0% encontró este documento útil (0 votos)
234 vistas57 páginas

Fiestas Litúrgicas: Señor, Virgen y Santos

Este documento describe varias fiestas del Señor, de la Virgen y de los santos que se celebran en el año litúrgico fuera de los ciclos de Navidad y Pascua. Explica la evolución histórica de estas fiestas y los diversos criterios y motivos para su inclusión, como su origen mistérico, teológico, devocional u oriental. También discute la justificación teológica de celebrar ideas versus misterios de Cristo.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
234 vistas57 páginas

Fiestas Litúrgicas: Señor, Virgen y Santos

Este documento describe varias fiestas del Señor, de la Virgen y de los santos que se celebran en el año litúrgico fuera de los ciclos de Navidad y Pascua. Explica la evolución histórica de estas fiestas y los diversos criterios y motivos para su inclusión, como su origen mistérico, teológico, devocional u oriental. También discute la justificación teológica de celebrar ideas versus misterios de Cristo.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

VI

OTRAS
CELEBRACIONES
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Hemos visto hasta ahora cómo la celebración del misterio de Cristo se desarrolla en sus dos
polos fundamentales que son el ciclo de Navidad, con su preparación en Adviento y su
prolongación en el tiempo de Navidad, y por otra parte la Pascua del Señor, con la Cuaresma
y el tiempo pascual. Como continuidad ideal hemos visto el domingo, Pascua semanal, y el
tiempo ordinario.
Una exigencia de lógica y de complementariedad nos lleva ahora a tratar otros aspectos del
año litúrgico que merecen nuestra atención. Lo haremos sin poder dar la misma importancia
a cada una de las fiestas y sin desarrollar de la misma manera las claves metodológicas
propuestas. La misma complejidad del tema y la variedad de orientación de las
celebraciones que ahora vamos a tratar nos aconsejan exponer las cosas de una manera
diversa.
Ante todo queremos abordar el tema de las fiestas del Señor en el año litúrgico, esas fiestas
que caen fuera de la celebración del ciclo pascual y navideño. Pueden ser suficientes las
notas que ofrecemos para una iniciación general a su mejor comprensión eucológica.
Con amplitud abordamos también el tema de la presencia de la Virgen María en el año
litúrgico. Aunque hemos tratado de poner de relieve su figura a lo largo de nuestras
explicaciones de cada uno de los momentos fundamentales, queremos ahora, de una manera
sistemática, presentar brevemente la historia de la evolución del ciclo mariano, las razones
de esta presencia de la Virgen en el año litúrgico y una síntesis de cada una de sus
solemnidades, fiestas y memorias. Para ello nos servimos ampliamente del artículo Virgen
María del Nuevo Diccionario de Liturgia, Madrid, 1987, pp. 2030-2061, con algunos
2
retoques. Es necesario recordar, como ya lo hemos hecho en los ciclos litúrgicos, el
enriquecimiento de la presencia de María en el año litúrgico a partir de la Colección de
Misas de la Virgen María. Una de sus partes más importantes y significativas es la de las
Misas de la Virgen en algunos momentos del año litúrgico (Adviento, Navidad, Cuaresma,
Tiempo pascual), que llenan una laguna teológica y eucológica.
Dedicamos finalmente un breve capítulo al significado de la presencia de los Santos y su
celebración en el misterio de Cristo, celebrado en el año litúrgico.

Capítulo Primero
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

LAS FIESTAS DEL SEÑOR

Las Iglesias de Oriente y de Occidente tienen durante el curso del año litúrgico muchas
fechas dedicadas a la celebración de algunos misterios o títulos del Señor, fiestas que no
entran en los grandes misterios que tienen su armónica colocación en el tiempo litúrgico ya
examinado, como son Pascua, Ascensión, Navidad, Epifanía.
Estas fiestas se pueden catalogar según diversos criterios y tienen una justificación litúrgica
muy variada, como veremos pronto. La raíz de algunas de ellas es profundamente mistérica;
la introducción de otras en el calendario se justifica por motivos históricos o por
acentuaciones teológicas, o, si queremos, ideológicas. Con más frecuencia, por una
experiencia espiritual y devocional que la Iglesia ha asumido como propia.

EVOLUCION HISTORICA

Una clave de lectura histórica

Entre las fiestas más antiguas del Señor, unidas indirectamente con los tiempos del ciclo
litúrgico actual, hemos de recordar las dos más primitivas. La primera en orden cronológico
parece ser la de la Presentación del Señor al templo, ya recordada. La segunda es la fiesta 3
de la Anunciación del Señor. Aunque la celebración de este misterio se introduce primero
en el ciclo natalicio, queda fijada claramente, a partir del siglo VI en Oriente y en el siglo
VII en Roma, en la fecha del 25 de marzo, como fiesta autónoma, aunque con una evidente
dependencia cronológica de la fecha del Nacimiento del Señor, fijada el 25 de diciembre.
En el ámbito de la Iglesia de Roma han surgido en la Edad Media, por diversos motivos,
otras dos fiestas del Señor, la Santísima Trinidad y Corpus Christi. La primera se remonta
en sus orígenes al siglo IX, pero se extiende a toda la Iglesia en el siglo XIV. La segunda,
en honor del Santísimo Sacramento, tiene su origen en la decisión del Papa Urbano IV en
el año 1264, con la Bula Transiturus de hoc mundo.
Son celebraciones de origen oriental la Transfiguración del Señor, extendida a toda la
Iglesia en el siglo XIV, y la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, difundida en Occidente
a partir del siglo VIII por el motivo obvio de la veneración del madero de la Cruz de Cristo.
Más recientes y con características de tipo teológico, devocional y social, son la fiesta del
Sagrado Corazón de Jesús, extendida por Pío IX en 1856 para toda la Iglesia, la fiesta de la
Sagrada Familia, introducida por León XIII en siglo XIX, y la fiesta de Cristo Rey,
propuesta por Pío XI en 1925.
En la actual reforma del calendario estas fiestas han permanecido intactas, cambiando
algunas su colocación primitiva, y conservando un difícil equilibrio entre las razones
históricas y devocionales y el parecido con otras fiestas o conmemoraciones del Señor en
el año litúrgico.

Diversos criterios y motivos


FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Podemos fundamentalmente catalogar así las fiestas del Señor:


a) Fiestas del ciclo mistérico del Señor: Anunciación del Señor, Presentación del Señor.
b) Fiestas de origen teológico devocional: Santísima Trinidad, Corpus Christi, Sagrado
Corazón de Jesús, Cristo Rey, Sagrada Familia.
c) Fiestas de origen oriental: Transfiguración del Señor, Exaltación de la Santa Cruz.
Las fiestas del apartado a) que antes se consideraban fiestas de la Virgen, tienen su
explicación concreta en el desarrollo armónico de un año litúrgico que cronológicamente
celebra la Anunciación del Señor y el misterio de la Encarnación del Verbo en el seno de
la Virgen María nueve meses antes de Navidad, por tanto el 25 de marzo, y la Presentación
del Señor al templo cuarenta días después del Nacimiento del Señor.
Las fiestas del apartado b) son típicamente occidentales; nacen de una visión teológica de
algunos misterios cristianos que poco a poco se ponen de relieve en la conciencia de la
Iglesia; obedecen también, como veremos, a circunstancias históricas concretas de la vida
de la Iglesia que van desde la Edad Media hasta nuestro siglo.
Las fiestas del apartado c) tienen un origen local en Oriente y de aquí pasan a occidente.
Aunque celebran el misterio de Cristo en dos aspectos mistéricos -la transfiguración y la
cruz-, el origen local de estas fiestas, como veremos, explica el evidente dualismo con que
un misterio de Cristo se celebra así dos veces (la Transfiguración en el rito romano se
celebra también en el segundo domingo de Cuaresma; la Exaltación de la cruz está
contenida en la celebración del Viernes Santo), aunque teológicamente tengan una gran
importancia, especialmente la fiesta de la Transfiguración del Señor.
4
UNA JUSTIFICACION TEOLOGICA

¿Celebración de un misterio o de una idea?

No es fácil ofrecer una justificación teológica pura acerca de la presencia de estas fiestas
en el año litúrgico. Nacen de la misma evolución del dogma y de la vida de la Iglesia. A las
razones de tipo teológico, histórico y cultural que han influido en su nacimiento y
expansión, hay que añadir el factor devocional, como desarrollo orgánico en la vida de la
Iglesia de una experiencia espiritual en la contemplación de algunos misterios del Señor. A
este, como a otros fenómenos litúrgicos, hay: que aplicar las reglas generales del desarrollo
del año litúrgico, que no ha nacido de una fría programación orgánica, sino de una compleja
evolución vital.
Para algunas de estas fiestas existe un problema teológico previo. Se trata de justificar
teológicamente su existencia y celebración. Los liturgistas distinguen entre la celebración
de un misterio y la celebración de una idea (teológica) y hablan así de celebraciones de
ideas. Algunos han llegado incluso a preguntarse si la celebración de Navidad no es una
fiesta de una idea.
Sin pretender zanjar científica y decididamente la cuestión, nos parece que todas las
celebraciones del Señor tienen un substrato mistérico. Si existe una ideologización
teológica de algunas fiestas es porque existe un fundamento mistérico, Es siempre un
aspecto del misterio de Cristo lo que se celebra, tal como se ha ido revelando a la conciencia
del Pueblo de Dios. Así, por citar algunas más conocidas como fiestas de ideas, la
celebración de la fiesta de Corpus Christi explicita algunos aspectos de la presencia real y
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

permanente de Cristo en la Eucaristía; la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús tiene su raíz
en el misterio mismo del Corazón de Cristo, del que se escrutan las insondables riquezas
de su amor; la fiesta de Cristo Rey tiene su explicación lógica en el reconocimiento de la
soberana realeza del Señor resucitado y glorioso. En este caso, la celebración explicita un
aspecto del misterio.
Sería, pues, conveniente evitar ese lenguaje y dejar de calificar estas fiestas como fiestas
de una idea, porque da la sensación de que son ideas separadas del misterio mismo del
Señor, cuya insondable riqueza la Iglesia pone de relieve mediante algunas celebraciones
que han tenido origen en una determinada evolución de su propia historia.
Al realizar la reforma del calendario litúrgico se ha tenido que mantener un equilibrio
notable ante las exigencias de unos y otros grupos, al menos a nivel Universal. El peligro
está en el deseo de querer introducir más fiestas de origen teológico o devocional. Se ha
querido introducir una dedicada a la primera persona de la Santísima Trinidad, el Padre.
Otros han insistido en la conservación de una fiesta o memoria de la preciosísima Sangre
del Señor, diversa de la fiesta de Corpus. O hay quien pretende que se establezca un
determinado domingo del año litúrgico para celebrar la misericordia divina.

Una teología de la fiesta a partir de los textos litúrgicos

Conservando el equilibrio eclesial del calendario actual, la Iglesia ofrece con estas fiestas
del Señor un testimonio de su fe y de su experiencia a nivel Universal. En este, como en
5
otros casos, el año litúrgico explicita y confirma el camino de la Iglesia a través de los siglos
en la comprensión y celebración del misterio de Jesús, de modo que a partir del único
misterio pascual se irradie toda la multiforme gracia de Cristo.
La posibilidad de encontrar una auténtica teología litúrgica de esas fiestas a partir de la
Palabra de Dios y de la oración de la Iglesia, confirma de hecho que tal celebración tiene el
substrato mistérico de la historia de la salvación y una coherente justificación teológica que
la Iglesia expresa en su oración.
Por eso, hay que partir siempre de los textos mismos de la liturgia para que el sentido de
estas fiestas se ilumine y su celebración sea una auténtica expresión de espiritualidad, no
simplemente devocional, sino profundamente teológica, litúrgica y eclesial.

LITURGIA

Vamos a ofrecer, en síntesis, como en unas fichas esenciales, el sentido histórico y la


dimensión teológica, litúrgica y pastoral de cada una de las grandes fiestas del Señor.

Las fiestas del ciclo mistérico del Señor

25 de marzo: Anunciación del Señor

Desde el siglo IV, con motivo de la proclamación del evangelio de la Anunciación antes de
Navidad, las Iglesias de Oriente y de Occidente fijan su atención en este misterio y lo
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

celebran con la palabra y los comentarios homiléticos. Muchas de las homilías de los Padres
del siglo IV son como un comentario poético a las palabras del Ángel: Dios te salve, María.
La Iglesia, pues, ha celebrado este misterio en el tiempo de Adviento. Así lo confirma la
liturgia hispánica con una famosa y curiosa inlatio que comenta el episodio de la
Anunciación en el segundo domingo de Adviento; o la liturgia ambrosiana, que asigna al
VI domingo de Adviento, según su tradición, la celebración de la maternidad de María. La
liturgia romana actual celebra de manera orgánica este misterio en el IV domingo de
Adviento del año B y en el día 20 de diciembre, en la semana que precede a la Navidad.
Ya a partir del siglo VI en Asia Menor, por una serie de coincidencias de tipo cronológico,
se fijó la fecha del 25 de marzo -nueve meses antes de Navidad- como conmemoración de
la Encarnación del Señor, o Anunciación a María. El Papa oriental Sergio I introdujo esta
fiesta en Roma a finales del siglo VII. Prevaleció más tarde su connotación mariana por el
título que es todavía Anunciación de la Madre de Dios en Oriente. En el nuevo calendario
ha recuperado el título original, Anunciación del Señor, y es considerada como solemnidad.

LITURGIA DE LA PALABRA
Is 7,10-14; 8,10: la profecía del Emmanuel.
Salmo 39: aquí vengo para hacer tu voluntad.
Hb 10,4-10: el ingreso de Cristo en el mundo.
Lc 1,26-38: el anuncio a María.
6
MENSAJE ORACIONAL
En las oraciones, el tema de la fiesta se conjuga con una amplia alusión a los misterios de
la Redención: Encarnación, Pasión, Resurrección. El prefacio de tono mariano presenta a
Cristo como primogénito de la nueva humanidad y Salvador de las gentes.
La situación de la fiesta de la Anunciación del Señor durante el tiempo de Cuaresma (a
veces incluso hay que trasladarla al tiempo pascual) resulta a veces difícil de enmarcar
teológicamente. Hay que dar a esta fiesta su propio significado a la luz del misterio pascual
-muerte y resurrección- como sugieren las lecturas y las oraciones de la liturgia: una
Encarnación para la salvación de la carne mediante la asunción de la naturaleza humana en
el misterio de la muerte y de la resurrección.

2 de febrero: Presentación del Señor al Templo

Es la antigua fiesta jerosolimitana de la que Egeria nos cuenta la celebración a finales del
siglo IV, cuarenta días después de la Epifanía. En Occidente se celebra a partir del siglo
VII el 2 de febrero, es decir cuarenta días después de Navidad. Conserva la huella oriental
en algunos elementos eucológicos que el Papa Sergio I hizo traducir al latín. Es la fiesta del
encuentro de Cristo con su pueblo Israel y se llama también fiesta de la Candelaria por el
lucernario inicial en el que se ritualiza la expresión del cántico de Simeón, que llama a
Cristo: luz de las gentes. En la actual ordenación ha recuperado su carácter de fiesta del
Señor y el título correcto; el anterior, Purificación de la Virgen María, podía inducir a error,
aunque se tratara simplemente de aludir a la purificación legal de María.

LITURGIA DE LA PALABRA
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Mi 3,1-4: la entrada del Señor en su templo.


Salmo 23: que se abran las puertas y entre el Señor.
Hb 2,14-18: se hizo semejante a sus hermanos.
Lc 2,22-40: la presentación en el templo.

MENSAJE ORACIONAL
Es importante la monición de entrada, que da sentido a la celebración y la procesión de la
luz, que comenta ritualmente la expresión de Simeón: Lumen Gentium Se repite el tema del
encuentro de Dios con su pueblo. Los textos de las oraciones y el prefacio son de una gran
sobriedad y belleza.
Litúrgicamente el mensaje de esta fiesta está en plena continuidad con el misterio de
Navidad como ulterior significado de la encarnación redentora; se proyecta hacia el
misterio pascual al presentar a Cristo y a la Virgen en la perspectiva de la futura pasión
salvadora.

Las fiestas de origen teológico-devocional

Domingo después de Pentecostés: la Santísima Trinidad

Elementos eucológicos alusivos al misterio de la Santísima Trinidad, como misterio de la


unidad de la naturaleza y trinidad de las personas, se encuentran ya en el siglo VII en el
7
Sacramentario Gelasiano. Alcuino en el siglo IX compuso un formulario de misa de la
Santísima Trinidad que tuvo mucha difusión. Los Papas de Roma resistieron a la
introducción de tal fiesta litúrgica, que sólo en 1334 Juan XXII extendió obligatoriamente
a todo el Occidente en el lugar que todavía hoy ocupa: el domingo después de Pentecostés.

LITURGIA DE LA PALABRA
Ciclo A:
Ex 34,4b-6-8-9: revelación de Dios a Moisés.
Cántico de Daniel.
2Co 13,11-13: saludo trinitario.
Jn 3,16-18: Dios manda a su Hijo para salvar al mundo.
Ciclo B:
Dt 4,32-34.39-40: Dios se revela a Moisés.
Salmo 32: dichoso el pueblo elegido por Dios.
Rm 8,14-17: habéis recibido el Espíritu de hijos.
Mt 28,16-20: el bautismo en el nombre de la Trinidad.
Ciclo C:
Pr 8,22-31: la Sabiduría de Dios.
Salmo 8: grandeza de Dios y del hombre.
Rm 5,1-5: el amor de Dios derramado en nuestros corazones.
Jn 16,12-15: Jesús revela al Padre y al Espíritu.

MENSAJE ORACIONAL
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Las oraciones y el prefacio presentan la teología del misterio trinitario. Las antífonas y los
himnos de oficio ofrecen una contemplación de la vida íntima trinitaria.
Con la contemplación del misterio trinitario, en su relación de intimidad y comunión, la
Iglesia quiere poner de relieve la fuente y la meta de la economía de la salvación, la
comunión de las personas, la Trinidad, que es la imagen de la Iglesia como comunión.

Jueves (o domingo) después de la Trinidad: Cuerpo y Sangre del Señor

El origen de esta fiesta hay que colocarlo en el movimiento teológico y popular de


afirmación de la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía que se extiende a partir
del siglo X en Occidente. Celebrada por primera vez en Lieja en 1247, Urbano IV instituyó
la fiesta para toda la Iglesia con la Bula Transiturus del 1264, dos meses antes de su muerte.
Esta Bula lleva alegado el oficio y la misa de autor anónimo, pero atribuido a santo Tomás
de Aquino. Se afianzó la fiesta en el siglo XIV con la procesión del Santísimo Sacramento.
Ha sido una de las fiestas que más influjo han tenido en la religiosidad popular y mejor han
expresado el sentido católico de la fe en el Santísimo Sacramento.

LITURGIA DE LA PALABRA
Ciclo A:
Dt 8,2-3.14b-16a: el maná del desierto, pan del cielo. Salmo
147: alaba al Señor Jerusalén.
8
1Co 10,16-17: un solo pan, un solo cuerpo.
Jn 6,51-58: revelación del Pan de vida.

Ciclo B:
Ex 24,3-8: ratificación de la alianza con la sangre del cordero.
Salmo 115: elevaré el cáliz del Señor.
Hb 9,11-15: la sangre de Cristo, sacerdote de la nueva Alianza.
Mc 14,12-16.22-26: institución de la Eucaristía.
Ciclo C:
Gn 14,18-20: Melquisedec ofrece pan y vino. Salmo
109: tú eres sacerdote para siempre.
1Co 11,23-26: Pablo recuerda la institución de la Eucaristía.
Lc 9,11b-17: multiplicación de los panes.

MENSAJE ORACIONAL
Los textos de la misa y del oficio son de santo Tomás, aunque es una lástima que se haya
perdido el equilibrio original en la actual reforma del oficio divino. Preciosa la Secuencia
que canta el misterio: un tratado teológico de la Eucaristía en poesía litúrgica. Le faltaba a
esta fiesta un prefacio propio, que ahora el misal de Pablo VI contiene en una doble versión
que glosa los contenidos del misterio eucarístico.
En la perspectiva de la institución de la Eucaristía en el contexto pascual del Jueves Santo,
esta fiesta -del Cuerpo y de la Sangre del Señor- celebra el misterio de la presencia, del
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

sacrificio, de la comunión, del sacerdocio de Cristo. La procesión teofórica, o mejor


eucarística, expresa una dimensión de culto, de adoración, de presencia del Dios con
nosotros, de una Iglesia en camino con su Señor por las rutas del mundo, por las ciudades
y por los pueblos.

Viernes después del domingo II después de Pentecostés: Sagrado Corazón de Jesús

Fiesta del Señor de origen devocional, pero con sólido fundamento mistérico. Se hace
popular a partir del siglo XVII con el influjo de la doctrina de san Juan Eudes, santa
Margarita María Alacoque, san Claudio de la Colombiere. Pío IX en el 1856 extendió la
fiesta a toda la Iglesia. Ha tenido diversos formularios que testimonian la dificultad de
expresar exactamente el contenido mistérico de la fiesta. La misma formulación doble de
la colecta actual expresa esta oscilación teológica. El centro del misterio es el Corazón de
Cristo, a la luz de la revelación y de la teología.

LITURGIA DE LA PALABRA
Ciclo A:
Dt 7,6-11: un pueblo elegido y amado.
Salmo 102: la misericordia infinita de Dios.
1Jn 4,7-16: Dios es amor.
Mt 11,25-30: Jesús, manso y humilde de corazón.
9
Ciclo B:
Os 11,1.3-4.8c-9: el amor esponsal de Dios hacia Israel.
Is 12: sacaréis aguas con gozo.
Ef 3,8-12.14-19: la sabiduría del amor de Cristo.
Jn 19,31-37: el corazón traspasado: sangre y agua.
Ciclo C:
Ez 34,11-16: el Mesías, pastor de Israel.
Salmo 22: el Señor es mi Pastor.
Rm 5,5b-11: el amor de Dios derramado en nuestros corazones.
Lc 15,3-7: la parábola del buen Pastor y de la oveja perdida.

MENSAJE ORACIONAL
El corazón de Cristo es la fuente de todo bien (colecta la), de aquí el deber de una digna
acción de gracias y reparación. El prefacio ofrece la síntesis teológica de la fiesta: el corazón
traspasado del que brotan sangre y agua, los sacramentos de la Iglesia, para beber con gozo
en el corazón de Cristo que es la fuente de la salvación.
El mensaje litúrgico de esta fiesta hay que colocarlo en la profundización del misterio de
Navidad, manifestación del inmenso amor de Dios en el Verbo encarnado y en el misterio
pascua! de Cristo (muerte salvadora) con la efusión de su Espíritu, sangre yagua que brotan
de su corazón traspasado. Tiene también una perspectiva eclesial: del corazón de Cristo
brotan los sacramentos de la Iglesia, y del costado de Cristo, el sacramento de la Iglesia
Esposa.

Ultimo domingo del tiempo ordinario: Cristo Rey del Universo


FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Fiesta instituida por Pío XI en 1925 para afirmar en nuestra sociedad secularizada la
soberanía de Cristo. Fijada anteriormente en el último domingo de octubre, el nuevo
calendario la ha colocado con mejor lógica en el último domingo del tiempo ordinario,
como corona y conclusión del año litúrgico.

LITURGIA DE LA PALABRA
Ciclo A:
Ez 34,11-12.15-17: Dios pastor y juez de Israel.
Salmo 22: el Señor es mi pastor.
1Co 15,20-26.28: Cristo resucitado entrega el reino al Padre.
Mt 25,31-46: el último juicio del Rey acerca del amor.
Ciclo B:
Dn 7,13-14: el poder del Hijo del hombre.
Salmo 92: el Señor reina vestido de majestad.
Ap 1,5-8: ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes.
Jn 18,33b-37: Jesucristo se proclama Rey ante Pilatos.
Ciclo C:
2 Sm 5,1-3: la unción de David como rey.
Salmo 121: vamos con gozo a la casa del Señor.
Col,12-20: nos ha trasladado al reino de su Hijo querido.
10
Lc 23,35-43: acuérdate de mí cuando estés en tu Reino.

MENSAJE ORACIONAL
Las oraciones presentan la perspectiva justa en clave bíblico-teológica del señorío de
Cristo: sentido cósmico de su realeza, horizonte escatológico de su reinado, petición de los
dones de la paz y de la unidad. La mejor síntesis de la fiesta la ofrece el prefacio. Cristo ha
sido ungido como rey, se ha ofrecido como víctima en la cruz. Ha sometido a sí todas las
cosas. Su reino es eterno y universal, reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de
justicia, de amor y de paz.
La fiesta sintetiza una serie de celebraciones del misterio de Cristo como Señor, Rey,
Sacerdote, contenidas ya en Navidad, Epifanía, Pascua, Ascensión. Como último domingo
del año litúrgico, presenta también la perspectiva de la segunda venida, del juicio universal,
de la entrega del reino al Padre para que Dios sea todo en todos. Es como el sello del año
litúrgico, que se abre a la esperanza escatológica de la Iglesia, reino de Dios en germen en
esta tierra, orientada al cielo.

Domingo después de Navidad: la Sagrada Familia

Fiesta de origen devocional que nace a finales del siglo XIX. León XIII autoriza una fiesta
de este misterio, como ideal y ejemplo de la familia cristiana, a partir de 1893. Se suprime
en tiempos de Pío X y vuelve en 1920 con la nueva edición típica del misal, fijada en el
domingo I después de Epifanía. En la nueva ordenación del calendario ha sido conservada
como fiesta el domingo que sigue a la fiesta de Navidad, dentro del clima de la inserción
de Cristo en su pueblo y en una familia humana concreta.
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

LITURGIA DE LA PALABRA
Ciclo A:
Sir 3,3-7.14-17a: honrar a los padres.
Salmo 127: dichosos los que temen al Señor.
Cl 3,12-21: la vida doméstica en el amor
Mt 2,13-15: toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto.
Ciclo B:
Gn 15,1-6; 21,1-3: la descendencia de Abrahán.
Salmo 104: el Señor es nuestro Dios.
Hb 11,8.11-12.17-19: la fe de los patriarcas.
Lc 2,41-52: Jesús presentado en el templo.
Ciclo C:
1Sam 1,20-22.24-28: el nacimiento de Samuel.
Salmo 83: dichosos los que viven en tu casa.
1Jn 3,1-2.21-24: nos llamamos y somos hijos de Dios.
Lc 2,41-52: Jesús entre los doctores.

MENSAJE ORACIONAL
Todas las oraciones acentúan el modelo ideal para las familias cristianas. Faltaría un
prefacio que expresase mejor este misterio. En la perspectiva mistérica de Navidad,
11
evitando el fácil moralismo y también el idealismo del modelo, absolutamente original, de
la Sagrada Familia, se podría presentar el misterio del ingreso de Cristo en una familia
concreta, judía, en el dinamismo de una historia y de una fidelidad. Es también una
presentación inicial del misterio de Nazaret, el silencio de Cristo en la normalidad del
trabajo y de la vida sencilla, en la que se forja su preparación mesiánica. No se debe perder
de vista la originalidad y la comunión en el designio de Dios de los tres personajes: Jesús,
María, José. Cada uno con su vocación y su misterio.

Dos fiestas de la tradición oriental

6 de agosto: Transfiguración del Señor

Fiesta típicamente oriental, que quizá tiene como origen la dedicación de la basílica del
Monte Tabor. En el monasterio de Santa Catalina en el Sinaí se conserva el mosaico más
antiguo de la Transfiguración. Se conoce como fiesta en Siria a partir del siglo VII. Pasa a
España, Nápoles, Francia. Se celebra en Roma primero en la Basílica Vaticana. El Papa
valenciano Calixto III la extiende a toda la Iglesia en 1457 como acción de gracias por la
victoria contra los turcos en Belgrado el 6 de agosto de 1456. Este misterio la Iglesia lo
celebra también durante el tiempo de Cuaresma, en el segundo domingo de cada uno de los
ciclos.
En Oriente se celebra, como en Occidente, el 6 de agosto, cuarenta días antes de la fiesta
de la Exaltación, quizá por la tradición que supone que el episodio de la Transfiguración
ocurrió cuarenta días antes de la crucifixión (!). En Oriente es una fiesta con connotaciones
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

espirituales y litúrgicas muy acentuadas. Es la fiesta de la «Metamórfosis», la


transfiguración de Cristo, modelo de nuestra deificación.

LITURGIA DE LA PALABRA
Dn 7,9-10.13-14: visión del Hijo del hombre.
Salmo 96: el Señor reina por encima de toda la tierra.
2 Pe 1,16-19: hemos sido testigos de la montaña santa.
Ciclo A: Mt 17,1-9: la transfiguración.
Ciclo B: Mc 9,2-10: la transfiguración.
Ciclo C: Lc 9,28b-36: la transfiguración

MENSAJE ORACIONAL
Las oraciones acentúan la gloria de Cristo y la revelación de su filiación, que se refleja en
nuestra adopción filial y en nuestra transformación en Cristo. Bello el prefacio que hace
referencia al misterio de la Iglesia anticipado en la transfiguración del cuerpo de Cristo
como destino de gloria.
Esta fiesta del Señor, por la importancia que tiene en Oriente, y por la riqueza de
significado, debería tener más relieve en una celebración solemne y gozosa, con una vigilia
de oración, con cantos y un estilo apropiado, especialmente en los monasterios o en la
coincidencia, como a veces resulta en tiempo de agosto, con la celebración de un día
especial de retiro o durante los Ejercicios Espirituales. Es una fiesta del Señor en la que se
12
refleja el destino del cristiano, la posibilidad de la deificación, como ya notaban los monjes
del siglo XIII y XIV.

14 de septiembre: la Exaltación de la Santa Cruz

Fiesta jerosolimitana relacionada con la dedicación de las Basílicas del Gólgota y el


descubrimiento de la Santa Cruz hacia mitad del siglo IV. En Roma se celebra el 15 de
septiembre, cuando en la Basílica Vaticana, a partir del siglo VII, se expone y venera la
reliquia del lignum crucis. Después de la invasión de los turcos, Heraclio volvió a
reconquistar la reliquia de la Cruz y la conservó en Constantinopla en el año 630. A partir
del siglo VIII la fiesta se difundió en Occidente. Se trata, pues, de una fiesta de origen
histórico con contenido teológico: la contemplación de Cristo exaltado en el árbol de la
cruz.

LITURGIA DE LA PALABRA
Num 21,4-9: la serpiente levantada en el desierto: Cristo.
Salmo 77: un Dios misericordioso.
Flp 2,6-11: el misterio de la cruz y de la exaltación de Cristo.
Jn 3,13-17: el Hijo de Dios será exaltado.

MENSAJE, ORACIONAL
Las oraciones y el prefacio resaltan la elevación de Cristo en la Cruz, el misterio del
Crucificado en su exaltación redentora. Más que exaltación de la cruz es la fiesta de la
exaltación de Cristo en la cruz. La celebración de esta fiesta propone contenidos teológicos
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

de la Cuaresma y del Viernes Santo en particular. Hay que recordar la devoción de los
cristianos a la señal de la cruz y los himnos dedicados desde antiguo al árbol de la cruz
gloriosa de Jesús.

ORIENTACIONES PASTORALES Y ESPIRITUALES

Las insondables riquezas del misterio de Cristo

Las celebraciones de las fiestas del Señor que la Iglesia nos propone ofrecen la posibilidad
de fijar nuestra atención en alguno de los misterios de Cristo, en los inagotables aspectos
de la multiforme gracia de Cristo. En realidad no hay ninguno de estos aspectos que no esté
ya fundamentalmente contenido en los tiempos litúrgicos, si se tiene sensibilidad para
descubrirlos en la palabra de Dios proclamada y en las oraciones de la Iglesia. Sin embargo,
a través de esa celebración especial, se manifiestan con mayor claridad en la conciencia
eclesial. Algunas de ellas que no tienen una fecha fija de la semana, pueden recobrar todo
su esplendor cuando caen en domingo y por ser fiestas del Señor se celebran en lugar del
domingo del tiempo ordinario.
Estas fiestas son momentos propicios para una programación pastoral. Así por ejemplo, la
fiesta de la Presentación del Señor al templo constituye en algunas iglesias locales una
ocasión propicia para poner de relieve la presencia y el compromiso de la vida consagrada.
La fiesta de la Sagrada Familia congrega, en el clima de Navidad, a las familias cristianas
13
en la parroquia y es ocasión propicia para resaltar su misión en la Iglesia y en la sociedad.
Con ocasión de la fiesta del Corpus Christi se renueva el sentido de la devoción al Santísimo
Sacramento y su presencia entre los hombres, con una apropiada procesión que sea
testimonio de fe y de piedad.
Una atención especial merecen la fiesta de la Trinidad, que renueva en los cristianos la
revelación del Dios uno y trino, principio y modelo de la Iglesia, y la fiesta de la
Transfiguración, de hondas resonancias cristológicas y espirituales, como llamada a la
transformación en Cristo y a la contemplación de su misterio.
La fiesta del Sagrado Corazón tiene un gran arraigo devocional y sigue siendo ocasión
propicia para redescubrir en el corazón de Cristo eL inmenso amor de Dios por la
humanidad.
En un momento en que la religiosidad corre el riesgo de despersonalizarse por las
tendencias de movimientos como los de la «new age», o la vida cristiana tiende a disolverse
en puro compromiso, la celebración de los misterios coloca en el centro del misterio la
espiritualidad cristiana y la invita a redescubrir las riquezas insondables del misterio del
Señor y la llamada a revivirlos mediante la «mística objetiva», la presencia de estos
misterios en la liturgia de la Iglesia.

Textos eucológicos para la meditación y la celebración

El misterio de la Encarnación
«Hoy se inaugura nuestra salvación y se revela el misterio secular: el Hijo de Dios se hace
Hijo de la Virgen y Gabriel anuncia la Gracia. Con él saludemos también a la Madre de
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Dios: ¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!» (tropario bizantino de la


Anunciación).

Contemplación de la Trinidad
«Señor, dueño de todas las cosas, Señor del cielo y de la tierra y de toda criatura visible e
invisible. Tú te sientas sobre un trono de gloria y escrutas los abismos. Tú no tienes
principio, eres invisible, incomprensible, indescriptible, inmutable; Padre de nuestro Señor
Jesucristo, del Dios grande y Salvador, esperanza nuestra. El es imagen de tu bondad,
impronta igual a su modelo, manifestador del Padre, palabra viviente, Dios verdadero,
sabiduría eterna, vida, santificación, poder, luz verdadera; de quien procede el Espíritu
Santo, el Espíritu de la verdad, el don divino de la filiación, las arras de la herencia futura,
las primicias de los bienes eternos, el poder vivificante, la fuente de la santificación...»
(anáfora griega de San Basilio).

El cuerpo y la sangre del Señor


«El pan celestial está sobre el altar. Ha sido sacrificado en este misterio aquél que, por ser
Dios, no puede ser víctima. El pan celestial que está sobre el altar con su alimento no vuelve
a dar la vida a cuantos al principio murieron por culpa del alimento que tomaron en el Edén.
Se derrama en el cáliz la sangre que fluye de su cuerpo y se convierte en oblación en las
manos del sacerdote del nuevo holocausto. Los fieles lo beben para expiar sus pecados.
Insuperable en su amor de Padre, abre su corazón a toda la humanidad» (texto eucarístico
14
anónimo del siglo IV).

Oración a Cristo
«Oh Jesús, cordero inmaculado, tú eres para mí padre y madre, amigo y hermano. Tú eres
el todo. Y todo está en mí. Tú eres el que es, y nada hay fuera de ti. Refugiaos también
vosotros, hermanos. Y cuando hayáis comprendido que sólo en él está vuestra vida, se
cumplirá en vosotros la promesa de poder gozar lo que ojo no ha visto, ni oído ha
escuchado, ni el corazón del hombre ha podido imaginar. Concédenos, Señor, lo que has
prometido. Gloria a ti hasta el fin de los tiempos» (plegaria del siglo III en los hechos
apócrifos del apóstol Pedro).

La victoria de la cruz
«Hoy el árbol de la vida, elevado desde la profundidad de nuestra tierra, fortifica nuestra fe
en la resurrección de Cristo que fue clavado en ella. Exaltada la cruz por las manos del
sacerdote, muestra la ascensión de Cristo, que dio a nuestra naturaleza humana decaída el
derecho de ciudadanía en los cielos. Las cuatro extremidades del universo han sido
santificadas hoy con la exaltación de tu cruz con sus cuatro ramos, oh Cristo, Dios nuestro»
(exaltación de la cruz, tropario del rito bizantino).

Capítulo Segundo
LA PRESENCIA DE LA VIRGEN MARÍA
EN EL AÑO LITÚRGICO
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

La Constitución litúrgica indica con un breve y afortunado párrafo el sentido de la presencia


de la Virgen María en el año litúrgico:
«En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera
con amor especial a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con lazo
indisoluble a la obra salvífica de su Hijo; en ella, la Iglesia admira y ensalza el fruto más
espléndido de la redención y contempla, como en la más purísima imagen, lo que ella
misma, toda entera, ansía y espera ser» (SC 103).
Este texto, cuyo sentido profundo trataremos de desentrañar más abajo, constituye el
fundamento doctrinal de la presencia de la Virgen María en la liturgia y no sólo en el año
litúrgico. De todos modos, en este capítulo trataremos sobre todo de la presencia de María
en el año litúrgico.
El principio de la SC ha sido ampliado con los textos de la LG nn. 66-67, que hablan del
culto de la Virgen en la Iglesia; números que a nivel litúrgico me parecen menos
importantes que el n. 103 de la SC. Pablo VI, con la Exhortación Marialis Cultus de 1974,
ha ofrecido a la Iglesia una sugestiva reflexión sobre el tema de la presencia de la Virgen
en la liturgia y sobre la renovación del culto mariano. El tema del año litúrgico lo trata
ampliamente en los nn. 2-9; pero hay otros temas del documento que es conveniente
subrayar a este respecto y que completan la exposición de la memoria de la Virgen en el
año litúrgico.
Vamos, pues, a exponer, siguiendo las claves metodológicas, un amplio panorama de la
15
presencia de la Virgen María en el año del Señor. Hay inevitables repeticiones respecto a
otros capítulos, pero se hacen necesarias para una visión unitaria.

EVOLUCION HISTORICA

Unos inicios sobrios centrados en el misterio del Señor

Si queremos llegar hasta los orígenes de la presencia de la Virgen María en la celebración


del año litúrgico, hemos de trazar y recordar los orígenes mismos de las fiestas de Cristo y
de las grandes celebraciones que son la base del misterio litúrgico en el tiempo.
Encontramos de hecho las primitivas memorias de María, sin gran relieve inicial, en las
celebraciones de Pascua y de Navidad, especialmente en tomo a este último tiempo, en el
que la presencia de la Virgen Madre ha sido más evidenciada por la tradición teológica,
litúrgica y poética de los primeros siglos.
Hemos de trazar también una línea divisoria bastante pronunciada entre los orígenes del
culto mariano antes del año 431, con la definición dogmática de la maternidad divina de
María en Éfeso, y después de este acontecimiento; una línea que marca sin duda alguna el
momento favorable para una evolución y crecimiento de la presencia de la Virgen en la
liturgia.
La primera alusión mariana que encontramos en la celebración del año litúrgico, son las
palabras de la homilía de Melitón de Sardes acerca de la Pascua. Esta homilía pascual,
testigo de la celebración del misterio de Cristo por parte de los cuartodecimanos, nos
remonta hacia finales del siglo II, y en ella tenemos significativas referencias al misterio de
Cristo en su totalidad, de la encarnación hasta el misterio pascual, con la glorificación de
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Cristo. En este contexto tenemos la memoria pascual de la Virgen con estas curiosas
palabras referidas al misterio del Cordero, clave de la exégesis tipológica de Melitón en su
homilía:

«Este es el que vino del cielo a la tierra en favor del que sufría y revistió de él en el
seno de la Virgen y se manifestó como hombre... Este es el que se encarnó en la
Virgen... Este es el cordero que enmudecía y fue inmolado; el mismo que nació de
María, la hermosa cordera...».

La expresión «hermosa cordera», que suena extraña para nuestro lenguaje teológico y
devocional, era bastante común en la antigüedad y se halla todavía hoy en la liturgia
bizantina, en los Enkomia o Lamentaciones del Viernes Santo, referida a la Virgen María,
por su referencia a Cristo, como «Madre del cordero inmolado». Quizá la expresión
«hermosa cordera» alude a su pureza, como madre del cordero sin mancha.
Otra alusión a la Virgen María en la primitiva fiesta de Pascua la encontramos en la
profesión de fe bautismal de los bautizados en la Encarnación de la Virgen María, con la
fórmula que nos transmite la Tradición apostólica.
Otras alusiones marianas hay que buscarlas también en la homilética del III y IV siglos en
tomo a las primeras celebraciones del ciclo de la manifestación del Señor, por la
conmemoración que en estas celebraciones se hace de los misterios narrados en el evangelio
en los que está presente María; textos evangélicos que primero están a la base de las
16
homilías y luego constituirán el fundamento de oraciones, antífonas y otros textos
litúrgicos, que harán cada vez más presente la Virgen hasta cristalizar en celebraciones de
auténtico cuño mariano.
Entre las primitivas celebraciones donde la presencia de María es indudable, señalamos
otros indicios, aunque no poseemos mucha documentación explícita de textos litúrgicos
marianos.
Hablando de Navidad, hemos hecho alusión anteriormente a la posible celebración del
misterio que la Virgen Madre por parte de los judeocristianos. En la fiesta jerosolimitana
de la Epifanía, celebrada en Oriente a principios de enero (en Belén en la Basílica de la
Natividad), no podía faltar una alusión a la Virgen Madre. La fiesta de Navidad en
Occidente (celebrada el 25 de diciembre) aparece claramente con un tono mariano, como
se desprende claramente de algunas homilías natalicias de san León Magno. La fiesta de la
Presentación de Jesús en el templo (celebrada el 14 de febrero en Jerusalén, ya que Navidad
se celebraba como Epifanía e16 de enero y se cuentan 40 días de la purificación de María
según la ley), es la fiesta del Hipapante o Encuentro (entre el Mesías y el anciano Simeón
y en él con el pueblo de Israel). Se celebra con solemnidad en Belén y Jerusalén en tiempos
de Egeria, que en su testimonio se refiere también a la presencia de la Virgen María.
Finalmente, cuando se va consolidando una preparación próxima de Navidad con la lectura
del evangelio de la Anunciación, especialmente en el último domingo de Adviento, se va
caracterizando como tiempo mariano. Hacia finales del siglo IV y principios del V, como
consta por el Rótulo de Rávena y sus preciosas oraciones marianas, ya tenemos el sabor de
una memoria litúrgica mariana en la preparación de Navidad. Esta memoria del Adviento
será también característica de Roma, de Milán, de España y de Aquileya.
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

El influjo del concilio de Éfeso (431)

La proclamación de la Virgen como verdadera Theotokos, Madre de Dios, va a tener un


influjo decisivo en la expansión de su presencia en el año litúrgico, en la creación de fiestas
marianas especiales, mientras hasta ahora la memoria de María había sido siempre
indirecta, vinculada al misterio de Cristo en los primeros gérmenes del año litúrgico. A
partir del siglo V van naciendo una serie de fiestas que tienen su origen en la iglesia de
Jerusalén, que conserva la memoria de María, tanto de los principios de su vida como de
sus últimos momentos, tal como aparecen en los evangelios apócrifos,
Entre las fiestas de origen jerosolimitano recordamos ante todo la del 15 de agosto. Su
origen queda velado por un cierto misterio. Se sabe que ya hacia la mitad del siglo V en
Jerusalén se celebra en la iglesia de Kathima, entre Jerusalén y Belén, una fiesta dedicada
a la Virgen como Theotokos. Más tarde en esta misma fecha, junto a Getsemaní, donde los
ortodoxos han conservado la memoria de la dormición de la Virgen y su sepulcro vacío, se
celebra el misterio de la Asunción gloriosa de la Virgen María en cuerpo y alma a los cielos,
aunque el título haya quedado fijado en la liturgia como Koimesis, Dormición.
Hacia el siglo VI en Constantinopla se celebra la Anunciación del Señor el 25 de marzo,
fecha que, según ciertos cálculos, corresponde exactamente también al día de la muerte de
Cristo. Al principio no es una fiesta mariana.
En tomo a Navidad y por mayor precisión en su octava (llamada Natale S. Mariae), la
liturgia romana celebra la fiesta de la Virgen Madre de Dios; es una fiesta que tiene su
17
simetría en la liturgia bizantina con la Sinaxis de la Madre de Dios (26 de diciembre) y con
la fiesta de las felicitaciones a la Madre de Dios en liturgias antiguas como la caldea y la
siro-antioquena. En Occidente será decisiva la intervención del Papa Sergio I, hacia
principios del siglo VII o finales del VIII (años 687-701), para introducir en la Iglesia
romana las tres fiestas marianas de la Presentación en el templo de Jesús, de la Anunciación
y de la Asunción. Esta última, ya prescrita por el Emperador Mauricio a finales del siglo
VI, encontró dificultad en ser aceptada, por fundarse en narraciones apócrifas. De hecho, la
iglesia de Roma no aceptará en sus textos litúrgicos las alusiones de los evangelios
apócrifos, que tan presentes están en los oficios y homilías orientales de esta fiesta. Más
tarde la Asunción de la Virgen en Occidente será una fiesta popular, la fiesta por excelencia
de la Virgen María.
Otra fiesta de origen oriental y jerosolimitano es la Natividad de la Virgen María (8 de
septiembre), fecha que coincide con la dedicación de una iglesia en Jerusalén junto a la
piscina probática, en un lugar que la tradición indica como la casa de Joaquín y de Ana (la
actual iglesia de Santa Ana). De Jerusalén pasa a Oriente y más tarde a Occidente (siglo
VII-VIII) con el Papa Sergio. La liturgia conserva todavía el aire oriental gozoso e ingenuo
de esta fiesta.
La presentación de la Virgen en el templo (21 de noviembre) también se remonta a la
memoria jerosolimitana de la iglesia de Santa María la Nueva, dedicada a la Virgen en el
siglo VI; memoria que pasa a todo el Oriente en el siglo VII y que tarda todavía mucho en
introducirse en Occidente (siglo XIV).

Influjos posteriores hasta el Concilio de Trento


FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Además de estas fiestas que se van consolidando en la liturgia romana, con la Edad Media
aparecen nuevas memorias de la Virgen. Algunas se abren paso con dificultad, como la
fiesta que quiere conmemorar la Inmaculada Concepción de la Virgen María. La antigua
fiesta oriental del encuentro de Joaquín y Ana (concepción de María) se celebra primero en
Italia (s. IX) y después en Inglaterra, ya claramente en el siglo XII con su significado
específico de Concepción Inmaculada de la Virgen; pero esta fiesta, que nunca tuvo un
formulario muy caracterizado, encuentra las mismas dificultades que la doctrina teológica.
Sixto IV encargó un formulario litúrgico digno a Leonardo de Nogarola y lo promulgó en
1477. Pío IX, después de la proclamación dogmática en 1854, dará a esta fiesta un
formulario digno sólo en 1863, enriquecido hoy con un hermoso prefacio mariano.
La antigua fiesta del cíngulo de la Virgen María, celebrada en Constantinopla en el
santuario de la Blaquema el 2 de julio, pasará a Occidente en el siglo XIV como fiesta de
la Visitación de la Virgen.
En la Edad Media se afianzan en Occidente otras fiestas y conmemoraciones marianas
como la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor, la memoria de los Dolores de
la Virgen María, propia de los Siervos de María, así como la memoria de sus gozos, propia
de la iglesia de Braga en Portugal, celebrada en tomo a la fiesta de Pascua.

Del Concilio de Trento hasta el Vaticano II

Con el misal de san Pío V, promulgado en 1570, se realiza una reforma del calendario
18
litúrgico caracterizada por una cierta revisión de las fiestas de la Virgen María. Una muestra
de ello es la sobriedad con que aparece el 8 de diciembre una simple memoria de la
Concepción de María. Tras un período de fixismo litúrgico, poco a poco van entrando en
el Misal romano otras fiestas marianas, ya sea por influjo de la devoción de los Papas, ya
sea por el fenómeno de extensión a la Iglesia universal de conmemoraciones propias de
algunos calendarios particulares, ya sea por un desarrollo armónico de la fe y de la piedad,
con un cierto influjo de las nuevas fiestas de Cristo y sus correspondientes fiestas marianas.
En el siglo XVII, Inocencio XI introduce en 1683 la fiesta del santo nombre de María, fijada
por Pío X en la fecha del 12 de septiembre. Inocencio XII en 1696 extiende al rito romano
la memoria de la Virgen de la Merced.
En el siglo XVIII, Clemente XI en 1716 universaliza la fiesta del Rosario, establecida en
1571 por el papa dominico san Pío V. Benedicto XIII extiende en 1726 al calendario
romano la fiesta de la Virgen del Carmen.
En el siglo XIX, Pío VII introduce en el calendario universal la fiesta de los Dolores de la
Virgen en el domingo después de la Exaltación de la Santa Cruz; memoria que Pío X fija
en la fecha del 15 de septiembre.
En el siglo XX, Pío X establece la memoria de la Virgen de Lourdes en 1907 al acercarse
la conmemoración de los 50 años de las apariciones. Pío XI instituye en 1931 la fiesta de
la Maternidad de María. Pío XII extiende a la Iglesia en 1944 la memoria del Corazón
inmaculado de María. El mismo Papa introduce en 1954 la fiesta de María Reina.

La reforma del calendario litúrgico


FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

En sintonía con las afirmaciones del Vaticano n (SC 103), la reforma litúrgica postconciliar
ha podido reordenar el cuadro de las celebraciones marianas del año litúrgico. Pablo VI en
la Marialis Cultus 2-10 ha trazado un autorizado balance de esta reforma que algún autor
tildó de antimariana. Para comprender el sentido de esta reforma hay que tener en cuenta
algunos datos.
Algunas fiestas con título mariano han pasado a ser en su nombre y su categoría fiestas del
Señor, sin perder sin embargo su connotación de presencia y protagonismo mariano, como
la Anunciación del Señor y su Presentación en el templo.
Han sido suprimidas algunas memorias menores o devocionales (el nombre de María, la
memoria de los dolores de la Virgen en Cuaresma, la conmemoración de la Virgen de la
Merced).
La fiesta de la maternidad divina de María ha sido trasladada a su lugar propio, con la
sustitución de la Circuncisión del Señor el 1 de enero.
El común de las fiestas de la Virgen y de Santa María en el sábado ha sido enriquecido con
nuevos formularios.
Desde el punto de vista cualitativo, es notable la riqueza de los textos bíblicos del
leccionario de las fiestas y del común de la Virgen María, así como la profundización
teológica y espiritual que ofrecen los nuevos textos marianos del misal y del oficio.
Es, sin embargo, importante subrayar además la mejor inserción del misterio de María en
los tiempos del año litúrgico, especialmente en Adviento y Navidad, como se verá en
seguida.
19
La Colección de las Misas de la Virgen María

Una clave de comprensión

La presencia de la Virgen María en el año litúrgico ha quedado recientemente enriquecida


con la publicación de las Misas de la Virgen María cuyo Decreto lleva la fecha del 15 de
agosto de 1986. Podemos afirmar que estas misas han nacido prácticamente de las
intuiciones doctrinales del Vaticano n y de la Marialis Cultus de Pablo VI, en cuanto han
desarrollado una serie de principios doctrinales acerca de la presencia más completa de la
Virgen en la celebración del misterio de Cristo. Juan Pablo II, Papa mariano por excelencia,
ha tenido el honor de ofrecerlas a la Iglesia pocos meses antes de proclamar el año mariano
de 1987-1988.
Por otra parte, han influido en la publicación de estos formularios otras razones, señaladas
por varios liturgistas. Ante todo, una cierta pobreza doctrinal de los formularios de Santa
María en el Sábado, una mayor sensibilidad para señalar algunos momentos decisivos de la
presencia de la Virgen en la historia de la salvación y en su celebración en los tiempos del
año litúrgico, todavía ayunos de una fuerte calificación mariana. Ha influido en la amplia
selección de textos la posibilidad de establecer una justa comunicación y circulación de
formularios marianos ya existentes en los libros de las iglesias locales y de los institutos
religiosos, evitando por otra parte la tentación de elaborar centones de esos textos, como ya
circulaban, con el riesgo de presentar una colección de formularios sin una estructura y sin
una auténtica teología.
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

El trabajo de compilación fue encomendado a un grupo de estudio que trabajó a partir del
1985 con algunos criterios fundamentales:
• seleccionar los mejores materiales existentes y completarlos;
• dotar a cada formulario completo de un título y de una introducción litúrgico pastoral
y doctrinal;
• ordenar todos los formularios en el cuadro del año litúrgico, sin asignar fechas fijas de
celebración;
• ofrecer en los principios doctrinales del misal y leccionario las grandes líneas de
doctrina y las reglas concretas de su uso.

Contenidos y características

Las Misas de la Virgen constan de un misal y de un leccionario. Ambos tienen sus premisas
doctrinales, llamadas Orientaciones generales. Son importantes también las del
leccionario, porque ponen de relieve la ejemplaridad de la Virgen como oyente de la
Palabra.
Una lectura de estas Orientaciones generales ofrece la clave de comprensión de los 46
formularios, su inserción en el año litúrgico, su destino especial a los santuarios marianos,
aunque no exclusivamente y las normas que rigen su uso.
Son muy oportunas las brevísimas introducciones a los tiempos litúrgicos de Adviento,
Navidad, Cuaresma, Tiempo pascual y Tiempo ordinario, porque en breves pinceladas se 20
justifica ampliamente la intuición teológica de esta distribución de formularios.
La distribución se ha hecho con esta visión: misas para el tiempo de Adviento, para el
tiempo de Navidad, para el tiempo de Cuaresma, para el tiempo pascual. Para el tiempo
ordinario se asignan tres secciones, que subrayan algunas características de la vocación y
misión de María y de su presencia en al camino del pueblo de Dios.
Todo esto lo hemos señalado en su lugar oportuno al hablar de la presencia de María en los
diversos tiempos litúrgicos.
Como se puede observar con una atenta lectura de los formularios y de las introducciones
a cada tiempo, la presencia de María en el año litúrgico ha quedado enriquecida
notablemente, aunque sea simplemente desde el punto de vista de estos formularios de
Misas. La presencia y la ejemplaridad de la Virgen cobran nuevo vigor, no sólo en Adviento
y en Navidad, sino también en Cuaresma y en el tiempo pascual. Por otra parte la memoria
de la Virgen en el tiempo ordinario se enriquece con múltiples modulaciones teológicas,
las que vienen de su presencia en la vida de la Iglesia. Se ha llegado al final de un largo
recorrido histórico. La Iglesia cuenta ahora con un verdadero monumento de piedad que es
a la vez una auténtica pedagogía espiritual mariana. La atención que las Orientaciones
generales dan a la presencia y a la ejemplaridad de María para la celebración y la vida,
están en la más pura línea teológica y ofrecen las pautas de la pastoral y las actitudes de
una auténtica espiritualidad mariana.
De una adecuada celebración de los misterios de Cristo con la referencia a la ejemplaridad
de María en el año litúrgico, ha de brotar una devoción más sobria, iluminada y
comprometida hacia la Virgen, allí donde la liturgia es también fuente, culmen, escuela y
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

momento fuerte de la devoción de la Iglesia a la Virgen y de su presencia materna en el


pueblo de Dios.

TEOLOGIA

La elaboración de unos principios teológicos que justifican la presencia de hecho de la


Virgen en el año litúrgico es bastante reciente. Se ha dado más espacio a la explicación de
los hechos históricos que a su justificación teológica global. Se ha hablado más del culto
de veneración que se le tributa a la Virgen María como Madre de Dios, que de la explicación
teológica exhaustiva del por qué se hace presente en la liturgia.
Los principios del Vaticano II han sido, en este como en otros casos, como una semilla
fecunda que ha fructificado en la reforma conciliar, en la exhortación de Pablo VI Marialis
cultus yen la Colección de Misas de la Virgen María.

El texto conciliar mariano (SC 103)

La presencia de la Virgen María en el año litúrgico, más allá de los avatares de la historia
y del complicado origen de sus fiestas, encuentra un fundamento teológico válido en la
doctrina sintetizada por el Vaticano II (SC 103), que puede explicarse brevemente así en
una exégesis linear del texto conciliar.
«En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo». La Virgen no tiene un
21
año litúrgico propio; su memoria entra lógicamente en los misterios de Cristo,
especialmente en el misterio de la Encarnación, con su preparación y prolongación, y en el
misterio de la Pasión y de la Resurrección con su lógica prolongación en Pentecostés; el
ciclo mariano entra en el ciclo cristológico como preparación de éste o como su ratificación.
«La santa Iglesia venera con amor especial a la bienaventurada Virgen Madre de Dios».
La maternidad divina es el privilegio esencial y la vocación propia de María, la razón de
los otros privilegios y gracias, la razón suprema de su participación en los misterios de
Cristo; en la veneración litúrgica se expresa el tono de la piedad de la Iglesia; en el especial
amor y en la frecuente memoria consiste la característica de los textos litúrgicos marianos.
«Unida con lazo indisoluble a la obra salvífica de su Hijo». En esta certera frase
encontramos el fundamento de la presencia de María en la liturgia y en particular en el año
litúrgico, que es la celebración de la obra salvífica de Cristo. María ha participado
personalmente y ha colaborado con Cristo, por eso su memoria y presencia en el misterio
de Cristo es lógica. La Virgen ha participado en nombre de la Iglesia y de la humanidad en
los hechos salvíficos; por eso la Iglesia la considera como modelo en el ejercicio del culto
divino (cf. MC 16 y ss.).
«Admira y ensalza en ella el fruto más espléndido de la redención». María es la primera
redimida, la primera santificada, modelo de la vivencia del misterio, fruto primero y logrado
de la obra salvífica en la que ella entonces, como la Iglesia ahora, colabora activa y
libremente con la fe, la esperanza y el amor.
«Y contempla, como en la imagen más pura, lo que ella misma, toda entera, ansía y espera
ser». La Virgen es ya lo que nosotros seremos; es la realización de la Iglesia, su icono
escatológico, su plenitud cumplida; asunta al cielo, se nos ofrece como prenda de esperanza
y como motivo positivo para caminar hacia esa glorificación que ansiamos. Por eso el año
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

litúrgico bizantino, que empieza en septiembre y concluye en agosto, fija entre la Natividad
de nuestra Señora y su gloriosa Asunción a los cielos el recorrido ideal de este camino.

Los otros textos conciliares

En plena sintonía con este texto, la constitución Lumen Gentium nos describe el camino de
María y su presencia en la historia de la salvación y en el misterio de Cristo, desde las
páginas del AT (n. 55) al misterio de la Anunciación (n. 56), la infancia de Jesús (n. 57), la
vida pública dé Cristo (n. 58), hasta el misterio de la Ascensión y Pentecostés (n. 59).
Y con gran acierto en el n. 65 se afirma que la Virgen «ha entrado íntimamente en la historia
de la salvación». En el n. 66, al hablar del principio del culto de la Virgen María, se
subrayan estos tres elementos fundamentales: su exaltación sobre los ángeles y los
hombres; su dignidad de Santísima Madre de Dios; el hecho de haber participado en los
misterios de su Hijo.
Como ya hemos tenido ocasión de resaltar, en esta presencia y ejemplaridad de la Virgen
en el misterio del año litúrgico, hay que poner de relieve esa serie de motivaciones que han
contribuido de diversas formas a realizar la evolución histórica que hemos notado
anteriormente. Estos factores evolutivos son:
• una mejor comprensión del misterio de la Virgen a través de la palabra de la revelación;
• la definición de algunos dogmas marianos a través de la tradición como fundamento, y
la profundización de la doctrina mariana por medio del magisterio de la Iglesia como 22
autoridad definitiva;
• la reflexión teológica y la experiencia espiritual que han ayudado a penetrar ciertos
aspectos del misterio.
La misma vida de la Iglesia, especialmente de las iglesias particulares y de las familias
religiosas, ha asumido esa particular presencia mariana, que en los santuarios, las
advocaciones y devociones, presenta claramente o una intervención del misterio de la
Virgen que sale al paso de una Iglesia (como en Guadalupe) o de una Iglesia que acoge la
presencia de María en la comunidad diocesana, como en gran parte de las fiestas patronales
de María en las iglesias locales.
De aquí, pues, los elementos que pueden ayudamos a comprender la presencia actual de la
Virgen en el año litúrgico, marcada por la renovación teológica del Vaticano II, que ha
puesto de relieve el aspecto cristológico y eclesial de estas celebraciones marianas.

La Colección de Misas de la Virgen

Una esmerada exposición de los principios cristológicos y eclesiales que marcan la


presencia de la Virgen María en el año litúrgico la encontramos en las Orientaciones
generales de las Misas de la Virgen. En ellas se recogen los principios doctrinales expuestos
y se pone de relieve la vinculación de la Virgen al misterio de Cristo y su ejemplaridad para
toda la Iglesia. En cuatro números centrales se habla de esta presencia de María en el
misterio de Cristo que conlleva su celebración en la liturgia.
Ante todo en el principio de que el año litúrgico celebra «la obra divina de preparación de
la Madre del Redentor» (n. 7). En segundo lugar: «en la encarnación del Verbo, en el
nacimiento de Cristo, en su manifestación a los pastores, primicia de la Iglesia que surge
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

de los judíos, a los magos, primicias de la Iglesia surgida de los paganos; y en otros
episodios de la infancia del Salvador, hechos salvadores en los que María estuvo
íntimamente ligada» (n. 8). En tercer lugar, citando el principio de la LG n.66, que recuerda
la presencia de María en los misterios de Cristo, y transcribiendo LG 58 a propósito de la
unión de María en la vida pública de Jesús, se justifica esta comunión de la Virgen en toda
la obra salvífica de Cristo, realizada con su predicación y sus milagros (n. 9). Por último,
se recuerda que «donde la Iglesia celebra principalmente la acción de Dios es en el misterio
pascual de Cristo y, al celebrarlo, encuentra a la Madre, indisolublemente asociada al Hijo»;
a continuación ilustra con textos conciliares y litúrgicos esta presencia maternal en la pasión
y muerte de Jesús, en su resurrección gloriosa en la espera de Pentecostés y en la efusión
del Espíritu Santo (n. 10).
Al principio de cada uno de los tiempos litúrgicos en los que han sido enmarcados los 46
formularios de las Misas, se justifica la presencia de María en el misterio de Cristo y de la
Iglesia.
Una atenta lectura de las introducciones de cada uno de los formularios y de su respectivos
textos eucológicos revelan también cómo el misterio de María se enriquece a la luz de la
Palabra que lo ilumina, con la riqueza de la tradición eclesial, ampliamente recuperada en
los diversos formularios, y con una teología que responde ampliamente a su inspiración
trinitaria, eclesial, antropológica y social, con el tono y las exigencias de una auténtica vía
pulchritudinis, el camino de la belleza, que es a la vez exigencia de la liturgia y norma de
la teología mariana.
23
LA VIRGEN MARIA EN EL AÑO LITURGICO RENOVADO

La Iglesia celebra el misterio de María en el amplio espacio del año litúrgico: en este kairós
sacramental despliega toda su fuerza el misterio de Cristo y halla lógicamente espacio la
memoria de la Madre de Dios que está indisolublemente unida a la obra salvífica del Hijo.
No tenemos, por tanto, un ciclo mariano autónomo: el tiempo de Cristo y del Espíritu, que
es el año litúrgico, prevé momentos privilegiados en los cuales se celebra de un modo más
o menos peculiar el recuerdo de la presencia de María en la economía de la salvación. El
recuerdo de María hay que buscarlo sobre todo en los tiempos litúrgicos particulares y en
aquellas solemnidades y fiestas del Señor que guardan una relación especial con ella.
En segundo lugar, el significado de las solemnidades, fiestas y memorias explícitamente
marianas se recoge dentro de la armonía del único año litúrgico del Señor, en cuanto ellas
celebran episodios que, ya precedan a la Natividad del Señor (como el Nacimiento de María
y su Presentación en el templo), ya sigan a Pentecostés (como es el caso de la Asunción),
pertenecen a la misma economía de la salvación. Y también las memorias marianas que
traen origen de una idea o de una tradición eclesial, deben reconducirse a la unidad del
misterio de Cristo, como celebraciones de un aspecto particular de tal misterio tal como se
manifiesta en el tiempo de la Iglesia (esto acontece también en algunas fiestas del Señor o
de los santos), esforzándose por conciliar el sentido de tales celebraciones con los datos
esenciales del misterio salvífico.
Por lo demás, el lento proceso histórico de la formación del año litúrgico, la desordenada
presencia en él de ciertas celebraciones y la reiterada celebración de un mismo
acontecimiento hacen difícil la tarea de presentar una visión coherente de este aspecto.
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Para adquirir una visión global de la presencia de María en los diversos períodos del anni
circulus, es preciso hacer referencia a tres libros fundamentales de la liturgia renovada: el
misal romano, para la eucología de la misa; los leccionarios, para la liturgia de la palabra;
la Liturgia de las Horas, para los otros elementos de la oración eclesial (lecturas bíblicas y
patrísticas, himnos, antífonas, preces e intercesiones). Del análisis de este abundante
material se puede obtener una panorámica bastante precisa de cuanto la Iglesia en su oración
nos propone de la Virgen de Nazaret. La exhortación Marialis Cultus, de Pablo VI, nn. 2-
13, nos ofrece una buena síntesis de estos contenidos, y la tendremos presente en nuestra
exposición.
A estos documentos, en otra perspectiva complementaria que aquí no tendremos en cuenta,
hay que añadir el amplio contenido de las Misas de la Virgen María que ya hemos expuesto
en sus líneas esenciales y aplicado en su lugar, en los diversos tiempos del año litúrgico.

La presencia de María en el ciclo temporal

El hecho de que se introduzcan memorias de la Virgen en el año litúrgico pone en evidencia


el vínculo estrecho que existe entre la Madre y los misterios del Hijo. En el ciclo de tempore
son evidentemente privilegiados, bajo el aspecto mariano, los períodos que recuerdan la
espera del Salvador y su nacimiento (tiempo de Adviento y de Navidad), mientras que es
menos vistosa la memoria de María en el ciclo de Pascua, en su preparación cuaresmal y
en su prolongación hasta Pentecostés, a diferencia de cuanto ocurre en las liturgias
24
orientales, donde el recuerdo de María se distribuye de un modo más equilibrado a lo largo
del año.

En el tiempo de Adviento

La MC de Pablo VI enuncia sintéticamente la importancia de este tiempo: «Así durante el


tiempo de Adviento la liturgia recuerda frecuentemente a la santísima Virgen..., sobre todo
en las ferias del 17 al 24 de diciembre, y más concretamente en el domingo anterior a la
Navidad, en el que hace resonar las antiguas voces proféticas sobre la Virgen y el Mesías,
y se leen los episodios evangélicos relativos al nacimiento inminente de Cristo y del
precursor» (n. 3). En realidad, todo el tiempo de Adviento posee una típica característica
mariana, subrayada, ya desde el primer domingo, por algunos elementos de la Liturgia de
las Horas, como los himnos y las antífonas, donde el nombre de María aparece con
frecuencia; son también variados los formularios que se ofrecen para la antífona final de
Completas.
El tiempo de Adviento celebra la economía veterotestamentaria de la espera, en la cual está
ya presente María (d. LG 55). En el breve espacio de cuatro semanas se acumula la
celebración de tres misterios: la solemnidad de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre)
como celebración autónoma; el anuncio a María y su visita a Isabel; estos dos últimos
episodios, conmemorados en la semana que precede a Navidad, respectivamente el 20 y el
21 de diciembre, durante el año litúrgico tendrán luego una memoria propia.
En las ferias entre el 17 y el 24 de diciembre, María viene a ser el testigo silencioso del
cumplimiento de las promesas; se leen los evangelios de la infancia, episodios en los que
María emerge el primer plano como protagonista. En los formularios de la misa han sido
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

recuperados preciosos textos eucológicos, entre los cuales conviene mencionar la colecta
del 20 de diciembre, síntesis maravillosa de teología y de piedad, inspirada, con alguna
modificación, en una oración del Rótulo de Rávena. Es importante, por el modo como
invoca al Espíritu Santo sobre los dones eucarísticos, la oración sobre las ofrendas del IV
domingo de Adviento, inspirada en el sacramentario de Bérgamo: «El mismo Espíritu que
cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre,
santifique, Señor, estos dones que hemos colocado ante tu altar». Concentra la
espiritualidad de la espera, de la que María es modelo para la Iglesia en este tiempo, el
inicio del segundo prefacio de Adviento: «A quien todos los profetas anunciaron. La Virgen
esperó con inefable amor de Madre...». El IV prefacio de Adviento la presenta como la
nueva Eva: «La gracia que Eva nos arrebató, nos ha sido devuelta con María...».
Debido a la presencia de todos estos temas, comentados ampliamente en las páginas de los
Padres propuestas a la meditación en el oficio de lectura, el tiempo de Adviento, y
especialmente el último tramo, el de la espera inmediata, es particularmente apto para
celebrar el culto de la Madre del Señor. María viene aquí presentada con un notable
equilibrio, totalmente orientada hacia el Hijo que espera, sierva fiel del misterio que le ha
sido confiado a su obediencia de fe.

En el tiempo de Navidad

La evidente riqueza de referencias a María contenidas en los evangelios de este tiempo, que
25
narran el nacimiento del Salvador y los episodios que le siguen, hacen del tiempo de
Navidad «una prolongada memoria de la maternidad divina, virginal, salvífica de aquella
que, conservando intacta su virginidad, dio a luz al Salvador del mundo (canon romano,
Communicantes durante la octava de Navidad)» (MC 5).
En este tiempo, además de la narración del acontecimiento central: «María... dio a luz a su
hijo primogénito...» (Lc 2,7; evangelio de la misa de medianoche), se propone
repetidamente la alusión a la visita de los pastores «que encontraron a María, a José y al
niño...»; se celebra la fiesta de la sagrada Familia (domingo dentro de la octava de Navidad),
que menciona la presencia de María junto a José en Belén y en Nazaret; se alude a la
circuncisión e imposición del «nombre Jesús, como había sido llamado por el ángel antes
de ser concebido en el seno de la madre» (Lc 16,21: evangelio del 1 de enero); se recuerda
la Presentación de Jesús en el templo (evangelio del 29 y 30 de diciembre, donde se leen
las palabras de Simeón a María sobre la espada que le atravesará el alma y la adoración de
los magos: «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su Madre...»: evangelio de
Epifanía). La reforma litúrgica ha recuperado para este tiempo también la solemnidad de la
Madre de Dios (1 de enero), de la que hablaremos más adelante.
El tiempo de Navidad es un ciclo breve que va desde las vísperas y la misa vespertina de la
vigilia de Navidad hasta la fiesta del Bautismo de Jesús, (domingo después del 6 de enero);
pero es un ciclo intenso, en el que los motivos marianos que ofrecen el misal, el leccionario
y la Liturgia de las Horas son insistentes. La falta de contenidos marianos en los prefacios
de Navidad y de Epifanía la suple especialmente la mención del Communicantes natalicio
en el canon romano y las memorias propias de las otras plegarias eucarísticas. La
solemnidad de la Epifanía nos muestra a María «sede de la Sabiduría y Madre del Rey, que
ofrece a la adoración de los magos al Redentor de todas las gentes» (MC 5). Diversos
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

formularios de las misas del tiempo de Navidad conceden espacio a la maternidad de María:
la oración sobre las ofrendas de la fiesta de la sagrada Familia; las tres oraciones del 1 de
enero, las colectas del lunes, martes y sábado entre el 2 de enero y la Epifanía.
Todo el tiempo de Navidad idealmente se prolonga hasta la Presentación del Señor en el
templo (2 de febrero), como recuerda la actual monición del celebrante en la apertura de
esta antigua liturgia festiva: «Hace hoy cuarenta días hemos celebrado, llenos de gozo, la
fiesta del nacimiento del Señor...». Todo este tiempo celebra la maternidad de María y el
papel que ella desempeña en la manifestación del Señor en cuanto Salvador. Bajo esta
misma luz hay que ver la presencia de María en las bodas de Caná, episodio recordado
también en la Epifanía (cf. antífona al Benedictus de Laudes; himno y antífona al
Magníficat de las segundas Vísperas) y propuesto en el evangelio de la misa del segundo
domingo per annum, ciclo C. Después de haber dado a luz al Salvador, María lo muestra a
todos para que lo acojan como Señor, con la fe de los verdaderos discípulos.

En el tiempo pascual y en su preparación cuaresmal

La exhortación MC guarda silencio sobre la presencia de María en los ciclos de Cuaresma


y de Pascua. Este silencio ha sido advertido y se ha interpretado de diversos modos; pero
tal vez haya sido aconsejado por la ausencia de elementos marianos, en estos dos ciclos, de
suficiente relieve como para consentir la elaboración de una síntesis. Es cierto que la
presencia de la Virgen en la liturgia cuaresmal y pascual no es tan evidente como en la de
26
Adviento y de Navidad. Más aún, de parte de muchos se han hecho votos para que la
celebración del misterio pascual venga enriquecida desde el punto de vista mariano,
subrayando mejor el papel privilegiado y activo de María junto a su Hijo, como testimonia
el evangelio de Juan (19,25-27). El problema merece, como veremos, un poco de atención.
Notemos en primer lugar que el genio y la tradición de la liturgia romana no ha dado mucho
espacio a la Virgen en la celebración del misterio pascual, a diferencia de lo que hacen otras
liturgias, especialmente la bizantina. Por otra parte, a tal escasez de elementos marianos en
la liturgia ha correspondido en Occidente un amplio desarrollo de la religiosidad popular,
que insiste con gusto en la presencia de María al pie de la cruz, en su soledad y en la alegría
de su encuentro con el Cristo resucitado.
En la liturgia cuaresmal, las referencias a la Virgen son más bien escasas, reducidas a alguna
mención en las preces de Vísperas. Pero la presencia implícita de María, de la que
hablaremos más adelante, sugiere leer también en este silencio tan discreto la ejemplaridad
de María para la Iglesia, que va caminando hacia la Pascua en la escucha atenta de la
Palabra, en el fiel cumplimiento de la voluntad de Dios, en la gran peregrinación de la fe:
en María tenemos un modelo para vivir la preparación a la Pascua como discípulos de
Cristo, es decir, para llegar con ella a la cruz y a la resurrección.
Antes de la reforma reciente, la liturgia romana anticipaba la dolorosa participación de la
Madre en el misterio pascual de Cristo el viernes que precede al Domingo de Ramos con la
Misa de los siete dolores de la Virgen María. Esta memoria ha sido suprimida para dar a la
celebración de la Cuaresma una mayor homogeneneidad .
Un esmerado análisis de los textos del Triduo Pascual muestra que, no obstante su sobriedad
y su estilo eucológico, la liturgia romana no ha marginado en realidad a la Virgen Maria.
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Ya en el oficio de lectura del Jueves Santo viene propuesta la homilía pascual de Melitón
de Sardes, ya recordada, que contiene el significativo título de María «la hermosa cordera».
El canto que acompaña la reposición del santísimo Sacramento después de la misa in Coena
Domini «Pange, lingua, gloriosi Corporis mysterium» no deja de recordar el lazo íntimo
que existe entre María y la eucaristía: «fructus ventris generosi... nobis natus ex intacta
Virgine». El Viernes Santo in passione Domini se propone como canto para la adoración
de la cruz el himno antiguo «Pange, lingua, gloriosi proelium certaminis». Dicho himno
es uno de los señalados ad libitum para el oficio de lectura de la Semana Santa. Una de sus
estrofas recuerda la encarnación y, por consiguiente, la función de María en la historia de
la salvación «¡Oh plenitud del tiempo consumado! Del seno de Dios Padre en que vivía,
ved la Palabra entrando por María, en el misterio mismo del pecado». La narración de la
pasión según san Juan, centro de la liturgia de la palabra, contiene la perícopa sobre María
al pie de la cruz.
El Sábado Santo, en la Vigilia Pascual, se invoca a la Madre de Dios en las letanías de los
santos, y se menciona en la profesión de fe bautismal y en el Communicantes del canon
romano.
Estas escasas referencias marianas que acabamos de señalar, y algunas otras que se pueden
encontrar en las preces de la Liturgia de las Horas (laudes del Sábado Santo), pueden
dejamos insatisfechos. No colman la necesidad celebrativa que siente la piedad popular. Ya
el ritual de algunas familias religiosas, concedido por la Santa Sede, prevé para el Viernes
Santo la conmemoración de la Virgen al pie de la cruz inmediatamente después de la
27
adoración de la misma, y en la Vigilia Pascual del Sábado el saludo a la Virgen Madre del
Resucitado.
Sobre la base de tales precedentes nada impide que el Viernes santo, terminada la adoración
de la cruz, se cante alguna estrofa del Stabat Mater Dolorosa, precedida eventualmente de
una monición que explique su sentido preciso; y que al terminar la Vigilia Pascual, después
de una monición que introduzca en el recuerdo de la Madre del Resucitado, se entone el
Regina caeli, como ya espontáneamente se hace.
Será bueno, no obstante, dejar otros elementos, tal vez superfluos, que no se podrían
introducir armónicamente en las celebraciones de la liturgia romana. Se podría, en cambio,
favorecer una digna celebración del Sábado Santo en cuanto tal para revivir la experiencia
fuerte de María en el intervalo entre la cruz y la resurrección. Las tradiciones latina y
oriental conservan materiales aptos para la composición de UJ:'a celebración de lectura y
de plegarias que colme el vacío celebrativo del Sábado Santo y sugiera una intensa
esperanza pascual, como la que florecía en el corazón de la Madre del Crucificado. Es de
desear que se difunda la celebración de la Hora de la Madre, como se la ha llamado,
siguiendo propuestas ya experimentadas.
Durante todo el tiempo pascual hasta Pentecostés, la Liturgia de las Horas se concluye en
Completas con el júbilo del Regina caeli. En el formulario de la misa del común de la
santísima Virgen antes de la Ascensión y durante la preparación próxima a Pentecostés hay
elementos válidos para una catequesis sólida que quiera partir de la presencia de María en
estos misterios. De todos modos, la sobriedad de referencias marianas en este tiempo
litúrgico es una invitación a fijar con María los ojos y el corazón en el rostro del Resucitado
y a meditar sus palabras haciendo la exégesis a la luz de la resurrección. Tal vez hubiera
merecido algún ulterior rasgo mariano la fiesta de la Ascensión del Señor, como sugieren
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

los iconos de esta fiesta según aparece en el Evangeliario de Rábula (s. VI) y otros iconos
antiquísimos del Sinaí, en los que María ocupa el puesto central como madre de los
discípulos de Jesús y figura de la Iglesia. Dígase lo mismo de Pentecostés y de su
preparación en los últimos días del tiempo pascual, aunque falte una mención en los
formularios litúrgicos: lo exige la presencia de María según Hch 1,14, que la señalan
activamente presente en el cenáculo en la espera del Espíritu (cf. La colecta común de la
santísima Virgen después de la Ascensión).

En el tiempo «per annum»

La memoria cotidiana de la Virgen tiene lugar en la plegaria eucarística de la misa y en la


Liturgia de las Horas. Recordamos que el cántico del Magnijicat inspira, en algunos de sus
motivos, la oración conclusiva de Vísperas de las cuatro semanas del salterio, comenzando
por el lunes de la primera semana: así la oración de la iglesia se inspira en los sentimientos
y en las palabras de la Madre. La memoria del sábado es la que da al ritmo de la semana
una impronta mariana, ya sea mediante la celebración votiva de santa María en sábado con
sus textos respectivos, ofrecidos por el Misal y por la Liturgia de las Horas, ya sea mediante
otros elementos significativos, como la oración conclusiva de Nona y la bella letanía de
preces de Laudes del sábado de la tercera semana (cf. MC 12-13).

La presencia de María en el ciclo santoral


28
En el ciclo santoral renovado la Virgen María ocupa un puesto singular: los retoques y la
disminución de memorias marianas respecto al calendario romano precedente no han
rebajado la presencia de María, la cual resulta más bien enriquecida por el más valioso
contenido teológico y espiritual de los nuevos textos. Es verdad que algunas solemnidades
o fiestas que antes tenían un título mariano son ahora solemnidades o fiestas del Señor, pero
la octava de Navidad, antes fiesta de la Circuncisión del Señor, se ha convertido en la
solemnidad de María Santísima, Madre de Dios. En todo caso, todas las memorias de María
hacen relación a Cristo; y en la catequesis es preciso saber encontrar, partiendo de los textos
litúrgicos, el nexo lógico de cada una de ellas con el misterio de Cristo y de la Iglesia y con
la economía de la salvación. En la siguiente enumeración de las solemnidades, fiestas y
memorias marianas daremos una síntesis de la historia, de los elementos bíblicos y
eucológicos de mayor relieve y del significado global de cada una.

Solemnidades y fiestas del Señor de contenido mariano

LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR (25 de marzo)

Como ya hemos dicho hablando de las fiestas del Señor, esta solemnidad trae su origen de
la festividad de la Anunciación a la santísima Virgen María, celebrada en Asia Menor desde
el s. VI. Introducida en Roma por el papa Sergio 1 (687-701), ha recibido en los libros
litúrgicos, con una cierta fluctuación, primero el título del Señor, luego el de María. La
fecha fue evidentemente fijada con relación al 25 de diciembre, es decir, nueve meses antes.
Se trata, pues, de una celebración que responde a un criterio de organización del año
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

litúrgico diverso del adoptado hasta entonces para conmemorar la Anunciación y la


Encarnación hacia finales de preparación a Navidad, sin preocuparse de interponer una
distancia cronológica de nueve meses respecto a la Navidad.
Esta solemnidad, que con frecuencia cae antes de o en la misma Semana santa, y en todo
caso siempre en la Cuaresma, y que no pocas veces debe ser trasladada al tiempo de Pascua,
crea alguna dificultad psicológica al romper el ritmo de las celebraciones del tiempo. En la
óptica de los Padres de la Iglesia, la encarnación tiene una relación indisoluble con la
redención y con el misterio pascual. Es a esta luz como debería ser celebrada dicha
solemnidad, según subrayan algunos de sus textos: la colecta, por ejemplo, habla «de
nuestro Redentor»; la oración después de la comunión recuerda «el poder de su santa
resurrección».
La primera lectura recuerda la profecía de la Virgen que dará a luz (Is 7,10-14). El salmo
responsorial (Sal 39) recuerda las palabras de Cristo entrando en el mundo: «He aquí que
vengo para hacer tu voluntad», tan semejantes a la de la sierva del Señor que pide que se
haga en ella según su palabra. La segunda lectura (Hb 10,4-10) ilustra la oblación sacrificial
de Cristo. El evangelio es el de la Anunciación (Lc 1,26-38). Las referencias a María, como
es obvio, son múltiples, ya sea en la Liturgia de las Horas, ya sea en la misa; es bellísimo
el prefacio inspirado en la liturgia hispana. Se trata de un texto que puede usarse no
solamente en este día, sino siempre que en otras misas se recuerda el misterio de la
Anunciación, como por ejemplo el 20 de diciembre. MC 6 sintetiza bien el significado de
esta solemnidad.
29

LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR EN EL TEMPLO (2 de febrero)

Hemos hablado ya de esta fiesta en su lugar oportuno. Según un criterio cronológico


inspirado en el evangelio (Lc 2,22 con Lv 12,2-8) se celebra cuarenta días después de
Navidad. Por el Itinerario de la peregrina Egeria sabemos que esta fiesta ya se celebraba
en Jerusalén hacia finales del s. IV. Fue acogida en Occidente en el s. VII con el título
griego de Hypapanti (hypapantáno, encontrar), como fiesta del encuentro entre el Mesías
y su pueblo.
Los textos de la Liturgia de las Horas y del misal constituyen un hermoso comentario al
pasaje evangélico de Lc 2,22-40, proclamado en la misa. Justamente ahora la fiesta ha
vuelto a recuperar el título de Presentación del Señor, omitiendo el título de Purificación de
la Virgen María, que había entrado en los libros litúrgicos occidentales a partir del s. X.
Por muchos textos presentes hoy en la liturgia se puede colegir el origen oriental de la fiesta.
Aunque la peregrina Egeria nos habla de una procesión en la Iglesia hasta la Anástasis en
esta fecha, es de origen occidental en su estructura la liturgia inicial de la luz, que se abre
con la bendición de las candelas, y que en cierto modo ritualiza la idea expresada en el
evangelio por el cántico de Simeón: «Mis ojos han visto tu salvación..., luz para alumbrar
a las naciones...»; esa luz es precisamente Cristo, luz de las gentes. Recuerda la presencia
y la colaboración de María la perícopa evangélica citada. María aparece en el acto de ofrecer
a su Hijo como la que lleva la luz; es la madre de Cristo, luz de las naciones, que comparte
los sufrimientos de aquél que será signo de contradicción.
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

También esta fiesta se coloca en el dinamismo de la encarnación hacia el misterio pascual.


«Debe ser considerada, para poder asimilar plenamente su amplísimo contenido, como
memoria conjunta del Hijo y de la Madre, es decir, celebración de un misterio de salvación
realizado por Cristo, al cual la Virgen estuvo íntimamente unida como Madre del Siervo
sufriente de Yahvé, como ejecutora de una misión referida al antiguo Israel y como modelo
del pueblo de Dios constantemente probado en la fe y en la esperanza del sufrimiento y por
la persecución» (MC 7).

Tres solemnidades para celebrar tres dogmas marianos

Las tres solemnidades marianas del año litúrgico celebran tres dogmas de la Iglesia católica
acerca del misterio de la Virgen: Inmaculada desde su concepción, Madre de Dios en su
misión salvífica, Asunta al cielo en su destino final junto a Cristo, como primicia de la
Iglesia.

INMACULADA CONCEPCIÓN (8 de diciembre)

La antigua fiesta oriental de la concepción milagrosa de María por Ana se convirtió en


Occidente hacia el s. X o XI, según los documentos, en la fiesta de la concepción de María
sin pecado original. Las conocidas controversias teológicas sobre este tema no favorecieron
su desarrollo y su exacta formulación teológica. Fue introducida en el calendario romano
30
en el año 1476 por decisión de Sixto IV. En el Misal de san Pío V figuraba sólo como
memoria, sin ningún adjetivo que calificase de inmaculada la Concepción de María, y con
una simple colecta común. Sólo siglos más tarde, tras la proclamación del dogma de la
Inmaculada por Pío IX (1854), la fiesta recibirá unos formularios de la misa y del oficio de
notable belleza que han llegado hasta nosotros. La reciente reforma ha aportado algunos
enriquecimientos especialmente en la misa.
Notemos ante todo el perfecto equilibrio realizado con la liturgia de la palabra en la misa
que contiene estos textos esenciales para la ilustración del dogma mariano:
Gn 3,9-15.20: pecado de los orígenes y promesa de salvación.
Salmo 97: Dios ha hecho maravillas.
Ef 1,3-6.11-12: santos e inmaculados ante él por el amor.
Lc 1,26-38: alégrate, llena de gracia.
El nuevo prefacio ofrece una síntesis del significado cristiano y eclesial de este dogma
mariano en su sentido positivo. Ante todo, con una serie de nombres de gran envergadura
teológica aplicados a María: preservada de toda mancha de pecado original, llena de gracia,
digna Madre de Cristo, comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud
y de limpia hermosura, Madre del Cordero sin mancha, virgen purísima, abogada de gracia,
ejemplo de santidad. Se subraya el sentido cristológico y eclesial del misterio de la
Inmaculada Concepción, como bien comenta Pablo VI en la MC: «se celebran
conjuntamente la Inmaculada Concepción de María, la preparación radical (cf. Is 11,1.10)
a la venida del Salvador y el feliz exordio de la Iglesia sin mancha ni arruga» (MC 3). Hay
que notar, como canta este prefacio, el bello paralelismo entre la Virgen purísima y Cristo,
«Cordero inocente que quita el pecado del mundo», y su ejemplaridad para la Iglesia a fin
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

de que también ésta sea inmaculada, y se resalta su función de «abogada de gracia y ejemplo
de santidad para el pueblo cristiano».

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS (1 de enero)

En realidad esta solemnidad entra en el ciclo de tempore, como se ha indicado. La antigua


memoria de la Virgen María en torno a Navidad, que se remonta al s. VI y que se celebra
todavía en los diversos ritos orientales, ha recuperado hoy el puesto que desde el s. VIII
tenía en Roma bajo el título Natale sanctae Mariae. Aunque se ha cambiado el título de la
fiesta, que ya no es la Circuncisión, se ha conservado el rico contenido de los textos
litúrgicos, que siempre fue mariano, especialmente de las oraciones, de las antífonas y de
los responsorios.
Es de gran importancia la selección de los textos bíblicos para la Misa:
Nm 6,22-27: la bendición y el don de la paz.
Salmo 66: el Señor tenga piedad y nos bendiga.
Gá1 4,4-7: al llegar la plenitud de los tiempos.
Lc 2,16-21: circuncisión e imposición del nombre de Jesús.
MC 5 comenta así el contenido de esta solemnidad: «Esta, fijada en el día 1 de enero según
una antigua sugerencia de la liturgia de Roma, está destinada a celebrar la parte que tuvo
María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la santa
Madre de Dios, por la que merecimos recibir la autor de la vida (antífona de entrada y
31
oración colecta); es además una ocasión propicia para renovar la adoración al recién nacido
Príncipe de la paz, para escuchar de nuevo el jubiloso anuncio angélico (cf. Lc 2,14: paz en
la tierra a los hombres) y para implorar de Dios, por mediación de la Reina de la Paz, el
don supremo de la paz». Uniendo la celebración de la jornada mundial de la paz instituida
por Pablo VI y el comienzo del año civil, en la liturgia de la misa se proclama la bendición
de Moisés que desea la protección de Dios y la paz (Nm 6,22-27). En la oración después de
la comunión, según la sugerencia explícita de Pablo VI, se llama a María «Madre de Cristo
y Madre de la Iglesia». La conmemoración de la maternidad divina de María es, por tanto,
la ocasión para extender el sentido de tal maternidad a la Iglesia y a toda la humanidad,
para la que se implora por su intercesión, la plenitud de la paz en su denso significado
bíblico.

ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (15 de agosto)

Una antigua fiesta que se celebraba en Jerusalén desde el s. VI en honor de la Madre de


Dios, recordaba probablemente la consagración de una iglesia en su honor. Eso fiesta, un
siglo después, se extiende a todo el Oriente bajo el nombre de Dormición de santa María y
celebra su tránsito de este mundo y su asunción al cielo, según los textos apócrifos del
Transitus de la Virgen. En Occidente fue acogida por el papa Sergio (fin del s. VII) con una
feliz formulación inspirada en un texto bizantino: en la oración Veneranda nobis del
sacramentario Gregoriano se dice que María «experimentó la muerte temporal, pero no
pudo ser retenida por los lazos de la muerte». La proclamación del dogma de la Asunción
por Pío XII (1950) ha tenido como consecuencia la reestructuración de toda la liturgia de
esta solemnidad, que canta el misterio de la glorificación de María asunta ya al cielo en
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

cuerpo y alma; gracias a la reciente reforma se ha hecho una nueva reelaboración. Esta
solemnidad está dotada, por excepción, de un formulario para la misa vespertina de la
vigilia.
He aquí los textos bíblicos de la misa vigilia y del día.
Misa de la vigilia:
1Cr 15,3-4.15-16: ingreso del arca en el templo del Señor.
Salmo 131: viene el Señor con el arca de su poder.
1Co 15,54-57: la muerte ha sido absorbida en la victoria.
Lc 11,27-28: dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.

Misa del día:


Ap 11,19a.12,1-6a.10b: una figura portentosa en el cielo.
Salmo 44: de pie a tu derecha está la Reina, enjoyada de oro.
1Co: Cristo primicia de la resurrección.
Lc 1,39-56: la visitación y el Magnificat.
Entre los textos nuevos hay que señalar el prefacio, inspirado ampliamente en el texto de
LG 68; nos ofrece una bella síntesis del significado cristológico y eclesial de la solemnidad.
MC 6 centra el sentido de la fiesta en la perfecta configuración de María con Cristo
resucitado. En la Liturgia de las Horas esta temática halla un claro desarrollo en la gozosa
plegaria eclesial, inspirada más en el Cantar de los cantares que en los textos apócrifos, que
brota de la contemplación de la Virgen como icono escatológico de la Iglesia.
32

Dos fiestas marianas: Natividad y Visitación

Dos acontecimientos de la vida de María se celebran con el grado de fiesta: la Natividad y


la Visitación.

NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA (8 de septiembre)

El origen de esta fiesta va unido a la dedicación de la iglesia de la natividad de María en


Jerusalén, que se celebraba desde el s. V. Se extendió a Bizancio y a Roma en el s. VII. Es
una fiesta de gran importancia en todo el Oriente por coincidir con el comienzo del año
litúrgico bizantino.
El leccionario de la fiesta propone estos textos:
Miq 5,1-4: en el tiempo establecido dará a luz.
Salmo 86: ella ha cimentado sobre el monte santo.
Rm 8,28-30: los que él ha conocido desde el principio.
Mt, 1,1-16.18-23: concibió por obra del Espíritu Santo.
Las fórmulas de la liturgia romana acusan el influjo oriental y son singularmente alegres,
pues celebran el nacimiento de la que, hecha Madre del Redentor, nos ha dado las primicias
de la salvación.

VISITACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (31 de mayo)


FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Esta fiesta tiene su justificación en el evangelio de Lucas (1,39-56). Como episodio


relacionado con el nacimiento del Salvador, la visitación tiene ya una conmemoración en
la semana que precede inmediatamente a la Navidad. Como fiesta fue instituida por Urbano
VI el año 1389, pero ya se celebraba por los franciscanos e12 de julio desde 1263. En esta
misma fecha se celebraba en Constantinopla una fiesta mariana de la reliquia del cíngulo
de María en la iglesia de la Blaquema. La ordenación actual del calendario, por razones
lógicas, ha anticipado justamente esta fiesta, que recuerda la visita de María a la madre del
futuro precursor, a la fecha de la solemnidad que conmemora el nacimiento del Bautista
(24 de junio), colocándola el 31 de mayo; está, pues, situada al fin del mes que por tradición
popular es considerado como mariano, en el puesto que ocupaba la fiesta de María Reina,
instituida por Pío XII y que ahora se celebra con el rango de memoria el 22 de agosto.
Puesto que la Visitación cae hoy en tomo a Pentecostés, podría celebrarse como recuerdo
particular de la Virgen en su pentecostés (puesto que en la anunciación vino sobre ella el
Espíritu Santo). En efecto, como harán los apóstoles después de su pentecostés, María
emprende un viaje misionero (precisamente la visitación) y es promotora de
manifestaciones carismáticas (el niño da saltos en el seno de Isabel). Podría también
celebrarse como recuerdo de María «Arca de la Alianza» (la Alianza en persona mora en
ella) e imagen de la Iglesia primitiva por su impulso en la oración (el Magníficat) y en la
caridad activa, como se manifiesta en la visitación.
He aquí los textos de la liturgia de la palabra:
Sf 3,14-15: alégrate, hija de Sión.
33
Ct 2,8.10-14: viene saltando por los montes.
Rm 12,9-16: solicitud por las necesidades de los hermanos.
Lc 1,39-56: la visitación a Isabel y el Magnificat.
El prefacio puede ser el II de la Virgen, que se inspira en el Magnificat o el de la misa de
la Visitación, que se encuentra en las misas de la Virgen María en tiempo de Adviento.

Las memorias de María

El calendario romano enumera ocho memorias en honor de María, algunas obligatorias,


otras libres. Están inspiradas ya sea en episodios de la vida de la Virgen, ya sea en ideas
teológicas, devociones eclesiales o lugares venerados por los fieles. Las indicamos según
la sucesión cronológica del año litúrgico.

Nuestra Señora de Lourdes (11 de febrero)

Es la memoria que va unida al recuerdo de las apariciones de la Virgen en 1858 a


Bernardette Soubirous en la gruta de Massabielle. La íntima relación que existe entre el
lugar, las palabras de la Virgen y la historia de piedad y de consolación que sugiere su
imagen ofrece la posibilidad de una contemplación de María como fuente de agua viva y
medicina de los enfermos.

Nuestra Señora del Carmen (16 de julio)


FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Es el título que recuerda el nacimiento de una Orden religiosa profundamente mariana (la
de los Carmelitas) en un valle del monte Carmelo, en Palestina. La gran difusión popular
de este título ha sugerido, después de algunas vacilaciones, el conservar esta memoria en el
calendario actual. La referencia bíblica al monte Carmelo y la gran tradición contemplativa
de la Orden sugieren celebrar a María en su belleza: en su ser karmel, que significa jardín
o paraíso de Dios, en su oración contemplativa que medita las Escrituras. Como reza la
colecta, María conduce a Cristo, que es la santa montaña, en el crecimiento de la santidad.
Según la tradición de la Orden carmelitana, María es madre y hermana.

Dedicación de la basílica de Santa María la Mayor (5 de agosto)

La memoria hace referencia al lugar dedicado en Roma en el s. IV casi como una réplica
de la basílica de la Natividad de Belén, en honor de la Madre de Dios sobre la colina del
Esquilino. En el s. V, el papa Sixto III ofrece la iglesia al pueblo de Dios (Xistus plebi Dei),
embellecida con preciosos mosaicos -conservados todavía en el arco de triunfo-, que son
un canto de la divina maternidad y de los episodios de la infancia de Jesús y un monumento
a la definición dogmática de Éfeso (431). Esta fiesta evoca los grandes temas de María
como templo de Dios y nueva Jerusalén.

Santa María Reina (22 de agosto)


34
Tradicional por sus variadas representaciones iconográficas, sobre todo medievales, que
presentan la coronación de la Virgen en la gloria, esta memoria fue introducida por Pío XII
en 1954 con grado de fiesta para celebrarse el31 de mayo, al final del mes mariano de mayo,
como en simetría con la fiesta de Cristo Rey. Colocada ahora felizmente ocho días después
del 15 de agosto, tiene el siguiente significado según las palabras de MC 6: «La solemnidad
de la Asunción se prolonga jubilosamente en la celebración de la fiesta de la Realeza de
María, que tiene lugar ocho días después y en la que se contempla a aquella que, sentada
junto al Rey de los siglos, resplandece como Reina e intercede como Madre» (cf. la colecta
del día).

Nuestra Señora la Virgen de los Dolores (15 de septiembre)

La memoria tiene orígenes devocionales que se remontan al medioevo. Difundida gracias


al apostolado de la Orden de los Siervos de María, para los que había sido aprobada en
1667, fue extendida a la Iglesia universal por Pío VII en 1814. Tiene un notable contenido
teológico, pues recuerda la presencia de María al pie de la cruz. Antes de la reciente reforma
tenía una anticipación el viernes que precede al domingo de Ramos; todavía hoy, colocada
después de la fiesta de la exaltación de la santa Cruz (14 de septiembre), se convierte en
«ocasión propicia para revivir un momento decisivo de la historia de la salvación y para
venerar junto con el Hijo exaltado en la cruz a la Madre que comparte su dolor, como
recuerda la colecta (MC 7).

Nuestra Señora la Virgen del Rosario (7 de octubre)


FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Tenemos aquí la cristalización de una devoción mariana profundamente radicada en el


pueblo y dedicada al rezo del rosario; se trata de una memoria en cierto modo simétrica con
la fiesta oriental del himno Akáthistos, que en el rito bizantino se celebra el sábado de la
quinta semana de Cuaresma. Instituida por Pío V después de la victoria de Lepanto (7 de
octubre de 1571), pasó a la Iglesia universal en 1716 bajo Clemente XI. La memoria es
netamente mariana. En efecto, el Misal romano ha introducido en la colecta «Gratiam
tuam...» que es también la oración conclusiva del Angelus Domini, un inciso explícitamente
mariano: «por intercesión de la Virgen María». Sin este inciso no existiría paradójicamente
otra mención explícita de la Virgen en las oraciones de la misa. La memoria quiere indicar
el camino de la Virgen por los misterios de gozo, de dolor y de gloria vividos en Cristo.

Presentación de la santísima Virgen María (21 de noviembre)

Fiesta antigua y de gran importancia en la liturgia bizantina, por el significado de la entrada


de la Virgen en el templo sagrado de Jerusalén. El hecho de que esta fiesta se inspirase en
el protoevangelio apócrifo de Santiago retrasó su extensión a Occidente donde comenzó a
celebrarse antes del s. XVI, bajo Gregorio XI en Aviñón; pero pronto se extendió a toda la
Iglesia con Sixto V en 1585. El contenido esencial de la memoria es el gozo de la Hija de
Sión que se consagra totalmente al Señor.

35
Inmaculado Corazón de la Virgen María (sábado después del II domingo después de
Pentecostés).

Esta memoria se celebra al día siguiente de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús,
casi como su prolongación ideal. La devoción se remonta al s. XVII, con los escritos de san
Juan Eudes. Las apariciones de Fátima (1917) y la consagración de toda la humanidad al
Inmaculado Corazón de María hecha por Pío XII en 1942 han favorecido su extensión. El
mismo papa instituyó la fiesta en 1944, asignándole la fecha del día octavo después de la
Asunción. En todo caso, la referencia al corazón de María es netamente evangélica, si
pensamos en la sabiduría reflexiva de la Madre que medita las palabras y los hechos del
Hijo en su propio corazón (Lc 2,19.51).

La memoria de Santa María en sábado y las misas votivas

Desde la Edad Media, el sábado se ha considerado en la liturgia latina como un día mariano,
a diferencia de lo que hacen las liturgias orientales, que reservan el miércoles a la memoria
de la Virgen. El fundamento de tal elección parece que hay que buscarlo en la tradición,
que considera el sábado que sigue a la muerte del Señor y precede a su resurrección como
el momento en el cual la fe y la esperanza de la Iglesia estaban concentradas en María. Esta
memoria de María es calificada por Pablo VI de «antigua y discreta» (MC 9).
La Liturgia de las Horas de esta memoria contiene válidos elementos eucológicos de loa a
la Madre de Dios y nos confía a su intercesión materna.
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

En la sección de misas votivas, el Misal romano remite, para las misas en honor de María,
al común de la santísima Virgen, que contiene hasta siete formularios, tres de los cuales
están reservados, respectivamente, al tiempo de Adviento (el cuarto), de Navidad (el quinto)
y de Pascua (el sexto): son los mejores desde el punto de vista de su contenido. En la «editio
typica altera» (1975) del Missale Romanum, entre las misas votivas se ha añadido el
formulario de la Virgen María Madre de la Iglesia, con el cual se enriquece notablemente
en cantidad, y sobre todo en calidad doctrinal, el «corpus marianum» de la liturgia. Es
importante la colecta, que recuerda a María a los pies de la cruz en el momento en que se
convierte en madre de los discípulos de Jesús; el prefacio propio se inspira ampliamente en
el capítulo mariano de la constitución dogmática Lumen gentium. Esta misa se ha incluido
en las nuevas ediciones del Misal castellano.
Pero no conviene olvidar aquí «que el Calendario Romano General no registra todas las
celebraciones de contenido mariano; pues corresponde a los calendarios particulares
recoger, con fidelidad a las normas litúrgicas, pero también con adhesión de corazón, las
fiestas marianas propias de las distintas iglesias locales» (MC 9). El deseo aquí expresado
se convierte en una invitación a ofrecer, en los textos eucológicos de las celebraciones de
los calendarios particulares, una visión del misterio de Maria, sobria y esencial, según la
cual ella está asociada a la obra de Cristo y del Espíritu y está presente en la Iglesia bajo
diversos títulos y por diversos motivos, sin que jamás disminuya el contenido del dogma ni
decaiga la calidad de la doctrina: la veneración para con la Madre de Dios exige, en
resumidas cuentas, que la celebración de sus misterios se haga con profunda piedad, pero
36
también con verdad sincera; más aún, con la adecuada belleza.
Las fiestas de la Virgen María en las liturgias orientales

Todas las liturgias orientales celebran con gran: amor el misterio de la Virgen María, tanto
en los tiempos del año litúrgico como en sus fiestas peculiares. Muchas de estas fiestas son
comunes a todas las iglesias orientales, tanto católicas como ortodoxas. Vamos a ofrecer
un panorama sintético de algunas peculiaridades más importantes por sus títulos o por sus
fechas.
Entre las fiestas propias del rito bizantino destacamos: la Sinaxis de la Madre de Dios al
principio del año litúrgico (1 de septiembre), la Natividad de María (8 de septiembre), el
Ingreso o Eisodos de la Madre de Dios en el templo (21 de noviembre), la Concepción de
Ana, madre de la Madre de Dios (9 de diciembre), la Sinaxis de la Madre de Dios o
maternidad divina (26 de diciembre), la Anunciación (25 de marzo), la fiesta del Akáthistos
(V sábado de Cuaresma), la fiesta de la Virgen Fuente viva (viernes de la semana de
Pascua), la Deposición del vestido o maphorion de la Virgen en la iglesia de Blaquerna (2
de julio). La fiesta de la Dormición de la Virgen (15 de agosto) que se prepara con 15 días
de ayuno durante los cuales se reza el oficio de la Paráclisis y se prolonga hasta el día 23
de agosto con un octavario.
El rito armenio tiene también fiestas semejantes, aunque los armenios apostólicos (no
católicos) las celebran en distintos días como el Encuentro o Ingreso del Señor en el templo
(14 de febrero, cuarenta días después del 6 de enero, fiesta conjunta de Navidad-Epifanía)
y la Anunciación (7 de abril).
El rito siro occidental o siro-antioqueno tiene estas fiestas propias: Tiempo del Subbara o
de las anunciaciones en preparación a Navidad, Concepción de Ana (9 de diciembre), fiesta
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

de las felicitaciones a la Virgen Madre (26 de diciembre), fiesta de nuestra Señora de las
espigas (15 de mayo), la Migración, Dormición o Asunción de la Virgen (15 de agosto).
En la iglesia maronita además de estas fiestas se han introducido algunas fiestas de carácter
occidental latino.
En las iglesias de rito siro oriental (antiguos asirios, caldeo, siro-malabares de la India)
existen prácticamente las mismas fiestas con la introducción de alguna característica
occidental en los ritos católicos, como la Virgen del Rosario o la del Carmen.
Entre las fiestas peculiares del rito copto recordamos: el Ingreso de María en el templo (29
de noviembre), la fiesta conjunta de Navidad y de la maternidad divina (25 de diciembre),
precedida de 40 días de ayuno y de la celebración del mes mariano de Kiahk, la muerte de
la Madre de Dios (16 de enero), la Asunción de la Virgen María (celebrada el 15 de agosto,
206 días después de la muerte o dormición).
El rito etiópico, de la misma familia litúrgica alejandrina, se caracteriza por su gran
devoción mariana expresada en algunas fiestas peculiares: Presentación de la Virgen en el
templo (29 de noviembre), Anunciación de la Virgen (18 de diciembre), Dormición de
María (16 de enero), fiesta del Pacto de misericordia o Kedana Mehrat (10 de febrero), la
Natividad de María (26 de abril), la Concepción de Ana (31 de julio), la Asunción ( 22 de
agosto), con la misma motivación que en rito copto.

37
ORIENTACIONES PASTORALES

Toda pastoral de la celebración de la Virgen tiene que partir de la liturgia y del significado
de las fiestas, según la liturgia, con apropiadas celebraciones de la palabra o de la oración
que se inspiren en los criterios y orientaciones que Pablo VI ha dado en la MC.
Unas directrices concretas se puedan encontrar en el documento de la Congregación para
el Culto Divino con motivo del año santo mariano de 1987-1988: Orientaciones y
propuestas para el año mariano1.
Para las celebraciones particulares de los calendarios propios hay que invitar a la sobriedad.
Es necesario que no prevalezcan los títulos particulares olvidando el único nombre y la
única persona de María con su figura evangélica y sus privilegios maternales. No se debe
poner el acento tanto en lo particular, hasta el punto de eclipsar lo esencial del misterio
mariano. La Iglesia nos orienta a llegamos continuamente a las fuentes de la inspiración
bíblica y litúrgica para que la fiesta del título tenga consistencia teológica. Con cierta finura
teológica, hoy podemos descubrir en el lenguaje bíblico grandes temas que suelen formar
los títulos de la Virgen, nuestra Señora. Y con la ayuda de la grande riqueza del corpus
marianum de la liturgia actual se pueden ofrecer las líneas más puras del misterio de la
Madre de Dios. Cuando se trata de una advocación que está unida a una singular presencia
de la Virgen en la iglesia local (Guadalupe, por ejemplo), no hay que olvidar el significado
que puede tener esta presencia de María en la historia y en la geografía de esa iglesia local;
los textos tienen que poner de relieve esta vinculación.

1
Cf. AA. VV., Orientaciones para el culto mariano: Phase 159,1987, pp.177-264
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

La celebración de los misterios no sólo ha de hacerse con un recurso específico a la Virgen.


Cuando las rúbricas no permiten las celebraciones específicas, hay que tener en cuenta que
María es siempre, y no sólo en la liturgia mariana, modelo de la Iglesia en el ejercicio del
culto divino.
Un sabio y discreto recurso a las Misas de la Virgen, puede ser una forma adecuada de abrir
las inmensas perspectivas que ofrece el misterio de María en el misterio de Cristo, en la
dimensión del Espíritu Santo, en su confrontación con la Iglesia y en su ejemplaridad para
todos los cristianos.
El recurso a la gran riqueza de la Iglesia oriental puede damos la clave y abrimos el tesoro
de una devoción mariana que, fundada en el misterio, se expresa con la riqueza de la poesía
litúrgica y con la belleza de los textos. Como merece siempre toda liturgia mariana.

LINEAS DE ESPIRITUALIDAD LITURGICA Y MARIANA

Ejemplaridad de María para la Iglesia orante

La gran novedad de la reflexión teológica posconciliar sobre las relaciones de María con la
Iglesia en la liturgia consiste en haber plasmado este principio: La Virgen es modelo de la
Iglesia en el ejercicio del culto divino. La intuición se funda esencialmente en dos datos
teológicos ya señalados:
a) la presencia activa de María en el misterio de Cristo;
38
b) su ejemplaridad para la Iglesia.
Estos dos datos se hallan ampliamente explicados en el c. 8 de la LG y en el n. 103 de la
SC. Pero solamente la MC, de Pablo VI, ha sacado ampliamente las consecuencias (nn. 16-
23). En esto la exhortación del Papa había estado precedida por algún teólogo que había ya
indicado estos principios (I. Calabuig). A pesar de la crítica esporádica de algún autor
perteneciente al mundo ortodoxo oriental (A. Kniazeff), que no considera tradicional este
modo de presentar a la Virgen, el principio ha tenido éxito en la Iglesia. Es más, se le puede
considerar como una de las intuiciones más fecundas de la espiritualidad litúrgica y mariana
de los últimos siglos, con amplia base en la gran tradición patrística, como documenta
cuidadosamente la MC en sus notas.
Pablo VI presenta a María como «modelo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y
de la perfecta unión con Cristo», que son las actitudes interiores con las cuales la Iglesia,
esposa amadísima, invoca a su Señor, y por su medio rinde culto al Padre eterno (MC 16).
Con este principio se nos ofrece además una sólida orientación teológica para toda
formación en la participación litúrgica: el modo propio de formar para vivir la liturgia es
formar para la vida teologal, la cual se ejercita justamente en la liturgia y en ella alcanza su
punto culminante; más aún, en la liturgia alcanza su punto culminante toda la oración y
contemplación del cristiano bajo la acción del Espíritu Santo.
El principio de la ejemplaridad de María ha sido explicado por Pablo VI refiriéndose a
algunas actitudes comunes a la Virgen, en su participación en el misterio de Cristo en el
Espíritu, y a la Iglesia, la cual, bajo la acción del Espíritu, celebra el memorial del Señor.
En primer lugar, en la escucha religiosa de la palabra de Dios, María aparece como Virgen
oyente: modelo, por tanto, para la Iglesia que medita, escucha, acoge, vive y proclama
aquella palabra que se encarnó en María: «Esto mismo hace la Iglesia, la cual, sobre todo
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

en la sagrada liturgia, escucha con fe, acoge, proclama, venera la palabra de Dios, la
distribuye a los fieles como pan de vida y escudriña a su luz los signos de los tiempos,
interpreta y vive los acontecimientos de la historia» (MC 17).
De María, cual Virgen orante, se pueden recordar en general, ya sea su actitud orante, ya
sea aquellos sentimientos que el Espíritu suscitaba en su corazón y que coinciden con las
grandes dimensiones de la oración eclesial, la cual alcanza su vértice y su punto de
condensación en la plegaria eucarística: la alabanza llena de gratitud del Magnificat, la
intercesión en Caná, la súplica para la venida del Espíritu en el cenáculo.
A estas actitudes hay que añadir la peculiar experiencia de María cual Virgen oferente en
el templo de Jerusalén y en el Calvario, experiencia que en su aspecto activo (María ofrece)
y pasivo (María se ofrece) se toma ejemplar para la Iglesia en su oblación de la eucaristía
y de la oración (MC 18.20).
Desde otra perspectiva María, cual Virgen Madre, es el modelo de aquella cooperación
activa con la cual también la Iglesia colabora mediante la predicación y los sacramentos
(especialmente en el bautismo, en la confirmación y en la eucaristía) a transmitir a los
hombres la vida nueva del Espíritu (cf. MC 19).

Ejemplaridad en el servicio
39
Con la amplitud de este principio de ejemplaridad se puede afirmar que toda celebración
litúrgica debe ser implícitamente mariana, en cuanto debe ser celebrada por la Iglesia con
aquellos sentimientos que tuvo la Virgen María. La nota mariana, por consiguiente,
caracteriza, en la globalidad de la experiencia litúrgica, toda celebración de los santos
misterios y hace que la espiritualidad litúrgica sea auténticamente espiritualidad mariana
en el mejor sentido de la palabra.
Pero hay algo más. Si la liturgia se traduce en el compromiso y el culto litúrgico exige su
prolongación en el culto espiritual de la vida, la ejemplaridad de la Virgen ofrece la mejor
síntesis de lo que debe ser la vida del cristiano: «Bien pronto los fieles comenzaron a fijarse
en María para, como ella, hacer de la propia vida un culto a Dios y de su culto un
compromiso de vida... María es, sobre todo, modelo de aquel culto que consiste en hacer
de la propia vida una ofrenda a Dios... El sí de María es para todos los cristianos una lección
y un ejemplo para convertir la obediencia a la voluntad del Padre en camino y en medio de
santificación propia» (MC 21).
Recordamos, finalmente, cómo el fin de la liturgia, la glorificación de Dios y la
santificación de los hombres (SC 7), coincide con la misión materna de María, que es la de
«reproducir en los hijos los rasgos espirituales del Hijo primogénito» (MC 57). Junto a
Cristo, el hombre nuevo, aparece también María como mujer nueva, que refleja, para gloria
de Dios y para ejemplo de la Iglesia, los rasgos de aquella vida nueva mediante una santidad
ejemplar y un crecimiento hacia la plenitud de la gracia, según la magnífica enumeración
de virtudes evangélicas practicadas por María que ofrece Pablo VI en MC 57.
La Iglesia que celebra los misterios divinos debe por tanto mirar a María como modelo de
fe, de esperanza y de caridad, de pureza y de compromiso, de perseverancia en la oración.
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Más aún, una plena conciencia de este principio mariano que ilumina la liturgia debería
llevar a una liturgia contemplativa, bella -la vía pulchritudinis es auténticamente mariana-,
noble, decorosa, abierta a las mociones del Espíritu que crea la comunión profunda con
Dios y con los hermanos.

Textos eucológicos para la meditación y la celebración

En la Concepción de María
«Se cumplen los oráculos de los profetas. La montaña sagrada se ha desprendido hasta el
seno de Ana. Se levanta la escala divina. Se está preparando el trono del Rey y el lugar por
donde él ha de pasar. Ya florece la zarza ardiente. El arbolillo del ungüento sagrado ya
destila y el río que hace que fluyan las corrientes de agua que sanan la esterilidad de Ana...
El universo entero celebra en este día la concepción de Ana que se realizó por voluntad
divina. Ana ha concebido a aquella que de una manera inefable concebirá a su vez al Verbo
de Dios» (del oficio bizantino de la Concepción de Ana).

En la Natividad de la Virgen María


«Tu natividad, oh Madre de Dios, anunció la alegría al mundo entero, porque de ti amaneció
el sol de justicia, Cristo nuestro Dios. El destruyó la maldición y nos bendijo/abolió la
muerte y nos donó la vida eterna» (del oficio bizantino en la Natividad de María).
40
Presentación de la Madre de Dios en el templo
«La que es el templo purísimo del Salvador, tálamo inapreciable y virginal, tesoro sagrado
de la gloria de Dios, hoy es presentada en la Casa del Señor, y con ella entra la gracia del
Espíritu Santo. Los ángeles de Dios cantan en su honor: ¡Ella es el tabernáculo celeste!» (
oficio bizantino del Ingreso de María en el templo).

En la Anunciación de la Virgen
«Te saludamos con el Ángel Gabriel: Salve, llena de gracia, el Señor está contigo. Alégrate,
hermosa paloma que has engendrado para nosotros el Verbo de Dios. Salve, Virgen María,
purísima y verdadera Reina. Salve, honor de nuestra estirpe. Tú has dado a luz al
Emmanuel. Te lo pedimos, Virgen María. Acuérdate de nosotros, abogada fiel, tú que estás
en presencia de nuestro Señor Jesucristo, para que perdone nuestros pecados» (de la liturgia
etiópica).

La Virgen María en el nacimiento del Señor


«Está la Virgen María que es tu madre y tu hermana, tu esposa y tu sierva; se inclina sobre
ti la que te ha engendrado y te acaricia sin cesar; canta tus alabanzas, te ora y confiesa tu
nombre; te da la leche de su pecho, te abraza, te canta cantos de cuna y sonríe al verte niño.
Y tú también sonríes y gozas y bebes la leche del pecho de tu madre. Ella se extraña y se
admira, por ser tu criatura. Llena de emoción a tu Madre, Señor. Gloria a ti» (de los himnos
de Navidad de San Efrén).

Felicidades a la Madre en el nacimiento de Cristo


FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

«Oh María, Virgen pura, gloriosa y resplandeciente Madre de Dios, que todas las familias
de la tierra felicitan en este día. Tú estás llena de la santidad del Espíritu Santo y mereces
la alabanza de todas las criaturas. Suplica a tu Hijo unigénito, el Verbo que por medio de ti
se ha manifestado, que dé a la Iglesia santa tranquilidad y paz, cosechas fecundas y
abundantes bendiciones. Haz que nuestras fiestas sean ocasiones de gozo y de regocijo,
para que podamos celebrar siempre tu memoria como es debido. Nosotros elevaremos
nuestra glorificación y nuestra gratitud a Cristo nuestro Dios, tu Señor y tu Hijo, el cual
hace grandes tus fiestas. Y bendeciremos a su Padre y a su Espíritu Santo, por los siglos de
los siglos» (liturgia siro-antioquena. Fiesta de las felicitaciones a la Madre de Dios).

La Virgen en la Presentación del Señor


«Sión acoge a María, la puerta del cielo. Ella es semejante al trono de los querubines y lleva
en sus brazos al Rey de la gloria. La Virgen es como una nube de luz que lleva a su Hijo,
hecho hombre, nacido antes de la estrella de la mañana» (oficio bizantino de la
Presentación del Señor o Hipapante).

La Virgen María en la Pasión del Señor


«Madre, no llores por mí al ver en el sepulcro al Hijo que virginalmente concebiste en tu
41
seno. Resucitaré y seré glorificado; y por ser Dios levantaré hasta la gloria a cuantos te
exaltan con fe y amor» (oficio bizantino del Viernes santo).

La Virgen María en la Resurrección del Señor


«El Ángel le dijo a la llena de gracia: ¡Alégrate, oh Virgen pura! Te lo digo de nuevo:
¡Alégrate! Tu hijo ha resucitado al tercer día del sepulcro y ha resucitado a los muertos.
Revístete de luz, nueva Jerusalén, porque la gloria del Señor ha amanecido sobre ti. Haz
fiesta y alégrate, Sión y tú, Purísima Madre de Dios, ¡alégrate por la Resurrección de tu
hijo» (Oficio bizantino, vigilia de Pascua).

María en la Ascensión del Señor


«Era conveniente que quien como Madre había sufrido más que ningún otro en tu pasión,
fuese colmada de un gozo superior a cualquier otro, al contemplar la glorificación de tu
cuerpo... Dulcísimo Jesús, que sin abandonar la comunión con el Padre, has querido
sumergirte con nuestra humanidad entre los habitantes de la tierra y hoy, desde el monte de
los olivos, has subido hasta la gloria... Tú que por medio de tu Ascensión has colmado de
gozo al grupo de los apóstoles y a la bienaventurada Madre que te engendró, haznos dignos
de la gloria de los elegidos, por sus oraciones y por tu gran misericordia» (oficio bizantino
de la Ascensión).

La Virgen María en su Asunción a la gloria


«En el parto te conservaste virgen. En tu tránsito no desamparaste el mundo, oh Madre de
Dios. Te trasladaste a la vida, porque eres Madre de la Vida y, con tu intercesión, salvas de
la muerte nuestras almas.
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

La muerte y el sepulcro no prevalecieron contra la Madre de Dios, la que es infatigable en


su oración y, con sus ruegos, esperanza infalible. Como era Madre de la vida, la trasladó a
la vida el que habitó en su seno siempre virgen» (liturgia bizantina, oficio de la Dormición
de la Madre de Dios).

Alabanza cotidiana a la Virgen María


«Justo es en verdad llamarte bienaventurada, a ti que a Dios diste a luz, a ti siempre dichosa
e inmaculada, Madre de nuestro Dios. A ti más excelsa que los querubines y sin
comparación más gloriosa que los serafines, a ti que sin perder la integridad diste a la luz
el Dios Verbo, a ti verdadera Madre de Dios, te ensalzamos» (Axion estín. Alabanza
cotidiana del rito bizantino en la liturgia eucarística y el oficio).

42
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Capítulo Tercero
LA CELEBRACIÓN DEL MISTERIO DE CRISTO
EN LAS FIESTAS DE LOS SANTOS

La Iglesia celebra el misterio de Cristo a lo largo del año litúrgico haciendo memoria de los
santos que, siguiendo a Cristo Jesús, incorporados a él por el bautismo, vivieron bajo la
acción del Espíritu Santo. Son ellos y ellas los que reflejan la multiforme gracia de Cristo
en la intensa riqueza de aspectos de la única santidad evangélica.
En realidad, la santidad de todos aquellos que la Iglesia conmemora en el año litúrgico es
la santidad misma de Cristo y de la Esposa de Cristo; esta celebración es en cierto modo
una experiencia que confirma la historia de la salvación que continúa en el tiempo y se hace
patente en estas personas que son una manifestación de las palabras y de los hechos
salvadores de Dios en Cristo. Esta santidad pertenece a las obras maravillosas que el Señor
continúa obrando en su Iglesia.
Para exponer este tema sintéticamente queremos ante todo ofrecer una serie de principios
comunes, siguiendo nuestra habitual clave metodológica, para comprender mejor el
panorama de la variedad de celebraciones de los santos en la Iglesia según el actual
calendario de la Iglesia universal.
43
HISTORIA

Los orígenes del culto de los santos

La raíz de una celebración de los santos en la Iglesia se puede muy bien encontrar en el
memorial de los patriarcas y padres en la fe que los israelitas hacían en sus oraciones ante
el Señor. Este recuerdo de los padres no era sólo el de las obras grandes realizadas por Dios
en sus siervos; era la firme convicción de que ellos intercedían por el pueblo ante el Señor.
Recordarlos era hacer memorial, invocar su protección y proponerlos ante Dios como
intercesores. Baste recordar la oración de Azarías en el horno cuando se dirige a Dios y le
dice: «No repudies tu alianza, no nos retires tu misericordia, por Abrahán tu amado, por
Isaac tu siervo, por Israel tu santo» (Dn 3,34-35).
En el NT la presencia de los santos se justifica por la denominación que es común a todos
los bautizados, que son llamados santos (Rm 1,7) Y son propuestos como ejemplo aquellos
que, a imitación de Jesús, dan la vida por la fe, como es el caso del diácono Esteban. El
mismo Apocalipsis nos presenta el espectáculo de la Jerusalén celestial, poblada de testigos
de Cristo, de sacerdotes de Dios que elevan el cántico de la alabanza (Ap 5,9-10).
Esta conciencia de la comunión con todos los santos, de la realidad de la liturgia cristiana
en la que nos acercamos al único Mediador de la nueva alianza que preside la asamblea de
los primogénitos (Hb 12,22-24), es el fundamento de una comunión con los santos en la
liturgia que más tarde pasa a concretizarse, por diversas razones, en la veneración explícita
y en el culto litúrgico de los santos cristianos.
Primeros factores de una evolución
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

En los orígenes del culto de los santos está sin duda alguna el influjo profundo y ejemplar
del culto de los mártires. Siguiendo la costumbre de conmemorar los aniversarios de los
difuntos, el recuerdo anual de la muerte gloriosa de algunos cristianos que habían ofrecido
su vida por Cristo, confesando con firmeza su fe, se convirtió muy pronto en una
celebración que recordaba no tanto el día de su muerte sino el de su nacimiento a la nueva
vida; por eso se le llamó dies natalis. Una denominación marcada por la esperanza que
viene del misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo.
Ya en el siglo II tenemos testimonios de la celebración del aniversario de la muerte de
Policarpo, el santo obispo mártir de Esmirna. Las Cartas de Ignacio ayudan a percibir el
sentido profundo del martirio de un pastor de la Iglesia. Los cristianos recogen con interés
en las Actas de los mártires los detalles de su muerte, como sucede por ejemplo con las de
las santas Perpetua y Felicidad. Las iglesias locales envían a las otras iglesias hermanas
estas narraciones para que sean leídas en las asambleas cristianas como edificación y
ejemplo de todos los fieles.
Ya desde el principio de la Iglesia hay una clara percepción de lo que es el culto tributado
a Cristo y lo que es la veneración de los santos, como testimonia este fragmento del martirio
de Policarpo: «Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios. En cuanto a los
mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su
devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros,
ser sus compañeros y sus condiscípulos» (citado por el Catecismo de la Iglesia Católica n.
44
957)
Muy pronto el catálogo de los mártires, cuyos aniversarios se conmemoran, va llenando las
hojas del calendario con una serie de fiestas en sus dies natalis, para hacer memoria de ellos
y celebrar la eucaristía. A ello contribuyen también la veneración de sus reliquias y más
tarde la construcción de templos en los lugares del martirio o en otros sitios donde se han
trasladado las reliquias.
En el siglo IV tenemos ya muchos datos de la celebración de los mártires. Los Padres de la
Iglesia Agustín y Juan Crisóstomo, por ejemplo, dedican homilías especiales para
conmemorar a estos insignes testigos de la fe en el día de su aniversario. Un grupo de
celebraciones del santoral acompaña la fiesta de Navidad, como si los santos fueran el
cortejo del Señor en su dies natalis. Un hecho común a diversas tradiciones litúrgicas, entre
ellas la liturgia romana, que todavía hoy conserva este recuerdo. Después de los mártires
irán apareciendo en el firmamento de la Iglesia los confesores, las vírgenes, los monjes, los
pastores santos. Al culto popular y a la elevación espontánea de algunos fieles al honor de
los altares por parte de la Iglesia, seguirá a partir del siglo X una legislación más austera
con la que se reserva al Papa la canonización de los santos. El primer santo canonizado es
san Ulrico, Obispo de Ausburgo, muerto en el año 973, canonizado por Juan XV en una
asamblea de obispos en la Basílica de Letrán en el año 993. A partir de este momento la
elevación a los altares constituye uno de los actos solemnes del magisterio de la Iglesia y
del primado del Sumo Pontífice.
Diversos y progresivos calendarios romanos que iban fijando la fecha de la celebración de
los santos se han ido siguiendo en la historia, siempre abiertos a la integración de nuevas
figuras de santidad canonizadas en la Iglesia universal. A estos calendarios generales hay
que añadir la multitud de calendarios particulares de las iglesias locales y de las familias
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

religiosas, que han ido integrando en la celebración del año litúrgico muchas figuras
propias, a veces, como sucede especialmente a partir de la Edad Media, sin mucho rigor
histórico en la determinación de la historia de las personas y de la efectiva ejemplaridad de
su vida.
Los especialistas señalan tres momentos fundamentales en esta fijación de los calendarios
del año litúrgico con las celebraciones de los santos. La primera en la Edad Media, hacia
finales del siglo XII, con la integración de santos contemporáneos, como santo Tomás
Becket. La segunda en el siglo XVI, con el calendario de la Misa y del Breviario que se
promulgan después del Concilio de Trento. En él se depuran algunos nombres de figuras
legendarias y se integran otras figuras nuevas, con fama universal de santidad en la Iglesia.
Finalmente, a partir del siglo XVI, por diversas circunstancias, entre ellas la canonización
de muchos santos de fama universal, el calendario se va enriqueciendo notablemente hasta
llegar a una presencia avasalladora en el ciclo del Santoral, hasta el punto de que se corre
el riesgo de eclipsar el verdadero sentido del año litúrgico como celebración de los misterios
del Señor.

La reforma del calendario universal

En el calendario de 1969, promulgado después del Vaticano II y en actuación de sus


directrices, se restablece el equilibrio con una drástica reducción de fiestas de los santos
con carácter universal. Una reforma que a algunos pareció hasta excesiva y de tendencia
45
protestante.
Sin embargo, la Iglesia conserva con cuidado la memoria de todos sus hijos e hijas que se
distinguen por la santidad de su vida. La futura edición del Martirologio romano recogerá
con toda la amplitud y rigor científico la memoria de todos los beatos y santos, propuestos
a la veneración de los fieles.
Entre los criterios que han guiado la distribución de la presencia de los santos en el nuevo
calendario litúrgico cabe recordar algunos principios.
Ante todo, era necesario establecer una neta subordinación de las memorias y fiestas de los
santos a la precedencia de los tiempos litúrgicos y de las fiestas del Señor. En segundo lugar
era necesaria una mayor universalidad en la selección de los santos y una acentuación de
las figuras más insignes. Además se requería una revisión de las fechas de su celebración,
de los títulos propios de cada santo y de la importancia de su celebración según las diversas
formas: solemnidad, fiesta, memoria obligatoria, memoria libre.
Han quedado potenciados los calendarios particulares de las iglesias locales y de las
familias religiosas. La edición del Martirologio romano establecerá con toda su riqueza y
objetividad la memoria de todos los santos en la Iglesia en cada día del año, aunque sin
modificar la estructura actual de las celebraciones del calendario.

TEOLOGIA
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Los principios doctrinales del Vaticano II

Una teología apenas esbozada de lo que podemos llamar el fundamento doctrinal de la


celebración de los santos en la liturgia en general y en el año litúrgico en particular, nos la
ofrecen algunos textos del Vaticano II.
Ante todo, SC 8 nos recuerda la índole escatológica de la liturgia eclesial y la comunión de
los santos que en ella se realiza: «venerando la memoria de los santos, esperamos tener
parte con ellos y gozar de su compañía». Son palabras que se inspiran en dos textos del
canon romano en el Communicantes y en el Nobis quoque. LG 50, al hablar de la dimensión
escatológica de la Iglesia, recuerda la comunión de los santos, su especial intercesión por
nosotros y el ejemplo de sus virtudes.
Pero es en SC 104 donde se esboza la teología de la presencia de los santos en el misterio
de Cristo que se celebra en el año litúrgico:
«La Iglesia introdujo en el círculo anual el recuerdo de los mártires y de los demás santos,
que llegados a la perfección por la multiforme gracia de Dios y habiendo ya alcanzado la
salvación eterna, cantan en el cielo la perfecta alabanza de Dios e interceden por nosotros.
Porque al celebrar el tránsito de los santos de este mundo al cielo, la Iglesia proclama el
misterio pascual que en ellos se ha cumplido al sufrir y ser glorificados con Cristo, propone
a los fieles su ejemplo, que atrae a todos al Padre por medio de Cristo, e implora por sus
méritos los beneficios divinos».
46
Elementos para una teología litúrgica

La celebración de las fiestas de los santos tiene una lógica colocación en las diferentes
dimensiones del misterio litúrgico.

Culto y santificación

La dimensión fundamental de la celebración de un santo pertenece al misterio de la


salvación como gozosa proclamación de la santificación realizada en los santos y como
glorificación vivida por ellos. La celebración de su memoria hace revivir la gracia de la
santificación para la Iglesia con la proclamación de la palabra y la participación de la
eucaristía, en la que los santos no interfieren el movimiento santificante que viene de Dios
Padre, por Cristo y en el Espíritu a la Iglesia; más bien su memoria, al confirmar la fuerza
santificante de la palabra y de los sacramentos en su vida, acrecienta, por decirlo así, la
ejemplaridad para todo el pueblo de Dios. Algo semejante se puede decir en la dimensión
cultual. No son los santos objeto de glorificación propia, sino ocasión de glorificación de
Dios y demostración clara de que la gloria de Dios es el hombre vivo y la vida del hombre
es la visión de Dios, según la certera expresión de san Ireneo. Nos unimos en la liturgia a
la glorificación que los santos tributan en el cielo a aquél que es el solo santo, el maestro
divino de la perfección, la fuente y el origen de toda santidad.

Dimensión trinitaria
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

En la celebración de la memoria de los santos hay, pues, una imprescindible celebración


del misterio trinitaria.
Celebramos en Dios Padre a aquél que es perfecto y a cuya perfección tienen que
conformarse todos los discípulos de Jesús (Mt 5,48) Y cuya voluntad es la santificación de
todos sus hijos (1Ts 4,3; Ef 1,4); en los santos no sólo el Padre es glorificado, sino que
resplandece su designio salvador y la eficacia de su amor.
Todos los santos son discípulos de Jesús, miembros de su cuerpo; todos reflejan la imagen,
cada cual a su modo, de ese arquetipo de la santidad realizada que es el primogénito entre
todos los hermanos, al cual tienen que conformarse todos según el plan divino (Rm 8,29).
El misterio pascual de Cristo resplandece en sus santos y la perseverante eficacia de su
acción santificadora en la Iglesia se hace tangible en la liturgia, que nos ofrece la
ejemplaridad de su multiforme gracia, tal como aparece en cada uno de los santos. En la
multitud de los santos queda reflejada la eficacia y la riqueza de las palabras del evangelio
vivido por los santos.
El Espíritu Santo, el santificador, es el iconógrafo interior, el que inscribe en el rostro de
los santos la imagen de Cristo, el que los plasma como iconoplastés según el modelo que
es Cristo, como se expresa la teología oriental. Al celebrar la memoria de los santos
celebramos la acción eficaz, múltiple e incesante del Espíritu santo y santificador.
Toda fiesta de los santos se resume, pues, en una glorificación del Padre, por Cristo, en el
Espíritu, ya que cada hermano nuestro celebrado por su santidad es un hombre vivo que
47
lleva en su rostro los rasgos de la acción trinitaria, el signo eficaz de la deificación y de la
conformación a Cristo como ideal cristiano realizado.

El aspecto eclesial

A nivel eclesial, los santos demuestran efectivamente que la Iglesia es santa por vocación
y tal santidad se manifiesta concretamente en sus hijos. Son los santos y santas presentes a
lo largo de todas las épocas de la historia, en las diversas latitudes de la geografía del
mundo, en la estupenda riqueza y variedad de los carismas evangélicos. Son santos y santas
que expresan la santidad universal en los diversos estados de vida y en las diversas edades,
porque todos están llamados a la santidad. Por eso la Iglesia venera su memoria, mira su
ejemplo, implora su intercesión, goza de su presencia y aspira a alcanzar con ellos la plena
comunión en la gloria.
La santidad reflejada por las celebraciones del año litúrgico es como la celebración de la
presencia del evangelio a través del tiempo y el espacio en aquellos que, viviendo la palabra
de Dios, han quedado transfigurados por esa misma palabra en el cielo.

La dimensión antropológica

En la dimensión antropológica, la celebración de los santos ofrece a la Iglesia esos rostros


humanos, de todo pueblo, lengua y nación, que son transparencia de la gracia en su propia
humanidad. La colaboración con la gracia es sólo una expresión más de esa bondad divina
con la que Dios, según la expresión de Agustín en uno de los prefacios de los santos, al
coronar sus méritos corona su propia obra. En los santos, pues, resplandece la dimensión
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

antropológica de la santificación que ellos han acogido, del culto de la liturgia y de la vida
que ellos han actualizado en su propia existencia. Los santos son plenitud de humanidad
redimida y santificada, auténticas obras maestras de la gracia de Dios.
En ellos es glorificado el Padre, fuente, autor y meta de la santidad; resplandece el rostro
de Cristo, maestro y modelo único de la santidad evangélica, se manifiesta la gracia del
Espíritu Santo que hace de los santos auténticos portadores del Espíritu, pneumatóforos. La
Iglesia aparece santa en sus hijos. La humanidad alcanza el ideal de su vocación humana y
evangélica.

LITURGIA

Celebrar la memoria de los santos significa celebrar la palabra, la eucaristía, la oración.


Todo el ámbito de la memoria de un santo se reduce a la inserción de su recuerdo en esas
coordenadas de la liturgia.

La palabra que ilumina la santidad

Generalmente las celebraciones de los santos se insertan en el ciclo litúrgico sin estorbar el
ritmo de cada uno de los tiempos con sus propias lecturas. Sólo en algunas ocasiones, sobre
todo por razón de su solemnidad, la Iglesia ofrece una serie de lecturas que están en sintonía
con su mensaje. Por eso, la preferencia de la celebración tiene que ir a las lecturas del
48
leccionario ferial de los tiempos litúrgicos propios.
Cuando las circunstancias lo aconsejen, se debe recurrir al leccionario del común de los
santos o a las lecturas propias.
Es importante en ese caso ver la relación que existe entre las lecturas bíblicas y la
celebración de los santos. A veces son ellos los que ilustran con su vida la realidad misma
del mensaje bíblico de las lecturas; otras veces son las lecturas las que nos ofrecen la
posibilidad de reconocer los rasgos característicos de su santidad. De todos modos esta
anotación es importante. Los santos han vivido la palabra, son palabras de la Palabra única
que es Cristo; confirman la revelación y la enriquecen con su experiencia. Dicen, pues,
relación con la revelación y la historia de la salvación. Una adecuada selección de las
lecturas propias o del común ayuda a mantener esta dimensión normal de la evocación de
los santos, palabras vivas, palabras hechas experiencias en la santidad, con la unidad y
variedad de las palabras mismas de la revelación.
En los leccionarios hay una abundante selección de textos apropiados de la palabra, tanto
en el propio como en el común de los santos. Esa palabra sirve para evangelizar y para
mantener siempre viva al celebrar a los santos y su inserción en la historia de la salvación.

La oración que celebra la santidad cristiana

Cada santo tiene en la celebración eucarística y en la Liturgia de las Horas al menos una
oración colecta que da el tono y significado a su fiesta y resalta con breves y sobrias
pinceladas la faceta del misterio de Cristo característica de su ejemplo y mensaje en la
Iglesia. Algunos santos tienen una mayor riqueza de elementos eucológicos, tanto en la
misa como en la Liturgia de las Horas. Pocos son los prefacios propios de los santos. Los
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

del común, aunque no del todo satisfactorios para que puedan ser expresión cabal de todos
los aspectos de la santidad, ofrecen algunos rasgos característicos de las diversas categorías:
común de los santos, apóstoles, mártires, pastores, seguidores de Cristo.
También la Liturgia de las Horas cuenta con elementos propios de los santos en la lectura
hagiográfica o espiritual de sus escritos, en las antífonas del Magníficat y del Benedictus.
Sólo los grandes santos tienen sus elementos propios en las preces y a veces en los himnos.
Quizá no es del todo satisfactoria la elaboración del común de los santos, tal como aparece
en la Liturgia de las Horas, especialmente por la repetición excesiva del esquema de los
santos pastores, que tiene una aplicación a muchas categorías de santos ya la larga dan la
impresión de una cierta monotonía y de una excesiva generalización del tipo de santidad
que cae bajo la denominación de santos pastores.

La comunión con los santos en la Eucaristía

La Eucaristía es la forma concreta de celebrar a los santos en la comunión con Cristo. De


esta forma entran en el corazón del misterio pascual. No hay, por decirlo, así elementos
propios de los santos dentro de la gran plegaria eucarística, si excluimos su memoria en la
comunión de los santos. Sólo cuando hay un prefacio especial tenemos una forma solemne
de recordarlos en el memorial de Cristo y proponer el ejemplo del santo con una particular
importancia. Hay que recordar, sin embargo, que la Iglesia, al menos desde el canon
romano, ha introducido la memoria de los santos en el corazón de la plegaria eucarística
49
con una triple dimensión, que una u otra plegaria acentúa: la comunión de los santos y su
veneración, su intercesión por nosotros en el momento en que la Iglesia intercede para que
se realice plenamente la eficacia del sacrificio de Cristo y la presencia de los santos en la
gloria, que es motivo de esperanza para la Iglesia peregrina.
En otras ocasiones, como en la celebración del bautismo, la invocación de los santos se
hace mediante las letanías, presentes en algunas celebraciones del año litúrgico, como en
la misma Vigilia Pascual. En otras ocasiones se actualiza la memoria de los santos y se
implora su intercesión universal durante otras celebraciones, como es el caso de las
ordenaciones, profesión religiosa, etc.

Una antología de las fiestas más importantes

Vamos a ofrecer una breve reseña histórico-litúrgica de las fiestas más importantes del año
litúrgico. En la Liturgia de las Horas y en recientes ediciones de algunos misales aparece
en cada una de las fiestas una breve reseña histórica que puede ofrecer la inspiración para
la monición inicial o para la homilía de la misa.

Una solemnidad para todos los santos

Desde el siglo IV existe en la liturgia una celebración en honor de todos los mártires. La
liturgia bizantina conserva esta tradición en el domingo después de Pentecostés, en el que
celebra el domingo de todos los santos. La fiesta actual de la Iglesia de Roma se remonta
al siglo IX y fue concedida por el papa Gregorio IV al emperador Ludovico Pío.
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

En la liturgia actual se subraya que es una fiesta común de todos los santos. La lectura del
Apocalipsis (Ap 7,2-4,9-14) nos ayuda a remontamos a esa multitud de santos de la
Jerusalén celestial, mientras la segunda lectura (1Jn 3,1-3) describe la vocación del cristiano
que es ser hijo de Dios; el evangelio muestra el camino de la santidad cristiana que son las
bienaventuranzas evangélicas (Mt 5,1-12a). Pieza fundamental de la eucología de la misa
es el prefacio con la visión de la Jerusalén celestial, hacia la que camina la Iglesia peregrina,
y la cercanía de los santos que son amigos nuestros y modelos de vida.
Elementos importantes encontramos también en la Liturgia de las Horas, especialmente en
las preces y en los himnos.

Solemnidades de algunos santos en particular

Por su importancia particular, algunos santos tienen un grado especial de celebración.

SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA (19 de marzo)

La veneración de San José tiene su origen en Oriente y conoce sobre todo en la Edad Media
un gran incremento. Su fiesta litúrgica del 19 de marzo parece remontarse a un calendario
del siglo XII. La presencia de san José tiene también su lugar en el ciclo de Adviento y de
Navidad, hasta la fiesta de la Presentación del Señor.
La fiesta del patrocinio de san José, de origen carmelitano, fue extendida por Pío IX a la
50
Iglesia universal y conoció en el pontificado de Pío X una gran importancia. Fue sustituida
por Pío XII por la fiesta de san José obrero; una memoria que en el calendario actual ha
quedado en la fecha del 1 de mayo, la fiesta del trabajo, pero muy reducida en su
importancia y en su efectiva celebración. La misma fecha del 19 de marzo no es quizá la
más favorable para conmemorar a san José, pues cae siempre en Cuaresma.
La liturgia de la palabra presenta estos textos:
2Sm 7,4-5.12-14.16: le dio el trono de David su padre.
Salmo: 88: Dios es fiel a sus promesas.
Rm 4,13.16-18.22: Abrahán esperó contra toda esperanza.
Mt 1,16.18-21.24: el anuncio a José.
O bien: Lc 2,41-51: tu padre y yo te buscábamos.
La celebración litúrgica del santo es digna; tiene su prefacio propio y la actual liturgia ha
puesto de relieve su misión de ser el guardián de las primicias de la redención.

NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA (24 de junio)

El Precursor del Señor tiene una doble fiesta, la más antigua con grado de solemnidad, para
celebrar su nacimiento, el 24 de junio, seis meses antes del nacimiento de Jesús. La segunda
es de origen palestino y se remonta probablemente a la dedicación de la Iglesia de su
martirio en Sebaste de Samaría: es la fiesta del martirio (29 de agosto).
Sobre todo la fiesta de su nacimiento tiene una gran importancia litúrgica, por ser
solemnidad, de manera que si cae en domingo prevalece su celebración; tiene dos
formularios de la misa, para la vigilia y para el día con lecturas propias:
Misa de la vigilia:
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Jr 1,4-10: desde el seno materno te llamé.


Salmo 70: mi boca anunciará tu justicia.
1Pe 1,8-12: acerca de la salvación indagaron los profetas.
Lc 1,5-17: el anuncio a Zacarías.
Misa del día:
Is 49,1-6: te haré luz de las naciones.
Salmo 138: me has llamado del seno de mi madre.
Hch 13,22-26: la predicación de Juan.
Lc 1,57-66.80: el nacimiento de Juan.
La eucología de la fiesta tiene en las oraciones y sobre todo en el nuevo prefacio, que ofrece
una síntesis de su misión de Precursor de Cristo, elementos de gran valor, a los que hay que
añadir los clásicos himnos de la fiesta, las antífonas y las nuevas invocaciones e
intercesiones.

SAN PEDRO Y SAN PABLO (29 de junio)

Es una fiesta que puede remontarse al siglo III con la dedicación del cementerio Ad
catacumbas, donde todavía hoy, en las catacumbas de San Sebastián en Roma, tenemos los
famosos grafitos con los que se invoca a los dos santos; el Sacramentario Veronense da fe
de la importancia que tenía esta fiesta, ya que recoge una serie impresionante de formularios
de misas para los dos apóstoles. La liturgia actual celebra a la vez el martirio de Pedro y de
51
Pablo con textos escogidos y unitarios, como en el magnífico prefacio de la misa; en él se
pone de relieve la comunión entre Pedro el pescador de Galilea, primero en la confesión de
la fe, y Pablo, maestro y apóstol de las gentes.
San Pablo por su parte tiene una celebración especial el 25 de enero, fiesta de su conversión.
Mientras san Pedro tiene actualmente otra fiesta que es la de la cátedra (22 de febrero),
como conmemoración de su dignidad episcopal y primacial en Antioquía y en Roma.
Para la celebración de la misa se proponen dos formularios con estas lecturas que evocan
textos propios alusivos a Pedro o a Pablo:
Misa de la vigilia:
Hch 3, 1-10: los milagros de Pedro en nombre de Jesús.
Salmo 18: a toda la tierra alcanza su pregón.
Gal 1,11-20: se dignó revelar a su Hijo en mí.
Jn 21,15-19: pastorea mis ovejas.
Misa del día:
Hch 12, 1-11: prisión y liberación de Pedro.
Salmo 33: el ángel del Señor libra a los que temen a Dios.
Tm 4,6-8,17-18: he combatido bien mi combate.
Mt 16, 13-19: la confesión de Pedro y la promesa del primado.

SANTIAGO APÓSTOL, PATRÓN DE ESPAÑA (25 de julio)

Santiago el mayor, hijo de Zebedeo, primer testigo de la fe por su martirio, ha tenido mucha
importancia en la Iglesia por su santuario en Compostela, meta de peregrinaciones desde la
Edad Media. Su figura de evangelizador y de protector reviste una gran importancia para
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

España, que lo considera como su Patrono. Como siempre, el prefacio resume el sentido de
la fiesta y propone la figura del apóstol, discípulo predilecto de Cristo, primero en beber el
cáliz del Señor. Con Pedro y Juan pertenece al grupo de los discípulos que han participado
más de cerca en la gloria de la Transfiguración y en la agonía del Getsemaní.
He aquí los textos bíblicos de la misa del día:
Hch 4,33; 5.12.27-33;12,lb: testimonio de los apóstoles y martirio de Santiago.
Salmo 66: oh Dios, que te alaben los pueblos.
2Co 4,7-15: creí, por eso hablé.
Mt 20,20-28: quien quiera ser grande, sea vuestro servidor.

FIESTAS DE LOS ÁNGELES Y ARCÁNGELES

La fiesta de san Miguel Arcángel es antiquísima, así como su devoción. Las fiestas de los
Arcángeles Gabriel y Rafael eran recientes. Ahora los tres Arcángeles más conocidos se
celebran en la fecha clásica de la fiesta de san Miguel, que era la fecha de la dedicación de
su Iglesia en Roma cerca de la vía Salaria el 29 de septiembre.
Los tres Arcángeles con sus nombres están unidos a su misión en la historia de la salvación:
Miguel, que significa «¿Quién como Dios?», representa la adoración del Dios único.
Gabriel, cuyo nombre significa «Fuerza de Dios», es el mensajero de Zacarías y de María;
representa la misión de los ángeles mensajeros de los secretos de Dios. Rafael, que significa
«Medicina de Dios», aparece en el libro de Tobías con una misión de presencia y de
52
curación de parte del Dios de Israel.
E1 2 de octubre se ha conservado la memoria de los Ángeles, fiesta que existía en el
calendario romano desde el 1615, como celebración de todos los espíritus del cielo que ven
el rostro de Dios y acompañan la vida de los hombres como protectores, según la palabra
de Jesús referida a los niños (Mt 18,10), que se lee en el evangelio del día.

LOS SANTOS DEL ANTIGUO Y DEL NUEVO TESTAMENTO

El actual calendario romano no tiene ninguna fiesta especial para los santos patriarcas y
profetas del AT. Oriente conserva mejor esta tradición y celebra el 20 de julio la fiesta de
san Elías y de todos los profetas.
Entre los testigos del Verbo Encarnado, los santos que unen la antigua y la nueva Alianza,
hemos de recordar en orden progresivo de entrada en la historia de la salvación algunos
más importantes.
Santos Joaquín y Ana (26 de julio). Su memoria, celebrada en Oriente e1 9 de septiembre,
después de la Natividad de la Virgen, ha quedado fijada en una única fiesta en este día, en
la fecha de la antigua conmemoración de santa Ana.

LOS APÓSTOLES DEL SEÑOR

Desde la antigüedad han tenido una importancia especial en la liturgia. Todos los apóstoles
tienen su celebración; a ellos se añaden los nombres de Marcos, de Lucas y de Bernabé,
que son considerados semejantes a los apóstoles o por ser evangelistas o por ser discípulos
del Señor.
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

De ellos la Iglesia celebra su conmemoración o su martirio con esta importancia


fundamental. Hemos hablado ya de algunos de ellos que tienen grado de solemnidad.
Recordemos ahora los otros apóstoles del Señor.
Por su colocación en el ciclo de Navidad, tiene una importancia particular la
conmemoración de san Juan Evangelista, el testigo del Verbo Encarnado; su fiesta se
celebra desde antiguo el 27 de diciembre. Está unida a la de los santos Inocentes del 28 de
diciembre en el cortejo natalicio de los santos, considerados como los primeros testigos o
mártires del Verbo Encarnado.
En las otras fiestas de los apóstoles o evangelistas tenemos referencias especiales en los
textos bíblicos de la misa. Más difícil es determinar el porqué de las fechas elegidas para
su celebración. Recordemos en orden progresivo las fechas de estas celebraciones.
25 de abril, san Marcos, evangelista.
3 de mayo, santos Felipe y Santiago, apóstoles.
14 de mayo, san Matías, apóstol.
11 de junio, san Bernabé, apóstol.
3 de julio, santo Tomás, apóstol.
25 de julio, Santiago, apóstol.
24 de agosto, san Bartolomé, apóstol.
21 de septiembre, san Mateo, apóstol y evangelista.
18 de octubre, san Lucas, evangelista.
28 de octubre, santos Simón y Judas, apóstoles.
53
30 de noviembre, san Andrés apóstol.
Además de los santos Pedro y Pablo y de Juan, apóstol y evangelista, en la lista de los
apóstoles tiene una importancia especial san Andrés, patrón de la Iglesia de Constantinopla,
el protokletós o primer llamado; rasgos de la importancia de su fiesta y de su amor a la cruz
quedan todavía en los textos litúrgicos de hoy.

LOS DISCÍPULOS Y DISCÍPULAS DEL SEÑOR

Entre los personajes del evangelio han entrado en la celebración de la Iglesia los nombres
de Marta y de María.
María de Magdala, cuya memoria se celebra el 22 de julio, en realidad es un personaje que
la tradición identifica con María la pecadora y María de Betania, figuras que la Iglesia
oriental celebra en fiestas diversas. La celebración actual del Misal romano parece referirse
a una sola María, precisamente la que fue testigo del misterio pascual y estuvo ante la Cruz
del Señor y fue la primera que recibió el anuncio de la Resurrección de Cristo por medio
de su Señor.
Santa Marta, cuya memoria se celebra el 29 de julio, recuerda su amistad con Jesús, su fe
en él y los hermanos de Betania, con la referencia a Lázaro y a María. Por eso algunos
calendarios particulares celebran en ese día a los tres santos hermanos: Marta, María y
Lázaro de Betania.
Finalmente en la lista de los discípulos de los apóstoles de los que nos habla el NT hemos
de recordar a los santos Timoteo y Tito, discípulos de san Pablo, cuya memoria se celebra
el 26 de enero.
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

MÁRTIRES DE AYER Y DE HOY

Un lugar importante en el calendario universal y una categoría especial ocupan los santos
mártires, los testigos de la fe. Su presencia cubre todo el calendario litúrgico con la
predilección por los testigos de la antigüedad cristiana. Entre ellos resaltamos:
San Esteban, diácono y protomártir (26 de diciembre), con una celebración antiquísima
cantada ya por los Padres de la Iglesia en sus homilías.
En las primicias de la Iglesia subapostólica tenemos las figuras de santos obispos pastores
que nos han dejado también una herencia de doctrina, como san Ignacio de Antioquía (17
de octubre), san Policarpo de Esmirna (23 de febrero), san Ireneo de Lión (28 de junio), san
Clemente, papa de Roma (23 de noviembre), Justino mártir (1 de junio).
Numerosos son los mártires de la era de las persecuciones de los cuales se celebra la
memoria. Entre ellos recordamos a Fabián y Sebastián (20 de enero), la virgen Inés (21 de
enero), el diácono Vicente (22 de enero), Perpetua y Felicidad (7 de marzo), Nereo, Aquileo
y Pancracio (12 de mayo), los protomártires de la Iglesia de Roma (30 de junio), Cornelio
y Cipriano (16 de septiembre), Cosme y Damián (26 de septiembre). Pero el más célebre
entre todos es sin duda el diácono Lorenzo, cuya devoción en Roma ha hecho de su
memoria del 10 de agosto una celebración especial.
Pero toda la historia de la Iglesia está representada por el testimonio de los mártires en
diversas épocas, de la Edad Media hasta nuestros días, con los mártires del Japón (6 de
febrero), de Oceanía (Pedro Chanel, 28 de abril), de Uganda (3 de junio), de América del
54
Norte y Canadá (19 de octubre), de Vietnam (24 de noviembre). Hasta de nuestro siglo
tenemos la figura de María Goretti (6 de julio) y de Maximiliano Kolbe (14 de agosto).

LOS PADRES Y DOCTORES DE LA IGLESIA, LOS PATRONOS DE EUROPA

Por su importancia en la vida de la Iglesia podemos recordar algunas figuras que ocupan
un lugar privilegiado en el calendario. Entre los doctores de la Iglesia de Oriente, la Iglesia
hace memoria de Basilio Magno y Gregorio Nazianceno (2 de enero), Cirilo de Jerusalén
(18 de marzo) y Cirilo de Alejandría (27 de junio), Atanasio de Alejandría (2 de mayo) y
Efrén (9 de junio), Juan Crisóstomo (13 de septiembre) y Juan Damasceno (4 de diciembre).
Entre los doctores de la Iglesia de Occidente de la época patrística cabe destacar a Hilario
de Poitiers (13 de enero), Isidoro de Sevilla (4 de abril), Beda el Venerable (25 de mayo),
Pedro Crisólogo (30 de julio), Agustín de Hipona (28 de agosto), Gregorio Magno (3 de
septiembre), Jerónimo (30 de septiembre), León Magno (10 de noviembre), Ambrosio de
Milán (7 de diciembre). Por su doctrina y su influjo en la Iglesia tienen categoría de
doctores, nombrados recientemente por la Iglesia o reconocidos desde su muerte, estos
santos y santas principales: Tomás de Aquino (28 de enero), Pedro Damián (21 de febrero),
Anselmo de Aosta (21 de abril), Antonio de Padua (13 de junio), Buenaventura (15 de
julio), Alfonso María de Ligorio (1 de agosto), Bernardo (20 de agosto), Juan de la Cruz
(14 de diciembre), Pedro Canisio (21 de diciembre) y Francisco de Sales (24 de enero). Con
una categoría propia aparecen las figuras de las dos primeras mujeres que ostentan el título
de doctoras de la Iglesia: Catalina de Siena (29 de abril) y Teresa de Jesús (15 de octubre),
así como Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz (1 de octubre) y Teresa Benedicta de la
Cruz (Edith Stein).
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Con título especial de fiesta figuran hoy en el calendario de la Iglesia los patronos de
Europa: Cirilo y Metodio (14 de febrero) y Benito abad y padre de los monjes (11 de julio)
y las co-patronas Catalina de Siena, Teresa de Jesús y Teresa Benedicta de la Cruz

Un caleidoscopio de la santidad de la Iglesia

Los otros santos que figuran en el calendario de la Iglesia constituyen, a su manera, un


caleidoscopio de la santidad en sus diversas facetas y en una representación universal por
lo que se refiere a las edades, a los estados, a los siglos de vida de la Iglesia y a los momentos
de su historia, a la representación de todas las naciones. Así en la variedad de expresiones,
cada santo y todos juntos, ofrecen la belleza de la santidad de la Esposa que es la Iglesia y
reflejan con originalidad personal la única santidad de Cristo.

SUGERENCIAS PASTORALES

La liturgia da el tono justo a la celebración de los santos. El carácter trinitario, eclesial y


antropológico de la celebración, así como la inserción de su memoria en la palabra, la
oración y la eucaristía con una referencia al misterio de la salvación, ofrecen la posibilidad
de una pastoral que ponga la devoción de los santos en su lugar apropiado; sin
exageraciones, sin minimalismos.
La Iglesia presenta con sobriedad la variedad de celebraciones de los santos. Las memorias
55
tienen su expresión discreta para que no se pierda el hilo del tiempo litúrgico
correspondiente. Las fiestas y solemnidades ponen en evidencia los santos que en la Iglesia
universal o en los grupos particulares presentan unos valores evangélicos dignos de ser
celebrados.
Toda la atención pastoral debe estar orientada a esta visión litúrgica de la devoción a los
santos y a su esencial referencia a Cristo.
Sobre todo habrá que tener mucho tacto pastoral en el tono de la presentación de la figura
de los santos a la luz de la palabra; sería conveniente una mejor catequesis visual de las
imágenes de los santos y del lugar que ocupan en los templos. Siguen siendo problemáticas
las formas más adecuadas de orientar la religiosidad popular y sus manifestaciones que
nunca están exentas de algunas exageraciones.
Las fiestas de los santos tienen que ser ocasión propicia para la evangelización, para
aquilatar el sentido eclesial que en ellos se refleja, para pasar de la contemplación de sus
virtudes a la realización de sus obras en favor de la humanidad.

RASGOS DE ESPIRITUALIDAD

La espiritualidad litúrgica de la celebración de .los santos en general está marcada por la


misma orientación que la Iglesia da en los textos de sus celebraciones. De estos textos
fundamentales escogemos una serie de ideas clave de la espiritualidad, es decir de liturgia
vivida.
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

Reunidos en comunión... veneramos la memoria

La expresión del canon romano resalta estas dos ideas fundamentales: la comunión y la
veneración. En Cristo Jesús, la Iglesia en su unidad esencial es la comunión del cielo y de
la tierra. La memoria de los santos explicita esa comunión que es compañía, vida en el
mismo principio vital de la gracia, promesa de ser lo que ellos ya son en plenitud.
En el recuerdo o memorial de los santos, con sus nombres, que son los nombres nuevos de
la gloria, y sus rostros, transfigurados por la luz de la eternidad, la Iglesia revive su historia
de salvación y recibe el reflejo del esplendor de su santidad. La justa relación con los santos
es la de veneración (doulía), que se traduce en amor respetuoso, admiración de sus virtudes,
culto a la Trinidad, ya que todo en ellos es relativo al misterio de la gracia. De aquí el deber
de contemplar todo aquello que es obra de Dios en ellos, las maravillas de la salvación en
una historia que continúa en la Iglesia de todos los tiempos.

Compartir con ellos la vida eterna

Es la dimensión escatológica de su memoria, esperanza y plegaria a la vez, expresada


claramente en el Nobis quoque del canon romano y en la plegaria eucarística II y IV, en el
deseo de compartir su presencia en la gloria.
Con esta perspectiva los santos son presencias alentadoras en el camino de la Iglesia
peregrina, como dice el prefacio I de los santos, hasta alcanzar la corona que no se marchita.
56
En la plegaria eucarística III esta perspectiva escatológica tiene un matiz especial: a través
del Espíritu santo debemos ser, como ellos, ofrenda permanente, ejercitar el sacerdocio de
la vida; como insinuando que los santos están ante nosotros, en el memorial del sacrificio
de Cristo, como víctimas con la víctima, perfecta realización en el Espíritu de ese culto
espiritual en el que han sido transfigurados ahora en la gloria; son víctimas gloriosas con
Cristo, especialmente aquellos que por su martirio se asemejan más al misterio del sacrificio
pascual de Jesús.

La fecundidad del Espíritu en la Iglesia

El prefacio II de los santos pone de relieve esta dimensión. No es la fecundidad de la Iglesia,


como cosa propia, sino la fecundidad del Espíritu en la Iglesia la que se manifiesta en los
rostros de los santos, con la gran variedad de los carismas, como fragmentos de un inmenso
mosaico que va formando, majestuosa, la imagen de Cristo.
Esta fecundidad es la vitalidad renovada e incesante del Espíritu que va consumando la obra
de Cristo en un Pentecostés permanente de santidad y es la prueba de la presencia
misericordiosa de Dios en su Iglesia en la que cada santo es un don, un regalo de su gracia,
una demostración de su amor a la humanidad.
El ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión, la participación en su destino
Tres palabras clave que la Iglesia nos propone en el prefacio I de los santos: el ejemplo de
su vida que estimula y alienta para acercamos al único modelo de la santidad en la variedad
de sus expresiones; la ayuda de su intercesión: los santos interceden por nosotros; haciendo
memoria de ellos se renueva nuestra conciencia de indigencia y nuestra confianza para
implorar su ayuda fraterna; la participación en su destino: en la doble faceta de esta
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS

comunión, sentimos que los santos son de nuestra estirpe, han hecho nuestra misma
experiencia; ahora están ante nosotros como garantía de que seremos lo que ellos son en la
gloria, como ellos fueron lo que nosotros somos en la tierra.

Textos eucológicos para la meditación y la celebración

Tropario del profeta Elías


«Ángel en carne, fundamento de los profetas, precursor de la segunda venida de Cristo, el
glorioso Elías, que desde lo alto hace descender la gracia sobre Eliseo, aleja las
enfermedades y purifica de la lepra, y a cuantos lo honran concede la salud» (del oficio
bizantino de San Elías, 20 de julio).

Elogio de Juan Bautista


«La memoria del justo es digna de elogios. Pero a ti, oh precursor, te basta el testimonio
del Señor. Tú has sido el más grande de los profetas, porque fuiste digno de bautizar en las
aguas a aquél que los profetas habían anunciado. Has luchado por la verdad, contento de
anunciar hasta a los prisioneros del abismo la aparición del Verbo encarnado que quita el
pecado del mundo y da a todos la gran misericordia» (del oficio bizantino de san Juan el
Precursor).

La fiesta de los dos apóstoles Pedro y Pablo


57
«Una fiesta gozosa ilumina los confines de la tierra: la solemne memoria de ws sabios y
primeros apóstoles Pedro y Pablo. Roma con himnos y cantos exulta de gozo y todos
nosotros hacemos fiesta en este día aclamando: Alégrate, Pedro apóstol y verdadero amigo
de tu Maestro, Cristo nuestro Dios. Alégrate amadísimo Pablo, predicador de la fe y maestro
del universo. Los dos santos y privilegiados, pedid con audacia a Cristo nuestro Dios que
nos salve» (del oficio bizantino en la fiesta de los santos Pedro y Pablo)

La vocación y santidad de Juan evangelista


«Discípulo virgen, tú has recibido el honor de ser adoptado como hijo por la Virgen
inmaculada. Te has convertido así en hermano de aquél que te eligió para que fueses su
teólogo. Discípulo del Salvador, Cristo desde la cruz te encomendó a ti, teólogo y virgen, a
la purísima Madre de Dios. Tú la has guardado como la pupila de sus ojos: intercede por
nuestra salvación (oficio bizantino de san Juan evangelista, el Teólogo, 26 de septiembre)

La dignidad del apóstol Andrés


« Veneremos al apóstol Andrés, grande por su fortaleza, el que primero fue llamado por el
Salvador, el hermano del apóstol Pedro. Hoy nos repite él lo que un día dijo a Pedro: Venid,
hemos encontrado al deseado de las naciones» (del oficio bizantino de san Andrés apóstol).

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
VI 
 
OTRAS 
CELEBRACIONES
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS 
 
 
2 
Hemos visto hasta ahora cómo la celebración del misterio de Cristo se
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS 
 
 
3 
LAS FIESTAS DEL SEÑOR 
 
 
 
Las Iglesias de Oriente y de Occidente ti
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS 
 
 
4 
Podemos fundamentalmente catalogar así las fiestas del Señor: 
a) Fies
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS 
 
 
5 
permanente de Cristo en la Eucaristía; la fiesta del Sagrado Corazón d
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS 
 
 
6 
celebran con la palabra y los comentarios homiléticos. Muchas de las h
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS 
 
 
7 
Mi 3,1-4: la entrada del Señor en su templo.  
Salmo 23: que se abran
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS 
 
 
8 
Las oraciones y el prefacio presentan la teología del misterio trinita
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS 
 
 
9 
sacrificio, de la comunión, del sacerdocio de Cristo. La procesión teo
FIESTAS DEL SEÑOR, DE LA VIRGEN, DE LOS SANTOS 
 
 
10 
 
Fiesta instituida por Pío XI en 1925 para afirmar en nuestra socied

También podría gustarte