La Oración como Indicador Espiritual
La Oración como Indicador Espiritual
COM
La oración, indicador de nuestra vida espiritua
Introducció
Indice de fuente
La oración a sola 1
¿Cuál fue la consecuencia de las oraciones de Jesús en la soledad 1
Indicé de fuente 1
Perseverantes en la oració 2
Perseverar en oración; la base para que el Señor pueda bendecir nuestro
trabajo en su obr 2
Indice de fuente 2
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jamás olvidaremos. Este hermano de poca apariencia, pero temeroso de Dios, fue un
ejemplo en cuanto a la oración.
Luego recuerdo a un hermano anciano desconocido, pero bien conocido de mi pueblo,
quien, como padre espiritual, durante muchos años oró por nosotros y con el cual –
siendo yo un joven padre de familia – una y otra vez pude orar.
Este “tío Guillermo”, probado y madurado por el mucho sufrimiento, tenía en sus facciones
líneas dibujadas por el Espíritu de Dios. Cuando entraba lentamente en nuestra vivienda –
con el sombrero en su mano – era como si derramara una fragancia de la eternidad.
A este y a tantos otros hermanos y hermanas debo mi gratitud – pero sobre todo a nuestro
Señor Jesucristo, cuya dirección benévola hizo posible estos encuentros y cuyo ejemplo
en la oración me anima muchas veces a parecerme a Él también en este ministerio.
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“Lo que quisiera apremiaros es a estudiar a Cristo, de modo que podamos ser aquí como
Él. No hay nada que llene más el alma de bendición y aliento, o que santifique hasta tal
punto; nada que dé hasta tal punto la conciencia viva del amor divino y que infunda tal
valor. Que el Señor nos conceda, mientras reposamos en Su preciosa sangre, el ir y
contemplarlo, el alimentarnos de él y vivir por Él.”6
Indice de fuentes
1 A.
W. Tozer, Fundado en la Palabra, ardiendo en el Esp ritu (Hamburg: Verlag C. M. Fliß,
2007), p g. 40.
2 Oswald Sanders, Liderazgo espiritual, (Bielefeld: CMV-Verlag, 2003) P g 74
3 Leonard Ravenhill, Porqu no llega el avivamiento
4 D.M. Lloyd-Jones, Die Predigt und der Prediger [La predicaci n y el predicador]
(Waldems, 3L Verlag, 2005) p g. 177
5 Leonard Ravenhill, Porqu no llega el avivamiento
6 J. N. Darby, Porciones para peregrinos, Decimonovena Semana
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Por supuesto, nuestro Señor tenía el Espíritu Santo en todo momento en su interior y es
un error el que algunos predicadores enseñen que aquí está el “bautismo en el Espíritu”
de Jesús.
Quizá nos ayude una figura del Antiguo Testamento para entender correctamente el
significado de esta escena: En las leyes de las ofrendas de (Lv 2:1-10) vemos que la
oblación debía consistir de harina fina, aceite e incienso. Debía ser una ofrenda
“amasada” con aceite y cocida al horno, o tortas “untadas” (ungidas) con aceite. No es
difícil descubrir el significado tipológico: La harina fina refleja la pureza y perfección moral
de nuestro Señor y del aceite se sabe ya que es una figura del Espíritu Santo, mientras el
incienso habla de entrega y dedicación. Así, en el Señor Jesús como hombre, habitaba el
Espíritu Santo (“idéntico a Él”); pero, al mismo tiempo, estaba “ungido” por Él, lo cual se
hizo visible para todos los presentes en el bautismo, cuando descendió el Espíritu Santo
en forma de paloma.
Quizá hallamos aquí también el cumplimiento de las profecías de:
(Is 42:1) “He aquí mi siervo, yo lo sostendré; mi escogido en quien mi alma toma
contentamiento: he puesto sobre él mi espíritu, dará juicio a las gentes.”
(Sal 89:20-21) “Hallé a David mi siervo; lo ungí con mi santa unción. Mi mano estará
siempre con él, mi brazo también lo fortalecerá.”
En el Antiguo Testamento el hecho de ungir a un rey, un sacerdote o un profeta era la
confirmación pública o la instauración para una misión especial. Y esto precisamente es lo
que ocurrió aquí en la vida de Jesús después de su bautismo. Dios confirmó la misión y la
autorización de su Hijo con una señal visible para todos los presentes.
Como discípulos de Jesús, ¿qué podemos aprender de estas observaciones?
1. Una vida fructífera para gloria y gozo de Dios y de bendición para nuestros prójimos,
debería comenzar y terminar con oración, como señal de nuestra dependencia de Dios.
Cada día, cada cometido, toda nuestra vida, debería estar enmarcada por la oración.
Cuán valioso es el consejo enfático de C. H. Spurgeon: “No veas a nadie, hasta que no
hayas estado en la presencia de Dios. No hables con nadie, hasta que no hayas hablado
con el Altísimo. No salgas a tu trabajo, hasta que no hayas ceñido tus lomos con el
cinturón de la devoción, para que tu obra te salga bien. No comiences la carrera, hasta
que no hayas apartado todo peso mediante la oración, de otra forma perderás la
competición.”7
“Cada día de mi vida
déjame mostrar
toda gracia recibida
en todo lugar
que se vea por mi hablar y callar
que tu mano todo puede transformar.” (W. Kilp)
Los biógrafos del conocido explorador de África y misionero David Livingstone
(1813-1873) relatan cómo, en las ciénagas de Ilala (Zambia), completamente desfallecido,
sufriendo de úlceras y hemorragias internas, tuvo que ser llevado por sus ayudantes en
una camilla. Para la noche le hicieron una cabaña para protegerlo contra la llovizna.
Frente a la entrada de la cabaña pusieron a un chico, para que pudiera oírlo si llamaba.
Cuando este chico entró a las cuatro de la mañana para ver cómo se encontraba, el
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“Perseveramos en ayuno y oración hasta las tres y nos despedimos con la firme
convicción de que Dios iba a hacer grandes cosas entre nosotros.”10
En las semanas que siguieron, Dios dio un avivamiento, primero en Inglaterra y luego en
América. Jorge Whitefield y luego Juan Wesley predicaban el Evangelio a veces a más de
30.000 y 50.000 oyentes al aire libre.
El Espíritu de Dios pudo obrar tan poderosamente en aquel entonces, que no sólo miles
de personas se convirtieron, sino las condiciones sociales, la moral y la política cambiaron
de forma duradera.
Indice de fuentes
7 C. H. Spurgeon, Wachet und betet [Velad y orad], Aßlar: Schulte & Gerth, 1980)
8 J. Waters, David Livingstone (Holzgerlingen: SCM H nssler, 1977) pag. 237
9John Wesley, Das Tagebuch John Wesleys, [El diario de Juan Wesley] (Holzgerlingen:
SCM H nssler, 2000) p g. 74
10 Benedikt Peters, George Whitefield, (Bielefeld: CLV, 1997) p g. 85
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La oración a solas
(Lc 5:15-16) “Sin embargo, su fama se extendía cada vez más, y se juntaban a él
muchas multitudes para oírle y para ser sanadas de sus enfermedades. Pero él se
apartaba a los lugares desiertos y oraba.”
Después de ser bautizado en el Jordán, Jesús fue “lleno del Espíritu Santo” y fue llevado
por el Espíritu al desierto para ser tentado del diablo (Lc 4:1-2). Cuarenta días estuvo en
ese entorno espantoso llevado de acá para allá y “tentado por el diablo”. Pero cada punto
de la táctica sutil satánica fracasó, porque el Señor no tenía pecado y era fiel. Cuando
Satanás, fracasado y vencido, se marchó “por un tiempo” (Lc 4:13), el Señor volvió a
Galilea “en el poder del Espíritu” (Lc 4:14).
En los versículos que siguen leemos cómo venían las gentes de Capernaum y las
ciudades de alrededor para “oírle y ser sanados de sus enfermedades”. Podríamos poner
como título aquí: “Avivamiento en Galilea”. Hasta de Judea y de Jerusalén venían las
multitudes, a pesar de que suponía varios días de camino (Lc 5:17). Y entre ellos estaban
también los teólogos de su tiempo, que querían escuchar al predicador de Nazaret y ver
sus milagros.
Se levantaban olas de entusiasmo. Ya se había corrido la voz en todo el país del poder de
sus palabras y también sus milagros. Hoy diríamos que las puertas estaban abiertas de
par en par para el evangelio. Posiblemente algunos de sus discípulos, entusiasmados, se
frotarían las manos con satisfacción opinando que “Al hierro candente, batir de repente”.
Visto estratégicamente, las condiciones para la evangelización no podían ser mejores.
Pero, precisamente entonces, la Biblia nos dice que el Señor Jesús no aprovechó este
momento tan favorable. No se dejó impulsar por el “viento en popa” de las oportunidades
favorables y de su popularidad. Y tampoco lo hace hoy. Se retiró al silencio y a la soledad
del desierto para orar. La Versión de Lutero (1912) traduce este pasaje así “más él se
evadió”, lo cual expresa que sin llamar la atención se apartó conscientemente del ruido y
del gentío para orar. No hizo de su fidelidad en la oración una demostración o
provocación, sino que se “retiró discretamente”.
Esta actitud también la vemos claramente en (Mr 1:35), donde Marcos nos narra que
“levantándose muy de mañana, aún muy de noche, salió y se fue a un lugar desierto, y allí
oraba”.
En esta ocasión, también se alejó de la multitud que lo buscaba. Pero parece que en
medio de la noche también se alejó de forma “inadvertida” de sus discípulos que estaban
durmiendo, para buscar la conversación con su Padre hasta rayar el alba.
Naturalmente nos surgen las preguntas: ¿Qué necesidad tenía el Señor de eso? ¿No
vivía en contacto constante con el Padre y en una actitud de oración con Él? ¿No eran
sus palabras éstas: “yo oraba [siempre]”? (Sal 109:4).
El caso es que nuestro Señor, siendo verdadero Dios y hombre perfecto, buscaba el
silencio y la soledad para poder hablar con el Padre tranquilamente y sin ser estorbado
por nadie. ¡Qué vergüenza debió causar este ejemplo a los discípulos de entonces y
también a los de hoy en día!
Siendo nosotros seguidores tan débiles y pecaminosos, ¡cuánta más necesidad tenemos
de buscar y cultivar con todo ahínco tiempos de comunión con Dios en oración!
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Precisamente los cometidos que requieren gran fuerza espiritual no los preparamos
mediante la quietud intensa delante del Señor ni quedan marcados por ella. Lo que ningún
deportista de competición se podría permitir, a saber, ir a la competición agotado y
famélico, nos lo permitimos nosotros, los siervos de Dios. Y después nos maravillamos y
quejamos por no haber tenido bendición y victoria. Es paradójico, ¡pero es la triste verdad!
A. W. Tozer escribió: “Ten cuidado de orar más que predicar. Pásate más tiempo con Dios
a solas que con las personas públicamente. Mantén tu corazón abierto para el Espíritu de
Dios, para que te pueda influenciar. Cuida más la relación con Dios que la amistad con las
personas. Entonces siempre tendrás suficiente pan para los hambrientos.”16
2. Es bueno escoger un lugar y una hora del día en que se pueda estar sin ser
estorbado por nadie.
Si preguntamos a los creyentes por las razones que les impiden tomarse más tiempo para
la oración, la mayoría de ellos responden: “Por falta de calma interior y exterior”.
Nuestro Señor escogió lugares solitarios como el desierto o un “lugar desierto” o el Monte
de los Olivos, para retirarse a orar. Casi siempre lo hacía muy temprano por la mañana
“cuando aún era muy de noche”. Es decir, un lugar y una hora del día que excluían
ampliamente estorbos exteriores, siendo al mismo tiempo la mejor condición para que el
alma pudiera tener calma.
Los personajes de la Biblia, y también de la historia de la Iglesia, parecen coincidir en el
hecho de que levantarse temprano para poder orar con toda tranquilidad antes de
empezar el trabajo, conlleva una bendición especial. El refrán “al que madruga, Dios lo
ayuda” refleja una gran verdad.
Tenemos un gran ejemplo en nuestro Señor. Pero también es interesante estudiar, qué
personas de la Biblia han sacado buen provecho de su “tiempo devocional” por la
mañana. Leemos una y otra vez de Abraham, Moisés, Gedeón y Samuel que se
levantaban temprano, para buscar a Dios en oración, o para obedecer a Dios.
Lo leemos también de David en varios lugares de los libros de Samuel. Él mismo describe
en los Salmos sus costumbres y experiencias con la oración al comienzo del día:
(Sal 119:147-148) “Me anticipé al alba, y clamé; esperé en tu palabra. Se anticiparon
mis ojos a las vigilias de la noche, para meditar en tus mandatos.”
(Sal 5:3) “Oh Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré a ti, y
esperaré.”
En el desierto de Judá, David oró:
(Sal 63:1) “DIOS, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré.”
Watchman Nee opina así, instigando un poco: “La vida cristiana enfermiza que predomina
hoy entre los hijos de Dios, no es tanto debido a graves problemas, sino debido al hecho
de que no se madruga. No conozco a nadie que viva cerca del Señor, que se levante
tarde”.17
Por supuesto, no debemos ni queremos hacer una ley de estas observaciones, ni ejercer
presión sobre las conciencias. Hay creyentes quienes, por motivos del trabajo, por su
salud u otras circunstancias, no pueden buscar el encuentro con Dios por la mañana.
Cuando nuestros siete hijos aún eran pequeños, no era fácil para mi esposa Ulla hallar el
momento para leer la Biblia y orar con tranquilidad en medio del ajetreo cotidiano. Lo que
hacía era ocultar su cabeza debajo de una manta o paño en algún momento del día, y
entonces los niños ya sabían que mamá se encontraba en su “cuartito de oración”. Todos
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sabían que no debían molestarla por algún tiempo, y se esforzaban en ser más
considerados, hacer menos ruido y aplazar sus rivalidades para más tarde.
Hay madres que tienen un juguete muy especial que dan a sus niños, cuando quieren
tomarse su tiempo devocional; o bien les ponen un CD muy querido. Otras desaparecen
en la alcoba, o si no hay otro remedio, se meten al cuarto de baño. Algunas leen el texto
bíblico en alta voz, de forma que los niños también puedan beneficiarse. Eso variará
según la edad, el carácter y las circunstancias, y al principio no será fácil acostumbrar a
los niños a ello. Pero cuando se haya convertido en una costumbre fija, será de mucha
ayuda y con toda seguridad será un buen ejemplo para los hijos.
Todos aquellos que pueden planear el transcurso del día bajo circunstancias normales,
deberían hacer caso de los consejos de John Piper. Esta cita es de su libro: “Cuando el
gozo se ha desvanecido”: “La disciplina para levantarse temprano no es tan difícil como la
disciplina de acostarse. Antes esto no era así. Cuando no existía la electricidad, ni la
radio, ni la televisión, ni el internet, no era difícil acostarse poco después de haberse
hecho de noche. No había mucho que hacer. Hoy en cambio, tenemos que luchar contra
la fuerte tentación de quedarnos despiertos y tener diversión. Por eso tenemos que
emprender la lucha contra el cansancio que nos vence por la mañana al abrir nuestra
Biblia, y esa lucha hay que pelearla por la noche, no por la mañana. Cuando hayas
decidido la hora en que el despertador te llame a la oración, tienes que decidir la hora en
que te vas a acostar, para que no estés rendido cuando suene el despertador. Si
necesitas alguna cantidad de cafeína para no dormirte por la mañana, eso lo dejaré a tu
conciencia. Quizá por eso Dios creó el café. Si lo usamos para no dormirnos durante la
oración, entonces lo habremos empleado bien. Es mejor que tomarlo para quedarse
despierto para tantas otras cosas.”18
3. No hagas de tu tiempo devocional una demostración de tu piedad y no permitas que
nazca en ti el orgullo.
Recordemos que el Señor se apartó inadvertidamente, sin llamar la atención, para orar en
un lugar desierto y tranquilo. Él practicaba lo que había enseñado a sus discípulos en (Mt
6:5-6) sobre la oración pública: no hacerlo como los hipócritas que oran en lugares
públicos para ser vistos y admirados, sino en un cuarto a puerta cerrada, “en secreto”.
No sería bueno, por ejemplo, durante una campaña misionera o un retiro, hacer sonar el
despertador a las cinco de la mañana con gran estruendo, levantarse de la cama
apresuradamente, abrir la Biblia con mucho ruido y caer aparatosamente sobre sus
rodillas, para demostrar al compañero de cuarto “poco espiritual” la propia devoción y
causarle una mala conciencia.
Los que de esta manera, u otra parecida, ponen en un escaparate su “devoción”, no
deben asombrarse si tarde o temprano le es quitada.
4. Si puedes, búscate o hazte un lugar donde puedas orar regularmente.
Leemos de nuestro Señor Jesús que tenía la costumbre de retirarse al Monte de los
Olivos. A veces incluso dormía allí (Lc 21:37) y allí también tenía un sitio determinado
donde acostumbraba orar (Lc 22:39-40).
Naturalmente, nuestra vida de oración no debe depender de nuestro entorno. No
obstante, puede ser de ayuda tener un lugar que nos sea familiar, donde no puedan
distraernos el teléfono móvil o fijo, el internet, y los muchos aparatos o circunstancias,
para poder hallar la calma interior y exterior, para derramar nuestro corazón ante Dios, o
adorarlo.
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pasmados, y lentamente se retiraron para juntarse con sus compañeros y contarles todo
to que habían visto. Entretanto Brainerd estaba tan entregado a la oración que nada sabía
de la visita de la serpiente ni de los cazadores que habían ido para matarlo. Le parecía a
él como si oyese a Dios que le decía: “Mi rostro irá contigo”. Se levantó de la oración y
tomó el camino hacia el pueblo, llevando su Biblia en la mano. Para sorpresa suya vio a
todo el pueblo salir a su encuentro, pero no para matarlo sino para saludarlo. Lo
recibieron con el mayor respeto, como teniéndolo bajo la protección del Gran Espíritu, y
convencidos de que, en lugar de mostrarse hostiles a un hombre a quien Dios había
guardado del veneno de la serpiente de cascabel, debían hacer la paz con él. Escucharon
su predicación y algunos de ellos mostraron disposición de hacer caso de sus súplicas por
las que les exhortaba a reconciliarse con Dios, aceptando la salvación por medio de
Jesucristo. En los días siguientes vio cómo la tribu fue transformada por medio del
evangelio de la gracia de Dios y cómo ésta obedeció al evangelio con una fe genuina.
Adoniram Judson (1813-1873), primer misionero en Birmania, tuvo que sufrir oposición,
enemistad y odio increíble por parte de los birmanos. Fue torturado, flagelado y querían
dejarlo morir de hambre. Fue enjaulado como un animal y ya estaba decidida la fecha de
su ejecución. Pero él tenía en la jungla una pequeña cabaña, adonde se retiraba a veces
durante días enteros para recibir nueva confianza, nuevo gozo y nuevas fuerzas en la
soledad delante de Dios.
Este misionero experimentado en el sufrimiento transmitió algunos consejos a sus
compañeros de armas en la obra misionera: “Organiza tu trabajo de tal forma que sin
problema puedas dedicar dos o tres horas diarias no sólo al tiempo devocional general,
sino especialmente a la oración personal y la comunión con Dios. Sé consecuente cuando
se trate de la causa de Dios. Sacrifícate donde puedas, para poder tener tus horas de
oración. Piensa que tu tiempo es corto y que el trabajo y el entorno no deben robarte a tu
Dios.”
Leemos en la biografía del conocido predicador y autor A. W. Tozer (1897-1963), que gran
parte de su amplio tiempo de oración lo pasaba en su oficina de la iglesia. Sus únicos
acompañantes eran su Biblia y sus himnarios.
“Colgaba el pantalón de su traje cuidadosamente en una percha y se ponía su jersey y su
“pantalón de oración” roto y se sentaba un rato en su sofá anticuado. Después dejaba el
sofá y se ponía de rodillas y al final se echaba en el suelo con la cara para abajo y
cantaba himnos de alabanza al León de Judá. Nadie tenía la osadía de molestarlo en
estos ratos de comunión íntima con Aquel a quien amaba su alma. Pero alguna vez subía
las escaleras a su oficina uno de sus cercanos y lo veía accidentalmente en el sofá o en el
suelo, donde no se enteraba de nada a su alrededor, y más de uno relató que Tozer
lloraba o gemía con la cara hacia abajo sobre su vieja alfombra.”21
Puede que califiquemos estas costumbres como ”manías” o extravagancias, y movamos
la cabeza perplejos; no obstante, son un testimonio de su familiaridad con Dios y de un
anhelo por tener comunión con el Señor, lo cual hoy en día es una cosa casi desconocida.
Indicé de fuentes
12 Sanders, Geistliche Leiterschaft, p g. 75
13 Peters, George Whitfield, p g. 48
14 ibid. p g. 36
15 ibid. p g. 54
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16 Tozer, Ver nder in sein Bild, Bielefeld, CLV, Meditaci n del 25 de octubre.
17 W. Nee, In Hingabe leben, Bieleveld, CLV, 1991, p g. 137-138
18 J. Piper, Wenn die Freude nicht mehr da ist, (Bielefeld: CLV, 2006), p g. 161
19 ibid. p g. 114-115
20 Das Tagebuch David Brainerds (Wldbr l: H. Dresbaj, o.J.) p g. 81
21Lyle Dorsett, Voller Leidenschaft f r Gott – La vida de A. W. Tozer (Holzgerlingen: SCM
H nssler, 2009)
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Perseverantes en la oración
(Lc 6:12-13) “Y aconteció en aquellos días, que fue al monte a orar, y pasó la noche
orando a Dios.Y como fue de día, llamó a sus discípulos, y escogió doce de ellos, a
los cuales también llamó apóstoles.”
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de sacrificio y oración; nos vienen a la mente los montes Moría, Nebo, Ebal y Carmelo,
relacionados con hombres de oración como lo fueron Abraham, Moisés, Josué y Elías.
Ya hemos visto que también nuestro Señor a menudo se retiraba a un monte para dormir
allí (Lc 21:37), para estar solo (Jn 6:15) o, como en este caso, antes de elegir a sus
apóstoles, para orar.
Lejos del ajetreo cotidiano, sin tener a nadie cerca, sólo en la comunión con el Padre.
Éste era un tiempo que el Señor, como hombre, necesitaba para su ministerio y sus
decisiones. Con ello nos deja claro a nosotros, sus seguidores, que con mucho más
motivo tenemos necesidad de retirarnos a un lugar solitario para orar y hallar orientación y
dirección, para que no nos quememos ni suframos daños en nuestro caminar.
La comunidad de Herrnhut tenía una pequeña cabaña en una colina llamada “Hutberg”.
Allí se retiraba Zinzendorf a menudo, y sus hermanos también, para orar a veces hasta la
medianoche. Quizás nació de estas experiencias en los años de avivamiento el bello
himno que citamos aquí:
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Después, el Señor descendió del monte con sus discípulos a una meseta donde se
hallaba reunida una gran multitud que habían venido de las inmediaciones, “para oírle, y
para ser sanados de sus enfermedades” (Lc 6:17). Y, antes de predicar el Sermón del
Monte, leemos la breve nota, pero de gran contenido: “salía de él virtud, y sanaba a todos”
(Lc 6:19). La fuerza espiritual va siempre relacionada con la oración perseverante.
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“No te preocupes, no has llegado tarde. Acabamos de terminar nuestro culto de oración
que comenzó anoche después de la reunión.”
El comentario de Paul Marsh al respecto: “Los hermanos habían estado orando durante
unas 10 horas. Eso era típico para la persona y el carácter de Bakht Singh.”27
3. ¡No tendremos fuerza espiritual ni autoridad para la obra, si no oramos seriamente!
La fuerza espiritual y nuestra eficacia no dependen de nuestro talento sino, sobre todo, de
nuestra comunión con el Señor y nuestra vida de oración.
Ya sea que tengamos un “don para servir” o un “don para hablar” o que aún no hayamos
descubierto el don que nos ha sido concedido, sin oración perseverante no recibiremos
poder espiritual ni experimentaremos eficacia.
Las experiencias del pasado y los conceptos actuales prometedores del éxito no pueden
suplir la falta de fuerza espiritual y autoridad. Recargar las baterías diariamente mediante
la oración y la lectura de la Biblia es algo imprescindible para poder hacer frente a
nuestras tareas en la familia, la escuela, el trabajo y en la iglesia. Nada puede sustituir los
tiempos de oración prolongados y regulares.
Spurgeon escribió lo siguiente: “Si no somos más negligentes que otros, eso no puede
servirnos de consuelo; los cortos alcances de los demás no son para nosotros una
excusa. ¡Cuán pocos de nosotros podemos compararnos al Sr. Joseph Alleine! Cuando
Joseph Alleine disfrutaba de salud se levantaba constantemente a las cuatro de la
mañana o antes, y se sentía muy apenado cuando oía a los herreros o a otros artesanos
en sus respectivos talleres, antes que él estuviese en comunión con Dios. “¡Cómo me
avergüenza ese ruido! ¿No merece mi Amo más que el amo de ellos?” Desde las cuatro
hasta las ocho pasaba el tiempo en oración, en santa contemplación y en cánticos de
Salmos. A veces suspendía la rutina de sus tareas en las iglesias y dedicaba días enteros
a la oración y la meditación”.28
Para que no haya malos entendidos: No se trata de que alguien ahora ponga su
despertador una hora antes, estimulado por las costumbres de oración de ciertos
personajes conocidos, para amonestarnos a orar. El orar hay que aprenderlo y practicarlo.
¡Orar sólo se aprende orando!
Las fuertes emociones, las movilizaciones y las llamadas a la oración, en el mejor de los
casos, sólo podrán motivar a orar a corto plazo. La solicitud en la oración muy pronto
desaparecerá. Es mejor comenzar dando pequeños pasos para entrenar “los músculos de
la oración”, que obligarse en forma poco realista y terminar frustrado y resignado.
Nadie que pretenda llegar a corredor de maratón comenzará directamente corriendo un
maratón. Primeramente aguzará sus músculos y sus pulmones corriendo distancias más
cortas, y con el tiempo aumentará la intensidad y los kilómetros a correr. Nadie que piense
dedicarse al salto de altura comenzará sus primeros ejercicios intentando saltar los dos
metros. Se empieza más bajo, según la capacidad del momento, para poco a poco ir
subiendo el listón.
De la misma manera, es prudente comenzar al principio reservando diez minutos para la
oración, pero aprovechándolos concentrándonos bien. El que practique esto fielmente
durante algún período de tiempo, notará que pronto no le bastan los 10 minutos. Los
crecientes motivos para orar, para dar gracias a Dios, para alabarlo, pedirle o interceder
por otros, poco a poco reclamarán más tiempo y el tiempo de oración se irá alargando por
sí solo.
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Indice de fuentes
22 Albert Knapps Evangelischer Liederschatz (Stuttgart: Verlag der Cotta’schen
Buchhandlung, 1891), p g. 1101.
23 H. y G. Taylor, “El secreto espiritual de Hudson Taylor”
24 ibid.
25E. Beyreuther, Zinzendorf und die sich allhier beisammen finden (Marburg: Francke,
1959), p g. 195
26 T. E. Koshy, Bakht Singh (Bielefeld: CLV, 2005), p g 117
27 ibid. p g. 227
28 C. H. Spurgeon, Discursos a mis estudiantes
29 Ver el libro: Andreas Fett, “Ja, Vater...”, CLV 2009
30 R. Steer, Georg M ller (Bielefeld: CLV, 1995), p g. 238
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Es mi propia experiencia, que uno se puede criar en un hogar creyente, oír diariamente un
pasaje de la Biblia antes de la comida, asistir de niño y de joven año tras año cuatro veces
por semana a la iglesia, tener en la cabeza las historias de la Biblia, creyendo que son
verdad y defendiéndolas delante de otros, y a pesar de ello, estar tan ciego como un topo
para las cosas espirituales, y tan frío como un pez muerto.
Al igual que Saulo, un hombre dotado intelectualmente y con elevada cultura filosófica y
teológica, tenemos que experimentar cómo se nos “caen las escamas de los ojos” (Hch
9:18). Las verdades espirituales que hasta ese momento sólo conocíamos y podíamos
mencionar en teoría, se hacen entonces una realidad viva, capaz de cambiar toda nuestra
vida y llenar nuestro corazón de un gozo que antes no habíamos conocido.
El conocimiento espiritual es una obra de Dios, el Espíritu Santo en nosotros. Los “ojos de
nuestro corazón” tienen que ser “iluminados” y para ello se necesita la oración.
Pablo oró por los efesios:
(Ef 1:17-18) “Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de gloria, os dé
espíritu de sabiduría y de revelación para su conocimiento; alumbrando los ojos de
vuestro entendimiento, para que sepáis cuál sea la esperanza de su vocación”
(Ef 3:14-19) “Por esta causa doblo mis rodillas al Padre de nuestro Señor Jesucristo,
para que podáis comprender bien con todos los santos cuál sea la anchura y la
largura y la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo
conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.”
Los mismos discípulos son el mejor ejemplo de que ni el mejor maestro, ni la mejor
doctrina pueden cambiar nuestra vida automáticamente. Pedro tuvo que reconocer,
después de su grandiosa confesión, que no había comprendido nada de nada, y también
los otros discípulos reaccionaron con incomprensión, cuando el Señor anunció su futuro
rechazo y crucifixión, y les dijo que su futuro en esta tierra no iba a ser un camino de
rosas.
La necesidad de orar seriamente para que el Señor nos conceda conocimiento espiritual,
la vemos muy bien ilustrada en una historia del Antiguo Testamento:
En 2 Reyes leemos cómo el rey de Siria hace guerra contra Israel y una noche, en una
operación relámpago, pone cerco a la ciudad de Samaria con un gran ejército. Cuando el
siervo del profeta Eliseo se levanta a la mañana siguiente y ve el fulgor de las espadas y
armaduras del potente ejército sirio, exclama todo asustado: “¡Ah, señor mío! ¿qué
haremos?”. A lo cual Eliseo responde:
(2 R 6:14-17) “No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los
que están con ellos. Entonces Eliseo oró diciendo: Te ruego, oh Jehová, que abras
sus ojos para que vea. Jehová abrió los ojos del criado, y éste miró; y he aquí que el
monte estaba lleno de gente de a caballo y carros de fuego, alrededor de Eliseo.”
Para poder ver las realidades espirituales necesitamos, por lo tanto, ojos abiertos por
Dios, la intercesión de nuestro Señor y de nuestros hermanos, y la oración por causa de
nuestra ceguedad espiritual.
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En los años pasados hemos hablado con muchos jóvenes creyentes de hogares
cristianos, y una y otra vez nos han contado que muy raras veces o nunca han visto a su
padre o a su madre “orar solos”. Puede ser que los jóvenes a cierta edad no se fijen en
esas cosas. Pero lamentablemente es un hecho cierto que muchos padres creyentes no
tienen una vida de oración personal. Quitando la bendición de la comida no practican la
oración.
Y hay muchas esposas que espiritualmente viven de “segunda mano” o tienen una
concepción tergiversada de la repartición del trabajo: Leer y estudiar la Biblia y orar es
tarea del hombre, que tiene más don y tiempo para ello y es, además, el responsable del
bienestar espiritual de la familia, mientras que ella como esposa y madre tiene que
preocuparse del bienestar terrenal de la familia.
También conocemos el otro extremo, en que el hombre echa de sí toda la responsabilidad
espiritual y se la carga a su esposa, que “de todos modos no tiene mucho que hacer”,
siendo él el que tiene que trabajar horas extraordinarias para ganar el dinero necesario
para el mantenimiento de la familia y otras comodidades.
La siguiente historia muestra la bendición que conlleva el ejemplo de un hombre o una
mujer que ora. En su biografía, el misionero pionero Juan Paton (1824-1907) recuerda su
hogar:
“Nuestra casa consistía de una habitación exterior y una interior y un cuartito entre ambas,
o cámara, que llamábamos cubículo. La habitación exterior era el territorio de mi madre y
era la cocina, cuarto de estar y comedor a la vez. La otra habitación era el taller de mi
padre donde había 5 máquinas tejedoras de calcetines que trabajaban diligentemente.
El cubículo era una pieza muy pequeña entre estas dos habitaciones, con apenas lugar
para una cama, una mesita y una silla, con una diminuta ventana que daba una diminuta
luz a la escena. Este era el santuario de aquella cabaña. Allí diariamente, y muchas veces
durante el día, por lo general después de cada comida, veíamos a nuestro padre retirarse,
y cerrar la puerta, y nosotros los niños entendíamos, por una especie de instinto espiritual
(porque tales cosas eran demasiado sagradas para comentar) que allí se estaban
elevando oraciones a nuestro favor, como en la antigüedad lo hacía el sumo sacerdote
detrás del velo en el lugar santísimo. Ocasionalmente oíamos los ecos de una voz
temblorosa, rogando como alguien que ruega por su vida, y aprendimos a caminar
pasando esa puerta de puntillas, a fin de no interrumpir la santa conversación.
El mundo quizá no sabía, pero nosotros sí, de dónde procedía esa luz feliz, como la
sonrisa de un recién nacido, que siempre tenía el rostro de mi padre: era un reflejo de la
presencia divina, de la cual él siempre estaba consciente. Nunca, ni en los templos ni en
las catedrales, en los montes ni en los valles, podría esperar que el Señor Dios estuviera
más cerca, caminando más visiblemente entre los hombres y hablando con ellos, que bajo
el techo de paja y las vigas de roble de aquella humilde cabaña. Si alguna catástrofe
impensable se llevara todo lo contenido en mi alma y en mis recuerdos, en lo que se
refiere a la religión, con todo, los pensamientos retornarían a estas escenas de mi niñez y
oirían el eco de las oraciones y súplicas, y toda duda desaparecería con las palabras: Él
se relacionaba con Dios ¿por qué no podría yo hacer lo mismo?“31
2. El conocimiento espiritual no se puede transmitir de forma racional. Dependemos de la
iluminación del Espíritu Santo, y pedir que nos ilumine debería ser un tema constante de
nuestras oraciones.
Por muy importante e imprescindible que sea el aprender de memoria versículos de la
Biblia, himnos espirituales y poesías, si estas buenas palabras sólo se quedan en nuestra
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cabeza y no entusiasman ni cambian nuestros corazones por medio del Espíritu Santo,
este esfuerzo servirá sólo para ejercitar un poco nuestra masa encefálica.
Con todo el conocimiento bíblico, talento, didáctica y metodología podremos asimilar y
transmitir informaciones bíblicas, pero si el Espíritu de Dios no ilumina y abre los “ojos del
corazón”, el trabajo será en vano.
Por eso es tan importante que toda clase de predicación y comunicación de verdades
bíblicas sea preparada y acompañada por la oración, y también que sea presentada con
oración.
Indice de fuentes
31 Juan Paton, Autobiograf a.
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í
• A Jacobo le quedaban pocos meses de vida, pues iba a morir por la espada de
Herodes.
El ejemplo de su Maestro orando, y la visión de la gloria venidera, debían animarlos a
soportar los sufrimientos y dolores vinculados con la vida del discípulo, “por el gozo que
tenían por delante” (He 12:2).
Esta vivencia era como una profilaxis espiritual, para no “desmayar” en las aflicciones y
dificultades que iban a venir después.
Sólo Lucas cuenta que el rostro del Señor y también sus vestidos cambiaron “mientras
oraba”. Una gloria brillante, apenas descriptible con palabras, se reveló durante la oración,
ante los ojos de los discípulos que luchaban con el sueño; así lo insinúa Lucas.
Muchos años más tarde, Pedro recuerda la transfiguración y parece buscar las palabras
apropiadas, para poder transmitir a los lectores esta tremenda impresión:
(2 P 1:17-18) “Porque él había recibido de Dios Padre honra y gloria, cuando una tal
voz fue a él enviada de la magnífica gloria: Este es el amado Hijo mío, en el cual yo
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me he agradado. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos
juntamente con él en el monte santo.”
El hecho de que además aparecieran Moisés y Elías “en gloria” y hablaran con el Señor
sobre “su salida que debía cumplir en Jerusalén”, es seguramente de gran importancia
tipológica y práctica. Pero nos limitaremos aquí a considerar esta escena maravillosa
solamente en lo que toca a la oración del Señor. ¿Qué podemos aprender de esto?
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Una persona que por causa de una emergencia tuvo que molestarlo una vez, contó que al
entrar en el taller la cara de Chapman “resplandecía como un ángel.”
2. El ejemplo de Ana
Ana, la madre de Samuel, también vivió un cambio tremendo. Entró a la presencia de
Dios siendo una mujer amargada, frustrada y sumamente triste, y oró “largamente delante
de Jehová” y “derramó su alma delante de Jehová”. Pero cuando después partió a su
casa aliviada “ya no estaba triste su semblante” (1 S 1:10-18).
3. El ejemplo de Esteban
Recordemos también a Esteban, el primer mártir de la joven iglesia de Jerusalén.
Después de una potente evangelización al aire libre, a la que siguió una vehemente
discusión, lo cercaron los judíos llenos de rabia y crujiendo los dientes contra él. Pocas
horas más tarde estaban decididos a echarle de la ciudad y apedrearlo.
Pero antes de esto leemos la impresión que dejó en la multitud alterada:
(Hch 6:15) “Todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en él,
vieron su rostro como el rostro de un ángel.”
Al final del relato hallamos la explicación de su semblante radiante:
(Hch 7:55) “Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la
gloria de Dios y a Jesús que estaba a la diestra de Dios”
El apóstol Pablo, que entonces era aún “Saulo respirando amenazas y muerte” (Hch 9:1)
y había dado luz verde al apedreamiento de Estaban, quizá recordó después esta escena
cuando escribió a los Corintios:
(2 Co 3:18) “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un
espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria como por el
Espíritu del Señor.”
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Si nos imaginamos la escena, vemos cómo Pedro y los otros dos discípulos luchan contra
este sueño, frotándose los ojos, moviendo la cabeza y todavía sin saber si están soñando
o están viendo la realidad.
Marcos enfatiza que “estaban espantados” (Mr 9:6) y que Pedro en su apuro y de forma
irreflexiva sugiere hacer tres cabañas. Lucas comenta el comportamiento de Pedro
diciendo “no sabía lo que decía” (Lc 9:33) y que hubiese sido mejor si hubiera callado.
Porque Lucas nos dice que de repente vino “una nube que los cubrió” (Lc 9:34), y
después ya no vieron al Jesús glorificado, sino al Jesús de Nazaret en su humillación.
“Hacer cabañas o enramadas”, actuar para el Señor, eso aparentemente no le era difícil a
Pedro y a los otros discípulos. El orar, sin embargo, les era una cosa pesada y cansina.
Es interesante que poco después ocurre una historia parecida que también revela la
debilidad de los discípulos. En esa ocasión estos tres discípulos estaban también con
nuestro Señor, pues los llevó consigo al huerto de Getsemaní, para velar y orar con Él.
Las circunstancias exteriores eran abrumadoras en esta ocasión. No tenían delante a un
Señor transfigurado y rodeado de gloria, sino al Hijo del Hombre lleno de temor y “triste
hasta la muerte” (Mt 26:38). También aquí los discípulos se duermen “de tristeza”, según
nos cuenta Lucas (Lc 22:45).
Siendo Pedro el que llevaba siempre la palabra, tuvo que escuchar la pregunta del Señor:
(Mr 14:37-38) “Simón, ¿duermes? ¿no has podido velar una hora? Velad y orad para
que no entréis en tentación.”
El hecho de que el Señor los despertara y amonestara otras dos veces, no cambió para
nada su cansancio a la hora de orar.
Pero una hora más tarde, los discípulos, y Pedro por delante de todos, estaban bien
despiertos cuando los soldados y ministros del sumo sacerdote invadieron el huerto,
sonando las armas para tomar preso al Señor.
De nuevo es Pedro el portavoz, quien espontáneamente echa mano de su espada
escondida y pregunta: “Señor, ¿heriremos a espada?” (Lc 22:49), y un instante después
apunta a la cabeza de uno de los hombres armados, pero sólo dio con la oreja de Malco
(Jn 18:10).
Cuando se trata de orar con perseverancia: ¡Cansancio! Cuando se trata de actividad y
hacer exhibición de fuerza: ¡Vivitos y coleando! Esto lo conocemos bien por experiencia.
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Muchos de nosotros tendremos que confesar que especialmente durante la oración nos
sentimos atacados o abrumados por los pensamientos y problemas de la vida diaria.
Si el diablo no consigue impedir que oremos, con toda seguridad intentará por todos los
medios estorbarnos o cargarnos con un cansancio repentino, o hacernos ver la
importancia de los trabajos por hacer.
Ole Hallesby ha descrito muy acertadamente estos problemas y las tentaciones en su
libro “La oración”: “Nuestra vieja naturaleza dentro de nosotros no nos niega directamente
la oración. En ese caso nuestra lucha contra la carne no sería tan dura. Pero la carne
lucha de manera indirecta contra la oración, con gran habilidad y talento. Instintiva y
automáticamente moviliza toda clase de razones para hacernos ver que no es el momento
de orar. Tenemos prisa, nuestro espíritu está distraído, el corazón no tiene ganas de orar,
después será más oportuno, estaremos más tranquilos y más concentrados. Ya, por fin
llegó el momento cuando queremos orar, pero de repente nos viene un pensamiento: Esto
o lo otro tienes que hacerlo primero. Cuando lo hayas terminado, entonces todo estará
listo para tener una hora de oración tranquila. Así que hacemos esa cosa primero. Pero
una vez terminada, nuestra mente está distraída y nuestra concentración se ha ido. Y casi
sin darnos cuenta ha pasado el día, sin que hayamos tenido una hora tranquila con Dios.”
En su carta a Georg Spalatin, Lutero escribió el 9 de septiembre de 1521: “Ha llegado el
tiempo de orar con todas las fuerzas contra Satanás, porque anda gestando alguna
tragedia funesta contra Alemania. Yo me estoy temiendo que el Señor se lo permita y aquí
me tienes roncando y perezoso para orar y resistir, hasta tal punto que estoy
violentamente descontento y cansado de mí mismo, a lo mejor porque me encuentro solo
y vosotros no me ayudáis. Oremos y vigilemos para no entrar en tentación (Mt 26:41)”
La oración requiere concentración y es un duro trabajo. Para evitar distraerse y divagar, a
muchos creyentes los ayuda orar en alta voz.
La lucha contra Amalec
Una historia del Antiguo Testamento ilustra formidablemente las fuerzas que cuesta orar y
lo agotador que es:
La primer lucha del pueblo de Dios tras salir de Egipto fue la lucha contra los amalecitas.
Ellos habían encontrado el punto más débil de Israel y atacaron allí precisamente.
Entonces Moisés mandó a Josué que escogiera hombres y que saliera a luchar a espada
contra Amalec, mientras que él subió al monte con Aarón y Hur “con la vara de Dios” en
su mano (Ex 17:9).
En el valle Josué luchaba contra Amalec con sus soldados, mientras que Moisés tenía sus
manos levantadas en oración con la vara de Dios. Cada vez que Moisés bajaba sus
brazos, vencía Amalec, pero en el momento que los levantaba, vencía Israel.
No leemos que Josué y sus combatientes se cansaran en la lucha, pero sí lo leemos de
Moisés: “Y las manos de Moisés se cansaban” (Ex 17:12).
Para asegurar la victoria que dependía de las manos levantadas de Moisés, Aarón y Hur
dieron apoyo a los brazos de Moisés: “así hubo en sus manos firmeza hasta que se puso
el sol. Y Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada” (Ex 17:12-13).
Este suceso muestra claramente lo agotadora que puede ser la intercesión perseverante.
Nosotros también necesitamos la ayuda y el aliento de nuestro “sumo sacerdote” Jesús y
también de nuestros hermanos cuando oramos.
El reformador Martín Lutero conocía muy bien estas acometidas de Satanás y era lo
suficientemente sincero como para no encubrir estos tiempos de debilidad y derrota, sino
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que pidió a sus amigos que oraran por él: “Yo estoy aquí sentado, cómodo, endurecido y
sin sentimientos – ¡ah! Cuán poco oro, cuán poco me preocupo por la iglesia, pero tanto
más estoy ardiendo en los fuegos salvajes de mi carne sin domar. Debería estar ardiente
en el Espíritu; pero la realidad es que estoy ardiendo en la carne con lascivias, pereza,
ociosidad, somnolencia. Quizá Dios se haya alejado de mí, porque todos vosotros habéis
dejado de orar por mí. En los últimos ocho días nada he escrito y tampoco he orado o
estudiado, en parte por desmesura y en parte por otro impedimento molesto (constipación
de vientre y almorranas), de verdad que no aguanto más; ora por mí, te suplico, porque en
este aislamiento estoy sobrecargado de pecados” (parte de una carta a Melanchthon del
13 de julio de 1521 desde el castillo de Wartburg).
Las victorias y derrotas en nuestra vida personal, y también en el pueblo de Dios,
dependen de la oración. Eso lo sabemos por la Biblia, por la historia de la Iglesia y por la
propia experiencia. Y, a pesar de ello, oramos tan poco.
¿Qué podrá cambiar esta situación?
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asentirán a las palabras de J. Oswald Sanders quien dice que “la mayor parte de nosotros
somos atormentados por una pérfida aversión contra la oración. No es nuestra alegría
natural el acercarnos a Dios.”
A menudo son apuros interiores o exteriores, los que Dios permite en nuestra vida con la
intención de enseñarnos a orar. Sólo aceptaremos poco a poco nuestra completa
dependencia de Dios, cuando lleguemos a nuestros límites (no sólo en teoría, sino en la
práctica), y nos demos cuenta de que aun nuestros mejores anhelos e intenciones
espirituales no tienen fuerza. Entonces, y es triste que tardemos tanto tiempo en verlo, y
que antes destrocemos nuestros pies caminando por nuestros propios caminos,
aumentará nuestro anhelo de que el Señor nos enseñe a orar.
Seguramente no es casualidad que en los versículos anteriores no se hable de un “cierto
lugar”, sino de una “cierta mujer” (Lc 10:38) que recibió en su casa al Señor y a sus
discípulos. Era Marta, bien conocida para nosotros, quien tuvo que aprender la dolorosa
lección que toda persona extrovertida y llena de energía tiene que aprender tarde o
temprano: “afanada y turbada estás con muchas cosas; pero sólo una cosa es necesaria”
(Lc 10:41).
Estar inactiva, sentada a los pies de Jesús y escucharlo, aprender de Él, para poder imitar
su ejemplo, era la lección espiritual que imperiosamente ella tenía que aprender; y cada
uno de nosotros también.
El ejemplo único del Maestro despertó en el discípulo, cuyo nombre no se nos relata, el
ardiente y sincero deseo de llegar a ser un hombre de oración. Y para nosotros no hay
motivación mayor que su ejemplo; si lo amamos a Él.
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Desde ese momento para él la iglesia y la religión eran solamente “un medio de los
reinantes para oprimir a las clases bajas”.
Por otra parte, en muchos ámbitos es una cosa normal exigir una vida disciplinada de los
deportistas y artistas, por ejemplo, para que puedan dar el mayor rendimiento.
Todo el mundo comprende perfectamente que el entrenador de fútbol “machaque”,
imponga buenas multas y entrenamientos forzosos adicionales a los jugadores
profesionales de la liga que no vienen puntualmente a los entrenamientos o rehusan
respetar al entrenador.
Los aficionados fanáticos, que casi siempre son gordos, exigen a voces que sus ídolos se
maten corriendo para ganar la victoria de su equipo: “¡Queremos verlos sudar!”. Y cuando
uno de los profesionales por alguna razón engorda un poco, en seguida le plantan un
nuevo nombre burlón, como “el gordo”, “bolita” o “barril”.
Ni tiene que decirse que la disciplina y el dominar los bajos instintos son parte de la virtud
de todo deportista.
Cuando los jóvenes con talento invierten largas horas practicando al piano o se hacen
polvo los dedos tocando un instrumento de cuerdas, admiramos su energía y les
animamos a ser duros consigo mismos.
Nadie se altera cuando una persona consciente de cuidar su salud va todas las semanas
al gimnasio, para deshacerse sudando de los kilos que le sobran, sacrificando dinero y
tiempo para tener buena figura, al menos delante del espejo.
Pero, en el momento en que alguien se atreve a defender la disciplina entre los creyentes
que dicen que lo son, animándolos a subir el listón en la vida como seguidores de Cristo y
a aceptar las normas neotestamentarias, tendrá que esperar violentos reproches. Y le
dirán que está favoreciendo una represión dañina y las “neurosis” por culpa de la iglesia.
¿Qué podemos aprender de la Biblia y del ejemplo de nuestro Señor en lo que se refiere a
estas cuestiones importantes y controvertidas?
1. Nuestro Señor tenía costumbres fijas
Fue para mí un descubrimiento interesante el que precisamente el evangelista Lucas
narre determinadas costumbres en la vida de Jesús:
Primero leemos en (Lc 2:42) que los padres de Jesús viajaban anualmente a Jerusalén
“conforme a la costumbre de la fiesta”, para celebrar la pascua. Ni qué decir tiene que
Jesús a sus doce años estaba también allí. Así se crió en una familia donde las
ordenanzas bíblicas se hicieron buenas costumbres y finalmente una buena tradición
familiar.
Dos capítulos después leemos que a la edad de treinta años fue a la ciudad Nazaret
donde se había criado, “y en el día de reposo entró en la sinagoga conforme a su
costumbre” (Lc 4:16). Para Él, como adulto, era lo más normal del mundo ir a la sinagoga
el día de reposo, para oír la Palabra de Dios. Sus padres le habían dado el ejemplo y en
su juventud también practicó esa buena costumbre.
Después se nos narra en (Lc 22:39) que “se fue como solía al Monte de los Olivos”. Iba a
menudo a este lugar familiar, para dormir allí (Lc 21:37) (Jn 8:1), para reunirse con sus
discípulos y para orar (Lc 22:41).
Resumiendo constatamos lo siguiente:
• Participación regular en la celebración de la pascua.
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Éstas eran costumbres naturales en la vida de nuestro Señor, tal y como las practicaba
cualquier israelita temeroso de Dios.
Jesús sabía que Judas, el traidor, y los soldados con los siervos del sumo sacerdote ya
estaban de camino para prenderlo en el huerto de Getsemaní. Judas conocía bien este
lugar (Jn 18:2). Pero eso no lo detuvo de ir a ese sitio como era su costumbre.
2. Discipulado sin disciplina es impensable
Nuestro Señor, siendo un hombre perfecto y sin pecado, no tenía necesidad de disciplina
y reglamentos. No obstante, su comportamiento nos es un ejemplo alentador para
entrenarnos en estos ejercicios espirituales vitales, para que en nuestras vidas como
discípulos lleguen a ser puntos de referencia que se den por sentados.
Antes de leer en el próximo capítulo ejemplos alentadores de hombres de oración de la
Biblia y de la historia de la Iglesia, retengamos en nuestra mente las palabras de Jonatán
Edwards que escribió en su introducción a los diarios del misionero David Brainard, cuya
vida de oración era verdaderamente intensa y extraordinaria:
“El ejemplo de Jesucristo es el único ejemplo absolutamente perfecto que ha habido entre
los hombres. Por eso es una pauta con la que tenemos que medir todos los demás
ejemplos. Y sólo debemos seguir y recomendar las inclinaciones, sentimientos y actos de
otras personas, hasta donde sean seguidores de Jesús”.
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Daniel
Existe un paralelo interesante entre las costumbres en la vida de Jes s y una de las
personas m s impresionantes del Antiguo Testamento: Daniel. l es uno de los grandes
hombres de oraci n de la Biblia. Tres veces Dios le califica de manera extraordinaria: “T
eres muy amado” (Dn 9:23) (Dn 10:11,19).
Igual que nuestro Se or, Daniel estaba bajo observaci n constante de sus enemigos
envidiosos. A pesar de una atenci n intensiva no pudieron descubrir ninguna falta en su
vida cotidiana, “porque era fiel” (Dn 6:5).
Finalmente, sus colaboradores le hacen caer en la trampa, del mismo modo que a Jesús
más tarde. Hab an observado atentamente sus costumbres de oraci n, y all encontraron
el punto, donde hacer daño. Con hipocres a lisonjearon al rey Dar o y su vanagloria,
present ndole una ley para que la firmara, que exig a que durante 30 d as ninguna
persona en el reino medo-persa pudiera pedir nada de nadie sino s lo del rey Dario.
El rey, en su delirio de grandeza y andando por las nubes por la idea grandiosa de ser
adorado y reverenciado como un dios durante un mes, cay en la trampa y firm la ley.
Los enemigos de Daniel pod an darse con un canto en los dientes: El hecho de orar
acarrear a inmediatamente la pena de muerte, y un hombre de oraci n como Daniel, si
segu a con sus costumbres de oraci n, ser a echado al foso de los leones por infringir la
ley. ¿Qu har Daniel? Esa era la cuesti n.
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Sab an muy bien que Daniel sol a orar tres veces al d a en su c mara. Y lo hac a en voz
alta, de forma que los de fuera lo pod an oír. Adem s con la ventana abierta en direcci n a
Jerusal n, donde quedaban los tristes restos del templo que una vez fue tan magn fico.
La reacci n de Daniel, que era de unos 80 a os en ese momento, es impresionante:
(Dn 6:10) “Cuando Daniel supo que el edicto hab a sido firmado, entr en su casa, y
abiertas las ventanas de su c mara que daban hacia Jerusal n, se arrodillaba tres
veces al d a, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo sol a hacer antes.”
Como era de esperar, sus enemigos estaban al acecho y con placer mal volo, y aire
triunfante por la insensatez de su compa ero aborrecido, que les hac a la vida imposible,
le acusan de delito de lesa majestad y de infractor de la ley. Por segunda vez la trampa
funcion .
¿Fue prudente que Daniel orara tres veces al d a bajo estas circunstancias? ¿No hubiese
bastado una oraci n antes del amanecer, cuando todos dorm an a n? ¿No se puede orar
en silencio a Dios, sin ser o do por los dem s? ¿Ten a que orar precisamente en el lugar
de costumbre, en su c mara? ¿No pudo haber cerrado las ventanas por lo menos, o
echar unas cortinas? ¿Por qu Daniel mordi el anzuelo, sabiendo lo que iba a ocurrir?
Para Daniel la lealtad hacia Dios estaba por encima de la lealtad al rey y era m s fuerte
que su instinto de conservaci n. l sab a que apartarse de sus costumbres de oraci n
hubiese sido una traici n a su Dios. As que or y dio gracias “delante de su Dios, como lo
sol a hacer antes”.
La vida de oraci n de Daniel no se fundaba en el principio de “gana o desgana”, sino en
una costumbre conservada y practicada fielmente durante muchos a os con disciplina.
Spurgeon lo expres as con acierto: “La fe de Daniel no fue el resultado de una pasi n,
sino el fruto de principios profundamente arraigados”.
David
Este hombre seg n el coraz n de Dios pudo decir de s mismo:
(Sal 119:164) “Siete veces al d a te alabo a causa de tus justos juicios.”
(Salmo 119:62) “A medianoche me levanto para alabarte por tus justos juicios.”
(Sal 119:147) “Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche, para meditar en tus
mandatos.”
Es triste, pero tambi n hay que decirlo, que David al menos una vez en su vida se apart
de su buena costumbre de buscar a Dios muy de ma ana. En lugar de hacerlo se qued
descansando en su cama hasta la tarde. El resto de esta triste historia es bien conocido:
debido a ello David se hizo ad ltero y m s tarde un asesino (2 S 11).
Pedro
Parece ser que Pedro tambi n practic una vida de oraci n disciplinada despu s de
Pentecost s, a pesar de que por su temperamento posiblemente no le fuera tan f cil.
En (Hch 3:1) leemos que subi al templo con Juan “a la hora novena, la de la oraci n”.
Unos cap tulos m s tarde le hallamos de visita en Jope, y posando en la casa de Sim n el
curtidor “Pedro subi a la azotea para orar cerca de la hora sexta” (Hch 10:9).
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Aparentemente Pedro ten a sus tiempos fijos de oraci n, en los que se iba a alg n lugar
donde pudiera orar sin ser molestado.
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Cuando el campesino le explic que lo que hab a oido era la oraci n de costumbre del
pastor, se asombr no poco, pues hasta entonces era de la opini n que los protestantes
no sab an orar. As que volvi a John Welch y pidi poder alojarse un par de d as m s. La
noche siguiente oy otra vez el susurro, fue de puntillas hasta la puerta y oy como Welch
oraba fervorosamente a su Dios.
Esta experiencia fue tan convincente para l que a la ma ana siguiente le explic a John
Welch que quer a hacerse protestante.
2. Juan Wesley (1703-1791)
Este conocido evangelista del avivamiento, ya de ni o fue educado por su madre ejemplar
para que llevara una vida de disciplina.
Con 85 a os recapacitando su vida pasada, pens el porqu se encontraba tan bien sin
sentir cansancio ni al viajar ni al predicar, a pesar de algunas limitaciones en su salud.
Entonces escribi en su diario el 28 de Junio de 1788:
“¿Cu l es la raz n por la cual yo soy como soy? Sin duda alguna es el poder de Dios
quien me capacit para la obra a la que fui llamado, hasta que a l le agrade que siga
adelante; y en segundo lugar, lo debo a las oraciones de sus hijos.”
Despu s consider si hab a tambi n medios secundarios que hab an contribuido a ello y
pens que a lo mejor era tambi n porque “desde hace m s de sesenta a os me levanto a
las cuatro de la ma ana.”
3. George Whitefield (1714-1770)
Este amigo de gran talento y compa ero de armas de Wesley no se hab a criado en un
hogar cristiano. En una ocasi n cont :
“Dios me dé que no olvide que no hace mucho tiempo yo era un borracho com n en una
taberna y que ahora ser a un desgraciado sin apoyo alguno en la vida, si la gracia de Dios
no me hubiese arrancado de all con una fuerza irresistible.”
Siendo un joven estudiante sin medios algunos, conoci en Oxford a los hermanos Juan y
Carlos Wesley y el “club santo”, los primeros “metodistas”. En ese tiempo anot en su
diario que de ellos aprendi “a vivir sujetándose a ciertas reglas y aprovechando cada
momento, para no desperdiciar el tiempo. Ya sea que comiese o bebiese, yo intentaba
hacer todo para la gloria de Dios”.
En aquel entonces ni los hermanos Wesley ni Whitefield hab an nacido de nuevo. Sin
embargo, un despertamiento espiritual se notaba en ellos. Llevaban una vida de disciplina
rigurosa. Cada ma ana se levantaban a las cuatro para tener un tiempo devocional
personal, dos d as en semana ayunaban y escrib an su diario para su propio autocontrol
constante.
Cuando George Whitefield unos meses m s tarde se convirti tras largas y duras luchas
espirituales, comenz a leer largamente en la Biblia con avidez y regularidad y
sistem ticamente: “Apart todos los dem s libros y comenc a leer de rodillas las
Sagradas Escrituras orando a cada rengl n y en cada palabra”.
Aqu obtuvo el fundamento para su ministerio posterior como evangelista que
incansablemente predicaba el Evangelio a muchas miles de personas en Inglaterra y
Am rica, a menudo unas 40 horas a la semana.
En sus dos ltimos a os de vida, un joven viv a como ayudante en su habitaci n:
Kornelius Winter. Era un ni o de nadie que viv a en la calle y Whitefield le sac de all y le
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llev a Cristo. Despu s de la muerte temprana de Whitefield a los 55 a os, este joven
escribi en sus memorias sobre su padre espiritual que conoc a muy de cerca:
“Era muy ordenado. Cre a que no pod a morir tranquilo si no supiese que sus guantes
estaban recogidos. Despu s de las cuatro de la ma ana no dorm a nunca, y por la noche
no se quedaba despierto pasado las diez.”
Hasta el final de su vida conserv la costumbre de leer su Biblia de rodillas y orando sobre
lo que le a.
4. Georg M ller (1805-1898)
El “padre de los hu rfanos de Bristol” era de joven un se orito, un ladr n y estafador.
Despu s de su conversi n fue primeramente misionero entre los jud os en Londres y
despu s fue pastor de una iglesia bautista que bajo su influencia se transform en una
“iglesia de hermanos”. Finalmente fund en Bristol sus famosos orfelinatos y otras obras
de fe.
Su primer orfelinato ya estaba terminado, cuando en el a o 1838 enferm de gravedad y
necesitaba urgentemente un cambio de aires.
Durante ese per odo ley “La vida de George Whitefield”, una de las numerosas biograf as
de este predicador del avivamiento. Se asombr de la vida de oraci n tan disciplinada de
este hombre y del hecho de que ten a la costumbre de leer la Biblia de rodillas. M ller
escribi entonces en su diario:
“13 de enero. Mucha bendici n de la vida de Whitfield. Su gran xito en la evangelizaci n
es evidentemente debido a su rica vida de oraci n y porque le a la Biblia de rodillas.”
“14 de enero. D a del Se or. He continuado leyendo la biograf a de Whitefield.
Nuevamente Dios ha bendecido mi alma al leer. Hoy pas varias horas orando y le y or
sobre mis rodillas sobre el Salmo 63. Si Dios me restaura otra vez, para poder servir
nuevamente en el ministerio de la Palabra, quiero que mi predicaci n sea m s que nunca
el resultado de la oraci n seria y de la mucha meditaci n, y que camine de tal forma con
Dios que de m salgan corrientes de agua viva”.
“15 de enero. ¡Cu n f cil es orar cuando Dios da el esp ritu de oraci n! Hoy or tres horas
sobre los salmos 64 y 65. T oyes la oraci n.”
As Dios us la biograf a de Whitefield para fortalecer las convicciones de Georg M ller y
para ense arle la bendici n de una vida de oraci n intensiva. Entonces l tambi n
comenz a leer la Palabra de Dios de rodillas y a pasar temprano por la ma ana varias
horas en oraci n y meditando sobre un pasaje de la Biblia. Un a o despu s escribi lo
siguiente:
“¿Porqu madrugar tanto? Porque no conviene a un santo perder su tiempo, ya que fue
comprado con la sangre preciosa de Jes s, para ponerse a disposici n de Dios con todo
lo que es y tiene y tambi n con su tiempo. Debemos multiplicar este talento prestado para
la gloria de Dios. Para nuestro propio provecho y para bendecir a otros. Adem s, estar
mucho tiempo en la cama debilita el cuerpo, al igual que lo da amos cuando comemos
demasiado. Tambi n debilita el alma, porque somos impedidos de orar y de tener
tranquilidad espiritual. Pero la persona que antes del desayuno pase dos o tres oras con
la Biblia y en oraci n, ya sea en casa o fuera en la naturaleza, pronto se dar cuenta de la
bendici n que es, tanto para el hombre exterior como para el interior.”
A.T. Pierson, uno de sus biógrafos, escribi de l:
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“Desde los d as de John Wesley, posiblemente ning n hombre, a n con largos a os de
vida, haya obrado tanto como Georg M ller, y con todo, ha habido pocos que se hayan
retirado tan a menudo y por tanto tiempo para orar como l.”
5. Robert C. Chapman (1803-1902)
Fue un buen amigo de Georg M ller. Fue conocido tambi n fuera de Inglaterra por su
similitud con Cristo y le llamaban “el ap stol del amor”. A las nueve en punto sol a decir
“buenas noches” para luego levantarse por la ma ana a las tres y media. Junto a su cama
hab a una ba era en la que tomaba un ba o con agua fr a, para despu s pasar unas siete
horas orando y estudiando la Biblia. Su bi grafo escribe de l:
“Robert Chapman realizaba cantidades de trabajo incre bles, pero sin nerviosismo. Su
vida era como el fluido constante de una corriente enorme que es mucho m s efectiva
que un arroyo que corre bulliciosamente.”
Estos pocos ejemplos de entre el gran n mero de hombres y mujeres de la historia de la
iglesia que oraban, est n ah para hacernos ver el valor de una vida de oraci n
disciplinada. Y tambi n nos deben animar a poner la oraci n en el lugar que se merece en
la lista de nuestras ocupaciones y prioridades. Debemos dar m s lugar a la oraci n en
nuestra planificaci n diaria.
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La lucha del Señor en Getsemaní
El huerto de Getseman , aquel lugar familiar, donde el Se or se hab a retirado muchas
veces con sus disc pulos (Jn 18:2), es por ltima vez el escenario de una escena
dram tica.
Tanto el monte de los Olivos, como Getseman (“prensa de aceite”) ya por sus nombres
indican que en las horas que seguir an el Se or se iba a encontrar con gran presi n y
aflicci n en su alma. Con las palabras “sentaos aqu , entre tanto que yo oro” (Mr 14:32) el
Se or dej a ocho de sus disc pulos a la entrada del huerto, para retirarse con Pedro,
Juan y Jacobo m s adentro del huerto.
Estos tres disc pulos que hace poco hab an sido testigos de su gloria en el monte de la
transfiguraci n, vieron ahora a su Se or en gran angustia, cuando “comenz a
entristecerse y a angustiarse en gran manera” (Mt 26:37). Oyeron sus palabras
conmovedoras:
(Mt 26:38) “Mi alma est muy triste, hasta la muerte; quedaos aqu , y velad
conmigo.”
S lo Lucas nos cuenta que el Se or se apart de ellos a distancia “como de un tiro de
piedra” para caer sobre sus rodillas y orar (Lc 22:41). Mateo y Marcos relatan que orando
“se postr sobre su rostro” (Mt 26:39) y que “se postr en tierra” (Mr 14:35).
Evidentemente no estaba muy lejos, pues los tres disc pulos pod an verle y oírle. Solo con
el Padre y no obstante al alcance de los disc pulos.
Hay comentaristas que recuerdan aqu el atrio, el santuario y el lugar sant simo del
Templo. Pero m s evidente parece el parecido con la escena en G nesis 22, donde
Abraham se pone de camino a Mor a y deja atr s a sus siervos con el asno diciendo:
(Gn 22:5) “Esperad aqu con el asno y yo y el muchacho iremos hasta all y
adoraremos y volveremos a vosotros.”
La conversaci n conmovedora entre padre e hijo en el camino al lugar del sacrificio y la
pregunta de Isaac acerca del “cordero para el holocausto” (Gn 22:7) muestran claros
paralelos con lo que miles de a os despu s probablemente sintieron el Hijo de Dios y el
Padre en el huerto de Getseman .
El hecho de que el Se or or al Padre estando “a un tiro de piedra” de los tres disc pulos,
nos exhorta a nosotros tambi n a considerar esta escena estremecedora con “distancia” y
reverencia. No podemos comprender lo que nuestro Se or sufrió en agon a y tormento
cuando suplic tres veces: “Padre m o, si es posible, pase de m esta copa, pero no sea
como yo quiero, sino como t ” (Mt 26:39); s lo podemos vislumbrar un poco de ello.
S lo Lucas nos cuenta que “se le apareci un ngel del cielo para fortalecerle” (Lc 22:43).
S lo l escribe de la “agon a” y de la dram tica creciente en la cual su oraci n se hizo
m s intensa cayendo finalmente “su sudor como grandes gotas de sangre hasta la tierra”
(Lc 22:44).
El terror ante el juicio de Dios sobre el pecado y el hecho de que l, el puro y limpio de
pecado, el Creador y Sustentador de la vida, ser a hecho pecado y tendr a que morir por
ello, estaba delante de l. sta era la “copa” amarga que el Se or tuvo que beber en las
horas de tinieblas en la cruz.
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S lo en el evangelio de Lucas, que describe a nuestro Se or como hombre perfecto, se
nos da una peque a visi n del temor y la angustia que le sobrevino al Se or en
Getseman .
En (Lc 4:13) dice, que el diablo “despu s que hubo acabado toda tentaci n, se apart de
l por un tiempo”. Esto fue en el desierto, despu s de haberse bautizado el Se or Jes s
al principio de su ministerio. Ahora, en la noche antes de su muerte, el tentador emplea
toda astucia en su arte tentador, para hacer que el Se or desobedezca a la voluntad de
Dios.
La “agon a” descrita por Lucas, indica con qu furia y poder se enfrent Satan s, “que
tiene el imperio de la muerte” (He 2:14) al “Autor de la vida” (Hch 3:15). En esta lucha y
agon a “or m s intensamente”.
En Hebreos hallamos m s detalles de esta lucha con gran clamor:
(He 5:7) “Y Cristo en los d as de su carne, ofreciendo ruegos y s plicas con gran
clamor y l grimas, al que le pod a librar de la muerte.”
Pero entonces lleg el gran momento, cuando la lucha se decidi y Satan s tuvo que irse
vencido:
(Lc 22:45) “Cuando se levant de la oraci n, y vino a sus disc pulos los hall
durmiendo a causa de la tristeza.”
¡Qu contraste! El Se or, tras estas tentaciones terribles, decidido a cumplir la voluntad
del Padre e ir al G lgota. ¡Y los disc pulos, incapaces de velar ni siquiera una hora con el
Se or (Mt 26:40), dormidos de tristeza!
Cuando las sombras horribles de la muerte inminente cayeron sobre l en Getseman y su
alma estaba abatida y “triste hasta la muerte”, entonces como hombre anhelaba la
proximidad, la compasi n y el apoyo de sus disc pulos m s ntimos.
(Sal 69:20) “Esper quien se compadeciese de m , y no lo hubo, y consoladores, y
ninguno hall .”
Pero ahora, despu s de que el tentador hab a sido derrotado y el Se or estaba decidido a
recibir y beber la copa de sufrimiento de la mano del Padre, pudo ir a sus disc pulos
dormidos lleno de benignidad.
(Mr 14:41-42) “Dormid ya, y descansad ... Levantaos y vamos; he aqu se acerca el
que me entrega.”
Ninguna reprimenda, ning n reproche, ninguna advertencia por su fracaso total. Con
palabras clementes, pero sustanciales los despierta y prepara para el encuentro con
Judas y su tropa.
Lucas que en su relato no se fija tanto en el comportamiento de los disc pulos, sino en la
lucha de oraci n (y l es el que la describe con m s detalles), menciona en estos pocos
vers culos cinco veces las palabras “or ”, “oraba”, “oraci n” (Lc 22:40,41,44,45,46) y
cierra su narraci n con la exhortaci n de Jes s: “Levantaos, y orad para que no entr is en
tentaci n” (Lc 22:46).
De nuevo queda claro c mo el Esp ritu Santo a trav s de Lucas nos llama la atenci n
sobre nuestro Se or como hombre de oraci n, y nos lo presenta como ejemplo para
impulsarnos y animarnos a imitar su vida de oraci n.
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Aqu hallamos adem s las ltimas palabras que el Se or dirige a sus disc pulos antes de
su muerte. Poco despu s, mientras le toman preso, s lo habl unas pocas palabras de
aviso a Pedro. Horas m s tarde, estando crucificado encomend su madre a Juan.
Las “ ltimas palabras” de alguien tienen siempre un peso especial y muy a menudo se
reflexiona sobre ellas y se citan. En este sentido, deber a ser de especial importancia la
exhortaci n de Jes s para nosotros como sus disc pulos.
“Si yo pudiera forjar y meter mi coraz n en cada s laba, y bautizar cada palabra con mis
l grimas, entonces os pedir a encarecidamente que m s que otra cosa se is celosos en
la oraci n.” (C. H. Spurgeon)
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Pablo escribe a los Colosenses que su colaborador Epafras, “un siervo de Cristo” siempre
estaba “rogando encarecidamente” por ellos “en sus oraciones” (Col 4:12).
El misionero David Brainerd que trabaj entre los indios, escribi en su diario en 1742:
“Esta ma ana he pasado dos horas en mis deberes privados de oraci n y as he podido
agonizar por las almas inmortales m s que de ordinario. Aunque era muy temprano por la
ma ana y el sol apenas brillaba, mi cuerpo estaba lleno de sudor.”
Y el 29 de Julio de 1746 anot :
“Por la tarde tuve un tiempo bueno de oraci n en solitario. Supliqu a Dios por mis
amados indios, para que l contin e su obra de bendici n entre ellos. Y not su ayuda
divina en esta lucha de oraci n. Me cost mucho separarme del trono de gracia y me
puse muy triste, porque ten a que irme a la cama.”
¿En qu consiste una lucha en oraci n?
Parece obvio que algunos comentaristas trat ndose de este tema, piensen en Jacob, del
cual leemos en (Gn 32:28): “has luchado con Dios y con los hombres y has vencido”.
Pero la lucha en oraci n no es solamente un luchar con Dios, sino tambi n una lucha
contra nuestra vieja naturaleza y “contra principados, contra potestades, contra los
gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad” (Ef
6:12).
Es una lucha contra la desgana paralizadora de orar, que nos sobreviene a menudo.
Contra el cansancio, contra la premura del tiempo y los trabajos a n por hacer, contra
fantas as repentinas y viajes so ados, que el diablo dispara en nuestros pensamientos
con todo lujo de variaci n para estorbarnos o quitarnos de orar. Hallesby escribe de “un
resentimiento incomprensible contra la oraci n, que sentimos algunas veces m s y otras
menos”.
Jim Elliot anot en su diario el 15 de enero de 1950:
“Toda la ma ana me sent vac o y sin el contacto con Dios. Estuve mucho tiempo sobre
mis rodillas, pero sin fervor y con una desgana enorme de orar.”
La mayor a de los lectores conocer n estas luchas u otras parecidas por propia
experiencia. Y confirmar n que diariamente hay que hacer de “tripas coraz n” para llevar
una vida de oraci n disciplinada.
Seg n la encuesta hecha por mí, aproximadamente la tercera parte de los interrogados
“sufren” desgana y falta de fuerza para orar, lo cual confirma lo efectiva que es esta arma
de Satan s. Spurgeon tiene raz n cuando dice que nuestra vieja naturaleza tiene “m s de
una piedra de molino que hunde, que del vuelo de un guila.”
La oraci n es luchar contra el viejo Ad n dentro de nosotros y es una declaraci n de
guerra a “las huestes espirituales de maldad” a nuestro alrededor. Estos enemigos
solamente los podemos vencer, si “velamos y oramos” con la fuerza que da Dios (Mt
26:41) (Mr 14:38).
La lucha del Se or en Getseman es la ltima escena de oraci n de nuestro Se or, que
los disc pulos advirtieron, aunque a distancia. Las oraciones del Se or en la cruz, no las
vivieron los disc pulos. Puede ser que Juan haya o do l mismo algunas de las palabras
de Jes s anot ndolas despu s en su evangelio, pues seg n (Jn 19:26-27) es el nico
disc pulo que hallamos cerca de la cruz. Todos los dem s disc pulos hab an huido
despu s de la captura de Jes s, o como Pedro, observaron desde lejos lo que ocurr a,
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“para ver el fin” (Mt 26:58). No como seguidor, sino como observador temeroso y curioso,
que pocas horas m s tarde le negar a maldiciendo y jurando.
Delante del Se or estaba el camino solitario a la cruz del G lgota, y en este camino
ning n disc pulo pudo seguirle. Desamparado de las masas que gustaron su favor
maltratado y azotado cubierto de escarnio y pavor. Coronado de espinas con sorna, los
disc pulos ya no le acompa aban. Traicionado y negado, los adversarios le rodeaban. As
fuiste a la cruz, de Dios el fiel sirviente, impulsado por amor eterno justo y obediente.
Y entonces comenz la hora m s oscura de la historia de la humanidad, en la que
Jesucristo fue hecho pecado y castigado por nuestra culpa; en la que fue desamparado
por Dios haci ndose nuestro fiador y sustituto.
Son insondables para nuestras mentes estas tres horas terribles en la cruz, cuando en
mitad del d a el pa s fue invadido por un eclipse solar repentino. Parece como si Dios
corriera una cortina alrededor del incomprensible juicio de Dios contra su Hijo. Ejecutado
el nico Hombre exento de pecado, puro, obediente y perfecto, en cuyo bautismo, como
ya vimos al principio de nuestras consideraciones, se abrieron los cielos y Dios expres
su gozo y complacencia.
Pero ahora, en estas tres horas en el G lgota, el cielo parec a estar cerrado. El grito
estremecedor de Jes s “Dios m o, Dios m o ¿por qu me has desamparado?” (Mt 27:46),
aparentemente se extingui sin ser o do ni contestado en la oscuridad abrumadora en el
G lgota.
Todo el que pueda creer y comprender el milagro de la sustituci n confesar con Fritz von
Bodelschwingh:
“En santo silencio
estamos aqu en el G lgota
m s y m s nos inclinamos
ante el milagro de all ,
cuando el libre se hizo esclavo,
y peque o el m s alto Se or,
cuando el justo por los pecadores
fue a la muerte vencedor”
Pero no permaneci la oscuridad en el G lgota. Despu s de las tres horas de sufrimiento
propiciatorio o mos el grito de victoria y libertad que en el texto original consiste s lo de
una palabra: “tetelestai” que se puede traducir como “consumado”, “pagado” o “terminado”
y que nuestras Biblias traducen “Consumado es” (Jn 19:30).
Pero las ltimas palabras, la ltima oraci n de nuestro Se or antes de su muerte, nos la
relata Lucas solamente:
(Lc 23:46) “Padre, en tus manos encomiendo mi esp ritu.”
Recordemos que su ministerio p blico comenz a orillas del Jord n con una oraci n, y
con una oraci n concluye el Se or su obra para honra de Dios, encomendando su esp ritu
confiadamente en las manos del Padre.
No s si habr un incentivo mayor para buscar vivir una vida para la gloria de nuestro Dios
de todo coraz n, que considerar la vida y la muerte perfecta de nuestro Se or y Salvador
y pararnos a meditarlo.
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Ante la cruz hubo s lo una conclusi n para Isaac Watts, el autor del conocido himno:
La cruz excelsa al contemplar
Do Cristo all por m muri ,
Nada se puede comparar
A las riquezas de su amor.
Yo no me quiero, Dios, gloriar
Mas que en la muerte del Se or.
Lo que m s pueda ambicionar
Lo doy gozoso por su amor.
Ved en su rostro, manos, pies,
Las marcas vivas del dolor;
Es imposible comprender
Tal sufrimiento y tanto amor.
El mundo entero no ser
D diva digna de ofrecer.
Amor tan grande, sin igual,
En cambio exige todo el ser.
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La segunda y ltima purificaci n del templo, pocos d as antes de la muerte de Jes s, fue
parecida, pero con otra explicaci n:
(Lc 19:46) “Escrito est : Mi casa, casa de oraci n es; mas vosotros la hab is hecho
cueva de ladrones.”
En tres a os parece ser que el car cter del templo cambi de “mercado” a “cueva de
ladrones”. Y, efectivamente, en el vers culo siguiente leemos que “los principales
sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo procuraban matarle” (Lc 19:47).
La codicia y el instinto asesino siempre han sido “parientes” cercanos, y los que hoy
denuncian p blicamente la codicia de personas evang licas influyentes, tienen que contar
con ser “asesinados moralmente” y es posible que caigan “en manos de ladrones”.
Esperemos que al menos ellos, tengan las manos limpias.
Esto s lo entre par ntesis; el tema es sobre todo, el prop sito que Dios ten a con el
templo: deb a ser “casa de oraci n”.
En el tiempo del Antiguo Testamento, el templo consist a de piedras, mientras que en el
Nuevo no se trata de un edificio, sino de “piedras vivas” (1 P 2:5), de hombres y mujeres
nacidos de nuevo.
Es triste, pero con el tiempo ha ocurrido un cambio en la comprensi n de estas
expresiones, a saber, que pensamos en un edificio, cuando se habla de iglesia. Cuando
decimos: “Vamos a la iglesia” entonces a menudo nos referimos a una casa o una sala
donde se re ne la iglesia. Este malentendido se refuerza a n con los carteles que casi
siempre hay puestos en los lugares de reuni n, con el nombre de la iglesia.
En Inglaterra y en Estados Unidos algunos grupos denominan su lugar de reuni n
simplemente “Gospel Hall”, o en Latinoam rica “Sala evang lica” para expresar que la
iglesia de Dios no es un edificio de piedra.
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(Hch 4:31) “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembl ; y
todos fueron llenos del Esp ritu Santo y hablaban con denuedo la palabra de Dios.”
Cuando Pedro fue prendido por Herodes y metido en la cárcel, el libro de los Hechos nos
cuenta: “pero la iglesia hac a sin cesar oraci n a Dios por l”, en la casa de Mar a “donde
muchos estaban reunidos orando” (Hch 12:5,12).
La oración en com n, un nime y perseverante era la caracter stica de las iglesias en el
tiempo de los ap stoles, y despu s siempre ha sido la caracter stica de todo avivamiento
espiritual en la historia de la Iglesia; la iglesia debe ser una “casa de oraci n”.
James O. Fraser, que en los a os 1910-1937 trabaj entre los Lisus en China occidental,
escribi :
“Debemos orar en todo tiempo, tengamos ganas de orar o no. Si tenemos un sano apetito
de orar, mejor; pero si no se hace caso de este hambre ni se satisface, entonces nos
haremos indiferentes y seremos debilitados espiritualmente, igual que la falta de alimento
debilita nuestro cuerpo.”
Con arreglo a esto, su vida de oraci n personal era ejemplar, y tambi n las reuniones de
oraci n en las iglesias que hab an nacido por su ministerio: “Las reuniones de oraci n
duraban a menudo hasta la madrugada.”
Es interesante que ahora el mayor porcentaje de misioneros a nivel mundial viene de
Corea del Sur. Eso seguro que es debido a que despu s de la Segunda Guerra Mundial
en Corea naci un poderoso movimiento de oraci n. El punto de partida fue precisamente
la ciudad de Pionyang, hoy capital de Corea del Norte. Esta ciudad que podemos calificar
como la central de una de las peores persecuciones de cristianos en todo el mundo, antes
de la guerra era conocida como “la Jerusal n de Este”. Miles de cristianos se reun an all
cada ma ana para orar.
Cuando comenz la cruel guerra de Corea, donde los comunistas de Corea del Norte
quer an ocupar Corea del Sur, miles de cristianos huyeron del Norte al Sur, continuando
con sus costumbres de oraci n en su nueva patria. Cada d a de la semana los hermanos
se reun an en muchas iglesias a las cinco de la ma ana para orar juntos.
Esta costumbre ha continuado en algunas grandes iglesias durante d cadas y hasta el d a
de hoy. Un amigo m o, que hace pocos a os visit algunas iglesias en Corea del Sur, me
confirm este hecho. Ya a las cinco de la ma ana ven an cientos de hermanos para la
primera reuni n de oraci n. Y cuando sta terminaba, ven a el pr ximo grupo, de los que
no ten an que comenzar a trabajar a las 7 de la ma ana. Y as d a tras d a y a o tras a o.
Esta oraci n perseverante tiene mayor efecto sobre la conversi n de personas en todo el
mundo que todas las dem s estrategias misioneras y programas para el crecimiento de
las iglesias. Recordemos la convicci n de Tozer:
“El verdadero secreto del xito de cualquier iglesia es la oraci n. No nos enga emos:
Nuestra pureza, nuestra fuerza, nuestra piedad y nuestra santidad solamente tendr n la
fortaleza que tenga nuestra vida de oraci n.”
Las iglesias que crecen en n mero, pero con sus reuniones de oraci n menguando, est n
gravemente enfermas y viven enga ndose a s mismas. La asistencia y la intensidad de
nuestras reuniones de oraci n son un espejo de nuestra vida de oraci n personal. La
persona que en casa normalmente suele orar unos cinco minutos, poco inter s tendr en
orar con su iglesia 50 minutos.
El an lisis subsiguiente de la encuesta sobre las reuniones de oraci n hace patente lo
siguiente:
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• En la mayor a de las iglesias la reuni n de oraci n es la que menos asistencia tiene.
• Cada vez m s iglesias han optado por reunirse solamente cada dos semanas a
orar.
• En muchas iglesias se ve claramente la tendencia de cambiar de sitio la reuni n de
oraci n de la iglesia, reparti ndola en varias reuniones caseras, con la esperanza
de que en este ambiente m s libre quiz s se ore m s.
• En muchas iglesias faltan los hermanos j venes en las reuniones de oraci n, o son
muy pocos los que asisten.
Hace unos meses visit una joven iglesia, din mica, atractiva y creciente. Fue para m
una experiencia destacada: Un edificio estupendo. Perfectamente acondicionado y con
buen sima acústica y refrigeraci n. Unos 120 a 150 asistentes, entre ellos familias
j venes. Un ambiente abierto y afable. Pero, mucho programa de entrada y s lo unos 30
minutos para la predicaci n. Cuando al final del culto me qued hablando con algunos
hermanos all , les pregunt por la reuni n de oraci n. Primero hubo un silencio precario, y
despu s la respuesta abrumadora: “Cada semana tenemos un culto de oraci n, pero por
lo general vienen s lo unos diez hermanos. La semana pasada fuimos s lo cuatro. Ni un
joven asisti ”.
Lamentablemente, esta experiencia no es nada excepcional. Tambi n es asombroso que
a menudo son los ancianos de la iglesia o los responsables de la iglesia los que asisten
poco o incluso no aparecen.
De una gran iglesia, conocida por su fidelidad a la Biblia y por su disciplina, se cuenta que
uno de los ancianos hab a propuesto una divisi n del trabajo, por estar tan sobrecargado:
“Vosotros oráis, y yo preparo el serm n”. Esta propuesta del l der de la iglesia dice mucho
sobre su valoraci n de la oraci n en la iglesia.
Las siguientes observaciones son tambi n tristes hechos:
• Las reuniones de oraci n son a menudo ins pidas y aburridas.
• Casi siempre oran los mismos cuatro o cinco hermanos, el resto se niega
permanentemente a participar.
• La palabrer a general tiene un efecto adormecedor.
• Se ora por Groenlandia y Sur frica, pero no por las necesidades urgentes y
candentes de la propia iglesia. Apuros y aflicciones que todos conocen, pero que
nadie se atreve a expresar en oraci n. ¡Entonces seguro que todos estar an bien
despiertos!
Razones para el desd n en contra de la reuni n de oraci n:
• “El culto de oraci n no me da nada, ¿de qu me sirve?”.
• “El culto de oraci n es aburrido, ya s de antemano lo que van a orar los hermanos
X e Y”.
• “Siempre me duermo en el culto de oraci n. Entonces prefiero quedarme en casa”.
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Podr amos mencionar aqu otros muchos argumentos que explican porqu no se asiste o
no se asiste con gusto a la reuni n de oraci n. A esto hay que decir lo siguiente:
• Los cultos de oraci n no est n para que recibamos algo, sino para dar: tiempo,
inter s y cuidado por los asuntos de Dios y las alegr as y sufrimientos de nuestros
hermanos en la fe.
• Por supuesto que se puede y se debe orar en casa. Pero Dios ha dado una
promesa especial para la oración en com n y perseverante (Mt 18:19-20). Pero
este hecho exige que en la reuni n de oraci n se ore espec fica y concretamente
por las necesidades y asuntos de la iglesia. Entonces, la persona que ora
p blicamente es el portavoz de la iglesia frente a Dios, y los hermanos presentes lo
confirmar n con un “am n” (= que as sea) en alta voz; ojal sea as .
• La reuni n de oraci n no es el lugar donde cada cual puede derramar sus
peticiones y asuntos personales delante de Dios. Eso puede hacerse en c rculos de
oraci n aparte o en casa a puertas cerradas. En la iglesia deber amos orar
espec ficamente por los asuntos comunes. Naturalmente los hermanos en
situaciones dif ciles o con necesidades personales pueden pedir que se ore por
ellos all , y entonces la petici n personal se convierte en petici n com n.
• La “oraci n perseverante” no significa que un hermano ore por largo tiempo hasta
cansar a todos los dem s. Cuanto m s hermanos oren uno tras otro con ahínco y
perseverancia por un asunto concreto, mejor.
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La forma exterior
El Nuevo Testamento no nos da instrucciones detalladas para la reuni n de oraci n,
indicando cómo y cuántas veces por semana deber a tener lugar. Si se canta un himno
para comenzar, o se leen algunos pasajes de la Biblia, o si alguien dice un par de
pensamientos sobre el tema de la oraci n, o si la reuni n comienza con la menci n de los
motivos de oraci n, eso no lo tenemos en el Nuevo Testamento.
Tampoco est prescrito si hay que arrodillarse, estar sentado, de pie o postrado en el
suelo. Sin embargo hallamos instrucciones muy claras acerca de la condici n espiritual
requerida para orar, y eso, sin duda, es m s importante que el marco exterior:
(1 Ti 2:8) “Quiero pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos
santas, sin ira ni contienda.”
Cambiar la organizaci n para avivar las reuniones de oraci n s lo producir un cambio
pasajero, si es que hay un cambio. Si los hermanos particularmente no sienten su
dependencia del Se or y no conocen en su vida personal la oraci n con intensidad,
entonces fracasar n todos los intentos de reanimaci n artificial. El avivamiento comienza
en el coraz n de cada uno en particular.
(2 Cr 7:12-15) “Y apareció Jehová a Salomón de noche, y le dijo: Yo he oído tu
oración, y he elegido para mí este lugar por casa de sacrificio. Si yo cerrare los
cielos, para que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si
enviare pestilencia a mi pueblo; Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre
es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos;
entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.
Ahora estarán abiertos mis ojos, y atentos mis oídos, a la oración en este lugar.”
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