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Dario 4

Luciano regresa a su camioneta en Ciudad Juárez y descubre que ha sido vandalizada, con un vidrio roto y la batería robada. Mientras intenta abrirla, se siente inseguro y alerta ante la posibilidad de un ataque, especialmente cuando un joven en bicicleta se acerca de manera sospechosa. A pesar de su miedo, decide enfrentarse a la situación, sosteniendo una macana que acaba de adquirir para protegerse.

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Dario Cosio
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Dario 4

Luciano regresa a su camioneta en Ciudad Juárez y descubre que ha sido vandalizada, con un vidrio roto y la batería robada. Mientras intenta abrirla, se siente inseguro y alerta ante la posibilidad de un ataque, especialmente cuando un joven en bicicleta se acerca de manera sospechosa. A pesar de su miedo, decide enfrentarse a la situación, sosteniendo una macana que acaba de adquirir para protegerse.

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Su camioneta está estacionada en una de las muchas calles de Ciudad Juárez, México,

con una llanta ligeramente arriba de la banqueta aplastando un pequeño pedazo de pasto
rectangular. Luciano camina por la banqueta directo hacía ella, sin intensión de detenerse
por nada.

Caza con la mirada cualquier sombra que se asome atrás de un poste, cualquier
movimiento misterioso que se deje entrever por la luz de la luna. La calle está tranquila,
solitaria. Se sentía segura antes de que se pusiera el sol, por algo la había escogido para
dejar ahí su camioneta. Con la luna, la precaución –por no decir el miedo- se apodera de
Ciudad Juárez.

La tranquilidad solo se interrumpe por un muchacho –casi un niño- que pasa en bicicleta a
unos metros de él, silbando de una manera por demás curiosa. El silbido suena más a un
aviso que a una canción o una melodía. ¿Avisando a quién o de qué? El muchacho pasa
a unos escasos centímetros de la camioneta de Luciano, casi metiéndole un madrazo con
la canasta que lleva en la parte delantera.

Luciano está ya a unos metros de su camioneta. Busca rápidamente sus llaves dentro de
su bolsillo, sin detenerse. Las encuentra. Busca con los dedos el botón para abrir su
camioneta. Lo presiona. No pasa nada. Al pinche control se le acabaron las pilas. Lo
presiona de nuevo, más fuerte todavía, como si eso le diera al control la energía que le
falta. Nada.

La camioneta sigue ahí, inerte, con las luces apagadas. Sobre el pequeño jardín –más
bien un pedazo rectangular de pasto todo apachurrado-, Luciano alcanza a percibir un
poco de luz reflejada sobre algunos añicos de cristal.

Luciano puede ver que su camioneta tiene un agujero del tamaño de un puño en el vidrio
del lado que corresponde al copiloto. En su superficie todavía se puede leer su código de
barras –el cual supuestamente tenía la única función de evitar su robo. Eso le había dicho
el vendedor de autos, hace unos pocos días. Siendo justos, el vendedor le había dicho la
verdad. Al menos no se robaron el pinche vidrio.

El interior de la camioneta se ve tristemente vacío. Todavía quedaban los sillones, el


volante, todas esas cosas que vienen con el coche desde la fábrica, pero nada más.
Luciano ve el cofre de su coche y lo nota ligeramente levantado, mal cerrado. No le
cuesta saber que allá adentro al menos falta la batería.

Es común que los pinches ladrones locales se lleven las baterías de los automóviles. No
se sabe si estas tienen algún costo-beneficio más elevado que cualquier otra autoparte o
si solo lo hacen por chingar la madre. Probablemente se trata de una combinación de
ambos factores.
Luciano abre la puerta izquierda de su camioneta. Inmediatamente cae una pequeña
lluvia de añicos. Busca en un pequeño compartimiento, a la altura de los pies. Encuentra
lo que buscaba. Justo donde lo había escondido. Un estuche negro de nylon. Es del
tamaño de su antebrazo. Lo abre y saca su contenido.

El pequeño tubo de metal se siente curioso en su mano ya que es bastante más pesada
de lo que parece. Es de color negro opaco con una agarradera de caucho. En la base
todavía tiene una pequeña etiqueta que lee IRON LIONS SEGURIDAD, MACANA
RETRACTIL DE ACERO, $1,899.00.

La había comprado hace unos días, después de un suceso bastante desagradable. Un


suceso bastante familiar, muy conocido, casi rutinario a esta altura de su vida en Ciudad
Juárez. Luciano experimenta un déjà vu –o varios- mientras se aferra con fuerza a su
pequeño tubo de metal, lo que le da un poco de seguridad.

Una patrulla de la policía local merodea por la calle. Luciano la escucha antes de ver sus
luces y se esconde instintivamente atrás de su camioneta. Esconde la macana entre la
puerta del automóvil y su cuerpo. No vaya a ser que estos salgan todavía más culeros
conmigo.Ya me robaron, solo falta que estos policías quieran sacarme un baro.

La patrulla pasa y se aleja. Luciano voltea a ver a sus lados, inseguro, sin saber qué
hacer, bajo el brillo tintineante de uno de los pocos postes de luz cuyos focos funcionan.

Luciano siente que algo lo acecha desde la obscuridad. Escucha una cadena de bicicleta
detrás de él, seguido por el derrape de unas llantas. Voltea, sin soltar la macana.

El joven de la bicicleta -¿Jovén? Este es todo un hombre- se frena a pocos pasos de


Luciano, sin quitarle a este la mirada de encima. Su mirada se siente pesada,
abrumadora, agresiva. Pone con tranquilidad el soporte de su bicicleta y la deja de pie
junto a él mientras este al desmonta y se para. La canasta de la bicicleta está tapada por
una franela blanca, de la cual se asoman varias figuras y contornos toscos –que bien
podrían ser de una batería de automóvil o tal vez mi maletín que dejé en mi camioneta.

Chales jefe, que bonita camioneta tiene. ¿Apoco la va a dejar ahí toda la noche? –dice
dirigiéndose a Luciano. Las palabras fluyen de su boca, se sienten ensayadas,
practicadas, dichas ya más de una vez con anterioridad.

Si quiere, por unos pesitos, le echo la mano. Para lo que le haga falta, jefe.

Luciano estaba hasta la madre ya de ser siempre una víctima indefensa y toma un paso
hacia adelante con su mano firme sobre el mango de caucho.

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