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Celso Gaxiola Rojo fue gobernador interino de Sinaloa en 1911 tras la toma de Culiacán por las fuerzas revolucionarias. Antes de esto, se había propuesto a Enrique González Martínez como gobernador interino, pero Francisco I. Madero cambió de opinión y no lo nombró luego de la caída de Culiacán.

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LGDSALHII

Celso Gaxiola Rojo fue gobernador interino de Sinaloa en 1911 tras la toma de Culiacán por las fuerzas revolucionarias. Antes de esto, se había propuesto a Enrique González Martínez como gobernador interino, pero Francisco I. Madero cambió de opinión y no lo nombró luego de la caída de Culiacán.

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Los gobernadores de

Sinaloa ante la historia


(1831-2011)
Heriberto M. Galindo Quiñones
Coordinador general de la obra
y Presidente de la Fundación para Mover y Transformar a Sinaloa, A. C.

Nicolás Vidales Soto


Coordinador del proyecto historiográfico

Héctor Alfonso Torres Galicia


Director general de la Fundación para Mover
y Transformar a Sinaloa, A. C.

Ronaldo González Valdés: Primeros gobernadores en Sinaloa, 1831-1855


Nicolás Vidales Soto: Los gobiernos liberales en Sinaloa, 1855-1911
Gilberto J. López Alanís: Los gobernadores de la Revolución mexicana, 1911-1968
Roberto Soltero Acuña: Los gobernadores de la modernidad, 1969-2011
coordinadores de bloques temáticos

Los gobernadores de Sinaloa ante la historia (1831-2011)


Tomo II. Los gobernadores de la Revolución mexicana, 1911-1968

Primera edición, octubre de 2015

Producción: Fundación para Mover y Transformar a Sinaloa, A. C.

D. R. © Heriberto M. Galindo Quiñones


D. R. © Andraval Ediciones, S. A. de C. V.
Juan de la Barrera, 1927 Nte.
Tierra Blanca, 80030,
Culiacán (Sinaloa).

Maritza López, editora

Portada e interiores: Fabiola Vázquez


Archivos fotográficos: ahges, INEHRM, INAH, Archivo Miguel Tamayo Espinosa de los
Monteros, Andraval Ediciones y archivos particulares de Adrián García Grimaldo,
Jesús García Rodríguez, Armando Nava y Jaime Sánchez Duarte.
Videograbación de entrevistas y promoción audiovisual: Jorge Aragón Campos
Revisión final: Jaime Sinagawa Montoya

ISBN: 978-607-7860-54-9 (Obra completa)


ISBN: 978-607-7860-57-0 (Tomo Ii. Los gobernadores de la Revolución mexicana, 1911-1968)

Impreso en México / Printed in Mexico

Prohibida la reproducción parcial o total de la presente publicación por cualquier medio


sin la previa autorización por escrito de los propietarios de los derechos reservados.
Los
gobernadores
de Sinaloa
ante la historia
(1831-2011)
Coordinador general
Heriberto M. Galindo Quiñones

Tomo ii

Los gobernadores de la
Revolución mexicana, 1911-1968

Coordinador
Gilberto J. López Alanís
Preámbulo

Visualizados en su conjunto, quienes gobernaron Sinaloa de 1911 a


1968 son muestra de un ejercicio del poder marcado por las luces y
sombras de cada uno de ellos, pero a la vez diverso, atractivo y plural.
Los gobiernos que procedieron de la lucha armada de lo que co-
nocemos como Revolución mexicana en Sinaloa no pudieron ser
ajenos a las estructuras sociales, económicas y culturales del régimen
anterior, conocido como porfiriato a nivel nacional y en nuestro es-
tado como cañedismo.
A partir del 25 de mayo de 1911, cuando el presidente Porfirio
Díaz renuncia a su alta investidura y la ciudad de Culiacán es toma-
da por las fuerzas revolucionarias, se perfila una nueva estructura de
poder en la que los actores políticos del antiguo régimen y los caudi-
llos triunfadores se enfrentaron a nuevas perspectivas; así, centralis-
mo y regionalismo fueron las tendencias políticas que se dirimieron
en la conformación del nuevo estatus.
¿Cómo darle continuidad al ejercicio del poder en Sinaloa? ¿Cómo
hacerlo atractivo a una población harta de los abusos de un grupo pri-
vilegiado? A esa disyuntiva se enfrentaron los grupos triunfadores para
dar institucionalidad a lo conquistado por medio de la lucha armada
contra los representantes militares de la dictadura. El fallecimiento

5
del gobernador Francisco Cañedo en junio de 1909 dejó un interreg-
no que quiso cubrirse con la elección de Diego Redo de la Vega en
ese mismo año, para terminar el período en 1912; sin embargo, el es-
tallido revolucionario interrumpió aquella perspectiva neocañedis-
ta y en 1911 se convocó a nuevas elecciones, de las cuales emergió
como triunfador el viejo liberal José Rentería Félix. Aquí encontra-
mos una de las originalidades de la continuidad institucional en Si-
naloa: el caudillaje y dominio de los grupos armados en la geograf ía
de la entidad reclamaron para sí la conducción política en medio de
un poder Legislativo que permaneció incólume.
Por su parte, Juan M. Banderas se mantuvo fiel a su condición de
catalizador de la inconformidad de la población y se propuso convo-
car a elecciones desoyendo las indicaciones centralistas que preten-
dían dejar el poder en manos de un allegado a Manuel Bonilla, inte-
grante del gabinete del presidente Francisco I. Madero.
Las primeras elecciones de la Revolución mexicana en Sinaloa,
suficientemente documentadas en los archivos del Congreso del Es-
tado de Sinaloa, marcaron los comportamientos de los gobiernos
posteriores, con diferentes modalidades hasta sucumbir al centralis-
mo, pero con un alto índice de «libertad» regional.
Es pertinente advertir al lector que en su lectura encontrará que
la diversidad de los estilos de los autores que abordan este período es
un valor agregado en el presente tomo: en algunos casos los autores
son tan lejanos generacionalmente a los acontecimientos que tienen
que centrarse exclusivamente en lo documental, pero en otros —qui-
zá desde el general Gabriel Leyva Velázquez hasta Leopoldo Sánchez
Celis— su experiencia vital y su conciencia de la memoria colectiva
los acerca a la época o al personaje de manera casi natural, aunque
siempre es necesario el proceso de búsqueda de documentación que
certifique lo expresado.
Ya Hobsbawm (1995) nos advierte sobre la muerte de la memoria
histórica y de la importancia de los historiadores en su recuperación.
Quizá estamos construyendo un puente historiográfico hacia genera-
ciones alejadas de la lectura de libros en papel y más ligadas a las pro-

6 | Los gobernadores de Sinaloa ante la historia (1831-2011)


puestas electrónicas; sin embargo, aun mantener en archivos electró-
nicos estos acercamientos al ejercicio del poder público en Sinaloa
requiere de un esfuerzo colectivo.

Preámbulo | 7
Celso Gaxiola Rojo
Gobernador interino en 1911

Miriam Faviola Soto Quintero

En mayo de 1911 la ciudad de Culiacán, capital del estado de Sinaloa


y sede de los poderes estatales, cayó en poder de los grupos revolu-
cionarios comandados por los caudillos Juan M. Banderas y Ramón
F. Iturbe; en los mismos días, Mazatlán fue ocupado por Justo Tira-
do. Antes de la toma de la ciudad, Francisco I. Madero había enviado
a Manuel Bonilla para encabezar la revolución en estas tierras, pero
los grupos guerrilleros ya habían elegido por jefe a Juan M. Banderas,
oriundo de Tepuche, distrito de Culiacán, lo cual marcó la primera
gran diferencia entre estos dos personajes.
Saúl Armando Alarcón Amézquita explica cómo se dio el trasla-
do del poder Ejecutivo de Sinaloa a las fuerzas insurrectas:

El día 2 de junio, después de la rendición del coronel Morelos,


el ingeniero Bonilla propuso la organización de la Junta Militar
del Estado de Sinaloa; para ello, se reunieron los jefes revolu-
cionarios que se encontraban en Culiacán, los cuales nombraron
a los siete miembros de la Junta Militar: «habiendo sido electo
presidente de ella el jefe de las armas, Sr. Juan M. Banderas, vice-
presidente el jefe Ramón F. Iturbe, Gregorio L. Cuevas, Zeferino
Conde y Aurelio Acosta; además, fueron nombrados como auxi-
liares de la Junta Militar, como secretario, Carlos S. Vega y como

9
tesorero Amado A. Zazueta. Algún tiempo después el mazatleco
Teodoro Lemmen Meyer, ocupó también el cargo de secretario».
(Alarcón, 2013: 107)

Según Manuel Bonilla, la Junta Militar «quedó formada por los


jefes más caracterizados del norte, centro y sur de Sinaloa, así como
de dos miembros del partido antirrreeleccionista que creí indispen-
sables como elemento moderador de los acuerdos de dicha Junta».
(Ídem)
Continúa Alarcón Amézquita diciendo:

En cuanto se eligió la Junta Militar, el ingeniero Bonilla se dirigió


en una circular «A los jefes, oficiales y soldados del Ejército Li-
bertador de Sinaloa»: «He recomendado especialmente a dicha
Junta, por encargo del señor Madero, que proteja la reparación
de ferrocarriles y telégrafos, la seguridad personal y los intereses
del pueblo y habitantes; que forme las hojas de servicios bien de-
talladas y comprobadas de los jefes, oficiales y soldados; que pro-
curen trabajo a los que quieran dejar el servicio y que en todos los
actos continúe dando el Ejército el ejemplo más alto de orden y
moralidad.»
Para sustituir a Redo en la gubernatura del estado, desde
que llegó Bonilla a Sinaloa, el 22 de mayo, propuso a los doctores
Martiniano Carbajal y Enrique González Martínez, siendo este
último el secretario general de gobierno del Estado. Madero, para
atraerse el apoyo de los ricos hacendados, industriales, mineros
y comerciantes porfiristas, aprobó a González Martínez para go-
bernador interino y se lo propuso a su vez, el 27 de mayo, al pre-
sidente interino Francisco León de la Barra. Al día siguiente, por
telegrama, León de la Barra, a través de Madero, desde Ciudad
Juárez, le indica a Redo la conveniencia de que a su renuncia lo
sustituya González Martínez.
Durante las negociaciones, antes de la toma de Culiacán,
Bonilla y Banderas le propusieron a Redo que González Martínez
lo sustituyera en la gubernatura. Cuando finalmente Culiacán fue

10 | Los gobernadores de Sinaloa ante la historia (1831-2011)


tomada por las fuerzas revolucionarias, Madero ya no creyó ne-
cesario que el gobernador interino fuera González Martínez, te-
legrafiándole a Bonilla, el primero de junio, a través de Martín
Espinosa, desde Tepic, lo siguiente: «Celebro capitulación Culia-
cán. Que Legislatura nombre gobernador usted indique, el cual
ocupárose pacificar y reorganizar estado. Usted marche México
lo más pronto posible».
Con el aval de Madero, Bonilla se decide por su cuñado, Celso
Gaxiola Rojo; luego de lograr el apoyo de la Junta Militar, Bonilla
instruye a los diputados de la XXV Legislatura local, para que en
sesión del 3 de junio nombren gobernador interino a Celso Gaxiola
Rojo, de acuerdo al artículo 40 de la Constitución de Sinaloa.
La Legislatura estaba constituida por porfiristas nombrados
por Redo, que durante el resto de su gestión se dedicaron a legiti-
mar los actos del poder imperante. Más allá de lo que se firmó en
el Convenio de Ciudad Juárez, hubo acuerdos no suscritos entre
Madero y Carbajal, como lo deja claro Madero el 26 de mayo de
ese año en su manifiesto a la nación dando a conocer el triunfo
de la Revolución: «he aceptado en nombre de la Revolución que
sigan funcionando las Cámaras de la Unión y las Legislaturas de
los Estados [...] Siempre que [...] Acepten esas cámaras al nuevo
régimen». Los diputados naturalmente aceptaron todo.
Conociendo Bonilla la visión estratégica de Madero y para
estar a tono, establece una alianza con los oligarcas regionales al
nombrar a Gaxiola Rojo, quien se desempeñaba como tercer ma-
gistrado propietario del Supremo Tribunal de Justicia; no perte-
necía, pues, al bando de la revolución. Bonilla se convirtió en el
nuevo líder que la oligarquía sinaloense necesitaba para la nueva
época. (Alarcón, 2013 : 107-110)

Félix Brito sostiene que Celso Gaxiola Rojo era un respetable


miembro de las viejas familias sinaloenses:

Nació en la Villa de Sinaloa en 1865, avecindándose en Culia-


cán desde 1885; casó con Beatriz Andrade, hija de Francisco M.

Los gobernadores de la Revolución mexicana, 1911-1968 | 11


Andrade; diputado al Congreso de la Unión en 1887; juez de Se-
gunda Instancia en Culiacán en 1888, notario público de Culia-
cán, magistrado del Supremo Tribunal de Justicia del Estado en
1908-1909 y en 1910-1911. (Alarcón, 2013: 109)

Por su parte, Víctor Hugo Aguilar Gaxiola lo ubica como orador


oficial en la ceremonia del 5 de mayo de 1886 y en la Junta Patriótica en
1892 (Aguilar, 2004: 270). El tránsito de Gaxiola Rojo por el poder fue
ef ímero, pero sus acciones revistieron una importancia sin igual para
el desarrollo de los sucesos protagonizados en esos días en Sinaloa.
El 3 de junio de 1911 el Congreso del Estado asumió como un he-
cho la renuncia de Diego Redo de la Vega y nombró a Celso Gaxio-
la Rojo gobernador interino de Sinaloa; el 4 llamó a elecciones para
concluir el período iniciado por Francisco Cañedo en 1909 y conti-
nuado por Eriberto Zazueta y Diego Redo de la Vega, que finalizaría
en 1912. Las elecciones se realizarían el 3 de septiembre inmediato.
El gobernador Gaxiola enfrentó varios problemas de mayúsculas
proporciones, a saber:
1. Las elecciones para gobernador;
2. la demanda de los grupos tamazuleños para ajusticiar al coronel
Luis G. Morelos, acusado de cometer actos vandálicos en aque-
lla región;
3. el desarme de las fuerzas revolucionarias; y
4. el desorden económico que empezó a mostrarse sobre todo por el
ocultamiento de los productos de primera necesidad para la po-
blación, como eran el maíz, frijol, café y azúcar.

En lo que concierne al segundo asunto, Alarcón Amézquita


(2013: 112) sostiene que: «A las 8:00 de la noche del 6 de junio, se
presentaron en el cuarto de Chico Quintero los jefes Agustín Bel-
trán, Mariano Quiñónez y Mateo de la Rocha con una fuerte escolta,
recogieron a Morelos y al mayor Agustín del Corral y los condujeron
al panteón municipal». El coronel Morelos fue fusilado por los revo-
lucionarios de Tamazula, cobrándose por su mano la justicia que em-
pezaba a desfigurarse en esos primeros días de la revolución.

12 | Los gobernadores de Sinaloa ante la historia (1831-2011)


Ante la presencia de estos acontecimientos, Diego Redo de la Vega
sintió que la inseguridad rodeaba su persona y solicitó salir del estado,
obteniendo el salvoconducto y la protección de Juan Banderas, quien
designó un tren especial con 25 hombres armados al mando de su
hermano Emilio para que lo escoltaran hasta la frontera con Nogales
y, a partir de ahí, dispusiera el camino que lo llevó a París, donde se
convirtió en secretario particular del general Porfirio Díaz. El general
Higinio Aguilar, quien comandaba las tropas federales en Culiacán,
fue llevado a Altata para que se trasladara a Guaymas, donde se pre-
sentó al comandante federal de ese puerto.
Respecto al tercer asunto, el 14 de junio, Gaxiola le comunicó a
la Junta Militar la orden emitida por Emilio Vázquez Gómez, secre-
tario de Gobernación, donde le indicaba proceder inmediatamente
al licenciamiento de las tropas revolucionarias, anexando las órdenes
para que los bancos regionales le entregaran 80 000 pesos para sufra-
gar los haberes y costos de viaje. Banderas, sabedor de que la entre-
ga de las armas dejaría a los revolucionarios a merced de sus antiguos
enemigos, «Inconforme [...] con el licenciamiento, lo retardó esperan-
do que la mayor parte de sus hombres se integraran a los cuerpos de
seguridad pública» (Ibíd.: 116). El día 19 el secretario de Gobernación
apresuró el licenciamiento, pero Banderas lo retardó y el 30 contestó
que a pesar de contar con el dinero necesario ya no licenciaría más
tropas, quedando en consecuencia muchos elementos con armas en
la mano —argumentando que eran de su propiedad— y tropas revo-
lucionarias que, bajo el nombre de «fuerza rural» y a las órdenes de
la Junta Militar, se oponían terminantemente al regreso del Ejército
federal a Sinaloa.
Celso Gaxiola Rojo fungió como gobernador interino del 3 de ju-
nio al 7 de agosto de 1911, fecha en que entregó el Ejecutivo a Juan
Banderas. Los grupos revolucionarios integrados en la Junta Militar,
desconfiaron de Gaxiola desde un principio porque mantenía rela-
ciones familiares con Manuel Bonilla, antiguo gerente de la Sinaloa
Land Co. y funcionario del gobierno cañedista, lazos que lo ligaban a
los grupos terratenientes de la entidad; a pesar de ello, Manuel Bonilla
había sido electo presidente del Club Antirreeleccionista de Culiacán

Los gobernadores de la Revolución mexicana, 1911-1968 | 13


en la gira proselitista que inició Madero en 1910; esa identificación en
la campaña y su capacidad profesional le permitieron que posterior-
mente el presidente Francisco I. Madero lo integrara a su gabinete.
En su breve gestión, Gaxiola convocó a elecciones, la cuales se
efectuaron el 3 de septiembre de 1911 bajo el gobierno de Juan Ban-
deras. Compitieron dos candidatos: José A. Meza, impulsado por los
maderistas moderados y quien contó con el apoyo del gobierno fe-
deral, y el profesor José Rentería, respetado liberal chinaco que par-
ticipó en la guerra de Intervención francesa como instructor del con-
tingente que comandó Rosales en la batalla de San Pedro, quien era
respaldado por los maderistas inconformes con los Tratados de Ciu-
dad Juárez. Durante el proceso, los partidarios de Rentería realizaron
manifestaciones y marcharon desde el 5 de junio por las ciudades y
villas del estado exigiendo la renuncia de los diputados y magistrados
del viejo régimen.
Por su parte, el gobernador Gaxiola Rojo, siguiendo la tradición
del viejo régimen, convirtió a Meza en el candidato oficial y dispuso
la estructura gubernamental a su servicio. Los renteristas, temiendo
que el gobernador efectuara un fraude electoral, se radicalizaron y a
partir del 20 de julio también exigieron la renuncia del gobernador.
En la propaganda distribuida durante las manifestaciones simultá-
neas en las principales ciudades del estado, explicaron sus demandas,
entre ellas celebrar una solemne manifestación de protesta, pacífica y
ordenada, con el objeto de conseguir la renuncia de los representan-
tes de los poderes gubernamentales en Sinaloa —es decir, del goberna-
dor interino, los diputados y los magistrados—, uno por no llenar las
aspiraciones populares y los otros por haber pertenecido a la tiráni-
ca administración anterior, de quienes evidentemente había que des-
confiar para hacer, en su oportunidad, las debidas sustituciones por
elección popular.
Gaxiola Rojo no soportó la presión popular y renunció el 7 de
agosto; en consecuencia, el Congreso local, acatando la voluntad del
pueblo ya levantado en armas y por indicaciones de la Junta Militar,
nombró gobernador interino al general Juan M. Banderas. Así termi-

14 | Los gobernadores de Sinaloa ante la historia (1831-2011)


naron los 64 días del gobierno de Gaxiola, tiempo en el que atendió
los más graves problemas que se habían presentado en Sinaloa.
El otorgamiento del poder Ejecutivo —conquistado mediante
una revolución— a un miembro de la oligarquía perdedora y con el
pleno consentimiento de los triunfadores, a fin de que se convocara
inmediatamente a las primeras elecciones para nombrar gobernador
mientras se ordenaba el licenciamiento de la tropa revolucionaria,
era una situación inédita en Sinaloa; sin embargo, se puede afirmar
que Celso Gaxiola Rojo cumplió con la responsabilidad que el presi-
dente Madero le encomendó: contener durante dos meses a los gru-
pos y las demandas revolucionarias.

r
Bibliografía

ΕΕ Aguilar Gaxiola, Víctor Hugo (2004). Las familias poderosas del


cabildo Culiacán 1872-1910. Culiacán: uas/Ayuntamiento de Culiacán.
ΕΕ Alarcón Amézquita, Saúl Armando (2013). En la línea de fuego.
Juan M. Banderas en la Revolución. Culiacán: H. Ayuntamiento de Cu-
liacán.

Los gobernadores de la Revolución mexicana, 1911-1968 | 15


Juan M. Banderas
Se forjó al calor de la batalla

Carlos Enrique Rubio Juárez

De cuna humilde, creció viendo y sintiendo las injusticias del régi-


men porfiriano, al cual combatió hasta su muerte, defendiendo al
pueblo con las armas y a mano limpia, como sus ideales. Estaba cons-
ciente de que para lograr su objetivo, ocupaba el apoyo militar y po-
lítico, mismo que poco a poco obtuvo gracias a su liderazgo popular
y de su astucia.
No se perdió en el tentador laberinto político, que fue un largo y si-
nuoso camino, pero tomó decisiones algo maquiavélicas para el efecto.
Lo cual le acarreó problemas con sus detractores locales como Ramón
F. Iturbe y Manuel Bonilla, y a nivel nacional con Francisco León de la
Barra y el mismo Francisco I. Madero, a pesar de que Banderas se ini-
ció como revolucionario apoyando el Plan de San Luis. Gracias al apo-
yo popular, su liderazgo, sus triunfos y como gestor en la presidencia
de la Junta Militar del Estado, logró la gubernatura interina sinaloense
Único gobernador sinaloense que defendió con éxito la soberanía
del Estado, en contra del gobierno federal; logró la efectividad del su-
fragio, cuando se realizaron elecciones para gobernador, apoyó al can-
didato ganador, José Rentería, derrotando al grupo porfirista-redista.
No se dedicó a satisfacer ambiciones personales, no entró en con-
tubernio con los Científicos (porfiristas) y caciques. Encaró a los de
ideología convenenciera.

17
Oriundo de Tepuche, municipio de Culiacán, nació un 24 de ju-
nio de 18721 Juan Manuel Banderas Araiza, conocido como el Aga-
chado, esto por un defecto f ísico que lo obligaba a caminar encorva-
do, fue un hombre corpulento y fuerte que medía 1.90 m de altura.
Sus padres fueron Francisco Banderas Valenzuela y María Jesús Arai-
za Castañeda. (Alarcón, 2013: 39)
Su padre lo reconoció legalmente a la edad de 19 años, se le regis-
tró como Juan, pero Banderas se anexaba Manuel. Cabe mencionar
que recibió educación primaria.
Antes de abanderar la causa revolucionaria, Banderas laboró en
una empresa minera explotada por norteamericanos. Menciona el
historiador Antonio Nakayama que el valor personal, la reciedum-
bre de su carácter y el odio a la injusticia, hicieron que la juventud
del nacido en Tepuche fuera azarosa. Claro ejemplo de esto es cuan-
do en cierta ocasión miró a un minero (capataz) estadounidense que
golpeaba a un trabajador, intervino y a fuerza de puñetazos impidió
que continuara castigándolo. Incluso Juan Manuel ya tenía noticias
de que trataba a los trabajadores como a bestias y ya había asesina-
do a varios de ellos. Entonces el yanqui enfurecido sacó la pistola y
Banderas se vio obligado a desenfundar la suya y lo mató, motivo por
el cual fue perseguido por las autoridades hasta el estado de Duran-
go; por su valentía y capacidad no lo aprendieron, así llegó al mineral
llamado San Fernando, donde nuevamente escapó de sus persegui-
dores en forma peliculesca y sin apoyo alguno hizo frente a 25 rurales,
dándose a la fuga a punta de balas (Nakayama, 1977: 23). Era un hom-
bre arrojado que le hacía honores a los pantalones que traía puestos,
ahora sí que éste era un Juan sin miedo, tirando balas y a mano limpia
defendió al pueblo y sobre la marcha tuvo tintes políticos.
Para ubicarnos geográficamente es conveniente mencionar que el
mineral de San Fernando, enclavado en la sierra duranguense, en los
límites con Sinaloa y Chihuahua, se encontraba a 146 km de Culiacán
(Alarcón, op. cit.: 40). Posteriormente se escapa a la sierra de Badira-

1  Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa, Fondo del Registro Ci-
vil, Culiacán, 1891, Libro 76, Acta 75, Foja 208.

18 | Los gobernadores de Sinaloa ante la historia (1831-2011)


guato y se escondió próximo a Santiago de los Caballeros, en un lugar
conocido como Los Placeres.
Para 1905 Banderas regresa a Culiacán, y Fortunato de la Vega, ca-
cique de una extensa zona de los altos de Culiacán y quien se signifi-
có como un decisivo protector de los habitantes de la región, arregló
todo para que ya no se molestara a Banderas, lo tomó bajo su cuida-
do y lo comisionó como guardián de sus fundos mineros. (Nakaya-
ma, op. cit.: 40)
Se fue a vivir a Eldorado, acompañado de su familia, mantuvo una
relación amistosa con la familia Redo, aunque posteriormente tuvieran
diferencias políticas. Cuando Diego, sobrino de Fortunato, se convirtió
en gobernador del estado, Banderas se incorporó al Cuerpo de Policía
Rural de la Federación. Como jefe de un destacamento de rurales, con
el grado de cabo, se encontraba en Mazatlán, cuando sucedieron el
enfrentamiento de Cabrera de Inzunza y el asesinato de Gabriel Le-
yva Solano (13 de junio de 1910) y días después recibió orden de mo-
vilizarse con su destacamento a la villa de Sinaloa para resguardarla,
pero afortunadamente tomó la decisión de unirse a la causa revolu-
cionaria con los rurales que mandaba, la cual había iniciado el 20 de
noviembre de 1910, con el Plan de San Luis Potosí, encabezado por
Madero, en contra de la dictadura de Porfirio Díaz.
Es conveniente mencionar la acusación que la esposa del finado
Leyva Solano, doña Anastacia Velásquez, presenta a la Junta Militar,
siendo esta Junta un órgano emanado del proceso revolucionario a
la huida del gobernador Diego Redo, en la primera toma militar de
Culiacán. La viuda de Leyva manifiesta que su esposo fue fusilado,
sin formación de causa, por delito de rebelión, siendo para ella Redo
quien dio orden de fusilarlo, teniendo como cómplice a Ignacio M.
Gastélum y Antonio Barreda, Juez de Primera Instancia y Prefecto
del Distrito de Sinaloa, respectivamente.
El 20 de septiembre de 1911 se estableció, en el Congreso del Es-
tado, la Comisión del Jurado, para estudiar la mencionada denuncia.
Estando como gobernador interino Banderas, quien días después en-
tregó la gubernatura a José M. Rentería, a pesar de Manuel Bonilla y
del propio Francisco I. Madero.

Los gobernadores de la Revolución mexicana, 1911-1968 | 19


Ignacio M. Gastélum, en 1912, publicó el dictamen de la Comi-
sión de Jurado del H. Congreso del Estado de Sinaloa, para con ello
hacer una justificación de carácter personal, ya que no aparece como
culpable, pero con el afán de lavar su nombre hundió a Redo y Barre-
da (López, 2010: 5-26), ya que a través de telegramas cifrados en clave
secreta, entre ambos, se puede deducir que Redo insinuó a Barreda
tal ejecución: «Recomiendo a usted que al ser aprehendido Leyva y
después de ver si es posible que confiese los móviles que le han obli-
gado a provocar estos desórdenes, no vaya a fugársele en el camino a
la llegada a Sinaloa. Por tren de hoy (9 de junio) le envío doce rurales
más». Obviamente era aplicarle la famosa ley fuga.
El historiador Gilberto López Alanís comenta que doña Anastasia
Velázquez, quien sufrió en carne propia el embate de la represión del
régimen porfirista, es una mujer que merece una atención especial por
los historiadores y cronistas regionales, por su destacado desempeño
en los prolegómenos de la Revolución mexicana en Sinaloa y en el de-
sarrollo de la misma, ya que su esposo e hijo participaron directamen-
te; ella tuvo el valor de combatir con las armas de la legalidad en torno
al asesinato del protomártir de la Revolución en Sinaloa.
Enfrentar al gobierno, hechura de la dictadura porfiriana, no fue
cosa fácil para esta mujer de batalla, se requiere de gran valor, como
en aquel entonces demostró Banderas. Creo que en ambos, la huella
de su canto echó raíces.
Amado A. Zazueta, apasionado maderista, avecindado en Culia-
cán, originario de Sataya, llamó a Banderas para que fuera el jefe su-
premo del movimiento maderista en Sinaloa, quien aceptó el cargo.
El 9 de enero de 1911 el intento de Banderas para secuestrar al go-
bernador se vino abajo porque los conspiradores fueron delatados
por Joaquín Valdez.
Banderas se fue al monte y organizó las primeras guerrillas, así los
revolucionarios, entre ellos Francisco Ramos Esquer, lo nombraron
jefe de guerrillas. Con 96 hombres decidió atacar Tamazula, Duran-
go, iniciando las operaciones militares de estos maderistas sinaloenses.
Le pide al director político, Ruperto Rodríguez, que entregue la plaza,
pero no tuvo respuesta. Iturbe se incorpora con 13 hombres a los ma-

20 | Los gobernadores de Sinaloa ante la historia (1831-2011)


deristas; en breve y reñido tiroteo Tamazula quedó en poder de los re-
volucionarios el 12 de enero. Antes del ataque, el Agachado ordenó a
sus hombres que si tomaban Tamazula, no se embriagaran, respetaran
familias y hogares, evitaran saqueos y quien desobedeciera recibiría un
castigo ejemplar. En las poblaciones donde triunfaron, los maderistas
nombraron autoridades y en los préstamos forzosos que hacían entre-
gaban vales firmados por los jefes, prometiendo pagarlos al triunfar el
movimiento. (Alarcón, op. cit.: 50-51.)
Es conveniente plasmar parte de la entrevista que el investiga-
dor Saúl Alarcón Amézquita, entre otros, realizaron a Francisco Ra-
mos Esquer, veterano de la Revolución. Al salir de Tamazula, el 14 de
enero, con la intención de atacar Topia, Durango, Agustín Beltrán se
acercó a Banderas diciéndole que Iturbe llevaba la silla muy canteada
por el lado donde cuelga un morral, entonces, Banderas le grita a éste
que se detenga y al salir del río Tamazula le quitó el morral que estaba
repleto de monedas de oro y plata, regañando a Iturbe. Iniciando así
la rivalidad entre estos dos maderistas.
Después de la acalorada discusión, los jefes revolucionarios deci-
den dividirse en dos columnas, una al oriente, hacia la región de To-
pia, dirigida por Iturbe y Antuna, entre otros; y la otra marcharía al
sureste, por la sierra de Durango, para acercarse a la Villa de Cosalá,
Sinaloa, comandada por Banderas, Francisco Ramos Obeso y Ramos
Esquer, entre otros.
Salió de Tamazula con 150 hombres, iniciando una relampaguean-
te campaña guerrillera, tomando varias poblaciones en la sierra que
Sinaloa comparte con Durango y Chihuahua. Cuando se dirigió al
noroeste, llegó a Santiago de los Caballeros, distrito de Badiraguato.
Tanto él como Iturbe eran muy famosos por sus hazañas.
Para ilustrar el inicio del panorama revolucionario, López Alanís,
en su trabajo de investigación La Revolución en Sinaloa comenta que
la lucha armada en Sinaloa no empezó en las ciudades, como en Pue-
bla con los hermanos Serdán, sino al estructurarse la guerrilla minero-
gambusina, la guerrilla ranchero-vaquera y la guerrilla campesino-
labradora, que encontraron sus bases en la población rural y que, por

Los gobernadores de la Revolución mexicana, 1911-1968 | 21


consiguiente, la Revolución en sus orígenes incluyó y representó a los
productores directos de la riqueza sinaloense, los trabajadores.
El 27 de febrero, los bandos maderistas suman fuerzas, 400 hom-
bres atacan el mineral de Topia, defendido por 300 porfiristas, en-
cabezados por Ruperto Rodríguez, derrotado anteriormente en Ta-
mazula. Los jefes revolucionarios dejaron una parte de su tropa
manteniendo el cerco y se retiran a Canelas, mientras que Banderas
regresó al sur a desplegar su campaña guerrillera, ocupando el Tomi-
nil. Por órdenes de éste, Antonio M. Franco tomó el mineral de Gua-
dalupe de los Reyes, el 2 de marzo y el 7 de marzo entran por segun-
da vez a Guadalupe de los Reyes, ahora encabezados por Banderas.
Los maderistas atacan nuevamente Topia el 9 de marzo y des-
pués de dos días de combate se rinden los gobiernistas. Los revo-
lucionarios se apoderaron de un rico botín de armas y capturaron
300 prisioneros. Con su columna revolucionaria se movió al sures-
te, al distrito de San Ignacio y se apoderó del mineral de Ajoya y sin
detenerse mucho llega el 14 de marzo a las afueras de San Ignacio y a
punta de bala se apoderan del lugar.
Las tropas federales que venían en auxilio de San Ignacio esta-
ban comandadas por el coronel Morelos, Banderas tuvo dos tiroteos
con éste, antes de romper el cerco que pretendía tenderle y aunque
fue herido en una pierna, continuó su retirada hacia el Tominil, pero
Morelos no se atrevió a seguirlos a la sierra de Durango y se regresó
a Culiacán. (Ibíd.: 59-63.)
Nakayama menciona que el combate más importante que sostuvo
contra Luis G. Morelos, fue en El Aguajito, donde ninguno resultó vic-
torioso. Sin embargo, el historiador Sinagawa, sostiene lo contrario a
favor de Banderas.
Posteriormente se dirigió a Culiacán, donde se reunieron los de-
más grupos maderistas para poner sitio a la plaza, que fue tomada
por ellos al poner en práctica unas tácticas con las que contrarres-
taron la efectividad de las armas de los federales, muy superior a las
que ellos traían. Recibió de Francisco I. Madero el grado de general
y el nombramiento de jefe de la Junta Revolucionaria de Sinaloa, y
poco después, por renuncia del gobernador interino, Celso Gaxiola

22 | Los gobernadores de Sinaloa ante la historia (1831-2011)


Rojo, se hizo cargo del gobierno hasta que lo entregó a don José Ren-
tería, electo Gobernador Constitucional.
Fue acusado por sus enemigos políticos ante el gobierno federal
como responsable del fusilamiento de Luis G. Morelos, pero la ver-
sión del pueblo es que fue justo el fusilamiento.
Héctor R. Olea manifiesta que Morelos, en su pasión por el ré-
gimen porfirista, fue inhumano y cruel ejerciendo el derecho de los
fuertes, los días 12 y 13 de abril, permitió el saqueo general de Ta-
mazula, la soldadesca cometió atropellos, violaron mujeres, robaron,
incluso Morelos mandó fusilar a dos maderistas y hasta dos ciegos,
además ordenó fusilar a todos los vestidos de amarillo (kaki) por si
eran revolucionarios. (Olea, 1993: 37)
Banderas fue a la ciudad de México a defenderse del cargo (fusila-
miento), pero al llegar lo apresaron.