El Suicidio La Perspectiva de La Clave E
El Suicidio La Perspectiva de La Clave E
CON LA COLABORACIÓN DE
SPTF
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Sociedad Portuguesa
de Terapia Familiar
En portugués
Famílias sinalizadas à Comissão de Proteção de Crianças e Jovens de Oeiras.
Perceções sobre o seu Funcionamento Familiar.
Tomás Lopes, Patrícia Cruz, Luísa Carrilho
Y más...
Cómo enseñar terapias minoritarias en Psicología.
Joan Albert Riera Adrover, Carlos Alexis Chimpén López
Uso problemático de las TIC: Análisis de las experiencias de profesionales
en terapia familiar.
M. Martínez-Zuccardi, C. Günther Bel
Técnicas circulares redefinidoras en terapia individual, de pareja y familia.
Alejandra González Monzón
4 Editorial
6 Desde la presidencia
8 La intensidad emocional de las intervenciones psicoterapéuticas (1).
Carlos Lamas Peris
En portugués.
115 Famílias sinalizadas à Comissão de Proteção de Crianças e Jovens de Oeiras.
Perceções sobre o seu Funcionamento Familiar.
Tomás Lopes, Patrícia Cruz, Luísa Carrilho
Y más...
128 Cómo enseñar terapias minoritarias en Psicología.
Joan Albert Riera Adrover, Carlos Alexis Chimpén López
141 Uso problemático de las TIC: Análisis de las experiencias de profesionales
en terapia familiar.
M. Martínez-Zuccardi, C. Günther Bel
153 Técnicas circulares redefinidoras en terapia individual, de pareja y familia.
Alejandra González Monzón
2
DIRECTOR
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EDICIÓN
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Alfonsa Rodríguez Rodríguez
Javier Ortega Allué
Olga Díez Puig
3
MOSAICO 75
El suicidio: la perspectiva
de la Clave Emocional.
Resumen. Esteban Laso Ortiz.
Universidad de Guadalajara,
El suicidio es un problema de salud pública grave Centro Universitario de
y de cada vez mayor incidencia, que desafía a los la Ciénega / Instituto Tzapopan,
Jalisco, México.
terapeutas tanto personal como profesionalmente. [email protected]
La investigación reciente sugiere que está
precedido de un estado específico presuicida,
no necesariamente asociado con un trastorno
preexistente: un agudo, devastador e inexorable
dolor psíquico que embarga a la persona,
conduciéndola a la trágica resolución de quitarse
la vida. En este texto se propone una comprensión
de este dolor psíquico en Clave Emocional como
un sentimiento de vergüenza ontológica derivado
de la desconfirmación de la experiencia íntima de
la persona a manos de sus figuras de apego; se
expone cómo dicha desconfirmación consiste en
una deshonra de las dos necesidades relacionales
fundamentales humanas, cómo instala núcleos
vulnerables que conducen a la persona al suicidio,
cómo se trasforma mediante la reparación y
de qué manera diseñar un tratamiento para
abordarlas alternando sesiones individuales
y familiares para honrar las necesidades
deshonradas y restaurar la participación
integral de la persona en el universo
al que pertenece.
Palabras clave.
Suicidio, síndrome presuicida,
clave emocional, vergüenza,
terapia familiar.
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El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.
Abstract.
Suicide is a serious and growing public health problem that challenges therapists
both personally and professionally. Recent research suggests that it is preceded
by a specific presumed state, not necessarily associated with a pre-existing di-
sorder: a sharp, devastating, and inexorable psychic pain that engulfs the person
leading to the tragic resolution to take his or her own life. This text proposes an
understanding of this psychic pain in an Emotional Key as a feeling of ontological
shame derived from the lack of confirmation of the person’s intimate experience
at the hands of his or her attachment figures; it explains how this lack of confir-
mation consists of dishonoring the two fundamental human relational needs, how
it installs vulnerable nuclei that lead the person to suicide, how it is transformed
through reparation and how to design a treatment to address them by alternating
individual and family sessions to honor the dishonored needs and restore the
person’s integral participation in the universe to which he or she belongs.
Key words.
Suicide, presuicidal syndrome, emotional key, shame, family therapy.
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MOSAICO 75
Como efecto de estos supuestos, la evaluación del riesgo suicida se enfoca ante
todo en los pacientes con trastornos graves y emplea preguntas directas y espe-
cíficas (Love, Frey y Durtschi, 2020).
Sin embargo, la investigación ha empezado a arrojar dudas sobre estos su-
puestos. En primer término, un metanálisis de 71 estudios en todo el mundo in-
dica que el 60% de quienes consumaron el suicidio negaron tener pensamien-
tos o planes suicidas ante las preguntas de un psiquiatra o médico (McHugh et
al, 2019); en segundo, las personas que intentan suicidarse se dividen en dos
grupos: los que presentan algún desorden como ansiedad o depresión y lo ha-
cen tras un largo período de planeación y los que, sin que exista trastorno aso-
ciado, escalan al intento suicida en cuestión de días u horas de forma repentina
e impredecible (Yaseen et al, 2014).
En otras palabras, aunque las personas con otros trastornos (en especial la
depresión) están más predispuestas a intentarlo, el suicidio no parece una me-
ra consecuencia de un trastorno, sino un estado en sí mismo, desencadenado
por eventos no reducibles al trastorno (Rogers, Hom y Joiner, 2019) y que pue-
den acaecer a personas sin antecedentes de problemas psicológicos, dejando
a familiares y amigos con una incómoda mezcla de incredulidad, culpa, confu-
sión y tristeza (Rogers et al, 2017). Además, este estado puede suscitarse sin
ideación suicida previa y ensimismar a la persona de forma que no sea del todo
consciente del contenido suicida de su pensamiento, que prefiera ignorarlo se-
lectivamente (sin darse la oportunidad de corregirlo), que se rehúse a compar-
tirlo o que, para cuando pueda y quiera hacerlo, ya sea tarde, dando al traste
con el propósito de los operadores de salud de detectar e impedir su tentativa
(Joiner et al, 2018).
Todo esto ha conducido a varios investigadores a proponer un “síndrome de
suicidalidad” como entidad nosológica (Ehrenfeld, 2019), cuyo núcleo, según
el fundador de la suicidología, sería un incontenible “dolor psíquico” (psycha-
che; Shneidman, 1993); por lo que se han desarrollado escalas predictivas del
riesgo suicida que no evalúan la ideación ni la planeación, sino componentes
emocionales del “dolor psíquico” como desesperanza e inexorabilidad (Yaseen
et al, 2010).
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El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.
Así, la investigación sugiere que “la transición del pensamiento suicida a la con-
ducta está precedida de un estado específico pre-suicida” (Rogers et al, 2017,
p. 417) caracterizado por “un aumento de la ansiedad, el pánico, la agitación
y el dolor psíquico… un estado agudo, intenso, de afectividad negativa” (ídem,
ibidem). Se han propuesto dos conceptualizaciones de dicho estado: la “Pertur-
bación Afectiva Suicida Aguda” (PASA; Tucker et al, 2016) y el “Síndrome de
Crisis Suicida” (SCS; Yaseen et al, 2010). La primera se compone de cuatro ele-
mentos: un incremento geométrico de la intencionalidad suicida en pocos días
u horas; marcada alienación social (sensación de ser una carga para los otros)
y auto-alienación (autodesprecio); la percepción de que la intencionalidad y la
alienación son imposibles de resolver; y dos o más manifestaciones de excesiva
activación (agitación, insomnio, pesadillas o irritabilidad; Rogers et al, 2017, p.
417). La segunda comprende una persistente, recurrente y profunda sensación
de estar atrapado en una situación vital inescapable e inaguantable que condu-
ce a perturbaciones afectivas (dolor emocional, ansiedad, anhedonia o cambios
repentinos de estado anímico), pérdida de control cognitivo (rumiación negativa,
“visión de túnel”, rigidez e incapacidad de frenar o cuestionar los pensamien-
tos perturbadores o dolorosos), sobreactivación y aislamiento social (mediante
la evasión o la comunicación ambigua; Rogers et al, p. 418).
Como puede verse, ambas propuestas se superponen en lo esencial y se dife-
rencian en cómo integran o acentúan facetas del fenómeno: los que en la PASA
son componentes separados, la alienación social/autodesprecio y la sensación
de inexorabilidad, se unen en el SCS configurando su primer factor, la sensa-
ción de estar “atrapado sin salida” en la propia existencia; y los que en PASA
son dos criterios al mismo nivel de los ya mencionados, la vertiginosa escalada
de intencionalidad suicida y la activación exacerbada, son rebajados en SCS a
efectos de (o “mecanismos de adaptación a”) el dolor emocional primario. En
el fondo son concepciones complementarias, no opuestas, porque la de Joiner
(PASA) expone los desencadenantes “externos” o relacionales mientras que la
de Galynker (SCS) describe el estado emocional “interno” resultante y sus con-
secuencias cognitivas y conductuales. Por ende, coinciden en que es el dolor
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MOSAICO 75
emocional el núcleo del estado suicida, el motor que impulsa a la persona a qui-
tarse la vida, de lo que se sigue que la intervención debe orientarse a detectar y
tramitar no sólo la ideación suicida o los intentos previos sino, ante todo, la expe-
riencia afectiva inmediata del paciente; tarea en la que los terapeutas sistémicos
están, por desgracia, poco capacitados (Laso, 2019).
Ahora bien: ¿cuál es la naturaleza de este “dolor psíquico” o “afectivo”? ¿Có-
mo se vivencia y de qué está compuesto? Joiner (2005) y Galynker (Joiner et
al, 2018) concuerdan en que es devastador, incontenible, con frecuencia sú-
bito y fluctuante, y que invade toda la experiencia de la persona, por lo que le
cuesta separarse de él para contemplarlo con perspectiva; el único modo de es-
capar de su influencia es quitarse la vida. En cuanto a su “tonalidad afectiva”,
Galynker lo describe como “pánico… que combina una frenética desesperanza
con un diluvio de rumiación y una somatización casi psicótica” (Yaseen et al,
2014), con lo que su afecto primario serían el miedo o la ansiedad; Joiner identi-
fica que sus mediadores son las sensaciones de “pertenencia truncada” (thwar-
ted belongingness) y “ser una carga para otros” (perceived burdensomeness;
Chu et al, 2017), con lo que se abstiene de desentrañar su fenomenología pero
insinúa que involucra una valoración global de la persona de sí misma, posible-
mente ante la mirada (que proyecta por parte) de los demás.
Ahora bien, existe una emoción que combina intensidad extrema con pánico
incontenible, sensación de insuficiencia y miedo a ser rechazado: es la vergüen-
za (shame), posiblemente la más dolorosa de las emociones humanas (Gilbert y
Andrews, 1998); y aunque ni Galynker ni Joiner la especifiquen, está estrecha-
mente relacionada con la ideación y la conducta suicidas (Hastings, Northman y
Tangney, 2002). Por consiguiente, cabe suponer que el estado pre-suicida con-
siste esencialmente en una vivencia de vergüenza intensa y devastadora, una
sensación de ser indigno, oprobioso, abyecto, que absorbe todo el campo expe-
riencial de la persona impidiéndole sustraerse y canalizando sus pensamientos
y conductas hacia el único escape posible, la muerte; pues si el origen del mal
es el yo ¿qué queda sino destruirlo?
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El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.
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MOSAICO 75
(Laso, 2015a, p. 149). Según esta metáfora musical (que articula toda la Cla-
ve Emocional) la “nota fundamental” de la vergüenza es el autodesprecio, esto
es, el desprecio volcado hacia el yo tal y como lo imagina el individuo desde la
perspectiva que proyecta de parte de su grupo de referencia (la cual fue cons-
truyendo desde la infancia a medida que se aculturaba, convirtiéndose en una
persona en un mundo de otras personas). El desprecio, a su vez, es una sofis-
ticación del asco en el terreno interpersonal (Schnall et al, 2008): una emoción
destinada a purgar al organismo o al yo de una “noxa”, un agente físico o rela-
cional tóxico que amenaza con contaminar el cuerpo o la psique.
Lo que puede ser tóxico para el organismo no presenta mayor misterio; mas
¿qué es “tóxico” para el yo? La respuesta es: algo o alguien que puede “conta-
minar” el orden moral (del grupo de referencia) de la persona, condenándola al
ostracismo porque representa o personifica valores antagónicos a los que verte-
bran aquel, y que debe ser “neutralizado” y expulsado con celeridad. En efecto,
el desprecio neutraliza al agente “patógeno”, degradándolo: aquello que es ab-
yecto e inferior no merece ser atendido o tomado en serio y puede desecharse
sin remordimientos (de ahí que sea, por ejemplo, parada obligada en el duelo
por un amor desairado; Laso 2018). De ahí también que recibir desprecio sea
de las experiencias más dolorosas, iatrogénicas e insoportables que existen; es
el mensaje desconfirmatorio por antonomasia porque no sólo invisibiliza, sino
que deshumaniza. Hace ya siglos, Adam Smith, fundador de la economía y des-
cubridor del fenómeno de la empatía, zanjó la duda “¿qué es peor, no ser visto
o ser visto como menos-que-humano?” declarando: “Comparados con el des-
precio de la humanidad, todos los demás males son fáciles de soportar” (Smi-
th, 1941).
Así, emociones como el desprecio, la vergüenza, el orgullo, etc., son la salva-
guarda internalizada del orden moral de una comunidad y se activan cuando
éste se ve amenazado; y ya que la familia es la comunidad primera y primaria
de casi todas las personas, estas emociones defienden el status quo y el mito
familiar deviniendo el principal impedimento al cambio terapéutico, primando la
pertenencia al grupo familiar y la adhesión a sus creencias por encima incluso
de la salud. Son la piedra de toque de las “lealtades invisibles” (Boszormeny-
Nagy y Sparks, 2013) y el objetivo implícito de las intervenciones deconstructi-
vas y decolonizadoras de la terapia narrativa (White y Epston, 1990).
Pues, a diferencia del resto de mamíferos, el ser humano no sólo siente bo-
chorno cuando es pillado con las manos en la masa por sus congéneres sino
que se avergüenza cuando imagina que podría serlo porque lleva consigo una
“audiencia internalizada” que lo acompaña incluso en soledad; o lo que es lo
mismo, porque evalúa continuamente su propia conducta y vida mental desde
el punto de vista del “espectador imparcial” (Mead, 1934; Smith, 1941) que
fue tejiendo en su diálogo interno desde la primera infancia, incorporando las
perspectivas de sus otros significativos como otras tantas “posturas retóricas”
entre las que narratiza (sic) su autobiografía. Pese a que nadie lo vea, pese a
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El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.
que ocurra sólo en su fuero interno, todo el comportamiento del adulto está ca-
nalizado por el intento de “presentarse dignamente” (Goffmann, 1997) ante el
juicio de sus congéneres tal y como se han plasmado en ese “espectador im-
parcial”, amalgama de las “voces” de las personas con las que ha entablado
vínculos profundos y las cualidades emocionales de dichos vínculos, en especial
los de su primera infancia. Así, si uno de sus cuidadores primarios la trató con
desprecio consuetudinario, la persona sostendrá ese autodesprecio al relacio-
narse diariamente con la respectiva posición retórica interiorizada, configurando
una vivencia crónica de insuficiencia, indignidad o repugnancia que en la Clave
Emocional se llama sensación de sí (Laso, 2019); y si, como en el clásico doble
vínculo (Bateson et al, 1956), dicho desprecio fue además ocultado tras una fa-
chada de abnegación, la sensación de sí de la persona le será invisible porque
estará envuelta en culpa y autorreproche (“mi madre no me quería pero no pue-
do culparla, ella también sufrió...”), que le impedirán hacerse cargo de sus ne-
cesidades deshonradas por aquel cuidador. Es para detectar y transmutar este
tipo de embrollos que el terapeuta experto debe distinguir no sólo las emociones
predominantes en una interacción familiar, sino sus matices sutiles, destreza en
la que bascula buena parte de la “inteligencia terapéutica” (Linares, 2012); y es
sobre la sensación de sí que obra la reina de las técnicas emocionales, la repa-
ración, mágica cuando se da auténtica y fluidamente.
Sobre esta “nota fundamental” de autodesprecio se erige la vergüenza, que
no es más que el terror a ser despreciado por los demás como uno se despre-
cia a sí mismo (Cf. Gilbert y Andrews, 1998, p. 6 y ss), a ser desenmascarado
como indigno y abyecto del modo que uno se siente o se ha sentido siempre y
en secreto. Así se resuelve el enigma de que las tendencias de acción de la ver-
güenza, primero contraatacar inculpando al otro, luego ocultarse o huir y, si esto
fracasa o es inviable, someterse para inhibir el desprecio y la ira del “Otro” indu-
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MOSAICO 75
ciendo lástima, sean muy semejantes a las del miedo (las clásicas tres F:”fight”
o pelear, “flight” o huir y “freeze” o paralizarse): porque la vergüenza es una ca-
pa de miedo que recubre un núcleo de autodesprecio.
Por ende, cuando fallan las tres estrategias, el suicida apela a la última y de-
finitiva: evitar esta “muerte social”, este desgarro de su “audiencia interna” re-
frendado por el escarnio de la externa, matándose, porque es preferible morir
físicamente a morir qua persona. Es cuando la persona anticipa que su desen-
mascaramiento es incipiente e irredimible que pasa al “estado presuicida”, dis-
poniéndose a acabar consigo para evitar la última afrenta a su yo; atrapada por
el terror al desprecio y el ostracismo, se quita de en medio para no serlo por la
fuerza y ante el oprobio. Y de ahí que el estado presuicida sea tan complejo de
abordar en terapia: el mismo mecanismo que lo suscita, la vergüenza, veda a la
persona lo único que podría sanarla, abrir su corazón pidiendo afecto o recono-
cimiento: si, como teme, su corazón es “tóxico”, si se llega a evidenciar su mal-
sana esencia, perderá la última e ínfima esperanza a que se aferra.
Sin embargo, y como notara Freud a propósito del melancólico (Freud, 1917),
desde un punto de vista “objetivo” (es decir, externo), la abyección que el suici-
da se atribuye es por lo general imaginaria o al menos groseramente exagerada;
contrario a lo que fantasea, lejos de ser un alivio para sus allegados, su muerte
dejaría una herida difícil de restañar. Pero esta discrepancia con la realidad no
parece hacer mella en su sentimiento de vergüenza, que resiste a la “evidencia
contraria” (como notasen hace décadas los terapeutas cognitivos; Beck, 1975).
¿De dónde sale esta fatal convicción y por qué es tan difícil de modificar?
Es aquí donde el terapeuta sistémico (y, quizá en menor medida, el psicodi-
námico) corren con ventaja porque comprenden que, en último análisis, ambas
preguntas tienen la misma respuesta: las relaciones vinculares primarias y se-
cundarias. Una de las implicaciones menos comprendidas de la teoría sistémi-
ca es que aunque las creencias se refieran a la realidad (tal y como se refleja
en la evidencia) están “ancladas” en la red social de la persona, en el “orden
moral” compartido por sus vínculos primarios (cuidadores y familia de origen)
y secundarios (relaciones amorosas, filiales y afectivas adultas); o lo que es lo
mismo, que el obstáculo último y soterrado para el cambio de creencias es su
papel en la identidad de la persona (Dallos, 1996), a su vez sujeta a las relacio-
nes vinculares que valora y defiende en su “audiencia interiorizada”. Por consi-
guiente, en vez de debatir las creencias en el afán de modificar las relaciones,
el terapeuta familiar procede a modificar las relaciones soltando así las amarras
de las creencias para que puedan abrirse a la desmentida y la reconstrucción;
no otra cosa pretenden las preguntas circulares (Boscolo et al, 1987) y estúpi-
das (Medina, 2011).
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El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.
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MOSAICO 75
Arthur era un niño muy dulce, pero a los dos años tenía terribles berrin-
ches… yo siempre le decía “mi niñita” porque de pequeño era muy silen-
cioso, muy curioso pero callado, y mi otro hijo es muy activo… Casi no habló
sino hasta los tres años… pero siempre competía con su hermano que era
muy articulado desde los doce meses y era casi el que mandaba en casa…
Más tarde descubrimos que tenía un desorden del aprendizaje. Una veci-
na terapeuta del lenguaje me lo había dicho varias veces, pero yo no le hice
caso… Arthur era pequeño y flaco y su hermano fuerte y grande… (Shneid-
man, 2004, p. 24 y ss.)
A juzgar por las entrevistas con el terapeuta, el padre y el hermano, Arthur con-
siguió identificar los motivos del resentimiento que les guardaba y redefinir los
respectivos vínculos de manera más saludable, lo cual le dio unos cuantos años
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El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.
de aparente felicidad; pero sus graves dificultades con sus parejas habrían su-
gerido al observador atento que debajo de dicha felicidad subsistía una bomba
de tiempo, un núcleo desconfirmado de afecto y respeto en el contexto de las
relaciones con las mujeres que, desgraciadamente, no logró individualizar, ver-
balizar y tramitar antes de que su vergüenza se impusiera porque, al nacer del
doble vínculo, era invisible. En efecto, ¿cómo enfadarse con una madre tan ab-
negada ante un hijo tan “patológicamente sensitivo”?3
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MOSAICO 75
rándola o desalojándola con tanta más violencia cuanto más palpable es. De ahí
que sea incapaz de integrar el afecto o el respeto de sus allegados por más que
insistan: como no puede creer que los merece, los neutraliza y no llegan a nu-
trirlo. La vergüenza opera como un filtro, impidiéndole tanto revelar los aspectos
desconfirmados de su identidad de forma que puedan ser redimidos, cuanto
fiarse del afecto o respeto de los demás, encerrándolo en una prisión autorre-
ferencial inextricable (Ugazio, 2001); es esta prisión lo que un terapeuta puede
confundir con “narcisismo”.
Por ende, la terapia no se orienta a compensar una carencia, sino a transpa-
rentar una mistificación; no únicamente recalificar, sino reconfirmar la faceta
deslegitimada de la experiencia, devolviéndola a la realidad. Sólo entonces, ha-
biéndose quitado el velo impuesto por su familia (Laso, 2006), puede el pacien-
te incorporar el afecto o el respeto que ahora siente merecer. Hacer evidente el
sutil mensaje de desprecio y sus consecuencias legitima la experiencia del pa-
ciente, borrando su íntima sensación de inadecuación; la parte que hasta ahora
ha intentado exorcizar por tóxica se le revela como fundamental y aceptable en
la medida en que las figuras que lo despreciaron doblevincularmente admitan
haberlo hecho y prometan con honestidad reparar el daño. La reparación es la
manera más directa y potente de cambiar la sensación de sí: la posición retóri-
ca internalizada del padre (por poner el caso) no puede sino ablandarse cuando
escucha al padre en persona reconociendo sus errores y prometiendo enmen-
darlos en lo sucesivo, así como no puede sino ser reemplazada por una más
afectuosa si el padre, en efecto, los enmienda. A este respecto, una técnica es-
pecialmente útil es la “mochila” de Canevaro (2012).
Este proceso de legitimar la mutua experiencia se denomina en la Clave Emo-
cional “honrar la necesidad en el contexto de la relación” y es la base de todo
cambio terapéutico. El terapeuta propicia el cambio de la sensación de sí del
paciente honrando la necesidad que le subyace momento a momento; esto es,
siguiendo el principio de que toda emoción responde a una necesidad todavía
no honrada en la relación y de que cuando ésta es legitimada la emoción se
transforma permitiendo entonces la mutua satisfacción. Incluso la vergüenza,
por atroz y desgarradora que sea, responde a una necesidad: mantener un vín-
culo con las figuras de referencia para la identidad de la persona; y es sólo re-
conociendo la legitimidad de esta necesidad que la vergüenza cede el paso a
la redefinición saludable de la relación. En otras palabras, el terapeuta en Cla-
ve Emocional no trabaja conectando a los miembros de la familia entre sí, sino
conectando a cada uno consigo mismo, con las facetas deshonradas de su ex-
periencia, en el contexto de la relación con los otros4, para que puedan por fin
conectarse auténtica e íntegramente entre todos. O, en los términos de la teoría,
“sólo participando de mí mismo puedo participar de y con otros”.
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Técnicamente, esto la acerca más al trabajo pionero de Virginia Satir (1983) que a las “terapias enfocadas en la
emoción” (Johnson, 2004).
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El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.
Y esto nos conduce al siguiente y último punto. La duda del suicida, si su vida
vale o no la pena, si tiene o no sentido, es existencial: por ende, sólo puede satis-
facerse con una respuesta igualmente existencial. El terapeuta no puede evadir
su responsabilidad de encontrarse con el paciente en este terreno; las técnicas
o protocolos deben ser mapas que desbrocen el camino y no subterfugios para
evitar explorarlo; las teorías deben abordar la pregunta por el sentido en vez de
ignorarla o dejarla pendiente; deben señalar con claridad cómo y por qué vale la
pena vivir, de un modo que insufle esperanza en el paciente y compasión al te-
rapeuta (Kelly, 1962). Así, es preciso aceptar que el trabajo con el paciente sui-
cida tiene un inescapable componente espiritual (o trascendente, si se prefiere
un término sin connotaciones metafísicas o denominacionales); hecho evidente
al reparar en que estamos, literalmente, ante una decisión de vida o muerte. Y
esta decisión no nos puede ser ajena, ni como terapeutas ni como seres huma-
nos; al contrario, la tomamos día tras día, hora tras hora, en la medida en que
hacemos cosas que nos vivifican o nos esclerotizan.
Desde la Clave Emocional, la misma naturaleza humana, su esencia de perso-
na, apunta a la trascendencia; o lo que es lo mismo, para mantenerse como una
persona, para avivar su vitalidad, el ser humano debe participar activamente de
algo que vaya más allá de su yo y su limitada esfera de intereses (máxime en las
culturas afectadas por el neoliberalismo). La Clave Emocional sostiene que estar
vivo es participar y dejar de participar es (empezar a) morir, principio del cual la
dinámica suicida es una evidencia tan atroz como perentoria. Y si cualquier ser
vivo, por el mero hecho de serlo, ha de participar del universo mediante el cons-
tante intercambio de insumos, energía y deshechos, el ser humano, por el me-
ro hecho de ser persona, ha de participar además de una comunidad, de una
cultura, de una tradición que enmarca las relaciones y diálogos que entabla, de
unas normas morales con las que los demás y él mismo juzgarán su proceder,
de los flujos de afecto y respeto que sustentan la historia de la especie.
En el fondo, esta respuesta no es otra cosa que la teoría de sistemas llevada
a su lógica conclusión: si el universo está compuesto de sistemas imbricados,
superpuestos e interdependientes configurando el orden que Bateson llamara
“lo Sagrado” (Bateson y Bateson, 1989), vivir es participar armoniosamente de
dichos sistemas; y cuanto menos se participe más cerca se está de la muerte
(Skolimowski, 2016). Las que Joiner reconoce como “necesidades”, el ser com-
petente (y no una carga) y el ser aceptado (y no desterrado), son mucho más
que eso y atañen a la médula misma de lo que es la condición humana: son las
dos dimensiones sobre las que se despliega la participación humana en la exis-
tencia, denominadas en Clave Emocional “agencia” y “comunión” respectiva-
mente (Laso, 2017, 2018, en prensa).
La agencia atañe al “esfuerzo por dominar el entorno, por reafirmar al sí-mis-
mo, por experimentar la sensación de competencia, logro y poder” y la comu-
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El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.
97
MOSAICO 75
La intervención ha de seguir este mismo orden paso a paso, empezando por re-
ducir el dolor psíquico quitándole su ubicuidad y fomentando que la persona se
distancie de él. Se trata de un paso necesario porque en él estriba la posibilidad
de que el paciente abrigue cierta esperanza que lo disuada de una nueva ten-
tativa mientras prosigue la terapia; pero no suficiente, porque la tentación sui-
cida sólo desaparecerá cuando la vergüenza ontológica sea reemplazada por el
afecto y el respeto. Una de las técnicas más simples es la propuesta por Joiner
(2005): rastrear minuto a minuto la intensidad del dolor psíquico en una esca-
la de 1 a 10 en un plano cartesiano donde las abscisas corresponden al tiempo
y las ordenadas a la intensidad. Con hacerlo por cinco minutos, la persona se
da cuenta de que el dolor no es inexorable ni constante, sino que viene y va en
oleadas por sí solo, lo que le permite imaginar un futuro libre de sufrimiento, le
brinda un atisbo de esperanza y, lo que es más importante, comienza a separar
la vergüenza del self, abriendo la puerta a su eventual cuestionamiento y trans-
formación. En este paso y a lo largo de todo el proceso, el terapeuta debe man-
tenerse alerta a cualquier señal de retroceso, distanciamiento o evasión del pa-
ciente, recordando que la misma naturaleza de su dolor psíquico, la vergüenza,
le priva de transparentarlo en su totalidad; debe, asimismo, estar preparado pa-
ra sucesivas “revelaciones” de las capas de la vergüenza a medida que supera
las defensas del paciente y se gana su confianza.
Esto es el principio de un proceso tanto más prolongado y tortuoso cuanto
más acendrada y soterrada sea la vergüenza. De aquí en adelante, el terapeuta
debe ante todo no caer en la trampa de la mistificación: debe aferrarse con te-
nacidad a la convicción de que el autodesprecio, corazón de la vergüenza del
paciente, se ha originado en sus relaciones vinculares primarias y secundarias
y no en el supuesto defecto genético, congénito o de carácter que éste se atri-
buye. Sin importar por dónde empiece (los eventos desencadenantes del último
intento, por ejemplo, o la ideación presente, o sus relaciones afectivas, etc.), el
terapeuta ha de hacer aflorar la vergüenza para,
acogiéndola no sólo empática sino comunalmente,
A continuación, se propone un articular sus contenidos, los motivos por los que el
itinerario que el terapeuta debe paciente se autodesprecia, con el fin no tanto de
adaptar a las características de evaluarlos racionalmente, sino de identificar las re-
cada paciente; las técnicas son laciones en las que fueron instalados y las necesi-
intercambiables siempre y cuando dades que se deshonraron para ello. b
satisfagan los objetivos, en especial En principio, cualquier técnica que ayude a
el de honrar la necesidad en el identificar el “coro griego” interno y diferenciarlo
contexto de la relación. de la doblegada voz del paciente puede ser de uti-
lidad; por ejemplo, la silla vacía guestáltica (Green-
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