En Tu Cama o en La Mia - Antonia Arjona Diaz
En Tu Cama o en La Mia - Antonia Arjona Diaz
EN TU CAMA O EN LA MIA
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Agradecimientos:
A mi marido por quererme y creer en mí, por
hacerme sentir que todo lo puedo, y estar siempre
a mi lado en cada triunfo y cada derrota. Con él
no hay imposibles ni se marcan barreras. Gracias
“nano”.
A mis hijas. Que son lo mejor que me ha dado la
vida. A pesar de los esfuerzos y dificultades para
enseñarlas a ser adultas y responsables, me
siento satisfecha de mi labor como madre.
Por último a mi nieto. Ese ser pequeñito
maravilloso, que nos está enseñando tanto
cuando ya creíamos saberlo todo.
Gracias a la vida, por ofrecerme tantos momentos
de felicidad.
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El sexo me confunde
―¿Quién eres? Me dije esta mañana cuando
me miré en el espejo después de la ducha diurna.
Tienes cuarenta cinco años, dos hijos y un marido
que te adora, ¿qué te pasa? ¿No lo ves? Vas a la
deriva, a toda velocidad, y solo tú lo puedes parar.
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También es cierto, que yo para mi edad me
mantengo muy bien, bueno, con algún retoque
que otro, qué mujer con posibles no los tiene.
Pero, vayamos desgranando, llevo en ese
gimnasio desde que me casé con Raúl, me lo
recomendó él. «Qué ironía». He tenido muchos
monitores y nunca me fijé en ninguno, estaba
felizmente casada o eso creía yo.
Jesús tiene treinta años y un físico
espectacular. El primer día que nos dio clase no
podía dejar de mirarlo, él ni se fijó en mí. Cuando
llegué a casa me metí en la ducha, dejé correr el
agua por mi cuerpo, y me toqué pensando en él.
Recorrí mi cuerpo con una destreza que no
conocía, nunca había necesitado tocarme. «Fue
mi primera vez».
Hacía ya quince días que nos daba clase el
nuevo monitor y seguía sin fijarse en mí, y yo,
tocándome pensando en él…
Tuve un impulso que no pude contener
cuando estábamos estirando. «Ya la clase tocaba
a su fin». Inventé que me había dado una rampa
y Jesús corrió hacia mí con cara de preocupación.
Poco a poco la clase fue quedando vacía, yo fingía
que me dolía mucho, que no me podía levantar.
Jesús me dijo que era fisioterapeuta además de
monitor de gimnasia y que vivía muy cerca del
gimnasio, que me ayudaría a llegar a su casa y allí
con cremas me haría un masaje.
No salía de mi asombro, no sólo había
logrado llamar su atención sino que me llevaba a
su casa. «Desde luego hoy era mi día de suerte».
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Vive a dos calles del gimnasio, en un estudio
pequeño de dos habitaciones. Los muebles son
muy sencillos, me dijo que era todo de Ikea.
―¿Me puedo dar una ducha? ―habíamos
dado una clase de aeróbic y la verdad, estaba
bastante sudada.
―Por supuesto ―me indicó donde estaba el
baño. La estancia era muy pequeña, más si lo
comparo con el mío que debe tener unos veinte
metros cuadrados con ducha, jacuzzi, y sauna,
pero a lo que vamos que me voy del tema. Salí de
la ducha envuelta en un albornoz verde lima que
Jesús me había dejado, olía a limpio, tenía el
aroma del suavizante.
Llegué al comedor. Él me estaba esperando
sentado en el sofá, me abrí el albornoz y lo deje
caer al suelo, me miró de arriba abajo, con ojos
de lobo y boquiabierto; imagino, que bastante
sorprendido por la situación. Se acercó y dijo:
―¡Tienes un cuerpo increíble! ―pegó sus
labios a los míos y sin parar de besarme me cogió
en brazos y me llevó a su cama.
Me tumbó con delicadeza y se echó a mi
lado, no dejaba de besarme y decirme que tenía
un cuerpo muy sensual. Mido metro sesenta y
uno, soy rubia, dicen que bastante guapa, ojos
color miel, peso cincuenta kilos, una noventa y
cinco de pecho, operado, pero con un resultado
bastante natural, total, que creo que todavía soy
deseable. Pero sigamos. Con mucha suavidad fue
recorriendo mi cuerpo con sus labios, yo me iba
arqueando de placer y mi cuerpo pedía más,
¡mucho más! Entonces me penetró, con suavidad
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pero con contundencia, me gustó. Por momentos
con movimientos suaves otros con más energía.
Dentro fuera, dentro fuera…
Mi cuerpo convulsionaba deseoso de mucho
más. Giró y quedé encima de él, con su miembro
ansioso dentro de mí, y ocurrió algo inesperado
que nunca llegué a imaginar; me abrió los glúteos
con ambas manos mientras entraba y salía de mí.
Llegó mi primer orgasmo. El placer era sublime,
y deseaba poder parar el tiempo hasta que mi
cuerpo dijera ¡basta!.
Debo admitir que, en casi veinticinco años
de casada mi marido jamás me había hecho algo
parecido: él es bastante tradicional en lo que al
sexo se refiere.
Volvamos a los hechos. Me besaba mientras
me penetraba cada vez con más violencia, aquella
forma de amar me era totalmente desconocida;
ahí descubrí que el sexo con mi marido era muy
light.
De pronto, noto su dedo en la entrada de mi
culo: esa cueva nunca la ha explorado nada ni
nadie, «mi marido jamás ha intentado entrar».
Empecé a tener palpitaciones en el ano y un
deseo incontrolado que me penetrara por ahí.
Aunque, desconocía si eso me iba a gustar o por
el contrario me dolería y sería desagradable.
Pero, no iba a ser hoy el día que resolviese la
duda.
Volví a tener otro orgasmo; hasta hoy
pensaba que no me gustaba mucho el sexo, que
podía pasar sin él, pero aquí, en esta cama, con
Jesús haciéndome sentir la mujer más deseada
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del mundo, me he dado cuenta que el problema
es que Raúl, mi marido, es muy básico en la cama
cuando me hace el amor. Aunque, con Jesús no
estaba haciendo el amor, estaba follando y era
increíble.
Cuando se corrió, yo estaba completamente
exhausta; nunca pensé que se podía sentir tanto
placer en una relación sexual. Y, para colmo, que
fuera fruto de una infidelidad.
Me levanté corriendo, recogí toda mi ropa y
le dije:
―¡Esto no volverá a pasar nunca más! De
hecho, no tenía que haber pasado. Di un portazo
y bajé corriendo a la calle, él decía algo, pero
estaba tan avergonzada que no podía escuchar.
Cuando llegué a casa, afortunadamente mi
marido no había llegado. Me metí en la ducha
intentando lavar mi culpa, »la culpa es imposible
lavarla». Me dejé caer de rodillas en la ducha y la
cara se me inundó de lágrimas.
De repente, siento una inmensa necesidad
de hacer una retrospectiva de mi vida.
Conducía mi Citroën visa, un coche de
aquellos años bastante normalito que todavía
estaba pagando. Y, tuve que frenar de golpe en un
paso de cebra porque un niño salió a la carrera.
Raúl conducía su BMW 528; iba a bastante
velocidad y no pudo detenerlo a tiempo. Impactó
fuertemente por detrás con mi coche. El dolor era
insoportable, notaba que algo dentro de mí se
había roto. Bajó corriendo de su coche y me sacó
en brazos, me preguntó si me encontraba bien
que lo sentía mucho que iba a un juicio muy
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importante que era el abogado y que llegaba
tarde. Hablaba muy rápido, estaba fuera de sí.
―Me duele mucho el pecho ―pude decir con
un hilo de voz.
―Tranquila, yo me ocupo de todo.
Me dejó sentada en la acera, con una pareja
que paseaba por allí y al ver lo ocurrido pararon
por si podían ayudar. Me entregó su carnet de
conducir para que no creyera que se fugaba, hizo
una llamada, me besó en la frente y se fue.
La ambulancia no tardó en llegar pero, el
dolor era tan horrible que me pareció una
eternidad. Me llevaron a una clínica privada de
Barcelona. Debe haber un error dije yo. «Esa
clínica no pertenecía a la seguridad social». Me
contestaron que no me preocupara, que el señor
Andreu les había dado claras instrucciones a
seguir. Sabía que se referían a Raúl, había leído
sus datos en el carnet de conducir que me había
dejado.
Me hicieron todo tipo de pruebas y el
diagnóstico fue; fuerte contusión y tres costillas
rotas. Quedé ingresada y estábamos en julio (el
verano tirado por la borda), pensé.
A las cinco de la tarde llegó Raúl, «con el
ramo de flores más grande que había visto en mi
vida». Vestía pantalón de lino beige, camisa azul
pastel y unos náuticos. Me quedé boquiabierta.
Estaba tan bueno y era tan guapo que, por un
momento, olvidé que por culpa de él me
encontraba en aquella cama.
Se acercó a mí, yo seguí acostada, no me
podía mover sin ayuda. Me besó en la frente otra
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vez. Se presentó formalmente y me dijo que
lamentaba lo ocurrido, que todo había sido culpa
de él y me iba a compensar muy bien. Lo
siguiente que me dijo me desconcertó mucho;
―¿Tienes novio?.
―No, no tengo.
―Perfecto. Yo cuidaré de ti… ―de momento,
no sólo ha cumplido sino que lo ha hecho muy
bien.
Mi marido acaba de llegar a casa, espero
que no note que he estado llorando, o peor aún,
que vea en mi cara que le he sido infiel.
Estoy sentada en el sofá, se acerca y me besa
en los labios, siempre me besa cuando se va y
cuando vuelve. «Sigue siendo tan cariñoso como
el primer día». Por eso me siento doblemente
mal.
Me sirve una copa de vino, se sienta a mi
lado y me pregunta cómo me ha ido el día.
Charlamos animadamente hasta que María,
la señora que nos ayuda, nos sirve la cena; un
suculento pastel de carne, una ensalada y fruta
variada. María y su marido Manuel viven con
nosotros; él es nuestro jardinero y ella cuida de
mi familia. Nuestras dependencias están en un
extremo de la casa. Mi marido siempre ha sido
muy celoso de su intimidad.
Cuando me desnudo para acostarme dice:
―¡Que agradable es tu cuerpo a la vista!.
Él nunca diría una ordinariez ya que ha
tenido una estricta educación.
Me va besando muy suavemente, me dejo
llevar. Invadida por un deseo desconocido le cojo
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el miembro con la mano y me lo llevo a la boca.
Comienzo a chuparlo tan violentamente que hago
que se corra en un instante. Me abraza y dice lo
mucho que me quiere, y cuando recupera la
erección, me hace dulcemente el amor. Nos
dormimos abrazados.
Me levanto con dolor de cabeza, he dormido
poco y mal. «El sentimiento de culpa no me ha
dejado descansar».
Raúl me pregunta mientras desayunamos:
―¿Te encuentras bien cariño? ¡Haces cara
de cansada!.
―Creo que estoy incubando algo ―miento,
nunca antes lo había hecho pero...
Una de mis cualidades es que siempre voy
de frente. Y, aquí me tenéis, haciendo lo que
siempre he criticado de los demás.
Cuando se marcha al trabajo me doy una
ducha, me siento fatal. No puedo quitarme de la
cabeza a Jesús, y menos, el increíble polvo que
echamos. Hoy no voy a ir al gimnasio, no puedo
verlo. ¡Qué vergüenza! Espero que no sea del tipo
de hombre que lo va explicando por ahí.
Paso el día bastante mal. Intento no pensar
en ello pero, mi mente va por libre, evocando una
y otra vez lo que ocurrió.
A mediodía casi no como, no tengo hambre.
Deambulo por casa y no sé qué hacer, no tengo a
quién contárselo: mis amigas, las de verdad, las
perdí, nos movemos en círculos muy diferentes.
Ahora, mis amigos son los amigos de Raúl, gente
influyente y famosa que nada tienen que ver
conmigo.
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El día se hace tedioso. Ya por la tarde, me
arreglo y decido irme de compras. Tras adquirir
cuatro cosas para casa, me armo de valor y decido
entrar en una tienda de lencería, lejos de mi
barrio por supuesto; no quisiera encontrarme con
ninguna conocida, me moriría de vergüenza.
Normalmente, suelo aprovechar cuando estamos
de viaje para hacer este tipo de compras, sobre
todo en París, la lencería de allí me parece
exquisita.
Me pruebo varias cosas y me decido por un
corsé con pedrería, un liguero, unas medias y un
tanga espectacular. Quiero sorprender a Raúl. De
alguna manera, quiero compensarle lo que acabo
de hacer: aunque él no lo sepa, claro. Pero siento
que se lo debo.
Mi mente vuelve al pasado, a la felicidad.
Necesito recordar cuándo conocí a mi marido,
cómo me enamoré de él en cuanto entró por la
puerta de la habitación de la clínica: estuve
ingresada una semana y vino a verme cada día,
siempre me traía un detalle. En eso tampoco ha
cambiado, sigue siendo muy detallista conmigo.
El día que me dieron el alta vino a recogerme, ya
conocía a mi familia y les dijo que él me llevaría,
que su coche era más grande y cómodo. Tenía
varios.
Antes de llegar a mi casa paró el coche,
acercó su cara a la mía y me dijo:
―No quiero dejar de verte ni un solo día
―acto seguido, metió la mano en la guantera del
coche y sacó una cajita, la abrió, había un anillo
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con un espectacular diamante, me miró a los ojos
y dijo:
―¿Te gustaría ser la señora de Andreu?.
«Casi me tienen que volver a ingresar de la
impresión».
―¡Nada me haría más feliz! ―estaba atónita,
se aproximó aún más y me dio un beso de
película (era la primera vez que nos besábamos).
El sabor de su boca me embriagó y sentí mi sexo
húmedo, por primera vez.
Cuando ya estaba recuperada del todo me
presentó a sus padres. Él es hijo único y no me lo
pusieron fácil, me recibieron con recelo, lógico,
yo no era de su círculo y eso era un punto en mi
contra; seguramente pensaron que yo era una
caza fortunas e iba buscando su dinero.
A los tres meses de habernos conocido nos
casamos. He de admitir que, por supuesto, sus
padres no nos iban a dar su aprobación si yo no
firmaba un contrato prematrimonial. En pocas
palabras decía; que si un día me separaba, me iría
como llegué «con lo puesto».
De luna de miel fuimos a las islas Seychelles,
tres semanas de auténtico amor y sexo. Yo en el
sexo no era nueva, pero tampoco tenía mucha
experiencia. Me encantaba la forma en que Raúl
me tocaba, no era nada brusco. No como Ángel,
un novio que tuve a los dieciocho años que
parecía un pulpo y todo lo hacía con prisa,
«supongo que tampoco era muy experto».
Al volver a casa no me encontraba bien, creí
que sería de tanto comer y beber, era mi primer
viaje. Cuando tras un chequeo, el médico nos
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comunicó que estaba embarazada, nos volvimos
locos de alegría, tanto nosotros como el resto de
la familia. A los tres meses de gestación me
hicieron la primera ecografía, me acompañó mi
marido. Cuál sería nuestra sorpresa cuando el
doctor dijo:
―Señores Andreu, preparen dos canastillas
Porque: o veo doble, o vienen dos.
Nos abrazamos llorando de la emoción...
Raúl siempre estaba atento a cualquier cosa
que pudiera necesitar, me mimaba y me colmaba
de caprichos «nunca abusé de mi estado, no creo
en los antojos».
Di a luz dos niños guapísimos. Iván y Óscar;
Iván es abogado por vocación, y un poco por qué
no, por seguir la tradición. Óscar es economista.
Hoy hace un mes que se han ido a vivir a
Reino Unido, (Londres). Creo que puedo tener el
síndrome del nido vacío, «quizá por eso he tenido
una aventura con Jesús». Supongo que todos
necesitamos encontrar una justificación a todos
nuestros actos, por eso buscamos la causa fuera
de nosotros y la encontramos enseguida. Pero no
volverá a pasar nunca más.
Esta noche pienso deslumbrar a mi marido
con los trapitos que me he comprado.
Después de una rica cena y un buen vino;
voy un poco achispada, nos retiramos a nuestra
habitación.
―Me voy a dar una ducha ―me encierro en
el baño, me pongo la golosina que he comprado,
un poco de perfume y, ¡a la carga!.
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Salgo del baño y la cara de mi marido al
verme es difícil de describir, entre alucinado y
perplejo. Nunca creí necesitar cosas de este tipo,
soy un poco clásica y tímida, o lo era. Se acerca y
ardorosamente me besa. Me dice en plan sorna:
―¿Señorita nos conocemos? ―yo le sonrío.
Me coge en brazos y besándome me deja caer en
la cama. Se desnuda sin poder quitar la vista de
mi cuerpo, se tumba junto a mí y empieza a
tocarme.
―Señorito, hoy dirijo yo ―suelto con una
risita nerviosa.
―Encantado.
Le cojo el miembro y comienzo a pasarle la
lengua, primero suave y poco a poco me voy
acelerando, cuando noto que se curva de placer
me pongo encima de él y me la introduzco en mi
sexo, me muevo a toda velocidad. Él gime de
gusto, y yo con él.
Pega la vuelta y me deja debajo de él. Me
embiste con más fuerza de lo que me tiene
acostumbrada, creo que lo he puesto a mil, es tan
intenso que en breve nos corremos a la vez. Me
besa todavía exhausto y me dice: ―Señorita,
encantado de conocerla. Espero volver a verla
pronto.
―El gusto ha sido mío ―ambos reímos.
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Cuando el sexo pica…
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Me lanza bruscamente a la cama, ya voy
muy mojada. Me quita el tanga de un tirón,
«vamos, que lo rompe» a mí me da un subidón,
me ha puesto muy caliente.
Se sienta en la cama con los pies en el suelo,
me coloca boca abajo en sus rodillas, se unta un
dedo en algo que saca de la mesita de noche y sin
más preámbulo me lo introduce en el culo, me
retuerzo de dolor y placer, «qué contradicción».
Con la mano que le queda libre me da fuertes
azotes en los cachetes del culo, primero en uno y
seguido en el otro. La sensación no la puedo
describir pero, me gusta mucho, enseguida tengo
un orgasmo. ¡Quiero más, mucho más! Cuál es mi
sorpresa cuando dice:
―Por hoy ya tienes bastante. ¡Ya te puedes
ir a tu casa! Puedes volver siempre que quieras,
poco a poco te iré dando lo tuyo.
«Pero, que se habrá creído este cretino»
Pienso descolocada.
Recogí mi dignidad que andaba por los
suelos y me fui, sin bragas, y más cachonda que
una perra en celo.
Antes de llegar a casa pasé por una tienda de
golosinas para mujeres. (Así llamo yo a este tipo
de tiendas para adultos) Aunque nunca había
entrado en ninguna, me armé de valor y compré
un consolador.
Llegué a casa y me di una ducha, como
faltaba bastante hasta que llegara mi marido «me
había llamado diciendo que tardaría unas dos
horas», me tumbé en la cama y usé el juguetito
que me había comprado, hasta que, ¡por fin me
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sentí aliviada! Lo lavé y lo escondí en un cajón. Si
lo encontrase mi marido sería un problema, no
sabría qué argumentar.
Cuando llegó Raúl, hicimos lo de siempre,
tenemos una rutina creada, (supongo que como
otros muchos matrimonios). Me sirvió una copa
de vino Protos; es mi marca favorita, tiene un
dulce aroma y un sabor muy intenso en boca.
Charlamos animadamente de cómo nos había ido
el día...
Cenamos y nos fuimos a nuestra habitación.
Me desnudé mirándolo con cara de, dame lo
mío, para más frustración dijo:
―Hoy no cariño, estoy muy cansado, pero te
prometo que mañana te compenso.
Estaba claro que hoy no era mi día.
No me podía dormir, estaba cachonda y no
dejaba de repetirme, ¿pero qué estás haciendo?.
Esta no eres tú, es una versión muy guarra de ti
misma, pero la verdad... me gusta lo que estoy
experimentando. No me reconozco, no soy yo. Me
avergüenzo de mí misma, de esta parte de mí que
hasta ahora estaba adormecida o no existía.
Intento encontrar la manera de recuperar mi vida
anterior sin mentiras ni arrepentimientos. Pero,
creo hallar la respuesta… ¿Realmente pienso
frenar este sentimiento que he descubierto? Sería
más fácil si sintiera que sí, pero no es el caso.
Nunca es tarde para que despierte la bestia
que todos llevamos dentro, y como la mía ha
estado mucho tiempo dormida ha despertado
muy hambrienta.
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Me envalentono: mañana pienso volver a
por más ―me digo a mí misma.
Por la mañana me despierto con ojeras, he
tenido pesadillas; soñaba que Raúl se enteraba y
me echaba de su vida. No sabría ni querría vivir
sin él. Tendré que tener mucho cuidado para que
eso no ocurra.
Desayunando, mi marido me vuelve a decir
que no tengo muy buena cara.
―¿Te ocurre algo? ―parece preocupado.
―No cariño, no duermo muy bien desde que
los chicos se fueron ―es lo primero que se me
ocurre, no tengo experiencia en mentir. Necesito
aprender rápido.
Argumenta que los chicos son mayores y que
saben cuidarse, que debo estar tranquila, que
afortunadamente se han ido a vivir juntos y será
una experiencia positiva. Volverán hechos dos
hombres; más fuertes y preparados para afrontar
futuros proyectos. Me repite que no me preocupe.
―Busca en que entretener los días ―me
aconseja.
―Lo haré ―¡y tanto que lo haré!, digo para
mis adentros.
Eso de entretener el tiempo ya me lo había
dicho en otra ocasión. Ya ni me acordaba pero,
cuando estábamos de viaje de novios hablando de
nuestro futuro en común, dijo:
―Cariño, no quiero que tengas una vida
vacía esperando a tu maridito en casa sin hacer
nada, pero tampoco quiero que trabajes. Te he
abierto una cuenta a tu nombre ―me entregó una
tarjeta y me dijo:
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―Esto es para ti y cada mes te haré un
ingreso, una cantidad importante. Nunca te
preguntaré en qué lo gastas, quiero que no te falte
de nada, que no me preguntes si te puedes
comprar esto o aquello. Solo para tus cosas, para
lo demás, tendremos una cuenta conjunta que ya
he abierto. Recuerda, sólo para tus cosas.
Me quedé sin habla, pensaba que, como tuve
que firmar el contrato prematrimonial la pasta la
controlaría él.
«He encontrado mi príncipe azul» pensé. Y
hablando de futuros proyectos me dijo que, sería
muy interesante que estudiara inglés. Haríamos
bastantes viajes y me iría muy bien hablarlo, para
no tener que depender de él.
Cómo cuando volvimos del viaje ya estaba
embarazada, contrató a un profesor particular
para que viniese a casa a darme las clases de
inglés. Y a una profesora, para que me enseñara
cómo comportarme con naturalidad en la fiestas
y eventos a los que le iba a acompañar; vamos
que me quería convertir en una chica con clase.
Poco a poco me fui refinando. El inglés se
me daba muy bien, y las clases de postureo (como
yo las llamaba) también.
Raúl estaba muy orgulloso de mí, decía que
era muy inteligente y aprendía muy rápido, que
podría estudiar lo que quisiera, que seguro lo
lograría.
Recordar lo feliz que he sido siempre me
hace sentir más culpable todavía. Estoy jugando
con fuego, lo voy a perder todo. Intento apartar
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ese pensamiento de mi cabeza, centrarme en
otras cosas...
Esta noche viene a cenar Daniel; es un
colaborador de Raúl, muy bueno. También es
abogado, tenemos la misma edad y nos llevamos
muy bien. Es un chico tan alto como mi marido,
con un cuerpo esculpido a golpe de gimnasio,
muy guapo (en las fiestas las solteras se lo rifan),
pero él siempre dice: que habiendo tantos peces
en el mar, para qué quiere tener uno en la pecera.
Raúl y Daniel, además de jefe y empleado
también son grandes amigos, hace ya bastantes
años que trabajan juntos y, aunque son como dos
polos opuestos, tanto en la forma de hacer cómo
de pensar, se complementan muy bien.
Mi marido siempre me dice que Daniel es
incorregible «un picaflor», todo lo opuesto a él.
Pero, trabajando, es el mejor de todos los que hay
en su gabinete.
Acaba de llegar Daniel, y trae un par de
botellas de Moet Chandon, «sabe que es mi
champán favorito». Siempre que viene a casa me
obsequia con esta marca.
María nos ha preparado una cena excelente.
Siempre nos hace quedar muy bien con nuestros
invitados porque es una cocinera increíble, a
veces he intentado aprender un poco de ella, pero
soy una negada, lo reconozco.
Hoy tenemos de menú: una rica crema de
marisco, lubina salvaje al horno con patatas
panadera, y de postre, sorbete de limón con licor
de cava.
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Daniel es más de pescado que de carne, y
siempre que viene servimos pescado en su honor.
La noche ha estado muy bien. Daniel nos ha
contado unas anécdotas muy graciosas que le han
pasado con chicas.
Yo me río mucho. Con él puedo ser yo
misma, porque aunque es muy culto, cuando está
de fiesta y lleva dos copitas de más se le suelta la
lengua. Es muy divertido y nos tenemos mucho
cariño.
El próximo fin de semana se marchan mi
marido y él a Madrid, tienen una reunión con
unos clientes. Viajan bastante a menudo a la
capital, hoy han estado ultimando los detalles.
Normalmente, yo aprovecho para visitar a
mis padres; viven en una casita que tiene mi
marido en Calella, (un pueblecito de Barcelona)
que está en la costa.
Hace ya unos años, cuando mi padre se
jubiló, Raúl regaló a mis padres el usufructo de la
casa. Mis padres vivían en un piso de renta
antigua, muy viejo, sin comodidades. Quedaron
muy sorprendidos, pero encantados a la vez, por
la generosidad de Raúl.
Enseguida se trasladaron a vivir allí. A mis
padres les gusta mucho el sol y la playa.
Esta vez, decido no ir, me quedo. ¡Tengo un
plan mucho mejor! Esta tarde, le pediré a Jesús
que pase el fin de semana conmigo, espero que lo
desee como me ocurre a mí.
Aunque, a lo mejor tiene pareja y me dice
que no puede ser, que me olvide de él. Pero no
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creo, no vi nada que me lo indicara cuando estuve
en su casa.
Acudo al gimnasio como cada tarde, hoy mi
objetivo no es quemar calorías, bueno también.
Pero no el principal.
Estoy un poco nerviosa y la clase se me está
haciendo eterna, estoy deseando que acabe. Hoy
es de Step; como no estoy muy centrada, me
pierdo en la coreografía. Jesús me mira de reojo
con cara de ¿a qué juegas?.
«La verdad, estoy más perdida que un pulpo
en un garaje».
Intento concentrarme, pero la ansiedad que
siento por la locura que he ideado es más fuerte
que yo.
―¡Al fin acaba la clase, qué larga! Me hago
la remolona, finjo que me ato los cordones de las
bambas. Cuando ya no queda nadie en clase, me
acerco a Jesús.
―Hola. ¿Te ha resultado difícil la clase de
hoy? No has dado pie con bola.
Qué irónico es.
―Lo que me resulta difícil, mucho, es poder
concentrarme estando tan cerca de ti.
―Huy, ¡creo que tú quieres marcha! ―pone
cara de chico malote, eso enciende mi ser ―Pues
ya sabes que, si vienes a por más, cada vez seré
más exigente contigo. Llegaremos a un nivel que
no se si te gustará. En cada encuentro te pediré
mucho más, soy una persona sin límites en el
sexo. No sé yo… Si a una chica de tu clase social le
gusta el sexo duro.
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―Estoy deseando empezar ―le vacilo. ―Si
quieres, este fin de semana nos vamos de hotel y
lo vamos comprobando.
―Si pagas tú, encantado. Mi sueldo no da
para mucha fiesta, y tú, ¡vas sobrada…!.
―OK. Correré con todos los gastos, no te
preocupes.
Pongo la misma cara de deseo que la niña
que se para delante de un escaparate lleno de
golosinas.
―¡Por fin es viernes! Le estoy preparando la
maleta a mi marido, y pensando en lo que puede
suceder con mi amante.
No paro de repetirme que no está bien...
Raúl me ve como ausente y me dice:
―Cariño, si crees que te vas a sentir muy
sola, estos dos días, porque los chicos no están, te
llevo conmigo. Te aburrirás, porque voy a estar
muy liado pero, si te apetece venir, encantado.
―Estaré bien, no te preocupes, ya buscaré
en que ocupar el tiempo lo mejor posible. Soy una
mujer con muchos recursos ―le sonrío, y me besa
dulcemente en la boca, me gusta. ¡Qué agradable
sabor tiene siempre!.
Raúl ya ha salido para el aeropuerto.
Me doy un baño, con sales marinas y aceites
aromáticos, necesito relajarme, me va a dar un
sincope; estoy más nerviosa que cuando me
examiné para el carnet de conducir, o cuando
tuve a mis hijos.
Me recojo el pelo haciéndome una cola alta.
Me pongo unos vaqueros, un jersey ajustado y
unas botas de caña alta pero planas; para andar
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cómoda, hasta que estemos en el hotel, allí me
cambiaré de ropa. He preparado una bolsa con
cosas muy sexys.
Antes de salir de casa he ido varias veces al
baño, con los nervios, se me ha soltado la tripa
pero, ya me encuentro mejor. María me ha
preparado uno de sus brebajes mágicos y me ha
obligado a tomarlo, estaba malísimo, pero me ha
sentado muy bien.
Estoy preparada para lo que me proponga
Jesús, o eso creo.
Sé qué me estoy equivocando, pero me atrae
como un imán.
He hecho la reserva en un hotelito de Salou
(Tarragona), estamos en temporada baja y el
hotel está casi vacío. Mucho mejor.
Llego al hotel antes que Jesús, hemos venido
por separado, dijo que así sería mejor porque, si
en algún momento me sentía incómoda o no me
gustaba lo que me hacía, me podría ir.
Pensándolo fríamente, lo que parece es que
haya contratado a un puto para todo el fin de
semana; creo que estoy perdiendo la cabeza,
aunque todavía sea muy joven para eso.
Me he decantado por una suite, preciosa. Así
tendremos cada uno nuestro espacio. Entrando a
mano derecha está el baño, es todo de mármol,
doble ducha multichorros encastrada en la pared,
jacuzzi... En frente, a la derecha, hay una sala de
estar de unos veinticinco metros cuadrados, con
dos sofás de piel en negro y una mesa alta con
cuatro sillas, a juego con los sofás. Otra mesita
baja y una televisión enorme, «unas cincuenta
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pulgadas», colgada en una pared, seguida de otra
habitación con una cama de dos por dos, dos
buro (mesitas de noche ), otro sofá de piel beige y
un plasma, tan grande como el de mi salón.
Jesús se ha traído su portátil, me dijo que
trabajaría un poco; está estudiando criminología
en la UOC (universidad a distancia), y tiene un
trabajo importante que entregar el lunes. Entre
polvo y polvo se dedicará a ello.
―¡Quítate toda la ropa menos la braguitas!.
Espero que éstas no me las destroce, son
muy caras, «caprichos que me doy de vez en
cuando». Saca de su maleta una caja pequeña y
dice:
―Te he comprado un juguete, de los de
última generación ―mientras lo va extrayendo de
la caja sigue con la explicación. ―Lo he visto por
internet y he pensado en ti, pequeña. Viene de
China ―¡no podía ser de otro país…! Estoy
bastante intrigada por lo que pueda ser.
―Últimamente, casi todo viene de ahí,
―estoy deseando verlo (me lo entrega). Es un
consolador muy raro, tiene la forma del pene,
hasta ahí normal pero, tiene como dos cositas
rectangulares a los lados.
―¡Introdúcelo en tu sexo! ―intuyo urgencia
en su voz.
Ahora comprendo el sentido que tiene esas
pequeñas pestañas; es para que quede sujeto con
las braguitas y no se salga mientras lo uso, por
eso no ha querido que me las quite. En la caja
también hay un pequeño mando a distancia,
27
(como el de la alarma de casa), ahora sí que flipo
en colores, «como dicen los chicos de ahora».
Acto seguido le da a un botón, y aquello se
pone en marcha, tiene una textura agradable.
¡Parece un pene de verdad! Además, el tamaño
también está muy bien. ¡Qué gustito me está
dando!.
¡Como siga así me corro! Pero, para mi
disgusto, deja de funcionar. Jesús lo ha parado.
Estamos en la sala de estar, se quita la ropa,
quedando completamente desnudo. Se sienta en
el sofá, se recuesta un poco y dice:
―Métete todo mi pene en la boca y mátame
de placer ―hago lo que me pide mientras pone en
marcha, otra vez, el juguete que llevo dentro.
Rápidamente tengo un orgasmo, y él se corre en
mi boca.
«El fin de semana promete».
Me da una palmada en el culo, fuerte,
sonora, y dice:
―Pequeña, tengo que trabajar, por favor
vete a la otra habitación. Te puedes distraer como
te apetezca; viendo películas, leyendo... ―me doy
media vuelta y escucho:
―Ah, y sobre todo, ni se te ocurra sacarte el
juguetito o el castigo que te pondré no te gustará,
lo más mínimo. En el momento que yo quiera
marcha lo pondré en funcionamiento, tú vendrás
rápidamente, y yo te daré lo tuyo.
―UY ¡Que miedo! ―dedicándole una amplia
sonrisa, me marcho para que pueda trabajar.
Hace una hora que estoy sola en la
habitación, viendo una película que hace poco la
28
estrenaron en el cine. «Hay un canal que es sólo
de películas». Noto que el juguete se pone en
acción y voy corriendo a la salita, Jesús está
trabajando con el ordenador. Sólo de pensar en lo
que va a suceder ahora ha despertado el deseo en
mí cuerpo.
―Llama al servicio de habitaciones y pide
comida, tengo hambre ―¡qué decepción!.
―Yo también tengo, y mucha, pero de otro
tipo...
―Todo a su tiempo... pequeña.
Cumplo sus órdenes. Nos suben la comida a
la habitación, esperaré. Mientras comemos tengo
el juguete funcionando y eso hace que el deseo
sea aún mayor. «Estoy dando saltitos en la silla,
del gusto que me está dando».
Acabamos de comer y le da al botón de stop.
Nos vamos al baño y nos lavamos los dientes.
Me carga en sus hombros doblada como un
saco de patatas, el tío está cachas. Me lleva con la
ligereza de quien lleva una almohada, y me va
dando azotes en el culo, con bastante intensidad.
La verdad es que pica un poco pero, me gusta
mucho, ya voy húmeda. Me deja caer en la cama y
me pide que deje el juguete encima de la mesita,
que tiene otro más grande para mí. Tiene un
buen instrumento, tanto en tamaño como de
grosor.
«Es bastante más joven que mi marido y en
eso se nota».
Me va besando, suave, luego me mordisquea
los labios, me deshago de placer, estoy excitada.
Termina dándome un largo y apasionado beso.
29
―Te voy a meter de todo menos miedo ―me
sentencia. Suelto una risita nerviosa, necesito que
pase ya a la acción. Estoy ansiosa de sexo.
―Pequeña, ¡bájate al pilón y dale duro!
―obedezco. Mientras estoy ahí abajo, liada, me
ha metido un dedo en el culo, hoy no me molesta
tanto y me gusta. Nos corremos a la vez, vuelve a
besarme suavemente, esta vez por todo el cuerpo,
cuando llega a mi sexo primero lo besa y luego lo
lame, suave intenso, suave intenso...
Me derrito de placer, y tengo otro orgasmo.
Nos tumbamos, uno al lado del otro, y nos
quedamos dormidos. Solo es media tarde pero,
estamos extenuados.
Cuando me despierto miro el reloj y han
pasado dos horas, me sorprendo; yo nunca
duermo siesta, «será que, tanto placer me ha
relajado». Me doy cuenta que estoy sola, en la
habitación, Jesús debe estar en la salita. Seguro
que ya ha vuelto al trabajo. Me levanto.
Me asusto, la sala está vacía. Cuando veo
que sus cosas están ahí, me relajo, «no andará
muy lejos».
Aprovecho para darme una ducha, huelo a
sexo salvaje, salgo del baño, desnuda, y paso a la
habitación. Y, ¡sorpresa!, Jesús está sentado en la
cama. Me mira con cara de deseo.
Me aplico el Body Milk, por todo el cuerpo,
con movimientos y posturas bastante obscenas.
Intuyo una erección bajo el pantalón.
―¿Nunca tienes bastante, pequeña?.
Veo cómo se dibuja en su cara una sonrisa
burlona.
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―Contigo creo que no. No sé qué me das,
pero me tienes enganchada.
Ha traído unas bandejas con viandas para
cenar. Dice que ha ido a buscarlas lejos, a un
restaurante Japonés. ―Necesitaba que me diera el
aire, me ha comentado mientras cenamos.
―Hoy he trabajado demasiado ¡En todos los
sentidos! ¡Eres una leona! ―me hace un guiño de
ojo.
Hemos estado charlando de trivialidades,
durante un buen rato, y me he dado cuenta que es
una persona muy inteligente, que no sólo tiene
culto a su cuerpo, también cultiva la mente.
Nos metemos en la cama y me dice:
―Como has sido una chica muy obediente,
dejo que tú decidas lo que te apetece que te haga
ahora.
―Nunca he tenido sexo anal y…, tengo
curiosidad. Con el dedo me ha gustado bastante y
he quedado con ganas de más ―me ruborizo por
mi osadía.
La cara de él es un poema, supongo que no
esperaba una respuesta así de una chica como yo.
―Su deseo será cumplido ―coge la vaselina,
se lubrica un dedo, no me fijo en cual y dice:
―Primero te voy a meter un dedo para que
vaya dilatando, poco a poco, porque no quiero
hacerte daño, hoy ―¿qué habrá querido decir con
eso? Rápido me olvido, porque ya ha pasado a la
acción.
El placer me turba la mente y me dejo llevar.
―Ahora te la voy a meter muy despacio, y no
toda, porque no sé si te has fijado, muñeca, que
31
estoy muy bien dotado ―su cara es de inmensa
satisfacción.
―¡Que creído eres! ―bramo, con sonrisa
burlona.
―Cuando te introduzca todo esto hasta el
fondo me lo repites, si puedes ―acto seguido, me
introduce su lengua en la boca y me besa con
pasión.
Se embadurna bien el miembro y me pide
que me ponga encima de él, y sin dejar de
besarme me lo introduce un poco, va haciendo
movimientos muy suaves. Me duele pero, como
me está gustando, no le digo que pare. Le dejo
que vaya haciendo, «voy muy acelerada».
De repente, deja de moverse y da la vuelta
sin sacarla, se coloca encima de mí y sigue
moviéndose, muy lentamente. Su miembro, cada
vez, entra un poco más dentro de mí, y el placer
se iguala al dolor. Creo que se da cuenta porque,
la saca con cuidado y me la introduce por delante.
Me besa, y juega con mi lengua mientras me
da unas embestidas increíbles, fuertes, con
decisión. Ambos llegamos al clímax, a la vez.
Ha sido realmente agradable, me ha gustado
pero, he quedado bastante dolorida; espero que
mañana ya no me duela, porque quiero volver a
probar.
A las nueve de la mañana me despierto y él
aún duerme, aprovecho para mirarlo con más
detenimiento.
Cuando por fin abre los ojos me sonríe.
―Hola campeona. ¿Cómo tienes hoy tus
partes nobles?.
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―Doloridas pero, muy a gusto ―sonrío con
satisfacción. Me abraza y me besa en la boca.
―Nena, acabamos de empezar, el dolor no lo
conoces todavía ―¡qué chulo es!.
―Deseando estoy.
―Pues hoy nos emplearemos a fondo, chica
dura. Se ríe, y se le marcan dos hoyuelos en la
cara, ¡está guapísimo! ¡Cómo me pone!.
Estamos desayunamos en la sala. No hemos
querido bajar al comedor del hotel, y por eso
hemos llamado al servicio de habitaciones, otra
vez. Hemos pedido: un par de zumos de naranja,
fruta fresca variada, a rodajas, un par de yogurt y
un par de cafés con leche. Me he dado cuenta que
nos gusta el mismo tipo de comida.
De pronto dice:
―Tienes unos glúteos muy firmes y unos
abdominales muy definidos. ¡La verdad es que
estás para mojar y repetir, y repetir…!.
Aprovecho la ocasión para explicarle que no
sólo voy al gimnasio...
―Cuando ya estaba recuperada del parto, de
mis hijos, mi marido me llevó al Real Club de
Polo de Barcelona y me dijo:
―Tesoro, tengo una sorpresa para ti.
―No daba crédito a lo que veía, me había
comprado un precioso caballo de competición.
“De sangre templada”. Son la raza del siglo XX.
Ideales, tanto para competición como para
recreo, de color alazán, de 1,63 m de altura a 1,78
a la cruz. Es un caballo fuerte, sensible y de fácil
adiestramiento. Eso me explicó Tomás, el chico
que se encarga de él todos los días, mientras yo
33
asentía con la boca abierta, de la impresión. Lo
bauticé con el nombre de Tesoro.
Desde entonces, voy a montar tres veces por
semana, dos horas cada vez. Soy federada y
compito a pequeña escala, sólo por afición, no
aspiro a ganar ningún premio aunque tengo
alguna que otra copa.
―¡Eres una caja de sorpresas! Agradables,
claro.
Me tumba de un empujoncito en la cama
diciéndome:
―Ahora te voy a montar yo, que me he
despertado muy burrote pensando en lo que me
queda por darte. Hoy vamos a tener un día
intenso, no pienso trabajar, me voy a dedicar a
dar de sí ese culo tan prieto que tienes.
Nos metemos en la ducha, los dos juntos.
Tira la pastilla de jabón al suelo, y me agacho a
recogerla poniendo el culo en pompa, para que
entre. Me coge por las caderas y me la mete, sólo
un poco. Jugamos un rato mientras nos lavamos.
Nos secamos. Yo me embadurno con mis
cremas, «tengo mucho culto al cuerpo», me toma
en brazos y me lleva a la cama, susurrándome en
el oído.
―Ahora, te voy a untar yo bien untadita, y te
la voy a meter hasta el fondo. Si no te duele
mucho lo pasarás bien, y si no es así, sufrirás.
Hoy te pienso dar duro, sí o sí.
Saber que nunca ha entrado nadie ahí me
tiene en un sin vivir. ¡Necesito llegar al fondo de
ese túnel! Quiero saber si es tan placentero por
dentro como por fuera.
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Me ha puesto a cien con las cosas que me ha
dicho, aunque estoy un poco asustada porque
todavía me duele, de la toma de contacto de ayer.
Por otra parte, me palpita de ganas.
Lubrica mi entrada y su miembro, me coloca
boca abajo en la cama y me mete un dedo, lo
mueve dentro fuera, dentro fuera... Luego me
introduce dos, me duele un poquito pero,
estoicamente, voy resistiendo. Mientras, con la
otra mano me separa los glúteos, eso me gusta
mucho y no deseo que pare, los mueve, primero
despacio y poco a poco más rápido, me muero de
dolor y de placer. Saca los dedos y me dice al
oído:
―No puedo esperar más. ¡La tengo que me
va a estallar! ―me la mete con mucho cuidado,
primero hasta la mitad, o eso creo yo, se va
moviendo muy despacio, empujando un poquito
más en cada embestida.
Pero, empieza a animarse y ya no es tan
placentero.
Da un último empellón y me la introduce
toda, el dolor es insoportable y creo que me va a
partir en dos. Es increíble, tengo un orgasmo.
Él cada vez se mueve más rápido, y ya no
puedo resistir lo que duele.
―¡Para!, para que me duele mucho ―da un
gemido por respuesta.
―Va, va, va... ―se corre y grita de placer,
sale de dentro de mí, me mira y ve que tengo
lágrimas en las mejillas, me las seca con la
lengua.
35
―¡Te has portado genial! ¡Coge un poco de
hielo del minibar y aplícatelo! Dentro de un rato
quiero repetir. ¡Tienes un culito increíble! ¡Qué
placer me has dado, guarrilla!.
―Hoy no voy a querer más… ―hago una
mueca de dolor―. Estoy exhausta y bastante
dolorida.
Me aplico el hielo y me quedo acostada en la
cama, creo que me ha hecho una pequeña fisura.
Jesús se ha ido a la sala a terminar el
trabajo, me parece que está enfadado pero, me da
igual, me duele mucho y no pienso repetir. ¡Es
demasiado! Ahora entiendo que Raúl no me haga
estas cosas, él me quiere y me respeta. ¡Nunca me
haría daño!.
A la hora de comer volvemos a llamar al
servicio de habitaciones y pedimos; ensalada,
pato al foie y brochetas de fruta fresca de postre.
Para beber elijo un Marqués de Riscal tinto, lo he
bebido en alguna que otra ocasión y está muy
bien.
―Siento mucho haberte hecho daño pero,
eso es normal las primeras veces.
―No tengo ninguna intención de volver a
probar. ¡Creo que ya te lo he dejado bien claro!
―he subido demasiado el tono de voz al decirlo.
Ahora sí, que se ha enfadado.
Recoge sus cosas, y sin decir una palabra se
marcha.
Me deja sola, humillada y muerta de dolor.
―Pero, ¿quien se ha creído este tipo que
soy? ¿Una puta a su servicio?.
36
Resuelvo no volver a casa, la habitación está
pagada hasta mañana. Además, le he dado fiesta
a María hasta el domingo, y han aprovechado ella
y Manuel para visitar a unos familiares.
Decido meterme en el jacuzzi, lo pongo en
marcha, con la intención de que me calme un
poco el dolor, echo sales y aceites aromáticos; mi
intención era usar el Jacuzzi con Jesús...
Realmente ha sido muy relajante. Mientras
seco mi cuerpo me vengo abajo. ―¿Qué demonios
has hecho?.
Tengo el alma hecha pedazos y lloro, sin
consuelo alguno, me miro en el espejo y ¿qué
veo?; Mi rostro hinchado de tanto llorar.
Ceno un Sandwich con media botella de
vino, «espero que el alcohol me ayude a dormir».
Me despierto al amanecer. Me ducho y
desayuno.
Ya tengo todas mis cosas en la maleta. Jesús
se ha dejado su camiseta favorita, en principio iba
a dejarla aquí, ¡que le den!, pero al final he hecho
lo correcto, cogerla.
Cuando ya estoy en casa, Raúl llama para
decirme que su avión acaba de aterrizar y en un
ratito llegará. Dice que me ha echado mucho de
menos y está deseando verme.
Cuando cuelgo vuelvo a llorar, me siento
muy mal, lo que estoy haciendo no tiene nombre,
bueno sí, traición.
Hago un profundo análisis de cómo nos
comportamos con las personas que decidimos
amar.
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―¡No se volverá a repetir! Me prometo a mí
misma.
Me doy una ducha, me pongo un vestido
corto, medias con liguero y zapatos de tacón; me
lo compré para Jesús pero, no tuve ocasión de
estrenarlo.
El resultado me gusta mucho, «parezco una
colegiala», me maquillo, me perfumo y me recojo
el pelo.
Raúl entra en casa, y al verme dice:
―Buenas noches señorita. ¿Ha visto usted
por aquí a mi mujer? ―se acerca y me da un largo
beso en la boca.
―¡Cómo te quiero! ―le digo, cuando para de
besarme.
―Yo siempre más, ya lo sabes ―me besa
nuevamente.
Tomamos una cena ligera. Raúl ha tomado
un tentempié en el avión y yo tengo de todo
menos hambre.
Tengo un dolor horrible, ojalá se pase
pronto, me molesta aún sentada, o sobretodo
sentada ni lo sé.
―Estoy deseando que nos vayamos a la
cama. ¡Tengo muchas ganas de ti! Se me ha
hecho eterno el vuelo.
―Yo también te he echado de menos ―hago
un cruce de piernas a lo instinto básico. Abre la
boca del asombro, cuando ve que voy sin bragas.
―Me doy una ducha rápida, muy rápida, y
nos acostamos. Quiero disfrutar de lo que acabo
de ver ―se acerca, me coge entre sus brazos y me
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vuelve a besar. Noto la presión de su miembro
contra mi cuerpo. ¡Se ha puesto palote!.
Cuando llega a la cama yo ya le estoy
esperando, tumbada de costado, me lo he quitado
todo menos las medias que, como llegan hasta
donde acaba la pierna, no estorban y quedan muy
sexy. (Si con la vorágine se rompen ya compraré
otras).
Tengo muchas ganas de sexo dulce, que me
diga que me quiere mucho mientras me hace el
amor.
Se la estoy chupando, y dejo que salga toda
la rabia que llevo contenida dentro de mí. Es tal
la intensidad, que dice:
―Cariño para, para, que me voy a correr, y
yo también quiero darte mucho placer. UY, creo
que tú también me has echado de menos ―como
puedo alejo el llanto, besándole. ¡Si tú supieras!
Pienso, sintiendo como la culpa me golpea.
Cuando me despierto, Raúl no está en la
cama; ya me había contado, ayer, que tenía un
cliente muy importante a primerísima hora.
Me levanto y me doy una ducha, larga, tengo
picores en la vagina y todavía me duele el culo.
Esta semana, seguro, no podré montar a
Tesoro. Al gimnasio sí tengo pensado ir. No tengo
ninguna intención de esconderme en casa.
Llego al gimnasio y, cuál es mi sorpresa;
tenemos una nueva monitora. Se ha presentado
con el nombre de Mónica.
Nos comunica que Jesús no vendrá esta
semana, que tiene asuntos personales, y será ella
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la que nos dirija en su lugar, que espera estar a la
altura y todos quedemos contentos.
Cuando salgo del gimnasio me planteo si
llevarle la camiseta a su casa o no, la llevo en la
mochila; pensaba dejársela en clase, para que la
viese y no tener que hablarle. Al final decido que
es mejor no verlo.
Me he sentido humillada y vejada. No se lo
pienso perdonar.
Cuando llego a casa Raúl me está esperando.
―Tenía muchas ganas de verte ―me susurra
al oído, y me da un casto beso en los labios.
Me sirve una copa de vino, es muy pronto
pero me apetece.
Nos ponemos al día sobre qué hemos estado
haciendo cada uno, y me pregunta:
―¿Cómo que no has ido a montar hoy?.
―Me levanté tarde y me fui de compras
―miento de nuevo.
Cuando nos acostamos veo que no tiene
intenciones. Uf, que alivio, menos mal; creo que
tengo cistitis porque me pica mucho cuando hago
pis. Mañana buscaré en Internet una ginecóloga,
lejos de mi zona, e iré a ver si es eso lo que tengo.
Espero que no me haya pegado nada venéreo. No
hemos tomado ninguna precaución, porque que
me dijo que es un chico muy sano el día que me
presenté en su casa, y yo tomo la píldora. ¡Qué
inconsciente soy!.
No he dormido bien, soy culpable y estoy
bastante preocupada con el tema… Me he
despertado varias veces, para ir al baño, y me
escuece bastante (las he pasado canutas).
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Desayunando me dice mi marido:
―Cariño, ¿había pinchos esta noche en tu
lado de la cama?.
―¿Qué…?.
―No has parado de dar vueltas. ¡No me has
dejado descansar! ¿Te encuentras bien?.
―Claro que sí amor ―le doy un beso en los
labios, para tranquilizarlo―. Debo haber cogido
frío, el último día que hicimos el amor, he ido al
baño más de lo normal, todo está bien, no debes
preocuparte.
―Últimamente estás muy fogosa y eso me
encanta, anoche estaba muy cansado pero, hoy
no te libras.
Pone cara de, te lo haría aquí y ahora.
No merezco la suerte que he tenido en el
amor, me siento fatal. (Cuando volvió de Madrid
me trajo un bolso guapísimo, de la firma Jimmy
Choo). Siempre está pensando en mí, y yo,
poniéndole los cuernos de la manera más sucia
posible...
―¡Al fin sola! Me ducho, me arreglo y abro
mi Ipad. Tras una intensa búsqueda, encuentro
una ginecóloga en Castelldefels; está cerca de
Barcelona, y a la vez, lejos de la gente que me
conoce.
Llego rápida, no hay tráfico. Me han dado
cita para última hora cuando he llamado por
teléfono. Primero me ha dicho que tenía todas las
horas cubiertas, le digo que es urgente y le pagaré
el doble si hace falta, pero que necesito que me
vea ¡ya!.
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―Lo consulto con la ginecóloga, espere un
momento ―quedo a la espera con la típica música
de «espere un momento por favor, en breve le
atenderemos». Al final, me da cita para las dos
del mediodía.
Le he dado las gracias mil veces.
Decido pasar el tiempo que falta dando una
vuelta por el paseo marítimo, hace un día muy
bueno y me apetece que me dé el sol mientras
camino.
Tengo sed, y en el primer restaurante que
veo me pido un agua Perrier, es mi favorita.
A las dos menos diez ya he llegado al centro
médico. No es muy grande pero, está decorado
con mucho gusto. La chica de recepción ya no
está, me alegro, no me apetece hablar con nadie.
Se acaba de abrir la puerta de la consulta,
una mujer sale y se va. Entonces, aparece la que
deduzco será la ginecóloga.
―Hola, soy Laia ―se presenta dándome la
mano.
Es una chica de unos treinta y tantos años.
Alta, más que yo, y muy guapa, morena, con
media melena; realmente le queda muy bien ese
corte de pelo.
Creo que es una chica sencilla pero con
clase.
Me hace pasar, me pide que me desnude,
que me hará un chequeo completo. Que mientras
lo hace, yo le vaya contando qué sintomatología
tengo.
42
Le explico que tengo un picor que no me
deja vivir. Que veo las estrellas cuando voy al
baño.
Terminada la exploración me dice que tengo
una cistitis de caballo.
―Qué fin de semana, más intenso, debes
haber tenido ―una sonrisa burlona veo en su
cara. Me vengo abajo y me pongo a llorar, como
una plañidera, el alivio de no tener nada venéreo
ha sido tan grande que me he dejado llevar por la
tensión acumulada.
Se levanta de la silla, después de extraer de
un cajón la medicación que debo tomar y dice:
―¡Te invito a comer! Tú necesitas hablar y
yo sé escuchar; formamos un tándem perfecto
―me sonríe dulcemente.
―Encantada ―estoy bastante sorprendida.
Me ha llevado a un restaurante muy discreto
que conoce. Dice que siempre que le apetece estar
sola, o tiene un nuevo ligue, come aquí. Hay
varios reservados; para comer y lo que pueda
surgir...
La comida es buena, el restaurante exquisito
y tenemos privacidad. ¡Es perfecto!.
Mientras nos van sirviendo lo que hemos
pedido, hablamos poco y de trivialidades.
―Cuando quieras… ―me anuncia, cuando
nos sirven el café y se retira el camarero―. Ya no
vendrá nadie hasta que yo toque este botón ―veo
que está insertado en el frontal de la mesa, ¡bien
pensado!.
Le describo, con todo lujo de detalle, mi
relación con Jesús, no comenta nada mientras
43
hablo, es cierto que sabe escuchar. Me siento muy
cómoda en su compañía.
Me pregunta si todavía quiero a mi marido.
Estoy locamente enamorada, le contesto, y soy
sincera.
Este fin de semana me he dado cuenta,
Jesús ni me gusta, pero me pone mucho y eso es
malo, muy malo.
Me comenta que, las mujeres a partir de los
cuarenta sufrimos un cambio hormonal. Que
cada una lo lleva como puede, que ni me entiende
ni está a favor de lo que he hecho, pero que soy
mayorcita y dueña de mi cuerpo. Me pregunta
que, si es verdad que estoy enamorada o me gusta
la vida cómoda que Raúl me proporciona.
―Soy económicamente independiente ―le
suelto, un poco enfadada―. Es cierto que firmé,
como te he contado, el acuerdo prematrimonial
pero, cuando cumplí los veintiuno, ya era su
mujer, me regaló una casita, en la Avenida
Tibidabo. Me dijo:
―No quiero que estés conmigo si un día
dejas de quererme, espero que nunca pase pero...
por si acaso llegara ese día, quiero que tú tengas
independencia económica y vivienda propia.
―La casa la tengo alquilada, desde entonces,
y me reporta un beneficio de 2.500€ cada mes,
más un aporte que me ingresa Raúl, todos los
meses. ¡Tengo una buena cantidad invertida!
Anualmente me da una suma importante de
beneficios.
―Lo siento si te he ofendido. Pero es que no
te entiendo. ¡Lo tienes todo! Y lo pones en peligro
44
por cuatro polvos duros: el ser humano es
destructivo por naturaleza ¿no crees?.
―A la vista está. Mírame… ―digo con
tristeza―. Supongo, que a una chica humilde
como yo este tipo de vida le viene grande, y a
veces, me he sentido sola aún estando rodeada de
mucha gente. Además, sus padres nunca le
perdonaron que se casase conmigo. Tenían la
ilusión que lo hiciera con Claudia, hija de unos
amigos, médicos los dos y muy importantes. A día
de hoy, la relación no es todo lo fluida que Raúl y
yo deseamos...
Cuando ya le he contado mi vida, a groso
modo, me pregunta:
―¿Quieres saber un poco de mí?.
―¡Sí, claro que sí! Por favor cuenta ―siento
verdadera curiosidad.
―Acompañé un día a una amiga, se quería
hacer un aumento de mama, a una clínica muy
buena en Barcelona. Sus padres económicamente
están muy bien y le pagaron la operación.
El cirujano era cuarentón pero, estaba muy
bien físicamente, yo tenía entonces veintinueve
años. Él estaba separado, pero sin hijos, antes de
salir de la consulta ya me había pedido mi
teléfono y, en poco tiempo, estábamos viviendo
juntos en su casa.
Todo iba genial, ya teníamos un niño; me
costó unos años quedarme embarazada. Éramos
muy felices, bueno rectifico, yo creía que así era.
En aquella época yo trabajaba en un centro
público y, una mañana de repente, empecé a
encontrarme mal. Mi compañera me dijo que me
45
fuese para casa, que ella se encargaría de mis
pacientes y los suyos.
Llegué a casa y me fui directa a la habitación
de matrimonio: me cambio y luego voy a ver que
hace mi niño, pensé.
Cuando entro en mi habitación… ¡Casi me
muero! Estaba mi marido tumbado en la cama,
desnudo. Y… ¡La niñera le estaba haciendo una
felación! Casi vomito allí mismo.
Lógicamente lo abandoné, aunque me pidió
por activa y por pasiva que no lo dejara, que
aquello no tenía ninguna importancia y que no
volvería a pasar.
El muy cabrón….
El sexo con él era completo, se lo daba
todo… Teníamos sexo tradicional, oral y anal.
Este último, si es consentido por ambas partes es
placentero. ¡Vamos, que no carecía de nada el
Mamón!.
Nunca imaginé que una cosa así me pudiera
pasar, a mí no.
Lo positivo, «siempre hay que buscarlo», es
que con la indemnización que me tuvo que dar,
por destrozarme la vida, monté el centro privado
en el que hoy te he visitado.
Ahora tengo treinta y nueve años, y ya hace
tiempo que soy la única dueña y señora de mi
vida ―aparenta unos cuantos menos, pienso,
mientras ella continúa con el relato.
―¿Entiendes ahora, que no pueda aprobar
lo que has hecho? Aunque lo respete.
―Sí, sí claro, ¡no volveré a hacerlo!.
46
―Eso ya, tú misma, es tu vida pero... por tu
bien, espero que así sea.
Bueno hablemos de cosas más banales,
menos transcendentes ―cambia de postura en la
silla, y sonríe. Yo me relajo―. ¿Tiene tu marido
algún amigo como él?.
―Está Daniel pero, es un crápula: es tan
bueno como mujeriego, no te lo recomiendo.
Ambas nos echamos a reír, tiene una risa
armoniosa, es increíble cómo hemos conectado.
Le cuento que mi marido siempre dice que,
siente celos de Daniel, porque cree que no se ha
casado porque está enamorado de mí, que se nota
en cómo me mira y la complicidad que tenemos.
Yo siempre le contesto lo mismo:
―A Daniel le gusta hasta una escoba.
Nos echamos otras risas.
―Pues… Me gustaría mucho conocer a ese
personaje, en serio, tengo curiosidad. Además, si
ha ido con tantas mujeres como dices, será todo
un experto, y la verdad, un buen polvo tampoco
me iría mal.
―¡Eso está hecho! Uno de los días, que él
venga a cenar a casa, te llamo así lo conocerás.
Pero ten muy presente lo que te he contado, no
esperes nada serio.
―Hace tiempo que no busco nada serio, con
una decepción tengo bastante. Solo quiero sexo
en buena compañía, nada más, por lo menos por
ahora, en un futuro igual me vuelvo a enamorar.
«Los designios del amor no entienden de razón».
Con la tontería, nos han dado la seis de la
tarde. Nos despedimos, nos damos los teléfonos y
47
quedamos en llamarnos, de vez en cuando, para
comer y charlar.
―¡Recuerda que quiero conocer a Daniel…!
―oigo a mis espaldas. Voy caminando hacia el
coche, vuelvo la cabeza y me despido con la
mano.
En un par de días ya no tengo molestias de
ningún tipo. La medicación que me dio Laia ha
sido muy efectiva pero, me ha bajado las defensas
y he cogido una gripe muy fuerte. Raúl, como
siempre, está solícito a lo que pueda necesitar. Le
digo que no se preocupe, para eso tenemos a
María, que vaya al despacho y esté tranquilo;
estoy en muy buenas manos.
Nunca me había encontrado tan mal, como
mucho, un simple resfriado.
En lo que queda de semana me recupero del
todo. El fin de semana, como Raúl no trabaja, lo
dedica por completo a mí. ¡Qué hombre! Siempre
tan atento.
El domingo por la noche, cuando nos vamos
a acostar, me estoy desvistiendo y me mira con
cara de, hoy no te libras, entonces, empiezo a
hacer movimientos sensuales mientras me quito
el resto de ropa.
Me quedo en tanga, y me meto en la cama
invitándolo a entrar con una mirada lasciva.
―¡No te has quitado las braguitas…! ―no
puedo evitar fijarme en la potente erección que
tiene, sin haberme tocado todavía.
―¡Quiero que me las arranques de un tirón!.
Suelto sin pensar y, acto seguido, me doy
cuenta que estoy pensando en Jesús.
48
―¿Estás segura de lo que dices? ―arruga la
frente, extrañado.
―Estoy jugando ―para demostrarle que así
es, me saco el tanga y lo revuelo al suelo,
haciéndolo girar en uno de mis dedos.
Hemos tenido una relación sexual súper
descafeinada, (como siempre).
Nos levantamos y nos damos una ducha,
juntos, como muchas mañanas. Tenemos una
ducha grande, con columnas multichorros en
ambos extremos, a veces, empezamos jugando
aquí y acabamos en la cama. Todo muy inocente
claro, pero de eso no me había dado cuenta hasta
ahora.
Las comparaciones son odiosas, siempre lo
había oído decir pero, ahora lo sé.
Desayunamos lo que nos ha preparado
María. Estamos solos en la cocina, ella siempre
nos deja el desayuno listo para tomar y se pone
manos a la obra, con sus quehaceres diarios.
Charlamos un buen rato, comentamos la relación
sexual de anoche, dice que le gustó mucho. Que
últimamente estoy muy marchosa.
Si tú supieras…
49
Quiero sexo duro
A media mañana, ya no puedo controlar la
necesidad que tengo de sexo, cargado de cafeína.
Ya sé que me juré que no volvería a hacerlo pero,
el deseo anula por completo mi voluntad.
Me visto bien sexy, y me voy conduciendo
hasta cerca de donde vive Jesús. Aparco a dos
calles de su casa.
Llamo al timbre y oigo de nuevo su voz. Ya
casi no recordaba lo varonil que la tiene.
―Sube pequeña ―dice por el interfono.
La puerta está abierta, la historia se repite,
buena señal, pienso un poco nerviosa.
Me cuelo sin llamar. ¡Madre mía, qué guapo
está! Tiene barba de varios días y le sienta muy
bien, está increíble sin afeitar.
―¿Cómo estás pequeña? ―por la expresión
de su cara sé que le encanta como vengo vestida.
―No mejor que tú. ¡Guau, estás guapísimo!
―sonrío un poco nerviosa.
―Y tú tan buena como te recordaba ―se
pone en pie, acercándose peligrosamente a mí.
Me besa con una voracidad embriagadora,
me ha puesto muy cachonda. ¡Que me haga lo
que quiera! Que ha eso he venido.
50
Me desnuda sin dejar de besarme, y me
apretuja fuertemente contra él. Estoy que me
deshago. Se separa de mí y dice:
―Dame un segundo, que me desnudo y te
doy lo que vienes buscando ―me lleva en brazos
junto a la cama, me suelta en el suelo, saca el
juguete que me compró y me lo introduce en mi
sexo, le da al botón y dice:
―Me doy una ducha rápida y vuelvo, no te
enfríes.
Agitando el dedo índice se encamina hacia
el baño. Yo espero, ansiosa y nerviosa a partes
iguales.
Viene a la cama con una botella de Moet
Chandon y dos copas.
―Lo compré por si volvías, recuerdo que
dijiste que era tu favorito, quiero que bebamos un
poco. Achispada estarás más relajada: pienso
abusar de ti, varias veces.
―Perfecto, bebamos ―tiendo la mano para
que me ofrezca la copa.
Nos acabamos la botella, entre besos y risas
me doy cuenta que he bebido más que él.
Inicio el juego, le chupeteo el miembro con
la boca, él me ha metido el dedo en el culo y me lo
está masajeando a buen ritmo, lo saca y dice:
―Pequeña, llegó tu momento ―me da la
risa floja, «estoy un poco perjudicada por el
alcohol».
―Ponte boca abajo y relájate. ¡Te voy a dar
duro! Es una orden ―obedezco pero, sigo sin
controlar la risa.
51
Ha lubricado mucho su miembro, y mi culo.
Me la introduce toda, poco a poco, la molestia es
una nimiedad en comparación con el gusto que
me produce. Enseguida tengo un orgasmo, él va
acelerando el ritmo poco a poco.
«Me está volviendo loca de placer», se está
tomando su tiempo, sin prisas. Tengo varios
orgasmos. Al final, ya no aguanta más y pega un
buen acelerón, y se corre dentro de mí.
―Has estado increíble pequeña. ¡Cómo me
gustas! ―me susurra al oído. Me besuquea el
cuello y las cosquillas me ponen cachonda, de
nuevo.
Encargamos comida a domicilio y una
botella de vino.
Nos damos una ducha, juntos, casi no hay
espacio para los dos. Me enjabona el cuerpo y me
lava, sin dejar ningún rincón, me ha puesto a mil.
Ahora soy yo la que se pone gel en las manos
y lo enjabono a él. Me detengo en su miembro,
masajeándolo, luego lo aclaro con agua me lo
meto en la boca. Y le doy placer, mucho.
―Volvamos a la cama, pequeña, que esto no
ha acabado todavía...
Esta vez me embiste con más violencia,
primero me la ha metido en mi sexo y, cuando
estoy completamente húmeda, la saca y me la
mete en el culo. Me da fuertes empellones, (esta
vez no hay tregua, me deshago).
A cada embestida, grito de placer y casi no
me molesta. Tengo varios orgasmos, seguidos; he
descubierto que soy multiorgásmica. Cuando creo
52
que se va a correr, la saca, se limpia con una
toallita y me la mete en la boca.
―Córreme, pequeña ―mete dos dedos en mi
culo, y en pocos segundos nos corremos a la vez.
Hace una semana que voy, cada día, a casa
de Jesús, «me estoy volviendo esclava de una
vida inadmisible».
Me ducho en el gimnasio cuando acaba la
clase, y voy hasta su casa sin bragas, me obliga a
ello.
Aunque vive cerca, no puedo evitar pensar;
si me pasa algo por el camino y me llevan al
hospital, menudo panorama.
Me siento una mujer poderosa, cautivadora.
Aunque, lógicamente sé: que no hay acto sin
consecuencia.
Nada más entrar por la puerta, ya tengo mis
propias llaves, lo primero que hago, siempre, es
desnudarme, luego lo busco, (como un día tenga
visita me muero…).
Lo encuentro en el pasillo, acaba de salir de
la ducha y ya está empalmado. Me arrodillo y lo
recibo como a él le gusta, con una breve mamada.
Me levanta y me mete la lengua hasta la garganta.
Ahí ya, me deshago.
Me coge en brazos, me separa las piernas y
me la mete en el culo. Así, en brazos y empalada,
me lleva hasta la cama.
Esta novedad enciende todo mi ser.
Me da leña, hasta que se corre. Me vuelve a
sorprender, baja a mi sexo y, a lametones, me
hace tener un orgasmo increíble.
53
Cuando llego a casa es tarde. Raúl, está
sentado escuchando música, me besa y me sirve
una copa de vino. Nunca me pregunta por qué a
veces llego tan tarde, tiene plena confianza en mí.
Me siento fatal por él pero, irremediablemente,
feliz por mí.
He logrado mi equilibrio con dos hombres,
totalmente diferentes, uno me aporta el amor que
necesito y el otro el sexo que mi cuerpo pide a
gritos. Estoy en completa armonía, aún sabiendo
que no es así...
Hoy, al volver a casa después de montar a
Tesoro, me ha llamado Laia;
―Echaba de menos escuchar tu voz.
La verdad es que la he tenido bastante
abandonada, mis dos hombres absorben todo mi
tiempo.
Hemos quedado que viene a pasar el fin de
semana a casa, lo tiene libre, su hijo está con su
ex marido. Me ha dejado caer, como el que no
quiere la cosa, que si estará Daniel.
―Haré lo que pueda, te lo prometo ―ambas
nos reímos.
Daniel me ha dicho que viene encantado, en
cuanto le he propuesto conocer a una amiga mía.
¡No es nadie el colega!.
Les he dicho, a mi marido y a Daniel, que la
conocí en el Club de Polo. «Ya tengo un Máster
en el arte de mentir».
54
―Le quiero dar la bienvenida en cuanto
llegue...
¡Tendrá morro! Lo que pasa es que la
curiosidad le puede, está deseando saber si es tan
atractiva como yo le he dicho.
Una vez hechas las presentaciones, pasamos
a sentarnos al salón.
Me dice que tenemos una casa preciosa, en
una zona inmejorable. Es cierto, vivimos en la
Avenida Pearson, (Pedralbes).
Daniel no le quita ojo. Creo, que se ha
quedado prendado. Seguro que pretende hincarle
el diente.
Laia no se queda atrás, las miradas entres
ellos hacen saltar chispas de deseo, «El fin de
semana será intenso».
María, ha preparado para cenar; una crema
de langosta, una merluza a la vasca y de postre
tiramisú, preparado por ella. Le he pedido que se
retire, que yo me encargo de servir. Queremos un
poco de intimidad y poder charlar abiertamente,
sin interrupciones.
Daniel ha traído cuatro botellas de ese
champán que tanto me gusta. Y resulta que,
casualmente, es el favorito de Laia. Otro tanto
que se marca Daniel.
Han conectado muy bien, hasta mi marido
está encantado con ella. La conversación es muy
fluida y todos participamos por igual.
―¡Son ya las tres de la mañana!.
Me pongo en pie de un salto; acabo de mirar
el reloj y pensaba que sería la una, poco más o
menos. Todos vamos un poco alegres. Entre
55
charlas y risas, nos hemos bebido todo el
champán más el vino que tomamos cenando.
Daniel dice:
―Creo, que no soy apto para conducir esta
noche hasta casa. ¿Me permitís que me quede
aquí?.
Lo suelta mirándonos a todos con cara de
corderito, cómo si nosotros no supiéramos sus
intenciones. ¡Qué tío! ¡Cómo se lo monta!.
En otras ocasiones se ha ido en taxi, y al día
siguiente, a la salida del despacho, Raúl lo ha
traído en nuestro coche hasta casa y se ha ido en
el suyo.
Les indicamos en qué habitación puede
dormir cada uno y nos retiramos a nuestras
dependencias.
Tengo sexo con mi marido, no es ni por
asomo como Jesús, pero hay mucho amor. Me
dejo llevar y disfruto bastante.
Son las diez de la mañana cuando entro a la
cocina y me sirvo un café. María ha preparado
desayuno para un regimiento, no sabe qué les
gusta a ellos y ha preparado un poco de todo. Veo
que por el pasillo viene Laia, sonriendo, «trae
cara de bien follada». Eso se nota. Bueno, hasta
hace poco no tenía ni idea.
Desde la cocina, a través de una cristalera,
se ve el pasillo, eso da sensación de amplitud,
aunque realmente en este caso no haga falta
porque es bastante grande.
―Buenos días ―en su cara se dibuja una
sonrisa, de oreja a oreja.
56
―¿La noche bien...? ―estoy deseando saber
los detalles.
―Tienes un amigo de lo más. ¡No hemos
dormido ni dos horas! Bueno, él ahora duerme, lo
he dejado fuera de combate.
Me cuenta que, han estado disfrutando del
sexo casi toda la noche y la ha tratado muy bien.
Daniel sabe lo que necesita una mujer. Sin ser
rudo le ha dado de todo.
―Es un ser muy sensible, no me lo esperaba.
―Pero… ¿Las relaciones como han sido,
descafeinadas o de lo otro? Ya me entiendes
―tengo mucha curiosidad por saber, «si la ha
puesto mirando a Cuenca».
―Como ya te dije en una ocasión, no soy
una monjita, hemos hecho de todo pero, muy
dulcemente, sin agresividad.
El hombre que se quiera denominar así,
jamás debe dañar a una mujer. Daniel es todo un
Gentleman, no lo conozco todavía pero, estoy en
ello. Me ha dicho que le gusto mucho, que quiere
que nos sigamos viendo, me ha invitado a pasar
esta noche en su casa y le he dicho que sí. No
queremos abusar de vuestra hospitalidad.
Hablando de todo un poco:
―¿Has vuelto a ver a Jesús, desde el día que
te dejó plantada en el hotel?.
―Por supuesto que no. ¿Por quién me has
tomado?. Aquello no volverá a pasar ―le he
mentido, porque una cosa es contarle que
engañas a tu marido a una extraña y, otra muy
distinta, hacer cómplice de una traición a una
57
amiga. Ahora es una buena amiga, y por ende,
amiga de mi marido.
―¡Estoy muy orgullosa de ti, sí! ―si tú
supieras… cambio de tema para no tener que
mentir.
―¿Comeréis aquí, o en cuanto se levante
Daniel os marchareis?.
―Me ha dicho que me quiere llevar a comer
al puerto, que conoce una marisquería muy
buena. Y, como casualmente, a los dos nos
encanta el pescado, es un plan perfecto. Después
daremos una vuelta, y a media tarde me llevara a
su casa y me follará. Cito literalmente lo que me
ha dicho.
―Ten cuidado y no te enamores, te aprecio
mucho y no me gustaría verte sufrir.
―Soy mayorcita, sé lo que me conviene y lo
que no, pero gracias por preocuparte ―me da un
caluroso abrazo.
Los chicos acaban de aparecer, duchados y
arreglados. Nos besan tiernamente en los labios y
se sientan a desayunar con nosotras.
―Tengo un hambre feroz ―suelta Daniel
mirando a Laia.
―Eres incorregible ―dice Raúl, sonriéndole
cariñosamente. ¡Cuanto lo aprecia!.
Todos reímos con ganas.
Ya se han marchado. Él la llevaba cogida por
la cintura, le ha abierto la puerta para que entre y
luego se la ha cerrado. ¡Tú sí que sabes de
mujeres! Sólo en materia sexual claro, mientras
lo pienso siento un poco de envidia, sana.
58
Enganchada al sexo
Hace una semana que no voy a casa de
Jesús. Estoy, otra vez, que me subo por las
paredes. Me siento como el fumador que está
intentando dejarlo. ¡Tengo un mono increíble!.
Raúl me dijo que esta semana vendría
pronto, todos los días, que trabajaría bastante
desde casa. Por eso no he podido acudir a mi cita
diaria con la lujuria, y un poco de sado a veces.
En casa todo igual, intento seguir el consejo
que me dio Laia en una de las conversaciones
telefónicas, que hemos mantenido desde que sale
con Daniel.
―Hazle partícipe de todas tus necesidades
sexuales. Dile cuáles son tus inquietudes, es un
hombre y seguro que a él le gustan esas cosas. A
lo mejor no te lo hace porque cree que la sosa en
la cama eres tú, y como te quiere y te respeta
nunca lo ha intentado.
―No lo había pensado.
En más de una ocasión, cuando estamos mi
marido y yo en la intimidad, le arrimo trasero a
ver si lo pilla, pero no se da por aludido y,
verbalmente, todavía no estoy preparada para
planteárselo. Aunque pueda parecer increíble,
con él soy una terrible vergonzosa. Soy pura
59
contradicción; una corderita modosita en nuestra
cama, y una loba fuera de casa.
Necesito cambiar esta situación, ya, porque
como no halle una pronta solución, esto estallará
en mi cara.
Decido quedarme con los dos, de momento,
estas cosas, afortunadamente para mí, nunca
suelen durar en el tiempo. Mientras solo lo sepa
yo, no habrá daños mayores, o así necesito que
sea.
Acaba de llegar Raúl, estoy tumbada en el
sofá leyendo un libro erótico, (me he comprado la
trilogía de este y aquel….).
Espero que me diga, ¿qué lees amor? Así
tendré una forma sencilla de sacar un tema
sexual, y llevarlo poco a poco al terreno que yo
quiero.
Pero, no será hoy cuando ocurra. Se sienta a
mi lado, me besa dulcemente y dice:
―Hola amor, ¡qué ganas tenía de verte!
¡Cómo me relaja estar contigo! Hoy ha sido un
día bastante estresante.
Como siempre, me ofrece una copa de vino.
Cuando ya nos hemos puesto al día de
nuestras actividades me cuenta que, Daniel ha
tenido una excelente idea.
―¡Nos vamos a Menorca, los cuatro! ¿Qué te
parece? Hemos alquilado una casita para una
semana: con dos plantas pero independientes,
así, aunque estemos juntos, estaremos separados
y tendremos nuestra privacidad.
―Estoy encantada ―le beso, me hace mucha
ilusión. Será divertido estar con Laia y Daniel
60
toda una semana, pero no sé si mi cuerpo
resistirá tantos días sin el sexo turbulento que me
proporciona Jesús.
Después de un tranquilo vuelo, nos vienen a
buscar al aeropuerto y nos llevan a la casa.
Estamos en una calita privada, la casa está
muy bien, no es muy grande pero sí acogedora.
Raúl y yo nos hospedamos en la primera planta,
ellos se han instalado en la de arriba.
Laia está radiante, le ha parecido genial que
Daniel le haya sugerido que le acompañe. La
verdad, a mí me ha sorprendido bastante. Esto no
es típico de él.
Los chicos han alquilado un barco para salir
a pasear e ir de pesca. Es un Quicksilver Activ
805 Cruiser, nos cuentan a la vuelta. Salieron
esta mañana.
Nosotras nos hemos quedado a ordenar
todo y colocarlo en los armarios.
Hemos comido en un restaurante que el
pescado va directo del mar a la mesa, cocinado,
por supuesto.
Damos un paseo hasta el puerto y nos
indican qué barco es el nuestro. Es muy bonito,
tiene un espacioso camarote en la proa con una
cama doble y dos camas individuales. «Acoge a
cuatro personas con elegancia y estilo». La cocina
tiene sistema de agua dulce y hornillo, un baño
privado que no está mal. Nos cuentan que el
barco tiene 400 cv y una eslora de 7.88; como si
nosotras fuéramos unas entendidas. (Están como
dos niños con zapatos nuevos).
61
Daniel mira a Laia con cara de, ¡Lo que
podemos hacer aquí! Ella lo capta, lo deduzco por
la miradita que le devuelve. Si mi maridito me
diera candela de la buena, no necesitaría a Jesús,
pienso con tristeza. Pero, estoy de vacaciones y
no es momento para dejarme llevar por lo que
pudo ser y no fue.
Por la mañana los chicos se levantan muy
temprano y se van de pesca, aunque vuelven sin
pescado. Nosotras no madrugamos, para qué,
cuando el cuerpo nos lo pide, nos levantamos,
desayunamos y bajamos a la playa. Laia es muy
moderna y hace topless y, la braguita del bikini,
«bueno en este caso monokini» es tanga. Tiene
un cuerpo muy sensual; el pecho se lo operó al
año de haber tenido a su hijo, lógicamente, la
operación la realizó su ex. Y, he de decir, que se lo
ha dejado muy bonito. Será un capullo como
persona, pero como cirujano es inmejorable. Yo
suelo usar bikini, me he traído varios. Charlamos
con total naturalidad de nuestras relaciones con
nuestros respectivos.
Daniel y ella están muy a gusto juntos,
porque ninguno de los dos quiere nada serio. En
la cama, de momento, se complementan muy
bien, pero cuando la rutina se instale en la
relación, lo dejará y sin remordimiento alguno.
En otro tiempo, hubiera pensado de mi
amiga que es de moral distraída. Pero ahora, yo
soy lo peor. Ella no le debe explicación alguna a
nadie. En cambio yo…
Es la hora de comer cuando vemos aparecer
a nuestros Romeos, es tarde pero, a nosotras nos
62
da igual; así ellos pueden charlar de sus cosas
(trabajo seguramente) y nosotras disfrutamos del
sol. Estamos en primavera y la temperatura es
muy agradable.
Acabamos de comer. Daniel le pregunta que
si le apetece ir a echar la siesta al barco, y le guiña
un ojo.
Nosotros nos vamos a la casa, nos metemos
en la cama y tenemos una sesión, doble, de sexo
descafeinado: seguro que Daniel le ha dado lo
suyo y lo mío. Inevitablemente pienso en Jesús.
Hasta en vacaciones las personas creamos
rutinas; ellos salen a pescar todas las mañanas,
rara vez traen algo, nosotras tomamos el sol, ellos
siesta en el barco, nosotros en casa...
Alguna tarde, si el mar lo permite, salimos a
navegar los cuatro. Tomamos el sol mientras
bebemos vino en alta mar. Laia, como siempre,
solo lleva el tanga para tomar el sol. Raúl pega
sus labios a mi oreja y me susurra:
―¡Menos mal que tú no eres así! Lo mío es
sólo para mí. No soportaría que tú fueras como
tu amiga, estoy muy orgulloso de tu forma de ser,
por eso y otras cosas te quiero tanto ―me cae
una lagrima por la mejilla―. ¡Te has emocionado
cariño! Anda, ven que te abrazo amor ―¡soy lo
peor! Pienso, mientras me tiene entre sus brazos.
En estos días de descanso tengo mucho
tiempo para pensar, estoy hecha un lio y sigo sin
tener con quien desahogarme, a veces, me dan
pequeños ataques de ansiedad y disimulo como
puedo. Cuando eso ocurre, me salgo un rato a la
terraza simulando que me ha dado una subida de
63
calor. Laia cree que puedo empezar a estar con
pre menopausia.
En los días que nos quedan, Raúl se muestra
excesivamente cariñoso, cree que necesito más
mimos debido a lo que dijo mi amiga que podía
estar pasándome. Me dejo hacer. ¿A quién le
amarga un dulce?.
64
Me atraes como un imán
65
de placer y tengo un orgasmo. Sigue con la lengua
hasta el culo, lo lame y mete la lengua.
Cuando no resisto más le digo:
―Me han salido telarañas en el culo y estoy
deseando que me las quites.
Sigue sin pronunciar una palabra pero,
rápidamente ha hecho lo que le he pedido. Me ha
metido el pene y me está dando sin piedad. ¡Qué
placer! Tengo otro orgasmo.
Me lo está haciendo de una forma muy
diferente a la que me tiene acostumbrada, pero el
resultado es inmejorable.
Todavía no he escuchado su voz, hoy no me
ha susurrado nada al oído.
Se corre, me vuelve a besar y se pone palote
enseguida.
Me echa otro polvazo bestial. ¡Qué gorda la
tiene hoy! Estoy disfrutando como nunca.
Me quita la camiseta de la cara y, me quiero
morir.
―¿¡Quién eres!? ¡Me has violado! ―lloro de
rabia e impotencia, por lo que he permitido que
pase.
―Soy Darío, un amigo de Jesús: soy
argentino y estoy pasando una temporada acá, en
España.
Jesús me ha hablado mucho de ti. Me ha
contado, cómo te gusta que te den fuerte. Él no
está en casa, ha salido a dar una vuelta.
Me ha dicho: si viene esa guarrilla, aténdela
por mí, los buenos amigos lo compartimos todo.
Ah, y no te violé, o eso me pareció hace un
rato cuando gozabas como una perra.
66
Contále a tu marido, a ver si él cree que es
violación o que eres muy putita. Creo que pensará
lo segundo y se irá a la mierda ―me quedo
petrificada, no me puedo mover, el cuerpo no me
responde ni entiendo mucho esa forma de
hablar―. Si querés más espera que llegue Jesús,
sino vístete y ándate ―me indica la puerta con el
dedo.
«Ahora sí que la he hecho gorda».
Voy camino a casa, no quiero que esté mi
marido. ¿Cómo lo voy a mirar a la cara después
de esto...?.
Me acaba de llamar diciéndome que llegará
tarde, que está con Daniel tomando algo. Me
siento aliviada, necesito tiempo para digerir lo
ocurrido y que Raúl no note el terror de mi acción
en la cara. Me conoce bien.
Cuando llega yo ya me he tomado alguna
que otra copa de vino, me besa y me dice que me
quiere, me echo a llorar, no puedo evitarlo.
―¡Cómo tienes las hormonas!.
«Laia, sin saberlo, me hizo un gran favor».
La velada transcurre como habitualmente,
sin ninguna novedad. Me siento un poco mejor,
he bebido mucho.
El alcohol me ha ayudado a dormir bastante
bien pero, me levanto con un dolor de cabeza
terrible.
Me miro en el espejo, tengo un aspecto
horroroso.
Casi no desayuno y tengo ganas de vomitar.
―Cariño, últimamente te noto… ¿distinta?.
¿No deberías hacerte un chequeo? Ya sé qué nos
67
contó Laia pero, me tienes bastante preocupado
―me abraza y besa en la cara.
―Estoy bien amor, por favor, vete tranquilo.
Cuando se marcha, al despacho, pienso en
mis hermanas. Las llamo por teléfono, hace más
de un mes que no hemos hablado. Soy la más alta
de las tres, dicen que también la más guapa; mis
padres conmigo se esmeraron más, eso reiteran,
las dos, siempre que nos juntamos. Suele ser en
Navidad, tienen una vida un tanto complicada.
La conversación siempre versa sobre lo
mismo; que soy la que más suerte he tenido, que
tengo un marido increíble, «soy la única de mis
hermanas que sigue casada», que me tienen
envidia sana porque, aunque lógicamente, me
merezco la vida que llevo, ya quisieran que las
suyas se parecieran en algo...
La verdad es que soy muy afortunada,
aunque en estos momentos me sienta bastante
perdida.
La mayor es Lucía y la otra Carla. Hablando
con ellas me he puesto a llorar, les digo que tengo
ganas de verlas y estoy pre menopáusica, en lo
último miento. Se han echado a reír, ¡qué
tontorrona eres! Me han soltado las dos. Que me
quieren mucho y están deseando verme.
Cuando cuelgo me siento un poco aliviada,
entre las dos he estado al teléfono tres horas. La
mañana se ha ido rápidamente, es la hora de
comer pero, no tengo hambre. María me regaña;
―Me tiene preocupada Alba ―me quiere
como a una hermana, me lo dice muy a menudo.
68
Esta semana no iré al gimnasio, si veo a
Jesús ¡lo mataré, sí lo mato! Montaré a Tesoro
para compensar la falta de ejercicio.
Raúl es arrebatador, hoy ha llegado a casa
un ramo de flores enorme con una tarjeta. La leo
y me conmueve.
En lo bueno y lo malo, recuerda amor, que
siempre estaré a tu lado. Te quiere, ya sabes quién.
Necesito ayuda, no puedo con lo que me
está pasando. Nunca he creído en los psicólogos
pero, igual me animo y busco uno.
Cuando llega Raúl le doy las gracias por el
pedazo de ramo que me ha comprado, aunque ya
se las he dado varias veces, cada vez que me ha
llamado. Esta mañana se ha ido preocupado y se
ha comunicado conmigo cada vez que ha tenido
un momento libre.
―¡Este fin de semana nos vamos a Andorra!
―me sirve una copa vino―. Queda poco para que
acabe la temporada de esquí y me apetece ir
contigo. Tú y yo, únicamente ―¡qué adorable es!
No me lo merezco. Salto de alegría, me apetece
mucho.
―Se te ha iluminado la cara, me gusta ―veo
una sonrisa de aprobación―. Así es como quiero
verte, feliz ―se acerca y me besa―. Te he
preparado un fin de semana, que no olvidarás
fácilmente. ¡Prepárate! Te voy a hacer mucho el
amor ―me vuelve a besar, ¡qué tierno es!.
Me desplomo en sus brazos, en un estallido
de risas.
69
―Te quiero mucho, no lo olvides nunca,
pase lo que pase, recuerda... ―de repente, siento
la necesidad de contarle todo pero, me contengo.
La escapada a Andorra me hace mucha
ilusión, allí fuimos la primera vez que salimos
solos después de tener a los bebés. Recuerdo que
me dijo:
―Tengo muchas ganas de ti, nuestros niños
ya tienen dos meses y se pueden quedar con
María, he hablado con ella y está encantada. Ella
y Manuel se harán cargo.
No te voy a dejar salir de la habitación en
todo el fin de semana. Puede que a la vuelta estés
embarazada, otra vez.
Fue un fin de semana maravilloso, hicimos
el amor en incontables ocasiones. Nunca se
encontraba saciado.
Adquirí la píldora en Andorra, «no tenía
ninguna intención de volver a sentirme gorda
como una vaca».
Recordar estas cosas me hace bien, porque
en tantos años de casados jamás hemos tenido un
roce. Ni cuando los chicos han sido adolescentes,
que es una etapa larga y complicada. Siempre ha
apoyado mis decisiones y yo las suyas.
Llegamos a Andorra, hace un frío que pela,
estamos en el mismo hotel y la misma habitación
que aquella vez. Sobre la cama encuentro una
caja de bombones Delafée; los comí por primera
vez en un viaje que hicimos a Neuchatel (Suiza)
los dos solos, cuando los pequeños tenían un año.
Desde entonces me sorprende muy a menudo,
regalándome una caja. Este hombre no tiene
70
precio (eso mismo, dicen mis hermanas siempre
que sale a colación).
A Lucía le pegaba su marido. Cuando por fin
decidió contarlo, Raúl tomó cartas en el asunto;
fue a buscarla y la trajo a casa, a ella y a sus hijos.
Gestionó el divorcio y procuró sacarle el máximo
a ese mal nacido, hasta que todo se resolvió, ella y
sus hijos vivieron en casa. Ella tuvo tiempo para
pensar en su futuro y el de sus hijos, y yo me sentí
muy acompañada.
Carla se separó por incompatibilidad de
caracteres, de mutuo acuerdo. Lo gestiono todo
Raúl.
Cuando mis sobrinos, los hijos de Lucía y
Carla, cursaron los estudios superiores, los pagó
Raúl. Mis hermanas hacía ya tiempo que estaban
divorciadas y no se lo podían permitir.
Para compensar a los hijos de Antonio y
Lucas, que económicamente han estado mejor,
les regaló el viaje de novios, a cada uno de ellos,
cuando se casaron.
Toda mi familia le está muy agradecida, ha
hecho, por cada uno de ellos, todo lo que ha
podido, sin esperar nada a cambio. Por todo eso y
por lo mucho que lo quiero, tengo que recuperar
mi adorable vida normal. El amor lo puede todo,
o eso espero y necesito.
Hemos pasado la mañana esquiando. Y,
después de una deliciosa comida, me ha hecho el
amor. La verdad, necesitaba una dosis de sexo
descafeinado pero con amor, mucho amor, luego
hemos paseado.
71
Ahora acabamos de cenar. Todo ha ido de
perlas.
Me pongo uno de mis trapitos sexys y me
mira con expectación.
―¿Nunca tienes bastante? ―se acerca y me
besa, tiernamente―. ¡Qué bien hueles siempre,
amor!.
Mientras nos vamos besando, caminamos
hacia la cama.
Llevamos un ratito en acción y, dejándome
llevar por el alcohol que he ingerido, pregunto:
―¿No te apetece hacer una locura, aquí, esta
noche conmigo?.
―¿Locura? Locura es la cantidad de vino
que te has bebido tú solita. Creo que últimamente
estás bebiendo bastante y no quiero abusar de
alguien que está en inferioridad de condiciones.
Y, que mañana pienses que me aproveche de una
pobre chica con las facultades mermadas por la
bebida ―con expresión elocuente, lo miro, me
afecta mucho lo que dice; aunque es predecible y
sincero.
La conversación ha hecho que le baje un
poco la erección pero, aún así, ha terminado lo
que había empezado.
Me despierto con dolor de cabeza, va a ser
cierto que estoy bebiendo más de lo que debiera.
Nos duchamos, nos ponemos guapos y bajamos a
desayunar.
―¿Qué te apetece hacer hoy amor?.
―Lo que tú quieras. ¡Me duele un poco la
cabeza!.
72
―Sí, a veces creo que no eres tú, de verdad,
no te reconozco amor. Espero que sea pasajero,
anoche me dejaste un poco preocupado.
―Lo siento mucho, cielo, no recuerdo bien
que te dije ―intento que sea él el que reanude la
conversación. Así, si surge, le podría decir que me
apetece probar otras cosas; pero, lógicamente, la
respuesta que me da va en la línea del tipo de
educación que ha recibido.
―Como no eras tú la que hablaba, que era el
alcohol, no tendré en cuenta lo que dijiste: me lo
tomaré como una distorsión mental transitoria.
Me acaba de desarmar. Se levanta y me da
la mano para ayudarme a hacerlo yo, cuando me
tiene a su altura me da un beso, casto, en los
labios.
―¡Vamos amor, daremos un paseo! te irá
bien, te veo un poco perdida ―me mira, como me
miraba mi padre cuando, de adolescente, hacía
algo con lo que ellos no comulgaban.
―De aquí en adelante seré una chica buena,
te lo prometo ―uno las manos y pongo carita de
no haber roto un plato nunca.
―Siempre he estado muy orgulloso de ti, y
en estos momentos más, ahora daremos un paseo
y, cuando la habitación esté arreglada, te voy a
hacer el amor todo lo que mi cuerpo aguante.
¡Uno ya tiene una edad! Pero, haré lo que pueda.
Me dejo caer en sus brazos y le beso.
73
No pasará más
74
―¿Te puedo ayudar en algo? ―me mira de
arriba abajo, con descaro.
―He venido a devolverle las llaves a Jesús.
¿Está?.
―No, se fue a dar una vuelta, tenía planes
―me mira muy serio y sigue hablando. ―Siento
mucho el malentendido de la otra vez, de verdad,
perdóname. Jesús me dijo que no tenías nada,
que sólo era sexo, y cuando te vi desnuda surgió,
no lo tenía planeado. Lo siento, pero es que yo te
partiría al medio.
¿Nos tomamos la copa de vino de la paz?.
―¿Qué…? ―no puedo evitar la cara de
asombro que se me ha quedado.
―Que he traído un vino muy bueno de
Argentina, mi País, y como me ha contado un
pajarito que te gusta el buen vino, quiero que
degustes conmigo uno que te va a encantar. Es un
Luigi Bosca ―me lo describe―. Su entrada en
boca es amable, redonda, con volumen de fruta y
buen cuerpo. Delicado y de sensaciones dulces,
ideales para un paladar como el tuyo.
―Parece que me lo quieras vender ―le
suelto secamente.
―No, de verdad que siento mucho lo que te
hice, me confundí con vos, ¿tomamos una copa
juntos, por favor?.
―Bueno, vale ―sé que debería haber dicho
que no. Pero me siento como hipnotizada.
Al instante estoy encantada. Hemos estado
hablando de su país y como lo he visitado, en dos
ocasiones, sé de qué habla y me parece estar allí.
75
Él, lo va describiendo con la emoción del que vive
lejos de su tierra.
Me veo montando a caballo por la Pampa,
en barco por los glaciares, en velero en Mar del
Plata... Entre charlas y risas nos hemos acabado
el vino.
No sé cómo ha pasado, yo no quería pero,
hemos empezado a besarnos. Besa muy bien, y
me gusta el agradable sabor a vino de su boca.
Me desnuda lentamente, se recrea en cada
prenda que me quita, la huele y la tira al suelo.
Besa suavemente mi cuerpo desnudo, todo...
Se quita el pantalón y me pide que me suba
encima de él, está sentado en el sofá. Me siento y
su miembro entra en mí, me sigue besando. Me
agarra por la cintura y me sube y baja con
energía, está muy fuerte, pienso, mientras su
miembro sale y entra, entra y sale de mí.
Me ha llevado, sin salirse de mí, a la cama;
somos uno solo con dos cuerpos sedientos de
sexo.
Me da placer a tutiplén y nos corremos
pronto. Me tiendo boca arriba y me vuelve a
besar.
―¿Te apetece otro, guapísima?.
―Encantada ―¿qué me está pasando, qué
hago? Debería irme pero, es tal poder que ejerce
hacía mí que anula por completo mi voluntad. Me
dejo llevar, invadida por un deseo desconocido
que me tiene abducida.
Su miembro gana en tamaño al de Jesús,
tanto en grosor como en longitud, y lo usa de
maravilla.
76
Tenemos otra sesión de sexo salvaje, pero
en estas dos ocasiones me ha respetado el culo,
ha sido delicioso y contundente a la vez. Cuando
acabamos me vuelve a besar.
―Me gustan tus labios, tus pechos, tu culo,
me gustás toda tú pibita. Me gustaría seguir
viéndote, me quede Re colgado y pensando en
vos. Flashando en el momento que te conocí.
Pienso quedarme un tiempo por acá y, si
pudiéramos vernos, sería total, maravilloso ―me
vuelve a besar―. ¡Te haría el amor todo el día!
Pénsalo por favor.
Y, ya voy otra vez camino de casa, cabreada
con el mundo pero, sobre todo y ante todo, con la
persona en la que me he convertido.
Lo más increíble, es lo que he dicho cuando
me iba:
―¡Mañana vengo a por más!.
Llego a casa y Raúl está sentado en el sofá,
con cara de preocupación.
―¿De dónde vienes amor…? ¡Te he estado
llamando y no contestabas! Cómo últimamente te
noto un poco distraída no sabía qué pensar...
―Me he entretenido con unas compañeras
de gimnasia, no he oído el teléfono. Lo siento
amor ―cada vez miento mejor. ¡Qué buena soy!.
―¿Por qué no me has llamado? Te puedes
entretener lo que quieras ¡no vives en una
prisión! Lo sabes. Además, estás muy cambiada...
entiende que me preocupe, mi niña.
―No hagamos un drama de esto, no es para
tanto ―objeto―. Y, por favor, ponme un poco de
vino.
77
¡Qué bueno es! Se ha acabado la bronca, me
sirve el vino, me besa dulcemente y me dice que
me quiere.
Cenando, mantenemos una conversación
distendida. ¡Este hombre es increíble, me muero
por su amor! No hay reproches, todo olvidado.
Nos acostamos y le busco, tengo ganas de él
y le encuentro rápido. Se ha puesto palote, XL, en
cuanto le he metido la boca en el pene.
Rápidamente me la mete en mi sexo. Yo, sin
pensar, le masajeo el ano; si a mí me gusta
supongo que a él también. Gruñe de placer pero,
enseguida se vuelve reacio y se mueve para que
pare. Tristemente me desconcierta, ¿vive en la
edad media? Pero, sigo dejando que me haga el
amor.
Tengo varios orgasmos. Aunque él sea un
estrecho, le quiero. Además, mi mente está lejos
de aquí, en otra cama.
Nos levantamos, nos duchamos juntos y
desayunamos.
Me cuenta que el próximo fin de semana
vuelve a ir a Madrid, con Daniel.
―¡Ah qué bien! Podríamos ir, también, Laia
y yo. Sería divertido.
―Laia y Daniel ya hace unos días que
acabaron. Daniel «el incorregible», se ha cansado
de ese pez, igual que se cansó de tantos ―ha
usado la misma metáfora que usa Daniel.
―¡No me lo puedo creer! Laia no me ha
llamado, no me lo ha para contado.
―A ella tampoco le divertía quedar con él, o
eso es lo que cree Daniel. La gente, hoy en día, no
78
tiene valores, se acuestan todos con todos. Está
muy de moda la promiscuidad. ¡Menos mal que
tú y yo no somos así!.
Me quedo atónita con lo que acaba de decir,
si supiera lo que estoy haciendo seguro diría: haz
las maletas y no vuelvas, nunca más. Porque, si
sólo hubiese sido Jesús, puedes decir cometí un
error, no volverá a pasar… Pero, con dos, eso es
un sinsentido que no entiendo ni yo. A veces
pienso que debo ser adicta al sexo duro, y como
hasta ahora no había probado otra cosa, no sabía
hasta qué punto lo necesitaba. ¡Vamos, como las
drogas! Aunque, por muchas excusas que quiera
buscar, soy consciente de quién soy y qué le estoy
haciendo a la persona más buena del mundo.
Algún sabio dijo una vez: «El que siembra
vientos, recoge tempestades».
Cuando Raúl se marcha, al despacho, decido
llamar a Laia.
―Hola guapetona. ¿Qué tal va todo? ¿No
tienes nada que contarme?.
―Hola Alba, veo que ya estás informada.
Todo lo que empieza acaba, más, si no hay amor.
Fue solo sexo, y eso, tristemente, siempre tiene
fecha de caducidad ―me da tranquilidad lo que
dice, porque, entonces todavía tengo esperanzas
de volver a ser la de antes, me sigue contando los
pormenores―. Daniel era muy divertido, al
principio, como todos, pero luego es solo sexo y a
mí la monotonía me aburre. Necesito otras cosas.
Creo que me acaba de dar la clave, quizá ha
sido la rutina, de tantos años con Raúl, lo que ha
hecho que me lance a los brazos de unos
79
desconocidos «Cuando no encontramos una
explicación lógica de las cosas, necesitamos
inventarla para sentirnos mejor con nosotros
mismos. Es como hacer trampas al solitario pero,
sólo te engañas a ti misma».
80
Se sienta dentro de la cama, y me pide que
me la meta, yo misma, y que me mueva rápida.
La tengo clavada hasta el fondo y, como
tiene un tamaño considerado, rápidamente tengo
un orgasmo.
―Tómate el tiempo que quieras pero, luego
te doy de nuevo, yo… ―su cara es de, ¡te vas a
enterar!.
Sigo moviéndome, esperando que tome él la
iniciativa. Me introduce un dedo en el culo,
mientras yo sigo dando placer a mi cuerpo.
Ahora ha tomado él las riendas. Me voltea,
quedando encima él, me muerde los labios y me
dice al oído:
―¿Preparada?.
―No puedo esperar más. ¡Dame duro! ―le
insto.
Me la introduce en el ano, muy despacio.
¡La tiene enorme!.
Va dando empellones, suavemente, y me
susurra guarradas al oído, esto es nuevo pero, me
encanta.
Me sube los pies a sus hombros y me
embiste sin piedad. Noto como me llega al fondo,
me deshago de placer, estoy alucinada y vuelvo a
tener otro orgasmo.
Se mueve sin parar, hasta que se corre.
Cuando acaba besa largamente mi boca, me gusta
cómo juega con la lengua dentro de mi boca. Es
mejor amante que Jesús, con diferencia: no me
hace sentir un mero instrumento en su compañía.
Nos besamos, durante un rato, jugando con
las lenguas. Noto que ya está a punto de nuevo,
81
cojo una toallita húmeda (de esas de bebé) que
siempre llevo en el bolso, y le doy con energía, en
el pene, «se lo dejo brillante». Acto seguido me la
meto en la boca, le doy suaves mordiscos y
lametones intensos. La combinación hace que se
corra rápido, y tras varios gemidos dice:
―Eres lo más bonito que he tenido entre
mis brazos, no desaparezcas nunca, por favor.
―Vendré siempre que tú quieras pero,
recuerda que esto es solo sexo: estoy casada y
nunca cambiaré a mi marido por nadie, aunque te
parezca inverosímil, me tiene enamorada y le
quiero mucho.
―Bueno, tiempo al tiempo, soy un hombre
que siempre consigo lo que quiero. Contigo no va
a ser diferente. Te voy a dar tanto placer que no
podrás renunciar a mí.
―De momento me voy ―cojo mi ropa y,
mientras me visto, no deja de mirar mi cuerpo.
Me quedaría un rato más pero, no puede
ser. Quiero estar en casa cuando llegue Raúl.
Al entrar en casa lo primero que hago es
ducharme, para que no quede rastro, de Darío, en
mi cuerpo.
Raúl acaba de llegar.
―¡Tienes cara de satisfacción! ―¡ha dado
en la diana! Se acerca y me besa, tiernamente.
―Te quiero mucho y soy feliz ―me vuelve a
besar.
Nos tomamos nuestra copita de vino
mientras nos ponemos al día. La mitad de lo que
digo lo invento, no me queda otra. Le digo que lo
82
he echado mucho de menos, ahí no le miento, soy
completamente sincera.
Cenamos y me pide que me dé una ducha
con él.
―Sí, encantada ―aunque ya me duché al
llegar, pero eso él no lo sabe―. ¿Me enjabonas?.
―Ah… ¡Estás juguetona! Eso me gusta,
juguemos pues.
Mientras con las manos, llenas de jabón,
lava mi cuerpo, me va besando.
―Estás volviendo a ser tú, y estoy muy
contento. Te voy a hacer dulcemente el amor,
como sé que te gusta. Así me lo hace….
He quedado satisfecha, me acurruco entre
sus brazos y me duermo.
El viernes llega, y se marcha a Madrid. Laia
viene a quedarse en casa y charlar de nuestras
cosas.
―¡Tienes el guapo subido, estás pletórica!
―sonríe, caminando hacia mí.
―Gracias, yo también te quiero.
Ambas reímos mientras nos damos un
caluroso abrazo.
María nos ha dejado cosas, frías y calientes,
preparadas. Así, charlaremos tranquilamente. Me
cuenta que ha conocido a un cubano, qué, como
siempre, no es nada serio, salen a bailar y juntos
se divierten.
―Ah, y de vez en cuando, tenemos sexo.
―Me alegro verte tan contenta.
Lo de Daniel no le ha afectado, ni lo más
mínimo, es cierto que no estaba enamorada de él,
mejor así.
83
Salimos a tomar unas copas a Playafels
(Castelldefels), a un chiringuito con música. Nos
apetece mover el esqueleto.
Nos encontramos a Jesús, está con unos
amigos. Me sorprendo porque, no me esperaba
este contratiempo. Hago un rápido barrido, con
la mirada, y no veo a Darío, suspiro de alivio, no
sabría cómo actuar si me encontrase a los dos,
cara a cara.
Se acerca a nosotras y les presento.
Me da dos besos en la mejilla y aprovecha
para decirme;
―Necesito volver a estar dentro de ti, ya,
cuanto antes. Pequeña, me has dejado huella.
¡Dime que volverás!.
Me roza suavemente los labios, algo dentro
de mí se agita.
―Me alegra haberte visto ―me alejo. Por su
actitud, deduzco que Darío no le ha contado lo
nuestro. Uf ¡qué alivio!.
―¡Está muy bueno! Alba, ahora entiendo
que te deslumbrase pero, me alegro que primara
la sensatez.
Jesús agarra a Laia por la cintura, sacándola
a bailar; creo que intenta darme celos, estoy muy
incómoda.
―¡Nos vamos! Por favor, no quiero seguir
aquí, ni un minuto más ―anuncio disgustada.
Llegamos a casa y nos ponemos los pijamas,
queremos estar preparadas para cuando Morfeo
venga a visitarnos.
Sirvo un par de copas de champán y saco el
álbum de fotos, de mi boda.
84
Me viene a la memoria los preparativos de
la boda, o mejor dicho, «los no preparativos».
Aurelia se encargó de todo (la madre de
Raúl). Eligió el vestido que, según ella, me
quedaba mejor, dijo qué menú sería el perfecto,
cómo debía ser el ramo…
De mi familia, solo asistieron mis padres y
mis hermanos. El resto se excusó diciendo que no
estarían a la altura. Mis abuelos ya no existían,
todos murieron jóvenes.
Lo único que yo elegí fue a Raúl, y di en la
diana.
Nos casamos el 26 de octubre en la Catedral
Del Mar. La ceremonia la ofició el Arzobispo de
Barcelona, «No podía ser de otra manera».
Fue una boda de Princesa de cuento, con
cuatrocientos invitados, casi todos, desconocidos
para mí.
Me pongo tontorrona y me invade una
extraña nostalgia, las lágrimas inundan mi cara.
Laia me mira, me abraza y dice:
―¡Qué enamorada se te ve! Cómo me alegro
por ti
―Y… ¿Cómo es el sexo con el cubano?
―necesito cambiar de tema, además, me muero
de curiosidad.
―Tú ya sabes mi amol... ―nos da la risa y
no podemos parar.
Cuando recuperamos las formas, me dice
que los cubanos son muy fogosos en la cama. Que
es cierto lo que cuentan sobre ellos y, que a lo
mejor, se va con él unos días a Cuba. Tiene que ir
85
a su País por motivos administrativos, y le ha
pedido que le acompañe.
―Así aprovecho y conozco el país, de manos
de un oriundo. ¿Qué te parece?.
―Me iría con los ojos cerrados, disfrútalo.
Me enseña un selfie, se lo hicieron el mismo
día en que se conocieron. El chico es un mulato
impresionante; alto, guapo, y con un tono de piel
no muy oscuro.
―A éste... Sí que lo acompañaba yo hasta el
fin del mundo. ¡Madre mía, cómo está!.
Cuando Laia escucha lo que acabo de decir,
me da una palmada en la pierna y me dice:
―Tú ya estás casada, guarrona.
―Lo sé, pero eso no implica que tenga que
ser ciega.
―Néstor, que así se llama este chico, es de
una barriada muy pobre de la Habana. Si me
decido a acompañarle nos alojaremos en un
hotel. Me presentará a la familia, dice que son
muy pobres y carecen de los productos básicos.
Les llevaré una maleta llena de alimentos no
perecederos. ¡Pobre gente!.
―Es cierto ―asiento con conocimiento de
causa; estuve allí hace unos cuantos años, con
Raúl. Incluso, con dinero, hay muchas carencias
en el País.
Le relato lo bien que lo pasamos en ese viaje
Raúl y yo, visitando Varadero, Viñales (Pinar del
Río), Cayo Blanco, con su arena caribeña y sus
aguas cristalinas… Le recomiendo los lugares a
visitar, y que lleve ropa que ya no use, tanto de
86
ella como de su hijo; las mujeres de allí, lo
necesitan y se lo agradecerán.
―Lo haré, sí al final me decido y voy pero,
tendría que dejar al pequeño con el padre. Y,
tantos días, no sé si sabré estar sin mi pequeño.
87
Cadenas invisibles
88
Me mete un dedo en el sexo y otro en el
culo, y me da sin piedad. Me enciendo, me vengo
arriba y rápidamente tengo un orgasmo.
―Ahora, ¡chúpamela! ―obedezco, lo hago
con energía y se corre pronto.
―Esto ha sido para poder disfrutar de un
polvo lento y largo… ―dice, mientras me besa.
Enseguida ha recuperado la erección y, sin
preámbulos, me la mete en el culo y dice:
―No hay prisa, te voy a dar tanto placer
que, me vas a suplicar que pare. ¡Voy a romperte
ese culo tan Re lindo que tienes!.
El sexo con él es asombroso. Mi culo cada
vez resiste más. Ha resultado un poco doloroso,
ya hacia el final, pero lo he aguantado bien y no
he dicho que pare; el placer era mayor que la
molestia.
Me marcho a casa y, ciertamente, tengo la
sensación que ha sentenciado; casi no puedo
juntar las piernas.
¡Es maravilloso! Me siento muy bien, el
dolor que tengo es una nimiedad. Para nada,
comparable al que me provocó Jesús.
Espero que Raúl llegue hoy cansado y no me
busque. He tenido una sesión, completa, de sexo
duro. Me duelen hasta las pestañas, pienso,
mientras en la cara se me dibuja una gran sonrisa
recordando... ¡Cómo he disfrutado!.
―Cariño… ¡Que nos vamos a Londres! ―me
anuncia Raúl, entrando por la puerta―. Preciosa,
prepara la maleta que nos vamos a ver a los
chicos.
89
Me tiro a sus brazos y, llorando de alegría, le
digo que es el ser más maravilloso que conozco y
qué suerte tuve que, una persona como él se
enamorase de una pobre chica como yo.
―Ven aquí, mi tontita, que te voy a hacer el
amor.
―¿No cenamos antes? ―que me dé tiempo a
recuperarme. Esto último, lógicamente, solo lo he
pensado.
―No. Cenaremos después, llevo todo el día
pensando en ti, preciosa.
Agarrados por la cintura vamos hacia la
habitación, es muy pronto, María debe estar
entretenida, preparando en la cocina o charlando
con su marido. No notarán nuestra ausencia.
Empieza el cortejo con una ducha juntos,
con preliminares, todo muy dulce y tierno, claro;
un beso por aquí, un toqueteo por allí, todo muy
casto, si comparo... No, no está bien, no debo,
estoy aprendiendo a saber con quién estoy y
disfrutar del momento, sin cuestionar nada, me
volvería loca en caso contrario.
Cenamos y hablamos de los preparativos del
viaje, estoy muy animada. Me cuenta que nos
alojaremos en el hotel The Royal Horseguards;
estuvimos, en ese mismo, hace unos años. ¡Qué
clásico mi chico!.
El hotel es un antiguo palacio, del siglo
XVIII. Situado junto al Támesis, frente al London
Eye; una noria, enorme, que estoy deseando ver.
Cuando visitamos esa ciudad, hace unos años,
aún no estaba instalada.
90
Me llevaré ropa de abrigo, recuerdo que allí
hace mucho frío. Los chicos no saben que vamos,
¡que sorpresa se van a llevar!.
Nos acostamos y me vuelve a hacer el amor.
¡Qué dulce es! Cada día siento que lo quiero más,
puede parecer una contradicción pero, así es.
También presiento que, mañana tendré agujetas
en mis partes nobles, pero, como se suele decir:
¡Que me quiten lo bailado!.
Duermo poco, porque estoy ansiosa por ver
a mis niños, siempre hemos estado muy unidos.
Son unos hijos increíblemente buenos, “deben
haber salido a su padre”, me río, mientras lo
pienso.
Hasta el día de hoy, no me han hablado de
ninguna chica; que de momento no están por la
labor, me dicen siempre. Eso llega sin querer,
argumento yo.
Nos levantamos y nos duchamos. Mi cuerpo
huele a exceso de sexo.
Desayunamos y organizamos, verbalmente,
lo que podemos hacer en cuanto lleguemos a
Londres.
El avión sale con bastante retraso, hay
mucha niebla y son pocos los que despegan. Me
subo por las paredes, no veo el momento de
reencontrarme con mis hijos.
¡Por fin! Ya anuncian nuestro vuelo.
Vamos en primera y nos sirven una copa de
cava, estoy de los nervios, y pido que me sirvan
otra. Mi marido, siempre atento, me pide que me
relaje que todo va bien. Y, que por favor, no beba
91
más. Me abraza, me besa. Yo me reclino sobre él
y espero que el vuelo llegue a su destino.
Al salir del aeropuerto veo a Óscar e Iván.
¡Mis hijos! Corro hacia ellos y entre los dos me
suben por los aires. Lloro de alegría, necesitaba
verlos. Llega Raúl y se une al abrazo. Estoy entre
mis tres hombres. ¡Se puede pedir más!.
Entonces caigo en la cuenta; en el sexo,
también ando entre tres hombres. Ahora no es
momento para ese tipo de pensamientos, disfruta
de tus chicos y deja las tragedias para la vuelta,
me digo, mientras seguimos abrazados.
Raúl me dice que, lo tenía todo organizado
con los chicos para darme una grata sorpresa. Y
lo ha logrado.
Llegamos al hotel. Un amable botones nos
acompaña a la habitación, no es la de la otra vez y
me extraño, «Raúl es tan básico».
Mientras deshago la maleta, Raúl, me va
explicando que esta semana hay un congreso de
médicos y el hotel está completamente lleno, (eso
lo explica todo).
En el cuarto de baño hay bañera y ducha
para dos. La bañera, aunque no es Jacuzzi, pero
sí redonda y grande, tiene un televisor en la
pared. Mientras te das un agradable baño puedes
ver el canal que te apetezca.
Hemos quedado con los chicos para comer
en un par de horas y Raúl dice:
―Preciosa, tenemos un ratito para nosotros,
¿qué te parece si lo aprovechamos?.
―¡Encantada! ―me desnudo con un baile
sexy, me mira sonriente.
92
Dejo que tome él las riendas, que me lo haga
a su manera, estoy feliz de estar aquí con mi
familia.
Con lo bien que se le da el papel de padre, y
marido, ¿cómo es tan malo en la cama? pienso
afligida. Supongo, que no se puede tener todo en
la vida, «el que no se consuela, es porque no
quiere».
93
Últimamente pienso en Jesús «lo que antes
me parecía una auténtica depravación, algo sucio
e inadmisible, ahora, visto desde la distancia, no
me parece tan escabroso» O, tal vez, me haya
hecho adicta a esa manera de follar. Lo único que
tengo claro es que hoy necesito mi dosis, y voy a
ir a por ella.
Me he vestido, mona de la muerte, y voy
camino de mi aventura sexual.
Entro con mis llaves. Encuentro a Darío y
sonríe al verme.
―Hola Yegua. ¿Cómo andás, boluda? ¿Ya te
recuperaste?.
―Estoy Re bien, como decís vos, y vengo a
por más. ¿Cómo lo ves?.
Los argentinos dicen que ellos no besan,
que rompen la boca. Y, esa es la respuesta que da
a mi pregunta. ¡Qué arte tiene con la lengua! «Me
ha dado un beso de tornillo que me ha hecho
perder la razón».
Me lleva, a pequeños embates, a la ducha,
«dice que me lo va merendar todo» ¡Empieza el
festival de sexo!.
Primero me lame toda, hasta que tengo un
orgasmo. Luego me pide que haga yo lo propio,
encantada, me pongo a ello.
Entra en mi sexo con violencia. Me dice que
está hecho un pelotudo. Al ver la cara de póker
que pongo, me aclara, que eso en su País es estar
enamorado. Cabalga con brío, me encanta ese
ritmo. Pega la vuelta y se coloca debajo.
―¡Date tú! ―lo hago, al ritmo que él ha
marcado pero, quiero otras cosas, me levanto un
94
poco, la cojo con la mano y la pongo en la puerta
de atrás. Sin miramiento alguno, de un empellón,
entra hasta el fondo. No ha llegado a moverse y
tengo otro orgasmo. El placer es indescriptible,
me encanta. Me siento viva, muy viva.
«¡Bien follada!, esa es la realidad».
Tras varios embates, gruñe de placer y se
corre.
Nos tomamos unas copas de vino mientras
charlamos de su País, y me pone al día de frases
que usan allí. Es muy gracioso hablando, dice
cosas como: «El Argentino no se ríe a carcajadas,
se caga de risa».
Hemos estado charlando, y nos hemos reído
durante un buen rato.
―Estoy listo para otro asalto. ¿Te hace?.
―Me deshace ―me tiro a sus brazos para
que me coja, lo hace y me besuquea sin parar,
hasta dejarme caer en la cama.
Me da otra tanda de ese sexo tan rico y que
tanto necesitaba.
Vuelvo a casa, me ducho y me entretengo
con mi Ipad, esperando que llegue Raúl.
―Hola mi amor ―mi marido acaba de
aparecer por la puerta del salón. Se acerca y me
besa.
―Hola preciosa ―se dirige a la nevera para
vinos, que tenemos en el salón, y sirve dos copas.
Me pone al día de sus cosas. Yo, sólo de las que le
puedo contar, que cada vez son menos.
Al acostarnos, me busca.
95
―Tengo la cabeza embotada del viaje ―me
justifico con una mentira, «lo que tengo es un
exceso de sexo».
Por la mañana, cuando Raúl ya se ha
marchado, me preparo la mochila y me dirijo al
Club de Polo, a montar a Tesoro.
Dos horas y acabo agotada. Decido tomar
un vermut, en el restaurante que hay en el Club.
Me siento en una mesa bastante apartada del
resto, quiero estar sola.
―Hola. ¿Me puedo sentar aquí o, esperas a
alguien?.
Al levantar la cabeza veo a un chico, poco
más joven que yo, lo tengo visto; monta a caballo
muy a menudo pero, nunca habíamos cruzado
palabra alguna. Lo encuentro bastante atractivo,
tiene un cuerpo atlético.
―Sí, sí puedes sentarte, no espero a nadie.
―Soy Borja, me da dos besos en las mejillas
―yo correspondo.
Empezamos hablando de caballos, y digo:
―El mío se llama Tesoro ―le explico la
historia...
―Qué romántico todo, que suerte ―el tono
que emplea, al decirlo, me parece un poco jocoso.
―Al mío lo llamé Windows.
―¿Y ese nombre, cómo surgió?.
Me cuenta que, es psicólogo, que su caballo
se llama así porque es como una ventana para él;
lo transporta, de lo cotidiano y mundano, hacia la
libertad.
Me parece un filósofo. Y, decido aprovechar,
la oportunidad que me acaba de brindar la vida.
96
―Si te cuento algo… ¿No me juzgarás y
quedará como secreto profesional?.
―¿Me quieres contratar, es eso? ―me mira
bastante intrigado.
―No, no es eso, tengo un pequeño problema
y me gustaría comentarlo contigo, necesito que
me escuche alguien que no me conozca. Pero, por
supuesto, te pagaré.
Aunque nunca he creído en vuestro gremio,
siento decirlo... Pero, necesito ayuda. ¡Ya!.
―Cuéntame, y luego hablamos sobre lo que
crees o no.
Me pareces una mujer muy interesante, lo
pensé el primer día que te vi.
Ahora, me acabo de separar de mi mujer y
me gustaría conocerte a fondo, por eso, me he
atrevido a acercarme. Aunque, hace ya un tiempo
que te veo como ausente: tu cuerpo está encima
del caballo pero, tu mente, me parece que se
encuentra muy lejos de aquí. ¿Estoy en lo cierto?.
―Esto promete y se pone interesante: de
momento, no te has equivocado en nada. ¡Has
dado en la diana! Y, eso que no me conoces de
nada. Eres buen observador.
Me sonríe y dice:
―Soy muy bueno en mi oficio, querida. Si
me das la oportunidad, te lo demostraré.
―Mi caso no es nada fácil, te aviso.
―Me encantan los retos. Y ahora, sin más
dilación, cuéntame tu historia: ¿qué es lo que te
tiene tan preocupada?.
Le pongo al día de mis fechorías, con todo
lujo de detalles, no omito ni una coma; al ser una
97
persona que no conozco, de nada, no tengo nada
de vergüenza. Su cara va cambiando conforme el
relato lo va haciendo. No me interrumpe, espera
a que acabe mi historia.
Cuando acabo digo:
―¿Veredicto?.
―No tan rápida señorita, todavía nos queda
mucho por hablar. Lo primero, es saber si de
verdad te quieres enmendar o, por el contrario, te
gusta la doble vida que llevas. Y, como todavía no
me has contratado, que sólo me has pedido que
guarde secreto profesional, y sobre eso tienes mi
palabra, no te quepa la menor duda.
Por otra parte… Me gustas mucho, y soy un
hombre libre. Me gustaría tener la oportunidad
de conocerte como persona, no como paciente.
¿Podríamos quedar para tomar algo, fuera de
aquí?.
―No, de verdad, seguro que al final quieres
lo que todos. Y, ¡eso se ha acabado! Sólo quiero
reconducir mi vida, esta no soy yo y no me hace
feliz. Y, lo más importante; sigo enamorada de
Raúl, mi marido, le quiero y quiero ser fiel.
―Vale, entiéndeme; tenía que intentarlo.
Disculpa mi comportamiento, soy un necio, me
he dejado llevar por la parte animal que todos
llevamos dentro.
―De eso entiendo un poco.
―Si te parece bien, como los dos acudimos
aquí a menudo y, para más inri, no crees en los
sanadores de mente, nos podríamos ver aquí, en
este restaurante. Así, la terapia será más amena y
no te darás cuenta que estás con un “loquero”.
98
―Ok. ¡Me pareces buena gente! Estoy muy
contenta que te hayas acercado hoy a mí.
Te debo haber parecido una mujer frívola
pero, nada se aleja más de la realidad. Estoy
viviendo algo completamente ajeno a mí. Y, deseo
ponerle fin, cuanto antes: no quiero dañar a las
personas que me quieren, no lo merecen. Pero,
mi marido tiene su trabajo, sus amigos… Yo, me
siento muy sola en mi jaula de oro.
Nos despedimos con dos besos, huele muy
bien. Me sugiere, vernos tres veces por semana.
―Empezamos mañana: piensa, bien, qué es
lo que realmente quieres sino la terapia no tiene
ningún sentido.
―El primer paso es reconocer el problema,
y eso ya lo he hecho. ¿No te parece?.
Me marcho con la promesa de volver a ser
una mujer decente, o morir en el intento.
99
cada sesión, para darme empuje». Por otra parte,
si no quisiera a mi marido sería más fácil, “no me
supondría ningún trauma, lo engañaría sin más”.
Me está resultando muy difícil resistirme a
la tentación, dudo de poder lograrlo. Borja dice:
―¡Poder es querer!.
¡Qué fácil, visto desde fuera!.
En casa, todo va bien (como siempre). Esta
semana, Raúl vuelve a ir a Madrid con Daniel. Me
gustaría irme con él, así estaría a salvo de…
Borja me lo ha desaconsejado, me ha dicho:
―¡Coge al toro por los cuernos! Tienes que
intentar ser fuerte, distraerte, y no pensar en…
Otra opción era visitar a mis padres pero, al
llamarlos, me ha dado un bajón; van a estar en
Toledo. Allí viven mis hermanas y se van a verlas.
―Vente, tus hermanas se llevarán una gran
alegría al verte ―a punto estoy de decir que sí
pero, sería demasiado para mí; me vendría abajo
y lo contaría todo.
―En otra ocasión mamá ―me disculpo―.
Besitos para todos. Dile que las echo de menos.
Mi último recurso es Laia. La llamo:
―¡Hola guapetona! ¿Qué tal todo?.
―Hola Alba, me alegra oír tu voz. Estoy
preparando las maletas, ¡me voy a Cuba! Néstor
ha insistido tanto que, al final he claudicado. Te
iba a llamar desde el aeropuerto porque he estado
muy liada con los preparativos, ya sabes. Ah, por
cierto, al final mi pequeño se queda en casa de
mis padres. ¡Qué alivio!.
100
―¡Disfrútalo, te lo mereces! Pero, sobre
todo, a la vuelta no olvides llamarme y contarme
con todo lujo de detalle cómo ha ido.
―¡Cómo te gusta el morbo! Prometido, dalo
por hecho.
Nos despedimos. Me siento abatida, ¿ahora
qué hago, a quién recurro?.
Cabalgo a lomos de Tesoro. Y, el miedo a no
salir corriendo y entregarme a Darío, recorre todo
mi cuerpo.
Estoy con Borja en el restaurante, tomando
un agua, sin gas. Le expongo la angustia que
siento de tener que encontrarme sola este fin de
semana, le pido que me proteja, que me permita
alcanzar mi objetivo sin mucho esfuerzo.
―Las rosas sin espinas, no son naturales.
Pero, sin que sirva de precedentes porque no es
ético quedar con pacientes, te ayudaré.
―¡No sabes cómo estoy luchando para tener
el valor de dejar de verle! ¿Acaso no entiendes
cuánto estoy sufriendo?.
―No puedo cambiarte la vida, yo solo la
puedo encauzar ―me contempla con ternura y
continua―. No tengo obligaciones este fin de
semana, tranquila, estaré a tu lado. Te pasaré a
buscar el viernes a las diez de la mañana. Mis
citas para ese día las hará Roberto, le pediré ese
favor; es un colega con el que comparto consulta.
Saldremos a correr: yo lo hago todas las semanas,
doce kilómetros de un tirón, hace que se liberen
muchas endorfinas. ¡Verás que bien te sientes!.
101
Raúl ya se marcha. Me dice que me quiere
mucho y que me va a echar de menos. Me besa en
la boca; es un beso sin prisas, con amor y deseo,
mi cuerpo se enciende y me apretó contra él.
Borja es puntual, me recoge con su coche y
nos vamos al Paseo Marítimo de Castelldefels.
Corremos. Y, como no estoy acostumbrada,
me cuesta seguirle el ritmo, me quedo bastante
rezagada, «a mi me parece que estoy corriendo
una maratón, voy sin aliento».
Cuando paramos para estirar, dice:
―Te veo en baja forma, tú mucho aerobic
pero, de fondo poco ―sonrío, estoy tan exhausta
que no puedo articular palabra.
―¿Vamos a mi casa a darnos una ducha?
―le miro, algo azorada.
―Tranquila, que conmigo no corres peligro,
para mi pesar claro.
―Lo siento. ¡Qué patética te debo parecer!.
―¡Me pareces una mujer increíble! Y, si no
estuvieras casada, desearía hacerme viejo contigo
―me parece sincero. Es música para mis oídos;
últimamente tengo la autoestima por los suelos―.
Yo sabría darte lo que necesitas y, por qué no
decirlo, estaría encantado. El sexo, fuerte y duro,
me gusta mucho ―mi cara se enciende como una
bombilla, sonríe y dice―: ¡Anda, si va a ser cierto
que la muchacha es tímida!.
―¿Lo dudabas?.
―No, claro que no, vislumbro el interior de
las personas: tú eres buena gente sólo que,
temporalmente, parece que has perdido el sitio
102
en tu vida. Pero, para eso estoy yo, para que lo
recuperes ―asiento, sin mucha convicción.
Vive en un ático, precioso, en la zona de
Sarriá, de unos 170 m2. Y, una estupenda terraza
con barbacoa. Los muebles son sobrios pero
bonitos. Todo decorado con gusto y estilo.
Me indica donde está el baño y me deja un
pijama, (tipo chándal). Me doy una refrescante
ducha y, cuando me voy a vestir, me doy cuenta
que no tengo ropa interior limpia, qué fallo. Me
pongo el pijama y rezo para que mis pezones no
le apunten y me delaten.
Está sentado en el sofá y ha preparado dos
zumos de tomate. Al verme de esta guisa, sonríe y
me ofrece un vaso. No es mi bebida favorita pero,
no la voy a rechazar.
―¿Vives aquí, tú solito?.
―Sí, mi ex y yo éramos incompatibles. Todo
iba a peor y, como ya te he comentado, hace poco
que nos hemos separado. Todo ha sido de mutuo
acuerdo: afortunadamente o no, no lo sé; la vida
no nos bendijo y no tenemos hijos.
Pero… no hablemos de penas. ¿Te apetece
salir a comer, o nos arreglamos aquí? Si quieres,
puedo preparar algo rico.
―¿Sabes cocinar?.
―Te sorprendería todo lo que sé hacer…
―dice, poniendo los brazos en jarra.
―¡Sorpréndeme! ―tengo ganas de verlo en
acción.
Pasamos a la cocina. Se desenvuelve bien
entre los fogones. Se pone un delantal que dice:
«Disfruta, que hoy cocino yo».
103
Me ha agasajado con un lenguado en salsa
de almendras, acompañado de una parrillada de
verduras, y para beber, ha servido un vino blanco,
(Barbadillo). No lo había tomado nunca, pero me
ha parecido ideal para acompañar el pescado. No
se me ha insinuado en ningún momento ha sido
correcto y elegante «éste, sabe ser buen amigo».
A media tarde me lleva a mi casa, alega que
tiene un compromiso ineludible.
―Pasaré a recogerte sobre las ocho y media,
ponte guapa. Aunque, tú para eso no necesitas
nada ―río como una adolescente―. Te llevaré a
un restaurante que creo te gustará mucho.
―De acuerdo. Haré lo que pueda con esta
cara y este cuerpo ―me contoneo mientras me
voy acercando a la entrada de casa.
―Ah, y sobre todo sé buena, no me obligues
a que tenga que venir a darte unos azotes ―giro
mi cabeza mirándolo y ambos reímos.
―¡Vete ya! Vas a llegar tarde a tu misteriosa
cita.
No ha querido contarme qué era eso tan
importante que no podía esperar, tampoco he
insistido. No me ha parecido ético hacerle un
interrogatorio, por otra parte, ¿quién soy yo para
someterlo a un tercer grado? «Aunque me moría
por saberlo» ¿Tendrá alguna amiga íntima con la
que mantener relaciones sexuales? Seguro, es un
hombre muy simpático y sobre todo atractivo.
Suena el teléfono, es Raúl:
―Hola preciosa, ¿cómo va por ahí?.
―Bien, en casa, entreteniendo como puedo
el tiempo y tú ¿qué tal por Madrid?.
104
―Aburrido, aunque esta noche cenamos con
unos clientes muy potenciales. Si conseguimos el
contrato, te haré un magnífico regalo.
―Tú y mis hijos es lo mejor que me podía
regalar la vida. ¡Es un privilegio estar casada con
un hombre como tú!.
―Te dejo que me está llamando Daniel, ya
seguiremos con esta conversación. Te quiero.
Mientras me ducho trato de convencerme, a
mí misma, de que por fin estoy en el camino
correcto: ¿Qué es el sexo sin amor? Como el
comer sin hambre, ¡pura gula! Y, seguramente
pecado.
Me pongo un vestido palabra de honor,
«creo que me hace un cuerpo exuberante». Es
corto, por encima de la rodilla; no quiero sexo, no
intención de nada pero, necesito sentir que le
gusto, que me desea, me hace sentirme mujer. Me
maquillo discretamente y me perfumo.
Cuando llega a recogerme trae un ramillete
de flores.
―Las vendía una chica, en un semáforo, y
no me pude resistir…
―Gracias. ¡Pareces un dandi con ese traje!.
―Y tú, estás preciosa hasta con mi enorme
pijama.
―Te burlas de mí, ¿verdad?.
―No, no me burlo: me pareces una mujer
enérgica, fascinante y sensual ―me da un beso,
en la mejilla, y abre la puerta del coche para que
entre.
Ha sido una cena extraordinaria. Ha elegido
un buen restaurante. Hemos estado hablando de
105
trivialidades, nada trascendental. Y, como hemos
bebido bastante, cualquier bobada nos hace reír.
Salimos del restaurante y me lleva agarrada
por la cintura; me siento un poco afectada por el
alcohol.
―¿Quieres pasar la noche en mi casa?.
―¿Qué…? ―no puedo disimular el asombro
que me ha provocado la pregunta.
―Que si no te apetece estar sola, en tu casa,
te invito a que duermas en la mía. Tranquila, he
dicho a dormir: te salva el código deontológico al
que los profesionales nos debemos, pero, si mi
situación fuese otra, esta noche no sales indemne.
―¡Uf…! Menos mal ―digo entre risas―. Ya
sabes que soy una chica muy traviesa.
―Entonces, señorita peligrosa, para poder
salvaguardar mi integridad… Será mejor que la
acompañe a su casa y mañana será otro día. ¿Ok?
―su respuesta me hace gracia, me río sin control.
Me acompaña hasta la entrada y me besa
con un suave roce en los labios, la sensación que
me provoca hace que se me erice todo el vello,
disimulo como puedo. Borja espera en la acera
hasta que entro y cierro la puerta.
Me acuesto y tengo pensamientos impuros;
el beso de Borja ha provocado deseo en mí.
Me levanto, busco el juguetito que compré y
me doy placer, todo el que pide mi cuerpo «esto
no debe ser cuernos, será como un complemento
sexual».
Me despierto varias veces durante la noche,
tengo malestar y mucha sed. Cené copiosamente
106
y bebí en exceso, seguramente estoy pagando por
ello.
Me levanto muy tarde. Al final debí caer,
profundamente, en un sueño reparador.
―¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí? ―acabo
de encontrar a Raúl sentado en un sillón; en la
sala que antecede a nuestra habitación―. ¿Cómo
no me has despertado?.
―Tranquila, todo está bien, no pasa nada
―se levanta y me besa, me parece todo muy frío.
―¿Está todo bien? ¿Seguro?.
―Sí, cómo te he dicho: no tienes de qué
preocuparte, hemos conseguido el contrato. Me
moría de ganas de verte. Eso es todo...
―¿Eso es todo…? ¡Si te estás tomando una
copa a las once de la mañana!.
―No tengo ganas de discutir. ¡Estoy aquí,
no! Te debería bastar ―decido, dejar de pedir
explicaciones «nunca lo había visto así».
Llamo a Borja y le digo que ha vuelto Raúl, y
aprovecho para agradecerle su ayuda.
Pasa la mañana, sin penas ni gloria. A él no
le apetece hablar y yo ando bastante resacosa, y
sobre todo, desconcertada.
Cuando terminamos de comer; él casi no ha
probado bocado, dice:
―Me voy a echar un rato, me siento un poco
cansado.
―¿Te acompaño? ―igual echando un polvo
se le pasa, (eso siempre ayuda).
―No, no me apetece. Solo quiero dormir un
rato ―la respuesta me deja descolocada. ¿Que
107
habrá pasado en Madrid, que no puede o no
quiere hacerme partícipe?.
Me tumbo en el sofá, me duermo y me
despierto a las siete.
Él ya no está en la cama. Le busco por toda
la casa pero, no está, me asusto y voy al garaje, su
coche tampoco está, se ha ido. ¿Qué pasa? Se
habrá enterado de lo mío, no creo, pienso más
por tranquilizarme que por convicción. Le llamo
al móvil y no contesta, vuelvo a insistir y, cuando
ya estoy a punto de colgar….
―Dime... Estoy aquí, en el despacho: tenía
bastante papeleo atrasado y cómo no me podía
dormir, he decidido aprovechar el tiempo ―me
quedo a cuadros, no sé ni qué decir.
―¡Es sábado!.
―Bueno, te dejo que estoy muy liado. No
me esperes a cenar.
¡Qué demonios pasa! Llamaré a Daniel...
Tras sopesar la situación decido que mejor
no. Seguramente no es nada y, si lo llamo, igual
empeora la situación. Al que sí que llamo es a
Borja.
―Buenas tardes, perdona que te llame de
nuevo pero…
―¿Te ha pasado algo?.
―No, bueno sí, no sé. Cómo ya te conté, ha
regresado Raúl un día antes de lo previsto y está
muy extraño. No me ha querido explicar nada y
no sé qué hacer.
―¡Tranquilízate! No será nada, los hombres
también tenemos días raros. Déjale estar, no le
108
agobies: cuando lo considere oportuno, te hará
partícipe de lo que sea que le angustie.
―Bueno, tú eres el profesional. Supongo
que tendrás razón, aunque, en Raúl esto no es
normal. ¡Nos vemos el lunes! ―digo, para dar por
concluida la conversación.
―¡Cuídate guapetona, hasta el lunes!.
109
La carne es débil
El sábado pasa…
El domingo es más de lo mismo, está raro y
poco hablador. Cuando me dice algo contesto,
cuando no, me distraigo leyendo o mirando viajes
en mi Ipad (no tengo ningún viaje previsto pero,
necesito que pase el día lo más rápido posible).
Cuando nos acostamos me da un beso como
el que besa a su madre. No digo nada, me vuelvo
hacia el lado sobre el que duermo y espero que
todo pase pronto.
Cuando me despierto ya no está. Me cabreo
y decido hacer una locura; voy a ver a Darío.
Me encuentro parada delante de la puerta
del edificio en el que vive. Si está ocurrirá, «voy
desesperada porque me echen un polvo».
Mi marido me ha ignorado. ¡Será culpa suya
lo que pueda ocurrir hoy en casa de Darío! Me lo
repito una y otra vez, para justificarme, a mí
misma, el volver a recaer. ¿Es lícito querer que la
culpa recaiga sobre otra persona? Supongo que
no pero, desde luego, hace que te sientas mucho
mejor.
110
Llamo al timbre. Así, si no abre, doy media
vuelta y me marcho. Llevo en el maletero la ropa
de montar, siempre me gusta tener un plan B.
―Sube ―¡cómo me alegra oír su voz! Ya voy
húmeda, «¡Raúl va a pagar por su desplante!».
―Hola, ¿molesto…? ―pongo carita de niña
buena. Me da un morreo que, enciende todo mi
ser.
―¿Contesta esto a tu pregunta?.
―Es la mejor respuesta que podía esperar,
he pensado en ti, mucho, todo el tiempo ―acto
seguido, me lanzo a sus brazos y le beso.
Nos devoramos la boca durante un tiempo
indefinido, cuando nos separamos digo:
―Necesito que pases ya a la acción, vengo
muy hambrienta.
―Te garantizo, que hoy te vas a ir bien llena.
Te tengo preparada una sorpresa que... ¡Ni en tus
mejores sueños!.
―Ya estás tardando ―me voy desnudando.
―¡La concha de mi madre! Casi olvido lo
rico que está ese cuerpo. ¿Dispuesta para lo que
va a ocurrir?.
―Ansiosa. Que empiece la fiesta ―doblo mi
cuerpo desnudo, posando las manos en el suelo,
para que entienda que vengo dispuesta a todo.
―Todo a su tiempo ―me coge en brazos y,
llevándome a la cama, me besa.
Sale un momento de la habitación y vuelve
con dos copas de vino, y dice:
―Aunque es temprano, hoy te hará falta.
¡Hazme caso y tómatelo! Me voy a dar una ducha.
111
Cuando vuelve, me he bebido la suya y la
mía.
―Así me gusta, voy a buscar la botella que
la acabaremos. ¡Hoy te voy a hacer sentir una
mujer completa, muy completa! ―sonrío, entre
azorada e intrigada.
Nos hemos acabado la botella; entre besos,
caricias y lametones.
¡Por fin!. Me agarra y me coloca encima de
él, introduciéndola en mi sexo. ¡Qué gorda se le
ha puesto! Gimo de placer, me está dando fuertes
embestidas. En breve, me llega un orgasmo, se
gira y me deja debajo. Es bastante violento en las
acometidas a las que me está sometiendo, vuelvo
a tener un orgasmo y él se corre.
―¡Ahora sí, ha llegado tu gran momento!
Date una ducha y vuelves que, hoy fijo, te dejo sin
habla.
Hago lo que me ha pedido, rápidamente, y
vuelvo a la habitación. Estoy deseosa de mucho
más.
Nos tomamos otras copas de vino y, entre
risas, besos, bromas y toqueteos, pierdo la cuenta
de cuántas habrán sido, «hoy, todo me da igual».
Se coloca encima y mete su miembro en mi
sexo, en minutos, ha recuperado el vigor perdido.
Me da sin piedad. ¡Esto es lo mío, qué bien! Me
tiene agarrada por las caderas y me sube y baja.
De repente, otras manos se aferran a mi
cintura, por detrás. No veo quien puede ser
porque queda a mi espalda, pero, tampoco me
importa, «ese perfume me resulta familiar» Me
siento embriagada de deseo, supongo, que el vino
112
habrá cumplido su cometido. Las manos, que no
son las de Darío, tiran de mí hacia atrás elevando
mi cuerpo, me introduce su pene en el culo y,
ahora ya no tengo dudas: ¡es Jesús, cuánto te
echaba de menos!.
Me da, sin contemplación alguna, y me
retuerzo de placer. Ahora, es Darío el que tira de
mí, me la vuelve a introducir en mi sexo y se
mueve rápidamente, vuelve a hacerlo Jesús, y
Darío...
Hasta que se corre Jesús.
Caigo sobre el cuerpo de Darío y cierro los
ojos; estoy completamente exhausta.
―Esto no ha acabado, pequeña ―es Jesús el
que me habla―. Ahora, lo haremos a la inversa:
yo te daré por delante y Darío te romperá el culo,
ya te dije, en su momento, que esto iría a más.
¿Recuerdas pequeña?.
―Sí, lo recuerdo ―me giro, y dedicándole
una amplia sonrisa digo sin pensarlo―. ¡A ver
quién tiene más aguante!.
―¡Está claro que nosotros! ¿Es que no ves
que somos dos? Y, aunque tú eres una zorrita
muy cachonda, entre los dos, te vamos a reventar
ese trasero tan apretado que tienes, además, lo
está pidiendo a gritos; lo he notado cuando he
entrado en él, ¡cómo se te ha dado! La he metido
a saco y ni se ha inmutado. Todo lo contrario, yo
creo que daba palmas de alegría.
Acabado el monólogo que ha hecho Jesús,
me besan, ambos, por todo el cuerpo, paran en
mi sexo y lo lamen, lo saborean. Deliro de placer.
113
Hay para los dos. Me trabajan en armonía; como
si fuera algo habitual en sus vidas.
Se ponen de rodillas, en la cama, y me
ordenan que vaya de uno a otro y chupe sus
rabos, (lo ha dicho Jesús). Me pongo manos a la
obra y, casi se me desencaja la mandíbula.
Ahora Jesús se coloca debajo, y me coge por
la cintura. Me la clava hasta el fondo de mi sexo.
Darío se coloca de rodillas, detrás, y me penetra
el culo. Lo que ocurre es una repetición de lo
anterior. Sólo ellos han invertido los papeles, yo
me siento follada y requete follada.
Estoy mareada y he perdido la noción del
tiempo. No sé ni qué hora es ni las veces que han
invertido los papeles. Llegado un punto, ya no
sabía quién tenía delante o quién me estaba
dando por el culo. Creo que, por un momento,
pierdo la consciencia porque, uno de ellos me
abofetea la cara violentamente y dice:
―¿Te encuentras bien, zorrita? ―es Jesús el
que me ha pegado y el que habla―. Toma, un
poco de agua ―bebo, y me siento algo mejor―.
Eres buena alumna y progresas a gran velocidad.
Ahora ya sabes que somos dos, vuelve a por más
siempre que quieras.
―¿Qué…? ¿Qué me intentas decir? ―debo
estar soñando y, en un momento, me despertaré.
Pero, no, no es un sueño, «es una pesadilla que
yo he permitido que pase».
―Nos dedicamos a esto: a engatusar a pavas
como tú y daros por el culo, solo a las que lo
tienen sin estrenar, claro. Tú buscas emociones
114
fuertes y nosotros aventuras. ¡No somos tan
distintos!.
Miro a Darío, esperando que diga que él no
es así, que de verdad sentía algo por mí. Pero, lo
único que hace es encogerse de hombros.
Recojo mis cosas y me marcho. No lloro,
«no les pienso dar ese último placer».
Deambulo, sin rumbo alguno, por la calle,
necesito despejarme antes de llegar a mi casa.
Tengo la cabeza embotada.
―Hola Borja ―al final, me he decidido y le
he llamado―. ¿Te va bien que nos veamos en un
rato.
―¡No!, lo siento yo… Te he esperado toda la
mañana en el restaurante del Club de Polo, y no
has contestado a mis llamadas ―Pero... ¡He
cometido un gravísimo error! ―le interrumpo―.
¡Ya no eres una niña! ―me espeta―. No puedes
venir a mí después de cada travesura. Siento
decírtelo, pero doy por concluida la terapia, no
estoy para perder el tiempo con señoras con
preceptos de falsa moral como tú. Pensaba que
eras muy inteligente pero, me doy cuenta que
estaba equivocado. ¡Solo tú puedes ayudarte!
Empieza por quererte y respetarte un poco. Y, lo
demás, llegará solo. Me has decepcionado yo…
―Gracias, no volveré a molestarte.
―Ah, y ya que eres una mujer de moral
distraída y, sin escrúpulos, yo también puedo
ponerte mirando a Cuenca: llámame cuando te
apetezca algo nuevo ―le cuelgo, qué bochorno.
115
En el garaje está el coche de Raúl. Uf, ¡Lo
último que me apetece es verle la cara! Pero,
tengo que enfrentar el problema cuanto antes.
―¿Dónde estabas? ¿Por qué no contestabas
a mis llamadas? Siento mucho todo lo ocurrido...
―habla muy rápido, atropelladamente―. ¡Hueles
a alcohol! Ven que te abrazo, cariño ―abre los
brazos caminando hacia mí.
―¡No! ―extiendo un brazo hacia él para que
no se acerque más―. ¡Todo lo que me he pasado
hoy ha sido por tu culpa! Ahora soy yo la que no
quiere hablar. ¡Sí, he bebido mucho! ¿¡Y qué!? Si
al volver de Madrid me hubieras explicado qué
pasaba, no me encontraría en la situación a la que
he llegado. ¡Me voy a la cama, y no vengas! ¡No
me apetece tu compañía!.
Me despierto de madrugada y no está en la
cama, me levanto. Lo encuentro en el sofá de la
sala contigua, está dormido. Busco una manta y
lo cubro, no quisiera que se resfriara.
―¡Dios! ¿Qué he hecho con la idílica vida
que me regalaste?.
Me vuelvo a la cama. ¡Me estalla la cabeza!
En la mesilla de noche encuentro ibuprofeno, me
irá bien tomarme uno.
El resto de la noche se hace eterno, el sueño
me ha abandonado y mi cabeza no para de
proyectar una y otra vez, «como si de una película
se tratase», lo ocurrido en el piso de Jesús.
Raúl se ha ido temprano. Le oí levantarse
pero, decidí que, mejor hacer ver que yo dormía.
Me llama a media mañana y dice:
―Hola mi amor, ¿cómo estás?.
116
―Bien, bueno... Me duele un poco la cabeza,
¿y tú, cómo estás?.
―Yo… Fatal por mi comportamiento. Estoy
acabando con el preparativo de un juicio y voy
para casa; tengo algo importante que decirte y no
puedo esperar más.
Nos despedimos y no paro de darle vueltas.
¿Qué puede ser? ¡No me irá a dejar!.
Me arreglo, me he decantado por un vestido
un poco corto. No sé qué me va a contar pero,
poniéndome en lo peor, decido que, si me ve
atractiva mientras me está diciendo, tal vez, se
arrepienta.
María ha preparado una rica comida, se ha
excusado y se ha marchado: «Tenía que visitar un
familiar enfermo». Sé que ha mentido. Y, Seguro
que es un complot entre ella y mi marido. La cosa
es más fea de lo que yo imaginaba, estoy nerviosa
y me duele el estomago. Creo que me vendrá bien
una copita de vino, o dos. ―¡No! Digo en voz alta.
¡Bastantes problemas te has ocasionado ya!.
Acaba de llegar Raúl. Me tiembla todo, las
piernas no me responden. El miedo atenaza con
no dejar que me pueda levantar del sofá.
―Hola preciosa. Estás… ¡Escandalosamente
sexy!.
Al estar sentada el vestido parece más corto
de lo que es en realidad.
―Gracias ―¿de qué va esto? Ahora, sí que
me siento confundida.
Comemos sin apenas intercambiar palabras,
he bebido agua «necesito tener todos los sentidos
en alerta».
117
―Ven, sentémonos en el sofá ―me mira
serio, coge mi mano y me ayuda a levantarme de
la silla. Las piernas me flaquean, lo nota, me coge
por la cintura y me deposita en el sofá.
Clava una rodilla en el suelo y busca algo en
el bolsillo.
―¿¡Te quieres volver a casar conmigo!?.
―¿Qué? ―ahora sí que no entiendo nada.
―Pronto hacemos las bodas de plata, y me
encantaría volver a casarme con la única persona
que he amado, de verdad, en toda la vida ―me
coloca un precioso anillo en el dedo, me vengo
abajo y lloro. De golpe, afloran en mí todo tipo de
emociones―. No pensaba que te haría tan poca
ilusión. ¿Tan feo soy? ―me mira, e intuyo deseo.
Me lanzo a sus brazos en un estallido de
risas y llantos, incontrolables.
―Nada me haría más feliz.
Nos fundimos en un largo y apasionado
beso. Me lleva en brazos a la cama y dedicamos la
tarde entera a hacer el amor.
Cenamos, y planificamos la renovación de
votos.
―Quiero que sea, como tú decidas ―lo miro
embobada―. Nuestra primera boda la organizo
mi madre, en aquel momento no supe estar a la
altura pero, esta vez, quiero que sea tu boda.
Invitaremos sólo a quien tú quieras. ¡Será tu gran
día! He hablado con los chicos y están encantados
de asistir.
Decidimos que será un evento íntimo, sólo
para los más allegados. Padres, hijos, hermanos y
sobrinos.
118
―Lógicamente, quiero que venga Laia y, por
supuesto, no puede faltar nuestro querido Daniel
―asiente mientras hablo―. Ah, tengo un amigo
en el Club de Polo. Lo conocí montando a Tesoro.
Se llama Borja, es psicólogo y su caballo se llama
Windows: ya sé que no te había contado nada
pero, me gustaría mucho que os conocierais…
«Porque, aunque él crea que no, la verdad
es que me ha ayudado y mucho... Su desprecio
hacia mí, por teléfono, me hizo darme cuenta de
lo patética que soy».
La voz de Raúl, me saca de mi elucubración.
―¿Tenemos secretitos…? ―me atrae hacia
él y me besa―. Por cierto, este viernes vuelvo a ir
Madrid y aprovecharé para darle la noticia a
Daniel.
―¡Soy la mujer más feliz del mundo! ―me
acerco y le sugiero que me haga suya, allí mismo.
Cómo estamos solos en casa, me tumba en
el sofá, me desnuda, y me hace suya.
Me lleva en brazos hasta la cama y nos
dormimos abrazados.
119
El hombre propone y…
120
champán en una cubitera, «para que se mantenga
bien frío».
Sé, que todavía tardará en llegar un par de
horas, siempre me mantiene informada de todo
cuando viaja. Tengo el marido perfecto y pienso
compensar todo lo que he hecho. «Aunque nunca
llegará a imaginar, a qué es debido mi cambio en
el sexo». Pienso poner en práctica todo lo que he
aprendido; seguro que le gustará mucho y estará
encantado. ¿Qué hombre no lo estaría?.
Ya estoy en la habitación, he escondido el
champán y las fresas en el armario. Me he dado
una ducha y me he puesto una lencería,
espectacular, que me he comprado. Estoy atacada
de los nervios. ¡Ya queda poco para que llegue!.
Eva, mi cómplice de recepción, me dijo que
cuando mi marido demandase la llave para subir
a la habitación, inmediatamente, me lo haría
saber, para que yo estuviese preparada. Me ha
costado una buena propina, pero la ocasión la
merece.
Suena el teléfono y es Eva, dice que Raúl ya
ha cogido el ascensor. Estoy en la planta once, en
una preciosa suite, hay unas vistas maravillosas
de Madrid.
Le oigo hablar, muy animado, por el pasillo,
la otra voz es de Daniel, ¿de quién sino? Tendrán
que matizar algún tema, son muy profesionales.
Me escondo, rápidamente, debajo de la cama, “mi
plan tendrá que esperar”.
¡No, no! No me puedo creer lo que está
pasando, creo que voy a perder el conocimiento.
¡Se han desnudado y se han metido en la cama!
121
No paran de besarse y decir guarradas. ¡Esto no
puede estar pasando! Me repito una y otra vez,
tengo ganas de vomitar.
Se hacen una felación, mutua; ¡qué asco!.
Ahora, están teniendo relaciones sexuales.
¿Qué pasa aquí…? Oigo cómo se corre Raúl, no
doy crédito. Y, ahora es Daniel el que le está
dando. Me quiero morir.
Cuando han acabado, se tumban uno al lado
del otro. Daniel le dice que ya no aguanta más,
que lo quiere mucho pero, que se está haciendo
mayor y no quiere estar solo. Mi marido le dice
que esto ya lo han hablado mil veces, y siempre le
dejó claro que nunca me dejaría, por nada. Que a
él lo quiere mucho, pero que yo soy la razón por
la que se levanta cada día. Nos quiere a los dos
pero, si tiene que elegir, se queda conmigo. Que
nunca le ha mentido ni dado falsas expectativas.
Daniel llora, dice que es cierto, que siempre lo
supo pero, después de quince años de relación ya
no le parece suficiente, que lo quiere todo o nada.
Está cansado de andar, siempre, fingiendo que es
soltero por convicción. De que la gente le llame el
solterito de oro, a sus espaldas, en tono jocoso.
Esto, lo dice con un tono de voz un tanto amargo.
Mi marido le dice que la vida no siempre es justa,
que le desea lo mejor y que siempre lo querrá,
pero que lo mejor es que se vaya. Siempre supo
que esto pasaría pero, aún así, no se arrepiente de
nada.
Daniel se viste, recoge todas sus cosas y sale
de la habitación completamente abatido por el
dolor.
122
Y, aquí nos hemos quedado: mi marido
llorando ruidosamente en la cama, y yo, llorando
en silencio bajo ella.
―«La vida cambia en función de las
decisiones que tomamos en cada momento» ¿Y…
ahora qué?.
123
La vida continúa
Hola ¡qué
sorpresa!
Si te va bien nos
vemos hoy Estoy deseando
planear en ese
cuerpazo [Link]
¿A las cinco en
la puerta?
¡Allí estaré!
124
A menos de doscientos metros de dónde he
quedado con Félix le veo: tiene 35 años, es rubio
y con ojos verde esmeralda, metro setenta y cinco
y cuerpo atlético. Bombero de profesión.
Al verme sonríe; me recuerda al lobo que ha
conseguido saltar la valla y va directo a su presa,
sin imaginar que el lobo sea yo, (qué inocentes
son los hombres cuando les pica la entrepierna).
Vamos camino del loft que tengo en Gavá
Mar: hace unos meses lo alquilé y es mi guarida
secreta, por eso Félix va con los ojos vendados. Al
principio se negó, no quería, pero cómo era
condición sin ecuánime, al final al pobre no le
quedó otra y a regañadientes aceptó.
Abro la puerta del Mercedes SLK 55 AMG
de color rojo (alquilado), le ayudo a bajar y me
dice:
—¡¿Puedo quitarme el pañuelo?!.
El tono que ha empleado denota cabreo
pero, sinceramente me da igual “no espero que
me pida en matrimonio”.
—No, todavía no. No seas impaciente…
Le agarro del codo y le ayudo a que pueda
llegar al ascensor sin dar ningún traspié. En lo
que dura la subida no habla, la situación lo tiene
descolocado; a los hombres en general, les gusta
dominar en el terreno sexual.
—Pasa, ya hemos llegado —estamos en el
comedor, le ayudo a quitarse el pañuelo.
—Espero que merezca la pena y seas muy
buena follando. Lo del pañuelo...
Le sonrío y me dirijo hacia la cocina; voy a
buscar una botella de vino blanco y dos copas.
125
—Siéntate y ponte cómodo. Quédate como
quieras; puedes quitarte toda la ropa. Te pienso
compensar, te marcharás satisfecho, mucho.
Se quita únicamente la camiseta; aunque
estamos en invierno la calefacción la tengo bien
alta, hace calor. Tiene un tórax increíble “con el
Six Pack definido”. Yo llevo un mini vestido de
color rojo con medias de red hasta los muslos y
botas mosqueteras; guerrera total. Le sirvo una
copa de vino y me quito el vestido. Él me mira
con la boca medio abierta, alucinando, lo he
dejado sin palabras, llevo puesta una lencería
escandalosamente sexy. Nos acabamos la copa y
le ofrezco otra, él niega con la cabeza.
—Quiero disfrutar de ese cuerpo, no puedo
esperar ni un segundo más; el envoltorio es
espectacular pero quiero llegar al caramelo y
saborearlo. Te voy a dejar sin aliento.
Cojo el pañuelo, lo paso a través de su cuello
y le hago un nudo flojo. Voy tirando de él hasta
llegar a la habitación: está detrás de una pantalla
decorativa, en el mismo comedor.
—Creo que te va mucho los jueguecitos,
espero que a la hora de la verdad no seas una
mojigata.
—Date una ducha —le digo, señalando con
el dedo índice—. Ahí tienes el baño.
Mientras él sale de la ducha, yo he atado el
pañuelo a la cama (el cabecero es de forja). Viene
hacia mí «está palote y calza bien» sonrío, nos
vamos a divertir. Amarro sus manos al pañuelo y
él se deja hacer; intuyo urgencia en su mirada,
arde en deseo. Me coloco sobre él y me la
126
introduzco poco a poco dentro de mi sexo.
Cabalgando a toda velocidad hago que se corra en
pocos minutos. Le miro y veo que tiene los ojos
vueltos; me había asegurado que él era pieza
dominante en la cama pero, el papel de sometido
le ha encantado. Me levanto y voy a buscar más
vino (le he desatado las manos para que se pueda
asear), vuelvo con un par de copas y vierto un
poco sobre su pene. Yo beberé de ahí; paso mi
lengua, lamiendo hasta la última gota de vino, le
encanta y se retuerce de placer. Subo la
intensidad, lamiendo todo lo rápido que puedo
hasta que él suelta un largo gemido y se corre,
quedando hecho un ovillo en la cama.
—¡Vístete rápido que nos vamos, ya! —le
suelto, sin contemplación alguna.
—Pero, yo creía… —¡No te he traído aquí
para creer! —no le permito acabar la frase—. Me
esperan en casa.
Se viste con mucha parsimonia, sin decir
una sola palabra, está visiblemente contrariado
pero me da igual; no me ha gustado su sabor y
por esa razón no he permitido que me penetre.
No pienso volver a verle, nunca más. No quiere
que le vuelva a vendar los ojos, dice que está
cabreado.
—¿Acaso te he cobrado…? Te he hecho una
mamada gratis, qué menos que agradecérmelo
¿no?—. Se queda sin argumentos, no dice nada.
Cuando entro en casa (ya vestida de quien
realmente soy) María viene a mi encuentro y me
ayuda a quitarme el abrigo.
127
—El señor llegó hace un rato y… —cuelga mi
abrigo—. La espera en el salón.
—Gracias María.
Dejo lo que he comprado sobre el baúl
negro y gris con tachuelas dispuesto en el
distribuidor y me dirijo al salón.
Al verme sonríe, yo le devuelvo la sonrisa;
está estirado en el sofá, cómodamente, tomando
una copa de vino mientras ojea unos papeles, se
levanta y me besa dulcemente.
—¡Cada día llegas más tarde! —recrimina
con cara de pocos amigos. Me ofrece una copa,
intuyo que su mirada es de interrogación y le
sonrío. Cuando se sienta a mi lado le alboroto el
pelo con los dedos y digo:
—He ido de compras con Nora, ya sabes; mi
nueva amiga cubana, te he hablado de ella en
muchas ocasiones.
—Alba, tu y yo… Hicimos un pacto —me
llama por mi nombre; está enfadado, muy
enfadado. Hoy tendré que hacer horas extras.
—Espera. ¡Tengo una cosita para ti!.
Me levanto y me contoneo hasta salir del
salón, una vez en el pasillo suspiro. Cada día me
resulta más difícil llevar una doble vida.
—¡Toma, ábrelo! A ver si te gusta —le hago
entrega de una pequeña caja envuelta con un lazo
azul cielo—. La he visto y he pensado que era
ideal para ti —digo, haciéndole la pelota.
—Es preciosa, muchas gracias. Perdona si
últimamente estoy un poco irascible pero… —me
besa. Uf… suspiro aliviada: qué guapa soy y qué
culito tengo; había comprado una corbata de seda
128
natural para estrenarla mañana con mi siguiente
aspirante. Pero, tenía que calmar a la fiera que se
ha quedado a vivir dentro de Raúl, desde que lo
dejó con Daniel.
—No tengo nada que perdonar mi amor.
Cada uno tenemos lo nuestro.
«Si supieras a qué me dedico yo tarde sí
tarde también, te morirías; pienso, sin ningún
atisbo de remordimiento».
Al acostarnos le sugiero darnos una larga
ducha, juntitos los dos; tú me lavas, yo te lavo…
—Hoy no, lo siento mucho: tengo un dolor
de cabeza…
—¿Cuál de ellas? —pregunto con picardía,
no puede evitar reírse, me enlaza por la cintura y
me dice lo mucho que me quiere. Y, al final, no
puede resistirse a mis encantos.
—Ya te enjabono yo —digo, quitándole el gel
de las manos—. Te la voy a dejar reluciente.
Enjabono todo su cuerpo y su reacción es
inmediata (tremenda erección). Mi intención es
que se pueda olvidar de Daniel, por un rato.
—¿Qué cabeza decías que te duele? —digo,
mientras voy bajando a su sexo.
—Estás muy... Huy, huy.
Ha intentado decir algo pero, no ha podido
acabar la frase. Ya preguntaré más tarde: ¿cómo
estoy últimamente y qué le parece?.
Estamos metidos en la cama y mientras él
está totalmente entregado (el pobre hace lo que
puede), yo pienso en una de mis víctimas:
129
Luís, veintinueve años, moreno y con ojos
castaños, 1,67 de estatura y fofisano “barriga
cervecera”. Albañil de profesión.
Le recogí en el mismo sitio de siempre y
seguí los mismos pasos; los voy a buscar, les
cubro los ojos con mi pañuelo, y una vez acabada
la faena los devuelvo al mismo lugar y siempre
con los ojos tapados. No quiero que puedan saber
dónde localizarme “hay mucho loco suelto por
ahí”. Éste me pidió que no lo atase a la cama, que
le iban las manualidades. Y, cómo nos reímos. Me
demostró que era verdad; sabía hacer unos
trabajitos increíbles con las dos manos. Quedé
totalmente satisfecha.
—Oh… ¡Estás qué te sales! —dice Raúl, que
ha alcanzado el orgasmo. Se tumba junto a mí
totalmente exhausto.
El recuerdo del polvazo con Luís sigue
encendido en mi mente. Raúl me besa rozando
los labios, me da las buenas noches y se gira
dándome la espalda; dos minutos y ya duerme.
Yo me he quedado con ganas de más y vuelvo a
evocar el polvo de Luís: de un suave empujón me
tira sobre la cama y se unta un gel en los genitales
(dice que es para poder retardar la eyaculación y
que está elaborado con sustancias naturales;
además de Benzocaína y Lidocaína). Asevera que
no es perjudicial para la salud, que a él le gusta la
sinceridad y por eso lo ha hecho en mi presencia.
Se excusa y va al baño a lavarse las manos; es
limpio y eso me gusta.
—Ten, me he tomado la libertad de poner
más vino en nuestras copas —me ofrece una, la
130
dejo sobre la mesita—. Ok, entendido… —de un
sorbo se bebe el vino, deja su copa junto a la mía
y sonríe poniendo cara de chico travieso. Soy una
persona consciente, responsable aunque viciosa.
Tomo precauciones, muchas, todas; nunca bebo
nada, bajo ningún concepto, que previamente no
haya comprado y servido yo (se oyen cosas sobre
la burundanga que me dan miedo). Soy adicta al
sexo pero, con cabeza.
Introduce un par de dedos en mi sexo y los
mueve con una energía desmedida. Con la otra
mano agarra “mi cosita” y la agita con ágiles
movimientos: Guauuu… esto me gusta mucho y
hace que rápidamente tenga un orgasmo. Se
coloca a horcajadas sobre mí, me besa y me
agarra los dos pechos, su sexo busca el mío; el
tener las manos ocupadas dificulta el encuentro.
Pero, al final lo logra, me penetra y me da rica
mandanga hasta que también lo alcanza él.
La luz que entra por los ventanales me
despierta de golpe, abro los ojos y me encuentro a
Raúl, mirándome; aunque en realidad parece
ausente.
—Buenos días. ¿Todo bien…? Pareces muy
preocupado —pregunto, acercándome a él para
besarle y acariciarle las mejillas.
—Sí, sonreías mientras dormías. Y, estabas
deliciosamente arrebatadora. ¿En qué o con qué
soñabas? ¿Era yo partícipe de tu sueño?.
—No recuerdo nada… —le alboroto el pelo
tapándole ligeramente los ojos; le hace falta un
buen corte, hace días que se lo vengo diciendo
pero él siempre contesta con la misma excusa:
131
“Últimamente ando muy liado”. Me doy cuenta
(va empalmado) que acabo de despertar a la
bestia y quiere sexo.
—Hoy es sábado y… Ni a ti ni a mí nos
apremia el tiempo. Por lo tanto —me quita las
braguitas y las deja sobre la cama—. Hagamos
que el día empiece bien —me guiña un ojo y
sonríe. Esto promete.
Ya le tengo dentro de mí, noto como la
sangre llega a su pene y bombea velozmente. Él
se mueve, desenfrenadamente...
132
Speed Dating
133
que resaltan, aún más, lo atractivo que es. Y
profesor de gimnasia.
¿Qué…? ¿He oído bien, ha dicho lo que me
ha parecido? Mi cuerpo se tensa y una alerta se
dispara en mi interior.
—Perdona pero, no sé si lo he entendido
bien, ¿qué profesión me has dicho?.
—Monitor de gimnasia. En el centro DIR —
sonríe orgulloso y satisfecho de sí mismo; cree
que eso le dará puntos.
—Vale, gracias. Ya te llamaré… —a éste no le
llames ni muerta, exclama alguien dentro de mí.
Su profesión, muy al contrario de lo que él
pensaba, ha sido su peor baza. Yo le muestro mi
mejor sonrisa y le digo adiós, se levanta y dice:
—Hasta pronto —desaparece en busca de
otra presa sobre la que lanzarse.
Cuando creo ya tengo suficiente material
para unos días, me marcho a casa.
Estoy en el salón, recostada en el sofá y
tomando una copa de vino. Absorta, ordenando y
descartando: éste sí, éste no, éste ni loca… Sonrío
como una boba, me ha venido a la memoria cómo
he acabado haciendo esto: yo estaba decidida a
reconducir del todo mi vida y olvidarme de la otra
yo “la adicta al sexo” y me inscribí al gimnasio
que va Daniel; no sé por qué me decidí por ese en
concreto, bueno sí, supongo que fue porque
dispone de unas de las mejores instalaciones. Por
otra parte, el morbo de saber que me podía
encontrar con Daniel en cualquier momento, me
pudo. Salí de la ducha envuelta en una toalla “allí
134
son privadas y con mampara, todo muy Cool”. Y,
me quedé con la boca abierta.
—Hola soy Nora.
Una espectacular mulata estaba allí, ante mis
ojos, y acababa de ducharse; no sé qué clase
había hecho no habíamos coincidido (vendría de
hacerse unos largos en una de las piscinas
cubiertas). La miro detenidamente y veo que lleva
la lencería más escandalosa que he visto en mi
vida. Cuando me recupero de la impresión
recibida, me presento.
—Hola, yo soy Alba. Perdona pero… me he
quedado prendada de la lencería que llevas. ¡¡Es
muy atrevida!!.
—La compro por internet, luego te paso el
enlace. ¿Qué vas a hacer ahora?.
—Irme para casa ¿por?.
—Voy a ir a pasar un rato al nuevo Speed
Dating. ¿Te apetece acompañarme?.
—Lo he visto en las películas pero, ¿qué es
exactamente?.
—Un lugar donde conocer gente; yo anoto
las supuestas cualidades de cada chico con el que
hablo y cuando me apetece un poco de marcha,
me pongo en contacto con el candidato que mejor
nota ha sacado. Como puedes ver, es todo muy
inocente. —al decir esto último se ríe, y me fijo
que tiene unos dientes perfectamente alineados y
eso hace que al sonreír parezca más guapa
todavía.
—Sí, parece divertido. Hoy no puedo pero,
agradezco tu oferta. Ya quedaremos…
135
Me compré una peluca de un color negro
azulado, estilo Cleopatra (de ahí mi nombre de
guerra, Cleo) y unas lentillas de color gris claro.
Adquirí varios modelos de ropa interior en la web
que me proporcionó Nora, faldas cortas, medias
de red, botas Mosqueteras y un sinfín de
accesorios. Nora, normalmente iba siempre en
jueves, por tanto, yo empecé a acudir al Speed
Dating todos los miércoles; no quería que nadie
supiera que yo acudía a ese tipo de locales. Ya
hace un tiempo que empecé a hacer esto, en el
cual, me he estado calzando indecentemente a
una suma considerable de ejemplares.
—Hola amor —dice Raúl, al entrar; estaba
tan metida en mis líos amorosos que no lo he
oído entrar, escondo mis apuntes debajo de un
cojín. Se acerca y me besa, yo cierro los ojos y le
correspondo.
—Qué bien me saben tus besos —digo, con
conocimiento de causa; todavía no he conocido a
nadie que bese como él.
Durante la cena me comunica que no irá a
trabajar al día siguiente porque quiere ir a un
restaurante que hace poco se inauguró y le han
comentado que es muy bueno. Para rematar la
tarde piensa llevarme a ver una obra cómica al
teatro; los actores que la representan son mis
favoritos. Creo que puede ser divertido; ojalá
nada ni nadie lo enturbie.
Me encierro en el baño y enciendo el móvil
de tarjeta prepago que he comprado “para mis
escarceos”, con una aplicación tipo Whatsapp.
Hola Blas
136
Hola bombón
¡No, no!
Haré que no te
arrepientas, guapa
137
decidido que mientras él está sumergido en las
artes amatorias conmigo, yo voy a pensar que
estoy con Blas: metro ochenta y cinco, bien
bronceado (en realidad es mulato y, qué mulato),
de padre español y madre dominicana. Unos ojos
marrones claros impactantes y unos glúteos de
infarto. Es profesor de salsa “de ahí que tenga ese
cuerpazo”. Blas recorre todo mi cuerpo con la
lengua y se detiene en uno de mis pechos para
morderlo suavemente; mi sexo está húmedo y
dispuesto. Pasa la lengua hasta llegar al otro y se
detiene, lo agarra entre los dientes y tira de él,
suavemente. Me arqueo de placer (mi marido me
ha acaba de penetrar pero, yo sigo con mi gran
fantasía). Blas me coloca sobre él introduciendo
sin más preámbulo, a saco, su enorme y oscuro
cacharro (esto es lo bueno de la imaginación; yo
elijo el tamaño del pene que me quiero meter), en
mi sexo. Abre mis glúteos con ambas manos y me
da candela de la buena; la tiene tan grande que da
miedo “me puede partir en dos”. Y, no le dejo
entrar en mi culo.
—¿Amor, estás bien?.
—Sí, sí, ¿por qué? —pregunto, totalmente
confundida.
—Te he dicho que yo ya he llegado al… Y tú
parecías no oír.
—Me has dejado sin aliento ¡Qué polvazo
amor! Ha sido…, no encuentro las palabras para
definirlo —ni me he enterado, tengo ganas de un
buen polvo, de sexo duro. Le doy un beso en la
frente.
138
—¡No digas vulgarismos! Sabes que no me
gusta esa forma de hablar.
Cuánta hipocresía; como si yo no hubiera
escuchado las guarradas que se dedicaban él y
Daniel. Reprimo mis ganas de vomitarlo todo y
respiro hondo.
—No volveré a decir cosas... ¿Inapropiadas
para una señora de mi nivel?.
Me levanto y me encierro en el baño; Raúl
en un par de minutos ya estará dormido y yo me
he quedado con hambre. Busco mi juguetito y
vuelvo a fantasear con Blas. Cuando logro por fin
alcanzar el clímax, me baja la temperatura y me
calmo; lavo a mi compañero de juegos, lo seco y
lo pongo a buen recaudo. Salgo del baño y, como
había conjeturado, Raúl está dormido.
Me despierto a las seis de la mañana y doy
vueltas en la cama; ya no puedo dormir y decido
darme una ducha. Me voy a la que hay en el
cuarto de mis hijos, no quiero despertar a Raúl.
Me preparo un zumo, un café con leche y
unas tostadas. Me dispongo a leer en mi IPAD
las noticias del día cuando veo a María a través de
la cristalera: viene directa aquí, a la cocina,
ataviada con su bata verde con flores amarillas,
despeinada y restregándose los ojos.
—Alba, ¿por qué no me ha llamado? Yo le
hubiera preparado el desayuno. Señora... ¿Está
bien? ¿Necesita algo? —su mirada está fija en las
grandes ojeras de mi cara. Últimamente no
duermo bien y no descanso.
—Sí, que te vuelvas a la cama con Manuel,
por favor vete: me apetece leer tranquilamente
139
mientras desayuno y no te quiero tener por aquí
cacharreando. Lamento haberte despertado. Me
levanto, la cojo por los hombros y hago que gire
sobre sí hacia la puerta. Se marcha después de
mucho insistir; es buena mujer pero, lo último
que me apetece es verla por aquí intentando
complacerme. Necesito un poco de intimidad
para poder ordenar mis pensamientos, un tanto
difícil por otra parte; yo creía hace un tiempo que
mi vida estaba patas arriba. Ahora no sé en qué
posición se encuentra: No tuve fuerzas para
tomar la decisión acertada pero no intentarlo es
de cobardes.
—Hola cariño. ¿Te preocupa algo? —dice
Raúl, al entrar en la cocina. No le he visto llegar y
me asusto dando un bote en la silla.
—Lo siento, no te oí llegar. Andaba absorta
en la lectura —miro el reloj que cuelga sobre la
pared y me indica que son las seis y media—. Te
prepararé el desayuno —digo, levantándome de la
silla. Él me agarra del brazo y me tira sobre él (se
había sentado junto a mí), me besa en los labios y
me estrecha en sus brazos.
—No tengo nada de hambre, yo mismo me
prepararé un café. ¿Tú quieres otro amor?.
Se levanta, me deja sobre la silla que él
ocupaba y se dirige al rincón del desayuno: es el
lugar donde tenemos la cafetera, la tostadora, la
fruta y el exprimidor.
—Sí gracias, creo que me vendrá muy bien:
tengo un nubarrón sobrevolando por mi cabeza.
Prepara un par de cafés, bien cargados y
exprime el zumo a unas naranjas, vacía la pulpa
140
que ha quedado en el exprimidor en el cubo de
basura, lo pone todo sobre una bandeja y vuelve a
sentarse, junto a mí.
—Ten —dice, pasándome una de las tazas de
café—. ¿Sabes dónde tiene guardado María el
ibuprofeno? Yo lo que tengo es un pajarraco
enorme sobrevolando mi aurea.
Reímos con ganas pero, yo a diferencia de él
conozco su secreto y eso me lo hace más difícil (él
no es consciente de la lucha que tengo que
combatir a diario contra sus fantasmas y los
míos. No, para él es más llevadero.
—Sí, en el cajón de los cubiertos. Ya te los
traigo yo. Abro el cajón y saco uno del blíster. Se
lo introduzco, juguetona, en la boca, pasando mi
dedo índice sobre la lengua con movimientos
suaves, dentro fuera, dentro fuera. A él le gusta y
mordisquea mi dedo, me sigue el juego. Desvío la
mirada hasta su pantalón y, cómo ya esperaba,
tiene una erección “in crescendo”. Me pongo a
horcajadas sobre él y restriego mi sexo en su
entrepierna, con celeridad. Cierro los ojos y me
dejo llevar (mi temperatura en pocos segundos ha
subido sustancialmente). Me toma en sus brazos,
me besa con pasión y deseo y me lleva hasta la
habitación. Me desnuda con brío y a continuación
se desnuda él. Me ofrece las toallitas; dejándome
claro qué quiere que haga. Yo saco la lengua y la
paseo, muy lentamente, por mi labio superior
“poniendo cara de, te voy a merendar todo”, a la
vez que voy sacando una del paquete. En cuanto
tengo cogida la toallita húmeda entre mis manos
jugueteo, pasándola de arriba abajo y de abajo
141
arriba… Así durante unos minutos; está excitado,
berraco. Me pongo a cuatro grapas y me la
introduzco en la boca (él gime de placer), acelero
notablemente el ritmo y hago que se corra en un
santiamén.
—Así da gusto estar en casa —dice, con los
dedos en señal de victoria, girándolos en el aire.
Estamos sentados en una terraza del Port
Vell, hace un día estupendo y hemos decidido
comer en el exterior. Mientras hablamos sobre un
viaje que desea que hagamos veo pasar un
Mercedes Benz E550 Cabriolet, gris plata, como
el de Daniel; la ocasión la pintan calva, ahora o
nunca, me digo a mi misma.
—Cariño, todavía no me has contado por
qué Daniel dejó de trabajar contigo y está en otra
empresa.
—Historias suyas: ya sabes lo veleta que es
—le miro a los ojos y veo como se le ensombrece
la mirada, se pone rígido y dice—: Nos vamos, me
gustaría echarme un rato.
—Si eso es lo que quieres yo… —me siento
abrumada. Me levanto y digo—: Aprovecharé
para ir un rato al gimnasio, he comido mucho y
quiero quemar algo —la salida que llevo dentro
grita (¡No… aprovecharemos para follar!).
De vuelta a casa no hablamos, vamos en
silencio; él estará pensando en Daniel y yo en mi
próxima víctima, en cuanto llegue a casa le
escribo para quedar.
Entramos por la puerta y me disculpo. Voy
hacia el baño, saco el móvil, lo enciendo y veo que
Blas está en línea, perfecto. Tengo muchas ganas
142
de probar con él, saber qué calibre gasta; espero
que no esté quedando con otra, tendría que tirar
de apuntes y eso me llevaría un tiempo del que no
dispongo.
143
A lo lejos diviso a Blas: su color de piel y el
cuerpazo que gasta hace que mi radar se ponga
en funcionamiento. Está apostado en la acera con
un brazo apoyado en la barandilla y mirando a
dos chicas que pasan por delante de él. Se gira
para poder mirarles bien el trasero, será capullo.
Esto provoca una reacción en mi cuerpo y se
humedece mi sexo (la situación me ha puesto
cachonda). Paro el coche junto a él y le hago un
gesto para que suba: voy de Cleo. Tengo alquilado
un parking con trastero no muy lejos de allí y eso
me permite cambiar mi coche por el de alquiler, y
tener una colección de ropa y complementos
(escandalosamente sexys) en el trastero. Allí he
colocado un mueble con cajones y un espejo para
poder mirarme antes de salir. De vuelta a casa
hago lo contrario; salgo de allí siendo Alba “la
perfecta, educada y recatada señora”.
—Hola guapa.
Me da dos besos, uno de ellos roza mis
labios y siento cómo mi sexo se alegra de verle.
—Hola Blas, me alegra verte. Tenía ganas de
quedar contigo.
Me fijo bien en él y es impresionante de
verdad. Le explico el ritual a seguir hasta llegar al
picadero y sonríe divertido. Se deja hacer y se
acomoda en el asiento.
—Solo te pido una cosa y hazlo por favor, ve
contándome cosas mientras conduces: es la
primera vez que alguien me venda los ojos y, la
verdad, esto da un poco de mal rollo, aunque…
me la ha puesto bien dura. Toca, toca —coge mi
144
mano y la pone sobre su pene; la tiene tan dura
que peligra la integridad de su pantalón.
Vamos hablando de cosas sin sustancia,
banales, el chico es divertido y nos reímos. De
pronto noto una mano (Dios mío, si tiene más
tentáculos que un pulpo) sobre mi pierna y poco
a poco la va subiendo hasta rozar mi sexo. Cada
vez que intenta meter el dedito en mi interior le
pico la mano. Y, así una y otra vez… No me puedo
concentrar en la carretera. Y, hoy por primera vez
estoy pensado en aparcar el coche en una zona
retirada, y allí y dentro del coche, entregarme a la
lujuria y al vicio con este apuesto morenazo.
Al final el sentido común se ha impuesto y
estamos entrando en el ascensor. Con los ojos
vendados y agitando las manos al aire me busca
hasta topar conmigo, empuja su cuerpo contra el
mío, con delicadeza, hasta que me pone contra la
pared, estiro la mano y pulso botón de stop. Su
boca busca la mía y me besa y una mano, ágil y
ansiosa, busca bajo mi falda hasta encontrar la
entrada de mi sexo. Me introduce dos dedos y los
mueve con gracia, los saca y llevándolos a su
boca, dice:
—Que bien sabes. Te voy a comer todo el…
Vuelve a buscar mi boca y mete la lengua en
ella; la tiene grande, carnosa y con un sabor
agradable. Se separa un poco de mí y pone las
manos en la cremallera de su pantalón; aunque
sigue con los ojos vendados trabaja con cierta
agilidad. Con sólo dos movimientos libera su
herramienta, me agarra por un brazo y me tira
hacia él. Y, cuando me tiene pegada a su cuerpo
145
pone las manos en mis caderas y me va elevando,
poco a poco, hasta que mis pies ya no tocan suelo.
—Separa bien las piernas: vas a probar la
mejor banana dominicana que existe.
Hago lo que dice, ahora mis piernas están
alrededor de su cintura. Mete su enorme banana
dentro de mí y su lengua juega en mi boca.
Camina despacio, hasta que mi espalda vuelve a
tocar pared y ahí se acabó la tregua: me embiste
con ansias y no para de empujar, hasta que se
corre. Me deja en el suelo y me vuelve a besar.
Pongo en marcha el ascensor.
—¿No tenías miedo a que alguien pudiera
llamar el ascensor y nos pillase?.
—No, soy muy morbosa y estas cosas me
ponen cachonda, muy cachonda.
Le acabo de colar un gol por la escuadra;
este edificio es nuevo y no tengo vecinos, de
momento. Pero, no quiero dar ninguna pista
sobre su ubicación. Entramos al salón y pongo
música (la melodía de nueve semanas y media).
El tiempo que dura la canción es el que empleo
para quitarme la ropa. Y, con un baile sensual lo
voy dejando todo sobre el sofá. A Blas le veo
encantado y sus ojos corren peligro; se le van a
salir de las órbitas de un momento a otro.
—Cleo déjate las medias, el liguero y esas
braguitas de hilo dental que llevas: tengo una
fantasía sexual y quiero… Si a ti te parece bien,
llevarla a cabo contigo ¿qué dices?.
—Hazme lo que quieras, a eso he venido.
—Esa frase es muy peligrosa nena, cuidado
a quién se la dices —se ríe, avanzando hacia mí.
146
Se tumba boca arriba en la cama y me pide que
me monte que sea yo la que cabalgue. Separa mis
braguitas dejando mi sexo al aire libre, sin
ataduras. Me la introduce y me tiene agarrada
por la tirilla del tanga. Y, mientras yo me doy
placer él juega con la tira que tiene cogida en la
mano, tirando y soltando, tirando y soltando…
Eso me provoca un enorme placer y me lleva al
orgasmo.
—¿Qué tal amor? —pregunta Raúl después
de besarme; acabo de llegar a casa.
—Aburrida, larga, cansada… La clase de
gimnasia ha sido intensa y durilla —miento a
medias. Estoy agotada de verdad pero, agotada
del aguante que tiene Blas en la cama; menudo
mulato, no me ha dado tregua, le he dejado hacer
y me ha profanado el culito ¡TRES VECES! La
adicta al sexo que llevo dentro me guiña un ojo,
sonrío, y Raúl me devuelve la sonrisa «pobre
hombre ha debido creer que era a él a quién le
sonreía». Se acerca, me estrecha en sus brazos,
me besa y dice que me ha echado de menos. Debo
ser una insensible sí, no siento ningún
remordimiento.
147
Lamiendo las heridas
—Hola —digo avergonzada, al descolgar el
teléfono; intuyo lo que viene a continuación.
—¿Qué tal te va todo? No nos hemos visto
desde... ¿Tu veinticinco aniversario? ¿Te pasa
algo conmigo? Ya no me llamas nunca y tengo
una ligera impresión: me estás evitando ¿es así o
son imaginaciones mías? Quisiera saber qué ha
cambiado entre nosotras.
—Lo siento amiga. No eres tú sino yo…
—Sergio, este fin de semana estará con su
padre —dice Laia después de unos segundos de
silencio—. ¿Te apetece que nos veamos?.
—Ok. Perfecto. Si te va bien, el sábado por la
mañana iré a tu casa pero, a la hora de comer
debo estar de vuelta en la mía.
148
Cabalgo a lomos de Tesoro por las pistas
exclusivas que hay el club, a lo lejos, diviso a
Borja “su estilo es inconfundible”, le saludo
agitando la mano, esperando y deseando que se
acerque: a pesar del tiempo que ha transcurrido
sigue enfadado. Me devuelve el saludo y sigue a lo
suyo. Ya se le pasará.
Me ducho, me arreglo el cabello y me visto
con unos leggins negros y beige, un jersey beige
ajustado de cuello vuelto y unas botas altas con
unos tacones de vértigo. Remato mi look con una
gorra de visera y pliegues de color negro; ese
color resalta mi rubia melena.
Estoy sentada en el restaurante del Real
Club de Polo, en una mesa apartada del bullicio,
desde aquí puedo ver sin ser vista, gracias a una
columna. El camarero se acerca a mi mesa y me
sonríe pícaramente; es un chico que debe tener,
más o menos la edad de mis hijos, bastante guapo
y con un cuerpo atlético. Poco hecho para mí
gusto (no soy una asaltacunas) y trae una bandeja
con lo que le he pedido: un vermut blanco, unas
olivas y unos berberechos. Al dejar mi comanda
encima de la mesa, detiene la mirada y la fija, con
un descaro brutal, sobre mis pechos (el jersey
ajustado me hace parecer más buena, mucho más
exuberante). Cuando creo que por fin se marcha,
vuelve a mirarme con ojos de deseo y dice:
—Si deseas algo más, lo que sea, llámame:
estoy a tu disposición para lo que necesites.
La mujer que llevo dentro sonríe halagada,
dando saltitos de la alegría que siento pero, la
149
cara que le muestro es de ¿quién te has creído
que eres mocoso, te has acabado ya el biberón?.
—Discúlpeme pero… tengo que volver ahora
mismo a mi puesto de trabajo.
Me lo ha dicho ofendido y tratándome de
usted «este no se atreverá a tirarme, nunca más,
los trastos». Gira sobre sí y se marcha. Yo sigo
esperando pacientemente a mi presa: se me ha
ocurrido una travesura y deseo que mi víctima
aparezca por aquí.
Ha pasado más de media hora y ya he
perdido la esperanza de que mi presa aparezca, y
pido la cuenta, haciendo la típica señal con la
mano, el niñato me mira con desaire y manda a
un compañero, para no venir él, no puedo evitar
reírme, la situación me parece ridícula.
Me pongo en pie y cojo el abrigo dispuesta a
irme. Y, ¡aleluya! Le veo entrar y sentarse en una
de las mesas. Enciendo el móvil (de Cleo) y me
pongo en acción.
Me encanta cuando
te pones tan… Serio
150
Mira a su alrededor y creo que me está
buscando a mi; aunque este número no lo tiene
es lícito pensar que puedo habérmelo cambiado
(la escena provoca que mi sexo pida marcha a
gritos). Bajo la vista hacia la pantalla de mi móvil
y le vuelvo a escribir:
Te he visto en varias
ocasiones en el Louis.
¡Me gustas mucho!
Cuando me veas allí
salúdame. Estoy en
una reunión
«El Louis, es un bar de copas al que Borja
suele acudir a menudo; se lo oí decir a otro
jinete». Se bebe el agua con gas que ha pedido, se
levanta y se marcha. Cuando calculo que ya está
lejos le escribo nuevamente:
151
pero, hoy voy a tener que explicárselo todo a Laia
y eso implica tener la sensación de volver a estar
bajo la cama y escuchar…
El día es frío y está cubierto de nubes; hay
mucha probabilidad de que llueva (hasta las
nubes quieren llorar).
—Hola guapísima, pasa.
Me da dos besos y me abraza con energía.
Le hago entrega de una botella de champán de
nuestra marca favorita: seguro que lo vamos a
necesitar, o por lo menos yo sí.
—Hola Laia, yo… —Ven, siéntate —no me
dejar seguir hablando—. Es un poco pronto para
beber champán, ¿no te parece?.
—No, creo que necesitaremos más de una.
—Me estás dando un poco de miedo —dice
poniendo cara de circunstancia—. Anda, habla ya.
¡Suéltalo! ¿Qué pasa?.
—¿Recuerdas el fin de semana que me fui a
Madrid para darle una sorpresa a Raúl?.
—Pues claro que lo recuerdo; dijiste que al
llegar allí él ya estaba de vuelta, le había surgido
algo y tuvo que volver antes de lo previsto. Ah, y
que no le comentase que tú habías ido allí a darle
una sorpresa.
—Cierto, sólo que no fue así —Pero… —No
me interrumpas, por favor —digo poniéndole el
dedo índice en la comisura de los labios—. Abre el
champán y sirve dos copas, porfa.
Hace lo que le he pedido pero, con la vista
clavada en mí, parece conocerme bien y, por mi
expresión, sabe que me ocurre algo. Me ofrece
una copa y me indica que ya puedo comenzar.
152
—Primero, quiero pedirte disculpas por mi
falta de sinceridad hacia ti, lo siento mucho, de
verdad —hago una pausa para darle un trago al
champán y, mientras bebo, ella dice:
—¿Me lo puedes explicar ya? ¡Estoy atacá!.
Dejo mi copa sobre la mesa de centro, de
mármol gris veteado que hace juego con el sofá.
Laia se sienta a mi lado y me da un beso en la
mejilla; esa demostración de amistad me toca la
fibra y las lágrimas caen en cascadas, y van desde
mis ojos hasta mis manos que descansan sobre
mi regazo. Decido que ya ha llegado el momento,
no lo puedo aplazar más, inhalo un poco de aire
(aire que no encuentro) y digo:
—Llegué a Madrid dispuesta a sorprender a
Raúl pero, al final, la sorpresa me la llevé yo. Y…
¡Vaya sorpresa! —alargo el brazo y cojo mi copa
entre las manos; me tiemblan bastante y las
aprieto contra la copa buscando el valor que
necesito. Laia se acerca más a mí y me quita la
copa para colocar sus manos sobre la mía “aquí
me tienes, me indica su mirada”. Eso me da un
poco de empuje y sigo hablando—: Lo tenía todo
para darle la sorpresa de su vida cuando, le oí
llegar a la habitación con Daniel, me metí a toda
prisa bajo la cama, para esperar “hablarán de
negocios” pensé. De repente, se desnudaron y se
metieron en la cama: hasta ahí también podía ser
normal pero, empezaron a mantener relaciones
sexuales, y con felaciones, mutuas, incluidas. Yo
quería morirme allí, en aquel momento. Mientras
penetraba el uno al otro y el otro al uno “tú ya me
entiendes” oí que se decían unas cosas tan…
153
obscenas, que no las puedo reproducir —cojo la
copa y le doy un buen trago, y otro, y otro… Lo
necesito.
—¿Cómo…? Pero… ¿Qué broma es esto…?
¿Estás segura? Pero, si tú misma me has dicho
infinidad de veces que Raúl no suelta un taco ni
por equivocación. Y, lo otro… ¿Y con Daniel? “El
súper, súper Macho” ¿Qué milonga me estás
contando? —coge su copa y se la acaba de un solo
trago.
—Ya, ya sé que puede parecer increíble o
una película de mal gusto: ahora imagina cómo
me sentía yo, bajo aquella cama.
—¡MAMMA MÍA! Eso tuvo que ser algo
espeluznante —me besa y continúa hablando—:
Pobrecita, no me lo quiero ni imaginar. Pero, eso
es peor, mucho peor que pillarlo con una mujer.
¿Qué pasó? ¿Cómo saliste de allí?.
—Tranquila, relájate —tomo sus manos—.
Yo escuchaba bajo la cama sin dar crédito a lo
que estaba pasando y reprimiendo como podía
las arcadas que aquella situación me provocaba.
Pero, mi sorpresa aumentaba por momentos; de
repente comenzaron a discutir y Raúl dijo: «Si
tengo que elegir, ya lo he hecho; Alba es mi vida»
o algo así, ya no recuerdo bien. Daniel se levantó,
cogió todas sus cosas y se marchó de la
habitación bastante enfadado, llorando a moco
tendido. Raúl también lloraba, y temblaba; se
movía la cama. Ya bien entrada la madrugada, el
sueño le venció.
—¿Y tú, qué hiciste tú?.
154
—Lloré en silencio debajo de la cama, y
esperé hasta que se durmió: recogí todas mis
cosas y salí sin hacer ruido. Bajé a recepción y le
pedí, a cambio de otra propina, a la chica que me
había hecho el favor de darme la llave, que no le
contara nada a Raúl «yo no había estado allí y
ella no me había visto» (Pero… ¿Por qué?) me
preguntó bastante sorprendida, sin dejar de
mirarme a la cara: yo tenía los ojos hinchados de
llorar «Está reunido y no es el momento, gracias
por todo» Me excusé como pude y salí de allí
corriendo, como alma que lleva el diablo. Paré un
taxi unas calles más abajo; iba sin aliento, el
pecho me oprimía y el corazón latía acelerado. Le
indiqué que iba al aeropuerto y cambié el billete
de vuelta.
—Por eso Daniel no asistió a la celebración
de vuestras bodas de plata… Ahora empiezo a
entender; de ahí que él ya no trabaje para Raúl.
De repente todo me encaja pero… No entiendo,
¿por qué sigues con Raúl? ¿Tanto le quieres?.
—Yo también tengo lo mío. La diferencia es
que él todavía cree ciegamente en mí, porque mi
máscara aún no ha caído.
—¿Lo dices por aquello…, con Jesús? Eso es
agua pasada, olvídalo ya.
—No, no sólo fue con Jesús.
—¿Cómo? Un momento, un momento... —
dice, bastante asombrada. Se levanta, llena las
copas y se vuelve a sentar dejando la mía sobre la
mesa y bebiendo de la suya—. Aclárame eso, ¿qué
has querido decir?.
155
Le explico toda la historia, bueno toda no,
omito el numerito del trío “tampoco hace falta
retratarme, ni entrar en detalles”. En el tiempo
que he empleado en contarle “mis aventuras” ni
ha parpadeado; se ha quedado como si hubiera
entrado en shock.
—Laia, ¿estás bien?.
—Sí, sí, estoy bien. Intentando digerir lo que
acaban de escuchar mis oídos. ¡Ahora ya no os
entiendo a ninguno de los dos! ¿Qué hacéis
juntos?.
—Cuando volvió a casa encontró esta nota —
busco en el bolso, la saco y se la entrego—. Yo la
había dejado sobre su mesita.
Ella la coge, la desdobla y lee:
Me he ido a pasar unos días a casa de mis
padres; mi madre está en la cama con una
fuerte gripe y mi padre anda un tanto
preocupado. No te llamé al móvil porque
andabas liado con tus reuniones y no quería
molestar, no hace falta que te vengas: yo
volveré en cuanto se recupere del todo mi
madre. Te quiero.
—Pero… Eso era mentira ¿no?.
—No, no era mentira, era cierto. Cuando
llegué a casa me dirigí directamente al baño y
vomité, luego llamé a mi madre, necesitaba oír su
voz: siempre me ha tranquilizado ese tono tan
dulce que tiene. Mi padre me explicó que no se
encontraba bien y yo vi el cielo abierto. Cogí
cuatro cosas en una bolsa de viaje y me fui.
—¿Y Raúl?.
156
—Supongo que, al leer la nota, se descargó
una aplicación de esas… Ya sabes, para poder
chatear —¡No me lo puedo creer! —interrumpe
Laia—. Sí, aunque te resulte increíble; Raúl, el
clásico anti todo, hizo eso. Y, me imagino que
estaría demasiado abatido para hablar conmigo y
necesitaba un tiempo de duelo; por la relación
perdida. Sin duda, por eso me escribió.
—Y ¿qué te dijo, te contó algo?.
—Espera, dame un segundo y lo busco. Te lo
mostraré para que tú misma puedas leerlo.
—Vale, mientras tú lo buscas voy al baño.
No tardo nada, el champán quiere salir.
Me está afectando más de lo que me había
imaginado; las manos me tiemblan y no acierto al
darle al teclado del teléfono. Cojo mi copa, la
lleno y me la bebo de un sorbo: me sabe raro (la
tensión lo ha convertido en vinagre). Me levanto
y me dirijo al mueble bar, lo abro y me sirvo un
pacharán; me arde el estómago ¡guau! Lleno de
nuevo el vaso, me voy al sofá y me siento. Suena
un móvil y oigo hablar a Laia; la habrá llamado su
hijo.
—¡Toma! —digo, entregándole mi móvil —.
Léelo.
Coge el teléfono y se queda mirándolo, si
parpadear.
Lo lee y lo relee y al final dice:
—Aunque debes sabértelo de memoria te lo
voy a leer:
157
Hola preciosa. Sí, soy yo: aunque éste no sea
mi estilo me he decidido a escribirte. Tómate
todo el tiempo que necesites, yo estaré bien.
No te he llamado porque era demasiado tarde
y no quería despertarte. Llegué cansado y me
eché un rato pero, por lo visto, me dormí. Y,
justo ahora, me acabo de despertar. Te quiero,
estoy deseando verte, cuídate. Eres lo mejor
de mi vida y lo más importante; sé que ya lo
sabes pero, sentía la necesidad de decírtelo.
Voy a estar un poco liado. Cuando pueda te
llamo. Adiós mi amor. TE QUIERO. Besos.
158
ropa cara con la que vestía y el enorme ramo de
flores que traía. Si en lugar de abrirle yo, lo hace
mi padre, seguramente le hubiera cerrado la
puerta, en las narices, sin darle opción a hablar.
Lo agarré del brazo y le hice pasar, le llevé a la
cocina y le pregunté si le preparaba algo.
—Llevamos casi una semana sin vernos y no
me das ni un beso. ¿Tan mal aspecto tengo? —
dijo, con cara de perro apaleado. Yo le pedí
disculpas, alegando el impacto que me había
provocado verle en aquel estado, y me dejé besar:
tenía un sabor muy desagradable y había bebido.
Seguramente en esos días no hizo otra cosa. Sentí
repulsión a sus besos, por primera vez, pero verle
en aquel estado… me conmovió. Aceptó que le
preparase un sándwich y un café con leche.
Salimos a pasear y me explicó que Daniel se había
marchado de la empresa y que no le apetecía
hablar de eso: como sabía la historia, asentí, lo
besé en la mejilla y le dije que me tenía para lo
que fuese. Metió una mano en el bolsillo de su
pantalón y me dio dos entradas para ese fin de
semana: para ir al Palau Sant Jordi a ver a mi
ídolo ¡Pablo Alborán! Es lo más increíble que
había hecho por mí.
—Pero, si a Raúl no le gusta esa clase de
música.
—Pues ahí no acabó la sorpresa, me puse a
chillar y saltar como una posesa: ¡voy a ver a
Pablo Alborán, no me lo puedo creer! Me lancé a
sus brazos y sentí que valía la pena luchar, que
todo podría volver a ser igual que antes. Y, como
siempre dice mi madre «Sólo debemos
159
arrepentirnos de lo que no hayamos intentado
hacer o decir» Pero, también repite mucho «La
cabra siempre tira al monte». Luego dijo:
—Aquí no acaba la sorpresa, princesa; nos
vamos a un hotel. Te voy a hacer el amor como si
el mañana no existiera.
Llamé a mi madre para decirle que estaba
con Raúl y que no volvería para comer pero que a
cenar iríamos los dos. Llamé a mi padre para
avisarle que mi madre se encontraba sola y me
prometió una suculenta cena.
Llegamos al hotel y Raúl se duchó y se
afeito. Y, aún así, tenía un aspecto deplorable;
parecía más mayor, más feo. A pesar de su fea
traición sentí una lástima infinita: por él y por la
situación que estaba viviendo.
Me desvistió con mucho mimo, tomándose
su tiempo. Me penetró, una y otra vez, hasta
quedar agotado. Cada vez que me hacía el amor
sentía su rabia interior, me embestía con mucha
violencia y gemía. Bueno, más que un gemido
parecía un lamento.
A la hora de la cena nos reunimos con mis
padres, al verle abrieron la boca, impactados por
su extrema delgadez. Él les dijo que acababa de
pasar por una fuerte gastroenteritis, que lo había
pasado mal y que ya estaba totalmente
recuperado.
El concierto fue una maravilla: todos con los
mecheros encendidos, cantando al unísono con
Pablo. Lloré de la emoción, nunca había estado
en ningún concierto y me contagió el ambiente.
160
Al volver a casa fue duro, muy duro. Creí
que estaba bien pero, no era así: cada vez que
Raúl me hacía el amor yo los visualizaba a ellos
haciendo… Creí que no lo superaría nunca pero,
al tiempo empecé a fantasear y eso me ayudo:
imaginaba que otro hombre me follaba. Y, así
poco a poco fui desterrando los fantasmas de mi
cabeza.
—Y… ¿ahora cómo estáis?.
—Bueno, ya no siento lo mismo por él; le
quiero mucho pero, mi amor ya no es tan fuerte.
Y, aunque él se esfuerza mucho sé que tampoco
es feliz. A veces lo encuentro a oscuras, en pleno
día, y se excusa con dolor de cabeza pero, yo sé
que es por Daniel. Además, estoy convencida de
que todavía le sigue queriendo. El dolor que eso
me provoca ayuda a que yo cada día le quiera un
poco menos, o de una forma distinta. ¡No sé!, el
tiempo dirá lo que tenga que decir —me encojo de
hombros—. Necesitamos tiempo.
—¡Ya sé qué vamos a hacer, tú y yo! Nos
acabamos el champán y salimos a comer. Llama a
Raúl y dile que estoy depre, muy depre.
Marco el número: un tono, otro, otro… A
punto de saltar el contestador, oigo:
—Dime amor. ¿Ocurre algo?.
—Estoy con Laia y está un poco…, baja de
ánimo. ¿Te importa si salgo a comer con ella? Si
quieres, puedes venir —me he atrevido a decirle
que venga porque sé su respuesta.
—Id vosotras, tengo cosas que hacer —lo
sabía, ¡bien! Hago la señal de victoria y escucho
sus excusas—. Hablareis de cosas de mujeres y
161
yo… Seguro que Laia tiene otro novio y… —noto
cierta amargura en su voz—. Adiós, salúdala de
mi parte.
—Ella, te manda besos.
—Ok, nos vemos aquí, en casa. Tómate tu
tiempo, yo aprovecharé para preparar un juicio.
—Solucionado. ¿Dónde vamos, Laia?.
A las seis de la tarde me presento en casa; el
tiempo vuela cuando lo pasas bien. Raúl está con
el pijama puesto, sentado frente a la tele e
imbuido por lo que está viendo. Por esa razón, no
se percata de mi llegada. Me acerco y lo beso en
los labios, y él se sobresalta.
—Ay, me parece que te he asustado. Lo
siento, no era mi intención. ¿Qué estás viendo?.
Me giro hacia el televisor a comprobar qué
que lo tiene tan absorto y descubro que son sus
pensamientos: emiten un reality de cocina y a él
no le va ese tipo de programas.
—¿Qué? ¡Pues no sé! ¿Cómo te ha ido con tu
amiga, lo habéis pasado bien?.
—Sí, ha estado bien. Ya sabes, hablando de
cosas de mujeres. Por cierto ¿qué te parece si
abrimos y probamos aquél Vodka, tan exquisito,
que nos regalaron para nuestro aniversario?.
Acabo de recordar que un cliente le regaló una
botella de Gold Flakes Supreme.
—Ideal, perfecto, me apetece: todavía no
habíamos encontrado el momento idóneo para
abrirla y por qué no. Ahora mismo.
Me acerco al mueble bar y extraigo dos
copas y el Vodka, y busco la cubitera. Siempre
hay cubitos en perfectas condiciones «María se
162
encarga de sustituirlos cuando cree ya no son
óptimos» Llama mi atención la etiqueta que lleva
colgada la botella, y la leo en voz alta:
—Un excelente vodka importado desde
Francia. Se obtiene tras un proceso, cuádruple,
de destilación. Después del último proceso de
destilación y antes de su taponado final, se
introducen unas finísimas láminas de oro de 24
quilates en su interior; los ingredientes de este
vodka son un secreto bien guardado.
—Pues, a este ritmo para cuando lo sirvas
habrán descubierto ese secreto y el hielo estará
deshecho —dice Raúl, riendo divertido. Bueno,
parece que ahora está de muy buen humor, buena
señal. Pongo un par de posavasos sobre la mesa y
busco unas almendras.
Al acostarnos me busca, me dice que se ha
sentido muy solo y que ha pensado en nosotros y
en nuestra relación.
—¿Estamos bien…? —el pánico se apodera
de mí «Y si no estamos bien, en mi cabeza se
agolpa, por segunda vez en el mismo día, todo lo
ocurrido en Madrid». Lloro.
—¿Qué te ocurre…? Ven —me abraza, me
aprieta fuerte contra él, se separa un poco y me
mira directamente a los ojos—. Mi amor, hemos
bebido un poco y me noto la lengua correosa —se
ríe, con una risa floja. Me vuelve a abrazar—. Te
quiero.
Está achispado; no está acostumbrado a
beber y le ha afectado más que a mí. Con una
mano toca mis pechos mientras la otra hurga
torpemente en mis braguitas, quiero ponérselo
163
fácil y me las quito; al estar un poco perjudicado
sus acometidas son más violentas de lo normal,
me gusta. Se mueve con mucho brío y de vez en
cuando mordisquea el lóbulo de mi oreja. “Me
encanta, me tiene a cien”. Me coloco de lado y le
pido que se acople a mí (posición cucharilla) Me
la introduce y pasa una mano entre el colchón y
mi cuerpo, agarra mis pechos y se mueve; está
como poseído, flipo. Le cojo el miembro con la
mano, me lo saco del sexo y lo masajeo con
movimientos rápidos. Y, como distraída o por
equivocación (eso es lo que quiero que él crea)
acerco su falo a mi trasero, justo en la entrada.
Hace un ruido con la boca, mi atrevimiento no le
habrá gustado. Se separa de mí “se habrá
enfadado” Pero… ¿qué hace?, se pega a mí y la
coloca en mi entrada. Y, con delicadeza, mucha,
me la introduce en el culo; ahora entiendo qué
estaba haciendo «se la estaba lubricando con
saliva». Me embiste con suavidad, despacio, poco
a poco se va haciendo sitio, y me encanta; estoy
encendida, lubricada.
Me despierto y son las nueve: hacía tiempo
que no dormía tanto, me giro y Raúl no está.
—Amor ¿Estás en el baño?.
No recibo respuesta y me levanto, voy al
baño a comprobarlo. No está, me meto bajo la
ducha, ya aparecerá. El agua fluía por mi cuerpo y
mil pensamientos por mi cabeza: que se haya
levantado no es buena señal, seguro que debe
estar molesto porque se ha dejado llevar por sus
deseos (los primitivos, los que le gusta tener bajo
llave y con candado). Cabe la posibilidad que ese
164
hecho haya contribuido a que recuerde a Daniel,
y ahora lo encuentre con un pésimo estado de
ánimo. Salgo de la ducha más confusa de lo que
entré; el agua no me ha ayudado a despejar
ninguna incógnita.
Entro en la cocina dispuesta a enfrentar mis
miedos; lo que tenga que ser, será. Llevo puesto
un vestido corto azul celeste, medias hasta los
muslos y botas de caña alta, planas, “cuando me
siento muy angustiada o insegura, necesito que el
espejo diga: qué buena estás”. Si no está en casa o
está enfadado, saldré a pillar. Le veo sentado en
la cocina, a través del gran ventanal. Su rictus es
serio y demuestra el descontento que siente.
Dudo si entrar o salir por la puerta, y no volver
hasta que me llame por teléfono; preocupado,
siempre será mejor que enfadado.
—Buenos días —saludo tímidamente, y me
voy acercando al rincón de la cafetera dispuesta a
ponerme un café, bien cargado. Lo necesito.
—Ven —dice, el tono es neutro y no intuyo
de qué humor está. Me voy acercando despacio,
con recelo—. Ven —insiste de nuevo. Cuando ya
estoy cerca de él me agarra de las manos y tira de
mí, haciendo que caiga sobre sus rodillas y dice:
—Buenos días amor ¡Qué guapa estás!.
Me besa en la boca e introduce su lengua
para jugar con la mía, me abre de piernas;
haciendo que éstas queden a ambos lados de su
cuerpo. Y, separando las braguitas, me penetra.
Pongo cara de ¿Qué haces? ¿Te has vuelto loco?.
—Tranquila… María y Manuel no están, les
he enviado a Castelldefels, a comprar unas
165
delicatesen; a la tienda que tanto te gusta. Y…
tardarán un par de horas en volver, ya sabes la
cantidad de gente que se congrega allí los fines de
semana —cierra los ojos y me besa. Me tiene
agarrada por las caderas y me eleva y me baja, me
eleva y me baja, cada vez con más energía. Mis
fluidos empapan su vello púbico y estoy como
loca «ni de recién casados me había hecho algo
tan… atrevido». Este no es mi Raúl, me lo han
cambiado ¡Que no vuelva el otro! Grita la fiera
que hay en mí ¡Éste nos encanta! Grita de nuevo.
Raúl mete su lengua en la boca, me eleva (dejo de
escuchar mis pensamientos), y me deja en pie.
Me gira y tumba mi cuerpo boca abajo, sobre la
mesa, agarra fuerte mis caderas y sus manos se
clavan en mí. Y, va dando suaves empujones
hasta que su miembro, entero, está dentro de mi
trasero. Cierro los ojos y gimo de placer, estoy
disfrutando, me la ha metido en mi lugar
favorito. Me concentro; quiero que este polvo sea
nuestro, para nosotros «sin fantasmas pululando
dentro de mi cabeza». Poco a poco Raúl se va
animando y acelera el ritmo, muerde el óvulo de
mi oreja y dice:
—¡Con qué facilidad me recibe tu culo!
Parece que haya entrado ahí toda la vida.
—Llevaba demasiado tiempo esperándote —
le miento, a medias. Emite gemidos y acelera aún
más el ritmo. Se corre rápido. Sale de mi interior,
se sienta y me sonríe. Me abraza y me aprieta
contra él, fuerte, muy fuerte.
—¡Me vas a desmontar! —digo satisfecha.
—Te quiero tanto que…, te haría daño.
166
Me quedo pasmada ante lo que acaban de
escuchar mis oídos. Le beso, con pasión; desde
anoche todo es nuevo para mí. Hubo un tiempo
en que no me reconocía, no era yo pero, ahora a
quién no reconozco es a Raúl. Estoy ilusionada:
creo que todavía podemos ser felices, juntos.
—Ves a lavarte amor. Te voy a preparar un
suculento desayuno ¡Te lo has ganado, fiera…!.
Me levanto, le sonrío, y él me planta un beso
en los morros.
Sentada en el bidé (lavando mis cositas) no
puedo evitar pensar a que se puede deber ese
cambio, sólo se me ocurre una explicación: ya no
tiene a Daniel en su vida para darle por ahí, sólo
me tiene a mí. Me derrumbo, me dejo caer al
suelo y lloro.
María Prepara la mesa con las viandas que
ha traído, y como no ha tenido que cocinar está
todo recogido. Raúl le sugiere que se tome la
tarde libre, le da cincuenta euros y le dice que
salga a comer con su marido, María se gira hacia
mí buscando mi aprobación. Con un sutil gesto
de cabeza digo sí, ella sonríe contenta, se retira y
nos deja solos, en la cocina.
Todo está buenísimo y como con fruición,
devorando. Cuando ya puedo más (se me sale la
comida por las orejas) apoyo los cubiertos sobre
el plato. Raúl se levanta y se dirige a la nevera,
me lanza una pícara mirada y extrae algo del
frigo. Lo deja sobre la mesa y dice:
—No toques nada, ahora vuelvo —me
amenaza agitando un dedo al aire, está espitoso.
167
Me quedo sola, delante de lo que podría ser
un pastel. ¿Adónde habrá ido?.
Los minutos van pasando y yo sigo sola, en
la cocina. Al final la curiosidad me puede y
curioseo; quiero saber qué postre ha traído
María. Al verlo mi boca se abre por completo,
maravillada «ha comprado un pastel de vainilla
relleno de leche, ciruelas y amaretto, decorado
con flores y frutas de dulce, de fondant blanco».
—Qué haces yo que te he —Lo siento —le
interrumpo asustada, no le he sentido entrar. Me
justifico—: Tardabas y… No me he podido
resistir, te quiero. ¡La tarta es idéntica a la de
nuestro aniversario! —me emociono.
—Sí, pero en miniatura: por esa razón ha
tardado tanto María, está hecha de hoy.
—¿Qué haces con las manos en la espalda,
qué escondes? —lo deja sobre la mesa—. Este
champán… —me fijo en la etiqueta (Krug Private
Cuvée); una importante empresa se la regaló,
hace dos años o más, por ganar un complicado
juicio. Y, recuerdo bien que, Raúl comentó que el
precio de esta botella era de más de mil
quinientos euros—. Pero… dijiste que era para
una ocasión especial, única.
—Por eso: tú eres especial y única. No veo
mejor momento que ahora y contigo.
Me lanzo a sus brazos y le pillo totalmente
desprevenido, y caemos al suelo. Reímos como
chiquillos.
—¿Recuerdas el día que te regalé el coche?
—dice Raúl.
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—Cómo olvidar aquel día —el recuerdo
vuelve a mí, fresco como una rosa en abril: «El
día de nuestro veinticinco aniversario, bodas de
plata, me levanté temprano porque la peluquera y
la esteticista venían a casa para peinarme y
maquillarme. Yo estaba atacada de los nervios
porque no encontraba los zapatos, no recordaba
dónde los había guardado; si lo recordaba pero,
no estaban donde yo creía haberlos dejado.
—Yo creo que están en el garaje, me suena
haber visto una caja como la que describe —dijo
María, cuando yo ya estaba casi al borde de un
ataque de histeria. Corrí al garaje y al entrar casi
me da un infarto, de alegría; Raúl estaba
esperándome junto a un Mercedes SLK 55 AMG
de color gris plata.
—Es para mí preciosa y amada esposa. ¿La
conoces? —dijo Raúl, que me estaba esperando
con dos copas de champán en las manos.
—¿Otra copa amor? —la voz de Raúl me
devuelve al presente.
—Se me ocurre algo mucho mejor... —digo
quitándole la botella de las manos—. ¡Sígueme!
Me levanto y me pongo en marcha, él me sigue
divertido.
El alcohol obra milagros en su forma de
hacer: está más relajado, con mejor humor y
menos control sobre sus actos. Y, eso le vuelve
más extrovertido. Me tiene flipando en colores.
Nos desnudamos y nos metemos en la ducha; le
pido que vaya con cuidado, que no se moje la
cabeza «por Dios, que no se evapore, ni un
gramo, el alcohol que corre por sus venas». Me
169
arrodillo, me introduzco su pene en la boca y
poco a poco incrementa su tamaño. A él le da
risa (la típica risa floja del que lleva dos copas de
más) y me contagia su risa; parece haber vuelto a
la adolescencia, cuando cualquier cosa te hace
gracia y te ríes de todo y de todos; yo esa faceta
suya no la he conocido, siempre ha sido un
hombre muy responsable, comedido. Me lleva en
brazos a la cama y no para de decirme al oído,
todo lo que piensa hacerme. Me ha puesto como
una Kawasaki. Es directo y va al asunto:
embadurna mi culo con su saliva, me la introduce
y me dice al oído «Estoy loco por ti, eres la tabla
dónde me gusta aferrarme; contigo no hay miedo
de caer al vacío» Yo me deshago y le digo que
quiero más, mucho más, que acelere esa marcha.
Se lo toma al pie de la letra y me da sin piedad.
En ese mismo instante, me enamoro nuevamente
de él. Cuando acabamos se tumba a mi lado y me
dice lo genial que he estado. Y, que en un rato
volverá al ataque.
170
vinitos y unas tapitas (para ir entonando los
cuerpos). Yo me siento cual adolescente que
descubre por primera vez el amor. Cuando se va
acercando la hora de su vuelta a casa me pongo
nerviosa, excitada, y siento cómo el estómago se
contrae; lo que ocurre es que no sé qué me
deparará el día en el terreno sexual, y me intriga
saber qué ganas traerá y de qué. Todo no es de
color rosa, estoy preocupada: últimamente bebe
bastante, más de lo normal. Supongo que quiere
desinhibirse pero, me da miedo que realmente no
sea por eso, que sea por Daniel.
—Hola amor. ¡Guau, qué guapa estás!.
Raúl acaba de llegar, está agarrado a la
puerta del salón y sonríe. María me ha pedido la
tarde libre y he aprovechado para vestirme muy
provocativa: vestido corto, cortísimo, entallado y
escotado, sin sujetador. Estreno tanga, y es
comestibles (está fabricado con diversas perlas de
azúcar, formando una mariposa de colores vivos)
se lo vi a Nora un día y decidí comprar uno para
exhibirme ante mi nuevo marido. Y, medias con
liguero. Se acerca a mí y le doy la bienvenida con
un beso casto «rozo sus labios, me hago la
estrecha». Me agarra la cara y me mete la lengua
hasta la campanilla.
—Así mejor —dice, al despegar su boca de la
mía. Ha bebido, bastante, le delata el sabor de su
lengua. Me extraña y pregunto:
—¿Has bebido?.
—Un par de copas con un nuevo cliente: se
puso muy pesado y no le pude decir que no. ¡Ya
sabes cómo van estas cosas!.
171
—¡¡¡Pues no, no sé cómo van estas cosas!!!
—replico, gritando más de lo que deseaba—. Yo
no tengo clientes —no pretendía enfadarme pero,
estoy visiblemente irritada «será que necesita
estar bebido para poder mantener relaciones de
ese tipo contigo. O peor aún, que esté pensando
en su querido Daniel mientras te lo hace a ti»
acaba de despertar la desconfiada que llevo
dentro y me hierve la sangre (tengo un ataque de
celos en toda regla).
—¿Qué haces? —digo agitando las piernas al
aire: me ha cogido en brazos y tiene un dedo en la
entrada de mi culo.
—¿Te lo tengo que explicar…?. Creo que es
evidente; le voy a hacer el amor a mi mujercita.
—Pero… es que no me apetece, ¡ahora no! —
digo, mientras pataleo —¡Suéltame ya! Ahora no
quiero, yo…
—Un poco tarde señorita. Esa ropita… me
ha puesto to burro.
—¿Qué…? ¿Qué es lo que has dicho? ¿Qué
forma de hablar es esa? ¡Bájame!.
—La de un hombre cachondo y enamorado
que está a punto de satisfacer a su mujer. Y no,
no te pienso bajar, te voy a hacer eso que tanto te
gusta.
Me tira a la cama con brusquedad, y la
viciosilla que llevo dentro salta de alegría y se
frota las manos «Mi sexo ha reaccionado y está
húmedo, muy húmedo». Le pido que ponga en
marcha la columna musical (como ya lo tenía
planeado he programado una; nueve semanas y
media, mi canción favorita para el striptease). Me
172
contoneo, provocándole al ritmo que marca la
música, voy dejando prenda a prenda mi ropa en
suelo. Me mira, se empalma, y al ver mis
braguitas sus ojos danzan alegres en un ritmo
incontrolado. Se acerca y vuelve a tirarme a la
cama.
—Guau, Nena. ¿De dónde han salido…? —
dice, agarrando mis braguitas.
—¡Pruébalas, muerde una bolita!.
Hace lo que le he pedido y se come un par;
le ha sorprendido, gratamente, mi adquisición.
Pasa su lengua por las braguitas, de arriba abajo y
de abajo arriba, emite unos sonidos guturales, le
gusta. Ardo en deseo y quiero que pase a la acción
no puedo esperar más: mi horno está listo para
cocer su barra de pan. Y, abre mis braguitas e
introduce su lengua dentro (como si me hubiera
leído el pensamiento), lo lame, va del interior al
clítoris y viceversa. Yo me arqueo de placer y me
pongo a su merced «Destrózame, métemela por
donde me gusta grita mi otra yo; la guarrilla que
se esconde en mi piel».
—¡Para habernos matado! —dice, saliendo
de mi interior y dejándose caer a mi lado.
—¿Cómo…? —la expresión con la que ha
definido el polvo me deja perpleja. Levanta la
cabeza y me mira sonriente, emite un profundo
suspiro y dice:
—Eres lo mejor que me ha pasado en la
vida. No me dejes nunca —le miro atónita, me ha
dejado sin palabras—. He alquilado una casa de
madera en Suiza, para una semana: quiero que
nos vayamos allí tú y yo solos, y poder disfrutar
173
de ese cuerpo sin interrupción alguna, desde la
mañana a la noche, todas las veces que me plazca.
Me tiro encima de él; más feliz que una
perdiz y más cachonda que una mona. Cojo una
toallita, le saco brillo al sable y me lo introduzco
en la boca, hasta que queda listo para el asalto.
174
La porno Chacha
Llegamos a Suiza y hace un frío aterrador;
los dientes me castañean, mi cuerpo tiembla y
Raúl me aprieta contra él. Un taxista nos lleva
desde el aeropuerto de Berna a las afueras de un
pueblecito donde está ubicada la casa, a unos
cuarenta kilómetros. El hombre es serio, rancio
(un mal follado) y nada conversador; como no da
palique y el trayecto es largo, de unos veinte
minutos, Raúl me va haciendo carantoñas.
El taxista detiene el vehículo “al fin hemos
llegado” pagamos y nos descarga el equipaje. Al
mirar en derredor mis ojos se abren como platos;
la casa, preciosa a la vista, está en una zona
increíble y en plena naturaleza, se respira aire
puro. Pero, lo que más llama mi atención es que
está sola, no hay ninguna en los alrededores y, la
más próxima, debe estar a tres kilómetros.
Entramos, en el interior de la casa la calefacción
está al máximo y enseguida empiezo a quitarme
prendas, las que llevo de más.
—¡Quítatela toda! —ordena Raúl.
—Déjame deshacer la maleta y darme una
ducha. ¡No seas como un niño ante una bolsa de
chuches, contrólate!.
175
—No, no te equivoques; no quiero follarte
sino admirarte. ¡Desnúdate ahora mismo! Y, no
volverás a ponerte la ropa hasta el día de vuelta a
casa. Vas a llevar los zapatos de tacón y nada
más, ¡vuela! —me deja desconcertada a la par que
excitada. Obedezco rápida, y en cuestión
segundos estoy en pelotas. Busco en el interior de
la maleta y extraigo las medias con elástico y los
zapatos que he traído; ahora entiendo para qué
me pidió Raúl que los trajera. Recuerdo la tonta
discusión que tuvimos por el tema:
—¿Para qué voy a llevar unos zapatos si va a
hacer mucho frío? Van a ocupar un espacio
innecesario en la maleta y no vamos a facturar.
Además, necesito llevarme otras cosas…
—Sí, si tus argumentos están muy bien:
llévate las botas puestas y unos zapatos en la
maleta, no cuestiones todo lo que digo. Si hace
falta facturar, se hace. Ahora calla y obedece.
Claudiqué, aquella absurda discusión no nos
llevaba a ninguna parte.
La casa es grande y está dividida en dos
plantas; la primera tiene un salón con una gran
chimenea encendida, y frente a ella un sofá con
cheslón y una alfombra inmensa. Y, delante de
éste hay una mesa con cuatro sillas y alguna que
otra lámpara de pie. La cocina es grande; tiene
todo lo necesario para pasar una semana sin salir
a comprar. Debajo de las escaleras hay un
pequeño baño con una ducha hidromasaje, de
ocho chorros, al verla mi otra yo grita (que se
prepare tu maridito, vamos a matarlo a polvos).
Un agradable cosquilleo recorre mi sexo y me
176
entran unas incontenibles ganas de follar con
Raúl, pero, debo esperar, aún no ha llegado el
momento. Subo a la segunda planta y hay una
habitación abuhardillada con unos ventanales
enormes, uno de ellos en el techo, (para poder ver
las estrellas desde la cama). Entro en el baño y —
¡¡GUAU!! —digo en voz alta. Hay otra ducha,
igual a la de abajo, y un jacuzzi enorme «espero
salir de aquí con agujetas…». Vuelvo a la
habitación a deshacer la maleta.
Entro en el salón; voy duchada, perfumada
y con ganas de sexo. Raúl está sentado en el sofá
tomándose una cerveza, cuando se percata de mi
presencia se levanta sonriente y me ofrece una.
Me besa en los labios.
—San Martino la Helles —leo en voz alta
antes de darle un trago.
—Es muy buena. No la conocía. Ésta no la
habíamos probado antes.
Bebo un poco y la encuentro exquisita; es
una cerveza rubia con un potente sabor a malta.
Raúl me acerca un plato con unos tacos de queso
y me dice que esta cerveza marida bien con los
quesos ligeros, mariscos y ensaladas.
—¿Desde cuándo sabes tanto de cocina?.
—La cocina está llena de comida, bebida y
las instrucciones a seguir para combinarlo bien.
Deja el plato sobre la mesa y me quita la
cerveza de las manos, y la deja sobre la mesa. Se
acerca colocándose detrás de mí y me rodea la
cintura con una mano.
—Señorita, abra bien las piernas que la voy
a cachear. A ver que esconde entre ellas…
177
Mete una pierna entre las mías y va dando
golpecitos hasta que quedan a su gusto (llevo
medias y zapatos, nada más).
—Señorita, aprovechando que ahora tengo
una pierna metida entre las suyas, le tengo que
ordenar que se agache y me ate el cordón. Y, ni se
le ocurra negarse o me veré obligado a tener que
castigarla duramente: seré tan… inflexible, que
me pedirá, a gritos, que pare.
Voy cachonda hasta la médula, intento
hacer lo que me ha pedido pero, tira de mí y me
incorpora.
—¿No me has dicho que lo ate?.
—Sí, pero no así. ¡Dobla tu cuerpo por la
cintura y baja!.
Doblo mi cuerpo (quedando con el culo en
pompa y a su alcance) y mis manos tocan su
zapato. Raúl, como era de esperar, mete su cosa
en mi sexo y agarra mis piernas. Yo apoyo las dos
manos en el suelo por miedo a caerme de boca: y,
aunque él me sostiene, me tambaleo en cada
empellón.
—Camina hacia la alfombra —dice, dando
una ligera palmada en mis nalgas y sin sacarla; la
postura en que me lleva me recuerda a una
variante de la carretilla. Llegamos a la alfombra y
me pide que me ponga a cuatro patas «estoy más
encendida que la chimenea». Hago lo que me ha
pedido, me tiene perpleja, sorprendida y
encantada. Un agradable cosquilleo invade todo
mi ser y el vello se me eriza. Se tumba en la
alfombra y mete su cabeza entre mis piernas, me
agarra por los glúteos los abre y tira de mí hacia
178
abajo; hasta que su boca roza mi sexo. Pasea su
lengua con brío, yo apoyo la cabeza y los codos en
la alfombra y me relajo, y me dejo llevar por el
amor y el deseo que siento hacia él.
Transcurridos unos deliciosos minutos en
los que me ha saboreado sin descanso, invade mi
culito y creo tocar el cielo.
A la hora de cenar Raúl decide llamar a un
restaurante para que nos traigan unas viandas
calientes.
—Cariño, llaman a la puerta… —ha oído el
timbre y no ha hecho ademán de levantarse; no
pretenderá que abra yo, voy desnuda.
—Ten —dice, pasándome un delantal que ha
encontrado en la cocina—. Póntelo y abre.
—¿Qué…? —estoy perpleja ¿ha perdido la
chaveta?—. ¿Cómo voy a abrir así? No, ni loca.
—Vas a abrir así y, por tu bien, procuraras
no darte la vuelta en ningún momento. Él no
sabrá que vas desnuda, o sí. Y, no digo más ¿ni es
necesario, verdad?.
—Pero… ¿Estás mal o que pasa por tu
cabeza? —le desafío. Me mira, y en su mirada hay
un destello de luz, un brillo especial, sonríe como
un ladino y hace un signo afirmativo con la
cabeza. Me agarra por los hombros y me da la
vuelta colocándome en dirección hacia la puerta.
Me da un azote, fuerte, en el culo y dice:
—Recuerda, si en algún momento te das la
vuelta y ese chico te ve el culito, te la meteré por
detrás sin compasión, ¡a las bravas!.
Voy andando hacia la puerta de entrada y la
cara me arde, qué vergüenza, tengo toda la sangre
179
concentrada en la cara. Pero, en contrapartida,
esta extraña situación provoca en mí un
agradable cosquilleo, en la zona erógena.
—Hola, buenas noches —saludo en inglés al
abrir la puerta. Es un chico bastante joven, de no
más de treinta años, alto, moreno y con ojos
oscuros. Me devuelve el saludo y me entrega el
paquete, estoy a punto de cerrar la puerta cuando
oigo a mis espaldas a Raúl:
—Cariño, ven. Te daré una propina para el
muchacho —dice en español.
—Ya has dejado propina en el restaurante,
por teléfono y con tu número de tarjeta —no
quiero ir y le desafío; espero que el chico no
entienda nada de español.
—Ven, será lo mejor porque… si me haces ir,
te daré la vuelta en dirección a la cocina y no
querrás que —¡Voy! —interrumpo angustiada—.
¡Ya voy! —miro al chico y le digo—: Espere un
momento, por favor —le hago un gesto con la
mano para que entre. Y, cerrando la puerta tras él
camino hacia atrás. Él me mira extrañado y pone
cara de “a qué jugáis”. El delantal es corto, tapa lo
justo pero se intuye todo. Además, debido al frío
que se ha colado por la puerta mis atrevidos
pezones apuntan hacia él. Sonríe y no me quita
ojo (está encantado con la visión), el labio
inferior se le descoloca y me mira boquiabierto.
Mis mejillas arden, qué bochorno. Camino de
espaldas y giro con cuidado para poder entrar en
la cocina. No veo nada.
—¡Ay qué susto! —chillo dando un bote, y
me agarro en el marco de la puerta para no caer
180
hacia atrás; Raúl ha metido un dedito en mi
conejito. Desde esta posición puedo ver al chico
que está en la entrada esperando la propina (no
he entrado del todo a la cocina, sólo he metido
medio cuerpo). Me mira y sonríe, parece que le
divierte la situación (hoy mato a Raúl). Le pido a
Raúl que por favor deje ya de jugar, que no me
hace gracia, que me dé de una vez el dinero para
el pobre chico que sigue plantado en la puerta.
Hace oídos sordos a mis súplicas y tira veinte
euros al suelo.
—¡Ya sabes cómo los tienes que recoger! Y,
espabila que el chico no tiene todo el día.
La situación me ha superado: se dispara mi
lascivia y noto humedad entre mis muslos “me
gusta ser el centro de atención”. Cuando ya estoy
tocando el billete y a punto de cogerlo (con la
cabeza fuera de la cocina), Raúl me palmea el
culo, fuerte “si no me agarra, caigo de bruces”.
Me contengo para no gritarle, y miro hacia la
puerta; veo que el chico se ha dado la vuelta, está
de espalda pero estoy segura que ha estado al
tanto de todo.
—Ten, perdona la espera pero… Raúl no
encontraba… —mi disculpa es vaga, lo primero
que me viene a la cabeza estoy avergonzada por la
situación. Parece no darle importancia; coge el
billete, lo mira sonriente, lo dobla en dos y se lo
guarda. Y, por su expresión, deduzco que le ha
merecido la pena los minutos de espera.
—Qué maravilla si al llegar esta noche a mi
casa me abriera la puerta una porno chacha como
tú —susurra en mi oído. Me quedo tan fraseada
181
que se me ha puesto cara de boba, no sé qué decir
y sonrío. Baja su mirada a la altura de mi pecho y
se detiene ahí. Yo hago lo mismo (qué estará
mirando) ¡No, horror! me asoma la mitad de un
pecho por la sisa del delantal. Me quiero morir,
ahora mismo. Levanto la vista y observo que sin
pudor alguno él pasea su lengua por el labio
superior; de izquierda a derecha, de derecha a
izquierda y vuelta a empezar. Intento tapar el
pecho con mi escueto delantal pero, estoy tan
nerviosa que al tratar de guardar uno se sale el
otro; el hecho de que vaya empitonada no ayuda.
—Cariño ¡que te vas a enfriar! —dice Raúl,
asomando la cabeza por la puerta de la cocina.
—Deseo que se cumplan tus sueños —digo,
abriendo la puerta para que desaparezca.
—Supongo que… cobrarás cara la noche
¿verdad? —pregunta, sin atisbo de vergüenza.
—¡Sí, y no creo que con tu pobre sueldo de
repartidor puedas permitirte una Scott de mi
categoría! —digo, de un tirón. Estoy entregada y
ya no tengo reparos ni pudores. «La cachonda
que llevo dentro de mí se está partiendo de risa y
me grita: ¡te ha tomado por una fulana!». Cierro
la puerta y me dirijo a la cocina. Raúl ha
preparado la mesa.
—¡Qué buena pinta, estoy hambrienta!.
Raúl se levanta y me retira la silla para que
me siente, es todo un Gentleman. Me ofrece unas
salchichas Cervelat y Rösti (torta hecha al horno
con una base de patatas y cebolla). Le doy las
gracias por su servilismo y dice:
182
—Pequeña, nada es gratis, todo tiene un
precio y me lo cobraré —me guiña un ojo.
La cena es deliciosa y la conversación que
mantenemos gira en torno a las cosas que dice
que piensa hacerme en cuanto nos retiremos a la
habitación. Se levanta a recoger los platos y las
copas, yo hago ademán de ayudarle y él me
agarra de un pecho, me empuja con delicadeza y
me sienta de nuevo en la silla.
—Reserva tus fuerzas, te van a hacer falta.
Le propongo jugar a verdad o chupito; han
pasado unos cuantos años desde la última vez que
jugamos. Y recuerdo que, a la pregunta de si me
sería infiel con otra mujer contestó que ni
muerto. Estoy ansiosa por escuchar qué piensa
decir ahora. Se acerca al congelador y saca una
botella y dos vasitos de chupito.
—¿Absenta? ¡Va fuerte el caballero!.
—No hay peligro, beberemos poco. Somos
sinceros ¿verdad? —dice, llenando el vaso hasta
arriba de licor. Casi me atraganto con mi propia
saliva y empiezo a creer que a lo mejor ha sido
una idea descabellada.
—Empieza tú —dice Raúl. El corazón se me
acelera, lo tengo a punto de salir disparado.
—¿Me quieres?.
—Ésta es demasiado fácil, más que a nada
en el mundo. Me toca: ¿te atreverías a hacer un
trío? —¿Qué? ¿Cómo? —interrumpo, incrédula
ante la preguntita (empieza fuerte) —. Perdón,
continúa —He podido observar, a escondidas,
cómo te miraba el chico que nos ha traído la cena.
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—No sé yo… Sí, supongo si, sería capaz —si
ya lo has hecho guarrilla, grita mi conciencia—.
Ronda superada. Voy: ¿me serías infiel?.
—Otra fácil ¡no voy a beber nada! No, no me
acostaría con ninguna otra. ¡Nunca!.
Te crees muy listo, vas a flipar cuando me
vuelva a tocar… Voy a ir a degüello —pienso.
—¿Has tenido pensamientos obscenos con
otros hombres? Y recuerda, no vale mentir.
Noto cierto desafío en su mirada y dudo:
por un lado me gustaría ser sincera y contarle mis
devaneos porque él tampoco es un mojigato pero,
por otra parte, como dice el dicho popular (los
experimentos con gaseosa). Cojo el chupito y me
lo bebo de un trago.
—¡Qué sed tenía! ¿Te lo montarías con un
hombre? —ahora qué listillo. Anda, confiesa, se
hombre; Uf, menudo subidón de adrenalina. Raúl
de poco cae de la silla y yo me muerdo la lengua y
tengo que hacer un gran esfuerzo para no decirle:
que lo sé todo… Que ya no soy la ingenua que
conociste.
—¡Qué calor! —su cara se enciende como
una bombilla, agarra el chupito y se lo acaba de
un trago, me sonríe «Si pretendes que crea que
estás de guasa, te equivocas guapetón» pienso,
desafiándole con la mirada.
La ingesta de alcohol está cumpliendo su
cometido y provoca que las preguntas sean cada
vez más directas; el ambiente se ha caldeado y
nos movemos en tierras movedizas, pero, la
cobardía hace que nos refugiemos en el alcohol
para no tener mentir. Y al final entramos en un
184
bucle del cual es imposible salir indemne y por
tanto, tomo la decisión de ponerle fin.
—Ya no quiero jugar más… Me encuentro
mal. Creo que he bebido demasiado —es cierto,
me encuentro mal; estoy tocada por la cantidad
que he bebido, me cuesta enhebrar las frases.
—A ver, veamos... Control de alcoholemia —
dice bajándose el pantalón con torpeza—.
Señorita, quiero que usted corra —empieza a
decir, arrastrando y haciendo sonoras las erres —
agarre la boquilla y sople aquí. ¿Le parece bien o
la ato a la cama y la fuerzo? —señala su miembro
que está tieso como una vara.
—Soy asmática —intento con todas mis
fuerzas que la risa no se adueñe de mí.
—Bueno, bueno, señorita: si usted no está
capacitada para soplar, no le va a quedar más
opción que chupar. Tome, empiece ya —agarra
mi cara con las manos y mete su pene en mi boca.
Se mueve rápido, entrando y saliendo de mi boca.
Tiene los ojos cerrados y gime de placer.
—Señorita, me veo en la terrible obligación
de detenerla, no me deja otra salida: mire cómo
ha subido el nivel del alcoholímetro —señala su
miembro que apunta hacia mí, y continúa con su
perorata—. Ha dado usted el máximo y le voy a
tener que aplicar una condena ejemplar; va a
caerle encima todo el peso de mi cuerpo —hace el
intento de cogerme en brazos y de poco no
caemos al suelo. Le da por reír y aún se le afloja
más el cuerpo. Intentamos subir a la habitación y,
misión imposible, le pido que nos tumbemos en
185
alfombra delante de la chimenea. Me abraza y
dice:
—El juez no está en buena disposición, el
martillo se me afloja pero, mañana aplicaré una
pena sobre el cuerpazo que gastas —me besa en
la frente, se coloca en posición fetal y cierra los
ojos; tres, dos, uno, cero… le ha cambiado el
ritmo de la respiración y se ha quedado frito. Me
acurruco junto a él buscando su calor; no quiero
irme a la cama sin él pero, espero y deseo que
la chimenea se mantenga encendida toda la
noche y ampare mi desnudez.
Me despierto de madrugada, siento frio y
tengo un terrible dolor de cabeza y me noto la
garganta seca, intento sentarme y me dan unas
arcadas tremendas, corro al baño. Me arrodillo
delante de la taza del WC, me agarro el pelo con
una mano y suelto, la misma vida, por la boca.
Me meto en la ducha y dejo correr el agua
caliente por mi cuerpo durante unos minutos;
necesito entrar en calor. La chimenea ha estado
encendida toda la noche y la calefacción puesta
pero, tengo el cuerpo destemplado. Al salir de la
ducha me miro en el espejo; estoy espantosa,
tengo unas horribles ojeras y estoy resacosa. Me
seco, me envuelvo en una toalla y subo a la planta
de arriba a buscar una bata. Sobre la cama
encuentro una caja de bombones Delafee, me
quedo a cuadros ¿quién los ha puesto aquí? Esto
es cosa de Raúl, de quién sino; se habrá
confabulado con la persona que le ha alquilado la
casa, me emociono y pienso «Cuánto me quieres
amor, qué pasada» Miro la tapa y leo: formato
186
celebración, la abro y mi sorpresa es aún mayor
(hay ocho bombones, creados con la mezcla de
los mejores cacaos y oro comestible). ¡A por
ellos…! Me tumbo sobre la cama y me como un
par.
Llevo un rato echada en la cama, el frio se
me ha pasado y, sin quererlo, uno a uno me he
comido los bombones, todos. Ahora con el último
en la boca pienso en mi marido y en lo
maravilloso que es, me emociono y lloro «Ojalá el
pasado fuese como una caja de bombones; la
abres y solo te comes los que te gustan, con la
certeza de que te van a dejar un buen sabor de
boca» Pero, el pasado sólo da pequeñas treguas y
te persigue para siempre.
El calor de la cama y el llanto ayudan a que
me duerma; sueño con Raúl (Vuelvo a ser la chica
dulce e inocente que conoció un día y nos
prometemos fidelidad para el resto de la vida).
Noto un dedo que se mueve en mi interior, creo
que sigo soñando, pero no, esto no es un sueño; el
gusto que siento es demasiado real, miro por el
rabillo del ojo y veo tumbado junto a mí a Raúl.
Tengo unas ganas locas de jugar y decido hacerle
creer que aún sigo dormida. Él sigue insistiendo,
haciendo cabriolas con su dedo en mi sexo y me
cuesta resistir, me gusta lo que me hace y estoy
encendida (el cuerpo de bomberos, con todas sus
mangueras, nos vendría muy bien, ¿verdad?) Mi
imaginación ha decidido ir por libre y me habla
pero, no se lo pienso permitir «¡Se acabaron los
hombres, todos menos Raúl! ¿Me oyes, zorra?»
187
La desatada que llevo dentro hace un gesto, con
el dedo corazón apuntando hacia arriba.
Raúl no ceja en su empeño y sigue con el
intento, inútil, de despertarme; me gusta lo que
hace y pienso saborearlo; baja hasta mi sexo y lo
mordisquea, y lo combina pasándome la lengua
por el clítoris: mordisco, lengua, mordisco y
lengua… Ya no resisto más, me muero del placer
y subo las caderas y las bajo, marcando el ritmo.
Y, froto mi sexo, con frenesí contra su lengua,
hasta lograr mi primer orgasmo.
—¡Ahora me toca a mí! Te vas a colocar
decúbito prono —¿cómo me ha dicho? Me da
rabia que conmigo se muestre culto y comedido a
la hora de hablarme, últimamente algo menos
pero, con total seguridad, si yo fuese Daniel me
diría “Gírate guarro, que voy a ponerte el culo
cómo un bebedero de patos”.
Cuando acaba (ha sido un poco salvaje y me
ha encantado), se gira y quedo encima de él. Me
tiene abrazada por la cintura y me susurra al oído
lo mucho que me quiere. Recuerdo el detalle de
los bombones y le doy las gracias.
—¿Cómo… Dos infracciones cometidas en
menos de veinticuatro horas? Señorita ¿qué voy a
hacer con usted? La dejaré bajar a desayunar y
luego veré qué castigo le infrinjo. ¿Está usted de
acuerdo o tiene alguna alegación que aportar al
respecto?.
—No, no tengo nada que objetar. Asumiré el
castigo con sumo gusto —me río divertida. A ver
qué diablura se le ocurre.
188
Raúl prepara el desayuno; lleva puesto unos
pantalones de chándal y una camiseta entallada,
lo miro embobada “todavía parece un chaval”, no
trabajar le sienta muy bien, tiene las facciones
más relajadas y se le ha dulcificado la mirada (se
le ve encantado de tenerme aquí desnuda
pululando a su alrededor). Me mira y sonríe, algo
trama, noto satisfacción y seguridad en su
mirada, le conozco bien; aunque hasta ahora no
he sido consciente de ello y me perdía en los
detalles. Lo había dado todo por hecho y me di de
bruces con la amarga y dura realidad: descubrir
que él ha estado manteniendo una doble vida,
durante tantos años, ha sido un palo fuerte, duro,
inasumible. Intento llevarlo bien pero, soy
consciente que esto es como una olla exprés y un
día, en cualquier momento, puede explotar y
saltar por los aires destruyendo todo a nuestro
alrededor.
—¡Hola hola…! —dice Raúl, agitando su
mano ante mi cara—. ¿Estás aquí?.
—Perdona mi amor ¡sorpréndeme! ¿Qué vas
a hacerme?.
—Esta noche cuando venga aquel chico a
traernos la cena quiero que le abras la puerta sin
delantal, completamente desnuda.
—¿Perdona…? —abro los ojos todo lo que
dan de sí, no me puedo creer lo que me está
proponiendo, me he quedado helada, atónita; si
me pincharan no saldría una gota de sangre—.
Bromeas ¿Estás de guasa verdad…? —pregunto,
rogándole con la mirada para que me diga que sí,
que sólo quería ponerme a prueba.
189
—No, no bromeo. Lo digo completamente
en serio: imagínate por un momento su cara de
asombro cuando te vea así, eso no tiene precio.
Además, mañana podemos pedir la cena en otro
restaurante y no tendrás que volver a verle la cara
nunca más. Será muy divertido. Anda mi amor
dame ese caprichito o prométeme que vas a
pensarlo.
—Lo pensaré, vale —pero, qué digo. Estoy
desbordada, la situación me supera y me siento
atrapada. Una extraña y amarga sensación me
invade y me pregunto: ¿toda mi vida es una
estafa? ¿Qué Raúl es el auténtico, el anterior muy
dulce y tierno en la cama o éste otro, un tipo
salido, morboso y atrevido que consigue tenerme
siempre húmeda y a su merced? Tengo todo el
día para tratar de disuadirle de su atrevimiento;
me emplearé a fondo en mis artes amatorias,
tengo experiencia en el sexo, mucha, seguro que
lo lograré. Tantos años de casados me tiene que
servir para algo, una ya tiene un bagaje y,
seguramente, haré que se desdiga de la locura
que me ha pedido. Pero, debo admitir que me ha
puesto caliente, muy caliente.
—¿Y esa sonrisilla, a qué viene?.
Me ha pillado pensando «Si Raúl no fuese
mi marido o mejor aún, si no me encontrase
acompañada por él, encantada le abría yo a ese
repartidor desnuda, sería su cena y me dejaría
comer entera.
—Me gusta tu idea, y además le podría
sugerir… —me quedo pensando unos segundos,
dudando si soltar lo que pienso o no. No sé si lo
190
que he decidido es una locura pero que salga el
sol por donde quiera—. Que hiciéramos un trío.
¿Cómo lo ves? —me mira fijamente, intentando
adivinar si lo digo en serio o me estoy marcando
un farol. Procuro que mi cara sea totalmente
inexpresiva; quiero saber hasta dónde es capaz de
llegar en su nueva faceta. Viene hacia mí con
gesto duro y, cuando parece que va a despegar los
labios para decir algo, da media vuelta y prepara
el desayuno.
—¿Estás enfadado? —no contesta, y como
está de espaldas a mí es imposible ver su cara.
Espero paciente a que ponga el desayuno
sobre la mesa. Si compruebo que de verdad está
molesto le diré que no iba en serio, que estaba de
broma; aunque realmente me gustaría hacer un
trío y que uno de los participantes fuese él.
—¿Estás molesto? ¿Tan grave ha sido? —me
mira serio, con expresión severa y silencio por
respuesta; es un silencio cargado de miedo, de
dudas y cosas por decir.
—Acompáñame al salón ¡Ahora mismo!—
dice elevando la voz. Hemos desayunado y ni me
ha mirado, la tensión cortaba el aire. ¿Qué bicho
le habrá picado? Le sigo en silencio y un poco
preocupada por lo que pueda venir ahora: no
estoy acostumbrada a verle en este estado y no
conozco sus reacciones; qué carajo al que no
conozco es a él. Un escalofrío recorre todo mi
cuerpo (cómo puede ser que después de tantos
años de casada me encuentre viviendo con un
extraño, tan tonta e inocente he sido siempre, o el
amor hace que estés completamente ciega y no te
191
deja ver ningún síntoma que evidencie que la
persona con la que estás no es quién tú crees).
—Acércate… ¡No tengo todo el día! —dice
desde el sofá. Está serio, muy serio. Me siento a
su lado y espero una nueva orden. Y, aunque me
encantaría decirle ¿de qué vas? ¿Qué coño pasa
contigo? Creo que será mejor no tensar más la
cuerda.
—No te he pedido que te sientes, ¿o sí?.
—No, lo siento yo no… —de un salto me
pongo en pie. Me agarra fuerte del brazo y me tira
sobre él, y quedo sentada sobre sus rodillas.
—Ahora te voy a dar tu merecido, has sido
una chica mala, perversa —me voltea quedando
boca abajo sobre sus piernas y, cuál es mi
sorpresa cuando, sin decir nada, mete un dedo en
mi vagina y con la mano que le queda libre azota
mis glúteos; un cachete, el otro, un cachete y el
otro… Gradualmente va subiendo la intensidad
hasta que lo hace con una violencia desmedida.
Cuando ya no aguanto tanto dolor, rompo a
llorar.
—¿Qué te ha parecido, muñeca?.
—¿Cómo…? —digo perpleja y dolorida. No
espera a que conteste y me coge como si fuera un
saco de patatas, y me lleva escaleras arriba hasta
la habitación. Me suelta sobre la cama, el culo me
arde, cómo me duele. Es increíble voy súper
excitada; creo que en unos días no voy a poder
poner las posaderas en ningún sitio y tendré que
estar de pie todo el día. No importa, estoy feliz.
¿Qué estará haciendo?: hace unos minutos
que me dejó sola en la habitación, me tiró sobre
192
la cama y bajó las escaleras. Oigo el ruido de
cajones abriéndose y cerrándose, está en la
cocina. Escucho pasos y pongo la oreja, ya sube;
espero que venga dispuesto a darme lo mío, le
deseo como nunca. ¡Trae champán! Y…, sólo una
copa (de qué va, será parte de mi castigo). Suelta
el champán y la copa sobre la mesilla y mete la
mano en su pantalón y saca… ¡La corbata que le
regalé! No tenía ni idea de que la había cogido de
casa, estoy intrigada ¿para qué la querrá?.
—¿Cómo te encuentras, princesa? —dice,
con una sonrisa perversa.
—Todo lo bien que se puede estar cuando
tienes el trasero que te arde. Lo debo tener más
rojo que un tomate porque me duele mucho. Y, si
con lo que has hecho se esfumase tu enfado, lo
daría por bien empleado.
—No, si esto aún no se ha acabado, todavía
no, acabamos de empezar —me mira serio y lo
reto con la mirada; la situación ya me asquea. Se
acerca a mí y me agarra por las manos, las une
por las palmas y me las ata a la espalda con la
corbata nueva: quedo boca abajo e indefensa. Me
muerde los lóbulos de las orejas, primero uno,
luego otro, tira de uno y lo suelta, tira del otro…
Entre eso y que estoy indefensa mi deseo se ha
disparado como un cañón. Y, si no me penetra
pronto voy a gritarle: fóllame, hazme tuya,
metérmela por donde
—¿Quieres champán…? —interrumpe mis
pensamientos.
—¡Claro que quiero! —se ha subido sobre
mí, coge la copa y le da un sorbo, acerca su boca a
193
la mía y besándome pasa el champán de una boca
a la otra; aún está fresco y las burbujas provocan
un agradable cosquilleo en mi boca.
—¿Quieres más? —asiento, con un gesto de
cabeza. Repite la operación varias veces, me gusta
pero, sigue serio (parece que esté en un funeral y
no a punto de tirarse a su mujer).
—¡Ponte boca arriba!.
Te crees que estás por encima de mí, ese
tono autoritario no te va para nada. Siento una
súbita rabia y unas ganas locas de gritarle lo que
pienso; el deseo puede más que el desaire y
obedezco como una gatita en celo (me quedo con
las ganas de dejarlo tirado en la cama, sólo y
empalmado). Coge la copa, bebe un sorbo y
derrama un poco sobre mi ombligo. Noto un
frescor que me eriza todo el vello, mis pezones
reaccionan y se ponen duros como garbanzos; la
sensación me excita tanto que, aunque me estoy
clavando las manos aguanto estoicamente. Boca
abajo y con las manos atadas a la espalda es una
cosa pero, panza arriba duele. Mete la punta de
su lengua en mi ombligo y la hace girar, me
arqueo ¡¡¡cómo me gusta!!! Lo repite una y otra
vez. Su lengua recorre mi cuerpo con una avidez
desconocida y tengo impregnado de champán
hasta el último poro de mi piel. Me voltea y siento
un gran alivio, mis manos no presionan mi
espalda, así mucho mejor. Eleva mi cabeza
sujetándome por la nuca con una mano y con la
otra acerca la botella a mi boca para que pueda
beber de ella. Doy un largo trago y le dedico a mi
amor una sonrisa en señal de lo agradecida que
194
estoy «éste es el tipo de hombre que quiero en mi
cama y éstas son las cosas que deseo que me
haga» Desde que he descubierto lo fogosa que
puedo llegar a ser, el polvo descafeinado ya no me
llena ni me satisface. En estos instantes me siento
la mujer más dichosa del mundo; ojalá nos
quedásemos aquí, aislados del mundo y de
nuestros fantasmas. Sigue serio, tiene cara de
perro apaleado y no sé qué hacer ni qué decir y
me encuentro en una disyuntiva; por un lado la
actitud me molesta mucho pero, mientras me dé
placer y me tenga satisfecha que siga todo lo serio
que quiera. Y, si resulta que enfadado me hace las
guarradas que tanto me gustan, me veré obligada
a provocarlo más a menudo. Me cubre los ojos
con una de mis medias y me insta a que me suba
a horcajadas sobre él. No ha terminado de darme
la orden y ya me tiene encima; estoy desmadrada,
libidinosa. No veo un carajo pero, Guau sentir si
siento, me acaba de meter su porra en mi cosita,
me agarra de las caderas y me embiste con
violencia, tanta que me hace daño y espero que
pare pronto. No veo su cara y no emite ningún
sonido, no soy capaz de adivinar qué siente: si
está disfrutando o me está haciendo pagar por
sabe Dios qué. Todo es tan extraño, inusual y
rocambolesco.
—Te presento a mi buen amigo Pulguita:
disfruta de tu trío guarrilla, te lo mereces —dice,
mientras mete su dedo pulgar en mi culo «creo
que es ese dedo porque lo noto gordo». Cabalgo
despacio, no tengo ninguna prisa por alcanzar el
orgasmo y quiero disfrutar de este momento,
195
enloquezco con el morbo que esta situación
provoca en mi cuerpo —Te amo, te amo. Mi
corazón lleva escrito tu nombre a fuego; grito en
silencio.
—¡Madre mía… Qué gusto. Me has dejado
sin aliento, me tiembla todo…! —me echo a su
lado, completamente exhausta y sonrío: por fin
me folla como yo merezco… Mis glúteos aún me
duelen bastante; la fuerza empleada al darme los
azotes fue desmedida y desconsidera pero, ha
hecho algo en mí, me siento bien, muy bien: me
dejaría azotar de vez en cuando si luego me
follara así de bien. Hace unos minutos estaba
confusa, no podía ordenar mis pensamientos y
ahora…
—¡¡Qué pena, querida!! Las mujeres lleváis
siglos luchando porque se os respete y trate por
igual; muchas de ellas dejándose la vida en el
empeño por un futuro mejor para sus sucesoras.
Y de repente, a golpe de pluma, alguien monta
una increíble historia de entretenimiento. Y, está
bien, realmente bien pero, lo inaceptable es que
después de leerlo, a un sinfín de mujeres se os
gire la cabeza y deseéis a toda costa que nos
veamos “incitados u obligados” a infligir sobre
vuestros cuerpos violencia gratuita. ¿Os habéis
vuelto locas o qué os pasa por la cabeza?.
Me quedo sin habla: ha interrumpido mis
pensamientos para darme un discurso y qué
discurso. Es inevitable que esté de acuerdo en
todo lo que ha dicho sobre la perversidad sexual
pero, me ha dejado apabullada, abrumada. ¿A
qué viene todo esto…? Me desata y me quita la
196
media de los ojos. Me froto las muñecas para la
sangre vuelva a circular bien, me pican.
—Me he leído todos los libros que has ido
dejando, estratégicamente colocados, por todos
los rincones de casa —me quedo boquiabierta
mientras él continúa con su perorata—. Y, te he
traído hasta aquí para poder demostrarte que yo
también puedo ser un capullo integral: cómo ves
te lo acabo de demostrar. Y, aquí nace y muere la
bestia por y para siempre, se acabó. ¡Ahora
vístete! Nos marchamos en cuánto esté todo en la
maleta. Me da la espalda, coge su ropa y se viste.
Los ojos se me inundan de lágrimas, recorren mis
mejillas y aterrizan en el frio suelo. Se agacha
para atarse los zapatos y sin levantar la cabeza,
dice:
—Amor, yo puedo darte todo el placer que
necesites pero, esto no se volverá a repetir
¡nunca! Espero que te duela tanto el trasero que
no te permita estar sentada en muchos días —
hace una pausa y termina de hacerle la lazada al
zapato. Levanta la cabeza y me mira a los ojos;
veo un destello lástima en su mirada, acaricia mi
pelo y sigue con su explicación—: Te quiero más
que a nada en la vida, lo sabes, te lo he dicho
infinidad de veces y te lo he demostrado. Mi
anhelo es hacerte feliz pero, las vejaciones
siempre irán en contra de mis principios ya me
conoces: pienso en ti mucho más que en mi
mismo y, a menudo, me torturo pensando que
puedo perderte pero, tú deberías conocerme
mejor que nadie y saber si soy digno de ti o no.
Sólo contemplo dos opciones: volvemos a casa y
197
nos olvidamos de este triste y patético episodio y
seguimos felices juntos, o volvemos a casa y te
buscas a tu partner particular.
No sé qué pensar y el miedo se apodera de
mí: me invade una extraña inquietud y me
tiemblan las piernas, y noto una gran opresión en
mi pecho; mi corazón es una granada a la que le
han quitado la anilla. ¿Cómo hemos llegado a
esta situación pero, qué hemos hecho? Estoy
desalentada, con la moral por los suelos; nuestra
relación se degrada paulatinamente y nuestro
barco va a la deriva, se hunde. Incapaz de
controlar las lágrimas me voy al baño, cierro el
pestillo y termino de arreglarme.
Cuando regreso a la habitación Raúl sigue
sentado, de espaldas en la cama, recojo todo y lo
guardo en la maleta, en silencio «la herida de mi
corazón se ha reabierto y la sangre mana a
borbotones» Me siento muy desdichada y nada es
al azar: Raúl me ha desarmado por completo.
“Touché”.
198
Sombras del pasado
Estoy mojada, las gotas de agua corren a
mis pies y acaban estampándose en la alfombra
del baño; acabo de salir de la ducha, estoy
alargando un brazo para poder coger un par de
toallas y secarme y, oigo la inconfundible melodía
de mi teléfono móvil “Solamente tú, de Pablo
Alborán”. Envuelvo mi melena en una toalla y
rodeo mi cuerpo con la otra, me calzo unas
zapatillas y salgo corriendo; ojalá sea uno de mis
hijos, en respuesta al escueto mensaje que dejé en
los buzones de voz de sus móviles, hace una
semana que no me han llamado y no sé nada de
ellos. Han encontrado trabajo en Londres y cada
uno tiene su apartamento. Así, aunque residan en
la misma calle pueden entrar y salir con chicas, a
su libre albedrío. Creo que poco a poco les estoy
perdiendo «no me hago a la idea de no poder
verles con tanta frecuencia».
—¿Sí…? ¡Oscar!.
—¡Hola mamá!.
—¿¡Iván!? —me habla Oscar, ahora Iván;
mis hijos han accionado el altavoz de su móvil y
me hablan a la vez, aturullados—. ¡Chicos, de uno
en uno por favor! No entiendo nada con tanta
algarabía. ¡Estoy muy feliz de oír vuestras voces!
199
¿Cómo va todo por ahí, estáis bien? Llevaba días,
demasiados, sin saber nada.
—No dramatices y escucha: mi hermano y
yo tenemos un… ¡¡¡NOTICIÓN...!!!
—¿Está papá? —pregunta Oscar.
—No, no está ha salido a correr, ahora le ha
dado por ahí. Yo también suelo ir pero, estoy en
uno de esos días críticos de mujer y no me ha
apetecido ¿por qué?.
—MMM… Nosotros tenemos que deciros…
Nosotros queremos… —interviene Iván. Estoy de
los nervios; a qué viene esto, ha pasado algo. Sé
que están bien porque estoy hablando con ellos
pero, eso no evita que sienta un pellizco en el
estómago.
—¡Chicos! —digo, en un tono bastante alto y
contundente—. ¿Qué pasa? ¡Decídmelo de una
vez! —silencio, no oigo nada al otro lado de la
línea ¿Se habrá cortado la llamada? Me despego
el teléfono de la oreja y compruebo que no es así,
seguimos en contacto.
—Mamá, será mejor que abras la puerta y te
asomes al jardín delantero —sugiere Oscar,
dejándome aún más intrigada—. Tenemos una
sorpresa para ti.
Corro cómo una flecha hasta la entrada de
casa, estoy algo confusa y con el móvil colocado
en la oreja; abro la puerta y no veo nada, no hay
nadie.
—¡Estáis locos! —digo, histérica de alegría.
Acabo de ver a mis hijos saliendo de detrás de un
pitósporo y corro loca hacia ellos; el móvil se cae
al césped pero yo sigo corriendo, ya lo recogeré
200
después: ahora lo único que deseo es
encontrarme envuelta entre los brazos de mis
chicos.
Me abrazan, yo río y lloro a la vez, estoy
pletórica “me siento como una gallina clueca y
tengo entre mis alas a mis polluelos”.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —me separo
un instante pero, acto seguido ya me vuelven a
abrazar. ¡Cuánto les quiero!.
—Hola mamá. ¡Estás guapísima! Se nota
que papá te cuida bien —dice Iván, mientras
caminamos agarrados por la cintura hacia la
entrada de casa. Oscar se ha quedado rezagado
sacando las maletas del coche (esta sorpresa ha
sido confabulada entre mis niños y María, estoy
segura de que Raúl no sabe nada).
—Oscar, está tardando en entrar. ¿Cuántas
maletas traéis? —la espera me desespera. María
nos ha traído una botella de vino y unas tapas, y
Oscar aún no ha entrado, yo sigo con la mosca
detrás de la oreja «por qué han venido los dos y
sin previo aviso, habrá ocurrido algo y están de
vuelta en casa, no sé cuánto equipaje traen». Mi
pensamiento duró lo que dura un chispazo
porque el ruido de pasos evitó que yo siguiera
elucubrando.
—Mamá, te presento a Fiona y Tara. Son de
Irlanda —Oscar acaba de aparecer en el salón con
dos chicas pelirrojas, guapísimas. Las veo de
cerca y son idénticas, las miro embobada, él sigue
hablando—: Ahora, residen en Londres.
Me quedo parada sin poder reaccionar; he
visto muchas gemelas pero, tan iguales, nunca.
201
Me fijo bien, intentando adivinar cómo sabe mi
hijo cuál es quién y, entonces lo descubro (Tara
tiene tres lunares en el cuello, igual que Anna
simón). Las dos hermanas se acercan a mí y me
saludan con un breve, pero cordial, apretón de
manos.
—Encantadas de conocerla, Alba —dicen, en
un español bastante aceptable. Yo esperaba un
par de besos.
—Bienvenidas a mi casa. Y, tutearme por
favor, no soy tan mayor.
Voy de sorpresa en sorpresa: no esperaba la
visita de mis hijos y menos aún, que llegaran a
casa con dos chicas con unos enormes ojos de
color azul mar, preciosas y elegantes. Bocado a
bocado mis hijos me van contando: Fiona y Tara
tienen veinte años, se trasladaron a vivir a
Londres hace tres años y medio. Sus padres,
eminentes cirujanos, abrieron una clínica en
Kensington y les va muy bien. Las chicas están
estudiando medicina, Tara “la de los lunares”,
será Anestesióloga y Fiona Endocrinóloga.
—¿Y dónde os habéis conocido?.
—En el Hyde Park —aclaró Fiona—. Todos
los domingos vamos allí, y practicamos running y
me… ¿Cómo se dice, torcí…?.
—Sí, así es. ¡Correcto! —apunto yo.
—Pues, como te decía, me torcí un pie y me
caí, mala posición —prosiguió arrolladora—. Tus
hijos que, como bien sabrás, también son asiduos
a correr en el mismo parque, pararon y me
ayudaron a ponerme en pié. El dolor uf, era
insoportable, no podía dar un paso y ellos me
202
ayudaron a llegar hasta el coche y… Bueno, ahora
somos inseparables los cuatro; punto y final.
Perdona imperfecto español.
Sonrío divertida (juventud, divino tesoro),
observo cómo se miran; las miradas dicen
mucho, todo. Fiona está con Oscar y Tara con
Iván, tienen el mismo brillo de ojos que cuando te
acabas de enamorar. Un extraño sentimiento me
invade: celos y felicidad a la vez. Celos de ser
desplazada, relegada a un segundo plano y dejar
de ser la mujer más importante en sus vidas. Y
felicidad, porque veo ilusionados a mis hijos.
—Pero bueno… ¿Qué sorpresa es ésta, qué
hacéis vosotros aquí? —dice Raúl, irrumpiendo
en el salón. Va ataviado con el equipo de correr y,
él siempre pasa por la ducha antes de venir a mi
encuentro; dice que es de pésima educación besar
a una Dama con el cuerpo impregnado de sudor
y olor.
—Dúchate y te contamos —replicaron mis
hijos, casi al unísono.
—¿No querrás que te presentemos a estas
bellas criaturas con esas pintas? —apuntó Iván.
—Perdonad pero, os he oído hablar y no me
he podido contener: la necesidad de veros ha
podido más que el lamentable aspecto que
presento. Ahora vuelvo, estoy deseando conocer a
las chicas que os acompañan. Señoritas —dice,
haciendo una pequeña reverencia y simulando
que se quita el sombrero—. Me adecento un poco
y las atiendo cómo ustedes se merecen.
—Normalmente Raúl no es tan impulsivo —
digo, intentando justificar a Raúl.
203
—Ah, tranquila. Ya conocemos el carácter
español —apostilla Tara—. Mi hermana Fiona y
yo hemos pasado en España, desde que éramos
pequeñas, bastantes veranos. Y, hemos podido
comprobar que sois más acogedores y cariñosos
que el inglés: nosotros somos más fríos y más
serios.
—Hola, soy Raúl: el padre de estos chicos.
Hagamos como si, ahora mismo, acabase de
entrar por la puerta y el lamentable capítulo de
antes no hubiera sucedido.
Ante la inesperada situación, Fiona y Tara
ríen divertidas mientras le corresponden en el
saludo con sus respectivos nombres.
—Iré a decirle a María que os habilite con
todo lo necesario vuestras habitaciones pero, si
sabía que ibais a venir seguro que ya os la ha
preparado.
—Gracias mamá. No te molestes pero, nos
alojaremos en un hotel: ya tenemos la reserva
hecha —dice Iván. Les miro incrédula ante lo que
estoy oyendo. Continúa—. Somos jóvenes mamá
entiéndenos…. —me guiña un ojo.
—Me parece perfecto —interviene Raúl—. Es
lo más sensato; ellas estarán más cómodas y
menos…, violentas.
—Si así lo queréis, ok no pongo ninguna
objeción pero, me hacía mucha ilusión volver a
estar todos juntos.
—Y, así será. En el hotel dormiremos pero,
estaremos juntos el resto de las horas: vas a
quedar empalagada de hijos, ¿a que sí? —dice
Oscar, buscando apoyo en su hermano.
204
—Y tanto, vas a quedar tan harta que…
Desearas perdernos de vista una temporada.
Pongo cara de circunstancia (cómo va a
querer una madre dejar de ver a sus hijos).
Raúl se ofrece a enseñarles a Tara y Fiona lo
más emblemático de Barcelona; pese a haber
pasado tiempo en España no conocen nuestra
ciudad.
Hacemos una breve parada en una
chocolatería muy famosa, los pies me arden de
tanto caminar y las chicas parecen dos rosas
frescas, cómo influye la edad; me acabo de dar
cuenta de que el tiempo es inexorable. Raúl paga
la cuenta y nos levantamos, la expresión de todos
es de plena satisfacción. De repente, me veo
envuelta en lágrimas y todas las miradas apuntan
a mí.
—Lo siento, soy una madre muy boba. Hoy
no soy dueña de mis emociones; me embargó una
deliciosa felicidad cuando os vi llegar esta
mañana, eso unido a que tengo la sensibilidad a
flor de piel… Me estoy volviendo un poco ñoña.
Cambiando de tema ¿qué queréis hacer ahora?
¿Seguimos dando vueltas y cenamos por aquí o
tenéis algo previsto?.
—Ya hemos hablado con María, ella va a
encargarse de todo —dice Iván, dejando escapar
una risilla.
—Mamá, espero que no te importe que nos
hayamos tomado la libertad de pedirle a María
que nos prepare nuestro plato favorito; hace la
mejor lasaña del mundo. ¡Ya veréis chicas, qué
buena está! —apostilló Oscar.
205
Al volver a casa me dirijo a mi cuarto sin
pasar por el salón, me cambio de ropa y me
pongo unos leggins, un jersey ajustado y unas
botas deportivas; pretendo parecer la hermana
mayor de mis hijos. Después de pasar por el baño
y retocarme un poco el maquillaje vuelvo al
comedor: quiero organizar todo para la cena
aunque sea María la que cocine.
—¿¡Pero qué es todo esto…!?. Hoy voy de
sorpresa, en sorpresa. ¡Qué alegría, me va a dar
algo! —digo, muy emocionada; todo lo que más
quiero está reunido en mi salón. Han venido a
verme mis padres, mis hermanos y sobrinos.
Corro hacia ellos y nos fundimos todos en
un largo abrazo. Desvío la mirada hacia mis hijos;
es una mirada llena de gratificación y amor. Raúl
se acerca a mí y me rodea por la cintura con sus
cálidos brazos, y me estrecha contra su pecho al
notar el nudo que se cierne en mi garganta.
Inspiro y expiro profundamente intentando
normalizar mi agitada respiración.
—Me habéis hecho la mujer más feliz del
mundo; gracias, gracias a todos por la increíble y
maravillosa sorpresa.
—Es merito de tus hijos, de ellos y nadie
más; gracias a ellos estamos aquí —repuso
sonriente, mi hermana Lucía (la mayor).
—Nosotros también les damos las gracias.
Hacía tiempo que no coincidíamos todos y, es
estupendo; será un fin de semana muy especial
—adujo, mi hermano Antonio.
La velada está siendo perfecta, ya hemos
cenado y como siempre María se ha superado en
206
su labor. Ahora andamos desperdigados por el
salón, hemos formado diferentes grupos para
poder charlar: los jóvenes andan bromeando y
tomando copas, los hombres estarán hablando de
futbol y de mujeres, mis padres se han ido a
dormir. Y, nosotras estamos aquí, contándonos
confidencias; yo sólo hago de oyente, lo mío no se
puede contar, es pornográfico, inenarrable, el
simple hecho de imaginarlo las mataría, ellas
siempre han pensado que soy una mosquita
muerta. Si ellas supieran.
—Las comparaciones no son buenas, son
odiosas. Y, cuando has estado con varios eso es
inevitable, tú cómo únicamente has conocido un
varón… —dice Carla. Advierto cierta ironía en el
tono y me retraigo en mis pensamientos «Ella va
por el cuarto pene o eso dice, sus cortas y malas
relaciones no llegan puerto. Sonrío ante su
inocencia; qué fácil es simular lo que no eres y
cuanta hipocresía esconde mi silencio. Me
detesto, jugamos a ser los dueños de nuestras
vidas pero, somos simples marionetas. Todos y
sin ninguna excepción vivimos maniatados por
nuestros sentimientos, pensamientos, deseos o
sueños. Todos somos esclavos de algo o alguien;
aunque sea de una simple hipoteca».
—Tu situación es envidiable —dice Lucía,
devolviéndome al salón—. Siempre he deseado
estar en tu pellejo y vivir tu vida, en definitiva, ser
feliz.
—Y yo también, no me malinterpretéis por
favor —corrigió Carla—. Lo que he querido decir
207
es que es mejor lo malo conocido qué lo bueno
por conocer.
—Os quiero —susurro, con un leve temblor
de labios; la culpabilidad me golpea de nuevo y
las lágrimas resbalan por mis mejillas.
—Ven… tontorrona. ¿No te me irás a poner
sentimental ahora? Hemos venido hasta aquí
para verte y pasarlo bien. No es momento para
sensiblerías —dice Carla, abrazándome.
—Bueno, a ver… ¿Cómo se logra que un
hombre permanezca a tu lado después de tantos
años? —dice Lucía, para atraer mi atención.
—La pócima infalible y certera es: mucho
sexo, a raudales, respeto, amor y comprensión.
Ah y lo que es más importante, por este orden —
digo, en tono solemne. Me miran muy serias y yo
no puedo evitar soltar una carcajada. Lucía se
acerca y tomando la mano de Carla y la mía entre
las suyas, dice:
—Si eso realmente es tan fácil de hacerlo,
como de contarlo, pues venga… ¡Que así sea! ¿A
qué estamos esperando? Pongamos en práctica lo
que nuestra alocada y bella hermana dice.
—¿Y, quién soy yo para darle lecciones a
nadie? Creer lo que os voy a decir ahora: no
existe, ni existirá jamás la pareja perfecta; el ser
humano es de naturaleza imperfecta y todos
estamos llenos de imperfecciones.
—¡Qué fácil es hablar desde tu posición…! —
replica Lucía—. Vives en paz y armonía, llevas la
vida que quieres y disfrutas con los grandes
placeres: debe ser muy dulce ver pasar los días en
208
compañía de la persona que te ama y te quiere sin
reparos…
Dejo de escuchar, estoy sumergida en una
inútil conversación que no lleva a ningún sitio.
Pobre Lucía; la de palizas que le daba su marido.
Y, los otros candidatos, varios, el que no era sapo
era culebra. A mí lo último que me apetecía era
mentirles a mis hermanas, no a ellas no puedo.
Decidida a no seguir por estos derroteros, digo:
—¡Qué pena que no hayan podido venir las
parejas de Antonio y Lucas! ¿Verdad chicas?
—¡Mírala, cómo ha cambiado de tema a la
primera de cambio! —exclama Lucía, un poco
enfadada.
—Sí, así es —intervenía Carla—. Como su
trabajo es de auxiliar de geriatría, a Loli le toca
un fin de semana sí y otro no y este era sí. Y
Nerea está cuidando a su madre, que como ya
sabes, se ha roto la cadera.
¡Uf! Salvada por los pelos. He logrado que la
conversación gire trescientos sesenta grados;
ahora Lucía, que es la que más peligro tiene, nos
está explicando que la pobre Loli tiene ya una
edad para ese trabajo y no se siente capaz de
desempeñarlo al cien por cien. Y, sobre todo, que
los ancianos pesan mucho para moverlos una sola
persona…
Cuando me meto en la cama me encuentro
realmente agotada, el día ha resultado increíble,
uno de los mejores de mi vida pero, también ha
sido interminable; nos han dado las cuatro de la
madrugada entre charlas, copas y risas: Carla y
Lucía me han puesto al día de sus cosas, luego me
209
uní al grupito que formaban los hombres y hable
un rato con mis hermanos. Mis sobrinos y mis
hijos no paraban de reír y he tenido que ponerme
seria, e insistir, porque nadie veía el momento de
irse a la cama.
—¿Qué haces? Pero… ¿Sabes qué hora es? —
digo, dándole un manotazo para que saque el
dedo que acaba de meter en mi sexo. Para ser
sincera lo mueve con gracia pero, ahora no me
apetece, estoy cansada, muy cansada y quiero
dormir.
—Creo que es bastante obvio lo que quiero
de ti, sexo: por las buenas o a las bravas pero lo
voy a tener, sí. ¡No te quepa la menor duda, voy
más cachondo que un mono!.
Se pega a mí; estoy girada de espalda y noto
su aliento caliente en mi cogote, huele a destilería
y se lo hago saber:
—Hueles a alcohol y no me apetece tener
sexo: mañana te compenso, te lo prometo.
—Estoy de acuerdo en que me compenses
mañana pero… Hoy no te escapas; si ahora no te
apetece que te de gustito por el culito me haces de
vertedero… —con bastante torpeza me quita las
bragas. No me opongo, creo no vale la pena:
tardaremos más en discutir que en echar un
polvo lastimero.
—¡UY… Uyuyui… qué gusto. Esto se está
poniendo interesante.
Lleva unos minutos castigando mi sexo y
por fin me mete un dedo en el culo. Con mucho
cuidado lo mete y lo saca. ¡Guau! Ahora sí que me
ha puesto cachonda. Me pongo en posición de
210
facilitarle la embestida: quiero que le quede claro
que estoy deseando que ataque mi culito con su
enorme verga.
—Buenas noches amor. Que sueñes con los
angelitos —dice, riéndose y sacando el dedo de mi
culo. Me besa y me da la espalda.
—¿Cómo…? —replico incrédula. ¿A qué se
debe este giro tan inesperado? Si me deja así
seguramente soñaré con Nacho Vidal: seré una
protagonista de sus películas o mejor aún, “La
que protagonizará todas las enculadas”.
—Que soy un bárbaro. Lo siento, es tarde y
estás cansada. Sólo pienso en mí, perdóname.
—Como se te ocurra dejarme así salgo a la
calle y me cepillo al primero con el que me tope.
Y, no voy de farol, ¡ponme a prueba y veras!.
—Pero… ¿No estabas tan cansada que sólo
querías dormir? Anda, ven tontita, que te voy a
engrasar bien ese culito y te voy a dar placer
hasta dejarte sin aliento. ¡Me tienes loquito de
amor!.
Abre mis glúteos y me la va introduciendo
poco a poco, unos centímetros y para, otros más y
para, estoy húmeda, cachonda y con unas ganas
locas de que acelere el ritmo. No lo pienso dos
veces; doy un empujón contra su cuerpo y me
introduzco el resto de su pene, me empalo. Me
muevo desenfrenadamente y me encanta.
—No, no, para, para. ¡Este polvo es mío y se
hará al ritmo que yo marque! Tengo toda la noche
por delante.
211
Estamos en posición cucharilla y me tiene
agarrada por las caderas; entra y sale con tanta
parsimonia que me tiene atacada de los nervios.
—¡Se nos va a hacer de día! ¡Date un poco
de brío! Parece que me estés acunando en vez de
follando. ¡Me aburro…!.
Sale de mi interior y se gira, dándome la
espalda.
—Pero… Si sólo quiero que me des mucha
caña, me tienes totalmente encendida ¿no has
notado mi humedad? —es tanta mi indignación
que el tono que empleo al hablar es más alto de lo
que pretendía.
—Me agarra la cara con ambas manos y me
mete la lengua hasta la campanilla, luego me la
vuelve a introducir: me coloca bocabajo, pone
una mano sobre mi sexo y cabalga a un ritmo
frenético; muero de placer y tengo numerosos
orgasmos.
—Venga cariño vamos a dormir ya. ¡Me
haces perder muchas horas de sueño! —dice, en
tono burlón. Me besa y me muestra una amplia
sonrisa. ¡Cuánto le quiero!.
212
descubierto que soy cómo el león; necesito sexo
cada cuarto de hora) me da tralla hasta dejarme
exhausta.
—Hola Daniel ¿Cómo va todo?.
¿Qué…? Me acabo de quedar muerta. ¿Mi
marido está llamando a su ex? ¡No…! No doy
crédito a lo que está pasando «¡No, No y No,
ahora no…!» me repito a mí misma. Pongo la
oreja; quiero enterarme bien de qué va esta
historia.
—Sí yo bien. Necesitaría que me pasaras el
dossier 069.
No oigo nada, me impaciento. Espero unos
segundos y de nuevo oigo hablar a Raúl. Aguzo el
oído; no quiero perder detalle.
—Ya… Ya te entiendo. Bueno, si te va bien y
te apetece… Ven a cenar mañana y me lo traes.
Me harías un enorme favor.
De nuevo silencio. Estoy muy nerviosa, mi
corazón bombea fuerte y sin control (Toc Toc
Toc… Zumba en mis oídos). Y, esta vez no es
cuestión de segundos la espera; no sé qué estará
diciendo Daniel pero, hace tres minutos o más
que Raúl no dice nada.
—Sí. Si aquí en mi casa. No, no pasa nada.
Ok gracias. Hasta mañana.
Raúl ha hablado desde el distribuidor que
da al comedor (a escondidas, para que yo no
pueda enterarme de nada). Cuando finaliza la
conversación vuelve al salón y se sirve una copa
de vino “¿Y yo qué, no estoy?” pienso muy
cabreada. Se sienta totalmente abstraído en el
213
sofá, le da un sorbo al vino y simula leer un
periódico. Mi ego queda por los suelos y grito:
—¡¡¡Oye tú, que estoy aquí!!!.
—Lo siento… Ahora mismo te traigo una —
se levanta y camina cómo un autómata; el haber
hablado con…, no puedo ni nombrarle, le habrá
removido sus sentimientos pero no siento pena
por él sino un asco tremendo.
—Lo siento yo… —vuelve a disculparse—. Te
he visto tan enfrascada en la lectura que… no he
pensado. ¿Me perdonas?.
—¡Pues no! ¡Y tanto que no! No te pienso
perdonar! —suspiro y tomo aíre; no quiero decir
nada de lo que luego me pueda arrepentir, debo
ser cauta—. ¿¡Me vas a contar de una vez qué has
hablado con Daniel o te lo tengo que sacar con
pinzas!? —suelto sin respirar y de un tirón.
—Eh… —exclama, abriendo bien los ojos.
Parece desconcertado pero enseguida recupera la
normalidad—. Ok. Ya lo hablaremos más tarde.
¿Por qué no disfrutamos del vino?.
—Oh vamos… ¡Deberías contármelo ya! Y,
no sólo lo que habéis hablado sino el porqué se ha
roto la relación.
—¿Qué…? Ah… —aprieta los labios y a mí
me da un vuelco el corazón. Se encoge de
hombros y me mira fijamente; hay dolor en su
mirada, mucho. Un hondo pesar se apodera de
mí, aún así no puedo contener la rabia.
—¡Esto es ridículo, suéltalo ya! —le espeto.
Intuyo que está irritado, triste y contrariado.
—¡Muy bien, ganas tú! Te contaré todo lo
que hemos hablado hoy pero, del resto ni una
214
palabra: ya te lo advertí hace tiempo —desvía la
mirada hacia el buffet pero, al final me mira a los
ojos decidido a abordar el tema—. Daniel vendrá
mañana a cenar, necesito unos papeles; sólo le va
bien sobre las nueve y no me apetece quedar con
él fuera de aquí. No he visto otra salida. Yo… —
inspira profundamente—. No tenía, ni idea, de
que me faltase ese dossier y, después de buscarlo
por todas partes y no aparecer, llegué a una
conclusión; Daniel no me lo había entregado
cuando dejó su oficina. ¿Lo entiendes ahora?.
—Sí, supongo que sí —musité, a la vez que
negaba con la cabeza.
—Yo… Bueno, si quieres le digo de quedar
fuera de aquí.
—Ya nada importa… Me voy a acostar que
me duele mucho la cabeza —digo, al tiempo que
dejo sobre la mesilla la copa. Me levanto con la
intención de salir cuanto antes de allí, siento una
intensa opresión en mi pecho y me falta el aire. Él
se queda impávido en el sofá mientras yo me
alejo.
No me puedo dormir, doy vueltas y vueltas
en la cama y el reloj no avanza. A las cinco de la
mañana, incapaz de soportar ni un minuto más,
decido levantarme. Me desnudo y me meto en la
ducha; intentando que el agua arrastre y se lleve
mis amargos pensamientos. He dedicado meses a
volver a querer a Raúl, lo había logrado: ahora
era plenamente feliz y fiel, había dejado atrás las
aventuras amorosas. Lo que más me duele es que
hace sólo dos días que había decidido rescindir el
contrato de mi pequeño loft, mi picadero vaya.
215
Creía, firmemente, que el pasado estaba muerto y
enterrado, había cambiado muchos aspectos de
mi vida; evitaba encontrarme con Borja en el
Club de Polo porque sentía una gran atracción
por él. Quizás, debería tener otra aventura… Un
inesperado brazo agarra mi cuerpo y tira de él
hacia atrás, dejo las elucubraciones para otro
momento y agarro el gel en el aire (debido al
sobresalto se me ha ido de las manos y de poco no
cae).
—Me estaba preguntando… si querrías que
te hiciera el amor: me he despertado guerrero.
—Mira amor, en realidad lo que de verdad
me apetece es —no puedo continuar hablando,
me ha llenado la boca con su lengua.
—Sé que te resultará incomprensible todo
esto pero, ¿tú confías en mí? —dice poniendo
cara de corderito—. Yo sólo… necesito tiempo.
Antes de que pudiera considerar qué era lo
que intentaba decirme, volvió a besarme, esta vez
agarrándome por las caderas y apretando su
cuerpo contra el mío “caramba cómo se le ha
puesto el falo” mientras juega con su lengua en
mi boca. Acto seguido conduce mi cuerpo hasta el
rincón de la ducha y me pone contra la pared, me
coloca el pelo por detrás de las orejas y me vuelve
a besar.
—Te quiero. ¿Lo entiendes princesa? Eres
preciosa. ¿Qué hombre no querría estar en mi
lugar? Yo soy el elegido y el afortunado por tanto,
no te voy a fallar: te voy a follar —dice mientras
me gira y mete su enorme miembro erecto en mi
sexo, desliza sus manos por mi trasero hasta
216
posar un dedo en mi entrada. Yo ya estoy húmeda
y dispuesta. Él lo nota y me penetra por detrás,
con una fuerte embestida y sin preparación
previa. Me contraigo, me duele.
—¿Estás bien… Te he causado daño? Lo
siento: soy consciente de mi brusquedad pero…
No sé en qué estaba pensando. Perdóname.
La realidad era que sí; me había dolido, y
me había mordido el labio para no gritar pero, a
la vez, deseaba que me lo destrozase.
—No te preocupes, estoy estupendamente.
Y, sobre todo no te pares que… ¡Me has puesto
como una perra! Oh, perdone letrado se me ha
escapado un taco.
—La voy a tener que amonestar: señorita,
separe bien las piernas.
Mis músculos se tensan y se preparan para
sus fuertes acometidas pero, él es todo un
caballero; con movimientos suaves y agradables
me lleva al éxtasis y logro tener tres orgasmos. Él
lucha por no correrse pronto y de vez en cuando
para, para besarme, dejando su duro miembro en
el interior de mi culito; yo le dejo hacer el papel
de dominador: que sea él el que marque los
tiempos (sólo pretendo olvidarme, aunque sea
por unos minutos, de aquello que atormenta mi
cabeza y oprime mi estómago). Mientras seco mi
cuerpo le observo; se le ve tranquilo y parece
contento, ojalá tuviera yo ese temple. Viene hacia
mí y me besa de nuevo.
—Te quiero, no cambies nunca… Tu forma
de ser saca lo mejor de mí.
217
Me lo dice tan cerca del oído que me suena a
música celestial. Mi cuerpo reacciona; tengo un
agradable cosquilleo en mi zona erógena y unas
ganas locas de que me posea de nuevo.
—Me has dejado con hambre. ¡¡Fóllame!!.
—¡Eh… esa boquita qué te la lleno! Si es
necesario te lo hago mil veces: lo que haga falta
hasta que la señora quede saciada.
Lo miro un instante, su respuesta me ha
cogido por sorpresa y no sé qué contestar. La
manera en que me mira, me pone.
—Pues no pierdas un segun… —no me deja
terminar la frase, tengo su lengua jugando en mi
boca. ¡Oh my Goodness que bien besa! Me coge
en brazos y me lleva hasta la cama. Su boca busca
la mía y nos fundimos en un largo y apasionado
beso (espero que tenga los ojos bien abiertos o, la
leche que nos daremos será tremenda).
218
—Gracias. Tú tampoco estás mal —fuerzo
una falsa sonrisa, el corazón me va a mil.
Me he vestido cuál mujer que espera la
visita de una rival, la más zorra, la menos fiable.
Sabedora de que está loca por su marido y, para
más desdicha el marido le hace ojitos (si a mi
marido se le ocurre compararnos, que vea que
todavía estoy de muy buen ver), he elegido un
cortísimo y escotadísimo vestido. Cuando Raúl
me vio arreglada, me preguntó: «Tú recuerdas
que hoy tenemos un invitado» Le miré como si le
perdonase la vida. Él creyó que me había
ofendido e intento disculparse pero, tomó aire,
me miró a los ojos y me ofreció una copa. Nos
quedamos sentados, en silencio. Daniel ocupaba
mis pensamientos y estoy segura que los suyos
también. Le observé mientras bebía, abstraído en
sus historias, en sus ojos había una mezcla de
preocupación y excitación; tenían un extraño
brillo. Una rabia contenida invadió mi ser.
—Siéntate, pondré las flores en agua. Son
muy bonitas, gracias —me contoneo para que sea
consciente de que conmigo tiene una fuerte
competencia y que tiran más dos tetas que dos
carretas, o eso quiero creer.
Intentamos aparentar que no ha pasado
nada, no perder la compostura pero, la tensión es
palpable: hablan de procesos, burocracia y
pepinos en vinagre, no les escucho, me resbala
todo. Intento, sin ningún éxito, ponerme una
armadura para que mi corazón malherido no se
resienta.
—¿Tomamos otra? —sugiere Raúl.
219
Daniel acerca su copa y con un increíble
descaro roza la mano de Raúl. Yo ya no puedo ni
quiero mantener la compostura. Ya no. Todo
había retornado, con tal intensidad, que sólo oía
gemidos, jadeos y el retozar de sus cuerpos
hambrientos. Creí que me volvía loca y perdía la
razón. Me entra pánico y quiero gritarles: lo sé
todo, sois unos cerdos pero…
—Acabo de recordar que…, dejé la ventana
del baño abierta, voy a cerrarla disculpadme —
digo, trastabillando con la pata de la mesa y a
punto de darme una leche, por suerte, mis
reflejos logran mantenerme en pie.
Cuando vuelvo al salón no veo a Daniel, no
está por ningún sitio. Respiro aliviada y digo:
—¿No está Daniel, se ha ido?.
—Hace diez minutos ¿Estás bien…? ¿Cómo
has tardado tanto?.
—No me ha sentado nada bien la cena —
miento, o quizá no, tengo un malestar general.
—¡Bueno, ya está! Ya podemos volver a
nuestra rutina.
Está delante de mí y no sé qué hacer. Le
noto incómodo; quizás arrepentido de haber
invitado a…, su ex.
—¿Te ha afectado verle de nuevo? —sin
darme cuenta he verbalizado mi pensamiento. Se
ruboriza y mete las manos en los bolsillos;
debería haberme mordido la lengua pero, ya no
hay marcha atrás. Me mira serio, contrariado.
—¿Nos acostamos? Ya sé que todavía es
pronto pero… Estoy un poco cansado.
—Ves tirando…, ahora voy yo.
220
Decido quedarme algún tiempo más en el
salón, estoy demasiado nerviosa para meterme en
la cama, además, he bebido bastante y no me veo
capaz de controlar mis instintos; siento una
enorme necesidad de acribillarle a preguntas
pero, eso no sería bueno para ninguno de los dos.
Me sirvo una copa de Ron añejo y me llevo la
botella conmigo, la dejo en la mesilla del sofá y
me tumbo.
—Cariño, cariño despierta —alguien me
zarandea—. Ven, vamos a la cama —vuelvo a oír
la voz, abro los ojos y veo a Raúl que me coge en
brazos para llevarme a la habitación.
—Quiero quedarme aquí, no quiero ir a la
cama —lloriqueo, arrastrando las palabras.
Se gira y mira en dirección al sofá; seguro
que ha visto el ron o, lo poco que queda en la
botella.
—¿Qué has hecho, insensata?.
—Yo… Yo…
—¡Vamos, tira para la ducha, anda! —dice
agarrándome de los hombros. Me lleva hasta el
baño, abre el grifo y mientras espera que llegue el
agua caliente me desnuda.
—Estoy buena verdad… ¿A que sí? —me doy
cuenta que me cuesta vocalizar y me río a
carcajadas.
—¡SHH, calla, no son horas!.
—Qué serio y formal es mi maridito, a veces
hasta puedes llegar a ser aburrido —los niños y
los borrachos siempre dicen la verdad.
—Siento mucho si te he fallado esta noche,
¡ahora pasa a la ducha! —replica indignado.
221
Agacha la cabeza y respira hondo mientras me
enjabonaba el cuerpo, cuando pasa junto a mi
sexo me estremezco, mi cuerpo reacciona a sus
manos (estamos desnudos). Estoy borracha y voy
cachonda; la combinación perfecta. Me arrodillo,
me meto el falo en la boca y lo succiono con
ímpetu; con la rabia acumulada durante el día.
Rabia, celos y una porción de odio, sí odio, me
acabo de dar cuenta, le odio a él, odio a Daniel y
sobre todo me odio a mí misma: por lo que era,
por lo que había sido y por lo que seguro sería de
aquí en adelante. «El pasado volvía, y lo hacía
aplastándome con su larga y oscura sombra».
Cuando su miembro ya está vigoroso me pone
contra la pared, entra en mi sexo y lo hace suyo,
lo maneja a su antojo; mi mente viaja lejos de
aquí, me siento abatida, desconcertada y con un
terrible dolor de cabeza. Han sido demasiadas
emociones… Dios mío qué lío tengo en la cabeza:
mi cuerpo pedía sexo, mi mente pedía calma y mí
estomago pedía a gritos vomitar, y vomité, allí en
la ducha y con el falo de Raúl en mi interior.
—Este es el resultado de tu insensatez. ¡Te
has bebido hasta el agua de los floreros! —dice,
recogiendo mi pelo hacia atrás. Me limpio la boca
con el dorso de la mano y no sé qué decir; tenía
toda la razón pero, yo también tenía mis razones
para hacer lo que había hecho «acaso podía él
imaginar cuánto me había afectado la visita de
Daniel, no, por supuesto que no». Él no ha vivido
la amarga experiencia de estar bajo la cama
mientras yo fornicaba con otros, ni le retumban
en la mente las guarradas y gruñidos de placer
222
que a mí me atormentan. No, no soy una santa
pero para él es más fácil «Ojos que no ven, ostia
que te ahorras». Limpia la ducha, me atrae hacia
él y me abraza. Noto que aún le queda algo de
erección y me echo a llorar.
—Sabes que te quiero y me puedes contar
cualquier cosa ¿verdad?.
—Dejemos eso, por ahora… —empiezo a
decirle mientras me seco—. No quiero ponerte en
un compromiso pero, algún día, en algún
momento, nos sentaremos y nos sinceraremos.
Yo también…
La cara de Raúl iba cambiando de color, en
un momento pasó por diferentes tonalidades
pero, no estaba dispuesto a concederme nada y
rápidamente cambió de conversación.
—Ven —me abraza de nuevo—. Vamos a la
cama; mañana, verás las cosas de otra manera.
Cuando tu cuerpo elimine el exceso de alcohol te
sentirás mejor. No iré a la oficina, a primera hora,
me voy a quedar a cuidarte.
Me despierto de golpe, tengo el estómago
revuelto y estoy empapada en sudor (he tenido
una pesadilla), intento calmarme y me seco el
pecho y el cuello con la sábana. Quiero dormir y
sé que no lo voy a lograr; estoy nerviosa y me
revuelvo inquieta bajo las frías sábanas de seda.
Misión imposible, tiro la toalla. Me siento en la
cama y me quedo mirándole: parece que no ha
roto un plato en su vida. Aprovecho que está
dormido y le digo:
—Tú no te preocupes amor mío. Esto que
nos ha sucedido parece sacado de una película de
223
serie B (las que proyectan en las sobremesas de
los domingos) pero, si yo te quiero y tú me adoras
nadie podrá separarnos jamás.
—Y yo amor —susurra, completamente
dormido.
Me sobresalto al oír el beep beep de un
mensaje entrante en el móvil de Raúl. Al abrir los
ojos me doy cuenta que estoy sola, no veo a Raúl.
Presto atención y oigo correr el agua de la ducha,
aprovecho para mirar qué ha sido lo que le ha
llegado: jamás le he controlado el móvil, es mi
primera vez y eso me excita y me provoca un
cosquilleo en el estómago, nada agradable por
cierto. Arrastro la pantalla; no quiero que se abra
el mensaje, sólo quiero saber de qué va. No sé por
qué pero no me sorprende saber que es Daniel el
emisor. No puedo leerlo todo porque para eso no
basta con arrastrar la pantalla, debería abrirlo
pero, no lo voy a hacer.
Releo por cuarta vez:
Ayer quedé muy tocado y siento una gran
necesidad de verte. Llámame...
Me levanto lo más serena que puedo y me
voy al baño de los chicos. Entro con cuidado de
no hacer ruido y cierro la puerta con pestillo; no
quiero que María venga a ver si necesito algo.
—¿¡Qué es esto, qué leches está pasando
entre estos dos!? —digo en voz alta. Me siento
muy vulnerable. Intento controlar el pánico que
se ha apoderado de mi cuerpo. Está todo bien
tranquila, Raúl no le contestará.
—Buenos días ¿Dónde andabas? —dice
Raúl, al verme aparecer en la habitación. Se está
224
vistiendo y veo que la pantalla de su móvil está
iluminada, eso sólo significa una cosa: ya ha visto
el mensaje y lo ha leído. Sin perder un solo
segundo le someto a un tercer grado:
—¿Te ha llamado alguien?.
—No, ¿por?.
—No, por nada… La pantalla del móvil se ha
encendido, y yo…
—He mirado qué hora es.
¡Mentiroso! Grito en silencio; tenemos un
despertador justo al lado de donde está su móvil e
indica la hora exacta y con números enormes.
Veo que le cambia la expresión de la cara, es
culpable, lo ha leído, será capullo.
Acabamos de desayunar y se va al baño a
lavarse los dientes y, como cada día, deja su móvil
en la mesa de la cocina. No puedo perder un sólo
segundo, lo cojo y lo pongo en silencio para
trastearlo a mi antojo. Qué es lo que veo: ¡lo ha
borrado, no me lo puedo creer! Después de leerlo
ha hecho desaparecer las pruebas del delito. Me
tiemblan las piernas y el corazón se me acelera.
Vuelvo a ponerle el sonido y lo dejo de nuevo
sobre la mesa, en la misma posición que lo
encontré (me he asegurado de quede tal y cómo él
lo dejó).
Son las once cuando se marcha de casa, ya
no volverá hasta la tarde y tengo unas horas por
delante para pensar: necesito estar preparada
para lo que se me viene encima. Necesito tener
un plan B. Me levanto temblando y me dirijo
hacia mi habitación. Llevo varias horas dándole
vueltas a la cabeza y por fin sé qué debo hacer:
225
acabo de recordar que en una de las veces que
estuve en el Speed Dating conocí a un tipo un
tanto peculiar, un espécimen que aseguró que era
detective privado, busco en la libreta de mis notas
¡Voilá aquí está!: Rodolfo, treinta años, metro
sesenta y cinco, parecido a… No, éste es más feo
pero le da un aire a Santiago Segura…
Dejo de leer las florituras y voy directa a lo
que me interesa, el teléfono.
—¿Rodolfo Berenger?.
—El mismo al aparato. ¿Con quién tengo el
gusto de hablar?.
No me lo puedo creer hasta por teléfono es
Hortera, con mayúscula.
—Una posible clienta. Yo… —Pero… —dice
interrumpiéndome—. ¡Eso es imposible! Este es
mi número particular y yo —Ya, ya lo sé —ahora
soy yo la que no le deja continuar—. Un día, una
conocida mía te contrató: no te diré su nombre
pero, me dijo que eres serio y que trabajas muy
bien. Quería saber si puedo contar contigo en
caso de necesitarte, no lo sabré hasta dentro de
unos días. ¿Cómo lo tienes?.
—Ah, ok vale. Si lo necesitas, me vuelves a
llamar y quedamos para que me expliques.
Intento concentrarme en la lectura pero,
imposible; por lo visto ya han cogido al asesino y
yo no me había percatado de ello, le estaban
interrogando por tercera vez… Llevo más de diez
páginas leídas y no recuerdo una sola palabra.
Cierro el libro y me pongo música; dicen que la
música amansa las fieras, ojalá la pantera que
llevo dentro se calme antes de que llegue Raúl.
226
Son casi las nueve de la noche y Raúl no ha
aparecido por casa, no ha dado señales de vida:
eso es extraño, no es típico de él. Sin embargo,
esta vez no le pienso llamar, no. Estoy enfadada y
tengo miedo, miedo de descubrir que está con
Daniel.
—Hola, ¿estás bien…? —me encuentra en la
cama y son las nueve y media de la noche. ¿Qué
podía decirle? Que había metido la pata, que
había sido una idea horrible invitar a ese, que a
qué coño jugaba. No, esto último podía pensarlo
pero no decirlo; esas palabras no son las
adecuadas para una mujer de mi posición.
—Sí —suspiré triste.
—¿Seguro…?.
—Sí, si tranquilo, no es nada.
—Traigo un hambre canina. ¿Cenamos ya?
Espero que no estés así por mí. ¿Recuerdas a
Juan? —asiento sin interrumpirle—. Ha venido
esta tarde al buffet para que le llevemos un caso
muy importante. Ya sabes cómo van estas cosas,
te quieres poner un poco al día y las horas se van
en un suspiro.
¿Será verdad? Tiene un brillo especial en la
mirada y cuando me besó su aliento no olía a
alcohol. Juan había tenido un problema con la
bebida pero, estaba superado: ahora no bebe ni
una sola copa, jamás.
—Entiendo, no pasa nada.
Me levanto con desgana y le acompaño al
salón: María lo ha preparado todo sobre la mesa y
ha desaparecido, esto ha sido cosa de Raúl: María
le habrá dicho que no hoy no he tenido un buen
227
día, que he estado rara, y él querrá compensarme
por llegar tarde.
—La pareja de Juan le ha llamado cuatro
veces. ¡Qué mujer, cómo controla! Yo no podría
vivir así: Juan me dijo que es buena mujer pero
que ya no se fía de ningún hombre. Su anterior
pareja le ponía los cuernos continuamente.
—Pobre mujer, lo ha tenido que pasar muy
mal —respondo con voz compasiva, pero, estoy
que boto de alegría. Marina: que así se llama la
actual pareja de Juan, va conmigo al gimnasio,
mañana compruebo si esto es cierto o no (hace
una semana que Marina empezó en el gimnasio y
no se lo he comentado a Raúl, por tanto, no sabe
que su coartada pende de un hilo). Jamás me
había cuestionado lo que él me decía. Me creía a
pies juntillas todo....
No me podía dormir, quería que la noche
desapareciera a toda velocidad, necesitaba con
urgencia ir al gimnasio, que Marina confirmase
que la explicación que me había dado era veraz.
—¿Qué ocurre? te noto intranquila. Estaba
pensando que a lo mejor lo que necesitas para
dormirte es una buena inyección de sexo —dice,
encendiendo la lámpara de la mesita de noche y
mirándome con lascivia.
—Nunca dejas de sorprenderme. ¿Me lees
el pensamiento? —eso es lo que contesto pero,
realmente lo que estoy pensando es: si hoy no me
tocas el culito es que vienes harto de… Ese
pensamiento me provoca dolor (cómo si un oso,
de un zarpazo, me rasgase el corazón). Me besa y
espera a que yo me quite las braguitas. Me besa
228
de nuevo; es un beso tierno pero intenso. Se
aprieta contra mí y noto su erección y cómo se le
acelera el ritmo cardiaco; saber que me desea
tanto como yo a él me da un poco de tregua.
Aunque en este momento la relación me parece
más física que emocional, me da igual, no me
importa: sólo quiero olvidarme de todo, dejarme
llevar y disfrutar de este momento de desenfreno.
Raúl se coloca encima de mí y me penetra de un
solo empellón se mueve a buen ritmo, rápido y
acompasado. Cuando considera que ya estoy a
punto de llegar al clímax, me voltea sin sacarla y
se queda inmóvil unos segundos. Empiezo a
notar cómo le bombea la sangre en su miembro y
eso me acelera aún más y digo:
—¿Quieres entrar en mi guarida?.
—¿Qué crees que espero, el tren…?: estoy
esperando a que me baje un poco la erección. Si
Amor, si te la meto tal y cómo la tengo ahora te
puedo partir en dos.
—Dios mío… ¡Qué salido estás! —digo, en
un estallido de risa. Me busca la boca y me besa,
primero con lengua, luego mordisqueando mis
labios, me deshago. Los preliminares se me
antojan eternos y mi culito le pide a gritos una
visita.
—Me tienes ebrio de amor —dice, mientras
prepara mi culito para darle merengue. Respiro
hondo y me preparo para que me asalte.
Me arqueo de placer a cada embate y
nuestros cuerpos se acoplan con una precisión
suiza; cómo nos entendemos de un tiempo acá.
«Por favor, ruego en silencio; que Marina me
229
confirme todo lo que mi marido me ha dicho,
necesito que sea verdad, mi futuro depende de
ello». Cuando me llega el orgasmo me permito
chillar más de lo necesario (he logrado liberar
parte de la tensión acumulada durante el día y me
siento algo mejor).
Un aire frio corre por mis vertebras y abro
los ojos desesperada. Me siento en la cama con
un rápido movimiento. Soy consciente de que es
una pesadilla, terrible y angustiosa pero, sólo es
eso una pesadilla. Las sábanas están mojadas y
estoy temblorosa; siento como si una enorme
piedra oprimiera mi corazón y aunque todo ha
sido un sueño, mi dolor es real.
Estoy sola, Raúl se ha ido temprano y me ha
dejado una nota sobre la mesilla. La leo:
Me he tenido que marchar muy temprano.
Perdona amor: ayer con toda la movida se me
olvidó comentártelo pero, voy a llevarte a
comer a un sitio increíble… Te recojo a las
dos. Ah… Y no te arregles mucho que el sitio
es un tanto rústico.
Me visto y me dirijo rápida al gimnasio,
estoy ansiosa por ver a Marina.
Termina la clase y ella no ha aparecido, me
voy a la ducha con la moral por los suelos, no
tengo el cuerpo para tanta espera: en cuanto me
vista iré a recepción y les pediré su número de
teléfono, me las tendré que ingeniar para que me
lo faciliten, no será fácil.
A las dos en punto suena un claxon, sé que
es Raúl y salgo corriendo a su encuentro.
230
—¿Son para mí? —recojo el ramo de flores
que ha dejado en el asiento del acompañante.
—¿Para quién van a ser? ¿Te gustan?.
—¡Claro que sí, son mis favoritas!.
—¡Toma, tápate los ojos con mi corbata!.
Entre bromas y risas hago lo que me pide. El
día está precioso, y los juegos me divierten y
excitan sobremanera. Me acomodo en el asiento y
me dejo llevar; no sé adónde me lleva pero, poco
me importa, me siento eufórica, pletórica, feliz.
Recuerdo el encuentro con Marina y río para mí;
yo salía del gimnasio dispuesta a llamarla en
cuanto saliese por la puerta y, de repente la vi,
caminaba hacia mí y venía muy acelerada,
remangada, sofocada. Aún no había llegado junto
a mí y dijo:
—Hola, venía buscándote a ti.
—¡Pues ya me has encontrado!.
—¿Nos tomamos un café, o tienes prisa?.
Nos fuimos a un bar y nos sentamos en la
terraza; ella necesitaba fumarse un cigarrillo y a
mí me daba igual estar dentro o fuera. Le costó
entrar en materia e iba dando rodeos, yo lo noté y
aguardé tranquila, sin decir una palabra. Y, sin
tener que ponerme en evidencia, me enteré.
—¿Esa pícara sonrisa es por mí?.
—Me pone muy cachonda ésta inesperada
situación —digo lo primero que se me pasa por la
cabeza y vuelvo a recordar: Marina estaba más
preocupada que yo, la pobre tenía miedo de estar
siendo engañada de nuevo. Cuándo por fin se
decidió y me confesó sus temores ambas reímos
aliviadas.
231
—Mozo… tráiganos un buen champán por
favor. Estamos de celebración —dijo Marina, en
cuanto apareció el camarero.
Mientras saboreábamos aquél maravilloso
líquido Marina me ponía al día de las vicisitudes
por las que había pasado con su anterior pareja;
el ex marido estaba hecho un perla y por esa
razón ya no se fiaba ni de su padre. Cuando
intenté levantarme para irme a casa, la cabeza me
centrifugaba pero, no me importó, todo lo
contrario lo di por bien empleado. Y, aunque tuve
que aguantar sus continuos lloriqueos; más de
una hora, me compensó «las mujeres, en general,
tenemos la sana costumbre de expresar nuestras
emociones y nos sinceramos unas con otras. Y,
los hombres, no, ellos se encierran en su dolor y
se dejan atormentar por sus pensamientos». Ella
lloraba de emoción, estaba feliz; por fin había
conocido a un hombre fiel.
Oigo el ruido de una puerta corredera. ¿Se
está abriendo? ¿De quién será, con quién habrá
quedado? Descubre mis ojos y dice:
—¡He aquí la sorpresa!.
Me encuentro delante de una bonita casa,
parece un pequeño y antiguo palacete de estilo
colonial. Miro el reloj y veo que estamos a dos
horas de casas; el trayecto se me ha hecho corto y
agradable. Entre charlar con mi marido y el
recuerdo de mi conversación con Marina, ni me
he enterado.
—¿De quién es esta casa, hay alguien?.
—Influencias que tiene tu maridito. Me la ha
dejado un cliente.
232
La casa es preciosa, los muebles son de la
época en que se construyó y todo se conserva en
perfecto estado. La voy recorriendo estancia por
estancia; Raúl me ha pedido que me dé una
vuelta y en veinte minutos me reúna, de nuevo
con él, en el comedor.
—¡Guau, qué casa! ¡Casi me pierdo! —me
quedo parada al entrar en el comedor: hay una
mesa preparada con un exquisito surtido de
viandas—. Y… todo esto es…
—Ven, siéntate aquí —dice palmeando la
silla que hay junto a él—. He contratado a una
empresa de catering para que lo prepare todo y lo
traiga, yo sólo lo he servido. Como has podido
comprobar estamos solos tú y yo —al decir esto
último, se frota las manos.
—Me alegro, porque traigo mucha hambre
—me paso la lengua por los labios, despacio, muy
despacio; insinuándome.
—UMM… Cómo me estás poniendo: llevo
todo el día pensando… ¡Verás lo que te espera! —
se inclina y me besa, me muerde el labio inferior
y tira suavemente de él y lo suelta y vuelve a tirar
y lo suelta… No puedo esperar a terminar de
comer «Voy más cachonda que una jauría de
perros al oler una perra en celo». Me desnudo
rápida, quedando la ropa del revés, quiero
fundirme con él. Me coge en brazos y así me lleva
hasta una habitación (cuando me paseé por la
casa estaba cerrada con llave y no pude entrar).
Mete la mano en un bolsillo y saca una llave, la
coloca en la cerradura, la hace girar y, qué
pasada; no se me caen las bragas de la impresión
233
porque no llevo. La habitación es un espectacular
baño con un Jacuzzi para unas seis personas y
está lleno de agua caliente; el vapor lo ha
empañado todo. Raúl abre el grifo y deja correr
el agua. Entramos y aún está demasiado caliente,
Raúl da a un botón insertado en el Jacuzzi y una
puerta se abre (guau, es un pequeño armario
empotrado a la pared, con acceso desde el
Jacuzzi), se pone en marcha el hilo musical y,
automáticamente, sale del interior una repisa con
una fuente de chocolate, una bandeja con fresas y
champán.
—Pero… ¡Esto es increíble! Yo —me sella la
boca con un beso. Moja una fresa en el chocolate
y la mete en mi boca, llena una copa de champán,
bebe y me la ofrece, niego con la cabeza y sigo
chupando la fresa; como si la fresa fuese su
artefacto. Sonríe y deja la copa. Mete la cabeza
bajo el agua, hace submarinismo y me lo come
todo.
Hemos dejado el agua echa un asco, llena de
todo tipo de fluidos. Salimos y nos metemos en la
ducha, mientras el agua cae sobre nuestros
cuerpos baja a mi sexo y lo lame; pasa la lengua
desde el clítoris hasta mi cueva y allí se detiene
unos instantes, vuelve al clítoris y juguetea con su
lengua, en segundos, se me ha puesto duro como
si fuera un pene, tengo un orgasmo y mis fluidos
bajan por mis piernas. Raúl lubrica su mano y
mete un dedo en mi sexo y otro en mi trasero.
Jadeo, él los mueve rápido, muy rápido. Y, en
pocos minutos me llega otro orgasmo.
234
—No me puedo creer que estemos aquí —le
susurro pegada a su oído—. ¡Cómo me gusta que
me sorprendas!.
Raúl levanta la barbilla, me mira y dice:
—Nací para complacerte. Y, ponte a cuatro
patas —me da la mano y me ayuda colocarme
bien—: Voy a inspeccionar ese culito respingón.
Lo está pidiendo a gritos. ¿Lo oyes?.
—Le oigo. ¡Dale fuerte!.
Totalmente exhaustos y hambrientos: tras
hora y media de sexo salvaje, decidimos bajar a
comer. La comida se ha quedado fría, es una pena
pero me da igual; en este momento tengo una
flojedad en las piernas gratificante. Raúl me ha
dado candela de verdad, de la buena, de la que
tanto me gusta. Evoco lo disfrutado y suspiro
profundamente (cómo me gusta tener sexo
salvaje. Y, si es con mi Raúl mejor que mejor).
Los días que él está desinhibido, es una fiera
hambrienta y con un deseo irracional: yo me
aprovecho de esas ocasiones, que son muy pocas
para mi gusto, para que mi Raúl me ponga
mirando a cuenca, a granada o a dónde le pida el
cuerpo «cómo me gusta que me ponga a cuatro
patas y me dé por el culito; aunque lo he
descubierto a una edad tardía ya no puedo vivir
sin que me den por ahí».
—Descorcho el vino, nos comemos todo y
luego nos echamos un rato, un buen rato: me vas
a matar en tres días, o menos. ¡Qué aguante
tienes y cómo te va la marcha!
¡Ya te digo! Qué poco conoces de mi vida
sexual; ha sido un pensamiento que ha cruzado
235
mi mente, mis labios se curvan dibujándole una
pícara sonrisa.
Cuando veo el postre, exclamo: —¡¡¡Acabo
de tener otro orgasmo!!!.
Raúl se acerca con la tarta de chocolate y la
deja sobre la mesa, mete un dedo en el pastel y
luego lo introduce en mi boca. Le agarro de la
mano y chupo su dedo con un descaro inusual.
—Por hoy ya está bien. ¿No te doy penita?
¡Mírame, aún me tiemblan las piernas!.
Me siento sobre su regazo y le meto toda mi
lengua, llena de chocolate, en su boca.
—Te quiero —dice, cuando se ve liberado.
Hace una noche preciosa, la temperatura es
suave y el cielo está lleno de estrellas; dicen qué
eso es augurio de buenas cosas, ¿estaré en racha?.
—Ah, por cierto… —se queda callado unos
segundos, me mira sonriente y dice—: Este fin de
semana tengo que ir a Menorca. Yo… debo
resolver un tema de herencia.
—¡Perfecto, increíble, maravilloso, genial!
Estoy tan emocionada, me hace tanta ilusión ir
contigo. Aprovecharé para tomar el sol mientras
tú trabajas.
—No, lo siento pero… —¿Pero qué, qué es lo
que pasa? —interrumpo—. El próximo fin de
semana te llevo al lugar que tú elijas éste no
puede ser —se envalentona y dice de un tirón. Es
evidente que pasa algo, está muy nervioso y eso
sólo quiere decir una cosa: se va con Daniel y me
ha preparado este paripé para engatusarme como
a una boba (crees que aún me la metes doblada
236
¡SERÁS CRETINO!) Me muerdo la lengua para
no gritarlo y digo:
—Ok está bien, como quieras —fuerzo una
sonrisa. Necesito tiempo para poder pensar lo
que debo hacer; una neblina se ha apoderado de
mí y turba mi mente.
Al entrar en casa la vida se me vino abajo y
el alma se me heló: los puntales que sostenían mi
vida se habían volatilizado. Y, la solidez de mi
matrimonio había quedado reducida a cenizas.
Me levanto a las seis de la mañana, no he
podido pegar ojo y tengo unas ojeras horribles;
ha llegado la hora de desplegar todo el arsenal y
prepararse para el ataque.
—¿Rodolfo?.
—Pero… ¿Tú has visto qué hora es niña? —
su tono es amable, sabe que soy yo; tiene anotado
mi número en la agenda de su teléfono.
—Lo sé, perdona mi osadía pero… Tú me
dijiste que te llamase, a cualquier hora, y esto es
una emergencia.
La conversación dura una media hora y una
vez que hemos concretado el cómo, cuándo y
dónde, me despido y le digo: esperaré ansiosa tus
noticias. Me doy una ducha, en el baño de los
chicos, y me maquillo un poco; no quiero que
Raúl se lleve esta mala imagen en su retina. Me
meto en el vestidor, procurando no hacer ruido, y
visto bien sexy.
A las ocho en punto aparece en el salón. Yo
hago ver que estoy enfrascada en la lectura, que
no le he oído llegar; no levanto la vista del libro y
hago ver que me sobresalto cuando me besa.
237
—Qué guapa… ¿A qué hora te has ido de la
cama?.
—No sé, hace un rato. Por cierto… —dudo
un instante—. ¿Te vas sólo?.
—Claro —dice, bajando la vista al suelo. Me
armo con mi coraza, no es nada fácil pero, no
puedo dejar que intuya que me huelo algo.
Segundos después de que Raúl salga por la
puerta, yo ya voy conduciendo camino del Real
Club de Polo: necesito entretener el tiempo de lo
contrario me volveré loca.
Cabalgo durante dos horas. Me ducho, me
arreglo y salgo de allí; voy a llamar por teléfono a
Laia, ella me ayudará.
Me encuentro callejeando y sin saber qué
hacer, no quiero volver a casa, no puedo. Está
visto que hoy no es mi día de suerte: Laia está
fuera, se ha ido de fin de semana con su hijo.
Estoy sentada en un bar, abstraída en mis
pensamientos «he pasado por el centro estético
Good Look, en Sant Climent de Llobregat, y me
ha atendido una chica muy maja, Chris. Al salir
de allí; después de unos cuantos tratamientos de
belleza, me sentía mucho mejor, más segura, más
guapa, menos triste. Alquilé mi coche de guerra y
me vestí de Cleo». No busco nada, no quiero
sexo; solo me apetece estar aquí sentada y ser
anónima. Una lágrima resbala por mi mejilla; no
sé cuánto tiempo llevo aquí pero ya me he bebido
varias copas.
—No puede ser tan grave lo que te está
pasando —dice alguien agarrándome la barbilla;
238
esa voz tan sensual me recuerda a… Levanto con
cautela la cabeza y digo:
—Oh, pero si… —me doy cuenta a tiempo;
yo sé que es Borja pero él no sabe quién soy yo—.
¿Qué desea, por qué avasalla mi intimidad de esta
manera tan… Insolente? —reconduzco como
puedo la conversación.
—Lo lamento. Lamento haberla molestado
no era esa la intención; empecemos de nuevo, soy
Borja —dice, ofreciendo su mano.
—Cleo —acepto su mano.
—¿Me puedo sentar o estas esperando a
alguien? —me quedo callada, él continua con la
presentación—: Soy psicólogo, no me quisiera
entrometer en tu vida pero… Quizá te apetezca
hablar, me gustaría poder ayudarte.
De momento no ha mentido. Y, sé que se
siente atraído por mí, me mira con ojos de
cazador. ¡¡¡Tíratelo!!! Me grita la guarrilla que
acaba de despertar de su letargo; ya la creía
muerta y enterrada.
—Seguro que tienes cosas mejores… —No,
no tengo nada que hacer —me interrumpe, no me
deja que acabe de decir la frase—. ¿Qué te apetece
hacer? Hago un par de llamadas y estoy a tu
entera disposición. Ah, y no acepto un no por
respuesta.
Hace tres llamadas en mi presencia, oigo
todo lo que habla; no me conoce de nada pero, va
de frente y eso me da un poco de ánimo y acepto.
Le he sugerido que podemos hablar en mi
guarida, allí tendremos más intimidad, toda. Al
239
contarle las condiciones, innegociables, para
llegar hasta allí, me mira muy serio y dice:
—Mírame a los ojos. ¿Te fías de mí?.
—Sí —contesto sin pensar. Me doy cuenta de
que no he dudado ni un segundo—. Me fio.
Me ha vendado los ojos con mi pañuelo y
conduce él; no ha tenido que insistirme mucho
para le dé la dirección. Me va explicando cosas
sobre su vida; a petición mía, supuestamente nos
hemos conocido hoy o al menos eso cree él. El
relato va siendo fiel al que ya conozco. No miente.
—Quiero que sepas que… No llevo a mi loft a
cualquier tío yo...
—¿Te gusta jugar?.
—Sí, mucho.
—¡Ábrete de piernas.
Sube una mano por mis muslos. El bello se
me eriza y me da un escalofrío, estoy excitada,
muy excitada.
—¡UYYY…! —me ha introducido algo frio en
la vagina, me gusta—. ¿Qué me has metido? —
noto humedad en mi sexo mientras formulo la
pregunta.
—Un puro con envoltorio metálico; me lo
han regalado esta mañana y no fumo. Puedes
estar tranquila lo he limpiado con una toallita de
las que llevas en el coche.
Ahora comprendía qué era ese ruidito.
—Me gusta, es una sensación agradable.
—Me alegra, tengo grandes planes para ti y
para mí, para nosotros.
—Ya hemos llegado —anuncia. El trayecto se
me ha antojado corto. El coche está parado y
240
debemos estar en la entrada del parking. Le oigo
buscar algo y digo:
—El mando está en el bolsillo exterior de mi
bolso. Espera, te lo doy.
Intento quitarme el pañuelo, me frena con
sus manos y me lo impide. Ha accionado el
mando y oigo que se abre la puerta. Me pide que
me relaje, que me deje llevar que estoy en buenas
manos.
En el ascensor me besa; besa muy bien y su
boca tiene un agradable sabor a clorofila (a pasta
de dientes), me entra en brazos y me lleva
directamente a la habitación: lo he sabido en el
momento en que me ha depositado en la cama.
—¡UMM, interesante!.
—¿Qué? —estoy intrigada, ¿qué ha visto?.
—Cabezal de forja. Me están dando unas
ideas…
Me vuelve a coger en brazos.
—¿Qué haces, dónde vamos?.
Me deja en pie, sobre el suelo. Oigo correr el
agua y ya no necesito respuesta; estamos en el
cuarto de baño y corre agua de la ducha. Un
inquietante pensamiento amenaza mi paz «me
habrá tomado por una fresca; está haciendo lo
que le rota y yo…».
—Oye, yo no… No sabes nada de mí.
—De acuerdo —me quita el pañuelo de los
ojos y prosigue—. Ven, mientras nos duchamos
yo pregunto y tú contestas ¿ok?; libérate. Dime
todo lo que creas que me puedas contar: ¿estás
casada?.
—Cansada de estar casada.
241
Me mira, entre sorprendido y curioso, y
dibuja con sus labios una pícara sonrisa. Está
guapísimo y no me había fijado hasta ahora;
cuando le he visto en la terraza de aquel bar
llevaba un pantalón de lino blanco y una camisa
azul cielo remangada, estaba tan ida y tan
enfrascada en mis problemas que ni cuenta me di
de lo bronceado que está.
—Cuando los cimientos de una relación se
resquebrajan por muchos parches que añadas
nunca volverá a ser sólida. Y, a veces, es mejor
tirar “la casa” y construir una de nueva; sólida,
prometedora y sin vicios ocultos. Si me dejas… Te
haré pasar un inolvidable día, te lo prometo.
No pregunta nada más y me besa, mi
estómago se agita y un agradable y excitante
cosquilleo recorre mi cuerpo.
Me tiene en la cama, a su merced. Me ha
preguntado si soy una mujer con reparos o de las
que le gusta ir directa al grano. También me ha
preguntado si me apetecía contarle alguna cosa
sobre lo que me estaba pasando ahora, le he
dicho que estoy en sus manos que él es el
especialista y yo su paciente que con palabras no
me voy a abrir a él pero, que mis piernas las tiene
abiertas para todo lo que él quiera, me ha mirado
y ha asentido en silencio; en sus ojos he visto
deseo, pasión, lujuria, (UF, me ha dado un
subidón que me he venido arriba). Mete un dedo
en mi sexo, lo mueve y mordisquea mi pubis. Me
arqueo, me gusta tanto que me estremezco: hace
un tiempo que fantaseo con Borja y está pasando
tal y cómo yo lo había imaginado, que fuerte; él
242
de dominador y yo de dominada, «tiene carta
blanca para hacerme lo que le dé la gana».
Aprieto los párpados, fuerte; me tiene en posición
culo en pompa, ha girado mi cuerpo y tengo la
cara pegada a la almohada. Quiero que me posea
ya, le necesito dentro de mí.
Borja es generoso y no muestra tener prisa
en penetrarme. Hace unos minutos que está con
los preliminares y me tiene cómo una moto de
competición; revolucionada a tope y ansiosa por
llegar, cuánto antes, a la meta (creo que a éste le
gusta llevar a las mujeres al límite y ponerlas
súper cachondas, y manipularlas después a su
libre albedrio y sin reservas. ¡¡Yo, ya estoy así!!)
Mordisquea mis glúteos, Uf, me va a dar un
infarto como no me asalte ya, ahora mismo; sé
que cabalga bien le veo muy a menudo en el Club
de Polo. Y, estoy ansiosa por comprobar qué tal
monta a yeguas rebeldes como yo. Abre mis
glúteos con ambas manos y mete la lengua en su
interior, mi sexo palpita y le grita: entra, entra ya
dónde sea. Me introduce un dedo con mucha
suavidad y lo mueve, tiene un arte... Gimo de
placer, voy más mojada que un pez en una
pecera: voy por mi tercer orgasmo y él aún no ha
entrado en materia. No para de mover el dedo y
yo ya quiero acción. En varias ocasiones he
intentado marcar el ritmo y he recibido a cambio
un cachete en el culo y tres minutos más de
tortura. «Cada vez que tú me interrumpas yo te
castigaré con tres minutos más) ha dicho,
burlándose de mí al ver el grado de excitación al
que he llegado.
243
Me despierto y no me puedo mover. Abro
los ojos y, no me lo puedo creer: estoy atada a la
cama con mi pañuelo, levanto la cabeza y miro
mis pies; oh no… tengo su corbata anudada en
mis tobillos.
—¡Borja, Borja! —grito su nombre.
Silencio… No oigo nada, ni un solo ruido.
Pongo la oreja y sigo sin oír nada ¿estoy sola?
Insisto: —¿Borja, estás ahí? ¡Este juego tuyo no
me gusta, no tiene gracia! ¡Booooorja…!.
Llevo una hora despierta (lo indica el reloj
que tengo sobre la mesilla) y él aún no ha dado
señales de vida, mi teléfono móvil ha sonado en
dos ocasiones hasta que se han agotado todos los
tonos. Y, me empiezo a preguntar ¿no será un
psicópata…?.
Oigo girar la llave de la puerta de entrada y
miro el reloj; hace dos horas y media que me
desperté y tengo un humor de perro (ni la mejor
excusa del mundo conseguirá que yo le pueda
perdonar. ¡Esto es un ultraje, me va oír!).
—Hola preciosa —saluda, al entrar en la
habitación—. Sé que estás despierta, no finjas
dormir. Verás… ¡Tengo una buena excusa!: un
cliente se quería tirar por la terraza y su mujer me
ha llamado, tú dormías con carita de ángel y yo
no quería despertarte pero, tampoco quería que
te fueras: te voy a matar de gusto, te daré todo el
sexo que tu cuerpo aguante.
Se sienta y recorre todo mi cuerpo con sus
besos. Intento que no me afecte pero… Misión
imposible; MI SEXO LE QUIERE DENTRO.
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—¡Vas a tener que currártelo mucho para
que te perdone! Pero… que mucho, mucho: no me
conformaré con poca cosa, te aviso —digo,
abriendo los ojos y buscando su boca para que me
bese. Mete su lengua en mi boca y me da un beso
de tornillo (lento, apasionado, jugando con mi
lengua). Este hombre lo hace todo pausado pero,
sabe muy bien lo que se hace y me gusta.
—También he ido a comprar. Voy a hacer
una paella: seguro que hoy no has comido nada.
—¿Qué, cómo?.
—He mirado en tu nevera y sólo hay vino.
No debería quedarme, tendría que seguir las
mismas pautas que con los demás pero… me
siento atraída por Borja; mi cabeza me dice que
me vaya cuanto antes pero, el resto de mí desea
quedarse.
—Ok, comemos y nos vamos.
—Como tú quieras… Voy a ir preparando.
Cuando da media vuelta en dirección a la
puerta le digo:
—¿¡No pensarás dejarme aquí!?.
Vuelve hacia mí, con una sonrisa burlona,
me desata y besa mis muñecas y mis tobillos.
Borja está en la cocina cortando todos los
ingredientes para hacer la paella, concentrado en
sus dedos y en el enorme cuchillo que ha traído.
Se gira, me ve y dice:
—¿No tienes ropa? ¡Te vas a resfriar!.
Me siento en el mármol, de un salto, y me
abro de piernas. Él sonríe y dice:
—¡Guau… Eres insaciable! Me andaré con
cuidado o en tres días acabarás conmigo; te he
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traído una chuchería y te la iba a dar después de
comer pero, veo que no puedes esperas.
Me coge por las caderas y me deposita en el
suelo, abre la mesa plegable que está pegada a la
pared y dice:
—Túmbate.
Me ayuda a colocar mi cuerpo bocabajo,
(con las piernas separadas y la mitad del cuerpo
colgando de la mesa).
—Cierra los ojos, ahora vuelvo.
Obedezco, ansiosa por saber qué es lo que
ha comprado.
La espera me desespera y la posición no es
cómoda; qué estará haciendo. Mi cabeza no deja
de elucubrar y tengo sentimientos encontrados,
«me siento increíblemente bien, feliz, tranquila, e
irremediablemente culpable; mi matrimonio está
que pende de un hilo y yo…
—Respira y relájame el culito —al oír esto
mis pensamientos se evaporan—. Voy a meterte
algo que te va a gustar.
Y, tanta parafernalia para darme por ahí,
eres como todos, pienso mientras…
—¡Ay qué gustazo! ¿¡Qué me has metido!? —
azota mi trasero e introduce un dedo en el, para
terminar de colocar lo que me ha metido.
—Unas mini bolas chinas. Tengo un buen
cliente que por cada sesión que yo le hago me
obsequia con juguetitos de éste tipo. Ah, y por si
lo estas pensando… No, no está estrenado.
—¿Pero… También te pagará, no?.
Se ríe y dice:
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—¿Ya te estás preocupando por mi nivel de
ingresos?.
Me ofende lo que acaba de decir y se lo hago
saber, estoy molesta. Me baja de la mesa y me
besa, yo me resisto pero, él agarra mi cara con
ambas manos y mi cuerpo cede; ha vencido el
deseo y quedo a su entera disposición.
Estoy de nuevo colocada bocabajo, mojada
por mis fluidos. Y, Borja alterna mi sexo con los
fogones; rehoga las verduras y me da un meneo,
sofríe las gambas y azota mi culo, echa el arroz y
tira de las bolitas…
A media tarde me insinúo de nuevo; Borja
es como una droga para mí (de las duras, de las
que te enganchan y ya no puedes vivir sin ellas,
de las que van directas a las venas). Mete las
bolitas en mi culo y un gran pene de silicona, a
pilas, en mi vagina. Me lleva hasta la cama y me
da mandanga; por aquí, por allí…
Me despierto de madrugada, abro los ojos y
le miro; qué guapo es, me tiene encandilada. He
tenido más sexo en un día del que mi cuerpo
puede aguantar; no por cantidad, eso aguanto lo
que me echen, sino por la calidad. Nunca me lo
habían hecho con tanto arte.
Llevo un rato contemplándole: quiero que la
noche no acabe, que no llegue el día, me he dado
cuenta de que Borja no me ha follado, me ha
estado haciendo el amor y de qué manera. Es el
mejor amante, con diferencia, de todos los que he
probado. Esto es muy bonito y estoy encantada
pero, tengo gran un problema, un problemón que
no sé cómo solucionar. Y, como no me puedo ni
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quiero dormir, fantaseo con las mil formas en que
le puedo plantear el tema de la separación a Raúl:
soy consciente de que se ha marchado, de nuevo,
con… Daniel (me duele pronunciar ese nombre.
Lo habrá puesto… fino filipino; me da grima sólo
de pensarlo). Una vez que se ha caído la venda de
mis ojos, lo veo todo claro, nítido. Y, por fin se
que debo hacer.
Hola Raúl, siento lo que voy a decirte… no es
por ti sino por mí… Has sido una persona
increíble y un marido perfecto. Y, nunca te
olvidaré: primero porque eres el padre de mis
hijos y segundo, y no por ello menos
importante, has sido el primer hombre en mi
vida. He conocido a alguien…
Tú me pondrás un dedo en los labios y me
dirás que tú también tienes lo tuyo, pero, yo
no te dejaré hablar; no, no digas nada te diré,
tú insistirás pero, yo insistiré más. Y, al final,
nos abrazaremos y lloraremos juntos
—No duermes —dice Borja, sacándome del
peliculón en el que yo era la heroína—. ¿Estás
bien…?.
Tengo la cara inundada en lágrimas y no me
he dado cuenta. Me abraza y dice:
—No te preocupes: no hay mal que cien
años dure ni cuerpo que lo aguante. Lo que hoy
ves negro mañana será gris, te lo prometo. Y,
poco a poco será del color que tú quieras —me
besa y…
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Hemos pasado todo el fin de semana aquí,
haciendo el amor y conversando. Borja es súper
educado, generoso, agradable, gracioso… estaría
todo el día enumerando sus cualidades.
Tengo que afrontar una situación delicada,
desagradable aunque oportuna: me ha llamado
Rodolfo y ha confirmado lo que tanto me temía;
unas cámaras colocadas estratégicamente en la
suite del hotel donde se han hospedado ha
registrado su tórrido encuentro. Debería estar
llorando y maldiciéndoles por lo que me han
hecho, pero no, no puedo (yo no soy de esas
mujeres que me he dejado las pestañas en una
relación de años de sufrimiento). Raúl siempre
me ha hecho la vida fácil, agradable, yo siempre
le querré, a otro nivel claro. Borja me ha pedido
que me quede aquí unos días, él ira a trabajar y
volverá a dormir conmigo; sus labios pedían que
aceptase y sus ojos rogaban que accediera.
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Mariposas en el estómago
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visitarles a Londres. Al decirles que su padre y yo
nos estábamos separando, amigablemente y de
mutuo acuerdo, hubo silencio, un silencio largo e
incómodo. Creí que sería todo un drama pero, se
lo tomaron bien; fueron compresivos y dijeron —
Lo que sea mejor para vosotros. Estas cosas
pasan en las mejores familias.
Con Raúl fue otra historia: me costó tres mil
euros enterarme de lo que ya me temía. No pude
ver la grabación (Rodolfo me explicó todo;
ahorrándome los detalles más escabrosos claro,
sólo verificó lo que yo temía). No quería guardar
aquella última imagen de él en mi retina. Quedé
con él en casa y le pedí que estuviéramos sin
compañía, estaba tan nerviosa que no recuerdo
muy bien qué nos dijimos: yo no hice mención de
lo suyo, no necesitaba escuchar cómo se
justificaba, no me pareció de recibo. De lo mío…
le conté que sólo fue una aventura con un chico,
que eso no me hacía sentir bien y que no sería
justo para ninguno de los dos seguir bajo el
mismo techo —Te quiero, te quiero… —decía él.
Yo ya no escuchaba, me levanté, le deseé lo mejor
y abandoné aquella casa, para siempre.
Con Laia fue muy fácil: quedamos a comer y
le conté lo de Raúl y Daniel, me abrazó y me dijo
que la tenía para lo que fuese. Aún no le he
hablado de Borja; el tiempo dirá si hay algo que
contar o ha sido un simple affaire.
Con mis padres será otra historia. Aún no
les he podido poner al corriente de la situación:
cómo explicar que los grandes castillos también
son susceptibles de destrucción.
251
Oigo descorrerse la cerradura, es mi chico y
corro a su encuentro (aunque en esta casa hay
poco espacio para correr), las mariposas vuelan
excitadas, expectantes a sus caricias. Me besa con
pasión, la que ya me tiene acostumbrada, me dice
que ha estado pensando en nosotros y quiere
proponerme algo; tiemblo, me temo lo peor, esto
se acaba…
—Éste domingo voy a visitar a mis padres,
comeré con ellos. Me encantaría que tú también
quisieras ir, que me acompañases: le he hablado
a mi madre de ti y está ansiosa por conocerte. Mis
padres sólo han conocido a mi ex, nunca les he
presentado a ningún ligue. Y, Necesito que esta
relación avance, que vaya hacia adelante, a buen
puerto y en la dirección correcta.
Mis mariposas se revolucionan y baten sus
alas presas del pánico.
—Yo… yo… No soy… —intento hablar, no
puedo. Cómo explicar lo que soy. Pone un dedo
en mi boca para que no siga hablando y me besa
en la mejilla.
—Sólo voy a ponerte una condición, Alba —
sabe quién soy. La sangre se me hiela y digo:
—Pero… tú… yo no… —No sigas, no hace
falta —me interrumpe—. Ya hablo yo: Un día,
casualidades de la vida, te vi entrando en un
parking; sólo podías salir por una puerta, la de
entrada, no había acceso a ningún edificio. Me
apetecía verte, charlar un rato, tomar unas copas.
Pero, ¡¡¡¡SORPRESA!!! Minutos después salía
otra mujer, arreglándose la peluca y en un coche
diferente. Tuve un impulso incontrolable y decidí
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seguirte: paraste a recoger a un chico y lo trajiste
aquí, a tu loft. Esperé durante horas en la calle
hasta que, por fin, te vi salir con él y hacer la
misma operación. Ya no me cupo ninguna duda,
eras tú…
Me quedo más blanca que la pared y digo:
—Y… ¿Ahora qué? —mis labios tiemblan y
estoy a punto de llorar.
—Ahora vuelves a recuperar tu identidad,
recoges tus cosas y te trasladas conmigo, a mi
casa. Te quiero Alba. Tu pasado no me importa:
me enamoré de ti la primera vez que te vi en el
club, montada en tu caballo. Y, en éstos días he
comprobado que lo tuyo conmigo no es sólo sexo.
Además, te voy a follar tanto que te van a doler
hasta las pestañas. Conozco la terapia perfecta
para ti: la llamo la terapia del pollito —pongo
cara de póker y sus labios dibujan una sonrisa
malévola, ¿qué me ha querido decir, de qué
experimento habla? Coge mis manos y dice—:
¿¡Una chica como tú, no conoce esa terapia!?.
—¿Te estás riendo de mí, en mi cara? —me
enfado: ¿qué insinúa, que soy una puta?. Me
agarra la cara, los ojos le brillan y su rictus es
serio.
—La terapia del pollito es: te la meto en el
coñito y te doy placer, mucho, luego voy al culito
y te lo reviento hasta que quede agustito. ¡¡Estoy
a punto de reventar el pantalón, sólo de
pensarlo!! ¿Empezamos ya?.
Me agarra en brazos y me lleva a la cama.
—¡Oh sí, sí… así sí, más… Dame más! ¡Oh,
sí…!.
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