Acciones y Pretensiones Legales
Acciones y Pretensiones Legales
A) Nociones generales
§ 538. Acción, pretensión y demanda1.
En un principio los conceptos de acción y derecho eran identificados, puesto que no se concebía
un derecho sin una acción que permitiera hacerlo valer en juicio. Es más, en el Derecho Romano no
se aludía a los “derechos” (v.gr., el derecho creditorio), sino más bien a las “acciones” y estás de
modo particular y con nombres diversos (v.gr., actiones in personam). “Cada derecho se halla sellado
con una actio, y, en cualquier caso, no hay pretensión que tenga acceso a los tribunales cuando
respecto de ella no haya sido concebida una acción. En el ámbito del ius civile la actio, en el sentido
de pretensión –enunciada en la intentio de la legio actio o de la formula-, es la sombra del derecho
sustancial” (Iglesias).
Sin embargo, a partir del siglo XIX comenzaron a diferenciarse ambas nociones, adquiriendo
autonomía la disciplina del derecho procesal (Palacio). Para esta rama de la ciencia jurídica, la
“acción” es entendida como un derecho cívico (Carnelutti) o una de las especies en que se manifiesta
el derecho constitucional de peticionar ante las autoridades (Couture), que faculta a ejercitar una
“pretensión” ante un órgano jurisdiccional. La pretensión (v.gr., la de reparación por daños,
denominada comúnmente como “acción indemnizatoria” o “acción resarcitoria”) es contenida, a su
vez, en la “demanda” que constituye –como acto procesal- uno de los medios para iniciar el proceso
judicial (Palacio).
No obstante ello, usualmente, se emplea el término acción como sinónimo de derecho sustancial
cuando se dice que “el acto carece de acción” o cuando se opone la “excepción de falta de acción”.
En rigor, estas expresiones quieren poner de manifiesto que el accionante no tiene un derecho efectivo
que deba ser tutelado en sede judicial. La acción tiende naturalmente a la realización del derecho,
pero no la presupone ni lo requiere de manera necesaria para su procedencia. También se emplea
impropiamente la acción como sinónimo de pretensión cuando se hace referencia a “acción fundada
o infundada” o “acción personal y real”. Sin embargo, estas expresiones trasuntan la idea de que la
acción es la pretensión de que se tiene un derecho válido y en nombre del cual se promueve la
demanda. La pretensión no constituye un derecho autónomo, sino que es un simple hecho; la
afirmación que efectúa un sujeto de merecer tutela jurídica (Couture, Pizarro, Vallespinos).
En síntesis, la acción es considerada como el “poder jurídico que tiene todo sujeto de derecho,
de acudir a los órganos jurisdiccionales para reclamarles la satisfacción de una pretensión” (Couture).
En el caso de la pretensión resarcitoria, se trata de un reclamo judicial formulado por el damnificado
tendiente a obtener la reparación del daño causado (arts. 1708 y 1716, Cód. Civ. y Com.).
§ 539. Acción indemnizatoria2.
a) Concepto. Legitimación. Damnificado. Clases. La llamada “acción indemnizatoria” o
“acción resarcitoria” es aquella pretensión que procura alcanzar la reparación del daño sufrido.
Ahora bien, como dice Llambías, “verificada la existencia de un acto ilícito interesa establecer
quién, y contra quién, puede entablar la acción civil referente a la pretensión de indemnización del
daño sufrido”. Los sujetos habilitados para demandar y ser demandados en juicio son los legitimados.
En efecto, la legitimación es la facultad que tiene un sujeto (activo o pasivo) para demandar o ser
1
Carnelutti, Francesco, Sistema de derecho procesal civil, trad. Alcalá Zamora y Castillo y Sentís Melendo, Buenos Aires,
1944; idem, Instituciones del proceso civil, trad. Sentís Melendo, Buenos Aires, 1959. Couture, Eduardo, Fundamentos
del derecho procesal civil, 3ª ed., Depalma, Buenos Aires, 1958. Iglesias, Juan, Derecho Romano. Historia e Instituciones,
11ª ed., Ariel, Barcelona, 1994. Palacio, Lino E., Derecho Procesal Civil, 3ª ed., Abeledo Perrot, Buenos Aires, 2011.
Pizarro y Vallespinos, Instituciones…, Obligaciones, t. 4, n. 1252.
2
Llambías, Tratado..., Obligaciones, t. IV-A, n. 2687 y ss. Pizarro y Vallespinos, Instituciones…, Obligaciones, t. 4, n.
1253 y ss.
demandado en juicio. Una persona tiene legitimación cuando reviste la calidad de sujeto idóneo o
habilitado por la ley para hacer valer o controvertir el objeto –en nuestro caso, el reclamo
indemnizatorio- sobre el cual versa el litigio, con abstracción de que tenga o no fundamento o razón
de su pretensión (CSJN, “Ruiz”, sent. del 7-XI-1989, LL, 1990-C-430).
En nuestro caso, la legitimación activa es la calidad en virtud de la cual alguien está habilitado
para pretender la reparación del daño sufrido. La legitimación pasiva, en cambio, es la calidad en
razón de la cual alguien debe afrontar la reparación del daño que otra persona ha sufrido.
En principio, el titular de la respectiva pretensión resarcitoria –o sea tiene legitimación activa-
es el damnificado, es decir, la persona que ha sufrido un daño (arts. 1716 y 1717, Cód. Civ. y Com.).
Sin embargo, no todo damnificado se encuentra legitimado; se requiere que haya experimentado un
daño resarcible (arts. 1737 y 1739, Cód. Civ. y Com.).
Al respecto, cabe apuntar que no existe identificación entre el concepto de víctima y de
damnificado, aunque de ordinario concurran estas calificaciones en la misma persona. La víctima es
el sujeto pasivo del ilícito que puede no ser el damnificado si no sufre daño alguno (v.gr., la cosa
robada al poseedor, recuperada luego por el propietario). Asimismo, el damnificado puede no ser la
víctima si se trata de un damnificado indirecto (v.gr., en el caso de muerte; art. 1745).
Más allá de estos supuestos particulares, la legitimación activa corresponde, en primer lugar, al
damnificado directo, o sea a la persona que habiendo sufrido daño aparece como víctima del ilícito
y, en segundo lugar, al damnificado indirecto, o sea a una persona distinta de la víctima que sufre un
daño por repercusión o rebote del ilícito cometido contra aquélla.
b) Régimen legal.
El Código Civil y Comercial trata el tema de la tutela judicial del derecho a obtener la reparación
del daño, en las Secciones 10° y 11° del Capítulo de la “Responsabilidad Civil”.
Como veremos, aborda esta problemática de forma asistemática y parcial, porque sólo se tratan
algunos aspectos sustantivos y de manera dispersa. Ello no obstante la regulación de los aspectos
formales por los códigos procesales locales (arts. 75 inc. 12 y 121, Constitución Nacional).
En la primera de esas secciones se ocupa de algunas de las cuestiones relativas a la
“legitimación”. En el art. 1772 se indican las personas legitimadas para reclamar la reparación de los
daños derivados de la lesión a una cosa o bien (art. 1772) y en el art. 1773 se establece la forma de
demandar -independiente o conjunta, según cuál sea la elección- a los responsables del hecho.
En la Sección 11° se tratan las relaciones entre la acción civil y la penal, y algunas situaciones
particulares vinculadas con las mismas (art. 1174 y ss.).
A continuación abordaremos estos temas.
B) Ejercicio de las acciones de responsabilidad3
§ 540. Introducción.
El ejercicio de la acción indemnizatoria involucra diferentes cuestiones. En principio, abarca el
tema de la legitimación activa y pasiva de la pretensión resarcitoria. También comprende el problema
de la transmisión de la acción por causa de muerte o por actos entre vivos y, finalmente, sus modos
de extinción.
Con el Código Civil y Comercial, se añaden nuevas materias como es el de la carga de la prueba
de los presupuestos de la responsabilidad civil (factores de atribución y eximentes; relación de
causalidad y daño). Asimismo, se contemplan el ejercicio de las facultades judiciales y la llamada
“carga probatoria dinámica” (cfr. arts. 1734, 1735, 1736 y 1744). Asuntos, cuyo tratamiento en un
código de fondo, resultan de “dudosa constitucionalidad” (López Herrera), dada la distribución de
competencias entre la Nación y las provincias (arts. 75 inc. 12 y 121, Constitución Nacional).
La carga de la prueba significa, en su sentido estrictamente procesal, la conducta impuesta a
uno o a ambos litigantes, para que acrediten la verdad de los hechos afirmados por ellos (Couture).
Respecto de este tema, el Código consagra la siguiente regla: la carga de la prueba de los presupuestos
de la responsabilidad civil está a cargo de quien los alega, es decir, quien invoca –por ejemplo- la
existencia de una relación de causalidad adecuada debe demostrarlo en juico. Las excepciones a esta
regla se dan, por un lado, cuando –en el caso de la culpa- una de las partes se halle en mejor situación
para aportar los elementos de prueba (art. 1735) y, por otro, en el daño cuando la ley lo presuma (daño
in re ipsa, v.gr., en el caso de fallecimiento del art. 1745) o cuando se trate de un hecho notorio (art.
1744).
§ 541. Daños causados a cosas o bienes.
El Código establece que: “La reparación del menoscabo a un bien o a una cosa puede ser
reclamado por: a) el titular de un derecho real sobre la cosa o bien; b) el tenedor y el poseedor de
buena fe de la cosa o bien” (art. 1772).
Como surge claramente del artículo, la ley se ocupa de indicar quienes son las personas que
pueden pedir la indemnización de los daños ocasionados a las cosas o bienes, vale decir, de la
legitimación activa. Para el Código un bien material es una “cosa” y un bien inmaterial es un “bien
en sentido estricto” (art. 16). Ambos objetos pueden ser dañados (López Herrera).
El supuesto en análisis se encontraba previsto en el viejo art. 1094 del Código Civil de Vélez
cuando regulaba el delito de daños. La nueva normativa determina con mayor claridad el alcance de
la protección jurídica, y establece que se encuentran legitimados tanto el dueño de la cosa o bien
como su poseedor o tenedor de buena fe. Cabe apuntar que el delito de daños también se halla
regulado en el art. 183 del Código Penal.
La pretensión procesal que da lugar la reparación del daño en estos casos no es de naturaleza
real, porque no surge del derecho de dominio que el sujeto tiene sobre la cosa, sino que es, por el
contrario, de carácter personal. Por ello, no se vincula con el derecho que el perjudicado tiene sobre
la cosa destruida, sino con el resarcimiento del daño que sufrió por la lesión de su interés ante la
desaparición o deterioro de la cosa, sin perjuicio de cuál sea el derecho que le correspondía sobre ella
(Kemelmajer de Carlucci, Sáenz).
3
Kemelmajer de Carlucci, en Belluscio, César A. (director) y Zannoni, Eduardo (coordinador), Código Civil y leyes
complementarias. Comentado, anotado y concordado, ed. Astrea, Buenos Aires, 1994, t. 5. López Herrera, Edgardo,
comentario a los arts. 1734, 1735, 1736, 1744, 1772 y 1773, en Rivera, Julio C. y Medina, Graciela (directores), Código
Civil y Comercial Comentado, ed. La Ley, Buenos Aires, 2014, t. VI. Sáenz, Luis R. J., comentario al art. 1772, en
Lorenzetti, Ricardo L. (director), Código Civil y Comercial de la Nación Comentado, ed. Rubinzal Culzoni, Santa Fe,
2015, t. VIII. Saux, Edgardo I., en Bueres (director) y Highton (coordinadora), Código Civil y normas complementarias.
Análisis doctrinal y jurisprudencial, ed. Hammurabi, Buenos Aires, 1999, t. 3A.
El damnificado más evidente es el titular del derecho de propiedad (cfr. art. 1941 y ss.), cuya
calidad deberá ser acreditada como existente al tiempo del hecho dañoso (Saux). La ley legitima
también, siguiendo la opinión de la doctrina y el criterio de la jurisprudencia, a los poseedores o
tenedores de buena fe (cfr. arts. 1908 y ss.), por lo que podrá considerarse comprendido en este
artículo, de conformidad con lo dispuesto por el art. 1910 del Código, a todo aquel que ejerza un
poder de hecho sobre la cosa, y que se comporte como representante del propietario. Por ende, quedan
alcanzados por la normativa el locatario, el comodatario y el depositario, entre otros (Sáenz).
§ 541. Acción contra el responsable directo e indirecto.
El ordenamiento faculta a demandar en forma conjunta o independiente a los responsables que
causaron el daño a las cosas o bienes. El Código dispone que: “El legitimado tiene derecho a
interponer su acción, conjunta o separadamente, contra el responsable directo y el indirecto” (art.
1773). La norma es similar a la prevista en el art. 1122 del Código derogado.
El responsable directo es el que ha incumplido la obligación u ocasionado el daño injustificado
por acción u omisión, en los términos del art. 1749 del Código vigente. Por el contrario, el responsable
indirecto es quien, sin ser autor del menoscabo, se encuentra obligado a resarcir civilmente el daño
ocasionado. De este modo, quedan comprendidos en el ámbito de esta norma el principal que debe
responder por el hecho de su dependiente (art. 1753), los padres por el hecho de sus hijos (art. 1754),
y los tutores y curadores por el hecho de quienes se encuentren a su cargo (art. 1756).
La víctima no necesita demandar al responsable directo para poder ser reparada por el
responsable indirecto. La razón es porque se trata de obligaciones concurrentes (cfr. art. 850). Cada
uno de ellos responde por distinta causa (por ejemplo, el empleado puede responder por culpa; el
principal por la garantía; López Herrera).
En virtud de ello, la víctima tiene la facultad de demandar a todos los responsables o sólo a
algunos. Lo que la norma no dice, y que es una posibilidad prevista en los códigos procesales, es la
facultad que tiene el responsable indirecto de solicitar la citación del responsable directo, a fin de
poder oponerle la sentencia y poder ejercer la acción de regreso (López Herrera).
§ 542. Otros supuestos.
En el Capítulo de la Responsabilidad Civil existen otras normas que abordan también cuestiones
vinculadas con la pretensión indemnizatoria y la legitimación.
Así, por ejemplo, en la indemnización de las consecuencias no patrimoniales (daño moral) se
prevé la forma de transmitir la pretensión. En efecto, el segundo párrafo del art. 1741 dispone que:
“La acción sólo se transmite a los sucesores universales del legitimado si es interpuesta por éste”.
Asimismo, se prevén también aspectos relación con la legitimación en el inc. b del art. 1745
respecto de la indemnización por fallecimiento; los arts. 1749, 1751 y 1752 para el supuesto de la
responsabilidad directa; los arts. 1753, 1754 y 1756 para la responsabilidad por el hecho de terceros;
el art. 1758 para la responsabilidad derivada de la intervención de cosas y ciertas actividades riesgosas
o peligrosas; los arts. 1760 a 1762 para la responsabilidad colectiva y anónima; etcétera.
Como se puede observar, la metodología resulta un tanto dispersa por cuanto adolece de una
regulación completa y sistemática en las secciones respectivas. En lo que hace al examen más extenso
y profundo de los temas, nos remitimos a las partes del libro correspondientes.
Solamente, señalamos que en la responsabilidad directa (art. 1749), el legitimado activo es –en
principio- el damnificado directo, es decir, quien sufre en calidad de víctima la lesión de un interés
patrimonial o no patrimonial. En el daño moral también se hallan legitimados los damnificados
indirectos -la ley habla de “legitimación a título personal”- cuando se trata de la muerte de una persona
o de una lesión que produce una gran discapacidad; en estos supuestos se hallan habilitados los
ascendientes, descendientes, el cónyuge y el conviviente (v. art. 1741).
El legitimado pasivo es quien ocasiona el daño o incumple la obligación, pero en el caso de
“pluralidad de responsables”, los legitimados pasivos son todas aquellas personas que participaron en
el hecho dañoso que tiene causa única, más allá de la aplicación del régimen de las obligaciones
solidarias o concurrentes (art. 1751).
§ 543. Transmisión de la acción.
La acción indemnizatoria es transmisible –como todos los derechos en general-, tanto por actos
entre vivos como por causa de muerte.
El crédito que nace a favor del damnificado como consecuencia del daño sufrido y no
justificado (arts. 1716 y 1717), puede ser transmitido a otros por actos entre vivos, mediante una
cesión de créditos, o por sucesión intestada o testamentaria. Es así que los cesionarios, como los
sucesores universales del damnificado, tienen derecho a ejercitar la pretensión correspondiente (arts.
398, 279, 1003, 1614, 1616, 1617, 1641, 1644, Cód. Civ. y Com.).
Ahora bien, cuando se trata del daño moral (la indemnización de las consecuencias no
patrimoniales), el Código establece una limitación: “La acción sólo se transmite a los sucesores
universales del legitimado si es interpuesta por éste” (art. 1741, 2° párr.).
La norma es similar a la que establecía el art. 1099 del Código Civil de Vélez. Para que opere
entonces la transmisión mortis causa de un crédito por daño moral, es preciso que la víctima haya
entablado la demanda respectiva. Si el damnificado directo no promueve la acción y luego fallece por
otra causa, sus herederos no podrán ejercer iure hereditatis la pretensión por reparación del daño no
patrimonial a la que, en vida, el causante tenía derecho. Esta acción se extingue con la muerte de su
titular. Entendemos que el mismo efecto que la ley le confiere a la demanda judicial iniciada por la
víctima, también debería asignarse –en su caso- a aquella mediación o reclamo extrajudicial
fehaciente que la víctima haya realizado, previo a su fallecimiento.
§ 544. Extinción de la acción.
La acción resarcitoria concluye –en principio- por cualquiera de los medios de extinción de las
obligaciones (satisfactivos o no del derecho creditorio).
Así, por ejemplo, se extingue por pago de la indemnización (art. 865); por renuncia del
damnificado (art. 944 y ss.); por transacción (art. 1641); por prescripción, esta última al cumplirse el
término de tres años desde el acaecimiento del hecho dañoso, salvo que los daños deriven de
agresiones sexuales a personas incapaces, cuyo plazo es decenal (art. 2561).
También se puede extinguir por desistimiento de la acción promovida o de la perención de la
instancia operada en el proceso judicial, cuando después de producirse estas forma de terminación
del proceso y frustrado su efecto interruptivo de la prescripción (arts. 2546 y 2547), se ha haya
operado ínterin la prescripción de la acción y ésta ya no puede ser, por tanto, intentada hábilmente
otra vez (Trigo Represas).
4
Hernández, Carlos A., “Relaciones entre la acción civil y la acción penal. Consideraciones sobre el Derecho vigente y
el Proyecto de Código Civil de 2012”, RDD, Problemática actual de la responsabilidad civil II, 2014-2, p. 81 y ss. Japaze,
María B., “Ejercicio de las acciones de responsabilidad: relaciones entre la acción civil y la acción penal en el Código
Civil y Comercial de la Nación”, Suplemento Especial Nuevo Código Civil y Comercial 2014, noviembre, p. 181 y ss.
Piedecasas, Miguel A., “Acciones civil y penal”, RDD, Unificación de la responsabilidad contractual y extracontractual,
2015-2, p. 385 y ss. Sáenz, Luis R. J., “La relación entre la acción civil y penal en el Código Civil y Comercial”, RCyS,
2015-IV, p. 278 y ss.
§ 545. Acciones civil y penal.
Un mismo hecho puede dar lugar a la responsabilidad civil y penal, y, por ende, a dos clases de
acciones: la civil, que es la que aquí analizamos, tendiente a que la víctima obtenga la reparación del
daño sufrido, y la penal, que tiene como fin aplicar una pena al autor del delito.
Se trata de una situación contingente y no necesaria, ya que el delito penal puede o no acarrear
la responsabilidad civil y, a la inversa, un ilícito civil puede no provocar responsabilidad penal alguna.
Ahora bien, si el delito penal causa también un daño resarcible y concurren los demás presupuestos
del resarcimiento civil, se presentarán dos acciones –pretensiones- de distinta naturaleza, alcanzadas
por presupuestos, principios y finalidades diferentes. Frente a ello se suscitan varias cuestiones, a
saber: a) si ambas acciones son o no independientes y, en su caso, cuál es el alcance de la relación
entre ambas; b) si el damnificado puede articular la acción civil en sede penal para que ella sea resuelta
junto con la acción penal y, en caso afirmativo, con qué criterios puede dictar la condena de daños;
c) cuáles son los efectos que produce el proceso penal con el proceso civil cuando la pretensión
resarcitoria es planteada en última jurisdicción; d) qué efectos produce el proceso penal en el curso
de la prescripción de la acción civil; y e) los efectos recíprocos de la cosa juzgada, tanto de la sentencia
penal sobre la civil como, a la inversa, la sentencia civil influye –excepcionalmente- en sede criminal
(Pizarro y Vallespinos).
§ 546. Sistema de la ley civil. Independencia.
El Código Civil y Comercial fija un régimen de independencia de acciones (art. 1774).
La independencia o autonomía en el ejercicio de las acciones admite dos manifestaciones. Una
vinculada a la pretensión misma y la otra referida a encauzarlas en el marco del proceso penal o del
proceso civil: la independencia de la pretensión alude al fundamento jurídico sustancial y la
imposición o no de una reparación. La autonomía procesal puede o no existir, ya que la acción civil
podrá plantearse en el mismo proceso penal o bien en el proceso civil sin con ello alterar la
independencia sustancial (Piedecasas).
El principio de independencia de las acciones pretende reflejar la diversidad de pretensiones,
prueba, normas y efectos que derivan de un mismo hecho, acto o conducta, según sean enmarcados
en el ámbito del Derecho Civil y Comercial o del Derecho Penal.
En los fundamentos del Anteproyecto de Código Civil y Comercial, se expone que en esta
Sección se consagra “…el principio de la independencia entre la acción civil y penal, largamente
reclamado por la doctrina. La acción civil y la acción penal resultantes del mismo hecho pueden ser
ejercidas independientemente. En los casos en que el hecho dañoso configure al mismo tiempo un
delito del derecho criminal, la acción civil puede interponerse ante los jueces penales, conforme a las
disposiciones de los códigos procesales o las leyes especiales”.
En la mayoría de los casos, la acción tendiente a la indemnización del daño suele iniciarse en
sede civil, con base en lo dispuesto por los arts. 1716 y 1774 del Código y, sobre todo, por la tradición
en la práctica forense, no obstante la facultad consagrada por el art. 29 del Código Penal.
El art. 1716 establece: “La violación del deber de no dañar a otro, o el incumplimiento de una
obligación, da lugar a la reparación del daño causado, conforme con las disposiciones de este
Código”, en tanto que el art. 1774 dispone que: “La acción civil y la acción penal resultantes del
mismo hecho pueden ser ejercidas independientemente. En los casos en que el hecho dañoso
configure al mismo tiempo un delito del derecho criminal, la acción civil puede interponerse ante los
jueces penales, conforme a las disposiciones de los códigos procesales o las leyes especiales”. El art.
1096 del Código Civil derogado también prescribía la independencia de la acción civil y penal en
términos similares.
En la última parte del art. 1774 se deja a salvo la posibilidad de que los ordenamientos
procesales locales prevean una solución distinta. Ello es así a fin de evitar que el ordenamiento
sustantivo afecte atribuciones que son exclusivas de los gobiernos provinciales, en particular, las
referidas a la competencia y al procedimiento aplicable (Kemelmajer de Carlucci, Galdós).
§ 547. Régimen del Código Penal.
Cuando se dé un delito penal que a su vez genere perjuicios, la cuestión tiene alguna
complejidad. Es posible preguntarse si la víctima tiene acción para reclamar la reparación del daño
solamente en sede civil, o puede hacerlo en la jurisdicción penal.
El Código Penal vino a alterar la solución dada en el Código Civil de Vélez. El art. 29 establece:
“La sentencia condenatoria podrá ordenar: 1. La reposición al estado anterior a la comisión del
delito, en cuanto sea posible, disponiendo a ese fin las restituciones y demás medidas necesarias. 2.
La indemnización del daño material y moral causado a la víctima, a su familia o a un tercero,
fijándose el monto prudencialmente por el juez en defecto de plena prueba. 3. El pago de las costas”
(texto según ley 25.188).
El Código Penal, al igual que los proyectos de los años 1891, 1906, 1917 y 1937, siguió la
tendencia originada en la doctrina de la escuela positivista, juzgando que el quebramiento del orden
jurídico producido por un delito debe ser restablecido plenamente, obligando al delincuente a reparar
todos los daños causados. Es la pena unida al resarcimiento del perjuicio, lo que forma parte de todo
el sistema punitivo, y es irrenunciable por ser una cuestión de derecho público.
Por otra parte, antes de la sanción del Código Penal la mayoría de la doctrina entendía que la
acción civil había de ejercitarse siempre ante los jueces de ese fuero.
La regulación de acciones en ambos cuerpos normativos trajo algunas impugnaciones de
inconstitucionalidad por la aparente violación de lo dispuesto en el art. 67, inc. 11 (hoy art. 75, inc.
12) de la Constitución Nacional. En respuesta de ello, la Corte Suprema de Justicia de la Nación
reiteró su doctrina, afirmando la constitucionalidad de dichas normas, a fin de asegurar que las leyes
sustantivas no sean desvirtuadas ante el procedimiento utilizado en su aplicación.
Para la solicitud de reclamo de los daños hoy se considera que el sistema es mixto, ya que el
juez penal en su sentencia puede agregar la condena al pago de los daños y perjuicios, dentro de un
régimen privatístico, pues queda a la voluntad del damnificado el reclamo resarcitorio. La frase con
que comienza el art. 29 del Código Penal (“podrá ordenar”) lleva a esa conclusión: incluso la misma
víctima puede optar por la competencia de los jueces civiles.
Cabe señalar que cuando el damnificado ejercita la acción civil en el proceso penal, en aquellos
códigos procesales en lo penal que así lo admiten (cfr. arts. 14 a 17, CPP y su modif. por los arts. 40
a 42, según ley 27.063), debe constituirse el actor civil con arreglo a las reglas formales que estos
cuerpos normativos dispongan, respetándose el derecho de defensa del demandado civil.
§ 548. Acción civil en sede penal. Condiciones y características.
Ante la inexistencia de una regulación general específica para el ejercicio de la acción civil en
el fuero criminal, se han originado las siguientes dudas e interrogantes que es necesario elucidar: a)
si se fija o no de oficio el resarcimiento; b) si puede hacerse lugar sólo en caso de sentencia
condenatoria o también procede en la absolutoria; c) si hay que cumplimentar el principio procesal
constitucional de bilateralidad; d) quiénes son los legitimados activos y pasivos; y e) la autoridad o
no de la cosa juzgada de la indemnización fijada en sede penal.
a) Fijación de oficio.
Distinguidos juristas como Salas, Gómez y Soler, sostuvieron que los jueces penales pueden
fijar de oficio el resarcimiento del daño en los casos en que ello fuera posible por tener pruebas
concluyentes, suma líquida, o bien cuando se debe ordenar la restitución de una cosa.
El resto de la doctrina, seguido por la mayoría de la jurisprudencia, entiende que el juez penal
no puede establecer de oficio el resarcimiento del daño. Las razones son de orden ontológico, ya que
si la reparación tiene un carácter privado está dada en el solo interés de la víctima, y el juez carece de
facultades para fijar por sí la indemnización que integra la órbita de los particulares. Se suma a ello
la falta de elementos probatorios sobre los daños inferidos, y el riesgo de dar algo a quien puede no
quererlo; además, impediría el reclamo ante la jurisdicción civil, donde, para algunos, los magistrados
se encuentran más habituados a este tipo de proceso.
b) Sentencia condenatoria o absolutoria.
Otro tema que se plantea es si la indemnización sólo puede fijarse ante la sentencia penal
condenatoria, o si también procede cuando el pronunciamiento es de absolución.
Si el imputado fue absuelto o sobreseído en el juicio criminal, o la acción se extinguió por
muerte, prescripción o amnistía general, no puede el juez penal fijar la reparación del daño. Y ello
porque el mismo Código Penal dispone que “la sentencia condenatoria podrá ordenar” (art. 29). Sin
embargo, algunos códigos procesales de algunas provincias parecieran admitir esta posibilidad. Claro
está que la absolución no impide la demanda ante el juez civil, pues la base de sustento de ambos
reclamos es diferente, y como lo viene decidiendo nuestra jurisprudencia, “puede haber absolución
criminal y condena civil, que no resulta incompatible ni lleva al absurdo jurídico”.
En esta línea se enrola la provincia de Buenos Aires, en cuanto el Código Procesal Penal
expresamente prevé que: “La absolución del acusado no impedirá al Juez o Tribunal pronunciarse
sobre la acción civil en la sentencia, ni la ulterior extinción de la acción penal impedirá que el
Tribunal a cargo del recurso se pronuncie respecto de la cuestión civil. Si la acción penal no puede
proseguir por muerte, rebeldía o incapacidad del imputado, la acción civil podrá ser ejercida en la
jurisdicción respectiva” (art. 14, ley 11.922, modif. por la ley 13.812).
c) Cumplimiento del principio de “bilateralidad” o “debido proceso legal”.
En ejercicio de la garantía de la “inviolabilidad de la defensa en juicio”, el acusado
criminalmente debe tener la oportunidad de asumir su defensa en el reclamo resarcitorio, ofreciendo
todas las pruebas que considere que hacen a su derecho (art. 18, Const. Nacional).
Algunas leyes procedimentales locales, como la de la provincia de Buenos Aires, posibilitan
ejercer la acción civil “mientras esté pendiente la acción penal” (art. 14, ley 11.922, modif. por la ley
13.812).
d) Legitimados.
Los legitimados activos son: la víctima (damnificado directo) y los terceros (damnificados
indirectos). Así está expresamente dispuesto en el art. 29 del Código Penal, y es aplicable lo que
ordena al respecto el Código Civil y Comercial con relación a estos terceros, tal como se vio con
anterioridad.
En cuanto a la legitimación pasiva –es decir, hacia quién o quiénes pueden dirigirse la acción-,
sólo es procedente contra el acusado. El tercero responsable (principal, padres, titulares de
establecimientos educativos, etc.) no puede ser traído para su reclamo a la sede penal.
En este sentido, el Código Procesal Penal de la Nación (ley 27.063) dispone que: “La acción
civil para la reparación o indemnización de los daños y perjuicios causados por el delito, sólo puede
ser ejercida por el perjudicado o sus herederos, en los límites de la cuota hereditaria, o por los
representantes legales o mandatarios de ellos, contra el autor y los partícipes del delito” (art. 40).
Asimismo, en el art. 42 establece que “Para ejercer la acción resarcitoria emergente del delito, su
titular deberá constituirse como querellante y ejercerla contra el imputado juntamente con la acción
penal” (art. 42).
Vale decir, entonces, que el legitimado activo es el querellante (víctima o derechohabientes,
por sí o por medio de sus representantes o mandatarios) y el legitimado pasivo es el imputado,
solamente.
Los códigos procesales penales de las provincias de Buenos Aires y Córdoba resultan ser una
excepción a esta regla, ya que permiten hacer extensiva la acción hacia los terceros civilmente
responsables (art. 12, ley 11.922 y sus modif., Pcia. Bs. As.; art. 24, ley 8.123, Pcia. de Córdoba) y
además solicitar la citación en garantía del asegurador (art. 76, ley 11.922, Pcia. de Bs. As.).
Además, en la provincia de Buenos Aires, se admite que la acción civil sea ejercida por la
Fiscalía de Estado cuando la Provincia resulte damnificada por el delito o por el Defensor Oficial de
la instancia o por el Asesor de Menores e Incapaces cuando el titular de la acción sea incapaz de hacer
valer sus derechos, no tenga quién lo represente o acredite beneficio de litigar sin gastos y
expresamente delegue su ejercicio (art. 13, ley 11.922 y sus modif.).
Por otra parte, en esta provincia contempla como legitimado activo la figura del “actor civil”.
En efecto, “para ejercer en el proceso penal la acción civil emergente del delito, su titular deberá
constituirse en actor civil. Las personas incapaces no podrán actuar si no son representadas,
autorizadas o asistidas en las formas prescriptas para el ejercicio de las acciones civiles. La
constitución del actor civil procederá aun cuando no estuviere individualizado el imputado. Si en el
proceso hubiere varios imputados y civilmente demandados, la acción podrá ser dirigida contra uno
o más de ellos. Pero si lo fuera contra los segundos, deberá obligatoriamente ser dirigida, además,
contra los primeros. Cuando el actor no mencionare a ningún imputado, se entenderá que se dirige
contra todos” (art. 65, ley 11.922).
La constitución de actor civil puede hacerse personalmente o por mandatario, mediante escrito
que contenga, bajo sanción de inadmisibilidad, las condiciones personales y el domicilio procesal del
accionante, a qué proceso se refiere y en qué se funda la acción, indicando el daño que se reclama y
a qué título, y la petición de ser tenido por parte. La constitución de actor civil podrá tener lugar en
cualquier estado del proceso hasta antes de la requisitoria de citación a juicio (arts. 66 y 334, ley
11.922).
Como actor civil, el damnificado podrá actuar en el proceso para acreditar el hecho delictuoso,
la existencia y extensión del daño y la responsabilidad civil del demandado (art. 67). El actor civil
podrá desistir del ejercicio de la acción civil en cualquier estado del proceso, quedando obligado por
las costas que su intervención hubiere causado. El desistimiento del ejercicio en sede penal no obstará
su deducción en sede civil (art. 70). El civilmente demandado podrá, por su lado, contestar la demanda
formulada en su contra y oponer las excepciones y las defensas civiles que estime pertinentes (art.
74).
e) Autoridad de cosa juzgada.
La indemnización solicitada y acordada en sede penal hace cosa juzgada y por lo tanto no es
posible un nuevo reclamo en la jurisdicción civil. Aunque se abre la posibilidad en los casos de
solicitud de otros daños que no fueron incluidos en la primera demanda en el proceso penal, y son
consecuencia del mismo hecho.
Cuando en la justicia criminal la demanda es rechazada, aun siendo condenado penalmente el
acusado, no se puede pretender reclamar en la jurisdicción civil; salvo en los casos, y como excepción,
de “sobreseimiento o absolución del imputado por ausencia de culpabilidad”.
§ 549. Acción de reparación en sede civil. Prejudicialidad. Requisitos.
La demanda de los daños también se puede promover ante los tribunales civiles, con
independencia de la tramitación de la causa penal, ya sea porque el damnificado se decidió por esa
jurisdicción, o bien porque se reclama en virtud de la responsabilidad refleja, indirecta o por el hecho
de otro.
Sin embargo, no existe en nuestra legislación una absoluta independencia entre ambos
regímenes, ya que lo que ocurre en el proceso penal tiene una influencia mayúscula sobre el civil.
Así, el art. 1775 dispone “Suspensión del dictado de la sentencia civil. Si la acción penal precede a
la acción civil, o es intentada durante su curso, el dictado de la sentencia definitiva debe suspenderse
en el proceso civil hasta la conclusión del proceso penal, con excepción de los siguientes casos: a)
si median causas de extinción de la acción penal; b) si la dilación del procedimiento penal provoca,
en los hechos, una frustración efectiva del derecho a ser indemnizado; c) si la acción civil por
reparación del daño está fundada en un factor objetivo de responsabilidad”. Allí se consagra la regla
del derecho francés “Le criminnel tient le civil en état”, es decir, que la acción se mantiene en
suspenso hasta el decisorio penal.
La regla sigue siendo la misma que la establecida en el viejo art. 1101 del Código Civil, por
cuanto la sentencia civil no puede dictarse hasta que la sentencia penal no esté firme. En el caso de
que el juez civil o comercial dictara el fallo prescindiendo de la cuestión penal, su pronunciamiento
es nulo de nulidad absoluta.
Ahora bien, de acuerdo con lo dispuesto en el art. 1775 (que mejora el antiguo art. 1101 del
Código derogado, pues la nueva norma ya no habla más de la suspensión de la “acción”, sino de la
“sentencia”, por lo cual puede tramitar todo el proceso civil hasta el dictado de la sentencia definitiva),
para que proceda la paralización de la sentencia civil es necesario que se cumplimenten algunos de
los siguientes supuestos: a) que la acción criminal preceda a la civil; y b) que la acción criminal fuera
intentada pendiente la otra, es decir, que la acción penal se encuentre en trámite. Si no hay denuncia,
ni causa penal alguna, no es aplicable el art. 1775 del Código. Mediante ello se intenta proteger el
principio de la cosa juzgada penal, y así evitar el escándalo jurídico de la contradicción de
pronunciamientos sobre un mismo hecho.
Además, la suspensión de la sentencia definitiva en el proceso civil está condicionada a que
tanto la acción civil como la criminal tengan su origen en la misma circunstancia, pues si fueran
hechos diferentes no hay prejudicialidad (o mejor dicho “presentencialidad”).
§ 550. Excepciones previstas en el art. 1775 del Código Civil y Comercial.
Siguiendo la opinión de la doctrina y el criterio sentado por la jurisprudencia, el nuevo Código
consagra las siguientes excepciones a la prejudicialidad: a) la extinción de la acción penal; b) la
dilación del procedimiento penal que frustra de manera efectiva el derecho indemnizatorio; y c) la
acción resarcitoria fundada en un factor objetivo de responsabilidad.
a) Extinción de la acción penal.
Con relación a la primera de las excepciones mencionadas por el Código (art. 1775 inc. a),
cualquier supuesto de extinción de la acción penal excluye la suspensión del dictado de la sentencia
en sede civil.
Ellos son la muerte del imputado; la amnistía; la prescripción; la renuncia del agraviado
respecto de los delitos de acción privada; por aplicación de un criterio de oportunidad; por
conciliación o reparación integral del perjuicio; y por el cumplimiento de las condiciones establecidas
para la suspensión del proceso a prueba (art. 59 del Cód. Penal, modif. ley 27.147).
b) Dilación excesiva del procedimiento penal.
En cuanto a la segunda excepción (art. 1775, inc. b), la dilación excesiva del procedimiento
penal, ya con anterioridad a la reforma del Código, la doctrina y la jurisprudencia argentina se
encontraba conteste en que, pese a que no estaba contemplado en el art. 1101 del Código derogado,
resulta procedente proseguir con el litigio civil cuando existía una demora injustificada en la
tramitación del proceso penal (Trigo Represas, Kemelmajer de Carlucci, Cesano, Pizarro; CSJN,
“Ataka”, LL, 54-85, Fallos 287-248; “Zacarías”, LL, 1998-C-322; ídem, “Atanor”, LL, 2007-E-13).
Es por ello que el Código incorpora, en el segundo inciso del art. 1775, la excepción en análisis, que
no se encuentra circunscripta al supuesto previsto en el art. 1101, inciso 2° del antiguo Código
(ausencia del acusado o rebeldía), sino a todos aquellos casos en que exista una dilación
irrazonablemente prolongada del proceso penal, generándose de esta forma una verdadera denegación
de justicia, contraria a las garantías constitucionales (defensa en juicio, debido procesal y tutela
judicial efectiva).
Claramente, la valoración de esta salvedad (la “dilación excesiva”) al principio general de la
suspensión del dictado de la decisión definitiva en sede civil constituye una cuestión de hecho que el
juez de la jurisdicción citada en último término deberá ponderar en cada caso en particular, para evitar
la dilación sine die del litigio, y teniendo en cuenta las posibilidades ciertas de que la paralización
quede sin efecto próximamente, o la actividad procesal desarrollada por el litigante, etcétera
(Kemelmajer de Carlucci, Galdós).
c) Factor objetivo de atribución.
En lo que respecta a los supuestos en que resulte aplicable un factor objetivo de atribución de
responsabilidad (v.gr., el riesgo creado, la garantía, etc.), en los que tampoco procederá la suspensión
del proceso civil, la excepción encuentra fundamento en el hecho de que, dejándose al margen la
posibilidad de que la condena civil recaiga con relación a la culpa o no del demandado (cfr. art. 1722),
entonces se descarta la probabilidad del dictado de sentencias contradictorias en ambas jurisdicciones,
y se adecua a la regla de la independencia de las acciones consagrada en el art. 1774 del Código
(Trigo Represas, Saux, Galdós).
Por otra parte, puede ocurrir igualmente que exista el riesgo de que se dicten sentencias
contradictorias, por ejemplo, si el juez penal, en una decisión posterior, considera que el hecho no
ocurrió, o que la cosa de la cual es dueño o guardián el condenado en sede civil no participó en el
hecho. Por ello el art. 1780 prevé, entre los supuestos de revisión de la acción civil, aquel en el cual
ocurre dicha circunstancia, a fin de readecuar la decisión a la nueva situación planteada.
d) Sobreseimiento.
El sobreseimiento es un medio de extinción del proceso penal y por ende posibilita también el
dictado de la sentencia en sede civil.
En los códigos procesales se contemplan varias causas que habilitan la aplicación de forma de
finalización de la causa penal. Así, en el ámbito de la Provincia de Buenos Aires, el sobreseimiento
puede dictarse haberse extinguido la acción penal; porque el hecho investigado no ha existido; porque
el hecho atribuido no encuadra en una figura legal; porque el delito no fue cometido por el imputado;
porque media una causa de justificación, inimputabilidad, inculpabilidad o una excusa absolutoria;
porque habiendo vencido todos los términos de la investigación penal preparatoria y sus prórrogas,
no hubiere suficiente motivo para remitir la causa a juicio y no fuese razonable objetivamente prever
la incorporación de nuevos elementos de cargo; y cuando se dispone transformar el archivo de la
investigación en sobreseimiento (art. 323, ley 11.922, modif. por la ley 14.296).
e) Suspensión del juicio a prueba (“probation”).
El Código Penal tiene incorporada la institución de la “suspensión del juicio a prueba” (art. 76
bis, 76 ter y 76 quater, ley 24.316).
Mediante dicha regulación la ley permite al imputado de un delito de acción pública y de
sanción menor a tres años de prisión, solicitar la suspensión del juicio a prueba. Para ello debe ofrecer
hacerse cargo del daño, la realización de tareas comunitarias y lograr la aceptación –en principio- de
la víctima perjudicada por el delito (Trigo Represas).
Como dispone el mismo Código, la suspensión del juicio a prueba torna inaplicable el art. 1101
del Código Civil (ahora art. 1775, Cód. Civ. y Com.), por lo que no se suspende el dictado de la
sentencia en la jurisdicción civil (art. 76 bis, Código Penal).
§ 551. Influencia de la sentencia penal en lo civil5.
Los efectos de la sentencia penal en el orden civil están previstos en los arts. 1776 a 1780 del
Código Civil y Comercial.
Vélez Sársfield, en la extensa nota a los viejos arts. 1102 y 1103 del Código Civil, explica cuál
era el debate suscitado en el derecho francés, dando las razones de la solución adoptada en el derecho
nacional.
La cuestión se vincula con el principio de la cosa juzgada que, siendo una consecuencia de la
sentencia firme, pasa a constituir un acto imperativo y obligatorio que debe ser acatado por las partes
y respectado por los terceros.
Así, por ejemplo, si en un proceso penal se está juzgando un homicidio, el decisorio dado, sea
condenatorio o absolutorio, puede tener o no infuencia para el juez civil que está entendiendo en el
reclamo resarcitorio como consecuencia de ese delito. Y sobre ello existen, en los extremos, dos
posibilidades: que el efecto sea pleno, es decir, si hay condena en uno debe haber condena en el otro
y viceversa: o nulo, donde no interese en absoluto el fallo de la instancia criminal. Vélez, en la nota
mencionada, cita el debate entre Merlin y Toullier, que dividió las opiniones en la doctrina francesa.
Merlin, en 1887, defendió el sistema que afirmaba que la sentencia en lo penal hace cosa
juzgada en lo civil. Ello en cuanto a la existencia del delito, la autoría y culpa del imputado. Porque
también aparecían todos sus requisitos: a) identidad de objeto: se trata de la misma cosa demandada,
en un supuesto, una penalidad, en el otro una indemnización, pero en ambos se imputan las
consecuencias por idéntica infracción; b) identidad de causa: la base de la acción penal y de la civil,
está constituida por el mismo hecho, y c) identidad de partes: en lo penal es el ministerio fiscal como
representante de la sociedad, y en lo civil, la misma víctima que queda investida de una especie de
mandato dado por todos los ciudadanos.
Por su parte, Toullier, quien criticó el sistema que quería imponer Merlin, decía que no es
posible hablar de cosa juzgada cuando después de decidirse la cuestión en la jurisdicción penal, se
demanda nuevamente en la vía civil. Para este autor faltan dos requisitos esenciales que son la
identidad de partes y la identidad de objeto. El ministerio fiscal representa a la sociedad, y de ninguna
manera el resarcimiento del daño se puede equiparar a la sanción penal.
Es posible observar que lo dicho por Toullier no es tan extremo como lo indica Vélez Sársfield
en la nota, que son dos sistemas absolutos y opuestos. Tanto el Código Civil como el nuevo Código
Civil y Comercial se apartan de estas opiniones extremas, optando por un exitoso sistema intermedio.
a) Sentencia penal condenatoria.
Está resuelto en lo que dispone el art. 1776 del Código Civil y Comercial: “La sentencia penal
condenatoria produce efectos de cosa juzgada en el proceso civil respecto de la existencia del hecho
principal que constituye el delito y de la culpa del condenado”.
Como se puede observar, al igual que el art. 1102 del Código derogado, se mantiene un criterio
intermedio en cuanto a los efectos de la cosa juzgada penal en sede civil. En efecto, teniendo en
cuenta la independencia de las acciones civil y penal (art. 1774), el Código establece los efectos de
la prejudicialidad penal en sede civil únicamente en cuanto a la existencia del hecho principal y la
culpabilidad del condenado, a fin de evitar el dictado de sentencias contradictoras en ambas
jurisdicciones.
1) Existencia del hecho principal. Cuando la ley se refiere a que la sentencia penal hará cosa
juzgada en cuanto a la existencia del hecho principal, establece que dicha decisión no podrá ser
5
Compagnucci de Caso, Rubén H., “Relación entre la sentencia penal y la sentencia civil”, LL, 1990-D-55. Tobías, José
W., “Las causas de justificación en la sentencia penal y su influencia en el proceso civil”, LL, 1992-E, 393.
revisada en sede civil respecto de la denominada imputación objetiva, es decir, sobre la materialidad
del hecho, su autoría, tipicidad y antijuridicidad.
Salas enseñaba que la existencia o inexistencia del hecho alude a los elementos que tipifican el
delito que se imputa al procesado. La jurisprudencia ha considerado que la expresión “hecho
principal” se refiere también a todas las circunstancias fácticas que rodearon al mismo hecho, las que
por lo tanto constituyen una cuestión prejudicial con valor de cosa juzgada (SCBA, Ac. 73.546, sent.
del 31/05/2000, “Nuñez”; Ac. 78.370, sent. 27/11/2002, “Maldonado”; Ac. 84.571, “Gambino”, sent.
del 7/07/2004).
A todo ello deberá atenerse el juez civil, no pudiendo dar otro entendimiento, ni cambiar las
circunstancias de hecho tal como fueron juzgadas en la instancia penal.
2) Culpa del condenado. La presente cuestión significa que el juez civil no puede apartarse de
la calificación de “culpable” que hiciera la sentencia penal, a fin de determinar el factor de atribución.
El término “culpable” comprende tanto la conducta culposa como la dolosa del autor del hecho
delictivo, lo cual también hará cosa juzgada en el proceso civil (Saux, Sáenz).
Otra es la cuestión de la “culpa concurrente”. En sede penal se limita a considerar la conducta
subjetivamente reprochable de quien ha ocasionado el daño, pero no se juzga -en principio- el
accionar de la víctima: Es por ello que las manifestaciones que haya vertido el magistrado penal al
respecto no impedirán al demandado en el litigio civil invocar el hecho concurrente del dañado, en
los términos del art. 1729 del Código. Esta situación es de suma interés, puesto que si media
concurrencia de culpas o interrupción del nexo causal por el hecho de la víctima, ella deberá soportar
la parte de las consecuencias dañosas que la sentencia civil disponga (Trigo Represas), con la
consiguiente disminución del importe indemnizatorio.
La condena en sede penal hace cosa juzgada no sólo respecto del autor del daño, sino también
del tercero civilmente responsable, quien después de la sentencia condenatoria del culpable, no puede
controvertir ya la existencia del hecho ni la culpa del condenado, aunque si puede alegar todas
aquellas circunstancias que hagan improcedente, extingan o limiten la responsabilidad indirecta o por
el hecho ajeno que se le atribuye.
Cabe señalar que, tratándose de una disposición de orden público, por encontrarse involucrado
el principio de la autoridad de la cosa juzgada, los jueces civiles están facultados para aplicar estas
reglas de oficio (Salvat, Kemelmajer de Carlucci, Colombo, Trigo Represas).
3) Cuestiones resueltas penalmente sin influencia sobre lo civil. A excepción de los aspectos
analizados, el resto de las cuestiones resueltas en sede penal no producen efecto de prejuzgar sobre
el pronunciamiento civil. Así ocurre con los daños, la relación de causalidad, los hechos conexos o
accesorios del principal, el damnificado por el delito -titular de la acción resarcitoria (sean
damnificados directos o indirectos)- y la aludida “culpa concurrente” de un tercero.
En efecto, cuando el juez penal se refiere a los daños en virtud de su importancia o magnitud,
carece de vinculación la sentencia criminal. Salvo que el delito se integre con el mismo daño, pues
en ese caso la infracción penal no puede ser ignorada en la jurisdicción civil.
Se puede razonar igual que con el anterior elemento respecto de la relación de causalidad. Si el
vínculo causal constituye un requisito necesario del delito, su existencia y reconocimiento en sede
penal no puede ser contradicha en lo civil. Lo que se rechaza como prejuzgamiento es cuando se
efectúan consideraciones sobre la vinculación causal entre el hecho y el daño, y ello resulta
innecesario para la configuración del delito.
De conformidad con el art. 1776 ya visto, sólo obligan al juez civil los hecho que hacen a lo
principal o esencial del delito; por ello cuando el juzgador penal se extiende a hechos accesorios o
conexos del principal, éstos no tienen incidencia en la sentencia civil, ni hacen cosa juzgada.
La sentencia penal tampoco prejuzga sobre la titularidad de la acción resarcitoria. Aun cuando
el juez en lo penal afirme que alguien ha sufrido un daño, ello no obliga al juzgador civil.
Por último, si la sentencia penal considera que, además del demandado, otras personas han
concurrido a provocar el resultado delictuoso, esa determinación no se le impone al juez en lo civil;
sin perjuicio de que en la instancia indemnizatoria pueda demostrarse la concurrencia del tercero.
b) Sentencia penal absolutoria.
La influencia penal absolutoria está prevista en el art. 1777: “Inexistencia del hecho, de autoría,
de delito o de responsabilidad penal. Si la sentencia penal decide que el hecho no existió o que el
sindicado como responsable no participó, estas circunstancias no pueden ser discutidas en el proceso
civil.
Si la sentencia penal decide que un hecho no constituye delito penal o que no compromete la
responsabilidad penal del agente, en el proceso civil puede discutirse libremente ese mismo hecho
en cuanto generador de responsabilidad civil”.
La norma adoptada en el Código Civil y Comercial es más precisa que la prevista por el viejo
art. 1103 del Código Civil. Además, se contemplan diversas situaciones que se habían planteado en
la jurisprudencia y que eran fuentes de arduas discusiones (Piedecasas).
El primer párrafo establece dos aspectos de la sentencia penal que no pueden ser controvertidos
en sede civil: a) que el hecho no existió, y b) que el responsable no intervino en el hecho que se le
imputa (falta de autoría); sobre ello media prejudicialidad. Sin embargo, su alcance es relativo, ya
que la norma no impide analizar con amplitud otras circunstancias fácticas o la propia conducta del
imputado-responsable, dado que se refiere solamente al hecho o a la no participación; todo lo demás
se puede discutir, probar y determinar las responsabilidades que correspondan (v.gr., el titular
registral que no participa en el hecho delictivo puede ser declarado responsable de la reparación del
daño).
De ahí que si la sentencia penal encuentra su fundamento en la falta de prueba incriminatorias,
dicha absolución no resultará vinculante para el juez civil, quien incluso podrá analizar y producir
otros medios probatorios a fin de dilucidar la verdad jurídica objetiva del caso (Sáenz).
El segundo párrafo contempla los casos en que no media prejudicialidad y, por ende, la
sentencia penal carece de influencia en sede civil. La disposición legal parte del presupuesto de que
el imputado participó del hecho, pero éste no configura un delito penal, o bien que el imputado
participó del hecho, pero no se compromete su responsabilidad penal.
Ello es así pues la circunstancia de que el hecho no encuadre en alguno de los tipos previstos
por el ordenamiento penal no obsta a que, en sede civil, se considere responsable al autor, por cuanto
ciertas conductas que son insuficientes para fundar la culpabilidad desde el aspecto penal son, en
cambio, adecuadas para determinar la atribución de responsabilidad del agente desde el ámbito de la
función resarcitoria en la jurisdicción civil (Saux, Sáenz).
Por otra parte, debe tenerse en cuenta que la ilicitud civil, a diferencia de la penal, es atípica.
De conformidad con lo dispuesto por los arts. 1716 y 1717 del Código Civil y Comercial, no es
necesario que la ley describa detalladamente en cada caso la conducta prohibida; basta con que se
ocasione un daño no justificado –sea por la violación del deber de no dañar a otro o por el
incumplimiento de una obligación- para que cualquier acción u omisión sea calificada de antijurídica.
De esta manera, puede ocurrir entonces que el magistrado penal considere que no existe un delito
penal, y el civil admita la demanda porque el hecho es un ilícito civil que da lugar a la reparación del
daño causado (Sáenz).
Por último, cabe señalar que el nuevo Código no habla de “absolución” sino de “sentencia
penal”, con lo cual ya no es necesario indagar sobre los efectos del sobreseimiento y se pone fin a la
discusión que se había generado bajo la vigencia del Código de Vélez en torno a la interpretación del
art. 1103. El sobreseimiento definitivo es la resolución del juez penal que termina el proceso penal;
técnicamente, no es lo mismo que la absolución, pese a que para el imputado tiene efectos semejantes
(López Herrera).
En suma, la absolución, el sobreseimiento o la falta de mérito no proyectan sus efectos sobre el
proceso civil, salvo que se funden en la inexistencia del hecho o la falta de participación del imputado-
responsable (Piedecasas).
c) Excusas absolutorias.
Las excusas absolutorias son determinados supuestos en los cuales el ordenamiento penal, pese
encontrarse configurados los presupuestos del tipo, considera pertinente eximir de punibilidad
(Kemelmajer de Carlucci, Sáenz).
El Código Civil y Comercial excluye la posibilidad de que el demandado en sede civil invoque
la existencia de una excusa absolutoria para eximirse de reparar el daño ocasionado. Así, el art. 1778
dispone: “Las excusas absolutorias penales no afectan a la acción civil, excepto disposición legal
expresa en contrario”.
De este modo, la norma esclarece la duda que existía en el ordenamiento civil derogado, en
cuanto a la facultad del imputado -como responsable del ilícito- para alegar las excusas absolutorias
en el proceso civil.
Especialmente, se hallan previstas en los arts. 115, 116 y 117 del Código Penal, en cuanto a los
delitos cometidos contra el honor. Así, las injurias proferidas por los litigantes, apoderados o
defensores en el marco del proceso, siempre que no hayan sido dadas a publicidad, quedarán sujetas
únicamente a las correcciones disciplinarias que correspondan (art. 115 del Cód. Penal). A su vez, el
juez podrá eximir de pena a las dos partes o a alguna de ellas, cuando las injurias fueren recíprocas
(art. 116). Finalmente, el ordenamiento penal prevé que quedará exento de pena el culpable de injurias
o calumnias cuando se retracte públicamente, con anterioridad a contestar la querella o en el acto de
hacerlo (art. 117).
Como se advierte, en todos estos supuestos los presupuestos de la responsabilidad civil
(antijuridicidad, daño, relación causal y factor de atribución) se encuentran presentes, por lo que, a la
luz de lo dispuesto por la disposición en cuestión, no existen razones para que el magistrado civil no
proceda al resarcimiento de los daños que hayan sido ocasionados a la víctima, salvo que exista una
disposición legal en contrario (Sáenz).
Lo mismo ocurre cuando, en materia de delitos contra la propiedad, el art. 185 del Código Penal
establece que se encuentran exentos de responsabilidad los cónyuges, ascendientes, descendientes y
afines en línea recta; el consorte viudo, respecto de las cosas que pertenecían al difunto cónyuge,
mientras no hayan pasado a poder de otros, y los hermanos y cuñados, si viviesen juntos. En este
aspecto el propio ordenamiento penal, en el artículo citado en último término, establece que la
eximición penal no excluye la eventual condena civil, pues se encuentran presentes los presupuestos
del deber de indemnizar antes aludidos (Soler, Nuñez). Es que el fundamento de esta exclusión en
sede penal, sustentada en la inexistencia del procedimiento penal entre parientes, no impide a la
víctima del hecho ilícito alcanzar la indemnización de los daños que le hayan sido ocasionados
(Kemelmajer de Carlucci, Sáenz).
d) Impedimento para la reparación del daño.
El Código Civil y Comercial prevé algunos supuestos en los cuales no resulta procedente
otorgar una indemnización a quien acciona por los daños y perjuicios que le habían sido ocasionados.
El art. 1779 establece dos casos que: “Impiden la reparación del daño: a) la prueba de la verdad del
hecho reputado calumnioso; b) en los delitos contra la vida, haber sido coautor o cómplice, o no haber
impedido el hecho pudiendo hacerlo”.
En primer lugar, la norma se refiere a un supuesto específico de responsabilidad (la acusación
calumniosa), determinando que no procederá la indemnización de comprobarse la veracidad del
hecho que motivó la denuncia. Para que la denuncia pueda ser considerada calumniosa es preciso que
sea falsa o mentirosa, ya sea porque el delito no fue cometido, o porque el imputado no ha participado
en él. Es por ello que el Código faculta al demandado civilmente por la denuncia calumniosa a probar
la veracidad del hecho imputado, a fin de obtener el rechazo de la demanda.
Al respecto, no es necesario que la conducta sea declarada calumniosa en sede penal con
anterioridad al dictado de la sentencia civil. Empero, sí será menester que el juez penal se expida
sobre la veracidad de los hechos que fundan la denuncia originaria, pues la absolución o el
sobreseimiento del imputado constituye un elemento esencial, constitutivo del derecho a ser
indemnizado (Sáenz).
En segundo término, se excluye la indemnización en los supuestos en que el damnificado
indirecto del daño haya sido coautor o cómplice, o no haya evitado la producción del perjuicio.
e) Sentencia penal posterior. Revisión de la sentencia civil.
La regla es que la sentencia penal dictada con posterioridad a la decisión pronunciada en sede
civil no produce efecto alguno. Ello como consecuencia de la independencia de las acciones (art.
1774) y de los efectos de la cosa juzgada, conforme se ordena en la primera parte del art. 1780 y
estaba previsto en el Código Civil (cfr. art. 1106).
Sin embargo, en los casos de excepción en que el Código habilita el dictado de la sentencia civil
estando pendiente el proceso penal (art. 1775), existe el riesgo de que se dicten sentencias
contradictorias. Para evitar el escándalo jurídico, la ley permite la revisión de la sentencia civil a
petición de la parte interesada, puesto que -en principio- rige la regla de la intangibilidad de la cosa
juzgada.
Así, el art. 1780 dispone: “La sentencia penal posterior a la sentencia civil no produce ningún
efecto sobre ella, excepto en el caso de revisión. La revisión procede exclusivamente, y a petición de
parte interesada, en los siguientes supuestos: a) si la sentencia civil asigna alcances de cosa juzgada
a cuestiones resueltas por la sentencia penal y ésta es revisada respecto de esas cuestiones, excepto
que derive de un cambio en la legislación; b) en el caso previsto en el artículo 1775 inciso c) si quien
fue juzgado responsable en la acción civil es absuelto en el juicio criminal por inexistencia del hecho
que funda la condena civil, o por no ser su autor; c) otros casos previstos por la ley”.
La revisión de la sentencia civil constituye todo una novedad del régimen del Código Civil y
Comercial, y, como se infiere de la norma transcripta, se prevé para tres supuestos:
1) Procede la revisión cuando el juez civil ha valorado determinados elementos de la sentencia
penal anterior, como si hubiera recaído cosa juzgada y, con posterioridad, la decisión criminal es
modificada en cuanto a los puntos que fueron tenidos en cuenta por el juez civil, salvo que se trate de
un cambio legislativo.
Con base en ello, no será procedente la revisión en aquellos casos en que no haya existido un
pronunciamiento penal anterior a la decisión civil, pues no se presenta el requisito primordial del art.
1780. A su vez, tampoco será admisible en los supuestos en que el juez civil no haya valorado en su
sentencia lo decidido en la sede punitiva.
Asimismo, tampoco procede el recurso de revisión en aquellos casos en que la revisión de la
sentencia penal se funda en un cambio de legislación. Ello implica, como correlato inevitable, la
exclusión de los supuestos contemplados en el art. 2º del Código Penal, es decir, cuando la
modificación de la decisión adoptada en la sede punitiva se funda en la existencia de una normativa
más benigna para el imputado (Sáenz).
2) Procede la revisión de la sentencia civil cuando la misma ha sido fundada en un factor de
atribución objetivo. Ello es así porque la suspensión de la decisión civil no tiene cabida cuando resulta
aplicable un factor de atribución de esa índole objetivo (cfr. art. 1775, inc. c).
La revisión tiene cabida pues en estos casos, pero limitándose a los supuestos en que la eventual
absolución del imputado pueda tener incidencia en la sentencia civil: inexistencia del hecho o falta
de autoría.
3) Procede en los demás supuestos previstos por la ley. Como se trata de un régimen de
excepción, la habilitación debe ser expresa.