EL AVILÉS
QUE YA NO EXISTE.
Luis Inclán
EL PUENTE DE SAN SEBASTIÁN
Deberíamos
decir tres puen-
tes, pero dos ya no
existen, aunque del
segundo queda una
pequeña muestra
para el recuerdo.
El primero de
todos fue construido en época de Felipe II, aunque había existido
desde el s. XIV una pasarela, probablemente de madera, denomi-
nada «Los Pilares». El de piedra se construyó hacia 1573, heredó
el nombre del anterior y estaba situado delante de la calle actual
de los Alfolíes, donde se situaba la puerta de Los Pilares o del
Puente. Era paso obligado en el camino real entre Grado y Go-
zón.
El nombre de San Sebastián
sustituyó al de «Los Pilares», y
se debe a la devoción que los avi-
lesinos tenían a la ermita de ese
santo que se hallaba en la margen
derecha de la ría, al otro lado del
puente.
En 1893 desapareció el puente de piedra (sirvió, por lo tanto,
durante más de 300 años) para dar paso al metálico, situado unos
metros aguas arriba de la Ría.
HOSPITAL DE PEREGRINOS
En 1515 Pedro Solís León, sacerdote y
alto dignatario vaticano, hizo construir un
Hospital de Peregrinos en la calle Rivero.
A su generosidad también se debe la capilla
gótica de la parte norte de la iglesia de los
Padres (actual San Antonio).
En esa época, proliferaron por toda
España los hospitales para peregrinos
que caminaban hacia Santiago. Por Avi-
lés pasaba -y pasa- la ruta del Camino
del Norte, y era punto de desvío hacia
Oviedo para quienes deseaban visitar la
Catedral del Salvador y desembarcaban
en nuestro puerto viajando por mar hasta aquí.
El edificio, notable por sus dimensiones, constaba también de
capilla, patio, huerta y cementerio, además de las salas para los
enfermos.
Tiempo después, dejó de
servir a los peregrinos y pasó a
denominarse Hospital de Ca-
ridad. Cuando se construyó en
el Carbayedo el edificio actual,
el antiguo hospital del Rivero
ejerció diversas funciones: cuartel, establo, escuela… Hasta que
fue demolido en 1948.
LA CHOCOLATERA
En 1893, Avilés dispuso del primer tranvía de vapor de Astu-
rias. Fue conocido como «La Chocolatera», por el color del humo
que despedía la pequeña locomotora. Para ponerlo en marcha, se
fundó la «Compañía Tranvía del Litoral Asturiano» y constaba el
trayecto de 5 km. de vía métrica, desde Avilés (Parque del Mue-
lle), por la actual Avenida de Lugo hasta Raíces y desviándose
entonces hacia San Juan, los pinares y Salinas.
Hasta 1903 solo circulaba los domingos, festivos y días de mer-
cado, aunque en verano era diario. Desde ese año, pasó a circular
cada día. Tenía acuerdos con la Real Compañía para favorecer el
transporte de sus trabajadores.
A partir de 1921, convivió aún doce años con el más moderno
de la Compañía del Tranvía Eléctrico de Avilés, que hacía su re-
corrido por el paseo de la Ría. Fueron 40 los años de vida de «La
Chocolatera», que desapareció en 1933.
TRANVÍA ELÉCTRICO
Se inauguró el do-
mingo 20 de febrero
de 1921 y convivió
con “La Chocolatera”
durante doce años. Su
primer trayecto abar-
caba desde La Texera
hasta Salinas. Al año
siguiente, se extendió
a Arnao, por un lado, y
a Villalegre por el otro. Y en 1923 se completó el trayecto hasta
Piedras Blancas. El recorrido total, de unos 15 km., lo realizaba
en hora y media de viaje. Atravesaba Avilés por Los Canapés,
Rivero, El Parche, La Cámara, La Muralla y el Parque del Muelle,
hasta cruzar vías por el paso de Larraña-
ga y continuar por la Ría.
Fue muy utilizado a diario por los
trabajadores de la Real Compañía y por
los portuarios de San Juan de Nieva.
Los domingos, acudían en él muchos
aficionados al fútbol al campo de Las
Arobias, que utilizó el Real Avilés hasta
mediados del siglo XX. Pero en verano
era un auténtico transporte de masas
para acudir a las playas de San Juan y de
Salinas: unos 40 minutos de viaje por la
ría y entre pinares, en aquellas divertidas
jardineras… con algún sobresalto cuando el tranvía descarrilaba.
Leve sobresalto porque, con su escasa velocidad, el suceso nunca
pasaba a mayores.
Sucumbió el tranvía -que ahora añoramos y parece que lo
quieren resucitar-, ante el empuje de los automóviles y del auto-
bús, el domingo 31 de diciembre de 1960.
El tranvía por la carretera de la ría, dibujo de Cástor.
EL ARBOLÓN
Hace casi 50 años, a
finales de 1974. el enor-
me y centenario olmo
(casi 30 metros de al-
tura) conocido por «El
Arbolón» fue derribado
por un temporal.
Fue todo un símbo-
lo, no solo de su zona,
sino de Avilés, estratégicamente situado en su entrada más fre-
cuentada.
El olmo fue toda una referencia en su tiempo. A su lado se
situaba el fielato, donde se declaraban los productos que entraban
en la Villa para venderse. Cuando desapareció el fielato, su estruc-
tura se convirtió en kiosko. Fue testigo de juegos infantiles, de
inscripciones de enamorados y seña de identidad de toda la zona,
hasta dar nombre al barrio.
En sus últimos años,
el deterioro del Arbo-
lón era notorio, hasta
que una gran rama cayó
al suelo. Poco después,
en el invierno de 1974,
un vendaval -o un rayo-
lo tiró al suelo.
EL PABELLÓN IRIS
Cinco años después de que se
acabase la iglesia de Sabugo «nue-
va», en 1909 - el 26 de abril-, se
inauguró el Pabellón Iris, construido
en madera procedente de países es-
candinavos, y con aires modernistas.
Daba a tres calles: la Cámara (por
donde tenía su entrada), Rui Pérez
y Plaza de la Merced. Su construc-
tor fue Armando Fernández Cueto
«El Parafuso», que ya había dado a
Avilés la Escuela de Artes y Oficios
y, años después, construiría el Gran
Hotel.
Tenía 650 localidades y se inauguró con la
representación teatral de «Las de Caín», de
los hermanos Álvarez Quintero. Allí se hizo
cine, teatro, zarzuela, ópera… y durante años
(cuando desapareció el Teatro-Circo Somi-
nes) monopolizó las proyecciones cinemato-
gráficas.
Con la competencia de varios cines que
fueron poblando la Villa (Florida, Clarín,
Marta y María) y del teatro Palacio Valdés, el
Pabellón Iris logró resistir hasta 1960, año en Inauguración del cine
sonoro en Avilés
que fue derruido.
Por él habían pasado personajes de la «farándula» como Raquel
Meller, La Chelito, María Guerrero, Miguel Fleta o La Fornarina.
El pabellón Iris, dibujo de Cástor
LA ÉPOCA DORADA DEL CINE
Las proyecciones de
cine en Avilés comen-
zaron en el Teatro-Circo
Somines (situado donde
hoy está El Atrio) y si-
guieron luego en el Pa-
bellon Iris, hasta entra-
dos los años 40.
El cine Florida (el
primero en nacer exclusivamente para proyectar películas) se in-
auguró en 1941. En 1946 inició su andadura el Marta y María,
lo que supuso la destrucción del interior del Palacio García Pu-
marino. Fue el último cine de Avilés: desapareció en 2013. Y el
año 1949 comenzó su actividad el Clarín, la más elegante sala de
Avilés.
Los años 50 del siglo XX fueron los del ‘boom’ de Avilés con
la llegada de grandes empresas y el consiguiente aluvión de traba-
jadores y sus familias. Así que, en esos años, nacieron otras salas
cinematográficas en Miranda, Valli-
niello, Llaranes, Villalegre, porque
el séptimo arte era la más frecuente
actividad de esparcimiento.
La televisión fue acabando, poco a poco, con los cines conven-
cionales. Algunos de ellos se convirtieron luego en otros negocios.
Pero dos de los más significativos: el Clarín y el Florida, sucum-
bieron bajo la piqueta y el afán constructivo.
LAVADEROS
Hasta que las cañe-
rías del suministro de
agua entraron en las
casas, la ropa se lavaba
en los ríos. Como, en
general, quedaban algo
a desmano, se fueron
construyendo poco a
poco lavaderos en la Villa.
En la fuente de La Cámara, situada en el cruce de esa calle
con Cabruñana y San Bernardo, consta que ya en 1755 se enlosó
el suelo y se construyó una cuba de piedra que pudiera servir de
lavadero.
En 1851 se levantó un buen lavadero público en el Carbaye-
do, que funcionó como tal hasta 1963, año en el que fue retirado,
quedando su fuente en
los almacenes munici-
pales. La parroquia de
San Nicolás la reclamó
y está instalada desde
entonces en su remoza-
do claustro.
Algunos de los que
en su día fueron lavade-
ros se conservan como fuentes (eso sí, sin agua…), como los caños
de Rivero; o solo quedan de ellos poco más que las paredes, como
el de Sabugo, que se construyó en 1893, y el de Los Telares, de
1925.
EL CAFÉ IMPERIAL
Justo enfrente del
Café Colón estuvo el
Café Imperial, dan-
do ambos a La Mu-
ralla un aire social y
sofisticado.
Primero fue el
Colón, en 1895,
aunque no añadió su
emblemática terraza hasta 1905. Allí se iba a tomar cualquier cosa
(sofisticadas compuestas, desayunos o meriendas, a hacer tertulia,
a practicar juegos de salón, a asistir a bailes los fines de semana e
incluso a proyecciones de cine mudo.
El Café Imperial, que ya existía desde 1872 en La Ferreria (en
el edificio, que años después, ocupó «La Voz de Avilés»), se tras-
ladó a La Muralla en 1900. Aparentemente, este café tuvo después
también terraza, como el Colón. Pero en realidad, la terraza era
del Casino, situado en el primer piso.
En el Café Imperial ha-
bía frecuentes tertulias.
Quizá, la de más renom-
bre fue la que reseña David
Arias, poeta y más tarde
alcalde de Avilés. De esa
tertulia salieron algunas
cosas interesantes para Avilés: la anual verbena de La Batelera (y
la revista del mismo nombre) y la Biblioteca Popular Circulante,
que luego se convertiría en la Biblioteca Bances Candamo.
En 1933 cerró sus puertas el Café Imperial, pasando su local a
ser sede de una sucursal bancaria. El Colón perviviría como café
hasta finales del siglo XX. Desde entonces, el edificio se fue degra-
dando hasta hoy, cuando parece que quiere renacer.
El Café Imperial, dibujo de Cástor
LA SERRANA
En 1867, Serrana Gu-
tiérrez-Pumarino, que
había regentado la fonda
La Celesta en la calle de
la Estación, funda La Se-
rrana en el edificio adya-
cente al Palacio de Cam-
posagrado, enfrente del
Paseo del Bombé, preludio del Parque del Muelle.
Fue La Serrana una fonda de referencia, y no solo en Avilés.
Cuando en 1917 se abrió el Gran Hotel (que no
duró mucho…), La Serrana dejó de ser
Fonda para denomi- narse Hotel.
Gran prestigio tuvo, y no únicamente como
alojamiento y restaurante, sino también por las reuniones so-
ciales que se celebraban en sus salones. Uno de sus huéspedes fijos, el
Dr. Claudio Luanco fundó en 1893 las fiestas del Bollo y, desde uno
de los balcones del hotel, se pronunció el primer pregón el 2 de abril
de ese año.
Hacia final de los años 60 del siglo XX, los
herederos de Serrana trasladaron el negocio al
Hotel Luzana, en la calle de la Fruta (hoy el
Hotel 40 Nudos). La Serrana se ha mantenido
como nombre de la cafetería y restaurante de ese
hotel, así como del complejo cultural que radica Serrana
en sus salones. Gutierrez-Pumarino
CONVENTO DE LA MERCED
Dicho convento se comenzó a cons-
truir en 1668, por la generosidad del
Marqués de Camposagrado, para com-
placer a su madre, descendiente de la
familia de las Alas.
Hasta entonces, los frailes merceda-
rios tenían una ermita al pie del castillo
de Gauzón, en Raíces. El edificio era
muy grande (superficie de 70m x 37m)
y llegó a alojar a 26 frailes. Entre ellos, dos que más tarde fueron
obispos: González Abarca y Valentín Morán.
La ley de desamortización de Mendizábal, de 1876, obligó a
cerrar el convento. Pasó entonces al ayuntamiento que, durante
casi 20 años le dio muy diversas utilidades: cuartel, cuadra, asilo
de ancianos, oficina de telégrafos y un largo etcétera, amén de
escuelas infantiles y un par
de academias: la que prepa-
raba para el bachiller y que
dirigía Marcos del Tornie-
llo, y la prestigiosa «Aca-
demia», fundada por los
hermanos Álvarez Acebal
(o Aceval). También había
un cementerio, que funcio-
nó como municipal hasta la Claustro de profesor y el Director Cástor Álvarez Aceval
construcción del de la Ca-
rriona.
En 1895 se derruyó el convento, para dar paso a la construcción
de la iglesia nueva de Sabugo.
El convento de la Merced, dibujo de Cástor
LA EXPOSICIÓN
Al alcalde Bonifacio Heres se debe que, en el año 1878, comen-
zara a hacerse una exposición de sementales. La exposición de ga-
nado se venía ya celebrando desde un siglo antes en el Carbayedo.
Años más tarde, se hubo de buscar un sitio más amplio y se
instaló en Las Meanas, zona recién desecada, y que recibió como
primer nombre Parque del Retiro. Aquí se celebró, durante bas-
tante tiempo, la exposición de ganado durante las fiestas de San
Agustín.
En 1931, el alcalde David Arias inauguró el Pabellón de la Ex-
posición para celebrar cada año, en la segunda quincena de agosto,
un certamen de Ganados y Exposición de Industrias Agropecua-
rias. Durante el resto del año, el pabellón acogió multitud de ac-
tividades: deportivas (baloncesto, balonmano, boxeo) y también
conciertos y otros espectáculos.
Años después, en 1943, se instaló al lado el campo de fútbol
donde aún hoy está, y Avilés creció por los alrededores de La Ex-
posición y del campo de fútbol.
En 1979, el certamen agropecuario se trasladó al pabellón de
la Magdalena.
Se construyó un pabellón cubierto, que recibió el nombre de
Pista de la Exposición, y que tuvo multitud de usos: verbenas,
mítines políticos, teatro… hasta que se inauguró en 1989 la Casa
de Cultura.
En 1991 se demolió todo el conjunto, dando lugar a una plaza
que heredó el nombre de La Exposición.
LA VIEJA RULA
En su día, Venancio Ovies publicó en su serie «Los flecos de la
memoria» lo siguiente: «el pósito de pescadores nació en 1920 y reci-
bió el visionario nombre de El Crepúsculo. La finalidad era disponer
de una caseta para realizar las subastas de pescado no a pie de rampa
o muelle, sino bajo techo». Estaba situada la caseta entre el paso de
Larrañaga y los almacenes de Balsera.
Esa fue, si se puede llamar así, la primera rula de Avilés. La
segunda, la que hoy nos ocupa, data de 1944, cuando se hizo ne-
cesaria para acoger la creciente actividad pesquera. La construyó
el Instituto Social de la Marina, que luego promovería el poblado
del No-Do. Pasó así Avilés a ser el puerto pesquero de referencia
en Asturias.
Funcionó allí, muy cerca del casco urbano avilesino -entre las
vias del tren y la Ría- hasta que la construcción de la arteria del
puerto hizo necesario su derribo.
Fue en 1980 cuando se contruyó la tercera rula -ya más alejada
de la Villa, en el paseo de la Ría-, costeada por la Junta de Obras
del Puerto. Esta suposo un paso adelante en la importancia de
Avilés como puerto pesquero y donde muchos barcos de todo el
Cantábrico acudían para subastar su pesca. Hoy en día ha sido en
parte reutilitzada y en parte está sin uso.
Esta tercera rula funcionó hasta 2009, cuando se inauguró la
actual, todo un avance por sus modernas instalacions, que fueron
consideradas en su momento como las más modernas de España.
El muelle pesquero, dibujo de Cástor
ENSIDESA
La década de los 50 del si-
glo XX vio el acontecimiento
urbano, industrial y social más
importante de la historia de
Avilés. En 1950, el gobierno
aprobó la construcción de una
industria siderúrgica llamada
ENSIDESA, de la que comen-
zaron sus obras en 1952. (Una
de las imágenes de esta reseña
corresponde al Avilés de en-
tonces y al relleno de las maris-
mas, previo a la construcción
de la industria -foto de Ricardo
García Iglesias-).
Poco antes, ya se habían instalado en Avilés ENDASA (alumi-
nio) y Cristalería Española (ambas fueron más tarde privatizadas
y se encuentran ahora con un futuro incierto). Y ya desde el siglo
XIX, funcionaba Asturiana de Zinc S.A.
ENSIDESA, que venía a proveer a España de acero, entró en
funcionamiento entre 1956 y
1957, aunque no se consideró aca-
bada hasta 1970. Ello trajo como
consecuencia la llegada masiva de
personas, procedentes de muchos
puntos de la península, atraídas
por unas ventajosas ofertas de trabajo.
Cuando comenzó a cons-
truirse ENSIDESA, Avilés
contaba con poco más de
21.000 habitantes. En 1960,
pasaba de los 45.000, en 1970
eran casi 82.000 y alcanzaría
su techo en 1980 con 86.500.
La reconversión siderúrgica trajo consigo su privatización a
partir de 1996 y la desaparición de los altos Hornos y de otros
elementos ya improductivos. En parte de sus instalaciones se en-
cuentran ahora el Parque Empresarial del Principado de Asturias
(P.E.P.A.) y el Centro Oscar Niemeyer.
ensidesa
EL LLAGARÓN
En la plaza Carlos Lobo, al otro lado de
la Iglesia de «los Padres», estuvo «El Lla-
garón», una emblemática taberna que lla-
maba la atención por muchas cosas, entre
las cuales no era la menor el «decorado» de
telarañas.
El establecimiento lo abrió en 1932 José
Ramón Ovies (Ramón para sus clientes), a
su vuelta de Cuba. Pero, de entrada, no fue una taberna (su nú-
mero estaba regulado por las ordenanzas municipales) sino una
tienda de comestibles y de suministros para barcos pesqueros. No
fue hasta 1944 cuando consiguió la licencia de taberna. Entonces,
se unió al negocio su hijo, de igual nombre.
A partir de la década de los 50, todo cambió en Avilés. Pero El
Llagarón continuó igual en todo: las telarañas iban creciendo, el
mobiliario era el mismo... hasta los WC no cambiaron.
Era lugar de tertulias, de sabo-
rear añejos vinos, acompañados de
queso o de embutidos, de punto de
encuentro para muchos. Era algo
así como lo permanente de Avilés,
la taberna que había resistido im-
pávida los empujes de la moderni-
dad. Hasta que, sin relevo, murió
de puro vieja en junio de 2007.
LA ANTIGUA CASA DE CULTURA
La calle Jovellanos es una ca-
lle «reciente»: no existia antes de
1932, cuando se quiso unir Ruiz
Gómez con La Ferreria.
En 1934 se inauguró un edi-
ficio de dos plantas, destinado a
la Biblioteca Popular Circulante,
dirigida por Luis Menéndez «Lumen», poeta e innovador bibliote-
cario, que inicio el préstamo de libros del importante fondo de que
disponía.
Así fue funcionando la Biblioteca hasta
1960, año en que el edificio ganó dos pisos
para ubicar sala de exposiciones y salón de
actos, pasando el conjunto a denominarse
Casa Municipal de Cultura, que englobaba
la Biblioteca, desde entonces llamada Bances
Candamo.
Realizó una espléndida labor de divulga-
ción de la cultura en unos años de gran crecimiento poblacional
de la Villa. En la década de los
años 80, el ayuntamiento deci-
dió crear una nueva sede para
la Casa de Cultura y la Biblio-
teca, que es el actual edificio de
la Plaza Álvarez Acebal, con
un auditorio de casi 700 plazas.
CABRUÑANA
No es que la calle Ca-
bruñana ya no exista. Pero
su apariencia es muy dife-
rente de la Cabruñana que
recuerdan quienes ya tie-
nen unos años. Es, quizá,
la calle de Avilés que más
ha cambiado.
En su origen, Cabruñana también ocupaba lo que ahora es la
calle San Bernardo. Por tanto, tenia buena parte de su recorrido
dentro de las muralles de la Villa. Por ella pasaba el camino que
iba de Grado a Gozón, hasta desembocar en el Puente de San
Sebastián.
Luego, San Bernardo se quedó con el nombre del santo a quien
se dedico un convento en esa calle,
y Cabruñana se redujo, ya fuera de
las muralles, a una empinada cues-
ta que llegaba, ya más calmada,
hasta el Carbayedo.
Dos son los edificios de la calle
que han resistido a la fiebre cons-
tructora: el Palacio de Maqua, de mediados del siglo XIX, restau-
rado y dedicado a oficinas administrativas; y el Hospital de Avilés,
antiguo Hospital de Caridad levantado en los años 20, heredero
del que existió en Rivero.
El resto fue objeto de la piqueta y, actualmente, acoge todo
tipo de negocios, algunos de restauración, «herederos» del antiguo
restaurante Campanal, situado enfrente del Palacio de Maqua, en-
tonces colegio del Santo Ángel. A su lado, había un estudio foto-
gráfico: foto Fran. Y, hoy en día, en el número 4 hay otro estudio
similar... pero moderno.
EL PASEO DEL BOMBÉ
A principios del
siglo XIX, una vez
demolidas las mu-
rallas de Avilés,
la calle que lle-
vaba ese nombre
pasaba, como hoy,
frente a la fachada
norte del Palacio
de Camposagrado
y moría en la ría. En ese tramo, al lado del puerto de entonces, se
pensó construir un paseo que, por aquello de las modas francesas,
se denominó El Bombé. Fue el primer parque que tuvo Avilés.
Era una zona alargada, flanqueada por dos hileras de árboles.
Oviedo también tuvo, y tiene, un Paseo del Bombé en el Campo
de San Francisco.
La ubicación era inmejorable: entre el muelle, siempre cobijo
de abundantes barcos, y la zona principal de la Villa: Iglesia de los
Padres, calles de la Ferrería y de la Fruta.... Era lugar habitual de
paseo y de encuentros, animado por el trajín de las naves que des-
cargaban, a veces, productos
exóticos.
Con el tiempo, el Bom-
bé se fue enriqueciendo: en
1867 se abrió la Fonda (luego
Hotel) La Serrana, lo que le
otorgó un aire aún más seño-
rial. Y en 1876, el Ayuntamiento adquirió una serie de nueve es-
culturas mitológicas de fundición para embellecer el paseo. Luego,
cuando se desecaron las marismas y la zona que ocupaba el muelle,
cosa que sucedió hacia finales del siglo XIX, esas esculturas fueron
reubicadas en el heredero del Bombé: el Parque del Muelle, que
está ahora inmerso en una notable transformación.
BAR GERMÁN
Aunque el edificio ahí
està, el Bar Germán ya no.
Cerró en 2018, un par de
meses antes de que su due-
ño, el recordado Germán M.
Blanco, falleciera inespera-
damente.
Su abuelo había fundado
el bar en 1935. Con el tiempo, fue adquiriendo notoriedad por sus
tertulias, peñas deportivas, y otras iniciativas sociales.
Germán heredó el negocio de su padre Mario, que fue artífice de
muchas de las actividades mencionades y de otras, como el Cam-
peonato Avilesino de Mus,
organizado por la peña Diez
Amigos, que tenia su sede
en el bar. Allí nació también
«Sabugo, ¡tente firme!».
El Bar Germán fue uno
de los establecimientos con
solera de los aledaños del
Parque del Muelle.
EL ROLLO DEL PARCHE
Haremos finalmente referencia a un
controvertido objeto que estuvo situado en
el Parche hasta comienzos de la década de
los 60 del siglo XX. Parece que el rollo era
una réplica del original que databa del si-
glo XVI. Lo cierto es que se le ha perdido
la pista, aunque hay quien dice que en los
años 80 se hallaba en algún almacén mu-
nicipal.
Pero la principal controversia no es ésta. Se llama rollo a la co-
lumna que se levantaba en las villas representando la categoría
administrativa de la población que lo albergaba, situándose solo
en los pueblos que tenían plena jurisdicción e indicaban a qué
régimen estaba sometido: señorío real, eclesiástico o monástico.
A veces, también daba fe de la concesión del título de villa a esa
población.
Parece ser que en algunos lugares se confundía rollo y picota, o
bien se utilizaba el rollo como picota.
Una picota era un tipo de columna en la que se exponía a los
reos y las cabezas o cuerpos de los ajusticiados por la autoridad
civil.
Sea como fuere, del rollo del Parche se ha perdido toda pista…
Finis Coronat Opus
Laus Deo
Avilés, Junio 2022