La crítica de Max Weber
a la tradición historicista alemana
Max Weber’s critique of the German historicist tradition
Juan Fernando García Alcaraz
Recibido: 15 de mayo de 2019
Aceptado: 16 de enero de 2020
Resumen: Max Weber (1864-1920) es quizás Abstract: Max Weber (1864-1920) is perhaps
el clásico de la sociología que prestó más the classic sociology author who paid the
atención a los problemas metodológicos de most attention to the methodological pro-
las ciencias sociales. A pesar de que sus ensa- blems of the social sciences. And although
yos metodológicos pueden resultar en ocasio- his methodological essays can sometimes be
nes difíciles de entender, no dejan de generar difficult to understand, they do not cease to
fascinación en los especialistas, debido a la fascinate specialists for their intellectual acui-
agudeza mental con la que fueron concebi- ty. The following article analyzes a somewhat
dos. El siguiente artículo analiza una faceta un neglected facet of Weber’s methodological
poco olvidada de los ensayos metodológicos essays: his criticism of German historicism.
weberianos, esto es, su crítica a la tradición
historicista alemana. Keywords: historicism, empathy, inner
reproduction, pyschologism, intuitionism.
Palabras clave: historicismo, empatía,
reproducción interior, psicologismo,
intuicionismo
D. R. © 2020. Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Sociales. Revista Mexicana
de Sociología 82, núm. 4 (octubre-diciembre, 2020): 919-947. Ciudad de México. ISSN: 0188-2503/20/08204-07.
Los ensayos metodológicos de Max Weber
Max Weber no solamente se interesó en el debate metodológico de las
ciencias sociales por la importancia de definir su estatus científico frente a
las ciencias naturales, también se vio impulsado a ello por cuestiones prác-
ticas de la investigación empírica. Para cuando Weber escribía sus primeros
ensayos metodológicos, ya había realizado importantes investigaciones
empíricas en distintos campos de las ciencias sociales. A diferencia de Émile
Durkheim, Weber se había formado bajo la dirección de eruditos naciona-
listas que seguían de cerca las consecuencias sociales del posicionamiento
de la nueva Alemania unificada como potencia mundial en 1871. Tras sus
investigaciones sobre los movimientos migratorios en las zonas rurales de
Alemania del Este, a consecuencia del fortalecimiento de la agricultura
comercial, o sus investigaciones acerca de la bolsa y de intervenciones en
la Asociación para la Política Social (Verein fur Socialpolitk), podemos ras-
trear la genuina pasión de Weber por comprender los problemas candentes
que atravesaba la Alemania de su tiempo.
Aun cuando Weber declaró públicamente que se definía como burgués
y apoyaba sus valores culturales,1 no dejaba de insistir en la importancia
que tiene para el desarrollo de la ciencia social la separación de la esfera de
los juicios de valor en la constatación científica de los hechos. En la defen-
sa de este principio tan “trivial” (como tantas veces lo remarcó) se quedó
aislado, al igual que le sucedió en numerosas ocasiones con sus activida-
des políticas. Los mentores y colegas de Weber se habían formado en la
gran tradición del historicismo alemán, que tenía sus raíces en la época del
romanticismo e incluso en la filosofía crítica kantiana. A esta generación
le parecía normal que el profesor tuviera el legítimo derecho de defender
y persuadir a sus alumnos sobre sus particulares puntos de vista sobre las
cuestiones políticas y sociales. Por el contrario, Weber supo romper con
esta tradición en la medida que le permitía clarificar las condiciones ade-
cuadas para la conducción de una investigación lo más objetiva posible en
las ciencias sociales.
Esa es la causa por la que Weber escribe una buena parte de sus ensayos
metodológicos en polémica no sólo contra los herederos del historicismo
1 “Soy un miembro de la clase burguesa, me siento como tal y he sido educado en sus puntos de vista y
en sus ideales” (Weber, 1987: 25).
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alemán, sino también contra autores provenientes de disciplinas en apa-
riencia lejanas a las ciencias sociales, como la estética y la psicología.
Pero, pese a lo duras que podían ser sus críticas, Weber solía polemizar de
manera “respetuosa”. Es decir, pocas veces descalificó el valor total de las
aportaciones científicas de los autores contra quienes polemizaba; más bien,
tenía el hábito de explicar que el objetivo de sus comentarios críticos se diri-
gía a clarificar aquellos puntos que no habían quedado claros del todo, o que
habían quedado “lógicamente mal fundamentados”. Además de esto, Weber
nunca exageró la novedad de sus propuestas metodológicas y mucho menos
las defendió bajo una postura dogmática. De hecho, tendía a reducir la
originalidad de sus aportaciones críticas al afirmar constantemente que se
limitaba a esclarecer lo que era “evidente por sí mismo en la confusión de
problemas metodológicos”.
Esta actitud de Weber se despliega a través de sus ensayos más intri-
cados y complejos, que elaboró después de la recuperación de su colapso
nervioso. Su primer ensayo metodológico publicado fue “Roscher y Knies
y los problemas lógicos de la escuela histórica de economía”, entregado en
tres partes entre los años de 1903 y 1906. Este ensayo fue escrito por
encargo de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Heidelberg, en
el marco de la celebración del primer centenario de dicha universidad. En
1904 le siguió quizás el ensayo metodológico más famoso de Weber, titu-
lado “La ‛objetividad’ del conocimiento en la ciencia social y en la política
social”, publicado en el primer volumen de la Revista de Ciencia Social y
de Política Social (Archiv für Socialwissenschaft und Sozialpolitik). En este
ensayo, al igual que expone los objetivos de la revista y los presupuestos
metodológicos que deben de compartir todos sus colaboradores, Weber de-
sarrolla su propia interpretación rickertiana sobre la formación de conceptos
en las ciencias sociales con la exposición de la teoría de los tipos-ideales.
Los sucesivos ensayos metodológicos importantes están relacionados
con problemas concretos de la investigación tanto en la disciplina de la his-
toria como en la teoría del derecho y en la economía. En relación con la
historia, es el caso del ensayo titulado “Estudios críticos sobre la lógica de
las ciencias de la cultura”, publicado en 1906. En cuanto a la teoría del de-
recho, su ensayo “La ‛superación’ materialista de la historia de Stammler”,
publicado en 1907. Por último, en cuanto a la economía, la reseña de un
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libro del distinguido profesor Lujo Brentano, titulada “La teoría de la utili-
dad marginal y la ‛ley fundamental de la psicofísica’”, publicada en 1908.
Lo esencial de la concepción de Max Weber acerca de los problemas
sustanciales de la metodología de las ciencias sociales se encuentra en los en-
sayos descritos anteriormente. También revisten importancia los ensayos
metodológicos relacionados con el diseño de específicas investigaciones
empíricas, como lo ejemplifica su Introducción metodológica para las en-
cuestas de la “Asociación de Política Social” sobre selección y adaptación
de los obreros en las grandes fábricas, publicado como libro en 1908, así
como su conferencia pronunciada en 1913 ante la asociación y publicada con
importantes modificaciones en 1917 como El sentido de la “neutralidad
valorativa” de las ciencias sociológicas y económicas.
La literatura secundaria sobre la obra de Max Weber en nuestro idioma
ha adquirido tal grado de refinamiento especializado sobre su interpretación
crítica, que se encuentra a la altura de los mejores intérpretes weberianos de
los países occidentales. Dentro de esa vasta literatura, destacamos las con-
tribuciones del doctor Luis F. Aguilar, quien, en su libro de dos volúmenes
titulado Weber: La idea de ciencia social, hace un análisis muy completo
sobre la metodología weberiana y las tradiciones intelectuales sobre las que
se construyó. Asimismo, destacamos la obra de Rafael Llano sobre Weber
titulada La sociología comprensiva como teoría de la cultura, puesto que
en ella se explican de forma clara y precisa la metodología y las categorías
fundamentales de la sociología comprensiva de Max Weber. Estos dos textos
son ya clásicos sobre la metodología weberiana muy pormenorizados y de
lectura obligada para cualquier estudiante interesado en el tema.
Si bien Weber nunca expuso sus reflexiones metodológicas en un solo
tratado, eso no justifica que algunos autores califiquen la metodología we-
beriana como fragmentaria o ambigua (Brunn, 2016). Por el contrario, a
través de sus ensayos metodológicos se puede rastrear una univocidad en
la forma que Weber concebía la lógica particular de las ciencias sociales o
ciencias de la cultura, como solía denominarlas.
Algunos autores mencionan la vital importancia que tuvieron las críticas
de Weber a la tradición historicista alemana en la constitución de su visión
particular sobre la lógica de las ciencias culturales (Winkel, 1977). En ese
contexto, este artículo estará encaminado a exponer tales críticas. No obs-
tante, primero abordaremos las cuestiones metodológicas importantes que
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tenían lugar en la Alemania de su época, para después analizar las críticas
de Weber al historicismo alemán.
La disputa metodológica
en las ciencias sociales: la Methodenstreit
La recepción en Alemania de los principios de la economía política clásica,
tal y como fue desarrollada con Adam Smith, David Ricardo y otros, fue hos-
til por parte de la ciencia económica desarrollada en este país bajo el influjo
cultural del romanticismo alemán. En Alemania nunca tuvo lugar la acep-
tación del principio deductivo del “hombre económico” que postula la
conducta económica como determinada por motivos exclusivamente econó-
micos, es decir, de acuerdo con la racionalidad de las necesidades y deseos
de los individuos (Shionoya, 2005: 36). Por el contrario, bajo la influencia
del romanticismo en la renovación de las ciencias históricas alemanas que
tomaban como referencia directa a las obras del gran historiador Leopold
von Ranke e indirecta de Friedrich Hegel y Friedrich Schleiermacher,
y también de la aplicación del método histórico a la jurisprudencia por
parte de Friedrich Karl von Savigny y otros, se puso énfasis en el carácter
ético-cultural de la conducta económica del individuo, globalmente configu-
rada por el sistema ético de una determinada sociedad. De esta manera, en la
ciencia económica alemana se había establecido el principio inductivo que
asumía como presupuesto la conducta del individuo en el ramo económico
influida por una especie de “espíritu nacional”; así, se difundió, como tarea
primordial de la economía, la investigación sobre la historia de los hechos
económicos de la nación.
Bajo este programa de investigación emergió lo que se conoció como
la Escuela Histórica de la Economía, cuyos representantes, en la primera
generación, fueron Wilhelm Roscher, Bruno Hildebrand y Karl Knies; en
cuanto a la segunda generación, liderada por Gustav von Schmoller, fueron
Etienne Laspeyres, Karl Bücher, Adolph Wagner, Werner Sombart, Georg
Friedrich Knapp y el distinguido historiador económico Lujo Brentano.
Se ha considerado que los fundadores de la Escuela Histórica de la
Economía desarrollaron más una filosofía de la historia que propiamente
investigaciones sobre historia económica (Menger, 2006: 30). Esto ha sido
el motivo por el cual no han sido incluidos en los manuales de historia
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del pensamiento económico, debido a que desarrollaron muy poca teoría
económica (Shionoya, 2001: 55). En cambio, la segunda generación de
esta escuela realizó importantes investigaciones de historia económica,
cuyas notables contribuciones en muchos campos de esta subdisciplina
todavía son apreciadas como valiosas en la actualidad por los historiadores
económicos.2 No obstante, aunque esta escuela haya gozado de un amplio
reconocimiento en Alemania, también generó críticas en torno a su método
inductivo, que llevaba a la investigación de cada etapa histórica de la eco-
nomía nacional a la que se tenía en consideración, abandonando cualquier
iniciativa de desarrollar teorías económicas. Quien se atrevió a poner en
cuestión el método inductivo de esta escuela fue el economista austriaco
Carl Menger (1840-1921), en su artículo “Investigaciones sobre el método
de las Ciencias Sociales, en especial, de la economía política”, con lo que
inició la Methodenstreit en las ciencias sociales.
En este artículo, Menger reivindicó el método deductivo de la economía
política clásica, dado que permitía la elaboración de una teoría “pura” de la
economía con un rango de aplicabilidad general. De acuerdo con el autor,
la fragilidad del método inductivo de la Escuela Histórica de la Economía
residía en la parcialidad de sus resultados con una limitada generalidad. Por
ello, Menger afirmó que la teoría económica tiene la necesidad de establecer
proposiciones deductivas a través de un riguroso análisis lógico sin cuyas
conclusiones teóricas estén limitadas en tiempo y espacio. Por supuesto,
no desestimó la capacidad de la escuela histórica de la economía en la
recolección y sistematización de datos históricos. No obstante, su crítica a
esta escuela giraba en torno al desmérito que había hecho en la elaboración
de teorías deductivas de la economía. En respuesta al desafío del método
histórico, Von Schmoller señaló que el método deductivo de la economía
carece de contenido empírico, sin conexión alguna con la realidad. Si bien
el método deductivo puede llegar a un alto grado de abstracción de la eco-
nomía, según Von Schmoller, esto es irrelevante para explicar la dinámica
específica de cualquier tipo de economía nacional. Por consiguiente, para
este autor, el método histórico es el indicado para analizar el proceso por el
2 Un ejemplo de ello lo constituyen las investigaciones sobre la industria doméstica por Schmoller, Som-
bart, Brentano y otros. A la vuelta de un siglo, tales contribuciones darían pie a la creación de la teoría
de la proto-industrialización. Véase Medik, Kriedte y Schlumbohm, 1986..
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cual las instituciones económicas se desarrollaron hasta llegar al presente,3
porque la explicación evolutiva de las instituciones económicas no puede
ser entendida mediante una teoría “pura” y deductiva de la economía.
La disputa por el método apropiado para la construcción de teorías de
la ciencia económica generó un intenso debate que se extendió hasta la
discusión del estatus científico de las ciencias sociales: ¿qué hacía diferente
al método científico de las ciencias sociales con respecto al de las ciencias
naturales? En la Alemania del último tercio del siglo xix, se experimen-
taba un asombroso desarrollo de la ciencia que generaba una división y
especialización continua de nuevas disciplinas científicas. Esto daría
lugar a que se extendiera en la población una noción popularizada de que el
método científico estaba determinado por la específica “esfera de realidad”
que había sido descubierta, ante lo cual, el investigador tenía la tarea de
analizar sus correspondientes leyes inmutables. La aceptación de este tipo
de visión positivista de la ciencia y de realismo epistemológico se debió en
gran parte al declive del idealismo alemán después de la muerte de Hegel.
El filósofo Wilhelm Dilthey fue quien emprendió la primera definición
de la distinción de las ciencias sociales y las naturales. Para este autor, son
las diferencias ontológicas en la realidad las que fundamentan la distinción
de los métodos científicos entre las ciencias naturales y las sociales. El
mundo objetivo de la naturaleza solamente lo podemos captar por nues-
tros sentidos externos, mientras que en los hechos culturales tenemos la
capacidad de captar interiormente el flujo de sus vivencias inmediatas.
Por ejemplo, frente a la presencia de un individuo afligido que llora des-
consoladamente, por nuestra parte, involuntariamente somos capaces de
“revivir” o “reproducir” (Nachbildung) su estado mental y afectivo, y,
por consiguiente, de “comprender” (Verstehen) su aflicción. Este tipo de
conocimiento “intuitivo” de las vivencias internas de las acciones de los
individuos y también de los hechos culturales, de acuerdo con Dilthey, es
lo que diferencia las ciencias sociales de las naturales:
3 Un ejemplo de este principio metodológico es la investigación monográfica de Werner Sombart acerca
de los orígenes del capitalismo desde la Baja Edad Media hasta principios del siglo xx, titulada Der
moderne kapitalismus, en tres volúmenes.
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La naturaleza la “explicamos”, la vida anímica la “comprendemos”. Porque
en la experiencia interna se nos dan también los procesos de la vida psíqui-
ca, en un todo. […] Este hecho condiciona la gran diferencia de los métodos
con los cuales estudiamos la vida psíquica, la historia y la sociedad respecto a
aquellos otros métodos que acarrean el conocimiento de la naturaleza (Dilthey,
1951: 197).
El resurgir del idealismo trascendental, bajo la corriente de la escuela
neokantiana de Baden, puso en cuestión la validez lógica de la distinción
ontológica entre las ciencias sociales y las ciencias naturales. La revita-
lización de la filosofía kantiana respondió al nuevo reto de explicar las
condiciones subjetivas que hacen posible el conocimiento científico frente
a la especialización de la ciencia. Siguiendo las huellas de Emmanuel Kant,
la corriente del neokantismo reclamó para sí como ámbito propio de su
reflexión analítica la teoría del conocimiento científico, polemizando en
contra de las posturas epistemológicas naturalistas o psicologistas. En este
tenor, el filósofo alemán Wilhelm Windelband, en su discurso rectoral de
1894 en Estrasburgo, Alemania, objetó la división de las ciencias planteada
por Dilthey bajo premisas ontológicas, afirmando que, aunque el historiador
tiene la ventaja de “revivir” o “reproducir” en su interior los hechos cultu-
rales, esto no justifica dicha división, pues el conocimiento interior de las
vivencias no se puede validar lógicamente como conocimiento científico
(Köhnke, 2011: 357).
Sin duda, la reproducción interior de las vivencias culturales es un
tipo de conocimiento distintivo de las ciencias de la cultura, pero para
que pueda ser cualificado como conocimiento científico debe de satisfacer
ciertas premisas de validez lógica, de modo similar a como ocurre con la
validación del conocimiento en las ciencias naturales. Al igual que Kant,
Wildenband explicó que la validez lógica del conocimiento científico no
se justifica por su relación directa con cierto nivel de la realidad empírica,
sino con los estándares de la “conciencia normativa”. La realidad es una
sola e indivisible, por lo que nunca podrá ser comprehendida en su totalidad
por las categorías conceptuales. Por lo tanto, para Windelband, no son los
fundamentos ontológicos lo que diferencia a las ciencias entre sí, sino la
construcción de sus intereses cognitivos validados normativamente. Para
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el autor, existen dos estándares absolutos que posibilitan la validación del
conocimiento científico en las ciencias: el nomotético y el ideográfico.
El tipo de conocimiento nomotético es aquel que no tiene ningún interés
en la individualidad de los eventos de la realidad concreta. Si en dado caso
el dato individual adquiere relevancia para su análisis científico, es debido a
que puede ser representado como tipo, un ejemplo de un concepto genérico
o un caso que pueda ser subsumido bajo una determinada ley general. Es
común que este tipo de conocimiento sea generado principalmente en las
ciencias naturales, ya que su objetivo primordial es la explicación de la
naturaleza en un sistema de leyes generales, que den cuenta de las regulari-
dades nomológicas que gobiernan todos los eventos de la realidad concreta.
Por el contrario, el tipo de conocimiento ideográfico intenta averiguar las
características singulares y concretas de la realidad empírica, así como la
explicación de las propiedades distintivas de algún determinado fenóme-
no en sí mismo. Para Windelband, por lo general este tipo de conocimiento
es generado en las ciencias históricas,4 aunque también puede ser generado
en las ciencias naturales. Por ejemplo, desde el punto de vista de las cien-
cias biológicas, el análisis científico de los organismos es explicado bajo
leyes generalizadoras, mientras que a la historia natural le interesa explicar
científicamente el proceso evolutivo de los organismos vivos en sus carac-
terísticas distintivas y únicas a través de la historia.
Debemos tener en mente que esta dicotomía metodológica (nomotético/
ideográfico) solamente clasifica modos de investigación, no los contenidos
del conocimiento en sí mismo. Es posible —y de hecho así ocurre— que
los mismos sujetos sean el objeto de una investigación nomotética o ideo-
gráfica (Windelband, 1980: 175).
En conjunto, para Windelband, las diferencias metodológicas entre las
ciencias sociales (o del espíritu) y las ciencias naturales no son ontológicas,
sino que radican en las propiedades analíticas que orientan su investigación
científica. Estas conclusiones teóricas serían ampliadas por el filósofo Hein-
rich Rickert, en su famoso libro Los límites de la formación de conceptos
en las ciencias naturales. En este libro, Rickert analizó en profundidad la
peculiaridad de la construcción de conceptos en las ciencias históricas o
4 Aquí se entiende por ciencias históricas cierto tipo de procedimiento de investigación orientado a lo
particular del fenómeno.
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ciencias de la cultura, teniendo estas ciencias como presupuesto epistemo-
lógico la imposibilidad de construir teorías que reflejen o reproduzcan la
realidad en su totalidad.
Rickert sigue en este sentido las reflexiones epistemológicas de su dis-
cípulo, Emil Lask. Para este filósofo, siguiendo a Johann Fichte, el flujo
de la realidad concreta es una única e indivisible entidad que se despliega
en un permanente hiatus irrationalis, es decir, en un continuo heterogé-
neo que se extiende infinitamente. Según Lask, el idealismo trascendental
desarrolló dos posturas epistemológicas de aproximación cognitivas ante
la irracionalidad de la realidad concreta: la lógica analítica y la lógica
emanacionista. De acuerdo con este autor, la filosofía de Kant representa la
lógica analítica, mientras que la lógica emanante tiene como representante
la filosofía hegeliana (Beiser, 2011: 446). Para esta segunda postura, las
categorías conceptuales tienen una relación directa con la realidad, esto
es, el movimiento de los fenómenos individuales personifica el conteni-
do de los conceptos. De esta manera, la realidad es deducida desde las
categorías conceptuales, y éstas llegan a ser una “realidad superior”. Por
su parte, Rickert rechaza esta postura epistemológica y concuerda con la
lógica analítica en que las categorías conceptuales son aspectos artifi-
cialmente construidos de la realidad, con el fin de analizar en una unidad
coherente los elementos de la realidad que existen de una manera difusa
o inexpresiva.
Entonces, para Rickert, el problema que enfrentan las ciencias de la
cultura o históricas es el modo de abstracción de ciertos aspectos de la rea-
lidad cultural para la construcción de categorías conceptuales que nos
permitan darle inteligibilidad. Para ello, se debe encontrar un principio de
selección metodológica que no sea llevado ni por azar ni a capricho del
investigador, sino por una “relación a valores” (Wertbeziehung). A dife-
rencia de Windelband, Rickert desarrolló un concepto empírico de los
valores afirmando que, para la Wertbeziehung, los valores “siempre son
tomados de la vida cultural o de los valores culturales”. Es por esto por lo
que el concepto de valor en las ciencias empíricas se distingue de aquel
concepto de valor desarrollado por la corriente neokantiana de la escuela de
Marburgo, debido a que las ciencias de la cultura sólo tienen como meta
el análisis de los valores culturales que poseen un reconocimiento general
en una determinada comunidad de individuos.
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En lo que concierne a los valores generales factualmente reconocidos, el con-
cepto en sí mismo implica que son valores de una comunidad humana. Inclu-
so cuando nosotros reconocemos un valor como generalmente normativo, sin
embargo, este valor siempre será validado por una comunidad real de seres
humanos (Rickert, 2009: 131).
Por lo tanto, la tarea del investigador de las ciencias culturales es se-
leccionar un aspecto de la realidad histórica y relacionarlo con un valor
determinado que haya tenido o tiene reconocimiento general en algu-
na determinada comunidad. Al hacer esto, el historiador convierte cierto
segmento de la realidad en objeto de conocimiento, es decir, en un indivi-
duo histórico provisto de significado cultural. Pero la relación a valores
es solamente un procedimiento formal que permite al historiador conocer
los hechos singulares y concretos de la vida cultural. No obstante, Rickert
acepta que la cultura pueda ser comprendida bajo conceptos generaliza-
dores de la ciencia natural, pero siempre y cuando se tenga en cuenta que
su uso tiene el límite de fungir sólo como un medio para el conocimiento
individual de la vida cultural y no para señalar sus “fuerzas ocultas” o sus
“tendencias inevitables” (Rickert, 2009: 180).
La propuesta metodológica de Rickert recibió críticas, como la del fi-
lósofo Alois Riehl, quien había señalado que poner la realidad en relación
con valores es lo mismo que “valorarla”. Ante esta crítica, Rickert señaló
que la relación a valores es un procedimiento lógico que se mantiene en el
terreno de la constatación de los hechos y que permite distinguir los hechos
esenciales de los fenómenos culturales.
De todos los autores que hemos revisado brevemente dentro del contexto
de la Methodenstreit, la filosofía analítica de Rickert tuvo un impacto ma-
yor en las reflexiones metodológicas de Weber, aunque hasta cierto punto.
Weber aceptó el principio metodológico de la relación a valores como la
principal filosofía epistemológica de las ciencias sociales, pero rechazó la in-
tención de Rickert de establecer un sistema de valores de carácter supra
temporal a partir de los valores existentes en una sociedad determinada.
Rickert mencionó que Weber nunca estuvo interesado en cuestiones pura-
mente epistemológicas, y mucho menos en los problemas de la filosofía
académica. Nunca tuvo la intención de comentar como experto en proble-
mas de la epistemología, sino en la medida en que ellos ofrecían nuevos
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“puntos de vista” para la lógica de la ciencia de la cultura. Años después
de la disputa por el método, el autor catalogaría los trabajos metodológi-
cos de Weber como producto de un “lógico empiricista” (Rickert, 2009: 8).
La crítica de Weber hacia la Escuela Histórica
de la Economía
En la cuarta edición de la obra de Rickert que hemos citado, escribió que
durante el comienzo de su carrera universitaria en Friburgo, Weber le ha-
bía mencionado sus dudas en cuanto al método ideográfico propuesto por
Windelband para la disciplina histórica, porque lo consideraba fundamen-
tado por nociones estéticas. De hecho, Weber no consideraba posibles las
intenciones de Rickert en desarrollar una lógica de la historia, hasta que
le entregó en 1902 los dos capítulos finales de su obra, que tratan sobre la
formación de conceptos históricos y de la objetividad histórica. Desde
entonces, Weber se convenció de que “el método conceptual de la ciencia
de la historia puede ser correctamente caracterizado como una ciencia indi-
vidualizante de la cultura” (Rickert, 2009: 8). A partir de entonces, Weber
desenvolvió su propia lógica de las ciencias sociales en polémica contra
los principales historiadores de su tiempo.
Como lo hemos mencionado arriba, la Escuela Histórica de la Econo-
mía era la principal escuela de economía en Alemania. Incluso es común
ubicar a Weber como perteneciente de la generación “más joven” de esta
escuela (junto con Werner Sombart). La escuela tenía estrechos vínculos
con el Estado alemán, de una forma distinta a lo que ocurría entonces en
Inglaterra. En Alemania, los economistas se caracterizaban por su interven-
cionismo estatal en el apoyo a las políticas proteccionistas, a la regulación
de la economía e incluso al establecimiento de políticas asistenciales, y
llegaron a ser conocidos con el apelativo burlón de “socialistas de cátedra”
(Kathedersozialisten). Esta generación de economistas alemanes formó en
1872 la famosa Asociación para la Política Social (Verein für Socialpoli-
tik), cuya influencia en el Estado alemán se dejaba sentir en la presión que
ejercía contra el otorgamiento de cátedras en las universidades alemanas
a todo economista que se inclinaba abiertamente hacia el principio del
laissez-faire (Tribe, 1995: 66).
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Por supuesto, no todos los economistas de la Escuela Histórica coinci-
dían en todos los puntos de vista económicos, sobre todo en lo que tiene
que ver con la formulación de políticas proteccionistas y asistencialistas.
Por ejemplo, Weber, quien había realizado, por encargo de la Asociación
de Política Social, una investigación sobre las condiciones agrícolas en la
Alemania del Este, se había manifestado en contra de las políticas protec-
cionistas de los precios de los granos alemanes. Según su punto de vista,
esta política fortalecía a una decadente clase de terratenientes (Junkers)
que se negaban a reajustar sus propiedades bajo las nuevas condiciones
del mercado mundial, debido a que ello ocasionaría su declive como es-
trato social privilegiado económica y políticamente en el reino de Prusia
(Bendix, 2000: 57). A pesar de esta y otras posturas críticas en torno a las
políticas económicas del segundo Deutsches Reich, la corriente conserva-
dora de la Escuela Histórica de la Economía era la predominante entre los
economistas alemanes. En ese contexto tendría lugar la crítica de Weber a
dicha escuela, que giraría en torno a los primeros trabajos programáticos
de Wilhelm Roscher y Karl Knies.
La crítica de Weber contra Roscher
Tal y como lo dijimos al comienzo de este artículo, Roscher fue quien in-
trodujo la aplicación del método histórico a la economía política. Lo hizo
con la publicación en 1843 de un panfleto de 150 páginas, Grundiss zu
Vorlesungen über die Staatwirschaft nach geschichlicher Methode (Concep-
tos fundamentales de las lecciones sobre la Economía del Estado, según el
método histórico). Básicamente, al introducir el método histórico en el aná-
lisis económico, Roscher le proporcionaba dimensión social a la economía
política clásica. Pero esta innovación estaba cargada de amplios objetivos
ambiguos, puesto que pretendía constituir el análisis económico en sus co-
nexiones con el derecho o la cultura, política, lo social, etcétera, que se han
establecido a lo largo de la historia. Roscher creyó que estas conexiones
se reducían a leyes económicas básicas, que a su vez se enlazaban con las
leyes del desarrollo económico por las que atraviesan las naciones. Según
el autor, el desenvolvimiento de las leyes del desarrollo económico está en
función de los patrones evolutivos por los que pasan todos los pueblos del
mundo, similares a las etapas de desarrollo de los seres humanos: infancia,
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juventud, adultez, envejecimiento y muerte. Cabe mencionar que Roscher
proponía evaluar las posibilidades de desarrollo económico de una nación
atendiendo primero a su posicionamiento evolutivo y al de las naciones
vecinas, así como a su carácter nacional. De este modo, el economista sabrá
cuáles son las políticas económicas adecuadas al patrón evolutivo por el
que está atravesando su respectiva nación (Caldwell, 2005: 46).
Como ya lo había notado el economista Gustav Cohn en su obituario
sobre Roscher, citado por Keith Tribe, el programa de investigación de la
economía propuesto por Roscher era muy difuso como para servir de
utilidad para la investigación empírica; por lo tanto, sus proposiciones
sobre el “método histórico” que eran citadas por la sucesiva generación
de economistas más bien quedaban como enunciados abstractos que como
principios fundamentales para la investigación (Tribe, 1995: 69-20). He
aquí donde residen las críticas de Weber, quien percibió con mayor agudeza
las ambigüedades y contradicciones del método histórico de Roscher. De
acuerdo con Weber, en el trasfondo de la aplicación del método histórico en
la teoría económica de Roscher se traslucía su romanticismo nacionalista
al afirmar que el “espíritu del pueblo” es el fundamento real de las etapas
evolutivas del desarrollo de la nación.
Si bien Roscher es cauteloso al aceptar reducir causalmente todos los
fenómenos culturales a una simple hipótesis de la existencia de una entidad
metafísica (sea Volksgeist o Volkscharakter) que subyace a toda nación o
pueblo, no abandona del todo este presupuesto. Según Weber, en el libro
de Roscher Principios de economía política según el método histórico, en
numerosos pasajes hay afirmaciones en las que se deja ver su creencia en un
espíritu del pueblo que impregna toda manifestación cultural de la nación.
Con base en esta premisa, para Roscher la labor de la ciencia es desvelar
la “esencia” del carácter del pueblo a través del descubrimiento de “leyes”
causales de los fenómenos culturales.
La crítica que Weber hace al método de Roscher ahonda más cuando
analiza su propuesta lógica del uso del método comparativo para el desvelo
empírico de la “esencia” del pueblo, y así formular teorías generales de
validez universal (Hennis, 1987: 40). El objetivo de Roscher es llegar a
teorías generales lo más abstractas posible, de tal manera que sean capa-
ces de explicar causalmente la vasta realidad concreta. Esto tendría como
consecuencia, según Weber, que la individualidad de la realidad concreta o
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los simples hechos históricos resulten irrelevantes frente a la necesidad de
perfeccionar las teorías generales. De acuerdo con Weber, la realidad empí-
rica y concreta nunca podrá ser explicada exhaustivamente en su causalidad
“legal” mediante teorías muy abstractas y generales, y mucho menos si las
ligamos con patrones evolutivos. Por consiguiente, según Weber, el uso del
método comparativo solamente tiene como fin analizar las características
individuales de los fenómenos culturales en su singularidad cultural. Asi-
mismo, se debe aceptar como premisa que la realidad concreta es infinita
y cualquier ordenamiento conceptual de ella siempre será “insuficiente”.
Para Weber, las leyes o los conceptos nomológicos, en la disciplina
histórica y en las ciencias culturales, solamente nos son “suficientes” para
nuestros propósitos de conocimientos cuando le damos inteligibilidad con-
ceptual a la realidad concreta, pero no para conocer las entidades metafísicas
que subyacen, sino para conocer la individualidad de los fenómenos cultu-
rales. Es decir, para conocer lo característico de los fenómenos culturales
que nosotros consideramos como significativos.
Los paralelismos (el método comparativo) podrían servir entonces, simple-
mente, como instrumentos para comparar los diversos fenómenos históricos
en su plena individualidad, y la comparación podría resultar útil con el fin de
establecer los rasgos característicos de cada uno de ellos… En otras palabras,
los paralelismos serían uno entre varios medios posibles para definir concep-
tos individuales. La cuestión de si y cuándo pueden ellos constituir un medio
adecuado al fin es muy problemática, y sólo puede resolverse en cada caso
concreto (Weber, 1985: 18-19).
Weber señala que Roscher también fundamenta su método histórico en la
lógica hegeliana de la historia. En el sistema conceptual de Hegel, los con-
ceptos tienen una realidad metafísica que se manifiesta a través del devenir
histórico. Cada hecho empírico o fenómeno cultural “resulta” del desa-
rrollo metafísico de los conceptos, es decir, el método científico es rigu-
rosamente racional para poder deducir desde los conceptos generales las
determinaciones “legales” de la realidad histórica. La crítica principal de
Weber en cuanto a esta concepción “emanantista” de la realidad histórica
se ubica en que “despoja” a la realidad de toda su concreción mediante la
abstracción.
Revista Mexicana de Sociología 82, núm. 4 (octubre-diciembre, 2020): 919-947. 933
En apariencia, Roscher también critica el método de la dialéctica de
Hegel afirmando que no es posible deducir la realidad empírica a través
de un raciocinio riguroso. No obstante, como lo señala Weber, Roscher
sustituye la lógica hegeliana por una lógica que explica el devenir histórico
de acuerdo con los “decretos de Dios”. La dialéctica del devenir histórico,
para Roscher, viene impulsada por los motivos y las intenciones de los
individuos que han sido decretadas o pre-establecidas por el orden divino.
La libertad de la voluntad
y la irracionalidad del devenir histórico
En el análisis de Weber sobre el método histórico de Karl Knies, cofundador
de la Escuela Histórica de la Economía, aborda un tema que recurrentemen-
te retomará a lo largo de sus ensayos metodológicos: la irracionalidad de la
voluntad de los individuos. Knies afirma que la naturaleza específica de
las ciencias de la cultura se debe a que la “libertad de la voluntad”5 de los
individuos condiciona la irracionalidad del devenir histórico, debido a que
sus acciones son “incalculables”. Este es el punto de vista que considera
que la acción humana es fortuita y no está sometida a “regularidades”, que
no es posible conocer las “leyes” que están detrás de ella. Pero si en el
terreno de la ciencia histórica surge el problema metodológico de cono-
cer las regularidades de la acción humana dada la importancia que han
tenido ciertos personajes en el curso de la historia: ¿en qué medida los
hechos históricos pueden ser imputados a las acciones “creativas” de de-
terminados individuos?
La historia no “descubre” las acciones creativas de los individuos como
si fueran propiedades naturales u objetivas de ellos mismos que están
dispuestas para ser observadas en cualquier tiempo y espacio. La historia
considera como “síntesis creativa” determinadas acciones no porque ha
descubierto diferencias objetivas en los hechos históricos, sino porque
las ha referido a ideas de valor. Solamente mediante el proceso metodo-
lógico de referencia a valores el historiador puede observar y enfatizar la
5 Knies (1883: 333-352) habla de la acción humana en general. Por su parte, Weber (1985) afirma que lo
mismo puede decirse de las acciones de las masas o de los héroes. Ambas acciones pueden ser “indi-
vidualmente” cognoscibles en su peculiaridad significativa de los hechos históricos.
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peculiaridad de las acciones de los individuos. Aunque a menudo ocurre,
según Weber, que el historiador corre el riesgo de medir por su “valor
intrínseco” una determinada acción y juzgarla como irrelevante, mientras
otros historiadores consideran que las consecuencias de tal acción han
sido “altamentes creativas” en el curso del devenir histórico. O bien, que
el historiador juzgue altamente valiosa una determinada acción, mientras
otros historiadores han demostrado que dicha acción, en sus consecuencias
para el devenir histórico, ha sido totalmente irrelevante por haber perdido
su “sentido originario” a través de su mezcla con otros hechos históricos.
Para Weber, la acción humana puede ser calculable de la misma forma
que los procesos del mundo físico-natural. La acción humana no contiene
en sí, objetivamente hablando, más “elementos” que puedan encontrarse en
el mundo físico por los que se pueda afirmar la imposibilidad de calcular la
acción. Por el contrario, si observamos la acción humana, veremos su ten-
dencia a “regularizarse”. En las ciencias sociales, Weber señala que existe
un “plus” interpretativo con respecto a las ciencias naturales, ya que están
posibilitadas de calcular la acción humana a través de la interpretación: no
sólo se puede adquirir un conocimiento de las regularidades de la acción
humana (saber nomológico), sino que también pueden “comprender” los
motivos o las intenciones que la impulsan a actuar. Esta comprensión
permite reconstruir un motivo o un complejo de motivos que pueden ser
“reproducibles” en la experiencia interior, “y a partir de ello imputarlo
con grados de precisión diversos según el material de que dispongamos”
(Weber, 1985: 80).
La interpretación racional de la acción humana también debe “com-
prehender” aquellos elementos irracionales de la misma. Esto es, la
interpretación de la acción humana también debe comprender los efectos
o influencia que tienen sobre ella los elementos “emotivos” y “valorativos”
que la componen. Si, en dado caso, la acción humana está determinada por
reacciones “patológicas” que no permitan imputarle algún sentido subjetivo,
es allí cuando podemos hablar de la irracionalidad de la acción propiamente
dicha (por ejemplo, aquellos individuos que padecen de serios problemas
mentales). Para la comprensión de esta especifica acción humana irracional,
Weber afirma que el investigador tiene que apoyarse en aquellas ramas de
las ciencias médicas que le permitan esclarecer las “regularidades” que
subyacen en una acción humana “irracional”.
Revista Mexicana de Sociología 82, núm. 4 (octubre-diciembre, 2020): 919-947. 935
Es incorrecto afirmar que la irracionalidad de la conducta humana está
determinada por la libre voluntad o arbitrio de los individuos. Por el con-
trario, cuando los individuos logran vencer las perturbaciones emocionales
o toda coacción física o psíquica en beneficio de la claridad de sus juicios
sobre los fines que desean lograr y sobre todo, en la selección de los me-
dios adecuados para llevarlos a cabo, podemos afirmar que el individuo ha
tomado una decisión en condiciones de su “libre voluntad”. Por otro lado,
si el individuo toma sus decisiones basándose en erróneas interpretacio-
nes de los hechos, de fallas conceptuales o de prejuicios dogmáticos, o que
sus decisiones se vean condicionadas por su temperamento o por alguna
disposición afectiva, podemos afirmar que el individuo ha tomado sus
decisiones bajo condiciones “irracionales”. En este caso, el historiador
que analiza las conexiones históricas de las decisiones de los individuos a
menudo se topará o se enfrentará con la mezcla de ambos tipos de acciones,
ya que, según Weber, ni los hechos históricos son guiados por acciones
puramente teleológicas, ni representan una masa de hechos irracionales in-
conexos (Roth, 2016). Todos los hechos históricos están configurados tanto
por elementos racionales como por elementos irracionales de la acción. Por
consiguiente, la labor del historiador, en su análisis de las conexiones
históricas de las acciones de determinados personajes históricos, es preci-
samente exponer su contenido racional o irracional, pero no con el fin de
valorarlas, sino con la finalidad heurística de comprender las consecuencias
que tuvieron ambos elementos (racionales/irracionales) en la configuración
de los hechos históricos.
El historiador que desea interpretar las acciones humanas, según Weber,
debe abstraerse de las condiciones históricas específicas e identificar los
motivos constantes de los individuos. La interpretación del historiador tiene
la ventaja a posteriori, frente al sujeto histórico, de interpretar el desarrollo
histórico de la acción del sujeto en la forma en que ésta efectivamente se
desenvolvió, según las tomas de decisiones más “racionales”, aun cuando no
hayan sido consideradas por los sujetos históricos. Para la realización de
esta interpretación, el historiador formula “juicios” teleológicos ajustando
las acciones históricas de los individuos en las categorías de medio y fin,
para vincular la acción con las condiciones que históricamente sucedieron.
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Cuanto más libre en el sentido anteriormente indicado sea ésta,6 más accesible
será el juicio teleológico y más racional la conexión causal entre el motivo de
la acción, la máxima del actor y el resultado del proceso. La ciencia histórica
lleva a cabo la interpretación teleológica racional sirviéndose de las reglas de
experiencia para determinar las conexiones causales (Weber, 1985: 123).
La crítica de Weber
hacia el método histórico de Eduard Meyer
Weber no resolvió de forma “definitiva” el problema de la construcción
de una lógica objetiva de la disciplina histórica con su crítica del método de
la Escuela Histórica de la Economía. Los logros que obtuvo Weber en
esta crítica fueron haber despojado al método histórico de presupuestos
metafísicos y haber planteado las categorías adecuadas para el “cálculo”
de la acción humana. No obstante, volvió a analizar los problemas sustan-
ciales de la lógica de la investigación histórica a la luz del ensayo del gran
historiador de la Antigüedad, Eduard Meyer, Sobre la teoría y la metodo-
logía de la historia.7
Si consultamos el texto citado de Meyer, en apariencia no encontraremos
grandes diferencias con las posiciones de Weber ante la lógica de la historia,
porque ambos autores parten de la misma fuente intelectual: la filosofía de
la formación de conceptos en la historia de Rickert. El propio Weber afir-
mó que aceptaba muchos de los puntos de vista de Meyer sobre el método
histórico, pero dado que su ensayo es un “informe clínico” de la labor cien-
tífica del historiador, escrito por un gran historiador, según Weber, es más
significativo para la construcción de una metodología histórica “objetiva”
aprender de los “errores” lógicos de Meyer que de una comprensión cabal
de sus aportaciones metodológicas. La razón de esto se debe a que Meyer
intenta establecer una metodología de la historia a través de un examen
de los problemas concretos que comúnmente enfrenta el historiador en su
praxis científica. Y para Weber, solamente así, resolviendo problemas con-
cretos de la praxis científica, se logra un avance significativo de las cien-
cias. Por consiguiente, la crítica de Weber no sigue puntualmente todos
6 Weber habla de la acción humana racional.
7 Este ensayo ha sido traducido al español y puede consultarse en Meyer (1955).
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los puntos abordados por Meyer, sino que se enfoca en analizar aquellas
digresiones que habían quedado ambiguas o que quedaron “lógicamente
mal fundamentadas”. El resultado es un ensayo de Weber denso porque hace
un gran esfuerzo intelectual8 para justificar sus puntos de vista opuestos a
los de Meyer, en relación con una fundamentación “objetiva” de la lógica
de investigación científica de la historia.
Así pues, uno de los errores lógicos que Weber logra detectar es la
incongruencia de Meyer de su definición del hecho histórico. Frente a
la confusión que deja al historiador contemplar la vasta infinidad y com-
plejidad de los sucesos del pasado, Meyer señala que el problema de la
definición del hecho histórico reside en las premisas que hacen posible
interpretar los sucesos del pasado como importantes o característicos:
Es la consideración histórica la que convierte el suceso concreto en destacado
por ella entre la masa infinita de sucesos producidos en la misma época, en
un acontecimiento histórico. El historiador se plantea por sí mismo los pro-
blemas con los que aborda el material histórico; y esos problemas le facilitan
el hilo conductor con ayuda del cual ordena los acontecimientos y selecciona
los momentos históricos, y, para resolverlos, establece las conclusiones his-
tóricas que considera oportunas. El presente del historiador es un factor esen-
cial que no puede descartarse de ninguna exposición histórica, entendiendo
por tal tanto su individualidad como el mundo de pensamientos y de intereses
de la época en que vive (Weber, 2002: 140).
Con base en la filosofía de la formación de conceptos de Rickert, Meyer
sostiene que el historiador siempre será obligado a interpretar un determi-
nado aspecto de la realidad histórica. Ni siquiera en hechos como el arte o
la historia de la literatura, por ejemplo, el historiador podrá explicar exhaus-
tivamente todos y cada uno de sus aspectos.9 Meyer menciona también que
en cierta medida los sucesos del pasado facilitan su investigación debido a
que han resultado “operantes” o “eficaces” en el curso del devenir histórico.
Por ejemplo, para Meyer, los efectos de la cultura griega y los hechos de
8 A mi juicio, de manera sorprendentemente original.
9 “A lo único a que podemos llegar, en cualquier tiempo, es a nuestro propio conocimiento de la historia
y nunca a un conocimiento absoluto e incondicional” (Weber, 2002: 142).
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su historia son percibidos en la actualidad, así como el desarrollo de los
pueblos que han alcanzado un alto grado de civilización, de manera que
los pueblos de baja civilización no adquieren el mismo interés histórico,
a menos que incurran en el devenir de la historia y tengan consecuencias
importantes en la cultura occidental, como la invasión de los hunos en el im-
perio romano o de los mongoles en la Europa occidental.
Al respecto, Weber critica que Meyer no percibe la “esencia” de la diferen-
cia de dos operaciones lógicas que ocurre cuando relacionamos un hecho
histórico con un determinado valor. En primer lugar, según Weber, una
referencia de los hechos históricos a determinados valores no equivale
a subsumirlos en conceptos generales como “estado”, “nacionalismo”,
etcétera. Según esta posición, no existe una relación de determinados fenó-
menos con valores, por lo que el punto de vista así formado adquiera una
“especificidad individual”. La referencia de algún determinado hecho de
la vida cultural a valores ocurre bajo la forma de un juicio de valor sobre
dicho fenómeno, que puede ser afectivo o resultado de alguna cavilación,
pero que en todo caso no representa la formulación de un concepto sino
simplemente un estado subjetivo “individual”. El sujeto se ha formado así
una perspectiva particular y específica sobre los hechos: un determina-
do juicio de valor. En segundo lugar, cuando el sujeto procede a analizar
dicho hecho bajo la forma particular y específica en que se lo representa
(juicio de valor), se forma un individuo histórico. La categoría lógica del
individuo histórico se refiere a la delimitación y selección de ciertos aspec-
tos de los hechos empíricos, que vienen determinados por el juicio de valor
del sujeto. Pero no es sino cuando el investigador analiza a dicho individuo
histórico en sus condiciones externas o internas, o cuando establece las
series causales que lo configuran de un modo particular, cuando el sujeto
procede a la formación de conceptos.
Por su parte, Meyer omite la categoría de la individualidad histórica
como producto de relaciones con valores cuando afirma la existencia de
hechos históricos como “operantes” y “eficaces”. Si bien los pueblos civiliza-
dos tienen un gran interés para el historiador, Weber enfatiza que ello se debe
a sus posibilidades de relaciones de valor desde las cuales se forman distintos
tipos de individuos históricos con los cuales procede su investigación, y no,
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en cambio, por el hecho que han logrado un alto grado de civilización.10
No obstante, el mismo procedimiento lógico de relaciones de valores tiene
validez en la consideración de cualquier pueblo o civilización que no tenga
ninguna relación con la civilización occidental (los incas y los aztecas, por
ejemplo). De esta manera, para Weber, la configuración lógica de los hechos
históricos, cualquiera que sea su tipo, ocurre bajo la relación con valores
de la realidad histórica y su delimitación en “individuos históricos”, y no
por la deducción de ciertos hechos históricos que han sido “causalmente
operantes” en la configuración de la realidad del presente.
Psicologismo, intuicionismo y evidencia empática
La obtención de conocimientos históricos no es realizada por una mera de-
ducción lógica en la observación de los hechos empíricos, sino también por
la “inspiración” del investigador.11 Weber no considera inútil una investiga-
ción psicológica de los fenómenos culturales, aunque advierte del peligro
de considerar el factor psicológico como el principal en la configuración
causal de los fenómenos. Además, existe el peligro de que el conocimiento
adquirido de las condiciones psicológicas de una determinada institución
cultural (y sus efectos) sea utilizado por el investigador para explicar la
dialéctica institucional de todos los fenómenos culturales. Pese a que Weber
admite el valor que tiene la sensibilidad o la intuición del investigador en
la interpretación de los fenómenos culturales,12 cuando éste recurra en la
obtención de un conocimiento psicológico de los fenómenos culturales,
debe evitar codificarlo en un sistema cerrado de leyes abstractas similar
al de las ciencias naturales:
El valor cognoscitivo de sus resultados será tanto mayor cuanto menor se es-
fuerce por conseguir una formulación y una sistematicidad similar a la de las
10 Esto último es un simple juicio de valor.
11 En su conferencia “La ciencia como profesión”, Weber afirma que la inspiración “iluminadora” con la
cual el investigador desarrolla nuevos puntos de vista antes no considerados, o que le permite “des-
cubrir” nuevos hechos importantes para el análisis científico, sólo llega a través de un arduo trabajo y
nunca mediante el capricho del investigador.
12 “Ranke adivina el pasado, pero aun respecto de un historiador de menor jerarquía magros serían los
progresos del conocimiento si no contara con ese don de la ‘intuición’: en tal caso permanecería como
una suerte de burócrata subalterno de la historia” (Weber, 2002: 162).
940 Revista Mexicana de Sociología 82, núm. 4 (octubre-diciembre, 2020): 919-947.
ciencias naturales cuantitativas, puesto que en este caso se perdería la posibi-
lidad de una interpretación comprensible de las formaciones históricas con-
cretas: por tanto, cuanto menos hace suyos los presupuestos generales de las
ciencias de la naturaleza (Weber, 1985: 135).
Como bien lo señala Weber, la explicación psicológica de los fenómenos
culturales resulta atractiva para el investigador, por el hecho de sentir que
su personal interpretación valorativa de los hechos culturales profundiza su
“horizonte espiritual”, “volviéndolo capaz de captar y de penetrar posi-
bilidades y matices del estilo de vida como tal, de desarrollar su propio
yo diferenciándolo en lo intelectual, lo estético y lo ético y de volver a su
propia ‛psique’, por así decirlo, ’sensible a los valores’” (Weber, 2002:
132). Un ejemplo de ello lo constituye la presentación “artística” de los
trabajos históricos, cuando el historiador pretende suscitar una experiencia
emocional en sus lectores sobre la materia que trata y que no puede o no
siente que sea necesario expresar sus conocimientos conceptualmente. Para
Weber, ello es justificado en la medida en que la presentación “artística”
preste servicios para el historiador en la clarificación de su meta cogniti-
va. Sin embargo, advierte que la sensibilidad emocional que manifiesta
abiertamente el investigador ante el análisis de un fenómeno cultural no
está sometida estrictamente a un control y más bien es “inevitablemente
desarticulada”. Además, en la medida en que las intuiciones de interpre-
tación del historiador dependan de su personal gusto estético por algún
tema determinado, esto hace disminuir el valor de sus análisis científicos:
En ciertas circunstancias, dichas intuiciones pueden tener un valor “heurístico”
significativo, pero en otras pueden obstaculizar el conocimiento objetivo, y ello
justamente porque ofuscan la conciencia de que la “intuición” está constituida
sólo por contenidos emocionales del observador y no por los de la “época” o
el artista considerado. En este caso, el carácter subjetivo del conocimiento se
identifica con su falta de “validez”, precisamente porque no ha sido articulado
conceptualmente y la sensación de estar participando de sentimientos ajenos se
sustrae a toda demostración y a todo control (Weber, 1985: 145).
En la época que Weber escribía su ensayo sobre Roscher, autores como
Wilhelm Wundt, Hugo Münsterberg, Theodore Lipps o Benedetto Croce
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creían en la posibilidad de una explicación psicologista de la realidad
histórica o de los hechos culturales. Un ejemplo radical de esta posición
era Croce, para quien los “conceptos históricos” no tienen validez debido
a que la historia está interesada en conocer fenómenos que son siempre
individuales y éstos sólo son accesibles a la intuición y no a conceptos que
por naturaleza propia son generales y abstractos. Por consiguiente, la his-
toria como conocimiento de las “cosas” individuales sólo puede exponerse
como una secuencia de intuiciones, de igual manera a lo que caracteriza
al conocimiento artístico. Por su parte, Weber no deja de subrayar la nece-
sidad de conceptualizar lo intuido, indispensable para el desarrollo de las
ciencias de la cultura.
Por otra parte, en la comprensión de formaciones históricas concretas,
por lo común, el investigador echa mano de la interpretación a través de
categorías conceptuales construidas “teleológicamente”. Aquí, el pen-
samiento teleológico es utilizado con fines interpretativos y no significa
una “subrogación” de la causalidad por obra de una teleología. Weber
también afirma que existe una distinción lógica entre la causalidad de
nuestras categorías teleológicas y el orden causal de los hechos empíricos.
La causalidad teleológica sirve para dar univocidad a los conceptos por la
selección de aquello que se considera esencial de los fenómenos mediante
una referencia a valores. La explicación causal de los hechos empíricos
no está determinada por nuestras categorías “teleológicas”, sino por la in-
vestigación empírica. Por supuesto, la investigación puede ser guiada por
alguna teoría construida teleológicamente, pero el servicio que ésta presta
es únicamente analítico y no dogmático.
Weber advierte que a menudo en la investigación no se tiene en cuenta
esta distinción lógica entre causalidad teleológica y causalidad empírica
(producto de la investigación), como suele ocurrir con el uso de conceptos
y definiciones de la dogmática jurídica. En el campo jurídico, es válido que
jueces o abogados interpreten la coherencia causal de una determinada ley o
estatuto legal con la referencia valorativa hacia la norma “fundamental”: la
constitución. Pero en el campo de las ciencias sociales, como la historia, es
ilegítimo llegar a una explicación causal empírica del significado que tenía
una institución legal (como el matrimonio) en una sociedad determinada
en el pasado, solamente ateniéndonos a su definición jurídica.
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Por otro lado, la conceptualización de la evidencia “empática” es uno
de los problemas constantes en la interpretación de los hechos culturales.
En sus primeros escritos, Weber desarrolla su concepción de la evidencia
empática por medio de una crítica al concepto de la comprensión objetiva
de Georg Simmel. Según Weber, en la vida cotidiana comprendemos no de
acuerdo con que aspiremos a lograr una explicación lógica del discurso de
los individuos (como pretende Simmel), sino porque queremos llevar a cabo
fines prácticos. Rara vez, según el curso normal de nuestras interacciones,
nos cuestionamos la estructura lógica del contenido de las actitudes y los
juicios valorativos de los individuos con quienes interactuamos. Por el
contrario, a menudo nos damos por satisfechos por comprender los moti-
vos o las intenciones de los individuos hasta un punto que consideramos
suficiente para actuar “en consecuencia”, y no nos molestamos en indagar
detalladamente el contenido “objetivo” o lógico del discurso de los indi-
viduos y su relación con sus actitudes afectivas o valorativas al respecto.
La comprensión “objetiva” o “lógica” del significado de las acciones
de los individuos propiamente es llevada a cabo por las ciencias compren-
sivas, porque es un instrumento analítico construido artificialmente para la
indagación científica. Por supuesto, esto no significa que durante el flujo
real de nuestras interacciones no recurramos a una consciente comprensión
“objetiva” del significado de las acciones. Por lo general, esto nos suce-
de cuando no tenemos seguridad de haber comprendido “inmediatamente”,
como ocurre cuando un oficial militar recibe una orden ambigua. En todo
caso, el oficial procede a interpretar el significado “noético” de la orden
recibida, para actuar en consecuencia. En el curso real de las interacciones,
la comprensión objetiva lógica por sí sola carece de significado si no es
dirigida al servicio de fines prácticos.
Simmel expresa todo esto con un lenguaje psicologista: “A través de la pala-
bra, el estado de ánimo de quien habla […] se transmite a quien escucha”. En
este proceso, quien habla es finalmente excluido y permanece sólo el conteni-
do del discurso, que se graba en el pensamiento de quien escucha. Es dudoso
que de esta descripción psicológica emerja con suficiente precisión el carácter
lógico de este tipo de “comprensión”: en mi opinión, sería en cualquier caso
erróneo —como ya hemos visto— pensar que el proceso del “comprender” se
realice sólo en el “conocimiento objetivo” (Weber, 1985: 112).
Revista Mexicana de Sociología 82, núm. 4 (octubre-diciembre, 2020): 919-947. 943
La “evidencia empática” en la interpretación de un objeto provisto de
valor (los fenómenos culturales, éticos, estéticos, intelectuales) no consti-
tuye una representación comprehensiva de las relaciones causales de tales
fenómenos; más bien, representa la delimitación de una individualidad
histórica. A través de esta delimitación, de un segmento de la realidad por
referencia a valores, podemos interpretar unívocamente las acciones pro-
vistas de sentido, pero sólo aquellas que representan ser significativas para
nuestra investigación. De esta manera, interpretamos las acciones sig-
nificativas de nuestro objeto, estando siempre conscientes de que esta
interpretación no se corresponde con aquello que los individuos “sentían
subjetivamente”. En todo caso, nuestra interpretación del significado de los
hechos culturales se aproxima hipotéticamente a esto: interpretación que
nosotros podemos encontrar de valor en el objeto empírico.
Conclusiones
A lo largo del presente artículo hemos descrito los puntos de vista críticos
que Weber formuló con respecto al historicismo prevaleciente en su época.
Sus críticas no estuvieron orientadas a establecer una nueva forma de filo-
sofía de la historia, como lo afirman algunos autores (Weisz, 2012), sino a
despojar a la tradición historicista alemana de sus presupuestos metafísicos,
organicistas, evolucionistas y emanantistas. Sin embargo, las obras que
realizó posteriormente a sus reflexiones metodológicas, como La ética pro-
testante y el espíritu del capitalismo, no son propiamente históricas, sino que
están encaminadas a analizar la singularidad de los fenómenos culturales en
la masa de los hechos históricos. El análisis de los fenómenos sociales en su
especificidad cultural, tomando en cuenta los hechos históricos, permitiría
a Weber constituir tipologías genéticas como la tipología de la burocra-
cia moderna, patrimonialismo, dominación carismática, etcétera, con la
finalidad de que sirvieran para la interpretación de los hechos históricos,
mas no para ordenar tales hechos en una perspectiva evolucionista, organi-
cista, o para develar el ente metafísico que determina el desenvolvimiento
de la historia.
Entonces, siguiendo de cerca las observaciones metodológicas de Weber,
se puede concluir que la formación conceptual de los fenómenos sociales
no está determinada por lo que los fenómenos llevan adheridos “objeti-
944 Revista Mexicana de Sociología 82, núm. 4 (octubre-diciembre, 2020): 919-947.
vamente”. Como reiteradamente lo hemos visto con Weber, la realidad se
despliega en múltiples e infinitas formas en un hiatus irrationalis, por lo que
resulta imposible conocer los hechos culturales en su totalidad. Por lo tan-
to, el curso del acontecer de la vida empírica no sabe nada de conceptos, y
en ella no es posible identificar “objetivamente” el peso de los elementos
causales, dado que todos los elementos poseen el mismo grado de impor-
tancia en la configuración de los hechos históricos.
Aun cuando pretendamos explicar el flujo de la realidad devenida sin
ninguna preconcepción previa de nuestra parte, nuestro análisis meramente
descriptivo no agotará la totalidad de las condiciones causales del fenóme-
no que deseamos explicar, porque además del caos inconexo de nuestras
descripciones, no tiene sentido alguno tratar de analizar científicamente
los fenómenos por esta vía. Toda formación intelectual de un objeto por
estudiar o los problemas científicos que causan debate en una determinada
comunidad científica, en principio, devienen de una determinada toma de
posición con respecto a los fenómenos de la vida cultural.
Por último, los modelos imaginarios que construye el investigador para
evaluar el peso significativo de la trama causal de algún hecho históri-
co en cuestión proceden únicamente a partir de un riguroso conocimiento
empírico. Weber advierte que no debe confundirse el rol que aquí tiene la
imaginación del investigador para concebir las relaciones causales con la
validez científica de dichos juicios de probabilidad. El curso psicológico
del origen del conocimiento científico es independiente de su validez cien-
tífica, por lo que el investigador, aun cuando se encuentra en la situación
de “comprender” empáticamente las acciones pasadas de los individuos,
no se libera de la tarea de traducir su comprensión empática en concep-
tos lógicamente bien definidos y de constatar las hipótesis que se generen
con los datos empíricos.
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Juan Fernando García Alcaraz
Candidato a doctor en Sociología por la Universidad Autónoma Metropoli-
tana-Azcapotzalco. Universidad Autónoma de Sinaloa. Temas de especia-
lización: teoría sociológica, liderazgo político y neoliberalismo en América
Latina. Avenida Universidad s/n, 82000. Mazatlán, Sinaloa, México.
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