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Santoro Asamblea Edc 20220806

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Apuntes de la Asamblea de Escuela de comunidad

con Davide Prosperi y S.E. monseñor Filippo Santoro


en conexión por video desde Milán, 8 de junio de 2022

Texto de referencia: L. Giussani, Dar la vida por la obra de Otro, Encuentro, Madrid 2022, pp. 11˗62.

Filippo Santoro
Antes de empezar recemos una oración, un Ave María, y hagamos un canto a la Virgen rezando por
los mártires de Nigeria: 21 mártires (entre ellos niños) más 200 heridos en la catedral de Owo, durante
la misa de Pentecostés. Son mártires in odium fidei (por odio a la fe), por ser cristianos. Se trata de
un hecho infravalorado en la prensa internacional, pero para nosotros es el testimonio de lo que
significa vivir la fe totalmente, reconociendo a Cristo como vida de la vida.

Ave María
Veni, Sancte Spiritus

Cantemos ahora Nossa Senhora, mãe de Jesus, porque la paz es justamente un don y un milagro.

• Nossa Senhora, mãe de Jesus

Davide Prosperi
Buenas noches. Esta noche volvemos a vernos después de varios meses en los que, entre otras cosas,
también hemos tenido los Ejercicios de la Fraternidad que –como todos sabemos– han sido muy útiles
para nuestro camino en este periodo, tanto que en muchas de las preguntas recibidas se documenta
también una reflexión sobre los pasos que se nos indicaban y señalaban en este gesto. El trabajo de
Escuela de comunidad ha suscitado muchas preguntas que hemos recogido. Esta noche abordaremos
algunas más ejemplificativas, que tocan los pasos fundamentales de la parte del texto de Escuela de
comunidad que hemos trabajado. En estas contribuciones se ve el fruto del trabajo realizado en las
comunidades y a nivel personal, siguiendo la invitación que nos hizo don Filippo (¡más que una
invitación, era su testimonio personal!) de dedicar diez minutos diarios a la Escuela de comunidad.
Muchos lo han tomado realmente en serio y creo que ha dado, que está comenzando a dar sus frutos
allí donde se ha hecho con fidelidad. Esta noche empezamos a entrar en algunas de las cuestiones
planteadas.
Hay una primera pregunta (que es como una premisa a todas las demás), que se refiere al hecho de
que en varios casos nos hemos visto un poco descolocados porque el texto de Escuela de comunidad
planteaba cuestiones de comprensión, no solo léxica sino del contenido de la experiencia que está
detrás de las palabras que don Giussani nos transmite en este texto. Es la primera vez que abordamos
este texto después de tantos años, tanto para los que no vivieron los Ejercicios de la Fraternidad de
1997 como para los que participaron (creo que la mayoría los habrá olvidado). Nos encontramos con
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una situación inédita que despierta esta pregunta de manera aún más dramática: «¿Cómo es posible
hacer Escuela de comunidad sin reducirla a una teoría o a una interpretación nuestra?». Le pido, por
tanto, a don Filippo si puede empezar respondiendo ya a esta que es una pregunta más general, de
método.

Santoro
Buenas noches a todos los aquí presentes y a todos los que nos siguen desde varias partes del mundo.
Han llegado unas 80/90 preguntas, por lo que ha sido arduo hacer una síntesis, pero hemos
identificado los puntos fundamentales.
Esta pregunta sobre la dificultad del texto es una cuestión fundamental y nos ayuda a entender
precisamente que la Escuela de comunidad es realmente una escuela, y en una escuela no siempre se
repiten las mismas cosas, hay vertientes en las que se profundiza cierto contenido. Don Giussani quiso
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hacerlo justo así. En vez de hacer una comunicación sobre la marcha, como siempre solía hacer,
prefirió proponer un texto meditado, reflexionado, denso, para aprender, y así nos invita a hacer un
trabajo personal. En una escuela no siempre se dice lo mismo, en una escuela siempre hay algo nuevo
que aprender y eso exige un trabajo personal y comunitario. Esta Escuela de comunidad exige un
verdadero trabajo.
Hay testimonios que nos muestran cómo se ha enfocado este trabajo. Es como si se hubiera dado un
paso adelante en el nivel del conocimiento y del afecto. Este texto de don Giussani ensancha el
conocimiento, nos introduce en una experiencia, no para repetir cosas ya sabidas teóricamente sino
en cosas conocidas por experiencia; y también nos lleva a vivir una dinámica del afecto, del vínculo,
de experimentar lo que meditamos. También ha sido así para mí después de presentarla intentando
ser lo más sintético y sencillo posible (hacer algo sencillo y sintético cuesta trabajo, ¡no ha sido un
paseo!). Así es, cuando se asimila esto, crece el conocimiento y crece el afecto.
Quiero empezar con tres testimonios que describen este itinerario.
«Me gustaría contar lo que ha sido el camino de este año en la Escuela de comunidad [y concretamente
las últimas semanas]. Al principio, cuando llegó el nuevo libro, todos estábamos entusiasmados con
el título, Dar la vida por la obra de Otro. Pensábamos: “Por fin vamos a leer lo que debemos hacer
para dar nuestra vida por la construcción de la obra de Dios [¡lo que debemos hacer!]”. El impacto
con el contenido fue muy desestabilizador. De pronto nos encontramos frente a un texto difícil que
nos obligaba a hacer un trabajo intenso. Recuerdo Escuelas de comunidad donde leíamos línea a línea
[¡eso ya supone un trabajo diligente!] intentando comprender y hacer nuestro lo que nos decía el Gius.
Nos hemos descubierto alejados (en la experiencia) de lo que ya creíamos poseer. Sí, ya sabemos que
Dios es todo en todo y Cristo es todo en todos, pero hemos percibido una distancia, casi una lejanía
de lo que decía la Escuela de comunidad. Era como si tuviéramos que volver a empezar de cero
intentando volver a hacer nuestro un juicio que ya creíamos poseer [já sei se dice en Brasil: eso ya lo
sé; en cambio, es como volver a hacer un camino]. Lo más asombroso de este trabajo es que, a pesar
de nuestra incapacidad total de comprensión y traducción de lo que leíamos a la experiencia, un
montón de familias jóvenes nuevas se han pegado a este lugar. En un momento dado era evidente que
este lugar [el lugar del trabajo, el lugar comunitario del trabajo] era más que la suma de los factores
que cada uno de nosotros lograba aportar, misteriosamente se reconocía una fascinación que
evidentemente no generábamos nosotros».
Por tanto, este trabajo ha generado en primer lugar una agregación, un clima de compromiso, de
responsabilidad personal, porque la Escuela de comunidad es ante todo una responsabilidad personal.
En este tiempo el aspecto más evidente es que no se puede avanzar escuchando sin más, sino que
entra en juego mi persona, y por tanto mi responsabilidad se pone en juego al confrontarme con un
texto denso que se nos propone y que ofrece una experiencia.
Dice otro testimonio: «Estos últimos años eran más las veces que iba a la reunión de Escuela de
comunidad sin haber leído el texto que las veces que lo leía [una confesión cándida, ¡cuántos de
nosotros deberíamos hacerla! ¡Pero él igualmente lo confiesa!]. Así que decidí tomar en serio las
indicaciones del movimiento (no solo lo que yo entiendo de Cristo) con todo mi corazón, lo que no
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solo significa meditar todos los días sino por ejemplo leer el libro del mes (¡al menos llevaba quince
años sin hacerlo!) y leer Huellas. Después de las primeras semanas siguiendo lo que nos indicabas,
me di cuenta de que, aunque quería con todas mis ganas meditar la Escuela de comunidad al menos
cinco o diez minutos, demasiado a menudo, arrastrado por las tareas que tenía que hacer, no lo
conseguía. Por eso, desde hace un par de días, decidí hacerlo al empezar la jornada, justo después del
desayuno [lo importante es hacerlo: después del desayuno, después de levantarse; diez minutos como
mínimo, es el salario mínimo]. Este trabajo me ha servido y poco a poco estoy cambiando. Eso no
quiere decir que no sienta “vértigo” cuando estoy delante del Misterio que se hace hombre y quiere
encontrarse conmigo en esta modalidad inimaginable… de locos… Tal vez las palabras de la Escuela
de comunidad que más me han marcado las encuentro en siete líneas de la página 37: “Jesús reconoce
y acepta como hombre ser él la misericordia del Padre” [es un ejemplo interesante, una frase que uno
se lleva en el corazón y en la inteligencia]. Empezaba así la jornada, con el deseo de ser “la
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misericordia del Padre”. Estos días trato de mirar a todos los que me encuentro con este deseo: poder
ser, mejor dicho, aceptar ser la misericordia del Padre. No es que antes tratara mal a la gente pero
ahora siento la jornada menos “fatigosa”, no sé decirlo mejor, mi corazón está más alegre». Por tanto,
es un trabajo que lleva a estar en la realidad, a tratar a la gente como nos sugiere la palabra dicha entre
nosotros.
Leo un tercer testimonio. «Dice la Escuela de comunidad, justo en el punto que da título a los
Ejercicios de la Fraternidad: “Cristo es la vida de mi vida. En él se resume todo lo que yo quisiera,
todo lo que busco, todo lo que sacrifico, todo lo que se mueve dentro de mí por amor a las personas
con las que me ha puesto” (p. 59). Desde la primera vez que lo leí y luego con la profundización tan
intensa del padre Lepori, empecé a pensar: “¡Caramba, qué hermoso sería vivir realmente como si
Cristo fuera la vida de mi vida, pero soy incapaz!”. Sin embargo, me daba cuenta de que esta actitud
me bloqueaba, era como si relegase una vez más a mis capacidades la posibilidad de que Cristo sea
todo para todos. En cambio, escuchando tus presentaciones, los Ejercicios, los amigos que contaban
su experiencia en la Escuela de comunidad, me di cuenta de que el hecho de que Cristo sea la vida de
mi vida no es el resultado de una capacidad, sino que es así y punto [es lo que hemos llamado
ontología, algo que nos precede]; lo es, es decir, Él es la vida de mi vida; lo reconozca o no, lo es.
Entonces la vida, las circunstancias que se me dan, los hechos más significativos o las fatigas más
duras, las personas y las ocasiones que tengo, sirven para descubrir esto [la realidad sirve para
descubrir esto, ¡es una auténtica aventura!]. Él ya es la vida de mi vida. Se nota porque cuando uno
vive con Él y para Él, todo tiene un gusto y un sabor distinto [porque Él está presente] y lo que vivo
me sirve para darme cuenta y abandonarme, no para ser mejor, para que Él llegue a ser la vida de mi
vida, sino para darme cuenta de que Él ya es la vida de mi vida, que sin Él no llego muy lejos.
Entonces la vida tiene otra finalidad, no es un esfuerzo continuo por ser mejor cristiano, sino que es
un gran viaje donde debo pasar a través de todo lo que se me da para descubrir que Él es la vida de
mi vida, aceptando cada circunstancia y no combatiéndola como posibilidad y petición de que Él se
desvele».
Este testimonio responde a las dificultades planteadas. Nos propone hacer un trabajo que no reduce
al Señor a una obra de nuestras manos sino que Lo reconoce como algo que hemos descubierto en un
encuentro y se nos da.

Prosperi
Esto es muy bonito, pero también el primer testimonio que has leído, porque lo deja claro: ¡es difícil
porque no es algo que ya poseemos, pero justo por eso es bonito!
El primer bloque de preguntas se refiere al tema de la felicidad.
«Dice la página 54: “El hombre reconoce verdaderamente lo que es Dios solo si en todo lo que hace
pide a Dios ser, y cada uno de sus actos se convierte en una petición a Dios de ser, esto es, de
felicidad”. En nombre de la felicidad he visto a grandes amigos dejar mujer e hijos, diciendo que por
fin son felices a pesar de los cadáveres que dejan por el camino. Yo deseo ser feliz más que cualquier
otra cosa. Pero en este deseo, que a veces se convierte en pretensión, hay algo que no cuadra. ¿Es un
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sueño de juventud? ¿Cómo es posible que la dureza de la vida no borre este deseo y cómo vivirlo
plenamente? En el ejemplo de los amigos que dejan a sus familias buscando ser felices, el mundo
aprueba, los moralistas condenan, la mayoría mira indiferente, intentando aumentar el espesor de la
coraza que les separa de la verdadera vida. En lo que dice Giussani intuyo algo mucho más profundo
que el nivel con que se afrontan estas cosas entre los adultos, pero no sé desarrollarlo, no termino de
captarlo. Pido ayuda en esto».

Santoro
Hay un punto de partida firme como una roca. Sin duda, la vida está hecha para la felicidad. No
debemos dar un paso atrás en esto. Estamos aquí para ser felices, por el presentimiento de una
felicidad, de una plenitud. Jesús –dijo una vez el Gius– necesita como el pan que la gente que lo siga
tenga gusto por la vida (cfr. L. Giussani, ¿Se puede vivir así?, Encuentro, Madrid 2009, pp. 55, 113).
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Eso es lo que nos mueve. El camino a la felicidad en esta vida son las circunstancias y sobre todo las
personas, por tanto también el atractivo de una mujer que no es la tuya. Ella también es un don que
Dios te da para reconocerle a Él. Aquí está el corazón del problema porque debe intervenir el juicio.
Ese atractivo que parece irresistible, si secundas su pretensión, ¿te lanza a una perspectiva sin límite,
te acerca a tu destino? ¿Es según el designio del Misterio? Este es el planteamiento de la respuesta,
que explico con mi propio testimonio. Me han pedido que me exponga más, y aquí estoy a gusto para
hacerlo.
Fui a Brasil, enviado por don Giussani, y empecé a dar clase en la Pontificia Universidad Católica de
Río de Janeiro. Enseñaba Teología. En ese curso había también laicos y laicas, entre ellas había una
que durante mis clases se interesaba por todo lo que decía, veía una novedad. A pesar de que seguía
a la teología de la liberación, le llamaba la atención y venía a verme a la parroquia, me seguía, hasta
vino al movimiento. Un día me dijo: «Vamos a dar un paseo por Copacabana»; y pensé: «¡Caramba!».

Prosperi
¿Una brasileña?

Santoro
Sí. Lo tenía todo en su sitio, no pasaba desapercibida, estaba casada y con hijos. Yo la invité: «Vente
al movimiento», quise que conociera a más gente y ella vino, pero su objetivo era un poco distinto.
En este caso, ¿cuál es el atractivo? El verdadero atractivo es algo que tiene que ver con tu destino. Si
no tiene que ver con tu destino, si no tiene que ver con la plenitud de tu vida, si no tiene que ver con
la historia en la que el Señor te ha puesto y que construye tu vida –con tu marido, tus hijos, tu trabajo–
entonces no es un verdadero atractivo. El verdadero atractivo es algo que introduce una relación más
sencilla y más viva con el destino. Para ti y también para la otra persona. Mi baza fue decirle: «La
ayuda que te puedo ofrecer es para ser feliz en la situación en que el Señor te ha puesto, invitarte a
no desviarte por otro camino, es decir, ayudarte a vivir la circunstancia que te acerca al destino, que
te acerca a Cristo, Cristo hecho hombre, que te ha alcanzado». Esto también se lo he repetido a otras
personas que han venido a hablar conmigo: «Si Dios te ha puesto en un camino tan concreto, si te ha
dado mujer e hijos, si ha querido que compartieras su paternidad, abandonar ese camino nunca te
llevará a la felicidad». «Ya, ¡pero supone un sacrificio!». Claro, pero se trata de seguir ese juicio, de
lo contrario ese atractivo –por bueno que sea–, sin un juicio sobre lo que definitivamente importa,
entra en un callejón sin salida y no ayuda a ser feliz. Por tanto, debemos ayudarnos a secundar el
camino verdadero, el camino hacia la plenitud. Porque lo que me pasó después es que también en el
sacrificio (porque hace falta un sacrificio en todo esto) se introduce una certeza que abre un horizonte
más verdadero, una relación más verdadera. También el camino de la otra persona se serenó, gracias
a Dios. Sin duda, no por méritos propios, yo solo intenté hacer lo que pude.
Os cuento otro hecho que también tuvo lugar en Copacabana. Como misionero, estaba destinado a
visitar una favela en la periferia. Luego el cardenal, como iba a dar clase de Teología, me envió a una
parroquia de Copacabana para aprender portugués y allí el párroco quiso que nos quedáramos, tanto
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yo como don Giuliano de Rímini. Así que empezamos a trabajar y a conocer gente. Por la mañana
daba clase y por la tarde celebraba la misa. Normalmente iba un grupo de señoras que ya vestían
canas, alguno de nuestros jóvenes, alguien de la comunidad… Una tarde llegó una hermosa mujer
toda escotada (¡una mujer muy guapa, en definitiva!) y pensé: «Jesús, ¿qué ha pasado?». Yo di mi
homilía, explicando el evangelio y para mi sorpresa, después de la misa, esta mujer se me acercó y
me dijo: «Padre, me ha llamado la atención lo que ha dicho de la gratitud. Estoy saliendo de una
enfermedad y he venido a la iglesia para dar gracias al Señor. ¿Qué debo hacer para corresponder a
este don y para seguir más al Señor? ¿Debo hacer alguna ofrenda?». «No, no, señora, no hace falta
una ofrenda. El próximo jueves venga al encuentro de la Escuela de comunidad que tengo con un
grupo de amigos». Pues bien, tocada por lo que le dije, ¡vino al encuentro de Escuela de comunidad!
Venía normalmente muy arreglada, así que todos los varones empezaron a arreglarse para venir. Era
una actriz de telenovela, la telenovela de las ocho –en Brasil está la telenovela de las cinco, la de las
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siete y la de las ocho–, la que nadie se perdía, la que todos seguían religiosamente. Esta mujer vino y
empezó a interesarse, empezó a participar. Se llamaba Monique. Don Giuliano y yo la
acompañábamos y ella empezó a hablarnos de su vida, un desastre desde el punto de vista afectivo.
Nos decía: «¡Vuestra amistad es más bonita que todos mis líos! Es más bonita porque cuando estamos
juntos hay fiesta, hay canto, hay esto y aquello, ¡es otra cosa!». Ella revisó toda su vida, reajustó su
experiencia afectiva, volvió a comulgar, todo por una felicidad mayor, por la experiencia de una
belleza mayor. Luego –¡fijaos qué Misterio!– volvió la enfermedad, la leucemia, y el Señor la llamó.
Vinieron todos los actores de Tele Globo y pudimos conocerlos. Ella fue un medio de encuentro para
muchos de sus amigos en ese mundo, los más extraños y los mejores, como Milton Nascimento y
otros, gente que vino y se acercó. Se convirtió en un instrumento de encuentro, y luego el Señor la
llamó. El título que le dimos, pensando en Monique, es uno que descubrimos con Leopardi: Cara
beltà, ¡querida belleza! Esa querida belleza es la cercanía del destino, aun en el sacrificio, porque no
fue fácil –ni para mí en el primer caso ni para ella en el segundo caso– tomar el camino recto. De
hecho, hace falta la experiencia de una belleza más intensa, más viva, más grande. El sacrificio es
entonces como el camino hacia el destino, porque el sacrificio te hace querer a la otra persona como
la ama Cristo, porque su felicidad es el encuentro con el Señor, estar en Su camino, en Su abrazo.
Cara Beltà!
Por tanto, este es el camino de la felicidad, es justamente el camino en el que uno responde al Señor.
Luego ves en muchas relaciones la gratitud porque has sido el signo del Señor para indicar un amor
más grande, del que nacen vocaciones a la virginidad, al matrimonio, a una respuesta, al sacramento,
la fidelidad al sacramento, la fidelidad al Padre, el amor al Señor tal como lo hemos aprendido. Porque
ese es el corazón de la virginidad cristiana: el amor al destino, amor al destino sin posesión. No hay
nadie que hable así, nadie más que don Giussani. Cuando Giussani habla del sacrificio borra cualquier
sombra de moralismo porque es por una pasión mayor, por un mayor ímpetu. Por tanto, el camino de
la felicidad es el camino que nosotros hacemos. Evidentemente, no lo hacemos solos, solos no.
He recibido otro mensaje de una amiga española que dice: «Querido don Filippo, como decías en la
homilía por el aniversario de Enzo Piccinini [he estado cerca de Módena, en Nonantola, celebrando
la misa por los 23 años del dies natalis de Enzo], en este camino no podemos estar solos [no estamos
solos porque nuestro camino comenzó con una relación]. El padre Lepori también señaló en los
Ejercicios que, después de su encuentro, Marta hizo un camino dentro de una compañía, y así se fue
desarrollando en el tiempo, día tras día, de una generación a otra, hasta llegar a ti. Y así llega hasta
mí, y me hace dar gracias por tu perseverancia en cincuenta años de sacerdocio». Este año he
celebrado cincuenta años de sacerdocio, de honorable servicio a la Iglesia de Dios, y decía en la misa
de Enzo: «He celebrado mis cincuenta años y muchas veces se dice: “¡Qué bonito el día de la
ordenación!”, pero yo digo: “Sí que es bonito, ¡pero cincuenta años después es más bonito aún!”»,
porque has recorrido un camino, porque la vida es un camino, no es la alegría de un momento, es la
alegría que se hace grande, es la alegría de un camino en el sacrificio, en la obediencia a las
circunstancias; la circunstancia te habla y tú abrazas la circunstancia, pero porque no estás solo,
porque mi sacerdocio coincidió con mi encuentro con don Giussani y por tanto con una historia. No
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estás solo en el camino. Ella sigue diciendo: «¿Pero por qué no podemos estar solos? Porque no nos
hacemos solos, no nos hacemos nosotros mismos. Decía san Ireneo de Lyon que la historia de cada
hombre es el tiempo que Dios necesita para llevar a cumplimiento a su criatura. Somos hechos. “Yo
soy Tú que me haces”, repite Carras como un eco de don Gius. Nosotros no sabemos cómo llegar a
cumplimiento, no conocemos el designio. Estas últimas semanas me llama muchísimo la atención lo
poco que Le busca la gente en la vida, como si Jesús nos estuviera diciendo: “¿Pero solo me pides
esto? ¿Crees que te bastará con eso? Yo he venido a darte mi ser, a donarte mi presencia, a donarte
todo: la vida, el todo, como el Padre me lo da a mí, ¿y tú solo me pides estas pequeñeces?”». Se trata
de pedir su Presencia porque todos estamos hechos de Él. Esta amiga acaba de releer las cartas de
Nicodemo y termina diciendo: «Así un día, cuando lleguemos al Paraíso [tiene una grave enfermedad]
tendremos el rostro de cruz y resurrección que recordamos el 6 de junio en el primer aniversario de
la subida al cielo de nuestro amigo Zatto de Rímini, que en solo diez meses de enfermedad nos mostró
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el testimonio de la santidad. Estamos rodeados de santos, solo necesitamos nuestro pequeño pero
insustituible “sí” ante tanta grandeza».

Prosperi
Gracias, porque, entre otras cosas, muchas preguntas se referían también a esto: «¿Cómo puedo
reconocer realmente las exigencias fundamentales de mi corazón?». Lo que nos contaba don Filippo
de su experiencia es un buen ejemplo. Porque las exigencias del corazón son indestructibles (es algo
que hemos aprendido a reconocer en la Escuela de comunidad) y por tanto no las podemos manipular;
podemos confundirnos, identificándolas con las emociones que nos mueven. El juicio es lo que hace
que la exigencia del corazón tome conciencia de sí y entonces nos permite ver la realidad por lo que
es, porque la exigencia del corazón implica la conciencia del destino –como decía don Filippo–. Esta
es la mayor ayuda para reconocer qué dicen realmente estas exigencias: la conciencia del destino. Lo
que está en juego es el destino, no lo que sentimos, ni siquiera lo que nos parece más verdadero, lo
que parece que nos correspondería más. A veces la conciencia del destino pide algo que
inmediatamente no nos parece que corresponda, que implica lo que llamabas «sacrificio», es decir, la
afirmación de un bien mayor, el reconocimiento de un bien mayor.

Santoro
Cierto, lo mejor era que cuando Monique venía con nosotros decía: «Esta convivencia es mejor que
todos los espacios con los que yo podía contar antes», es decir, era otra cosa, un lugar, una
experiencia.

Prosperi
Un segundo grupo de preguntas queda descrito por esta contribución: «Mirando mi experiencia,
reconozco con certeza que mi vida y la vida de muchos amigos a mi alrededor está marcada y
plasmada por el encuentro con cierta realidad humana, una historia excepcional y misteriosa, una
realidad humana “donde está presente el misterio de Cristo” (p. 58). Por eso quería preguntar qué
significa “tomar conciencia […] del encuentro que hemos tenido” (p. 59), de modo que esta
experiencia de presentimiento del Misterio se convierta en familiaridad con Cristo y en afecto por la
persona de Cristo, que hace decir a Giussani: “Debemos decirle al hombre Jesús de Nazaret ‘Tú, oh
Cristo’” (p. 61), hasta “comprender que él es el punto neurálgico de todo, de toda mi vida… la vida
de mi vida” (p. 59)».

Santoro
¿Cómo tomar conciencia del encuentro que hemos tenido? El primer paso es la sencillez de mirar
nuestra historia. En el texto, en las páginas 58-59, don Giussani dice: «Debemos tomar conciencia
del acontecimiento, del encuentro que hemos tenido», tomar conciencia de cómo sucedió en el
encuentro que hemos tenido, tomar conciencia de nuestra historia. Y luego dice: así fue para mí, yo
me encontré «en el cauce de una compañía que hace inmediato para mí el misterio de la Iglesia; por
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tanto, es una manifestación del cuerpo vivo de Jesucristo [en el cauce: sin el encuentro de aquella
misa esa tarde Monique habría seguido por otro cauce, encontró un cauce que nunca habría pensado,
pero sucedió el encuentro]. Es la compañía que se llama “vocacional”, o sea, la compañía que nos
implica porque genera la experiencia y es generada por la experiencia del carisma que nos ha tocado».
Después cita a san Agustín: «In manibus nostris sunt codices, in oculis nostris facta», los Evangelios
para leer y las personas para encontrarlo y seguirlo. «En la vida de cada uno de nosotros hay un hecho
que lo ha significado todo, una presencia que ha influido para toda la vida: ha iluminado el modo de
concebir, de sentir […] Esto es lo que llamamos acontecimiento». Y vuelve a suceder, no solo sucedió
en Copacabana, pasó después cuando fui a Petrópolis, cuando volví a Taranto, sucede en el presente,
en todos los encuentros que tengo como obispo de Taranto.
Luego hace falta una familiaridad con esta historia que hemos encontrado, no debemos darla por
descontado. Hace falta una familiaridad, una familiaridad que se prefiere, con una preferencia
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privilegiada. Es justo así. Es tomar conciencia del acontecimiento con una familiaridad que nos
provoca, todo en nuestra vida se convierte en una gran oportunidad para tomar conciencia de lo que
nos ha sucedido, del don que hemos recibido.
¿Cómo sucede? Como nos ha sucedido, y tal como sucede nos vuelve a poner en el camino adecuado
ahora, en el camino que el Señor nos indica, porque tenemos todos los elementos para recorrer esta
experiencia. Seguimos adelante.

Prosperi
Otra pregunta es la siguiente:
«En el capítulo “Cristo todo en todos”, en los puntos 5 y 6, me llama mucho la atención que don
Giussani, tanto para describir la relación de Jesús con el Padre como nuestra relación con Jesús y los
demás, use en varios momentos los verbos “reconocer” y “aceptar”, refiriéndose a la reciprocidad
inherente a la amistad. Muchas relaciones que vivo a diario no siempre contienen esta dinámica del
reconocimiento y la aceptación mutua, por lo que a menudo se vacían y se vuelven formales.
¿Qué quiere decir exactamente amar el destino y que cuando yo amo el destino del otro y el otro lo
reconoce y acepta, entonces hay amistad? Y si el otro no reconoce que deseo su destino y no lo acepta,
¿significa que no hay amistad? ¿Eso no sería cerrar las puertas a la Misericordia en la dinámica de la
amistad?».

Santoro
En la página 56, a propósito de la amistad, dice el texto: «Toda relación humana, en efecto, o es
amistad o es algo carente, deficiente o engañoso». ¿No es exagerado decir que, si no es amistad, es
engañoso? Hay una gradación. Toda relación humana que empieza siendo carente luego es deficiente,
le falta algo. Pero don Giussani lo explica muy bien en la página 57, hablando de la reciprocidad:
«Hospedar y aceptar este don es lo que hace recíproco el amor que posee quien nos lo ha dado;
aceptarlo es el amor que nosotros demostramos a quien nos lo ha dado […] la amistad es una
reciprocidad de amor, una entrega recíproca, porque para un ser creado, como es el hombre, la forma
suprema del amor a Dios es aceptar ser hecho por Él, aceptar ser, aceptar el ser como algo que no es
propio sino dado».
Aquí hay un aspecto grandioso de la amistad, y es que Él nos acepta tal como somos. Nosotros somos
los primeros en ser aceptados tal como somos, me llama «amigo» tal como soy. Fijaos (¡es algo que
siempre me ha conmovido!), Jesús llama «amigo» a Judas que va a traicionarlo. Por tanto, Jesús
tendencialmente ama a todos, ama incluso a quien le va a condenar. Claro que ahí no hay respuesta,
no hay reciprocidad, pero esa es la falta de respuesta al don. Luego está la relación con otro pobrecillo
que es san Pedro, que le traiciona y cuando Jesús le dice: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (se lo
dice tres veces), Pedro responde: «Señor, tú sabes que te quiero» (Jn 21,15-17). Eso es la amistad, la
reciprocidad en el «sí». ¿Entendéis? Uno lo va a traicionar y Él le llama «amigo», y luego dice:
«Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (cfr. Jn 15,14-15). Por tanto –¡atención!–
hacer lo que el Señor nos dice no es moralismo, sino moralidad.
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Muchas veces decimos: «No, si tengo que hacer algo que no “veo” es moralismo». Pero entonces
somos como los chavales que dicen: «No voy a misa el domingo porque no lo “veo”». Se puede
comprender en un adolescente, en un chaval, pero cuando un adulto dice: «No, eso es un sacrificio,
no, mientras no lo “vea”»... ¿Qué es lo que hay que ver? ¿Acaso no veis la grandeza? La grandeza
del ofrecimiento de la amistad de Cristo que se te da en ese momento, en ese gesto sacramental
supremo de la Pascua del Señor. Para eso hace falta un cuerpo, una comunidad que te recuerde la
Pascua del Señor y te permita ver la correspondencia con el corazón. El corazón está hecho para
encontrar una respuesta correspondiente, es así, es la grandeza de la respuesta lo que hace que esa
relación sea completa; el amor que se cumple en la reciprocidad implica aceptar que somos hechos,
aceptar ser, aceptar el ser que no es propio, sino dado.
Por eso la experiencia de la amistad es la plenitud de la relación afectiva. Y luego el Señor sigue
diciendo (Juan 15,12-17): «Ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos», y dice también:
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«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. No sois vosotros los que me
habéis elegido, soy yo quien os he elegido», se lo recuerdo a todos los amigos que pasan por alguna
dificultad vocacional: «pero tú has sido elegido» y te invade la ternura de un gran amor. Es suficiente.

Prosperi
Esta es la última pregunta: «Dice la Escuela de comunidad: “De aquí, la obediencia que salva el orden
en la sociedad. Pero quien salva el orden en la sociedad es la autoridad: ‘Que todos se sometan a las
autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios y las que hay han sido
constituidas por Dios. [...] Pues los gobernantes no son de temer cuando se hace el bien’. ‘Acatad
toda institución humana por amor del Señor’” (p. 47). Entiendo que Dios es el origen último de la
autoridad y no la propia autoridad. Entiendo que Dios no manda el mal al hombre, pero lo permite;
entiendo que a través del mal se desvela la misericordia del Misterio. Pero, como profesor de historia
que mañana debe hablar del régimen nacional-socialista y del estalinismo, ¿cómo puedo explicar todo
el mal que han causado objetivamente al hombre y al mismo tiempo afirmar que debemos someternos
a las instituciones humanas porque “no hay autoridad que no provenga de Dios”? O, dicho de un
modo más actual, ¿cómo se puede afirmar que hay que seguir a Putin en Ucrania, como institución
de gobierno, “por amor del Señor”?».

Santoro
Esta pregunta nos devuelve a la actualidad porque, justamente, la Escuela de comunidad nunca es una
meditación sobre las nubes sino sobre lo cotidiano, incluida la guerra. Veamos cómo se mueve el
Papa en esta situación, miremos lo que está haciendo estos días. ¿Nos está pidiendo que nos
sometamos a las instituciones humanas? No. ¿A los juicios de los biempensantes? No. Está juzgando
a las autoridades humanas, en cada intervención las juzga. Está rezando y nos está invitando a rezar
para que las autoridades humanas se plieguen a la voluntad de Dios que quiere la paz. Dios quiere
que el hombre sea feliz y quiere entonces que los pueblos vivan en paz. Por tanto, no se trata de
secundar… si tienes que hablar del nazismo y del comunismo, debes dar un juicio, como lo está dando
el Papa sobre la guerra en Ucrania. Sin medias tintas, y a medida que el tiempo va pasando, más fuerte
es su voz. Es importante que en esta situación mantengamos este juicio. No se trata de decir «ni con
Ucrania ni con Putin», sino de una postura como la del Papa, que consiste en dar prioridad a la paz
por encima de todo lo demás. Y luego, con esto, la urgencia de la negociación, la urgencia de todos
los caminos, de modo que el Papa, cuando es posible, dice: «Voy a Kiev», y cuando no es posible
dice: «Ya no voy». Si se abre una vía de salida se va, es decir, dentro de la realidad.
La historia no nos quita el drama de elegir. Debemos elegir, debemos intervenir, como se debe
intervenir en las elecciones. Nosotros tenemos elecciones municipales en Taranto y todos los partidos
(casi todos) han venido a ver al obispo, y él les recibe: ¿qué quieres hacer? Uno dialoga y dice: «Me
interesa el bien común, la vida ante todo, la salud lo primero. Que se acabe la contaminación, hay que
cambiar de ruta. Y salvemos el trabajo. Basta ya de tantos despidos», etcétera. No voy a ponerme
ahora a hacer campaña, que si no… Pero uno interviene en la realidad, no se queda mirando. No se
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queda mirando, interviene, interviene con un juicio sobre qué hace posible el bien de la persona y el
bien de la sociedad. Les decía: «¿Alguno de vosotros se preocupa por los miles y miles de jóvenes
que dejan el sur para marcharse al norte o a Europa y otros lugares? ¿Por qué no creáis institutos
superiores de formación profesional serios?», etcétera. En definitiva, se entra en la realidad a partir
de un juicio que es el que el Santo Padre da en cada momento y que nosotros aprendemos en nuestra
compañía, en nuestra amistad.

Prosperi
Si puedo, añadiría un pequeñísimo detalle. Esta afirmación de Giussani se refiere a la actitud personal
de cada uno de nosotros. Porque una cosa es concebirse como autoridad de sí mismo y otra es
concebirse como dependiente de Dios, y por tanto también de las circunstancias en que Dios nos
pone. Por tanto, dentro de cualquier circunstancia, respetando cualquier circunstancia, podemos vivir
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hasta el fondo –como decía don Filippo– la realidad que se nos da, donde el criterio de juicio no está
dictado necesariamente por lo que dice el jefe, sino por la correspondencia entre la circunstancia dada
y mi corazón, es decir, el destino. Cada uno de nosotros tiene la posibilidad de reconocer dentro del
camino de la vida que, siguiendo a alguien, es ayudado a ir cada vez más al fondo de sí mismo. Porque
creo que aquí lo que está en juego no es tanto la disyuntiva entre una autoridad buena o mala, todos
lo entendemos cuando oímos hablar de Stalin. El problema no es tanto ese, el problema es reconocerse
dependientes o concebirse solos.
La última pregunta que surge tras la lectura de la Escuela de comunidad se refiere al tema de la
misericordia. «¿Qué quiere decir que el Misterio como misericordia permanece como la última
palabra ante la enfermedad de mis padres o ante la guerra?».

Santoro
Bien, acabamos con esta pregunta sobre la misericordia. La misericordia sigue siendo la última
palabra, como dijo don Giussani en el encuentro de 1998 de los movimientos con Juan Pablo II. Aquí
tocamos el corazón mismo de la realidad. En el misterio de la realidad reside esta misericordia, dentro,
en el fondo. Para responder a la pregunta me remito a un hecho que don Gius ha contado muchas
veces. Este episodio narra la historia de una madre que don Giussani conoció en el confesionario y le
dijo: «Mi marido murió hace dos años. Yo tenía dos hijos. Uno enloqueció por la muerte de su padre
y, enloquecido, mató a su hermano [¡fijaos qué drama!]. Ahora está en el manicomio judicial de
Bolonia. Por eso me he encontrado de repente sola». La iglesia estaba totalmente vacía, pero había
un gran crucifijo detrás del altar. Don Gius, después de unos instantes de silencio (porque, ¿qué se
puede decir antes situaciones como esta?), le dijo: «“Escuche, […] ahora levántese, siéntese ahí
delante y mire a aquel crucifijo: si tiene algo que decir, dígaselo a Él”. La mujer no se marchaba, y
[…] en un momento dado, ella le dijo: “Tiene razón”» (L. Giussani citado en A. Savorana, Luigi
Giussani. Su vida, Encuentro, Madrid 2015, p. 158). Así es. Una presencia es el nombre de la
misericordia, que introduce un haz de luz nueva en una profunda oscuridad, y es la presencia de la
cruz y de la resurrección de Cristo. ¡Pensad en los amigos que hemos perdido por el Covid! ¡A cuántos
tuve que despedir sin ni siquiera poder celebrar una misa, recibiendo al coche fúnebre en la puerta de
la iglesia con el llanto de su mujer, de sus hijos y amigos! ¡Una auténtica tortura! Ahí uno se confía
al misterio de la realidad. «¿Quién nos separará del amor de Cristo?». Lo dices en medio del llanto y
el corazón está ahí, ¿entendéis? Si el Señor no existiera, sería un vacío total.
Luego me ha venido a la cabeza otro ejemplo más ligero que se cuenta en la biografía del padre Pío.
El padre Pío pone el ejemplo de una mujer, una madre que está tejiendo un tapiz en un bastidor. El
niño está a sus pies y le pregunta por qué tanto esfuerzo por un paño tan feo [porque el niño ve desde
abajo todos los hilos mezclados]. El niño solo veía una marea de hilos, nudos, urdimbre y trama en
una gran confusión. Luego la madre toma al niño en brazos y le enseña el trabajo desde arriba, por el
lado bueno y no del revés, como lo veía antes, ya no invertido y todo mezclado, y entonces la trama
se une formando una labor preciosa. Cristo se fiaba del Padre y nosotros también nos fiamos de Él y
estamos con Él. ¿Veis? Es justo así. Nosotros somos como ese niño que ve una huella, pero alguien
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nos toma en brazos (como hace su madre) y nos sostiene, y nos ayuda a despedir a los amigos que
nos dejan con el corazón sufriente pero no sin esperanza; es decir, somos aferrados y abrazados. Pasa
lo mismo con nuestros amigos cristianos de Nigeria. ¡Es un dolor y un sufrimiento enorme! Es lo
mismo, lo mismo. La prensa no lo cuenta, solo habló de ello el primer día y luego lo ha ignorado,
pero es así. Muchas veces vemos la urdimbre y la trama mezcladas: «¿Pero cómo? ¿Qué ha pasado?
No se entiende nada», etcétera; pero luego nos fiamos del Señor, confiamos en su presencia histórica,
en el camino que hacemos en la vida de la Iglesia, del carisma, ahí donde Cristo se ha hecho presente.
Por ello el Misterio, la ontología, nos sostiene y nos salva.
Quería terminar leyendo un texto de don Gius donde expresa la razón de todo lo que hacía, Más allá
del muro de los sueños, un texto de 1991 sobre por qué nació toda la obra que surgió de él. Se lo
explica así a los jóvenes: «El comienzo de todo lo que ha nacido […] estuvo en el deseo de que la
gente entendiera […] aquello para lo que está hecho su corazón; que la gente entienda un poco mejor
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el Destino para el que está hecha [la sorpresa de la mañana es saber que me levanto para un destino
bueno]; que la gente entienda […] que la vida es una tarea». No nos hacemos solos, la ontología: no
nos hacemos solos. «No nos hemos hecho nosotros […]; las exigencias que nos urgen dentro de
nuestra personalidad no las hemos construido nosotros. […] Pretender alcanzar ya la felicidad en la
vida –dice don Giussani– es un sueño. Vivir la vida caminando hacia la felicidad es un ideal. […] El
ideal indica una dirección que no establecemos nosotros [el corazón sigue aquello que le corresponde,
la correspondencia se da hacia el destino]. […] Siguiendo esta dirección, incluso con esfuerzo [como
hemos visto hoy, con sacrificio, con fatiga] o yendo contra corriente […], el ideal, con el paso del
tiempo, se realiza. Se realiza de un modo distinto al que uno se imagina; siempre distinto y cada vez
más verdadero [¡qué grande! A los cincuenta años no es como a los veinticuatro, y entonces…]. […]
La felicidad plena no es una realidad que se manifieste en el presente. Es la gran promesa del futuro,
es el Destino. Felicidad se llama durante la vida, sin embargo, a la experiencia de la realidad en cuanto
resulta consonante con el destino, en cuanto que nos hace tender hacia él […]. Este destino tiene un
nombre en la historia: Jesucristo. Por eso, la vocación consiste en aceptar todas las circunstancias
para obedecer, adherirse y realizar lo que Cristo quiere de ti» (L. Giussani, «Más allá del muro de los
sueños», en Los jóvenes y el ideal. El desafío de la realidad, Encuentro, Madrid 1996, pp. 56-68).
En definitiva, estamos en un camino –juntos, no solos– que nos lleva a la plenitud, porque Él ha salido
a nuestro encuentro: Dios todo en todo (como se nos ha dicho) a través de Jesús, Cristo, que es todo
en todos.
Gracias.

Prosperi
Gracias, don Filippo.

Trabajo de Escuela de comunidad. Como se adelantó con motivo de los Ejercicios de la Fraternidad,
este verano, hasta septiembre, trabajaremos el texto de los Ejercicios, «Cristo, vida de la vida». El
libro con las meditaciones propuestas por el padre Mauro-Giuseppe Lepori y la asamblea lo tenéis
disponible en la web de CL en formato pdf y ePub. Actualmente está disponible en italiano, las
traducciones a otros idiomas se irán publicando progresivamente.
En el trabajo de los Ejercicios, sigamos teniendo presente el texto Dar la vida por la obra de Otro
que hemos trabajado este año.
En el mes de septiembre daremos nuevas indicaciones sobre el trabajo de Escuela de comunidad para
los meses siguientes y otros momentos de conexión.

Exposición Centenario de don Giussani. La exposición digital realizada con motivo del Centenario
del nacimiento de don Giussani, presentada en los Ejercicios de la Fraternidad, estará disponible en
breve.
Invito a todos a visitarla, con tiempo para disfrutar la riqueza de las numerosas contribuciones en
audio y video que contiene. Dejémonos tocar por ellas, partiendo de una petición sincera para poder
© 2022 Fraternità di Comunione e Liberazione

descubrir quién es don Giussani en primer lugar para nosotros. Al visitarla, seamos libres y creativos
para pensar cómo proponer su contenido a nuestros amigos, familiares, compañeros, tanto
difundiendo el link a la exposición personalmente como pensando en momentos de encuentro en los
que se pueda presentar su contenido.

Vacaciones comunitarias. Como sabéis, este verano por fin será posible proponer las vacaciones
comunitarias con más libertad, debido a la relajación de las medidas anti-Covid. Dialogando sobre lo
que más nos interesa profundizar en los momentos de convivencia que compartiremos estos meses,
hemos pensado con otros amigos responsables proponer a todos un “título” que pueda servir de guion
para las propuestas que surjan en las diversas vacaciones: «El Maestro está aquí y te llama» (Jn
11,28). Esta frase retoma la provocación que nos lanzaba el padre Mauro en los Ejercicios de la
Fraternidad respecto al camino de Marta y sugiere que las vacaciones también puedan ser la
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verificación para «asumir en primera persona la responsabilidad del carisma», tal como nos invita la
Iglesia.

Volvemos a dar las gracias a monseñor Santoro por su disponibilidad y por la ayuda tan valiosa que
ha querido darnos estos meses de trabajo de Escuela de comunidad. ¡Gracias!

Santoro
¡Gracias, gracias! Preparar el trabajo supone un gran trabajo añadido que me sirve en primer lugar a
mí, así que me alegro de esta tarea que se me ha pedido.
Digamos nuestra invocación para vivir bien este momento, un Gloria.

Gloria
Veni, Sancte Spiritus

Gracias y buenas noches.

Prosperi
¡Y buen verano!

Santoro
Buen verano.
© 2022 Fraternità di Comunione e Liberazione

Common questions

Con tecnología de IA

Vivir una vida cristiana plena en un mundo que frecuentemente valora lo opuesto requiere un firme compromiso con los valores del evangelio y una comprensión clara del propósito de la existencia. Este enfoque implica discernir y no ceder ante las presiones culturales que valorizan deseos personales sobre compromisos espirituales y morales. La Escuela de comunidad sugiere un trabajo profundo hacia el reconocimiento de las exigencias del corazón y una adhesión sincera a los verdaderos deseos de felicidad y plenitud que emanan de un destino en Cristo .

El conflicto entre los deseos personales y los valores cristianos en el contexto de la felicidad se aborda entendiendo que la vida está hecha para la felicidad como una plenitud de vida deseada por Dios. No obstante, la felicidad no se encuentra meramente en el cumplimiento de deseos personales, sino en el reconocimiento de la realidad consonante con el destino en Cristo. Esto implica un juicio consciente que a veces puede parecer en tensión con deseos inmediatos que contravienen compromisos y responsabilidades, requiriendo discernimiento y un enfoque en las exigencias profundas del corazón que alinean con el destino cristiano .

La comprensión de la Escuela de comunidad debe ir más allá de solo una teoría o interpretación personal, abarcando un verdadero trabajo personal y comunitario. Santoro destaca que la Escuela de comunidad es realmente una escuela con contenido denso que requiere una profundización personal y comunitaria, no repitiendo lo mismo, sino aprendiendo algo nuevo que demanda un esfuerzo deliberado para asimilar el conocimiento y vivir la experiencia. Es un proceso que invita a un trabajo intenso orientado a experimentar dinámicas de afecto y vínculo .

El sufrimiento y la resistencia son vistos como partes integrales del camino hacia la plenitud cristiana. La plenitud no se manifiesta como una alegría continua y sin interrupciones, sino que es el resultado de un proceso de aceptación de las circunstancias. Estas circunstancias – que incluyen el sufrimiento – son consideradas oportunidades para obedecer y adherirse al camino que Cristo desea. Al mantener la fe a través de dificultades, se forja una relación profunda con el destino en Cristo, experimentando una felicidad que trasciende las circunstancias temporales .

La libertad y creatividad son vitales para mantener vivo el legado de don Giussani al permitir adaptar y presentar su obra de forma que resuene con las nuevas generaciones. Estos elementos se promueven en la propuesta de explorar y presentar la exposición digital del centenario de Giussani, invitando a descubrir personalmente quién es Giussani para cada individuo y pensar creativamente cómo compartir este contenido con amigos y familiares. Este enfoque permite una comprensión profunda y personal del legado, respetando su esencia original .

Las actividades comunitarias post-Covid, como las vacaciones comunitarias, se han adaptado para tomar ventaja de la relajación de restricciones, permitiendo una mayor libertad en encuentros. Estas vacaciones se presentan como oportunidades para profundizar en temas significativos y para que los participantes se reconecten, tanto social como espiritualmente. Las actividades están orientadas por temas como "El Maestro está aquí y te llama," sugiriendo un enfoque en el apoyo mutuo y el crecimiento colectivo dentro de la comunidad .

Vivir la fe al reconocer a Cristo como "vida de la vida" implica una transformación donde la vida no se centra en un esfuerzo continuo por ser mejor cristiano, sino en aceptar las circunstancias como oportunidades para descubrir a Cristo como el centro vital. Esta percepción demanda un cambio de enfoque hacia uno donde Cristo es entendido como esencial y presente en la vida cotidiana, permitiendo que la aceptación de cada circunstancia desvele su presencia en la vida de uno .

La amistad en la relación con Dios destaca por la aceptación mutua y la reciprocidad, siendo la forma suprema del amor a Dios ser aceptado por Él tal como somos. A diferencia de otras formas de amor, la amistad divina no se basa en elección humana, sino en ser elegidos y amados incondicionalmente por Dios, reflejado en el amor de Cristo que llama "amigos" incluso a quienes lo traicionan. Esta relación de amistad implica un compromiso con el ser y una aceptación de nuestra existencia como un don, enriqueciéndose en una comunidad que rememora esta relación .

El trabajo propuesto para los Ejercicios de la Fraternidad tiene como objetivo profundizar en la comprensión y vivencia de Cristo como "vida de la vida", animando a los participantes a reflexionar sobre las meditaciones presentadas y a integrar los aprendizajes en su vida cotidiana. Este tipo de trabajo fomenta un crecimiento espiritual al desafiar a los individuos a aplicar los principios de fe de manera personal y comunitaria, reforzando el camino hacia el reconocimiento de Cristo en todas las circunstancias de la vida .

Las exigencias fundamentales del corazón en la vida cristiana deben ser reconocidas como indestructibles y como una expresión auténtica de la búsqueda humana del destino divino. A diferencia de las emociones pasajeras, estas exigencias reflejan una conciencia de la conexión con Dios y su propósito. Prosperi señala que el juicio es fundamental para que estas exigencias cobren verdadera conciencia, permitiendo discernir y vivir la realidad tal como es, con una comprensión dirigida hacia el destino último en Cristo .

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