TE PRESENTO AL HIDALGO ALONSO QUIJANO
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no me acuerdo, no hace mucho
tiempo que vivía un hidalgo que tenía una lanza, un antiguo escudo, un rocín
flaco y un galgo corredor. Vivía en su casa un ama que pasaba de los cuarenta
años, una sobrina que llegaba a los veinte, y un mozo que realizaba diversos
trabajos.
La edad de nuestro hidalgo rondaba los cincuenta años; era de constitución
fuerte, flaco de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. En los ratos que
estaba ocioso –que era la mayor parte del año–, leía libros de caballerías, con
tanta afición y gusto, que olvidó casi del todo el ejercicio de la caza y hasta la
administración de su hacienda. Tanto le gustaban que llegó a vender parte de
sus tierras para comprar estos libros. Con tanta lectura, el pobre caballero iba perdiendo el juicio, y
se desvelaba por descifrar el sentido de sus palabras. En resolución, se enfrascó tanto en la lectura
de estos libros, que se le pasaban las noches y los días leyendo; y así, del poco dormir y del mucho
leer, se le secó el cerebro, de tal manera que se volvió loco. Se le llenó la imaginación de todo
aquello que leía en los libros: encantamientos, batallas, desafíos, heridas, amores, tormentas y
disparates imposibles, de tal modo que creía que todas esas invenciones eran ciertas.
En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en
el mundo, y fue que consideró necesario hacerse caballero andante e ir por todo el mundo con sus
armas y caballo en busca de aventuras, imitando todo lo que había leído que los caballeros hacían,
deshaciendo agravios, y poniéndose en peligro para conseguir eterno nombre y fama.
Y así, con estos agradables pensamientos, lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían
sido de sus bisabuelos y que, llenas de moho, desde hacía siglos estaban olvidadas en un rincón.
Fue luego a ver a su rocín y, aunque estaba muy enfermo y solo tenía piel y huesos, a él le pareció
que era mejor que el Bucéfalo de Alejandro y el Babieca del Cid. Cuatro días se le pasaron en
imaginar qué nombre le pondría porque –según él creía– no era lógico que el caballo de un
caballero tan famoso no tuviera un nombre conocido; y así, después de muchos nombres que
pensó, borró, quitó, añadió, deshizo y volvió a hacer, vino a llamarlo “Rocinante”, nombre, a su
parecer, elegante, sonoro y significativo, pues era el mejor rocín del mundo. Puesto nombre a su
caballo, quiso ponérselo también a sí mismo, y, con este pensamiento estuvo otros ocho días.
Como su apellido era “Quijano”, se vino a llamar “don Quijote de la Mancha”, con lo que, a su
parecer, declaraba su linaje y honraba su patria.
Limpias, pues, sus armas, hecho su casco de cartón, puesto nombre a su rocín y a sí mismo, ya solo
le faltaba buscar una dama de quien enamorarse, porque un caballero andante sin amores es como
un árbol sin hojas y un cuerpo sin alma.
Y después de mucho pensar recordó que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de
muy buen parecer, de quien él estuvo enamorado, aunque ella jamás lo supo. Esta mujer se
llamaba Aldonza Lorenzo. Le buscó un nombre apropiado que sonase a princesa y gran señora y
decidió llamarla “Dulcinea del Toboso”, nombre musical y muy significativo, como todos los demás
que había puesto.
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha (Adaptación de Nieves Sánchez)
RESPONDE LAS SIGUIENTES INTERROGANTES:
¿Por qué el protagonista decide llamarse don Quijote de la Mancha?
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¿Qué situaciones fantásticas se imaginaba don Quijote?
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¿Cuál es el motivo por el que el protagonista pierde la razón?
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¿Cómo era el caballo del protagonista? Descríbelo.
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¿Por qué don Quijote llamó Rocinante a su caballo?
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¿Con quiénes vivía el protagonista?
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¿Quién era Aldonza Lorenzo? ¿Con qué nuevo nombre la llama el protagonista?
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Explica el significado de la siguiente afirmación:
“Del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro”
Comenta qué se quiere expresar en esta comparación:
Un caballero andante sin amores es como un árbol sin hojas y un cuerpo sin alma.