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Diario de Un Zombi 02 - Legado - Sergi Llauger

Este documento es la introducción de una novela que continúa la historia de un zombi con conciencia llamado Erico. La introducción resume la trama de la primera novela, donde Erico se encuentra con una niña inmune al virus y la ayuda a llegar a un laboratorio para desarrollar una cura. El documento presenta el contexto y los personajes principales de la nueva historia que se contará.

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Diario de Un Zombi 02 - Legado - Sergi Llauger

Este documento es la introducción de una novela que continúa la historia de un zombi con conciencia llamado Erico. La introducción resume la trama de la primera novela, donde Erico se encuentra con una niña inmune al virus y la ayuda a llegar a un laboratorio para desarrollar una cura. El documento presenta el contexto y los personajes principales de la nueva historia que se contará.

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SERGI LLAUGER

DIARIO DE UN ZOMBI 2
LEGADO

“Todos los grandes héroes dejan en el mundo algo que lo


cambia"
A todos aquellos que han perdido mucho en una pandemia.

A Marlon, mi príncipe, al que echo infinitamente de menos.

Y a Laura. Siempre a ella...


NOTA DEL AUTOR

Tanto si tu caso, querido lector, es el de haber llegado hasta aquí


sin haber leído Diario de un zombi, y por algún motivo tampoco es tu
intención hacerlo pero esta novela te llama la atención, como si ya
eres lector de la saga y después de diez años quieres saber cómo
continúa tras hacer un repaso previo de la obra original, voy a dejar
aquí un breve resumen, del que advierto que viene cargado de
SPOILERS del primer libro. Así pues, que cada uno le dé a este
prefacio el uso que estime conveniente.

La historia de Diario de un Zombi arranca en una Barcelona


postapocalíptica, seis meses después de que un virus letal haya
devastado el planeta Tierra y haya convertido a la mayoría de la
población mundial en zombis caníbales, lentos pero muy peligrosos
en masa. Entre todo el caos desatado se encuentra Erico Lombardo,
un joven viajero nacido en Verona que a sus veintitrés años,
mientras reside en Barcelona, termina cayendo bajo el yugo del
Apocalipsis. En el ataque sin tregua a su refugio por parte de una
horda, Erico recibe un mordisco. Pero debido a la singular
inmunidad que poseía sin saberlo, al volver a alzarse de entre los
muertos lo hace con una especial y extraña característica: es el
único zombi del planeta que conserva la consciencia.
Durante los meses posteriores a su transformación, Erico poco a
poco se convierte en un ser cínico, egoísta, con un sentido del
humor cada vez más ennegrecido, y francamente despreocupado de
los acontecimientos y situaciones dramáticas de los que va siendo
testigo a su alrededor. No le importa compartir la ciudad con el resto
de los zombis que en ella habitan, que ignoran todo aquello que no
tenga un corazón palpitante dentro, e incluso llega a encontrar
cómodo y gratificante su nuevo y descuidado estilo de vida.
Un día especialmente lluvioso, mientras camina a sus anchas
por las calles de la devastada Barcelona, su monótona y conformista
existencia da un giro inesperado cuando se topa frente a frente con
una niña superviviente de ocho años que le devuelve una mirada
valiente. Erico se queda perplejo, hasta que aquella niña, la primera
persona viva que ve en seis meses, da media vuelta sin mediar
palabra, sale corriendo bajo la lluvia y se esconde entre los
callejones del laberíntico barrio de Gracia.
Erico es un ser extremadamente curioso, por lo que tras varios
días de dudas encerrado en su apartamento particular, al final
decide volver a salir a las calles e indagar más acerca de esa
misteriosa niña, y regresa a la misma zona donde se topó con ella.
Después de algunas horas de búsqueda, al final la encuentra
escondida en el interior de unos almacenes abandonados. Y allí se
da cuenta de que no está sola. Paula Vela, que así se llama la niña,
sobrevive allí con su protectora, Anette, una experimentada militar
superviviente a la hecatombe, que tras el susto de comprobar que
Erico es un zombi, pero ante la incredulidad al descubrir que no es
como los demás, le cuenta que Paula tiene una inmunidad
específica al virus, que el valor de su vida es incalculable, y que su
misión consiste en llevarla urgentemente hasta unos laboratorios de
los Pirineos donde reside un colectivo de científicos que tendrían la
capacidad de elaborar una cura a la pandemia si pudieran disponer
de una muestra de la sangre de la pequeña. Desesperada, Anette le
pide a Erico que las ayude a salir de la ciudad de Barcelona, donde
se encuentran sitiadas, y así poder evadir a los zombis y a algo
peor: los temibles arcángeles. Unas criaturas abismales de tres
metros de altura, con un exoesqueleto cibernético, cuyo único
objetivo es aniquilar toda forma de vida o de no vida sobre el
terreno, y tan peligrosas que un encuentro cara a cara con ellos
resultaría fatal.
Al final, Erico accede y las ayuda a escapar de la ciudad,
advirtiéndoles que tan pronto lo consigan, él volverá a su apetecible
rutina, pero con tan mala fortuna que a las afueras de Barcelona,
cuando ya casi habían conseguido dejar atrás sus ruinas, el
arcángel que llevaba varios días persiguiéndolos hiere de muerte a
Anette, no sin que ella termine sacrificándose y con ello eliminando
también al peligroso monstruo de una vez por todas. Con su
marcha, Anette deja un complicado dilema moral a Erico, que se ve
obligado a hacerse cargo de Paula indefinidamente, sin que ello
hubiera entrado en ningún momento en sus planes.
Algo que en un principio supone para un malhumorado Erico un
enorme sacrificio que no tiene intención alguna de llevar a cabo
termina convirtiéndose en una carrera a contrarreloj en la que el
cariño hacia la niña irá creciendo sin remedio, a través de un viaje
que terminará uniéndolos de una forma poderosa e insólita, como
ninguno de los dos hubiese podido imaginar, y hará que Erico se
exponga a intrincados peligros en numerosas ocasiones con el
único fin de poner a salvo a Paula.
Durante el largo y duro trayecto que tendrán por delante, desde
la costa del Maresme, pasando por los restos de la damnificada
ciudad de Girona, hasta las frías montañas de los Pirineos,
conocerán a grupos de supervivientes, escaparán de una banda de
criminales que han aprovechado el fin del mundo para llevar un
estilo de vida insano, recordarán el pasado de Erico cuando este
perdió a su hermana Elena a causa de una terrible enfermedad
cuando ella era solo una niña pequeña, y también lidiarán con la
amenaza de los temibles arcángeles.
Al final, Erico conseguirá su propósito, proteger y llevar a Paula
Vela hasta los Pirineos, no sin pagar un alto precio por ello: Erico
perecerá en la nieve, bajo una densa y gélida tormenta, sin que se
sepa qué le llegó a suceder, justo antes de que Paula sea
rescatada, inconsciente y viva, por los hombres del complejo de
investigación.
Catorce años después de aquellos hechos, una vez lo que queda
de la humanidad empieza a recuperarse de los estragos del
Apocalipsis gracias a la nueva vacuna, Paula, tras las páginas de un
diario que Erico fue escribiendo durante su periplo, lo recordará
entre lágrimas y terminará redactando el último capítulo de su
historia. Una historia que mostrará a los supervivientes la verdad
acerca de quién hizo posible que el ser humano dispusiera de una
segunda oportunidad, logrando así que el nombre de Erico
Lombardo permanezca en boca de todos y sea recordado como el
héroe que se sacrificó para que el mundo tuviera un futuro.
El infierno está vacío y todos los demonios están aquí.
WILLIAM SHAKESPEARE
(Dramaturgo, poeta y actor inglés)
0
La chica se despierta sobresaltada. Ha tenido un sueño. En él se
le ha aparecido el diablo y le ha susurrado al oído:
«No aguantarás la tormenta...».
PARTE I: UN MAL DÍA
I

Dicen que fue el único ser que verdaderamente regresó de entre


los muertos. Que no sentía dolor de ningún tipo y que era capaz de
contemplar el sol desde el alba hasta el atardecer sin pestañear.
Que era un ente frío, cínico y egoísta, un trotamundos solitario que
detestaba toda compañía y se burlaba del afecto humano. Que
desayunaba alimañas y niños y que dormía con la mismísima
Muerte; que incluso era su amante... Tan resistente que ni las
catástrofes de la naturaleza, las personas más malvadas o los
mismísimos Arcángeles pudieron acabar con él. Su rostro era capaz
de atemorizar al más valiente de los hombres y ahuyentar a las
mayores hordas de zombis. Y su alma inmortal era tan negra y
gélida como el ocaso de invierno.
Pero también dicen que tal criatura atormentada,
sorprendiéndose incluso a sí misma, experimentó un tiempo en el
que fue capaz de amar... a una niña humana, cuya sangre portó la
cura del primer virus Z. Y dicen que, tras durísimas pruebas e
incontables obstáculos, con la ayuda de ambos, la humanidad
resurgió de sus cenizas; se cuentan cincuenta y tres años desde
entonces.
Su nombre aún se escucha en las historias de los viajeros que
oscilan entre los puertos y asentamientos de los conjuntos de islas
del Atlántico que, al menos hasta el momento de narrar esta crónica,
forman la única región habitada, segura y civilizada del planeta,
conocida como la Burbuja, urbanizada décadas atrás gracias a la
titánica labor de la asociación Aurora, la única corporación
íntegramente dedicada al desarrollo civil y a la recuperación del
statu quo de antes del Apocalipsis. Se nombra en las mesas de los
oscuros rincones de las tabernas más sórdidas de la Frontera. En
las voces, o más bien en los miedosos susurros, de los niños de las
escuelas subterráneas de la isla de Praia... Pero también hay quien
asegura que nunca llegó a existir, pues aunque se hayan escrito
numerosos libros y diarios alabándolo como a una divinidad o
maldiciéndolo como a un demonio, nadie más lo ha vuelto a ver ni
ha tenido constancia de su presencia, ya sea en la propia Burbuja,
en la salvaje frontera interior francesa o más allá de la Zona Muerta,
que es básicamente el resto del planeta sumido en la sombra.
Se llamaba Erico.
El propio sonido de su nombre siempre ha ido acompañado de
multitud de mitos y leyendas. Un nombre que se ha usado para
infundir respeto, esperanza y temor a partes iguales.

En Ganea, un archipiélago formado por cuatro islas de la Burbuja


pegadas unas a otras, las más avanzadas tecnológicamente de todo
el planeta, donde la mayor parte de las superficies son grandes
ciudades en las que son los rascacielos y no las palmeras lo que
recorta el firmamento, a aquellos niños de padres ricos que se
portan mal se los amenaza con que vendrá Erico y se los llevará a la
oscuridad de su sótano, escondido en algún lugar de los vestigios
de la lejana y ruinosa Barcelona, y los engordará con carne de rata
hasta que le sirvan de alimento.
Sin embargo, los quince habitantes de Litla Dimun, un pequeño
islote minero y lleno de acantilados, que viven de los trueques
gracias a las cantidades ingentes de Vanadio y Molibdeno que
extraen del lugar, se han negado ya a reconocer como ciertos
cualquier religión o dogma anteriormente establecidos, y solo
utilizan el nombre de Erico para encomendarse al bien, maldecir y
perjurar, o pronunciar cualquier discurso relacionado con su fe.
La isla de Lanzarote es famosa, primero, por ser el hogar de la
mayor comunidad científica del planeta instalada en laboratorios,
puestos militares y observatorios de todo tipo, y segundo, por ser
destino, al menos una vez al año, de todos y cada uno de los
habitantes de la Burbuja, sin excepción, donde tienen el deber de
pagar por ser tratados con las VAPO (vacunas de control de
pandemias obligatorias). En esa árida región del mundo habitado,
los técnicos, doctores y científicos más brillantes todavía se llevan
las manos a la cabeza cada vez que reciben noticias llegadas desde
los puestos de avanzada de los bordes exteriores, en la Zona
Muerta, acerca de nuevos brotes cada vez más agresivos del virus Z
. Entonces, exclaman, exasperados:

«¡Si diéramos con el paradero de Erico, al menos con su cuerpo,


seríamos capaces de culminar nuestras investigaciones, erradicar
este maldito virus y terminar con las nuevas cepas para siempre!».

Y están seguros de que él, vivo, muerto, no muerto o como


quiera que se le pueda catalogar, y su irrepetible Singularidad, sería
la clave para librarse de una vez por todas de tan resistente mal.
No es de extrañar entonces que detrás de tanta expectación
generada, innumerables grupos de militares, deambulantes,
cazarrecompensas, incluso de escritores y cantautores en busca de
inspiración, hayan intentado desesperadamente dar con su
paradero, atreviéndose a adentrarse en las zonas más recónditas de
la castigada Europa, no sin haber muerto entre las ruinas del
antiguo mundo, haberse unido a las filas de no muertos que en ellas
habitan, o regresado sin alguna pierna, brazo, ojo, o cualquier otra
parte sumamente útil del cuerpo humano... pero siempre con las
manos vacías.
Existe una isla pequeña, situada entre el golfo de Vizcaya y el
mar céltico, conocida como el Vertedero, donde el aire no es para
nada puro, como nada ni nadie que habite en ella, y a vista de
cuervo puede observarse un asentamiento de delincuentes,
asesinos y marginados que más bien se trata de una cárcel sin
barrotes ni ley. Aparte de la vegetación talada de sus alrededores,
ese gueto de barracas y atalayas destartaladas es lo único que
destaca en una superficie rodeada por un mar interminable. Es una
isla sin puerto, de arena negra y con la característica de que es el
único lugar de la Burbuja al que ningún superviviente desearía ir
bajo ningún concepto. La mayoría de las islas del Atlántico fueron
urbanizadas hace décadas y convertidas en fascinantes fortalezas y
ciudades donde a día de hoy aún impera el bienestar, la seguridad,
el orden y, lo más importante para sus residentes, la ausencia de
zombis. Pero es de imaginar que para que el resto de las islas sean
seguras, la basura tiene que echarse en algún sitio...
Y es allí, en el Vertedero, sobre una roca que hay en la costa sur,
cuya forma recuerda a la punta de una lanza, donde cada día a las
seis de la tarde, llueva o haga sol, se sienta siempre una mujer
cercana a la cuarentena, de pelo enmarañado y mirada taciturna,
que nadie sabe qué demonios ha hecho para ser desterrada a tan
funesto destino. Pues nadie la conoce ni ha hablado nunca con ella,
y ni siquiera se sabe su nombre. No es de extrañar: reservada es un
término que en su caso se queda corto, ya que lleva doce años sin
pronunciar palabra. Esa mujer observa el horizonte cada día durante
un par de horas, inamovible, y luego vuelve, silenciosa, junto al resto
de personajes desechables de la isla, que ya han aprendido a
ignorarla.
Excepto uno: A veces, un hombre de pelo blanco, tez quemada
por el sol y barba espesa apodado Pájaro Carpintero debido al
tatuaje de dicha ave que tiene estampado en el hombro derecho, y
que lleva en el Vertedero más años de los que puede recordar, se le
acerca y le ofrece algo de fruta mustia y tímidos intentos de
conversación, tal vez por aburrimiento o tal vez porque, según se
dice, aquella mujer le gusta. Pero ella nunca le contesta; tampoco le
hace ningún desdén, simplemente actúa como si nada más allá de
la fina línea que separa el cielo del mar existiera.
Pues bien, es importante empezar hablando de esta mujer,
porque aunque no aparecerá demasiado en esta historia, sí que su
aportación será crucial para entender muchas de las cosas que
ocurrirán en ella.
Una tarde en el que el cielo se encapotó con rapidez y las nubes
estallaron en una de las tormentas eléctricas más furiosas que se
recuerdan en el Vertedero, Pájaro Carpintero tuvo un mal
presentimiento. Así que tan deprisa como sus cansadas piernas le
permitieron, corrió a través de la orilla encharcada de la isla, contra
viento, arena, lluvia y ensordecedores truenos, temiendo lo peor. En
efecto, allí estaba la misteriosa mujer, posada sobre la roca como si
fuera una elegante sirena. Solo que no tenía nada de elegante ni
tampoco la destreza de una sirena aguantando el oleaje. Su ropaje
empapado se le ceñía al cuerpo como una segunda piel y el agua la
golpeaba con tal fuerza que apenas podía mantenerse estable sobre
la roca. El poder de la marea la iba a matar.
—¡Sal de ahí, mujer! —gritó Pájaro Carpintero, llevándose
ambas manos a la boca a modo de bocina. Le dio un vuelco al
corazón al verla agarrarse con más ímpetu para evitar ser engullida
por la resaca.
Maldijo toda clase de brusquedades cuando llegó y se subió
desgañitado a la roca, agarró por debajo de los hombros a la mujer
y, sufriendo un dolor reumático inenarrable, la arrastró hacia atrás
en dirección a la arena, fuera de peligro, donde ambos cayeron en
una especie de abrazo incómodo y lleno de rasguños. Dos
marionetas rotas protagonistas de un cuadro grotesco.
—Pero ¿es que quieres morir? ¿Eh? —se quejó Pájaro
Carpintero, no tanto por el esfuerzo sino por el dolor que ella le
provocó al caerle encima. Aún tumbados, consiguió adoptar una
postura más cómoda para ambos y le apartó los pelos empapados
de la cara. La mujer mantuvo su mirada casi catatónica fijada en el
cielo denso, sin importarle que la intensa lluvia le anegara el rostro.
—Sé dónde encontrarlo... —susurró ella.
—¿Qué dices? —alzó la voz el hombre, aún jadeante, tan
sorprendido de que pronunciara palabra como ensordecido por la
tormenta. Y acercó la oreja a su boca.
—Se cómo encontrar a Erico...
—¿Cómo? —Arrugó el semblante, desconcertado—. ¿Erico?
¿Qué Erico? —Llevaba tanto tiempo en aquella maldita isla que al
principio no supo si se refería a un preso, un familiar, un posible
amante o una combinación de los tres.
La mujer sonrió con un espontáneo alivio reflejado en el rostro.
—Aquel al que todos buscan —dijo—. Sé dónde se encuentra
Erico Lombardo.
II

Nacida de la pasión de dos eternos amantes,


una bella guerrera se pone en pie y brinda sobre la trona,
orgullosa de su esencia de vencedora imbatible...
Sus oponentes la miran deslumbrados desde la lona.

La Frontera...

Si alguna parte del mundo habitado se puede catalogar como un


lugar tranquilo, sin altercados, con posibilidades para encontrar un
trabajo honrado a cambio de unas cuantas liras de Verona o
raciones de alimento y en el que vivir sin miedo y con perspectivas
de formar una familia feliz..., desde luego que ese lugar no es este.
El Vertedero sigue siendo el peor destino al que uno pueda ir a
parar, por supuesto, pero a cualquiera que no sea militar, cazador de
recompensas, deambulante, que simplemente esté de paso o que
ya se haya acostumbrado a vivir entre la inmundicia anárquica de
los bazares, salones, burdeles, asesinatos aleatorios y
enfermedades de todo tipo, y piense en la sencilla idea de
trasladarse a la Frontera para echar raíces, seguramente se lo tache
de necio o de buscabroncas. Tras cincuenta y tres años de lucha (y
después de volver a perder dolorosamente varias regiones que en
su día ya fueron repobladas, como el norte de Italia, en la última
gran pandemia del virus Z hace algo más de dos décadas atrás), la
superficie de la Frontera se ha mantenido como la única zona «apta
para la vida» (si es que este término se puede considerar adecuado)
de todo el continente, que comprende un triángulo escaleno
delimitado por los Pirineos franceses al sur, de donde nace un larga
valla electrificada que cruza desde Narbona y Carcasona por el este
hasta la región de Aquitania al noroeste. Más allá de eso, una zona
en la sombra tan inmensa, oscura e incierta como el mismísimo
cosmos. No es de extrañar que como mínimo resulte frustrante para
los supervivientes del Apocalipsis no haber sido capaces de hacerlo
mejor y verse todavía obligados a vivir en islas para sentirse
seguros. Pero como muchas veces dicen algunos eruditos del
monasterio del islote de Kalma, no es fácil como especie haber
estado al borde de la absoluta extinción y resurgir como si el mundo
fuera una maceta en la que plantas girasoles. Se hace lo que se
puede con lo que se tiene. Fin de la discusión.
Si se le pregunta la opinión a un militar de cualquier puesto de
avanzada, dirá que las incursiones en tierra hostil cada vez son más
eficaces, al menos hacia el sur de la Frontera, y que pronto
levantarán una nueva valla que proteja y habilite la zona norte de la
Península Ibérica. Si se le pregunta a un ciudadano medio de la
Burbuja, se quejará de que no entiende cómo es posible que no solo
se hayan perdido múltiples regiones de Europa, sino que no se haya
conseguido más terreno con tantos años que se han tenido para
reconquistar el continente. En cambio, la respuesta de uno de
Ganea será preguntar con porte refinado si es en realidad un acto
tan necesario. Un matemático de la escuela de Praia contestará que
el número de habitantes actual del planeta no llega al millón y
medio, una cuarta parte de la cantidad de no muertos que aún
pululan por ahí, y que por progresión geométrica habrá que esperar
aún tres generaciones más hasta que haya suficientes personas en
el mundo para generar más recursos y hacer frente a carencias
tales como la falta de mano de obra, de un ejército decente y de
medidas medioambientales contra la radiación residual. Si se le pide
opinión a un religioso del neocristianismo, voceará que los zombis
son un ejército de demonios casi inmortal; los hombres, seres
demasiado débiles, y que este mundo ha sido definitivamente
dejado de la mano de Dios y de la de su hermano Calipto. Y si se le
preguntara a Gina «Desamor» Romeo, la deambulante que en el
momento de continuar esta historia regentaba la taberna de Jean
Phillipe en Brach, un asentamiento fronterizo de la región de Nueva
Aquitania situado a cien metros de la valla electrificada que separa
ambos mundos, habría dicho que le importaba una soberana
mierda.

En una pared de la taberna de Jean Phillipe podía verse un


tablón con cinco carteles de «Se busca» con los rostros de los
miembros de la familia Faure-Dumont. Todos, menos el del miembro
más joven, estaban marcados con un aspa roja. El local olía a
cerveza, a brasas y también a sudor y a sangre, pues acababa de
tener lugar una buena pelea. Sentada en la barra, Gina, que aunque
solo tenía veintiocho años estaba perdiendo con rapidez su aspecto
juvenil desde que la vida la estaba curtiendo a base de arduas
experiencias y ya lucía alguna que otra cicatriz, como la de su oreja
derecha, cuya herida de la que nunca hablaba quedaba bien
disimulada bajo varios mechones de cabello, sostenía con una
mano un vaso lleno de whiskey y con la otra se apretaba el costado
izquierdo, consciente de que posiblemente tuviera alguna costilla
fracturada.
Bebió de un sorbo el líquido cobrizo del vaso. Eso la reconfortó.
Su mano aún temblaba ligeramente por el entumecimiento que le
provocaban las magulladuras. En ese momento empezó a sonar
desde la vieja gramola situada junto a la puerta del local la canción
«La isla bonita», de Madonna.
Phillipe, el dueño de la taberna, ordenó a sus ayudantes con un
chasquido de dedos que recogieran el desastre de mesas y sillas
rotas que había dejado el altercado y echó una rápida ojeada a la
muchacha.
—¿Cómo estás? —se atrevió a preguntarle. Y le sirvió otro trago.
Un tipo no demasiado grande pero sí sumamente estúpido yacía
inconsciente en el suelo a escasos metros de ella. Aquel borracho
había intentado flirtear con la chica patosamente la primera vez y
tocar y oler imprudentemente su cabello moreno la segunda. El
resultado: un baile de puñetazos, vasos rotos contra la cabeza,
patadas en la entrepierna y taburetes empotrados el uno contra el
otro.
Gina alzó la vista para mirar al tabernero; en sus ojos aún se
reflejaba cierta carga de mal humor. Entonces sacó del bolsillo
interior de la chaqueta una fotografía de la isla paradisiaca de
Madeira que llevaba siempre encima y se la mostró.
—Precioso —murmuró Phillipe—. ¿El destino de tus próximas
vacaciones?
—Mi hogar —respondió sorprendentemente serena—. Por qué
razón no vuelvo junto a mis tíos y sigo pudriéndome en
asentamientos como este, llenos de malnacidos, es algo que aún no
me explico.
Phillipe apoyó ambas manos sobre la barra.
—Por supuesto que sí —rio—. Cuentan que eres una
deambulante. Y de las buenas. De modo que te va la marcha.
Apuesto a que los ojos te hacen chiribitas cuando un cliente llama a
tu puerta y te dice que debes volver a cruzar esa valla de ahí afuera.
Gina adoptó un semblante reflexivo. Tal vez estuviera en lo
cierto. Los deambulantes eran personas extrañas que escogían un
modo de vida solitario y adicto a la adrenalina. Los menos
habilidosos no vivían demasiado, pero aquellos que destacaban se
conocían la Zona Muerta mejor que las palmas de sus propias
manos. Daba igual que los contrataran para recuperar algún pedazo
de tecnología del pasado, para guiar a algún grupo de militares por
las ruinas de una ciudad perdida o para reconocer un nuevo terreno
en la Sombra. Cualquier excusa era buena para escapar de la
asfixiante monotonía de una sociedad desesperada y agonizante.
—Odio cuando alguien tiene más razón que yo acerca de mí... —
musitó Gina, que observó de nuevo la instantánea con disimulada
añoranza y volvió a guardarla en la chaqueta.
—No ha sido difícil. Salta a la vista que no eres precisamente
una princesa a la que le apasione tostarse al sol —observó Phillipe.
—Tampoco una necia a la que le guste que se le acerquen
demasiado.
—Creo que a ese le habrá quedado claro a partir de hoy. —Hizo
un gesto con la cabeza señalando al tipo abatido. Ahora los
empleados se lo llevaban de pies y manos para depositarlo sobre el
frío barro de la calle—. ¿Es por eso que te haces llamar Desamor?
—No me gusta ese apodo. Y no me gusta que me llamen así —
replicó ella—. Es algo que solo ocurre en ciertas partes de la
Frontera. Pensaba que aquí me iba a librar.
—Pues siento decir que al menos yo no te conozco por otro
nombre.
—La culpa la tiene un cantautor del tres al cuarto que presenció
cómo tumbaba bebiendo al campeón de Tarbes hace tres años en la
taberna de ese asentamiento. Quedó tan impresionado por mi
aguante que decidió componer una maldita canción inspirándose en
mi apellido, Romeo, que al parecer tiene algo que ver con una
historia antigua de dos amantes de Verona que murieron por amor.
—Ese cantautor, ¿cómo se llama? —quiso saber el tabernero.
—Se hace llamar Minuto Tres, porque es el tiempo que duran
todas sus composiciones. Él no es muy famoso, pero, por lo visto, la
canción que escribió sobre mi tiene gancho, así que bien por él y
mal por mí —dijo ella con fastidio, y bebió otro sorbo.
—Minuto Tres... —repitió pensativo—. Ahora que lo dices, me
suena... Sea como sea, ¿cómo prefieres que te llame?
—Mi nombre es Gina. —Le tendió una mano—. Por favor, corre
la voz de que es el único.
—Jean Phillipe. —Se la estrechó—. Haré lo que pueda. Después
de lo de hoy, mucha gente preguntará por ti. A aquel tipo le has
dado una buena paliza... —murmuró el hombre sorprendido—.
¿Dónde aprendiste a luchar así?
Gina alzó tres dedos, y los fue bajando mientras hablaba.
—Tuve tres mentores: mi padre a los diez, un oriental de buen
corazón llamado Quiang a los dieciocho, y hace un par de años a
Trevor Castor, que durante unos cuantos meses quiso reclutarme
para que trabajara con él y que de vez en cuando me enseñaba
algunos truquitos.
—¿Trevor, el cazarrecompensas? —comentó divertido—. La
Frontera entera le debe las aspas rojas de aquel tablón. Según
dicen es el mejor, el más lunático y el más arrogante de todos ellos.
—Las tres cosas son ciertas —confirmó la muchacha con una
sonrisa escueta.
—¿Y por qué nunca has aceptado su oferta?
Gina se encogió de hombros.
—Lo mío no es cazar a personas, sino objetos y porciones de
mapa. Los deambulantes y los cazadores no terminamos de
entendernos y a menudo acabamos a tortas. Nuestro terreno es la
Sombra, y el suyo, la Frontera y la Burbuja. Así que es mejor no
entrometernos ni probar experimentos raros. —Hizo una breve
pausa por si se le ocurrían más motivos—. Tampoco me fascina la
idea de trabajar junto a un maníaco del orden con una evidente
inestabilidad mental —terminó de decir.
—¿Tan exageradas son sus excentricidades?
La chica emitió un sonido afirmativo con los labios cerrados.
Luego dijo:
—A los delincuentes que caza con vida los obliga a peinarse y a
lavarse bien antes de llevarlos ante la justicia. Luego les dice que
nunca tendrán una segunda oportunidad para causar una buena
primera impresión. ¿Te parece eso lo suficientemente excéntrico? —
Bebió de una vez el resto del contenido del vaso y fue a coger de
nuevo la botella.
Phillipe la apartó de su alcance.
—Llevas tres —dijo—. ¿Podrás pagar una cuarta ronda?
—Seguramente no —contestó ella con la mano aún extendida.
—¿Por qué no te vas ya para casa y descansas? Te vendrá bien
mirarte con lupa esas heridas —le sugirió.
La chica apartó el pecho de la barra e hizo una ligera mueca de
molestia al tocarse de nuevo las costillas. Luego se palpó el labio.
Aun le sangraba, se lo secó con el puño.
—Eso depende ¿Qué hora es? —quiso saber.
—Las diez y media. ¿Es que esperas a alguien? —preguntó el
tabernero.
Gina asintió.
—A Trevor Castor —soltó de golpe.
Phillipe se puso tenso.
—¿Va a venir aquí? —Se incomodó—. Escucha, yo no quiero
problemas. —Se apartó un poco de la barra y miró con nerviosismo
hacia la puerta.
—Puedes estar tranquilo. Apuesto a que hoy ya has cubierto el
cupo diario. —Se sacó una nota escrita a mano del bolsillo del
pantalón y la colocó en la barra—. Adelante, échale un vistazo. La
he encontrado hoy fuera de mi habitáculo, clavada en un alfiler que
formaba un ángulo perfectamente recto con la puerta: simples
excentricidades.
Phillipe, ligeramente intrigado, se puso unas gafas de pasta
medio rotas que llevaba colgadas con un hilo del cuello y se acercó
para leer.
«Querida Gina, tengo algo que contarte que te será de sumo
interés. Sé que piensas que tal vez se trate de una jugarreta para
volver a vernos, pero nada más lejos de la realidad, y si estoy
mintiendo, juro sobre mi licencia de cazador de recompensas que yo
mismo me pondré de rodillas y dejaré que me vueles la tapa de los
sesos con mi revólver. Nos vemos a las once de la noche junto al
arroyo que hay cerca de la taberna de Jean Phillipe. Pd:
Agradecería que me devolvieras las doscientas liras de Verona que
me robaste la última vez mientras dormía. Fdo: Trevor Castor».

—Vaya... —exclamó el tabernero—. Cualquiera diría que ese tipo


te ama...
—Y así es —dijo, guardándose la nota de nuevo—. Aunque
también me odia con la misma intensidad.
—¿Es que acaso tú y él...? —Hizo un gesto juntando los dos
dedos índices.
—Jamás —rechazó ella con rotundidad, y añadió—:
Simplemente me dejó vivir un tiempo con él en una de sus siete
moradas.
—¿En serio le robaste a Trevor el cazador doscientas liras? —
dijo Phillipe, sorprendido.
—Eso es lo que asegura él. La realidad es que me las debía tras
ayudarlo a capturar a aquel asesino caníbal que se creía un zombi y
que atormentó a media Frontera durante años. Su cabeza le
permitió ganar diez veces esa suma.
—Está bien. —El hombre quiso cambiar de tema—. Sea como
sea, me gustaría que os ocuparais de vuestros asuntos raritos bien
lejos de mi local.
—Una petición justa —admitió ella—. En breve me iré. Deja de
preocuparte.
—Chica... Llevas en mi taberna cuarenta minutos y parece que
haya pasado un puñetero huracán. Es difícil no preocuparme si
encima sé que Trevor Castor anda cerca y viene a buscarte.
—En teoría, en son de paz. —Siguió palpándose el labio—.
Maldita sea, cómo escuece...
—Aun así... —La observó un segundo, suspicaz—. Aquí nada
pasa por casualidad. Y últimamente, la gente se pone más violenta
de lo habitual. Debe de ser el aire; huele distinto, como a ácido de
motor. Se te queda en la garganta. Dime una cosa: ¿sueles meterte
en muchos líos?
—¿Y quién no en la Frontera? —gruñó Gina, divertida.
—El que no los busca —respondió el hombre, convencido—.
Una vez conocí a un predicador, un hombre de bien, que su afán era
el de ayudar a la gente con sus plegarias.
—No me digas —comentó Gina con fingido interés mientras se
frotaba los nudillos, aún manchados de sangre—. ¿Y qué fue de él?
—Terminó muerto de varios disparos junto a esa mesa de allí
atrás cuando intentó parar una timba de mus de cuatro hombres
gritándoles que el juego y el vicio eran el Mal.
—¿A eso lo llamas tú no meterse en líos? —murmuró Gina,
frunciendo el ceño.
—No. Pero mientras hablábamos me he fijado en que aún están
los agujeros de bala en la pared y no he podido evitar acordarme.
Gina se giró para mirarlos. Interesante estucado, pensó. Luego
sacó un par de fichas de cuatro liras de Verona y las dejó caer sobre
la mesa.
—Parece ser que me llegará para una cuarta ronda —observó—.
Venga, sírveme y te cuento cómo encontré un dron alemán
estrellado en las ruinas de Lyon, del que extraje un generador
cinético que ahora suministra electricidad a mi habitáculo. Aquello sí
fue meterse en líos: me vi atrapada por una horda de zombis en las
afueras de esa condenada necrópolis y tuve que esconderme dos
días enteros en el interior de una furgoneta calcinada.
—Ni hablar —rechazó Phillipe—. Prefiero devolverte el cambio
de lo que ya has consumido y perderte de vista por un tiempo. —
Sacó una ficha de dos liras y se la lanzó de vuelta.
Gina la cogió al vuelo y lo miró con una sonrisa irónica.
—Desde luego, no eres el tabernero más fascinante con el que
me he cruzado.
—Tú tampoco eres mi mejor clienta. —Se encogió de hombros
—. Y hablar por más tiempo no hará que este desastre se arregle
solo. ¿Te has fijado en que se ha marchado ya todo el mundo?
Gina echó una rápida ojeada alrededor.
—En esa mesa todavía hay un hombre —señaló.
Un tipo de mediana edad, con clapas en el pelo y la cara
totalmente desfigurada por unas feas quemaduras, miraba de forma
inquietante, sin gesticular ni pronunciar palabra, un punto fijo de la
superficie de la mesa en la que estaba sentado, situada en la
esquina más oscura del local.
—Ese de ahí no cuenta —protestó—. Un día iba borracho, se
apoyó sin querer en la valla electrificada para atarse un zapato y así
se ha quedado. Parece que sigue traumatizado. Cada día viene
pero no consume nada.
—¿Y por qué le permites estar aquí? —preguntó Gina.
—Porque es mi cuñado —soltó con hastío—. Y ahora en serio:
¿no habías quedado con Trevor Castor en algún lugar apartado de
mi taberna? —Por su tono de voz parecía cada vez más nervioso.
—De acuerdo, anciano. —Apoyó ambas palmas en la barra para
ayudar a levantarse, sin ánimo de ofender a nadie—. Imagino que
preferirás que no vuelva por aquí.
—Yo no he dicho eso. —Arrugó el entrecejo—. Jamás se me
ocurriría negar a nadie que venga a beberse mi alcohol. Y la culpa
de la pelea no ha sido tuya. Así que si sigues viva después de esta
noche, vuelve en una semana. Pero no antes.
Gina se ajustó el cubrehombros y luego el cinturón con su
cuchillo y utensilios. Era una chica de buena estatura y condiciones
físicas, de mirada penetrante y decidida, que no la bajaba nunca si
no era para atarse las botas. En el nuevo orden mundial de las
cosas no se distinguía entre mujeres y hombres peligrosos,
cualquiera podía acabar con cualquiera, y su apariencia no indicaba
precisamente lo contrario. No obstante, alguna vez le habían dicho
que era una persona noble, de buen corazón... Ella siempre dudó de
que aquello fuera cierto. Los amigos, si es que alguna vez tuvo
alguno, a veces dicen esa clase de cosas. Se dispuso a marcharse.
—A propósito —dijo ella acercándose a la puerta. Se detuvo y se
volvió hacia Phillipe—. ¿De dónde viene el whiskey que me has
servido?
—Lo destilo yo mismo. Luego lo guardo en bidones de madera
en el sótano durante al menos seis meses. ¿Por qué?
—Es el mejor que he probado en años —sonrió.
El tabernero puso cara de sorpresa y luego de orgullo. Gina se
despidió con un gesto de cabeza y salió al exterior.

Originalmente, Brach había sido un pequeño pueblo de la región


de Aquitania, al oeste de Francia, que tras el Apocalipsis pasó a
erguirse como uno de los primeros puestos fronterizos durante la
recuperación de Europa, y dada su proximidad con el mar, el
primero por el que empezó a construirse la valla, lo que lo hizo muy
popular durante las primeras décadas de la reconquista. Incluso
llegó a consolidarse como un emplazamiento turístico de obligada
visita para aquellos ciudadanos curiosos de la Burbuja que querían
experimentar cómo sería volver a pisar el continente. Sin embargo,
con el tiempo, la arena arrastrada por el viento desde las cercanas
dunas de Pilat fue sepultando las calles de Brach bajo un manto de
tierra y polvo, sus habitantes perdieron el interés por el lugar y
terminó convirtiéndose prácticamente en un enclave fantasma.
Ahora, lo más destacable de Brach eran la taberna de Phillipe,
un bazar lleno de prostíbulos y tenduchas malolientes al sur, el
puesto militar en la valla que vigilaba el acceso a la Zona Muerta y
los cascotes de lo que una vez fue un lujoso hotel, ahora apodado la
Perla del Desierto, cuyas arcaicas y agrietadas habitaciones habían
sido adaptadas para servir como únicas moradas de aquellos
residentes que pudieran costearse la estancia. Más allá de eso,
kilómetros y kilómetros de ruinas, paramos secos y vegetación
muerta reinaban hasta el siguiente asentamiento habitado: Brecha
Ámbar, a medio día a caballo hacia el este.
Gina llevaba en Brach poco menos de un mes, tras regresar de
la Zona Muerta habiendo culminado con éxito su último encargo,
que consistió en recoger varias muestras específicas de agua y
vegetación en una región perdida a ciento cincuenta kilómetros al
norte, cuyas particularidades la comunidad científica se mostró muy
interesada en analizar. Con ello ganó una buena cantidad de liras de
Verona, y eso le hizo pensar que Brach sería un buen lugar en el
que quedarse por un tiempo. Sin embargo, desde entonces no había
obtenido ningún otro contrato y sus recursos se estaban agotando.
Por eso aquella mañana recibió con una mueca comprometida la
proposición de verse con Trevor Castor. No le apetecía demasiado
volver a tener a ese hombre cara a cara, pero si tan interesante era
el asunto que se traía entre manos, como mínimo tenía el deber que
le dictaba su código profesional de escucharlo.
Aquella noche era especialmente oscura, sin estrellas y con una
luna lechosa que se ocultaba tras un denso manto de nubes. De
modo que a medio camino hacia el arroyo, cojeando ligeramente por
el dolor de sus magulladuras y sumida en sus propios
pensamientos, Gina no vio venir el puñetazo que le fue a estallar en
plena cara. La chica vislumbro destellos en una nueva y veloz
punzada de dolor, pero reaccionó rápido y pudo esquivar un
segundo golpe.
—¡¿Quién te has creído que eres, maldita fulana?! —gritó
balbuceante el borracho con el que se había peleado en la taberna
hacía menos de media hora, que al fallar el segundo puñetazo dio
un paso en falso que casi lo hizo caer al suelo.
¿Cómo era posible que aquel desgraciado siguiera en pie?
A Gina la invadió una incontrolada e imparable ira.
—Yo te mato... —masculló entre dientes, y fue a abalanzarse
sobre él.
—Permite que corra de mi cuenta —se escuchó una voz grave,
seguida de un rapidísimo disparo que iluminó fugazmente la noche y
fulminó al tipo en el acto; sus sesos se esparcieron por el suelo
como el vino derramado.
Gina, absorta y todavía con el puño en alto, se volvió y vio la
silueta de un hombre corpulento que vestía elegantemente con una
gabardina larga y un sombrero hecho con la piel de algún animal. En
ese momento fue a encenderse un cigarrillo de liar con el cañón
todavía humeante del revólver, lo que dejó entrever un rostro de
rasgos esculpidos y lleno de cicatrices, cuyo mentón prominente
quedaba ensombrecido por una barba de cinco días.
—¡Trevor! —exclamó Gina, sin poder dar crédito a lo que
acababa de pasar.
—Hola, nena. ¿Qué tal te va? —preguntó Trevor, que sin apartar
su mirada analítica de ella dio una larga y silenciosa calada al
cigarro.
III

Quienes lo conocen un poco saben que Trevor Castor solo ha


sentido respeto por una sola persona en toda su vida: su padre, al
cual mató a los catorce años clavándole una taza de hojalata en la
cabeza, harto de aguantar más sus azotes y palizas. Luego, de
algún modo que nunca explicó, se las apañó para hacer
desaparecer el cadáver. Ni siquiera tenía la certeza de que se
tratara de su verdadero padre. La madre de Trevor ejerció la
prostitución en los suburbios de Carcasona y dos días después de
que él naciera llamó a la puerta de un sorprendido Íñigo Castor, el
cura de la región, le dijo que ese era hijo suyo, dejó al bebé en el
porche de la parroquia y dio media vuelta para no volver a verlos
más.
Trevor creció entonces entre dos entornos muy opuestos: el de
las plegarias a primerísima hora de la mañana y la severa rectitud
del neocristianismo, y el de las peleas entre las bandas de los
suburbios fronterizos cuando caía la noche. Cada vez que volvía a
casa con algún moratón o herida de cuchillo, su padre le provocaba
el mismo número de heridas multiplicado por dos.
A los dieciocho años ya había estado en el Vertedero dos veces
por delitos menores. Y a los veintiuno ya tenía precio puesto a su
cabeza. Cuatro buenos cazadores de recompensas fueron a por él y
los cuatro murieron en el intento (aunque uno de ellos fue por
accidente al desplomarse su caballo por un peñasco). Entretanto,
Trevor aprendió a manejar los puños y las armas como nadie y
transformó sus habilidades en aquello que más tarde sería su
ocupación. Un buen día, cuando por fin consiguieron dar con su
escondite y capturarlo en un zoo abandonado de Ax-les-Thermes, lo
dispusieron todo para ahorcarlo en público. Entonces convenció a
las autoridades de que sabía que su conducta no había sido la
adecuada y apeló al derecho que tenía cualquier practicante del
neocristianismo de arrepentirse y servir al Señor. De modo que pasó
media década reflexionando acerca de sus pecados en el
monasterio de Kalma. Para cuando se cansó de la estricta disciplina
que regía en el interior de aquellos muros y del severo y doloroso
entrenamiento que él mismo se autoimpuso, dedujo que su deuda
para con Dios ya estaba saldada y obligó a firmar su absolución al
Padre superior de la abadía. Así fue como volvió a la Frontera hecho
una bestia de dos metros de alto y ciento diez kilos de puro
músculo, donde se autoproclamó el mejor cazador de recompensas
habido y por haber y retó públicamente a cualquiera que no
estuviera de acuerdo a que demostrara lo contrario en un duelo de
habilidad con pistolas, machetes, manos desnudas o lo que le
viniera en gana.
Era ahora, a la edad de cuarenta y cinco años, cuando Trevor
Castor, que había cazado a tantas personas y se había ganado
tantos enemigos que ni en cien empuñaduras de cuchillo cabrían las
respectivas muescas, aprendió la verdad más reveladora de todas:
que cuando uno lleva demasiados años siendo el mejor, conviene
que sea uno mismo quien escoja a su relevo.

—¡No era necesario que lo mataras! —le reprochó Gina


señalando el cadáver—. Podía encargarme yo sola.
—Sí —contestó él.
—Sí, ¿qué? —No habían cruzado ni dos palabras y ya la estaba
sacando de quicio.
—Que sí a que hacía falta que lo quitara de en medio y que sí a
que no me cabe duda de que podrías haberte encargado sola —
respondió Trevor. Luego le recordó—: Te oí decir que lo ibas a
matar. Simplemente quise ahorrarte las molestias.
—Era una amenaza, no una notificación —aclaró Gina,
acelerada. El corazón todavía le latía con fuerza—. ¿Es que ahora
también liquidas a personas que no tengan precio puesto a su
cabeza?
—Solo si me lo pide Dios, Calipto o un mal presentimiento.
—¿Y cuál de tus múltiples voces internas ha sido esta vez? —le
recriminó ella.
—Ninguna. —Los ojos de Trevor brillaron como los de un lobo en
mitad de la noche. Se hizo un breve silencio y entonces se acercó
con pasos lentos hasta quedar frente a la chica, que, aunque jamás
lo admitiría, se sintió un tanto intimidada—. La vida y la muerte no
son más que estados de la creación. En ocasiones yo solo me limito
a facilitar el intercambio —dijo en un tono carente de emociones.
Después añadió—: Desde hace un par de semanas tengo un
contrato para capturar vivo o muerto a ese indeseable. Solo se me
ocurre definir como improbable casualidad el hecho de que el tipo
haya venido a parar a Brach y que tú te hayas embroncado con él.
No hace falta que me des las gracias.
—Tampoco lo pensaba hacer —protestó Gina irritada—. Te he
dicho que sé defenderme por mí misma.
—Gracias a que yo te enseñé cómo —le recordó. Luego le sujetó
el mentón y observó sus heridas. Ella no se lo impidió—. Estás
hecha un desastre. Al menos podrías recogerte el cabello en una
coleta.
Gina chasqueó la lengua y dio un paso atrás.
—No soy uno de tus encargos a los que vayas a entregar a las
autoridades. Cuando necesite algún consejo sobre mi imagen ya te
lo pediré. —Puso los brazos en jarras—. ¿Puedes contarme ya a
qué viene tanto misterio y dedicación por tu parte a la hora de dar
con mi ubicación y dejarme una ridícula carta clavada en la puerta?
—Antes solían gustarte mis cartas.
—No es que me gustaran, es que eran lo único que no detestaba
de ti.
—¿Tan mal maestro fui? —preguntó el cazador de recompensas.
—Bueno, hui de tu lado, ¿no? —dijo ella con tono de evidencia
—. Estaba harta de tus desprecios, de tus cambios de humor y de
no parar de romperme partes del cuerpo siguiendo tus instrucciones.
¿Disfrutabas con ello?
Trevor dio una última calada al cigarro, lo tiró al suelo y lo aplastó
bajo su bota.
—Lo que ahora quiero son tres cosas —dijo exhalando el humo
e ignorando el último comentario de Gina—: La primera es que te
relajes... Vamos, respira; si te guardara algún rencor por lo que
hiciste y te quisiera muerta sabes que ya lo estarías. La segunda es
que me ayudes a recoger ese cuerpo y a llevarlo hasta el caballo
que he dejado atado cerca del arroyo. Las autoridades de Brecha
Ámbar esperan un fiambre mañana al alba y no me apetece
mancharme la ropa más de lo necesario. Y por último, una vez la
tensión desaparezca del ambiente, quiero que te sientes conmigo en
una hoguera que lleva un rato encendida. —Hizo un gesto con la
cabeza señalando en dirección a dónde estaba el caballo—. Como
te pedí: tenemos que hablar.
Gina vislumbró en la distancia el resplandor anaranjado de unas
llamas. Luego achinó los ojos, pensativa.
—Esto no se tratará de otro jueguecito tuyo porque simplemente
te apetece hacerme perder el tiempo, ¿verdad? Porque a pesar de
lo que te pueda parecer, te aseguro que no estoy para hostias. —
Señaló su cara amoratada. Luego dijo—: Tengo una nota que me
autoriza a volarte la tapa de los sesos si intuyo que me estas
ninguneando.
El cazador de recompensas rio entre dientes, como si estuviera
divirtiéndose con la situación.
—¿Te hace gracia? —advirtió Gina. No fue exactamente una
pregunta.
—Adelante, cógelo. —Le lanzó su revólver. La chica lo agarró al
vuelo—. Sabes que siempre cumplo mis amenazas y casi siempre
mis promesas.
Gina sostuvo el arma, extrañada.
—¿Y qué demonios significa esto?
—Una garantía —respondió—. Hace más de un año que no nos
vemos. No podemos retomar nuestra amistad sin que antes
generemos un entorno de cálida y total confianza entre nosotros.
—Tú y yo nunca fuimos amigos, Trevor.
—Tampoco enemigos —rebatió—. ¿Te paras a pensar a veces
en lo afortunada que eres?
—¿Y tú en lo insolente que llegas a ser? —contraatacó ella.
—Esa es la menor de mis virtudes.
Gina habría querido decirle que más bien era el menor de sus
múltiples defectos, pero terminó optando por no seguir por esa
senda. Así él pensaría que tenía razón y ella que era un capullo
incorregible. Ambos saldrían ganando. Observó un instante el
revólver. Pesaba bastante. Se notaba que era una buena arma. Se
trataba de un modelo Jericho de 9 mm, el arma favorita del cazador.
—De acuerdo —aceptó la muchacha al fin, colocándose la
pistola por detrás del pantalón—. Explícame a qué viene toda esta
puesta en escena. Estoy más cansada que intrigada, así que si esto
se alarga demasiado simplemente me iré a dormir.
—Todavía tienes que relajarte y luego ayudarme con el asunto
del fiambre —le recordó él.
—Lo cierto es que saber que tu revólver está en mi poder
mientras dura nuestro encuentro es bastante tranquilizador —repuso
ella—. Pero no me ha quedado claro por qué tengo que ayudarte
con los desastres que vas dejando por ahí.
—Porque bien podría haberte espiado manteniéndome al
margen, esperar a que acabaras dejando sin sentido y sin dientes a
ese pobre diablo y entretenerme viendo cómo te deslomabas
arrastrando su cuerpo o atándolo para que no te molestara más.
Luego tan solo hubiera tenido que ir con mi caballo a recogerlo y
quedarme la recompensa de cuatrocientas liras de Verona para mí
solo. Además, me habría ahorrado una bala.
—¿Es que acaso pensabas compartir la recompensa conmigo?
—musitó Gina.
—Así es.
—No te creo.
—Llámalo camaradería —respondió el cazador.
—¿Estás diciendo que me vas a dar doscientas liras si te ayudo
a llevar este fiambre hasta tu caballo? —quiso oírle repetir.
Trevor sacudió la cabeza.
—Las cuatrocientas liras me las quedaré yo.
—Acabas de decir que me darías la mitad del dinero si
cooperaba.
—No —la corrigió él—. Lo que te he dado a entender es que
compartiría la recompensa contigo. Y dado que tú ya me debes
doscientas liras a mí, de este modo estaremos en paz y no tendré
que perseguirte en un futuro por robarme vilmente la última vez
mientras dormía.
—Yo no te robé nada —se defendió Gina con un repentino
desdén—. Solo cogí lo que me pertenecía.
Trevor extendió la comisura de los labios.
—Está claro que ni tú ni yo abandonaremos voluntariamente
nuestra propia versión de los hechos. Por eso, de no lograr
ponernos de acuerdo, algún día me veré con el derecho de venir a
reclamar lo que considero mío y tú te verás con el derecho de
defenderte, huir o pagar.
Gina fue a responder a eso, pero se lo pensó mejor y se detuvo
con media palabra en la boca.
—Movamos este cuerpo de una maldita vez —concluyó al fin.
Y así fue como entre ambos, en absoluto silencio, trasladaron el
cadáver hasta el arroyo, donde lo envolvieron en una sábana y lo
dejaron listo para, más tarde, subirlo y atarlo al caballo. Luego se
limpiaron la sangre de las manos con el agua del pequeño riachuelo,
donde Gina aprovechó para lavarse también la cara, y fueron a
sentarse en dos troncos ya colocados uno frente al otro ante la
hoguera.
—¿Tienes hambre? —le preguntó Trevor, en un atisbo de
cortesía.
La chica negó con la cabeza mientras observaba las llamas y
estiraba las manos para calentarse. En el rostro se le habían
dibujado más moratones de la pelea y las heridas del cuerpo le
dolían más que antes.
—¿Sed?
—¿Llevas whiskey encima? —Lo miró.
Trevor sacó una pequeña cantimplora metálica de su faltriquera y
se la extendió. Ella la cogió, dio un sorbo y escupió el líquido al
instante, tosiendo con fuerza.
—¿Qué diantres es esto? —masculló.
—Lo llaman licor de hoguera. ¿Apropiado, no te parece? Se
elabora en la región de Carcasona. A veces lo usan para adulterar la
gasolina.
—Es horrible —se quejó arrugando el gesto.
—No seré yo quien diga lo contrario. Pero llevo semanas
bebiéndolo y aún no me ha matado. Con eso me vale —murmuró.
Sacó su pitillera y se encendió otro cigarrillo acercándolo un poco al
fuego.
Gina olisqueó el líquido y lo volvió a probar. Esta vez su tráquea
lo toleró un poco mejor, pero le ardió al tragarlo y tosió de nuevo. Se
secó la boca con el puño y luego se rodeó las rodillas con los
brazos. Así se quedó un buen rato, en silencio, contemplando las
llamas de la hoguera. Trevor no le quitó el ojo de encima mientras
fumaba.
—¿Y bien? —dijo el cazador al cabo de unos minutos, echando
la colilla al fuego—. ¿No quieres saber por qué estamos aquí?
—Pues ahora que lo dices, ya no estoy muy segura. Además,
hace rato que he renunciado a creer que soy yo quien lleva las
riendas de esta conversación.
Trevor, con un movimiento pausado, se quitó el sombrero y se
pasó una mano por el pelo largo y gris.
—Tómate tu tiempo para responder a lo siguiente: ¿cuál crees tú
que, hoy por hoy, sería el trabajo mejor pagado al que cualquier
cazador de recompensas o deambulante que se precie pudiera
aspirar?
Gina se encogió de hombros.
—Seguramente alguno tan absurdamente peligroso que hasta yo
lo rechazaría.
—Oh, pero este no —comentó Trevor, volviéndose a ajustar el
sombrero con parsimonia—. Sin duda se trata de uno absurdamente
peligroso. Pero con la información correcta en tu poder, este no lo
rechazarías ni tú ni nadie.
—¿Por qué no vas al grano? —solicitó Gina, cogiendo de nuevo
la cantimplora que había dejado a un lado.
—Estoy decidido a encontrar el paradero de Erico Lombardo —
soltó Trevor de golpe—. Y si te unes a mí, sé cómo dar con la
persona que puede decirnos dónde está.
Gina, que iba a dar otro sorbo, se detuvo y lo miró, ligeramente
interesada.
—Erico... ¿el Zombi...?
Trevor arqueó una ceja.
—Me pregunto por qué siempre que se menciona ese nombre en
una conversación la gente tiende a formular la misma estúpida
pregunta... Como si no quedase ya meridianamente claro que así
es.
Ella se quedó pensativa unos instantes, sin prestar atención a
eso último.
—No me interesa —dictaminó al fin, y bebió.
El cazador levantó un dedo amenazador.
—Chica, no te hagas la listilla conmigo —la advirtió, serio—.
Sabes bien que la última recompensa que ofrecen por encontrarlo
es de medio millón.
—Y seguirá subiendo cada vez que salten rumores de nuevas
cepas del virus Z —repuso ella—. Todavía te queda un aspa por
marcar en el tablero de la familia Faure-Dumont. ¿Por qué no
completas tu obra antes de embarcarte en un disparate como este?
—No me importan demasiado los miembros de esa familia.
Perseguirlos es como hacer círculos con el humo de un cigarro.
—¿Porque es aburrido?
—Porque es sencillo. Solo los idiotas te aplauden por ello —
aclaró Trevor—. Los rumores vuelan, el reloj corre, y a la reputación
se le tiene que dar de comer. Imagínate las canciones que
compondría Minuto Tres sobre ti si fueras la que trajera de vuelta a
ese bicho raro.
—Me da completamente igual lo que un trovador malnacido
cante sobre mí. Es más, solo quiero que me olvide.
—Desamor tampoco es un apodo que esté tan mal.
—Vas a dejar de recordármelo si deseas que te siga escuchando
—gruñó Gina.
Trevor perfiló media sonrisa.
—Como quieras... —dijo—. Entonces sigue escuchando: en una
semana, todos los cazarrecompensas y deambulantes de la
Frontera sabrán lo que yo sé ahora. Así que no existirá otra
oportunidad mejor para dar con Erico... «el Zombi» —recalcó con
énfasis—. Si no somos nosotros, lo harán otros.
—Que sean otros, pues. Yo ya no soy tan niña para ser tan necia
—insistió ella. Le devolvió la cantimplora—. ¿Cuánto tiempo más
nos va a llevar esto? Esta noche hay una timba de póker en el hotel
donde me hospedo y estoy pensando en unirme.
Trevor achinó los ojos casi imperceptiblemente.
—Eres muy cabezota —dijo, mostrándose paciente. Luego echó
un vistazo rápido al reloj lleno de engranajes de su muñeca—.
Calculo que me quedan unos veinte minutos antes de tener que
partir hacia Brecha Ámbar y convencerte de que vamos a hacerlo.
Gina carraspeó para aclararse la garganta. Todavía le ardía.
—Te seré sincera —dijo con voz cansada—. Desde que tengo
memoria son incontables las personas a las que he oído asegurar
que saben dónde se encuentra Erico Lombardo. La mayoría de ellas
terminaron siguiendo pistas falsas que las llevaron a la muerte. La
minoría fue más lista: la cosa se quedó en simples habladurías de
taberna. Por lo que a mí respecta, puede que a estas alturas ese
zombi solo sea una masa de huesos irreconocible sepultada bajo
varios metros de tierra. Nadie lo ha vuelto a ver nunca... ¡Jamás!
Solo... —Tosió un par de veces, llevándose un puño a la boca, y
carraspeó de nuevo—. Solo sabemos de su existencia a través de
las copias de un diario que se escribió hace más de medio siglo y en
el que se supone que se explica la versión oficial de cómo el mundo
se fue al traste. De modo que no... No me seduce la idea de
malgastar varios meses de mi vida dando tumbos buscando a un
fantasma que despareció bajo la nieve antes de que incluso tú
nacieras. Y no te ofendas, pero ya no eres un chaval. —Volvió a
toser, esta vez con una ligera sensación de embriaguez—. Joder,
esa mierda que bebes es fuerte —mencionó.
El cazador la miró con renovada atención.
—Muy pronto, esta conversación va a ponerse interesante —
anunció Trevor.
—¿De veras? Porque lo estoy deseando —contestó ella, que
reclinó la espalda en el tronco, poniéndose cómoda, y dirigió la vista
al cielo nocturno—. Que me aspen, podría quedarme dormida aquí
mismo.
—Imagino que una deambulante como tú ya debería de saberlo,
pero los caminantes no tienen una fecha de caducidad establecida
—siguió hablando el cazador—. Dependiendo de la cepa con la que
se hayan transformado, hay casos en los que pueden mantenerse
activos indefinidamente en entornos no demasiado cálidos ni
demasiado fríos. —Gina asintió distraídamente, musitando con los
labios, sin apartar la mirada de las estrellas—. Muerto del todo o no,
en algún punto de ahí afuera tiene que esconderse su cuerpo;
valdría con una simple muestra de su ADN, aquello que los
científicos llaman su Singularidad... Además, existieron numerosos
testimonios en el pasado de personas que aseguraron haberse
cruzado con él. Y en cuanto a la persona de la que te hablo, si aún
vive alguien en este condenado planeta que lo haya visto tras el
Apocalipsis y que pueda saber a ciencia cierta dónde está, sin lugar
a dudas es esta. Me juego un ojo de la cara a que esta vez no se
trata de un farol.
—¿Cómo estás tan seguro de que no te vas a quedar tuerto? —
preguntó Gina, cerrando un ojo e intentando atrapar de forma
imaginaria una estrella entre sus dedos índice y pulgar.
—Cuanto te diga de quién se trata tú también te lo jugarás.
—Muy bien. Pues dime quién es y te diré si exageras.
—No es mi intención contarte nada hasta que no aceptes
trabajar conmigo.
La joven volvió la vista hacia él.
—No es mi intención aceptar nada hasta que no me cuentes
hasta el último detalle del asunto —le contestó—. De hecho,
tampoco es mi intención aceptar nada que implique pasar más de
una semana contigo o más de un mes en la Sombra. Imagínate lo
inconcebible que resultaría una combinación de ambas cosas.
El cazador le lanzó entonces su mirada más crítica.
—¿Cuándo vas a abandonar esa actitud tuya, como si esto no te
interesara lo más mínimo, y vas a mostrarte receptiva de una vez?
Gina respiró hondo.
—Está bien —dijo al fin, colaboradora—. Vayamos por partes. —
Se inclinó un poco hacia delante, consciente de que se estaba
dejando caer de lleno en su juego—. Suponiendo que todo lo que
cuentas sea cierto y que esta vez la información de tu contacto sea
auténtica. ¿Para qué me necesitas?
—Al fin una buena pregunta —repuso él, medianamente
satisfecho—. Como bien has intuido, Erico no se encuentra en la
Frontera ni en la Burbuja, de lo contrario yo mismo habría dado con
él hace años. Así que necesito un socio que se conozca bien la
Zona Muerta. Y dado que no suelo llevarme muy bien con la gente,
se me ocurre que al aliarme contigo hay más posibilidades de que el
trabajo llegue a completarse. Si no, corro el riesgo de acabar
hartándome de cualquier otro compañero que no seas tú y terminar
echándolo accidentalmente por algún precipicio.
—No tengo tan claro que no te diera por hacer lo mismo conmigo
alguna mañana que te levantaras de mal humor —le echó en cara
Gina.
—Vamos... —Trevor extendió los brazos en un gesto amigable—.
Sabes que te aprecio. Que eso me llegue a pasar contigo no es
imposible pero sí improbable —se jactó—. Por supuesto, al acabar
repartiremos las ganancias en un cuarto de millón para ti y otro
cuarto para mí. Y lo que más ilusión te hará de todo: una vez
concluyamos el trabajo me compraré un lujoso apartamento en una
de las islas de Ganea, donde disfrutaré de un merecido retiro, y no
hará falta que crucemos nuestros caminos nunca más...
Gina lo miró perspicaz.
—Seductor... —murmuró.
—Sabía que lo de perderme de vista te iba a emocionar.
—Me refiero a lo del cuarto de millón —puntualizó ella—. Aunque
se trata de una elevada suma de dinero que dudo que estés
realmente dispuesto a compartir.
—Si aceptas colaborar conmigo lo firmaremos ante algún notario
de la Burbuja.
—Si llegara a aceptar una colaboración contigo lo firmaríamos
ante todos los notarios de la Burbuja —repuso la muchacha.
—No veo por qué eso tendría que ser un problema —aceptó él.
—Trevor, toda esta charla no tiene ningún sentido si no me
cuentas quién es la fuente —dijo Gina, que no pudo ocultar su
creciente interés.
La conversación estaba tomando ya la senda correcta, pensó él,
calculador.
—Se trata de Elena Vela. —Su voz sonó como un látigo—. Sigue
viva, y sé dónde encontrarla.
Tal vez lo que a la chica le hizo enmudecer y parpadear un par
de veces para volver en sí no fue el contenido de las palabras de
Trevor, si no la seguridad con la que las pronunció: no había movido
ni un solo músculo de la cara. Ella sabía que el cazador a menudo
tenía el mismo sentido del humor que una condenada bomba
nuclear, pero esta vez no le dio la sensación de que se tratara de
una de sus bromas descerebradas. Aun así lo miró con recelo.
—Eso es imposible —exclamó—. Esa mujer lleva años muerta.
—No, qué va —negó Trevor, sin perder la compostura—. Eso
mismo pensaba yo; eso mismo creía todo el mundo. La realidad es
que durante todos estos años la han mantenido oculta. Y no solo
sigue viva, sino que al parecer esa chiflada está deseando contarlo;
desde hace tres días no para de repetir que ha llegado el momento
de que alguien digno sepa la verdad... Según cuentan, llevaba más
de una década sin hablar con nadie. Y ahora, de pronto, le da por
tener un pico de lucidez. Hay que aprovecharlo antes de que su
mente se apague de nuevo o de que otros metan sus narices en el
tema.
Gina hizo una pausa pensativa.
—¿O sea que la han tenido encerrada todo este tiempo solo por
ser quien es y luego le han hecho creer a todo el mundo que estaba
muerta? ¿Eso no es ilegal? —preguntó incisiva.
—Nena, pero ¿tú en qué planeta vives? —Trevor contrajo el
semblante—. Todo el mundo sabe la historia de cómo Paula Vela
huyó de estas tierras con su hija mientras esta aún era una cría.
Cuando nunca más se supo de ellas, hubo llantos, plegarias e
incluso suicidios colectivos en una sociedad de pirados evocada a la
extinción. Ella era como un símbolo de esperanza que mantenía la
locura de la gente controlada. Y de pronto, después de casi treinta
años, aparece su hija deshidratada, sola, llamando a las puertas de
la civilización. ¿Adónde demonios crees que fueron todo ese
tiempo? ¿De crucero por el Ártico? —masculló con sarcasmo—. No,
por supuesto que no. Es lógico pensar que se marcharon en busca
de ese zombi y que pasaron todos esos años con él, al menos una
buena parte. Y ahora piénsalo bien. —Se cruzó de brazos—. De
pronto tienes en tu poder a la única persona que sabe dónde diantre
se esconde el ser que podría cambiar las tornas de la guerra contra
los no muertos, y ¿qué haces? ¿La sueltas por las islas de la
Burbuja con un lacito para que la gente le monte un puñetero club
de fans o te burlas de la dudosa legalidad de nuestro sistema, le
cuentas a todo el mundo que ha muerto a causa de sus heridas y la
escondes hasta que decida soltarlo todo?
—No es que no lo encuentre lógico, solo digo que es inmoral —
opinó Gina, disconforme—. De estar viva, Elena Vela no ha hecho
nada malo para estar privada de su libertad tanto tiempo.
—La mayoría de las decisiones que toman las autoridades de la
Burbuja son inmorales simplemente porque vivimos en un mundo en
el que el progreso es más urgente que la moral —dijo Trevor.
—Y por eso mismo nunca me hice cazarrecompensas —replicó
ella—. Para no tener que cuestionarme a menudo qué es más
importante, si mis principios o mi comida.
—Entonces no le des más vueltas. Lo del cautiverio de esa mujer
son simples daños colaterales.
—Daños colaterales, ya... Y luego nos cuentan que no hay que
perder la fe en el ser humano... —Soltó un bufido de risa—. Qué
más da, jamás vamos a recuperar ya este mundo. No digo que no
esté bien intentarlo, pero deberíamos empezar a afrontar el hecho
de que como especie hace tiempo que hemos caducado en el fondo
del frigorífico. —Tras unos segundos de apoyar su barbilla en la
rodilla, prosiguió—: Si lo de esa mujer es tal como dices, nunca van
a dejar que alguien ajeno a las autoridades se entrometa —opinó,
ya más participativa.
—Al contrario —contestó Trevor—. Una vez se sepa el paradero
de Erico, necesitaran contratar a alguien competente, de probada
reputación, para que vaya en su búsqueda. Y ahí es donde
podemos entrar tú y yo. A mí nunca me niegan un trabajo, y por
mucho que te quejes, gracias a Minuto Tres, ahora a ti tampoco.
—Mi reputación me la he ganado a pulso. No le debo nada a
nadie —protestó ella—. ¿Dónde retienen a Elena? —preguntó
inmediatamente después. Las palabras le salieron casi sin permiso
de la boca.
A continuación fue como si el mundo se detuviera por completo.
Ambos intercambiaron sus miradas en un silencio que duró varios
segundos. El resplandor anaranjado de las brasas le otorgó a Trevor
un aspecto siniestro. En esos momentos, una araña se deslizó hasta
posarse sobre la pierna del cazador.
—Vaya... —dijo este al fin, gratamente sorprendido, y acercó un
dedo para dejar que el arácnido se le aproximara—. Parece que por
fin has decidido entrar en razón...
—En absoluto. Todavía no he decidido nada. Pero admito que
esta historia me empieza a despertar cierta curiosidad. —Hizo una
mueca despreocupada.
—Cierta curiosidad, claro... —murmuró el hombre de forma
distraída—. Verás, una vez, hará unos dos años, decidí compartir la
información de un encargo con un socio; fue por beneficio mutuo,
como ahora. Resulta que aquel tipo pensó que podía jugármela e ir
por su cuenta. Cuando di con él, no llegó muy lejos. Fue perdiendo
extremidades mientras trataba de huir. Una huida de cincuenta
metros... —De forma pausada alzó la araña con sus dedos en pinza
y la acercó al fuego lo suficiente como para que agonizara por el
calor hasta quedar totalmente chamuscada y con las patas
retorcidas. Luego la echó al fuego y continuó—: Te aprecio, Gina. Sé
que tú no intentarías jugármela. Así que voy a compartir esta
información contigo. Porque sé que no eres estúpida. Creo que
entiendes a dónde quiero llegar a parar, ¿verdad?
Gina captó perfectamente su deliberada advertencia, así como
que ella tan solo se encontraba a un pequeñísimo paso del punto de
no retorno. Trevor siempre tenía un motivo para hacer lo que hacía.
No iba a compartir una información de ese peso con nadie si no
estuviera totalmente convencido de que sacaría lo que buscaba a
cambio. Lo conocía demasiado bien. Él era la clase de persona
capaz de trastocar tu mundo. Alguien con quien si te relacionabas
de cualquier modo, te traería, sin que pudieras hacer nada por
evitarlo, numerosas consecuencias, la mayoría negativas. A Gina
jamás se le pasaría por la cabeza traicionarlo voluntariamente, al
igual que jamás se le pasaría por la cabeza pasar la cabeza por la
hélice de un helicóptero en marcha. Por eso, de todo este asunto,
era precisamente la idea de adquirir un compromiso con él lo que la
echaba rotundamente para atrás.
—¿Qué pasará si me lo cuentas y decido olvidarme del trabajo y
no colaborar contigo? —quiso saber, tras meditar sobre todo aquello
unos instantes.
—Teóricamente no puedo obligarte a hacer nada que no
quieras...
—¿Pero...? —Hizo un ademán con la mano, indicándole que
prosiguiera.
—Pero a mi modo de ver, una vez te lo cuente solo tendrás dos
opciones: o unirte a mí emocionada como un maldito perro con
epilepsia, o unirte a mí carente de toda voluntad aunque con
muchas ganas de seguir respirando. Sea como sea, ya no habrá
vuelta atrás.
Gina no necesitó saber más.
—En ese caso dame un par de días para pensarlo. No quiero
adquirir este compromiso todavía —solicitó, prefiriendo parar el
asunto a tiempo. Lo cierto es que no quería adquirir ese compromiso
nunca. Pero necesitaba tiempo y una buena excusa para huir bien
lejos de Brach. Al fin y al cabo, aunque como historia para pasar el
rato tenía su dosis de interés, el trabajo y las condiciones expuestas
en aquella charla eran descabellados. Si algún día volvía a cruzarse
con Trevor Castor le contaría que tuvo que marcharse porque le
salió otro encargo menor, que nunca estuvo preparada para su
propuesta y que siempre deseó que la búsqueda de Erico Lombardo
le fuera fenomenal—. Así que dejémoslo aquí por el momento,
¿quieres? —Fingió una sonrisa cortés—. Guárdate la información
por ahora. Te prometo que pensaré detenidamente en ello.
Trevor le devolvió otra sonrisa mucho más maliciosa.
—Tienen a Elena Vela prisionera en el Vertedero —pronunció de
golpe.
—¿¡Qué!? ¡No, joder! —la chica soltó un exabrupto y se tapó los
oídos.
—Ya es tarde para eso, nena. Lo has escuchado perfectamente.
—¡Te pedí que te detuvieras, maldito sicópata egoísta! —gritó
con la cara desencajada, que fue empeorando al entender lo que
venía a continuación—. ¡Oh, mierda, mierda, mierda! —Se levantó y
empezó a caminar de un lado a otro, nerviosa. De pronto le clavó
una mirada odiosa al cazador, que parecía entretenerse con todo
aquello—. ¡No quiero hacerlo! ¡Y no lo haré! —Hizo un gesto tajante
con la mano, sin poder creer lo que acababa de pasar.
—Me da igual lo que quieras —dijo este en un tono sin
inflexiones—. Me da igual lo muy indignada que estés, incluso si no
me diriges la palabra durante toda la jodida búsqueda. Pero ahora,
gracias a mí, ya dispones de los datos necesarios para iniciar el
trabajo, lo que te convierte en mi socia. Así que vas a venir conmigo
hasta el Vertedero, le sacaremos toda la información a esa mujer y
luego me guiarás por toda la Sombra hasta dar con nuestro objetivo.
—Hizo un gesto con la cabeza señalando en dirección a la Zona
Muerta, tras la valla electrificada.
Gina lo miró horrorizada. Ese tarado egocéntrico lo había vuelto
a hacer. Había jugado con su mente generándole la suficiente
curiosidad como para luego poder aprovecharse y tenerla justo
dónde él quería. Deseó con impotencia haber quemado aquella nota
por la mañana. Debería haber ignorado su necesidad de adquirir un
nuevo encargo y recordado que un encuentro con Trevor Castor
nunca podía traerle nada bueno. Estaba loco. Por Dios, ir en busca
de Erico Lombardo... con él... era el mayor intento de suicidio que
podía cometerse. Su mirada se perdió en algún punto indefinido de
la hoguera, como si intentara asimilar una realidad que con el
transcurso de los segundos se volvía más y más desagradable. De
repente recordó que todavía tenía la pistola del cazador encajada en
su espalda. Se llevó disimuladamente una mano a la cadera.
—Está descargada —la advirtió Trevor, que parecía adivinar
siempre lo que ella pensaba—. Solo le quedaba una bala, que fue la
última cosa que se le pasó por la cabeza a ese fiambre de ahí atrás.
Gina dejó ir un gruñido colérico, se giró de espaldas a él y cerró
los ojos, maldiciendo su suerte. Sostuvo el revólver descargado
entre las manos y se lo quedó mirando con frustración.
—Quería empezar una nueva vida aquí, Trevor... Hacer algún
encargo menor de vez en cuando y vivir con lo necesario. Tal vez
formar una familia. Ya no soy la muchacha temeraria que conociste.
—Suspiró con resignación, intentando parecer desesperada—.
Quiero una vida fácil, ¿entiendes? Por eso me fui de tu lado.
Trevor se dispuso a rematar la situación. Aún no había terminado
de someterla.
—Tu padre fue una importante activista de las revueltas del
hambre en la época en que Aurora terminó de urbanizar la Burbuja,
pero no un deambulante como tú —dijo. Eso la hizo abandonar su
teatralidad y ladear la cabeza para mirarlo—. Aun así, dicen que
pasaba largas temporadas en la Zona Muerta y regresaba siempre
ileso. Hasta que un buen día, hace quince años, ya no volvió. Y a ti
te contaron que debió de morir ahí afuera, en algún lugar de la fría
noche... Te quieres hacer la blanda conmigo, pero a mí no me
engañas, nena. Sé que una vez soltada la liebre, algún día te dará
por indagar hasta lo más hondo del asunto. Te conozco más bien de
lo que crees: tu padre es la única razón por la que te convertiste en
lo que eres ahora. No porque seas una temeraria que busca el
placer inmediato de las emociones fuertes, tampoco porque
encuentres en tus viajes un modo de escapar de tu alma
atormentada, ni tan solo por el dinero... sino porque en el fondo
siempre has tenido la esperanza de encontrarlo algún día con vida
entre los vestigios del antiguo mundo. ¿Tengo o no tengo razón? —
Se levantó y empezó a sacudirse con despreocupación el abrigo
para quitarse la suciedad del terreno, dándole unos segundos para
contestar, cosa que Gina no hizo—. Lo suponía... —murmuró—. Tú
ya no perteneces a estas tierras. Puede que tu cuerpo sí, pero tu
mente sigue ahí fuera, en la Zona Muerta, a todas horas, todos los
días del año... Y eso es algo que ahora mismo me va a venir muy
bien. —Acto seguido, le dio la espalda y fue a recoger el cadáver
envuelto del suelo. Se lo cargó al hombro con suma facilidad y lo
depositó sobre el lomo del caballo—. La isla del Vertedero está
totalmente vigilada las veinticuatro horas del día, en todo su
perímetro. A nada ni a nadie que no sea militar o preso se le permite
entrar, y solo se puede salir si se ha cumplido condena, pero me las
he arreglado para conseguir un pase especial durante unas horas —
explicó, empezando a atar el cuerpo—. Por el momento Elena Vela
no ha soltado prenda. Y dudo que le cuente la información que
posee a cualquiera; habrá que ganarse su confianza primero. A
veces tú tienes más tacto para esa clase de cosas. Mi estilo para
sacar lo que quiero de la gente no es a base de caricias,
precisamente. —Tiró del último nudo con fuerza y se acercó de
nuevo hasta donde estaba ella. Tendió la mano para que Gina, que
no podía borrar de la cara su expresión de turbación, le devolviera el
arma—. Me voy a Brecha Ámbar —explicó mientras enfundaba de
nuevo el revólver—. Allí tengo asuntos que debo atender con suma
urgencia y que me llevaran un día entero. Aprovecha y tómate un
tiempo para conversar con tus demonios. Espérame en este mismo
lugar al alba del segundo día. Entonces partiremos hacia el
Vertedero. Juntos.
La miró con rigor unos segundos, luego dio media vuelta y
anduvo hasta su caballo.
Por primera vez en toda la noche, Gina se quedó sin saber qué
contestar. Sentía indignación, rabia, temor o una combinación de
todo. También una incomprensible y casi inexistente admiración. No
sabía cómo, pero aquel hombre siempre era capaz de sacar lo
mejor y lo peor de ella misma. Observó, tratando de no perder el
orgullo propio en su mirada, cómo el cazador de recompensas
montaba el animal. Su corpulenta silueta se recortó a contraluz con
la luna.
—¿Quieres añadir o echarme en cara algo más antes de que me
marche? —preguntó él.
—No... Pero te agradecería que me dieras un cigarrillo —fue lo
único que dijo Gina, con voz seria.
Trevor asintió, sacó su pitillera y le extendió uno. Ella lo tomó
pero por el momento no lo prendió.
—Nos vemos muy pronto —dio el cazador por sentado. Le hizo
un gesto con el sombrero a modo de despedida, espoleó a su
caballo y empezó a alejarse a trote lento. Su sombra fue
difuminándose al amparo de la noche y del terreno pantanoso de
Brach, bajo la atenta mirada de la muchacha.
Gina necesitaba darse unos instantes para procesar y asimilar lo
que acababa de ocurrir. Antes de dirigirse a su morada, decidió
seguir el curso del arroyo y caminar en silencio hasta llegar a la valla
electrificada. Se detuvo frente a ella, a un prudente metro de
distancia, y observó la oscuridad nocturna más allá de la seguridad
de aquellos barrotes de metal. A izquierda y derecha, la empalizada
de cinco metros de altura atravesaba la región entera, grandiosa,
infranqueable, absolutamente mortal para cualquier cosa que
intentara cruzar desde el otro lado. Se encendió el cigarrillo
raspando en la bota una cerilla que tenía en el bolsillo y dio una
profunda calada. Eso la relajó un poco. Aunque la oscuridad no le
permitió ver más allá de unos pocos metros, no le costó imaginar el
mundo que había detrás del muro, pues había estado en él decenas
de veces: una vastedad entrecruzada de carreteras fantasma,
desiertos calcinados, edificios cubiertos por hiedras oscuras y ruinas
desoladas que se mezclaban con la naturaleza descontrolada y se
fundían con el cielo negro; donde todo estaba sombrío, donde aún
se podían sufrir los efectos de la radiación latente de las bombas
lanzadas en el pasado, durante los primeros intentos de recuperar el
continente. Donde todo era incierto y cualquier despiste podía matar
a una persona en cuestión de segundos. Donde aún existían los
monstruos...
Dio otra calada, taciturna.
«Ir en busca de Erico Lombardo... Elena Vela, viva...». Por
mucho que intentara copar su mente con imágenes de la Zona
Muerta, no pudo quitarse de la cabeza esas ideas que una hora
antes le habrían resultado de lo más inverosímiles. Una cosa era
buscar tecnología perdida adentrándose veinte o treinta kilómetros
en la Sombra. Otra muy distinta era cruzar media Europa para
buscar a una leyenda extinta del pasado. Además, sabía
perfectamente que, en el improbable caso de que volviera con vida
de un disparate así, Trevor se las apañaría para quedarse con el
dinero. O al menos con la mayor parte. Él siempre salía ganando.
«Lunático arrogante...».
De pronto, Gina vio moverse algo tras la valla. Al enfocar la vista
pudo distinguir una silueta esquelética y retorcida que merodeaba
entre la vegetación salvaje. La figura también se percató de su
presencia y caminó lentamente hacia los barrotes. La muchacha,
demasiado acostumbrada ya a los torpes caminantes, que ya no
consideraba un verdadero peligro por sí solos, observó sin
inmutarse cómo la cara podrida de la criatura, salpicada por llagas
supurantes, abría sus fauces gruñendo e intentando morderla en
vano, apretando la frente contra los travesaños. Unos brazos
delgados y pálidos, cuyos huesos estaban tan astillados que
parecían fragmentos de vidrio roto, se extendieron inútilmente para
intentar agarrarla, pero los dedos, alargados como garras, ni
siquiera llegaron a rozarle el pelo. Dos segundos después, el
sistema de defensa de la valla se activó con un fuerte chasquido y
un jardín de chispas estalló convirtiendo la noche en día. El zombi,
que no podía sentir miedo ni dolor, luchaba para llegar a ella sin
éxito mientras una intensa corriente galvánica lo destrozaba. Entre
violentos espasmos, siguió dando bandazos imprecisos al aire y
bramando con sus dientes negros hasta que todo él empezó a arder.
Gina contempló imperturbable aquella triste estampa: el ser fue
convirtiéndose en una diabólica bola de fuego azul y naranja. Su
cuerpo en llamas fue sucumbiendo, primero de rodillas, soltando
pequeñas erupciones de gas, hasta que al fin no quedó más que un
contorno irregular de materia calcinada en el suelo.
Gina dio una última calada al cigarro y lanzó la colilla a las
ascuas residuales del otro lado.
—Te entiendo... —le dijo a los restos humeantes del zombi—. Mi
día tampoco ha sido espectacular.
Miró la pantalla rayada de su reloj y tomó una decisión. Era casi
medianoche. Dio media vuelta y echó a andar en dirección a su
morada. Estaba agotada, confusa, todavía herida..., pero no iba a
perder el tiempo descansando. Se marcharía de Brach aquella
misma noche.
IV

Ella es vigor, aguante y decisión.


Romeo es su apellido, Gina su denominación...
Quizá los hombres la anhelen y ese sea su mayor error:
En secreto yo la llamo simplemente Desamor.

El viejo hotel la Perla del Desierto de Brach no conservaba ya


nada de su antigua gloria. Su recepción tenía un único vigilante tras
un mostrador lleno de sistemas de defensa y una jaula que lo
protegía de constantes ataques y amenazas. En el mostrador se
podían observar decenas de pantallas que mostraban todos los
rincones del hotel. Toda precaución era poca. La mayoría de los
residentes poseían reputaciones dudosas y pasados turbios. Y
durante todos los años que llevaba el establecimiento abierto, se
podían contar por centenares los agujeros de bala que estucaban
las paredes cochambrosas de la recepción y los pasillos, signos
claros de la cantidad desmesurada de revueltas y escaramuzas que
habían tenido origen allí. El resto del vestíbulo se sumía en una
penumbra deprimente solamente interrumpida por los cilindros que
ardían a modo de hoguera aquí y allá, rodeados por viajeros que no
podían costearse una habitación en los pisos superiores del edificio.
Lo más destacable de aquella atmósfera opresiva era el imponente
exoesqueleto completo de un Arcángel que se erguía a modo de
estatua en medio de la planta baja, sin ningún cuerpo debajo pero
conservando todas las partes metálicas, sus componentes
electrónicos chamuscados y sus armas vacías e inservibles. Aquel
aberrante armazón, extraído de su criatura en el pasado, era como
un recordatorio macabro de cómo incluso el concepto del arte había
cambiado radicalmente desde los tiempos anteriores al Apocalipsis.
Había testimonios que aseguraban que aún quedaban algunos de
esos monstruos en activo, que los habían visto caminando sin
rumbo por los desiertos o sentados cabizbajos en el interior de
algunas cuevas en selvas, respirando profundamente en un estado
de inquietante letargo, pero que ya no eran homicidas, al menos
mientras no se los molestara. Seres errantes sin albedrío, sin ningún
tipo de propósito ni misión que tuvieran ya que llevar a cabo. Gina
nunca se topó con ningún Arcángel en sus viajes, por eso siempre
se detenía y dedicaba unos segundos a observar con curiosidad la
estatua del vestíbulo del hotel cuando se cruzaba con ella,
imaginando cómo sería enfrentarse con uno en los tiempos en los
que estaban programados para ser unas letales máquinas asesinas.
Al salir del ascensor, en la tercera planta, la puerta se cerró tras
ella a trompicones. De camino a sus aposentos, el pasillo era
polvoriento y con la pintura raída. No todas las habitaciones eran
para los huéspedes. Pasó frente a una que siempre tenía la puerta
abierta y estaba custodiada por el tendero del hotel, un hombre tan
mayor que casi estaba ciego, y por su hijo, torpemente grande y con
pocas luces en la expresión. Tras ellos había harapos, licores
químicos y carne de origen inclasificable que desprendía un olor
corrompido y sin ventilación. Ambos la siguieron con la mirada, en
silencio, como siempre hacían con todo el mundo.
Una timba de póker tenía lugar cuatro puertas más adelante.
Caminó más lenta al pasar por delante. Había bastante alboroto y la
estancia estaba llena de jugadores que bebían, fumaban y se
gritaban unos a otros. Algunos vestían con ropajes similares a los
aviadores antiguos, con cazadoras de botones y anteojos subidos a
la frente. En otras circunstancias, Gina seguro que se habría unido a
ellos, pero en aquel momento decidió pasar de largo; torció a la
derecha al final del pasillo y llegó hasta su habitación. Estiró la
muñeca y deslizó la banda magnética de su pulsera de inquilina por
el pasador de la puerta. Entró rápidamente en sus aposentos,
dejando el resto del mundo tras de sí.
A un lado, en el suelo, encendió el pequeño generador que daba
electricidad a la única bombilla parpadeante que colgaba del techo y
dejó sus cosas sobre una mesa pequeña que había en una esquina.
Luego apoyó ambos puños en ella y se tomó un respiro de unos
segundos.
—Mis cosas, sí... —se recordó a sí misma. El plan era recoger lo
indispensable y largarse cuanto antes del pueblo, mientras aún
fuera noche cerrada y pasara desapercibida.
Empezó a cargar su mochila impermeable con ropa y
provisiones, pensando en cual podría ser su siguiente destino, hasta
que en un momento dado se fijó en un libro polvoriento que ella
misma había colocado en un estante al aceptar el alquiler. Era
realmente antiguo. El único motivo por el que lo llevaba siempre con
ella era porque fue uno de los últimos regalos que le hizo su padre.
Lo cogió. Las letras de la portada podían leerse a duras penas:

«Diario de un Zombi, por Erico Lombardo».

Recordó cuando se lo leyó de pequeña. Su padre le dijo que era


como una especie de libro sagrado. Que al llegar a cierta edad,
todos los niños deberían leerlo para aprender la historia más famosa
acerca de cómo el mundo terminó siendo como es. Se editaron
varios millares en una vieja prensa de la isla de Mallorca cuando
aún se creía que el ser humano tendría un futuro. Había mucha
gente que todavía guardaba una copia del manuscrito, pero para
ella no representaba más que una antigua fábula de una antigua
era. Una fábula que no resultaba del agrado de todo el mundo,
desde luego. Incluso existían grupos de fundamentalistas fanáticos
que podían matarte si veían que poseías uno. Le dio la vuelta entre
las manos, sopló para quitarle el polvo y leyó la dedicatoria que su
padre había escrito para ella en la primera página: «Permite que te
diga que eres mi eterna estrella fugaz».
Gina cerró la tapa de nuevo, la acarició con cuidado y...
... y decidió que no le hacía falta llevar ese libro más con ella. Así
que lo dejó caer en la mesa.
Al terminar de recoger sus cosas se sintió de pronto muy
agotada y se sentó para reposar unos instantes sobre el mohoso
colchón desmullido que había en la habitación. Se presionó la
magulladura de las costillas. Aún le dolía, pero menos que antes. Tal
vez estuviera de suerte: finalmente no parecía tener nada roto.
Se sentía tan, tan cansada... Se le ocurrió que tal vez podía
echar una cabezadita de un par de horas y largarse de madrugada,
cuando todo el mundo estuviera ya durmiendo... Sí, eso sería lo
mejor. No había terminado de decidirlo cuando sus ojos se cerraron
solos, su cuerpo cayó lentamente sobre el colchón y su mente se
entregó al reino de Morfeo. Tuvo un sueño escabroso donde
aparecía gente peleándose en el bar de Phillipe y disparándose
entre las mesas en una auténtica batalla campal. Ella los vio morir a
todos. Y en medio de la taberna, una figura vestida con sombrero de
ala ancha, guantes y abrigo oscuro, y con una máscara de metal
negro con rasgos de calavera que le cubría el rostro, esperaba
sentada en la única mesa que quedaba intacta después de la
carnicería. No le había quitado el ojo de encima mientras todos se
mataban unos a otros. Le hizo un gesto con la mano para que se le
aproximara. Ella tomó asiento frente a aquel ser que parecía más el
diablo que un ser humano, y con el que, estuvo segura, ya había
soñado con anterioridad. Al devolverle la mirada, este rio entre
dientes.
«Atenta: ya empieza...», le susurró.
Todo a su alrededor se desvaneció.
—¡Señorita!
Gina se despertó sobresaltada con el súbito ruido de alguien que
llamaba a su puerta. Desorientada, se incorporó, tratando de
interpretar la situación. Todavía se encontraba en su habitación, en
Brach. Se llevó una mano a la cabeza y gesticuló de dolor. Tenía
una jaqueca horrible.
—¡Señorita, abra, por favor! —insistió la voz. El tono era
apresurado, pero no alto.
Gina se levantó tambaleante y llegó tropezando con algunas de
sus cosas hasta la puerta. La abrió un palmo, en cuyo hueco encajó
su rostro adormilado. Observó el pasillo pero no vio a nadie.
—Aquí abajo.
Bajó la mirada y se encontró con la sonrisa amplia de un enano
albino y fondón de ojos rosados y cabello enmarañado, que vestía
elegantemente aunque de forma desajustada debido a su corta
envergadura.
—Necesito su ayuda. No será mucho tiempo —dijo el
hombrecillo en un tono a medio caballo entre la amabilidad y la
impaciencia. Sudaba de forma copiosa.
—¿Quién carajo eres tú? —preguntó Gina de mal humor. Los
ojos le escocían por el descanso interrumpido.
—Me llamo Halley, Halley White. Pero todo el mundo me llama
Everest. Por el color, no por la altura —aclaró—. ¿Puedo pasar? —
Hizo amago de dar un paso al frente.
—Ni de broma —gruñó ella, que se lo impidió cerrándole la
puerta en las narices.
Lejos de darse por vencido, Halley, volvió a llamar. Gina apoyó la
espalda en la puerta e hizo una mueca de fastidio. Parecía como si
todos los zumbados se hubieran puesto de acuerdo para cruzarse
con ella aquel día.
—¡Señorita, no puedo irme así como así! Solo le pido que me
escuche.
—¡He dicho que no! —insistió; se frotó los párpados con el índice
y el pulgar—. Lárgate o te haré crecer de una paliza.
Se hizo el silencio.
—Usted es Desamor, ¿verdad? Gina «Desamor» Romeo, la
deambulante —dijo Halley al cabo de unos segundos.
A Gina le chirrió oír aquel estúpido apodo de nuevo.
—Odio este condenado pueblo... —masculló para sí.
—Y esta noche se ha reunido con Trevor Castor, ¿me equivoco?
De acuerdo. Aquello bien merecía una explicación. Volvió a abrir
la puerta, pero sin permitirle el paso todavía.
—¿Cómo sabes tú eso?
—Se lo cuento si me deja entrar. Por favor, solo quiero hablar
unos minutos.
—Y yo quiero que hoy me dejen en paz de una vez —objetó ella.
—Le pagaré si permite que me esconda un par de horas con
usted —volvió a suplicar él.
—¿Cuánto?
—Lo que llevo encima.
—¿Cuánto?
—No sé, trescientas liras, tal vez algo más, tal vez algo menos
—respondió Halley con una sonrisa forzada.
Gina lo miró de arriba abajo. Dejando al margen que solo se
trataba de un enano regordete al que fácilmente podría reducir si
fuera necesario y que la situación resultaba del todo surrealista, su
actitud no parecía hostil, solo un tanto desesperada. Trescientas
liras por dos horas de su tiempo. Cualquier profesional del encargo
hubiera asegurado que era un buen trato. Además, aún quedaban
bastantes horas para que amaneciese, y el dinero le vendría bien.
Tras meditarlo, finalmente le permitió el paso y el hombrecillo entró
con rapidez. Fue a sentarse en la cama con un movimiento
sorprendentemente ágil y paseó la vista por los aposentos con sumo
interés.
—Lo primero —dijo Gina cuando la puerta se cerró tras ella—,
¿cómo sabes lo de mi encuentro con Trevor Castor?
—Oh, todo el mundo lo sabe en el hotel —contestó Halley, como
si no fuera relevante—. Ese hombre no pasa precisamente
desapercibido. Le ha dejado una nota en su puerta que, admito, no
me he podido resistir a leer esta mañana.
—Me extraña que siendo tan pequeño y tan cotilla hayas
sobrevivido tanto tiempo —observó ella.
Halley se encogió de hombros.
—El dinero suele conseguir que la gente me deje en paz.
—Hablando de eso, todavía no he visto el mío. ¿Y mis
trescientas liras? —lo señaló con el dedo.
—No las llevo encima.
—En ese caso, vas a salir por la ventana —dijo dando un paso al
frente.
—¡Alto! Cálmese —solicitó con una mano por delante—. ¿Acaso
se queda en coma cuando duerme? ¡Acaba de haber un tiroteo justo
aquí al lado!
—Me quedo en coma cuando duermo —confirmó, perdiendo la
paciencia.
—¡Pues vaya a verlo por sí misma! —exclamó Halley con una
nota de desesperación en la voz—. La tercera habitación girando el
pasillo, donde tenía lugar la timba de póker de esta noche. Uno de
los jugadores disparó a otro por un desacuerdo y diez segundos
más tarde eso era un delirante baile de balas. Ahora no es más que
un festival de fiambres, sangre y cosas rotas, un escenario
sumamente desagradable. Sobre la mesa hay más de trescientas
liras. Le invito a que vaya hasta la habitación, compruebe que digo
la verdad y se quede con el dinero.
—¿Tú estabas allí? —le increpó Gina.
Halley asintió, sin poder ocultar su preocupación.
—Es más, yo era el anfitrión de esa partida —añadió, dándose
toquecitos nerviosos en la pierna con la palma de la mano.
—¿Por qué me da la sensación de que estas siendo sincero? —
dijo ella, suspicaz.
—Porque estoy sudando, visiblemente traumatizado, y
conteniendo un ataque de histeria de forma magistral. ¿Qué más
pruebas necesita? ¿Un infarto? —preguntó él con angustia.
Una angustia que a Gina tampoco se le pasó por alto. También
recordó el sueño que había tenido acerca de un tiroteo en un bar.
Quizá sí que escuchara los disparos después de todo...
—¿Sabes...? —señaló—, he conocido a pocos enanos en mi
vida, pero todos eran excelentes actores.
—Oh, y desde luego yo soy el mejor que conocerá jamás. Pero
en estos momentos agradecería un voto de confianza. ¿De veras
que aún no me cree? —exclamó.
—De veras que eso aún está por ver —dijo, y quiso terminar de
asegurarse—. No me conoces de nada. ¿Qué te ha hecho pensar
que podías acudir a mí?
Halley miró su reloj, cada vez más inquieto.
—Oiga, han transcurrido ya diez minutos —dijo—. En cualquier
instante, los militares del puesto fronterizo vendrán a comprobar qué
demonios ha ocurrido aquí. Verá, me dedico a negocios de dudosa
legalidad, ¿comprende? Esos hombres están todos muertos, yo lo
vi. Por lo menos hay diez cuerpos amontonados en aquella
habitación, así que no puedo permitir que el ejército me relacione
con todo esto. Usted es la única persona de toda la planta que no
participaba en esa partida. Es muy importante que pueda
esconderme aquí hasta que limpien el desastre y se vayan. ¿Me
ayudará? —repitió nervioso.
Gina movió la cabeza en señal de duda.
—Se me ocurre que también podría quedarme con el dinero de
la partida, entregarte luego a las autoridades y ganar una suma
todavía mayor. —Se cruzó de brazos.
Halley la observó un instante. Luego se esforzó por sonreír.
—Usted no haría eso.
—Ah, ¿no? —dijo divertida.
—¡Por supuesto que no! ¡Es una deambulante, no una maldita
cazarrecompensas! ¿No se supone que tienen códigos
deontológicos incompatibles? —dijo él, casi chillando.
—Solo se supone... —repuso Gina, sin terminar de darle la
razón. Pero la verdad era que no le interesaba crearse la fama de
que también entregaba a delincuentes. Hecho una vez y la querrían
contratar ya siempre para ello: acabaría obteniendo una mala
reputación al tener que negarse constantemente. Se puso el dedo
índice en los labios en un gesto pensativo y continuó—: A ver si lo
entiendo... Resulta que de entre todos esos patanes del tiroteo,
cabronazos forjados entre la inmundicia más fea de la Frontera...
eres el único que ha sobrevivido. ¿Cómo?
—Míreme, soy pequeño; ¡me escondo con facilidad! —Hizo un
gesto evidente señalando su cuerpo—. Insisto, si aún no me cree,
es tan sencillo como ir y echar un vistazo. El dinero no va a durar
mucho más allí. Le digo que puede quedárselo todo. TODO —
recalcó—. Aún está a tiempo...
Gina se quedó un momento totalmente impasible.
—Está bien —dijo al fin. Cogió el cuchillo de su mochila y se
acercó a la puerta—. Ni se te ocurra moverte de aquí o te parto el
alma. —Apuntó al hombrecillo con el arma—. Enseguida vuelvo.
—De acuerdo... —resopló Halley con alivio—. Aquí la espero.
La chica abrió la puerta y salió de la habitación. Anduvo a paso
rápido por el pasillo pero en seguida empezó a avanzar de forma
mucho más lenta y cautelosa. Aquello no era normal, pensó. Había
una cantidad ingente de sangre por todos lados, cubriendo desde el
techo hasta el suelo del corredor. Giró la esquina y se extrañó al ver
multitud de huellas de calzado ensangrentadas que salían desde la
habitación donde había tenido lugar la partida y se perdían por el
pasadizo en dirección opuesta a la que ella venía. Manchas de
manos deslizándose por las paredes... Alzó el cuchillo en ristre y
llegó sin hacer ruido hasta el marco de la puerta. Se apoyó en él,
asomó la cabeza rápidamente hacia el interior de la habitación y
volvió a retirarla, perpleja. Se movió y se quedó de pie frente al
hueco de la puerta, muy quieta.
Allí observó...
Las mesas y sillas estaban completamente destrozadas; la
sangre salpicaba el mobiliario hasta la bombilla del techo, que
oscilaba y teñía todo con una luz danzante de color rubí. Había
tantos agujeros de bala por las paredes y los muebles que
convertían la estancia en un gigantesco colador. Y sí, en efecto, se
veía una cuantía incontable de dinero manchado de rojo, esparcido
por todas partes, suficiente como para alquilar una habitación
durante años. El suelo permanecía lleno de revólveres y casquillos
de bala... Pero ni rastro de los cuerpos.
En un inicio, Gina no encontró una explicación lógica.
—Es imposible que los militares se hayan llevado ya los fiambres
—escuchó la sorprendida voz de Halley a sus espaldas—. No son
tan rápidos, ni tan cuidadosos... Los habríamos oído.
—¿No te dije que esperaras dentro? —le espetó ella, que no
podía apartar la mirada de aquel escenario dantesco.
—La indagación y el fisgoneo son los cimientos de los que está
hecho cualquier hombre de negocios, señorita Romeo.
—También los de la mayoría de hombres que acaban muertos.
Ambos siguieron contemplando todo el desastre en un tenso
silencio.
—Esas huellas no estaban antes... —observó Halley,
rompiéndolo.
Gina volvió la vista al pasillo.
—¿Estás seguro de que murieron todos en el tiroteo? —
preguntó, cada vez más en alerta.
—Muy seguro. No tiene ningún sentido que esas pisadas estén
ahí —insistió.
Había decenas... Las primeras luces parpadeaban y dejaban
verlas. Más adelante, a la altura del ascensor, estaban ya apagadas
y el rastro se perdía en la penumbra. El instinto de la muchacha le
gritó que salieran de ahí como alma que persigue el diablo.
—Me largo de aquí. Deberías hacer lo mismo —declaró, dando
media vuelta en dirección a su habitación. Todavía tenía que recoger
sus cosas.
Halley se interpuso en su camino rápidamente.
—¡Espere! ¡No! Ya le he dicho que... —Se quedó con media
protesta en la boca.
Unos pasos húmedos y firmes retumbaron por el corredor. Gina
echó la vista atrás y contuvo la respiración. De pronto vio como de
entre la oscuridad de esas paredes, al fondo, surgía... algo.
La muchacha torció el gesto, enfatizando una sensación de
absoluto desconcierto, a medida que una silueta contorsionada fue
cobrando forma.
—¡Dios Santo! —exclamó Halley al verlo, empalideciendo aún
más si cabe.
Un zombi con el cuerpo lleno de balazos, cara ensangrentada y
mirada preñada de odio arrancó a correr como un demonio hacia
donde estaban ellos. Gina reconoció fácilmente su ropa: se trataba
de uno de los jugadores que vio al llegar al hotel tras su encuentro
con Trevor. Tuvo el tiempo justo de apartarse rodando al interior de
la habitación del tiroteo. Halley no fue tan hábil y fue embestido en
mitad del pasillo con una fuerza bruta que ella no había visto jamás
en ningún caminante de la Zona Muerta. El hombrecillo impactó
contra el suelo bajo el abrazo mortal de su atacante, y se retorció y
chilló como un pequeño becerro cuando este le arrancó la oreja con
los dientes de forma salvaje. No la llegó a masticar; la escupió y
empezó a desgarrarle la yugular como un perro rabioso. Eso silenció
los gritos de Halley y los convirtió en gorgoteos mientras su mirada
se quedaba carente de la chispa de la vida. La criatura alzó
entonces la cabeza para ayudarse a engullir con rapidez varias tiras
de carne y tendones.
Gina, desde el suelo, no pudo dar crédito a lo que veía. A
continuación, todo sucedió muy deprisa. El zombi dirigió su atención
hacia ella, aún en cuclillas y con comida en la boca, y se puso en pie
de un veloz salto.
—Cómo puedes ser tan ágil... —murmuró la muchacha,
estupefacta. Aquello era del todo imposible.
Empezó a retroceder como un cangrejo por la habitación al ver
que esa cosa echaba a correr hacia su posición. De pura chiripa,
consiguió dar con una tabla de madera del mobiliario roto y la
interpuso entre su rodilla y la criatura cuando esta fue a saltarle
encima. Los bramidos de ambos resonaron en la estancia en una
violenta pugna: hambre contra instinto de supervivencia. Gina pudo
sentir la fuerza tan intensa de aquellas manos cuando logró
agarrarla del pelo e intentó aproximar la cabeza a la suya. Tenía la
piel pálida como la muerte y su rictus era tan perturbador como el
del más loco de los asesinos. Dio una dentellada al aire con su boca
ensangrentada, y otra, y otra, a medida que la distancia entre las
dos cabezas se acortaba. Era muy poderoso; más que cualquier
hombre o zombi al que se hubiese enfrentado nunca, dedujo Gina
en su agonía. Buscó zafarse y fue a agarrar el cuchillo, que se le
había caído a un lado, para clavárselo en la sien, pero el zombi
bloqueó el movimiento con un manotazo e hizo saltar el arma por los
aires. Gina lo aporreó varias veces con el puño, pero eso solo lo
enfureció más: le soltó la cabeza, que se le golpeó contra el suelo, y
como castigo a su resistencia, le pegó un potente zarpazo en la
mejilla que la marcó y la hizo sangrar y gruñir de dolor. Volvió a
agarrarla del pelo. Ella resistió, desesperada, con una mano
sujetando el tablón, mientras alargaba la otra para intentar dar con
algo. Tocó el mango de un revólver, que no dudó en encañonar
contra la frente del zombi, y apretó el gatillo.
¡Clack!
El arma estaba vacía.
Se desgañitó de nuevo, esta vez de frustración y agotamiento.
Pero no se iba a rendir: le propinó golpes con la culata del arma en
la cabeza hasta que, haciendo también fuerza con una pierna,
consiguió que ambos rodaran en bloque por el suelo. La tabla se
quedó encima de él y Gina aprovechó esos pocos segundos para
huir reptando hasta una esquina de la habitación. Por el camino
agarró deprisa otra pistola, y por la inercia giró y se golpeó la
espalda contra la pared. Desde el suelo, y sin pensar, disparó
rápidamente hasta vaciar el cargador sobre el monstruo, que ya
embestía de nuevo para atacarla. La primera bala le dio en el pecho,
la segunda en un hombro y la tercera, más certera, de lleno en la
cabeza. Eso lo hizo desplomarse sobre ella con todo el peso de la
gravedad, muerto del todo.
Con él encima, Gina emitió un grito de rabia, dolor y también
terror. La cara le había quedado cubierta de sangre y sesos. Con
mucho esfuerzo consiguió empujar a un lado aquel cuerpo inerte y
pesado.
Allí se quedó, respirando, respirando... durante unos segundos.
No podía pensar, y tampoco dar la orden a su cerebro para
levantarse. Simplemente estaba en shock, dejando que sus
pulmones inhalaran y exhalaran oxígeno. Se frotó el rostro con
fuerza para quitarse toda la porquería y mantuvo su mirada perdida
en el limbo.
En esos momentos se dio cuenta de lo mucho que le escocía la
mejilla. Se la palpó y notó que el tajo era profundo. Pero no tuvo
tiempo para lamentaciones.
Otra figura mucho más pequeña entró por la puerta. Gina, aún
jadeante, desvió la vista hacia allí.
Era Halley, o más bien una versión bastante más grotesca y
perturbadora de él, como si fuera un niño al que le han puesto el
disfraz más aterrador de una tienda de horrores. Tenía la piel
amoratada y los ojos inyectados en sangre. Un gran agujero en el
cuello permitía verle parte del inicio de la lengua. La miró y ladeó la
cabeza, como haría un perro que procesa la información de lo que
tiene delante.
—Esto ya es pasarse... —exclamó Gina, turbada. Jamás había
visto a nadie transformarse tan rápido. En otras circunstancias le
habría parecido una visión ridícula, pero en esa ocasión no había
broma posible que pudiera sacarse de todo aquello.
Halley emitió un sonido gutural y corrió hacia ella, patosa pero
velozmente, agitando sus cortos bracitos.
Gina se preparó desde su posición en el suelo, esperó el
momento exacto y le propinó un fuerte puntapié en plena cara que,
debido a su pequeño tamaño, lo hizo caer de espaldas. Una
repentina rabia, alimentada por todo lo sucedido aquel día, la
invadió. Quiso terminar con aquella enfermiza situación de una vez.
Se enderezó, agarró y arrastró la cabeza del pequeño zombi, que
aunque ofreció una fuerte resistencia, esta vez no resultó ser lo
suficiente para ella; le dio la vuelta, alzándolo por las hombreras, y
fue a empotrarle la cara contra la estructura astillada de la mesa
central.
—¡HOY! —Golpeó con fuerza—. ME. —Golpeó—. TENÉIS. —
Golpeó—. ¡HARTA! —Golpeó—. ¡JODER! —Golpeó, golpeó, golpeó
con mucha fuerza... hasta que la cabeza quedó hecha un amasijo
de masa roja, deformada e inclasificable. La soltó con asco y apoyo
ambos brazos en la superficie de la mesa para no caer desfallecida.
Bramó, dando bocanadas de aire. Necesitaba reponerse, una
ducha, dormir un día entero... Pero sabía que nada de eso iba a
suceder. No había tiempo para ello. Tampoco para pararse a pensar
demasiado en la locura que estaba viviendo. Seguramente habría
más de esas cosas por el hotel. De modo que si se quedaba allí,
moriría. Era una certeza absoluta. Trató de incorporarse y de
recuperar el aliento. Decidió no ir a por sus posesiones; quizá
tuviera ocasión de volver a por ellas más adelante. Tan solo cogió
otro revólver del suelo, comprobó que al tambor le quedara alguna
bala (dos), y salió corriendo por el pasillo en dirección a la escalinata
que descendía a la recepción. Todo estaba a oscuras. Bajando por
las escaleras, en un tramo de unión, tropezó con algo, tal vez un
cuerpo, y al caerse se hizo daño en la rodilla. Soltó un exabrupto. Se
levantó tan rápido como pudo y apoyó la espalda en la pared,
apuntando a la oscuridad, presa de su propia paranoia. Nada la
atacó, así que no tentó a la suerte y siguió adelante, cojeando, en
dirección a la planta baja. En el primer piso se detuvo en seco al oír
multitud de disparos y más rugidos provenientes del vestíbulo.
Seguir bajando no le pareció una buena idea. Miró a izquierda y
derecha. Y mientras decidía hacia dónde ir, los halos luminosos de
varias linternas bailaron por las paredes de subida.
—¡Equipo Alpha, aseguren la zona. Equipo Charlie, conmigo! —
Oyó las voces de algunos militares y el ruido de unas botas
ascendiendo.
Gina sintió un repentino alivio, dejó caer el revólver al suelo y
alzó las manos y la voz:
—¡No disparen! ¡Estoy aquí arriba! —se dejó ver, desarmada.
La luz de una de las linternas la alumbró de lleno en la cara y
tuvo que entrecerrar los ojos para no cegarse.
—¡Civil en primera planta, no abatir! —anunció el primero de
ellos, mostrando un puño en alto—. ¿Qué hace aquí sola? ¿La han
mordido? —preguntó terminando de subir los últimos peldaños para
ponerse frente a ella.
Gina sacudió la cabeza, todavía con las manos en alto.
—Solo intento escapar... No disparen... —reiteró, agotada.
—¿Se hospeda aquí? —le preguntó el militar, cacheándola
brevemente en busca de armas o mordeduras.
—Hoy iba a ser mi última noche —contestó, dejándole hacer.
El hombre se giró al fin y dio instrucciones con gestos de las
manos al resto de los componentes del pelotón, que iban equipados
con chalecos de kevlar y cascos de visión nocturna.
—Vosotros dos, cubrid los flancos del pasadizo. Bultot y
McCandless, sigan subiendo y terminen el barrido. Puede que haya
más civiles escondidos. Señorita, voy a hacerle un examen rápido
—volvió la vista hacia ella—. Ahora estese quieta, solo será un
segundo.
Dos de los militares del grupo los rodearon y fueron a
parapetarse apuntando a ambos lados del pasillo, mientras los otros
dos siguieron ascendiendo a los pisos superiores.
El soldado que la había hablado sacó de uno de los bolsillos del
chaleco un detector de agentes patógenos emergentes, compuesto
por una lengüeta para morder y un escáner de tubo extraocular.
—Muerda esto y abra bien los ojos. —No fue brusco, pero
actuaba con diligencia. «Sargento Miller», se fijó que ponía en su
placa.
Ella obedeció: mordió la pequeña aleta y accedió a que se le
hiciera el análisis de retina. La sobresaltó una repentina ráfaga de
disparos efectuada por el soldado que protegía el pasillo del ala
este, a su derecha. El estallido fue seguido de un rugido efímero y el
sonido de un cuerpo desplomándose sobre el suelo.
—¡Espectro abatido! —voceó el militar que disparó.
«¿Así es como los llamaban?», se preguntó Gina, muy rígida.
El escáner soltó un pitido y emitió una lucecita verde.
—Está limpia —dijo el sargento Miller, que se dirigió al
compañero que había disparado—. Méndez, llévela al helicóptero de
evacuación.
—¿Helicóptero? —Se extrañó ella—. Espere. ¿Qué evacuación?
El soldado Méndez abandonó su posición y la asió del brazo.
—No hay tiempo. ¡Camine! —la apremió. Era de tez morena y
algo más bajo que ella, aunque de complexión robusta.
—¡Pero solo eran diez! —Opuso una ligera resistencia—. No
deben de quedar muchos más. —Se zafó y se detuvo frente al
sargento Miller, que se disponía a seguir el ascenso a los pisos
superiores—. Dígame: ¿qué evacuación?
Desde abajo, en la recepción, se escucharon nuevos disparos.
Miller apoyó una mano en la barandilla y echó una ojeada rápida por
el hueco de la escalera. No se oyó nada más. Luego se encaró a
ella.
—¡Todo Brach está infestado! ¿Entiende? —Le gritó. Era
evidente que también había tenido días mejores que aquel—.
¿Quiere vivir? ¡Pues haga lo que le digo! —Puso su fusil en ristre—.
¡Largo de aquí! —La apartó de un empujón y desapareció escalones
arriba.
El soldado Méndez le puso una mano en el codo.
—Vamos, no nos lo ponga difícil —solicitó, ahora con menos
brusquedad.
Gina estaba tan confusa que esta vez solo hizo un corto gesto
asertivo y dejó que la condujera hasta la planta baja. Mientras
avanzaban, guiándose gracias a la linterna del soldado, la cabeza le
daba vueltas. Eran tantas las preguntas que se formuló que sintió un
repentino vértigo. Nada de lo vivido en los últimos quince frenéticos
minutos tenía sentido. Nada. Era como si las reglas del juego
hubieran cambiado drásticamente de un plumazo. Una cosa era
pernoctar en las ruinas de una gasolinera abandonada en cualquier
región de la Zona Muerta y que te despertara de golpe un grupo de
cinco zombis, perfectamente sorteables, aporreando las puertas del
refugio como si fueran borrachos a los que les cuesta mantenerse
en pie. Pero lo que estaba pasando en la Perla del Desierto era algo
muy distinto... Asustaba tratar de pensar demasiado en ello. Imaginó
que las respuestas llegarían tarde o temprano, aunque mientras
tanto, el desconocimiento se había convertido en el más poderoso
de los enemigos.
La recepción estaba casi a oscuras, pero se podían vislumbrar
cadáveres por todas partes, algunos incluso de militares. A medida
que la cruzaban, Méndez por delante con el fusil apuntando de un
lado a otro, sus botas hacían crujir los casquillos de bala esparcidos
por el suelo. Y por encima de todo, proveniente del exterior, el ruido
atronador de las hélices de un helicóptero en marcha.
El pelotón Alpha, o al menos los tres que aún quedaban con
vida, se parapetaban cerca de la estatua del Arcángel del vestíbulo,
encañonando sus armas hacia la entrada del hotel. Uno de ellos, al
mirar atrás y ver que el soldado Méndez escoltaba a la chica hasta
la salida, se acercó de una carrera.
—La llevo al helicóptero. Está limpia —informó Méndez.
El tipo asintió y alzó la voz por encima del ruido de las hélices.
—Hemos perdido a O’callaghan y a Bárbara. La planta baja está
asegurada, pero de vez en cuando sigue entrando alguno más. Ellos
dos se quedarán aquí. Yo subiré para terminar de peinar el hotel.
Avise de que en breve nos largaremos del enclave.
—Dudo que haya más supervivientes, señor —voceó Méndez.
—El equipo Charlie sigue ahí arriba. Voy a asegurarles el camino
de vuelta. Estaremos bien. ¡Márchense! —Hizo un gesto con la
cabeza señalando la salida.
Este aceptó la orden con un rápido ademán militar. Gina
entrecruzó una breve mirada con el tipo y siguió a Méndez hasta el
frío exterior.
A cierta distancia del hotel aguardaba un enorme helicóptero del
ejército tipo Apache suspendido a tres metros del suelo, que el piloto
hizo descender tan pronto los vio salir. Sus dobles hélices crearon
un torbellino de polvo en suspensión. Méndez le hizo un gesto a la
muchacha para que avanzara más rápido; tuvieron que cubrirse la
cabeza con una mano debido a las fuertes ráfagas de viento. A
media carrera, sin embargo, ella tuvo una visión y se detuvo.
Necesitó entender lo que percibían sus ojos. A lo lejos, un grupo de
quince o más siluetas humanoides recortaban el sombrío horizonte.
Estaban ahí de pie, observándolos inamovibles. De aspecto tan
aterrador que parecían demonios reinando con soberbia en el
infierno.
—¿¡Qué diablos hace!? —El soldado retrocedió unos pasos y la
agarró de la solapa—. ¡No se detenga! —Tiró de ella.
De pronto, las figuras desaparecieron veloces por los flancos,
bien coordinadas. Gina se obligó a salir de su ensimismamiento y
continuó corriendo hasta poner un pie en la abertura lateral del
helicóptero, saltar a su interior y tomar uno de los asientos libres.
Dentro había más personas sentadas: el piloto, dos militares y cinco
civiles. Pudo reconocer al recepcionista del hotel, un tipo calvo de
barba poblada, fuerte y con tatuajes en la cara, que parecía estar
siempre de malhumor, pero que ahora tenía una expresión de
auténtico terror instalada en el rostro. También al hijo del tendero,
con la misma mirada perdida y apática de siempre. Para él nada
parecía haber cambiado. Su padre no estaba con ellos. Había dos
hombres más y una mujer con los que no se había cruzado nunca.
Gina se agarró a su asiento cuando el aparato volvió a ascender a
tres metros del suelo. A continuación, un breve instante de calma
tensa, de entrecruzar miradas de miedo, de hacer movimientos
nerviosos con las manos y los pies... que pronto se vio quebrantado
cuando uno de los civiles señaló hacia al hotel con un rictus
descompuesto.
—¡Mirad! —exclamó.
A todos se les heló la sangre al volver las cabezas y ver una
quincena de zombis corredores, seguramente los que la muchacha
había divisado antes, que aparecieron ágiles bordeando la fachada
del edificio y entraron como una horda en su interior. Por el hueco
de la puerta resplandecieron breves ráfagas de luz de algunos
disparos, que no tardaron en desvanecerse. Todas las personas en
el interior de la cabina, excepto Gina y el hijo del tendero, lanzaron
exclamaciones de pánico. Poco después estallaron más luces de
disparos entre las ventanas de los pisos superiores del hotel, pero
duraron poco. La muchacha miró a Méndez, que no parecía saber
bien qué hacer o decir.
—Hay que irse. Dé la orden —le dijo muy seria.
—Vamos a esperar —balbuceó este.
—Tus compañeros están muertos —quiso hacerle entrar en
razón—. O nos largamos ya o pronto nosotros también lo
estaremos.
—¡Cállese! He dicho que esperaremos —masculló él, agarrando
con nerviosismo su fusil, atento a las puertas del hotel.
Gina se desesperó y, cabizbaja, se pasó una mano por el pelo,
sintiéndose impotente. Todo el mundo contuvo el aliento. Y sin saber
cuánto tiempo transcurrió, tal vez un minuto, tal vez dos, como
salidos de la peor pesadilla imaginable, un grupo de corredores aún
mayor que el que había entrado, al cual se habían añadido los
componentes de los equipos Charlie y Alpha, salió del edificio y se
precipitó hacia el helicóptero como una ola arrolladora en una playa
nocturna. Se oyeron gritos de terror de los ocupantes de la
aeronave. Las criaturas llegaron increíblemente rápido y la más
avanzada efectuó un poderoso salto con el que consiguió agarrarse
a la base de los patines de aterrizaje. Méndez reaccionó,
horrorizado, disparando imprecisamente al casco y al cuerpo del
que minutos antes había sido uno de sus compañeros. Las balas
ralentizaron al zombi en su abordaje, que terminó soltándose y
cayendo los tres metros de altura como un pesado bloque de piedra.
El impacto contra el suelo fue brusco, pero no lo suficiente, ya que
volvió a ponerse en pie con facilidad. Las demás criaturas
retrocedieron unos metros para tomar carrerilla e impulso, con las
caras desfiguradas por el hambre y una ira permanente. Y se
dispusieron a atacar en avalancha.
—¡Ascienda ya! —gritó Gina arrojándose hacia delante,
dirigiéndose al piloto—. ¡Vamos! —Dio varios golpes con la palma
de la mano en el separador de la cabina para espolearlo. Los otros
militares no protestaron, estaban demasiado afectados al ver a sus
compañeros en ese estado.
El piloto maniobró con urgencia los mandos e hizo elevarse el
aparato violentamente justo cuando los demás corredores tomaron
impulso y saltaron de nuevo; algunos incluso rozaron su base.
Durante el turbulento ascenso pudieron escuchar sus bramidos
coléricos. Gina se quedó de pie, agarrándose con fuerza a las
barras de seguridad del techo mientras todo se sacudía. El corazón
le latía como si le fuera a explotar. Una vez la gravedad se volvió
estable, echó la vista abajo y contempló multitud de figuras ágiles
moviéndose en grupos de pequeñas hordas. Se repartían por todo
Brach como una infestación de insectos. Ahí a lo lejos, la taberna de
Jean Phillipe se consumía envuelta en llamas. Un poco más
adelante, en el puesto militar de la valla fronteriza, otro helicóptero,
aún humeante, había siniestrado en algún momento del caos
reinante de la noche, dañando una porción de la reja electrificada y
originando un gran surco en la tierra debido al fuerte impacto. En
esos momentos, las puertas laterales de la aeronave se cerraron
automáticamente. La muchacha ya había visto suficiente, de modo
que volvió a colocarse en su asiento con expresión sombría y se
abrochó el arnés de seguridad. Todo el mundo en el interior
permaneció callado, con las caras lívidas, sumidos en sus propios
pensamientos angustiosos. Pasaron varios minutos, y cuando ya se
encontraban sobrevolando el mar de la costa, Gina se vio con
fuerzas para romper el desagradable silencio que reinaba entre
todos y se dirigió al soldado Méndez.
—¿Qué eran esas cosas? No son zombis normales... Son
increíblemente rápidos... y fuertes —inquirió.
—No lo sabemos —contestó el militar, sentado frente a ella, tan
afectado como el resto.
—Los hombres del hotel... murieron por disparos, no por
mordeduras. ¿Por qué se han transformado? Lo han hecho en
segundos —prosiguió.
Méndez tragó saliva.
—No lo sabemos... —repitió en un hilo de voz.
Gina se inclinó todo lo adelante que le permitió el arnés y lo miró
fijamente a los ojos.
—Son inteligentes... —dijo con preocupación.
El soldado dirigió la vista a la ventana, que solo reflejaba la
oscuridad exterior. Tenía la frente perlada de sudor.
—Le digo que no disponemos de una explicación... Los
llamamos espectros porque son algo que nadie hubiese deseado
ver —concluyó. Solo parecía querer que lo dejaran en paz.
—¿Pueden decirme al menos adónde nos llevan? —Barrió con
la vista al resto.
Otro de los militares contestó. Se encontraba a dos asientos de
distancia.
—La Frontera está comprometida —comenzó a explicar—. No
vamos a dejarles aquí, pero tampoco podemos arriesgarnos a
transportarlos hasta la Burbuja. Han estado demasiado expuestos.
—Que me diga adónde nos llevan —dijo ella con impaciencia,
tratando de conservar la poca serenidad que le quedaba. Todo el
mundo pareció prestar atención a la respuesta.
—Al Vertedero —contestó el tipo—. Nos dirigimos al Vertedero.
Allí se los pondrá en cuarentena y se les darán más instrucciones.
Gina apoyó la cabeza en el asiento, enmudecida. Se oyeron
murmullos de descontento del resto de supervivientes. En su caso,
la respuesta no fue la que esperaba, pero le valió. Pensó en Trevor
Castor, en si ese cabronazo seguiría de una pieza y en la delirante
noche que acababa de vivir. Pero sobre todo en cómo tendría que
afrontar la situación de ahora en adelante con la información de la
que disponía. El Vertedero... Puede que, después de todo, fuera el
sitio más adecuado donde empezar a buscar respuestas.
El helicóptero siguió volando sobre el mar con todos los
ocupantes de la cabina en silencio. Ahí a lo lejos, en el horizonte, las
primeras luces del alba ya asomaban dando la bienvenida a un
nuevo día...
Y, tal vez, también a un nuevo mundo...
PARTE II EL NUEVO MUNDO
V

No pretendas vencerla sin ton ni son,


su mayor ventaja es tu soberbia.
Adelante, desafíala sin pedir permiso,
que luego pedirás su perdón.

A decir verdad, no había muchas personas que hubieran estado


en el Vertedero y salido de él con vida desde que la isla fue
transformada en una inexpugnable prisión tres décadas atrás, ya
que para ser desterrado allí se tenía que ser alguien esencialmente
malvado, que mereciera una condena dura, y que no hubiera muerto
de todos modos a manos de cualquier asesino, militar o
cazarrecompensas en el momento de ser capturado: coincidencias
estadísticamente difíciles... O bien algún ciudadano presuntamente
respetable pero cuyas ocupaciones fuesen altamente ofensivas para
las autoridades de la Burbuja y estas prefirieran deshacerse de él
para siempre. Ahora bien: no había una sola alma en toda la
civilización que no hubiera escuchado numerosas y escabrosas
historias acerca de ese lugar; rumores como que existía un
laboratorio subterráneo donde experimentaban con las personas o
que a todos los presos les hacían cosas horribles al llegar.
Durante los primeros años, el Vertedero tuvo cuatro líderes
distintos entre los reclusos, todos ellos prisioneros escogidos con
esmero, en un vano intento de emular una sociedad jerárquica y
ordenada en la que los malhechores que iban a parar allí pudieran
verse guiados de nuevo hacia el camino recto; todos ellos murieron
de formas horribles. Los dos primeros, asesinados por sus propios
compañeros de condena; a uno en mitad de la noche con delicado
sigilo, al siguiente ya a pleno día en una orgía de sangre y actos
retorcidos. El tercero contrajo, nunca se supo cómo, una
enfermedad venérea especialmente destructiva, y el último, harto de
que nadie le hiciera caso, simplemente se adentró en el mar,
sollozando, hasta que se ahogó entre el oleaje. A partir de ahí, la
anarquía fue el único sistema predominante en una sociedad que
solía oscilar entre los ciento cincuenta y los doscientos miembros,
todos con el alma ya descompuesta o a punto de estarlo. Así pues,
si la Frontera era considerada por muchos la entrada al Infierno, el
Vertedero era el trono del mismísimo Diablo.
A vista de helicóptero se observaban cinco hectáreas de una
colonia de hombres y mujeres de aspecto enfermizo y hábitos
extraños. Se sentaban en la arena con miradas perdidas en
remordimientos o, quizá, en malas ideas que estaban por venir.
También caminaban sin rumbo entre chabolas de madera podrida y
materiales oxidados que constantemente eran echadas abajo para
ser sustituidas por nuevas versiones cada vez peores de sí mismas.
Casi todas las estructuras eran totalmente inhabitables, convertidas
ya en montañas de basura y escombros, aunque algunas otras se
alzaban como precarios intentos de mantener algún tipo de lujo
entre tanto desastre, como una taberna improvisada en la parte
central de la isla, con una barra, sillas y mesas, que algún iluminado
decidió levantar pese a que el alcohol allí no estaba permitido. Por
no haber, no había ni árboles, y, por ende, no demasiados lugares
con sombra. Así que los habitantes, tras años sin tener nada
significativo que hacer allí salvo desesperarse bajo un sol abrasador,
habían cogido la mala costumbre de matarse entre ellos a la mínima
ocasión, ya fuera por un desacuerdo menor, una pugna por la
escasa comida que les lanzaban con drones, o por puro
aburrimiento... Y como no había sitio peor adonde ir que aquel,
simplemente se les añadían más años a sus condenas cuando eso
sucedía. Por tales actos podían observarse varios cadáveres
tendidos en una de las playas de arena negra del lado oeste, que
eran arrastrados hasta allí a la espera de que los militares los
recogieran, con suerte, una vez al mes.
Lo que se dice un lugar con encanto, vaya.

Tres horas después del desastre de Brach, una vez aterrizados


en el helipuerto vallado situado en la punta norte de la isla, para
Gina solo fue necesario poner un pie en tierra para darse cuenta de
que, en realidad, aquel sitio era mucho peor de lo que imaginaba.
Al bajar de la aeronave, salir del cerco que rodeaba y protegía la
pista y cerrar el acceso de nuevo, los tres militares, junto con el
piloto, se abrieron en formación y apuntaron al frente con sus rifles
como medida de advertencia hacia aquellos prisioneros de la isla
más curiosos que se habían acercado hasta allí para fisgonear en
primera fila a los nuevos llegados. Todos tenían la cara sucia, los
rostros desdentados y la tez extremadamente tostada y
deshidratada. Cuando el grupo empezó a andar, algunas mujeres
maldijeron y escupieron al suelo a su paso. Los hombres se hicieron
los duros y los miraron desafiantes, incluso gruñendo como
animales. Otros aplaudieron y les lanzaron vítores y besos, sobre
todo a Gina y a la otra civil. Sin embargo, a medida que el grupo
avanzaba isla adentro, con los tres militares escoltándolos como
punta de lanza, todos los reclusos terminaban apartándose y
poniéndose fuera del alcance de la mirilla de los fusiles, sabedores
de lo duras que podían llegar a ser las reprimendas por hacer algo
indebido en presencia del ejército.
—¿Pretenden dejarnos aquí con todos estos adorables
analfabetos? —le preguntó Gina a Méndez mientras avanzaban por
el pasillo humano que se iba abriendo ante ellos. Se fijó en que no
había muchas mujeres entre la turba, y ninguna parecía coincidir
con la edad ni descripción de Elena Vela.
—No... Vosotros estaréis a salvo en el búnker —contestó el
soldado, atento alrededor—. Allí permaneceréis dos semanas.
Luego, si todo está en orden se os devolverá a la civilización. —
Tuvo que amenazar con el arma a un tipo especialmente sucio y
estrambótico que se había acercado demasiado—. ¡Atrás! —le gritó,
apuntándole. Este acató y retrocedió con una risilla inquietante.
—¿Un búnker? —continuó Gina, sin ocultar su sorpresa ni
prestar atención ya a los reclusos—. ¿Hay más gente en él?
—Un par de vigilantes, algunos prisioneros que necesitan una
supervisión más exhaustiva y... bueno, el Doctor. Él los examinara a
todos —dijo, como si se tratara de alguien importante—. Nosotros
también permaneceremos dentro durante la cuarentena. Esté
tranquila.
—Lo estaría, se lo prometo. Pero después de las cosas de las
que he sido testigo esta noche... —comenzó a decir Gina, que
observó un instante el cielo: había multitud de drones de vigilancia
con forma de pequeños platillos volantes sobrevolando la isla—. Me
parece que no me va a ser tan sencillo —terminó la frase.
Méndez, que iba dos pasos por delante, tan solo la miró de
soslayo, pero no contestó a eso. El resto de componentes del grupo,
visiblemente agobiados por la presión de la muchedumbre, siguieron
caminando en fila india, escoltados por los otros dos militares y el
piloto, que hacían bien el trabajo de disuadir a los presos de
cometer cualquier acto violento. Cincuenta metros más adelante
llegaron hasta otro cuadrilátero perimetrado con barrotes de acero
verticales, suelo pavimentado y un techo de alambre cargado de
electricidad, totalmente inaccesible para todo aquel que no fuera
personal autorizado. En ese punto, la mayoría de los reclusos de la
isla ya había dejado de seguirlos y se había dispersado; algunos
pocos todavía los observaban tímidamente desde lejos. En el
interior del cerco se alzaba una estructura de hormigón de gran
envergadura con un doble portón de acero que permanecía cerrado:
la entrada del búnker, supuso Gina.
Méndez deslizó su pulsera magnética, muy similar a la del hotel
que la muchacha aún llevaba, por el escáner de acceso y tecleó un
código de seguridad en el pequeño panel de mandos. La puerta del
perímetro emitió un chasquido y se abrió. La del búnker interior
empezó a hacerlo de forma más lenta y pesada, arrojando oscuridad
tras de sí.
—A propósito —le dijo Gina a Méndez con disimulo, mientras
accedían dentro del cuadrilátero exterior—. ¿Nos está permitido
hablar con los presos de esta isla?
Méndez se detuvo frente a la doble puerta de acero, esperando a
que terminara de abrirse del todo. El grupo a sus espaldas hizo lo
mismo. Entonces miró a la muchacha como a un bicho raro.
—¿Para qué querría hacer eso? —masculló.
—Dos semanas es mucho tiempo —contestó ella—. Me aburro
con facilidad.
—Pues más le vale que en esta isla aprenda a tener las manos
quietas y la boca cerrada si quiere evitar problemas —le contestó en
tono serio—. Ni se le ocurra hacer nada estúpido como intentar salir
a la superficie. Cualquiera de estos animales no dudaría en partirle
el cuello a la mínima ocasión.
—No dudaría en intentarlo —le corrigió.
—¿Cómo dice?
—Digo que mi cuello no es tan fácil de partir.
Méndez la miró, taciturno.
—Deje que le diga algo... —repuso en tono abrasivo—. Usted no
me cae bien. ¿Su vida por la de seis buenos compañeros perdidos
la pasada noche? —Hizo una mueca de disgusto—. No me parece
justo. De modo que procure no hacerme perder los estribos. Soy de
juicio rápido y gatillo fácil —concluyó, y le hizo un gesto corto con la
cabeza para que siguiera caminando.
Gina prefirió no decir nada más por el momento, tan solo hizo
una mueca de conformidad. Sabía muy bien cuál era la meta que
tenía en mente después de los últimos acontecimientos. Y no se iría
de esa condenada isla sin cumplirla. Dieron un paso al frente, y, uno
a uno, fueron accediendo al interior del refugio entre murmullos y
suposiciones.

Una vez dentro de la única habitación rectangular, sin decoración


ni muebles, todo el suelo se convirtió de pronto, para la sorpresa de
los supervivientes, en un enorme elevador que descendió hasta los
niveles inferiores del silo, a treinta metros bajo tierra. Aparecieron
ante un largo pasillo gris con una iluminación escasa e indirecta.
Hasta donde alcanzaba la vista, las paredes estaban cubiertas en
ambos lados por puertas de seguridad que daban a habitaciones o
celdas sin ninguna ventana o cristal por el que pudiera intuirse lo
que había tras ellas. Un hombre bajito y delgado, con un poblado
bigote amarillento, vestido con una casaca médica algo sucia, que
solo tenía cabello en los laterales de la cabeza y cuya calvicie
trataba de ocultar de forma ridícula peinándoselo de lado, los
esperaba en medio del pasadizo con una gran sonrisa dibujada en
la cara. Detrás de él lo acompañaban dos vigilantes, uno a cada
lado, grandes y quietos como monumentos de mármol, ambos con
cicatrices feas en el cuello. Los tres tenían ojeras dignas de haberse
pasado varias noches sin dormir.
—¡Bienvenidos! —dijo el médico con euforia, extendiendo los
brazos, una vez el grupo se detuvo frente a él—. Soy el doctor
George Hegber. Contadme, ¿cómo diablos estáis? —Los civiles se
miraron entre ellos, preguntándose si aquel recibimiento era normal
después de la grave situación en la que se encontraban—. ¿Puedo
ofreceros algo de beber? ¿Una soda? ¿Un poco de café del viejo
Brasil?
El desconcertante silencio de todos, incluido el de los militares,
se mantuvo como única respuesta.
—¡Bien! Me gusta que nadie levante la mano. Porque igualmente
aquí no tenéis ningún puñetero derecho. Que quede una cosa clara:
me habéis jodido el día —exclamó sin perder su fingida expresión
alegre. Puso ambas manos por detrás de la espalda y dio un paso al
frente. Los dos guardaespaldas lo dieron con él como si fueran
extensiones precisas de su sombra, algo que pareció irritarlo, ya que
les clavó una mirada resentida. Volvió la vista al grupo—. Cuando
digo que me habéis fastidiado a base de bien, me refiero a que mis
planes para hoy eran largamente esperados, completamente
merecidos y totalmente sabáticos. Y vosotros, personajillos
asustadizos que ni siquiera sabéis qué rayos estáis haciendo aquí,
sois una sorpresa de lo más intempestiva. —Paseó la vista entre
todos, deteniéndola unos instantes en Gina—. Querida, esa herida
es muy fea. —Señaló con un movimiento de cabeza el zarpazo en
su mejilla.
—¿Lo es? —dijo Gina sin darle demasiada importancia, pese a
que no le había dejado de escocer ni un solo minuto—. Todavía no
he tenido ocasión de mirarme al espejo.
Se oyeron cuchicheos entre el grupo. Méndez, colocado tras ella,
le tocó disimuladamente la espalda con la punta del fusil a modo de
advertencia. La muchacha lo miró de reojo, consciente de que aquel
soldado tarde o temprano se convertiría en un verdadero incordio. Al
doctor, sin embargo, en el caso de que la encontrara una respuesta
demasiado osada, no pareció importarle. Únicamente dijo:
—Es usted una chica agraciada, no podemos dejar que eso se le
infecte... Tú, el del litro de tinta en la cara ¿cómo te llamas? —
Señaló con el dedo, sin mirar, al recepcionista de la Perla del
Desierto.
—Orly... —contestó este, inseguro.
—¡Orly! —repitió el Doctor, que lo miró con atención—. ¿Sabes
que ese nombre es más bien propio de un osito de peluche? ¿Te lo
pusieron tus padres?
El recepcionista tragó saliva.
—Así es...
—¿En qué puñetas pensaban cuando lo hicieron?
—No... No lo sé... —dijo algo avergonzado.
—¿Estás nervioso, hombretón?
—Solo estoy cansado... Quiero que todo esto acabe.
El doctor, mucho más bajito y enclenque que él, se acercó hasta
tener que alzar la vista para mirarlo fijamente.
—Orly, aquí todos estamos cansados... Así que no hay por qué
esperar: serás el primero en venir conmigo —dijo en un tono que lo
hizo incomodar todavía más. Luego alzó la voz, encarándose a los
demás—. A los demás dejaré que os lleven directamente a vuestras
celdas individuales y os haré llamar uno a uno para examinaros,
interrogaros y por último torturaros hasta provocaros la muerte
cerebral.
Se hizo un nuevo silencio. El doctor, con una expresión algo
perversa, esperó a ver sus reacciones; pero sus caras de puro
agotamiento no eran capaces de mover un músculo, ni mucho
menos procesar información que no fuera, en esencia, muy básica.
Los militares, que ya debían de estar acostumbrados a sus
particularidades, tampoco dijeron nada. Tan solo Gina dejó escapar
una leve risilla.
—Desde luego, vuestro sentido del humor es fascinante... —El
doctor alzó las cejas con resignación—. ¡Está bien! Hoy he oído
cosas difíciles de creer. Reconozco que empiezo a sospechar que
algunas puedan ser ciertas porque, joder... La mayoría tenéis cara
de haber sufrido un trauma de alto nivel. Pero lo siento; por suerte o
desgracia sois los únicos testigos de lo que esta noche ha sucedido
en Brach. Así que me importa un carajo si os ponéis a llorar, a
balbucear o incluso os desmayáis al hablar de ello: si es necesario
os exprimiré como la fruta madura hasta saber todos los detalles.
Ahí va mi primera directriz: mientras esperáis a que llegue vuestro
turno tratad de hacer memoria. Aquí abajo dispongo de todo el
tiempo del mundo, pero detesto que me lo hagan perder. —Alzó el
dedo índice y corazón a modo de despedida—. Paz —dijo, dio
media vuelta y empezó a andar hasta el fondo del pasillo. Uno de
sus guardaespaldas lo siguió, el otro le indicó con un gesto de
cabeza a Orly que fuera con ellos—. A propósito —añadió el doctor,
chasqueando los dedos y deteniéndose—: los retretes de las celdas
no poseen cisterna de agua; funcionan como un pozo lleno de gas
metano. Imaginad el espectáculo de felicidad si a alguien le da por
fumar sentado en él y se le cae una colilla encendida dentro. —
Respiró hondo y los miró con severidad—. No tiréis ninguna colilla
dentro... —insistió, y se marchó con paso firme.
Acto seguido, Méndez y los demás soldados guiaron y
acompañaron a los supervivientes a sus respectivas celdas,
repartidas a lo largo del pasadizo, que fueron abriendo con sus
pulseras militares. Cuando Gina entró en la suya lo hizo de un
empujón.
—No te pongas muy cómoda —le dijo Méndez con frialdad, un
instante antes de cerrar y bloquear de nuevo la puerta.
—Capullo... —murmuró Gina, al tiempo que echaba un vistazo
rápido a la discreta habitación.
No había nada destacable, salvo una cama, un retrete, una
estantería donde dejar sus cosas, aunque no llevaba nada encima, y
una pila con un grifo, que fue a comprobar que funcionara: un
finísimo hilillo de agua cayó al activarlo. Acercó la cabeza en una
postura incómoda y tuvo que estar un buen rato bebiendo y
estirando la lengua hasta conseguir saciar su sed. Al acabar
observó con más detenimiento. A un lado, en una de las paredes
blancas, había una pintada hecha con alguna clase de tinta que
podía leerse a duras penas, ya que habían intentado limpiarla y solo
quedaba una sombra opaca. Gina tuvo que entrecerrar los ojos para
poder leerla. Era una frase a la que de entrada no le encontró
demasiado sentido: «Sé que es de noche cuando esa cosa hace
ruidos», ponía. Menudo lugar, pensó. La isla entera parecía más
bien un manicomio que una cárcel. Estaba tan cansada que
simplemente decidió no pensar en nada más y dejar de existir por
un tiempo. Fue hasta la cama, se dejó caer en ella y cerró los ojos.
Los volvió a abrir enseguida solo para comprobar si había algún
interruptor con el que poder apagar el foco de luz blanca del techo.
No lo había. No importaba. Volvió a apoyar la cabeza en el
incómodo cojín y se quedó dormida al instante.

Algo le hizo abrir los ojos en mitad del sueño, y le dolieron al


toparse con la potente luz de la habitación. Unos rugidos fuertes y
graves retumbaron desde algún lugar en la distancia y cabalgaron
por todo el pasillo exterior. Gina prestó atención, adormecida y sin
apenas fuerzas. Los gruñidos se produjeron unas cuantas veces
más: era como si alguien estuviera haciendo enfurecer a un animal
enjaulado. Tras un par de minutos, los ruidos cesaron. Dio vueltas
sobre la cama y se tapó los oídos con la almohada, por si acaso
aquello, fuese lo que fuese, le interrumpía de nuevo el descanso. No
le costó volver a quedarse dormida.
Cuando despertó no sabía cuánto tiempo había transcurrido.
Mucho, supuso, porque le dolían los músculos a causa de un reposo
prolongado. Fue a palparse la herida de la mejilla: la tenía taponada
con una gasa empapada de antibióticos. Aquello, pese a que se la
estaba sanando, significaba que alguien la había visitado mientras
dormía, y no le hizo demasiada gracia. Luego vio que había un plato
con una extraña pasta blanquecina dentro y una taza de agua a los
pies de la puerta. Se acercó a la bandeja y comió y bebió con
ganas, sin que le importara el extraño sabor de aquella comida. Al
acabar, y sin nada mejor que hacer, se sentó en una esquina de la
habitación a reflexionar sobre cómo diantre se las arreglaría para
dar con Elena Vela si permanecía encerrada en aquella habitación
todo el tiempo. Habían transcurrido algunas horas en las que
simplemente dejó la mente en blanco cuando decidió hacer algo de
ejercicio: unas cuantas flexiones y abdominales. Se quedó dormida
en el mismo suelo poco después, hecha un ovillo.
Aquellos rugidos furiosos de la pasada vez volvieron a
despertarla. Esta vez se sobresaltó y se incorporó apoyando la
espalda en la pared. Aguzó el oído. Eran más fuertes que los de la
noche anterior y ahora podía oírlos con total claridad. Se levantó y
fue a pegar la oreja a la puerta. Le recordaron a los bramidos de un
león salvaje. Una vez, en uno de sus viajes a la Zona Muerta, vio,
escondida tras la ventana de un edificio en ruinas, a uno de esos
animales descuartizando a un zombi en medio de las calles de una
ciudad fantasma. El no muerto aún movía los ojos y el cuello de
forma mecánica, sin ninguna expresión de dolor en el rostro,
mientras el león le devoraba las extremidades y el estómago.
Cuando terminó de saciar su hambre, la bestia se marchó y se
perdió entre la vegetación crecida sobre el asfalto, dejando al
caminante todavía activo y totalmente imposibilitado en el suelo.
Aquello la impactó, y durante un par de días vigiló muy bien por
dónde iba para no tener que toparse con una amenaza así. Los
rugidos continuaron. Si por alguna extraña razón tenían a un animal
como ese en las instalaciones, es que esa gente estaba más
desequilibrada de lo que creía. Cuando el silencio se hizo de nuevo
volvió a tumbarse, esta vez en la cama, aunque no consiguió
conciliar el sueño. A la mente le empezaron a venir delirios
claustrofóbicos que se esforzó por controlar y pensamientos
abstractos propios del cautiverio. De seguir así más días, aislada,
sin distracciones ni noción real del tiempo, corría el riesgo de
terminar volviéndose loca. En algún momento, mucho más tarde, la
puerta de la habitación se abrió y tras ella apareció uno de los
guardaespaldas del doctor, que le hizo un simple ademán con la
cabeza para indicarle que fuera con él. Llevaba una toalla limpia
doblada entre las manos.
—¿Es mi turno? —preguntó ella en un tono carente de
emociones.
El vigilante asintió.
—¿Vas a dejar que me lave y luego me llevarás con el doctor?
El vigilante volvió a asentir.
—Buen chico... —dijo la muchacha con un suspiro. Se levantó,
decidida a hacer cualquier otra cosa que no fuera seguir encerrada,
y caminó junto a él hasta recorrer todo el pasadizo.
VI

Gina tuvo la oportunidad de ducharse y asearse en un pequeño


baño ubicado tras una puerta hacia el final del pasillo, con baldosas
y azulejos rotos, agua fría y un fluorescente que no dejaba de
parpadear. No eran las condiciones más ideales en las que había
estado, pero aun así, aquello le pareció un lujo. Tras vestirse de
nuevo, la condujeron por unas escaleras que bajaban a otra planta,
donde una compuerta doble se abrió a su paso y aparecieron ante
una estancia rectangular y diáfana, mayormente inmersa en la
penumbra, con focos de luz solo en ciertos tramos y dotada de un
aspecto más propio de una enfermería o un laboratorio. Había
varias hileras de camas de operaciones, algunas con manchas de
sangre reseca, y mesas llenas de utensilios para pruebas químicas.
El doctor la esperaba en una especie de despacho al final de la
sala, con estanterías llenas de libros y una mesa, peinándose con
esmero frente a un espejo colgado en la pared que nadie se había
molestado aún en poner recto.
—Siéntese... —dijo, lamiéndose la yema de los dedos y
perfilando con cuidado su estrambótico peinado—. Enseguida estoy
con usted.
Gina fue a sentarse frente a la mesa, en la que imperaba el
desorden, con montones de papeles antiguos llenos de todo tipo de
pasatiempos garabateados, dibujos de varias partes de la anatomía
humana muy bien trazados y expedientes de pacientes de la isla
que seguramente habrían tenido la desdicha de pasar por allí. El
doctor terminó de acicalarse, se ajustó la bata, observó su imagen
con satisfacción y fue a sentarse frente a ella. Apartó de un barrido
con la mano una pila de papeles, haciendo caer al suelo algunos, y
apoyó ambos pies en la porción libre de la mesa. En ese momento,
los dos vigilantes que parecían no dejarlo ni a sol ni a sombra fueron
a colocarse de pie detrás de él.
—Usted es la última persona a la que he hecho llamar.
¿Decepcionada? —dijo el doctor, entrecruzando los dedos por
encima del vientre.
—Aburrida —contestó Gina.
—Estupendo. Me alegro mucho —sonrió él.
—No oye muy bien, ¿verdad? —dijo ella con cierto desaire.
—Verá, lo hago siempre, ¿sabe?: dejar lo mejor para el final. No
puedo pedirle disculpas por un patrón de conducta que encuentro
acertado y totalmente innecesario cambiar. Cuando digo que me
alegro es porque estoy seguro de que ahora cada minuto que pase
teniendo una charla con otro ser humano le va a saber a gloria.
—Eso depende del tipo de charla y, sobre todo, del tipo de ser
humano... —puntualizó la muchacha—. De todas formas, no quiero
sus disculpas. Me ha tenido decenas de horas analizando cada
ínfimo detalle del techo. Desagradable pero soportable. Lo que sí
quiero es saber por qué cree que yo soy más interesante que el
resto.
—Vamos a ver... —dijo él, estirando un brazo y agarrando un
expediente colocado encima de uno de los montones, que empezó a
leer con atención—. Gina Romeo. Veintiocho años. Deambulante
cotizada. Hija de Luca Romeo, relevante revolucionario que puso en
jaque el proceso final de la urbanización de la Burbuja. Alumna
superdotada en su paso por la escuela de la isla de Praia a los diez
años. Pupila aventajada del maestro Quiang, el último monje shaolin
vivo conocido, a los dieciocho. Catorce incursiones en la Zona
Muerta derivadas de encargos finalizados todos con éxito.
Responsable de guiar y devolver con vida al equipo técnico y
científico que reactivó la central nuclear de la región hostil de
Blayais con la que todavía se suministra electricidad a un tercio de
la Frontera. Y, por lo visto, musa del famoso cantautor apodado
Minuto Tres. ¿Hace falta que siga? —La miró.
—¿La ha escuchado... la canción que ese tipo compuso cuando
me conoció? —dijo Gina, que no podía desmentir nada de lo que
había oído.
—La verdad es que no. ¿Me la recomienda?
—Solo si quiere tener un concepto peor sobre mí.
—¿Quién le dice que el de ahora sea bueno?
—Todavía no me ha hablado con desprecio —señaló ella—. Y
usted es de esa clase de personas.
—¿De qué clase? —preguntó el doctor, divertido, haciendo
oscilar levemente su silla.
—De la que habla con arrogancia a todo el mundo excepto a
aquellos a los que pretende sacar algo de su interés —respondió
con seguridad.
El hombre dejó ir un bufido de risa.
—¿Que podría querer sacar yo de usted?
Ella se quedó mirándolo fijamente.
—Terminará viéndose con el transcurso de esta conversación —
concluyó.
—Querida, le informo de que me sometí voluntariamente a una
castración química nada más pisar esta isla, la misma que le
practicamos a todos los presos de forma obligatoria al llegar. De
modo que me considero del todo asexual. No vaya por ahí.
—Y no lo pensaba hacer... —contestó ella—. Nada de esa índole
se me pasó por la cabeza. Usted quiere algo en concreto.
—¿Ah, sí? ¿Y en qué está pensando? ¿En un champú
anticaída? —De pronto hundió las cejas y preguntó con seriedad—:
¿Ha encontrado alguna vez uno entre las ruinas de la Zona Muerta?
—Como le digo, voy a limitarme a esperar —dijo la muchacha,
sin comprometerse. Se reclinó cómodamente en su silla. Luego
agregó—: Por cierto, George, ¿podría invitarme a un cigarro?
—De nuevo, ¿cómo sabe que tengo? —preguntó este con un
claro interés creciente en ella.
—Su bigote tiene manchas de tabaco. Pero entre tanto desorden
no veo colillas por ningún lado. De modo que lo está dejando. Si aún
le quedan existencias, puedo ayudarle a terminar con ellas.
El hombre rio entre dientes.
—Desde luego, tiene agallas... —reconoció. Chasqueó los dedos
de la mano izquierda y el vigilante que quedaba a ese lado sacó una
pequeña llave del bolsillo y, con ella, fue a abrir un cajón de la mesa,
de donde extrajo un pote lleno de tabaco de liar de aspecto reseco,
unas cerillas y un cenicero negro, y dejó todo frente al doctor. Este
empezó a llenar el papel de fumar con las virutas y a liar el cigarrillo
con destreza—. Dejé de fumar hace tres semanas —comenzó a
explicar—, después de un ataque de tos especialmente largo y
virulento. Mis dos leales acompañantes tienen órdenes de no abrir
ese cajón a no ser que yo empiece a romper cosas debido a la
ansiedad o bien que el consumo sea para terceros.
—Ya veo... Debe de suponer todo un desafío a la intimidad que
no se despeguen nunca de usted. ¿Saben hablar? —preguntó Gina,
paseando la vista entre ambos.
—Saben escuchar —contestó el, concentrado—. Son buenos
obedeciendo órdenes y todavía mejores evitando que me ocurra
cualquier posible accidente. —Esperó unos segundos y volvió al
tema anterior—: Lo peor de dejar los cigarrillos es que me ayudaban
a conciliar el sueño. Ahora estoy un poco más... irascible. No tanto
por la adicción sino por el ritual. Todo el tabaco que se distribuye en
la Frontera y la Burbuja se cultiva en una pequeña isla cerca de
Cabo verde cuya extensión queda totalmente cubierta por las
plantaciones..., aunque eso ya lo sabe. Sin embargo, este lo
elaboraba yo mismo en un pequeño huerto artificial que hay en los
sótanos de estas instalaciones. Ocuparme de ello producía en mí un
efecto sedante. —Lamió el filo del papel para enrollar el pitillo—. Ah,
sí, y llámeme doctor Hegber, si no le importa. Todavía estoy a
tiempo de hablarle con arrogancia. —Se lo extendió, junto a las
cerillas y el cenicero.
Ella lo tomó todo entre sus manos con un gesto de
agradecimiento, dejó el cenicero en el suelo, junto a la silla, y se
encendió el cigarrillo, dando una larga bocanada de aire.
—Está bien, doctor Hegber, entiendo que en algún momento
querrá empezar a hablar de lo sucedido en Brach —dijo, echando el
humo.
—¿Sabe una cosa...? —comentó él, fijándose durante un
instante en la forma que dibujaba el humo al disiparse—. Llevo días
escuchando las mismas barbaridades: que si los llamados espectros
son zombis corredores, que son capaces de razonar y de
transformarse en segundos, que no lo hacen únicamente cuando los
muerden, sino que se convierten sea cual sea la causa de la
muerte... ¿Qué opina usted? —quiso saber.
—Que nos enfrentamos a algo jamás visto hasta la fecha y que
esta maldita guerra entre los humanos y los zombis que lleva
alargándose más de cinco décadas va a terminar muy pronto —
repuso, llevándose de nuevo el cigarro a la boca—. Eso opino.
—¿Tan letales son esas encantadoras criaturas? —preguntó
inclinándose hacia delante, sin poder ocultar su fascinación. Un
detalle que le llamó la atención a Gina.
—No podemos luchar contra algo así —opinó precavida—. Uno
solo podría provocar que se infectaran en oleada todos los reclusos
de esta isla en menos de cinco minutos, imagínese lo destructiva
que podría llegar a ser una horda. Además, si realmente la gente se
transforma al morir de cualquier forma implica que ya ningún
asentamiento del mundo habitado es seguro. La amenaza puede
estallar desde dentro en cualquier momento.
La vista del doctor se perdió en su propia imaginación.
—Una nueva cepa mucho más poderosa y que, por lo visto, una
lesión directa no es su único método de contagio... —murmuró para
sí—. El huésped ya infectado es portador del virus hasta el
momento de su muerte, que es cuando se transforma. Si se muerde
a un sujeto, este simplemente se transforma antes. ¿Es cosa mía...
o a este virus se le está empezando a ir cada vez más la pinza? —
La miró. Había un brillo peculiar en sus ojos—. Todo esto es muy
interesante.
—¿No ha podido encontrar un adjetivo mejor? —objetó ella, que
no entendió su insólito razonamiento—. No soy científica pero se me
dan bien los números. De ser así y no poder pararlo, le prometo que
esta vez la raza humana se extinguirá en menos de un mes.
—Deje que le diga algo. —De pronto, Hegber olvidó todo y se
centró en lo que más le importaba—: Cada nueva cepa es también
una oportunidad de oro para analizar y entender un poco mejor el
comportamiento biomolecular del virus. Llevamos años estudiándolo
y puedo asegurarle que no estamos muy lejos de desarrollar una
vacuna definitiva. Da igual cuantas veces mute o se adapte: su ADN
sigue siendo, en esencia, el mismo. Bajo mi punto de vista, esta
nueva evolución del patógeno original bien podría ser un milagro, el
último empujón que necesitábamos.
—Es curioso... —señaló Gina con aire inquieto—. Cuando lo vi
por primera vez no me pareció una persona tan optimista.
—No hace falta ser optimista, solo perseverante —señaló
Hegber—. Las oportunidades tarde o temprano llegan. Sin ir más
lejos, gracias a su grupo he podido empezar una nueva etapa de
exploración.
A Gina le chirrió oír aquello.
—Explíquese.
—Se lo mostraré. —Esta vez alzó la mano derecha en un gesto
dirigido al vigilante a ese lado. Este fue hasta un rincón oscuro de la
habitación, de donde arrastró una camilla con un cuerpo humano
tapado con una sábana que inicialmente quedaba oculto a la vista.
Gina tuvo que hacer un gran esfuerzo para contenerse cuando vio
que aquel cuerpo se movía en cortos espasmos. El vigilante destapó
la sábana y ella comprobó con horror que debajo se encontraba el
hijo del tendero de la Perla del desierto, transformado en zombi. Lo
habían atado a la camilla de seguridad con un arnés de fuerza
robustecido con cadenas de acero, que conseguía inmovilizarlo casi
por completo, y amordazado con una cinta dura en la boca que le
impedía morder o gruñir. La musculación parecía haberle crecido
ligeramente, aunque sus manos contorsionadas ya no intentaban
hacer fuerza para soltarse; la criatura era consciente de que no
podía. Sus ojos, blancos como los de la muerte, miraron a la
muchacha con hambre, tan intensamente que parecieron estar
devorándole ya la carne.
Gina se quedó muy quieta, analizando rápidamente la situación.
El pulso se le había acelerado, aunque procuró que no se le notara.
Era evidente que Hegber le había hecho algo a ese hombre. Si
dejaba que la viera afectada, tal vez ella fuese la siguiente en
terminar así.
—Antes de que se asuste... —empezó a decir el doctor.
—No estoy asustada —le cortó, exhalando el humo y fingiendo
una falta total de preocupación. Apagó el cigarro en el cenicero. Era
un objeto contundente. Mientras lo hacía pensó en que podía
lanzárselo a la cabeza al vigilante de la izquierda, aprovechar la
confusión y abalanzarse sobre él para clavarle en la yugular un
abrecartas que había identificado entre el desorden de la mesa, y
luego quitarle la pistola que guardaba enfundada a la cadera. El otro
guardaespaldas se encontraba a una buena distancia, junto a la
camilla, de modo que tendría tiempo de utilizar al enclenque doctor
como escudo humano, apuntar bien y matarlo de un tiro en la
cabeza. Extorsionaría a Hegber para que le dijera donde se
encontraba Elena Vela y después tan solo tendría que enfrentarse a
tres soldados y un piloto armados hasta los dientes para salir de la
isla con ella. Escapar con helicóptero no sería un problema. Había
aprendido a pilotar modelos de exploración en numerosas pruebas
de reconocimiento cuando empezó su solitario oficio... Pero, no...
Mejor que no. Demasiadas cosas podían salir mal, de manera que
tuvo que convencerse de cambiar de táctica. De momento, probaría
con el silencio.
—Me alegra que no se ponga nerviosa con facilidad —dijo
Hegber con satisfacción mientras contemplaba su templanza—.
Verá, soy un hombre de ideas íntegras que aceptó las
incomodidades del aislamiento prolongado en virtud de la ciencia.
No como mis perezosos colegas de Lanzarote que simplemente
cumplen con su jornada laboral y luego se van a sus casas... con
sus familias... —Se señaló el pecho con el dedo pulgar—. Lo mío es
verdadera vocación. De lo contrario no habría pedido el traslado
hasta esta cloaca. Aquí me dejan estudiar en profundidad todas las
variantes del virus, con recursos casi ilimitados, porque saben que si
algo sale mal, el entorno permanecería aislado y el daño sería
menor. Por eso escogí esto.
—Además de que si necesita experimentar con algún ser
humano, los que tiene a su disposición son perfectamente
prescindibles —añadió Gina—. Sin cargos de conciencia...
—Sin cargos de conciencia —corroboró el doctor con un gesto
asertivo—. La muerte de este hombre ha sido un mero daño
colateral. Entiéndalo, no puedo empezar a enfrentarme a algo que
no comprendo; algo aterrador de lo que solo he oído hablar a
personas en estado de shock. Necesito verlo con mis propios ojos.
—Entonces, ¿lo ha matado solo porque quería comprobar que lo
que le contamos al llegar era verdad? —preguntó ella de manera
crítica—. ¿También se le permite hacer eso?
El doctor la miró con incredulidad.
—¡Oh, querida, pero yo no he matado a nadie! —dijo riendo y
dando una palmada divertida sobre la mesa—. Al menos queriendo.
Ese tipo era alérgico a la penicilina y sufrió un shock anafiláctico
cuando le suministré antibióticos por una infección grave que
presentaba en el oído izquierdo. Le pregunté si se encontraba bien
de salud y no contestó. De hecho, no contestó a una sola de mis
preguntas al hacerle el chequeo médico. Cuando empezó a
ahogarse en su propia bilis intenté reanimarlo con adrenalina, pero
fue demasiado tarde. Lo cierto... —Miró a la criatura— Lo cierto es
que era un hombre de poco valor. Fíjese, ahora es mucho más
expresivo.
—Era un hombre que no estaba en sus cabales —rebatió ella.
Hegber sonrió desafiante.
—¿Se está planteando recriminarme algo?
Gina también volvió la mirada hacia el zombi, que no apartaba la
suya, hambrienta, de ella.
—¿Serviría de algo si lo hiciera? —dijo, esforzándose por no
parecer más arisca—. Entonces ya es seguro: se transmite por el
aire... Él ya estaba infectado cuando llegó.
Hegber miró hacia arriba, sobrecogido, y respiró hondo.
—Admito que fue como ser testigo del nacimiento de un Dios.
Tan intenso, tan rápido... Apenas tuvimos tiempo de atarlo. —Volvió
la vista hacia ella—. Sí..., ya estaba infectado. Lo que quiere decir
que usted también lo está. De hecho, es probable que ya lo estemos
todos. Por lo que me temo que van a tener que permanecer una
larga temporada en esta isla.
—En ese caso espero que me preste alguno de esos libros para
que me entretenga. —Gina apuntó con la cabeza a la estantería que
quedaba tras el doctor. Este se giró un instante.
—Puedo recomendarle del género que prefiera. Me los he leído
todos. —Sonrió.
Desde ese preciso momento, Gina, recordándose que de peores
situaciones había escapado, empezó a maquinar un plan de huida
en el que debería estar muy atenta a su interacción con el doctor
para poder llevarlo a cabo.
—¿Y qué más ha sacado en claro tras la transformación de ese
tipo? —preguntó a continuación.
—Como mínimo, su muerte nos ha servido para saber qué nos
depara la nuestra. Cuando llegue el momento, imagínese lo que
será mirar al mundo como seres casi inmortales y entender, es decir,
ser plenamente conscientes —juntó el dedo índice y pulgar para
reforzar su explicación— de que nos hallamos de nuevo en la cima
de la cadena alimentaria. —Enmudeció un instante y luego empezó
a soltar una risa monótona y perversa que tras unos segundos se
obligó a silenciar—. Disculpe... Es solo que me emociono con
facilidad.
Gina observó su perpetua sonrisa con la certeza absoluta de que
aquel hombre estaba como una maldita regadera. No obstante, de
algún modo, se estaba ganando su confianza, o al menos evitando
su menosprecio. No quería desaprovechar ese hecho, pero supo
que tenía que empezar a ir al grano si quería sacarle información
acerca de Elena Vela. No podía tratar de escapar de esa isla si no
hablaba primero con ella. Y tal vez la única forma de lograr que
alguien tan neurótico, controlador y narcisista terminara cooperando
fuera conseguir que su mente estallara. Algo que no le pareció
demasiado difícil de lograr:
—¿Puedo preguntarle algo? —dijo, palpándose la gasa en su
mejilla y fingiendo molestia al hacerlo.
—Lo que quiera. —Hizo un gesto despreocupado con la mano.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
El doctor mantuvo su siniestra expresión.
—Sin salir de la isla, años. Sin salir de las instalaciones, meses.
Me temo que eso es lo más exacto que puedo llegar a ser. ¿Por
qué? —inquirió con recelo.
—Porque tal vez no le iría mal un paseo. Y me inquieta saber
cuáles son sus intenciones reales con todo esto —contestó Gina.
De pronto, Hegber se levantó, apoyó ambos puños sobre la
mesa y clavó los ojos en ella.
—Ya se lo he dicho... Soy un hombre entregado a la ciencia. Mi
deber es encontrar una cura —dijo de forma serena y calmada—.
¿Sabe qué me parece a mí inquietante? En todo el tiempo que
llevamos charlando no hemos sacado a relucir un tema importante:
la pasada noche ordené que le curaran esa herida de la cara...
¿Cómo se la hizo?
—Un gato —dijo, consciente de los riesgos que habría supuesto
contarle la verdad.
—¿Un gato? —Hegber frunció el ceño, extrañado.
—Un gato. Tenía hambre y nada en los bolsillos. Un gato que se
defendió —afirmó de nuevo.
—Era un gato muy grande, entiendo...
De siempre, Gina sabía que la mejor forma de salirse de una
pregunta incómoda era formulando otra todavía peor.
—Sin duda más pequeño que el animal que tienen encerrado en
algún lugar de estas instalaciones y que no me deja dormir por las
noches. ¿Qué es?
El doctor se puso aún más tenso y, a juzgar por su expresión, a
punto estuvo de sacar a relucir su temperamento inestable una vez
más. Estaba cerca, calculó ella. Finalmente, Hegber apretó la
mandíbula y exhaló el aire despacio.
—Seguramente, lo que oye son simples documentales antiguos
sobre naturaleza y ciencia que me gusta escuchar en volumen alto
de madrugada. ¿Nadie le ha comentado nunca que es demasiado
impertinente...? —dijo con un atisbo de odio.
—¿Y a usted que miente fatal? —contraatacó.
—Va a tener que contentarse con esa explicación. ¡No le queda
otra!
—Por supuesto que sí. —Gina también se levantó. Ambos
vigilantes dieron un paso al frente, en alerta—. Intuyo que si me va a
tener tanto tiempo cautiva, esta no será la última vez que hablemos,
y por lo tanto que yo le saque el tema.
—¿De verdad que quiere verme enfadado? —masculló Hegber.
—¿Se da cuenta de lo inofensivo que sonaría eso si no tuviera
su escolta detrás?
—¡Supongo que valora muy poco su integridad física! —La
señaló con el dedo.
—¡Supongo que podría decirle lo mismo! —Miró de arriba abajo
con desaire su imagen caricaturesca.
—¡Basta! —sentenció Hegber con un golpe de puño sobre la
mesa—. Ya me he hartado de su insolencia. ¡Llevadla a su celda! —
ordenó con desdén a los dos guardias.
Estos se movieron al unísono y agarraron a Gina de ambos
brazos con brusquedad para llevarla fuera de la estancia. Ese era el
momento.
—¡Hay una manera de acelerar sus investigaciones, de tener por
fin esa pieza clave que anda buscando! —voceó ella mientras se la
llevaban con malas formas, casi arrastrando los pies.
—¡No voy a escucharla más! —gruñó el doctor, que tiró de un
manotazo colérico otro montón de papeles de la mesa.
—¡Me refiero a Erico Lombardo! —vociferó Gina cuando ya casi
habían llegado al final de la sala—. ¡Podría traérselo hasta aquí!
—¡Alto! —ordenó de pronto Hegber a sus dos hombres. Estos se
detuvieron al instante—. Soltadla...
Gina se zafó de sus manazas y se volvió hacia el doctor, que
realizó un ademán con la cabeza para que se aproximara. Ella lo
hizo y volvió a sentarse en la silla. Él la imitó y luego señaló a sus
dos vigilantes.
—He cambiado de idea: id a buscar al soldado Méndez y
también un batido de fresas a la cocina —les ordenó—. Id juntos. No
tenéis por qué correr.
Estos se miraron, cuestionándoselo en silencio, tal vez porque
no estaban acostumbrados a dejarlo nunca a solas.
—¿Es que aparte de las cuerdas vocales también os extirparon
los tímpanos? ¡Vamos! —Se exasperó.
Gina los siguió con la mirada cuando dieron media vuelta al
unísono y se marcharon.
—En serio, lleva un rollo muy raro con esos dos —comentó,
señalándolos con el pulgar hacia atrás.
Hegber esperó hasta verlos salir de la sala.
—Tiene cinco minutos, antes de que vuelvan, para explicarme
qué demonios sabe acerca de Erico Lombardo y convencerme de
que no me dé por probar cosas horribles con su cuerpo en alguno
de estos días que me despierte de mal humor —dijo él.
—Sé que tienen a Elena Vela escondida en algún lugar de estas
instalaciones —soltó de golpe, inclinando el cuerpo hacia delante—.
Déjeme hablar con ella. Le prometo que le sacaré la información
necesaria acerca de su paradero. Luego encontraré a ese zombi, o
lo que quede de él, y se lo traeré hasta aquí. Nunca ha existido otro
ser igual, pero esta nueva cepa transforma a los humanos en algo
muy parecido. De modo que no me cabe duda, ni a usted tampoco,
que su Singularidad podrá ayudarlo de forma concluyente en su
investigación.
El doctor achinó los ojos, desconfiado.
—¿Y si le digo que no sé de dónde narices ha sacado esa
absurda afirmación acerca de Elena Vela y que está usted como un
cencerro? Esa mujer lleva años muerta.
Gina negó con la cabeza y decidió arriesgarse al todo o nada:
—Trevor Castor vino a verme la noche del incidente en Brach
para proponerme una colaboración. Él pactó con usted para que le
dejaran acceder a la isla e interrogarla. Yo iba a ser la mediadora y
luego su guía en la Zona Muerta. Ha leído mi informe: también sabe
que soy la persona adecuada para el trabajo. De modo que no me
tantee más. No hay tiempo para ello. Según sus palabras solo nos
quedan cuatro minutos hasta que vuelva todo el mundo, e intuyo
que no le interesa demasiado que escuchen esta conversación.
Hegber tamborileó con los dedos sobre la mesa mientras
meditaba pacientemente.
—Suponiendo que esté en lo cierto —dijo entonces—. Y que yo
hiciera un pacto con el cazarrecompensas, tal y como afirma...
¿Sabe lo que les hace ese bastardo a aquellos que lo traicionan?
No existen instalaciones subterráneas ni guardaespaldas mudos
que puedan protegerte de él.
—Trevor está muerto. —Su voz sonó como un látigo.
—No es un hombre con tendencia a estarlo.
—Lo vi con mis propios ojos —mintió. En realidad era probable
que lo estuviera, y, de todos modos, a esas alturas ya no tenía otra
alternativa que seguir con aquel plan—. Murió durante el ataque. Ya
ha quedado patente que estos nuevos engendros son algo fuera de
lo común.
Hegber pegó el pecho a la mesa, apoyó los codos, entrecruzó
los dedos y puso el mentón sobre ellos.
—Querida, si me está mintiendo en esto...
—No siga adoptando esa actitud de aborrecible soberbia —le
espetó ella—. Mentirle en algo así denotaría que soy corta de miras
al no tener en cuenta las consecuencias de mis actos y que
infravaloro mi existencia. Le caeré mejor o peor, pero, dígame: ¿me
considera corta de miras, doctor Hegber?
El hombre mantuvo la mirada en una visible lucha interna, y
reflexionó durante unos segundos. Finalmente dijo:
—Elena Vela no ha querido conversar con nadie del asunto
desde que aseguró a otro recluso de esta isla que conocía el
paradero de Erico. Es prácticamente una demente.
—Yo conseguiré que hable —dijo Gina.
—Tiene un interesante concepto de seguridad en sí misma... —
comentó el doctor.
—Si no me deja intentarlo, nunca entenderá el porqué.
Hegber asintió brevemente.
—Está bien: lo arreglaré para dejarla a solas con ella durante
una hora.
Gina no ocultó su sorpresa.
—¿Y ya está?
—Ya está...
—¿Puedo preguntar por qué no me lo pone más difícil?
—Porque después de hablar con esa mujer, si finalmente obtiene
toda la información que nadie en doce años ha sido capaz de
sonsacarle, va a simular mi secuestro y va a llevarme con usted
hasta la Zona Muerta.
Gina dejó ir un suspiro de risa.
—Eso no tiene sentido. Le digo que puedo traerle a Erico
Lombardo hasta aquí sin que se despeine. —El doctor cambió su
expresión a una totalmente laxa, tal vez ofendido por aquel
comentario. Gina se fijó brevemente en su estrafalario cabello y tuvo
que esforzarse por no caer en el regodeo—. Ya entiende lo que
quise decir... —trató de arreglarlo.
Hegber gruñó y se reclinó sobre su silla. Pero en vez de mostrar
especial enfado por eso último, continuó hablando:
—El motivo por el que quiero que me lleve con usted es el
mismo por el que un reportero bélico tiene que encontrarse en
medio del caos para hacer bien su trabajo —repuso—. No habrá
para mí mejor ocasión para estudiar a estos nuevos seres que
exponiéndome a ellos. Además, así no hará falta que me moleste en
confiar en la buena naturaleza de su palabra. Asegura que me
traerá a Erico Lombardo hasta aquí... Pues bien, mi condición es
que iremos juntos hasta él. Y como bien ha dicho antes, un paseo
no me va a venir mal. —Extendió la comisura de los labios.
—Es demasiado peligroso —trató de rechazar su propuesta por
lo menos una vez más—. Me muevo bien entre la Sombra en
solitario. No se moleste, pero con usted a cuestas, muchas cosas
pueden terminar en desastre. El riesgo de que muera ahí fuera es
muy alto.
—Afortunadamente, voy a ir con la persona más adecuada para
el trabajo —le recordó sus mismas palabras, cuando Gina le expuso
el caso minutos antes—. Estoy seguro de que alguien con la
experiencia que usted posee avanzando entre el caos del antiguo
mundo sabrá cuidar bien de mí.
Se hizo un breve silencio.
—¿Para qué simular su secuestro? —preguntó Gina.
—De eso y de cómo hacerlo le daré más detalles en breve. Por
el momento dejémoslo en que no se me permite abandonar el
Vertedero. Y mucho menos ahora, tras este inesperado incidente en
Brach. Estas instalaciones y todo lo que puede ver en ellas es
propiedad de Aurora. Aceptar el contrato con ellos cuando vine aquí
tuvo un precio que se paga con tiempo. Concretamente el tiempo
que dura una vida. ¿Se pregunta quiénes son esos dos que me
siguen hasta cuando voy al baño después del café de la mañana?
Son la garantía de que yo cumpla ese contrato. Imagine lo incómodo
que puede llegar a ser el hecho de llevar a cabo ciertas necesidades
con una persona de dos metros al lado que no habla, solo observa
—dijo apático. Esperó un instante y entrecruzó las piernas en una
posición más cómoda—. Haga esto por mí y en menos de
veinticuatro horas habremos salido de esta isla y estaremos en la
Sombra, rumbo al encuentro del Rey de los Muertos; rechace una
colaboración y le prometo que va a disponer de todo el tiempo del
mundo para leerse cada uno de los libros que puede ver a mi
espalda.
—Si fingimos su secuestro, nos buscaran. Mejor dicho: buscarán
mi cabeza —sentenció Gina.
—La buscarán de todos modos si usted se escapa, algo que
intuyo que ya estaba decidida a hacer a raíz de nuestra
conversación —recalcó el doctor. Gina se quedó con media palabra
en la boca, pero se detuvo sin discutírselo, y Hegber simplemente
continuó hablando—: Sin embargo, si al final volvemos con el
premio y yo doy la cara por usted, el escenario resultante sería muy
distinto. Algo así nos haría erguirnos como héroes indiscutibles a
ojos de toda la civilización. Nosotros dos no somos tan distintos,
ambos buscamos el máximo reconocimiento en nuestro trabajo.
—Yo no busco nada de eso —puntualizó ella con sequedad.
—Entonces sus motivaciones serán otras y no hará falta que me
las cuente, pero ahí están al fin y al cabo. Vi esa clase de
determinación en sus ojos desde el primer momento en que entró en
este silo.
Gina se lo quedó mirando con una expresión sarcástica.
—Desde luego, todo esto es mucho más complejo que
conseguirle un champú anticaída —le echó en cara—. Lo tenía todo
planeado, ¿no?
Hegber adoptó una expresión triunfal.
—Es usted una astuta serpiente reptando entre la niebla,
señorita Romeo... Pero yo soy el diablo que danza y levanta el
viento que la disipa. Si creía que en esta conversación solo estaba
analizando usted la jugada, es que andaba muy equivocada.
Quedan menos de dos minutos antes de que mis guardaespaldas
vuelvan y la lleven a su celda. Créame: si no es capaz de tomar una
decisión ahora, luego sus planes se van a complicar muchísimo.
Tiene que decidir. ¿Qué va a ser?
—Muy bien. ¿Cómo lo hago? —dijo al tiempo que pensaba en
que debería dejar de hacer tratos compulsivos con las personas
más detestables de la civilización. Decidió que se encargaría de
cómo resolver aquello más adelante.
—Alargue el brazo —solicitó el doctor, haciendo él lo mismo y
quitándose su pulsera magnética.
Gina hizo lo que le pedía, atenta. Hegber intercambió su pulsera
con la de ella. Eran muy parecidas de aspecto: algo normal, ya que
solo existía una empresa en Ganea que fabricara las pulseras de
registro con las que toda la población actual se identificaba en los
controles, abría las puertas de sus casas o incluso pagaba sus
facturas. Ambos terminaron de ajustárselas en sus respectivas
muñecas.
—Mis vigilantes se alarmarían si de pronto me ven sin ella —
continuó explicando Hegber—, de modo que así podré decir que
simplemente está defectuosa y que mañana tienen que codificarme
una nueva. Mi pulsera le emitirá un pitido de madrugada. Es una
alarma que siempre hago sonar para recordarme... algo. —No dio
más explicación—. Ese será un buen momento, mientras todo el
mundo duerme, incluso el grupo de militares, para abrir la puerta de
su habitación escaneando la banda magnética y dirigirse al nivel
inferior de este silo. Celda 21 D. En ella mantenemos a Elena Vela
cautiva desde hace una semana. Vaya directa hacia allí, sin
cuestionarse nada más de lo que vea o escuche, ¿me ha
entendido?
Gina asintió.
—Directa a la celda 21 D —repitió.
—Eso es. Mañana volveré a contactar con usted y esperaré con
mucho interés su informe. Y entonces... —Sonrió—. Veremos si es
tan buena sonsacando información a la gente como afirma ser.
La puerta de la estancia se abrió y Méndez y los vigilantes
entraron en escena.
—Y, Gina... recuerde su parte del trato... —susurró el doctor sin
que pudieran oírlo todavía—. No querrá que me sienta traicionado y
que luego me las ingenie para echar su reputación por los suelos
hasta el punto de convertirla en una proscrita —murmuró eso último
casi de forma muda.
Gina no dijo nada más. Méndez se detuvo tras ella. Los dos
vigilantes volvieron junto al doctor: uno de ellos con el batido que
había pedido en la mano. Se lo depositó sobre la mesa y el doctor lo
agarró y dio un sonoro sorbo a través de la pajita.
—¡Me fascinan estas porquerías! —exclamó Hegber encantado;
luego se dirigió al militar—. Soldado, ya he terminado con la chica.
¿Sería tan amable de escoltarla hasta su habitación? Luego
contacte con Ganea y Lanzarote. Dígales que en menos de doce
horas tendrán mi informe completo sobre el caso Brach. —Volvió a
beber.
Méndez hizo un gesto asertivo. Antes de que tocara a la
muchacha, esta se levantó por sí misma y se dirigió a la salida con
una leve expresión de satisfacción en la cara de la que nadie pudo
percatarse.
Recorrieron los pasillos del silo en silencio y al llegar a la celda
de Gina, el soldado abrió la puerta y dejó que entrara.
—Esta noche quizá te haga una visita —mencionó con una
mirada lasciva y despreciable.
—¿Acaso quieres convertirte en zombi, lumbreras? —contestó
ella, tumbándose en la cama.
—¿De qué cojones estás hablando? —dijo Méndez, desafiante.
—Estoy infectada... aunque no me haya convertido todavía —le
advirtió poniéndose cómoda—. Verás, esta nueva cepa es muy
caprichosa. Intercambia una sola gota de fluido conmigo y te
volverás uno de ellos. Eso si no te mato yo antes.
El militar contrajo el gesto.
—¿Acaso crees que soy estúpido?
—En todos los sentidos —contestó Gina—. Si no me crees,
pregúntaselo al doctor, siempre y cuando estés de acuerdo en
contarle tus planes acerca de intentar forzar a una superviviente.
Méndez le lanzó una mirada incómoda con la que se entrevió
que había decidido cambiar de idea.
—Que te den —ladró al cerrar la puerta de golpe.
—Que te den a ti... —replicó Gina con despreocupación.

Las horas pasaron en una tensión expectante por parte de Gina,


que se limitó a aguardar de pie, la mayor parte del tiempo tras la
esquina de la puerta, preparada por si esta se abría y tenía que
reducir a quien fuera que entrara; algo que, finalmente, no sucedió.
En algún punto de su larga espera, su pulsera emitió una musiquita
sumamente infantil y ridícula a modo de alarma, sin duda elegida
por Hegber.
—No sé por qué, pero no me sorprende... —se dijo, al tiempo
que fue a deslizar la pulsera por el receptor de la salida. Esta
funcionó sin problemas y abrió la puerta con un chasquido
mecánico.
La muchacha miró a derecha e izquierda del solitario pasillo para
asegurarse de que estaba vacío de guardias y avanzó rápidamente
por él, comprobando que nadie la siguiera, hasta llegar a las
escaleras que llevaban a los pisos inferiores. Se lanzó a bajarlas,
pasó de largo la puerta automática que daba a la sala en la que se
había reunido con Hegber y siguió deslizándose con rapidez por la
galería hasta que los escalones terminaron, tres pisos más abajo.
Allí se topó con una compuerta de aspecto oxidado, mucho más
antigua que las demás, similar a la escotilla de un barco; acercó la
pulsera al escáner y, tras abrirse con un ruido de engranajes,
apareció ante ella un corredor sórdido y turbio, con goteras en el
techo que caían sobre un suelo húmedo y maloliente. Aquel nivel
debía de ser la zona de máximo aislamiento, supuso. Se adentró en
él. La poca iluminación hizo que sus ojos tardaran en adaptarse a la
oscuridad. A su paso, la mayoría de puertas a ambos lados estaban
abiertas y dejaban ver calabozos fríos, vacíos de ocupantes y que
presentaban unas condiciones insalubres, con colchones sucios y
destrozados tirados de cualquier forma por el suelo y retretes
ennegrecidos por el moho. Siguió andando hasta encontrar la puerta
cerrada donde a duras penas se leían los caracteres «21 D»,
corroídos por la herrumbre.
Se dispuso a abrirla, con el sabor excitante que siempre le
llegaba al paladar al estar a punto de hallar un objeto largamente
buscado o de culminar un dificultoso encargo, cuando algo la
detuvo. La escuchó perfectamente: una respiración profunda y
vibrante, demasiado fuerte como para tratarse de la de otro ser
humano. Aguzó el oído y giró la cabeza hacia el ruido, que llegaba
desde la garganta oscura en la que se transformaba el final del
pasillo. Dio un paso a un lado y caminó, atenta, en dirección a aquel
resoplido intenso, hasta que se paró frente al origen. Estuvo segura:
fuera lo que fuese lo que lo provocaba, se encontraba tras la puerta
13 D.
Gina dejó ir el aire despacio, pensándose bien qué hacer a
continuación.
—Sabes que es una mala idea, joder... —murmuró para sí,
tratando de convencerse de dar media vuelta y regresar directa a su
objetivo, obviando todo lo demás. Pero la vida no la había conducido
por ciertas sendas por tratarse precisamente de una persona
temerosa y conformista. En aquel momento, aún desconocía que su
naturaleza curiosa estaba a punto de cambiar el curso de los futuros
acontecimientos de forma drástica.
Respiró hondo, hizo que la puerta se abriera y lo que vio tras ella
fue tan inconcebible que por un momento sintió que le flaqueaban
las piernas. Tuvo que apoyar una mano en el marco para no caer.
Se preguntó si estaría soñando.
Los había visto en videos y fotografías del pasado, pero jamás
imaginó que tener uno cara a cara fuera algo tan intimidante y
abismal.
—Un arcángel... —articuló en un hilo de voz, completamente
sobrecogida—. Es... un maldito... arcángel.
Su tamaño era como mínimo el doble que el más grande de los
hombres que hubiese visto nunca. Se mantenía de pie, encadenado
al suelo a través de unos aros magnéticos que le rodeaban los
tobillos; sus enormes brazos, estirados en cruz, también quedaban
amarrados a las paredes por gruesos cables conectados a sus
antebrazos, dotados de sensores de tensión capaces de producir
potentes descargas eléctricas al mínimo estímulo. Estaba
desprovisto de toda ropa o armadura y mostraba un cuerpo
desnudo, sin sexo, cubierto por una piel cauterizada, como si
hubiese sido injertada meticulosamente, y de aspecto un tanto
rugoso. La criatura, cabizbaja, mantenía los ojos cerrados, y su
pecho hipertrofiado se expandía y contraía pesadamente con cada
respiración.
Gina se acercó un poco más, solo un poco más... Necesitaba
ver, necesitaba entender.
Se detuvo a un prudente metro de él y alzó la mirada hacia aquel
rostro desfigurado, perdida en la supremacía de aquella visión.
Y entonces sucedió...
El arcángel abrió los ojos, clavándolos en ella, y Gina, incapaz
de mover un músculo, totalmente bloqueada, lo supo...
No fue en ninguno de sus viajes a la Zona Muerta, ni durante sus
duros entrenamientos con Trevor Castor, ni siquiera cuando se
desató el frenético caos de Brach... Fue allí mismo, en esa
tenebrosa celda, donde por primera vez en muchísimo tiempo supo
lo que era el terror.
VII

Hubo un tiempo en que fue un diamante en bruto...


Pura inocencia que dio su fruto.
Un día se vio obligada a crecer con rapidez
y ahora el diamante deslumbra con su pulidez.

—¿Cómo puede ser que no te canses, papá? ¡Yo ya estoy


muerta, me voy a desmayar! —se quejó la pequeña Gina,
mandándolo todo al cuerno y sentándose, enfadada, en algún punto
de la cuesta que llevaba a la cima de Pico Ruivo, una prominente
montaña de dos kilómetros de altura ubicada en el centro de la isla
de Madeira.
Su padre, que iba por delante, se detuvo y retrocedió unos pasos
hasta colocarse frente a ella. La miró como siempre hacía cuando la
veía enfurruñarse, con una precisa mezcla de severidad y ternura.
Desde luego, a sus doce años ya dejaba patente que había salido a
su madre: tozuda, con carácter; en ese tipo de ocasiones siempre le
recordaba a ella en los tiempos en los que la conoció. No se lo decía
para no entristecerla; Gina apenas la llegó a conocer, solo sabía que
murió cuando ella era muy pequeña, de modo que un día le dijo a su
padre que prefería no hablar demasiado del tema y él aceptó su
petición sin reservas.
Luca echó la vista al cielo. Hacía un día soleado y espectacular,
con aquella temperatura perfectamente templada que solo se daba
a finales de verano.
—Entonces, ¿quieres que regresemos? —preguntó, volviéndose
a mirarla—. Sería una pena, porque tanto esfuerzo para llegar hasta
aquí, a tan solo doscientos metros de la cima, no nos habría servido
para nada. —Luca se agachó y le quitó un poco de suciedad de la
mejilla—. Esta vez te dejaré decidir. Pero no terminar lo que uno
empieza nunca es una buena opción, Gina.
La pequeña refunfuñó algo y luego dijo:
—¡Es que llevamos un día entero andando y me duelen los
tobillos! Y tú ni siquiera estás sudando.
—Que no me veas sudar no quiere decir que no esté cansado.
—Rio—. Ya sabes que mi piel es rara de nacimiento: yo nunca sudo.
Pero mira, creo que yo sí que voy a desmayarme. —Puso los ojos
en blanco, se dejó caer hacia atrás y se tendió haciéndose el
muerto, sin moverse ni un ápice.
Pasaron dos minutos, en los que Gina lo miró, primero
malhumorada, luego intrigada, y al fin preocupada.
—Papá. —Se le echó encima— ¡Eh, papá! —Le zarandeó
agarrándole la chaqueta por el pecho y le apartó del rostro unos
mechones de su pelo moreno. Sus párpados no se abrían.
Él esperó unos segundos más y luego dibujó una sonrisa en la
cara, lo que provocó que la pequeña se quedara sentada sobre él a
horcajadas con expresión crítica y, a continuación, le propinara un
golpe en el hombro, seguido de otro. Él la agarró cuando iba a
lanzarle un tercero, la abrazó con fuerza y se levantó aupándola
como un saco de patatas. Gina no pudo evitar estallar en carcajadas
y ambos terminaron desternillándose de la risa, dando vueltas.
—Hija... —dijo Luca cuando fue a dejarla de nuevo en el suelo,
con una fingida mueca de dolor—. Si ya eres capaz de pegar así de
fuerte, tendré que dejar de gastarte bromas.
—En realidad sabía que estabas fingiendo —contestó ella,
ocurrente, cruzándose de brazos. Luego bromeó—: Al menos ahora
ya no estoy tan enfadada por haberme hecho caminar tanto.
—¡Serás diablilla! —Luca rio, buscando hacerle cosquillas y
contagiándole una nueva carcajada a su hija—. Miedo me dará
cuando crezcas.
Gina dejó de reír y preguntó:
—Papá, ¿y cuando lo haga seguirás enseñándome cómo
sobrevivir en la naturaleza?
Para Luca, en ese instante, el mundo a su alrededor se detuvo y
la miró con una sonrisa que procuró que pareciera más alegre de lo
que en realidad fue.
—Me encantaría —dijo en un tono sereno pero agridulce. Le
pasó una mano acariciándole el cabello y señaló con la cabeza el
pico de la montaña que se alzaba ante ellos, coronando el cielo con
majestuosidad—. Venga, ¿qué tal si terminamos lo que hemos
venido a hacer?
—No hacerlo no sería una buena opción, ¿verdad? —aceptó
ella, y le tendió la mano.
Él asintió orgulloso, la tomó y juntos prosiguieron el ascenso
entre explicaciones acerca de la vegetación que podía verse
alrededor, cuál era comestible y cuál no, de los pájaros y alimañas
que se apartaban tímidamente a su paso y de consejos sobre cómo
respirar y ahorrar fuerzas durante un prolongado ejercicio físico.
Llegaron a la cima a media tarde. Antes de escalar un último
tramo empinado de cinco metros con la ayuda de unas cuerdas que
Luca había colocado allí hacía tiempo, este dedicó unos minutos a
enseñarle a Gina cómo las había anclado a la roca y creado sus
fuertes nudos. Concluido aquel esfuerzo final, al llegar al punto más
alto, la pequeña se detuvo, boquiabierta, y dio una vuelta sobre sí
misma. Le costaba respirar con normalidad, pero no le dio
importancia. El paisaje, visto desde allí, era como un pequeño
mundo glorioso envuelto por el azul del mar, con decenas de montes
cubiertos por una vegetación castañoverdosa y valles serpenteantes
acolchados por una ligera bruma preotoñal, lo que lo convertía en un
entorno perpetuamente virgen y en un verdadero regalo para la
vista.
—Tenías razón —se maravilló Gina—. ¡Se puede ver toda la isla!
¡Mira, el pueblo de pescadores! —Señaló la punta este.
En esa parte de la costa se observaba una actividad constante,
aunque no en exceso bulliciosa, de gente llegando y saliendo en
pequeñas embarcaciones tintineantes para descargar cajas llenas
de pescado, que luego transportaban hasta las casetas de la plaza
del Orfebre: el mercado más grande de Madeira, al que incluso
ciudadanos cercanos de la Burbuja se acercaban para hacer sus
trueques o reponer fuerzas en las tabernas de su alrededor.
—Sí... Es un pueblo tranquilo y próspero. Y la naturaleza de esta
isla sigue intacta. Solo cabe esperar que la maldita Aurora, con su
intención de urbanizar la Burbuja a cualquier precio, no llegue hasta
aquí y lo estropee todo levantando sus espantosos edificios llenos
de lujos —dijo Luca con un tinte de amargura en la voz.
—Hay mucha gente en la Burbuja que piensa que lo que hacen
es bueno —mencionó la pequeña.
—La Burbuja... ¿Por qué te crees que la llaman así? —gruñó
Luca con pesadumbre—. La gente adinerada, como los ciudadanos
de Ganea, viven en un entorno aislado y lleno de comodidades, sin
pararse a reflexionar que previamente ese suelo ha tenido que ser
destruido y desarrollado a costa del esclavismo, del hambre y del
sufrimiento de las familias que llevaban décadas viviendo en paz en
las zonas seguras del continente. Nunca lo admitirán, pero fueron
las interminables excavaciones a manos de Aurora, sus talas de
bosques enteros y sus salvajes quemas de tierra fértil lo que debilitó
las defensas del norte de Italia e hizo que el territorio se perdiera de
nuevo a manos de los no muertos. Utilizan los pocos recursos que
quedan en el mundo habitable para intentar levantar una sociedad
parecida a la de antaño, la misma que por su codicia desató males
como el Apocalipsis y que condujo a la humanidad al borde de la
extinción, en vez de utilizar esos bienes para alimentar a la gente.
Una isla llena de plantaciones de arroz y maíz salvaría más vidas
que otra llena de colosales edificios. Y aun así permiten que familias
enteras mueran de inanición. Es abusivo y vergonzoso, Gina.
La pequeña recordó algo:
—En la escuela de Praia, una profesora nos dijo una vez que
Aurora devolverá al ser humano al lugar donde pertenece. Y
también que gracias a sus acciones y su tecnología se ganará por
fin la guerra contra los monstruos.
—¿Te gustaba esa profesora? —La miró de soslayo.
—Era una bruja.
Luca dibujó una leve sonrisa y volvió la vista al frente.
—Hija, he visto tanta maldad en los humanos a lo largo de toda
mi vida que me cuesta decidir quiénes son los verdaderos
monstruos, si nosotros o los zombis. ¿Merecemos una tercera,
cuarta o quinta oportunidad? Yo creo que ya las hemos agotado.
Cada vez que la raza del hombre intenta dar un paso adelante, se
retroceden diez en calidad humana. Es nuestro sino: las
civilizaciones siempre han tenido su origen en los bosques, y su
final, en los desiertos. De todas formas, hoy no hemos venido hasta
aquí para hablar de la historia de la corrupción de nuestro mundo.
Hoy hemos venido aquí a hablar de pasos. Fíjate. —Señaló con el
dedo en dirección oeste, hacia una cordillera lejana que impedía ver
lo que había detrás—. Nosotros partimos de detrás de esas
pequeñas montañas, dónde se encuentra el lago con la casa de tus
tíos. Puedes sentirte muy orgullosa de lo que tus piernas han
conseguido hoy, Stellina mia[1] —la llamó cariñosamente. Solía
dirigirse a ella de ese modo en algunas ocasiones—. Cada vez eres
capaz de andar más lejos.
Gina se puso una mano a modo de visera para tratar de medir la
lejanía de ese punto.
—No me gusta la tía Anna —reconoció sin reparos—. Siempre
me obliga a limpiar la cocina por las noches y me aprieta la nariz
cuando me ve como si fuera una niña pequeña.
—Bueno..., aún eres una niña pequeña —le recordó él.
—Sí, pero en algún momento tendré que crecer. Que me haga
eso no ayuda.
—Y que al parecer tengas prisa por ser una adulta, tampoco.
Todo llega cuando tiene que llegar.
—Quiero ser una adulta porque me gustaría ir contigo en tus
viajes. Además, tú también eras impaciente de joven, papá. Me lo
has contado decenas de veces —protestó ella.
—Por supuesto que lo era. Pero con el tiempo aprendí una de
las verdades más útiles de todas —contestó Luca.
—¿Qué verdad? —preguntó, siempre curiosa.
—Que la paciencia es la fortaleza del débil, y la impaciencia, la
debilidad del fuerte —contestó él con convicción—. Algún día puede
que tengas enemigos. Si deseas vencerlos haz que ellos lo deseen
todavía más.
Se hizo un corto silencio.
—¿Se supone que debo entender eso? —dudó ella, mirándolo
taciturna.
—Por ahora solo recordarlo. —Luca sonrió—. Ven... —Fue a
sentarse en un gran pedrusco que sobresalía en la cima y dejó su
mochila en el suelo. Gina se acercó, encajó la espalda en el pecho
de su padre, de pie, y juntos se dedicaron a observar el horizonte—.
Siento que me hayas visto un poco indignado hace un rato. A
menudo también olvido que la vida es capaz de ofrecernos
momentos como este —dijo, mientras una majestuosa ausencia de
ruido les envolvía; únicamente el cálido vaivén de la brisa se hacía
audible.
—No pasa nada. Me gusta cuando hablamos. Sea de lo que
sea... Te quiero mucho, papá. —La pequeña se estremeció, cobijada
entre sus brazos.
—Eh, y yo a ti, Gina. —Luca se alegró de oír aquello y le dio un
cariñoso beso en la mejilla. Continuaron observando el horizonte
durante unos minutos, hasta que él adoptó una expresión
extrañamente seria—. Tus tíos son buena gente... —comentó de
pronto—. Es solo que aún no los conoces lo suficiente. Llevas solo
tres semanas viviendo con ellos.
—No son malas personas, dejémoslo ahí. —En esos momentos,
una mariposa de topos se posó en sus manos. Gina jugó con ella de
forma distraída y Luca no pudo evitar observar con fascinación
aquel peculiar suceso, hasta que, segundos después, el insecto
levantó el vuelo y se alejó—. Papá... ¿para qué me trajiste hasta
aquí? —preguntó entonces.
—¿No te parece suficiente motivo el poder contemplar todo esto,
Gina? —Hizo un gesto abarcando el entorno.
—Me refiero hasta esta isla. ¿Por qué tienes tanto empeño en
que me lleve bien con la tía Anna y el tío Arthur?
Luca musitó pensativo. Sabía que no podía demorar más un
momento difícil que tendría que haber afrontado desde hacía días.
Respiró hondo.
—El continente ya no es tan seguro como antes —dijo
expulsando el aire—. No puedes seguir viviendo en la casa de
Narbona.
—Pero nos las apañábamos. Quiero decir... Aunque viajaras a
menudo, nuestros amigos cuidaban bien de mí —añadió Gina.
—Eso fue hace años. Ya no quedan amigos a los que recurrir,
hija. Justo acabas de terminar tus estudios en Praia, pero durante
todo este tiempo, las cosas han cambiado mucho. Hay quien
empieza a llamar el continente simplemente como La Frontera,
porque cada vez se ha ido reduciendo más el espacio habitable.
Están levantado una nueva valla electrificada más al sur que cruza
Francia de una punta a otra, pero eso no va a solucionar el
problema. Las personas que no pueden permitirse el coste de vivir
en la Burbuja terminarán perdiendo sus casas y sufriendo igual,
muriendo o matando por un simple trozo de comida. Es un lugar
abocado al caos. Si no se hace nada por evitarlo, algún día los
muertos también terminarán invadiendo el poco terreno que queda.
Yo y unos cuantos más intentamos cambiar las cosas desde hace
unos meses, o al menos frenar ese proceso de decadencia. Nos
movimos de una punta a otra de la civilización; denunciamos las
actividades de Aurora a todas las entidades civiles, militares y
religiosas, hablamos numerosas veces con las autoridades y,
cuando nada de eso funcionó, realizamos ataques contra ellas de
los que no pienso arrepentirme. —Esperó unos segundos y
prosiguió—. Ahora, Gina, tendrás que confiar en mí... Debo
desaparecer por un tiempo. Por ti he pospuesto mi partida más de lo
aconsejable, pero ya no puedo demorarla más, o al final todo por lo
que he luchado se desvanecerá. Necesito que te quedes aquí con
tus tíos; saber que estarás a salvo en mi ausencia. Es posible que
me estén buscando. Y si algo malo te pasara por mi culpa, yo... —
Buscó las palabras adecuadas—. Cariño, yo no podría soportarlo.
Gina tensó los labios, conteniéndose.
—¿Adónde vas a ir esta vez?
—A un lugar donde no podrán encontrarme.
—¿La Zona Muerta? —preguntó, cada vez más inquieta.
—Ya he estado allí. Suena peor de lo que en realidad es.
—Entonces llévame contigo. —Se giró para encararse a él.
—No puedo. —Negó con la cabeza rotundamente, como si de
ninguna manera fuera posible—. Todavía no estás preparada.
—¿Y por qué no te quedas aquí con nosotros y te escondes? —
Alzó la voz.
—Porque en el lugar a dónde voy, Gina, hay personas con las
que debo reunirme con urgencia. Algún día tú también las
conocerás y te abrirán la mente a muchas cosas que ahora no
entiendes. —Le tendió la mano para que volviera junto a él.
—¡No te entiendo a ti! —dijo furiosa, rechazándola y
retrocediendo unos pasos—. Me dices que tienes que alejarte de mí,
que no quieres que vaya contigo, y no me explicas por qué. Solo me
cuentas que hay gente que te necesita. Bien, ¿¡y qué hay de mí!? —
Se llevó una mano al pecho—. ¿¡Qué hay de lo que yo necesito,
eh!? ¿¡Por qué no me cuentas toda la verdad de una vez!?
—¡Para protegerte! —Se puso en pie, al tiempo que la
exclamación le salía del alma—. Sé que ahora te cuesta entenderlo,
pero llegará un día en que lo harás, en que lo entenderás
absolutamente todo. Tú tan solo... espera hasta que ese momento
llegue. —Bajó el tono, rogándole con un gesto con las manos.
—¿Cuándo? —Apretó los puños.
—Algún día —contestó él, incisivo.
—¡Que cuándo volverás! —Se abalanzó y le dio un empujón. Él
la detuvo cuando arremetió de nuevo con la intención de darle otro,
la sostuvo y la abrazó con fuerza—. Antes siempre me decías
cuándo volverías de tus viajes. Dime cuándo te veré regresar a ese
puerto. ¡Dímelo! —exclamó con la voz rota, hundiendo la cabeza en
su abdomen.
—Me temo que esta vez no puedo darte una respuesta, Gina...
—respondió con todo el dolor de su corazón.
La pequeña se deshizo en llanto y fue desfalleciendo hasta
quedar de rodillas. Él adoptó la misma postura y fue a juntar ambas
frentes, acariciándole la mejilla. Padecía hipohidrosis desde hacía
mucho tiempo, una enfermedad que le impedía sudar o llorar con
normalidad. No soltó una sola lágrima, pero contemplando el dolor
de su hija sintió que podría haber llenado océanos enteros.
—Una hija necesita a su padre —le susurró afligido—. Y durante
un tiempo, tú me odiarás por privarte de ello. Pero yo me odiaré más
por dejarte. Te quiero, Stellina mia. Ojalá encuentres la manera de
confiar en mí. Este no será el último abrazo que te dé. Te lo
prometo.
Gina lloraba desconsolada.
—Esa promesa no me va a hacer sentir mejor... —dijo
sollozante, y se apartó de él.
Luca la soltó, con el rostro crispado por la pena, y ella terminó de
tumbarse en el suelo, haciéndose un ovillo. Casi con temor, él se
tendió a su lado y la rodeó por la espalda. Así se quedaron, sin
pronunciar palabra, hasta que el ocaso tiñó el cielo con colores
anaranjados y violetas y el brillo de la primera estrella alumbró en el
firmamento. De repente, Gina, con los ojos aún vidriosos, miró al
cielo y alargó un brazo para intentar atrapar la estrella con la punta
de sus dedos índice y pulgar.
—¿Te acuerdas cuando jugábamos las noches de verano en el
jardín de la casa de Narbona a ver quién cazaba la estrella más
brillante? —preguntó con tristeza.
—Claro que me acuerdo, Gina —contestó Luca.
—¿Qué me decías entonces? —quiso oírle decir.
—Te decía que la más brillante no la encontraríamos en el cielo
porque esa eras tú... —le susurró.
—Pues ya no soy esa estrella, papá... Acabas de apagar mi luz
—dijo ella con un hilo de voz.
Bajó el brazo, ladeó la cabeza, cerró los ojos y se quedó
dormida, totalmente agotada después de llevar un día entero
caminando. Luca no fue capaz de descansar bajo la cálida noche de
Madeira; tan solo de abrazar a su hija, creando un cuadro dramático
que supo que jamás podría borrar ya de su mente.
Esa fue la última vez que Gina estuvo con él. Al amanecer, tras
deshacer el camino hasta la casa del lago, su padre se marchó de la
isla y nunca más regresó. Ella se quedó a vivir una larga temporada
con sus tíos y a menudo escalaba aquella montaña para otear el
horizonte y el puerto de pescadores, con la esperanza de verlo
aparecer de nuevo en la lejanía. Una esperanza que fue quemando
su alma como un bosque ardiendo a medida que los meses y los
años transcurrieron.
Durante todo ese tiempo, tuviera Luca algo que ver o no, las
acciones de urbanización de la Burbuja sí frenaron su avance y
nunca llegaron a Madeira ni a muchos otros lugares del Atlántico
contemplados inicialmente en los planes de expansión de Aurora. La
compañía anunció un letargo temporal en cuanto a la demolición y
edificación de las islas, y su posterior intención de focalizar sus
esfuerzos en la investigación de asuntos de índole más científica.
Los tíos de Gina, sin embargo, le repitieron en más de una ocasión
que ya era hora de afrontar la realidad: que Luca había muerto y
que no iba a volver. Gina se enfurecía cada vez que hablaban de
ello, salía de casa con unas cuantas provisiones y volvía al cabo de
una semana o dos, con la ropa hecha jirones y la cara embarrada
debido a días enteros a la intemperie, noches solitarias y suelos
fríos. La última vez que Gina escaló Pico Ruivo fue poco después de
cumplir los dieciséis años. En el fondo, ella supo que fue un último y
vano intento de evitar convertirse en alguien muy distinto, en un ser
recóndito que, de algún modo, la aterraba. La persona más
importante de su vida la había abandonado, causándole el mayor
dolor imaginable; cuando desde lo alto de esa cima vio que,
efectivamente, ninguna embarcación asomaba en la distancia, se
dijo que a partir de entonces darían igual las adversidades a las que
se enfrentara en el futuro, ya nada podría dañarla igual.
Frente al testigo mudo del paisaje verdoso que la rodeaba,
decidió que había llegado el momento de emprender un camino
mucho más oscuro, solitario e incierto. Fue comprender las
consecuencias de sus designios, entender al fin qué era aquello en
lo que se estaba transformando, lo que le provocó un profundo
temor. Se miró las manos. Estaba temblando. Ya no había vuelta
atrás, pensó, ni lugar en Madeira para alguien como ella. Qué mejor
lugar que el mundo de ahí afuera, un mundo lleno de desorden, para
aprender a poner orden en el interior del suyo propio.

Viendo al Arcángel de pie, atado y mirándola fijamente con


aquellos ojos fantasmagóricos que desprendían un fulgor púrpura,
acelerando su respiración como si fuera a reunir fuerzas para
embestir y liberarse de sus cadenas, Gina recordó lo que era sentir
miedo de verdad. Retrocedió lentamente hasta que notó sus pies
fuera de la celda y cerró la pesada compuerta tras de sí, dejando a
la abominable criatura en su interior. Comprobó por puro instinto de
supervivencia que la cerradura fuera firme. Lo era. Aun así volvió a
sacudirla una segunda vez. El cierre se mantuvo inamovible. Con la
mente aturdida, caminó por el corredor hasta llegar a la celda 21 D,
apoyó la espalda en la puerta y se dejó deslizar hasta quedar
sentada en el suelo húmedo del sótano. Allí se mantuvo un rato, con
la mirada perdida en algún punto de aquella oscuridad, temblando
como hacía más de una década que no temblaba.
Transcurrieron algunos minutos en los que se encontró tan
bloqueada que no habría sabido discernir si escuchó algún bramido
o respiración profunda del Arcángel. Cuando consiguió
tranquilizarse y volver a la realidad, todo parecía estar en calma.
Entonces recordó su objetivo: Elena Vela aguardaba tras la puerta.
De modo que se obligó a levantarse con pesadez, inspiró y exhaló el
aire y se pasó ambas manos por el pelo, ignorando si estaría
presentable o no. Deslizó la pulsera por el panel de mandos y
accedió al interior de la celda 21 D.
VIII

Seguramente, Elena Vela fuera una chica atractiva tiempo atrás.


Pero tantos años de cautiverio la habían convertido en una persona
de aspecto apagado y prematuramente envejecido. Lo primero en lo
que Gina se fijó tras cerrar la puerta fue en su larga y descuidada
melena gris, que no encajaba con la imagen que debería ofrecer
una persona rondando los cuarenta. Elena se encontraba de
espaldas a ella, en la otra punta de la estancia, regando un conjunto
de plantas cavadas en un generoso terrario iluminado por un
fluorescente cálido. En el calabozo había algún que otro lujo del que
ni las celdas de los niveles superiores disponían, como una mesa
con sillas y una lámpara (Gina supuso que para los interrogatorios),
algunos libros polvorientos sobre una estantería (supuso que
prestados por el doctor Hegber para que se entretuviera), una buena
cama de aspecto limpio (supuso que para que no enfermara) y
también una vieja jaula para pájaros vacía y oxidada, alta como una
persona, que ni por asomo pudo suponer para qué demonios estaba
ahí.
Gina se sentó en una de las sillas, dejó escapar un suspiro,
apoyó los pies en la mesa y se sirvió una taza de té de un recipiente
que había a un lado junto a varios vasos y un trozo de pan duro de
aspecto incomestible. Olisqueó el contenido del líquido un segundo
y observó cómo la mujer seguía con sus quehaceres sin prestar
atención alguna a su presencia.
—Deberías regar esas plantas más despacio. Gota a gota; así
sus raíces absorberán mejor el agua —le aconsejó Gina, que dio un
sorbo a la bebida. Sabía a menta.
Elena Vela se giró, la miró con ojos nobles y un rostro lleno de
arrugas, asintió aceptando el consejo y siguió regando las plantas
mucho más despacio.
—¿Sabes...? En esta isla se ven cosas asombrosamente
extrañas... Cosas que son capaces de hacerle enmudecer a una. De
manera que no voy a presionarte para que hables conmigo. Un rato
de silencio me irá bien. Todavía tengo que asimilar lo que he
encontrado unas cuantas celdas más atrás. —Volvió a beber. El
líquido era tibio y reconfortante. Mientras lo hacía observó cómo
Elena terminaba de regar las plantas y se dirigía con pasos
cansados hasta la estantería con los libros. Allí escogió uno de tapa
roja: El No Judío, ponía en la cubierta, fue a sentarse en la silla
opuesta a la suya y retomó la lectura a la luz de la lámpara por
algún punto en la mitad del manuscrito.
—Mi padre me contó que aprendí a leer a los cuatro años —
continuó hablando Gina—. Cuando era niña me regalaba muchos
libros. Uno de mis favoritos fue precisamente Diario de un Zombi.
Sí... Admito que los pasajes en los que aparecía tu madre eran mis
partes favoritas. —Al pronunciar esas palabras consiguió que Elena
la mirara tímidamente por encima de las páginas del libro, pero solo
durante un breve instante. Gina intuyó que iba por buen camino y
prosiguió—: Recuerdo que, mientras lo leía una y otra vez, pensaba
que era una historia tan intensa, tan especial, que se me hacía
imposible creer que hubiera sucedido en realidad. —Dejó la taza en
la mesa, se reclinó en la silla, puso ambas manos por detrás de la
nuca y miró al techo—. Nadie sabe qué diantre te pasó, Elena. Ni
por qué te separaste de Paula. Pero déjame que te diga algo: sé lo
duro que es vivir alejada de tus seres queridos.
Al decir eso, Elena cerró el libro de golpe y cambió su expresión
a una mucho más lúcida y severa.
—¿Cómo te llamas? —soltó de repente y la miró con atención.
Gina casi se cayó de la silla de la sorpresa, e intentó sentarse
correctamente.
—Gina, me llamo Gina Romeo —respondió con rapidez.
—Romeo... —susurró Elena, como si de pronto fuera testigo de
algo totalmente inesperado. A continuación, con gran rapidez, se
abalanzó hacia ella por encima de la mesa. Tal vez debido a la
premura de los hechos, Gina no reaccionó a tiempo de impedirle
que le quitara la gasa de la mejilla y le dejara la cicatriz al
descubierto—. ¿Cómo te hiciste esa herida? —la increpó, volviendo
a su asiento.
—Lo primero: ¡Au! —exclamó dolorida Gina, estirando la piel de
la cara con una mueca—. Y lo segundo: ¿de qué va esto? —dijo
confusa. Desde luego, aquella mujer nada tenía que ver con la
primera versión que había visto al entrar.
—Ese zarpazo, ¿quién te lo hizo? Responde —insistió la mujer,
seria.
Gina se inclinó hacia delante y puso las manos en la mesa.
—Si te lo digo, daremos por concluida esta pantomima tuya de
pirada llena de traumas y hablaremos de lo que yo quiero saber —
contestó con la misma seriedad.
—Sí —dijo Elena.
—¿Sí? —Gina la miró con suspicacia.
—Quieres lo que quiere un millón de personas más: a Erico
Lombardo.
La muchacha volvió a reclinarse en su silla.
—Lo que quiero es largarme de esta maldita isla. Pero, en
efecto, cuando lo haya conseguido me gustaría mucho encontrarlo.
—¿Por qué? —preguntó Elena, sin ocultar su interés en ella.
—Porque a diferencia de otros, yo no lo haré por dinero ni por
fama.
—Aun así, para hacerlo necesitarás mucha suerte.
—No necesito suerte —replicó Gina—. Necesito información.
—Pero antes tienes que darme una respuesta, y después un
motivo —le recordó.
Gina se señaló la herida.
—Este zarpazo me lo hizo un no muerto que fue convertido tras
morir por unos disparos sin que previamente lo hubieran mordido;
uno que yo misma vi correr, saltar, razonar y superarme por mucho
en fuerza. El resultado de una nueva cepa diez veces más virulenta
que cualquiera de las que el mundo haya visto en los últimos
cincuenta años. Pero el motivo por el que quiero encontrar a Erico
no es solo que probablemente yo ya esté infectada y busque una
manera de curarme, si es eso lo que quieres saber, sino porque si
aún existe una mínima posibilidad de que gracias a su Singularidad
se pueda parar este nuevo horror que se está desatando en el
mundo... Bueno, al final siempre tiene que haber alguien con el
deber moral de intentar hacer lo correcto. Y digo intentar porque
cabe la posibilidad de que Erico no sea la solución, después de
todo... —Asintió preocupada, sin descartar esa teoría, aunque
enseguida recuperó el optimismo—. Pero es lo último que nos
queda por probar... Es lo que todavía impide que nos volvamos
todos locos.
Elena varió la expresión mostrando cierto orgullo.
—Sin duda lo eres... Sí, eres hija de Luca —dijo.
Gina se quedó mirándola con determinación.
—¿Conocías a mi padre? —preguntó sin vacilar.
—Mucha gente lo conocía —respondió Elena—. O como mínimo
había oído hablar de él.
—Me refiero a personalmente.
—Era una persona influyente y un viajero experimentado. ¿Eso
te sorprendería?
—A estas alturas, ya no. ¿Sabes qué fue de él? —De nuevo las
palabras salieron sin permiso de su boca.
—Murió, supongo. —Se encogió de hombros—. Lo mismo que
supone todo el mundo. Pero aunque supiera el cómo, el dónde y el
cuándo, una información de la que es perfectamente deducible que
no dispongo... —Señaló el entorno donde se encontraban—.
Tampoco me correspondería a mí contártelo. Además, tenía
entendido que era de Erico de quien querías hablar.
—Y así es —recalcó Gina con el rostro ensombrecido—. Solo ha
sido un simple resquicio de curiosidad filial.
—Muchacha... —Elena entrecruzó los dedos sobre la mesa—.
Déjame aconsejarte que no dediques demasiado tiempo a pensar
en otra cosa que no sea el objetivo principal que te ha traído hasta
aquí. No dispones de mucho. En estas instalaciones corres peligro.
Gina apartó la mirada, dubitativa.
—¿Y quién no, en un lugar así? —dijo tratando de ocultar su
inesperada decepción, no tanto por el desconocimiento acerca del
destino de su padre, sino al comprobar una vez más cómo su
pasado todavía la afectaba. Volvió la vista hacia Elena—. Estas
instalaciones no son precisamente un resort, pero tengo motivos
para creer que me marcharé de aquí en breve.
—No —la mujer sacudió la cabeza—. Si te refieres al trato que
seguramente Hegber ha hecho contigo, prestándote incluso su
pulsera para que confíes en él, tienes que saber que es una trampa.
—Gina fue a contestar a eso, pero Elena la interrumpió—:
¡Escúchame, niña! —Alzó un poco la voz, sin darle opción a replica
—. Jamás dejaran que salgas de esta isla, te lo garantizo. Una vez
le digas a ese maníaco lo que quiere saber, experimentará contigo,
te aislará y tirará la llave de tu celda al mar para que jamás puedas
contárselo a nadie más.
No era solo que Gina no lo hubiera pensado ya con anterioridad
y que no se fiara un pelo del doctor; existía otra razón que hizo que
creyera sin reservas aquella afirmación: su expresión. La expresión
ansiosa y sagaz de una mujer que había esperado pacientemente
doce años sumergida en la teatralidad y que, al parecer, tenía un
objetivo muy claro: que la información que poseía no cayera en
manos equivocadas.
—Está bien —aceptó Gina, decidida a tomar sus advertencias
muy en serio—. Ahora mismo tienes todas las cartas. Te escucho.
¿Qué propones?
—¿Sabrías pilotar el helicóptero con el que llegaste a la isla?
—Sabría intentarlo —confesó la muchacha, torciendo el gesto—.
Hace mucho que no manejo un aparato así.
—Hace mucho no es nunca. Me vale —aceptó Elena—. En ese
caso, te propongo que escapes del Vertedero en menos de una
hora.
—Obviamente dispones de un plan —señaló Gina con rapidez—.
De lo contrario, es que tienes una fe prematura y exagerada en mis
capacidades.
—Seguramente no sería descabellado tenerla. Pero esta vez, la
fe no tiene nada que ver. Solo necesitas disponer de la ayuda
adecuada.
—Muy bien. ¿Y cómo lo vamos a hacer? —Se cruzó de brazos,
dando por sentado de que escaparían juntas.
Elena la miró como si encontrara cierta ternura en su intención
por contar con ella.
—Me temo que yo no voy a ir a ningún lado —dijo con voz afable
—. Mi cuerpo maltrecho, mi vida arrebatada..., ya no importan.
Apenas puedo andar y solo me convertiría en un lastre para ti.
Únicamente tendrás una oportunidad de escapar de esta isla, pero
para ello deberás enfrentarte primero a tus temores.
—Yo no le tengo miedo a nada —declaró Gina, a la defensiva.
—¿Y por eso has entrado temblando a esta celda? —Observó
las dudas en su rostro—. La cosa que te ha provocado ese pavor
tan primitivo y visceral es lo único que podrá ayudarte a salir de
aquí. Debes liberarlo.
Gina arqueó una ceja.
—Es broma, ¿no?
—Eres la segunda persona con la que hablo en más de una
década —le recordó ella con calma—. No hablaría contigo si no
fuera muy en serio.
La muchacha se echó a reír.
—Ni de coña. —Se carcajeó—. No pienso volver a poner un pie
en esa celda. Y menos para morir haciendo la mayor idiotez de toda
mi vida. —Tras decir eso, la alarma de su pulsera volvió a sonar.
—¿Sabes qué significa esa alarma? —repuso Elena, señalando
su muñeca—. Un registro. Con la primera de ellas, el doctor Hegber
se despierta tras un sueño de solo dos horas. Nunca duerme más
que eso. Con la segunda toma su medicación; un repertorio de
potentes sicotrópicos destinados a reducir sin demasiada eficacia
los efectos de sus numerosas patologías mentales, entre ellas el
Síndrome de Lima, una enfermedad que hace que el individuo se
obsesione con sus rehenes hasta el punto de querer encerrarlos de
por vida cerca de él. Y también un Trastorno de Identidad
Disociativo, lo que provoca que desarrolle más de una personalidad
y muestre diferentes conductas y versiones de sí mismo
dependiendo de cada situación en la que se encuentre. Algunas tan
violentas que son difíciles de describir con palabras. A estas alturas,
probablemente ya habrá matado a alguien del grupo con el que
viniste y te habrá mentido al respecto. —Le dio unos segundos a
Gina, durante los que esta recordó lo sucedido con el hijo del
tabernero—. La tercera alarma siempre le marca el momento en el
que su escrupulosa rutina le dicta bajar al sótano para seguir con
sus experimentos más demenciales. Apuesto a que esta ha sido la
segunda alarma. Si esperas a la tercera, estarás a su merced para
siempre. Y créeme, debería darte mucho más miedo ese hombre
que el ser que aguarda en la celda número trece.
Silencio.
La muchacha se removió sobre su silla, inquieta y confusa por la
solución tan surrealista que le proponía. Levantó un dedo en alto.
—Dime, ¿has tenido a ese monstruo cara a cara alguna vez? —
quiso saber.
La mujer se quedó mirándola un instante y se levantó tan rápido
que Gina hizo lo mismo por un acto reflejo y defensivo. Elena rodeó
la mesa, se acercó renqueante hasta ella y extendió una mano con
la que le tocó la mejilla. Para su propia sorpresa, Gina no se lo
impidió, y tampoco se apartó cuando terminó de aproximarse y la
abrazó con fuerza.
—Me alegro muchísimo de haberte conocido, Gina —le dijo en
un susurro emotivo que la muchacha no terminó de entender. Elena
esperó unos segundos y se separó de ella—. Hace doce años que
estoy incomunicada en esta isla, de modo que desconozco el
paradero actual de Erico Lombardo, y también su estado de salud,
pero sí sé que ha llegado el momento de que, si sigue ahí fuera,
alguien como tú le encuentre. Así pues, te nombraré a la persona a
quién debes acudir para empezar tu búsqueda. Yo siempre he sido
el punto de partida. Pero quien te digo es el primer eslabón de una
cadena que te permitirá llegar hasta él. Se hace llamar Eco y vive en
el asentamiento amurallado de Carcasona, en la Frontera. No es su
nombre real. Pero si esa fortaleza todavía sigue en pie después de
lo que cuentas que está pasando en el continente, y consigues
llegar hasta allí, pregunta por el dueño de ese apodo a sus
habitantes. Casi nadie sabrá quién es, aunque aquel que asienta al
oírlo reconocerá que vas de mi parte y te llevará ante él sin dudar.
—La miró con una extraña admiración en los ojos—. Ahora debes ir
a liberar a ese arcángel y escapar de esta isla, Gina.
—Escucha... —La muchacha puso las manos por delante, como
solicitando una pausa, y frunció el ceño para tratar de enfatizar sus
palabras—. De veras que te estoy muy agradecida por la ayuda y la
información. Pero si libero a esa cosa me matará, me desmembrará
y luego usará mis extremidades para mataros al resto. Y no tiene
por qué hacerlo precisamente en ese orden, ¿entiendes?
—Eso no va a pasar —rebatió Elena convencida, y le colocó
ambas manos sobre los hombros—. Los arcángeles... —empezó a
decir, frotándole los brazos en un gesto con el que tal vez quiso
transmitirle serenidad— fueron creados originalmente para la
aniquilación. Pero con las instrucciones precisas de sus creadores,
demostraron que también podían ser unos excelentes protectores
en terreno hostil. Responden a estímulos auditivos que activan unos
implantes neuronales situados en el lóbulo frontal de su cerebro.
Esos implantes son los responsables de algunos procesos
cognitivos complejos, tales como sus funciones ejecutivas. Hay una
forma de activar el control conductual de esas criaturas y conseguir
que sean capaces de planificar y tomar decisiones voluntarias y
conscientes para llevar a cabo un fin. Para ello, deberás memorizar
una secuencia de catorce palabras y pronunciarlas en voz alta en su
presencia. Una vez lo hagas, ese fin será tu protección hasta que
alguien use una nueva secuencia o bien algo acabe con él.
—¿Y puedo preguntar cómo demonios sabes todo esto? —
Torció ligeramente el gesto.
—Porque este no es el único arcángel con el que me he llegado
a topar —explicó—. En cuanto a la secuencia de la que te hablo, sé
a ciencia cierta que es la correcta gracias a que desde esta celda se
escucha todo. Y el doctor ha experimentado ya demasiadas veces
con esa criatura. De modo que úsala en tu beneficio y no tengas
miedo cuando lo hagas. —Calló un instante al escuchar de nuevo la
alarma en la pulsera de Gina. Ambas se fijaron en la lucecita que
emitió la tercera de ellas, e intercambiaron las miradas—. Se te
acaba el tiempo —le advirtió Elena.
—Y al parecer también las opciones —añadió Gina con un
suspiro—. Supongo que no conoces alguna otra forma de escapar
que no sea despertando a una bestia de más de cuatrocientos kilos,
¿verdad? —Se encogió de hombros—. Por saber...
—Es el único modo —le aseguró—. Pero debes confiar en mí.
Funcionará.
Gina puso los brazos en jarras e inclinó la cabeza, pensativa.
—No hace mucho tuve un sueño —dijo, recordando los detalles
de este—; en él apareció el diablo y me susurró al oído: «No
aguantarás la tormenta...».
—¿Y tú qué le contestaste? —murmuró Elena con interés.
—Le dije: «Pero de momento sigo en pie, maldito cabrón». —La
miró fijamente. Luego hizo un gesto asertivo—. Lo haré. Voy a
fiarme de ti —accedió la muchacha, sin entender del todo la locura
en la que estaba aceptando involucrarse—. Y entonces, ambas nos
daremos cuenta de si el diablo de aquel sueño tenía razón —
repuso.
—Tu tormenta está lejos de terminar, Gina. —Le puso de nuevo
una mano en el hombro—. Ahora necesito que estés muy atenta a la
secuencia; si te equivocas, no tendrás segundas oportunidades —le
advirtió.
—Tengo buena memoria. Cuando quieras —contestó, segura de
sí misma.
Elena empezó entonces a recitar las palabras a un ritmo
adecuado, con voz clara y concisa; Gina fue repitiéndolas
mentalmente, moviendo los labios:
—Insurrección, dos, alpha, dos, pájaro; insurrección, cinco, rojo,
dos, pájaro, tierra, cinco, tierra, tierra —concluyó la mujer—. Ahora
tú.
Gina tardó unos segundos en terminar de asimilarla;
inmediatamente después, fue capaz de reproducirla con total
exactitud.
—Eres buena —exclamó Elena, aunque tampoco pareció
sorprenderse por ello—. Procura retenerla en tu mente.
—Deberías venir conmigo —le propuso Gina.
—No busco la salvación. Ya no... —susurró en un tono agridulce
—. No esperaba que fueras tú quien viniera a mi encuentro. Pero mi
objetivo no podría haberse cumplido mejor. Ahora que por fin lo ha
hecho, podré descansar tranquila.
La muchacha no estuvo del todo segura de lo que quiso decir
con aquello, pero no insistió.
—Como quieras... —Retrocedió unos pasos hacia la puerta, pero
se detuvo a medio camino y meneó un dedo en dirección a la mujer
—. Sabes... Me han quedado en el tintero muchas preguntas por
hacerte, Elena —confesó.
—Y cada una de ellas se te irá respondiendo por sí sola en tu
viaje —le prometió—. Debes irte ya, es tu última oportunidad. Ve. —
Le hizo un gesto indicando la salida.
—¿Volveremos a vernos? —preguntó Gina, al tiempo que
agarraba el cierre de la puerta.
Elena hizo un gesto de negación.
—Nunca —sonrió. Entonces dio por zanjada la conversación, dio
media vuelta y volvió con pasitos cortos hasta el terrario con las
plantas.
Gina fue testigo de cómo adoptaba de nuevo esa actitud
catatónica que le vio al entrar. Sin perder más tiempo, abrió la
manivela y salió de la celda con una sensación de espontáneo
peligro, como una tensión apelmazada en el ambiente que pudo
respirar y casi palpar. Caminó a paso acelerado en dirección a la
celda 13 D. A medio tramo escuchó unos ruidos apresurados
provenientes de la galería central, y al girar la cabeza hacia la
entrada del corredor, efectivamente, vio aparecer por el hueco de la
escotilla la silueta del doctor y la de sus dos vigilantes.
—¡Ahí! —gritó Hegber—. ¡Atrapadla! —Ya no había vuelta atrás.
Los guardianes empezaron a correr hacia la muchacha y ella hizo lo
mismo hasta la celda del arcángel.
Se apresuró a deslizar la pulsera por el control de acceso, y
cuando abrió la pesada compuerta de contención, una repentina
ráfaga de disparos se incrustó contra la plancha de metal.
—¡La quiero viva, orangutanes sin cerebro! —oyó cómo volvía a
gritar el doctor a lo lejos.
Acto seguido, el ruido de múltiples sirenas de alarma estalló por
todos los altavoces de las instalaciones. Gina se apresuró a cerrar.
Al darse la vuelta, se sobresaltó al encontrarse de nuevo cara a cara
con el monstruo, del todo inmóvil y con los brazos en cruz, que
mantenía sus ojos violáceos clavados en ella.
—¡La madre que...! —Se quedó con la expresión en la boca, que
le salió del alma. ¿En qué momento creyó que aquello podía ser una
buena idea?
Intentó no entrar en pánico y reaccionar: buscó con la mirada
algo que le permitiera atrancar la puerta por dentro. Una vara con lo
que atravesar los huecos de la rueda del cierre, lo que fuera. No
encontró nada. La puerta emitió un chirrido mecánico, indicando que
alguien volvía a abrirla desde fuera, y Gina se lanzó a tirar del
pasador hacia ella para impedirlo. Era entonces o nunca: empezó a
vociferar la secuencia que Elena le había conminado a recordar:
—¡INSURRECCIÓN, DOS, ALPHA, DOS, PÁJARO;
INSURRECCIÓN, CINCO, ROJO, DOS, PÁJARO, TIERRA, CINCO,
TIERRA, TIERRA!
Tiraron desde fuera... Gina aguantó... Cedieron.
Volvieron a tirar. Ella clavó los talones en el suelo con todas sus
fuerzas, y de nuevo, consiguió mantenerse.
Y ya no dieron tregua. El forcejeo se volvió más intenso y brusco.
Gina ladeó la cabeza un poco y vio cómo nada cambiaba en el
rostro del monstruo.
—¡Mierda! —exclamó, sintiendo que las energías le fallaban.
Estaba segura de no haber fallado en el orden de las palabras.
¿Qué podía haber salido mal? Se le pasó por la cabeza que tal vez
todo aquello se tratara solo del simple desvarío de una demente.
Muy mal asunto. Además, se encontraba tan débil... Apenas había
comido en los últimos días, de modo que, para su desesperación, su
resistencia empezó a ceder ante las fuerzas del otro lado. Llegó un
punto de la pugna en el que no aguantó más, soltó el cierre y cayó
de espaldas.
En ese momento, el arcángel empezó a acelerar la respiración.
Gina retrocedió como un cangrejo hasta la esquina opuesta de la
celda y alzó las manos cuando los dos silenciosos vigilantes
entraron y la amenazaron con las pistolas. Entonces sucedió: el
arcángel, viéndola en peligro, emitió un rugido colérico tan aturdidor
que todos los presentes se tuvieron que tapar los oídos. Un baño de
electricidad le recorrió el cuerpo, aunque eso solo pareció
enfurecerlo más; comenzó a sacudir cadenas y cables como un
animal enloquecido por la rabia y a tensarlos con una fuerza tan
descomunal que hizo crujir los engranajes, hasta que se
desprendieron de sus ejes y las corrientes eléctricas cesaron con un
cegador destello. Los guardaespaldas de Hegber, con sus caras
siempre imperturbables, mostraron por primera vez algo parecido al
terror, lo apuntaron y tuvieron tiempo de disparar un par de
ocasiones cada uno antes de que la criatura, que ni pareció
inmutarse al recibir los balazos, arremetiera de nuevo y terminara de
romper los mecanismos que le sujetaban el brazo y la pierna
derechos, provocando una intensa lluvia de chispas y explosiones
de gas refrigerante. Rápidamente, agarró con su mano libre y
descomunal la cabeza del hombre que tenía más cerca haciéndole
crujir el cráneo, y, como si fuera una pelota de goma, con una
inconcebible facilidad, movió el brazo hacia atrás y lo lanzó contra el
segundo hombre. El impacto hizo que ambos se estrellaran con
violencia contra la pared opuesta y quedaran hechos un amasijo de
huesos rotos. Gina, que no hacía más que acurrucarse y cubrirse la
cabeza para protegerse de aquella violencia, vio con estupefacción
cómo el arcángel aprovechó para golpear, destrozar y arrancar toda
la maquinaria que aún lo mantenía atado por el otro costado; más
cables, paneles eléctricos y cadenas de acero. Un nuevo disparo le
dio en la espalda. Se giró y rugió hacia el vigilante que, moribundo,
lo apuntaba con mano trémula desde el suelo. Su compañero,
muerto y con el cráneo tan destrozado que imposibilitaba cualquier
futura transformación, yacía sobre él. El arcángel tiró de nuevo y
terminó de liberarse por completo; tomó impulso, dio una poderosa
zancada, y con un pie aplastó los dos cuerpos amontonados,
chafándolos como si fueran finísimos recipientes de hojalata.
Justo entonces, el doctor Hegber entró en la celda con el rostro
desencajado. Al ver la estampa empalideció aún más y miró a Gina,
horrorizado.
—¡Pero qué ha hecho, maldita inconsciente! —se desgañitó. Y
quiso reconducir la situación de inmediato—. ¡Insurrección, dos,
alpha... —fue gritando a medida que el arcángel se le aproximaba
con una expresión deformada por el odio y creaba una sombra
alargada sobre su cuerpo enclenque—, pájaro, insurrección, cinc...!
—fue acallado de golpe cuando la criatura le estampó y reventó el
cráneo contra la pared de la entrada, dejando una mancha viscosa y
goteante en ella. Muerte fulminante.
Por un momento reinó el silencio, uno más mental que físico, en
el que ni tan solo la estridente alarma exterior se hizo audible en la
mente de la muchacha, que parecía incapaz de dominar su propio
cuerpo. El monstruo se volvió hacia ella, jadeante; sangraba varios
hilillos de color púrpura por los orificios de bala abiertos en su torso
y espalda, y la miró como si esperara una reacción por su parte. Al
ver que no la había abrió las fauces y gruñó de nuevo, sacándola de
su ensimismamiento.
—¡Vale, vale! —exclamó Gina, intimidada, con una mano por
delante, ayudándose con la pared para ponerse en pie—. ¡Nos
vamos! Nos vamos, joder... —dijo nerviosa, y dio un paso al frente.
El arcángel salió de la celda, encorvándose a través de su
abertura y abollando sin miramientos el marco, y caminó impune por
todo el corredor inferior, sin prisa, sin precaución; no había motivo
para tenerlas. Gina fue tras sus pasos, escudada por su eclipsante
envergadura. Al pasar por delante de la celda 21 D le echó un
rápido vistazo a la puerta cerrada, imaginando a Elena Vela
escuchándolo todo con atención desde dentro. Supuso que debía
agradecerle la información que le había dado sobre cómo escapar
del lugar. Por el momento, solo lo supuso...
Llegaron al hueco de la escotilla que daba a la galería central, en
el que el arcángel también tuvo que deformar antes a golpes un
trozo de la pared para poder cruzarlo. Gina lo observaba a una
distancia segura, sin dar crédito a su fuerza; jamás había
presenciado nada igual. Abandonó también el corredor y juntos
ascendieron por las escaleras, él siempre por delante, avanzando
prácticamente un tramo entero en un par de zancadas. Cuando
alcanzaron el pasadizo del primer piso, el caos estalló de nuevo: los
militares y el piloto los estaban esperando en la mitad del pasillo,
parapetados y preparados para disparar. Al verlos contrajeron los
rostros por el horror. Méndez chilló la orden con voz histérica y las
balas empezaron a llover. El arcángel bramó y embistió hacia ellos,
encajando la mayor parte de los proyectiles, y Gina no pudo más
que pegar la espalda en la pared para cubrirse. Todo temblaba
alrededor. Los gritos de los soldados retumbaron por todo el pasillo
a medida que la impotencia de no poder detenerlo se hizo evidente,
hasta que fueron arrollados con la fuerza bruta de un tanque. Su
gigantesco verdugo fue agarrándolos de pies y manos uno a uno,
mientras el resto intentaba retroceder para seguir disparando en un
último y vano esfuerzo por neutralizarlo. El arcángel, imparable, no
dejó de avanzar, separándoles las extremidades, estampando los
cuerpos contra el suelo y el techo y lanzándolos por los aires en una
exhibición de terror, gritos, luces rotas y paredes teñidas de rojo. La
lucha terminó con el arcángel alzándose con supremacía sobre el
resto de cadáveres, creando una especie de cuadro infernal. Sin
embargo, había recibido numerosos disparos y su coordinación
empezó a fallar ligeramente cuando dio un paso al frente y se dirigió
hacia el final del pasadizo, donde se hallaba el ascensor, dejando
una hilera de huellas rojas por el suelo. Gina, aturdida por el
enfermizo espectáculo, se tambaleó y también echó a correr hacia
allí, pasando por encima de la carnaza residual de los soldados y
recogiendo al tiempo uno de sus rifles cargados. Llegaron casi a la
vez.
—Cuando nos subamos al helicóptero, mandaré un mensaje por
radio para que vengan a sacar a los demás civiles —exclamó la
muchacha con voz apresurada, deslizando la pulsera por el panel
del elevador, ignorando si la criatura le podría entender o no.
Las puertas se abrieron y ambos entraron. Gina pulsó el botón
de la superficie. No obstante, al darse la vuelta, cuando las puertas
empezaron a cerrarse a trompicones, sucedió algo a lo que aún no
estaba acostumbrada y que le hizo emitir un grito ahogado: uno de
los soldados, Méndez, el único que no estaba completamente
descuartizado, se levantó renqueante, convertido ya en un no
muerto, y los miró con la cara ensangrentada, analizando la
situación, como si entendiera que no tendría ninguna posibilidad
contra ellos.
—No puede ser... —exclamó Gina, horrorizada.
El zombi decidió cambiar de objetivo, ajetreándose y
retorciéndose de forma antinatural, con la columna vertebral
encorvada y los huesos de las piernas astillados, hacia una de las
celdas donde se hallaban los civiles. En ese instante, Gina trató de
apuntarle, pero las compuertas terminaron de cerrarse y le fue
imposible disparar.
—¡Tenemos que parar a esa cosa! —reaccionó, girándose hacia
el arcángel, que la miraba resoplando con pesadez. Gina se lanzó a
apretar el botón de emergencia para detener el ascensor en pleno
ascenso, pero este la asió del brazo, lo suficientemente fuerte como
para inmovilizarla pero no tanto como para dañarla—. ¡Se van a
infectar todos! —le gritó.
Un gruñido de advertencia fue su única respuesta, y la
muchacha entendió que el arcángel no iba a hacer absolutamente
nada por ellos. Estaban todos condenados.
—¡Maldita sea! —Se soltó de un tirón y apoyó las manos en la
pared del elevador, sintiéndose impotente y enfadada por la
gravísima situación que se había desencadenado.
Salieron al exterior con los primeros rayos de un sol que hizo que
a Gina le dolieran los ojos después de tantos días bajo tierra. Allí
decidió no darse por vencida.
—¡Tenemos que inhabilitar este ascensor; no podemos dejarlos
salir! ¡Hay mucha gente en esta isla! —quiso ordenarle de nuevo.
Pero el arcángel volvió a ignorar sus palabras y empezó a andar
directo al helipuerto. A su paso, destrozó con varios golpes y tirones
la reja del perímetro exterior del búnker. Gina pasó por encima de
los escombros y se abalanzó a agarrarle del brazo, clavó los pies en
el suelo y tiró de él con coraje.
—¡Destroza también el acceso a la superficie! —le gritó, y luego
aún más alto—. ¡Hazme caso de una puñetera vez, montaña de
pizza con patas!
El arcángel se giró con expresión enfurecida y soltó un rugido tan
alto que fue audible en toda la isla. Acercó su rostro desfigurado a
escasos centímetros del de Gina para que pudiera verlo bien, en un
claro y último aviso que, aunque no la hizo apartar la mirada, sí
dejar de sujetarlo. Cuando la vio sudando y respirando nerviosa, con
expresión valiente pero sometida a su voluntad, se dio la vuelta y
siguió andando, impasible, en dirección a la punta norte de la isla.
Actuaba con suma frialdad, como si nada más allá del fin para el
que había sido reprogramado importara: ni los demás civiles o
reclusos, ni los daños colaterales, ni el resto del condenado mundo.
Gina se quedó durante unos instantes sin saber qué hacer, dio
un giro sobre sí misma y vio con espanto cómo algunos de los
presos, cada vez más, se acercaban alertados para ver lo que
estaba sucediendo.
—Corred... —susurró primero—. ¡Corred! —les gritó después,
dando manotazos al aire—. ¡Escondeos! —siguió advirtiéndoles,
aunque sabía que no les iba a servir de nada. Estaban en una
puñetera isla. No tenían adónde huir, pensó con frustración.
Sintió que algo la agarraba del brazo, la repentina mano del
arcángel, que volvió para tirar de ella con brusquedad contenida y la
obligó a retroceder los primeros pasos en dirección al helicóptero.
Ella estaba tan agotada que no encontró las fuerzas para resistirse.
Antes de girarse, vio con ojos enrojecidos cómo las puertas del
elevador se cerraban de nuevo; alguien o algo lo estaba haciendo
descender. Se enderezó y siguió andando con resignación, no sin
volverse de vez en cuando para observar las caras languidecidas de
los presos del Vertedero, que miraban la escena con desidia,
incapaces de entender lo que se les venía encima.
Una vez alcanzaron el helipuerto, el arcángel arrancó y lanzó
hacia afuera unos cuantos asientos para caber en el interior de la
aeronave, y se dobló para hacer encajar su inmenso cuerpo por el
hueco de la puerta lateral. Se sentó en el suelo, haciendo que los
amortiguadores del tren de aterrizaje se resintieran, y esperó a que
Gina, que todavía parecía en shock, decidiera subirse a la cabina de
pilotaje.
Ella trató de aclarar su mente y despejarla de pensamientos
angustiosos; supo que, si no, moriría allí. Miró atrás por última vez;
no podía permitir que toda esa gente perdiera la vida de esa forma y
que fuera totalmente en vano. La mayoría eran criminales, sí. Pero
incluso los criminales siempre iban antes que los muertos. Eso
siempre.
—Sigo en pie... —dijo, recordando las palabras del sueño que le
había contado a Elena.
Se puso en marcha, rodeó el morro del vehículo y se colocó a los
mandos. Tenía que dar con Erico Lombardo, grabó a fuego en su
mente. Y para ello, primero debía huir con esa... cosa. Se volvió
para observarlo mientras depositaba el rifle a un lado y se ataba el
arnés de seguridad. Su imagen, mirándola con esos ojos velados,
era aterradora. ¿Podría acostumbrarse a ella? No lo creyó posible.
Gina se frotó la cara, se puso los cascos de pilotaje, sopló con
fuerza y trató de concentrarse. Empezó a maniobrar las levas,
botones y palancas del aparato sin demasiada destreza, recordando
cómo se hacía desde los tiempos en los que se sacó la licencia,
hasta que, tras un par de intentos, consiguió que los motores se
encendieran y el ruido de las hélices lo ensordeciera todo.
Comprobó el combustible. Se encontraba por la mitad. Suficiente
para llegar al continente. Tiró de la manivela de control para hacer
elevarse a la aeronave, que osciló dando ligeros bandazos debido al
sobrepeso. Cuando estuvo a unos veinte metros del suelo, la
mantuvo estable a esa altura. Pegó la frente al cristal y vio que el
elevador del búnker volvía a encontrarse en la superficie con las
puertas abiertas, y que ahí abajo estaba empezando una auténtica
masacre. Los drones de la isla sobrevolaban a poca altura la
dantesca escena: a vista de pájaro, aquellos primeros espectros,
que minutos antes habían sido los civiles rescatados de Brach,
parecían un grupo de hormigas infestando un nido de comida. Los
reclusos corrían y gritaban despavoridos mientras eran alcanzados,
mordidos, devorados, y luego añadidos a las filas de no muertos en
cuestión de segundos. La infestación pasó a ser casi total en tan
corto espacio de tiempo que fue como si todo sucediera a cámara
rápida. Una gran mancha roja fue extendiéndose por la superficie de
la isla como si fuera una servilleta recién manchada de vino.
Algunos presos consiguieron llegar a las orillas y empezaron a
nadar, luchando por sus vidas, pero incluso los zombis los
alcanzaron en las frías aguas, ensuciándolas rápidamente con su
sangre.
—No sé si me entenderás... —dijo Gina por encima del ruido
exterior, contemplando aquél horror— ... pero puede que te maldiga
por esto. Mira lo que podrías haber evitado.
Pero el arcángel ni siquiera prestó atención a los sucesos; cerró
los ojos y fue como si decidiera apagar su cuerpo por un tiempo.
En la isla reinó de nuevo la calma una vez fueron los muertos
quienes anduvieron sobre ella. Alrededor de doscientas figuras
estáticas, fantasmagóricas, que fueron deteniendo sus pasos e
inclinando la cabeza para contemplar con frialdad la silueta del
helicóptero recortada en el cielo. En esos momentos, Gina vio a un
último humano rezagado saliendo histérico de su escondite, tras
unos escombros, pero fue rápidamente alcanzado por el espectro
más cercano. El resto ni se inmutó; siguieron con la mirada alzada
mientras la sangre todavía corría bajo sus pies.
Gina decidió que ya había tenido suficiente, hizo virar la
aeronave, ascendió más y aceleró rumbo a la Frontera. Algunos
drones intentaron seguirla, pero no eran tan rápidos y pronto se
quedaron atrás.
Cuando ya habían avanzado un buen tramo, la muchacha, aún
afectada, se giró de nuevo y se fijó en las numerosas heridas de
bala del cuerpo del arcángel, que se mantenía en una especie de
letargo. Sus músculos palpitaban y sus venas, gruesas como cables
de acero, vibraban con cada respiración.
—Hay que ponerte una armadura —murmuró, y volvió la vista al
frente—. No pasa nada. Sé dónde encontrar una —asintió nerviosa.
Volvió a girarse para observarlo de arriba abajo. Le costaba dejar de
hacerlo—. Si realmente vas a protegerme, cabronazo, tendré que
ayudarte a ello... —dijo, sin más remedio que reconocer que así era.
Aguantó unos segundos la mirada y fue a centrarse de nuevo en la
curva que dibujaba el horizonte.

En el interior de la celda 21 D, Elena Vela terminó de prepararse


una infusión con las raíces extraídas y desmenuzadas de una de
sus plantas, el acónito común. Sus flores, de un fascinante color
violeta, eran inofensivas por sí solas, incluso poseían unas
extraordinarias propiedades curativas, motivo por el cual Hegber no
había puesto objeciones al hacerle mandar un par de ejemplares de
la bóveda de reserva de semillas de la Burbuja, cuando,
interesadamente, le preguntó si podía hacer algo por ella y Elena le
escribió en un papel el nombre de la planta. El doctor creyó que si la
mantenía contenta, conseguiría que colaborara. Seguramente,
cegado por sus ambiciosos fines, y demasiado ocupado como para
molestarse en estudiar las propiedades exactas de dicho vegetal,
Hegber desconocía los compuestos neuro y cardiotóxicos presentes
en las raíces, y que al ingerirlas en forma de infusión podían resultar
del todo mortales para el organismo; de lo contrario jamás habría
accedido a concederle su petición, puesto que Elena llevaba años
siendo su tesoro más preciado.
La mujer se sentó en la cama, con el cuerpo, la mente y el alma
en paz por primera vez en muchísimo tiempo. Durante un buen rato,
una débil cadena de gritos había retumbado de forma amortiguada a
través de las viejas cañerías y grietas de las paredes; sonidos de
muerte provenientes de la superficie de la isla. Pero ahora todo
volvía a estar en calma. Un momento perfecto en el que se aventuró
a olisquear la taza y a beber de un largo sorbo, sin vacilar, su
contenido. Al terminar la depositó en el suelo y se acurrucó entre las
sábanas, dibujando algo parecido a una sonrisa, y cerró los ojos.
Tuvo un sueño en el que se vio a sí misma, de niña, correteando
feliz por un bosque nevado. En el sueño llegaba hasta la copa de un
gran árbol de hoja perenne, por cuyo tronco, a través de una cortina
de piel de oso, se accedía a un pequeño refugio con la luz cálida de
unas brasas en su interior. Su madre, Paula, aguardaba dentro con
un bebé en brazos, tapándolo con una manta.
—Ya has llegado, cariño —le decía alegre al verla, extendiéndole
una mano, justo antes de que todo se volviera oscuridad—. Ven,
siéntate. Siéntate aquí, con nosotras, aquí estaremos a salvo del
fuego...
Elena Vela murió sin dolor en algún momento de aquel profundo
sueño.
Su cuerpo, sin embargo, nunca volvió a alzarse.
IX

Incierto es su pasado, más aún su futuro.


Desamor encaja el puzle mientras crece.
Solo unos pocos saben a quién se parece...
y mientras tanto, su presente se vuelve oscuro.

Dado que Gina desconocía el estado actual de Brach tras la


infestación, y que el hecho de aterrizar —con todo el jaleo que ello
conllevaría— cerca del hotel la Perla del Desierto para recuperar el
exoesqueleto de la planta baja habría sido un acto de absoluta
insensatez, la muchacha decidió posarse al norte de las solitarias
Dunas del Pilat. Aquello era un desierto que se fundía con la costa,
situado a unos veinte kilómetros del asentamiento, lleno de
montañas de arena, oleadas de calor, tormentas de tierra y arenas
movedizas, lo que lo convertía en una zona tan poco interesante
para los muertos como peligrosa para los vivos. Y el hecho de que
el helicóptero hubiera gastado combustible mucho más rápido del
que calculó en un inicio, debido al exceso de peso del arcángel, y
que aquellas dunas se encontraran a varios kilómetros de cualquier
cosa que se moviera y pudiera ser alertada por el ruido de las
hélices, convirtió el emplazamiento en el lugar adecuado para un
aterrizaje que empezaba a resultar una emergencia.
Gina vio aparecer las amplias extensiones de dunas en la
lejanía, cubiertas de espejismos por el reflejo del sol. A medida que
fue aproximándose, pudo discernir mejor el punto adecuado para
tomar tierra y trató de alejarse todo lo posible del Tridente: un valle
de arena custodiado por tres dunas gigantescas situado más al sur,
cuyo terreno era extremadamente inestable y del que, según se
decía, jamás había regresado nadie con vida.
Sobrevolando ya el desierto, cayó en la cuenta de lo mal que se
encontraba. Durante el trayecto había bebido un poco de agua que
encontró en un recipiente cerca del asiento del copiloto, poco más
que unas insuficientes gotas, de modo que se sentía mareada,
deshidratada y falta de fuerzas. Habría dado lo que fuera por poder
beber, comer algo y reposar en condiciones un par de días. En
cuanto al arcángel, se había mantenido dormido y completamente
inmóvil durante todo el trayecto, que fue de algo más de tres horas,
lo que quizá eso a Gina la inquietó aún más. En alguna ocasión se
volvió para curiosear e imaginó a la bestia despertando de su
narcosis de muy mal humor y reventando la aeronave en pleno
vuelo en un ataque de cólera incontenida. Una imagen muy fea y
perturbadora, desde luego. Lo cierto era que no sabía nada acerca
de él, salvo que supuestamente su sino era protegerla. Por eso, de
momento, para ella aquel ser era simple y llanamente impredecible.
La alerta del combustible ya hacía rato que pitaba de forma
estridente, y aunque aún se encontraban lejos del límite exterior del
desierto, un lugar que sin duda hubiese resultado mucho más
adecuado para aterrizar, Gina prefirió no esperar más y efectuar las
maniobras unos kilómetros antes. Escogió una superficie más o
menos llana para activar los estabilizadores y trató de contrarrestar
con los compases de dirección las turbulencias que ocasionaron las
burbujas de aire caliente. El helicóptero se bamboleó a medida que
fue descendiendo, levantando una espiral de arena tan intensa que
empañó la visión de los cristales frontales. De forma súbita, el
aterrizaje se volvió forzoso: una incorrecta sincronización por la falta
de visibilidad y el exceso de oscilación provocó que la aeronave
cayera los últimos metros de golpe, inclinándose descontrolada, y
sus aspas rasgaran la tierra bruscamente. En el interior, el mundo
pareció resquebrajarse. El arcángel despertó de su letargo y
presionó la espalda contra el techo y una mano en cada lado para
sujetarse. Gina, soltando toda clase de agravios por la boca, intentó
detenerlo todo bajo la presión del ruido de miles de alarmas. Para
cuando lo consiguió, el mal ya estaba hecho: el motor rotatorio de
las hélices había quedado completamente chamuscado. Un intenso
olor a humo invadió el interior y fue la inmensa cantidad de arena
levantada, que terminó sepultando media aeronave, lo que
seguramente impidió que esta se incendiara.
Gina rescató el fusil del suelo, arrancó de un tirón un trozo de
tela preta del techo y la utilizó como tapabocas para proteger su
respiración del polvo. Escaló por los asientos y abrió la puerta del
copiloto de malas maneras, salió tosiendo y cayó al suelo arenoso
de bruces. Se alejó unos metros a gatas y se levantó, jadeante,
apoyando las manos en las rodillas. Allí observó cómo el arcángel
dio varias patadas a la compuerta lateral del helicóptero hasta que la
hizo volar por los aires. La criatura saltó del aparato, eclipsando el
sol por un instante, y cayó hincando una rodilla al suelo. Al erguirse,
pareció juzgarla con la mirada. «Muy mal, humana...», imaginó que
le decía.
—¿Qué? —Gina se encogió de hombros, se descubrió la boca y
recuperó el aliento—. La próxima vez te coges una lancha privada,
joder —masculló, y se dejó caer de espaldas en la arena, tan
agotada que no le importó que estuviera caliente.
La criatura le hizo sombra al llegar junto a ella. Y en esos
momentos, el helicóptero fue engullido un poco más por la tierra,
como si se hubiera aposentado sobre una trituradora en marcha y
esta se detuviera con el trabajo a medio hacer.
Ambos prestaron atención a la escena. Para Gina, apoyada en
los codos, fue casi imposible pensar en qué más podría salir mal
tras aquel truculento comienzo. Si por casualidad terminaba algún
día con la búsqueda de Erico y deseaba volver a la Burbuja con su
objetivo cumplido, ya podía buscarse otro método de transporte. Ese
helicóptero había quedado del todo irrecuperable. Gruñó algo
ininteligible. Sentía que no podía con su alma, pero no era una
buena idea quedarse allí por más tiempo. En ese desierto, la tierra
se tragaba las cosas. Era sabido de siempre.
—Larguémonos de aquí... —masculló, y extendió una mano
hacia el arcángel para que este la ayudara a levantarse. La criatura
simplemente la ignoró y echó a andar en dirección norte, dejándola
con el brazo alzado. Gina lanzó un suspiro—. Eres un encanto... —
musitó con ironía, y se levantó por fases, como si estuviera ebria.
Aceleró el ritmo patosamente hasta alcanzarlo, y juntos fueron
dejando sus huellas marcadas, unas mucho más grandes que las
otras, sobre la cálida y fina arena del desierto. Una escena compleja
de entender para cualquier persona que hubiera podido estar
observando.
—He decidido que te llamaré Trece, como el número de la celda
donde te encontré —mencionó Gina con los labios cuarteados al
cabo de un rato de silencio. De nuevo, el arcángel no le prestó
atención ni hizo gesto de conformidad alguno; se mantuvo con la
vista fija al frente. A esas alturas, Gina aún desconocía si era capaz
de entenderla o no. Lo que sí le llamó la atención fue que parecía
haberse recuperado bastante bien tras su letargo. Ya no sangraba
por los orificios de bala, que se habían convertido en pequeños
agujeros secos no muy profundos, y sus movimientos tampoco
mostraban señales de que siguiera afectado por las heridas—.
Trece... Sí —repitió convencida—. Créeme, he pensado otros
nombres diferentes de camino, pero ninguno te gustaría. Si no te
entusiasman mis órdenes, mucho menos lo hará mi creatividad —
señaló.
Después de una agotadora hora de caminata bajo un sol de
justicia, llegaron a una gran duna que les había impedido ver
durante un buen rato los confines del desierto. Cuando empezaron a
subirla, Trece lo hizo sin mayores complicaciones, pero Gina con
muchísimo esfuerzo.
La muchacha llegó a la cúspide jadeando. Se sentía tan fatigada
por la inanición y la falta de sueño que no tuvo más remedio que
tomarse unos instantes. Imaginó que a esas alturas debía de
parecer más un zombi que un ser humano. Consultó su reloj: era
mediodía. Ahí arriba se sentía el aire mucho más cargado de
gravilla, y no tardó en empezar a toser. Echó la vista al cielo; la luz
del sol también se volvió opaca debido al polvo ambiental. Eso no
era una buena señal, pensó, debían seguir moviéndose. Se obligó a
hacerlo, y cada paso que dio a partir de entonces se convirtió en
una dura lucha en la que no fue su cuerpo el que aguantaba, sino la
fortaleza de su mente. A media bajada de la pendiente, la vista se le
empezó a nublar y los párpados empezaron a pesarle como
abanicos de plomo.
—Maldita sea, Trece, creo que me voy a desmayar —advirtió,
dando algunos tumbos.
Se detuvo al sentir un intenso hormigueo por todo el cuerpo que
casi la paralizó por completo. Estaba al borde del colapso. Con la
cara sucia, el pelo encrespado y su cerebro apagándose, creyó
intuir a lo lejos, tal vez a dos o tres kilómetros al frente, cómo la
arena se mezclaba con el contorno de la Interfronteriza: la autopista,
en algunos puntos elevada, que cruzaba un tramo del desierto por
su límite septentrional y llevaba hacia los principales asentamientos
del norte de la Frontera; pero el aire cada vez era más turbio y lleno
de polvo, y tampoco pudo estar segura de ello. Sus ojos se
entrecerraron por el desfallecimiento. No supo cuántos segundos
pasaron sin poder moverse cuando escuchó el ruido de unos
truenos retumbar a lo lejos. Se frotó la cara y se la cubrió con la
mano para protegérsela de las partículas que, de forma progresiva,
seguía arrastrando molestamente el viento. Al encararse a la
derecha, en dirección a los estruendos, lanzó un débil lamento:
—No...
Sus temores de unos instantes atrás acabaron de hacerse
realidad: una tormenta de arena se alzaba por el este, alta como un
tsunami, tragándose el horizonte. Intentó medir su extensión
mirando pausadamente de una punta a otra, pero, tras unos pocos
segundos, ya no se pudo vislumbrar su fin. Aquel gran muro de
tierra y descargas eléctricas avanzaba infranqueable, convirtiendo el
día en noche, tan rápido que los engulliría en un par de minutos
como mucho. Volvió a subirse el tapabocas a la altura de la nariz e
intercambió una mirada suplicante con el Arcángel, que también
había parado sus pasos en mitad de la cuesta. Gina sintió que su
propia consciencia se desvanecía, pero tuvo tiempo de alzarle un
dedo a modo de inciso.
—Ni se te ocurra... —balbuceó— ... dejarme morir aquí —
terminó de decir. Acto seguido, puso los ojos en blanco, falta de
fuerzas, se desmayó y cayó de costado al suelo. Su cuerpo
descendió unos metros hasta que la propia arena lo detuvo.
Trece observó la escena sin variar su expresión un ápice. Paseó
la vista de la muchacha a la tormenta, cada vez más cercana,
analizando la situación. Y casi como si su cerebro acabara de dictar
una orden para darle el permiso para actuar, retrocedió hasta la
chica sin prisa, se agachó a su lado, le dio la vuelta, la agarró y se la
echó al hombro izquierdo. Terminó de bajar la pendiente, cargando
con ella como si para él solo se tratara de un saco ligero. La
tormenta los alcanzó con fuerza al llegar a la base de la duna. Trece
se tambaleó un poco por el denso impacto, pero consiguió resistir;
se estabilizó y siguió adelante en dirección norte, con pasos lentos,
pesados, perseverantes, atravesando poco a poco aquella vorágine
de arena, viento infernal y relámpagos cegadores, con el cuerpo de
Gina a cuestas.
X

Gina tuvo intervalos esporádicos de consciencia. En ellos pudo


percibir formas y estímulos: se encontraba en un entorno cálido pero
húmedo, resguardado pero incómodo; sus labios estaban
empapados de agua, y un viento incesante golpeaba ahí fuera
contra algunas paredes de metal. Volvió a cerrar los ojos. Más tarde,
los entreabrió y advirtió que había recipientes y algunos suministros
a su lado. Seguía sola en aquel incierto lugar, pero ahora todo
parecía en calma, sin apenas ruido exterior. De nuevo, los párpados
le pesaron demasiado.
Despertó definitivamente con una sensación de martilleo
constante en la cabeza y sin saber cuánto tiempo habría
transcurrido desde que se desmayó en pleno desierto. Parecía
encontrarse en una especie de sala de máquinas escacharrada,
salpicada por el óxido y las goteras y raída por algunos agujeros en
las paredes por los que se colaban espadas de una luz diurna y
tenue. Seguramente, ahí fuera ya reinara el atardecer, dedujo.
Su siguiente reacción fue recoger una cantimplora que había a
su lado, en el suelo, sin hacerse demasiadas preguntas, y beber a
generosos tragos hasta casi terminarse el agua del interior. Luego
abrió unos paquetes blancos que reconoció como raciones
energéticas del ejército, una especie de galletas rectangulares con
un porcentaje equilibrado de nutrientes que tampoco supo, ni le
importó, cómo habían ido a parar allí, y engulló una de ellas. Al
hacerlo la vomitó hacia un lado. Puede que hubiese ido demasiado
rápido para su estómago ya encogido tras tantos días sin probar
bocado. Se recompuso e ingirió las otras dos mucho más despacio,
tomándose su tiempo para masticar y analizar el entorno mientras lo
hacía (se percató de que se encontraba sobre un suelo ligeramente
inclinado) hasta que terminó de saciarse.
Se levantó aún cansada y con la sensación de estar enferma. Tal
vez hasta tuviera fiebre debido a la deshidratación. Dio una vuelta
sobre sí misma para observar mejor la sala, al tiempo que terminaba
de sacudirse la arena que todavía tenía pegada al cuerpo. En una
esquina, tendido en el suelo, había un saco de dormir antiguo y
deshilachado. También una mesa, sin sillas, sobre la cual un
pequeño fogón apagado que funcionaba con alcohol amenazaba
con caerse por la pendiente al menor movimiento; un par de
taquillas abiertas se inclinaban sobre la única pared que no estaba
cubierta por maquinaria diversa, cañerías y válvulas de aspecto
roñoso. En el interior de una podía verse alguna ropa vieja dejada
ahí de cualquier manera. Había otros objetos en la sala, la mayoría
inútiles, algunos de cierta utilidad, pero todos tan sucios que
quitaban las ganas de tocarlos. Aquellas cosas llevaban mucho
tiempo allí, y a juzgar por las marcas de huellas en el polvo de
algunas, alguien las había estado usando hasta hacía relativamente
poco.
Cruzó por una abertura ovalada para abandonar la estancia y
apareció ante un pasillo ancho lleno de tuberías deterioradas en el
techo y de algunos agujeros en la pared por los que, con el tiempo,
se había ido colando una cantidad moderada de arena,
aposentándose sobre todos los contornos.
¿Dónde estaba Trece?, se preguntó. Tuvo el impulso de llamarlo
tras unos cuantos pasos, pero enseguida se contuvo al ver unos
pies tumbados en una intersección cercana del pasadizo. Sin
pensarlo, regresó a la habitación, agarró su fusil y al volver a
acercarse con cuidado hasta ese cruce descubrió un cadáver con la
cabeza hundida en el pecho de forma imposible, al nivel de los
hombros, retorcido sobre el suelo. Se quedó unos segundos inmóvil.
Seguramente se tratara del antiguo dueño de los objetos del refugio.
No tuvo dudas de que aquello había sido obra del arcángel, pues
ningún humano podría fracturar así un cuerpo, pero sí las tuvo
acerca del motivo por el que lo habría hecho. Puede que el único
pecado de aquel hombre hubiera sido el de haberse encontrado allí
cuando llegaron. Si al final Trece resultaba ser un completo
homicida con cualquier persona que no fuera ella misma, significaba
que estaba metida en problemas más serios de los que creyó en un
inicio.
Giró la cabeza hacia al pasillo de la izquierda al sentir una leve
brisa en la cara. En esos momentos estuvo casi segura de dónde se
encontraba. Siguió el curso de la corriente, dejando el cadáver ahí
encogido, hasta que llegó a unas escaleras cuyas paredes y techo
se habían derrumbado tiempo atrás y solo se mantenía rígida su
estructura central, permitiendo ver parte de la vastedad del desierto
de ahí afuera desde una posición elevada.
Las subió con cuidado de que no se despeñaran y al llegar al
nivel superior confirmó que se encontraba en la cubierta exterior del
Etérea Corina: un enorme carguero del ejército de treinta metros de
altura que llevaba varado allí hacía casi una década, o al menos lo
que quedaba de él, desde que naufragó e impactó contra el límite
norte de las Dunas del Pilat, justo donde estas terminaban. Nunca
se supo a ciencia cierta por qué ocurrió. Por lo visto,
misteriosamente, toda la tripulación de aquel entonces sufrió un
brote sicótico a bordo, y terminaron matándose entre ellos. Gina
recordaba que el caso fue muy comentado en las tabernas de toda
la Frontera durante años. Surgieron numerosas teorías, mitos y
leyendas. Incluso Minuto Tres había compuesto una ridícula canción
basándose en ese incidente. Ahora, aquel buque fantasma era
simplemente un refugio improvisado para aquellos viajeros y
penitentes solitarios que llegaban desde los asentamientos del Sur
por la Interfronteriza y hacían noche allí antes de seguir con sus
interminables caminos y sus reservados pensamientos.
Gina caminó por la cubierta en dirección a la proa del barco y, a
medio tramo, miró un segundo atrás, pegando el cuerpo al
agarradero del costado de estribor, simplemente para corroborar
que no estaba equivocada. Efectivamente: ahí a lo lejos se
encontraba la popa de la embarcación, que tras el naufragio se
había desprendido de la proa y se había encallado en unas rocas a
cien metros de la costa, y desde entonces era golpeada
incesantemente por el oleaje. El sol del atardecer recortaba su
silueta como si fuera un gigante de metal vencido en combate.
A continuación echó la vista abajo; había una buena caída. Y se
preguntó una vez más adónde demonios habría ido Trece. Lo
buscaría por el carguero. Se acordó de que ella ya había estado en
el Etérea Corina en una ocasión, aunque no conocía el barco por
dentro porque no llegó a trasnochar en él, cuando marcó aquel lugar
como punto de encuentro con unos contratistas de la Burbuja que
detuvieron su embarcación a una distancia prudente de la costa y
llegaron en lancha hasta la orilla. Pertenecían a la comunidad
científica, y con caras lánguidas y serias le encargaron recuperar el
disco duro del servidor central de lo que en su día fue la universidad
de Lyon, el segundo centro de investigación médica más grande de
Francia. Gina recordó fugazmente lo mucho que le costó llegar de
una pieza hasta aquel complejo de edificios en ruinas situados en
una región perdida especialmente truculenta de la Zona Muerta, y lo
cerca que estuvo de perder la vida en numerosas ocasiones durante
aquel trabajo.
El viento salino no paraba de removerle el pelo, así que se hizo
una coleta y continuó andando sobre el suelo húmedo de la
cubierta, deslizando la mano por el asidero. Lo hizo sin prisas,
porque a medida que avanzó fue quedándose todavía más atrapada
por las vistas. El escenario era inconcebible, como salido de un
sueño, tan fantasmagórico que casi podría haberlo descrito como
hermoso. Los despojos del buque, envueltos por una ligera neblina,
se adentraban en la tierra, destruyendo los peñascos de la orilla
rocosa como si fueran los restos de un meteorito de hierro y granito
caído con fuerza. A la derecha, por el lado de estribor, los últimos
tramos del desierto agonizaban y se disolvían, dibujando una
especie de cuadro abstracto con el verde de un prado interminable
que se extendía hacia babor. Y ahí a lo lejos, al frente, se alzaba un
lúgubre segmento de la Interfronteriza. La lluvia y la humedad
habían cubierto la estructura elevada de la autopista con multitud de
redes de moho que proliferaban desde la calzada, a varios metros
de altura, y colgaban hacia el suelo como si fueran tiras de alquitrán
fundido.
Finalmente vio al arcángel justo en el extremo de la proa, tras un
contenedor de metal raído por el paso del tiempo, aguardando y
mirando hacia el horizonte como si fuera el mascarón de un barco
que no se mueve nunca de su posición. Se había cubierto
sorprendentemente bien una parte del cuerpo con telas oscuras que
se ceñían a su exorbitante silueta desde los hombros hasta las
rodillas, dejando al descubierto sus brazos y pecho. Debió de
encontrar aquellas telas por algún rincón del barco mientras ella
estuvo inconsciente. A Gina le pareció ciertamente llamativo el
hecho de que Trece hubiese tomado la decisión de cubrirse el
cuerpo. No lo había imaginado como un ser que encontrase alguna
diferencia entre ir con ropajes o sin ellos.
Se colocó a su lado y apoyó ambas manos en la barandilla.
—Supongo que debo darte las gracias por salvarme la vida. —
Frunció los labios, sin más remedio que reconocerlo. Lo miró de
reojo con cuidado. Todavía le costaba acostumbrarse a su imagen
espeluznante, pero se dijo que tarde o temprano aquello debía de
terminar. Se dio la vuelta para apoyar la espalda y los codos en la
baranda y poder verlo mejor. Se mantenía extrañamente tranquilo,
aunque había algo ahí delante que parecía llamarle poderosamente
la atención—. Dime, el fiambre sin cuello que hay en el pasillo del
camarote: ¿Era un superviviente que simplemente se refugiaba aquí
cuando llegamos? —Esperó unos segundos, atenta—. ¿Por qué
motivo lo dejaste como un maldito acordeón?
Trece le devolvió entonces una mirada gélida, con aquellos ojos
refulgentes que parecía que fueran a absorberle el alma, y alzó su
descomunal brazo para señalar un punto en concreto de la llanura
de ahí delante. Gina siguió su mano, tardó un par de segundos en
verlo, y cuando lo hizo recuperó la postura y endureció el rostro: a lo
lejos, a medio camino entre la Interfronteriza y el Etérea Corina, tres
figuras cadavéricas aguardaban de pie, una al lado de la otra,
observándolos pacientemente. Sintió un escalofrío recorriéndole la
espalda. Eran espectros, con los cuerpos ensangrentados y la ropa
hecha jirones. Estaban ahí porque, evidentemente, la muchacha y el
arcángel se encontraban en el barco, aunque no atacaban ni
avanzaban; se mantenían inmóviles, clavándoles unas miradas
vacías de humanidad, con los cuellos ligeramente inclinados hacia
abajo y los dedos de las manos encorvados como garras.
Gina no pudo dejar de observarlos un buen rato con una falta
absoluta de comodidad. Se había enfrentado y dado esquinazo a
innumerables grupos de zombis en sus viajes, estaba acostumbrada
a sus torpezas y a sus comportamientos predecibles, lo que en
dichas situaciones siempre le había hecho fácil conservar la
entereza; pero aquellos nuevos seres estaban a otro nivel,
imprevisibles, implacables, estrategas..., lo que ahora le hacía fácil
perderla.
—No vienen a por mí porque saben que no pueden vencerte
siendo tan pocos —comentó, considerando que eso podía suponer
más bien un problema que un alivio. No pudo evitar formar la
aterradora imagen en su cabeza de más de ellos, muchísimos más,
llegando desde todos los confines de los parajes de alrededor hasta
terminar formando un verdadero ejército ahí delante—. El hombre al
que has reventado en el pasillo de este carguero —insistió sin
perderlos de vista—. ¿Era uno de ellos?
El arcángel no emitió respuesta, y Gina, dadas las circunstancias
del momento, perdió un poco la paciencia.
—Mira, algo me dice que me entiendes cuando te hablo —
exclamó, mirándolo con los ojos echando chispas—. Tal vez no seas
capaz de mantener una conversación entera pero tienes que
interactuar conmigo de alguna forma, algo que me indique cuándo
estoy en lo cierto y cuándo no, ya que si no vas a terminar dándome
mucha más grima tú que los espectros, y cuando eso suceda... me
las apañaré para dejarte atrás. Es más, voy a ponerte en situación...
—De pronto se olvidó de todo, apoyó un codo en la baranda, el otro
en la cadera, y le clavó una mirada desafiante— ¿Qué pasaría si
estuvieras programado para algo que no puedes cumplir? Por
ejemplo, si de pronto te despiertas de uno de tus letargos y
descubres que ya no estoy, que me he marchado... y que ya no
puedes protegerme. ¿Se te iría la pinza? ¿Empezarías a destrozarlo
todo sin ton ni son hasta arrancarte los ojos porque tu existencia se
convertiría en algo simplemente injustificable? —Calló un instante e
intentó descifrar con la mirada lo que habría en el interior de su
mente—: ¿Me estás mirando mover la boca mientras en tu cabeza
solo suena un mono jugando con dos platillos? —Esperó a ver si
contestaba de algún modo, pero de nuevo, nada. Gina chasqueó el
paladar, frustrada—. Bah, olvídalo... —Y siguió observando a los
tres no muertos por unos segundos—. Demonios, acabaré con ellos
yo misma —bramó con irritación.
Se dio la vuelta, se descolgó el fusil de la espalda y se dispuso a
volver a las escaleras, decidida a buscar alguna brecha o agujero en
el casco de los niveles inferiores del barco. Tenía buena puntería y
el rifle una mirilla decente; probaría a esconderse bien para
apuntarles desde lejos, y, si lo veía claro, los dispararía en la cabeza
antes de darles tiempo a reaccionar.
—Cier-to... —escuchó decir a una voz profunda y gutural a su
espalda.
Gina se detuvo, sorprendida. Dio media vuelta y volvió con pasos
lentos junto a él.
—¿Cierto el qué? —preguntó, sin salir de su asombro.
El arcángel articuló la boca como si realmente aún estuviera
aprendiendo a hablar.
—El hombre... barco... como e-llos... —Volvió a señalar a los tres
espectros.
Gina parpadeó un par de veces sin darse cuenta de que, sin
querer, también se le dibujó una leve sonrisa en los labios. Luego
trató de no perder aquella conexión con él.
—Está bien... —dijo con voz calmada, y empezó a gesticular
para hacerse entender mejor—: De modo que me sacaste de la
tormenta de arena, me trajiste hasta este barco y al hacerlo te
topaste con un no muerto y tuviste que eliminarlo para protegerme...
Luego dejaste cerca de mí unos cuantos suministros que
encontraste, subiste hasta aquí y desde entonces has estado
vigilando para que esos tres espectros no se acerquen más a
nosotros.
—Cier-to... —consiguió pronunciar de nuevo Trece, tras procesar
detenidamente las palabras de la muchacha.
Gina se cruzó de brazos y adoptó un semblante de satisfacción
contenida. No quería dejarse arrastrar demasiado por la emoción de
aquel pequeño logro, y de momento no podía permitirse poner la
mano en el fuego por él. Toda relación, por insólita que fuera,
siempre debía empezar construyéndose con pequeñas dosis de
confianza, pero sabía que, dada su naturaleza escéptica y las
particularidades de la situación, terminar fiándose del arcángel era
algo que le iba a suponer un elevado esfuerzo.
—Trece... He visto formarse el caos y las cenizas tras de ti. He
oído que en el pasado los tuyos aniquilabais y quemabais toda clase
de vida como si fueran malas raíces que deben ser arrancadas sin
miramientos... Pero si al final resulta que tú no eres un homicida
incontrolable, tal vez podamos llevarnos bien... —dijo con prudencia.
Volvió la vista al frente y estudió de nuevo a los espectros, tan
perturbadoramente quietos que le era imposible no sentir un
profundo desasosiego al verlos, y trató de pensar en cuál debía de
ser su próximo movimiento. Por el momento, y ya con la cabeza
más fría, decidió que quizá lo mejor fuera esperar y analizar su
comportamiento un poco más. Dispararles desde lejos ocasionaría
demasiado ruido y podría atraer a más. Enfrentarse a ellos en
campo abierto bien podía derivar en una emboscada; nada le
aseguraba que, efectivamente, no hubiera decenas de ellos
escondidos en alguna parte. Por otro lado, proponerle al arcángel
salir del barco a nado, por la grieta trasera del buque, sin que los
vieran... Bueno, tampoco le pareció una idea que a su protector le
fuera a entusiasmar. De pronto, algunos truenos empezaron a
resonar en la lejanía. Desde hacía rato, el cielo se estaba
encapotando con rapidez. Alzó la vista y en algunas nubes negras
pudo ver rápidos y compactos destellos de luz. No iba a tardar en
romper a llover. Noche..., lluvia..., zombis corredores... Qué
combinación más fabulosa, ironizó en silencio. Para su sorpresa, la
respuesta sobre cómo se resolvería el conflicto le llegó sola al cabo
de muy poco, al caer las primeras gotas. Los espectros, como
movidos por una especie de consciencia colectiva, alzaron un
segundo la mirada al cielo y empezaron a dar media vuelta para
alejarse en dirección a la Interfronteriza, primero uno de ellos,
después los otros dos, hasta que sus siluetas mojadas se fundieron
con la oscuridad del ocaso y desaparecieron de vista.
Gina, sin que le importara empaparse bajo la borrasca, observó
con atención y detenimiento aquel hecho.
—¿Crees que no les gusta la lluvia o que simplemente esperan a
que abandonemos el barco para atacarnos en otro momento? —
preguntó, reflexiva, llenando su cabeza de dudas.
El arcángel la miró, movió las fauces un segundo pero finalmente
no fue capaz de modular nada.
—Vale, que no te entre dolor de cabeza. —Le hizo un gesto de
calma con la mano—. La pregunta era compleja. Sea como sea,
lloverá toda la noche, así que abandonaremos este refugio al alba, y
entonces lo sabremos... Sabremos de lo que son capaces —repuso
con seriedad. Echó una última ojeada a los alrededores, desde las
dunas yermas de un lado a la vegetación tiznada y desolada del
otro, desconfiando incluso de las explanadas formadas en campo
abierto. Luego dijo—: Todavía me siento muy débil, iré a echarme un
rato. No sé qué harás tú, pero si te quedas aquí vigilando, de haber
algo ahí fuera que te cabree, seguro que lo sabré. —Dio un paso
atrás para alejarse—. Supongo que entiendes el significado de
buenas noches, y si no, apuesto a que te da igual.
—La... buscaría... —escuchó decir al arcángel, tras haber dado
los primeros pasos.
Gina se giró, completamente mojada ya por la lluvia.
—¿Cómo dices?
—Sí Gina... desaparece... Trece la buscaría... y la encontra-ría
—pronunció despacio, con evidente esfuerzo, sin dejar de vigilar el
horizonte.
Gina recordó la situación que ella le había planteado minutos
antes, y tardó unos segundos en decidir qué contestar a eso.
—No es que me entusiasme saber que me perseguirías hasta el
fin del mundo —dijo con voz serena—. Y soy orgullosa a rabiar, pero
no una necia, así que no me cuesta admitir que voy a necesitarte.
No voy a ir a ninguna parte sin ti, Trece.
Tras eso, el arcángel no habló más. Ella se marchó y, mientras lo
hacía, se giró algunas veces más para observarlo; no le pareció que
fuera a moverse de allí durante toda la noche. Qué criatura más
singular y enigmática, pensó durante todo el camino de vuelta al
refugio. Llegó a la sala de máquinas sin prestar atención al grotesco
cadáver del pasillo. Había refrescado, por lo que agarró el saco de
dormir y lo tendió en el suelo. Antes de tumbarse, terminó de
beberse el agua de la cantimplora y la colocó justo debajo de una
gotera para que se llenara durante la noche y poder hervirla por la
mañana sobre el pequeño fogón de la mesa. Se metió dentro del
cobertor; la lluvia y los truenos siempre conseguían relajarla, de
modo que cerró los ojos, arrimándose a su fusil, confiando en que
Trece haría una buena labor de vigía, y no tardó demasiado en
quedarse dormida.
La tormenta se desvaneció al alba y abandonaron el Etérea
Corina poco después, cuando la luz del día ya era más clara y el
olor a salitre se mantenía fresco. Sin embargo, Gina quiso subir
antes a cubierta y mirar a través de la mirilla del arma hacia todos
los flancos para cerciorarse de que no había ninguna amenaza
visible en los alrededores. Todo se mantenía bajo una calma
escamada y posiblemente ficticia que le erizaba los pelos de la
nuca, aunque admitió que tal sensación quizá fuera originada por un
factor plenamente sicológico. El mundo se había ido a la mierda...
otra vez. Qué menos que mostrarse enfermizamente desconfiada.
De todas formas, no tenían opción. Debían llegar hasta Brach y
luego seguir avanzando. Así que terminó recogiendo todas sus
cosas y ambos salieron por la brecha inferior del carguero.

Conforme fueron alcanzando la sombra alargada de la


Interfronteriza, su actitud siempre fue expectante y con el fusil a
medio alzar. La sensación de soledad en los páramos era
aplastante, como si fueran astronautas que acabaran de aterrizar en
un mundo sin vida. A eso ya estaba acostumbrada, aunque ir
acompañada de Trece podía definirse también como otra forma de
soledad. Una soledad y un silencio a los que tuvo que entregarse sin
más remedio que aceptarlos, sabiendo que nadie oiría sus gritos si
de repente algo variaba en los parámetros de conducta del arcángel
y se volvía hostil. No era descabellado imaginarlo. Al fin y al cabo,
se trataba de un enemigo temible para el hombre lo que en esos
momentos viajaba a su lado, sin emitir ruido alguno más allá de sus
retumbantes pisadas. O al menos siempre fue considerado así...
Pensó que, desde que se había despertado, estaba teniendo
demasiados pensamientos negativos. Miró a Trece un instante,
respiró hondo y decidió que mejor tratar de no alimentar por más
tiempo sus demonios o terminarían volviéndola una paranoica.
A medio kilómetro al norte encontraron un acceso a la autopista
que tras décadas de total abandono se había convertido ya en una
rampa de sedimentos de tierra y maleza por la que pudieron
ascender hasta su agrietada calzada. Allí se toparon con un scarab
volcado sobre el asfalto. Los scarabs eran vehículos hechos de la
chatarra de los desguaces que los mecánicos ensamblaban para
que tuvieran una forma parecida a la de un insecto; ninguno era
igual, aunque todos poseían una cabina central de la que nacían
seis brazos con engranajes articulados y grandes ruedas en cada
uno de ellos. Se veían muy pocos, básicamente por la escasez de
recursos y de gasolina. Y como las autopistas y carreteras no
disponían de ninguna clase de mantenimiento en la Frontera, se
construían así para que poseyeran la suficiente tracción y movilidad
para sortear sin dificultades los obstáculos de los caminos más
abruptos. Aquel scarab debía de llevar tiempo allí. Gina hizo una
inspección rápida para ver si podía sacar algo de utilidad, pero sus
antiguos saqueadores no habían dejado nada; ni el cobre de sus
cables, ni sus depósitos de gasolina, y mucho menos su batería. La
Interfronteriza era raramente frecuentada por conductores de
scarabs. La mayoría de los que la usaban, al menos hasta el
incidente, eran bandas de moteros que querían llamar la atención, o
solitarios peregrinos a pie que en absoluto querían usarla pero
tampoco deseaban perderse, rumbo hacia los asentamientos del
norte y del sur de la Frontera. No creyó que volvieran a ver otro
vehículo varado en la carretera salvo algunos esqueletos
desvencijados de metal aquí y allá que recordaban vagamente a los
automóviles del pasado, de la época anterior al Apocalipsis, que
nadie se había molestado aún en retirar.
Caminaron por carreteras, cruces y caminos secundarios hasta
que, pasado el mediodía, pudieron vislumbrar desde los alto de una
colina las ruinas del pueblo de Brach, con el contorno de sus pocas
construcciones, como la Perla del Desierto, o la calcinada taberna
de Jean Phillipe, apelmazadas bajo un tono gris y sin las luces que
hasta hacía algo más de una semana irradiaban los neones de sus
techos y servían de guía para los viajeros nocturnos.
Allí se detuvieron unos segundos para que Gina pudiera estudiar
el entorno y beber de la cantimplora. Durante todo el trayecto, la
muchacha se preguntó numerosas veces cómo era posible que no
se hubieran topado con ningún espectro, y eso que no dejó de
analizar a consciencia los parajes por donde pasaron. Desde que
dejaron la Interfronteriza a sus espaldas, casi todo había sido campo
abierto, aunque también habían llegado a cruzar, con mucha
prudencia, las calles de algún que otro pueblo fantasma
semienterrado bajo la vegetación y el barro, con diversos huecos de
ventanas en los restos de las casas abandonadas que parecían
susurrarles tras la oscuridad que arrojaban. Gina no pudo ver nada
a través de ellos, pero lo imaginó todo. Aquellos habrían sido
lugares propicios a posibles emboscadas, sin duda, pero al final,
nada realmente alarmante ocurrió, y ella llegó incluso a creer que
habían dado esquinazo a los tres no muertos del día anterior.
Durante el transcurso de la mañana, también probó a comunicarse
con Trece en un par de ocasiones.
—Y dime, ¿cómo funcionas? —le preguntó, sin dejar de observar
nunca los alrededores, cuando se encontraban a medio camino de
Brach, atravesando un prado de hierba seca que se mecía a la
altura de las rodillas—. Quiero decir, ¿cómo te regeneras? ¿De
dónde sacas toda esa fuerza tuya tan descomunal?
Inicialmente, el arcángel pareció ignorarla, pero Gina enseguida
comprobó que solo estaba interpretando su pregunta.
—Trece necesita energía... Necesita armadura... —contestó con
una voz carente de emociones.
—¿Requieres de una armadura para funcionar?
El arcángel hizo una especie de murmullo afirmativo.
—Armadura... consigue energía para Tre-ce —contestó.
Gina recordó la celda donde lo encontró, con todos esos anclajes
pegados a su cuerpo; puede que aquello no se tratara solo de una
máquina de contención y tortura, sino también de una fuente de
electricidad que, de algún modo, lo mantuviera activo, como si su
cuerpo funcionara como una batería que precisa ser recargada cada
cierto tiempo.
—¿Y cuántos días puedes funcionar sin enchufar tu cuerpo a
algo que te la consiga? —preguntó ella.
—Trece no lo sabe... Cuando llega el momento se vuelve...
débil... Se apa-ga.
Por el momento, Gina no entendió cómo aquel exoesqueleto de
la recepción del hotel podría llegar a otorgarle energía, pero sí los
riesgos de dejarlo sin su suministro durante mucho más tiempo.
Siempre había oído que algunos arcángeles eran más grandes que
otros. Esperó que aquel armazón en particular encajara y funcionara
bien con él.
—Pronto conseguiremos una armadura para ti —dictaminó con
firmeza.
Tras aquella breve conversación, continuaron avanzando en
silencio por el resto de llanuras áridas de la región.

Al dejar la colina atrás y pisar las primeras calles de Brach, la


muchacha extremó la precaución. El arcángel también frenó el ritmo
de sus pasos. Para ella fue como visitar una dimensión alternativa y
mucho más tenebrosa de un lugar que conocía muy bien. La zona
de bazares, por ejemplo, en la entrada del pueblo, ya no exhibía
víveres ni vendedores llamando a la gente con descaro, ni tampoco
utensilios de todo tipo sobre los tablones de los puestos de
trueques, sino tenduchas destartaladas, objetos arrojados por el
suelo y restos de algún cuerpo humano que estaba terminando de
ser picoteado por los cuervos. Los pocos edificios que vieron camino
al hotel, como el siempre bullicioso burdel, ya no mostraban ninguna
actividad en ellos, sino el trágico chasqueo de puertas y ventanas
sacudidas por el viento que habían quedado sin cerrar cuando la
gente trató de huir en todas direcciones durante el incidente. El
camino principal, arenoso y embarrado, ya no dibujaba la infinidad
de huellas entrecruzadas de aquellos habitantes que llegaban y se
marchaban durante un día normal, sino residuos de sangre y
casquillos de bala esparcidos por el ejército la noche en que estos
intentaron detener a toda costa la infestación.
Todo aquello era un escenario de desolación y muerte que los
condujo sin pérdida frente a La Perla del Desierto.
Gina se detuvo cerca del poste del letrero, que ahí en lo alto
lucía sucio y apagado, y observó la fachada del edificio como si
fuera una casa encantada.
—Es aquí... —le dijo a Trece, y echó un vistazo a las
proximidades, tratando de imaginar una vez más el motivo por el
que todo parecía estar tan en calma, sin tenerlas todas consigo, y
recordando con angustia los momentos vividos en el interior del
helicóptero durante la huida. Volvió a concentrarse en las puertas
entreabiertas del hotel. No se veía nada desde su opaco interior—.
Será mejor que entremos con cuidado.
La muchacha avanzó y terminó de abrir la puerta de la recepción
con la punta de su fusil, que chirrió como el quejido de un felino.
Desde allí escudriñó el interior; Trece le puso una mano en el
hombro, indicándole que pasaría él primero. Cuando entraron todo
estaba prácticamente a oscuras; únicamente un par de ventanas
abiertas dejaban colarse algo de luz que apenas acariciaba los
contornos lóbregos de la recepción. Ella torció el gesto debido al
hedor repugnante que se mantenía estancado ahí dentro, y tardó
unos cuantos pasos, realizados con mucha cautela, en acostumbrar
sus ojos a las sombras del entorno.
Fue al llegar al centro del vestíbulo, junto al obelisco donde la
muchacha siempre había visto expuesto el exoesqueleto que habían
venido a buscar, cuando se dio cuenta de que algo andaba
rematadamente mal.
—No está... —masculló, estudiando con una mirada incrédula el
soporte de hierro de la estatua... completamente vacío—. Alguien lo
ha sacado de aquí —añadió, poniendo su fusil en ristre y mirando,
intranquila, hacia la negrura de alrededor.
Se produjeron unos chasquidos a sus espaldas. Tanto ella como
Trece se giraron rápidamente y vieron a dos figuras arrastrando con
movimientos agitados las puertas del hotel hasta bloquearlas por
completo. De pronto, muchas más siluetas, tal vez veinte, fueron
apareciendo desde los rincones más oscuros del hall principal y los
rodearon. Gina reconoció por los ropajes a algunos de los antiguos
miembros de los equipos Alpha y Charlie, y también a los tres
espectros que los vigilaron en las cercanías del carguero durante el
atardecer anterior. Todos estaban allí, esperándolos.
—¡Bastardos, sabían que vendríamos! —vociferó, llevándose la
mirilla del fusil a la altura de la cabeza.
¿Cómo diablos se podía estar preparado para algo así? Se
exasperó, sudando a goterones. Movió nerviosamente el rifle de un
lado a otro sin saber a cuál de ellos apuntar. Eran demasiados. Los
espectros terminaron de formar un círculo amplio a su alrededor,
mirándolos como si fueran estatuas encorvadas e impertérritas.
Aquel era su juego, y habían ganado.
El arcángel bramó como una fiera indómita, preparado para la
lucha.
Gina ni se lo pensó y abrió fuego.
Los no muertos aullaron al unísono y se abalanzaron hacia ellos
como una manada de lobos hambrientos.
XI

Desamor, no eres mía,


pero en mi interior reina la osadía.
Desamor, quiero que escuches con claridad...
contigo me comprometería a la eternidad.

Teniendo en cuenta que los seguidores de Minuto Tres no


dejaban de crecer en número, y más aún desde que en las islas
más prósperas de la Burbuja empezaban a correr rumores de que
Gina «Desamor» Romeo había escapado con vida de la Frontera
tras un ataque sin precedentes por parte de los no muertos, no era
de extrañar que las ventas del último disco del cantautor se
disparasen y su cara terminara apareciendo en muchos de los
holopaneles publicitarios que coronaban los altos rascacielos de
Ganea IV, la isla constituida como capital de toda la civilización.
Pocos allí habían visto su aspecto con anterioridad, ya que para
poder ser testigo de asuntos que fueran dignos de mención y luego
componer sus estrafalarias canciones, Minuto Tres había preferido
vivir casi todo el tiempo en la Frontera en una búsqueda constante
de inspiración. Pero ahora que estaba ganando fama a pasos
agigantados y que acababa de recibir generosas sumas de dinero
por parte de importantes patrocinadores, había aprendido a
encontrarse cómodo entre la cantidad ingente de lujos que podía
ofrecerle la vida en la Burbuja.
Muchos de los ciudadanos de Ganea IV, mujeres y hombres a
pie, con maletines camino a sus trabajos, bolsas llenas de ropa cara
que acababan de comprar en alguna tienda moderna y excéntrica, o
incluso personas que detenían sus autos eléctricos ante los
hologramas que regulaban el tráfico en las intersecciones,
dedicaban unos instantes a echar la vista al cielo y observar tanto lo
llamativo que resultaba ser el nuevo anuncio del disco como lo
apuesto que era el artista. Su rostro anguloso parecía esculpido en
roca, de rasgos africanos y con un bigote elegantemente fino
perfilando unos labios carnosos y gruesos que cuando sonreían
mostraban una hilera de dientes perfectos. Sus ojos eran del azul de
las aguas del mar, dándole un contraste exótico a su peculiar
fisionomía. Además, el anuncio en el que aparecía estaba realizado
con esmero: inicialmente imágenes en tres dimensiones de parajes
devastados que tras unos parpadeos se reconstruían en otros llenos
de actividad y de megaedificios lujosos. El logo circular de Aurora se
reflejaba bien grande al final de cada secuencia en modo bucle,
luciéndose como nuevo y flamante espónsor del artista.
Renzo Gordillo, el subdirector ejecutivo de la corporación Aurora,
al que muchos en secreto hacían broma en honor a su apellido, era
un hombre regordete, elegantemente vestido y con el pelo lleno de
entradas que se le acentuaban aún más al engominárselo hacia
atrás. El típico directivo de actitud soberbia al que siempre se le
podía ver llevando un puro de tamaño considerable en la mano. La
mañana en la que, aún sin saberlo, estaba a punto de cerrar un
importante acuerdo, Renzo no se encontraba de muy buen humor.
Dio una larga calada a su grueso cigarro y miró con desinterés,
desde el ventanal panorámico de su despacho situado en el ático
del rascacielos sede de la compañía, la publicidad constante de
Minuto Tres que arrojaba el grandioso holopanel ubicado en lo alto
del edificio de enfrente.
Aquella imagen estropeaba sin remedio las vistas de las piscinas
y jardines colgantes ubicados en distintos niveles de los
apartamentos de alrededor, de los raíles magnéticos que permitían a
los vehículos circular también en las alturas, de las señales
tridimensionales en el cielo que indicaban la meteorología y los
titulares de las noticias de más actualidad de la Burbuja y, en
definitiva, del resto del flujo virtual y tecnológico de la isla que
Aurora había conseguido instaurar a base de muchos años de
incansable dedicación. La cara de aquel flipado engreído, cuya
calidad musical de las canciones que creaba era vomitiva, lo
estropeaba todo. Si por él fuera, lo mandaría de vuelta a la Frontera
para que se pudriera hasta el fin de sus días, pero la decisión de su
superior inmediato, y la de toda la junta directiva, de aprovechar
cualquier fuente de ingresos adicional que pudiera aportarles dicha
colaboración estaba ya sellada desde hacía dos días: los mismos
que hacía que Renzo se había convertido en el director de la
compañía en funciones. El caso todavía estaba en boca de todos:
su predecesor falleció de un infarto comiendo un filete de buey
clonado, minutos después de formalizar el acuerdo con el cantante
en un reducido e íntimo restaurante flotante, suspendido de un
aerostato, en medio del Océano Atlántico. Cuentan que Minuto Tres
gritó, se escandalizó y exigió al servicio de la plataforma que lo
devolvieran a tierra de inmediato cuando lo vio desplomarse sobre
su plato y empezar a sacar espuma por la boca. Aunque es también
sabido que el susto le duró más bien poco al recordar que los
papeles del contrato estaban ya firmados con unos minutos de
antelación.
—Qué lástima que al viejo no le diera por palmar un cuarto de
hora antes, cuando el contrato todavía estaba sin su firma —le dijo
Renzo a un hombre joven que aguardaba apoyado en una esquina
del despacho, con los brazos cruzados, de aspecto callado y vestido
con ropajes de la Frontera, con un chaleco lleno de recovecos
donde guardar armas y artefactos propios de los cazarrecompensas,
aunque en esos momentos los llevara vacíos. En la entrada del
edificio a nadie se le permitía subir armado—. Yo vi crecer esta
compañía... —continuó diciendo Renzo—. Un titán dedicado en
cuerpo y alma a la reconstrucción del planeta, tomando como punto
de partida los conceptos de la tecnología más avanzada que dejaron
nuestros ancestros antes de que el mundo se fuera al traste.
Seguimos evolucionando y conseguimos crear maravillas a partir de
la destrucción. Miro todos estos edificios-ciudad de alrededor... —
Paseó el puro por todo el ancho del ventanal—. Diseñados para que
el ser humano pueda vivir, trabajar, comprar, relacionarse y
divertirse en ellos, sin que tenga la estricta necesidad de salir nunca
al exterior, y me siento plenamente orgulloso. Ni siquiera en los
tiempos de antes del Apocalipsis se habría podido soñar con algo
así... Pero fíjate ahora, parece que a los patanes de la junta de esta
compañía les importe más que terminemos convirtiéndonos en una
maldita discográfica. Y ese condenado fanfarrón de Minuto Tres... —
masculló con resquemor, sin terminar la frase. Dio otra larga calada
y lanzó el humo contra el cristal.
—Ya sabe que solo tendría que pedírmelo, y yo le respondería
que por un módico precio, la cara de ese pardillo dejaría de
aparecer definitivamente en el holopanel publicitario que tiene ahí
enfrente —respondió el cazarrecompensas con un marcado y
antiguo acento del este, mordiéndose distraídamente una uña.
Renzo lo miró de soslayo, sopesando por un momento su sutil
propuesta.
—No... —descartó al fin con desgana—. De algún modo
sospecharían que tengo algo que ver. Soy el único de la compañía
que ha mostrado abiertamente su profunda animadversión y
desprecio hacia él.
—Como quiera —respondió el hombre, indiferente.
En ese momento empezó a sonar una tableta digital integrada en
el centro de la mesa de cristal de Renzo: lo único que había sobre
ella aparte de un cenicero con forma de cerdito rosa. Era una
llamada de etiqueta urgente efectuada desde la recepción del
rascacielos. Renzo se giró, apoyó un puño en su minimalista
escritorio y apretó el botón de descolgar. Se escuchó un poco de
alboroto alrededor de la cara de una guapa recepcionista con gafas
de diseño afilado que apareció en pantalla.
—Señor Gordillo, tenemos aquí abajo a Trevor Castor —dijo ella
en un tono que él no supo discernir si era sereno o totalmente
desquiciado.
Renzo frunció el ceño, sorprendidísimo.
—¡Trevor! —masculló—. Lo dábamos ya por muerto.
—Pues le aseguro que está bien vivo y coleando.
—Bien, entonces dígale que suba. —Hizo un corto ademán con
las palmas de las manos hacia arriba, como si fuera algo lógico.
—Existe un problema, señor. —La chica tragó saliva—. Se niega
a dejar sus armas aquí antes de hacerlo.
—¿Cómo que se niega? —se extrañó— ¿Y no hay allí contigo
cuatro agentes de seguridad bien armados, que más bien parecen
gorilas, que le puedan recordar las normas de la compañía? —
Volvió a fumar, atento a la pantalla.
—Uno solo, señor. Los otros tres están ya inconscientes.
—¡¿Inconscientes?! —Renzo echó el humo de golpe—. Páseme
con el que no lo está.
—Me temo que ahora mismo no puede hablar. Se encuentra de
rodillas y con el cañón de una pistola literalmente metido en la boca
—repuso la chica, tratando de mantener la templanza en medio de
un ajetreo de voces escandalizadas que se escuchaban de fondo,
seguramente del resto de personas histéricas que en esos
momentos se encontraban en la recepción y estaban siendo testigos
del alboroto. De pronto, alguien le indicó algo desde fuera del campo
de visión de la imagen—. Un segundo... —solicitó ella con un dedo
en alto, y atendió a lo que le decían, dejando por un instante al
perplejo Renzo a la espera, hasta que volvió a dejarse ver con cara
pálida—. Señor... Trevor Castor me envía afectuosos saludos para
usted y me dice que o bien le dejamos subir tal y como ha llegado, o
jura que va a prender fuego al edificio entero y luego a bailar
desnudo sobre las cenizas.
Renzo se paseó una lengua nerviosa por los labios y miró por un
momento al otro cazarrecompensas, que todavía parecía más
confundido que él. Sintió que algo en la garganta le presionaba y
tuvo que desajustarse un poco el nudo de la corbata.
—¡De acuerdo, que suba! —Se exasperó al fin—. Demonios, que
suba.
—Sí, Señor, se lo transmito de inmediato —dijo la chica, y cortó
la comunicación.
Dos minutos después, Trevor Castor apareció tras las puertas
abiertas del ascensor que comunicaban directamente con el
despacho de Renzo. Iba vestido con sus ropajes de siempre,
aunque mucho más sucios y, por supuesto, con todas sus armas
enfundadas pero a la vista. En el rostro tenía algunas heridas
superficiales que ya debían de llevar un par de días cicatrizándose.
Por un momento se hizo el silencio entre los tres allí presentes.
—Hola, camaradas —les dijo Trevor, dibujando una leve sonrisa
y tocándose a modo de saludo el ala de su sombrero.
Renzo le devolvió un saludo escueto con la cabeza. El otro
hombre no dijo nada, aunque se quedó mirándolo con actitud alerta.
Y ambos observaron expectantes y en silencio cómo Trevor se
dirigía hasta una esquina de la sala, donde, dejando patente que ya
había estado allí en más de una ocasión, pisó una baldosa en
concreto del suelo e hizo emerger un pequeño minibar en el que
terminó sirviéndose un poco de whiskey en un vaso de cristal
tallado.
—¿Cómo has conseguido llegar hasta aquí desde la Frontera?
—quiso saber Renzo, que no le quitaba los ojos de encima.
Trevor se giró de forma pausada, con el vaso en la mano y tres
dedos de whiskey en él.
—A nado desde luego que no —dijo, y dio un breve sorbo.
—A decir verdad, no sé si quiero saberlo. ¿Podrías sentarte? —
le solicitó, señalando con la mano la silla de diseño extraño que
había al otro lado del escritorio—. Hoy estás consiguiendo poner
nervioso a todo el mundo.
—A mí no me pone nervioso —pronunció con actitud desafiante
el joven cazarrecompensas de la esquina.
Trevor, haciendo como si no hubiera escuchado eso último, tomó
asiento. Renzo lo imitó y dijo:
—A ese de ahí lo llaman Joe el Ucraniano. Es nuevo en la
profesión, aunque muy hábil. Evidentemente no sabe mucho acerca
de ti —trató de excusarlo.
—Evidentemente —repuso Trevor con frialdad, y apoyó ambas
botas llenas de fango reseco en la mesa, ensuciándola un poco—.
Hazle un favor, recálcale que si vuelve a tantear su suerte
aludiéndome de algún modo, muy pronto será un Ucraniano con un
agujero de bala en la cara.
Joe dio un paso al frente, cerrando los puños, claramente
ofendido.
—¡Alto, muchacho! —Renzo lo detuvo con un movimiento de la
mano. La situación se estaba poniendo un poco tensa, y con Trevor
de por medio eso bien podía terminar en una condenada tragedia—.
Luego te explicaré con detenimiento quién es este hombre. Por el
momento, será mejor que te calmes y no cometas ninguna
estupidez.
El joven cazador apretó los dientes, conteniéndose, y retrocedió
a su posición inicial.
Trevor repasó con la mirada los lujos varios del despacho y luego
se fijó en las vistas que exhibía la cristalera de delante.
—Veo que aquí todo sigue igual... —comentó al cabo de unos
segundos—. Excepto el anuncio de ese holopanel. Me gusta. Tiene
gancho. Dime, ¿habéis avisado ya a los ciudadanos de lo que se les
viene encima? —Dio otro sorbo a la bebida. Realmente parecía que
acabara de regresar de una guerra.
—Saben lo justo acerca de lo que está pasando en la Frontera
—respondió Renzo, que carraspeó para aclararse la garganta—. En
cuanto a nosotros, disponemos de un informe completo por parte de
uno de nuestros centros de investigación. —No mencionó que se
refería al del Vertedero—. Acerca de los detalles de esta nueva
cepa. Parece ser que esta vez es un poco agresiva, sí. Pero aquí
nos encontramos a salvo. La infección no llegará hasta Ganea.
Estamos tomando medidas.
—¿Medidas? —repitió Trevor, divertido—. ¿Y qué se os ha
ocurrido?
Renzo entrecruzó los dedos sobre la mesa. Hacía rato que el
puro se le estaba apagando entre ellos.
—Mañana se cerrarán todas las fronteras, nadie podrá salir ni
entrar de las cuatro islas que componen la región. Además, esta
semana vamos a inocular un microchip en la nuca de todos los
residentes explicándoles que se trata de una última VAPO
actualizada. Si a alguien se le detienen sus constantes vitales por
cualquier motivo, ese chip nos mandará una señal inmediata de su
ubicación y luego se autodetonará, causando lesiones integrales en
el cerebro del fiambre que imposibilitarán su transformación. Como
ves, no hay motivo para hacer cundir el pánico ni tampoco para dar
más información de la necesaria.
Trevor frunció los labios.
—Discrepo —musitó—. ¿Sabes...? Yo vengo de allí. Esta nueva
cepa me pilló de lleno cuando me encontraba haciendo una entrega
en Brecha Ámbar y tuve que enfrentarme a cosas que... —Dejó
escapar un suave silbido—. Joder, si las contara en voz alta ten por
seguro que harían cagarse en los pantalones al novato que tienes
aquí con nosotros. —Joe el Ucraniano enrojeció de rabia y de nuevo
tuvo la intención de ir a darle una lección al cazador, pero Renzo lo
detuvo fulminándolo con una mirada tajante, dándole a entender,
una vez más, que ni se le ocurriera caer en sus provocaciones.
Finalmente se calmó y Trevor continuó hablando con total
tranquilidad—: Sí... La situación no pinta nada bien. El virus Z es
ahora extremadamente virulento y fácil de transmitir, por lo que
siento decirte que muy pronto todo el chiringuito que tenéis aquí
montado va a irse a tomar por el culo. ¿Dices que esta semana vais
a empezar a tomar medidas? —Rio entre dientes—. Yo de ti rezaría
porque a nadie de esta isla le dé por palmarla antes.
—¿Qué quieres? —soltó Renzo con rapidez.
—¿Acaso no es evidente? —Trevor achinó los ojos, había un
brillo ardiente en ellos—. Quiero un contrato exclusivo para traeros
hasta aquí la verdadera solución al problema. Y sin interferencias...,
lo que significa que por vuestra parte no se le debe encargar a nadie
más la búsqueda de Erico Lombardo. Por supuesto, dado lo mucho
que se han complicado las cosas fuera de la Burbuja, ya no exijo
medio millón de liras por el trabajo, sino dos millones. Dadme
transporte hacia el Vertedero hoy mismo para sonsacarle la
información de su paradero a Elena Vela y empezaré con la
búsqueda de inmediato.
Renzo rio como si realmente le hiciera mucha gracia lo que
acababa de escuchar.
—Acabas de llegar. Todavía no te has enterado, claro.
—Sea lo que sea, entiendo que me vas a poner al día. —Bebió
hasta casi terminarse el líquido del vaso.
—¡Por supuesto! —exclamó, como si realmente estuviera
esperando hacerlo—. Tu amiguita, esa tal Gina que le ha generado
tanta fama al imbécil que tengo a mis espaldas, la ha liado pero
bien.
Trevor enmudeció un segundo.
—Es muy interesante deducir que sigue viva —dijo.
—No solo sigue viva, sino que además es la persona más
buscada ahora mismo por todos los cazadores de recompensas que
pueblan el puñetero planeta.
De pronto, a Trevor se le cambió la expresión a una mucho más
oscura y siniestra.
—Dime: ¿qué ha hecho? —preguntó con voz grave.
Renzo se llevó el puro a la boca solo para comprobar que estaba
del todo apagado, de modo que lo dejó en el cenicero de la mesa.
—Escapó de la Frontera junto a un grupo de civiles y militares
que sobrevivieron al ataque de los no muertos en Brach. Entonces
fue trasladada hasta el Vertedero, donde permaneció durante casi
una semana. Allí, de algún modo, no solo consiguió sacarle toda la
información a Elena Vela, que, por cierto, no te molestes en intentar
contactarla porque a estas alturas estará ya criando malvas, sino
que además se las arregló para liberar y sincronizarse con el
arcángel que el doctor Hegber utilizaba para sus estudios: el mismo
que capturamos hace cuatro años en las ruinas de la antigua
Londres —explicó, tomándose su tiempo para fijarse en el
endurecimiento progresivo del semblante de Trevor—. Luego
escapó con ese ser en helicóptero, dejando un rastro de muerte y
destrucción en la isla; las imágenes de los drones no paran de
mostrar cómo centenares de esos zombis del averno campan ahora
sobre ella. Lo último que sabemos es que esa chica aterrizó con el
arcángel al norte de las Dunas del Pilat. Para nosotros es más que
evidente que ahora sabe cómo dar con Erico y que se dirige a su
encuentro.
A medida que iba escuchando con atención las palabras del
director de Aurora, la cólera de Trevor fue en aumento. No se dio
cuenta de la presión que estaba ejerciendo sobre el vaso que tenía
entre las manos hasta que este reventó y algunos cristales cayeron
al suelo; otros se le clavaron en la piel causándole pequeñas
heridas, aunque eso ni lo inmutó.
—¿A quién le han encargado que vaya tras ella? —preguntó,
mostrando una clara imagen de la calma justo antes de la tormenta.
A Renzo se le empezó a perlar la frente de un sudor frío y trató
de reunir el valor necesario para contestarle.
—Antes de que vinieras he firmado un contrato con Joe el
Ucraniano para que la encuentre. Partirá esta misma tarde hacia la
Frontera. —Al ver que Trevor bajaba las piernas de la mesa y se
inclinaba hacia delante, Renzo alzó una mano pidiendo tregua y
añadió rápidamente—: Pero admito que ha sido toda una sorpresa
comprobar que sigues vivo, de modo que estaría más que dispuesto
a firmar otro acuerdo de colaboración contigo. Podríais encargaros
los dos del asunto, funcionando como un equipo. Por supuesto,
dispondríais de todo lo necesario para el trabajo, armas,
suministros. Lo que sea...
Trevor clavó la mirada un instante en el joven
cazarrecompensas: a juzgar por su expresión, aquella idea le había
parecido tan mala como a él.
—Yo trabajo solo. Anula el contrato con el novato. —Devolvió la
vista a Renzo.
Joe enfureció y fue de nuevo hacia él.
—Me da igual que vaya armado —vociferó—. Ya no lo aguanto
más, ¡voy a darle una paliza!
Trevor lo señaló con un dedo cargado de autoridad.
—¡Chico, a Dios pongo por testigo que te ahogaras en tu propia
sangre si das un paso más, y no necesitaré mi revólver para
matarte! —exclamó con una expresión tan intimidante que a Joe, de
algún modo, lo hizo dudar y detenerse a medio camino. Trevor
volvió a centrarse en Renzo—. Puede que el arcángel sea de
vuestra propiedad, pero esa chica es cosa mía. Seré yo quien se
encargue de ella. Anula cualquier contrato anterior que hayas
firmado —siguió presionando.
—¡No puedo! —bramó el director, nervioso—. Ya ha sido
entregado a la junta. Además, ¡es evidente que esta vez necesitarás
ayuda! Tú mismo lo has dicho, la situación ahí afuera está muy mal.
Vamos, Trevor, no seas tan orgulloso.
—Ayuda... —Trevor masticó aquella palabra con desprecio—.
Por un lado está un ejército de muertos corredores, un arcángel y
una muchacha que es más lista que el mismísimo diablo... y por el
otro estoy yo. ¿Es que acaso no te parece que la maldita cosa está
equilibrada?
Renzo necesitó tragar saliva, pero no desistió en su intento de
abogar por el diálogo.
—Sinceramente, creo que la colaboración con Joe te va a
beneficiar de algún modo —repuso, cada vez menos seguro de lo
que decía.
—No voy a perder el tiempo haciendo de niñera de un aprendiz.
—Ha sido el campeón de este año en los juegos del abismo de
la isla Inaccesible, y hace poco consiguió capturar al Rey Oso en los
bosques de la salvaje región de Irlanda del Sur. Ese criminal llevaba
años escondido en la Zona Muerta sin que nadie lograra dar con él.
De veras, tienes que creerme cuando te digo que el muchacho es
bueno en lo suyo. —Dio un toquecito con el canto de la mano a la
mesa para reafirmar su opinión.
—Es un fraude que va a morir nada más poner un pie en la
Frontera. Eso si no lo mato yo antes. Tengo ojo clínico para estas
cosas.
Al escuchar eso, Joe no estuvo dispuesto a consentir más
humillaciones y se abalanzó sobre Trevor. Este se levantó, hizo un
movimiento rapidísimo con la mano, en la que nadie se había
percatado de que aún tenía clavado uno de los cristales del vaso, y
le abrió un enorme tajo en la yugular. Renzo gritó horrorizado y se
echó hacia atrás con la silla por puro acto reflejo. El joven cazador
se llevó las manos al cuello y puso los ojos como platos, sin poderse
creer ni él mismo lo que acababa de ocurrir, en lo que
inevitablemente fueron sus últimos segundos de consciencia. Cayó
de rodillas, se desplomó en el suelo y murió agonizando entre
gorgoteos, dejando un charco de sangre debajo de él. Acto seguido,
Trevor apoyó una mano en el escritorio y con la otra agarró por la
corbata al asustadísimo Renzo, que en esos momentos era la viva
imagen del terror.
—¿Ves? Ya no necesitas anular ningún contrato. Simplemente
redactar uno nuevo de exclusividad conmigo —le dijo con la cara tan
salpicada de sangre que parecía un demonio—. Dame el equipo
necesario, una hora en una habitación privada que disponga de una
ducha y un transporte rápido a la Frontera.
—Estás loco... —exclamó Renzo con la mandíbula desencajada,
negando ligeramente con la cabeza—. ¡Estás como una jodida
regadera, Trevor!
—¿Y qué sería de vuestro patético mundo perfecto sin aquellos
locos que salimos ahí fuera y os hacemos el trabajo sucio? —Lo
soltó de malas maneras.
En ese instante, el cadáver de Joe empezó a contorsionarse en
el suelo y a articular las extremidades con fuertes espasmos. Ambos
vieron, uno totalmente histérico y definitivamente menos
acostumbrado que el otro, cómo se disponía a levantarse de nuevo,
transformado ya en un espectro. Al zombi solo le dio tiempo a
mirarlos con hambre y a gruñir una sola vez antes de que Trevor
desenfundara rápidamente su arma y le pegara un tiro en la cabeza,
reventándosela como una sandía y dejando esparcida gran parte de
la materia gris por todo el tapizado del despacho.
—¡Por Dios! —gritó Renzo, horrorizado, tapándose los ojos con
el antebrazo como si estuviera viviendo una verdadera pesadilla.
Trevor, ya sin prisas, se enfundó el arma, volvió a sentarse en la
silla y recuperó su posición inicial, apoyando ambas botas en la
mesa. Entonces le clavó a Renzo su mirada más afilada.
—Ahora ya has visto que tienes asuntos más importantes de los
que preocuparte, como por ejemplo empezar con tus condenadas
medidas de contención inmediatamente. La infección ya ha llegado
hasta esta isla. Por suerte para ti, tienes delante de tus narices a la
persona adecuada para arreglar todo este desastre. Pocos saben
que, en realidad, Erico no es solo el remedio, sino también la causa
de tantas mutaciones del virus. Pero yo siempre hago los deberes.
—Se dio unos toquecitos con el dedo índice en la sien—. Sé hasta
qué punto llega vuestra desesperación por encontrarlo. De manera
que, ¿qué tal si dejáis de fingir que lo tenéis todo bajo control y
firmamos de una puta vez ese contrato? —masculló con dureza.
Renzo temblaba. Tras unos segundos consiguió asentir
nerviosamente, aunque fue incapaz de articular palabra.
Quince minutos después, ambos estaban firmando el acuerdo en
la tableta digital, mientras los hombres del personal de limpieza
retiraban el cuerpo y los trocitos de cráneo de Joe el Ucraniano del
suelo. Renzo estuvo muy callado durante el proceso, sin poder salir
de su severo estado de shock. Únicamente se dirigió a Trevor
cuando este ya estaba a punto de entrar en el ascensor para
dirigirse a una habitación privada del edificio, donde podría
prepararse bien para su viaje.
—Se te ve muy tranquilo. ¿Qué pasa por la mente de un hombre
como tú en estos momentos? —le preguntó Renzo casi con miedo,
todavía pálido, sentado en su silla como si hubiera sido derrotado en
una dura lucha sicológica.
Trevor se metió en el elevador, se encaró hacia él y pulsó el
botón de una planta intermedia del rascacielos.
—Las mismas cuatro palabras que me digo siempre que inicio un
nuevo y excitante encargo —aseguró.
—¿Y qué cuatro palabras son? Hay cosas de ti que necesito
entender...
Trevor no respondió. Tan solo hizo su acostumbrado gesto de
despedida tocándose el sombrero, al tiempo que las puertas del
elevador terminaban de cerrarse.
PARTE III QUE EMPIECE LA CAZA
XII

Gina seguía respirando. Eso era importante. Y cada bocanada


de aire era la última. O al menos todas ellas le parecieron serlo...
A medida que la adrenalina dejó de tomar el control de su
cuerpo, la muchacha no fue capaz de identificar ni sentir la habitual
euforia que queda tras experimentar una situación límite de la que
se sale victorioso. Tampoco fue plenamente consciente de todo lo
que acababa de vivir en los últimos cinco minutos hasta que el
enfrentamiento terminó y se vio a sí misma de rodillas, con las
manos temblando, herida y completamente mojada junto al cuerpo
tendido e inerte del arcángel. Trece no se movía ni mostraba
señales de seguir con vida, como si fuera una enorme figura de cera
exhibiendo una quietud total. Que la situación había acabado en
desastre era evidente. Su alrededor no era más alentador. Todo era
un caos silencioso al que le daban forma los diversos destrozos
ocasionados en la recepción y las decenas de cadáveres de
espectros disgregados que describían un círculo de muerte en torno
a ella. Algunos estaban calcinados; otros, despedazados de formas
indescriptibles; unos cuantos, abatidos a disparos, y todos mojados
por los aspersores del techo que hasta hacía escasos segundos
habían seguido arrojando agua.
Tardó unos instantes en poner a trabajar sus recuerdos para
conseguir rescatar algunas imágenes que, de forma intermitente, la
trasladaron a los últimos sucesos tal y como ocurrieron.
Miró hacia la estatua vacía del centro de la recepción. Ahí se
encontraban Trece y ella cuando la emboscada dio comienzo...

Casi pudo volver a reproducir el ruido de los disparos en sus


oídos, cuando tuvo el tiempo justo de eliminar a dos de los
espectros, los más cercanos a su posición, y a un tercero que fue a
echársele encima y cayó abatido a sus pies. Tras eso, nada la
atacó. Se dio la vuelta y comprobó, desconcertada, que los demás
se dispersaron veloces por los flancos, casi ignorando su presencia,
y empezaron a rodear a Trece, como si fuera él quien realmente los
importara. Cayó en la cuenta del porqué: estaban encerrados, de
todos modos ella no podría ir a ninguna parte, y decidieron eliminar
la amenaza principal primero. También sabían que el arcángel se
volvería mucho más agresivo si los veía centrarse en ella. Una
táctica propia de depredadores inteligentes.

Volvió la vista al cuerpo inmóvil de Trece.

Recordó los bramidos de este, así como sus propios gritos de


advertencia al apuntar hacia la horda; empezaron a moverse como
diablos atacándolo con rapidez de un lado a otro. Trece se convirtió
entonces en una especie de monstruo de feria brutalmente
castigado, y pronto no dio abasto para encajar tantos golpes. Gina
corrió por el vestíbulo, buscando la mejor posición para disparar
algunas ráfagas que pudieran mermarlos en número, pero los
zombis se deslizaban tan rápido que no eran blancos fáciles.
Actuaban como una masa voluble en torno a él, dándole zarpazos,
subiéndosele encima para morderlo y huir velozmente de sus
manotazos... con un único objetivo: agotar sus fuerzas. Y pese a
que el arcángel consiguió agarrar a algunos y lanzarlos contra la
pared, golpearlos, o incluso aplastarles la cabeza con ambas
manos, terminó viéndose superado por aquella avalancha imparable
que constantemente encontraba la manera de clavarle multitud de
dentelladas y de someterlo agarrándolo e inmovilizándolo por las
extremidades.
Gina recordó la escalofriante imagen de uno en concreto
subiéndosele a la espalda y mordiéndolo en la nuca; ese fue el
momento en que Trece rugió como una bestia herida e hincó una
rodilla en el suelo. Ella lanzó un exabrupto y se tomó unos segundos
para apuntar bien y disparar en el breve instante en que lo vio alzar
la cabeza para clavarle los dientes por segunda vez, pero tan pronto
cayó al suelo, otro espectro escaló por el cuerpo del arcángel y
ocupó su lugar.

La mente de la muchacha regresó al presente:


—Eran demasiados... —se lamentó con un hilo de voz.
Se percató del dolor y los calambres que desde hacía rato le
azotaban la mano derecha, e intentó que esta dejara de temblarle
agarrándose el antebrazo con la izquierda. Algo en su metabolismo
no iba bien, se dijo. Sintió un fuerte zumbido en las orejas, mucha
presión ocular y unas ganas repentinas de vomitar. Ya no tenía nada
en el estómago, así que terminó tosiendo incontroladamente,
echando el cuerpo hacia delante. Cuando consiguió respirar y
estabilizarse, con la frente pegada al suelo húmedo, cerró los ojos y
más recuerdos la abordaron...

En sus adentros padeció la misma sensación de impotencia que


cuando vio que Trece, que no dejaba de luchar ni forcejear, lo hacía
de forma cada vez menos efectiva. Ella continuó disparando en
cortas y estudiadas ráfagas, pero seguían moviéndose
inteligentemente, pegándose mucho a él, y el riesgo de dañarlo sin
querer era muy alto, por lo que en más de una ocasión tuvo que
contenerse. Algo le impidió que siguiera entrometiéndose: sin bajar
el arma, advirtió de reojo una sombra que se le aproximó veloz por
el lateral. Al volver la cabeza vio a uno de ellos, que aulló y la
embistió de costado con una fuerza implacable, lanzándola por los
aires y haciéndola impactar contra la jaula del mostrador de
recepción, que quedó abollada por el golpe. Al caer al suelo, Gina
soltó un grito ahogado y experimentó un dolor en la espalda tan
intenso que pensó que se la había fracturado. Incapaz de ponerse
en pie todavía, consiguió arrastrarse un par de metros como una
alimaña herida hasta alargar la mano y recoger el fusil que se le
había caído. Desde el suelo quiso apuntar rápidamente a la criatura
que la había arrollado, pero esta había desaparecido de su campo
de visión y regresado a la otra punta de la sala para unirse de nuevo
al linchamiento de Trece.
En masa eran imparables. Si no hacía nada inmediatamente, lo
iban a matar.
Gina decidió entonces llevar a cabo una completa insensatez:
apuntó a uno de los cilindros de combustible del vestíbulo que los
antiguos viajeros que no podían costearse una habitación en los
pisos superiores del hotel solían llenar de queroseno que luego
usaban para calentarse. Se encontraba relativamente cerca de
Trece y de la horda. Y sin pensarlo dos veces, disparó...

La muchacha se incorporó un poco y se fijó en la pared


chamuscada y parcialmente destrozada que quedaba frente a ella.
El hueco de la ventana se había hecho mucho más grande, dejando
tras de sí cristales y ladrillos caídos, y ahora dibujaba un orificio
irregular recortado por la luz exterior por el que perfectamente
podría caber un vehículo del tipo scarab.

Todavía podía avistar en sus retinas el fuego cegador que se


originó en la explosión, que al producirse en un espacio cerrado se
expandió de forma colosal. El edificio entero pareció que fuera a
derrumbarse y, tras eso, todo enmudeció unos instantes. Con la
vista dolorida, alzando una mano para protegerse los ojos de las
ascuas suspendidas en el aire, Gina vio a varios de los espectros
dando tumbos mientras se quemaban enteros y soltaban débiles
lamentos; algunos ya estaban muertos en el suelo, y otros, que
todavía se consumían de rodillas, terminaron cayendo calcinados. El
resto, unos siete u ocho, que al estar más alejados de la explosión
quizá no recibieron tantos daños, se dispusieron, incansables, a
rodear de nuevo al arcángel. Una parte del cuerpo de Trece también
ardía, pero más por sus ropajes, aunque las llamas se consumieron
rápidamente, ya que su piel de aspecto cauterizado era ignífuga. Un
momento de respiro a tanto castigo. Tan pronto pudo ponerse en
pie, tambaleándose, se hicieron más que evidentes sus graves
heridas: lesiones profundas en la cabeza, los brazos y la espalda,
de un feo tono morado. Había perdido un ojo bajo el trazado de un
profundo zarpazo. Los espectros que quedaban no
desaprovecharon la ocasión y, al unísono, bien coordinados, se
lanzaron a por él para rematarlo. Lo siguiente que recordó Gina fue
el agua cayéndole en la cara. En esos momentos, los aspersores se
activaron desde el techo en respuesta al humo que impregnaba la
estancia.

En el presente, la muchacha alzó la vista para fijarse en ellos, la


mayoría ya detenidos; algunos aún dejaban caer gotas solitarias e
intermitentes.
El agua...
De alguna manera el agua debilitaba a esas cosas, estuvo
segura.

Al mojarse, los zombis parecieron perder su perfecta


sincronización y también parte de su fuerza. Gina se puso en pie
apoyándose en el fusil y consiguió apuntar y eliminar a tres con
disparos fáciles. El arcángel también se deshizo de dos más,
arrancándole media cabeza a uno con sus propios dientes mientras
sostenía a otro por el cuello, y luego lo alzó con ambas manos como
una pelota y lo incrustó con violencia varias veces contra el suelo,
haciendo uso de sus últimas fuerzas. Tras eso, dio un par de
manotazos torpes y fallidos hacia los dos que quedaron y, como si
fuera una máquina cuya batería de repente deja de funcionar,
pareció tropezar y cayó al suelo como un bloque de metal pesado.
Gina chilló de impotencia al ver que de allí ya no se movió.
Los dos espectros que aún se mantenían activos se giraron y
pusieron toda su atención en ella. Había llegado su turno. Se
separaron y, uno por cada lado, arrancaron a correr hacia su
posición. La muchacha consiguió abatir a uno, pero el otro...

Con pesadumbre se miró la herida de mordedura en el


antebrazo; seguía ocasionándole calambres de un dolor lacerante.
La sangre se había diluido con el agua y la lesión en todo el brazo
parecía realmente escandalosa.

El último de ellos consiguió echársele encima, tirarla al suelo y


morderla profundamente. Forcejeó con él, desgañitándose y
golpeándolo para que se soltara. Y mientras aquel ser le perforaba
la ropa, la piel y parte de la carne pudo ver cómo en sus ojos opacos
se reflejaba una mirada triunfal, como si al final el objetivo de toda la
horda hubiese sido cumplido: eliminar a un arcángel recién llegado a
la Frontera y poseerla a ella. En medio de la lucha, Gina consiguió
apuntarle a la cabeza con el rifle de una forma incómoda pero
precisa, apretó el gatillo y lo mató con un disparo a bocajarro. Tuvo
que abrirle ella misma la mandíbula con la otra mano para que lo
que quedaba de su cabeza desencajara las fauces y se soltara.
Al quitárselo de encima lanzó un grito desgarrador en medio de
un infierno de agua, humo y cuerpos rotos.
Imaginó que le quedaban pocos segundos de consciencia antes
de transformarse, de modo que se arrastró hasta Trece y se colocó
de rodillas a su lado. Repasó su estado con ojos húmedos: lo
habían machacado. Sintió ganas de maldecir la vida, al ser humano
y al planeta entero y lamentó no haber estado más atenta al entrar
en el hotel. Definitivamente, había subestimado a aquellos
monstruos. Ojalá hubiese podido hacer más por salvarlo..., por
salvarse a ella misma. Ahora, todo iba a terminar muy pronto. En
ese momento, los aspersores de agua se detuvieron y Gina se miró
de nuevo la herida.
Esperó...
Respiró con ansiedad...
Recordó cómo había ocurrido todo...
Siguió esperando...

¿Por qué no se transformaba? El instante en que la consciencia


debió de desaparecer y su lugar ocuparlo aquella rabia que siempre
había visto en los ojos de esos seres, simplemente no estaba
ocurriendo. Tal vez su transformación fuera más lenta, se dijo al
borde de un ataque de pánico.
Al cabo de unos minutos sintió una fuerte sequedad en la
garganta, más presión intraocular y también que las fuerzas la
abandonaban. Se llevó una mano al pecho. El corazón empezó a
latirle con una rapidez próxima al infarto. Gesticuló de dolor. Si era
eso lo que se experimentaba justo antes de una transmutación
derivada de la nueva cepa, desde luego era muy desagradable.
—No aguantarás la tormenta... —susurró empalidecida,
respirando con rápidos espasmos. La cabeza le pesó demasiado y
toda ella se desplomó sobre el cuerpo frío y sin vida de Trece.

La esperaba un océano gris y denso ahí delante. Las aguas


estaban tranquilas, pero habían devorado edificios enteros que
resurgían parcialmente de las profundidades con un aspecto
destruido y oscuro, torcidos como lápidas descuidadas en un
cementerio. Y tal vez, en cierto modo, lo fueran, ya que parecía que
sus puntas hubieran sido devueltas a la superficie tras inundarse
enteros y aniquilar a la civilización que antaño los habitó.
Y en medio de todo aquel escenario estaba él. Aquel ser con el
que Gina había soñado últimamente. Vestido de la misma forma
extraña, con aquel sombrero oscuro y esa máscara de metal con
rasgos cadavéricos. Ella dio unos pasos al frente. Sus pies se
hundieron un poco en el agua pero su cuerpo se mantuvo a flote. De
algún modo podía caminar sobre ella, de manera que el último
tramo hasta él lo anduvo más deprisa y con porte decidido.
—¿Por qué me persigues en sueños? —dijo, deteniéndose
frente al ente.
Este hizo un gesto pausado con la mano señalando el paisaje
apocalíptico que los rodeaba.
—Eres tú quien viene siempre a mi mundo —respondió con una
voz fantasmagórica—. ¿No debería ser yo quien te formulara esa
pregunta?
Gina puso los brazos en jarras. El ser la imitó, burlón. Ella lo
miró, frunciendo el ceño. Él imitó su leve gesto de cabeza, aunque
no pudo verse su expresión tras la máscara. Sin ganas de juegos,
Gina se hizo a un lado y lo pasó de largo para detenerse un metro
más allá y observar mejor el escenario.
—¿Sabes...? Desde que apareciste en mi cabeza por primera
vez, mi vida se ha convertido en un asco. ¿Crees que podrías
dejarme en paz?
—¿Por qué? ¿No te gustan mis advertencias? —Se colocó a su
lado y se cruzó de brazos, oteando con ella aquel trágico horizonte.
Gina hizo una mueca apática.
—Es por todo ese rollo de que no aguantaré lo que está por
llegar y demás... Me resulta excesivo y redundante.
—Y sin embargo aquí estás, en algún lugar de tu subconsciente
porque tu cuerpo ha sucumbido. Señal de que en el mundo real
tampoco te ha ido de maravilla, ¿me equivoco? —observó irónico.
Ella lo miró de soslayo—. Dime una cosa: ¿quién crees que soy?
—Al principio creí que eras el diablo —dijo al cabo de unos
segundos—. No es que crea en él, simplemente es que no había
visto una cosa tan enfermiza en la vida. Pero pensándolo mejor, lo
más probable es que tan solo seas un pirado que he creado yo
misma. Por qué razón estás en mi mente, o porque sigo hablando
contigo, es algo que aún se me escapa.
El ser lanzó una carcajada desdeñosa que retumbó en todas
direcciones en forma de eco.
—Lo que creo es que tienes mucho miedo —dijo divertido—.
Quieres huir de tu pasado, te cansa tu presente. Por eso siempre
vienes a mi encuentro en el futuro. Es lo que te queda, lo que te da
esperanza. Pero déjame contarte algo: cuando llegue, tampoco te
va a entusiasmar —señaló en voz más baja, casi como si fuera un
secreto.
Gina observó un instante los edificios que sobresalían de
aquellas aguas grises como si fueran oscuros y aterradores icebergs
en un mar gélido. Era extraño, pero incluso podía sentir el frío en
sus piernas.
—¿Esto es el futuro? —preguntó entonces, con desgana.
—El futuro es puro silencio —respondió él—. Un planeta callado
y sin vida, olvidado en medio de la infinidad de un cosmos estelar.
La humanidad ya ha agotado su tiempo. Pero se resiste a creer que
lo que le espera no son más que islas sepultadas bajo toneladas de
malas decisiones, edificios destruidos por guerras abanderadas por
el orgullo y el egoísmo, y sangre, mucha sangre de millares de
cuerpos mutilados —pronunció en un tono casi orgulloso—. Pero
eso ya lo sabes, ¿no? En el fondo, yo solo soy una voz dentro de tu
propia mente. Fíjate... ¿No te parece hermoso? —El ente señaló el
agua con un ligero movimiento de cabeza.
Gina vio cómo una mancha roja empezó a extenderse en torno a
ellos dos y a avanzar con rapidez hasta cubrir toda la superficie del
océano visible. Comprobó con expresión sombría cómo hasta los
edificios terminaron tiñéndose del mismo color. Escuchó un ruido de
goteo. Entonces se miró el brazo derecho. Se le había ennegrecido,
como si la herida de mordedura se hubiera gangrenado. Las gotas
de sangre le caían por los dedos y se diluían en el mar. Era ella
quien estaba provocando aquel cambio de tonalidad del escenario.
—Y ahora, ¿qué pasara conmigo? —dijo, inquieta. Tuvo que
recordarse que aquello solo estaba ocurriendo en algún lugar de su
mente, aunque sintió ansiedad al reconocer que en absoluto era ella
quien controlaba la situación—. Me han mordido... Y si
verdaderamente mi cuerpo está deambulando por ahí machacando
a los supervivientes que quedan en el mundo real, no es que a mi
consciencia le apetezca mucho quedarse atrapada contigo en esta
mierda de lugar.
—Shhh... —susurró el ente—. No te hacía tan mal hablada.
—Es que el mal humor me vuelve un poco descarada.
—Pero fuiste adiestrada para mantener el autocontrol —repuso
el ente—. Ya de pequeña demostraste ser toda una bomba de
relojería. Dime, ¿cuántas veces te peleaste en la escuela de Praia
contra niños y niñas a los que se les ocurrió intentar tocarte la
moral?
—¡Tsss! Qué sabrás tú sobre mi pasado y sobre cómo fui criada
—ladró Gina.
Se hizo una breve pausa.
—Mucho más de lo que crees, Stellina mia —dijo él.
A Gina le dio un vuelco el corazón. Sin pensarlo, alargó la mano
y le quitó con un movimiento rápido la máscara de la cara. Se quedó
sin aliento al encontrar el rostro de su padre detrás, perfilando
aquella media sonrisa tan característica que él solía tener. Le quitó
también el sombrero, su pelo era exacto al de él. No le faltaba
detalle. Ambas cosas se le cayeron de las manos y se las llevó la
lenta corriente del agua.
—Ahora ya sabes quién soy. Siempre seré aquello que más
daño pueda hacerte —dijo aquella representación de Luca—. A una
persona normal le bastaría con hablarlo con un amigo, con intentar
encontrar el afecto en su familia o incluso con abrazar a un perro.
Pero tú... —Rio—. Tú eres un ser enfermizo y trastornado que
intenta ocultar su sufrimiento y fragilidad al mundo. —Extendió los
brazos—. Por eso estoy aquí. —Dio un paso al frente y se quedó a
tan solo un palmo de ella—. Para recordarte que tu cabeza ya está
estropeada, que no tiene arreglo, y que nunca podrás huir de tu
pasado. Y ahora, adelante, vuelve —la desafió—. Por alguna razón
tu momento aún no ha llegado. No eres la primera persona a la que
le pasa. A veces a nosotros, vuestros fantasmas, nos encanta
visitaros. Y apuesto a que todavía te queda mucho dolor que
experimentar, de modo que esta no será la última vez que nos
veamos. —Sin previo aviso, alargó una mano y le empujó el pecho.
Ella se sentía tan descolocada que no tuvo tiempo a reaccionar y
cayó de espaldas al agua, sumergiéndose en un frío tan intenso que
la devolvió a la realidad de golpe.

Gina abrió los ojos. Tenía la piel congelada y temblaba tendida


sobre el cuerpo del arcángel. Sus mejillas estaban húmedas y
seguía sintiendo una fuerte presión ocular. Se frotó los párpados y
echó un vistazo alrededor. Dedujo que había estado inconsciente
durante al menos dos horas. Ahí afuera ya estaba oscureciendo; por
la brecha en la pared se colaba un viento frío que calaba los huesos.
Una punzada de intenso dolor insistió en recordarle la herida que
tenía en el brazo. Presentaba muy mal aspecto y supuraba un
líquido oscuro de hedor dulzón. En esos momentos se acordó que
en el interior de su mochila impermeable, la que dejó en su antigua
habitación del tercer piso, tenía vendas y materiales de primeros
auxilios. Tal vez aún siguieran ahí.
Se incorporó pugnando contra sus articulaciones agarrotadas y
se frotó el pecho para entrar en calor. Trece seguía derribado en la
misma posición inerte que se quedó tras caer en el enfrentamiento.
El flujo de la vida, si es que alguna vez llegó correr por sus entrañas,
ya no estaba presente en él. Aquella imagen le ocasionó cierto
sentimiento de culpa y compasión por un ser que la había salvado
de morir al menos en tres ocasiones distintas desde que lo liberó, y
que, seguramente, no pudo escoger nacer o ser creado de esa
manera. Gina dedicó algunos segundos a compadecerlo en silencio
y decidió que tenía que volver a ponerse en marcha. De lo primero
que debía preocuparse era de llegar hasta su antigua habitación.
Caminó hacia las escaleras, con una mano sosteniéndose el brazo
herido, y se detuvo un momento a mirarse en el espejo sucio y con
manchas de ocre que había al final de la recepción, justo antes de
llegar a ellas.
Tenía la cara muy pálida y los labios morados, pero eso bien
podía ser producto de la hipotermia. Brach era una región muy fría
en otoño, y al atardecer, en el exterior era fácil que la temperatura
descendiera hasta alcanzar prácticamente los cero grados. Acercó
más el rostro al cristal y vio que algunas venas de sus ojos eran
negras. Frunció el ceño. Eso no era muy normal. Miró con más
detenimiento, hizo gesticular los músculos de la cara y comprobó
que, en mayor o menor medida, seguía siendo ella. No parecía
haberse transformado en un espectro. Al menos no se sentía como
tal.
No obstante, todo aquello era sumamente extraño.
Se alejó de su reflejo y fue ascendiendo hasta la tercera planta
con el fusil siempre preparado, intentando no hacer demasiado ruido
al pisar los peldaños, y mientras subía recordó el sueño que tuvo. Le
pareció tan real como inconcebible... Aquel ser que la atormentaba
cuando dormía era creación suya, sí, pero ¿acaso sus palabras eran
ciertas? ¿Jamás iba a poder librarse de su pasado? Recordó
también otras cosas que le dijo, como que no era la primera persona
a la que sus fantasmas la visitaban. Tal vez, su subconsciente la
relacionara con el caso del propio Erico Lombardo, cuyas
menciones en su libro también hablaban acerca de insólitos
encuentros con un ser con una máscara: una simple asociación de
conceptos, ya que encontrarle era el objetivo de su viaje. Por el
momento no quiso prestarle mucha más atención a sus pesadillas.
Su mente siempre había sido tortuosa; para Gina, eso no era ningún
secreto. Lo realmente importante era que, fuera por la razón que
fuese, seguía sin transformarse tras la mordedura de un espectro, y
eso, mientras continuara siendo así, solo le dejaba un plan de
acción viable: seguir hacia delante.
De camino a sus antiguos aposentos no se topó con ningún
espectro más. Todos los de las inmediaciones debieron de haberse
unido en el mismo lugar para el ataque. Al cruzar por el pasillo del
tercer piso se adentró un breve instante en la habitación en la que
se jugó aquella fatídica partida de póker que dio comienzo a todo;
allí seguían los cadáveres del enano Everest y del primer espectro
con el que se encontró; al estar definitivamente muertos, sus
cuerpos se descomponían con rapidez. Encontró su antiguo cuchillo
tirado en el suelo. Lo recogió sin vacilar y salió de la habitación sin
ganas de permanecer un segundo más en ella.
El hotel ya no tenía electricidad, por lo que al llegar hasta la
puerta de su habitáculo pudo abrirla empujando con la mano. En el
interior todo seguía tal y como lo había dejado. Lo primero que hizo
fue activar su pequeño generador portátil colocado junto a la puerta
para así poder conectarlo con la luz del techo. Luego fue a sentarse
en la cama y escudriñó la mochila en busca de suministros. De su
interior rescató una fina manta de aislamiento térmico; bien plegada
ocupaba poco espacio. Le vendría bien si tenía que trasnochar a la
intemperie. Encontró también algunas raciones energéticas que dejó
a un lado. Sentía que su estómago se había cerrado y,
curiosamente, no tenía hambre. Más al fondo localizó dos brazaletes
P.E.N (Pulseras Emisoras de Niebla) Muy útiles en la Zona Muerta si
en algún momento alguien se veía acorralado por una horda de lo
que a Gina ahora se le antojaban como zombis inofensivos y
ordinarios. Al activarlas, estas reflejaban un gran holograma que
emitía una imagen tridimensional y parpadeante con pulsos de
niebla estática. Los zombis paraban cualquier actividad y solo se
centraban, embobecidos, en el hormigueo de esa imagen. Los
deambulantes como Gina las utilizaban en ocasiones para pasar
entre un grupo numeroso de caminantes o para depositarlas
activadas en un punto en concreto del terreno y provocar que todos
acudieran hacia allí como un rebaño y dejaran las rutas principales
despejadas. La muchacha dudó que sirvieran de la misma manera
contra los espectros, pero aun así podían seguir resultándole de
utilidad. Continuó buscando y, tras sacar algunas cerillas y pastillas
para potabilizar el agua, sus siempre valiosos binoculares para
analizar el terreno y también un par de explosivos C4 que a menudo
utilizaba para abrir sendas bloqueadas, por fin dio con el recipiente
de primeros auxilios. Abrió la caja y encontró vendas, inyecciones
cutáneas de anestesia local, suturas, tijeras quirúrgicas y algunos
analgésicos y antibióticos. Utilizó prácticamente de todo, y cuando
terminó de curarse y vendarse el brazo se sintió definitivamente
mejor. Volvió a meter los objetos con cuidado en la mochila y al
terminar, casi sin quererlo, se topó con la visión del libro que ella
misma había abandonado sobre la mesa de la habitación justo antes
del incidente de Brach: el ejemplar de Diario de un zombi de su
padre. Se levantó para cogerlo; vaciló un breve instante, pero ya
fuera por impulso o por un súbito pálpito nostálgico, esta vez decidió
que lo llevaría consigo, de modo que también lo guardó junto a sus
pertenencias.
Fue cuando se agachó para desenchufar el cable colgante de la
pared de su generador portátil y lo plegó como un acordeón que
cayó en la cuenta.
—Energía, claro... —murmuró para sí, sosteniéndolo entre las
manos, y se acordó de las palabras del arcángel—. La armadura
consigue energía para Trece...
Puede que el exoesqueleto no se encontrara expuesto en el
centro de la recepción, pero en algún lugar cercano tendría que
estar. Los espectros lo habían quitado de allí, sin embargo, pesaba
mucho; no podían haberlo llevado muy lejos. De pronto se le ocurrió
una idea, colocó el pequeño generador entre los anclajes de la
mochila y salió con apremio de la habitación.
Tardó algo más de media hora en buscar por todas partes y dar
no solo con una pistola glock con linterna insertada en uno de los
cadáveres de los militares caídos y algunos cargadores más para su
fusil esparcidos entre los recovecos del hotel donde las
escaramuzas habían tenido lugar, sino también con las piezas de la
armadura, que habían sido arrojadas al interior del hueco del
ascensor en el nivel del vestíbulo. Cuando las vio escondidas en
aquella oscuridad, tras separar a la fuerza las puertas, dejó escapar
un alarido triunfal. Bajó de un salto el metro que la separaba del
fondo de la cavidad.
—Serán sabandijas asquerosas —masculló al alumbrarlo todo
con la linterna de la pistola, satisfecha por el hallazgo pero a la vez
incordiada por lo perversamente listos que parecían ser los
espectros. No creyó que pudiera sacar todo eso de allí ella sola.
Empezó a rescatar algunas de las piezas, las más ligeras, como
las hombreras, las grebas para la mitad superior de las piernas y el
antebrazo izquierdo, pero no pudo alzar del suelo el yelmo ni el peto
central, que tenía soldados el resto de los componentes formando
una sola estructura. Aquellas partes eran muy grandes y pesadas,
demasiado para una sola persona. De momento, las dejó ahí y, con
paciencia, fue sacando el resto. Se aupó para salir del hueco del
ascensor y, uno a uno, arrastró con mucho esfuerzo los trozos más
livianos del exoesqueleto hasta depositarlos junto al cuerpo de
Trece.
Volteó las piezas como si fueran un puzle y de cerca observó
que eran mucho más sofisticadas de lo que podían parecer a
primera vista. Tenían surcos por la parte interior en forma de
pequeños círculos que escondían alguna clase de mecanismo, así
como finos grabados por todo el contorno exterior que parecían
juntas talladas a láser. Le colocó primero la hombrera izquierda. Se
sorprendió cuando, nada más acercarla y ponerla en contacto con
su piel, esta se adhirió a ella con un ruido mecánico, como si algo en
su cara interna se hubiera clavado a la carne. Observó, atenta,
durante unos instantes, y vio como a través de las líneas de los
grabados parpadeaban un par de veces unas delgadas franjas de
luz roja. Luego se produjo un ruido parecido a un chispeo y nada
más ocurrió. ¿Qué significaba eso? Quizá aquel exoesqueleto era
incompatible con él... Parecía encajarle bien, pero ciertamente era
un modelo muy antiguo. Quizá estuviera estropeado.
La verdad es que no tenía ni idea de cómo funcionaba. Aun así,
consiguió terminar de colocarle el resto de las piezas de las que
disponía, cuatro más en total, que al adherirse a él siguieron el
mismo patrón reactivo, y aguardó para ver si sucedía algo que le
indicara que iba por buen camino. Tras un rato de espera, nada en
el cuerpo de Trece varió. Trató de buscar entonces algún tipo de
conexión que pudieran tener los componentes para poder enchufar
el generador cinético a alguno de ellos, pero de nuevo no tuvo éxito.
A excepción de las líneas de sus grabados, eran completamente
lisos.
Descartó el generador a un lado y, de rodillas, se bufó un
mechón de pelo que le caía en la cara.
—Mierda... —farfulló, falta de ideas.
Sin embargo, no quiso darse por vencida. Probaría de nuevo a
sacar el resto de piezas del agujero del ascensor. Quizá con la
armadura completa la situación mejoraría. Volvió hasta allí y se dejó
caer dentro. A base de vociferar, maldecir y perjurar, de hacer
acopio de todas sus fuerzas, de deslomarse la espalda y de probar
de muchas formas distintas, al final consiguió sacar el yelmo fuera
del hueco. Con el peto, cuya envergadura hacía más que evidente
que cubriría todo el tronco superior de la criatura, ni lo intentó
porque estuvo segura de que se necesitaría prácticamente una grúa
para sacarlo de allí. Arrastró el casco a trompicones, palmo a palmo,
por el suelo. ¿Cómo podían moverse los arcángeles con una
armadura tan pesada?, pensó con hastío.
Logró llegar junto a él solo para comprobar que el esfuerzo había
resultado en vano. En este caso, el yelmo no le entraba, era de una
forma ligeramente diferente a su cabeza, imposibilitando por muy
poco el encaje. Siguió probando hasta que al fin se dio por vencida.
—¡Maldita sea! —chasqueó el paladar y se dejó caer de
espaldas, agotada. No había nada más que pudiera hacer salvo
seguir esperando. El límite sería el alba. Si para entonces Trece no
había revivido de algún modo, muy a su pesar tendría que
marcharse.
Las horas pasaron y ella, tras curarse de nuevo la herida del
brazo, se recostó cubriéndose con la manta térmica sobre la base
del obelisco vacío del centro de la recepción. Desde luego, para
descansar habría sido mucho más cómodo acostarse en la cama de
cualquier habitación, pero durmiendo en una de ellas no habría
podido controlar cualquier acontecimiento que sucediera en el
vestíbulo. Aunque hacía mucho frío, también tomó la decisión de no
encender ninguno de los cilindros de queroseno que quedaban para
calentarse. El resplandor de las llamas podría atraer a cualquier no
muerto, ya fuera un caminante que hubiera atravesado la dañada
valle del puesto fronterizo o un espectro desperdigado que
deambulara cerca. Pensó que la manta sola ya le valdría para no
congelarse.
La luz de la luna se colaba por las ventanas y la brecha en la
pared, recortando la figura tumbada de Trece como si fuera un
sarcófago en una cripta. Gina, ofuscada, o tal vez aburrida, sin
quitarle la vista de encima, agarraba de vez en cuando algunas
piedrecitas pequeñas que encontraba en el suelo y se las tiraba al
arcángel. Lo hacía sin ninguna intención en concreto, ya que aquello
no iba a hacer que él se despertara, pero al menos así mantenía la
mente ocupada en algo más que no fuera preguntarse todo el rato
cómo demonios conseguiría llegar de una pieza ella sola hasta
Carcasona y en qué estado encontraría la ciudad si lo lograba.
Continuó haciendo rebotar algunas piedrecitas en la armadura y la
piel fría de Trece hasta que finalmente también se aburrió de ello.
Poco después, incapaz de resistirse al cansancio, sus ojos se fueron
cerrando y terminó quedándose dormida.
Se despertó con las primeras luces del alba, más por una suerte
de reloj interno que por la débil claridad que llegaba desde fuera. Se
frotó el rostro: su piel seguía fría, y se levantó despacio. Tras
recoger la mochila, se colocó de pie junto al arcángel y le echó una
última ojeada. No parecía haber solución. Definitivamente, se había
ido. Trece la protegió hasta morir. Se le pasó por la cabeza
prometerle que llegaría a su próximo destino de una pieza para no
hacer de su sacrificio un acto inútil, pero de nada habría servido en
esos momentos querer darle un matiz heroico a aquella infortunada
situación. No le iba a ser fácil sobrevivir entre el nuevo caos
desatado en la Frontera, esa era la cruda realidad.
—Adiós, grandullón... Gracias por todo —le dijo al fin, sincera, a
modo de despedida.
Lo rodeó, sorteó el resto de los cadáveres del suelo y salió al
exterior por la brecha abierta en la pared. Emprendió aquella nueva
etapa de su viaje sola, recibida por el calor de los primeros rayos de
un Astro Rey inagotable que durante millones de años nunca había
dejado de alumbrar al mundo: sus guerras, sus momentos de gloria,
sus avances y todas sus eras, y lo seguiría haciendo fuera cual
fuera el destino final del ser humano. Al fin y al cabo, no había nada
ni nadie en todo el universo que necesitara al hombre, pensó Gina;
absolutamente nada. Entonces, ¿valía la pena seguir adelante?
¿Arriesgar su vida por intentar arreglar este desastre? ¿Por evitar la
extinción del ser más nocivo que había existido jamás?
Pensó detenidamente en la respuesta, mirando el terreno donde
pisaba, y alzó las cejas con una idea.
—Desde luego, una buena alternativa sería encontrar por ahí
algún antro que siga en pie y emborracharme hasta caer
inconsciente —se contestó a sí misma, entretenida en la absurdez
de aquella ocurrencia. Y no tardó en añadir—: Eso en el hipotético
caso de que aún me quedaran liras y todavía hubiera tabernas en
las que emborracharse hasta perder la puñetera consciencia. —se
le escapó una breve risa de resignación.
Continuó caminando, atenta al entorno. Mientras lo hacía, siguió
formulándose algunas preguntas en silencio, consciente de que una
parte de las respuestas llegarían y otras no lo harían jamás, y que,
tal y como su padre le había aconsejado muchas veces, debía de
tener paciencia para lograr sus propósitos.
Quizá, si la hubiera tenido un poco más, si hubiese esperado
otros quince minutos en el interior de la Perla del Desierto, habría
visto cómo un manto de luz diurna se colaba por el agujero de la
pared y crecía como una mancha dorada por el suelo del vestíbulo,
bañándolo con su calor, hasta alcanzar gran parte de su superficie,
incluido el cuerpo apagado de Trece. Y cinco minutos después de
aquello, habría podido comprobar cómo los grabados de las piezas
de la armadura que tenía colocadas empezaban a parpadear con
una tenue luz ambarina, como si tal vez, solo tal vez, aquellos
tallados fueran en realidad sofisticados receptores de energía solar.
Si Gina hubiese sido testigo de ello, tampoco se habría
sorprendido. Al fin y al cabo, si la astucia endiablada del hombre
había sido capaz de crear un arma biológica que resucitaba a los
muertos, ¿qué no podría hacer combinando su tecnología con la
energía de toda una estrella? Pero la muchacha se había marchado
quince minutos antes de que eso sucediera, de modo que,
ignorando por completo aquel discreto detalle, siguió su periplo
hacia el este, dejando a su espalda Brach y todo aquello que lo
convertía en un pueblo de mala muerte.
XIII

Nadie sabía a ciencia cierta quién cavó la gran fosa que rodeaba
el asentamiento de Brecha Ámbar, ubicado a un día y medio a pie al
este de Brach. Algunos decían que fue Aurora, otros que ya estaba
así desde antes del Apocalipsis, pero, en realidad, tampoco es que
sus orígenes le importaran demasiado a la gente.
Para cualquier nuevo llegado era fácil entender por qué aquel
pueblo de chatarreros y fabricantes de scarabs se llamaba así: su
profunda brecha circular, ahora aprovechada a modo de defensa,
había sido excavada sobre un terreno donde abundaba el hidróxido
de hierro, lo que daba un color amarillo característico a la tierra
removida. Y es que antes de convertirse en un refugio conservado
con codicia por parte de las reservadas familias que vivían allí
durante todo el año, y muy anhelado por aquellos viajeros
hambrientos y sedientos a los que se les permitía el paso durante
unas pocas horas, fue una explotación minera a cielo abierto. La
cantera no llegó a excavarse del todo, de modo que sus primeros
habitantes creyeron que el gran macizo central que se alzaba hasta
algo más de media altura con respecto al perímetro de aquel abisal
agujero de cuarenta metros de profundidad sería un lugar perfecto
para erigir un poblado de chabolas y barracones perfectamente
aislado en el que echar raíces.
Lo cierto es que el lugar siempre había tenido un encanto
especial e inexplicable para Gina, aunque no para el resto de la
gente. Objetivamente, parecía más bien un desguace monstruoso.
Sus chozas, hechas básicamente con chatarra y metal, se
construyeron de manera caótica, ignorando cualquier código de
seguridad, unas encima de otras en torno a una gran grúa
estropeada y oxidada situada en el centro del macizo, apretadas
como peces relucientes buscando comida alrededor del sedal de
una caña. No había calles como tal, simplemente callejones
estrechos entre grupos de moradas, y la mayor parte de la luz que
recibían sus habitantes en el nivel del suelo procedía de tubos
fluorescentes y tiras de bombillas que colgaban entre las diferentes
instalaciones eléctricas a plena vista, y cuyos cables chispeantes
amenazaban con desprenderse en cualquier momento y electrocutar
a alguien. En verano, el calor ahí abajo era asfixiante, y en invierno,
ninguna choza estaba bien aislada del frío, incluido el Motel del
Vórtice, cerca de la grúa central, apodado así por su letrero
luminoso en forma de espiral que simulaba una cantera, donde Gina
siempre alquilaba una de sus cinco habitaciones disponibles (si es
que se les podía llamar así) cuando estaba de paso. El acceso
desde fuera del pueblo se hacía a través de un puente fabricado con
planchas ensambladas que se desplegaba con un sistema de
poleas a voluntad de los vigías para permitir la entrada a la gente,
un método con el que siempre se había prevenido cualquier intento
de ataque por parte de los vivos o de los muertos. Que los hubo...
Aunque tanto los cuerpos de algunos borrachos y bandidos que
alguna vez tuvieron la mala idea de tratar de alterar la paz del lugar
a pedradas, disparos, y, cuando nada de eso funcionaba, a insultos,
como el grupo de tres caminantes que nunca se supo cómo lograron
atravesar los puestos de control de la valla electrificada, cruzar los
bosques y llegar hasta allí dos años atrás, habían acabado cayendo
al fondo de la brecha, empalados por pinchos y demás chatarra
puntiaguda que sobresalía de la tierra en lo más profundo de esta, y
convertidos en simpáticos esqueletos que todo el mundo reconocía
ya casi como un reclamo turístico; incluso habían puesto nombre a
algunos debido a las inverosímiles posturas en las que murieron.
Los viajeros de toda clase, les gustara o no, debían detenerse
siempre en Brecha Ámbar; era el único asentamiento habitado en
setenta kilómetros a la redonda que conectaba los principales
enclaves del norte de la Frontera, tales como Brach o la comunidad
subterránea de Taiyonashi: un submundo únicamente habitado por
orientales que practicaban costumbres extrañas y que vivían
apretujados entre vapores y neones en las entrañas del metro de la
antigua Toulouse, con los que Gina había hecho negocios sin
demasiado entusiasmo alguna vez, y también con la ciudad
medieval de Carcasona.
Pese a que Brecha Ámbar no era muy grande, sí era fácil de
encontrar y de ver en la distancia gracias al enorm