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Fabula, Cuento

Este documento contiene varios cuentos cortos. El primer cuento habla sobre un ángel que le pregunta a Dios sobre cómo vivir en la Tierra como un niño pequeño e indefenso. Dios le dice que ha escogido otro ángel para cuidarlo y protegerlo, a quien el niño llamará "mamá". Los otros cuentos incluyen historias sobre un león y un ratón, el rey Midas, un hombre sabio llamado Mamad que nunca mintió, y un caballo y un asno.

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Fabula, Cuento

Este documento contiene varios cuentos cortos. El primer cuento habla sobre un ángel que le pregunta a Dios sobre cómo vivir en la Tierra como un niño pequeño e indefenso. Dios le dice que ha escogido otro ángel para cuidarlo y protegerlo, a quien el niño llamará "mamá". Los otros cuentos incluyen historias sobre un león y un ratón, el rey Midas, un hombre sabio llamado Mamad que nunca mintió, y un caballo y un asno.

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Cuentos

El ángel de los niños

Cuenta una leyenda que a un angelito que


estaba en el cielo, le tocó su turno de nacer
como niño y le dijo un día a Dios:
- Me dicen que me vas a enviar mañana a la
tierra. ¿Pero, cómo vivir? tan pequeño e
indefenso como soy...

- Entre muchos ángeles escogí uno para ti, que


te esta esperando en la Tierra y que te cuidara.

- Pero dime, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso basta para
ser feliz.
- Tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tu sentirás su amor y serás feliz.

- ¿Y como entender lo que la gente me hable, si no conozco el extraño idioma que


hablan los hombres?
- Tu ángel te dirá las palabras mas dulces y más tiernas que puedas escuchar y
con mucha paciencia y con cariño te enseñará a hablar.
- He oído que en la tierra hay hombres malos. ¿Quién me defenderá?

- Tu ángel te defenderá mas aún a costa de su propia vida.

En ese instante, una gran paz reinaba en el cielo pero ya se oían voces terrestres,
y el niño presuroso repetía con lágrimas en sus ojitos sollozando...

- ¡¡Dios mío, si ya me voy dime su nombre!!. ¿Cómo se llama mi ángel?

- Su nombre no importa, tu le dirás : MAMÁ.

El león y el ratón
Érase una vez, un ratón que iba caminando muy distraído
cuando, sin darse cuenta, se encaramó por el lomo de un
león que andaba echándose la siesta. El león, que comenzó
a notar unas leves cosquillas, se rascó pero... al pasar la
zarpa por su lomo, notó algo extraño: 
- Pero, ¿qué es esto? - dijo sorprendido atrapando al
pequeño ratón entre sus garras y acercándoselo a la cara. -
¡Mmmmm, qué suerte tengo, la comida viene a mi hoy!

Pero cuando iba a abrir sus fauces para comerse al pequeño ratón, el pequeño
animal que sorprendido y aterrado comenzo a temblar, se atrevió a decir:

- Señor león, no sabía que estaba sober usted, tiene que perdonarme. Sálveme la
vida y quizás, algún día, pueda yo salvar la tuya.
El león, al escuchar aquella vocecilla no pudo por menos que echarse a reír.

- ¡Qué ocurrencia! ¿Cómo tú, un insignificante y pequeño ratón va a salvarme a


mi, el más grande de todos los animales, el rey?- sentenció. Sin embargo, no se
puede dudar de que eres gracioso y demasiado pequeño para que el bocado me
sepa a algo. Te dejaré ir.

Pasaron los días, las semanas y los meses y, un buen día el ratón comenzó a
escuchar unos fuertes aullidos. Se encontró al león, atrapado en una red que los
hombres habían puesto para cazarlo.

- Señor león, hace un tiempo usted me salvó la vida. Hoy, yo salvaré la suya.

El ratoncito, comenzó a roer las cuerdas que aprisionaban al león y, en unos


instantes, pudo zafarse de las redes y escapar de la trampa.

Mientras se alejaban, el león agradecido le dijo al ratón: 

- Nunca pensé que alguien tan pequeño y tan insignificante como tú, pudiera
alguna vez salvarme la vida como lo has hecho hoy. 
El rey Midas

Había una vez un rey muy bueno que se llamaba


Midas. Sólo que tenía un defecto: quería tener para él
todo el oro del mundo.

Un día el rey midas le hizo un favor a un dios. El dios le


dijo:

- Lo que me pidas, te concederé.

- Quiero que se convierta en oro todo lo que toque - dijo Midas.

- ¡Qué deseo más tonto, Midas! Eso puede traerte problemas, Piénsalo, Midas,
piénsalo.
- Eso es lo único que quiero.

- Así sea, pues - dijo el dios.

Y fueron convirtiéndose en oro los vestidos que llevaba Midas, una rama que tocó,
las puertas de su casa. Hasta el perro que salió a saludarlo se convirtió en una
estatua de oro.

Y Midas comenzó a preocuparse. Lo más grave fue que cuando quiso comer,
todos los alimentos se volvieron de oro. Entonces Midas no aguantó más. Salió
corriendo espantado en busca del dios.
- Te lo dije, Midas - dijo el dios-, te lo dije. Pero ahora no puedo librarte del don
que te di. Ve al río y métete al agua. Si al salir del río no eres libre, ya no tendrás
remedio.

Midas corrió hasta el río y se hundió en sus aguas. Así estuvo un buen rato. Luego
salió con bastante miedo. Las ramas del árbol que tocó adrede, siguieron verdes y
frescas.

¡Midas era libre! Desde entonces el rey vivió en una choza que él mismo construyó
en el bosque. Y ahí murió tranquilo como el campesino más humilde.

El hombre que nunca mintió.


Érase una vez un hombre muy sabio llamado Mamad. Este
hombre era diferente a los demás, Mamad nunca había
mentido. Todas las personas de la tierra, incluso aquellas
que vivían a veinte días de distancia, sabían de él. Era
admirado y venerado por todos
Un buen día, el rey de un lejano reino africano se enteró de la
existencia de Mamad y ordenó a sus súbditos que lo llevaran
al palacio. El hombre sabió entro al gran salón de palacio y se
presentó ante el rey, quien le preguntó:
- Mamad, ¿es verdad que nunca has mentido?
- Sí, lo que cuentan es verdad, nunca he mentido. 
- Está bien, es posible que digas la verdad, ¡pero ten cuidado! La mentira es astuta
y te llega a la lengua fácilm ente, sentenció el rey no muy convencido de que
Mamad no dijera una mentira en toda su vida.
Pasaron varios días y el rey volvió a llamar a Mamad. Cuando llegó, el rey estaba
a punto de ir a cazar y sostenía a su caballo por la melena, su pie izquierdo ya
estaba en el estribo pero, antes de montar miró a Mamad y le ordenó: 
- Ve a mi palacio de verano y dile a la reina que estaré con ella para almorzar. Dile
que prepare una gran fiesta. Entonces almorzarás con nosotros.
Mamad se inclinó y fue a ver a la reina para transmitirle el mensaje del rey, pero
éste que era astuto y le gustaba ponera prueba a las personas, se rió y dijo al
resto de súbditos que le acompañaban: 
Pero el sabio Mamad, que era mucho más astuto que el rey fue al palacio y dijo:
- Tal vez deberías preparar una gran fiesta para el almuerzo de mañana, y tal vez
no deberías. Tal vez el rey vendrá al mediodía, y tal vez no lo hará.
- Dime, ¿vendrá o no? - preguntó la reina contrariada.
- No sé si el rey puso su pie derecho en el otro estribo cuando me fui o bajó al
suelo su pie izquierdo y descabalgó, contestó satisfecho Mamad.
Al día siguiente, todos esperaban al rey. Cuanto entró al salón donde estaba la
reina, le dijo orgulloso de haber sido el hombre que lograra hacer mentir al sabio
Mamad: 
- Mi reina, el sabio Mamad, ese hombre que nunca miente, te mintió ayer.
Pero la reina le dijo, palabra por palabra, lo que Mamad le había dicho. En ese
momento, el rey se dio cuenta de que era cierto, aquel hombre tan sabio y
conocido en todos los rincones nunca mentía.
- Mamad solo dice lo que ve con sus propios ojos, dijo muy pensativo.
el caballo y el asno

Un hombre tenía un caballo y un asno. Un día que ambos


iban camino a la ciudad, el asno, sintiéndose cansado, le
dijo al caballo:

- Toma una parte de mi carga si te interesa mi vida.

El caballo haciéndose el sordo no dijo nada y el asno cayó


víctima de la fatiga, y murió allí mismo.

Entonces el dueño echó toda la carga encima del caballo,


incluso la piel del asno. Y el caballo, suspirando dijo:

- ¡Qué mala suerte tengo! ¡Por no haber querido cargar con un ligero fardo ahora
tengo que cargar con todo, y hasta con la piel del asno encima!

Cada vez que no tiendes tu mano para ayudar a tu prójimo que honestamente te lo
pide, sin que lo notes en ese momento, en realidad te estás perjudicando a ti
mismo.
Poemas
Adivinanza

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