El Régimen de La Progresividad en La Ley 24.660 Hammurabi
El Régimen de La Progresividad en La Ley 24.660 Hammurabi
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El art. 10.3 del P.I.D.C.P. estipula que “El régimen penitenciario consistirá en un tratamiento cuya finalidad esencial
será la reforma y la readaptación social de los penados. Los menores delincuentes estarán separados de los adultos y
serán sometidos a un tratamiento adecuado a su edad y condición jurídica”. Por su parte, el art. 5.6 de la C.A.D.H.
establece que: “Las penas privativas de la libertad tendrán como finalidad esencial la reforma y la readaptación social
de los condenados”.
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Conforme al art. 1 de la ley 24.660, “La ejecución de la pena privativa de libertad, en todas sus modalidades, tiene por
finalidad lograr que el condenado adquiera la capacidad de comprender y respetar la ley procurando su adecuada
reinserción social, promoviendo la comprensión y el apoyo de la sociedad”.
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legislador.3 Por otra parte, como estamos viendo, durante la ejecución de la pena también cobra
especial relevancia el fin preventivo especial: la ejecución de la sanción debe perseguir como meta
la readaptación social del condenado (prevención especial positiva).4
Sin embargo, es importante aclarar que el hecho de aceptar el fin de reinserción social de la
pena, bajo ningún punto de vista permite que por razones preventivas pueda afectarse el principio
de responsabilidad por el hecho y proporcionalidad. Jamás pueden invocarse los objetivos de
resocialización para imponer o tolerar penas desproporcionadas. En nuestra opinión, debe partirse
de la idea de pena “retributiva” y “proporcional”, de tal modo que los objetivos de prevención –
general o especial– nunca autorizan a imponer una sanción más grave que la que corresponde en
razón de la retribución justa del delito.
Por lo tanto, una vez impuesta la pena que resulte adecuada y equitativa a la gravedad de lo
injusto y a la culpabilidad del autor, y, eventualmente, luego de que el juez haya realizado las
reducciones que la ley autoriza por razones de prevención especial, la sanción debe comenzar a
cumplirse y, durante la ejecución de la pena, la idea de procurar la resocialización del condenado
vuelva a tomar operatividad.
El objetivo de la reinserción social del condenado constituye la base de todo el sistema de la
ejecución de la pena privativa de libertad. El principio de progresividad que sigue nuestra ley se
relaciona directamente con aquella finalidad. Incluso puede decirse que la suerte que corra el
condenado durante este régimen depende, en gran parte, de su pronóstico de reinserción social.
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Ejemplos de estos mecanismos legales pueden verse en el régimen de la condenación condicional (art. 26, C.P.) o de
la prisión discontinua o semidetención, con posibilidad de sustitución de la pena por trabajos comunitarios (arts. 35 y ss.
de la ley 24.660).
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Las Reglas Mínimas para el Tratamiento de los Reclusos disponen que: “58. El fin y la justificación de las penas y
medidas privativas de libertad son, en definitiva, proteger a la sociedad contra el crimen. Sólo se alcanzará este fin si se
aprovecha el período de privación de libertad para lograr, en lo posible, que el delincuente una vez liberado no
solamente quiera respetar la ley y proveer a sus necesidades, sino también que sea capaz de hacerlo. 59. Para lograr este
propósito, el régimen penitenciario debe emplear, tratando de aplicarlos conforme a las necesidades del tratamiento
individual de los delincuentes, todos los medios curativos, educativos, morales, espirituales y de otra naturaleza, y todas
las formas de asistencia de que puede disponer. 60. 1) El régimen del establecimiento debe tratar de reducir las
diferencias que puedan existir entre la vida en prisión y la vida libre en cuanto éstas contribuyan a debilitar el sentido de
responsabilidad del recluso o el respeto a la dignidad de su persona. 2) Es conveniente que, antes del término de la
ejecución de una pena o medida, se adopten los medios necesarios para asegurar al recluso un retorno progresivo a la
vida en sociedad. Este propósito puede alcanzarse, según los casos, con un régimen preparatorio para la liberación,
organizado dentro del mismo establecimiento o en otra institución apropiada, o mediante una liberación condicional,
bajo una vigilancia que no deberá ser confiada a la policía, sino que comprenderá una asistencia social eficaz. 61. En el
tratamiento no se deberá recalcar el hecho de la exclusión de los reclusos de la sociedad, sino, por el contrario, el hecho
de que continúan formando parte de ella. Con ese fin debe recurrirse, en lo posible, a la cooperación de organismos de
la comunidad que ayuden al personal del establecimiento en su tarea de rehabilitación social de los reclusos. Cada
establecimiento penitenciario deberá contar con la colaboración de trabajadores sociales encargados de mantener y
mejorar las relaciones del recluso con su familia y con los organismos sociales que puedan serle útiles. Deberán
hacerse, asimismo, gestiones a fin de proteger, en cuanto ello sea compatible con la ley y la pena que se imponga, los
derechos relativos a los intereses civiles, los beneficios de los derechos de la seguridad social y otras ventajas sociales
de los reclusos”.
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Al respecto, basta con tener en cuenta que una de las calificaciones que recibe el interno es
la de “concepto”, que según la ley debe reflejar “la ponderación de su evolución personal de la que
sea deducible su mayor o menor posibilidad de adecuada reinserción social” (art. 101). Y dicha
calificación es de fundamental importancia para conceder o rechazar determinados derechos durante
la ejecución de la pena.5
El problema es que estamos ante un concepto que resulta sumamente amplio e impreciso y
que puede dar lugar a la arbitrariedad. Bajo el pretexto de que el pronóstico de reinserción social del
condenado resulta desfavorable, se pueden negar importantes derechos durante el cumplimiento de
la pena privativa de la libertad, y el interno –por lo general– carece de cualquier posibilidad de
cuestionar o contradecir dicho diagnóstico. La cuestión se torna aún más grave cuando el análisis
del pronóstico de reinserción social del condenado se lleva a cabo mediante la simple transcripción
de fórmulas imprecisas y carentes de una verdadera evaluación.
Por tal motivo, en nuestra opinión, es necesario establecer algunas limitaciones a la idea de
“reinserción social”, como meta principal de la ejecución de la pena. Como consecuencia de la
aplicación del principio de humanidad que rige la ejecución de la pena privativa de la libertad (art.
18 C.N., 5.2 C.A.D.H., 10 P.I.D.C.P. y 25 D.A.D.D.H.), es imprescindible que se respete
estrictamente la dignidad del condenado y su autonomía ética.6
A través de la idea de resocialización no se trata de imponer un determinado sistema de
valores o un modelo de pensar al condenado, transformándolo en un mero objeto sin ninguna
dignidad. El interno debe conservar, pese a la condena, todos los derechos inherentes al ser humano,
de modo que hay que reconocer que resulta plenamente libre para tener sus propias convicciones y
sistemas de valores.
En definitiva, no debe buscarse a través del fin de prevención especial de la pena una
especie de “lavado de cerebro” o “tratamiento compulsivo” del condenado, sino algo mucho más
5
Conforme al art. 104 de la ley 24.660, “La calificación de concepto servirá de base para la aplicación de la
progresividad del régimen, el otorgamiento de salidas transitorias, semilibertad, libertad condicional, libertad asistida,
conmutación de pena e indulto”.
6
Al igual que en Argentina, en España, la legislación también ha reconocido al principio de resocialización tanto en la
Constitución (art. 25) como en la Ley Penitenciaria (art.1). Al respecto, ha explicado Mir Puig que el principio de
resocialización en un Estado democrático no puede ser entendido como sustitución coactiva de los valores del sujeto, ni
como manipulación de su personalidad, sino como “un intento de ampliar las posibilidades de participación en la vida
social, una oferta de alternativas al comportamiento criminal. Ello ha de suponer la libre adaptación por parte del
recluso, que no ha de ser tratado como el mero objeto de la acción resocializadora, sino como un sujeto no privado de su
dignidad con el cual se dialoga” (MIR PUIG, Santiago, Derecho Penal. Parte General, 7ª ed., B de F, Montevideo –
Buenos Aires, 2004, p. 138. La cursiva está en el original)
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moderado.7 Desde nuestro punto de vista, a través de la idea de reinserción social se debe procurar –
fundamentalmente– dos objetivos bien limitados:8
a) Que el penado comprenda obligación y conveniencia de respetar la ley. Es decir, aun
cuando no esté de acuerdo con el sistema de valores que rige nuestro ordenamiento jurídico, a
7
Sobre esta cuestión, Mapelli Caffarena expresa que “Reeducar, según el significado que nosotros le hemos dado,
consiste en compensar las carencias del recluso frente al hombre libre ofreciéndole posibilidades para que tenga acceso
a la cultura y un desarrollo integral de su personalidad. El objeto del proceso reeducador no es tanto la personalidad del
individuo como el marco penitenciario que debe adaptarse de tal forma que el recluso pueda iniciar por sí mismo la
reeducación” (MAPELLI CAFFARENA, Borja, Principios Fundamentales del Sistema Penitenciario Español, Bosch,
Barcelona, 1983, p. 150). Zaffaroni, por su parte, señala que la finalidad de reinserción social contenida en los pactos
internacionales de Derechos Humanos no puede ser incompatible con la idea de dignidad humana, los derechos
inherentes a ella y el libre desarrollo de la personalidad. En una sociedad pluralista, la resocialización, como fin de
ejecución de la pena, no puede destinarse a obtener un cambio en el individuo, o en su personalidad, sino que debe ser
interpretada como una obligación impuesta al Estado de proporcionar al condenado las condiciones necesarias para un
desarrollo personal adecuado que favorezca su integración a la vida social al recobrar su libertad (ZAFFARONI,
Eugenio R., Los objetivos del sistema penitenciario y las normas constitucionales, en Maier, Julio B. J. (comp.), El
derecho Penal hoy. Homenaje al profesor David Baigún, Del Puerto, Buenos Aires, 1995, vol. 1, p. 124). En sentido
concordante, explica Cesano que “la readaptación social no puede estar orientada a obtener un cambio en el sujeto, en
su personalidad y en sus convicciones; en otras palabras, que no es constitucionalmente admisible que el Estado
pretenda, como misión el ´mejoramiento´ de los ciudadanos por medio de la imposición de un sistema de valores o de
un plan de vida que se estima como objetivamente mejor” (CESANO, José Daniel, Los objetivos constitucionales de la
ejecución penitenciaria, Alveroni Ediciones, Córdoba, 1997, p. 117). Por su parte, Salt señala que la resocialización
debe ser entendida como un derecho del condenado a que se le brinden, dentro de la prisión, “las condiciones necesarias
para un desarrollo personal adecuado que favorezca su integración a la vida social al recobrar la libertad” (RIVERA
BEIRAS, Iñaqui y SALT, Marcos Gabriel, Los derechos fundamentales de los reclusos. España y Argentina, Del
Puerto, Buenos Aires, 1999, p. 177). Arocena afirma que “La ejecución de la pena privativa de la libertad se muestra,
así, como el instrumento enderezado a lograr restablecer en el condenado el respeto por las normas penales
fundamentales que él ha inobservado, para lograr que, absteniéndose de cometer nuevos delitos, acomode su
comportamiento futuro a las expectativas de conducta contenidas en tales disposiciones. Con arreglo a esta lógica
discursiva, se advierte que el medio para la consecución de dicho objetivo no puede ser otro que ofrecerle al condenado
los elementos para un desarrollo personal que le permita fortalecer su competencia para configurar su propio plan de
vida y su capacidad de reflexión sobre las consecuencias de su propia acción, para que de ese modo, al recuperar su
libertad, pueda desenvolverse eficazmente en la vida en sociedad mediante el cumplimiento de las expectativas
inherentes a un rol visto como ‘positivo’ por la comunidad en que habrá de reinsertarse. No podrá consistir en una
imposición de ‘reforma’ de su personalidad –habida cuenta que ello constituirá una injerencia intolerable en su derecho
a la autodeterminación personal–, sino sólo en un ofrecimiento de los medios que le permitan un desarrollo idóneo para
remover las causas que lo llevaron al delito y al a prisión” (AROCENA, Gustavo A., Principios básicos de la ejecución
de la pena privativa de la libertad, Hammurabi, 2014, p. 76).
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De acuerdo a las Reglas Mínimas para el Tratamiento de los Reclusos: “65. El tratamiento de los condenados a una
pena o medida privativa de libertad debe tener por objeto, en tanto que la duración de la condena lo permita, inculcarles
la voluntad de vivir conforme a la ley, mantenerse con el producto de su trabajo, y crear en ellos la aptitud para hacerlo.
Dicho tratamiento estará encaminado a fomentar en ellos el respeto de sí mismos y desarrollar el sentido de
responsabilidad. 66. 1) Para lograr este fin, se deberá recurrir, en particular, a la asistencia religiosa, en los países en que
esto sea posible, a la instrucción, a la orientación y la formación profesionales, a los métodos de asistencia social
individual, al asesoramiento relativo al empleo, al desarrollo físico y a la educación del carácter moral, en conformidad
con las necesidades individuales de cada recluso. Se deberá tener en cuenta su pasado social y criminal, su capacidad y
aptitud físicas y mentales, sus disposiciones personales, la duración de su condena y las perspectivas después de su
liberación. 2) Respecto de cada recluso condenado a una pena o medida de cierta duración que ingrese en el
establecimiento, se remitirá al director cuanto antes un informe completo relativo a los aspectos mencionados en el
párrafo anterior. Acompañará a este informe el de un médico, a ser posible especializado en psiquiatría, sobre el estado
físico y mental del recluso. 3) Los informes y demás documentos pertinentes formarán un expediente individual. Estos
expedientes se tendrán al día y se clasificarán de manera que el responsable pueda consultarlos siempre que sea
necesario”
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través de la ejecución de la pena se debe procurar que el interno conozca y entienda que el
cumplimiento de las normas resulta obligatorio y es una necesidad de convivencia social.
b) Darle al interno alternativas válidas y lícitas de comportamiento. Es decir, procurar que la
ejecución de la pena contribuya a que el condenado cuente con mayores posibilidades para llevar
una vida conforme a derecho. Así, por ejemplo, cuando en el marco del tratamiento penitenciario se
logra capacitar al interno en algún oficio, 9 ello claramente contribuirá favorablemente al objetivo de
la reinserción social, pues una vez que recupere su libertad, contará con más alternativas válidas y
lícitas de comportamiento que posiblemente lo alejen del ámbito delictivo. Lo mismo sucede con
las actividades laborales,10 educativas11 y con aquellas destinadas a fomentar las relaciones
familiares y sociales.12
Esta forma de concebir el objetivo de la reinserción social tiene una consecuencia muy
importante. Las actividades que comportan el tratamiento penitenciario no pueden ser impuestas
coactivamente al condenado, de modo que se debe reconocer su derecho de no someterse a
aquéllas.13 Sería impensable, por ejemplo, que pueda imponerse una sanción disciplinaria que se
base en el incumplimiento o falta de interés en dichas actividades.
Sin embargo, es claro que la decisión de no participar en aquellas prácticas que hayan sido
incluidas en el marco del programa de tratamiento penitenciario, redundará en perjuicio del interno,
9
Recordemos que la ley 24.660 establece que “La capacitación laboral del interno, particularmente la de los jóvenes
adultos, será objeto de especial cuidado. El régimen de aprendizaje de oficios a implementar, será concordante con las
condiciones personales del interno y con sus posibles actividades futuras en el medio libre” (art. 114 L.E.P.). También
se dispone que “Se promoverá la organización de sistemas y programas de formación y reconversión laboral, las que
podrán realizarse con la participación concertada de las autoridades laborales, agrupaciones sindicales, empresarias y
otras entidades sociales vinculadas al trabajo y a la producción” (art. 115 L.E.P.). Y que “Los diplomas, certificados o
constancias de capacitación laboral que se expidan, no deberán contener referencias de carácter penitenciario” (art. 116
L.E.P.).
10
De acuerdo al art. 106 de la ley 24.660, “El trabajo constituye un derecho y un deber del interno. Es una de las bases
del tratamiento y tiene positiva incidencia en su formación”.
11
El art. 133 de la ley 24.660 establece que “Todas las personas privadas de su libertad tienen derecho a la educación
pública. El Estado nacional, las provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires tienen la responsabilidad
indelegable de proveer prioritariamente a una educación integral, permanente y de calidad para todas las personas
privadas de su libertad en sus jurisdicciones, garantizando la igualdad y gratuidad en el ejercicio de este derecho, con la
participación de las organizaciones no gubernamentales y de las familias. Los internos deberán tener acceso pleno a la
educación en todos sus niveles y modalidades de conformidad con las leyes 26.206 de Educación Nacional, 26.058 de
Educación Técnico–Profesional, 26.150 de Educación Sexual Integral, 24.521 de Educación Superior y toda otra norma
aplicable. Los fines y objetivos de la política educativa respecto de las personas privadas de su libertad son idénticos a
los fijados para todos los habitantes de la Nación por la Ley de Educación Nacional. Las finalidades propias de esta ley
no pueden entenderse en el sentido de alterarlos en modo alguno. Todos los internos deben completar la escolaridad
obligatoria fijada en la ley”.
12
Según el art. 168 “Las relaciones del interno con su familia, en tanto fueren convenientes para ambos y compatibles
con su tratamiento, deberán ser facilitadas y estimuladas. Asimismo se lo alentará para que continúe o establezca
vínculos útiles con personas u organismos oficiales o privados con personería jurídica, que puedan favorecer sus
posibilidades de resinserción social.
13
Recordemos que el art. 5º de la ley 24.660 dispone que “El tratamiento del condenado deberá ser programado e
individualizado y obligatorio respecto de las normas que regulan la convivencia, la disciplina y el trabajo. Toda otra
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puesto que le impedirá avanzar en el régimen de la progresividad y, por lo tanto, acceder a ciertos
derechos. Gráficamente podría sintetizarse esta cuestión señalando que el tratamiento penitenciario
funciona como una especie de “carga” para el condenado. No existe un deber ni una obligación de
llevar a cabo las actividades que integran el tratamiento, pero dicha decisión necesariamente
impedirá que el interno pueda beneficiarse con ciertos mecanismos legales que disminuyen el rigor
de la ejecución de la pena, como son las salidas transitorias (art. 16 , L.E.P.), el régimen de
semilibertad (art. 23 L.E.P.), libertad condicional (art. 13, C.P.) o libertad asistida (art. 54 L.E.P.),
pues al momento de analizar la concesión de estos regímenes se debe valorar justamente la
evolución del interno en dicho tratamiento y su pronóstico de reinserción social. Dicho de otro
modo, forma parte de la decisión libre de cada interno someterse o no al programa de tratamiento
individual que haya sido diseñado por los profesionales al inicio de la ejecución de la pena, pero es
claro que resulta perfectamente legítimo tomar en cuenta dicha situación al momento de evaluar la
concesión de una libertad anticipada o de un régimen de salidas transitorias.14
Ahora bien, el tomar en cuenta el pronóstico de reinserción social no implica caer en un
derecho penal de autor ni tampoco avasallar el principio de reserva y autonomía de la persona (art.
19 C.N.). Basta con tener en cuenta que la pena que se le ha impuesto ha sido como respuesta al
hecho ilícito y culpable cometido por el autor, de modo que resultaría legítimo y constitucional
exigirle el cumplimiento de la totalidad de la sanción. Es decir, aún cumpliendo íntegramente la
pena impuesta, los principios de responsabilidad por el hecho, culpabilidad y proporcionalidad de la
pena se encontrarían a salvo.
En consecuencia, no se trata de reaccionar penalmente en función de las características de la
personalidad del sujeto o en razón de su pronóstico, sino simplemente de tomar en cuenta estas
circunstancias al momento de decidir si se incorpora al interno a un mecanismo legal que se traduce
en una reducción o atenuación del modo de ejecución de la pena oportunamente impuesta. En
definitiva, la decisión de no participar en las prácticas que hayan sido incluidas en el marco del
programa de tratamiento penitenciario, puede ser perfectamente considerada al momento de decidir
el avance del condenado en el régimen de la progresividad.
II. El régimen de progresividad previsto en la ley 24.660
actividad que lo integre tendrá carácter voluntario. En ambos casos deberá atenderse a las condiciones personales,
intereses y necesidades para el momento del egreso, dentro de las posibilidades de la administración penitenciaria”.
14
En sentido concordante, explican López y Machado que “el hecho de que el régimen sea aplicable al condenado con
independencia de la pena impuesta, no significa necesariamente que la progresividad se verifique en todos los casos,
puesto que ello va a depender de que el interno acepte la oferta de tratamiento que la autoridad penitenciaria le propone.
En ese sentido… pacería entenderse que aquel condenado que opte por rechazar el tratamiento propuesto, habrá elegido
también ser excluido de la progresividad y, por lo tanto, no acceder a la obtención de regimenes de confianza y, en
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La ejecución de la pena privativa de libertad se halla regulada fundamentalmente por la ley
24.66015 y sus decretos reglamentarios.16 Como ocurre en la mayoría de los países, en Argentina se
ha adoptado el llamado “régimen de la progresividad”.17 Básicamente consiste en conferir al penado
un paulatino avance hacia la libertad, atravesando distintos períodos sucesivos, donde las medidas
restrictivas van disminuyendo, con el objeto de que el regreso al medio libre no sea brusco sino
gradual, facilitando de ese modo el fin de resocialización perseguido.18 Es decir, a través de este
sistema se intenta que el condenado, que se somete efectivamente al tratamiento penitenciario y
responde a los objetivos que se han formulado, pueda ir adquiriendo progresivamente mayores
derechos y beneficios, hasta llegar a obtener salidas fuera de la unidad o la libertad anticipada. 19
Se ha pensado que esta modalidad de ejecución de la pena privativa de libertad es más
efectiva para lograr la meta resocializadora, pues, por un lado, se trata de motivar al penado, quien
tendrá más razones para someterse al tratamiento penitenciario, es decir, intentará alcanzar los
diferentes objetivos para poder lograr mayores beneficios. 20 Pero además, el sistema permite
efectuar una adecuada evaluación del interno, dado que la concesión de los distintos beneficios,
ciertos casos, a su soltura anticipada” (Axel LÓPEZ y Ricardo MACHADO, Análisis del régimen de ejecución penal, 2ª
ed., Fabián Di Plácido Editor, Buenos Aires, 2014).
15
Promulgada por Decreto Nro. 752 del 8 de julio de 1996 (B.O. del 16 de julio de 1996).
16
Reglamento de Disciplina para los Internos (Decreto 18/97), Reglamentación del art. 33 de la ley 24.660 (Decreto
1.058/97), Reglamento de Comunicaciones de los Internos (Decreto 1.136/97), Reglamento de las Modalidades Básicas
de la Ejecución (Decreto 396/99), Programa de Tratamiento de Máxima Seguridad (Resolución S.P.C. y A.P. Nro. 179
del 25–7–00) y Reglamento de Recompensas (Decreto 1139/2.000).
17
Sobre el régimen de progresividad previsto en la ley 24.660 véanse, entre otros, RIVERA BEIRAS y SALT, op. cit.;
KENT, Jorge, Derecho de la ejecución penal, Ad Hoc, Buenos Aires, 1996; CESANO, Los objetivos constitucionales…
cit.; LAJE ANAYA, Justo, Notas a la ley penitenciaria nacional, Ed. Advocatus, Córdoba, 1997; D´ALESSIO, Andrés
José (Dir.), Código Penal de la Nación. Comentado y anotado, 2ª ed. actualizada y ampliada, 1ª reimpr., T. III, La Ley,
Buenos Aires, 2011; FELLINI, Zulini (Dir.), Ejecución de penas privativas de libertad, Hammurabi, Buenos Aires,
2014; EDWARDS, Carlos E., Régimen de la pena privativa de la libertad, Astrea, Buenos Aires, 1997; LÓPEZ y
MACHADO, op. cit.; CERUTI, Raúl A. y RODRÍGUEZ, Guillermina B., Ejecución de la pena privativa de libertad,
La Rocca, Buenos Aires, 1998; HADDAD, Jorge, Derecho Penitenciario, Ed. Ciudad Argentina, Buenos Aires, 1999,
SANTI, José L. y GRIOTTO, Erik N., Ejecución de la pena privativa de la libertad. Problemática. Normativa.
Concordancias, Alveroni Ediciones, Córdoba, 2005 y BOMBINI, Gabriel, Poder judicial y cárceles en la Argentina,
Ed. Ad Hoc, Buenos Aires, 2000.
18
Conforme al art. 6 L.E.P, “el régimen penitenciario se basará en la progresividad, procurando limitar la permanencia
del condenado en establecimientos cerrados y promoviendo en lo posible y conforme su evolución favorable su
incorporación a instituciones semiabiertas o abiertas o a secciones separadas regidas por el principio de autodisciplina”.
Por su parte, el art. 1 del Decreto 396/99 dispone que “la progresividad del régimen penitenciario consiste en un proceso
gradual y flexible que posibilite al interno, por su propio esfuerzo, avanzar paulatinamente hacia la recuperación de la
libertad, sin otros condicionamientos predeterminados que los legal y reglamentariamente establecidos”.
19
Como lo destacan Gracia Martín, Boldova Pasamar y Alastuey Dobón, “el sistema denominado progresivo o de
individualización científica está ligado a la ideología reformadora, y como puede suponerse es, con diversas variantes,
el más extendido en nuestro ámbito cultural (GRACIA MARTÍN, Luis, BOLDOVA PASAMAR, Miguel Ángel y
ALASTUEY DOBÓN, M. Carmen, Lecciones de consecuencias jurídicas del delito, Tirant lo Blanch, Valencia, 1998,
p. 80).
20
En las Reglas Mínimas para el Tratamiento de los Reclusos se establece que: “70. En cada establecimiento se
instituirá un sistema de privilegios adaptado a los diferentes grupos de reclusos y a los diferentes métodos de
tratamiento, a fin de alentar la buena conducta, desarrollar el sentido de responsabilidad y promover el interés y la
cooperación de los reclusos en lo que atañe su tratamiento”.
7
antes del vencimiento de la pena, también conlleva la correspondiente evaluación y supervisión –el
condenado debe esforzarse para no perder los derechos que ha adquirido–.21
La base del régimen de progresividad es un “programa de tratamiento” interdisciplinario e
individualizado, diseñado por los organismos técnicos del establecimiento, para cuya elaboración
debe atenderse fundamentalmente a las condiciones personales, intereses y necesidades del interno,
debiendo conferirse a éste una participación activa.22
Como veremos luego, el programa contiene una serie de “objetivos” que el condenado debe
alcanzar, y que pueden incluir diversas actividades como la realización de tratamientos psicofísicos,
cursos de capacitación y formación profesional, ocupaciones laborales, educacionales, culturales y
recreativas o mejoramiento de las relaciones familiares y sociales (arts. 11 y 17 Decreto 396/99). Es
importante insistir que el cumplimiento de esas actividades funciona como una “carga” para el
penado, pues conforme al actual reglamento ello constituye una exigencia para poder avanzar en las
distintas fases del tratamiento. Si el interno no satisface los objetivos trazados en el programa, se
verá impedido de progresar en el régimen penitenciario y consecuentemente de gozar de los
distintos beneficios previstos.
Lo expuesto permite advertir que el programa de tratamiento individual es, sin dudas, uno de
los aspectos más importantes de la ejecución de la pena, de modo que es fundamental que su diseño
se lleve a cabo en forma seria y responsable. Es clave que se tenga realmente en cuenta cuál es la
situación personal del interno y cuáles son sus necesidades, porque sólo de esa forma el tratamiento
resultará efectivo. Del mismo modo, en la elaboración del aludido programa no puede existir
arbitrariedad, como ocurriría si se establecieran objetivos absolutamente irrazonables o de
imposible cumplimiento. Por otra parte, es claro que si bien nos encontramos ante decisiones
administrativas de los organismos técnicos de la unidad, sin intervención judicial ni del defensor del
condenado, como ocurre con todas las cuestiones atinentes a la ejecución de la pena, siempre es
posible ejercer el control judicial sobre la razonabilidad de las decisiones (art. 3, L.E.P.).
21
Cuando el condenado es promovido a las diferentes fases del período de tratamiento, no puede sufrir rebajas en sus
calificaciones, porque de lo contrario debería retroceder. Lo mismo ocurre con el período de prueba y también con la
etapa de libertad controlada. El penado debe ser consciente de que cualquier incumplimiento significaría un retroceso y
la pérdida de lo que había logrado.
22
El art. 2 del Decreto 396/99 aclara expresamente que “las acciones a adoptar para su desarrollo deberán estar dirigidas
a lograr el interés, la comprensión y la activa participación del interno”, mientras que el art. 6 atribuye al Servicio
Criminológico la planificación del tratamiento, “su consideración con el interno”, su verificación y actualización. Pero,
resulta categórico el reglamento cuando prescribe que “establecido el programa concreto de tratamiento, el Consejo
Correccional lo informará verbalmente al interno, escuchará sus inquietudes y procurará motivar su participación activa.
En caso necesario se harán las eventuales rectificaciones que se estimaren convenientes” (art. 18).
8
El régimen de progresividad está integrado por tres períodos fundamentales: observación,
tratamiento y prueba.23 A ello hay que agregar la etapa de libertad condicional, aunque en rigor, en
esta última, al igual de lo que ocurre con la libertad asistida, finaliza completamente el estado de
detención del condenado.
1. Período de observación
El período de observación comienza con la recepción en la unidad de alojamiento, de los
testimonios de la sentencia condenatoria.24 De acuerdo al art. 13 L.E.P., durante esta etapa el
organismo técnico–criminológico tiene a su cargo:
a) Realizar el estudio médico, psicológico y social del condenado, formulando el diagnóstico
y el pronóstico criminológico25, todo lo cual debe ser asentado en una historia criminológica que
debe mantenerse permanentemente actualizada.
b) Recabar la cooperación del condenado para proyectar y desarrollar su tratamiento,
escuchando sus inquietudes.26
c) Indicar el período y fase que se propone para incorporarlo y el establecimiento, sección o
grupo al que debe ser destinado.27
d) Determinar el tiempo mínimo para verificar los resultados del tratamiento y proceder a su
actualización, si fuere necesario.
23
De acuerdo a las últimas estadísticas correspondientes al año 2013, publicadas por el Sistema Nacional de
Estadísticas sobre Ejecución de la Pena de la Dirección Nacional de Política Criminal del Ministerio de Justicia de la
Nación, el 3 % de la población carcelaria del Servicio Penitenciario Federal se hallaba en período de observación, el 65
% en período de tratamiento y el 22 % en período de prueba. Por su parte, el 8,9 de los internos del S.P.F. goza de
salidas transitorias (ver http://www.jus.gob.ar/media/2736753/Informe%20SNEEP%20SPF%202013.pdf).
24
En el sistema del Código Procesal Penal de la Nación, el encargado de efectuar las comunicaciones es el Tribunal
Oral que haya condenado al interno, pues el art. 494 dispone que “…Si el condenado estuviere preso, o cuando se
constituyere detenido, se ordenará su alojamiento en la cárcel penitenciaria correspondiente, a cuya dirección se le
comunicará el cómputo, remitiéndosele copia de la sentencia”.
25
Según el art. 8 del Decreto 396/99 la historia criminológica además debe contener las fechas en que el interno podría
acceder al período de prueba, salidas transitorias y semilibertad, libertad condicional, libertad asistida, programa de
prelibertad y egreso por agotamiento de pena. Salt, critica que la decisión sobre la clasificación del interno se adopte
sobre la base de un estudio técnico criminológico que realiza un órgano de la administración sobre la base de criterios
de difícil control judicial (como ser el “diagnóstico” y “pronóstico criminológico”) que, en su opinión, facilitan la
arbitrariedad de dichos órganos administrativos. Por ello, considera que estas decisiones “en la medida en que significan
la determinación del contenido cualitativo de la pena, deberían estar alcanzadas por la garantía de la judicialización”
(RIVERA BEIRAS y SALT, op. cit., p. 135).
26
Explica Edwards que durante el período de observación resulta fundamental la colaboración del condenado a los fines
de proyectar el tratamiento a aplicar y que como forma de promover esa cooperación, deben escucharse las inquietudes
del interno (EDWARDS, op. cit., p. 33). Por su parte, López y Machado, argumentan que en este punto se pone en
evidencia que, más allá de la obligatoriedad que implica la observación de las normas que regulan la disciplina, la
convivencia y el trabajo, el tratamiento no constituye una imposición de la autoridad administrativa, sino un
ofrecimiento (LÓPEZ y MACHADO, op. cit., p. 104).
27
López y Machado señalan sobre esta cuestión que aquí cobra relevancia el hecho de que el interno haya sido incluido
en el régimen de ejecución anticipada voluntaria puesto que “es legítimo suponer que, si un procesado incorporado a
esta forma de ejecución alcanzara una de las etapas del régimen, ese estadio debe ser respetado y mantenido al
momento de iniciar la ejecución propiamente dicha” (LÓPEZ y MACHADO, op. cit., p. 105). A su vez, agregan los
9
Es decir, en este primer período se confecciona la historia criminológica y se formulan las
recomendaciones con respecto al programa de tratamiento y a la determinación del establecimiento
o sección donde será destinado el interno, propuestas que luego serán evaluadas por el Consejo
Correccional.
Como ya habíamos adelantado, en el proyecto y elaboración del programa de tratamiento, se
deben considerar las inquietudes, aptitudes y necesidades del interno, con el objeto de lograr su
aceptación y activa participación. Como establece el art. 10 del Reglamento, “los integrantes del
Servicio Criminológico deberán mantener con el interno todas las entrevistas que sean necesarias,
explicándole las condiciones para ser promovido en la progresividad del régimen y el mecanismo
para la calificación de la conducta y el concepto”.
Según la reglamentación, el período de observación no puede exceder los treinta días, a
partir de la recepción del testimonio de la pena, aunque en la práctica son numerosos los casos en
que existen demoras en la incorporación de internos al régimen de penados, con todos los
inconvenientes que ello acarrea. La inobservancia del plazo máximo de duración produce un atraso
en la efectiva aplicación del tratamiento y la consecuente imposibilidad de avanzar en el régimen
penitenciario, perjudicando gravemente los intereses del condenado.28
Es muy importante que se eviten las excesivas demoras en la incorporación del interno al
régimen de condenados y el correspondiente diseño del programa de tratamiento individual. En las
penas cortas es donde se pueden advertir los graves inconvenientes que ello genera. Es común
observar respecto de los internos que fueron condenados hace varios meses, que al momento de
solicitar un informe –por ejemplo referido al régimen de libertad condicional o asistida–, se indique
no han participado de tratamiento alguno, lo que genera que los organismos técnicos no puedan
efectuar un pronóstico de reinserción social. Insistimos en que se debe trabajar para agilizar estos
trámites, no sólo en la comunicación de la sentencia condenatoria firme –por parte del órgano
judicial competente– sino también para concretar los trámites que deben cumplirse en el ámbito del
servicio penitenciario.
2. Período de tratamiento
Durante esta etapa se termina de diseñar y se aplica el “programa de tratamiento” propuesto
por el Servicio Criminológico. Es decir, durante el período de observación se estudia al condenado
autores que no existiría óbice alguno para incorporar al penado directamente al período de prueba, si estuvieran dadas
las condiciones para ello (op. cit., ps. 105/106).
28
No son pocos los casos en que por problemas administrativos o burocráticos, transcurren varios meses hasta que el
interno es ingresado al régimen de condenado, llegándose en muchas ocasiones a concederse la libertad condicional
antes de que eso ocurra.
10
y se propone el programa de tratamiento, que finalmente es “aprobado” al iniciarse el período de
tratamiento.
La ley 24.660 se limita a señalar que “en la medida que lo permita la mayor o menor
especialidad del establecimiento penitenciario, el período de tratamiento podrá ser fraccionado en
fases que importen para el condenado una paulatina atenuación de las restricciones inherentes a la
pena”29, y que, “estas fases podrán incluir el cambio de sección o grupo dentro del establecimiento
o su traslado a otro” (art. 14 L.E.P.), pero es en el reglamento –Decreto 396/99– donde se
establecen cuáles son las fases, qué requisitos hay que cumplir para acceder a cada una de ellas, y
cuáles son los derechos que se obtienen con el referido avance.
Desde este punto de vista, la ley de ejecución ha delegado este aspecto central del régimen
de progresividad en un reglamento. Sin embargo, pensamos que ello no afecta el principio de
legalidad, pues nos encontramos ante lo que se conoce como derecho penitenciario, rama jurídica
con características propias, que se encuentra integrada por un conjunto de normas de diferente
naturaleza, es decir, disposiciones penales, procesales o administrativas, de modo que las
peculiaridades que presenta este sector del ordenamiento jurídico permite aceptar que algunos
aspectos del régimen de ejecución se contemplen en reglamentos de menor jerarquía que la ley,
siempre que la ley establezca los parámetros generales.
No obstante, es claro que se encuentra absolutamente vedada la posibilidad de delegar en
reglamentos o decretos algunas cuestiones que definen la gravedad o la duración de la pena, es
decir, aquéllas disposiciones que definen el contenido fundamental, la gravedad o la duración de la
pena privativa de la libertad, necesariamente deben estar previstas en la ley. Ello es lo que ocurre,
por ejemplo, con los regímenes de salidas transitorias, semilibertad, libertad condicional o libertad
asistida, respecto de los cuales, no es posible modificar, por vía reglamentaria, los requisitos que
prevé la ley.
En el caso del contenido del período de tratamiento, pensamos que la delegación que hace la
ley en el reglamento no es inconstitucional, pues por un lado el legislador ha establecido en el art.
14 L.E.P. los parámetros generales, al disponer que dicho período puede ser “fraccionado en fases
que importen para el condenado una paulatina atenuación de las restricciones inherentes a la pena”
y que el avance puede incluir “el cambio de sección o grupo dentro del establecimiento o su
traslado a otro”.
29
Critican que se haya establecido que el periodo de tratamiento podrá ser fraccionado en fases en la medida que lo
permita la mayor o menor especialidad del establecimiento penitenciario, López y Machado, quienes explican que “no
corresponde supeditar la aplicación progresiva del régimen a las posibilidades edilicias o humanas con que cuente el
servicio carcelario en determinado momento” (LÓPEZ y MACHADO, op. cit., p. 108). En igual sentido, D´ALESSIO,
op. cit., T. III, p. 1271.
11
Conforme al art. 14 del Decreto 396/99, el período de tratamiento será fraccionado en tres
fases: socialización, consolidación y confianza.
a) Fase de socialización:
Según el reglamento, la fase de socialización está destinada básicamente a mejorar aspectos
de la personalidad del interno.30 No obstante, ello debe ser entendido con el límite que vimos al
analizar el objetivo de reinserción social que pretende buscarse con la ejecución de la pena. Está
claro que siempre debe respetarse el principio de autonomía ética del hombre, de modo que no se
trata de imponer un determinado modelo de personalidad, sino simplemente de inculcar al
condenado la necesidad de respetar la ley y los derechos de terceros, presentándole alternativas
válidas de comportamiento. Así debe ser entendida la finalidad que se menciona en el reglamento
con relación a esta fase del período de tratamiento.
Durante la fase de socialización además se fija definitivamente el programa de tratamiento
individual. Como establece el art. 17, dentro del plazo de quince días de la incorporación del interno
a la fase de socialización, el Consejo Correccional deberá reunirse en pleno a fin de considerar cada
una de las recomendaciones formuladas por el Servicio Criminológico para el tratamiento y
examinar su factibilidad en concreto. A su término se fijarán los objetivos relacionados con la salud
psicofísica, capacitación y formación profesional, actividad laboral, actividades educacionales,
culturales y recreativas, relaciones familiares y sociales, u otros aspectos peculiares que presente el
caso.
Es muy importante advertir que para el diseño del programa de tratamiento individual y la
determinación de los objetivos que el condenado debe cumplir, se debe tomar en cuenta la opinión
del interno, quien tiene derecho de participar de las reuniones y debe ser escuchado. La
reglamentación establece que el Consejo Correccional debe “informar verbalmente al interno,
escuchar sus inquietudes y procurará motivar su participación activa” (art. 18). De todas formas, es
claro que el condenado tiene derecho de cuestionar ante el juez, a través de su defensor, cualquier
arbitrariedad en la que hayan incurrido los organismos técnicos de la unidad. No obstante ello,
hubiera sido preferible contemplar mayores formalidades para garantizar la efectiva participación
del interno, como por ejemplo, la obligación de confeccionar un acta y que sea debidamente
suscripta por el condenado.
b) Fase de consolidación:
30
De acuerdo al art. 15 del Decreto 396/99, "consiste primordialmente en la aplicación intensiva de técnicas
individuales y grupales tendientes a consolidar y promover los factores positivos de la personalidad del interno y a
modificar o disminuir sus aspectos disvaliosos".
12
Esta etapa del período de tratamiento ya implica –y exige– cierta evolución por parte del
condenado, pues se le empiezan a realizar ciertas concesiones, como la disminución de algunas
medidas restrictivas. Básicamente consiste en la aplicación de una supervisión “atenuada que
permita verificar la cotidiana aceptación de pautas y normas sociales, y en la posibilidad de
asignarle labores o actividades con menores medidas de contralor” (art. 19).31
Para ingresar a la fase de consolidación el interno debe cumplir los siguientes recaudos (art.
20):
a) Poseer conducta y concepto buenos –cinco–. Como tendremos oportunidad de explicarlo
más adelante, la calificación de conducta se relaciona con la disciplinar del interno
dentro de la cárcel (art. 100 L.E.P.);32 mientras que el concepto refleja la evolución del
condenado en el tratamiento penitenciario, con miras al objetivo de reinserción social
(art. 101 L.E.P.).33
b) No registrar sanciones medias o graves en el último período calificatorio. Se trata de un
requisito adicional al previsto en el punto anterior. Es decir, aunque el condenado tenga
una calificación de conducta buena (cinco), no puede acceder a esta fase en caso de
haber recibido, en el último período, sanciones medias o graves.34
c) Trabajar con regularidad, lo que demuestra que el trabajo no sólo constituye un derecho
para el condenado, sino también un deber, de modo que el incumplimiento de esta carga
perjudica al interno al impedir el avance en la progresividad.35
d) Estar cumpliendo con los objetivos del programa de tratamiento, con lo cual, es claro
que el incumplimiento de dichos objetivos impide el avance del condenado a las fases
posteriores y, por lo tanto, acceder a los diferentes beneficios que la ley otorga.
e) Mantener el orden y la adecuada convivencia. Se trata de una exigencia completamente
imprecisa y redundante, que debería ser suprimida, pues ya es suficiente con la
referencia que se establece en cuanto a la calificación de conducta y la ausencia de
31
El art. 21 especifica aún más los beneficios que pueden alcanzarse en esta fase: a) posibilidad de cambio de sección o
grupo dentro del establecimiento o su traslado a otro apropiado a la fase alcanzada, b) visita y recreación en ambiente
acorde con el progreso alcanzado en su programa de tratamiento, y c) disminución paulatina de la supervisión continua,
permitiendo una mayor participación en actividades respecto de la fase anterior.
32
De acuerdo al art. 100 L.E.P., “El interno será calificado de acuerdo a su conducta. Se entenderá por conducta la
observancia de las normas reglamentarias que rigen el orden, la disciplina y la convivencia dentro del establecimiento”.
33
El citado art. 101 L.E.P. establece que “El interno será calificado, asimismo, de acuerdo al concepto que merezca. Se
entenderá por concepto la ponderación de su evolución personal de la que sea deducible su mayor o menor posibilidad
de adecuada reinserción social”.
34
Las infracciones medias son las previstas por el art. 17 del Decreto 18/97, mientras que las graves son las que se
enuncian en los arts. 18 del Decreto 18/97 y 85 de la ley 24.660.
35
El art. 106 L.E.P. expresamente dispone que “El trabajo constituye un derecho y un deber del interno. Es una de las
bases del tratamiento y tiene positiva incidencia en su formación”
13
sanciones medias o graves. Como no está claro qué es lo que se pretendió regular a
través de este requisito, entendemos que si el condenado tiene una conducta buena y no
ha recibido sanciones medias o graves, resultaría arbitrario negarle el avance sobre la
base de argumentos relacionados con el “orden” o la “convivencia”.
f) Demostrar hábitos de higiene en su persona, en su alojamiento y en los lugares de uso
compartido, exigencia que tampoco resulta muy clara, pues el incumplimiento de normas
referidas a la higiene puede dar lugar a sanciones disciplinarias de carácter leve. Es
decir, se verifica cierta contradicción entre este requisito y lo previsto en el art. 20, inc.
“a” y “b”, donde sólo se alude a la calificación de conducta buena –cinco– y a la
ausencia de sanciones medias o graves.
g) Contar con dictamen favorable del Consejo Correccional y resolución aprobatoria del
Director del establecimiento. En cuanto a ello, cabe señalar que nos encontramos ante
decisiones que toma la autoridad penitenciaria, sin intervención judicial y tampoco del
defensor del condenado. No obstante ello, está claro que ante cualquier controversia el
interno puede recurrir al juez de ejecución penal en virtud del principio básico contenido
en el art. 3 de la ley 24.660, conforme al cual, “la ejecución de la pena privativa de
libertad, en todas sus modalidades, estará sometida al permanente control judicial”
(principio de judicialización).
c) Fase de confianza:
Esta fase se caracteriza por una mayor disminución de las medidas de supervisión y
vigilancia, previéndose incluso el alojamiento del penado en un sector diferenciado del
establecimiento, donde existen menos restricciones a la libertad.36 Se trata de una etapa muy
importante en el tratamiento penitenciario, pues constituye la fase anterior al ingreso del interno al
período de prueba.
Las exigencias para acceder a la fase de confianza están contempladas en el art. 23 del
reglamento:
a) Poseer en el último trimestre conducta muy buena siete y concepto bueno seis. Es decir,
los recaudos en cuanto a las calificaciones del condenado resultan más exigentes, tanto
en relación a la disciplina como a la evolución en el tratamiento penitenciario.
36
El art. 22 del reglamento establece que "la fase de confianza consiste en otorgar al interno una creciente
autodeterminación a fin de evaluar la medida en que internaliza los valores esenciales para una adecuada convivencia
social, conforme la ejecución del programa de tratamiento". Por su parte, el art. 25 señala las características de esta fase:
a) alojamiento en sector diferenciado, b) mayor autodeterminación del interno, c) ampliación de la participación
responsable del interno en las actividades, d) visita y recreación en ambiente acorde al progreso alcanzado en su
programa de tratamiento, y e) supervisión moderada.
14
b) No registrar sanciones disciplinarias en el último período calificado. Aquí también se
observan exigencias mucho más rigurosas, pues cualquier sanción que haya recibido el
interno en el período correspondiente impide su avance a la fase de confianza. Se
incluyen, en consecuencia, tanto las sanciones graves, como las medias y leves.
c) Trabajar con regularidad, lo que demuestra, una vez más, la implicancia que el trabajo
tiene en el avance del interno en el régimen de progresividad.
d) Estar cumpliendo los objetivos del programa de tratamiento, recaudo que resulta
evidente, en razón de que este programa –como vimos– constituye la base del sistema de
progresividad y, por lo tanto, la evolución que el interno demuestre debe ser
determinante para decidir su avance en las diferentes fases.
e) Cumplir “con las normas y pautas socialmente aceptadas”. Se trata, en nuestra opinión,
de un requisito sumamente criticable por su extrema vaguedad, que puede dar lugar a la
absoluta arbitrariedad y afecta la certidumbre y seguridad jurídica que debe regir durante
la ejecución de la pena. Por lo tanto, es evidente que el interno podrá cuestionar ante el
juez cualquier informe negativo que se base en el uso irracional de esta exigencia
reglamentaria.37
f) Contar con el dictamen favorable del Consejo Correccional y resolución aprobatoria del
Director del establecimiento (sin perjuicio del eventual contralor judicial). Nuevamente
debemos decir aquí que, sin perjuicio de que estamos ante una decisión que adopta el
director de la unidad, en virtud de lo previsto por el art. 3 L.E.P., el interno siempre
conserva el derecho a reclamar al juez de ejecución o juez competente la revisión de lo
resuelto, cuando entienda que ha sido arbitrario o irrazonable.
3. Período de prueba
Sin dudas, es en este período donde mayores beneficios se otorgan al condenado, pues se
disminuyen aún más las medidas de vigilancia, a tal punto de aplicarse un régimen de
“autodisciplina”, 38
lo que necesariamente implica el traslado a una unidad penitenciaria o a un
37
Por ejemplo, si un condenado cumple con todos los requisitos antes mencionados –tiene las calificaciones exigidas,
no ha recibido sanciones, trabaja con regularidad y alcanzó los objetivos establecidos en su programa de tratamiento–,
es claro que no se le puede negar la fase de confianza sólo en base a una pauta sumamente ambigua e indeterminada
como es el no acatar las “normas o pautas socialmente aceptadas”.
38
Conforme al art. 26 del Decreto 396/99 el período de prueba consiste básicamente en el empleo sistemático de
métodos de autogobierno, tanto durante la permanencia del interno en la institución como en sus egresos transitorios
como preparación inmediata para su liberación definitiva. Como apuntan López y Machado “el periodo de prueba no
implica sólo el mayor grado de flexibilidad en las condiciones de encierro y el paulatino acceso al medio libre, sino que,
al ser un estadio caracterizado por la confianza y la autodisciplina, conlleva también la tarea de asumir definitivamente
responsabilidades por parte del condenado que hacen a la finalidad del tratamiento de reinserción social, entendido éste
como un proceso de ´personalización´ a través del cual se pretende evitar la institucionalización permanente” (LÓPEZ y
MACHADO, op. cit., p. 109).
15
sector con esas características. Pero además, como veremos, durante el período de prueba, el interno
puede gozar de salidas fuera del establecimiento.
De acuerdo al art. 15 L.E.P., el período de prueba comprende sucesivamente:
a) La incorporación del condenado a establecimiento abierto o sección independiente de
éste, que se base en el principio de autodisciplina.39
b) La posibilidad de obtener salidas transitorias del establecimiento.
c) La incorporación al régimen de semilibertad.
Los requisitos que el condenado debe cumplir para acceder a esta etapa de la progresividad
no se encuentran previstos en la ley, sino en el reglamento (art. 27 del Decreto 396/99). Sin duda
hubiera sido mucho mejor que esta cuestión se regule en la ley 24.660, pues la incorporación al
período de prueba ya puede implicar un cambio significativo en el régimen de ejecución de la pena.
No obstante, por las razones antes explicadas –como ocurre con las disposiciones concernientes a
las fases del período de tratamiento–, pensamos que el aludido art. 27 del reglamento no resulta
inconstitucional. Es la propia ley 24.660 la que implícitamente delega la cuestión en el reglamento,
pues el legislador únicamente ha previsto las consecuencias e implicancias de la incorporación del
interno a este período de la progresividad, pero en ningún momento se especifica cuáles son los
requisitos correspondientes. Nuevamente cabe decir que nos encontramos ante derecho
penitenciario, rama jurídica integrada por disposiciones de muy diversa naturaleza, y en la medida
en que la reglamentación no contradiga principios y normas de la ley nacional, no se produce
ninguna afectación constitucional.
Conforme al art. 27 del Decreto 396/99, para acceder al período de prueba, debe cumplirse
las siguientes condiciones:
a) No tener causa abierta donde interese la detención u otra condena pendiente. Aquí se
alude a dos situaciones diferentes.
La primera se refiere a los casos en que el interno tiene otro proceso penal abierto en su
contra, pero siempre que en esa causa pendiente interese su detención, es decir, su encarcelamiento
preventivo. Podría pensarse que este requisito afecta el estado constitucional de inocencia, pues el
simple hecho de estar acusado o imputado en otro proceso aún no implica responsabilidad.40 Sin
embargo, creemos que es razonable excluir del período de prueba a quien ya se encuentra sometido
a prisión preventiva para otro órgano judicial. Se trata de una limitación fundada en razones
39
En la obra de D´Alessio se señala que en virtud de lo establecido por esta disposición, “el alojamiento de un interno
incorporado al período de prueba en un establecimiento carcelario no regido por el principio de autodisciplina,
constituiría objetivamente un agravamiento ilegítimo de la forma y condiciones en que se cumple la privación de la
libertad” (D´ALESSIO, op. cit., T. III, p. 1273).
40
Sosteniendo esta opinión, véase CERUTI y RODRÍGUEZ, op. cit., p. 87.
16
estrictamente cautelares. Si en la causa pendiente que registra el condenado se ha decretado su
encarcelamiento preventivo, es porque existe suficiente riesgo de fuga, de modo que la concesión
del período de prueba –donde rige un sistema de autodisciplina– podría ser aprovechado por el
interno para fugarse y frustrar los fines que pretenden resguardarse mediante la detención cautelar.
No obstante, es claro que este límite no deberá regir en los casos en que el interno haya accedido al
período de prueba, también respecto de la causa en trámite, a través su incorporación al régimen de
ejecución anticipada voluntaria de la pena (art. 35 y ss. del Decreto 303/96).
El segundo supuesto se relaciona con los casos en que el interno tiene otra condena a pena
privativa de la libertad sin unificar. También en esta situación el condenado podría utilizar el
régimen especial que implica el período de prueba para sustraerse al cumplimiento de la otra pena.
Por ello, en estos casos, deberá procederse en primer lugar a unificar las penas, de conformidad con
lo dispuesto en el art. 58 del C.P., y recién después determinar si en relación a la pena única se
cumplen o no con los recaudos reglamentarios para acceder a este período.
b) Cumplir una parte de la pena, de acuerdo a la siguiente distinción:
1. Para las penas temporales, un tercio de la pena, salvo que se imponga la accesoria del art.
52 del C.P., en cuyo caso, la incorporación al período de prueba puede realizarse una vez vencida la
pena.41 En cuanto a la accesoria el art. 52 del C.P., es importante tener presente que la Corte
Suprema de Justica se ha expedido por la inconstitucionalidad de esta pena para casos de
reincidencia múltiple,42 de modo que –conforme a esta doctrina jurisprudencial– cualquier interno
condenado a pena temporal podía acceder al período de prueba una vez cumplido un tercio de la
sanción.
2. Para penas perpetuas, sin la accesoria del art. 52, a los doce años. En cambio, se ha
excluido implícitamente de la posibilidad de acceder al período de prueba, y por lo tanto de gozar
de salidas transitorias, a los internos condenados a prisión perpetua con más la accesoria de
reclusión por tiempo indeterminado.
41
Por ejemplo, si el sujeto fue condenado a la pena de cinco años de prisión, más la accesoria del art. 52 del C.P., recién
podrá acceder al período de prueba luego de cumplidos los cinco años de la pena principal.
42
C.S.J.N., G. 560. XL; RHE, “Gramajo, Marcelo Eduardo s/robo en grado de tentativa –causa Nº 1573–”, 5–9–2006,
Fallos: 329: 3680. Aquí, sintéticamente, se resolvió que “la pena de reclusión por tiempo indeterminado prevista en el
art. 52 del Código Penal resulta inconstitucional por cuanto viola el principio de culpabilidad, el principio de
proporcionalidad de la pena, el principio de reserva, el principio de legalidad, el principio de derecho penal de acto, el
principio de prohibición de persecución penal múltiple (ne bis in idem) y el principio de prohibición de imposición de
penas crueles, inhumanas y degradantes, todos los cuales aparecen reconocidos en las garantías constitucionales
consagradas –de manera expresa o por derivación– en los arts. 18 y 19 de la Constitución Nacional y en diversos
instrumentos internacionales sobre derechos humanos, que forman parte de nuestro bloque de constitucionalidad,
conforme la incorporación efectuada por el art. 75, inc. 22 de nuestra Ley Fundamental”.
17
c) Tener en el último trimestre conducta muy buena ocho y concepto muy bueno siete, como
mínimo, lo que implica que el interno debe tener una disciplina adecuada dentro de la unidad y que
además debe haber evolucionado en forma favorable en el tratamiento penitenciario.
d) Contar con el dictamen favorable del Consejo Correccional y resolución aprobatoria del
Director del establecimiento. No obstante, una vez más corresponde insistir en que ello de ninguna
manera puede excluir el control que corresponde ejercer al juez de ejecución penal, de modo que
cualquier controversia o conflicto debe ser resuelto por este magistrado.
4. Salidas transitorias
Uno de los aspectos fundamentales del período de prueba es la posibilidad de gozar de
salidas transitorias del establecimiento penitenciario.43 Se trata de preparar el regreso del penado al
medio libre, intentando que ello no ocurra de modo repentino sino gradual, lo que evidentemente
contribuye al objetivo resocializador perseguido.44
Las salidas transitorias pueden concederse para afianzar y mejorar los lazos familiares y
sociales, para realizar actividades educativas o para participar de programas específicos de
prelibertad45 ante la inminencia del egreso definitivo por libertad condicional, libertad asistida o por
agotamiento de condena.46
a) Requisitos:
Para acceder a este régimen deben verificarse los siguientes recaudos:
43
Entiende que el acceso a las salidas transitorias es un auténtico derecho del condenado “en razón de que cuando se
han verificado las exigencias respectivas, la salida debe concederse”, LAJE ANAYA, op. cit., p. 56. Sostiene esta
misma opinión, CESANO, José Daniel, Los requisitos para la concesión de las salidas transitorias en la nueva ley
24.660 y el principio de legalidad de la ejecución (a propósito de ciertos criterios jurisprudenciales), Zeus. Colección
Jurisprudencial, Zeus, Rosario, v. 78, p. 103. Idéntica postura adoptó el TSJ de Neuquén en autos “Curruhinca, Gabriel
– Vázquez, Juan – Alarcón, Segundo Florentino s/ homicidio agravado y robo con armas – Morales, Eduardo Sebastián
– Curruhuinca, Horacio Jaime s/ homicidio calificado en concurso real con robo con armas (dos hechos)”, comentado
por CESANO, José Daniel, El valor del informe técnico criminológico en la concesión de las salidas transitorias,
Pensamiento Penal y Criminológico. Revista de Derecho Penal Integrado, Mediterránea, Córdoba, v. 8, ps. 209/223.
44
Se ha señalado que a través del instituto de las salidas transitorias no sólo se logra que el interno acate las normas que
rigen el orden, la disciplina y la convivencia dentro del establecimiento en aras de resultar merecedores del beneficio,
sino que, además, contribuyen al descongestionamiento de las prisiones que se encuentran colmadas en su capacidad de
alojamiento (PÉREZ ARIAS, José, Fin y justificación de los egresos temporarios y anticipados durante la ejecución de
la pena privativa de la libertad, Y Considerando…, Revista de la Asociación de Magistrados y Funcionarios de la
Justicia Nacional, Buenos Aires, v. 17, p. 33).
45
Explican López y Machado que nada impide que el condenado pueda ser incorporado a las salidas transitorias por
varios o todos los motivos a la vez (LÓPEZ y MACHADO, op. cit., p. 116).
46
El programa de prelibertad se encuentra regulado en los art. 30 y 31 de la ley 24.660 y es una etapa destinada a
preparar el egreso del interno al medio libre, donde deben realizarse en forma coordinada con el Patronato de Liberados
tareas de información y orientación, verificación de documentación, asistencia en materia de vestimenta, traslado,
vivienda y radicación en otro lugar, trabajo, continuación de los estudios, aprendizaje profesional, tratamiento médico o
psicológico.
18
a) Encontrarse incorporado al período de prueba. Si bien este requisito ha sido
cuestionado,47 el régimen de la ley es muy claro sobre ello:
1. En primer lugar, no hay que olvidar que la ejecución de la pena privativa de libertad se
basa en el sistema de la progresividad, dividiéndose en diferentes etapas sucesivas,
donde gradualmente se confieren mayores beneficios. Recién en el período de prueba el
interno accede a un auténtico régimen de “autodisciplina”, por lo que no resulta
coherente que quien aún no goza de esa modalidad pueda obtener egresos fuera del
establecimiento, sin ningún tipo de medida de vigilancia.
2. Las normas no pueden ser interpretadas en forma aislada, sino que debe atenderse al
contexto normativo, de modo que unas y otras no se muestren contradictorias sino
coherentes. Desde este punto de vista, lo más razonable es interpretar armónicamente los
arts. 15 y 17 entendiendo que se refieren a un mismo beneficio.48
3. Los requisitos previstos para acceder al período de prueba (art. 26 Decreto 396/99) son
menores (menos estrictos) que los contemplados para las salidas transitorias (art. 17 de la
ley 24.660), de modo que es prácticamente seguro que si el interno no satisface los
primeros, tampoco se hallará en condiciones de obtener el régimen de salidas.
b) Cumplir una parte de la pena, conforme al siguiente esquema:
47
Una posible interpretación es entender que la ley 24.660 contiene dos clases de salidas diferentes: las reguladas en el
art. 15, dirigidas a los condenados que se encuentren incorporados al período de prueba, donde no se exige más
requisitos que el acceso al mentado período; y las previstas en el art. 17, donde no se requiere dicha incorporación, pero
sí la satisfacción de todos los recaudos (más exigentes) establecidos en esa disposición. Esta opinión es sostenida por
Salt, quien entiende que una solución contraria resultaría violatoria del principio de legalidad al agregar un requisito (la
incorporación al período de prueba) que el texto legal no contiene (RIVERA BEIRAS y SALT, op. cit., p. 248/250). Por
su parte, en la obra de D´Alessio parecería defenderse esta posición cuando agrega, a los argumentos ya reseñados que
“si el acceso a la libertad condicional se produce con total independencia del grado de avance en el régimen progresivo
–art. 13 del Cód. Penal–, sería incongruente no admitir la misma posibilidad respecto de una modalidad de ejecución
que implica mayor restricción de la libertad que aquélla” (D´ALESSIO, op. cit., T. III, p. 1279). En contra,
considerando que la previa inclusión del condenado dentro del período de prueba sí constituye el requisito básico para
el otorgamiento de las salidas transitorias, véase LÓPEZ y MACHADO, op. cit., ps. 109/110, quienes explican que “de
una lectura integral y armónica de las previsiones contenidas en los arts. 15 y 17, surge palmariamente la intención
legislativa de incluir tales institutos en el período caracterizado por la autodisciplina. Además, la naturaleza y esencia de
estos regímenes que implican egresos periódicos del establecimiento carcelario, no permite sino considerar que
solamente pueden ser usufructuados por aquellos condenados que han completado el período de tratamiento y que,
conforme la evolución demostrada, han obtenido el derecho de ser merecedores de un grado máximo de confianza”.
Siguiendo también esta posición, véase JNEjec.Pen. N° 3, “T., F.M.”, 1–12–2000, citado en DONNA, Edgardo A.
(Dir.), El Código Penal y su interpretación en la jurisprudencia, T. 1, Rubinzal – Culzoni, Santa Fe, 2003, p. 71,
precedente en el que se sostuvo que “Debe rechazarse el beneficio de salidas transitorias al interno que aún no se
encuentra incorporado al período de prueba, aunque haya superado en detención más de la mitad de la pena
impuesta…”.
48
El art. 17 L.E.P. establece los requisitos para las salidas que el art. 15 menciona como beneficios del período de
prueba.
19
1. Para las penas temporales, la mitad de la pena. En caso de haberse impuesto la
accesoria del art. 52 del C.P. el interno debe purgar toda la pena y tres años de la
reclusión accesoria.49
2. Para las penas perpetuas sin la accesoria del art. 52 del C.P., después de quince
años.50
c) No tener causa abierta donde interesa su detención51 u otra condena pendiente sin
unificar52. Reiteramos aquí lo expuesto al analizar los requisitos para ingresar al período
de prueba. No basta con que el sujeto tenga otras causas en trámite si en ellas no interesa
su detención (por ejemplo se encuentra excarcelado). Insistimos que el sentido de este
requisito es que el interno no utilice el régimen de las salidas transitorias para sustraerse
al cumplimiento de la prisión preventiva o de la otra pena que debe cumplir. En relación
a los condenados que registran otra causa pendiente, es claro que el riesgo de fuga que
fundamenta la prisión preventiva en el otro proceso, al mismo tiempo, impide
razonablemente concederle el régimen de salidas. Obviamente, la limitación no rige
cuando el interno logra acceder también en el proceso paralelo –a través del régimen de
ejecución anticipada voluntaria de la pena (art. 35 y ss. del Decreto 303/96)– al período
de prueba y cumple con las condiciones para obtener las salidas transitorias.
49
Reiteramos en este punto que, conforme la doctrina jurisprudencial emanada del fallo Gramajo (C.S.J.N., Fallos: 329:
3680), la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado, para casos de multireincidencia, resulta inconstitucional.
50
Al igual de lo que sucede con la incorporación al período de prueba, se ha excluido implícitamente a los condenados a
prisión perpetua con más la accesoria del art. 52 del C.P. Cesano aclara que en aquéllos supuestos en los que la
reclusión accesoria se hubiere impuesto a un condenado a pena privativa de libertad perpetua (como podría darse en el
supuesto del art. 80 del Código Penal), la pena se considerará cumplida en los términos del art. 17, apartado I, letra “c”
computando tres años a partir del cumplimiento del plazo que establece el art. 13 del C.P. para conceder a libertad
condicional a quien fue condenado a reclusión o prisión perpetua (CESANO, Los requisitos para la concesión de las
salidas transitorias… cit., p. 104).
51
Criticando esta exigencia, explica Cesano que si la ley 24.660 extiende su régimen a los procesados (art. 11), ello
permitiría la aplicación de los regímenes previstos en las letras “b” y “c” del artículo 15 (salidas transitorias y
semidetención), con lo cual “resultaría del todo incongruente que, para un condenado, la existencia de una causa que
conlleve prisión preventiva, por esa sola circunstancia, obstaculice la viabilidad del beneficio cuando el resto de las
exigencias legales se encuentren satisfechas” (CESANO, Los requisitos para la concesión de las salidas transitorias…
cit., p. 105). Igual criterio se sostiene en la obra dirigida por D´Alessio, en la que se señala que esta imposibilidad de
materialización de las salidas transitorias atenta contra el fin de resocialización pues se basa en una privación de libertad
de carácter cautelar dictada en un proceso donde su estado de inocencia es absoluto (D´ALESSIO, op. cit., T. III, p.
1277). También siguiendo esta postura, ALBOR, Adrián, Hacia una progresividad objetiva en el proceso de ejecución
de las penas privativas de la libertad, Cuadernos de Doctrina y Jurisprudencia Penal, Ad–Hoc, Buenos Aires, v. 17, p.
96.
52
Cesano indica que resulta aún más irrazonable el impedimento relativo a la existencia de una condena pendiente, “por
cuanto, en tal caso, al tratarse de un proceso anterior o contemporáneo al que motivara la condena que viene
cumpliendo el interno, la mora en el juzgamiento y en la unificación posterior (art. 58 Cód. Penal), solamente puede
serle reprochada a la administración de justicia, mas nunca utilizada en perjuicio del condenado” (CESANO, Los
requisitos para la concesión de las salidas transitorias… cit., p. 105). En idéntico sentido, se explica en la obra de
D´Alessio que “no parece justo que el interno resulte perjudicado por la demora de la justicia” (D´ALESSIO, op. cit., T.
III, p. 1277).
20
En cuanto a los casos en que el condenado registra “condenas pendientes”, como lo
vimos al analizar los requisitos previstos en el art. 27 del Decreto 396/99, debe
procederse primero a la unificación de las penas (art. 58 del C.P.) y luego sí analizar si se
cumplen o no, en relación a la pena única, con las exigencias legales para acceder a este
régimen.53
d) Poseer conducta ejemplar o “el grado máximo susceptible de ser alcanzado según el
tiempo de detención”. Esta última expresión es desafortunada, pues la calificación de
conducta no depende de la evolución del interno en el tratamiento penitenciario, sino que
se basa únicamente en el “orden”, la “disciplina” y la “convivencia”, actitudes que deben
observarse desde el mismo inicio de la ejecución de la pena. Es decir, el “grado
máximo” de conducta que puede alcanzarse en cualquier etapa de la ejecución de la pena
es siempre de “ejemplar”.
e) Merecer de los organismos técnicos un concepto favorable respecto de la evolución
demostrada54 y sobre el efecto beneficioso que las salidas pueden tener para el futuro
personal, familiar y social del condenado.55 No obstante, como lo venimos sosteniendo,
hay que recordar que los informes no son vinculantes para el magistrado, quien debe
apreciarlos y valorarlos, hallándose habilitado para dejarlos de lado cuando resulten
arbitrarios.56 Otra vez hay que señalar que estamos ante decisiones judiciales y no
53
Señalan López y Machado que si existen dudas en cuanto a si procederá o no la unificación, deberá primar el
principio del favor rei y, por ello, tenerse por cumplimentada la exigencia (LÓPEZ y MACHADO, op. cit., p. 121).
54
Como apunta Cesano “cuando el órgano de ejecución deba ponderar la calificación de concepto, en principio, tendrá
que atender necesariamente, a los informes del Servicio Criminológico (o Gabinete). La razón es clara: son éstos
quienes (al menos a nivel de formulación legal), por su composición y especialización, se encuentran en mejores
condiciones científicas para formular ese juicio, relativo a la evolución del tratamiento”. A su vez, apunta el autor que
“si a través de un dictamen motivado, se concluye recomendando la concesión del régimen solicitado…, el órgano
jurisdiccional no puede subrogar esa opinión y, en su lugar, apelando a valoraciones personales, rechazar (por ese
motivo) el pedido formulado” (CESANO, El valor del informe técnico criminológico… cit., p. 215). Idéntica opinión se
sostiene en la obra de D´ALESSIO, op. cit., T. III, p. 1278 y en la de Rivera Beiras y Salt, señalando este último que el
requisito previsto en esta disposición “exige una apreciación subjetiva de las características personales del condenado
que es de difícil control ya que no existen sobre esta cuestión parámetros verificables objetivamente” (RIVERA
BEIRAS y SALT, op. cit., p. 245).
55
Para López y Machado la primera parte del inciso prevé una exigencia innecesaria ya que la ponderación sobre la
evolución positiva del condenado ya fue sopesada al disponer la incorporación del penado al período de prueba. Por
ello, “si el organismo técnico–criminológico y el consejo correccional del establecimiento resolvieron la inclusión del
interno en el referido estadio de autodisciplina, mal pueden entonces después considerar que su evolución fue negativa,
para obstar la obtención de los regímenes de confianza”. Sin embargo, con relación a la segunda parte del inciso, los
autores entienden que pueden existir casos en los que, aún hallándose cumplidos los demás requisitos previstos en la
ley, la incorporación al régimen de salidas transitorias no resulte conveniente, como ocurriría, por ejemplo, si un
condenado por un delito sexual, fija domicilio en el lugar de residencia de la víctima (LÓPEZ y MACHADO, op. cit.,
ps. 124/125).
56
La misma opinión sostiene Cesano, quien explica que el informe del Servicio es un acto interorgánico de carácter
consultivo que, como todo acto administrativo, debe hallarse motivado, explicitando las razones fácticas y científicas
por la cual se arriba a la conclusión postulada. Es decir, “si dicho informe, se limitara a emitir un juicio de valor
despojado de toda base científica o, por el contrario a manifestar una opinión técnica pero sin guardar una relación con
21
administrativas. Es el juez el que decide la incorporación del interno a este régimen, pero
necesariamente debe tomar en cuenta los informes técnicos de los especialistas que
integran el consejo correccional del establecimiento.
Es aquí donde se presentan los mayores problemas, pues al tratarse de informes técnicos,
resulta difícil efectuar un efectivo control sobre su razonabilidad en sede judicial.
Usualmente el magistrado puede apartarse cuando los informes resulten manifiestamente
infundados o contradictorios, pero no contará con herramientas técnicas que le permitan
introducirse, suficientemente, en las valoraciones que llevan a cabo los organismos
técnicos. Sin duda, para facilitar esta tarea resultaría conveniente que los jueces de
ejecución puedan contar con equipos técnicos que les brinden asesoramiento y que les
permitan llevar a cabo un control efectivo de los informes que confecciona la unidad. Sin
perjuicio de ello, en la etapa judicial, las partes también pueden proponer la realización
de otras medidas probatorias que tengan por finalidad desvirtuar apreciaciones o
conclusiones de los aludidos informes.
f) Es preciso señalar que la circunstancia de que el interno haya sido declarado
reincidente no impide, en modo alguno, la posibilidad de que pueda ser incorporado al
régimen de salidas transitorias.57
g) Finalmente, mediante ley 26.81358, se ha establecido que en los casos de las personas
condenadas por los delitos previstos en los artículos 119, segundo y tercer párrafo, 120,
y 125 del Código Penal, antes de adoptar una decisión, deberá requerirse un informe del
equipo interdisciplinario del juzgado de ejecución y a su vez, notificar a la víctima o su
representante legal que será escuchada si desea hacer alguna manifestación. Se aclara a
su vez que el interno podrá proponer peritos especialistas a su cargo, que estarán
facultados a presentar su propio informe.59
el caso, el acto adolecería del vicio de arbitrariedad”. En tal caso, el dictamen del Gabinete no resultará vinculante para
el órgano jurisdiccional (CESANO, El valor del informe técnico criminológico… cit., p. 216/217).
57
Así lo ha sostenido la sala II de la C.N.C.P. al señalar que: “la reincidencia que registra el condenado que fue
sopesada negativamente no resulta un óbice que el legislador haya previsto para la procedencia de las salidas
transitorias, por lo que al decidir de ese modo, al crear un motivo no previsto legalmente, el juez ha sobrepasado la letra
de la ley conspirando contra el principio de legalidad (art. 18 de la C.N.)” (C.N.C.P., sala II, “Ramírez, Hernán Gastón
s/ recurso de casación”, 10–11–2010, www.pjn.gov.ar). Sostiene este criterio también CESANO, Los requisitos para la
concesión de las salidas transitorias… cit., p. 106/107, quien explica que al tratarse de un derecho del condenado
(condicionado al cumplimiento de precisas exigencias), los requisitos que la ley enumera para su concesión no pueden
ser “aumentados”, yendo más allá de los textos legales (en este caso exigiendo para las salidas transitorias el
cumplimiento de un requisito propio de la libertad condicional; esto es, que el interno no haya sido declarado
reincidente).
58
Sancionada el 28–11–2012 y publicada en el B.O. el 16–1–2013.
59
López y Machado explican que la modificación introducida mediante ley 26.813 presenta algunas deficiencias que
dificultan su aplicación, como ser el hecho de que el equipo interdisciplinario al que se hace referencia aún no ha sido
22
b) Modalidades:
El régimen de salidas transitorias debe ser propuesto por el Director de la unidad de
alojamiento, indicando las condiciones que debe observar el penado durante los egresos.60 Una vez
recibida la propuesta se tramita el correspondiente incidente y el juez de ejecución resuelve si
concede o rechaza el beneficio, precisando además las normas que debe acatar el condenado.61
El art. 20 L.E.P. prescribe que “concedida la autorización judicial, el director del
establecimiento quedará facultado para hacer efectivas las salidas transitorias o la semilibertad e
informará al juez sobre su cumplimiento”. Sin embargo, ello en modo alguno significa que la
efectivización de las salidas quede sujeta al criterio discrecional del director de la unidad, sino que
en cualquier caso se debe acatar la orden del magistrado. 62 El confuso texto legal debe entenderse
en el sentido de que “recién” con la autorización judicial el director puede hacer efectiva la salida, y
nunca sin ella.63
puesto en funcionamiento. A su vez, cuestionan que la norma no especifica qué es, concretamente, lo que los jueces
deben exigir en el informe pericial que corresponde practicar respecto del condenado y de qué modo el resultado del
examen debería ser valorado. Por otro lado, critican que la norma prevea la intervención de la víctima, en contradicción
con lo previsto en el art. 491 del C.P.P.N. que excluye su participación durante la etapa de ejecución, señalando que en
todo caso “debería ser el Ministerio Público Fiscal el que, en su carácter de representante de la sociedad toda, atienda a
los intereses de la víctima y consecuentemente, solicite al magistrado la aplicación de concretas medidas de resguardo y
protección”. En función de ello, concluyen que si la progresividad es una característica común del régimen
penitenciario aplicable cualquiera fuere la pena impuesta, “cuesta encontrar un argumento para evitar considerar que la
mentada previsión no es contraria a los fines propios de la pena y al mandato constitucional” (LÓPEZ y MACHADO,
op. cit., p. 126/130). Sobre las modificaciones introducidas por esta ley puede verse también ABERASTURI, Martín
Francisco, La ley 26.813 desde la óptica de la ejecución penal, Revista de Derecho Penal y Criminología, Buenos
Aires, La Ley, v. 2013–7, ps: 165 a 168 y D'ELÍA, Daniel Tomás, Reflexiones sobre la regulación de la ejecución de la
pena privativa de la libertad: a propósito de la ley 26.813, El Derecho Penal, El Derecho, Buenos Aires, v. 3–2013, Ps.
5 a 18.
60
De acuerdo al art. 18 de la ley 24.660 y 35 del Decreto 396/99, el director debe propiciar: a) el lugar o la distancia
máxima a que el condenado podrá trasladarse. Si debiera pasar la noche fuera del establecimiento, se le exigirá una
declaración jurada del sitio donde percnotará; b) las normas que deberá observar, con las restricciones o prohibiciones
que se estimen convenientes; y c) el nivel de confianza que se adoptará. Con relación a las prohibiciones y restricciones,
explica Laje Anaya que estas pueden incluir evitar el consumo de sustancias estupefacientes, asistir a ciertos lugares,
entrevistarse o estar en compañía de cierto tipo de personas, etc. A su vez agrega que “nada impide que tanto las
restricciones o prohibiciones puedan surgir o ser obtenidas del contenido de la sentencia condenatoria” (LAJE ANAYA,
op. cit., p. 64). Por su parte Edwards señala que si bien el precepto no menciona expresamente cuáles son esas normas
que imponen restricciones o prohibiciones, efectuando una interpretación sistemática de la ley, pueden aplicarse las
condiciones a las que está sujeta la libertad asistida, como ser la de no frecuentar determinadas personas o lugares,
abstenerse de actividades o hábitos y, obviamente, la de regresar al establecimiento penal dentro del término otorgado
(EDWARDS, op. cit., ps. 43/44).
61
Sostienen que la decisión que deniega la incorporación del interno al régimen de las salidas transitorias es revisable
en Casación, CAMPO, Andrea Romina y RODRÍGUEZ JORDÁN, María Inés, Impugnabilidad objetiva de los
incidentes de ejecución y principio de doble conforme. Algunas observaciones sobre el régimen de salidas transitorias
(a propósito de una disidencia correcta), en Ley, Razón y Justicia. Revista de Investigación en Ciencias Jurídicas y
Sociales, Alveroni Ediciones, Neuquén, v. 9, ps. 425 a 435.
62
Hay que recordar que en función de lo dispuesto en el art. 4 L.E.P. es competencia del juez autorizar todo egreso del
condenado del ámbito de la administración penitenciaria. En idéntico sentido, el art. 6, del Decreto 396/99 señala que la
incorporación al régimen de salidas transitorias o semilibertad corresponde al juez de ejecución.
63
La cuestión parece esclarecerse con el reglamento (art. 37 del Decreto 396/99), al disponer que el director del
establecimiento “debe informar de inmediato al juez de ejecución el cumplimiento de la autorización conferida”.
Entienden que de ningún modo esta disposición puede ser entendida como una facultad para que la autoridad
23
De acuerdo a las circunstancias de cada caso, y según la confianza que merece el interno, las
salidas pueden otorgarse acompañado por personal penitenciario que en ningún caso debe ir
uniformado,64 con la tuición de un familiar o persona responsable o bajo palabra de honor (art. 16
L.E.P.). Dichas modalidades pueden modificarse según las necesidades de cada caso y de acuerdo a
la evolución que demuestre el interno.
Por otra parte, en cuanto a su duración, pueden ser de hasta doce, veinticuatro o, en casos
excepcionales, setenta y dos horas (art. 16 L.E.P.).65 Conforme al reglamento, el régimen de
frecuencia y duración de los egresos es el siguiente (art. 28 Decreto 396/99):
1. Tratándose de salidas para afianzar y mejorar los lazos familiares y sociales, el interno al
que le falte más de dos años para egresar del establecimiento por libertad condicional,
asistida o vencimiento de pena, puede gozar de dos salidas de hasta doce horas y una
salida de hasta veinticuatro horas por bimestre; mientras que aquel que egresará en un
término menor, puede acceder a una salida de hasta veinticuatro horas y otra de hasta
cuarenta y ocho horas por mes.66
2. Si las salidas son por razones de estudio, se admite un máximo de doce horas con la
frecuencia que el curso requiera.
3. Para participar de programas de prelibertad, se prevé en la primer fracción una salida de
hasta doce horas quincenal, y en la segunda, una de hasta doce horas con la frecuencia
que requiera el caso particular.
penitenciaria efectivice o no el régimen de las salidas transitorias; sino que debe interpretarse como un auténtico deber
de la administración, RIVERA BEIRAS y SALT, op. cit., p. 247; LÓPEZ y MACHADO, op. cit., p. 134; D´ALESSIO,
op. cit., T. III, p. 1282.
64
En la práctica, dada la carencia numérica de personal penitenciario son muy pocos los casos en que se recurre a esta
modalidad. López y Machado Critican esta disposición y argumentan que ello contraría, en cierta forma, el sentido de
autodisciplina, confianza y responsabilidad que se pretende otorgar al instituto (LÓPEZ y MACHADO, op. cit., p. 116).
65
En la obra que dirige D´Alessio, se sostiene que “tanto la duración máxima de los egresos prevista en la ley, como la
frecuencia establecida en la norma reglamentaria, pueden ser superadas de acuerdo a la evolución personal del
condenado en miras a su reinserción social” (D´ALESSIO, op. cit., T. III, p. 1275).
66
Además el reglamento establece que el interno al que le falten más de dos años para egresar en libertad puede gozar
de una salida extraordinaria no acumulable con las anteriores por bimestre, mientras que el condenado recuperará su
libertad en menos de dos años, puede efectuar una salida extraordinaria por mes (art. 29 Decreto 396/99). Este tipo de
salidas se conceden por diversas razones como la celebración del cumpleaños del interno o familiares directos, fiestas
de navidad y año nuevo, conmemoración de las pascuas, etc. Se ha criticado la regulación de la frecuencia de las salidas
transitorias establecida en el reglamento por entender que contradice la ley, en CEJAS MELIARE, Ariel y LAURO,
Mariana, Arbitrariedades del Reglamento de Modalidades Básicas de la Ejecución a la luz de la ley 24.660, Revista de
Derecho Penal y Procesal Penal, 2008–2, Abeledo Perrot, Buenos Aires, p. 199; quienes explican que “resulta a todas
luces cuestionable una aplicación de topes diferenciados basados en una distinción acerca de la distancia temporal de
los internos respecto de su posible egreso al medio libre”. Por ello concluyen que “la fijación de topes al tiempo de las
salidas transitorias que tengan por objeto afianzar los vínculos familiares y sociales resulta desconocedora no sólo de los
criterios del régimen progresivo sino también del principio de igualdad ante la ley”.
24
Al hacerse efectivas las salidas, el director del establecimiento debe entregar al condenado
una constancia que justifique su situación ante cualquier requerimiento de la autoridad.67
Finalmente, la ley también estipula que la incorporación del interno al régimen de salidas
transitorias o de semilibertad no interrumpen la ejecución de la pena (art. 22, L.E.P.).68
c) Incumplimiento:
El interno que goza de salidas transitorias queda sujeto a la permanente supervisión de la
autoridad penitenciaria, debiendo denunciarse ante el magistrado cualquier incumplimiento.
Conforme al art. 19 L.E.P., “el juez suspenderá69 o revocará70 el beneficio cuando la infracción sea
grave o reiterada”.
Una vez recibida la información sobre el incumplimiento, con el objeto de evitar que en una
nueva salida el interno se sustraiga a la acción de la justicia, el juez puede suspender
provisoriamente el beneficio, mientras se tramita el incidente pertinente con intervención del fiscal
y de la defensa, de acuerdo a lo previsto en el art. 491 del C.P.P.N.71
Obviamente si el penado no regresa al establecimiento luego de un permiso de salida, se
libra la correspondiente orden de captura, y una vez habido, se resuelve la suspensión o revocación
del beneficio.
67
El art. 33 del Decreto 396/99 dispone que la constancia debe incluir a) datos del empleador; b) fecha y hora de la
salida del establecimiento; c) lugar donde se dirige y, en su caso, donde pernoctará; y d) fecha y hora de regreso al
establecimiento.
68
Explican Ceruti y Rodríguez que esto “es especialmente importante en esta última etapa de la condena, ya que el paso
del tiempo irá paulatinamente dando la posibilidad de obtener regímenes más abiertos y con más posibilidades” (op.
cit., p. 91). A su vez, agrega Laje Anaya que “si posteriormente los beneficios han sido suspendidos o revocados (art.
19) la causa o el motivo de la suspensión carece de incidencia para volver las cosas al estado anterior; vale decir, para
que no se tenga por ejecutada la pena, durante el tiempo en que han durado las salidas o la semilibertad” (op. cit., p. 69).
69
Destaca Laje Anaya que esto puede ocurrir por ejemplo, cuando “haya mediado negligencia o imprudencia y, por ese
motivo, v. gr., se hubiese excedido en el tiempo concedido en la salida, y hubiese egresado al establecimiento una vez
vencido el tiempo de la salida” (LAJE ANAYA, op. cit., p. 66). En la obra de D´Alessio se señala que a la hora de
evaluar la posibilidad de suspender el beneficio, debe tomarse en cuenta la finalidad de reinserción social y el principio
de proporcionalidad, por lo que si se trata de un simple incumplimiento insustancial como sería, por ejemplo, un
reintegro levemente tardío, no debería optarse por la suspensión sino que correspondería impartir un mero
apercibimiento (D´ALESSIO, op. cit., T. III, p. 1281).
70
López y Machado argumentan que la revocación no procede por la comisión de infracciones disciplinarias, sino por la
inobservancia de las normas que fueron impuestas al interno por el juez para el usufructo de los regímenes de confianza
(LÓPEZ y MACHADO, op. cit., p. 133). Laje Anaya, por su parte, señala que la revocación puede tener lugar “cuando
se advirtiere que el incumplimiento de las normas a observar, pusieran de relieve, o fueran demostrativas de que el
principio de autodisciplina ha sido rechazado por el condenado, o no ha sido suficientemente incorporado por él v. gr.,
el hecho de regresar al establecimiento a la hora de presentación, pero hacerlo en estado de ebriedad, bajo el efecto de
drogas, o por intentar introducir elementos de cualquier naturaleza, y haciéndolo de un modo tal que sea compatible con
la intención de eludir los controles reglamentarios” (LAJE ANAYA, op. cit., p. 66).
71
En los supuestos de revocación, explica Laje Anaya que “en virtud de que la ley no ha previsto un régimen especial
de tratamiento especial de rehabilitación para volver a disfrutar del derecho acordado dentro del período de prueba (art.
15), retomará… la vigencia del período de tratamiento” (LAJE ANAYA, op. cit., ps. 66/67). En la obra de D´Alessio,
por su parte se señala que la revocación de las salidas transitorias no trae aparejada la imposibilidad de que ellas sean
obtenidas nuevamente (D´ALESSIO, op. cit., T. III, p. 1281 con referencia al precedente de la C.N.C.P., sala IV, causa
N° 5620, “Barrios, Claudio s/ rec. de casación”, 6–4–2005).
25
Finalmente, mediante la reforma que introdujo la ley 26.813 se establecieron exigencias más
rigurosas respecto de aquéllos internos que hubieran sido condenados por alguno de los delitos
previstos en los artículos 119, segundo y tercer párrafo, 120 y 125 del Código Penal quienes
deberán ser acompañados por un empleado durante los egresos o bien llevar colocado un dispositivo
electrónico de control. La ley aclara, sin embargo, que la autoridad jurisdiccional podrá dispensar a
los internos de tales exigencias, previo informe de los órganos de control y del equipo
interdisciplinario del juzgado de ejecución.72
d) Delitos excluidos del régimen de salidas transitorias: discusión constitucional
El art. 56 bis L.E.P.73 excluye de los beneficios previstos para el período de prueba –salidas
transitorias y semilibertad– a los condenados por los siguientes delitos: 1. Homicidio agravado
previsto en el artículo 80, inciso 7., del Código Penal; 2. Delitos contra la integridad sexual de los
que resultare la muerte de la víctima, previstos en el artículo 124 del Código Penal; 3. Privación
ilegal de la libertad coactiva, si se causare intencionalmente la muerte de la persona ofendida,
previsto en el artículo 142 bis, anteúltimo párrafo, del Código Penal; 4. Homicidio en ocasión de
robo, previsto en el artículo 165 del Código Penal; 5. Secuestro extorsivo, si se causare
intencionalmente la muerte de la persona ofendida, previsto en el artículo 170, anteúltimo párrafo,
del Código Penal.74
Esta disposición ha generado numerosos cuestionamientos, pues la exclusión de las
disposiciones atinentes a salidas transitorias en función del delito que dio lugar a la condena, para
muchos afecta el principio que establece que la ejecución de la pena tiene por finalidad la
readaptación social del condenado (art. 1, L.E.P. y 10.3 P.I.D.C.P. y 5.6 C.A.D.H.) y también el
principio de igualdad (art. 8, L.E.P.).75
Pensamos que la exclusión de los regímenes de salidas transitorias para ciertos delitos
graves no resulta inconstitucional. Ello sobre la base de los siguientes argumentos:
a) Es cierto que, de acuerdo a las normas constitucionales vigentes (10.3 P.I.D.C.P. y 5.6
C.A.D.H.), la ejecución de la pena privativa de la libertad debe procurar como objetivo principal la
reinserción social del condenado. Sin embargo, la decisión legislativa de excluir del régimen de las
salidas transitorias a los condenados por ciertos delitos de especial gravedad (art. 56 bis, L.E.P.), no
72
López y Machado critican que la ley no haya estipulado de manera clara y precisa cuáles podrían ser las razones que
habilitarían el otorgamiento de dicha dispensa (LÓPEZ y MACHADO, op. cit., p. 134).
73
Artículo incorporado por art. 2° de la Ley N° 25.948, B.O. 12–11–2004.
74
Además se dispone que “Los condenados por cualquiera de los delitos enumerados precedentemente, tampoco podrán
obtener los beneficios de la prisión discontinua o semidetención, ni el de la libertad asistida, previstos en los artículos
35, 54 y concordantes de la presente ley”.
26
implica dejar a un lado el aludido objetivo de reinserción social exigido constitucionalmente. Dicho
de otro modo, que un interno no tenga derecho a las salidas transitorias reguladas por los arts. 16 y
17 de la L.E.P., de ningún modo significa que deba renunciarse a implementar actividades y
proyectos, en el marco de la ejecución de la pena, que persigan la finalidad resocializadora.
Tal como lo hemos sosteniendo precedentemente, a través del principio de reinserción social
simplemente se trata de intentar que el penado comprenda el deber de respetar la ley y, al mismo
tiempo, de brindarle alternativas válidas de comportamiento. Es decir, mediante el tratamiento
penitenciario se pretende poner, a disposición del condenado, medios que le permitan comportarse
con arreglo a derecho, una vez que se encuentre en libertad. En función de ello es que se elabora un
programa de tratamiento individual, donde se toman en cuenta las condiciones personales del
interno y se establecen objetivos dirigidos, entre otras cosas, a mejorar aspectos de su personalidad
con miras a la meta de resocialización que pretende alcanzarse (ver, arts. 1, 5, 13, 14, 100 y 101 de
la L.E.P. y, entre otros, arts. 2, 11 y 17 del Decreto 396/99).
Pero, en lo que aquí interesa, debe insistirse que es posible trabajar –en el marco del
tratamiento penitenciario– en pos de una favorable reinserción social del condenado, aún cuando la
ley le impida acceder a ciertos mecanismos privilegiados, como las salidas transitorias del
establecimiento.
Respecto de esta cuestión, también corresponde tener presente que el objetivo de reinserción
social que debe ser buscado a través de la ejecución de la pena, y que se impone
constitucionalmente, no involucra necesariamente al derecho a tener egresos transitorios del penal.
El régimen de salidas transitorias, como parte de un sistema de progresividad, no surge de la
constitución sino del régimen instaurado en la ley, como parte de un sistema de progresividad. Pero
si no se trata de una exigencia constitucional, sino legal, es claro que el Congreso Nacional es quien
tiene competencia para establecer los requisitos y las condiciones de este régimen y, en tal sentido,
se encuentra constitucionalmente habilitado para excluirlo en relación a los condenados por ciertos
delitos graves.
b) Desde nuestro punto de vista, no se encuentra suficientemente demostrada la afectación al
principio de igualdad ante la ley (art. 16, C.N.), pues dicho principio constitucional no exige
indefectiblemente la igualdad absoluta entre todas las personas, sino que impone una igualdad en
iguales o similares circunstancias, de tal modo que no existan distinciones o discriminaciones
arbitrarias e irrazonables.
75
Este artículo dispone que “Las normas de ejecución serán aplicadas sin establecer discriminación o distingo alguno en
razón de raza, sexo, idioma, religión, ideología, condición social o cualquier otra circunstancia. Las únicas diferencias
obedecerán al tratamiento individualizado”.
27
Reiteradamente se ha sostenido que la garantía que consagra “el art. 16 de la Constitución
Nacional consiste en aplicar la ley a todos los casos, según sus diferencias constitutivas, de tal
suerte que no es la igualdad absoluta o rígida la que se aplica, sino la igualdad para todos los casos
idénticos, que importa la prohibición de establecer excepciones que excluyan a unos de lo que se
concede a otros en las mismas circunstancias”. Y que “el mero hecho de que exista una distinción o
discriminación no basta por sí solo para declarar que una disposición viola la garantía de la
igualdad, sino que es indispensable, además, que las diferentes repercusiones de la norma se basen
en una diferencia irrazonable o arbitraria”.76
En el caso del art. 56 bis de la L.E.P., las salidas transitorias se excluyen por igual a todos
aquellos internos que hayan sido condenados por los delitos allí especificados. El criterio de
exclusión que ha empleado el legislador se ha basado en pautas objetivas y generales. En el sistema
diseñado, ningún condenado por delitos que el legislador considera sumamente graves puede
acceder a los beneficios del período de prueba. Resulta elocuente que, mediante esta clase de
disposiciones, se ha procurado agravar la respuesta penal para cierta clase de delitos, no sólo en lo
que respecta a la duración de la sanción, sino también imponiendo condiciones más rigurosas de
cumplimiento.
Por último, no resultaría adecuado sostener que el principio de igualdad exija que el régimen
de progresividad deba aplicarse a todos los internos por igual, sin ninguna posibilidad de distinción
que se base en el tipo de delito cometido. Consideramos que en la medida en que el criterio no sea
arbitrario o irrazonable, la ley puede establecer diferencias en la implementación del régimen de
progresividad e, incluso, del tratamiento penitenciario en función de la naturaleza del delito
cometido. Un ejemplo elocuente de ello puede verse en el art. 56 ter, donde se establecen pautas
especiales en la aplicación del tratamiento penitenciario para delincuentes sexuales.
c) Es cierto que a través de la disposición cuestionada, el legislador ha optado por un
determinado criterio político criminal. Como hemos visto, no sólo ha decidido endurecer las
sanciones para esa clase de delitos, sino también las condiciones de su cumplimiento, contemplando
un régimen de ejecución mucho más riguroso. Es evidente que esta clase de reforma parte –
consciente o inconscientemente– de la teoría de la prevención especial negativa de la pena. Sin
embargo, ello no deja de ser una opción político criminal que se encuentra dentro de las
competencias legislativas, de modo que si no se viola ninguna disposición constitucional, resulta
obviamente legítima.
76
Ver entre muchos otros, C.S.J.N., c. 878. XXXVII, “Cavallo, Domingo Felipe s/ recurso de casación”, 19–10–2004,
Fallos: 327: 4376.
28
Dicho de otro modo, aún cuando esta clase de reformas parezcan cuestionables y criticables,
hay que aceptar que se trata de una decisión político criminal que legítimamente puede ejercer el
Congreso de la Nación y que debe ser respetada por los jueces, más allá de la opinión personal que
puedan tener sobre el tema.
5. Semilibertad
El régimen de semilibertad (art. 23 de la L.E.P.) permite al condenado trabajar fuera del
establecimiento carcelario, sin supervisión continua, en iguales condiciones a las de la vida libre,
incluso en lo que respecta al salario y seguridad social, regresando a la unidad al finalizar cada
jornada laboral.77
a) Requisitos:
Para acceder a este beneficio, además de cumplirse con los requisitos previstos para las
salidas transitorias (art. 17 L.E.P.), el interno debe acreditar el vínculo laboral con el
correspondiente contrato, aunque nada impide que trabaje por cuenta propia. El art. 32 del Decreto
396/99 dispone que la Sección Asistencia Social debe constatar:
1. Datos del empleador, si corresponde.
2. Naturaleza del trabajo ofrecido, es decir, que tipo de tareas realizará.78
3. Lugar y ambiente donde se desarrollarán las labores. Es común que por el tipo de trabajo
el interno deba trasladarse de un lugar a otro (ej. una empresa con varias sucursales), en
tal caso la asistente social debe verificar cada uno de los sitios.
4. Horario que debe cumplir, debiendo adecuarse a las disposiciones del derecho laboral y
respetando los tiempos de descanso estipulados en esa legislación.
5. Retribución y forma de pago. Aquí también deben observarse las normas laborales y
previsionales, exigiéndose incluso la contratación del correspondiente seguro de
accidentes.79
b) Modalidades:
77
Explica Laje Anaya que no existe óbice alguno para que, durante este período, el interno pueda gozar además del
beneficio de salidas transitorias, v. gr., para afianzar los lazos familiares (LAJE ANAYA, op. cit., p. 70).
78
Señala Laje Anaya que el trabajo debe ser adecuado a la condición de condenado del interno, aclarando que “un
trabajo no es adecuado a ello cuando por ej., es ambulatorio o pertenece a lo que representa o puede representar una
forma vedada de mendicidad” (LAJE ANAYA, op. cit., p. 72). López y Machado explican por su parte, a modo de
ejemplo, que podría no resultar adecuado que un condenado por el delito de robo agravado se desempeñe como
empleado en un comercio de venta de armas (LÓPEZ y MACHADO, op. cit., p. 138). Finalmente, en la obra de
D´Alessio, se explica que “el juicio sobre la adecuación del trabajo propuesto debe hacerse principalmente en función
del principio de reinserción social, evitando así que las exigencias de la ley laboral cancelen la incorporación a esta
modalidad de ejecución” (D´ALESSIO, op. cit., T. III, p. 1283).
79
En sentido concordante, explican López y Machado que “el magistrado tiene la obligación básica de velar por el
cumplimiento de todas las leyes, por lo que podría resultar inaceptable que, desde el órgano jurisdiccional, se aliente y
avale a un condenado para que infrinja las normas que regulan el trabajo” (LÓPEZ y MACHADO, op. cit., p. 139).
29
El interno egresa diariamente de la unidad de alojamiento, concurre a su lugar de trabajo y,
finalizada la jornada laboral, regresa en el horario estipulado.80 El reglamento establece que se le
debe entregar una constancia para justificar su situación ante requerimiento de la autoridad.81
Como principio general el trabajo debe ser diurno y en días hábiles. La ley dice que
excepcionalmente puede autorizarse durante la noche o los días domingo o feriado, pero en ningún
caso debe dificultar el retorno diario del condenado a su lugar de alojamiento (art. 25 L.E.P.).82
Al igual de lo que sucede con las salidas transitorias, el director del establecimiento debe
proponer al juez la concesión del beneficio, incluyendo las condiciones que deberá observar el
condenado quien, además, queda sujeto a la supervisión de la Sección Asistencia Social, debiendo
informarse de inmediato cualquier incumplimiento o anomalía que se suscite.
En lo que respecta al salario, la ley señala que puede ser percibido por la administración
penitenciaria, como sucede con los internos que trabajan dentro de la cárcel, o por el propio
condenado, debiendo realizarse en todos los casos las deducciones previstas en el art. 121, L.E.P.83
c) Salida semanal
Conforme lo dispuesto en el art. 26, la incorporación del condenado al régimen de
semilibertad incluye una salida transitoria semanal, salvo resolución en contrario de la autoridad
judicial. Mientras ejercita las salidas laborales el interno concurre únicamente a su lugar de trabajo,
por lo que, el sentido de la disposición es procurar la reinserción social a través del afianzamiento
del vínculo con los familiares o allegados.
La ley no establece ningún límite en cuanto a la duración de la salida, debiendo en
consecuencia, aplicarse el régimen general previsto en el art. 16 L.E.P. Si bien el art. 31 del Decreto
396/99 prevé una extensión máxima de 12 horas, dicha norma resulta inconstitucional por afectar el
principio de legalidad y división de poderes, pues en este punto el Poder Ejecutivo se ha excedido
en sus facultades reglamentarias (art. 99 inc. 2 de la C.N.), limitando injustificadamente derechos
80
Laje Anaya señala que, tomando en cuenta que la ley dispone que el interno deberá regresar al alojamiento asignado
al fin de cada jornada laboral, se puede inferir que el instituto de la semilibertad guarda alguna semejanza con la prisión
nocturna (LAJE ANAYA, op. cit., p. 71).
81
La constancia debe incluir: a) datos del empleador, b) fecha y hora de salida del establecimiento, c) fecha y hora de
presentación en su lugar de trabajo, el que deberá precisarse, d) fecha y hora de finalización de sus tareas y e) fecha y
hora de regreso al alojamiento asignado (art. 33 Decreto 396/99).
82
López y Machado consideran que esta limitación es criticable, pues podría resultar contradictoria con lo dispuesto en
el art. 23, L.E.P., que equipara el trabajo que puede llevar a cabo el interno al que puede desarrollarse en la vida libre.
Por ello, concluyen que “el carácter excepcional al que alude la norma es impropio, debiéndose únicamente ponderar si
se trata o no de una adecuada ocupación” (LÓPEZ y MACHADO, op. cit., p. 142). Idéntica posición se asume en la
obra de D´Alessio (D´ALESSIO, op. cit., T. III, p. 1284).
83
Conforme al art. 21 L.E.P., "la retribución del trabajo del interno, deducidos los aportes correspondientes a la
seguridad social, se distribuirá simultáneamente en la forma siguiente: a) 10% para indemnizar los daños y perjuicios
causados por el delito, conforme disponga la sentencia; b) 35% para la prestación de alimentos, según el Código Civil;
30
previstos en la ley. En consecuencia, si en el caso concreto el juez considera que es necesario
otorgar una salida transitoria semanal de mayor duración, corresponderá hacerlo, sin quedar sujeto a
lo que impone el citado artículo del reglamento.
d) Incumplimiento
Como sucede con el régimen de salidas transitorias, cualquier incumplimiento por parte del
penado debe ser denunciado al juez de ejecución, quien podrá disponer la suspensión o revocación
del beneficio, previa tramitación del incidente respectivo y asegurando el respeto del derecho de la
defensa.
6. Libertad condicional
La libertad condicional, constituye en esencia la etapa final del régimen de progresividad y
permite al condenado recuperar la libertad antes del vencimiento de la pena, sometiéndose al
cumplimiento de ciertas condiciones como la obligación de residir en un domicilio determinado,
observar las reglas de conducta e inspección que establezca el juez, trabajar, no cometer nuevos
delitos y someterse al cuidado de un patronato. Mediante la liberación anticipada, se premia a quien
demostró una evolución satisfactoria en el régimen carcelario, incentivándolo a continuar con su
buena conducta en el medio libre, todo ello orientado hacia la prevención especial.
Existe consenso en la doctrina respecto a que la libertad condicional no es una simple gracia
o un beneficio excepcional que se concede al penado, sino que una vez cumplidos los requisitos
legales, constituye un verdadero “derecho”, que no puede ser negado discrecionalmente por el
juez.84
Por otra parte, es necesario aclarar que aunque mediante este régimen cesa el encierro
carcelario –el interno recupera efectivamente la libertad–, de todas formas constituye parte del
c) 25% para costear los gastos que causare en el establecimiento (esta deducción no se aplica para quienes trabajan en
semilibertad); y d) 30% para formar un fondo propio que se le entregará a su salida.
84
En igual sentido, ZAFFARONI, Eugenio R., ALAGIA, Alejandro y SLOKAR, Alejandro, Derecho Penal, Parte
General, 2ª ed., Ediar, Buenos Aires, 2003, p. 958; DE LA RÚA, Jorge, Código Penal Argentino, Parte general, 2ª ed.,
Depalma, Buenos Aires, 2003, p. 124; D´ALESSIO, Andrés José (Dir.), Código Penal de la Nación. Comentado y
anotado, 2ª ed. actualizada y ampliada, 1ª reimpr., T. I, La Ley, Buenos Aires, 2011, p. 139; LAJE ANAYA, op. cit., p.
74; CHIARA DÍAZ, Carlos, Aspectos de la libertad condicional, E.D., T. 123, p. 940; ZIFFER, Patricia, El fundamento
de la libertad condicional, la “observancia de los reglamentos carcelarios” y las “teorías de la unión”, Derecho Penal,
Infojus, Sistema Argentino de Información Jurídica, Buenos Aires, v. 6, p. 475; CESANO, José Daniel, Contribución
al estudio de la libertad condicional. Análisis dogmático y político criminal de acuerdo a la reforma de la ley 25.892,
Editorial Mediterránea, Córdoba, 2008, p. 61; ALDERETE LOBO, Rubén A., La libertad condicional en el Código
Penal Argentino, Lexis Nexis, Buenos Aires, 2007, p. 58. En contra explica Paz Anchorena que la libertad condicional
no es ni un derecho ni una gracia, sino una “medida de excepción” (PAZ ANCHORENA, José María, Curso de
Derecho Penal de Juan P. Ramos, 3ª ed., Biblioteca Jurídica Argentina, Buenos Aires, 1945, T. III, p. 381). También
Chichizola entiende que el otorgamiento de la libertad condicional posee carácter facultativo (CHICHIZOLA, Mario I.,
Los requisitos para el otorgamiento de la libertad condicional, J.A., año 1964–I, enero–febrero, Sec. Doctr., p. 17).
31
cumplimiento de la pena.85 Ello es claro si tenemos presente que, una vez que obtiene la libertad, el
condenado queda sujeto al cumplimiento de ciertas condiciones o reglas de conducta, que también
constituyen penas. Se trata, en realidad, de un mecanismo de sustitución de la pena privativa de la
libertad. La detención que caracteriza la prisión es reemplazada por una sanción diferente: el
cumplimiento en libertad de las reglas de conducta previstas por el art. 13 del C.P.
La libertad condicional responde a la esencia y fundamentos de un sistema de progresividad.
Por un lado, la posibilidad de obtener la libertad antes de tiempo funciona como una especie de
estímulo para el interno y lo induce a someterse al tratamiento penitenciario. Además, se procura
establecer un período de vigilancia y control antes de la libertad definitiva por agotamiento de
condena. Ambas cosas resultan convenientes para alcanzar los fines de reinserción social que se
persiguen mediante la ejecución de la pena.
No obstante, para que este objetivo se pueda cumplir es fundamental que la supervisión y
control del liberado condicional sea eficaz. Es imprescindible dotar a las oficinas de control –
actualmente el Patronato de Liberados– de medios suficientes, pues si la supervisión no es adecuada
la aludida meta se frustrará. Se debe insistir en que no nos encontramos ante una mera reducción de
la pena, sino que se intenta que el sujeto liberado sea controlado, supervisado y asistido para
facilitar en mejor medida su proceso de reinserción social.
Los requisitos de este régimen se hallan previstos en el Código Penal y en la ley 24.660:
a) Cumplimiento de pena:
El condenado debe purgar una parte considerable de la pena. Conforme al texto de la ley
25.892, debe diferenciarse:
1. En el caso de la reclusión o prisión perpetua, el condenado debe cumplir treinta y cinco
(35) años de condena.
Consideramos que el principio de resocialización como fin constitucional de la ejecución de
la pena, torna al menos cuestionable el hecho de que el plazo para alcanzar la libertad condicional
se haya extendido, con la ley 25.892, de 20 a 35 años, puesto que nadie niega que cuanto más
prolongada sea la duración de la pena, tanto más dificultosa resultará la reinserción del penado en la
85
También siguen esta opinión, ZAFFARONI, Eugenio R., Tratado de Derecho Penal. Parte general, Ediar, Buenos
Aires, 1997, T. V, p. 178/9; ZAFFARONI, ALAGIA y SLOKAR, op. cit., p. 955 y ss.; FONTÁN BALESTRA, Carlos,
Tratado de Derecho Penal, 2ª ed. corr. y actual., Abeledo Perrot, Buenos Aires, 1995, T. III, p. 349; SOLER, Sebastián,
Derecho Penal Argentino, 5ª ed., 11ª reimpr. Tea, Buenos Aires, 2000, T. II, p. 439; CREUS, Carlos, Derecho Penal.
Parte General, 5ª ed. act. y ampl., 1ª reimpr., Astrea, Buenos Aires, 2004, p. 504; D´ALESSIO, op. cit., T. I, p. 137;
CHIARA DÍAZ, op. cit., p. 942; RIVERA BEIRAS y SALT, op. cit., p. 250. Por su parte, consideran que la libertad
condicional es, en realidad, una modificación de la sentencia, GONZÁLEZ ROURA, Octavio, Derecho Penal, 1ª ed.,
Valerio Abeledo, Buenos Aires, 1922, T. II, p. 358/9. Finalmente, entienden que es una suspensión condicional del
encierro que se cumple como pena (art. 13, C.P.), NUÑEZ, Ricardo C., Derecho Penal Argentino. Parte General,
32
sociedad, al momento de su regreso al medio libre.86 Lo precedente fue advertido por la minoría en
el Senado durante la discusión de la norma en cuestión, donde se afirmó que “con el hecho de
elevar a treinta y cinco años el tiempo de ‘prisionización’ –como si veinte años fuera poco o nada
para que un recluso que conformó los reglamentos carcelarios y obtuvo informes favorables tenga la
posibilidad de salir en libertad y coexistir en paz– estamos agravando una pena de manera tal que la
convertimos en injusta y la pena injusta es una pena inconstitucional”.87
2. Si la pena privativa de libertad es mayor a los tres años, el penado debe purgar las dos
terceras partes de la pena.
3. Cuando la pena es de tres años o menos, debe cumplir un año, en caso de reclusión, u
ocho meses, en caso de pena de prisión. Se trata de una de las diferencias, actualmente vigentes,
entre la pena de prisión y de reclusión. Más allá de que se ha unificado el régimen de ejecución de
las penas privativas de la libertad y de la inconstitucionalidad del cómputo de la prisión preventiva
para los casos de reclusión (art. 24, C.P.), pensamos que aún subsisten en nuestro sistema dos clases
de penas privativas de la libertad: la prisión y la reclusión. Y entre ellas aún se mantienen algunas
diferencias como la que aquí mencionamos.88
Sin embargo, respecto de este requisito, es preciso formular algunas aclaraciones
importantes:
1. En el cómputo del tiempo se toma en cuenta la prisión preventiva (art. 24, C.P.)89, sin que
resulte relevante que durante ese lapso el sujeto haya sido o no efectivamente sometido a
tratamiento penitenciario.
Bibliográfica Omega, Buenos Aires, 1965, T. II, p. 395; DE LA RÚA, op. cit., p. 212 y más recientemente ALDERETE
LOBO, op. cit., p. 37 y ss. y CESANO, Contribución al estudio… cit., p. 49 y ss.
86
Criticando la reforma introducida mediante le ley 25.892, véase MARTÍNEZ, Santiago, Discursos de emergencia y
limitación de derechos fundamentales de los reclusos: el caso de la ley 25.892, Revista de Derecho Penal y Procesal
Penal, Abeledo Perrot, Buenos Aires, v. 2006–1, ps. 58 a 70.
87
Antecedentes Parlamentarios, intervención de la senadora Conti.
88
En contra Zaffaroni, Alagia y Slokar quienes, al considerar implícitamente derogada la pena de reclusión, entienden
que el único plazo que debe tomarse en consideración es el ocho (8) meses, pues, en su opinión, el de un (1) año ha
perdido vigencia (ZAFFARONI, ALAGIA y SLOKAR, op. cit., p. 958). Similar postura sostiene CESANO,
Contribución al estudio… cit., p. 65 y ALDERETE LOBO, op. cit., p. 89, quien señala que la diferenciación entre
reclusión y prisión no resiste el test de razonabilidad impuesto por el art. 28 de la Constitución Nacional, pues si el
fundamento de la distinción es la necesidad de reprimir con más fuerza a los delitos graves, no resulta comprensible por
qué la diferencia opera únicamente con relación a las penas de corta duración y no así con relación a las penas
temporales elevadas.
89
Sostienen también este criterio, NUÑEZ, op. cit., T. II, p. 398; FONTÁN BALESTRA, op. cit., T. III, p. 355;
ZAFFARONI, ALAGIA y SLOKAR, op. cit., p. 959; CREUS, op. cit., p. 505; CESANO, Contribución al estudio…
cit., p. 65; CHIARA DÍAZ, op. cit., p. 945; ALDERETE LOBO, op. cit., p. 79 y DE LA RÚA, op. cit., p. 217, quien
explica que los encausados también se encuentran sujetos a los reglamentos carcelarios y pueden por tal motivo,
demostrar condiciones de disciplina que se evalúan para la libertad condicional.
33
2. Obviamente, si el interno fue beneficiado con una conmutación de pena (art. 99 inc. 5
C.N.), a los efectos del requisito temporal previsto en el art. 13, no debe tomarse en cuenta la pena
impuesta en la sentencia sino la “reducida”.90
3. La ley implícitamente excluye del beneficio a los internos que fueron condenados a penas
menores al año de reclusión o a los ocho meses de prisión, pues dichos montos no superan el
mínimo de tiempo previsto para acceder al régimen de libertad condicional.91 No obstante, ello no
impide la eventual aplicación del régimen de la libertad asistida (art. 54, L.E.P.)92 o de los
mecanismos de prisión discontinua o semidetención, con posibilidad de sustitución de la pena en
tareas comunitarias (arts. 35, inc. “e” y 50 de la L.E.P.).
4. Si el interno registra otras condenas sin unificar, para analizar el cumplimiento del tiempo
exigido para la libertad condicional, es necesario primero realizar el correspondiente trámite de
unificación (art. 58 C.P.).
5. Por último, consideramos que el tiempo de condena purgado bajo la modalidad de prisión
domiciliaria, debe ser también computado a los fines del art. 13, C.P. 93 En efecto, el art. 33 de la
L.E.P. es claro cuando establece que la detención domiciliaria es una forma de cumplimiento de la
pena. A ello debe sumarse que, aún cuando no se halle dentro de un establecimiento penitenciario,
el condenado se halla igualmente privado de su libertad, por lo que no parece adecuado negarle la
posibilidad de acceder a los mismos derechos que poseen quienes purgan su condena intramuros.
Sin perjuicio de ello, resulta evidente que para que la liberación anticipada resulte
procedente, el condenado debe cumplir con los demás requisitos de procedencia del instituto, esto
es, no haber sido declarado reincidente, no registrar procesos en los que interese su detención o
90
En el mismo sentido: NUÑEZ, op. cit., T. II, p. 399; D´ALESSIO, op. cit., T. I, p. 143; SOLER, T. II, p. 440/1;
FONTÁN BALESTRA, op. cit., T. III, p. 356; CREUS, op. cit., p. 505; ZAFFARONI – ALAGIA – SLOKAR, op. cit.,
p. 959 y DE LA RÚA, op. cit., p. 218.
91
Al criticar esta disposición, explican Zaffaroni, Alagia y Slokar que una interpretación racional del texto permite
concluir que la libertad condicional procede también respecto de penas menores a tres años, en cuyo caso el penado
debe haber cumplido el 22 % de la condena, que es el porcentaje que la ley establece cuando fija en ocho meses el
plazo de cumplimiento para las penas de tres años (ZAFFARONI, ALAGIA y SLOKAR, op. cit., p. 958/9). Idéntica
posición asume BACLINI, Jorge C., Condena y libertad condicionales, Editorial Juris, Rosario, 2007, p. 125. Fleming y
López Viñals, por su parte, señalan que “resulta cuestionable que la ley excluya implícitamente a los internos que
fueron condenados a penas menores al año de reclusión o a los ocho meses de prisión, sin perjuicio de que por
aplicación del art. 54 de la ley 24.660, aquéllos puedan acceder al régimen de libertad asistida” (FLÉMING, Abel y
LÓPEZ VIÑALS, Las Penas, Rubinzal–Culzoni, Santa Fe, 2009, p. 541/42). Finalmente, sostienen la validez
constitucional del art. 13 del C.P., en cuanto restringe la posibilidad de libertad condicional respecto de quienes
hubieren sido condenados a penas de corta duración, LÓPEZ BISCAYART, Javier, ¿Es inconstitucional el artículo 13
del Código Penal?, L.L., 1996–A, ps. 61 a 65.
92
Sin llegar a pronunciarse por la inconstitucionalidad de la disposición, Cesano explica que “la injusticia que deriva de
la norma legal analizada, en cierta medida, puede verse mitigada a través de la utilización del instituto de la libertad
asistida (artículo 54, ley 24.660)” (CESANO, Contribución al estudio… cit., p. 69). Idéntica posición asume
ALDERETE LOBO, op. cit., p. 93.
93
En igual sentido, ALDERETE LOBO, op. cit., p. 80 y CESANO, Contribución al estudio… cit., ps. 66/87.
34
causas pendientes de unificación, etc.94 Finalmente, debe señalarse que la ausencia de informes
emitidos por la autoridad penitenciaria no resulta óbice para la incorporación del penado al régimen
en cuestión. A todo evento, podrían tomarse en consideración los informes que confecciona el
organismo de control correspondiente, vinculados al cumplimiento a las condiciones impuestas en
el régimen de detención domiciliaria.95
b) Observancia de los reglamentos carcelarios:
El art. 13 del C.P. exige que el penado haya observado “con regularidad los reglamentos
carcelarios”.96 Aquí básicamente se debe atender a la calificación de “conducta”, pues conforme lo
dispuesto en el art. 100 L.E.P., por esta se entiende a la “observancia de las normas reglamentarias
que rigen el orden, la disciplina y la convivencia dentro del establecimiento”.
En este punto tienen especial relevancia las posibles infracciones disciplinarias que haya
cometido el interno, aunque en todos los casos el juez, además de verificar que se haya respetado el
procedimiento establecido, debe evaluar la verdadera entidad de las faltas, sin que la opinión de los
organismos técnicos resulte vinculante. Por otra parte, también es posible que, al discutirse
judicialmente la procedencia de la libertad condicional, el imputado y su defensor puedan
cuestionar la validez de las sanciones disciplinarias que se hayan aplicado, cuando no hayan podido
hacerlo con anterioridad.
Sin perjuicio de ello, también es preciso tener en cuenta que la ley establece que la
observancia de los reglamentos carcelarios debe ser “con regularidad”. Ello merece, al menos, dos
aclaraciones. Por un lado, es claro que no se requiere un acatamiento “absoluto” de la disciplina
dentro de la unidad, de modo que es posible que el interno haya recibido alguna sanción y sin
94
Así se ha entendido en un precedente del Juzgado de Ejecución Penal N° 3 de la Capital Federal en el que se señaló
puntualmente lo siguiente: “Si el causante se encuentra bajo el régimen de prisión domiciliaria, procede el otorgamiento
de la libertad condicional, si no se verifica la ocurrencia de las exigencias negativas contenidas en los artículos 14 y 17
del Código Penal y tampoco registra el causante procesos penales que impliquen su detención o condenadas pendientes
de unificación, aun cuando no se pueda contar con los informes carcelarios a los que alude el artículo 13 del Código
Penal y tampoco se registre un pronóstico de adecuada reinserción social como lo prevén los artículos 101 y 104 de la
ley 24.660” (JEjec.Pen Nº 3, “Santacrocce, Luis Alberto”, 10–3–2010, citado en DONNA, Edgardo A., El Código
Penal y su interpretación en la jurisprudencia, 2ª ed. ampliada y actualizada, Rubinzal–Culzoni, Santa Fe, 2012, T. I,
ps. 191/192).
95
Al respecto señala Alderete Lobo que “la prisión domiciliaria implica un verdadero y efectivo encierro, sujeto a un
régimen especial supervisado por un patronado de liberados o un servicio social (art. 32, ley 24.660) que debe ser
observado estrictamente por el penado pues el quebrantamiento de la obligación de permanecer en el domicilio o un
informe negativo del órgano de supervisión genera la revocación inmediata de la medida (art. 34). De este modo, el
magistrado bien puede ilustrar su juicio a partir de un informe de la autoridad social que supervisa la detención y
evaluar, sobre la base de su contenido, si el condenado observó las condiciones del régimen especial de encierro al cual
se encontraba sometido” (ALDERETE LOBO, op. cit., ps. 80/81).
96
Sobre el alcance de esta expresión, véase RODRÍGUEZ, Mónica María y LUENGO, Lydia Teresa, Libertad
condicional. Observancia regular de los reglamentos carcelarios, E.D., t. 131, 1989, Universidad Católica Argentina,
Buenos Aires, ps. 743 a 754.
35
embargo que no tenga entidad como para negarle la libertad anticipada.97 Al mismo tiempo, no se
debe considerar únicamente el último período de calificación, sino que corresponde efectuar un
análisis integral del comportamiento del condenado durante toda la ejecución de la pena.
c) La calificación de concepto y el pronóstico
Como consecuencia de lo que establece la ley 24.660, para la obtención de la libertad
condicional no se debe atender únicamente a la mera disciplina (conducta) del condenado, sino
también, a la evolución que demuestre en el régimen penitenciario. El art. 104 establece que “la
calificación de concepto servirá de base para la aplicación de la progresividad del régimen, el
otorgamiento de salidas transitorias, semilibertad, libertad condicional, libertad asistida,
conmutación de pena e indulto” 98, aclarando la ley que el concepto del interno es “la ponderación
de su evolución personal de la que sea deducible su mayor o menor posibilidad de adecuada
reinserción social” (art. 101 L.E.P.).
La reforma de la ley 25.892 intentó profundizar la exigencia de que la libertad condicional
sea concedida a aquellos internos que demuestren una evaluación favorable en el tratamiento
penitenciario y, sobre todo, que tengan un pronóstico favorable de reinserción social. Ello es así, a
tal punto que, expresamente se requiere un informe previo de peritos que “pronostiquen en forma
individualizada y favorable su reinserción social”. Este requisito debe relacionarse con el
funcionamiento de “equipos técnicos interdisciplinarios” en el ámbito de los Juzgados de Ejecución
Penal, pudiendo estimarse que deberían ser dichos colaboradores los encargados de confeccionar el
97
Como apuntan Zaffaroni, Alagia y Slokar, cumplimiento regular no significa óptimo y ejemplar, ni tampoco se exige
que este comportamiento haya tenido lugar durante todo el tiempo del encierro. Basta, por el contrario, “con que lo haya
sido durante cierto tiempo considerable –en relación al de la pena– anterior al pedido (de liberación condicional)”
(ZAFFARONI, ALAGIA y SLOKAR, op. cit., p. 960).
98
Alderete Lobo explica que “el concepto de los internos se debe formar valorando en forma objetiva el modo en que
éstos se ajustaron a las actividades obligatorias que exceden la mera observancia de la convivencia y disciplina
intramuros (trabajo y educación). A los mismos fines, se debe considerar, siempre a favor del interno, el desempeño en
todas aquellas actividades que, no siendo obligatorias, se encuentran aconsejadas en su programa de tratamiento y
fueron aceptadas y desarrolladas deliberadamente por él” (ALDERETE LOBO, op. cit., p. 125). Por su parte, Diaz
Cantón y Pitlevnik agregan que “[l]a evaluación del concepto del condenado a la que debiera acudir el juez para la
concesión o no de la libertad condicional conforme lo exige la norma penitenciaria, debe prescindir de toda evaluación
del sujeto en función de lo que es. En otras palabras, el informe de concepto, en tanto fundamento para la procedencia
de la libertad condicional, debe partir solamente del comportamiento exterior del penado”, agregando los autores que no
basta con cualquier manifestación exterior de la conducta sino que es preciso que se trate de inconductas graves y
reiteradas (DÍAZ CANTÓN, Fernando y PITLEVNIK, Leonardo, Las condiciones para obtener la libertad condicional,
Nueva Doctrina Penal, Del Puerto, Buenos Aires, v. 1998–A, ps. 190/191). Pérez Arias critica la posición de quienes
sostienen que la calificación de concepto debe valorarse sobre parámetros enteramente objetivos y entiende que dicha
calificación debe ser vinculada con la regulación dispuesta para el sistema de recompensas previsto en el art. 105 de la
L.E.P., conforme al cual se recompensa no sólo al que posea buena conducta o que meramente trabaje, estudie o
aprenda un oficio, sino a aquel que demuestre espíritu para el trabajo, voluntad en el aprendizaje y sentido de
responsabilidad, es decir “extremos eminentemente de orden subjetivo que se fundan en el desenvolvimiento personal y
reflejan la presencia de indicadores verdaderamente genuinos de adecuada reinserción social” (PÉREZ ARIAS, PÉREZ
ARIAS, José, Libertad condicional. Presupuesto de procedencia a partir de la Ley 25.892, en Sergio Delgado (Dir.),
36
informe. Hasta tanto no se creen los equipos técnicos, no hay otra alternativa que basar la resolución
judicial en los informes que se confeccionan en la unidad de alojamiento, sin perjuicio de la posible
realización de pericias médicas, psicológicas o psiquiátricas que resulten necesarias.99
Ya hemos explicado precedentemente que la consideración del “pronóstico” como pauta en
el análisis de la concesión de ciertos regímenes como la libertad condicional, no sólo es
constitucional, sino que además responde al sistema que intenta implementar la ley de ejecución
penal y que se basa en el objetivo de reinserción social pretendido (art. 1, L.E.P.). Recodemos que
el tratamiento penitenciario se basa en un programa individual, en el que se van estableciendo
objetivos relacionados con el aludido fin de prevención especial. Cuando el interno se somete al
mencionado tratamiento y satisface los objetivos establecidos, su calificación de concepto será
adecuada y reflejará un satisfactorio pronóstico de reinserción social. En cambio, el condenado que
se niega a participar de las actividades que se han diseñado en el programa de tratamiento individual
seguramente tendrá un concepto bajo, lo que necesariamente debe ser tenido en cuenta al resolver
un pedido de libertad condicional.
De todas formas, al analizar el requisito relativo a la calificación conceptual y al pronóstico
del condenado, es preciso efectuar dos aclaraciones importantes:
a) Como se trata de un aspecto con un importante grado de imprecisión –en definitiva se
trata de un pronóstico que no puede verificarse empíricamente–, debe evitarse la arbitrariedad que
se produce por la consideración sorpresiva de elementos que antes no fueron contemplados durante
la ejecución de la pena. Recordemos que al elaborar el programa de tratamiento individual, los
organismos técnicos deben tener en cuenta la situación particular y las necesidades de cada interno,
de modo que todos los objetivos que se fijen deben estar orientados al objetivo de reinserción
social.
Desde este punto de vista, si el penado ha cumplido los objetivos establecidos y evolucionó
satisfactoriamente en el régimen penitenciario, pareciera cuestionable que puedan invocarse en
forma sorpresiva y arbitraria otro tipo de circunstancias para denegar el egreso anticipado bajo el
régimen de libertad condicional. Es decir, la “sorpresiva” consideración por parte del juez o
tribunal, al momento de evaluar el pedido de libertad condicional, de circunstancias que nunca han
Icaro, Revista de Ejecución de la pena privativa de libertad y el encierro, Año 1, N° 1, Fabián Di Plácido, Buenos Aires,
2006, p. 41).
99
Por su parte, Pérez Arias entiende que “el informe pericial previo no puede ser reemplazado por los informes técnicos
carcelarios, debiendo su formulación ser compatible con los lineamientos procesales que rigen este medio de prueba, lo
que incluye la posibilidad de intervención de las partes mediante proposición de peritos. El órgano encargado de
practicarlo debería ser, desde nuestro punto de vista y hasta tanto se pongan en funcionamiento los equipos
interdisciplinarios, el Cuerpo Médico Forense que, como auxiliar de la justicia, cuenta con los profesionales que
37
sido tenidas en cuenta en la implementación del tratamiento penitenciario no parecen compatibles
con la idea de un régimen de ejecución penitenciaria que debe ser “planificado” con arreglo a las
necesidades y condiciones particulares de cada interno, en función del objetivo de prevención
especial establecido por la ley.
d) La reincidencia como obstáculo para la libertad condicional
Conforme al art. 14 del C.P., “La libertad condicional no se concederá a los reincidentes”.
En rigor de verdad, este artículo es el que precisamente refleja el modo en que la reincidencia
agrava la pena en nuestro sistema penal. No se incrementa el monto ni la escala aplicable, sino que
se establece un sistema de ejecución mucho más riguroso al excluir el régimen de la libertad
condicional.
No es nuestra intención abordar aquí las numerosas teorías que se han elaborado en relación
al fundamento de la reincidencia como causa de agravación de la pena, ni tampoco a las diferentes
posiciones que se han formulado respecto de su validez constitucional. Simplemente, consideramos
importante destacar lo siguiente:
a) Pensamos que el fundamento de la agravación de la pena para los casos de reincidencia –
en nuestro sistema a través de la mayor severidad de su ejecución, por lo dispuesto en el art. 14 del
C.P.– reside en la mayor culpabilidad que demuestra el autor en el último delito cometido, pues
quien comete un nuevo delito después de haber sido condenado de manera efectiva e incluso luego
de cumplir parte de la pena, demuestra una especial insensibilidad frente a la norma, circunstancia
que permite formular un mayor reproche. Dicho de otro modo, lo realmente importante de la
reincidencia no es la personalidad del autor o sus condenas anteriores, sino la mayor
reprochabilidad que merece quien luego de haber sido advertido a través de una condena anterior
comete un nuevo delito.
b) Desde este punto de vista, no se afecta, a través de la reincidencia el principio de
culpabilidad, sino que –por el contrario– se pretende ajustar el verdadero contenido de la pena al
mayor reproche que merece el sujeto respecto del delito cometido. Tampoco se deja a un lado el
principio fundamental del hecho previo, pues la sanción no se agrava en razón de la personalidad o
de los antecedentes del autor, sino en virtud de la mayor culpabilidad, de modo que no estamos ante
una inconstitucional manifestación de “derecho penal de autor”.
Al respecto, es necesario señalar que únicamente se podrá imponer pena, en el caso
concreto, cuando se haya demostrado que el autor es culpable, es decir, cuando tenía la capacidad
de motivarse en la norma y, no obstante ello, decidió libremente realizar la conducta ilícita. Si la
debieran conformar el citado equipo y resulta el órgano idóneo para formular un informe pericial acorde a sus
38
culpabilidad del sujeto en el nuevo delito cometido se encuentra suficientemente probada, no puede
sostenerse que el reincidente sea “menos culpable” por evidenciar una menor capacidad de
conducirse conforme a derecho.
Para expresarlo en otros términos, la declaración de reincidencia sólo es legítima frente a
casos en que se encuentran reunidos los requisitos para afirmar la culpabilidad del imputado, lo que
supone acreditar la capacidad psíquica de culpabilidad y el conocimiento o la posibilidad de
conocimiento de la antijuridicidad. Desde este punto de vista, estamos ante una circunstancia que
agrava la pena, pero únicamente con relación a autores “culpables”, de modo que no puede
sostenerse que se pretenda responder con mayor severidad frente a quien tiene menor capacidad de
motivación en la norma.
c) Lo expuesto también permite descartar la violación al principio que prohíbe la
persecución penal múltiple –ne bis in idem–. El reincidente no es castigado nuevamente por un
hecho ya juzgado con anterioridad, sino que únicamente se pretende agravar la sanción por el nuevo
delito cometido, en función del mayor contenido de culpabilidad que supone en estos casos la
reiteración delictiva. Es decir, no concurre el requisito de la “identidad del hecho”, indispensable
para afirmar que se ha vulnerado esta garantía constitucional, pues la pena impuesta al sujeto
reincidente se aplica en razón de un hecho absolutamente diferente que el anterior.
Por otra parte, en contra de este agravio constitucional, puede argumentarse que existen
otras situaciones en las que la ley tiene en cuenta y valora la existencia de condenas anteriores en el
autor para determinar el tipo de respuesta punitiva que debe imponerse y sin embargo no se han
efectuado objeciones similares. Tal es el caso, por ejemplo, del instituto de la condena de ejecución
condicional, que resulta improcedente cuando el sujeto ya había sido condenado anteriormente (art.
26 C.P.) o el de la suspensión del juicio a prueba, donde también se exige que resulte procedente la
condena de ejecución condicional (art. 76 bis, cuarto párrafo, C.P.), lo que no es posible cuando el
autor registra condenas previas.
d) Tampoco existe una afectación al principio de igualdad ante la ley, pues este principio
constitucional no exige indefectiblemente la igualdad absoluta entre todas las personas, sino que
impone una igualdad en iguales o similares circunstancias, de tal modo que no existan distinciones
o discriminaciones arbitrarias e irrazonables.
Reiteradamente se ha sostenido que la garantía que consagra “el art. 16 de la Constitución
Nacional consiste en aplicar la ley a todos los casos, según sus diferencias constitutivas, de tal
suerte que no es la igualdad absoluta o rígida la que se aplica, sino la igualdad para todos los casos
39
idénticos, que importa la prohibición de establecer excepciones que excluyan a unos de lo que se
concede a otros en las mismas circunstancias”. Y que “el mero hecho de que exista una distinción o
discriminación no basta por sí solo para declarar que una disposición viola la garantía de la
igualdad, sino que es indispensable, además, que las diferentes repercusiones de la norma se basen
en una diferencia irrazonable o arbitraria”.100
En lo que respecta a la reincidencia, los argumentos expuestos –relativos al fundamento de
la mayor culpabilidad del condenado reincidente– permiten explicar de modo razonable la
diferencia que el legislador ha impuesto en el régimen de ejecución de la pena y la consecuente
prohibición de conceder el régimen de la libertad condicional.
e) Asimismo, la imposibilidad de otorgar a los condenados reincidentes el régimen de la
libertad condicional (arts. 13 y 14, C.P.) no implica dejar a un lado el objetivo de reinserción social
que debe guiar la ejecución de las penas privativas de la libertad (art. 1, ley 24.660), ni tampoco
abandonar el sistema de “progresividad” que se adopta legalmente (art. 6, ley 24.660).
Sobre el particular, basta con tener en cuenta que la reincidencia no impide ni excluye la
incorporación del condenado al régimen de progresividad y el consecuente “avance” con una
paulatina disminución de las restricciones de derechos hacia la libertad. El reincidente puede
avanzar sin limitaciones por las diferentes fases que integran el período de tratamiento –
socialización, consolidación y confianza– y también puede acceder al período de prueba, con la
posibilidad de obtener salidas transitorias (arts. 16 y ss., ley 24.660) o el régimen de semilibertad
(art. 23, ley 24.660). Incluso, la ley establece especialmente un período de libertad vigilada –
libertad asistida– (art. 54, ley 24.660), al que también puede acceder el interno reincidente.101
Todo ello permite descartar que la reincidencia resulte contraria al fin de reinserción social
de la ejecución de la pena y al principio de progresividad que adopta la ley 24.660. Es cierto que el
condenado reincidente es sometido a un régimen de ejecución más gravoso que el primario, pero
ello de ningún modo implica que se abandone la idea de reinserción social ni el régimen de
progresividad.
100
Ver entre muchos otros, CSJN, c. 878. XXXVII, “Cavallo, Domingo Felipe s/ recurso de casación”, 19/10/2004, T.
327, P. 4376
101
No obstante, cuando la pena es perpetua, la declaración de reincidencia sí puede generar consecuencias diferentes,
pues el condenado no tiene derecho a egresar mediante ningún régimen, excepto la prisión domiciliaria, que recién
puede otorgarse –por razones humanitarias– cuando el interno cumplió los setenta años (art. 32, L.E.P.). Pensamos que
la solución legal resulta excesiva y contraria al objetivo de reinserción social que se persigue con la ejecución de la pena
privativa de la libertad. Se debería contemplar la posibilidad de evaluar, por ejemplo, luego de transcurridos los treinta y
cinco años –previstos por el art. 13, C.P.– la posibilidad de un egreso anticipado. Es posible que después de tantos años
los factores que contribuyeron al delito ya no se encuentren presentes y que se trate, en realidad, de una persona
completamente distinta, de modo que negar cualquier posibilidad de egreso anticipado se transforma en una solución
irrazonable y contraria al aludido fin de la ejecución de la pena.
40
e) Sin perjuicio de lo expuesto, es preciso recordar que el máximo tribunal nacional se
pronunció por la validez constitucional del instituto en el fallo “L’ Eveque”,102 al señalar que “El
principio non bis in idem prohíbe la nueva aplicación de pena por el mismo hecho, pero no impide
al legislador tomar en cuenta la anterior condena –entendida ésta como un dato objetivo y formal– a
efectos de ajustar con mayor precisión el tratamiento penitenciario que considere adecuado para
aquellos supuestos en los que el individuo incurriese en una nueva infracción criminal”; y que “La
mayor severidad en el cumplimiento de la sanción no se debe a la circunstancia de que el sujeto
haya cometido el delito anterior, sino al hecho de haber sido condenado en esa oportunidad y
obligado a cumplir pena privativa de libertad, lo que pone en evidencia el mayor grado de
culpabilidad de la conducta posterior a raíz del desprecio que manifiesta por la pena quien, pese a
haberla sufrido antes, recae en el delito”. También se dijo que “aun cuando se pudiere considerar
que la pérdida de la libertad condicional comportase una mayor pena (…) lo que se sancionaría con
mayor rigor sería exclusivamente la conducta puesta de relieve después de la primera sentencia no
comprendida ni penada –como es obvio– en ésta”. Finalmente se destacó que “La garantía
constitucional de la igualdad no impide que las leyes contemplen de manera distinta situaciones que
consideren diferentes, siempre que la discriminación no sea arbitraria, ni configure una ilegítima
persecución, o indebido privilegio a personas o grupos de personas aunque su fundamento sea
opinable”. Y que “el distinto tratamiento dado por la ley a aquellas personas que, en los términos
del art. 50 del Código Penal, cometen un nuevo delito, respecto de aquellas que no exteriorizan esa
persistencia delictiva, se justifica por el ‘desprecio hacia la pena que les ha sido impuesta’”.
Incluso más recientemente, en el fallo “Gago”,103 los jueces Highton de Nolasco, Fayt,
Petracchi y Maqueda hicieron suyos los argumentos del procurador general, en cuanto sostuvo que
“…no está de más recordar que el autor que ha experimentado el encierro que importa la condena, y
a pesar de ello, reincide, demuestra su insensibilidad ante la amenaza de un nuevo reproche de esa
naturaleza, cuyo alcance ya conoce (‘Gómez Dávalos’, CSJN–Fallos, 308:1938). Ese desprecio por
la pena anterior se refleja en una mayor culpabilidad, que autoriza una reacción más intensa frente
al nuevo hecho (‘L´Eveque’, CSJN–Fallos, 311:145)”.
Si bien es cierto que en el fallo “Álvarez Ordoñez”,104 el juez Zaffaroni se expidió por la
inconstitucionalidad de la reincidencia, no puede dejar de señalarse que se trató únicamente de una
posición en disidencia, pues la mayoría del tribunal entendió que el recurso de queja carecía de la
102
CSJN, “L´Eveque, Ramón Rafael”, 16–8–1988, Fallos: 311:1451
103
CSJN, G.704.XLIII, “Gago, Damián Andrés s/ Causa N° 2175”, 6–5–2008.
104
CSJN, A.577.XLVI, 5/2/13.
41
debida fundamentación. Por otra parte, recientemente la Corte Suprema ha ratificado la validez
constitucional de la reincidencia en el fallo “Arévalo”.105
f) Finalmente, es importante aclarar que el sistema que sigue nuestra ley, donde se prevé una
modalidad de reincidencia “genérica”, nos parece sumamente criticable, pues podría dar lugar a
soluciones completamente irrazonables, como ocurriría cuando el contenido de injusto del delito
anterior es notablemente distinto al del delito posterior.106 En estas situaciones nos parece que no es
posible sostener el fundamento de la agravación de la pena que antes hemos mencionado –la mayor
culpabilidad en el nuevo delito–, razón por la cual la reincidencia sí resultaría objetable desde el
punto de vista constitucional.
e) Revocación de una libertad condicional anterior
El art. 17 del C.P. dispone que “Ningún penado cuya libertad condicional haya sido
revocada, podrá obtenerla nuevamente”. Se trata de una causa de agravación de la pena similar a la
reincidencia, que se funda en el mayor reproche que merece quien viola las reglas de la libertad
condicional que se le ha concedido. En consecuencia, si un condenado accede durante la ejecución
de la pena al régimen de la libertad condicional, pero se le revoca por haber incumplido las
condiciones (art. 15, C.P.), la ley dispone que no puede volver a gozar del mismo beneficio.107
Ahora bien, se trata de una consecuencia que afecta exclusivamente a la misma pena que el
sujeto estaba cumpliendo bajo la modalidad de libertad condicional.108 Es decir, una vez revocado
este régimen, el penado debe regresar al establecimiento carcelario y pierde la posibilidad de
acceder nuevamente a la misma modalidad, de modo que únicamente podría aspirar al instituto de la
libertad asistida (art. 54, L.E.P.), que permite egresar seis meses antes del vencimiento de la
sanción.
Se presentan dudas acerca de cómo resolver los casos en que la libertad condicional se
revoca por la comisión de otro delito y el sujeto es condenado a una pena única. En la mayoría de
los casos nos encontraremos frente a una situación de reincidencia (art. 50, C.P.), lo que impedirá
105
CSJN, A. 558. XLVI, “Arévalo, Martin Salomón”, 27/5/14.
106
Por ejemplo, si una persona luego de ser condenada por un delito dolosos, comete uno culposo.
107
Critica esta disposición, CHICHIZOLA, Los requisitos… cit., p. 15, quien entiende el art. 17, C.P. debiera ser
suprimido, por cuanto la prohibición absoluta de conceder la libertad condicional a los condenados, a quienes con
anterioridad se les ha revocado dicho beneficio, es injusta. También críticamente CÓRBO, op. cit., p. 229.
108
En contra, cierto sector de la jurisprudencia ha señalado que el impedimento de otorgar la libertad condicional a
quien se le hubiera revocación con anterioridad “rige no sólo para la condena que se está ejecutando, sino también para
todas las que se le impongan en el futuro, por lo que, una vez que ya se obtuvo tal beneficio y le fue revocado, aunque
ello fuera en otro proceso, no corresponde otorgárselo nuevamente” (C.N.C.P., sala III, c. 3827,“Ochoa, Miguel Ángel
s/ rec. de casación”, 29–4–2002, L.L., 2003–A, p. 134). Con espíritu crítico, señala Alderete Lobo que “[l]a posición
que pretende extender los efectos de la revocación a otras penas privativas de libertad dictadas con posterioridad asigna
un carácter punitivo al acto, desconociendo la finalidad de reinserción social inherente al beneficio de la libertad
condicional” (ALDERETE LOBO, op. cit., p. 138).
42
acceder al régimen de la libertad condicional por aplicación del art. 14 C.P. No obstante, es posible
que la libertad condicional se revoque por comisión de otro delito, pero el sujeto no sea reincidente.
En esos casos, creemos que la solución más adecuada es considerar que el art. 17 del C.P. es
aplicable exclusivamente durante el término correspondiente a la pena en la que se revocó la
libertad condicional, pero luego de dicho período, si se dan los requisitos legales, el interno podría
acceder nuevamente al régimen del art. 13 del C.P., aunque obviamente el incumplimiento de las
condiciones de la libertad condicional anterior, necesariamente será tenido en cuenta al momento de
analizar la concesión o no de este beneficio.109
f) Requisitos especiales para delitos contra la integridad sexual
Con la reforma de la ley 26.813, se han agregado algunos requisitos adicionales para sujetos
que hayan sido condenados por delitos contra la integridad sexual. El art. 28 L.E.P. alude a la
necesidad de contar con el informe de un equipo compuesto por profesionales especializados en la
asistencia de internos condenados por dichos delitos. También establece que “antes de adoptar una
decisión, el juez deberá tomar conocimiento directo del condenado y escucharlo si desea hacer
alguna manifestación”. Por otra parte, se requiere “un informe del equipo interdisciplinario del
juzgado de ejecución y se notificará a la víctima o su representante legal, que será escuchada si
desea hacer alguna manifestación”. Además se prevé expresamente que el interno tiene derecho a
“proponer peritos especialistas a su cargo, que estarán facultados para presentar su propio informe”.
En cuanto las condiciones de la soltura, el mismo artículo dispone que “Al implementar la
concesión de la libertad condicional, se exigirá un dispositivo electrónico de control, el cual sólo
podrá ser dispensado por decisión judicial, previo informe de los órganos de control y del equipo
interdisciplinario del juzgado de ejecución”.110
g) Delitos excluidos
A partir de la reforma que introdujo la ley 25.892, únicamente pueden acceder al régimen de
la libertad condicional quienes no haya sido condenado por alguno de los delitos previstos y
reprimidos en los artículos 80 inciso 7º, 124, 142 bis, anteúltimo párrafo, 165 y 170, anteúltimo
párrafo, C.P.111
h) Condiciones que se imponen al liberado condicional
109
Para Alderete Lobo la limitación para obtener la libertad condicional en función del art. 17 del Código Penal rige
también “respecto de la pena única resultante de la unificación de la condena en al que se otorgó la libertad condicional
y la dictada en virtud de la comisión del delito que generó la revocación del beneficio” (ALDERETE LOBO, op. cit., p.
139).
110
En el ámbito nacional, es llamativo que esta disposición no pueda ser aplicada por falta de implementación, pues no
sólo –al menos hasta el momento– no se ha instrumentado el control mediante dispositivos electrónicos, sino que
tampoco se ha creado aún el equipo interdisciplinario en los juzgados de ejecución penal.
111
Sobre esta cuestión véase lo desarrollado en el punto II. 8.
43
Una vez concedida la libertad condicional, el condenado queda sujeto al cumplimiento de
una serie de condiciones o reglas de conducta, que como vimos, funcionan como sanciones
sustitutivas de la pena privativa de la libertad.
1. Residir en el lugar que determine el auto de soltura.
A través de esta regla se intenta mantener ubicado al condenado, pues no sería posible
efectuar un adecuado control si se desconoce el lugar en el que vive.112 Por ello, el penado, al
recuperar su libertad, debe informar su domicilio real113 y comprometerse a comunicar
inmediatamente cualquier cambio de su lugar de residencia.
Se suele discutir qué ocurre cuando el penado carece de un lugar en el que residir a su
egreso.114 Sobre esta cuestión, entendemos que no resultaría acertado impedir que el penado sea
incorporado al régimen de la libertad condicional por el hecho de no poseer un domicilio fijo. En tal
supuesto, será el patronato de liberados el encargado de procurar, en el marco de la asistencia
pospenitenciaria que debe proporcionar al liberado, la obtención de un lugar en el que el condenado
pueda alojarse (art. 172, L.E.P.).115
2. Observar las reglas de inspección que fije el mismo auto, especialmente la obligación de
abstenerse de consumir bebidas alcohólicas o utilizar sustancias estupefacientes.
Se trata de ciertas reglas de conducta que debe observar el condenado y que guardan
relación con el objetivo de reinserción social que se pretende.116 Además de las expresamente
mencionadas en el artículo, cabe incluir aquí, por ejemplo, a la obligación de presentarse
periódicamente ante el juzgado, el no concurrir a ciertos lugares, no mantener contacto, o no
relacionarse con ciertas personas, etc.
112
Como apunta Chichizola, esta exigencia tiene una doble finalidad: por un lado tiene por objeto controlar la conducta
del penado y verificar si cumple o no con las demás condiciones que se le han impuesto. Y por otro, apunta a hacer
factible el reintegro del liberado a la cárcel, en caso de que se le revoque la libertad condicional (CHICHIZOLA, Mario
I., Las condiciones a que debe someterse el liberado condicionalmente, E.D., v. 5, año 1963, Universidad Católica
Argentina, Buenos Aires, p. 1008).
113
Exigencia que no se satisface señalando una determinada circunscripción territorial como ámbito residencial, sino
que es preciso que el interno especifique –concretamente– cual será el lugar de su morada (Cf. NÚÑEZ, op. cit., T. II, p.
409). En la obra que dirige D´Alessio se apunta que no hay inconveniente alguno en que el penado fije domicilio en
cualquier lugar geográfico del territorio nacional (D´ALESSIO, op. cit, p. 156). Igual criterio adopta CESANO,
Contribución al estudio… cit., p. 114.
114
En el decreto art. 41, inc. e) del 396/1999 se estipula que la administración debe realizar, por intermedio de la
sección de asistencia social de la prisión, un informe sobre la existencia y conveniencia del domicilio propuesto por el
interno como lugar en el que habrá de residir a su egreso.
115
En igual sentido véase D´ALESSIO, op. cit., T. I, ps. 153/4; PÉREZ ARIAS, Libertad condicional… cit., p. 57 y
ALDERETE LOBO, op. cit., ps. 150/151, quien a su vez agrega que “el art. 172 de la ley 24.660 manda atender la
ubicación social y alojamiento del liberado, lo cual no puede sino traducirse en una obligación estatal de asignar un
lugar de vivienda temporaria, durante el cumplimiento del plazo de prueba, a aquellas personas que no cuenten con
ella” (op. cit., p. 240).
116
Como apunta De la Rúa “[l]a fijación de estas reglas debe atender a la ecuación individual del liberado, en cuanto a
la naturaleza del delito cometido, sus antecedentes, el medio en el cual se ha de desenvolver, etc.” (DE LA RÚA, op.
cit., p. 234).
44
3. Adoptar en el plazo que el auto determine, oficio, arte, industria o profesión, si no tuviere medios
propios de subsistencia.
Con ello también se procura facilitar el objetivo de reinserción social que pretende
alcanzarse con este instituto.117 Obviamente, la exigencia debe ser entendida como una obligación
de medios y no de resultados.118 Lo importante es que el sujeto intente llevar a cabo alguna de las
ocupaciones que se mencionan en el artículo, pero si a pesar de los esfuerzos no lo logra, no puede
hablarse de una situación de incumplimiento.119
4. No cometer nuevos delitos.
Cabe destacar que, como consecuencia del estado constitucional de inocencia, el
incumplimiento de esta condición se verifica con la sentencia condenatoria correspondiente. Es
decir, no basta con la imputación de un hecho delictivo, sino que ello tiene que ser demostrado a
través de la sentencia pertinente. No obstante, una vez probada la comisión del delito con la
sentencia judicial, lo relevante para determinar el incumplimiento debe ser la fecha del hecho y no
la fecha de la sentencia.
Si el liberado comete un hecho delictivo mientras se encuentra sujeto al régimen de libertad
condicional –antes del vencimiento de la pena–, corresponde suspender la ejecución de la libertad
condicional y aguardar a que recaiga un pronunciamiento definitivo en la causa penal que se ha
iniciado. Pero, en caso probarse debidamente la responsabilidad penal del sujeto en el nuevo
proceso, la sentencia condenatoria es declarativa del incumplimiento de los compromisos asumidos
con la libertad condicional.120 Es por ello que si el delito fue cometido durante el término de libertad
117
Chichizola señala que, desde el Patronato de Liberados, deberían arbitrarse los medios con el fin de asistir al penado
en la búsqueda de trabajo (CHICHIZOLA, Las condiciones… cit., p. 1010). En igual sentido, CESANO, Contribución
al estudio… cit., p. 117.
118
En este sentido, apunta Cesano que hay que ser muy cauto a la hora de establecer el plazo en el que debe verificarse
dicha condición, siendo conveniente cierta flexibilidad al respecto, evitando la fijación de un término breve (CESANO,
Contribución al estudio… cit., p. 117). Alderete Lobo agrega que esta exigencia debe ser entendida como una
obligación dirigida a los órganos estatales de asistir al penado en la tarea de obtener un empleo, en función de lo
establecido en el art. 72, L.E.P. (ALDERETE LOBO, op. cit., p. 241).
119
Zaffaroni, Alagia y Slokar critican fuertemente esta exigencia por entender que “traduce el prejuicio positivista y
disciplinante de asociar el crimen a la condición natural de rebeldía hacia el trabajo y su disciplina por parte de las
clases marginales”. A la vez, señalan que lesiona el principio de igualdad ante la ley, “dado que el condenado sin
recursos debe trabajar, en tanto que quien dispone de recursos puede terminar su pena en el ocio” (ZAFFARONI,
ALAGIA y SLOKAR, op. cit., p. 962). Por ello, concluyen que, a los fines de la observancia de esta disposición, es
suficiente con que el penado realice alguna actividad laboral o social. Baclini, por su parte, entiende que la imposición
de esta regla “está sujeta a que el condenado no tuviera medios propios de subsistencia, por lo que si los tiene debe
entenderse que no es necesaria la aplicación de esta condición” (BACLINI, op. cit., p. 168).
120
Al respecto, explica Chichizola que “al volver a delinquir, el liberado condicionalmente desvirtúa la presunción de
enmienda que había servido de base para que se le concediera la libertad condicional y, por lo tanto, es lógico que se lo
reintegre nuevamente a la prisión, a fin de completar su tratamiento penitenciario que, en el caso concreto, los hechos
han demostrado que fue insuficiente” (CHICHIZOLA, Las condiciones… cit., p. 1010).
45
condicional, debe revocarse este régimen y procederse a la unificación de las penas, aunque la
sentencia se dicte o adquiera firmeza con posterioridad al vencimiento de la pena.121
Suele discutirse acerca de cuál debe ser la naturaleza del delito cometido para que la
revocación de la libertad condicional resulte procedente. Mientras que para un sector de la doctrina,
la comisión de cualquier clase de hecho delictivo, trae aparejada la consecuencia prevista en la
disposición bajo estudio122, otros cuestionan que en el caso de los ilícitos culposos, la solución
obligada sea la revocación del instituto.123
Si bien lo concreto es que la ley no efectúa distingo alguno entre hechos dolosos e
imprudentes, de lege ferenda resultaría aconsejable que, para el supuesto en el ilícito cometido por
quien se encuentra en libertad condicional sea culposo, se faculte al tribunal para evaluar acerca de
la subsistencia o revocación del beneficio, de arreglo con las particularidades del caso concreto.124
5. Someterse al cuidado de un patronato, indicado por las autoridades competentes
Como hemos visto, esta regla de conducta resulta fundamental, pues el liberado condicional
debe quedar sujeto a una estricta supervisión, control y también asistencia por parte del Patronato de
Liberados correspondiente. Insistimos en que todos los objetivos que se buscan a través de este
régimen legal se frustran si esta tarea no se lleva a cabo en forma eficiente.125
121
En igual sentido, se pronuncia De la Rúa quien explica que de lo contrario, se estaría pasando por alto que los
deberes de conducta se violan con el hecho del delito, que la sentencia condenatoria se limita a reconocer (DE LA
RÚA, op. cit., ps. 237/238). También defiende esta postura, BACLINI, op. cit., p. 176. En contra, Cesano para quien
“no sólo la comisión del delito debe haber ocurrido durante la vigencia del período de prueba sino también el dictado de
la sentencia que lo reconoce debe producirse dentro de ese término” (CESANO, Contribución al estudio… cit., p. 114).
También ALDERETE LOBO, op. cit., p. 267, quien agrega que la posición posee un fuerte apoyo legal en la letra del
art. 16, que sólo exige, para la extinción de la pena, el transcurso del período de prueba “sin que la libertad haya sido
revocada”.
122
En tal sentido, explica Núñez que puede tratarse de cualquier clase de delito: doloso, culposo, preterinencional,
común, político, infamante, piadoso, malvado, etc. (NÚÑEZ, op. cit., T. II, p. 412). En igual sentido, CHIARA DÍAZ,
op. cit., p. 950. Lógicamente quedan excluidas las faltas y contravenciones (D´ALESSIO, op. cit., T. I, p. 166 y
CHICHIZOLA, Las condiciones… cit., p. 1010).
123
De la Rúa señala que en determinados supuestos la revocación del beneficio puede resultar sumamente severa sobre
todo en casos de condenas por delitos graves. El ejemplo que brinda el autor es el del condenado a prisión perpetua que,
al obtener la libertad condicional, comete una lesión culposa, circunstancia que supondrá que deba volver a prisión para
siempre (DE LA RÚA, op. cit., p. 235). Una posición similar adoptan ZAFFARONI, ALAGIA y SLOKAR, op. cit., p.
962.
124
Esta posición es sostenida por Chichizola, quien señala que “la solución conveniente sería preceptuar la revocación
obligatoria, en los casos de delito doloso, y facultativa, en las hipótesis de delito culposo” (CHICHIZOLA, Las
condiciones… cit., p. 1012). También ALDERETE LOBO, op. cit., p. 268 sostiene esta opinión.
125
Con relación a los patronatos de liberados, explica Chiara Díaz que “[d]esgraciadamente el Estado está en mora
respecto a su organización y existencia bajo un patrón general que permita su funcionamiento eficiente a partir del
egreso del penal, brindando desde entonces el apoyo material y moral y la vigilancia atenta, sin los cuales el condenado
carece de un guía cierta para completar el proceso ejecutivo de la sanción, precisamente en la última etapa, cuando
mayores dificultades amenazan con hacer tabla rasa de la readpatación conseguida en aspectos básicos” (CHIARA
DÍAZ, op. cit., p. 951).
46
Además de ello, hay que recordar que la asistencia pospenitenciaria de los condenados se
encuentra expresamente prevista y exigida por la ley.126 Incluso más, según el sistema que ha
ideado el legislador, el regreso al medio libre debe ser preparado durante la misma privación de
libertad, a través de las actividades concernientes a la asistencia social que se le debe brindar al
interno (arts. 168 y ss. L.E.P.) y mediante el denominado programa de “prelibertad”.127
6. Someterse a tratamiento médico, psiquiátrico o psicológico, que acrediten su necesidad y
eficacia de acuerdo al consejo de peritos.
Esta regla es muy importante, pues permite que el condenado continúe en libertad con el
tratamiento que venía realizando dentro de la unidad de alojamiento, lo que contribuye
favorablemente al objetivo de reinserción social y, por lo tanto, a evitar que el penado incurra en
reincidencia.128
7. Cualquiera de las reglas de conducta previstas en el art. 27 bis C.P.
A partir de la reforma de la ley 25.892, al conceder la libertad condicional, el juez puede
imponer cualquiera de las reglas que el art. 27 bis, C.P., establece para los casos de condenación
condicional. En realidad, en el régimen anterior, muchas de estas reglas podían ser impuestas dentro
de la genérica exigencia de “observar las reglas de inspección”.
No obstante, hay que tener en cuenta que el art. 27 bis establece algunas reglas diferentes –
no previstas en el art. 13– como el “abstenerse de concurrir a determinados lugares o relacionarse
con determinadas personas” (inc. 2), “asistir a la escolaridad primaria, si no la tuviere cumplida”
(inc. 3), “realizar estudios o prácticas necesarios para su capacitación laboral o profesional” (inc. 5)
126
Edwards explica que la principal función de los patronatos de libertados es la asistencia pospenitenciaria de quien
obtiene la libertad condicional, ya que la reinserción en el medio social del penado suele ser difícil y traumática, dado el
estigma que supone el hecho de haber sido presidiario. De allí “la necesidad imperiosa de contar con una infraestructura
pospenitenciaria que apoye al liberado, para que no se vea tentado a recaer en el delito” (EDWARDS, op. cit., p. 55).
Por su parte, Ceruti y Rodríguez entienden que la asistencia a este programa por parte del penado no es obligatoria sino
voluntaria (CERUTI y RODRÍGUEZ, op. cit., p. 96).
127
Explica Edwards que la principal finalidad de este programa “es la preparación del penado para su reinserción en el
medio social, a efectos de que esté en condiciones de afrontar un eventual rechazo de la sociedad” (EDWARDS, op.
cit., p. 57). López y Machado critican que la autoridad penitenciaria no aplica como debiera el programa de prelibertad,
a tal punto que son pocos los internos que son incluidos en el él. Los autores señalan, incluso, que “pareciera que los
condenados no poseen un conocimiento concreto del instituto, al punto que son francamente escasas las solicitudes y
reclamos que, en tal sentido, se dirigen al juez de ejecución” (LÓPEZ y MACHADO, op. cit., p. 163).
128
Como la ley dispone que los peritos deben acreditar la necesidad “y” eficacia del tratamiento, se ha señalado que el
dictamen pericial debe acreditar ambos extremos para que la imposición del tratamiento resulte procedente, esto es, no
sólo que el tratamiento es necesario sino que además será eficaz. Por ello se sostiene que “la acreditación de uno solo de
los supuestos –que resulta necesario pero no se puede afirmar su eficacia o, a la inversa, que será eficaz pero no se lo
considera necesario– importará la imposibilidad de someter al liberado a esta condición” (D´ALESSIO, op. cit., T. I, p.
158). En la misma obra se señala también que la imposición de esta regla puede merecer cuestionamientos derivados del
principio constitucional de reserva y por consagrar una modalidad propia de un derecho penal de autor, vedado por
nuestro ordenamiento jurídico (op. cit., p. 159). En sentido concordante, apunta Cesano, que la imposición de esta pauta
de conducta exige como presupuesto esencial la previa solicitud del condenado, no siendo tolerable, desde una
perspectiva constitucional (art. 19, C.N.), que se obligue al liberado a efectuar un determinado tratamiento (CESANO,
Contribución al estudio… cit., p. 114).
47
y, “realizar trabajos no remunerados en favor del Estado o de instituciones de bien público, fuera de
sus horarios habituales de trabajo” (inc. 8).
Está claro que la imposición de las reglas de conducta previstas en el art. 27 bis es
facultativa y no obligatoria, debiendo el juez, una vez más, tener en cuenta la conveniencia de estas
condiciones con miras al objetivo de prevención especial positiva (resocialización) perseguido por
la ejecución de la pena privativa de libertad.
8. Duración de las reglas de conducta
Finalmente, cabe recordar que las condiciones o reglas compromisorias fijadas al momento
de conceder la libertad condicional, rigen hasta el vencimiento de la pena, en caso de penas
temporales, o por el término de diez años, respecto de penas perpetuas.
h) Trámite
El interno puede formular el pedido de libertad condicional en la unidad de alojamiento o
directamente ante el juez de ejecución.129 Una vez recibidos los informes pertinentes, verificado el
cumplimiento del requisito temporal y certificados los antecedentes, se tramita el correspondiente
incidente con intervención de las partes interesadas (art. 491 C.P.P.N.) y siempre asegurando el
derecho a la defensa.
Sin dudas, resultaría conveniente establecer un trámite que garantice la oralidad y la
inmediación en esta clase de procedimientos, donde se discute y resuelve algo tan importante como
la libertad del condenado. Pensamos que lo mejor es que se realice una audiencia con intervención
del imputado, su defensor y el representante del Ministerio Público Fiscal, sin perjuicio de que
también pueda convocarse a uno o más de los integrantes del Consejo Correccional para explicar
cuestiones atinentes a los informes que han confeccionado.130
129
Para De la Rúa, aunque no se establezca de manera expresa, el beneficio de libertad condicional debe ser otorgado de
oficio “pues integra el sistema represivo del Código Penal, a cargo del propio tribunal que tiene el gobierno de la
ejecución penal”. La opinión contraria –explica el autor– “implicaría, en última instancia, un inadmisible
condicionamiento del régimen punitivo a la voluntad del condenado” (DE LA RÚA, op. cit., p. 231). En contra, postula
Cesano que la habilitación para que el tribunal analice los requisitos de procedencia del instituto aparece condicionada a
la solicitud del condenado. Señala el autor que “tratándose de un auténtico derecho del condenado, como tal puede dejar
de ser ejercido; máxime si se tienen en cuenta las consecuencias que se derivan del propio artículo 15, párrafo 1° del
Código Penal, para los casos de revocación” (CESANO, Contribución al estudio… cit., p. 61). Alderete Lobo, por su
parte, explica es perfectamente válido que la autoridad judicial o administrativa inicie el trámite de oficio o que la
defensa técnica del penado lo solicite en su favor. Sin embargo, en algún momento, es preciso que el interno preste en
forma expresa su consentimiento para ser incorporado al régimen de la libertad condicional (ALDERETE LOBO, op.
cit., p. 71).
130
Explica Alderete Lobo que “[p]ara la materialización de una judicialización plena de la ejecución penal es
indispensable la instauración, en esta etapa, de un procedimiento oral y público, al menos, para la resolución de
cuestiones con consecuencias directas en la pena o en su aspecto cualitativo” (ALDERETE LOBO, op. cit., p. 309). El
autor agrega que “[e]n materia de libertad condicional es crucial brindar a las partes la posibilidad de preguntar a los
organismos técnicos acerca de las conclusiones de sus informes e indagar sobre los parámetros con que éstos fueron
confeccionados, todo ello con presencia del condenado, a quien los funcionarios penitenciarios, de este modo, estarían
obligados a conocer efectivamente. También podría discutirse la validez de procedimientos disciplinarios a partir de las
48
Los informes que se envían al juzgado deben ser completos en el sentido de contener todos
los datos y aspectos necesarios para evaluar la procedencia del beneficio. Cada miembro del
Consejo Correccional debe emitir su voto positivo o negativo, con el correspondiente fundamento.
En ningún caso resultan vinculantes para el juez, quien fundadamente puede apartarse de las
conclusiones, pues la competencia en esta materia es exclusivamente judicial. No obstante,
insistimos en lo que expresamos antes, en cuanto a la dificultad con la que se encuentra el juez para
introducirse en el contenido técnico de los informes. Como vimos, es indispensable que los jueces
de ejecución penal puedan contar con un equipo técnico, interdisciplinario, que sirve de ayuda en el
análisis y control de los informes que confeccionan los organismos técnicos de la unidad. Sin
perjuicio de ello, también se debe reconocer la facultad de acudir a pericias o ampliación de
informes técnicos, cuando los informes de la unidad resulten insuficientes o infundados.131
Si la libertad condicional se concede, el interno queda sujeto a las condiciones del art. 13 del
C.P. hasta el vencimiento de la pena. En caso de rechazo, la solicitud recién puede reiterarse
después de los seis meses.132
h) Incumplimiento
El beneficio de la libertad condicional se revoca cuando el penado comete otro delito o viola
la obligación de residencia (art. 15 del C.P.).133 Si incumple otra de las condiciones compromisorias
(ej. concurrir al patronato o acatar las reglas de conducta impuestas), el efecto es que el tribunal
puede disponer que “no se compute” como parte de la pena el tiempo que duró el incumplimiento,
prorrogando el vencimiento de la sanción.134
declaraciones de quienes hayan participado, entre muchas otras variables y posibilidades que se amplían para dotar de
un marco de mayor legalidad al procedimiento” (op. cit., p. 310).
131
En igual sentido, señala Alderete Lobo que “no hay impedimento para que el juez pueda ampliar el cuadro
probatorio a través de informes periciales confeccionados por profesionales ajenos a la administración, algo que
también las partes están habilitadas a proponer” (ALDERETE LOBO, op. cit., p. 309).
132
Cf. Art. 508, C.P.P.N. Cuestionando esta disposición por entender que puede resultar contraria al derecho de petición
previsto en el art. 14 de la C.N., véase ALDERETE LOBO, op. cit., p. 59. Por su parte, Pérez Arias explica que este
requisito no debe ser interpretado en tiempo calendario de modo tal que nada impediría que se formule una nueva
petición con anterioridad al cumplimiento del término de seis meses, con el fin de que una nueva inspección
jurisdiccional de procedencia se evalúe al cumplimiento de ese término (PÉREZ ARIAS, Libertad condicional… cit., p.
59).
133
En estos supuestos, señala Chichizola que si el liberado que se ausenta de su domicilio brinda una explicación
satisfactoria y demuestra que no ha tenido la intención de sustraerse de la vigilancia del patronato, no corresponderá
disponer la revocación sino que bastará con una severa intimación para que en lo sucesivo, cumpla con la obligación de
residencia (CHICHIZOLA, Las condiciones… cit., p. 1012). Alderete Lobo agrega que “la revocación en estos casos
sólo puede producirse cuando el quebrantamiento se produce de un modo injustificable y reprochable directamente al
liberado, que muestre de forma evidente la intención de sustraerse del cumplimento de las obligaciones inherentes a la
soltura condicional” (ALDERETE LOBO, op. cit., p. 268).
134
Chichizola considera que el tribunal tendría, aún en estos supuestos, la facultad de revocar la libertad condicional
otorgada al penado, puesto que lo contrario supondría dejar el cumplimiento de las pautas librado al arbitrio del interno
(CHICHIZOLA, Las condiciones… cit., p. 1013).
49
La revocación también debe tramitar por vía de incidente, dando al penado la posibilidad de
ser escuchado y garantizando plenamente el derecho de defensa, aunque el código autoriza su
“detención provisoria” (art. 510 C.P.P.)
7. Libertad asistida
El instituto de la libertad asistida, previsto en el art. 54 L.E.P., permite al condenado sin la
accesoria del art. 52 del C.P.,135 egresar del establecimiento carcelario seis meses antes de la fecha
de vencimiento de la pena.
Se trata de un instituto136 previsto especialmente para sujetos que no pueden obtener su
libertad condicional por haber sido declarados reincidentes o por otro motivo.137 Por un lado se
busca que durante el cumplimiento de la pena el interno tenga una “motivación” y se esmere
acatando el tratamiento penitenciario.138
Además se intenta establecer un período de libertad bajo “supervisión” y “asistencia”, antes
de la completa desvinculación del penado, con el objeto de preparar el regreso al medio libre
facilitando el objetivo de resocialización. Como ocurre con la libertad condicional, el sujeto queda
sometido al cumplimiento de una serie de condiciones, de modo que se revoca el beneficio en caso
de incumplimiento.
a) Penas comprendidas en el beneficio
1. Como vimos, se trata de un instituto que fue pensado, fundamentalmente, para internos
que se encuentren impedidos de acceder al régimen de la libertad condicional (art. 13 C.P.), por
ejemplo, por haber sido declarados reincidentes (art. 14 C.P.) o por haberse revocado una libertad
135
En relación a la accesoria del art. 52 del C.P., pensamos que la exclusión no se aplica a los casos en que la
mencionada accesoria haya sido dejada en suspenso, de conformidad a lo dispuesto por el art. 52, última parte, C.P.
(ver, en tal sentido, LAJE ANAYA, op. cit., p. 101.
136
Como ocurre con el resto de las modalidades de cumplimiento de pena previstas por la ley –salidas transitorias,
semilibertad o libertad condicional–, no se trata de meros “beneficios” que puedan ser concedidos o rechazados en
forma discrecional por los jueces, de modo que cuando se cumplen con los requisitos legales correspondientes el interno
tiene derecho a acceder a este régimen. Es decir, estamos ante un derecho que tiene el condenado y no ante una simple
facultad del juez o tribunal (ver, LAJE ANAYA, op. cit., p. 100), por lo que el “podrá” quiere decir “deberá”, siempre y
cuando no concurra la excepción contenida en la última parte de la misma disposición (op. cit., p. 102). En igual
sentido, se ha señalado que lo único que el legislador ha pretendido con la introducción de la fórmula “podrá
denegar…” es “condicionar (y de manera excepcional) la utilización de un derecho, y no convertir este derecho, en un
mero beneficio o facultad de la administración de justicia” (COLOMBO, Marcelo, Libertad asistida. Un análisis sobre
las condiciones para su otorgamiento y la dudosa constitucionalidad de la regla que habilita su rechazo, Cuadernos de
Doctrina y Jurisprudencia Penal, Ad–Hoc, Buenos Aires, v. 17, ps. 70/71).
137
Por ejemplo, condenados que han sufrido una revocación anterior de libertad condicional (art. 17 del C.P.) o que no
cumplen con la observancia de los reglamentos carcelarios.
138
Con este instituto, el condenado reincidente es consciente de que si observa las reglamentaciones carcelarias y
cumple con los objetivos trazados en su programa de tratamiento podrá acceder anticipadamente a la libertad.
50
condicional anterior (art. 17 C.P.), pues para el resto de los condenados se encuentra prevista en la
ley la libertad condicional.139
2. No obstante, el contenido literal del citado art. 54 de la ley 24.660 impide restringirlo a
internos que se encuentren excluidos del régimen de la libertad condicional y a casos de penas
privativas de la libertad de larga duración.
Una lectura del artículo analizado permite advertir que no se ha excluido expresamente a los
internos que no hayan sido declarados reincidentes o a quienes no se les ha revocado una libertad
condicional anterior,140 de modo que restringir la aplicación del instituto más allá de lo que dispone
la ley implicaría una vulneración del principio de legalidad,141 que no sólo rige con relación a la
determinación legal de la conducta punible, sino también de la pena. Es decir, esta regla
constitucional exige indefectiblemente que el hecho delictivo y la correspondiente consecuencia
jurídica se encuentren descriptos con suficiente precisión y claridad en la ley previa.
En lo que aquí nos interesa, es claro que también se hallan sometidas al principio de
legalidad todas aquellas disposiciones relativas a la ejecución de la sanción que, como ocurre con la
libertad asistida, definen el verdadero sentido y hasta la duración de una pena privativa de la
libertad. Desde este punto de vista, así como no es constitucionalmente posible castigar por analogía
un hecho no previsto expresamente en la ley, tampoco es posible restringir o establecer limitaciones
no contempladas expresamente para un derecho que la ley prevé a favor del condenado y que sirve
como límite al poder punitivo estatal.
Lo expuesto permite sostener que, en ciertos casos, un interno que no se encuentra excluido
del régimen de la libertad condicional, puede acceder al instituto de la libertad asistida, cuando ello
le resulte más favorable.142 Tal sería el caso, por ejemplo, de un sujeto condenado a la pena de diez
meses de prisión, que podría egresar bajo el instituto de la libertad asistida a los cuatro meses,
mientras que únicamente lograría su libertad condicional a los ocho meses.143 En consecuencia, en
139
La libertad asistida también está destinada para los internos que no hayan podido acceder al régimen de la libertad
condicional por no haber cumplido las condiciones relativas a la disciplina (conducta) dentro de la unidad, pues como
veremos, a los fines de la libertad asistida lo relevante no es el comportamiento intramuros del condenado sino más bien
su pronóstico de reinserción social.
140
La única exigencia contenida en la ley es que al interno no se le haya impuesto la pena accesoria de reclusión por
tiempo indeterminado, prevista en el art. 52 del C.P., sin realizar otra aclaración ni requerir expresamente que el penado
sea reincidente.
141
Arts. 18 C.N., XXV D.A.D.D.H., 11 D.U.D.H., 9 C.A.D.H., 9 y 15 P.I.D.C.P.
142
En este sentido, ver LÓPEZ y MACHADO, op. cit., p. 198, quienes señalan que “la libertad asistida se encuentra
dirigida a todos los condenados a penas temporales sin la accesoria, independientemente de que hayan sido o no
declarados reincidentes”. Laje Anaya, en cambio, considera que para evitar el absurdo que implicaría que un reincidente
se encuentre en mejor situación que un no reincidente, hay que concluir que “la libertad asistida sólo corresponde, en la
medida en que no pueda ser más beneficiosa que la libertad condicional” (LAJE ANAYA, op. cit., p. 100).
143
Sobre este punto, sin embargo, los autores de este trabajo tenemos diferentes opiniones, pues para Javier de la Fuente
–postura que no es compartida por Mariana Salduna–, el contenido literal del art. 54 de la ley 24.660, sí permite
51
estos casos, no resulta legítimo excluir del derecho a la libertad asistida, pues tal limitación no surge
de la ley y aplicarla por vía de la analogía resultaría una solución contraria al principio de legalidad
(art. 18 C.N.).
Ninguna duda existe en cuanto a que la ley penal, al igual que toda ley, requiere de la
interpretación. Ya advertía Soler que negar la necesidad de interpretar las leyes es como negarles
aplicación o como creer que el acto del juez no es psíquico sino mecánico. 144 Y en la tarea puede el
intérprete valerse de cualquier método –gramatical, sistemático, histórico, teleológico–, de lo cual
se infiere que es perfectamente válido consultar el espíritu de la norma o la voluntad del legislador.
Sin embargo existe un límite bien preciso que no puede ser traspasado y ese límite está constituido
por el tenor literal de las palabras de la ley.145
De lo expuesto se puede deducir que el sentido literal del art. 54 de la ley 24.660 impide
excluir del régimen de la libertad asistida a los internos que hayan sido condenados a penas
privativas de la libertad superiores a los seis meses, se encuentren o no excluidos del régimen de la
libertad condicional.
b) Requisitos de procedencia
Para que el condenado puede acceder al régimen de libertad asistida debe haber cumplido
prácticamente toda la pena privativa de la libertad que se le ha impuesto, pues este régimen permite
egresar seis meses antes del vencimiento de la pena. Por otra parte, quedan fuera del sistema las
establecer una limitación en la aplicación del instituto que no vulnera el principio de legalidad. Una interpretación
razonable del citado artículo autoriza a sostener que el instituto que la libertad asistida resulta aplicable respecto de
penas privativas de libertad que superen los seis meses de prisión. Cuando la sanción es inferior a dicho lapso, no existe
posibilidad alguna de egresar “seis meses antes del vencimiento”, de modo que han sido excluidos del régimen de
libertad asistida aquellos internos condenados a penas privativas de libertad inferiores a los seis meses. Esta limitación,
por otra parte, encuentra respaldo legal en el propio régimen de la ley 24.660, pues para condenados a penas que no
superen los seis meses de prisión se han contemplado modalidades especiales de ejecución como es la prisión
discontinua y la semidetención (art. 35, inc. e), que a su vez, pueden ser reemplazadas por trabajos comunitarios (art.
50).
144
SOLER, Sebastián, Derecho Penal Argentino, Editorial Tea, Buenos Aires, 1992, T. I, p. 145.
145
Como bien indica Jescheck, “el sentido de la ley sólo puede expresarse en palabra. Estas son la materia básica de la
interpretación y por eso debe respetarse en todo caso el ‘sentido literal posible’ como límite extremo. Lo que se ubica al
otro lado de ese límite constituye ya una creación jurídica complementaria que metódicamente no puede seguir
denominándose interpretación. El criterio del sentido literal posible es irrenunciable por razones provenientes del
Estado de Derecho, pues representa el único elemento objetivamente constatable que permite saber con una cierta
seguridad donde empieza la responsabilidad del juez por el Derecho de creación propia” (JESCHECK, Hans Heinrich,
Tratado de Derecho Penal. Parte general, 4ª edición, Ed. Comares, Granada, 1993, p. 112 y ss.). En igual sentido
señala Cerezo Mir que “...el sentido de la ley tiene que haber hallado expresión, aunque imperfecta, en su tenor literal.
La interpretación ha de mantenerse dentro de los límites del sentido literal posible del precepto” (CEREZO MIR, José,
Curso de Derecho Penal español. Parte general, 5ª edición, 3ª reimpresión, Ed. Tecnos, Madrid, 2000, T. 1, p. 171).
52
penas perpetuas,146 pues no tienen una fecha de agotamiento y los casos en que se haya impuesto la
pena accesoria de reclusión por tiempo indeterminado.147
La ley se encarga de aclarar expresamente que el principio general es la procedencia de la
libertad, pues únicamente puede denegarse cuando se considere, por resolución fundada, “que el
egreso puede constituir grave riesgo para el condenado o para la sociedad” (art. 54 in fine), lo que
debe desprenderse de los informes confeccionados por los organismos técnicos.148
Esta limitación ha generado muchos inconvenientes por lo impreciso, y además polémico,
que resulta el concepto de “peligrosidad”, más característico de un sistema de derecho penal de
autor que de acto.149 No obstante, pese a lo criticable que puede resultar desde el punto de vista
político criminal, lo cierto es que el legislador recurrió a este criterio a la hora de establecer una
limitación al beneficio. Como consecuencia de esto, es común que los jueces tengan en cuenta para
rechazar la libertad asistida, circunstancias que van más allá de la evolución que el interno haya
tenido en el régimen y tratamiento penitenciario. Son frecuentes los casos en que la denegatoria se
funda en los trastornos psicológicos o de personalidad que padezca el interno, la falta de contención
familiar o social, las características negativas del domicilio y del medio al que regresará, o el
desfavorable pronóstico que razonablemente pueda hacerse en función de los numerosos
antecedentes condenatorios que tenga el condenado.
146
Para las penas perpetuas se ha contemplado únicamente el régimen de libertad condicional (art. 13, C.P.), de modo
que en los casos en que el interno no cumple con los requisitos legales de este régimen, la única alternativa para acceder
a la libertad sería el régimen de la detención domiciliaria (art. 32 y ss. ley L.E.P.).
147
Ello sin perjuicio de la inconstitucionalidad de esta sanción para casos de reincidentes múltiples, de conformidad a la
doctrina jurisprudencial del fallo “Gramajo” (C.S.J.N., Fallos: 329: 3680).
148
Como sucede con todos los institutos de competencia judicial, los informes que confeccionan los organismos
técnicos de la unidad no resultan vinculantes y el juez o tribunal puede apartarse de las conclusiones cuando se
encuentren infundados. También es posible acudir a otras medidas de pruebas (ej. exámenes periciales psiquiátricos,
psicológicos o informes socio–ambientales) para completar o disipar dudas que surgen de aquéllos informes.
149
López y Machado sostienen que “si se obstaculiza el derecho de la libertad asistida por vía del potencial y futuro
riesgo que pueda representar la soltura del causante, estamos hablando de un estado peligroso sin delito, que es una
construcción que no tiene lugar dogmático ni en nuestra ley penal ni en la Constitución Nacional” (LÓPEZ y
MACHADO, Análisis del régimen de ejecución penal, p. 200). En opinión de los autores mencionados, la solución
adecuada “[c]onsiste en eludir toda consideración respecto del eventual riesgo que puede ocasionar la soltura del
causante y, en cambio, únicamente valorar la calificación conceptual a la que se refiere el art. 101, denegando el acceso
al instituto a todos aquellos condenados que, fundadamente, registren una desfavorable posibilidad de adecuada
reinserción social”. Es que, sostienen, “a diferencia del riesgo o la peligrosidad en abstracto, el negativo registro
conceptual posee un sustento objetivo constituido por la evolución evidenciada dentro del tratamiento de reinserción
social aplicado al condenado. En definitiva, la calificación de concepto o, lo que es igual, el pronóstico de mayor o
menor posibilidad de reinserción social, se encuentra fundado en ‘hechos’ realizados u omitidos por el causante
intramuros, en relación a los objetivos que integran el programa de tratamiento individual; no se ‘juzga’ cómo es el
interno, sino cuál ha sido su actuación en el marco del régimen penitenciario progresivo” (op. cit., p. 101). Colombo
también se pronuncia en forma crítica respecto al “juicio de peligrosidad” que debe efectuarse en estos casos explicando
que “si la pena debe fundarse en la aplicación de una ley (norma penal) que por imperio de la Constitución Nacional
(art. 19, C.N) sólo puede seleccionar acciones, la modificación de dicha pena (pena entendida aquí no sólo como la
definición de sus característica cualitativas), también debe basarse en una ley que seleccione acciones o
comportamientos externos, y no como sucede con el art. 54 in fine, que basa la denegatoria en un juicio pronóstico de
riesgo” (COLOMBO, op. cit., p. 85).
53
Pensamos que el sistema de limitación escogido por el legislador resulta sumamente
criticable, porque incorpora como condiciones de procedencia, circunstancias abstractas e
imprecisas que difícilmente puedan ser controladas por los internos, dejando abierta las puertas para
eventuales abusos y arbitrariedades de la autoridad penitenciaria.150 Por otra parte, en este punto
existe una clara contradicción con lo dispuesto en el art. 104 L.E.P., en el sentido de que para el
otorgamiento de la libertad asistida debe atenderse fundamentalmente al concepto del condenado”,
pues la idea de “peligrosidad” contenida en el art. 54 L.E.P. es mucho más amplia e imprecisa que
el “pronóstico de reinserción social” que sirve de base al concepto. Como vimos, este último no es
simplemente un cálculo sobre el futuro comportamiento del interno, sino una “evaluación” de su
evolución intramuros de la que sea deducible su mayor o menor posibilidad de reinserción social
(art. 101 L.E.P.).
Además de ello, consideramos que carece de cualquier fundamento en este tema la
referencia al “riesgo para el propio condenado”, circunstancia que debería ser ajena a la
intervención penal y en todo, caso correspondería abordarla a través de los mecanismos de
protección propios del sistema civil. Es llamativo que en relación a la libertad asistida, el legislador
haya incluido situaciones que tradicionalmente pertenecieron al problema de las medidas de
seguridad, como ocurre con la referencia a la peligrosidad para sí, que se encuentra también
mencionada por el art. 34, in. 1º, C.P.
Por tales razones, creemos que se debe ser sumamente restrictivo al momento de valorar
circunstancias que permitan deducir el grave riesgo al que alude la ley como causa de rechazo de la
libertad asistida.151
c) Condiciones e incumplimiento:
En caso de concederse este régimen, el condenado queda sujeto a las condiciones
establecidas por el art. 55 L.E.P., que son similares a las que rigen con relación a la libertad
condicional. Las obligaciones que debe cumplir el interno son las siguientes:152
150
Puede ser que el interno tenga una evolución adecuada en el penal, acate satisfactoriamente el tratamiento
penitenciario y no tenga sanciones, pero el beneficio se le deniegue por otras razones completamente ajenas al
condenado como las apuntadas en el párrafo anterior.
151
Laje Anaya expresa que para el rechazo de la libertad asistida “es necesaria la presencia de un juicio de
probabilidad” y “ese grave daño existe como probable, cuando el tratamiento penitenciario hubiese sido rechazado o no
aceptado por el condenado”, de modo que “puede entenderse la ley en el sentido de que la reinserción, en el caso
particular, ya no será adecuada, sino inadecuada en razón de que, a causa de aquel rechazo, el condenado impidió
actuara en él la finalidad propuesta por la ley” (LAJE ANAYA, op. cit., p. 103). Edwards afirma que “El grave riesgo
para el condenado radicará en que todavía no esté debidamente preparado para su reinserción social, con el consiguiente
peligro de que vuelva a recaer en el delito; simultáneamente, ello también implicará un grave riesgo para la sociedad, ya
que el penado puede continuar con su actividad delictiva” (EDWARDS, op. cit., p. 83).
152
Las condiciones que se mencionan en el artículo rigen hasta el agotamiento de la condena.
54
1. Presentarse, dentro del plazo fijado por el juez de ejecución o juez competente, al
patronato de liberados que se le indique para su asistencia y para la supervisión de las condiciones
impuestas.153
2. Cumplir las reglas de conducta que el juez de ejecución o juez competente fije, las cuales
sin perjuicio de otras que fueren convenientes de acuerdo a las circunstancias personales y
ambientales del condenado, podrán ser: a) Desempeñar un trabajo, oficio o profesión, o adquirir los
conocimientos necesarios para ello; b) Aceptar activamente el tratamiento que fuere menester; c)
No frecuentar determinadas personas o lugares, abstenerse de actividades o de hábitos que en el
caso, se consideren inconvenientes para su adecuada reinserción social. No obstante, se aclara
expresamente que “Salvo expresa indicación en contrario, siempre regirá la obligación señalada en
el inciso a) de este apartado”.154
3. Residir en el domicilio consignado en la resolución judicial,155 el que podrá ser
modificado previa autorización del juez de ejecución o juez competente, para lo cual éste deberá
requerir opinión del patronato respectivo.
4. Reparar, en la medida de sus posibilidades, los daños causados por el delito, en los plazos
y condiciones que fije el juez de ejecución o juez competente. Como ocurre con el régimen de
suspensión del juicio a prueba, para que este requisito se cumpla, la reparación que ofrece debe ser
en función de la situación económica del interno, de modo que aunque el ofrecimiento no alcance
para indemnizar el daño efectivamente sufrido, de todas formas la libertad asistida es procedente
cuando se ofrece una suma que parece atinada en razón de las verdaderas posibilidades del
condenado. 156 Además, esta exigencia no debe aplicarse cuando se ha iniciado una acción civil por
los daños causados con el delito, en cuyo caso, la cuestión deberá ser resuelta en el proceso
correspondiente.157
153
Repetimos aquí lo que dijimos con relación a la libertad, en cuanto a la importancia que tiene el control y asistencia
pospenitenciaria del condenado. Los objetivos que se intentan alcanzar con el régimen de libertad asistida se frustrarían
completamente si no se cuenta con una adecuada supervisión del sujeto durante el tiempo en que dura la libertad
anticipada.
154
Una opinión crítica sobre esta regla puede verse en CERUTI y RODRÍGUEZ, op. cit., p. 114.
155
En la obra que dirige D´Alessio se explica que “[e]sta previsión no implica que el condenado se encuentre obligado a
permanecer en el domicilio consignado en la decisión judicial, pues ello sería contradictorio con su situación de
libertad, sino que supone que aquél debe mantener informada a la autoridad judicial de su lugar de residencia y
denunciar su eventual modificación” (D´ALESSIO, op. cit., T. III, p. 1310).
156
Ver, entre otros, LAJE ANAYA, op. cit., p. 107. En la obra que dirige D´Alessio por su parte, se señala que a pesar
de que la ley establece esta condición de manera obligatoria, su imposición debería hallarse supeditada a su
conveniencia, toda vez que, como toda regla de conducta, tiene como único propósito facilitar el proceso de reinserción
social iniciado respecto del penado (D´ALESSIO, op. cit., T.III, p. 1311).
157
Ver, LAJE ANAYA, op. cit., p. 107.
55
La libertad asistida debe ser revocada cuando el penado comete un nuevo delito, no concurre
al Patronato de Liberados o a las citaciones que curse el juzgado (art. 56 L.E.P.). 158 En tal supuesto
se debe practicar nuevo cómputo, sin considerarse el tiempo que haya durado la libertad.159 A partir
de la reforma de la ley 25.948, en caso de incumplimiento reiterado de las restantes condiciones,
también se contempla la revocación de la libertad asistida, sin que sea computado como parte de la
pena el tiempo de libertad.160
Por último, cabe señalar que si bien la ley no ha contemplado una disposición similar a la
que rige –respecto de la libertad condicional– en el art. 17, C.P.,161 lo cierto es que cuando la
libertad asistida se revoca por comisión de otro delito o por no presentarse al patronato de liberados,
la expresión “agotará el resto de su condena en un establecimiento cerrado”, contenida en el art. 56,
impide conceder nuevamente el beneficio en la misma condena.162 No obstante, cuando la
revocación obedece al incumplimiento de las restantes condiciones, no se ha contemplado la misma
consecuencia, aunque sí es claro que el incumplimiento de las reglas de conducta en la libertad
asistida que se había concedido será un indicador objetivo fundamental acerca del desfavorable
pronóstico del interno, circunstancia que necesariamente debe ser tomada en cuenta al analizar un
nuevo pedido liberatorio por parte del interno en estos términos. Similares consideraciones se deben
efectuar para los casos en los que la revocación se origina en la comisión de otro delito, pues si bien
el interno podría acceder al régimen de la libertad asistida en la pena única que se le imponga, el
158
Este artículo dispone que “Cuando el condenado en libertad asistida cometiere un delito o violare la obligación que
le impone el apartado I del artículo que antecede, la libertad asistida le será revocada y agotará el resto de su condena en
un establecimiento cerrado. Si el condenado en libertad asistida incumpliere reiteradamente las reglas de conducta que
le hubieren sido impuestas, o violare la obligación de residencia que le impone el apartado III del artículo que antecede,
o incumpliere sin causa que lo justifique la obligación de reparación de daños prevista en el apartado IV de ese artículo,
el juez de ejecución o el juez que resultare competente deberá revocar su incorporación al régimen de la libertad
asistida. En tales casos el término de duración de la condena será prorrogado y se practicará un nuevo cómputo de la
pena, en el que no se tendrá en cuenta el tiempo que hubiera durado la inobservancia que dio lugar a la revocación del
beneficio”.
159
En caso de comisión de otro delito, la revocación de la libertad asistida la realiza el tribunal que juzga el nuevo
hecho en la correspondiente sentencia condenatoria.
160
Antes de la reforma se establecía que en caso de inobservancia del resto de las condiciones, el magistrado podía
revocar el beneficio o dejar de computar como cumplimiento de pena todo el tiempo que durara el incumplimiento. La
redacción actual, por ello, resulta más rigurosa al prever como única consecuencia la revocación.
161
López y Machado entienden que “No parece claro que el legislador haya tenido la intención de introducir una causal
impeditiva para la obtención de la libertad asistida, puesto que, si se hubiese querido realmente incorporar un motivo de
negación similar al regulado en el art. 17 del Código Penal respecto de la libertad condicional, el impedimento no habría
aparecido ‘disfrazado’ o sujeto a interpretaciones diversas”. Por ello, afirman que “aquel condenado al que se le revocó
la libertad asistida y es retrotraído al cumplimiento mediante encierro carcelario, puede volver a solicitarla puesto que,
de otra manera, se violentaría la finalidad de reinserción social garantizada en el art. 1…” (LÓPEZ y MACHADO, op.
cit., p. 209). En igual sentido, D´ALESSIO, op. cit., T. III, p. 1313.
162
Se critica esta posición y se señala en la obra de D´Alessio que ello implica admitir que la ley de ejecución estableció
un supuesto en el que el condenado no podrá recuperar la libertad definitiva hasta el vencimiento de la pena,
circunstancia que no resulta acorde con el principio de resocialización ni con la característica de progresividad del
régimen, que requiere la posibilidad de que una porción de la pena, sea cumplida en libertad (D´ALESSIO, op. cit., T.
III, p. 1313).
56
incumplimiento y la revocación del beneficio también debe ser considerado al resolver una nueva
incorporación a este régimen.
8. Delitos excluidos: el art. 56 bis de la ley 24.660
Tal como lo vimos al analizar el régimen de salidas transitorias y libertad condicional, los
arts. 14 del C.P. y 56 bis L.E.P. excluyen de la posibilidad de egresar con alguna de estas
modalidades para los condenados por ciertos delitos graves. Se trata de los condenados por
homicidio crimins causae (art. 80, inciso 7, C.P.); delitos contra la integridad sexual, cuando
resultare la muerte de la víctima (art. 124 C.P.); privación ilegal de la libertad coactiva, si se causare
intencionalmente la muerte de la persona ofendida (art. 142 bis, anteúltimo párrafo, C.P.);
homicidio en ocasión de robo (art. 165 C.P.) y secuestro extorsivo, si se causare intencionalmente la
muerte de la persona ofendida (art. 170, anteúltimo párrafo, del C.P.).
Con excepción de lo que ocurre en el delito de homicidio en ocasión del robo (art 165, C.P.)
–que prevé una pena temporal–, el resto de los delitos que se incluyen contemplan penas perpetuas,
de modo que el negar cualquier posibilidad de libertad anticipada genera aún mayores
cuestionamientos. En efecto, debido a estas disposiciones legales, los condenados a penas perpetuas
por alguno de los delitos allí mencionados, únicamente podrán acceder –recién a los setenta años–
al régimen de la detención domiciliaria por razones humanitarias, prevista en el art. 32, inc. d,
L.E.P.
Pensamos que solución legal resulta sumamente criticable e implica dejar a un lado el
objetivo de reinserción social del penado, que pretende alcanzarse a través de la ejecución de la
pena privativa de la libertad, principio que debería ser aplicado para todos los internos condenados,
sin que se autorice a hacer distinciones en función de la naturaleza del delito (art. 8, L.E.P.).163 Es
que en una pena auténticamente perpetua, carece de cualquier sentido pensar en la idea de
resocialización. Una pena perpetua no busca la reinserción social del condenado, sino más bien su
segregación del grupo social. El sujeto sabe que nada podrá hacer para recuperar su libertad, de
modo que por más que haya revertido completamente los factores que lo llevaron a cometer el
delito, no puede aspirar a ningún beneficio.164
163
Al respecto, apunta Cesano que mediante la reforma se abandona el objetivo de readaptación social fijado como
objetivo por los pactos internacionales constitucionalizados, puesto que se introduce una suerte de presunción iure et de
iure de ineficacia del tratamiento y que, a su vez, la previsión bajo análisis es contraria al principio de humanidad de la
pena (CESANO, Contribución al estudio… cit., ps. 103/104).
164
Supongamos que una persona es condenada por alguno de estos delitos atroces a los veinte años de edad. En el actual
sistema legal, por ejemplo, ni siquiera después de cuarenta años –cuando el penado ya tenga sesenta años– podría
acceder a la libertad anticipada, aún cuando se trate verdaderamente de una persona completamente diferente y cuando
se hayan revertido todos los factores que contribuyeron al delito.
57
En nuestra opinión se debería establecer un límite a la perpetuidad de la pena.165 Los plazos
que prevé el art. 13 del C.P. para la obtención de la libertad condicional, en penas perpetuas,
resultan sumamente extensos –treinta y cinco años–, por lo que pareciera que la decisión legislativa
de excluir directamente la libertad condicional, en estos supuestos, parece excesiva e irrazonable.166
Después de semejante tiempo, se debería aceptar la posibilidad de analizar la evolución que ha
tenido el interno y, en caso de que las condiciones estén dadas, permitir su liberación anticipada y
su reintegración a la vida social.
165
Un cuestionamiento a la validez de las penas perpetuas, puede verse en la obra de D´ALESSIO, op. cit., T. III, p.
1268, en la que se señala que “una de las notas características del régimen progresivo es que necesariamente cuenta con
un período de cumplimiento de la pena en libertad, antes de su agotamiento, bajo algún tipo de condiciones”. Por su
parte, explica Finzi que las penas perpetuas son crueles pues le quitan al ser humano “lo que jamás debería quitarse: la
esperanza de liberación y, con ella, también el estímulo para cambiar de vida, una vez reintegrado a la sociedad”
(FINZI, Marcelo, Un nuevo sistema de libertad condicional, J.A., Sec. Doct., T. IV, 1953, p. 15).
166
Sostiene, en tal sentido, que nos hallamos ante una normativa que no supera el test de razonabilidad del art. 28 de la
C.N., CESANO, Contribución al estudio… cit., p. 105. Idéntica posición asume Alderete Lobo quien también considera
que la disposición “se opone claramente a todo criterio de igualdad”, toda vez que “la libertad condicional no es más
que una herramienta de reinserción social frente a la cual todas las personas privadas de su libertad se encuentran, por
su condición de tales, en similar circunstancia” (ALDERETE LOBO, op. cit., p. 236).
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