Una vez que el hombre exterior es quebrantado, no necesita regresar a Dios, pues
siempre ha permanecido en El. Y recordemos que alguien que no ha sido quebrantado,
tiene que regresar a El cada vez que se enreda en los negocios diarios debido a que se ha
alejado la presencia de Dios. Hnos. Un hombre o mujer quebrantado jamás se aleja de la
presencia de Dios. Incluso muchos salen de la presencia de Dios aun cuando están
sirviendo al Señor. Sería mejor que no hicieran nada, pues tan pronto como inician alguna
actividad se alejan de Su presencia. Pero aquellos que conocen a Dios de manera genuina,
nunca se alejan de El. Por lo tanto, no tienen que regresar. Si pasan todo el día orando a
Dios disfrutan de Su presencia, y si lo pasan limpiando pisos, la disfrutan igualmente.
Cuando nuestro hombre exterior sea quebrantado, viviremos delante de Dios. No será
necesario regresar a El, ni sentiremos la necesidad de hacerlo.
Por lo general, sólo sentimos la presencia de Dios cuando acudimos a El. Pero cuando nos
ocupamos en alguna actividad, aun cuando tengamos mucho cuidado, sentimos que nos
alejamos de El un poco. Temo que esta sea la experiencia de la mayoría de nosotros.
Aunque seamos muy cuidadosos y tengamos control sobre nosotros mismos, nos alejamos
tan pronto emprendemos alguna actividad. Muchos hermanos piensan que no pueden
orar mientras trabajan. Les parece que hay una diferencia entre estar en comunión con
Dios y realizar alguna labor. Por ejemplo, cuando le predicamos el evangelio a una
persona o la estamos edificando, en medio de la conversación nos sentimos un poco lejos
de Dios y nos parece que debemos orar para restaurar nuestra comunión con El. Es como
si nos hubiéramos apartado de El y estuviéramos regresando, como si hubiéramos perdido
Su presencia y estuviéramos recuperándola. Podemos llevar a cabo alguna tarea rutinaria,
como hacer el aseo o trabajar en algún oficio, pero después de terminarlo nos sentimos
que debemos regresar al Señor para poder orar, que hay una gran distancia entre el lugar
en que estamos y en el que queremos estar. Cualquier deseo de regresar a El es una señal
de que nos hemos alejado de Su presencia. El quebrantamiento del hombre exterior hace
que tales regresos sean innecesarios. Sentiremos la presencia de Dios igualmente cuando
hablemos con otros, cuando nos arrodillemos a orar con ellos, cuando hagamos el aseo y
cuando realicemos nuestro oficio. Estas cosas ya no nos alejarán de la presencia de Dios y,
por ende, no tendremos necesidad de regresar.
Permítanme darles un ejemplo más específico. El sentimiento más tosco que un hombre
puede tener es la ira. La Biblia no dice que no podamos enojarnos; algunas clases de enojo
no tienen que ver con el pecado. La Biblia dice que podemos airarnos, pero sin pecar (Ef.
4:26). Esto muestra que una persona puede airarse sin pecar, aunque el airarse es un
sentimiento muy rudimentario, muy cercano al pecado. La palabra de Dios nunca dice
“Amad pero no pequéis”, porque el amor es un sentimiento más lejano del pecado.
Tampoco nos dice que debamos ser pacientes pero no pecar, debido a que la paciencia
también se encuentra lejos del pecado. Lo que la palabra de Dios dice es: “Airaos, pero no
pequéis”. Esto muestra que el enojo es un sentimiento muy cercano al pecado. Algunas
veces un hermano puede cometer una falta grave, de tal manera que amerite ser
reprendido. Esto no es un asunto sencillo. Podemos ser amables, pero cuán difícil es
airarnos como es debido, pues al mínimo descuido el enojo se puede convertir en un
sentimiento negativo. No es fácil airarse conforme a la voluntad de Dios. Si estamos
familiarizados con el quebrantamiento del hombre exterior, podremos disfrutar
continuamente la presencia de Dios sin que el hombre exterior nos interrumpa; ya sea
que reprendamos severamente a un hermano o que oremos en la misma presencia de
Dios. Dicho de otra manera, no sentiremos que estamos regresando a Dios cuando
oramos después de haber reprendido severamente a un hermano. Cualquier sentimiento
de que volvemos a Dios es una prueba de que nos hemos alejado. Admito que reprender a
un hermano es difícil, pero si nuestro hombre exterior ha sido quebrantado, podemos
hacerlo sin tener necesidad de regresar a Dios, ya que Su presencia permanecerá con
nosotros todo el tiempo.