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Metodología Jurídica y Ambiental en Derecho

Este documento presenta una discusión sobre los conceptos de método, metodología y metodología jurídica. Explica que el método se refiere al camino lógico para alcanzar un objetivo, mientras que la metodología es la sistematización de los pasos de una investigación científica. La metodología jurídica es el estudio de los enfoques para resolver problemas jurídicos. También cubre temas como los métodos deductivo e inductivo, y los diferentes tipos de interpretación jurídica como la auténtic

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Metodología Jurídica y Ambiental en Derecho

Este documento presenta una discusión sobre los conceptos de método, metodología y metodología jurídica. Explica que el método se refiere al camino lógico para alcanzar un objetivo, mientras que la metodología es la sistematización de los pasos de una investigación científica. La metodología jurídica es el estudio de los enfoques para resolver problemas jurídicos. También cubre temas como los métodos deductivo e inductivo, y los diferentes tipos de interpretación jurídica como la auténtic

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UNIVERSIDAD ABIERTA Y A DISTANCIA

DE MÉXICO

S5. Actividad 1. Método, Metodología y Metodología Jurídica


S5. Actividad 2. La Metodología Jurídica en la Materia Ambiental
S5. Actividad integradora. Selección de Metodologías

ALUMNO: ROCIO HERRERA ESPINOZA

DOCENTE: MTRO. ALBERTO CÓRDOBA


GALARZA

LICENCIATURA EN DERECHO
Actividad 1. Método, metodología y metodología jurídica

Concepto de método

Teniendo en cuenta su etimología que nos remite a la significación “con camino” puede


conceptualizarse al método, como el camino, trazado por medio de reglas y
procedimientos, que conduce a un fin. Supone un orden lógico de pasos para llegar
correctamente a la meta.
Los métodos de investigación son aquellos que conducen al logro de conocimientos. Los
métodos de sistematización son los que ordenan los conocimientos que ya se poseen.

Entre los métodos de investigación se hallan:

1. El método deductivo que parte de un principio general, para arribar a conclusiones


particulares. Por ejemplo: Premisas: “Todos los hombres son racionales”, “Pedro es
hombre”. Conclusión: “Pedro es racional”.

2. El método inductivo que parte de premisas particulares para llegar a una conclusión
general. Por ejemplo: premisas: “Las rosas amarillas huelen bien”, “Las rosas blancas
huelen bien”, “Las rosas rojas huelen bien”. Conclusión: Todas las rosas huelen bien.

3. Método analógico: Que infieren la semejanza, entre dos materias de estudio, a partir de
ciertas características similares. Ejemplo: Premisas: “Martín es un niño aplicado, tiene
siete años y juega con sus amigos”. “Julián es un niño aplicado, tiene siete años, juega
con sus amigos y siempre está contento. Conclusión: Martín siempre está contento.
Realizar una
pregunta

Realizar investigación
de fondo

Construir una Volver a empezar e


hipótesis intentarlo de nuevo

Testar la
hipótesis con
experimentos

Analizar los
resultados y
planificar una
conclusión

Hipótesis falsa o
Hipótesis parcialmente
cierta falsa

Realizar informe
René Descartes, filósofo del siglo XVI, escribió entre muchas obras, una muy célebre
titulada "El discurso del método", que fue publicada en Holanda, anónimamente en el año
1637. Consideraba al método como reglas para llegar a la verdad de modo fácil y sencillo.
Para descartar la falsedad, sin gran esfuerzo intelectual, elaboró un método que debía
reunir los siguientes requisitos: Aceptar como evidencia solo lo que fuera evidente a
la comprensión (su única verdad era la propia existencia), descomponer el problema en
sus elementos constitutivos, realizar la síntesis desde los elementos simples a los
complejos, enumerar y revisar los resultados de la investigación. Los sentidos no le
proporcionaban certeza, por ello, como exponente del racionalismo, buscó encontrar algo
de lo que no pudiera dudar. En la cuarta parte de su obra, expone a la duda como método
para llegar a una verdad indubitable, y de lo único que puede concluir que es certero y no
sujeto a dudas es de que él es un sujeto pensante, de ahí su frase "pienso, por ende,
existo".

Modernamente el método científico aparece como un procedimiento, que


formula hipótesis y las contrasta para extraer conclusiones por deducción, siendo éstas
permanentemente sujetas a confrontación con la realidad experiencial. Si chocan con
ésta, se abandonan.

Concepto de Metodología

La metodología de la investigación supone la sistematización, es decir, la organización de


los pasos a través de los cuales se ejecutará una investigación científica. No es posible
concebir la idea de “investigación” sin pensar de manera casi automática en la serie de
pasos que debemos cumplir para otorgar seriedad, veracidad y cientificidad a dicha
investigación.
Cuando abordamos una investigación científica, tenemos entonces una serie de pasos
ordenados, organizados y sistémicos, que pueden en algún momento sobreponerse entre
uno y el anterior, o el que le sigue, pero que responde al siguiente proceso: elección de un
área temática, definición del tema general, identificación del problema, estado del arte o
antecedentes acerca de dicho problema (en investigaciones o trabajos académicos
anteriores), definición de la pregunta-problema (que será el eje de toda la investigación,
responde al “qué investigamos”, justificación (¿por qué ese tema y problema es pertinente
de ser abordado científicamente?), (¿por qué ese tema y problema es pertinente de ser
abordado científicamente?), definición de objetivos (generales y específicos), formulación
de hipótesis definición de objetivos (generales y específicos), elaboración de un marco
teórico o marco de referencia teórica (donde se toman teorías, autores y se define así el
marco desde donde vamos a abordar el tema), trabajo de campo o experimentación,
recolección de datos, tabulación de datos, interpretación de datos y formulación de
conclusiones.
Existen diferentes tipos de metodologías, y responden a maneras diferentes de abordar
una investigación en el área científica. Así, encontramos dos grandes
clasificaciones: métodos cuantitativos y métodos cualitativos. Los métodos
cuantitativos son característicos de las ciencias naturales y exactas, porque buscan
resultados numéricos, que permitan establecer estadísticas, porcentajes o variaciones
numéricas.
Por ejemplo, dentro de las ciencias sociales, la encuesta pertenece al método cuantitativo
por la cual yo pregunto a una persona por ejemplo, cuántas horas mira televisión por día.
Me interesa sólo un dato que será un número o es posible de ser representado
numéricamente. En cambio, a través de una entrevista en profundidad, puedo interrogar
acerca de qué sensaciones experimenta mientras ve imágenes de accidentes en
el noticiero televisivo del mediodía, y ahí estaré indagando acerca de otro tipo de datos,
que nada tienen que ver con lo numérico.

Metodología Jurídica

Proviene de los vocablos griegos método y logos que significaría por cuanto hace al
segundo: Razón, estudio o tratado.

Quedando de la siguiente manera: “El estudio o tratado de los métodos”.

Conclusión:

“Rama de la lógica que se encarga del estudio de los diferentes métodos para llegar al
conocimiento crítico y reflexivo que permita la fundamentación de la ciencia”

Metodología jurídica: Es la forma de abordar las realidades y dimensiones jurídicas, desde


un punto de vista gnoseológico (epistemología – teoría del conocimiento), lógico (razón o
pensamiento) y axiológico (fines).

O es el estudio de las propuestas que se dan para resolver problemas en el ámbito


jurídico.

Su importancia consiste en que es un aliado importante para los cultores del derecho,
pues facilita su quehacer científico, al convertirse en una estrategia objetiva y racional
para ponderar y organizar de manera sistemática la actividad cognoscitiva del jurista.

También es llamada Hermenéutica.


La palabra hermenéutica deriva del griego hermeneutikon que para ellos era el arte de
interpretar los textos.
También deriva del latín interpretatio que a su vez es el verbo interpretar, o servir de
intermediario, venir en ayuda de, también designa al traductor que pone en lenguaje
accesible lo que se encuentra en un lenguaje desconocido. Interpretatio significa pues
explicación, esclarecimiento o traducción.
Interpretación jurídica es la actividad intelectual encaminada al esclarecimiento del
verdadero sentido de una norma legal, de un contrato, de un testamento, etc.

La hermenéutica jurídica encuentra sus antecedentes en la escuela de glosadores que en


la Roma antigua se dedicaban a interpretar el derecho, y que posteriormente hacían los
jurisconsultos, hombres entendidos en el derecho.
Respecto al quién interpreta la ley, existía un principio fundamental que decía que el que
hacía la ley es el que debía interpretarla (interpretación auténtica), y ahora se suele decir
que la ley debe interpretarse por quien la aplica (interpretación usual).
Así, existen tres tipos de interpretación:

1. Interpretación auténtica. La elabora el creador de la ley, o también el del contrato o


testamento.

2. Interpretación usual. Esta es la que hace quien aplica la ley, es decir, el órgano


jurisdiccional.

3. Interpretación doctrinal. La elaboran los estudiosos del derecho, principalmente


autores e investigadores jurídicos, y que generalmente están contenidas en sus obras
bibliográficas. Esta carece de obligatoriedad.
Existen diversos métodos de interpretación, a saber: Gramatical o literal, Lógica o
teleológica, Histórica y Sistemática.

Actividad 2. La metodología jurídica en la materia informática

 Histórico-lógico: Resalta la evolución histórica de una figura jurídica, reflexionando sobre


sus características esenciales, a fin de conocer su contexto actual.
 Análisis-síntesis: Divide el objeto de estudio para determinar y profundizar sobre sus
elementos constitutivos para que posteriormente se vuelvan a conjuntar obteniendo con
ello una comprensión general del mismo.
 Abstracción-concreción: Aísla de la realidad el objeto de estudio para posteriormente
situarlo en un contexto determinado.
 Inductivo-deductivo: Son formas de razonar que consisten en ir de situaciones
particulares a generales y viceversa.
 Sistémico-estructural-funcional: El objeto se estudia como parte integrante de una
estructura compleja conformada a su vez por varios subsistemas que cumplen funciones
diferentes dentro de un todo.
 Modelación: Se crea un modelo teórico o práctico respecto del objeto que busca ser
explicado, a fin de hacerlo más operativo.
 Empírico: La investigación se lleva a cabo con el objetivo de probar una hipótesis,
fundamentándose esencialmente en la observación. En el caso del Derecho Informático,
resulta relevante la evidencia que pueda ser recabada.
 Exegético: Se basa en la interpretación de la ley, aplicándose en este caso en el
Derecho Informático y más en particular, en los delitos que se cometan en el ciberespacio.
Si el estado de derecho está ausente para estos delitos, será necesario recurrir al uso de
la analogía.

Actividad integradora. Selección de metodologías

El planteamiento es el siguiente:
 
En base al estudio que hicieron en el texto de apoyo, apliquen una metodología jurídica
investigando en qué consiste el cybergrooming en el ciberespacio, y cómo podrían
argumentar o bien justificar esta conducta como delito y proponerlo como tal para incluirlo
en el código penal ya sea en el federal o a nivel local (ustedes lo deciden). 

Para resolver un problema jurídico informático referido, se requiere partir de la


identificación del conflicto y situarlo en un espacio y un tiempo, aplicando una metodología
jurídica que se les explicó en dicho texto de apoyo.

La doctrina penal ha criticado en reiteradas ocasiones la tendencia del legislador a regular


expresamente nuevos tipos penales que, sin embargo, venían a sancionar conductas que
ya merecían un reproche penal anterior por medio de otros preceptos. Esto sucede
especialmente con la aparición en la sociedad de nuevos conceptos correspondientes a
realidades que ya existían, y que incluso podían estar reguladas penalmente, pero que no
eran conocidas o, siéndolo, apenas estaban desvaloradas socialmente. Ante la
aceptación social de nuevos términos, apenas conocidos para una mayoría de los
ciudadanos en un determinado momento histórico, como el acoso sexual, el mobbing, el
bullying o el stalking, surge, antes incluso que la duda de si tales conductas merecen un
reproche penal o si ya lo tienen, la tentación de crear un tipo penal específico que cumpla
con la función simbólica que, en las últimas décadas, protagoniza el sentido de la
incriminación penal. Al fin y al cabo, con la tipificación se logran los efectos deseados por
el legislador: si la conducta no está recogida de forma íntegra en la regulación actual, se
comunica a la sociedad el mensaje de que ahora lo está y, en el caso de que sí lo
estuviera, cuando menos se refuerza la idea de que ese hecho se castiga y, sobre todo,
de que el Estado interviene de forma eficaz frente a los problemas sociales existentes. Se
olvidan, sin embargo, los múltiples problemas técnico-jurídicos que conlleva la creación ex
novo de un precepto para la incriminación de conductas que ya podían sancionarse por
otros.

Cuando, por el contrario, surge a la luz pública un fenómeno criminal nuevo o que,
habiendo existido durante muchos años, es ahora cuando nace acerca de él una
preocupación social grave, y no existe un precepto penal específico que lo englobe, los
problemas son otros. El principal estriba en la determinación de los preceptos penales
adecuados para responder a las distintas conductas de nueva factura. Y este se
acrecienta cuando la fenomenología de comportamientos es extremadamente variada, no
solo en lo cuantitativo sino también en lo cualitativo.
Esto es lo que ha sucedido en los últimos años con la respuesta penal a los distintos
actos de acoso a menores en el ciberespacio que suelen identificarse conceptualmente, y
no siempre de forma adecuada, con los términos –que no debieran entenderse como
sinónimos– de ciberacoso a menores o de cyberbullying. Por una parte no hay un
precepto penal titulado de ninguna de estas dos formas ni que se incorporase al texto
punitivo tras la aparición de este tipo de fenómenos y con propósito de regularlos. Por
otra, y quizás por la imprecisión que suele dar la inexistencia de un concepto jurídico
expreso, bajo la vaguedad de los términos ciberacoso y ciberbullying cabe una infinidad
de conductas realizadas sobre menores cuya gravedad difiere enormemente entre ellas.
De hecho, esto ya le sucede a los propios conceptos de acoso o de bullying, que por no
tener una regulación penal específica no solo no hay un consenso claro sobre su alcance,
sino que engloban conductas de lesividad para los intereses en juego muy dispares entre
sí.

El presente trabajo aborda el análisis de la respuesta del Código penal a las distintas
variedades de acoso no sexual a menores realizado en el ciberespacio. El objeto de
estudio no es, por tanto, solo el cyberbullying, sino también el acoso de mayores a
menores realizados a través de Internet y tanto si se realiza de forma continuada y
sistemática como si se limita a la realización de acciones individuales de acoso que
pueden enmarcarse en delitos contra el honor, la libertad o similares. Por ello, y
previamente al análisis jurisprudencial y doctrinal de cómo responden las leyes penales a
las distintas conductas, trataré de identificar estas partiendo del propio alcance que desde
la psicología y la criminología se ha dado al término cyberbullying. Así no solo podremos
identificar las distintas conductas sino también –lo que debe ser más importante para la
posterior fijación del merecido reproche penal de cada una de ellas– su muy diferente
gravedad para la dignidad, libertad, honor y otros bienes personalísimos de los menores
que se ven puestos en peligro en la actualidad también en ese ámbito de
intercomunicación personal que es el ciberespacio.

Fenomenología: cyberbullying, online harassment y otras nomenclaturas referidas


al acoso a menores en el ciberespacio

Desde que se empezara a estudiar el fenómeno del bullying en los años setenta, se ha
discutido acerca de la idoneidad de cada uno de los elementos que deben formar parte de
la definición, desde quién debe protagonizar la agresión (un grupo de compañeros o, por
el contrario, puede ser suficiente con que el daño lo ejerza una sola persona) hasta la
inclusión de las distintas formas de agresión (física, psicológica o verbal), pasando por la
necesidad de que exista un desequilibrio de poder real o imaginario entre agresor y
víctima, la repetición del daño durante un periodo prolongado, la intencionalidad del
agresor, la autopercepción de la víctima y los efectos que estas conductas tienen sobre
las personas que participan.

Actualmente puede decirse que la definición más aceptada es la de Dann Olweus, quien
entiende que hay victimización por bullying cuando “un alumno está expuesto
repetidamente y a lo largo del tiempo a acciones negativas de otro o un grupo de
estudiantes”.

Esta definición incluye los tres elementos que caracterizan el bullying: debe existir la
intencionalidad de agredir a la víctima, la agresión debe ser repetida en el tiempo y debe
existir un desequilibrio de poder entre agresor y víctima. Esta discusión sobre el contenido
y alcance del bullying afecta también al concepto de cyberbullying, definido por Patchin e
Hinduja como el «daño intencional y repetido infligido a través del medio del texto
electrónico». Por su parte, Smith et al., además de los elementos intencionalidad,
repetición y uso de las TIC, añaden el desequilibrio de poder, definiéndolo como «una
acción agresiva e intencional, desarrollada por un grupo o un individuo, usando formas
electrónicas de contacto, repetidas veces a lo largo del tiempo contra una víctima que no
puede defenderse fácilmente».
En lo que sí coincide la doctrina es en la multiplicidad de formas que puede adoptar el
maltrato, incluyéndose acciones como atormentar, amenazar, acosar, humillar,
avergonzar, etc., conductas que, como puede intuirse, no siempre van a tener encaje en
los preceptos tradicionales del Código penal.
Este entendimiento del bullying incide en la comprensión del cyberbullying, que puede
entenderse como el abuso de poder continuado de un menor sobre otro realizado por
medio del uso de las TIC. El cyberbullying seguiría caracterizándose por conductas
centradas en atormentar, amenazar, humillar, hostigar o molestar al menor, pero estas ya
no tienen como ámbito la escuela ni ningún otro espacio físico, sino el ciberespacio, lo
cual, según el parecer de la mayoría de los autores que han analizado el fenómeno,
también conlleva que cambien los autores, las causas y las consecuencias de esta forma
de acoso. En este sentido entiende Calmaestra que para hablar de cyberbullying
debemos seguir exigiendo los caracteres de «intencionalidad, repetición y desequilibrio de
poder», si bien Internet añade matices diferenciadores a esta forma de bullying: el
anonimato, el carácter público de la agresión o el que la misma se pueda cometer sin
restricciones espaciales ni temporales. Hay que tener en cuenta, además, que en
ocasiones el cyberbullying puede constituir un acoso autónomo realizado exclusivamente
en el ciberespacio, pero en otras es una extensión del acoso realizado en el ámbito
escolar, utilizándose Internet para reforzar el bullying ya emprendido en el horario escolar.

El cyberbullying, pues, debe diferenciarse conceptualmente de dos fenómenos que


también han adquirido significación en los últimos años. El primero es el cyberstalking,
que englobaría las conductas de acoso u hostigamiento continuado a adultos en el
ciberespacio, y que, precisamente por la edad del sujeto pasivo del ataque, no es objeto
de interés en este trabajo. El segundo es el del online harassment, también denominado
cyberharassment, que suele emplearse para referirse a actos concretos, y no
continuados, de bullying o stalking en el ciberespacio. El cyberharassment, por tanto,
incluiría todas las conductas de cyberbullying (y también de cyberstalking cuando se
realiza sobre un adulto) cuando no son realizadas de forma continuada por el mismo
sujeto o sujetos sobre la misma víctima, entre las cuales las más habituales son las
siguientes:
el envío de mensajes amenazantes o abusivos a través del correo electrónico, la
mensajería instantánea o el chat; la publicación de información falsa sobre la víctima; la
suplantación de identidad con fin de burla, de obtener información o de dañar de cualquier
modo al sujeto; la intimidación o coacción a través de comunicación escrita o verbal por
medio de Internet; el insulto o calumnia leve y grave; la incitación a otras personas al
acoso o a proferir amenazas o a agredir a la víctima; el envío de software malicioso o de
material pornográfico u ofensivo para dañar a la víctima, etc.

Los menores, por tanto, pueden sufrir, por parte de compañeros o de adultos, una amplia
gama de ataques que pueden afectar a su honor, intimidad, libertad o dignidad. Para
valorar la adecuada respuesta a los mismos, dado que no existe un tipo penal que
delimite expresamente qué actos de cyberbullying y cuáles de las conductas de
cyberharassment merecen respuesta penal, habrá que atender a los distintos bienes
jurídicos afectados por los ataques. Pero también habrá que tener en cuenta el carácter
continuado de la agresión, que es lo que distingue al cyberbullying del online harassment
a partir del argumento del mayor daño psicológico que produce en el menor el
hostigamiento repetido, así como la gravedad extrema que algunos actos individualizados
pueden entrañar.
Esto es especialmente importante en el ciberespacio, que tiene la capacidad de hacer
perenne lo que en el espacio físico es caduco, y de convertir una broma en una
humillación perpetua.

Conclusiones

Podría afirmarse, por tanto, que pese a las problemáticas aparentes que plantea la
ausencia de tipificación expresa de los delitos de cyberbullying o de cyberharassment, el
Código penal, a través de los distintos tipos penales que regulan intereses esenciales de
los menores tales como la dignidad, la intimidad, el honor o la libertad, responde
adecuadamente a los principales ataques a los mismos cometidos a través de Internet. Lo
hace frente al cyberbullying, cuando el acoso al menor por parte de otro menor se
concrete en una continuidad de acciones que afecten a su integridad moral; y también
cuando, pese a no existir actos repetidos de ciberacoso, la entidad del ataque sea tal que
se pueda considerar lesionado tal bien jurídico. También se responde adecuadamente a
los más graves actos que conforman esa macrocategoría fenomenológica que es el online
harassment. Por medio, muy especialmente, de los delitos de amenazas, en ocasiones
también por medio de las coacciones cuando sea posible interpretar que hay una vis
compulsiva que impide realizar lo no prohibido, y por medio de los delitos de injurias y
calumnias, así como por otros delitos como los de descubrimiento y revelación de
secretos.

Aun así, seguirá existiendo la tentación, esencialmente por el potencial comunicativo que
conlleva, de una tipificación expresa de estos delitos. En el momento en que surja el
último dramático caso de suicidio relacionado con algún tipo de ciberacoso, se discutirá la
necesidad de una regulación expresa de tales conductas. Con el régimen actual, sin
embargo, no solo se responde a todas las conductas que deben merecer un reproche
penal, sino que además los jueces disponen de una variedad de tipos penales,
relacionados con distintos intereses jurídicos, que permite una respuesta proporcionada y
adecuada a la lesión que cada una de las conductas conlleve sobre los bienes jurídicos.
La creación de un tipo penal de ciberacoso o de cyberbullying probablemente no
mejoraría la respuesta penal a este tipo de conductas.
Bibliografía

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pág. 384. DOI: http://dx.doi.org/10.1086/449217

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