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El Arte de La Oración

Este documento describe la importancia y el arte de la oración como un diálogo entre el hombre y Dios. Resume que la oración es fundamental para la vida espiritual y que muchas vocaciones y familias están en crisis debido a la falta de oración. También explica que la oración implica el uso de todas las facultades del alma como la inteligencia, la memoria y la voluntad para entablar un diálogo con Dios.

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El Arte de La Oración

Este documento describe la importancia y el arte de la oración como un diálogo entre el hombre y Dios. Resume que la oración es fundamental para la vida espiritual y que muchas vocaciones y familias están en crisis debido a la falta de oración. También explica que la oración implica el uso de todas las facultades del alma como la inteligencia, la memoria y la voluntad para entablar un diálogo con Dios.

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EL ARTE DE LA ORACIÓN1

Oración: diálogo del hombre con Dios, de corazón a corazón. Una relación en la que el hombre puede
poner cada vez más empeño.

En su libro titulado “Camino de la Esperanza”, el Cardenal Vietnamita Nguyen Van Thuan nos dejó este
testimonio, que es una verdadera campanada de advertencia: Un día hablé con el Padre Provincial de
una gran congregación sobre la crisis del sacerdocio y las vocaciones religiosas. Él me dijo que
habían enviado una carta a todos los hermanos que habían dejado el sacerdocio para preguntarles
por qué lo habían hecho. Todos contestaron. Y sus respuestas revelan que no se habían ido por
problemas sentimentales, sino porque no oraban. Algunos dijeron que habían dejado de rezar
hacía muchos años. Vivían en comunidad, pero no oraban profundamente; mejor dicho, ni
rezaban. Trabajaban mucho, enseñaban en las Universidades, organizaban muchas cosas, pero no
rezaban. La oración es la fundamentación de la vida espiritual 2.

Muchas vocaciones están en crisis, no se realizarán. Muchas familias sufren dificultades, se separarán y
se pelearán. Mucha gente pierde el gusto por la vida y el trabajo, están descontentos y vacíos. Y todo
esto porque se ha abandonado la oración (Santa Teresa de Calcuta).

Queremos amar a Dios Padre con todas nuestras fuerzas, poner el alma en la oración, con todas sus
potencias: la inteligencia y la voluntad, la memoria, la imaginación y los sentimientos. El Señor se sirve
de ellas, sucesiva o simultáneamente, como cauces para entrar en diálogo con nosotros. A dios hablamos
cuando oramos, y a él oímos cuando leemos las palabras divinas; a la lectura de la sagrada escritura
debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de dios con el hombre. El Espíritu Santo,
fuente de continua novedad, toma la iniciativa, actúa y espera. A veces espera una lucha a palo seco,
cuando parece que no llega ninguna respuesta: se nota entonces más el esfuerzo de la voluntad, sereno y
tenaz, por hacer actos de fe y de amor, por contarle cosas, por aplicar la inteligencia y la imaginación a
la Sagrada Escritura, a textos de la liturgia o de autores espirituales; buscándole con palabras o sólo
mirando. La actitud de búsqueda es ya diálogo que transforma, aunque parezca, a veces, que no encuentra
eco.

Otras veces irrumpen ideas o afectos que dan fluidez a los ratos de oración y ayudan a percibir la
presencia de Dios. En unos casos y otros –con afectos, ideas, con ganas o sin ellas– se trata de que
pongamos nuestras potencias en manos del Espíritu Santo. Somos suyos y Él ha dicho: ¿No puedo yo
hacer con lo mío lo que quiero?3 Oración mental es ese diálogo con Dios, de corazón a corazón, en
el que interviene toda el alma: la inteligencia y la imaginación, la memoria y la voluntad. Una
meditación que contribuye a dar valor sobrenatural a nuestra pobre vida humana, nuestra vida
diaria corriente4.

1
Editorial: El arte de la oración, C. Ruiz.
2
Camino de la Esperanza, Cardenal Nguyen Van Thuan.
3
Mt 20, 15.
4
San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 119.
1
La única regla que Dios ha querido seguir es la que se impuso al crearnos libres: esperar nuestra filial
colaboración. Al disponernos para la oración, lo haremos como hijos, luchando por mantener la atención
en este Padre que quiere hablarnos. Al fin y al cabo, lo que está de nuestra parte no es que haya facilidad
en la inteligencia, o que se encienda el corazón con afectos. Lo importante es la determinación por
mantener la apertura al diálogo, sin dejar que decaiga esa actitud por rutina o desaliento.

ORACIÓN Y PLENITUD

Dios habla de muchas maneras; la oración es sobre todo escucha y respuesta. Habla en la Escritura, en la
liturgia, en la dirección espiritual y a través del mundo y en las circunstancias de la vida: en el trabajo,
en las vicisitudes de la jornada o en el trato con los demás. Para aprender este lenguaje divino conviene
dedicar un tiempo a estar a solas con Dios.

Hablar con Dios es dejar que Él vaya tomando el protagonismo en nuestro ser. Meditar la vida de Cristo
permite entender nuestra historia personal, para abrirla a la gracia. Queremos que entre, para que
transforme nuestra vida en fiel reflejo de la suya. Dios Padre nos predestinó a ser conformes con la
imagen de su Hijo5, y quiere ver a Cristo formado en nosotros6, para que podamos exclamar: Ya no vivo
yo, es Cristo quien vive en mí7.

A Dios hablamos cuando oramos, y a Él oímos cuando leemos las palabras divinas 8; «a la lectura de la
Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre»9,
un diálogo en el cual el Padre nos habla del Hijo, para que seamos otros Cristos, el mismo Cristo. Vale
la pena movilizar nuestras potencias a la hora de rezar con el Evangelio. Primero te imaginas la escena
o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para
considerar aquel rasgo de la vida del Maestro (...). Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele
suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá Él querrá
indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones 10.
Se trata, en definitiva, de rezar sobre nuestra vida para vivirla como Dios lo espera. Es muy necesario,
especialmente para quienes buscamos santificarnos en el trabajo. ¿Qué obras serán las tuyas, si no las
has meditado en la presencia del Señor, para ordenarlas? Sin esa conversación con Dios, ¿cómo
acabarás con perfección la labor de la jornada?11 La oración es el medio privilegiado para madurar.

LA VERDADERA ORACIÓN

Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí12. Así se lamenta el Señor en la
Escritura, porque sabe que cada alma tiene que poner en Él su corazón para alcanzar la felicidad. Por
esto, en la oración, la disposición de la voluntad para encontrar, amar y poner por obra el querer de Dios,

5
Rm 8, 29.
6
Cfr. Gal 4, 19.
7
Gal 2, 20.
8
Cfr. San Ambrosio, De officiis ministrorum, I, 20, 88.
9
Conc. Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum, n. 25.
10
San Josemaría, Amigos de Dios, n. 253.
11
San Josemaría, Surco, n. 448.
12
Is 29, 13; cfr. Mt 15, 8.
2
tiene una cierta preeminencia sobre las otras capacidades del alma: «El aprovechamiento del alma no
está en pensar mucho, sino en amar mucho»13.

Muchas veces rezar amando impondrá esfuerzos, a menudo vividos sin consuelos ni frutos aparentes. La
oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar
decir algo al Señor, aunque no se diga nada14. Tenemos la confianza filial de que Dios otorga a cada
uno los dones que más necesita, cuando más los necesita. La oración —recuérdalo— no consiste en
hacer discursos bonitos, frases grandilocuentes o que consuelen... Oración es a veces una mirada a
una imagen del Señor o de su Madre; otras, una petición, con palabras; otras, el ofrecimiento de
las buenas obras, de los resultados de la fidelidad... Como el soldado que está de guardia, así hemos
de estar nosotros a la puerta de Dios Nuestro Señor: y eso es oración. O como se echa el perrillo, a
los pies de su amo. —No te importe decírselo: Señor, aquí me tienes como un perro fiel; o mejor,
como un borriquillo, que no dará coces a quien le quiere15. Tu inteligencia está torpe, inactiva:
haces esfuerzos inútiles para coordinar las ideas en la presencia del Señor: ¡un verdadero
atontamiento! No te esfuerces, ni te preocupes. –Óyeme bien: es la hora del corazón16.

A la hora de hablar con Dios, aunque no responda la cabeza, no se interrumpe el diálogo. Incluso cuando
constatamos que, a pesar de una auténtica lucha, hay distracción y embotamiento, tenemos la seguridad
de haber agradado con nuestros buenos deseos a Dios Padre, que mira con amor nuestros esfuerzos.

ORACIÓN Y OBRAS

Me atrevo a asegurar, sin temor a equivocarme, que hay muchas, infinitas maneras de orar, podría decir.
Pero yo quisiera para todos nosotros la auténtica oración de los hijos de Dios, no la palabrería de los
hipócritas, que han de escuchar de Jesús: no todo el que repite: ¡Señor!, ¡Señor!, entrará en el reino de
los cielos (...). Que nuestro clamar ¡Señor! vaya unido al deseo eficaz de convertir en realidad esas
mociones interiores, que el Espíritu Santo despierta en nuestra alma17.

Y para convertir en realidad esas mociones recibidas en la oración, conviene formular a menudo
propósitos. El fin de la reflexión sobre las prescripciones del Cielo es la acción, para poner por obra las
prescripciones divinas18. No se trata solamente de que nuestra inteligencia bucee en ideas piadosas, sino
de escuchar la voz del Señor, y de cumplir su voluntad. La oración de los hijos de Dios ha de tener
consecuencias apostólicas. El apostolado nos revela otra faceta del amor en la plegaria. Queremos volver
a aprender a rezar, también para poder ayudar a los demás. Allí encontraremos la fuerza para llevar a
muchas personas por caminos de diálogo con Dios.

Cuando ponemos nuestra vida delante de Dios, necesariamente hemos de hablar de lo que más nos
importa: de nuestros hermanos en la fe, de nuestros familiares, amigos y conocidos; de quienes nos
ayudan o de aquellos otros que no nos entienden o nos hacen sufrir. Si la voluntad está bien dispuesta,

13
Santa Teresa de Jesús, Fundaciones, cap. 5, n. 2.
14
San Josemaría, Surco, n. 464.
15
San Josemaría, Forja, n. 73.
16
San Josemaría, Camino, n. 102.
17
San Josemaría, Amigos de Dios, n. 243.
18
Cfr. San Ambrosio: Expositio in Psalmum CXVIII, 6, 35.
3
sin miedo a complicarse la vida, podremos escuchar en la oración sugerencias divinas: nuevos horizontes
apostólicos y modos creativos de ayudar a los demás. El Señor, desde dentro del alma, nos ayudará a
comprender a los demás, a saber cómo exigirles, cómo llevarles hacia Él; dará luces a nuestra inteligencia
para leer en las almas; acrisolará los afectos; nos ayudará a querer con un amor más fuerte y más limpio.
Nuestra vida de apóstoles vale lo que vale nuestra oración.

Orar con San Ignacio19

1. PREPARACION: Tranquilizarse, relajarse. Se puede hacer escuchando música suave, mirando por
la ventana, sintiendo los latidos del corazón, paseando, leyendo un poema, etc. A medida que el espíritu
se va caminando, ir pensando tranquilamente qué voy a hacer, el Señor me espera, etc. (Esta preparación
se hará siempre que se empiece una oración).

Preparar el material necesario: aquí será tomar la Palabra de Dios, una lista o un texto sencillo que exprese
actitudes fundamentales cristianas (Por ejemplo: las Bienaventuranzas, los Diez Mandamientos, texto de
la vida espiritual). Oración preparatoria: pedir a Dios luz para comprender el mensaje que se me dirige y
fuerza para cambiar en mi corazón y en mi vida aquello que me aleja de Jesús.

2. ORACIÓN: leer todo el texto despacio. Una vez leído, empezar por cada uno de los puntos e ir viendo
cómo los vivo en mi vida. Considerar que la acción de Dios, y por lo tanto su liberación, abarca toda la
persona: mis pensamientos, los sentidos, la manera de relacionarme con los demás, con Dios... Cuando
se detecta una falta, conviene considerar lo contrario. Por ejemplo, si pretendo imponer siempre mi
voluntad a los demás, pensar cómo cambiaría mi vida si los escuchara más. Dar gracias a Dios por todo
lo bueno que hay en mí y pedir perdón y fuerzas para modificar en mi vida lo que me esclaviza. Y esta
acción de gracias y este arrepentimiento hacerlos en diálogo con el Señor. No se trate de angustiarse por
lo que no funciona en mi vida, sino de tener un diálogo con Dios sobre ella.

3. EXAMEN: ¿Cómo ha ido la preparación? ¿Qué he sentido con más fuerza durante la oración? ¿Dónde
he encontrado más dificultad y por qué? Acabar con una acción de gracias por este tiempo de oración.
Vale la pena tomar alguna nota, o bien redactar la oración final, expresando lo que más se ha vivido.

19
Modos de oración ignacianos, Gustavo Lombardo; La oración en los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, A.
M. Chércoles; Orar con san Ignacio de Loyola, Pere Borrás.
4

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