CRISTO RESUCITANDO –
DOMINGO DE PASCUA
escrito por
Xavier Melloni Ribas
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1. Ante la mañana del domingo
A pesar de que las mujeres acudieron muy temprano
al sepulcro, la resurrección de Cristo las precedió.
Dios nos antecede siempre, pero no lo sabemos. Nos
preocupamos y nos anticipamos a lo que no podemos
adelantar porque es imprevisible. El tiempo de Dios
no es nuestro tiempo. Nos precede, pero no se
anticipa, no llega antes de hora.
Por esta razón, entre el viernes y el domingo sucede
la larga transición del sábado, que no es un día
cronológico, sino un tiempo del alma; un tiempo
necesario para vivir el duelo y dejar que se complete
un ciclo antes de que empiece otro. Lo que irrumpe es
algo inédito: no la repetición un poco modificada del
pasado, no la reedición de lo que ya sabemos.
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Intento identificar las anticipaciones que
aumentan mi ansiedad, para dejar paso a la
confianza en la iniciativa de Dios que me
precederá, muy probablemente no como
espero.
2. La tumba vacía
Los evangelios sitúan el anuncio de la resurrección en
el mismo lugar donde habían depositado el cuerpo de
Jesús. En el mismo lugar donde han dejado la muerte,
es donde irrumpe la Vida. El lugar que estaba
saturado de angustia, de tristeza, de ausencia, ahora
está vacío. La piedra que lo impedía y que parecía
imposible de mover ha rodado.
Identifiquemos y miremos la(s) piedra(s) que
cierra(n) la entrada de la cueva del corazón.
Dejemos que ruede(n), dejémosla(s) ir para
que la presencia de Jesús resucitado pueda
irrumpir.
La tumba deviene matriz. La simiente ha muerto y
ahora germina, pero la forma de la espiga no es la
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misma que la de la simiente. Esto significa que toda
tumba tiene vocación de matriz, que aquello que
muere es, al mismo tiempo, aquello que nace. Que el
sepulcro sea tumba o matriz depende de cómo nos
dispongamos. Esto es particularmente aplicable en el
momento colectivo en que nos encontramos.
El anuncio de la Nueva Vida se nos da en cada
momento. Lo que pasó con Jesús pasa en todos, en
todo, en todo momento. Es la revelación de lo que
está oculto a nuestros ojos. También lo que ahora
estamos viviendo con la pandemia tiene vocación de
resurrección, a pesar de que —en el proceso de la
pandemia— aún estamos en el Viernes Santo. No
podemos avanzarnos a lo que aún no hemos vivido,
pero sí disponernos al proceso de transformación que
está produciéndose simultáneamente, aunque no
podamos percibirlo.
Entramos en la cueva del corazón no como en
un sepulcro sino como en una matriz.
Miramos cómo germina la semilla de aquello
que pensábamos que estaba muerto.
Solamente nos miramos. En silencio.
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3. El reconocimiento de la manifestación de Cristo
no es inmediato
Pero ¿en qué consiste la resurrección de Jesús que
anuncia nuestra propia resurrección? La palabra
resurrección es equívoca porque es la misma palabra
que se utiliza en la resurrección de Lázaro. Lázaro
vuelve a la propia vida, mientras que Jesús irrumpe
desde una nueva dimensión de la Vida. Algunos
teólogos consideran que quizás sería más adecuado
hablar de surrección en vez de resurrección, para
dejar claro que no es una repetición de algún estado
conocido, sino la irrupción de Algo inédito.
Por esta razón, nadie reconoce a Jesús, de entrada, en
ninguna de las apariciones pascuales. Lo confunden
con otro: María con un hortelano (Jn 20); los
discípulos de Emaús, con un forastero (Lc 23);
cuando van a pescar, con un extraño que les habla
desde la orilla (Jn 21), etc.
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Pero, al final, todos acaban reconociéndolo por la
joya, el sentido y la abundan- cia que deja en ellos la
irrupción de su Presencia, que no es física, sino de
otro orden:
Intento reconocer «apariciones» del Cristo
resucitado en momentos cruciales de mi vida
para que me ofrezcan luz en esta situación
actual y en cómo se ha hecho presente en estos
últimos días. Me detengo en ellas para recibir
toda la gracia que emana de ellas y me
dispongo para que sigan manifestándose.
4. No es solo el Cristo resucitado, sino el Cristo
resucitando
La resurrección no es un «final feliz» tras la pesadilla
de la Pasión, sino un Inicio que apenas avistamos,
como nos pasa ahora. Con el Sabbat acaba el ciclo de
la antigua creación para empezar una
nueva. Domingo proviene de Dominus, ‘Señor’, «Día
consagrado al Señor» para recibir la fuerza
regeneradora que emana de su resurrección. También
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nuestro mundo está a punto de empezar un nuevo
ciclo y tendremos que estar atentos para percibir
cómo se manifiesta.
Por ello, más que hablar del Cristo resucitado (en
participio pasado), debería- mos hablar del
Cristo resucitando (en gerundio presente), porque
está actuando en todo momento. De este modo, lo que
experimentamos como la muerte del mundo que
conocíamos, puede devenir la ocasión de un cambio
cualitativo en todo el planeta.
Que los cincuenta días de tiempo Pascual que
tenemos por delante nos sirvan para profundizar en la
fuerza expansiva de la resurrección del Cristo que,
silenciosa y escondida, está trabajando en medio de
esta prueba colectiva.
Dispongámonos estos días a sentir cómo la
Vida resurge, de modo que, cuando
reemprendamos la vida ordinaria después de
la pandemia, también nosotros resurjamos con
una disposición y calidad diferentes.
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Homilías, comentarios y meditaciones
desde la tradición de la Iglesia
Cirilo de Alejandría
Sobre el Evangelio de san Juan: La presencia de
Cristo trae la paz
«Entró Jesús, se puso en medio y les dijo: ”Paz a
vosotros”» (Jn 20,19)
Sobre el evangelio de san Juan, Lib. 12, cap. 1: PG
74, 703-706
PG
Observa de qué modo Cristo, penetrando
milagrosamente a través de las puertas cerradas,
demostró a sus discípulos que era Dios por
naturaleza, aunque no distinto del que anteriormente
había convivido con ellos; y mostrándoles su costado
y las señales de los clavos puso en evidencia que el
templo que pendió de la cruz y el cuerpo que en él se
había encarnado, lo había él resucitado, después de
haber destruido la muerte de la carne, ya que él es la
vida por naturaleza, y Dios.
Ahora bien, da la impresión de que fue tal su
preocupación por dejar bien sentada la fe en la
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resurrección de la carne, que, no obstante haber
llegado el tiempo de trasladar su cuerpo a una gloria
inefable y sobrenatural, quiso sin embargo
aparecérseles, por divina dispensación, tal y como era
antes, no llegasen a pensar que ahora tenía un cuerpo
distinto de aquel que había muerto en la cruz. Que
nuestros ojos no son capaces de soportar la gloria del
santo cuerpo —en el supuesto de que Cristo hubiera
querido manifestarla antes de subir al Padre— lo
comprenderás fácilmente si traes a la memoria
aquella transfiguración operada anteriormente en la
montaña, en presencia de los santos discípulos.
Cuenta, en efecto, el evangelista san Mateo que
Cristo, tomando consigo a Pedro, a Santiago y a Juan,
subió a una montaña y allí se transfiguró delante de
ellos; que su rostro resplandecía como el sol y que sus
vestidos se volvieron blancos como la nieve; y que,
no pudiendo ellos soportar la visión, cayeron de
bruces.
Así pues, por un singular designio, nuestro Señor
Jesucristo, antes de recibir la gloria que le era debida
y conveniente a su templo ya transfigurado, se
apareció todavía en su primitiva condición, no
queriendo que la fe en la resurrección recayera en
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otra forma y en otro cuerpo distinto de aquel que
había asumido de la santísima Virgen, en el cual
además había muerto crucificado, según las
Escrituras, ya que la muerte sólo tenía poder sobre la
carne, e incluso de la carne había sido expulsada.
Pues si no resucitó su cuerpo muerto, ¿dónde está la
victoria sobre la muerte?
O ¿cómo podía cesar el imperio de la corrupción, sino
mediante una criatura racional, que hubiera pasado
por la experiencia de la muerte? No, cierto, mediante
un alma o un ángel ni siquiera por mediación del
mismo Verbo de Dios. Y como la muerte sólo obtuvo
poder sobre lo que por naturaleza es corruptible,
sobre eso mismo es justo pensar que debía emplearse
toda la virtualidad de la resurrección, a fin de
derrocar el tiránico poder de la muerte.
Por tanto, todo el que tenga un adarme de sentido
común contará entre los milagros del Señor el que
entrara en la casa estando la puertas cerradas. Saluda,
pues, a los discípulos con estas palabras: Paz a
vosotros, designándose a sí mismo con el nombre de
«paz». En efecto, los que gozan de la presencia de
Cristo, es lógico que estén tranquilos y serenos. Es
precisamente lo que Pablo deseaba a los fieles,
diciendo: Y la paz de Cristo, que sobrepasa todo
9
juicio, custodie vuestros corazones y vuestros
pensamientos. Y la paz de Cristo, que sobrepasa todo
juicio, dice no ser otra que su Espíritu, el cual colma
de toda clase de bienes a quien participare de él.
Tomás, reacio en un primer momento a creer, fue
pronto en la confesión, y en un instante, fue curado de
su incredulidad. En efecto, habían transcurrido tan
sólo ocho días, y Cristo removió los obstáculos de la
incredulidad al mostrarle las cicatrices de los clavos y
su costado abierto.
Después de haber entrado milagrosamente a través de
las puertas cerradas —milagrosamente ya que todo
cuerpo terreno y extenso busca una entrada adecuada
al mismo, y para entrar requiere un espacio en
proporción a su magnitud—, nuestro Señor Jesucristo
con toda espontaneidad descubrió su costado a Tomás
y le mostró las heridas impresas en su carne,
confirmando —a propósito de Tomás—la fe de todos
los creyentes.Sólo de Tomás se dice que afirmó: Si
no veo en sus manos la señal de los clavos, si no
meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la
mano en su costado, no lo creo. Pero el pecado de
incredulidad era, en cierto modo,común a todos, y
sabemos que la mente de los demás discípulos no
estuvo libre de dudas, bien que aseguraran a
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Tomás: Hemos visto al Señor.
Y como no acababan de creer por la alegría, y
seguían atónitos, Cristo les dijo: ¿Tenéis ahí algo que
comer? Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado
y un poco de miel. Él lo tomó y comió delante de
ellos. ¿Ves cómo la duda de la incredulidad no hizo
únicamente presa en santo Tomás, sino que este virus
atacó asimismo el ánimo de los restantes discípulos?
Así pues, la admiración hacía a los discípulos más
tardos en la fe. Pero en realidad, para quien observa y
ve no existe excusa alguna de incredulidad; por eso,
santo Tomás hizo una correcta confesión cuando
dijo: ¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo: ¿Porque me has visto, Tomás, has
creído? Dichosos los que crean sin haber visto. Esta
expresión del Salvador está llena de una singular
providencia y puede sernos a nosotros de suma
utilidad. En efecto, también en esta ocasión Cristo ha
tenido en cuenta el bien de nuestras almas, porque es
bueno y quiere que todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento de la verdad, según está
escrito. Todo lo cual es digno de admiración.
Era, pues, necesario tolerar con paciencia las reservas
de Tomás y a los demás discípulos que le creían un
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espíritu o un fantasma, y, para ofrecer al universo
mundo la credibilidad de la fe, mostrar las señales de
los clavos y la herida del costado, así como tomar
alimento fuera de lo acostumbrado y sin necesidad
alguna, a fin de eliminar absolutamente todo motivo
de incredulidad en aquellos que buscaban estas
pruebas para su propia utilidad.
Pero el que acepta lo que no ve y cree ser verdad lo
que el doctor le comunica, éste demuestra una
adhesión ferviente al predicador. Por eso se declara
dichoso a todo aquel que accede a la fe mediante la
predicación de los apóstoles que, al decir de Lucas,
fueron testigos oculares de las obras y ministros de la
palabra. A ellos debemos nosotros obedecer si es que
aspiramos a la vida eterna y estimamos en lo que
realmente vale habitar en las moradas eternas.
9. Las puertas cerradas no podían impedir el paso a
un cuerpo en quien habitaba la Divinidad, y así pudo
penetrar las puertas El, que al nacer dejó inmaculada
a su Madre.
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BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 24 de mayo de 2006
Pedro, el apóstol
Queridos hermanos y hermanas:
En estas catequesis estamos meditando en la Iglesia.
Hemos dicho que la Iglesia vive en las personas y,
por eso, en la última catequesis, comenzamos a
meditar en las figuras de cada uno de los Apóstoles,
comenzando por san Pedro. Hemos visto dos etapas
decisivas de su vida: la llamada a orillas del lago de
Galilea y, luego, la confesión de fe: "Tú eres el
Cristo, el Mesías".
Como dijimos, se trata de una confesión aún
insuficiente, inicial, aunque abierta. San Pedro se
pone en un camino de seguimiento. Así, esta
confesión inicial ya lleva en sí, como un germen, la
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futura fe de la Iglesia. Hoy queremos considerar otros
dos acontecimientos importantes en la vida de san
Pedro: la multiplicación de los panes —acabamos de
escuchar en el pasaje que se ha leído la pregunta del
Señor y la respuesta de Pedro— y después la llamada
del Señor a Pedro a ser pastor de la Iglesia universal.
Comenzamos con la multiplicación de los panes.
Como sabéis, el pueblo había escuchado al Señor
durante horas. Al final, Jesús dice: están cansados,
tienen hambre, tenemos que dar de comer a esta
gente. Los Apóstoles preguntan: "Pero, ¿cómo?". Y
Andrés, el hermano de Pedro, le dice a Jesús que un
muchacho tenía cinco panes y dos peces. "Pero, ¿qué
es eso para tantos?", se preguntan los Apóstoles.
Entonces el Señor manda que se siente la gente y que
se distribuyan esos cinco panes y dos peces. Y todos
quedan saciados. Más aún, el Señor encarga a los
Apóstoles, y entre ellos a Pedro, que recojan las
abundantes sobras: doce canastos de pan (cf. Jn 6, 12-
13).
A continuación, la gente, al ver este milagro —que
parecía ser la renovación tan esperada del nuevo
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"maná", el don del pan del cielo—, quiere hacerlo su
rey. Pero Jesús no acepta y se retira a orar solo en la
montaña. Al día siguiente, en la otra orilla del lago,
en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús interpretó el
milagro, no en el sentido de una realeza de Israel, con
un poder de este mundo, como lo esperaba la
muchedumbre, sino en el sentido de la entrega de sí
mismo: "El pan que yo voy a dar es mi carne por la
vida del mundo" (Jn 6, 51). Jesús anuncia la cruz y
con la cruz la auténtica multiplicación de los panes, el
Pan eucarístico, su manera totalmente nueva de ser
rey, una manera completamente opuesta a las
expectativas de la gente.
Podemos comprender que estas palabras del Maestro,
que no quiere realizar cada día una multiplicación de
los panes, que no quiere ofrecer a Israel un poder de
este mundo, resultaran realmente difíciles, más aún,
inaceptables para la gente. "Da su carne": ¿qué quiere
decir esto? Incluso para los discípulos parece algo
inaceptable lo que Jesús dice en este momento. Para
nuestro corazón, para nuestra mentalidad, eran y son
palabras "duras", que ponen a prueba la fe (cf. Jn 6,
60).
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Muchos de los discípulos se echaron atrás. Buscaban
a alguien que renovara realmente el Estado de Israel,
su pueblo, y no a uno que dijera: "Yo doy mi carne".
Podemos imaginar que las palabras de Jesús fueron
difíciles también para Pedro, que en Cesarea de Filipo
se había opuesto a la profecía de la cruz. Y, sin
embargo, cuando Jesús preguntó a los Doce:
"¿También vosotros queréis marcharos?", Pedro
reaccionó con el entusiasmo de su corazón generoso,
inspirado por el Espíritu Santo. En nombre de todos,
respondió con palabras inmortales, que también
nosotros hacemos nuestras: "Señor, ¿a quién vamos a
ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros
creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios"
(cf. Jn 6, 66-69).
Aquí, al igual que en Cesarea, con sus palabras, Pedro
comienza la confesión de la fe cristológica de la
Iglesia y se hace portavoz también de los demás
Apóstoles y de nosotros, los creyentes de todos los
tiempos. Esto no significa que ya hubiera
comprendido el misterio de Cristo en toda su
profundidad. Su fe era todavía una fe inicial, una fe
en camino; sólo llegaría a su verdadera plenitud
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mediante la experiencia de los acontecimientos
pascuales. Si embargo, ya era fe, abierta a la realidad
más grande; abierta, sobre todo, porque no era fe en
algo, era fe en Alguien: en él, en Cristo. De este
modo, también nuestra fe es siempre una fe inicial y
tenemos que recorrer todavía un largo camino. Pero
es esencial que sea una fe abierta y que nos dejemos
guiar por Jesús, pues él no sólo conoce el camino,
sino que es el Camino.
Ahora bien, la generosidad impetuosa de Pedro no lo
libra de los peligros vinculados a la debilidad
humana. Por lo demás, es lo que también nosotros
podemos reconocer basándonos en nuestra vida.
Pedro siguió a Jesús con entusiasmo, superó la prueba
de la fe, abandonándose a él. Sin embargo, llega el
momento en que también él cede al miedo y cae:
traiciona al Maestro (cf. Mc 14, 66-72). La escuela de
la fe no es una marcha triunfal, sino un camino
salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y de
fidelidad que hay que renovar todos los días. Pedro,
que había prometido fidelidad absoluta, experimenta
la amargura y la humillación de haber negado a
Cristo; el jactancioso aprende, a costa suya, la
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humildad. También Pedro tiene que aprender que es
débil y necesita perdón. Cuando finalmente se le cae
la máscara y entiende la verdad de su corazón débil
de pecador creyente, estalla en un llanto de
arrepentimiento liberador. Tras este llanto ya está
preparado para su misión.
En una mañana de primavera, Jesús resucitado le
confiará esta misión. El encuentro tendrá lugar a la
orilla del lago de Tiberíades. El evangelista san Juan
nos narra el diálogo que mantuvieron Jesús y Pedro
en aquella circunstancia. Se puede constatar un juego
de verbos muy significativo. En griego, el
verbo filéo expresa el amor de amistad, tierno pero no
total, mientras que el verbo “agapáo” significa el
amor sin reservas, total e incondicional.
La primera vez, Jesús pregunta a Pedro: "Simón...,
¿me amas" (agapâs-me) con este amor total e
incondicional? (cf. Jn 21, 15). Antes de la experiencia
de la traición, el Apóstol ciertamente habría dicho:
"Te amo (agapô-se) incondicionalmente". Ahora que
ha experimentado la amarga tristeza de la infidelidad,
el drama de su propia debilidad, dice con humildad:
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"Señor, te quiero (filô-se)", es decir, "te amo con mi
pobre amor humano". Cristo insiste: "Simón, ¿me
amas con este amor total que yo quiero?". Y Pedro
repite la respuesta de su humilde amor humano:
"Kyrie, filô-se", "Señor, te quiero como sé querer".
La tercera vez, Jesús sólo dice a Simón: "Fileîs-me?",
"¿me quieres?". Simón comprende que a Jesús le
basta su amor pobre, el único del que es capaz, y sin
embargo se entristece porque el Señor se lo ha tenido
que decir de ese modo. Por eso le responde: "Señor,
tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero (filô-se)".
Parecería que Jesús se ha adaptado a Pedro, en vez de
que Pedro se adaptara a Jesús.
Precisamente esta adaptación divina da esperanza al
discípulo que ha experimentado el sufrimiento de la
infidelidad. De aquí nace la confianza, que lo hace
capaz de seguirlo hasta el final: "Con esto indicaba la
clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho
esto, añadió: "Sígueme"" (Jn 21, 19).
Desde aquel día, Pedro "siguió" al Maestro con la
conciencia clara de su propia fragilidad; pero esta
conciencia no lo desalentó, pues sabía que podía
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contar con la presencia del Resucitado a su lado. Del
ingenuo entusiasmo de la adhesión inicial, pasando
por la experiencia dolorosa de la negación y el llanto
de la conversión, Pedro llegó a fiarse de ese Jesús que
se adaptó a su pobre capacidad de amor. Y así
también a nosotros nos muestra el camino, a pesar de
toda nuestra debilidad. Sabemos que Jesús se adapta a
nuestra debilidad. Nosotros lo seguimos con nuestra
pobre capacidad de amor y sabemos que Jesús es
bueno y nos acepta. Pedro tuvo que recorrer un largo
camino hasta convertirse en testigo fiable, en "piedra"
de la Iglesia, por estar constantemente abierto a la
acción del Espíritu de Jesús.
Pedro se define a sí mismo "testigo de los
sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que está
para manifestarse" (1 P 5, 1). Cuando escribe estas
palabras ya es anciano y está cerca del final de su
vida, que sellará con el martirio. Entonces es capaz de
describir la alegría verdadera y de indicar dónde se
puede encontrar: el manantial es Cristo, en el que
creemos y al que amamos con nuestra fe débil pero
sincera, a pesar de nuestra fragilidad. Por eso, escribe
a los cristianos de su comunidad estas palabras, que
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también nos dirige a nosotros: "Lo amáis sin haberlo
visto; creéis en él, aunque de momento no lo veáis.
Por eso, rebosáis de alegría inefable y gloriosa, y
alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las
almas" (1 P 1, 8-9).
20. Los clavos habían taladrado las manos, la lanza
había abierto el costado, y las heridas se conservaban
para curar el corazón de los que dudaran.
21. «Como el Padre me envió, también yo os envío».
Nosotros reconocemos que el Hijo es igual al Padre,
pero en estas palabras reconocemos al Mediador,
porque El se manifiesta diciendo: «El a mí y yo a
vosotros».
22-23. La caridad de la Iglesia, que por el Espíritu
Santo se infunde en nuestros corazones, perdona los
pecados de los que son participantes de aquella, pero
de aquellos que no lo son, los retiene. Por eso,
después que dijo «Recibid el Espíritu Santo», habló a
continuación del perdón de los pecados y de su
retención.
28. Tomás, viendo y tocando al hombre, le confesaba
Dios, a quien no veía ni tocaba. Pero por lo que veía y
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tocaba, depuesta toda duda, creía; por eso sigue:
«Respondió Tomás y le dijo: Señor mío y Dios mío».
29. No dice me tocaste, sino me viste, porque el
sentido de la vista se generaliza en los otros cuatro
sentidos; como cuando decimos: Oye, y verás qué
bien suena; huele, y verás qué bien sabe; toca, y verás
qué buen temple. Por esto, al decir el Señor «Pon tu
dedo aquí, y mira mis manos» ¿qué otra cosa quiere
decir sino toca y mira? Y esto que él no tenía ojos en
el dedo, pero bien sea mirando, bien tocando, le dice:
«Porque me viste, creíste». Aunque pudiera decirse
que el discípulo no se hubiera atrevido a tocarle,
cuando el Señor se ofreciera a ello.
Usó en sus palabras el tiempo de pretérito, como si
fuera ya hecho lo que conocía en su predestinación
que había de suceder.
San Agustín, varios escritos
19. «Cerradas las puertas…» Hay algunos que de tal
manera se admiran de este hecho, que hasta corren
peligro, aduciendo contra los divinos milagros
argumentos contrarios de razón. Arguyen, pues, de
este modo: Si el cuerpo que resucitó del sepulcro es el
22
mismo que estuvo suspendido de la cruz, ¿cómo pudo
entrar por las puertas cerradas? Si comprendieras el
modo, no sería milagro. Donde acaba la razón,
empieza la fe. (in serm. Pasch)
19. ¿Me preguntas en qué consiste la extensión del
cuerpo de Jesús, habiendo entrado cerradas las
puertas? Yo te respondo: Si anduvo sobre el mar,
¿dónde está el peso de su cuerpo? El Señor lo hizo
como Señor. ¿Acaso porque resucitó dejó de serlo?
19. Es de creer que la claridad con que
resplandecerán los justos, como el sol en su
resurrección, fue velada en el cuerpo de Cristo
resucitado a los ojos de los discípulos, porque la
debilidad de la mirada humana no la hubiese podido
soportar, cuando debían conocerle y oírle.
20.27 «Las manos y el costado…» No sé cómo nos
atrae de tal manera el amor a los bienaventurados
mártires, que desearíamos ver en el cielo las
cicatrices que por el nombre de Cristo recibieron en
sus cuerpos, y quizá las veremos, pues no serán en
ellos deformidad, sino dignidad. Y aunque recibidas
en sus cuerpos, brillarán en ellos, no como hermosura
corporal, sino como de heroísmo. Pero ni aunque
haya sido amputado algún miembro, aparecerán sin él
en la resurrección, pues se les tiene ofrecido que ni un
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cabello de su cabeza perecerá ( Lc 21,18). Y aun será
debido que en aquel nuevo reino aparezca la carne
mortal con las señales de las heridas de los miembros
que, si bien cortados, no fueron perdidos, sino
restituidos, porque cualquier deformidad causada en
el cuerpo, no será entonces defecto, sino prueba de
virtud. (De civ. Dei, 22, 19.20)
22-23. El soplo corporal de su boca no fue la
sustancia del Espíritu Santo, sino una conveniente
demostración de que el Espíritu Santo, no tan sólo
procede del Padre, sino que también del Hijo. ¿Quién
será tan insensato que diga que el Espíritu Santo,
dado por insuflación, es diferente del que después de
su resurrección envió a los Apóstoles? (De Trin. 4,
20)
20.27 «Las manos y el costado…» Podía, si hubiera
querido, haber hecho desaparecer de su cuerpo
resucitado y glorificado todas las señales de sus
heridas; pero El sabía por qué las conservaba. Pues
así como convenció a Tomás, que no creyó sin haber
tocado y visto, así las enseñará a sus enemigos, no
para decirles como a Tomás: «Porque viste, creíste»,
sino para que, reprendiéndolos con la verdad les diga:
He aquí al hombre a quien crucificasteis; ved las
heridas que le inferisteis; reconoced el costado que
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alanceasteis; que por vosotros, y para vosotros fue
abierto, y sin embargo no quisisteis entrar. (De
Symbolo)
BENEDICTO XVI, PAPA
CATEQUESIS (2012): NOS RECREA Y
NOS ENVÍA
Audiencia general, 11-04-2012
Después de las solemnes celebraciones de la Pascua,
nuestro encuentro de hoy está impregnado de alegría
espiritual. Aunque el cielo esté gris, en el corazón
llevamos la alegría de la Pascua, la certeza de la
Resurrección de Cristo, que triunfó definitivamente
sobre la muerte. Ante todo, renuevo a cada uno de
vosotros un cordial deseo pascual: que en todas las
casas y en todos los corazones resuene el anuncio
gozoso de la Resurrección de Cristo, para que haga
renacer la esperanza.
En esta catequesis quiero mostrar la transformación
que la Pascua de Jesús provocó en sus discípulos.
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Partimos de la tarde del día de la Resurrección. Los
discípulos están encerrados en casa por miedo a los
judíos (cf. Jn 20, 19). El miedo oprime el corazón e
impide salir al encuentro de los demás, al encuentro
de la vida. El Maestro ya no está. El recuerdo de su
Pasión alimenta la incertidumbre. Pero Jesús ama a
los suyos y está a punto de cumplir la promesa que
había hecho durante la última Cena: «No os dejaré
huérfanos, volveré a vosotros» (Jn 14, 18) y esto lo
dice también a nosotros, incluso en tiempos grises:
«No os dejaré huérfanos». Esta situación de angustia
de los discípulos cambia radicalmente con la llegada
de Jesús. Entra a pesar de estar las puertas cerradas,
está en medio de ellos y les da la paz que
tranquiliza: «Paz a vosotros» (Jn 20, 19). Es un
saludo común que, sin embargo, ahora adquiere un
significado nuevo, porque produce un cambio
interior; es el saludo pascual, que hace que los
discípulos superen todo miedo. La paz que Jesús trae
es el don de la salvación que él había prometido
durante sus discursos de despedida: «La paz os dejo,
mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo.
Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde»
(Jn 14, 27). En este día de Resurrección, él la da en
plenitud y esa paz se convierte para la comunidad en
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fuente de alegría, en certeza de victoria, en seguridad
por apoyarse en Dios. También a nosotros nos dice:
«No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,
1).
Después de este saludo, Jesús muestra a los
discípulos las llagas de las manos y del
costado (cf.Jn 20, 20), signos de lo que sucedió y que
nunca se borrará: su humanidad gloriosa permanece
«herida». Este gesto tiene como finalidad confirmar
la nueva realidad de la Resurrección: el Cristo que
ahora está entre los suyos es una persona real, el
mismo Jesús que tres días antes fue clavado en la
cruz. Y así, en la luz deslumbrante de la Pascua, en el
encuentro con el Resucitado, los discípulos captan el
sentido salvífico de su pasión y muerte. Entonces, de
la tristeza y el miedo pasan a la alegría plena. La
tristeza y las llagas mismas se convierten en fuente de
alegría. La alegría que nace en su corazón deriva de
«ver al Señor» (Jn 20, 20). Él les dice de nuevo: «Paz
a vosotros» (v. 21). Ya es evidente que no se trata
sólo de un saludo. Es un don, el don que el
Resucitado quiere hacer a sus amigos, y al mismo
tiempo es una consigna: esta paz, adquirida por Cristo
con su sangre, es para ellos pero también para todos
nosotros, y los discípulos deberán llevarla a todo el
27
mundo. De hecho, añade: «Como el Padre me ha
enviado, así también os envío yo» (ib.). Jesús
resucitado ha vuelto entre los discípulos para
enviarlos. Él ya ha completado su obra en el
mundo; ahora les toca a ellos sembrar en los
corazones la fe para que el Padre, conocido y amado,
reúna a todos sus hijos de la dispersión. Pero Jesús
sabe que en los suyos hay aún mucho miedo, siempre.
Por eso realiza el gesto de soplar sobre ellos y los
regenera en su Espíritu (cf. Jn 20, 22); este gesto es el
signo de la nueva creación. Con el don del Espíritu
Santo que proviene de Cristo resucitado comienza de
hecho un mundo nuevo. Con el envío de los
discípulos en misión se inaugura el camino del pueblo
de la nueva alianza en el mundo, pueblo que cree en
él y en su obra de salvación, pueblo que testimonia la
verdad de la resurrección. Esta novedad de una vida
que no muere, traída por la Pascua, se debe difundir
por doquier, para que las espinas del pecado que
hieren el corazón del hombre dejen lugar a los brotes
de la Gracia, de la presencia de Dios y de su amor
que vencen al pecado y a la muerte.
Queridos amigos, también hoy el Resucitado entra en
nuestras casas y en nuestros corazones, aunque a
veces las puertas están cerradas. Entra donando
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alegría y paz, vida y esperanza, dones que
necesitamos para nuestro renacimiento humano y
espiritual. Sólo él puede correr aquellas piedras
sepulcrales que el hombre a menudo pone sobre sus
propios sentimientos, sobre sus propias relaciones,
sobre sus propios comportamientos; piedras que
sellan la muerte: divisiones, enemistades, rencores,
envidias, desconfianzas, indiferencias. Sólo él, el
Viviente, puede dar sentido a la existencia y hacer
que reemprenda su camino el que está cansado y
triste, el desconfiado y el que no tiene esperanza.
[…] En conclusión, la experiencia de los discípulos
nos invita a reflexionar sobre el sentido de la Pascua
para nosotros. Dejémonos encontrar por Jesús
resucitado. Él, vivo y verdadero, siempre está
presente en medio de nosotros; camina con nosotros
para guiar nuestra vida, para abrirnos los ojos.
Confiemos en el Resucitado, que tiene el poder de dar
la vida, de hacernos renacer como hijos de Dios,
capaces de creer y de amar. La fe en él transforma
nuestra vida: la libra del miedo, le da una firme
esperanza, la hace animada por lo que da pleno
sentido a la existencia, el amor de Dios. Gracias.
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