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1 Mariologia

Este documento habla sobre la mariología, o el estudio de María, la madre de Jesús. Resume las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica y la encíclica Redemptoris Mater de Juan Pablo II sobre la concepción virginal de María por obra del Espíritu Santo y su papel como Madre de Dios. También discute cómo María fue predestinada desde toda la eternidad para este papel y cómo su misión fue preparada a lo largo de la Antigua Alianza.
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1 Mariologia

Este documento habla sobre la mariología, o el estudio de María, la madre de Jesús. Resume las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica y la encíclica Redemptoris Mater de Juan Pablo II sobre la concepción virginal de María por obra del Espíritu Santo y su papel como Madre de Dios. También discute cómo María fue predestinada desde toda la eternidad para este papel y cómo su misión fue preparada a lo largo de la Antigua Alianza.
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MARIOLOGÍA

Luisa Agüero LCR


Para desarrollar este tema tomaremos como base el Catecismo de la Iglesia Católica e iremos
profundizando principalmente con enseñanzas tomadas de la Encíclica Redemptoris Mater de
San Juan Pablo II. También, veremos algunos textos del Papa emérito Benedicto XVI y el Padre
Reginald Garrigou-Lagrange OP.

Catecismo de la Iglesia Católica (CIC):


Capítulo Segundo, Artículo 3, Párrafo 2 “... Concebido por obra y gracia del Espíritu
Santo, nació de Santa María Virgen”

I CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO

Leemos en el Evangelio de Lucas 1, 26-38, el relato de la Anunciación del Ángel a María:


26
… el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a
una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David,
llamado José. El nombre de la virgen era María. 28 El Angel entró en su casa y la saludó,
diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo».
29
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese
saludo.
30
Pero el Angel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. 31 Concebirás y
darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; 32 él será grande y será llamado Hijo del
Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, 33 reinará sobre la casa de Jacob
para siempre y su reino no tendrá fin».
34
María dijo al Angel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún
hombre?».
35
El Angel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te
cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. 36 También
tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya
se encuentra en su sexto mes, 37 porque no hay nada imposible para Dios».
38
María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has
dicho». Y el Angel se alejó.
***

484 La anunciación a María inaugura la plenitud de "los tiempos"(Gal 4, 4), es decir el


cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a aquel
en quien habitará "corporalmente la plenitud de la divinidad" (Col 2, 9). La respuesta
divina a su "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc 1, 34) se dio mediante el
poder del Espíritu: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti" (Lc 1, 35).

485 La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo (cf. Jn 16, 14-15).
El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por
obra divina, él que es "el Señor que da la vida", haciendo que ella conciba al Hijo eterno
del Padre en una humanidad tomada de la suya.

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486 El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María es
"Cristo", es decir, el ungido por el Espíritu Santo (cf. Mt 1, 20; Lc 1, 35), desde el principio
de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente:
a los pastores (cf. Lc 2,8-20), a los magos (cf. Mt 2, 1-12), a Juan Bautista (cf. Jn 1, 31-34), a
los discípulos (cf. Jn 2, 11). Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará "cómo Dios le
ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hch 10, 38).

ENCÍCLICA REDEMPTORIS MATER1:


1. La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de la salvación, porque « al llegar
la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para
rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva. La
prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo
que clama: ¡Abbá, Padre! » (Gál 4, 4-6).
Con estas palabras del apóstol Pablo, que el Concilio Vaticano II cita al comienzo de la
exposición sobre la bienaventurada Virgen María, deseo iniciar también mi reflexión sobre
el significado que María tiene en el misterio de Cristo y sobre su presencia activa y
ejemplar en la vida de la Iglesia. Pues, son palabras que celebran conjuntamente el amor
del Padre, la misión del Hijo, el don del Espíritu, la mujer de la que nació el Redentor,
nuestra filiación divina, en el misterio de la « plenitud de los tiempos ».
Esta plenitud delimita el momento, fijado desde toda la eternidad, en el cual el Padre envió
a su Hijo « para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna » (Jn 3, 16).
Esta plenitud señala el momento feliz en el que « la Palabra que estaba con Dios se hizo
carne, y puso su morada entre nosotros » (Jn 1, 1. 14), haciéndose nuestro hermano. Esta
misma plenitud señala el momento en que el Espíritu Santo, que ya había infundido la
plenitud de gracia en María de Nazaret, plasmó en su seno virginal la naturaleza humana
de Cristo. Esta plenitud define el instante en el que, por la entrada del eterno en el tiempo,
el tiempo mismo es redimido y, llenándose del misterio de Cristo, se convierte
definitivamente en « tiempo de salvación ».

CIC:

II NACIDO DE LA VIRGEN MARÍA

487 Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo
que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo.

ENCÍCLICA REDEMPTORIS MATER2:


4. … si es verdad que « el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado » —como proclama el mismo Concilio—, es necesario aplicar este principio de
modo muy particular a aquella excepcional « hija de las generaciones humanas », a aquella
« mujer » extraordinaria que llegó a ser Madre de Cristo. Sólo en el misterio de Cristo se
esclarece plenamente su misterio.

CIC:

1
S. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater, Introducción, 1.
2
S. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater, Introducción.
Página 2 de 21
La predestinación de María

488 "Dios envió a su Hijo" (Ga 4, 4), pero para "formarle un cuerpo" (cf. Hb 10, 5) quiso la libre
cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la
Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a "una virgen
desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era
María" (Lc 1, 26-27):

El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a


ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la
muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida (LG 56; cf. 61).

ENCÍCLICA REDEMPTORIS MATER3:


7- … El plan divino de la salvación, que nos ha sido revelado plenamente con la venida de
Cristo, es eterno. Está también eternamente unido a Cristo. Abarca a todos los hombres,
pero reserva un lugar particular a la « mujer » que es la Madre de aquel, al cual el Padre ha
confiado la obra de la salvación. Como escribe el Concilio Vaticano II, « ella misma es
insinuada proféticamente en la promesa dada a nuestros primeros padres caídos en pecado
», según el libro del Génesis (cf. 3, 15). « Así también, ella es la Virgen que concebirá y dará
a luz un Hijo cuyo nombre será Emmanuel », según las palabras de Isaías (cf. 7, 14). De
este modo el Antiguo Testamento prepara aquella « plenitud de los tiempos », en que Dios
« envió a su Hijo, nacido de mujer, para que recibiéramos la filiación adoptiva ».

CIC:

489 A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María fue preparada por la misión de
algunas santas mujeres. Al principio de todo está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe
la promesa de una descendencia que será vencedora del Maligno (cf. Gn 3, 15) y la de ser la
Madre de todos los vivientes (cf. Gn 3, 20). En virtud de esta promesa, Sara concibe un
hijo a pesar de su edad avanzada (cf. Gn 18, 10-14; 21,1-2). Contra toda expectativa humana,
Dios escoge lo que era tenido por impotente y débil (cf. 1 Co 1, 27) para mostrar la
fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel (cf. 1 S 1), Débora, Rut, Judit, y Ester, y
muchas otras mujeres. María "sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que
esperan de él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de
Sion, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo
plan de salvación" (LG 55).

ENCÍCLICA REDEMPTORIS MATER4:


Su presencia en medio de Israel —tan discreta que pasó casi inobservada a los ojos de sus
contemporáneos— resplandecía claramente ante el Eterno, el cual había asociado a esta
escondida « hija de Sion » (cf. So 3, 14; Za 2, 14) al plan salvífico que abarcaba toda la
historia de la humanidad.

HOMILÍA DE BENEDICTO XVI5:


El saludo del ángel está entretejido con hilos del Antiguo Testamento, especialmente del
profeta Sofonías. Nos hace comprender que María, la humilde mujer de provincia, que
proviene de una estirpe sacerdotal y lleva en sí el gran patrimonio sacerdotal de Israel, es el
«resto santo» de Israel, al que hacían referencia los profetas en todos los períodos
3
Idem, Introducción, 7.
4
Idem
5
Benedicto XVI, Homilía del 8-XII-05
Página 3 de 21
turbulentos y tenebrosos. En ella está presente la verdadera Sion, la pura, la morada viva
de Dios. En ella habita el Señor, en ella encuentra el lugar de su descanso. Ella es la casa
viva de Dios, que no habita en edificios de piedra, sino en el corazón del hombre vivo.
Ella es el retoño que, en la oscura noche invernal de la historia, florece del tronco abatido
de David. En ella se cumplen las palabras del salmo: «La tierra ha dado su fruto» (Sal 67,7).
Ella es el vástago, del que deriva el árbol de la redención y de los redimidos. Dios no ha
fracasado, como podía parecer al inicio de la historia con Adán y Eva, o durante el período
del exilio babilónico, y como parecía nuevamente en el tiempo de María, cuando Israel se
había convertido en un pueblo sin importancia en una región ocupada, con muy pocos
signos reconocibles de su santidad. Dios no ha fracasado. En la humildad de la casa de
Nazaret vive el Israel santo, el resto puro. Dios salvó y salva a su pueblo. Del tronco
abatido resplandece nuevamente su historia, convirtiéndose en una nueva fuerza viva que
orienta e impregna el mundo. María es el Israel santo; ella dice «sí» al Señor, se pone
plenamente a su disposición, y así se convierte en el templo vivo de Dios.

CIC:

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

490 Para ser la Madre del Salvador, María fue "dotada por Dios con dones a la medida de una
misión tan importante" (LG 56). El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la
saluda como "llena de gracia" (Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el asentimiento libre de
su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la
gracia de Dios.

491 A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María "llena de gracia" por
Dios (Lc 1, 28) había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la
Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:

... la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado
original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios
omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano (DS
2803).

492 Esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la que ella fue "enriquecida desde el
primer instante de su concepción" (LG 56), le viene toda entera de Cristo: ella es
"redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). El
Padre la ha "bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo"
(Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. Él la ha elegido en él antes de la creación
del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1, 4).

ENCÍCLICA REDEMPTORIS MATER6:

Llena de gracia
8. … El mensajero saluda a María como « llena de gracia »; como si éste fuera su verdadero
nombre. … ¿Qué significa este nombre? ¿Por qué el arcángel llama así a la Virgen de
Nazaret?
En el lenguaje de la Biblia « gracia » significa un don especial que, según el Nuevo
Testamento, tiene la propia fuente en la vida trinitaria de Dios mismo, de Dios que es amor

6
S. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater, Primera Parte, 1 María en el misterio de Cristo, 1 Llena
de gracia.
Página 4 de 21
(cf. 1 Jn 4, 8). Fruto de este amor es la elección, de la que habla la Carta a los Efesios (1,3) 7.
Por parte de Dios esta elección es la eterna voluntad de salvar al hombre a través de la
participación de su misma vida en Cristo (cf. 2 P 1, 4): es la salvación en la participación de
la vida sobrenatural. El efecto de este don eterno es como un germen de santidad, o como
una fuente que brota en el alma como don de Dios mismo, que mediante la gracia vivifica y
santifica a los elegidos. De este modo se hace realidad aquella bendición del hombre « con
toda clase de bendiciones espirituales », aquel « ser sus hijos adoptivos en Cristo » o sea en
aquel que es eternamente el « Amado » del Padre.
Cuando leemos que el mensajero dice a María « llena de gracia », el contexto evangélico
nos da a entender que se trata de una bendición singular En el misterio de Cristo María
está presente ya « antes de la creación del mundo » como aquella que el Padre « ha elegido
» como Madre de su Hijo en la Encarnación, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo,
confiándola eternamente al Espíritu de santidad. María está unida a Cristo de un modo
totalmente especial y excepcional, e igualmente es amada en este « Amado » eternamente,
en este Hijo consubstancial al Padre, en el que se concentra toda « la gloria de la gracia ».
A la vez, ella está y sigue abierta perfectamente a este « don de lo alto » (cf. St 1, 17). Como
enseña el Concilio, María « sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de Él
esperan con confianza la salvación ».
9. Si el saludo y el nombre « llena de gracia » significan todo esto, en el contexto del
anuncio del ángel, se refieren ante todo a la elección de María como Madre del Hijo de
Dios. Pero, al mismo tiempo, la plenitud de gracia indica la dádiva sobrenatural, de la que
se beneficia María porque ha sido elegida y destinada a ser Madre de Cristo. … la elección
de María es del todo excepcional y única. De aquí, la singularidad y unicidad de su lugar en
el misterio de Cristo.
… Según la doctrina, formulada en documentos solemnes de la Iglesia, esta « gloria de la
gracia » se ha manifestado en la Madre de Dios por el hecho de que ha sido redimida « de
un modo eminente ».En virtud de la riqueza de la gracia del Amado, en razón de los
méritos redentores del que sería su Hijo, María ha sido preservada de la herencia del
pecado original. De esta manera, desde el primer instante de su concepción es de Cristo,
participa de la gracia salvífica y santificante y de aquel amor que tiene su inicio en el «
Amado », el Hijo del eterno Padre, que mediante la Encarnación se ha convertido en su
propio Hijo. Por eso, por obra del Espíritu Santo, en el orden de la gracia, o sea de la
participación en la naturaleza divina, María recibe la vida de aquel al que ella misma dio la
vida como madre, en el orden de la generación terrena. La liturgia no duda en llamarla «
madre de su Progenitor » y en saludarla con las palabras que Dante Alighieri pone en boca
de San Bernardo: « hija de tu Hijo ».

P. R. GARRIGOU-LAGRANGE8:

Plenitud inicial de gracia en María


La gracia habitual, que recibió la bienaventurada Virgen María en el instante mismo de la
creación de su alma santa, fue una plenitud, en la cual se verificó ya lo que el ángel debía
decirle en el día de la Anunciación: "Dios te salve, llena de gracia.” Esto mismo afirma, con
la Tradición, Pío IX al definir el dogma de la Inmaculada Concepción. Dice que María,
desde el primer instante "ha sido amada por Dios más que todas las criaturas, que se

7
Ef 1,3: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase
de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo».
8
P. R. Garrigou-Lagrange, La Madre del Salvador, Maternidad divina y plenitud de la gracia, Artículo
IV, La perfección de la primera gracia en María.

Página 5 de 21
complació plenamente en ella y que la colmó superabundantemente- con todas sus gracias,
más que a todos los espíritus angélicos y que a todos los santos”. Se podrían citar aquí
muchísimos testimonios de la Tradición.
Santo Tomás explica la razón de esta plenitud inicial, de gracia, cuando dice: "Cuanto más
se aproxima uno a un principio (de verdad o de vida), más participa de sus efectos. Por esto
afirma Dionisio que los ángeles que están más cercanos a Dios que los hombres, participan
más de sus bondades. Cristo es el principio de la vida de la gracia; como Dios es la causa
principal, y como hombre nos la transmite (después de haberla merecido), pues su
humanidad es como un instrumento unido siempre a la divinidad: «La gracia y la verdad
nos han venido por Él» (Juan 1, 17). Estando la bienaventurada Virgen María más cercana a
Cristo que nadie, puesto que tomó de ella su humanidad, recibió, pues, de Él una plenitud
de gracia que supera a todas las demás criaturas.”
… En su Explicación del Ave María, Santo Tomás describe la plenitud de gracia en María
que se verifica ya en la plenitud inicial, de esta manera:
Mientras que los ángeles no manifiestan su respeto a los hombres, porque son superiores a
ellos como espíritus puros y porque viven sobrenaturalmente en la santa familiaridad con
Dios, el arcángel Gabriel, al saludar a María, aparece lleno de respeto y de veneración para
con ella, pues comprendió que le superaba por la plenitud de gracia, por la intimidad divina
con el Altísimo y por su excelsa pureza.
Había recibido, en efecto, la plenitud de gracia bajo un triple aspecto: para evitar todo
pecado, por leve que fuese y practicar eminentemente todas las virtudes; para que esta
plenitud desbordase de su alma a su cuerpo y concibiese al Hijo de Dios hecho hombre; y
para que esta plenitud desbordase también sobre todos los hombres y para ayudarnos en la
práctica de todas las virtudes.
Además, superaba a los ángeles por su santa familiaridad con Dios y por esto el arcángel
Gabriel le dijo al saludarla: El Señor es contigo, como si le dijese: estás más íntimamente
unida con Dios que yo, pues Él va a ser tu Hijo, mientras que no soy más que su servidor.
De hecho, como Madre de Dios, María tiene una intimidad más estrecha que los ángeles
con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.
Supera, en fin, a los ángeles en pureza, aunque sean espíritus puros, pues no era sólo
purísima en sí misma, sino que daba ya la pureza a los demás. No sólo estaba exenta de
pecado original y de toda falta mortal o venial, sino también de la maldición debida por el
pecado: "Con dolor darás a luz... y volverás al polvo” (Gén., m, 16, 19). Concebirá al Hijo de
Dios sin perder la virginidad, lo llevará con un santo recogimiento, lo dará a luz con
alegría, será preservada de la corrupción del sepulcro y será asociada por la Asunción a la
Ascensión del Salvador.
Es ya bendita entre todas las mujeres, porque ella sola, con su Hijo y por Él, quitará la
maldición que pesaba sobre la raza humana y nos traerá la bendición abriéndonos la
puerta del cielo. Por esto es llamada Estrella del Mar, porque dirige a los cristianos hacia el
puerto de la eternidad.

CIC:

493 Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios "la Toda Santa" ("Panagia"),
la celebran como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu
Santo y hecha una nueva criatura" (LG 56). Por la gracia de Dios, María ha permanecido
pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

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P. R. GARRIGOU-LAGRANGE 9:

¿Estuvo exenta María de toda falta, aún venial?


El Concilio de Trento, sesión VI, can. 23 (Denz., 833) ha definido que "el hombre, una vez
justificado, no puede evitar continuamente, en todo el curso de su vida, todos los pecados
veniales, sin un privilegio especial, como el que reconoce la Iglesia haber sido concedido a
la Santísima Virgen”. El justo puede evitar cada uno de los pecados veniales tomados en
particular, pero no puede evitar todos, tomados en conjunto, y preservarse de ellos
continuamente. María, por el contrario, evitó de hecho toda falta aún ligera. S. Agustín
afirma que "por el honor de su Hijo, que debía perdonar todos los pecados del mundo, no se
puede incluir a ella, al tratarse del pecado” (De natura et gratia, cap. XXXVI). Los Padres y
los teólogos rechazan hasta toda imperfección voluntaria, por la manera de hablar de
María, pues, según ellos, no estuvo nunca menos pronta a responder a una inspiración
divina comunicada en forma de consejo. Una menor generosidad no es un mal, como el
pecado venial; sólo es un menor bien, una imperfección; y aun esto no existió jamás en
María. No existió nunca en ella el acto imperfecto de caridad, inferior en intensidad al
grado en que esta virtud existía en ella.
Santo Tomás da la razón de este privilegio especial, cuando dice: "Aquellos a los que el
mismo Dios elige para un fin determinado, los prepara y dispone de tal manera que sean
capaces de realizar aquello para lo que han sido elegidos” (II P, q. 27, a. 4). En esto difiere
Dios de los hombres, que eligen con frecuencia hombres incapaces o mediocres para
funciones perfectas y elevadas. "Así —continúa Santo Tomás—: S. Pablo dice de los
Apóstoles (II Cor., m, 6): «Dios es el que nos ha hecho capaces de ser ministros de una
nueva alianza, no de la letra, sino del espíritu.»” Ahora bien, la bienaventurada Virgen fue
elegida por Dios para ser la Madre de Dios (es decir, que fue predestinada desde toda la
eternidad para la maternidad divina). No se podrá dudar, pues, que Dios, por su gracia, la
hizo apta para esta misión, según las palabras que le fueron dirigidas por el ángel (Luc. 1,
30): "Encontraste gracia delante de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le
llamarás Jesús.” Pero María no hubiese sido digna Madre de Dios si hubiese pecado alguna
vez, pues el honor y lo mismo el deshonor de los padres se refleja en sus hijos, según estas
palabras de los Proverbios, 17, 6: "Los padres son la gloria de sus hijos.” Además, María
tenía una afinidad especialísima con Cristo, encarnado en ella, y "¿qué concomitancia hay
entre Cristo y Belial?” (2 Cor. 6, 15). En fin, el Hijo de Dios, que es la Sabiduría divina,
habitó en María de una manera especial, no sólo en su alma, sino en su seno; y se dice en la
Sabiduría, 1, 4: "La Sabiduría no entra en un alma que medita en el mal, y no habita en un
cuerpo esclavo del pecado.” Hay, pues, que concluir pura y sencillamente que la
bienaventurada Virgen no ha cometido ningún pecado actual, ni mortal, ni venial, de
manera que se verificó plenamente en ella la palabra del Cantar de los Cantares, 4, 7: “Eres
toda hermosa, amiga mía, y no hay mancha en ti.” Así se expresa Santo Tomás.
Existe en María la impecabilidad, no en el mismo sentido que en Cristo, sino en el sentido
de que por privilegio especial ha sido preservada de todo pecado aun venial.
Este privilegio supone, primero, un grado altísimo de gracia habitual y de caridad, que
inclina muy fuertemente al alma a los actos de amor a Dios, apartándola del pecado.
Supone además la confirmación en gracia, que de ordinario, en los santos, se forma por el
gran aumento de la caridad, sobre todo de unión de transformación, aumento que va
acompañado de gracias actuales eficaces que de hecho preservan del pecado y conducen a
actos libres y siempre meritorios y cada vez más elevados. Existe también en María una
asistencia especial de la Providencia, que, mejor aún que en el estado de inocencia,
preservaba todas sus facultades de desviación y que, aun en las circunstancias más
dolorosas, conservaban su alma en la más perfecta generosidad. …

9
P. R. Garrigou-Lagrange, La Madre del Salvador, Maternidad divina y plenitud de la gracia, Artículo III.
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Esta preservación del pecado, lejos de disminuir la libertad o el libre albedrío de María,
hacía que tuviese la plena libertad en orden al bien, sin ninguna desviación hacia el mal,
como su inteligencia no se desviaba jamás hacia el error. Así pues, su libertad, a ejemplo de
la del alma santa de Jesús, era una imagen muy pura de la libertad de Dios, soberana e
impecable a la vez.

CIC:
"HÁGASE EN MÍ SEGÚN TU PALABRA...”

494 Al anuncio de que ella dará a luz al "Hijo del Altísimo" sin conocer varón, por la virtud del
Espíritu Santo (cf. Lc 1, 28-37), María respondió por "la obediencia de la fe" (Rm 1, 5),
segura de que "nada hay imposible para Dios": "He aquí la esclava del Señor: hágase en mí
según tu palabra" (Lc 1, 37-38). Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María
llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación,
sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la
obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con Él, por la gracia de Dios, al Misterio
de la Redención (cf. LG 56):

Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, "por su obediencia fue causa de la salvación propia y
de la de todo el género humano". Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación,
coincidieron con él en afirmar "el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia
de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe".
Comparándola con Eva, llaman a María `Madre de los vivientes' y afirman con mayor
frecuencia: "la muerte vino por Eva, la vida por María". (LG. 56).

ENCÍCLICA REDEMPTORIS MATER10:

La obediencia de la fe en María
13. … en la Anunciación María se ha abandonado en Dios completamente, manifestando «
la obediencia de la fe » a aquel que le hablaba a través de su mensajero y prestando « el
homenaje del entendimiento y de la voluntad ». Ha respondido, por tanto, con todo su « yo
» humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación
perfecta con « la gracia de Dios que previene y socorre» y una disponibilidad perfecta a la
acción del Espíritu Santo, que, « perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones
».
… Este fiat de María —« hágase en mí »— ha decidido, desde el punto de vista humano, la
realización del misterio divino. Se da una plena consonancia con las palabras del Hijo que,
según la Carta a los Hebreos, al venir al mundo dice al Padre: « Sacrificio y oblación no
quisiste; pero me has formado un cuerpo. He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad
» (Hb 10, 5-7). El misterio de la Encarnación se ha realizado en el momento en el cual
María ha pronunciado su fiat: « hágase en mí según tu palabra », haciendo posible el
cumplimiento del deseo de su Hijo. Por medio de la fe se confió a Dios sin reservas y « se
consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo
». Y a este Hijo —como enseñan los Padres— lo ha concebido en la mente antes que en el
seno: precisamente por medio de la fe.35 …
14. Por lo tanto, la fe de María puede parangonarse también a la de Abraham, llamado por
el Apóstol « nuestro padre en la fe » (cf. Rom 4, 12). En la economía salvífica de la
revelación divina la fe de Abraham constituye el comienzo de la Antigua Alianza; la fe de
María en la anunciación da comienzo a la Nueva Alianza. Como Abraham « esperando

10
S. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater, Primera Parte, 1 María en el misterio de Cristo, 2
Feliz la que ha creído.
Página 8 de 21
contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones » (cf. Rom 4, 18), así
María, en el instante de la anunciación, después de haber manifestado su condición de
virgen, creyó que por el poder del Altísimo, por obra del Espíritu Santo, se convertiría en la
Madre del Hijo de Dios según la revelación del ángel: « el que ha de nacer será santo y será
llamado Hijo de Dios » (Lc 1, 35).
… la anunciación es además el punto de partida, de donde inicia todo su camino de fe. Y
sobre esta vía, de modo eminente y realmente heroico se efectuará la « obediencia »
profesada por ella. … María, a través del camino de su fiat filial y maternal, « esperando
contra esperanza, creyó ». Creer quiere decir « abandonarse » en la verdad misma de la
palabra del Dios viviente, sabiendo y reconociendo humildemente « ¡cuán insondables son
sus designios e inescrutables sus caminos! » (Rom 11, 33).

***

Leemos en el Evangelio de Lucas 1, 39-45:


39 40
En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.
Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
41
Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del
Espíritu Santo, 42 exclamó: « ¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto
de tu vientre! 43 ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? 44 Apenas
oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. 45 Feliz de ti por haber creído que se
cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».

ENCÍCLICA REDEMPTORIS MATER 11:

“Dichosa tú porque has creído”


12. … Isabel da testimonio de María: reconoce y proclama que ante ella está la Madre del
Señor, la Madre del Mesías. De este testimonio participa también el hijo que Isabel lleva en
su seno: « saltó de gozo el niño en su seno » (Lc 1, 44). EL niño es el futuro Juan el Bautista,
que en el Jordán señalará en Jesús al Mesías.
En el saludo de Isabel cada palabra está llena de sentido y, sin embargo, parece ser de
importancia fundamental lo que dice al final: « ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las
cosas que le fueron dichas de parte del Señor! » (Lc 1, 45). Estas palabras se pueden poner
junto al apelativo « llena de gracia » del saludo del ángel. En ambos textos se revela un
contenido mariológico esencial, o sea, la verdad sobre María, que ha llegado a estar
realmente presente en el misterio de Cristo precisamente porque « ha creído ». La plenitud
de gracia, anunciada por el ángel, significa el don de Dios mismo; la fe de María, indica
cómo la Virgen de Nazaret ha respondido a este don.

15. María, cuando en la anunciación siente hablar del Hijo del que será madre y al que «
pondrá por nombre Jesús » (Salvador), llega a conocer también que a Él mismo « el Señor
Dios le dará el trono de David, su padre » y que « reinará sobre la casa de Jacob por los
siglos y su reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33) En esta dirección se encaminaba la esperanza
de todo el pueblo de Israel. EL Mesías prometido debe ser « grande », grande tanto por el
nombre de Hijo del Altísimo como por asumir la herencia de David. Por lo tanto, debe ser
rey, debe reinar « en la casa de Jacob ». María ha crecido en medio de esta expectativa de
su pueblo, podía intuir, en el momento de la anunciación ¿qué significado preciso tenían
las palabras del ángel? ¿Cómo conviene entender aquel « reino » que no « tendrá fin »?
11
S. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater, Primera Parte, 1 María en el misterio de Cristo, 2 Feliz
la que ha creído.
Página 9 de 21
Aunque por medio de la fe se haya sentido en aquel instante Madre del « Mesías-rey », sin
embargo responde: « He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra » (Lc 1,
38). …

“Una espada te atravesará el alma”


16. Siempre a través de este camino de la « obediencia de la fe » María oye algo más tarde
otras palabras; las pronunciadas por Simeón en el templo de Jerusalén. Sus palabras,
sugeridas por el Espíritu Santo (cf. Lc 2, 25-27), confirman la verdad de la anunciación.
Leemos, en efecto, que « tomó en brazos » al niño, al que —según la orden del ángel— « se
le dio el nombre de Jesús » (cf. Lc 2, 21). El discurso de Simeón es conforme al significado de
este nombre, que quiere decir Salvador: « Dios es la salvación ». Vuelto al Señor, dice lo
siguiente: « Porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos
los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel » (Lc 2, 30-32). Al
mismo tiempo, sin embargo, Simeón se dirige a María con estas palabras: « Este está
puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción a fin
de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones »; y añade: « y a ti
misma una espada te atravesará el alma » (Lc 2, 34-35).
Las palabras de Simeón dan nueva luz al anuncio que María ha oído del ángel: Jesús es el
Salvador, es « luz para iluminar » a los hombres. ¿No es aquel que se manifestó, en cierto
modo, en la Nochebuena, cuando los pastores fueron al establo? ¿No es aquel que debía
manifestarse todavía más con la llegada de los Magos del Oriente? (cf. Mt 2, 1-12). Al
mismo tiempo, sin embargo, ya al comienzo de su vida, el Hijo de María —y con él su
Madre— experimentarán en sí mismos la verdad de las restantes palabras de Simeón: «
Señal de contradicción » (Lc 2, 34). El anuncio de Simeón parece como un segundo anuncio
a María, dado que le indica la concreta dimensión histórica en la cual el Hijo cumplirá su
misión, es decir, en la incomprensión y en el dolor. Si por un lado, este anuncio confirma su
fe en el cumplimiento de las promesas divinas de la salvación, por otro, le revela también
que deberá vivir en el sufrimiento su obediencia de fe al lado del Salvador que sufre, y que
su maternidad será oscura y dolorosa.

La fe de María ante el misterio de la cruz


… 18. La bendición (dada por Isabel, « Feliz porque has creído ») alcanza su pleno
significado, cuando María está junto a la Cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25). El Concilio afirma
que esto sucedió « no sin designio divino »: « se condolió vehementemente con su
Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la
inmolación de la víctima engendrada por Ella misma »; de este modo María « mantuvo
fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz »: la unión por medio de la fe, la misma fe con
la que había acogido la revelación del ángel en el momento de la anunciación. Entonces
había escuchado las palabras: « El será grande, el Señor Dios le dará el trono de David, su
padre, reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33).
Y he aquí que, estando junto a la Cruz, María es testigo, humanamente hablando, de un
completo desmentido de estas palabras. Su Hijo agoniza sobre aquel madero como un
condenado. « Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores, despreciable y no le
tuvimos en cuenta »: casi anonadado (cf. Is 53, 35) ¡Cuán grande, cuan heroica en esos
momentos la obediencia de la fe demostrada por María ante los « insondables designios »
de Dios! ¡Cómo se « abandona en Dios » sin reservas, « prestando el homenaje del
entendimiento y de la voluntad » 39 a aquel, cuyos « caminos son inescrutables »! (cf. Rom
11, 33). Y a la vez ¡cuán poderosa es la acción de la gracia en su alma, cuan penetrante es la
influencia del Espíritu Santo, de su luz y de su fuerza!
Por medio de esta fe María está unida perfectamente a Cristo en su despojamiento. En
efecto, « Cristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino

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que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los
hombres »; concretamente en el Gólgota « se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la
muerte y muerte de cruz » (cf. Flp 2, 5-8). A los pies de la Cruz María participa por medio
de la fe en el desconcertante misterio de este despojamiento. Es ésta tal vez la más
profunda « kénosis » 12de la fe en la historia de la humanidad. Por medio de la fe la Madre
participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora; pero a diferencia de la de los
discípulos que huían, era una fe mucho más iluminada. Jesús en el Gólgota, a través de la
Cruz, ha confirmado definitivamente ser el « signo de contradicción », predicho por
Simeón. Al mismo tiempo, se han cumplido las palabras dirigidas por él a María: « ¡y a ti
misma una espada te atravesará el alma! ».

CIC:

LA MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA

495 Llamada en los Evangelios "la Madre de Jesús"(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es
aclamada bajo el impulso del Espíritu como "la madre de mi Señor" desde antes del
nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, Aquél que ella concibió como hombre, por
obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es
otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia
confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios ["Theotokos"] (cf. DS 251).
***

Con respecto al dogma de “María Madre de Dios”, vimos en el Catecismo de la Iglesia Católica
al estudiar cristología, en el punto 466:

La herejía nestoriana veía en Cristo una persona humana junto a la persona divina del
Hijo de Dios. Frente a ella S. Cirilo de Alejandría y el tercer concilio ecuménico reunido en
Éfeso, en el año 431, confesaron que "el Verbo, al unirse en su persona a una carne
animada por un alma racional, se hizo hombre" (DS 250). La humanidad de Cristo no
tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya
desde su concepción. Por eso el concilio de Éfeso proclamó en el año 431 que María llegó a
ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en
su seno: "Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza
divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma
racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne"
(DS 251).

***

CIC:

LA VIRGINIDAD DE MARÍA

496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús
fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo,
afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido "absque semine
ex Spiritu Sancto13" (Cc Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento humano, por obra

12
Kénosis: anonadamiento, vaciarse de sí mismo aceptando la voluntad de Dios.
13
Absque semine Spiritus sancti: la ausencia de semen del Espíritu Santo

Página 11 de 21
del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es
verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): "Estáis firmemente
convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David
según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf.
Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen, fue verdaderamente clavado por
nosotros en su carne bajo Poncio Pilato, padeció verdaderamente, como también
resucitó verdaderamente" (Epístola a Smyrna 1-2).

497 Los relatos evangélicos (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38) presentan la concepción virginal como
una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas (cf. Lc 1, 34):
"Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo", dice el ángel a José a propósito de María,
su desposada (Mt 1, 20). La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina hecha
por el profeta Isaías: "He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un Hijo" (Is 7, 14 según
la traducción griega de Mt 1, 23).

Leemos en el Evangelio de Mateo 1, 18-23, el relato sobre las dudas de San José y las palabras
del ángel:
18
Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y,
cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.
19
José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió
abandonarla en secreto. 20 Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en
sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que
ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. 21 Ella dará a luz un hijo, a quien
pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados».
22
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta:
23
"La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel", que
traducido significa: «Dios con nosotros».

498 A veces ha desconcertado el silencio del Evangelio de S. Marcos y de las cartas del Nuevo
Testamento sobre la concepción virginal de María. También se ha podido plantear si no se
trataría en este caso de leyendas o de construcciones teológicas sin pretensiones
históricas. A lo cual hay que responder: la fe en la concepción virginal de Jesús ha
encontrado viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos y
paganos (cf. S. Justino, Dial 99, 7; Orígenes, Cels. 1, 32, 69; entre otros); no ha tenido su
origen en la mitología pagana ni en una adaptación de las ideas de su tiempo. El sentido
de este misterio no es accesible más que a la fe que lo ve en ese "nexo que reúne entre sí
los misterios" (DS 3016), dentro del conjunto de los Misterios de Cristo, desde su
Encarnación hasta su Pascua. S. Ignacio de Antioquía da ya testimonio de este vínculo: "El
príncipe de este mundo ignoró la virginidad de María y su parto, así como la muerte del
Señor: tres misterios resonantes que se realizaron en el silencio de Dios" (Eph. 19, 1; cf. 1
Co 2, 8).

María, la "siempre Virgen"

499 La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la


virginidad real y perpetua de María (cf. DS 427) incluso en el parto del Hijo de Dios hecho
hombre (cf. DS 291; 294; 442; 503; 571; 1880). En efecto, el nacimiento de Cristo "lejos de
disminuir consagró la integridad virginal" de su madre (LG 57). La liturgia de la Iglesia
celebra a María como la "Aeiparthenos", la "siempre-virgen" (cf. LG 52).

Página 12 de 21
500 A esto se objeta a veces que la Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús (cf.
Mc 3, 31-55; 6, 3; 1 Co 9, 5; Ga 1, 19). La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no
referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José "hermanos de Jesús"
(Mt 13, 55) son los hijos de una María discípula de Cristo (cf. Mt 27, 56) que se designa de
manera significativa como "la otra María" (Mt 28, 1). Se trata de parientes próximos de
Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento (cf. Gn 13, 8; 14, 16; 29, 15;
etc.).

P. R. GARRIGOU-LAGRANGE14:
La Iglesia Católica enseña tres verdades respecto a la virginidad de María: que fue virgen al
concebir al Señor, al darle la vida, y que después, permaneció perpetuamente virgen
(Virgen antes del parto, en el parto y después del parto). …

La concepción virginal
… Las razones de conveniencia de la concepción virginal las da Santo Tomás (IIIª, q. 28, a.
1): 1º, conviene que el que es Hijo natural de Dios, no tuviese padre en la tierra, pues tiene
un Padre único en los cielos; 2º, el Verbo, que es concebido eternamente en la más perfecta
pureza espiritual, debía también ser concebido virginalmente al hacerse carne; 3º, para que
la naturaleza humana del Salvador quedase exenta del pecado original, convenía que no
fuese concebido como sucede de ordinario por vía seminal, sino por concepción virginal; 4º,
finalmente, al nacer según la carne de una virgen, Cristo nos quería indicar que sus
miembros debían nacer conforme al espíritu de esta virgen, su Esposa espiritual, la Iglesia.

Parto virginal
Las razones de conveniencia del parto virginal de María las trae Santo Tomás (IIP, q. 28, a.
2): 1º, el Verbo que es eternamente concebido y que procede del Padre sin ninguna
corrupción, debía, al hacerse carne, nacer de una madre virgen, conservándole la
virginidad; 2º, el que viene para quitar toda la corrupción, no debía destruir, al nacer, la
virginidad de la que le daba la vida; 3º, el que nos ha mandado honrar a nuestros padres,
estaba obligado, al nacer, a no disminuir el honor de su Madre.

La virginidad perpetua de María después del nacimiento del Salvador


Las razones de conveniencia de esta perpetua virginidad las trae Santo Tomás (IIIª, q. 28,
a. 3): 1º, el error de Helvidio 15 atenta —dice— contra la dignidad de Cristo, porque de la
misma manera que desde toda la eternidad es el Unigénito del Padre, convenía que, en el
tiempo, fuese el hijo único de María; 2º, este error es una ofensa al Espíritu Santo que
santificó para siempre el seno de María; 3º, disminuye también la dignidad y la santidad de
la Madre de Dios, que aparecería como ingrata, si no se hubiese contentado con hijo
semejante; 4º, en fin, como lo dice Bossuet 16, "S. José intervenía en este designio, y haber
faltado a él, después de un nacimiento tan glorioso, hubiese sido un sacrilegio indigno de
él, una profanación indigna del mismo Jesucristo. Los hermanos de Jesús, nombrados en
los Evangelios, y Santiago que se llama constantemente hermano del Señor, no eran más
que parientes, según el modo de hablar de entonces: la santa tradición jamás lo ha
entendido de otra manera.”

14
P. R. Garrigou-Lagrange, La Madre del Salvador, Maternidad divina y plenitud de la gracia,
Artículo IV.
15
Helvidio: escribió una obra con anterioridad al año 383, en contra de la creencia en la virginidad
perpetua de María. Fue refutado por San Jerónimo en el tratado La perpetua Virginidad de María
Santísima.
16
Bossuet (1627-1704): autor de obras espirituales.
Página 13 de 21
… Santo Tomás (IIIª, q. 28, a. 4) explica la opinión común, según, la cual María hizo voto
perpetuo de virginidad. Estas palabras de S. Lucas (1, 34): "¿Cómo será esto, porque no
conozco varón?”, indican ya esta resolución. La Tradición se resume en estas palabras de
S. Agustín: "Virgen eres, santa eres, hiciste voto”. El matrimonio de la Santísima Virgen
con S. José era, por consiguiente, un verdadero matrimonio, pero existía este voto, emitido
de común acuerdo.

CIC:

501 Jesús es el Hijo único de María. Pero la maternidad espiritual de María se extiende (cf. Jn
19, 26-27; Ap 12, 17) a todos los hombres a los cuales, El vino a salvar: "Dio a luz al Hijo, al
que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos (Rom 8,29), es decir, de los creyentes,
a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre" (LG 63).

ENCÍCLICA REDEMPTORIS MATER:

Maternidad espiritual de María17


23. Si el pasaje del Evangelio de Juan sobre el hecho de Caná presenta la maternidad
solícita de María al comienzo de la actividad mesiánica de Cristo, otro pasaje del mismo
Evangelio confirma esta maternidad de María en la economía salvífica de la gracia en su
momento culminante, es decir cuando se realiza el sacrificio de la Cruz de Cristo, su
misterio pascual. La descripción de Juan es concisa: « Junto a la cruz de Jesús estaban su
Madre y la hermana de su madre. María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús,
viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: Mujer, ahí
tienes a tu hijo". Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". Y desde aquella hora el
discípulo la acogió en su casa » (Jn 19, 25-27).
Sin lugar a dudas se percibe en este hecho una expresión de la particular atención del Hijo
por la Madre, que dejaba con tan grande dolor. Sin embargo, sobre el significado de esta
atención el « testamento de la Cruz » de Cristo dice aún más. Jesús ponía en evidencia un
nuevo vínculo entre Madre e Hijo, del que confirma solemnemente toda la verdad y
realidad. Se puede decir que, si la maternidad de María respecto de los hombres ya había
sido delineada precedentemente, ahora es precisada y establecida claramente; ella emerge
de la definitiva maduración del misterio pascual del Redentor. La Madre de Cristo,
encontrándose en el campo directo de este misterio que abarca al hombre —a cada uno y a
todos—, es entregada al hombre —a cada uno y a todos— como madre. Este hombre junto
a la cruz es Juan, « el discípulo que él amaba ». Pero no está él solo. Siguiendo la tradición,
el Concilio no duda en llamar a María « Madre de Cristo, madre de los hombres ». Pues,
está « unida en la estirpe de Adán con todos los hombres...; más aún, es verdaderamente
madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la
Iglesia los fieles».
Por consiguiente, esta « nueva maternidad de María », engendrada por la fe, es fruto del «
nuevo » amor, que maduró en ella definitivamente junto a la Cruz, por medio de su
participación en el amor redentor del Hijo.

Mediación materna18
39 … A través de esta colaboración en la obra del Hijo Redentor, la maternidad misma de
María conocía una transformación singular, colmándose cada vez más de «ardiente
17
S. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater, Primera Parte, 1 María en el misterio de Cristo, 3
Ahí tienes a tu Madre.
18
Cfr. Idem, Tercera Parte, Mediación materna, I Esclava del Señor.
Página 14 de 21
caridad» hacia todos aquellos a quienes estaba dirigida la misión de Cristo. Por medio de
esta « ardiente caridad », orientada a realizar en unión con Cristo la restauración de la
«vida sobrenatural de las almas », María entraba de manera muy personal en la única
mediación « entre Dios y los hombres », que es la mediación del hombre Cristo Jesús. Si ella
fue la primera en experimentar en sí misma los efectos sobrenaturales de esta única
mediación … entonces es necesario decir, que por esta plenitud de gracia y de vida
sobrenatural, estaba particularmente predispuesta a la cooperación con Cristo, único
mediador de la salvación humana. Y tal cooperación es precisamente esta mediación
subordinada a la mediación de Cristo. …
40. Después de los acontecimientos de la resurrección y de la ascensión, María, entrando
con los apóstoles en el cenáculo a la espera de Pentecostés, estaba presente como Madre
del Señor glorificado.
… Después de la ascensión del Hijo, su maternidad permanece en la Iglesia como
mediación materna; intercediendo por todos sus hijos, la madre coopera en la acción
salvífica del Hijo, Redentor del mundo. Al respecto enseña el Concilio: « Esta maternidad
de María en la economía de la gracia perdura sin cesar ... hasta la consumación perpetua
de todos los elegidos».
… « Pues —leemos todavía— asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino
que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna».
… De este modo la maternidad de María perdura incesantemente en la Iglesia como
mediación intercesora, y la Iglesia expresa su fe en esta verdad invocando a María « con los
títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora ».
41. María, por su mediación subordinada a la del Redentor, contribuye de manera especial
a la unión de la Iglesia peregrina en la tierra con la realidad escatológica y celestial de la
comunión de los santos, habiendo sido ya « asunta a los cielos ».

EL DULCE TRÁNSITO DE MARÍA

P. R. GARRIGOU-LAGRANGE19:
Cuando llegó la hora de su muerte, ya estaba hecho el sacrificio de su vida y se renovó
tomando la forma perfecta de lo que la tradición ha llamado la muerte por amor,
consecuencia de la vehemencia de un amor tranquilo pero intenso, por el que el alma
madura y sazonada ya para el cielo, abandona su cuerpo y va a unirse con Dios en la visión
inmediata y eterna, a la manera que un gran río entra en el océano.
Esto lo explica admirablemente S. Francisco de Sales en el Tratado del amor de Dios:
"Es imposible imaginar —dice— que haya muerto de otra clase de muerte que de la de
amor: la más noble de todas y consecuencia de la más noble de todas las vidas. Si de los
primeros cristianos se dijo que no tenían más que un corazón y un alma por su perfecto y
mutuo amor, si S. Pablo no vivía ya él mismo, sino que Jesucristo vivía en él por la unión
íntima de su corazón con el de su Maestro, cuánto más cierto es que la Santísima Virgen y
su Hijo no tenían más que un alma, un corazón y una misma vida, de suerte que su Hijo
vivía en ella. Madre la más amante y la más amada que ha existido, de un amor
incomparablemente mayor que el de todos los órdenes de ángeles y de los hombres, en la
medida que los nombres de Madre única y de Hijo único son también los nombres por
encima de todo nombre en materia de amor.

19
Cfr. P. R. Garrigou-Lagrange, La Madre del Salvador, Maternidad divina y plenitud de la gracia,
Artículo I, II.
Página 15 de 21
“Si esta Madre vivió de la vida de su Hijo, murió también con la muerte del Hijo, pues cual
la vida, tal es la muerte. Habiendo reunido en su espíritu, con viva y continua memoria,
todos los misterios más amables de la vida y de la muerte de su Hijo, y recibiendo siempre
derechamente las más abrasadas inspiraciones que su Hijo, sol de justicia, lanza sobre los
mortales en el más caluroso mediodía de su caridad, el fuego sagrado de este amor divino
la consumió finalmente por completo, como un holocausto de suavidad; de manera que
murió, y su alma completamente enajenada y extasiada fue trasladada a los amorosos
brazos de su Hijo”.
"Murió por causa de un amor extremadamente dulce y tranquilo. El amor divino crecía a
cada momento en el corazón virginal de nuestra gloriosa Señora, pero con un desarrollo
dulce, placentero y continuo, sin agitaciones, sacudidas ni violencias, como crece un
caudaloso río que al no encontrar obstáculos en la llanura, se desliza suavemente sin el
menor esfuerzo.”
“Como el hierro, si está libre de todo impedimento, será atraído fuerte, pero suavemente
por el imán, de suerte que la atracción será cada vez más activa y más fuerte cuanto más
cerca esté el uno del otro y cuanto más próximo a su fin esté el movimiento, de la misma
manera la Santa Madre no teniendo nada que le impidiese la obra del amor divino de su
Hijo, se unía con Éste con una unión incomparable, por medio de éxtasis dulces,
placenteros y sin esfuerzo. La muerte de esta Virgen fue, pues, más dulce de lo que
podemos imaginar, su Hijo la atraía suavemente, «tras el aroma de sus perfumes». El amor
había proporcionado a esta divina Esposa, al pie de la Cruz, los supremos dolores de la
muerte; era, pues, muy razonable que al final, la muerte le comunicase las soberanas
delicias del amor.”

MARÍA, ELEVADA AL CIELO

P. R. GARRIGOU-LAGRANGE20

¿Qué se entiende por Asunción de la Virgen?


En toda la Iglesia Católica se quiere indicar, con esta expresión, que la Santísima Virgen,
después de su muerte y resurrección gloriosas, fue arrebatada en cuerpo y alma a los
cielos, para siempre, y colocada muy por encima de los santos y ángeles. Se dice Asunción
y no Ascensión, como al hablar de nuestro Señor, porque Jesús con su divino poder pudo
elevarse por sí mismo, mientras que María resucitada fue arrebatada por el poder divino
hasta el grado de gloria al que estaba predestinada.
Este acto de la Asunción ¿fue perceptible por los sentidos? Y si hubo testigos, Apóstoles en
particular, o San Juan, por lo menos, ¿pudieron comprobar con sus ojos este suceso?
Hay ciertamente en este hecho, algo sensible, y es la elevación del cuerpo de María hacia el
cielo. Pero el final de esta elevación, es decir, la entrada en el cielo, la exaltación de María
sobre todos los santos y ángeles, fue invisible e inaccesible para los sentidos.

Plenitud final de gracia en María


La bienaventuranza esencial de la Madre de Dios supera por su intensidad y extensión a la
de todos los otros bienaventurados. Es doctrina cierta. La razón es que la beatitud celestial
o la gloria esencial está proporcionada al grado de gracia y de caridad que precede a la
entrada en el cielo. Ahora bien, la plenitud inicial de gracia en María superaba ya a la
gracia final de todos los santos y de los ángeles más encumbrados. Esta plenitud inicial le
fue otorgada para que fuese digna Madre de Dios, y la maternidad divina es por su fin, no

20
Cfr. P. R. Garrigou-Lagrange, La Madre del Salvador, Maternidad divina y plenitud de la gracia,
Artículo III.
Página 16 de 21
lo repetiré suficientemente, de orden hipostático. Se sigue, pues, que la beatitud esencial de
María supera a la de todos los santos tomados en conjunto.
Aunque naturalmente las inteligencias angélicas son más potentes que la inteligencia
humana de María, y aun que la de Jesucristo, la inteligencia humana de María Santísima
penetra más hondamente la esencia divina conocida intuitivamente, pues está elevada y
fortalecida por una luz de gloria mucho más intensa. De nada sirve poseer una facultad
intelectual naturalmente más poderosa para alcanzar y penetrar aquí mejor al objeto,
siendo éste esencialmente sobrenatural. De la misma manera que una humilde cristiana
iliterata, como Santa Genoveva o Santa Juana de Arco, pueden poseer una fe infusa y una
caridad mucho mayores que un teólogo dotado de una inteligencia natural superior y que
sea muy instruido.
Se deduce de aquí que María en el cielo, penetra mejor la esencia de Dios, su sabiduría, su
amor y su poder. Además, como los bienaventurados ven en Dios tantas más cosas cuanto
mayor es su misión, María, por su dignidad de Madre de Dios, de mediadora universal, de
corredentora, de reina de los ángeles, de los santos y de todo el Universo, ve en Dios, en el
Verbo, muchísimo más cosas que los demás bienaventurados.
Sólo es superior a ella en la gloria, Nuestro Señor, que, por su inteligencia, esclarecida por
una luz de gloria más elevada, penetra la esencia divina con mayor profundidad todavía, y
conoce así algunos misterios que no alcanza María, porque sólo le pertenecen a Él, como
Salvador, Soberano Pontífice y Rey universal. María viene inmediatamente después de Él. Y
por esto afirma la liturgia, en la fiesta del 15 de agosto, que ha sido elevada sobre todos los
coros de los ángeles y que está a la diestra de su Hijo. Constituye, aún en la misma
jerarquía de los bienaventurados, un orden aparte, más elevado que el de los serafines, dice
S. Alberto Magno y más que el de los querubines, porque la reina está muy por encima de
los primeros servidores, que lo están éstos con respecto a los que les siguen.
Participa más que nadie, como Madre de Dios, de la gloria de su Hijo. Y como en el cielo la
divinidad de Jesús es evidentísima, es también sumamente claro que María pertenece como
Madre del Verbo hecho carne, al orden hipostático, que tiene una afinidad especial con las
Personas Divinas, y que participa más que nadie también, en el reinado universal de su
Hijo sobre todas las criaturas.
Es lo que expresan maravillosamente las oraciones litúrgicas: Ave Regina caelorum (Salve
Reina de los cielos), Regina coeli (Reina del cielo), Salve Regina (Salve Reina) y en las
letanías: Reina de los ángeles, Reina de todos los santos, Madre de misericordia, etc.” Esto
es lo que afirma también Pío IX en su bula Ineffabilis.

ENCÍCLICA REDEMPTORIS MATER:

El dogma de la Asunción de María


4121 … La verdad de la Asunción, definida por Pío XII, ha sido reafirmada por el
Concilio Vaticano II, que expresa así la fe de la Iglesia: « Finalmente, la Virgen
Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de
su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue ensalzada por el
Señor como Reina universal con el fin de que se asemeje de forma más plena a su Hijo,
Señor de señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte ». Con esta enseñanza
Pío XII enlazaba con la Tradición, que ha encontrado múltiples expresiones en la historia
de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente.
… En el misterio de la Asunción se expresa la fe de la Iglesia, según la cual María « está
también íntimamente unida » a Cristo porque, aunque como madre-virgen estaba
singularmente unida a él en su primera venida, por su cooperación constante con él lo
21

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estará también a la espera de la segunda; « redimida de modo eminente, en previsión de los
méritos de su Hijo », ella tiene también aquella función, propia de la madre, de mediadora
de clemencia en la venida definitiva, cuando todos los de Cristo revivirán, y « el último
enemigo en ser destruido será la Muerte » (1 Co 15, 26).

María, Reina universal


A esta exaltación de la « Hija excelsa de Sion », mediante la asunción a los cielos, está
unido el misterio de su gloria eterna. En efecto, la Madre de Cristo es glorificada como «
Reina universal».
… María ha sido la primera entre aquellos que, « sirviendo a Cristo también en los demás,
conducen en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar ».
Y ha conseguido plenamente aquel « estado de libertad real », propio de los discípulos de
Cristo: ¡servir quiere decir reinar!
« Cristo, habiéndose hecho obediente hasta la muerte y habiendo sido por ello exaltado por
el Padre (cf. Flp 2, 8-9), entró en la gloria de su reino. A Él están sometidas todas las cosas,
hasta que Él se someta a Sí mismo y todo lo creado al Padre, a fin de que Dios sea todo en
todas las cosas (cf. 1 Co 15, 27-28) ». María, esclava del Señor, forma parte de este Reino del
Hijo. La gloria de servir no cesa de ser su exaltación real; asunta a los cielos, ella no
termina aquel servicio suyo salvífico, en el que se manifiesta la mediación materna, « hasta
la consumación perpetua de todos los elegidos ». Así aquella, que aquí en la tierra « guardó
fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz », sigue estando unida a él, mientras ya « a Él
están sometidas todas las cosas, hasta que Él se someta a Sí mismo y todo lo creado al
Padre». Así en su asunción a los cielos, María está como envuelta por toda la realidad de la
comunión de los santos, y su misma unión con el Hijo en la gloria está dirigida toda ella
hacia la plenitud definitiva del Reino, cuando « Dios sea todo en todas las cosas ».
También en esta fase la mediación materna de María sigue estando subordinada a aquel
que es el único Mediador, hasta la realización definitiva de la « plenitud de los tiempos » es
decir, hasta que « todo tenga a Cristo por Cabeza » (Ef 1, 10).

CIC:

LA MATERNIDAD VIRGINAL DE MARÍA EN EL DESIGNIO DE DIOS

502 La mirada de la fe, unida al conjunto de la Revelación, puede descubrir las razones
misteriosas por las que Dios, en su designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una
virgen. Estas razones se refieren tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como
a la aceptación por María de esta misión para con los hombres.

503 La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús


no tiene como Padre más que a Dios (cf. Lc 2, 48-49). "La naturaleza humana que ha
tomado no le ha alejado jamás de su Padre ...; consubstancial con su Padre en la divinidad,
consubstancial con su Madre en nuestra humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en
sus dos naturalezas" (Cc. Friul en el año 796: DS 619).

504 Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María porque Él es
el Nuevo Adán (cf. 1 Co 15, 45) que inaugura la nueva creación: "El primer hombre, salido
de la tierra, es terreno; el segundo viene del cielo" (1 Co 15, 47). La humanidad de Cristo,
desde su concepción, está llena del Espíritu Santo porque Dios "le da el Espíritu sin
medida" (Jn 3, 34). De "su plenitud", cabeza de la humanidad redimida (cf Col 1, 18),
"hemos recibido todos gracia por gracia" (Jn 1, 16).

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505 Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su concepción virginal el nuevo nacimiento de
los hijos de adopción en el Espíritu Santo por la fe "¿Cómo será eso?" (Lc 1, 34; cf. Jn 3,
9).

A este respecto, leemos en el Evangelio de Juan (3, 3-8) la conversación de Jesús con Nicodemo:
3
Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de
Dios.»
4
Nicodemo le preguntó: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede
entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?».
5
Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar
en el Reino de Dios. 6 Lo que nace de la carne es carne, lo que nace de Espíritu es espíritu. 7
No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». 8 El viento
sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo
sucede con todo el que ha nacido del Espíritu».

505: La participación en la vida divina no nace "de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo
de hombre, sino de Dios" (Jn 1, 13). La acogida de esta vida es virginal porque toda ella es
dada al hombre por el Espíritu. El sentido esponsal de la vocación humana con
relación a Dios (cf. 2 Co 11, 2) se lleva a cabo perfectamente en la maternidad
virginal de María.

Leemos en la 2ª carta de S. Pablo a los Corintios, 11, 2:


Yo estoy celoso de ustedes con el celo de Dios, porque los he unido al único Esposo, Cristo,
para presentarlos a él como una virgen pura.

ENCÍCLICA REDEMPTORIS MATER22:

El amor esponsal de María


39 … María aceptó la elección para Madre del Hijo de Dios, guiada por el amor
esponsal, que « consagra » totalmente una persona humana a Dios. En virtud de este
amor, María deseaba estar siempre y en todo « entregada a Dios », viviendo la virginidad.
… La maternidad de María, impregnada profundamente por la actitud esponsal de «
esclava del Señor », constituye la dimensión primera y fundamental de aquella mediación
que la Iglesia confiesa y proclama respecto a ella, y continuamente « recomienda a la
piedad de los fieles » porque confía mucho en esta mediación.

507 María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta
realización de la Iglesia (cf. LG 63): "La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de
Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida
nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También
ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo" (LG 64).

ENCÍCLICA REDEMPTORIS MATER:

María, figura de la Iglesia23


5. El Concilio Vaticano II, presentando a María en el misterio de Cristo, encuentra el
camino para profundizar en el conocimiento del misterio de la Iglesia. En efecto, María,
como Madre de Cristo, está unida de modo particular a la Iglesia, « que el Señor constituyó
22
S. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater, Tercera Parte, 1 María, esclava del Señor.
23
S. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater, Introducción.
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como su Cuerpo ». … La realidad de la Encarnación encuentra casi su prolongación
en el misterio de la Iglesia-cuerpo de Cristo. Y no puede pensarse en la realidad
misma de la Encarnación sin hacer referencia a María, Madre del Verbo
encarnado.
… No se trata aquí sólo de la historia de la Virgen Madre, de su personal camino de fe y de
la « parte mejor » que ella tiene en el misterio de la salvación, sino además, de la historia
de todo el Pueblo de Dios, de todos los que toman parte en la misma peregrinación de la fe.
Esto lo expresa el Concilio constatando en otro pasaje que María « precedió »,
convirtiéndose en « tipo o modelo de la Iglesia ... en el orden de la fe, de la caridad y de la
perfecta unión con Cristo ». Este « preceder » suyo como tipo, o modelo, se refiere al mismo
misterio íntimo de la Iglesia, la cual realiza su misión salvífica uniendo en sí —como María
— las cualidades de madre y virgen. Es virgen que « guarda pura e íntegramente la fe
prometida al Esposo » y que « se hace también madre ... pues ... engendra a una vida nueva
e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios ».

María en la vida de la Iglesia24


43. … la Iglesia llega a ser Madre cuando, acogiendo con fidelidad la palabra de Dios, «
por la predicación y el bautismo engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos
concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios ». Esta característica « materna » de la
Iglesia ha sido expresada de modo particularmente vigoroso por el Apóstol de las gentes,
cuando escribía: « ¡Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a
Cristo formado en vosotros! » (Gál 4, 19). En estas palabras de san Pablo está contenido un
indicio interesante de la conciencia materna de la Iglesia primitiva, unida al servicio
apostólico entre los hombres. Esta conciencia permitía y permite constantemente a la
Iglesia ver el misterio de su vida y de su misión a ejemplo de la misma Madre del Hijo, que
es el « primogénito entre muchos hermanos » (Rom 8, 29).
Se puede afirmar que la Iglesia aprende también de María la propia maternidad; reconoce
la dimensión materna de su vocación, unida esencialmente a su naturaleza sacramental, «
contemplando su arcana santidad e imitando su caridad, y cumpliendo fielmente la
voluntad del Padre ».Si la Iglesia es signo e instrumento de la unión íntima con Dios, lo es
por su maternidad, porque, vivificada por el Espíritu, « engendra » hijos e hijas de la familia
humana a una vida nueva en Cristo. Porque, al igual que María está al servicio del misterio
de la encarnación, así la Iglesia permanece al servicio del misterio de la adopción como
hijos por medio de la gracia.
Al mismo tiempo, a ejemplo de María, la Iglesia es la virgen fiel al propio Esposo: «
también ella es virgen que custodia pura e íntegramente la fe prometida al Esposo ».La
Iglesia es, pues, la esposa de Cristo, como resulta de las cartas paulinas (cf. Ef 5, 21-33; 2 Co
11, 2) y de la expresión joánica « la esposa del Cordero » (Ap 21, 9). Si la Iglesia como esposa
custodia « la fe prometida a Cristo », esta fidelidad, a pesar de que en la enseñanza del
Apóstol se haya convertido en imagen del matrimonio (cf. Ef 5, 23-33), posee también el
valor tipo de la total donación a Dios en el celibato « por el Reino de los cielos », es decir de
la virginidad consagrada a Dios (cf. Mt 19, 11-12; 2 Cor 11, 2). Precisamente esta virginidad,
siguiendo el ejemplo de la Virgen de Nazaret, es fuente de una especial fecundidad
espiritual: es fuente de la maternidad en el Espíritu Santo.
Pero la Iglesia custodia también la fe recibida de Cristo; a ejemplo de María, que
guardaba y meditaba en su corazón (cf. Lc 2, 19. 51) todo lo relacionado con su Hijo divino,
está dedicada a custodiar la Palabra de Dios, a indagar sus riquezas con discernimiento y
prudencia con el fin de dar en cada época un testimonio fiel a todos los hombres.

24
Idem, Tercera Parte, 2 María en la vida de la Iglesia y de cada cristiano.
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44. Ante esta ejemplaridad, la Iglesia se encuentra con María e intenta asemejarse a
ella: « Imitando a la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo conserva
virginalmente la fe íntegra, la sólida esperanza, la sincera caridad ». Por consiguiente,
María está presente en el misterio de la Iglesia como modelo. Pero el misterio de la Iglesia
consiste también en el hecho de engendrar a los hombres a una vida nueva e inmortal: es
su maternidad en el Espíritu Santo. Y aquí María no sólo es modelo y figura de la Iglesia,
sino mucho más. Pues, « con materno amor coopera a la generación y educación » de los
hijos e hijas de la madre Iglesia. La maternidad de la Iglesia se lleva a cabo no sólo
según el modelo y la figura de la Madre de Dios, sino también con su «
cooperación ». La Iglesia recibe copiosamente de esta cooperación, es decir de la
mediación materna, que es característica de María, ya que en la tierra ella cooperó a la
generación y educación de los hijos e hijas de la Iglesia, como Madre de aquel Hijo « a
quien Dios constituyó como hermanos ».

María, Estrella del Mar25


6. Todo esto se realiza en un gran proceso histórico y, por así decir, « en un camino ». La
peregrinación de la fe indica la historia interior, es decir la historia de las almas. Pero ésta
es también la historia de los hombres, sometidos en esta tierra a la transitoriedad y
comprendidos en la dimensión de la historia.
El Concilio subraya que la Madre de Dios es ya el cumplimiento escatológico de la Iglesia: «
La Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen la perfección, en virtud de la cual no tiene
mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27) » y al mismo tiempo que « los fieles luchan todavía por
crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado, y por eso levantan sus ojos a María,
que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos ». La
peregrinación de la fe ya no pertenece a la Madre del Hijo de Dios; glorificada junto al Hijo
en los cielos, María ha superado ya el umbral entre la fe y la visión « cara a cara » (1 Cor 13,
12). Al mismo tiempo, sin embargo, en este cumplimiento escatológico no deja de ser la «
Estrella del mar » (Maris Stella) para todos los que aún siguen el camino de la fe. Si alzan
los ojos hacia ella en los diversos lugares de la existencia terrena lo hacen porque ella « dio
a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rom 8, 29)
», y también porque a la «generación y educación » de estos hermanos y hermanas «
coopera con amor materno».

*****

25
S. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater, Introducción.
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