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Con Corazón de Padre

Este documento es una carta del Papa Francisco sobre San José con motivo del 150 aniversario de su declaración como patrono de la Iglesia Universal. Resalta las virtudes de San José como esposo de María y padre adoptivo de Jesús, destacando su humildad, obediencia a Dios y protección de la Sagrada Familia. El Papa anima a los fieles a imitar las virtudes de San José y a pedir su intercesión, especialmente durante la pandemia.

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Con Corazón de Padre

Este documento es una carta del Papa Francisco sobre San José con motivo del 150 aniversario de su declaración como patrono de la Iglesia Universal. Resalta las virtudes de San José como esposo de María y padre adoptivo de Jesús, destacando su humildad, obediencia a Dios y protección de la Sagrada Familia. El Papa anima a los fieles a imitar las virtudes de San José y a pedir su intercesión, especialmente durante la pandemia.

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Con corazón de padre

Papa Francisco

El objetivo de e a Carta apo ólica es


que crezca el amor a e e gran santo,
para ser impulsados a implorar su
intercesión e imitar sus virtudes, como
también su resolución.

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CON CORAZÓN DE PADRE
CARTA APOSTÓLICA PATRIS CORDE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
CON MOTIVO DEL 150.° ANIVERSARIO DE LA DECLARACIÓN DE
SAN JOSÉ COMO PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL

Con corazón de padre: así José amó a Jesús, llamado en los cuatro
Evangelios «el hijo de José»1.
Los dos evangelistas que evidenciaron su igura, Mateo y Lucas, re ieren
poco, pero lo su iciente para entender qué tipo de padre fuese y la misión
que la Providencia le con ió.
Sabemos que fue un humilde carpintero (cf. Mt 13,55), desposado con
María (cf. Mt 1,18; Lc 1,27); un «hombre justo» (Mt 1,19), siempre dispuesto a
hacer la voluntad de Dios manifestada en su ley (cf. Lc 2,22.27.39) y a través
de los cuatro sueños que tuvo (cf. Mt 1,20; 2,13.19.22). Después de un largo y
duro viaje de Nazaret a Belén, vio nacer al Mesías en un pesebre, porque en
otro sitio «no había lugar para ellos» (Lc 2,7). Fue testigo de la adoración de
los pastores (cf. Lc 2,8 20) y de los Magos (cf. Mt 2,1 12), que representaban
respectivamente el pueblo de Israel y los pueblos paganos.
Tuvo la valentía de asumir la paternidad legal de Jesús, a quien dio el
nombre que le reveló el ángel: «Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él
salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Como se sabe, en los pueblos
antiguos poner un nombre a una persona o a una cosa signi icaba adquirir
la pertenencia, como hizo Adán en el relato del Génesis (cf. 2,19 20).
En el templo, cuarenta días después del nacimiento, José, junto a la
madre, presentó el Niño al Señor y escuchó sorprendido la profecía que
Simeón pronunció sobre Jesús y María (cf. Lc 2,22 35). Para proteger a
Jesús de Herodes, permaneció en Egipto como extranjero (cf. Mt 2,13 18).
De regreso en su tierra, vivió de manera oculta en el pequeño y
desconocido pueblo de Nazaret, en Galilea —de donde, se decía: “No sale
ningún profeta” y “no puede salir nada bueno” (cf. Jn 7,52; 1,46)—, lejos de
Belén, su ciudad de origen, y de Jerusalén, donde estaba el templo.
Cuando, durante una peregrinación a Jerusalén, perdieron a Jesús, que
tenía doce años, él y María lo buscaron angustiados y lo encontraron en el
templo mientras discutía con los doctores de la ley (cf. Lc 2,41 50).
Después de María, Madre de Dios, ningún santo ocupa tanto espacio en
el Magisterio ponti icio como José, su esposo. Mis predecesores han

1 Lc 4,22; Jn 6,42; cf. Mt 13,55; Mc 6,3.


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profundizado en el mensaje contenido en los pocos datos transmitidos por


los Evangelios para destacar su papel central en la historia de la salvación:
el beato Pío IX lo declaró «Patrono de la Iglesia Católica»2, el venerable Pío
XII lo presentó como “Patrono de los trabajadores”3  y san Juan Pablo II
como «Custodio del Redentor»4.  El pueblo lo invoca como «Patrono de la
buena muerte»5.
Por eso, al cumplirse ciento cincuenta años de que el beato Pío IX, el 8
de diciembre de 1870, lo declarara como Patrono de la Iglesia Católica,
quisiera —como dice Jesús— que “la boca hable de aquello de lo que está
lleno el corazón” (cf. Mt 12,34), para compartir con ustedes algunas
re lexiones personales sobre esta igura extraordinaria, tan cercana a
nuestra condición humana. Este deseo ha crecido durante estos meses de
pandemia, en los que podemos experimentar, en medio de la crisis que nos
está golpeando, que «nuestras vidas están tejidas y sostenidas por
personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en
portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último
show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos
decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras,
encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras,
cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes,
religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva
solo. […] Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza,
cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos
padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños,
con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis
readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas
personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos»6. Todos pueden
encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la
presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en
tiempos de di icultad. San José nos recuerda que todos los que están
aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin
igual en la historia de la salvación. A todos ellos va dirigida una palabra de
reconocimiento y de gratitud.

2 S. Rituum Congreg., Quemadmodum Deus (8 diciembre 1870): ASS 6 (1870 71), 194.
3 Cf. Discurso a las Asociaciones cristianas de Trabajadores italianos con motivo de la
Solemnidad de san José obrero (1 mayo 1955): AAS 47 (1955), 406.
4 Exhort. ap. Redemptoris custos (15 agosto 1989): AAS 82 (1990), 5 34.
5 Catecismo de la Iglesia Católica, 1014.
6 Meditación en tiempos de pandemia (27 marzo 2020): L’Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española (3 abril 2020), p. 3.
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1. PADRE AMADO

La grandeza de san José consiste en el hecho de que fue el esposo de


María y el padre de Jesús. En cuanto tal, «entró en el servicio de toda la
economía de la encarnación», como dice san Juan Crisóstomo7.
San Pablo VI observa que su paternidad se manifestó concretamente «al
haber hecho de su vida un servicio, un sacri icio al misterio de la
Encarnación y a la misión redentora que le está unida; al haber utilizado la
autoridad legal, que le correspondía en la Sagrada Familia, para hacer de
ella un don total de sí mismo, de su vida, de su trabajo; al haber convertido
su vocación humana de amor doméstico en la oblación sobrehumana de sí
mismo, de su corazón y de toda capacidad en el amor puesto al servicio del
Mesías nacido en su casa»8.
Por su papel en la historia de la salvación, san José es un padre que
siempre ha sido amado por el pueblo cristiano, como lo demuestra el
hecho de que se le han dedicado numerosas iglesias en todo el mundo;
que muchos institutos religiosos, hermandades y grupos eclesiales se
inspiran en su espiritualidad y llevan su nombre; y que desde hace siglos se
celebran en su honor diversas representaciones sagradas. Muchos santos y
santas le tuvieron una gran devoción, entre ellos Teresa de Ávila, quien lo
tomó como abogado e intercesor, encomendándose mucho a él y
recibiendo todas las gracias que le pedía. Alentada por su experiencia, la
santa persuadía a otros para que le fueran devotos9.
En todos los libros de oraciones se encuentra alguna oración a san José.
Invocaciones particulares que le son dirigidas todos los miércoles y
especialmente durante todo el mes de marzo, tradicionalmente dedicado a
él10.
La con ianza del pueblo en san José se resume en la expresión “Ite ad
Ioseph”, que hace referencia al tiempo de hambruna en Egipto, cuando la
gente le pedía pan al faraón y él les respondía: «Vayan donde José y hagan

7 In Matth. Hom, V, 3: PG 57, 58.


8 Homilía (19 marzo 1966): Insegnamenti di Paolo VI, IV (1966), 110.
9 Cf. Libro de la vida, 6, 6 8.
10Todos los días, durante más de cuarenta años, después de Laudes, recito una oración a san
José tomada de un libro de devociones francés del siglo XIX, de la Congregación de las
Religiosas de Jesús y María, que expresa devoción, con ianza y un cierto reto a san José:
«Glorioso patriarca san José, cuyo poder sabe hacer posibles las cosas imposibles, ven en mi
ayuda en estos momentos de angustia y di icultad. Toma bajo tu protección las situaciones tan
graves y difíciles que te confío, para que tengan una buena solución. Mi amado Padre, toda mi
con ianza está puesta en ti. Que no se diga que te haya invocado en vano y, como puedes hacer
todo con Jesús y María, muéstrame que tu bondad es tan grande como tu poder. Amén».
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lo que él les diga» (Gn 41,55). Se trataba de José el hijo de Jacob, a quien
sus hermanos vendieron por envidia (cf. Gn 37,11 28) y que —siguiendo el
relato bíblico— se convirtió posteriormente en virrey de Egipto (cf. Gn
41,41 44).
Como descendiente de David (cf. Mt 1,16.20), de cuya raíz debía brotar
Jesús según la promesa hecha a David por el profeta Natán (cf. 2 Sam 7), y
como esposo de María de Nazaret, san José es la pieza que une el Antiguo y
el Nuevo Testamento.

2. PADRE EN LA TERNURA

José vio a Jesús progresar día tras día «en sabiduría, en estatura y en
gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52). Como hizo el Señor con Israel, así
él “le enseñó a caminar, y lo tomaba en sus brazos: era para él como el
padre que alza a un niño hasta sus mejillas, y se inclina hacia él para darle
de comer” (cf. Os 11,3 4).
Jesús vio la ternura de Dios en José: «Como un padre siente ternura por
sus hijos, así el Señor siente ternura por quienes lo temen» (Sal 103,13).
En la sinagoga, durante la oración de los Salmos, José ciertamente habrá
oído el eco de que el Dios de Israel es un Dios de ternura11, que es bueno
para todos y «su ternura alcanza a todas las criaturas» (Sal 145,9).
La historia de la salvación se cumple creyendo «contra toda
esperanza» (Rm 4,18) a través de nuestras debilidades. Muchas veces
pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de
nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a
través y a pesar de nuestra debilidad. Esto es lo que hace que san Pablo
diga: «Para que no me engría tengo una espina clavada en el cuerpo, un
emisario de Satanás que me golpea para que no me engría. Tres veces le he
pedido al Señor que la aparte de mí, y él me ha dicho: “¡Te basta mi gracia!,
porque mi poder se mani iesta plenamente en la debilidad”» (2 Co 12,7 9).
Si esta es la perspectiva de la economía de la salvación, debemos
aprender a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura12.
El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo,
mientras que el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor
modo para tocar lo que es frágil en nosotros. El dedo que señala y el juicio
que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad

11 Cf. Dt 4,31; Sal 69,17; 78,38; 86,5; 111,4; 116,5; Jr 31,20.


12 Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 88, 288: AAS 105 (2013), 1057, 1136 1137.
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para aceptar nuestra propia debilidad, nuestra propia fragilidad. Sólo la


ternura nos salvará de la obra del Acusador (cf. Ap 12,10). Por esta razón es
importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el
sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y
ternura. Paradójicamente, incluso el Maligno puede decirnos la verdad,
pero, si lo hace, es para condenarnos. Sabemos, sin embargo, que la
Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza,
nos sostiene, nos perdona. La Verdad siempre se nos presenta como el
Padre misericordioso de la parábola (cf. Lc 15,11 32): viene a nuestro
encuentro, nos devuelve la dignidad, nos pone nuevamente de pie, celebra
con nosotros, porque «mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba
perdido y ha sido encontrado» (v. 24).
También a través de la angustia de José pasa la voluntad de Dios, su
historia, su proyecto. Así, José nos enseña que tener fe en Dios incluye
además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de
nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de
las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón
de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control,
pero Él tiene siempre una mirada más amplia.

3. PADRE EN LA OBEDIENCIA

Así como Dios hizo con María cuando le manifestó su plan de salvación,
también a José le reveló sus designios y lo hizo a través de sueños que, en
la Biblia, como en todos los pueblos antiguos, eran considerados uno de los
medios por los que Dios manifestaba su voluntad13.
José estaba muy angustiado por el embarazo incomprensible de María;
no quería «denunciarla públicamente»14, pero decidió «romper su
compromiso en secreto» (Mt 1,19). En el primer sueño el ángel lo ayudó a
resolver su grave dilema: «No temas aceptar a María, tu mujer, porque lo
engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le
pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus
pecados» (Mt 1,20 21). Su respuesta fue inmediata: «Cuando José despertó
del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado» (Mt 1,24). Con
la obediencia superó su drama y salvó a María.

13 Cf. Gn 20,3; 28,12; 31,11.24; 40,8; 41,1 32; Nm 12,6; 1 Sam 3,3 10; Dn 2; 4; Jb 33,15.
14 En estos casos estaba prevista la lapidación (cf. Dt 22,20 21).
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En el segundo sueño el ángel ordenó a José: «Levántate, toma contigo al
niño y a su madre, y huye a Egipto; quédate allí hasta que te diga, porque
Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2,13). José no dudó en
obedecer, sin cuestionarse acerca de las di icultades que podía encontrar:
«Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, donde
estuvo hasta la muerte de Herodes» (Mt 2,14 15).
En Egipto, José esperó con con ianza y paciencia el aviso prometido por
el ángel para regresar a su país. Y cuando en un tercer sueño el mensajero
divino, después de haberle informado que los que intentaban matar al niño
habían muerto, le ordenó que se levantara, que tomase consigo al niño y a
su madre y que volviera a la tierra de Israel (cf. Mt 2,19 20), él una vez más
obedeció sin vacilar: «Se levantó, tomó al niño y a su madre y entró en la
tierra de Israel» (Mt 2,21).
Pero durante el viaje de regreso, «al enterarse de que Arquelao reinaba
en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, avisado en
sueños —y es la cuarta vez que sucedió—, se retiró a la región de Galilea y
se fue a vivir a un pueblo llamado Nazaret» (Mt 2,22 23).
El evangelista Lucas, por su parte, relató que José afrontó el largo e
incómodo viaje de Nazaret a Belén, según la ley del censo del emperador
César Augusto, para empadronarse en su ciudad de origen. Y fue
precisamente en esta circunstancia que Jesús nació y fue asentado en el
censo del Imperio, como todos los demás niños (cf. Lc 2,1 7).
San Lucas, en particular, se preocupó de resaltar que los padres de Jesús
observaban todas las prescripciones de la ley: los ritos de la circuncisión de
Jesús, de la puri icación de María después del parto, de la presentación del
primogénito a Dios (cf. 2,21 24)15.
En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “ iat”, como
María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní.
José, en su papel de cabeza de familia, enseñó a Jesús a ser sumiso a sus
padres, según el mandamiento de Dios (cf. Ex 20,12).
En la vida oculta de Nazaret, bajo la guía de José, Jesús aprendió a hacer
la voluntad del Padre. Dicha voluntad se transformó en su alimento diario
(cf. Jn 4,34). Incluso en el momento más difícil de su vida, que fue en
Getsemaní, pre irió hacer la voluntad del Padre y no la suya propia16  y se
hizo «obediente hasta la muerte […] de cruz» (Flp 2,8). Por ello, el autor de
la Carta a los Hebreos concluye que Jesús «aprendió sufriendo a obedecer»
(5,8).

15 Cf. Lv 12,1 8; Ex 13,2.


16 Cf. Mt 26,39; Mc 14,36; Lc 22,42.
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Todos estos acontecimientos muestran que José «ha sido llamado por
Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante
el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los
tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente “ministro
de la salvación”»17.

4. PADRE EN LA ACOGIDA

José acogió a María sin poner condiciones previas. Con ió en las palabras
del ángel. «La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo
aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica,
verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como igura de
varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se
decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda de cómo hacer
lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio»18.
Muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo signi icado no
entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y
rebelión. José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que
acontece y, por más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la
responsabilidad y se reconcilia con su propia historia. Si no nos
reconciliamos con nuestra historia, ni siquiera podremos dar el paso
siguiente, porque siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y
de las consiguientes decepciones.
La vida espiritual de José no nos muestra una vía que explica, sino una
vía que acoge. Sólo a partir de esta acogida, de esta reconciliación,
podemos también intuir una historia más grande, un signi icado más
profundo. Parecen hacerse eco las ardientes palabras de Job que, ante la
invitación de su esposa a rebelarse contra todo el mal que le sucedía,
respondió: «Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los
males?» (Jb 2,10).
José no es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonista
valiente y fuerte. La acogida es un modo por el que se mani iesta en
nuestra vida el don de la fortaleza que nos viene del Espíritu Santo. Sólo el
Señor puede darnos la fuerza para acoger la vida tal como es, para hacer

17 S. Juan Pablo II, Exhort. ap. Redemptoris custos (15 agosto 1989), 8: AAS 82 (1990), 14.
18Homilía en la Santa Misa con beati icaciones, Villavicencio – Colombia (8 septiembre 2017):
AAS 109 (2017), 1061.
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sitio incluso a esa parte contradictoria, inesperada y decepcionante de la
existencia.
La venida de Jesús en medio de nosotros es un regalo del Padre, para
que cada uno pueda reconciliarse con la carne de su propia historia,
aunque no la comprenda del todo.
Como Dios dijo a nuestro santo: «José, hijo de David, no temas» (Mt 1,20),
parece repetirnos también a nosotros: “¡No tengan miedo!”. Tenemos que
dejar de lado nuestra ira y decepción, y hacer espacio —sin ninguna
resignación mundana y con una fortaleza llena de esperanza— a lo que no
hemos elegido, pero está allí. Acoger la vida de esta manera nos introduce
en un signi icado oculto. La vida de cada uno de nosotros puede comenzar
de nuevo milagrosamente, si encontramos la valentía para vivirla según lo
que nos dice el Evangelio. Y no importa si ahora todo parece haber tomado
un rumbo equivocado y si algunas cuestiones son irreversibles. Dios puede
hacer que las lores broten entre las rocas. Aun cuando nuestra conciencia
nos reprocha algo, Él «es más grande que nuestra conciencia y lo sabe
todo» (1 Jn 3,20).
El realismo cristiano, que no rechaza nada de lo que existe, vuelve una
vez más. La realidad, en su misteriosa irreductibilidad y complejidad, es
portadora de un sentido de la existencia con sus luces y sombras. Esto
hace que el apóstol Pablo a irme: «Sabemos que todo contribuye al bien de
quienes aman a Dios» (Rm 8,28). Y san Agustín añade: «Aun lo que
llamamos mal (etiam illud quod malum dicitur)»19.  En esta perspectiva
general, la fe da sentido a cada acontecimiento feliz o triste.
Entonces, lejos de nosotros el pensar que creer signi ica encontrar
soluciones fáciles que consuelan. La fe que Cristo nos enseñó es, en
cambio, la que vemos en san José, que no buscó atajos, sino que afrontó
“con los ojos abiertos” lo que le acontecía, asumiendo la responsabilidad en
primera persona.
La acogida de José nos invita a acoger a los demás, sin exclusiones, tal
como son, con preferencia por los débiles, porque Dios elige lo que es
débil (cf. 1 Co 1,27), es «padre de los huérfanos y defensor de las
viudas» (Sal 68,6) y nos ordena amar al extranjero20.  Deseo imaginar que
Jesús tomó de las actitudes de José el ejemplo para la parábola del hijo
pródigo y el padre misericordioso (cf. Lc 15,11 32).

19 Enchiridion de ide, spe et caritate, 3.11: PL 40, 236.


20 Cf. Dt 10,19; Ex 22,20 22; Lc 10,29 37.
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5. PADRE DE LA VALENTÍA CREATIVA

Si la primera etapa de toda verdadera curación interior es acoger la


propia historia, es decir, hacer espacio dentro de nosotros mismos incluso
para lo que no hemos elegido en nuestra vida, necesitamos añadir otra
característica importante: la valentía creativa. Esta surge especialmente
cuando encontramos di icultades. De hecho, cuando nos enfrentamos a un
problema podemos detenernos y bajar los brazos, o podemos
ingeniárnoslas de alguna manera. A veces las di icultades son precisamente
las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera
pensábamos tener.
Muchas veces, leyendo los “Evangelios de la infancia”, nos preguntamos
por qué Dios no intervino directa y claramente. Pero Dios actúa a través de
eventos y personas. José era el hombre por medio del cual Dios se ocupó
de los comienzos de la historia de la redención. Él era el verdadero
“milagro” con el que Dios salvó al Niño y a su madre. El cielo intervino
con iando en la valentía creadora de este hombre, que cuando llegó a
Belén y no encontró un lugar donde María pudiera dar a luz, se instaló en un
establo y lo arregló hasta convertirlo en un lugar lo más acogedor posible
para el Hijo de Dios que venía al mundo (cf. Lc 2,6 7). Ante el peligro
inminente de Herodes, que quería matar al Niño, José fue alertado una vez
más en un sueño para protegerlo, y en medio de la noche organizó la huida
a Egipto (cf. Mt 2,13 14).
De una lectura super icial de estos relatos se tiene siempre la impresión
de que el mundo esté a merced de los fuertes y de los poderosos, pero la
“buena noticia” del Evangelio consiste en mostrar cómo, a pesar de la
arrogancia y la violencia de los gobernantes terrenales, Dios siempre
encuentra un camino para cumplir su plan de salvación. Incluso nuestra
vida parece a veces que está en manos de fuerzas superiores, pero el
Evangelio nos dice que Dios siempre logra salvar lo que es importante, con
la condición de que tengamos la misma valentía creativa del carpintero de
Nazaret, que sabía transformar un problema en una oportunidad,
anteponiendo siempre la con ianza en la Providencia.
Si a veces pareciera que Dios no nos ayuda, no signi ica que nos haya
abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear,
inventar, encontrar.
Es la misma valentía creativa que mostraron los amigos del paralítico
que, para presentarlo a Jesús, lo bajaron del techo (cf. Lc 5,17 26). La
di icultad no detuvo la audacia y la obstinación de esos amigos. Ellos
estaban convencidos de que Jesús podía curar al enfermo y «como no
pudieron introducirlo por causa de la multitud, subieron a lo alto de la casa
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y lo hicieron bajar en la camilla a través de las tejas, y lo colocaron en
medio de la gente frente a Jesús. Jesús, al ver la fe de ellos, le dijo al
paralítico: “¡Hombre, tus pecados quedan perdonados!”» (vv. 19 20). Jesús
reconoció la fe creativa con la que esos hombres trataron de traerle a su
amigo enfermo.
El Evangelio no da ninguna información sobre el tiempo en que María,
José y el Niño permanecieron en Egipto. Sin embargo, lo que es cierto es
que habrán tenido necesidad de comer, de encontrar una casa, un trabajo.
No hace falta mucha imaginación para llenar el silencio del Evangelio a este
respecto. La Sagrada Familia tuvo que afrontar problemas concretos como
todas las demás familias, como muchos de nuestros hermanos y hermanas
migrantes que incluso hoy arriesgan sus vidas forzados por las
adversidades y el hambre. A este respecto, creo que san José sea
realmente un santo patrono especial para todos aquellos que tienen que
dejar su tierra a causa de la guerra, el odio, la persecución y la miseria.
Al inal de cada relato en el que José es el protagonista, el Evangelio
señala que él se levantó, tomó al Niño y a su madre e hizo lo que Dios le
había mandado (cf. Mt 1,24; 2,14.21). De hecho, Jesús y María, su madre, son
el tesoro más preciado de nuestra fe21.
En el plan de salvación no se puede separar al Hijo de la Madre, de
aquella que «avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo ielmente su
unión con su Hijo hasta la cruz»22.
Debemos preguntarnos siempre si estamos protegiendo con todas
nuestras fuerzas a Jesús y María, que están misteriosamente con iados a
nuestra responsabilidad, a nuestro cuidado, a nuestra custodia. El Hijo del
Todopoderoso viene al mundo asumiendo una condición de gran debilidad.
Necesita de José para ser defendido, protegido, cuidado, criado. Dios
confía en este hombre, del mismo modo que lo hace María, que encuentra
en José no sólo al que quiere salvar su vida, sino al que siempre velará por
ella y por el Niño. En este sentido, san José no puede dejar de ser el
Custodio de la Iglesia, porque la Iglesia es la extensión del Cuerpo de Cristo
en la historia, y al mismo tiempo en la maternidad de la Iglesia se mani iesta
la maternidad de María23.  José, a la vez que continúa protegiendo a la
Iglesia, sigue amparando al Niño y a su madre, y nosotros también, amando
a la Iglesia, continuamos amando al Niño y a su madre.

21Cf. S. Rituum Congreg., Quemadmodum Deus (8 diciembre 1870): ASS 6 (1870 71), 193; B. Pío
IX, Carta ap. Inclytum Patriarcham (7 julio 1871): l.c., 324 327.
22 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 58.
23 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 963 970.
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Este Niño es el que dirá: «Les aseguro que siempre que ustedes lo
hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo
hicieron» (Mt 25,40). Así, cada persona necesitada, cada pobre, cada
persona que sufre, cada moribundo, cada extranjero, cada prisionero, cada
enfermo son “el Niño” que José sigue custodiando. Por eso se invoca a san
José como protector de los indigentes, los necesitados, los exiliados, los
a ligidos, los pobres, los moribundos. Y es por lo mismo que la Iglesia no
puede dejar de amar a los más pequeños, porque Jesús ha puesto en ellos
su preferencia, se identi ica personalmente con ellos. De José debemos
aprender el mismo cuidado y responsabilidad: amar al Niño y a su madre;
amar los sacramentos y la caridad; amar a la Iglesia y a los pobres. En cada
una de estas realidades está siempre el Niño y su madre.

6. PADRE TRABAJADOR

Un aspecto que caracteriza a san José y que se ha destacado desde la


época de la primera Encíclica social, la Rerum novarum de León XIII, es su
relación con el trabajo. San José era un carpintero que trabajaba
honestamente para asegurar el sustento de su familia. De él, Jesús aprendió
el valor, la dignidad y la alegría de lo que signi ica comer el pan que es fruto
del propio trabajo.
En nuestra época actual, en la que el trabajo parece haber vuelto a
representar una urgente cuestión social y el desempleo alcanza a veces
niveles impresionantes, aun en aquellas naciones en las que durante
décadas se ha experimentado un cierto bienestar, es necesario, con una
conciencia renovada, comprender el signi icado del trabajo que da
dignidad y del que nuestro santo es un patrono ejemplar.
El trabajo se convierte en participación en la obra misma de la salvación,
en oportunidad para acelerar el advenimiento del Reino, para desarrollar las
propias potencialidades y cualidades, poniéndolas al servicio de la
sociedad y de la comunión. El trabajo se convierte en ocasión de
realización no sólo para uno mismo, sino sobre todo para ese núcleo
original de la sociedad que es la familia. Una familia que carece de trabajo
está más expuesta a di icultades, tensiones, fracturas e incluso a la
desesperada y desesperante tentación de la disolución. ¿Cómo podríamos
hablar de dignidad humana sin comprometernos para que todos y cada
uno tengan la posibilidad de un sustento digno?
La persona que trabaja, cualquiera que sea su tarea, colabora con Dios
mismo, se convierte un poco en creador del mundo que nos rodea. La crisis

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de nuestro tiempo, que es una crisis económica, social, cultural y espiritual,


puede representar para todos un llamado a redescubrir el signi icado, la
importancia y la necesidad del trabajo para dar lugar a una nueva
“normalidad” en la que nadie quede excluido. La obra de san José nos
recuerda que el mismo Dios hecho hombre no desdeñó el trabajo. La
pérdida de trabajo que afecta a tantos hermanos y hermanas, y que ha
aumentado en los últimos tiempos debido a la pandemia de Covid-19, debe
ser un llamado a revisar nuestras prioridades. Imploremos a san José obrero
para que encontremos caminos que nos lleven a decir: ¡Ningún joven,
ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!

7. PADRE EN LA SOMBRA

El escritor polaco Jan Dobraczyński, en su libro La sombra del


Padre24, noveló la vida de san José. Con la imagen evocadora de la sombra
de ine la igura de José, que para Jesús es la sombra del Padre celestial en
la tierra: lo auxilia, lo protege, no se aparta jamás de su lado para seguir sus
pasos. Pensemos en aquello que Moisés recuerda a Israel: «En el desierto,
donde viste cómo el Señor, tu Dios, te cuidaba como un padre cuida a su
hijo durante todo el camino» (Dt 1,31). Así José ejercitó la paternidad
durante toda su vida25.
Nadie nace padre, sino que se hace. Y no se hace sólo por traer un hijo al
mundo, sino por hacerse cargo de él responsablemente. Todas las veces
que alguien asume la responsabilidad de la vida de otro, en cierto sentido
ejercita la paternidad respecto a él.
En la sociedad de nuestro tiempo, los niños a menudo parecen no tener
padre. También la Iglesia de hoy en día necesita padres. La amonestación
dirigida por san Pablo a los Corintios es siempre oportuna: «Podrán tener
diez mil instructores, pero padres no tienen muchos» (1 Co 4,15); y cada
sacerdote u obispo debería poder decir como el Apóstol: «Fui yo quien los
engendré para Cristo al anunciarles el Evangelio» (ibíd.). Y a los Gálatas les
dice: «Hijos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que
Cristo sea formado en ustedes» (4,19).
Ser padre signi ica introducir al niño en la experiencia de la vida, en la
realidad. No para retenerlo, no para encarcelarlo, no para poseerlo, sino
para hacerlo capaz de elegir, de ser libre, de salir. Quizás por esta razón la

24 Edición original: Cień Ojca, Varsovia 1977.


25 Cf. S. Juan Pablo II, Exhort. ap. Redemptoris custos, 7 8: AAS 82 (1990), 12 16.
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tradición también le ha puesto a José, junto al apelativo de padre, el de
“castísimo”. No es una indicación meramente afectiva, sino la síntesis de
una actitud que expresa lo contrario a poseer. La castidad está en ser libres
del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida. Sólo cuando un amor es
casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al inal, siempre se
vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz. Dios mismo amó al hombre
con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en
contra suya. La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José
fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso
en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el
centro de su vida.
La felicidad de José no está en la lógica del auto-sacri icio, sino en el don
de sí mismo. Nunca se percibe en este hombre la frustración, sino sólo la
con ianza. Su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos
concretos de con ianza. El mundo necesita padres, rechaza a los amos, es
decir: rechaza a los que quieren usar la posesión del otro para llenar su
propio vacío; rehúsa a los que confunden autoridad con autoritarismo,
servicio con servilismo, confrontación con opresión, caridad con
asistencialismo, fuerza con destrucción. Toda vocación verdadera nace del
don de sí mismo, que es la maduración del simple sacri icio. También en el
sacerdocio y la vida consagrada se requiere este tipo de madurez. Cuando
una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la
madurez de la entrega de sí misma deteniéndose sólo en la lógica del
sacri icio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la
alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y
frustración.
La paternidad que rehúsa la tentación de vivir la vida de los hijos está
siempre abierta a nuevos espacios. Cada niño lleva siempre consigo un
misterio, algo inédito que sólo puede ser revelado con la ayuda de un padre
que respete su libertad. Un padre que es consciente de que completa su
acción educativa y de que vive plenamente su paternidad sólo cuando se
ha hecho “inútil”, cuando ve que el hijo ha logrado ser autónomo y camina
solo por los senderos de la vida, cuando se pone en la situación de José,
que siempre supo que el Niño no era suyo, sino que simplemente había
sido con iado a su cuidado. Después de todo, eso es lo que Jesús sugiere
cuando dice: «No llamen “padre” a ninguno de ustedes en la tierra, pues
uno solo es su Padre, el del cielo» (Mt 23,9).
Siempre que nos encontremos en la condición de ejercer la paternidad,
debemos recordar que nunca es un ejercicio de posesión, sino un “signo”
que nos evoca una paternidad superior. En cierto sentido, todos nos
encontramos en la condición de José: sombra del único Padre celestial, que

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«hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e
injustos» (Mt 5,45); y sombra que sigue al Hijo.

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«Levántate, toma contigo al niño y a su madre» (Mt 2,13), dijo Dios a san


José.
El objetivo de esta Carta apostólica es que crezca el amor a este gran
santo, para ser impulsados a implorar su intercesión e imitar sus virtudes,
como también su resolución.
En efecto, la misión especí ica de los santos no es sólo la de conceder
milagros y gracias, sino la de interceder por nosotros ante Dios, como
hicieron Abrahán26  y Moisés27,  como hace Jesús, «único mediador» (1 Tm
2,5), que es nuestro «abogado» ante Dios Padre (1 Jn 2,1), «ya que vive
eternamente para interceder por nosotros» (Hb 7,25; cf. Rm 8,34).
Los santos ayudan a todos los ieles «a la plenitud de la vida cristiana y a
la perfección de la caridad»28.  Su vida es una prueba concreta de que es
posible vivir el Evangelio.
Jesús dijo: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt
11,29), y ellos a su vez son ejemplos de vida a imitar. San Pablo exhortó
explícitamente: «Vivan como imitadores míos» (1 Co 4,16)29. San José lo dijo
a través de su elocuente silencio.
Ante el ejemplo de tantos santos y santas, san Agustín se preguntó: «¿No
podrás tú lo que éstos y éstas?». Y así llegó a la conversión de initiva
exclamando: «¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva!»30.
No queda más que implorar a san José la gracia de las gracias: nuestra
conversión.
A él dirijamos nuestra oración:

Salve, custodio del Redentor


y esposo de la Virgen María.
A ti Dios con ió a su Hijo,

26 Cf. Gn 18,23 32.


27 Cf. Ex 17,8 13; 32,30 35.
28 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 42.
29 Cf. 1 Co 11,1; Flp 3,17; 1 Ts 1,6.
30 Confesiones, 8, 11, 27: PL 32, 761; 10, 27, 38: PL 32, 795.
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en ti María depositó su con ianza,
contigo Cristo se forjó como hombre.
Oh, bienaventurado José,
muéstrate padre también a nosotros
y guíanos en el camino de la vida.
Concédenos gracia, misericordia y valentía,
y de iéndenos de todo mal. Amén.

Roma, en San Juan de Letrán, 8 de diciembre, Solemnidad de la


Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, del año 2020,
octavo de mi ponti icado.

Francisco

The Newman Society


"Un heterogéneo e independiente grupo de hombres dedicados a una labor de
autoreforma, no por presión alguna de la opinión pública, sino simplemente porque era
necesario y justo emprenderla". Un puñado de amigos, pues "no queremos grandes
tropas, sino francotiradores",  que buscamos ayudarnos en la más sublime actividad
humana, el trabajo sobre nosotros mismos. Nuestra amistad es garantía de delidad y
fecundidad apostólica. 
Queremos fomentar entre los jóvenes la amistad auténtica y la formación
integral.  Nuestro modelo inspirador es san John Henry Newman,  canonizado por el
Papa Francisco en Roma, el 13 de octubre de 2019. También nosotros deseamos "que
los mismos lugares y los mismos individuos sean a la vez oráculos de sabiduría y
santuarios de devoción; que el laico sea verdadero y devoto creyente, y que el hombre
devoto sea culto y pueda dar razón de su fe”.

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www.thenewmansociety.org

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