La agitada historia de España, que ve surgir la dictadura de Primo
de Rivera, acompasa el creciente compromiso político y la formación
teórica de esta mujer que invade un mundo tradicionalmente
masculino, el de la política, y que causa una auténtica conmoción en
su medio, cuando se decide a escribir bajo el seudónimo que
adquiriría años más tarde carácter de emblema, Pasionaria.
Dolores Ibárruri
El único camino
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Titivillus 07.10.18
Título original: El único camino
Dolores Ibárruri, 1963
Editor digital: Titivillus
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PRIMERA PARTE
Siempre que voy en ti a buscarme, nido
de mi niñez, Bilbao, rincón querido
en que ensayé con ansia el primer vuelo,
súbeme de alma a flor mi edad primera
cantándome recuerdos agorera,
preñados de esperanza y de consuelo.
MIGUEL DE UNAMUNO
EN EL PRINCIPIO ESTABA EL MINERAL…
De las tres provincias que constituyen lo que hoy se llama Euzkadi, y ayer
Euzkalerría, es Vizcaya la más nombrada, la más famosa, la más conocida.
Tanto que ella sola ha dado nombre a todo el País Vasco.
No hay en Vizcaya, y es de sentirlo, ni Giraldas, ni Mezquitas, ni
Alcázares, ni Acueductos, ni Casas colgadas, ni Catedrales góticas.
No hay tampoco llanuras esteparias, sembradas de molinos capaces de
enloquecer a los caballeros andantes, ni Baños de Princesas, ni Murallas
Romanas, ni Patios de ensueño, ni Puentes del Diablo, que dan tono y
carácter a otras regiones peninsulares.
La fama de Vizcaya viene de ella misma. De su pueblo sin fecha de
origen ni genealogía determinadas. Viene de su idioma no emparentado con
ninguno de los conocidos. De sus hombres, emprendedores, duros, sufridos,
forjados a cincel, en lucha permanente con una tierra áspera, que resiste al
arado de madera, que solo admite la férrea laya; con un mar indómito y
borrascoso —preñado de traicioneras galernas—, cuyo húmedo aliento
cubre de lluvias y nieblas permanentes los montes y valles de la Vasconia
milenaria.
Cuando griegos y romanos escribían la historia y España era una
provincia romana, la fama de los vascos se extendía por los confines del
mundo conocido, entretejida de mitos y leyendas acerca del carácter y
costumbres de los vascos y de las riquezas que existían en lo hondo de sus
montañas.
De modo particular, la admiración de los historiadores se centraba en un
fantástico monte «todo de hierro», que se levantaba en las escarpadas costas
del Septentrión peninsular, y cuyas vertientes se hundían en el proceloso
mar de Cantabria.
Y no eran, no, invenciones o imaginerías, las referencias acerca de la
férrica montaña.
Un riquísimo yacimiento de mineral de hierro se extendía, casi sin
interrupción y a flor de tierra, desde la provincia de Santander, en sus
límites con Vizcaya, hasta San Miguel de Basauri, al occidente de Bilbao,
en una extensión de más de treinta kilómetros, dando un color particular a
la cadena montañosa donde se asentaban los veneros.
De ese mineral que constituía una inmensa riqueza, sólo fue
aprovechado durante siglos una mínima parte, que servía —incluso ya bien
entrada la Edad Moderna, y cuando la revolución industrial se había
realizado en varios países de Europa— para abastecer las rudimentarias
ferrerías que existían en la región. Sólo a mediados del siglo pasado estas
ferrerías fueron desplazadas por los Altos Hornos y los grandes talleres
siderometalúrgicos que hicieron del País Vasco el centro fundamental de la
industria pesada española.
De estas ferrerías situadas a lo largo de ríos torrenciales o en las mismas
montañas, como atestiguan los escoriales hallados en distintos lugares,
salían después de un largo y costoso proceso de fundición y elaboración del
mineral y del hierro obtenido las layas y azadas que necesitaba la
agricultura; los flejes de las carretas de bueyes; las cadenas y chapas
labradas de los «llares»; las trébedes, tenazas, sartenes, palas y asadores de
las cocinas aldeanas; los clavos y hierros forjados de las construcciones; los
yunques y bigornas de las fraguas; las herraduras de caballos, mulos y
bueyes; las celias de barricas y toneles; las hachas y cuñas de los leñadores;
los picos, barrenos y herramientas usadas en las explotaciones mineras; las
anclas, arpones, hierros y armazones de los navíos y barcos pesqueros, y
toda clase de instrumentos y herramientas comerciales.
Las vertientes de las montañas en que se hallaban los yacimientos,
especialmente en la zona de Somorrostro, de Triano y de Galdames,
horadadas por los buscadores de los mejores veneros, semejaban en la
lejanía inmensos panales trabajados por gigantescas abejas, cuyos alvéolos
se modificaban o desaparecían casi a diario bajo los golpes de picos y
barrenos, que manos recias de hombres avezados al rudo trabajo manejaban
con agilidad y firmeza.
La riqueza férrica del mineral vasco era extraordinaria. Mientras los
mejores minerales extranjeros daban un rendimiento metálico de un 48%,
los de Vizcaya alcanzaban el 56% y más de hierro.
Justipreciando la importancia del mineral vasco para la economía
nacional, el famoso dramaturgo español del siglo XVI, Tirso de Molina, en
su conocida comedia La prudencia en la Mujer, escribía que:
Por el hierro de Vizcaya
España su oro conserva…
Por desgracia, esto no era más que grata suposición del poeta
dramaturgo.
La desidia y la incapacidad de las clases dirigentes españolas puso en
manos extrañas no sólo los restos del oro, que quedaban en las casi
exhaustas arcas del Estado español, sino el hierro, que podía garantizarlo y
aumentarlo. Carentes de sentido nacional y conformándose con las migajas
que les ofrecían los aprovechadores extranjeros de las riquezas mineras
españolas, estas clases dirigentes fueron entregando a la codicia extranjera
el cobre, el plomo, el cinc, el estaño, la plata, el mercurio, que abundantes
existían en el suelo y el subsuelo españoles, privando de esta forma a
España de los medios y recursos que constituían la base de su desarrollo
industrial y de su independencia económica y política.
Si para la onerosa venta o irresponsable donación a compañías
extranjeras del cobre de Riotinto, del mercurio de Almadén, del plomo de
Linares o del cinc de Santander no encontraban los gobernantes españoles
mayores dificultades, en cambio, las reservas de mineral de hierro del País
Vasco estaban en cierta medida defendidas por la existencia de leyes y
costumbres locales, reconocidas y respetadas incluso en el período anterior
a la formación del Estado español.
Las disputas dinásticas en torno a la sucesión del trono, a la muerte de
Fernando VII en 1833 —pretexto especioso de la primera guerra carlista—,
fueron hábilmente aprovechadas por quienes entre bastidores estimulaban a
los dos bandos en lucha, para abrirse camino hacia los yacimientos mineros
del Norte de España.
Basándose en el hecho, exagerado y deformado de que el País Vasco
apoyó a Don Carlos, que disputaba la corona de España a la hija de
Fernando VII, el Gobierno de Madrid, al establecerse la paz, después del
Abrazo de Vergara en 1839, derogó arbitraria e injustamente las leyes
forales vascas, cuyo origen se hundía en la lejanía de los siglos.
No se necesitaban grandes esfuerzos de imaginación para comprender
que el pretexto esgrimido por el Gobierno de Madrid justificando la
supresión de los fueros y libertades de Euzkadi, no era más que una burda
trapacería política, con la que se encubrían los planes de largo tiempo
elaborados en cancillerías extranjeras, interesadas en la explotación y
aprovechamiento de las riquezas mineras del País Vasco.
Cierto que las aldeas vascas participaron en la lucha al lado del
pretendiente, arrastradas a la guerra por la Iglesia, que apoyaba la causa
carlista, y por los grupos más tradicionalmente reaccionarios de la región,
que en Don Carlos veían al defensor de la religión y de los fueros.
Pero no era menos cierto que las ciudades, centros neurálgicos del
comercio y de la vida económica y política del país, se mantuvieron al lado
del Gobierno.
Y fue precisamente en la capital de Vizcaya, en el Bilbao glorioso y
heroico de los «Sitios», varias veces cercado y siempre inconquistable para
el carlismo, donde se asestó el golpe definitivo al Ejército carlista. Aquí
fueron descompuestas las filas del pretendiente. Desde aquí fueron aculados
hasta la frontera francesa los últimos mohicanos de Don Carlos, lo que
hacía aún más injustas e intolerables las represalias políticas del Gobierno
de Madrid contra el pueblo vasco.
Y como «no hay mal sin bien», lo que el pueblo perdía en libertades y
derechos nacionales, lo ganaba la burguesía nativa y extranjera a las que se
abrieron excepcionales posibilidades de enriquecimiento. Que aquí como en
todas partes, el camino del desarrollo del capitalismo avanzaba destruyendo
sin ninguna consideración todo lo que para los pueblos es entrañable y
sagrado: libertad, independencia, costumbres y tradiciones, relaciones
sociales y familiares.
Al amparo de las disposiciones reales, y bajo el impulso de las fuerzas
que movían los hilos de la política española de la época, se inició
ampliamente la explotación de las riquezas mineras del País Vasco.
Se puso fin a la explotación individual de los yacimientos a los que
todos los naturales del país tenían derecho y acceso.
Se establecieron condiciones y leyes que reglamentaban en beneficio de
unos pocos el arranque del mineral.
Cesó el aprovisionamiento regular de las ferrerías. Los Altos Hornos
ingleses, franceses y belgas exigían millones, decenas de millones de
toneladas de mineral vasco.
Y se lo llevaban gratis. Las leyes forales que hubieran podido, quizás,
frenar el despojo de las riquezas nacionales, utilizándolas más
racionalmente, ya no regían.
Por la resistencia ofrecida por los grupos vascos que no aceptaban las
condiciones del Abrazo de Vergara, y que se aferraban desesperadamente a
un pasado que se fue sin retorno, la explotación libre, abierta, en gran
escala, de las minas de Vizcaya comenzó sólo después de la revolución de
1868, y aun posteriormente, cuando las postreras ilusiones de la tradición
fuerista se derrumbaban bajo el tronar victorioso de los cañones de la
defensa de Bilbao, que acompañaba la agonía del carlismo, en la cuarta y
última guerra civil del siglo XIX.
INVASIÓN…
Al establecerse la paz, después de la derrota del carlismo, toda Vizcaya, y
de modo especial las Encartaciones, que habían sido campo principal de las
operaciones militares, mostraba las sangrientas desgarraduras producidas
por la fratricida contienda, testimoniando de la dureza de la lucha.
Por las estribaciones y encañadas del Montaño y del Galdames; en los
campos de San Pedro Abanto, de Murrieta, de Somorrostro y de Sopuerta,
largas y quebradas líneas de tierra removida indicaban los alineamientos de
las antiguas trincheras y posiciones de los dos ejércitos.
Estas trincheras servían de tumba común a los millares de combatientes
de ambos bandos, caídos en la lucha, adversarios irreconciliables en la vida,
hermanados para siempre en la muerte.
En las aldeas y caseríos, mujeres enlutadas tomaban en sus manos la
dirección de los hogares donde faltaba el cabeza de familia. Ni las madres
ni las esposas a las que para siempre faltaba el amor y el arrimo de los que
cayeron en la guerra podían explicarse por qué habían muerto sus hijos, sus
maridos, sus hermanos y sus padres en aquella contienda absurda, criminal,
que destruyó hogares, que arruinó familias, que dejó sembrada en cada
pueblo, en cada aldea, a veces entre hombres del mismo tronco, de la
misma sangre, la semilla del odio cainita, de la venganza, de la enemistad…
Y al recordar a los que se fueron sin retorno, prendidos en la quimera de
una causa extraña, luciendo airosos la roja boina de los soldados carlistas o
la negra de los liberales y que ahora se pudrían innominados, confundidos
en la misma fosa, abierta al borde del camino, al abrigo de un hayedo o de
un robledal, se preguntaban con dolorosa angustia: «¿Por qué, Dios mío,
por qué?…».
Aún no se habían secado las lágrimas por los caídos, todavía se rezaba a
las horas del yantar familiar «por los que faltan a la compañía».
En las sepulturas familiares de las iglesias aldeanas, las madres y las
viudas continuaban tendiendo los domingos y fiestas de guardar los blancos
manteles, sobre los cuales, en sencillos candeleros de bronce, conservados
en cada familia como una reliquia, ardía la llama del recuerdo y de la
devoción a los muertos inolvidables, cuando ya por los valles y montañas
de las Encartaciones resonaban extranjeros acentos, en los cuales sin mucho
trabajo podía hallarse una respuesta a los penosos interrogantes abiertos por
la guerra en millares de familias.
Hombres totalmente ajenos al país examinaban con ávida e
investigadora mirada montes y colinas, campos y prados, collados y
barrancos, pisoteando con sus herradas botas las tumbas apenas cubiertas.
Medían y acotaban terrenos que no eran suyos. Trazaban croquis,
levantaban planos, clavaban estacas, colocaban mojones, hablaban una
jerga endiablada que antes cristiano no entendiera: «compañías anónimas,
pertenencias, concesiones, denuncias, expropiaciones forzosas, importación
de capitales, mano de obra barata, exportación de minerales,
industrialización…».
Cambiaba el derecho público porque cambiaban las relaciones de
propiedad. Ayer esto era del común; aquello, de una familia; lo de más allá,
de otra… Hoy, todo es extraño.
Los pastores no pueden apacentar sus ganados en los montes
comunales, ni los vecinos hacer leña en los bosques municipales. Está
prohibido. El camino de su casa, ya no es camino. Cae dentro de una
pertenencia. Lo cierran con alambre espinoso, y no valen protestas. El
terreno que aún conserva las huellas del paso de sus abuelos y de sus padres
ha sido denunciado por los nuevos propietarios. Se ha hecho una ley que
reconoce el derecho de los recién llegados, mientras despojan al pueblo de
los suyos, establecidos y mantenidos durante siglos por el uso y la
costumbre.
Nombres extraños golpean en los ojos, desde lo alto de postes
indicadores. Aquí la Luchana Mining; allá, la Orconera. Más lejos, la
Franco-Belga, la Rothschild, la Galdames. Allá, en Posadero y Covarón, la
MacLenan y otras de menor cuantía.
Las pesadas carretas de bueyes en las que se transportaba el mineral de
los filones a las viejas ferrerías, a los lanchones del río Galindo o del
Somorrostro, iban siendo arrumbadas por los ferrocarriles mineros que,
cruzando laderas y atravesando montañas, enlazaban los más apartados
rincones de la cuenca minera con los puertos de embarque y con la zona
fabril siderometalúrgica, que nacía y se desarrollaba paralelamente.
Se rompía la geografía del país. Desaparecían montañas; se quebraban
vertientes; campos y prados eran cubiertos de escombros. Los valles,
igualados con las colinas; elevados los fondos de barrancos y precipicios.
Se tendían planos inclinados, se abrían trincheras, se levantaban
puentes. Por encima de las barriadas obreras, sobre castañares y robledales,
cruzaban los tranvías aéreos.
Explosiones de dinamita, chirriar de cables y vagones, jadear de
locomotoras, golpear incesante de picos y barrenos rompen la quietud de
los antes silenciosos valles y una nueva vida llena de afanes, de inquietudes,
de sobresaltos, hierve en lo que antaño fueron tranquilas montañas y
apacibles lugares.
Alrededor del caserío aldeano surgía la barriada obrera, mísera,
abarraconada, despersonalizada.
La recoleta aldea adormilada en la paz de los campos despertaba con
sobresalto y crecía rápidamente hasta convertirse en pueblo industrial o
villa comercial.
Dejaron de oírse zortzicos y vascas canciones que hablaban de
añoranzas milenarias, de guerras, de héroes legendarios, de libertad.
Ya no se asomaba el Echecojauna, como en la canción de Altabiscar, a
la puerta del hogar solariego, a llamar con su cuerno de guerra a los
vascones a defender la tierra invadida por extranjeros. Ahora, invitaba a
éstos a entrar en su casa. Y sentados junto al lar, en torno a la pesada mesa
de roble, mientras comían bacalao asado y bebían la dulce sidra o el áspero
chacolí, y en el rescoldo del hogar restallaban escandalosamente las
castañas puestas a asar, discutía con ellos el pago de las pertenencias, el
precio de las acciones mineras y las cotizaciones en Bolsa de ferrocarriles y
compañías navieras.
PROLETARIADO
Vizcaya se industrializaba con ritmo febril. Además de la intensa
explotación de las minas, grandes fábricas, altos hornos, diques de
construcciones navales y talleres de todas clases se levantaban desde
Portugalete hasta Zorroza, desde Lamiaco hasta Deusto[1].
Se encerraba al Nervión en un cauce de piedra y de hierro. Y desde la
«barra» de Santurce subían, río arriba, en busca del mineral, barcos de todas
las nacionalidades, levantando en el gris panorama de un Bilbao de niebla y
de lluvias un bosque de multicolores banderas.
La vida comenzó a discurrir por nuevos caminos. Triunfaba la paz sobre
la guerra, y con la paz, el trabajo, la industria y el comercio. Afloraban a la
superficie inmensas fuerzas productivas, soterradas hasta entonces. Vizcaya
se convirtió en el punto de atracción de hombres y de capitales.
Se atenuaban los rencores y amainaban los odios de las viejas banderías,
que habían ensangrentado el país repetidas veces. Una fiebre de producción,
de enriquecimiento, levantaba una barrera entre el pasado reciente y el
futuro que se gestaba en aquel presente de negocios, de transacciones, de
comercio, de industrialización, de duro trabajo asalariado de millares de
trabajadores explotados de manera inhumana.
Una población obrera heterogénea, llegada de todas las regiones
agrarias e incluso de los bajos fondos de las grandes ciudades, iba
amontonándose en los inmundos barracones levantados en las cercanías de
las minas por las compañías que explotaban éstas, o se hacinaba en las
habitaciones de las familias mineras, establecidas ya de manera permanente.
La explotación de las minas era simple y barata. Apenas había que
quitar escombros. No se precisaba ni profundos pozos, ni costosas galerías.
El mineral estaba allí, a flor de tierra, asomando por todas partes su cara de
color rubio o rojo morado, que daba un aspecto particular a la zona minera
donde todo estaba matizado de esas tonalidades.
La explotación de las minas se caracterizaba no sólo por la manera
rapaz de despojar al país de lo que constituía su principal riqueza, sino por
el trato brutal que se daba a los obreros empleados en ellas.
Trabajaban los mineros de estrella a estrella, sin horario determinado.
Salían de casa antes de amanecer y no volvían hasta bien entrada la noche.
Los barracones que las compañías mineras ofrecían como albergue a los
que llegaban de otras tierras eran más bien cobijos de bestias que
habitaciones humanas.
En la noche, cuando los obreros se habían ya recogido, los barracones
ofrecían un espectáculo dantesco: llenos de humo del áspero tabaco fumado
por los mineros; alumbrados por la vacilante luz de un quinqué de aceite o
de petróleo colgado en el centro de la barraca, las figuras de los hombres
medio desnudos se distinguían borrosamente moviéndose entre los
camastros o sentados sobre los petates, en una atmósfera pestilencial en la
que se mezclaban el olor a hombre, a sudor, a alimentos fermentados, con el
amoníaco de los orines y el nauseabundo de los detritus que desbordaban
los zambullos colocados en un pequeño apartado, abierto a la sala común de
cada barracón.
Dormían los hombres sobre sacos rellenos de paja de maíz, tendidos
sobre estrechos bancos de madera. Se cubrían con sus propios «tapabocas»,
especie de mantas de burda lana, usadas por los mineros, en las cuales se
envolvían para resguardarse del frío o de la lluvia, y que, excepto en el
verano, estaban siempre húmedas o mojadas, secándose por la noche con el
calor de los cuerpos, que tiritaban de frío de fiebre[2].
Las ropas de los mineros empapadas de sudor y de barro pendían
colgadas de clavos, en las cabeceras de los camastros, en amigable
compañía y vecindad con sardinas, arenques y bacalao, trozos de tocino
rancio y de tasajo, amén de flacas ristras de ajos, cebollas y pimientos,
prestándose mutuamente sus particulares olores y sabores.
Si alguno de los huéspedes del barracón enfermaba de viruela o tifus,
enfermedades endémicas corrientes en aquella época y de las cuales los
barracones eran focos permanentes de infección, se le sacaba del camastro
para conducirlo a la barraca de infecciosos. Se asperjaba con agua de cal el
barracón; y el puesto dejado por el enfermo que ya no necesitaría del
camastro era inmediatamente ocupado.
Los temporeros, de origen campesino en su mayoría, que vivían en los
barracones, eran, por virtud de las condiciones antihigiénicas en que
estaban obligados a vivir, comisionistas de peligrosos virus que pasaban sin
control y sin aduana, sin barreras ni cordones sanitarios, de Vizcaya a
Castilla, y de Castilla a Vizcaya, sembrando por donde pasaban y a donde
llegaban enfermedades y epidemias mortales.
En aquellas aglomeraciones humanas, compuestas de hombres de todas
las regiones españolas, se amalgamaban lenguaje, costumbres, creencias y
supersticiones, refundiéndose, recreándose en la vida común, en el común
trabajo y en el común sufrir, formando una especie de algarabía lingüística,
ética y moral, en la que se entreveraba y confundía la fe religiosa con la
ciega confianza en la práctica de hechicerías y en la ciencia infusa de
curanderos y saludadores.
Se temía a brujas, fantasmas y aparecidos, y se confiaba en el poder de
los evangelios o de San Pedro Zariquete contra el mal de ojo sobre las
personas o en el ganado. Se creía en las virtudes milagrosas de los cordones
de San Blas o de San Antón o en el laurel bendito el Domingo de Ramos
para curar males y lacerías de los hombres o del ganado, para ahuyentar los
nublados y alejar el rayo del hogar o del rebaño.
Mas bajo la costra de religiosidad y herejía, de ignorancia y de
superstición, que llevaban al dócil sometimiento y a la resignación fatalista,
en el alma de aquellos hombres se conservaba, como el ascua bajo la
ceniza, un sentimiento de fiereza, de dignidad y de rebeldía humanas, que
nada podía extinguir; que surgía a veces en llamarada homicida, cuando la
injusticia o el sufrimiento insoportables hacían desbordar el dique del
respeto y de la resignación. Por las condiciones en que se llevaban los
trabajos de las minas, eran frecuentes los derrumbamientos y numerosos los
accidentes mortales que, a veces, producían decenas de víctimas, como
ocurrió en la mina de San Miguel, en la década del 80. En esta mina se
derrumbó lo que en la jerga minera se llamaba «sombrero» y sepultó a un
numeroso grupo de trabajadores que, a conciencia del riesgo, estaban
obligados a trabajar bajo la amenazadora cornisa. Y allá quedaron.
Los dueños de la mina consideraron, y las autoridades estaban de
acuerdo con ellos, que era un gasto y un esfuerzo inútiles pretender sacar de
aquella tumba a los mineros. «Por lo demás —decían— ¡qué más da que
estén enterrados aquí o en el cementerio!…».
Los mineros cobraban sus salarios por mensualidades vencidas, estando
obligados a comprar los víveres y efectos de vestir y calzar en cantinas
especiales, establecidas por los propios patronos o por altos empleados de
las minas.
Y muchas veces, muchas, cuando después de cuatro largas semanas de
trabajo, de sudores y de privaciones inacabables, se acercaban a la taquilla
de la oficina, el día de paga, a recibir su salario, se encontraban con que
nada tenían que cobrar. Sus gastos, según cuenta presentada por el
encargado de la cantina, eran superiores a lo que debían percibir como
retribución por el trabajo realizado durante un mes bien cumplido.
Y no había escapatoria. La deuda, inflada, y a veces inventada por la
criminal trapacería de los dependientes o del encargado, les ataba a la mina.
Los patronos mineros, además de las listas negras con los nombres de
los obreros más rebeldes, se pasaban unos a otros las listas de deudores.
Al obrero que tenía una deuda con el dueño o encargado de una mina no
se le admitía en otra hasta que la deuda fuese saldada. Y de nada servían las
protestas. Al lado del patrono estaba la ley. Y con la ley, los fusiles de la
Guardia Civil y las cárceles y perreras de los pueblos, o el cuchillo o la
estaca de las «cuadrillas de la porra», al servicio de los encargados.
Los dueños de las minas, absorbidos por sus grandes negocios, no
descuidaban, sin embargo, la salud espiritual de los mineros. Los domingos
y fiestas de guardar les concedían —generosos— una hora para que
asistiesen a los oficios divinos en la iglesia más cercana a las minas, cosa
que debían hacer obligatoriamente.
Para otras necesidades, no tan espirituales, se toleraba que gentes sin
escrúpulos reclutasen en los burdeles de la capital prostitutas de ínfima
categoría que, coincidiendo con los días de paga, llegaban a los pueblos de
la zona minera a llevarse los reales de los más afortunados y a dejarles para
el resto de sus días terribles enfermedades.
La variedad y diferencia de las regiones de origen de los obreros que
llegaban a trabajar a las minas, inspiró a los encargados de éstas la criminal
idea de cultivar las inquinas y rivalidades regionales, dividiendo a los
obreros en cuadrillas con arreglo a la provincia o región de donde
procedían.
Así, una cuadrilla estaba compuesta de navarros; otra por aragoneses; la
de aquí, por zamoranos; la de allá, por arandinos; una por riojanos, otra por
leoneses o castellanos.
Con la división de los trabajadores en grupos regionales lograban dos
cosas: acrecentar la extracción del mineral con el mismo gasto e impedir la
camaradería y la unidad de los mineros frente a sus explotadores.
Cada mañana llegaba el encargado adonde una cuadrilla. Hoy, a la de
los arandinos, mañana, donde los riojanos. El lunes hablaba a los navarros,
el martes a los aragoneses. El procedimiento era idéntico, e idéntico el
resultado.
«Hoy —decía a los aragoneses— los navarros se han comprometido a
cargar tantos vagones».
Los trabajadores escuchaban, apretando los dientes y mirándole
rencorosamente. Las palabras del encargado les irritaban como picadura de
tábano.
Pero su orgullo regional y su hombría no soportaban que otros pasasen
por encima de ellos. Una breve discusión y el coraje se hace reto.
—Nosotros cargaremos más… ¿Cuántos?… Se concretaba. Navarra no
pasará por encima de Aragón…
Marchaba después a clavar el espolique de la rivalidad a otra cuadrilla.
Comenzaba el trabajo con ritmo febril, agotador. Si un obrero fatigado se
detiene un momento para limpiarse el sudor o simplemente para tomar
aliento, sus compañeros le increpan, le insultan. El odio animal, ciego, arde
en el seno de las propias cuadrillas; de los jóvenes para los hombres
maduros que no trabajan como ellos; de los viejos para los jóvenes que,
enfebrecidos, trabajan echando los bofes. La tarea se cumple. Aragón lleva
la palma, los aragoneses han vencido; y aún les queda aliento para decir a
sus rivales en el grito mordaz de una jota:
Navarrico, navarrico,
no seas tan fanfarrón
que los cuartos de Navarra
no pasan en Aragón…
Otro día, son los navarros los triunfadores en la brutal disputa sobre otra
cuadrilla. Y la fanfarronería se eleva a virtud nacional en la jactanciosa
copla:
No hay quien rompa las cadenas
del escudo de Navarra
que están hechas con el hierro
de las minas de Vizcaya.
No siempre estas rivalidades artificiosamente provocadas terminaban en
justas más o menos poéticas. A veces los odios regionales se dirimían a
tiros o puñaladas y terminaban para unos en el hospital o en el cementerio y
para otros, en la cárcel.
LA PALABRA SOCIALISTA
El movimiento socialista en el País Vasco tiene su origen en las primeras
organizaciones de la Asociación Internacional de Trabajadores fundada en
España después de la revolución de septiembre de 1868.
Bilbao, capital del País Vasco, fue uno de los lugares donde se
constituyeron las primeras organizaciones obreras, adhiriéndose a la
Primera Internacional, a la Internacional de Marx y Engels. El bakuninismo
no tuvo ningún arraigo en esta región, en la que la industria que comenzaba
a desarrollarse era la minera y la siderometalúrgica, con grandes
concentraciones proletarias.
El semanario La Voz del Trabajador, publicado por aquellas
organizaciones, era el organizador y el aglutinante de los pequeños grupos
de obreros, que se constituían en asociaciones de resistencia para defender
sus intereses de clase.
Estas organizaciones obreras surgían de manera intermitente al ser
impulsada la industria, especialmente la explotación de las minas, para
desaparecer al primer contratiempo, por la brutalidad con que era reprimido
todo intento de organización y de resistencia de un proletariado que
empezaba a formarse. Pero la semilla del socialismo estaba sembrada y
germinaría en su tiempo.
Después de escindidas por la actividad disgregadora del bakuninismo
las secciones españolas de la Asociación Internacional y de constituirse el
Partido Socialista, en 1879, y diez años más tarde la Unión General de
Trabajadores, la organización obrera y socialista fue tomando cuerpo y
volumen en el País Vasco, especialmente en la capital.
Con un trabajo tenaz y paciente, los primeros socialistas vascos
extendieron la organización obrera a las zonas fabril y minera; y ya en los
últimos lustros del siglo pasado y primeros años del XIX la cuenca minera
constituía, en lo fundamental, la base de la organización obrera y socialista
del País Vasco.
No era fácil en aquella época de finales de siglo llegar a los trabajadores
de las minas. Los pueblos de la cuenca minera eran feudos de compañías
extranjeras, guardados celosamente del contagio revolucionario por la
Guardia Civil y los cancerberos de las compañías.
Fueron vanos los esfuerzos de éstos. Y en un plazo relativamente corto
Vizcaya se convirtió en un baluarte del movimiento obrero y socialista.
***
Un domingo del verano de 1889, cuando se disponía a partir de
Portugalete la diligencia que a diario hacía el recorrido entre esta villa
comercial y Gallarta, centro de la zona minera, llegó apresuradamente un
hombre, con aire de menestral, y preguntó al cochero, a quien todos
trataban familiarmente, si había algún asiento libre en el carruaje.
Pensó un momento el auriga si no sería exceso de carga para los tres
jamelgos, que en trote cansino hacían diariamente el viaje entre ambas
poblaciones, un nuevo viajero. Mas como el recién llegado era un hombre
delgado y, además, vestido decentemente, respondió que aunque la
diligencia estaba completa, si no le importaban mucho el aire y el sol, le
haría un poco de sitio a su lado, en el pescante.
Al mismo tiempo, y con gesto de entendido, señalando con la cabeza
hacia el interior del carruaje, dijo en tono de broma: «Buena familia lleva
hoy mi carro…».
Sin comprender lo que quería decir el cochero, pero alegrándose de
hacer el viaje respirando a pleno pulmón el aire libre de los campos y de la
montaña, tan necesario a su débil organismo, el nuevo viajero se sentó
donde le indicara, preguntando con curiosidad apenas quedó instalado.
—¿Quién ha dicho Ud. que va en la diligencia?
—No haga caso de mis tonterías. Era un decir… Entre los viajeros van
el juez y el secretario del juzgado de Gallarta, dos números de la Guardia
Civil y una pareja de miñones, de Ortuella. Como ve, vamos bien guardados
y no hay miedo de que en el camino nos salgan algunos de esos petroleros
socialistas que todo lo quieren poner patas arriba.
Sonrió el viajero pensando que en la vida se dan originales
coincidencias.
Enhebró el auriga la conversación, mientras la diligencia enfilaba la
carretera de Urioste.
—Usted no es de Gallarta, ¿verdad? Yo conozco a todos los vecinos y
no recuerdo haberle visto antes.
—No, no soy de Gallarta. Vivo en Bilbao y no he estado nunca en ese
pueblo. Han venido unos paisanos míos a trabajar en las minas y voy a
visitarles, aunque no sé si los voy a encontrar.
—Si tiene usted la dirección, yo puedo ayudarle.
—Aquí la tengo. —Sacó un papel del bolsillo y leyó en voz alta:
—Barrio de Peñucas, carpintería de X.
—¡Ah! ¿Es usted paisano del baulero?
—No; pero él conoce a mis paisanos y me podrá orientar.
El menestral que se dedicaba a la construcción de baúles, nada de
común tenía con los socialistas. Pero una vez frente a la casa indicada, el
viajero sabía a dónde tenía que dirigirse.
—Es muy sencillo encontrar ese taller. Es el único que existe en el
pueblo, y cualquiera le puede indicar la dirección. Al llegar a Gallarta, yo le
diré por dónde ir a él.
Iban acercándose a Ortuella donde la diligencia paraba, bien para que
cumpliese el cochero los encargos recibidos, bien para dejar o tomar
pasajeros.
Tiró el conductor de las riendas, y los caballos se detuvieron.
—Paramos aquí cinco minutos —advirtió a su acompañante—. Van a
descender los miñones y yo voy a entregar un encargo. En seguida
continuamos. Ya falta poco.
Ante la mirada curiosa del viajero se extendía, a su derecha, la carretera
de Nocedal, recostándose en la falda de una colina cubierta de viñedos,
mientras a su izquierda, en dirección a Gallarta, levantaba su imponente
masa de un color rojo sombrío el famoso «Monte», donde estaban las
minas. Enfrente se erguía el Serantes, como majestuosa muralla entre el mar
y la zona minera, y al fondo, sobre el valle de Somorrostro, se perfilaba el
Montano, en cuyas estribaciones se habían librado los más sangrientos
combates de la última guerra carlista.
Reanudóse la marcha. Al llegar a Gallarta preguntó al cochero:
—¿Por dónde se va al barrio Peñusca?
—Suba usted todo el pueblo arriba hasta llegar a un ferrocarril. Allá
comienza esa barriada. Atraviese la vía y siempre hacia arriba, a la
izquierda, está el taller que Ud. busca.
Se despidió el viajero dando las gracias al cochero y alargándole una
propina que éste recibió con agradecimiento, comenzó a subir la empinada
calle que terminaba en la mina.
Al llegar frente al taller le fue fácil encontrar lo que necesitaba: la
vivienda de un obrero minero que, según opinión de las gentes de orden, era
de la «cáscara amarga», como se decía entonces de quienes tenían alguna
actividad política o societaria.
Hacía unas semanas que, aprovechando un día de asueto, ese obrero,
cuyo nombre era Tomás Chico, había estado en el centro socialista de la
capital, insistiendo sobre la necesidad de enviar a alguien a la zona minera
en la que maduraba una óptima cosecha.
Había venido de un pueblo de Castilla a trabajar a las minas. Llegó con
su familia, la mujer y dos hijos pequeños con el decidido propósito de no
volver jamás a su pueblo natal, donde no había conocido más que miseria y
escasez. Era un hombre joven, vivo, inteligente y enérgico.
Desde el primer momento sintió su conciencia sublevada ante la
durísima explotación de que eran objeto los trabajadores en las minas. Pero,
no había opción. Volver al campo era imposible. Aquí, la vida era dura,
pero se podía luchar.
La llegada del delegado de la organización a quien él había conocido en
Bilbao le alegró extraordinariamente. A sus vecinos le presentó como un
paisano que vivía en la capital.
Hablaron largo rato sobre la situación y sobre la manera de abordar a los
trabajadores.
—Vamos a comenzar por los barracones —aconsejó Tomás—. La
mayor parte es gente joven que no vive tan amarrada a las obligaciones
familiares, y el diálogo es más fácil con ellos. Como hoy es fiesta, si vamos
a la hora de comer los encontraremos a todos allá.
Quedaron de acuerdo, y, después de un breve descanso en el que
continuaron cambiando opiniones, se dirigieron a uno de los barracones.
Entró primero Tomás, al que conocían algunos compañeros de trabajo y,
tras él, entró el forastero.
Todas las miradas se clavaron con curiosidad en los recién llegados,
especialmente en el desconocido, porque a la legua se veía que no era un
minero.
—¿Viene contigo? —preguntaron a Tomás.
—Conmigo viene.
—¿Qué desea el amigo? ¿Busca trabajo? —aventuró alguien.
—Trabajo busco, pero no en la mina.
—Pues aquí no hay otro.
Se hizo el silencio. Parecía que todo estaba dicho.
—¿Me puedo sentar?
—Siéntese ahí en ese catre, que está limpio.
Un minero sacó la petaca y, abierta, la ofreció amistosamente. Cogió
Tomás un pitillo y lo encendió en el cigarro que fumaba uno de los
trabajadores que estaba a su lado.
—¿Usted no fuma?
—No, gracias…
Inquirió el forastero:
—¿Todos los mineros viven así?
—La mayor parte. Unos, un poco mejor, otros, peor.
—¿Peor aún?
—Ya lo creo. Viven en cuadras, vecinando con los cerdos.
—¿Y pagan por esto? —dice señalando los sacos a medio llenar con
paja de maíz, ya podrida por el uso y que se escapaba por los agujeros de
los jergones.
—Aquí no hay nada gratis más que los piojos y la sarna —respondió
blandamente un hombre maduro.
—¿Sólo eso es gratis? Yo creo que aquí hay cosas que valen más que
todo el mineral y que también se dan gratis.
Sorprende a los mineros la respuesta. No alcanzan el sentido de las
palabras. Creen que el visitante es un enviado de la compañía que viene a
hablarles del humanitarismo de ésta. Les extraña que tal tipo haya venido
con Tomás, a quien respetan por saberle un hombre íntegro. Pero ¿quién
sabe?… Su cordialidad se torna aspereza.
Un joven interrumpe bruscamente.
—¿Usted conoce las minas?
—Las conozco y os conozco a vosotros. Dais a las compañías vuestro
sudor, vuestra fuerza y vuestra sangre. Y ¿qué recibís en cambio? Esto. Un
catre cochambroso, un rancho infecto que os cobran a buen precio y dos
pesetas de salario por catorce o diez y seis horas de trabajo. Por esta miseria
arriesgáis a cada momento vuestra vida, que es el único tesoro que tenéis. Y
la dais gratis. ¿Qué reciben las familias de los que mueren en la mina?
Nada. ¿Qué recibe el que queda lisiado, inútil para el trabajo? El derecho a
mendigar, y a veces, ni aún eso. ¿Por qué habéis venido aquí? ¿Por qué
habéis venido a trabajar a las minas? Habéis venido porque en vuestros
pueblos no podíais vivir. La mala cosecha, los impuestos, los caciques, os
han echado del pueblo donde nacisteis y habéis anclado aquí, con la
esperanza de ahorrar unos reales, de pagar las deudas, de levantar la
hipoteca, de ayudar a la mujer, a los padres. Y ¿qué habéis conseguido?
Trabajáis de estrella a estrella. Si quedáis inválidos en un accidente, nadie
os indemnizará. Si os matáis, nadie se preocupará de vuestros padres
ancianos, de vuestras mujeres ni de vuestros hijos. No trabajáis todos los
días porque la lluvia no lo permite. Y aun calculando que trabajaseis todos
los días del año —y bien sabéis que no es así—, recibiríais en total 730
pesetas por 365 días o si queréis mejor, por 5110 horas de trabajo a razón de
14 horas diarias.
—Lo que usted dice es verdad. Pero en el pueblo no recibíamos nada —
objetó una voz joven desde el fondo del barracón.
—Cierto; en el pueblo no teníais la posibilidad de recibir un salario todo
el año y vuestra situación era distinta. Allá erais obreros agrícolas o
campesinos sin tierra suficiente para mantener a vuestras familias. Pero allá
ni vuestro trabajo era tan productivo como el de aquí, ni corríais los riesgos
que os acechan a cada paso en la mina.
—Por ello nos pagan —retocó la misma voz. Y el que no quiera
mojarse que no vaya a la mar. Además ¿qué quiere Usted?, el mundo ha
sido siempre así y así lo dejaremos nosotros también. ¿Que unos son ricos y
otros somos pobres? Como dice la copla:
Hasta los leños del monte
tienen su separación
de los unos hacen santos
y de los otros carbón…
—No me voy a esforzar ahora en demostrarte que el mundo no ha sido
siempre así, y que mañana no será tampoco como hoy. Otro día hablaremos
de eso. Ahora sólo quiero aclararte algo en lo que tú no te has parado a
reflexionar. Dices que os pagan por el trabajo y por los riesgos. Vamos a
verlo. ¿Sabéis cuántas toneladas de mineral han salido el año pasado del
puerto de Bilbao para Inglaterra[3]? Más de cuatro millones de toneladas,
por las que han pagado alrededor de 37 millones de pesetas. Esos millones
de toneladas de mineral las habéis sacado vosotros de aquí, de las minas. En
la zona minera trabajan 8500 obreros, cuyo salario medio es entre dos
pesetas y una peseta setenta y cinco céntimos que representa una suma
aproximada de seis millones, en el supuesto de que se trabajasen los
trescientos sesenta y cinco días al año. A los patronos les quedan más de
treinta millones de pesetas de beneficios.
Aunque de ellos descuenten el gasto de herramientas y de material,
todavía resta un buen puñado de millones que vosotros les regaláis con
vuestro trabajo. ¿Comprendes ahora, amigo, por qué yo decía que trabajáis
gratis, y que gratis dabais vuestra vida para amasar las fortunas de los
señores patronos? Pensad un momento. ¿De dónde sale el dinero para
construir los palacios que han comenzado a levantarse en Bilbao? De aquí,
de las minas. ¿De dónde los medios para construir las fábricas que ya
empiezan a funcionar en Sestao, en Baracaldo, y en otros pueblos?
Fundamentalmente de las minas, de vuestro sudor, de vuestro trabajo, de
vuestra sangre, de vuestra vida. Por una tonelada de mineral cobran ocho o
diez o doce pesetas. Y vosotros arrancáis de la mina dos o tres, y a veces
más toneladas. Suponiendo que el precio sea de 10 pesetas tonelada y que
vosotros sólo arranquéis dos toneladas, quiere decir que al día producís por
20 pesetas. Os pagan dos pesetas de salario, ¿a dónde van las otras 18
pesetas? En el barracón no se oía el volar de una mosca. Nunca habían
pensado aquellos trabajadores que ellos producían tales riquezas. Les
ofrecieron trabajo y un salario, y se consideraron dichosos, pues otros, más
desgraciados que ellos, no podían abandonar el pueblo. Lo que acababan de
oír les producía inquietud, desasosiego. Estaban nerviosos. Querían y no
querían creer aquella verdad, que era su vida y en la que antes no habían
pensado. Habló el de los piojos.
—Yo no sé quién es Ud. —dijo—. Pero sus palabras levantan
verdugones en la conciencia.
Y como interrogándose a sí mismo y a los otros, continuó:
—¿Se puede vivir de otra manera? Si se puede, ¿qué podemos hacer
nosotros para cambiar nuestra suerte? Ud. ha puesto al descubierto la llaga,
pero el remedio, ¿dónde está el remedio?…
—El remedio existe. La cuestión es saber si vosotros estáis dispuestos a
aplicarlo y a afrontar las dificultades con que tropezaréis si queréis hacerlo.
—¿Afrontar dificultades, dice Ud., para aplicar el remedio que nos haga
salir de esta situación? ¿Cree que nuestra vida es fácil? ¿Cree que puede
asustarnos nada? Yo hablo por mí. Y que cada uno diga lo que lleva en el
seno. Al verme tan acabado, creerá Ud. que soy un viejo. Pues no señor.
Tengo 40 años y he vivido mil de ahogos de penas y de miserias. Allá dejé a
mi mujer enferma. Y allá quedó para siempre, sin que yo le pudiera cerrar
los ojos. Era joven, era buena. La enfermedad se lo llevó todo. Ajuares,
ganado, tierra, casa. Vine aquí creyendo poder ayudarla. Yo no comía más
que para tenerme en pie. No fumaba, no bebía. Céntimo a céntimo fui
juntando un puñado de cuartos… Con ellos pagaron el entierro. No he
vuelto al pueblo. Todo me es igual.
De nuevo se hizo el silencio. Nadie se atrevía a hablar. Era demasiado
serio lo que habían oído. Les parecía increíble que ellos produjesen las
grandes fortunas de las que la Vizcaya burguesa se vanagloriaba.
Surgieron al fin las preguntas, ingenuas unas, llenas de dudas otras,
impregnadas todas del mismo sentimiento: la resistencia a creer que ellos
mismos podían cambiar la situación; que ellos mismos podían obligar a los
dueños de las minas a elevar sus salarios, a disminuir la jornada de trabajo,
a levantar viviendas humanas para los hombres, a establecer seguros
sociales, a mejorar sus condiciones de vida y de trabajo.
Terminó la entrevista. Al despedirse y rogarle los mineros que viniese
otro día, dijo su nombre: «Facundo Perezagua, moldeador, socialista».
Un momento de sobresalto primero, un gesto de decisión después.
—Vuelva Ud. —le dijo el minero que contó su historia.
—Volveré, pero no al barracón, para no comprometerles a ustedes…
***
Una de las principales tareas de los propagandistas socialistas de la
primera época, y aun posteriormente en los albores del siglo XX, entre los
cuales se distinguieron Facundo Perezagua, Álvaro Ortiz, Emilio Felipe,
Fermín Zarza, Felipe Carretero, Isidoro Acevedo, Medinabeitia, Cerezo,
Tomás Meabe, Seisdedos, Achúcarro, Salsamendi, Indalecio Prieto, los
hermanos García y muchos otros menos conocidos, era terminar con las
inquinas regionales y despertar en los mineros el sentimiento de solidaridad,
de unión, de camaradería, para defender sus intereses frente a sus comunes
explotadores.
Hasta que la semilla socialista empezó a germinar en su conciencia,
mostrándoles su fuerza, los trabajadores no concebían que ellos tuviesen
derechos y que se pudiese cambiar aquel estado de cosas. No estaban
contentos. Pero ¿qué hacer? Una minoría protestaba a veces. Otros se
mordían los labios y apretaban los puños ante lo que consideraban una
injusticia. Se sentían inermes e impotentes frente a sus explotadores.
Los obreros no conocían la fuerza de su clase. Sólo sabían su número. Y
a veces, volvían su ira desesperada contra los que a las minas llegaban por
el mismo camino que ellos, no viendo en los recién llegados compañeros de
infortunio y de clase, sino competidores que iban a disputarles el puesto en
la mina o en el barracón, ofreciéndose a trabajar por unos céntimos menos
que ellos.
Hasta 1890 se habían producido protestas aisladas en diferentes minas,
que terminaban siempre con la derrota de los obreros, llevando el
pesimismo a aquella masa de trabajadores inorganizados, cuya conciencia
de clase apenas comenzaba a despertar. Reaccionaban por instinto ante la
injusticia, la vejación o el atropello y resolvían a golpes o puñaladas las
cuestiones suscitadas en la mina con el capataz o el encargado.
Ahora se comenzaba a hablar y a actuar de manera distinta. El trabajo
de los propagandistas empezaba a dar frutos. A la hora de la comida, en los
diferentes cortes de las minas, podía escucharse entre los obreros un
lenguaje nuevo. Se hablaba a media voz, de huelga, de protesta, de
reivindicaciones.
LA PRIMERA GRAN HUELGA
A finales de la primavera de 1890 la situación era tan tensa en la cuenca
minera que todo el mundo esperaba que sucediera algo muy serio.
No se ocultaban los trabajadores para expresar su hostilidad hacia sus
explotadores. Se protestaba contra la existencia de los barracones y contra
las cantinas obligatorias. Se hablaba públicamente de las listas negras. Se
denunciaban los robos y atropellos de capataces y encargados. La protesta
se condensaba, tomaba forma.
El mismo fenómeno se producía en la zona siderometalúrgica, y
estrechos lazos de camaradería iban estableciéndose entre los obreros
mineros y metalúrgicos.
La compañía inglesa Orconera, la más poderosa de las compañías
extranjeras que explotaban las minas de Vizcaya y que estaba acostumbrada
a imponer su ley, despidió el 13 de mayo de 1890 de la mina Concha III a
cinco obreros de los que más se distinguían en la resistencia.
La respuesta de los trabajadores fue inmediata. En solidaridad con los
despedidos dejaron el trabajo sus compañeros de cuadrilla. El mismo día la
mina entera quedó paralizada. Al día siguiente no entraron a trabajar los
obreros de ninguna de las minas de la Compañía Orconera. En solidaridad
con ellos se declararon en huelga los obreros de toda la zona minera.
Esta primera gran huelga con la que los mineros irrumpían audazmente
en la lucha como un destacamento proletario consciente, estremeció a la
Vizcaya capitalista y reaccionaria. Y no sin causa.
Con los mineros se solidarizaron, declarándose en huelga, los obreros
de las fábricas metalúrgicas, de la construcción, los trabajadores de los
ferrocarriles.
La vida industrial de Vizcaya fue paralizada, entre el asombro rabioso
de una burguesía que se resistía a creer que ella no lo podía todo; que ella
no podría explotar como hasta entonces a los trabajadores de las minas, que,
ante el temor de perder el salario de hambre con el que se pagaba su trabajo
de forzados, habían soportado con resignación vejaciones, injusticias y
atropellos.
Como medio de presión sobre los huelguistas, el Gobierno declaró el
estado de guerra. Contra los mineros fueron enviados el Ejército e
importantes núcleos de fuerzas armadas de toda España.
Las reuniones y manifestaciones de los trabajadores eran disueltas a
tiros. Decenas de muertos y heridos constituían el balance de la salvaje
represión.
Se equivocaban patronos y autoridades. No era el terror, no eran los
fusiles de las fuerzas de orden lo que podría contener el ansia de justicia de
los hombres de la mina que a diario se enfrentaban con la muerte.
Lanzados a la lucha, estaban dispuestos, a costa de lo que fuese, a
llevarla hasta el fin. A la violencia respondieron los trabajadores con la
violencia. Incendiaban los barracones, asaltaban las cantinas arrojando los
víveres a la calle, destruían las instalaciones de las minas. Quitando frenos
y soltando cables, lanzaban los vagones a estrellarse por las rápidas
pendientes de los planos inclinados. Saltaban con dinamita raíles y
locomotoras. Quemaban los caballetes de los tranvías aéreos; arrojaban a
los hornos de calcinación las herramientas. Avanzaban como devastador
alud, arrollando obstáculos, derribando barreras, saltando diques, arrasando
todo lo que hallaban en su camino.
En el transcurso de la lucha sintieron los trabajadores su fuerza y
aprendieron que su voluntad también contaba; que sin ellos, no había
embarque de mineral, ni dividendos, ni palacios, ni coches elegantes, ni
fortunas, ni cuentas corrientes en los Bancos.
En breves días la lucha dio conciencia a decenas de millares de
trabajadores. Ellos no volverían a ser, como antes, carne de misa, masa
inconsciente condenada a vivir y morir como parias.
Desconcertado el Gobierno ante la firmeza de los trabajadores, se vio
obligado a intervenir y envió como mediador entre patronos y obreros al
Gobernador militar de Guipúzcoa, general Loma, que, al conocer la realidad
de la vida de los mineros y la razón que asistía a éstos, amenazó a los
patronos con retirar el Ejército si no atendían las peticiones de los
trabajadores.
La huelga terminó con la victoria de los mineros. Según el bando
establecido por el general Loma, los patronos se comprometían: 1.º) a
suprimir los barracones dejando a los obreros en libertad de vivir donde
fuese su voluntad; 2.º) a suprimir las cantinas obligatorias, reconociendo a
los obreros el derecho a comprar en las tiendas y almacenes de su elección,
y 3.º) a disminuir la jornada de trabajo, quedando fijada en diez horas para
todo el año, distribuidas así: en enero y febrero, noviembre y diciembre,
nueve horas de trabajo; en marzo, abril, septiembre y octubre, diez horas; en
mayo, junio, julio y agosto, once horas.
Después de esta lucha, y de esta primera victoria, «El Monte», es decir,
la cuenca minera de Vizcaya, dejó de ser un baluarte de la reacción.
El «Monte» se levantaba como un bastión de rebeldía frente a la
Vizcaya de los nuevos ricos, frente a la Vizcaya capitalista y reaccionaria.
La huelga del 90, como la llamaban los mineros, quedó en la historia del
movimiento obrero vasco como una piedra miliaria que señalaba una
divisoria entre dos épocas.
Las huelgas y protestas que se desarrollan desde 1890 hasta 1906, entre
las cuales se cuentan cuatro huelgas generales, diez y siete huelgas parciales
y numerosas protestas en diferentes minas, mostraban lo inmenso del
camino recorrido por los trabajadores en la lucha por elevar sus condiciones
de vida y de trabajo, y en el desarrollo de su conciencia de clase.
EL CENTRO OBRERO
Al calor de la lucha se desarrolló el movimiento obrero organizado, de lo
que se derivaba la necesidad de disponer de locales apropiados para las
reuniones de los trabajadores.
Resultaba difícil obtener estos locales, porque el propietario que se
mostraba inclinado a alquilarlos a la organización obrera se veía amenazado
de asfixia económica por la burguesía local.
A pesar de ello, pudo hallarse un modesto lugar para las reuniones de la
incipiente organización obrera, pagando por su alquiler doble de lo que
cualquier particular hubiera pagado.
Esto rompió el hielo de la resistencia a ceder los locales. A medida que
la organización crecía, crecía también la posibilidad de tener locales a
propósito donde reunirse, llegando por fin a alquilar, primero dos
apartamentos de una casa de vecindad y, más tarde, los bajos de una gran
casa en donde se estableció el Centro Obrero. En este caso yo me refiero a
Gallarta, que era el principal centro minero, pero esto mismo ocurría en el
resto de los pueblos de la zona minera.
Los obreros lo habilitaban para reuniones y fiestas. Las juntas directivas
de las distintas organizaciones obreras se reunían allí y allí escuchaban las
reclamaciones y las denuncias de los trabajadores y aconsejaban a éstos
cómo debían conducirse.
Se constituyó una Sociedad de Socorros Mutuos que también tenía su
sede en el Centro Obrero. La administrativa de éste, respondiendo al deseo
de los trabajadores, organizó una modesta biblioteca que, por un módico
estipendio, facilitaba a los obreros la lectura de obras que no estaban al
alcance de sus medios económicos tan exiguos.
En vitrinas adosadas a las paredes se guardaban las rojas banderas de
cada una de las sociedades que pertenecían al Centro Obrero y que, desde
que se acordó por la Internacional Socialista la celebración del 1.º de Mayo,
como jornada reivindicativa de los trabajadores de todo el mundo, eran
llevadas en las manifestaciones obreras[4].
En la organización de los obreros de las minas, existía una
compartimentación por secciones, reminiscencia de los viejos gremios.
Cada grupo tenía su sección que planteaba reivindicaciones propias, que
hacía huelgas parciales, que tenía su organización específica y su bandera:
barrenadores, caballistas, peones, carpinteros, maquinistas y fogoneros.
En las manifestaciones del 1.º de Mayo, en lugar de desfilar bajo la
bandera de la Sociedad de Resistencia de los Obreros Mineros, las
diferentes secciones de la organización iban agrupadas bajo sus respectivas
banderas. Había una ingenua emulación por tener la mejor bandera, que, a
veces, por sus bordados y por la filigrana de sus astas y mástiles, eran
maravillosas obras de artesanía y que los obreros estimaban como algo
entrañablemente suyo.
Las reuniones y mítines en el Centro Obrero eran conmovedores y aún
más que por las intervenciones de los oradores, que a veces eran notables
agitadores, por la asistencia de los mineros y de sus familias que, con su
presencia activa, daban vida y calor humano a las exposiciones doctrinales
de los oradores.
Si se trataba de reuniones para discutir sobre los conflictos surgidos en
ésta o aquella mina, ¡cuánta pasión y firmeza, cuánto coraje y decisión!
Si eran oyentes en el mitin o en la conferencia, se bebían materialmente
las palabras de los oradores cuando éstos sabían llegar al fondo de los
problemas que les interesaban, cuando los mineros veían que sus
inquietudes y sus penas no eran desconocidas.
Sobre todo, en vísperas de huelgas, el Centro Obrero era como una
fragua donde ardían las pasiones, donde se ponía al rojo vivo la voluntad de
lucha de los mineros.
Poco a poco el Centro Obrero apartaba a los obreros de la taberna y de
los inmundos cafetines y abría ante ellos las perspectivas de una nueva vida.
En el Centro Obrero se constituyeron un pequeño grupo artístico y un
orfeón; la actividad del grupo artístico no salía más allá del propio recinto
obrero, pero el orfeón era otra cosa. Y no porque actuase fuera de los
centros clásicamente obreros, sino porque sus canciones, saliendo a la calle,
extendiéndose por minas y barriadas, penetrando en hogares y lugares de
reuniones populares, se hacían carne y sangre de las masas y eran un medio
eficaz de agitación y de reagrupamiento de los trabajadores, especialmente
de la juventud.
Cada jornada de fiesta o de lucha, cada aniversario revolucionario tenía
su canción que se escuchaba primero en el Centro Obrero y se repetía
después por millares, por decenas de millares de jóvenes y de adultos, de
hombres y de mujeres.
¿Quién podía permanecer indiferente o impasible cuando al amanecer
del 1.º de Mayo la rondalla del orfeón recorría las barriadas obreras
llamando a los obreros a ir a las reuniones, a ir a la manifestación, cantando
con una alegre música de diana?
Levántate obrero
que amanece ya,
y el 1.º de Mayo,
huelga General.
Verás a los obreros
que ligeros van
diciendo a los burgueses
ya no explotáis más…
Cantemos todos juntos
la gloria del trabajo
por haber abolido
la ley de los salarios.
Abajo el capital
con su explotación
y arriba los obreros
todos en unión…
El 18 de marzo de cada año, aniversario de la Comuna de París, se
celebraba una reunión solemne en donde, además de los discursos de rigor
recordando el significado de la Comuna y el heroísmo de los comuneros, se
entonaban canciones alusivas a la gesta gloriosa de los trabajadores de
París.
Así era, entre otras, una de las canciones sobre la Comuna:
Cantemos himnos a la memoria
de los que alzaron rojo pendón.
De los heroicos comunalistas
que fueron gloria de su nación.
Aquellos bravos trabajadores.
Dieron la prueba de lo que son
a esos vampiros repletos de oro
que ni alma tienen, ni corazón.
Comuna amada, te veneramos
y cuando vuelvas a renacer.
Serán vengados tus defensores
lo prometemos y así ha de ser…
En las campañas electorales, en las movilizaciones de masas frente a los
desafueros de la burguesía, que pisoteaba el derecho electoral y ganaba las
elecciones a fuerza de sobornos, fraudes y pucherazos, cantaban los
obreros, estimulando a los reacios a cumplir con su deber ciudadano frente
a los que predicaban la abstención electoral:
A las urnas, compañeros.
Que el triunfo nuestro ha de ser
peleemos con denuedo
adelante, hasta vencer.
Triunfen nuestros candidatos
símbolos de la igualdad,
y se hunda la burguesía
con todo su capital.
El obrero miserable
que el voto vende al burgués
nuestro desprecio merece
por su infame proceder.
Vamos a las urnas sin vacilar
a vencer a los tiranos
de nuestra libertad.
En las huelgas también se cantaba. Y la canción, crítica acerba, era una
advertencia a los que actuando contra sus propios intereses ayudaban a la
burguesía a romper la resistencia de los trabajadores.
El odio a los rompe-huelgas se expresaba de múltiples formas; y una
canción, muy extendida, contra los esquiroles, comenzaba así:
El esquirol
es un degenerado
de la sociedad.
Que ayuda al burgués
a restar al obrero
el derecho a mejorar.
¡Gandul!
El obrero que traiciona una huelga
en día no lejano
su pago llevará,
se verá despreciado de sus hijos
odiado y excluido
de toda sociedad.
Y entonces reconocerá
que con su labor,
él es indigno y vil
en su condición.
Cuando, ya en los primeros años del siglo actual, en 1904, se constituyó
la Juventud Socialista, cuyo iniciador fue Tomás Meabe, la canción de la
Juventud era como un grito de esperanza, como una toma de conciencia de
su personalidad y del futuro de su clase.
Jóvenes obreros, nuevos proletarios
venid a nosotros, venid sin temor…
De una idea santa somos partidarios
somos precursores de un mundo mejor…
A engrosar nuestras filas venid.
A prestarnos ayuda llegad
que es preciso emprender ruda lid
por la causa de la humanidad…
Es del socialismo, la roja bandera
la que tremolamos sin nunca ceder
ella constituye nuestra vida entera
y bajo sus pliegues hemos de vencer.
Nuestra roja bandera será,
piel a su bienhechora misión
la que al pueblo infeliz guiará
hacia el logro de su redención.
La revolución de 1905 en Rusia, hacia la cual expresó su solidaridad el
proletariado español, también tenía su canción entre los trabajadores de
nuestro país y yo la aprendí de niña de los mineros de mi región.
No desmayad pueblo ruso
seguid luchando con tesón.
Que la Internacional se adhiere
a vuestra revolución.
Una venganza pedimos
de esa canalla autocrática
corra la sangre aristocrática
por las calles sin cesar…
Los días en los cuales los trabajadores podían colocar en las ventanas
del Centro Obrero las banderas rojas de sus organizaciones, la barriada se
llenaba de vida. Incluso para los que no eran afiliados a la sociedad, la
bandera roja les decía algo que todavía para sus conciencias era
inexplicable, pero que a pesar de todo, les sacudía hasta el fondo del alma.
Los centros obreros reflejaban los avances y en cierto modo las
conquistas del movimiento obrero y el desarrollo de la conciencia de clase
de los trabajadores y contribuían a educarlos en la lucha contra la brutal
explotación, en la lucha por la elevación de su nivel material de vida y a
darles conciencia de su fuerza y de su papel en la sociedad.
FANATISMO
Un gran paso se había dado hacia la organización de la clase obrera, aunque
esta organización fuese todavía intermitente e insegura. No era fácil ni
cómodo el trabajo de los propagandistas y organizadores socialistas en la
Vizcaya de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
A las persecuciones de los patronos y autoridades se sumaba una
intolerancia religiosa feroz de la Iglesia, que se esforzaba por mantener
entre el pueblo un clima de hostilidad a toda idea nueva; que se aferraba
desesperadamente a las posiciones conquistadas en siglos de dominación
incompartida; que clamaba desde lo más profundo, porque no podía
alumbrar las plazas de las ciudades con las hogueras de los autos de fe
donde abrasar la herejía socialista.
Este estado de morboso antisocialismo se agudizó después de los
sucesos ocurridos en Bilbao en octubre de 1903 con motivo de la
celebración de una concentración católica carlista, que reunió en la capital
del País Vasco a lo más florido de los restos del carlismo, como un desafío a
las fuerzas liberales y demócratas y sobre todo como una demostración
antiobrera y antisocialista.
Los participantes en aquella concentración chocaron con los asistentes a
un mitin socialista, terminándose la concentración como dicen que
terminaba un célebre «rosario de la aurora»: a cristazo limpio, a bofetadas y
estacazos. Los trabajadores, justamente indignados, arrojaron pendones,
estandartes, santos y faroles a la ría, donde después de un breve flotar
desaparecían entre las turbulentas aguas del Nervión, que en Portugalete
desemboca en el Cantábrico.
En la contienda resultaron numerosos trabajadores heridos por la fuerza
pública y por las armas carlistas. Otros fueron represaliados en las empresas
donde trabajaban por el delito de haber asistido a un mitin socialista.
La vigorosa réplica dada por las fuerzas obreras y democráticas del País
Vasco a los derrotados en 1876, demostrándoles que Bilbao continuaba
siendo inconquistable para el carlismo, hizo aún más intransigentes y
sectarios a las jerarquías eclesiásticas y a sus fieles, vueltos de espalda a
todo progreso. Y en cada pueblo y en cada aldea se llegaba a lamentables
extremos de fanática intolerancia.
Un hecho sencillo, humano, pero inaceptable por la mentalidad
berroqueña de la reacción pueblerina, que se produjo en la zona minera,
removió hasta el fondo el limo del fanatismo ultramontano, dando lugar a
un espectáculo bochornoso que a la larga se volvió contra los mismos que
lo provocaron con su cerrilismo tribal.
Un modesto empleado conocido por sus ideas progresivas y
republicanas que habitaba en Gallarta tenía una hija de quince años
gravemente enferma de tuberculosis. La enfermedad había minado
profundamente el organismo de la muchacha, y el triste desenlace aparecía
próximo e inevitable. Los padres de la enferma, que adoraban a su hija, se
esforzaban por ocultar a ésta la gravedad de su estado, animándola
constantemente y haciendo con ella planes para el futuro.
En el pueblo, donde todo el mundo se conocía, no se ignoraba el estado
de gravedad de la muchacha; y temiendo que muriese sin confesión, las
beatas presionaban de mil formas a los familiares para que invitasen al cura
a visitar a la niña. Finalmente se negó el padre a que el sacerdote entrase en
su casa, y rogó a su mujer que bajo ningún pretexto dejase acercarse a la
enferma, ni al cura, ni a las catequistas. Se conocía en el pueblo la decisión
del padre de enterrar a su hija, cuya muerte se sabía inminente, sin el
concurso de la Iglesia.
Cada una de las damas pueblerinas estaba tan afectada por la posibilidad
de que esto ocurriese como si de ello dependiese la eterna salvación de su
alma. ¿Cómo no iban pues a luchar por asegurarse un puesto a la diestra de
Dios padre?
—¿Qué va a ocurrir?, se preguntaban. Si toleramos que en el pueblo
haya un entierro civil, esto significa abrir la puerta a la impiedad. Y «una
vez empezado el pan», sabe Dios hasta dónde llegarán estos demonios.
Cueste lo que cueste, hay que impedir que haya un entierro sin la Iglesia…
Trazaron su plan de batalla. Sobre la casa de la enferma establecieron
una vigilancia permanente, inquiriendo su estado, presionando sobre
parientes y vecinos, sin importarles en absoluto el dolor de los padres y
familiares a los que ofendían con su presencia y odiosa insistencia.
A comienzos de otoño murió la joven. El padre decidió que el entierro
fuese civil. La noticia, aunque esperada, causó una profunda impresión, y se
difundió rápidamente por el pueblo, a pesar de que las mujeres, que
tradicionalmente y por un módico estipendio anunciaban de puerta en
puerta las muertes de los vecinos y las horas de los entierros, se habían
negado a anunciar este entierro, por miedo a las represalias de las señoras
pudientes.
En todas partes se discutía acaloradamente. Los obreros se colocaron al
lado de la familia doliente y en muchas minas decidieron abandonar el
trabajo una hora antes de lo habitual para asistir a la conducción del
cadáver.
Ante las autoridades que eran hechura de los patronos mineros se
planteaba un serio conflicto. El cementerio se consideraba de jurisdicción
exclusiva de la Iglesia. Un cadáver que no fuera conducido como mandaban
los cánones católicos no podía ser enterrado sin una autorización especial
de las autoridades eclesiásticas.
Reunidas las beatas en la sacristía de la iglesia consideraban ya ganada
la partida. «Si no hay cementerio civil —decían— ¿dónde la van a enterrar?
Al cementerio se entra tras la cruz del sacerdote…».
Pero el padre de la muchacha muerta se mantuvo firme. A pesar de
todas las coacciones, no cedió. «Mi hija se enterrará civilmente. ¿Que no
hay cementerio civil? No es culpa mía. El cementerio no es una propiedad
particular de la Iglesia. Es del Ayuntamiento, es del pueblo; de los creyentes
y de los no creyentes… Si los curas no quieren que la “gracia” de las
bendiciones llegue a la tierra que va a cubrir el cuerpo de mi hija, que hagan
bendiciones particulares, con destino personal. “El cementerio es del
municipio, y en él se enterrará a mi hija”». Los ánimos se excitaron de tal
forma, que el Gobernador de la provincia creyó oportuno enviar varias
parejas de la Guardia Civil para mantener el orden.
Las autoridades de la localidad comunicaron a la familia doliente que si
se empeñaba en realizar el entierro civil no podría hacer la conducción del
cadáver por el camino acostumbrado. Deberían conducirle por senderos y
veredas extraviados y sin acompañamiento, como si fuese el de un
apestado. De ninguna manera por el centro del pueblo.
—Mi hija será conducida por el camino acostumbrado —respondió el
padre al alguacil que fue a comunicarle la decisión de la superioridad.
A la hora señalada para el entierro, un gran número de trabajadores,
portando las banderas del Centro Obrero, se habían congregado junto a la
casa de la finada. Entre ellos, un pequeño grupo de mujeres que, a pesar de
las amenazas de los reaccionarios, querían asistir a la conducción del
cadáver y mostrar su simpatía y acompañar en su dolor a la familia
sometida a tan dura prueba.
Cuatro obreros levantaron el féretro sobre sus hombros y la comitiva se
puso en marcha silenciosamente. Tras el cadáver iba el padre, solo, y unos
pasos tras él, bajo las banderas rojas de las organizaciones obreras, los
centenares de hombres y mujeres que, solidarios con su dolor y su decisión,
estaban dispuestos a conquistar un derecho, que la intolerancia religiosa se
obstinaba en negar.
Al alejarse de la casa la triste comitiva, una voz grave, solemne,
emocionada, comenzó a entonar una marcha fúnebre que fue
inmediatamente coreada por todos los acompañantes:
Oíd pobres mortales…
Los cantos funerales
que entonan los obreros
al cuerpo del que fue…
Soldado de una idea
de amor y de progreso,
y contra el retroceso
luchó siempre con fe…
En el tenso ambiente de la calle, las simples, ingenuas estrofas del
himno funeral, cantadas por los hombres de la mina que cada día se
enfrentaban con la muerte, adquirían una grandeza y una solemnidad
impresionantes.
El espectáculo era tan desacostumbrado que al paso del cadáver las
mujeres, llorando, se ponían de rodillas en la calle y los hombres se
descubrían e inclinaban la cabeza respetuosamente.
El camino que seguía el entierro, y que era el camino principal del
pueblo, pasaba por delante de la iglesia. Al ir aproximándose la comitiva a
este lugar, que era además el centro del pueblo, la Guardia Civil apareció en
las bocacalles. Sobre un muro que cerraba una plazoleta, delante de la
iglesia, estaban esperando las beatas. De sus propósitos no podía caber
duda.
Un grupo de las más decididas se adelantó a cerrar el paso al entierro
tratando de desviarle hacia la iglesia. Agarrándose a las andas, pugnaban
por apoderarse del féretro.
El padre y un grupo de acompañantes rechazaron a aquellas frenéticas
furias. Entonces y como a una señal convenida desde los balcones y
ventanas de las casas próximas fueron lanzados sobre los conductores del
féretro cubos de agua hirviendo y piedras que hirieron a varios obreros, al
tiempo que las «damas» de más arrestos se lanzaban de nuevo a la
conquista del cadáver.
Y de nuevo los obreros apartaron de su camino y sin contemplaciones ni
ceremonias a las irrespetuosas señoras.
Intervino la Guardia Civil en defensa de éstas, pretendiendo al mismo
tiempo arrancar las banderas a los obreros que se mantenían a pies juntillas
defendiéndose de los culatazos de los guardias.
Detuvieron al padre y a los portadores del féretro. Las histéricas damas
pudieron al fin apoderarse del cadáver y escoltadas por la Guardia Civil lo
condujeron al cementerio.
A la puerta de éste esperaba el sacerdote la llegada de sus feligreses,
que como trofeo victorioso arrastraban penosamente un blanco féretro.
No pudieron gozar largo tiempo de su hazaña. Las autoridades se vieron
obligadas a cercar dentro del cementerio un trozo de terreno dedicado a
cementerio civil.
Desde el día mismo del entierro robado, los trabajadores comenzaron a
enviar declaraciones escritas ante testigos al comité de la Sociedad Obrera,
expresando su voluntad de que cualesquiera que fuesen las circunstancias
en que su muerte acaeciese, deseaban ser enterrados civilmente.
Y ya no fueron sólo entierros civiles lo que se vieron obligadas a
aceptar las autoridades religiosas y las señoras catequistas. Los obreros más
avanzados se negaron a bautizar a sus hijos, y los matrimonios sin pasar por
la coyunda eclesiástica dejaron de ser una escandalosa novedad.
CURANDERISMO
Si en punto a religión hilaba muy delgado la beatería pueblerina, en cambio,
se preocupaba muy poco de que existiesen los servicios sanitarios y
médicos necesarios en una cuenca minera de creciente población.
Las enfermedades y muertes se producían por voluntad divina y había
que resignarse. La muerte de los niños que llenaba de desolación a las
madres había que celebrarla. «Eran ángeles que volvían al cielo… ¿Por qué
llorarlos?…».
Pero nadie se resignaba a la muerte ni a las enfermedades, y de aquí que
al faltar los necesarios servicios médicos y los medios económicos en las
familias, la práctica del curanderismo fuese habitual y corriente en el afán
humano de hallar alivio a las dolencias, curación a las enfermedades.
Había personas con «mano de santo» dotadas de «gracia», que
colocaban la «paletilla» en su sitio por poco dinero; «saludadores» contra
las mordeduras de los perros rabiosos; adivinadoras y descubridoras de
«aojamientos».
Los métodos y medios curativos eran diversos. Desde lo ingenuo a lo
monstruoso. Los más simples eran la tela de araña para las heridas y
hemorragias; para las llagas infectadas, el ungüento del ama del cura, o la
pomada de culebra que vendía el curandero. Para la tuberculosis, remedios
horribles. Para las almorranas una bolsa de ciertas hierbas colgada al cuello.
Para las pulmonías y resfriados, cantáridas y aguardiente, por aquello de
que «al catarro con el jarro».
El más pintoresco de los métodos curativos en boga en aquel tiempo era
el de la curación de la hernia. Un método casi sagrado. Para sanar tal
dolencia había que esperar a la noche del solsticio de verano que
corresponde a la víspera de la festividad de San Juan, el 23 de junio.
Durante ese día se elegía un árbol en una sebe próxima al pueblo. Se
serraba por la mitad de arriba abajo sin desgarrarlo por completo. Se metía
una gran cuña entre las dos mitades para separarlas sin romperlas y se
aguardaba a la noche.
Unos minutos antes de las doce de la noche se llevaba al enfermo ante
el árbol y se le ponía en cueros. Al comenzar a oírse las campanadas de
media noche, dadas por el reloj del Ayuntamiento, se le hacía pasar entre las
dos mitades del árbol, cerca del cual se encontraban los padres, parientes o
amigos del enfermo, que repetían como una letanía:
Tómale Pedro…
Dámele Juan…
Para que le cure el señor San Juan.
Tómale Juan,
dámele Pedro…
Para que le cure el señor San Pedro.
Después se unían las dos mitades del árbol, rellenándolo y cubriéndolo
con boñigas y atándolo fuertemente con alambre. Si el árbol no se secaba,
se suponía que el enfermo curaría. A veces el árbol no moría, pero la hernia
seguía torturando al pobre enfermo hasta que se la contenían con un
braguero o en casos graves, recurriendo a la operación quirúrgica.
Si se quería conseguir imposibles, rezar a Santa Rita; contra el mal de
muelas a Santa Filomena. Si el dolor no se calmaba y los imposibles no se
lograban, las pobres santas y sus madres y sus padres y todos sus
antepasados eran tratados sin ninguna consideración.
Casi todas las gentes del País Vasco tenían enferma la boca. Se atribuía
a la dureza de las aguas. Pero no era verdad. Era sencillamente que no se
lavaban los dientes. Entre el pueblo no se conocía ese sencillo medio de
preservar la dentadura, de evitar las caries.
Rezar a Santa Filomena o tomar humo de beleños contra el mal de
muelas era casi un recurso obligado, ya que ponerse en manos del
curandero significaba mayor atrevimiento que entrar en la cueva de
Montesinos.
No había dentista para la población minera. De tales menesteres se
ocupaban los clásicos sacamuelas y, en mi pueblo, un curandero, al que no
sé por qué, llamaban Cárcamo.
Cárcamo vendía hierbas medicinales; curaba toda clase de llagas;
sacaba muelas; arreglaba pleitos; escribía memoriales y ponía ayudas y
vejigatorios cuando era necesario, lo mismo a un vecino con cólico
miserere, que a un ternero empachado o a un mulo con torozones.
Los domingos y días de fiesta, después de la misa mayor, Cárcamo
plantaba su tenderete de hierbajos, elixires y ungüentos en un rincón de la
plaza y allá ejercía su ministerio y desarrollaba su negocio.
Tenía un ayudante que era una especie de orangután con el que recorría
montes y cañadas, en busca de las preciadas hierbas y a la caza de lagartos
y culebras.
Quien a Cárcamo acudía a que le sacase una muela, era casi un héroe o
un candidato a la locura. Sentaba al paciente en una silla. El ayudante del
«galeno» le sujetaba la cabeza violentamente echada hacia atrás,
obligándole a abrir la boca en la que le ponía, además, un taco de madera
para que no la cerrase.
Con unos alicates agarraba Cárcamo la muela que el paciente había
señalado, y a fuerza de tirones se hacía con ella. La víctima bramaba, rugía,
trataba de levantarse, de huir de aquel tormento. Imposible. El orangután le
tenía echada la llave y corría el riesgo de romperse las vértebras cervicales.
A veces, Cárcamo se equivocaba y en lugar de la muela enferma
arrancaba una sana. Y entonces era la apoteosis. Ungüentos y hierbas
volaban por los aires, y el pobre Cárcamo debía ser salvado de las iras del
paciente por los buenos oficios de los presentes o de los agentes de la
autoridad.
Para curar a los animales, burros, cabras, vacas, cerdos u ovejas, de
«tristezas» y males «desconocidos» se les colgaba del cuello un cordón de
San Blas o un escapulario de San Antón y se les daba a comer un corrusco
de pan mohoso, bendito el día de la festividad de tales santos y que se
guardaba en cada hogar como un remedio infalible.
Un día enfermó de glosopeda la vaca de un vecino nuestro, un viejo
vasco que creía a pies juntillas en el mal de ojo. Llamó a la encargada de
descubrir «alojamientos», y ésta confirmó las sospechas del campesino. La
vaca estaba embrujada. La casa se llenó de desolación. Había que exorcizar
a los espíritus introducidos en el cuerpo de la res.
En el establo donde yacía asfixiándose el animal, quemaron laurel del
día de Ramos; regaron el suelo y las paredes con agua bendita cogida el
Sábado de Gloria en la pila de la iglesia, y al cuello de la vaca colgaron un
escapulario de San Antón.
En un rincón y sobre un cajón vacío, colocaron una imagen de San
Pedro Zariquete con dos velas de cera encendidas. A pesar de tantas cosas
sagradas, el animal se moría, se moría sin remedio.
Una comadre aconsejó leer a la vaca la Regla de los monjes de San
Benito. Intervino un vecino que insinuó prudentemente la necesidad de
recurrir al veterinario antes de que fuese demasiado tarde. El dueño del
animal se encogió de hombros con gesto desolado:
—Nuestra vaca está embrujada, ¿qué puede hacer el veterinario contra
esto? —respondió tristemente.
—No seas simple y llama al veterinario, que te vas a quedar sin vaca…
Pensó, pensó y por fin decidió ir en busca del veterinario. Era éste un
hombre que había llegado al pueblo lleno de buenas intenciones y dispuesto
a ayudar a los campesinos. Sus propósitos se estrellaban ante el muro de la
superstición y del curanderismo. Pero ni cedía ni se adaptaba, y comenzaba
a vencer resistencias.
Al entrar en el establo y ver una parte de la corte celestial en torno al
animal enfermo, se paró y dijo en tono que no admitía réplica:
—O San Antón o yo. Elijan ustedes. Yo conozco sus tretas. Si la vaca
sana, dirán que es gracias al santo; si muere, por culpa del veterinario.
Dando media vuelta se dirigió resueltamente hacia la puerta. Los dueños
de la casa quedaron anonadados. No acertaban a responder. No se atrevían a
moverse. Mirábanse indecisos, esperando cada uno la resolución del otro.
Pero ¿quién podía atreverse en asunto de tanta monta?… Ofender al santo
patrón de las bestias no era una pequeña cosa.
Estrujaba el hombre nerviosamente la boina que tenía entre las manos
mientras la mujer, con los ojos llenos de lágrimas, sentada sobre un montón
de helechos sufría del mismo pensamiento que atormentaba a su marido:
«¿Y si se muere la vaca…?».
Una hermana de la mujer cortó el nudo gordiano. Arrancó de tirón el
escapulario del vacuno pecho, dio un soplido a las velas, arrojó el santo a la
basura y dijo con decisión:
—¡Al diablo las bendiciones! Cure usted la vaca…
El aldeano hizo un gesto de espanto, pero al ver que no se hundía el
mundo, se rehízo rápidamente. Parecía que le habían quitado de encima una
montaña. «Al fin y al cabo, pensó, no he sido yo quien ha echado al santo
de casa. Y mi cuñada no tiene ganado…».
Curó el veterinario al animal. A las pocas semanas el matrimonio
propietario de la vaca llamaba a la puerta del albéitar. Iban a pagarle sus
honorarios y a pedirle les admitiese en la iguala establecida con los dueños
de ganado para visitar a éste cuando sus servicios eran necesarios. Llenos
de agradecimiento por la salvación de la vaca que constituía su principal
riqueza, le llevaban además un par de pollos y una cesta de manzanas.
SOLDADOS EN LAS CALLES
El año 1903 vive enraizado en mi memoria emergiendo de entre las brumas
del pasado, como una cumbre de contornos bien definidos que ni el tiempo
ni los acontecimientos vividos posteriormente han podido borrar ni
desfigurar.
En este año se fijan mis recuerdos infantiles y casi pudiera decir que el
comienzo de mi vida consciente despierta por hechos de que fui testigo,
entre el asombro miedoso de mis ocho años no cumplidos.
En la primavera de 1903 se produjo en nuestra región una nueva huelga
general de mineros en la que el centro de la acción y dirección estaba en el
pueblo donde nací y aún más concretamente en la barriada donde vivía con
mis padres y en la que estaba enclavado el Centro Obrero.
Esta huelga era la tercera huelga general en orden cronológico y pareja
en importancia a la de 1890.
Hacía ya dos meses que la huelga se desarrollaba sin posibilidades de
arreglo por la cerril intransigencia de los patronos mineros. Diversos
choques entre los huelguistas y las fuerzas armadas habían producido varias
víctimas entre los mineros, poniendo una sangrienta nota en aquella lucha,
en la cual las reivindicaciones eran extremadamente moderadas. En
diversos lugares fueron levantadas barricadas.
Alrededor de los mineros se desarrolló ampliamente la solidaridad de la
clase obrera española y aun de gentes de posición acomodada, a las que
indignaba la feroz intransigencia de los dueños de las minas.
Familias obreras de la zona fabril, empleados y pequeños comerciantes,
dieron asilo en sus hogares a los hijos de los mineros, que éstos entregaban
con dolor en el alma, para salvarlos de las duras privaciones que imponía la
continuación de la huelga, que estaban dispuestos a mantener hasta que se
diese satisfacción a sus demandas.
Pasaba el verano, y con él la estación más favorable para el embarque
de minerales.
En la organización patronal, que se había juramentado para no ceder,
comenzaba a abrir brecha la firmeza de los mineros. Los patronos más
obstinados decidieron jugarse la última carta para poner fin al conflicto y
aprovechar las semanas de buen tiempo que aún quedaban por delante para
la exportación del mineral.
Primero trataron de romper la resistencia de los mineros obligando a sus
empleados, mejor retribuidos que los obreros, a poner en movimiento los
ferrocarriles mineros por los cuales se conducía el mineral a los puertos de
embarque.
Fracasó el intento porque las mujeres de los trabajadores con sus niños
en brazos se arrojaban a las vías delante de las locomotoras, e impedían el
movimiento de los trenes.
La prolongación de la huelga acrecentaba la violencia de los choques.
Los obreros de las distintas regiones seguían anhelantes la lucha de los
mineros de Vizcaya. En ella se ventilaban no sólo reclamaciones de índole
económica como el salario semanal y la desaparición de las cantinas
obligatorias, que a pesar del laudo del general Loma seguían existiendo.
En aquella huelga se decidía el derecho de los obreros a tener sus
propias organizaciones de clase y al reconocimiento de estas organizaciones
por parte de los patronos. La lucha era decisiva para el futuro inmediato de
las asociaciones obreras. De ahí la resistencia a ceder de los propietarios y
contratistas de las minas.
Un día comenzó a extenderse el rumor de que los patronos habían
enviado agentes suyos a Castilla y León con objeto de reclutar braceros, a
los que se prometía doble salario que el que ganaban los mineros para
trabajar en las minas pretendiendo con ello romper la resistencia de los
huelguistas.
Al principio la gente se resistía a creer la noticia. Después el rumor se
precisaba, adquiría perfiles, tomaba cuerpo, se concretaba en hechos.
Alguien señaló la fecha y el camino de llegada, al mismo tiempo que las
autoridades provinciales proclamaban su enérgica disposición «a defender
la libertad de trabajo».
Los mineros estaban dispuestos a ganar la huelga costase lo que costase.
Se estableció la vigilancia necesaria y se tomaron las medidas precisas para
romper la nueva maniobra patronal.
Todo el pueblo conoció rápidamente la llegada de un grupo de
forasteros de inconfundible traza campesina, que habían sido alojados en
una bolera, como en un redil, hasta el momento de su empleo.
De una y otra parte se preparaban para la batalla que no aparecía fácil.
No eran sólo esquiroles los que habían llegado a la zona minera. Más
tarde que ellos y en un tren especial había llegado a altas horas de la noche,
para causar más impresión en las masas con su aparición repentina en las
calles, un regimiento de infantería, que el Gobierno enviaba para
«garantizar la libertad de trabajo».
Era demasiado grueso el asunto para poder ocultarlo: la llegada de los
soldados advirtió a los obreros de los propósitos de patronos y autoridades.
Aquella misma noche en la zona minera se sabía que el Ejército se
emplearía contra los huelguistas.
A la mañana siguiente, un redoble de tambores puso en conmoción a
todo el pueblo. Un oficial, al mando de una sección, recorría las principales
barriadas obreras, leyendo en alta voz un bando del Gobernador militar,
declarando el estado de guerra en la provincia.
El bando, con las severísimas disposiciones en las que se establecía que
cualquier atentado a la libertad de trabajo se castigaría con todo rigor, fue
fijado en los lugares más visibles.
Quedaban prohibidas las reuniones. Prohibidos asimismo los grupos de
más de tres personas, sobre los cuales la fuerza pública dispararía sin previo
aviso.
Al conocer las disposiciones gubernativas, los obreros apretaban los
puños con rabia.
—¡Cabrones! ¡Como en el noventa! —comentaban—. ¿Afilan los
espolones? ¡Vamos a ver quién los tiene más duros!
Aquella noche los obreros más conocidos por su actividad socialista no
durmieron en casa, en previsión de una redada de la policía.
Las mujeres también se prepararon. Ellas no dejarían a sus hombres en
la estacada. Si trataban de emplear esquiroles, iban éstos a saber, antes de
llegar a la mina, de qué leño estaba hecho el santo.
Algunos grupos de mineros se situaron en las alturas de las distintas
minas, ocultos en las quiebras del terreno, prestos a la acción.
Era costumbre en las familias mineras levantarse con el alba. Aquel día
antes de que amaneciese todo el mundo estaba en pie.
Al abrir las puertas de las casas, el espectáculo que ofrecía la calle dejó
a las gentes sobrecogidas. Allí estaban los soldados. Y no unos soldados
cualesquiera como los que habíamos visto llegar enfermos, renegridos,
repatriados después de la guerra de Cuba, vistiendo un traje de rayadillo y
tocados con sombreros de paja.
Éstos eran soldados auténticos, como los de los cromos. Con el traje
azul de paño, una franja roja a lo largo de las costuras laterales del pantalón
y con un ros de hule sujeto bajo la barbilla por el barbuquejo.
Los primeros en romper el embrujo fuimos los chiquillos.
Salimos a la calle. Mirábamos a los soldados de arriba abajo, por detrás
y por delante. Estaban inmóviles, apoyados en los fusiles, con un rostro
como de tierra. ¿Qué pensarían?
Nos fuimos a ver qué ocurría desde el puente que enlazaba nuestra
barriada con la mina y el espectáculo era estremecedor. Soldados y guardias
civiles y miñones en las Conchas, en la Salve, en el camino de San Benito,
en la Cantera Nueva. En todas partes, tricornios y roses.
Los soldados no dejaban pasar a nadie por la calle. La consigna era
severa.
Los planes que las mujeres se habían trazado la víspera, creyendo que
sólo tendrían que habérselas con esquiroles o guardias civiles, sufrieron un
rudo golpe al encontrarse con la calle acordonada por el Ejército. Entre ellas
hubo un momento de vacilación. Los soldados no eran odiados como la
Guardia Civil.
—«Los guardias —decían— ingresan voluntariamente en el Cuerpo
sabiendo que están obligados a matar»… «Pero los soldados»… Se
suscitaba una cuestión muy seria. El pueblo no quería luchar contra el
Ejército. ¿Qué haría éste?
La interrogación quedaba abierta y llenaba de confusión y de dudas a
las mujeres de los mineros.
—Escuchad —dijo una de las más decididas. Vamos a dejar en paz a los
soldados. Que nadie se meta con ellos. Pero a los esquiroles, ¡que Dios los
ampare! ¡Los mondamos!…
Lo acordaron así. Cada una, según habían decidido, se colocó en acecho
tras de los cristales de sus ventanas o balcones que mantenían cerrados. La
hora se aproximaba. Los chiquillos comenzaron a gritar: ¡Que vienen, que
vienen!
Al llegar a la entrada del barrio el primer grupo de esquiroles las
ventanas y balcones se abrieron con estrépito. Las mujeres asomadas a ellos
apostrofaban con violencia a aquel grupo de hombres que, con la cabeza
baja, caminaban encuadrados por la Guardia Civil, hacia la mina.
—¡Esquiroles! ¡Amarillos! ¡Cobardes! —les gritaron con indignación.
Uno de aquellos hombres, más joven y por ello más atrevido, hizo un
gesto cínico desafiando a las mujeres. No tuvo tiempo de repetirlo. Sobre él
y sus acompañantes cayó una granizada de piedras.
Los guardias se echaron los fusiles a la cara. Las mujeres se retiraron de
los balcones y se lanzaron a la calle. Los soldados estaban pálidos,
inmóviles. Parecían de piedra. De todas las puertas salían las mujeres con
sus hijos pequeños en brazos. Se dirigían a los soldados.
—¡Hijos! —les decían—. Vosotros no podéis disparar contra nosotras.
¡Defendemos nuestro pan! ¡Mirad cómo vivimos!
El cordón de soldados se rompió. Ellos no dispararían. Rápidamente
fueron retirados de todos los barrios porque en todas partes fraternizaban
con el pueblo.
Sonaba insistentemente la campana llamando al trabajo. Desde las
cercanías de la mina, las mujeres observaban con nerviosa preocupación.
Millares de ojos clavaban sus miradas de odio allí, en los tajos donde se iba
a decidir la suerte de la huelga. Todos pensaban: «¿Se atreverán?…».
Se atrevieron. Un pequeño grupo de hombres con blancas camisas,
color no usado en el trabajo minero, y que los denunciaba de lejos, avanzó
por entre las vías de una plaza minera. La Guardia Civil con el fusil presto a
disparar observaba las alturas. Sospechaba no sin motivos que allá estaban
los mineros.
Los esquiroles, a pesar de la protección civilera, no pudieron llegar al
tajo. Unas cargas de dinamita que los mineros parapetados tras las rocas
hicieron estallar oportunamente, levantando una nube de piedras y tierra y
produciendo pavoroso estrépito, sembraron el pánico entre los que
inconscientemente venían a ayudar a sus enemigos.
El susto fue de los que no se olvidan. Ellos no habían escuchado nunca
el estruendo de la dinamita. Y corrían, corrían desandando el camino
prohibido, gritando desesperados que los volvieran a sus casas.
La Guardia Civil disparaba sin moverse, contra un enemigo invisible,
pero activo. Las balas de sus fusiles se estrellaban en las rocas, para caer sin
fuerza a tierra. Los civiles tampoco se aventuraban a más. Temían el mismo
recibimiento que los esquiroles.
En la práctica, la huelga estaba ganada después de este intento patronal
de romperla.
La tenacidad y decisión de los obreros mineros fue más fuerte que el
odio de clase de los patronos.
De todo el país se levantaban voces exigiendo poner fin a la
intransigencia patronal.
A la zona minera de Vizcaya fue enviada una delegación especial del
Instituto de Reformas Sociales de Madrid que sobre el terreno comprobó la
razón de las demandas de los trabajadores.
El jefe de las fuerzas militares, general Zapico, se ofreció como árbitro
—al igual que lo hiciera en 1890 el general Loma— entre patronos y
obreros.
El 31 de octubre de 1903, después de varios meses de lucha, los obreros
obtuvieron satisfacción a sus demandas[5].
En el Parlamento fue presentado por el entonces ministro de la
Gobernación un proyecto de ley, en el cual se establecía que los salarios
fuesen pagados a los obreros en moneda corriente y sin que se les pudiese
obligar a abastecerse en las cantinas o almacenes de los dueños o
encargados de las minas.
Los obreros volvieron victoriosos al trabajo. Sin embargo, con la
terminación de la huelga no acababan los conflictos en las minas. Los
patronos, siguiendo una táctica filistea proverbial en ellos, cedían cuando
no les quedaba más remedio para volver a la ofensiva contra los
trabajadores en cuanto se presentaba la ocasión, cargando siempre sobre las
espaldas de éstos las consecuencias de las crisis periódicas o de la
disminución de las exportaciones.
HIJOS DE MINEROS
En esa región del País Vasco, venero de hombres rebeldes, de luchas
diarias, de odiosa reacción, de fanatismo y supersticiones medievales; en
ese «Monte» abrupto y escarpado, de ricas entrañas; en esa cuenca minera
desgarrada por socavones y hondonadas, desfigurada por terraplenes y
escombreras, que se levanta cara al Norte y frente al Mar Cantábrico, vivían
y penaban mis padres.
Allí nací yo un día de diciembre de 1895, haciendo el número ocho de
los once hermanos que constituíamos la prole de Antonio el Artillero, como
llamaban a mi padre por el oficio que ejercía en la mina.
Todos mis parientes, castellanos y vascos, fueron mineros. Mi abuelo
materno murió en la mina, aplastado por un bloque de mineral. Mi madre
trabajó en la mina hasta que se casó; mi padre desde los diez y ocho años en
que dejó el ejército carlista al terminar la última guerra civil, hasta que
murió a los 67 años. Mineros fueron mis hermanos y minero mi marido.
Soy pues, de pura cepa minera. Nieta, hija, mujer y hermana de
mineros. Y nada de la vida de las gentes de la mina es para mí extraño. Ni
sus dolores, ni sus afanes, ni su lenguaje, ni su rudeza.
Duro era el trabajo de los mineros cuando se hallaban en la plenitud de
sus fuerzas. Insoportable e inhumano cuando viejos. Y no tanto por la falta
de energías cuanto por las faenas que estaban obligados a realizar si tenían
la suerte de que no los arrojasen de la mina.
Yo no he olvidado nada. Y entre los dolorosos recuerdos de una infancia
triste y de una adolescencia sin ilusiones, vive el recuerdo de mi padre
anciano trabajando en la mina «Justa» en la limpieza y recogida de la chirta
arrastrada por las lluvias de los terraplenes o por el agua de los lavaderos de
mineral.
Metido en un arroyo fangoso, formando parte de un pequeño grupo de
viejos mineros como él, remangados los pantalones hasta más arriba de las
rodillas, chapoteaban en el fangoso arroyo, arrojando sobre las cribas
paladas de barro, en el que se mezclaban los pequeños trozos de mineral.
Cuando salían del agua, apenas podían calzarse. Lívidos, tiritando de
frío, agotados. Y no podían renunciar a aquel penoso trabajo. Ante ellos,
viejos ya, no había otra salida aceptable. O aquello, monstruoso, inhumano,
aniquilador, o la mendicidad. Y la mendicidad era lo horrible, lo humillante,
la deshumanización. El pedazo de pan arrojado como a un perro. Los dos
céntimos, o el «Dios le ampare». Un estorbo en la familia. Una carga
dolorosa para los hijos y una nueva catalogación social: «Pobre de
solemnidad». Mejor que esto la muerte. Pero la muerte con dignidad,
trabajando hasta que llegase lo definitivo…
Así era la vida de nuestros padres, así era nuestra vida. Como un pozo
profundo sin horizontes, sin perspectivas, adonde no llegaba el sol, y que a
veces se iluminaba trágicamente con los sangrientos resplandores de la
lucha que brotaba en llamaradas de violencia, cuando la capacidad de
resistencia al trato brutal llegaba a los límites de lo humanamente
soportable.
Como un poso amargo iba sedimentándose en mi alma de adolescente
un sentimiento de rabia desesperada, instintiva contra todo y contra todos
(en mi casa me consideraban indomable), sentimiento de rebeldía que más
tarde se haría conciencia.
Pero la transformación de una simple mujer del pueblo en combatiente
revolucionaria, en comunista, no se produjo de una manera sencilla y como
reacción natural frente a la situación infrahumana en que vivían las familias
mineras, sino a través de un proceso en el cual actuaba de freno, de fuerza
negativa, la influencia de la educación religiosa recibida en la escuela, en la
iglesia y en el hogar.
MAESTROS Y DISCÍPULOS
En cuanto sabíamos hablar y andar nos llevaban a una escuela de párvulos,
por la que pasaron varias generaciones de hijos de mineros.
En aquella escuela, y por el módico estipendio de una peseta al mes, la
maestra liberaba a nuestras madres del cuidado de sus hijos pequeños
durante la mayor parte del día, haciendo de pedagoga y de niñera.
La escuela, situada en un viejo caserón, era oscura, fría y húmeda,
carente de todo atractivo.
Dos viejísimos carteles con el abecedario en letras mayúsculas y
minúsculas, agujereadas a fuerza de señalarlas con el puntero; un encerado
y un mapa de España que nunca descendía de su sitio para mostrarnos la
situación geográfica de los pueblos y ciudades de nuestra patria, constituían
el material pedagógico de nuestra primera escuela.
Debajo de la escuela, en el entresuelo, estaba la perrera (cárcel
pueblerina), y esto daba a la escuela un perfil monstruoso.
El suelo de la escuela constituía el techo de los calabozos de la perrera.
Por los agujeros de las viejas y apolilladas tablas, veíamos a los hombres
que la justicia encerraba por considerarlos peligrosos y que casi siempre
eran mineros rebeldes detenidos por orden de los patronos, por reyertas
domingueras, o mendigos.
Aquella vecindad, aquella casi promiscuidad de la cárcel y de la
escuela, el primer paso en la vida del conocimiento social, nos hacía
crueles, confundía nuestros sentimientos.
La idea de que todo el que atentaba contra el orden establecido era un
criminal al que había que castigar —así nos lo decía la maestra para
justificar las detenciones que nosotros veíamos—, nos llevaba a nosotros,
tan niños, a secundar aquella justicia.
Para fastidiar a los hombres malos que estaban debajo de nosotros en
los calabozos, los chicos mayorcitos, cuando la maestra estaba distraída,
hacían «pipí» por entre las rendijas del suelo o echaban agua del botijo por
los agujeros.
Los detenidos se enfurecían y gritaban. A veces, se quitaban los zapatos
y los arrojaban contra el techo entre la algazara de los autores del riego, que
sentían que habían dado en el blanco.
A los siete años, después de la estancia en párvulos, se pasaba a la
escuela primaria, aunque a veces, en lugar de ingresar a los siete años, se
ingresaba a los ocho o los nueve porque no existían puestos vacantes.
En la escuela aprendíamos las primeras letras. El complemento
universitario de nuestros conocimientos era la calle. Nuestro barrio, nuestra
ágora. Al salir de la escuela por las tardes, dirimíamos en él nuestros pleitos
y querellas infantiles, y comentábamos sucesos y acontecimientos
pueblerinos que casi siempre versaban sobre hechos dolorosos ligados al
trabajo de las minas y a los accidentes que a diario se sucedían en ellas.
Bajo la influencia del ambiente en que vivíamos, nacían y se
desarrollaban nuestras aficiones e inclinaciones. Y en el angustioso vivir de
las familias mineras era emocionante en su simplicidad y tristemente
fatalista en su motivación el afán de las madres por dar a sus hijos desde la
más tierna infancia un mínimo de instrucción.
Temían que quizás más tarde no podrían hacerlo. Su temor tenía cierta
justificación. Estaba ligado a la posibilidad del accidente. Tan insegura era
la vida de los mineros. «Cuando menos —decían— que nuestros hijos
sepan leer y escribir».
Y era un espectáculo habitual ver a las madres cada mañana o cada
tarde a la hora de las clases llevando de la mano, casi a rastras, a los hijos
que, llorando a grito pelado y dando berridos fenomenales, se resistían a
entrar en la escuela.
Los pueblos de la zona minera de Vizcaya eran tristes y sucios, a
excepción de Somorrostro, que es un valle maravilloso, entre los montes
Janeo, Posadero y Montaño, y en la cual las minas estaban fuera del casco
de la población, lo que no ocurría con el resto de los pueblos mineros.
En éstos no había ni bosques, ni parques, ni jardines, ni calles
espaciosas, ni lugares a propósito para jugar los niños.
Había terraplenes, socavones, escombreras, desagües, ásperas
pendientes; puentes, vertederas, galerías, túneles, planos inclinados,
tranvías aéreos, vagones y locomotoras.
Todo ello, siendo tan ajeno a la infancia, formaba, sin embargo, parte de
nuestra vida, porque entre ellos se deslizaban los días y los juegos de
nuestra infancia y breve adolescencia.
No había chiquillo que a los diez años no conociese la acción
destructora de la dinamita y la preparación de los cartuchos para que su
efecto fuese más demoledor.
Estos «conocimientos», demasiado temprano adquiridos, producían
frecuentes víctimas, que en las condiciones en que se desarrollaba la vida en
la cuenca minera era difícil impedir.
Asistíamos por término medio a la escuela primara 120 muchachas a la
de niñas, y otros tantos muchachos a la de chicos.
Las clases duraban desde las ocho y media de la mañana hasta las doce
y desde la una y media hasta las cinco.
Nuestros maestros debían ser obligatoriamente verdaderas
enciclopedias. Y lo eran en realidad. Y en su honor hay que decir que se
entregaban con celo apostólico —y entre sopapos y pellizcos— a cepillar
nuestra ignorancia y a dar lustre y esplendor a nuestra inteligencia.
No obstante que los maestros eran queridos de los niños —yo recuerdo
con verdadera devoción a mi maestra, doña Antonia Izar de la Fuente, que
ya anciana y retirada murió en el bombardeo de Guernica, durante nuestra
guerra— y que la escuela no era fea, con sus grandes ventanas y adornada
con la Historia Sagrada en láminas de colores desde el pecado de Adán
hasta la Crucifixión de Cristo, no resultaba atrayente.
Es posible que a esta falta de atractivos de la escuela no fuesen ajenas ni
la rutina de la enseñanza ni la monotonía de las clases, ni la de la puesta en
vigor, por nuestros maestros, del aforismo latino «la letra con sangre entra»,
que ellos aplicaban celosamente, atizándonos cada punterazo que encendía
el pelo, cuando hacíamos alguna pequeña travesura o no sabíamos la
lección.
En las escuelas de nuestro pueblo éramos felices, a pesar de todo,
porque en la escuela de Somorrostro tenían un maestro, el famoso don
Domingo, que como el alcalde Ronquillo de nuestra historia se hizo célebre
por su brutalidad.
Se decía que a los chicos de aquel pueblo les crecían las orejas más
arriba de la frente, porque el maestro se las estiraba agarrándoles de ellas y
levantándolos en alto cuando no hacían bien las lecciones o llegaban tarde a
clase.
En aquella escuela existía tal miedo al maestro, que cuando éste con
estudiada calma se levantaba del sillón situado a la cabecera de la clase y
cogía el puntero, mirando hacia sus alumnos por encima de las gafas, toda
la clase se colocaba en actitud defensiva observando sus movimientos.
En cuanto veían hacia donde se dirigía, los que se suponían amenazados
saltaban por encima de los pupitres antes de que les alcanzase el temible
puntero del dómine, entre las irreverentes carcajadas de toda la clase.
Al no alcanzar a los avispados, y molesto por las risas, el maestro
descargaba el chaparrón de punterazos sobre los más próximos, aunque
fuesen inocentes. Y entonces, la desbandada era general. Toda la clase se
ponía en pie y corría hacia la puerta de salida, buscando la salvación en la
huida.
En la escuela se estudiaba, se cantaba y se rezaba. Rezábamos al entrar
el «Señor Dios» y al salir el «Os damos gracias. Señor».
Pero nosotros éramos hijos de mineros; de aquellos mineros que con sus
huelgas y protestas estremecían a Vizcaya. Y si en la escuela cantábamos
obligatoriamente:
A Dios queremos en la enseñanza…
En la calle, espontánea, voluntariamente, cantábamos lo que en ella
habíamos aprendido irradiando del Centro Obrero y que, por tener cierto
sabor de cosa prohibida, nos agradaba en extremo:
Emperadores y Papa, el Rey y los Obispos,
y todos los ministros de la reacción,
que dicen ser muy pobres nadando en las riquezas,
siegue sus cabezas la Revolución.
A la exaltación interesada y artificiosa de un trabajo de esclavos que
proclamaba en verso que
En Vizcaya son los montes
hierro puro y nada más…
Y sus hijos los trabajan,
con delicia sin igual.
Contraponíamos a voz en grito, pero con un énfasis que irritaba a las
personas «respetables», otra estrofa de la canción considerada como la más
revolucionaria:
Abandonemos, obreros, fábricas y minas,
campos y talleres y la navegación.
Dejemos el trabajo que enriquece a los vagos
y hagamos los esclavos la Revolución.
ICONOCLASTAS
Al ingresar en la escuela primaria, comenzaban de verdad nuestras
relaciones con la ciencia. «Quién hizo el mundo», «cuántos días empleó el
autor en esta obra», «qué hizo el primer día y el segundo y el tercero hasta
el sexto, porque el séptimo no pudo más y descansó». Esta gigantesca labor
de crear soles y constelaciones con millones de estrellas, mayores y
menores que nuestro planeta, y toda clase de plantas y de animales, desde el
hombre y la mujer pasando por toda la escala animal hasta llegar a los
insectos, los batracios, los microbios y los virus, se nos explicaba en unas
breves preguntas y respuestas que repetíamos durante varios años, hasta que
se hacía carne de nuestra carne y sustancia de nuestro espíritu.
Esta compilación de los más complicados problemas de astronomía, de
ciencias naturales y de historia del mundo, que yo asimilé en mis años de
escuela desde 1899 hasta 1910, al cabo de veinte años, en 1930, al volver a
casa mi hija Amaya, después de la primera lección escolar, me repitió las
mismas secramentales palabras del viejo texto que seguían enseñando en la
escuela.
A las lecciones de Historia Sagrada seguían las de Doctrina. Maestros y
sacerdotes nos ponían en relación con la presencia y omnipotencia del
creador y con el conocimiento de sus juicios y leyes inmutables, de
inapelable justicia. Esto, si llevaba a la formación desde la infancia de un
sentimiento de fatalismo y de resignación, era al mismo tiempo origen de
irreligiosidad y duda. Porque, a pesar de todo, las «potencias del alma»,
«memoria, entendimiento y voluntad», actuaban también en nosotros que
no éramos lelos.
Se nos hacía rezar por sacar almas del purgatorio. Y cuando ya la
monotonía del «miserere» o del «ora pro nobis» sonaba a bisbiseo de vieja,
una reflexión iconoclasta surgía en la mente como un relámpago, con una
consecuencia lógica: «Si los juicios de Dios son inmutables y éste ha
condenado a las ánimas a cien años de purgatorio ¿para qué rezamos si Dios
no cambia sus juicios y las pobres ánimas deberán pasarse los cien años
tragando pez ardiente y cociéndose en la caldera de Pedro Botero?».
En la iglesia del pueblo, la «sepultura» donde se rezaba a los muertos de
mi familia estaba, hasta la celebración de la misa de cabo de año, junto al
altar de la Pasión.
Sobre el altar —cerrado con media verja de hierro— había una caja de
cristal colocada en un nicho y en la cual mostraba las aristas de su anatomía
un Cristo yacente, cubierto con un velo de tul y encaje que dulcificaba la
terrorífica visión.
En unas hornacinas, elevándose sobre el nicho mortuorio, San Juan y la
Dolorosa velaban el eterno sueño del Cristo y en sus rostros pálidos y tristes
se reflejaba más o menos artísticamente el dolor del drama del Calvario.
En aquel altar se concentraba mi fe. La madre dolorosa y el hijo muerto
me emocionaban hasta el llanto.
En aquella imagen pueblerina yo adoraba la representación viva de la
virgen madre, cuyo corazón traspasado por siete puñales refulgía sobre el
negro corpiño de terciopelo. Y, a veces, cuando el reflejo de los cirios se
irisaba en las lágrimas de cristal incrustadas en el rostro de la virgen,
parecía que ésta lloraba de verdad. La impresión era profundísima…
Yo nunca me detuve a pensar de qué estaba hecha aquella imagen ni
para qué. Me acostumbré a verla tal y como aparecía en el altar; y si alguien
me hubiera preguntado, no hubiera vacilado en afirmar que estaba formada
de una sustancia especial, animada de un soplo divino…
Hasta que un día, mi fe sufrió una profunda conmoción. La maestra de
mi escuela era celadora de la cofradía del Corazón de Jesús, y como tal
tenía la obligación de arreglar su altar todas las semanas. Para que le
ayudasen en estos menesteres solía llevarse a la iglesia a las chicas
mayorcitas. Yo fui con ella varias veces sin que ocurriese nada de particular.
Pero un día, siguiendo sus instrucciones, subí a la mesa del altar y llegué
hasta la hornacina donde se alzaba la imagen para quitarle el polvo.
Al bajar cuidadosamente —sin volver la espalda, que esto se
consideraba pecaminosa irreverencia—, temiendo pisar la piedra del ara,
volví la cabeza para ver dónde ponía los pies.
Lo que vi me dejó sin aliento. Dos hermanas de la Caridad, junto al altar
del Calvario, manejaban sin ninguna consideración una especie de maniquí,
parecido a un gran «diábolo» relleno de serrín.
Donde debieran nacer las piernas, surgían dos triángulos hechos con
listones de madera, cuyas bases constituían el asiento de aquel pelele. Unos
alambres gruesos, terminados en unas manos blanquísimas, salían de los
lados del saco de serrín, y en la parte superior… ¡madre mía!… en la parte
superior aparecía la cabeza de la virgen, cuya cabellera, deshechos los
rubios bucles, le caía por el rostro y sobre los hombros, como si acabara de
levantarse de la cama. ¡Mi virgen era como un espantapájaros de los que los
campesinos colocan en los trigales para asustar a los gorriones!…
Como hipnotizada, seguía las operaciones de vestir al maniquí. Primero,
una camisa de batista, después las enaguas, el vestido, más tarde el rizado
de la cabellera, y al final, el negro manto bordado de plata, la corona de
estrellas y el corazón con los siete puñales…
Sentí un escalofrío. La maestra me preguntó si me sentía mal. Balbucí
una excusa. Terminamos de arreglar el altar y nos fuimos. No miré a la
virgen.
Aquella noche soñé con millares de espantapájaros vestidos de
terciopelo negro o morado extendidos por toda la tierra, que hacían llorar a
los hombres…
***
A veces, mis hermanos pequeños y yo entablábamos con la madre en el
hogar diálogos edificantes. Uno de nosotros preguntaba a la madre:
—¿Es verdad que todos somos hijos de Dios?
—Verdad.
—¿Todos somos hermanos?
—¡Todos!
—Entonces, si somos hermanos de fulano y mengano —y
nombrábamos a los más ricos del pueblo—, ¿por qué padre tiene que ir
todos los días a trabajar, aunque llueva, y los señoritos no trabajan y viven
mejor que nosotros?
Aquí la ciencia teológica de la madre fallaba; y no sabiendo qué
responder, nos decía llena de enojo.
—¡A callar! Los chiquillos no deben preguntar esas cosas.
¡Pobre madre! ¿Cómo nos iba a explicar lo que para ella misma era un
doloroso enigma, que cada día se abría ante ella con el «por qué»
incontestado y, todavía entonces, ni siquiera intuido?
Los días más felices eran los de las vacaciones. Nuestras madres nos
dejaban en completa libertad. Íbamos a las barriadas más alejadas;
recorríamos todos los rincones del pueblo y hacíamos excursiones a las
cercanas montañas. Subíamos al Serantes, al Montaño o a Punta Lucero,
desde los cuales dominábamos el Mar Cantábrico que se extendía al pie de
estas montañas. Y soñábamos…
Soñábamos con la Argentina, con México, con un Eldorado fabuloso.
Recordábamos los nombres de navegantes y descubridores famosos que en
la escuela aprendíamos de memoria. ¡Cristóbal Colón! ¡Juan Sebastián
Elcano! ¡Magallanes, Pizarro, Hernán Cortés, Vasco de Gama!… ¡Cuán
cerca los teníamos de nuestros corazones!
Amábamos la inmensidad del mar, cuyos límites considerábamos
infinitos e inabarcables.
En el verano recogíamos moras silvestres y bortos (madroños), que en
gran cantidad se daban en los montes del País Vasco. En el otoño, castañas
en los castañares, que sin dueño bien determinado existían todavía en
nuestra región cubriendo una parte de nuestras montañas.
Si en estas más o menos provechosas excursiones les salían barbas a las
alpargatas, hacíamos un rasgón al vestido o a las medias, lo que sucedía con
frecuencia, la vuelta a casa era apoteósica: nuestras madres nos recibían con
soberanas tundas.
Acostumbrados a una vida dura, no temíamos los riesgos. Corríamos
por las plazas de las minas; montábamos en los vagones en marcha; nos
deslizábamos por pendientes inverosímiles; nos colgábamos de los cables
de los tranvías aéreos; atravesábamos los túneles; penetrábamos en las
galerías de las minas, subíamos por el armazón de los puentes. Y esto lo
mismo los chicos que las chicas.
No teníamos juguetes, pero cada uno de nosotros podría escribir una
antología de juegos y de canciones infantiles.
Jugábamos al «marro»; a la «cuerda»; a la «pita»; a «San Juan de
Matute»; a «Tres navíos»; al «Pido que te vi»; a «la rueda»; al «Jubilitero»;
al «Milano»; al «Palillo»; al «hincón»; a «las cuatro esquinas»; al «zapatito
quemado»; al «zurrúscame la pelleja»; al «choromoro»; al «salto del
mojón»; al «matarile»; a «las tablas»; a «los alfileres»; a «la tuta»; a «las
canicas»; a «Antón pirulero»; al «truquemé».
De padres a hijos se transmitían las supersticiones y las creencias
terroríficas que la Iglesia toleraba y alimentaba prestándose a exorcizar a
los que se decían embrujados o endemoniados. Y, desde que nacíamos,
nuestras madres nos cosían, en la faja o en el jubón, los evangelios o la
efigie de San Pedro Zariquete, patrón de las brujerías, metidos en unas
bolsitas que vendían las Hermanitas del Hospital de Triano.
Y para no dar pábulo a las malas lenguas, ni escándalo a las almas
piadosas, no contaré cómo me llevó mi madre cuando yo tenía diez años a
una iglesia de Deusto donde se veneraba a San Felicísimo, a que me
desembrujasen. Y no lo contaré para que no se diga que los exorcismos no
me sacaron todos los demonios del cuerpo.
El miedo a los aparecidos estaba muy extendido entre los grandes y los
chicos. En mi infancia, como en las mejores épocas de aquelarres y
brujerías, de autos de fe y de milagrerías, todavía se aparecían «almas en
pena», cuyos antiguos dueños habían pasado en la barca de Caronte dejando
incumplida una promesa a un santo o a una virgen.
Estos aparecidos no tenían más misión que pedir a sus antiguos amigos
o parientes que pagasen las misas o novenarios que ellos habían prometido
en vida a un santo o a una virgen, porque en el cielo eran muy exigentes. No
dejaban entrar en él con deudas.
En las oficinas de San Pedro recibían, al parecer, al mismo tiempo que a
las almas de los muertos, las listas negras de los deudores.
Yel portero del paraíso hacía lo mismo que cualquier capataz o
encargado de las minas de Vizcaya. Había deuda, pues no había paraíso…
Y las pobres almas, como la de Garibay, vagaban a la intemperie en busca
de cobijo, hasta que tropezaban con algún arcángel propicio al soborno.
Cuando por las noches de verano, sentados a la fresca en cualquier
rincón del barrio, contábamos cuentos, casi siempre de cosas de ultratumba,
un nudo nos apretaba la garganta.
Y al romperse el silencio de la calle con el grito imperativo de nuestras
madres o hermanas mayores, llamándonos a dormir, nos estremecíamos con
escalofríos de miedo y ninguno se atrevía a moverse por temor a topar en la
oscuridad con algún fantasma. Hasta que venían a buscarnos y nos daban
unos soplamocos capaces de poner en fuga a toda la Santa Compañía.
TRAVESURAS
Las escaleras de las casas de los mineros eran oscurísimas, al igual que las
calles, alumbradas difícilmente por pequeñas y escasas lámparas o faroles
de petróleo; hasta que se estableció el alumbrado eléctrico. De aquella
oscuridad nos servíamos para asustar con nuestras bromas a los muchachos
y a veces a las mujeres que sabíamos miedosas.
Arrancábamos de las huertas o cogíamos de los camarotes, donde los
campesinos las tenían amontonadas para alimentar a los cerdos, calabazas
de regular tamaño y las vaciábamos. Les hacíamos orificios parecidos a los
de las calaveras, que tantas veces habíamos visto en la huesera del
cementerio pueblerino. Cubríamos estos orificios con una piel de cebolla
roja y encendíamos en el interior una candelilla. En la oscuridad, el efecto
era fantástico.
Colocábamos la calabaza transformada en una luminosa calavera en lo
alto de un palo, en el rincón más oscuro de la escalera que nosotros
teníamos señalada, y esperábamos en el portal el resultado de la operación.
Y casi nunca fallaba: los gritos del asustado y las imprecaciones de sus
familias llenaban la casa de barullo mientras nos reíamos nerviosamente,
porque a pesar de todo, nosotros mismos teníamos miedo.
Una vez nos falló el experimento y después renunciamos a repetirlo.
Vivía en nuestro barrio una familia de un empleado, que tenía un
chiquillo muy mimado, al que no le gustaba jugar con nosotros, porque,
acostumbrado a que los padres le librasen de todas las dificultades, era
incapaz de saltar un charco sin ayuda.
Era además un acusica en la escuela. Y si alguna vez nos acompañó en
nuestras excursiones, en seguida sabían todos los vecinos dónde habíamos
estado y qué habíamos hecho.
Como le conocíamos muy miedoso, preparamos la calabaza y
colocamos no sólo el tentemozo de costumbre, sino un verdadero fantasma
vivo, encargado de dar más realidad a la aparición.
Uno de los chicos se prestó a ser el sujeto. Las cerillas para encender
que se usaban eran puro fósforo, y los objetos que se frotaban con ellas
brillaban en la oscuridad con una luz tenue y verdosa.
Sobre el elástico de nuestro amigo marcamos unas líneas que debían
parecer las costillas de un esqueleto. Las palmas de las manos brillaban
como luciérnagas gigantes.
Colocamos el palo con la calabaza en el rincón y a nuestro esqueleto
con los brazos en cruz luciendo —nunca mejor aplicada la expresión— sus
manos brillantes que se agitaban con estudiados movimientos. Y llegó el
momento culminante.
Nuestra víctima, que había salido a hacer un recado sin sospechar lo que
le aguardaba y sin habernos visto, entró en el portal. Tras de él, llegamos
nosotros silenciosamente. Queríamos disfrutar del espectáculo. Reteníamos
el aliento. Nos pegábamos con los codos. El corazón nos palpitaba
aceleradamente ¡Qué va a pasar!, —pensábamos. Y aguardábamos
ansiosamente.
Subía el elegido las escaleras despacito, blandamente, sin ruido para no
asustarse del eco de sus propios pasos… Y de repente, un golpe seco, un
ruido de vidrios rotos y un alarido de espanto. (El chiquillo llevaba en la
mano una botella con vino).
—¡Paadre! —gritó—. ¡Paadre! —repitió.
Nuestro esqueleto, impávido, abriendo y cerrando las manos
fosforescentes. Y ocurrió lo inesperado.
Se abrió la puerta de una habitación y en el hueco, con un candil
levantado a la altura de la cabeza, apareció… el padre. Vio el cuadro y su
rabia no tuvo límites.
La sorpresa inmovilizó a nuestro esqueleto que, como en el Tenorio,
deseaba se abriese la tierra y le tragase. Pero no había nada que hacer. Trató
de darse vuelta para que no se viese el brillar de sus costillas fosfóricas.
Quiso huir y no pudo hacerlo.
El indignado padre le agarró por el cuello y le dio una sopapina
fenomenal. Cogió la calabaza y la arrojó por el hueco de la escalera al
portal, donde se estrelló con un ruido sordo.
Estábamos consternados. Esperamos a nuestro maltratado fantasma y
cuando le vimos bajar llorando y riendo a un tiempo, maldiciendo al padre
y al hijo, nos tranquilizamos.
Nos mostró la chichonera que le había hecho y juramos que al día
siguiente íbamos a romperle las muelas a aquella gallina que necesitaba
recurrir a su padre para defenderse.
PEDREAS
La división localista que por capataces y encargados se realizaba en la mina
hallaba su expresión en la división hostil y rival de barriadas y poblados
mineros y entre los chiquillos que vivían en uno u otro de aquéllos.
Los chicos de la Concha, un poblado importante y pintoresco, próximo
al nuestro, por donde había que pasar obligadamente para ir a la mina El
Pozo, a Concha 3 y Concha 8, cuando llevábamos el almuerzo o la comida
a nuestros padres o hermanos mayores que trabajaban en esas minas, eran
enemigos encarnizados de los chicos y chicas de Gallarta, y éstos a su vez
de los de la Barga o El Campillo.
Y a diario se producían reyertas y choques en los que a veces
intervenían personas mayores. Además de las agarradas personales, en las
cuales las cestas y capachos de las comidas volaban por los aires o rodaban
por las cuestas, mientras los contendientes se daban de puñadas, se
arañaban la cara y se revolcaban por el suelo, las piedras envueltas en las
servilletas se empleaban como armas contundentes cuando el «enemigo»
era de cuidado. No pasaba un chico de Gallarta por los barrios de la
Concha, sin que alguien, especialmente los «gallitos» de cada cuadrilla,
intentase mojarle la oreja con saliva. Esto era una afrenta intolerable que se
lavaba con sangre. Y lo mismo le sucedía al «conchero» que se atrevía a
bajar solo a nuestro pueblo. No volvía al suyo sin alguna señal de las
fraternales caricias de los gallartinos: un chichón, un ojo a la funerala o las
huellas de las uñas en la cara o en el cuello.
Por ello, tanto a la hora de llevar las comidas a la mina, como a la
vuelta, al pasar por el «territorio enemigo», los gallartinos iban en grupo
cerrado, guardados los flancos por los más valientes. La misma táctica
seguían los concheros al penetrar en nuestros dominios.
Así la lucha personal se convertía en batalla campal donde las armas
principales eran las piedras, que se lanzaban a mano y con honda.
Había chicos que eran temibles. Donde ponían el ojo, ponían la piedra.
En el campo conchero tenían un jefe al que llamábamos «Cananas»,
porque usaba un viejo cinto de cazador, con grandes cartucheras, donde
metía piedras para no tener que agacharse en el combate en busca de
proyectiles. «Cananas» era valiente y audaz, y aunque solía recibir no pocas
pedradas, hecho que atestiguaban las cicatrices que tenía en la frente y
cuero cabelludo, era siempre el último en retirarse del campo de batalla,
aunque estuviese chorreando sangre, cuando nuestras fuerzas eran
superiores a las de ellos.
Las chiquillas participábamos en la pelea formando la retaguardia activa
y ayudando a los nuestros. Con ello concitábamos contra nosotras las iras
de los rivales locales de nuestros amigos y parientes, y «cobrábamos»
cuando llegaba el caso, por lo que habíamos o no habíamos hecho.
Esta salvaje costumbre duró largos años, manteniéndose las hostilidades
locales, entre poblados y barriadas. Fueron disminuyendo hasta desaparecer
por completo a medida que crecía la organización obrera y que el
sentimiento de unión y solidaridad entre los trabajadores se profundizaba y
se haría conciencia. De otra parte, la disminución de la jornada de trabajo
que liberaba a los niños del penoso acarreo que debían realizar con frío o
con lluvia, con viento o con calor, de la comida a sus padres o hermanos
mayores, ayudó a disminuir las rivalidades y los enconos, pues quien quita
la ocasión quita el peligro.
Al no encontrarnos a diario los chicos de los diversos bandos, fueron
atenuándose, hasta desaparecer por completo, la enemistad y las rivalidades
pueblerinas.
DESTINO
Entrar a trabajar de pinche en la mina a los diez u once años era una suerte
que no todas las familias tenían. El trabajo del niño obrero aportaba a la
economía hogareña un pequeño refuerzo. Y el niño que era hoy nuestro
compañero de escuela y de juego, mañana se separaba de nosotros. De la
noche a la mañana, se había hecho hombre, con una personalidad en la
familia y en la sociedad. Ganaba un salario. Pero ¿cuántos no llegaron a
madurar[6]?
Entre los muchos nombres de jóvenes mineros que apenas salidos de la
infancia pagaron su tributo a la muerte en los accidentes de las minas,
recuerdo el de un muchacho nacido en el mismo barrio que yo y al que
todos queríamos por su bondadoso carácter.
Comenzó a trabajar a los once años y a los quince ya era un obrero
experimentado que trabajaba en las cuadrillas de los adultos, aunque como
todos los casos idénticos, con salario de niño hasta que cumpliese diez y
nueve años.
El carácter y los sentimientos de Bonifacio González —así se llamaba el
muchacho— fueron puestos a prueba con motivo de una huelga declarada
por los obreros de la mina donde trabajaba. Exigían los mineros cincuenta
céntimos de aumento en el salario. El patrono se negó a concederlos. Los
obreros fueron a la huelga.
Un capataz llamó a Bonifacio y a su padre y les dijo: «Si queréis
continuar trabajando, daremos a Bonifacio salario de adulto y a ti te
aumentaremos los dos reales. Si no trabajáis es posible que seáis
despedidos».
El padre, vacilando, miró implorante a su hijo. Pensaba: «Son casi dos
pesetas más de salario al día entre los dos». «Esto es una cosa muy seria…
O el despido…, la lista negra… El hambre, la miseria para mis hijos, para
mi mujer»… Bonifacio no quiso entender la suplicante mirada del padre. Se
limitó a preguntar:
—¿A los demás obreros no les conceden los dos reales de aumento?…
—No, a los otros no.
—Entonces, ¿quiere que trabajemos como esquiroles?
—El capataz se encogió de hombros despectivamente.
—Llámalo como quieras…
—Vamos a casa, padre. Nos moriremos de hambre, pero no seremos
esquiroles.
En cuanto empezó a trabajar Bonifacio, a pesar de su juventud, fue a
inscribirse a la organización obrera. Y todas las noches podía verse al joven
minero absorbido en la lectura de los libros que existían en la biblioteca del
Centro Obrero y que le abrían un mundo desconocido de justicia y de
fraternidad.
Cuando las damas católicas conocieron que Bonifacio frecuentaba el
Centro Obrero y que hablaba a los obreros de sus lecturas, llenas de alarma
fueron a visitar a su madre.
Estas damas formaban parte de una organización de beneficencia
llamada de San Vicente de Paúl, que a veces solía dar a algunas familias de
los miembros enfermos una tarjeta para que el comercio les entregase un
cuarterón de tocino o media libra de aceite. A cambio de esto, se
aseguraban la religiosidad y la sumisión de estas familias.
La pobre mujer recibió la visita, entre asombrada y confusa. Nunca las
había visto antes, cuando la agravación de sus males añadía nuevas miserias
al mísero hogar. ¡Creyó que llegaban a conocer sus necesidades, a hacer con
ella una «caridad»! De todas maneras le extrañaba su visita.
Sus ilusiones y sus dudas se disiparon pronto. Mandó pasar a las damas
a la cocina y les ofreció unos bancos de madera que su hijo había
construido y que la madre cuidaba con esmero y cariño. Estaban blancos y
limpios como una patena. Sentáronse las dos damas y sus miradas
escrutadoras se fijaban en todos los detalles.
—No viven ustedes mal —dijo una de ellas—. Está todo muy limpio.
—Buen trabajo nos cuesta —respondió blandamente la mujer—.
Ustedes saben que el ser pobres no quiere decir ser sucios; y nos agrada
más vivir en una casa limpia que en una pocilga.
—¡Ya, ya!… Pero para hacer esta limpieza se necesita jabón y lejía, y
eso cuesta dinero.
—Sí, es verdad; y puños y voluntad, ¿saben ustedes?… Y a veces es
preferible comer un poco menos y comprar un poco más de jabón, para que
los hijos se acostumbren a vivir en casas limpias.
—¿Los educa usted para príncipes?
—No, los educo para hombres; aunque cada madre piensa que sus hijos
tienen derecho a vivir como dicen que viven los príncipes.
—Es usted muy ambiciosa.
—Soy madre simplemente.
Una de las damas vio colgada en la pared, sobre la mesa, una litografía
representando un obrero agobiado bajo el peso de un cañón en el que iban
sentados sobre un saco de oro un fraile gordinflón y una ridícula figura de
burgués. Su rabia no tuvo límites; se levantó indignada.
—¿Cómo tiene usted eso ahí? ¿Así educan ustedes a sus hijos? Y luego
quieren que el Señor les ayude. Si viven constantemente en pecado mortal,
¿cómo puede llegar a sus hogares la gracia de Dios?…
La madre quedó un momento sobrecogida ante el impertinente tono de
la señora. Pero se acordó del placer con que el hijo había construido el
rústico marco que encuadraba la litografía y respondió con voz firme y
tranquila:
—Miren ustedes, «eso» lo ha traído mi hijo. Y como mi hijo es muy
bueno —y ustedes pueden preguntar por él en el barrio—, yo no creo que
eso sea malo. Lo que agrada a mi hijo me gusta a mí también.
—¿Está usted loca? ¿No sabe que eso lo hacen los ateos, los socialistas
que no creen en Dios, los que tienen revuelto a todo el pueblo con sus
mítines y con sus huelgas?
—Yo no sé quién lo hace. Sólo puedo decirles que si las gentes que
hacen estos cuadros son como mi Bonifacio, entonces no son malos. ¿Que
no creen en Dios? Allá ellos con su conciencia. Yo respondo de la mía.
—¡No, señora! Está usted equivocada. Ante Dios usted no responde
sólo de su conciencia. Responde también de la de sus hijos. Por ejemplo:
¿qué ha hecho usted para impedir que su hijo vaya al Centro Obrero y lea
esos libros infames que le están envenenando y que envenenan a todos
ustedes?
—¿Qué he hecho? Nada en absoluto. Él me dijo: madre, voy al Centro
Obrero. Allá van los mejores obreros de la mina. En el Centro Obrero hay
libros, y yo quiero aprender cosas que ignoro y comprender otras que para
mí no son claras. Yo le respondí: Vete, hijo mío, y aprende, que el saber no
ocupa lugar. Y fue. Eso es todo…
—¿Eso es todo? ¿Y le parece a usted poco? ¡Usted misma empuja a su
hijo a condenarse y Dios puede castigarte…!
—¿Dios?… ¿Castigarme? ¿Más aún? ¡Si de mi casa no salen las
enfermedades! ¡Si mi marido y mi hijo trabajan como burros y ganan una
miseria! ¿Y les parece poco castigo? Miren ustedes… A veces yo misma
comienzo a dudar de Dios. Esto no se lo he dicho nunca a nadie. Se lo digo
a ustedes ahora para que sepan que la miseria nos hace incrédulos. ¡Dios!…
¿Dónde está Dios cuando nos morimos de hambre, cuando no tenemos un
cacho de pan que llevar a la boca? Para los pobres, si existe Dios, es ciego y
sordo. ¿Qué decir esto es pecado? ¡Mal año para los pecados! Porque
cuando vienen los hombres de la mina llenos de barro, mojados hasta los
huesos, cansados hasta más no poder, y en el fogón sólo hay unas cazuelas
de sopas de ajo con mucha agua y poco pan y en la casa frío y tinieblas, se
reniega del cielo y de la tierra, y se piensa que el infierno no puede ser peor
que nuestra vida.
—¡Calle, calle, no blasfeme! —dijo la señora tapándose los oídos con
las dos manos—. Vámonos, vámonos de aquí; esto es monstruoso, estas
gentes están condenadas sin remedio. Si las madres, ¡las madres!, dicen
estas cosas, ¿qué dirán y cómo serán los hijos?
—¿Los hijos? Pues ya lo ven ustedes; unos santos como mi Bonifacio
—respondió sin hiel la tía Sabina.
Marcharon las damas con un sofocón terrible. Al poco rato la visita era
la comidilla del barrio.
Las opiniones se dividieron; algunas vecindonas, de las que esperaban
recibir un día el cuarterón de tocino, comentaban con grandes aspavientos a
la puerta de un tenducho, cuyo dueño las escuchaba complacido, la actitud
de la madre de Bonifacio.
—¿Ha visto usted? —decía una de ellas dirigiéndose al mantecoso
tendero—. ¡Qué atrevimiento! Cualquiera diría que una desgraciada como
ésa iba a atreverse a ofender así a las señoras. ¿Cómo la van a socorrer si las
falta al respeto? Y lo peor de todo es que por ella vamos a perder las
demás…
—¡Así reventéis!… —cortó una voz clara y rotunda. Era una mujer
joven que sentada en el balcón de su casa daba de mamar a su hijo. Al oír
los insidiosos comentarios, no pudo contenerse. Separó el pezón de la boca
del niño y apretando a éste contra su pecho se levantó con ligereza, e
inclinándose sobre la baranda para que la oyeran mejor, continuó:
—¡Lameronas! ¡Puercas!… Mejor estaríais limpiándoos las cascarrias.
Así dejaríais en paz a las personas decentes. Ha hecho muy bien la tía
Sabina en responder a esas señoras como se merecían. Y si vinieran a mi
casa las tiro por la escalera. ¿Entendido? Ahora podéis ir donde ellas con el
cuento a ver si os regalan una lendrera para despiojaros, ¡cochinas!, que
oléis a chotuno a una legua. Y usted, tío legañoso, métase en su agujero a
ver cómo tiene la faltriquera esa lechona que está tras del mostrador.
Pasaron varios meses. Un día, en la mina donde trabajaba Bonifacio
fueron cargados varios barrenos. Algunos quedaron sin estallar. No se podía
continuar el trabajo sin desatacarlos. De la peligrosa labor fue encargado
Bonifacio. Era la hora del descanso de mediodía. Al retirarse a comer con
su grupo, el padre le había advertido:
—¡Ten cuidado, hijo!…
—No se preocupe, padre; yo sé lo que hay que hacer.
Mientras los mineros comían resguardándose del sol en la chabola de
las herramientas, el joven minero comenzó a desatacar las cargas que no
habían estallado.
La primera fue deshecha fácilmente. La segunda era más trabajosa,
sobre todo porque en el tajo no había desatacador. Y aunque Bonifacio
sabía los riesgos que entrañaba emplear el barreno, fiado en su pericia
comenzó la faena. Apenas había comenzado a golpear sobre una gruesa
piedra, preparando la maniobra, cuando la dinamita estalló con pavoroso
estruendo lanzando a Bonifacio por el aire entre toneladas de piedra y de
tierra. La inesperada explosión del barreno dejó sobrecogidos de espanto a
los obreros que comían en la chabola. Inmediatamente supusieron la
catástrofe. Un grito ronco salió del pecho del padre.
—¡Mi hijo! —pensó como un relámpago.
Su hijo estaba allí, tendido, inmóvil, ensangrentado, cubierto de piedras.
Quería correr hacia él, y las piernas no le sostenían. Cayó de rodillas junto
al cuerpo roto, tratando de reanimarle, de darle vida, resistiéndose a aceptar
lo irremediable, lo definitivo.
—¡Hijo! ¡Hijo mío! —decía sosteniendo entre sus manos temblorosas la
destrozada cabeza.
Una angustia lacerante atenazaba el corazón del viejo minero. Su hijo
estaba allí inmóvil, muerto. ¿Muerto? No, no es posible. ¡Hijo, hijo mío,
dime que no has muerto!…, —decía delirante. Un sollozo hondo sacudió su
cuerpo. Por su rostro lívido, demacrado, resbalaban lágrimas ardientes
como fuego.
—¡Hijo, hijo mío! ¿Por qué no he muerto yo y no tú? ¿Por qué? ¿Por
qué?…
—Vamos, Dionisio; esto no tiene remedio. Hay que resignarse. Ése es el
fin que nos espera a todos. Hoy ha sido él, mañana seré yo, o mi hijo —dijo
uno de los mineros expresando el pensamiento de los otros.
Una crispación de ira, de congoja, enderezó al viejo minero abrumado
por el dolor.
—¡No! —respondió sordamente. No podemos resignarnos. No podemos
aceptar este destino de bestias. ¡No y no! Esto no debe ser así. Esto tendrá
que cambiar…
La triste noticia corrió rápidamente por la barriada. Todas las mujeres
fueron a casa de la tía Sabina a prodigar a la afligida madre sus cuidados y
sus consuelos. El padre llegó también, abrumado, quebrantado hasta lo
hondo del alma.
—Ya no tenemos hijo —murmuró, atrayendo a su mujer sobre su pecho
—. ¡Bonifacio ha muerto!…
Para la madre no había consuelo. En su dolor infinito las amenazadoras
palabras escuchadas unos meses antes, entre aquellas paredes, revivían en
su memoria, martilleaban en su cerebro con fuerza torturante causándole
una angustia indecible, un dolor intolerable. ¡Dios la castigará! ¡Dios la
castigará!
La pobre madre luchaba contra el recuerdo obsesionante que se
enlazaba con la visión empavorecedora del hijo destrozado por la explosión
del barreno.
—¿Dios?… ¡No hay Dios! ¡Hijo mío! —gritaba—. Hijo querido,
¿dónde estás, qué te ha ocurrido, hijo mío? ¿Por qué no vienes a consolar a
tu madre? ¿Dónde estás, corazón mío, dónde? Y yo no te veré más… ¡Hijo
mío, hijo mío!…
Al dolor desesperado, violento, sucedió un penoso aplanamiento moral.
Parecía como si se le hubieran roto los resortes de la vida, como si del
pecho se le hubiera salido el corazón. No lloraba, no pensaba. Le parecía
vivir una pesadilla monstruosa, fuera del mundo y de la vida.
Los vecinos cerraron las ventanas y rodearon su cama para que no oyese
los rumores de la calle, para que no se diese cuenta que por delante de su
casa pasaba por última vez, en una camilla a hombros de sus compañeros de
trabajo, camino del cementerio, el hijo que lleno de vida unas horas antes la
besaba y acariciaba bromeando con ella como con una hermanilla. Tras la
camilla iban, cabizbajos y sombríos, los obreros de la mina, que en señal de
protesta habían abandonado el trabajo.
Tras ellos íbamos los chiquillos de la barriada. Llorábamos
desconsoladamente a nuestro amigo, y queríamos verlo por última vez,
aunque él ya no pudiese vernos. No nos dejaron entrar en el cementerio.
Volvimos a casa, y durante mucho tiempo el recuerdo de Bonifacio era
nuestra obsesión.
Al dolor en que la terrible desgracia sumió a aquella humilde familia de
mineros rompiendo para siempre su vida, se sumó la injusticia de una
legislación hecha en beneficio de los patronos. Bonifacio había trabajado
como un adulto; produciendo más que un adulto, porque era joven y fuerte.
Pero sólo tenía diez y siete años. Y para que sus padres hubieran sido
indemnizados por la muerte del hijo, éste tenía que haber cumplido diez y
nueve años. La mano de obra juvenil era un gran negocio para los patronos
de las minas. Podían emplearla sin ningún riesgo.
DE LA INFANCIA A LA MADUREZ
Salí de la escuela a los quince años, después de haber aprendido en ella lo
que era corriente aprender en las escuelas oficiales, y aun algo más, gracias
a la preocupación y al interés de la maestra por que yo estudiase.
De salud precaria, lo que para mis padres constituía una carga porque no
podían dedicarme a trabajar, y un desasosiego permanente, por los gastos
que ocasionaba en la familia, para mí representó la posibilidad de seguir
asistiendo a la escuela, incluso dos años más que los autorizados por la ley,
y esto como premio por las buenas notas obtenidas en el transcurso de mi
vida escolar.
En estos dos años suplementarios estudié, ayudada por la maestra, el
curso preparatorio para ingresar en la Escuela Normal de Maestras y el
primer año de estudios de esta Escuela, con la ilusión de ser maestra, y de
llegar al momento del ingreso en la Normal, con un año de adelanto.
Todas aquellas ilusiones de adolescente se desvanecieron ante la dura
realidad económica. Estudios, viajes, comida, vestidos, libros,
representaban un gasto superior a las posibilidad de mis padres[7]…
En lugar de ingresar en la Escuela Normal de Maestras, fui a un taller de
costura, donde estuve dos años, aprendiendo lo necesario para no necesitar
de ayudas extrañas en la confección de mis vestidos y más adelante en los
de mis hijos.
Después de este aprendizaje, trabajé tres años como muchacha de
servicio en casa de comerciantes conocidos. Y a los 20 años, buscando la
liberación del duro trabajo en casas ajenas, mal alimentada y peor pagada,
me casé con un minero, a quien había conocido en la primera casa en que
presté mis servicios.
Mi misión en la vida estaba cumplida. No podía ni debía aspirar a más,
después de mi fracasado intento de ser maestra. El fin de la mujer, la única
salida, su única aspiración, era el matrimonio, y la continuación de la vida
triste, gris, penosa, esclava, de nuestras madres, sin más ocupación que
parir y criar, y servir al marido, que en la mayoría de los casos trataba a la
mujer sin ninguna consideración.
Solía decir mi madre que «la que en el casar acierta en nada yerra».
Acertar en el casar, en el sentido que mi madre lo interpretaba, era tan
difícil como hallar un garbanzo de a libra. Y yo no fui de las que
encontraron ese garbanzo. Que me perdonen las felices. Pero cada uno
habla de la feria según le va en ella. Hubo un tiempo, que yo añoraba, sin
que por ello pensase que todo tiempo pasado fue mejor, en el cual las
mujeres trabajaban en la mina. Y con todo lo brutal de ese trabajo, era una
solución que ya no se ofrecía a las mujeres de la cuenca minera en el
período a que yo me refiero, solución que, además de un salario, daba
personalidad social a la mujer.
Cuando disminuyó la demanda del mineral y comenzó a sobrar mano de
obra, se prescindió del trabajo femenino, adornando la disposición
discriminatoria con hipócritas consideraciones sobre la madre, la mujer, la
familia y el hogar.
Se liberaba a la mujer del trabajo de la mina que «embrutecía» para
convertirla en un esclavo doméstico sin ningún derecho.
En la mina la mujer era un obrero. Podía protestar contra la explotación
al lado de otros obreros, defender su personalidad como trabajadora.
En el hogar, la mujer se despersonalizaba; se entregaba, por la fuerza de
la necesidad, al sacrificio. Era la primera en el trabajo, en las privaciones,
en el apencar con todo género de servicios para hacer más grata, menos
dura, menos difícil, la vida de sus hijos, de su marido, hasta anularse por
completo, para convertirse andando el tiempo en «la vieja» que no
«comprende», que estorba, o que en el mejor de los casos, servía de criada a
los jóvenes, de niñera de los nietos. Y así una generación y otra, y otra…
Cuando nació mi primera hija[8], yo había vivido en poco más de un año
una experiencia tan amarga, que sólo el amor de mi pequeña me sujetaba a
la vida. Y me aterraba no sólo lo presente, odioso e insoportable, sino el
porvenir que adivinaba tremendamente doloroso e inhumano. Día a día yo
había visto cómo era la vida de las mujeres de los mineros. Sin embargo,
como la inexperiencia de la juventud levanta a veces castillos en el aire, yo
también los forjé. Y llena de ilusión y mirándome por dentro, cerrando los
ojos ante lo que había a mi alrededor, construí castillos sobre la movediza
arena del «contigo pan y cebolla» creyendo que la mutua inclinación y
afecto supliría y sería más fuerte que todas las dificultades y privaciones,
olvidando que donde no hay harina todo es mohína, y que, a veces, aunque
haya harina no falta tampoco mohína.
La realidad cruda, descarnada me golpeó como a todas, con sus manos
implacables. Unos días breves, fugaces de ilusión, y después…
Después, la prosa fría, hiriente, inmisericorde de la vida. De una vida
triste, mezquina, dolorosa, deshumanizada, descendiendo un poco más cada
día en el pantano sin fondo ni límites de la miseria.
En mi propia experiencia aprendía la dura verdad del dicho popular:
«Madre, ¿qué cosa es casar? Hija, hilar, parir y llorar»…
Llorar… Llorar sobre nuestros males, sobre nuestra impotencia. Llorar
sobre nuestros hijos inocentes, a los que sólo podríamos ofrecer nuestras
caricias empapadas de lágrimas. Llorar por nuestras vidas dolorosas, sin
horizontes, sin salida. Llanto amargo, con una maldición permanente en el
corazón y una blasfemia en los labios. ¿Blasfemar una mujer, una madre
blasfemar? Y ¿qué tiene ello de extraño si nuestra vida era peor que la de
los condenados?
La primera vez que yo escuché una desesperada blasfemia en boca de
una madre, me estremecí. Después me acostumbré. Y a veces…
Era terrible, pero horrible era también nuestra vida.
¿Merecía la pena de vivirla? Cuando comentaba con mis amigas y
compañeras de miseria nuestras angustias, nuestras necesidades, nuestra
situación, respondían con resignada tristeza: ¿Qué podemos nosotras hacer?
Yo me rebelaba ante la idea de que siempre sería así y aun peor. Me
sublevaba ante la idea de que estábamos condenadas a arrastrar hasta la
consumación de los siglos los grilletes de la miseria, del sometimiento,
como bestias de carga, a veces molidas a palos, pisoteadas, abofeteadas por
el hombre elegido como compañero de tu vida.
Tenía entonces veintiún años y a mi pequeña Esther en los brazos. Y
cuando con el mísero salario no podía pagar el alquiler de la casa, o
debíamos suprimir la carne de nuestro alimento para comer unas patatas con
aceite y pimentón para darles color; cuando debía coser las alpargatas con
alambre para que durasen unos días más; cuando debía poner remiendo
sobre remiendo en la ropa de trabajo de mi marido; cuando por
insuficiencia de alimentación me faltaba la leche para alimentar a mi
pequeña, llena de desesperación, me enfrentaba con mi marido
preguntándole:
—¿Tú crees que se puede vivir así?
La respuesta era descorazonadora.
—¿Cómo viven los otros?
—Igual que nosotros. Pero yo no me resigno a vivir peor que los
animales; vámonos de aquí. Vamos a otra región donde la vida no sea tan
dura, donde podamos dar pan a nuestros hijos.
—¿A otra región? ¿Adónde irá el buey que no are?
Era verdad. Mi marido tenía razón. ¿Adónde irá el buey que no are?
¿Dónde hallar el lugar paradisíaco en cual los trabajadores no fuesen
cruelmente explotados?
Al roce con la sangrienta verdad de cada día, el tejido de mis
convicciones religiosas se adelgazaba. Y un poco cada día iba
desasiéndome por dentro de creencias, de supersticiones, de prejuicios, de
viejas tradiciones, de temores ultraterrenales.
Iba aprendiendo que en nuestras miserias, en nuestras carencias de lo
indispensable para vivir como hombres, no entraba la voluntad de ningún
dios. La causa, el origen de nuestra miseria, no estaba en el cielo, sino en el
suelo. Era el régimen que unos hombres habían impuesto y que otros
hombres podían cambiar o destruir.
Conocí la literatura marxista y este conocimiento fue para mí como una
ventana abierta en mi conciencia hacia la vida.
Mis ideas cambiaban, mis sentimientos y conceptos acerca de nuestra
vida, de nuestro ser social, tomaban forma, se concretaban aunque todavía
no comprendiese muchas cosas.
Mi vieja fe católica iba quedando atrás, aunque resistiéndose, empeñada
en dejar en lo hondo de la conciencia un regusto, una sombra, un temor, una
duda. La lucha por el socialismo que no veía próximo, pero que empezaba a
dar contenido y fundamento a mi vida, era la fuerza que me sostenía en las
aplanadoras condiciones de nuestra existencia de parias.
Y cuanto más avanzaba en el conocimiento del socialismo, más y más
me reconciliaba con la vida, a la que ya no veía como un pantano en el que
los hombres se hundían sin remisión, sino como un campo de batalla, en el
que cada día el inmenso ejército del trabajo ganaba posiciones, avanzaba
aun en las derrotas, mientras nuestros enemigos de clase reculaban y se
debilitaban, aun en los momentos en que aparecían más fuertes.
Mi nueva fe era más justa y sólida que la fe religiosa. ¡Ahora nada
esperaba de la bondad de un dios desconocido e incognoscible, sino del
esfuerzo de los hombres. De nuestro propio esfuerzo, de nuestra propia
lucha!
Yo no me resignaría a dejar la vida como la habíamos heredado.
Lucharía por cambiarla, por construir un mundo mejor, por abrir para
nuestros hijos el camino hacia una sociedad sin opresión y sin miseria.
En mi afán de saber, no dejé un libro de la biblioteca de la Casa del
Pueblo de Somorrostro sin leer[9].
Y he de confesar que, acostumbrada a la literatura católica del tipo de
Fabiola o del Quo Vadis, la prosa socialista me resultaba más áspera que la
lija. Sobre todo la prensa llamada obrera se caía de las manos de puro
aburrida. A veces, esto suele ocurrir también ahora.
Leí a Marx y a Engels, quienes me reconciliaron con la literatura
socialista revolucionaria. Y después de haberme aprendido casi de memoria
el Manifiesto Comunista, me atreví con un resumen de El Capital hecho por
un francés, que si no era una maravilla en la selección de las partes más
importantes de la gran obra científica marxista, me bastaba entonces para
comprender aunque fuese de forma rudimentaria dónde estaba la causa de
nuestra miseria, y el origen de la fortuna de nuestros explotadores.
De todas maneras, me era difícil el estudio del marxismo, tanto más que
debía hacerlo sin que nadie me ayudase ni aconsejase. Entonces no había
cursos, ni escuelas políticas a nuestro alcance. No sólo era difícil para mí el
estudio y la comprensión del marxismo. El secretario del Sindicato Minero
socialista, bien conocido en la cuenca minera, quiso saber un día, después
que inicié mi colaboración en El Minero Vizcaíno que se publicaba en
Vizcaya en 1918, hasta dónde llegaban mis conocimientos «socialistas», y
me preguntó qué literatura conocía.
Se lo dije y le expuse mis opiniones.
Cuando le expliqué que estaba estudiando El Capital, me miró con
lástima y me preguntó con cierto retintín:
—¿Y has comprendido algo?
—No mucho, respondí, pero sí lo suficiente para saber dónde está el
origen de la fortuna de nuestros capitalistas. He aprendido cómo se forma la
«plusvalía». Esto me ayuda a comprender muchas cosas a las que atribuía
antes un origen divino y que hoy las veo bajo otra luz.
Se sonrió con ironía y terminó por decirme:
—¿Cómo vas a comprender tú esas cosas si yo hace diez años que las
estoy estudiando y no entiendo una palabra?
UN AÑO DECISIVO: 1917
Es necesario en la vida tener una convicción firme para ser feliz. Y es necesario
ser firme en sus convicciones para morir sin miedo.
PEDRO USAKOV
Demócrata revolucionario ruso del siglo XVIII
El año 1917 fue un año de grandes luchas en España[10]. Aparte de los
motivos nacionales, que no eran pocos, en nuestro país se reflejaba la
inestabilidad internacional y, especialmente, el movimiento revolucionario
en Rusia que había llevado al derrocamiento del zarismo y al
establecimiento del Gobierno provisional.
La monarquía se tambaleaba en España. La clase obrera y los
campesinos aparecían como las fuerzas más combativas y eran sus luchas
las que obligaban a tomar posición a las diversas fuerzas democráticas
burguesas.
En Cataluña el movimiento regionalista estaba en ebullición, creando
dificultades al Gobierno. El Ejército aparecía en plena indisciplina,
empujado por el favoritismo que se ejercía desde las altas esferas a favor de
un grupo de militares palaciegos que componían la camarilla africanista de
Alfonso XIII.
En los diferentes Cuerpos, los oficiales descontentos constituían Juntas
de Defensa, violando normas y estatutos en deseo patriótico de cambiar la
situación.
Marruecos luchaba contra el colonialismo español; y las fuerzas
políticas de izquierda, y aun algunos grupos catalanes representantes de la
gran burguesía industrial catalana, abandonaban el Parlamento para celebrar
reuniones de diputados al margen de aquél.
El Partido Socialista, unido a los grupos burgueses de oposición,
conspiraba, pero sin ninguna intención de llevar la lucha contra la
Monarquía hasta sus últimas consecuencias.
La propaganda socialista, conscientemente equívoca, llevó al ánimo de
la clase obrera la idea de que se preparaba la revolución.
A confirmar esto llegaba el reparto de armas cortas que se hizo en
distintas regiones, especialmente en Asturias, y en el País Vasco, entre los
obreros metalúrgicos y mineros, con la advertencia de estar preparados a
todo evento, a toda contingencia.
En espera de la orden, un grupo de mineros de mi barriada decidimos
fabricar por nuestra cuenta, y en previsión de acontecimientos, una gran
cantidad de bombas de todo tamaño, en cuyo trabajo era yo una
colaboradora inmediata[11].
Para la fabricación de los artefactos nos servíamos de la dinamita de las
minas (era relativamente fácil adquirirla con ayuda de los artilleros y
barrenadores que manejaban los explosivos y tenían permanente acceso a
los polvorines). En una cueva, situada no lejos de nuestra casa, montamos
nuestra fábrica.
Bombas de lo más primitivo —botes de hojalata rellenos de dinamita,
de clavos, de trozos de hierro, y cerrados con cemento, con una pulgada de
mecha que había que encender antes de lanzarla— fueron almacenadas en
espera de la orden de insurrección.
Hicimos las pruebas y resultaron inmejorables. Sobre todo desde el
punto de vista psicológico. El estruendo que producían era de espanto.
La temperatura política se iba poniendo al rojo vivo. No dormíamos,
esperando a cada momento la llamada a la acción… Pasaba el tiempo y se
corría el riesgo de que pasase también el tempero revolucionario.
Los trabajadores se impacientaban y comenzaban a murmurar de los
dirigentes que tantas cosas habían dejado entrever…
Saltando por encima de aplazamientos y dilaciones que nada bueno
auguraban, y hartos de esperar una revolución que no llegaba, y en defensa
de sus intereses pisoteados impunemente por las empresas ferroviarias, los
empleados de ferrocarriles se declararon en huelga el 10 de agosto de 1917,
obligando a los dirigentes socialistas a lanzarse, sin desearlo, a un
movimiento huelguístico de carácter nacional y revolucionario.
En Asturias y en el País Vasco, especialmente en la zona minera
asturiana, la lucha adquirió carácter insurreccional. Contra los trabajadores
fue enviado el Ejército al mando del general Burguete, que en los partes de
guerra al Gobierno declaraba estar dispuesto a exterminar a los huelguistas
como a alimañas.
Centenares de muertos costó a la clase obrera la huelga de Agosto de
1917. Millares de trabajadores fueron encarcelados en toda España. Entre
los detenidos, estaba también el Comité de huelga socialista.
La noticia del fracaso de la huelga revolucionaria la conocimos
rápidamente.
¿Qué hacer? Lo primero fue deshacernos de nuestro polvorín. Sin
decírselo a los enterados de nuestro trabajo, arrojamos por la noche todos
los artefactos construidos a un arroyo fangoso que pasaba cerca de casa,
donde la humedad los inutilizaría, y yo quedé tranquila. Aunque alguien
denunciase nuestras actividades, como ocurrió, la acusación sin pruebas
quedaba en el aire.
Después de limpia la cueva, marchó mi marido a refugiarse en una
choza de pastores en espera de instrucciones.
Al abrirse el día, varias parejas de la Guardia Civil vinieron en su busca.
Al no hallar en casa ni las armas ni las bombas ni al delincuente, me
amenazaron con detenerme si no les decía dónde se hallaba.
Me negué. Se marcharon, asegurándome que no me dejarían tranquila
hasta que apareciese mi marido.
Marchó éste en busca de uno de los dirigentes socialistas en demanda de
consejo, y la única orientación que le dio fue la de presentarse en el cuartel
de la Guardia Civil, lo que hizo, siendo detenido inmediatamente. En el
cuartel se encontró con el camarada Rufino Castaños, un médico socialista
—que ingresó en el Partido Comunista desde su constitución— y con
Merodio, un conocido republicano, modesto industrial, que habían sido los
primeros detenidos en nuestra localidad.
Al día siguiente fueron conducidos a la cárcel de Larrínaga de Bilbao,
en la cual, así como en el cuartel de la Salve de Basurto, iban
amontonándose los detenidos, tanto de la zona fabril como de la minera, por
su participación en la huelga.
Quedé sola con mi pequeña Esther. Los viejos amigos y compañeros de
trabajo de mi marido que pudieron salvarse de la represión habían
marchado a diferentes lugares del Norte: unos a Santander, otros a Galicia o
a León.
Yo estaba indignada con mi marido por haberse presentado a las
autoridades. Me parecía absurdo que los trabajadores, y mucho menos
siendo socialistas, se entregasen voluntariamente, confiados en la palabra de
que nada les podía ocurrir. En la calle siempre se podía hacer algo. En la
cárcel, muy poco.
La derrota del movimiento revolucionario de agosto fue una gran
lección para los trabajadores.
Como en todas las derrotas, también entonces aparecían los estrategas
«a posteriori», que opinaban que no se debía haber ido a la huelga, «que no
se estaba en condiciones», «que hubiera sido mejor esperar», «que nos
equivocamos», etc., etc. No querían saber nada de sus compañeros de la
víspera.
Yo no sabía qué hacer, ni a quién dirigirme. De mi familia nada podía
esperar. Y pretender encontrar trabajo en un pueblo donde no había más
industria que la minera, estaba fuera de toda posibilidad.
Con enorme esfuerzo habíamos sembrado en la primavera un campo de
patatas. Ayudada por los vecinos recogí la cosecha. No me moriría de
hambre. Vendí una parte de las patatas para disponer de algún dinero y me
quedé con el resto para nosotras. Una vecina que tenía unas ovejas me dio
durante unas semanas medio litro de leche que yo le pagaba cosiéndole la
ropa de sus hijos.
Un día recibí un giro de cincuenta pesetas que me enviaba un grupo de
compañeros de mi marido que estaban trabajando en las minas de León. La
alegría que aquello me produjo lo pueden comprender quienes se han visto
en situaciones parecidas.
Esto representó para mí un alivio y decidí salir de aquel rincón donde
vivíamos a lo bestia, sin luz ni agua, chapoteando en el barro la mayor parte
del tiempo, helándonos en el invierno, asándonos en el verano.
Para ir a la cárcel a visitar a mi marido debía, desde allí, que era una
mísera barriada del monte de Triano, llamada Campomato, recorrer un largo
y accidentado camino, por entre los derrumbaderos de las minas, llevando a
mi pequeña hija en un brazo y la cesta de la comida y la ropa en el otro,
hasta llegar a la carretera por la que debía andar cerca de seis kilómetros
hasta Portugalete para ahorrarme la mitad del precio del billete de
ferrocarril.
Todo esto que entonces me parecía insoportable no era más que una
gota de agua en comparación con el inmenso océano de terribles
sufrimientos, de miserias y privaciones que han vivido y sufrido millares de
mujeres y de madres bajo la sangrienta tiranía franquista.
Me fui a vivir a Gallarta a una habitación que me alquiló un viejo
matrimonio. Era una habitación destartalada, pero aquí había electricidad y
el pueblo estaba más o menos urbanizado.
Quise vender la máquina de coser porque la detención de mi marido se
prolongaba, pero no me dejó mi madre, que se hizo un poco menos dura
para conmigo. No me quejé a nadie de mi situación. Era demasiado
orgullosa para lloriquear. Y, a trancas y a barrancas, fuimos tirando hasta
que fue liberado mi marido. Pero antes…
LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA DE OCTUBRE DE 1917
Un día de noviembre, tempestuoso, estremecedor, como debieron ser los de
los grandes cataclismos que dieron forma al mundo, el vendedor de
periódicos de nuestro pueblo atronaba la calle de manera desacostumbrada,
anunciando los periódicos en los que había una noticia sensacional: ¡LA
REVOLUCIÓN EN RUSIA!
El corazón me dio un vuelco. Corrí a la calle a comprar el periódico. El
vendedor no me lo quiso cobrar. Sabía que mi marido estaba en la cárcel.
—Toma —me dijo— y alégrate. En Rusia ha estallado la Revolución
Socialista.
Cogí el periódico y un gran titular se metía por los ojos: «LOS
BOLCHEVIQUES HAN TOMADO EL PODER EN RUSIA. LOS OBREROS Y SOLDADOS DE
LENINGRADO HAN ASALTADO EL PALACIO DE INVIERNO, HAN DETENIDO AL
GOBIERNO PROVISIONAL Y HAN ESTABLECIDO LOS SOVIETS»[12].
Un nombre destacaba en toda la información: LENIN.
Yo no comprendía en aquel momento todo lo que este acontecimiento
representaba en su inmensa trascendencia revolucionaria, y lo que iba a
influir en mi vida, en la vida de millones de hombres, en la vida de toda la
humanidad.
Pero instintivamente sentía que algo grande, inconmensurable se había
producido. Y mi pensamiento se fijaba allí, en aquel país tan lejano y, desde
entonces, tan próximo a nosotros. Dos nombres no se apartaban de mi
memoria, me golpeaban en el cerebro y en el corazón: RUSIA y LENIN.
Ya no me sentía triste, ya no me sentía sola. Nuestra Revolución, la
Revolución que todavía el día anterior la considerábamos lejana e
inaccesible, era una realidad en la sexta parte del mundo.
Y cantaba. Al mecer a mi niña ya no eran las viejas canciones de cuna
aprendidas de mi madre las que venían a mis labios. Ahora acunaba su
sueño con las canciones revolucionarias aprendidas en la calle, en mi aldea
minera, y que adormiladas en la memoria despertaban al eco de la
Revolución Socialista de Octubre. Escuchando sus estrofas se dormía en
mis brazos mi pequeña Esther.
En la primera visita a la cárcel, después de conocer la victoria de la
Revolución, encontré a los presos tan contentos que aunque les hubieran
condenado a todos a cadena perpetua, se habrían reído al escuchar la
sentencia.
Con la Revolución de Octubre, el clima revolucionario en España, a
pesar de la derrota de agosto, se hacía más denso, influía en nuevas capas
sociales, se extendía de las regiones industriales a las regiones agrarias,
donde se producían impresionantes luchas de los campesinos por la tierra,
especialmente en las regiones de grandes latifundios, como Extremadura y
Andalucía.
En ese período, el movimiento nacionalista vasco adquiría un vuelo que
no había tenido antes. El viejo fuerismo cambiaba de piel y se vestía de
nacionalismo, tratando de jugar un papel dirigente en la política del País
Vasco.
Frente a él se levantaba el Partido Socialista, que no comprendía la
importancia del problema nacional, que defendía a tiros la influencia
política de que gozaba en Vizcaya y que el nacionalismo le disputaba.
Las elecciones de 1918, por las que salió diputado Indalecio Prieto, se
ganaron a fuerza de puños y de pistolas. Y conste que no es una
recriminación «a posteriori», pues, entonces, celebré con el alma el triunfo
de nuestro candidato y fui como toda la Vizcaya obrera a aplaudirle, en el
famoso mitin de la Fuente de la Cazuela, celebrado en San Salvador del
Valle después de la victoria.
Aunque yo estaba de acuerdo con que al enemigo no se le pone fuera de
combate con sonrisas ni consideraciones jurídicas, legalistas, me fastidiaba
que de la zona minera se llevasen a nuestros maridos a ganar las elecciones
a Bilbao, y si llegaba el caso, a romperse la crisma con los nacionalistas.
Mi deseo de que triunfase el candidato socialista me hacia callar y no
oponerme a las marrullerías electorales de los Paulino Gómez y compañía,
que hoy aparecen en el Gobierno vasco como las más fieles vestales del
nacionalismo, tratando cuidadosamente de olvidar lo pasado, cosa que sin
duda conviene igualmente a los dirigentes nacionalistas.
La violencia de la lucha política que el Partido Socialista impuso en
Vizcaya contra el nacionalismo hizo escuela y llevó, más tarde, a choques
sangrientos entre socialistas y comunistas, tanto más lamentables, cuanto
que se trataba de luchas que levantaban barreras de odio entre la clase
obrera.
A los desmemoriados, que acusan sin razón a los comunistas de
agresividad, es necesario recordar que no han sido ni son los comunistas
iniciadores ni propugnadores de la violencia para dirimir las diferencias
políticas entre la clase obrera, sino otros. En todo caso, lo que han hecho los
comunista ha sido defenderse, parando los pies a quienes como única razón
política esgrimían la pistola, teniendo tras ellos el respaldo de unas
autoridades complacientes y tolerantes.
En las elecciones de 1918, el Partido Socialista llevó al Parlamento una
minoría de diputados entre los que se hallaban Indalecio Prieto y Pablo
Iglesias; además del Comité de huelga, que el Gobierno se vio obligado a
poner en libertad, así como a todos los detenidos y procesados por la huelga
de agosto.
REAFIRMACIÓN SOCIALISTA
La doctrina de Marx es omnipotente, porque es exacta. Es completa y armónica
dando a los hombres una concepción del mundo íntegra, irreconciliable con
toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la opresión burguesa.
LENIN
La constitución de la Tercera Internacional en marzo de 1919
contribuyó poderosamente a diferenciar dentro del Partido Socialista las
distintas tendencias que desde largos años pugnaban por cristalizar en las
filas de la organización socialista.
La lucha por la adhesión a la Internacional Comunista, que representaba
y encarnaba el socialismo marxista proletario, y que aportaba al
movimiento obrero internacional la experiencia de la victoria socialista en
el país más grande de Europa, se prolongó durante largos meses, por la
resistencia de una parte de los dirigentes socialistas al ingreso del Partido
Socialista en la Internacional Comunista, y por la falta de decisión y
audacia de los viejos dirigentes que deseaban cambiar la trayectoria
reformista del Partido Socialista.
En 1917 terminaba lo que podríamos llamar etapa clasista del Partido
Socialista Obrero Español, para lanzarse y orientar su política por la
pendiente del colaboracionismo, transformando el viejo partido obrero en
un partido que se diferenciaba de los partidos republicanos solamente por el
título.
De él se separaron hombres de tanto prestigio como García Quejido,
fundador del Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores,
Acevedo, Perezagua, Virginia González y otros muchos, que fundaron, con
las Juventudes Socialistas, que se les habían adelantado en su reafirmación
marxista, el Partido Comunista de España[13].
Desde los primeros momentos[14], la agrupación socialista de
Somorrostro, donde nosotros actuábamos, se sumó al Comité Nacional de
partidarios de la Internacional Comunista, constituido en 1919,
transformándose, al constituirse el Partido, constituido en abril de 1920, en
agrupación comunista, que fue desde entonces una de las organizaciones
más activas del Partido Comunista en Vizcaya.
En 1920 fui elegida miembro del primer Comité Provincial del Partido
Comunista de Vizcaya y más tarde delegada al Primer Congreso del
Partido[15].
INFANTILISMO REVOLUCIONARIO
En el verano de 1921[16] la dirección nacional del Partido Comunista
decidió la organización de una insurrección armada (de este episodio no se
ha hablado nunca públicamente), insurrección que comenzaría en Bilbao y
cuya fuerza de choque habíamos de ser los comunistas de la zona minera y
de la capital vasca.
En nuestro infantilismo revolucionario todo lo considerábamos posible.
Y a organizar la insurrección dedicamos nuestros esfuerzos. En las
reuniones donde se discutió la posibilidad o no de la insurrección, una sola
voz, la más sensata, la de un viejo minero, José Sánchez Rey, estuvo en
contra.
Con gran sentido político nos hizo ver que ni existían condiciones ni
nosotros teníamos la fuerza e influencia suficientes para lanzar a la clase
obrera a la insurrección armada.
—Si lo hacemos —dijo— será un suicidio colectivo de los comunistas
vascos, sin que ni el Partido ni la clase obrera ganen nada con ello. Y digo
esto, no por cobardía, pues estoy dispuesto, si el Partido lo decide, a ir el
primero a la lucha, sino porque estoy convencido de que ello será una
locura…
En el ambiente de fiebre revolucionaria y de sectarismo en que
vivíamos, las palabras de nuestro camarada fueron como un jarro de agua
fría.
Y si no reaccionamos con violencia contra él fue porque le estimábamos
profundamente por su larga historia de lucha y de fidelidad al socialismo.
Considerábamos que no tenía razón y que en él pesaba todavía demasiado
el reformismo socialdemócrata.
Volvió a visitarnos un miembro de la dirección del Partido, Eduardo
Ugarte, el mismo que había dado las instrucciones para la preparación de la
insurrección, estimulándonos en nuestro «revolucionarismo», y
asegurándonos que la orden del levantamiento llegaría de un momento a
otro.
Pero… como en el romance bien conocido de Zorrilla: «Pasó un día y
otro día, un mes y otro mes pasó», y lo que llegó no fue la orden de
insurrección, sino la orden de liquidar todos los «preparativos»
insurreccionales; de desprendernos rápidamente de los materiales
explosivos acumulados y de guardar las armas para cuando las
circunstancias impusieran su empleo.
Se nos criticó como anarquizantes, pero, en realidad, no éramos
nosotros los anarquistas, sino aquellos que en nombre de la disciplina nos
habían embalado en la preparación de la insurrección y que, desde la
dirección del Partido, contagiaban a éste de su infantilismo revolucionario,
de su estrechez sectaria[17].
Cuando Lenin escribió su famoso libro La enfermedad infantil del
«izquierdismo» en el Comunismo contra los errores de los Partidos
Comunistas, que, separados de las masas, no acertaban a elaborar una
táctica y una estrategia en consonancia con la situación existente en sus
países, parecía que nos tenía a nosotros delante.
Si había un Partido Comunista capaz de todos los sacrificios, ése era el
Partido Comunista de España. Pero junto a su capacidad de lucha y de
sacrificio se desarrollaba su sectarismo, que hacía estériles e ineficaces sus
buenas cualidades, alejándole de las masas y reduciendo su influencia a los
grupos más combativos de la clase obrera, mientras que el grueso de ésta
continuaba bajo la influencia socialista y anarquista.
HACIA LAS MASAS
En el desarrollo de la actividad del Partido una cuestión primordial era la
conquista de los Sindicatos que constituían los baluartes del Partido
Socialista.
En Vizcaya, a pesar de la tradicional influencia socialista, esto no fue al
principio tan difícil como en otras regiones por la propia agudeza de la
lucha, que enfrentaba a diario a los trabajadores con sus explotadores.
La compañía inglesa MacLenan, propietaria de las minas de plomo de
Covarón situadas en Somorrostro, en las mismas orillas del Cantábrico,
trataba a los mineros como a trabajadores coloniales[18]. Esta compañía
tenía como sistema cerrar las minas al comienzo del invierno cuando
comenzaba el período de lluvias, dejando a los obreros en la calle.
Al entrar la primavera hacía una selección. Por el cedazo de la
compañía inglesa sólo pasaban los hombres jóvenes. De cuarenta y
cincuenta años en adelante ya no eran admitidos los obreros, aunque
hubieran trabajado en la mina más de treinta años.
A los MacLenan les gustaba la carne joven; nervio y músculos, energía
y potencia.
Todo esto se agotaba muy pronto en aquellas galerías rezumando agua,
que se adentraban en el fondo del mar, o que estaban en su inmediata
proximidad. Pero a ellos ¿qué les importaba, si las mujeres continuaban
pariendo carne de mina, para sustituir a la que el duro trabajo de cada día
dejaba sin sangre y sin jugo?
Los dirigentes socialistas del Sindicato Minero habían tolerado durante
largos años esta situación. Los obreros, no. Cada año, en la misma época se
producían luchas y protestas.
En la primavera de 1921 la compañía trató de imponer sus condiciones
y sus métodos. Pero algo había cambiado. Ahora había en la organización
obrera comunistas dispuestos a no tolerar la sangrienta burla de los ingleses.
Urgía a éstos comenzar el trabajo. Tenían en cartera grandes contratos de
venta del plomo que estaba depositado en los puertos y en unos meses
podían realizar todas las existencias almacenadas.
Después… Después, venía el cierre de la mina. El hambre en las
familias mineras. La desesperación en los hogares de los trabajadores.
Los mineros, orientados por los comunistas que dirigían la sección local
del Sindicato Minero, se negaron a comenzar el trabajo. Exigían la
admisión de todos los obreros, sin selección, terminando con la
discriminación entre jóvenes y viejos. Exigían el establecimiento de un
retiro para los obreros despedidos por edad. Un aumento del salario para
todos los trabajadores. Una indemnización de 25 000 pesetas para
establecer una cooperativa de consumo.
No había ninguna fantasía en la demanda. Todo ello era posible.
El director de la compañía puso el grito en el cielo.
Pasaban los días y los obreros se mantenían firmes. Cada mañana
llamaba la campana de la mina al trabajo. Los obreros permanecían
indiferentes a esta llamada.
Apremiaba la compañía. Los obreros no cedían. Reunidos en la Casa del
Pueblo, acordaron mantener sus reivindicaciones. La compañía recurrió al
Comité Ejecutivo del Sindicato Minero dirigido por los socialistas. Una
delegación de éste se presentó ante los trabajadores congregados en una
Asamblea donde debían pronunciarse, para convencerlos de que no era
posible mantener su intransigencia.
Los argumentos de los dirigentes del Sindicato Minero para convencer a
los obreros de la necesidad de ceder eran sublevantes.
«Debéis ser prudentes —decían—, pues con vuestra intransigencia
perdéis el derecho a ulteriores consideraciones de los patronos. Y si cuando
tenéis “la sartén por el mango” (textual) llegáis hasta el fin en vuestras
exigencias, no os quejéis después, si los patronos a su vez se muestran
intransigentes».
El escándalo fue mayúsculo. Los mineros indignados rompían los
carnets del Sindicato, los arrojaban a la cara a sus «representantes». Pero no
cedieron. La compañía se vio obligada a satisfacer, de momento, la mayor
parte de las exigencias de los trabajadores.
Pocos meses después y como protesta por las condiciones en que se
realizaba el trabajo en la mina «El Hoyo», propiedad del marqués de
Urquijo y cuyas galerías estaban siempre llenas de agua bajo peligro
permanente de hundimiento, los obreros se declararon en huelga, exigiendo
fuese mejorado el servicio de seguridad y aumentados los salarios.
El contratista se negó en redondo a satisfacer las demandas de los
trabajadores. Se había aprendido «lo de la sartén» de los señores del
Sindicato y mostraba una tozudez suicida declarando que «iba a hacer
comer grava a los obreros».
Al comenzar la huelga, los trabajadores, creyendo que sus
reivindicaciones serían rápidamente satisfechas, dejaron asegurado el
servicio de bombas para que la mina no se inundase. Ante la cerril actitud
del contratista que cumplía órdenes del propietario, los obreros decidieron
retirar a los encargados de este trabajo.
Rápidamente comenzaron a inundarse las galerías. El primer día ya se
hizo imposible transitar por la más profunda, y el nivel del agua seguía
creciendo. El asunto era serio y el patrono decidió forzar la situación
respaldado por las autoridades. Se fue a la Montaña a reclutar esquiroles.
Contra estos esquiroles luchamos nosotras, las mujeres de los mineros,
yendo a echarlos del trabajo a la propia mina, de donde fuimos arrojadas a
culatazos por los forales que defendían la libertad del trabajo.
El mismo día en que la «compañía» creyó haber ganado la batalla, el
contratista de la mina cayó, para no levantarse más, bajo las balas de los
trabajadores que no estaban dispuestos a dejarse atropellar.
Comenzó la represión. Decenas de mineros, entre ellos todos los
conocidos como comunistas, fueron detenidos. Y en una larga cuerda,
atados de dos en dos, custodiados por guardias y policías, fueron
conducidos a la cárcel de Larrínaga[19].
La mina se inundó completamente, y el propietario se vio obligado a
abrir un nuevo pozo para continuar la extracción de minerales. Toda una
serie de luchas de esta naturaleza, tanto en la zona minera como en la fabril,
en las que los dirigentes socialistas o se inhibían, o no defendían los
intereses de los trabajadores hasta el fin, convenció a éstos de la necesidad
de llevar a la dirección de las organizaciones obreras a aquellos que en
todos los momentos habían luchado junto a ellos y se habían mostrado
como firmes defensores de sus derechos.
Bajo la dirección del Partido Comunista quedaron, además de
importantes organizaciones, entre ellas el Sindicato Minero, la mayor parte
de las Casas del Pueblo de la zona minera, e incluso la de Bilbao, que eran
propiedad del Sindicato Minero de Vizcaya. Pero ello no ocurrió sin una
resistencia desesperada de parte de los dirigentes socialistas.
LUCHAS FRATRICIDAS
El año 1922[20] la patronal se lanzó a fondo contra los de siempre
mezquinos salarios de los trabajadores, tanto en la zona fabril, como en la
zona minera. Los obreros metalúrgicos resistieron firmemente la ofensiva
de la «Fábrica» y lograron hacer retroceder a los patronos con una huelga
que paralizó las empresas metalúrgicas.
Los comunistas, que dirigían el Sindicato Minero —secretario de éste
era José Bullejos, al que los mineros estimábamos por su combatividad—,
preparaban a los trabajadores para resistir, luchando, la embestida patronal
contra los salarios, mientras los socialistas lanzaban la famosa consigna
«repartamos la miseria», sosteniendo la falsa teoría de que en períodos de
crisis no es posible luchar.
Organizamos un mitin en Gallarta, centro de la zona minera, en el cual
el Partido exponía su opinión, demostrando la sinrazón del ataque patronal
a los salarios de los trabajadores y lo equivocado de la posición de los
socialistas, oponiéndose a luchar en defensa de aquéllos[21].
Al terminar el mitin y cuando los oradores se dirigían a la estación del
ferrocarril, para tomar el tren, de un callejón situado en las afueras del
pueblo salió inesperadamente a su encuentro un grupo de socialistas en
actitud provocadoramente agresiva.
Entablóse una breve lucha, y en la refriega resultaron tres comunistas,
entre ellos José Bullejos, heridos de bala, un socialista muerto y otro
gravemente herido, que murió días después en el hospital minero de Triano
adonde fueron conducidos todos los heridos. Yo me salvé por tablas. Debía
ir con ellos a la estación, pero el deseo de ver un momento a mis padres
hizo que me retrasase y, para llegar a tiempo de tomar el tren, me fui por
otro camino.
Estas tristes y dolorosas luchas que enfrentaban hasta el fratricidio a los
trabajadores evidenciaban las dificultades con que tropezaban los
comunistas para abrirse paso en un terreno que los socialistas defendían, no
sólo negando a los comunistas el derecho a participar en la dirección de las
organizaciones obreras, sino oponiéndose a tiros a esta participación.
CATEQUISTAS
Después de la huelga del Hoyo, y estando mi marido en la cárcel, un buen
día se presentaron en mi casa un grupo de catequistas, dirigidas por Doña
Sebastiana Ugarte, la mujer de uno de los propietarios mineros más ricos de
Vizcaya.
Vivíamos en una casa de aldea, a la que se entraba por la cuadra. Por
una oscura y empinada escalera se subía a las habitaciones. Entretenida en
la cocina con mi pequeño Rubén, que tenía unos meses, no sentí que un
lujoso automóvil había parado en la carretera enfrente de nuestra casa.
Al sentir gente en la escalera, creí sería la policía, como lo había hecho
tantas veces, y no me movía en espera de verlos aparecer con su gesto
cínico y odioso.
Mi sorpresa no tuvo límites cuando en lugar de la policía, aparecieron
en el umbral Doña Sebastiana y sus acompañantes. Yo la conocía desde
niña, pues vivía en el pueblo donde nací, y fui condiscípula de varias de sus
hijas que asistían a la misma escuela que yo, hasta que al ser mayorcitas las
enviaban a colegios franceses, para que perdiesen el aire y los modos
pueblerinos. Pero jamás había hablado con ella. Yo era la hija de Antonio el
Artillero; ella, la señora de Agustín Iza. La distancia entre ambas,
insalvable.
Cuando yo era una simple muchacha pueblerina, para Doña Sebastiana
representaba menos que uno de sus perros o de sus gatos. Pero cuando la
muchacha pueblerina se convierte en una mujer comunista, que lucha, que
denuncia la infame explotación de que son objeto los mineros, y a la que
éstos escuchan, la señora tiene un sobresalto. Y no le importa descender
hasta nuestro tugurio agitando ante nuestra miseria los doblones de su
bolsa. Mezquino e indignante.
La saludé, mostrando mi extrañeza por su visita. Las conduje a la sala y
les rogué tomaran asiento.
—¿Qué novedad es ésta, Doña Sebastiana?
—¡Ninguna novedad, Dolores! Hemos venido a Somorrostro a visitar a
unos amigos y, aprovechando la ocasión, a saludarte, ver cómo vives y
saber si en algo te podemos ser útiles.
—¿Útiles a mí? No veo cómo pueden serlo. En cuanto a cómo vivimos,
no necesito decirlo. Uds. mismas lo ven. Aquí está nuestro palacio. Los
dormitorios sin ventanas; la cocina oscura rezumando agua; el fogón en el
suelo; la despensa vacía; el baúl sin ropa; la artesa sin pan; mi marido en la
cárcel; y yo sola con mi hijo, cosiendo cuando hay qué, para tener unos
céntimos y poder dar un poco de leche a mi Rubén. ¿Que el cuadro es
agradable? No, no es agradable y desgraciadamente no único. Es uno, pero
idéntico a todos. Ésta es nuestra vida. Hace tres meses se me murió mi hija,
mi Esther. Tuve que pedir dinero prestado para comprarle la caja. Antes lo
había pedido para pagar una medicina que de nada le sirvió. ¿Comprende
Ud., Doña Sebastiana, por qué soy comunista? ¿Comprende Ud. cuánto
dolor, cuánta amargura, cuánta desesperación hay en el corazón de las
madres que no pueden alimentar a sus hijos, que no pueden salvarlos
cuando enferman, que los ven morir porque no tienen dinero para pagar al
médico, ni comprar medicinas?
—También a nosotros se nos mueren los hijos, y yo comprendo tu dolor.
¿Te acuerdas de Genoveva? (Ésta era una hija suya, que asistió a la misma
escuela que yo y que murió tuberculosa).
—Sí, me acuerdo. Y sentí su muerte, porque era cariñosa. Pero, qué
diferencia entre su Genoveva y esa muchacha que Uds. han visto al entrar
en mi casa, sentada en el poyo de la entrada con la cabeza entre las manos,
sin fuerzas para sostenerse. También está tuberculosa. Se morirá cualquier
día en la calle, en donde pasa su vida, porque en la calle hay aire y en su
casa ni aire tiene. ¿Qué pueden hacer sus padres para retrasar el fin
inevitable? Nada. Su madre está loca de dolor. Ya ni lágrimas tiene para
llorar su pena. Y es horrible contemplar cómo se mueren los hijos, sin poder
hacer nada por evitarlo o por aliviar sus sufrimientos.
—«La vida es un valle de lágrimas y la dicha completa no es de este
mundo» —dijo una de las damas que hasta entonces había permanecido
callada.
—¿Un valle de lágrimas, dice Ud.? ¡Sí! Es un valle de lágrimas para
nosotros, para los trabajadores, para los que no tenemos más que nuestros
brazos y nuestra fuerza. Para los otros, para los que viven de explotar esa
fuerza, es un edén, un paraíso. Y como no nos resignamos a vivir en un
valle de lágrimas, luchamos por que la vida sea humana y agradable y bella
para todos.
—Pero hasta que eso sea posible —intervino Doña Sebastiana—, se
pueden resolver muchos casos personales. Por ejemplo. ¿No te gustaría a ti
tener una casa cómoda, tierra, ganado, y a tu marido bien colocado?
—Naturalmente que me gustaría. Pero eso está tan lejos de nuestras
posibilidades, que ni en sueños hemos pensado nunca en ello.
—Yo puedo hacer que eso que tú crees imposible sea una realidad para
ti.
—¿A cambio de qué, Doña Sebastiana? Porque no creo que ofrezca Ud.
nada sin condiciones.
—¿A cambio de qué? De tu propia salvación. Abandona ese camino que
has emprendido. Vuelve a la fe, y yo te ayudaré a que seas todo lo feliz que
se puede ser en este mundo.
—Agradecida por la intención; pero se ha equivocado Ud. y me ofende
con sus ofrecimientos. Si Ud. quiere ejercer su apostolado, aquí, en la casa
de al lado habita una familia con siete hijos pequeños que viven
muriéndose. Déles Ud. lo que a mí me ofrece, y crea que todos se lo
agradeceremos.
—Eso es imposible, Dolores. Yo quiero ayudarte a ti, porque te
conozco, porque conozco a tus padres, porque fuiste amiga de mis hijas.
Pero yo no puedo remediar las necesidades de todos. Mis posibilidades
también son limitadas.
—Entendido y no caben equívocos posibles. Ud. ha querido hacer
conmigo en grande, lo que a veces han conseguido hacer por una miseria
con gentes a las que la desesperación había privado de toda dignidad. Yo no
sé lo que la vida me reserva. Pero sé que el camino de la lucha por el
socialismo, que he emprendido, es el único camino que existe para
nosotros.
—¡Cómo te han envenenado!
Se levantaron las señoras.
—Antes de separarnos quiero hacerte un ruego. Ven a visitarme a
Gallarta y allí continuaremos nuestra conversación.
—Lo siento: pero no puedo prometer lo que no he de cumplir. No iré a
Gallarta porque entre nosotras todo está dicho.
—Rezaremos por ti.
—Como Uds. quieran.
Marcharon las damas catequistas. No sé si rezarían o no. Por los
resultados, creo que su dios no les hizo mucho caso[22].
SUFRÍ LOS DOLORES MÁS HONDOS
El año 1923 fue para mí no sólo el año de la instauración de la dictadura del
general Primo de Rivera y del comienzo de una brutal represión contra los
comunistas. En el año 1923 nacieron mis tres hijas, Amaya, Amagoya y
Azucena. Un parto triple, en el hogar de un minero en huelga. De una
huelga en la que, por su prolongación, habíamos agotado hasta el último
céntimo. Lo único que había en casa era pan, que el panadero nos daba a
crédito, y patatas.
De ropa para las niñas recién nacidas, la que guardaba de mis dos
primeros hijos y algunas camisitas y pañales confeccionados de ropa blanca
ya en desuso por su vejez. Necesitaba asistencia médica por lo complicado
del parto. En los anteriores, me había asistido una buena vecina y había
salido adelante como Dios nos diera a entender. Pero no tenía dinero para
pagar al doctor. A pesar de ello, me atendió, en espera de que satisficiese
sus honorarios cuando trabajase mi marido.
Estuve dieciocho días en la cama atendida por las vecinas, cada una de
las cuales apartaba de su miseria lo que podía para ayudarme: una taza de
caldo, un par de huevos, unas manzanas, una jarra de leche.
Un viejo obrero, Citores, que por su edad ya no era admitido en la mina
y que estaba obligado a mendigar, con lo recogido un día me compró dos
metros de tela blanca para pañales y media libra de chocolate. Yo no podía
rechazar su regalo a pesar de que sabía sus necesidades. No aceptarlo
hubiera sido ofenderle gravemente. ¡Así eran de generosas las gentes de las
minas! ¡Encarnación Ynoriza, Rosario Orueta, Rosario Berástegui, amigas,
compañeras de aquellos días duros, yo no os he olvidado!
De mi familia, sólo mi hermana Teresa, la que había sido niñera de
todos los hermanos pequeños —ella era la mayor— tuvo para mí atenciones
y cariño, más que de hermana, de madre. Los demás… Yo era comunista, y
tenían miedo incluso a reconocer que eran parientes míos. Murió, apenas
nacida, mi Amagoya. Con un cajón de conservas, un vecino hizo un
pequeño féretro, que mi marido llevó al hombro al cementerio. ¡Y entonces
ya se hablaba del dinero que los comunistas recibían de Moscú!
Dos años después murió mi Azucenilla, y sólo me quedaron Amaya y
Rubén, hasta 1928, en que nació mi hija Eva, que sólo estuvo conmigo dos
meses. Fue enterrada en un rincón del cementerio de Somorrostro, al lado
de Amagoya y de Azucena y cerca de Esther, que les había precedido en el
camino. Era angustioso para mí pasar cerca del cementerio donde estaban
enterradas mis hijas. Se me arrancaba el alma y, sin embargo, debía pasar
cada día para llevar la comida a mi marido a la mina. Estoy escribiendo y
estoy llorando al evocar todo el dolor de nuestra vida.
Es difícil medir las penas que caben en el corazón de una madre y la
capacidad de resistencia al dolor que hay en cada corazón maternal.
EN CADA CASA UNA PENA. EN CADA FAMILIA UN
DOLOR
Continuaba la vida y continuaba la lucha. Como en los primeros años de
propaganda socialista, contra los comunistas se volcaba el odio mísero,
mezquino, que unía en su animalidad a los patronos, las autoridades y la
Iglesia, llegando hasta los socialistas a quienes su colaboración con la
dictadura privaba de todo sentido de clase.
Había en nuestro pueblo un sacerdote que nos mostraba su antipatía de
todas las formas posibles.
A pesar de ser un hombre nacido allí, nos desconocía, y procuraba no
tropezar con nosotros, ni siquiera en el camino. Especialmente a mí, me
distinguía con una hostilidad que no disimulaba, hasta que un día…
Habitaba en nuestro mismo barrio una viuda que vivía de la soldada que
ganaban sus hijas como muchachas de servicio en la capital y de un pedazo
de tierra comunal, que habían roturado, de la que cogían patatas y judías
para mantenerse durante los meses de invierno y de primavera, que eran los
más difíciles.
Enfermó gravemente una de sus hijas, muchacha bellísima, en la casa
donde prestaba sus servicios. Sin ninguna consideración la echaron a la
calle. Volvió al pueblo y, al reconocerla, el médico diagnosticó sin
apelación:
—Un caso perdido. Tisis galopante. —La madre se derrumbó
anonadada. ¿Cómo es posible?
Hubo una consulta con otros doctores y la conclusión fue idéntica. No
había más que resignarse y cuidar y atender a la enferma hasta que llegase
lo irremediable. ¡Cuidarla! ¿Con qué?
La madre creyó que por su condición de católica, por su mansedumbre
que la hacía en todo momento colocarse al lado de los ricos y frente a los
trabajadores cuando éstos defendían sus derechos, no le faltaría la
«caridad».
Pero la «caridad» era sorda y ciega cuando no había un objetivo político
por medio, especialmente elecciones, en cuyo período se regalaban
colchones, bonos para leche y equipos para recién nacidos, se ofrecían
recomendaciones para entrar en la «Fábrica», se hacía un derroche de
medios para quebrar voluntades y conquistar votos.
Ahora era una enferma. ¡Enfermedades hay tantas, señor, que no es
posible atender a todos los enfermos! Por la poca simpatía con que esta
mujer era vista en el barrio y por el carácter contagioso de la enfermedad de
su hija, ningún vecino visitaba su casa.
Un día nos encontramos en el lavadero y le pregunté por el estado de la
enferma. Se echó a llorar… «¡Qué desgracia es ser pobre. Dios mío! Nadie
se acuerda de uno y nos dejan morir como a perros, sin tendernos una
mano», dijo sollozando.
A la punta de la lengua se me venían los reproches que merecía su
espíritu servil. No quise ofenderla en la hora de la desgracia diciéndole todo
lo que se merecía y lo que toda la barriada pensaba de ella y de su familia.
Era una mujer del pueblo, y si no la ayudábamos nosotros, nadie le
ayudaría.
Aquella noche, después de acostar a mis hijos, fui a su casa.
—Vengo —le dije— a cuidar esta noche a Rosa —así se llamaba la
enferma— para que Ud. descanse.
—¿Ud. sabe cuál es la enfermedad de mi hija?
—¡Lo sé!
—¿Y no tiene miedo al contagio?
—No, no tengo miedo. ¿En qué familia obrera no hay un enfermo de
tuberculosis?
Viéndome dispuesta a quedarme, me dijo los cuidados que necesitaba la
enferma y se acostó.
Pasé la noche sentada al pie de la cama, y al amanecer me fui a preparar
el desayuno para mi familia.
Dormí un poco por la tarde y de nuevo volví a atender a la enferma
cuyo fin era inminente.
Transcurrió la noche con las mismas inquietudes que la anterior y a la
mañana me retiré.
Como en los pueblos no hay nada secreto, la noticia de que yo había
estado dos noches velando a la enferma, una muchacha católica a la que le
habían sido ya administrados los últimos sacramentos, se extendió
rápidamente y produjo un escándalo en la «buena sociedad» pueblerina.
—¿Cómo es posible —se decía— tolerar que Pasionaria sea la única
que acompañe a la hija de la Bornia a la hora de la muerte?
Y decidieron…
A la tercera noche que yo acompañaba a la enferma, se presentó el cura
párroco en la habitación. No me moví. Respondí a su breve saludo y esperé.
Sentose enfrente de mí. Y así pasamos toda la noche, sin hablar una
palabra, levantándonos al mismo tiempo cuando la enferma se quejaba o
pedía algo.
Al amanecer me levanté, le saludé y me fui. Él salió tras de mí,
dirigiéndose a la iglesia a decir la primera misa de la mañana. Desde ese
momento era claro lo que había constituido por mi parte un gesto natural,
de ayuda a una familia en desgracia, los «otros» lo convertían en un motivo
político. Pero no retrocedí. Y aunque seguir yendo por las noches a velar a
la enferma representaba un sacrificio, porque tenía que atender a mi marido
y a mis hijos, sin apenas dormir, decidí llevarlo hasta el fin.
A la noche siguiente, volvió el párroco encontrándose conmigo a la
cabecera de la enferma. Estaba más humano. Su tiesura había desaparecido.
Saludó más afable y se sentó. Inició una conversación breve. Sobre el
tiempo, sobre la cosecha. El hielo se había roto…
Y así continuamos cada noche hasta que murió la enferma. Después de
esto, algo cambió en la mentalidad de la familia y de los amigos de la joven
fallecida hacia los comunistas. Y algo nuevo había también en la actitud del
párroco y de todos sus familiares.
Ya no pasaba a otra acera cuando encontraba en la calle a los
comunistas. Habíamos entrado, aunque a contrapelo, en su estimación. Nos
saludaba afablemente y a veces entablaba conversaciones sobre cosas
intrascendentes, si debíamos hacer juntos un trozo de camino. Las aristas de
su fanatismo no eran tan agudas.
Sus ideas sobre la moral, que le llevaban a considerar pecaminoso todo
lo que se diferenciase de la rigidez claustral, o quizá su temor a ser o
parecer como los demás hombres, fueron causa de su muerte. Amaba la
natación. Mas en lugar de ir a la playa pública prefería bañarse al pie de un
peligroso acantilado, próximo a las minas.
Una mañana, cuando se disponía a lanzarse al agua en aquel lugar
solitario, resbaló y cayó entre las rocas rompiéndose una pierna, quedando
inmovilizado entre dos peñascos bañados por el mar, corriendo el riesgo de
ahogarse a la hora de la pleamar que cubría aquellos lugares. Un obrero que
pasó por allí largo rato después, vio a un hombre con traje de baño que se
quejaba blandamente y se acercó. Con asombro vio que era el párroco.
Quiso ayudarle. Ante la imposibilidad de sacarle de allí con sus propias
fuerzas, corrió a la mina a buscar refuerzos y entre varios trabajadores le
arrancaron de la mortal prisión y en una camilla fue trasladado rápidamente
al hospital en donde ingresó en gravísimo estado, falleciendo pocos días
después como resultado de una gangrena gaseosa.
De su familia recibí un recordatorio, con su fotografía, acompañado de
unos renglones en los que una de sus hermanas me decía que me enviaba el
recordatorio de la muerte de su hermano con la esperanza de que no lo
rechazase. No lo rechacé. Lo guardé en un cajón de la cómoda. Pasaron
varios meses. Mi marido con un grupo de camaradas había sido detenido en
una reunión del Comité Provincial en la capital de Vizcaya, y por la noche
llegó una brigada de la policía social a hacer un registro en nuestra casa. El
único documento comprometedor que hallaron fue el recordatorio de la
muerte de Don Salvador Leturio, dirigido a mi nombre, para que no
cupiesen dudas.
El asombro policíaco no tenía límites. ¿Cómo es posible? —decían—.
Pero ¿a Ud. le han mandado este recordatorio?…
—Yo no tengo que darles a Uds. explicaciones. Y de cualquier manera a
Uds. les importa muy poco que me lo hayan enviado a mí o al moro Muza.
—No es extraño —dijo el que aparecía como jefe—. Los extremos se
tocan. Curas y comunistas.
—Eso es una canallada —le respondí.
—Si no guarda Ud. la lengua —salió al paso un agente—, nos veremos
obligados a llevarla a hacer compañía a sus amigos.
—Pueden Uds. llevarme adonde quieran; al fin y al cabo ése es su
oficio.
Me miró queriendo fulminarme.
Sin preocuparme de ellos comencé a poner las cosas en orden.
Terminada la operación se largaron, profiriendo toda clase de amenazas y
comentando irónicamente el hallazgo del recordatorio.
¿Cómo podía caber en la cabeza de aquellos cretinos, capaces de todas
las turbiedades, cuál era el origen del recordatorio de la muerte de un
sacerdote, hallado en casa de un comunista?
SOBRESALTO
Una nueva detención de mi marido, cuando apenas había comenzado a
trabajar, me tenía rabiosa y desesperada. Apenas empezábamos a levantar
cabeza cuando de nuevo comenzaban las privaciones, las carencias, los días
negros. Sobre mí recaía el peso de la casa, de la familia, del reparto de
periódicos, de la relación con los camaradas, de la atención a la cárcel.
Asistía a las reuniones del Partido, no sólo a las locales, sino a las
provinciales, como delegada de la zona minera, y cumplía las misiones que
se me encomendaban, no siempre fáciles y casi siempre arriesgadas por
nuestro infantilismo revolucionario; traslado de armas o de dinamita,
reparto de propaganda ilegal, ocultación de camaradas perseguidos.
A veces debía llevar conmigo a las reuniones a mis hijos pequeños,
porque no tenía con quien dejarlos. A veces los hacía dormir y salía
silenciosamente de casa para que no se diesen cuenta de mi ausencia.
Una noche que celebrábamos una reunión en la Casa del Pueblo
clausurada por las autoridades, pero de la que yo tenía las llaves, llevé
conmigo a mi Rubén que entonces tenía unos seis años.
Nos reunimos en una habitación próxima al escenario, y dejé a Rubén
en el salón apenas alumbrado por una pequeña bombilla.
Durante cierto tiempo le sentí andar de un lado para otro. Después de un
rato no le oí y creí se había dormido sobre algún banco.
Al terminar la reunión fui a recoger a mi hijo y no estaba allí. Pensé que
habría ido a casa y sentí una gran inquietud porque el camino embarrado
por las lluvias era peligroso, pues había que atravesar un regato que iba
muy crecido.
Corrí desolada. Entré en la habitación de mis hijos y Rubén no estaba
allí. Me aterré. Era media noche. ¿Dónde buscarle? Llamé en casa de todos
los vecinos. Nadie le había visto. Los más amigos se vistieron y vinieron a
ayudarnos. Le llamábamos por los campos y las estradas donde podía
haberse caído; registrábamos los setos donde podía haberse acurrucado
temeroso de la oscuridad. Rubén no estaba. Rubén no contestaba.
—¡Rubén! ¡Rubén! —llamaba acongojada. Y en el silencio de la noche
mi voz húmeda de llanto era una voz sin eco, en la noche lluviosa y oscura.
Alguien sugirió: vamos a la Casa del Pueblo. Es posible que se haya
caído al foso y no pueda salir, o quizás se haya quedado dormido en algún
rincón.
Fuimos a la Casa del Pueblo. Bajamos al foso, y Rubén no estaba. No
dejamos rincón ni armario por registrar. A derecha e izquierda de la entrada
del Centro Obrero había una especie de graderío, donde los oyentes y
espectadores solían sentarse en los días de mítines o de fiestas. Eran
bastante altas las gradas y entre una y otra quedaba un espacio para colocar
los pies sin molestar a los que estaban más abajo.
Un camarada subió a las gradas por una escalera lateral alumbrándose
con un candil de carburo y una breve exclamación rompió la tensión a que
todos, y especialmente yo, estábamos sometidos.
—¡Aquí está! —gritó con alegría. Allí estaba Rubén, tendido entre dos
gradas y dormido como un tronco.
Le levanté y con la alegría me parecía más ligero que una pluma. Pero
me engañaban mis fuerzas. Después del sobresalto apenas podía tenerme en
pie. Un camarada me lo quitó de los brazos y echándoselo al hombro nos
fuimos hacia casa. Era muy tarde y los camaradas marcharon rápidamente,
pues debían entrar a trabajar temprano, y el nuevo día había ya comenzado.
UNA VISITA AL GOBERNADOR
Desde el año 1917 hasta 1931 me tocó varias veces estar sola con mis hijos,
pues en las diferentes redadas policíacas por distintos motivos era detenido
mi marido, casi siempre con los mismos camaradas: Leandro Carro, Daniel
Ibáñez, Leopoldo Fernández, Pedro Aldama, los hermanos Airarás,
Ambrosio y Luis, cuyas mujeres sufrían lo mismo que yo y cada una en las
diferentes condiciones en que se desarrollaba nuestra vida[23].
En 1927, y en una de las visitas a la cárcel de Larrínaga donde estaban
presos nuestros hombres, hartas ya de ver a nuestros maridos tras las rejas,
nos reunimos las mujeres y familiares de los encarcelados y acordamos que,
si durante la semana no eran puestos en libertad, y ello entraba en lo
posible, pues eran detenidos gubernativos, el próximo domingo
realizaríamos una demostración de protesta.
Pensábamos echamos sobre las vías de los tranvías, para que todo el
pueblo conociese nuestra situación y el atropello que se cometía con
nuestros hombres, detenidos sin proceso, detención que podía prolongarse
hasta que al Poncio que gobernaba Vizcaya le diese la humorada de
ponerlos en libertad.
Todas las mujeres estuvieron de acuerdo. Pero aunque nuestros maridos
no fueron libertados, sólo acudieron a la cárcel el domingo señalado,
Ramona Arrarás con sus hijos, Esther Arrieta con los suyos, la anciana
madre del Camarada Casado y yo, con mi Rubén y con Amaya.
A pesar de todo estábamos dispuestas a arrojarnos a la vía del tranvía, y
marchamos a la cárcel, con la decisión de dar la gran campanada.
Nuestros hijos sabían adónde íbamos. Rubén tenía siete años y Amaya,
cuatro. Los de Esther eran de una edad aproximada y los de Ramona un
poco mayores. Iban serios y agarrados a nosotras, resueltos a hacer lo que
nosotras hiciésemos aunque, como nos confesaron después, con un gran
temor de que los tranvías pudieran matarnos.
Antes de llegar al lugar señalado, un grupo de camaradas de la Juventud
Comunista nos salió al encuentro y nos aconsejó, de parte del Comité
Provincial, que desistiéramos de nuestros propósitos.
Lo hicimos así y decidimos ir a visitar al Gobernador y a exigir la
libertad de nuestros familiares. Nos acompañó un nutrido grupo de mujeres
comunistas y penetramos en el Gobierno Civil, ante la sorpresa de los
guardias que guardaban el edificio y que no sabían qué actitud adoptar.
Cuando quisieron reaccionar, nosotras, con todos nuestros hijos, las
cestas de la comida y los macutos con la ropa de la cárcel, ya estábamos en
la antesala del despacho del Gobernador.
Ante nuestras voces salió un secretario a enterarse de lo que ocurría. Y
hay que reconocer que nos trató con gran respeto, incluso con bondad. Nos
hizo sentar y nos rogó que nombrásemos una comisión, puesto que a todas
no nos iba a recibir el Gobernador y que él nos ayudaría para que nos
recibiese rápidamente.
Las mujeres nos eligieron a Ramona Arrarás, a Esther Arrieta y a mí.
Advertí a mis compañeras que fuesen firmes y que no lloriqueasen. Que no
íbamos a pedir ni limosna ni favores.
Estuvieron de acuerdo. A los pocos minutos nos hicieron pasar a
presencia del Gobernador, que nos recibió en pie, recostado
displicentemente sobre la mesa escritorio como en advertencia de que la
visita debería ser breve.
—¿Qué desean? —preguntó con marcado acento andaluz.
—Una cosa muy sencilla. Hace varios meses que están detenidos
nuestros maridos. No se les ha procesado, lo que significa que no han
cometido ningún delito y pedimos sean puestos en libertad.
—Es una manera muy original la que tienen Uds. de dirigirse a las
autoridades. Vienen aquí sin que nadie les haya autorizado y traen además
los niños.
—Para pedir justicia no necesitamos permiso de nadie. Nos tomamos
nosotras esa autorización. Y si no quiere escucharnos aquí, nos oirá en la
calle.
El Gobernador nos miraba como a bichos raros, sin saber qué decir. Al
fin comenzó a hablar, afirmando que nuestros maridos habían sido
detenidos en una reunión ilegal y se les había encontrado propaganda
subversiva. Que estaban a disposición de la Dirección General de Seguridad
y que podíamos dirigirnos allá.
—Entonces, ¿para qué está Ud. aquí? —le objeté—. Resulta que para
detener basta una orden suya. En cambio para liberar a los detenidos se
necesita una orden de la Dirección General de Seguridad. O sobra el uno o
la otra.
—Son Uds. muy atrevidas.
—¿Atrevidas? Si viviese Ud. como vivimos nosotras, también seria
atrevido.
Empezó entonces a tratar de convencernos de lo malo que era el
comunismo, de lo mal que se vivía en Rusia. Sus argumentos eran tan
estúpidos que en dos palabras se los desmontamos.
—Concretamente, señor Gobernador, ¿qué podemos esperar de Ud.?
—Yo no puedo hacer nada, repito. Trasladaré su «exigencia» —remarcó
— a la Dirección General de Seguridad y allí decidirán.
—Vámonos —dije a mis compañeras—. Ya sabéis lo que tenemos que
hacer. Vamos a gritar hasta que nos oigan las piedras a ver si el Gobernador
puede o no puede hacer nada.
Salimos del Gobierno Civil protestando de la actitud del Gobernador, y
mentando a todos sus parientes.
Al día siguiente se encontró el Gobernador con un amigo nuestro, a
quien dijo:
—¡Pepillo de mi alma! En qué lío me han metido. Ayer han estado a
visitarme una mujeres de mineros y estoy asustado. Si ellas son así, ¿cómo
serán ellos?
SE APROXIMA EL FIN DE LA DICTADURA
Los distintos acontecimientos que se sucedían en el país evidenciaban que
el fin de la dictadura estaba próximo, a pesar del apoyo que para el dictador
representaba la colaboración del Partido Socialista.
La oposición al régimen dictatorial comenzaba a tomar cuerpo, tanto
entre las fuerzas políticas como en el Ejército.
Los estudiantes participaban activamente en esta lucha. Grupos
republicanos, por iniciativa de los catedráticos Martí Jara y Don José Giral,
constituyeron la Alianza Republicana en la que ingresaron muchos
intelectuales que después del derrocamiento de la Monarquía ocuparon
puestos destacados en la dirección del país.
Se conspiraba contra la dictadura y en la conspiración participaban
desde el general Aguilera, número uno de la escala de tenientes generales,
hasta Romanones, Melquíades Álvarez, Lerroux y otros que habían
prometido su ayuda a los conspiradores. La Confederación Nacional del
Trabajo ofreció su colaboración, mientras que el Partido socialista se negó a
participar en el movimiento llamado de la sanjuanada y que fracasó porque
muchos de los que habían prometido su ayuda la retiraron a la hora de la
acción.
Al ser convocada por la dictadura de Primo de Rivera la Asamblea
Consultiva en el año 1927, el Partido Comunista declaró la huelga general
en Vizcaya.
En la zona minera esto fue fácil de realizar, pero no así en la capital,
donde los socialistas, que estaban comprometidos en la colaboración con la
dictadura, se oponían.
Dejé a mis hijos en casa de una vieja camarada y, en el primer tren de la
mañana, me fui a Bilbao. Con un grupo de mujeres comunistas recorrimos
fábricas y talleres, llamando a los trabajadores a protestar y a declarar la
huelga, lo que en muchos casos conseguimos, a pesar de que la policía nos
iba pisando los talones, y de los insultos y denuncias de los socialistas.
UNA DELEGACIÓN FRUSTRADA
En el año 1928 se celebró el III Congreso del Partido, para el que fui
nombrada delegada, junto con el camarada Carro, en representación de
Vizcaya[24].
El Congreso había de reunirse en Francia, ya que en España era
materialmente imposible celebrarlo debido a la persecución sistemática de
que era objeto el Partido por parte de la dictadura primorriverista.
En vísperas del Congreso fueron concentrándose en Irún los delegados
que llegaban de distintos lugares de España y allá fuimos el camarada
Leandro Carro y yo. Al llegar al punto de la cita, ya bien entrada la noche,
pues había que pasar ilegalmente la frontera y esto sólo podía hacerse de
noche, se nos acercó el guía encargado de conducirnos a través de los
Pirineos y rogó al camarada Carro que volviese a buscar al grupo de
delegados que se rezagaba, mientras a mí me señalaba el camino a seguir
para reunirme con el resto de la delegación que había llegado puntualmente.
Era bastante difícil orientarse de noche y en terreno desconocido.
Siguiendo las instrucciones del guía llegué a un bosque donde hallé el
grupo de camaradas que estaban bastante nerviosos.
No habrían transcurrido diez minutos, cuando llegó el guía a
aconsejarnos que nos marchásemos inmediatamente de allí, pues la policía
y los carabineros habían detenido al grupo que quedaba en Irún con los
documentos de la delegación.
La situación era más que desagradable. No podíamos asistir al
Congreso. Sin documentación, sin dinero y sin guía, era imposible atravesar
los Pirineos y llegar a París.
Aguardamos hasta bien entrada la media noche, adentrándonos en el
bosque, y, por fin, decidimos volver a Irún, cada uno por nuestros medios;
ponernos en relación con los camaradas de San Sebastián, que eran los que
habían organizado el paso, y ver si había otras posibilidades de atravesar la
frontera.
Me acompañó un camarada asturiano y llegamos a un modesto hotel
donde descansamos hasta que fue de día. Mi acompañante marchó a San
Sebastián y se entrevistó con Jesús Larrañaga, el cual le aconsejó que
volviese a buscarme rápidamente, pues ya habían organizado mi viaje de
retorno a Bilbao, ante la imposibilidad de pasar la frontera después de la
detención de los camaradas.
CONFERENCIA DE PAMPLONA
En 1930 fue convocada por el Partido la Conferencia de Pamplona. Aunque
fue así llamada, esta Conferencia se celebró en Bilbao en las condiciones de
la más estricta clandestinidad. Asistí a ella, como miembro del Comité
Provincial de Vizcaya.
En aquella Conferencia se discutió la táctica a seguir en el período
inmediato, que se anunciaba tormentoso, y se fijaba la línea para el
desarrollo de la lucha por la revolución democrática.
Se reforzó la dirección del Partido con nuevos camaradas. Yo fui
elegida, entre otros, miembro del Comité Central. En el transcurso de la
Conferencia, se discutió y se condenó la actividad fraccional del grupo de
catalanes, los que más tarde habían de constituir el llamado Bloque Obrero
y Campesino de inspiración trotskista[25].
En la campaña de propaganda realizada por el Partido Comunista en las
elecciones que condujeron al derrumbamiento de la Monarquía, participé
por primera vez en actos públicos, no sin una gran resistencia de mi parte,
ya que me parecía y sigue pareciéndome enormemente difícil, y de una gran
responsabilidad, hablar a las masas, a pesar de las veces que por las
necesidades de la lucha he estado obligada a intervenir, en nombre del
Partido Comunista, en mítines, reuniones y conferencias.
Desde niña tuve una gran afición a asistir a los mítines y reuniones
públicas, y como entonces la lucha de los mineros era muy intensa, la vida
política también lo era. Y con frecuencia se celebraban mítines y
conferencias de todos los colores, a los que asistíamos en bandadas los
chiquillos del pueblo, especialmente cuando los mítines se daban en la
plaza pública o en el Frontón.
Yo no perdía uno. Y me bebía materialmente lo que decían los oradores,
fuesen socialistas o carlistas, aunque no comprendiese totalmente el
objetivo político del acto. Pero la música del idioma, la palabra sonora, la
crítica aguda, el apostrofe violento, la frase sarcástica o la hiriente ironía,
me entusiasmaban y después contaba en casa lo que había oído y me había
producido mayor impresión.
Los nombres de los socialistas Facundo Perezagua, Indalecio Prieto; de
la republicana Belén Sárraga, y, en el polo opuesto, de los carlistas Víctor
Pradera y Vázquez Mella, van unidos a mis primeras inconscientes
emociones políticas infantiles.
A los primeros, escuché en distintas ocasiones: a Belén Sárraga, un 11
de Febrero, aniversario de la primera República; a Víctor Pradera y
Vázquez Mella, en una jira carlista, allá por 1904 o 1905, en la falda del
Montaño, en conmemoración de la batalla de Somorrostro en la última
guerra carlista, a cuya jira asistió la plana mayor del carlismo, ya
transformado en jaimismo, y el propio Don Jaime, pretendiente entonces a
la corona de España.
Andando el tiempo, ocasión tuve de escuchar a otros que tenían fama de
grandes oradores, que me producían una penosa impresión, por su
charlatanería, su histrionismo, su falta de naturalidad y ausencia de
contenido de sus discursos.
Ahora era yo, como comunista, quien debía intervenir en la tribuna, y
sentía un enorme desasosiego cada vez que debía hacerlo, prefiriendo
siempre, en la medida de lo posible, que fuesen otros camaradas los que
hablasen, y a los que me gustaba escuchar y que no se salvaban de mis
amistosas críticas, como yo tampoco me salvaba de las suyas.
DERROCAMIENTO DE LA MONARQUÍA
El 14 de Abril de 1931, como resultado de las elecciones municipales
celebradas el 12 del mismo mes, en las cuales la mayoría de los españoles
se pronunció contra la Monarquía, el rey y la familia real fueron obligados a
abandonar el país y se proclamó la República[26].
Con el derrocamiento de la Monarquía era desplazado de la dirección
política del país el bloque oligárquico (aristocracia latifundista y capital
financiero) que desde la restauración monárquica en 1874 venía ejerciendo
esta dirección. En su lugar se colocó un gobierno republicano-socialista.
Parecía que en la vida de España se abría un nuevo período de progreso
y de amplio desarrollo de la democracia. Las ilusiones de aquellos días de
euforia republicano-socialista fueron rápidamente agostadas por el soplo
helado del conservadurismo de las nuevas fuerzas llegadas a la dirección
del país. Sobre todo nosotros, comunistas, pudimos rápidamente comprobar
cuán poco se diferenciaban unos de otros gobernantes.
El 1.º de Mayo de 1931 organizamos un mitin en el Teatro de los
Campos Elíseos de Bilbao para celebrar la Jornada Internacional de los
Trabajadores.
Al terminar el mitin y tratar de organizar una manifestación, nos
encontramos con las salidas de la calle donde se hallaba situado el teatro
cerradas por destacamentos de guardias de Seguridad.
Cuando intentamos avanzar, los guardias se lanzaron sobre nosotros
golpeándonos con sus sables y pisoteándonos con sus caballos. La reacción
fue inmediata. Y a pedradas y ladrillazos fue rechazado el ataque de los
guardias que habían dejado tendidos en la calle, heridos y contusionados, a
decenas de trabajadores. Cogí una bandera y, acompañada de un numeroso
grupo de camaradas, recorrimos las calles de la capital, protestando del
inicuo atropello y de la violencia con que inauguraba su política
democrática el Gobierno republicano-socialista.
Éste era un pequeño incidente, local, pero bien significativo de lo que el
pueblo, y especialmente la clase obrera, esperaban de los nuevos
gobernantes.
A pesar de todo, la instauración de la República abría nuevos caminos al
desarrollo de la democracia. Y es posible que sin la colaboración de los
socialistas en los gobiernos republicanos esto hubiera podido realizarse
ampliamente.
Fuera del Gobierno, y en la alianza con comunistas y cenetistas, el
Partido Socialista hubiera podido ser, en el desarrollo de la revolución
democrática, el estimulante de las fuerzas democráticas y, aun quizás, el
centro aglutinador de las fuerzas obreras para la constitución de un solo
partido de la clase obrera, sobre una base marxista, con un programa
revolucionario que diese solución a los problemas de la revolución
democrática que se desarrollaba en España.
En los gobiernos de la República, el Partido Socialista no era un factor
de avances revolucionarios, sino un freno para el desarrollo de la
democracia.
El Partido Socialista marchó por el camino de una colaboración en la
que cada día se desdibujaba más su personalidad como Partido de la clase
obrera, apareciendo como cómplice y responsable de una política
antipopular, que restó a la República el apoyo de las masas, sin sumarle la
adhesión de la gran burguesía, objetivo al que tendían en su política y en su
actitud los gobernantes republicanos y socialistas.
En aquellos primeros días de entusiasmo popular, de enardecimiento, de
ímpetu revolucionario de las masas y de cobardía y de miedo de las clases
que hasta entonces habían tenido en sus manos los destinos de España,
fueron posibles todas las transformaciones revolucionarias democráticas.
Mas los hombres que formaban en el Gobierno provisional, y los que
más tarde constituyeron los distintos gobiernos republicano-socialistas, no
fueron capaces de realizar el cambio que España necesitaba.
En la historia de España nunca hasta entonces hubo una situación más
propicia para hacer ganar al pueblo el espacio que le separaba de los países
avanzados. Jamás la conciencia popular había palpitado con más fuerza; en
ningún momento la decisión de liquidar un pasado de esclavitud surgió en
el alma de las masas con mayor ímpetu. La voluntad de éstas era una brasa
viva, en cuyo fuego ardía el deseo de terminar con la miseria, con el atraso,
con la ignorancia.
Los hombres que dirigían los destinos de España, que fueron elevados
al Poder por la decisión unánime del pueblo, volviéndose de espaldas a éste,
gobernaron de cara a las clases privilegiadas.
La tarea más urgente de la revolución democrática española consistía en
cambiar el régimen de propiedad de la tierra basado en el latifundio;
arrancar de las manos de los aristócratas la tierra que mantenían
improductiva, haciendo de ella no un instrumento de renta, sino un
instrumento de trabajo; acabar con el hambre de tierra de los campesinos;
terminar con su miseria, con su atraso de siglos, incorporándolos a la lucha
activa por la creación de una nueva España; significaba conquistar para la
democracia y el progreso millones de gentes que hasta entonces habían
vivido bajo la influencia degradante de los grandes señores y de los
caciques de los pueblos.
Porque España no era la burocracia servil y aduladora que inclinaba el
espinazo ante los nuevos jefes políticos republicanos. España, en lo
fundamental, eran los obreros, los campesinos, los intelectuales, la clase
media.
Los cimientos de España estaban en las fábricas, en el campo, en los
millares de pueblos campesinos agrupados en torno a los campanarios y
sometidos y oprimidos por el cura y el cacique, al servicio del gran
propietario.
Se olvidó esto y se dejaron intactas las raíces del viejo régimen, que se
extendían en tupida maraña por todo el país.
Y pasaron los días. Pasaron los meses y pasaron los primeros años. En
la República de Trabajadores de todas clases, «los obreros no comían, y en
muchos pueblos de Andalucía y Extremadura, los campesinos se
alimentaban con raíces silvestres», como denunció la diputada Margarita
Nelken en el Congreso.
El régimen de propiedad de la tierra continuaba basándose en el
latifundio. Un puñado de ricos propietarios, poseyendo decenas de millares
de hectáreas de tierras, cultivadas unas, sin cultivar las más, y millones de
campesinos, arrastrando hambre y miseria de siglos, sin un palmo de tierra
donde posar los pies, o con un pedazo de tierra tan pequeño, que sus
cosechas eran hambre y trabajo para sus dueños.
En un libro publicado por Cristóbal de Castro, en el año 1931, y titulado
Al servicio de los campesinos, se dan cifras estadísticas en las cuales se
refleja, de manera viva, la trágica situación del agro español.
En este libro se dice que según la Memoria de la Dirección General de
Propiedades, publicada en 1930 sobre lo catastrado hasta 1928, la relación
entre las tierras cultivadas y las incultas es:
… «Provincias como Ciudad Real, que tiene cultivadas 894 000 hectáreas, e incultas
1 022 000. Granada, 588 000 cultivadas, e incultas 605 000. Valencia, que sonando como
modelo de cultivo, tiene 172 000 cultivadas y ¡327 000 incultas!»…
«En un extensión total de 50 millones de hectáreas existen 31 millones sin cultivar…».
«Resulta que en el continente europeo no queda más nación con latifundios que la
nuestra».
«Que de todos los países de Europa, únicamente España mantiene ese inhumano régimen
agrario. Que únicamente en nuestro país se toleran ya las grandes propiedades incultas».
«Que solamente España ofrece el trágico espectáculo de los pueblos de “señoríos”
pertenecientes en todo su término a un solo hombre, y de los pueblos emigrantes, que, con
todos sus vecinos, se expatrian porque ese solo hombre los desahucia de sus tierras»…
A los dos años de República de Trabajadores continuaban existiendo en
España «millones de seres humanos que habitan chozas y cabañas, cuevas y
silos, en promiscuidad con las bestias; que comen alimentos corruptos y
beben aguas infectadas; que ignoran lo que sea higiene, cultura, hospitales,
ferrocarriles, libros, periódicos y teatros».
En vísperas de la República, y aun después de proclamada ésta, vivían
en España los campesinos en algunas regiones agrarias en idénticas
condiciones a las de los siervos en la Edad Media.
Un ejemplo característico, dado por el citado Cristóbal de Castro en su
libro sobre el problema agrario en España, es el siguiente, elocuente y
trágico, y no el único, en la España aristocrática y señorial.
«A 17 kilómetros de Zaragoza hay un pueblo de “señorío”, Sobradiel, que pertenece por
entero a un señor conde, de igual título».
«En pleno siglo XX —nos dicen los campesinos de aquel lugar—, este pueblo es un feudo
donde la vida se hace imposible para nosotros, los pobres esclavos del terreno que sufrimos la
más implacable tiranía del condado del mismo nombre».
«Para comprobar su afirmación, estos hombres mencionan algunas de las cláusulas de
arrendamiento. Son tan inhumanas, tan monstruosas, que cree uno estar leyendo ciertas
páginas de Pablo Luis Courier sobre el feudalismo rural. Amén de la renta elevadísima por
cada predio, pagan los infelices anualmente 800 y más pesetas de alquiler por sus casuchas
miserables. Con la obligación —añaden— de contribuir por nuestra cuenta al entretenimiento
de dichos edificios a pesar de que esos alquileres superan en mucho a los de su clase en
Zaragoza. Item. Las hierbas de los campos serán propiedad de los arrendadores
considerándose como hierba la hoja de la remolacha».
«Item. Los arrendatarios pagarán el deshoje y la limpieza de los riegos».
«Item. No podrán subarrendar la finca».
«Item. Se les prohíbe tener tiendas, cafés u otros establecimientos».
«Item. También se les prohíbe tener conejos, ni aun en el corral, ni ganado de recría, sin el
permiso del señor».
«Item. Los propietarios tienen la facultad de despedir a los arrendatarios por razones de
moralidad pública o privada, por falta de religiosidad, por insubordinación o falta de respeto a
ellos, a su familia o a sus relaciones».
«Razones, aclara el contrato, que se apreciarán libremente por los propietarios, cuya
estimación de ahora para entonces acepta el arrendatario»…
Ésta era la España latifundista y feudal, que la República encontró el 14
de Abril y que no se esforzó en transformar, la España que continuó
existiendo hasta que en el desarrollo de la guerra nacional-revolucionaria
fue cambiada por la acción de los obreros y de los campesinos.
En los primeros meses después de proclamada la República se hicieron
varios proyectos de reforma agraria.
El primero, que sin ser completo, era un tanto avanzado, fue desechado
por el Gobierno por parecerle demasiado radical. Y con él, como con los
presentados más tarde, no se pretendía impulsar y desarrollar la revolución
democrática, sino evitarla. No se trataba de destruir el régimen existente de
propiedad de la tierra, sino de distraer la atención de los campesinos de lo
fundamental.
El problema agrario no era una cosa particular y especial de una región
o de una provincia. Era la médula de la revolución democrática en España,
que no estaban dispuestos a realizar, más que en grado mínimo, los
gobernantes republicanos.
El jefe del Gobierno, Manuel Azaña, refiriéndose al problema agrario y
a las ansias de los campesinos de poseer la tierra, hizo, apenas proclamada
la república, unas declaraciones a un periodista inglés, representante de la
«London General Press», en las cuales, al mismo tiempo que tranquilizaba a
los grandes propietarios sobre el futuro de sus propiedades, decía a los
campesinos sin tierra que no se hiciesen ilusiones: que en «la República de
Trabajadores de todas clases» —como en la Constitución se llamaba a la
República del 14 de Abril— no había posibilidad de que ellos tuvieran
tierras; de que pudiesen trabajar, de que pudiesen terminar con el hambre y
la miseria, que eran la única herencia recibida de sus antepasados.
Azaña declaró:
«El problema de la reforma agraria es uno de los que considero más graves. Aquí nos
hallamos, en verdad, frente a frente con unas condiciones que, de no hallárseles solución,
podrían acarrearnos un desastre. Éste es, desde luego, una herencia de la Monarquía y los
ataques que se nos dirigen descansan en las dificultades que hallamos en hacerle frente».
«No debe mirarse esto con los ojos de un habitante de otro país, donde no existen estas
terribles condiciones. Recuérdese que existen en Andalucía miles y miles de obreros
campesinos, cuya posición era antes de la república relativamente poco mejor que la del
siervo de la gleba. Estos obreros vivían casi con resignación, ganando una pitanza miserable,
trabajando como bestias, sobrellevando una vida de parias que era una cadena de trabajos y
privaciones».
«Al estallar la revolución, todos estos parias se regocijaron. Se les había dicho que su
salvación estaba a las puertas y que la tierra, que les había sido negada, se les repartiría
generosamente de acuerdo con sus necesidades».
«Por desdicha, los políticos que les hicieron tan pródigas promesas, se encontraron
incapacitados para cumplirlas. Al aplicarse a la reforma de un Estado, no basta con decir:
Haré esto o lo de más allá. Cogeré la tierra perteneciente a la aristocracia que la tiene en
barbecho y la distribuiré entre los pobres y miserables agricultores que año tras año la han
regado con el sudor de su frente a cambio de un jornal diario que cualquier obrero francés o
inglés hubiera desdeñado».
«El gobierno republicano ha hecho, seguramente de buena fe, muchas promesas, pero sin
tener en cuenta los medios de realizarlas».
La cosa no tenía vuelta. Los gobernantes republicanos y socialistas, por
boca del jefe del Gobierno, decían a los millones de campesinos sin tierra
que perdieran toda esperanza en la República. Una vez más, la experiencia
histórica española ponía de manifiesto que la burguesía jamás llevaría hasta
el fin su propia revolución, la revolución democrática. Que sólo la clase
obrera es capaz de realizar esta revolución de manera consecuente.
Y de este no hacer de los gobiernos republicano-socialistas en la
solución de los problemas democráticos de la revolución burguesa, se
deriva su responsabilidad histórica por la guerra iniciada en 1936 por las
fuerzas fascistas y reaccionarias contra la República y contra el pueblo.
SEGUNDA PARTE
DE LA ALDEA MINERA A LA DIRECCIÓN DEL PARTIDO
COMUNISTA
Al comenzar en 1931 la campaña electoral, que culminó, con las elecciones,
en el derrumbamiento de la Monarquía, las filas del Partido estaban muy
clareadas.
La represión había pasado, quebrando firmezas, encogiendo voluntades,
alejando del campo de la lucha activa por el comunismo a importantes
núcleos de trabajadores, que sin haber podido adquirir una formación
revolucionaria sólida vacilaron ante los golpes del terror.
Sin embargo, no era solamente la represión lo que había adelgazado al
Partido, sino la política no correcta de la dirección y el sectarismo, que no
fue liquidado antes del establecimiento de la dictadura, y que ésta
contribuyó a exacerbar.
Recobrando fuerzas, el Partido se abría de nuevo camino entre los
trabajadores en toda España y de manera particular en el País Vasco.
La influencia del Partido se extendió a la zona industrial de Guipúzcoa
en donde Jesús Larrañaga y José Asarta, y en ciertos momentos, Urondo,
Astigarrabía, y, posteriormente, Manuel Cristóbal Errandonea, habían
realizado un intenso trabajo de propaganda y organización y dirigido en el
puerto de Pasajes una gran lucha de pescadores y marineros que fue
sangrientamente reprimida por la fuerza pública.
Después del establecimiento de la República, comenzó a publicarse en
Vizcaya, para todo el País Vasco, el semanario comunista Euzkadi roja, en
sustitución de Bandera Roja, que había sido el primer periódico del Partido
en Vizcaya.
A finales de septiembre de 1931, la dirección del Partido decidió mi
traslado a Madrid, como redactora de Mundo Obrero, diario central del
Partido Comunista que estaba en preparación, y como responsable del
trabajo de mujeres cerca del Buró Político.
Pero «el hombre propone y Dios dispone»; y en este caso no fue Dios
quien decidió, sino la policía. Al salir de la redacción de Mundo Obrero fui
detenida, apenas llegada a Madrid, y conducida a la Dirección General de
Seguridad.
¿Por qué me detenían?… Varias semanas antes de mi traslado a Madrid,
se había producido un choque sin consecuencias entre socialistas y
comunistas provocado por la fanfarronería de los guardias cívicos
socialistas, en una de las romerías populares frecuentes en el País Vasco.
El hecho en sí no hubiera tenido mayor importancia, sin la provocadora
irresponsabilidad de Jesús Hernández, que dio lugar a que el incidente se
repitiera, agravado, por la noche, con carácter sangriento, costando la vida a
dos socialistas, a un comunista y resultando varios comunistas heridos de
gravedad.
En la zona minera donde yo residía, desconocíamos en absoluto lo que
había ocurrido en la capital hasta la llegada del periódico del día siguiente.
La noticia nos llenó de consternación. En la lucha había caído José Luis
Gallo, uno de nuestros camaradas jóvenes más firmes y serios y con más
sentido de responsabilidad y que sólo bajo la presión de alguien con cierta
autoridad y que no podía ser otro que Hernández, que aparecía como
dirigente de la Juventud, pudo decidirse a participar en aquella lucha
fratricida que le costó la vida, y que creaba para el Partido una situación
difícil.
Por la noche nos reunimos en mi casa los responsables del Partido de la
organización de Somorrostro para hacer frente a la situación creada. No
poseíamos aún detalles de lo ocurrido; pero el hecho de que Hernández, al
que en la zona minera no se le tenía mucho respeto por sus particulares
características, hubiera participado en el asunto, nos llenaba de
preocupación.
Cuando ya los camaradas se retiraban, llamaron a la puerta. Al principio
creíamos sería la policía, cosa a la que estábamos acostumbrados, pues
siempre que se preaparta una huelga, o había algún movimiento, los
registros policíacos, con todo lo que tenían de odiosos, era el pan nuestro de
cada día en las casas de los comunistas.
Salieron los camaradas por la parte trasera de la casa que daba a un
desmonte, y yo abrí la puerta. No era la policía. Eran varios de los
camaradas heridos en la refriega de que hablaban los periódicos y que
venían a buscar amparo y refugio a nuestra casa, que ellos sabían siempre
abierta y acogedora.
¿Qué podíamos hacer? Entre ellos estaba Ambrosio Arrarás, al que una
bala había atravesado el vientre, y que sólo podía tenerse en pie apoyado
por sus compañeros, cuyas heridas eran más leves. Recogerlos en casa era
arriesgarnos a ser detenidos. Rechazarlos por no estar de acuerdo con los
métodos hernandistas significaba condenar a Arrarás a morir sin auxilio, y a
facilitar la detención del resto de los camaradas, mientras el principal
culpable, Jesús Hernández, cuya expulsión del Partido fue planteada por
diferentes camaradas, se había puesto a salvo.
Les hice entrar en casa. Uno tenía un muslo atravesado y el otro un
brazo. Con medios de fortuna, de los que siempre teníamos a mano en las
aldeas, curé a los menos graves. A Arrarás no me atreví a tocarle. Un
camarada fue a buscar a un médico amigo que vivía en un pueblo a varios
kilómetros de distancia, para que viniese a atenderle, lo que hizo,
advirtiéndonos que la herida era grave, y con riesgo inminente de perionitis,
lo que entrañaba en aquellas condiciones una muerte inevitable.
Mientras atendíamos a nuestros camaradas heridos, un grupo de
socialistas cometía un crimen innoble en la zona fabril. Capitaneados por un
golfo al que se conocía por el apodo del «Ruso», esperaron en la sombra al
camarada Pericacho, un obrero metalúrgico expulsado de la fábrica por sus
actividades políticas, que se dedicaba a la venta de la prensa comunista, y lo
acribillaron a tiros cuando se retiraba a su casa.
El asesinato del camarada Pericacho causó honda emoción en todo el
pueblo, que en manifestación de duelo asistió a su entierro condenando con
indignación a sus asesinos, a quienes la opinión pública señalaba con el
dedo y que no fueron molestados porque gozaban de «altas protecciones».
Nuestra situación era difícil, y no tanto por el riesgo como por la falta
de medios económicos para atender a tres hombres heridos que tenían que
comer, y a los que no teníamos con qué alimentar.
Un camarada, Pedro Aldama, que vivía un poco más desahogadamente
que nosotros, vino en nuestra ayuda para atender las primeras necesidades.
Pero aquella situación no podía continuar. Los camaradas decidieron
trasladar a los heridos que podían andar a un pueblecito de la provincia de
Santander, donde había amigos que los atenderían.
Arrarás quedó en mi casa con fiebre alta, que fue remitiendo
lentamente. Cuando su estado mejoró lo trasladamos, primero a otro
pueblecito de la zona minera y más tarde también a la provincia de
Santander. Y ésta fue su malaventura y la mía.
En ese pueblo se celebraba una famosa romería a la que acudían
romeros no sólo de la Montaña, sino también de Vizcaya. Entre los que en
septiembre de 1931 asistieron a la romería santanderina había un grupo de
guardias cívicos socialistas, que de manos a boca tropezaron con Arrarás, a
quien se le ocurrió ir a divertirse prescindiendo de toda clase de
precauciones.
Comenzó la caza. Ayudados por la Guardia Civil, los socialistas trataron
de detener a Arrarás sin conseguirlo. Éste tomó la dirección de
Somorrostro, que está a diez kilómetros, y a través de los montes y por los
caminos extraviados llegó a mi casa ya tarde en la noche, la víspera de mi
salida para Madrid.
Le hicimos ver lo improcedente de su conducta rompiendo todas las
reglas de la conspiración y comprometiendo a los camaradas que le habían
ayudado.
Le advertí que al día siguiente y por decisión del Partido yo me
ausentaba y que, por tanto, él sólo podría quedarse en casa un par de días,
los necesarios para que mi madre, que había ido a ayudarnos, pusiera las
cosas en orden. Lo comprendió y, a la mañana siguiente, me despedí de él
dejándole todavía en la cama. Acompañada de mis hijos Rubén y Amaya
me dirigí a la estación del ferrocarril para tomar el tren en dirección a
Bilbao.
En lugar de ir por la carretera general decidí, por ganar tiempo, meterme
por unos senderos que acortaban el camino. Desde una altura vi a un
hombre que nos hacía señas para que nos detuviésemos.
—Es Mariano —dijo Rubén.
Mariano era un viejo obrero, que por su rebeldía había sido perseguido
constantemente negándole trabajo y haciendo pasar a él y a toda su familia
un calvario de privaciones y sufrimientos.
Cuando se aproximó a nosotros me dijo nervioso y apresurado:
—Ahora mismo pasa un camión de Guardia Civil y dos coches de
policía que van a tu casa.
Sin dudarlo un momento mandé a mi Rubén, que era un niño de diez
años, que volviese corriendo a casa y avisase a Arrarás que la policía iba en
su busca.
Corrió Rubén y pudo llegar casi al mismo tiempo que la policía. Trancó
la puerta y mostró a Arrarás la ventana por donde podía saltar para huir de
la detención.
Así lo hizo éste, dirigiéndose hacia el monte, mientras Rubén abría la
puerta a la policía que golpeaba furiosamente, amenazando con derribarla.
Entraron en tromba y al no hallar lo que buscaban pusieron la casa patas
arriba, mientras proferían amenazas contra todos nosotros.
Arrarás no pudo salvarse, porque mientras la policía se dirigía a nuestro
domicilio, la Guardia Civil, desplegada en guerrilla, rodeó la colina donde
aquél estaba enclavado, cerrando los caminos y deteniéndole cuando creía
estar a salvo.
Consulté con los camaradas del Comité Provincial sobre la oportunidad
o no de mi viaje a Madrid, temiendo ser detenida en el camino. Opinaron
que debía partir, pues en todo caso, no será a mí a quien detendrían, sino a
mi marido. Sin embargo, no fue así.
MI PRIMERA DETENCIÓN
Al salir una tarde de la redacción de Mundo Obrero fui detenida y
conducida a la Dirección General de Seguridad, fichada como una
delincuente común y mantenida dos días en un calabozo con prostitutas y
todo género de mujeres de malvivir, en espera de ulteriores decisiones de
las autoridades[27].
Nadie tomó declaración, nadie me informó a pesar de mis exigencias de
las causas de mi arresto.
Próxima la media noche del tercer día de detención, un guardia de
Asalto abrió la puerta del calabozo y, sin ninguna ceremonia, gritó:
—¡Todas al coche! —el coche era el carro celular donde se conducía a
los presos.
—¿También yo? —pregunté.
—¡También!…
Protestar era ridículo y en este caso la protesta de nada servía. Había
orden de traslado a la cárcel y los guardias cumplían la orden sin acritud,
como una obligación a la que ya estaban acostumbrados.
La entrada en la Cárcel de Mujeres fue divina. Mis acompañantes, que
eran huéspedes quincenarias del Hotel de la calle Quiñones, como ellas
llamaban a la cárcel, y bien conocidas de las monjas y del director que
regían el establecimiento, pasaron sin novedad, e incluso fueron recibidas
con cierta simpatía.
Yo era la desconocida: una reclusa que nadie sabía por qué había sido
detenida y que estaba reclamada por un juzgado de Bilbao. La monja me
ordenó desnudarme. Me negué.
—¿Por qué he de desnudarme, si vengo de la Dirección General de
Seguridad, donde me han registrado el último pliegue de la ropa?
—Para saber si estás enferma, si traes armas o tabaco —respondió la
monja.
—Si necesita saber si estoy enferma, llame a un médico. Armas no
tengo porque no soy una criminal y tabaco tampoco, porque no fumo. He
sido detenida por causas políticas y Uds. no tienen derecho a registrarme ni
a tratarme peor que a las quincenarias, que es lo están haciendo.
—Ud. No fumará, pero su ropa huele a tabaco.
—No lo dudo. He estado casi tres días en un calabozo de la Dirección
General con esas mujeres que han venido conmigo y que no han cesado de
fumar.
Quedó indecisa la monja; hizo por fin un gesto con la cabeza a su
servidora y sin apenas mover los labios dijo:
—¡Vamos!
Las mujeres que llegaron conmigo habían sido ya enviadas a su
departamento, una sala en la planta baja de la prisión, que daba a un
reducido patio, en el que pasaban la mayor parte del día las mujeres
detenidas por salir a ejercer su profesión antes de la hora marcada en el
reglamento policíaco.
Me condujeron al segundo piso del departamento de presas comunes, al
que subimos por una amplia escalera. Una puerta inmensa. En la parte
interior de ésta, sin ventanas exteriores y que en el lenguaje carcelario se
llamaba «Chopa», me señaló la monja una cama donde podía acostarme.
Para llegar allá había que pasar por la sala de «Sol» donde alineadas una
al lado de otra había 10 o 12 camas.
«Chopa» estaba silenciosa y oscura y con olor agrio a orines que se
metía en la nariz y en la garganta, produciendo un picor desagradable. En
esa sala estaban los retretes, que muchos días carecían de agua, haciendo el
aire irrespirable.
Apenas la monja echó el cerrojo, en la sala comenzó un rumoreo de
colmena.
De un rincón, una voz áspera se quejó insultante.
—¡Vaya una nochecita toledana! ¡Ya podías haber venido más pronto!
Años atrás, en un viejo libro que trataba de la cárcel del Saladero de
Madrid había leído sobre las costumbres de la cárcel y la necesidad de
hacerse respetar. Fui a la cárcel dispuesta no sólo a hacer respetar mi
condición de comunista, sino a no tolerar bajezas ni atropellos de ningún
género. Por ello paré los pies inmediatamente a la quejicosa. A medio tono,
pero con firmeza la respondí:
—Oiga Ud., señora; no le veo la cara. No sé si es Ud. joven o vieja;
pero es igual. ¿Quiere decirme a qué hora pidió Ud. a la policía que la
trajera a este Hotel? Yo no sé cómo ni cuándo ha venido Ud. Yo puedo
decirle que no he venido. Me han traído, que no es lo mismo. De todos
modos creo que si a Ud. le molestan los nuevos huéspedes, puede pedir una
habitación aparte y no tendrá motivos de enfado.
Se oyeron algunos carraspeos. Sin saberlo, yo había colocado en su sitio
a una de las mujeres más temidas por la reclusión, a la Manuela, una
ladrona profesional, capaz de partirle la cara al lucero del alba.
Después de esto, nadie durmió en «Chopa» aquella noche. Yo, porque la
novedad me impedía conciliar el sueño. Mis, desde aquella hora,
compañeras de sala, porque esperaban alguna faena de la individua y no
querían perderse el espectáculo.
A las seis y media de la mañana, tocó la campana a levantarse. Las
reclusas se arrojaron de las camas y se vistieron rápidamente.
—¡Eh, la nueva! —dijo una de las mujeres dirigiéndose a mí.
—Que han tocado a levantarse y va a venir la hermana.
—Que venga. Supongo que no me comerá.
Todas se acercaron a mi cama excepto la Manuela. Querían saber quién
era y por qué me habían detenido. Preguntas de ritual.
—¿Sangre?
—¡No!
—¿Robo?
—¡No!
—¿Traslado?
—¡No! Ni robo, ni sangre, ni traslado.
—¿Por qué te han detenido?
—¡Por comunista!
Sensación…
Una mujer comunista, en aquel mundo al margen de la vida, era algo
nunca visto ni oído.
—Y ¿qué es eso? —preguntó una.
—¿Qué va a ser? —respondió otra—; eso es política.
—¿Las mujeres se meten en política?
—Anda ésta; y ¿ahora te enteras? Estás en Babia. Pero ¿no sabes que la
directora de prisiones ¡que maldita sea su alma!, es una mujer?
—Pero Ud. ¿no será de ésas, verdad?
—No; yo soy de las otras, ya lo ve Ud. La directora general de Prisiones
es una mujer, y otras mujeres, como Uds. y como yo, estamos en la cárcel,
por lo que sea.
—Y ¿qué quieren los comunistas?
—De eso hablaremos más tarde. Permítanme ahora vestirme, porque
como antes me han advertido ha tocado la campana a levantarse.
Me vestí rápidamente, quise hacer la cama a estilo casero. Las mujeres
quisieron ayudarme.
—Así no se hace. Hay que doblar la manta de esta manera, y colocar el
cabezal de esta otra, para que todas estén iguales.
Di las gracias por su ayuda. Pedí la escoba para barrer la parte que me
correspondía.
—¡No faltaba más! Ud. no barre la cárcel. La barreremos nosotras.
Les hice ver que yo era una mujer trabajadora y que no se me caían los
anillos por hacer la faena que me correspondía. Pero no lo consintieron.
Cuando llamaron a formar, la Manuela se acercó a mí entre la curiosa
expectación de las otras.
—Ud. perdonará por lo de anoche. Aquí, una siempre está nerviosa y a
veces ofende sin darse cuenta. Espero que no me guardará rencor.
—¿Por qué le voy a guardar rencor? Yo comprendo su estado de ánimo.
Pero Ud. debe comprender también que aquí no se viene voluntariamente y
que harto pesar tiene la que es obligada a vivir encerrada entre estos muros.
Por ello debemos evitar el amargarnos la vida unas a otras.
—Tiene Ud. razón y en mi tiene una amiga para lo que guste mandar.
—Muchas gracias.
—A propósito, como la han traído a Ud. más tarde de lo acostumbrado,
hoy no tendrá vaso para el desayuno. Tome Ud. el mío. Está limpio y yo no
estoy enferma.
—¿Dónde va a desayunar Ud.?
—No se preocupe, que conozco la casa y sé dónde puedo encontrar lo
que necesite.
Acepté el vaso. Formamos para ir al comedor. Al terminar el desayuno
lavé el vaso, se lo devolví y quedamos amigas.
Aquella noche, después que las monjas hicieron la revisión final de las
salas y cerraron las puertas, «Chopa» se convirtió en una sala de
conferencias.
Hablé a aquellas mujeres sobre lo que era el comunismo, sobre lo que el
comunismo representaba para la mujer. Les hablé de la Unión Soviética, de
la situación de la mujer en el país del socialismo, comparándola con la
situación de la mujer en España y de las causas que empujaban a la mujer a
la delincuencia y a la prostitución.
Había preguntas de este tipo: ¿Una mujer que ha sido una «tirada»,
puede hacerse una mujer honrada?
—Naturalmente que puede. Y nosotros los comunistas trataremos de
que lo sea.
—Y ¿una ladrona?
—¿Una ladrona?, también, ¿por qué no?
—Y ¿no le va a echar nadie en cara lo que ha sido?
—Nadie; y al que se atreva a insultarlas por lo que fueron, cuando ya
son mujeres que viven honestamente, se le castigará.
Unos golpecitos dados en el ventanillo que se abría como una tronera
desde el departamento de las monjas sobre la sala nos advirtió que la charla
había sido escuchada, y que ya era hora de acostarse.
Al día siguiente, después del desayuno, la monja encargada de nuestra
sala me dijo, con la más dulce de sus sonrisas, que la madre superiora había
dispuesto trasladarme a una pequeña sala abuhardillada, con una ventana
abierta al cielo, donde sólo dormían las encargadas de la cocina.
En la opinión de la «madre», «Chopa» era una sala insalubre y
consideraba que para mí sería más cómodo estar allí.
Aunque salía beneficiada y me alegraba el cambio, bien claramente se
traslucía la intención de la superiora. Se trataba de aislarme de la reclusión
y de impedir las «conferencias» sobre comunismo.
No me separé de la reclusión. Mientras llegaba la orden de traslado a la
cárcel de Bilbao, asistí al taller donde estaban obligadas a permanecer las
reclusas desde las nueve de la mañana hasta la una y desde las tres de la
tarde hasta las seis.
El primer día, dispuesta a leer, me senté en un banco al lado de una
muchacha que se desojaba sacando hilos para hacer vainica en un nansú
finísimo y cobrar por un trabajo, que le llevaba dos días, 25 céntimos.
Llegó la directora del taller, una profesora socialista que sustituía a la
monja que hasta entonces había realizado esta función, y se sentó tras de
una mesa, como en una escuela, enfrente de las reclusas.
Me vio y se dio cuenta que no trabajaba. Dio con los nudillos sobre la
mesa para que se hiciera silencio y demandó:
—A ver esa reclusa nueva, que se levante.
Me puse en pie.
Me miró de arriba abajo y en tono inquisitorio preguntó:
—¿Por qué no trabajas?
—¡Señora profesora!, cuando yo iba a la escuela, siendo niña, la
maestra me trataba de Ud. ¿Cómo no se le cae a Ud. la cara de vergüenza de
tratarnos a todas de tú, como si fuéramos su perro o su gato? No trabajo
porque me estoy orientando sobre les costumbres de la cárcel y porque no
estoy dispuesta a dejarme explotar como explotan Uds. a estas mujeres,
obligándolas a trabajar por unos céntimos, dejándose los ojos en las
vainicas o en los bordados. ¿Comprende Ud. por qué no trabajo? ¿Me
puedo sentar?…
No acertaba a responder. El taller se había quedado mudo. Se reanudó el
trabajo y al cabo de un rato, la profesora, con un pretexto baladí, abandonó
la sala. Iba a informarse sobre la nueva reclusa. Al volver, su cara era
pajiza. Se sentía avergonzada de su intemperancia y de sus modales para
con las reclusas ante una comunista, reclusa también.
De ella, como de la mayor parte de las oficialas de prisiones, no podía
decirse que fueran malas personas. Al contrario. Pero la función hace al
hombre; y ellas, ante todo, eran funcionarias de prisiones.
Al sonar la hora de la comida y disponemos a abandonar el trabajo, la
profesora me retuvo:
—Discúlpeme. No sabía que Ud. era comunista. Y como en general
chocamos con la resistencia de la reclusión al trabajo, creí que se trataba de
una rebelde como las que se nos dan con frecuencia.
Sonreí.
—Pues no se ha equivocado Ud. —le dije sin acritud—. Salvando las
distancias, yo me he rebelado como cualquier otra reclusa con un poco de
dignidad ante la obligación de trabajar por esa miseria. ¿Cree Ud. como
socialista, como pedagoga y como mujer, que es justo que el trabajo sea tan
mal retribuido? Como socialista, porque el trabajo que se realiza casi de
balde en los establecimientos penitenciarios y en los asilos y casas de
huérfanos desvaloriza el trabajo de las obreras. Como pedagoga, porque Ud.
no ignora que la autoridad ejercida con violencia y en este caso con
alevosía, porque todo está a favor de Uds. y en contra de ellas, no corrige,
sino subleva. Y como mujer, porque el espectáculo de la vida rota de estas
mujeres debiera dar a su misión un tono más humano y maternal.
—Se trata de que se acostumbren al trabajo.
—¿Cómo quieren Uds. que se acostumbren al trabajo, si después de
estar seis horas en el taller para hacer un juego de puños y cuellos, una
sábana o un almohadón, han de continuar trabajando después en el patio e
incluso en la sala para terminar la labor y poder cobrar quince o veinte
céntimos por día de trabajo? Yo me atrevo a afirmar que ni una sola de las
mujeres a las que Uds. obligan a trabajar en estas condiciones se dedicará a
trabajar al salir de aquí.
—Es verdad que es muy poco lo que se paga. Pero sin esos céntimos,
estas mujeres no podrían ni comprar un sello de correos para comunicarse
con amigos y familiares, las que los tienen; y las que no, para las pequeñas
menudencias de cada día.
—Eso no es una razón. Eso es una justificación de una explotación
indignante. Dígame Ud. sinceramente. ¿Queda un beneficio a la dirección
de la cárcel del trabajo de las reclusas?
—¡Sí! Queda una comisión, porque el contrato se hace entre el
comerciante proveedor y la administración.
—¿Ve Ud. a lo que queda reducido el humanitarismo de los quince
céntimos? ¿Por qué Uds., oficiales de prisiones, que dicen traer a las
cárceles el espíritu de Concepción Arenal o de Salillas, no han organizado
el trabajo de manera que fuesen las propias reclusas, con ayuda de Uds.,
quienes tratasen con los comercios y establecieran con éstos el precio del
trabajo? Esto sí hubiera ayudado a las reclusas. En primer lugar, porque ese
hecho les daría personalidad humana y social. Y en segundo, porque el
precio de su trabajo sería varias veces superior al establecido actualmente.
—Es cierto. Este sistema actual lo hemos heredado de las monjas y de
la vieja administración y desgraciadamente todavía no hemos roto con él.
—Lo peor no es eso. Doña Carmen. Lo peor es que Uds., mujeres
progresivas, lo acepten sin protesta y lo continúen…
—¿Cuál es su situación judicial? —preguntó.
—Espero el traslado a la cárcel de Bilbao; la orden puede llegar mañana
o dentro de un mes. Vaya Ud. a saber. Así que no sé el tiempo que estaré
aquí.
—¿Necesita Ud. algo que yo le pueda proporcionar?
—Solamente algún libro, si es Ud. tan amable, porque en la biblioteca
de la cárcel sólo hay estúpidas novelas «moralistas».
—Muy bien, procuraré complacerla.
En el tiempo que estuve en la cárcel hasta mi traslado a Bilbao, el clima
del taller cambió en cierta medida y las oficialas empezaron a interesarse
por el trabajo de las reclusas, a pesar de la oposición del director, D. Luis
Guzmán, un tipo reaccionario, que había hecho de la Cárcel de Mujeres un
feudo, y con el que más de una vez hube de enfrentarme en mi segundo
período de reclusión, de que hablaré más tarde.
Estando un día en el taller, llegó a mí una demandadera a rogarme
bajase al locutorio de comunicación, que tenía una visita. Sorprendida,
puesto que no conocía a nadie en Madrid, ya que fui detenida a los pocos
días de llegar a la capital, y en la casa donde yo me albergaba eran lo
suficientemente «prudentes» para no arriesgarse en una visita a la cárcel,
insistí, preguntando a la demandadera si era realmente a mí a quien
llamaban a comunicación.
—¡Sí, sí!, es a Ud. Son una señora y una niña, bien vestidas.
Camino del locutorio iba pensando en una visita catequística como las
que había tenido que aguantar en Vizcaya de las señoras que pretendían
apartarme del camino de condenación que había emprendido. Me detuve en
la puerta, tratando de orientarme a través de la doble reja de hierro y de
alambre cuadriculado, que separaba a las presas de los visitantes.
Una voz cariñosa me saludó.
—¡Buenos días, Dolores!
—¡Buenos días, señora! ¿A quién tengo el honor de saludar?
—A una amiga; yo me llamo Estrella y mi hija, que está aquí conmigo,
se llama igual que yo. Ud. no nos conoce. Pero nosotras la conocemos a Ud.
Tengo dos hijos que me han rogado mucho que la saludase y yo lo hago con
todo el corazón. Mientras esté Ud. aquí vendremos todas las semanas a
visitarla, si a Ud. no le molesta.
Yo estaba asombrada y conmovida y no sabía cómo expresarle mi
agradecimiento.
—Le hemos traído unas pequeñas cosas y quisiéramos saber qué
necesita Ud. y si hay alguna otra presa política, para ayudarla.
Les di las gracias. Hablamos un poco de la vida en la reclusión y en la
calle y les expresé mi convicción de que sería rápidamente puesta en
libertad.
Una oficiala vino a recordarnos que el tiempo reglamentario había
transcurrido. Nos despedimos, agradeciéndole con el alma el que hubiera
venido a visitarme y rogándole saludase cordialmente a sus hijos[28].
LA FAMILIA MARTÍNEZ
¿Quién era esta mujer y quién era su familia? Dicen que la memoria de la
mente suele tener fallos. La memoria del corazón no. Y esta mujer
abnegada y heroica vive permanentemente en lo más hondo de mis
recuerdos y de mi afecto.
En la calle Fernando VI, de Madrid, existía una clínica dental propiedad
del odontólogo don Daniel Martínez, uno de los mejores y más acreditados
dentistas del Madrid de 1930-1931.
La familia de Daniel Martínez estaba compuesta de la esposa, no
Estrella como declaró en la cárcel para despistar curiosidades malsanas,
sino Alicia López, y de tres hijos, Daniel, Wilfredo y Alicia. Daniel había
terminado la carrera de odontólogo y ejercía en la clínica de su padre;
Wilfredo estaba terminando medicina y la pequeña Alicia, de salud
delicada, vivía rodeada del cariño y de las atenciones de todos los suyos.
Difícil encontrar una familia más entrañablemente unida, más afectuosa
entre sí y para con los otros[29].
Los dos hijos mayores ingresaron en el Partido Comunista en vísperas
de la República. El padre, al saberlo, puso de momento algunos reparos. Él
era un hombre dedicado a su profesión y hubiera deseado que sus hijos no
se inmiscuyeran en cuestiones ajenas a la medicina. La intervención de la
madre limó todas las asperezas.
—Déjalos que sigan su camino. Ellos consideran que además de
médicos deben ser políticos y es posible que tengan razón. Nosotros
debemos ayudarles y apoyarles, sin crearles dificultades ni preocupaciones.
En las habitaciones de Daniel y Wilfredo más de una vez se reunieron
los médicos comunistas para discutir no sólo de cuestiones políticas, sino de
orden sanitario. Los médicos comunistas atendían gratuitamente a la parte
más desvalida de la población madrileña, en los consultorios del Socorro
Popular.
Los nombres de los doctores Recatero, Luna, Moret, Planelles, van
unidos, en el trabajo y en la abnegación, al de los hermanos Martínez en
aquellos tiempos difíciles, cuando ser comunistas era ser candidatos al
desempleo, a la cárcel, al aislamiento en el medio social de donde
procedían.
La familia Martínez, por su desahogada posición económica, ayudaba
muchas veces al grupo de médicos comunistas cuando había que atender a
alguna familia de las que eran asistidas en los consultorios, o para editar
rápidamente alguna hoja de propaganda.
El anciano doctor se mantuvo fiel a sus principios de no intervención,
aunque llegó a acostumbrarse, y aun a interesarse, a veces, por la actividad
de sus hijos en este terreno.
La madre, en cambio, sin ingresar en el Partido, vivía pendiente de
ellos, animándoles y estimulándoles en su camino profesional, procurando
liberarles de pequeñas tareas y preocupaciones del trabajo diario, ganando
un tiempo que con agrado destinaban al estudio de los problemas políticos y
al cumplimiento de sus obligaciones como miembros del Partido
Comunista.
El 15 de julio de 1936, la madre y los tres hijos con una de las sirvientas
se trasladaron a una casita de veraneo que tenían en la Sierra. El padre, con
los mecánicos del taller de odontología y otra de las sirvientas, quedó en
Madrid, terminando una serie de trabajos protésicos urgentes.
Al producirse la sublevación franquista, los dos muchachos, Daniel y
Wilfredo, que no pudieron ganar Madrid ni enviar a su madre y hermana al
lado del padre y esposo, se incorporaron a la lucha junto con un grupo de
campesinos, cuyo único armamento eran algunas viejas escopetas de caza.
Acorralados por las fuerzas sublevadas que avanzaban hacia Madrid, una
parte de los campesinos cayeron en la lucha y otra parte, en la que estaban
los dos hermanos Martínez, fueron hechos prisioneros. Amarraron a
aquéllos a los pesebres de una caballeriza y los mataron a palos después de
haberlos sometido a bárbaras torturas e innobles vejaciones.
La madre fue detenida y en trágico calvario conducida de cárcel en
cárcel durante más de doce años, de Segovia a Saturrarán, de aquí a Bilbao,
para caer al fin en la cárcel de Barcelona donde se encontró con su hija a la
que no había visto desde 1936 y que estaba condenada también a diez años
de cárcel.
¿Cómo había caído en prisión la joven Alicia, que al ser detenida su
madre en la Sierra quedó abandonada en la retaguardia fascista y a merced
de la buena voluntad de las gentes que en tiempos de paz habían tenido
relaciones con su familia?
Al terminarse la guerra, con la infame traición del coronel Casado,
Alicia Martínez llegó a Madrid a reunirse con su anciano padre,
moralmente roto por la tragedia que había ensangrentado su vida y
destruido su hogar[30].
En los días de terror, cuando las «brigadas falangistas de la muerte»
buscaban como perros rabiosos a los comunistas, alguien denunció que en
casa del dentista se ocultaba un grupo de comunistas.
Una noche llegaron los falangistas a aquella casa marcada por el dolor y
la muerte y hallaron al camarada Yagüe, del Comité Provincial de Madrid y
a otro camarada que en ella buscaron temporal refugio en espera de poder
salir de la capital. Junto con los dos comunistas, fueron detenidos el padre y
la hija de la casa y condenados, el padre a veinte años y la hija a diez por
haber ocultado a dos comunistas, que fueron fusilados sin formación de
causa.
El anciano don Daniel fue conducido al penal de Burgos, donde murió
después de haber sido para los reclusos que con él convivían en la prisión
un amigo, y más que un amigo, un padre cariñoso, filialmente querido por
todos los presos, que con su afecto trataban de hacer menos amargos los
días de aquel hombre rectísimo, cuya familia fue sacrificada por el odio
bestial de la reacción fascista española.
En 1948 recibí en París una carta de aquella madre dolorosa, escrita en
la Cárcel de Barcelona. No era posible leer sin lágrimas los breves
renglones en que una madre, a la que la maldad falangista había quebrado
los resortes de la vida, aún tenía fuerzas y aliento para expresar su fe en las
ideas por las cuales sus hijos habían sido sacrificados.
Ésta es la breve historia de la santa mujer que un día de octubre de 1931
vino a visitarme a la Cárcel de Mujeres de Madrid, llevando con ella a su
pequeña hija, «para que aprendiese a ser firme en la lucha por la justicia y
por la libertad del pueblo»…
RETORNO A MADRID
A últimos de noviembre de 1931 fui conducida de la cárcel de Quiñones de
Madrid a la cárcel de Larrínaga de Bilbao. Y el 8 de diciembre, como
protesta porque al aprobarse la Constitución no se concedió la libertad a los
presos políticos, y respondiendo más que a una decisión del Partido
Comunista a un ruego de un pequeño grupo de anarquistas que, junto a
cerca de un centenar de comunistas, había en la cárcel de Bilbao,
declaramos una huelga de hambre que duró cuatro días, hasta que los
camaradas del Comité Provincial de Vizcaya nos hicieron desistir de ello.
A primeros de enero de 1932 se vio la causa en la que yo aparecía
encartada junto con los camaradas Daniel Ibáñez y Ambrosio Airarás. La
causa fue suspendida por falta de pruebas, y la acusación contra mí,
retirada.
Al salir de la cárcel estuve una semana con mi familia mientras
organizaba la vuelta a Madrid, de donde ya había sido requerida por la
dirección del Partido, que preparaba el IV Congreso.
En compañía del ingeniero Eguidazu y del camarada Vicente Uribe, y
de Mena, un camarada que trabajaba con Eguidazu, y llevando conmigo a
mi hijo Rubén, nos encaminamos a Madrid, en un viejo coche Ford,
propiedad de Eguidazu.
Al salir de Vizcaya y adentrarnos por los caminos burgaleses, la marcha
se hizo pesada y dificultosa. Una espesa capa de nieve cubría campos y
carreteras obligándonos a subir a paso de carreta las empinadas cuestas,
mientras el motor del coche resoplaba asmático o sufría de insuficiencia
como cualquier cardíaco, obligándonos a ir a pie y a empujar en los pasos
difíciles, metiéndonos en la nieve hasta las rodillas y soportando un frío
siberiano.
Diez kilómetros antes de la villa burgalesa de Lerma, el corazón del
coche dejó de latir y huérfanos y abandonados quedamos en mitad de la
carretera, sin saber adónde dirigirnos y con una perspectiva negra y helada.
Dejamos el coche y marchamos carretera adelante hasta que
encontramos una casita de peones camineros. Llamamos. Salió a abrirnos
una mujer de edad indefinida que nos recibió con gesto entre asombrado y
medroso. Le rogamos nos permitiese entrar porque estábamos ateridos. Sin
contestar, dio un portazo, dejándonos en la calle. Al cabo de un rato, que
nos pareció interminable por el frío, se abrió la puerta y en el umbral
apareció un hombre que nos dijo ser el peón caminero de la Diputación, en
aquel trozo de carretera burgalesa, preguntándonos qué deseábamos.
Habló Eguidazu, presentándose en su condición de ingeniero de la
Compañía de Firmes Especiales, y le rogó nos diese albergue,
especialmente a Rubén y a mí, mientras ellos salían a la carretera a esperar
el paso de algún coche o camión para pedir a los conductores nos tomasen
con ellos hasta el primer pueblo, que el caminero nos confirmó ser Lerma.
—No lo hagan —dijo el caminero—. Pueden encontrarse con una
sorpresa desagradable.
—¿Qué sorpresa? —preguntamos curiosos.
—Pues que disparen contra Uds. tomándolos por alguno de esos
comunistas que se dedican a dar atracos.
—¿Qué dice Ud.? ¿Por aquí hay comunistas y además atracadores?
—Así se corre por ahí y como amigo se lo advierto.
No sabíamos si reír o indignarnos; pero nuestra situación no era la más a
propósito para meternos en explicaciones sociológicas con el celoso
empleado de la corporación provincial burgalesa.
Discutimos sobre cómo salir de aquel atasco y decidimos que Eguidazu
y Mena fuesen andando a Lerma a buscar un coche para recogernos, y, ya
en lugar seguro, ver qué era lo más conveniente: si continuar el viaje en
coche o tomar el tren.
Por el camino tuvieron la suerte de que los recogiera un coche, cuyo
conductor no disparó sobre ellos, como pensaba nuestro huésped, sino que
los llevó a una fonda. Desde allí, con ayuda de las autoridades locales, y
mostrando Eguidazu su documentación, consiguieron un coche, en el que
volvieron a buscamos, y un camión que remolcó nuestro viejo Ford hasta un
garaje de la villa, donde pusieron a nuestro renqueante carruaje en
condiciones de resistir hasta Madrid.
Antes de volver a buscarnos, Eguidazu dejó encargada en la posada una
cena. Al llegar y sentarnos a la mesa, el dueño se creyó obligado, teniendo
en cuenta la personalidad del camarada Eguidazu, a acompañarnos,
mientras hacíamos honor a unas sopas de ajo, dignas de un abad, y unas
lonchas de jamón con tomates y pimientos, capaces de resucitar a un
muerto.
Preguntamos por el tiempo, por la vida del pueblo, por los negocios, por
esas cosas banales de las que se pueden hablar con cualquier desconocido y
en cualquier lugar, y el posadero llevó la conversación al terreno político.
—¿Conocen Uds. lo que ha ocurrido en Arnedo?
Nos hicimos los desentendidos. Insistió con grandes aspavientos.
—¿Qué ha pasado? —preguntamos.
—Pues que la Guardia Civil ha sido agredida por una manifestación de
revolucionarios y se ha visto obligada a disparar y han muerto diez y seis.
—¿Guardias civiles? —cortó Eguidazu que conocía perfectamente la
bárbara agresión de la benemérita contra un grupo de obreros de una fábrica
de calzado, agresión que produjo efectivamente diez y seis muertos, entre
ellos un niño de siete años.
—¡No! De los revoltosos —dijo con satisfacción el posadero.
—¿También un niño de siete años era revolucionario? —preguntó
nuestro camarada con indignación—. Porque entre los muertos, según la
prensa, hay varias mujeres y un niño, ¿no?
Asintió de mala gana nuestro huésped, y como la conversación se
agriaba, preferimos cortar el diálogo que amenazaba terminar de mala
manera.
Al día siguiente salimos para Madrid, adonde llegamos bien entrada la
noche; y cada uno fuimos a nuestro punto de destino.
Yo paraba en casa del administrador de Mundo Obrero, que había
accedido a tenernos como huéspedes a mi Rubén y a mí, hasta que
resolviéramos el problema del alojamiento, que no se resolvió, porque la
policía se encargó de nuevo, deteniéndome al regresar del Congreso de
Sevilla, de proporcionarme casa, cama y comida gratis en el mismo Hotel
de la calle Quiñones, cuya mala fama se cantaba hasta en los escenarios de
los teatros madrileños en una copla que expresaba el concepto que existía
sobre las huéspedas que albergaba el antiguo convento de «Montserrat»
convertido en Cárcel de Mujeres:
No te pongas tantos moños
ni presumas de honradez
que en la calle de Quiñones
has estao más de una vez.
EL CONGRESO DE SEVILLA
A primeros de marzo nos trasladamos a Sevilla a preparar sobre el terreno
el IV Congreso del Partido, inaugurado el 17 de ese mismo mes, en la
capital andaluza.
Y no era casual el haber elegido la bella ciudad andaluza para la
celebración del Congreso. El Partido Comunista tenía en Sevilla una gran
influencia conquistada por su activa participación en la lucha contra la
dictadura primorriverista, en la que se habían distinguido los camaradas
José Díaz, que fue después, durante diez años, el Secretario General del
Partido; Antonio Mije, Manuel Delicado, Saturnino Barneto y otros.
Contra los comunistas sevillanos desencadenaron las autoridades
republicanas en 1931 una insensata persecución, llegando a emplear la
artillería contra la «Casa Cornelio», un restaurante en el que solían reunirse
los comunistas, y a aplicar la ley de fugas como en los tiempos de Martínez
Anido, asesinando en el Parque de María Luisa a un grupo de jóvenes
comunistas.
El IV Congreso era el primer Congreso que el Partido Comunista de
España podía celebrar pública y legalmente, y con representantes de las
diversas organizaciones regionales y locales del Partido.
Las condiciones en las cuales se reunía el IV Congreso diferían
extraordinariamente de aquellas en que fue celebrado el Tercero, en
vísperas de la crisis de la dictadura. Había caído el dictador y su camarilla,
arrastrando en su caída a la Monarquía. Se había establecido la República,
que no tenía demasiada prisa por abrir caminos democráticos al pueblo.
Éste ya empezaba a mostrar su decepción respecto a los gobernantes
republicano-socialistas, cuya política de lenidad para con las fuerzas
reaccionarias y de mano dura para con los trabajadores restaba a la
República el apoyo de las masas. Tal actitud envalentonaba a la reacción,
que no se perdonaba el momento de debilidad y de cobardía en que fue
posible el hundimiento de la Monarquía y que se proponía reconquistar las
posiciones perdidas.
La nueva situación imponía realizar un serio viraje en toda la actividad
del Partido Comunista, terminando con los métodos sectarios que le
aislaban de las masas, y dedicar los mayores esfuerzos a la lucha por
desarrollar la revolución democrático-burguesa abierta con la proclamación
de la República.
Era notorio, y la experiencia vivida lo atestiguaba, que el Partido
Comunista sólo podría dirigir el movimiento revolucionario democrático e
influir de manera determinante en la marcha de los acontecimientos a
condición de ser él mismo un partido de masas, capaz de llegar con su
programa, con sus soluciones, con sus métodos de lucha a las más
profundas capas de la población laboriosa.
Las discusiones y resoluciones del IV Congreso asestaron un serio
golpe a las tendencias sectarias que frenaban el desarrollo del Partido y su
proceso de consolidación.
Sin embargo, muchos de los problemas, que estaban en el centro de la
crisis que existía latente en el Partido, no fueron resueltos a fondo en el
Congreso y hubo que resolverlos posteriormente, desplazando de la
dirección al grupo que encabezaba José Bullejos, por su resistencia a dar al
Partido un nuevo rumbo.
OTRA VEZ LA CÁRCEL
Después del Congreso de Sevilla, al día siguiente de mi llegada a Madrid, a
últimos de marzo de 1932, fui detenida en la plaza de la Magdalena, cuando
me dirigía a la redacción de Mundo Obrero[31].
Yo protesté del atropello que se cometía conmigo. Los taxistas y
trabajadores que estaban en aquella hora en la plaza pudieron saber por mi
protesta que no era una delincuente común a quien detenían, sino a una
comunista. Me metieron a viva fuerza en un coche de la policía y me
condujeron a la Dirección General de Seguridad.
Al ser detenida la primera vez, no tenía «antecedentes» penales. Por ello
se concretaron a tenerme en un calabozo, hasta que al jefe de servicios le
dio la «humorada» de enviarme a la cárcel, después de haberme hecho la
correspondiente ficha, la fotografía de frente y de perfil y tomado las
huellas dactilares.
Después de aquello ya era una fichada. Por ello, al día siguiente de estar
detenida, fui llamada a una pequeña rotonda, paso obligado a los calabozos,
donde un grupo de alumnos de la Escuela de policía, cada uno por su
cuenta, se dedicó a hacerme una nueva ficha a su «manera» para asegurarse
la posibilidad de descubrirme en las futuras pesquisas, amén de la
satisfacción que les producía someterme a la humillación que representaba
el estar media hora en pie, ante las miradas inquisitivas de aquellos ratones
sarnosos que la República tenía a su servicio. Otros dos días en el calabozo
y, por fin, la cárcel de nuevo.
Ya sabía lo que iba a encontrar. Como no había transcurrido mucho
tiempo desde mi traslado a Bilbao, suponía que aún estarían allí algunas de
las reclusas que conocí en mi primer encierro. No me equivoqué. Allí
estaban las viejas conocidas que dejé cuatro meses atrás. Había algunas
nuevas que destacaban por su elegancia entre el resto de la reclusión. Eran
las ladronas de categoría y algunas comadronas detenidas por fabricar
«ángeles».
Para la reclusión, yo era «la comunista» y todas me consideraban su
amiga. Y al mismo tiempo que expresaban la «alegría» que les producía el
verme entre ellas, lamentaban el que de nuevo hubiera sido detenida.
Me dirigí al director en demanda del régimen político a que tenía
derecho.
—En la Cárcel de Mujeres no hay régimen político.
—Ésa es una opinión suya muy particular. Si hay mujeres detenidas por
delitos políticos, ¿por qué no ha de establecerse para ellas el mismo
régimen político que para los hombres?
Se puso furioso y yo le contesté como se merecía.
Al día siguiente era día de visita. Se llenó el locutorio de estudiantes y
jóvenes comunistas que venían a saludarme. Armaron un gran escándalo
por las condiciones en que se llevaba la visita en un locutorio doblemente
enrejado y alambrado, haciendo casi imposible el verse, y mucho menos
hablarse, por la algarabía que se formaba al hablar a un tiempo veinte o
veinticinco reclusas, y una multitud de visitantes que querían aprovechar los
breves momentos de visita para comunicarles sus sentimientos o dar
informaciones familiares.
Salieron mis visitantes del locutorio cantando La Internacional y
obligando a un oficial a retirar del portal de la cárcel un gran crucifijo, que
continuaba allí a pesar de que la cárcel era un edificio oficial y de que la
República había proclamado la separación de la Iglesia y del Estado.
A la mañana siguiente el director subió al taller y muy comedido
declaró que como favor especial me concedían la comunicación diaria. Le
respondí que no aceptaba favores. Que si me concedía la comunicación
como derecho, la aceptaba, como favor no. Que aquí no se trataba «del
huevo, sino del fuero».
No pudiendo contener su despecho, pero temiendo se repitiera la visita
de los jóvenes que le habían puesto en evidencia, concedió mordiendo las
palabras.
—Tómelo como le plazca. Como favor o como derecho.
No cambió el régimen carcelario de vida más que en lo de tener más
comunicaciones. Dormía en la sala de comunes, con otras nueve reclusas,
en «Sol» y no en «Chopa», como la vez anterior, y cerca de un balcón que
daba al patio.
Pero una nueva y dolorosa preocupación me atormentaba. Mi hijo
Rubén había quedado prácticamente en la calle, pues contar con los buenos
sentimientos de la familia donde parábamos era tanto como esperar que una
piedra tuviese corazón humano.
Pronto lo comprobé con angustia. A los pocos días de estar en la cárcel,
una oficiala me advirtió que a la puerta de la cárcel había un chiquillo de
diez o doce años que decía ser mi hijo. No necesitaba verle para saber que
era él. Se sentía solo, en una casa que le era hostil; entre unas gentes
mezquinas que le regateaban el pedazo de pan: que no tenían para él un
gesto ni una palabra de cariño. Venía a la sombra de la cárcel cuyas paredes
sentía próximas a su pequeño corazón, porque detrás de ellas estaba su
madre.
Rogué a la oficiala diese a mi hijo unas frutas y unas pastas, que me
había traído la familia de Martínez, con una nota en la que le aconsejaba
que fuese a casa de la madre de Navarro Ballesteros, y que estuviese allí
hasta que pudiera enviarle a Vizcaya. Así lo hizo y la madre de nuestro
camarada le acogió y trató con cariño hasta que, unas semanas después, a
mediados de mayo, un camionista de nuestro pueblo se lo llevó en su
camión a Somorrostro.
Mientras estuvo en Madrid, ni un solo día dejó Rubén de venir a la
puerta de la cárcel, y de pasarse allí el día con la ilusión de verme, o de que
yo le viese a él. Esto me producía un dolor insoportable porque me sentía
impotente para proteger a mi hijo, del que nadie se preocupaba.
De nuevo la vida mostraba cuán difícil era para una mujer madre
dedicarse íntegramente a la lucha revolucionaria. La vida, la libertad, nada
importaba, ¡pero los hijos!, ¿tenía yo derecho a sacrificarlos, privándolos
incluso, dentro de nuestra vida mísera y azarosa, de los cuidados, de las
atenciones, del cariño de la madre?
En mi vida de comunista, esto ha sido para mí uno de los aspectos más
duros y penosos, aunque nunca haya hablado de ello, si bien haya callado
siempre, pensando que la mejor manera de enseñar y convencer es el
ejemplo, aunque a veces cueste lágrimas de sangre.
PRIMERO DE MAYO
El mes de mayo fue un mes de emociones en la Cárcel de Mujeres. Días
antes del 1.º de Mayo expliqué a mis vecinas de «Sol» y de «Chopa» lo que
el 1.º de Mayo significaba. Les canté algunas de las canciones que cantaban
los trabajadores ese día, e incluso les copié La Internacional, Bandera Roja
y alguna otra, para que las aprendiesen y cantasen en el patio en la Jornada
Internacional de la clase obrera.
El 1.º de Mayo había en la cárcel desde por la mañana un aire de fiesta.
Las reclusas se vistieron sus mejores trapillos, bajo la mirada tolerante de
las oficialas, socialistas y republicanas, y nos dirigimos al patio donde se
hallaba el comedor para desayunar. El taller estaba cerrado y las reclusas
tenían el día libre. Después del desayuno nos reunimos en el patio por
grupos. La víspera, después de la cena, un grupo de viejas reclusas, que
había pasado por la cárcel cuando estaba gobernada por monjas, cantó una
serie de canciones religiosas, entre las que había algunas que se pegaban al
oído por la dulzura de la música, como aquella que comienza:
Al salir de Roma
la vieron volar.
Por el centro de una hermosa nube
bajo a Zaragoza al pie del Pilar…
Toda la reclusión concentrada en el patio les hacia coro, pues la que más
y la que menos sabía una u otra estrofa de las canciones y a nadie se le
ocurrió molestar a las que cantaban.
No ocurrió lo mismo al día siguiente. Después del desayuno formamos
en el patio un grupo con las reclusas de mi sala, que ya conocían «La
Internacional», y comenzamos a cantar:
Arriba parias de la tierra
en pie famélica legión…
No habíamos terminado la primera estrofa cuando se abrió
violentamente una ventana de las oficinas y en tono colérico e imperativo
uno de los empleados, conminándonos al silencio, gritó:
—¡De orden del señor director que hagan el favor de callar!
Me adelanté al grupo y respondí al oficial:
—Diga al señor director que venga él a darnos la orden.
Y continuamos cantando. No tardó en presentarse el ínclito Guzmán,
envarado como si se hubiera tragado un molinillo. Pálido y nervioso se
acercó al grupo.
—¿Querían verme?
—Sí, queríamos verle —respondí.
—¿Todas? —dijo amenazador, sabiendo el temor que infundía a las
reclusas comunes, cuando era amo y señor de la cárcel y el menor gesto de
resistencia podía ser bárbaramente castigado, sin ninguna responsabilidad.
—Todas no sé; pero yo sí.
—Y yo, —dijo adelantándose Pura Cruz Salido, hermana de un
dirigente socialista, alto empleado de la Compañía de Teléfonos, que casada
con un anarquista estaba en la cárcel, de paso para el Penal de Alcalá de
Henares, adonde iba a cumplir condena por haber sido detenida cuando
junto con su marido iban a colocar dos bombas en el congreso de los
Diputados.
—Y ¿qué desean Uds.?
—Saber por qué no se puede cantar «La Internacional» en el patio de la
cárcel el 1.º de Mayo.
—Porque esto es una institución oficial y «la Internacional» es un
himno revolucionario.
—Ud. tiene dos medidas. Ayer olvidó Ud. que la cárcel es una
institución oficial y toleró que se cantasen canciones religiosas, a pesar de
que en la República la iglesia está separada del Estado.
—Eso a Ud. no le importe. Aquí, mi voluntad hace la ley.
—Hasta que se rompa la cuerda.
—Hasta cuando Ud. quiera. Pero hoy no se canta en la cárcel.
Pura Cruz Salido, que era una andaluza atrevida y cantarina, respondió:
—¿Quién me va a impedir a mí cantar?
Su voz clara y fina se elevó por martinetes, acompañada de los aplausos
de las reclusas, poniendo fin a la discusión.
Veinticinco calabozos
tiene la cárcel de Utrera.
Veinticuatro he recorrido,
el más oscuro me queda.
El director se marchó furioso, dando un terrible portazo que retumbó
como un trueno amenazador. La jornada del 1.º de Mayo aún no había
terminado y D. Luis Guzmán era pequeño hasta en sus venganzas. Aquella
noche nos castigó con una cena incomible. Al sentarnos en el comedor y
llegar las gamellas con el condumio se armó el gran escándalo. Patatas
aguadas con mucho pimentón y una raspa de bacalao. Me levanté y dije a la
oficiala encargada del orden en el comedor: «No cenamos porque esto es
una porquería». Golpeaban las reclusas la mesa con los platos metálicos
usados en las prisiones, al mismo tiempo que exigían: ¡Otra cena! ¡Otra
cena!…
Recogimos cada una nuestro cubierto y salimos al patio, donde continuó
el escándalo.
Subí a la sala, convencida de que el asunto no quedaría así. Y
efectivamente, al poco rato se oyeron por la escalera carreras y voces, y en
la puerta de la sala apareció el director acompañado de la reclusa que al
llegar la primera vez a la cárcel estaba con la monja que pretendía que me
desnudase. Esta reclusa traía una escudilla con el rancho, que la reclusión
había rechazado. Se acercaron adonde yo estaba sentada. Tras de ellos
habían subido todas mis compañeras de sala.
El director hacía esfuerzos para no decir todo lo que le venía a la boca.
—¿Por qué no han cenado Uds.?
—Porque ese rancho es repugnante.
Le temblaban las gafas sobre la nariz.
—Mire Ud.; mi paciencia tiene un límite, y no estoy dispuesto a que
esto continúe. Ayer fue el taller; anteayer el dinero de las reclusas; la leche
del desayuno. Hoy es la música, la comida. Mañana, será la Divina Pastora.
Y la cuestión no es ésa. Lo fundamental es que Ud. ha traído a la cárcel la
indisciplina, el desorden, la subversión y yo no estoy dispuesto a continuar
más tiempo así. Hasta que Ud. no ha venido aquí, la cárcel era silenciosa,
las mujeres humildes, disciplinadas. Hoy es un hervidero de protestas, de
malestar.
—Antes de llegar a esas conclusiones, ¿ha examinado Ud. la realidad
actual de la cárcel? Es posible que antes de estar aquí yo, se tratase a las
reclusas con humanidad, con corrección. Que no se especulase con la leche;
que no se hiciesen negocios con las asignaciones; que la enfermería
estuviese atendida: que en el taller se pagase el trabajo según norma, sin
cobrar comisión. Pero yo que vivo con la reclusión he visto que no es así. Y
protesto porque considero que lo que Uds. hacen es no solo una injusticia,
sino un robo.
A duras penas reprimía el director su agresividad y su rabia.
—Yo estoy acostumbrado a domar potros más bravos que Ud. y no me
costará nada poner freno a sus actividades con los medios que la ley pone a
mi alcance.
—¿La ley? ¿Ud., que la vulnera cada día, invoca la ley? Yo pediré que
venga una comisión investigadora y ante ella hablaremos todos: Ud. y
nosotros. Y estoy segura de que no saldrá la dirección de la cárcel muy bien
parada. En cuando a sus amenazas, no me hacen ningún efecto. Y
respondiendo al símil empleado por Ud., le diré que si los potros se
amansan con el hierro, los toros bravos se crecen con el castigo. Y hemos
terminado, señor director.
—Ud. queda advertida; y «el que advierte no engaña».
—Muchas gracias, lo tendré en cuenta.
Se marchó echando chiribitas. Cuando a la mañana siguiente fuimos al
lavabo, una reclusa me dio disimuladamente un papel:
«Si ve que en el patio, en la escalera o en la sala hay alguna gresca entre
las reclusas, no intervenga Ud. El director ha llamado a un grupo “de las
viejas” y ha prometido ayudarnos en el juzgado, si le damos a Ud. una
paliza “por meterse donde no le importa”».
Estimé el aviso sin preocuparme gran cosa de los mezquinos propósitos
del director, que mostraba la estofa de que estaba hecho.
Por la noche del l.º de Mayo ingresaron en la cárcel una de las hermanas
del camarada Navarro Ballesteros y otras dos compañeras: Felisa
Basterrechea y una de las hermanas de De Grado, por haber protestado
contra la violencia empleada por la policía contra algunos trabajadores
después de la manifestación.
A cada paso la República descubría su cara. En la cárcel, ladraban los
viejos perros sin atreverse a hincar los colmillos. En la calle, mordían.
Estas camaradas estuvieron quince días detenidas y después fueron
puestas en libertad. Volví a quedar sola en medio del mar de pequeñas
miserias, de innobles pasiones, entre mujeres al margen de la sociedad.
Defendiendo en todo momento lo que consideraba justo, protestando contra
lo injusto, conociendo aspectos de la degeneración humana difíciles de
imaginar en una comunidad de seres normales.
OFICIALAS DE PRISIONES
Con la República fueron retiradas las monjas de la gobernación de las
cárceles. Esto se fue haciendo lentamente y por ello aún pude tropezar con
ellas, en esas primeras detenciones, aunque ya sus funciones, cada día más
limitadas, iban siendo tomadas en sus manos por las oficialas de prisiones,
nuevo Cuerpo fundado por el primer Gobierno republicano.
Las oficialas de prisiones bien merecen un comentario aparte.
Procedentes en su mayoría de familias pequeño-burguesas, viudas o hijas de
militares o de empleados del Estado, la mayor parte de ellas había ya
trabajado en distintos empleos. Eran por tanto mujeres acostumbradas a
ganarse la vida.
El cargo de oficialas de prisiones, con escalafón y antigüedad, era una
colocación envidiable con un sueldo decentito.
La variedad de caracteres, la manera de comportarse y de abordar los
problemas que surgían en la cárcel, era el reflejo, en pequeño, de ese punto
vacilante de la pequeña burguesía que aspira, sin lograrlo, a vivir como los
grandes burgueses, cubriendo a veces con una apariencia de bienestar la
tristeza de vivir con «mucha bambolla y el puchero a la lumbre con agua
sola».
No trataban mal a las reclusas, sobre todo en los primeros tiempos,
cuando necesitaban abrirse camino, en sustitución de las monjas. Entre ellas
se odiaban cordialmente, cosa que no eran capaces de ocultar ante la
reclusión, que acechaba siempre con mil ojos, dispuesta a aprovecharse de
cualquier debilidad.
Ejemplo típico de mutua animadversión eran las dos jefas, la «señorita»
Julia Trigo y doña María Massó. Ello era comprensible. Doña María Massó
era la mujer trabajadora, con una profesión, con una cultura, con una
familia, sinceramente demócrata, y que había obtenido el número 1 en las
oposiciones frente a la «señorita» Julia Trigo. Ésta tenía muchas
agarraderas en el tribunal; por ello estuvo a punto de obtener el primer
puesto a pesar de la evidente superioridad de la señora Massó. La Trigo
«era más elegante»…
La señora Massó, que no era de las que se dejaban atropellar y que sabía
defender sus derechos, amenazó, bien respaldada, con llevar el pleito al
tribunal de lo contencioso, obligando al tribunal dictaminador a obrar en
justicia.
En la cárcel, la señora Massó cumplía de una manera humana, dentro de
lo desagradable de su misión, su función de jefa, siendo severa, pero no
dura, y sabiendo escuchar cuando alguien se acercaba a hacer una
reclamación. La «señorita» Trigo pasaba por las salas con aire de reina
destronada, mirándonos por encima del hombro y hablando, cuando se
dirigía a nosotras, sin un gesto en su rostro bien «trabajado», para que no se
le estropease el maquillaje. Apenas se la veía en la reclusión. Llegaba por la
mañana. Hacía la visita de rigor para saber novedades; se metía en su
despacho a realizar labores de aguja, o hacía tertulia con el director. Y «aquí
paz y después gloria».
Y ¿las reclusas? De las reclusas sólo le interesaba algún caso
teratológico que pudiera servir como argumento morboso en las novelas a
publicar por sus amigos.
Más que odiada, era desconocida por la reclusión, que refería de doña
Julia historias no menos escabrosas y escatológicas que las que ella buscaba
inquisitiva en el alma atormentada de ciertas reclusas.
PRESAS POLÍTICAS
Estábamos a mediados de mayo, y en la calle corrían rumores de que los
monárquicos preparaban un golpe de Estado para el día 17 de ese mes,
cumpleaños del rey Alfonso XIII. Los rumores no eran falsos. Lo que
sucedió fue que las fuerzas comprometidas no estaban suficientemente
preparadas y el golpe lo aplazaron hasta tres meses después, hasta el 10 de
agosto, día en que se lanzaron a la calle, para ser rápidamente dominados.
El 17 de mayo se concretaron a celebrar una misa en una de las iglesias más
elegantes de Madrid, a la que concurrió toda la aristocracia con su cortejo
habitual, la flor y nata de la golfería y del proxenetismo.
Por su fervor alfonsino fueron detenidas la querida de un duque y la
directora de un periódico femenino reaccionario.
Y ¡aquí fue Troya! ¿Cómo iban a meter a estas dos distinguidas damas
en «Sol» o en «Chopa», mezcladas con ladronas, infanticidas, bolsilleras y
santeras, amén de una comunista que era como un tábano clavado en el
cogote del director?
Mientras estuvieron en la Dirección General de Seguridad, que también
a ellas las llevaron, con todos los honores, eso sí, debido a su categoría,
«¡eran moco de pavo las señoras!», en la cárcel se produjo un hecho insólito
que a todas nos llenó de confusión.
Las «hermanitas» habían encargado a las mujeres de la limpieza, de
acuerdo con el director, liberar y dejar más limpia que un sol la habitación
que yo había señalado al director como a propósito para separar a las presas
políticas de las comunes.
Mis compañeras de sala creyeron se hacía este arreglo después del
incidente del 1.º de Mayo, para meterme allí y separarme de la reclusión.
Pero el director, además de tener muchos gatos en la barriga, era un
hombre de principios. Se colocaron dos camas con ropa blanca fina,
colchones de lana y todo lo necesario para la limpieza y comodidades en las
condiciones del viejo convento. Lavabos, cubos, jarras, jofainas. Una mesa
de comedor, un pequeño bufet, una gran alfombra, dos butacones y varias
sillas. «¡El paraíso!».
Todo eran cábalas y suposiciones. Por fin una mañana se descifró la
charada. Allí estaban, como en un nido caliente, la coima aristocrática y su
servidora y hermana en Cristo, la insignificante directora de Nosotras, un
insignificante semanario católico femenino, pero con más miedo que dos
ovejas frente al lobo feroz.
No protesté, porque ¡al fin!, había un departamento de políticas, aunque
el politicismo de la amiga del duque le entrase «por donde más pecado
había», y el de la directora de paja del semanario católico, con la pitanza.
Solamente a la hora del desayuno, cuando todas las reclusas formábamos
para entrar en el comedor, hice una pregunta inocente a la jefa, que era la
señora Massó.
—¿Permite una pregunta, señora Massó?
—Diga Ud.
—¿Están enfermas las dos señoras llegadas anoche?
—No, no están enfermas.
—Entonces, ¿por qué no forman con toda la reclusión, aunque ellas
tengan «pucherico aparte»?
Pura Cruz Salido apoyó mi pregunta, exigiendo que se las tratase como
al resto de la reclusión.
Yo no tenía razón en este caso. Porque si les concedían régimen
político, lógicamente quedaban liberadas de todas las obligaciones de las
presas comunes. Pero era indignante la diferencia que establecía el director,
y yo no era de las que cuando te golpean en una mejilla ponen la otra. Y no
estaba tampoco dispuesta a que aquel ciudadano, que abiertamente era un
enemigo de la República, abiertamente también protegiese a las amigas de
sus amigos, cuya catadura moral se avenía perfectamente con la suya. Ellas
vendían sus encantos o su nombre. Él se rebajaba a servir un régimen que
detestaba por los momios que este cargo le proporcionaba. Prostitución por
prostitución, ¿cuál era la más odiosa? La propia jefa fue a invitarlas a
formar. Se colocaron al final y bajaron en el mismo orden que las demás
reclusas hasta el patio, donde quedaron, mientras nosotras íbamos a ingerir
la indigesta pócima, que bajo el nombre de café con leche nos servían como
desayuno.
El director estaba convencido de que yo protestaría violentamente. Se
equivocó.
Por la tarde, después de cenar y cuando habíamos ya fregado nuestros
platos y estábamos esperando en el patio la hora del encierro en las salas,
vino un empleado de la oficina a decirme que el director quería hablarme y
que me esperaba en su despacho.
—Nada se me ha perdido en el despacho del director —respondí—. Y si
desea hablarme podemos dialogar en el patio, ante la reclusión, como lo
hemos hecho hasta ahora.
No vino el director hasta el día siguiente. Haciéndose el encontradizo
conmigo en el porche del patio, me paró.
—He oído que Ud. ha protestado porque he colocado a esas dos señoras
en la sala pequeña.
—Pues ha oído Ud. mal, señor director. No he protestado. Y no he
protestado porque separar a esas «damas» del resto de la reclusión es el
reconocimiento implícito de mi derecho a exigir un régimen político. Sólo
que Ud. lo aplica de manera especial a sus amigos. Por algo se empieza. Y
puesto que la ocasión es llegada, ¿me permite una pregunta?
—Pregunte.
—¿Es Ud. católico, es Ud. cristiano?
Me miró desconcertado. Titubeando respondió:
—Sí; soy católico, soy cristiano.
—Entonces ¿conocerá las Obras de Misericordia?
—Sobra la pregunta.
—Y ¿cómo las aplica?
—Según mi saber y entender.
—Y las virtudes teologales, especialmente la tercera, ¿también las
conoce?
—¿Es un examen de doctrina cristiana?
—No; es la comprobación de que Ud. es un fariseo. Y que a Ud. le
arrojaría Cristo del templo a latigazos como arrojó a los mercaderes. Desde
que se proclamó la República y Uds. supieron que las monjas debían salir
de la cárcel, recogieron todo lo que en ella había de valor, privando a la
población reclusa de muchas cosas útiles y necesarias. Ha sido necesario
que vengan dos «damas» de categoría, para que Ud. se acuerde de que a su
disposición hay muchas cosas útiles que las reclusas conocían y que hace
meses no han visto. ¿Por qué no ha entregado Ud. los colchones de lana a la
enfermería? ¿Por qué no ha hecho lo mismo con las sábanas y mantas?
—¿No pensará Ud. que todos esos objetos los iba a poner a disposición
de mujeres como Juana la Coja, por ejemplo?
—Y ¿por qué no? Juana la Coja es una enferma; llena de lacerías, pero
es una mujer; es un ser humano, que no ha conocido en su vida ninguna
comodidad y a la que la miseria ha empujado al camino de la delincuencia.
¿Con quién mejor que con los desgraciados emplear la caridad? Por otro
lado: toda la dotación de la cárcel está al servicio de la reclusión, sin
excepciones. ¿Por qué privan a los que lo necesitan de lo que la cárcel,
además del encierro, puede dar?
Terminó la conversación prometiendo que se mejorarían las condiciones
de la enfermería. Una cosa era evidente. El director temía que su conducta
para con las monárquicas trascendiese a la calle y le crease algunos
inconvenientes en su carrera. Organizó un régimen especial para ellas. No
sólo dormían y comían aparte de las reclusas, sino que además se les
habilitó el patio de la cocina para que tomasen baños de sol. Pero ocurrió un
incidente que estuvo en un tris no les costase caro a las señoras.
INCENDIO
Estaba prohibido entrar tabaco en la cárcel. Con la excepción, naturalmente,
establecida, para aquella pareja de señoras que no se quitaban el cigarro de
la boca. Las aficionadas al humo olían el tabaco a la legua y estaban
desesperadas. Como sustitutivo se fumaban la paja de maíz de los jergones,
llenando las salas de humo acre y picante. A veces se metían en los retretes
a dar una chupada a una colilla encontrada en cualquier escupidera o a
fumarse un cigarrillo que había llegado entre la ropa que les enviaban de la
calle.
Contiguo al locutorio había un pequeño almacén de fardos de pajas de
maíz, donde se solían rellenar los jergones, héticos a fuerza de uso y de
sangrías.
Una tarde, cuando las distinguidas reclusas iban a la comunicación,
antes de entrar en el locutorio, a una de ellas se le ocurrió arrojar la colilla
del cigarro que iba fumando, y con la prisa de llegar a la comunicación no
se fijó dónde caía.
La puerta del almacén estaba abierta, el almacén sin gente y la paja
amontonada en el suelo. La colilla cayó en el lugar más a propósito y fue
haciendo su labor. Terminada la comunicación subieron las damas a su
retiro y las reclusas a las salas. Al cabo de unas horas empezó a notarse olor
a chamusquina.
—¡Es de la calle! —comentábamos.
Al poco rato oíamos la sirena de los bomberos y los coches que se
detenían a la puerta de la cárcel.
Un humo espeso salía hacia la calle de la ventana del locutorio. Como
locas, las mujeres se lanzaron por la escalera hacia el patio.
—¡Nos abrasamos, la cárcel está ardiendo!
Una reclusa oyó a uno de los bomberos comentar que el incendio
tendría su origen posiblemente en una colilla, arrojada al azar u olvidada en
cualquier rincón.
—Aquí no fuma nadie más que las monárquicas —contestó a la
observación una reclusa, de historia accidentada, que se mantenía siempre a
distancia del resto de la reclusión.
Dichas estas palabras sin intención por el propio carácter de quien las
había pronunciado, fueron pasando de boca en boca para terminar en el
alarido de rabia, de odio y de indignación de las mujeres recluidas en la sala
de madres.
—¡Han sido ellas, han sido ellas…!
Como una tromba se lanzaron las mujeres escaleras arriba, hacia la
habitación de las «políticas». Las más excitadas eran las reclusas madres.
«¡Si esto ocurre de noche se abrasan nuestros hijos. Vamos a arrastrar a esos
zorrones!». Tras ellas y con un grupo de soldados de la guardia de la cárcel,
corrió el director a salvar a las amigas de sus amigos, cuando ya las reclusas
golpeaban furiosas con un banco que hacía de ariete en la puerta del
«boudoir» carcelario. A los pocos días y por gestiones especiales fueron
puestas en libertad las señoras, para las que el aire de la reclusión se había
hecho irrespirable.
Una estancia de tres semanas en la cárcel, alimentadas «a boca que
quieres», con toda clase de comodidades, con un régimen especial,
tostándose al sol y poniéndose «en forma», dio motivo a la insignificante
directora del insignificante periódico católico femenino para presentarse
como mártires, hilvanando un mal libro, en el cual como personaje principal
aparecía una terrible comunista, que hacía la vida imposible a las inocentes
palomas, que el celo policíaco tenía recluidas en el inhóspito hotel de la
calle de Quiñones.
***
Llegó el 10 de agosto de 1932, día de la sublevación monárquica contra
la República. El director, cosa no habitual, paseaba por el patio desde las
seis de la mañana. Las oficialas habían hecho el servicio como de ordinario
y cuando llegó el relevo, las que llegaban aportaban la inquietud de la calle,
pero sin saber a ciencia cierta a qué atenerse.
Pronto los rumores fueron espesándose, y el director dio orden de
encerrar a la reclusión en las celdas.
Preguntamos a las oficialas el porqué y nos dijeron lo que ellas sabían.
—A mí no me encierran Uds. en la sala —les dije yo—. ¿Por qué en
lugar de tomar medidas para impedir que la cárcel pueda convertirse en un
reducto de la rebelión, se prestan Uds. a las turbias maniobras del director?
Digan Uds. a la reclusión de lo que se trata, díganles que se intenta volver a
los viejos métodos del látigo y de los calabozos a pan y agua, de los
castigos infames, y verán Uds. lo que tardamos en poner a buen recaudo a
ese señor.
Contra la voluntad del director, la señora Massó ordenó izar la bandera
nacional en la cárcel. Las oficialas y las reclusas estaban por la República.
A mediodía se aclaró la situación. El golpe monárquico había fracasado y
sus dirigentes detenidos. El director de la cárcel se presentó en el Ministerio
de Justicia a hacer acto de fidelidad al régimen. Y así se escribe la historia.
HUELGA EN LA CÁRCEL
A la entrada del otoño ingresé en la enfermería. La comida de la cárcel
había agudizado una vieja dolencia hepática y debía someterme a un severo
régimen dietético.
Aunque esto me alejaba de la reclusión, no me impidió estar al corriente
de los pequeños acontecimientos de cada día y de las reacciones que se
producían entre las reclusas.
Llegó un nuevo administrador, Shylok en la avaricia y Gonzalo de
Córdoba en la justificación de gastos y que estaba dispuesto a hacer ahorros
en el «chocolate del loro».
Se empleaban en el lavadero cuatro botellas de lejía. Suprimió dos,
porque cuatro eran un lujo, a pesar de la necesidad de desinfectar la ropa, en
una cárcel donde el 90% de las reclusas estaban enfermas de enfermedades
venéreas. Se redujo el jabón, tan mezquino como la lejía, a la mitad: se
recogió el dinero a la reclusión sustituyéndolo por unos talones
administrativos: se quitó a cada una de las camas una manta dejando otra, a
todas luces insuficiente para resistir el frío del invierno madrileño en aquel
destartalado caserón, donde toda incomodidad tenía asiento, lo que llegó al
alma de las reclusas.
¿Por qué se quitaba una manta a cada cama? Éste era uno de los
aspectos de los juegos malabares de la administración de la cárcel con los
bienes del Estado. Se había inaugurado, según dijeron, una cárcel en Jaén, y
como no tenían mantas para ella decidieron que para que los pobrecitos
reclusos de la provincia andaluza no pasaran frío, debían pasarlo las
mujeres de la cárcel de Madrid. En el fondo era un oscuro negocio, llevando
y trayendo las mantas de una cárcel a otra, mientras el Gobierno destinaba
sumas para esta necesidad, que cobraban pero que no se empleaban en ello.
Organizamos una huelga. Las reclusas se concentraron en el taller con los
brazos cruzados. Dejaron la cocina las cocineras, los lavaderos quedaron
abandonados, las salas desiertas, las máquinas de coser paradas. Toda la
reclusión, menos la de enfermería, estaba en el taller por acuerdo de las
reclusas, que decidieron que sólo en último extremo interviniese yo, para
que viese la dirección de la cárcel que las reclusas ya no necesitaban
andaderas.
Contra lo acostumbrado, la cárcel estaba más silenciosa que un
cementerio. Las oficialas, nerviosísimas, esperaban la llegada del director.
Subió éste al taller con mucha calma y preguntó por qué no trabajaban
las reclusas.
Una de las reclusas se lo dijo y se echó a llorar nerviosamente, asustada
de su atrevimiento. El director comenzó a hablarles en tono paternal,
tratando de convencerlas de lo anormal de su actitud y de la necesidad de
que volviesen a ser las buenas mujeres que habían sido antes, prometiendo
que en él encontrarían siempre apoyo y protección.
Comenzó a vacilar el frente. Una reclusa salió sin ser advertida a
avisarme de lo que ocurría en el taller. En dos brincos subí las escaleras.
Entré silenciosamente al taller. El director estaba de espaldas a la puerta y
no me vio. Me senté en un banco y escuché. Cuando terminó pedí la
palabra, como en cualquier reunión sindical. El director se volvió.
—¿Qué dice Ud.?
—Que pido la palabra.
—¿Qué, quiere Ud. hablar?
—Sí, quiero hablar. Quiero decirle el profundo disgusto de la reclusión
por las medidas tanto de orden sanitario como económico que ha tomado
Ud. y que tienden a hacer más dura y penosa la vida de la cárcel, amén de
los peligros de contagio que entraña el que la ropa de uso de la reclusión no
sea debidamente desinfectada. Y sinceramente, el asunto de las mantas no
está claro ni para nosotras ni para nadie. ¿A quién van a hacer creer Uds.
que el Gobierno ha decidido desnudar a un santo para vestir a otro? Toda la
reclusión dice, y además en voz alta, que eso es un indecente chanchullo, y
que no se van a callar. Y tienen razón.
—¡Están Uds. equivocadas! Lo de las mantas es temporal. En cuanto a
las cuestiones del dinero, del jabón, de la lejía y de todos los aspectos de la
vida de la reclusión que se modifican, voy a decir al señor administrador
que les explique lo que hay a este respecto.
Se marchó ufano «largando el mochuelo» al administrador, que terminó
prometiendo dejar el jabón y la lejía, traer las mantas antes de que
comenzase el invierno y arreglar a gusto de todos la cuestión del dinero.
CONDUCCIÓN
A primeros de noviembre fui de nuevo conducida a la cárcel de Bilbao, y
allá quedó la cárcel de Quiñones, con sus reclusas y su carcelero mayor, el
odioso y odiado don Luis Guzmán.
La conducción en un tren mixto de Madrid a Bilbao era muy
desagradable, aunque todo lo malo tiene siempre algo positivo. Y en este
caso, lo positivo era que se viajaba en los coches junto a los demás viajeros.
Y que unas veces por reacción contra la Guardia Civil, tradicionalmente
odiada por el pueblo, y otras por compasión hacia los presos, los viajeros de
manera cordial y humana se mostraban hacia éstos afectuosos y
respetuosos.
Al comienzo del viaje, y cuando creyeron que era una delincuente
común, por lástima, hombres y mujeres pasaban por mi lado y me echaban
en el halda pequeñas monedas de plata o de cobre, mientras me decían
¡pobrecita! Al darle las gracias devolviéndoles el dinero, advirtiéndoles que
era una presa comunista, se quedaban suspensos. Algunas mujeres me
besaban, con los ojos llenos de lágrimas, y protestaban contra el Gobierno,
mientras los guardias leían el periódico monárquico ABC, sin molestar a las
gentes que se acercaban a mí.
En uno de los cambios de «parejas» tropecé con un guardia civil
«generoso» que me ofreció, si le tocaba la lotería, pagarme un viaje a la
Unión Soviética para que me convenciese de lo «malo» que era el
comunismo.
No iban los guardias, especialmente los que me condujeron en 1932
desde Miranda de Ebro hasta Bilbao, muy contentos de su misión. Desde la
Estación del Norte hasta la cárcel de Larrínaga hay un buen trecho que
debíamos hacer a pie, y el camino pasaba por uno de los barrios más
populosos de Bilbao, la calle de San Francisco, o por las cercanías del
mercado de San Antón, cuyas vendedoras tenían fama de tener la lengua
bien colgada.
Los guardias temían que al vernos armasen «la de Dios es Cristo».
Confiaban que en la estación esperase otra pareja para hacer la entrega y se
encontraron con un ordenanza que les comunicó la orden de seguir hasta la
cárcel.
Estaban furiosos, y no lo ocultaban. Me rogaron que fuese delante a
prudente distancia para no dar la impresión de que me llevaban conducida.
Me negué.
—Yo no he cometido ningún delito, y si voy conducida como una
criminal, son los «otros» quienes deben avergonzarse.
—Pero Ud. comprende nuestra situación.
—La comprendo, pero voy con Uds.
Llegamos a la cárcel sin novedad. Estuve poco más de un mes en la
cárcel de Larrínaga. Al ser puesta en libertad, en enero de 1933, y viajar de
nuevo hacia Madrid, llevaba conmigo a mis dos hijos, Rubén y Amaya, que
debían sufrir constantemente las consecuencias de las actividades
comunistas de su madre, pero sin los cuales la vida se me hacía imposible.
No era sólo la preocupación por mis hijos lo que me había atormentado
en la prisión, ni tampoco el que permaneciese en ella meses y meses
olvidada de Dios y de los hombres, sin recibir siquiera el periódico, porque
la dirección del Partido, absorbida por las discusiones que iban a llevar a su
desplazamiento después del Congreso de Sevilla, se había olvidado de que
yo estaba en la cárcel, y porque el criterio de los «Fragas» del Socorro
Rojo, dedicados a atender a los presos, era que por una sola detenida «no
iban a ir cada día a la calle de Quiñones».
Hondamente preocupada me tenía la crisis en que se debatía el Partido y
que enfrentaba al grupo de dirección con la mayoría del C. C., que no
estaba de acuerdo con su política.
Poco antes de mi traslado a Bilbao, vino a verme un camarada del
nuevo Buró Político y me informó del desarrollo de las discusiones en la
tramitación de la crisis y de las resoluciones adoptadas sobre el antiguo
grupo dirigente, y deseando al mismo tiempo conocer mi opinión sobre
ellas. Me dio a conocer a la vez las gestiones emprendidas y consultas
realizadas con abogados amigos para conseguir mi libertad[32].
Expresé mi acuerdo con las medidas tomadas para asegurar la dirección
y continuidad del Partido y corregir su política estrecha y sectaria que había
llevado a convertir el Partido en un grupo de propagandistas abnegados,
heroicos, a los que admiraban los trabajadores por su coraje, pero a los que
no seguían.
El rápido crecimiento numérico del Partido y de su influencia en las
masas después de la liquidación de la crisis, cuando nuestro camarada José
Díaz se hizo cargo de la secretaría general del Partido, mostró cuan justas y
necesarias habían sido las resoluciones tomadas al apartar de la dirección a
hombres que no estaban en condiciones de asegurar el desarrollo del Partido
ni la política que correspondía a las condiciones concretas en nuestro país.
LOS SOCIALISTAS SALEN DEL GOBIERNO
En octubre de 1933 se produjo la crisis gubernamental que alejaba del
Gobierno a los socialistas. Y esto no fue un estallido inesperado, sino la
culminación de un proceso que maduraba públicamente.
La política de los distintos gobiernos republicano-socialistas era
idéntica. Tenía dos caras, como Jano: una, la que miraba hacia las viejas
castas que habían detentado el Poder hasta 1931, hecha de tolerancias, de
sonrisas, de debilidades, y otra la que miraba hacia los obreros y
campesinos, dura, brutal, estúpida. Con sus blanduras no conquistaban la
adhesión de las fuerzas de derecha. Con su dureza para con las masas
populares, perdían el apoyo de éstas.
Pasajes, Arnedo, Parque de María Luisa de Sevilla, Extremadura,
Córdoba, Villa de Don Fadrique, Casas Viejas son testimonio sangrante de
la política «popular» de los distintos gobiernos republicano-socialistas.
A finales de 1932 y comienzos de 1933, el movimiento campesino de
revuelta contra los terratenientes exigía una solución radical que sólo podía
darle una reforma agraria revolucionaria, que el Gobierno no era capaz de
realizar. Las provincias extremeñas y andaluzas, al igual que en el siglo XIX,
aparecían como el centro de un movimiento de incautación de tierras que
golpeaba la vieja estructura semifeudal de la propiedad de la tierra: sólo de
enero a marzo de 1933 se registraron 311 casos de ocupación de fincas por
los campesinos.
En ese período, el Partido Comunista realizó un gran trabajo de
propaganda en las regiones agrarias. Todos los camaradas de la dirección
fueron a diversas provincias. Yo fui a la de Toledo, donde en Villa de Don
Fadrique teníamos una gran organización comunista y donde el alcalde, el
camarada Cicuéndez, gozaba de bien merecida influencia, no sólo en el
propio Don Fadrique, sino en Lillo, Corral de Almaguer, Puebla de
Almoradiel, Villacañas y otros pueblos toledanos. Después de Toledo fui a
Andalucía, donde en Córdoba y Jaén participé también en el trabajo de
propaganda y organización del Partido, así como en mítines y reuniones en
diferentes regiones.
A la lucha de las masas trabajadoras por el pan y la tierra el Gobierno
republicano-socialista había respondido con la llamada ley de Defensa de la
República, a la que se acogieron los enemigos más encarnizados de ésta,
para rechazar violentamente las aspiraciones de la clase obrera y de las
masas campesinas.
En las elecciones municipales parciales, que se celebraron en abril de
1933, la CEDA, Confederación Española de Derechas Autónomas,
consiguió mejorar sus posiciones en algunas provincias. Esto les sirvió de
justificación en su ofensiva contra el Gobierno, cuyos ministros,
desbordados por los acontecimientos, sólo mostraban energía cuando se
trataba de reprimir las luchas reivindicativas de los obreros y de los
campesinos.
Después de la subida de Hitler al poder, en 1933, el peligro del fascismo
era en España una amenaza real e inmediata. Abiertamente comenzaron a
actuar organizaciones fascistas, las cuales, según afirmación de su jefe e
inspirador José Antonio Primo de Rivera, «no comprendían más dialéctica
que la de las pistolas». Y pronto las calles de las ciudades españolas
comenzaron a ser testigos de crímenes fascistas, prólogo y comienzo de lo
que España iba a conocer en un futuro próximo.
Ante la bravuconería y desgarro del señoritismo fascistas o
fascistizante, el Partido Comunista llamó a la juventud a formar las milicias
antifascistas como organizaciones de autodefensa de la democracia y de las
masas trabajadoras. Organizó el Partido Comunista varias manifestaciones
contra el fascismo que terminaban siempre en lucha abierta con la policía.
En una de ellas, celebrada en 1933, cuando desfilábamos por la calle de
San Bernardo, cerca de la Universidad, nos salieron al paso los guardias de
Asalto, que sin previo aviso comenzaron a disparar sobre los manifestantes.
Al oír las primeras descargas, la gente corría alocada. En el quicio de
una puerta nos refugiamos el camarada Guillén, un obrero zapatero
madrileño, y yo, en donde le alcanzó una bala atravesándole la cabeza.
Cayó al suelo suavemente, sin un grito, sin un gesto.
En el primer momento yo no me di cuenta exacta de lo que había
sucedido. Pero al ver su inmovilidad me incliné sobre él y vi que de un oído
le salía un chorro de sangre. Traté de levantarle llenándome las manos de
sangre, sosteniéndole contra mí arrodillada en la acera; comencé a gritar en
demanda de auxilio, apostrofando violentamente a sus asesinos.
A mis voces corrieron los camaradas que se habían resguardado de los
disparos y los propios guardias, que levantaron al camarada Guillén y le
metieron en un coche. Pero nada se pudo hacer. La herida era mortal.
En otra de las manifestaciones, antifascistas celebradas en Tetuán de las
Victorias, fui detenida por la Guardia Civil y conducida a la Dirección
General de Seguridad, desde donde salí en libertad por gestiones realizadas
por las organizaciones democráticas.
Frente a la inconsciente ceguera de los dirigentes de todas las fuerzas
republicanas y socialistas, que no creían en el peligro fascista, ya entonces,
el Partido Comunista propugnó y propició la creación del Bloque
Antifascista como un gran movimiento de masas para agrupar a cuantos
estuvieran dispuestos a cerrar el paso a la reacción y al fascismo.
Como resultado de la crisis abierta por el desplazamiento de los
socialistas del Gobierno, fueron convocadas nuevas elecciones, en las
cuales las fuerzas reaccionarias obtuvieron una gran victoria, llevando una
mayoría de diputados de derecha al Parlamento.
En aquellas elecciones, el Partido Comunista presentó candidaturas en
muchas circunscripciones, logrando recoger en toda España más de 400 000
votos[33].
Por las características de la ley electoral elaborada por los socialistas y
republicanos y dirigida concretamente contra los comunistas, a pesar del
número de votos obtenidos, sólo pudimos llevar a las Cortes un diputado: el
camarada Cayetano Bolívar, elegido en una candidatura unitaria por los
trabajadores de Málaga.
La victoria reaccionaria llenó de consternación a los trabajadores
socialistas, que empezaron a comprender que la táctica de su partido no
llevaba al socialismo, como les habían prometido, sino a la reacción y al
fascismo.
La experiencia fracasada de la colaboración socialista en los gobiernos
republicanos; el descontento creciente de las masas y el desplazamiento de
muchos trabajadores socialistas hacia las posiciones del Partido Comunista
produjeron una seria crisis, latente de largo tiempo en el Partido Socialista,
que se dividió en tres corrientes claramente definidas: la derechista, la
centrista y la izquierdista.
Esta última tendencia, que pronto se convirtió en la corriente
dominante, estaba encabezada por Largo Caballero, cuya actitud reflejaba la
radicalización de las masas socialistas y el deseo vehemente de éstas de
llegar a la unidad con el Partido Comunista.
Las posiciones izquierdistas de Largo Caballero, si políticamente no
eran consecuentes ni correctas, representaban, sin embargo, un gran paso
hacia la retransformación del Partido Socialista en el partido obrero clasista
de sus comienzos y abrían el camino para el entendimiento entre los dos
partidos obreros: el Partido Comunista y el Partido Socialista.
Ello explica por qué el Partido Comunista, que tantos golpes ha sufrido
de los socialistas, saludó este cambio y se esforzó por establecer con el
Partido Socialista un acuerdo como base de la unidad de la clase obrera, sin
lo cual no era posible oponer una resistencia seria a la amenaza fascista, ni
asegurar la República, ni desarrollar la democracia.
El 16 de noviembre de 1933, de acuerdo con lo pactado entre los
radicales y la CEDA, que de momento quedaba en la sombra, formó
gobierno Alejandro Lerroux.
Comenzaba el período de ofensiva de la reacción, conocido con el
nombre de Bienio Negro, y en el transcurso del cual la oligarquía financiera
y latifundista orientaba su actividad a establecer un régimen fascista
apoyándose en las propias instituciones de la República, destruyendo
cuanto había sido conquistado por el pueblo en una lucha larga y tenaz.
EL PARTIDO SOCIALISTA EN LA ENCRUCIJADA
Después de las elecciones de noviembre de 1933, el Partido Socialista se
encontraba en una situación delicada. Al final de siete años de colaboración
con la dictadura militar del general Primo de Rivera y de tres años de
participación con influencia decisiva en los gobiernos de la República, le
era difícil pasar en brusca transición desde los ministerios a la oposición. Y
aún mucho más difícil, restablecer —por la cantidad de intereses creados en
esos largos años de disfrute del poder— su carácter clasista que había ido
perdiendo en una colaboración sin principios con los partidos de la pequeña
burguesía y con la dictadura.
A la sombra de la colaboración y atraídos por el eclecticismo
antimarxista predominante en el Partido Socialista, arribaron a sus filas un
gran número de profesores y de intelectuales pequeño-burgueses, que si
estimables personalmente, no hacían ningún beneficio al Partido Socialista,
al que llevaban su oportunismo y sus ideas liberales, reblandeciendo su
médula obrerista y su carácter de organización de clase.
El Partido Socialista sufría el impacto de esta influencia sin poder
contrarrestarla, sin poder ayudar a estos intelectuales a superar sus
flaquezas ideológicas porque él mismo carecía de una base teórica,
revolucionaria, marxista.
Producíase al mismo tiempo un hecho alarmante para los dirigentes
socialistas: el acortamiento de sus filas, la disminución del número de
afiliados. Si en 1932, al calor de la colaboración gubernamental, el Partido
Socialista había llegado a más de 80 000 afiliados, a comienzos de 1934 sus
efectivos habían descendido a menos de 60 000.
Estos hechos, que tenían una concatenación lógica y un origen idéntico,
produjeron en el seno del Partido Socialista serias divergencias que
condujeron en enero de 1934 a una ruptura abierta entre la Ejecutiva del
PSOE, compuesta por Largo Caballero, Prieto, De los Ríos y otros, y la
Ejecutiva de la Unión General de Trabajadores, cuyo secretario general era
Besteiro, y de la que formaban parte Saborit y Trifón Gómez,
principalmente[34].
Estas divergencias tenían un carácter político, táctico y estratégico bien
definido. Mientras la dirección del Partido Socialista, con Largo Caballero a
la cabeza, apoyado por Indalecio Prieto, consideraba posible un movimiento
revolucionario, dirigido por el Partido Socialista y la Unión General de
Trabajadores, para la conquista del poder por el Partido Socialista, los
dirigentes de la Unión General de Trabajadores, encabezada por Besteiro, se
orientaban a la colaboración con la reacción fascista y al establecimiento de
un sistema político de carácter corporativo al estilo italiano.
En diciembre de 1933, en una reunión de la Ejecutiva del Partido
Socialista, Largo Caballero sometió a la consideración de sus compañeros
el plan de un movimiento revolucionario. A la propuesta acompañaba el
programa a realizar después de la toma del poder por el Partido Socialista.
Esa proposición y ese programa podían ser discutibles, y lo eran en realidad
por sus insuficiencias, tanto desde el punto de vista de su realización como
de su contenido.
De su realización, porque la dirección del PSOE sólo contaba con su
opinión y con sus fuerzas, dando de lado a los republicanos, a comunistas y
cenetistas, que podían o no apoyar la decisión socialista.
De contenido, porque era demasiado estrecho. Desconocía en absoluto
la existencia del problema nacional y de la cuestión agraria, sin cuya
solución no hay revolución democrática ni mucho menos socialista.
Verdad es que el propósito entrañaba dar un bandazo de marca. Era un
intento honrado, aunque no acertado, de corregir el viejo rumbo y de enfilar
la nave socialista hacia horizontes más despejados.
Pero en su empresa, Largo Caballero, como el hidalgo manchego, «topó
con la Iglesia» o mejor aún con la «santísima Trinidad»: Besteiro, Saborit y
Trifón Gómez, que rechazaron el plan de la dirección del Partido Socialista,
oponiendo un contraplán elaborado por Besteiro de carácter típicamente
corporativo y antidemocrático.
En el plan de Besteiro, la España aristocrática y burguesa quedaba en
pie, intangible. En lugar de reforma agraria, obras hidráulicas; ausencia del
problema nacional, respeto a todo lo establecido, pensando con su viejo
maestro Hegel que «todo lo real es racional», aunque lo real español de la
época fuese monstruosamente reaccionario.
Como órgano de preparación y realización de su plan, Besteiro proponía
la constitución de una Asamblea de tipo corporativo, que en su opinión «no
debería tener facultades legislativas, sino meramente consultivas»…
Aunque si se considerase un día necesario, podría ampliarse la esfera de
acción de esta Asamblea promoviendo por vías legales la necesaria reforma
de la Constitución.
No podía opinar de otra manera el hombre que, tratando de impedir la
lucha de las masas contra el fascismo y contestando de refilón a su
camarada Largo Caballero y a toda la dirección del Partido Socialista
dispuestos a luchar contra la amenaza reaccionaria, decía en ese mismo mes
de diciembre de 1933 que «el fascismo es el ruido de unos ratones en un
caserón viejo, que asusta a los pusilánimes y a los cobardes» y que «en
España, no hay ningún peligro de fascismo».
Colocándose contra las posiciones ultrarreaccionarias de los Besteiros,
los Saborit y los Trifones, la dirección del Partido Socialista, y
principalmente Largo Caballero, inició la lucha contra ellos, y muy pronto,
apoyado por los trabajadores, Largo Caballero ocupó simultáneamente la
secretaría del Partido Socialista y de la organización sindical.
La política unitaria y antifascista propugnada por el Partido Comunista
se abría paso entre las masas, penetraba en las filas del Partido Socialista y
de la Unión General, obligando a los dirigentes a prestar atención a las
proposiciones comunistas.
No era Largo Caballero hombre que se apease fácilmente de sus
opiniones. Por ello y en lugar de abordar de una manera franca y abierta las
proposiciones de Frente Único que reiteradamente hacía el Partido
Comunista para organizar la lucha en común de la clase obrera contra la
amenaza fascista y reaccionaria, Largo Caballero, sin rechazar de manera
inapelable la unidad con los comunistas, como lo había hecho en el pasado
aceptando sugestiones trotskistas, contrapuso a nuestras proposiciones de
Frente Único las Alianzas Obreras, de matiz trotskistizante, con la
esperanza de que el Partido Comunista no aceptase el ingreso en ellas por el
carácter estrecho y limitado de las Alianzas[35].
Con esta actitud, la dirección del Partido Socialista, dirigida por Largo
Caballero, trataba de conseguir varios objetivos; contrarrestar los progresos
evidentes del Frente Único, satisfacer aparentemente los anhelos unitarios
de los trabajadores socialistas y cargar sobre los comunistas la
responsabilidad de no haberse establecido la unidad, si éstos se negaban a
ingresar en las Alianzas. Ingresar en las Alianzas en tales circunstancias
implicaba para los comunistas renunciar a realizar una política
independiente en la lucha por la constitución de auténticos organismos de
unidad de acción de la clase obrera.
Antes de ingresar el Partido Comunista en las Alianzas, y para hacer
posible este ingreso, era preciso modificar la concepción que de las
Alianzas tenían los dirigentes socialistas.
En julio de 1934 y por iniciativa del Partido Comunista se llegó entre
las direcciones del PSOE y del Partido Comunista de España a una especie
de «tregua» en los mutuos ataques en la prensa y en los mítines.
La decisión oficial del Partido Comunista de ingresar en las Alianzas
fue tomada en el Pleno del C. C. celebrado en septiembre de 1934. La
situación política había empeorado considerablemente y no era posible
aguardar más sin correr el riesgo de que un golpe reaccionario sorprendiese
a la clase obrera dividida.
Al ingresar en las Alianzas Obreras el Partido Comunista declaró que no
renunciaba a la lucha por modificar el carácter de éstas. Que se esforzaría
por hacer de ellas Alianzas Obreras y Campesinas, fundiendo en la lucha
por el desarrollo democrático de España la acción de las principales fuerzas
de la revolución democrática: el proletariado y los campesinos.
INTERMEDIO…
En noviembre de 1933, después de las elecciones, salí hacia Moscú como
delegada del Partido Comunista de España para asistir al XIII Pleno de la
Internacional Comunista.
No era el Moscú de entonces, exteriormente, como el Moscú de hoy: sin
embargo, para mí, que le veía con los ojos del alma, era la ciudad más
maravillosa de la tierra. Desde ella se dirigía la construcción del socialismo.
En ella plasmaban los sueños seculares de libertad de generaciones de
esclavos, de parias, de siervos, de proletarios. Desde ella se abarcaba y
percibía la marcha de la humanidad hacia el comunismo.
Visité Leningrado, la cuna de la revolución. Estuve en el Smolni, donde
aún se sentía viva la presencia de Lenin, que en aquellos días inolvidables
que estremecieron al mundo hizo del Smolni el centro neurálgico de la
dirección de la revolución. Escuché a Kírov en la Conferencia del Partido
Comunista de la Unión Soviética; hablé con los obreros de la fábrica
Putílov, la vieja fortaleza obrera revolucionaria, con los trabajadores de la
fábrica de calzados Skorojod, asistí al XVII Congreso del Partido
Bolchevique, en el que intervine saludando al Congreso en nombre del
Partido Comunista de España.
En Rostov sobre el Don, junto con delegados de distintos países, visité
un artel de pescadores y uno de los primeros koljoses que se habían
establecido en la región.
Mis impresiones de la Unión Soviética en esa primera visita fueron
imborrables y ellas permanecen vivas a través de los años. Y al comparar la
Unión Soviética de hoy con lo que era entonces, el corazón brinca de
alegría ante la inmensidad de las transformaciones operadas, ante la
inconmensurable grandeza de lo realizado[36].
PELIGRO FASCISTA
Al volver a España en 1934, la situación política era muy seria y el peligro
del fascismo sobre el que tan reiteradamente habían advertido los
comunistas no era una amenaza lejana, sino inminente. Las fuerzas de
derecha, de marcado carácter confesional y fascista, iban por etapas
acercándose al Poder, sirviéndose de la propia mecánica de las instituciones
y formas de gobernar de la República.
Según Gil Robles, el jefe de las fuerzas de derecha, las posiciones, los
pasos dados por ellas eran decisivos.
«Las posiciones que hemos tomado —afirmó Gil Robles en Covadonga
— no son más que las trincheras desde las cuales hemos de dar el asalto
definitivo al reducto del poder público».
Su táctica consistía después del triunfo electoral de 1933 en servirse de
los radicales como zapadores que limpiasen de obstáculos su camino. El
Gobierno del republicano Samper era el primer intento de gobierno puente,
para facilitar la accesión de las derechas al poder.
Cuando Gil Robles comprendió que esa política quebraba y que podía
hacer fracasar sus planes, decidió el asalto al poder. En el discurso que
pronunció el 7 de abril de 1934 dijo textualmente:
«Vamos a conquistar el poder». «¿Con ese régimen? Con el que sea, con
lo que sea y como sea».
Sus palabras breves, concisas, amenazadoras, constituían un programa
del que nada se excluía. Ni siquiera la guerra civil.
El 1.º de octubre de 1934, al comparecer el Gobierno Samper ante las
Cortes, Gil Robles planteó la cuestión política. La crisis gubernamental se
produjo de manera fulminante. El fascismo tenía abierto el camino hacia el
poder, apoyándose en la legislación republicana.
El 4 de octubre se constituyó el gobierno Lerroux, el viejo demagogo y
aventurero político, cuyas turbias ligazones políticas eran del dominio
público. Con el Lerroux anticlerical que llamaba a los «Jóvenes Bárbaros» a
rasgar los velos virginales de las novicias de los conventos, para elevarlas a
la categoría de «madres», no vacilaron en colaborar estrechamente los
hombres representativos de las derechas católicas. ¿Para luchar contra el
ateísmo? ¡No! Para defender los intereses de la gran burguesía y de los
terratenientes y oponerse al avance de la democracia en España.
En el gobierno Lerroux, nueva etapa en el camino ascensional de las
derechas hacia la toma completa del poder. La CEDA disponía de tres
ministerios: Justicia, Agricultura, Trabajo. Gil Robles se reservaba para más
tarde. No quería desgastarse. Pero a la clase obrera, cuya vigilancia política
estaba despierta por la actividad comunista y socialista, no le engañaban las
maniobras de distracción de quienes aspiraban a establecer en España el
fascismo, bajo la cobertura católica.
LA INSURRECCIÓN DE 1934[37]
Largo Caballero, poseyendo grandes méritos y una historia de trabajo y de
actividad constante en el movimiento obrero, era sin embargo, como ya he
señalado, un hombre de ideas fijas, consecuente en sus simpatías y en sus
odios.
Ni siquiera las necesidades y obligaciones de la política le hacían volver
sobre opiniones que la vida mostraba erróneas, ni desistir de propósitos a
todas luces irrealizables.
Los dirigentes del Partido Comunista estimábamos a Largo Caballero a
pesar de sus defectos y de sus debilidades políticas. Queríamos colaborar
con él. Queríamos ayudarle por él mismo y por la fuerza que representaba.
Y queríamos ayudarle sin reservas y sin segundas intenciones. Pero él no lo
entendía así. Cada proposición comunista la consideraba como una
irrupción en su terreno, en sus atribuciones, como una maniobra de aviesos
propósitos.
Así, a pesar de haber ingresado el Partido Comunista en las Alianzas,
Largo Caballero rehuía en la medida de lo posible las discusiones con los
comunistas y seguía aferrado al viejo plan elaborado en diciembre de 1933:
un movimiento revolucionario dirigido por el Partido Socialista y por la
Unión General de Trabajadores, tratando de desconocernos y de ignorar al
resto de las fuerzas obreras y democráticas.
Con tales propósitos fue dada la orden de huelga general al constituirse
a primeros de octubre el gobierno Lerroux con participación de la CEDA.
Los comunistas hemos criticado con razón la actitud inhibitoria de los
dirigentes anarquistas en el movimiento insurreccional de octubre de 1934,
inhibición que objetivamente constituía un apoyo a la reacción y que en
parte, en parte solamente, contribuyó a la derrota de la insurrección.
Pero, cabe preguntarse, ¿hubieran tenido los cenetistas esa actitud, si se
les hubiese consultado, si se hubiese tratado con ellos, que representaban un
valor de peso en el movimiento obrero, la forma de realizar el movimiento
en lugar de pretender que marchasen a la cola del Partido Socialista?
Es una interrogación que queda sin respuesta. Los hechos fueron así.
Podrá argüirse que la CNT no participaba en las Alianzas: esto es cierto.
Los comunistas participábamos en ellas ¿y qué hicieron los dirigentes
socialistas después de dar la orden de huelga general revolucionaria?
Romper toda relación con los dirigentes del Partido Comunista. Ocultarse
de las persecuciones policíacas. Y, si ocultarse era justo, no era justo, ni
correcto ni revolucionarlo, no haber constituido un Comité con las fuerzas
que participaban en la Alianza, para dirigir la insurrección y movilizar las
masas, dejando por el contrario que la lucha se desarrollase por inercia, ya
que según la opinión caballerista la revolución no se organiza, sino que la
hace el pueblo espontáneamente.
Entre tanto nosotros, a pesar de no habernos comunicado los dirigentes
socialistas sus propósitos, nos lanzamos de lleno al movimiento desde los
primeros momentos, junto con los trabajadores socialistas. De acuerdo con
ellos, transformamos en el transcurso de la lucha las alianzas obreras en
Alianzas Obreras y Campesinas que en algunos lugares, como en Asturias
—en cuyas Alianzas participaban también los anarquistas—, se
constituyeron como órganos de poder.
El movimiento insurreccional de octubre de 1934 tuvo un enorme valor
educativo para las masas, que en la práctica comprobaron tres métodos, tres
conductas, tres orientaciones.
La socialista, absorbente, pretendiendo monopolizar la dirección de un
movimiento revolucionario insuficientemente preparado, y fracasando en la
empresa.
La anarquista, inhibiéndose en una lucha que podía ser decisiva, por
intereses de capilla, haciendo el juego a los enemigos de la clase obrera.
Y la comunista, participando abiertamente en el movimiento,
dirigiéndose en algunos lugares, esforzándose por desarrollarle, y
asumiendo públicamente la responsabilidad de la insurrección.
Cataluña, con el presidente Companys a la cabeza, secundó el
movimiento revolucionario, defendiendo los intereses y las conquistas
democráticas del pueblo catalán que el Gobierno central había comenzado a
desarticular.
En la lucha participaba el Partido Comunista de Cataluña que, si
pequeño en número, era extraordinariamente activo y combativo, en el que
destacaban el camarada Sesé, del Barrio, este último siempre en oposición a
todo y a todos, Sastre, Montagut, Lina Odena…
En Madrid, Valencia, Sevilla, Salamanca, Córdoba, León y Palencia,
Vizcaya, Guipúzcoa, la huelga fue general y hubo paros parciales
importantes en Murcia, Jaén, Segovia, Granada.
Al general Franco, uno de los generales monárquicos y «africanistas»
que se había distinguido en la lucha contra el pueblo marroquí, encargó el
gobierno republicano la represión del movimiento insurreccional.
Contra los trabajadores asturianos fueron lanzadas las más feroces
fuerzas represivas de que disponía el Gobierno: varias Banderas del Tercio
y un Tabor de Regulares, al mando del teniente coronel Yagüe y del general
López Ochoa.
Siete columnas fueron organizadas contra los sublevados, que resistían
en la zona minera.
Las dos columnas encargadas de «apaciguar» Oviedo estaban mandadas
por los tenientes coroneles Yagüe y Sáenz de Buruaga respectivamente. La
columna que iba sobre Pola de Siero, por el coronel Aranda; la de Grado,
por el teniente coronel Ayuso; la de Sama de Langreo, por el coronel
Solchaga; la de Mieres, por el teniente coronel Lafuente y la del valle del
Narcea, por el teniente coronel Ceano.
Los nombres de estos jefes militares iban a sonar de nuevo en la
rebelión militar fascista contra la República. La represión desencadenada
por ellos en Asturias fue más que violenta, feroz, especialmente en los
lugares a donde llegaron los tabores africanos y las fuerzas del Tercio.
Asturias fue arrasada como si fuera un aduar marroquí rebelde. Más de
cuatro mil muertos fue el balance de la lucha y de la represión de octubre de
1934.
Después de octubre el Partido Socialista cesó toda actividad política
pública, en espera de que amainara el temporal. Mientras sus líderes más
destacados afirmaban que las luchas revolucionarias habían desaparecido
por largo tiempo de la arena social española y rechazaban toda
responsabilidad en el levantamiento asturiano, el Partido Comunista asumió
esta responsabilidad.
Comenzó un intenso trabajo de reorganización de las fuerzas
antifascistas dispersas por la derrota, y desarrolló una gran actividad
propagandística.
El órgano ilegal del Partido Comunista era Bandera Roja. La
organización de Madrid publicaba El Soviet, Frente Rojo y Norte Rojo. La
de Valencia, Lucha. En Bilbao, Bandera Roja, y en Cataluña, Cataluña
Roja. Y al igual que el Partido trabajaba la Juventud Comunista, cuyo
periódico se titulaba Lucha Juvenil.
En el primer número de Bandera Roja, aparecido días después del
aplastamiento del movimiento revolucionario de octubre, el Comité Central
del Partido Comunista de España publicaba un documento en el que
analizaba las causas de la derrota:
«La batalla librada —decía el Manifiesto del Partido Comunista,
publicado a últimos de octubre de 1934— no es la decisiva. Que no se
apresuren a cantar victoria los verdugos del pueblo trabajador. Hemos
vuelto al trabajo con más fe que nunca en el triunfo y dispuestos a
recomenzar la lucha en el momento propicio. Sacamos experiencias de los
hechos, y ellos nos fortalecen en el camino seguro hacia la victoria.
Llamamos a los trabajadores a reforzar las filas revolucionarias para
marchar hacia nuevos combates».
UNA ORGANIZACIÓN ANTIFASCISTA DE MUJERES
A mediados del año 1933 llegó a España una delegada del Comité Mundial
de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, que tenía su sede en Francia,
con el propósito de visitar a los grupos políticos femeninos que existían en
España y ver si era posible constituir un comité español de mujeres con el
mismo carácter que el del Comité Mundial.
Discutimos con ella y llegamos a un acuerdo. En las mujeres
comunistas no encontraría ninguna dificultad y estábamos dispuestas a
ayudarla, y en este sentido comenzamos a trabajar.
La delegada del Comité Mundial tenía un interés especial en visitar a las
mujeres socialistas. Premuras de tiempo le impidieron hacerlo. Al marchar
nos rogó encarecidamente que las visitásemos y saludásemos en su nombre,
cosa que nosotras prometimos. Y digo nosotras, porque a la entrevista con
la delegada francesa asistían Irene Falcón, Encarnación Fuyola, Lucía
Barón y algunas otras camaradas, cuyos nombres no recuerdo con exactitud
y por eso no los doy[38].
Dispuestas a cumplir lo prometido, pedimos a doña María Martínez
Sierra, diputada socialista y conocida escritora, una entrevista, que nos
concedió amablemente, citándonos en su casa.
A título anecdótico diré que al acudir a la cita de la diputada socialista y
distinguida escritora, el portero de su elegante mansión no nos dejó pasar
por la puerta principal porque íbamos modestamente vestidas. Nos hizo
entrar por la puerta de servicio. ¡Que aún hay «clases». Veremundo!…
En lugar de doña María Martínez Sierra nos recibió doña María de la A.,
una señora muy simpática, viuda de un antiguo alabardero del palacio real,
y a la que yo, en un equívoco involuntario, que la azaraba, llamaba doña
María de la O, porque en el oído me bailaba el nombre de la protagonista de
la canción en boga
María de la O,
que desgraciaita tu eres
teniéndolo too…
Con la colaboración sincera y cordial de las mujeres republicanas y con
algunas socialistas organizamos el Comité Nacional de Mujeres contra la
Guerra y el Fascismo, haciendo presidenta de honor a doña Catalina
Salmerón, hija del viejo republicano español que, en la primera República
en 1873, prefirió dimitir la presidencia del Gobierno a firmar una sentencia
de muerte[39].
Al movimiento de mujeres contra la Guerra y el Fascismo se
incorporaron un grupo de intelectuales que realizaron un gran trabajo de
propaganda y de organización, atrayendo a la lucha por la democracia y
contra el fascismo a importantes núcleos de mujeres de la clase media que
jugaron más tarde un destacado papel.
Las mujeres comunistas íbamos a los centros republicanos donde se
reunían las mujeres inscritas en ellos, hablábamos y discutíamos
cordialmente con ellas, exponiendo nuestros puntos de vista sobre la
situación y sobre la política general de los gobiernos de la República.
Entre las mujeres republicanas, y no me refiero a Victoria Kent o a
Clara Campoamor, conocidas por su actividad política, sino a las sencillas
afiliadas a las organizaciones femeninas republicanas, hallamos mujeres, y
podría dar decenas y decenas de nombres, que nada tenían que envidiar a
los dirigentes de sus partidos ni por su capacidad política, ni por su
comprensión de los problemas vitales de España, ni por su decisión de
luchar contra el peligro reaccionario y fascista que iba condensándose y
perfilándose en nuestro país.
La simpatía que de forma explícita mostraban hacia las mujeres
comunistas, por su actividad política, las mujeres republicanas, inquietaba a
ciertos camastrones de Unión Republicana, que decidieron cortar por lo
sano las cordiales relaciones establecidas entre sus afiliadas y las mujeres
comunistas, y colocaron a la policía a la puerta de su círculo para impedir
en él nuestra entrada.
El resultado fue inesperado para ellos. Las más activas, políticamente,
de sus mujeres, se apartaron de ellos. Algunas ingresaron en el Partido
Comunista y otras fueron valiosas colaboradoras en la organización de
Mujeres Antifascistas cuando ésta, más tarde y al ser declarada ilegal a raíz
de octubre, se transformó en Organización Pro Infancia Obrera dedicada a
ayudar a los niños de los mineros asturianos, víctimas de la represión.
En agosto de 1934 se celebró en París el Primer Congreso Mundial de
Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, al que asistió una delegación
española que yo encabezaba y en la que participaban entre otras Carmen
Loyola, Encarnación Fuyola, Irene Falcón y Elisa Uriz[40].
De vuelta a Madrid nos encontramos con la novedad de un proyecto de
movilización de reservistas preparado por el Gobierno, en relación con
Marruecos.
Rápidamente reaccionó nuestra organización y en unas horas, venciendo
dificultades que parecían insuperables, y gracias al entusiasmo de las
mujeres republicanas y socialistas a despecho de las órdenes de las
direcciones de sus partidos, se organizó en Madrid una manifestación de
protesta contra la movilización de reservistas, en la que participaron varios
millares de mujeres entre las que destacan, como núcleo central, las obreras
de la Fábrica de Tabacos, manifestación encabezada por doña Catalina
Salmerón, presidenta de honor de la organización, y por mí como presidenta
efectiva.
Los guardias de la policía montada lanzaban sus caballos sobre
nosotras. Las mujeres, sin arredrarse, volvían a reagruparse y
continuábamos marchando por las calles de la capital. Fueron detenidas
numerosas manifestantes y conducidas a la Dirección General de
Seguridad. Ante las protestas de las diversas organizaciones democráticas,
las autoridades se vieron obligadas a ponerlas en libertad.
La Organización de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, cuyos
comités actuaban en las principales ciudades y pueblos importantes de
España, pasó con honor la prueba de fuego de la represión desencadenada a
raíz del movimiento insurreccional de octubre de 1934.
A través de la organización de Mujeres Antifascistas se formaban como
activistas políticas, destacándose por su capacidad, numerosas mujeres,
entre las cuales sobresalían Emilia Elías, profesora de la Escuela Normal de
Madrid, admirable por su actividad y entusiasmo; Angeles Cruz de
Mansilla, mujer de un minero del País Vasco, que más tarde cumplió años
de prisión con Franco; Juanita Corzo, ayudante de laboratorio, de familia
anarquista, Angeles García, María Trujillo, las hermanas García Hernández,
Asunción y Pilar, parientes cercanas del héroe de Jaca; Alicia García e
Isabel de Albacete; Luda Barón y Carmen Meana, de Madrid; Elisa y Pepita
Uriz, de Barcelona; Agustina Sánchez y Pilar Soler, de Valencia; Matilde
Landa; Rosa Vila, Oliva González, Remedios Sánchez, Josefina López,
Teresa Falcón, María Fernández, Encarnación Fuyola, Trinidad Torrijos,
María Carrasco, las obreras textiles de Barcelona hermanas Imbert, Caridad
Mercader, Dolores Piera, María Pala, Teresa Palau, Reis Beltrán y decenas
y centenares de mujeres que en el transcurso de la guerra en defensa de la
República y contra la agresión militar fascista jugaron un destacado papel.
A finales de 1934, cuando la represión se desarrollaba con sangrienta
violencia sobre los trabajadores asturianos, fui a Asturias con dos mujeres
republicanas. Doña Isabel de Albacete[41] y Doña Alicia García, de las
cuales podían enorgullecerse los partidos republicanos a que pertenecían.
Abnegadas trabajadoras, sinceramente demócratas y dispuestas a cualquier
trabajo, me acompañaron a Asturias aun sabiendo los riesgos que ello
comportaba.
Llegamos a la patria de Pelayo llevando un salvoconducto que a favor
de nuestra organización Pro Infancia Obrera, que no era conocida por las
autoridades militares asturianas, había logrado una señora republicana
enviada por nosotras a Asturias para estudiar sobre el terreno la forma de
ayudar a las familias víctimas de la represión.
Llegamos a Oviedo, y la familia Fierro, dueña de un restaurante, uno de
cuyos familiares, miembro del Partido Comunista, estaba detenido, nos
advirtió del peligro que entrañaba ir a la zona minera.
No obstante, fuimos. Recorrimos varios pueblos y visitamos distintas
familias. La acogida que en todas partes nos hacían era conmovedora. La
represión no había apagado el espíritu batallador de los hombres y de las
mujeres de Asturias.
Organizamos la salida de varios centenares de niños, y cuando
retornábamos a Oviedo comenzó la persecución de la policía y de la
Guardia Civil contra nosotras. Nos detuvieron en uno de los pueblos de la
zona minera, antes de llegar a Sama de Langreo, y al mostrar nuestro
salvoconducto firmado por el Gobernador militar de Asturias, nos dejaron
pasar creyendo haberse equivocado.
A la entrada de Sama nos esperaba de nuevo la Guardia Civil.
Mostramos el milagroso documento, que entonces no nos sirvió de nada.
Nos condujeron, obligando al chófer a llevar el coche a paso de entierro,
bajo las miradas aterradas de las gentes que encontrábamos en el camino, a
la Casa del Pueblo de Sama, convertida en prisión y donde se torturaba
hasta la muerte a los mineros, acusados de participar en el movimiento
revolucionario.
Nos pidió la documentación un teniente y al ver el sello oficial y la
firma de su superior preguntó a los guardias con indignación:
—¿Quién ha sido el idiota que ha detenido a estas señoras?
Los guardias informaron de dónde habían recibido la orden. El teniente
llamó por teléfono para comprobar. Al responderle afirmativamente volvió
a decir:
—Aquí todo el mundo pierde la cabeza. Están Uds. en libertad. Pueden
continuar el viaje.
Éste no se prolongó más allá del siguiente puesto de la Guardia Civil.
Situada en medio de la carretera, una pareja civilera hizo detener el coche y
nos ordenó pasar al cuartel. Nos rogaron que esperásemos hasta que llegase
el sargento. Entre tanto el guardia de servicio nos informó que se buscaba a
la Pasionaria, una comunista peligrosa que andaba por allá.
Las dos amigas que me acompañaban palidecieron. Comprendiendo que
no era posible seguir adelante, pregunté:
—¿A quién ha dicho Ud. que buscan?
—¡A la Pasionaria!
—La Pasionaria soy yo.
—¿Qué dice Ud.?
—¡Que yo soy la Pasionaria!
Al guardia casi le da un ataque.
—¿Ud. es la que estuvo el año pasado haciendo propaganda comunista
cuando las elecciones?
—Yo.
—¿Ud. es la que ha hablado por radio desde Rusia?
—Yo.
—Pues aguarde un momento.
Entró hacia el interior del cuartel y volvió al poco rato acompañado de
dos guardias.
—Van a ser conducidas a la cárcel de Oviedo —nos dijeron.
—¿De qué se nos acusa? —pregunté.
—No tenemos por qué darle explicaciones. Allá se las darán.
Protestamos, pero de nada sirvió. Traté de tranquilizar a mis amigas
convenciéndolas de que a ellas nada podría pasarlas puesto que era a mí a
quien buscaban.
Llegamos a Oviedo a las nueve de la noche. Al entrar en la cárcel nos
quitaron la documentación y nos condujeron al departamento de mujeres,
donde nos encontramos con algunas conocidas.
No había dónde acostarse. Las mujeres detenidas nos hicieron lugar en
sus camastros y allí pasamos la noche hasta que tocaron a levantar,
escuchando de cada una de aquellas heroicas mujeres terribles detalles de la
represión.
Al poco de ser encerradas, por un procedimiento especial que tenían los
presos para comunicarse, nos enviaron un cariñoso saludo, animándonos y
ofreciéndonos su ayuda.
Al día siguiente, después del desayuno, vino un oficial de prisiones a
tomarnos la filiación y poco después fuimos llamadas a la dirección, donde
nos aguardaba una pareja de la Guardia Civil que, esposándonos como si
fuéramos peligrosos criminales, nos condujeron al Estado Mayor.
Nos recibió un coronel ordenando a los guardias que nos quitaren las
esposas; nos interrogó sobre los motivos de nuestro viaje a Asturias y le
expusimos cuáles eran éstos. «Hay en la cuenca minera millares de familias
carentes de todo medio de subsistencia. Sufren particularmente los niños, a
quienes Uds. han dejado huérfanos o les han privado de la protección y del
cariño de sus padres encarcelando a éstos. ¿Es un delito querer aliviar esa
situación?».
—No; no es un delito. Pero con ello Uds. contribuyen a mantener
latente un estado de rebeldía. Nosotros queremos pacificar a Asturias.
—¿Pacificar? ¿Cómo pacifican Uds.? ¿Deteniendo y torturando hasta la
muerte a hombres y mujeres que no han hecho más que defender su derecho
a vivir como personas?
—Eso no lo hace el Ejército. No es nuestra función.
—Uds. lo saben y lo toleran.
—Cae fuera de nuestra jurisdicción.
—Pero en Asturias existe estado de guerra y quien ejerce el mando en la
provincia son los militares; y militares son también quienes en los Consejos
de guerra dictan sentencias.
—Dejemos esta discusión. Las he llamado para comunicarles que
quedan en libertad; pero que deberán salir de Asturias en el término de 24
horas.
—Debemos advertirle que tenemos reunidos ciento cincuenta niños y
que queremos llevarlos con nosotras.
—Llévenlos; pero no vuelvan más por Asturias.
Nos entregó la documentación que nos habían quitado en la cárcel y
salimos a recoger a los niños que llevamos a Madrid con nosotras,
repartiéndolos entre familias obreras y pequeño-burguesas.
Esta primera organización nacional de Mujeres Antifascistas celebró en
Madrid, en el verano de 1934, su Primer Congreso, al que asistieron
delegadas de todas las regiones: obreras, campesinas, empleadas, maestras,
profesoras, periodistas, pintoras, que aportaban al Congreso su experiencia
de lucha y de trabajo. El Congreso fue testimonio incontrovertible del gran
camino recorrido en el breve pero tormentoso período de luchas vivido
desde 1933, al constituirse la primera organización nacional de mujeres de
España[42].
En el transcurso de la guerra, el Ministerio de Defensa nombró a un
grupo de dirigentes de la organización de Mujeres Antifascistas para
constituir el Comité de Auxilio Femenino, que jugó un importante papel.
La organización de Mujeres Antifascistas movilizó a todas las mujeres
de Madrid, al servicio de la lucha, y exigió del Gobierno, en una
impresionante manifestación, a la que asistían decenas de millares de
mujeres, que se liberase a los hombres de aquellos puestos donde no eran
necesarios, para enviarlos al frente, que se incorporase a las mujeres a todos
los trabajos de retaguardia.
En 1937 se celebró en Valencia una Conferencia Nacional de Mujeres
Antifascistas en la que participaron delegadas de toda la España leal,
obreras, campesinas, intelectuales, haciendo el balance de su actividad en
un año de guerra y mostrando la inmensa ayuda que las mujeres
representaban para la defensa de la República y de la democracia.
La organización de Mujeres Antifascistas se convirtió por su actividad
en la gran organización nacional de las mujeres españolas, a la que se
incorporaron incluso aquellas que, en tiempo de paz, no sólo se habían
negado a ingresar en ella, sino que la habían combatido. La lucha común,
aunque inspirada por distintos motivos, fue el gran aglutinante de
voluntades, y es posible esperar que lo que ayer pudo ser, en la defensa de
la República y de la democracia, lo sea también mañana en la
reestructuración de una España pacífica y democrática.
En el Comité Nacional de Mujeres Antifascistas del que fui elegida
Presidenta participaban: Aurora Arnáiz, Belén Sárraga, Constancia de la
Mora, Consuelo Álvarez (Violeta), Eloína Malasechevarría, Emilia Elías,
Gloria Morell, Isabel de Palencia, Irene Falcón, Luisa Álvarez del Vayo,
María Martínez Sierra, Matilde Cantos, Matilde Huici, Matilde de la Torre,
Roberta Ramón. Trinidad Arroyo, Victoria Kent y otras, pertenecientes a
diferentes partidos.
UN VIAJE NO TURÍSTICO
Alrededor de la insurrección de Asturias se desarrolló en el mundo un gran
movimiento de solidaridad que culminó en la realización de una gran
Conferencia Internacional de Ayuda celebrada en París en la primavera de
1935. A ella asistimos como delegados españoles el camarada Manuel
Colinos y yo. Dada la situación política de nuestro país, con el Partido
Comunista ilegal, nuestra salida de España sólo podía hacerse de manera
clandestina. Y lo mismo la vuelta a España después de la Conferencia.
El viaje era duro y arriesgado. Había que atravesar los Pirineos, bajo la
dirección de un guía más acostumbrado al contrabando que al paso de
gentes políticas y s