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El Suicidio La Perspectiva de La Clave E

Este artículo explora la perspectiva de la Clave Emocional sobre el suicidio. Propone que el suicidio es precedido por un agudo dolor psíquico que conduce a la persona a quitarse la vida. Explica que este dolor puede entenderse como una vergüenza ontológica derivada de la desconfirmación de la experiencia íntima de la persona por sus figuras de apego, lo que consiste en deshonrar sus necesidades relacionales fundamentales. También expone cómo esta desconfirmación instala núcleos vulnerables que llev

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El Suicidio La Perspectiva de La Clave E

Este artículo explora la perspectiva de la Clave Emocional sobre el suicidio. Propone que el suicidio es precedido por un agudo dolor psíquico que conduce a la persona a quitarse la vida. Explica que este dolor puede entenderse como una vergüenza ontológica derivada de la desconfirmación de la experiencia íntima de la persona por sus figuras de apego, lo que consiste en deshonrar sus necesidades relacionales fundamentales. También expone cómo esta desconfirmación instala núcleos vulnerables que llev

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MOSAICO

Revista de la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar


Journal of the Spanish Federation of Family Therapy Associations

CON LA COLABORACIÓN DE
SPTF
75
Sociedad Portuguesa
de Terapia Familiar

La intensidad emocional de las intervenciones psicoterapéuticas (1).


Carlos Lamas Peris
ABRIL 2020
Monografico:
Introducción al monográfico:
M. Dolores González,Juan García-Haro
Más allá de la autodestrucción. El drama relacional del suicidio.
Juan Luis Linares
La larga y dura lucha por permanecer vivas: acompañando a personas
que no quieren seguir viviendo.
Carlos Alexis Chimpén López
Los sueños en el proceso de duelo familiar por suicidio de un hijo.
José Miguel Antón San Martín, Laura Antón Torre
Aplicaciones de la terapia familiar breve en la ayuda a personas con riesgo
suicida.
Juan García-Haro, M. Dolores González Díaz, Marta González González y Rebeca Costa Trigo
Suicidio: un hecho con significado. Implicaciones relacionales.
Andrés Cabero Álvarez
El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.
Esteban Laso Ortiz
Fiesta de despedida y celebración de la vida. Gran oportunidad que ofrece
la decisión de suicidio racional.
Carlos E. Sluzki

En portugués
Famílias sinalizadas à Comissão de Proteção de Crianças e Jovens de Oeiras.
Perceções sobre o seu Funcionamento Familiar.
Tomás Lopes, Patrícia Cruz, Luísa Carrilho

Y más...
Cómo enseñar terapias minoritarias en Psicología.
Joan Albert Riera Adrover, Carlos Alexis Chimpén López
Uso problemático de las TIC: Análisis de las experiencias de profesionales
en terapia familiar.
M. Martínez-Zuccardi, C. Günther Bel
Técnicas circulares redefinidoras en terapia individual, de pareja y familia.
Alejandra González Monzón

Monográfico: Suicidio: Miradas sistémicas.


En este
número...

4 Editorial
6 Desde la presidencia
8 La intensidad emocional de las intervenciones psicoterapéuticas (1).
Carlos Lamas Peris

33 Monografico: Suicidio: Miradas sistémicas.


34 Introducción al monográfico:
M. Dolores González, Juan García-Haro
36 Más allá de la autodestrucción. El drama relacional del suicidio.
Juan Luis Linares
40 La larga y dura lucha por permanecer vivas: acompañando a personas que
no quieren seguir viviendo.
Carlos Alexis Chimpén López
55 Los sueños en el proceso de duelo familiar por suicidio de un hijo.
José Miguel Antón San Martín, Laura Antón Torre
64 Aplicaciones de la terapia familiar breve en la ayuda a personas con riesgo suicida.
Juan García-Haro, M. Dolores González Díaz, Marta González González y Rebeca Costa Trigo
75 Suicidio: un hecho con significado. Implicaciones relacionales.
Andrés Cabero Álvarez
82 El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.
Esteban Laso Ortiz
104 Fiesta de despedida y celebración de la vida. Gran oportunidad que ofrece
la decisión de suicidio racional.
Carlos E. Sluzki

En portugués.
115 Famílias sinalizadas à Comissão de Proteção de Crianças e Jovens de Oeiras.
Perceções sobre o seu Funcionamento Familiar.
Tomás Lopes, Patrícia Cruz, Luísa Carrilho

Y más...
128 Cómo enseñar terapias minoritarias en Psicología.
Joan Albert Riera Adrover, Carlos Alexis Chimpén López
141 Uso problemático de las TIC: Análisis de las experiencias de profesionales
en terapia familiar.
M. Martínez-Zuccardi, C. Günther Bel
153 Técnicas circulares redefinidoras en terapia individual, de pareja y familia.
Alejandra González Monzón

2
DIRECTOR
Francisco Javier Ortega Allué
EDICIÓN
Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF)
EQUIPO DE REDACCIÓN
Carlos Merino
Garazi Rivas
Sergio Siurana
Emmanuela Tomás
Maria Filomena Gaspar (coor. Portugal)
REDACCIÓN
C/ Córcega 699 1º 2ª – 08026 Barcelona
e-mail: [email protected]

CONSEJO EDITORIAL
Norberto Barbagelata (Madrid) Annette Kreuz (Valencia)
Mark Beyeback (Pamplona) Juan Luis Linares (Barcelona)
Javier Bou (Valencia) Raúl Medina (México)
Philippe Caille (Niza) Luigi Onnis (Roma).†
Luigi Cancrini (Roma) Roberto Pereira (Bilbao)
Alberto Carreras (Zaragoza) Manuel Peixoto (Portugal)
Marcelo R. Ceberio (Buenos Aires) Ricardo Ramos (Barcelona)
Jorge Colapinto (USA) Ana Paula Relvas (Coimbra)
Jose Manuel Costa (Lisboa) Elida Romano (París)
Claudio Des Champs (Buenos Aires) Daniel Sampaio (Lisboa)
Valentin Escudero (La Coruña) Matteo Selvini (Milán)
Celia Falicov (USA) Joakko Seikkula (Finlandia)
Regina Giraldo (Bogotá) Carlos Sluzki (USA)
Edith Golbeter (Bruselas) Jorge de Vega (Las Palmas)
Ana Gomes (Lisboa) Arlene Vetere (Surrey)
Jaime Inclán (USA)

DIRECTORES ANTERIORES
Roberto Pereira Tercero
Norberto Barbagelata Churruarín
Alfonsa Rodríguez Rodríguez
Javier Ortega Allué
Olga Díez Puig

DEPOSITO LEGAL: B-16180-2005


ISSN: 1887-0600. MOSAICO, abril 2020. Nº 75
«Mosaico no se identifica necesariamente con los juicios de valor expresados en los trabajos firmados»

3
MOSAICO 75

El suicidio: la perspectiva
de la Clave Emocional.
Resumen. Esteban Laso Ortiz.
Universidad de Guadalajara,
El suicidio es un problema de salud pública grave Centro Universitario de
y de cada vez mayor incidencia, que desafía a los la Ciénega / Instituto Tzapopan,
Jalisco, México.
terapeutas tanto personal como profesionalmente. [email protected]
La investigación reciente sugiere que está
precedido de un estado específico presuicida,
no necesariamente asociado con un trastorno
preexistente: un agudo, devastador e inexorable
dolor psíquico que embarga a la persona,
conduciéndola a la trágica resolución de quitarse
la vida. En este texto se propone una comprensión
de este dolor psíquico en Clave Emocional como
un sentimiento de vergüenza ontológica derivado
de la desconfirmación de la experiencia íntima de
la persona a manos de sus figuras de apego; se
expone cómo dicha desconfirmación consiste en
una deshonra de las dos necesidades relacionales
fundamentales humanas, cómo instala núcleos
vulnerables que conducen a la persona al suicidio,
cómo se trasforma mediante la reparación y
de qué manera diseñar un tratamiento para
abordarlas alternando sesiones individuales
y familiares para honrar las necesidades
deshonradas y restaurar la participación
integral de la persona en el universo
al que pertenece.

Palabras clave.
Suicidio, síndrome presuicida,
clave emocional, vergüenza,
terapia familiar.

82
El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.

Abstract.
Suicide is a serious and growing public health problem that challenges therapists
both personally and professionally. Recent research suggests that it is preceded
by a specific presumed state, not necessarily associated with a pre-existing di-
sorder: a sharp, devastating, and inexorable psychic pain that engulfs the person
leading to the tragic resolution to take his or her own life. This text proposes an
understanding of this psychic pain in an Emotional Key as a feeling of ontological
shame derived from the lack of confirmation of the person’s intimate experience
at the hands of his or her attachment figures; it explains how this lack of confir-
mation consists of dishonoring the two fundamental human relational needs, how
it installs vulnerable nuclei that lead the person to suicide, how it is transformed
through reparation and how to design a treatment to address them by alternating
individual and family sessions to honor the dishonored needs and restore the
person’s integral participation in the universe to which he or she belongs.
Key words.
Suicide, presuicidal syndrome, emotional key, shame, family therapy.

Introducción: el suicidio y la necesidad de formación específica.


Cada año, aproximadamente 800.000 personas mueren a causa del suicidio a
nivel mundial (Ritchie, Roser y Ortiz-Ospina, 2020), prácticamente el doble de
los fallecidos por homicidio y el triple de los que mueren por desnutrición, lo
que equivale al 1.4% de todas las muertes. Asimismo, el suicidio es la segun-
da causa de muerte para jóvenes de entre 15 y 29 años, por debajo sólo de los
accidentes automovilísticos (WHO, 2020a); si se toma en cuenta el género, es
la tercera causa en varones jóvenes, después de los accidentes y la violencia
interpersonal. A nivel regional, la tasa de Europa, de 15.4 suicidios por cada
100.000 habitantes, es la más alta (ya que incluye a tres países con altos índi-
ces suicidas, Lituania, Rusia y Bielorrusia); las Américas ocupan el tercer lugar
con 9.8 suicidios por cada 100.000 personas (WHO, 2020b). Finalmente, los
índices de suicidio se han incrementado de forma alarmante en un 60% en los
últimos 45 años (Befrienders WorldWide, 2020), sobre todo entre los jóvenes,
que se han convertido en el grupo de mayor riesgo suicida en uno de cada tres
países.
La prevención y atención del suicidio son, pues, desafíos para los operado-
res de la salud mental, incluyendo a los terapeutas familiares; sin embargo, la
investigación sugiere que éstos en particular no disponen en muchos casos de
la información básica indispensable para ofrecer un servicio adecuado (Love,
Frey y Durtschi, 2020); y, lo que es más importante, de un marco teórico es-
pecífico que identifique las características del fenómeno del suicidio y ofrezca
lineamientos para su abordaje dentro de la tradición sistémica o narrativa, ha-
ciéndose cargo del componente emocional que lo vertebra. Ese es el objetivo
del presente texto.

83
MOSAICO 75

Los dos supuestos de la atención al suicidio: que es un epifenómeno y que se


detecta mediante preguntas sobre ideación y planeación suicidas.

Hasta la fecha, la intervención en el suicidio ha partido de dos supuestos:


− Que la mayoría de personas que intentan suicidarse lo hacen por efecto de
algún otro trastorno como la depresión (o lo que es lo mismo, que el suici-
dio es un epifenómeno), y
− Que la mejor manera de identificar la potencialidad de intento es mediante
preguntas directas al paciente acerca de la ideación suicida y la planeación
(Henden, 2008, p. 32) .

Como efecto de estos supuestos, la evaluación del riesgo suicida se enfoca ante
todo en los pacientes con trastornos graves y emplea preguntas directas y espe-
cíficas (Love, Frey y Durtschi, 2020).
Sin embargo, la investigación ha empezado a arrojar dudas sobre estos su-
puestos. En primer término, un metanálisis de 71 estudios en todo el mundo in-
dica que el 60% de quienes consumaron el suicidio negaron tener pensamien-
tos o planes suicidas ante las preguntas de un psiquiatra o médico (McHugh et
al, 2019); en segundo, las personas que intentan suicidarse se dividen en dos
grupos: los que presentan algún desorden como ansiedad o depresión y lo ha-
cen tras un largo período de planeación y los que, sin que exista trastorno aso-
ciado, escalan al intento suicida en cuestión de días u horas de forma repentina
e impredecible (Yaseen et al, 2014).
En otras palabras, aunque las personas con otros trastornos (en especial la
depresión) están más predispuestas a intentarlo, el suicidio no parece una me-
ra consecuencia de un trastorno, sino un estado en sí mismo, desencadenado
por eventos no reducibles al trastorno (Rogers, Hom y Joiner, 2019) y que pue-
den acaecer a personas sin antecedentes de problemas psicológicos, dejando
a familiares y amigos con una incómoda mezcla de incredulidad, culpa, confu-
sión y tristeza (Rogers et al, 2017). Además, este estado puede suscitarse sin
ideación suicida previa y ensimismar a la persona de forma que no sea del todo
consciente del contenido suicida de su pensamiento, que prefiera ignorarlo se-
lectivamente (sin darse la oportunidad de corregirlo), que se rehúse a compar-
tirlo o que, para cuando pueda y quiera hacerlo, ya sea tarde, dando al traste
con el propósito de los operadores de salud de detectar e impedir su tentativa
(Joiner et al, 2018).
Todo esto ha conducido a varios investigadores a proponer un “síndrome de
suicidalidad” como entidad nosológica (Ehrenfeld, 2019), cuyo núcleo, según
el fundador de la suicidología, sería un incontenible “dolor psíquico” (psycha-
che; Shneidman, 1993); por lo que se han desarrollado escalas predictivas del
riesgo suicida que no evalúan la ideación ni la planeación, sino componentes
emocionales del “dolor psíquico” como desesperanza e inexorabilidad (Yaseen
et al, 2010).

84
El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.

En resumen, independientemente de la validez, pertinencia y utilidad de aña-


dir una categoría más a la ya abultada taxonomía de desórdenes mentales, des-
mentir aquellos supuestos conduce a cruciales modificaciones en la detección,
atención y seguimiento de los pacientes potencialmente suicidas, lo que obliga
a repensar nuestros marcos, colocando en el centro lo que los teóricos identi-
fican como desencadenante del intento: una experiencia emocional dolorosa,
inexorable y desbocada que “captura” (Kessler, 2016) la mente del paciente en
una escalada fatal.

La vergüenza: raíz emocional del acto suicida.

Así, la investigación sugiere que “la transición del pensamiento suicida a la con-
ducta está precedida de un estado específico pre-suicida” (Rogers et al, 2017,
p. 417) caracterizado por “un aumento de la ansiedad, el pánico, la agitación
y el dolor psíquico… un estado agudo, intenso, de afectividad negativa” (ídem,
ibidem). Se han propuesto dos conceptualizaciones de dicho estado: la “Pertur-
bación Afectiva Suicida Aguda” (PASA; Tucker et al, 2016) y el “Síndrome de
Crisis Suicida” (SCS; Yaseen et al, 2010). La primera se compone de cuatro ele-
mentos: un incremento geométrico de la intencionalidad suicida en pocos días
u horas; marcada alienación social (sensación de ser una carga para los otros)
y auto-alienación (autodesprecio); la percepción de que la intencionalidad y la
alienación son imposibles de resolver; y dos o más manifestaciones de excesiva
activación (agitación, insomnio, pesadillas o irritabilidad; Rogers et al, 2017, p.
417). La segunda comprende una persistente, recurrente y profunda sensación
de estar atrapado en una situación vital inescapable e inaguantable que condu-
ce a perturbaciones afectivas (dolor emocional, ansiedad, anhedonia o cambios
repentinos de estado anímico), pérdida de control cognitivo (rumiación negativa,
“visión de túnel”, rigidez e incapacidad de frenar o cuestionar los pensamien-
tos perturbadores o dolorosos), sobreactivación y aislamiento social (mediante
la evasión o la comunicación ambigua; Rogers et al, p. 418).
Como puede verse, ambas propuestas se superponen en lo esencial y se dife-
rencian en cómo integran o acentúan facetas del fenómeno: los que en la PASA
son componentes separados, la alienación social/autodesprecio y la sensación
de inexorabilidad, se unen en el SCS configurando su primer factor, la sensa-
ción de estar “atrapado sin salida” en la propia existencia; y los que en PASA
son dos criterios al mismo nivel de los ya mencionados, la vertiginosa escalada
de intencionalidad suicida y la activación exacerbada, son rebajados en SCS a
efectos de (o “mecanismos de adaptación a”) el dolor emocional primario. En
el fondo son concepciones complementarias, no opuestas, porque la de Joiner
(PASA) expone los desencadenantes “externos” o relacionales mientras que la
de Galynker (SCS) describe el estado emocional “interno” resultante y sus con-
secuencias cognitivas y conductuales. Por ende, coinciden en que es el dolor

85
MOSAICO 75

emocional el núcleo del estado suicida, el motor que impulsa a la persona a qui-
tarse la vida, de lo que se sigue que la intervención debe orientarse a detectar y
tramitar no sólo la ideación suicida o los intentos previos sino, ante todo, la expe-
riencia afectiva inmediata del paciente; tarea en la que los terapeutas sistémicos
están, por desgracia, poco capacitados (Laso, 2019).
Ahora bien: ¿cuál es la naturaleza de este “dolor psíquico” o “afectivo”? ¿Có-
mo se vivencia y de qué está compuesto? Joiner (2005) y Galynker (Joiner et
al, 2018) concuerdan en que es devastador, incontenible, con frecuencia sú-
bito y fluctuante, y que invade toda la experiencia de la persona, por lo que le
cuesta separarse de él para contemplarlo con perspectiva; el único modo de es-
capar de su influencia es quitarse la vida. En cuanto a su “tonalidad afectiva”,
Galynker lo describe como “pánico… que combina una frenética desesperanza
con un diluvio de rumiación y una somatización casi psicótica” (Yaseen et al,
2014), con lo que su afecto primario serían el miedo o la ansiedad; Joiner identi-
fica que sus mediadores son las sensaciones de “pertenencia truncada” (thwar-
ted belongingness) y “ser una carga para otros” (perceived burdensomeness;
Chu et al, 2017), con lo que se abstiene de desentrañar su fenomenología pero
insinúa que involucra una valoración global de la persona de sí misma, posible-
mente ante la mirada (que proyecta por parte) de los demás.
Ahora bien, existe una emoción que combina intensidad extrema con pánico
incontenible, sensación de insuficiencia y miedo a ser rechazado: es la vergüen-
za (shame), posiblemente la más dolorosa de las emociones humanas (Gilbert y
Andrews, 1998); y aunque ni Galynker ni Joiner la especifiquen, está estrecha-
mente relacionada con la ideación y la conducta suicidas (Hastings, Northman y
Tangney, 2002). Por consiguiente, cabe suponer que el estado pre-suicida con-
siste esencialmente en una vivencia de vergüenza intensa y devastadora, una
sensación de ser indigno, oprobioso, abyecto, que absorbe todo el campo expe-
riencial de la persona impidiéndole sustraerse y canalizando sus pensamientos
y conductas hacia el único escape posible, la muerte; pues si el origen del mal
es el yo ¿qué queda sino destruirlo?

Vergüenza, bochorno y culpa.

La vergüenza es una emoción relativamente poco discutida en la literatura, me-


nos aún en la sistémica; lo cual es una aguda carencia dada su gran trascen-
dencia clínica: está en la base de algunos tipos de conducta delictiva (Goldberg,
2002; Laso, 2012a) y trastornos de personalidad (Cancrini, 2007; Johnson,
2015), del enamoramiento y el amor (Laso, 2018), de la patología grave, en es-
pecial depresiva (Gilbert, 2005) y adictiva (Maté, 2008) y, como he apuntado,
del suicidio. Es (junto con la culpa, el orgullo o el bochorno) una emoción “se-
cundaria” (Greenberg, 2017) o “autoevaluativa” ya que tiene como objeto no
una situación o ente externos sino al propio yo de la persona (en un contexto

86
El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.

determinado), por lo que se instaura sobre las capacidades cognitivas específi-


camente humanas que sustentan la autoconsciencia (Laso, 2019, 2020). Para
analizarla es preciso deslindarla de otras emociones próximas pero distintas, la
culpa y el bochorno (embarrasment).
En cuanto al bochorno, si bien en español parece sinónimo de la vergüenza,
se distingue en que aquel es pasajero (como el rubor al que también da nom-
bre) y dependiente de la presencia de una “audiencia” mientras que ésta es
permanente y dirigida al yo en tanto que evaluador de sí mismo. Uno comete
un faux pas del que se abochorna momentáneamente ante otros; pero uno es
una vergüenza –o “se avergüenza de uno mismo”. En efecto, la definición de
“bochorno”, “desazón o sofocamiento producido por algo que ofende, molesta
o avergüenza”, enfatiza su exterioridad y evanescencia ya que se limita a ese
“algo” y se desvanece olvidado éste, mientras que la de “vergüenza” incluye la
“estimación de la propia honra y dignidad” menoscabada por “la consciencia de
alguna falta cometida o por alguna acción deshonrosa y humillante” (Real Aca-
demia Española, 2001, 22º).
Con respecto a la culpa, ésta atañe únicamente a una faceta del “yo” o, inclu-
so, a una conducta separada del “yo” (cf. Hastings, Northman y Tangney, 2002,
p. 68). Así, no es lo mismo sentirse culpable por haber cometido errores en un
partido de fútbol que sentirse inadecuado, incorregible, una vergüenza para el
equipo; en aquel caso se puede mejorar, en éste únicamente renunciar (Joiner,
2005, p. 98). Como la culpa se asocia con un comportamiento específico que
se percibe como “malo” o “equivocado”, es remediable y, aunque perturbadora,
no es paralizante ni incontenible; como la vergüenza analiza y denigra la totali-
dad de la persona, es paralizante, ubicua, devastadora e irremediable (al menos
prima facie). Asimismo, las tendencias de acción divergen: la culpa conduce al
reconocimiento del error cometido y el intento de reparación del daño causado
mientras que la vergüenza lleva a evadir el juicio negativo temido y anticipado
sometiéndose, alejándose, escondiéndose o, en el extremo, quitándose la vida.
Por ende, sentirse culpable es verse falible, imperfecto, pero en esencia redi-
mible y valioso; sentirse avergonzado es verse indigno, defectuoso, inaceptable,
irreparable y despreciable (Laso, 2018).

La vergüenza en Clave Emocional: un núcleo de autodesprecio envuelto en


una capa de miedo.

Y es esta última palabra la que hace aflorar el corazón de la vergüenza: el au-


todesprecio. Para la Clave Emocional, modelo que busca articular los principios
subyacentes a toda terapia exitosa (Laso, 2019; 2015b, 2015c, 2015d, 2015e),
emociones “complejas” como la vergüenza “se erigen sobre una nota base o
clave… que las aterriza otorgándoles sentido global (el interés vital de la per-
sona que está en juego en la situación y lo que anticipa que le ha de ocurrir)”

87
MOSAICO 75

(Laso, 2015a, p. 149). Según esta metáfora musical (que articula toda la Cla-
ve Emocional) la “nota fundamental” de la vergüenza es el autodesprecio, esto
es, el desprecio volcado hacia el yo tal y como lo imagina el individuo desde la
perspectiva que proyecta de parte de su grupo de referencia (la cual fue cons-
truyendo desde la infancia a medida que se aculturaba, convirtiéndose en una
persona en un mundo de otras personas). El desprecio, a su vez, es una sofis-
ticación del asco en el terreno interpersonal (Schnall et al, 2008): una emoción
destinada a purgar al organismo o al yo de una “noxa”, un agente físico o rela-
cional tóxico que amenaza con contaminar el cuerpo o la psique.
Lo que puede ser tóxico para el organismo no presenta mayor misterio; mas
¿qué es “tóxico” para el yo? La respuesta es: algo o alguien que puede “conta-
minar” el orden moral (del grupo de referencia) de la persona, condenándola al
ostracismo porque representa o personifica valores antagónicos a los que verte-
bran aquel, y que debe ser “neutralizado” y expulsado con celeridad. En efecto,
el desprecio neutraliza al agente “patógeno”, degradándolo: aquello que es ab-
yecto e inferior no merece ser atendido o tomado en serio y puede desecharse
sin remordimientos (de ahí que sea, por ejemplo, parada obligada en el duelo
por un amor desairado; Laso 2018). De ahí también que recibir desprecio sea
de las experiencias más dolorosas, iatrogénicas e insoportables que existen; es
el mensaje desconfirmatorio por antonomasia porque no sólo invisibiliza, sino
que deshumaniza. Hace ya siglos, Adam Smith, fundador de la economía y des-
cubridor del fenómeno de la empatía, zanjó la duda “¿qué es peor, no ser visto
o ser visto como menos-que-humano?” declarando: “Comparados con el des-
precio de la humanidad, todos los demás males son fáciles de soportar” (Smi-
th, 1941).
Así, emociones como el desprecio, la vergüenza, el orgullo, etc., son la salva-
guarda internalizada del orden moral de una comunidad y se activan cuando
éste se ve amenazado; y ya que la familia es la comunidad primera y primaria
de casi todas las personas, estas emociones defienden el status quo y el mito
familiar deviniendo el principal impedimento al cambio terapéutico, primando la
pertenencia al grupo familiar y la adhesión a sus creencias por encima incluso
de la salud. Son la piedra de toque de las “lealtades invisibles” (Boszormeny-
Nagy y Sparks, 2013) y el objetivo implícito de las intervenciones deconstructi-
vas y decolonizadoras de la terapia narrativa (White y Epston, 1990).
Pues, a diferencia del resto de mamíferos, el ser humano no sólo siente bo-
chorno cuando es pillado con las manos en la masa por sus congéneres sino
que se avergüenza cuando imagina que podría serlo porque lleva consigo una
“audiencia internalizada” que lo acompaña incluso en soledad; o lo que es lo
mismo, porque evalúa continuamente su propia conducta y vida mental desde
el punto de vista del “espectador imparcial” (Mead, 1934; Smith, 1941) que
fue tejiendo en su diálogo interno desde la primera infancia, incorporando las
perspectivas de sus otros significativos como otras tantas “posturas retóricas”
entre las que narratiza (sic) su autobiografía. Pese a que nadie lo vea, pese a

88
El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.

que ocurra sólo en su fuero interno, todo el comportamiento del adulto está ca-
nalizado por el intento de “presentarse dignamente” (Goffmann, 1997) ante el
juicio de sus congéneres tal y como se han plasmado en ese “espectador im-
parcial”, amalgama de las “voces” de las personas con las que ha entablado
vínculos profundos y las cualidades emocionales de dichos vínculos, en especial
los de su primera infancia. Así, si uno de sus cuidadores primarios la trató con
desprecio consuetudinario, la persona sostendrá ese autodesprecio al relacio-
narse diariamente con la respectiva posición retórica interiorizada, configurando
una vivencia crónica de insuficiencia, indignidad o repugnancia que en la Clave
Emocional se llama sensación de sí (Laso, 2019); y si, como en el clásico doble
vínculo (Bateson et al, 1956), dicho desprecio fue además ocultado tras una fa-
chada de abnegación, la sensación de sí de la persona le será invisible porque
estará envuelta en culpa y autorreproche (“mi madre no me quería pero no pue-
do culparla, ella también sufrió...”), que le impedirán hacerse cargo de sus ne-
cesidades deshonradas por aquel cuidador. Es para detectar y transmutar este
tipo de embrollos que el terapeuta experto debe distinguir no sólo las emociones
predominantes en una interacción familiar, sino sus matices sutiles, destreza en
la que bascula buena parte de la “inteligencia terapéutica” (Linares, 2012); y es
sobre la sensación de sí que obra la reina de las técnicas emocionales, la repa-
ración, mágica cuando se da auténtica y fluidamente.
Sobre esta “nota fundamental” de autodesprecio se erige la vergüenza, que
no es más que el terror a ser despreciado por los demás como uno se despre-
cia a sí mismo (Cf. Gilbert y Andrews, 1998, p. 6 y ss), a ser desenmascarado
como indigno y abyecto del modo que uno se siente o se ha sentido siempre y
en secreto. Así se resuelve el enigma de que las tendencias de acción de la ver-
güenza, primero contraatacar inculpando al otro, luego ocultarse o huir y, si esto
fracasa o es inviable, someterse para inhibir el desprecio y la ira del “Otro” indu-

89
MOSAICO 75

ciendo lástima, sean muy semejantes a las del miedo (las clásicas tres F:”fight”
o pelear, “flight” o huir y “freeze” o paralizarse): porque la vergüenza es una ca-
pa de miedo que recubre un núcleo de autodesprecio.
Por ende, cuando fallan las tres estrategias, el suicida apela a la última y de-
finitiva: evitar esta “muerte social”, este desgarro de su “audiencia interna” re-
frendado por el escarnio de la externa, matándose, porque es preferible morir
físicamente a morir qua persona. Es cuando la persona anticipa que su desen-
mascaramiento es incipiente e irredimible que pasa al “estado presuicida”, dis-
poniéndose a acabar consigo para evitar la última afrenta a su yo; atrapada por
el terror al desprecio y el ostracismo, se quita de en medio para no serlo por la
fuerza y ante el oprobio. Y de ahí que el estado presuicida sea tan complejo de
abordar en terapia: el mismo mecanismo que lo suscita, la vergüenza, veda a la
persona lo único que podría sanarla, abrir su corazón pidiendo afecto o recono-
cimiento: si, como teme, su corazón es “tóxico”, si se llega a evidenciar su mal-
sana esencia, perderá la última e ínfima esperanza a que se aferra.

Las semillas de la inadecuación: doble vínculo y desconfirmación.

Sin embargo, y como notara Freud a propósito del melancólico (Freud, 1917),
desde un punto de vista “objetivo” (es decir, externo), la abyección que el suici-
da se atribuye es por lo general imaginaria o al menos groseramente exagerada;
contrario a lo que fantasea, lejos de ser un alivio para sus allegados, su muerte
dejaría una herida difícil de restañar. Pero esta discrepancia con la realidad no
parece hacer mella en su sentimiento de vergüenza, que resiste a la “evidencia
contraria” (como notasen hace décadas los terapeutas cognitivos; Beck, 1975).
¿De dónde sale esta fatal convicción y por qué es tan difícil de modificar?
Es aquí donde el terapeuta sistémico (y, quizá en menor medida, el psicodi-
námico) corren con ventaja porque comprenden que, en último análisis, ambas
preguntas tienen la misma respuesta: las relaciones vinculares primarias y se-
cundarias. Una de las implicaciones menos comprendidas de la teoría sistémi-
ca es que aunque las creencias se refieran a la realidad (tal y como se refleja
en la evidencia) están “ancladas” en la red social de la persona, en el “orden
moral” compartido por sus vínculos primarios (cuidadores y familia de origen)
y secundarios (relaciones amorosas, filiales y afectivas adultas); o lo que es lo
mismo, que el obstáculo último y soterrado para el cambio de creencias es su
papel en la identidad de la persona (Dallos, 1996), a su vez sujeta a las relacio-
nes vinculares que valora y defiende en su “audiencia interiorizada”. Por consi-
guiente, en vez de debatir las creencias en el afán de modificar las relaciones,
el terapeuta familiar procede a modificar las relaciones soltando así las amarras
de las creencias para que puedan abrirse a la desmentida y la reconstrucción;
no otra cosa pretenden las preguntas circulares (Boscolo et al, 1987) y estúpi-
das (Medina, 2011).

90
El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.

La terapia familiar ha demostrado fehacientemente que las semillas de la in-


adecuación, parafraseando a Emily Dickinson, “medran en la oscuridad”; es
decir, que son patógenas por insidiosas, porque fueron plantadas con mensa-
jes doblevinculares. Que mi madre me diga que soy un inútil es descalificador
y doloroso, pero no tóxico porque es un mensaje que puedo individualizar para
diferenciarme de él; puedo concluir, eventualmente, que es su opinión y que no
atañe a mi esencia. Que declare su amor mientras me trata con soterrado des-
precio, en cambio, no sólo me sume en la confusión y me impide “definir la rela-
ción” (como notara el equipo de Palo Alto; Watzlawick, Beavin y Jackson, 1967),
sino que me instala un “coro griego” que desestima mis éxitos, se mofa de mis
fracasos, critica mis esfuerzos y carcome mis esperanzas; convierte a mi voz in-
terna en mi propio peor enemigo, del cual sólo puedo escapar muriendo. Una
voz que no puedo cuestionar: primero, porque no logro distinguirla de la mía, y
segundo, porque para lograrlo he de identificar su origen reconociendo, a fortio-
ri, que mi madre me lastimó y arrostrando la culpa concomitante –en la que la
voz del desprecio puede enconarse. Y lo mismo se aplica al padre o cualquier
figura de apego, en la infancia o la adultez2.
En los casos graves, el persistente y virulento irrealismo de estas “voces del
suicidio” (Firestone, Firestone y Catlett, 2013) linda con lo psicótico, lo que trai-
ciona su etiología: la desconfirmación. Sólo que, a diferencia de la psicosis, no
se ha desconfirmado a la persona (como en la triangulación desconfirmatoria,
Linares, 2012), sino sólo un aspecto, si bien nuclear, de su experiencia, el cual
sufrió el desprecio de sus cuidadores y fue por ende desterrado metafóricamen-
te –retornando en la forma de un síntoma (Laso, 2018). En otras palabras, no se
desconfirma la esencia de alguien, sino su capacidad de legitimar su vivencia
o, en los términos de la Clave Emocional, de honrar sus necesidades en el con-
texto de la relación. El irrealismo del paciente es un eco del de sus cuidadores
cuando negaron sistemáticamente una parte de su identidad conminándolo a
invisibilizarla para ser aceptado; o, en términos de la Clave Emocional, cuando al
despreciar subrepticiamente dicha parte deshonraron su necesidad subyacente
en el crisol del vínculo. Puesto a escoger entre su identidad y la “realidad”, en-
tre la verdad emocional de su experiencia y la “objetiva” del mundo, cualquier
persona elegirá aquellas –aunque eso le pase factura en la forma de síntomas.
Como he mencionado, este mecanismo es tan sutil que pasa desapercibido a
terapeutas no formados en la tradición sistémica, por lo que concluyen que mu-
chos suicidios tienen causas “biológicas” o sui generis; de hecho, puede tam-
bién pasar desapercibido al paciente y sus allegados porque estos núcleos des-
confirmados permanecen latentes y explotan cuando los detona algún evento
que amenaza con confirmar la identidad abyecta temida (lo que podría explicar
los casos en que el estado presuicida se intensifica en cuestión de días u ho-
2
El brillante texto de Kelly (1962) “Pecado y Psicoterapia” presenta un claro ejemplo de la inadecuación existencial
derivada del desprecio sufrido por el paciente y simbolizado en un recuerdo que él mismo llama “mi caída del Jardín
del Edén”.

91
MOSAICO 75

ras sin aparentes antecedentes). El mejor ejemplo es la “autopsia psicológica”,


donde el fundador de la suicidología entrevista a los padres, hermanos, parejas
y allegados de una víctima, para terminar confesando su incomprensión y diag-
nosticándolo de narcisismo masoquista, sin percatarse de que la madre le ha
descrito cómo lo desconfirmó desde recién nacido:

Arthur era un niño muy dulce, pero a los dos años tenía terribles berrin-
ches… yo siempre le decía “mi niñita” porque de pequeño era muy silen-
cioso, muy curioso pero callado, y mi otro hijo es muy activo… Casi no habló
sino hasta los tres años… pero siempre competía con su hermano que era
muy articulado desde los doce meses y era casi el que mandaba en casa…
Más tarde descubrimos que tenía un desorden del aprendizaje. Una veci-
na terapeuta del lenguaje me lo había dicho varias veces, pero yo no le hice
caso… Arthur era pequeño y flaco y su hermano fuerte y grande… (Shneid-
man, 2004, p. 24 y ss.)

Cualquier terapeuta familiar reconocería aquí el “síndrome de Pigmalión”, la pro-


fecía autocumplidora de la madre de tener un hijo débil y apocado; maldición
que, trasmitida mediante los agravios comparativos con el hermano y las desca-
lificaciones doblevinculares (de lo cual el venenoso pero pseudocariñoso “mi ni-
ñita” es paradigmático) y coadyuvada por la ausencia, negligencia y frialdad del
padre, llevaría a Arthur a una insaciable autoexigencia en el intento fallido de
sobrepujar su secreta vergüenza y a la “solución final” del suicidio; el autor, sin
embargo, sólo alcanza a constatar que la madre “describe a un joven casi neu-
rológicamente sensible… con una intensa rivalidad” (Shneidman, idem). Curio-
samente, es el terapeuta de Arthur quien más se acerca a la clave del enigma:

[Arthur] siempre hablaba de la incomodidad que sentía con su madre… Y


nunca pudo articular qué era lo que le impedía conectar con ella… Y lo más
enigmático es que… no es que ella le haya hecho nunca algo malo, a dife-
rencia de su padre que según Arthur no le había dado lo suficiente… Siem-
pre sentí que la madre era básicamente una buena persona, pero tenía algo
difícil de explicar… como si fuera muy necesitada, alguien tan atrapado en
sus propias necesidades que te podría succionar hasta dejarte seco… No sé
explicarlo mejor (Shneidman, 2004, p. 127).

A juzgar por las entrevistas con el terapeuta, el padre y el hermano, Arthur con-
siguió identificar los motivos del resentimiento que les guardaba y redefinir los
respectivos vínculos de manera más saludable, lo cual le dio unos cuantos años

92
El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.

de aparente felicidad; pero sus graves dificultades con sus parejas habrían su-
gerido al observador atento que debajo de dicha felicidad subsistía una bomba
de tiempo, un núcleo desconfirmado de afecto y respeto en el contexto de las
relaciones con las mujeres que, desgraciadamente, no logró individualizar, ver-
balizar y tramitar antes de que su vergüenza se impusiera porque, al nacer del
doble vínculo, era invisible. En efecto, ¿cómo enfadarse con una madre tan ab-
negada ante un hijo tan “patológicamente sensitivo”?3

Honrar las necesidades: la piedra de toque del cambio.

Si la desconfirmación psicótica pone en duda la existencia misma de la perso-


na, la despreciativa pone en duda su derecho a vivir siendo quien es, con los
deseos, necesidades y vivencias de los que se avergüenza porque fueron des-
preciados por sus figuras de apego, sin poderlo reconocer y sanar, porque dicho
desprecio se disfrazó doblevincularmente de afecto o interés. La convicción del
suicida, concomitantemente, es que no sólo no vale, sino que es una carga pa-
ra sus allegados y que éstos no lo quieren sino que, en el mejor de los casos, le
tienen lástima. Cuando esta convicción se junta con la pérdida del miedo a la
muerte por la habituación al riesgo o la violencia autoinflingida (Joiner, 2005),
el suicidio no es evitable, sólo aplazable. Aunque este componente, que Joiner
llama “letalidad adquirida” (Joiner, 2005, p. 22), es el más propicio para la pre-
vención comunitaria (por ejemplo, dificultando el acceso a las armas, la expo-
sición a la violencia, etc.), no lo es en la atención al paciente suicida porque no
se puede revertir; por ende, el terapeuta ha de incidir en los otros dos, la “per-
tenencia truncada” y “sensación de ser una carga”, a las que Joiner reconoce
como necesidades básicas agudamente frustradas –lo que significa, a su vez,
sanar la verguënza ontológica, transformar la sensación de sí.
Es aquí que la Clave Emocional se aparta de casi todos los modelos de la te-
rapia al sostener que la patología no nace de la frustración de las necesidades,
sino de su deslegitimación (Laso, en prensa). El mensaje que el paciente man-
tiene vivo en su diálogo interno no es sólo “no tendrás afecto o respeto” sino “no
mereces afecto o respeto (a menos que seas de tal o cual modo imposible de
alcanzar)” (y sus variantes “no deberías sentir esa emoción/necesidad”, “no tie-
nes derecho a sentir/pedir eso”, “eso que sientes no existe”, etc.); mensaje que,
además, permea todo su ser porque fue transmitido de manera doble vincular,
envuelto en aparentes afecto y consideración. O, en otras palabras, no sólo ha
descalificado una faceta de sus vivencias, sino que la ha desconfirmado, igno-
3
Huelga decir los papeles son intercambiables mientras sostengan la estructura: el padre podría ser el agente mis-
tificador y la madre la figura ausente, o alternarse, etc.; que no se trata de culpar a la madre, víctima ella también
de su propia historia, marcada por una sociedad patriarcal (Macías-Esparza y Laso, 2017) y sujeta al doble vínculo
al igual que el resto, sino de reconocer su participación involuntaria en el conjunto de interacciones que alumbran
este problema; y que la liberación de uno de los miembros de esta “doble atadura” posibilita la de todos los demás.

93
MOSAICO 75

rándola o desalojándola con tanta más violencia cuanto más palpable es. De ahí
que sea incapaz de integrar el afecto o el respeto de sus allegados por más que
insistan: como no puede creer que los merece, los neutraliza y no llegan a nu-
trirlo. La vergüenza opera como un filtro, impidiéndole tanto revelar los aspectos
desconfirmados de su identidad de forma que puedan ser redimidos, cuanto
fiarse del afecto o respeto de los demás, encerrándolo en una prisión autorre-
ferencial inextricable (Ugazio, 2001); es esta prisión lo que un terapeuta puede
confundir con “narcisismo”.
Por ende, la terapia no se orienta a compensar una carencia, sino a transpa-
rentar una mistificación; no únicamente recalificar, sino reconfirmar la faceta
deslegitimada de la experiencia, devolviéndola a la realidad. Sólo entonces, ha-
biéndose quitado el velo impuesto por su familia (Laso, 2006), puede el pacien-
te incorporar el afecto o el respeto que ahora siente merecer. Hacer evidente el
sutil mensaje de desprecio y sus consecuencias legitima la experiencia del pa-
ciente, borrando su íntima sensación de inadecuación; la parte que hasta ahora
ha intentado exorcizar por tóxica se le revela como fundamental y aceptable en
la medida en que las figuras que lo despreciaron doblevincularmente admitan
haberlo hecho y prometan con honestidad reparar el daño. La reparación es la
manera más directa y potente de cambiar la sensación de sí: la posición retóri-
ca internalizada del padre (por poner el caso) no puede sino ablandarse cuando
escucha al padre en persona reconociendo sus errores y prometiendo enmen-
darlos en lo sucesivo, así como no puede sino ser reemplazada por una más
afectuosa si el padre, en efecto, los enmienda. A este respecto, una técnica es-
pecialmente útil es la “mochila” de Canevaro (2012).
Este proceso de legitimar la mutua experiencia se denomina en la Clave Emo-
cional “honrar la necesidad en el contexto de la relación” y es la base de todo
cambio terapéutico. El terapeuta propicia el cambio de la sensación de sí del
paciente honrando la necesidad que le subyace momento a momento; esto es,
siguiendo el principio de que toda emoción responde a una necesidad todavía
no honrada en la relación y de que cuando ésta es legitimada la emoción se
transforma permitiendo entonces la mutua satisfacción. Incluso la vergüenza,
por atroz y desgarradora que sea, responde a una necesidad: mantener un vín-
culo con las figuras de referencia para la identidad de la persona; y es sólo re-
conociendo la legitimidad de esta necesidad que la vergüenza cede el paso a
la redefinición saludable de la relación. En otras palabras, el terapeuta en Cla-
ve Emocional no trabaja conectando a los miembros de la familia entre sí, sino
conectando a cada uno consigo mismo, con las facetas deshonradas de su ex-
periencia, en el contexto de la relación con los otros4, para que puedan por fin
conectarse auténtica e íntegramente entre todos. O, en los términos de la teoría,
“sólo participando de mí mismo puedo participar de y con otros”.

4
Técnicamente, esto la acerca más al trabajo pionero de Virginia Satir (1983) que a las “terapias enfocadas en la
emoción” (Johnson, 2004).

94
El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.

Vivir es participar: agencia y comunión.

Y esto nos conduce al siguiente y último punto. La duda del suicida, si su vida
vale o no la pena, si tiene o no sentido, es existencial: por ende, sólo puede satis-
facerse con una respuesta igualmente existencial. El terapeuta no puede evadir
su responsabilidad de encontrarse con el paciente en este terreno; las técnicas
o protocolos deben ser mapas que desbrocen el camino y no subterfugios para
evitar explorarlo; las teorías deben abordar la pregunta por el sentido en vez de
ignorarla o dejarla pendiente; deben señalar con claridad cómo y por qué vale la
pena vivir, de un modo que insufle esperanza en el paciente y compasión al te-
rapeuta (Kelly, 1962). Así, es preciso aceptar que el trabajo con el paciente sui-
cida tiene un inescapable componente espiritual (o trascendente, si se prefiere
un término sin connotaciones metafísicas o denominacionales); hecho evidente
al reparar en que estamos, literalmente, ante una decisión de vida o muerte. Y
esta decisión no nos puede ser ajena, ni como terapeutas ni como seres huma-
nos; al contrario, la tomamos día tras día, hora tras hora, en la medida en que
hacemos cosas que nos vivifican o nos esclerotizan.
Desde la Clave Emocional, la misma naturaleza humana, su esencia de perso-
na, apunta a la trascendencia; o lo que es lo mismo, para mantenerse como una
persona, para avivar su vitalidad, el ser humano debe participar activamente de
algo que vaya más allá de su yo y su limitada esfera de intereses (máxime en las
culturas afectadas por el neoliberalismo). La Clave Emocional sostiene que estar
vivo es participar y dejar de participar es (empezar a) morir, principio del cual la
dinámica suicida es una evidencia tan atroz como perentoria. Y si cualquier ser
vivo, por el mero hecho de serlo, ha de participar del universo mediante el cons-
tante intercambio de insumos, energía y deshechos, el ser humano, por el me-
ro hecho de ser persona, ha de participar además de una comunidad, de una
cultura, de una tradición que enmarca las relaciones y diálogos que entabla, de
unas normas morales con las que los demás y él mismo juzgarán su proceder,
de los flujos de afecto y respeto que sustentan la historia de la especie.
En el fondo, esta respuesta no es otra cosa que la teoría de sistemas llevada
a su lógica conclusión: si el universo está compuesto de sistemas imbricados,
superpuestos e interdependientes configurando el orden que Bateson llamara
“lo Sagrado” (Bateson y Bateson, 1989), vivir es participar armoniosamente de
dichos sistemas; y cuanto menos se participe más cerca se está de la muerte
(Skolimowski, 2016). Las que Joiner reconoce como “necesidades”, el ser com-
petente (y no una carga) y el ser aceptado (y no desterrado), son mucho más
que eso y atañen a la médula misma de lo que es la condición humana: son las
dos dimensiones sobre las que se despliega la participación humana en la exis-
tencia, denominadas en Clave Emocional “agencia” y “comunión” respectiva-
mente (Laso, 2017, 2018, en prensa).
La agencia atañe al “esfuerzo por dominar el entorno, por reafirmar al sí-mis-
mo, por experimentar la sensación de competencia, logro y poder” y la comu-

95
MOSAICO 75

nión al “deseo… de relacionarse íntimamente con los otros, cooperar, unirse


con ellos” (Laso, 2017, p. 216); son dimensiones transitivas que determinan
el modo en que se definirá una relación, sea con un ente inanimado, con otras
personas o consigo mismo. Por ejemplo, un ebanista puede abordar un trozo
de madera agénticamente, como algo sobre lo que debe imponer su voluntad,
o comunalmente, como algo con lo que debe compenetrarse para moldearlo sin
violentarlo (Sennett, 2009); un combatiente puede ver a su oponente como el
enemigo a destruir o como un otro momentáneamente desorientado cuya ame-
naza hay que neutralizar (Stevens, 1984), etc. Sobre estos ejes se construye to-
da interacción y se transmite la información analógica de forma tan automática
como recíproca: el respeto se traduce en dominancia-sumisión y el afecto en
cercanía-distancia (Laso, 2015a).
Ciertamente, en el plano vincular estas dimensiones se manifiestan como ne-
cesidades: todo ser humano necesita sentirse querido y respetado y, en la medi-
da en que no lo es, experimenta alguna emoción que da cuenta de la necesidad
insatisfecha (Laso, 2015 d, 2015e). Además, cada necesidad se instancia en
función del contexto en que se ocasione, si con el otro o con el yo: la agencia en
relación con el otro es la necesidad de autonomía y con el yo es la de autoefica-
cia, mientras que la comunión hacia el otro es el afecto y hacia el yo es la auto-
compasión, la capacidad de arropar amorosamente todas las facetas de mi vi-
vencia no sólo como propias sino como el canal que me conecta con todo (Laso,
2020). De ahí que la Clave Emocional ponga el acento en honrar la necesidad
en el contexto de la relación: de nada sirve reclamar a mi padre que nunca me
valoró si yo mismo no me percibo como digno de valor, aunque sea en ciernes, y
viceversa; y aunque ambos estén relacionados, se deben abordar por separado.
En la Clave Emocional la emoción no es el objetivo del cambio, sino la vía re-
gia para alcanzarlo, pues es a través de ella que la persona puede distinguir, ar-
ticular y honrar sus necesidades subyacentes en las relaciones respectivas, pro-
ceso en el que el terapeuta la asiste usando cualquier técnica a su alcance sin
importar su enfoque. La “prueba de fuego” es que logre expresar su necesidad,
con claridad y firmeza, al “otro” involucrado sin caer en la condescendencia, la
mistificación, la sumisión o la ira; la aparición de éstas no es vista como un obs-
táculo o resistencia sino como señal de que una de las dos necesidades todavía
no ha sido honrada cabalmente y de que terapeuta y paciente han de internarse
en ella cabalgando la emoción concomitante. Para retomar el ejemplo de Arthur
(Shneidman, 2004), cada vez que la madre le decía “mi niña” con sorna apenas
disfrazada de afecto o lo comparaba implícitamente con su hermano mayor, ca-
da vez que el padre, reconociendo la soledad o sensación de debilidad del niño,
se rehusaba a intervenir, no sólo frustraban sus necesidades de respeto y afecto
sino que truncaban su espontánea participación en el universo, desterrando su
yo tal y como en ese momento se manifestaba y condenándolo a hacer lo propio
consigo mismo. Pues la necesidad es lo que está vivo en mí en ese instante, y
la emoción, la señal de qué y con quién he de honrar aquella: cuando mis alle-

96
El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.

gados muestran desprecio ante alguna de mis emociones, mi necesidad que-


da momificada en una mortaja de vergüenza. Si honrar las necesidades vivifica,
deshonrarlas mortifica; no es de extrañar que quien se automortifica día tras día
termine por quitarse la vida.

Guías para la práctica.

Antes de proponer algunos lineamientos, una recapitulación:


1. El intento suicida está desencadenado por un estado presuicida de males-
tar emocional intenso, desgarrador, inexorable y sobrecogedor (que puede
o no asociarse con un trastorno preexistente);

2. Cuya base es la vergüenza, consistente a su vez en una capa de miedo a


que se confirme la autoimagen sesgada que justifica un núcleo de auto-
desprecio;

3. Dicha imagen o sensación de sí fue instalada por mensajes despreciativos


y doblevinculares de una o más figuras de apego (casi siempre primaria) y
es corroborada a diario por el diálogo interno con el “coro griego” que re-
presenta la voz internalizada de dicha figura;

4. El desprecio de los allegados y el autodesprecio de sus posiciones retóricas


internalizadas, junto con la estructura mistificadora (doblevincular) de los
mensajes originales, no sólo frustraron, sino que deshonraron las necesi-
dades de afecto y respeto de la persona (haciéndola creer no únicamente
que no puede recibirlos, sino que no los merece, no existen o no debería
necesitarlos); esto es, desconfirmaron su experiencia emocional –así como
la persona se desconfirma día a día en su fuero interno;

5. La persona no puede escapar de este circuito inextricable porque es in-


capaz de honrar su necesidad, oculta como está tras el velo de la mistifi-
cación por la cual se atribuye a sí misma las carencias o abyecciones que
reflejaron sus cuidadores;

6. Al no poder honrar su necesidad tampoco puede satisfacerla: por mucho


que se esfuercen sus seres queridos, la persona no da crédito a sus pro-
testas de amor y respeto;

7. Por lo que el terapeuta debe en definitiva desmistificar, explorando la histo-


ria vincular para reconfirmar sus facetas negadas, facilitando que la perso-
na pueda plantear abierta y asertivamente sus necesidades a sus allegados
y legitimarlas en sí misma, honrándolas en el contexto de cada relación,

97
MOSAICO 75

8. Disolviendo, por fin, la sensación de sí de vergüenza en el seno del afecto


y el respeto y abriéndose a participar plenamente del universo al que per-
tenece.

La intervención ha de seguir este mismo orden paso a paso, empezando por re-
ducir el dolor psíquico quitándole su ubicuidad y fomentando que la persona se
distancie de él. Se trata de un paso necesario porque en él estriba la posibilidad
de que el paciente abrigue cierta esperanza que lo disuada de una nueva ten-
tativa mientras prosigue la terapia; pero no suficiente, porque la tentación sui-
cida sólo desaparecerá cuando la vergüenza ontológica sea reemplazada por el
afecto y el respeto. Una de las técnicas más simples es la propuesta por Joiner
(2005): rastrear minuto a minuto la intensidad del dolor psíquico en una esca-
la de 1 a 10 en un plano cartesiano donde las abscisas corresponden al tiempo
y las ordenadas a la intensidad. Con hacerlo por cinco minutos, la persona se
da cuenta de que el dolor no es inexorable ni constante, sino que viene y va en
oleadas por sí solo, lo que le permite imaginar un futuro libre de sufrimiento, le
brinda un atisbo de esperanza y, lo que es más importante, comienza a separar
la vergüenza del self, abriendo la puerta a su eventual cuestionamiento y trans-
formación. En este paso y a lo largo de todo el proceso, el terapeuta debe man-
tenerse alerta a cualquier señal de retroceso, distanciamiento o evasión del pa-
ciente, recordando que la misma naturaleza de su dolor psíquico, la vergüenza,
le priva de transparentarlo en su totalidad; debe, asimismo, estar preparado pa-
ra sucesivas “revelaciones” de las capas de la vergüenza a medida que supera
las defensas del paciente y se gana su confianza.
Esto es el principio de un proceso tanto más prolongado y tortuoso cuanto
más acendrada y soterrada sea la vergüenza. De aquí en adelante, el terapeuta
debe ante todo no caer en la trampa de la mistificación: debe aferrarse con te-
nacidad a la convicción de que el autodesprecio, corazón de la vergüenza del
paciente, se ha originado en sus relaciones vinculares primarias y secundarias
y no en el supuesto defecto genético, congénito o de carácter que éste se atri-
buye. Sin importar por dónde empiece (los eventos desencadenantes del último
intento, por ejemplo, o la ideación presente, o sus relaciones afectivas, etc.), el
terapeuta ha de hacer aflorar la vergüenza para,
acogiéndola no sólo empática sino comunalmente,
A continuación, se propone un articular sus contenidos, los motivos por los que el
itinerario que el terapeuta debe paciente se autodesprecia, con el fin no tanto de
adaptar a las características de evaluarlos racionalmente, sino de identificar las re-
cada paciente; las técnicas son laciones en las que fueron instalados y las necesi-
intercambiables siempre y cuando dades que se deshonraron para ello. b
satisfagan los objetivos, en especial En principio, cualquier técnica que ayude a
el de honrar la necesidad en el identificar el “coro griego” interno y diferenciarlo
contexto de la relación. de la doblegada voz del paciente puede ser de uti-
lidad; por ejemplo, la silla vacía guestáltica (Green-

98
El suicidio: la perspectiva de la Clave Emocional.

berg, 2017), la externalización del problema narrativa (White y Epston, 1990),


la pintura o escultura (Dalley, 1984), los rituales (Laso 2015b, 2015c), etc. El
terapeuta, tomando como ejemplo alguna de las autoinculpaciones que el pa-
ciente comparte en la sesión, le hará notar cómo se enzarza en el debate con
las voces del desprecio preguntando qué le hace sentir el decirse ese tipo de co-
sas, si fuerte o débil, digno o indigno, etc. Al contemplar la emoción resultante
sin luchar ni entregarse a ella (Laso, 2011), el paciente puede retroceder a los
episodios en los que experimentó algo parecido (Grimes y Uliana, 1998), para
entender quién la originó y a través de qué mensajes concretos, lo que servirá
de cuña para separar progresivamente la auténtica voz del paciente, heraldo de
sus necesidades, de las voces impuestas por su comunidad, bajo la premisa de
que “cualquier voz que te haga sentir débil o indigno no es tuya: es de alguien
más y tú la hiciste propia sin darte cuenta”.
Acto seguido, aprovechando los hallazgos de la terapia metacognitiva (Fisher
y Wells, 2009), el terapeuta invita al paciente a convertirse en testigo de su diá-
logo interno (Semerari, 2002; Guidano y Liotti, 2006): “De ahora a la siguiente
sesión quiero que te fijes en las cosas que te dices a ti mismo y cómo te afec-
tan; por ejemplo, cuando te dices que seguramente eres tú, no tu padre, el que
se equivoca, ¿cómo te hace sentir? ¿Qué le respondes? ¿Hasta qué punto lo-
gras convencerla?”, etc. La distancia así conseguida entre la incipiente voz del
paciente y su “coro griego” puede ampliarse extendiendo la autoobservación a
las interacciones para elucidar cómo las respuestas de sus allegados interac-
túan con las voces del desprecio y viceversa: “Entonces tu mamá te vio con ese
gesto y te sentiste mal… débil, pequeño, como un niño, y te empezaste a decir
que tal vez debías disculparte… Desde ese sentimiento ¿qué le respondiste a
tu madre?” Con esta consigna, y previa preparación con el paciente, puede irse
convocando a los familiares para suscitar dichas interacciones in situ con el fin
de moldearlas (Minuchin y Fishman, 2004) o reflexionar sobre ellas (Andersen,
1998), y concluir con tareas destinadas a destriangular, cambiar la estructura o
aumentar la diferenciación; por ejemplo, la clásica de Bowen de “hablar a tus
familiares desde la posición yo” (Cohn Bregman y White, 2011) puede ahora es-
pecificarse añadiendo “… planteando con claridad tus necesidades con firmeza
pero sin violencia y prestando atención a cómo reaccionan y cómo te sientes y
actúas ante esa reacción”.
Esta observación hará emerger el trasfondo del autodesprecio, los mensajes
doblevinculares, como recuerdos de episodios señeros o como interacciones in
vivo; el terapeuta procederá a desmistificarlos, evidenciando su desprecio tácito
detrás del disfraz de afecto o respeto y la desconfirmación implícita en negarlos,
desdeñarlos o ignorarlos. Las sesiones familiares son magníficas oportunidades
para desmistificar; pero se pueden aprovechar las tareas para que, desde su
posición de testigo, el paciente traiga escenas que le ayuden a desenmascarar
el autoengaño en que lo mantienen atrapado las posiciones retóricas internali-
zadas. Por ejemplo, una mujer cuenta que su madre, en cuya casa reside tem-

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poralmente para cuidarla de una enfermedad, no intervino cuando su herma-


no, en una pelea, amenazó con golpearla; pero luego la llamó a la cocina para
decirle que su hermano tenía hambre y que si podía cocinar algo: “y como me
negué, mi mamá tomó un cuchillo y empezó a picar un tomate ahí frente a mí,
molesta… le dije que tuviera cuidado porque se podía cortar y respondió que
no me meta. Con su enfermedad, cualquier herida puede ser grave… ¿es que
no se da cuenta?” A la pregunta del terapeuta de cómo la hizo sentir esa acti-
tud de la madre y qué mensaje recibió ella, la paciente replica tras una pausa:
“es como si me estuviera diciendo «¿ves lo egoísta que eres? Si me corto será tu
culpa»… ¡es terrible!” “Doblemente”, apostilla el terapeuta, “porque te lo dice
sin decirlo, con lo cual lo puede negar y tú quedas de loca por pensarlo”; apun-
te indispensable para, quitando el velo de la mistificación, liberar a la paciente.
Cada episodio o interacción analizada va erosionando la vergüenza: al distin-
guir aquello de lo que tiene que hacerse responsable de aquello que ha inter-
nalizado sin saberlo, la persona va reduciendo su autodesprecio, lo que disuel-
ve el temor al desenmascaramiento y alivia el dolor psíquico. La terapia familiar
potencia este cambio porque, invitando a familiares y allegados a las sesiones,
facilita la reconfirmación y reparación in vivo. En estas sesiones el terapeuta al-
terna entre animar al paciente a plantear con claridad sus necesidades (que no
reclamar, pelear o victimizarse) y ayudar a los familiares a dar sentido a sus re-
acciones emocionales con el fin de articularlas para responderle de forma que
todos puedan honrar sus respectivas necesidades, procedimiento que se ase-
meja a lo que hacía Satir (1983) de manera intuitiva: traducir los reproches a las
emociones que los producen y éstas a las necesidades que les subyacen. Para
esto, el terapeuta debe saber arropar la agencia en la comunión, que es la con-
tinuación lógica del célebre dictum de Juan Luis Linares “somos primariamen-
te amorosos y secundariamente maltratantes” (Linares, 2012). Así, restaura la
participación del paciente consigo mismo, luego con su familia y a través de es-
to con la vida en su conjunto, lo cual no sólo reduce la probabilidad de futuros
intentos, sino que contribuye a sanar todo el sistema. Eso es trabajar en Clave
Emocional.

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