Pracesos, riesgos e incertidumbres
en un mundo globalizado
J. Romero (coordinador), J. Ortega, J. Arango, J. Nogué, A. Albet,
R. Méndez, O. Nello, F. Mufioz, J. Farinés y J. M. NaredoCapiruLo 5
CARTOGRAFIA DE LOS CAMBIOS SOCIALES Y CULTURALES
por Joan Nocué
Universitat de Girona
y ABEL ALBET
Universitat Autonoma de Barcelona
Introduccién. Un considerable «gira cultural»
Desde mediados de los aiios 1980 la geografia cultural y la geografia social han
experimentado un proceso extraordinario de renovacién ¥ reestructuracién que las ha
Hevado a interesarse por temas y enfoques muy diferentes de los que habian sido los
habituales hasta entonces, lo que se explica por diversas razones. Por un lado, la rein-
uoduecién de la dimensidn espacial en las preacupaciones propias de la teorfa social
«esituarfa ¢] papel de 1a geografia como saber clave para interpretar la cambiante rea-
lidad social de nuestro mundo. Por otro lado, el notable rol que la cultura desempefia
en un mundo globalizado. Tanto es asi que a menudo se recurre al concepto de «giro
cultural» (cultural turn) para evidenciar el significative desplazamiento intelectual
gue ha situado a las variables culturales en ¢] centro de los debates comtempordneos
{al menos al mismo nivel que las variables econémicas y las politicas) no slo dentro
de la geografia, sino también en el resto de ciencias sociales. La cultura ha dejado de
ser una categoria residual, una variacién superficial no explicada por los andlisis eco-
némicos: la cultura es ahora vista como el medio a través del cual las transformacio-
nes s¢ experimentan, contestan y constituyen,
Se trata, pues, de mucho mis que de una renovacién temdtica en el marco de las
subdisciplinas clasicas conocidas como geografia social 0 geograffa cultural, Hoy en
dia lo cultural se halla inscrito en todos los espacios (también los politicos y los econd-
micos} y en todos los dmbitos de la sociedad, de manera que este énfasis en lo cultural
{en los procesos culturales) conlleva ¢l replanteamiento de los Principies y los objeti-
vos de la propia geografia. Asi, lo cultural y lo social estén presentes, de manera trans~
versal, en todos los dinbitos y esferas de la geograffa hasta propiciar un efective sola-
pamiento de las tradicionales ramas o subdisciplinas, Hoy, toda realidad resulta ser
compleja, interdependiente ¢ interrelacionada y prueba de ello son las dificultades
existentes cuando se pretende delimitar lo cultural de Io social: gedgrafos y ge6prafas174 GEOGRAFIA HUMANA
sociales analizando la base cultural de lo cotidiano (en cuanto al género, la sexualidad,
la etnia, la religidn) se entremezclan con gedgrafos y geégrafas culmrales preocupados
por los Componentes te6ricos y sociales de los paisajes urbanos contemporéneos
Conscientes de esta realidad, ¢l presente capitulo aspira a presentar, de forma
somera y desde una perspectiva geogréfica, los principales cambios sociales y cultu-
rales que nos han ido —y nos estén— afectando a lo largo de estos tltimos afios, He-
mos escogido, para ello, tres ejes vertebradores basicos: la tensién dialéctica entre lo
local y lo global, él multiculturalismo y la construccién de Ja identidad en un contex-
to de exaltacién de Ja diferencia y la dimensién espacial de la cultura de la produccién
y del consume a partir de la ciudad contempordnea. Previo a todo ello, hemos dedica-
do un apartado a contextualizar la neva geografia cultural y social en el marea del
posmodernismo y la posmodernidad.
1. La nueva geografia cultural y social en el contexto del posmedernismo
y la posmodernidad
LA POSMODERIDAD Y EL PASO DEL FORDISMO AL POSFORDISMO
El capitalismo fordista, caracterizada por la produccién y el consumo en masa,
por la estandarizacién de la produccién, por una especial forma de control y repro-
duccién de la fuerza de wabajo, por una fuerte inversién en capital fijo y por el papel
tutelar del Estado, entra en crisis a principios de la década de 1970 por la excesiva ri-
gidez del propio sistema y por su incapacidad para adaptarse a las nuevas condicio-
nes, A pesar de haberse detectado grietas en el edificio desde hacia algtin tiempo, la
fuerte recesién de 1973 acabaria por fracturarlo, Asistimos entonces a una excepcio-
nal reestructuracién del sistema capitalista a escala mundial y entramos en una nueva
etapa, genéricamente denominada «posfordista», caracterizada por la acumulacién
flexible, la apuesta por Ia tecnologfa y la automatizacién y la relocalizacidn y rees-
tmcturacién industrial
Mientras, la denominada «nueva economia» se impone en los mercados de va-
lores de todo el mundo y proliferan las operaciones financieras especulativas y desre-
guladas en un mercado cada vez més mundializado e interrelacionado, La flexibilidad
también se impone en los mercados de trabajo, en la movilidad geografica de perso-
as y capitales, en los procesos productivos y en las pautas de consumo. Se acentian
la yolatilidad y la efimeralidad de las modas, de los gusts, de los productos, de las
técnicas y también de las ideas, de las ideologtas, de los valores. La desregulacién
provoca una menor presencia del Estado y, concretamente, ¢l desmantelamiente pro-
gresivo de] Estado del Bienestar. Se acelera Ja internacionalizacién de todos los proce-
50s (ecanémicos, politicos, culturales) hasta el punto de ser considerados «globales»
ante su instantaneidad y simultaneidad para gran parte del planeta, Todo ello bajo el
impacto de los nuevos sistemas de informacién y transporte, acicate fundamental de
los cambios acaecidos, En térmings sociales, el capitalismo tardfo sigue siendo una
sociedad de clases, pero ninguna de ellas es ya exactamente la misma que antes: se
debilitan las formaciones tradicionales y son progresivamente sustituidas por multi-
ples identidades segmentadas.CARTOGRAFIA DE LOS CAMBIOS SOCIALES ¥ CULTURALES 175
La coexistencia de regiones claramente definidas por los principios posfordis-
tas junto con otras todavia regidas por estructuras fordistas induciria a pensar que en
el nuevo sistema prima la desorganizacién 9 el eclecticismna, Nada mas lejos de la rea-
lidad. Bl capitalismo no se desorganiza, sino todo lo contrario: se reorganiza a través
de una nueva concepein del espacio y del tiempo. En efecto, como ha demostrado de
una manera brillame David Harvey (1989), en Ia transici6n del fordismo al posfordis
mo el espacio y el tiempo se han comprimido, lo que ha provocado un impacto ini
cialmente desorientador en las précticas politicas y econémicas y en las relaciones so-
ciales y culturales. La distancia es més relativa que nunca, lo que sittia a los lugares, a
priori, en una similar «posicién de salida». Cada vez. mas lugares pueden aspirar a
convertirse en el destino de una planta industrial, de un centro comercial o, simple-
mente, de un turista. Mas y més lugares se convierten, progresivamente, en potencia-
les candidatos a desarrollar muchas y variadas actividades.
Todo ello tiene bastante que ver con lo que habitualmente entendemos por pos-
modernidad, definida de forma genérica y simple como el conjunto de caracterfsticas
esenciales de una época y de una sociedad (las «nuestras») en oposicién a una época
y una Sociedad precedentes, propias de la modernidad. Quizé el campo donde dichas
diferencias se hayan hecho més evidentes sea en la arquitectura: mas alld del raciona-
lismo y el rigor funcionalista de la arquitectura moderna, la arquitectura posmodera
se caracteriza per el simbolismo, el pastiche y las referencias constantes al pasado, al
futuro, a otros lugares.
No hay un nico criterio a Ia hora de decidir qué es lo que define la sociedad
posmoderna, pero es cierto que determinados acontecimientos —algunos de ellos ya
apuntados mas arriba— parecen marearla indefectiblemente: el papel crecieme y de-
cisivo de las tecnologfas de la informacién y la comunicaciGn; la aparicién de una
nueva economia desmaterializada, deslocalizada y basada en Ia globalizacin del ca-
ital, los servicios y la informacién; el fin de la guerra fria y el hundimiento del blo-
que comunista; la introduccién de nuevas formas de realidad urbana y metropolitana
(la ciudad dispersa, el marketing y la competitividad entre ciudades) de las que la ciu-
dad de Los Angeles ofrece el arquetipo esencial; la fragmentacion de lo social y el ad~
venimiento del multiculturalismo y el mestizaje; el triunfo de la imagen, del simula-
cro, de Ia representacién, de lo virial.
Este conjunto de cambios observados en gran parte del planeta desde finales de
los afios 60 y que, sintéticamente, hoy conocemos como posfordismo, capitalismo
tardio, o posmodernidad, superan lo meramente econémico y sé manifiestan en todas
las esferas de la vida, hasta el punto de que Stuart Hall (1996) reconoce que ¢l posfor-
dismo debe ser considerado tanto un cambio econémico como cultural. La dificultad
de separar ambos cambios se ejemplifica no sélo en las grandes teorfas y explicacio-
nes, sino también en multiples ejemplos cotidianos, lo que no hace sino reforzar la
debilidad de las aproximaciones disciplinarias fragmentarias. La intensidad de dichas
transformaciones también convierte en cada vez mds obsoletas las formas tradiciona-
les de analizar y comprender los pracesos en marcha. Y es que, efectivamente, ante la
profundidad y la rapidez de los cambios, la geografia cultural y social tradicional,
abocada al pasado, a lo rural y a lo inmutable, tenfa cada vez menos cosas por decir,176 GEOGRAFIA HUMANA
EL POSMODERNISMO Y¥ LA DECONSTRUCCION DE LAS NARRATIVAS
Por posmodernismo se entiende una corriente de pensamiento propio de las
ciencias sociales que cuestiona ¢l proyecto cientifico heredado de la Hustracion
y constitutive de la modernidad. Se trata de una propuesta epistemoldgica amplia y
multidimensional que se puede sintetizar en dos aspectos basicos, a pesar de los mul-
tiples y heteréclitos enfoques existentes bajo su paraguas.
En primer lugar, se rechazan todo tipo de verdades universales: a pesar de la
pretendida objetividad del discurso cientifico, se reconoce que éste es siempre pro-
ducto de un sujeto y obedece a los criterios de validez que prevalecen en cada marco
conceptual del saber, de manera que todo discurso es siempre determinado social y
culturalmente. Segtin esta forma de pensamiento, y tomando un ejemplo alejado de
las ciencias sociales, tanto la medicina occidental como fos rituales animistas tendrian
sus métodos y su legitimacién y no seria posible afirmar que una es mas vélida o ver-
dadera que la otra, ya que, pata saberlo con certeza, habria que basarse no sobre los
criterios de una o de la otra, sino sobre una base comin a ambas. La ciencia, segin
Jean-Francois Lyotard, es ahora considerada como un juego de lenguaje entre otros
posibles, quedando despojada por tanto de su situacién privilegiada en relacién con
otras formas de conocimiento.
En un mundo dividido en miiltiples 4reas culturales y fragmentado en diferentes
comunidades, ningtin discurso, ninguna teorfa puede pretender tener un valor universal.
Este relativismo cultural cuestiona no sdlo el positivismo cientifico, sino también todos
los «grandes relatos» (o metanarrativas que durante décadas han buscado una explica-
cién absoluta y definitiva de la realidad) tales como el estructuralismo, el marxismo, el
psicoanilisis y tantos otros. En buena légica, el relativismo epistemoldgico (ninguna
teorfa explicativa es mds exacta que otra) y ontolégico (ningin «modelo real» puede
adoptarse como ejemplo paradigmético) podria conducir al absurdo de plantear que, si
«todo vale», ,qué legitimidad puede pretender el mismo discurso relativista?
En segundo lugar, y segtin Michel Foucault, esta critica epistemoldgica se arti-
cula a partir de las relaciones entre poder y saber: si la ciencia no busca verdades uni-
versales, sf que, al menos, se ve comprometida con sus fines, que se justifican en los
poderes politicos y econémicos del mundo occidental mas que en supuestas cientifici-
dades, Dichos poderes son los que han producido los discursos cientificos y los que, a
través de la colonizacién, el imperialismo cultural o la mundializacién de la econo-
mia, los han difundido e impuesto en casi todas partes, convenciéndonos de su objeti-
vidad. La critica posmoderna se encarga de reintroducir el discurso de los «otros», de
dar voz a aquellos que el mundo occidental hizo callar. Este «Otro» se identifica a
menudo con los pueblos anteriormente colonizados, pero también con todas las «mi-
norfas» sin voz que viven en el corazén de Occidente: mujeres, minorias étnicas, ho-
mosexuales, entre muchas otras. Desde la legitimidad de la voz y la mirada de cada
una de dichas «comunidades minoritarias o subalternas» pueden surgir explicaciones
més precisas y veridicas y totalmente diferentes de las del «chombre-blanco-acciden-
tal-heterosexual».
E] proyecto moderno se asociaba al progreso lineal, al optimismo hist6rico, a
las verdades absolutas, a la supuesta existencia de unas categorias sociales ideales y
ala estandarizacién y uniformizacién del conocimiento. El posmodemisma, contra-CARTOGRAFIA DE LOS CAMBIOS SOCIALES Y CULTURALES 177
riamente, pone el énfasis en la heterogeneidad y en la diferencia, en la fragmentacién,
en fa indeterminacion, en el escepticismo, en la mezcolanza, en el entrecruzamiento, en
la redefinicion del discurso cultural, en el redescubrimiento del «Otro», de lo margi-
nal, de lo alternativo, de lo hibrido (Haesbert, 2002).
LAS RAZONES DE LA NUEVA GEOGRAFIA CULTURAL ¥ SOCLAL
En el marco conceptual del posmodernisimo, una de Jas primeras formas de de-
construccién de las grandes metanarrativas fue protagonizada por la llamada Escuela
de Estudios Culturales de Birmingham, a través de la cual figuras como Raymond
Williams o Edward Thompson trazaron Jas directrices de un marxismo no economi~
cista (o marxismo cultural) atento a la relevancia —también material— de Jo cultural.
Esta via facilité la asuncién de conceptos como «hegemonia cultural» y «subalterni-
dad» (procedentes de Antonio Gramsci) por su capacidad de relacionar cultura, so-
siedad y poder (Clua y Zusman, 2003), En este marco, el énfasis se puso en el estudio
de la cultura de masas (cultura de consumo o culwura popular), ya que se entendia que
através de ella no s6lo se construfan identidades (tanto o mas poderosas y concluyen-
tes que Jas de una supuesta «alta cultura» oficial, elitista, excluyente y supuestamente
modélica), sino que era el canal habitual de transmision de las ideas, los valores y los
significados sociales (Harrington y Bielby, 2001).
En el Reino Unido, Peter Jackson (1980) y Denis Cosgrove (1983) lanzaron
sendas Iamadas a favor de una «nueva» geografia cultural, capaz de recoger este con-
cepto politizado de cultura, de dirigir la atencién hacia aspectos de la vida social que
no habian sido tratados hasta entonces por la geografia (género, sexualidad, identi-
dad) y de reconceptualizar las ideas de Paisaje y de lugar, en el sentido de ser consi-
deradas mas que simples artefactos materiales o contenedores sobre los que se desa-
olla la accién social, Esta «nueva geografia cultural», con un cariz politica, critica y
comprometido, pretenderfa evidenciar que la cultura no ¢s sGlo una construccién s0-
cial que se expresa territorialmente, sino que la cultura esta, en sf misma, constituida
espacialmente (Cosgrove, 1984).
Aquella relativizacién del conocimiento y la reivindicacién de lo diferente, pro-
pias del posmodernismo, explican igualmente el éxito de 1a nueva geografia cultural
del énfasis de Io cultural como foce de miléples objetos de anilisis y desde diversas
perspectivas y escalas. Para muestra, algunos ejemplos; las implicaciones culturales
de los procesos econémicos atendiendo a la base geogréfica de las relaciones de géne-
ro en el mercado de trabajo (McDowell, 1997); la relacién entre identidad y consumo
(Gackson, 1993); la constitucién territorial de la politica gay en San Francisco (Cas-
tells, 1983); o las luchas politicas por el espacio simbélico en el Paris del siglo xIx
(Harvey, 1985).
GIRO CULTURAL, GIRO ESPACIAL Y TEORIA SOCIAL
Entre las diversas ciencias sociales, la geografia —y sobre todo la anglosajo-
na— es quizd aquella que, de forma més clara, ha adoptado el «giro posmoderno»,178 GEOGRAFIA HUMANA
hasta el punto que socidlogos, eindlagos y también arquitectos e historiadores, hacen
referencia a la obra de geégrafos cuando tratan del posmodernismo. Dos razones
esenciales explican este éxito: por una parte, 1a asuncién de que la posmodernidad
implica una mutacién trascendental de la organizaci6n del espacio, de la cual los ge6-
grafos quieren (y pueden y deben) dar explicaciones (Dear, 1988). Por otra parte, se
da la plena constatacién de que el posmodernismo se traduce en una reconfiguracién
del conjunto de las ciencias sociales y particularmente en una «reinsereién del espa-
cio en Ia teorfa social» (Soja, 1989) como variable explicativa clave, lo que abre nue-
vas vias para la geografia y la sitda en un plano nuevo (o al menos mucho mejor si-
tuado) en el seno del debate cientifico.
Y es que, tradicionalmente, en el marco de las ciencias sociales modernas, se
1y6 a la historia y al tiempo un papel central y decisivo, en el que el historiador
occidental era capaz de escribir una historia universal comprensiva en la que el mun-
do constitufa un todo y todos los grupos humanos (todas las civilizaciones, todas las
sociedades) podian ser situadas en relacién a una cronologia cuyo eje central estaba
mareado por el progreso y el desarrollo (de Occidente)
Como sucede con el resto de verdades absolutas, el postnodernismo rechaza la
preeminencia de la explicaci6n histérica como (tinica) base de interpretacién del
mundo actual, ya que su discurso universalista y totalizante impide el desarrollo de
aspectos esenciales para el posmodernismo tales como 1a heterogeneidad, Ia alteridad
6 la diferencia. Tras el estallido posmoderno en muiltiples esferas de legitimidad, el
Unico comtexto donde heterogeneidad, alteridad y diferencia pueden expresarse es en
el de la apariencia fragmentada y yuxtapuesta de las diferentes comunidades humanas
sobre el espacio y, éste, a diferentes escalas simulténeas. El mundo ya no puede com-
prenderse a través de la l6gica del tiempo, sino a través de la del espacio. As{, ademas
de (o junto a) la introduccién de un «giro cultural» en el marco de la geografia, un
«giro espacial» ha ido penetrando progresivamemte en todo el pensamiento social y en
las interpretaciones de lo social.
2, La explosién de los lugares y los problemas de su representacién:
lo global y Io local
TIEMPOS Y ESPACIOS DE LA GLOBALIZACION
La explosién de lo global
Posmodernidad y posmodernismo van estrechamente asociados a la globaliza-
cién, Ciertamente, lo «global» no es un fenémeno nuevo: podemos hallar ejemplos de
gtandes migraciones, de intercambios comerciales a gran escala, o de extensa circula-
cién de modas, eapitales, ideas y religiones, en muy diversos momentos de la historia
de la humanidad. No obstante, nunca como ahora se habfa dado con esta dimensién,
inmediatez, impacto, extensi6n ¢ intensidad,
Habria que evitar, de entrada, la confusién del concepto de globalizacién con
los de internacionalizacién y transnacionalizacién. Por internacionalizacién hay que
entender la crecieme interrelacién de economfas y polftieas nacionales a través delCARTOGRAFIA DE LOS CAMBIOS SOCIALES ¥ CULTURALES 179
comercio internacional. Por transnacionalizacion, la creciente organizacién de la pro-
duccidn transfronteriza por parte de organizaciones de ambito supranacional. La glo-
balizaci6n no es ni una cosa ni la otra, aunque engloba a ambas. La internacionaliza-
cién (es decir, la mundializacién de las relaciones comerciales) es inherente a los
origenes del sistema capitalista y al fenémeno de los grandes descubrimientos geo-
geificos en el siglo xvi, como ya demostré Immanuel Wallerstein, para quien, ade-
més, la estructura mundial basada en una jerarqufa centro-periferia (basada en Ia ex-
plotacién y el dominio) es caracteristica esencial de la reproduccién del capitalismo
como sistema.
Una de las caracter{sticas del momento presente es la definitiva cobertura mun-
J de ambos fenémenos (internacionalizacién y transnacionalizacién) y, sobre todo,
su inmediatez: gracias a las nuevas tecnologias de la informacién y de la telecomuni-
cacién, cualquier decisién tomada en un extremo del planeta puede tener efectos in-
mediatos, en tiempo real, en el otro extremo. Lo que expresa en primera instancia el
concepto de globalizacién Cy lo distingue de Ia internacionalizacién y de la transna-
cionalizacién) es la capacidad de los sistemas de comunicaciones y de los mercados
para alcanzar al mundo en su totalidad, al momento y de forma profunda (Hoogvelt,
1997). La globalizacién representa la fase de la inmediatez y de la profundizacion de
la integracién de las economias mundiales.
Ahora bien, la globalizacién va mucho mas alla de una mundializacién de las
relaciones cconémicas. Abraza, inevitablemente, todo un amplio abanico de aspectos
de nuestra realidad circundante y de nuestra vida cotidiana que, directa o indirecta-
mente, se ven afectados por ella: 1a geopolitica, la universalizacién de determinados
idiomas, la cultura en su sentido mas amplio (preferencias estéticas, movimientos ar-
tésticos, indumentaria y vestuario, habitos de consumo) e incluso 1a homogeneizacién
de algunos paisajes (en especial los occidentales). Manuel Castells (1998) profundiza
en esta Ifnea al considerar que la globalizacién y la revolucién tecnolégica han sido
capaces de transformar los tres pilares bdsicos en los que se basa una sociedad: la ma-
neta de producir, la manera de vivir y las formas de gobierno.
¢Hacia una cultura global?
Mundializacién e internacionalizacién econémica han ide propiciando la creen-
cia de que la cultura también ha venido sufriendo unas transformaciones similares y
paralelas a las observadas por la economia. Ante Ia aparente debilidad de las culturas
locales y nacionales, en la actualidad, las distintas practicas culturales y los distintos
tasgos de cada lugar, tienden a converger y tornarse cada vez mas similares hasta con-
fluir en una homogeneizacién cultural, en una cultura global. La desaparicién de pue-
blos, lenguas © tradiciones por imposicién de unos sobre otros no es algo nuevo en
lahistoria, pero parece cierto, de nuevo, que la reciente. difusién de comportamientos,
estilos de vida o habitos de consumo oculta la importancia de lo diverso, lo concreto y
lo singular, objeto de estudio tradicional y privilegiado de la geograffa cultural y re-
gional.
Roland Robertson (1992), seguramente uno de los intelectuales que mds ha re-
flexionado sobre el tema, considera que la globalizacin a nivel cultural se da gracias180 GEOGRAFIA HUMANA
a dos fenémenos: la «compresin del mundo» y la «conciencia global», La compre-
sién del mundo se refiere al hecho de que determinados acontecimientos y decisiones
tomadas en un extremo del planeta pueden tener inmediatas consecuencias en el otro.
extremo. Los cambios en las modas, en las costumbres, en las formas de vida en Eu-
ropa y Norteamérica, por ejemplo, pueden influir directamente en la creacién 0 des-
truceién de puestos de trabajo en el sudeste asidtico; el modelo de crecimiento econd-
mico y el proceso de industrializacién de un pais cualquiera puede tener graves
impactos ambientales y ecolégicos en los paises vecinas; la acelerada deforestacién
en el noreste de la India y los grandes embalses que allf se canstruyen son la causa
principal de las inundaciones que azotan regularmente a Bangladesh, Es precisamen-
te esta compresién del mundo lo que intensifica la conciencia global, el otro fenéme-
no analizado por Robertson. La conciencia global —el sentimiento de compartir con
otras muchas personas de todos los rincones del planeta la sensibilidad ante determi-
nados temas— es posible gracias a la existencia de un discurso cada vez mis unifica-
do transmitide a través de los medios de comunicacién de masas. David Harvey
(1989) incide también en el concepto de compresién del mundo al que nos referiamos
hace un momento, aunque desde un punto de vista més espacial, més terzitorial.
A pesar de todo, la idea de que hay una cultura global o globalizada es muy
compleja, ya que, si bien la misma definicién de globalizacién implica la mundializa-
cién, su alcance es todavia extremadamente desigual, tanto territorialmente como en
Jo que respecta a los contenidos (no todo llega a todas partes). Es mds: el mismo Ro-
bertson reconece que los mismos procesos que conducen a una homogeneizacién cul-
tural también generan una notable diferenciacién. Como glabalizacién no equivale a
homogeneizacién, no todos los productos «globales» se acomodan de la misma forma
4 las preferencias de cada lugar ni los mismos mensajes son recibidos e interiorizados
de la misma manera por distintas audiencias que responden de maneras diversas y
complejas. La respuesta a todo ello es la creciente necesidad de explorar la intereo-
nectividad entre los procesos globales y los locales, el interés por desvelar cémo la
escala creciemtemente global de la produccién y el consumo cultural afecta las rela-
ciones entre identidad, significado y lugar. La perspectiva espacial, por tanto, se con-
vVierte en central en el estudio de lo cultural (McDowell, 1994; Warnier, 1999),
Mike Featherstone (1995) piensa mas bien que determinados temas y aspectos
culturales operan efectivamente escala global gracias a una mayor difusién propicia-
da por Ja utilizacién ventajosa de tecnologfas de la comunicacién y 1a informacién, Di-
shos aspectos globales se entreeruzarfan con las dimensiones locales y nacionales de
cada cultura particular, alterandolas pero no destruyéndolas necesariamente. De hecho,
ello conduce a una de las bases de estudio de la nueva geograffa cultural y social: si la
cultura es un sistema de significados compartides, el interés radica en indagar como se
originan los procesas que generan dichos significados, qué hace que sean comparti-
bles, qué los hace diferentes de otros sistemas, cémo y quién produce y negocia las
transformaciones, cémo se relacionan con las esferas politicas y econémicas, cémo in-
teractian a diferentes escalas. Y es que, a diferencia de lo que pretendia la geografia
cultural y regional tradicional, hoy ya no es posible trazar correlaciones untvocas y de-
terministicas entre espacio y sociedad: ya no es posible entender un pais o una regién
como una pieza de territorio perfectamente delimitada, identificada exclusivamente
por una tinica lengua, una misma historia, unas tradiciones comunes, un estado rigido.CARTOGRAFIA DE LOS CAMBIOS SOCIALES Y CULTURALES 181
En aquel contexto s{ quedaba perfectamente dibujado quién pertenecfa y quién estaba
excluido, quién era autéctono y quién extranjero; en el nuevo, ya no es asf.
‘UN MUNDO DE LUGARES.
La renovada actuatidad y presencia del Legar
A principios de los afios 1980 Doreen Massey (junto con otros estudiosos brité-
nicos) se refiere a las «divisiones espaciales del trabajo» para explicar la gran varie-
dad de marcos locales producidos por la evolucién reciente de la economia capitalis-
ta, en un intento por evitar los andlisis tradicionales de la geografia econémica
basados en tratar primero las formas de produecién para después examinar su traduc-
cién sobre el espacio en términos de localizaciGn. Massey afirma que el espacio inter-
viene directamente en la reproduccién de las estructuras sociales y econémicas y que
no hay que separar lo espacial de lo econémico y Io social: tanto los mercados de
mano de obra, como la reparticién de las actividades de produccién, o las estructuras
tegionales de clase participan conjuntamente de una misma realidad econémica, fun-
damentalmente espacial. La heterogeneidad del espacio, es decir, la existencia de lu-
gares diferentes (en términos de produccién, de divisiGn del trabajo, de clases socia-
les) es un fenédmeno de base de la economia capitalista: el estudio de los lugares (de
Jas «localidades») constituye pues un reto cientifico de primer orden. Se trataria en-
tonces de «levantar acta» de la especificidad, de la unicidad del lugar, que resulta
‘come producto de estructuras més amplias (Massey, 1984; Massey y Allen, 1984;
Swyngedouw, 1939).
‘A finales de los afios 1980, el lugar hace también su aparicién en geografia po-
Iftica al poner en duda que sdlo sea el Estado el marco de estudio 6ptimo para analizar
las mutaciones geopoliticas. El papel de las culturas locales en la resistencia a las po-
Iiticas nacionales (la tensién entre el lugar y el espacio) y las nuevas formas y estrate-
gias de la gobernabilidad resultan aspectos clave de la geografia politica presente.
'Y es que, en un contexto de deconstruccién absoluta, esti claro que los Estados-
nacién, las provincias 0 las comarcas no pueden continuar siendo el (inico y exclusi-
vo} marco de estudio geogrdfico, ya que estdn siendo superados «por arriba» (ante los
procesos de globalizacién y desregulacién) y «por abajo» (ante la explosién de las
singularidades interdependientes), Fl «lugar» tiene ahora un papel central en los and-
sis posmodemos, muy sensibles tanto a las cuestiones identitarias y comunitarias
como a la unicidad de los objetos y los ambitos. Las identidades tienen que ver con
los lugares: por una parte, la pertenencia a un lugar participa de la definicidn de uno
mismo: por otra parte, el espacio fragmentado en lugares por la distancias interviene
en la fabricacién de las identidades. Las mujeres, las minorfas étnicas 0 sexuales, los
grupos sociales, y un largo cteétera de grupos subalternos no pueden ser aprehendidos
y comprendidos sin tener en cuenta los lugares con los que se identifican y que los
identifican (Pasi, 1986).
El renovado éxito del concepto de lugar en la geografia contempordnea procede
de tazones y de enfoques muy diferentes y su interés radica, también, en su capaci-
dad de incluirlos a todos. Para unos, permite poner el acento en la dimensién subjeti-182 GEOGRAFIA HUMANA
va de la experiencia geografica, mientras que, para otros, ayuda a comprender los ac-
tores geogriificos que producen el lugar y, a su vez, son producidos por él. En cual-
quier caso, el concepte de lugar y el de localidad expresan la heterogeneidad del espa-
cio geogrifico actual.
Regiones, localidades y comunidades: las escalas de los lugares
La Iégica posmoderna ha propiciado que 1a cultura deje de ser vista como un
conjunto relativamente uniforme y normative de creencias, valores, actitudes, com-
poriamientos y productos. Minorias y/o grupos subalternos cuyas voces babian sido
anteriormente excluidas reclaman ahora atencién como partes esenciales del sistema
social: las variables de género, de clase, de etnia, de edad, de condicién corporal deli-
mitan las singularidades culturales de grupos cspecificos, cada cual con unas estruc-
turas sociales y unas espacialidades especfficas que obligan a replantear las geogra-
fias de la cultura y las relaciones entre cultura y espacio.
Al mismo tiempo, los nuevos contextos de la produccién, la distribucién, las
tecnologfas y las comunicaciones hacen que el consumo se convierta no s6lo én una
transaccién econémica para suplir determinadas necesidades, sino en una actividad
esencial que modela la vida individual y social en el mundo contemporéneo basta el
punto de determinar la propia identidad y permitir revisarla tantas veces como sea
conveniente. El consumo de determinado tipo de moda, de comida, de misica, de
sexo, de apariencia corporal, de ocio, de estilo de vida da lugar a nuevas comunidades
cuyas identidades culturales resultan ser tanto o més fuertes que las tradicionales y
que, gracias a las nuevas tecnologias, incluso superan las barreras del tiempo y del es-
pacio: estas nuevas comunidades tienen, pues, sus propias pautas de regionalizacién,
crean sus propias «regiones», aunque utilizando unas escalas, unos territorios, unas
variables de cohesién ¢ identidad distintas a las de antafio (Massey y Jess, 1995; De-
lanty, 2003).
Estos nuevos procesos culturales siguen siendo desiguales socialmente y dese-
quilibrados territorialmente (sigue habiendo «regiones ricas» y «regiones pobres»
no todas las personas ni todos los lugares tienen igual acceso a todos los bienes y
servicios, pero es cierto que las antiguas fronteras culturales (de lengua, etnia, forma-
cién) que parecian estables en el tiempo y en el espacio, no s6lo son abiertamente
transgredidas, sino que son las dreas de maximo interés. Es en la permeabilidad y
fluidez de los espacios y los grupos marginales donde las personas (individual y co-
lectivamente) negocian y definen sus identidades culturales. La hibridez y el mestiza-
Je son, por fin, valorados por si mismos y como productos de una realidad viva y crea-
tiva y no como la degeneracién de unos rasgos culturales preestablecidos.
Este proceso de deconstrucci6n que permitié superar la consideracién simplista
de la regi6n como un ente definido en un marco de coordenadas escalares sin mds,
empez6 pot tratar la regién como el producto de procesos externas, localizados «fue-
ra» de sus dimensiones y Ambito: las regiones empezaron a ser vistas como lienzos
sobre los que dejan su huella la globalizacién, las fluctuaciones del sistema capitalis-
ta, 0 los cambios en las pautas de localizacién econémica, Posteriarmente, los proce-
sos observacios en las regiones también son vistos como algo interno (a pesar de queCARTOGRAFIA DE LOS CAMBIOS SOCIALES Y¥ CULTURALES 183
ladistinci6n entre «interno» y «externo» sea cada vez més problemitica): las regiones
son, también, condensaciones mas o menos volatiles de instituciones y de objetos, de
pricticas y de personas conjunta e fntimamente involucradas en el funcionamiento y
el resultado de dichos procesos locales. Finalmente, las regiones son vistas como la
combinacién tinica, singular e interdependiente de procesos internos y externos,
creando dindmicas translocales y wansregionales. Si cada una de dichas combinacio-
nes (cada «estrato») se produce en (y es producto de) un determinado momento histé-
rico, en el fondo cada regin es la combinacién tnica, singular e interdependiente de
multiples estratos: un palimpsesto que utiliza y visualiza de forma desigual textos del
pasado y del presente, propios y ajenos (Albet, 2001)
La region, el lugar, sigue siendo la quintaesencia de la geografia, pero el énfasis
radica cada vez mas en el proceso de construccién de la regi6n, producto de aquella
multiple combinacién de poderes, conocimientos y espacialidades. La formacién y
transformacidn de las regiones esta hecha de procesos materiales y discursivas, fisi-
cos y simbélicos, palpables y representados, econémicos y culturales, humanos y so-
ciales, reales e imaginados; y todo ello sedimentado en paisajes fisicas, politica pui-
blicas, geografias imaginativas. A algo similar Soja lo llama third space (Soja, 1996).
EL PAISAJE COMO REPRESENTACION DEL ORDEN SOCIAL Y DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER
Construccién y destruccién del paisaje
El paisaje es, sin lugar a dudas, uno de los elementos identitarios mas excepei
nales, uno de los patrimonios culturales mas apreciados en las sociedades cultas y
avanzadas de nuestro entorno. El paisaje es el resultado de una transformacidn colec-
tiva de Ja naturaleza. Representa la proyeccién cultural de una sociedad en un espacio
determinado y es, por ello mismo, un patrimonio que debe conservarse, admitiendo
que es algo dindmico y en constante evolucién. Su inevitable transformacién puede
controlarse y planificarse, sin atentar asi contra los rasgos esenciales que le dan carac-
ler y personalidad.
‘Las sociedades humanas, a través de su cultura, transforman los originarios pai-
sajes naturales en paisajes culturales, caracterizados no sélo por una determinada ma-
terialidad (formas de construccién, tipos de cultivos), sino también por la traslacién al
propio paisaje de sus valores, de sus sentimientos. El paisaje, por tanto, nos presenta
el mundo tal como es, pero es también, a su vez, una construcciéa, una composicién
de este mundo, una forma de ver —de mirar— el mundo. Nos hallamos ante una rea-
lidad enormemente impregnada de connotaciones culturales, ante un dindmico cédigo
de simbolos que nos habla de la cultura de su pasado, de su presente y quizés tam-
bién de la de su futuro. La legibilidad semistica del paisaje, esto es el grado de desco-
dificacion de sus simbolos, puede ser més 0 menos compleja, pero esta vinculada, en
cualquier caso, a la cultura que los produce (Jackson, 1989).
El paisaje, en tanto que resultado de un dificil equilibrio entre elementos abidti
cos, bidticos y antrépicos, se transforma continuamente y es capaz de integrar y asi-
milar elementos que responden a modificaciones territoriales importantes, siempre y
cuando estas modificaciones no sean bruscas, violentas, demasiado rapidas. Como184 GEOGRAFIA HUMANA.
afirma el ge6grafo italiano Eugenio Turri (1979) en su obra Semiologia del paesaggio
italiano, las modificaciones del paisaje en el pasado eran lentas, pacientes, al ritmo de.
la intervencién humana, prolongadas en el tiempo y facilmente absorbibles por la na-
turaleza de los seres humanos: el elemento nuevo se inserfa gradualmente en el cua-
dro psicolégico de la gente. Ahora bien, cuando esta insercisn es répida, como en los
ultimos afios, la absorcién se hace més dificil. El problema no radica, por tanto, en la
transformacién per se del paisaje, sino en el cardcter e intensidad de esta transforma-
cién: he ahi el quid de la cuestion.
La ineapacidad de actuar sobre el paisaje sin destrozarlo, sin aniquilar su cardée-
ter esencial, sin climinar aquellos rasgos que le dan continuidad histérica, es uno de
los dramas de nuestra civilizacién, como ya advirtié en 1925 el gedgrafo Carl Sauer.
Los paisajes tienen un cardcter, una personalidad propia y exclusiva, que no deben
leerse como algo inequivoco, inmanente y estitico.
Espectdculo y simulacro
Conservar la autenticidad de un paisaje, a la escala que sea, no significa mante-
nerlo intacto, fosilizado, Se trata de intentar conservar la espe idad y originalidad
de sus elementos constituyentes sin cuestionar su dinamismo. Sélo asf es posible pre-
servar el cardeter del lugar sin convertirlo en un museo sin vida, La recuperacién
superficial de construcciones y estructuras tradicionales —en especial en las zonas
rurales— no evita este riesgo, sino que lo agrava. He ahi el resultado: paisajes estati-
cos, artificiales, de cartén piedra, Se trata de «intervenciones pesebristicas», es decir
reconstrucciones mis o menos fieles (supuestamente) y mds o menos bucélicas de un
paisaje rural funcionalmente desaparecido, en Ifnea con la filosoffa que inspira los
parques tematicos.
La recuperacién mimeética y pésimamente disefiada de formas y construcciones
antiguas y/o tradicionales a menudo produce un pastiche, un tipo de paisaje casi tan
pésimo como su contrario, esio ¢s el paisaje estandarizado, uniforme y falto de origi
nalidad que tantas veces ha sido criticado, En el fondo, la inautenticidad esta tan pre-
sente en uno como en otro, aunque quizds sorprende y «duele» mas lo que esta suce-
diendo en el primer caso, porque en él intervienen, al menos en teoria, profesionales
del disefio y de la planificacién supuestamente alejados del segundo modelo. La te-
matizacién del paisaje implica la negacién de lo auténtico, el espejo de la falsedad, la
cursilerfa. He ahi la definitiva mercantilizacién de los lugares, tan propia del turismo
posmoderno y posindustrial (Daniels y Cosgrove, 1993).
Con raras excepciones, Ia agricultura intensiva, Ia industria, el turismo de ma-
sas y las grandes infraestructuras contemporaneas no han transformado el paisaje,
sine que lo han destrozado y, en él mejor de los casos, homogencizado. Es precisa~
mente de Ia homogencizacién creciente de muchos paisajes europeos de lo que se
quejaba el escritor Juan Cueto en el Magazine de La Vanguardia, cuando escribia,
con fina ironia:
Esto no era lo prometido, Nos habfan dicho que sélo serfa tinica la moneda [...}
Pero no nes habian dicho nada del paisaje europeo tinico. Mucho antes de que hayamosCARTOGRAFIA DE LOS CAMBIOS SOCIALES Y CULTURALES 185
metido un euro en el bolsillo, nos han mietido por los ojos un nuevo paisaje. Habri que
acostumbrarse, pero su omnipresencia en la ventanilla de mis autobuses, de momento,
me deja frio, [...] El principal problema es que a este flamante paisaje europeo le faltan
referencias literarias, pictérieas y filoséficas, [...] Es un paisaje de autor (el copyright es
de Bruselas), pero sin autores que lo hayan contado, pintado, filosofade, filmado o re-
tratado. Por eso no funciona como paisaje, no te dice nada, se estrella contra la ventani-
Ila, te da suefio, [...] Antes eran los autores los que buscaban paisajes, ahora es un pai-
saje en busca de autores (Cucto, 1998, p. 85).
Descodificando la ideologta del paisaje: un sistema de signos y de simbolos
La tradicional identificacién (univoca y permanente) entre un «paisaje» y unas
«formas culturales» ha tendido a anular o menospreciar el componente social (de de-
cisién voluntarista) que incorpora la construccién material de dicho paisaje. Sauer en-
tendfa que el trnsito de un paisaje natural a otro de cultural se realizaba a través de la
intervencién de la cultura (marginando los aspectos econémicos y los politicos), de
manera que la cultura pasaba a ser un elemento explicativo de los citados paisajes,
més que un factor causal.
Augustin Berque (1990) introduce el concepto de medianza, a través del cual
admite que las caracteristicas propias de un medio, de un lugar, de un paisaje, son, a
la vez, objetivas y subjetivas (son trayectivas, dir él); el paisaje es configurado y
transformado por las acciones humanas, pero éstas, a su vez, son transformadas por el
mismo paisaje. Bl paisaje es macho mas que un objeto resultado de una cultura o de
una historia; que comprenderlo en tanto que» producto y productor de la mirada, la
conciencia, los valores, la experiencia, la estética, la moral de las personas sobre el
medio y todo ello gestionado por unas decisiones politicas y unas orientaciones eco-
némicas.
El paisaje es hoy en dfa un objeto de estudio preferente, pero se concibe no tan-
to como una forma, sing como un sistema de signos y de simbolos y de sus interpreta-
clones: para comprender un paisaje construido es necesario entender sus represen-
laciones eseritas y orales no sdlo como «ilustraciones» de dicho paisaje, sino como
imagenes constitutivas de sus significaciones. Si la cultura es concebida como un si:
tema de significaciones vehiculadas por un conjunto de mediadores y de representa-
ciones, ¢l paisaje juega un papel esencial en tante que contribuye a la objetivacién y a
Ja naturalizacion de la cultura: el paisaje no sélo refleja la cultura, sino que es parte de
su constitucién y, por tanto, es expresién activa de una ideologfa (Lash y Urry, 1994).
Entendiendo, pues, el paisaje como una «mirada», como nna «manera de ver»,
¢s fécil asumir que dichas miradas acostumbran a no ser gratuitas, sino que son cons-
teuidas y responden a una ideologia que busca transmitir una determinada forma de
apropiacién del espacio; la idea de paisaje responde a la voluntad de proporcionar una
visién exterior, una interpretacién controlada y precisa no necesariamente participati-
va, Las miradas del paisaje —y el mismo paisaje— reflejan una determinada forma
de organizar y experimentar el orden visual de las cosas en el territorio, una «ideolo-
gfa visual». Asi, el paisaje contribuye a «naturalizar» y «normalizar» las relaciones
sociales y el orden territorial establecido, propiciando que parezcan inevitables y no186, GEOGRAFIA HUMANA
8€ pongan en cuestion ni se planteen los origenes de las desigualdades o los desequili-
brios. Al crear y recrear los paisajes a través de signos con mensajes ideolégicos, se
forman imagenes y patrones de significados que permiten ejercer el control sobre el
comportamiento, dado que las personas asumen estos paisajes «manufacturados» de
manera natural y légica, pasando a incorporarlos en su imaginario, y a consumirlos,
defenderlos y legitimarlos. Visto asi, el paisaje es también un reflejo del poder y una
herramienta para establecer, manipular y legitimar las relaciones sociales y de poder
(Cresswell, 1996; Rogoff, 2000).
EI paisaje como producto y como texto
Si en todo paisaje nada es gratuito y todo tiene una raz6n de ser en la construc-
ciGn y expresién de la ideologia visual, el objetivo de la geografia del paisaje es ahora
decodificar los simbolos y los signos inscritos en el paisaje y su funcién de transmiso-
res de los cédigos de comportamiento y relacién. En consecuencia, el estudio de los
paisajes da un paso mas alld de la simple descripcién estética e incluso de la concep-
cién del paisaje como resultado de la aplicacién de una tradiciGn cultural sobre un te~
rritoria. Aparece entonces un concepto de paisaje necesariamente ligado al trabajo
humano, las intenciones, las pricticas y las relaciones sociales que lo han hecho posi-
ble. El estudio del paisaje se entiende ahora come la interpretacién de las representa-
ciones hegemsnicas y como expresién del poder (Barnes y Duncan, 1992; Mitchell,
1994).
Interesa, pues, analizar cudles son los simbolos que la nacién o el Estado o la
religi6n esparce para marcar su existencia y sus limites; cudles son los monumentos;
cudles son los criterios que hacen «exético» un paisaje y, por lo tanto, mezcla de de-
seo y temor (la supuesta objetividad de la informacién transmi por la historia pro-
fundiza en los t6picos y legitima la colonizacion y el menosprecio). Interesa, en defi-
niliva, estudiar qué paisajes se convierten en espectdculo y, por lo tanto, son
utilizados por el marketing urbano recreando la diferencia o la similitud y reinterpre-
tando el pasado. La teatralidad del paisaje adopta caracteres épicos en los ambientes
turales, a menudo identificados como simbolo de los orfgenes y la pureza de la identi-
dad nacional, a pesar de que en la actualidad estén marginados politica y econémica-
mente.
Siguiendo la légica posmoderna, la construccién y aprehensién de la realidad
es un constante juego de lenguajes, significaciones y representaciones. El mundo y
sus miiltiples lugares y paisajes deben ser lefdos como textos y, en el marco de la de-
construccién, la intertextualidad se convierte en el nuevo discurso. Dado que dicho
discurso no es estable ni incuestionable, sino difuso y volatil, la apuesta consiste en
examinar c6mo dichos textas son leidos por sus muiltiples lectores (en el caso de la
ciudad, sus habitantes, sus itantes, sus espectadores); analizar cémo esta codifica-
da la informacién (cules son los signos y los mensajes) teniendo en cuenta que, ante
unas relaciones de poder determinadas, diferentes personas pueden interpretar dichos
cédigos de maneras muy distintas (Scott, 2001, Simard, 2000; Nouzeilles, 2002).CARTOGRAFIA DE LOS CAMBIOS SOCIALES Y CULTURALES 187
3. Multiculturalismo, identidad yalteridad: la celebracién de la diferencia
CONSTRUCCION Y MANIPULACION DE LA IDENTIDAD
Identidad cultural, identidad territorial
A pesar de que la idea de identidad puede ser también analizada desde una Gpti-
ca individual, el proceso de formacién de las identidades territoriales contemporaneas
resulta ser mas colectivo que individual. Evidentemente, la identidad no va sélo aso-
ciada a caracteristicas tales como el sexo o el origen étnico, sino también al espacio
geogréfico y cultural: todos nacemos en un Ambito cultural determinado y en un lugar
especffico. A los hijos de los emigrantes ¥ de los refugiados se les recuerda su lugar de
origen y sus rafces familiares a través de la lengua, de la gastronomia, de las costum-
bres, de las fotografias de los parientes, de los relatos, de los cuentas y de las leyen-
das, Para estos nifios. el exilio, el hecho de estar desplazados, no significa permanecer
inméviles en el tiempo y en el espacio. La materialidad de sus geografias se hace tan.
gible a través del contexto cultural de sus hogares y a pesar del cosmopolitismo vir-
tual y real de su condicién, lo que no impide experimentar a menudo una intensa sen.
sacién de desarraigo (Morley y Robinson, 1993),
El lugar de origen inculca identidad al individuo y al grupo. Ahora bien, en el
supuesto de que éste se desplace y de que, por tanto, desarrolle su vida cotidiana en
otro lugar, éste le imbuird también de identidad, en mayor o menor medida y en fun-
cién de muchas y diversas circunstancias. Sin embargo, en el mundo en que vivimos
ho es necesario emigrar para recibir la influencia de otros estilos de vida y formas de
pensar: tos medios de comunicacién de masas o el contacto con el «Otro» a través,
por ejemplo, de! turismo comportan, asimismo, una notable influencia cultural. Asi
pues, la identidad —incluso la de las minorias— no debe ser concebida hoy como
algo monolitico, sino mas bien como un fendmeno miiltiple, heterogéneo, multifacial
—y hasta cierto punto imprevisible— que problematiza y recompone tradiciones. La
identidad es algo que, en gran medida, se construye (Nijman, 1999),
Todo ello no impide reconocer que la diversidad identitaria en la que nos move-
mos no est exenta de tensiones y contradicciones, no sélo de grupo, sino también in-
dividuales. Hay quien teme que esta multiplicidad de identidades le lleve a uno a una
cierta esquizofrenia. Utilizando su Propio caso como ejemplo, Tzvetan Todorov
(1994) reconoce experimentar una especie de tensién entre sus dos idiomas, el fran-
oés y el builgaro, una tensin que también esti presente en su propia concepcién del
espacio: «Aunque me considero francés y bulgaro por igual, no puedo estar a la vez
en Parfs o en Soffa. La ubicuidad no se halla atin a mi alcance. Mis pensamientos de-
Penden demasiado del lugar donde son emitidos para que mi paradero sea irrelevan-
te» (p. 211), «Mi patria es mi lengua», como dirfa Elias Canetti,
Asi pues, segtin Todorov, dos elementos claves de la identidad, el idioma (la
cultura) y el lugar (la geografia), multiplican y magnifican el conflicio y Hevan al au.
lor a reconocer que, si bien es absurdo pensar que el que pertenece.a dos culturas pier-
de su raz6n de ser, también es licito dudar de que el simple hecho de poseer dos vo-
ces, dos idiomas, sea un privilegio que garantice el acceso a li modernidad. Todorov
opta finalmente por un yo bilingtie equilibrado, por una clara articulacién entre sus188 GEOGRAFLA HUMANA
dos identidades lingiifsticas y culturales. Es una opei6n parecida a la escogida por
Amin Maalouf (1999: pp. 11-12) cuando afirma: «Lo que hace que yo sea yo, ¥ no
otro, es ese estar en las lindes de dos pafses, de dos o tres idiomas, de varias tradicio-
nes culturales. Es eso justamente lo que define mi identidad. ;,Serfa acaso mds sineero
si amputara de mf una parte de Io que soy? [...] La identidad no est hecha de com-
partimentos, no se divide en mitades, ni en tercios zonas estancas. Y no es que ten-
ga varias identidades: tengo solamente una, producto de todos los elementos que la
han configurado mediante una “dosificacién” singular que nunca es la misma en dos
personas.» Hay que reconocer, sin embargo, que no siempre es facil encontrarse c6-
modo en esta tercera via. En muchos casos Jas herencias del pasado y los conflictos
politicos del presente pesan demasiado.
El tema de las identidades culturales colectivas es fundamental en el contexto de
la globalizaciGn. La circulaci6n de tas personas, bien de forma voluntaria (viajes de tu-
rismo y ocio), bien por nécesidad (migraciones por motives laborales 0 éxodos de-
bidos a conflictos armados), confronta al autéctono, al ciudadano que no se ha trasla-
dado, con su propia identidad. Al contemplar y convivir con otras identidades
culturales, este ciudadano se ve inevitablemente abocado a plantearse su propia identi-
dad, a compararla con la de los demés. Es entonces cuando surge el conflicto, que pue-
de resolverse satisfactoriamente —o no— en funcién de miltiples y diversas variables.
Sentido del lugar y desterritorializacidn: comunidades imaginarias y ciberespacio
Tradicionalmente, el sentido de territorialidad (y, a partir de él, el localismo, el
regionalismo y el nacionalismo) se ha basado en una fntima correlacidn entre perte-
nencia cultural y pertenencia territorial segiin la cual toda identidad cultural resulta
ser un ente estatico y delimitado en el territorio que tiene una perdurabilidad transmi-
tida generacionalmente. Esta tautologia (el derecho a un territorio se corresponde con
una identificaci6n cultural que, a su vez, es utilizada para identificar un territorio) ha
sido utilizada como justificacién para el origen de multiples guerras y conflictos geo-
politicos.
Junto a ello, también es cierto que los criterios utilizados para delimitar la iden-
tidad territorial se han basado, esencialmente, en la diferenciacién cultural: a menudo,
lo que constituye la esencia propia de la identidad ha sido seleccionado y magnifica-
do precisamente por ser lo que mas diferente era con respecto a los vecinos 0 a cual-
quier grupo (una contraposicién relacional o en funcién del «Otro»), pero no por ser
caracteristicas intrinsecas de aquel territorio. Es mas, muchos de los estudios recien-
tes demuestran cémo la gran mayoria de identidades nacionales (muchos de los ritua-
les, tradiciones, incluso la misma historia) que parecerian constituir las bases inmuta-
bles de la «patria», de la nacién y del Estado-nacional, no son sino «tradiciones.
inventadas» recientemente (Hobsbawn y Ranger, 1988).
Benedict Anderson (1991) introduce ¢l concepto de «comunidad imaginada>
para analizar los mecanismos de unidad cultural y nacional y evidenciar que, si aque-
las tradiciones inventadas tienen una adecuada manipulacién a través de los medios
de comunicacién y de la parafernalia del Estado (ejército, bandera, himno, familia
real), ni tan sélo hace falta que existan de manera efectiva y real. No se trata ya de queCARTOGRAFIA DE LOS CAMBIOS SOCIALES Y CULTURALES 189
los ciudadanos absorban un mismo discurso a través de instituciones como Ia escuela
ola television, sino de que Sepan, 0 crean, que el resto de ciudadanos acttia de mane-
ta similar a la suya. El mismo concepto de comunidad imaginaria es utilizado para es-
tudiar los grupos que, de una forma directa o virtual, comparten unos mismos gustos,
tendencias 0 intenciones, credndose una «comunidad de intereses» o «de visidn».
Muchas de estas nuevas comunidades de identidad son efectivamente virtuales, sin
contacto directo entre sus miembros ni contigitidad espacial de sus «lugares». Se tra-
ta, de hecho, de las comunidades de lugares localizadas en el limbo del Hamado cibe-
respacio y propiciadas por la «destemporalizacidn» del espacio que permite que todo
pueda suceder simultdneamente (Crang, Crang y May, 1999)
¥ €s que el impacto de las telecomunicaciones (y, en concreto, la difusién de In-
ternet), la mayor velocidad de Jos sistemas de transporte y la mundializacién de los
mercados habrian conducido a poner en cuestién la identidad de los lugares «tradicia-
ales», basados en una «cultura territorializada». La estandarizacion de las modas, de
Jos productos, de los habitos de consumo (la «medonalizacién» del mundo) habria con-
tibuido notablemente a una pérdida, ya no del sentido del lugar, sino de la nocién mis-
ma de lugar. Por si fuera poco, Marc Augé (1993) habla de la generalizacién de los
sno-lugares»; aquellos en los que, par ser nodos de transito y de circulacién (como por
ejemplo los aeropuertos) o por su expresa despersonalizaci6n y caracter anodino y tri-
Vial, no consiguen asociarse a ninguna «cultura territorial» (Cresswell y Dixon, 2002),
En lo que respecta a los elementos con una localizaci6n fisica «real», Frederic
Jameson, uno de los grandes tedricos del posmodernismo, escogia Los Angeles como
metafora perfecta de la desterritorializacion y de la pérdida del sentido de lugar pro-
pias de la sociedad contempordnea: una metrépoli sin centro, sin limites, sin forma.
En la misma ciudad, el edificio del Bonaventura Hotel ofrece la imagen paradigméti-
ca del lugar posmoderno: un lugar sin Iégica, imposible de descifrar, disefiado para
confundir, para desorientar,
Los estudlios culturales tradicionales —y, entre ellos, la geografia cultural— ge
habian dedicado a estudiar las diferencias entre culturas, enfatizando su supuesto ca-
ricter estatico, homogéneo y cerrado, utilizado como instrumento de dominacién. El
nuevo interés de estudio radica ahora en denunciar los factores y mecanismos que han
servido para esconder y reprimir las relaciones internas y las conexiones externas de
las culturas que hubieran tendido a la mezcla, a la hibridacién y a la recreacién
(Bhabha, 1994),
‘CULTURA GLOBAL, CULTURA LOCAL.
Entre la homogeneizacién ¥ la hibridacion: la creatividad de las diferencias
en contacto
Aun reconociendo que la globalizacién es un fenémeno de excepcional relevan-
cia e incidencia en nuestra vida cotidiana, no implica, necesariamente, la eliminacién
automntica de las dinémicas locales: tiene, sin duda, un gran impacto en la capacidad
de establecer y mantener entornos diferenciados, pero no los elimina, no los unifica,
al menos no siempre, no del todo, ni en cualquier lugar. No Patece, en efecto, que nos190 GEOGRAFIA HUMANA
hallemos ante un proceso de. uniformizacién irreversible, de dominacién transnacio-
nal impecable. Por ello hay que plantearse seriamente hasta qué punto las interco-
nexiones entre las fuerzas globales y las particularidades locales alteran las relaciones
entre identidad, significado y lugar; cémo los bienes y servicios producidos y comer-
cializados globalmente son percibidos y utilizados de manera diferente por los seres
humanos y en diferentes puntos del planeta a la vez. Cabe interrogarse por qué, a pe-
sar de la creciente homogeneidad de la produccién cultural internacional, hay atin
muchos y diversos espacios de resistencia que expresan sentimientos de individuali-
dad y de comunidad; sentimientos de identidad, en definitiva (Pile y Keith, 1997).
Quiza deba entenderse la globalizacién como un doble proceso de particularizacién
de lo universal y de universalizacién de lo particular (Crang, 1999).
A pesar de todo, es cierto que los procesos de globalizacién cuestionan fuerte-
mente el significado del lugar (incluso los lugares ms remotos del planeta estén cada
dia mas y mds internacionalizados, ya sea a través del turismo, los medios de comuni-
cacidn o la generalizacién de determinados productos de consumo). Paradéjicamente,
las reivindicaciones de las identidades culturales locales (a veces conflictivarmente lo-
calistas} también son mas y mas numerosas. Doreen Massey (1993) afirma que el im-
pacto cultural de lo global en Io local tiene dos consecuencias contrapuestas. Por un
lado —y cuando los procesos globales son vistos como una amenaza para la cultura
local— se produce un abierto rechazo que, a menudo, se traduce en nacionalismos,
integrismos y fundamentalismos: la preservacién de las diferencias culturales debe
hacerse a eseala local. Por el contrario, utilizando la tolerancia y la inclusi6n como an-
tidotos de los prejuicios y la exclusién, en ocasiones lo global es presentado como una
oportunidad para crear nuevos sentidos de y para «lo local».
Estos nuevos sentidos pasan necesariamente por la aceptacion de la diferencia y
Ja asuncion de la mezcla cultural como forma 6ptima de transformacién. Asi, la cultu-
ra global a través de la televisién, el cine, la moda, la mvisica, el fiitbol o el turismo,
puede incorporar unos rasges y unos productos supuestamente «modernos» y avan-
zados (en forma de «americanizacién») a la cultura local de lugares aislados de los
cireulos «occidentales». Pero también las ciudades y paises occidentales, a través del
papel de los inmigrantes o de las miltiples formas de contactos, asumen e interiorizan
caracteristicas y comportamientos propios de otras partes del mundo. En ambos ca-
sos, la integracién de estas influencias supone la mezcla o la hibridacién de culturas.
(Shurmer-Smith y Hannam, 1994; Barros y Zusman, 1999),
Las respuestas y actitudes ante esta realidad son diversas. Algunos apuestan por
un meiting-pot en el que las diferentes culturas se asimilen y diluyan ea el marco de la
cultura dominante como garantia de homogeneizacién, Otros propugnan que las iden-
tidades nacionales, caso de continuar existiendo como tales, sean un mosaico multi-
cultural en el que el pluralismo étnico y cultural sea un valor definitive y definitorio.
La concepcién mas abierta y progresista presenta la nocién de hibridacién como fér-
mula creativa que, rompiendo las barreras tradicionales (de raza, de género, de sexo)
permite la aparicién de algo totalmente nuevo y, por lo tanto, aceptado y aceptable
por todos. La musica popular (el rap, el rai) es quiz el ejemplo mas evidente (y uno
de los mas estudiados) de hibridacién, ya que la mezcla de lenguajes, estilos y ritmos
viene a suponer una forma de subversién ante el orden establecido, ante las etiquetas.
clasicas (Bohlman, 2002; Connell y Gibson, 2003).CARTOGRAFIA DE LOS CAMBIOS SOCIALES Y CULTURALES 19]
El multicuituralismo y los procesos de mezela cultural
El multiculturalismo, entendido como una. filosoffa polftico-social, trata de con-
seguir el transito de un Estado-nacién monocultural, homogéneo, a un Estado multi-
cultural, fiel reflejo de una sociedad constituida por diversos y variados grupos cultu-
rales, Asi. ¢l multiculturalismo como Proyecto politico se basaria, segtin Duefas
(2000), en el respeto a la diversidad cultural, la afirmacién del derecho a la diferencia
y la readaptacién de la estructura basica de las instituciones piiblicas de manera que
todos los grupos culturales dispongan de 1a misma igualdad de oportunidades.
Surgido hace ya varias décadas en los paises anglosajones, en los que el fené-
meno inmigratorio puso sobre la mesa mucho antes que en Ja Europa continental el
conflicto entre culturas, el multiculturalismo no ha dejado de generar nuevas propues-
tas feGricas y metodoldgicas, siempre en el marco del patadigma del pluralismo cuitu-
ral. Una de las mds recientes tiene que ver con ¢l denominado «didlogo intercultural»,
basado en el desarrollo de nuevos instrumentos y recursos que favorezean, en la priic-
tica cotidiana, la convivencia entre diferentes comunidades culturales.
Ahora bien, el multiculiuralismo, aun habiendo impregnado profundamente el
programa de actuacién de infinidad de organizaciones no gubernaimentales y muilti-
ples agendas politicas, no se ha visto libre de eriticas, Desde el liberalismo se argu-
menta que el reconocimiento de las particularidades y excepcionalidades culturales
puede llegar a comprometer Ja igualdad de los derechos individuales sobre los que se
asienta, precisamente, el principio de ciudadanfa. La Politica identitaria que esté en la
base del multiculturalismo, afirman algunos idedlogos liberales, conlleva el riesgo de
fragmentacién social. La politica de la diferencia puede, paradéjicamente, condenar a
determinados grupos culturales a la marginalidad y reforzar, por tanto, las situaciones
de dominio social y de injusticia. Lo que en el fondo se esta discutiendo es, en pala-
bras de Joan Ramon Resina (2000), el conflicto entre universalidad y particularismo,
En esta misma direcci6n se orienta la deida y feroz critica hacia el multicultura-
lismo de Giovanni Sartori en su libro La sociedad multiémica. Sartori (2001), uno de
los intelectuales europeos mas brillantes de la denominada izquierda liberal, llega a
afirmar que el multiculturalismo es en s{ una ideologia perniciosa que dilapida el
Principio de ciudadanfa, puesto que fragmenta, divide y leva directamente a la crea-
cién de pequefias sociedades cerradas, a guetos de base identitaria, que impiden a sus
habitantes cruzar las fronteras interculturales. En palabras del propio Sartori, «el mul-
ticulturalismo lleva a Bosnia y a la balcanizacién», Implica el regreso a contextos so-
ciales premodernos en Jos que primaban la arbitrariedad, la injusticia y la intoleran-
cia. De ahf su rotunda oposicién a las politicas publicas que, indirectamente, se
derivan del multiculturalismo, como tas politicas de discriminacién positiva 0 affir-
mative action, tan habituales en el mundo anglosajén.
La idea de diaspora sugiere la existencia de asentamientos estables en territo-
fios «extranjeros» fuera de los lugares de origen de una comunidad: inicialmente apli-
cado al pueblo judio, hoy recuerda que cl seatimiento de pertenencia e identidad no
necesariamente deriva de un vinculo territorial, ni que existe una relacién unfvoca y
directa entre cultura y territorio. En las zonas de contacto que generan las didsporas
puede darse hibridacién o transculturacién (relacién asimétrica entre culturas que se
ven obligadas a interactuar),192 GEOGRAFIA HUMANA
A pesar de que el multiculturalismo y la hibridez «estén de moda» y, debido a
ello, en ocasiones se vean mercantilizados, no dejan de suponer un gran reto que ayu-
da a cuestionar los limites de toda pertenencia, los criterios de inclusién, las defin
ciones del yo y el «Otro». Son una apuesta para celebrar la diferencia y la diversidad,
para democratizar la cultura y crear nuevas comunidades imaginarias a partir de la ri-
queza que aporta el contacto (Hannerz, 1996; Garefa Canclini, 1997).
EL ORIENTALISMO © LA INVENCION DEL «OTRO
Alteridad asimétrica
Esta eclosién de lugares ¢ identidades tiene mucho que ver con el reconoci
miento académico e inteleciual del «Otro», de la alteridad, come categoria de an:
sis. En este punto y desde las ciencias sociales, han jugado un gran papel las nuevas
aportaciones criticas sobre orientalismo y poscolonialisma,
La obra de Edward W. Said, Orientalism, publicada en 1978, fue clave en este
proceso de renovacién. En esencia —e inspirdndose en Foucault y Gramsci—, lo que
Said plantea es que «Oriente» no existe realmente: es una construccién europea, un
producto intelectual europeo, una imagen del Otro, que permite, al definir al Otro,
identificarse a une mismo como europeo, como occidental, ;Por qué no existe un
campo de estudio simétrico, equivalente, denominado «Occidentalismo»? Esta pre-
gunta, afirma el autor, deberfa hacernos reflexionar.
Que sea un producto intelectual curopeo no implica que se trate simplemente
de un ctimulo de tépicos, mitos y nada més: «E] orientalismo no es, por tanto, una fri-
vola fantasia europea del Oriente, sino un cuerpo formado de teoria y practica en el
que, durante muchas generaciones, ha habido una inversion material considerable»
(Said, 1991: pp. 19-20), En su base se halla toda una completa y mas que centenaria
estructura académica é intelectual. Said insiste, sin embargo, en que el orientalismo
no puede reducirse de ninguna manera a una extensa coleccién de textos sobre Orien-
te, sind que es bastante mids:
Es mis bien una distribucidn de la consciencia geopolitica en textos de caracter
estético, cientifico, econdémico, sociolégico, histérica y filolégico; es la elaboracidn no
s6lo de una distincién geografica basica (el mundo esta formado por dos mitades desi-
guales, Oriente y Occidente) sino de toda una serie de «intereses» que no tan slo crea,
sino que mantiene con medios tales como los descubrimientos cientificos, la reconstruc-
cién filoldgica, el andlisis psicolégico, las descripciones paisajisticas; es, mas que no
expresa, una cierta volumiad 0 intencidn de comprender, en algunos casos de controlar,
manipular e inchuso de incorporar, lo que es un mundo manifiestamente diferente (0 al-
temative y nuevo) (Said, 1991: pp. 24-25; el énfasis es de los autores).
Tradicién académica y argumentos imperialistas
En Espaifia, el historiador Josep Fontana (1994) ha incidido de nuevo en la mis-
ma idea, en un libro cuyo titulo es ya de por sf significative: Europa ante el espejo.
Sus argumentaciones son tan claras que no precisan comentario alguno:CARTOGRAFIA DE LOS CAMBIOS SOCLALES Y CULTURALES 193
Para construir el concepto de europea a la luz de la diversidad de los hombres y
las culturas, «inyentamose a los asidticos, los afticanos y los americanos, atribuyéndo-
Jes una identidad colectiva que ne tenfan.[...] La mus sutil de estas invenciones ha side
precisamente la de Asia, que pasé de ser un mera concepto seografico a convertirse en
una entidad hist6rica y cultural, ef «Oriente, que nos permitia resolver el prablema de
ubicar en nuestro esquema lineal a unas sociedades de eultura avanzada que no podia.
inos arrojar a la prehistoria, como las de Africa, América y Oceanfa (pp. 127-128),
Para Fontana, esa «invenciéns de Oriente no servia tinicamente para definir la
superioridad de Occidente dentro de una ‘concepcién lineal del progreso en la historia.
Era también fruto de otro impulso basico en el Romanticismo, el de la huida de un
Occidente donde la industrializacién estaba en Ia base de la pujanza econémica y del
poderio militar, pero, también, de una realidad sérdida, Este escapismo empujé a tie-
Tras orientales, sobre todo al Oriente islimico, a un brillante elenco de viajeros y via-
Jeras, pero «el Oriente que buscaban era una invencién europea: un refugio contra la
mezquina fealdad del Occidente industrial que habjan elaborado ellos mismos en sus
suefios, adornéindolo con todo lo que echaban a faltar en su entorno... Lo que de ver-
dad habia y ocurria en estas tierras les importaba poco» (p, 130).
El ofientalismo es una influyente tradicién académica, pero también «un rea de
interés detinida por viajeros, empresas comerciales, gobiernos, expediciones militares,
lectores de novelas y de relatos de aventuras exdticas, historiadores de la naturaleza y
Peregrinos para los que Oriente ¢s un tipo de conocimiento especitico sobre lugares es-
pecificos, pueblos y civilizaciones» (Said, 1991: p, 207). Podrfamos hablar incluso de
un lenguaje y de una retériea del imperio (Spurr, 1993), materializada en miiltiptes y
diversos discursos: el politico, el administrativo, el periodistico, el literario.
El esquema de Said es ‘especialmente sugerente para los profesionales de la geo-
grafia por diversas razones. En primer lugar, porque en la construccién de la alteridad
la espacialidad tiene un Papel muy importante. El Otro es coneebido como una enti-
dad externa contra la que «nosotros». y «nuestra» identidad se moviliza, reacciona;
ademés, en el encuentro colonial (no serfa exactamente lo mismo en las sociedades
occidentales contempordineas que han recibido una fuerte inmigraci6n procedente de
Jas antiguas colonias), el Otro vive mas alld, en otro lugar suficientemente lejano:
contiene, por tanto, ua dimensién espacial inherente. De alguna forma, argumenta
Paasi (1996), estamos ante construcciones sociales de demareaciones espaciales. Los
espacios coloniales, en tanto que unidades territoriales, son productos histéricos, no
sélo por su estricta materialidad histéri¢a, sino también por su significacién sociocul-
tural. En este sentido, la idea de espacializacién social es sin duda importante, pero
también lo es la idea de socializacién espacial, esto es, el proceso a través del cual,
por una parte, colectividades y actores individuales son socializados como miembros
de especificas entidades espaciales delimitadas territorialmente ¥, por otra, se interna
lizan m4s © menos activamente las identidades territoriales colectivas y las tradicio-
nes compartidas.
En segundo lugar, la argumentacidn de Said interesa a los gedgrafos porque el
periodo de consolidacién ¢ institucionalizacién del orientalismo coincide con el perfo-
do de maxima expansién colonial europea. Este es el momiento en el que se crean re-
vistas, fundaciones y sociedades como la Société Asiatique, la Royal Asiatic Society,194 GEOGRAFIA HUMANA
la American Oriental Society... y también las sociedades geogréficas. Said tiene muy
clara esta coincidencia y es por ello por lo que dedica unas cuantas p4ginas al desta
cado papel que juega la geografia en estos momentos y en ¢! orientalismo=
La geografia era esencialmente la materia que apuntalaba el conocimiento sobre
Oriente. Todas las caractecisticas latentes ¢ inalterables de Oriente descansaban en su
geografia y estaban enraizadas en ella (Said, 1991: p. 218).
En 1993, en Culture and hnperialism, waducido tres afios mds tarde al espafiol,
Said es atin méis explicita en relacién con la importancia que tiene para él la perspec-
tiva geografica:
Lo que he intentado hacer es una suerte de inquisicién geogréfica de la experien-
cia hist6rica, siempre con la idea de que la tierra es en efecto un solo mundo, en él que
los espacios vacios o deshabitadas virtualmente no existen, Asi como ninguno de noso-
tros esta fuera o mas all de la sujecién geogréfica, ninguno de nosotros se encuentra
completamente libre del combate con la geografia, Ese combate es complejo ¢ intere-
sante, porque trata no s6lo de soldadas y de cafiones sina también de ideas, formas,
genes ¢ imaginarios (Said, 1996, p. 40).
POSCOLONIALISMO: REPENSANDO LA MIRADA HACIA EL OTRO
Descolonizande la mente
Hace muy pocos afios se empezé a utilizar el término «poscolonial». pero el
éxito y la extensién de su uso ha sido sorprendente. Ello no significa que su defini-
ci6n sea facil sino todo contrario, ya que se trata de un concepto polisémico (Wi
lliams et alii, 1994) y, ademas, muy polémico (McClintock, 1995). Ante todo, cabe
sefialar que el término poscolonialismo no se refiere al periodo posterior al coloni
mo, sino que su contenido es mas bien de tipo metodolégico y con un fuerte compo-
nente critico (Werbner y Ranger, 1996). Homi K. Bhabha, uno de sus promotores, lo
definga como un término que «se utiliza cada vez mds para referirse a aquella forma
de critica social que descifra los desiguales procesos de representacién con los que la
experiencia histérica del Tercer Mundo antes colonizado llega a conceptualizarse en
Occidente» (citado por Monguia, 1996: p. 1). Es decir, cl enfoque poscolonial cs un
intento de «descolonizar la mente» (Thiong’o, 1986; Phillips, 1997: p. 147) y contie-
ne, pues, una fuerte critica al etnocentrismo o eurocentrismo, critica que en geografia
no es desconocida gracias a algunos geégrafos que trabajaron en el Tercer Mundo
(McGee, 1991).
Los estudios poscoloniales se inspiran, por una parte, en las aportaciones de
conocidos anticolonialistas como Franz Fanon y Paulo Freire y, por otra, en pensado-
res franceses como Jacques Derrida, Jacques Lacan y, sobre todo, Michel Foucault.
Edward Said no define su obra como poscolonial, pero es realmente el punto de parti-
da de lo que posteriormente se ha denominado teorfa poscolonial. Las figuras quiz4
mas conocidas de este nuevo enfoque son Gayatri Spivack y Homi Bhabba, ambos
provenientes del campo de la critica literaria y muy influidos inicialmente por la obraCARTOGRAFIA DE LOS CAMBIOS SOCIALES Y CULTURALES 195,
de Said (Moore-Gilbert, 1997). Significativamente, ninguno de los tres es occidental de
origen (Said es palestino y los otros dos son indios), aunque han ejercido o ejercen en
universidades americanas. Asi pues, el surgimiento de los estudios poscoloniales tie-
ne relacidn con Ja Hegada, ascenso ¥ consolidacién en el mundo académico occiden-
tal de estudiosos originarios del Tercer Mundo (Monguia, 1996).
El espacio colonial camo zona de contacts
En su conjunto, las tesis de Said han aportado una nueva ¢ interesante perspec-
tiva fuertemente valorada por la teorfa critica poscolonial. En palabras de Behdad
(1994, p. 10), se trata de un gran «estudio deconstructivo del pensamiento occidental
sobre el Otro», Ahora bien, diversas autores, entre ellos el mismo Behdad, aun reco-
nociendo sus aportaciones, critican también a Said por cl hecho de que, irénicamente,
al denunciar las tendencias generalizadoras ¥ esencialistas del orientalismo, comete
los mismos errores que denuncia. Presenta una concepcién demasiado monolitica y
cerrada de lo que ¢s el orientalismo, de manera que, indirecta ¢ involuntariamente,
acaba reproduciendo los mismos estereotipes que critica.
En cualquier caso, lo cierto es que el discurso enropeo del Otro en relacién con
el mundo colonial empieza a ser objeto de diversas lecturas geogréficas que inciden
en el tema de la representacidn. Es muy importante averiguar no s6lo cémo se produ-
cian estas geografias imaginativas, sino también cémo eran comercializadas y populari-
zadas. Todavia hay poco conocimiento «sobre cémo estas imagenes eran aprehendidas
por sus “consumidores”, Hablar de “produccién™ y de “consumo” es particularmente
apropiado en este contexto, porque la época del imperio estd estrechamente asociada
a la intensificacién del consumo de masas y de la produccién de bienes en general
[...] Lo que hace falta, en definitiva, es estar mucho mds atentos a las formas a través
de las cuales el conocimiento geogrifico es presentado, representado: y desfigurado»
(Driver, 1992: pp. 34-35).
La citada renovacién temdtica pasa también por la reconsideracién del propio
concepio de espacio colonial, entendido a partir de ahora como una zona de contac-
to», como un Conjunto de «espacios sociales donde culturas muy diversas se encuen-
fan, colisionan y Inchan unas contra otras, a menudo en el marco de unas relaciones
de dominio y subordinacién muy asimétricas» (Pratt, 1992: p. 4), lo que los convierte,
como dreas de estudio, en espacios enormemente atractivos, aunque lenos de retos.
Es evidente que existen otras muchas zonas de contacte, pero el espacio colonial es,
sin duda, uno de los mis significativos, puesto que en é] entran en contacto personas
muy alejadas geogrdfica e histéricamente, en una relacion generalmente desigual, Por
otra parte, el concepto de «zona de contacto» es interesante porque incide en la idea
de copresencia, de interaccién, de engranaje y no en la de separacién, por mas que las
relaciones de poder sean asimétricas,
En toda zona de contacto colonial se daré el fenémeno de la transculturacién,
idea que nos permite ir mas alld de cémo los grupos subordinados o marginales selec-
cionan y absorben la cultura dominante, Si bien es cierto que las culturas subordina-
das no pueden controlar lo que emana de la cultura dominante, si pueden determinar
hasta cierto punto lo que absorben de ella y cémo lo utilizan. Hay que hablar, por tan-196 GEOGRAFIA HUMANA
to, de recepcién y apropiacién en la periferia de las formas de representacién metro-
politanas, pero también (lo que pocas veces se plantea) de transculturaciGn desde las
colonias a las metrépolis. ja imagen europea del Otro no puede verse influida por
este mismo Otro? Toda metrépoli imperial tiende a verse a s{ misma como determi-
nante de la periferia, pero pocas veces es consciente de hasta qué punto es determina-
da por Ja periferia, empezando por el tema de la representacién. Es, de alguna forma,
lo que ha planteado Said en su tiltimo libro traducido al espafiol:
Creo que existe, en todas las culluras que se definen nacionalmente, una aspira-
cién a la soberania, a la absorcién, a la dominacidn. En este aspecto coinciden la cultura
francesa, la briténica, Ia india o la japonesa. Al mismo tiempo, paradéjicamente, nunca
hemos sido tan conscientes de cudn extrafiamente hibridas son las experiencias histéri-
cas y culturales, de cudnto tienen cn comin las muchas y muchas veces contradictorias
experiencias y campos, de cémo cruzan las fronteras nacionales, desafiando 1a accién
policial del dogma puro y del grosero patriotismo. Lejos de constituir entes unitarios,
auténomos o monoliticos, las culturas en realidad adoptan mas elementos «fordncos»,
mis alteridades o diferencias de las que conscientemente excluyen. ,Quién, en India o
en Argelia, puede separar con solvencia los componentes britdnicos o franceses pretéri-
tos de la realidad presente, o quién, en Inglaterra o en Francia, puede trazar un circulo
alrededor del Londres inglés o del Paris francés que excluya el efecto de India o de Ar-
gelia sabre esas dos ciudades imperiales? (Said, 1996; pp. 51-52).
LA SUBVERSION DEL DISCURSO BLANCO, MASCULINO Y DE CLASE MEDIA:
LA VOZ DE LOS GRUPOS SUBALTERNOS
La nueva geografia cultural se detiene en el estudio de las espacialidades y so-
cinbilidades de un amplfsimo abanico de grupos minoritarios y/o subalternos que tie-
nen como tnico elemento en comin, precisamente, su cardcter de minoria: las de tipo
étnico o religioso (gitanos, negros, judios, pueblos indigenas), por razén de edad
(adolescentes, ancianos), orientacién sexual (queer, gays, lesbianas), condicién fisica
(discapacitados), comunidades salidas de la inmigracién o la minoria (que numérica-
mente es mayoritaria) de las mujeres (Shields, 1991).
Los estudios denominados subalternas (realizados por y para sujetos subalternos)
tienen mucho que ver con el poscolonialismo. Gayatri Spivack es una de sus abandera-
das e intenta replantear la realidad académica a través de una historiograffa que recupe-
re a las clases subalternas como agentes de la historia. El término tiene su origen en An-
tonio Gramsci y se refiere a la posicién subordinada en términos de clase, género, raza y
cultura, Se pone el énfasis en que el proyecto de descolonizacién tiene un punto de pat-
tida ineludible: 1a recuperacién de las voces marginales de los oprimidos y dominados
que, con mucha frecuencia, se han quedado perdidas en el pasado (Crush, 1994).
Los estudios feministas y de género frente a los «saberes situados»
Seguin Linda McDowell (1999), los estudios feministas concentran su atencién
en las maneras en las que las relaciones jerarquicas entre los géneros son a la vezCARTOGRAFIA DE LOS CAMBIOS SOCIALES Y CULTURALES 197
afectadas por y marcadas en las estructuras espaciales de las sociedades, al igual que
sobre las teorfas que pretenden explicar dichas relaciones. De dichos estudios, que tie-
nen su origen Iejano en los movimientos feministas de principias de los afios 60, pue-
den distinguirse tres grandes elapas.
La primera esté asociada a la geografia del bienestar que, con un talante clara-
mente empirico, pretendia denunciar ¥ corregir el sesgo masculino dominante demos-
tando, gracias a técnicas cuantitativas ¥ poca reflexién tedrica, los diferentes usos del
espacio doméstico y urbano o el distinto acceso a los puestos de trabajo. La inspira-
cin marxista marcé la segunda etapa de la geograffa del Enero, dedicada a teorizar y
evaluar cémo las formas de expansion del capitalismo han utilizado ¥ perpetuado el
patriarcado y su Jerarquizacion explicita entre hombres ¥ mujeres.
La tercera etapa, sin renunciar a los contenidos de las dos anteriores y sin una
unidad clara de criterios, entronca plenamente con las posiciones Posmodernas, re-
flexivas y deconstructivistas en relacién con las metanarrativas de la ciencia racional:
no s6lo se pretende rectificar el evidente androcentrismo que ha caracterizado el pen-
samiento cientifico hasta el presente, sino denunciar su
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