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Francisco de Paula Santander: Legado Venezolano

Historia del nacimiento del patriota Francisco de Paula Satandera y Amaña. Dilema fronterizo del lugar de nacimiento, del ahora héroe colombiano
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Historia del nacimiento del patriota Francisco de Paula Satandera y Amaña. Dilema fronterizo del lugar de nacimiento, del ahora héroe colombiano
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FRANCISCO DE PAULA SANTANDER Y OMAÑA.

UN VENEZOLANO DE EXCEPCIÓN

FRANCISCO DE PAULA SANTANDER Y OMAÑA.
UN VENEZOLANO DE EXCEPCIÓN

AUTOR

GABRIEL OMAR TAPIAS MEDINA.


SAN CRISTÓBAL ABRIL 2013
Aunque he nacido en Nueva Granada, no soy más que americano, mi Patria es
cualquier región de América en que no tenga el más pequeño influjo el
gobierno español. Dos años de guerra en Venezuela en la actual época me han
dado ocasión de admirar al soldado venezolano, y el tiempo transcurrido desde
nuestra transformación me ha hecho conocer el entusiasmo, patriotismo y odio
a los españoles que abriga en su corazón cada individuo de esa república”
GENERAL FRANCISCO DE PAULA SANTANDER Y OMAÑA
Es bueno retomar los pasos del ayer, para quitarnos las
lagañas que enceguecen la luna de la tardanza cultivada.
COLOMBIA NOS QUITÓ UN PEDACITO DE SUEÑO.
Este es un viejo cuento sobre el General Francisco de Paula Santander, sabido por totori
mundachi, callado por unos y otros. Ya habiendo hecho el recorrido y descubierto al
“Contador de Antioquia” y “la noche de los Jesuitas”, como arma ideológica del prócer, hace
que lo dicho por ahí, sea un cuento sostenido en el sentido común, lo que no es válido para
mí, ni justo para un hombre de la sindéresis del General de Generales.
A esta historia le empecé a denotar su sal y pimienta desde muy pequeño, cuando mi padre
expresaba su parentela con los Santander, pero su picante se manifestó un día domingo de
abril del año 2002, en un momento no propicio del andar, ya que vegetaba en un umbral, de
amor y odio, característico de toda frontera de la vida, donde los árboles del bosque no me
permitían desgarrar las luces y sombras del entendimiento, más cuando uno se empecina en
traicionar la vida de quienes le aman, por no saber manejar los odios, sus aguaceros, ni el
eternos basural de nuestra miseria.
Después de que Miguel Mora Gelviz llegara a mi casa, sin ser invitado y mencionara a
Francisco de Paula, viejo tema en las tertulias de mi familia, la almohada empezó cada
madrugada a pellizcarme. Ese sentido humano, trágico y pagano, que le ponía la gente al
cuento, me incitaba a escribir. Como, quien me había metido en este embrollo del prócer en
cuestión, era Miguel, me fui un día a buscarlo. No sabía su dirección, pero el primo Atilio
Mora, vecino cercano, de seguro lo sabía. Dirigí mis pasos, crucé la cuadra y ahí él estaba,
cambiando sus bolívares por cerveza. Al preguntarle sobre lo requerido, titubeando me dijo
que apenas se recordaba, que, siendo muy pequeño, su mamá lo había llevado a la casa del tal
Miguel, tomándose un trago, aclaró: “ese vive en Pueblo Nuevo”; barriada hoy, vieja aldea
del ayer.
Tomamos rumbo, cruzando una calle aquí y otra más adelante, para escapar de un tráfico sin
soluciones, que desafía la inteligencia de algunos y de la gobernabilidad de todos;
intentábamos llegar. Me mostraba sus dudas, si era por aquí o por más allá, flaqueaba en si
llegaríamos o no, ya que apenas él lograba los seis años cuando vino por esos lados, pero no
se equivocó, conseguimos la casa, tenía una identificación inequívoca “Mora Mora”.
Hicimos el gasto respectivo del saludo, entramos en conversa y caímos en el cuento de su
padre Amadeo Mora, de su huida hacia Ricaurte, de cómo ellos habían nacido en Colombia y
a los poquitos días, asentados en Venezuela. Su contar encerraba la historia de todos
aquellos, que, huyendo de los años bisiestos y el largo misterio de los pobres, llegaron o se
vinieron de los lados de Ricaurte y San Faustino. Un cuento que encerraba no sólo la huida
sino en más, la llegada.
Entre dimes y diretes, fue surgiendo la genealogía necesaria, los haceres, el aroma de una
frontera, un umbral que motiva a ser cruzado, hoy, igual que ayer.
Tomé el libro de Abuelos de Las Nieblas, de mi autoría y, le mostré el trabajo que se había
hecho al respecto. Se buscaron las páginas correspondientes a lo de Blas Mora, en donde se
hablaba de su abuelo y de su padre Amadeo Mora, todas referentes a la frontera. Le
mencioné con agrado uno de los cuentos, de los tantos cuentos que me echó mi madre en esas
hermosas tardes, de esas tres de la tarde que solos, solitos, disfrutamos como hijo y madre,
entre pan y café con leche, en el llamado “puntal”, hoy merienda.
Allí en esas líneas que sólo yo leo, ella cuenta que, en muchas mañanas en los años de 1920,
su hermano Ángel María, persiguiéndoles para el cumplimiento del trabajo fecundo,
encontraba a su hermano Silverio y a ella, mirando hacia el norte, hacia lo alto de la montaña,
a la cual muchas veces corrían y, en la propia cima, sobre una raya imaginaria de frontera,
creían tener los poderes mágicos de los dragones y desafiaban a sus vecinos imaginarios.
Peleaban discutían sobre la real ubicación de la raya centinela que distanciaba a Colombia de
Venezuela. Que, si este árbol o aquel era el que separaba el silencio de la niebla, o era la
piedra o aquella otra, quien aislaba la agonía de una frontera que se alzaba por encima de
nosotros, toda una juguetería de ideas, hasta que el refuerzo de los gritos de Ernestina nos
sacaba de nuestro abobamiento y en vertiginosa carrera pasábamos por un lado de Ángel y,
casi sin verle, bajábamos de la montaña de sueños, en donde en juerga de niños, nos
motivábamos y abatíamos al enemigo. Cruzábamos raudos por donde los Tapias, Las Suárez,
la quebrada y casi militarmente nos le presentábamos a nuestra hermana. En chanza, le
decíamos “Sion, hermana” y ella circunspecta, contenida, para no darnos unos coñazos, nos
mostraba un azadón y nos amonestaba, “que bendición del coño pendejos, a trabajar toches”.
Ángel contaba, que un día del año 1921, vino gente de Lobatera y rompieron la niebla,
mataron los caminos, enderezaron los vericuetos, trazaron líneas, ojearon el horizonte,
encaminaron la montaña y dijeron, que del voladero pal Norte, era de Colombia. Su padre
discutió y les replicó que eso era una prevaricación a la patria, ¿Que, van a hacer con todos
eso venezolanos que viven en Mocojún, en El Arrayán, El Descanso, San Faustino, Ricaurte?
Todavía, no ha habido respuesta.
Sin hacer caso, cogieron un poco de cemento, hicieron una pilastra y la colocaron en todo el
centro del camino que iba a Mocojún y San Faustino, luego como enderezando las ventiscas,
siguieron colocando pilastras por todo el borde del Volón, hacia el oeste hasta encontrar la
quebrada de Don Pedra y al este hasta encontrar la desembocadura del Río Grita; marcaban
una raya, que nos permitiría diferenciarnos y creaba en un costado del Táchira, un triángulo
de amor y muerte.
A los pocos días, haciéndonos amigos de la lluvia y la niebla, ya dilucidado nuestro
imaginario, nos fuimos con ellas a buscar las pilastras, estas habían desaparecido, el barranco
en sus profundidades guardaría por siempre estos testigos de la osadía y la intolerancia.
Como su padre Dionicio era el Juez de Aldea, recibió órdenes de reponerla. En la mañana, a
pesar de su desconcierto, mandó al Silverio a buscar gente para reconstruir las pilastras. A los
pocos días, igualmente estas volvieron a desaparecer. Poniéndole bolas a la esperanza, se fue
bravo a casa de su hermano Blas y le reclamó fervientemente, que por qué le hacía eso, que
él sabía, que él estaba metido en esa vaina de tumbar las pilastras.
Mi tío Blas, le dijo:<<Somos Ismael Casanova y yo los que las hundimos en el vacío y
seguiremos tumbándolas hasta que nos muramos. Hacete el mochilas Dionicio, no sigas con
eso de estar reconstruyéndola. O ¿voz avalas esa vaina? de que, porque en estas tierras nació
el General Santander, unos colombianos desde Bogotá y perjuros de Caracas, razonaron, que,
si no nos quitaban estas tierras, se quedaban sin Libertador. Y vos desde aquí, como gobierno
chiquito, apoyas esa medida. Yo te digo una vaina Dionicio, no les busque penas a las
alegrías, no me reclames a mí, que por qué yo hago eso, aquí la gente se pregunta es, ¿por
qué vos y los Chosone avalan eso? >>.
Se dice, que mi padre sin dejar pasar el silencio, sólo le señaló:
<<Líbrate hermano de la osadía, de las putas y del miche que te confunde. Seguí haciendo lo
que te diga el Ismael y veras que te va joder el Gobierno>>
Luego vino el gobierno al mando de uno de los Chosone, y las hizo más grandes, pero un
poco más abajo del filo del voladero, para no facilitarle así, a “los tumba pilastras” y el lance
por el barranco. Cuando vinieron, el tío Blas e Ismael a realizar el trabajo patriótico de
destruir tan grave agravio al país, no encontraron las pilastras en el filo de la montaña, sino
más abajo, todos desaviados se preguntaron ¿Y entonces? Desde aquel tiempo, todavía
algunos hijos de Ricaurte, nos hacemos la misma pregunta ¿|Y entonces?. Y entonces la
mierda, compañera vagabunda de los políticos, se les vino al cerebro y, nosotros con talante
mostramos el silencio a nuestros cojones, borrándose nuestro entendimiento en una siempre e
ignorante respuesta dolorosa.
Mi tía Bertha, mujer inteligente, una vez, en voz baja, como si por ahí estuviera todavía mi
abuelo o uno de los Chosone, me decía “sobrino, para la mayoría, ser realista o patriota es un
asunto de contexto, o, depende, si tenemos o no al alcance la cosa, depende de lo que un
lado, brinde como motive”.
En una noche, de esas tantas noches, que, con sus cuentos, mi abuelo dedicó a sus hijos, para
suavizar la fría oscuridad del Coquillal, les habló así de la frontera.
“La frontera, siempre huele a lejanía, a viejos y rancios olores de orina y humo. Todo lo que
esté distante de la capital, es frontera, por aquí inventamos, penas, alegrías, martirios,
tormentas y sueños, al final de cuentas todo lo que esté lejos de Caracas o Bogotá es
imaginario, allí todo se esconde, es efímero e inexistente. Quien vive en la frontera vive en
un mundo inocuo lleno de umbrales de motivación, incitados por las hormonas del odio o el
amor. La realidad de la frontera es irreal, ya que se hace amorfa y precaria. Lo dramático del
Táchira fronterizo, no es que seamos ficticios, lo calamitoso es, que, además de ser un
umbral de pasiones, la gente del centro o de la capital, cree, ha creído y creyó siempre que no
existíamos. Nos impusieron siempre seres centrales, o a quienes ellos les daba la gana, los
cuales sí eran reales. Pero luego de que nos los imponían, estos se convertían en imaginarios,
el umbral frontera y lejanía, apabullan la inteligencia de unos y otros, del que nace aquí y del
que llega, pero mucho más de los que aquí no están.
Los jefes de fronteras, hacedores de palabras, de soledad, apostadores de ficciones, jefes
políticos, nacidos de una patria hecha a pedradas, convertido en imaginarios por su
increencia, venían, hacían y hacen lo que bien se les da la gana. Desde Caracas o Bogotá, se
olvidaban y se olvidan del enviado o, del colocado a dedo, y en ese lapso de tiempo el
espacio de la frontera se hacía y se hace insostenible. El Táchira es paradigmático, todo está
controlado, todo está tapado, es un umbral con huecos por todos lados, el Táchira es el gran
hueco de Venezuela, por aquí se escapa todo, todo se esconde y al lado nos atrapan”.
Mi abuelo avanzado en sus ideas, agregaba
“Cipriano Castro, distinto a nosotros, asumió su
realidad imaginaria, clarificó este mundo de
frontera, lo puso sobre el mapa, midió la distancia
que había hasta Caracas y en recuerdo atávico,
acordándose del viejo Evangelista Velasco se dijo
“Esta frontera imaginaria puede hacerse realidad.
En forma empecinada se propuso que levantáramos
la testa, que nos arrecháramos, y un día se llevó la
frontera pa´Caracas, pero estando allá, se olvidó de
Ricaurte y de San Faustino, y entonces, nos los
robaron. Ahora Venezuela con Gómez, es una patria
imaginaria”.
Cipriano y Santander, sintieron los mismos dolores
que produce la lejanía y decidieron escapar de por
aquí, dar a conocer la forma y vericuetos de que está hecha nuestra tierra; Cipriano agarró pa
´caracas y Santander pa´ Bogotá.
Miguel, enmudeció un rato y apuntó “en la frontera no hay ley, es una tierra de todos, aquí,
pareciera, que todos provenimos del delito, ya que no sabemos a quién cumplirle”
Ricaurte y San Faustino fue una tierra para los huidos, si hacíamos un desabor en esta parte,
corríamos y nos escondíamos en el otro lado. Dolidos hemos estado siempre de este cambio
de frontera, pero las veces que la necesitábamos, lo aprovechábamos. Mi tío Dionicio y mi
tío Silverio mataron a uno y corrieron pa´Ricaurte.
Parco, sin desmenuzar las palabras, Miguel nos narraba sus pesares, Mi padre Amadeo, fue
igual. Por cosas de política, de contrabando, de venganza o de favorecerse, estuvo
involucrado en la muerte de Miguelón Chacón y se largó.
De muchos casos como el de Miguelón, históricamente está lleno Ricaurte y San Faustino a
veces es bueno desafiar estas historias, para darnos cuenta que nuestras vidas no son tan
inmaculadas y el sentido común, tan cierto.
Pensativo Miguel, contradiciéndose a veces, entre su venezolanidad y el colombiano que
llevamos por dentro, en voz alta y clara nos dijo “Al igual que Miguelón, todos nos
vinimos a parar a Ricaurte, e igual que Santander, ahora decimos que nacimos en El Norte de
Santander o en Lobatera. Cosa que nos hace sentir colombianos a unos y venezolanos a otros,
pero por más que queramos borrar la realidad, amamos a Ricaurte, a San Faustino, a su río y
sus pozos. Reflexivo e inteligente, Miguel acotó “Yo entiendo mejor que nadie a Santander,
yo no me fui para Bogotá, yo me vine pa´este lado, a veces pienso que mejor me hubiese
quedado por allá, esos días de mi niñez, fueron los más felices de mi vida”. Y agregó, “la
lucha de Santander, para hacerse valer, ante tanto venezolano engreído y xenofóbico, debió
ser dura. Cuando los umbrales de agua dulce o salada chocan, no hay espacio ni tiempo para
el pez para decidir, nos comen o nos comemos al más pequeño”
En esta historia he aprendido, que no siempre dos por dos son cuatro, que la temporalidad de
la vida está a veces un poquito más allá o más acá de ese cuatro que creemos como
ortodoxia; que el sentido común ayuda, pero no es la verdad.
Ya de regreso, para afinar mis dudas, mi primo Atilio, terminó de ubicarme y, entre una
cerveza y otra me dijo “que importa de dónde somos, lo que importa, es, que hacer ahora y,
claros de donde estamos y porque hemos llegado aquí”. Empecé a entender cuán importante
es hacer sindéresis de los datos, lo importante de haber ubicado al “contador de Antioquia”,
de buscar su genealogía, su ideología jesuítica, para poder crear un ámbito cercano a lo que
fue la vida, del General de Generales.
Si detallamos las cosas, nada es casual. En develar la historia de Santander, se encargó la
misma dinámica social: la venida de Dionicio para los lados de la quebrada San Pedra; la
muerte de éste y la de Miguelón. Pero, en definitiva, fue el nacimiento de muchos Miguel
Mora Gelviz, que ya viejos, no sabían si eran de aquí o de allá; con ellos desandamos como
animas en búsqueda de la verdad. Acá en la frontera, olemos a Miguelón, a Amadeo, a
Santander, siempre estamos dispuestos a largarnos. Huir parece ser nuestra génesis, es algo
social, que está más allá de cualquier cromosoma deletéreo; nos enseñaron a huir,
aprendimos a huir, Santander de fue para Bogotá, yo me vine pa´ca.
Tratando de que la noche no me atrape, he rondado en las alboradas para ganarle al sol su
llegada y evitar que la almohada me pellizque en cada madrugada. Varios años de mi vida,
transité esta marcha dormilona, en búsqueda de Francisco de Paula y encontrándolo por
encima de nosotros, me perdí en su realidad. Como él, ya no camina entre nosotros, coloco,
para todos los que leen este cuento; lugares, fechas, apellidos, acciones políticas y decisiones
ideológicas, que hoy tiñe nuestros haceres, en donde algunos, con alevosía, hemos hecho el
esfuerzo para llenarlas de máscaras.
En este cuento tenemos dos caminos, lo que piensa el común, por lo que, nos iríamos por lo
que dice totori mundachi o, revisarnos, buscando en nuestra génesis ideológica, una razón
crítica y, en sindéresis creativa, desenmascararnos hasta donde podamos y allí es posible que
nos acerquemos a la verdad.
Cuando entro en sindéresis, entiendo porque aún se nos agrede, toda la gente de frontera
somos gente buena, que, curando las heridas de cristo, luchando cada segundo, salen a
trabajar hasta que les duele y cada mañana, siguen luchando hasta que les deja de doler
Aun siendo gente buena, en un dolor aguantado, en la frontera los valores del trabajo se han
disgregado, los valores de uso y cambio, se han mezclado, dando visualización clara, de un
mundo, que aún con esperanza, cada segundo, se hace pobre, hombres y mujeres que mueren
cada noche, más que de hambre, o falta de medicina, agonizan en la mengua espiritual de un
cristo que nos falló y unos libertadores que nos mintieron.
Con sueños robados, alejándonos de la lógica común, tratemos, que sea la hermosa historia,
el mirar diverso, “el Contador de Antioquia”, “la noche de los jesuitas” quienes nos
acompañen, revelando, colocando en contexto una posible verdad, ello, permitirá
entendernos, haciendo de los umbrales de pasiones y aguas distintas, un hermoso motivo,
mostrando, de porque distinto a los animales, y con lo distinto, el sapiens nos da aun arrojos
para preocuparnos por el prójimo. Distintos todos, todos podemos ir al cielo.
SÓLO LOS JESUITAS VAN AL CIELO.
Para tropezarnos con Francisco de Paula, tenemos que ir a buscarlo desde los inicios de 1700;
cuando los reyes españoles dieron unos traspiés, cuando se equivocaron al confundir la
táctica con la estrategia, al tratar de tocar el desorden del poder colonial, al tratar de
enderezar la ambición de los peninsulares, criollos y mestizos blanqueados, educados, en un
estatus establecido en América por más de 300 años. Su error, inmiscuirse con la luz que fue
hecha, en la pureza impoluta de una virgen parida, su desliz, meterse, con los resortes, con
los flejes de estos logros, los jesuitas. Allí se pelaron Felipe IV, Fernando VI y se precipitó
Carlos III, que, rodeado de fervientes anti jesuitas, no cayeron en cuenta, que Dios se había
apoderado de América y que los jesuitas, eran ahora, los administradores e ideólogos del
cielo.
En 1730, nacen afanes libertarios ante las nuevas leyes borbónicas, se empezó a mostrar una
serie de alzamientos, los jesuitas remueven las viejas arenas del rio, promueven las revueltas,
por lo que el descontento se va intensificando. Los cuernos de la traición, los zapos de las
alcantarillas, señalan a estos misioneros ante él Rey Carlos III, como los instigadores y
culpables de las agitadas aguas, él rey agarra casquillo y los expulsa en 1767.
La torta se terminó de poner en 1775, cuando algunos enchufados del cielo presionaron al
papa Clemente XI, para que suprimiera la orden, por medio de la Bula Dominus
Acreedemptor, el avispero libertario se oxigenó, los reyes tocaron las teclas que no debían
tocar, reventando los flejes que retenían la liberación de América.
Los jerarcas jesuitas, agarraron por la buenas o por las malas, los peroles y se fueron, no sin
antes, haber sembrado la semilla de la necesaria independencia del poder español, eso sí, una
independencia condicionada, respetando siempre el derecho del blanco, sus tierras, las elites
establecidas y el poder de la iglesia. La secularización determinada en 300 años, en donde
hacía al rey, a los cristianos seres invencibles e invisibles y a los jesuitas ordenadores de ese
orbe, se convertiría para los borbones, en un boomerang, con resultados determinados.
Estas decisiones dieron un contexto particular para la derrota final del poder español en
América, nada de ello sería perdonado por los que hasta ahora habían sustentado el poder. El
poder sustituido, dejaba en su reemplazo, una masa agitada, circunspecta, ya cocinada, pero
sin forma, que concluiría en los libertadores. Las décadas finales de 1700 mostraban en
América los primeros pasos para dar traste a los delitos del silencio, la monarquía; los
mantuanos empezaban a mostrarse serios.
Las bases populares, en más de 100 años, habían avanzado en los ideales libertarios; pero
escondieron sus cojones de poder, dejando a las futuras generaciones, comprometidas.
Entrado 1800, los hasta ahora subfrutices sociales cultivado por los jesuitas, más la toma de
España por Napoleón, dieron una alta plataforma, mostrando a los criollos y mantuanos,
como poseedores de los derechos de los gritos de libertad. Los jesuitas habían inculcado, a
quienes los sustituyeron, suficiente fuerza espiritual y política a través de sus colegios y
currículo studiorum, en ese contexto nacerían nuestros libertadores, nacería Francisco de
Paula Santander y Omaña; ubicado allí, podremos conocerle y entender su realidad
CATEQUESIS JESUITA.
En septiembre de 1766 el Fiscal del Consejo de Castilla, Conde de Campomanes, sentaba;
“Los jesuitas, son un cuerpo religioso que no cesa de inspirar aversión general al Gobierno y
a las saludables máximas que contribuyen a reformar los abusos, por lo cual convendría
iluminar al pueblo para que no fuera juguete de la credulidad tan nociva, y desarmar a ese
cuerpo peligrosos que intentan en todas partes sojuzgar al trono, y que todo lo cree lícito para
alcanzar sus fines …”.
Campomanes, no estaba lejos de esa realidad, ya que uno de los precursores de la
independencia de Venezuela, Francisco de Miranda, en su desembarco en la ciudad de Coro
en 1806, cuando Francisco de Paula tenía apenas 13 años, en sus proclamas y gritos, hacía
leer en pulpitos y plazas la “Carta a los americanos”, del Abate y jesuita Juan Pablo
Viscardo, en donde se justifica e invita a los americanos, a la independencia.
El prócer Juan Germán Roscio, afirmó que la defensa que hacían los jesuitas del derecho de
los pueblos oprimidos a la rebelión contra los tiranos fue causa de su expulsión en 1767 por
el Rey Carlos III de España, temiendo que reforzara las inquietudes americanas que
apuntaban ya, aquí y allá; y dice. “He aquí, la verdadera causa porque fueron arrojados de los
reinos y provincias de España: todo lo demás fue un pretexto de que se valieron los tiranos
para simular el despotismo y contener la censura y venganza que merecía el decreto bárbaro
de su expulsión”.
Los primeros pareceres, las primeras sumas y restas de nuestros proceses, se inundaron de
esos mirares, los resultados son evidentes; una libertad planificada y condicionada; está en
cada uno de nosotros, sopesar lo bueno y lo malo de ello.
Los años de los jesuitas en América, no se habían ido en vano, después de tanta tiradera sin
calzón y violación entre cafetales, a pesar de esa angustia básica, la población americana se
hizo mayoritariamente mestiza, entre mulatos, zambos y esclavos negros; todos ellos,
menguaban su dolor, su parálisis política, con un cristo en el pecho y un altar de juguete en el
mejor rincón de la casa.
Una ideología de catequesis, mezcló dominador y dominado. La presión monárquica, su
nueva legislación y estructura de poder, donde, los criollos e indígenas habían sido unos
convidados de piedra, para los cambios que se producían, creaba una cacerola u olla de
presión que al explotar quemaría a todos, dejando profundas marcas que no sanarían con el
tiempo.
Entre apellidos, jesuitas, arrojo, mirares diversos y, la frontera como umbral de pasiones
diversas, ahí, en ese contexto de rezos, que aún no sabemos entender o comprender, nacieron
nuestros libertadores, nació Francisco de Paula Santander y Omaña; el triunfador, de las
Batallas: de Angostura en 1813, unas de las primeras en el largo vacío que aún recorre
América. Lo vemos, como jefe de mil jinetes, atacando en la Batalla de Boyacá, la cual, fue,
el inicio de la independencia del norte de Suramérica.
El haber nacido en San Faustino, tan lejos de la esperanza, no lo alejó de la ideología
naciente, al contrario, San José de Tolentino, con sus flejes, vitrales, rituales, camándulas y
letanías, en él fueron más fuertes, ello, lo atrapó y lo hizo un ilustre defensor de las leyes, jefe
supremo de ejércitos, le dio bríos, bríos para hacerse de su tierra. A Francisco le sobraron
cojones e hizo sonar las trompetas que hicieron de San Faustino, tierras colombianas, pero
los tiempos no le dieron el tiempo y hoy la margen derecha del Río Táchira como marca
indeleble de juegos robados y perdidos, lo marcan como un venezolano de excepción.
SANTANDER Y, LA BATALLA LIBERTADORA EN LA ALDEA ANGOSTURA.
Angostura, pequeña aldea, enclavada en un estrecho recodo, más abajo del pueblo de El
Cobre, Estado Táchira, Venezuela, conforma parte de una referencia histórica olvidada,
invalidada e invisibilizada. Allí se dio la primera Batalla Libertadora, en la llamada Campaña
Admirable, preludio de la segunda república y preludio del título de libertador de nuestro
Simón Bolívar, la cual se iniciaría con la derrota de Correa y, la luego capitulación de
Monteverde, meses más tarde.
José Buenaventura Varela nos cuenta, “Siempre pensé desde pequeño, que ahí en el estrecho
de Angostura, lugar donde nací y viví mis experiencias de vida había peleado Bolívar contra
los realistas, pero hoy sé que no fue así, ese día el Libertador estaba en Cúcuta, era parte de la
retaguardia. Fue Bolívar de una u otra manera quien armó tanta sampablera, pero él no
estuvo en esa batalla, aunque su decreto de guerra a muerte, causaría en las tropas enemigas
una deserción que facilitaría las subsecuentes batallas. Fueron los patriotas colombianos, que,
como parte de la vanguardia, Con Castillo, Santander y Ricaurte, los que se jugaron el pellejo
en esos días de abril de 1813 en el callejón de Angostura. Pero como todo 13 de abril,
siempre tendrá su doce y su once, esta historia de la Batalla de Angostura, tiene también sus
días anteriores. A pesar de las mil mentiras, de la noches oscuras sin espejos, el día y sus
lumbres junto con la verdad llega, si las cosas se ponen en contexto”.
Para los que refritamos la historia, esta pelea en la Aldea de Angostura, El Cobre, Estado
Táchira, no fue importante en el batallar libertario, ya que en ella no estuvo Bolívar y fue
ganada en buena lid, por Francisco de Paula Santander, un seguidor de las utopías
bolivarianas. Esa batalla se invisibiliza en el cabalgar libertario, por el perfil omnipotente que
le han dado a Bolívar, un Bolívar que nos lo pintan, en grafos, que minusvalora la gallardía
de los otros héroes, si alguno se atreve a cuestionarles, le acusamos de traidor, de defensor y
partidario de los vagabundos de la guerra. Ese costo y esa mirada histórica, lo ha llevado
consigo Santander; buscaremos los rojos y azules expresados sobre él, para tratar de
encontrar el viso debido. Es bueno retomar los pasos del ayer, para quitarnos las lagañas que
enceguecen la luna de la tardanza cultivada.
La Campaña Libertadora de 1813, nace entre una confusa situación federalista de la Nueva
Granada con sus Juntas Locales, oportunistas y, sus pequeñas patriecitas, como que si cada
pedacito tuviese soles, vientos y arenas diferentes. Todo ello, hacía muy difícil la posición de
los Libertadores, sólo les quedaba tener todos los días, al despertar, de acuerdo a la
intensidad del sol de cada amanecer, una nueva táctica, una nueva estrategia, en donde cada
una de ellas, se llenará, de un esfuerzo de paciencia.
Cuando los patriotas venezolanos llegan vencedores a Ocaña, dependían oficialmente del
Gobierno de Cartagena que presidía Manuel Rodríguez Torrices; otros administraban sus
sinfonías. Para bien de algunos, en Santa Fe estaba el Gobierno de Nariño, al frente de
Cundinamarca, una Provincia rica pero disidente, contra la cual acababa de fracasar un
intento de las otras Provincias para someterla a su Confederación; Nariño conocía bien a
Venezuela, ella le había dado cobijo y, desagradecido no era. Y en Tunja, al mando de
Camilo Torres, el Gobierno de las Provincias Unidas que representaba el poder federal de
toda la Nación.
Bolívar sin dejar de reconocer a Cartagena se somete al Gobierno de la Unión que le ordena
reunir sus tropas con las del coronel colombiano Manuel Castillo, acampado en Pamplona,
como jefe del ejército patriota en la frontera con Venezuela. Pensó, para lograr la paz y la
libertad, a veces hay que quitarle algunas comas y adjetivos a la razón.
La situación de Bolívar en esos momentos iníciales del movimiento de liberación, era muy
comprometida y un tanto delicada. Era un movimiento que pensaba llevar hasta Caracas, en
su luego llamada Campaña Admirable. Hasta ahora, su posición con respecto al gobierno de
los Estados Unidos de Cundinamarca, había sido muy discreta y ajustaba su actividad y
conducta a las órdenes emanadas de ese gobierno; pero, ya, en camino hacia la frontera
venezolana, montado sobre la misma frontera, no había forma de ser discreto con Manuel
Castillo, las motivaciones traídas ayudarían a superar cualquier umbral, por muy difícil que
se les pusiera; a veces los odios, son más difíciles que el amor, aunque sean las mismas
hormonas que las controlan.
Ante aquella difícil y delicada situación, descubierta su estrategia y teniendo que responder y
depender de cuatro gobiernos distintos, Cartagena, Pamplona, Cundinamarca y el de la
Unión, Bolívar trata de manejarse con habilidad suma y se adhiere fuertemente al Gobierno
de las Provincias Unidas, donde, por un golpe de suerte y comprensión, encuentra el apoyo
de su presidente, el gran patriota Camilo Torres; un hombre que estaba claro, que el mundo
no tenía cinco puntos cardenales.
Dios aprieta, pero no ahoga, más él, que estaba librado de la sinérgica vacuidad del cosmos y
sus milagros. Para contraste de sus amargos problemas y pesares con el patriota Castillo, el
día 26 de marzo de 1813, llega a las manos de Bolívar, el nombramiento que le hace el
Gobierno de la Unión, de Brigadier y ciudadano de la Nueva Granada. Eso legalizaba lo in
parejo ante Castillo, pero no las nivelaba; era un tipo de suerte dura, faltaba el permiso para
cruzar el Río Táchira y entrar a Venezuela, permiso que acompañaba al coronel Castillo y no
a él.
No fue sino el 7 de abril cuando el coronel Castillo, jefe del ejército patriota en la frontera, en
acuerdo de su Estado Mayor marcha en persecución de Ramón Correa hacia La Grita. Se
lanza con una sombría carga de pesares, el polvo y viento límpido de Los Andes atranca su
palpitar, gozaba de una libertad que otros le daban. En cruce por la alta montaña se fue
rezongando del carrusel de los políticos y sus testículos escondidos, de los titubeos del
Gobierno de Nueva Granada, con el llamado Bolívar.
Castillo, asume con lentitud y valentía las angostas y empinadas montañas venezolanas, su
tropa es ordenada y guiada en cinco batallones, va en búsqueda de cumplir su labor
patriótica; él sabía, que se daba inicio a una larga travesía, en donde el sería apenas un alfil.
Uno de los batallones va al mando de Francisco de Paula Santander, otro al mando de
Joaquín Ricaurte, un tercero a mando del Capitán Ramírez y los otros dos del propio Castillo.
Desde Cúcuta, a 400 metros sobre el nivel del mar, Bolívar, Ribas, Urdaneta y los patriotas
cartaginenses, guardan la retaguardia, se quedan esperando, están atentos a los movimientos
arriesgados que hacían los compatriotas neogranadinos en búsqueda de los 2650 metros en
los altos de Hierbabuena vía El Cobre.
Ese día siete de abril, el ejército de patriotas colombianos acampaba en las Vueltas de
Salomón, desolado recodo al borde del río Torbes, más allá de Cordero. Siguen avanzando
sobre el escarpado y montañoso filón andino, orientados por los bordes del río. A paso lento,
les toma la noche, la neblina muestra una ruta sin fondo, por lo que reposan en Mesa de
Aura, en el actual sitio de La Raya, en donde permanecen hasta el día 9, allí el ejército
colombiano recluta a sus primeros gochos en la familia Rivas.
El 10 de abril, tomando las nacientes del Río Torbes, descansan en El Palmar, toman al otro
día las cimas de El Zumbador, Castillo, Ricaurte y Santander, iban en búsqueda de la
escarpada cima de los andes, pasan ese doblez natural y en dura arrogancia toman los
caminos de Hierbabuena, descienden por La Cuchilla de la montaña, en mirar discreto
buscan el enemigo. Al doblar la tempestuosa joroba andina, la ventisca arrecia y arma su
propia sinfonía, por ser un crucero de lomas, veredas y vientos. Ven por allí, a un grupo de
jóvenes que indagaban, fisgoneaban sobre tanta gente y caballos sobre la montaña. Cuando
estos muchachos se dan cuenta de que son potenciales reclutas, se dicen “paticas pa´que te
tengo” y entreverándose entre los caminos de El Páramo de las Coloradas, corren hacia los
Pantanos y Portachuelo, pero los vigías adelantados ya estaban encima de ellos. Cuando se
vieron, fue siendo parte de la tropa de los patriotas. Estos eran los campesinos: Juan
Nepomuceno Rincón, que llegó a ser Capitán hasta la Batalla de Boyacá; Bernardo y José
Luis Orozco, hermanos, compañeros de Rincón en numerosos combates, como los de
Pantano de Vargas y Pichincha; El indio Isidro Hevia, Gabriel Escalante, Blas José Moreno.
También iban los hermanos Luis y Alfonso Rivas, quienes pelearon en Ayacucho al lado de
Manuel León en el Batallón Caracas y de donde nada más se supo en concreto de ellos. Unos
y otros hijos de las bases populares, fueron reclutados y olvidados.
Fuera como fueran las cosas, ese día los jóvenes cobreros, de La Raya o Mesa de Laura, de
esta aldea y de la otra, se van por las buenas o por las malas a inventar la vida, por los
caminos que anuncian el luto de la muerte. Como baqueanos del jefe patriota granadino en su
avance por entre la neblina paramera, aunque desconocían la posición del enemigo realista,
manejaban al dedillo cada entresijo de la montaña.
Tramontando los 2650 metros del Páramo El Zumbador, comienza a desplegarse un largo,
estrecho y descendente valle, al cual acompaña un límpido y rumoroso río, en ese entonces,
el cual aún, en sentido sur a norte, recorre la cuenca del valle. Más abajo, al norte de donde
hoy se asienta El Cobre, a 1800 metros sobre el nivel del mar, la cuenca se encoge y se
estrecha, más y más, entre dos cerros, hasta hacer de ella, una corta angostura. Los cerros del
lado izquierdo o sector oeste, vía Las Vegas de San Isidro se mostraban menos elevados, que
los del lado este, llamado para ese entonces El Alto de La Cruz, hoy Altos de Pernía o Cerro
Duque, este lado, luce enhiesto y escarpado. Entre ellos dos se conforma una verdadera
garganta por cuyo centro corre el Río Valle y, a su costado se desenvolvía uno de los
antiguos caminos.
Castillo al ver este panorama desde La Hierbabuena, se dijo, “jamás pasaré mis muchachos
por esa angostura o estrecho”, pasar, era enterrar la muerte. Pensó, que, en esa garganta sin
fondo, sólo bastaban unos veinte soldados para mantener por días atascado a todo un ejército,
vano esfuerzo para Correa huir de él.
Castillo proveniente de la despeñadura enloquecida de los jesuitas, le habían hecho soberbio,
pero no pendejo.
El Río Valle transita de sur a norte la cuenca de El Cobre, cuyo recorrido, en ese entonces,
estaba acompañado de la tristumbre de la niebla en donde se escondían 10 u 11 pequeñas
fincas, pocas haciendas, ya que no fuera la del cura del pueblo. Cada una de ellas con sus
casas y trojas de barro y paja, construidas sobre cuatro piedras en basa, guardándose sobre las
empinadas laderas.
El actual sector de El Molino, a los 2000 metros sobre el nivel del mar, era una amplia
planicie sola, hecha para el llanto, como muestra de que allí no se podía ni debía vivir. Un
poco más abajo estaba el “Plano de La Colorada”, con divisiones o manzanas de 80 metros
cada una. Una división guardaba el árbol de pimiento, con sus hojas y flores, lánguidas y
mesuradas, flores que hoy hieren el tiempo. Otra manzana, era el cementerio, en otra, se
ubicaba una iglesia con un cura que venía de La Grita cuando se le daba la gana o, en visita
de su hacienda.
Siguiendo la pendiente, en forma de serpiente, el camino buscaba huir del río, como
previendo que se lo tragara. Una casa allí, otra más abajo, todas pegadas al camino, se
armaba una población dispersa, con comportamiento autárquico, que luego le llamarían El
Cobre. Para 1813, en un trayecto de más de dos kilómetros, se mostraba una población con
no más de 10 casas y unos tres apellidos: Sánchez, Pérez o Roa, que empecinados guardaban
la soledad, entre paredes pisadas de barro, techo de tamo de caña, huertas realengas y
atiborrados campos de naranja y trigo. A estos feligreses dispersos, a cada uno de estos
cristianos tan distantes de la iglesia, entre tanta lejanía, se les hacía indispensable jugar con la
brujería para buscar a Dios.
La planicie a partir de allí empezaba a estrecharse, hasta que el río busca pasar por una
pequeña angostura entre las altas laderas a modo de muralla, ideal para una gran represa
natural o artificial de agua. Esta garganta o valle se conoce hoy con el nombre de Angostura,
precisamente por la estrechez de la hondonada. Por ella, pasaba uno de los caminos reales,
por allí, hoy trepa la carretera trasandina.
Sobre esta angostura de montaña, se encontraban o se encuentran hacia donde nace el sol, las
pequeñas planicies de Altos de Pernía, que, por solas, permitirían caer de sorpresa y
aguijonear al enemigo o viajeros desprevenidos, que vinieran o fueran por ese camino real,
hasta hacer de él, un recinto de tristeza. Pero este trecho angosto no era el sitio para retener
un ejército, más, un ejército que sabía, que en cada trecho del andar se construía un posible
lugar, en donde se podía arriesgar la vida, sin importar la fulgida arrogancia de su cuna.
Después de cinco días de lento, peligroso y alevoso andar, el día 11 de abril el ejército
colombiano, comandado por el patriota Castillo, llegó a La Higuera, planicie que se ubicaba
frente al enemigo, atrincherado en el estrecho de Angostura, a dos o tres kilómetros en línea
recta.
El realista Correa, desde lo Alto de Pernía tomado como mirador, observaba los movimientos
de los patriotas colombianos, llega a creer que a Castillo jamás se le ocurriría pasar por allí.
Su falta de contexto, por haber sido puesto por el dedo índice de su suegro, inundaba su
reducida capacidad analítica.
En horas de la madrugada del día 12, el jefe patriota utiliza su tiempo para un reconocimiento
del lugar, donde va a actuar, ordena que una partida vaya a examinar el campo y asegurarse
de la posición del enemigo. La atrevida acción provoca “un ligero tiroteo”, y ello le aclara a
Castillo, lo planteado por el enemigo en esa estrechez de Valle. Busca el otro camino real,
que pasa por la cima de Santa Elena, escudriña con cuidado las cimas de Mangaría y desde la
aldea de San Pedro, con vista única logra captar en preciosa e insuperable imagen los Altos
de Pernía y se da cuenta, de la estrategia pendeja del español. Desde los 2400 metros sobre el
mar, ve con absoluta claridad, observa que allí no se encuentra el grueso del ejército
enemigo, que se había batido en Cúcuta, los allí presentes no sobrepasan los doscientos
hombres; por única vez agradece el grito de guerra a muerte de Bolívar, grito que sembraba
en el aire la tragedia y el terror, originando una notable deserción del ejercito realista. Tras
esta baja de hombres, se sumaba, que el enemigo ocupa las laderas bajas del angosto valle y
deja descubiertas las altas laderas o cimas. Correa se había posicionado en la garganta del
Valle, y ello era posición incómoda para cualquier ejército, era una posición de huida, más
que de ataque. Era tan insólita dicha posición, que, Castillo no lo cree en principio. Correa,
quería ser derrotado.
Le dice al Mayor Santander, que con él observa “Correa piensa que le van llegar refuerzos.
Es la táctica del salteador de caminos, si se siente perdido, huye. Los farallones le darán el
tiempo para la espera, de lo que no le llegará. Cree, que, ubicando su gente en las laderas
medias, sobre la cima de este trecho o angostura, nos podrá paralizar”
Correa se olvidó de los viejos caminos indígenas y del saber local, que con suerte o por
fuerza Castillo había logrado atrapar. Él, se había hecho de hombres que sabían de la
escritura de la tierra, nacidos en El Zumbador. Llevaba consigo los saberes locales, hombres
que con el dedo índice al viento desenterraban el misterio de la niebla y de las brisas de la
arraiga montaña. A Correa los grandes árboles de ese entonces no le permitieron ver las altas
laderas, no miró en contexto y él solo se emboscó. Pero, su táctica resultó, tuvo el tiempo de
la huida, con pocas bajas y poca perdida de armas.
Correa sólo tuvo un mirar, sólo miró al norte y, se equivocó. El jefe español pensó como
ladrón de caminos y no como un General, se creyó ducho en estrategia y había visto que la
geografía podía favorecerle en su defensa, si los patriotas lo perseguían o atacaban; éste, solo
miraba al cielo cuando era necesario y, aun así, se atrevía a pedir milagros.
Se equivocó en dos cosas, una en la solidaridad de los suyos y otra, pensar jesuíticamente, y
en su superioridad española, al creer que Castillo y los suyos eran producto de lo salvaje;
ello, sólo traería pena, tristeza y amargura. La mentecata creencia de ser superior, por ser
mantuano o jefe militar, le había metido en un callejón que casi le cuesta la vida, había
metido a los suyos, en un recinto, en dóndes no se oiría, el llanto de los que huían.
Castillo le pregunta a sus vaquéanos, sobre el páramo, sus angustias, y plegarias, discute y
rediscute con Santander, Ramírez y Ricaurte la información obtenida. Convencidos de que
las laderas altas están descubiertas por el enemigo realista y que no existe posible ayuda que
le llegue, le da a cada uno de sus comandantes varios de los hombres reclutados del lugar,
que habían decidido por las buenas o por las malas arrimar el hombro al lado de la causa
patriota.
El Mayor Joaquín Ricaurte recibe orden de ascender desde los 1900 metros hasta los 2400
metros por el lado izquierdo, vía Santa Elena, para copar el cerro. Su ascender no era el
problema a pesar de estar lloviendo, ya que los viejos caminos le permitieron ubicarse en el
lado oeste, por detrás del enemigo, lo excepcional del ataque fue bajar por esas altas laderas,
llenas de matorrales y maraña del maguey espinoso, pues además de ello, una torrencial
lluvia acompañó cada paso, y es sobre el barro y en cada rama llena de espinas, donde deben
apoyarse los intrépidos soldados y, darle a tientas forma al vacío, para no caer por sus
farallones, en esa noche del día 12 de abril de 1813, hasta lograr posición sin dejarse ver.
Ricaurte se ubica así en operación riesgosa, listo para atacar la vanguardia enemiga.
Noventa hombres de la tercera compañía del Batallón número 4, comandados por El Capitán
Ramírez, van de avanzada central, buscan la libertad a punta de tiro, siguen el borde del río
Valle, para distraer el enemigo, se ponen a boca de jarro, miran al cielo sólo cuando era
necesario, están a tiro de fusil y sienten la muerte cercana “entre los centinelas avanzados”.
Ello duró toda la noche, pero esto sólo buscaba distraer la atención de los realistas ubicados
sobre los bordes de Angostura.
En la madrugada del día 13, le llega información a Castillo del éxito de la maniobra hecha
por Ricaurte, lo único que le manda a decir éste, es: “coronel que se apure, porque sus
hombres, no quieren llegar llenos de lluvia fría, a su mirada final.”.
Sabido esto, Castillo ordena a Francisco de Paula Santander, con la primera y tercera
compañía del batallón N 5, vaya a tomar la altura de los 2600, por el actual Cerro Duque.
Santander, sus soldados y sus vaquéanos buscaron rápidamente las nacientes de la quebrada
La Camacha y guardados por ese arcabuco que da la topografía, suben en búsqueda del actual
caserío de Guayana y el camino hacia el actual Plan de Angostura, lado derecho donde se
encuentran los realistas. Los hombres de Francisco de Paula, se enmarañan entre la lluvia de
abril y la zarza mora, pero ello no les impide lograr el objetivo previsto en rápida y astuta
maniobra. El joven Santander, un sute de apenas 22 años, apoyado en lo heredado del
“contador de Antioquia” y aprendido en el currículo studiorum, toma paso en el alto ascenso,
salva montaña dentro de la niebla de esa madrugada fría sin ser advertido por el enemigo. La
atrevida estrategia de este joven patriota, acompañado de los saberes locales, desafiando los
fantasmas del Cerro Duque y sombras huérfanas de San Faustino, avanza entre la aspereza y
resbalar del cerro, poniéndolo en condiciones de una sorpresa ventajosa para iniciar los
triunfos de la II República, que va afirmándose en cada paso sigiloso de los patriotas
colombianos, crecidos por el honor del esfuerzo.
El coronel colombiano Manuel del Castillo, jefe en la acción de Angostura, nos dejó en su
prosa el momento culminante de la sorpresa. ‘Así sorprendido, el enemigo rompió su fuego
de cañón y fusil, al que se le contestó con viveza y uniformidad por derecha, izquierda y por
el centro, entró por la angostura, dilatándose y ocupándola toda, forzando dos cortaduras
parapetadas, y las trincheras que las dominaban a la falda del Alto de la Cruz. Mientras
Santander batía al enemigo en su mismo campo, Ricaurte bajaba por la espalda, y él enemigo
aterrado abandonaba en desorden una posición que no puede ser ocupada en poco más de tres
cuartos de hora por otras tropas que las valientes de la República”.
Santander se hace dueño de las trincheras del Alto de la Cruz, hoy Alto de Pernía, vía
Páramo de Los Pantanos. Las altas laderas habían sido tomadas por los patriotas y Correa
había quedado atrapado.
El comandante Correa había metido a sus soldados en un hueco, con una sola salida, ahora
estos se dispersaban asediados por la psicosis de la táctica tendida por un enemigo
inteligente. Tomado por sorpresa, el español Correa se repliega y tomando el actual camino
de San Agustín, sube por Loma de Trigo, en donde los patriotas les acosan y les hacen buscar
vía la Quebrada de San José y otras vías como Queniquea por el sector del Páramo del
Pantano a más de 3000 metros, hasta pasar por el Infiernito. Santander le pelea en Guayana,
Loma de Trigo, Quebrada San José, Las Piedras, en todos esos lugares llovió el plomo y
machete parejo. El grueso de realistas escapa vía La Grita, y el Sargento Mayor, Francisco de
Paula Santander, ordena al teniente Almeida perseguir a los derrotados y buscar y acabar con
cualquier suspiro que palpite; ya Santander empezaba a confiar y entender “la guerra a
muerte”, como estrategia, para la vida de La República. El ejército español huye, busca
desesperadamente llegar al viejo y ya destartalado villorrio de La Grita, lugar o camino que
les podía guardar la vida.
La Grita, como ciudad, o lugar de paso más importante de la región había sido fortificada por
los realistas con varios cañones, dos trincheras en la subida del Calvario y otra en la cuesta de
Las Porqueras; ello limita a Almeida atraparles en plena carrera. A pesar de todos esos
preparativos de defensa, el Brigadier Correa, desmoralizado por sus fuerzas en fuga, resolvió
abandonar La Grita, el grito a Guerra a muerte y lo provocado y visto en Cúcuta, le hizo
apresurar el paso.
Ante la expectativa de la población española, que temerosa los contemplaba, creyendo que
era Bolívar quien llegaba con su trato y grito de “muerte a españoles y canarios, aunque sean
indiferente”, preparaban apresurados sus macundales para que el ejército de Correa les
protegiese. Los pocos soldados del ejército realista quedados se dedicaron a guardar la
retirada y a romper las monturas de los cañones y botar en una acequia gran cantidad de
pólvora que tenían. Almeida les presionaba, hasta que muy de madrugada de ese Miércoles
Santo 14 de abril ya todo el ejército de Castillo entraba en tropel a La Grita. Correa hacía rato
se había marchado a Bailadores, acompañado por familias españolas, que temían al General
llamado Bolívar, el cual sin preguntas les podía mandar a volar la cabeza. Cuando Castillo, se
topa con Bolívar y le increpa sobre su barbaridad, Bolívar, le responde “después de
Monteverde, ya no somos los que éramos, ya somos lo que somos”-
En el arrebato de su huida, todos aquellos, que, aunque indios, se creían blancos, no sabían,
que quien comandaba esa vanguardia de ataque era el Neogranadino Manuel Castillo,
opositor a los principios de la “guerra a muerte” pero ahora victorioso de los primeros pasos
de la gesta venezolana. Los principios de “guerra a muerte” era pregonados sólo por los
cartaginenses, dirigidos por los patriotas venezolanos, venidos “por ahora”, en la retaguardia.
Correa se repliega hacia Bailadores, como única forma de reponerse y de resguardarse, sin
que le alcanzase el tiempo para desmantelar las tres fortificaciones que le protegían en dicha
ciudad; Correa y los blancos españoles huyen, hasta de los ladridos de los perros. Armas,
ropa de uso y prisioneros toma Castillo al fugado Correa en esta acción, la cual da a la
República la ventaja y estimula el pensamiento de Bolívar y Ribas. Días después se
replantean las estrategias y las tácticas, ya no sólo los acompaña la pasión, sino un ejército
triunfador. Bajo este panorama, un hecho que se hizo posible por el arrojo de Ricaurte y
Santander, buscan reconquistar a su patria y ponerla, como siempre, al servicio de su ideal
continental.
Castillo se crece con el triunfo, parte que da al Poder Ejecutivo Neogranadino, este, en forma
enfática le consagra su victoria. Pero el destino le tenía reservada la gran sorpresa y estando
en La Grita recibe del mismo Gobierno Neogranadino, la “orden expresa y terminante de
estar sin réplica a las órdenes del Primer Comandante, ciudadano Simón Bolívar”.
Le era muy duro a Castillo y los suyos, acatar la orden de un hombre que había roto un
juramento de clase y por eso opta por renunciar. Entrega el mando de La Grita al joven
Ricaurte y Santander y se va a Tunja a defender su posición.
Bolívar se mueve desde Cúcuta hacia el Táchira a imponerse personalmente de la comisión
dada a Castillo de atacar a Correa. En el camino a La Grita, recibe la noticia grata del triunfo
en Angostura, lo cual le satisface y le alienta. Llega a San Cristóbal, el 16 de abril de 1813.
En la noche de ese mismo día se hace acompañar de Urdaneta, Girardot, Uzcátegui y unos
cuantos hombres y marcha a La Grita, pues el insigne héroe era infatigable y le era
importante ahora más que nunca estudiar y sopesar los hechos en su propio terreno. Pasa
entre aguas y zumbidos en horas de la madrugada por El Palmar, descansa unas horas, en hoy
una vieja casona ubicada a la vera del camino, cruza El Zumbador y sigue al Cobre, La
Higuera, Quebrada San José, a eso de las 10 de la mañana del día 17, está en la Grita. Esa
noche duerme intranquilo, ya que la inseguridad de tanto colombiano arrecho con él, no le
permite pegar el ojo. Llegada la noche del 18, ordena a Girardot tomar el mando del batallón
que comanda Ricaurte, ello le da tranquilidad, pero inesperadamente toma la decisión de
regresar a Cúcuta, acompañado solo de Urdaneta. A escondidas, decide no dormir allí, toma
sus cachivaches y busca el regreso antes de que los patriotas colombianos lo maten. Llega al
Zumbador, desciende hacia El Palmar, se recuesta un rato en la casa de la familia Rivas,
presumiendo alguna emboscada, no duerme más de treinta minutos, guiado por los lugareños
busca caminos más cortos y seguros hacia Cúcuta; toma los caminos de Vira Vira, Tabor, El
Molino, Lobatera. En esta última aldea, descansa bajo un viejo chipio, entre el calor de un
gran trapiche que parecía ocupar todo el pueblo, al otro día toma hacia el sector de La Parada
por el camino de los españoles, recorre el Callejón del Mono, llega a la actual Victoria o
Gallinero y sube por la cuesta de “rompe culos”, vía los Trapiches, el Oso, La Cumbres,
Potreritos. Divisa a la izquierda el pueblo de Samaria o San Faustino, a la derecha el valle de
Cúcuta, ya cerquita de sus cartaginenses, se siente tranquilo. A los años, luego de conocer a
dedillo la vida de Santander, se dio cuenta, que Castillo y su gente había tomado adrede el
camino más largo para perseguir a Correa.
El entonces Mayor Santander, conocía estas tierras como la palma de su mano, había nacido
por aquí, fueron muchas las veces, que en búsqueda de las peregrinaciones de La Virgen de
Consolación de Táriba, apenas siendo un muchachito, siguiéndole la pata de su padre, había
desandado esos caminos en cumplimiento a las cofradías “Virgen Santa Bárbara de Rubio” y
“Virgen de Consolación de Táriba”, cofradías a las que el testamento de su padre a la hora de
su muerte, ofrecía sus diezmos.
El día 19 Bolívar llega a Cúcuta. Sabía que los Neogranadinos ubicados en La Grita, no le
iban a parar bolas, hasta que no tuviera en sus manos la ansiada autorización de venir a
Venezuela. Razones y encomienda que había sido llevado a Tunja, por el talentoso y bien
hablado General Ribas, para convencer a Camilo Torres y al Congreso, de los motivos y el
interés de los libertadores venezolanos. La histórica decisión es tomada el 27 de abril y en la
misma quedan acordados los señalamientos para invadir las provincias de Mérida y Trujillo.
Es sólo el 7 de mayo, veinticinco días después de la derrota de Correa en Angostura, cuando
recibe Bolívar el aviso de la resolución que lo autoriza a venir a robustecer el ideal
emancipador indoamericano en su país. Ello crea molestia a Castillo y la inconformidad del
cuarto batallón al mando de Francisco de Paula Santander.
Había razones válidas en todos, cada uno de ellos veían portales diferentes para la libertad,
era una lucha entre los milagros y la verdad deseada; maneras, mirares e intereses diferentes
de la patria a construir.
Bolívar extrema los preparativos para invadir. Reorganiza sus efectivos, ya que, por la
indecisión y el enfriamiento por la espera de un tiempo incierto y confuso del comando
neogranadino y la actitud de Castillo en no seguir el mando de Bolívar, se habían producido
deserciones y resquebrajamientos en la moral de las tropas. Son apenas 800 individuos entre
oficiales y tropa de tal contingente; debe reservar la guarnición de Cúcuta y su propia defensa
al avanzar a Venezuela.
Mirares y comportares irreflexivos sostenidos en lo adjetivo y no en lo sustantivo, hacían
crecer las diferencias, dando espacio y tiempo al enemigo, pero Nariño armado de una
ardiente paciencia, desojó las margaritas y dio salida a los sueños posibles.
La marcha debía iniciarse a todo riesgo y contra todo contratiempo. Contaba con la lealtad de
oficiales colombianos y venezolanos, como Ribas, Urdaneta, Girardot y otros héroes que
tienen en Bolívar a un gran jefe, un gran conductor y un gran estadista.
Simón Bolívar se enfrenta a una serie de dudas de sus propios compañeros de lucha. Desde
hace dos años Bogotá había declarado su independencia, y aun para 1813, todavía Antonio
Nariño, argumentaba ante el congreso la importancia de una total independencia de España.
El ratio estudiorum, complicaba los comprenderes.
Bajo el dominio de una Cartagena libre, desde San José de Cúcuta el 14 de mayo de 1813,
Bolívar iniciaba dentro territorio venezolano la marcha de la Campaña Admirable con el
objeto de liberar a Venezuela del poder español, luego de la pérdida de la Primera República,
va en busca del honor y de la gloria que han de sostener y mantener la segunda República.
Ya con ello, podía romper uno de los umbrales más caóticos de América y marchar hacia una
cita atroz, entrar a La Grita y esperar, que viniera lo que viniera; sin embargo, con un
enemigo ideológico tan arraigado, no podía cruzar con confianza la intemperie; ya muriendo
se dio cuenta, que era difícil darle forma al áspero acantilado social y que los jesuitas y
dominicos habían tenido más tiempo que él,
GRITO DE GUERRA A MUERTE.
La declaración de la guerra a muerte no compaginaba con lo previsto, en el protocolo que
buscaba la independencia. La mayoría de sus Generales se movían, entre la posibilidad del
milagro o guardar respeto al rey Fernando VII, asunto, que bien expresaba el presbítero
dominico, José Antonio Torres y Peña, cura doctrinero de los pueblos de Tabioy Nemocón,
Colombia, sobre el juramento de fidelidad que todos habían prestado en septiembre de 1808,
el cual debía ser respetado “porque así lo exige la religión que profesamos”. “Entre católicos,
un juramento debe ser guardado con cuidado, pues no puede ser el cebo para engañar los
hombres. Sin prescindir del honor de la religión, no era posible dejar de guardar la
obediencia a un Soberano inocente”.
Allí estuvo el asunto, asunto que Bolívar no pudo doblegar y que, en su diaria cita con la
muerte, cada paso de sus días le causó, desaforo y desespero. La lucha social es una larga
travesía, en donde intervienen muchas variables multifactoriales y no un transitar lleno de
milagros, ya que estos últimos son exactamente los que nos aplastan y, en ello los jesuitas,
hombres deterministas, son y fueron expertos.
Bolívar se fue sobre sus pasos, conociendo que los milagros no eran su mal, ni tenía
problemas con los estímulos de su conciencia. En cuanto a un azimut histórico que se quería
imponer, asumió su guerra a muerte, con 800 cartaginenses a su mando; pero el tiempo no le
dio tiempo, más, los otros y aquellos, que no siendo capones no le dejaban espacio.
El grito de guerra a muerte iba contra un estatus establecido, contra españoles y mantuanos,
lo que mantenía a algunos patriotas descontentos, descontentos en estos primeros pasos y
pasos posteriores: entender las decisiones libertarias con un piso ideológico irresoluto, les era
difícil, pero que en Nariño logró un gran aliado.
Sin creer en querubines, sabiendo siempre, que el enemigo eran personas serias; en un
esconderse aquí y allá, toma el camino de La Grita, por los recodos de Lobatera, por ser más
corto y permitirse así no dar explicaciones a la gente de San Cristóbal, por el acto de
juzgamiento realizado, días antes, por su joven Secretario General, a dos pobres viejos
españoles residentes en la Villa, que, dándose de chismosos, creyeron que los patriotas
venezolanos y sus 800 cartaginenses, hablaban huevonadas e imaginaron, que estos estaban
apegados a Dios y a los mantuanos, tal como lo marcaba el génesis de nuestra independencia
planteada.
Con estas penas y glorias, se mueve entre una multitud que en sombría solicitud pide el
exterminio de todo lo que suspira y palpita, pero cuando olían el humo de la guerra, no
comprendían sus propias muertes, producidas sobre opacas ilusiones de libertad. Bajo estas
premisas, llega el 17 de mayo a La Grita con el grueso de sus tropas. Los hombres de
Cartagena, organizados en dos columnas o divisiones: la de vanguardia, bajo el mando del
Teniente Coronel Atanasio Girardot, con el apoyo del Mayor Luciano D’Elhuyar como
segundo comandante; mientras que la retaguardia estaba a cargo del Coronel José Félix Ribas
como comandante, José Tejada Jefe de Artillería y del Mayor Rafael Urdaneta como Mayor
General. En sustitución del coronel Manuel del Castillo y Rada había sido nombrado segundo
comandante del Ejército el Brigadier Joaquín Ricaurte, quien no acompañó al comienzo a
Bolívar en la campaña; incorporándose un poco después. Pedro Briseño Méndez era el
secretario general y como Edecanes, fueron nombrados Juan José Pulido, Fermín Ribón y
José Jugo.
Para no tener confrontaciones graves con el Sargento Mayor, Francisco de Paula Santander,
lo dejó, junto con Ricaurte, al mando de La Grita, y el 19 continuó hacia Mérida, donde
arribó el 23 de mayo; encontrándose allí la vanguardia y las tropas que le habían precedido.
Comprendería después, que el no haber ganado la batalla de Angostura ese enclenque
muchacho, sus proclamas de libertador hubiesen sido difusas.
Por el camino se fue pensando en ese pelado inteligente, pasarían los años y lo haría su
General de mayor intimidad, le confió la Gran Colombia, hasta que los remedos de la
política, una guerra fratricida y una historia que pesaba, bordada por Santerías, Arlequines y
Querubines, ilusiones sombrías de paz y libertad, que marcaba el azimut de América, los
puso en disputa y le separaron.
Diferencias que se profundizaron después de la independencia de España, perdiéndose la
dialogicidad ante mirares antagónicos, en una América, que ya mostraba un perfil social
difícil de cambiar; perfil que Francisco de Paula leyó bien y lo hizo suyo. Lo que concluyó,
en una posición intemperante, violenta y desaforada de Bolívar por imponer una posición
contraria al compromiso y dependencia con otras naciones y el papa, tal como marcaba el
génesis de la independencia, juramento que Santander haría cumplir, como hombre apegado
a las leyes y a un Dios, ayer pagano, hoy triunfante.
Mientras, en muchas familias andinas quedaba el amargo de una tropa que un día había
pasado y se había llevado sus muchachos a un batallar sin destino. Después de tantos años de
niebla y hambre, son pocos los cobreros y tachirenses, que saben, ¿qué pasó en el paso de
Angostura de El Cobre?
Algunos de los que allí nacimos seguimos viendo entre sueños y fríos vientos aquellos
pequeños muchachos con sus pelos crespos y desordenados, con cara de niños y sus veinte o
treinta años a cuestas. Otros, vemos sólo, a aquel que todos sus soldados le llamaban Bolívar,
sólo vemos a ese enclenque hombre, con su valeroso brazo e inteligencia, blandiendo su
espada y su cerebro, como si él solo, se hubiese abierto paso, entre la niebla, hacia la libertad.
La batalla de Angostura muestra los diversos brazos que se sumaron en pro de una causa.
La racionalidad nos da valores a cada uno y nos pinta el mundo que queramos ver, en la
temporalidad que nos tocó o toca vivir, por lo que hay un solo camino para mediar la
diversidad, la dialogicidad. Si hay dudas de que vivimos en un contexto, veamos nuestras
manos y encontraremos que hay diferencia entre nuestros dedos, si hacemos un esfuerzo
mayor y levantamos nuestra testa, veremos que nos debemos a la diversidad, ello nos indica
que nuestra verdad es y debe ser cuestionada, la dialogicidad es nuestra única salida y la
democracia social y la civilidad, su único mecanismo posible.
Cualquier sea nuestro cuestionamiento sobre el prócer Francisco de Paula, debemos tener en
cuenta, la forma y arquitectura de nuestra historia, de la que tanto los venezolanos nos
ufanamos. Queramos o no, tuvo su cincel, con sus perfecciones y sus arrugas; y de seguro,
que no hemos sabido deshacerlas, por más plancha que tiremos.
Miremos con respeto las miradas del pasado, porque de repente y tal, el presente tiene más
encoges; recordemos sus palabras “mi Patria es cualquier región de América en que no tenga
el más pequeño influjo del imperio español”, principios básicos de la guerra a muerte,
planteada por bolívar en 1812. Veamos allí entonces, si su sangre está en cada uno de
nosotros, sin importar si es de aquí o de allá, si es de ellos o de nosotros.
Si es de nosotros, sólo nos queda decir, Francisco de Paula Santander Omaña, es un insigne
suramericano y, si enderezamos la frontera respetando el margen derecho del Río Táchira,
podríamos decir que es un venezolano de excepción.
LA FRONTERA Y SUS CÓDIGOS NO ESCRITOS.
Para encontrarnos con Francisco de Paula, jurungamos los estribos de Los Andes, buscando
la población de las Cumbres por los lados de San Pedro del Río en el estado Táchira-
Venezuela, tomamos carretera empinada en búsqueda de Ricaurte, en camino a San Faustino-
Colombia, para conocer la forma y arquitectura, su lugar y su espacio, un umbral en donde
naciera en 1893, el prócer en debate. Umbral, en donde se encontraban, se unían y aún se
unen diversas aguas, con diversos tamaños de peces.
Luego de sortear los 1250 metros sobre el nivel del mar, en vía San Pedro del Rio-Ureña,
encontramos el caserío de El Vallado, nos desviamos a la derecha, nos empinamos un
poquito en algunos recodos de la montaña y escudriñamos los 1.500 metros, topándonos con
unas cuatro casas del sector llamado La Laja y en ella una alcabala de la Guardia Nacional
venezolana. Si desandamos un poco, se cruza una pequeña quebrada y tomaremos una
vereda, que nos llevará a reconocer hondos estallidos del tiempo perdido. Andariando unos
cientos de metros sobre una fosca carretera de tierra, se llega a una explanada, en medio de
ella, un pilar de cemento, allí, no sabemos si estamos aquí o allá, se hace un lugar imaginario,
un lugar, en donde sólo optamos por hacernos la cruz; estamos en la frontera. Nos
encaminamos un poco, ladeamos un cementerio, en donde suspira la soledad, un cementerio
que pareciera anunciar grandes cementerios que se ocultan sobre la luna. Bordeado este, sin
complicaciones encontraremos la aldea de Ricaurte. Descendemos en búsqueda del Río
Táchira, ese río, lugar de dilema, antes de preguntarnos si es o no es, chocamos con San
Faustino, tierras hoy del generalísimo Francisco de Paula Santander y Omaña.
Cuando se llega a la sombría pilastra, pilastra más sola que el cementerio, se sienten
bullicios, algarabías de xenofobias y ambiciones milenarias, que se repiten, que pensarlas
eriza el cuerpo, pero que hoy las revivimos con nuestras especulaciones, transitares y
chismes, acompañándolas con nuestras falencias de lectura, solidaridad y verdad.
La pilastra es el inicio de una raya ficticia, indica un empezar o terminar imaginario, un lugar
contrahecho, por lo que tuvieron que colocarle una señal, una columna de cemento para saber
que este sitio fingido existía. Luego lueguito, el gobierno venezolano, para explicarnos, que
ya no somos lo que somos, puso La Guardia Nacional un poco antes. Hoy esos resguardos,
menguan los rezos y doblan la vida de aquellos peregrinos que no saben o no sabían para
donde van o iban o a donde se escabullían.
Algún indígena, un luego campesino, con picardía, en el tiempo le llamaron “mojón”. Este
mojón o tolete de cemento, lleva escrito año 1923. Para el de Cúcuta o el de San Cristóbal,
para los días de hoy, no sabemos cuál es el antes y el después. Después o antes de este pilar o
pilastra, ya que era difícil y aún es difícil para los que vivimos en frontera, saber cuál es el
anverso o el inverso; para 1832, cuando el joven Francisco, era presidente de Colombia, la
cosa era más desigual; su poder las igualó.
En este frente o revés se encontraba y se encuentra Ricaurte, El Descanso y San Faustino,
hoy tierras de Francisco de Paula Santander y Omaña; ayer, cuando éste naciera, eran tierras
venezolanas, por cualquier costado que se les mirara o posición de la montaña se tomara.
Para 1923, no sólo se construyó una pilastra, sino que en nuestras percepciones y memoria se
dividió el paisaje, equivocadamente se logró por primera vez construir físicamente un antes y
un después de la pilastra; un acá Bolívar y un allá Santander. Fuera como fuera, ese paisaje
tiene forma de frontera, con hijos venidos de aquí y de allá, con conveniencias, razones,
códigos y signos que consolidan un umbral fronterizo, en donde poco se sabe, del antes y un
después, tomando, para algunos, representaciones de pilastra, para otros de alcabala y para el
pueblo de mojón.
En un pestañear o en el amanecer de una mañana cualquiera de un entonces, para los
venezolanos, nuestro Ricaurte, nuestro San Faustino, ese nuestro lugar de juegos y sueños se
hizo colombiano; se dividió la cosa, se le hizo un revés a la historia. Ese pueblo llamado
Ricaurte se sintió luego en el tiempo, en el transcurrir del tiempo, tan solo, tan solo que
murió de soledad. Como no era de ellos, como no era de Colombia, lo dejaron morir.
Ricaurte, en esos días, entre el 2002 y el 2013, cuando me empeñaba a joderle la vida a
nuestros libertadores, era un pueblo fantasmal. Ayer, en ese allí, muchos venezolanos y
colombianos hicieron crecer sus sueños detrás de sus inexactitudes. Todas estas aldeas, que
hoy forman parte de mis pesadillas y alucinaciones, están sobre una raya imaginaria, marcada
por un mojón, estribo, mogote o pilar, que le llaman frontera.
Desde San Cristóbal o de Cúcuta está apenas a una hora en carro, 12 a 18 horas a pie, pero
aquí en la frontera todo parece lejos, por lo que, para los días de hoy, pocos lo conocemos o
no nos atrevemos a ir; la lejanía parece ser sinónimo de frontera. El único que valoró esta
frontera fue Santander y, la hizo suya.
Para los de Caracas, el Táchira siempre ha quedado lejos y se lo imaginan plano, una sábana
ancha y horizonte sin fin, como parte de la gran llanura venezolana. Si algo ocurría en el país,
aquí lo sabíamos tarde y aún lo sabemos tarde, si aquí empezaba o empieza algo, rápido se
nos escapaba y se nos escapa de las manos y otros lo tomaban y toman para sí; Francisco se
percató de ello y se llevó a San Faustino para Bogotá, e hizo esa tierra, suya, para que
conocieran su verdadera forma.
Los gochos en este Táchira y los de Cúcuta fronterizo estamos hasta lejos de Dios, tan lejos,
que, para recordarle, llenamos algún rincón de nuestra casa con algún altar, con sus
diferentes imágenes blancas, formas estereotipadas y repetidas que se nos ocurran en nuestro
imaginario mixofobico; aún hoy, aunque nos encontremos hundidos en la ciudad,
construimos una ciudad con muchos lunares infranqueables. Si no tenemos imágenes
inventamos una y le colocamos nombre, hasta hacer de cualquier remedo de la naturaleza,
una imagen borrosa que nos lleve a una realidad deseada y lejana, que nos acerque o imite a
nuestra abuelita española, siempre cristiana y eurocéntrica.
En un adentro bien arraigado; llevamos estas imágenes impregnadas, infiltradas dentro de
nosotros, como si fuera naturaleza del hombre, las cargamos con duros resultados, en una
suerte de fúlgida arrogancia, como verdadera conquista del invasor y de la cual no sabremos
si nos liberaremos. Por ahora, blanquearnos es una parvedad necesaria de diferenciarnos y ser
reconocidos.
El verdadero conquistador se quedó con nosotros, intimamos con ello como parte de nuestra
natura. Aceptando sin remedos, que Dios sólo vive en Caracas o en Bogotá, como el papa en
Roma. Por ello somos tan fervorosos al rezar, de esa manera amortiguamos nuestra soledad y
maltrato histórico; haciendo de Dios o de la imagen creada, un vínculo que nos hace
permanecer unidos a una ciudad lejana, más allá de las montañas, una ciudad que,
representada por sus logros, nos margina a través de códigos no escritos, lo que me hace
recordar a mi abuelo “nos conquistaron y nos dominaron, hoy nosotros llevamos sus
muecas”.
En esa frontera sin Dios, pero llena de ruegos y procesiones, nació Francisco de Paula
Santander. No era hijo del valle de Bogotá, ni de Caracas, estaba lejos de Dios y de la
Virgen, ante estas circunstancias entendió que remontar la cuesta política le sería duro; se
mezcló con ellos y se hizo cachaco, pero siempre su corazón, su alma, sus ecos de la
infancia, los mejores años de su vida, rondaron en San Faustino, en sus travesuras por los
montes de Gallardín, en sus peregrinajes a la Virgen de Consolación de Táriba y el Santo
Cristo de la Grita.
Bolívar descubre en Santander su talento, pero los colombianos y venezolanos por nuestras
fobias lo perdimos, y para encontrarle, para concebir su civilidad, hay que conocerle, y para
ello hay que ponerse los calzones el día y el año en que éste nació, entonces entenderemos
por qué se empecinó en un antes y un después; para ello, hay que asentar al mundo histórico
que la lógica común y los arrebatos de algunos, nos lo pintan al revés.
Escudriñando los cantares de 400 años de historia, desde que los españoles pusieron sus patas
en suelo americano; oliendo aquí y allá, afrontaremos las grises fragancias del ayer y el
caminar del sentido común; veremos y explicaremos el sobrevivir de Santander con la vida,
tratando de escapar del ladrido de la calle.
CUENTOS DE CAMINOS.
En el 2002, aparecieron dos primos en mi casa del Barrio Libertador, llegaban con un cuento,
que se registraba en las hojas marchitas de mis recuerdos. Ambos, nietos de mi tío abuelo
Blas Mora Medina. Uno de ellos lleva el nombre de éste y el otro, era Miguel Mora Gelviz,
oriundo del Pueblo de Ricaurte, pueblo fronterizo del Táchira. Eran para mí, días difíciles,
por no saber romper en forma inteligente viejos lazos afectivos, cuestiones de un cacho aquí
y otro cacho allá; se sumaba el no concluir de mi libro, denominado Abuelos de las Nieblas y
la muerte de mi madre. Ante ese panorama de ventoleras y dolor, cualquier cosa que llegara a
mi vida, se mostraba difusa. Así, en esos ámbitos, se dio la conversa que mantuve con
Miguel, pero algo marcó ese coloquio; su conocimiento y las especulaciones teóricas sobre la
vida de Francisco de Paula Santander y Omaña, la contundencia con que enfatizaba el primo
sobre su venezolanidad, aun habiendo nacido en Ricaurte-Colombia, más el señalamiento
terminante, sobre la culpa del General de Generales, sobre este hecho. Con rabia y pesar,
trayendo como base la impoluta virginidad de María, me dijo “nos jodieron, nos quitaron a
San Faustino y Ricaurte, sólo porque allí nació el General Santander”.
Como en esos meses nada curaba mis perturbaciones, incertidumbres y tragedias, el cuento
de Santander pasó sin pena ni gloria.
Sostengo que los hechos casuales son o forman parte de un protocolo, de algo que hemos
venido sumando poco a poco en nuestras vidas, hasta construir un sustrato particular, en
donde muchas cosas y muchos han intervenido; por ello, eso de que “yo solito hice el
esfuerzo de lo que yo, hoy soy”, es un pensar descartiano, que se transforma en una bofetada
para la vida y a la larga martiriza los cuerpos. En cuanto a lo casual, indicaría que lo casual
no es tan casual; por ello, desde que creo tener madurez, si es que la madurez tiene
correlación con la responsabilidad; a muchos les agradezco y, a lo casual, lo pongo en
contexto, las analizo y muchas veces ello me ha ayudado a corregir entuertos o prevengo
ciertos hechos; aunque en esta edad, pareciera que mi esposa endereza todo.
Siendo, así las cosas, sucedió que a pocos meses me encuentro con mi buen compadre
Perruolo, padrino de mi bien amada hija Daniela y, le manifesté entre uno y otro chisme,
sobre las querencias de comprar un terreno cerca de San Pedro del Río, vía Ricaurte. Sin
preámbulos, me dijo “Allá nació Francisco de Paula Santander”. Recordé entonces, el ya
olvidado encuentro con Miguel Mora. Pero, como mis perturbaciones no estaban curadas,
sino que por el contrario se agudizaban, a esas evocaciones históricas sobre el prócer, no le
hice caso.
Meses después, en noviembre del 2002, se dio el necesario encuentro con Gabriel Casanova
Tapias y su familia, ya que datos importantes, sobre el libro Abuelos de la Niebla lo
requerían. Gabriel, me habló de su infancia; había nacido a 500 metros del pueblo de
Ricaurte. Aún con estos datos y vacíos traviesos, no lograba enlazarme con una serie de
hechos casuales, que, en forma misteriosa, me precipitaban a Francisco de Paula Santander;
definitivamente creo que mi raciocinio y lucidez aún estaban en crisis. No fue sino después
de la muerte de Gabriel, ocurrida en noviembre del 2003; en un arrebato de su hijo Gabriel y
su nieto Gerardo, por conocer el lugar de nacimiento de mi primo, lo que me acercó al
General Santander. Dirigí mis pisadas vía Ricaurte, en busca del alumbraje necesario,
llegamos a La Laja, allí está un puesto de la Guardia Nacional Bolivariana. Uno de los
gendarmes, armado de su mísero poder que les da su uniforme, nos mira displicente,
inmutable y desafiante, como buscando en nosotros un posible contrabandista, bachaquero o
cosa parecida. Esto, nos indicaba que estábamos sobre el ultimo relicto legal de Venezuela;
pareciera que, para la autoridad, cualquiera de nosotros es un posible ladrón o un potencial
tumbe, su mirar nos adjetiviza, hasta que no se demuestre lo contrario. Pasado el ojo
oscultador de nuestro vigilante de frontera, tomamos en descenso la carretera, hasta cruzar la
quebrada de Pozo Azul y llegar a la vieja casa de los Rosales Arellano abuelos maternos de
Gabriel. Miramos con nostalgia la vieja casa de los rosales idos, la cual guarda viejos y
recuerdos de la niñez de los Casanova Tapias.
Echamos una mirada al norte y al no ver tapujos que nos impidiera el paso, nos atrevimos y
en pequeño ascenso tomamos camino a Ricaurte, pasamos el mojón o pilastra, que señalaba
los límites difusos de la frontera. Este pedazo de cemento, está en la mitad de carretera, de
forma desafiante y diáfana, y allí asoma marcado sobre su terco friso un número, 1923. Cien
metros después está el cementerio, allí se esconden con los difuntos los viejos cuernos entre
cafetales, los lúgubres lloros del huido, todos venezolanos. Ciento cincuenta metros más, tras
una soledad deshabitada, unos árboles de pomarrosas indican que ya se asoman las primeras
casas. Llegadas a ellas, un silencio escondido con frisos de marchitez indica que están
abandonadas. Nada marcaba, el conflicto natural de los umbrales, ni el lado adverso de lo
buscábamos en nuestras hipótesis planteadas, pasábamos sin problemas. El carro cruza los
destartalados baches sin contrariedades, pasamos una pequeña escuela, que por pequeña y
sola no debía de atender más de 10 niños; se observan a su alrededor tanques de doscientos
litros de gasolina, esperando tomar rumbo, para que cada 25 litros produzcan 1 kilo de
cocaína, lo que nos recuerda, qué esta es la puerta más importante de todas las puertas de
frontera de América. Destartalada y todo, lo descompuesto de esta frontera es la máscara para
encubrir el delito, de unos y otros, de aquellos y los demás
Si escudriñamos la vida de Francisco y los tiempos aciagos que le tocó vivir, encontraremos
explicaciones de las cosas que aquí y allá ocurren
Tomamos un pequeño ascenso y cuando pretendíamos usurpar la calle principal de Ricaurte,
que en leve descenso y línea recta nos llevaría a la iglesia, aparecen entre sorpresa y miedo
más de 100 hombres uniformados, vestidos o camuflados de verde oliva, más algunas
insignias, que les identifica como ejército de Colombia; la cagada de Gabriel, Gerardo y mi
persona fue grande, no fuera que nos hicieran un falso positivo, de la llamada Política de
Seguridad Democrática emprendida por el gobierno del Presidente de Colombia, Álvaro
Uribe Vélez. Con sustos aquí, reclamos allá y dialogo claro, de que no llevamos armas, ni
gasolina, ni droga, ni harina, ni azúcar, que les pudiera servir, nos llegamos hasta la iglesia,
después del debido permiso de los comandantes, de esos hombres de verde. Entre susto,
emociones y soledad, cruzamos entre casas de yermas paredes, cuando ya creíamos que estas
casas estaban muertas, nos encontramos con un lugareño, que, minusvalorando la presencia
de los uniformados, expresó “estos, no están defendiendo ninguna frontera, protegen es a los
paracos de los elenos, mañana vendrá el ejército venezolano y protegerá a los elenos de los
paracos, ambos se aseguran de que esta siga siendo el hueco negro por donde succionan toda
la riqueza de Venezuela”.
Luego nos habló del pueblo de Ricaurte. Según él, era un hombre nacido y criado en este
caserío, un caserío de casas solas. En todo momento de la conversación, hizo énfasis de su
venezolanidad, al igual que el primo Miguel. Ello me llevó a la debida pregunta “¿dónde
nació usted?”. - “Nací aquí, pero soy venezolano, mis hijos los educo en Venezuela, los
registré en Venezuela, algunos ya se fueron, pero yo seguiré aquí, yo seré el ultimo
venezolano que todavía defienda estas tierras”. Ahondé un poco más en la conversa y me
repitió lo que yo había venido escuchando por casualidades: “aquí nació Santander y por ello
le quitaron este pedazo a Venezuela. En marzo de 1941, López Contreras, le regaló este
pedazo de Venezuela, a Colombia, ese presidente López era colombiano”. Me puse a pensar
que ese ejército de hombres que aparecieron de la nada, eran Cartaginenses, del ejército de
Francisco de Paula, que me advertían, que por allí no fuera a joder.
Ya salíamos del pueblo y vimos una bodeguita abierta, la escudriñamos y observamos cortes
de telas llenas de polvo, preguntamos a su dueña, a la amiga Ofelia, si todavía venían de
Venezuela a comprar esas cosas, la doña nos dijo “desde hace meses que murió Méndez, no”.
En el venir luego, de aquí pa´ya, me di cuenta que, para ella, Ricaurte estuvo vivo, mientras
Méndez vivió, a pesar de que el pueblo de Ricaurte, desde hace rato había muerto.
Ya nos marchábamos cuando un hombre flaco y alto se asomó en la casa continua y como si
fuera un fantasma, estiró su mano en son de saludo: mucho gusto Juan Guglielmes Suarez,
era el hijo de Juan Guglielmes Oliver, de seguro, que lo dejó por estos lares, para que
aclarara, de por qué habían regalado Ricaurte a Colombia. Lo que allí se habló y se dijo, se
sabrá en el transcurso de los garabatos y símbolos que podamos tejer en este cuento, mientras
vamos tras los pasos del “Contador de Antioquia” y de “la noche de los jesuitas”. Lo que si
me dije fue: este ejército de hombres, de estos viejos cartaginenses, esos que nos miran
escondidos, desde esas casas muertas, sólo piden que les que revivan. Desde una alta puerta
que ya se perdía a lo lejos, el joven comandante con su brazo en alto nos saluda y, como mi
paranoia nunca me abandona, vi en ese saludo y en ese soldado de la patria colombiana, al
General Santander, por lo que me dije: coño mi General, en donde viniste a nacer, en que peo
me metes.
Con todos estos empujares, desistí de la empresa de joderle la vida al General Santander, al
final de cuentas, debía respetarle y no ser un igualado, ya que él, en pareja lid con otros,
como dijo el poeta Pablo Mora, nacieron para jinetear en el caballo azul del amor, el blanco
de la libertad y el rojo del combate; mis pasos pues, en este garabatear tendría que ser
meticulosos, detallistas y exactos; en búsqueda de la escurridiza y escondida verdad, que
algunos encubren de la frontera.
A pocos meses de este encuentro, me asomé de nuevo por esos lados sin fin y en una de esas
oportunidades que da la vida, un primo vendía un terrenito barato, a menos de quinientos
metros de los límites con Colombia. Cuando le daba quinientos bolos para cerrar el negocio,
apareció Juan Guglielmes Suarez y, carajo apareció el temita de Santander. Me despedí y sin
mirar pa´tras, no fuera que Juan Guglielmes me estuviera haciendo señas pa´que me
regresara, así na´más me largué.
En una madrugada llena de elucubraciones, me puse a sumar todas estas casualidades y la
vaina parecía dar como resultado, que, en forma desesperada, Francisco de Paula me
empujaba a buscar los caminos de la verdad, a tumbar los telones, telones que hombres con
una y otra mascara y que él mismo, trató de construir en esta frontera siempre maltratada. Me
repetí, carajo demasiadas casualidades, este hombre quiere enmendar su error, no quiere que
su alma este en pena. Como mi costumbre es chismear de los muertos, abrí el internet, me fui
a Googlees, escribí un nombre muy hierático, protocolo de nombres y conectores que en el
transcurso de mi buscar descubriría que sólo encubría la verdad. Sentado frente a mi
monitor, escribí “Francisco de Paula de Santander y Omaña”. Inmediatamente aparecieron
varias opciones, apreté la tecla de biografía y, sin cumplir mucho con los protocolos de los
requisitos de las citas bibliográficas, esto fue lo que apareció “Prócer de la Independencia,
estadista y militar, varias veces presidente de la República, nacido en la Villa del Rosario de
Cúcuta, el 2 de abril de 1792, muerto en Bogotá, el 6 de mayo de 1840. Francisco José de
Paula Santander y Omaña era hijo de Juan Agustín Santander Colmenares y de su tercera
esposa, Manuela Antonia de Omaña y Rodríguez. Don Juan Agustín había sido gobernador
de la Provincia de San Faustino de los Ríos y cultivador de cacao en sus posesiones rurales,
producto éste que por entonces constituía el segundo renglón de exportación de la Nueva
Granada, después del oro. La infancia de Francisco de Paula transcurrió cómoda en medio de
las grandes propiedades de su padre, sembradas de café, cacao y caña, al cuidado de
numerosos dependientes y esclavos. Perteneció pues a una clase social y económica de
grandes prerrogativas y bastante influyente en los asuntos de su región. Auténtico criollo o
español americano, en él confluyeron una rica mezcla de razas. Por las venas del General
Santander corría aún con fuerza la herencia de dos razas, que empezara en la unión del
conquistador español Diego de Colmenares con la hija del cacique de Suba, Ana Sáenz. Esta
herencia indígena marcó su presencia no sólo en la complexión, color y rasgos físicos, sino
también en su temperamento, en su apatía social, en su mutismo, y en la soledad que siempre
lo caracterizó. Descendiente por línea directa paterna del capitán español Francisco
Santander, a quien Flórez de Ocariz identifica como Martínez de Ribamontan Santander, su
cuarto abuelo, llegado al Nuevo Reino de Granada alrededor de 1619 como gobernador de la
Provincia de Santa Marta.
Observando varios parágrafos particulares, me dije: aquí está mi hipótesis, mis porfías y
dudas que tendré que sopesar en este nuevo trabajo que he de comenzar. Entonces, tomando
la ayuda de colores de Word, les resalté en amarillo: La infancia de Francisco de Paula
transcurrió cómoda en medio de las grandes propiedades de su padre, sembradas de café,
cacao y caña, al cuidado de numerosos dependientes y esclavos, y otra; Por las venas del
General Santander corría aún con fuerza la herencia de dos razas, que empezara en la unión
del conquistador español Diego de Colmenares con la hija del cacique de Suba, Ana Sáenz.
Y algo que repiqueteó en mi mente “su apatía social” “Perteneció pues a una clase social y
económica de grandes prerrogativas y bastante influyente en los asuntos de su región”. Esto
último hizo que la acetilcolina de mis neuronas mediase rápidamente ante este estimulo,
haciendo sinapsis en mis sentidos, ya que de pronto y de repente parecía nacer en mi mente la
explicación del contrabando, la genealogía de los gobiernos de Colombia y a tanto
venezolano difuso; en caso, si así hubiesen sido las cosas. Ante estas afirmaciones iníciales,
me monté en mis preguntas ¿Cuáles fueron o son esas tierras, en donde él pasó su niñez y de
¿dónde había salido, la tal Ana Sáenz? Para ahondar en ello, no sólo era cosa de grabar los
cuentos de Miguel Mora y jurungar aquí y allá, habría que oír otras voces y otros cantos.
Como en esos días, reescribía por vigésima vez, mi libro “Abuelos de las Nieblas”, empecé
poco a poco, a escarmentar aquí y allá la memoria colectiva, de aquellos, que, siendo
colombianos, defendían una venezolanidad, sin premuras y cortapisas. Delineé en letras
algunas cosas sobre, Santander, San Faustino, Ricaurte, de la cual una vez mi mamá me dijo
“una frontera donde estuve y de donde me largué un día, para luego nunca volver”.
LAS FRONTERAS DE CUCUTA Y SAN CRISTOBAL.
En Venezuela y Colombia, al hablar de frontera, es inevitable mencionar a Francisco de
Paula de Santander y Omaña y con él, el año 1792, año en que naciera nuestro prócer.
Al revisar y entrar a la página: wwwsologenealogia.com, se encuentra el siguiente dato:
Francisco de Paula Santander, nacido el 2 de abril de 1792 en San Faustino de los Ríos,
Norte de Santander y bautizado el 13 de abril en El Rosario de Cúcuta- De entrada, se
cumple parte de la hipótesis que dice, “La infancia de Francisco de Paula transcurrió cómoda
en medio de las grandes propiedades de su padre, sembradas de café, cacao y caña, al
cuidado de numerosos dependientes y esclavos”. Premisa básica que hiciera, que Francisco
mandara en 1832 a su canciller Lino Pombo, para que arreglara los límites de las tierras
donde rondaban sus fantasmas juveniles.
Como lo narra Julio Londoño Paredes, San Faustino es, ahora, región del Catatumbo, hoy
tierra desperdigada, postrada, ignorada en donde la vida no vale nada por tanto pesar. Sin
embargo, aún guarda en su iglesia consagrada a “San José de Tolentino”, una imagen o
reliquia de San Faustino, un soldado romano de Brescia Italia, martirizado en el año 122 por
predicar el cristianismo; todavía San Faustino espera su milagro, más ahora cuando se
produce cientos de muertes inexplicables, convirtiendo a esta frontera en un triángulo de la
muerte.
San Faustino y Ricaurte son un descuido, descuido que pareciera querer ocultar, que allí
nació Francisco de Paula Santander y Omaña. No gustándole a los historiadores el bautizo en
la iglesia mencionada, colocan el bautizo de Francisco en la Villa del Rosario, de manera,
que no nos equivocáramos, al momento de la controversia en el laudo arbitral suizo.
“Franco. Jph. de Paula. Abril trese de mil septs. noventa y dos. Yo el infrafirmado tte. de
Cura baptisé y puse óleo y chisma a un párbulo nombrado Franco. Josef de Paula, hijo
lexítimo de Dn. Juan Agustín Santander y doña Manuela Omaña y fueron Padrinos Dn.
Bartolomé Concha y Da. Salomé Concha, lo que certifico y firmo. Manl. Franco de Lara”
(Libro 1 de Bautismos de la Villa del Rosario de Cúcuta, folio 140).
Los cuenta cuentos, nos describen el mundo de frontera de ese entonces, de ese ayer, como
un cosmos que revive, entre fantasmas que nos acusan por el silencio de hace poco y el callar
del hoy; callar que alcanza todos los escenarios.
Todo esto que les voy a contar, son cosas que han sido revividas de las viejas hojas
guardadas de la memoria perdida de Dionicio o de mi madre Agustina o, de unos y de otros,
de Miguel o de aquel, los cuales en las lánguidas tardes, en las muchas noches de luna llena
descubrían como era la tierra y su gente, memoria nacida de un imaginario colectivo de
frontera que llamaron La Laja y más allacito Ricaurte y San Faustino; antiguas tierras de la
región de Lobatera, Venezuela y, hoy prestadas a Colombia, porque allí nació Francisco de
Paula Santander y Omaña. Miguel sin estorbos en la lengua, me dijo “éste, por quererla y
amarla la hizo suya”.
La existencia de mis abuelos siempre fue referida, a ser hombres y mujeres de frontera, de las
altas nieblas de la región andina, de Capacho, allí donde los Andes se achican, se merman
para dejar el paso a las garzas, en travesía desde el mundo llanero, garzas entreveradas con
los vientos calmos, en búsqueda de los relámpagos del lago bravío. El día que estos
decidieron poner los calzones en una misma estaca y se juntaron a vivir, se vinieron más
cerca de la frontera, en camino hacia San Faustino y allí encontrarían escondidas las
quimeras del General Santander. Al rato, se compraron para el año 1900, una finca situada a
1500 metros sobre el nivel del mar, sobre una pequeña loma que fungía ser un gran mirador,
que llamaron La Laja. De allí se permitía visualizar al norte la gran Cuenca del Lago de
Maracaibo, al este, la ciudad de Colón y al oeste Cúcuta. Su casa la ubicó en el paso o cerca
del camino de los Tapias, camino que buscaba rápidamente en forma de serpiente lo más alto
de la montaña y luego impedido o cortado por un gran farallón, que abruptamente se
precipita sobre el Río Táchira.
Esa cima, que le llamaron El Volón, tomaba o se bifurca en caminos de arrieros, hacia la
aldea de Las Cumbres y el otro, en pequeño descenso hacia Ricaurte en búsqueda de San
Faustino. A lo largo de la cima, el camino iba tomando diferentes desvíos, unos hacia los
Trapiches, otros al Oso y los más importantes hacia Colombia en busca del Paso del Burro,
Arrayán o Salto El Mico. Todos estos recodos se esconden entre la niebla y la montaña, son
tan escondidos, que allí se quedaron y amontonaron muchas esperanzas entre guardijos de
sueños, hasta que un día nos los quitaron y aquellos y los otros, les dieron matices con el
nombre de “frontera”; para su pesar, fue la forma en que, a la fuerza, conocieron o
conocimos, al General de Generales, Francisco de Paula Santander y Omaña.
El sitio de La Laja quedaba y queda cerca del pueblo fronterizo de Ricaurte, era parte de la
finca propiedad de Juan Guglielmi Oliveri. La finca se sitúa en límite de tres municipios;
Colón, Ureña y Lobatera y al frente, a no más de 500 metros, de una gran cima de montaña
que terminaba en grandes voladeros o precipicios, de donde se derrama la quebrada “San
Pedra” y que hoy indican, que de allí en adelante empieza Colombia. La debilidad de la casa
de mis abuelos, era que quedaba retirado de Ricaurte, unos tres kilómetros y, allí, estaba la
iglesia, lugar central de la dinámica de esta vaga montaña, perdida en la niebla.
Se hace importante detallar cada metro de este territorio, para poder entender el dolor de los
que viven y vivieron allí, y del porqué de las decisiones de nuestro prócer de hacerse a toda
costa colombiano; culpa de lo que hizo, no tuvo, ya que los tachirenses siempre hemos
creído, que estamos más cerquita de Bogotá, que de Caracas.
El lugar no tiene horizonte preciso, ya que no tiene un más allá o un más acá, se le denomina
según la historia Páramo de los Trapiches, el cual estaba conformado por las aldeas de: Los
Helechales, Casa de Zinc, los Trapiches, Berlín, La Laja, Potrero Nuevo, Las Cuadras, El
Oso, Las Cumbres, Las Dantas, El Coquillal y, más abajito Ricaurte y San Faustino. Estos
sectores, caseríos o Aldeas se encontraban o se encuentran ubicadas en un único sistema de
montañas, lo que hace de esta cima, una sola aldea, un solo lugar, una sola gente. Allí, los
Tapias, los Rosales, los Roa, los Suarez, los Guglielmes, Roviras, Colmenares, Santander,
Ramírez, los Chosone, Arellanos, hicieron sus primeras casas, todas sobre el viejo camino
hacia San Faustino. En parentela cercana se encontraban relativamente equidistantes, en
distancias no mayores de 100, 200 o 500 metros.
La montaña toda o toda esa alta cumbre, era y es un solo lugar, una sola familia, una sola
entidad, era y es el lugar de los viejos indígenas, de los viejos caminos de los Abriacas y
Samarias; hasta que en una injusta e inicua división política territorial le dieron forma al
horizonte, pusieron un pedazo pa´ya, otro pa´ca, de la noche a la mañana unos nos hicimos
venezolanos y otros colombianos, hasta que decidimos vivir entre dos aguas, tener las dos
cedulas y entonces, nos llenamos de fantasmas que hoy nos persiguen y nos dividen.
Aquí en las calles de San Cristóbal, en una esquina o reunión, al igual que en Cúcuta o más
allacito, cualquier rato o momento es normal escuchar, “me voy pa´lla, ya que es día festivo
y voy aprovechar sacar la cedula”. Alguien viendo mi cara de extrañeza o de pendejo, ante lo
dicho y escuchado en cualquier esquina, en síntesis, me dijo “y, cual es el pedo; al final,
somos de aquí y de allá”: la frontera es un umbral de emociones diversas.
En la frontera, se hace difusa la vida y las querencias; Francisco de Paula cuando hizo suyo a
San Faustino y nos quitó Ricaurte, nos arrebató un pedacito de sueño, pero nos enseñó que la
mixofobia no es buena consejera, que, sí existe un más acá del horizonte, y un más allá del
río, que el mundo es diverso, lleno de espacios nuevos y posibles para todos encontrarnos
como objetivo básico del homo sapiens.
MÁS ACÁ DEL RÍO.
Parto de la idea, que cuando se busca motivo para meterse en la vida del adversario, es
prudente tener mucho cuidado para no incurrir en falsas suposiciones. Basado en el método
diacrónico del análisis histórico, trato en mi contradicción hacer desde allí mi quehacer
diario; aunque a veces me dejo llevar por la belleza de las estrellas. Tomé el carro y al
empecinarme por la vía hacia Ricaurte, seguí el consejo de unos amigos de la Aldea de Las
Cumbres, ubicada en el Municipio Pedro María Ureña y me fui a conocer unos viejos y
centenarios corrales construidos de piedra, más abajo de aquella aldea, en donde hace rato
encerraban el ganado traído de Guasdualito o de Palmarito, vía Cúcuta, luego de siete días de
largo peregrinar.
Más que ver ese cercado de rocas ocultas por el tiempo y la desidia histórica, fui allí para
comprender y detallar un viejo camino, llamado el camino de los Abriacas. El caminar nos
llevó al sector de Potreritos, vía La Aguada, sector izquierdo de La Quebrada San Pedra.
Desde una de las cimas del camino, se contemplaba el recorrido del Rio Táchira. Luego de
dos horas de campo traviesa, nos paramos a tomar aire y, el amigo baquiano mirando el
horizonte, me dice, “allá es San Faustino, más acá del río, véalo, pegadito a la margen
derecha del Río Táchira”. Este hombre de la Aldea de Las Cumbres, sin saber de mis
querencias y martirios, sin preámbulos había puesto tilde a la última expresión “…véalo,
pegadito a la margen derecha del Río Táchira”. Parado en esta cima, como pajarito en grama,
miro a la derecha, luego a la izquierda, derecha, izquierda y en ello trato de comprender
algunas posiciones históricas y me digo: “sólo una fótico hubiese faltado a los árbitros
suizos, para que nos hubiesen dejado a Ricaurte y a San Faustino pa´este lado, sólo una
fótico, no hubiese requerido de más explicaciones”. Y pensé, “pero ahí en esa decisión,
estaba nada más y nada menos, metido el mayor prócer de Colombia”. Rumie en mis
pensamientos un rato y me dije, “otra no le tocaba al prócer, cuando vio que los que habían
acompañado a Bolívar, le botaban y no le querían. De seguro Santander se dijo, “que importe
que le boten pa´qui o pa´allá, si él desde hace rato es de aquí y de allá. Pensando mejor, se
dijo “¿pero yo?, yo que no soy de Caracas, yo que soy de la rayita de la frontera, a mí que
sólo me separa el río y no soy Bolívar ¿Qué no harán conmigo?, mejor me largo y me quedo
de aquel lado; mejor ser cabeza de ratón que cola de León.
Al mirar hacia el oeste o izquierda de mi tanatósica posición, veo San Antonio del Táchira en
el lado derecho del Río Táchira y luego detecto a Ureña, La Mulata; sigo el curso del río
hacia el este y veo a su derecha, a San Faustino y surge la pregunta ¿Qué obra mágica hizo a
San Faustino Colombiano? Dudo y apelo a mis conceptos de Cuenca Geográfica, busco la
“V” imaginaria que conforma el valle de Cúcuta, observo el soberbio suelo reseco de la
margen izquierda del río y las verdes praderías de su margen derecho, de lo cual un día los
habitantes de esta tierra le decían “Loma Verde”. Sin más nombres, todos los tributarios, de
ambas márgenes, llevan sin pereza sus aguas y sedimentos al fondo del Río Táchira, cauce
divisorio natural del inicio de la gran planicie del Lago de Maracaibo con Los Andes.
Como no había argumentos históricos, ni geográficos que pudieran modificar el curso de las
aguas, ni mudar a San Faustino, le cambiaron el nombre al río, aquí, allí o más adelante, pero
cualquiera sea el tapujo explicativo que pongan, San Faustino sigue estando a la margen
derecha del curso originario del Río Táchira. Para el laudo arbitral Suizo, quienes no tuvieron
la oportunidad de la foto, el cambio de nombre de este hilo de agua se hace suficiente para
nublar lo que ven mis ojos y seguirán viendo mis hijos, mis nietos y bisnietos, hasta que la
frontera no importe y se haga efímera idea. Por ahora, el cambio de nombre desmarca lo
geográfico de lo político, lo legitimo de lo legal.
Como la duda es la base de mi formación, seguí escudriñando pareceres, que trato de mostrar
en mis garabateares diarios y continuos.
Una metodología basada en la historia oral, la cual se ha ido peligrosamente perdiendo y
oscuramente no hemos tenido conciencia de la importancia de la misma, ya que ella se
guarda callada y silenciosa en las voces de los hombres y mujeres no oídos. Todo lo que
comenzó, con historias narradas en largos cuenta cuentos, por mi padre, mi madre, tías Pablo
Tapias, Agustina Medina Delgado, Ernestina y Berta Medina Delgado, testigos fieles, hijos
de esta frontera. Historias que se fueron construyendo y levantando como elementos
fantasmales, de esos caminos, en que ellos y el General Francisco Santander pasaron su
niñez. Rumores y un imaginario colectivo que se fue mostrando, cuando sus versiones fueron
sometidas al trato frio del documento escrito y a las acciones rigurosas e inexorables de otras
voces y otros cantos.
AMÉRICA Y SANTANDER.
En lo que fue 1500 y 1700, los reyes españoles habían dejado al garete a América, en manos
de los curas, sólo los tributos y gabelas, asumían importancia para ellos, abandonando en
manos de encomenderos, Curacas, Jesuitas y demás ungidos, el mando de estas tierras.
América había sido entregada, en el sur a la Compañía de Jesús, en los altos andinos
peruanos a los Curacas, al norte en Nueva Granada, a una iglesia Dominica, Agustinos y
Franciscana y como transversalidad, la educación, siempre bajo el ratio studiorum de los
Jesuitas. Al igual, que Emilio Botín, un empresario banquero de nuestro tiempo “Dame un
banco y dominaré el mundo”, Los jesuitas dijeron “danos la educación y dominaremos
América”, con esta frase pronunciada y enganchada a los encomenderos y amos del poder
local, hicieron prevalecer con sus misiones, colegios, sotanas negras y xenofobia, el señorío
de una elite blanca y mestiza que florecía y se blanqueaba; un sujeto histórico que se
formaría y se constituiría como base para la independencia de América. Ante cualquier duda
de origen, para asegurarse que era diferente al del frente o el del revés, este nuevo sujeto
social, buscaba en su espíritu, en su abuelita sus raíces españolas, pidieron y, aún piden a
gritos, pertenecer a Europa.; huellas de un pasado que permitía sobrevivir entre tanta
intemperancia y chisme. El día que nació en San Faustino, con eso y más, le tocó lidiar a
Francisco de Paula Santander Omaña, culparle, de no ser distinto a su tiempo, es extrañar la
miseria.
Todos los nombres y hombres de este cuento somos hijos de la frontera, mestizos hechos de
nieblas, paridos en unas líneas imaginarias que nos ha dividido. Al final de cuentas por donde
se sume o se reste, los tachirenses y los santandereanos somos hijos de una raya imaginaria y
nietos de generales sin cuartel, queriendo o sin querer, pudimos ser soldados de aquí o de
allá; Pero eso sí, como dijo Francisco de Paula de Santander y Omaña, mi Patria es cualquier
región de América en que no tenga el más pequeño influjo del imperio español. Posiciones y
conductas desaforadas del ayer, mezquindades e intolerancia del hoy, nos hacen de aquí o de
allá, nos ponen allá o aquí. Nosotros no nos dividimos, nos dividieron, cargando los códigos
que los jesuitas bien supieron acentuar, el tiempo dirá lo malo o lo bueno de ello.
Lo que si podemos aseverar es que Bolívar y Santander, no hicieron bien su trabajo, la
colonia sigue vivita y campante en nuestros corazones, es tanto, la extrañamos y buscamos
revivirla; ser realista parece ser nuestra performance. Ser europeo es nuestro fin, la patria nos
importa un coño, la frontera se hace entonces, el camino para buscar un destino no probo.
En la toma de América, a los monarcas el poder omnipotente entregado por el papa
Alejandro II, les cegó, hasta llegar a creerse el cuento de ser los elegidos de Dios, ello, la
propia divinidad, su amorfo cristianismo, su nepotismo, los aniquiló, cuando despertaron
estaban muertos y América tomaría el rumbo construido en 300 años de su desidia y
omnipotencia; el Rey sería vencido, pero no el poder que de sus entrañas había nacido y
ahora, les sustituía; los mantuanos, los criollos; construidos y diseñados por orfebres de la
cristiandad.
En 300 años, desde 1500, toda América marchó en un conflicto social subyacente, que
afloraba y desaparecía, apagado o revivido por diversas fuerzas sociales emergentes.
Desde los inicios de la colonia, se estableció un conflicto entre, mantuanos y mestizos, el
dominador y el dominado. Uno buscaba controlar al otro. Un conflicto intensificado a
mediados de 1700, en donde los mestizos e indígenas, entregaban su vida por la
independencia de América; sujetos sociales, conformados por hombres y mujeres de tez
negra, indígena, mestiza y blancos de orilla. La libertad, era forzada como una botella de
champan, por una base popular mestiza que crecía y se multiplicaba, presionando el corcho
de la independencia; fueron las bases populares, las que dieron los primeros pasos, para
buscar la libertad de América, pero el otro sujeto social, las élites, representadas en los
criollos, producto del poder colonial dominante, asumía forma, y les apagó sus intenciones.
Los mantuanos, los criollos y mestizos blanqueados, eran los que manejaban los míseros
poderes refrendados por el Rey y un papa, Alejandro II, de seguro pedófilo por lo que se
cuenta de él y los vientos que hoy corren.
Ante la reprenda de los Borbones en 1700, las elites coincidieron con los jesuitas, ajustaron
sus diferencias, acordaron, que la mascada podía alcanzar para todos, mucho más, si daban
jaque al Rey. Los criollos, buscaban mayor control del poder y coincidían con los jesuitas en
reducir las travesuras financieras de la monarquía, reducir el incremento impositivo y el libre
comercio entre la Península y las Indias; eliminar el control administrativo de la metrópoli,
restablecer la administración a los criollos y curacas y las pequeñas republicas en poder de
los jesuitas, todo, mediante el control de los territorios americanos.
Las proclamas borbónicas de 1700, toca directamente a las élites: criollos y jesuitas y, estos
se alebrestan, se activan, ello opacaría y daría con el traste cualquier intención de las bases
populares.
Los años de 1700, mostraba, dos sujetos sociales que se conformaban como grupos,
políticamente antagónicos. Los mestizos en ese momento mostraban talante político y
disposición de tomar las armas; fue el tiempo de las posibilidades de las bases populares,
pero ya estaban marcados.
En la acera del frente, los intereses económicos acumulados en 300 años de colonia, lo que le
daba a los criollos y jesuitas, fuerza económica y un porqué. Un trabajo en equipo, elites y
bases populares, vislumbraban con sus diferencias, posibilidades de rompimiento con
España, pero había un, pero, la formación ideológica de los criollos, una visión y espíritu
europeo, no les permitía compartir el poder, ello no admitió mediación entre dos clases
disconformes, dando los resultados que hoy se conocen. Disputa histórica, mostrada como
una acción natural de antagonismo, que se da, entre dos sujetos sociales que quieren
sobrevivir en los mismos espacios y temporalidad; claridad de clase en los criollos, impreciso
entendimiento en los mestizos.
Para los criollos y jesuitas, en las revueltas de 1700, había, además de, un, pero, una mosca
en el plato, una población mayoritariamente mestiza, una clase social no deseada que tenía
que quedarse en sus escuelas de artes y costumbres y no ser unos igualados, en pretender
entrar a las universidades o colegios jesuitas, como modo se ascenso social y posterior
búsqueda del poder; esa posibilidad aterrorizaba y, entonces los mantuanos y jesuitas,
esperaron un mejor momento; promovían, agitaban, financiaban las revueltas, pero no
soltaban brida, para hacer la revolución y los cambios. Los mediados de 1700 no mostraban
para las élites, las condiciones necesarias para asumir el poder e hicieron tiempo hasta 1800;
era, por lo momentos, mejor, compartir con el Rey; en ese tránsito de dudas y decisiones
nace Francisco.
LOS MANTUANOS Y LA INDEPENDENCIA
Los mantuanos, producto de la formación jesuítica, esperarían el quiebre de la monarquía en
los primeros años de 1800, cuando Napoleón invade a España; allí se darían las condiciones
necesarias, no sólo para desplazar al rey, sino para sustituirlo, florecería un nuevo sujeto
social que se alzaría con la independencia.
En la toma de España, por parte de Napoleón Bonaparte, los mantuanos se dieron cuenta que
no podían dejar agudizar el conflicto, ordenaron las puntadas de su tejido y tomaron el poder.
Surgieron así nuestros libertadores, cuando ya la monarquía por sí sola fenecía.
La lucha independentista y más tarde un mercantilismo globalizante, concretaría el actual
sujeto social en el poder, por contradicción, por acción o por omisión, una historia, que hoy
arropa y domina los vericuetos de la política y la economía.
La génesis de muchos haceres de hoy, están marcados de ese ayer, por lo que se hace
importante, tomografiarlos, ver su cara y forma, conveniencias espirituales que hoy se repiten
y se multiplican; se repiten, ya que los medios de producción, subsisten en las mismas manos
e ideologías.
Una tomografía histórica, muestra la génesis del actual poder. Allí se divisa, la desidia
monárquica en 300 años de coloniaje, allí, sólo se habían fascinado por lo abyecto: el
nepotismo, la muerte, la prostitución, la parafilia, el facilismo combinado contra todas las
propuestas luteranas, en un nihilismo de tipo cristiano y social que logró reunir todas las
desviaciones humanas posibles, lo que haciendo un símil, Manuel Díaz Rodríguez en su
“Cuento negro”, describe , como un decadentismo en un mismo objeto que va a mostrar los
fondos de una sociedad “cortesana”, proclive a sufrir tantas enfermedades físicas y sociales,
mostradas en la desidia humana; dando forma a la génesis de un nuevo sujeto social amorfo,
que explica, mucho, pero muy bien, algunos lémures de la política, que piden la toma de
América, por el mundo europeo.
En esta merienda de dolor y fascinación monárquica de 300 años, los criollos españoles se
habían permitido, hacerse, entre desasosiego, tempestad y grito, millones de hectáreas, de
tierras vírgenes en América, producto del ultraje, del poderío intelectual de la Compañía y su
ratio studiorum, sostenido en un ya viejo sincretismo religioso cristiano, que sin
contradicción proclamaba la superioridad blanca.
Más tarde o en el momento debido, ya en principios de 1800, llegó la ayudita de Napoleón, lo
que permitió, que todo, quedara en manos de pocos y de un sujeto social xenofóbico y
despótico, no distinto a la realeza que nos había dominado por 300 años. Así se habían hecho
las cosas, después de 1800, así, seguirían siendo hasta la actualidad; dándose un caldo de
cultivo, a un mercantilismo especulativo que fácilmente se propagó e hicieron de las bases
populares, seres inhibidos o apagados. El gran derrotado de nuestra independencia fueron
nuestras bases populares, por no reconocerse.
En 300 años se consolidó una clase privilegiada sobre la base del delito y ultraje y una base
popular mestiza que, no combinando las estrategias debidas, fue usada y es usada, desplazada
e inhabilitada, invisibilizada.
Los negros, mamusinos, mestizos e indígenas que iniciaron la guerra libertaria, dieron su
sangre montados en una estrategia de la cosificación, de amorfismo social, del silencio y el
yo no puedo “ser poder”, se relegaron; más una cristiandad vaga implantada por los jesuitas y
más de veinte grupos cristianos que inundaron América, les aniquiló. Ellos, nosotros y estos,
es lo que hoy llamamos bases populares.
De la independencia surgía un nuevo sujeto social, los criollos, producto de la educación,
diezmos y mercantilización jesuítica, establecida en más de trescientos años de explotación.
Bajo la sombra de los opresores, allí se consolidaban los apellidos, que rodearían a Bolívar y
Santander.
Bolívar, Santander, Miranda y nuestros libertadores nacen de ese viejo conflicto, entre la
base popular y las poderosas élites políticas; sus accionares galoparon marcados por esa
historia. Los criollos, nueva burocracia política que se afianzaba, como fuerza moral
libertadora, no derrotaron, solo, al invasor español, sino a una base popular mestiza, que no
mantenía coherencia en el entretejido político que les concernía. Una base popular mestiza
que no se reconocía; como ejército de primera línea, como posibilidad de control del
nepotismo y mostrarse como clase, como hijos de la diversidad. No se dieron cuenta, que
estaban en un evento, en donde hubiesen podido inclinar la balanza política, en la búsqueda
del bienestar de todos; de estos y de aquellos.
Los criollos, las élites, en 300 años venían reconociéndose y se reconocieron, en la
independencia y después, se buscaron entre sí, consolidando la suficiente fuerza política e
intelectual, para implantar por centenos un nuevo sujeto político, hoy dominante, aquí y allá.
Podemos notar que lo que ocurrió el 19 de abril de 1810, fue el encuentro entre sectores
específicos que se reconocían entre sí. Santander, fue el producto de ese momento político,
condición igual le tocó vivir a los otros libertadores, con matices entre ellos, pero claros en la
toma del poder.
Lo que hace, que este planteamiento, de sí que Santander, era de aquí o de allá, es mera
banalidad, trivialidades, de una élite política dominante, pero válida para uno enredarse y
escribir algunas líneas.
En estos escritos, se asoma la hipótesis, de que los libertadores y Santander, son producto
histórico de mi Venezuela colonial, en donde dominó el currículo studiorum. Currículo, que
transversalmente, se mostraba en la suma y resta de las cosas que Francisco de Paula hacía,
problema que nos dio como herencia y fue agudizado por un mercantilismo rapaz. Por acá en
la frontera y en Caracas también, mandan los banqueros, hoy, somos producto de ello, allí
estamos todos en un sin sabor; mirémonos pues con cuidado, cuando hablemos del vecino.
En el tejido de ese enredo que es la escritura, el asunto de Santander y sus accionares, parece
centrarse en la disputa histórica de dos sujetos sociales que se adversan, las bases populares y
la burocracia política-burguesa, un conflicto histórico del que no escapó nuestro Libertador
Simón Bolívar. Contrario, a ello, los conflictos sociales se consolidaron y se afianzaron, con
los triunfos independentistas, a pesar de sus esfuerzos teóricos como: la Declaración de
Cartagena, Carta de Jamaica, Congreso de Angostura y practica de guerra a muerte contra el
opresor español; todo ello, no pudo con la transversalidad del ratio studiorum, nacido del
poderío intelectual que representaba La Compañía de Jesús y demás congregaciones
religiosas, que en 300 años, habían hecho, muy, pero muy bien, para ese momento y por el
ahora, de su ideario. Fueron los jesuitas, la orden religiosa que más aportó a la ciencia, a las
tecnologías prevalecientes, a los dominadores, durante la Edad Moderna.
Entender este conflicto y estos haceres, pudiese darnos visos para comprender un poco los
actuares políticos de ahora. Entender, es la lucha, ello permitiría reconocer el conflicto y
reconocernos, buscando nuevas relaciones de poder, contra el histórico centralismo colonial
y perverso, que persiste en mantenerse en todos los ámbitos. Temas que pudieran aclarar el
porqué de la sobrevivencia del ratio studiorum, aún dominante y, entonces, dominarlo.
Santander, no podía hacer milagros, y menos en San Faustino, tierra de frontera que le vio
nacer; por aquí en la frontera estamos hasta lejos de Dios, por aquí ni milagros suceden.
Llevarnos pa´Caracas, sale más barato, que estar viviendo por acá.
Santander, se dio cuenta que ser político en frontera es una pendejada y se dijo, “Caracas
tiene el cuadro lleno, me voy pa´Bogotá”.
Caracas o Bogotá era la vía, más, cuando en la frontera todo era y es escaso, la frontera
siempre huele a lejanía, todo lo que esté distante de la capital es frontera, al final de cuentas
todo lo que esté lejos de Caracas o Bogotá es imaginario, efímero e inexistente. Quien vive
en la frontera vive en un mundo inocuo. La misma realidad de la frontera es irreal, es una
ruta sin fondo, ya que se hace amorfa y precaria.
Lo dramático de la frontera no es que seamos ficticios, lo calamitoso es que la gente del
centro o de la capital, bajo códigos no escritos, nos lo hacen saber.
Santander, a pesar de que sus travesuras más hermosas, cuando niño, las había hecho en su
casa de Gallardin, en las afueras de San Cristóbal, tuvo razones políticas, que, le dieron
juicios suficientes para largarse para Bogotá. “Para bien de todos”, indicaba Páez, y, para
asegurar que se quedara por allá y no volviera pa´quitarle el coroto, más tarde, le daría San
Faustino.
El Rey y sus conquistadores se quedaron con nosotros, hoy intimamos con ellos y hacemos
práctica política; el ayer nos arropa y no da cobijo para nuestras acciones de nepotismo y
dedocracia; la civilidad santandereana, se concretó, en una clase social triunfadora,
económicamente, políticamente, socialmente e espiritual, sobre una clase social vencida, las
bases populares, a las cuales, le llega la cosa, cuando un dedo índice se apiada de ella; lo
terrorífico del asunto es que nos conformamos; no somos pobres, el pobre lo cultivamos y,
este, se arraiga dentro de nosotros, al final de cuentas, es la forma más fácil para entrar al
cielo.
NOS ROBARON POZO AZUL.
En los cuentos de Agustina Medina Delgado, cuando yo, pequeño, le preguntaba sobre el
mojón que se encontraba entre el camino de Ricaurte y La Laja, ésta me decía, “Era un
domingo de octubre de 1923, el viento frio y caliente se confrontaban y discutían, se ponían
de acuerdo sobre la cima de la montaña y, como resultado, la niebla tomaba toda la
hondonada, cubriendo cada escondrijo. La gente agarrando el camino de La Laja o de las
Cumbres iba en búsqueda de Ricaurte, formaban un peregrinar para cumplir con la santa
misa. Una semana antes de que mataran a Dionicio, Vitelio Suárez entró a la casa, cosa que
le extrañó a mi madre Salvadora; ella le preguntó: < ¿Por qué no fuiste con Dionicio y el
muerto para Lobatera?> .Vitelio respondió con evasivas, y tratando de cambiar el tema, pedía
que se apuraran, ya que, si no iban a llegar tarde a Misa. Al rato se apearon las mulas y todos
salimos raudos a Ricaurte. A lo lejos, detrás de la quebrada de Pozo Azul, se escuchaban los
morteros y las campanas, como recordando que el cura ya se ponía los trapos, por lo que era
perentorio que nos apresuráramos; en la cristiandad tenemos que estar alertas para no
alejarnos de Dios.
En vez de tomar el camino de La Laja, tomamos el camino de Las Dantas, subimos
rápidamente las tierras de los Tapias, hasta alcanzar el camino que unía las Cumbres y
Ricaurte. Empezamos el descenso en búsqueda del Volón. Es y era El Volón, una gran cima
de montaña, que en la parte colombiana se hacía un despeñadero, propia para una pista de
despegue de cualquier ícaro atrevido. Desde allí, desde ese alto volón, se permitía ver hacia
el este, hacia el valle de Cúcuta, al norte, las primeras casas de Ricaurte y al fondo, en el lado
derecho del río a San Faustino.
Estas tierras por donde corría el camino de las Cumbres, eran de los Rosales Arellano.
Descendíamos la cuesta y en la intersección del camino de La Laja y Las Cumbres,
encontramos a Victoriano Rangel. Mi madre saludó rápidamente a Pláxedes Rosales,
Ernestina corrió y alzó al hijo de ellos, a José Domiciano Rangel Rosales, éste gozoso se
apretujaba a su cuello; la barriga de un nuevo vástago, hacía, que este encuentro complaciera
y aliviara el peregrinar a doña Pláxedes.
No habíamos caminado cien metros de la intersección de caminos, cuando encontramos un
grupo de hombres del gobierno, creíamos que su presencia se debía al tiroteo y muerto del
día anterior. Rápidamente Victoriano Rangel explicó que era una gente de Catastro Nacional,
junto con el Chosone, que estaban colocando Mojones a lo largo de toda la frontera entre
Colombia y Venezuela. El grupo guardó silencio y sólo Victoriano saludó. Ya llegando al
cementerio, Victoriano nos explicaba cómo la gente de Caracas, desde alguna oficina bien
amoblada de Carmelitas, habían decidido, entre hediondos perfumes, cuadros de Claude
Monet, brandy y habladuría, cambiar la línea del Río Táchira, la cual era verdaderamente el
límite entre Venezuela y Colombia.
Así se expresaba Victoriano: “Ricaurte, una tierra de venezolanos, una tierra de sueños
venezolanos es ratificada con estos mojones de cemento, como territorio de Colombia. Los
papeles y protocolos de este tratado fueron firmados desde hace más de 40 años, en gobierno
de Guzmán Blanco, pero nosotros, los de estos lares, hasta ahora comprendemos la verdad.
Una decisión fantasmal de unos bogotanos que tenían caras de pendejos y eran unos vivos, y
de unos venezolanos con caras de vivos y eran unos pendejos, nos quitaron a Ricaurte”.
Después de ese análisis de Victoriano, las tripas se me revolcaron al sentir que mi campo de
juegos y sueños nos lo estaban quitando, al terminar de cruzar el cementerio, empecé a ver
cada árbol de pomarrosa, lejano e impedido, para robarle alguno de sus sabrosos y dulces
pomelos.
Entre ese pensar y mi puntada de estómago, entramos a Ricaurte.
Ricaurte era una larga calle, una calle larga por la que hace más de trescientos años, pasaron
los sueños de venezolanos en búsqueda de una salida al Lago de Maracaibo, y lo
consiguieron. Esa, hoy larga calle, había sido testigo del estiércol dejado por el peregrinar
forzado de los negros e indígenas sin alma, llevados hacia La Grita o San Antonio del
Táchira, para ser bendecidos por la palabra de Dios. Quizás, o lo más seguro, que por aquí
pasó el abuelo de nuestra abuela Coluna, con largas cadenas, sobre unos tobillos
ensangrentados, con su piel negra, brillante por el sudor, con sus heces escondidas para
guardar su vergüenza, en una travesía llena de falta de agua en un cuerpo adolorido. Un
cuerpo negro que luego fue a servir a los Cárdenas, los Ramírez en Capacho, en trapiches que
les acabaron de doblar el alma, mutilar su espíritu y desabrillantar su piel. Del dolor de mis
abuelos, del dolor de nuestros indígenas y también de la muerte de españoles, este camino
con destino a San Faustino, fue testigo.
Los caminos de La Laja, de Los Palmares, de La Mulata y desembocadura del Río Grita, son
los caminos más viejos del Táchira y, si son los caminos más viejos del Táchira, entonces por
estas tierras pasaron los apellidos más viejos de estas tierras, nuestros apellidos.
A unos quinientos metros de la entrada Sur de Ricaurte, es decir al norte, en donde bien se
marcaba el camino hacía San Faustino, para 1923, se encontraba tal como hoy se encuentra,
una explanada, en donde venezolanos y colombianos intercambiaban mercancía en forma
activa, frente a una plazoleta en donde rodaban dados y cachivaches, allí, frente a la algarabía
pagana, se encontraba como señal, como trofeo, como monumento de triunfo, una grande y
cómoda iglesia. En ella, se reunían para lavar sus pecados los huidos de todos los poblados
del Táchira, allí nacieron sus hijos y hoy allí viven algunos de sus nietos, sólo las paredes de
la iglesia deben recordar los pecados y los perdones confesados a los tantos curas que por
aquí pasaron. Curas que entendiendo a Dios, humildemente reposaban en el pueblo, hasta que
se evaporaron, cuando la ciudad les atrapó. En humilde entrega, los curas de ese entonces,
motivaban a una Iglesia, que hacía, que todos los domingos, diciembre y semana santa,
reventara su capacidad posible; el aire se llenaba de un sudor y vapor de religiosidad, que
acogía y mezclaba a buenos y malos, a arrepentidos y por pecar; eran tantas las demandas de
los pecadores que a Dios no le quedaba tiempo de perdonar.
Ese día del 10 de octubre de 1923, venía toda la familia Medina y Rangel Rosales, a lavar sus
deslices, imperfecciones y errores, los cuales de seguro también serían perdonados y sanados.
Ricaurte era un pueblo en donde todo se perdonaba, definitivamente la gente de Ricaurte es
distinta a la de Caracas. Ricaurte es un pueblo de frontera, en la frontera todo se perdona así
Dios esté ocupado; como decía mi abuela Salvadora, “no todo por aquí es malo, algo bueno,
se debe tener al morir”.
Terminada la misa, mis hermanos Dionicio y Silverio corrían junto a mí, para llegar a la
quebrada de La Laja o Pozo Azul. Dos sendos pozos, uno contiguo al otro, acompañados de
una hermosa cascada de más cinco metros adornaban el paisaje, Era y debe ser aún un agua
fría, agua fría de esa que tiempla la piel. Luego de juguetear con mis hermanos, entre las
rocas y el fondo del pozo, éstos más atrevidos y osados tomaban quebrada abajo por el
camino de la finca de Juan Guglielmes Oliveri, en busca de una gran cascada de más de 10
metros de alto. Yo corría como cualquier varón detrás de mis veloces hermanos. Al llegar
Silverio al sitio deseado, en forma rápida quitaba toda su ropa, dejando las turmas al viento,
luego trepaba las últimas rocas de la parte más alta de este abismo, y como Dios lo mandó al
mundo, su cuerpo tomaba vuelo en búsqueda de un gran pozo, que de acuerdo a la historia de
los más viejos y del propio Silverio, este pozo de los Guglielmes no tenía fondo, aunque acá
en la frontera parecía y parece que nada tenía, ni tiene fondo.
El agua a través de miles de años, había tenido suficiente tiempo y había consumido la roca
hasta lo más profundo de la tierra, mi hermano no sólo volaba sobre el acantilado en
búsqueda de la libertad, sino que trataba de hurgarle las entrañas a la tierra, como en
búsqueda de algo nuevo, que reforzara los deseos frustrados de su gran vuelo hacia el
abismo. Pasaba el tiempo dentro del oscuro pozo, quizás jugueteando con la oscuridad, o con
la fría agua. Tardaba, tardaba tanto que yo entretejía mis sueños, echándole pétalos de rosas a
un pozo que se había llevado o tragado a mi hermano. Cuando ya el aire me faltaba en mi
aliento, y los pétalos del tiempo se hacían premura, él, retornaba de las aguas oscuras y en
sonrisa de satisfacción rompía mi terror.
Trepando rápidamente, como animal criado entre esas rocas, sus dedos se aferraban a
cualquier saliente, sus pies se apoyaban en pequeñas aristas que apenas sobresalían de tal
verticalidad, con un pie aquí y otro allá, con su cuerpo pegado a la montaña como una
serpiente, llegaba de nuevo a la cima. Era más peligroso subir, que lanzarse de nuevo. Ya en
la cima, me preguntó “epa hermana, y este pozo es de Colombia o de Venezuela”. Dudé y no
le respondí. Tomando alientos, respiraba, miraba el fondo del precipicio y su cuerpo de
nuevo tomaba vuelo, era quizás la única forma de sentirse libre entre tanta soledad e
indiferencia. Ante la pregunta de mi hermano, me pregunté ¿Si no es de Venezuela, será que
nos permitirán seguir jugando?
En La Laja, la última aldea, el último pase de frontera, hasta los juegos estaban y aún están
llenos de apuros, miedos y violencia. Sólo dos largas zambullidas y rápidamente mi hermano
Silverio se colocaba la ropa y trataba de alcanzarnos a través de la ahora empinada montaña,
el recorrido debía ser rápido y preciso, todo debía ser justo, era la precisión del tiempo lo que
nos permitía un rato de libertad. Al llegar a las Dantas o al Coquillal, debíamos hacerlo con
un poco de antelación de nuestros padres, en la soledad y en la frontera hay que adelantársele
a la vida para poder tener un aliento de alegría.
Entre el juguetear en Pozo Azul, la cascada, Ricaurte, La Laja, El Oso y Las Cumbres
crecieron mis esperanzas, apenas lograba empinarse mi cuerpo al cielo cuando ocurrió la
muerte de Dionisio Medina, mi padre; entre despertares y dormires nos sisaron Pozo Azul.
Para esos días y en esa fragante niñez, no supe, si me había dolido más la muerte de mi padre
o el robo de Pozo Azul; tenían que robárnosla, ya que este es el hueco de contrabando más
grande de América.
JUAN GUGLIELME Y LA FRONTERA.
Rumoreo en el método diacrónico como base fundamental en el análisis histórico, pues me
fui por ahí, forzado un poco por Juan Guglielme Suarez, cuando alejándome de sus peroratas,
sobre sus posiciones extremistas, de porque mejorar la raza y fobia a los opuestos, me mostró
un libro de su padre, sobre cuando fue Diputado del Congreso Nacional, en el mandato de
Eleazar López Contreras.
Como siempre trato de hacer mi quehacer diario sobre la verdad, les narro y trascribo algunas
cosas importantes que nos permitirán ver mejor, los caminos de Francisco de Paula Santander
y Omaña. Para ello hay que recordar la actuación parlamentaria del Diputado Guglielme hijo,
año 1941, cuando hacía referencia ante la
Cámara, sobre el Tratado Colombo-
venezolano, este decía: “cuando por el año
1922 vino el árbitro suizo a verificar el
deslinde y amojonamiento de la frontera en el
tercer sector…. Tuve ocasión de prestar
colaboración a la comisión venezolana de
límites. Recuerdo que en los croquis, una se
denominaba la zona roja y la otra la zona
amarilla….todos los estudios fueron
verificados en el terreno y suministrados a
tiempo, entre la línea divisoria que
representaba las pretensiones de Colombia,
posición que triunfó. La demarcación establecida en ese tercer sector de la frontera, o sea el
territorio comprendido entre La Quebrada de Don Pedro y las fuentes de La China, es la
demarcación más estrambótica de que quizá algún día tengan que arrepentirse Venezuela y
Colombia. No tiene razón de ser dentro del ordenamiento internacional de los límites
arcifinios… Pensad en un límite que viene por el cauce de un río, El Río Táchira y que de
súbito, en donde desemboca una quebrada, la quebrada De Don Pedro, tuerce por el lecho de
esta para trepar, casi en Angulo recto, hasta la cima del Cerro de Las Dantas, y tras seguir
bordeando otro cerro, el Cerro Mucujún, por los derrames del lado de acá y con vistas al
Lago de Maracaibo, vuelve ese límite a caer en el mismo cauce del río donde se desvió. Es
una enorme cuña triangular, introducida en las propias entrañas de la tierra del Táchira, a una
altura de 1600 metros sobre el nivel del mar”.
¿Qué decir sobre ello? No sé si fue un acto de entreguismo o de consideración con un prócer,
que decidió después de nacer, cuál era su patria. Son muy pocos, los que señalan, con un
apostrofe, el lugar donde se esconden sus pecados o la cosa sobre la cosa que no se debe ver
o saber; pero la intemperancia que asumimos cuando se toma el poder, nos llena de ansiedad
y la adulancia la encubre, y las dos, nublan la razón; al tomar este pedazo de tierra, allí,
Francisco Santander se equivocó.
Hoy vemos sobre el mapa del Táchira una cuña incomprensible, un apostrofe, algunos pocos
nos civilidad se nos esconden, aunque la vociferemos; en la frontera todos queremos ser
Banqueros. preguntamos ¿Por qué? La respuesta es sencilla, seguimos siendo realistas; la
democracia y la
BUSCANDO LA HISTORIA DE SAN FAUSTINO.
Este gran hueco fronterizo, que es El Táchira, tiene un constructo antiguo.
Se conoce del latrocinio realizado desde el año 1530, por los soldados de Ambrosio Alfinger,
al cual los indios sin saña y sin reparo le atravesaron la garganta de un flechazo, muriendo en
Chinácota, el día 31 de mayo de 1533. Luego vendría Alonso Pérez de Tolosa, al cual, igual
hieren, le hacen comer piso y a lo poco muere. Rodríguez Suarez, más precavido, no se
atrevió del todo tocar la tierra de los Abriacas. Pasados los años, vendrían a rematar lo dejado
por estos, “varias expediciones punitivas, entre ellas la de Andrés de Velasco en 1599, la de
Juan García de Montero en 1608, la de Juan Pérez Cerrada en 1617, Juan Pacheco
Maldonado en 1625, Antonio de los Ríos Jimeno en 1635, Cristóbal Guerra en 1637 y Anton
Suarez en 1638”. Con tal masacre buscaban borrar cualquier asociación entre orgasmos y
cafetales, coitos realizados forzadamente con la tez oscura de nuestras indias; asociación que
pudiera manchar el ya mestizaje de su sangre e impidiera entrar al reino de los cielos o a
cualquier fiesta o bochinche que hicieran los mantuanos.
Ya diezmado el pueblo aborigen del hoy San Faustino, más tarde se acercaron con
precaución y saña: Cristóbal Jaime, Rodrigo Sánchez de Parada, Anton Esteban, Juan de la
Torre, Juan Rincón, Dionisio Velasco y lo remató la base militar española colocada en 1640;
al mando del Capitán Antonio de los Ríos Jimeno y así, al nativo se les despojó de sus sitios
de origen, sus sueños y esperanzas, como valor agregado su oro; un oro robado para adornar
los pies o patas de algún santo español. Hasta que, en el tiempo, Francisco de Paula, más el
descuido y complicidad de unos poquitísimos venezolanos desde Caracas, hicieron de este
territorio, lo que es hoy, un gran hueco de contrabando, en donde la oligarquía colombiana
succiona hasta la esperanza y la milicia venezolana hace trueques de muerte con la culpa y la
soledad.
Pronto de hacer grandes matanzas, aguas abajo del Rio Torbes, hasta Puerto Teteo y luego al
borde del Río Táchira, Zulia y Catatumbo, los españoles empiezan a dar uso comercial a
estas vías descubiertas e importancia primordial al canal natural hacia el Lago de Maracaibo,
naciendo San Faustino y más tardecito Ricaurte. Para la usura, parece que la muerte y el
decapitamiento son sinónimos.
Se facilitaban las cosas, ya que al final de cuentas, todos estos hombres sembradores de
xenofóbico terror, en este territorio del Táchira, sólo seguían los caminos que los abuelos
indios habían cimentado, construidos desde hace miles de años, desde Coro hasta Tunja y
desde Tunja al sur de América, a través de los caminos Incas. A veces aparecían por los
Páramos y en otras por el camino de La Sabana, buscando el Llano. El tiempo les había dado
tiempo, por lo que años después, ya conocidos nuestros caminos y limpios de aborígenes,
pasaron blancos más organizados.
Desviándose aquí y allá, perseguían a nuestros muchachos, en búsqueda de mano de obra
esclava y, por falta de mujer, tomaban a nuestras muchachas para hurtar de ellas en
momentos efímeros su cuerpo, labios, tetas y culos; hasta que nos sembraron su carácter
misógino, en el hacer y en lo político. Allí no hubo amor a primera vista, ni galanteos o
serenatas, allí la única realidad fue la violación. Violación basada en su supuesta superioridad
espiritual y la búsqueda del derecho de ser soldado, conquistador y blanco. Los y las
amarraban como venados cargándoselos para zonas desconocidas en donde construían
mundos ignotos. Este fue el mundo primigenio en que nacieron nuestros libertadores, sus
males, no fueron sus culpas; sólo el resultado de un vivir, que se sumaron a sus venturas y
desventuras; las culpas de hoy son sólo nuestras.
Desde las altas cumbres, los Abriacas y desde la explanada de Samaria, nuestros aborígenes
observaban las grandes humaredas que se producían en el valle de Cúcuta y el actual San
Antonio del Táchira. Los españoles metieron tanta candela y mataron tanto indio, que, para
no dejar testigo de sus atrocidades, quemaban casa y cuerpos de nuestros aborígenes, sin
importar su edad. Fue tal su sadismo, que los que quedaron vivos, en vez de llamar el sitio
por sus viejos nombres indígenas, les llamaron Los Quemados. Los Abriacas, siempre
pensaron que los castellanos, nunca llegarían hasta esa alta montaña, se dijeron para sí
mismos que ellos estaban exentos del terror que se iniciaba; Los Abriacas desaparecieron,
dejando el camino libre.
SANTANDER, SÓLO UN APELLIDO.
De estos avatares, un día, de cualquier mes de 1547, más de 100 hombres a caballo y a pie,
en donde se mezclaban más de 70 indios y negros, y posiblemente unos 25 españoles y su
sacerdote, su brujo, tal cual, como los más primitivos clanes; todos provenientes de la ciudad
de Coro; cruzaron el Táchira. Ellos, venían en búsqueda de oro y peleterías, entre esos
soldados humildes se escondía un apellido, Santander, solo Santander. Un apellido, que, para
ese momento, los acompañaba, les acompañaba en el timo de una América desunida, pero
que más tarde, en la Batalla de Boyacá, haría comer piso, a la hegemonía esquizofrénica del
imperio español.
Se cuenta, que habían seguido las aguas del Uribante, y, escapando de las escarpadas lomas
del Torbes, subieron por el Palmar de La Copé, atravesaron la cima por el sector de la aldea
El Ron y bajaron por La Sabana. Cruzaron el actual valle de San Cristóbal, siguiendo las
aguas del Tormes y se llegaron a los Altos del Topón, en Capacho. Aborígenes nuestros,
agazapados y protegidos por la niebla les atacaron, los perros huyeron despavoridos ante tal
gritería, las mulas y los caballos de esos extraños se encabritaron y los farallones hicieron el
resto, allí murieron varios de ellos, pero sus armas, sus hombres-caballos, espadones, perros
mastines, sus arcabuces y su retumbar, sus ganas de muerte y dominio, lograron, por donde
sumemos o restemos, atemorizar a nuestra gente. El temor fue lo menos grave, luego la
cristiandad empobrecería su espíritu.
El humo y el sonido de los arcabuces, se unieron para hacer un efecto amplificador del poder
de esos españoles. Aun así, nuestras hondas, las macanas, flechas envenenadas con ácido
cianhídrico extraído de la yuca amarga, hicieron efecto sobre los cuerpos de los invasores. La
montaña como amiga, la sorpresa y la arrechera de nuestra gente, por cobrarse la quema de
sus bohíos, mataron perros y con rabia e impotencia descuartizaron cada español caído. Por
más derrota, aquí y en la esquina, cada una de ellas, sembraba y mostraba, que ese enemigo
no era invencible. Se dieron cuenta demasiado tarde, ya cuando lo hicieron, eran parte del
ejército de los dueños del poder.
En estas refriegas, la sorpresa hizo que los blancos y mestizos acompañantes sobrevivientes
apresuraran su peregrinar, tomaron: Palo Grande, Las nacientes de la Quebrada La Suarez,
Hato de la Virgen, Quebrada La Capacha, La Teura, El Tablón, Vallado, La Rinconada, Las
Guineas. En Agua Fría curaron sus heridas, organizaron su cobardía y luego buscaron los
pantanos de La Mulata, Escobal, San Luis, El Cerrito y rabiosos, se regaron quemando
ranchos, por La Aguada, El Tablón, Rosa Blanca, Albarico, Palotal, Aguas Calientes. Esta
huida, rabia o derrota estrepitosa de estos primeros blancos, haría creer a algunos de nuestros
amerindios en un triunfo, premio dudoso ante un valle lleno de humo, muerte y una nueva
ideología, esta última arma, mataba el espíritu, hasta, que, en forma tenue y opaca, en una
guerra de cuarta generación, apagó sus almas.
Los Abriacas, mirones como duendes desde su montaña enclavada en las cumbres o Lomas
Verdes del valle de Cúcuta, asustados, vieron como por años, un grupo de hombres, uno que
otro ataviado de hierros y rápidas bestias que formaban un solo ser, tomaban la quebrada de
La Mulata, y espantados se hundían en el pantano del río y lograban a duras penas cruzarlo.
Pero al final de cuentas los castellanos, con sus cruces, hombres-caballos y perros asesinos,
entraron sin mayor dificultad y se quedaron, ya que en cada minuto moría un indígena, hasta
que los minutos se acabaron y dios puso su propio tiempo.
Se sumaba más tarde el envalentonamiento de Dionisio Velasco y amigos, los cuales, con
una biblia maloliente entre su sobaco apestoso, con espada en mano, lograron a punta de
coñazo limpio y escupitajo de chimó, ilustrar y diferenciar nuestras almas, perfilando y
construyendo así los pueblos de San Cristóbal, Cúcuta, San Luis, San Faustino, Ureña, La
Mulata y más tarde San Antonio. Iniciándose allí, el performance particular, que
históricamente, ha tenido nuestra frontera y nuestra clase popular.
Para nuestros indígenas vivir era no estar vivo, vivir era estar cagado de miedo. El
desasosiego, la ansiedad es la linfa, savia o sangre del terror. Para muchos fue mejor no estar
vivo, hasta que se hicieron adictos a un Dios, que, aun estando ocupado, le quedaba tiempo
pa´jodernos, hasta que nos enseñó el cielo e igualmente el infierno. Nos moldearon la vida
sin darnos cuenta, y allí, y aquí, y ahora seguimos penosamente y peligrosamente
triturándonos la vida.
El grupo del año 1547, llevaba como jefe, a quien se hacía llamar Alonso Pérez de Tolosa y
entre ellos, según lo cuenta Nieves Avellan, en sus canticos a la ciudad del Tocuyo, iban
cientos de indios adoctrinados, además de los españoles: Luis Barbado, Anton Dancas,
Sebastián de Santa Cruz, Diego de Leyba, Diego de la Fuente, Diego Losada, Miguel de la
Fuente, Joan de Sánchez, Juan de Vergara, Pedro Alonso de los Hoyos, Cristóbal de Ubeda,
Alonso de Viana, Pablo Xuárez, Francisco Xuárex, Diego Ruiz de Vallejo, Joan Ydalgo,
Juan Ximenes, Francisco Martin, Miranda, Juan Quincoces de LLana, Gaspar Darveros,
Marcos Franco, Bartolomé Martínez, Juan de los Ríos, Diego de Esconcha, Conrado,
Salvador Martin, Lope de Benavides, Pedro de Miranda, Juan de Roldan, Juan de Reina,
Pedro Xuárez, Bustamante, Diego Romero, Francisco Franco, Juan Deldua, Pedro de Gámes,
Bartolomé del Balle, Alonso Pérez, Cristóbal de Aguirre, Ramos Dargañaras, Triana
(Posiblemente Juan Rodrigo de Triana), Baltasar Araujo, Santander, Arévalo, Virgilio
García y de seguro Juan de Limpias, Nicolás Palencia, Juan de Maldonado, ya que estos
últimos, luego aparecen en la población de Pamplona.
Luego de la muerte trágica en Chinacota de su líder, se cuenta que Sánchez de Santolalla,
Pedro Alonso de los Hoyos y Alfonso Esteban Rangel, se quedaron con algunos soldados,
como Juan de Maldonado y Nicolas Palencia. De ello, Castillo Lara, en su libro sobre La
Grita, nos narra lo siguiente “por las ásperas Lomas del Viento, donde domina Capacho, la
expedición perseguida y apretada cayó a los Valles de Cúcuta, dieron vueltas y revueltas
tanteando caminos por el Sur de la Laguna, y una vez tuvieron por regresar por el mismo
sitio. Por allá se les apartó Pedro Alonso de los Hoyos con 30 hombres, quien acabó de
descubrir por Chira y Cocuy, en los términos de Tunja, el ansiado camino que visualizara
Cristóbal Rodríguez”.
Hombres que formarían parte del grupo que más tarde fundaría Pamplona. Entre los huidos a
Tunja y Antioquia, iba un soldado, que la historia no le pone nombre, pero si apellido
“Santander”, solo, Santander.
Un soldado con sólo apellido, que más tarde tomaría nombre y a Francisca Alonso como
mujer, haciendo a su hijo, para mediados de 1580, el “Contador de Antioquia”.
“Fuente tomada en la genealogía señalada, en: Rodrigo de Santander Pimentel: genealogía
por Iván Restrepo”. En este camino tomado, me voy con esa verdad, como fundamento
importante para el desarrollo de este cuento; aunque el sentido común de mi barrio se dice “el
colombiano, sino lo sabe, se lo inventa”.
DEPLORABLE VENGANZA.
Agresivos por las derrotas sucedidas y muerte de su jefe se les hizo de fácil aceptación
incorporarse a otros conquistadores y buscadores de oro que aplicaban en Antioquia una
excesiva furia contra los nativos y en chusca venganza exterminaban a cada indígena a su
paso, con características grotescas, incluso para el contexto de la Conquista. Perros
descuartizadores, empalamientos fueron características mantenidas en esta zona aun hasta
1591, en donde se cita a Bernardo de Vargas Machuca, en su apoyo a las ciudades de Medina
de Torres y Santiago de la Atalaya —en el Nuevo Reino de Granada—, aplicando la tortura
“El empalamiento” a nueve o diez indios, por haberse levantado contra el dominio español y
haber asesinado a unos soldados. “La más rabiosa y abominable de todas las muertes. Toman
un palo grande, hecho a manera de asador, agudo por la punta, y pónenle derecho, y en aquél
le espetan por el fundamento, que llegue cuasi a la boca, y déjansele ansí vivo, que suele
durar dos y tres días”. Un duro escenario en donde nació y se formó el “Contador de
Antioquia”, realidad insólita que no le permitió vivir en paz, sino hasta que conoció a su
esposa Catalina Pimentel, sus hijos y encontrar una sincronía precursora, más centrada con la
vida, con el orbe que le dirigía y las poblaciones allí existentes.
Como era un soldado sin nombre, o el nombre se lo quitaron, ese apellido mientras se
enderezaba y tomaba perfil, se olvidó, hasta que un día, en el nombre de un niño llamado
Francisco, la historia le dio temple, lo adornó con aderezo necesario, entonces sin
vacilaciones, con valor y decisión le dio forma a una frontera venezolana descuidada, que el
colombiano ha disfrutado para sí, por su bien y para su bien.
No sin antes, haber acompañado el bullicio de perros, el delirio de tambores, que anunciaban
la presencia del invasor y con ellos, cementerios de muerte.
La sorpresa causada por las armas y caballos de esos hombres extraños, no permitió
organizar un contra ataque rápido y efectivo por parte de nuestros parientes Táriba, Zorcas,
Toitunas, Caconabecas, Peribecas, Algarabecas y demás becas, Tucapés, Samarias y
Abriacas existentes.
Cruzado el valle de San Cristóbal, que ellos llamaron “Las Auyamas” En cosa de ocho horas,
los españoles y su grupo llegaron hasta Capacho y tomaron camino hacia los caminos de
Lobatera y el Valle del hoy Cúcuta, llamado valle de “Las Batatas·”.
El doctor Julio López Ramírez, nos narra de ello lo siguiente.
¨ Había allí en Táriba en 1547, una población reducida cuyos vecinos al acercarse los
españoles la abandonaron, recogiendo a montes sus muebles y familias. No fue necesario
más para que los aventureros se pusieran a su alcance, pensando acaso que los infelices
llevarían consigo gran tesoro, pero les salió caro la intentona, porque los indios favorecidos
de las breñas, hicieron una resistencia bizarra, mataron caballos, picaron muchos soldados y
malhirieron de un saetazo a Alonso Pérez de Toloza¨
Los cazadores de oro, culos, tetas, peleterías y reliquias, corriendo como podían, lograron
tomar los caminos del cerro de Botadero, la Cristalina y escondidos entre la niebla y
matorrales, bajaron hacia las tierras de La Teura, para luego escapar por el gran pantano de
La Mulata, y saltear los caminos rumbo al valle de Cúcuta. La utopía de estos blancos se
llenaba de melancolía.
ENTRE GRITOS DE GUERRA
En esta primera experiencia de armas y de guerra organizada por la cayapa de parientes de
diferentes familias indígenas, les hizo creer, haber ganado la batalla, sin embargo, para los
indios Cuites, Carapos, Tororos, Oracas, Abriacas, Azuas, Cunabecos, Chinatos, Mombunes
y Motilones, empezaba el vejamen, la dilución de una raza que por miles de años había
vivido mayormente en paz.
Después de la primera travesía de los españoles, por aquí algunos y otros, se quedaron, y
entre ellos y con ellos algunos capinos, no hablaban como nosotros, venían perdidos como
los primeros hombres blancos que pasaron por estas tierras. Sus cuerpos desarrapados, largas
barbas, huyendo de otros indios que le perseguían, o huyendo de la vida, en un no se sabe por
qué, llegaron a la Loma del Viento y a Peribeca. No se sabe que vieron en ellos, o ellos, que
cosas distintas al oro vieron aquí. Quizás se preguntaron ¿Por qué nos quedamos?, ¿Por qué
estamos aquí?, pero, estaban aquí y, aquí se quedaron rezagados, construyendo los caminos,
que hoy nos penalizan, nos centran, nos alejan o nos acercan.
Después de casi 100 años de conquista nuestros aborígenes no habían bajado la guardia y
cada vez que podían se echaban al pico a unos cuantos españoles. Castillo Lara, cita para
1645 la muerte de Diego de Ventancour, el cual había tenido la intrepidez de irse a vivir solo
con su familia cerca del Río Grita, lugar de paso de los indios motilones.
En 1646 se cita la muerte de Juan Díaz de Aconcha. En 1699 es muerto a flechazos Matías
Joves Moncada, en su estancia en Guirira, población cercana a la Grita. Éste Matías Joves
Moncada, era pariente de Francisco de Paula, ya que su padre Juan Agustín de Santander,
apellidaba también el Jovel y Moncada. Y, como los aborígenes, para ese principio, no le
paraban bolas a señas y cruces, también para el año 1694 la estancia del cura y vicario de la
Grita, Pedro Méndez Miranda, es embestido y quemada.
El continúo asedio y acoso de aborígenes o indios beligerantes, hacía que aún para 1659,
muchas estancias pobladas por blancos e indios ya cristianizados se pusieran en peligro de
despoblarse. Esta preocupación, ciertas veces, creadas, fundadas en su mayoría, es mostrada
al cabildo por Gerónimo Colmenares, Diego Romero, Juan Romero, Doña Isabel de Urbina
(encomendera de Guácimos), Jaime Thomás y del Alférez Juan López de Aguilar. Ello hace
que la gente asentada cerca de la Villa, construya un pequeño ejército de hombres para
defender lo establecido. Entre los soldados que fueron reclutados para conformar éste
reducido grupo, se pueden citar a: Joseph Vivas, Diego Sánchez, Pedro de Buenaño,
Cristóbal Jiménez, Juan Rodríguez, Andrés de Oria, Nicolás Martín, Agustín Cano, Juan
Becerra, Miguel de la Serna (el mozo), Alonso Nieto, Juan Vivas, Gabriel Pérez, Joseph
Díaz, Asensio López, Francisco Marcial, Francisco Rodríguez, Gaspar Díaz, Nicolás Díaz,
Sebastián Cano, Antonio Carvajal, Gregorio Ibáñez, Agustín de Anguieta y Losrph de
Zamora. Más que guardarse de la beligerancia de nuestros indígenas, la querencia de sus
corazones, buscaban, era, algo de tierras y algunos esclavos, quedarse con algunas cosas, era
su objetivo básico, su disfraz, cristianizar; para nuestros aborígenes, fue la máscara de la
cristianización, su peor muerte, su peor pecado.
Era el año 1774 y 1779 y los indios motilones no se rendían, ni a los Chinatos cristianizados,
ni a los blancos, quienes les esclavizaban. Se cita al Capitán Sebastián Guillén, en “la
pacificación” de los Motilones”. Pero una muerte aquí y otra allá, de esas bases populares
que se revelaban, no paraba la sed de conquista y poco a poco los pueblos o asentamientos
asumidos por los blancos fue creciendo, unos aquí, otro más allá, unos arriba, otros abajo.
Así como aumentaban los villorrios, aumentaron creciente y mayoritariamente los mestizos,
una clase social, que ahora llamamos bases populares, para no decirles pobres, esta nueva
clase social, antes indígena, ahora campesinos, luego obreros, obligó, a la también nueva
clase social, naciente, los criollos, poseedores ahora, de los nuevos medios de producción,
buscar nuevos convenios y relaciones de servidumbre, las cosas se daban, como lo había
dispuesto un Rey difuso y su Dios con su santa palabra.
LAS AGUAS DEL CATATUMBO.
Para mediados de 1890, en datos narrados por Arturo Guillermo Muñoz, en su libro “El
Táchira Fronterizo”, nos esboza un contexto de las tierras y haceres que vio y vivió, cuando
muchacho, nuestro héroe en referencia: “Al norte del Táchira, las montañas cubiertas de una
espesa vegetación descienden abruptamente hasta las planicies húmedas y selváticas que
rodean el Lago de Maracaibo. Estas tierras bajas entre el Táchira y el Lago de Maracaibo
eran consideradas como impenetrables por el hombre, y el paso a través de su espesura sólo
era posible a través de los ríos y riachuelos que desembocan en el Catatumbo y en El Lago de
Maracaibo. Las chozas de los Colonos y de algunos bongueros colgaban de las riberas de los
principales ríos. Mientras el extenso territorio de la selva permanecía totalmente virgen.
Abundaban las fieras y relatos de viajeros que describen los rugidos de tigres, grandes
caimanes tomando el sol en la ribera; las garzas y las cotorras de brillantes plumajes
rompiendo la monotonía del interminable follaje que bordea los ríos. Aun cuando el
Catatumbo era surcado por vapores procedentes de Maracaibo y constituía la puerta del
Táchira al mundo exterior; así como de las vecinas regiones colombianas, los asentamientos
agrícolas y ganaderos que empezaron a fundarse en la zona de los altos valles que bordean el
río se vieron amenazados durante los años de 1890 por las constantes incursiones de los
bravos motilones desde sus poblados de Rio Oro.
Estos indígenas, indomables y consecuentes con su clase social e ideología, bajo el concepto
de “primero muertos antes que un Dios difuso y extraño”, fueron descritos por el Cónsul de
los Estados Unidos de la siguiente manera, me sirvo transcribirlo, sólo con el objeto, que
nuestras futuras generaciones conozcan con propiedad, que el colonialismo rapaz de los
españoles y canarios de 1500 y 1800, no era diferente a la hoy raza nórdica, sólo que los
gringos ya no muestran sólo a Dios como elemento de enlace para sus fines, sino que
concretan en algo que se denomina mercado especulativo y, allí, la cosa se abrevia mejor;
allí, lo difuso y lo concreto, forman una cohesión que regula el comportamiento social y la
mentalidad colectiva de unos y otros; allí, la cristiandad empieza a ser derrotada, donde
“amad a tú prójimo, como a ti mismo” se hace, una simple metáfora.
Hoy, no parece haber diferencias entre aquellos y estos nuevos tiempos, por ello al igual que
los aborígenes de la Grita en 1583, debemos gritar, gritar, como expresión didáctica y de
sintaxis gocha, gritar siempre, ante estos comportares “fuera hijo de putas”; con el respeto
que merecen las mismas y los mismos. Por más larga y profunda sea nuestra ignorancia, por
más oscura se ponga la noche, debemos estar claros, que una mañana despejada llegará, en
sincronía con ellos o con otros, pero llegará.
Mientras la oscura noche de la colonia, heredada de los jesuitas y otros curas doctrineros,
continúa, veamos, que dijo el Cónsul Americano E. H. Plumacher a Edwin F. Uhl, Secretario
de Estado Asistente, Maracaibo, el 9 de febrero de 1894, y luego de leído, hacer el esfuerzo
para lograr un mínimo de sintaxis, que nos ayudaría a entender, sobre muchas cosas que pasa
por nuestras calles –“cerca de un sitio llamado el Pilar, en el Rio Catatumbo, varias personas
han sido halladas muertas o muriéndose y en todos los casos traspasados por flechas de los
indios. Hay pocos asentamientos en esa vecindad y si los indios organizan una correría como
la que ocurrió hace algunos años… o todo ese territorio, ahora parcialmente utilizado debe
ser abandonado, o el gobierno se verá obligado a entrar en una guerra de exterminio. Esta
última sería la alternativa favorita entre la gente, generalmente, y es el tiempo de que la gran
vía por el Río Catatumbo se haga segura para el tráfico. Es increíble que tal estado de cosas
exista en las mismas puertas de la civilización, y el humo de los vapores que pasa, haciendo
viajes regulares o interrumpidos, pueda verse desde el mismo sitio donde se cometen estos
ultrajes… Se sabe que, en las riberas del Río Oro, detrás de las playas, existen chozas y
asentamientos de indios. Una incursión bien organizada, sin darle cuartel con respecto al
sexo o edad, es, en la opinión de los más competentes el único camino a seguir. Quemar
todas las casas y los asentamientos y exterminar todas las plantaciones después…la tribu de
los motilones sólo puede ser tratada como aves de rapiña”.
En el tiempo se fue haciendo lo heredado por el dúo rey-jesuitas y luego lo señalado por
Plumacher. Poco a poco, entre nuestro silencio, xenofobia y la lógica común de la vida e
ignorancia fueron desapareciendo nuestras guerreras bases populares; los Motilones, los
Guajiros, los Abriacas, los Samarias, unos asesinados, otros esclavizados, hasta que, en 1975,
el gobierno de Carlos Andrés Pérez Rodríguez, en nombre del desarrollo, drenó el Río Zulia
y Escalante, se hizo la carretera Machiques- Colón, terminándose de colonizar lo iniciado
cuatrocientos años antes, por las huestes de Alonso Pérez de Tolosa y el padre del “Contador
de Antioquia”.
Para cumplir bien su misión, el entonces presidente repartió entre 25 adecos, herederos de los
hijos del valle de Caracas, miles de hectáreas. Tierra que hoy defienden como suyas,
apoyados por el olvido, ignorancia y des contexto histórico que avasalla mi pueblo;
ocultándose en ello y con ello el latrocinio realizado; como buenos realistas, damos beneficio
y ocultamos en nuestras almas un Rey que nunca se fue.
Mientras creamos que fuimos libertos, seguiremos penando y haciendo sintaxis como método
para canalizar el dolor. América toda, con diferentes combines vivió este sufrimiento, que
hoy matizamos mirando hacia el norte, como el mundo de lo posible.
EN MANOS DE DIOS.
Entre los blancos, los pleitos y chismes se hicieron un modus vivendis, una lucha sin
fraternidad para ostentar el poder. Entre la valentía y exterminio de Abriacas, Chinatos y
Motilones se fue moldeando y modelando el Táchira fronterizo. En ese trajín histórico, de
xenofobia, poca solidaridad y abundante ultraje nació y se crio Francisco de Paula de
Santander y Omaña, en unos años en donde la América, desde muy el sur, a pesar de sus
propios chismes, empezaba a fraguar su independencia política y administrativa de Europa.
Nuestro héroe, no creó solo nuestra actual condición, cada uno con nuestro dios y su cruz,
con nuestros milagros, pecados y pasiones, hemos ido poniendo nuestro granito de arena en
una América que no deja de sangrar.
Después de tanto genocidio, poco a poco nuestros indígenas fueron deshechos o se
camuflaron con el color del invasor, con un alma blanqueada, que les daba una nueva
sabiduría, sabiduría que nos ha llevado hacia una larga noche, noche llena de dolor. Los
últimos impíos Kenios, se acercaron, convinieron con un Dios colonizador, de talante
europeo, naciendo una clase popular comprometida con los mirares del opresor. De un Dios
que, guardado en su cielo disipado, solo e irresoluto, no le quedaba mucho tiempo de mirar y
evaluar lo que hacían sus hijos españoles y godos en la tierra.
Dios, de vacaciones o en extremadas tareas, merecidamente le había dado al Papa y luego al
desarrollo, el poder de hacer con nosotros lo que se le viniera en gana. El Papa Alejandro II,
por sus ocupaciones carnales deslices con su hija Lucrecia, les trasladó su poder al Rey, el
Rey al conquistador y el conquistador a sus capitanes, cualquiera fuera de ellos, quedábamos
en manos de dios. Pero como la orden final la emitía o emite el cura o sacerdote, ordenado o
impuesto por el Obispo, la cosa volvía a sus manos, en una iglesia que ya tenía forma
americana. Cualquiera fuera el orden, en las chiquitas, eran los curas los que se quedaban con
la plática, por ser los auténticos representantes del Rey, Papa y Dios.
En la historia, como en todo sistema, se produce un error como estrategia ante los cambios,
este error empezaba a asumir espacio en el tiempo, más cuando entre el Papa y el Rey, en
ellos y entre ellos, no todo era o fue color de rosas. Las contradicciones no pudieron ser
canalizadas, ya que la usura no tiene medieros, los Jesuitas fueron expulsados de América en
1777. Luego de un largo concubinato, por más de 300 años, después de haber manejado la
tarjeta de débito del rey cómo les diera la gana, los Jesuitas les pusieron cachos, e iniciarían,
uno de los más grandes complots de la historia, dando como consecuencia, el derrote del
imperio español; los Jesuitas tenían la bisagra que cohesionaba a los imberbes con el Rey, se
tomaron a Dios para sí y, allí en ese caldo de contradicciones nacerían Bolívar y Santander.
Nada de lo de ahora, es casual, ni es asunto de hombres y mesías que nacen cada 100 años.
Lo casual, no es tan casual; la frontera que creó Francisco de Paula, no fueron cosas casuales,
ni intemperancia de él.
Aún con tanta muerte y genocidio, cristianización o genocidio, con una virgen aquí y otra
allá, majadería o ignorancia, violación o deseos, fueron muchos los indios e hijos de indios,
que, alzando un santo aquí y otro después, una cruz en el pecho y una en su lecho, pudieron
colársele a la vida, y tomando el poder, muchas veces se comportaron y se comportan peor
que los blancos, como síntesis de 400 años de historia; no podía ser de otra manera, somos la
controversia entre papa y Dios, “Déspotas Ilustrados”, dando como resultado una usura
galopante que ya ahoga al planeta.
Los Borbones españoles, hicieron lo que venían hacer, como Judas, hicieron lo que tenían
que hacer, conflictarían una época, que facilitaría un contexto en donde nacerían Bolívar y
Santander. 1800, era la transición hacia nuevos imperios, en donde un nuevo elemento de
cohesión social, el mercado de usura y su capital insipiente, reforzarían, la necesidad de que
un Dios, un Papa, y hasta un Rey, siguieran vivos en nuestros corazones, mientras la clara
mañana continuará en espera.
Al norte de esta América del Sur, no hubo convenios ni medias tintas, no hubo Curacas, ni
curas buenos. En estos lares, en esta guerra entre españoles y aborígenes no hubo prisioneros
indígenas, acá fue una declaración de guerra a muerte. Los anales y diarios históricos que
guardaron los españoles en las iglesias no tienen referencia de un preso de guerra, no porque
la obviaron, no la tienen porque todos los indios caídos eran exterminados, no fue guerra, fue
genocidio de una clase popular naciente, excepto una que otra mujer, salvadas, por llenar
éstas, las avideces eróticas del invasor, ellas, lograban sobrevivir; por ellas, el aborigen
domina hoy la genética de nuestros amores y desamores; los español domina nuestras fobias
e ignorancia horizontal. La diversidad y su principio reproductor, no podía ser derrotado, a
pesar de tanta fobia cristiana.
Los que sobrevivimos, fuimos bien adoctrinados por los Jesuitas, Franciscanos, Agustinos y
Dominicos, sacerdotes provenientes de San Cristóbal o de padres o curas que en larga
jornada venían desde Pamplona; y si algunos de estos faltaban, aparecían como fantasmas:
Benedictinos, Cistercienses, Oratorianos, Carmelitas, Trinitarios, Cartujos, Mercedarios,
Clérigos Regulares Menores. Jerónimos, Capuchinos, Carmelitas Descalzos, Sacerdotes de
San Basilio, Orden de los Mínimos, Resurreccionistas, Canónigos Regulares Lateranenses y
si alguno faltaba, aparecía la legión de María o las hermanitas de la caridad; la diversidad en
ello era prodigioso, un mundo lleno de ignorancia estuvo presto, para que fácilmente se
propagaran y como un gran opio, adormeciera a muchos, encabritara a unos pocos y
exterminara judíos.
Ante tal avalancha, todos toditos, luego lueguito, fuimos marcados por un Dios y si, por la
mañana se nos olvida, volteamos nuestra mirada al centro de la plaza principal, o afinamos
los oídos al viento, encontraremos allí, estructuras amorfas que en violencia al paisaje y sus
volúmenes, muestran los símbolos códigos del miedo; una gran torre o inmensas torres que
buscando acariciar el cielo entre símbolos paganos, tocarán las campanas, sonando,
repicando, señalando y recordando siempre que tenemos que pagar nuestros diezmos, que allí
está a quien se le debe guardar lealtad.
Nuestros aborígenes, fueron sacados de sus tierras a otros lares, por la necesidad de mano de
obra que requerían los españoles para labrar sus grandes extensiones de tierra, o, en caso de
las indias, subyugados ante tanta vagina a la intemperie, las buscaban como sus mujeres o
amantes. Nuevas relaciones se construían, relaciones que más tarde tendrían sus valores
agregados, naciendo América.
Nuestras indígenas al final de cuentas por donde se viera o por donde se buscara, eran las
únicas féminas de la región al alcance de unos soldados sedientos de cama; de ellos salieron
nuestros conquistadores, héroes y espíritu de blancos. Reconociendo nuestra derrota,
reconociendo este contexto y tomando piso, las máscaras de nuestra historia, pudieran
empezar a caer y darnos una nueva visión, visión, que busque, calmar nuestros desesperos
sociales y paranoias espirituales, ya entendiendo esta verdad, entonces dar nuestra aceptación
la necesaria diversidad.
La mayoría de los indígenas desaparecieron, prefirieron morir antes de traicionar a sus
dioses, dioses más benevolentes que un dios mítico y de trágica muerte. Otros fueron
asesinados por los encomenderos, maltratados por el simple hecho de no ser blancos y no
tener alma; siguiendo el principio rector, del Cónsul Americano E. H. Plumacher a Edwin F.
Uhl.
Convertirse en blancos, lustrar o blanquear su apellido se hizo la mejor estrategia para los
mestizos, estrategia que se ató al tiempo y fue seguida por aquellos aborígenes, que logrando
sobrevivir hoy pululan las escaleras, vericuetos, calles y senderos de nuestro pueblo. Alguno
al salir de su pobreza, en su ascenso social, se comportaron peor que el español. Hoy vemos
en nuestros apellidos una abuelita o abuelito español; en lo español, en el ARN de nuestra
abuelita vemos la posibilidad de ilustrarnos o largarnos. Con ello, nos hacernos gagos,
eunucos ante lo hermoso de la vida, negándonos a transitar el camino en donde amemos al
prójimo como a sí mismo.
Sin poder borrar nuestro imaginario genético, entre hijos de españoles e indias, y algunos
negros, se mestizaron los Andes, se mestizó nuestra tierra, sé mestizaron los apellidos, el
alma y el espíritu dé todos, dé Bolívar y de Santander.
Hijos de la tiradera sin calzón, producto del desarraigo, desmembrados de su familia, hijos de
la ignorancia y la persecución. Una tierra violada que se formó y creció sin tener promesas,
sólo con las muchas ilusiones y esperanzas que nos brindaba un Dios ocupado y lejano.
Sobre estos cimientos, se desarrollaron los cuentos y hechos, cuentos que siempre tendrán
que llevar los apellidos del Táchira, entre ellos: Los Medina, Delgado, Tapias, Rosales,
Contreras, Velasco, Roa, Varela, Rangel, Moncada, Santander, Colmenares, Joves, Arellano
y Cárdenas, sobre tierras y pueblos llenos de neblina y máscaras que ocultan su belleza,
como: San Cristóbal, La Grita, Capacho, Cúcuta, Las Cumbres, Lobatera, Ricaurte o San
Faustino. En estas tierras del Táchira, en estos apellidos guindados, surgidas y surgidos de la
malquerencia y el dolor, del cafetal y la violación, de la intemperancia y desaforado
comportar de nuestros héroes, del compromiso sin cumplir, de la añoranza de lo español, de
la negación de nuestro indio, de la cruz como testigo y, del dedo índice como factor de poder.
Bajo esos estigmas nacimos y crecimos muchos y entre ellos, un día de 1792 Francisco de
Paula Santander y Omaña.
Después de esto y de lavar nuestras culpas, podremos explicar algunos momentos de la vida
del General y comprender, su a veces genio intemperante, xenofóbico, violento y desaforado
que señalan algunos historiadores como exclusivo del héroe y, mostrados sólo como sutilezas
en otros, cuando el piso fue el mismo.
TIERRAS DE SAN FAUSTINO Y RICAURTE.
¿Cuándo nació el pueblo de Ricaurte? Le preguntamos un día a Juan Guglielme Suarez y,
esto él nos respondió. Su nombre se lo pusieron tal vez muy ayer, pero sus ranchos, sus dos
calles, luego sus casas, se hicieron desde hace rato, desde el mismo momento que nació San
Faustino. Tardó en crecer, pero murió rapidito producto del contrabando, del negado de
aquellos que desde Maracaibo o Caracas, no aceptaban o escondían el escape del tributo. Fue
y es un camino de todos, pero nadie acepta su paternidad, no vaya que lo hagan preso.
¿Cuándo nació?, me preguntas; creo que Ricaurte y San Faustino, siempre han estado aquí,
ayer le llamaban Mucujun, hoy Ricaurte; más abajo llamaban Samaria, hoy San Faustino. Un
poco más arriba Ricaurte o más abajo El Arrayan, pero todos ellos son un sólo pueblo, un
pueblo solo, que siempre ha estado aquí y que Francisco de Paula, les dio vida desde Bogotá,
cuando su exacerbado poder de Presidente, los puso al lado de Colombia y luego los
herederos del valle completaron la tarea, por sus actos de entreguismo de una frontera
siempre lejana.
Estas tierras de La Mulata, Las Cumbres, Samaria, Ricaurte, San Faustino, siempre han sido
un sitio de cuido, de guardarse, de protegerse, de huir, de llegada. En los mejores tiempos,
Ricaurte daba seguridad de estar solo; el comercio florecía y entonces la soledad desaparecía
y aparecía la libertad, la soledad se escondía entre los peñascos y las abundantes rocas. Pero
siempre Ricaurte y San Faustino, han estado ahí, listos para atrapar a algún asustadizo o
necesitado hombre de San Cristóbal, los Páramos, de Capacho, Caneyes, Lobatera o El
Cobre. San Faustino, atrapó para siempre a Francisco de Paula Santander.
Las tierras de San Faustino y Ricaurte eran tierras de Venezuela, pero tuvieron la buena
suerte de que allí naciera Francisco de Paula Santander y Omaña; hombre como no pare otra
madre; hombre como ese, sólo podía nacer por los caminos del Táchira. Luego de tanto grito
de Páez, Urdaneta, Anzoátegui, abandonó Caracas y buscando los llanos de Casanare, se
sintió colombiano y tomando su arrechera se vino y en Boyacá libertó a Colombia. Siendo
presidente, y claro, de que a estos lares nadie le paraba bolas, en el año 1832, nos mandó a
quitar el pedazo de tierra, aquel lugar, lugar de sus juegos y saltos sobre abismos; peleaba
solo por San Faustino, pero también se llevó a Ricaurte. Quería todo el Táchira, pero Páez
como siempre, metiendo la pata, le dijo “soy débil, pero no toche”. En un día cualquiera de
febrero de 1982, la mayoría de venezolanos residentes allí, tardíamente, como siempre
sucede en frontera, se daban cuenta de las decisiones tomadas en Caracas “estas tierras no
eran venezolanas”.
Ricaurte se sintió luego en el tiempo, en el transcurrir del tiempo, tan solo, tan solo que
murió de soledad. Su gente le importó poco a Páez, a Páez siempre le importó poco su gente;
“su ignominioso ejemplo de un magistrado débil, contribuyó a hollar el pacto social, y no
tuvo la firmeza correspondiente para sacrificarse por los buenos principios y el orden
constitucional.”, al igual que Gómez y López Contreras. En definitiva a los de Caracas,
siempre, poco les ha importado esta frontera.
Cuando desarraigaron al pueblo de Ricaurte, no les pusieron sicólogos, siquiatras y menos un
sociólogo, sólo les dijeron, jodanse. Por su parte, Bogotá, ya muerto Santander, entendieron
que este pedazo de tierra no era de los colombianos y lo dejaron morir. Si no, vean a
Ricaurte, échense un paseíto, hoy es un pueblo fantasmal, de grandes casas, de largas calles,
que sirven para guardar cosas de lo ilícito; es un pueblo tan solo, tan solo, que hasta la
soledad se perdió; esas casas y calles solas, podrán echarle el cuento de Santander sin
tapujos.
Cumpliendo con el mandato de Santander, cuando fue presidente en 1832, de pronto, en
1981, el viento se detuvo y en vorágine de vacío, se dio una diáspora, en protesta de lo que
ocurría. Un día cualquiera del ayer, en una mañana cualquiera, en un despertar cualquiera,
hombres, mujeres y niños, y hasta el cura, tomaron su pollero y se fueron pal carajo, para
donde bien les dio la gana. Abandonaron los sueños, la vida y las esperanzas y en el pollero
no se llevaron nada; en las salas y zaguanes de sus casas dejaron, la matica de zabila, las
imágenes de la Santísima Trinidad, de Bolívar y Santander, sin siquiera preocuparse. Todo
ello gracias a decisiones, tomadas desde Caracas y Bogotá.
La construcción del Mojón y reafirmación de lo escrito, allá en Bogotá y Caracas se tomó en
una fecha y un año que ya no importa ni siquiera recordarlo. Decisiones que se toman sin
saber siquiera que pasaba y aun pasa en esas fronteras, que solo Dios ampara y desampara.
Los únicos que se quedaron por aquí, fue el cobrero Ananías Méndez y su esposa Ofelia. Ahí
están las casas solas, hasta que un día Bogotá se dé cuenta, que este lugar es de ellos y le
meta la ayudadita.
La construcción del Mojón y reafirmación de lo propuesto por Santander, se tomó en 1923,
pero como acá al Táchira todo llega tarde, sólo fue cuando el hambre apretó que nos dimos
cuenta de que nos habían robado. Para 1953 y 1961, cuando Reinaldo Flores y Ananías se
marcharon o se fugaron pa´Ricaurte, este pueblo estaba en pleno apogeo: parecía un puerto
seco, allí llegaba harta y atiborra mercancía barata. Cuando se hacia el cambio de bolívares a
pesos, el ahorro pal venezolano era significativo, parecido o tan igual como ahora para los
colombianos, con la diferencia, de que ahora en el segundo decenio del 2000, la oligarquía
colombiana, se lleva de Venezuela, hasta los suspiros de los pobres.
Juan Guglielmes Suarez, respiró y dijo; usted se pregunta ¿Qué cuando nació Ricaurte? A lo
largo de ese gran camino hacia Ricaurte y nuestro siempre San Faustino, camino que no se
sabe y no se supo nunca, si venía o iba, se fueron construyendo largas y grandes casas de
ladrillo, todas de la misma forma y altura, como en acuerdo arquitectónico o acuerdo de vida
de sus primeros y siempre habitantes; marginados, sujetos de orilla, llamados ahora base
popular.
Ahí, está el porqué, pero nadie sabe de el por qué, porque el por qué se perdió en el tiempo y
no le dio cabida al cuándo, ya que cada uno de los hombres o mujeres que llegaba, se decían
ser los primeros. En Ricaurte nadie llegó primero, ya que Ricaurte nació de la soledad, nació
de la nada. Por esta frontera abierta, entraron armas a favor de los realistas, pianos, alimentos
e igualmente salieron el café y el cacao, que permitieron menguar el hambre a los andinos y a
unos pocos hacerse de unos cuantos reales, como dones del contrabando, siempre a costa de
los maleteros, como ahora lo hacen con las hortalizas los ferieros, a costa del sudor y
lágrimas del campesino. Usted puede ver hoy al feriero una buena casa y buen carro, pero al
campesino “conti´más, una moto de esas baratas”.
Así, na´más, un día entre cuentos y hablando paja de Francisco de Paula, en la bodega de
Chard, por allí en La Laja, en los caminos hacia San Faustino, estas cosas me las confirmaba
Juan Guglielmes Suarez, el hijo del Diputado.
COSA DE LÍMITES.
Históricamente era claro, entendido, en uso y en derecho, que el límite entre Colombia y
Venezuela, era y son las márgenes del Río Táchira. Sin embargo, el Laudo arbitral de 1891,
abriendo una cuña dentro del territorio venezolano, establece una nueva frontera, sin sentido
geográfico, pero con sentido histórico, y de gran preocupación para los colombianos y
venezolanos, por el nacimiento en San Faustino, del Libertador Francisco de Paula
Santander.
Para enmendar la jugada geográfica que había realizado la naturaleza, a un interés nacional
foráneo, un día cualquiera de mediados de 1833, el colombiano Lino Pompos y el godo
venezolano Santos Michelena, representantes de ese nuevo sujeto social que ocupaba el
poder político, vienen a encontrarse en un sitio limítrofe llamado Samaria o San Faustino, allí
ven el problema en sitio. Bajo una orden Prusiana, ven el río, miran hacia el cerro, ven la
planicie, miran al párroco de Lobatera Amando Pérez y este con un gesto en la cara les dice
“no hay otra, el territorio es venezolano, San Faustino está pa´este lado del río”. Pero una
orden, era una orden, ser servil y callado es el don de muchos de la administración pública,
parece que en ello no hay diferencia, entre el ayer y el hoy, el proceso requería el silencio y
el asesinato de sueños.
Detectada esta realidad, había que remendar el capote como diera lugar. Dirigidos por
baquianos y entendidos de caminos, recomendados por el propio Presidente Santander, Lino
Pompos sabiendo la importancia de la misión incitó a Michelena, a que echaran patica, por lo
que se fueron hasta un límite confiable y encontraron la desembocadura de la quebrada Don
Pedra, tomaron camino arriba, adentrándose por el territorio venezolano. Siguiendo, como
nuevo límite la tal quebrada y apoyados por la naturaleza, vieron que la cima, se marcaba
como en línea graficada por el tiempo, por un gran farallón que se desprendía buscando El
Río Táchira, el sitio se inventaba en forma perfecta e inconfundible y loable, para hacer lo
que venían hacer, luego en camino de recuas se buscaría la quebrada Guarumito y de nuevo
los bordes del río.
Entonces los límites de Colombia, toman tierra venezolana, bordea cimas sinuosas, hasta
llegar a la embocadura de la quebrada de Guarumito, dejando por fuera de Venezuela, las
aldeas de San Faustino y Ricaurte. Naciendo para Colombia un pedacito de tierra que pa
´nada le hacía falta, con sólo un papeleo en los registros, hubiese bastado y, con callarse la
jeta, jamás se hubiese sabido, que, en el Táchira, nació Francisco de Paula Santander, un
tachirense de excepción.
Lino Pompos se fue alegre, José de los Santos de Michelena y Rojas Queipo le sonrió al cura
Amando Pérez Arellano y dijo “veremos en que para esto”. A la larga, la naturaleza liquida al
adulado, ya que su vida se construye sobre pilares irresolutos, lo que hace del adulador, su
aniquilador.
De la noche a la mañana un grupo de venezolanos se volvieron colombianos. Pero la cosa no
les iba ser fácil, ya que hubo muchas tías que, al nacer un niño en Ricaurte o San Faustino, a
los pocos días, corrían para cruzar la frontera y los asentaban en Colón o Lobatera. Sin que
fuera táctica o estrategia política, mis tías tuvieron más fueros y bolas, que muchos políticos
de ahora, con las cosas que hoy en día pasan con Guyana. Ellas, con mecanismos políticos
bien claros, esbozaban acciones sustantivas “Se quedarán con las tierras, pero lo que es los
muchachos no los llevamos con nosotros pa´Venezuela”. Michelena como buen realista,
sabia, que, se jodía en un patriota, en el General de Generales y por ello sonrió, Lino
Pompos, jamás pensó en esto, ya que su adulación con Santander era en serio. Ha pasado el
tiempo y las horas esperan los minutos, para entender porque se hizo, lo que se hizo. Hoy
Ricaurte quedó solo y sus casas muertas quedaron pa´Colombia, nosotros nos trajimos su
alma. Al final, las almas son las que desandan y los cuerpos los que se corroen.
LOS CAMINOS VERDES.
Los jesuitas, enseñaron que “por los caminos verdes se va a la ermita”, bajo tal caminar y
mirar, crecimos en una tierra sin dolientes, buscando el intercambio, el escape rápido, el
contrabando y la promesa de ser perdonados al arrepentirnos, por lo que todo se hizo fácil y
hasta atractivo. Con una cruz en el pecho y un rosario en el bolsillo, nos propusimos el
desarrollo de Venezuela. Como nuestro lugar era la frontera, lo que hacíamos, aquellos que
podíamos, era contrabandear reses de aquí para el otro lado, al ganarse 10 o 15 pesos por
animal o res. Y de Colombia para Venezuela, traíamos mercancía que venía del norte, de la
Unite State o de las Europas, en una relación de costos de, 1.3 pesos por dólar, a través del
tranvía que llegaba de Maracaibo a Cúcuta, lo que hacía del comercio no licito, un negocio
atractivo.
En más de cuatrocientos años, el Rio Zulia y Táchira habían sido una gran autopista de agua
hacia el puerto de San Faustino, puerto centrado en la circulación de bienes y mercancías, en
donde ansiosos esperaban los arreos de mulas; arreos iban, arreo de mulas venían. Reducido
el caudal para finales de 1800, entonces construimos un tren.
Después de haber trasmontado el Rio Catatumbo, hasta San Faustino, en 1578, las casas en la
vera del camino, entre San Cristóbal y La Grita, se habían multiplicado, las posadas rápidas
para el arreo de mula, era negocio atractivo, hasta que las casas se fueron amontonando y
como principio ideológico, las misiones cristianas que no fenecían, pusieron una cruz, y
alrededor de la cruz una casa y otra casa, luego una plaza y una iglesia; ello facilitaba el
tránsito por estos caminos. Cuatrocientos años de contrabando le dieron forma peculiar a esta
frontera. En 1850, ya enfermos nuestros ríos, los caminos de San Faustino, Ricaurte,
Lobatera, fenecían; luego el tren, otros caminos y lugares mostraban mejores perspectivas,
hasta que la memoria los borró.
Para el año 1908, San Faustino apenas respiraba, el puerto había sido reemplazado por el
tren. La mercancía era llevada por jóvenes venezolanos por los caminos verdes, lo que
evitaba el pago de un 30 por ciento del costo de la mercancía, por pago de aduana. Se traían:
Liencillos, mantas blancas, piezas de Zaraza, piezas de algodón, dril blanco, piezas de
Alabama, linternas Star, caja de polvos Sudlitz, cajas de maicena Dulyea, frascos de
Tricófero de Barry, dulces surtidos, manteca, cerveza, kerosén, hasta triquitraques y demás
exquisiteces, que eran vendidos en Lobatera, San Cristóbal, y muchas de las veces en La
Grita.
La constante persecución de contrabandistas, por parte de los gobiernos de turno, necesitaba
de un sitio seguro de paso, del “escóndase un rato”, del “guárdeme un momento”, de esta
necesidad y en una tierra de nadie, quizás así nació Ricaurte o Mocujun, un camino con
menos vueltas que San Faustino.
Ricaurte, nació para eso, creció para ser camino de paso, el camino ilícito, al final el pueblo
nunca supo de quien era esa tierra y porqué le habían puesto ese nombre. Hasta que el crecer,
el abundante comercio del año 1950, le hizo creer que era un pueblo para la eternidad y no
importó a quien perteneciera, siempre y cuando diera de comer. El contrabando lo mató y lo
hizo tierra de nadie y de todos.
Todo ello pasó hasta que la neblina de los años de 1982 y 1983, ocultaron a Ricaurte y las
pensiones y almacenes se escondieron y sólo el viejo Cobrero, Ananías Méndez, resistió,
hasta que un día del año 2002, pasaron los eternos viajeros y se lo llevaron para que fuera
parte del par de filas de las ánimas benditas que hoy desandan en Ricaurte, por ahora el único
que queda por aquí soy yo; así se expresaba Juan Guglielmes Suarez el hijo de Juan
Guglielmes Oliveri. Ello empezó a invisibilizar el cuento de Santander.
En estos días fui por allá y me dijeron que Juan Guglielmes Suarez había muerto. El ayer
pueblo de fiestas y comercio, el pueblo de Ricaurte hoy para el año 2013, se ha convertido en
un doloroso, solo y seco pueblo de frontera. En ese solo pueblo, se encuentra un solo
cementerio, una sola iglesia, una iglesia sola, una sola calle, una calle sola, una sola tienda,
un solo sueño y el sueño de volver a revivir.
Ricaurte, nació ayer y murió ayer. Pero el sitio de ubicación no fue al azar, ni el azar lo hizo.
Fue construido sobre un camino del pasado, construido sobre nieblas escondidas, sobre una
meseta protegida por grandes farallones, voladeros o despeñaderos que lo hacía y lo hace un
sitio estratégico. Un pueblo construido sobre un camino que no podemos ubicarlo para los
recientes tiempos, sino a tiempos que la misma niebla quiere ocultar. Su origen se remonta a
muchos tiempos, todos, tiempos del ayer, ya que los tiempos de hoy han huido de Ricaurte.
De Ricaurte quedan las reminiscencias, los caminos verdes y hombres que en sus recuerdos,
muchas noches se levantan sobresaltados, al creer que un Guardia Nacional los despierta,
apuntándoles con un mitiueso, sobre su cien, diciéndoles: ¨Te agarre desgraciado ¨-
Esos fueron los caminos y el pueblo que dio cobijo a los huidos como Reinaldo Flores y a
pequeños y huesudos jóvenes de El Cobre llenos de hambre y de miedo. Referencias sobre
contrabando de cosas grandes como la cocaína, la gasolina, el ganado, alimentos, sobrarían
en este cuento, pero como la inocencia me acompaña, le mostraré como referencia un
sosegado mirar de ayer.
SAN FAUSTINO, UNA DE NUESTRAS MASCARAS.
San Faustino de los Ríos, nació como un puesto militar español, por las constantes
incursiones de los motilones a diferentes poblaciones de El Táchira, especialmente a sectores
de La Grita. Estas invasiones, fueron una máscara para favorecer a una clase social
privilegiada que se consolidaba y que después de la independencia seguirían viviendo del
contrabando, de hecho, hoy, de cosas más sutiles y polvorientas, que la sal y el licor de
entonces; hoy, la urea, la gasolina, bases, de la hechura, de la Cocaína, conforman el nuevo
menú.
Este puesto militar, rondaba como protección, de un grupo, que manejaba el sentido
especulativo y comercial de diferentes mercancías, traídas desde Europa a través de la
población de Gibraltar, ubicada en los bordes del Lago de Maracaibo.
Desde antes de su fundación, en 1578, San Faustino o Samaria, se manejaba como un puerto
de embarque, que comunicaba al Táchira y Cúcuta con el Lago de Maracaibo. Su vieja
navegación y activo comercio es descrito en la demanda realizada contra el Gobernador
militar de esa entidad en el año 1699, en donde un tal Rodrigo Ferreira de Almeida;
nombrado y protegido de las autoridades de la Villa de San Cristóbal, específicamente por
Martin Omaña de Rivadeneira, los Joves Moncada, Juan de Santander, Los Cano y otros, los
cuales formaban parte del nuevo sujeto social que se amalgamaba.
Según la narración de los bogas de ese entonces, sufridos testigos de ese infame comportar,
el viaje entre Gibraltar y San Faustino, duraba 40 días y se utilizaban entre 7 u 8 bogas al
precio de 7 pesos cada uno. En esta labor participaban mulatos, indios esclavos, los cuales
eran patronados por el gobernador en cuestión y, de quienes ejercían la dirección política de
San Cristóbal.
El Gobernador militar de esta región, fungía como el principal mercader y utilizaba su poder
para mancillar a los indios y forasteros, además de no pagar los impuestos en forma debida, a
la jurisdicción de la Villa de San Cristóbal. La anarquía y su estado de emergencia, eran
maneras de encubrir para pocos, una riqueza vedada para muchos, ya fueran estos, españoles
o canarios.
En declaraciones de uno de los testigos, de las tropelías del Gobernador y su Teniente
General, Miguel Márquez, acusaba que las mercancías que estos traían desde Gibraltar,
constaba de: aguardiente, sal y ropas de Castilla. Ante el poder, vedado por la mentira,
triunfó la decisión más atroz, en donde los reyes de España, pendejos eternos de la pedantería
y la cursilería, creyeron que de un plumazo cortarían el paso histórico, de un río que invitaba,
para ese entonces, ansiosamente que le navegaran. Dijeron y proclamaron “no al
contrabando”, con ello aumentaron los cobros ilegales, legalizaron el ultraje de los bogas y
facilitó y encubrió, el contrabando a una clase social privilegiada que nacía, en estas tierras
lejanas de Dios.
“El contrabando no puede ser”, de esta manera fue calificado por la realeza española, la cual,
buscando que le pagaran sus gravámenes por traslado de mercancía, pensó que, eliminado el
camino de San Faustino hacia el Lago de Maracaibo, evitaría la evasión de tributos. No les
pasaba por la mollera, que quienes le tumbaban los tributos, eran los cobradores de tributos,
financiadores del contrabando, interesados en el desgobierno, los colocados por ellos con el
dedo índice. Hoy en día, 2013, existen ocho o diez alcabalas del gobierno Bolivariano de
Venezuela, para evitar el contrabando, pero al igual que ayer, forman parte de este morbo, no
pudiendo evitarse que La Laja, Ricaurte y San Faustino sean el paso más abierto de
mercancía de América Latina, los símiles no deberían sorprendernos, ya que su estructura
ideológica es la misma.
Veamos una referencia histórica sobre este aspecto, referencia que es recreada por Tulio
Febres Cordero en su libro “Archivo de Historia y Variedades”, sobre una proclama, que me
sirvo presentarles, denominada Real Provisión de 16 de diciembre de 1710, dirigida por el
rey al Gobernador de Maracaibo y Justicia de Gibraltar en que reitera la prohibición absoluta
de navegar con mercadería por el Río Zulia, con ello sólo encubrían la especulación,
aumentando las necesidades de un pueblo. Este absolutismo y desgobierno, era puesto allí al
servicio de pocos, bajo la creencia que lo dicho por ellos, por ser reyes, era “santa palabra”;
hoy, el desgobierno, se pone al servicio, del mayor lavado de dinero de América, dinero
proveniente de la Droga.
Debe recordarse que es una proclama de 1710, no debemos confundirnos y creer que Don
Felipe, era de estos días, no, era del año 1710, iniciándose el mandato de los borbones
cuando se pretendía reducir el poder a los jesuitas y a una clase social privilegiada
establecida: los criollos y mestizos blanqueados, que crecían y se multiplicaban,
apoderándose de todo y por haber.
“Don Felipe por la gracia de Dios Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias y
otros sin fin de pueblos de América, denominada para entonces Indias Orientales y
Occidentales. Así se dirigía el Rey al Gobernador y Capitán General de la Ciudad y Provincia
de Maracaibo, “vuestro Teniente General y a cualquiera de las justicias de la Ciudad de
Gibraltar, sabed: que en virtud de mis reales ordenes tengo mandado no se trafique el río
Zulia……..para que por ningún modo ni manera se trafique dicho río en embarcaciones
ninguna así de las que vienen de la ciudades de Maracaibo y Gibraltar para la ciudad de San
Faustino de los Ríos donde desemboca dicho río por las usurpaciones que se hacen de las
ropas de Castilla y otros géneros pertenecientes a los derechos de mis reales haberes…. Y
continua “y así lo ejecutareis unos y otros cada uno por lo que os toca sin hacer cosa en
contrario, pena de cada trescientos pesos de buen oro para mi cámara y fisco…y demás
menudencias descritas en 12 páginas.
Mientras esto pasaba, los jesuitas, los holandeses e ingleses, se sacaban todo lo que podían,
por Puerto Teteo, vía Rio Apure. Al igual que el rey de España, hoy no salimos de pendejos,
el coloniaje aflora en cualquier momento. Mientras Colombia establece decretos a favor del
contrabando, nosotros lo coaccionamos, no hacemos reingeniería, sino que seguimos, en
1700.
El Rey desde más allá del mar, creía que aquí le paraban bolas, no se daba cuenta que en esta
América que nacía, mandaban eran los jesuitas y un nuevo sujeto social, la clase criolla que
crecía y se había quebrado el lomo, matando indios. Hoy en la frontera, mandan los zares de
la droga, provenientes de las mismas familias, que ganaron la guerra de la independencia
En estos cuentos, el ayer no logra diferenciarse del hoy, el hoy no logra nuevos matices que
le diferencien del ayer. Estar en cada aldea lejos de Dios nos ha favorecido, ya que estando
por aquí ni siquiera nos dimos cuenta de las dos guerras mundiales y de los peos del oriente
medio; por acá en la frontera un poco más de hambre en el pobre no se nota. Hoy al igual que
el ayer, la dureza de la aldea de La Laja, su tierra, la zarza y el helecho, hacen al final de la
solitaria tarde, de cada interminable tarde, valorar los momentos de alegría y convertirlos en
expresiones de Dios.
En esta aldea de nieblas y sueños, en estos dimes y diretes se criaron mis bisabuelos, abuelos
y mis padres, se crio Francisco de Paula Santander. Ellos para enfrentar la agreste montaña,
para esculpir la dura tierra, la misma roca y hacer brotar la dura arveja y gruesa caña de
azúcar, solo podían lograrlo soñando cada segundo, dimensionando su lugar y su posición,
rezar con devoción, para así aguantar o llevar la cruz del duro trabajo necesario.
Al final, no importa lo que pase o pueda pasar, recen o dejen de rezar, el pobre tiene siempre,
siempre el mismo destino, siempre la tierra y las rocas, este será su lugar, el lugar donde
reposen sus almas, almas de los pobres, no abra otro espacio, ya que el cielo está ocupado,
allí están, sólo los que paguen indulgencias, indulgencia con censo, indulgencias registradas
con tinta y letra del cura, si a esto le sumamos los curas, el cielo ya está lleno, lleno de curas
y ricos.
El universo cada segundo se expande, ahora, si el cielo es el universo, entonces tendremos
chancecito, ya que con su tamaño actual, hay más estrellas que arena en el mar, ya que no sea
que algunos ya las hayan comprado y registrado; si ello sucede, miren que no es de extrañar,
ya que en toda España hay un impuesto, que obliga a todo ciudadano, a pagar el uso de la luz
solar, ah, y en Bolivia cobraban el recoger del agua de lluvia.
Los cambios de poder, en una nueva relación social que se expandía era inevitable; por lo
que ya para 1810 se hizo ineludible la independencia de España, más ahora, que Napoleón,
daba su ayudita y ya los títulos supletorios, entregados por el Rey, no cabían en un mundo
donde ellos, los criollos, eran mayoría.
EL RÍO, LA DIFERENCIA...
San Faustino, era la tierra de los sueños del siempre fronterizo General Francisco Paula
Santander Omaña. De esa su tierra, Juan de Castellanos para finales de 1500, refería en sus
poemas a la importancia del puerto de San Faustino.
Vila (1998), cita “Castellanos en su obra se refiere a la posibilidad de penetrar por las tierras
andinas utilizando la vía fluvial de aquellos ríos que formándose en la cordillera, afluyen al
lago de Maracaibo, y cita para este efecto los ríos Chama y Cúcuta, o sea, el Catatumbo y
afluente el Zulia. Y aún se refiere a “otros ríos” y a su posible navegación con embarcaciones
procedentes del Lago de Maracaibo……. “. Ello lo comprendieron con inteligencia los
primeros ascendientes de la familia Santander, los cuales se cogieron todas esas tierras y no
dejaron pa´nadie.
El reconocimiento de la depresión del Táchira, así como de los valles formados por las
estribaciones que se abren en el macizo andino, venían a verse aventajado por las facilidades
que ofrecía a la navegación el Río Catatumbo y su afluente el Zulia. Las tierras de la ribera
del Río Táchira afluente del Zulia, brindaban sus espacios para trazar los caminos que
conducían a la depresión y que facilitaría el proceso de asentamiento del Táchira. “algunos
del consorcio dividido… A Cúcuta salieron juntamente…Río después acá muy conocido. De
sierras de este reino descendiente; De la barranca del luego se vido...Canoa con dos indios”
(205-B-3).
Estos versos de Castellano, dan fe de la vida de los ríos, de que los ríos estaban vivos y que,
por tal, los naturales de las tierras bajas de Cúcuta, empleaban estas corrientes fluviales para
sus desplazamientos hacia el lago, igualmente esta navegación debió favorecer las relaciones
entre los aborígenes residentes en la cordillera lacustre.
Todos estos testimonios, hacen que en 1578 se produzca el descubrimiento o se reafirme la
navegación comercial por parte del español Juan Guillén de Saavedra, del Puerto de San
Faustino en el Río Zulia. Son 120 leguas que separan a San Cristóbal de Maracaibo, con la
siguiente distribución: 30 del Lago de Maracaibo, 70 por el Río Catatumbo y San Faustino y
20 hasta la Villa de San Cristóbal. (Chiossone, 1981).
A partir de ese tiempo, allí empiezan a ubicarse y nombrarse vecinos en el Río Zulia, cerca
de San Faustino, entre ellos pueden mencionarse a Juan Ramírez de Andrada, a quien se le
citan tres hijos, Alonso y Agustín Ramírez de Andrada y Ana Alonso Ramírez de Andrada o
Andrade. Doña Ana se largó posteriormente con Diego Jovel Moncada, de donde más tarde
se daría descendencia al prócer Francisco Paula de Santander; genealogía que brevemente
escudriñaremos en estos garabatos y símbolos, que, vistos bizcamente, molestará a algunos.
Empezamos por aquí a desentrañar la hipótesis marcada en el inicio de este caminar.
Nunca los Santander abandonarían estas tierras, allí permanecerían por más de 500 años, aún
para el año 2007 poseen propiedades y sueños mudos que ahogaron otras voces. Toda o casi
toda la vida allí vivirían los hermanos del general Francisco Paula Santander Omaña. Su
padre José Agustín, quizás triste o apagado, tal como lo había presumido su padre Joaquín,
vio cómo se extinguía el caudal de las aguas del puerto de San Faustino, origen de su riqueza,
sus venturas y felicidades. Tratando quizás de recuperar lo perdido, recordando y tratando de
atrapar la gloria pérdida de un pueblo que por más de cien años había sido la puerta a Europa
y prosperidad de su familia. De tristeza debieron de morir las esposas de Agustín, y quizás
sus ojos lo único que quisieron ver fue un bongo lleno de mercancías proveniente del Lago.
Así cerraría los ojos el padre del procer, mirando la gloria pasada. En ese delirio y drama
peor viviría su hijo Francisco de Paula, el cual aun teniendo su gloria alcanzada miraría como
la tierra de sus orígenes se metía agresiva hacia tierras venezolanas.
Allí en San Faustino, tierras pertenecientes al Cantón de San Antonio, origen de su padre y
tíos paternos “Santander Colmenares”, su nueva posición social los llevaría allí, por lo que el
morfo de la vida de un niño llamado Francisco, solo podía darse de esa y única manera que le
habían pintado sus ancestros.
San Faustino le dio gloria a José Agustín Santander Colmenares, allí fue Gobernador militar
por más de siete años, desde 1790. Fue tratadista de los límites del nuevo obispado de
Maracaibo, con sede en Mérida, lo que dio lugar a un largo litigio referente a la agregación
de los rublos de Pamplona y Cúcuta y sus términos, incluyéndose en éstos San Faustino.
Vivía en San Faustino en el año 1792, cuando nace Francisco de Paula Santander y Omaña,
el gran prócer colombiano. Luego asentado, en El Rosario de Cúcuta, pero el destino, los
vientos, la lógica del río como autopista de la época y su rico contrabando, muestran otro
azimut,
Para poder entender el proceso de asentamiento, ocurrido en los primeros trescientos años del
Táchira y de la vida del gran prócer colombiano, Tenemos que remontarnos y conocer la
historia de los jesuitas en América, pero primero la de San Faustino y la génesis de quienes le
habitaron.
SAN FAUSTINO, LOS CHINATOS Y DON ANTONIO DE LOS RIOS.
Hoy el contrabando de esto y aquello, la llevan los ricos por la web, ya no se mojan las patas,
la carga dura la llevan sus mercenarios, los necesitados, los escapados, los bachaqueros, los
chantajeados, los pobres, son estos los que aparecen en el periódico, metidos en un triángulo
de la muerte: gobernabilidad, paracos y guerrilla, son los que divagan en la cárcel.
En 1600, se acudía a la encomienda, a la mita u otra relación de esclavitud, como la captura
por guerra. Fue así, que los señores del valle de San Cristóbal, inventaron la necesaria guerra
contra los aborígenes Chinatos.
Pasan 82 años del descubrimiento del gran canal o vía fluvial hacia el Lago de Maracaibo,
para que sea poblado en 1662, San Faustino o Samaría por el Capitán Antonio de los Ríos
Ximeno. Este utiliza, para el poblamiento de esta nueva región, a las tribus de los Chinatos,
reducida y vencida en los llanos del Táchira.
Para 1636, el Márquez de Sufraga en Bogotá, en su calidad de Gobernador y Capitán General
de la Nueva Granada, aprueba una capitulación en la Villa de San Cristóbal, que suscribe el
Capitán Antonio de los Ríos Ximeno, para reducir y pacificar a los indios Chinatos.
De acuerdo a Castillo Lara, en 1648 el Gobernador Don Antonio de los Ríos, salió a reducir a
los indios Chinatos, que poblaban el lado sur de la Villa de San Cristóbal. La reducción de
dichos indígenas duro más de seis años, según don Marco de Figueroa. En la escudriña
histórica se percibe que ello duró más de 26 años, ya que solo fue para el año 1663 que
Antonio de los Ríos logra doblegar, dominar, humillar a los últimos Kenios de la gran
depresión o Abra del Táchira. Los desarraiga de su lugar de origen y los lleva a un sitio
llamado Samaria, por ser mano de obra necesaria en un lugar que marcaba los pasos
económicos de la región; luego se llamaría San Faustino; tierras del prócer en cuestión.
La gran tribu de los Kenios, según los españoles, estaba ubicada en una gran región
denominado Cania. Los Kenios se habían replegado hacia las impenetrables tierras ubicadas
entre las altas montañas de la actual población de Delicias y la Ciudad de Pamplona, llamada
por sus pobladores el gran Tamara. Desde allí, dominaban las otras entidades indígenas
ubicadas en la gran planicie o valle de Rubio, San Cristóbal, Cúcuta y las faldas de montaña
del gran Sarare.
Pertenecían los Kenios, a la rama de los Timotes de origen Macrochibcha. Históricamente se
habían mantenido en una relación de guerra y convivencia con las poblaciones Aruacas y
Caribes. Eran los Kenios y su gran ejército de Chinatos, con sus grandes jefes los que desde
estos sitios del gran Tamara o de alta montaña, dominaban otras parcialidades indígenas del
gran valle de las auyamas y mantenían en control las grandes invasiones de otras tribus
indígenas y más tarde las huestes españolas. No fue sino hasta el año 1640, cuando los
españoles o hijos de españoles, con ejércitos organizados, predeterminados para la
aniquilación del gran pueblo Kenio y al mando de Don Antonio de los Ríos Jiménez, que se
inició el exterminio de la diosa Tachi o diosa de los ríos y sometió al olvido a la región del
Tamara, terminando el trabajo de aniquilación que se inició desde el mismo momento, en que
los llamados motilones, chitareros y guanes, satisfacían su venganza con Alonso Pérez de
Tolosa.
Los abuelos de la niebla, al narrarnos, la excursión de Don Antonio de los Ríos, dicen:
“Cuando llegaron los españoles allí, estos mataron viejos, viejas, mujeres y hombres, niños y
niñas. Ningún soldado español discriminó en edades y sexos”. Los españoles, eran hijos del
terror, este principio fue heredado por todos los conquistadores que invadieron cada
centímetro de nuestras tierras. Primero fue sometido San Cristóbal, luego Capacho, Palmira,
La Grita, Lobatera.
Con poco o ningún temor a dios y menosprecio a los mandatos del regio tribunal, los
chinatos se resistieron en el abra de Río Negro, cerca del bajo Llano y camino al oro de los
Kenios, allá en los altos del Tama. Hasta que, de tanta guerra, poco a poco fueron
exterminados o se camuflaron, y con su alma blanqueada, llena de dolor y temor, se
acercaron a Dios. De un Dios que, guardado en su cielo, no le quedaba mucho tiempo de
mirar y evaluar lo que hacían sus hijos españoles acá en la tierra.
En esta guerra entre españoles e indios no hubo prisioneros indígenas. Los anales históricos
que guardaron los españoles en las iglesias no tienen referencia de un preso de guerra, no
porque la obviaron, no la tienen porque todos los indios caídos eran exterminados, no fue
guerra, fue genocidio; una visión reptil que hoy permanece, que no termina de fenecer, como
forma de abordar las diferencias. La competencia, la codicia, la creencia en una superioridad
como derecho, no permitían la posibilidad del nacimiento de un nuevo sujeto social, que
mirara la libertad dentro de la diversidad, como camino de ascenso social; caminos que aún
recorremos y que todos los días, muy de cerca tenemos que lidiar.
SAN FAUSTINO Y SU UBICACIÓN GEOGRÁFICA.
Para determinar el origen de la Población de Las Cumbres, El Oso, La Laja, Los Palmares, en
el Estado Táchira; San Faustino y Ricaurte, en Colombia; es necesario conocer:
A. La ubicación geográfica de los ríos Pamplona, Táchira, Zulia, Catatumbo y la relación de
estos con el Lago de Maracaibo. B. Tribus indígenas C. Laudo arbitral del 16 de marzo de
1891 y, D, el contrabando, como objeto proposicional de vida.
Las negociaciones entre Colombia y Venezuela para ajustar los límites de sus fronteras y
convenir el principio de la libre navegación de los ríos, van desde antes de la separación de la
Capitanía General de Venezuela del Virreinato de la Nueva Granada por medio de la real
cédula del 8 de septiembre de 1.777, en donde se hizo una definición de sus linderos en
forma imprecisa, tan solo asignando a una u otra las diferentes provincias que las componían.
Se agudizan en 1.830 hasta nuestros días, con la disolución de la Gran Colombia hasta el
Tratado del 5 de abril de 1.941 y sigue aún por algunas definiciones no bien claras en los
tratados y con un bajo o inexistente grupo lobby por parte de Venezuela en los sitios y
asuntos decisorios.
Según Castillo Lara, en su libro Tiempos de Aleudar (1.989), establece muestras fehacientes
del ejercicio jurisdiccional o toma de posición en
1.578 del puerto sobre el Río Zulia, descubierto por
el Capitán Juan Guillen de Saavedra, el cual, al
hacer entrega, según los que redactaba el escribano
Hernando Lorenzo Salomón, de lo expuesto por el
propio Saavedra, dice “ tomad en nombre de dicha
Villa de San Cristóbal y por términos y jurisdicción
de ella y para siempre”, para lo que respondió
Rodrigo de Parada Alcalde de dicha villa “Tome y
aprehendí la posesión e jurisdicción del puerto que
al presente se ha descubierto”.
La relación geográfica, bien explica la importancia
del puerto de San Faustino, su relación comercial
histórica, con el desarrollo del estado Táchira antes
de 1.800 y, en definitiva, con la consolidación y
afianzamiento de los pueblos fronterizos, antes
mencionados.
El Río Pamplona, brotando sus aguas en los altos
páramos de las serranías del Tamá, recorre todo el
valle de Cúcuta. El Río Táchira, naciendo entre las sierras del Tamá, toma recorrido paralelo
al Pamplona, y se hace raya limítrofe, entre la República de Colombia y Venezuela. Estos
dos ríos se buscan y se unen, para dar inicio al Río Zulia. Este último busca, en orientación
norte, y se une al Catatumbo, el cual lleva las aguas hacia el Lago de Maracaibo. Fueron
estas aguas las que sirvieron a aborígenes y españoles hacerse de caminos y tierras para sus
logros y patrañas. Por allí entraron armas a favor de los realistas, pianos, alimentos e
igualmente salieron y entraron, la sal, el café y el cacao que permitieron menguar el hambre a
los andinos y a unos pocos hacerse de unos cuantos reales y apellidos.
El contrabando de telas, sal, pólvora, licor y otras mercerías, traídas en recuas de mulas o al
lomo de un indio o esclavo y la visión de algún bodeguero u posadero, fueron poco a poco
poblando los caminos de San Faustino, Ricaurte, Las Cumbres y Los Palmares; luego
lueguito, en el hoy, se cambian por otras mercancías, que todos los días ponen un muerto en
nuestros periódicos.
Para enmendar la jugada geográfica que había realizado la naturaleza, a un interés nacional
foráneo, un día cualquiera de 1833, el
colombiano de apellido Pompos y el
venezolano Michelena, vienen a
encontrarse en un sitio limítrofe
llamado Samaria o San Faustino, allí
ven el problema en sitio; de un secreto
y un interés bien guardado entre
Santander y Páez, ven el río y no hay
otra, el territorio era venezolano, San
Faustino estaba pa´este lado del río.
Históricamente era claro, entendido, en
uso y en derecho, que el límite entre
Colombia y Venezuela era el Río Táchira. Sin embargo el Laudo arbitral de 1891, establece
una nueva frontera, sin sentido geográfico e histórico, pero de gran preocupación para los
colombianos, por el supuesto nacimiento del Libertador, Francisco de Paula Santander, en
tierras de San Faustino.
El origen de estos pueblos, mantienen una relación directa con los indios, Motilones,
Chitareros, Abriacas, y Tabucos, ubicados en las altas montañas que rodean el gran valle de
Cúcuta y Ureña, antes de llegar las huestes españolas en 1557, montañas denominadas por
estos, “Lomas Verdes”.
Esta montaña es una isla montañosa que se inicia en los verdes y secos valles de Cúcuta y se
eleva desde el Río Táchira a 300 metros sobre el nivel del mar, hasta los 1650 metros, y en el
revés de su cara toma a las aldeas de la Laja, El Oso y El Vallado y más al oeste sobre los
3000 metros El Tama. La alta cima, en un proceso sotaventico, le quita toda la humedad al
viento y deja sediento al Valle de Cúcuta, San Pedro de Río y Lobatera, mostrándose un valle
seco y falto de agua. Sobre esta gran loma, se escondían, hasta que pudieron, nuestros
indígenas. Estas tierras con límites geográficos u división política inexplicables, pertenecen
en la actualidad a los Municipios Ayacucho, Lobatera y Ureña del Estado Táchira, y
actualmente, Ricaurte y San Faustino, en el lado colombiano.
Entre el año 1580 y 1670, gran parte de los Abriacas, fueron desarraigados de sus lugares de
origen, y llevados como esclavos o servidumbre a los hatos de los españoles, ubicados en los
bordes del Río Táchira.
Pasaron más de trescientos años, y aún en las altas montañas de “Lomas Verdes”,
permaneció una aldea llamada “Abriaca” y fue en el año 1849, luego del terremoto, que esta
pequeña población buscó lugar más seguro, y tomando la cima como referencia, fundaron la
población de Las Cumbres. En la actualidad corresponden estos Lugares a los actuales
poblados de Las Cumbres, Potrerito y La Mulata de los Municipios Ureña y Bolívar del
Estado Táchira; sitio de salida o entrada, sitio de paso rápido y me fui, paso del mayor
contrabando de América.
DINAMICA EN LA FRONTERA.
Del pueblo de San Faustino, de sus objetivos proposicionales, nacerían más tardecito, a
mediados de 1700 San José de Guasimal de Cúcuta, San Luis de Cúcuta, Villa de Rosario,
Ricaurte, La Laja y las mismas Cumbres, tierras que forman el eje transversal de esta
historia.
En 1578, algún español perdido, con algún grupo de indios debió cruzar los grandes
desfiladeros que hoy ocupa el viejo pueblo de Mocojun, hoy Ricaurte. Esos tiempos, que aún
permanecen en las grandes casas de Ricaurte, también se remontan a la época del gran café,
en el año 1850, en donde el pueblo de Las Cumbres dominaba junto con los Palmares, el
comercio hacia Alemania y las Europas.
Ricaurte y San Faustino, tienen que ver con la dinámica de hombres que quisieron buscar
destino a su vida o esconderse de ella desde el inicio de la conquista y, que profundamente,
entrañablemente se enquistaron en las lomas de Mocujun o bordes más abajo. Quisieron
guarecerse de la cárcel, del dolor o buscar salidas más rentables y expeditas y así lo hicieron.
Por cuestiones de la lógica, el azar u objetivos más empresariales, estos pueblos de la
frontera, como todo pueblo, tuvieron hombres y nombres anteriores, con nombres y
apellidos. Entre los que se pueden recordar las familias; Tapias, Murzi, Medina, Zambrano,
Casanova, Colmenares, Santander, Salas, Gutiérrez, Roa, Mora, Rosales, Alviarez, Suárez,
Guerrero, Orozco, Silva, Guglielmi. Hace rato, que ellos decidieron quedarse rezagados, en
las hermosas montañas del Páramo de Los Trapiches y los voladeros de Mocojun.
En 1662 se produce la Fundación de San Faustino, en tierras propiedad de Cristóbal Vivas
obtenidas en los primeros tiempos de la Villa y posteriormente propiedad de Domingo de
Urbizu. Los habitantes de La Laja y La Mulata, en algunas noches cuentan, que se ven las
mulas de Domingo de Urbizu, arriero eterno de esta frontera, enfilándose hacia San Faustino,
para ubicarse y fundar las primeras casas de blancos.
En el año 1699, en pleito hecho al entonces gobernador de San Faustino Ferreira Almeida,
Castillo Lara, en su libro “San Cristóbal, Tiempos de Aleudar”, describe con detalles el
tránsito entre San José de San Faustino y Gibraltar.
Ya en 1724, Don Miguel de Santiesteban, cita sobre la navegación del Río Zulia, Río
Catatumbo, hasta el Lago de Maracaibo desde el Puerto de San Faustino, en el Estado
Táchira. (Cárdenas, 1978).
El 26 de marzo de 1727, el Padre González Maizin, de la orden de los Agustinos, compraba
la hacienda la Mulata, propiedad de los Franciscanos, específicamente del Convento de Santa
Clara, tomados por estas al capitán Barela Fernández por hipoteca, no pagada; entre curas se
daban los vueltos. Fortaleciendo con ello el proceso de asentamiento y desarrollo de las
actuales aldeas fronterizas de: Palmarito, las Guaduas, Potrerito, Las Cumbres (Municipio
Ureña); El Oso, Los Trapiches, Helechales (Municipio Lobatera) y La Laja, La Rusia, Los
Palmares, Peronilo (Municipio Ayacucho).
En 1738, basada en su authority o como pago de diezmo para atenuar sus pecados, la doña
Ascendía de Rodríguez, esposa del gobernador de San Faustino, solicita, crea e instaura la
parroquia “Nuestra señora del Rosario”, hoy Villa del Rosario, dando más tarde posibilidades
a que allí bautizaran al prócer colombiano, Francisco de Paula.
En la Colonia, San Faustino o Samaria, fue paso obligado de los tachirenses, los caminos del
Salto del Mico, el Descanso, Mucujun (Hoy Ricaurte), La Laja, La Mulata, Las Dantas,
Cerro Quemado, Las Cumbres, El Oso, El Vallado. Lo misterioso de este viejo camino es
que, como acción fantasmal, en la actualidad se revive en las noches, en donde todos vemos
y callamos.
Desde 1578, por estos caminos aún desandan los sueños de: Juan Guillén; Juan Ramírez de
Andrada (Vecino del río Zulia), sus hijos Alonso y Agustín Ramírez de Andrada, Alonso
Ramírez de Andrada o Andrade, familias que luego enredarían, no sólo el apellido, sino sus
peculios con los Santander.
GENEALOGIA DEL APELLIDO SANTANDER.
Es bueno recordar que, algunos elementos figuradamente casuales llevaron a este cuento,
más la versión del hijo de Juan Guglielmes Oliver, hay unas palabras que señala Luis Febres
Cordero, mostrando que fue el propio Santander el interesado en el monte de esta historia,
Éste dice, refiriéndose al General Santander, lo siguiente “una de sus mandas testamentarias,
aquella en que dispuso que con examen … de todos sus papeles oficiales y particulares se
escribiese según ello y los papeles impresos una especie de historia de su vida pública y de
sus servicios a la Patria, que acredite a la posteridad que ha procurado ser un ciudadano útil a
ella.” Ello era y es un mandato inaplazable.
En este cuento, de seguro no podremos cumplir el final feliz de los cuentos insulsos de hadas,
eunucos, judíos, cristianos y masones “Felices para siempre, la rana, se hizo príncipe
y….colorín colorado este cuento se ha acabado” y así cumplir lo siempre deseado en sus
recónditos pesares, dogmas y fobia hacia el ser humano, a la que se une muchas de las veces
nuestros historiadores y cronistas de pueblos, en cuanto a “que todo pueblo debe aparecer
ante la posteridad y ante la historia, como una vegetación cuyo desenvolvimiento ha tendido
armoniosamente a producir un fruto en que su savia acrisolada ofrece al porvenir la idealidad
de fragancia y la fecundidad de su simiente”. Si recorremos la historia aquí narrada y a los
empalados de Antioquia, podemos describir la capacidad de sus fobias, peligrosamente
latentes aun en nuestros corazones.
En mitad de este cuento, podrán darse cuenta que mis grafías no son acrisoladas, aquí no, en
este garabatear, hemos estado mirando nuestro pasado y descubriendo más de una ropa mal
lavada y algunas tetas al viento, que, aunque nos advierten de nuestra impertinencia social,
nos dan sabores importantes que pueden guisar un mejor porvenir; de seguro el hombre en
cuestión, cada batallar lo arrimó a lo humano, por lo que en su demanda testamentaria
dispuso que con examen frio se buscara la verdad , en este caso, la verdad que yo creo; mi
verdad.
Para hablar del apellido de Santander, tenemos que repasar el libro de Luis Eduardo Pacheco,
denominado “La Familia de Santander”. Si bien ello es obligante, era obligante poner en
discusión la fundación de San Faustino, escudriñando para ello los libros de Lucas
Guillermo. Esto como metodología impuesta, como parte de la periodización histórica y otra,
porque se hace necesario develar algunas verdades de Pacheco. De todas maneras, la
información estará allí, como herramienta, para revisarla y, si no cumple nuestro camino
ideológico, inventaremos una verdad que nos conforte.
Pacheco y específicamente Matos Hurtado, en un análisis sucinto de la obra “ La familia
Santander” nos muestra varios nombres, que nos hace retroceder a un periodo lejano, que
puede explicar algunas relaciones de hoy, dice: “ el gran don Francisco de Paula Santander y
Omaña tenía en sus venas la altiva sangre vasca que le dio un su antepasado materno, el
vizcaíno Nicolás Rodríguez, y la cálida sangre indígena que heredó de la Cacica Suba, más
conocida con el nombre de doña Ana Sáez de Suba; que entre sus descendientes más notables
se cuentan: al conquistador de Venezuela, compañero de Fredermann y tronco ilustre familia
pamplonesa, capitán Nicolás Palencia, a don Diego de Colmenares, a don Juan Ramírez de
Andrade y a don Antonio Parada, de las huestes de Orsua y de Velasco, fundadores de la
Nueva Pamplona….a Don Pedro de Jovel, Señor de la casa y solar de los Joveles del
principado de Cataluña en Astafulla; al Capitán Alonso Alvarez de Zamora….. . nombres que
dominaban, como lo hemos venido narrando, el contrabando entre San Faustino y el Puerto
de Gibrartar, en el Lago de Maracaibo.
Tratemos de repasar minuciosamente esa propuesta genealógica y, la hipótesis de trabajo que
nace de las voces de un colectivo, que nos dice, que desde donde miremos, San Cristóbal es
la generatriz de San Faustino y del apellido Santander. Para darnos seguridad y tranquilidad
sobre esta afirmación, Lucas Guillermo nos señala: “San Faustino y su gobernación, nacen
como una consecuencia de supuesta pacificación de los indios Chinatos, y es erigida del lado
del Río Táchira en tierras de la jurisdicción de San Cristóbal. Fue una franja alargada de
tierra contigua al dicho río. Cuya desmembración de San Cristóbal ocasionó en aquel
entonces dificultades y problemas, y terminó por convertirse en una espina clavada en el
costado venezolano”.
Si bien la especulación es la que nos lleva a la ciencia, ayudados por el método de la
periodización histórica, ella pudiese arrimar o correr algunos telones y, permitirnos sin
temores y prejuicios, ver el espectáculo de la historia con otras luces.
Habían pasado no más de cincuenta años desde la llegada de Colón a América, cuando
empieza a colonizarse el Táchira. Habían muerto la Reina Isabel la católica y Carlos I.
Reinaba en España, Felipe II (1556-1598), cuando unos cuantos españoles, luego de quemar
un rancho aquí y cientos más allá, deciden el asalto a San Cristóbal. Es importante escudriñar
esto, porque por allí se cuelan dos apellidos importantes en esta discusión, Santander y
Omaña. Es importante conocer los sujetos sociales de dónde venimos, quienes son los
nuestros, para saber quiénes somos, ello configura un contexto que pudiese explicar a dónde
vamos. En la narración que nos regala el Fray Pedro Aguado, sobre la invasión del gran
Valle de Cania, hoy San Cristóbal y Rubio, hay algunos apellidos relacionados con el prócer
Francisco de Paula:
<< En 1561, juntaron entre soldados extravagantes y vezinos de Pamplona hasta treinta y
cynco hombres, con los cuales el Capitán Juan de Maldonado, ya maduro, luego de ser
soldado de Tolosa, salió de Pamplona y atravesando Qúcuta y la loma verde de la guacavara,
fue a ver y descubrir el valle de Cania., final de la gran planicie de la cárcava de los Andes, o
abra de los andes, llamado así de sus propios naturales, el cual por antigua o gran noticia que
del se thenia, creyeron los españoles que fuese alguna gran poblazón y de muchos
naturales...>>
En la página 18 del libro “La Grita” de Castillo Lara se cita...
“De Pamplona la generatriz, partió otra vez la expedición fundadora. A su frente el Capitán
Don Juan de Maldonado, con once vecinos y ocho soldados”.
Fueran veinte o treinta y cinco mujeres y hombres los que vinieron por primera vez al valle,
con independencia si fue un día más o un día menos el momento en que ellos y ellas llegaron,
lo que se trata de abordar en el presente trabajo, son los primeros colonizadores que ocuparon
el Valle de Cania, Las Auyamas, De Santiago, La Villa de San Cristóbal, o como bien pudo
llamarse, creando articulaciones particulares, sostenidas en un dios etéreo y difuso; de allí de
ese contexto complejo, según Pacheco se origina el apellido del General Francisco de Paula
Santander, lo que hace de Francisco un venezolano antiquísimo.
Como Pacheco da a relucir algunos apellidos relacionados con la génesis de la Ciudad de San
Cristóbal y el apellido Santander, podemos mostrar entonces algunas referencias encontradas
que citan entre los primeros habitantes de la Villa de San Cristóbal a soldados fundadores
provenientes desde Pamplona, que de seguro desembocan en los apellidos en cuestión: 1)
Juan Maldonado de Ordoñez, 2) Rodrigo del Río, como baqueano, 3) Fray Antón Descames,
como sacerdote o misionero, 4) Juan Camacho (primer escribano), 5) Pedro de Anguieta
(tuvo dos hijos Juan y Francisco de Anguieta), 6) Alonso Álvarez de Zamora, 7) Manuel
Fernández, 8) Juan de la Torres, 9) Cristóbal Vivas (luego fue encomendero de un sitio
denominado Barbillas, posiblemente, cerca del pueblo de Borotá, ya que años más tarde sus
hijos reclaman dicha encomienda),10) Dionisio Velasco, posiblemente no venía en este
primer grupo, 11) Aparicio Hernán Martín Peñuela ,12) Alonso Martín Cortés, 13) Pedro de
Salazar, 14) Rodrigo de Parada (Alcalde de la Villa), 15) Pedro Gonzalo de Vega. 16) Juan
Francisco, 17) Hernando Lorenzo Salomón, 18) Diego Colmenares, 19) Felipe Agüero, 20)
Gaspar Irasco 21) Alonso Duran. 22) Antonio Esteban, 23) Francisco Hernández de
Contreras, 24) Pedro Gómez de Orozco, 25) Alonso Carrillo, 26) Luis Sánchez, 27) Gonzalo
Rodríguez, 28) Miguel Lorenzo, 29) Juan Martín de Albercón, 30) Nicolás Nieto, 31).
Francisco Chacón, 32) Sancho Baracaldo, 33) Alonso del Valle, 34) Camero, 35) Martín
Guillen, 36) Nicolás de Palencia, 37) Luis de Salinas. 38) Alonso de los Hoyos, 39)
Francisco de Triana. (Chiossone, 1983; Ferrero Tamayo, 1983; Castillo 1986-1997,
González 1997, Amado 1999).
De esos nombres, podemos encontrar según Matos Hurtado, como parte de la genealogía del
General Santander a: Nicolás Palencia, Rodrigo de Parada, Diego Colmenares. En pasos
marcados en esta narración, vemos en estos primeros pisatarios de la región del Táchira el
ambulante zigzaguear de esta genealogía, en esta colonia naciente.
En estos treinta nueve apellidos españoles, o como dijo Horacio Cárdenas ‘‘Personajes
olvidados’’, parecen estar los soldados o colonos fundadores de la Ciudad, y apellidos, que,
ataviados con sus posibles lugares de origen, adornaron sus escudos, para así poder ir en
búsqueda de una doctrina e indios encomendados y más tarde dominar el valle y la política
como instrumento de dominación.
SAN FAUSTINO Y EL LAGO DE MARACAIBO
Los viejos caminos: los ríos, los valles bajos y depresiones montañosas, ya pateados por
nuestros indígenas, facilitaron y jugaron un valor fundamental como vías de tránsito y de
invasión para los primeros colonizadores que tomaron los valles de Cúcuta y la Villa de San
Cristóbal.
Juego y movimientos importantes, tomó el descubrimiento en el año 1578, de la unidad
hidrográfica que se producía entre el Lago de Maracaibo, Río Catatumbo, el brazo del Río
Zulia, y los ríos Pamplonita y Táchira, hasta el actual San Faustino, cerca de Cúcuta. El alto
caudal y salud de las aguas, gracias a un río sano, por la presencia de las densas montañas,
existentes aún hasta mediados de 1850, permitía el tránsito de canoas y movimientos menos
penosos, que, la que obligaba las grandes inundaciones llaneras y grandes pantanos del sur
del Lago.
Por más de trescientos años, hasta 1850 aproximadamente, estas aguas facilitaron a los
colonos sacar y entrar mercancías del viejo mundo. A principios de la colonización, el Puerto
de San Faustino permitió el poblamiento y desarrollo del Táchira, y bastante más tarde, a
Cúcuta, en el Norte de Santander-Colombia; este camino acuático, fue idilio de los
conquistadores poderosos, ya que el contrabando creaba una clase privilegiada y diversa;
ubicarse allí era transcendental.
Por asuntos administrativos luego en 1759, se agregaría el Puerto los Cachos en el río Zulia,
como puerto fluvial para Colombia. Por asunto de agua y facilidades de comercio luego se
colocaría en afluencia del rio Zulia y Táchira, llamado San Buenaventura. Entrando en los
albores del siglo XX, las dinámicas de agua cambiaron, el cacao por el café, nuevos
desarrollos tecnológicos fueron apurando la vida y tras ello el oculte de las viejas autopistas
de agua.
Gran parte de nuestros primeros abuelos, indígenas o blancos, mestizos o zambos,
seguramente tuvieron que surcar esto ríos. Ver este espacio, en traslado a ese tiempo, es
importante para poder distinguir con claridad nuestra historia y el proceso de asentamiento de
las grandes familias, que más tarde migrarían al interno del Norte de Santander y el Estado
Táchira, y convertirse en los amos del valle.
Para acercarnos a esa vieja realidad, tenemos que conocer nuestro espacio y nuestro tiempo,
nuestra geografía y nuestra historia.
Luego de la fundación de San Cristóbal, en 1561, se puede citar una relación cronológica de
posibles familias que poblaban para ese entonces la villa de San Cristóbal y sus villorrios
aledaños, que más tarde tendrían influencia directa en la consolidación y poblamiento de San
Faustino, Lobatera, San Antonio y el mismo Cúcuta.
Citaremos a continuación esos hombres y mujeres marginados, esas voces que a menudo no
encontramos en la investigación histórica. Pareciera que desde el corazón del tiempo
reclamasen un diálogo, “o reclamasen un reclamo”, “o” una mirada a sus empeños, un
animado recuerdo en compensación del mucho olvido centenario que ya molió sus huesos y
borró su perfil de la luz y de la memoria cotidiana. ¨ (Horacio Cárdenas, 1978).
APELLIDOS, ENTRE EXCOMULGACIONES.
Para 1600, a pesar del hambre en toda la zona, ya los amos del valle asomaban su poder, su
territorio y sus apellidos; la finitud de la naturaleza y una ideología subyacente, había hecho
su trabajo, se conformaban nuevos sujetos sociales. El arreglo de los caminos aborígenes, les
era encargado a cada uno de los pisatarios o encomenderos de cada y determinada región,
hasta convertirlos en caminos reales. Toda la actual frontera a la derecha e izquierda del Rio
Táchira era dominado por Isidro Jaime y su hermano Rodrigo Sánchez de Parada. Isidro, era
encargado de mejorar los caminos de La Mulata, Las Cumbres, La Rinconada, El Tablón, La
Teura, La Laguna, Peña Negra; Sánchez Parada, responsable del paso por El Tablón, Rosa
Blanca, La Rinconada, Las Guineas, La Mulata y San Faustino; Dionisio Velasco, el camino
de Aguas Calientes a Capacho y así sucesivamente.
Cualquier estructura organizativa que mostrara el rey, quedaba invisibilizada ante las
decisiones de los curas y estructura militar que estuviera en el lugar de los acontecimientos;
como dijo alguien en estos días “Aquí no manda el gobierno, aquí manda la Guardia
Nacional y los Paracos” y como lo reafirma Londoño Paredes “Ahora en la región del
Catatumbo, una de las más peligrosas del País……… Está colmada de Coca mientras grupos
armados pugnan por imponer su control…..”. La existencia humana pareciera cíclica, la
ignorancia nos agobia y nos mata en una muerte sutil.
En 1600, cuando los Santander se asomaban por San Cristóbal, una nueva cristiandad
aligeraba los procesos de los cambios sociales que se avecinaban, apareciendo nuevos sujetos
políticos que hacían de estas tierras, su hogar.
Para 1620, aún la villa de San Cristóbal se resistía a crecer y era la Grita el centro político de
mayor importancia. La Villa quedaba para lo que había sido fundada, como un sitio de paso,
pa´guardar las mulas por un ratito y luego largarse pa´no volver. Pocas cosas interesantes se
veían para tomar o coger. Para esos años, por la alta presencia de los aborígenes Bari, escaso
interés se mostraba por los caminos de San Faustino.
La Villa sólo mostraba influencia y direccionalidad sobre algunos sitios, en donde existían
uno que otro español osado o con ganas de morirse, tales como las encomiendas,
circunvecinas de: Tamuco, Garamito (actual Guaramito), Cacunabeca, Quininarí, Peribeca,
Mocaypo, Asua, Aborota, y Liribuca. Con todo ello la Villa no alcanzaban un total de 750
almas, discriminadas en 186 indios tributarios, 59 ausentes, 250 mujeres y 255 muchachos y
“chinas”; en su mayoría excluidas, rechazadas y discriminadas a causa de su origen étnico,
diversidad religiosa, cultural o de sus opciones sexuales y de género.
Pero llegaba 1621, fallece Felipe III y asciende al trono Felipe IV, basándose en un
catolicismo extremo, acción que lograba hacerse, ya que al igual que sus bochinches, el
proceso ideológico que se proponía, podía ser financiados con la plata y oro americano,
producto de la xenofobia y el ultraje; entonces se asoman por estos lares, en 1625, los
jesuitas; el caldo tomó otro color; donde se asomaban los jesuitas, se establecía un nuevo
orden, el orbe agarraba ámbito.
Era un orden necesario, ya que requerían mantener sus imprentas, la edición de libros y
mantenimiento de sus grandes colecciones, crear escuelas, tomar pueblos, difundir sus ideas,
generalizar la enseñanza; había que ordenar la cosa, porque donde hay pobres no se lleva
escuela.
Pasado el año del ascenso del nuevo rey, fue que la población de la Villa vino a darse cuenta
de este hecho, ya que empezaron a rumorearse algunos cambios de poder, a ello, se le
sumaba la llegada de los Jesuitas en Pamplona y Mérida.
El acomodo o cambio de situación variaría en alguna permutación de cura o en la venta de
títulos, pero en el fondo en estos pueblos sin Dios y sin amo, para los pobres, cualquier fuera
el tiempo, para ellos y ellas no pasaba nada, ya que ser español permitía hacer lo que viniera
en gana.
Felipe IV, se dio cuenta de que la gente del papa, mandaba en América mucho más que la
misma monarquía e intentó apretarles a estos el cinturón, se empezaron a sentir un poco más
las solicitudes tributarias y algunos controles de gobierno, pero aquí donde no había nadie,
donde la gente sólo estaba un ratito, las leyes se la pasaban por el forro de la vida, por lo que
las memorias y cuentas al rey nunca fueron claras. Ello daba espacio a los jesuitas y
agustinos, uno u otro; dándose los pasos necesarios, para consolidar un nuevo sujeto social
que marcaría los pasos de la independencia.
La distancia, los caminos difíciles, jugaban en contra de la monarquía, se sumaba la
discapacidad funcional del rey Felipe, lo cual delegaba en Gaspar de Guzmán, Conde-Duque
de Olivares, todo su poder. En nombre de cuentas claras y necesidades de guerra, Gaspar
realizó una enérgica política exterior, pero que no amilanó a la Compañía de Jesús, demás
sacerdotes, encomenderos, Curacas u otro poder en América.
La falta de rey, afincaba y fortalecía el poder de estos hacia sus colonizados, las mingoñas de
poder distribuidas en sus pequeños territorios, eran bien utilizados por los de aquí,
convirtiéndose en una buena estrategia para el sometimiento y la construcción de una nueva
estructura social. Nacía un sujeto, caracterizado en clases sociales bien definidas: mantuanos,
criollos mestizados, sectores, que no representaban exactamente la mayoría, pero que
contradictoriamente, esbozaban al Rey, el sentir de toda una población, el sentir de las bases
populares, pueblo ideologizado, cristianizado, que se conformaba alrededor de sus vocerías,
y, que más tarde, Bolívar con su grito de “guerra a muerte” en 1812 y 1813, logra aglutinar,
para, que luego de su huida de este mundo, el país quedara en manos de “los mantuanos”.
Lograda la independencia, gracias a una formación jesuítica, asumían todo el poder, poder
apetecido y formado ideológicamente desde hace rato.
La jerga del rey, representaba un nuevo “clima socio -cultural” que nacía y establecía, un
nuevo “estado de ánimo” de la sociedad. Un rey que tomaba una América enmarcada, en
unos intereses creados en 300 años de poder no controlado, construido sobre una ratio
sturiorum xenofóbico, que se había encargado de establecer una clase social, con un morfo y
un sentido cultural particular, de la cual nos es difícil deslastrarnos, comportar que se agudiza
en las actuales fuerzas políticas, de todos los segmentos sociales de esta Venezuela y
Colombia, que puede explicar los comportares y el deseo, de muerte al contrincante, cuando
éste se resiste al cambio o se establece en un mirar diverso.
Sin un monarca que se tradujera en ley, el rey en la zona del Táchira era el sacerdote Andrés
Araque Liébana, de la orden de los Agustinos, un pagano convertido, un español cualquiera,
basado en los principios de su logia y lógica de las minorías; lo que pareciera no pasar de ser
una pedantería; pero a veces trágica.
Éste vio en la iglesia, un buen camino para hacer lo que viniera en gana; como en este
Táchira bonito todo se olvida, lo colocaron de Cura y Vicario de la Villa desde en 1613 y se
mantuvo por 18 años, hasta 1631; los Agustinos mostraron muchas particularidades en
América, esta fue una de ellas, la insensatez, la lejanía, la cristiandad y, un débil musculo del
estado que lo permitía.
El curita, avanzó en sus propiedades e indios encomendados, satisfaciendo sus más
profundos e insondables intereses. Cualquier español serio que se le resistiera, el curita lo
excomulgaba. Era tanto lo que jodía el cura que las propias autoridades del pueblo no lo
aguantaban y empezaron a oponérsele y a invisibilizarlo, invisibilizarlo era una afronta al
poder español, una manera subliminal de restringir la autoridad del Rey. Ello mostró a
muchos, que por lo menos los súbditos del rey eran combatibles y derrotables. El
comportamiento del cura, envolvía a la orden de los Agustinos.
Lo que sacó de quicio a mucho criollo y español, fue cuando éste profundizó sus relaciones
con la gente de Pamplona, los cuales no desaprovechaban para irrespetar y violentar las
tierras de la Villa, ya que la autoridad de allí, protegía forajidos y deudores de impuestos. De
sus relaciones oscuras, al igual que la de los corregidores de tierras, la hija del cura vino a
casarse con uno de los poderosos de la circunvecina ciudad de Pamplona, el señor Fernando
Peralta. Los primeros que se opusieron a las querencias e intereses económicos y poco
cristianos del señor cura fueron Cristóbal Vivas y Benito Martínez Rico. Ante noble
oposición fueron declarados fuera del proceso colonizador e inmediatamente declarados
réprobos. Los domingos en la mañana el cura Andrés los satanizaba, los comparaba con el
propio diablo, dudaba de su origen español y daba a ellos posibilidad judía; al final de
cuentas el odio a los judíos los inició la iglesia católica, luego, Hitler sólo fue un pendejo que
la concretizó. Los dos monaguillos del cura, el sacristán y unas cuantas viejas beatas que se
creían predestinadas por Dios, hacían el resto dentro de la población.
Debió ser para Cristóbal y Benito una situación difícil, más cuando para esa época la
inquisición la persecución contra los judíos estaba en pleno apogeo en toda Europa, por lo
que los miembros de la santa hermandad buscaban culpables, parecían putas feas buscando
clientes, para quedar bien con Dios. Se sumaba a ese hecho, una aldea tan pequeña, como lo
era la Villa. En los pueblos chiquillos, esos hechos, chismes o mal entendidos se convierten
en una gran ola o tsunami, que por lo menos debió perturbarles e incomodarles. Sin embargo,
el pueblo sabía que lo único que hacían estos hombres era oponerse al saqueo que el citado
cura pretendía o hizo junto con algunos amos del valle, de las pocas riquezas que poseía la
comarca para ese momento
Sin ton, ni son, en un principio, el pueblo no le paró bolas al cura, al final le conocían más
por ladrón que por cura. Pareciera que en estos tiempos sucede lo mismo, sin ton ni son, de
repente se ponen a crear fantasmas, perseguir comunistas, algunos les escuchan, otros no
hacen caso a la mentira, pero el fantasma de la ignorancia se cuela, y de nuevo los curas y los
pedantes ganan la batalla; difíciles momentos pasaron Cristóbal y Benito.
El cura se puso como loco, al ver que estos dos hombres no le paraban bolas, empezó a meter
en peos a demás vecinos que hacían vida en la Villa, tales como a Francisco Lizarralde,
escribano suplente, al criado de Pedro Suárez Pabón, el joven Juan Jaramillo. Tal era su
locura y obsesión que lleva el caso a Juan Pacheco de Velasco, recién nombrado Corregidor
y Justicia Mayor de Mérida, a su pariente Martín Galindo de Araque Alguacil Mayor de
Pamplona y a Juan López, Alguacil menor de Pamplona. Pone al Albañil y Cartero
Francisco Ramírez, como su testigo de excepción, para que confirme el origen judío de sus
dos acusados.
Los alguaciles de Pamplona consultan a Juan Contreras, a Juan Coello Contreras y a Pérez de
Figueroa, Alguaciles de la Villa. La respuesta fue que no le pararan bolas al cura y para ello
colocaban como testigos de buena fe a: Salvador Borrero, hijo natural de Isabel Borrero,
española esposa del finado Hernando Salomón, la cual quería alcanzar la gloria, camino al
cual, el curita se lo ponía difícil, diciéndole lo malo que se pasaba si llegaba al purgatorio. O
eso fue lo que entendió Salvador, cuando éste le hablaba del ángel de la paz, de la sabiduría
para llegar al verdadero dios.
Otros Vecinos, que pendejos no eran, como Alonzo Jiménez, Juan Fernández Ballesteros,
Bartolomé Gómez Riquelme de Lizarralde, Francisco Suárez, Alonso Nieto, Benito Martínez
Rico, Francisco de Anguieta e Isidro Jaime todos ellos con estancias en San Cristóbal; creían
que hasta Mason era.
Uno pudiese concluir, que ese toche cura lo que estaba era tocado, pero no era tan así, este
era apoyado por su apellido Araque, familia del presbítero jesuita Cristóbal Araque Ponce de
León, provisor y vicario del Arzobispado; graduado en el Real Seminario de San Bartolomé.
Institución educativa establecida el día 27 de septiembre de 1604 al hacer entrega a la Real
Audiencia de Santafé de Bogotá, de la cédula real que autorizaba la fundación. Escuela de
mucho de nuestros próceres; el hombre estaba bien enchufado.
La mayor alegría del cura Lievanam, fue el 23 de septiembre de 1604, cuando llegaban a
Santafé provenientes de Cartagena, seis jesuitas enviados a fundar el Colegio de la Compañía
de Jesús; con apoyo del arzobispo de Santafé de Bogotá.
El sacerdote Andrés Araque Liébana, parecía, pero no era, no estaba loco, sólo era un alfil,
cumplía el plan marcado desde hace rato.
Andrés Araque de Liébana, era nacido en estas tierras. Su apellido de Liebana, era para hacer
creer que era de Cantabra-España. Conocedor del saber, de lo bueno que era tomar su origen
español y Agustino, pero pegadito al poder jesuítico; le daba tiempo y espacio para
marranear contra aquellos mestizos que se habían atrevido a declararse criollos y cristianos.
Otros vecinos, sólo observaban lo que allí pasaba y callaban, ya que tenían en su memoria
colectiva las masacres realizadas en España en nombre de Dios. Y por más que el Cristóbal y
el Diego eran hombres fuertes, nada quitaba que el rey o alguien, le parara al cura y se
pusieran como desequilibrados, apareciendo de un día pa´otro ratificados de repente y tal,
como “hijosdalgos no notorios, no cristianos viejos, no limpios de toda mala raza como la de
moros y judíos”. Elementos suficientes para quitarles la visa y tranquilidad en América.
ENTRE CURAS Y COMPLICES.
Altos intereses hacían que muchos se quedaran inmóviles, cómplices, tal como Francisco de
Anguieta, el cual era encomendero de un lugar denominado el Tantico, ubicado vía Cúcuta,
con veintiséis indios. Juan Martínez de Busto, poseía encomiendas entre Capacho y Táriba, y
hacia funciones de teniente corregidor de La Villa. Alonso Álvarez, poseía estancia en Táriba
y unos cuantos encomendados. Se habían declarado criollos y no españoles, no por falta de
ganas de declararse español, sino por su falta de claridad en su origen genealógico; el gran
dilema en esta época era hacerse blanco, hacerse criollo, ya que esto le daba posición social
para hacerse de las cosas que brindaba una América naciente, en donde dominados y
dominadores buscaban blanquearse, para poder llegarle a la cosa.
Domingo de Urrego, un hombre con 60 años a cuestas, era amigo de los acusados, pero la
mejor estrategia era quedarse quietito ya que poseía algunos encomendados en la estancia de
Táriba y no fuera que el curita se le ocurriera también acusarlo y lo sacara de la repartición.
Igual cuestión ocurría con Martín Guillen, Lorenzo Díaz y Álvaro Jiménez de Guzmán,
encomenderos de Tononó.
Los que dominaban la política y reconocían el absolutismo monárquico, se ocupaban de
cuidarse del señor cura y le hacían creer en su apoyo. Fueron pasando los días y los años y
todo se fue quedando tranquilo, pero no olvidado. En pueblo pequeño nada pasa en vano,
cualquier movimiento, cualquier cachito o chisme de algún osado u osada, era y es sabido. Al
final de cuentas el cura sabía que la iglesia y los jesuitas tenían el poder, por mucho que
jodiera desde España, Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares, delegado del Rey; el
único claro en este pueblo naciente, aunque fuera una mierda, era el cura Andrés Araque
Liébana.
En estos altibajos, Andrés Araque Liébana se sentía seguro, él sabía los pasos que marcaba
América. En esos días del año de 1622, a pesar de ser de una orden distinta, se le había
invitado a la visita del Padre Provincial de los Jesuitas, el cual hacía su paso por Pamplona.
Andrés Araque Liébana, hacia allá dirigió sus pasos y regresó alegre, ya que, si bien
teóricamente su congregación tenía diferencias, a él lo que le había llevado a ser cura era otra
cosa, entre ellas su ha bidés por la plata, su esoterismo, que lo colocaba en un bypass entre su
lectura y lo místico; pedantería que podía hacer, por el apoyo de una parentela de elite
eclesiástica, que le daba espacio. No había saltado la talanquera religiosa, porque por aquí no
había otra alternativa, ni siquiera se habían asomado los jesuitas, por lo que había tenido que
arrimarse a los agustinos. La Compañía, era una orden más docente, llena de publicaciones
de clases de teología y filosofía. Ello, podría actuar en la formación de los más jóvenes de la
villa.
Su bipolaridad entre la cosa y la mística, entre lo sagrado y lo profano, no le hacía perder la
ambición y la querencia, de tener una villa con miembros más nobles, que los patarucos que
le rodeaban.
Lo que era contradictorio, es que se comportaba tan igual que los demás conquistadores,
hacían todo para cagarla, para que cada indígena odiase ese dios y a ese cristo que daban
como alternativa supletoria. Supletorio de unos dioses que hasta ahora habían sido más panas
y solidarios con sus sueños.
Su alegría, por la visita del Padre Provincial de los Jesuitas, se debía a que estos prometían la
edificación de un colegio en la ciudad, de Pamplona, semejante o mejor que las grandes
urbes europeas.
El padre jesuita cumplió su promesa con fidelidad y poco tiempo después se abría el colegio
en una casa, pobre e incómoda, que pronto fue reemplazada por otra mejor y que buscaba
parecerse al Colegio de Montilla. Ello sería una gran oportunidad de estudio y formación
para los hijos de esta Villa, Villa que se sentía morir, pero que en ese 1621, llegaba una
oportunidad para los hijos de los criollos nacientes y españoles blanqueados. Los jesuitas y
su academia darían los verdaderos matices a una juventud, que, en un ascenso social posible,
más tarde iría por la independencia y asunción del poder de América.
1622, mostraba una gran capacidad de maniobra a los jesuitas en América, más ahora que el
rey se encontraba en peos con los holandeses e Inglaterra, ello les dio tiempo a las élites
locales para implantar y hacer lo que les viniera en gana y, libre campo a la ratio studiorum
en todo el continente. Ante la falta de liquides de los monarcas, los jesuitas poseían
demasiada riqueza en América, lo que les permitía abrir y financiar colegios y escuelas de
arte en todo este sur, mostrando un sol naciente lleno de miseria.
Ya fue tarde, fue una madrugada del 2 de abril de 1767, cuando la monarquía despertó,
cuando Antonio Serrano, corregidor de Montilla. España, se presentó ante un Colegio y
comunicó a los veinte padres y hermanos de la comunidad, la Real Pragmática de Carlos III,
en donde mostraba que la congregación o Compañía era una “Sociedad monstruosa” con
mucho poder, totalmente incompatible con el poder regio. Ya fue tarde su dado de cuenta, el
destino de España en América, había sido marcado, ya los jesuitas habían entrenado a una
casta social que les reemplazaría.
Otro ascendiente del prócer, fue Felipe Agüero, descendiente de Felipe Agüero, soldado del
grupo fundador, poseía una casa en toda la villa, en la Calle del medio, lo que sería hoy la
carrera 3 con calle 7. Allí vivía con una india, pero gozaba sin reparos los beneficios que le
prestaban las estancias dejadas en Lobatera por su abuelo, tomadas como conquistador de
primera mano.
Se citan otros ascendientes, que desde San Cristóbal pretendió hacerse ciudad, fueron
autoridades: Martínez de Busto, Teniente Corregidor, Hernán Sánchez de Corbera, Alcalde
Ordinario; Benito Martínez Rico, Alcalde; Vasco Pérez de Figueroa, Alguacil Mayor; Martín
de Cárdenas, Cristóbal Melero y Rodrigo Sánchez Parada, regidores. Francisco de Anguieta,
Procurador General; si hay dudas habría que revisar a Pacheco.
San Cristóbal, siendo apenas una Villa, era sitio pequeño en donde no había que robar, pero
con una gran dinámica política, ya que para 1623 el contrabando tomaba sus formas, se
cambiaba de autoridades y aparecían en el escenario Francisco Navarro el cual funge de
Alcalde ordinario, Alonso Labrador, Alcalde de la Santa hermandad, éste aun con su tez
india, lavaba sus pecados con su santidad.
Al tal Alonso le había hecho bien catequizar a los indios ubicados en las laderas de Táriba, de
ello se había hecho unas tierritas y unos cuantos encomendados. Dios daba para todo, de cada
coñazo que le había dado a un indio o india, dios le había dado una vaca. De igual
gratificación, también habían gozado Alonso Labrador, Diego de Colmenares y Felipa de
Agüero y Marcos Becerra. Sus tierras fueron tantas que todavía sus tataranietos la pelean en
largas e indefinida sucesiones.
La santidad de la Villa era tal, que nace en estas tierras gredosas y escurridizas, un primo
lejano del prócer en cuestión, Gregorio Jaime Pastrana, primer sacerdote Tachirense, del
orden de los Agustinos, que da referencia, González (1997). Gregorio toma posesión como
Canónigo Magistral, el 8 de diciembre de 1671.
En 1627, el Oidor Licenciado Fernando de Saavedra, viene a estas tierras a poner orden a la
explotación de una base popular dispersa y confundida, forma los resguardos indígenas y
reduce todas las parcialidades dadas en encomiendas a solo dos pueblos. Guásimos y
Capacho. Hay molestia entre los encomenderos, pero no cosas que no pudiese arreglarse con
los Agustinos, veedores y garantes de los resguardos.
Y así entre apellidos distintos, entre vejaciones aquí y allá, entre cacho y cacho, entre amores
y violaciones, ilusiones y pólvora fue formándose el pueblo de los Tachi, nacía un nuevo
contexto, un contexto más beato que cristiano, en donde nacería Santander y todos nuestros
héroes, tomando de todo ello sus virtudes y pecados. Los intereses papales sobrepasaban los
principios de Dios, debía ser así, ya que eran momentos más políticos y terrenales que
espirituales; lo cristiano de la política, como las diferencias lo ponían los jesuitas.
América es un paraíso en donde el pecado era su base de origen, es una tierra tan prodigiosa,
que hoy en día, todavía hay suficientes manzanas para caerle a muela. En eso pensó
Francisco antes de decidir quedarse en Bogotá, miró el río Táchira, hacia el naciente y hacia
el poniente y se dijo “esta es una tierra paradigmática, aquí puede suceder cualquier cosa, yo
me largo”.
CRONOLOGÍA DE NOMBRES Y PESARES
En forma cronológica podemos ir deletreando nombres de hombres y mujeres que fueron
ocupando los entresijos de las montañas andinas y que de una manera audaz Pacheco las teje,
mostrándonosla como parte del héroe Francisco de Paula. Entre estos nombres, apellidos,
chismes, guardijos, rezos, caminos y santerías, se fue hilando un mundo social que luego
lueguito, daría origen a Ricaurte y San Faustino y de hecho a nuestro héroe. Todos los
cambios sociales, son lentos, lineales, lentitud que en esa época favorecía a un nuevo sujeto
político que nacía. La lejanía y dificultad que imponía el mar, la guerra de España con otros
países, su riqueza, un rey quieto y ocupado para América, permitía, que en estos lares se
establecieran nuevas relaciones de poder, los criollos.
Ubicados en esta soledad, en donde aún no se cobraba la luz del sol, ni el agua de lluvia y
todavía no se alquilaban las oportunidades, pero que los designados por dios, las hurtaban.
Blancos y blanqueados tomaron la posesión de tierras, la explotación de los aborígenes y, con
el contrabando como su caja chica, facilitaron su ambición; los orígenes de Santander,
Bolívar y nuestros libertadores, se solidificarían allí. Al nacer no se les mostraron otros
caminos, sino defender el lujurioso camino transitado por sus padres y abuelos; ante ello no
les quedó sino el camino de concretar la independencia de España; afán de sus abuelos,
puestos allí por un destierro sin regreso.
Para 1700, las arcas del rey ya no eran las mismas, en busca de mejorar sus falencias
financieras los borbones estremecen el devenir político, les jurungan y agitan los tesoros a los
jesuitas y encomenderos. Los borbones estiran su mano y le quitan a la compañía de Jesús, la
chequera en blanco, que por 300 años les habían dado.
El intento de reforma propuesta por los Borbones para América, sobre el sistema
administrativo y financiero no es entendido por sus súbditos, por los criollos mandados, lo
que crea problemas, que deviene en el caos de la monarquía, en virtud de la incapacidad de
los suyos: jesuitas, encomenderos y Curacas para asumir la pérdida de privilegios y admitir
límites a su poder; ello sucedió, no se sabe aún, si para bien o para mal de los americanos.
Cosa igual sucedía en Europa por parte de los reyes, aquí pedían comprensión, pero ellos allá
no daban su brazo a torcer, ya que se oponían a los cambios sociales en Francia, lo que
concluirían en el año 1793 con la ejecución de Luis XVI.
Este hecho practico y trágico, matar al rey, más que cualquier discurso filosófico, hizo
entender a los americanos y en especial a los criollos, que la providencia no estaba del todo
con la nobleza y menos con el rey; el Papa Alejandro II, en su percepción laica del mundo,
peló bola. Esta acción adversa para una monarquía protegida por Dios; despertaría la
posibilidad cierta en América de darle jaque mate al rey. Un nuevo sujeto social veía la
posibilidad de asumir el poder; en la suma de tantas eventualidades, entre estos escombros,
heces y herbajes, nacieron nuestros libertadores.
Diez años tenía Bolívar y un añito Santander, cuando un panorama libertario olía en
América. El proceso de cambios y revoluciones en Europa se ahondó y tomó visos de
libertad. En 1808, cuando Napoleón Bonaparte derrota a los españoles en la Batalla de
Somosierra e ingresa a la capital Madrid, concretaría la abdicación de los reyes de España.
Dentro de un contexto histórico, mucho más allá de la gesta libertadora del 19 de abril de
1810, de los arrebatos de los jesuitas, de la perdida de privilegios, se daba una suma de
acontecimientos que se agregaron y sirvieron para el surgimiento de un nuevo sujeto social,
gestado en más de 300 años de inequidad, sujetos que romperían con la monarquía española
y todas las relaciones de poder consolidadas hasta ese momento; ¿Cómo consolidar nuevas
formas de poder?, ello establecería diferencias entre Bolívar y Santander, como
representantes de unos criollos triunfantes.
Por estos trazares, caminó el Táchira y con ello San Faustino, las tierras que ahora sin
discusión son de Colombia, tal como fue el deseo de uno de los mayores precursores de la
derrota monárquica en América, Francisco de Paula Santander Omaña. Pero como uno de los
asuntos, es como enredamos a nuestro héroe, con su venezolanidad e indiginidad, sigamos
una cronología de nombres que nos acercará a la hipótesis planteada y, desenredará y
traducirá dentro de un contexto más claro los nombres que nos brinda Pacheco (1941).
VIEJOS APELLIDOS DE SANTANDER,
Ya vislumbrado el contexto general geográfico y social, en el cual se desenvolvió y nació
nuestro prócer, busquemos resolver el objetivo referido a la relación genealógica del prócer
con el pueblo de Venezuela. Escuchada y narrada la historia de hombres y mujeres de esta
región venezolana, hemos estado ubicando tímidamente en la genealogía algunos apellidos
que nos llevan al prócer Francisco de Paula Santander y Omaña, sini qua non al origen
venezolano del prócer en discusión.
De acuerdo a Rodrigoez-Laralde (1990) y Castro y Col. (1990) “Los apellidos son los
sustantivos que acompañan al nombre de las personas y cumplen una función identificadora.
El uso del apellido es casi universal y muy antiguo. Además, independientemente del
significado que tengan, son nombres de familia que se heredan. Estas características los han
hecho muy útiles en los estudios de poblaciones humanas porque, aparte de ser un hecho
socio cultural, se les puede relacionar fácilmente con variables biológicas.
El 25 de agosto de 1566, el Dr. Venero de Leiva, presidente de la Real Audiencia del Nuevo
Reino, le otorgaba en firme título de encomendero a Dionisio Velasco, padre, dos
repartimientos de indios, los Abriaca y Tamucos. Estas estancias estaban ubicas en el valle de
Cúcuta, cerca del actual San Luís de Cúcuta, hacia los lados de Ureña, La Mulata, San
Faustino, Las Cumbres y Ricaurte.
Se cita para 1576, el nacimiento de Pedro Dionisio Velasco, hijo del entonces poderoso
soldado y propietario Dionisio Velasco. Este último era un hijo de estas tierras. Con sangre
indígena o no, él se creía blanco y el poder sumado de su padre, hacia no pararle al origen de
su sangre mestiza. Era de hecho un nuevo americano. Amerindio o mestizo eso a él nunca le
importó, al final de cuentas todos aceptaban su poder y lo demás era jácara de caminos.
Se dice que Dionisio Velasco, padre, llegó después de que La Villa había sido fundada, y eso
tampoco le afectó, lo importante era comportarse como un soldado e hizo lo encomendado, le
importó poco el dulce deleite de las rosas indígenas, vejó la tierra, catequizo como le dio la
gana y jodió a quien pudo, poco se interesó en desenredar el misterio de la niebla y los
amores de las golondrinas. En 1581 muere el Cabo Dionisio Velasco y heredaba sus bienes
su hijo Pedro Dionisio Velasco
Para 1583, se casa de nuevo la viuda de Dionisio Velasco, Doña Brígida Gómez con el
regidor de Pamplona Juan de Figueroa. En ese momento, para la sociedad era primordial el
mantenimiento del poder, asociarse con un blanco o blanca tez de origen español era un
principio fundamental de vida, la lealtad y la solidaridad era tan frágil como una brizna de
paja reseca por el duro sol de Cúcuta.
En esta tierra de sol y calor, la dinámica humana se hacía sentir aún estuviese lejos de
España. Pedro Dionisio Velasco, compartía estas estancias con otros finqueros de poder, los
cuales con ganas buscaban tener indios encomendados, ya fuera por Las Mitas o por los
Palios, o por las buenas o por las malas. Se citan para 1602, Cristóbal de Araque, Juan
Ramírez de Andrada y Alonzo Rangel. Todos ellos hombres ambiciosos, maltratadores de
cuerpos, confundidores de espíritus, catequizadores de almas. Sus extremos eran tales que
para el año 1606, el hijo de Pedro Dionisio Velasco, era detenido por Juan Torrealba, alguacil
mayor de la Villa, por maltrato de indios, acción que era sacrosantamente público. Pero como
las envidias, disputas y cachos eran mayores, las armas blancas o el graznido de un cura
acusador, causaban más muertes que los fusiles de los soldados españoles. Para 1617 se cita
el caso de Gil Romero, mayordomo de Pedro Dionisio Velasco, herido por Fernando Peralta,
un hombre protegido por la iglesia; verdadero poder en América. En complicidad con
hombres de Cristóbal Araque, tales como Tomas Díaz. Hernando Ruiz y Juan Núñez,
atacaban aquí y allá como propios bandoleros. Al final de cuentas eran lo único que habían
aprendido hacer.
En este tejido de apellidos, en esos esfuerzos tortuosos inicios con la dura tierra, se iría
acunando la posibilidad aristocrática de nuestros héroes, facilitando, que, a los 20 años de
edad, sin más ni más, nuestros héroes fueran oficiales del ejército.
En el año 1621, se citan a Pedro Gómez Orozco, Hermano de Pedro Dionisio de Velasco y su
cuñado de Cristóbal de Araque, los cuales son involucrados en la muerte de su cuñado Pedro
Suárez Pabón, al ser este último, capturado tocando tetas que no le pertenecían. Por su
muerte se inculpa de cómplices y sicarios a los vecinos Fernando Peralta y Diego Román.
Entre los Amigos de los victimarios citados, se nombran a Isidro Jaime y Alonzo Ramírez de
Andrada, Cristóbal Melero de Valderrama, Regidor de la Villa hombre piadoso y devoto de
la virgen de Táriba, el cual, con 55 años a cuestas, aun contaba todavía con su esposa llamada
Leonor Peñuela, la cual avalaba los hechos, ya que el honor debía ser vengado e evitar el
adulterio en toda la región. Entre esa santidad de hombres y mujeres se fue conformando el
Valle de Cúcuta y la Villa de San Cristóbal. Varios de ellos, citados por Pacheco, biógrafo
de Francisco de Paula, como familia del prócer.
Era tanto el poder de Dionisio Velasco, el joven, que se daba el lujo de tener, de poner y
quitar curas y así hacerse de su propio doctrinero. Y así se hizo de Luís Fernández Caballero,
doctrinero en Cúcuta de los indios Abriaca. Para asegurar su lealtad buscaban y aseguraban
la parentela con alguno de ellos o sus compinches. Luís Fernández, por ejemplo, era tío de
Fernando Peralta, uno de los secuaces y cómplices del Dionisio. De esta manera se les
facilitaban tierras, encomendados, tetas e iglesias para su ideologización.
Hay que guardar certeza, que estas uniones y lealtades tenían sus costos, costos que los
curitas cobraban del imponente tesoro del hambriento o de las vaginas al viento. La
combinación entre propietarios de tierras y la iglesia era la obligante sociedad de un español
o mestizo, si este se quería mantener vivo socialmente y dentro del poder. Atavismos y
creencias, que hasta los desarraigados de la tierra las asumían, validaban y aprobaban con
esperanza e ilusión. Los poderosos nos mostraron, alardearon con sus riquezas, hasta que nos
brindaron una posibilidad limpia e inmaculada de abordar la propiedad. Se creaba así el
espejismo de la posibilidad, aunque al final termináramos solamente arrendando la cosa
deseada.
Ciento de años antes, se conformaba lentamente los árboles genealógicos o descendencia de
nuestros héroes. Para 1600 podemos encontrar los nombres de Dionisio Velasco y Brígida
Gómez de Orozco; de allí nacieron: A. Pedro Dionisio Velasco Gómez., el cual se casó con
Ana de Alarcón y Rangel. B. María de Velasco Gómez, se casó con Juan Mejías Barrera. C.
Catalina de Velasco Gómez, se casó con Luis Buitrago. D. Isabel Vanegas, hija natural de
Dionisio Velasco. Se casó con Gaspar Irasco. E. Pedro Gómez de Orozco, hijo natural de
Brígida Gómez de Orozco. Este debió nacer cerca de 1782, si tomamos en cuenta que el
marido de Brígida muere en 1581. Como era hijo natural, toma el apellido de su madre
“Gómez Orozco”.
En 1620, éste se casó con Francisca de Rojas y de allí nacieron: E.1. Francisco Gómez de
Orozco Rojas, el cual casó con Elvira Peñaloza Acevedo. E.2. Cecilia Gómez de Orozco
Rojas, la cual casó con Mateo del Rincón. E. 3. Pedro Gómez de Orozco. Este casó con
Bernabela de Palencia Rincón.
Brígida Gómez de Orozco, luego de tener cuatro hijos, tres con Dionisio Velasco, poquitos
meses después queda preñada de padre desconocido o del tal Figueroa y nace Pedro Gómez
Orozco. Brígida recién parida, se casa de nuevo en el año 1583, con Juan de Figueroa,
encomendero y regidor de Pamplona, de ellos nació: Guillermo Gómez de Figueroa y María
Gómez de Figueroa, la cual se casaría con Nicolás de Santander y Rojas, nieto del “Contador
de Antioquia”.
En cuanto al origen de Pedro Gómez de Orozco, parece haber un acomodo histórico de este
apellido, por ser este ascendiente de General Francisco Paula de Santander. Para ello Pacheco
(1940), lo coloca como hijo de Juan de Figueroa, y le apellida Pedro Gómez de Figueroa, sin
embargo, Castillo Lara, lo ubica como Pedro Gómez de Orozco, tal como se muestra en el
cuadro genealógico anterior, descendiente de Dionisio Velasco. El nacimiento del Capitán
Pedro Gómez de Orozco, padre de Brígida, pudo ser en 1530-1540, el nacimiento del luego
capitán Pedro Gómez de Orozco o Pedro Gómez de Figueroa es para el año 1583, el
matrimonio de Brígida y el Figueroa fue en 1583. A Pacheco habría que decirle, que, en un
tejido, hay que apretar bien los nudos, para que el tiempo no los desenmarañe.
La fecha de formación de hogar por parte Nicolás de Santander de Rojas, se ubica para 1670,
por lo que Nicolás de Santander y Rojas, pudo casarse tal vez con una nieta o hija de
Guillermo Figueroa, y nieta de Brígida Gómez de Orozco y no con una hija de Brígida y
Figueroa; pero sea cualquiera lo sucedido, el asunto es que de por allí proviene el General
Santander.
Si se observan las diferentes parentelas que establecía el apellido Velasco, puede notarse que
conformaban un grupo de poder en la Villa de San Cristóbal. La parentela al final de cuentas
eran sociedades o tipos de clanes, que frente a unas leyes españolas débiles y vetustas,
ensamblaban un linaje, máscaras y mentiras que les permitía montar mecanismos para
monopolizar el poder local. Allí nacieron relaciones como la conformada por diversos
encomenderos, como: Cristóbal de Araque, Pedro Gómez de Orozco, Isidro Jaime, Diego
Román, Alonso Ramírez de Andrada.
Cuando murió Dionisio Velasco “el joven”, dejó hijos por todos lados, pero aun así murió
solo. Murió mirando el techo de paja que conformaba su casa. Advirtió que era el mismo
techo de paja que vio el día en que nació y apretando las sabanas sucias que cubrían el catre,
se dio cuenta que sólo había sido un soldado y suspiró. Su siempre enemiga fue La Villa.
Veamos el árbol genealógico de Nicolás de Palencia, ascendiente del General de Generales,
citado por Pacheco. Nicolás perteneció a las huestes de Alonso Pérez de Tolosa, en Coro,
Venezuela, huestes en donde venía aquel soldado sin nombre y solo con el apellido
“Santander”.
Luego de fundada La Villa, éste Nicolás aparece residenciado y defendiendo los intereses de
Pamplona. Es dudosa su participación en la fundación del Valle de Santiago, debido a los
altos cargos que el mismo ocupaba para ese momento en el pueblo de Pamplona y otro
motivo, su avanzada edad, la cual pasaba los 60 años y para ese tiempo, a esta edad pesaban
mucho los achaques. Nicolás muere en Pamplona, 12 años después de la fundación de la
Villa, en el año 1573. Se le conoce la referencia de un solo hijo, Nicolás Palencia, el cual
tenía como sobre nombre ¨El Tuerto¨. Cesar González (1975), cita a Nicolás Palencia (El
mozo), apodado “el tuerto”, casándose en el año 1590 en Pamplona con Doña María del
Rincón Rangel y de ellos se cita a su hijo Capitán Alonso de Palencia y Rincón, casado con
Doña Luisa Morante de la Madrid, de estos últimos nace Doña Ana de Palencia y Morante,
quien casó con Gerónimo de Cárdenas Navarro. Esta ascendencia tendría y, aún tiene, una
gran influencia en las relaciones de poder de la región.
Otro apellido que cuela Pacheco, en su tejido de la genealogía de los Santander, es el apellido
Rojas, y de los pocos que nos refiere la historia, es a Francisco Fernández de Rojas y Doña
Isabel de Rojas. En don Francisco Fernández de Rojas estaba internalizado todos los saberes
de la sociedad española, por su parte Doña Isabel de Rojas de origen mestizo se encargó de
ocultar sus comienzos, con el poder que poseía su marido. Francisco debió estar bastante
jodido para venirse América, pero tenían sus relaciones con alguna autoridad de Castilla, lo
que permitía el apoderamiento y ventajas ante cualquier repartimiento de tierras u posición
de autoridad, ya fuera en Pamplona o en el valle de Santiago. Mana Isabel se ocupó que su
hijo Lorenzo y sus hijas Ana y Francisca se casaran con mujeres o hombres blancos o con
alguna dote. Parece que de esta Genealogía se originó Francisco de Paula Santander, en
ascendencia directa de su tatarabuelo el Soldado falconiano de origen peninsular, Luis de
Santander, apellidado y calificado más tarde como Martínez de Ribamontám Santander. Luis
Eduardo Pacheco, 1940, dice sobre ello lo siguiente ¨ Sabemos del Capitán Santander,
finalmente, que en compensación a sus prolongados servicios el Rey le hizo gracia del hábito
de la orden de Santiago, y que era casado con una señora Rojas, la cual le dio siete hijos¨.
Veamos pues la descendencia de Francisco Fernández de Rojas y Doña Isabel de Rojas
Lorenzo Fernández de Rojas. 1. Francisco Fernández de Rojas. 1.1.1. Francisco Fernández de
Rojas. 1.1.1.1. Agustín Fernández de Rojas. Casó con Leonor Guerrero de Librillos.
Doña Ana de Rojas. 2.1. Gerónimo Martínez de Espinoza y Rojas. 2.1.1. María Caballero
Lucero de Bonilla. (1660). Casada con Luís Ignacio Santander.
Francisca de Rojas. Se casó con Pedro Gómez de Orozco (El Mozo). 3.1. Francisco Gómez
de Orozco, el cual casó con Elvira Peñaloza Acevedo. 3.2. Cecilia Gómez de Orozco. La cual
casó con Mateo del Rincón.
Al morir Pedro Gomes de Orozco (el mozo), Francisca de Rojas, se casó en segundas nupcias
con Miguel Suárez Pabón. Pero el mestizaje jugaba garrote por todos lados y la hija de Isabel
no se salvó de casarse con otro mestizo. Puede observarse que Pedro Gómez de Orozco
asume los dos apellidos de su padre, fundador de la ciudad. Todo porque Don Pedro de
Orozco igualmente se había casado con una mujer aborigen. Luego uno de los hijos de este
último, se casaba con Francisca Rojas, pero en vez de llamarse Gómez Rojas, sigue tomando
el apellido de su abuelo Gómez Orozco. Se buscaban todas las formas para corromper y
lograr ocultar el origen amerindio, y resaltar el origen blanco proveniente de sus abuelos.
Pero, por donde se colocará el remiendo o truco, este se veía o se notaba. Doña Isabel de
Rojas y el Gómez Orozco debieron gastar unos cuantos cobres para blanquear su origen. De
este drama social la mejor tajada lo tomaban los padres agustinos; más de una hoja de libro
de asentamiento de nacimientos debió ser rota y más de unos cuantos gramos de oro con ese
origen debieron servir para edificar iglesias.
BLANQUEO DE APELLIDOS.
Para ello, veamos los siguientes ejemplos genealógicos de la época.
Alonso Nieto, convivió con una india a la cual le negó su nombre y lugar de origen, ello para
que su hijo Nicolás Nieto, se creyera blanco y anduviera con los criollos y pudiese asomarse
a alguna formación o cristianización digna. Pero, lo que si se conoce del hijo o nieto del
conquistador es que era un joven bastante inteligente, el cual dominaba varias lenguas
aborígenes y mantenía una activa relación entre el pueblo de la Grita y la Villa o Valle de
Santiago y con los creadores de la imagen de la virgen de Consolación de Táriba. Táchira.
Venezuela.
Igualmente está la genealogía de Juan Francisco Duarte, casado con Juana Suárez, de donde
nace Doña Mariana Suárez, la cual casaría con Melchor Báez. Francisco en primeras nupcias
se había casado con una señora de apellido Ybarra, de la cual tuvo un hijo llamado Juan
Francisco Ybarra, sin embargo, Mariana siendo también su hija no posee el apellido Ibarra.
Pudo darse en este caso, que, el tal Juan Francisco Duarte no le daba el apellido a ninguno de
sus hijos, por el quizás origen aborigen de sus esposas, por lo que sus hijos no tomaban su
apellido, sino el apellido materno. El colocar el apellido de la madre o del padre dependía de
su mayor hidalguía u origen blanco o negación del padre.
Otro apellido entreverado con nuestro prócer y que está lleno de indiginidad, es el apellido
Agüero. Los Agüero fueron hombres que estuvieron en el Táchira desde los inicios de la
conquista. Ubicaron sus tierras y posesiones entre la Villa y Lobatera. Gran parte de muchos
apellidos hoy existentes en la zona, como los Medina, Labrador, Chacón, tienen vinculación
directa con este fundador. Sus hijos criollos, sin preámbulos y tapujos se casaron con
aborígenes, no las ocultaban ni las negaban. Siguiendo el ejemplo, más tarde Felipe Agüero
se casa con Doña Beatriz Colmenares Suba, una mestiza Hija de Diego Colmenares y la india
Suba. Luego Felipe Agüero, se casaría con la viuda de Alonso Labrador, Doña Ana Romero,
hija de su anterior esposa. 1. Baltasar Agüero Romero. (Nacido ante de 1600). De allí nacen:
Francisco Lirazo Agüero. (1630); Pedro Agüero Romero; Lorenzo de Agüero Romero. Los
circurcornios eran horizontales y conformaban parte de todas las artes.
Juan Romero y Doña Beatriz Colmenares Suba. Nace 1. Ana Romero Colmenares, la cual
casó con Alonso Labrador, nieto este de Juan Rodríguez Suárez. 1.1. Elena de Romero. Para
1646 se menciona el matrimonio entre Bartolomé Ruiz y Elena de Romero, aparecen como
testigos Francisco Chacón y su esposa Doña Felipa de Torres. Febres Cordero. 1960. cita
“Para el año 1613, hallábase establecido en la villa de San Cristóbal Alonso Labrador, nieto
de Rodríguez Suárez…” Pg 95. Cita igualmente en la pg. 94 “Juan Rodríguez Suárez tuvo
dos hijos bastardos en dos indias de nombre Juana y Magdalena”. Juana se quedó en
Pamplona, de donde se deduce que esa era la madre de Alonso Labrador.
Esta genealogía es importante conocerla, porque de ella se desarrolló una ascendencia, que
más tarde dominaría económicamente y militarmente la región.
Esta relación de apellidos, puede dar un panorama de cómo nos podemos mover en la
búsqueda del génesis de los apellidos del Táchira, en caso de que tomemos el camino de lo
español. Los patronímicos tomados por sus hijos, variaban de acuerdo al criterio de los
padres. Unos manejaban, el abolengo de sus abuelos, otros diferenciaban el apellido en su
propia familia, entre la hembra y el varón, otros ignoraban por completo el apellido de sus
padres y de sus abuelos. López (1999), para darnos un panorama de la época nos añade y nos
dice sin preámbulos, para todos aquellos que estamos detrás de la abuelita española, que el
80 por ciento (%) de los españoles o pasajeros que viajaron a América, hasta 1600 eran de
origen masculino, lo que hacía obligante el cruce y los matrimonios con nuestras indígenas.
Ante este porcentaje, no hay forma, ni imaginario, para salvarnos de que nuestra abuelita sea
indígena; de ello y de lo otro, no se salvan ni Santander, ni Bolívar, por más vericuetos
históricos que pongamos.
Boyd-Bowman (1976), refiere los siguientes datos: De los 54.881 emigrantes españoles a las
indias Occidentales entre 1493 y 1600, estudiados en detalle, 10.118 fueron mujeres, lo que
corresponde a un 18.44 por ciento (%) del total. De ese subtotal, 1153 mujeres ingresaron
entre 1493 y 1540, y 8965 mujeres lo hicieron entre 1540 y 1600. De esto se concluye, que
en un período cercano al medio siglo, la llegada de mujeres a la América española fue
relativamente baja, configurándose al principio, una sociedad de europeos varones, que
debieron buscar su compañía femenina entre las indígenas y las esclavas africanas.
Nuestro origen hijosdalgo y el alto mestizaje, hace de los escudos de las actuales familias
venezolanas, un esfuerzo llevado sólo a lo didáctico, de lo que significaba la hidalguía para
las familias españolas.
Un apellido que se agregaba más tarde a Genealogía de los Santander fue el de Vargas
Machucas; estos son señalados por Pacheco, como parte de la familia del prócer en cuestión.
De Vargas machucas se tienen diferentes referencias. De las establecidas por Cesar Gonzales
en su libro vieja Gente del Táchira y otro mirar establecido José Eliseo López en su
investigación “La Emigración desde la España peninsular a Venezuela.
López, establece que Sebastián Vargas Machuca entró a Venezuela en la nao a cargo del
maestre Antonio Villevis, el 23 de marzo de 1619, como criado de don Fray Gonzalo de
Angulo. Originario de la ciudad de Granada, hijo de Alonso Vargas Machuca y de Ana
Morales. Es persona soltera, de 19 años, moreno, con una señal de herida a un lado de la
barba en la parte baja. El Capitán don Juan de Vargas Machuca entró a Vzla, el 19 de marzo
de 1624, teniente de la fuerza de Santiago de Arroyo, de la provincia de Nueva Andalucía,
soltero, de 30 años, alto de cuerpo, barbirrubia, con un lunar en la mejilla izquierda, no cita
sus padres. Ante un panorama lejano de mujeres españolas y tanta teta indígena al aire, en un
seguro probalístico los herederos de los Vargas Machuca, se doblegaron a un morfo de
América que nacía.
Los censos en la iglesia colonial venezolana, recopilado por Veracoechea y Fugueti citan
varios Vargas Machuca (VM). José VM, es citado para el once de mayo de 1715, como
notario público y eclesiástico de Caracas. Para el año 1732, se cita Don Francisco VM,
residiendo en San Sebastián de los Reyes. Cita, para 1772 a Don José Gregorio VM; para
1793 a Don Carlos VM vecino de Chaguaramas, el cual compra a José Antonio Cerezo,
Dueño de un hato en los llanos llamado Camoruco, situado en las riberas del Tuy. Nicolás
VM, citado para el año 1795, como testigo de los bienes que poseía José Antonio toro en un
sitio denominado La Yeguera. Es citado para 1768 Como “ sr Arsediano Don Juan de Vargas
Machuca, dignidad de la iglesia Catedral de Caracas”. Gonzales cita luego, sin fecha, como
gobernador de Margarita a Don Bernardo Vargas Machuca, para después añadir como
residentes en el Táchira para el año 1767, a: Don Narcizo, Don Pascual y don Francisco
Vargas Machuca. Citándolos como naturales de Utrera España.
GENEALOGÍA DEL APELLIDO OMAÑA.
De acuerdo a lo que describe la historia oficial, el apellido Omaña, se origina del Capitán
Antonio de Omaña Rivadeneyra, originario de Ocaña, Norte de Santander. Alcalde ordinario
y en 1662 Juez de residencia. De hogar que formó en la misma con señora de calidad (no se
menciona el nombre), hubo varios hijos. Antonio Omaña Rivadeneira. Tuvo los siguientes
hijos: 1. Juan, 2. Antonia, 3. María, 4. Francisco y 5. Pedro de Omaña Rivadeneira. Para el
año 1692, se cita para San Cristóbal, como Alcalde Ordinario y para 1699, en la demanda
hecha al Gobernador de San Faustino, a Martin de Omaña hijo de este Pedro de Omaña. Este
Martin se casó en San Cristóbal con Isabel de Avendaño Narváez. Lo que indica, junto con
otros datos. Que la familia Omaña en general, se ubicaba para 1700 es San Cristóbal.
Juan de Omaña de Rivadeneira. Se casó dos veces, Primero con Ana María Fernández de
Cuellar y en segundas nupcias con Marcela Fernández de Carvajalino. Ya para el año 1700
Juan de Omaña, debió estar viviendo en Capacho Estado Táchira, tal como lo indica el
nacimiento, en esta ciudad, de su hijo Miguel y del matrimonio de su hijo Diego Omaña de
Cuellar.
Primer matrimonio: Juan Antonio Omaña Cuellar. 1.2. María Omaña Cuellar, 1.3 Juan
Omaña Cuellar, 1,4 Josefa Omaña Cuellar, 1,5 Diego Omaña Cuellar. Segundo matrimonio:
1.6. Jorge Omaña Fernández. 1.7. Salvadora Omaña Fernández y 1.8. Miguel Omaña
Fernández Rivadeneyra, nativo de Capacho. Tomo I, año 1981. Comuneros de Mérida.
Biblioteca de la Academia Nacional de Historia. Vzla.
Para el 1781, en la rebelión de los Comuneros del Socorro, entre 27 líderes arrestados en el
Táchira, capturan en San Antonio del Táchira Venezuela a Juan Antonio Omaña Cuellar y en
San Cristóbal a Miguel Antonio Omaña Fernández; ambos son calificados como hombres
blancos y ricos, financiadores del movimiento comunero. Miguel era dueño de la “hacienda
la yegüera”, Rubio- Táchira, luego propiedad de Gervasio Rubio.
1.5. Diego Omaña de Rivadeneyro. Casado con Francisca Ruiz del Pulgar Mendiola y
Herrera, en Capacho. Venezuela el 14 de enero de 1716. De la familia Ruiz, ubicados en el
Hato de la Virgen, se origina Cipriano Castro Ruiz. De allí nacen: 1.5.1. Barbará Agustina
Omaña Ruiz, aproximadamente en 1717, 1.5.2. María Josefa Omaña Ruiz, 1.5.3. Ana María
Omaña Ruiz, 1.5.4. Francisco Javier Omaña Ruiz, 1.5.6. José Omaña Ruiz, 1.5.7. Diego
Omaña Ruiz, 1.5.8. Juan Agustín Omaña Ruiz, Capachero, fue cura de San Antonio del
Táchira en el año 1780 1.5.9. Miguel Antonio Omaña Ruiz. 1.5.9. Don Nicolás Omaña Ruiz,
1.5.10. Juan José Omaña Ruiz, 1.5.11. Mateo Gabriel Omaña Ruiz, 1.5.12. Juan Antonio
Omaña Ruiz.
1.5.12. Juan Antonio Omaña Ruiz, nace aproximadamente para el año 1740, era alcalde de
Cúcuta en 1781, cuando la invasión de los Comuneros. Muere en 1786, se casó con Juana
Lucia Rodríguez, sus hijos fueron: 1.5.12.1. Marina Nicolasa Omaña Rodríguez, muere en
1808, debió ser la última hija del matrimonio Omaña Rodríguez, porque se dice que murió
antes de cumplir la mayoría de edad, 1.5.12.2 Jerónima Omaña Rodríguez, 1.5.2. 3. Nicolás
Omaña Rodríguez, 1.5.12.4. Fernando Omaña Rodríguez, 1.5.12.5 Juana Omaña Rodríguez.
1.5.12. .6 José Omaña Rodríguez, 1.5.12.7. María Nicolasa Omaña Rodríguez, 1.5.12.8.
Ignacio Omaña Rodríguez, 1.5.12.9. María Francisca Omaña Rodríguez, 1.5.12.10. Barbará
Omaña Rodríguez, 1.5.12. 11. Isabel Rita Omaña Rodríguez, 1.5.12.12 Manuela Antonia
Omaña Rodríguez, nace en el año 1768, debió ser la primera hija del matrimonio Omaña
Rodríguez, si se toma la fecha aproximada de nacimiento de su padre, 1.5.12. 13. Nicolás
Mauricio Omaña Rodríguez nace en 1780.
MADRE DE FRANCISCO DE PAULA DE SANTANDER.
De esta gran camada de venezolanos, pocos de ellos acabados de criar, nace Manuela Omaña
Rodríguez, para el año 1768, madre de Francisco de Paula de Santander.
Sobre los Apellidos Omaña y Santander, en la Biblioteca de la Academia Nacional de la
Historia, en escritos de Eduardo Pacheco, mencionando la fundación de San Antonio del
Táchira. Venezuela, se encuentra lo siguiente: “…otras personas influyentes de la región
coadyuvaron eficazmente a la fundación de San Antonio del Táchira, como el Capitán
Manuel de Omaña Rivadeneira, quien fue tres veces alcalde Ordinario de San Cristóbal; Don
Marcos José de Santander y Caballero, bisabuelo del General Francisco de Paula Santander,
nacido en San Cristóbal en 1678, Alcalde ordinario en 1726 de su pueblo natal, y quien junto
con otros vecinos de valía, tuvo de emitir concepto favorable en 1727 acerca de la
conveniencia de erigir en Parroquia Eclesiástica el recién poblado de San Antonio del
Táchira; don Joaquín José Santander y Jovel de Moncada, abuelo del General Santander,
natural de la ciudad antes nombrada, rico terrateniente, poseedor de esclavos, participe de las
tierras de Gallardín y de sonoras campanillas junto con su esposa la opulenta señora doña
María Francisca de Colmenares, nativa también de San Cristóbal, quien en sus últimos años
residió en San Antonio. De ellos nació, según algunos historiadores, en San José de Cúcuta,
Norte de Santander, Colombia, ,Juan Agustín de Santander y Colmenares, el cual se casa
con Manuela Antonia Omaña de Rivadeneira y Rodríguez y nacen: Pedro José, Josefa
Teresa, General Francisco José de Paula, Josefa Dolores Santander Omaña
Don Miguel de Omaña de Rivadeneyra, casado con la pamplonesa Juana Anastasia
Avendaño Narváez, el Pbro. Juan Antonio Omaña Rivadeneyra, quien fue Teniente Cura de
la iglesia de Ocaña, Vicario de la Grita y Capacho y primer párroco de San Antonio del
Táchira, don Diego de Omaña Rivadeneyra, oriundo de Ocaña, quien en el año 1700 se
domicilió en San Cristóbal, lo mismo que otros de sus abuelos. Don Diego figuró en dicha
ciudad con título de Capitán y como familiar del santo oficio de la inquisición. Ejerció en
San Antonio, para el año 1748, el cargo de Alcalde Pedáneo de esta Parroquia” …
Manuela Antonia Omaña Rodríguez, fue casada dos veces, en primera unión con Nicolás de
Tobar y Guzmán, en el año 1784. Sin Hijos y, en segundas nupcias con el padre del General
Francisco de Paula Santander y Omaña.
Juan Agustín de Santander Colmenares. Nacido en el año 1745, se casa, por segunda vez en
el año 1788, con Manuela. Juan Agustín fue Alcalde Ordinario de San Cristóbal, para el año
1769; Gobernador Militar para San Faustino para el año 1790, cargo que desempeña por siete
años. Le tocó verificar en 1793 los linderos de la jurisdicción de Cúcuta al ser erigida Villa.
Hijos. Pedro José Santander Omaña, Josefa Teresa Santander Omaña, Francisco de Paula
Santander Omaña. Josefa Dolores Santander Omaña, casada esta última con el coronel
venezolano, José María Briseño Méndez.
En 1634, Francisco Fernández de Rojas era alcalde ordinario de la Villa, puede observarse
para este año otras relaciones de poder: Pedro Rodríguez Gordillo como cura de Capacho.
Alonso Ortiz de Parada, Regidor del Cabildo. Hernando de Peralta, Alcalde ordinario. Fray
Andrés del Espíritu Santo, Doctrinero de Guásimos. Francisco Quiñónez, Procurador. Vasco
Pérez de Figueroa, Alguacil Mayor. Juan Martínez de Bustos y Rodríguez Sánchez Parada.
Regidores. Francisco Cárdenas, Alcalde Ordinario. Su esposa Doña Clara Becerra. En estos
nombres olvidados, empieza a enredarse el apellido Santander, hasta que Pacheco les da luz y
entonces en forma bizca empezamos a mirar atrás, borrando las tildes que poco nos gustan.
Con un Rey difuso y una guerra en España, cualquier encomendero, cura o pendejo
blanqueado, aquí, era el Rey. Rodrigo Sánchez de Parada, era una de las personas más
poderosas para esos momentos. Por más que se forzara en dejarse bigote, barba y perifollarse
con plumeros, gorgueras, chatarra y pasamanería; ante tanta lejanía, su riqueza y
comodidades no se diferenciaban significativamente del español más jodido, su casa era de
palma, paredes y piso de barro, agua traída a costo de su fuerza y, cuando el cuerpo apretaba,
a cagar al monte como todos; en esta San Cristóbal naciente aún el sol calentaba para todos a
pesar de su miseria. La mayor ventaja de un español, era que podía poseer unos cuantos
indios encomendados, lo que menguaba para los blancos, la desesperanza.
Rodrigo, tuvo la oportunidad de los Peribecas, que le ayudaban a extender sus tierras y
suavizar el drama de este ciclo de la vida que le había tocado vivir; por lo demás, aguantar
calladamente, cualquier abuelita, moza, tía, hermano o pendejo que se le ocurriera imponer al
rey, con su dedo índice, como regente del poder, lo demás era cosa de paciencia para hacerse
de alguna cosa. Esto duró hasta que se dieron las batallas de Carabobo, Boyacá y Pichincha,
allí se cambió de tercio, pero no de manera, ni de forma, ya que el ratio studiorum como
molde de la acción política permaneció y se heredaría hasta nuestros días.
1638, fue una época de cachos, mancebos, mozas y españoles, todos con rojas notas de vida
ante sus creencias y ante su rey. Un rey difuso, que hacia todo para que lo jodieran, alzando
su dedo índice permitía que la cristiandad perdiera los sustantivo y a lo largo se convirtiera
en sueños de papel. Los señalados, los escogidos para el puestico de poder se hacían los
interesantes e inteligentes y tomaban la comarca con mayor perversidad que el déspota. Se
cita a Juan de Figueroa, Juez de cobranzas de multas y a Francisco Fernández de Rojas,
estableciendo una política agresiva de cobro de tributos y diezmos.
Ante un estado monárquico con mecanismos borrosos, el contrabando se hacía factible, a
través del puerto de San Faustino, desde donde se podía llegar hasta Gibraltar en el Lago de
Maracaibo y de ahí la Habana Cuba y Europa; hacerse de las tierras y enchufarse en
puesticos de la frontera, era atinar. A Cipriano Castro siendo gobernador del Táchira le
ofrecen la presidencia de los Andes y dijo “mándenme para la aduana de San Antonio del
Táchira” y así se hizo, lo que le permitió más temprano que tarde alzarse con la presidencia
de Venezuela.
El tráfico fácil, de sal, cueros, cacao, trigo, licor, había permitido incrementar medianamente
la economía de algunos pocos y hacerse de la mayoría de tierras de la región, lo que les cedía
el monopolio de la producción y mercantilización. Sin embargo, la política mediocre de
absolutismo mercantilista, más el contrabando de holandeses, quienes eran los que colocaban
los precios del mercado, hizo que se retrasara el avance agrícola y pecuario de la región, lo
que haría parte del brasero que calentaría el apoyo de diversos descontentos posteriores y
alzamiento de las clases populares, que al final de cuentas eran los que exponían su piel al
mísero sol naciente de América.
En estos vaivenes de la economía y la indiferencia de una España que no podía consigo
misma, en 400 años surgió una clase social que se beneficiaba de la explotación de los indios
y el contrabando, haciéndose de inmensas propiedades, es así, que en el caso de Mérida en
más de trecientos años solo 17 encomiendas eran las reconocidas, para el Táchira, diferente
no fue la cosa, para el año 1639, se citan sólo a: Francisco Fernández de Rojas, Alonso Ortiz
de Parada, Rodrigo Sánchez, Juan Ruiz de Guilloda, Lorenzo Díaz, Don Feliz Fernández de
Guzmán, como grandes y poderosos señores del Valle de Santiago, La Grita, y Pamplona.
En 1640, muere Isidro Jaimes, el Viejo, encomendero de Peribeca y gran hierbatero o
sabedor de sanaciones del cuerpo, tal como era el envenenamiento por flechas ponzoñosas de
los indígenas. Este soldado español, pudo robarle el saber algún indígena pendejo que le dio
la formula o manera de hacerlo, y así salvar algunas vidas. Isidro Jaimes Bazan, era padre de
Gregorio Jaimes Pastrana e Isidro Jaimes Pastrana; Gregorio, sacerdote Tachirense, del orden
de los Agustinos, A la vez, Isidro Jaimes Pastrana fue padre de María Jaimes Bazan de
Pastrana, la cual casó en 1682 con Don Lope Baltasar Orozco y Carrillo. Por allí se asoma las
virtudes y forma de cómo se construían las posteriores ventajas que tendrían nuestros
próceres al nacer y que acudiendo a las milicias, hacerse de algunas tiras en sus omóplatos
sin mucho esfuerzo, dando inicio a su carrera de soldados.
El modelo económico, tipo feudal iba en contra de los indígenas y blancos de horilla. Pero
algunos dueños se entusiasmaban y trataban de desarrollar nuevas tierras, sazonados por
posibilidades que les daban sus migajas de poder. Es así como en 1642 se certifica que, a
Don Rodrigo de Parada, por comisión del señor Don Fernando de Saavedra, a encomienda en
el pueblo de Capacho; permitiendo su presencia el avance del colonialismo y poblamiento de
esta región.
Para 1650, cualquiera fuera el rango, o poder que tuviesen nuestros primeros pobladores, la
calidad de vida rayaba, lindaba en la mendicidad. Cualquiera fuera la hidalguía, que para
bien de esta tierra no hubo ninguna, el patrón o dueño del valle tenía que igualar en el
trabajo, su hombro, con el hombro del propio esclavo, pero sin una legislación española que
se hiciera valer, los blanqueados de aquí, gozaban con los indígenas su minúsculo poder.
De esta relación de apellidos, de esperanzas, sueños, chismes y dolor nació un pueblo andino,
pueblo distinto al resto de los hombres de la sierra venezolana o colombiana, el Táchira y allí
San Faustino.
EL CONTADOR DE ANTIOQUIA, ABUELO DEL GENERAL SANTANDER.
Persiguiendo a los abuelos de Francisco, en los apellidos citados por Pacheco, encontramos
para mediados de 1650, a un tal Diego Jovel de Moncada, proveniente de seguro de la “casa
Jovel”. Según los relictos españoles, este apellido es citado desde 1621, en el Alcalde
encargado de Pamplona, en Diego Jovel, posiblemente padre de José María y Matías Jovel de
Moncada. Luego reaparecen en la fundación de San Faustino, en donde los Jovel recibieron
su tajada y uno puede pensar que allí accionó el poder familiar y la regla real, de que sólo los
españoles recibían encomiendas. Siendo pocos los habitantes y dentro de ellos pocos los de
origen español, cualquiera que pudiese ventear en lo blanco, tendría su recompensa.
Para 1650 se nombra como parte de la comandancia de los españoles que reducían a los
Chinatos, junto con Antonio de los Ríos a Alonso Joves o Jovel Suarez.
Para 1659, se citan para la Villa de San Cristóbal y sus alrededores a Diego Jiménez Parada,
Juan Calderón, Ana Doria, Salvador de la Vega, Duque de Estrada, Agustín de Andrada,
Justina de Andrada, Francisco Ortiz de Parada, Antonio Díaz, Lucía Vivas, Juan Maldonado,
Juan Gallegos. Jaime Thomás y su hijo Juan Thomás, Juan Romero de Arteaga y su hermano
Joseph Romero de Arteaga, Marcos de Cuellar, Bartolo Ruiz, Juan Maldonado y Bernabé
Vivas, Cristóbal Gutiérrez, Francisco Alberto Negrón. De acuerdo a ciertos problemas en
estos años con los Chinatos, originarios de Río Negro, más abajo del cañón del Abra del
Táchira, son llevados a la fuerza a El Palmar y La Arenosa (hoy llamado Los Palmares y
Arenosa), tierras calientes de Lobatera y cercanas a San Faustino.
Si tomamos la data de Pacheco (1940), pudiéramos llegar al siguiente análisis de los
Santander. Tomaríamos a Luis Ignacio Santander, el cual, según Pacheco, pudo haber nacido
cerca de 1640, si se hace símil con el nacimiento de su esposa María Caballero, nacida en
Pamplona el 27 de noviembre de 1643. Pacheco señala que Luis es hijo de Francisco
Santander, o Francisco Martínez de Ribamontan Santander, casado con una señora Rojas, de
la cual tuvieron varios hijos.
Estos Santander son originarios de aquel muchacho de 18 años, soldado sin nombre, de las
huestes de Pérez de Tolosa, que en 1547 se quedó por aquí, hasta llegar a ser, el Contador
Mayor en la ciudad de Antiochia, abuelo o bisabuelo de ese tal Francisco Santander, que
pudo estar naciendo entre 1600 y 1610, no se sabe, lo importante de todo, era que el “status
quo” de la época, su dinámica social, les llevaría de cualquier forma a blanquear los
apellidos, y más tarde los historiadores, por falta de data y usando su imaginativo, les
sacaríamos brillo a este atavismo, entonces necesario para acceder al prestigio social y
económico que brindaba la monarquía; acomodaríamos así la historia.
Sin embargo, las nuevas tecnologías de búsqueda de información y una devota búsqueda de
investigadores colombianos, hace que para el 2013 se nos arroje otra data. Nos muestran, que
Francisco no tuvo ningún abuelo con el nombre de Francisco Martínez de Ribamontan
Santander, por el contrario, proviene de un joven soldado que tuvo que vérselas verdes en la
naciente Antioquia.
Para la ciudad de Antioquia se cita claramente, a Luis Santander y a Francisca de Alonso,
pariendo para 1550 a Rodrigo de Santander Alonso.
Luis De Santander (1510-1565). Nacido - Valladolid, España; Casado con Francisca Alonso
en 1573- del cual nace Rodrigo de Santander Alonso (S.A). contador; “El contador de
Antioquia”.
Rodrigo S. A. Se casa más tarde con Catalina Prado Pimentel, nacida en 1558. De allí nace
en 1585 el Presbítero Rodrigo Santander Pimentel.
Éste Rodrigo S.A, el “Contador de Antioquia”, además del Presbítero, tuvo varios hijos, entre
ellos Luis Santander Pimentel, o Luis Francisco, de donde nació Francisco Santander Rojas,
padre de Luis Ignacio Santander, nacido en 1640.
En conclusión, tendríamos que éste soldado sin nombre, seria Luis de Santander, nacido en
Valladolid- España; capital del reino español, para 1510, padre de el “Contador de
Antioquia”.
Luis, cuando entró por Coro con las huestes de Alonso Pérez de Tolosa, no tenía 18 años
como presumimos en un principio, sino que tenía 37, un hombre constituido y entrando al
promedio de vida de la época, de hecho, muere a la edad de 55 años.
Luego de la muerte de Tolosa y asumiendo las prácticas propias de la conquista de América,
apareció en Antioquia y en 1550 tendría un hijo “Rodrigo”, el cual para más o menos 1580
fungiría como Contador, sería el “Contador de Antioquia”; señalado en 1680, por María
Caballero, esposa de Luis Ignacio Santander (nacido en 1640) en referencia testamentaria,
como abuelo de éste, al pelear como madre la herencia de sus hijos Esteban. Miguel y
Marcos Santander Caballero. La discusión y énfasis de María, sobre el “Contador de
Antioquia”, permite hoy en día ubicar con mayor certeza el origen de la familia Santander,
por ello mi énfasis en citar la procedencia de esta información. Fuente:(Rodrigo de
Santander Pimentel: genealogía por Ivan Restrepo. Nacimiento, muerte: Juan M 1.FTW -
[Isaac, Belen, Sofia, Guillermo, Gabriel y Jorge aprox. 1906] - - Other - Date of Import: 24
Oct 2002 - IRJ copia 2 sept 04.FTW - - Other - Date of Import: 13 Sep 2004)
La dinámica de la investigación, nos lleva a varias preguntas, pregunta que no se hace Nieves
Avellan, en sus canticos a la ciudad del Tocuyo. ¿Viajaban algunos soldados con sus
familias? La respuesta es sí. Una de las estrategias de los españoles, para reducir la tragedia
de los indígenas a través de mastines asesinos y empalamiento y menguar las ambiciones de
los que acompañaban, era ir fundando villorrios. Un ejemplo bien citado sobre esta práctica,
fue Cáceres, en la fundación de La Grita. En esta discusión de los Santander, se observa que
ya Luis Santander, para 1550, tres años después de la refriega en Chinacota, contaba a su
lado, a su Francisca Alonso. En caso de que no le acompañara, si ese fue el caso, el panorama
que mostraba Antioquia para la época, indica, por cualquier lado que miremos “Francisca
Alonso”, era indígena.
Al seguir a Luis Francisco Santander Pimentel y la señora de Rojas, podemos mostrar
algunos elementos genealógicos que ubicarían a los Santander en la ciudad de San Cristóbal
para mediados de 1600..
A.-Esteban Manuel Santander de Rojas. Muere Célibe, hacia 1650 pasa a Venezuela y se
residencia en San Cristóbal, en donde disfrutaba de encomienda en 1683.
Con Esteban, llegando a Venezuela en 1650 y con el nacimiento de Luis Ignacio en 1640, se
pudiese presumir que el mismo Francisco y la señora de Rojas se vinieron para Venezuela
cerca de 1650.
B.-Francisca Santander Rojas, casada con Nicolás Jaime Calderón de Moncada. Hija de José
Jovel de Moncada y de Andrea Ramírez de Andrade. B.1. Clara Jaimes y Santander. B.2.
Josefa Jaimes y Santander. B.3. Juana del Espíritu Santo Jaimes y Santander. B.3.Andrés
Jaimes y Santander. El Presbítero, se halla en Pamplona en 1736.
C.-Juan Santiago Santander Rojas, que fundó familia en San Cristóbal, casado con Francisca
Jovel de Moncada. Hija de José Jovel de Moncada
C.1 Cristóbal Manuel Santander Jovel. C.2. Juan Santiago Santander Jovel, casado con
Agustina Colmenares, hija Pedro de Colmenares y de María Ramírez de Arellano. C.2.1.
Domingo José Santander, casado en 1749 con Adriana Sánchez. C.2.2. Juan Santander,
casado con Cecilia Contreras. C.2. 3.. María Micaela Santander, casada con Manuel Omaña
Rivadeneira. C.2.4. María Teresa de Omaña Santander, casada con José Nicolás Maldonado
Moncada. C.2.4.1. José Ignacio Maldonado Omaña. C.2.4.2. María de Jesús Maldonado
Omaña. C.2.4.3. Rafael Maldonado Omaña. C.2.4.4. Brígida Maldonado Omaña. C.2.4.5.
Rosa Maldonado Omaña. C.2.4.6. Antonio María Maldonado Omaña. C.2.4.7. Juana Josefa
Maldonado Omaña. C.2.4.8. José María Maldonado Omaña. Casado con la señora José
Bustamante Contreras. C.2.4.9. María Barbará Maldonado Omaña casada el 21 de octubre de
1805, con José Concha. C.2.5. María Francisca Omaña Santander, nacida en 1713, casada
con Juan Vicente Sánchez Osorio. C.2.6.. María del Rosario Sánchez Omaña, casada con
José Salvador Santander. C.2.6.1. José Lorenzo Santander Sánchez (Presbitero). C.2.6.2.
Francisco Santander Sánchez.
C.3. Luis Ignacio Santander Jovel. Célibe.
C.4. Francisco José Santander Jovel (Cúcuta), casado con Gertrudis Gómez de Figueroa.
C.4.1. Luis Ignacio Santander Gómez, casado con Rita Bonilla Santander. C.4.1.1. Pio
Agustín Francisco de Paula Santander Bonilla. C.4.2. María Rita Santander Gómez, esposa
de Nicolás Rangel. C.4.3. María Inés Santander Gómez, esposa Manuel Vargas Carrero.
C.4.4. Manuel Antonio Santander Gómez, esposo de una señora Maldonado de Táriba. C.4.5.
Pedro José Santander Gómez, casado con María Isabel Rangel de Cuellar (1789-1875). Hija
de María Sebastiana Ramírez y Antonio Nicolás Rangel, en Táriba en 1758.
C.5. Lorenzo Santander y Jovel de Moncada, casó con María Rosa de Colmenares.
C.5.1.a. Juana Colmenares Santander, casada dos veces. C.5.2.a. Lorenza Colmenares
Santander, casada con un francés vecino de San Faustino José Antonio Cholet y en 1737 con
Damaso Chacón. C.5.3.a. José Narciso Colmenares Santander, casado con una señora
Cárdenas en San Cristóbal.C.5. b. Lorenzo, Casado por segunda vez, con Manuela Prato y
Santillan. C.5.1.b. María Rosa Santander Prato. C.5.2.b. José Emigdio Santander Prato.
C.5.3.b. Antonio Santander Prato, que casó con María Encarnación Amorocho Salas. C.5.4.b.
Barbará Santander Prato, con Susana casó con Vicente Ildelfonso Suarez. C.5.5.b. Juan
Antonio Santander Prato. C.5.6.b. José María Santander Prato.
D,- Luis Ignacio Santander y Rojas, casándose con María Caballero. Según Pacheco nacida
en Pamplona el 27 de noviembre de 1643. “Pasaron a la Provincia de Venezuela yendo a
residenciarse en San Cristóbal.
D.1. Esteban Santander Caballero, nacido en San Cristóbal el 27 de noviembre de 1669.
D.2. Miguel Jerónimo Santander y Caballero, nacido en San Cristóbal. Venezuela en 1675,
casado con Josefa Jovel Moncada, Murió en 1735. D.2.1. José Antonio, D.2.2. Agustín
Jerónimo, D.2.3, María Margarita, D.2.4. Rosa, que fue casada con Francisco Javier Guerrero
de Librillos D.2.5. Juana Josefa, casada con Francisco Ibáñez de Caiedes. D.2.6. María Ana
Casó con Diego Nicolás Fernández de Rojas. D.2.6. Juan José, casó con Leonor Fernández
de Rojas el 8 de enero de 1731 y luego en segundas nupcias con María Nicolasa de Bonilla y
Montoya el 16 de noviembre de 1741. D.2.6.1. Cristóbal Manuel, D.2.6.2. María del Rosario,
D.2.6.3. Mariana, D.2.6.4. Barbará, esposa de Placido Patiño de Haro. D.2.6.5. Magdalena
desposada con Benito Sánchez Osorio.
D.3. Marcos José de Santander y Caballero, nacido en San Cristóbal en 1677, contrajo
matrimonio con María Jovel de Moncada. “En la Villa de San Cristóbal. en onse días del mes
de abril de mil seiscientos y setenta y ocho años yo el B. M. D. Nicolás de Miota Jáuregui
Cura Benefdo. y vicario puse oleo y chrisma a un niño que se llamó Marcos hijo, legítimo de
Luis Ignacio de Santander y de Da. María Cavallero, de edad de un año el cual baptisé antes
en caso de necesidad, fue su padrino el Mro. D. Franco. Martines de Rojas y para que conste
lo firmé. B. M. D. Nicolás de Miota Jáuregui” (Libro de bautismos de 1645-1880). Acta de
matrimonio: “En la Villa de S. Xptobal. En veinte de junio del año de setecientos y uno, Yo
dho. veneficiado aviendo presedido la licencia del Vicario y lo demás dispuesto por el Sto.
Consilio, desposé y velé a D. Miguel Grno. de Santander con Da. Josepha Jover de Moncada,
fueron sus padrinos D. Joseph de Moncada y Da. Andrea Ramírez y juntamente dho. día
desposé y velé a D. Marcos de Santander con Da. María Jover de Moncada, fueron sus
padrinos D. Salbr. de Santander y Da. Franca. Jover de Moncada, y por qe. conste lo firmo.
Mo. Martines” (Libro de casamientos de 1699-1717, folio 1).
E.-Micaela Santander Rojas, casada en San Cristóbal con Bernardino Ramírez de Arellano;
F.-Nicolás Santander Rojas. Pamplona, Casado con María Gómez y Palencia; Vicente
Santander Rojas. Ocaña
Castillo Lara, cita para el año 1700 a Matías Jobel Moncada, como persona asesinada por los
Motilones en La Grita. Pacheco 1940 cita a José Jobel de Moncada y Palencia, casado con
Andrea Ramírez de Andrada y Urbina, heredera esta última de tierras de San Faustino.
Castillo, refiere el apellido Jovel, como uno de los apellidos más influyentes en la ciudad de
San Cristóbal para finales de 1600. “Los alcaldes Jovel Moncada y Ortiz de Parada que
ejercían el oficio desde el año 1686, no le entregaron la Vara de Justicia al Capitán Márquez
Osorio”.
Joseph Jovel Moncada, es citado en diferentes cargos en la Villa: 1687, Alcalde Ordinario;
1689, alcalde de la Santa Hermandad; 1690, Alcalde Ordinario; 1693. Alcalde Ordinario:
1693, procurador General.
De José Jovel de Moncada y Andrea Ramírez, se origina Francisco Paula Santander, veamos
esa pequeña historia:
Para 1700, se cita a Andrea Ramírez de Andrade, hija de Isabel de Urbina, reclamando tierras
de Guásimos. Muy pocos llegaban a tener tierras, sólo los blancos o los mestizos
blanqueados, como fue el caso de Diego Colmenares Aysmasam, abuelo de Francisco de
Paula. José Jovel y Andrea, tuvieron una hija, María Jovel Moncada, la cual casó con María
José Santander Caballero, tatarabuelos estos de tan emancipado prócer. María José, ocupó de
capitán y encomendero del pueblo de indios de los Guácimos, alcalde ordinario de su ciudad
natal, San Cristóbal en 1726.
"En la Villa de S. Xptobal. En veinte de junio del año de setecientos y uno, Yo dho.
veneficiado aviendo presedido la licencia del Vicario y lo demás dispuesto por el Sto.
Consilio, desposé y velé a D. Miguel Grno. de Santander con Da. Josepha Jover de Moncada,
fueron sus padrinos D. Joseph de Moncada y Da. Andrea Ramírez y juntamente dho. día
desposé y velé a D. Marcos de Santander con Da. Maria Jover de Moncada, fueron sus
padrinos D. Salbr. de Santander y Da. Franca. Jover de Moncada, y por qe. conste lo firmo.
Mo. Martines" «/i»(Libro de casamientos de 1699-1717, folio 1).
Marcos José de Santander y Caballero, nacido en 1677, San Cristóbal, Táchira, Venezuela,
casado con María Jover de Moncada, eran padres de: José Eugenio. María Antonia,
Salvador, Juan Felipe, Isabel, Catalina (recordemos a Catalina Alonso), Antonia Nicolasa,
Joaquín José Santander y Jovel Moncada. Todos nacidos en San Cristóbal, de seguro en
Gallardin, ubicado al noreste del actual San Cristóbal
De allí nacería un poder familiar, que luego jugaría con el destino de estas tierras, tal como lo
demuestra la genealogía de Santander, en narración de Pacheco, y que concluye con el laudo
arbitral de 1891, en donde San Faustino iniciaría su gran carrera hacia Colombia.
D.4. Felipa de Santander y Caballero. Se casó en San Cristóbal el 16 de agosto de 1663, con
el Capitán José Ramírez de Arellano. Para 1700 se encuentran residenciados en San
Cristóbal. D.4.1. José Ramírez Santander D.4.2, Micaela Felicia Ramírez Santander, D.4.3.
Gregorio Enrique Ramírez Santander, D.4.4. Gaspar Ramírez Santander. Nace en 1705 en
San Cristóbal. D.4.5. Juan José Ramírez Santander, y D.4.6. Jorge Gregorio Ramírez
Santander y D.4.7. Salvador Ramírez Santander. El cual se casó con Josefa Santander en
1713, D.4.8. Buenaventura Ramírez Santander con José Ignacio Guerrero de Librillos D.4.9.
María Bernarda Ramírez Santander con Bartolomé Guerrero de Librillos, D.4.11. Marcos.
Todos ellos nacidos en Venezuela.
D.4.10. María Francisca Ramírez Santander con Francisco Antonio Vargas de Machuca. De
donde nacen: D.4.10.1. Antonia Vargas Machuca Santander, mujer de Diego Avendaño,
D.4.10.2. Barbará Vargas Machuca Santander que lo fue de Miguel Cárdenas y Castro,
D.4.10.3. Micaela Vargas Machuca Santander de Carlos Rubio, D.4.10.4. Paula Petronila
Vargas Machuca Santander, primera esposa de Juan Agustín Santander Colmenares, padre de
Francisco de Paula Santander.
D.4.10.5. José Brisio Vargas Machuca Santander, casó con Magdalena Montoya. D.4.10.5.1.
Francisco Javier Santander Montoya, el cual desposaría Con Ana María Santander
Colmenares, tía del prócer en cuestión, de la cual nacería Ana María Santander Santander.
Esta se casaría con su pariente Lorenzo Rosales Colmenares, parte genealógica de los Tapias
Rosales.
FRANCISCO DE PAULA, UN GOCHO DE EXCEPCIÓN,
Independientemente de cualquier genealogía, se encuentra un testigo inequívoco en hacer de
Francisco de Paula Santander y Omaña, un gocho de excepción, y es “Esa enorme cuña
triangular, introducida en las propias entrañas de la tierra del Táchira, a una altura de 1600
metros sobre el nivel del mar”.… lo que nos ha llevado a este cuento; desde Bogotá
Francisco de Paula mando a crear una muesca sobre el mapa del Estado Táchira, para que se
supiera de él, por saécula saeculórum.
Sea de donde sea Francisco, éste se anotó en la odisea que asomó Bolívar, se quemó la piel
por nosotros y por ustedes, por aquellos y por los otros, pertenecía a una clase social y siendo
un hombre serio y amante de la ley, les cumplió, a él los pobres no le subyugamos, por ello,
sus deudas es cosa de ponernos de acuerdo para pagarlas, como un legado que podamos
hacerle a aquel pipiolo de 21 años, por haber ganado en la Campaña Admirable, la primera
batalla de la gesta libertadora, dada en las tierras angostas de El Cobre, fronteras del
territorio venezolano.
1670 y 1673, es referido Luis Ignacio Santander, un hombre quizás de unos 30 a 35 años,
como alcalde de la hermandad, cobrando por este cargo 52 patacones. En 1671, se le
establecen cargos, por no hacer cárcel en la Villa de San Cristóbal y éste imputa “digo, por el
embarazo que ha seis o siete años que se tiene en hacer la santa iglesia de esta villa, cuya
obra se está reedificando como a vuestra merced le consta, y asimismo el haber pocos indios
en las poblaciones, y que de los pocos que se traen son para la dicha obra por ser cosa que
prefiere a todo, cuya causa no ha dado lugar a que se pudiesen hacer dichas casas de cabildo
y también la suma de pobreza de este lugar.
Mientras esto sucedía y Luis Ignacio arreglaba sus peos, nace en el Táchira, en San Cristóbal,
en el año 1671, su hijo Marcos Santander Caballero “En la Villa de San Xpl. en onse días del
mes de abril de mil seiscientos y setenta y ocho años yo el B. M. D. Nicolás de Miota
Jáuregui Cura Benefdo. y vicario puse óleo y chrisma a un niño que se llamó Marcos hijo,
legítimo de Luis Ignacio de Santander y de Da. Maria Cavallero, de edad de un año el cual
baptisé antes en caso de necesidad, fue su padrino el Mro. D. Franco. Martines de Rojas y
para que conste lo firmé. B. M. D. Nicolás de Miota Jáuregui"«/i» (Libro de bautismos de
1645-1880).
La relación de los padres del General Santander, sus intereses e ilusiones se vislumbran, 100
años antes de que este naciera, para ello, hay que seguir apellidos y propiedades de los
Omaña Rivavadeneyra, Santander, Colmenares y Jovel.
En 1691-1693 se nombra como alcalde ordinario a Juan Santiago de Santander Jovel. El 3 de
enero del año 1693, tal como consta en el libro de cabildos reza “En las casas de la morada
de Joseph Navarro de la Rosa, Notario del Santo oficio y Alcalde Ordinario más antiguo, se
juntaron a Cabildo como lo han de uso y costumbre al pro y utilidad de esta República, y
estando juntos, conviene a saber Joseph Navarro de la Rosa y don Martin Omaña
Rivavadeneyra Alcalde ordinarios y don Juan Santiago de Santander Procurador General,
presentó Don Martin de Omaña un pliego Cerrado que dice “ Al cabildo Justicia y
Regimiento de la Villa de San Cristóbal…… en relación de no aceptar como alcalde
ordinario a Felipe Agüero por estar casado con una india. Posterior a ello, por esta causa es
acusado de desobediencia Juan Santiago Santander, para lo que este se defiende en estos
términos “mediante a lo que me costaba de la esfera del Sargento elegido, y que esto nacía de
la larga distancia que hay desta Villa a la ciudad de Maracaibo donde reside el señor
gobernador……. Establecida la defensa, para el 19 de febrero de 1698, sale fallo absolutorio,
pagando algunas costas, por parte del Juez General Gaspar Mateo de Acosta, Gobernador y
Capitán general de la provincia de Mérida de La Grita y Maracaibo.
1698 el alcalde ordinario de San Cristóbal era Pedro Colmenares de Aysmasa. Fueron citados
por la autoridad Miguel Gerónimo de Santander, hermano legítimo de Juan Santiago de
Santander y sobrino carnal del capitán Gerónimo Martínez de Espinoza. Se cita al Capitán
Don Juan Santiago de Santander Jovel como alcalde Ordinario de La Villa de San Cristóbal y
para 1711 y 1717, como alcalde Ordinario a Marcos Joseph de Santander Caballero, hombre
de 41 años de edad.
Guillermo Castillo Lara, relaciona la vida de los Santander para el Táchira, en estos términos:
“La familia Santander se avecina en la Villa de San Cristóbal ya bien mediado el siglo XVII
con Luis Ignacio Santander, el cual casa aquí con María Caballero Lucero de Bonilla, hija de
Gerónimo Martínez de Espinosa y Rojas, encomendero en Pamplona, y Doña Isabel Lucero
de Aragón. En ocasión de solicitar en 1682 una encomienda para su hijo Juan Santiago de
Santander y Rojas, la dicha doña María Caballero, ya viuda refería: que su difunto esposo
Luis Ignacio Bolador de Santander “padre del dicho Juan de Santiago mi hijo, fue hijo
legítimo de Luis Ignacio de Santander, uno de los primeros vecinos de la nueva translación y
fundación que se hizo de la ciudad de Tamalameneque, donde sirvió a Su Majestad en los
oficios de Alcalde Ordinario ……. Y el abuelo del dicho su marido sirvió a su majestad en el
oficio de “Contador Mayor en la ciudad de Antiochia”. Se hace posible que ese Contador
Mayor de la Ciudad Antioquia, fuera aquel soldado que siguiendo a Toloza en 1547, se
quedará por aquí en busca de mejores horizontes, que las tierras áridas y calientes de Coro.
Gracias a la solicitud de encomienda, por la peladera que tenían los Santander para 1682 y su
referencia “Y el abuelo del dicho su marido sirvió a su majestad en el oficio de “Contador
Mayor en la ciudad de Antiochia”, referencia necesaria para justificar su petición, María de
Caballero nos pone en el camino de los ancestros, del General de Generales; pero su objetivo
era la búsqueda de mejores rumbos para su descendencia, así fuera entre tuertos y feos; San
Faustino fue su gran portal, una sola gran puerta, para muchos caminos.
ENTRE ENCOMIENDAS Y MATRIMONIOS.
En 1720, San Faustino tenía más gente que San Antonio del Táchira, pero para ese año,
según, Don Marco Figueroa. (1961), sucedió la fundación de este último, en tierras del
español Eugenio Sánchez; un nuevo orden político así lo exigía. Ello debió ser incómodo
para algunos colonos, pero de significancia y sorpresa para los ciudadanos de frontera y más
para la región de San Faustino, la cual, mucho antes mostraba mayores visos de crecimiento,
que el villorrio que nacía, pero había razón de fundar pueblo allí, ya que, por esas, por esos
lados, por allí, estaban las casas solariegas de los propietarios de la tierra de San Faustino, de
Cúcuta, de Capacho, Rubio y más allá; dueños del tráfico de mercancía, evasiones y
modificaciones.
En la fundación de San Antonio del Táchira, puede observarse el enredo de apellidos, que
unidos, con alevosía o por cuestiones de clase, se articulaban y se apropiaban de cualquier
tierra que medrara descuidada, en el lugar de estos dominios fronterizos.
Para el año 1724, el Sr. Joseph Vichi, era el único propietario de la hacienda ubicada donde
actualmente está asentada la población de San Antonio y en ese mismo año el “español”
Eugenio Sánchez Osorio García la compró. Luego compareció ante el Alcalde de la Villa de
San Cristóbal, Gregorio de Bonilla Colmenares, para donar la mitad de esta hacienda para la
fundación parroquial. Si se sigue a través de …Sologenalogia, puede observarse que este era
Hijo de José Valeriano Sánchez Osorio y Ortiz de Parada, nacido en 1670 San Cristóbal,
Táchira, Venezuela, y María de los Ángeles García y Méndez Miranda.
Este Eugenio, era a su vez, hermano Agustín Sánchez Osorio y García, el cual se casó con
Catalina de Santander y Jovel de Moncada (hija Marcos José de Santander y Caballero María
Jovel de Moncada). Catalina, era tía del padre del General Santander.
Joaquín José de Santander y Jovel de Moncada, hermano de Catalina, se casa con María
Francisca de Colmenares Omaña, ésta nacida y fallecida en San Cristóbal- Táchira-
Venezuela. De allí nacen en San Cristóbal, todos los hermanos del padre del General
Santander, ellos son: José Salvador, Jacob, María Josefa, María del Rosario y Juan Agustín
de Santander y Colmenares, padre del General Francisco de Paula. Por asunto fortuito o de
acomodo histórico, éste último, lo ponen a nacer, para el año 1745, en San José de Cúcuta,
Norte de Santander, Colombia. Sus otros hermanos menores nacen en San Cristóbal, ellos
son: Felipe, José Vicente, Ana María y Diego José Santander y Colmenares.
Es interesante resaltar, como elemento de periodicidad, que Catalina, hermana de Joaquín
Santander, tía del padre del General, era cuñada de Eugenio Sánchez Osorio, fundador de
San Antonio.
Un icono importante, del apego de los Santander por San Cristóbal, es el matrimonio de
Catalina. Catalina se casó con Agustín Sánchez Osorio, hermano del fundador de San
Antonio del Táchira, en la estancia que los Santander poseían en el sitio de Gallardín, San
Cristóbal; Cúcuta no fue la opción, ni San Antonio tampoco. Para corroborar este hecho, este
icono, nos muestra, que, en la historia escrita, algo se cambió. Asistieron en calidad de
testigos de este matrimonio, José Francisco de Vera, Fernando Madariaga y Francisco de
Santander y Moncada, primo del novio.
De Catalina, nació Eugenio José Sánchez Osorio y Santander, el cual fue Alcalde Ordinario
de San Cristóbal en 1781. Fue adversario del movimiento de los Comuneros, en unión de su
suegro, Don Andrés Sánchez Cossar, a la sazón Justicia Mayor de San Cristóbal, formó parte
de la sala capitular que en septiembre de ese año hizo publicar por bando una carta del
Gobernador de Maracaibo que instaba a los sublevados a que se sometieran ofreciéndoles
amnistía. Pero aún más, hablando no solo de tierras y posesiones, en esta historia de la
frontera fundacional, no sólo intervine la donación de Don Eugenio, requisito necesario para
la elevación de la parroquia y construir una capilla en honor a San Antonio de Padua, sino
que allí, en esa fundación estuvo involucrado el presbítero Juan Antonio de Omaña
Rivadeneyra; tío abuelo del generalísimo en cuestión.
María de Caballero, no sólo nos brindó el nombre y el apellido de aquel soldado sin nombre,
sino que dio los primeros pasos para construir al héroe en discusión. Revisémonos cuando
valoremos nuestros logros. Más de una pesada carga de leña se echó a cuestas, mi mamá y
mis hermanos, para que yo hoy tranquilamente en mis ratos de ocio, pueda garabatear unas
grafías sobre el hombre de la libertad y las leyes, una verdad, quizás mi verdad.
En conclusión, la mescolanza de apellidos, su poder conquistado, les dio a los Santander,
para la hora de nacimiento del prócer, la propiedad de todo lo que es Rubio, San Antonio y
San Faustino; vaya oportunidad, vaya gran portal en donde llegaban todos los caminos, hasta
los que olían a libertad; de ello no tuvo culpas nuestro gran libertador colombiano, sino el
contexto de bienaventuranzas que le tocó vivir.
Por donde se mirara y se quisiera poner, al final de cuentas San Faustino representaba la
América sustantiva que se formaba, era el sitio de indios y mulatos, el de llegué un instante y
me fui, era el lugar de ir un ratico el cura, echar uno y largarse; la historia del apartheid
asomaba su perfomancia con ámbitos xenófobos. Por el poder de algunos, se construía otro
pueblo, un pueblo de “blancos”, San Antonio, no importaba si San Faustino tuviese más
ranchos y más gente, allí estaba el mestizaje y esos no contaban a la hora de entrar al cielo,
un apasionado mirar jesuita controlaba.
Esta fundación, trajo ventajas, pero no en las diferencias. Las ventajas les dieron
innumerables beneficios a Eugenio Sánchez y los Santander y Omañas, ya que ello le daba el
patronato del lugar, elemento jurídico que les proveía de un cumulo de derechos y privilegios
sobre otros.
En este mundo único, de impúdicas raíces, de suspiros lustrales y plegarias escondidas,
nacería Francisco de Paula Santander y Omaña-
LA DIFERENCIA LIBERTARIA LA PUSIERON LOS JESUITAS.
Como las diferencias genealógicas daban ventajas, sobre este mundo paradigmático, vinieron
los borbones a poner orden, a romper las bisagras que le habían quitado el poder a Madrid, de
ahora en adelante la iglesia americana dependería directamente del Consejo de Indias, el
papado romano era cuestionado y por ende los jesuitas, arma política del papa. Pero llegaron
tarde, el verbo monárquico ya no tenía sustento, en una población blanca y mestiza que solo
había conocido a dios en 300 años de colonización, a través de una mediática dominada por
los jesuitas; creando 300 años de voces diversas, con nuevos agentes sociales, como los
Bolívar y Santander, que nacían y tomaban forma como base de su poder o desdichas, en una
tierra que semejaba el génesis bíblico.
La misma iglesia ya no era una iglesia europea, trescientos años, tiempo suficiente para
zurcir el silencio, daban la potestad de hablar de una iglesia americana; la Bula Alejandrina
del año 1493, había abierto el camino para ello, al darle todo el poder cristiano a los reyes de
España, de todo territorio que conquistaran, pero los reyes se descuidaron con los jesuitas.
El papa, buscó corregir La Bula. Para mendár el error dado a los monarcas, crearon, La
Compañía de Jesús, de esa maniobra los Borbones tarde se dieron cuenta. Cuando los
postigos de la noche, ya no permitían cerrar sus ojos, gritaron “líbranos de la luz que fue
hecha”; ya la noche había caído, ya era tarde.
Entre esas aguas, nació y creció en América un nuevo ideal, libre y sin reparos, la Compañía
de Jesús, era el principal ideólogo de una América que despertaba, empujada quizás por
diversos avatares, pero con unos sujetos sociales claros en su fe aprendida; la fe católica se
imponía en esta parte del mundo, de ahora en adelante solo ese dios menguaría nuestras
penas.
Para mediados de 1700, ya los Santander tenían más de 100 años de haberse avecinado en el
Táchira; como beneficiarios de la providencia, ya habían probado y digerido la fe jesuítica,
habían aprendido que los diezmos aplacaban sus paranoias y esquizofrenias sociales, seguros
estaban de que el cielo no era para los pobres; quizás ahí, pueda explicarse “su apatía social”,
calificativo establecido por algunos autores.
La Villa de San Antonio del Táchira, La Villa de San Cristóbal y la Grita, no tenían cada uno
más de 400 vecinos, en donde el 80 % eran indios tributarios. Cada quien, en su feudo,
ningún pueblo era más importante que el otro, ya que no fuera por el comportar lupanario de
uno o de una casa escondida en sus alrededores. La propiedad de la tierra y algunos nuevos
acomodos de cobro de impuestos requería nuevos preceptos. Al desbarajuste y anarquía de
los blancos y la iglesia, los borbones le empezaban poner orden, había llegado un rey con una
infancia hueca, pero apoyado por sus asesores banqueros, buscó bajo un nuevo proceder una
América sin cachos, sin putas y tuertos, pero aun así fue vencido.
Ya la iglesia, metida en calzón, por el Consejo de Indias, bajo el mirar del estado de Madrid,
fue erigido el obispado de la Provincia de Mérida de Maracaibo, por lo que los flacos
villorrios quedaron adscritos a ese Rescripto Apostólico, dominado desde hace rato por los
Agustinos y Jesuitas; los cuales con diferencias sutiles compartían sus pareceres y sus rimas
agitadas; cuando los reyes corrieron de Pamplona a los Jesuitas, los Agustinos con arrechera
y solidaridad, también se largaron.
Noventa y tres años antes de que naciera Francisco de Paula, para los blancos, este villorrio,
San Faustino y los bordes del río, hasta el Lago de Maracaibo, era marcado por pueblos de
indios, negros y mestizos caleteros, rodeado de grandes bosques, en donde, hasta dios se
escondía, no permitiendo que los buenos indios entraran al cielo. Era tierra de los blancos,
pero con una población mestiza, por lo que no requería forma ni sitio preciso, una región
militar, fue la salida.
La neblina debía encubrirlo para que fácil, reposara allí el delito. Invisibilizados como
pueblo, Ricaurte y San Faustino se convertían sólo en la vía principal de comunicación con el
mundo exterior: San Faustino, Río Zulia, Catatumbo y Gibraltar, era la gran autopista de
agua que comunicaba con el exterior, era la comunicación básica para lo que venía e iba para
Europa; preexistían otros caminos, pero más largos y tortuosos para el intercambio de bienes
y mercancía, como los del llano, sitios que los holandeses usaban para el contrabando; en
pasajes a través de Ticoporo, buscaban sin problemas el Río Apure, hacia el Orinoco; lo más
que podían toparse por allí era a los jesuitas con sus misiones; que junto a todos, olfateaban
como depredadores la riqueza de una tierra prodigiosa. A mediados de siglo, ya los colonos
de San Antonio del Táchira, se habían dado cuenta de que había nuevos reyes y, de porqué el
pueblo había sido fundado allí y no en otro lado.
Lo que pasaba en el sur de América ya empezaba a escucharse, nuevos sonidos se procuraba
la nueva iglesia; en 300 años de sordera, producida por la propia cristiandad jesuítica, esta,
destapaba sus oídos, los oídos de América se abrían ante nuevas posibilidades. 1700, fue un
siglo de confusiones, cada uno quería su libertad, con ello, los borbones vadearon el
temporal, mientras, los jesuitas ponían sus comas y puntos de la América que se avizoraba,
Napoleón puso las comillas y entrando 1800, los mantuanos asumieron el poder.
En 1767, a pocos kilómetros, en Pamplona, Mérida y Maracaibo, les habían apagado las
velas a los jesuitas, según el rey, la fiesta de estos había acabado. Por el puerto de Gibraltar
habían sacado sus peroles y mucho bonguero de San Faustino se había dado cuenta y corrido
con el chisme. Estos cambios territoriales, expulsiones, cambios repentinos de nuevos
españoles, nuevos censos, mostraba que algo pasaba, pero no era suficiente, ni los blancos
tenían las suficientes bolas para arrecharse contra el estatus establecido, la clase mantuana, al
fin y al cabo, para ese momento forjaba lo que le venía en gana y la clase popular sin
reconocer lo estratégico, les atacaban.
Si algo pasaba en América, nos hacíamos los sordos, en 300 años, la ideología impuesta nos
había hecho sordos y capones. La cristiandad hacía que poco por aquí se supiera y si alguien
sabía algo, se hacían las bolsas, pero con la corrida de los jesuitas, los reyes sin percatarse se
cargaban los tapones y alebrestaban un avispero, los labriegos de sus fines, eran despedidos.
Se supiera o no se supiera lo que en otros lares pasaba, para cuando nace Francisco de Paula,
en 1793, las cosas en América, habían cambiado; otro era el rey y otros los curas. No
aceptando perder el poder, ya no estando financiados, los jesuitas habían iniciado, uno de los
mayores complots políticos de la historia, para destronar de América la monarquía española.
Se entraba en una larga y áspera carrera, desgarradora y fratricida. Por contradicción la
monarquía entraba en una soledad amarga y, los jesuitas tenían consigo un nuevo sujeto
social autóctono y de performance americano; la hora llegaba.
Para entender, que pasaba el día que nació Francisco de Paula, había y hay que comprender
bajo una racionalidad critica, 300 años de historia, desde que los españoles pusieron las patas
en suelo americano; sus apellidos y su formación ideológica fueron de la mano.
1700. DINASTÍA BORBÓNICA Y LA INDEPENDENCIA EN AMERICA
A pesar de su pinta de enfermos pobres, los Borbones trataron de poner orden a los jesuitas.
Algunos españoles y criollos, viendo menguados sus intereses, saltaron la talanquera y
zapearon a los curitas. Con el ataque a los jesuitas, equivocadamente los Borbones iniciarían
su declive político. El poder por lo general enceguece, miramos, nos concentramos en
imbecilidades, desperdiciando el contexto, desdibujamos la solidaridad desentendiéndonos de
la vida, perdemos nuestro imaginario, haciéndonos unos pendejos y, es cuando se nos
deviene la derrota, las equivocaciones.
1700, fue la época de las equivocaciones, especialmente de la clase popular. Esa
equivocación llevaría al poder, a los mantuanos, producto ideológico de los jesuitas; mientras
errábamos, una clase social xenófoba construía su ascenso, para suavizar la historia se les
dijo criollos.
Los inicios y mediados de 1700, mientras se consolidaba el apellido de Francisco de Paula
Santander a costa de los Joves y Ramírez, toda América marchaba en un tipo de limbo, limbo
que era forzado como una botella de champan por una población mestiza que crecía y se
multiplicaba, esperando que alguien presionara el corcho y explotara la libertad sustentable,
pero el corcho cristiano era muy fuerte y la explosión esperó. En esa tardanza se combinaron
las incomprensiones borbónicas, la educación y mercantilización jesuítica, pero un fortuito
de la historia, como fue la toma de España, por parte de Napoleón Bonaparte; permitiría el
triunfo de un nuevo sujeto social que esperaba callado detrás de vestidores, naciendo una
independencia a su semejanza y parecer que fortaleciera el poder constituido en 300 años de
historia; surgieron nuestros libertadores cuando ya la monarquía por si sola fenecía,
catapultando una clase popular que jamás se reconoció.
En una nueva política establecida por la dinastía borbónica, Felipe V (1701-1746) inauguró
en España un enfoque dirigido al beneficio de la metrópoli. Luego en un continuo, fue
seguido en el reinado, por el enfermizo Fernando VI (1746- 1759). La pócima del
descontento de los colonos blancos y criollos, la profundizó Carlos III (1759-1788), el cual,
emprendió un ambicioso programa de reformas. Ello tendría valores agregados, ya que
buscaba romper exactamente el punto que había permitido el absolutismo monárquico por
300 años a través de la sordera de la iglesia, sostenido especialmente la educación jesuita;
romper este nudo, más tarde daría traste con la monarquía.
Los arrebatos de los borbones, basados en las viejas trampas y herbajes de sus abuelos,
abrían una gran calzada que drenaría el descontento de una clase social que ascendía, una
clase que se morfoseaba entre capullos de mierda, una nueva clase social que buscaba
desvincularse de la corona y disfrutar solitos la riqueza que le brindaba la gran América
diversa; pero mientras ascendían, en el mundo tendrían que darse otros hechos para que estas
ganas de libertad y poder, preñaran.
Al sur de América, la corona española por decreto de Felipe IV y Fernando IV, España se
apropiaba de grandes posesiones del papado en manos de los jesuitas, reduciendo, no sólo su
poder económico, sino también político, como valor agregado se afectaría el financiamiento
de sus colegios, la edición de libros y apoderamiento de tierras en todo el continente
americano. Los jesuitas llegados a América, se había transformado de una compañía, en una
corporación de intereses, el catolicismo dominaba América, los reyes llegaban tarde; los
gusanos ya eran mariposas monarcas que recorrían América de norte a sur.
El Perú, tuvo una vieja tradición jesuítica, consolidada a través de la notoria influencia de la
Universidad de San Francisco de Xavier de Chuqisaca, puesta en marcha desde 1623, había
formado, los gestores de los movimientos revolucionarios de Chuquisaca; cosa horizontal
que se daba en toda América. Había pasado suficiente tiempo para que sus ideas se
enraizaran; en los pipiolos blancos o por blanquearse, sus sueños, era la educación jesuítica,
era el único camino para trepar en los estratos sociales, de los nacidos en esta tierra de gracia.
Los jóvenes de entonces, como Francisco de Paula, se concentraban en el ascender social y,
ello, era vinculante a los colegios jesuitas. Estar o estudiar con los Franciscanos, Dominicos
u otros, era oler a pobre; la ideologización jesuítica forjaba su filigrana.
Las decisiones monárquicas, afectaron a los jefes regionales o Curacas históricos, los cuales
funcionaban como nexo entre el mundo colonial e indígena para el cobro de impuestos; igual
apartamiento lo sufrían algunos criollos o mantuanos, quienes vieron comprometidos sus
sueños, pero en estos escases de blancos, el enroque era el modo operativo de desplazamiento
político.
Leyendo “Carta a los Españoles Americanos” del Jesuita peruano Juan Pablo Viscardo, en un
planteamiento absolutamente económico, se encuentran manifestaciones que no pueden
abocarse a una forma individualísima de un solo cura, sino aun pensamiento transversal
formado en 300 años de absolutismo y descuido monárquico, el cual venía siendo
cuestionado desde la misma Europa, decía Viscardo: “Desde que los hombres comenzaron a
unirse en sociedad para su más grande bien, nosotros somos los únicos a quienes el gobierno
obliga a comprar lo que necesitamos a los precios más altos y a vender nuestras producciones
a los precios más bajos. Para que esta violencia tuviese el suceso más completo, nos han
cerrado, como en una ciudad sitiada, todos los caminos por donde las otras naciones pudieran
darnos a precios moderados y por cambios equitativos las cosas que nos son necesarias”.
A los movimientos subversivos de mediados de 1700, resultado de un proceso evolutivo
gestado por los jesuitas, se le sumaron otros aconteceres en Europa, que daría forma a lo
acaecido después en 1800, en donde una serie de sucesos muy particulares, como, “muerte al
rey” influyeron en el ánimo de los americanos para librarse del yugo español; la
espiritualidad del rey se somatizaba, se hacía terrenal, visible y vencible.
Las leyes borbónicas, basadas en una acción discursiva de protección sobre los indígenas,
parecía afectar principalmente a los grupos corporativos, encomenderos, comerciantes,
dueños de minas, dueños de colegios, transportistas; el resto del pueblo, las bases populares,
ni cuenta se daba de ello, a un 95 % de la gente le importaba un coño quien mandara, el
resultado sería el mismo y fue el mismo; el nuevo sujeto social dominante ya tenía forma e
ideología, el discurso no cambiaría la forma.
A partir de 1730, se prende el reverbero, Madrid decide incrementar nuevas estrategias para
que las colonias fueran más rentables y leales, la ilustración les había iluminados o les había
cegado; ello dependía con el ojo que se mirara. En tan largo tiempo, el discurso y sus
contradicciones, tomaron formas. Algunos blancos criollos, impedidos sus intereses,
evocaron la palabra libertad e independencia, el americanismo encontraba caldo de cultivo;
los jesuitas se restearon con ellos.
Ante estos aconteceres, en 1767, Carlos III asustado tal vez o claro de quienes eran los que le
jodían, expulsa a los Jesuitas de España y América. ¿De qué les acusa? Les acusa de: 1. Alta
traición, de someterse a un poder extranjero, el Papa; 2. Desacreditar el gobierno a través de
sus escritos; 3. Fomentadores de motines y guarimbas en Madrid; 4. la amenaza que suponen
los jesuitas al poder real y su ansia de riqueza demostrada en Paraguay, con sus pequeñas
republicas y, último, la Compañía es una “Sociedad monstruosa” con mucho poder,
totalmente incompatible con el poder regio.
LA NOCHE DE LOS JESUITAS Y SU CHISPA LIBERTARIA.
Nos cuenta Gustavo Eguren (1986), en su libro La Fidelísima Habana, que era el 14 de mayo
de 1767, cuando el capitán de un barco que no importa el nombre, saltó a tierra en la Habana
Cuba, bajó la rampa con precaución, el sabia, que lo que traía era de alta confidencialidad, tal
como se lo había hecho saber el propio Secretario de Estado y Despacho del Rey, Pablo
Jerónimo de Grimaldi y Pallavicini y, así en esos términos se lo dijo a José Antonio de
Armona, primer administrador de correos de la Habana-Cuba.
Armona, siendo las seis de la mañana, miraba y remiraba la orden emitida y, siendo un
ferviente creyente del ángel de la luz, no calculó que en análisis más de paz consigo mismo,
largos años después estaría en las naguas ignacianas- mientras esto llegaba-, juzgaba con
ironía, cómo en los siglos anteriores las órdenes religiosas, y en particular la Compañía de
Jesús, apoyándose en lo que él denominaba devotos por costumbre habían ido fundando por
todas partes con magnificencia, ostentación y lujo, sin importarles que las familias de sus
magnánimos fundadores quedasen para pedir limosna. A fin de cuentas, decía tomando las
palabras de un político bellaco y decidor del siglo XVII, para ganar el cielo, ya no se
necesitaba más que dejar a los regulares, cuanto tenía cada uno en el suelo y en la bolsa.
Agregaba, buen ejemplo de ello había sido su paisano Juan de Urdanegui López de Inoso, el
rico indiano fundador del colegio de Jesús, José y María de los jesuitas de Orduña, pues
después de que muriera en mano de sus piadosos directores…sus nietos andan por España sin
tener hoy que comer. Según José Antonio de Armona, este era el comportar de los jesuitas,
por lo que tenerles arrechera era hasta placentero. Observancia valida o tendenciosa,
mostraba para el momento de su opinión, un camino seriamente revisable
Era la Cuba de 1767, el puerto más importante de América, todo barco que se le ocurriera
transar por estas aguas por allí tenía que mostrarse; cualquier chisme o mercancía tenía que
asomarse por aquí y José Antonio de Armona, saberlo.
Armona informó a su gobernador y, con el mayor recelo del mundo, despachó los restantes
correos, todos con el sello del Conde de Aranda, Presidente del Consejo de Castilla. El más
importante, iría vía Buenos Aires para D. Francisco Bucarely, entre los días 15 y 16 se
despachó el resto. El Gobernador de La Habana, Don Antonio María Bucarely, días después
recibía oficialmente, frías instrucciones de su hermano sobre el asunto; había suficientes
razones para la discreción. En esos días, antes de que le llegara la proclama en forma oficial,
el Gobernador parecía paranoico, no podía creer lo comentado por Armona, le asustaba hasta
el cantar del gallo mañanero y el sonar de grillos; éste, acostumbrado a ir pegado del hocico
de un pendejo, siempre que oliera a míseros poderes, se espantó, como si el reto planteado
fuera con mandingas, le decía asustado a su mujer “mejor no me hubiese dicho nada ese
huevon”.
Acobardado escribía todo en griego o caldeo, por si alguna hoja se le escapaba, por si alguna
ráfaga de viento se largaba con alguna de ellas y llegará a manos de los poderosos jesuitas.
Mientras pasaban las semanas y se abría la comunicación, hasta el día señalado por el Rey,
él y Don José, le manifestaban a los suyos que tuvieran los fusiles a cuestas, porque los
chismes vuelan. Ya había pasado más de un mes de haber llegado las anuncias. Ya era
mediado de Junio, se abrieron las proclamas y era cierto, los jesuitas se iban pa´la mierda.
Los dos se sentaron, se miraron y dudaron de la cagada que estaba cometiendo la monarquía,
pero acostumbrados a jalar bolas, creyeron que era su oportunidad para que cuando les
tomaran la foto a las bolas del rey, salieran de primeritos.
Llego el día y la hora decisiva de tomar el Colegio de San Ignacio. El Gobernador hizo venir
a su despacho a las 10 y 30 de la noche a Armona, a D. Pascual Cisneros, Al Coronel
Agustín Crame y al Brigadier de Ingenieros Silvestre Abarca, ante lo dicho, el menos
sorprendido cayó de culo. Para evitar traidores o delatores, no dejo salir a ninguno, a las doce
y media de la noche el Gobernador y sus acompañantes tocaron la puerta del colegio y
colocaron afuera un regimiento al mando de Lisboa D. Domingo Salcedo. Al ser recibidos
por su Rector P. Andrés de la Fuente, le leyó la proclama del Rey y luego procedió a sacar de
sus aposentos a cada uno de los padres y a una que otra vieja que en sus cuartos reposaban.
Los curas estaban sorprendidos, no sabían si era que los maridos de estas los habían agarrado
con los calzones abajo o era que los estaban robando. Hubo ruidos, carreras pa´lli y pa´lla,
pero sin pararle bolas a esta algarabía, el pueblo dormía. Mientras algunos, se ideaban como
escapar por el río, a eso de las 5 de la mañana el gobernador hace llegar a los clericós, café,
leche y otros alimentos; de los cuales estaban bien dotados los dignos representantes de Dios,
mientras decenas de niños morían de hambre. Se encontraron cartas diversas, de carácter
político y económico, pero lo que más avivó el asunto fueron cartas de amor y compromiso
eterno de damas conocidas y mujeres de algunos de los que allí se encontraban; lo que hizo
que los cornudos afincaran su arrechera y reforzaran la salida por el río, cumplieron así la
orden del rey; hasta en los momentos más sutiles los cachos sobresalen.
Pasó el día y a las ocho de la noche de ese día saltó a mar abierto la fragata. Muchos pesares
quedaron en la isla, muchos miedos y rumores corrieron ya que hasta el jefe de la curtiembre
iba a ser cambiado. La clase media educada quedaba consternada, se quedaban sin sus
ideólogos y rectores de su formación. Los jesuitas de la Habana fueron los primeros de
América que llegaron a España; el rin, para que nuevos sujetos sociales se despertaran, por
fin sonaba en América.
Las reformas del Rey Carlos III, alcanzarían también a los blancos y criollos, pero en ese
momento del show surprise no había un contexto suficiente para el nuevo sujeto social
naciente, los criollos no le pusieran huevas suficientes a su arrechera y descontento, que
facilitara el camino de la independencia de España; los mestizos fueron los únicos que se
encabritaron, pero para ellos no era el juguete. Un descontento que buscaba a toda costa,
contrarrestar las medidas tomadas por un Rey hueco y amorfo, que se contraponía a 300 años
de leyes y reformas con mecanismos poco funcionales, a los cuales los blancos hijos, jamás
le habían hecho caso.
Los cambios traían las Compañías de Comercio, siguiendo el modelo inglés y holandés, el
cual se basaba en la trata de esclavos; la introducción de navíos de registro: barcos que
podían comerciar al margen de la Flota de Indias, rompiendo o compitiendo con la base
fundamental y mecanismos de éxito de las oligarquías establecidas, el contrabando.
Tras la ubicación del puerto de Gibraltar en el Lago de Maracaibo, como único punto de
registro de esta zona occidental, complicaba las riquezas de los criollos de San Cristóbal y
Pamplona, que reclamaban sus derechos a la nobleza. Truncado por ahora los caminos y la
posibilidad de que les retuvieran la mercancía, buscaron los caminos verdes y trochas de
Puerto Teteo.
Ante el control corrupto de los súbditos del Rey, la mayoría de ellos acentuaron el saque de
sus productos como el tabaco y cacao, a través de las pantanosas calzadas del llano, vía el
Orinoco, mediante el soborno de algunos blancos militares, delito promovido por los
contrabandistas holandeses e ingleses.
En trescientos años se había consolidado una clase privilegiada sobre la base del delito y
ultraje. Los contrabandistas, criollos, mestizos blanqueados que eran la mayoría y, hasta los
jesuitas, ahora que no eran de agrado del rey, coincidieron, así tuvieran diferencias
catastróficas, todos acordaron, que la mascada podía alcanzar mucho más si daban jaque al
rey. La expulsión de los jesuitas iniciaría el bochinche, se encendería la chispa que llevaría a
la independencia de América.
Ese mes de junio de 1767, cuando agarraron a los jesuitas, pecando, con los calzones abajo,
se dieron los primeros pasos, para dar una independencia a unos blancos, que sólo buscaban
menor control en sus travesuras financieras, reducir el incremento impositivo, permitir el
libre comercio entre la península y las Indias; eliminar el control administrativo de la
metrópoli sobre las Indias: restablecer la administración a los criollos, mediante el control de
los territorios americanos; pero había un pero, había un Dios que les miraba pidiendo respeto
al rey, mirada que arropaba a blancos, mestizos e indios.
Para ese mes de junio, en América existía una población mayoritariamente mestiza, que no se
reconocía. A la cual los jesuitas le habían enseñado lealtad al rey, pero ahora, con los jesuitas
con las bolas al aire, la cosa creaba confusión.
Los jesuitas olieron las intenciones de los borbones, ante el desespero, buscaron como arma
estratégica oculta a los mestizos; por más de tres siglos les habían enseñado a estos, la
sumisión a la superioridad blanca. Mestizos y pardos, viendo la oportunidad de establecer sus
derechos y salir de la invisibilidad a que habían estado sometidos en más de 300 años de
colonización y desidia de España, buscaron su oportunidad.
Para los criollos a mediados de 1700, ante este panorama de rechazar toda autoridad y
mezclarse con mestizos, se mostraron impíos, el panorama no estaba dado para arriesgarse,
esta propuesta acercaba las moscas al plato, otros sujetos sociales llenos de colores amorfos y
sin alma reclamarían parte de la presa.
Cualquiera fuera la decisión de unos u otros, las cartas sobre la mesa, las había puesto era la
monarquía, al atreverse expulsar a los jesuitas de América, luego que estos por 300 años les
allanaran el camino para sus fechorías.
VISTIENDO EL PECADO ORIGINAL DE NUESTROS LIBERTADORES.
Ya en el Táchira, los bisabuelos de Santander se habían adelantado para ser opresores y
habían tapado su mestizaje; el viejo contador de Antioquia había cumplido su trabajo,
abriendo las puertas para el logro de encomiendas, cargos políticos y ascensos militares. Para
resolver la mezcla de tanta diversidad junta, que pudiese afectar el futuro de Francisco de
Paula, “el contador” se había perifollado haciendo compromisos con tuertos y feos, siempre
que fueran blancos, dando solución a los escasos perfumes de menta, semillas de trigo que
llegaban de su madre España, ya diluida y lejana.
Matrimonio aquí, matrimonio allá, tiradera aquí, tiradera allá, se adelantaron y dieron
solución a sus males genealógicos. Un ascendiente directo del prócer, y que se abrió como
hipótesis en este cuento, es la genealogía de Diego Colmenares. Acá se conoce con mayor
detalle la relación de un Blanco con una aborigen. Don Diego debió enamorarse
profundamente de la nativa Ana de Suba y asumió todos los riesgos que le imponía una
iglesia, una iglesia que nunca miró en sus manos su diversidad. Independiente de lo que ello
acarreara a su estirpe, nace Leonor Colmenares Suba. Su gallarda decisión, de darle el
apellido a su hijo mestizo, no se observa en su descendencia, ya que en ellos se produce,
pervive y les maltrata ese drama de ese origen hasta aun entrado el siglo XXI. Se observa
como Gerónimo Colmenares, su nieto, busca un segundo apellido, sacado quizás de algún
alambique ubicado en las aguas del río Tormes y se lo agrega a su apellido Colmenares, para
llamarse entonces Colmenares Aysmasa. Luego dentro de su drama humano y cristiano,
compra títulos nobiliarios o representaciones del rey, tal como el de Alférez del rey. De este
embrollo y caos de apellidos se originan varios apellidos de los amos del valle, de los cuales
muchos de ellos pretenden mantener su origen español y ocultar la hermosa y fresca
biodiversidad mestiza que llevamos en nuestra sangre.
Del Capitán Diego Colmenares y la aborigen Ana de Suba, de la Tribu de los Suba, de una
región de Colombia, tienen a: 1. Leonor Colmenares Suba (1563). 2. Gerónimo Colmenares
Suba. 3. Beatriz Colmenares Suba (1565). Leonor Colmenares Suba, tiene un hijo natural con
Alonso Álvarez de Zamora, llamado Gerónimo Colmenares. Este Gerónimo, se casa con
Francisca Ortiz de Parada, hija natural de Francisca Ortiz de Parada y Manuel Fernández.
Manuel hombre perteneciente al grupo fundador de la ciudad de San Cristóbal, nacido en el
año 1525, muere en el año 1625 a los 100 años, por lo le quedó tiempo de echar el cuento. El
Gerónimo fue un hombre obsesionado por borrarse, como diera lugar o como fuera, borrar su
origen aborigen y, mejor oportunidad que la hija de uno de los fundadores de la ciudad de
San Cristóbal, no tuvo. En estos pleitos y contradicciones estuvo toda su vida hasta que
muere en el año 1635. De Gerónimo y Francisca nació Gerónimo Colmenares Ortiz de
Parada.
De su hermana Beatriz Colmenares Suba (1565), podemos decir, que siguiendo los pasos de
lo español se topa en segundas nupcias con Felipe de Agüero (Soldado fundador de San
Cristóbal), y nace Doña Beatriz de Agüero Colmenares. Doña Beatriz, tuvo un primer
matrimonio con Juan Romero, de donde nació Ana de Romero, la cual se casó con Alonso
Labrador, un mestizo blanqueado nieto del capitán Juan Rodríguez Suárez y así entre rizas y
besos en cualquier momento aparecería Francisco de Paula, blanco e inmaculado. Con
Felipe, nace Beatriz de Agüero Colmenares (1585), la cual, desesperada por la piquiña de lo
mestizo, se casa tres veces, una de ellas con Marcos Becerra. De donde nace Clara Becerra
Agüero. Esta se casa con Francisco de Cárdenas (1600) y Saballos en el año 1629. Más tarde
los Cárdenas olvidarían su origen aborigen, acercarían sus biografías a algún noble español,
tomarían las tierras, las indias, los ríos, cada árbol y todo animal que se moviera, como
suyos, como domesticados y criados por ello, con un dominio y prepotencia que le daba el
hecho de ser hijos de un Dios irresoluto, hasta que la miseria en 300 años les dio su
hidalguía. De esta relación de hechos, se originan muchos apellidos, que, creyéndose
domadores de sueños, ocultan los hermosos orígenes indígenas.
Pero como la cosa para los jesuitas y demás curitas, era cubrir las vaginas y penes al viento,
como pecado original de nuestros aborígenes y, viendo que sus cuerpos desnudos eran
hermosos, dejando mucho que decir de los suyos, buscaron domarlos, tomándolos,
violándolos, aniquilándolos en sus pueblos y agrupaciones. Ideologizándolos con la
abstracción de un dios pulcro, bien acicalado y ataviado con las ropas invasoras musulmanas,
ropas heredadas después de 800 años de sometimiento y cobardía; hijos de la miseria y
ultraje, copiaron estos hechos y dieron, y dieron, hasta que nos vistieron y hoy sin esfuerzos,
solitos, solitos nos vestimos con sus ropas, hoy nos parecernos al opresor.

MEZCLA DE CULOS.
Los encomenderos y curacas no le paraban bolas a dios, su claridad de poseer tierras y tomar
esas nalgas al viento, eran su real valor de cambio, se inicia la conquista, creando una mezcla
de fe y ambición, una espaguetada de culos, que luego sería América y en ella San Faustino.
Las bases del cristianismo fundante, eran muy sólidas, por homología, lo que pasaba en
Lima, sucedía en otro lado, lo que hacía, que San Faustino siguiera las mismas pautas del
ultraje de todos los pueblos tomados o fundados; lo abyecto, como mecanismo de acción
política, como practica del desprecio a lo nativo.
En 1650 la alcaldía de San Cristóbal, nombra como parte de la comandancia de los españoles
que reducían a los Chinatos, junto a Antonio de los Ríos a Alonso Joves Suarez. El primero,
luego de su fundación, sería gobernador de San Faustino y el segundo su alcalde Ordinario,
luego Procurador General. De allí, de esta guerra contra los Chinatos, una guerra por la
conversión, saldría más tarde la consolidación de San Faustino, como tierra de resguardo.
Más allá de la conversión a la fe católica, había un objetivo proposicional de carácter
económico, la consecución de bongueros, los cuales facilitarían el largo trayecto hasta
Gibraltar, ubicado en el Lago de Maracaibo, permitiendo una mano de obra para el avance en
tierras, de nuevos encomenderos, que, entre el cultivo de cacao y añil, encubrirían el
contrabando de sal y demás menudencias.
En estas encomiendas más tarde el 8 de mayo de 1665, aparecían entre otros, Alonso Joves
Suarez y Josep Joves Suarez, Miguel Ramírez de Andrade y a su vez Gerónimo Colmenares,
el cual ejercería como alcalde de la Santa hermandad de San Faustino. Más temprano que
tarde aparecerían los Santander, adjuntarían estos apellidos, lo aglomerarían en sus intereses
y diluirían, en el cuento, en una disgregación genética, a los Joves y Ramírez, apellidos, que
en el tiempo tendrían que camellar bien duro para sobrevivir. Estos Joves o Jover Moncada,
según Pacheco y luego mostrado en “w.w.w.sologenealogía.com”, tendrían que ver con el
apellido de Francisco de Paula.
Sus posesiones y poder permitiría un poco más luego, al igual que a otros, incursionar en el
ratio studiorum y la compra de sus estamentos militares, que les abriría camino para su
ascenso social y ser parte de la elite libertadora.
Acta de matrimonio: “En la Villa de S. Xptobal. En veinte de junio del año de setecientos y
uno, Yo dho. veneficiado aviendo presedido la licencia del Vicario y lo demás dispuesto por
el Sto. Consilio, desposé y velé a D. Miguel Grno. de Santander con Da. Josepha Jover de
Moncada, fueron sus padrinos D. Joseph de Moncada y Da. Andrea Ramírez y juntamente
dho. día desposé y velé a D. Marcos de Santander con Da. María Jover de Moncada, fueron
sus padrinos D. Salbr. de Santander y Da. Franca. Jover de Moncada, y por qe. conste lo
firmo. Mo. Martines” (Libro de casamientos de 1699-1717, folio 1)
En el tránsito de la independencia, liderada en 1800 por los mantuanos, el resto de mestizos,
blancos de orilla, pardos, zambos, no propietarios, no se dieron cuenta que, a la fiesta de la
independencia, ellos no habían sido invitados, ya que no pasaran por el penoso pasaje de ser
mamusinos; su participación se reduciría a un proceso de cosificación, para que expusieran
su pellejo. Los mestizos e indios tributarios y los de a pie, carne de cañón, para la guerra de
independencia propuesta, no visualizaron, que el tique para ser libertadores, era con marca
genealógica y económico y no para culos destapados; los desarrapados de la tierra no
tendrían espacio en el compartir del poder, la cosa cubriría sus gastos de participación.
El argumento principal planteado por los criollos era el poder político y económico, poco o
nada en lo social; la eliminación de la exclusión y la esclavitud no fue parte de las proclamas
de los hijos del valle, promotores de una nueva libertad: el despotismo y la explotación era
parte de su legado histórico contraído. Las clases populares aceptaron su rol, de ser eternos
convidados de piedra, ya que no fuera el caso, que tuvieran una abuelita española, caso
contrario en esta fiesta que se preparaba, por ahora no eran invitados, ya, que no llegaran de
asomados como mamusinos convidados.
Las grandes batallas libertadoras dieron nuevas necesarias relaciones, por lo que algunos de a
pie tuvieron sus oportunidades, siempre y cuando participaran y, pusieran su sangre en ese
remolino de dolor, que fue la guerra final contra la monarquía moribunda; como todo sistema
tiene su error estratégico, nacerían unos cuantos Páez y luego lueguito algunos indios como
el Cipriano Castro.
En un drama de ser blanco o mestizo y, de lo cual no podía escaparse ni siquiera el ratio
studiorum, ratio que se morfoseaba y mestizaba en esta vorágine y paradigmática tierra que
se llama América, y que hacía mella en una nueva diversidad social que crecía y creció, en
donde los hijos de los pobres de ayer, siguen jugando el papel de caleteros o bongueros del
tiempo.
En 1792, cuando naciera Francisco de Paula, la escasa población vivía en una gran dicotomía
social, siendo zambo, era importante decir y hacerse blanco. Ser blanco era poseer la
voluntad divina en joder a cualquiera y no ser servil. Ser mestizo, era sinónimo de servil, y lo
dramático era, que un 90 % de la población se les hizo fácil aceptar ser servil, creían que su
relación de vida era esa, ser indigno y, hasta injusto de ocupar cargo de los blancos criollos,
los cuales se perfilaban como los nuevos sujetos dueños del poder y, en caso extremo, la
culpa era del rey o de la iglesia, al fin y al cabo, esta última era lo más terrenal que existía.
El gran drama de América, ha sido, es que los pobres no nos reconocemos, resultado de ello,
nuestras montañas desaparecen y los ríos dejan de ser sanos, al final, esas serían las cuentas,
ya que, para la cristiandad, la naturaleza está a su servicio.
El ratio studiorum, práctico en conceptos de sistemas probalísticos, en abstracciones sobre la
muerte y el tiempo, manipularon una población, utilizando un principio evolutivo, inmerso
en todo ser vivo, como es, buscar la mayor eficiencia con el menor gasto de energía posible.
Vendieron ideas simples, los conceptos los redujeron a frases cortas y vacías, todas
probables; llevaron la humildad a sinónimo de servidumbre, banalizaron la institucionalidad,
personificaron las culpas en el rey y en aquel, culpas sostenidas en cosas fortuitas,
cosificaron las almas y pusieron la salvación, en manos de Dios. Explicando y simplificando
la vida en abstracciones más allá de la muerte, así, en 300 años de terror y perfidia, nos
colonizaron y, colonizados nos quedamos, a pesar de que echamos un tiro aquí y otro allá.
De todas las abstracciones, nos hicimos dueños de frases vacías que fueron y son fácilmente
atendidas por un pueblo que buscaba y busca no esforzarse en buscar la verdad, ya que esta
implica estados mayores de gasto energético; este saber, fue bien manejado por los jesuitas,
representantes del imperio papal, dueños de la imprenta y la mediática. El método pro
balístico nos señala que solo un 5 %, es necesario para saber como se muestra el todo y,
tomándolo como verdad, colocamos el destino de muchos en pocas manos.
JESUITAS.
Las presiones de la corona Borbónica eran horizontales, pero igual horizontalidad tenía la
presencia e influencia de los jesuitas en toda América. La creación del virreinato de la Nueva
Granada, que buscaba remediar las tendencias al desgobierno que caracterizaban a este
territorio, se enmarcaba en el contexto de las reformas borbónicas, que significaban una
tendencia a una mayor centralización política, administrativa y militar. Este intento
modernizador de la estructura estatal en la metrópoli española y en las Indias se iba a reflejar
también en un mayor control del Estado sobre la Iglesia, cuya jerarquía no sigue siendo parte
asociada al gobierno sino que es considerada cada vez más como un instrumento
subordinado.
Estas medidas reforzaban las tendencias legalistas de la Corona española, que siempre había
tratado de ampliar su control sobre los asuntos de la Iglesia. Pero, a partir de la segunda
mitad del siglo XVIII, estas tendencias adquieren un matiz más anti romano y algo más
laizante. Desde el inicio de la conquista, el rey se había equivocado, pero no así la santa
iglesia. Esta última, había creado, consolidado, en 300 años, suficientes circuncornios
(circulo de cachos y traiciones), entre blancos, mestizos, negros e indígenas, que replicaban y
fortalecían la ideología planteada, cualquier reforma encontraría en estos círculos un muro de
piedra; el catolicismo se convertía en el elemento de cohesión social, en toda América, con
sus vicios y beneficios.
Los jesuitas vinieron a América a asegurar el poder papal y lo hicieron, ya que sus fantasmas
y apariciones dominan aún las grandes decisiones y mirares. Para cumplir la misión papal, el
28 de marzo de 1599 llegaron a Santafé de Bogotá, con una población de blancos que no
sobrepasaban los 1000, e indios tributarios que no pasaban los 40.000. Con esta urbe, los
padres Alonso de Medrano (de Marchena, España) y Francisco de Figueroa, iniciaron su
catequesis. De este grupo de jesuitas, los padres Gonzalo y Hernando Núñez, Lumberri,
Grossi y dos hermanos (uno de ellos, Francisco Gómez) fueron destinados a la fundación del
colegio de Cartagena, que sería la primera casa de la Compañía en nuestro territorio, fundado
el 14 de julio de 1605.
Con una población mínima de blancos, el Colegio de Cartagena extendería su radio de acción
a las ciudades vecinas, con misiones predicadas en Santa Marta, Riohacha y Tenerife. Por
eso, buena parte del apostolado de la Compañía se va a concentrar en la población criolla y
española a través de su red de colegios y templos: la fundación del colegio seminario de San
Bartolomé en 1605, con setenta discípulos, pertenecientes, en su mayoría, a las principales
familias de la ciudad- Esos 70, abordaban casi la totalidad de las familias que demostraban su
pureza blanca española, ya que los judíos por muy catires que fueran, eran descartados y
perseguidos.
El Colegio de la Compañía se inició solamente con clases de gramática, a las que se
añadieron luego clases de humanidades y retórica; en 1608 se empiezan a dar clases de
filosofía y en 1614 ya se comienza a enseñar también la teología, con lo que se completa todo
el ciclo de estudios eclesiásticos y se empieza a pensar, en elevar el colegio a la categoría de
universidad, digno de una sociedad misógina que se fortalecía
El problema consistía en que la Corona española ya les había negado esta posibilidad a los
dominicanos en varias ocasiones. Sin embargo, el 25 de junio de 1616, el rey otorgó a la
Academia Xaveriana la facultad de otorgar grados en filosofía y teología. Y el 8 de agosto de
1621, la Compañía obtuvo un breve del papa Gregorio XV, que permitía, que los prelados o
los cabildos eclesiásticos, sede vacante de las Indias, pudieran graduar a los estudiantes que
aprobaran los cursos de los colegios jesuitas en los sitios donde no hubiera universidades.
Luego, el 23 de marzo de 1622, se consiguió una cédula real que mandaba aplicar el breve
papal. Estas normas produjeron la normal protesta de los dominicos, hasta que, después de
varios años de encarnizada controversia finalmente se otorga tanto a dominicanos como a
jesuitas la misma facultad, de dar grados: ambos establecimientos quedan así reducidos a la
categoría de universidades particulares y menores, cuyos grados solo tendrían validez en las
Indias occidentales. Permanecen siendo universidades privadas, pero con la delegación de la
Corona para otorgar grados.
Toda una estructura que se consolidaba, para el ascenso de una clase social que emergía en
América y que pocas posibilidades tenia de asomarse por España, ya que no tuviera los
caudales, como fue el caso de la familia Bolívar, oportunidad que no tuvo Santander, ya que
el “contador”, se movió en círculos más difíciles y de menos oportunidades. A Santander la
oportunidad se la brindó el currículo studiorum de los jesuitas, aplicado por los dominicos.
En 1619, se funda facultad de medicina y en 1706, se abre la facultad de derecho, civil y
canónico, que afrontó inicialmente la dificultad de encontrar catedráticos aptos; desde 1723,
se tenía también cátedra de Sagrada Escritura. En 1611 se fundó el colegio de Tunja, al cual
luego se anexó el noviciado en 1613; en 1625 se inició en esa ciudad la construcción del
templo de San Ignacio, que sería la sede de dos congregaciones la de españoles, cuyo titular
era la Asunción, y la cofradía del Niño Jesús para indios y mestizos.
En 1620, la compañía aceptó el curato de Honda, cuya residencia pasó en 1634 a ser colegio
incoado, lo que produjo muchas resistencias y contradicciones pues no era costumbre que los
religiosos se encargaran de la cura de almas de españoles. En 1624, se inició el colegio
incoado de Pamplona, después de la predicación de varias misiones en la ciudad, a cargo de
los padres Juan Gregorio y Mateo Villalobos.
Cuatro años después, se daba principio a otro colegio en Mérida-Venezuela, con una
población blanca que no sobrepasaba los 300 blancos, se daría allí la primera fundación de la
Compañía en territorio de Venezolano. En el siglo XVIII continúa la expansión de la red de
colegios jesuíticos: en 1729 se crea un colegio en Santafé de Antioquia y en 1745 en Buga,
pero fracasan los intentos de fundar también en Cartago y Cali, lo mismo que en Ocaña. En
el actual territorio de Venezuela, después de varios intentos fallidos y muchas dificultades, se
funda una residencia en Maracaibo (1735), y un colegio incoado en Caracas (1752), donde se
comenzó a construir el colegio, con una casa de ejercicios, hacia 1763, ya en vísperas de la
expulsión; pero se frustra la fundación en Coro, donde permanecieron varios jesuitas hasta
1763.
Ante ese panorama docente, pensar que los jesuitas fueron en América, sólo gente de paso, es
ser un iconoclasta de la verdad.
Para 1730, los blancos criollos los cuales no representaban más del 10% de la población,
acusaban al Rey de un modelo o estrategia económica equivocada, ello les daba a los jesuitas
material para la conspiración, las diferencias con Madrid empezaban a perfilarse. Ante este
panorama El Rey Carlos regulaba bien sus pasos económicos, pero olvidó la estrategia
política, olvidó que ya los mestizos blanqueados eran mayoría, exigían ser educados, bajo
este mirar particular de la posibilidad, se sentían dueños de sus cosas y en nombre de la
libertad la defenderían; 1700 fue el momento de la posibilidad.
El nuevo modelo monárquico que se imponía, no sólo afectaría a la Compañía de Jesús, sino
que se extendería sobre otras formas de dominación española, como fue el caso del
desplazamiento del poder de los Curacas y criollos del Alto Perú. Gran número de estos
Curacas blanqueados, habían sido educados en la Universidad de San Francisco Javier de
Charcas, la cual tenía más de 100 años de fundadas, desde 1623, dirigida por la Compañía de
Jesús, en virtud de que esta orden eran los que mayormente gozaban de los privilegios
pontificios y reales para graduar. Muchos de estos Curacas, ya blanqueados y educados
poseían hasta vara de Alférez Real y los más atrevidos y ricos solicitaban títulos nobiliarios
de Duque o Márquez; el camino para la riqueza luego de taparse sus culos, era: creer en Dios,
blanquearse y educarse, única fórmula para ser poder; esta fórmula y milagro posible de
ascenso social, sólo la conocían y la daban los jesuitas; los pobres, ante la imposibilidad de
acceder a las universidades, se creían y se sentían vedados, ante el poder. Con este último
estatus, ser pobres, Dios daba mayor oportunidad para entrar al cielo.
1700. LIBERTADORES INICIALES.
En un artículo encontrado en el sitio web Mink’akuy Tawantinsuyupaq, se encuentra una
declaración realizada por Tomás Catari, que explica por si sola el drama de la época de
1700, cuando los mantuanos reculaban, para no ser los jefes de la fiesta: “Yo confieso a V. E.
y no lo puede dudar, que los tiranos repartos de los Corregidores es el origen principal de la
ruina de todo el Reino, porque con estos no solamente el mismo Corregidor nos saca el
pellejo, sino también sus tenientes, cajeros y parciales, como se ha visto en el Corregidor
Joaquín de Alós; este ha repartido cerca de cuatrocientos mil pesos, el Teniente Luis Nuñez y
su mujer, crecida cantidad, su Teniente Don Lucas Villafran y su mujer, igual cantidad, fuera
de muchos arrimados del Corregidor en la segura inteligencia que cuando un Corregidor y
Teniente salen ellos cargados de caudales, los pobres indios sin pellejo. Han sido
Corregidores todos los Gobernadores españoles y mestizos de la Provincia de Chayanta,
porque todos los dichos han repartido cuanto han querido y cuantos géneros que no son
usables entre los indios, de suerte que hemos estado esperando cuando estos ladrones nos
repartan breviarios, misales y casullas para decir misa y bonetes para ser doctores”..
Ello produce alzamientos, dirigido por los, Nicolás y Damaso Katari. Estos se enfrentan
abiertamente al régimen, los españoles pierden el control territorial, abandonan las haciendas
y se refugian en las iglesias, apelando indulgencia, ante un cristianismo de 200 años de
dominio e intereses, cristianismo que dominaba ya, el espíritu de nuestros indios alzados.
Pero Dámaso, era cristiano, pero no pendejo y acordándose de las atrocidades que había
cometido el sacerdote Dionicio Cortez, lo manda a liquidar. Decenas de Curiacas, aliados a
las autoridades del lugar también son asesinados. Igualmente, un grupo de indígenas, irrumpe
en la iglesia de San Pedro de Buena Vista y matan a más de 200 personas y al cura, que
refugiados allí pensaron que no serían tocados.
El área de las sublevaciones se amplió, llegando hasta Challapata (departamento de Oruro).
Los hermanos de Katari, Dámaso y Nicolás, lideraron desde entonces a los rebeldes, llegando
hasta Chuquisaca (actual Sucre), establecen sitio sobre sus laderas, en abierto desafío al
poder español; acción que demostraría, que las bases populares, podían derrotar la corona en
América; ello fue posible. Pero, Dámaso, a pesar de haber mandado a matar más de un cura,
no entendió, ni comprendió el poder ductor de la iglesia, en su espíritu y temporalidad, 200
años de mecanismos de control de un estado omnipotente, nublaron su alma, lo que impidió
ver, que los verdaderos enemigos eran los curas. Fue traicionado por el sacerdote católico
español de Poqoqwata, Francisco Javier Troncoso, quien lo entregó a las autoridades. Fue
ahorcado públicamente en la Plaza de Chuquisaca”.
Los amos del valle, también descontentos, estaban bien claros que el camino no era a través
de un indígena o de un blanco pobre o de un hombre de frontera de dudoso proceder; pero lo
más terrible del asunto, era que los sublevados no se creían capaces de asumir el poder;
fueran como fueran las cosas, el desalojo monárquico se había iniciado.
Otro caso, es narrado Carlos Aburtol, sobre Santos Atahualpa, un disímil individuo,
recubierto hasta los ojos del andamiaje blanco, resultó ser uno de primeros revoltosos de esta
América diversa, eso sí, no olvidó la clase que lo había formado y vestido, mostrando con
creces en su discurso, la influencia de una educación jjesuítica. Dice Aburtol, “En Santos
vemos un discurso marcadamente religioso, así como su facilidad con las lenguas —español,
quechua, latín y otros dialectos. Si a esto se une su presunta relación y preferencia por los
jesuitas, es muy probable que haya sido un indio noble, y como tal haya tenido acceso a un
tipo de educación especial en el Colegio de San Francisco Borja del Cuzco, donde aprendió
además nociones de contabilidad, humanidades”. Esta cercanía con los padres jesuitas le
permitió, inclusive, viajar a Europa y conocer el norte del África y Angola, de lo cual se
vanagloriaba. Esta parodia social se repetiría al largo de la colonia hasta abrazar a nuestros
libertadores. Veamos este cuento, narrado por Aburtol “Las causas de la rebelión son
complejas. Intervienen no sólo motivos políticos y económicos, sino también factores de
índole religiosa y cultural. En esa época, evangelizar implicaba reducir a los indios en
pueblos, sedentarizarlos, lo cual era expresado por los misioneros en términos de sacarlos de
su estado de salvajismo y “civilizarlos”, civilizarlos empezaba por taparles el rabo y luego
que aprendieran a hacerse la cruz y, que aprendieran a vivir en centros urbanos. Un costo no
previsto de la sedentarización fue el incremento notable de enfermedades y epidemias en
estos pueblos misioneros, que hicieron que en muchas ocasiones algunos indios asociaran la
misión con la muerte”
La reforma de los borbones tocó algunos cimientos, de aquellos que pensaban y aun piensan
que, por inmaculados, a ellos, no les llegaría la pelona; aun así, esto, no pasó de ser una
bravuconería de los reyes, tal como lo confirmó la historia. Los pueblos originarios del alto
Perú, después de 300 años de haber sido derrotado el imperio incaico, fueron avasallados por
los propios, por los suyos. Por aquellos jefes incas que vendiendo su alma al diablo, se
habían unido con el ejército español, para hacer caer el imperio aborigen, los llamados
Curacas o kurajkaj.
Debido a las reformas borbónicas, no sólo los jesuitas habían recibido del bulto, sino por
igual sus grandes bisagras en la creación de los conversos, “los Curacas”; todos habían sido
desplazados de su mísero poder. Se concentraba en ellos todos los vicios: egocentrismo,
despotismo, usura, ninguna solidaridad, característica, no solo de ellos, sino de la corona y
sus repartos; este comportar histórico, lleno de frases cortas, inundan nuestros corazones y
cuando se presiona nuestro ser reptil, la xenofobia y el ultraje florecen.
Los repartos eran mercados obligatorios o forzosos, de telas y mercerías que traídos por el
corregidor y los suyos, tenían el monopolio, para que la gente común comprara. A esto se
sumaría la discrecionalidad de las mitayas, las usurpaciones de tierras y la crisis de
legitimidad cacical, el pago da tributo a la iglesia y el correr del pueblo con los gastos de las
celebraciones religiosas. Las fiestas y sus santos patronos, un método de la corona y de la
iglesia para cobrar tributos, forzar el trabajo en las minas y los repartos forzados; hoy estas
ferias y fiestas sirven para rezar con fervor, olvidándonos de sus calamitosos orígenes. Pero
como el pendejo sigue abundando y abonando lo que no tiene, los jesuitas voltearon la tortilla
y de la noche a la mañana se convirtieron. Basado en los conversos, porque los demás no
eran pendejos, los jesuitas con frases cortas iniciaron su rebelión.
Entre la imposición legal de la reforma y la imposición de los blancos criollos y los
blanqueados, los cuales no querían que tocaran su poder legítimo, se colocaba fuera de todo
proceso, una clase social que sería histórica, el 95 % del pueblo, las clases populares. Los
cuales conversos o no, más temprano que tarde, conformarían sus ejércitos; el ahorro
energético casi siempre nos mata, más de dos millones de venezolanos, llenos de frases
cortas y conversos morirían; todo, para que los criollos fueran poder.
Los jesuitas y sus curacas conversos, habían servido de bisagra perfecta entre el poder
español y los pueblos originarios. Aduciendo legitimidad histórica por ser herederos, los
viejos jefes traidores aducían sus derechos y no reconocían a aquellos, impuestos por la red
española; una contradicción dialógica, ayudada por frases cortas y pragmáticas, era
manipulada por intereses ideológicos y de busca del poder, para revolver una monarquía
decadente. En los nuevos cambios, Curacas más cercanos al rey, eran impuestos por el
Gobernador, lo que hacía que aquellas negociaciones establecidas por los jesuitas, como era
el respeto a los curacas históricos, el derecho a tierras si se convertían a cristianos, se rompió;
su método probabilístico, momentáneamente parecía no funcionar.
Los amos del valle, también descontentos, estaban bien claros que el camino no era a través
de un indígena o de un blanco pobre o de un hombre de frontera de dudoso proceder; pero
fueran como fueran las cosas, el desalojo monárquico se había iniciado.
Otro ejemplo, de participación de la clase mestiza, en nuestra larga guerra por la
independencia de España, puede detallarse en la narración por diversos autores encontrada,
en cuanto al gran Curaca José Gabriel Condorcanqui (1738-1781), Curaca de Surimana,
Pampamarca y Tungasuca, adinerado y dedicado al comercio, se autonombró Marqués de
Oropesa, luego conocido en la historia como Gabriel Túpac Amaru, posteriormente como
Túpac Amaru II o simplemente Túpac Amaru. Lideró la denominada «Gran rebelión» que se
desarrolló en el Virreinato del Río de la Plata y el Virreinato del Perú, pertenecientes al
Reino de España, rebelión iniciada el 4 de noviembre de 1780.
Túpac Amaru, representa la síntesis de la influencia jesuítica en la región, en su rebelión se
concentra un descontento basado en la inconformidad social de los curacas, que el Marqués
de Oropesa o Túpac Amaru, converso de los jesuitas representaba a perfección; el jesuita
influyó durante toda la vida de Gabriel Túpac Amaru.
Debió ser así, ya que, fue criado desde los 12 años por el sacerdote criollo Antonio López de
Sosa y luego en el Colegio San Francisco de Borja- el ratio studiorum- le enseño preferencia
por lo criollo al igual que por el latín. En principio se atavió de refinadas vestimentas
hispanas, pero posteriormente se vistió como un noble Inca, hizo uso activo de la lengua
nativa quechua en su vida y proclamas, cuando se salió de la raya, fue excomulgado de la
Iglesia católica.
Fue el primero en pedir la libertad de toda América de cualquier dependencia, tanto de
España como de su monarca, implicando esto no sólo la mera separación política sino la
eliminación de diversas formas de explotación indígena, como la mita minera, reparto de
mercancías, obrajes a los cuales los jesuitas desde un inicio se habían opuesto, ya que
contradecía el modo vivendis de sus pequeñas republicas cristianas¸ lo otro, lo de los
corregimientos, alcabalas y aduanas, tenían que ver más con el poder de los propios curacas,
lo cual afectaba su usura y contrabando.
Todo ello ocurría en noviembre de 1780, tres años antes de que naciera Bolívar y trece de
que naciera Francisco de Paula Santander. En Gabriel, un hombre criado como un hibrido y
mestizaje del ratio studiorum, con mayor claridad que nuestros libertadores, decretó la
abolición de la esclavitud negra por primera vez en América; 16 de noviembre de 1780.
Gabriel miró sus manos y se dio cuenta que ninguno de sus dedos era igual y dedujo que lo
social también era diverso. El candelero se había iniciado, los únicos quemados serían los
reyes, ellos se irían, pero su estructura ideológica quedaría intacta, por más que declaráramos
nuestra independencia y la vociferemos a los cuatro vientos.
LEVANTAMIENTO DEL SOCORRO- COLOMBIA.
En 1780, mientras que el padre de Francisco de Paula, Juan Agustín de Santander
Colmenares le llevaba cuento de amores a Manuela y como alcalde ordinario de San
Cristóbal, arreglaba y perfilaba sus cosas para hacerse de la gobernación militar de San
Faustino, ya en los últimos meses de ese año, se daban motines contra los guardias de la renta
del tabaco en Simacota, Mogotes y Charalá, pero la cabeza del movimiento fue la ciudad de
Socorro, en donde el 16 de marzo de 1781, Manuela Beltrán, creyendo que los culpables eran
los nuevos regentes, rompió el edicto referente a las nuevas contribuciones, a los gritos de
“viva el Rey y muera el mal gobierno. No queremos pagar la armada de Barlovento”.
Las revueltas eran dirigidas y promovidas por los excluidos: comerciantes, carniceros,
pequeños agricultores, propietarios de tierra, arrendatarios, y consumidores, culpando de sus
males a los jefes mantuanos y corregidores. Pero la realidad era otra, eran los comerciantes y
criollos de cierta capacidad económica, los que incitaban a los pendejos a rebelarse y cuando
la cosa se aflojaba asumían directamente la revuelta; entonces la rebelión toma forma y se
generaliza por las poblaciones de los actuales departamentos de Boyacá y Cundinamarca.
Entre marzo 16 y junio 7 de 1781, se presentan 33 tumultos en toda la región. Desde las
acciones iniciales, la organización de las protestas era el resultado de planes y acuerdos
previos entre miembros de la élite y sectores populares de las provincias implicadas. Pero
como los mamusinos, ya no era fácil pasarlos por debajo de la masa, aparecería, Ambrosio
Pisco, un cacique rico; y como la información real siempre llega a pocos y la ignorancia, si es
horizontal, entre aquí y allá, se logró formar un ejército, entre indios y mestizos de 18 a
20.000 hombres.
Presionados por esa multitud, no tuvieron otra que agregar en sus pliegos de demandas la
devolución de tierras tomadas a las comunidades amerindias. Así logran tomar avance hasta
Santafé de Bogotá, hasta que un Franciscano, projesuita, Antonio Caballero y Góngora,
hecho virrey, con una negociación engañosa firma con los comuneros un acuerdo, llamada
capitulación de Zipaquirá. Allí tras darle algunas prerrogativas a los indígenas, los más
importante fue la restitución de los criollos en algunos cargos públicos que habían sido
ocupados por los españoles después de las reformas borbónicas, ya las cosas así, regresaron
tranquilamente a sus casas. Sin embargo, no todos eran pendejos y entonces José Antonio
Galán, un mestizo, hijo de un español pobre y una indígena, se atrevió a ser poder y
prosiguieron la lucha, hasta que en febrero de 1782, a pesar de que las negociaciones habían
finalizado con un juramento ante los Evangelios y, una misa solemne, presidida por el
arzobispo, Galán por atrevido, fue apresado y ejecutado junto a Lorenzo Alcantuz y otros
comuneros.
El movimiento comunero fracasó, pero dejó en claro a los criollos la desconfianza que debían
tener frente a las autoridades españolas. Las Capitulaciones de Zipaquirá, no fueron más que
un instrumento del Virrey para ganar tiempo, mientras reforzaba la capital con tropas
enviadas desde Cartagena. Sin embargo, el movimiento demostró la debilidad del gobierno
español y sacó a la luz las profundas contradicciones, en las que se encontraba la sociedad
granadina de finales del siglo XVIII. La monarquía era vencible y los mantuanos, pensaron
que podían quedarse con el coroto, descubriendo que había bastante pendejo, para unirse en
su lucha por sus reivindicaciones.
Pese a sus pretensiones coyunturales y a su declaración en pro de la autoridad real, el
movimiento comunero fue un anticipo de la Independencia, en la medida que fue una
expresión de furia popular contra los funcionarios españoles, una aspiración de tener
gobiernos con participación criolla y los más importante demostró que ese poder militar
establecido por más de 300 años tenía enormes debilidades; no así su ideología, ya que esta,
trastocada por la monarquía se ponía al servicio de una nueva relación de poder que nacía,
los criollos.

REVOLUCION, ENTRE NEGROS Y MESTIZOS.


En Venezuela se habían dado diversos alzamientos, desde antes de 1600. Se habían logrado
consolidar numerosos grupos de mulatos, negros, blancos de orilla, llamados cimarrones, los
cuales produjeron rebeliones importantes. Rebeliones que mostraban una estructura social en
pugna en cuanto a sus fuerzas productivas y toma de poder: los esclavos contra sus señores
naturales; la lucha de la masa rural conformada por una población mestiza, contra los
terratenientes-esclavistas, los cuales ejercían el monopolio de los medios de producción, se
sumaba a ello una dominancia política tiranizada por un Rey, que empezaba a miar fuera del
pote.
Un mecanismo como La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas constituida el 25 de
septiembre de 1728, por el rey Felipe V, apretaba en cintura a toda la estructura social. Antes
de su abolición en 1785 se habían dado interesantes alzamientos: en 1749 una conspiración
dominada por el esclavo Manuel y el Mulato Juan Cádiz, marcada por ir en contra de la
compañía Guipuzcoana, dueños del monopolio comercial, el cual afectaba a todos los
estamentos sociales de la época, pero significativamente a los dueños de los medios de
producción, los mantuanos, los hijos del valle. Estos trasladaban sus presiones a otros
estamentos de la sociedad, que al final de cuentas pagarían los platos rotos.
El negro Guillermo, en su alzamiento en 1771-1774, recibía el apoyo de la masa rural-
mamusinos, indios libres, peones jornaleros, debido a su explotación extraeconómica
materializada en los tributos y gabelas. Más tarde, el 10 de mayo de 1795, ya abolida la
compañía Guipuzcoana, se alzaba José Leonardo Chirino y José Caridad González contra los
hacendados esclavistas del imperio español.
Este movimiento de liberación buscaba la aplicación de la “Ley Francesa”, revolución
burguesa europea la cual se basaba en la implantación de una República democrática,
inspirada en los “jacobinos negros”. Ello, establecía una serie de contradicciones, que no le
olía muy bien a los mantuanos e hijos de indios blanqueados por la genética y la ideología
cristiana, independientemente que coincidían en sus fines, en cuanto a la supresión de los
atributos pagados y los impuestos como la alcabala. Los mantuanos se alegraron, pero
recularon, ya que estos al igual que Galán, en Colombia, agregaban en sus proclamas; la
libertad de los africanos, la abolición de la esclavitud; y la eliminación de la aristocracia; un
ataque certero a la superestructura del poder, allí los mantuanos no se anotaron.
Planteamiento este último, que nunca fue esbozado en las proclamas libertadoras que se
iniciaron en 1808.
La guerra independentista, mostró matices profundos entre los promotores de las
conspiraciones. En Venezuela y Colombia, desde hace rato las diferencias de clase, ya
estaban bastante claras, la ideologización cristiana había puesto su sello y entrado el siglo
XXI, manchaba cualquier buen deseo que pudiese nacer, el pecado original ya era parte de
nuestra racionalidad y dialogicidad. La psiquis social del hombre americano quedaría
marcada, Francisco de Paula y demás libertadores, sólo actuarían en consecuencia.
IDEOLOGIZACION.
Los jesuitas hicieron su trabajo desde el primer día que llegaron a América. Establecidos en
Venezuela desde 1628, fundaron un colegio en Mérida; dieron inicio al Colegio Incoado en
Maracaibo; se fundó la ciudad de Cabruta, en la confluencia entre el Orinoco y el Apure; se
establecieron misiones en el alto Orinoco, el Meta y Casanare. De ellos, sobresalen los
jesuitas: P Gumilla, Bernardo Rotella, Felipe Salvador Gilij, Manuel Román. Hombres
letrados y claros con su compromiso ignaciano; varios de ellos fueron asesinados por las
huestes inglesas y holandesas.
Ya América tenía forma, ya los jesuitas eran una piedra en el zapato para uno y otros, para
los de aquí y los de allá, hasta que llegó el día en que los borbones cometieron la torpeza de
sacarlos de América, para ello expulsaron a 3000 jesuitas, cerraron 120 colegios, les
confiscaron millones de hectáreas; pero no pudieron sacar a medio millón de indios que
quedaron con su guía ideológica; lo único que hicieron los borbones fue alborotar este
avispero. El costo para jesuitas fue inmenso, pero las pocas letras que corrían por las calles
habían salido de sus misiones y colegios, ya los jesuitas eran más que tres curas, colegios o
un pedazo de tierra, miles de indios y cientos de criollos habían sido catequizados, se había
conformado un nuevo sujeto histórico.
Sabiendo los jesuitas, que la superestructura del poder estaba consolidada, dominando cada
espacio y alma, les era imposible y hasta inverosímil que se quedaran inmóviles, al final de
cuentas, por donde se sumara o se restara, nunca se habían quedado paralizados; sus fines de
salvar almas se había logrado, el génesis de la vida había sido explicado, lo político y
económicos se darían por si solos. Lo que pasó al sur de América, no fue distinto en
Venezuela, aquí la iglesia y esencialmente los jesuitas y su educación fueron la principal
bisagra entre la colonia y sus vasallos. La usura de la monarquía, cegó a los reyes y no vieron
que a través de los mecanismos que imponían contra los jesuitas, despegaban la bisagra que
les unía a América, la torpeza de los borbones daba el primer paso para la sublevación
americana.
Los aires de este clima diverso, era lo más parecido a la creación bíblica, el mestizaje y la
diversidad había impregnado el ratio studiorum, los jesuitas llegaron a creer que aquí,
América, era el paraíso del génesis cristiano, por lo que los elementos de tierras y poder
debían estar en manos de la iglesia.
Ello no era compartido por mucho encomendero, que lo que querían era morder la manzana
de oro y comerse uno culitos; posibilidad que lo daba la usura y el contrabando; estos mirares
distintos crearon contradicciones, que, a la hora de la expulsión de los jesuitas, facilitó que la
intriga política hiciera mella en una monarquía débil y socarrona. Fueron unos
contrabandistas holandeses, los que mataron, al jesuita José Gumilla; por éste, tratar de
defender a los indios, los cuales eran utilizados por los contrabandistas, como burros de carga
de: Cacao, cueros, tabaco, café. Ello sucedía, porque era el Río Apure, su vía de escape y por
allí el padre había fundado un pueblo de misión. Los jesuitas iban más allá de sus colegios,
los factores económicos y dominancia de los medios de producción, como cría de ganado y
otros, estaban dentro de su agenda, lo que creaba disputa con los nuevos tipos de propiedad
que nacían y que el estado español avalaba.
Las misiones se establecieron al sur del Meta, hasta las riberas del Vichada, no obstante,
hacia finales del XVII debido a la intromisión de los contrabandistas ingleses y holandeses,
el fracaso jesuita, en cuanto a lo económico, en la faja del sur era evidente; no se sabe si por
confrontación con los Salivas o por culpa de los contrabandistas; la historia marcaria bien el
interés ingles en la zona.
En el Táchira, desde muy temprano los Agustinos sujetaban la religiosidad, sin embargo, los
jesuitas, a través de diversos mecanismos se habían apropiado de los medios de producción y
la docencia, ellos sabían que estos daban poder y facilitaba la catequización, ya para 1650,
dominaban la obtención y tráfico de cacao y caña de azúcar en los Andes.
San Cristóbal, se situaba en medio de dos ladrones de esperanzas, los jesuitas de Pamplona y
los de Mérida. Si bien, a los Agustinos y a los Jesuitas le diferenciaban algunos procederes,
cumplían una función bien significativa como institución y articulación básica del gobierno
español; los resultados eran los mismos: esclavitud y xenofobia.
El ratio studiorum llegaba al 5 % de la población, pero la fe a su dios impregnaba a un 95 %
de la población, los cuales continuaban siendo los invitados de piedra en las prebendas de lo
económico y lo político, pero no así en lo religioso; allí como base fundamental de clase
dominada, los mestizos eran los primeros invitados y catequizados y si alcanzaba espacio se
les daba cupo en la escuela de artes; ya que los colegios estaban destinados a los hijos de los
mantuanos.
Los jesuitas nos enseñaron a ser pobres y, bien que aprendimos la lección. Para finales de
1700, los cupos para entrar al cielo, se horizontabilizaban, para pobres y ricos, para uno u
otros, dependiendo de la cantidad de diezmo, fuera este: legado pio, palio, mita, servicio
personal o cualquier mariquera que permitiera concretar en dinero; un 10 o 20 % de su
esfuerzo, no sería parte del elemento solidario del hombre, o caridad a desinterés, sino un
salvoconducto, que aseguraba, que solo los ricos podían negociar con San Pedro, y tener el
poder de ver las castas vírgenes en un recinto de alegría y, que los buenos, los vedados a la
riqueza, los del pellejo marchito, después de su muerte, continuaran en su insomne lumbre.
Me contaba una amiga del Barrio, que un día se acercó al cura de la iglesia para solicitar una
misa cantada a su difunto padre, éste le envió a hablar con su asistente, ésta le manifestó que
ello requería de una colaboración que iniciaba en lo equivalente a un dólar. La amiga, aportó
este equivalente. Ese domingo se fue a su misa y notó que el señor cura había nombrado a
algunos difuntos varias veces y a su padre una sola vez. Al concluir la santa misa, le hizo la
observación al señor cura “usted nombró a mi papá una sola vez” y el cura respondió “usted
sólo me dio lo equivalente a un dólar”. Hoy para entrar a las iglesias iconos de la cristiandad
Como la catedral de Barcelona o la iglesia Sagrada familia, hay que pagar; pero nada nos
debe sorprender en este mundo de usura y de poca sindéresis, no nos debe parecer raro
porque se cobre impuesto por el uso de la luz solar, ya que la iglesia cristiana siempre ha
cobrado un diezmo para entrar al cielo.
El ir a la universidad o a la escuela de arte o, no ir a ninguna, marchar al cielo o al infierno,
desde la colonia, depende de lo que usted tenga para el diezmo, ello es una regla de práctica
cristiana, tan igual hoy 2006 que en el año 1550.
El nuevo sujeto histórico aprendió que no sólo se administraba el saber, sino igualmente las
almas. Como los pobres no tenían nada y a veces ni alma, la iglesia se hacía administradora o
decidía quien la poseía o no, entre más pobre, el pecado era mayor, en correspondencia su
diezmo y como los pobres lo único que tenían era su cuerpo y sus hijos, estas terminaban en
las camas y haciendas de los mantuanos; comprometiendo más sus almas. Ya allí, los
mantuanos transformaban esta fuerza de trabajo, en legados píos y, la explotación tomaba
forma para la iglesia, en joyas, oro o dinero, si la vaina alcanzaba, algo iba para el rey; por
ello los Borbones vinieron a cambiar las cosas.
Los legados píos, era una institución definida en la Partida VI, título IX, ley l, como “manda
es una manera de donación, que deja el testador en su testamento, o en codicilo, a alguno por
amor de Dios, o de su ánima, o por fazer algo a aquel a quien dexa la manda” Era, pues, una
institución mediante la cual el testador hacia a favor de su alma, o de la de sus familiares u
otras personas, el encargo de que se celebren misas, sufragios u oraciones, que corren a cargo
y en beneficio del clero, para que San Pedro les diera paso al reino del cielo, el legado pio era
el tique de pase, fue en esos tiempos cuando se inventó este pase de exclusión y del apartheid
social; los Borbones se dijeron, que San Pedro trabaje, los legados píos, ahora será para
nosotros.
Dice Troconis (1982), “La primitiva función meramente eclesiástica de la iglesia católica,
por presiones de las circunstancias y por imperativo de hula historia, va tomando un nuevo
cariz con ciertas implicaciones financieras, haciéndola aparecer como un auténtico agente de
crédito hipotecario colonial. Además del pago de tributos en la producción de tabaco y cacao,
el pago de diezmos, primicias y demás tributos para el sostenimiento del culto, comprometen
en forma determinante la capacidad financiera de los hacendados, mercaderes y
comerciantes, elementos de singular significación en una tierra cuyas actividades económicas
eran centradas en el campo agropecuario. Se sumaba a ello los préstamos forzosos de la
Corona en épocas de guerra. Ante estas vicisitudes la iglesia era la primera prestamistas, para
lo que hipotecaba casas y haciendas; controlando de una u otra forma el agro en la región”.
Para 1700, en el Táchira, si bien no se utilizaba el apelativo de mitayas, como en el alto Perú,
si se practicaba la Mita, vieja costumbre Inca de trabajo obligante para las clases desposeídas,
mestizos e indígenas, así se hace saber en algunos relatos de la época. La Mita en otros casos,
fue sustituido por un tipo de aporte o limosna de fe impuesto por los curas de la época, que
denominaban el palio, cordero de Dios aportado por ellos a la Iglesia “los indios Chinatos de
los pueblos de Lobatera y la Arenosa trataron de hacer dicho palio para la iglesia del Puerto
de San Faustino”.
En Mérida- Venezuela, los jesuitas además de tener esclavos, se aplicaba a los indígenas, una
figura inventada, el llamado “servicio personal”, una forma muy cercana a la esclavitud, en
donde no existía regulación de tiempo laborable, así como tampoco remuneración por la
faena: allí podían ganarse el tique para lograr el reino de los cielos, pintado y graficado de
miles de maneras en las prácticas religiosas del ratio studiorum.
La Mita, el Palio o el servicio personal, se aplicaba y era efectiva, porque la religiosidad era
efectiva, como fuerza de poder, fuerza que se agigantó y fue tomada para si por
encomenderos, curas e indios ricos, todo ello posible por tener un Rey más allá del mar Una
de estas prácticas, en San Faustino, relacionada con la familia del prócer Francisco de Paula,
es acusada en un juicio de la época, allí se narra lo siguiente “entre dicho Gobernador Militar
de San Faustino y Miguel Márquez su teniente General cargan dos canoas que tienen, con
que trafican por el río y las traen cargadas de sal, de aguardiente y ropa de Castilla, y no les
dan nada a los indios Chinatos por la vuelta desde el puerto de Gibraltar”.
Cuando la institucionalidad monárquica, le hacía juicio al gobernador Almeida por ladrón,
uno de los más acérrimos defensores de éste, fue Martín de Omaña Rivadeneyra, abuelo
materno de Francisco de Paula Santander; fue su deber, no sólo como solidaridad en el
compartir del poder por ausencia lejana del Rey y respeto a la Santa iglesia Católica, la cual
como institución, era el eje de estos desmanes, sino que estaba claro en el devenir político,
sabía que los Borbones no podrían romper los hilos de la avaricia tejidos y añejados en 300
años, allí empezaba a amalgamarse algunos intereses encontrados, entre iglesia, curacas y
encomenderos.
Poner orden a última hora, sobre lo legal y lo ilegal, sobre el alma y sus pases a la eternidad,
fue entendido por todos, como huevonadas de un rey vago e inaccesible. Esclavos, mestizos
blanqueados y mismos blancos criollos pobres y ricos, pensaban que no podían seguir
dependientes de una Península lejana, cuando ellos dominaban cada rincón y el alma de esta
América diversa. Una nueva peripecia ideológica “la fe católica”, dominaba y dominaría el
cuerpo y alma del nuevo sujeto histórico dominante y dominado; nacía America. Esa fue la
escuela que tuvieron todos nuestros héroes.

1781. COMUNEROS DE LOBATERA.


Para 1780, en el Táchira, uno de los criollos más molestos era Joaquín Medina, del pueblo de
Lobatera, este tenía dos cualidades: anti monarca y anticlerical, por lo que las revueltas de
Chuquisaca, el Cusco y el Socorro, le sonaban interesantes. Independientemente de los
elementos anticlericales, 300 años de esclavitud religiosa, ponía difícil la sustitución de la
iglesia, ya que aún hoy, 500 años después, conforma el mayor motor de cohesión dentro de la
población; al igual que Santander, no podemos escapar de ello, aunque quisiéramos.
En el mes de Julio de 1781, dos años antes de que naciera Bolívar y 12 de que naciera
Santander, los mestizos en un cooperativismo con los mantuanos, entraban al Táchira, en un
movimiento llamado “Comuneros del Socorro”. Al contraatacar los Comuneros, en camino a
La Grita, visualizan que pueden ser embestidos por la retaguardia, conocían, que la manera
de que llegaran refuerzos de españoles, era por la vía Maracaibo- San Faustino. Abuelos de
las Nieblas nos cuenta de esta historia, lo siguiente: “Era el día 15 de Julio de 1781. Joaquín
y la tropa toman camino a Mérida, en ella no va Francisco García de Hevia. El descontento
sigue en los marchistas, Joaquín Medina trata de asumirlos como tropa, pero estos se
rehúsan, a la vez que son apoyados por sus capitanes, recién nombrados en la Grita. En
Estanques, Joaquín discute acaloradamente con algunos capitanes amigos de García de
Hevia, sobre esta situación y estos, molestos, se regresan hacia la Grita, Joaquín agrupa a sus
doscientos cincuenta hombres de Lobatera y los pone en aviso, sobre lo que se puede venir :
<< Esto no es una marcha, ni un paseo por la montaña, hasta ahora todas las aldeas y pueblos
que hemos encontrado nos han apoyado, pero hay que estar claros que cada paso que demos,
enfrentaremos más resistencia, el hostil a combatir es poderoso, los amigos de España y la
iglesia son eficaces, ellos son nuestros grandes enemigos>>. Por primera vez en la historia,
había claridad de quien era el enemigo. No solo lo eran los españoles, como los Noriega y los
Cárdenas, sino era la iglesia, era ella la mayor benefactora de la situación de la incivilidad
actual. El grupo de comuneros llega a Lagunillas de Mérida y allí Joaquín le lanza vivas al
rey del Cuzco y vilipendia la Iglesia y a los Curas, ello crea malestar en una tropa que hasta
ese momento creía que era un juego de “pico, pico merolico”. Pasan por Acequia, El Morro,
Pueblo Nuevo, Ejido. El objeto de Joaquín, iba más allá de un descontento por los impuestos
y estancos, su objeto era contra el mismo rey y una iglesia que para ese momento, era la
fogata que llevaba el alumbraje.
Ello, creó descontento y temor entre los capitanes gritenses, quizás hasta por susto o por
sentir que era una blasfemia, ante un Dios, que lo único que había hecho era descuidarles y
formado parte de los otros. En Ejido discute con algunos capitanes gritenses y mismos
soldados, les aclara, que, si no le ponen empeño, no habrá un Dios de las misericordias, que
les proteja, ya que el Dios de los patriotas carece de alas, para llegar a tiempo en un apuro.
Ante la incomprensión, entre las partes, Joaquín decide con sus hombres regresar a la Grita y
más tarde a Lobatera. Con él, se regresan más de cien hombres, casi todos de ellos parientes,
cuñados y otros soldados que venían desde el Socorro. La mayoría poseían experiencia en la
batalla y en la lucha cuerpo a cuerpo. El retiro de estos hombres, pudo ser la diferencia en
haber conquistado Caracas, y haber adelantado la guerra de la independencia. Joaquín no
supo oler, la influencia generalizada de la iglesia, en esa chusma disconforme, una chusma,
que no lograba fraguar el enigma prometido, de un Dios que le pedía carnet a los pobres de la
tierra.
Los Comuneros, soñadores de caminos, quedaron al mando del grítense Javier Angulo,
siguieron a Mérida y luego vía Trujillo. Llegan a la mesa de Esnujaque, en el Estado Trujillo,
el 16 de agosto, con un grupo de 3000 hombres. Los trujillanos, creyendo que es una
invasión de los colombianos, se posesionan en La Mesa de Esnujaque, y con solo 600
hombres enfrentan a la chusma de Nuevo Granadinos, que querían invadir el territorio
venezolano. La marcha de carácter pacífico como hasta ahora lo habían creído los Capitanes
gritenses, visión equivocada como les había advertido Joaquín Medina, se daban la vuelta y
“paticas pa que te tengo”. Veían el costo de la decisión tomada y visión errada de los hechos
y del proceso histórico del momento. Solo 600 hombres, espantan y ponen a correr a más de
3000 hombres. Estos se dispersan por diferentes aldeas de Mérida, otros toman camino de la
Grita y San Cristóbal. Tres mil hombres por no conocer a profundidad el sustrato en que se
movían, habían pensado y actuado equivocadamente. La ignorancia, la falta de información y
la desinformación es en definitiva la madre de todos los males que aquejan a esta Sociedad.
El Poder al final de cuentas no reposaba en manos de Joaquín. García de Hevia
equivocadamente se había quedado en la Grita, y lo había enviado con gente de buena
voluntad, de buena fe. No estaban aptos para enfrentar una verdad que los aplastaba, en ello
faltó, el grito de “guerra a muerte”, un grito necesario que esperaría hasta 1813, más de 30
años, entre la pereza de las dudas y las oportunidades fortuitas de la esperanza.
Cuando García de Hevia recibe el informe de uno de sus hombres, manda mensajeros a
Joaquín Medina en Lobatera. Joaquín, recibida la información, organiza una treintena de
hombres y los envía a vigiar a nivel de San Faustino por si a los Marabinos se les había
ocurrido venirse por allí. Toma otros 70 hombres en una sola mañana y regresa de nuevo con
la esperanza que algo se puede salvar. A dos días apenas, desde que García de Hevia le
hubiese enviado el mensaje, se presenta en la Grita el Capitán Joaquín Medina. Discuten las
causas de la derrota, asumen criterios si se sigue con la marcha. García de Hevia se ve
obligado a asumir algunas posiciones de Joaquín Medina. Toman la decisión y juntos se van
camino a Mérida. Ciento veinte hombres toman el camino hacía Bailadores, Estanques,
Lagunillas, Acequia, El Morro, Pueblo Nuevo, Ejido y Mérida. En el camino encuentran
muchos de los soldados comuneros que regresan y los vuelven a reclutar. Llegan a Mérida el
8 de septiembre de 1781 y allí los esperan otros Capitanes Comuneros. Analizan la situación
y se obtiene información que ya los trujillanos tienen refuerzos de Maracaibo y venían
hombres de Caracas.
Joaquín y García logran reagrupar más de dos mil hombres y le plantean la nueva situación,
del porque luchaban, contra quien luchaban y cuál sería el sacrificio de lo que ahora se
iniciaba. Al otro día de retomar la marcha, el adoctrinamiento de la iglesia y el crucifijo del
pobre, hizo sus efectos, solo 600 hombres amanecieron en el Campamento. Este panorama,
más el hecho de haber perdido el factor sorpresa, el cual les había acompañado, desde San
Antonio del Táchira a Mérida, hace reconsiderar tan deprimente situación y examinar
diferentes estrategias, las más válida era “sálvese quien pueda”. García de Hevia se asila en
Pamplona en una aldea denominada Testua, Joaquín se empecina en quedarse y se retira a
Ejido con algunos de sus hombres, allí es hecho preso y a los pocos años, por decisión real,
disuelta su causa. Pasado el tiempo, Joaquín regresaría a Lobatera y García de Hevia a la
Grita.
La suerte los hubiese podido llevar a Caracas, pero la sombra del más apto los aniquiló”.
Así entre risas y besos de una historia tapada, nació Simón Bolívar en 1783, Francisco de
Paula Santander Omaña en el año 1792, creándose un contexto muy particular que haría
influencia en su formación y diferencias, en las revueltas que se iniciarían en América del
Sur desde 1808, que más tarde darían al traste con el dominio español y, más luego, una
dependencia financiera y política con otros países, países que vendrían y hoy vigían las
riquezas de estos suelos.
Como diría Antonio Nariño, “cambiamos de amo, más no de condición”; la superestructura
impuesta por el amo, quedaba y está intacta; por contradicción, hoy nos conglomera y
cohesiona.
ASCENSO SOCIAL Y EL RATIO STUDIORUM
Los jesuitas conocían, sabían, que el gran motor ideológico sólo se movía a través de la
educación de las elites; su currículo se centraba en: gramática, retorica, filosofía, teología y
matemática; la escuela de las artes era para gente plebeya con talento, como fue el caso de El
escultor indígena Manuel Chili, apodado Caspicara; el Miguel Ángel de América.
Esas escuelas menores, estarían en manos de los Agustinos, Franciscanos, Dominicos, los
cuales, según Valencia Crespo, eran “colegios de enseñanza práctica, donde además de leer y
escribir se aprendía otras labores como usar el arado, sembrar semillas y hornear ladrillos. La
institución estaba destinada de preferencia para los indios, mestizos y uno que otro criollo
huérfano, los profesores eran religiosos y la enseñanza gratuita”. A la escuela de los jesuitas
entrarían niños blancos también con talento, pero con plata, como fue el caso de nuestros
próceres. En cada visita a los acomodados de la colonia, o en sus misas, le inculcaban
ciegamente a las madres, criollas y mestiza blanqueadas, únicas con el derecho de escuchar la
palabra de Dios, por ser nacidas de las riquezas producto del contrabando, aquel anatema que
hoy corre por las calles de mi pueblo “estudie mijito, estudie”. Hoy, profundamente creemos,
que quien no va a la universidad es un pendejo, eso nos lo enseñaron los jesuitas, y por ello,
sus sueños se extendieron por toda América, tomaron arraigo y hoy, profundamente nos
agobia la espera, de la andanza de un cristo que aparezca, y detenga el reloj de los largos
sueños.
Para completar sus desaciertos, un rey que no lograba crear mecanismos funcionales para su
reforma, se dejó llevar por los chismes de los dominicos, agustinos y franciscanos, los cuales
marginados de los privilegios pontificios dado a los jesuitas, buscaban sus reivindicaciones.
El sector educado, el cual era una minoría, pero con el poder económico acumulado en sus
manos, rechazaba los deslices del rey, eran sentidas como acciones despóticas, ello más
temprano que tarde daría al traste con las pretensiones de España. Apartados los hijos del
valle: criollos, curacas, curas, encomenderos de cargos administrativos importantes, en 1780-
1781 se intensificaron las revueltas en nombre de la libertad de los pueblos de Bolivia y Perú.
Una independencia promovida por una clase educada, criollos y mestizos desplazados, se
convirtió en una rebelión; surgía, debido al descontento de la aristocracia criolla que buscaba
una serie de prebendas que les eran negadas por el virreinato.
Como se detallan aquí las cosas, la independencia no podemos suscribirla a 1800, ya que los
muertos, que se dieron desde el mismo momento que llegaron los invasores a América,
quedarían como unos pendejos. Sin embargo, puede observarse que sólo fue hasta que se
acentuaron ciertas contradicciones sociales, a partir de 1700 cuando se consolidaron las bases
y los principios del movimiento independentista en América, en un proceso de guerra que se
desarrolló desde 1.730 hasta 1830, cuando los Borbones y más tarde Napoleón, despejarían
el camino hacia la independencia; allí nacerían y se formarían Bolívar y Santander; dándose
como resultado, lo que los jesuitas se plantearon y que hoy en cada calle y ciudad se
vislumbra, el poder en manos de los triunfadores y mayormente en los hijos del valle,
mientras, los pobres del ayer, morimos hoy de miseria cada noche después de cada tarde
olorosa a tierra mojada y sudor, en un largo sopor de una América que no acaba de sufrir y
que aún se vislumbra en los reflejos de los espejitos prometidos.
Y como esta historia está llena de libertadores, no queda otra que decir, tal como lo diría,
cualquier nacido a la orilla del mar “Yo si vuelvo a nacer, naceré pescador”, lo mismo dirían
Bolívar y Santander ante una América que se estremecía y un rey moribundo, “yo si vuelvo a
nacer, hare lo mismo”; no otra cosa le tocó a nuestros patriotas; su contexto, ese contexto, los
hizo libertadores, se les promovió para ello, jamás la providencia, ni el principio mesiánico
del elegido o el nacido cada 100 años.
La génesis y principios por lo que había nacido la Independencia, el poder para los blancos
criollos; la invisibilidad inculcada en la cognición indígena y mestiza, no podía ser cambiada
por más batallas libertadoras que se realizaran, uno por la forma engañosa y fuerza en que la
guerra fue implantada y facilitada en un pueblo pobre, que se sentía incorpóreo en esta
América que germinaba, todo ello, no suma para creer que nuestra independencia se montó
sobre la ilustración de Locke, Rousseau y Montesquieu, por más que aparecieran de vez en
cuando y, estuvieran en uno que otro o decires de bibliotecas escondidas de mi Venezuela y
Cartagena; los que pusieron los muertos, estaban lejanos de cualquier ilustración.
Los libertadores, aunque en nuestro imaginario atestemos sus barcos, llenos de llagaduras y
desvelos de libros, sus letras no pueden notarse, ni verse, en los mecanismos impuestos en el
corto periodo de la Gran Colombia, en un Estado dirigido por Santander y Bolívar.
Lograda la libertad independentista los filósofos fueron pasados por el forro de la vida;
Santander permitiría el cobro del diezmo y tributos para la manutención del clero, un clero
distinto a los jesuitas, pero clero.
Bolívar se declararía dictador; ante un pueblo que no vio la mañana azul prometida, no vio la
diferencia entre la larga noche vivida y una vocería, que, en larga guerra, había mentido; para
los pobres nada había cambiado. Si bien, se proclamó la educación pública, los mecanismos
de su difusión los dejó en manos de curas.
Santander, como había sido educado bajo los currículos de los jesuitas, proclamaba y
extrañaba esas enseñanzas y, con independencia fueran otras las congregaciones, que en su
momento de formación estuvieran, existía el mismo ratiun studiorum implantado por los
jesuitas desde 1599. Su impronta religiosa, política, social y económica, siguió presente a
pesar de su expulsión.
Este mestizaje educativo entre público y privado, duró, hasta que Santander claudicara ante
las presiones del papá de los pollitos, el papa; ese día Rousseaus, se dio cuenta que había
arado en el mar; al final, por donde se pisara, ya otras huellas marcaban, desde hace largo
rato, el destino de América, seguíamos guiados por los principios rectores de la iglesia
católica y no por la ilustración, éramos ante todo papistas, tal cual como en 1497, momento
de la toma de América; Alejandro II había logrado su cometido planteado. La guerra a
muerte ahora les tocaba a los pobres, “contad con la muerte aun siendo indiferentes”; larga
espera entre cantar de grillos.
La educación pública y laica, sólo resurgiría en Venezuela hasta los decretos de Guzmán
Blanco, en 1880; a pesar de ello, hoy en día, 2013, todas las mañanas, en todos los días de
clase, nuestros pequeños hijos tienen que rezar y hacerse la cruz; A Guzmán blanco y a
nuestra Constitución Bolivariana, las maestras y maestros, le sacan el dedo del medio; el ratio
estudiorum jesuítico, está vigente. En Colombia son más serios, en pleno 2012, mantienen
dentro de su contrato social, la religiosidad, la educación privada es su prioridad y lo místico,
su dominante.
Lograda la independencia, nada había cambiado en la educación desde que se fueron los
jesuitas. La ratio studiorum y los procesos formativos que habían diseñado, configuraron en
buena medida el sistema educativo colonial, ya no sólo de la Compañía sino incluso de otras
órdenes, ido los jesuitas poco había variado los libros seguían siendo los editados por ellos;
cada mañana, para los pobres, seguía siendo salvaje.
La ideología implantada por la iglesia, en una educación, xenofóbica, patriarcal y misógina,
como superestructura dominante, haría mella en nuestros libertadores y en una sociedad que
se configuraba y se configura; haciéndose más profunda en los umbrales fronterizos.
Años después de la expulsión de los jesuitas, los colegios quedaban en manos del gobierno,
de las autoridades eclesiásticas o de otras órdenes, los programas, los currículos; los autores
jesuitas continuaban siendo fundamentales para el sistema educativo en la Nueva Granada.
En el caso colombiano, este argumento dio influencia sobre los libertadores, parece encontrar
eco en el abrumador número de estudiantes bartolinos, estudiantes talentosos, como: Antonio
Nariño, José Félix de Restrepo, Francisco Antonio Zea, Frutos Joaquín Gutiérrez, Rafael
Urdaneta, Antonio Ricaurte, José María Carbonell, Francisco de Paula Santander, Juan
Fernández de Sotomayor, que cumplieron un papel destacado durante la Independencia y
posteriormente en la construcción de las nuevas instituciones republicanas.
En Venezuela por su parte, cuando se escudriña el origen social de los 37 participantes del
congreso de 1811, el único diputado pardo de esa sociedad patriótica era, Gabriel Pérez
Pagola de la villa de Ospino. En cuanto a su presidente, Francisco de Miranda, se
presentaban indicios y dudas de su origen mantuano, todos los demás hacían parte de los
grupos distinguidos de las sociedades provinciales que habían desempeñado oficios
capitulares, propietarios de haciendas u obtenían beneficios de la actividad comercial, todos,
habían estudiado en la Universidad de Caracas, ocupando altos rangos en la oficialidad del
ejército o eran miembros prominentes del estamento eclesiástico; eran mantuanos.
El Colegio Nacional de San Bartolomé, o Colegio de San Bartolomé, o Colegio de la
Compañía de Jesús en Santafé, fundado el 27 de septiembre de 1604 por el arzobispo de
Santafé de Bogotá Bartolomé Lobo Guerrero1 y los Jesuitas: José Dadey, S.J., Martín de
Funes, S.J., Juan Bautista Coluccini S.J. Martín de Torres S.J, Bernabé de Rojas S.J, Diego
Sánchez, S.J, era un establecimiento de educación primaria y educación secundaria que
buscaba niños talentosos dentro de la clase blanca para su formación filosófica. Cuando allí
estudio Santander existía otra orden religiosa, pero se cumplía la ratio studiorum establecido
por los jesuitas en 300 años.
Con una Iglesia Católica reforzada y aliada con las clases dominantes para continuar con la
subyugación de los pobres, los ideales de verdadera libertad y democracia se diluyeron de
inmediato dejando vigente la misma estructura económica y social de los colonizadores. La
única diferencia fue el cambio de mando de los europeos a los criollos, oligarcas nacidos en
suelo americano; los principios básicos que estimularon la independencia se habían
cumplido.
Todo el armazón de dominación siguió intacto: los privilegios de clase, los diezmos de la
iglesia católica, las ferias y fiestas, los monopolios, la dominación de la oligarquía y su
derecho para legislar y para establecer las condiciones económicas, políticas y sociales que
redundaran en su propio beneficio y que aseguraran su permanencia en el poder durante
generaciones hegemónicas.
El trabajo ideológico de los jesuitas, había concretado su fin, el determinismo triunfó, toda la
ratio studiorum había cumplido los propósitos del Vaticano, dominar fácilmente a los nuevos
dueños de las repúblicas. Así, que, producido el deslinde de la Gran Colombia, siendo
presidente de Colombia Francisco de Paula, trece años después de la batalla de Boyacá aún
no había ocurrido la independencia de los pobres, no se habían roto sus cadenas, ni jamás se
romperían.
El mundo eurocéntrico nos domina, ahora, con mayor fuerza, los libertadores fueron hombres
que cumplieron con la palabra empeñada a los suyos, hoy las elites mantuanas y militares
mantienen el poder y se lo discuten, con sus iguales. Mientras, las bases populares no hemos
cumplido, seguimos siendo eternos aprendices de pordioseros, rehuimos el poder, queremos
seguir pagando diezmo, bajo la abstracción, de que primero entra un camello por el hueco de
una aguja, que un rico al reino de los cielos.
La calles y vericuetos de esta Venezuela, muestran, que la idea básica de los libertadores
iniciales fue truncada, lo estratégico, se convirtió en táctico y el poder implantado sólo
cambió de forma, lo sustantivo quedó incólume.
Ante este dilema existencial y ante una América paradigmática, es mejor quedarse con el
cuento sabido, por totori mundachi, cuento callado por unos y otros; el sentido común hoy se
desparrama por toda América, la deuda con el prócer queda campante y sonante.
Vista así la cosa, de mi parte creo haber hecho mi mejor esfuerzo, pero, al igual que en El
Principito, por mejor que dibuje y haga mis grafos, todos verán aquí, un sombrero. El mundo
oscuro y místico del medioevo, recorre aún los vericuetos de la ciudad, lo que hace que aun
nuestros caminos, todavía huelan a humo de leña y rancios orines.

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