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Eduardo Serrano

Eduardo Serrano fue un compositor y músico venezolano pionero en la música urbana entre las décadas de 1930 y 1950. Comenzó su carrera profesional a los 15 años y fundó varias orquestas emblemáticas. Compuso muchas canciones famosas y musicalizó las bandas sonoras de numerosas películas venezolanas. También se destacó como director y compositor en la televisión. Se mantuvo musicalmente activo hasta 1990 y dedicó tiempo a la enseñanza musical. Fue reconocido por su gran contribuc

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Eduardo Serrano

Eduardo Serrano fue un compositor y músico venezolano pionero en la música urbana entre las décadas de 1930 y 1950. Comenzó su carrera profesional a los 15 años y fundó varias orquestas emblemáticas. Compuso muchas canciones famosas y musicalizó las bandas sonoras de numerosas películas venezolanas. También se destacó como director y compositor en la televisión. Se mantuvo musicalmente activo hasta 1990 y dedicó tiempo a la enseñanza musical. Fue reconocido por su gran contribuc

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EDUARDO SERRANO: “simplemente en mayúsculas”

Alberto Naranjo

Dentro de la historia de la música urbana en Venezuela, y


centrándonos tan sólo entre las décadas de los años treinta y
cincuenta, Eduardo Serrano puede figurar perfectamente como
antecesor directo de muchos compositores locales y como un
precursor en la musicalización de películas.

Ese trabajador incansable de la música, serio, dedicado y siempre


elegante (humana y musicalmente) que ha sido Eduardo Serrano, no
fue en su momento solamente eso, un profesional cotizado y un activo
promotor de grupos musicales. Ha sido, sin lugar a dudas, uno de los
músicos venezolanos más brillantes durante el presente siglo y sobre
todo un creador de gran originalidad que transformó profundamente el
sentir musical de su época e hizo escuela más allá de la misma, hasta
dentro de las nuevas generaciones de compositores e intérpretes.

Eduardo José Serrano Torres nació en Caracas el 14 de febrero de


1911, de la unión de Florencio Serrano, oriundo de Zaragoza, España,
y de Adela Torres, de Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias. Estudió
violín y saxofón desde muy joven, teniendo entre sus maestros a
Vicente Emilio Sojo. A la edad de 15 años decide hacerse profesional,
y con la bendición familiar, debuta en la sala de baile “Dancing La
Bomboniere”, ubicada en en la esquina de La Pelota. “Allí fue donde
me puse los pantalones largos”, expresión de la época usada por
Serrano para distinguir su transición entre la niñez y la adolescencia.
Su atribución como baterista de un cuarteto que además integraban
Luis Alfonzo Larrain (banjo), Raúl Briceño (piano) y Antonio Uzcátegui
(violín), sirvió para hacer bailar a la gente con cualquier tipo de
música, desde vals y tango, hasta pasodoble y jazz. Esa experiencia
les permite fundar hacia 1928 la Orquesta Flava, un valor seminal para
la futura formación de la gran orquesta de Luis Alfonzo Larrain. En
1930 se hace miembro fundador de la orquesta dirigida por Carlos
Bonett en la Broadcasting Caracas (rebautizada luego como Radio
Caracas Radio), y paralelamente funda en 1931 el trío Los Hijos de la
Noche (nombre tomado de un merengue de su autoría), en el que
además participaron Juanito Renot y Luis Alfonzo Larrain, mientras
que en 1935 es cofundador de Los Cantores del Trópico, junto a
Antonio Lauro, Marco Tulio Maristani y Manuel Enrique Pérez Díaz. Ya
entre 1929 y 1936, Serrano también se destaca al componer El rosal
marchito, El pueblito, Como el otoño, La vaca y su famoso joropo
Arpa.

En 1940 es designado director de la orquesta de Estudios Universo,


futura Ondas Populares, en un cargo que dura diez años. No conforme
con esto, comienza una incansable actividad musical cinematográfica
que se prolonga hasta bien entrados los años cincuenta, destacándose
al musicalizar las bandas sonoras de las películas Juan de la Calle,
Amanecer a la Vida, La Balandra Isabel llegó esta tarde, Venezuela
también canta, Dos sirvientes peligrosos, Frijolito y Robustiana, Caín
Adolescente y Barlovento. Esta última es asociada a su célebre
composición, que junto a San Juan to’ lo tiene, Negra la quiero y Ni na’
Ni na’, conforma una famosa cuarteta de merengues venezolanos.

Se estrena en televisión en 1957 como compositor y director de los


espacios de RCTV Cuentos del Camino y Domingo a las nueve. En
1970 se dedica a la docencia musical en la UCV, y se mantiene activo
hasta 1990, satisfecho de haber cumplido con una labor creativa y
pedagógica de altos méritos.

Mención aparte para el musicólogo e investigador Rafael Salazar, por


editar el libro Eduardo Serrano: Maestro de la música urbana, en el
que se recogen datos vivenciales del compositor, sabrosas anécdotas,
profusión de fotos, y el valor incalculable de muchas de sus partituras
escritas para voz y piano. Obras como esta se agradecen, ya que
pueden perpetuar el trabajo de un creador mucho más allá de la
simple tradición oral. Como regalo, hay un disco compacto con los
temas más famosos de Serrano, interpretados por María Teresa
Chacín, Simón Díaz, Ensamble Gurrufío, Grupo Malembe, Esperanza
Márquez, Guiomar Narváez, Alfredo Sadel, Magdalena Sánchez, Cecilia
Todd, Nancy Toro y Pedro Vargas entre muchos intérpretes. Por si
fuera poco, Salazar, junto a algunos de ellos, comanda un comité
encargado de rendirle un tributo a Eduardo Serrano el domingo 30 de
mayo a las 5:00 de la tarde en el Teatro Municipal Alfredo Sadel; justo
enfrente de donde quedara el famoso botiquín La Crema, sitio en el
que Serrano compusiera su famoso Barlovento, Barlovento, tierra
ardiente y del tambor... ¿Mera coincidencia, o asunto del destino?
Vaya usted a saber. Por las dudas, queremos invitarlos a todos a
compartir con el maestro pasado mañana, lo que seguramente será un
acto mágico y trascendente.

Sería interminable reseñar aquí la lista de premios y condecoraciones


que Eduardo Serrano ha recibido en vida, pero baste decir que,
seguramente para él, el mejor premio será el honesto aplauso de la
gente a la que ha hecho feliz con su creatividad, pues ahora, su
música suena más sincera y generosa que nunca, y las nuevas
generaciones la escuchan con el respeto y la admiración con que se
contempla un tesoro único e irrepetible.

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