía que su hija fuera una desalmada con quienes la
rodeaban?
—Dígame entonces cómo quedaría la situación. Ellos con un bebé, una familia
formada y ¿usted en medio? ¿Pretende que mi nieto empiece a llamarla
«mamá»? —insinuó—. Retírese, soldado, el lunes a primera hora la quiero ver
subida a ese avión. La decisión está tomada.
—De manera injusta —murmuré, juntando las manos hacia atrás con la
espalda recta—. Podrá mandarme al otro lado del mundo, si quiere, pero no
piense que Sebastián empezará a querer a su hija mágicamente.
—Lo hizo una vez, no le costará hacerlo de nuevo.
—No sabe lo que está diciendo.
—No se lo repetiré, oficial, abandone el despacho y prepárese para el viaje. Su
superior al mando le indicará todo lo que necesitará saber y cuál será su
función.
Me daba igual la maldita misión, estaba preparada para ella, no era la primera
vez que me iba durante tanto tiempo. Lo que me cabreaba era cómo había
procedido el comandante y todo lo que había insinuado hacia mi persona. No
tenía derecho a sacar este tipo de conclusiones estúpidas para hacerme sentir
menos. Iría a Afganistán, no tenía más remedio, serían diez meses largos
donde tendría que estar mentalmente preparada para cualquier tipo de
escenario.
Tendría que despedirme de mis padres, hablar con Rocío… ya me podía
imaginar la cara que pondría al saber que me volvería a ir, porque hacía no
mucho que realicé otra misión de cuatro meses, a principios de año. No era
fácil para ella, menos sabiendo que me iba a servir en Afganistán. Este tipo de
conversaciones eran las más duras. También debería tener una con… él, con
Sebastián. Ni siquiera sabía cuál sería su reacción, al fin y al cabo, era casi un
año que no nos volveríamos a ver.
¿Y si no le decía nada? No quería que sintiera culpable, evidentemente que no
la tenía, pero, conociéndole, se iba a sentir responsable, sin embargo… sería
muy ruin de mi parte quedarme callada y dejar que se enterara por el mismo
comandante, si Arias hablaba con él, lo haría de una forma despectiva,
mofándose con su reacción.
No, debía decírselo, quedar con él, hablarlo, vernos, aunque fuera por última
vez. Compartir esa noche juntos.
***
Era domingo, tan solo me quedaba este día para despedirme de Sebastián pues
al día siguiente, por la mañana a primera hora, tenía que estar presente en el
cuartel para coger el avión y dar inicio a la misión. Ni siquiera había pasado un
día completo desde que el comandante me dio la noticia, todavía estaba
enfadada, cabreada hasta el punto de querer pagar mi frustración con los
demás, no obstante, intentaba mantenerme tranquila pues sabía que, en el
fondo, la única culpable era Anneliese junto a su padre, que le cumplía
cualquier capricho.
Estaba harta de ella y ni siquiera la había llegado a conocer lo suficiente. Tan
solo habíamos mantenido una conversación cuando coincidimos en el
restaurante por Noche Buena y de aquello habían pasado meses, casi un año,
en realidad, pero podía afirmar que era la persona que más problemas me
había ocasionado.
Mi hermana se enfadó cuando se lo dije, justamente ayer por la noche después
de que llegara de la CMFE, mi padre enfureció, no podía creerse que el
comandante hubiera caído tan bajo y mamá… ella se puso triste al enterarse
que me tendría que ir de misión durante tanto tiempo. Lo entendía, sabía de
los riesgos que tenía servir en el ejército, pero aquello no significaba que no se
sintiera afligida ante mi marcha. Al fin y al cabo, seguían siendo diez meses si
todo iba bien y no acababa con el pecho lleno de balas.
Fue una conversación larga en la que hubo tantas emociones… que no sabía si
podría tener otra más con Sebastián pues me podía imaginar que tampoco
sería fácil. Ni siquiera sabía dónde citarlo, hasta que pensé en la cafetería
donde fuimos aquella vez cuando me confesó lo que empezaba a sentir por mí.
No se extrañó de que se lo propusiera, incluso me dio la sensación de que ya lo
estaba esperando, de que la conversación se hubiera dado de cualquier
manera.
Por lo menos, aquella era la expresión que su rostro me generaba. Estábamos
en una mesa de la cafetería, sentados uno al lado del otro, ni siquiera le había
mencionado nada respecto a la misión y podía notar la tristeza en su
semblante, fue entonces cuando empecé a imaginarme que algo más estaba
pasando. De inmediato, pensé en el bebé.
—Sebastián… —susurré—, dime qué ocurre. —Mantenía la mirada perdida,
los labios juntos, no quería hablar, lo podía notar, además de que me
confirmaba que había pasado algo lo suficientemente grave para que estuviera
así—. Entenderé si no quieres contármelo, pero dime algo, háblame… ¿Es
sobre Anneliese?
Intenté acercar la mano por la mesa hasta que rocé la piel de la suya de manera
delicada, se percató del gesto, así que no hizo afán de rechazarlo, al contrario,
entrelazó nuestros dedos, sin embargo, seguía sin hablar. Decidí darle los
minutos que necesitaba hasta que decidió explicarme lo que sucedía. Como
había adivinado, se trataba de Anneliese, pero nunca esperé que me dijera que
su hijo había muerto teniendo solamente un par de minutos de vida. Ni
siquiera supe qué decir, no podía imaginarme el dolor por el cual estaba
pasando, tampoco el de Anneliese, que seguro debía estar destrozada.
—Los pulmones no se desarrollaron bien —empezó a decir, casi en un
susurro—, no podía respirar, los médicos intentaron salvarlo, pero, poco a
poco, se estaba quedando sin aire. Murió sobre el pecho de Anneliese, ella no
podía dejar de llorar, está destrozada. He intentado calmarla, pero… ni
siquiera sé qué decir, no quiere verme y lo entiendo totalmente, me he
comportado como un auténtico idiota con ella.
—No digas eso…
—Es la verdad, Bell. —Me miró. Seguía notando la tristeza, además del brillo
en su mirada que delataba que había estado llorando—. No debería haber sido
tan egoísta, haberle causado tanto estrés… posiblemente ese bebé estaría vivo.
—Eso no lo sabes. —Intentaba que se diera cuenta de que no había sido su
culpa, de que estas cosas pasaban que, a veces, no se podía apreciar del todo
que un órgano no se estaba desarrollando como correspondía.
Lo único que no acabé de entender era por qué el comandante me había
insinuado que Sebastián estaría ocupado con su familia, dándome a entender
que estaría haciéndose cargo del bebé junto a Anneliese. En aquel momento no
lo comprendí, pero con el pasar de los días, me di cuenta de que lo hizo para
que guardara rencor a Sebastián. Era una posibilidad, pero tal vez pensó que al
decirme que ellos empezarían a ser felices, indirectamente me reiteraba de
que yo nunca podría llegar a la altura de Anneliese, lo cual era ridículo porque
yo tenía algo que ella ya había perdido.
—Tal vez no lo sepa, pero no puedo evitar sentirme responsable —dijo—.
Durante todo el embarazo no me comporté como debía haberlo hecho.
—Sebastián, basta, no digas eso. No pienses en cargar con toda la
responsabilidad, culpándote. —Me daba la sensación de que lo que necesitaba
no era que me compadeciera de él, sino que le abriera los ojos para que se diera
cuenta de que él no había tenido la culpa—. Tanto Anneliese como su padre te
han manipulado de tal manera que has acabado cumpliendo su capricho de
mantenerte a su lado sin pensar que aquello no te hacía bien porque, al fin y al
cabo, te habías dado cuenta de que no estabas enamorado realmente de ella.
—Es cierto, pero…
—Abre los ojos —susurré esbozando una pequeña sonrisa torcida—, a veces
hay que ser egoístas cuando se trata de nuestros sentimientos, no podemos
anteponer siempre a los demás. ¿Qué es lo que realmente te duele de esta
situación?
No dejó de mirarme y pude sentir que me apretaba un poco más la mano.
Tardó varios segundos en responder en los cuales pude comprender que nunca
había querido a ese bebé, le dolía haberlo perdido, pero no podía evitar
ponerse en la piel de Anneliese porque así era él, empático, porque detrás de
aquella máscara de hombre frío y calculador, se escondía una persona que se
preocupaba por los demás llegándose a olvidar de sí mismo.
Lo único que necesitaba Sebastián era hablar sin traicionar a su corazón
diciendo cosas que no eran.
—Es verdad que no estaba en mis planes tener un hijo con Ann, pero tampoco
quería que… muriera. No estaba emocionalmente preparado para eso, pero…
¿qué puedo hacer en este caso salvo aceptarlo? —Me miró algo consternado y
pude apreciar cierta tonalidad rojiza en sus ojos. ¿Cómo le iba a decir que me
tenía que marchar durante diez meses?—. Ni siquiera sé lo que debería hacer
con Anneliese, está bastante afectada, no se quiere levantar de la cama,
tampoco tiene ganas de comer. Si sigue así, se pondrá enferma.
La situación se ponía cada vez más complicada pues, sin que se diera cuenta,
volvía a culparse a sí mismo cargando con toda la culpa tras su espalda. Quería
que llegara a entender que él no la tenía. Me mantuve en silencio durante unos
segundos sin dejar de mirarle, entonces decidí hablar, decirle que lo mejor que
podía hacer era que no se involucrara demasiado, pues tenía la sensación de
que aquello era lo que Anneliese quería por muy cruel que sonara. De la mano
de su padre, ambos eran unos expertos manipuladores.
—Lo mejor que puedes hacer por ella, sería no acercarte por mucho que te lo
pida —dije—. Anneliese necesita un psicólogo para que la pueda ayudar a
superarlo, no te dejes engañar, ¿de acuerdo? A no ser…
A lo mejor sí quería ir junto a ella, que yo tan solo hubiera sido un pasatiempo
durante todo este año. Tal vez, deseaba volver con su prometida e intentar
arreglar las cosas. Aquella idea me generó algo difícil de explicar, algo
parecido a los celos. Deshice el agarre sin darme cuenta, sin embargo, pude
notar su asombro.
—Renata —advirtió—, no quiero que te imagines nada, por favor, no quiero a
Anneliese, ¿de acuerdo?
En su mirada se podía apreciar sinceridad, no obstante, la duda ya habitaba en
mí, lo que no debió haber sucedido teniendo en cuenta que no volvería a verle
hasta dentro de un tiempo. Intenté disiparla, no quería que la hija del
comandante me estropeara la última noche que nos quedaba juntos.
—De acuerdo —respondí.
—De todas maneras, ¿qué era lo que me tenías que decir? Parecía algo
importante.
Debía decírselo, lo sabía, sin embargo, quería darle una despedida que
recordara, que me recordara.
—¿Sería posible que fuéramos a la casa de campo del girasol? —susurré—.
Podemos hablarlo ahí.
Aquello le extrañó, se le podía apreciar en la mirada, pero tampoco dudó en
aceptar. Toda esta situación no hacía más que confirmarme que pasábamos
más tiempo separados que juntos. No sabía lo que pasaría en diez meses, se
decía pronto, pero seguía siendo mucho tiempo, por eso quería que me
recordara como estaba siendo yo en aquel instante pues, Sebastián Otálora,
dejando que el tiempo dictara nuestros encuentros, había conseguido que mi
corazón latiera emocionado cada vez que le tenía cerca.
Capítulo 31
Sebastián
Intenté que, en el camino hacia la casa de campo de mis abuelos, Renata me
dijera aquello que tenía por contarme, sin embargo, se negó en rotundo hasta
que no llegáramos pues decía que no sería lo mismo y quería darle la
importancia que tenía. No lo entendí, no sabía lo que esa cabecita suya trataba
de esconderme, por lo menos no tardaría mucho en averiguarlo, no obstante,
eso no significaba que no estuviera ansioso ya que se podría tratar de cualquier
cosa, lo cierto es que necesitaba calmarme y dejar de pensar en Anneliese y en
el bebé cuya vida le duró solamente un par de minutos.
A veces me preguntaba por qué debió haber sido tan injusto para él, alguien
que no había tenido ningún tipo de culpa en toda esta historia. Tenía la
sospecha de que al destino disfrutaba acabar con mi paciencia, no había otra
explicación.
El camino que había hacia las afueras de la ciudad no era muy largo, sin
embargo, aquella vez se me hizo eterno, no dejaba de darle vueltas a lo mismo,
pensando qué era lo que tenía que decirme Renata. La miré de reojo varias
veces, se mantenía concentrada con la vista hacia adelante permitiéndome
apreciar su perfil. Siempre había sido preciosa, su belleza era algo que me
gustaba admirar y con el paso de los años, no dejó de serlo manteniendo esa
elegancia que la caracterizaba. Desde el momento que supe que me había
enamorado de ella, jamás dejé de estarlo con el pasar del tiempo, al contrario,
aquel sentimiento se intensificó hasta que nos convertimos en el
complemento del otro. Renata se convirtió en mi punto débil que, de alguna
manera, también me fortalecía.
—¿Me lo dirás? —pregunté, ansioso mientras íbamos caminando hacia el
campo de girasoles.
La propiedad de mis abuelos tenía un terreno bastante amplio que contaba con
una pradera que se encontraba en un sitio montañoso, con lo cual, el escenario
que se reflejaba a nuestros pies era uno donde el color amarillo era
predominante. Había extendido una manta encima de la hierba y la invité con
la mirada a que se sentara a mi lado.
Cerré los ojos durante un par de segundos para aspirar el aroma que
predominaba en el ambiente, uno cálido, casi fresco, que delataba la llegada
del otoño. En aquel momento comprendí que realmente disfrutaba de estos
momentos; simples, esporádicos y emocionantes.
Coloqué la palma de la mano hacia atrás, sosteniendo mi peso a la vez
mientras no dejaba de observar su perfil, tenía la mirada hacia los girasoles.
Nos encontrábamos en silencio, todavía seguía esperando su respuesta y ahí
me di cuenta de que sería algo grave, me daba la sensación de que era algo que
debía decirme y no porque quisiera, sino porque se encontraba en la
obligación. Me pasé la lengua por el colmillo imaginándome qué podría ser y,
de inmediato, pensé en el comandante. No quería pensar que, tal vez, habían
tenido una conversación.
De pronto, Renata empezó a hablar. Me quedé atento escuchándola.
—Siempre tuve claro que quería ser militar, no me imaginaba dedicándome a
otra cosa —murmuró. Seguía sin mirarme y mantenía los brazos alrededor de
las rodillas que estaban en alto—. No paraban de repetirnos que teníamos que
prepararnos para cualquier tipo de circunstancia o misión, que aquí no se
permitía la debilidad, yo lo entendí desde el primer instante pues nunca
consideré que llegaría a tener alguna.
Arias había hablado con ella, a cada palabra que pronunciaba Renata, más
clara me lo dejaba. No pude evitar sentir cierto temor al pensar qué era lo que
le había dicho. Intenté acercarme un poco más, quería esconderme en su
cuello mientras aspiraba el perfume que habitaba en su piel, algo me decía que
sería la última vez que me embriagaría de su aroma. Ella no se apartó, lo
inclinó levemente, dejando que plantara la nariz ahí.
—Dime qué sucede —pedí en un susurro. Apoyé también mi mano sobre sus
rodillas para darle un leve apretón—. ¿Qué te ha dicho el comandante?
Su silencio me generaba un mayor nerviosismo, no quería que dijera lo que
empezaba a imaginarme. No quería que fuera realidad.
—No quiero que pienses que es culpa tuya —susurró mientras posaba su
mirada en la mía. Tampoco quería tener que memorizar el color de sus ojos
cuando lo que deseaba era despertarme todos los días para contemplarlos—.
No quería que te lo dijera él, por eso te he llamado hoy para que lo supieras por
mí, para decirte que estas cosas pasan y que es totalmente normal en la vida de
un militar.
—Renata… —Escondía cierto temor en la voz mientras fruncía levemente el
ceño. Necesitaba que me lo dijera, que no siguiera con el misterio. Coloqué mi
mano alrededor de su mejilla impidiendo que el contacto visual se perdiera.
—El comandante me ha adjudicado una misión, ayer habló conmigo —
murmuró, sin embargo, se quedó callada sin querer darme más detalles. Lo
que necesitaba saber en aquel momento era de cuánto tiempo estábamos
hablando—. En Afganistán.
Esas palabras las sentí como si me hubieran echado un cubo de agua fría
encima. Por muy buena militar que fuera o la excelente reacción que tuviera,
no podía negar que este tipo de territorio podía suceder cualquier cosa. Sentí
algo frío recorrerme la espalda.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
—Diez meses —dijo en un hilo de voz lo que hizo que apartara la mirada
mientras intentaba asimilarlo. El hijo de puta del comandante no había
encontrado otra cosa mejor qué hacer que enviar a Renata a la guerra para
darme una lección. Me froté la frente mientras soltaba alguna que otra
palabrota—. Tarde o temprano iba a tener que ir a alguna, sigo siendo una
soldado, recuérdalo.
—Claro que lo recuerdo —dije, algo enfadado, pero no con ella, sino con el
hombre que no supo separar la vida personal de la laboral, perjudicando a la
única persona que no tenía la culpa pues, quien la buscó desde el primer
instante, fui yo—, pero eso no quiere decir que me parezca bien lo que te está
haciendo que, justamente después de vernos en el hospital, te manda a
Afganistán durante diez meses. ¿En qué cabeza cabe eso?
Me estaba alterando por momentos porque, justo cuando creí que ya no me
ataba nada a Anneliese, el comandante se encargaba de enviarla lejos con el
riesgo de que sufriera cualquier tipo de daño o peor, que muriera en el campo
de batalla. Renata suspiró cerrando los ojos momentáneamente.
—No se puede hacer nada —continúo diciendo—. Arias sigue siendo el
comandante y sus órdenes tienen plena validez dentro de la CMFE. —En el
fondo, lo sabía, pero era algo que me costaba aceptar.
—¿Cuándo te marchas? —Lo único que me faltaba era que se marchaba
mañana y esta noche fuera la última que nos quedaba juntos.
—Mañana, a primera hora.
—Joder —me quejé a la vez que chasqueaba la lengua—. ¿Por eso has querido
que vengamos aquí? ¿Se supone que esta es la despedida? —La miré de nuevo,
mantenía la respiración algo agitada, al igual que mi corazón, que se
encontraba inquieto en el interior de mi pecho, supongo que sentía que Renata
se iría. Me froté el rostro algo nervioso mientras intentaba calmarme pues
aquella noticia me había tocado más de lo que hubiera imaginado.
La oficial se quedó callada, sin embargo, noté su cercanía aproximarse, me
mantuve quieto dejando que siguiera acercándose. Colocó su mano en mi
mejilla e, instintivamente, incliné la cabeza hacia su dirección, disfrutando de
su tacto que no hizo más que calmarme. Cerré los ojos mientras dejaba soltar
un suspiro cansado, hasta que, de un momento a otro, pasé un brazo por
detrás de su cintura, atrayéndola hacia mí. Volví a abrir los ojos para verla,
quería hartarme de admirarla, adentrarme en sus ojos hasta que me saciara,
aunque en el fondo, sabía que eso no pasaría nunca porque la bella guerrera se
había adueñado de mi corazón. Esbocé una leve sonrisa al volverlo a pensar,
pues todavía no me podía creer que hubiera conseguido atraparme de una
manera tan fácil y asombrosa.
—Lo siento —susurré mientras juntaba nuestras frentes—, pero esta
situación… —suspiré, sin saber cómo expresarme. Su mano seguía
manteniéndose en mi mejilla, sin evitarlo, empecé a acariciar su cintura,
apretando levemente la piel. Renata lo notó, pero no dijo nada, por lo que
continué en esta misma posición.
—Serán diez meses —susurró muy cerca de mis labios—, solo diez, no me
pasará nada —repitió, intentando convencerse de ello—. Volveré, no pienses
en ello, pero eso no quiere decir que te prohíba escuchar a tu corazón, haz lo
que creas conveniente, lo que sientas en todo momento —susurró
separándose para mirarme. Sus ojos seguían brillantes, no obstante, se podía
apreciar cierta melancolía en ellos.
—Te esperaré —dije rápidamente—, no quiero que pienses que no lo voy a
hacer, ¿de acuerdo?
—Haz lo que creas, no quiero limitarte, podría llegar otra persona y que…
simplemente te dejes llevar, suele pasar, no pasa nada, lo único que no quiero
es que sientas que tienes un compromiso conmigo, no lo hay.
¿Renata todavía no se había dado cuenta de que, desde hacía semanas, se había
convertido en la mujer de mi vida? No quería dejarme llevar con otra persona,
lo que quería, era que volviera viva de aquella misión, sin un solo rasguño.
—¿No quieres tener ningún compromiso conmigo? —pregunté, algo
divertido. Supongo que quería diluir la tensión que se había instalado en el
ambiente. Recibí una sonrisa de su parte—. Si tú quieres, por supuesto.
—¿Qué me está queriendo decir, señor Otálora?
—Que estoy enamorado de ti —susurré sin dejar que nuestras miradas
rompieran el contacto visual—, que, cada vez que estás cerca de mí, mi
corazón salta agitado ante tu cercanía. ¿Todavía no te has dado cuenta de lo
que me provocas? No tendría sentido que empezara a sentir por alguien más
cuando eres tú quien no abandona mis pensamientos, cuando es contigo con
quien quiero pasar el resto de mi vida.
Le confesé lo que me había estado guardando, por lo menos una parte, quería
que supiera lo que me provocaba, que no me importaría esperarla el tiempo
que hiciera falta si tenía la seguridad de que estaría a mi lado.
No recibí respuesta por unos segundos los cuales me parecieron eternos, no
obstante, pude darme cuenta del nerviosismo que se había adueñado de ella,
pues empezó a morderse el labio sin querer. Desde hacía minutos que Renata
había quitado la mano de mi rostro, por lo que le devolví el gesto a la vez que
apoyaba el pulgar sobre sus labios, liberando su labio inferior. Quería que me
dijera algo, lo que fuera.
—No creo poder ofrecerte lo que me estás pidiendo —susurró, al fin. Podía
percatarme del miedo en su mirada, supongo que era la clase de mujer que,
por su trabajo, no dejaba que nadie penetrara lo que había en el interior de su
pecho. Lo cierto era que aquello me asustaba, pues no se me pasaba por la
cabeza que se fuera de mi lado, no conociendo la reacción que demostraba
cada vez que nos veíamos.
—No te estoy pidiendo nada —respondí—, no quiero que cambies, tampoco
que dejes tu vida de militar por mí. Si me estoy confesando, es porque quiero
que sepas lo que me provocas, no para que te sacrifiques. —Hice una pequeña
pausa—. Niégame que tú no estás sintiendo lo mismo que yo.
No podía evitar seguir con la caricia en su cintura, haciendo una presión leve
en su curvatura. El que tuviera su rostro tan cerca de mí, mirándome con aquel
color chocolate predominante en sus ojos, además de que no podía dejar de
mirar su labios, no hacía más que mi cuerpo reaccionara en respuesta. Renata
conseguía encenderme con esa sutileza que poseía. Intenté controlarme, no
quería que dudara de mis intenciones, sin embargo, era algo que no podía
obviar.
—No será fácil —murmuró.
—No me importa.
—Todavía no me conoces —continuaba diciendo—, tan solo sabes una parte
de mí.
—Permíteme descubrirla. —Me encogí de hombros, demostrándole que no me
importaba luchar contra cualquier dificultad que surgiera—. Déjame entrar,
Renata, déjame quererte.
No quería que pensara que estaba insistiendo en demasía, simplemente, me
estaba abriendo a ella, contándole con la mirada lo que me provocaba, lo que
su esencia, personalidad y carácter conseguía que sintiera. Ella siguió
mirándome sin emitir palabra alguna, hasta que, segundos más tarde, recibí
su respuesta.
—Nunca pensé que llegaría el día donde alguien conseguiría despertarme
algún sentimiento, pero tú… no sé cómo, has logrado que sienta lo mismo que
tú estás sintiendo por mí —dijo—. ¿Quieres que te deje entrar? Hazlo,
Sebastián, enséñame a quererte.
Aquello hizo que sintiera una emoción invadirme pues la mujer que quería, me
estaba diciendo que sí. Sonreí sin poderlo evitar y la insté a acercarse un poco
más para abrazarla. Quería sentirla pegada a mi pecho mientras dejaba que su
respiración me hiciera cosquillas en mi cuello. La rodeé por la espalda,
apretando su cuerpo levemente y no dudé en cerrar los ojos para permitirme
disfrutar de este momento, de hecho, del último momento que
compartiríamos en mucho tiempo.
Lo que me sorprendió, no obstante, era que, de un segundo a otro, levantara
una rodilla para dejarla al lado de mi cuerpo, cuando me di cuenta, la tenía a
horcajadas sobre mi regazo sin dejar que el abrazo se rompiera. Podía notar su
corazón algo agitado, la emoción era palpable, lo que hizo que me moviera
algo incómodo para evitar que notara lo que me provocaba.
—Bell… —susurré, pero no parecía que me estuviera escuchando, en lugar de
eso, acercó sus labios a los míos para juntarlos en un beso algo desesperado.
De inmediato me di cuenta; quería que comprendiera que seguía tratándose de
una despedida—. No tienes por qué —logré decir en un tono bajo después de
alejarme levemente de su rostro. Ella no me escuchó, volviéndolos a unir.
—Quiero hacerlo —dijo sobre mis labios, aprovechó para morderme el
inferior y tirar un poco de él—. Aquí. —Volvió a plantarme un casto beso
mientras inclinaba levemente su cuerpo hacia adelante declarando su
intención de seguir.
Abarqué toda su espalda con mis manos y, en aquel momento, agradecí que
estuviera vistiendo una falda suelta pues, me permitió acariciar la piel
desnuda de sus muslos por debajo de esta. Ahogué un gemido cuando volví a
notar como se inclinaba hacia adelante. No dejé de besarla, tampoco permití
que entre nosotros existiera un centímetro de distancia hasta que, sin
percatarme de ello, me estaba desabrochando el cinturón junto a la cremallera
de mis pantalones.
A nuestro alrededor no se oía absolutamente nada salvo el sonido propio de la
naturaleza, nunca me hubiera imaginado que llegaría a tener sexo al aire libre,
aunque desde fuera no lo pareciera pues no permití que se desnudara, además
de que su falda escondía mi intención de buscar su entrada después de haber
apartado su ropa interior hacia un lado. Ahogué otro gemido cuando se volvió
a mover, esta vez, con el deseo de deslizarse lentamente hasta que nuestras
pieles se rozaron.
Lo que empezó como una conversación cargada de frustración por el hecho de
que fue Renata la que tuvo que pagar los platos que yo mismo había roto,
acabó con una confesión de mis sentimientos hacia ella, además del deseo de
querer culminar la conversación de una manera más íntima. Me comporté
tierno, no hice nada que no hubiera querido hacer, su mirada siempre me lo
dejaba claro, pero a la vez, no dudé en demostrarle el fuego que me provocaba
su toque.
Aquella noche se había coronado mi favorita, a pesar de que, al día siguiente,
ya no la volvería a ver hasta dentro de diez meses.
Capítulo 32
Narración omnisciente
Anneliese Arias se encontraba tumbada en la cama desde hacía un par de
semanas, no se quería levantar, había entrado en un estado de total
indiferencia por la vida que, si no salía pronto, la situación se agravaría. No
hacía otra cosa más que permanecer con los ojos casi abiertos, mirando la
cuna que permanecía en su habitación junto con todos los peluches que había
decidido comprarle tiempo atrás para su hijo. Intentó aguantar las lágrimas al
pensar que esa cuna ya no serviría, que todo lo que le había preparado, ya no lo
podría utilizar.
Cerró la mirada con fuerza mientras dejaba escapar un sollozo, ni siquiera
tenía fueras para llorar, estaba rota y seca, no tenía lágrimas para derrochar.
Se preguntaba si este sentimiento duraría para siempre, ¿cómo una madre
podría lograr superar la muerte de su bebé? Recordaba que, nada más ponerlo
sobre su pecho, descubrió que algo iba mal, su intuición de madre la alertaba
que su bebé no estaba bien. No se equivocaba, hubiera deseado que sí, sin
embargo, minutos más tarde ya habían declarado la hora de la muerte.
Desde entonces, la hija del comandante no había hablado con nadie, ni
siquiera con Sebastián pues le guardaba rencor por no haber querido estar a su
lado, al fin y al cabo, era su primer hijo. Le daba igual que no la quisiera, aquel
bebé no había tenido la culpa de nada, pero parecía como si las consecuencias
hubieran recaído para él. No lo encontraba justo, Anneliese pensaba que él
debía apoyarla, consolar su sufrimiento, pero parecía como si se hubiera
quitado un peso de encima, pues tan solo vino una única vez para verla. ¿Qué
clase de hombre era Sebastián que no se estaba haciendo cargo de ella? ¿No
veía que su prometida estaba sufriendo, que había perdido a su niño? Por lo
menos, lo único que la había llegado a consolar, era que la queridísima Renata,
se encontraba lejos, por lo menos ya no se tendría que preocupar por ella.
Suficiente había hecho.
Con el pasar de los días y con la ayuda de sus padres, además de sus mejores
amigas, Anneliese consiguió levantarse de la cama, le seguiría doliendo, de eso
no cabía duda, pero ya no sería tanto como… antes. Por lo menos, había
logrado sonreír, lloraba con menos frecuencia y la cuna que había en su
habitación, le pidió a su padre que la quitara, pues no quería que la tristeza la
invadiera cada vez que la viera. El proceso de sanación iba lento, tampoco lo
quería apresurar, algo así no se lograr superar de la noche a la mañana, por lo
menos, seguía teniendo un motivo para llamar a Sebastián cada vez que así lo
deseaba. Quería que, con el tiempo y aprovechando que Renata no se
encontraba metida en sus vidas, abrirle los ojos para que se diera cuenta de
que ella era la mujer de su vida. Se casaría con Sebastián Otálora, de aquello no
había duda.
Octubre ya había iniciado y con este mes, las selecciones para el nuevo
comandante del Cuartel Militar de las Fuerzas Españolas Aéreas. Se podía
notar la tensión en el ambiente, todo el mundo se encontraba nervioso pues
elegir a la máxima representación de la CMFE no era tarea sencilla. Los
militares seleccionados debían pasar por una serie de pruebas de máxima
dificultad para demostrar su potencial y hacer ver que se encontraban en
perfecto estado para poder llevar a cabo las diferentes misiones de cualquier
nivel.
El capitán Abellán lo sabía, era consciente que no sería nada fácil y tenía que
esmerarse en conseguir el puesto, sobre todo cuando el comandante Arias se
convirtió en el quinto jugador cuando pidió que se aprobara aquella ley
estúpida de se podía renovar el cargo por segunda voz consecuente, pero en
lugar de los diez años que normalmente duraba, se redujera a cinco. Él fue
quien lo propuso, no iba a permitir que Arias siguiera dando las órdenes a su
favor por otros tantos años.
Las semanas de octubre siguieron su curso, hasta que, el comandante Arias y
el capitán Abellán se enfrentaron en el último cara a cara. La situación se
encontraba bastante reñida, muchos pensaban que ganaría Abellán, pero Arias
tampoco se quedaba atrás y tenía a los fieles que le seguirían a donde fuera. La
prueba consistía en un ejercicio para demostrar tu capacidad mental y
estratégica, además de la reacción bajo una intensa presión y estrés. Cualquier
comandante tenía que estar preparado para ello, tenía que saber dirigir a su
cuerpo militar bajo cualquier escenario posible para obtener el mejor
resultado. No tenía que ponerse nervioso, tampoco tartamudear, debía
mostrar seguridad, fuerza y compromiso. Aquel era el objetivo del
comandante, comandar a tu ejército para lograr la seguridad del país y dar lo
mejor para las misiones al exterior.
Cuando el resultado fue revelado, todos los soldados se quedaron a la espera
de que el Consejo dijera el nombre del próximo comandante. Era un 50,7 %
contra un 50,3 %. Nunca se había visto una situación tan reñida, sin embargo,
los números no fallaban.
Guillermo Arias había sido el ganador y, por lo tanto, su puesto como
comandante seguiría intacto durante los próximos cinco años. Martín Abellán,
quien se encontraba a su lado, no había abierto la boca. Por cuatro décimas no
había conseguido ganar el puesto. Reaccionó un par de segundos más tarde
para girarse hacia el comandante y estrecharse las manos, dándole la
enhorabuena. No se iba a poner a pelear con él, sabía cómo funcionaba la
elección del ganador y siempre se hacía de manera objetiva teniendo también
en cuenta la opinión del cuerpo. Había ganado de manera justa y él había
perdido con honor. Nada se podía hacer.
Sebastián, junto a su padre, se encontraban a lo lejos admirando el resultado
en la pantalla. Ambos se habían quedado en silencio al ver que Arias seguiría
significando una pesadilla para la CMFE. Sebastián no pudo evitar pensar en
Renata. Cinco años se decían pronto, pero en su cabeza, los mil ochocientos
veinticinco días no paraban de darle vueltas.
El empresario dejó escapar un largo suspiro, ¿cómo podía ser que hubiera
ganado, que el resultado hubiera sido tan reñido? «Cuatro décimas», pensó.
Cuatro puñeteras décimas y Abellán se había quedado fuera.
—¿Crees que pueda pedir que verifiquen otra vez el resultado? —preguntó a su
padre. No quería aceptarlo así como así, tan… fácil.
—No lo sé, según tengo entendido hacen varias comprobaciones antes de
revelar el nuevo comandante. No creo que se hayan equivocado —confesó—.
Lo único que nos queda es mirarlo por el lado positivo, Martín ha conseguido
que sean cinco y no diez, como lo propuso Arias desde un principio.
—Arias me tiene hasta los cojones —murmuró Sebastián.
En estas semanas, no había hecho otra cosa que calentarle el oído para que
fuera a ver a Anneliese, pues necesitaba su apoyo. Varias veces le dejó claro
que había roto el compromiso con ella y que ya no eran pareja, sin embargo,
Guillermo parecía no entenderlo o, simplemente, no quería.
—Lo intentaré —habló Eduardo, pues le molestaba ver a su hijo tan decaído.
Nunca lo había visto así y haría lo que estuviera en su mano con tal de
ayudarle—, hablaré con el Consejo, tengo un contacto ahí, veré lo que me
digan.
—Gracias —respondió.
Su padre se limitó a dedicarle una pequeña sonrisa, era consciente que lo
estaba pasando mal, sobre todo cuando esa soldado de ojos chocolates tuvo
que irse de misión durante unos cuantos meses. Había comprendido, desde
que le organizó su fiesta de cumpleaños, que los sentimientos que tenía su hijo
hacia aquella mujer, eran reales, de aquellos que involucraban pensar que uno
había encontrado a su otra mitad.
El empresario, que poseía una gran influencia militar, lo había intentado,
había hablado con el Consejo, pero no pudo conseguir nada. Volvieron a
verificar el resultado bajo su petición, pero el nombre de Arias seguía
apareciendo en la pantalla. Se lo comentó horas más tarde a su hijo y este, no
tuvo otra opción que asentir y dejar que el tiempo siguiera pasando. Ni
siquiera se dio cuenta cuando ya se encontraban en el 1987, en un pleno
invierno de enero. No había celebrado Fin de Año, no quería y Matías tampoco
consiguió convencerlo.
Intentó por todos los medios sacarle, aunque fuera una sonrisa, pero
finalmente comprendió que lo que él necesitaba era que la vida no jugara tanto
con sus cojones. Soltó un suspiro mirando a través de la ventana y le hizo que
gracia el vidrio ahora se encontraba impregnado con su vahó. Esbozó una
sonrisa, divertido, lo que él tenía era que, incluso las cosas diminutas y sin
importancia, le hacían gracia, aquello Sebastián lo sabía muy bien, pues se
encontraba sentado detrás del galerista, observándole hacer el idiota con la
ventana. Quiso decirle algo, pero le parecía más divertido preguntarse cuándo
dejaría de hacer el idiota. Al final, tuvo que abrir la boca.
—Mat —pronunció—, ¿qué haces?
—Perder el tiempo ya que tú no quieres jugar conmigo. —Cuando decía este
tipo de cosas, parecía que un niño de cinco años estuviera encerrado en el
cuerpo de un adulto—. Estás amargado y yo me aburro.
—No estoy amargado.
—Díselo a mi abuela, ¿quieres? Se te nota, de hecho, me lo has repetido tantas
veces que me lo he acabado creyendo. Anima ese ánimo, hombre, han pasado
tres meses y pocos, todavía queda, pero ya no tanto.
—No me estás ayudando —murmuró el empresario. No quería volver a
recordar los días que faltaban para que su amada volviera a pisar Barcelona—.
No quiero darle tanta importancia.
—Se las estás dando sin que te des cuenta porque estás enamorado de ella —
aseguró Matías, mirándole mientras esbozaba una sonrisa. Le gustaba ver que
su amigo no lo estaba negando como en anteriores ocasiones pasó—. No hace
falta que me digas nada, tu silencio siempre me está dando la razón. —
Observó que esbozaba una diminuta sonrisa en su rostro y no dudó en aplaudir
la victoria por dentro—. ¿Tienes pensado darle una fiesta de bienvenida?
Cúrratelo, hazme el favor. Mujeres así no se encuentran a la vuelta de la
esquina.
—Sigues sin conocerla —murmuró él, arqueando una ceja. Siempre pasaba lo
mismo, a Matías le gustaba hablar más de la cuenta.
—No me hace falta, la voy conociendo a través de ti.
Empezaron una discusión sin fines de enfadarse, simplemente continuaron
hablando como normalmente hacían. Había veces donde ni siquiera se daban
cuenta del pasar de las horas. No pudo evitar pensar que ojalá que el tiempo
avanzara igual de rápido. Confesaba que la echaba de menos, no lo podía
negar, se le notaba en la mirada, sin embargo, no sentía que la falta de Renata
lo perjudicara. La echaba de menos, a veces sentía la tristeza debido a su
ausencia, pero no la necesitaba para que otro día nuevo llegara, si por él fuera,
la seguiría esperando hasta que la vida se quedara sin días.
Sebastián se encontraba en su despacho en las oficinas de ARSAQ, quería
adelantar todo el trabajo que pudiera, de esta manera, no estaba tan pendiente
del tiempo. Había pasado solamente un par de días desde que vio a Matías en
su casa y sentía que la eternidad estaba a punto de comérselo. Soltó un
suspiro, algo cansado y pensó que lo mejor que podría hacer era continuar con
los documentos que tenía encima de su escritorio. En aquel instante, sin
embargo, su hermano, Adrián, se presentó en su despacho sin haber tocado la
puerta, como ya era costumbre en él.
Se mostraba sonriente y, de inmediato, Sebastián comprendió que el motivo
venía acompañándole por detrás de él. Se traba de una bella mujer que
mostraba la elegancia que poseía y que no dudaba en mostrar.
—Hermano, te presento a Olivia, el amor de mi vida —murmuró con una
sonrisa que no le cabía en la cara mientras dejaba que diera un paso hacia
adelante.
—Está exagerando —se rio ella—, todavía estamos en esa etapa de
conocernos.
—¿Habéis oído eso? Ha sido mi corazón rompiéndose en mil pedazos. —
Adrián podía resultar ser muy gracioso cuando se lo proponía, tan solo le
bastaba sentirse en las nubes para dejarse llevar y Olivia, quien no perdía la
buena vibra, se encargaba de lograr aquello—. De todas maneras, no venía por
esto, venía a decirte que papá me ha ascendido, así que venía a darte envidia,
ya sabes, lo que cualquier hermano haría.
Sebastián lo miró con una ceja arqueada, pero no dijo nada, no valía la pena
decirle que él poseía un porcentaje de las acciones y que, en un futuro, se
encargaría de la viabilidad de la empresa.
—Felicidades —pronunció y no dudó en añadir—: Que seáis felices —sonrió.
Tanto Adrián como Olivia lo miraron con una sonrisa en la cara mientras
seguían derrochando su amor por el aire, querían que todo el mundo supiera
que estaban enamorados y que su relación iría contra viento y marea.
Sebastián al principio no le dio mucha importancia, al fin y al cabo, quería que
su hermano fuera feliz y esperaba que hubiera pasado página respecto a lo que
sucedió dos años atrás, donde su amor murió en aquella explosión.
El tiempo siguió su curso y, en el otro lado del continente, la joven soldado se
encontraba en una tienda de campaña, acostaba, con la cabeza apoyada sobre
la almohada mientras intentaba que sus ojos se cerraran. No podía dormir,
desde hacía días que no podía, no cuando en cualquier momento alguien
podría lanzar una bomba para acabar con todo aquel en un radio de doscientos
metros. Quería que su corazón se tranquilizara, pero ¿quién podía hacerlo
cuando estabas obligado a dormir con la ropa y el calzado puesto?
«Eres militar», se dijo. «Una guerrera. Tienes que calmarte, ¿cómo pretendes
ser comandante si estás temblando del miedo?». Odiaba su consciencia, pero
debía admitir que tenía razón, así no llegaría a ser comandante, debía
demostrar su tenacidad, su fuerza en el campo de batalla, luchar hasta el
último aliento. No dejarse matar hasta que no fuera estrictamente necesario,
quería que, si se llegaba a morir, que fuera recordada, que hubiera un motivo
importante detrás, de lo contrario, no le daría el gusto a nadie.
Cerró los ojos, se obligó a dormir, no le quedaba más remedio si quería seguir
manteniendo esa reacción rápida que la caracterizaba, sin embargo, no pudo
evitar que el rostro de Sebastián apareciera en su mente, también recordó los
momentos que compartieron sobre todo en su despedida, en el campo de
girasoles. Esbozó una leve sonrisa recordando sus palabras. ¿Así era sentirse
enamorada? ¿Sonreír hacia la nada sin ningún motivo aparente? No se
quejaba, es más, le gustaba la sensación, pues le proporcionaba una calidez
donde su corazón brincaba feliz.
En aquella misión, que duró diez meses, tanto Renata como Sebastián no
pasaron ni un solo día sin recordarse, representaban la clara imagen de una
pareja de enamorados donde el tiempo y el destino casi siempre les solía jugar
en contra, pero que, en el fondo, intentaban sobresalir de cualquier obstáculo
siempre que lo hicieran juntos, como el complemento que eran el uno del otro.
«Eres mi guerrera y mi complemento», rara vez se lo decía, pero cuando lo
hacía, la oficial empezaba a sentir un fuerte sentimiento en su pecho pues ella
también pensaba que había encontrado a esa persona que simbolizaba su
igual.
Le era curioso comprender que, sin proponérselo, había encontrado a esa
persona que había supuesto un antes y un después en su vida, sin embargo,
ninguno de los dos había sido consciente de todos los problemas con los que se
encontrarían por el camino, además de aquellos quienes habían querido
separarlos. Uno de ellos, lo consiguió.
Junio había llegado, Sebastián no dejaba de repetirse en la cabeza que tan solo
faltaban un par de semanas para que Renata volviera. Tenía ganas de verla,
pues en todos estos meses no había podido mantener contacto con ella, lo
intentó, hizo que su padre también lo preguntara, sin embargo, no lo tuvo tan
fácil porque el comandante se acabó enterando y prohibió que la soldado
Abellán tuviera cualquier tipo de contacto a no ser que se tratara de su familia.
Sebastián no lo aceptó, pero tampoco pudo hacer nada para cambiar las cosas,
lo único que podía hacer era seguir trabajando para que el tiempo pasara más
rápido, finalmente, junio había llegado y trece días, al fin y al cabo, no eran
nada.
Oficialmente, había roto la relación que tenía con Anneliese, nada los ataba,
además, ella mismo quiso irse, un «cambio de aires», dijo. Quería recuperarse
mentalmente por la pérdida de su hijo, así que se dio el lujo de tener unas
vacaciones largas. El empresario no se lo impidió, todo lo contrario, que
hiciera lo que ella deseaba, nada le impedía que Anneliese fuera feliz, siempre
y cuando no insistiera en seguir al lado de Sebastián. El hombre tenía
paciencia, pero tampoco tanta para seguir oyendo lo mismo una y otra vez.
Lo que no esperó, sin embargo, era recibir una llamada de su secretaria para
informarle de que Héctor Maldonado se encontraba en la empresa y que quería
hablar con él.
Capítulo 33
29 de junio del 1987
Sebastián
La relación que tenía con Héctor no era que fuera de las mejores, teníamos
nuestras diferencias. La última vez que nos vimos fue el Fin de Año del 85,
había pasado muchísimo tiempo desde entonces, por lo tanto, no sabía por
qué había decidido presentarse en mi despacho. Se encontraba viendo los
cuadros que tenía en la pared con las manos en los bolsillos mientras me
contaba redundancias a las que ni siquiera le estaba prestando atención.
Quise decirle algo, por lo menos, el motivo de su visita, sin embargo, se
adelantó, dándose la vuelta para clavar su mirada en la mía. Mantenía una
sonrisa torcida en un semblante relajado, las manos seguían dentro de sus
bolsillos.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos —empezó a
decir. Héctor no era un mal tipo, pero sí que era bastante extraño—. Si no
vengo yo a visitarte, tú ni haces el esfuerzo de hacerlo. ¿Cómo te va la vida?
—Héctor, ¿hay algo importante que debas decirme? —solté mientras
recostaba la espalda en la silla y colocaba los codos en los reposabrazos. Él me
miró con una ceja arqueada mientras agrandaba esa sonrisa y fue en aquel
momento donde pensé que estaba empezando a vacilarme.
—Simplemente conversar contigo —respondió y no dudó en sentarse en la
silla que había delante de mí, al otro lado de la mesa—, ya sabes, como en los
viejos tiempos. Supongo que estaría bien que nos pusiéramos al día, ¿no te
parece?
—Tengo trabajo que hacer —murmuré mientras le indicaba, indirectamente
con la mirada, todos los documentos que tenía sobre el escritorio—. Podemos
hablar otro día, si quieres.
—Hablemos ahora —insistió—, posiblemente sea yo quien no pueda cuando
tú logres desocuparte, al fin y al cabo, ya estoy aquí y los empresarios se
suelen tomar descansos para el café, ¿no?
La burla que había en el tono de su voz estaba empezando a molestarme, de
todas maneras, me quedé callado pues no veía necesario empezar una
discusión sin sentido. Dejé que continuara hablando, que me dijera aquello por
lo que había venido y se fuera de mi empresa, sin embargo, aquel tema no me
dejó indiferente.
—Tengo cinco minutos —dije, algo serio. Una de las cosas que menos me
gustaba era que me hicieran perder el tiempo de manera innecesaria—. ¿Qué
es aquello importante?
Héctor no dijo nada, se limitó a adentrar la mano en su chaqueta y rebuscar
algo en uno de los bolsillos. Segundos más tarde, había sacado lo que parecía
ser una fotografía. La curiosidad me invadió de inmediato haciendo que
arqueara las cejas. Me la entregó y me fije que aparecía un niño pequeño de
lejos, tal vez tuviera unos tres o cuatro años. No estaba mirando a la cámara
por lo que ni siquiera se había dado cuenta de que se la habían hecho.
—¿Quién es? —Quise saber, que yo recordara, en mi vida no había ningún niño
con el que se me relacionara, así que tampoco entendía por qué me la estaba
enseñando.
—Tan solo quería enseñarte aquello que desconoces y que jamás tendrás —
murmuró y noté que cruzaba una pierna encima de la otra—, algo que en tu
vida podrás reclamar porque perdiste la oportunidad.
—Héctor, ¿se puede saber qué cojones estás diciendo? —El que hablara de esta
manera sobre un niño que ni siquiera me sonaba significaba que el asunto era
serio. Lo que seguía sin entender, no obstante, era que me lo estuviera
explicando precisamente a mí.
—Justamente esto. —Se encogió de hombros—. Me apetecía contarte mi
felicidad.
Aquello me confundió en sobremanera. ¿Felicidad? ¿De qué felicidad se
suponía que estaba hablando?
—¿Ese niño es tuyo? —De todas maneras, ni siquiera sabía cuál había sido la
necesidad de decírmelo, sin embargo, cuando asintió levemente con la cabeza,
comprendí que sí era—. Felicidades —murmuré—. ¿Quién es la madre?
Según lo que tenía entendido, desde que conoció a aquella mujer años atrás, en
la adolescencia casi, nunca había tenido la intención de mirar a ninguna otra.
Estaba enamorado de ella o, por lo menos, aquello era lo que me había dicho.
No me acordaba de su nombre, hice el esfuerzo de hacer memoria, pero lo
único que lograba recordar era que empezaba por la «M».
—Mi mujer —respondió. Me quedé callado esperando a que me dijera su
nombre, sin embargo, no parecía que tuviera la intención de decirme nada
más—. Te contaría la historia completa, pero ya que no tienes tiempo… lo
mejor sería que me fuera, ¿no? —Enarcó una ceja y, de inmediato, comprendí
la intención que escondía detrás; quería seguir hablando. Lo que no entendí en
aquel momento, fue el motivo.
—¿Quieres un café? —pregunté, pero él negó con la cabeza.
—¿Ahora tienes tiempo?
—Te acabo de hacer un hueco.
—Qué considerado —respondió con otra pequeña sonrisa torcida—.
Simplemente he venido porque quería compartirte mi noticia. Lo acabamos de
adoptar, no es nuestro, pero lo vamos a considerar como tal.
Aquello no lo comprendí del todo, sin embargo, no dije nada, tampoco tenía la
intención de meterme en sus decisiones, al fin y al cabo, yo no criaría a ese
niño.
—Me alegro por eso —murmuré—, aunque… ¿qué os ha impulsado a adoptar?
No creo que sea una decisión fácil.
—He querido yo, ha sido mi decisión, Mónica al principio no le gustaba la idea,
sin embargo, ha acabada accediendo.
Entonces su nombre era Mónica, no estaba mal encaminado con la letra.
Nunca llegué a imaginarme a Héctor de padre, ahora seguía sin hacerlo, sin
embargo, sentí cierta alegría de que hubieran tomado la decisión. No cualquier
pareja estaba dispuesta a hacerlo.
—Me alegro por vosotros —murmuré—. ¿Cómo se llama el niño?
—Rodrigo, es bonito, ¿verdad? —A mí no me gustaba el nombre, pero
tampoco era mi intención bajarlo de la nube. Asentí con la cabeza mientras
esbozaba una leve sonrisa.
Héctor se acabó marchando de mi despacho diez minutos más tarde después
de que me hubiera dicho, a rasgos generales, lo bien que se portaba Rodrigo. Al
principio creí que no había ninguna intención detrás de su visita, sin embargo,
tiempo más tarde descubrí que no había sido así, que Héctor no actuaba sin
razón a no ser que tuviera un motivo detrás que, lo que hacía, era utilizar la
palabra a su favor, tal como los manipuladores hacían. Ni siquiera sabía por
qué no me había dado cuenta antes pues, todo el enredo que se originó meses
más tarde, nació a partir de esta conversación con Héctor.
***
Días más tarde, recibí una llamada que no esperaba recibir, además de que la
noticia que me había dado, me había generado un malestar en el cuerpo
impresionante. Me había llamado el padre de Renata, Martín, algo que nunca
había hecho con anterioridad.
—Pensé que te gustaría saberlo —continuó diciendo mientras dejaba escapar
un suspiro largo, de inmediato pensé en Renata y no me equivoqué—.
Conozco, a rasgos generales, la relación que tenéis y por eso te estoy
llamando.
—¿Qué ha pasado?
Ni siquiera hizo falta que me dijera nada cuando ya me había puesto de pie
para buscar las llaves del coche. Si Martín me había llamado, era que algo
grave había sucedido.
—Está en el hospital, hace poco que ha entrado en la sala de operaciones.
—Joder —murmuré mientras encendía el motor, segundos más tarde, ya me
encontraba en la calle—. ¿Qué hospital es? —Me lo indicó y no tardé mucho en
tomar el camino correcto—. ¿Qué ha pasado?
—Había finalizado la misión unos días antes, todo estaba bien, ha habido
bajas, no te voy a engañar, pero Renata ha conseguido mantenerse en pie
hasta el final, el caso es que… en el avión… se desmayó, menos mal que ella no
lo estaba pilotando —susurró—. Nadie sabía la razón, dedujeron que se había
tratado de un bajada de tensión por todo el estrés, pero cuando el médico que
había a bordo la examinó, se dio cuenta de los diversos hematomas en su
torso, bastante grandes tirando a un morado oscuro preocupante.
Me faltaban pocos minutos para llegar al hospital, quería llegar ahí cuanto
antes, así que mantuve el teléfono pegado a la oreja escuchando todo lo que
Martín me estaba diciendo.
—¿Tan grave está como para que la tengan que intervenir? —pregunté en un
tono preocupado.
—Mientras la examinaba en el avión, vio que tenía una costilla fracturada,
entonces sí, es necesario —respondió—. Nos han asegurado que el riesgo es
mínimo, pero ya sabes cómo funciona esto, lo sigue habiendo. Tan solo espero
que no le pase nada.
—Gracias por decírmelo.
—Ella te quiere —murmuró—, y te quiere de verdad, jamás había sentido por
nadie lo que siente por ti, entonces vi necesario que supieras que ahora mismo
te necesita. Creo que le hará bien verte después de que despierte de la
operación.
Aquello me conmovió, por lo que esbocé una diminuta sonrisa al
imaginármela de nuevo en mi cabeza con el campo de girasoles como
escenario.
Le dije a Martín que estaría ahí en diez minutos y también le pedí que me
dijera en qué planta se encontraban. Un instante más tarde, ya habíamos
colgado la llamada y seguí concentrado en el camino. Lo último que me
hubiera faltado era haber provocado un accidente por irresponsable. Lo que
repetí en mi mente durante todo el trayecto era asimilar que Renata ya se
encontraba en Barcelona y que dentro de muy poco la vería de nuevo, aunque
no en las condiciones en las que me hubiera gustado.
No pasaba por alto que hacía poco había sido su cumpleaños, por lo que, mi
intención había sido darle el regalo cuando volviera, pasar con ella unos días
para que se permitiera descansar de la misión, supongo que ese momento
llegaría dentro de unas semanas, cuando estuviera completamente
recuperada. Estaba seguro de la decisión que había tomado, no la consideraba
precipitada, tampoco una locura. La quería, estaba enamorado de esa mujer y
no iba a permitir que nadie más se interpusiera.
—Martín —saludé mientras me acercaba para estrecharle la mano. Tanto su
madre como Rocío se encontraban sentadas en uno de los sofás, esperando a
que la puerta que había la final del pasillo se abriera. También las saludé y la
pequeña de las hermanas Abellán, no dudó en acercarse para darme un
abrazo—. No le pasará nada —susurré mientras la estrechaba contra mi
cuerpo—. Todo irá bien.
No me gustaba prometer algo que no sabía con seguridad que se iba a cumplir,
sin embargo, no podía contemplar un mundo donde Renata no estuviera, por
lo que tan solo me quedaba no ser negativo y aferrarme a cualquier esperanza
que hubiera. Tal como había dicho el capitán, el riesgo era mínimo, no
obstante, seguía estando ahí.
—Me muero si a Renata se le ocurre morir, es que entro y la revivo para
regañarla por atreverse a dejarme.
Aquello me sacó una sonrisa.
—No pasará eso, tu hermana es fuerte, una guerrera, ¿sabes? Cuando menos
te lo esperes, ya podrás pasar a verla.
Tal como lo dije, el médico apareció un par de horas más tarde diciéndonos
que la operación había salido bien y que tan solo debíamos esperar hasta que
Renata abriera los ojos. Rocío empezó a saltar de la alegría ante las buenas
noticias y no dudó en mostrar su ansiedad al no poder aguantarse las ganas
por entrar a verla. Sus padres también se mostraron aliviados, sobre todo se
podría reflejar en el semblante de Valentina, su madre, pues relajó los
hombros y se permitió dejar escapar un suspiro profundo para aliviar la
tensión.
Yo sabía que Renata podría con todo, nada más faltaba verla para darse cuenta
de que no se rendiría tan fácil. Con el ambiente más ligero, tan solo bastaba
esperar hasta que abriera los ojos, lo que ocurrió un par de horas más tarde.
Una enfermera se acercó para avisarnos y su familia no dudó en entrar
primero para ver cómo se encontraba. Martín insistió en que también los
acompañara, pero quería darles la privacidad que merecían. Yo pasé después y
me dejaron solo con ella.
Observé que estaba tratando de esbozar una sonrisa, pero al tener el cuerpo
tan adolorido y, teniendo en cuenta que acababa de despertarse de una
anestesia, lo hacía con más dificultad. Me acerqué a ella, escondiendo la
emoción y la agarré delicadamente de la mano. Renata cerró los ojos, suponía
que fue debido al toque, al fin y al cabo, habían sido diez largos meses sin
haber mantenido ningún tipo de contacto.
—Bell… —susurré mientras me sentaba en el sitio libre que había.
—Hola —respondió en el mismo tono y sentí la caricia de su pulgar en el dorso
de mi mano—. Sí que me has esperado.
—¿Lo dudabas? —Había empezado a plantar suaves caricias en su mano
también.
—Cuando se tiene por delante tantos meses, puedes pensar cualquier cosa.
—No quiero que dudes de lo que siento por ti —respondí—. Te quiero, Renata,
quiero que lo sepas, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —respondió y pude ver cierta emoción en su mirada.
—¿Cómo estás?
—Mejor, no me puedo quejar.
—Es usted muy terca, oficial Abellán, debería haber dicho que tenía una
costilla fracturada, ¿en qué estaba pensando?
—No me regañes tú también, hazme el favor.
—Tu salud también es importante, prométeme que no te guardarás estas
cosas, ¿vale?
—Además de terca, también me gusta llevar la contraria. —Había descubierto
que le gustaba jugar conmigo y bastante. Sonreí en respuesta.
—Espero que, cuando llegue el momento, decirte lo que tengo planeado, no
me digas que no, sería muy feo de tu parte.
—¿Planeado? ¿Se puede saber qué es?
—Se trata de una sorpresa, mi querida guerrera, no te gustaría que lo
estropeara al revelártelo.
—Tampoco me gustan las sorpresas —murmuró, frunciendo levemente el
ceño.
—Esta te gustará —aseguré.
—¿Una pista?
Sonreí mientras negaba con la cabeza, tampoco era mi intención decirle que
quería pedirle que se casara conmigo.
Capítulo 34
Renata
Nunca me gustaron los hospitales, me generaba cierta angustia al darme
cuenta de que permanecía rodeada entre cuatro paredes blancas mientras
dejaba que desconocidos me examinaran, sin embargo, tampoco podía
quejarme porque si quería que me dieran el alta, debía estar bien y aquello se
conseguía siguiendo todas las indicaciones al pie de la letra.
Estuve un par de semanas ingresada, mis padres querían asegurarse de que me
encontraba perfectamente antes de que me la dieran. Me visitaron todos los
días, quedándose conmigo casi la tarde completa, Rocío venía con menos
frecuencia, aunque estuviéramos en julio, en pleno verano, la pobre siempre
andaba ocupada. Luis también venía un par de días a la semana, me hacía la
tarde más divertida y lo cierto era que se lo agradecía demasiado, porque poco
se podía hacer estando siempre acostada en la cama.
Sebastián no dudó en visitarme también, intentaba sacar tiempo para mí pues
el trabajo en la empresa lo tenía casi ahogándose, sin embargo, trataba de que
yo no lo notara, no quería preocuparme. Todavía tenía en mente la sorpresa
que me dijo que tenía para mí. Se lo recordé hace unos días, diciéndole que,
aparte de curiosa, también era impaciente con algunas cosas, con el tema de
las sorpresas, por ejemplo, era frustrante pensar que se podía tratar de
cualquier cosa y que no tenía manera de averiguarlo.
—Dímelo —pedí, una vez más mientras trataba de poner cara tierna—, dijiste
que me lo dirías.
El empresario se encontraba sentado a mi lado, me sonreía divertido, como si
estuviera disfrutando de mi ansia por querer saber.
—No seas impaciente —respondió—, todo llegará cuando sea el momento, no
me he olvidado de la sorpresa que dije que te tenía preparada.
—¿Puedo adivinarlo?
Él sonrío mientras aprovechaba para agarrarme de la mano y plantar un
delicado beso sobre el dorso de esta. Podía intuir que no me diría nada y así
fue, por lo que dejé estar el tema hasta que llegara el día en el que me lo
revelara. Pasadas las semanas y al no recibir nada, el tiempo consiguió que me
olvidara de la sorpresa.
Cuando mi médico me dio el alta y pensaba que podía volver a mi rutina, mis
padres se opusieron a que volviera a la CMFE de inmediato, por lo que tuve que
descansar, encerrada en mi habitación, durante unos días más. Dejaba escapar
varios suspiros profundos con la intención de que mi madre me oyera, pero lo
que recibía fue la risa de ella mientras me decía que, si quería volver a trabajar,
tenía que estar completamente bien. Valentina tenía lo que yo llamaba: -
«principio de madre sobreprotectora», que, si bien me dejaba a mis anchas,
cuando se ponía pesada en cuanto a mi salud física, tenía que obedecerla me
gustara o no.
Era curioso que, teniendo veintiún años y siendo oficial en el Ejército Aéreo
español, se comportaran conmigo como si aún fuera una niña. Al fin y al cabo,
tampoco me quejaba demasiado, me gustaba la sensación de ver que, a pesar
de todo, continuaban preocupándose por mí.
Luis se acercó una tarde aprovechando que le había dicho que no habría nadie
en casa, por lo menos, me habían dejado salir de mi habitación, por lo que nos
encontrábamos en el salón sentados en el sofá decidiendo si teníamos hambre
o no.
—Yo no sé cocinar, te aviso —me dijo él, abriendo levemente los ojos, gesto el
cual me hizo gracia y dejé escapar una pequeña risa—. ¿De qué te ríes? Es
verdad cuando te digo que solo sé hacer comida de supervivencia, no te
esperes nada interesante de mi faceta culinaria.
—Tranquilo, tampoco es que me haya hecho muchas expectativas —respondí
y Luis se limitó a ponerse la mano en el pecho, ofendido—. Creo que tengo
algo en la nevera de la cena de ayer.
—Tu madre cocina como los dioses, a ver si algún día me adopta, le pediré que
me cocine siempre.
—Sabes que puedes venir a comer cuando quieras.
—Tampoco quiero ser un aprovechado.
Me levanté del sofá para ir hacia la cocina, Luis me siguió y abrí la nevera para
ver qué podíamos comer. Decidí recalentar lo que habría sobrado ayer y, entre
una cosa y otra, acabamos sentados en la barra de desayuno.
—¿Cuándo tienes pensado volver a la CMFE? Todo el mundo te echa de menos
—murmuró mientras se llevaba el tenedor a la boca, saboreando la comida
preparada por mi madre—. Dios mío, esto está riquísimo.
—Cuando al capitán le dé la gana dejarme volver.
—Tienes sus inconvenientes que tu padre sea tu superior también, creo que te
limita el doble, sobre todo en este tipo de casos.
—Se preocupa por mí. —Me encogí de hombros—. Para Valentina tampoco es
fácil, tener a su marido y a su hija en un riesgo constante. Por una parte, los
entiendo, pero por otra… esto es a lo que me quiero dedicar, no pueden
encerrarme en una cajita de cristal cada vez que venga malherida y no podré
decir que no si se me presenta otra misión.
—Esto es de lo que te quería hablar, el comandante quiere adjudicarnos otra
misión, tú también estarás dentro como soldado cualificado que eres. No se
sabe la fecha, es algo que están tratando ahora, podría ser para mañana como
para dentro de un mes.
—¿Dónde será?
—Todavía no ha dicho nada sobre este tipo de detalles, ni siquiera saben la
duración de la misión, el asunto es bastante delicado y el comandante Arias
junto con el de la Tierra, están cooperando juntos.
—Es grave, entonces —murmuré imaginándome la magnitud si los dos
comandantes estaban uniendo fuerzas.
—¿Mi padre lo sabe?
—Sí, está al tanto, Diego Serra será uno de los tenientes al mando, al igual que
yo y a ti también te quieren por tu mente estratégica. Tu padre no se puede
negar, aquí hay que ser objetivos, no puede favorecerte al tratarse de su hija —
explicó mientras dejaba el tenedor en el borde del plato—. Te lo digo ahora
para que lo vayas asimilando. En cualquier momento nos llamaran y
tendremos que estar listos.
—Lo sé —dije—, sé cómo funciona. ¿Tienes noticias de Marina? Hace una
eternidad que no sé nada de ella.
—La verdad es que no tengo nada seguro, pero según lo que he oído por ahí,
está en otro cuartel, quien sabe si volverá a pisar la CMFE, es bastante
improbable.
Me quedé pensando en todo lo que acababa de decirme, tanto en la misión que
estábamos próximos a hacer como en la situación de Marina. A veces ocurría
cuando un soldado se tenía que mover de cuartel en cuartel de manera
constante, no era nada extraño, no obstante, me hubiera gustado seguir
trabajando con ella.
Días más tarde y con el permiso del capitán Abellán, mi superior al mando,
pude volver a pisar el cuartel. Me sentía bien al volver y se reflejó en la grata
bienvenida que me hicieron mis compañeros, organizado por Luis, como era
de esperarse. Todo el mundo se alegró de verme, incluso el teniente Serra, que
se encontraba unos metros alejado, sin embargo, después de agradecerles por
la bienvenida, ordené que todo el mundo moviera le culo y siguiera trabajando.
—Amargada —me dijo Luis con los brazos cruzados—. Encima que te
organizo una fiesta de bienvenida y llegas tú para estropearla en menos de dos
minutos.
—No seas dramático, quieres —respondí mientras empezaba a caminar por
los pasillos con él colocándose a mi lado—. El cuartel no es un sitio para
fiestas.
—Lo que tú digas, no te vuelvo a organizar nada en mi vida, desagradecida.
Me detuve en medio del pasillo para girarme y mirarlo a los ojos.
—Eres el amigo que siempre deseé tener, de verdad, eres el mejor, pero no
exageres, ¿vale? —sonreí, aunque en el fondo sabía que nada de lo que estaba
diciendo era en serio, le gustaba dramatizar para ver mi reacción.
—Lo sé, sigo siendo un soldado serio, no te preocupes por eso. —Me dio un
beso en la mejilla para después empezar a caminar—. Nos vemos luego, tengo
un entrenamiento ahora.
Lo miré desaparecer entre la multitud y negué con la cabeza. El día continúo su
curso sin ningún tipo de dificultad, incluso el comandante Arias se acercó a mí
para ver cómo me encontraba, no obstante, la alegría no duró demasiado pues
me recordó de la misión que había explicado Luis días atrás. Le confirmé de mi
predisposición a realizarla y le dediqué el correspondiente saludo militar.
El que siguiera siendo comandante no era que me emocionara demasiado, sin
embargo, yo tampoco podía hacer nada. Esperaba que mi padre pudiera
conseguirlo dentro de los cinco años cuando Arias ya no tendría opción a
presentarse de nuevo o si él resultaba darse de baja, pues Martín Abellán, al
haber quedado en segunda posición, tenía la opción de sustituir al
comandante si resultaba tener cualquier tipo de impedimento. Tan solo
esperaba que no pasara nada grave y que mi padre obtuviera el puesto por su
esfuerzo y por todos los años de servicio y dedicación.
Me encontraba en mi habitación, era de noche y mis horas en el cuartel ya
habían finalizado. Me preparaba para irme a la cama cuando, de pronto, había
oído un par de golpecitos en la puerta. Me extrañé al instante preguntándome
quien podría ser, por lo que, envuelta en una bata, abrí la puerta. Se trataba de
la señora encargada de controlar qué soldados se encontraban en la
residencia, por lo tanto, llevaba a cabo un registro minucioso de las entradas y
salidas.
—¿La puedo ayudar en algo?
—Oficial, siento molestarla —murmuró—, pero hay un señor en la entrada
del edificio que dice desear verla. Le he dicho que no están permitidas las
visitas a estas horas de la noche, pero insiste.
Por un instante, pensé en Sebastián, pero me extrañó pensar que podría
encontrarse aquí sabiendo que no lo dejarían pasar.
—¿De quién se trata? —pregunté mientras me cruzaba de brazos sobre el
pecho.
—Sebastián Otálora —respondió e hizo una pausa—. Conoce las normas, no
se le permitirá pasar a su habitación en ninguna circunstancia.
—Lo sé, las tengo claras, gracias por informarme —dije—. Déjeme cambiarme
e iré a hablar con él.
—Cinco minutos —contestó ella—. Sigue siendo un cuartel militar, no una
residencia de estudiantes.
Me miró con una mirada reprobatoria y cuando vio que lo tenía claro, se
marchó caminando por el pasillo, por lo que cerré la puerta preguntándome el
motivo de que Sebastián se encontrara tan tarde aquí. En unos minutos, ya
estaba vestida con algo más decente y salí de la habitación sin hacer mucho
ruido, al fin y al cabo, no teníamos permitido deambular por el territorio a
nuestras anchas.
La señora se encontraba detrás de su mesa con un libro en la mano, esperando
a que llegara la hora para poder irse a dormir también. Le dediqué una mirada
y me fijé que Sebastián se encontraba detrás de las puertas de vidrio, de
espaldas y con las manos en los bolsillos. Ni siquiera se movió cuando abrí la
puerta y me coloqué a su lado.
—Sebastián… —murmuré captando su atención, él todavía seguía mirando
hacia arriba, admirando la luna llena—. ¿Qué ocurre? ¿Qué haces aquí?
—Quería verte. —En el momento que abrió la boca diciendo aquello, supe que
algo andaba mal. Esperé a que continuara hablando—. Te pido perdón si te
estoy poniendo en un aprieto, pero… necesitaba tenerte a mi lado, que me
abrazaras. Llevo todo el día sintiéndome como una mierda y no quería
regresar a casa hasta que no te viera.
Hice que me mirara por lo que me coloqué delante de él haciendo que bajara la
cabeza para que nuestros ojos volvieran a conectar. Los tenía apagados,
tristes, se le notaba que había estado llorando. No dudé en abrazarle y apoyé la
mejilla sobre su pecho. Él me correspondió y sentí su malestar cuando me
apretó contra su cuerpo como si no quisiera que me fuera de su lado.
—Dime qué ha pasado —pedí—. ¿En qué te puedo ayudar?
—Ya no hay nada que se pueda hacer y tampoco nada que me ayude a sentirme
mejor, pero… —Se quedó callado, sin saber cómo continuar—. Necesito que
estés a mi lado, esta noche —confesó—, que apoyes la cabeza sobre mi pecho
y que me dejes abrazarte hasta que los primeros rayos del sol se cuelen por la
ventana. Necesito sentir que estás a mi lado, Renata.
Me mantuve en silencio pensando en lo que acababa de decirme juntamente al
motivo de su tristeza.
—Déjame recoger mis cosas y nos vamos, ¿está bien? —respondí levantando
la cabeza para mirarle. Observé que asentía levemente y me acerqué para darle
un casto beso a los labios. Él me sostuvo de la mejilla durante unos segundos
más, tratando de memorizar el momento.
—Te esperaré aquí —dijo y aprovechó para unir nuestras frentes durante un
instante.
Me separé de Sebastián a los pocos segundos y me adentré de nuevo al edificio.
La señora encargada me miró con una ceja levantada y le informé de que en
unos minutos me iría, al principio no estuvo de acuerdo, pero, al fin y al cabo,
ni yo era una prisionera ni esto era una cárcel. Por lo que, en una bolsa, metí
una muda de ropa, el pijama y el neceser. Minutos más tarde, Sebastián ya me
había cerrado la puerta del copiloto y arrancó el motor del coche con dirección
a su apartamento.
Durante todo el trayecto no dijo ni una sola palabra, se quedó en silencio sin
dejar de mirar a la carretera. Hubo un par de momentos donde me permití
observar su perfil, seguía perdido y empezaba a dudar de que estuviera bien
como para seguir conduciendo, por lo que estuve atenta por él. Al ser de noche,
había menos movimiento en la calle.
Una vez en su apartamento, lo primero que hizo fue dejar mis cosas en el suelo
para dirigirse hacia mí y esconderse en mi cuello mientras me abrazaba,
apretándome contra su pecho. Pasé los brazos por encima de sus hombros y
empecé a acariciarle la nuca con las yemas de mis dedos. Le permití quedarse
en esta posición los minutos que creyera necesarios.
—Llévanos a tu habitación —susurré, al fin y al cabo, era la primera vez que
me traía a su casa y no sabía dónde se encontraba nada.
Sebastián me hizo caso y, lejos de empezar a caminar para que yo le siguiera
detrás, se agachó levemente para agarrarme por mis muslos y subirme
haciendo que mis piernas quedaran enrolladas en su cintura sin separarse de
mi cuello. En pocos segundos, había entrado a su habitación para dejarme
acostada sobre su cama de manera delicada con él entre mis piernas. Se
permitió apoyar su cabeza sobre mi pecho mientras dejaba caer su peso sobre
mi cuerpo con la intención de relajarse.
No dije nada, nos quedamos en silencio envueltos en la oscuridad de la noche y
continué con la caricia en su cabeza. Estaba conmocionado, lo podía notar,
pero si no se permitía hablar y decir lo que en su interior ocurría, no podría
llegar a superarlo.
—Sebastián… dime qué ocurre —pedí en un susurro con el tono más tranquilo
que pude emplear. No era cuestión de sentir lástima por él, sino de saber
entenderlo y estar ahí el tiempo que necesitara. Sentí que había tragado saliva
indicándome que no era capaz de continuar hablando, por lo que lo hice yo por
él—. Tómate tu tiempo, nadie te está presionando, me quedaré aquí, a tu lado,
el tiempo que necesites —le aseguré.
Contrario a lo me esperé, levantó la cabeza para verme. Me había habituado a
la oscuridad, por lo que pude ser capaz de apreciar la tristeza que había en su
mirada. En menos de dos segundos, había unido nuestros labios en un beso el
cual profundizó algo desesperado. Noté un gemido brotar de su garganta
cuando me agarró por la mejilla y presionó su entrepierna contra la mía.
—Necesito que me digas si quieres que me detenga —susurró sobre mi boca
para esconderse en mi cuello y plantar sus labios sobre mi piel.
Le acaricié la espalda por encima de la ropa y dejé escapar un jadeo ante la
sensación que me estaba produciendo. Negué con la cabeza, mirándole y dejé
que continuara lamiéndome la piel. En pocos minutos, ya nos encontrábamos
desnudos en su cama. Sebastián todavía se encontraba entre mis piernas, no
tardó en ubicar mi entrada para acercar su cuerpo al mío. No sabía que lo había
echado tanto de menos hasta que no empezó a moverse, lento al principio,
pero fue variando la velocidad hasta que ninguno de los dos pudo aguantar
más.
Se dejó caer de nuevo sobre mi pecho manteniéndose todavía en mi cavidad,
con la respiración algo acelerada mientras trataba de calmarse. Me besó,
adentrando la lengua en el proceso y dejé que se tranquilizara, pues se podía
notar que todavía estaba muy alterado.
Arrugué la frente cuando se dejó caer a un lado de la cama, atrayéndome hacia
él mientras nos envolvía con la fina sábana de color blanco.
—Si no lo dices en voz alta, acabarás encerrándote y será peor. No hace falta
que me lo digas a mí, simplemente permítete sacar aquello que no te deja estar
tranquilo, en voz alta, tienes que oírte decirlo. Créeme, sé de lo que te estoy
hablando.
Se mantuvo callado durante largos minutos hasta que, finalmente, decidió
hablar.
—Mi padre ha muerto —susurró con la voz completamente apagada—. Hace
dos días, desde entonces que no soy capaz de pensar con claridad y por eso
necesitaba verte, porque ahora mismo, eres lo único cuerdo que tengo.
En aquel instante, no supe que decir. ¿Qué se decía en este tipo de casos? Dejé
que se desahogara, que me hablara respecto a cómo se sentía, al igual que su
madre y Adrián, su hermano, ambos estaban destrozados y era normal, había
muerto alguien importante para ellos. No me imaginaba a la madre de
Sebastián, rota por la muerte de su marido, el hombre al que había querido
desde hacía muchísimos años.
Aquella noche, Sebastián se permitió llorar la muerte de su padre sin dejar que
yo me apartara de su lado. Me contó que Eduardo Otálora siempre había sido
un hombre que había cuidado su salud, sin embargo, desde hacía tiempo que
se había ido encontrando mal por una causa que seguía siendo desconocida
para ellos, hasta que, de un momento a otro, su corazón no aguantó y los
médicos no pudieron hacer nada para salvarlo.
Podía imaginarme su dolor, no lo había sentido en carne propia y esperaba no
tener que hacerlo, pero podía comprender la tristeza que no le dejaba avanzar.
¿Cómo llegabas a superar la muerte de un ser querido? Sobre todo, cuando
había estado ahí desde el inicio, una persona que te vio crecer.
Con el pasar de las semanas, Sebastián fue encontrándose mejor. Se celebró el
funeral al cual asistí para hacerle ver que en mí podía encontrar un apoyo.
Conocí mejor a su madre y dejé que me envolviera en unos de sus abrazos,
tiernos, delicados, expresando al amor que había perdido.
No volvimos a tocar el tema, sabía que se encontraba mejor, se le podía notar
en la mirada, sin embargo, le seguía incomodando que alguien mencionara el
nombre de su padre. Le gustaba recordarlo en silencio, con una copa en la
mano mientras observaba la luna en el cielo. Con el tiempo y, cada vez que lo
observaba, comprendí que aquel era su momento y que se permitía hablar con
él en su cabeza.
Tres semanas después de que me lo confesara, empecé a encontrarme mal,
náuseas y dolores de barriga, al principio no le di importancia, pero al ver que
no cesaba, empecé a temerme el motivo que había detrás, por lo que, sin
decírselo a nadie, lo quise comprobar por mí misma.
Ahora me encontraba sentada sobre la taza del baño viendo el positivo en la
prueba de embarazo que había comprado minutos atrás en la farmacia.
Capítulo 35
18 de agosto del 1887
Renata
Nunca pensé que este día llegaría tan… pronto, que me encontraría en la sala
de espera del hospital en el área de maternidad con Sebastián a mi lado
haciendo tiempo hasta que el doctor nos llamara. Que dentro de mí estaba
creciendo una vida y que, esa vida, a pesar de que la habíamos creado en un
momento algo difícil, la habíamos aceptado desde el momento en el que me
enteré y se lo conté.
Después de que hubiera repetido el test y asegurarme de que seguía saliendo el
«positivo», me vestí con lo primero que había encontrado en el armario y me
dirigí hacia el apartamento de Sebastián. Eran más de las ocho de la tarde, así
que lo más probable era que estuviera ya en casa después de haber trabajado
durante todo el día, pues ahora, como su padre ya no se encontraba, él había
tomado las riendas de la empresa, posicionándose al frente de la compañía.
Cuando abrió la puerta, percibí cierto asombro, pero me dejó pasar de
inmediato preguntándome si había pasado algo. Negué con la cabeza
esbozando una pequeña sonrisa y apreté la prueba que tenía guardada en el
bolsillo de la cazadora.
—Tenemos que hablar —le dije y noté al instante su preocupación—. No es
nada grave, tranquilo, simplemente que hay algo importante que tienes que
saber.
Sabía todo por lo que estaba pasando Sebastián, por lo tanto, no creía que se
plantera concebir un niño ahora, no obstante, aunque no lo aceptara, yo lo
sacaría adelante, pues, en aquel instante, ya me había convertido en una leona
dispuesta a todo por proteger a sus crías. No iba a renunciar al bebé que se
había empezado a formar en mi vientre.
—¿Qué ocurre? —Me agarró de la mano para guiarme hasta el sofá,
sentándonos uno frente al otro, cerca. Su caricia no tardó en notarse, delicada,
lenta, sobre el dorso de mi mano.
—Posiblemente este no haya sido el mejor momento, pero… —me quedé
momentáneamente en silencio intentando encontrar las palabras acertadas
para esta noticia—. Quiero que sepas que, a pesar de todo, querré seguir
adelante —aseguré, ganándome una mirada desconcertada de su parte.
—¿A qué te refieres? —Se acercó un poco más, colocando su mano en mi
mejilla.
Sin querer alargar más la situación, le enseñé la prueba de embarazo que había
llevado conmigo. La dejé entre ambos, sobre la palma de mi mano. Al principio
no obtuve ninguna reacción de su parte, pero al darse cuenta de lo que se
trataba, me miró expectante y con los ojos abiertos.
—¿Estás…? —No acabó la frase y tan solo me limité a sonreír mientras asentía
con la cabeza.
—Sí, embarazada —susurré mientras dejé que me envolviera entre sus
brazos—. Desde hacía unas semanas que me he estado encontrando mal,
además de que siempre había sido regular y por las dudas… compré una prueba
en la farmacia. Eres el primero en saberlo, te lo tenía que decir para que
decidieras…
—¿Decidir el qué? —me interrumpió, separándose levemente—. ¿Qué no lo
acepte?
—Yo quiero seguir adelante —aseguré—, y lo voy a entender a la perfección si
esa es tu decisión, sé que tienes muchísimas cosas encima y… —No me dejó
continuar pues plantó sus labios sobre los míos, callándome.
—No sigas, Renata —susurró sobre mi boca mientras se levantaba del sofá
llevándome con él. Me envolvió entre sus brazos midiendo la fuerza con la que
lo hacía—. ¿Qué te hace pensar que no lo aceptaré? ¿Qué yo no quiero formar
una familia contigo?
—Rompiste con Anneliese, vuestro bebé murió, ahora también tu padre, el que
tengas que dirigir la empresa… Es demasiado y no te voy a obligar a hacerte
cargo de algo que no podrás sobrellevar.
—Cállate, Bell —me regañó mientras negaba con la cabeza y esbozaba una
sonrisa torcida—. Ese «algo» es nuestro hijo, no es cualquier cosa y
evidentemente que voy a poder sobrellevarlo porque por ti, voy a estar
dispuesto a hacer lo que sea, ¿me oyes? Independientemente de lo que haya
pasado en mi vida, desde que supe que estaba enamorado de ti, te has vuelto
mi prioridad.
Nos quedamos un momento en silencio sin dejar que el contacto visual se
rompiera.
—Estoy asustada —confesé, al cabo de unos segundos—. Sigo sirviendo al
ejército, todo cambiará y no quiero perder mi puesto. Imagínate que Arias se
entere… precisamente que estoy embarazada de ti, creerá que me estoy riendo
de su hija y del niño que perdió.
—Renata, cálmate, ¿de acuerdo? No te dejes atormentar por Guillermo, todo lo
que pasó con Anneliese no fue culpa tuya y como se le ocurra desquitarse
contigo, se las verá conmigo. No es el único con contactos. No te dejes engañar
por él porque no te podrá hacer nada.
Continuamos hablando durante un par de horas más en las cuales me
convenció de que todo iría bien y que no dejaría que nada nos pasara. Me
aseguró que nos quería y que la noticia del embarazo había sido lo que
necesitaba para poder estar un poco mejor, que en ningún caso se hubiera
planteado dejarme por esto porque era consciente que en las veces donde
tuvimos sexo, no nos habíamos cuidado. Era lógico que tarde o temprano la
noticia saliera a la luz.
Al día siguiente, insistió en venir a recogerme. No tardamos mucho en llegar al
hospital y, según la enfermera, el doctor no tardaría en llamarnos. Sebastián
había colocado su mano sobre mi pierna, apretando levemente de vez en
cuando para asegurarme de que seguía estando a mi lado y de que no tenía la
intención de moverse.
—¿Crees que nos dirá el sexo del bebé? —preguntó, algo impaciente lo que
hizo que esbozara una leve sonrisa.
—Es demasiado pronto para saberlo, todavía no hay nada formado —
respondí—. Eso se dice en el cuarto o quinto mes de embarazo.
—¿Y si son gemelos? ¿O mellizos? —continuó cuestionándose—. Tal vez hijo
único, aunque… —se quedó callado.
—¿Aunque?
—Mis padres tuvieron mellizos. —Noté que le había costado decirlo—. Tal
vez…
—¿No te importaría tener mellizos ahora? —Arqueé una ceja, sorprendida de
que lo considerara pues pensé que no le gustaría tener más.
—Mientras nazcan sanos y en perfecto estado, por mí como si tenemos
trillizos.
Aquello me sacó una sonrisa, por lo menos, la noticia no lo había entristecido
como lo había supuesto en un principio. De todas maneras, yo sabía que, si
Sebastián hubiera dicho que no, habría buscado la manera de sacarlo adelante,
aunque eso hubiera significado enfrentarme a quien sea, de hecho, lo seguía
pensando, si era necesario, me enfrentaría a quién fuera a la mínima amenaza
que viera volviéndome implacable.
El doctor nos llamó pasados unos minutos para empezar a hacerme diferentes
consultas, finalmente, me pidió que me acostara sobre la camilla para que me
hiciera una ecografía abdominal. Sebastián no se movió de mi lado en todo
momento y se le podía notar la emoción en su mirada.
—Todo está perfecto, Renata —comentó el ginecólogo sin dejar de mirar a la
pantalla que tenía a su derecha y yo no pude evitar sonreír—. Está aquí, ¿lo
veis? —Señaló un punto en el monitor que nos confirmaba que era uno solo—.
Todavía es pronto para determinar el sexo del bebé o cualquier otro dato más
importante, pero, en principio, la ecografía no presenta ningún tipo de
complicación.
—¿Cuándo lo podremos saber? —preguntó Sebastián, impaciente.
—En unas semanas, usualmente, en la próxima visita que será dentro de un
mes, ¿de acuerdo? —respondió amablemente mientras se levantaba para irse
hacia su mesa, no sin antes darme un pañuelo para quitarme el gel restante del
abdomen—. Las revisiones serán cada mes para comprobar que el desarrollo
del bebé no presenta complicaciones.
Sebastián le hizo unas cuantas preguntas más respecto a qué tipo de
alimentación debía tener a partir de ahora y cuáles eran los cuidados generales
que debía considerar, yo tan solo me limité a observar su tierna curiosidad y la
preocupación que todo saliera bien. Comprendía el temor que sentía al
recordar lo que le había pasado a Anneliese.
Una vez que el médico respondió a todas nuestras preguntas, nos marchamos
de su consulta de camino hacia el coche.
—¿Estás nerviosa? —preguntó él después de encender el motor y lanzarme
una mirada cargada de expectación—. Te confieso que yo sí, nervioso,
asustado, emocionado y creo que todo a la vez.
Aquello me hizo reír porque no estaba acostumbrada a verlo en este estado.
—Cálmate, ya lo has oído, todo irá bien y dentro de unas semanas sabremos si
será niño o niña.
—Independientemente de lo que sea, lo querré igual, pero ya que se vale
soñar, me encantaría que fuera niña, ¿a ti? —preguntó ilusionado—. Hay que
decírselo a nuestras familias —continuó diciendo—, a Matías también, ese
hombre estaría dispuesto a acabar con mi vida si le escondo la noticia durante
más tiempo.
La esperada reunión no tardó en llegar, al día siguiente, ya los habíamos
reunido a todos para compartirles que, dentro de unos meses, seríamos
padres. Habíamos decidido preparar una cena en el amplio apartamento que
tenía Sebastián y, por supuesto, ya habíamos invitado a ambas familias,
además de Matías y Luis que, para mi sorpresa, ese par ya se conocía desde
hace bastante tiempo, de hecho, tenían un conocido en común y fue por ese
motivo que nos invitaron a la fiesta de Fin del Año del 1985 a la Mansión
Maldonado.
Durante todo este tiempo desde entonces, ni siquiera me había acordado de
ese apellido y no sé si debía hacerlo, porque lo siguientes años se convirtieron
en mi mayor pesadilla.
—Muy bien —habló el mejor amigo de Sebastián, el galerista, se le notaba la
inquietud por querer saber el motivo de la reunión—, si tenéis pensado
casaros, decidlo ya.
—¿Qué? ¿Una boda? —Mi padre palideció—. ¿No creéis que es muy pronto? Es
decir, se os nota que os queréis y ya casi habrán pasado dos años desde que os
visteis por primera vez, pero…
—Papá —interrumpí—, no te preocupes que no hay boda.
Sebastián me miró al instante arqueando una ceja.
—¿No quieres casarte conmigo? —preguntó, dramático y, en aquel instante,
la mesa se sumió en un profundo silencio esperando por mi respuesta.
—Nunca he dicho que no quisiera, pero la noticia no es esa —aclaré.
De un momento a otro, me había imaginado caminando por un largo pasillo
vestida de blanco y Sebastián esperando en el altar. Aquello hizo que me
acordara de las palabras de Marina cuando me preguntaba si tenía pensado
llegar a casarme algún día, mis respuestas siempre habían sido que no, pero…
ahora… teniéndole a él a mi lado y sintiendo lo que sentía, ya no me aterraba
tanto la idea. Era curioso como las respuestas podían llegar a cambiar cuando
la persona correcta aparecía en tu vida.
—Entonces, si es una boda… ¿alguien me puede explicar qué es? —cuestionó
Matías, impaciente.
—Analicemos la situación —propuso Luis—. Tiene que ser una noticia lo
suficientemente importante para que los involucre a los dos y que nos hayan
reunido a todos aquí.
Matías empezó a hacer cálculos y las risas de los demás no se hicieron esperar,
incluso la madre de Sebastián se mostraba un poco más alegre teniendo en
cuenta lo que había sucedido hace pocas semanas o, por lo menos, aquello era
lo que quería mostrar. Adrián, el hermano, también parecía que lo llevaba
mejor, se le notaba bastante cariñoso con Olivia, su pareja, que había decidido
acompañarlo.
—No lo sé, pero a mí me apetece ser tía —soltó Rocío y todo el mundo se
quedó en silencio ante la confesión. Mi padre giró la cabeza de inmediato hacia
ella, alterado y al ver que no lo estábamos negando, posó su mirada en mí.
—¿Estás embarazada? —preguntó, blanco como el papel.
Mamá salió a mi auxilio mientas colocaba una mano sobre su hombro,
queriendo tranquilizarle.
—Cariño, cálmate, no montes un espectáculo —sonrió ella.
Mi hermana no dejó de mirarme y, al no poder aguantar la sonrisa, volvió a
preguntar casi ya afirmándolo.
—¿Es verdad? —insistió Rocío—. Ay, Dios mío, que sí es. ¿Se puede saber a
qué estáis esperando para confirmarlo? No me lo puedo creer.
En el momento que Sebastián pasó su brazo por encima de mis hombros,
atrayéndome hacia él y dije que sí, todos se alegraron levantándose incluso de
la mesa para ir a abrazarnos. La alegría de Matías se notó la que más y Luis no
tardó en empezar a bromear sobre que el próximo miembro de la familia sería
un soldado de primera. El capitán Abellán tampoco tardó en reaccionar y vino
a abrazarme, la noticia lo había dejado sorprendido, sin embargo, se alegraba
por ambos y de que pronto sería abuelo.
Unas cuantas horas más tarde y después del último café, no tardaron en
marcharse, al fin y al cabo, la mayoría tenía que trabajar y no podían
permitirme acostarse más tarde. El único que se quedó fue Matías y porque
quería preguntarnos algo a ambos, según sus palabras, era de vital
importancia y que no se iría hasta que no saberlo.
—Mat, habla ya, estoy cansado —pronunció Sebastián a mi lado mientras me
abrazaba por la cintura después de habernos sentado en el sofá. Matías se
encontraba en el sillón de enfrente.
—Ya estoy viendo lo bien que me estás tratando, que sepas que yo todo esto
me lo apunto en una lista para echártelo en cara después, mal amigo. —
Siempre le había gustado ponerse modo dramático, no era ninguna novedad
para nadie—. El caso es que, como no sea el padrino de ese bebé, vamos a
tener un problema los tres, lo digo en serio.
—¿Esta era la pregunta?
—Por supuesto, ¿qué otra cosa te esperabas? Lo considero algo bastante
importante, al fin y al cabo, es el primer hijo de la nueva generación de los
Otálora y de los Abellán, el heredero, el niño que tendrá a ARSAQ y al Ejército a
sus pies, con unos padres que darían la vida por él, que…
—Mat —lo interrumpió Sebastián y el de inmediato se calló—, suficiente, no
sigas.
—Pues eso, que seré el padrino de vuestro hijo, está decidido. —Juntó las
palmas haciendo un sonido seco—. ¿Cómo se llamará?
Aquello nos pilló un poco por sorpresa, ni siquiera sabíamos el sexo de nuestro
bebé.
—Todavía no hemos hablado de ello, nos enteramos hace dos días de que
Renata estaba embarazada —respondió.
—Bueno, cuando lo sepáis, me decís, espera —se quedó callado un momento,
dándose cuenta de algo—, que podría ser una niña, ay, por favor, si sucede me
voy a morir el doble, será mi muñeca, mi niñita consentida, ya está, decidido,
a partir de ahora empezaré a rezar para que se me cumpla el capricho.
Durante aquella noche me reí como no me había reído en mucho tiempo, me lo
pasé bien, demasiado bien, en realidad, sobre todo con lo que decía Matías
pues en el fondo me alegraba que Sebastián pudiera contar con un amigo como
él.
Lo que no me esperé es que, días más tarde, Anneliese aparecería delante de
mí para hablar conmigo. Me encontraba en la cafetería donde normalmente
iba y en la que Sebastián y yo quedábamos siempre, trabajando, tenía unos
papeles encima de la mesa y, de repente, la hija del comandante apareció
sentándose sin ser invitada. No reaccioné, me quedé mirándola sin dejar que
viera que su aparición me había sorprendido. No sabía qué quería, tampoco me
interesaba en lo más mínimo, no obstante, me quedé en silencio esperando a
que hablara primero, al ver que no lo hacía, decidí empezar yo.
—Anneliese, ¿cómo estás? —pregunté con una sonrisa—. ¿Hay algo en lo que
te pueda ayudar?
—Déjate de sonrisas y preguntas amables, Renata —respondió, seria—.
¿Disfrutas riéndote de mí? ¿Qué es lo que quieres? ¿No te ha bastado con
quitármelo que ahora vais a tener un hijo sabiendo de la pérdida que tuvimos
hace poco más de un mes?
—Anneliese…
—Cállate —me reprendió—, no sabes lo que es perder a un hijo y espero que
nunca lo llegues a sentir porque es algo que ni siquiera se lo desearía a mi peor
enemigo, sin embargo, tú… Ni siquiera te importa, llegaste un día y, de la
nada, Sebastián dejó de quererme y ahora resulta que vais a tener un bebé. —
Dejó escapar levemente el aire mientras chasqueaba la lengua. Ni siquiera
tenía la intención de escucharme—. Me das pena, de verdad, como mujer,
deberías haber sido un poco más empática, pero me acabas de demostrar tu
egoísmo al pensar en ti.
—¿Y se puede saber qué querías que hiciera? —pregunté, enarcando una
ceja—. ¿Qué se supone que debería haber hecho? ¿Abortar? ¿No decírselo a
Sebastián? ¿Pedirte permiso para quedarme embarazada? Dime, Anneliese,
¿qué querías que hiciera?
—Haberte alejado de él, tan fácil como eso, pero no has podido ser capaz de
cerrarle las piernas a un hombre que estaba comprometido.
—Él te dejó desde hace tiempo, el que tú no quieras aceptarlo no es mi
problema —contesté intentando aguantarme las ganas de decir algo que no
debía, pues estaba harta de que la gente se refiriera a mí de esa manera—.
Siento lo que te ha pasado y por la pérdida de tu bebé, pero debes entender que
yo no he tenido la culpa y mucho menos Sebastián, los sentimientos cambian,
suele pasar, es algo inevitable y no por ello debes obligarlo a que permanezca a
tu lado cuando él te dijo en repetidas ocasiones que no quería, el que tú no lo
hayas querido aceptar, sigue sin ser mi problema.
Después de decir aquello, me quedé en silencio sin dejar de mirarla a los ojos.
Podía notar la cristalización en su mirada, no obstante, se le notaba que estaba
intentando no derramar ni una sola lágrima. No quería sentir pena por ella,
tampoco compasión pues era consciente de que yo no había sido la culpable de
que su relación hubiera roto y el que me lo estuviera echando en cara,
intentando darme hacerme sentir que yo era la mala del cuento, no haría que
cambiara de parecer y mucho menos haría que me alejara de Sebastián.
—¿Sabes? No acabo de comprender cómo es que Sebastián se ha enamorado
de ti si eres una completa insensible.
—Si me preocupara de los problemas de toda la gente que me rodea, ¿cuándo
lo haría con los míos? No soy insensible ni me falta empatía, pero tampoco
puedo olvidarme de mí, a veces, Anneliese, hay que ser egoísta con uno mismo
y buscar el bienestar personal —hice una pausa—. Además, con esto que me
estás diciendo, ¿qué esperas conseguir a cambio? —Intentó decir algo, pero no
encontró las palabras para expresarlo, por lo que, continué hablando—: No
esperes a que baje la cabeza por ti, no lo he hecho antes, menos lo voy a hacer
ahora. Pasa página, Anneliese, habla con alguien, con un especialista si lo
necesitas, despeja aquello que te entristece, pero no solucionaras nada
viniendo a mí.
Con el punto final para aquella conversación, Anneliese Arias se levantó y se
marchó sin decirme nada. Observé su partida, al igual que la última mirada
que me dedicó, aún se le podía apreciar la tristeza, el enfado y el desconsuelo,
no obstante, yo no podía hacer nada por ella.
No le dije nada a Sebastián sobre la conversación que tuve con ella, no lo
encontré necesario, con el paso de los días incluso me había olvidado
completamente de aquel encuentro y al ser consciente de que pronto se
acercaba la siguiente revisión con mi médico, ni siquiera me molesté en seguir
dándole vueltas a eso.
Casi dos meses más tarde desde la última vez que vinimos a la clínica, nos
encontrábamos de nuevo ahí, yo subida en la camilla, con Sebastián a mi lado
y el doctor haciéndome otra ecografía. Estaba concentrado mirando a la
pantalla, desde hacía varios minutos que no había dicho nada y eso a Sebastián
le preocupó que no se quedó callado en querer saber el motivo de su silencio.
—¿Pasa algo malo? —preguntó, pero no obtuvo respuesta, por lo que
insistió—. Si algo va mal…
—Mellizos —se limitó a responder—. Serán padres de dos preciosos bebés,
dos niños.
Capítulo 36
2 de noviembre del 1987
Renata
Hace unas horas tuvo se anunció de que tendría lugar una reunión donde
participarían los capitanes y los tenientes correspondientes a la división
Alpha, en la cual, mi padre era la representación de dicha unidad, Luis también
se encontraba ahí por ser el teniente del grupo dos, no obstante, yo no tenía
voz ni voto en esa reunión debido a mi cargo el cual no era el suficientemente
alto para participar en la conversación, aunque estuviera perfectamente
capacitada.
Me tuve que conformar con lo que me estaba diciendo Luis durante la hora de
la comida, se trataba de una misión de rescate de un grupo de mujeres que
iban a ser vendidas. Me quedé en silencio mientras me lo estaba contando.
—Todavía no se sabe la ubicación exacta —pronuncio mientras se llevaba un
trozo de pan a la boca. Intentaba disimular, al fin y al cabo, al no participar
directamente en la misión por mi embarazo, no me incumbe conocer los
detalles de la estrategia que llevarán a cabo—, lo que nos han dicho es que será
aquí en España, no se trata de ningún rescate internacional.
—¿Cuándo piensan iniciarla? Si se trata de un rescate, es que ya debe haber
pistas sólidas del paradero del grupo de mujeres, ¿por qué esperar más?
—Renata —advirtió—. No te metas, no es algo que esté a tu alcance para
resolver, te estoy contando esto porque somos amigos, pero no me pidas que
entre en detalle teniendo en cuenta que se trata de una misión clasificada.
De manera inconsciente, coloqué una mano en mi barriga, el pequeño bulto ya
se empezaba a notar mínimamente y no pude evitar pensar que, dentro de
poco, tendría a mis niños en mis brazos.
Cuando el comandante se enteró de la noticia y me hizo llamar a su despacho,
al principio, no mostró ningún tipo de reacción, se limitó a mirarme mientras
intercalaba su mirada de mi vientre hacia mi rostro.
—No creo que lo más conveniente sea que siga sirviendo al ejército en su
estado. —Me daba la sensación de que no iba a tener fácil el hecho de
convencerlo, no obstante, lo que tenía a mi favor era que no se mencionaba
nada en las normas respecto a cuando una mujer se quedaba embarazada. No
estaba prohibido.
—Comandante Arias —pronuncié con un tono de voz sereno, no era mi
intención enfadarle—. Sigo estado perfectamente capacitada para llevar a
cabo cualquier trabajo que me encomiende. Mi mentalidad estratégica siga
funcionando bien y si hace falta hacer cualquier esfuerzo físico, también estoy
preparada para ello.
Mi doctor conocía mi expediente, era una mujer que estaba en forma,
acostumbrada al esfuerzo físico y a cargar con cualquier arma que tuviera al
alcance, por eso me dijo que no habría problema que siguiera sirviendo
durante un par de meses más hasta que el vientre incrementara de tamaño, en
ese caso, me diría lo mejor que podría hacer para mis bebés. Sebastián no
estuvo de acuerdo en ningún momento, sin embargo, me encargué de
explicárselo lo mejor que pude, que una mujer embarazada no estaba enferma
y que era perfectamente capaz de continuar con mi vida rutinaria hasta cierto
punto.
El comandante me miró de nuevo de arriba abajo alzando levemente las cejas,
sin creerse del todo lo que le estaba diciendo.
—Trabajos administrativos —respondió, finalmente—. No querré oír ni una
queja al respecto, oficial, cuide su embarazo, no queremos que suceda ninguna
desgracia por haber querido demostrar algo que no estaba a su alcance.
Respecto a las misiones, no participará de manera activa en ninguna de ellas
hasta que su embarazo haya finalizado y haya pasado un par de meses, hasta
entonces, se quedará detrás, ¿entendido?
—Sí, señor.
Sabía que, en este caso, no me serviría de nada contraatacar pues, al fin y al
cabo, debía adaptarme a la nueva situación, tampoco me gustaría que algo
pasara debido a que no supe acatar las órdenes, por lo menos, no me había
expulsado de la CMFE y, bajo mi sorpresa, tampoco me mencionó nada
respecto a Anneliese.
—Ya sé que estoy fuera, no hace falta que me lo repitas —contesté, centrando
mi atención de nuevo en Luis—, pero si me dijeras…
—Que no.
—¿Nada?
—Nada —respondió dejando escapar el aire, se notaba que le había
incordiado—. Cuando te lo propones, llegar a ser muy terca, pesada y plasta.
—¿Algún adjetivo más que quieras mencionar?
—¿Eh? No, gracias, creo que ha sido suficiente —contestó, recostando la
espalda en la silla—. El caso es, no participarás en la misión, pero si quieres
estar detrás en cuanto a la planificación estratégica, no lo sé, Renata, háblalo
con tu padre, a lo mejor puede hacer algo, pero tampoco te molestes
demasiado, es una misión de rescate, no tiene más.
Contrario a lo que él decía, me daba la sensación de que no sería una misión
cualquiera, que había algo más que no me quería decir y que si no me hubiera
enterado del embarazo, probablemente, me habrían colocado en la primera
línea de ataque.
No volvimos a sacar más el tema de conversación, yo tampoco insistí, si le
habían ordenado no dar detalles de la misión, como buen soldado, tenía que
cumplirlo y no desacatarlo. La mejor opción era que se lo preguntara
directamente a mi padre, por lo que, horas más tarde de la conversación con
Luis, me presenté en su despacho, quien me recibió con una pequeña sonrisa
sin desatender todos los papeles que tenía en el escritorio.
—¿Qué ocurre, oficial?
—¿El comandante ha hablado contigo respecto a mi embarazo?
—¿Qué es lo que quieres saber? —preguntó a la vez que levantó la cabeza para
mirarme—. Yo fui quien le dijo que no participarías de manera activa en
ninguna misión, lo siento, pequeña, pero me hace ilusión ser abuelo y no voy a
permitir que nada malo te suceda, no si lo puedo evitar.
—Eso lo entiendo, pero…
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Participar en la planificación estratégica. —Algo me decía que debía estar
ahí y enterarme en el momento de lo que sucedería en aquella misión. No pude
esa idea de la cabeza desde que hablé con Luis horas atrás.
—No es necesario.
—Quisiera saber el por qué, si puedo preguntarlo.
—Porque lo digo yo, agradece de que te deje pasearte por el cuartel y no te
haya mandado a casa, no insistas, Renata, pero tu cargo como oficial y soldado
del CMFE está temporalmente neutralizado.
Hablaba como si fuera una bomba de relojería que hubiera desactivado para
evitar la masacre en un radio de veinte kilómetros.
—No estaré expuesta, estoy embarazada, no enferma.
—A tu pareja tampoco le hace gracia que sigas por aquí.
—¿Sebastián te ha dicho que me dejes fuera? —pregunté, enarcando una ceja.
Se supone que había hablado con él y habíamos llegado a una conclusión. No
era tan estúpida como para meterme en medio del campo de batalla, pero
tampoco me gustaría quedarme fuera, sin ver ni oír nada.
—Arréglalo con él, mejor, no es algo en lo que yo me quiera meter.
—No me dejes al margen —respondí, levantando de la silla para ponerme de
pie—. El embarazo no está afectando a mi capacidad decisiva, si puedo ayudar
en algo, déjame entrar, sabes que soy buena y que tengo reacción rápida.
Mi padre me miró compasivo, sin embargo, no quería que me mirase como a
su hija que llevaba a sus nietos en el vientre, quería se diera cuenta de que
todavía seguía siendo una piloto y soldado de las Fuerzas Aéreas. No me podía
dejar fuera, no sabiendo de lo que podía ser capaz de hacer.
—Me lo pensaré y hablaré con tu doctor, ¿está bien? —Asentí con la cabeza
mientras no dejaba de pensar que no era necesario que se asegurara de lo
mismo, otra vez. El doctor le diría exactamente lo mismo, sin embargo, si él se
quería quedar más tranquilo, yo no tenía problema que lo hiciera siempre y
cuando no me dejara en el banquillo.
***
Mi hermana era la que más emocionada se mostraba desde que descubrió que
iba a ser tía. Cada vez que se le presentaba la oportunidad o, si no, ella la
encontraba, empezaba a hablarme de los cuidados del bebé, de la lactancia, el
estrés, la depresión posparto que sufrían algunas mujeres, lo increíble que era
cuando veías a tu bebé crecer, la dificultad en las noches y un largo etcétera. Ni
siquiera me hacía falta leerme los libros cuando tenía a Rocío pululando a mi
alrededor mientras me contaba cualquier cosa que descubría.
—¿Sabías que el gusto y el olfato en una mujer embarazada se vuelven
hipersensibles?
No encontrábamos en mi habitación, yo tendida en la cama, con los pies
encima de una almohada mientras intentaba encontrar la posición perfecta,
tenía ganas de leer un rato. Rocío estaba sentada en el sillón al lado de la
ventana, envuelta en una manta y con una revista de maternidad en la mano.
—Creo que ya he empezado a notarlo —murmuré—, no puedo soportar el olor
de ciertas cosas que antes me gustaban.
—Me parece que esa sensación continuará durante todo el embarazo y las
primeras semanas después de dar a luz y fíjate, a ti te viene doble paquete, no
vaya a ser que las consecuencias del embarazo te pasen factura dos veces. —
No pude evitar reírme ante los comentarios que soltaba. Dejé el libro boca
abajo, sobre mi barriga—. ¿Qué haces, loca? Quita ese libro de ahí, no aplastes
a mis sobrinos.
—¿Te quieres calmar? No pasa nada —respondí, sin embargo, dejé el libro a
un lado de mi cuerpo.
Rocío se sentó a mi lado, con las piernas cruzadas.
—No hemos hablado de los nombres, ¿todavía no habéis pensado en nada?
Tenéis que decidirlo, elegir el nombre de tu hijo es una responsabilidad
grande, depende del nombre que le pongas, los otros niños no le pegarán en el
colegio.
—Para empezar, ni siquiera deberían pegarle por el nombre que tenga.
—Así son los niños. —Se encogió de hombros—. No puedes hacer nada para
evitarlo.
—Que digan que su madre es militar, ya verás que nadie se metería con ellos.
—Yo me meto contigo —intentaba burlarse—. Eh, cuidado, sigues
embarazada, no hagas tonterías —advirtió cuando vio mi intención de
acercarme a ella.
—¿Nadie entiende que no estoy enferma y que soy perfectamente capaz de
hacer cualquier cosa que me proponga?
—Nadie te lo discute, Renata —dijo—, pero es mejor no tentar a la suerte.
Eres la primera persona que conozco que quiere ir a trabajar en lugar de
quedarse todo el día en la cama viendo películas o leyendo o haciendo
cualquier otra cosa divertida.
—Me gusta mi trabajo —murmuré mientras me volvía a acostar sobre el
colchón—. No es tan malo como parece.
—¿Arriesgarte a morir? No, gracias, prefiero seguir sin tanta adrenalina en mi
vida. Bueno, que nos desviamos del tema. —Se volvió a mostrar emocionada—
. ¿Habéis pensado en los nombres? Son dos niños, acuérdate.
—Lo cierto es que no me hemos hablado mucho sobre ello.
—Eso no puede ser, hay que buscar en las revistas la lista de los nombres
españoles más bonitos, porque queréis un nombre español, ¿no? Sois
españoles, nada de ponerle a mis sobrinos nombres extranjeros.
—¿Qué tendría de malo?
—Renata, no me lo discutas, por favor te lo pido —murmuró mientras juntaba
el índice y el pulgar y hacía un gesto con al mano. Rocío podía llegar a ser muy
divertida con sus acciones—. Hay que buscarle un nombre digno de la realeza.
—¿Buscamos nombres que acaben en «an»? —pregunté, acordándome de que
mis niños tendrían el apellido de Sebastián como el primero y me gustaba la
musicalidad que había en la terminación del nombre junto con el apellido.
Rocío me miró con una ceja levantada y no tuve más remedio que
explicárselo—. Sebastián Otálora, Adrián Otálora… —murmuré para que viera
a dónde quería llegar—. Acaban en «án» y me gusta cómo suena con el
apellido junto.
—Eh… vale, no me parece mala idea, así conservamos la tradición, ¿cómo se
llamaba el padre? Tengo entendido que ha fallecido hace poco. ¿Eduardo, era?
—Sí —respondí, acordándome cuando Sebastián se presenté delante de mi
edificio en el CMFE y me pidió que estuviera su lado aquella noche.
—El padre no ha seguido con la tradición —murmuró esbozando una leve
sonrisa para quitarle la tensión al asunto—. No pasa nada, para eso estamos
nosotros, ¿te digo nombres acabados en «an» y vas diciendo cuáles te gusta?
—Está bien —respondí mientras colocaba una mano encima del vientre sin
darme cuenta. Era curioso pensar que llegaba un punto donde ni siquiera era
consciente de que hacía ese gesto, me di cuenta de él al ver la sonrisa de Rocío
sobre la barriga.
Se aclaró la garganta mientras empezaba a enumerar la lista.
—Supongo que los nombres Sebastián y Adrián quedan descartados, ¿no? —
Asentí con la cabeza—. Bien, pues allá va: Alan, Brian, Cristian, Conan,
Damián, Dan, Devan, Dylan, Eiran, Elián, Emilian, Evan, Fabián, Ferran, Fran,
Ian, Iván, Izan, Jonatan, Lucian, Maximilian, Octavian, Roman, Tristán y…
creo que ya, los demás son nombres raros.
—¿Son todos?
—Sí, ¿te parecen muchos? Podemos acortar la lista, te he dicho todos los que
me parecen bonitos, unos más que otros, cabe decir.
Me quedé pensando en todos los nombres que me acababa de decir mientras
seleccionaba los que más me gustaban.
—Creo que esto debería elegirlo con Sebastián a mi lado —pensé, pero lo
acabé diciendo en voz alta.
—¿Y? Elige los que más te gustan y luego se lo comentas, no creo que te ponga
pegas, además no tiene nada de malo que empieces a pensar en ello, porque
luego os descuidáis y vienen las prisas de «ay, qué nombre le pongo». Mejor
que lo decidáis desde ya.
—Todavía falta seis meses hasta que nazcan.
—Seis meses en la realidad, pero en un parpadeo quedará una semana —
dijo—. Va, dime cuáles te gustan y después elegimos dos.
—Teniendo en cuenta esto del apellido pues… Alan, Cristian, Damián, Iván y
Maximilian —enumeré por orden alfabético.
—Ah, muy bien, me gustan, no quedan mal. Los demás niños no se meterán
con ellos. ¿Cuáles son los que más te gustan de esos cinco?
—Iván —respondí—. Iván Otálora Abellán.
—Me gusta, ya tenemos uno —se alegró—. Iván para el primero que salga y
¿el segundo?
—Estoy entre Damián y Maximilian —respondí.
—Ten en cuenta que al otro se le podrá llamar Max, entonces quedaría algo
así: Maximilian Otálora, que queda bien, pero si tenemos en cuenta el
diminutivo: Max Otálora, ¿te gusta cómo suena?
—Damián Otálora Abellán —murmuré, comparando ambos nombres.
—Voto por Damián, este nombre es superior —vociferó mi hermana mientras
juntaba las manos en una palmada para frotarlas entre sí—. Los mellizos
Damián e Iván Otálora Abellán, me encanta, tendré a los sobrinos más bonitos
y perfectos del mundo.
—Cálmate —respondí mientras soltaba otra risita.
—No quiero, déjame disfrutar cuánto me dé la gana, no creo que te vayas a
quedar embarazada después de estos dos.
—La verdad es que no.
—Pues ya está, no me digas nada —murmuró mientras acercaba el rostro
hacia el vientre, hablando directamente con ellos—. Gracias a tía Rocío, ya
tenéis dos nombres potentes dignos de la realeza.
No podía esconder la sonrisa que aquello generaba y ni siquiera me di cuenta
cuando mamá entró a la habitación después de haber picado a la puerta un par
de veces. Traía un sobre blanco en la mano.
—¿Qué estamos celebrando? —dijo mientras me la entregaba y la miré
extrañada—. Acaba de venir el cartero, es para ti, no está firmada, así que
tendrás que abrirla para ver de qué se trata.
Rocío se quedó callada de repente mientras nos prestaba atención. Era un
sobre blanco sin nada escrito que revelara el remitente, por lo que, con mi
curiosidad totalmente despierta, lo abrí y en su interior había una hoja
perfectamente doblado con una nota escrita en ella.
«Disfrútalos mientras puedas, disfruta de una vida que no te pertenece, que
conseguiste a base de tu encanto junto al engaño. Disfruta de la felicidad
momentánea, porque, recuerda, nada dura para siempre y, tarde o temprano,
tendrás tu merecido. Te adentraste en un terreno peligroso, prohibido, te
advertí que no lo hicieras, pero no hiciste caso. Disfruta de una vida de
mentira, una vida que no será eterna porque decidiste apropiarte de ella en vez
de luchar como cualquier otra persona hubiera hecho.
Cogiste el camino fácil, Renata, ahora, deberás atenerte a las consecuencias».
Volví a leer las últimas líneas una vez más, dándome cuenta de que la única
persona que podría haber sido capaz de mandarme algo así, era la hija del
comandante.
Capítulo 37
5 de noviembre del 1987
Sebastián
Ese día había decidido trabajar desde casa, tenía bastante que hacer y
necesitaba cierta tranquilidad para llevarlas a cabo, sin embargo, no esperé
contar con la visita de Matías quien llegó sin avisar y con una sonrisa de oreja
a oreja, estaba feliz, pero aquello no era ninguna novedad ni motivo para
preguntarle pues siempre andaba con ese estado de ánimo.
—He traído la merienda —pronunció mientras dejaba una pequeña caja de
cartón proveniente de una pastelería junto a un par de cafés—. Pensé que sería
muy feo de mi parte presentarme con las manos vacías. —Ni siquiera me había
dejado tiempo a responder cuando ya se encontraba colocando un par de
platos en la mesa con unas servilletas—. ¿No vienes? Sebastián, va, no me
hagas el feo, desde hace un par de semanas que no nos vemos y he echado de
menos a mi amigo.
Yo me acerqué lentamente hasta sentarme en una de las sillas delante de él.
Me quedé mirándole con una caja levantada mientras se llevaba el café a los
labios, tomando un pequeño sorbo.
—He tenido mucho trabajo —me limité a decir—, ¿no podríamos vernos otro
día? De verdad que estoy hasta arriba.
—Tómate un descanso que te vendrá bien y no me digas que no porque te lo
acabo de conceder ahora mismo —respondió—. No puede ser que te pases
todo el día con la nariz metida en los papeles, deberías tenerla entre los pechos
de tu mujer, pero no, te la pasas malgastando el tiempo.
—Matías —advertí.
—Dígame —pestañeó rápidamente.
—No me seas gilipollas y ten un poco de respeto, no puedes ir por ahí diciendo
este tipo de cosas.
—¿Por qué? Es lo más normal del mundo, ya me gustaría a mí tener a una
compañera de aventuras con la que poder jugar. —Levantó ambas cejas
mientras me miraba de manera provocativa—. Ya sabes, a toda clase de
juegos, pero el punto es, lo que me gustaría saber es cuándo pensáis casaros,
digo, pronto tendréis no uno, sino dos hijos, prácticamente, ya tenéis media
vida hecha.
Todavía conservaba el anillo en su correspondiente caja de terciopelo negro,
hacía meses que lo había comprado y pensaba dárselo después de que
regresara de aquella misión que hizo a Afganistán y que duró diez meses, sin
embargo, teniendo en cuenta todo lo que sucedió, no encontré la oportunidad
perfecta.
—No se tiene la vida hecha con dos niños en camino.
—Ya me entiendes.
Dejé escapar un suspiro mientras me llevaba una tartaleta de manzana a la
boca, lo cierto era que, lo que había traído Matías, tenía muy buena pinta y a
mí me encantaba comer, sobre todo si se trataban de dulces, tenía cierta
perdición en probar cualquier tipo de postre.
—No insistas —le dije—, cuando llegue el momento de casarnos, serás el
primero en enterarte, por ahora, prefiero que Renata siga tranquila y que mis
hijos estén bien, no me gustaría que pasara nada.
—Quiero ver el anillo —cambió de tema—, te recuerdo que me prometiste que
me lo enseñarías, pero han pasado meses y nada, sigo esperando, pero mi
paciencia tiene un límite.
—Ah, ¿sí?
—Hombre, por supuesto, soy paciente, pero impaciente a la vez —
puntualizó—, ni siquiera me has contado cómo es el anillo o qué piedra has
elegido. ¿Diamante? ¿Rubí? ¿Esmeralda?
—En realidad, no es algo muy ostentoso, de hecho, el anillo es bastante
discreto, fino, elegante, un diamante en el centro con una montura de oro
blanco —expliqué mientras me levantaba de la mesa para ir en busca de la
caja—. Cuando lo mandé a que lo fabricaran les conté un poco cómo era
Renata y les dejé claro que quería algo simple que la representara a ella sin
perder el porte y la elegancia.
Coloqué la pequeña caja de terciopelo delante de él y dejé que la inspeccionara,
al cabo de unos segundos, la abrió y se quedó impresionado por el anillo de
compromiso de Renata.
—Es precioso —murmuró sin dejar de verlo—, madre mía lo fino que es y lo
elegante que se ve, sin duda, te has lucido, deberías trabajar en una joyería, se
te daría bien vender anillos y ese tipo de cosas.
—Creo que seguiré en el mundo de las armas, pero gracias por darme la idea
—dije, esbozando una sonrisa.
—¿Han pensado en pedirle que viva contigo? Es decir, juntos, los dos en una
misma casa, ya me entiendes.
En aquel instante, antes de que le hubiera podido responder, el timbre de la
puerta de entrada resonó en toda la estancia, por lo que, me dirigí para ver de
quién se trataba, pero al ver que era Renata la que estaba en el otro lado de la
puerta, me apresuré para esconder el anillo en uno de los cajones de la cocina,
no quería tenerlo conmigo porque me preocupaba que lo notara.
Matías se quedó con una cara de confusión preguntándose qué estaba
pasando, hasta que se dio cuenta al ver a la bella guerrera adentrarse en el
salón y no pude evitar mostrar una leve sonrisa al ver el pequeño bulto que
escondía debajo del jersey, sin embargo, la felicidad duró poco cuando
mencionó las tres palabras que cualquier pareja evitaba escuchar.
—Tenemos que hablar —pronunció, algo seria y pude observar que se trataba
de algo importante, no obstante, no tenía una idea de lo que podía ser.
—Uy —exclamó Matías, levantándose—, ¿vuestra primera pelea de pareja?
Mejor me marcho, tampoco es mi intención molestaros.
—Matías, siéntate —respondió la oficial haciendo que mi amigo se sentara
obediente sin decir una palabra. Contrario a lo que me había imaginado, se
acercó a mí para darme un pequeño beso en los labios, por lo que aproveché
para colocar una mano en su barriga durante unos segundos—. No estoy
enfadad contigo, no te preocupes.
—Ya puedo respirar con tranquilidad, menos mal —murmuró el galerista.
—Dijo el que, segundos atrás, se quería marchar.
—No voy a pedir perdón por preocuparme por mi vida, me gusta seguir vivo,
gracias. —Se puso cómodo en la silla donde había estado antes y se aclaró la
garganta—. Bueno, ¿a qué debemos el honor de tu visita, oficial Abellán?
Siéntate y cuéntanos porque mi vena chismosa se acaba de despertar.
Renata le hizo caso y no dudó en llevarse una porción del bizcocho de
chocolate a la boca, saboreándolo. No pude evitar sonreír al verla en esa faceta
suya tan tierna, nadie hubiera asegurado que entre nosotros se encontraba un
arma letal capaz de acabar con la vida de cualquiera y que sabía pilotar,
además, aviones de combate. Me senté a su lado y vi que deslizaba un pequeño
sobre de color blanco por la mesa hasta dejarla en el centro.
—Ayer por la noche recibí esta nota y lo cierto es que no me ha hecho mucha
gracia —comentó y, de inmediato, fruncí el ceño, preguntándome el motivo
detrás de aquello.
—No me digas que es de un admirador secreto —soltó Matías mientras la
revisaba, empezando a leer, sin embargo, la expresión en su rostro no tardó a
convertirse en una de desconcierto—. Pues no, no es de un admirador, ¿tienes
alguna idea de quién ha sido?
—Déjame ver —pedí y empecé a leerla en el momento en el que me la entregó.
De inmediato, me di cuenta de que no se podía tratar de otra persona que no
fuera Anneliese. No había vuelto a hablar con ella desde hacía meses, por lo
tanto, habíamos roto cualquier tipo de contacto—. Es de Anneliese.
—Tremendo drama —comentó el galerista—, tan solo me faltan las palomitas
para sentarme en un sillón a presenciarlo. ¿Cómo sabes que se trata de ella?
—Porque la conozco —me limité a responder mientras me levantaba de la
silla para ponerme de pie. Debía confesar que aquella carta me había puesto
algo nervioso—. Tengo que hablar con ella.
—Iré contigo —respondió Renata.
—No.
—No me digas lo que puedo o no hacer, he dicho que iré contigo, es a mí quien
me ha enviado la carta, alguna razón tendrá.
—A ver… llevemos la fiesta en paz. —Matías intentaba calmar la situación,
pero lo que él no veía era que yo estaba lo suficientemente tranquilo para
tomar este tipo de decisiones y no me había gustado que Renata quisiera
exponerse de esta manera delante de ella. La nota dejaba claramente indicado
que Anneliese tenía algún problema que debía solucionar—. Tampoco es que
me quiera meter —continuó diciendo—, pero, según lo que creo, es que mejor
que vayáis los dos para ver qué es lo que quiere. Entiéndelo, Sebastián, no
dudo que Renata no sepa manejar este tipo de situaciones.
—Si quiere volver a decirme algo, que me lo diga a la cara.
Aquello me alertó. ¿Anneliese ya se había encontrado con ella?
—¿Volver? —pregunté—. ¿Te ha contactado? ¿Os habéis visto? —Renata se
quedó callada ante la acusación, no obstante, no tardó en responder.
—No me mires así, se presentó delante de mí en la cafetería y empezó a
decirme que era una mala persona, no me quedé callada, le respondí y le dije
todo lo que pensaba —explicó—. El caso es que ahora ha pensado que sería
divertido enviarme una nota en plan anónimo, así que, nos reuniremos con
ella y vamos a acabar con esto porque estoy harta de que la gente se piense que
puede jugar conmigo.
—Ya la has oído —expresó Matías, mirándome y dejé escapar un profundo
suspiro—. Yo creo que ya me voy, no quisiera interrumpir a la parejita con
vuestras cosas de enamorados —dijo mientras se ponía de pie—. Si necesitáis
cualquier cosa, incluso que os sujete las velas, ya sabéis dónde encontrarme.
Renata se despidió de él después de que se levantara también y se acercara
para darle un abrazo. Una vez que el silencio volvió a reinar, me quedé
mirándola, ni siquiera sabría decir con seguridad cuántos minutos habían
transcurrido, pero no dejé de hacerlo, de contemplar su mirada oscura,
aunque con cierto brillo incrustado, como si se tratara de dos diamantes
negros, oscuros como sus ojos, pero con su característico resplandor según
dónde tocara la luz.
De pronto, pensé en el anillo que todavía se encontraba escondido en uno de
los cajones de la cocina y una idea se me pasó por la cabeza. ¿Le gustaría a
Renata que su anillo de compromiso tuviera un diamante negro como
protagonista?
—¿En qué piensas? —preguntó, haciendo que volviera a la realidad y negué
con la cabeza. Ella se acerca lentamente a mí para agarrarme de la mano para
sentarnos en el sofá—. Me encanta que te preocupes por mí, pero otra cosa es
la sobreprotección —murmuró—. No lo hagas, soy perfectamente capaz de
cuidarme, recuerda que sigo siendo militar y sé utilizar cualquier tipo de arma
—dijo, intentando restar importancia a la situación—. No me iré sola a
enfrentarme con Anneliese, aunque podría ser perfectamente capaz de
hacerlo, por eso te he dicho que iremos los dos, ¿está bien?
Permaneció en silencio esperando por mi respuesta que tardó unos cuantos
segundos en llegar. No podía dejar de contemplarla y más ahora, sabiendo que
llevaba a nuestros hijos en su interior. Tenía razón, no podía apartarla cuando
ella era la primera implicada, nunca fue mi intención menospreciarla, conocía
de sus capacidades, sin embargo… no podía evitar sentirme tenso al saber que
Anneliese estaba resultado ser una amenaza.
—Lo siento —respondí—. No quiero que pienses que no confío en ti,
simplemente… —hice una pausa mientras intentaba encontrar las palabras
adecuadas—. No quiero que te pase nada, solo es eso.
—No me pasará nada —aseguró esbozando una pequeña sonrisa—. Por cierto
—quiso cambiar de tema—, he estado hablado con mi hermana y… creo que
tenemos los nombres para los mellizos.
Aquello me sacó una sonrisa. Lo cierto era que todavía no habíamos pensado
en ello, ni siquiera sabía cuales nombres me gustaban. Cuando estuve con
Anneliese, ella fue quien se encargó de ponerle un nombre sin consultarme
siquiera porque decía que como aquel le había gustado, nuestro hijo pasaría a
llamarse así. No se lo discutí, durante aquellos meses, dejé que hiciera y
decidiera lo que ella considerara.
—¿Qué nombres habéis pensado?
—Me he fijado en el detalle que vuestros nombres acaban con las mismas dos
letras —explicó y no tardé en darme cuenta a lo que se refería—, entonces he
pensado que los mellizos podrían seguir con la tradición, nada de poner a uno
de ellos tu nombre, eso no me gusta, pero sí conservar la musicalidad cuando
el nombre y el apellido se juntan.
—Estoy nervioso —confesé—. ¿Qué nombres habéis elegido?
Renata sonrió, quedándose callada para aumentar el suspense de la situación y
no pude evitar reírme ante la emoción que estaba sintiendo en aquel
momento.
—Damián e Iván Otálora Abellán —pronunció y, de nuevo, pude notar ese
brillo en su mirada oscura, dejándome claro que haría lo que había pensado
momentos atrás—. ¿Te gustan? No creo que queden mal, a Rocío también le
encanta como queda y…
No dejé que dijera nada más cuando ya había posado mis labios en los suyos,
uniéndolos en un beso. Me separé segundos más tarde, sin embargo, junté
nuestras frentes mientras cerraba los ojos en el proceso.
—Me gustan los nombres —susurré—. Damián e Iván —repetí.
—Rocío ha dicho que, quien nazca primero, se llamará Iván, que el mayor
sería él —pronunció y sonreí al imaginarme la escena cuando llegara el
momento.
Colocó una mano en su vientre y no dudé en posicionar la mía encima,
apretando levemente con los dedos. Le haría caso a Matías, no quería esperar
al momento adecuado, no existían esos momentos, tampoco esperar a que
llegara esa «oportunidad» para contarle aquello que mi corazón no podía
parar de gritar. La amaba y quería compartir mi vida con ella, por eso no
quería esperar, por lo que, buscaría el anillo que tuviera un diamante negro y
se lo daría.
Lo importante era, a mi parecer, las emociones que se vivieran en aquel
instante, lo que se dijera, la sinceridad en los actos… No era importante el
sitio, tampoco el día, nada de eso importaba cuando estaba seguro de que
quería casarme con ella.
• ────── ✾ ────── •
Renata
No podía quitarme de la cabeza la nota que me había mandado Anneliese. Ayer
por la noche, después de que Sebastián me dejara en casa de mis padres, la
volví a leer, analicé lo que había puesto y el tono que había empleado en según
qué oraciones. Me quedé mirándola durante un buen rato observando la
tipografía que había empleado pues contaba con una caligrafía impoluta. Ni
siquiera me di cuenta cuando me quedé dormida y desperté por la mañana con
el trozo de papel medio arrugado y en el suelo.
Yo quería respuestas y las iba a conseguir a cómo diera lugar, por ese mismo
motivo me encontraba delante del despacho del comandante. Antes de hablar
con Anneliese, quería asegurarme qué era lo que sabía Arias.
Piqué a la puerta un par de veces y no tardó en dejarme pasar. Hice el debido
saludo militar y esperé hasta que me diera permiso para hablar. En aquel
instante, sin embargo, me había quedado en blanco, no sabía cómo empezar,
qué decirle exactamente para que me dijera lo que quería saber.
—¿Oficial? —llamó—. No tengo todo el día, ¿qué es lo que quiere?
—Quisiera solicitar información sobre el estado de la misión del rescate de las
mujeres, señor —dije, por algo tenía que empezar.
—Denegado —respondió—. Usted no forma parte de esa misión, no insista.
—Me gustaría preguntar por qué.
—Creo que su estado físico la delata —contestó con cierta evidencia y observé
que había desviado su mirada hacia mi pequeño vientre abultado—. Debería
darme las gracias de que pueda seguir paseándose por el cuartel y no la haya
expulsado cuando tuve ocasión.
—Quisiera formar parte de la misión sin estar en el campo de batalla, señor,
déjeme participar en la planificación estratégica.
—Denegado, ¿algo más? —Ni siquiera se había tomado el tiempo de pensar en
lo que estaba respondiendo. Seguramente mi padre le había obligado a que no
me dejara hacer nada, no obstante, él dijo que hablaría con mi doctor, pero
seguía sin recibir noticias de su parte.
—Quiero se útil, comandante Arias —insistí—. No me puede dejar en el
banquillo solamente porque esté embarazada, no estoy enferma y cuento con
la experiencia necesaria para participar en una misión de rescate, no me
pondré en peligro, por lo tanto, no me pasará nada. —Arias se quedó callado y
aprovechó para recostarse sobre su silla sin dejar de mirarme. Había
aprendido que aquella expresión que ponía se debía a que se encontraba
pensando, normalmente, en todos los escenarios—. Me conoce, sabe cómo soy
y las capacidades que poseo, no me deje fuera.
—¿Cuál ha sido el motivo que la ha hecho venir hasta aquí? —preguntó, de
repente.
—¿Cómo dice?
—Sabe que, hablando con su padre, obtendría aquello que me pide, sin
embargo, la tengo aquí, delante de mí, pidiéndome algo que no sabe a ciencia
exacta la respuesta que le daré, así que, dígame, ¿cuál ha sido el motivo de su
visita?
No hice ningún movimiento, tampoco gesticulé y no cambié la expresión en
mi mirada. Tenía razón, el motivo era otro y se había dado cuenta de ello.
—Quisiera saber cómo se encuentra su hija, comandante —respondí y pude
notar cierto asombro en su rostro—. No me mal entienda, pero se presentó en
la cafetería a la que acostumbro a ir y la noté bastante afligida, por eso quiero
saber cómo se encuentra, entiendo que no ha pasado por el mejor de los
momentos y superar lo que sufrió… debe ser difícil, pero en ningún momento
mi intención fue burlarme de ella o desgraciarle la vida.
—Anneliese está bien —contestó—, intenta hacer vida normal y trata de
olvidar los meses duros, le agradezco la preocupación, pero no considero que
sea apropiado que se vuelvan a ver. Hablaré con ella.
—No se moleste —me apresuré a decir—, entiendo su punto de vista y
comprendo que no quiera que le ocurra nada, simplemente era eso, saber que
se encuentra bien.
Aquello tan solo me demostraba que Arias no tenía idea de lo que Anneliese
estaba haciendo y que no estaba tratando de olvidar como él me acababa de
asegurar. Lo único que me quedaba era hablar directamente con ella y
entender la intención detrás de aquella nota.
—Oficial Abellán —pronunció—, podrá participar en el operativo, pero en
ningún caso en el campo activo, ¿queda claro?
—Sí, mi comandante —respondí, firme.
—Tenga en cuenta de que se trata de una misión complicada y que apenas
estamos en la fase inicial, nos esperan unas largas semanas y la necesitaré
fresca como una rosa, ¿podrá hacerlo?
—Sí, señor.
—No la oigo.
—¡Sí, señor! —alcé levemente la voz para que le quedara claro que a mí me
gustaba ser la mejor soldado entre los mejores.
—Bien, puede retirarse, el capitán Abellán le proporcionará toda la
información necesaria para el operativo.
Asentí con la cabeza y salí de su despacho, por lo menos había conseguido que
no me dejaran fuera.
Capítulo 38
Narración omnisciente
Renata Abellán se había convertido, con el transcurso de los meses, en una
guerrera capaz de enfrentarse a cualquier dificultad que se le presentaba, no
había duda en su mirada, tampoco inquietud, mostraba una mirada
implacable y su expresión era digna de posicionarla para los más grandes
cargos. Derrochaba potencial y aquello no había quién lo negara, sin embargo,
ningún guerrero era perfecto, no eran máquinas de matar y, por supuesto,
también tenían el derecho a estar cansados, a llegar a su límite, a no poder
avanzar más debido a los traumas de todas las situaciones vividas. Los
soldados también era humanos, también necesitaban dormir, a sentir la
calidez de sus seres queridos, también que alguien les dijera que podían
hacerlo, que no se rindieran.
El mundo militar era cruel, de hecho, nunca dejó de serlo y la oficial Abellán lo
sabía muy bien, así que, desde que se adentró y empezó a escalar por los
rangos militares, la máscara que se colocaba cada vez que era enviada a
ejecutar una misión a la perfección, era más resistente, más fuerte, con tal de
evitar que se le cayera, no podía permitirlo, no ante lo que sus ojos veían, ante
lo que su corazón sentía. Necesitaba ser indolente, que nada le afectara
porque, de lo contrario, no sería capaz de sobrevivir en aquel territorio.
No dejó de repetirse aquellas palabras en la cabeza: «No dejes caer la
máscara», porque lo que estaba contemplando a través de las pantallas, no era
para la sensibilidad de cualquiera.
Desde que el comandante Arias le dio permiso para formar parte de su equipo,
no dudó en cumplir cualquier orden que se le dijera, no quería hacerlo mal
porque sabía que, a la mínima que sucediera algo, teniendo en cuenta que
estaba embarazada, no le volverían a confiar ninguna otra misión y ella quería
continuar luchando hasta el final, por lo menos quería sentirse útil ya que no
podía presentarse en el campo de batalla.
Se tocó la parte baja del vientre de manera inconsciente, le gustaba la
sensación que le proporcionaban sus pequeños y saber que permanecían
dentro de ello y que cada día se iban desarrollando, la emocionaba hasta el
punto de imaginarlos ya corriendo por las mañanas hasta su habitación,
saltando encima de la cama mientras pedían el desayuno.
Parpadeó rápidamente deshaciéndose de la imagen, no podía desconcentrarse,
no cuando se encontraban en plena reunión con el comandante en la cabeza de
la mesa observando a los soldados que seguían sus instrucciones hasta que, de
pronto, vio algo que le pareció extraño. Entrecerró la mirada con la intención
de enfocar mejor el pasillo por dónde estaba caminando el equipo que había
seleccionado su padre previamente.
—Diez metros —informó uno a través del aparato, todavía no entendía cómo
era que podían ser capaces de escucharlos a tanta distancia, sin embargo, las
invenciones que se habían estado desarrollando, la estaban dejando
maravillada.
Siguió concentrada mirando el objetivo de la cámara cuando el soldado, que
llevaba la voz cantante, se detuvo en una de las puertas de aquel edificio
abandonado que habían logrado hallarle la ubicación días atrás. Había sido un
trabajo duro de investigación, pero que lo habían conseguido a pesar de las
dificultades.
—Permiso para entrar, señor —pidió al comandante pues así era cómo se
procedía, nadie hacía ningún movimiento sin la previa autorización de la
máxima autoridad del cuartel.
Sin embargo, Renata seguía sin estar muy convencida de aquel movimiento,
notó algo mientras estaban avanzando por el pasillo, algo imperceptible, pero
que ella logró darse cuenta y si su intención no fallaba, no podía dejar de
repetirse que no debían entrar. Decidió confiar en su instinto, por lo que, antes
de que el comandante pudiera a la orden, la oficial intervino, deteniéndole.
—Señor, no lo haga —pronuncio alto y claro.
—¿Se da cuenta de que usted no tiene ningún tipo de autoridad para hacer esta
clase de interrupciones? ¿Quién se ha creído que es?
—Escúcheme —insistió, poniéndose de pie mientras se acercaba a la
pantalla—. Es imperceptible, pero fíjese en la luz parpadeante. —Señaló con la
mano y todos los presentes se fijaron a lo que Renata está indicando—. Si les
da bandera verde para entrar, morirán —concluyó mientras dirigía sus manos
por detrás de su espalda, sabía que una soldado de su rango no podía hacer
esta clase de interrupciones, pero tampoco iba a dejar que el grupo con los
ocho soldados que lo componían, muriese debido a la explosión que se
encontraba al otro lado de la puerta.
El comandante la miró con una ceja levemente arqueada y se preguntó por qué
no se había dado cuenta de ese detalle él mismo. Pidió a su soldado que
inspeccionase el lugar y, tal como había indicado la oficial, había una bomba
situada en el interior de aquella habitación que, de haber tirado de la puerta,
los ocho soldados hubieran muerto. El edificio estaba vacío, por lo tanto, tan
solo había sido una trampa. El comandante dejó escapar el aire que había
estado conteniendo cuando uno de los artificieros logró desactivarla. Estaba
muy bien ejecutada, no podía negarlo, así que dejaba en claro que estaban
tratando con unos profesionales a quienes todavía no habían podido
identificar.
—Abellán —pronunció el comandante—, quiero que ponga esa cabeza suya a
funcionar porque quiero la identificación de esos hijos de puta que se están
tomando demasiada molestia en cabrearme. Lo quiero cuanto antes, así le
sugiero que le meta prisa.
—Sí, señor.
No podía negarlo, le molestaba que la oficial Abellán fuera «tan» perfecta, que
tuviese semejante potencial que la hacía ser única, que se hubiera podido dar
cuenta de aquel minúsculo detalle que había hecho que sus soldados no
acabaran muertos. No dejó de pensar, durante toda la tarde, en lo que había
pasado, tampoco se pudo sacar de la cabeza el comportamiento de Renata
porque, a pesar de lo que le hizo años atrás, algo que ella seguía
desconociendo y que no tenía intención de que aquello cambiara, no entendía
por qué no podía alejarla de él, por qué seguía acosándola, buscando cada vez
una razón para que entrara en su despacho.
Era un cúmulo de sensaciones que no sabía explicar porque, además de lo que
le había hecho a su hija, tanto ella como Sebastián, no podía dejar de pensar en
la soldado.
—Papá —pronunció haciendo que su padre despertara de la ensoñación en la
cual se había sumergido momentáneamente—. ¿Estás bien?
La nota que Anneliese le envió fue una orden de su padre, aunque su hija
tampoco lo definiría así, ya que, en medio de una conversación que pretendía
consolarla, le insinuó que lo viera como una especie de desahogo. El
comandante le sugirió que le enviase una nota anónima con un texto corto
donde reflejara lo que su pequeña hija estaba sintiendo por culpa de aquellos
dos, de esta manera, estaba seguro de que la oficial lo averiguaría y se
presentaría en su despacho al día siguiente.
Como lo había supuesto, Renata no tardó en venir a él que, aunque no le
preguntó directamente por la nota, le dejó caer la pregunta, por lo tanto, había
sido suficiente. Se trataba de un secreto que nunca se arriesgaría a compartir,
así que, seguiría viéndola desde la distancia el tiempo que él así dispusiera.
• ────── ✾ ────── •
24 de diciembre del 1987
Sebastián
Estaba nervioso, lo debía admitir. Era una sensación extraña, pues me
consideraba una persona segura de sí misma, sin embargo, sabiendo que
dentro de unas horas le iba a pedir matrimonio a Renata me generaba una
emoción extraña que no podía ocultar. Tan solo esperaba que me dijera que sí,
además, tampoco tenía mucha duda en ello, sabía que me quería, me lo
demostraba tanto con sus acciones como con sus palabras, sin tener en cuenta
los mellizos que estábamos esperando.
Renata tenía ya casi cinco meses de embarazo y, durante estas semanas, a
pesar de que le había dicho que tratara de descansar, no ha querido dejar de
mantenerse ocupada, por lo menos me había asegurado que se mantenía lejos
del ojo dl huracán durante las misiones y que se encontraba detrás, junto al
equipo del comandante. Seguía sin hacerme mucha gracia, sin embargo,
tampoco le podía decir nada, además de que no quería. No la veía mal,
tampoco extremadamente cansada, la bella guerrera conocía su cuerpo,
además de que el médico le había asegurada que no habría problema.
—¿Quieres dejar de arreglarte esa corbata? Está perfecta, estate quieto ya —se
quejó Matías, acercándose hacia mí con tal de evitar que siguiera
toqueteándola—. Es otra cena más, tranquilízate que todo saldrá bien.
—Eso es lo que me preocupa, que algo salga mal —respondí mientras
adentraba las manos en los bolsillos con la intención de dejar la corbata en
paz.
—Eres un paranoico, nada tendría por qué salir mal después de haberlo
comprobado ochenta mil veces, todo saldrá bien, Renata dirá que sí y semanas
más tardes estaremos gritando «¡Vivan los novios!». ¿Cuándo tienes que ir a
recogerla?
Me fijé en el reloj que tenía en mi muñeca, un reloj que me había regalado mi
padre y que, a su vez, había pertenecido a mi abuelo.
—Dentro de una hora, más o menos, tal vez tenga unos minutos más.
—¿Por qué no vas a recogerla ahora?
—No estará lista —respondí—, además, Renata siempre es puntual a la hora
que le digo.
—No sé si eso llega a ser un inconveniente o algo bueno —murmuró, sin
embargo, cambió de tema casi al instante—. ¿Cuándo tenéis pensado casaros?
¿Renata sospecha algo?
—Creo que no, le dije meses atrás que le tenía preparada una sorpresa,
pensando justamente en este momento, pero creo que se le ha olvidado porque
no volví a sacar el tema.
—Mal ahí, las mujeres no olvidan, que no lo mencionen no significa que no lo
tengan guardado en alguna parte de su memoria.
—¿Eso es malo?
—¿El qué? —cuestionó y no pude evitar enarcar las cejas.
—Sobre lo que me acabas de decir, ¿es malo que no sea una sorpresa?
—Ah, eso, pues veamos… —empezó a decir—. Si es observadora, detallista y
calculadora, posiblemente se huela algo, aunque tampoco sabría asegurártelo.
De todas maneras, no pienses mucho en esto, que sea lo que tenga que ser, no
te comas mucho la cabeza tú tampoco.
—Y lo dice quien ha sacado el tema primero.
—Lo siento, tío, yo también me fijo en los detalles, qué se le va a hacer —
respondió mientras levantaba levemente los hombros y ensanchaba la
sonrisa—. No le des más vueltas, dale ese anillo negro, enamórala todavía más
con esa labia poética que tienes y, en menos de dos segundos, ya estaréis
comprometidos —dijo—. ¿Quieres que te consiga un violín? Tengo un
contacto en ese restaurante que podría hacerme el favor y…
—Matías —le interrumpí—, déjalo, en este caso, prefiero ir a por el clásico
«menos es más».
—Lo que tú digas, siempre estás a tiempo de llamarme.
—Ni se te ocurra aparecerte por ahí.
—Me ofendes —dijo mientras se colocaba una mano al pecho—. Jamás se me
ocurriría sabotearte el plan, eres mi mejor amigo, deberías tenerme más en
cuenta.
—Lo hago, pero como mi mejor amigo que eres, te conozco y prefiero
evitarme dolores de cabeza.
—También es verdad.
—Pues eso —acabé por decir—. Iré saliendo ya, cierra la puerta cuando te
marches, no te querré ver aquí cuando vuelva.
—Sí, señor —respondió, firme—. Espero que os lo paséis «muy» bien —hizo
énfasis en aquella palabra y observé la amplia sonrisa que ponía junto a su
mirada picarona. No pude evitar rodar los ojos—. No vaya a ser que se os cuele
otro hermanito en la ecuación.
—Adiós, Matías, no tardes en desaparecer de mi casa, ¿de acuerdo?
—Sí, sí, tú no te preocupes.
Cerré la puerta detrás de mí dándole una última mirada de advertencia y me
dirigí directamente al parking donde guardaba una parte de mi colección de
coches, pues el resto de los vehículos se encontraban en la planta subterránea
de la mansión de mis padres. Dejé escapar una pequeña sonrisa al encontrar
con la mirada a mi Ferrari Testarossa de color rojo y me senté en él, rugiéndole
el motor a los pocos segundos.
En menos de media hora ya me encontraba enfrente del edificio de Renata y,
pocos minutos después, la estaba esperando delante de su puerta.
Su familia se encontraba ahí, en el salón y no tardaron en invitarme a pasar
pues a la soldado todavía le faltaban unos cuantos minutos más para
arreglarse. Me senté en el sofá junto a Rocío, mientras que su padre se
encontraba en el que estaba delante de nosotros, su madre, mientras tanto, iba
preparándome un café.
—Cuéntame, futuro cuñado. —Hizo que la mirara—. ¿Qué planes tienes con
mi hermana? Que no se te olvide que estáis esperando mellizos. Mis sobrinitos
tendrán que tener la mejor de las atenciones y ser tratados como verdaderos
reyes.
—No pensaba que fuera diferente.
—Así me gusta.
—Rocío… —murmuró su padre sin apartar la mirada del periódico—. No
agobies al pobre hombre.
—Aguantándome a mí, ya tiene el 80 % del trabajo hecho —respondió—. Así
que, dime, ¿cuándo tienes pensado pedirle matrimonio? —preguntó en un
tono bajito—. Hoy es Nochebuena, noche perfecta para formalizar vuestra
relación. ¿Tienes el anillo ya comprado?
—Rocío —advirtió su padre.
—Papá, déjame, estoy en medio de una investigación importante. —Observé a
su padre sonreírme a modo de disculpa y negué levemente con la cabeza,
imitando su gesto—. Como te iba preguntando, Renata es un gran partido, ni
se te ocurra dejar escaparla por cualquier tontería, estás avisado.
—Lo tengo claro, pequeña sargento —sonreí—. Respecto al anillo,
posiblemente tenga algo en mente.
—Ah, ¿me estás queriendo decir que no ibas a proponerle matrimonio esta
noche? —Me miró, indignada—. Me decepcionas.
—Yo no he dicho eso.
A Rocío se le iluminó la cara en menos de un segundo, levantándose animada.
Parecía que alguien le hubiera dado un extra de energía.
—¿Eso quiere decir que…?
No le dio tiempo a terminar la pregunta cuando Renata apareció en el salón,
vestida de manera elegante con un vestido de un color cereza oscuro que le
llegaba un poco más arriba de las rodillas, de manga larga y que se le ajustaba
perfectamente al cuerpo, dejando ver su vientre abultado. Sonreí cuando la vi
sin dejar de contemplar la perfección que derrochaba. Había decidido hacerse
un moño bajo con algunos mechones sueltos, que hacía que sus pendientes
largos y finos se apreciaran mejor.
—¿Vamos? —preguntó ella, sonriéndome mientras se acercaba a mí con su
abrigo de piel en la mano. Desperté en aquel mismo instante y la ayudé a
colocárselo.
—Estás preciosa, Renata —pronunció su hermana—, ¿verdad, Sebastián?
Comprendí su intención detrás de aquella pregunta, esbocé una sonrisa sin
dudar pues me había dejado tan embobado que se me había olvidado incluso
hablar.
—Eres preciosa —rectifiqué casi en un susurro mientras clavaba mi mirada en
la suya—. Vámonos —murmuré mientras hacia que su mano se colocara
alrededor de mi brazo.
Antes de eso, no obstante, se despidió de su familia y no tardé en observar el
guiño que me había dedicado su hermana pues había descubierto la sorpresa
que le tenía guardada.
Le abrí la puerta del copiloto y no tardé en volver a incorporarme entre las
calles navideñas de aquella Barcelona iluminada debido a los adornos que
habían colocado.
—¿A qué restaurante vamos? —no tardó en preguntar.
—Además de preciosa, impaciente —respondí girándome hacia ella durante
un par de segundos. No dudé en colocar la palma de mi mano sobre su muslo,
apretándole la piel levemente, ella colocó la suya encima un instante más
tarde—. No está muy lejos, en menos de veinte minutos habremos llegado.
Tal cual como le había dicho, en menos de media hora ya estábamos
aparcando en el parking que tenía el restaurante, pues se trataba de una masía
antigua que se encontraba a las afueras de la ciudad. Era un sitio concurrido y
que tenía muy buenas críticas, además, había sido una recomendación de
Matías.
Le abrí la puerta y le ofrecí mi brazo otra vez para que se sujetara pues esas
botas negras que llevaba con un tacón de aguja considerable, no me generaban
mucha confianza. El camarero nos sentó, minutos más tarde, en la mesa que
había reservado a mi nombre, por lo tanto, ya estaban al corriente de lo que
tenían que hacer cuando les diera la señal.
—He oído hablar de este sitio —empezó a decir mientras miraba la carta,
buscando qué plato le apetecía más pedir—. ¿Desde cuándo tienes hecha la
reserva? Tengo entendido que es bastante difícil obtener una mesa para estas
fechas.
—Tengo mis contactos —respondí—. Quería que esta noche fuera especial y
no se me ocurrió mejor lugar que este.
—¿Especial? —preguntó esbozando una sonrisa.
—Más especial de lo que ya es —dije sin dejar de sentir la cajita de terciopelo
que tenía en el bolsillo interior de la chaqueta.
Dejé que la cena continuara, que la conversación fluyera, quería pasármelo
bien junto a ella, reírnos de nuestras ocurrencias, explicarnos las anécdotas
que teníamos guardadas de la infancia, quería que se sintiera cómoda en todo
momento, que se divirtiera, que dejáramos de pensar en nuestros respectivos
trabajos para enfocarnos en nosotros.
Hasta que, de pronto, me di cuenta que el esperado momento había llegado,
miré a lo lejos, al mismo camarero que nos había asignado la mesa y este
asintió levemente con la cabeza. A los pocos segundos, la sala del restaurante
había adquirido una tonalidad tenue dejando nuestro foco fuera el principal.
La observé fruncir el ceño, desconcertada y no tardó en darse cuenta de mi
intención cuando me vio adentrar la mano en la chaqueta para dejar la cajita
sobre la mesa.
Estábamos rodeados de un silencio sepulcral, pues la multitud había
concentrado su atención en nosotros, expectantes a la propuesta de
matrimonio que dentro de poco contemplarían. La música de un violín no
tardó en escucharse y no pude evitar sonreír mientras negaba levemente con
la cabeza.
—Sebastián, ¿qué…?
No dejé que me preguntara lo evidente, tampoco quería alargarlo más, así que,
después de agarrarle una mano, empecé a hablar, a decirle con la mirada lo
que solamente ella conseguía provocarme.
—Jamás pensé que te convertirías en mi complemento —murmuré—, que me
enamoraría de ti sin esperármelo y que serías la madre de mis hijos, nunca me
lo imaginé, sin embargo… —hice una pequeña pausa, sonriendo mientras me
levantaba de la silla para colocarme de rodillas—, te has convertido en mi
todo, Renata y te lo repetiré las veces necesarias, tú eres mi todo, Bell —dije,
abriendo la cajita que dejaba ver el anillo con el diamante negro en el centro.
Ella no dejaba de mirarme con los ojos llenos de brillo y noté que empezaba a
asentir con la cabeza—. ¿Aceptarías casarte conmigo?
Los comensales seguían en silencio a la espera de su respuesta. Sentía el fuerte
bombeo de mi corazón porque, aunque pude darme cuenta de que me diría que
sí, su silencio no dejaba de ponerme nervioso, no obstante, la esperada
contestación llegó haciendo que la multitud empezara a aplaudir
emocionados.
—Sí —respondió y no tardé en deslizar el anillo por su dedo anular para
levantarme y estrecharla contra mi cuerpo—. Sí —repitió sin dejar de oír los
aplausos y los silbidos de los demás.
—Me acaba de hacer usted muy feliz, futura señora Otálora —susurré en su
oído haciendo que se estremeciera.
—Qué bueno saberlo, señor Otálora, porque usted a mí también.
Capítulo 39
20 de abril del 1988
Renata
Desde que Sebastián me dio el anillo de compromiso, no me lo había quitado ni
un solo día, lo llevaba a todas horas conmigo admirando el diamante negro
que relucía en el centro con pequeñas piedras alrededor en la misma tonalidad.
Habían transcurrido varias semanas desde aquella Nochebuena del 87, de
hecho, en un pestañeo nos encontrábamos a principios de abril, lo cual
significaba que era mi noveno y último mes del embarazo.
Había seguido las indicaciones de mi médico, había asistido a todas las
revisiones que me había programado para asegurarnos que todo estaba yendo
como era debido que, en el día del parto, no se presentaría ninguna
complicación, por lo menos ninguna que no se hubiera podido evitar. Lo cierto
era que me encontraba nerviosa, iba a ser madre primeriza de unos mellizos y
no quería que nada saliera mal, por lo menos, tenía la seguridad de que
Sebastián se encontraría conmigo en todo momento. Lo había notado durante
estos últimos meses, en realidad, desde hacía un poco antes, que él conseguía,
mediante las palabras que empleaba, calmarme, hacerme entender que no se
separaría de mi lado ni diciéndoselo.
Su determinación era lo que me gustaba de él, en realidad, la necesidad de
asegurarse de que me encontraba bien, que trataba de cuidarme aun sabiendo
que era perfectamente capaz de hacerlo por mí misma, pero que, en el fondo,
sabía que éramos más fuertes cuando nos encontrábamos juntos, siempre
sería así, uno el complemento del otro.
Durante todo mi embarazo no me dejaron acercarme siquiera a las pistas de
entrenamiento y, a medida que mi vientre fue creciendo, las limitaciones no
dejaron de aumentar. Me permitieron venir al cuartel siempre que quisiera,
que ayudara con los archivos y los papeles, pero que de ninguna manera se me
ocurriera presentarme a entrenar o a hacer cualquier esfuerzo físico.
Me limité a morderme la lengua y a no decir nada porque sabía que, de lo
contrario, me hubieran prohibido poner un pie en el CMFE. Por una parte, lo
entendía, querían cuidarme, Sebastián el que más, pero por otra… debían
entenderme y saber que yo no era una mujer acostumbrada a no hacer ningún
tipo de movimiento físico. No obstante, no me quejé, no quería iniciar una
guerra la cual sabía que sería complicada de ganar.
Seguí participando en el backstage de las misiones que encomendaban a la
división a la cual pertenecía, no me disgustaba, el comandante pidió que mi
opinión se tomara en cuenta, por lo que, podía expresar lo que pensaba con
más libertad, aunque los tenientes me miraran con recelo pues ninguno estaba
acostumbrado a que una mujer tuviera su mismo nivel de importancia, no
obstante, las órdenes se debían de acatar, aunque no se estuviera conforme
con ellas. Así nos habían entrenado y era algo que nunca cambiaría.
Mi participación en las reuniones, donde el propio comandante también
asistía, aumentó, ya no me trataban como a una simple oficial, cargo que aún
seguía conservando, era diferente pues ahora era capaz de notar algo parecido
al respeto. Si antes lo tenía, durante estos últimos meses se había duplicado.
No logré comprender el por qué hasta tiempo después, cuando la verdad me
golpeó haciéndome sentir inferior, patética e imperfecta.
Me habían dicho que la previsión para el parto estaba programada para finales
de abril, por lo que, quería que esta última semana, conmigo en el cuartel,
fuera de provecho. Me limitaba a sentarme y a hablar, a dirigir alguna que otra
operación desde la distancia, a evaluar a los soldados y a dar mi opinión
cuando se precisara, por lo que, ya me encontraba sentada en la mesa ovalada
de la sala de reuniones donde se juntaban los altos cargos, junto a otros
militares, para discutir diferentes cuestiones, entre ellos se encontraba mi
padre, como era evidente.
—No podemos postergar más lo inevitable, señor —empezó a decir uno
dirigiéndose al comandante. Yo me mantuve callada evaluando sus palabras—.
La situación no puede esperar, tenemos que reunir a un equipo y mandarlo
para que apoye desde el aire a la Armada.
—¿Tenemos la localización?
—Sí, señor, nos la acaban de facilitar.
—Necesito una evaluación precisa de los riesgos, no pienso mandar a mis
soldados a una muerte segura. ¿Qué se sabe del comandante Gutiérrez? —Se
trataba del comandante del Ejército del Mar, quien había solicitado ayuda
colaborativa—. ¿El general se ha puesto en contacto con él? ¿Ha dado señales
de vida?
—Todavía no disponemos de esa información, no lo sabemos con seguridad.
—¿Y a qué cojones estáis…?
Antes de que el comandante pudiera acabar la frase, la puerta de la habitación
se abrió de repente para que entrara un soldado disculpándose por las formas,
sin embargo, no tardó en traspasar el mensaje que había venido a decir.
—Señor, me acaban de informar de la explosión que se acaba de producir hace
unos segundos cerca de la ubicación, la situación se ha agravado, número de
heridos y muertos sin identificar por el momento.
—Mierda.
—Soldados pertenecientes al Ejército, también me han informado de que hay
imágenes, en un instante se proyectarán, pero la cosa no pinta bien —
continuó diciendo y, en menos de un minuto, la pantalla se había iluminado
con las imágenes pertenecientes a las cámaras satelitales. Ante nosotros se
cernía el escenario incendiado, lleno de cenizas, llamas, humo y cuerpos
inertes.
La sala se había envuelto de un silencio denso mientras las imágenes seguían
pasando, mostrando el resultado de aquella catástrofe, nadie fue capaz de
decir nada, hasta que yo decidí romper la tensión.
—¿Se sabe la lista de los fallecidos? —pregunté mirando al soldado que había
entrado escasos minutos atrás.
—Todavía no, oficial, aunque no tardaremos en descubrirlo.
El comandante Arias no tardó en lanzar las siguientes instrucciones haciendo
que todo el mundo empezara a moverse, mientras que yo, por el contrario, me
quedé ahí, viendo las imágenes de la pantalla pues no era capaz de apartar la
mirada, no sabiendo que había un grupo de soldados que no llegaría a casa
para reunirse con sus seres queridos, no quería imaginarme la tristeza en la
que se sumergirían las familias, que habían aceptado, sin poder negarse a ello,
al riesgo de no volver a verles, porque aquella era la consecuencia más temida
a la que se tenían que enfrentar, la posibilidad de que no volvieran a casa.
No me moví de aquella mesa, la noticia me había afectado más de lo que me
hubiera gustado y no sabía si era debido al embarazo, pues me había
mantenido más emotiva de lo normal o el motivo era otro el cual desconocía.
El comandante se encontraba enfadado y no había dejado de ladrar diferentes
órdenes para que se acataran de inmediato, pues no tardaron en informarle
que también se encontraban soldados de las Fuerzas Aéreas, además de que las
imágenes del resultado de aquella explosión también le habían afectado en
demasía. Una hora más tarde, después de agilizar todo el proceso, se sentó en
su silla mientras indicaba volver a encender la pantalla. Tenía la lista de los
soldados fallecidos.
Un nombre y apellido, un cargo, una imagen y al batallón al cual pertenecían
que, ahora mismo, se había quedado en nada, no obstante, algo me extrañó
cuando habían proyectado el nombre de Marina Soler junto a una imagen que
no le correspondía.
—Retroceda —pedí y, de inmediato, me hizo caso.
—¿Qué ocurre, Abellán? —preguntó el comandante.
—¿No se acuerda de ella? Se trata de la sargento Soler —empecé a decir
mientras contemplaba la fotografía de su rostro—. ¿Están seguros de que se
trata de Marina? La imagen no corresponde con su descripción.
—Estamos seguros, Marina Soler se encuentra entre los soldados fallecidos
debido a la explosión.
No tardé en levantarme para acercarme a la pantalla viendo que,
definitivamente, no era Marina, no podía ser ella, aunque los rostros eran
parecidos, todavía seguía acordándome de la persona con la cual compartí casi
un año aquí en el cuartel. Se debía tratar de una equivocación, que se hubieran
equivocado con el nombre o, en el peor de los casos, con la fotografía.
—Vuélvalo a comprobar.
—Oficial…
—Esta persona de aquí no es la sargento Marina Soler, me acuerdo
perfectamente de su rostro y no corresponde a este, por lo tanto, debe haber
una equivocación.
—Ya lo hemos comprobado, oficial, se trata de Marina Soler quien estuvo en
este cuartel desde el 5 de septiembre del 1985 hasta finales de agosto del 86,
no se trata de ninguna equivocación.
—Su expediente debe tener una fotografía, búsquelo y compruebe que no se
trata de la misma persona.
El soldado dio un vistazo hacia el comandante quien, a su vez, asintió con la
cabeza para que cumpla con la orden solicitada. Ambas imágenes no tardaron
en aparecer en la pantalla que confirmaban que el rostro de Marina era el
mismo de la persona que había fallecido.
—¿Lo ve? Es la misma persona, ya no hay duda de ello.
No podía ser, aquello no podía ser verdad, tenía que haber una explicación que
me hiciera entender por qué la Marina a la que yo recordaba no era la misma
de la fotografía que habían proyectado. Me quedé en silencio, sin saber qué
otra cosa decir mientras intentaba pensar a la velocidad de la luz, cómo era
posible que eso estuviera pasando.
Empecé a rebobinar desde el instante en el que Marina, la mujer a la que yo
recordaba, había pisado el cuartel por primera vez, como luego empezaron los
atentados hacia los tenientes, de hecho, en uno de ellos cuando probé el arma
perteneciente a la empresa de Sebastián, había explotado en mi mano.
Semanas más tarde, apareció el teniente Diego Serra con ese aura misteriosa
que, todavía, no había desaparecido de su alrededor y no tardé en recordar la
vez que los vi hablando juntos, susurrando, como si estuvieran escondiendo
algo. En aquel instante no le tomé mucha importancia, pero ahora… ¿de qué
habían hablado exactamente? ¿Marina había sido una persona de fiar?
El comandante ordenó que me volviera a sentar, no obstante, no podía dejar de
lado mi instinto y hacer como si nada. Necesitaba respuestas y las tenía que
conseguir a como diera lugar, por ese mismo motivo, pedí que me dejara
retirarme y no dudé en tocarme el bajo vientre haciéndole ver que no podía
seguir con la reunión.
Cerré la puerta detrás de mí y me aventuré hacia la residencia donde estaba
ubicada la habitación del teniente Serra, sin embargo, me detuve antes de dar
un paso más. ¿Qué era lo que pretendía hacer? ¿Colarme en su habitación y
esperar a encontrar el qué, exactamente? Era un mal plan, nefasto, debía
admitir. En el momento en el que entrara en su habitación, lo descubriría al
instante, además de que no tenía ninguna prueba sólida que me permitiera
acusarle de algo.
¿Qué era lo que le iba a decir? No tenía ningún tipo de argumento válido,
además de que él lo podría negar fácilmente. Tenía que hablar con mi padre,
por lo que, no tardé en empezar a caminar hacia su despacho esperando a
encontrármelo ahí, no obstante, en el momento de girarme, me topé
precisamente con la última persona con la que me hubiera querido encontrar.
El teniente Serra me había agarrado por los codos evitando una posible caída.
Di un paso hacia atrás pretendiendo que me soltara, sin embargo, todavía me
seguía manteniendo sujeta con sus manos.
—Gracias por haber evitado que me cayera, pero ya me puede soltar, teniente
—dije recibiendo de su parte una pequeña sonrisa ladeada.
—No es necesario que me dé las gracias, debe cuidar su legado —respondió
mientras le dio un vistazo a mi vientre lo cual me hizo sentir incómoda—.
¿Qué está esperando?
—¿De verdad le interesa saberlo?
—Por supuesto, no veo por qué no. —Volvió a sonreír—. Además, me gustaría
hablar con usted, ¿me acompaña?
—Lo cierto es que tenía que ir a ver al capitán, así que si me disculpa…
—Por supuesto, la veré más tarde, entonces —respondió y, después de
haberse despedido, empezó a caminar alejándose por el pasillo.
Tragué saliva mientras veía su figura desaparecer a los pocos segundos y me
encaminé hacia el despacho de mi padre, quien se encontraba ahí, sentado,
hablando por teléfono. No tardó en cortar la llamada después de acabar la
conversación y me dedicó su completa atención.
—Necesito que hagas algo por mí —empecé a decir y le conté lo que había
sucedido en aquella segunda reunión en la cual él no participó. Mi padre se
mostró atento ante mi explicación y no dijo nada cuando terminé de hablar—.
¿Lo podrás hacer? —volví a preguntar pues le había pedido que me consiguiera
alguna grabación del cuartel para encontrar a la Marina, según yo, real, la que
se había paseado por estas instalaciones durante tantos meses.
—Veré qué puedo hacer —dijo, finalmente—, te puedo conseguir acceso a los
archivos digitales que se encuentran bajo llave, pero tendrá que ser rápido,
Renata, intentaré entretener al soldado que esté custodiándolo, así que,
deberás acordarte de alguna fecha y el lugar exacto para poder comprobarlo.
¿Estás segura de que se trata de ella?
La última vez que Marina Soler había sido vista por el cuartel fue alrededor de
casi dos años, por lo tanto, entendía que muchos no se acordaran de ella, sobre
todo porque no había destacado durante los meses que sirvió en este ejército.
«No había destacado», volví a repetir en mi mente y me pregunté si lo había
querido así, si su intención, desde el inicio, fue pasar desapercibida.
Una hora más tarde, ya me encontraba frente a la máquina y había introducido
los datos para que me encontrara los archivos de las cámaras de vigilancia.
«Lunes, 4 de noviembre del 1985». Me acordaba de que aquella tarde, tanto
Marina como yo, no podíamos dormir y nos encontramos en una de las zonas
de descanso.
Intenté darme prisa, intenté revisar todos los vídeos que correspondían a
aquel día entre las diez y doce de la noche hasta que, por fin, encontré lo que
estaba buscando, una imagen de ella donde se le veía claramente el rostro y
confirmaba lo que yo había estado repitiendo en la reunión, que la persona que
había fallecido no era la que había ingresado a este cuartel. Imprimí la prueba
en una hoja de papel a blanco y negro y me la guardé para, después, salir de
aquella habitación como si nunca hubiera pasado nada.
Es lo que me dijo mi padre que hiciera, que, una vez obtuviera lo que
necesitaba, abandonara aquel edificio con la mayor discreción. Era de noche,
no había nadie por los pasillos, así que intenté darme prisa, sin embargo, no
esperé encontrarme de nuevo con el teniente Serra, quien no dudó en
atraparme entre sus brazos para después dormirme apretando alguna zona de
mi cuello.
En lo único que pude pensar en aquel instante antes de cerrar los ojos fue en
los mellizos.
Capítulo 40 - Final
Renata
Siempre me consideré una mujer fuerte capaz de enfrentar cualquier cosa que
se me presentara, tenía la ventaja de poseer reacción rápida y poder pensar
con claridad ante las situaciones más complicadas, sin embargo… nunca
esperé encontrarme sentada delante de Diego Serra con las manos atadas tras
mi espalda después de haberme dejado inconsciente en el cuartel en medio de
aquel pasillo desierto.
Lo peor de todo era que no estaba asustada por mí sino por los mellizos, por lo
tanto, de lo que estaba segura era de que no me dejaría vencer porque, si bien
me estaban reteniendo contra mi voluntad, el teniente debía saber que era hija
del capitán quien no tardaría en empezar a buscarme al darse cuenta de mi
desaparición si antes no me escapaba yo después de dejarle aturdido.
No obstante, lo que me dejó realmente sorprendida fue la aparición de Marina
Soler en la habitación rompiendo el silencio ensordecedor que había sido
predominante durante la última hora.
Me fijé en ella sin atreverme a decir una palabra, había cambiado sutilmente
su apariencia y me pude dar cuenta de que fue con la idea de pasar
desapercibida, sin embargo, seguía sin entender el porqué de todo aquello
hasta que, una vez que empezó a hablar y me percaté del cambio en su tono de
voz, entendí que había estado jugando durante todo este tiempo, que la
Marina real, no era la que tenía delante de mí sino la que acaba de morir en la
explosión mientras realizaba una misión.
—¿Quién eres? —exigí ignorando la sonrisa ladeada que me acababa de
dedicar.
—Soy Marina, fuimos compañeras, me sorprende que no te acuerdes —se
limitó a responder y no pude evitar devolverle el gesto, incrédula—. Además,
qué desconsiderado de mi parte mantenerte atada de esta manera, no
obstante, no me gustaría que hicieras ningún gesto extraño, así que te
mantendrás en esta posición hasta que yo diga lo contrario.
—La Marina que yo conozco no me hubiera dejado atada a esta silla y tampoco
se hubiera presentado con esos aires de grandeza, así que, dime, ¿quien eres?
Porque según tu expediente, acabas de fallecer a unos tres cientos kilómetros
de la ciudad.
—¿Qué te hace pensar que esa mujer es la verdadera? Te podrían estar
engañando y tú ni enterada.
—¿Quién eres? —repetí, sintiendo el temblor en mi cuerpo debido a la ira que
me instauraba.
Ella se quedó en silencio durante varios segundos sin dejar de mirarme
dejándome en claro que no era la chica a la que había conocido casi dos años
atrás, la que se mostraba dulce y encantadora, aunque… cuando la intención
era engañar haciéndote pasar por otra persona, ¿por qué no ibas a mostrarte
encantador? Aquel era el objetivo, ganarse al confianza de las personas a tu
alrededor para poder obtener lo que quisieras. ¿Qué era lo que quería la
supuesta Marina?
No pude evitar acordarme de los atentados y las explosiones y que empezaron
justamente días más tarde que ella pisara un pie en la CMFE.
—¿De verdad te interesa saber mi nombre? No te aportará nada —seguía
diciendo haciendo que mi paciencia llegara a su límite.
—No estaría mal —le seguí el juego—, ya sabes, cuando el ejército se presente
aquí, les tendré que dar un nombre para que te esposen y te acusen de
secuestro a un cargo militar, ¿sabes cuántos años te podrían caer?
—Fíjate que no lo sé, ilumíname, por favor. —De nuevo, había mostrado
aquella sonrisita de suficiencia creyéndose que era más inteligente que
cualquier otro—. Ah, espera, creo que son unos cuantos años, pero déjame
decirte que no creo que lleguemos a esa situación, más que nada porque ni yo
te dejaré ir, ni tú saldrás de aquí. Debiste quedarte tranquilita y no buscar más
de la cuenta —hizo una pausa, acercándose hacía mí, pero antes de que me
pudiera dar cuenta, se había alejado para propinarle una sonora bofetada al
teniente que se encontraba a un par de metros—. Se suponía que ninguna
cámara debía estar grabándome.
Diego ni se inmutó y nada más darle el golpe, volvió a girar la cara para
mirarla fijamente de manera amenazante.
—No vuelvas a ponerme una mano encima —advirtió.
—¿O si no, qué? ¿Vas a hacerme algo? —lo desafió ella—. Si hubieras hecho
bien tu trabajo ahora no tendríamos ningún cabo suelto, entonces, considéralo
tu culpa. —Volvió a girarse hacia mí—. Te acabas de convertir en mi
problema, Renata y ¿sabes lo que hago para solucionar esos «problemas»? —
preguntó y se quedó callada, dejándome contestar.
Vacilé un poco al principio, pero abrí la boca, haciendo lo que ella quería.
—No.
Dejó escapar un sonido lleno de satisfacción.
—Deshaciéndome de ellos —susurró lo que me provocó un escalofrío que
intenté disimular—. ¿De cuántos meses estás? —No respondí—. Te conviene
no enfadarme, ahora estoy de buen humor y no me gustaría que lo
estropearas, así que, dime, ¿cuándo tienes previsto que nazcan? Estás enorme,
así que no dudo que la fecha esté cerca. —Seguía mirándome—. Tan solo basta
mirarte, todavía me acuerdo cuando aseguraste que nunca tendrías hijos, pero
mírate ahora, preñada y, además, comprometida —se rio pretendiendo
hacerlo pasar como una burla.
—¿Cómo quieres que te diga nada cuando sigo sin saber tu nombre?
—Qué pesadita con el puto nombre, eh —murmuró, aunque se podía notar la
diversión en su tono de voz—. Me llamo Mónica Serra y soy la hermana del
que ha sido tu teniente durante estos meses, dudo mucho que lo vuelvan a
incorporar después de lo que ha hecho, porque la oficial Renata Abellán se ha
vuelto intocable en el Cuartel Militar de las Fuerzas Aéreas, cuidadito que
alguien le ponga un dedo encima.
Los miré de manera detenida durante algunos segundos dándome cuenta del
leve parecido que tenían. Lo que más me enfadaba de todo aquello era que se
había burlado y engañado en mis narices y yo no había sido capaz de darme
cuenta de ello.
—¿Por qué te hiciste pasar por ella?
—Tampoco es nada del otro mundo, tenía un objetivo, un plan que seguir y, al
culminarlo de manera satisfactoria, no podía permanecer más tiempo en el
cuartel. Si te soy sincera, pensé que alguien me descubriría, pero no ha sido el
caso, así que…
—¿Matar a esos tenientes? ¿Ese es el plan al que te refieres? —pregunté.
—Qué rápida —se sorprendió—. Sí, esos hijos de puta tenían que morir y de la
manera más impactante posible.
—¿Y se puede saber el por qué?
—Creo que ya ha sido suficiente conversación por ahora, ¿no te parece? —
dijo—. Tenía mis motivos, unos que no te voy a decir.
Lo que ella no sabía era que necesitaba que continuara hablando pues, al
mantenerse distraída, aprovechaba para desatarme las manos que tenía detrás
de mi espalda. Éramos dos contra uno, además de que yo estaba embarazada,
no obstante, prefería trazar un plan e intentar salir de ahí antes que seguir
esperando. Lo que no me imaginé fue que Marina, Mónica o el nombre que
tuviera ahora, se iba a dar cuenta del imperceptible movimiento de mis
hombros.
—¿Se puede saber qué coño estás haciendo? —bramó ella, acercándose, pero
en el momento que la tuve delante de mí, pude ser capaz de soltarme.
La agarré del cuello tratando de inmovilizarla, pero a pesar de lo ágil y de lo
entrenada que fuera, no contaba con plena capacidad de movimiento,
haciendo que, de un momento a otro, notara un cuchillo clavarse en el costado
de mi vientre produciéndome ahogar un leve grito ante la sensación de la
sangre manchar rápidamente mi piel.
En lo único que pude pensar fue en mis hijos y lo que iba a pasar con ellos.
Continuará...