AVENTURAS
Margot
La pequeña, pequeña historia
Margot
de una casa en Alfa Centauri La pequeña, pequeña historia
A partir de los 9 años
de una casa en Alfa Centauri
Margot Toño Malpica
Toño Malpica
Ilustraciones Luisa Uribe
Toño Malpica
Ilustraciones
“como buen superhéroe, nunca Luisa Uribe
se preguntó por qué ella. Por
qué ella, si la mayor parte del
tiempo… pues no tenía tiempo.”
Margot tiene un muñeco favorito, le encanta
ver películas y comer palomitas de maíz, y debe
avisarle a su padre Alfredo cada vez que sale. Pero
también tiene que hacer cosas que muchas niñas
de su edad no suelen hacer y, como si fuera poco,
ahora debe cumplir ciertas misiones de importancia
insospechada para la humanidad. Margot es una
superhéroe. Una divertida historia sobre una niña
inolvidable que salva al planeta y cambia la vida
de muchos a su alrededor a través de los pequeños
milagros cotidianos.
ISBN: 978-607-13-0826-9
mx.edicionesnorma.com 61088705
Margot
© 2011, Antonio Malpica
© 2011, Editorial Norma
Avenida El Dorado # 90-10, Bogotá, Colombia
© 2019, Educa Inventia, S.A. de C.V.
Av. Río Mixcoac 274, piso 4°, Colonia Acacias,
Delegación Benito Juárez, Ciudad de México,
C. P. 03240
Reservados todos los derechos.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin permiso
escrito de la editorial.
* El sello editorial “Norma” esta licenciado por Carvajal, S.A. de C.V.,
a favor de Educa Inventia, S.A. de C.V.
Segunda edición: marzo 2020
Ilustraciones: Luisa Uribe
Diagramación: Judith Sánchez Durán
SAP: 61088705
ISBN: 978-607-13-0826-9
Margot
La pequeña, pequeña historia
de una casa en Alfa Centauri
Toño Malpica
Ilustraciones
Luisa Uribe
mx.edicionesnorma.com
Para Mari Fer, justo a tiempo
Índice
Los superhéroes no escogen
su destino. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11
Los superhéroes no cuestionan
sus misiones. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19
Los superhéroes nunca saben
cuándo serán llamados a cumplir
con su deber. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 27
Los superhéroes también sueñan. . . . . . . . . . . . . . 35
Los superhéroes nunca descansan,
aun cuando viven la vida de
sus identidades secretas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39
Los papás de los superhéroes, como todos
los papás, tienen derecho a preocuparse
por sus hijos, aunque sean superhéroes. . . . . . 45
Los papás de los superhéroes no
deben interferir con la honrosa
labor de sus hijos. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53
Los superhéroes tienen el corazón duro. . . . . . . 61
Los superhéroes sí tienen sentimientos y son
perfectamente capaces de emocionarse. . . . . . 67
Los superhéroes no pueden tener
vida personal. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75
Los superhéroes no descansan. . . . . . . . . . . . . . . . 83
Los superhéroes también
tienen pesadillas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 89
A un superhéroe siempre hay
que tomarlo en serio. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 99
Los superhéroes
también dudan a veces.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 109
Los papás de los superhéroes, como
todos los papás, tienen todo, todo, todo
el derecho a preocuparse por sus hijos,
aunque sean superhéroes y estén en
una misión especial súper,
superimportante. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 115
Los superhéroes siempre consiguen
lo que se proponen, por muy difícil
que esto parezca. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 119
Casi todos los superhéroes
tienen superpoderes. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 129
A un superhéroe siempre, siempre,
siempre hay que tomarlo en serio. . . . . . . . . . . . . 139
Los papás de los superhéroes a veces son
capaces de las más grandes proezas. . . . . . . . . . 145
Los superhéroes no renuncian a su deber
ni por mucho dinero, ni por un montón
de juguetes, ni por cientos de chocolates,
ni por toda la colección de películas de
Star Wars y Star Trek (incluidos la tele y
el dvd player).. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 153
Un superhéroe debe saber que, si
permanece demasiado tiempo fuera
de casa (Ciudad Gótica, Metrópolis,
Saltadilla, etcétera), sus archienemigos
pueden aprovechar su ausencia y….. . . . . . . . . . . 159
Los superhéroes a veces, por su labor,
obtienen una merecida recompensa. . . . . . . . . . 165
Los superhéroes no son como los pintan. . . . . 167
Los superhéroes existen,
creas o no en ellos. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 173
Los superhéroes, cumplido su deber,
han de seguir su camino. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 179
A veces la vida te da limones…. . . . . . . . . . . . . . . . 183
Seguramente habrás oído
muchas historias de superhéroes.
Y habrás notado que, en todas ellas...
Los superhéroes no escogen
su destino
C on Margot no fue distinto.
Claro, no la picó una araña radioactiva.
Ni tampoco le obsequiaron un anillo dorado
con grandes poderes.
Mucho menos le hicieron una cicatriz en for
ma de rayo en la frente cuando era apenas un
bebé.
Pero sí fue “elegida”. Como superhéroe, quie
ro decir.
Y, por lo mismo, ella no escogió su destino.
Le cayó del cielo (es una forma de hablar, claro).
Así sin más.
Y también, como buen superhéroe, nunca se
preguntó por qué ella. Por qué ella, si la mayor
parte del tiempo… pues no tenía tiempo. Para
11
ser superhéroe, quiero decir. Porque en ese en
tonces, cuando Lucio la visitó por primera vez,
les leía a los niños Quirk, estaba enamorada del
Erre, se ocupaba de la comida en su casa y, por
supuesto, le ayudaba a Alfredo a juntar plásti
co, cartón y aluminio cuando podía. Pero bue
no… ya lo dijimos. Los superhéroes no escogen
su destino, se les asigna de algún lado y ya, eso
es todo. Y nosotros, los que no somos superhé
roes, debemos contentarnos con que ellos exis
tan. Y tampoco hacer demasiadas preguntas.
Fue una tarde de febrero, si mal no recuerdo.
Ya había dejado de hacer frío.
Margot estaba preparando unos panes con
mantequilla en el brasero de su casa (si se le
puede llamar así).
Tenía ocho años, pero para ayudar a Alfredo
tenía que hacer cosas que muchas niñas de su
edad no suelen hacer. Como prender el brasero,
por ejemplo. O espantar a los perros salvajes.
Sacarle el cobre a alguna bobina vieja. Acarrear
cubetas grandes de agua. Por ejemplo.
Y en ese momento estaba preparando unos
panes con mantequilla.
Tendríamos que imaginarla como solía
vestirse en ese entonces, antes de aceptar su
destino de superhéroe; es decir, sin su visor
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verde de buzo ni su pañoleta azul estampada
al cuello. Pero sí con todo lo demás: sus gran
des botas de minero, sus tres suéteres, su ves
tido de flores que le llegaba a la rodilla, su
pantalón de mezclilla, su cabello atado en un
moño que sobresalía varios centímetros por en
cima de su cabeza. Su rayado reloj de cuarzo. El
lunar en la mejilla izquierda. El diente faltante.
Con sus manos de uñas quebradizas cuida
ba que los panes no se tostaran demasiado pero
que la mantequilla sí burbujeara un poco, para
lograr cierto efecto necesario. Y luego echarles
azúcar.
Miró su reloj de pulsera. Faltaba poco para
que volviera Alfredo de la pepena. (Pepena es
la actividad que realizan los pepenadores, por
si no lo sabías. Y pepenadores son esos señores
y señoras que rescatan de la basura cualquier
cosa que se pueda vender, para que te acabes
de enterar. Pero bueno, decíamos que faltaba
poco para que Alfredo volviera y…)
Por eso, cuando alguien atravesó la puerta
de lámina, ni siquiera volteó.
Porque pensó, desde luego, que se trataría de
Alfredo. Pero no. Era Lucio.
Ni siquiera hizo comentario alguno con el
señor Alcántar. Solo siguió con su tarea, lista
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para echarle azúcar a los panes y sentarse a la
mesa.
—Hola, Margot —dijo entonces Lucio, desde la
puerta.
Margot giró el cuello. Y pensó que ya había
visto antes a ese hombre. En una de las sesio
nes de cine del dispensario. En una película que
se llama Hombres de negro. Ese probablemente
fuera uno de los “hombres de negro” porque es
taba vestido igual. Traje negro, zapatos negros,
corbata negra, anteojos oscuros negros.
—Mi nombre es Lucio —dijo el visitante—. Y
no tengo mucho tiempo.
—¿Y Alfredo? —se animó a preguntar Margot.
En principio pensó que Alfredo habría invita
do a comer a Lucio, lo cual era muy improbable
por dos razones principalmente: una, Alfredo
nunca invitaba a nadie a comer y dos, nunca les
sobraba comida como para invitar a alguien.
Pero fue lo primero que pensó Margot.
De cualquier modo, Lucio no tenía mucho
tiempo, ya lo había dicho.
—Te hemos estado observando, Margot —se
limpió el sudor del rostro con un pañuelo. Blan
co, por cierto.
—¿A mí?
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—A ti —se sentó en la silla de Alfredo, que
en realidad era un banco de plástico blanco.
Margot, en cambio, sí tenía una silla. Una de
metal que decía “Corona extra”. Pero ella no
se sentó. Solo contempló a Lucio, que parecía
muy agotado.
Y retiró los panes del fogoncito, eso sí.
—¿Has oído hablar de los superhéroes, Mar
got?
—¿Como Batman y Supermán?
—Exacto.
—Una vez tuve una piyama de Supermán. Y
ahora tengo una mochila de Batman.
Era cierto. Aunque ahora la piyama estaba
desaparecida y, la mochila, rota de la cremalle
ra. Ah, y los Guasones del estampado no tenían
cabeza.
—Bien, pues necesitamos de tu ayuda.
—¿Necesitan? ¿Quiénes?
—Nosotros —respondió Lucio como si le hu
biera hecho la pregunta más obvia del mundo.
Volvió a pasarse el pañuelo por la sudorosa
frente—. Todos. En realidad es algo fácil, pero
necesitamos saber si te puedes comprometer.
No será para siempre. O al menos no lo creo.
Pero necesitamos saber si, por el tiempo que
dure, te puedes comprometer.
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—¿Comprometer significa que tengo que ju
rar por Dios?
—Más o menos. ¿Conoces la ciudad?
—¿Ciudad Neza?
—No, la otra.
—¿La Ciudad de México? Tengo un mapa.
También era cierto. Alfredo había hallado un
plano entero de la Ciudad de México en el inte
rior de un portafolios desgarrado y se lo había
obsequiado a Margot.
—Bien. Con eso bastará por el momento. Es
pera tu primera misión especial, Margot.
—¿Me darán un traje?
Lucio, en vez de responder, miró por encima
de su hombro, como si lo vinieran persiguiendo.
En realidad todo el tiempo se había comporta
do como si lo vinieran persiguiendo. O como si
hubiera dejado una bomba a punto de estallar
en algún lado y lo hubiera recordado en el últi
mo momento.
—¿Puedo llevar al señor Alcántar conmigo?
—insistió Margot.
Lucio miró al búho de peluche que, con su
único ojo, los contemplaba desde el colchón.
—Supongo que sí.
Y, una vez dicho esto, se fue a toda prisa por
la puerta de lámina. Tal vez, si en la casa de
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Margot hubiera habido ventanas, habría prefe
rido salir por la ventana. Nunca lo sabremos.
Lo cierto es que cuando Alfredo entró en la
casa, cargando su costal de botellas de plástico
apachurradas, los panes con mantequilla toda
vía no se enfriaban. Y Margot ya estaba idean
do su propio traje.
No pasaría mucho tiempo para que se diera
cuenta de que…
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Los superhéroes no cuestionan
sus misiones
D e nada le sirvió a Alfredo haber tenido una
mañana tan provechosa. O al menos eso pensó
en ese momento.
Había podido compactar ochenta y siete bo
tellas de refresco. Y noventa y dos latas de alu
minio, algunas de cerveza y otras no. Llegó en
primer lugar al vaciado de cuatro camiones de
basura en el vertedero. Cualquiera habría dicho
que era una mañana luminosa (incluso el sol
parecía estar más sonriente que de costumbre).
Pero no lo era tanto. Ese otro día, cuando llegó
a su covacha (nunca pensaba en ella como una
casa, la verdad), Margot no estaba ahí.
Y se espantó.
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Pero el señor Alcántar tampoco estaba ahí y
eso lo tranquilizó. Porque eso significaba que
Margot había salido por su propia cuenta y no
había sido secuestrada por una nave espacial,
como decía ella que podía ocurrir un día.
Alfredo pensó que ningún extraterrestre
permitiría a su hija tomar su juguete preferido
antes de secuestrarla. Y se tranquilizó.
En realidad —Alfredo lo sabía— Margot siem
pre hacía lo que le venía en gana.
Y si no estaba ocupada espantando a los
perros salvajes, estaba con los Quirk, o en el
dispensario, o con los Vampiros, o con el Erre.
Nunca, nunca con el Gigante, es verdad. Pero
casi todo el tiempo se encontraba entre las ca
sas y entre la gente del vertedero y hacía lo que
le venía en gana.
Aunque siempre dejaba lista la comida (en
cerrada en un horno de microondas descom
puesto, a salvo de los perros y las moscas). Y a
veces una notita (porque Margot, al contrario
de los demás niños de esa zona del vertedero,
sí sabía leer y escribir). Pero no esta vez. No
había ninguna margarita dibujada en una hoja
de papel usado, con el texto habitual debajo:
“fui por el agua” o “fui a espantar perros” o “fui
con el R (y un corazón)”.
Por eso Alfredo, que tenía pensado pasar el
resto de la mañana con Margot, hasta la hora de
la comida, pensó que de nada había servido una
mañana tan provechosa. Era una lástima. Había
encontrado en la basura, también, un paquete
con dos donas enteras que no olían nada mal.
Era una pena.
Vació su costal y volvió a su jornada.
Pero a la hora de la comida, Margot aún no
había vuelto. Y ahora sí se espantó en serio.
Volvió a pensar en la posibilidad del secuestro
alienígena.
21
Salió a preguntar con los vecinos. Los Quirk
no la habían visto. Tampoco los Vampiros. Ni la
Beba, que ya había vuelto de su propia recolec
ción. Menos los que vivían en barracas más
lejanas. Se preocupó en serio. Al Gigante, por
supuesto, ni le preguntó.
Y ya estaba recapacitando en torno a la falta
de moral de algunos extraterrestres, capaces de
plagiar a una niña que no tiene ni dos vestidos
en su guardarropa, cuando entró la luz (en más
de un sentido, me gusta pensar) a su covacha.
Alguien había apartado la lona que cubría la
puerta de lámina.
Y ese alguien entró. Y era Margot.
—¡Pelusa! ¡Qué bueno que llegaste! ¿Dónde
andabas?
Deseó abrazarla, pero sabía lo que Margot
pensaba respecto a esto y se contuvo.
Le llamó la atención que Margot llevaba
aquel visor verde en la cabeza. Un visor de
buzo que él mismo había rescatado de la basu
ra un par de meses antes. Y una pañoleta azul
que la niña solo usaba en ocasiones especiales
(como en aquella vez que Esteban, el vampiro
más viejo, ofreció barbacoa a todos los vecinos,
o como cuando la Beba encontró un billete de
22
quinientos entre las costuras de un pantalón
viejo y la invitó al cine de a de veras).
—Tenía una misión que cumplir, Alfredo.
¡Donas!
Se sentó en su silla Corona Extra, tomó la
bolsa transparente de las donas sin hacer caso
de las moscas que luchaban por entrar en ella y
sacó una, que devoró en seguida.
Alfredo hubiera podido regañarla. Probable
mente cualquier padre habría hecho eso. Pero
Alfredo se quedó sin regaños como cinco años
antes, justo cuando la mamá de Margot se fue
de cacería al África.
—¿Una misión? —dijo, sin apartarle la mirada.
—Sí, una misión especial. Tenía que estorbar
le a un señor de bigote y barba en la estación
Copilco del metro a la una y treinta y siete de
la tarde. Un señor con una camisa negra de un
concierto de Metallica.
A Alfredo le debe haber parecido tan
disparatado como ahora tú y yo lo leemos. No
sabía, desde luego, que los superhéroes no
cuestionan sus misiones. Las acometen y ya.
Presumió que se trataba de un juego y le si
guió la corriente.
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—Así que una misión. ¡Y hasta el metro Co
pilco! —de veras no daba fe—. ¿Y cómo te fue?
—Muy bien. Misión cumplida —sonrió, se
deshizo de su visor y su pañoleta. Fue a la cu
beta del agua, le quitó el platón que le ponían
encima y se sirvió un vaso.
—Tal vez… la próxima vez que tengas una mi
sión especial, podrías dejarme escrito en dón
de andas, ¿no, Pelusa? Es que hace rato vino el
niño este, ¿cómo se llama?, el que nunca se saca
el dedo de la nariz.
—El Chino.
—Sí, y me preguntó dónde andabas y no supe
qué responderle.
—Pues qué chafa.
—Te lo juro.
Margot lo miró como hacía en ocasiones. Como
si ella fuese la madre y Alfredo el hijo. Como si
pudiera leerle en la cara la mentira. Volvió a son
reír. Sacó al señor Alcántar de una bolsa de su
tercer suéter y lo puso en la mesa.
—Bueno. Si quieres, Alfredo, yo te dejo apun
tado dónde ando. ¿Vas a comerte la otra dona?
—No. Es toda tuya. ¿Y tienes idea de cuándo
será tu próxima… eh… misión?
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Alfredo le dio un par de palmaditas al señor
Alcántar, que lo observaba con su único ojo. En
realidad no esperaba una respuesta.
Y Margot no se la dio.
Ninguno de los dos sabía —aunque Margot
intuía— que…
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