Chinganas
Del quechua chincana, que quiere decir escondrijo, aunque algunos lo adjudican a la acepción “chingar”,
vocablo que significaba beber con frecuencia vinos o licores. La chingana fue el principal espacio de
desarrollo de la cueca en el valle central de Chile y uno de los más importantes lugares de sociabilidad
durante el siglo XIX y parte del siglo XX. También conocidas como ramadas o fondas, proliferaron en
aldeas, ciudades, campamentos mineros y distintos sitios de faenas. Definidas como tabernas donde se
bebía y bailaba, tenían una precaria estructura donde algunos puntales de madera sostenían ramajes y
tejidos colgantes de hierba o telas, en cuya cúspide flameaba la bandera chilena. El piso era de tierra y
sobre él los parroquianos de ambos sexos bailaban y bebían en algunas frágiles mesas. En su interior se
presentaban frecuentemente cantoras, que acompañadas con guitarra o vigüela entonaban armonías
que eran bailadas por el público, como: cuecas, samba, el cuando, las oletas, el pericón, la zapatera o el
llanto. No era raro encontrarse con algunas donde había que pagar entrada.
Fue uno de los lugares donde se desarrolló de modo más relevante la tradición popular, tanto de la cueca
como del folclor en general. De hecho, fue en una chingana de Curicó donde se desarrolló el célebre
duelo de payas entre don Javier de la Rosa y el mulato Taguada, desafío que duró 96 horas y que se ha
recuperado y recreado en numerosas oportunidades.
En Santiago, el sector donde proliferaban las chinganas era La Chimba, palabra que en quechua
significaba “al otro lado del río”, ubicada en la ribera norte del río Mapocho. Una de las más famosas fue
la de Teresa Plaza, conocida como “El Parral”. Hacia comienzos del siglo XIX se ubicaba en calle Purísima,
para posteriormente trasladarse al sector de San Isidro.
El año 1872, siendo intendente de Santiago don Benjamín Vicuña Mackenna, se instaló la “Fonda
Popular”. Con la intención de controlar en parte algunas actitudes destempladas habituales a las
chinganas, se clausuraron muchas de ellas y se intentó concentrar la actividad en esta “Fonda Popular”
ubicada en la esquina de las calles Arturo Prat y Avenida Matta. Sin embargo, perduraban algunas
tradicionales con muchos bríos, como era el caso de “El Arenal”, de Peta Bustamante, ubicada en la
esquina de las calles Marín y Lastra.
Con el avance del siglo XX el concepto de fonda terminó desplazando al de chingana, y su instalación
quedó reservada casi exclusivamente para Fiestas Patrias. Si antes la música en vivo era la gran
animadora de las chinganas, la masificación de la música envasada trajo consigo la diversificación de
esta, a favor de cualesquiera ritmos bailables que estuvieran en boga. La gran damnificada producto de
estos cambios fue la cueca, que solo recientemente ha vuelto a adquirir preponderancia de la mano de
una creciente revalorización del mundo popular.
El historiador Gabriel Salazar concibe las chinganas como un espacio en el cual se gestaron identidades
populares. Originadas por mujeres solas y abandonadas que se arranchaban en algún recodo del camino
y subsistían por medio de la venta de comida y alojamiento, ofreciendo baile y música a los “rotos” que
pasaban o a la marinería extranjera que transitaba por el puerto. Se trataba de un poderoso foco de
reunión e intercambio de identidades y un punto de atracción para vagabundos y toda clase de
personajes característicos del mundo popular. La chingana era un abierto y hospitalario hogar para la
gran masa de “rotos” que deambulaba por el territorio buscando mejores perspectivas, escapando de la
justicia o de las levas militares. Allí los esperaban las mujeres cargadas de niños, muchos de ellos
huachos que desde entonces han constituido el grueso de la clase popular chilena y una característica
esencial de nuestra formación como sociedad.